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Full text of "Obras completas del doctor d. Manuel Milá Fontanals .."

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OBRAS COMPLETAS 



DCL DOCTOH 



D. MANUEL MILÁ Y FONTANALS 

CATEDRÁTICO QUE FUÉ DE LITERATURA 
. en la Universidad de Barcelona 

ColeceioDad&s |ior el Dr. D. MARCELINO MENENDEZ Y PELAYO 

<U la Real Academia Española 



TOMO CUARTO 



OPÚSCULOS LITERARIOS 

PRIMERA SERIE 



BARCELONA 

LIBRERÍA DE ALVARO VERDAGUER, 
Rambla del Centro. 



1892. 



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Ní3l 



Es PROPIEDAD. 



IMPRFNTA BARCELONKSA, Calle de las Tapias, núm. 4. 



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índice. 



00804 

Pág. 

Clasicismo y romanticismo i 

Moral literaria. Contraste entre la escuela escéptica y 

WalterScoii 6 

Revistas teatrales. 1 1 

Renacimiento de la pintura espiritualista. . • . i6 

Fray Luis de León 21 

Conservación de antigüedades Ó2 

Conservación de antiguos edificios 35 

Las aguas de San Roñan, por sir Walter Scott. Traduc- 
ción de D. E. de Ochoa 38 

Sobre el estudio de la literatura. Oración inaugural de 

la Universidad de Barcelona en 1845 42 

Literatura alemana. Goetz de Berlichinga, novela dra- 
mática del célebre Wolfang Goethe.— Advertencia. 5:) 
Estudios críticos. Indicaciones sobre la influencia de la 

literatura antigua en la moderna 60 

Prólogo á las composiciones poe'ticas de D. Pablo Pife- 
rrer, D. Juan Francisco Carbó y D. José Semis y 

Mensa 67 

Estudios sobre los orígenes y formación de las lenguas 
romances y especialmente de la provenzal. — Artícu- 
lo L De la formación de las lenguas romances.. . . 75 

Artículo IL Lengua provenzal 1 1 1 

Noticia de la vida y escritos del infante D. Juan Manuel. 1 26 

Estudios sobre el Teatro español. Don Juan Tenorio. . 121 

Cultivo de la literatura provincial ... 170 

Lecturas literarias 175 

Poemas de Walter Scott ... 198 

Obras de Silvio Pellico. . . 209 

Ozanam 2i5 

De la poesía contemporánea 219 

Bellas Artes 227 



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ÍNDXE. P^g- 

Himnos y quejas. Colección de poesías de D. Antonio 

Arnao 239 

El espíritu de erudición y el espíritu escoliástico. . 244 

Un párrafo de historia literaria 249 

Una página de historia literaria. Cabanyes 254 

Walter de Aquitania. Poema latino del siglo x. . . . 265 

Capmany 288 

Cervantes, crítico y romero.. ........ 3o3 

Teoría dramática. Una oda de Schiller 3 12 

Del último clasicismo 3 18 

Nostalgia 323 

Alejandro Manzoni 33 1 

Publicaciones provinciales. Vich, su historia, sus mo- 
numentos, etc., por D. Joaquín Salarich 336 

Obras litecarias de D. M. J. Quintana 340 

Rimas varias de D. Tomás Aguiló 347 

Nuevas publicaciones sobre los Juegos ñorales. . . . 353 

Estudios morales y literarios, por Alberto de Broglie. 365 

Líricos modernos 373 

Viaje por la Rusia meridional y la Crimea, etc., por el 

príncipe DemidofT, traducido por D. Juan Cortada. . 38o 
Cancionero de Baena, precedido de una introducción 

por D. P. J. Pidal • 385 

Estudios dramáticos. Los Tellos de Meneses 394 

Teatro español Bosquejo de clasificación 399 

Poesía popular 407 

Lecturas literarias. Estudios sobre Id literatura contem- 
poránea, por el abate Maynard 433 

Arte métrica 437 

Bastero, filólogo catalán 442 

El emperador Carios V, su abdicación, etc., por Mi- 

gnet, traducción de D. M. Lobo 448 

Diccionario etimológico de la lengua castellana, por ql 

Dr. D. P. F. Monlau 453 

Pintura contemporánea. Kaulbach 459 

Simple advertencia 464 

Carta de París. . . 468 

Dante. L — Biografía 472 

» II.— Antecedentes de la Divina Comedia. . . 481 

» III.— Argumento de la Divina Comedia, . . . 487 
IV.— Infierno.— Mensaje de Beatriz.— Entrada 

del infierno 493 



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ÍNDICE. P¿6- 

Dante. V. — Infierno.— Pedro de las Viñas. — Conde 

Ugolino 498 

» VI.— Purgatorio. — Descripción, Casella, Beatriz 5o3 
»» VIL — Paraíso. — Picarda. — Cacciaguida.. . . 509 
VIII.— Paraíso. — La coronación.— Rosa del Em- 
píreo. . 3 14 

» IX. — Conclusión.. b\q 

La vida del campo, por J. Autrán 523 

Diccionario de galicismos, por D. R. M. Baralt. . . . 529 
La Iglesia y el Imperio romano en el siglo iv, por A. de 

Erogue 534 

Literatura italiana. El conde César Balbo 538 

Escenas de la vida ñamenca, por E. Concience. . . . 543 
Tarragona hasta la época romana, por D. Buenaventu- 
ra Hernández 547 

Baladas de la Rumania (Principados Danubianos), re- 
cogidas y publicadas en francés por V. Alexandri. . 552 
Estudios dramáticos. — Esquilo. — Los Siete delante de 

Tebas 5Co 

Id.— Sófocles.— El Filoctetes 56; 

Id. — Aristófanes. — Las Ranas 573 

Id.— Plauto. — Los Cautivos 577 

Cuentos y poemas de Grecia moderna, por Vretro. . . 58 1 



FIN DEL ÍNDICE. 



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CLASICISMO Y ROMANTICISMO w 



OI1A8ICI8MO. — Cuando á principios del siglo xvi 
mudó la Europa de aspecto, sucediendo á las antiguas 
nuevas costumbres y nuevas instituciones, empezó á 
dominar en las obras de imaginación la musa seductora 
de la Grecia. Pero á medida que muchos ingenios re- 
producían incesantemente las bellezas de la antigüedad, 
apareció una escuela que ha viciado la mayor parte de 
poetas de estos tres últimos siglos. Una imitación im- 
perfecta de las obras bucólicas de Teócrito y Virgilio , 
un empeño en transformar en pastores de la Arcadia 
á nuestros labradores cristianos, laboriosos, que no 
conocen ni tradicionalmente al dios Pan , ni á los 
lascivos sátiros , ni tanta expresión erudita como se ha 
puesto en su boca, fueron la ocupación de escritores 
sin número del siglo decimosexto, séptimo, octavo y de 
muchos que en este se han honrado con el título de 
clásicos. En breve se vieron el gabán con caperuza y el 



(1] Es el más antiguo de los artículos críticos de MiU que cono- 
cemos, y por eso se reproduce aquí, aunque naturalmente ha de 
parecer inferior á muchos de los que siguen, compuestos por el autor 
en la madurez de su espíritu. 



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CLASICISMO 



sombrero de paja de nuestros labradores unidos á las 
píeles de oso que cubrían á Acis; se vio al resplandor 
de nuestros fuegos de San Juan al dios ceguezuelo con 
venda y arpones. — Los poetas transformados en pas- 
tores sabían á duras penas en tan violenta situación qué 
juicios, qué afectos fingir; y así es que, á pesar de la 
dulzura de su avena, y las lecciones de Apolo y el sabio 
Elpino, no tardaron, después de acudir á farsas de 
mitología, en valerse de discusiones metafísicas sobre 
sus imaginados amores. Y esa galantería ingeniosa y 
afectada , que nació en las cátedras de amor de la Edad 
media, que seduce al italiano en los poemas del Tasso, 
y es encantadora á veces y á veces insípida para el espa- 
ñol en los guerreros del emperador Carlos , ó en los 
cortesanos de los Felipes; esa galantería puesta en boca 
de unos seres procedentes de la Arcadia ó del Olimpo, 
vino á ser la jerga más ridicula y dislocada. — En la 
parte descriptiva nada se hizo generalmente que no 
fuese de malísimo gusto. Todos hemos visto que, en 
los cuadros más despreciables, el pintor que desconoce 
los matices propios para embellecer las facciones, recar- 
ga buenamente de carmín brillante el rostro de su he- 
roína... Careciendo del don de describir, que hace amar 
las cosas naturales por la nlisma razón de ser naturales, 
y de algunos objetos armónicamente dispuestos forma 
grupos que hieren la imaginación, se contentaron los 
bucólicos con prodigar al campo, al río, á la selva los 
epítetos honrosos de verde, claro, espesa, cien y cien 
veces repetidos. Y no se oyó desde entonces el canto 
del chorlito, de la cogujada, sino el de ciertas aves 
siempre enamoradas, siempre las mismas, siempre sal- 
tando de rama en rama. En una palabra; cuanto supiese 
á naturaleza pareció á tales escritores que ofendía, ó 
á su locución poética , ó á su lánguido bello-ideal. 

Afortunadamente no todos los poetas se dieron al 
partido de la rutina, y jamás admiraremos debidamente 
á los pocos que bebieron sus inspiraciones en las aguas 
del Parnaso,^ no del Parnaso de las églogas y octavas 



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Y ROMANTICISMO. 



reales, sino del de la Grecia con sus rocas salvajes y ma- 
jestuosas, su fuente de piedra tosca y su corona de nubes. 
Proscríbase en buen hora la epopeya de asuntos an- 
tiguos, pues no es nuestra la historia de los romanos 
é ignoramos sus tradiciones genealógicas y populares; 
proscríbase en general la tragedia de los griegos de 
cuyas relaciones sociales y domésticas no nos es dado 
juzgar; pero ¿olvidaremos la Oda griega, hija toda de 
la sensibilidad é imaginación , en un siglo en que Cha- 
teaubriand y Byron han cantado el país de los Dioses; 
y en España donde olvidar la Oda antigua sería arran- 
car las más brillantes páginas de la literatura nacional? 
Estúdiese este género de composición en la Descansada 
vida, la Profecía del Tajo, el Santiago de León, en 
el Tirsis de Francisco de la Torre, en la oda á Jovino, 
la Fiesta de Lendinara, la Despedida á las Musas de 
Moratín, en las magníficas producciones de Cabanyes; 
y buscaremos en vano aquella frialdad y falta de poesía 
que tanto se ha achacado al arte clásico. Cuadros mag- 
níficos suceden en éste á los sentimientos por medio de 
giros graciosos y elegantes : sus formas sencillas se 
prestan á una rica variedad , á los fuegos á la vez de 
la fantasía y del corazón. La imaginación del hombre, 
ingeniosa en percibir relaciones entre los diferentes 
sentidos, que halla armonías en los colores y en los 
sonidos dulzuras, al materializar las formas de la Oda 
clásica no se la figura como un paralelogramo ó un 
desnudo prisma, sino como una columna, una urna 
graciosa. Aquella misma noble facultad del alma pocas 
veces goza emoción más deliciosa que cuando, en la 
Oda antigua , siente acompañar á la música de los 
versos cierta música en la sucesión de los pensamientos, 

HOMANTICISMO. — ¡Qué de escenas hechiceras re- 
cuerda esta palabra!... El ciego coplero que rodeado 
de labradores refiere junto al hogar antiguas leyendas, 
hazañas de sus abuelos y tradiciones horrorosas; el 
viejo menestral que al cantar frente las ruinas del casti- 



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4 CLASICTSMO 

lio de su señor siente renacer en el pecho los fuegos de 
la juventud; el trovador airosamente vestido que con 
voz dulcísima , acompañada de la bandurria provenzal 
ó del arpa sobre la cual brillaba la cigarra de oro , 
encantaba los campos del Llobregat ó Langüedoc, can- 
taba al paladín, la virgen bella, los juegos caprichosos 
de la Hada desconocida; el gondolero veneciano que, 
al cruzar su batel anchos canales plateados por la luna, 
suspiraba dulcísimas querellas ; la hurí de Oriente que 
durante una noche serena cantaba voluptuosa en verjeles 
de naranjos y rosales; las sílfídes que rompían los cris- 
tales del mar con sus carrozas de niebla y oro ; el sa- 
chem que al pie de una cascada recordaba los cantares 
de su infancia; el bardo que sentado sobre un desnudo 
peñón unía su voz á la de cien espíritus que bramaban 
durante el ruido del trueno; la maga del Norte que con 
silvestres sagas conmovía los gigantescos altares de pie- 
dra que la dedicaban ; hasta el profeta que derramaba 
lágrimas de dolor sobre las desgracias de Sión.... todos 
estos cantores han aparecido en este siglo, y han hecho 
olvidar con su voz los sublimes versos del padre Ho- 
mero. ¿Y no podrán suceder los prados de la Provenza, 
los jardines de Granada, las islas de la Grecia moderna 
que, según tradiciones, habitan bellísimas princesas en- 
cantadas, las cuevas de hielo del Norte donde los genios 
de varios colores preparan sus hechizos, los palacios de 
Venecia, las catedrales góticas, á los templos griegos si- 
tuados como un vaso de piedra a\ul en medio de un cam- 
po defloreSj á las cuevas de la Arcadia, las famosas már- 
genes del Símois, y el promontorio de Leucates, donde 
Safo cantó sus últimas quejas á Faon? ¿No podrá suceder 
la cabeza religiosa, melancólica , angustiada del paladín 
de la Edad media á la testa franca pero feroz de Aquiles, 
ó á la del brutal atleta romano? ¿La virgen cristiana á 
Helena más bella que las Diosas? ¿La descripción 
romancesca de costumbres modernas que excita los con- 
fusos y misteriosos recuerdos de nuestra niñez á las 
majestuosas costumbres de la antigüedad? 



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Y ROMANTICISMO. 5 

La Europa ha decidido la cuestión. — Ha hallado ver- 
dad, novedad, belleza en los cuadros románticos, y ha 
preferido á hermosas pero envejecidas costumbres, las 
que más noí conmueven, las que más convienen á 
nuestro corazón, á nuestras creencias, á nuestras ne- 
cesidades. 



Hemos considerado tres especies de poesía: la falsa- 
mente llamada clásica, la clásica y la romántica.— 
Puede llamarse á la primera juego de palabras, á la 
segunda poesía de los sentidos, y á la tercera poesía del 
espíritu. Olvidada enteramente la primera^ reine la 
romántica , siendo la segunda un recuerdo de la bella 
antigüedad, el canto del viajero á las ruinas de Grecia y 
Roma. Los poetas hallarán en la escuela clásica bastan- 
tes recursos para evitar la frialdad; los románticos en su 
escuela , considerada bajo el verdadero aspecto, bastante 
sencillez para precaver los extravíos de la imaginación. 
No se pretenda sin embargo reducir la literatura á un 
monstruoso compuesto de entrambos géneros: lo clásico 
como clásico, lo romántico como romántico; cada escue- 
la tiene su fondo, sus bellezas, sus ilusiones, sus formas^ 
su locución , hasta su combinación en los metros y corte 
en los versos: pretender unir el arte antiguo al román- 
tico es cargar el arco gótico sobre la columna corintia, ó 
adornar una urna griega con grifos de la Edad media y 
caprichosos arabescos. 

Ensayos literarios.— Junio de 1 836. 



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MORAL LITERARIA. 

CONTRASTE ENTRE LA ESCUELA ESCÉPTICA Y WALTER SCOTT. 



Debemos considerar como precursor y prototipo de la 
escuela escéptica , que priva hoy día entre los franceses , 
el Rene de Chateaubriand, en razón de lo incierto de 
sus ideas, lo vedado de las pasiones que le agitan , la fie- 
bre de un corazón enfermo , y el torcedor que le ator- 
menta durante su peregrinación; bien que aquel cúmulo 
de ideas graves, aquella atmósfera de pensamientos reli- 
giosos, de que ha sabido el autor de Los Mártires ro- 
dear á su héroe, son causa de que deje en el ánimo la 
lectura de su novela cierta impresión sana y religiosa, 
más bien que otra impía y desasosegada. 

Lord Byron, calificado por un paisano suyo de medio 
fatuo y medio mujer, es el que más se ha distinguido 
en levantar al alto quejas contra la existencia y la socie- 
dad, siendo en realidad , ó al menos en apariencia , el 
que menos motivos tenía de quejarse: dotado de un ta- 
lento superior, bella figura y elevado carácter, herede- 
ro de cuantiosos bienes y de un nombre ilustre, en 
país donde éste da singular prestigio y coloca en alto 
puesto, el desacierto de los primeros pasos de su adoles- 
cencia, su temperamento, que no cuidó de dominar, y 
la injusticia con que en la Revista de Edimburgo atacó 
sus juveniles ensayos la descontentadiza raza de los crí- 
ticos, fueron bastantes á agobiarle y á volverle sobre ma- 
nera atrabiliario en lo más florido de sus años. Y tanto, 
que será aprensión acaso, pero para mí su individuali- 
dad raya en egoísmo, en capricho su originalidad: nc 
puedo menos de considerarle enemigo de los lores y de 
la Escocia , al admirarle entusiasta del Partenón ; al 
verle generoso defensor de Pope y de su clásica escuela^ 



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MQRAL LITERARIA. 



se me antoja detractor del laureado Southey y de la lite- 
ratura contemporánea : me parece, en fín^ que juega sin 
escrúpulo con los principios, y aun con la opinión de 
los hombres y de los pueblos , al modo que derramaba 
sus buenas libras esterlinas para satisfacer los impulsos 
de su negro humor. Pero no había llegado Byron al 
punto á que nuestros vecinos, y no sé dónde iremos á 
parar, si calculo los últimos términos de la progresión 
descendente que ha seguido la poesía escéptica desde 
Faitsto hasta las im^nxeiS Memorias del diablo, habiendo 
pasado, de uno á otro de estos dos libros, desde el gabi- 
nete del sabio hasta los estrados de la cortesana. Esta 
literatura, que ha interpretado todos los sistemas, ojea- 
do todas las historias, puesto la mano en todos los mo- 
numentos, desflorado hoja á hoja la corona del pen- 
samiento; que ha mascado sin apetito mil manjares 
diversos para paladearlos y escupirlos en seguida, es 
la que domina en la mayor parte de las obras de Soulié^ 
Balzac, Víctor Hugo, Madama Sand, etc. 

Sin indicar tales escritores por qué medios caminamos 
hacia ella , nos hablan de una muy cercana edad de oro; 
nos dan por aborrecibles muchas instituciones vigentes, 
sin decirnos quién y cómo debe derrocarlas , y cuáles las 
han de substituir para no desatar los vínculos sociales; 
elevan el alma con su tono inspirado , sin evocar ante 
ella ningún genio de las alturas; interrogan á placer la 
esfinge de la humanidad, y no se toman el trabajo de 
descifrar sus respuestas. Nos pintan además como un 
estúpido rebaño 9 al mismo tiempo que pretenden que 
todo, sin exceptuar las vallas del buen parecer y de la 
moral , se rinda al hombre de talento; y cuando dan en- 
trada á mil dudas sobre la virtud y los deberes, afectan 
creer en la mayor abnegación , en los sacrificios más 
heroicos, sobre todo en punto de amor, para cuyos afec- 
tos ha venido á ser de moda lo de « ¿Qué me importa ei 
universo si soy tuya? injuríame, y bendeciré tus acen- 
tos, seré tu perro, esclava de tu mujer».... Palabras y 
más palabras, que se han escapado á buenos escritores, 



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8 MORAL LITERARIA. 

entre expresiones más sentidas, y por lo tanto menos 
amaneradas. 

En resolución ¿qué sacaría en claro quien de tanto 
cuento, drama y novela del día quisiera formar un có- 
digo filosófico? Que los autores del siglo xviii eran al- 
tamente materialistas <, pero que varios del presente na 
les van en zaga ; que el cristianismo es sublime, sin que 
por eso sea el matrimonio una de las cosas más respeta- 
bles; que se conservan virtudes inauditas, sobre todo 
entre Jos individuos excluidos de la sociedad , aunque 
nuestra especie se marchite ya gastada y moribunda; 
que este siglo, que por la mano nos conduce á un por» 
venir encantado, es de lo más detestable é imbécil aue 
imaginar se pueda; que los tiempos pasados eran her* 
mosos y heroicos, pero los personajes, cuya memoria 
nos han transmitido como gloriosa, abominables y dig- 
nos de desprecio Nada en fin , absolutamente nada, 

ó por mejor decir, confusión en la cabeza y abatimien- 
to en el corazón. 

Inútil será decir que no hemos atendido al mérito li- 
terario de las obras francesas, y excusado es hablar del de 
Walter Scott en una ciudad donde son sus novelas leí- 
das, y por consiguiente admiradas, la de España en que 
mayor número de buenas traducciones se han impreso y 
en donde ha prendido tanto su lectura que si se ofreciese 
reunir un número considerable de jóvenes ligados con 
el vínculo común de una idea sólida y vivificadora, más 
tal vez que invocando un lema político, se lograría con 
inscribir en la bandera: Admiradores de Walter Scott. 
Este célebre novelador, romántico de veras (perdone* 
seme el vocablo), que ha cerrado según visos la lista de 
respetables románticos, ha recorrido con noble anhelo 
la historia , en particular desde la invasión de los bár- 
baros hasta nuestros días. Ha pasado los ojos de consi- 
guiente por las épocas más turbulentas de los moder- 
nos fastos, mas la mirada de indulgencia que preside 
sus pesquisas, lo presenta cual conciliador de los prin- 
cipios é intereses más encontrados. Abundaba su alma 



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MORAL LITERARIA. 9 

en expansión y en honradez , abrigaba asentimiento á 
todas las verdades, simpatía para todas las virtudes; y 
así es que, apasionado investigador de los antiguos 
tiempos, estima en alto precio los adelantos de las cien- 
cias y de la industria; que, cantor de las supersticiones 
populares, aclama la creciente civilización, y que con 
ser aristócrata, nadie ha tenido en más al hombre ínñ- 
mo de la plebe. Póstrase, es cierto, con dignidad ante 
el trono de los reyes, encomia la lealtad del vasallo de 
Carlos II , nos da á sentir las virtudes que templaban la 
corrupción y barbarie de los tiempos feudales; al paso 
que ensalza las del rígido republicano en Woodstock, 
ama en su mente á su honesta Béattie y á su judía Re- 
beca, y tiene en cuenta la virtud altanera del porquero 
Gurty la experiencia del mendigo Edie, la honradez del 
aventurero herrador Wayland , y hasta las ingeniosas 
travesuras del pilluelo Flibbertígibert. Profundo mora- 
lista, historiador consumado, nos desenvuelve la genea- 
logía, por decirlo así, de los acontecimientos, la filiación 
de las ideas y de las costumbres, nos da sencilla razón 
de las instituciones que la fuerza de los hechos acá, allá 
el capricho, las virtudes ó las pasiones de los hombres 
han levantado; sin envolvernos en una ciega fatalidad « 
como ciertos historiadores modernos, que consideran 
los primitivos elementos de la humanidad como sim- 
ples premisas de problema metafísico, de las cuales por 
medio de una operación conocida hemos debido de lle- 
gar á un resultado necesario. El orden, la razón y la 
justicia dominan en Walter Scott sobre el caos de los 
acontecimientos, y tal es seguramente su idea matriz 
de la cual poseía el secreto, y de cuya extensión y fecun- 
didad él solo podría darse cuenta. Ni ha adulado á los 
hombres ni les ha calumniado, y aun cuando levante 
los secretos pliegues que ocultan las debilidades del co- 
razón, su sonrisa benévola obliga el nuestro á la in- 
dulgencia del suyo. Decía EcorntclifF al enano misterio- 
so: «Espantoso es el cuadro que hacéis de la vida, pero 
no por eso se abate mi valor.... debemos tolerar las 



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10 MORAL LITERARIA. 

desgracias con resignación, y gozar de la felicidad con 
agradecimiento: á un día de trabajo sigue una noche de 
descanso,» etc.; y lo mismo dice Walter Scott á sus 
lectores que dejan siempre sus novelas con deseo de 
obrar, y precisamente de obrar bien. 

Y á este hombre maravilloso, que parece había de 
gastar sus fuerzas en la meditación y el estudio, dedi- 
car sus momentos todos á la creación, le vemos portar- 
se en la vida con arreglo á los modestos deberes del 
puesto que ocupaba , semejante al solitario de la Te- 
baida, que después de conversar con los ángeles, culti- 
vaba humildemente con sus manos el pobre trozo de 
huerta que le había cabido. 

Álbum Pintoresco Universal [1842) (i). 



(1) Una nota ms. de Milá señala con interrogante la fecha 
de 1839 á la composición del presente aitículo. 



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REVISTAS TEATRALES 



(I) 



TEATRO DE SANTA CRUZ. 

Lo que son mujeres. La memoria del teatro español, 
el justísimo tributo de admiración, aplausos y estudio 
que hoy le rinde toda la Europa sabia, jamás ha cesado 
enteramente. Entre los extranjeros no han podido negar 
los franceses lo mucho que le debieron los mejores in- 
genios de su siglo de oro, ya para estudiar los secretos 
del arte dramático, ya para enriquecerlo con pensa- 
mientos, situaciones, y escenas y hasta comedias enteras 
de nuestro abundantísimo repertorio; y entre los ingle- 
ses, ó por la mayor semejanza de nuestro teatro con el 
suyo (bien que apartados y mutuamente desconocidos 
en la época en que existieron), ó por transmisión de las 
ideas francesas á la corte de Carlos 11, y aun tal vez por- 
que en ésta se imitase también nuestro género de in- 
triga, fué conocido y respetado el nombre de Lope de 
Vega, aun antes que Lord Holland se esmerase en dar á 
conocer las mejores de sus obras dramáticas. Estaba 
reservado á los alemanes el apreciar en su justo valor 
todo el genio encerrado en nuestras innumerables co- 
medias famosas, y Schlegel entre otros ha mirado desde 
el punto de vista más elevado y trascendental la direc- 
ción y los pensamientos dominantes en nuestra escena, á 
su ver representada y formulada por Calderón. Pero su 



(1) Por los años de 1843 y 44 publicó algunas D. Manuel Milá 
en la Biblioteca Artística. Hemos creído conveniente entresacar 
algunos párrafos de las dos únicas que el autor conservaba: relati- 
vas la primera á la comedia de Rojas Lo que son mujeres y y la 
segunda al drama de Zorrilla El Caballo del Rty D. Sancho, In- 
sertamos sólo las consideraciones literarias, prescindiendo de los ac- 
cidentes de representación. 



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12 REVISTAS TEATRALES. 

manera de considerarla, bien que sumamente honrosa 
para nuestros ingenios, es en demasía exclusiva y siste*- 
mática, y sólo quiso ver Religión y Patria, donde los 
críticos franceses y britanos sólo supieron ver enredos, 
juegos de ingenio, sorpresas, casualidades y escaleras de 
mano. 

Este fué á corta diferencia el juicio que mereció el 
teatro de Lope y de Calderón á nuestros literatos afran— 
cesados de quienes se quejaba ya Zamora tachándolos 
con el fatal título de novadores; pero ni los más ilustra- 
dos de ellos, ni el pueblo español cesaron de ver algo 
más que intriga en lo que rebosa por todos lados de ins- 
piración, ingenio y originalidad. El sesudo Luzán se va- 
lió de comedias del de la Barca para aplicar algunas de 
sus teorías literarias, y sabidas son las palabras del se> 
sudo Moratín, puestas en boca de D. Pedro en El Café^ 
que «valen más Tirso., Lope y Moreto cuando deliran 
que los modernos cuando quieren hablar en razón. ]> 
Mas todo el empeño de esta escuela, al tratar de conci- 
liar su admiración por nuestro antiguo teatro con las 
que entonces se llamaban reglas de buen gusto, se cifra- 
ba en reducir del mejor modo posible al género de cos- 
tumbres (único entonces admitido á más de la tragedia) 
cuantas comedias del siglo xvii á él se asemejaban; 
con lo que sólo se apreciaron las de figurón y alguna de 
capa y espada , por más que el pueblo, el verdadera 
público, todo el que sentía sangre española en sus 
venas, siguiese extasíándose con el García^ el Rico honi' 
bre y el Alcalde de Zalamea, 

Tal vez no nos falte ocasión de dar nuestro pobre jui- 
cio sobre algunos de nuestros más celebrados dramas 
y sobre lo que, reuniendo los esfuerzos de varios 
jóvenes literatos que los han estudiado con entusias- 
mo, podría hacerse en honra de nuestros más famo- 
sos que conocidos ingenios; pues mucho falta que 
hacer, y mucho que «atesorar» en este ramo. Las 
anteriores consideraciones nos han ocurrido al ver la 
preferencia que continúa dándose á nuestro antiguo 



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REVISTAS TEATRALES. i 3 

género de costumbres y el pensar que ni el Dómine 
LucaSy ni Marta la Piadosa^ ni El castigo de la mi- 
seria (aunque excelentes y acreedoras á todo elogio) 
bastan para dar á conocer el mundo poético entero que 
contiene el teatro de nuestros buenos tiempos. Lo pro- 
pio decimos de Lo que son mujeres, sin que por esto de- 
jemos de acudir á ésta y á las anteriores cada vez que 
se pongan en escena , ni de dar gracias á las empresas 
que nos proporcionen esta felicidad; que tal es para nos- 
otros. 

Lo muy conocido de la hermosa comedia en que Ro- 
jas se propuso atacar al siempre vilipendiado y siempre 
adorado sexo, nos excusa de dar á conocer su argumen* 
to : bástenos recordar que varias de nuestras modernas 
comedías de costumbres donde los galanes pretendientes 
aparecen en fíla y como 'en feria para que la dichosa 
dama se digne escoger, deben reconocer á aquélla por 
modelo y por origen. Y sus trabajos han tenido nuestros 
ingeniosos contemporáneos para singularizar y contras- 
tar los varios aspirantes con el acierto que tuvo Rojas 
con los suyos, los cuales junto con el mañoso é in- 
trépido casamentero y con la altiva y desdeñosa dama 
forman un cuadro de añejas costumbres sobremanera 
característico. La situación respectiva de las dos herma- 
nas, aunque un tanto odiosa, no deja de ser divertida é 
interesante; la acción bien que poco complicada, está 
muy bien dispuesta. La dicción y el diálogo es de lo 
mejor que darse puede, y sentimos no tener á mano la 
comedia, para dar una muestra de sus finísimos chistes, 
de sus delicadas sales y fácil versificación. 

LICEO. 

El Caballo del Rey D, Sancho. Mucho nos agrada 
ver puestos en escena los acontecimientos de la his- 
toria y especialmente de la historia patria, que son 
regularmente los más propios para conmover á la mul- 



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14 REVISTAS TEATRALES. 

titud y dejar profunda impresión en el ánimo de los 
espectadores de distintas clases y educaciones. 

Nada influye que la certeza de algunos de los hechos 
que aquélla nos transmite, haya sido contrariada por la 
moderna crítica, que niega siempre que no halla razo- 
nes para afirmar: icuanto ha sido creido por un pueblo 
entero, cuanto se ha transmitido durante largos siglos 
como herencia de los mayores, tiene en sí un valor in- 
trínseco y no perecedero, con el cual en vano intentan 
competir las más ingeniosas concepciones debidas al 
momentáneo capricho de un poeta por aventajado que 
sea. Y no se nos juzgue por esto menguadores de los 
derechos artísticos, no se crea que rebajemos el oficio de 
la literatura dramática , pues no puede ser menguado 
oficio aquel á que se atuvieron Esquilo y Sófocles. 
Shakespeare no hizo generaltnente más que desarrollar 
asuntos dados por la historia, la cual empero completó 
y aun puede decirse que la creó: de informes diseños, 
de incompletas é imperfectas miniaturas contenidas en 
antiguas crónicas hizo ya severos* y grandiosos grupos 
vaciados en bronce, ya pintorescos y variados cuadros 
donde contrastan y se agitan los mil y mil matices de la 
Vida humana. 

El Caballo del Rey D, Sancho, obra del primero de 
nuestros actuales poetas, del lozano y fecundo Zorrilla, 
nos causó una continuada sensación grata y sabrosa, 
sólo tal vez interrumpida por la falta de seriedad de 
alguna escena del tercer acto, por la extrañeza de algu- 
nas del segundo y por los frecuentes rasgos amanerados 
que acá y allá la afean á nuestro parecer, rasgos que 
la mayor parte de nuestros modernos dramáticos pare- 
cen poner adrede en sus composiciones. 



Concluiremos observando que entre los varios moti- 
vos de indulgencia que pueden alegar los actores, uno 
hay privativo de nuestro moderno y justamente enco- 
miado y más justamente fomentado teatro español. 



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REVISTAS TEATRALES. l5 

¿Cómo se revestirán de un carácter decidido, cómo se 
pK)seerán de una intención profunda y artística, en esce- 
nas donde vacila el carácter de los personajes , donde 
aquella intención no existe ó depende de la imagen 
brillante ó del pensamiento ingenioso que se ofrece á 
la mente del poeta? Hablamos en general, pues sabemos 
que hay excepciones; pero gracias pueden darse á los 
encantos de la versificación que tan bien poseen nues- 
tros autores, gracias al brillo y gallardía del habla 
castellana 



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RENACIMIENTO DE LA PINTURA ESPIRITUALISTA .„ 



En los últimos años de la vida de Rafael empezó á 
decaer y á corromperse la pintura que en él y en su épo- 
ca llegó al último punto de perfección: apartándose los 
protestantes que la cultivaban de la representación de 
asuntos sagrados, la redujeron á los estrechos límites de 
un retrato ó de una escena de la vida vulgar; y al mismo 
tiempo que el estudio de la antigtiednd, que tan buenos 
frutos pudo dar y dio realmente en sus principios, y 
que cuando menos debía enseñar á sus admiradores á 
guardar juicio y cordura, degeneraba en la literatura en 
pedantería y afectación, las artes del diseño desviábanse 
también de la naturaleza y del decoro y se iban cargan- 
do de adornos inoportunos y de afeites postizos. El mal 
fué cada día en peor, y la época de los Jordanes y Cor- 
tonas será siempre citada como padrón de los desvarios 
en que puede caer el humano ingenio. Pero como sea 



(1) Es para nosotros una satisfacción el dar cabida en nuestras 
páginas al siguiente artículo de un joven literato, que secundando 
nuestras ideas y penetrado de nuestros sentimientos, ha trazado en 
cortas y expresivas líneas el carácter de la nueva escuela pictórica, 
la cual buscando imparcialmente lo bello, lo sublime en la expre- 
sión de la imagen y del sentimiento, y restaurando lo más precioso 
del antiguo gusto, ha vuelto otra vez á tomar de la Religión cristia- 
na los tipos de la hermosura ideal y el interés de las grandes sensa- 
ciones. T no se crea que el artista moderno apele al auxilio de )a 
Religión como á una mitología brillante y fecunda para dar varie- 
dad á sus cuadros: nó, el pintor, así como el poeta, que pretenda 
sacar de la Religión todo el partido á que debe aspirar en elección 
tan bella, es preciso que se sienta á sí mismo movido por sus creen- 
cias, inspirado por sus sentimientos: no de otro modo logrará tras- 
ladar al lienzo el interés profundo que producir deben las imáge- 
nes y las escenas que tienen tan íntima como secreta simpatía con el 



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RENACIMIENTO DE LA PINTURA ESPIRITUALISTA. 1 7 

cierto que una enfermedad antes mal atendida llama 
más tarde el remedio por lo peligroso de sus efectos y la 
fealdad de sus síntomas, y que nuestra natural incons- 
tancia y el mismo deseo de innovar, que conducen las 
artes á la corrupción , son tal cual vez un poderoso estí- 
mulo para su renovación y mejora; á mediados del siglo 
pasado, época de la mayor corrupción posible, no falta- 
ron algunos hombres denodados que tomaron sobre sí el 
cargo de restablecer las bellas artes en su antigua digni* 
dad y valía . Tal fué la tarea que se impuso el sin em- 
bargo frío y antipático Mengs, y después de él David, en 
demasía célebre. Los datos recogidos y las observaciones 
emitidas por Wínckelmann y el descubrimiento de Her- 
culano y Pompeya, les persuadieron de la necesidad de 
volcar el edificio contemporáneo, asolar los fundamen- 
tos, y sobre otros y con nuevos procederes, alzar un edi- 
ficio enteramente distinto. Pero partían de un principio 
especulativo y falso, y creyeron , en especial el último, 
que estudiando asiduamente ciertas obras de la antigüe- 
dad, podrían multiplicarlas y continuar su escuela, no 
considerando que los griegos no las hubieran producido 
sin una religión, prácticas y progresos imposibles de 
renovar; así es que resultó una manera tan bastarda, 
contrahecha y afectada, que sus mismos discípulos se 
fatigaron de la falsa imitación de los antiguos y se dedi- 
caron con preferencia al estudio de la naturaleza. Este 



corazóD. Este feliz conocimiento del arte se trasluce ya en este artí- 
culo que creemos será leído con placer, añadiendo nosotros, en obse- 
quio de nuestra patria, que Cataluña ha visto ya regresados á su seno 
tres de sus hijos que han sido discípulos de la moderna escuela y se 
han formado en ella en el centro del catolicismo, que es hoy día, 
como lo fué en los tiempos antiguos, el centro del gusto y de las ar- 
tes. Tenemos entendido que sus recientes trabajos acreditan la ver- 
dad de lo que acabamos de exponer, y son para todos los conocedo- 
res un testimonio irrecusable de la marcha que sigue la pintara; la 
cual en nuestra época, aunque se llame de duda 6 de transición, 
invoca al catolicismo como fuente inagotable de lo grande y de lo 
helio en las producciones de la fantasía, así como las ciencias le 
devuelven el cetro de la inteligencia, y las demás artes y las letras 
lo reconocen como el origen divino de las armonías del alma. (Nota 
de los redactores de La Civilización,) 



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l8 RENACIMIENTO DE LA 

no bastó para el tiempo en que se propagaron doctrinas 
estéticas más amplias, en que la literatura recorrió nue- 
vas sendas, y las ideas ya más maduras y las lecciones 
de la experiencia y de la desgracia, favorecieron la pro- 
pagación de la religiosidad; y entonces se volvió la vista 
á Rafael, citado y admirado siempre, y presentado como 
modelo por los autores de obras más ó menos puras, 
más ó menos correctas que pretendían poner bajo el 
abrigo de su nombre y que derivadas de estudios ente- 
ramente diversos se le asemejaban bien poco. Se vio 
ñnalmente que los principios fundamentales de expre- 
sión, propiedad y simplicidad que distinguen á Rafael, 
se hallan ya en las escuelas próximamente anteriores: en 
Giotto, amigo y compañero de destierro del Dante y su 
digno émulo en la expresión de los afectos y en la alteza 
de los conceptos; en el beato Angélico de Fiesole, de 
quien dijo el gran Buonarotta que acostumbraba subir 
á presenciar las escenas de la vida suprema y que baja- 
ba después á la tierra á reproducirlas sobre el lienzo; 
en el Massaccio, admirable por la poesía de los concep- 
tos, lo imponente de sus figuras y aun por la ejecución; 
en Perugino, precursor y maestro de Rafael, y en Leo- 
nardo de Vinci, universal y extraordinario talento, 
cuya fama si es inferior á la de Rafael debe quizás acha- 
carse nó al mérito sino al menor número de sus pro- 
ducciones. 

La moderna escuela píctórico-católica cimentada en 
un profundo sentimiento religioso y en el estudio de los 
antiguos maestros fué desde luego representada por 
Cornelius que en punto á delicadeza y á expresión reli- 
giosa cedió después la supremacía á Overbeck. Siguié- 
ronles Háes, Vest, Steinler, Dáger, etc., y otros muchos 
que han consagrado sus días y reducido sus esperanzas 
al cultivo de un arte, expresión délos más nobles afec- 
tos: sus desinteresados esfuerzos han alcanzado un pre- 
mio que quizá no esperaban, el aumento de sus proséli- 
tos y el aplauso que seles tributa. En Munich, corte 
artística donde se ha refugiado el genio Homérico al 



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PINTURA ESPIRITUALISTA. I () 

lado del espíritu de los buenos tiempos pasados, no le- 
jos de la Glyptoteca y Pynacoteca, se han alzado iglesias 
góticas y bizantinas que no desdeñaría un emperador de 
Oriente ni una rica municipalidad del siglo xiv. Existe 
en Duseldorf un consistorio de jóvenes pintores cuyo nú- 
mero ha llegado á trescientos, unidos con los solos víncu- 
los de la cordialidad y sujetos auna vida casi monástica; 
y el Rey de Prusia, aunque de comunión diferente, se 
esfuerza sobre manera en que no falten el ornato y el 
apoyo de las bellas artes regeneradas^ á su vigoroso 
y creciente imperio. Algunos italianos, éntrelos que 
sobresale Minardi, han trascordado la indolencia y sen- 
sualismo dominantes en su nación, para rendir á los 
maestros que en épocas más felices lo ilustraron, el tri- 
buto que con tanta nobleza les ofrecen los ingenios ger- 
manos. El veleidoso público de París que aguarda impa- 
ciente las innovaciones artísticas y literarias para darles 
por un momento sus estrepitosos y equívocos aplausos, 
ha visto con admiración en el ábside de Ntra. Sra. de 
Loreto y en la exposición del Museo, algunas imitacio- 
nes del nuevo estilo que ha ensayado el mismo Delaro- 
che, cabeza de la escuela naturalista. 

Tales son los progresos de la nueva escuela pictórica: 
el sentimiento religioso que presidió á su formación, la 
impulsa, la anima y trasciende en sus formas y hasta 
en sus mínimas partes. No se pretende aquí exagerar su 
importancia, ni confundir el artista con el sacerdote, ni 
con la Religión el arte. Este procede de una idea santa, 
tiende á un sagrado objeto, pero su esfera es él mismo. 
El verdadero artista toma de la Religión lo que la Reli- 
gión le presta, y lo toma y lo trae entre sus manos con 
respeto y se guarda muy bien de profanarlo, cuando nó 
por otra razón superior, para no desvirtuar sus propias 
obras y convicciones. En el ejercicio ó contemplación 
de las primeras, encuentra el hijo de la Iglesia la confir- 
mación de sus doctrinas y un cierto premio y aliciente á 
la virtud, y el hombre no tan religioso, siente despertar 
en su corazón una sensibilidad que desde aquel momen- 



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aO RENACIMIENTO DE LA PINTURA ESPIRITUALISTA. 

to tiende á descargarlo del peso del egoísmo y del orgu* 
lio. La lucha puede ser más ó menos obstinada, pero 
considere el verdadero creyente cuál será las más de las 
veces la victoria (i). 

1842 



(1) Este articulo apareció en La Civilización , revista que publi- 
caban D. Jaime Balmes, D. Joaquín Roca y Cornet y D. José 
Ferrer y Subirana. Las líneas que preceden á este artículo parecen 
de Balmes, 



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FRAY LUIS DE LEÓN. 



Las escasas é inciertas noticias que nos quedan relati- 
vas á los primeros años de Fray Luis de León, se redu- 
cen á que nació en 1527 en la ciudad de Granada (r) de 
Lope de León é Inés de Valera, ambos de familia distin- 
guida y tomó á los 16 años el hábito de la orden de san 
Agustín en la ciudad de Salamanca á donde le habían lia- 
mado sus estudios. Sería en los años siguientes al novi- 
ciado, cuando compuso buena parte de sus poesías, pues- 
to que afirma que «entre las ocupaciones de sus estudios 
en su mocedad y casi en su niñez se le cayeron como de 
entre las manos;», y desde i56i le hemos de suponer 
enteramente aplicado, además de los deberes de su or- 
den, á los de la cátedra de santo Tomás que consiguió en 
la vigilia de Navidad del mismo año y de la de Prima 
de Teología á que posteriormente ascendió. Entonces 
votaban las cátedras los mismos estudiantes, costum- 
bre que si bien ocasionada á aumentar su natural arro* 
gancia y á inclinar á los opositores á andar con ellos en 
viles tratos, entre gente tan estudiosa producía gene- 
ralmente la mejor enseñanza de los discípulos y la elec- 
ción de los maestros más aventajados. Tal era Fray 
Luis de León, doctísimo en las lenguas castellana, la- 
tina, griega y hebrea, poeta vulgar y latino, teólogo y 
erudito; y tanto fué el aprecio que mereció no sólo á 
los discípulos sino al Claustro de Salamanca, que des- 
pués de la conclusión del Concilio de Trento, la Uni- 
versidad le consultó para la redacción del calendario , 
asociado con el Dr. Miguel Francés. 



(1) Así se creía cuindo se escribió este articulo. Hoy está ple- 
namente demostrado que Fray Luis de León nació en Belmonte^ 
pueblo de la provincia de Cuenca. (Nota de e»ta edición,) 



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22 FRAY LUIS DE LEÓN. 

Arrebatóle á la quietud de su celda y á la gloria de la 
cátedra un acontecimiento célebre pero poco conocido, 
ya porque consideraciones particulares impondrían si- 
lencio á D. Gregorio Mayáns, autor de la que podemos 
llamar única biografía de Fray Luis, ya por falta de 
documentos y procesos originales hallados muy recien- 
temente en Valladolid y cuyo contenido conocemos por 
el artículo de D. Tomás de Sancha inserto en el Boletíu 
de Jurisprudencia ( año 1840 ) que extractamos á conti- 
nuación. 

* La Universidad de Salamanca por el número de estu- 
diantes que pasaba de 7.000, por su extenso y bien fun- 
dado prestigio, por la libertad que se permitía en la 
enseñanza y en las cuestiones, y por la superioridad 
de los maestros que la dirigían, sabios escriturarios al 
paso que estrictos católicos (i), llamó la atención y exci- 
tó las sospechas de los inquisidores. La circunstancia de 
haber sido judío algún ascendiente de ciertos catedráti- 
cos dio pábulo á las sospechas inquisitoriales, que no 
tardaron en mancomunarse con la envidia de algunos 
doctores escolásticos vencidos por los profesores de Sala- 
manca en las conferencias relativas á la corrección de la 
Biblia de Vatablo, y fieles guardadores allá en su inte- 
rior de la vergüenza de la derrota y del rencor á los ven- 
cedores. El haber Fray Luis de León sostenido en unas 
conclusiones que para el sentido literal de los libros 
sagrados no eran de despreciar las interpretaciones rabí- 
nicas, la costumbre de recibir el maestro Gaspar Grajal 
libros extranjeros que desde Flandes le remitía Arias 
Montano, el haber llegado á noticia de los inquisidores 
de Madrid que se dirigían á Salamanca luteranos dis- 
frazados, fueron circunstancias bastantes para avivar las 
sospechas y armar el encono. 



(1) Para desengaño del que creyere que el maestro León parti- 
cipaba de las nuevas opiniones acerca del Ubre curso é interpreta- 
ción de los libros sagrados , véase la introducción á los Nombres de 
Cristo. 



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FRAY LUIS DE LEÓN. 23 

Bastó una delación y una justificación informal en 
que eran testigos los mismos delatores y enemigos de 
los acusados para que se procediese á su prisión, verifi- 
cándose la de Grajal el dia i.^ de Marzo de 1572. 

Fray Luis de León que vio preso á su compañero y 
amigo temió por su seguridad y remitió las conclusio- 
nes que había sostenido en Sevilla y Granada á personas 
famosas y autorizadas para que las firmasen, y si deja- 
ron de hacerlo, más bien fué por flaqueza de ánimo que 
por disentimiento de juicio. Como fuese, la prisión de 
los maestros León y Martínez estaba ya decretada y fué 
llevada á efecto el día 27 de aquel mismo Marzo. Las 
causas de la persecución de Grajal, León y Martínez, no 
menos que la del agustino Gudiel , catedrático de Osuna, 
fueron las mismas, y los cargos que á cada uno se pro< 
pusieron tan semejantes, que los hechos á Fray Luis 
de León bastan para darnos una idea de los demás. 

Fué éste testificado de que prefería en la inteligencia 
de los libros sagrados los intérpretes rabinos á la Vuiga- 
ta y se le acusó de haber hecho en romance la exposi- 
ción del cántico de Salomón despojándolo de su sentido 
místico y sobrenatural (i). No hay duda que se advierte 
contra él un espíritu decidido de persecución , como han 
tenido que sufrir muchos grandes hombres en todas 
épocas. Parece que se apuraron contra el P. León todo 
género de inquisiciones y pesquisas en averiguación de 
todas las palabras y hechos de su vida , y se formó el 
árbol genealógico de su familia hasta su quinto abuelo, 



(1) El mismo en la prefación al comentario latino del Cántico de 
los Cánticos que compuso después de recobrada la libertad, refiere 
que, á luegus de un amigo suyo que no sabía latín, lo puso en espa- 
ñol , añadiendo en la misma lengua unos breves comentarios , más 
atentos & explicar la concordancia gramatical y natural sentido de las 
palabras que mucho embarazaban al curioso romancista, que la mis- 
teriosa inteligencia y mística interpretación que éste había oído de 
varios. Devuelto el libro, sucedió que un familiar del maestro León lo 
tomó de su escritorio y no sólo lo trasladó para sí, sino que entregó á 
otros el traslado para que lo copiasen , de suerte que en breve tiem- 
po llegó al conocimiento de todos y á la aprobación de no pocos, etc. 



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24 FRAY LUIS DE LEÓN. 

judío converso por el obispo de Cuenca en tiempo de 
los Reyes Católicos. Algún testigo dijo que el maestro 
León rezaba las misas muy deprisa , otro que 20 años 
antes había dicho en un convite, que cabía duda acerca 
de Jesucristo ; y tales indicios singulares y sobremanera 
absurdos, se unían al proceso y servían de cargo como 
cosa justificada. 

El desgraciado Grajal murió en el mismo encierro á 
principios de Septiembre de i5j5 : sus compañeros, ob- 
serva el Sr. Sancha, que ignoraban su muerte, solían 
citarle como testigo para sus exculpaciones cuando ya 
estaba en la eternidad. A Fray Luis admitiósele la jus- 
tificación y resultaron tachados los testigos, pero en 28 
de Septiembre de 1576 cuando ya llevaba 5 años de 
prisión le condenaron al tormento que hemos de supo- 
ner que no tuvo efecto si atendemos á su delicada salud 
é inmediata libertad verificada en Diciembre del mismo 
año. Tanto á él como á Martínez, que no la recobró has- 
ta el siguiente, se les absolvió de la instancia. Muy co- 
nocida sin embargo sería en su Orden la invindicada 
inocencia del maestro León, pues emplearon su ciencia 
en muchos negocios graves y cargos superiores, se le co- 
metió la formación de unas constituciones para los Re- 
coletos de san Agustín, y siendo vicario general de la 
provincia de Castilla salió electo provincial nueve días 
antes de su muerte. 

Su serenidad y constancia en medio de las penalidades 
del encierro las refiere él mismo escribiendo al cardenal 
D. Gaspar de Quiroga, arzobispo de Toledo, en la de- 
dicatoria de la explicación del Salmo 26, y aun afirma 
que ^gozaba entonces de tal quietud y alegría de áni- 
mo cual después muchas veces echaba menos habiendo 
sido restituido á la luz y gozando del trato de los hom- 
bres que le eran amigos.» Pero en lo que descolló la 
fortaleza de su carácter fué en la composición del inge- 
nioso y profundo Tratado de los Nombres de Cristo^ 
en cuya dedicatoria á D. Pedro Portocarrero dice así: 
«Mas ya que la vida pasada ocupada y trabajosa me fué 



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FRAY LUIS DE LEÓN. 25 

estorbo para que no pusiese este mi deseo y juicio en 
ejecución, no me parece que debo perder la ocasión de 
este ocio en que la injuria y mala voluntad de algunas 
personas roe han puesto. Porque aunque son muchos 
los trabajos que me tienen cercado ; pero el favor largo 
del cielo que Dios Padre verdadero de los agraviados sin 
merecerlo me da y el testimonio de la conciencia en 
medio de todos ellos, han serenado mi ánimo con tanta 
paz que no sólo en la enmienda de mis costumbres sino 
también en el negocio y conocimiento de la verdad , veo 
agora y puedo hacer lo que antes no hacía. Ya hame 
convertido el trabajo el Señor en mi luz y salud. Y con 
las manos de los que me pretendían dañar, ha sacado 
mi bien.» 

Restituido á la libertad escribió varias obras expo- 
sitivas y morales dignas del autor de los Nombres de 
Cristo y entre las cuales sobresalen la Perfecta Casada 
y la Exposición de Jobj que si bien fieles al estilo para- 
frástico entonces en boga y hermano de leche de nues- 
tra buena locución, parece que en ellos la anuencia de 
palabras salga de la abundancia del corazón y como que 
acaricien y rodeen amorosamente el concepto; y brotan 
acá j allá rasgos propios y característicos del pensador 
profundo y del atento observador. Esta última dote 
domina de tal modo en la Perfecta Casada, que podría 
equivocarse con la obra de un familiar del siglo si no lo 
vivificase una santa unción , un candor evangélico y un 
fuerte espíritu moral. Véase este trozo: a¿Por qué, pre- 
gunto, por qué la Casada quiere ser más hermosa de 
loque su marido quiere que sea? ¿qué pretende afei- 
tándose á su pesar? ¿qué ardor es aquel que le menea 
las manos para acicalar el cuerpo como arnés y poner 
en arco las cejas? ¿á dónde amenaza aquel arco? y 
aquej resplandor ¿á quién ciega? el colorado y el blanco 
y el rubio y dorado, aquella artillería toda ¿qué pide? 
¿qué desea? ¿qué vocea? No pregunta sin causa el can- 
tarcillo común 9 ni es más castellano que verdadero 
¿para qué se afeita la mujer casada^ y torna á la pre- 



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26 FRAY LUIS DE LEÓN, 

gunta, y repite la tercera vez preguntando ¿para qué se 
afeitad Porque si va á decir la verdad, la respuesta de 
aquel para qiié^ es amor propio desordenadísimo, apeti- 
to insaciable de vana excelencia: codicia fea: deshones- 
tidad arraigada en el corazón: adulterio, ramería, delito 
que jamás cesa. ¿Qué pensáis las mujeres que es afeita- 
ros? traer pintado en el rostro vuestro deseo feo. Mas 
no todas las que os afeitáis deseáis mal. Cortesía es 
creerlo. Pero si con la tez del afeite no descubrís vuestro 
mal deseo, á lo menos dispertáis el ajeno, de manera 
que con esas posturas sucias ó publicáis vuestra sucia 
ánima ó ensuciáis las de aquellos que os miran.» La 
animación y fuego de este fragmento descubre más que 
á un simple moralista y comentador; más que á uno de 
los maestros de la elocuencia española , nos revela al 
autor de la Soledad, de la Profecía del Tajo^ de la 
Asunción^ al célebre poeta Fray Luis de León. 

La poesía castellana de aquella época, muy adelanta- 
da en lo que respecta al lenguaje y versificación, poco 
ofrece que observar al filósofo ni aun que imitar al poeta 
más amigo de las ideas que de las formas (i). Es verdad 
que desde algún tiempo las variadas combinaciones 
métricas de la escuela italiana habían sucedido á los 
desiguales dodecasílabos é informes redondillas de nues- 
tra antigua literatura, pero con apariencias distintas el 
mismo espíritu que animara á los cortesanos de D. Juan 
el II inspiró á los guerreros del Emperador, y entre la 
variedad y multitud de nuevos y antiguos cantos el tono 
fundamental era siempre el mismo. Un amor vago, 
monótono, sin carácter, una pasión cuya naturaleza 
sensual ó platónica se ignora, un culto extremo á la 
persona amada pero culto en que sólo se tributan pa- 
labras y suspiros, no puros afectos y denodados ac- 
tos, una moral escolástica entre las más ponderadas 
tormentas del corazón : he aquí á qué se reduce toda la 



• (1) Milá modificó en trabajos posteriores esta y otras opiniones 
de su juventud. (Nota de esta edición,) 



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FRAY LUIS DE LEÓN. ^'^ 

poesía grave de los siglos xv y xvi, exceptuando poco 
más que las coplas elegiacas de Jorge Manrique, algu- 
nas pinceladas enérgicas de Mendoza, y el sagrado can- 
to bélico y la voz de dolor del divino Herrera. Fray 
Luis de León, que desde sus tiernos años alimentaba en 
su seno purísimos sentimientos religiosos, llevaba con 
ellos el germen de la más alta, pura y acendrada poesía. 
Ensayóse en varias traducciones, algunas de Horacio, 
que aunque procuró que hablasen en castellano y no 
como extranjeras y advenedizas sino como nacidas en el 
propio suelo y naturales, conservan fielmente el clásico 
sabor y las gracias lesbias del cantor de Ofanto; al par 
que sus versiones de los salmos de David y del libro de 
Job en nada desmienten ni el entusiasmo y arrepenti- 
miento del Rey profeta, ni la dolorosa resignación del 
hombre de Hus. Del estudio de tan diversos modelos 
como son los libros sagrados y los cantos de Horacio, 
formó Fray Luis de León los principios de su escuela, 
heredando de los primeros el fuerte espíritu y lenguaje 
figurado que tanto se avenían al temple de su alma y á 
la viveza de su ingenio. De Horacio adoptó la grandi- 
locuencia, las bellas imágenes, la economía de los con- 
ceptos, y aquel lírico divagar y aparente desorden que 
distinguen la oda antigua de la canción provenzal ó ita- 
liana, y aquel particular encanto de sus cortas estancias, 
de las cuales desde luego enamorado el oído recuerda 
placenteramente las ya pasadas y apetece con ansia las 
por venir, y donde el alma del poeta, ya embelesada, ya 
triste, ya enojada va apareciendo revestida de los mismos 
apacibles acentos. Para ejemplo de estudio tan entraña- 
ble del lírico romano baste citar la oda á todos los Santos 
y la tan justamente celebrada Profecía del Tajo. Pero 
ciertos pensamientos predilectos; ciertas ideas que ali- 
mentaban y halagaban su ánimo y en cuyo cumpli- 
miento cifraba él su consuelo y fundaba sus esperanzas, 
sus ilusiones, el encanto de su vida, el adorno de su 
alma, aunque esparcidos y abundantemente sembrados 
en el resto de sus obras, aparecen con todo esplendor y 



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28 FRAY LUIS DE LEÓN. 

evidencia en el breve número de sus poesías originales. 
Desde luego y en su primera oda se le ve huyendo del 
peligroso laberinto del mundo y buscando un asilo en 
el desierto de la soledad, donde ninguna de las pasiones 
que agitan á los mortales interrumpa su sueño y su 
quietud (t). Afanándose en acurar los daños del veneno 
que bebiera desapercibido, en apurar el mancillado 
pecho, en desnudarse del corporal velo y en romper el 
nudo de la asida costumbre», se desvía de las sendas 
holladas por los hombres, no con el incierto paso del 
ambicioso mal satisfecho , sino con el seguro de quien 
conoce su vanidad y ruido y espera hallar dentro del 
apartamiento mayores y más seguros bienes en los estu- 
dios nobles, en el aspecto de la naturaleza y en el de- 
nuedo de un alma encerrada en sí misma y apoyada en 
sus propias fuerzas. Su amor al campo que se trasluce 
en todas sus obras, en sus varias alabanzas á la vida 
pastoril y labradora, y en aquel expresivo dicho de "uno 
de los interlocutores del libro de los Nombres, que 
«como los pájaros en viendo lo verde desea cantar y ha- 
blar »y aparece en sus poesías no con los indeterminados 
colores idílicos sino con rasgos propios y animados. La 
dignidad de su alma, la confianza en la virtud y en el 
testimonio de su conciencia las expresa tan enérgica- 
mente en una de sus odas á Felipe Ruiz y han hecho de 
ella los críticos tan poca mención, que la trasladamos 
íntegra á pesar de su desaliño y obscuridad y de tal cual 
estancia de menos valer. 

Qué vale cuanto vee 
Do nace , y do se pone el sol luciente, 
Lo que el indio posee 



(1) La misma idea se halla singularmente expuesta en los comen- 
tarios á Job cuando por Asno salvaje entiende el autor al hombre 
apartado del mundo: a ¡qué poco siente este salvaje lo que á nosotros 
nos trae atontados y locos ! La voz de la codicia pedigüeña { qué 
poco ruido hace en su pechol el deleite importuno i cuan poco mo- 
lesta su almal etc.» 



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FRAY LUIS DE LEÓN. 29 

Lo que da el claro Oriente , 

Con todo lo que afana la vil gente. 

El uno mientras cura 
Dejar rico descanso á su heredero, 
Vive en pobreza dura , 

Y perdona al dinero 

Y contra sí se muestra crudo y ñero. 
El otro que sediento 

Anhela al señorío, sirve ciego : 
Por subir á su asiento 
Abájase á vil ruego, 

Y de la libertad va haciendo entrego. 
Quien de dos claros ojos 

Y de un cabello de oro se enamora , 
Compra con mil enojos 

Una menguada hora, 

Un gozo breve que sin fín se llora. 

Dichoso el que se mide, 
Felipe , y de la vida el gozo bueno 
A sí solo lo pide, 

Y mira como ajeno 

Aquello que no está dentro en su seno. 

Si resplandece el día , 
Si Eolo su reino turba en saña 
El rostro no varía, 

Y si la alta montaña 
Encima le viniere, no le daña. 

Bien como la ñudosa 
Carrasca en alto risco desmochada 
Con hacha poderosa , 
Del ser despedazada 
Del hierro torna rica y esforzada. 

Querrás hundilla, y crece 
Mayor que de primero, y si porfía 
La lucha , más ñorecc, 

Y firme al suelo envía 

Al que por vencedor ya se tenía. 

Exento á todo cuanto 
Presume la fortuna, sosegado 
Está y libre de espanto 
Ante el tirano airado 
De hierro, de crueza y fuego armado. 

El fuego, dice , enciende, 
Aguza el hierro crudo, rompe y llega, 

Y si me hallares prende, 

Y da á tu hambre ciega 



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3o FRAY LUIS DE LEÓN. 

^ Su cebo deseado, y la sosiega. 

¿Qué estás? ¿no ves el pecho 
Desnudo, flaco, abierto? ¡oh! note cabe 
En puño tan estrecho 
El corazón que sabe 
Cerrar cielos y tierra con su llave. 

Ahonda más adentro, 
Desvuelve las entrañas, el insano 
Puñal penetra al centro : 
Mas es trabajo vano : 
Jamás me alcanzará tu corta mano. 

Rompiste mi cadena 
Ardiendo por prenderme ; al gran consuelo 
Subido he por tu pena, 
Ya suelto; encumbro el vuelo, 
Traspaso sobre el aire, huello el cielo. 

Ea la última estancia desaparece la sequedad de la 
virtud estoica y se abren paso las dulces esperanzas cris- 
tianas: las esperanzas de la patria perdida cuyo recuerda 
excita en León la música de su amigo Salinas (i), y 
cuyo deseo le aviva el aspecto de una noche serena 
que llama también la música de los cielos. Allí beberá 
la paz tan deseada de su corazón, allí contemplará la 
verdad pura sin duelo y allí disfrutará del mayor pre- 
mio concedido á los justos. Su imaginación se complace 
en revestir los cielos de las imágenes campestres que 



(1) En su oda á Salinas se lee lo siguiente que no es necesario 
advertir que comprende cuanto los más entusiastas escritores moder- 
nos han imaginado con respecto á la importancia y trascendencia de 
las bellas artes: aE\ aire se serena y viste de hermosura y luz no 
usada : el alma sumida en olvido recobra el tino y perdida memoria 
de su primer origen, se eleva á la más alta esfera donde halla otra 
música no perecedera que es la fuente de las demás», etc. Imposible 
parece que la colección de poesías escogidas por el Sr. Quintana 
no contenga esta y otras de las composiciones del maestro León , y 
^nos complacemos en creer que boy día, admitidos nuevos principios 
literarios y por ellos reformados y extendidos los del Sr. Quintana, 
preferiría muchas de las odas de Fray Luis que, aunque incorrectas, 
sorprenden á cada paso por la novedad de la idea y la valentía del 
pincel, á tantas y tantas poesías eróticas en que el entendimiento ha 
de hacer un penoso esfuerzo para hallar una idea precisa, y cuyo 
principal mérito consiste en decir una misma cosa de varios modo» 
y encubrir la pobreza de ideas con azucaradas palabras. 



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FRAY LUIS DE LEÓN. 3] 

tanto la embelesaban, sino es que ya en ellas hubiese 
contemplado el espejo ó figura de la vida suprema; y 
turbada antes por la Asunción del pastor santo^ se em- 
belesa ahora en divisarlo en los prados de bienandanza, 
coronado de púrpura y de nieve florida , seguido de sus 
inmortales y dichosas ovejas y recreando el santo oído 
con el dulce son de su rabel sonoro! 

]0h son, oh voz! siquiera 
Pequeña parte alguna decendiese 
En mi sentido, y fuera 
De sí el alma pusiese , 
Y toda en tí ¡oh amor! la convirtiese. 

Conocería dónde 
Sesteas , dulce esposo, y desatada 
Desta prisión adonde 
Padece, á tu manada 
Viviré junta sin vagar errada. 

El 23 de Agosto de iSgi pasó á la vida á que tanto 
aspiraba el más puro, más amable y justo entre los poe- 
tas españoles. 

La Civili\ación. 1842. 



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CONSERVACIÓN DE ANTIGÜEDADES. 



No se trata aquí de inculcar- el respeto debido á los 
antiguos monumentos, á la vez preciosos timbres y 
eñcaces testimonios de épocas gloriosas: dicho está ya 
cuanto cabe decir en éste punto. Se han divulgado ya 
las buenas ideas, y sólo algunos que negándose á admi- 
tirlas, confiesan tácitamente estar desprovistos de un 
sentido (del sentido de lo bello y de lo grande) y otros 
que encubren á menudo miras de interés privado con 
pretextos de pública utilidad, siguen y seguirán dándo- 
nos el triste espectáculo de totales ó parciales demolicio- 
nes, de pérdidas enteramente irreparables. 

El objeto de estas líneas es señalar un error que, si 
bien producido por el anhelo siempre laudable de con- 
servar, es si no tan funesto y odioso como la destrucción, 
algún tanto semejante en los efectos: tal es el empeño 
de sacar las cosas de su lugar y de amontonarlas en 
puntos determinados. 

Desde el momento en que existen individuos ó corpo- 
raciones que aspiren al título de protectores de los restos 
de la antigüedad (título á todas luces honroso y que sólo 
debiera circunscribirse en sus justos límites), es muy 
posible y hasta natural que las precauciones tomadas 
para evitar su pérdida, tiendan á guardarlos en depósi- 
tos mejor ó peor dispuestos, donde se hallen á cubierto 
de los insultos de la plebe y de las injurias de la natu- 
raleza. Un cierto instinto de propiedad , común á los 
cuerpos como á los individuos , el natural deseo de 
formar colección pueden fácilmente inducir á separar 
de su antiguo asiento lo que en él no correría riesgo 
alguno, y lo que al perder el interés local pierde tam- 
bién la mitad de su precio. Como se desee además que 
los antiguos labrados estén á la mano de la juventud 



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CONSERVACIÓN Dt ANTIGÜEDADES. 33 

estudiosa que no se tomaría el trabajo de ir á admirar- 
los en su primitivo sitio; vienen luego las capitales á 
reclamar lo que en su propio país nadie estudia y lo 
que en su privilegiado seno llamará la atención de cien 
y cien curiosos. Y como la corte, centro de las artes y de 
las letras, se cree con derecho de reunir cuantas bellezas 
se hallan esparcidas en los demás puntos del reino, 
reclama de las capitales el depósito de sus tesoros pro- 
vinciales, y aparecen luego en vasto corredor y en con- 
fusa mezcolanza inscripciones en diversos idiomas, re- 
cuerdos de cien historias y de cien épocas. 

Los extremos se tocan: los britanos que arrancaron los 
bajo-relieves del Partenón se creerían sin duda muy 
aficionados á las Bellas Artes , y no hicieron sino com- 
pletar la obra de los bárbaros. 

Quod nonfecerunt Gothi 
Hocfecerunt Scoti 

escribió el lord poeta en los muros del templo de 
Minerva. 

Error es también el que se crea que todo el precio de 
un monumento consista en lo pulido de su ejecución ó 
en lo dificultoso de sus pormenores: un montículo de 
tierra que contenga las cenizas de un sitiador de Troya, 
un círculo de piedras toscas dispuesto por los druidas, 
el poyo donde se sentó Dante, el árbol plantado por 
San Juan de la Cruz, la encina hueca que guareció á 
Carlos Estuardo hablan tanto á la imaginación como la 
fábrica más suntuosa. Arranqúense de su lugar estos 
verdaderos monumentos históricos; envuélvanse entre 
lápidas y troqueles, entre trajes y estatuas y muebles, y 
convertíránse en un leño, en una piedra, en un puñado 
de polvo. La arruinada ermita que interrumpe escasa- 
mente el azul del cielo y que presenta nuevas formas á 
cada paso que da el caminante ¿deberá desaparecer de 
la cima de un collado para añadir un nuevo capitel á 
los cien capiteles de un museo? El sepulcro gótico que 
cobijan las veneradas sombras del altar ó del claustro 

3 



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34 CONSERVACIÓN DE ANTIGÜEDADES. 

¿deberá desaparecer del lugar donde fué depositado 
cinco siglos hace entre las bendiciones del sacerdote y 
el llanto de los deudos del ñnado? 

Tampoco pretendemos que se conserve en su lugar 
lo que en él perecería indudablemente: in medio virtus. 

El Impar cial^ 1844 [i). 



(1) Este artículo se reimprimió en la Gaceta de Barcelonay 
en 1853. 



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CONSERVACIÓN DE ANTIGUOS EDIFICIOS. 



Notable diferencia ofrecen á primera vista las pobla- 
ciones de reciente pujanza, que se han enriquecido en los 
últimos tiempos con la laboriosidad y el comercio, y las 
que famosas en épocas más remotas abrigan grandiosos 
restos de su antiguo esplendor, ostentan do quiera la hue- 
lla de los personajes históricos y se glorian de haber sal- 
vado de las iras del tiempo y de los hombres algunas fá- 
bricas insignes, á un tiempo interesantes por su grande- 
za y elegancia y por los recuerdos que en el ánimo des- 
piertan. Aunque hierva en ella el gentío, aunque el 
tráfico la anime, aunque la riqueza de los ciudadanos 
exorne las particulares viviendas, y la opulencia del te- 
soro los edificios destinados al culto, á las reuniones 
públicas y á los placeres escénicos, no podrá una ciudad 
llamarse bella si con todo ello no contrastan los venera- 
bles muros que parecen conservar misteriosas relaciones 
con las generaciones pasadas y apartar el ánimo de la 
penosa realidad presente para transportarlo á un mundo 
más ideal y heroico. La impresión que en los pechos in- 
fantiles producen los anejos edificios forma buena parte 
de aquellos recuerdos tan preciosos para el hombre en 
la carrera de la vida; como estímulo de un justo orgullo 
y como memoria perenne de hechos históricos y origen 
de populares tradiciones, contribuyen á robustecer el 
espíritu nacional, y su estudio y contemplación guían 
al historiador, inspiran al poeta y enseñan al artista. 

Afortunadamente han cundido sobremanera estas opi- 
niones, y hasta falta de pudor necesitaría en nuestros 
días quien quisiese tener en poco la conservación de los 
monumentos patrios, mayormente cuando ha sido ya 
atendida por el Gobierno por medio de acertadas provi- 



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36 CONSERVACIÓN DE 

dencias que han merecido la aprobación de todos los 
hombres pensadores y entusiastas. Se ha extinguido ade- 
más el espíritu iconoclasta que guiara ciegamente las 
destructoras manos de la plebe, y tan sólo algunos conve- 
nios anteriores á las últimas disposiciones, ó pretextos 
de pública utilidad que encubren las más veces miras 
privadas, pueden hacernos de nuevo espectadores de al- 
guna pérdida verdaderamente irreparable. No nos es 
dado creerlo: á pesar de las exposiciones elevadas á S. M. 
por la Academia de Buenas Letras y por nuestro cuerpo 
municipal, á pesar de la general reprobación que este 
hecho se atraería y de la especie de infamia que iría 
inherente al adquisidor, se asegura que la capilla de 
Santa Águeda, monumento, después de la Santa Cate- 
dral, sin duda el más interesante, ha pasado á manos 
particulares, y que aquellas sagradas paredes que tan 
frecuentemente abrigaron á nuestros príncipes, que pre- 
senciaron las ceremonias con que celebró la Iglesia las 
épocas capitales de su vida, dentro de las cuales fué 
creada una orden célebre en la cristiandad, estarán muy 
en breve á merced de una especulación ó de un capri- 
cho. No, no tememos que Barcelona cuyo buen gusto se 
insultó ya al emparedar parte de la antigua y bellísima 
fachada de la casa consistorial, consienta en ser despoja- 
da de una de sus prendas de más valer, ni que perdone 
esfuerzos ó dispendios para salvar de la ruina la capilla 
desús Condes. De otro modo mal podríamos preciarnos 
de cultos, ni gloriarnos de nuestros progenitores cuya 
memoria profanaríamos, sandez sería levantar estatuas á 
los antiguos patricios y conquistadores, y ridicula afec- 
tación la de enardecernos en el teatro al aspecto de las 
glorias del nombre catalán. 

Y no se crea que tan sólo su valor histórico recomien- 
de á Santa Águeda; presenta además toda la elegancia 
que requería el noble objeto á que se la destinara, y 
entre los cien edificios de la brillante época del arte gó- 
tico, llama, á pesar de sus pocas dimensiones, particular 
atención. Los cuatro arcos sumamente esbeltos de su 



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ANTIGUOS EDIFICIOS. 3j 

Única nave sostienen el maderamen ó armazón del te- 
cho, que con sus adornos, unos pintados y otros de 
relieve , ofrece alguna analogía con los artesonados ara* 
bes y da á la iglesia un carácter distinto de las demás de 
su especie. Las armas de Aragón do quiera prodigadas, 
interceptan vistosamente algunos espacios y hasta apa- 
recen en una pilita del coro donde tomaban los prínci- 
pes el agua bendecida. Las variadas ventanas que colo- 
cadas en medio de cada arco cogen la mitad de la eleva- 
ción de los muros, contribuyen á la elegancia de la nave 
y presentan por la parte exterior las combinaciones mis* 
ticas de la rosa y de la cruz. Mas lo que es de todo pun- 
to interesante, lo que infunde en el corazón dulce res- 
peto é inefable melancolía es el campanario octagonal, 
cuyos triángulos superiores ornados de cruces podemos 
decir con la muchedumbre que presentan alguna seme- 
janza con la corona condal y que al menos forman un 
tipo particular de campanario gótico. Con su color her- 
moso y desigual, con sus venerables manchas, con los 
arbustos que lo taladran, se presenta siempre airoso y 
bello, ya lo rodee tempestuosa niebla, ya contraste con 
un cielo limpio y azul, ya corone su frente un grupo de 
estrellas. Mas cobra aún nuevo valor por su particular 
posición; y las severas líneas de la casa del Veguer, el 
aspecto noble y semi-guerrero del palacio de los Condes, 
y la animación, por decirlo así, de las hileras de venta- 
nas que taladran la miranda, forman el punto más pin- 
toresco de nuestra ciudad de consuno con el preciosísi- 
mo campanario. Mas si éste desaparece, el poeta, el ar- 
tista, el anticuario que buscaban la plaza del Rey como 
el lugar donde más próximos se creían á los tiempos de 
nuestras glorias, se apartarán indignados de sus cerca- 
nías, y el extranjero viajador á quien se contestará que 
no existe ya lo que busca, dejará escapar de sus labios 
sarcástica sonrisa. 

El Imparcial, 1844. 



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LAS AGUAS DE SAN ROÑAN 

POR SIR WALTER SCOTT. 



Traducción de D, E. de Ochoa, 

Si bien es cierto que sentimos placer sumo al ver 
antepuesta la reimpresión de una obra clásica española 
á la publicación de efímeras producciones extranjeras, 
tampoco llevamos nuestro amor nacional al extremo de 
desear que se prive del estudio de los genios contempo- 
ráneos que han escrito en idiomas distintos del nuestro, 
á los lectores que no se hallan en estado de compren- 
derlos. Con la nueva edición de tres de los antiguos 
historiadores españoles se dio en esta ciudad un ejemplo 
que ha hallado por dicha algún imitador, y que sería 
á todas luces provechoso si, además de propagar los 
buenos dechados del habla castellana , contribuyese á 
desterrar de entre nosotros mil y mil composiciones 
literarias, debidas por la mayor parte á nuestros próxi- 
mos vecinos, en que lo escaso del mérito compite con 
lo peligroso de la lectura. Pero creer que el público de 
nuestros días dará decidida preferencia á las obras 
maestras de otra época, sería un verdadero error; afir- 
mar que nada falta á nuestras letras, ridicula afectación, 
y tener en poco las escasas pero inmortales producciones 
en que se glorian la Alemania , la Inglaterra y aun la 
Francia y la Italia del siglo decimonono, debería ta- 
charse de absurdo grosero é imperdonable. 

Buen ejemplo son las novelas del ilustre Walter Scott 
cuyo gusto tanto se ha difundido en la última década, 
en las cuales nada hallaríamos comparable en nuestra li- 
teratura después de Cervantes, y que pueden ser podero- 
sas á animar y á vivificar la contemporánea. Y eso que 
las traducciones que más boga han alcanzado hasta aho- 



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LAS AGUA$ DE SAN ROÑAN. SiJ 

ra, exceptuando alguna de las publicadas por Cabrerizo 
y las excelentes que formaron parte de la Biblioteca de 
Damas del Sr. Bergnes, son de todo punto detestables. 
Afortunadamente la de Las aguas de San Roñan que 
acaba de publicar el Sr. Oliva y la del Monasterio que 
anuncia tener en prensa, son debidas á la pluma de un 
traductor que nunca desmiente lo mucho que hace espe- 
rar su esclarecido nombre. 

El Sr. de Ochoa ha lucido en la versión de la novela 
en que nos ocupamos prendas distintas de las que nos 
prometemos admirar en la del Monasterio^ y de las que 
mostraría probablemente en las de otras aun más caba- 
llerescas que la última. Las aguas de San Roñan forman 
un género aparte, y es su estilo algún tanto diverso del 
de las demás narraciones del bardo caledonio ; y tan 
sólo pertenece en rigor á su escuela por su fondo de 
moral, por sus excelentes caracteres y diálogos, y por 
terminar, como observa acertadamente uno de sus tra* 
ductores franceses, el cuadro de costumbres escocesas 
desde la Edad media hasta nuestros días, que se propuso 
trazar Walter Scott. En La hermosa novia de Perth nos 
traslada á los siglos feudales; en el Monasterio y tlAbad 
presenta el cambio introducido en Escocia por la llama- 
da reforma y nos interesa por la suerte de la malhadada 
Reina María; en Los Puritanos pinta la época de la guerra 
civil; en el Peveril la de la restauración; en el Astrólogo 
y en Las cárceles de Edimburgo las primeras décadas 
del pasado siglo; en Waverley y en Rob-Roy la tenta- 
tiva de Carlos Estuardo, y en Redgaunlet los últimos 
é impotentes esfuerzos de su partido. Quien tenga la 
dicha de habitar en las cercanías de la imaginaria ciu- 
dad de Fairport durante los pocos días á que se extiende 
la acción del Anticuario se enamorará de las costum- 
bres sencillas, algún tanto patriarcales, nacidas en parte 
de un feudalismo modificado por el tiempo y por las 
leyes, y conservadas en la campiña de Escocia hasta 
últimos del siglo anterior; y quien poseído de afano- 
sa curiosidad recorra las páginas de San Roñan detes- 



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40 LAS AGUAS DE SAN ROÑAN. 

tara la vida facticia, las mezquinas pasiones y la sed de 
fausto y de opulencia que atribuye el autor á algunos 
miembros de la alta clase de so época y de su nación. 

No pueblan la escena de las aguas como las demás 
elegidas por Walter Scott, damas honradas y apacibles, 
héroes amables á quienes la más pura y acendrada pa- 
sión no impide contemplar las bellezas de un hermoso 
paisaje y hacer la razón á un opíparo almuerzo ; vulga- 
res y pacíficos ciudadanos que cobran un valor inusita- 
do y cierta sublimidad en extraordinarias circunstancias; 
fanfarrones de buen corazón, etc. ; no aparece como 
sombrío torreón en el fondo de un país risueño , una 
leyenda mal conservada que halla su equívoco cumpli- 
miento en el curso de los sucesos que narra la novela. 
Mujeres que la presunción convierte en ridiculas ó cri- 
minales, hombres hundidos, según la expresión de 
Spenser, en el lago de la ociosidad; jugadores desenfre- 
nados, corazones que recibieron desde muy temprano 
ana incurable herida ó que siguen á sangre fría sus 
odiosos intentos; honda corrupción envuelta en amable 
ligereza, odio y envidia á través de la cortesía y del bien 
parecer, contribuyeron á formar este cuadro de los 
vicios contemporáneos. Como del infierno de Dante, 
salen 

gemidos de doler y acentos de ira 

de esta que más que novela de Walter Scott puede lla«- 
marse moderno drama ; parece que en él se desprende el 
autor de la habitual indulgencia con que contempla 
los tiempos antiguos, para anatematizar el presente. 

Mas no quisiéramos de ningún modo exagerar el 
efecto de la obra de un autor tan enemigo de exageracio- 
nes. El carácter de la vieja posadera, el del naba, el del 
inocente ministro, como más propios del género del 
autor del Anticuario^ compensan el efecto de otros en 
demasía diversos ; el del honrado Tirrel interesa sobre- 
manera, y el de la pobre Clara, sobre cuya suerte parece 
que no hay bastantes lágrimas que derramar, nos indig^- 



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LAS AGUAS DE SAN ROÑAN. 4 1 

na noblemente contra los culpables autores de su ruina. 
Ni se crea que como en la mayor parte de cuadros 
trágicos de costumbres modernas, domine en el de 
Walter Scott una ciega fatalidad: aparece en él incesan- 
temente la paz de la virtud y el consuelo de la resigna- 
ción; y si nuevas imprudencias, si faltas multiplica- 
das no viniesen á precipitarla , presentaríase evitable 
hasta el último extremo la lastimosa catástrofe. 

El imparcial, 1844, 



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SOBRE EL ESTUDIO DE LA LITERATURA. 



ORACIÓN INAUGURAL DE LA UNIVERSIDAD 
DE BARCELONA EN 1 845. 

ILMO. SEÑOR: 

Si hubiese consideración bastante á acrecentar la na- 
tural desconfianza con que tomo la palabra delante de 
un auditorio por tantos títulos digno de respeto, sería la 
de que se inaugura en el presente acto, nó una simple 
apertura de curso tan sólo, sino una nueva época para 
la profesión de las ciencias y de las artes liberales. Tal 
debe ser en verdad el efecto de las supremas disposicio- 
nes que tienden á dar á los buenos estudios la. unidad y 
el enlace que entre nosotros les faltaban, y que con mo- 
dificaciones más ó menos esenciales han reformado los 
diferentes ramos que los componen. Ellas devuelven á 
la Escuela, tomando esta palabra en la significación 
más lata y más honrosa, el prestigio que se le debe y que 
es necesaria condición de su existencia , la importancia 
que las facultades de nuestra mente en ella ejercitadas, 
las altas materias que abraza y los efectos por ella pro- 
ducidos en la humana sociedad, merecen y reclaman. 

Los estudios de los diversos aspectos del universo 
físico y moral que en los pueblos nacientes ocuparon á 
uno ó á pocos varones elegidos por el cielo para guiar 
y adoctrinar á sus semejantes; que se separaron en se- 
guida y se despidieron para pasar á diversas manos y 
ser estudiados con atención exclusiva por diversas inte- 
ligencias, vuelven á hallarse sorprendidos en acorde 
unión, multiplicados en progresión infinita, ensancha- 



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SOBRE EL ESTUDIO DE LA LITERATURA. 48 

dos hasta desconocidos límites, y no como antes reduci- 
dos á prácticas inmediatamente dictadas por la naturale- 
za ó á un centón de aforismos de fácil recordación, sino 
enriquecidos con variadas investigaciones y con por- 
tentosos inventos. Los conocimientos cuyo germen puso 
en el ánimo del hombre la mano del Hacedor, dándole 
que los fecundase con la observación de sí propio y con 
las relaciones que establecer debía con la naturaleza 
material en cuyo seno fué colocado, como en un futuro 
teatro de sus padeceres, de sus goces , de sus triunfos y 
desús méritos: conocimientos encaminados á la con- 
servación de su existencia, al desenvolvimiento de sus 
potencias , á la contemplación de las maravillas criadas, 
á la adoración de su divino Autor, al goce de las armo- 
nías de su propia mente y de su corazón ; conservados 
con religioso respeto y con transmisión no interrumpida 
en manos de los patriarcas, encerrados por el Oriente 
debajo de cifras misteriosas, adivinados y embellecidos 
por la Grecia vivaz, propagados con el habla latina, 
acogidos en épocas tumultuosas á la sombra de los alta- 
res ó ensalzados en opulento alcázar árabe, aumentados 
durante los tres últimos siglos y difundidos por sendas 
aun no frecuentadas, fértiles en resultados ora nocivos, 
ora saludables, siempre grandiosos; acaban de recibir 
en nuestra España, como anteriormente en otros países, 
paz y armonía y enlace bajo la protección del Estado. 
Al dársela el Gobierno de S. M., al reservarse su direc- 
ción moderada, salva á la ciencia de los vaivenes á que 
la exponen el capricho individual ó el mudable imperio 
de la moda: sálvala de los medios de osadía ó de escán- 
dalo con que el científico y el artista se esfuerzan en 
ocasiones en dar á sus obras curso público; forma un 
poder inmenso que influirá en las ideas, en las opinio- 
nes y en los actos de las generaciones futuras; da cima 
á un sistema vasto é imponente que , si se evita el extre- 
mo de menospreciar los frutos del estudio y de la medi- 
tación solitaria y las individuales creaciones del genio, 
debe dar creces al invisible imperio del pensamiento, 



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44 SOBRE EL ESTUDIO 

hermanar las ciencias y las escuelas, aproximar sus 
puntos de contacto y deslindar sus esenciales límites, y 
proporcionar á cada una de ellas aquel cimiento y aquel 
apoyo que sólo les granjean los estudios precedentes y 
auxiliares. 

Ocasión oportuna sería la presente de manifestar en 
un cuadro general el objeto y los adelantos de todas ellas, 
avivar el noble orgullo que sus tareas inspiran, y sor- 
prender la atención con el mundo de ideas que el hom- 
bre ha criado. Ocasión sería de mostrar cuan de buen 
grado se auxilian y hermanan; cuánto, por ejemplo, 
el que estudia las diferentes propiedades de los cuerpos 
aprende del que los considera en sus abstractas relacio- 
nes con el espacio ; el que debe juzgar del mérito de 
nuestras acciones y darles su sanción terrestre, del mo- 
ralista que examina los elementos que operan en nues^ 
tro ánimo, ó del facultativo que indica los casos en que 
la voluntad deja de ser señora de los órganos; el que se 
consagra á aliviar las dolencias de nuestro cuerpo, del 
que vive en comunicación con el amable pueblo de los 
vegetales; el que pretende conmover por medio de la 
palabra, del grandioso espectáculo de la historia; el que 
la describe, del estudio de las importantes formas civiles 
que presiden en los pueblos al arreglo de la propiedad^ 
á las nupcias y funerales, paces y coronaciones; y cuán- 
to finalmente ganan todas estas disciplinas en ponerse 
bajo el abrigo de la Religión , en ser por ella santifi- 
cadas y en beber de su fuente vivificadora. Podríase 
hablar también de aquella sabiduría exquisita y funda- 
mental, hija del talento y hermana de la morigeración 
y de la templanza de espíritu, que si bien prescinde á 
veces de las fórmulas que las ciencias adoptaron, per- 
tenece á todas ellas, las abraza en su esencia y es de to- 
das ellas la llave verdadera. Desprovisto empero de 
los conocimientos que para tal exposición serían ne- 
cesarios, animado hacia los varios saberes de un res- 
peto que me veda tributarles vagos é insignificantes 
encomios, recordaré á este sabio auditorio algunas indi- 



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DE LA LITERATURA. 4^ 

caciones sobre la importancia del estudio de la litera^ 
tura y puesto que á él he dedicado mis fuerzas débiles, y 
puesto que se me acaba de honrar encomendándome la 
enseñanza de una de sus ramiñcaciones. 

Los resultados prácticos del conocimiento de las bellas 
letras cómo provechoso auxiliar para los demás estu- 
dios, demuéstralos la reflexión y compruébalos todos los 
días la experiencia. Considerado el arte de decir como el 
de la simple emisión de la idea, da fácil entrada á la 
meditación sobre varias operaciones del espíritu. Como 
la palabra no es más que el pensamiento comunicado^ 
así el pensamiento se reduce á la palabra no pronuncia- 
da, á la palabra pensada. No en diversas ocasiones ni 
con dones distintos nos concedió el Supremo Artíñce la 
facultad de formar juicios y de formular oraciones, es 
decir, de marcar en el espíritu ó con los órganos orales 
la relación ó dependencia entre dos objetos. Por mane- 
ra, q ue sólo cabe incongruencia ó disparidad entre la 
idea y su expresión por ignorancia de los signos conven- 
cionalmente adoptados en el que piensa , ó por abuso 
de los mismos en el que habla ó escribe. 

De ahí que lo ambiguo ó vago del pensamiento tras- 
cienda inmediatamente á su expresión, y que la in- 
curia ó inexactitud en la última deban más ó menos 
tarde convertirse en descuido ó incorrección en el pen- 
sar; que quien desconoce los recursos del arte de decir, 
carece del de desenvolver, de dar vida, de realizar sus 
ideas ; y que si prescindimos de excepciones fáciles de 
explicar, lo qu^ motejamos de mal escrito debe califi- 
carse de mal, incompleta, ineficazmente pensado, y lo 
que efecto juzgamos de bella expresión, débese las 
más veces á ideas acertadas , observaciones conducentes, 
profundas reflexiones. De ahí también que las nacio- 
nes que más han descollado en letras, en artes, en cul- 
tura f poseyeran un idioma copioso y fecundo en mane- 
ras y giros aptos á expresar las variadas modificaciones 
y graduaciones infinitas del pensamiento. Así no nos ex- 
trañará que como iniciación á los arcanos de éste , pre- 



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46 SOBRE EL ESTUDIO 

ñeran algunos ñlósofos (i) al útilísimo estudio de la geo- 
metría el profundo de la gramática, inspiradora, según 
ellos, de una lógica más amplia y flexible cual conviene 
á los negocios de la vida y á las consideraciones mora- 
les : el estudio de las variadas formas de la oración, 
donde, según una escritora justamente célebre, son las 
palabras á la vez signos y objetos, cifras é imágenes. 

Si de los principios de la gramática y de los primeros 
elementos retóricos con aquélla tan íntimamente enlaza- 
dos, pasamos más adelante, no dejará de sorprendernos 
cuánto á hombres estudiosos y dados á investigaciones 
útiles han dañado la falta de estudios literarios; el error 
en demasía vulgarizado de creer natural lo trivial é indi- 
gesto, sencillo lo común y completo lo mal escogido; la 
carencia de aquel tino, de aquella cordura, de aquel dis« 
cernimiento y buen gusto que sólo se adquieren con el 
estudio de las obras maestras del ingenio humano, y 
que tan necesarias son al hallazgo, elección y buena 
disposición de materiales. Aun bajo el solo aspecto de 
la claridad á que principalmente aspiran y á que tan 
opuestas juzgan las llamadas flores de ingenio, no la 
consiguen ellos sino yerta y lánguida, en gran manera 
apartada de la verdadera perspicuidad, viva y penetran- 
te, que pone en provechoso ejercicio nuestras faculta- 
des intelectuales y las fuerzas adecuadas á recibir pro- 
fundas impresiones y luminosos principios. 

Y no se diga que para adquirir tamañas ventajas 
basten los primeros rudimentos del arte de bien decir, 
y que como ocioso y vano solaz, deben dejarse á pocos 
las ulteriores investigaciones literarias. Cabalmente el 
que á aquellos rudimentos se atenga poseerá sólo la letra 
muerta, y desconocerá el espíritu de la literatura. Sería 
por otra parte apreciarla en su ínflmo valor , si no se la 
considerase como un arte, como una facultad indepen- 
diente, enlazada, sí, con la moral y la historia, pero 



(1) Alude príQcipalmente al filósofo escocés William Hamilton 
en su ensayo sobre el estudio de las MaUmáiicas. 



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DE LA LITERATURA. 47 

que tiene sus propíos límites, posee un terreno aparte y 
ejerce su imperio privativo. 

La más exacta noción que nos sea dado adquirir del 
signiñcado de una palabra tan usada como mal deñnida, 
se hallará indagando qué calidad común y razón de 
parentesco presentan las varias obras que caen bajo su 
jurisdicción. La historia, destinada á recordar sucesos 
que tuvieron lugar en un momento de la vida de la hu-> 
manidad, pero con circunstancias y ejemplos fecundos 
en enseñanza para todos sus períodos; las meditaciones 
fílosóñcas, especialmente las que dicen relación al hom- 
bre moral; el sublime arte de la oratoria que dirige los 
pueblos, salva las instituciones, deñende la existencia y 
el honor de los buenos, y que ha ascendido á ejercer 
el alto ministerio de conturbar las conciencias dañadas 
para introducir en ellas la paz del Señor, son los gene* 
ros principales que se comprenden en la enseñanza de 
la elocuencia. Y á la literatura pertenecen no sólo por 
el exterior vestido de la palabra, sino también por la 
parte simpática y arrobadora que entrañan, por el ardor 
interno que las anima y que es ley obligatoria de su 
grandeza. Ardor amoris, según Cicerón , sine qiio quum 
in vita , tum in eloquentia nihil magnum effici potest. 
Entusiasmo que en el género literario por excelencia, en 
la poesía, que los antiguos llamaron acertadamente una 
elocuencia más santa y encumbrada , augustior sane* 
tiorque eloquentia, es no ya una parte intrínseca y ne- 
cesaria , sino la esencia , el todo; no un medio para la 
consecución de fines ulteriores, sino el objeto de sí mis- 
mo y la esfera de sus propias operaciones. Y aun si que- 
remos dar á aquella palabra la extensión debida, vere- 
mos pertenecerle de derecho cuanto semejante en sus 
efectos á los de la literatura producen las bellas artes 
por medio de sus particulares lenguajes : cuanto dicen 
al alma á través de su velo de colores, de sonidos ó de 
mármoles. 

Este afecto que domina al poeta, al orador y al artista, 
inspira sus composiciones, preside en su ejecución y 



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48 SOBRE EL ESTUDIO 

debe ser su resultado; afecto nacido en un corazón fácil- 
mente sensible á todo lo grande, noble y generoso, ó 
profundamente impregnado de una propensión impor- 
tante, en una fantasía inventiva que abraza todos los as- 
pectos grandiosos y halagüeños de la naturaleza y que 
por medio de ella busca un más allá^ un orden de seres 
más bello y maravilloso; auxiliado y servido por una 
inteligencia sagaz que extrae y profundiza la esencia de 
las cosas y sorprende los secretos del corazón humano, 
y por una memoria cuerdamente enriquecida con ob- 
servaciones, hechos y estudios; este afecto de ternura, 
esperanza, terror ó embeleso se.dirige á una parte im- 
portante de nuestro ser, á una facultad extensa y pode- 
rosa, á la facultad de percibir lo bello. Ora se la consi- 
dere como el ejercicio de un solo órgano, de un sentido 
distinto y especial, ora como el compuesto de nuestras 
inclinaciones más acendradas, más puras y desinteresa- 
das, no podrá desconocerse que las obras que ha inspi- 
rado contienen el trasunto idealizado de nuestra existen» 
cia, su ensueño vivo y significativo, el aroma de sus 
sentimientos y el recuerdo de sus épocas capitales. 

La memoria de la cuna, frágil batel amagado ya por 
las tempestades del infortunio; la de la pureza de la in- 
fancia y de los breves días de su felicidad ; la del encan- 
to de las juveniles ilusiones ¡ay! bien pronto marchita- 
das; la de los dulces y santos vínculos que se forman 
bajo el techo paterno; la del cayado que el señor de la 
familia coloca en las manos del adulto á quien debe sos- 
tener durante su peregrinación sobre la tierra; la de los 
primeros acentos de una pasión pura que lleva al hom- 
bre al indisoluble enlace, base y ornato de la sociedad 
civil, en que halla él la satisfacción de los vagos é ínti- 
mos deseos de su alma y una especie de consagración 
de sus trabajos; la de la lucha del ánimo que aspira á 
la virtud con los objetos externos y con las propias in- 
clinaciones interiores que á ella se oponen; la del respe- 
table imperio de la ancianidad y de la experiencia ; la 
de las sombras dibujadas por las gasas del lecho funeral; 



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DE LA LITERATURA. 49 

la triste dulzura de los recuerdos y los halagos siempre 
renacientes de la esperanza; el vacío que siente el alma 
en medio del ruido y de la vanidad del mundo y que le 
avisan que no es este su centro ; los dolores que por su 
inmensidad arguyen la del espíritu que los concibe ; el 
amor á la naturaleza visible que se nos presenta no sólo 
como satisfacción á las necesidades físicas , sino como 
cuadro general de movimiento, armonía y belleza; la 
tendencia á lo infinito que buscamos vanamente á través 
de los objetos de esta vida, para nosotros tan cara; hasta 
el levantarse sobre estos mismos objetos, llegando á la 
contemplación del Origen de los entes y del Principio de 
la vida.... tales son las ideas dominantes en las grandes 
literaturas, los elementos que las constituyen, las voces 
de dolor y los cantos de ventura que nos transmiten. 
Todo ello encuentra en la poesía su más bella expre« 
sión, su aparición más natural, sus más significativos 
símbolos. Y aunque es verdad que en las varias litera- 
turas se oyen acá y allá los gritos de una pasión indivi- 
dual, de una alma solitaria , de una Safo ó un Alceo; 
todavía el carácter general de cada una es el del pueblo 
que la ha producido, y forma ella algo que á éste perte- 
nece, algo privativo suyo, pero que al mismo tiempo le 
es superior. 

El que estudia el hombre interior ó el externo, el 
moralista ó el historiador hallará en las obras literarias 
el mejor legado que nos transmitieron los pueblos fene- 
cidos; y si llega á reconocer que nada perdieron un 
Dante ó un Shakespeare en mirar la humana criatura á 
la luz del entusiasmo y de la fantasía, y no de una 
manera real y ordinaria sino ideal y típica, si encuentra 
en sus variadas exposiciones de la vida las más animadas 
escenas de ira, de orgullo, de celos y de remordimien- 
tos, y de paz, de amor y de beatitud, más admirará toda- 
vía los pocos y tal vez groseros monumentos que no 
reconocen autor, que fueron lentamente elaborados por 
la imaginación de un pueblo entero, y que contienen la 
más íntima revelación de su espíritu, de sus maneras y 



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5o SOBRE EL ESTUDIO 

de SU género de existencia. Débanse á la momentánea 
inspiración del poeta ó á un sentimiento cualquiera co- 
bijado en el seno de muchas generaciones , ofrecen las 
grandes obras artísticas, en medio de su libre tendencia 
á lo maravilloso, una verdad intrínseca, una profundi- 
dad de miras á que no siempre ha alcanzado el ra- 
ciocinio. 

Pasemos los ojos por la historia, y varios de sus he- 
chos singulares tal vez y poco atendidos se convertirán 
en fenómenos naturales, bien que interesantes, produci- 
dos por el afecto de lo bello. Desde luego y entre mil 
obscuros y monstruosos mitos, daremos con las tradi- 
ciones del mundo primitivo que bajo jeroglíficos diver- 
sos nos recuerdan una primera y feliz edad, la caída 
del hombre, la loca rebeldía de las fuerzas terrestres, su 
lucha con el cielo y su vencimiento; rayos de verdad 
vistos entre nubes de superstición é ignorancia , que sólo 
disipó la revelación en los anales de un pueblo privile- 
giado. Veremos más tarde á la ingeniosa antigüedad 
personificar sus instintos acerca del poder de la concien- 
cia, de las penas venideras y de lo vacío de nuestros 
afanes, en las Euménides, en Sísifo, Ixión y Tántalo, 
mientras engrandece la memoria de los primeros promo- 
vedores de la civilización, héroes á quienes el cielo con- 
cedió el amor y la fuerza, domadores de monstruos y 
conductores de los pueblos. 

De estos primitivos y escondidos manantiales bebió 
Homero, padre de los poetas y el más patriótico y popu- 
lar que entre ellos ha existido. Pintor de aquella época 
heroica, que llamarse puede la aurora de las naciones, 
no le cupo en suerte retratar los caudillos de una obs- 
cura raza guerrera, sino los predecesores de un pueblo 
riquísimamente dotado, y elegido para depósito de la 
cultura oriental y para cuna de la europea. Deben los 
poemas de Homero considerarse como el primero y más 
importante monumento del genio helénico y como los 
maestros no de los vates tan sólo, sino de los legisla- 
dores, oradores é historiadores de la Grecia. Y á esta 



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DE LA LITERATURA. 5 I 

poética influencia débese en parte el carácter agraciado 
7 armónico que adquirió la cultura de aquel pueblo 
singular, único en las páginas de la historia. 

Allí la poesía formó á su capricho lo pasado, la be- 
lleza se levantó sobre los altares, y la voz de un hombre 
elocuente decidía de los negocios públicos. Allí los im- 
perantes prescribían leyes á la música, á la danza y á los 
juegos públicos; las líneas de una arquitectura purísima 
interceptaban el limpio azul de los cielos, poblaban las 
ciudades millares de estatuas que el escultor temía que 
se asemejasen demasiadamente al hombre, y numerá- 
banse los capítulos de la historia con los apellidos de 
las nueve Musas. Allí platicaban los filósofos en las fres- 
cas calles de un jardín, explicaban por medio de las le- 
yes de la armonía los movimientos de las esferas, ó se 
elevaban con las alas de oro de la poesía á la contempla- 
ción de las más altas verdades que era dado presentir al 
humano ingenio. 

Roma, discípula de Grecia, no la igualó en las dotes 
de creación, ni en el exquisito sentido de la belleza; pero 
la primitiva austeridad de sus costumbres, la severidad 
de sus temidas leyes, los grandes destinos á que fué 
llamada, dieron un sello particular á las obras de 
sus bellas artes. Aun en las de pública utilidad , en 
sus vías y acueductos, el alma altiva del romano 
se hubiera desdeñado dt no dejar el aire de gran- 
deza que respira en las lápidas y en los pergaminos 
que nos han transmitido su habla senatorial. Em- 
pleada la elocuencia en más alto oficio que en la 
plaza de Atenas, se enseñorea de la suerte de la ciudad 
eterna y del orbe entero, y aparece en el foro semejante 
á una llama destructora ó fecunda. Magna eloquentia 
sicut fiamma materia alitur^ et motibus excitatur^ et 
urendo clarescit (i). Al propio tiempo los anales roma- 
nos ocupados en trasladar las siniestras imágenes de 
Catilina y de Tiberio, recuerdan con respetuosa predi- 



(1) Tac. Diálog. de Orat. 



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52 SOBRE EL ESTUDIO 

lección las tal vez semi-fabulosas figuras de Roma he- 
roica, los TuHos, los Numas y los Horacios, y dejan 
como rigurosa historia á la crédula posteridad, los que 
acaso no eran en su origen sino poemas con que alivia- 
ban sus rústicos trabajos los primeros moradores de las 
Siete Colinas. 

Mas ¿cómo el habla del Lacio, abandonando los mo- 
dos saturninos y los lesbianos, se sujeta á recibirla gran- 
diosa forma paralela del versículo hebraico, repite los 
cánticos triunfales que mandaron abrir las puertas sa- 
gradas del templo de Salomón , ó las querellas que sus- 
piró el israelita á orillas de los ríos de Babilonia? Es 
que aquellos cantares proféticos envolvíanlos destinos 
de la humanidad, y aquellos triunfos ó quejas de la Igle- 
sia primitiva eran figura de las glorias ó padeceres de 
la que recibió la ley de gracia. — Una nueva filosofía, 
una poesía nueva, una nueva y potentísima elocuencia 
vienen á ser la expresión de la idea y del sentimiento 
cristianos, los más puros y eficaces que han dominado 
al hombre. 

Estos acentos de paz no tardan en ser interrumpidos 
por los pasos de mil legiones que vienen del Septentrión: 
páranselos guerreros germanos, y apretando á sus la- 
bios los escudos, murmuran el sangriento y áspero bar- 
dito. Llamados á azotar y á renovar la tierra , dejan á 
sus descendientes las usanzas traídas de las selvas, bo- 
rran á largos trechos las huellas impresas por la civili- 
zación antigua, transforman el idioma y siembran los 
gérmenes de toda una literatura. 

Los pueblos nacidos del caos de la época bárbara 
presentan de nuevo el cuadro de la vida heroica, y los 
Artús, Carlos y Roldanes pasan á ser los Aquiles y 
Ayaces del mundo moderno. Sucesos grandiosos deter- 
minan una nueva cultura ; viajan nuevos filósofos á 
regiones apartadas en busca de la sabiduría ; converti- 
da la arquitectura espiritualizada en espléndida mani- 
festación del pensamiento religioso, vístese la tierra, 
según expresión de un contemporáneo, con el velo de 



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DE LA LITERATURA. 53 

blancas catedrales; el pincel devoto anima con angeli- 
cales imágenes los lienzos de Siena y de Florencia; 
los ensangrentados escudos se embellecen con los ele- 
gantes emblemas de la galantería y del honor, y la 
narración épica se reviste de la hechicera forma de la 
balada. 

Al llegar á la era en que desatada la razón humana 
invade así sus propios dominios como los que no debie- 
ra recorrer sin guía, aparecen Rafael, Milton, Tasso y 
Calderón como guardianes de la sagrada llama del entu- 
siasmo, en tanto que los legítimos representantes de 
aquel período intelectual, los Bacones, los Galileos y 
los Newton presentan en sus frentes pensadoras el sello 
de grandeza que conviene á varones eminentes. Vemos 
finalmente en nuestros días recobrar el instinto de la 
belleza sus primitivos derechos; resonar la cítara inspi» 
rada por el genio del cristianismo, como auguradora de 
días más felices, en el primer momento en que la 
Francia descansa de sus pasadas agitaciones; encantar 
todas las regiones de la tierra las trovas del último bar- 
do caledoñio; restaurar la civilización el carácter mag- 
nífico que en el siglo xvi la adornaba ; llegar el ingenio 
tudesco al de oro de su literatura ; regenerarse las artes 
plásticas, y adquirir el de la música maravilloso desen- 
volvimiento, mientras torna á formar parte de la educa- 
ción primera y de las costumbres domésticas. 

Bajo este punto de vista, si bien trascendental, úni- 
co verdadero, nos aparecerá la literatura, no ya como 
una simple manifestación de la vida humana, sino como 
un agente poderoso , y hermanada no sólo con aquella 
ciencia moral que examina las causas determinantes de 
nuestras acciones, sino también con el arte que indica 
é inculca los deberes. Vínculos estrechos la unen se- 
ñaladamente con la parte de la virtud que excita y exal- 
ta, bien que no en tanto grado con la otra parte que 
prohibe y limita. Lo bello y lo bueno, idénticos en su 
origen, mutuamente se predicen y reclaman no menos 
en los individuos que en las naciones. Eleva el prime- 



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34 SOBRE EL ESTUDIO DB LA LITERATURA. 

ro el alma á regiones superiores á las que el interés y el 
egoísmo dominan, ennoblece sus sentimientos, cultiva 
sus inclinaciones derechas, y dispónela á la gracia y á 
la elegancia moral. £1 ejercicio de todas las bellas artes 
que lo expresan demanda un santuario puro é inconta- 
minado, un corazón exento de los venenosos hálitos 
del vicio, y la profunda serenidad de una conciencia 
acorde consigo misma. Guardémonos pues de extinguir 
esta hoguera de nobles y generosos afectos y de altas as- 
piraciones; y si á pocos es dado animarla y vivificarla, 
contentémonos los demás con reanimarnos á su puro 
calor, y con volver los cansados ojos á contemplar su 
esplendor suave jEncanios de la imaginación! ¡Ilu- 
siones de la inocencia ! ¡ Feliz el que os siente por la 
vez primera y sigue la senda que le indicáis ! ¡ Feliz el 
que durante la carrera de su vida se reconoce digno de 
recordaros, y puede sentiros de nuevo sin avergonzarse 
de si mismo ! 

Permítaseme, limo. Sr., concluir aconsejando á los 
jóvenes el estudio de la literatura, ora se considere como 
el de la enunciación de las ideas, ora como el del hom- 
bre moral, ó bien como un medio de avivar y embe- 
llecer el amor á la virtud. No se crea sin embargo que 
les presente el instinto de la belleza como guía única y 
siempre segura : persuadido de que su simple satisfac- 
ción no basta á darnos la felicidad, y de que en nuestra 
flaqueza tomamos á menudo la voz de nuestros apeti- 
tos por la voz de lo bello, reconozco que la única, la 
infalible norma de las acciones se halla en las prescrip- 
ciones del deber. — He dicho, 

1845. 



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LITERATURA ALEMANA^ 



GOETZ DE BERLICHINGA, 
novela dramática del célebre Wolfang Goethe (i). 

ADVERTENCIA. 

En 9 de Marzo de 1763, en la época del níayor vali- 
miento de la escuela filosófica francesa, entre cuyos erro- 
res favoritos, si no son los más importantes, no deben 
contarse como de menor bulto los relativos á literatura 
é historia, el hijo de un prepotente ministro inglés es- 
cribía las siguientes palabras que debían sonar muy ex- 
trañas á los oídos de la gente literata de entonces, con 
ocasión de una obra que debía parecerles más extraña 
todavía : «¿Deseáis saber cuál ha sido el origen de mi 
novela? Desperté una mañana después de un sueño del 
cual recuerdo únicamente que me hallé en un antiguo 
castillo (sueño muy natural para una cabeza llena, como 
la mía, de góticas historias), y que en lo alto de la ba- 
laustrada de una grande escalera entrevi la mano arma- 
da de un gigante. Tomé por la noche la pluma sin saber 
absolutamente lo que iba á escribir: la obra fuétomando 
extensión, la cobré gusto, etc.» Al cabo de algún tiempo 
escribía el autor á una señora francesa las siguientes pa- 
labras aun más notables: «Yo no escribo para nuestro 



(I) En La Discusión, revista dirigida por Piferrer, publicó Mili 
esta advertencia preliminar á bu traducción del Goetx de Berlichin' 
gen, de la cual, por haber desaparecido al poco tiempo aquella re- 
vista, sólo llegaron á imprimirse las primeras escenas. No habiendo 
encontrado entre los papeles del autor el resto de la traducción, no 
hemos creído necesario reproducir este pequeño fragmento. 



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56 LITERATURA ALEMANA. 

siglo que sólo aprecia la fría razón escribo á despe- 
cho de las reglas, de los críticos y de los filósofos, y la 
obra no me parece sino mejor. No me cabe duda tam- 
poco de que cuando el gusto alcance el favor que hoy se 
da á la filosofía, mi pobre composición será admirada 
por algunos, etc.» Dirigíanse estas proféticas palabras á 
una amiga común del autor y de Voltaire, de quien 
aquél había hablado irreverentemente en uno de sus 
prólogos, y cuyo resentimiento y censura temía la pri- 
mera (i). 

La obra célebre hoy día y admirada de Horacio Wal- 
pole, el Castillo de Otranto, es considerada por los crí- 
ticos como el primer ensayo de la verdadera poesía ro- 
mancesca, de aquella que se inspira en los recuerdos de 
los siglos heroicos modernos, en las tradiciones de aque- 
lla Edad media cuyo conjunto estamos lejos de querer 
justificar, pero cuyo valor poético é histórico sólo pu- 
dieron desconocer la ligereza y la superficialidad de la 
escuela del pasado siglo. 

Una década había transcurrido cuando el monarca dis- 
cípulo del filósofo que nombramos poco ha, después de 
hablar de las abominables composiciones de Shakespeare 
dignas de los salvajes del Canadá^ escribía: «he aquí 
que aparece en la escena un Goetz de Berlichinga, detes- 
table imitación de las perversas piezas inglesas; aplaude 
el populacho y pide con entusiasmo la repetición de esta 
extravagante chapucería.» Al bueno de Federico II no 
le era dado adivinar que la composición que tan mal tra- 
taba era la primera obra maestra de un nuevo género y 
que debía considerársele como padre de una numerosa 
descendencia literaria. ¡ Así hubiese la nueva escuela ro- 
mancesca seguido siempre el camino que esta primera 
obra le trazaba, y se hubiese contentado con recorrerlas 
variadas y espléndidas regiones que la simple inspira- 
ción histórica y tradicional le ofrecía ! ¡ Así el autor de 



(1) Mad. Du Deffand. 



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LITERATURA ALEMANA. Sj 

una composición tan sana y tan cordial, no hubiese ja- 
más consagrado su talento á la obra de la destrucción y 
á la apoteosis del egoísmo ! 

El año de 1773 en que vio la luz pública el Goet^ de 
Berlichinga^ nació en el mismo país el más decidido pa- 
ladín de la nueva escuela (tomando este nombre en su 
buen sentido), el autor de la Genoveva de Brabante, y 
dos años había que lloraba en la cuna otro cantor de 
la Edad media más célebre todavía, el inmortal creador 
de Quintín Durward y de Ivanhoe. 

Como primicia, pues, de aquella escuela^ como obra 
maestra literaria, como una de las primeras protestas 
contra las ideas dominantes en el siglo xviii, presenta- 
mos esta composición menos conocida de loque merece, 
sin que temamos que la singularidad de su plan sea parte 
para que se desconozcan las bellezas de primer orden 
que contiene en abundancia. 

Goetz de Berlichinga, el héroe que da el nombre á la 
obra, nació en Jaxthausen en 1480 ó 1482: los princi- 
pales acaecimientos de su vida son los descritos en la 
presente novela dramática, inspirada por la autobiogra- 
fía ó historia escrita por el mismo héroe durante su lar- 
ga cautividad en sus propios dominios ; con la diferen- 
cia de que ésta se le impuso por la parte que forzada- 
mente tomó en la rebelión de los aldeanos, y duró no 
menos que diez y seis años, hasta que lo llamó á su lado 
Carlos V. Siguióle á España, Francia y Países Bajos, 
ternfinando su vida heroica y aventurera en el mismo 
castillo que le vio nacer y en i562, mucho más entrado 
en edad de lo que supone el poeta. 

Escribió éste la presente obra maestra á los veintidós 
años: empleó algunos meses en concebirla y en la ejecu- 
ción sólo seis semanas. Recordóla siempre con particular 
predilección, llamábala la carne de su carne y el hueso 
de sus huesos, y aun decía que en lo de elección de 
asunto había andado más feliz que Klopstock en su 
Hermán, 

El gran Walter Scott se avino al humilde oficio de 



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58 LITERATURA ALEMANA. 

traductor para verter este drama ó novela en idioma in- 
glés, y no sería difícil hallar en las del caledonio algu- 
nas situaciones que recordasen la del alemán. Ni es poca 
la semejanza entre la manera de Walter Scott y la usada 
aquí por Goethe; pero más que con otra causa debe mo- 
tivarse con el apasionado estudio de Shakespeare, común 
al autor del Goet:[ y al del Ivanhoe. 

Como sea , el Goet:{ de Berlichinga es para nosotros 
una de las joyas de más precio de la literatura alemana. 
En la pintura de caracteres á que se presta particular- 
mente su forma dramática, poquísimas obras lo aventa- 
jan. ¡ Cómo resalta el del héroe entre los de sus compa- 
ñeros Selbitz y Sikinga, tan honrados pero menos subli- 
mes, el del lozano y denodado Jorge, el de Lerse tam- 
bién valeroso, pero más severo y taciturno ! ¡ Qué virtu- 
des conyugales las de Isabel, qué virginal inocencia la 
de María, qué perversidad la de Adelaida, oculta bajo 
apariencias de travesura y ligereza ! Y como contraste y 
complemento de los de Goetz ¡ qué carácter y qué histo- 
ria la de su débil é infíel amigo Weislinga ! Los cuadros 
de familia, de batalla, de costumbres populares, etc., es* 
tan llenos de verdad y de frescura; y si en los de corte 
se advierte generalmente un excesivo espíritu democrá- 
tico ó si los realza un tono irónico, ni éste ni aquél da« 
ñan en manera alguna á la imparcialidad épica del con- 
junto. 

Del diálogo diremos, que no falta quien sienta que el 
poeta no lo adornase con las gracias de su estilo y los co- 
lores de su brillantísima imaginación, y reprenda su ex- 
tremada familiaridad. Nosotros lo preferimos tal como 
es y á fuer de enamorados de la obra, no la quisiéra- 
mos, aunque fuese posible, más hermosa y por consi* 
guíente otra de la que es. Tampoco creemos que en nin- 
gún estilo exista poesía superior á muchos de sus trozos; 
baste recordar la expresión del amor de Franz, el diá- 
logo entre Selbitz y su soldado, la descripción del come- 
ta, la del feroz cazador; y <qué mayor poesía que la de 
la inesperada y solemne aparición del Tribunal secreto? 



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LITERATURA ALEMANA. 5 9 

Por lo que hace á la parte moral no vacilamos en re- 
petir que es esta una obra sana, de las pocas en verdad 
que merecen este nombre entre las de su autor. No es 
decir que el héroe de ella deba ser tomado como un mo- 
delo, n¡ que no se hayan de tener por reprensibles las 
demasías que se permite y á que su género de vida era 
tan ocasionado; pero error sería equivocarle con los ban^ 
didos generosos que plagan la moderna literatura , ni 
desconocer que el espíritu general déla obra y la impre- 
sión que naturalmente debe producir son el amor á la 
cordialidad y á la buena fe, á la sencillez y pureza de 
costumbres, y el odio á la doblez y á la molicie. Su in- 
tento fué presentar un nuevo orden de costumbres y de 
virtudes privadas y militares, bieii que para la exactitud 
de la representación no disimuló el carácter áspero é 
insubordinado del héroe. Esperamos pues que en núes* 
tros lectores produzca el mismo efecto que en nosotros; 
pero como hay cosas y nombres que nunca se respetarán 
demasiadamente, y como aun al atacar á su siglo bajo 
un aspecto no rompió enteramente el autor los lazos que 
con él le unían, nos hemos permitido algunas modifica- 
ciones, aun con riesgo de pecar contra la fidelidad al ori- 
ginal ó contra la propiedad histórica. Algún rasgo ó al- 
gún paso habrá escapado tal vez á nuestra diligencia, 
pero tales que no los creemos peligrosos para lectores 
como los de esta Revista. 

J846, 



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ESTUDIOS críticos. 



INDICACIONES SOBRE LA INFLUENCIA DE LA LITERATURA 
ANTIGUA EN LA MODERNA. 

Visibles aparecen en la moderna literatura los tres 
elementos que han contribuido á formarla: el clásico, el 
cristiano y el germánico. La existencia é importancia de 
los dos últimos, cuasi desatendidas en época no muy le- 
jana, han sido completamente consignadas y como res- 
tablecidas por los mejores críticos de la nuestra. Obsér- 
vase en este punto verdadera analogía, podría decirse 
igualdad, entre la historia y la literatura de las edades 
modernas, puesto que una y otra presentan varones, 
acontecimientos y obras en que se debe reconocer el 
efecto de aquellos elementos reunidos, y en los prime- 
ros siglos de ellas aparece cada uno simbolizado' por 
hechos, por personas y por libros diversos. Aun en nos- 
otros mismos nos es dado reconocer los tres orígenes: 
por nuestras propias venas circulan confundidas la san- 
gre del primitivo fiel, la del bárbaro y la del romano. 

Sin que se pretendiese explicarlo todo con estas tres 
palabras, sin confundir su verdadera inteligencia con 
un estudio completo de la literatura moderna, sin ne- 
gar el efecto de otras influencias, ni resistirse á confesar 
los hechos imprevistos, nuevos y espontáneos; sin negar 
por último su buena y principal parte á la fuerza de la 
voluntad, del carácter ó del talento individual, podrían 
explicarse los rasgos distintivos de las modernas litera-^ 
turas por las huellas que en ellas han impreso los tres 
elementos, ó para hablar con mayor exactitud, podría 
seguirse su existencia al través de las modernas litera- 



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INFL. DE LA LITERATURA ANTIGUA Kii>^A MODERNA. 6 1 

turas. Presentaremos aquí algunas iodicaciones acerca 
del influjo del clásico, que hoy día sería fácil trascordar 
con exceso por un extremo opuesto al que anteriormen- 
te dominaba. 

£1 estudio más detenido de los monumentos ha ense- 
ñado que aun en aquellos días en que suele creerse que 
la antigüedad cesó súbitamente y cedió el lugar á un 
mundo nuevo, no se efectuó el cambio sin aquella ley de 
continuidad y de tradición que suelen ofrecer las cosas 
humanas. Degenerada, rehaciendo á intervalos sus fuer- 
zas, tenaz en defender y conservar un palmo de terreno, 
recibiendo á veces y transformando en sí propia las fuer- 
zas enemigas, aunque combatida por el hacha del bár- 
baro y por el espíritu del cristiano, subsiste la antigüe- 
dad largo tiempo, sigue luego sólo en apariencia ani- 
mada, traza un largo círculo de luz en medio de la obs- 
curidad de los tiempos posteriores, luz que finalmente 
se ensancha y se auna con la que por sí propios supie- 
rongranjearse los pueblos modernos. No podía en ma- 
nera alguna el cristianismo firmar paces con la sociedad 
antigua , aun cuando hubiese ésta conservado más que 
la apariencia de salud y de vida: la verdadera religión 
combatía sus instituciones, sus creencias, sus preocupa- 
ciones, todo su género de existencia. Conservóse sin 
embargo cuanto cupo de los frutos de la civilización 
que estaba por perecer, de la organización producida 
por sus leyes, de los resultados adquiridos por su expe- 
riencia, de los datos que su ciencia prestaba, de las for- 
mas de sus artes y de sus letras. La antigua basílica se 
transformó en iglesia, la casa del patricio romano dio su 
planta á la abadía, los cantos más graves de la Musa 
griega fueron aplicados al versículo hebreo, y las artes 
que habían nacido y llegado al mayor punto de per- 
fección bajo la influencia de los frivolos mitos profesados 
por Homero y por Fidias, reanimáronse por un mo- 
mento en las sombras de las catacumbas para expresar 
los austeros emblemas del buen Pastor ó del Hijo pró- 
digo. El exámetro sirvió para referir los acerbos pasos 



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62 INFLUENCIA DE LA 

de la Redención ó la conversión del Senado romano; los 
compases del jambo animaron el corazón de los fíeles 
después de haber ahogado el estrépito popular de los 
teatros, y hasta el muelle endecasílabo de la doncella de 
Lesbos sirvió para celebrar á los confesores del Señor. 
Compusiéronse no sólo poemas didácticos y epopeyas 
cristianas, sino también tragedias religiosas. 

El hecho distintivo de esta transmisión es la perma- 
nencia del habla latina; la cual aun cuando la griega 
corrió á guarecerse y á transformarse en su antiguo terri- 
torio, siguió considerada como la única digna del hom- 
bre, como la propia de todo saber y cultura, y como to- 
davía viviente mientras bajo su aparente existencia y 
uniformidad nacía y cobraba creces su variada y móvil 
familia. Tuvo sin embargo la lengua madre cierta vida 
(no muy diversa, según algunos filólogos, de la que an- 
tiguamente le cupo), y siguió con alternados períodos 
de decadencia y brillantez que terminaron por un nuevo 
siglo de oro. 

Este prueba una completa restauración de las obras 
de la antigüedad: la continua vida literaria del idioma 
latino indica un conocimiento más ó menos completo 
de las mismas. Que éstas fuesen principalmente, y apar- 
te la ciencia religiosa, exclusivamente estudiadas, hecho 
es cierto é indisputable: lo difícil está en averiguar si 
tal estudio produjo nocivos ó provechosos resultados. 

De seguro que si nos fuese dado imaginar una literatu- 
ra moderna enteramente nueva, espontánea, primitiva, 
que de la antigüedad sólo hubiese recibido algunos 
fragmentos sin firma y sin data, y que antes de ponerlos 
en uso los hubiese convertido en substancia propia y 
aclimatado en su región, bien como el griego plantó en 
las vertientes del Pindó y regó con las aguas de Helico- 
na las tradiciones del egipcio y del fenicio, diera aquella 
literatura más amplios y completos resultados, y al ha- 
llarse luego formada y al recibir los tesoros de la anti- 
güedad no los hubiera acogido con tan ciego entusiasmo, 
ni tan fácilmente renegara de sí propia. Mas no fué así: 



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LITERATURA ANTIGUA EN LA MODERNA. 63 

el estudio de las letras antiguas continuo, bien que las 
más veces incompleto y mal entendido, aparece compa- 
rable al auxilio dado á un niño á quien se llevase con- 
tinuamente en los brazos sin permitirle andar- por sí 
propio. De ahí resultó que existiendo una ciencia for- 
mada aunque muerta, se equivocó su conocimiento, es 
decir, la erudición con la verdadera ciencia; y de ahí la 
confusión necesaria de las edades naturales de la vida 
literaria de un pueblo. Y como vemos en Grecia des- 
pués de la confusa lontananza de la antigüedad mítica, la 
primitiva edad heroico-poética , luego el brillante perío- 
do poético*fílosóíico, y por ñn la edad verdaderamente 
filosófico- literaria, cual en un mortal privilegiado en 
quien todos los instintos nacen y cesan en la temporada 
debida, sin que una inarmónica precocidad de inteligen- 
cia ahogue en germen los impulsos denodados de su 
infantil corazón, sin que más tarde el amor á la vida 
Juvenil le impida cumplir los severos deberes propios 
del mediodía de la existencia, y en que una vida activa 
y completa lleva á una vejez serena que vuelve con 
placer los ojos á los días pasados; vemos en la literatura 
moderna confundidos los tiempos y los géneros, algu- 
nos de sus miembros se presentan fuera de sazón , otros 
perecen de muerte prematura, mientras que otros se 
conservan en lucha con los que contemporáneamente 
existen. De ahí la falta de unidad y de conjunto, el fatal 
divorcio entre la literatura sabia y la popular, ó bien 
el encuentro de ambas en que la primera desprecia á la 
otra más modesta y espontánea, y al pretender conser- 
varla, la desvirtúa y despoja de su carácter. De ahí ñnal- 
mente aquella preponderancia del ingenio (tomando 
esta palabra en la significación menos honrosa) y del 
ansia de lucir, de agradar, de admirar, sobre el verda- 
dero genio, sobre la inspiración, sobre el culto interno 
de un sentimiento ; el frecuente uso de los giros violen- 
tos del espíritu y de los juegos del vocablo que desde 
su cuna han inficionado las modernas literaturas; y si 
bien puede atribuirse á otras causas, procedió en gran 



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64 INFLUENCIA DE LA 

parte del error de los eruditos de la Edad media, quie- 
nes pensando beber el puro licor de la antigüedad por 
las obras que más familiares les eran, bebieron frecuen- 
temente sus heces. 

Singular aunque nada agradable es el efecto produ- 
cido por la unión del gusto corrompido y estudiado 
de la última época de la literatura latina con la rudeza 
y sencillez de la naciente literatura europea; muy cu- 
rioso es ver en el Alighieri, cuyo gusto tampoco es 
siempre puro, distinguidas dos escuelas entre los líricos 
contemporáneos, la de los conceptistas amanerados y 
sutiles, y la que él denomina dolce stil nuovo que amor 
inspira directamente y que se ciñe á expresar lo que éste 
dicta, es decir, la de la inspiración franca é inmediata: 
lo que manifiesta que no todos los descarríos del ingenio 
se deben á los Góngoras y Marinis, y que no ha sido el 
decimoséptimo el único siglo del mal gusto. 

Mas la literatura moderna, sus obras de mayor ex- 
tensión y valía ¿hubieran existido sin el imperfecto 
estudio de la antigüedad? ¿No hubiera acaso perecido 
por falta de recursos propios sin las riquezas que ella le 
prestaba, sin la emulación y el sentimiento de respeto 
que producía ? 

Ciñámonos á un solo ejemplo: al de la obra inmortal 
del poeta que acabamos de citar casualmente, á la i)/- 
vina Comedia de Dante. Dante, el italiano, el esen- 
cialmente moderno y padre hasta cierto punto de la 
moderna cultura, el verdaderamente original y creador 
Dante, ¿hubiera sido lo que fué si (permítaseme usar de 
la expresión literal) hubiese ignorado el latín? Sí, se 
contestará: la antigüedad sólo le prestó el auxilio de 
una erudición yerta, los elementos de una cultura que 
combinó con la que la de su edad le ofrecía, en unión 
absurda y ridicula á veces, á menudo sacrilega. Las 
figuras de Cacciaguida y de Ugolino, de Francisca y de 
Casella diéronselas la historia contemporánea, sus re- 
cuerdos personales, las narraciones que oyó en la in- 
fancia , sus relaciones de amistad y de parentesco; las 



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LITERATURA ANTIGUA EN LA MODERNA. 65 

imágenes, las comparaciones, el fondo de las ideas, su 
vida de vecindad , de embajada, de milicia, de viaje, de 
destierro, de devoción; las angelicales visiones y el diseño 
inmenso y simbólico, su ardiente fe y las páginas de los 
libros santos; la fuerza y animación, el espíritu de amor 
y de celo que vivifican su poema, el amor á su patria, la 
pura y ardiente veneración á Beatriz. Verdades son estas 
que mal interpretadas podrían conducir á una falsa con- 
secuencia. 

En el primer canto del Infierno, al aparecer á Dante 
Virgilio, representante para él de la sabiduría humana y 
del arte de la poesía, exclama el Alighieri : 

Eres tú mi doctor, tú mi maestro, 
Tú la guía segura á quien yo debo 
El dulce estilo que mi nombre ilustra. 

No basta decir que es este efecto de excesiva humil- 
dad, error de crítica del buen Dante, confusión de ideas 
nacida de una instrucción incompleta. Considero, es 
cieno, el genio de Dante superior al de Virgilio, pero 
tampoco basta decir esto. 

Si el Dante no hubiese leído á Virgilio, si con el estilo 
de éste no hubiese enriquecido 

El dulce estilo que ilustró su nombre , 

hubiera poseído el mismo espíritu ; pero ceñido entre 
las ataduras de un lenguaje escaso y no desenvuelto, 
precisado á adoptar con más ó menos vigor aquel andar 
lento, aquella manera uniforme, aquella sequedad con- 
tinua del lenguaje no italiano sino europeo de su tiempo 
(lleno de hechizos propios, es verdad) que es común á 
las crónicas , cantares , trovas y novelas anteriores á su 
poema, hubiera carecido de un instrumento á propósito 
para la extensión y variedad del genio, para la audacia 
del pensamiento, para la viveza y finura de los recuer- 
dos personales. Hubiérale faltado un lenguaje, y por 
lenguaje entiéndase aquella suma de giros, aquellos va- 
riados enlaces de las dicciones, aquellas innumerables 

5 



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66 INFL. DE LA LITERATURA ANTIGUA EN LA MODERNA. 

modiñcaciones de la expresión que distinguen á un es- 
critor de otro, á un pueblo de otro pueblo, y que si 
bien no constituyen el pensamiento , son á él tan inhe- 
rentes como á un cuerpo su configuración. Demos que 
sin poseerlo hubiese vertido el poeta italiano la misma 
riqueza de ideas y de afectos; mas entonces en vez de 
imponerlos imperiosamente por medio de la expresión 
á la fantasía de los lectores , hubiera dejado á ésta el 
oficio de adivinarlos. Adviértase empero que no despre- 
ció Dante los materiales propios ni el carácter sencillo 
y primitivo del lenguaje de su tiempo y suyo, amplián* 
dolo tan sólo con los auxilios que demandó al estudio. 

Generalizada la observación que acabamos de apun- 
tar, se aclarará acaso el problema que hemos querido 
proponer más bien que resolver. Sin pedir nueva ayuda 
á la antigüedad, ha producido la moderna Europa una 
poesía lírica, un estilo histórico, ha ensayado un teatro 
y ha sembrado los gérmenes fecundos de una epopeya. 
Mas en todos estos ramos (exceptuando la canción na- 
rrativa popular) no nos ofrece obras acabadas que pue- 
dan compararse á las que la posteridad ha denominado 
clásicas. Únicamente son tales las de aquellos que ani- 
mados del nuevo espíritu, han completado con el estu- 
dio de la antigüedad su estilo, su ciencia en la disposi- 
ción, todo lo que suele indicarse con la expresión vaga 
de forma , todos los secretos del arte y los recursos del 
artificio. 

Así la epopeya caballeresca, privada ya de su primiti- 
va credulidad y sencillez, adquirió nuevo esplendor en 
la corte de Ferrara; así el teatro indígena sólo llegó á 
su buen período después que los doctos lo ensancharon 
hasta los límites del antiguo : límites que debían salvar 
bien pronto el genio de Lope y el de Shakespeare. 

La Discusión, 1848 (i). 



(1) Este articulo se reimprimió en el Diario de Barcelona en 21 
de Noviembre de 1857. 



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PROLOGO Á US COMPOSICIONES POÉTICAS 



D. Pablo Piferrer, D. Juan Francisco Carbó 
y D, José Semis y Mensa. 



Un año habrá en breve transcurrido desde el día en 
que se lloró públicamente la muerte de Piferrer : aquel 
día entre todos distinguióse Barcelona por un cambio 
en sus ordinarias costumbres. Como por instinto se co^ 
noció cuánta era la pérdida que acababa de consumarse; 
7 no sólo sus numerosos lectores y apasionados, sino la 
generalidad de la población, las personas indiferentes á 
los buenos estudios , hasta los que en ideas y en opinio- 
nes podían discordar del joven malogrado, todos com- 
pitieron en tributarle muestras de dolor y de respeto, y 
nuestra ciudad apareció ensimismada. Y no sin motivo, 
puesto que acababa de perder á un hijo que contará la 
posteridad entre sus mayores glorias, un escritor que en 
edad temprana honró á su patria con obras de gran va- 
lia , un ingenio que debía seguir enriqueciéndola con 
nuevos y copiosos frutos, pues ya no eran ñores las que 
producía. 

En sus primeros ensayos de composición original, en 
aquellos primeros engendros que el escritor consumado 
mira con ternura y rubor á la vez, sería ya fácil descu- 
brir algunas de las prendas que más tarde debían ateso- 
rar sus obras : la fuerza, el entusiasmo artístico, la ex- 
presión feliz y completa del pensamiento y un orden de 
ideas verdaderamente poético. Puédese asegurar á lo me* 
nos que desde estos vagidos del ingenio, desde las pri- 
meras hojas fugitivas 9 desde los fragmentos en prosa y 



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68 PRÓLOGO I LAS 

ensayos poéticos en que aparecen las dotes y defectos 
propios de un arte y un género entonces nuevos, hasta 
la obra que le ha inmortalizado, hasta el abultado fruto 
del saber y de la meditación, no medió transición algu* 
na , ningún tanteo, ningún estudio preparatorio, Y 
cuenta que con ella se propuso un intento cual pocas ve- 
ces ha sido pensado y acaso ninguna llevado á cabo tan 
completamente. La rica y variada historia de nuestros 
progenitores jamás había sido tratada de una manera 
general, con las miras aunadas del historiador y del 
poeta. Obras de gran mérito habían ya aparecido para 
reproducir y coordinar importantes y perecederos docu- 
mentos, y ya con más ó menos ferviente entusiasmo ha- 
bían sido evocados ciertos pasos de los anales patrios, 
como emblemas de una época de grandeza y de cultura 
provincial, de loables costumbres ó de entereza pública, 
pero nadie se había propuesto reunir en un conjunto ar- 
mónico los trabajos del arqueólogo, del analista, del 
poeta y del descriptor. Esta obra inmensa en su pian, 
emprendida, según se ha dicho, sin modelo ni prepara- 
ción, y al mismo tiempo sin auxilios materiales, cuyas 
dificultades pudo tan sólo sobrepujar la aplicación, la 
voluntad denodada y más que todo el talento de su au- 
tor, fué continuada y cuasi llevada á cabo en la parte re- 
lativa á Cataluña con un calor que nunca desfallece, con 
la misma amplitud de miras y con recursos siempre nue- 
vos y crecientes. Para llenar tan dilatada carrera, no re- 
currió su autor á medio alguno artificial, no cambió de 
puntos de vista, ni sustituyó nunca la curiosidad al in- 
terés: excítalo y sostiénelo incesantemente una misma 
inspiración, un mismo entusiasmo por las bellezas na- 
turales y artísticas, por la grandeza de los recuerdos y 
las glorias de lo pasado. Bien que no entra en nuestro 
propósito descender á pormenores, debemos recordar lo 
que nadie pudo dejar de advertir desde luego, entre 
prendas menos perceptibles , y en medio de la viveza y 
novedad del estilo : aquella felicidad de expresión y pu- 
reza de lenguaje , aquellas dotes de pompa, de gala y de 



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POESÍAS DE PlFfiRRER. 69 

brío que recuerdan, ó por mejor decir, renuevan el ha- 
bla castellana de los mejores tiempos. 

La igualdad sostenida de miras y de intención en nin- 
guna manera se oponía á la variedad y mejora de la for- 
ma, y si en el primer volumen se presenta ésta reducida 
á la de simples excursiones ó viajes particulares, en el 
destinado á Mallorca mostró por medio de una división 
grande y sencilla, separada en lo posible la parte histó- 
rica de la monumental y descriptiva. Dedicáronse á 
aquélla algunas preciosas páginas de sabia composición 
en que campea el lenguaje de los Marianas y Moneadas 
al lado de la sagacidad crítica, del espíritu de investiga- 
ción profunda y del carácter pintoresco de los Thierry y 
de los Barante. Con los últimos compitió nuestro Pife- 
rrer sin haberlos estudiado y sin conocerlos entonces si- 
quiera, y con ello dejó ver uno de los aspectos de su ta- 
lento, una de sus principales vocaciones, la de grande 
y concienzudo historiador. Los capítulos destinados á 
desenvolver la historia de nuestros Condes, junto con 
los ya mencionados de Mallorca, pueden darnos á cono- 
cer cuál hubiera podido ser, andando los años, su histo- 
ria completa del reino de Aragón , uno de los ensueños 
de su vida. 

La obra de los Recuerdos y Bellezas de España^ cuyo 
desempeño pusieron en sus manos una feliz casualidad 
y una ocasión oportunísima, si bien llenó los períodos 
más laboriosos de sus mejores años, estuvo lejos de ago- 
lar sus fuerzas, su noble ambición y sus deseos. Desen- 
volvióse su ingenio en infinitas direcciones, y opúsculos 
aislados recogieron el caudal de inspiraciones y de ideas 
que no pudieron caber dentro del vasto diseño de aque- 
lla obra. Entraron buenamente en éste sus investigacio- 
nes relativas al arte monumental, investigaciones que 
con tan paciente amor y con tanta inteligencia llevó á 
cabo, beneficiando los estudios teóricos de la arqueolo- 
gía que han recibido en nuestros días sumo ensanche y 
presidido al renacimiento de una nueva escuela artística 
(felizmente transplantada á nuestro suelo), con un cú- 



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70 PRÓLOGO Á LAS 

mulo de observaciones propias y de conocimientos posi* 
tivos que le sugirió la detenida contemplación de nues- 
tros semi-destrozados monumentos. Este estudio inme- 
diato y práctico, hecho á la luz de la poesía y de la his- 
toria, y tan apartado de las rutinas técnicas^ como de ar- 
bitrarios sistemas filosóficos, le dio á conocer his obras 
de un arte del cual era apasionado bajo sus íntimas y va- 
riadas relaciones con la naturaleza, las costumbres y la 
inspiración poética» Mas otro arte al parecer enteramente 
opuesto ó desemejante á la arquitectura, bien que en el 
fondo guarde con ella relaciones esenciales, el arte mu- 
sical, contribuía á satisfacer la sed ardiente de ritmo, de 
aspiración á lo bello y de sentimiento artístico de nuestro 
poeta. Proverbiales han quedado entre los apasionados 
al arte musical que en nuestra ciudad abundan, el franco 
entusiasmo y las observaciones originales con que apre* 
ciaba las producciones de este arte el joven escritor, y 
sin duda es el aspecto bajo el cual más comunmente se 
le conoce. Los artículos críticos relativos á esta materia, 
en que aparece unido al oportuno conocimiento del 
mecanismo y de las exigencias prácticas, el todavía más 
necesario de la verdadera inspiración musical y de las 
intuiciones artísticas, han sido justamente considerados 
como modelos de exacta apreciación y de análisis pro- 
fundo. Nunca, á lo menos en lo que alcanzan nuestras 
lecturas, habían sido interpretados tan cumplidamente 
los goces, los deseos, los ayes que envuelven las notas 
musicales; nunca con tanta perspicacia habían sido se- 
ñalados los diversos afectos cuyo complicado tejido 
constituye las grandes partituras. Aciertos no menores 
ofrece su crítica literaria, hija más bien del propio inge- 
nio, de la delicada sensibilidad y de aquel tino práctico 
que le distinguía , que de recónditos sistemas y laborio- 
sas comparaciones; la cual bien que reducida en apa- 
riencia y por las necesidades de momento á apreciacio- 
nes sueltas sobre ciertas obras dramáticas y su ejecución, 
abraza también mil pensamientos y juicios relativos á 
los distintos ramos de literatura que están sembrados en 



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POESÍAS DB PIFERRER. 7 1 

todas sus obras (i). Aun en las destinadas á los usos del 
profesorado ha dejado un trabajo impreso y^una colec- 
ción de apuntes , que por sí solos bastarían para darle el 
título de humanista. 

Pero tales glorias no le bastaban: quería llamarse autor 
de obras del arte en toda la extensión de la palabra : no 
se contentaba con revolotear á la luz del sol de la belle** 
za y reanimarse á su calor: quería producirla. Solía decir 
que cctenía por enojosa la 'vida sin poesía,» y los tra- 
bajos en que se hallaba abismado considerábalos como 
preparación para en época más oportuna dedicarse á su 
sabor á la creación de obras poéticas. En sus últimos 
tiempos, cuando fija su vista en un mundo mejor, se ha- 
bían marchitado para ella todos los encantos de las co- 
sas perecederas, decía que «en lo humano sólo conser- 
vaba fe en el arte.» Como centellas desprendidas de este 
fuego interior presentamos al público los fragmentos 
que forman parte de este volumen, y que esperamos que 
serán apreciados no sólo por lo que significan y por lo 
que prometían, sino también por su valor intrínseco, 

Piferrer pertenece á la pléyada de poetas que, como 
una excepción brillante, ha coronado las últimas déca- 
das del siglo décimooctavo y las primeras del presente: 
hijo es del general despertamiento que después de una 
época de mal gusto y de otra de poesía didáctica y de 
falso clasicismo, ha renovado los tesoros poéticos de 
nuestros antiguos tiempos. Como una ciudad que des- 
cubriese su variada perspectiva al desterrar el sol las nie- 
blas que la cubrían, tal apareció la Edad media poética 
á los ojos no avezados á conocerla ; pero los rayos que 
la iluminaban y que ostentaban las vivaces tintas de la 
aurora, no eran quizá más que los últimos destellos de 
un sol de occidente.... Como quiera que sea, Barcelona 



(1) Entre algún otro proyecto de crítica literaria que traía ea 
mientes, contábase el de una apreciación de nuestro antiguo teatro, 
en la que pensaba llamar la atención sobre la Virgen del Sagrario, 
el Villano en su rincón y alguna otra comedia que no recordamoB« 



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72 PRÓLOGO Á LAS 

puede gloriarse de haber recibido muy temprano, bien 
que en débil grado, esta nueva dirección, y de presentar 
en Piferrer un ingenio entre el reducido número de ver- 
daderos ingenios que de ella participan, una nueva fiso- 
nomía entre las fisonomías á la vez semejantes- y varia- 
das que pertenecen á una misma esfera artística... quales 
decet esse sororum. El amor á los bellos recuerdos de lo 
pasado que á todos ellos distingue, á pocos habrá tan 
vivamente animado como á nuestro joven cantor, sin 
que se convirtiese en un culto fanático á ciertas épocas, 
cual acaso podría decirse de algunos poetas alemanes, y 
sin que tampoco degenerase en simple curiosidad de an- 
ticuario ó en la imparcialidad medio irónica que en 
otros podría notarse. El amor de Piferrer á las edades 
heroicas de la historia moderna, era una amistad indul- 
gente y apasionada que se distinguía por un carácter de 
constante fidelidad y de voluntario exclusivismo. Como 
poeta y como cristiano ocupaban el lugar preferente en 
su corazón y en su fantasía las inspiraciones propiamente 
religiosas, y en sus composiciones aparecen impresos en 
caracteres de fuego el amor y agradecimiento al Hacedor 
supremo, la aspiración á la virtud y á su celestial coro- 
na, la resignación y la esperanza en medio de las olea- 
das de la vida. Pero en el orden puramente histórico sólo 
hallaban acceso en su imaginación las escenas de los pue- 
blos septentrionales, las de los bajos tiempos cristianos 
y las rústicas costumbres populares en que parece presi* 
dir todavía, bien que envejecido y destronado, el genio 
de las edades antiguas ; y acasd por severa y misteriosa 
había ido prendándole más y más la de la infancia ó del 
crepúsculo de la historia moderna y el arte bizantino 
que en ella ñoreció. Poco se complacía en recuerdos de 
género diverso: quería y sabía mantenerse apartado del 
choque y de los vaivenes de las diversas escuelas; y 
Bellini, Walter Scott y Schiller reinaban casi sin com- 
petencia en el imperio de su fantasía. ¡Naturaleza privi- 
legiada que se hallaba siempre dispuesta á admirar y á 
sentir un mismo orden de ideas, y que sabía superar 



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POESÍAS DE PIFERRER. 73 

todo combate y alejar de si toda idea importuna (i) ! 
Los otros dos poetas cuyas composiciones forman parte 
de este volumen, presentan en ellas un campo menos ex- 
tenso ó, si se quiere, un estilo más determinado; mer- 
ced á lo cual podremos cumplir en menor espacio con el 
penoso deber á que consagramos las presentes líneas. No 
dudamos que los cantos de Carbó serán debidamente 
apreciados por toda clase de lectores sin necesidad de co- 
mentario alguno. ¿Y cuál podría resistirse á la magia, á 
la gala y lozanía, al espíritu de vida y suave ambiente de 
esperanza que exhalan estos deliciosos fragmentos? Si 
pudiera darse un emblema de la frescura de afectos, de 
la paz interior, del estado de un alma apartada de toda 
agitación febril , éste sería. La gracia en la ejecución, la 
belleza en la forma, la pompa de dicción que distinguían 
al brillantísimo mancebo en la prosa, en la explicación 
profesoral y hasta en la conversación familiar, si bien se 
habían manifestado suficientemente en algún ensayo lí- 
rico, hallaron el más acertado empleo en el género na- 
rrativo que abrazó en sus últimos tiempos y en que se 
hallaba dispuesto á multiplicar el número de composi- 
ciones, y meditaba todavía otras de más extensión y 
aliento. La balada, amor de la escuela catalana, presenta 
aquí las prendas que pudieran acreditarla y popularizar- 
la, y un carácter de elegancia y suavidad exquisita que 
pocas veces habrá alcanzado y que seguramente no vol- 
verá á alcanzar en la literatura española. 

Dotes diversas recomiendan las poesías líricas de Se- 



(1) No llenaríamos completamente nuestro propósito, si no dié- 
semos noticia de los planes de Piferrer que han llegado á la nues- 
tra : éstos eran un drama sobre el Conde fratricida^ lleno de color 
histórico y de grandeza ; un delicioso poema 6 leyenda caballeresca 
sobre los Nueve de la fama, en que los Pirineos hubieran sido el 
teatro de los semi- fabulosos bien que significativos orígenes de la 
restauración de nuestra patria, y una epopeya sobre las Navas de 
Tolosa en que se habían ya meditado grandes rasgos para caracte- 
rixar la reunión de las diversas gentes cristianas, la aparición de un 
maravilloso auxiliar y el regio entierro de un caudillo catalán. Ig- 
noramos si había fundido en uno los dos últimos proyectos. 



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74 PRÓLOGO Á LAS POESÍAS DB PIFERRER. 

mis: un fuego desusado las anima; rasgos de un genio 
de primer orden aparecen al lado de versos incultos y de 
frases obscuras y embarazadas; la mano poco cuidadosa 
del cantor arranca de la cítara notas esplendentes mez- 
cladas con sonidos desiguales y tonos poco acordes. 
.Quien conoció todo el valor de su talento, quien apre* 
ció su nobleza de alma y disfrutó de su conversación fe- 
cunda en ideas y en afectos , pensará sin duda que Semis 
no ha dejado muestras suficientes de sí mismo, por no 
haber sujetado su mente fogosa á una acertada discipli* 
na ; mas al propio tiempo los que á efecto de los acos- 
tumbrados caprichos de la fama, ignoraban que en él 
existía un verdadero poeta, no se negarán á reconocerlo 
en vista de sus preciosas composiciones, cuyos defectos, 
por otra parte, no pretendemos disimular. 

Tal es el juicio que hemos formado de las composicio- 
nes que se ofrecen al público, marcadas todas, á nuestro 
parecer, con el sello de la superioridad, bien que en al- 
gunas se eche de ver la falta de la última lima ; tales fue- 
ron los jóvenes, honor y esperanza de nuestro país, cuya 
pérdida no podrá resarcirse. Los tres fueron arrebatados 
en la flor de la existencia (i); los tres fueron llorados 
con amargas lágrimas y las hubo que no se secarán; en 
los tres, empero, pudo visiblemente reconocerse una 
disposición poco común para emprender el terrible trán- 
sito ! 

Barcelona Junio de 1849" 



(1) Carbó murió á la edad de 25 años, Piferrer á la de 30, Se- 
mis á la de 31; los dos últimos nacieron en esta ciudad y el primero, 
aunque natural de Cura9ao, era catalán por familia, por educación 
y por ideas. 



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ESTUDIOS SOBRE LOS ORÍGENES 

Y 

FORMACIÓN DE LAS LENGUAS ROMANCES 

Y ESPECIALMENTE DE LA PROVENZAL (1). 



ARTÍCULO I. 

DK LA FORMACIÓN DE LAS LENGUAS ROMANCES. 

I. — Objeto de este artículo. 

Como la lengua provenzai pertenece á la familia de 
los romances ó lenguas románicas, no cabe explicar su 
primer origen sin atender á la no menos curiosa que 
difícil cuestión del origen de las lenguas sus hermanas: 
la Cual nos proponemos tratar, si bien muy sucintamen- 
te, por considerar la cuestión preliminar aunque indis- 
pensable. Enteramente desprovistos de conocimientos 
positivos en lingüística y de toda ó casi toda erudición 
inmediata en lo que toca á la materia de este artículo, 
acometemos una de aquellas empresas que deben excitar 
la sonrisa ó la indignación de los filólogos, pero que 
acaso puedan aprovechar un tanto á los que no lo son. 
A lo menos sabremos decir que hemos puesto suma 
diligencia en recoger los principales datos que á dicha 
cuestión atañen , y leído ó estudiado buen número de 
tratados extranjeros y nacionales (entre los cuales cita- 
remos al doctísimo Aldrete) y que nuestro trabajo en 
fin ha sido incomparablemente mayor que el de una 
simple compilación, y sin duda alguna superior al re- 
sultado que era dado obtener. 



(1) Gaceta de Barcelona, 1853. 



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76 FORMACIÓN DE LAS 

II. — Diversos romances. 

Las lenguas que por su naturaleza y por haber reci- 
bido al principio esta denominación pertenecen á la 
clase de romances , son las siguientes: I. La llamada 
provenzal, á la que se reducen el catalán y los moder- 
nos dialectos meridionales de Francia. II. La francesa 
que en lo antiguo se presenta con sus modificaciones de 
picardo, normando, borgoñón, etc. III. La italiana y 
sus innumerables dialectos, algunos de los cuales tienen 
decididas analogías con la provenzal. IV. La castellana 
con sus ligeras modificaciones provinciales en Aragón, 
Andalucía, América, etc. V, La portuguesa á la cual son 
afines el gallego y al parecer el asturiano. VI. La daco- 
romana hablada por los válacos y los moldavos, descen- 
dientes de antiguas colonias itálicas fundadas á fines del 
siglo I á orillas del Danubio. Esta lengua valaca pre- 
senta caracteres evidentemente latinos, especialmente en 
la inflexión de los verbos, gran número de raíces esla- 
vas, mucha semejanza con los demás romances, v. g' en 
la reducción de la segunda y tercera conjugación latina 
á una sola, en el uso del auxiliar haber para los tiempos 
pasados etc. (y esta semejanza es á veces igualdad con el 
italiano), junto con algunas notables diferencias, como 
la colocación del artículo al fin del nombre, el empleo 
del auxiliar querer para los futuros y una forma parti- 
cular de pasiva por medio del nombre personal {me 
laúd, soy alabado). Falta indicar VII y finalmente el 
romaunch que comprende varias modificaciones de un 
dialecto suizo del país de los Grisones, entre ellas una 
que parece verdadera mezcolanza de alemán y de ro- 
mance. Y aquí se nos ofrece decir de paso que tales dia- 
lectos mixtos no son tan comunes como según aparien- 
cias debieran, y que así como no hallamos, por ejemplo, 
transición alguna entre el vascongado y el castellano^ 
se nos ofrece poca entre la última lengua y la catalana, 
y que en otros puntos de la misma Suiza se observa, 



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LENGUAS ROMANCES. 77 

según Sismondi, tan repentino salto entre el romance y 
los dialectos germánicos, como si entre ellos mediasen 
centenares de leguas. 

III. — Lenguas madres. Diferentes sistemas. 

Los que más disienten en explicar la formación de los 
romances, convienen en que sus principales elementos 
son debidos á las lenguas de la familia indo-germánica, 
cuyo mutuo parentesco es uno de los pocos puntos acep- 
tados por todos los filólogos, A esta familia pertenecen 
entre los idiomas que han dejado en los nuestros una 
huella más ó menos visible, el celta, el griego, el latín, 
el germano (ó el eslavo para el válaco): quedan el feni- 
cio y el árabe que son indudablemente de la familia 
semítica, y el éuskaro ó vascongado que unos dan por 
lengua de esta última clase y otros por muy enlazada con 
el celta (i). Necesaria hemos Juzgado la anterior indica- 
ción para que se comprendiese al punto que una de las 
dificultades de la controversia estriba en la de decidir á 
cuál de las lenguas reputadas por madres debe atribuir- 
se un elemento de las lenguas hijas, cuando el último se 
halla en varias de las primeras. Sirva de ejemplo el ver- 
bo auxiliar-posesivo habere latino y haber germano 
que pudiera en algunos puntos dejar duda acerca de la 
verdadera filiación de este verbo en las lenguas moder- 
nas. Y con esto se desvanecen al propio tiempo las acos- 
tumbradas objeciones contra el sistema de una deriva- 
ción determinada, de la del latín por ejemplo, que con- 
sisten en presentar tales raíces comunes; puesto que si 
se dan buenas razones para adoptar una derivación, 
nada importa que otra derivación sirva también para 



(1) Esta hipótesis está hoy completamente abandonada. Por el 
contrario, se han reconocido analogías entre el vascuence y las len- 
guas del grnpo uralo-altaico , que algunos llaman tnránio, y entre 
el vascuence y las lenguas americanas. 



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78 FORMACIÓN DE LAS 

ersLplicar alguno de los hechos cuya procedencia es ob- 
jeto de discusión. Por último, la hermandad entre las 
lenguas indo-germánicas nos inducirá á admitir la ma- 
yor facilidad ó, por mejor decir, la menor dificultad de 
que por una abandonasen algunos pueblos otra de ellas, 
es decir la suya nacional. 

Conocidos tales antecedentes , cúmplenos ya entrar 
en la indicación de los principales sistemas que se han 
inventado para explicar la formación de las lenguas ro- 
mances y que pueden reducirse á los siguientes: I. La 
derivación del latín de un modo más ó menos exclusivo. 
II. La derivación mixta del latín y del germano, en que 
se atribuye al primero el vocabulario y al segundo la 
sintaxis. III. La del latín popular que algunos presen- 
tan como casi idéntico á las lenguas modernas ó cuando 
menos al italiano. IV. La persistencia de los idiomas 
indígenas más ó menos modificados por la acción del 
latín. La última opinión que con diversos disfraces está 
hoy bastante en boga, tiene únicamente en su apoyo 
la dificultad antes mencionada de que un pueblo se des- 
prendiese de su idioma para adoptar el ajeno. 

La derivación latina que se apoya no poco en la mis- 
ma denominación de román ó romance es evidente en lo 
general para quien sin aprensión lea una página france- 
sa, provenzal ó castellana. La adoptamos decididamente 
en el conjunto y en el mayor número de pormenores, 
ya que no de una manera de todo punto exclusiva y no 
sin cier«tas dificultades en varios de los últimos ; y entre 
las opiniones que enunciaremos, daremos algunas más 
por probables que por enteramente seguras. 

La mayor parte de las raíces de nombres y de verbos, 
muchísimas si no todas las preposiciones, casi todos los 
adverbios y conjunciones demuestran á las claras la pro- 
cedencia latina; y no se trata á menudo de la sola raíz^ 
sino de la parte incremental, de la parte que cada len- 
gua añade á sus raíces primitivas ó por razones prosódi- 
cas ó para preparar ó expresar las modificaciones del 
pensamiento : así la palabra sermó, sermón 6 sermone 



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LENGUAS ROMANCES» 79 

nos evidencia una derivación del latín sermo, sermoniSy 
y no simplemente de la raíz serm , aun cuando se supu- 
siese que ésta existe en otras lenguas. No es menos clara 
la derivación de las conjugaciones que, tal como se 
halla en los romances, podría servirnos para reconstruir 
la forma latina si la desconociésemos : amáis (cast.) 
amatz(prov.) amati (val,) no pueden haber salido sino 
de amatis (lat.). Se han conservado por otra parte las 
más singulares analogías de la lengua madre, bastando 
citar el ejemplo de la doble raíz sum y fui en el verbo 
substantivo. A veces las lenguas hijas se han repartido 
los despojos del latín, como sucede en el adverbio de 
lugar oü (franc.) y dove (it.) de ubi, y dont (franc.) ahont 
(cat«) y donde (cast.) de unde. Añadiremos por último 
que en algunos puntos el estado primitivo del romance 
nos indica una cercana influencia de la lengua madre, 
como sucede en el ende 6 ent (cast.) de inde que en el 
más antiguo provenzal es todavía en^, y que luego fué 
en (prov. franc. cat.); en el resto de declinación ó infle- 
xión en los casos del nombre que se halla en el francés 
antiguo y en el provenzal, en la supresión del de ge- 
nitivo en las mismas lenguas y en las formas del com- 
parativo en los adjetivos del último. Estas ó semejantes 
consideraciones podrían extenderse hasta llegar á for- 
mar una gramática comparada de las lenguas neo-lati« 
ñas (i). 

El más poderoso reparo que á la derivación latina se 
opone, es, según ya indicamos, la dificultad de que se 
desarraigasen las lenguas indígenas anteriores al latín en 
la mayor parte de regiones donde se halla el romance. 
Convenimos en ella, pero ¿era acaso menor para la 
Etruria por ejemplo que tenía su lengua particular, 
para la Magna Grecia ó para Marsella donde se hablaba 
el griego, que para el resto de las Gallas ó para España? 
No en verdad, y si en aquéllas se desarraigaron las len- 



(1) Esta aspiración de Milá fué admirablemente realizada por 
Federico Diez» 



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8o FORMACIÓN DE LAS 

guas indígenas, pudo acaecer y acaeció que se desarrai- 
gasen también en las últimas. 

Una consideración debiera al parecer evitar por sí 
sola estas contestaciones. En Roma no se hablaba de se- 
guro el céltico, no se hablaba el lenguaje de las Gallas, 
de la Lusitania, ó de la Celtiberia; luego de él no pro- 
viene el italiano , ni por consiguiente los demás roman- 
ces hermanos suyos, sino que éstos y aquél provienen 
del habla de los romanos. Un hecho correlativo, aun- 
que de opuesta clase, demuestra con no menos eviden- 
cia nuestro intento: el vascongado ó éuskaro y los res- 
tos del idioma céltico, verbigracia el armorícano ó 
bajo-bretón y su hermano el gales que hemos de supo- 
ner en su origen más distantes del latín y de nuestro 
modo de hablar de lo que son en el día, ¿no se presentan 
aún como esencialmente apartados de los romances? En 
punto á semejanzas con éstos, ¿pueden sostener la com- 
paración con el latín? Además de esto las estrechas ana- 
logías, las semejanzas marcadas entre todos los idiomas 
y dialectos romanos, prueban una identidad inmediata 
de origen, la cual no debe buscarse en manera alguna 
en las innumerables y revueltas tribus que poblaban á 
España, Francia y parte de Italia, sino en una nación 
dominadora, en una ley común, en una igualdad de cul- 
tura. Ideas palmarias por cierto que han sido sin embar- 
go trascordadas en detrimento de la verdad y en busca 
de peregrinos descubrimientos. 

Que las lenguas indígenas hayan dejado rastro en las 
modernas, nada más natural ni evidente; que el latín 
mismo tuviese analogía con aquéllas, ya por derivar de 
un tronco común , ya por vecindad y mezcolanza con 
las colonias célticas de Italia, no se opone tampoco á la 
opinión que seguimos, y si se pretendiese que el latín 
popular conservó algún resto de las primitivas semejan- 
zas que no penetraron en el latín clásico y que aquél 
transmitió á los idiomas modernos, consideraríamos 
este punto como conjetural, posible aunque no probado. 
Como sea, insistiremos en que el italiano y por consi- 



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LENGUAS ROMANCES. 8 I 

guíente los demás romances son lenguas nacidas de la 
que se hablaba en Roma, y que el vasco y el bretón mo- 
dernos y á fortiori los antiguos no son ni eran lenguas 
directamente hermanadas con los romances. 



IV. — Diversos grados de influencia. 

No es esto negar que haya cabido á los antiguos idio- 
mas no latinos alguna influencia sobre los modernos; 
mas para precisar la signifícación de la palabra influen- 
cia y conviene distinguir y fijar los grados en que una 
lengua puede ejercerla sobre otra. 

Primer grado. La admisión de una palabra extranjera 
que acompaña al objeto que designa , como ciertas fru- 
tas de América que conservan en español el nombre 
indígena, ó el de ciertos utensilios y costumbres que 
hemos tomado de los franceses. 

2.^ grado. Las modificaciones de pronunciación que 
nacen al introducirse en una lengua nuevas articulado* 
nes ó sonidos , propios de la que se hablaba anterior- 
mente. Estas modificaciones y su causa primitiva, es 
decir, las diferencias de disposición orgánica , según los 
climas, las familias, etc., van obrando incesantemente 
y pueden dar al lenguaje una fisonomía del todo nueva. 
No dudamos en señalar esta circunstancia como una de 
las que más influyeron en la alteración del latín en boca 
de los pueblos conquistados, y podría por sí sola darnos 
razón de diferencias, al parecer inexplicables, entre las 
lenguas derivadas y aun entre los dialectos más varios 
de un mismo país, de Italia por ejemplo. Pudieron 
transmitirse elementos ortológicos de las lenguas primi- 
tivas á la latina y á sus hijas. Así se supone que en el 
antiguo etrusco dominaba la aspiración que tanto dis- 
tingue la pronunciación toscana ; que en el bretón como 
en el francés son muy comunes las nasales y la termi- 
nación en asonante e^ y podría acaso verse algo seme* 
jante entre las terminaciones en ac tan frecuentes en los 

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82 FORMACIÓN DE LAS 

lugares y apellidos del Lemosín y la en c que á veces 
adopta la lengua provenzal. 

3.^^ grado. La degeneración de la sintaxis de una len- 
gua cuando pasa á un nuevo pueblo y en cuanto éste 
la acomoda á su capacidad sin introducir elementos de 
su idioma, como el criollo de Santo Domingo y el fran- 
co de las costas de Levante que, según Sismondij cons- 
tan de palabras francesas ó italianas reducidas al estado 
de lengua sin inñexión, de suerte que un pueblo pone 
de su parte las palabras y el otro la barbarie. Los sep- 
tentrionales con su ejemplo y mayormente con su in- 
fluencia sobre la extinción de la cultura romana, de-* 
bieron producir este hecho que sin duda en parte existía 
ya antes de la invasión. 

4." La introducción de palabras y especialmente 
nombres y verbos de uso común ó los de valor especial 
y expresivo ó bien la significación de una palabra en el 
sentido de la lengua influyente. No hay duda que en el 
romance existe semejante influencia de las lenguas ante- 
riormente dominantes y distintas del latín, principal- 
mente del griego y del germano. 

5.° Y finalmente. La influencia total y la verdadera 
fusión de dos lenguas , la cual existe cuando se deben á 
ambas las formas de conjugación y declinación, las 
partículas, especialmente preposiciones, el nombre per- 
sonal, el verbo substantivo y los auxiliares. Creemos 
este último caso menos común de lo que se pretende, 
por considerar que hay siempre motivos para que una 
lengua domine sobre otra y sea la base de la transfor- 
mación. 

Ahora bien , aun cuando no cabe duda de que el ele^ 
mentó sin comparación más importante en los romances 
es el latín, ¿deberemos admitir tal fusión? Algún he- 
cho particular induce á pensarlo, pero en general puede 
contestarse negativamente. 

No ignoramos que algunos admiten tales mezclas con 
la mayor facilidad: humano capiti,». cervicem equinam. 
No han faltado muchos, por ejemplo, que han mendiga- 



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LENGUAS ROMANCES. 83 

do al griego ó al germano nuestro artículo, cuando tan 
evidentemente es una dicción latina y cuando se puede 
observar por qué grados pasó de lo que era á lo que es. 
No por tal fusión explicaremos, pues, la formación del 
romance, sino por la degradación de una lengua de 
formas sintéticas ó compuesta en lengua analítica , es 
decir, de las que hacen más frecuente uso de las palabras 
auxiliares; por la descomposición natural de una len- 
gua mal hablada y falta de cultivo. No intentaremos 
decidir hasta qué pumo la descomposición fué contem- 
poránea al latín clásico, si bien creemos que existía ya 
en sus buenos tiempos , no como sistema ñjo sino como 
solecismo é irregularidad , pero que se aumentó por las 
circunstancias posteriores, entre las cuales debe contarse 
como importantísima la venida de las hordas septen- 
trionales. 

Tal es el sistema que seguímos y cuya exposición nos 
toca completar con el estudio histórico de la cuestión. 



V. — Antiguos pueblos de Galia y España. 

Lo más seguro que de los escasos testimonios de los 
antiguos parece desprenderse con respecto á la primiti- 
va población de las Galias y de España, se reduce por 
punto general á lo siguiente: dejando aparte la provin- 
cia llamada después Narbonesa, donde, á lo que se supo- 
ne, moraban revueltas las tres familias que van á nom- 
brarse, en el centro de la Francia actual se hallaban los 
celtas, al norte los belgas y al mediodía occidental, es 
decir, en el espacio triangular comprendido entre el 
Garona y los Pirineos, los aquitanos, distintos de los 
anteriores en figura y en idioma, y hermanados con 
los éúskaros españoles. Estaban éstos situados en los 
mismos puntos que sus descendientes los vascos, si 
bien en más extenso radio, después de haber ocupado 
en época lejana la España entera, conforme demuestran 
los nombres geográficos de raíz éuskara que en toda ella 



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84 FORMACIÓN DE LAS 

se han conservado (Segarra que significa manzano y 
los que terminan en abría, asea, etche, gorri : Calagu^ 
rris? Benabarre? Gabarra? Gabá y Begáf) El resto de 
España, según la opinión de Romey, en nuestro con- 
cepto la más fundada , se hallaba ocupado casi sin ex- 
cepción por tribus célticas ó galas ( de ahí los galakos, 
celtíberos, etc., y hasta el moderno nombre híbrido de 
Portugal) que la invadieron en épocas distintas y que se 
distinguían entre sí por sus denominaciones y aun en 
parte por sus costumbres y lenguas. 

Entre los pueblos éuskaros y celtas se atribuye de de- 
recho á los primeros el timbre de primitivos pobladores 
de España, ya se los considere como un pueblo semítico 
venido por el África, ya como una ranchería indo-escí- 
tica, ya como una rama muy de antiguo desgajada del 
tronco céltico. Reconócese todavía su primer apellido 
en los vascos ó vascones, en las poblaciones de Auch y 
Osea y debiera reconocerse en los antiguos óseos itáli- 
cos, si cupiese conciliar esta derivación con dificultades 
al parecer insuperables. 

Muchas raíces romances se han atribuido al vasco, y 
Vargas Ponce cuenta en el castellano igSi sin las des- 
conocidas ; mas buena parte de las que vemos citadas 
por tales por Mary-Lafon para el provenzal, como las 
de renegar, acabar, engañar, etc., son indudablemente 
latinas, así como bandera es germana. Cítanse las de 
otras palabras á que nada podemos oponer, como ardi^ 
te, a\otar, ¿z/ró (cómodo: franc) bufar (soplar: prov. 
cat.) ganibet (cuchillo: prov. cat.) seigle (centeno: 
franc,) ó segala y seguí (prov. cat.) cigüeña en sentido 
de cierto instrumento, esclop (zueco: prov. cat.) arna 
(polilla: prov. cat.) laya, osea (muesca: prov. cat.) 
suela, vague (oIsl: franc.) 

Más crecido es todavía el número de las célticas, aun 
cuando se eliminen las muchas latinas que se dan por 
tales, amén de algunas germanas, como es broily bruelh 
(Jranc. y prov. maleza; de ahí embrollar). Entre los 
nombres geográficos de origen céltico deben contarse 



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LENGUAS ROMANCES. 85 

en primer lugar jEíro y los innumerables nombres de 
ríos en que se halla ]a misma raíz; Aragón^ río que dio 
después su nombre á un reino; y mencionarse además 
muchos que conservan el recuerdo de los bardos, de 
Briva puente, de Dun y Ver montaña, de Dor corrien- 
te, etc. Entre los nombres comunes los hay cuyo origen 
fué consignado por la lengua latina que en parte los 
adoptó, como alauda alondra, brak bragas, comb (loma) 
comba (prov.) coma y comellar (cat.) leuca (legua), etc. 
Un autor latino caliñca á lancia de nombre español, que 
en consecuencia pasaría por medio del latín á puntos 
donde antes era desconocido : lo mismo sucedería con 
muchos de los anteriores. A ellos pueden añadirse otros 
también célticos, ó semejantes á los del gales y bretón 
actual, cuyo origen no puede explicarse por el latín, 
como la palabra dan\a tan extendida, y picher (vaso) 
que en esta forma es bretón, valenciano y aun inglés, 
provenzal moderno en la de picherro^ é italiano en la 
de bicchier. 

VI. — Fenicios y griegos. 

Poco interesa á nuestra cuestión el hecho histórica- 
mente tan notable de las colonias fenicias en Turdeta- 
nia (unos 1600 años antes de J. C.)^ pues fuera de varios 
nombres locales como Gades (Cádiz) de Gaddir (dique), 
Malaka (ciudad de las salazones), Isbilia, Asta, Abda- 
ra, etc., filólogo ha habido que en las lenguas neo- 
latinas no reconoce origen fenicio más que en la pala- 
bra saco. Acaso con nuestro Manescal (sermó del rey 
don Jaime) podríanse derivar de las lenguas semíticas 
el nombre catalán magall (instrumento agrícola) y el 
verbo aixafar (aplastar) ; aun siendo así , fuera más jus- 
to atribuirlos á los árabes^ 

Las colonias griegas más recientes y más numerosas 
dejaron en los romances más visibles rastros de su exis- 
tencia. Los rodios que muy de antiguo fundaron á nues- 
tra Rosas , los samios cuyos buques llegaron á la fabu- 



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86 FORMACIÓN DE LAS 

losa Tartesia , los focenses que desde su Marsella se 
extendieron por la costa de España hasta aproximarse á 
los fenicios, los zacincios á quienes debemos las glorias 
de Sagunto, depositaron en el litoral del Mediterráneo 
palabras del habla de los dioses , que entraron después 
en la formación de los romances , en especial en el cas- 
tellano, más todavía en el provenzal , y más que en el 
provenzal clásico en sus dialectos , sobre todo, como es 
natural, en el de Marsella. Citaremos cara (cast. prov. 
cat.) bailar ó bailar {\á.) bastaix (faquín: cat,) abrasar 
[cast,) brioso (iá.)yesca ó esca (cast. cat.) arrapar (co- 
ger con fuerza: prov. cat.) brunsir (zumbar: prov. cat.), 
brasa (:ast. prov. cat.) capsa (caja: cat.) pelach (cat.) 
que ha achicado su signiñcación para denotar un panta- 
no, y la doble derivación del griego tymba en timba 
(precipicio : cat.) y tumba ó tomba (cast. cat.) 



VII. — Italia antigua. 

Debemos aproximarnos á la cuna de nuestros idio- 
mas, es decir, á Italia, á Roma. Por de pronto dejare- 
mos á un lado la Italia meridional ó Magna Grecia y la 
septentrional ó Galia Cisalpina, cuyas lenguas griega y 
céltica habrán legado á los romances que les sucedieron, 
a,lgunas raíces que les darán, junto con las modificacio- 
nes de pronunciación , una fisonomía particular. Tam- 
poco es dado buscar el origen de los modernos idiomas 
en la nación tusca ó de Etruria , pueblo misterioso , 
Egipto occidental, cuya lengua, si bien escrita en carac- 
teres semigriegos, es hoy día menos conocida que la que 
fué expresada por medio de jeroglíficos. Llégase á du- 
dar de su hermandad con el griego y el latín, por más 
que en ésta debiese influir, así como el pueblo que la 
hablaba influyó en la religión, en las instituciones y en 
las artes de los romanos. Ni se explique la diversidad 
de los dialectos de Italia por medio de las lenguas ante- 
riormente habladas, no sólo por los mismos etruscos» 



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LENGUAS ROMANCES. 87 

sino por colonias troyanas, griegas, célticas y ligurias 
(en caso de ser éstas distintas de las penúltimas), pues 
tales lenguas debieron discordar entre sí de todo punto; 
cuando los modernos dialectos, á juzgar por las mues- 
tras escritas que de ellos se presentan, son radicalmente 
romances, y aun algunos, en especial los del Norte, muy 
hermanados con el provenzal; pues la mejor razón de la 
diversidad indicada se halla en las diferencias de dispo- 
sición oral orgánica, cuyos efectos^ al propio tiempo que 
algunos nombres, especialmente de objetos locales, de 
agricultura, etc., y algunas denominaciones geográficas, 
serán cuanto habrá quedado del habla primitiva. 

Mas no cabe duda de que la lengua latina tenía her- 
manas en las de todos los pueblos ausonios ó primiti- 
vos itálicos, especialmente en las del Lacio, y entre 
ellas suele mentarse en la cuestión presente al oseo 
que se hablaba con bastante extensión en el mediodía 
de Roma, pero que no ha dejado tampoco restos bastan* 
tes para calificarle. Contracciones semejantes á las que 
el romance verificó en el latín {gau de gaudium^ coel de 
ccelurriy mi de mei^ sos de suos) pero extraordinariamen- 
te á veces {do de dotnus^ volup de voluptatem)^ termina- 
ciones latinas alteradas, v. gr. la en mpor tus, mezcla ó 
analogía con el griego, á lo menos en las formas de 
conjugación, esto, y acaso no todo seguro, es lo que del 
oseo nos presentan. 

VIII. — Lengua latina. Latín antiguo. 

Todo son, pues, dudas y conjeturas hasta llegar á la 
lengua latina que alcanzó el privilegio de ser usada y 
elaborada por el pueblo rey. Decimos elaborada, que no 
transformada. La opinión ya en sí misma inverosímil, 
que considera el primitivo latín como lengua analítica 
y sin flexión en los nombres, é imitadora después de los 
griegos en esta parte, queda destruida por los antiguos 
monumentos donde se conservan las formas abasy endOj 



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88 FORMACIÓN DE LA& 

j odf distintas de las griegas y características del idioma 
sintético de los antiguos romanos. Por otra parte pudo 
éste contener algunas formas y aun modismos que con- 
servados entre el pueblo y abandonados por el latín 
clásico posterior pasaron á las lenguas modernas, como 
por ejemplo la supresión de la s final yEhu'^ Sextreix 
(en multimodis se observa aún esta supresión), mages^ 
ter, volgus, clostrum, coda; composta, porgite, poplom, 
adpito (adjuvo, mantellum^ cordolium) que se han halla- 
do en escritos anteriores á Augusto; la t eufónica del 
ÍT^ncés (qui-y-a-t-il?) y la f del provenzal [si midons 
que-^ a cors iortes) pueden buscar su origen en la d que 
termina los nombres en vocal en los antiguos monu- 
mentos altod Siciliad marid y cuya existencia se reco- 
noce en redituSy redintegratur. Por fin muchos nomi- 
nativos clásicos como dens, lac no son sino contraccio- 
nes de dentiSf lacte, formas antiguas y más aproximadas 
al romance. Pero muchas otras de las primeras, lejos 
de asemejarse al último, difieren de éste tanto como el 
latín clásico ó se apartan más todavía. 



IX. — Latín clásico y popular. 

Prescindiendo de los arcaísmos, siempre caracterís- 
ticos del lenguaje popular, ¿existía en Roma uno de esta 
clase con fisonomía propia , con hábitos constantes y 
universales, y análogo en su esencia á los romances? 
Opinión es esta que ha producido volúmenes enteros, 
en que se han recogido datos esparcidos para formar un 
todo imaginario, pero que de ninguna manera debe 
transcordarse, y que contiene de seguro una parte de 
verdad. Sin convenir con los que miran el latín como 
una lengua convencional, propia sólo del foro, de las 
leyes y de las letras, bien puede admitirse una gradación 
desde el latín que andaba en boca del pueblo y el que los 
libros nos ofrecen. 

Que éste tampoco era absolutamente el latín urbano 



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LENGUAS ROMANCES. 89 

que hablaban las clases elevadas, el cual se distinguía á 
lo menos en la mayor sencillez y en las libertades de 
pronunciación, se prueba con la lengua de los cómicos, 
de César y de las cartas de Cicerón, y con las exorbi- 
tantes licencias á que es preciso reducir los versos de 
Terencio para sujetarlos á la medida. Sabido es además 
que se suprimía la m final en muchos casos. A esto se 
ha de añadir que aun para los que hablaban el latín, era 
sumamente difícil evitar toda incorrección, y de ahí la 
abundancia de tratados gramaticales y el exquisito tra- 
bajo que literatos y oradores debían poner para no 
faltar á lo que exigía una lengua tan culta, tan artifi- 
ciosa y tan respetada. 

Los mismos principios que del académico ó literario 
distinguían el latín urbano ó familiar, llevados más 
adelante y acompañados de términos locales y raíces 
extrañas que fueron creciendo más y más en los siglos 
posteriores al de Augusto, y de la tendencia popular á 
sustituir á las formas sintéticas otras menos breves y 
expresivas pero más cómodas y claras, causaban la ter- 
cera variedad ó conjunto de variedades del latín que en 
distintas épocas y por muchos autores vemos distinguidas 
con los nombres de cotidiana [si este no era un nuevo 
nombre de la urbana), rústica, vulgar, vernácula (ó de 
esclavos), pedestre, gentil, militar, etc. Al mismo Au- 
gusto atribuyen ya los antiguos la adición de preposi- 
ciones cuando la gramática no las admitía y la claridad 
las reclamaba, y en los autores tenidos por más clásicos 
asoman algunas frases que hoy se tildarían de anti- 
latinas 6, si así cabe decirlo, de romancismos y que 
usaban ellos por solecismo ó por resabios del habla 
popular. Enumeraremos los principales: habere en sen- 
tido de auxiliar con participio [coquitum habemus) : en 
sentido de deber ó auxiliar de futuro (habeo dicere) y 
aun en sentido de substantivo [quis istic habet? que 
corresponde exactamente al qui hi ha del catalán: ¿quién 
hay?); la preposición de en vez de genitivo [res de amo^ 
re, caput de aquila)\ inde en el sentido pronominal tan 



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90 FORMACIÓN DS LAS 

común en los documentos bárbaros y del cual han naci- 
do nuestros en (franc. prov. cat.) y ne (it.); Ule ocupando 
el lugar del nombre con sus oficios [romani sales salsio^ 
res sunt quam illi Atticorum) ó en sentido enfático parti- 
cular [Medea illa)] unus en sentido de artículo indefi- 
nido y mente en composición para formar adverbio 
(jucunda mentej fortimente)^ stare en sentido de essej y 
además muchas palabras como ver ñus {hitms) y battuere 
(percutere), bucea (os), ¿e//i<^ (pulcher), ru5^z/^ (rubens), 
essere (esse), Icetamen (finum), burrus (asinus) etc. y otras 
muchas habría que se han conservado en las lenguas 
modernas sin que los antiguos escritos las mencionen. 
El uso de unus como artículo, y muchos modismos 
vulgares y la ausencia de inversión se hallan constante- 
mente en la Vulgata. Recuérdese además el uso de pa- 
labras extranjeras, pues si en ello no escrupulizaba la 
lengua latina, debió á menudo ser contado como barba- 
rismo. Este, dice S. Isidoro de Sevilla, nació de que las 
diversas naciones trajeron á Roma sus palabras así como 
sus riquezas y sus vicios. 

¿Deduciremos de todo esto que el pueblo no hablaba 
latín, que existía ya el romance? Sería deducir mucho, ó 
mejor, deducir mal. Las corrupciones de .una lengua, 
una lengua mal hablada, no deben confundirse con la 
existencia de una nueva lengua; y la mención de diferen- 
cias aisladas, la indicación de ciertas palabras extrañas 
ó espúreas en medio del idioma latino, que es á lo que 
se reducen los testimonios de los antiguos, prueban que 
cuanto no se menciona, ó á lo menos la mayor parte, se 
confundía con la lengua común y de todos conocida. 
Cuando los Santos Padres se excusan de usar el lenguaje 
popular se refieren sólo á una ó pocas palabras y aun á 
veces, como S. Jerónimo en la voz cubitus^ al simple 
cambio de género. ¿ Dónde, por otra parte, se hallarán 
los testimonios históricos que acrediten que el pueblo 
no entendía el latín clásico? ¿qué ley romana, qué con- 
cilio ocurre á las necesidades que la diferencia de lengua 
debía producir? Curión hablaba el latín con mucho 



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LEJ4GUAS ROMANCES. 9I 

brillo, aunque careciese de enseñanza literaria. Cicerón 
se enteró del sentido de una pialabra cpnversando con 
un marinero; se reprendió á Virgilio de hablar como 
los aldeanos al decir cujum pecus? an Melibcei?\ los 
últimos, según Varrón, contraían los diptongos au y oe, 
V. gr. en aurum y hoedus, y por consiguiente pronuncia- 
ban de una manera ú otra estas palabras; los que para 
imitar á los antiguos pronunciaban e^por is se asemeja- 
ban, según Cicerón, á los segadores; Quintiliano quiere 
que se aprenda el griego antes que el latín porque éste 
se da por sí mismo; sábese que la gente culta corregía 
los defectos del habla de los campesinos, etc., etc. 

X. — Introducción del latín en las provincias. 

El latín fué, pues, una lengua viva y no un conjunto 
de signos convencionales ó el dialecto de una clase cul* 
ta, y cuando llegó la hora en que debió propagarse, no 
tuvo esto lugar únicamente por medio de los libros y 
de las leyes, sino pasando de boca en boca. Cúmplenos 
también probar la realidad de su propagación , pues sin 
este hecho, uno de los objetos de controversia, carecería 
también nuestro parecer de su primer apoyo. 

Empecemos citando algunos textos: S. Agustín nos 
da razón del empeño victorioso de los romanos en pro- 
pagar su lengua, con palabras dignas del acto mismo y 
del ñn providencial que le atribuye: <c Opera data est ut 
3&imperiosa civitas non solum jugum, verum eiiam lin- 
»guam suam, domitis gentibus per pacem societatis im- 
»poneret, per quam ne deesset imo et abundaret inter- 
»pretum copia.» 

Plinio traza también con rasgos grandiosos la exten- 
sión del dominio romano, de su cultura y de su lengua: 
«Omnium terrarum alumna (Roma) eademque parens 
»numine Deúm electa, quag coelum ipsum clarius face- 
»rei, sparsa congregaret imperia, vitusque moUireí et 
•populos discordes ferasque linguas sermonis commer- 
»cio contraheret ad coUoquia , et humanitatem homini 



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92 FORMACÓN DE LAS 

»darei, breviterque una cunctarum gentium ¡n toto 
»orbe patria fieret.» 

Horacio se complace con la idea de que será estudiado 
por el perito ibero y por el que bebe en el Ródano. 

Tácito dice que la civilización comunicada (y en ella 
se ha de incluir la lengua) formaba parte de la esclavi- 
tud; y Estrabón, muy anterior á los dos primeros que 
hemos citado, distingue ya á los pueblos bárbaros de 
los que han adoptado la lengua de Roma. 

Esta respetaba en verdad la religión de los vencidos 
ó, mejor, la ingería en su vasto politeísmo, pero les 
imponía sus leyes, sus costumbres y su lengua. Diver- 
sos edictos ordenaban que todos los actos del gobierno 
se promulgasen en latín , la cual era también la lengua 
en que el subdito hablaba al soberano y en la mayor 
parte de los casos la de los subditos entre sí en sus con- 
venios ó disposiciones privadas. La necesidad de no 
ofender ó de agradar, las comunicaciones mercantiles^ 
el deseo de obtener empleos y honores, y finalmente el 
cultivo de las letras completaron los efectos de la políti- 
ca y de las leyes. Recuérdese también que no siempre 
se trataba de la comunicación del idioma á pueblos ex- 
traños, pues los romanos y los itálicos entraban por 
partes considerables en la población de las provincias. 
No dejaron de mermar la propia é indígena de los paí- 
ses vencidos los desastres de la guerra , y muchas veces, 
según Tácito, era llamada paz la soledad. Do quiera 
vence habita el romano, decía Séneca, y sus colonias, 
municipios, campos y legiones fueron centros de latini- 
dad que cada día llevaron más lejos su influencia. 

Omitimos muchas indicaciones relativas á la propa- 
gación por España, que no carecerían de importancia, 
si no existiese el testimonio de Tito Livio que nos pinta 
á los Turdetanos, especialmente á los inmediatos al 
Betis, hechos romanos por las costumbres y enteramen- 
te olvidados del idioma vulgar (ne sermonis quidem 
vernaculi memores), nos cita varias colonias, entre ellas 
Cesaraugusta, como muestra de la transformación de los 



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LENGUAS ROMANCES. 9 3 

españoles, nos habla del nombre de togados ó estolados 
que se daba á los hispanos romanizados, y añade que 
entre éstos deben contarse los Celtíberos tenidos antes 
por los más fieros é indomables de la Península, de 
quienes nos dice también Estrabón que despojados de 
sus fortalezas se acostumbraban á la vida civilizada. 

Lo propio aconteció á las Galias, especialmente á la 
meridional llamada por excelencia provincia : de sus 
moradores se dijo que convertidos en romanos no sólo 
por trajes y lenguas sino por sus parentescos, no cedían 
á los de Italia en amor por su patria común; según Es- 
trabón, los más bárbaros llegan á olvidar que han sido 
Galos y César introduce en el Senado á muchos de sus 
magnates. 

Dos pasos de S. Agustín no dejan duda de que en 
Cartago era más conocido el latín que el púnico, y que 
el primero, por más que se haya dicho, era su lengua 
materna. Hasta en Bretaña tuvieron algún éxito los 
esfuerzos para introducir el habla y elocuencia de los 
romanos. 

El cultivo de las letras fué un grande auxilio al pro- 
pio tiempo que efecto de la adopción de la lengua lati- 
na. La Galia fué apellidada fecunda y adquirieron suma 
celebridad las escuelas de Burdeos, Lyon, Tolosa, etc.; 
gran número de nativos de las Gallas y mayormente los 
españoles Quintiliano y Marcial tan prendado de su 
Celtiberia , y los dos Sénecas y Lucano honor de Cór- 
doba, dieron á Roma una nueva época literaria. Ya 
anteriormente César había recibido de un galo la en- 
señanza gramatical, y Porcio Lairo, que conservaba 
la austeridad española en medio de los romanos, los 
amaestraba en el arte de decir. Un orador galo se excusa 
de hablar entre los descendientes de Hortensio y de 
Cicerón la ruda é inculta lengua de allende los Alpes, 
es decir, el latín de su patria; al paso que el español 
Antonio Juliano, motejado por algunos griegos á causa 
de la suya, de su profesión de retórico y de su lengua 
latina, deñende de igual manera las tres como cosa pro- 



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94 FORMACIÓN DE LAS 

pia. Marcial se jacta de que toda la población de Viena 
de Francia se ha apasionado á sus poesías. Los apelli- 
dos indígenas se truecan por sobrenombres griegos y 
latinos, y la correspondencia familiar tiene lugar en la 
lengua común, no menos que las farsas escénicas y los 
groseros cantares aprendidos y gustados por el pueblo. 

Grande fué el poderío del gobierno, de la administra- 
ción, de la cultura romana que transformó las costum- 
bres, los trajes y, lo que es más, la lengua de las nacio- 
nes vencidas; mas el último cambio tal vez no se hu- 
biera alcanzado por completo, á no intervenir un nuevo 
móvil aun más eficaz y que se dirigía á transformar los 
corazones. «Un poder distinto de la conquista militar, 
dice Villemain, vino á auxiliar la poderosa extensión 
de la lengua latina y contribuyó á modificarla, porque 
las dos cosas corrieron parejas... tal fué la influencia de 
la predicación y de la liturgia cristianas. Jamás los de-> 
legados é instrumentos del poder romano habían podido 
compararse en número y en actividad con los nuevos 
apóstoles, con los nuevos señores de las conciencias que 
impelía la nueva fe á todos los puntos de la tierra. Los 
edictos del pretor y las proclamas del general nada fue- 
ron en comparación de este apostolado perpetuo y múl- 
tiple.» La predicación cristiana, finalmente, nos explica 
cómo penetró la lengua latina en ciertas clases del pue- 
blo á las cuales no podían mover muchas de las ventajas 
que á las demás incitaban. 

Falta todavía conjeturar de qué manera se hizo la pro- 
pagación: si como parecen creerlo no pocos, los dia- 
lectos indígenas subsistentes fueron sintiendo poco á 
poco la acción del latín, como los meridionales de 
Francia ó el de Cataluña, por ejemplo, reciben la del 
francés ó del castellano, llegando al fin aquéllos á una 
transformación completa, como parece amenazar tam- 
bién á los últimos. No cabe duda que los dialectos sub- 
sistentes recibieron la influencia latina, la cual conser- 
van todavía las muestras que de ellos existen, como 
reconocen los filólogos en el bretón y aun en el vas- 



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LENGUAS ROMANCES. gS 

cuence; pero á nuestro entender se hablaría aún, en los 
pueblos que hablan el romance, el celta ó el éuskaro 
corrompido á no haber seguido las cosas una marcha 
distinta. Diez familias barcelonesas ó valencianas que 
prohijen el francés ó el castellano y se esfuercen en ha- 
blarlo bien , hacen más en favor de la lengua general 
que mil que reciban su influencia, aun en aquellos pun- 
tos en que ésta es más directa y constante. Por corrom- 
pido y castellanizado que sea el catalán de Barcelona, es 
todavía catalán ; lo reconocemos y lo amamos en el de 
los más antiguos monumentos de nuestro país, y ya que 
no del todo las mismas palabras y los mismos giros, 
encontramos en ambos el mismo espíritu. Fué pues la 
adopción sucesiva de familia la que al principio en las 
capitales, luego en ios pueblos menores y en sus afueras, 
relegó paso á paso las lenguas indígenas á puntos leja- 
nos, á los bosques y á los montes, de donde fué á su vez 
desapareciendo para conservarse únicamente (hablamos 
de los países romanizados) en los montes cantábricos y 
en el extremo occidental de Francia, y aun creen algu- 
nos que el bretón de este último país se debe sólo á 
emigraciones galesas. Del mismo modo opinó Aldrete, 
conforme á lo que dice: «No quisiera que algunos cre- 
yesen que yo afirmaba que en todas las provincia» y en 
todos tiempos y por parejo la lengua latina era vulgar 
sola.... En las que tenían más paz y menos impedi- 
mento crecía esto cada día más, hasta llegar algunos á 
perderla lengua nativa, quedándose con la romana, con 
lo cual bien se comprende que se conservasen huellas 
de las lenguas antiguas en algunas partes ó pueblos, ó 
porque estaban más retirados y apartados del trato y 
comarca de los romanos ó por ser de su natural recios y 

ásperos Otros porque juzgaban su lengua por mejor 

que la latina, como los griegos.» Para completar nuestra 
opinión añadiremos que debió de haber al principio 
muchos bilingües, es decir, muchos que hablaban el la- 
tín y su propia lengua, como se dijo expresamente de al- 
gunos pueblos de Italia. 



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96 FORMACIÓN DE LAS 



XI. — Persistencia de las lenguas indígenas. 

El cambio, pues, no se efectuó de un soplo, y extraño 
fuera que desde el punto en que los pueblos se rinden 
al yugo de Roma, no se volviesen á mentar las lenguas 
primitivas. Entre los testimonios que acreditan su per- 
sistencia, poco valor tienen los que se reñeren á época 
sobrado lejana y aun en general al primer siglo de nues- 
tra era, como por ejemplo, que á principios del mismo 
siguiesen representándose en lengua osea las farsas ate- 
lanas y que en tiempo de Augusto fuesen bilingües mu- 
chos pueblos de Italia. Esto sin embargo no debió du- 
rar mucho, pues Quintiliano tiene ya por de buen latín 
todas las palabras itálicas. Indicaremos tan sólo un he- 
cho del primer siglo por pertenecer á la historia patria: 
el del rústico termestino de la España interior que su* 
friendo el tormento para que declarase sus cómplices, 
contestó á grandes voces y en lengua de su tierra que 
por demás se lo preguntaban (i). 

Siglo II. De un orador se dijo que no se hubiera 
expresado con menor claridad si hubiese hablado etrusco 
ó céltico, lo que prueba que á lo menos era muy fresca 
la memoria que de entrambas lenguas se conservaba. 
Subsistía á no dudarlo la primera; S. Ireneo obispo de 
León de Francia se quejaba de la necesidad de usarla. 

Siglo III. Bajo el mismo Alejandro Severo al cual 
una profetisa gala habló en su propio idioma antes de 
su expedición contra los bretones, se dio permiso para 
hacer fideicomisos en lengua galicana ó púnica. 



(1) Cítanse otros dos hechos, el primero apócrifo y el segundo 
mal interpretado. Aquél es el de una lápida labrada en Ampurias en 
tiempo de César (V. Marca hispánica) con el fin de recordar que los 
griegos que formaron parte de la población adoptaron la lengua lati- 
na sin haber prohijado nunca la del país. £1 otro es la chanza de 
Marcial sobre el nombre itálico Bituntum , al cual prefiere otros de 
su país, es decir, nombres geográficos de origen celtíbero, y nada 
más. 



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LENGUAS ROMANCES. 97 

Siglo IV. San Jerónimo dice que los Gálatas del Asia 
Menor conservaban el lenguaje usado en los alrededores 
de Tréveris: acaso no habla de su propia época, y como 
quiera que sea, el paso ofrece bastante dificultad. Malte- 
brun, en su historia de la Geografía, lo aduce de una 
manera poco confirmativa, y añade que en todo caso, el 
hecho probaría que fueron galos y germanos mezclados 
los que en época remota fundaron la colonia del Asia 
Menor. Más decisivo, aunque menos citado, nos parece 
Juliano cuando se queja del habla de los habitantes de 
Lutecia , parecida al graznar de los cuervos. A fines del 
mismo siglo, nos dice Ausonio que su padre, médico en 
Burdeos, hablaba mal el latín: mas esto no prueba que 
se sirviese de un idioma indígena. Bien es verdad que 
el mismo poeta asegura que la Galia Narbonesa se hace 
notar discrimine visus et oris, pero ¿no podría referir- 
se á época anterior? ¿no cabría entender diversidad de 
aspectosf^ P6r lo menos el mismo celebra á una prisio- 
nera germana que trasladada á Burdeos se hizo entera- 
mente latina por el habla , al paso que por su figura se 
adivinaba su origen septentrional. 

A buen seguro que el lugar de S. Paciano que en su 
segunda epístola á Sinforiano escribe: a el Lacio, Egip- 
»to, Atenas, los árabes y los españoles confiesan á Dios, 
>^y el Espíritu Santo entiende todas las lenguas,» no sig- 
nifica que se conservase el antiguo idioma español, se- 
gún conjeturó Vargas Ponce, pues cabalmente lo dice 
el insigne obispo de Barcelona excusándose por haber 
citado un verso de Virgilio que aprendió siendo niño, 
añadiendo que así como no debe reprenderse al griego 
por sus citas griegas, tampoco al latino por las latinas. 

Si éste es nulo, tampoco nos parece concluyente el 
más reciente testimonio que de la persistencia de las 
lenguas indígenas se cita y que no haremos más que 
indicar, advirtiendo que pudo hablarse de la Bretaña, 
en caso de que ésta conservase como ahora el uso de un 
dialecto céltico: en la vida de S. Martín, obispo de 
Tours, por Sulpicio Severo, autor del siglo v, temen 

7 



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98 FORMACIÓN DE LAS 

dos galos que su lenguaje rudo ofenda los cultos oídos 
de dos aquitanos^ los cuales contestan que hablen si 
quieren céltico ó bien galo, con tal que hablen de 
Martín. 

Tenemos finalmente por de ningún valor el que diga 
Sidonio Apolinario que la nobleza de su país estaba de- 
cidida á dejar los resabios (squammam) del lenguaje 
céltico para adoptar las maneras de las musas, etc., pues 
debió de hablar de un grado mayor de pureza latina. 

Existentes ó no en esta época, no vuelven en adelante 
á mencionarse los idiomas primitivos, que si hubiesen 
subsistido todavía, acaso hubieran acabado de desapare- 
cer ante el vencedor inculto que bastante hacía en apren- 
der el idioma general, el del imperio y de la religión. 

XII. — Corrupción del latín. 

A medida que se extendía y que iban transcurriendo 
los siglos, perdía más y más el latín su antigua pureza; 
y no ya á efecto de una corrupción puramente literaria 
como era el uso de helenismos, de giros poéticos en la 
prosa, de abstractos, etc., que tuvo lugar en el primer 
siglo, ni de los demás cambios que pueden llamarse 
caseros, inevitables en las lenguas vivas y que á veces 
produjeron dicciones y modos aproximados á los de las 
lenguas modernas. La influencia eclesiástica al propio 
tiempo que á la propagación, contribuyó al deterioro 
de la lengua latina, ó por mejor decir, á la formación 
de un nuevo latín, ya por la introducción de helenismos 
y hebraísmos, ya por el uso de giros vulgares, ya por la 
poca importancia relativa que se daba á la pureza del 
idioma: Arnobio, por ejemplo, desdeña los escrúpulos 
lingüísticos y dice que ^n efecto el cristianismo debe 
cambiar el latín como todo lo restante. Pero la causa de 
corrupción más eficaz fué la adopción del latín por las 
poblaciones bárbaras. Ya desde luego ocurre la duda 
de si fué el latín clásico ó el popular el propagado: y 



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LENGUAS ROMANCES. 99 

aun cuando admitiésemos entre los dos una diferencia 
marcada^ pensaríamos que fué uno y otro, pues si la 
comunicación oral pudo servir al último, la mayor par- 
te de las razones que obraban para imponer el conoci- 
miento del latín, estaban en pro del primero. Los dia- 
lectos locales poseen gran fuerza de resistencia, mas 
ninguna de propagación, y el español ó galo que se 
desprendía de su idioma debía preferir el que más ven- 
tajas ofrecía. Las modificaciones propias de la lengua 
rústica debían ser sumamente variables, mientras el 
verdadero latín se distinguía por su unidad universal é 
imponente. Quedan en verdad en las lenguas modernas 
restos del romano popular, es decir, de los vocablos 
usados en Roma y en Italia que no entraban en el latín 
escrito y muchos de los cuales, según hemos notado, 
eran ya de origen extranjero. Mas no siempre prefirie- 
ron aquéllas las dicciones ó la pronunciación popular: 
asi /amé (estercolero: cat.) viene del clásico /fmi/í y no 
del vulgar Iceiamen, y el italiano auro ha conservado la 
pronunciación del diptongo y no la propia de los al- 
deanos. 

Los pueblos incultos de Europa introdujeron voca- 
blos y acaso algún giro de sus lenguas en el latín que 
adoptaron, pero la mayor alteración que en él produje- 
ron, fué empobrecerlo para adaptarlo á su capacidad. 
Una anécdota de Apuleyo nos da á conocer que los 
aldeanos de las Galias no comprendían el adverbio 
quorsum y en lugar suyo se servían del ubi {oü en fran- 
cés) reduciendo los dos adverbios y probablemente el 
unde á uno solo. Debieron además de alterarla pronun- 
ciación, ya dando valor á las terminaciones, ya adaptán- 
dola á la naturaleza de sus órganos, y más que todo á 
la economía general de la lengua suprimiendo casos y 
tiempos y supliéndolos con palabras auxiliares. Basta- 
ban tales innovaciones para que se dijese en el siglo iv 
que la lengua cambiaba según los países y los tiempos. 



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100 FORMACIÓN DE LAS 

XIII. — Influencia germánica. 

La tendencia á la forma analítica (es decir al uso de 
palabras auxiliares' para los casos y los tiempos) que se 
hallaba ya en menor grado en el latín vulgar de Roma 
y que, según acabamos de conjeturar, creció con la 
adopción del latín por los pueblos de las provincias, fué 
siempre á más, andando el tiempo, secundada luego 
por la influencia de los pueblos septentrionales. Debióse 
ésta primero á la comunicación del imperio con los 
pueblos germánicos por la admisión de sus individuos 
en el ejército, en los mayores títulos y hasta en la su- 
prema dignidad (y esto por sí solo dio ya palabras bár- 
baras que disimularon su procedencia adoptando las 
terminaciones latinas}, y además y principalmente á la 
irrupción de los mismos pueblos; no porque admitamos 
que con ella se introdujese una nueva sintaxis, ni cam- 
bios trascendentales tomados del ejemplo de una lengua 
que debiera ignorar la mayor parte de los romanos, ó 
habitantes del imperio llamado también Romanía^ pero 
sí por los efectos producidos por la creciente barbarie y 
por el empleo de la lengua latina por nuevas gentes 
incultas. Está tan lejos de poderse atribuir la ausencia 
completa de declinación de lenguas modernas á la in* 
fluencia de las lenguas bárbaras, que éstas tenían flexi- 
bles sus nombres, como los conserva todavía el alemán 
moderno. Además de esto, otras lenguas nos indican los 
filólogos que sin necesidad de conquistas ni de fusiones 
han perdido por falta de cultivo el carácter sintético y 
se descomponen por sí mismas. Así es que no dudamos 
en rechazar la común opinión que atribuye el uso del 
verbo posesivo como auxiliar de pretérito y futuro (ha- 
bía amado, amar he) al ejemplo del haben germánico: 
en el griego moderno, según Hallam, á lo menos desde 
el siglo IX, existe una forma análoga, y en todos los ro- 
mances vemos mil maneras, y muchas han pasado des- 
atendidas, de verbos auxiliares. El ser^ por ejemplo, 



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LENGUAS ROMANCES. 101 

aunque conservando su propia significación, ha hecho y 
hace oficios análogos (sonó stato: ital.: fut été: franc. 
antig.; so estat: varios puntos de Cat.) En nuestro dia- 
lecto además se nota una forma inexplicable de auxiliar 
para el pretérito perfecto: vaitx anar, (en los romances 
antiguos castellanos hallamos de un modo semejante 
fué á encontrar). El español se sirve muchas veces del 
tengo (tengo escritas, tengo que escribir) y este verbo es 
el único que hace el oficio del haber en lengua portu- 
guesa. Finalmente hasta en el latín escrito hemos nota- 
do las formas cognitum habeo, dicere habeo^ rudimentos 
de las que han prevalecido en la mayor parte de ro- 
mances. 

Tampoco admitimos la derivación germánica de cier- 
tos adverbios, aun cuando pueda el gótico ofrecer algu- 
nas combinaciones más semejantes ai romance que las 
latinas; pues por muy extraña que parezca la derivación 
de desser hueymais (de hoy más: prov.) ó désormais 
(franc.) de ipsa hora hodie magis^ concuerda evidente- 
mente con el sistema general de derivación de muchos 
adverbios y otras dicciones de frecuente circulación, 
como derenan (prov.) de hora in antea^ deslor (prov.) de 
ipsa illa hora, donde y adonde (cast.) de unde y ad unde, 
dove (¡tal.) de ubi, asse^ (franc.) ad satis, dedans (franc.) 
de-de-intus, denans (cast.) de inter, eis ( prov.) ipse, me- 
teis (prov.) semetipse, alguno (cast.) y aucun (franc.) ali- 
quis unus, chacun (franc.) quisquis unus, etc. 

Para que la opinión que seguimos acerca del verbo 
auxiliar no menos que la que anteriormente indicamos 
acerca del artículo moderno que no es sino el Ule (ó ipse) 
al cual se fué dando un sentido cada vez más lato, se 
convierta en certidumbre, obsérvese que el uso de tales 
formas impera plenamente en puntos donde menos se ha 
hecho sentir la dominación de los septentrionales, como 
en varios países de Italia y de Provenza, en lenguas poco 
abundantes en raíces germánicas como el español, y alo 
que aseguran autores italianos, en las islas que aquéllos 
no invadieron, como Sicilia y Córcega. 



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lOa FORMACIÓN DE LAS 

No nos llevará el espíritu de sistema á negar etimolo* 
gias germánicas que no falta quien ponga en duda, como 
la de gar para gaire ( prov.) guére (fraac.) guari (ital.) 
la de schnell para isnell (franc. ani. y prov.), isnello (ital.) 
la de kausen para choisir (y no colligere que ha dado 
ctieillir (franc), ni tampoco la de andran para anar (cat.) 
andar (cast.) puesto que ambulare parece más bien ori- 
gen de amblar (prov.) y acaso de aller (franc.) Por du- 
dosa tenemos la derivación del on impersonal del fran- 
cés de la forma correspondiente germánica y otras en 
que se observe también correspondencia como en la si» 
guíente: a II est bon de écrire» que el alemán traduciría 
literalmente. Mas tales analogías que pueden ser casuales 
<qué prueban entre lenguas de genio tan diferente? 

Ocioso fuera enumerar las varias raíces germánicas, 
generalmente conocidas, en especial las relativas á usos 
guerreros y feudales (inclusas las mismas palabras gue^ 
rra y feudo) é indicaremos solamente que fué tanta la 
influencia del germano que las palabras latinas directum 
(recto) y causa, causa, adquirieron la segunda significa- 
ción de las correspondientes septentrionales, es decir, la 
de derecho y cosa, y que hasta se formaron palabras hí- 
bridas como widerdonum (galardón). 

XIV. — Formación de los romances. 

Alterada por tantas y diversas causas, abandonada á 
los caprichos del habla popular, la lengua común fué 
sufriendo cambios que en vano intentó ocultar el latín 
escrito y que convertidos después en reglas constantes, 
originaron las lenguas modernas. «En cierto sentido, 
dice W. Schiegel, puede llamarse una invención nega- 
tiva y reducirse á un solo principio el método que en 
este punto se sigue (cuando una lengua pasa de sintética 
á analítica). Despójanse ciertas palabras de su valor sig- 
nificativo y se les deja solamente un valor nominal para 
darles más general curso é introducirlas en la parte ele- 



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LENGUAS ROMANCES. I03 

mental de la lengua, quedando tales palabras transfor- 
madas en una especie de papel moneda destinado á faci- 
litar la circulación.» 

Este principio de Schlegel nos da en efecto la explica- 
ción de los puntos siguientes, característicos de los ro- 
mances : 

I. Pronombre personal: Ule convertido en í7, /í, 
¡e etc. (á veces ipsej como artículo definido y del nu- 
meral uniis (un, uno) como indefinido. 

II. Posesivo habere como auxiliar en los tiempos 
que llamamos compuestos (he amado, había amado) j 
para el futuro y condicional (amar he, amar hia, como 
hallamos aún en los clásicos españoles, y que se han re- 
ducido á las formas sintéticas (amaré, amaría), y verbo 
substantivo para la pasiva (soy amado) de que daban ya 
idea algunos tiempos del latín (amatus sum ó fui). Es 
de advertir que en el substantivo auxiliar moderno se 
han mezclado las derivaciones del esse y del stare. 

III. Ausencia de declinaciones, que es el distintivo 
más marcado entre el latín y el romance. Créese gene- 
ralmente que se empezó por confundir las desinencias, 
acudiendo á las preposiciones y suprimiendo luego aqué- 
llas como inútiles. Pero ¿no podría conjeturarse que el 
primer paso fué el uso del ablativo, que supuesta la su- 
presión de la m en el acusativo se confundía con éste en 
casi todos los nombres, casos entrambos en que el latín 
admitía preposiciones? Lo cierto es que fué el ablativo 
el que prevaleció en todas las lenguas, suprimiéndose 
muchas veces la última vocal y otras además alguna le- 
tra anterior, pero conservando siempre el incremento en 
las palabras que lo añadían al nominativo latino: ejem- 
plos: templo, musa, nave (de las declinaciones sin incre- 
mento), virgen, sermón (de las con incremento). La vocal 
última subsistió ó acaso se restableció después por eufo- 
nía en el italiano y en la mayor parte de casos en el cas- 
tellano, y se suprimió en francés, provenzal y en varios 
dialectos italianos. En cuanto á la formación del plural 
el italiano siguió el ejemplo de las declinaciones us^ a 



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104 FORMACIÓN DE LAS 

(i.* y 2/ latina) es decir que hizo el plural masculino i 
y el femenino e (correspondiente al ae del latín) y el cas- 
tellano lo formó en 5 á la manera de las de la tercera 
declinación. El provenzal y el francés antiguo que con- 
servaron un resto de declinación, siguieron un sistema 
mixto. 

Al mismo principio del ilustre crítico y filólogo ale- 
mán puede reducirse el uso constante del adverbio mas 
y el general del muy para los grados de comparación en 
los adjetivos, y las aglomeraciones arbitrarias de adver- 
bios y preposiciones en de^de-intus y otras que se han 
indicado antes; combinaciones que nos dan el origen de 
muchas partículas modernas, mientras otras como in ó 
en, á (de ad) se han conservado enteramente simples. 
Mas entre muchas etimologías satisfactorias se ofrece 
aquí alguna de difícil explicación, de que son ejemplo 
las siguientes : 

Tro en provenzal significa hasta y se halla alguna vez 
entro. Su origen ha de ser inter, así como el de dentro 
(castellano) es de ínter. Pero ¿cómo se ha pasado del 
sentido de entre al de hasta? ¿de lo comprendido entre 
dos términos, al término hasta el cual se llega ? No fal- 
tan otros ejemplos de tales extensiones ó desviaciones de 
sentido. Así entre el semper (siempre: lat.) y el sempre 
(inmediatamente: prov.) media la misma diferencia que 
entre el incesantemente (sin cesar: cast.) y el incessan- 
ment (inmediatamente: franc.) — Ab usado en provenzal 
en sentido de con, por medio de^ parece derivado del ab 
latino, y en esta suposición se explica el tan controver- 
tido avec (con: franc.) que sería entonces el ab con una 
terminación adverbial (como el illec: ant. franc.) Es 
verdad que en catalán se pronuncia, en provenzal anti- 
guo se escribía á veces amb y en el moderno ambe; la 
adición de la b podría provenir de la afinidad de esta 
letra con la m que se descubre en hombre y nombre (de 
homo y nomen: cast.); pero entre los infinitos sentidos del 
á 6 ab latino, las de compañía ó instrumento ó medio 
es la que menos le cuadra, si bien hallamos est á parto 



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LENGUAS ROMANCES* I05 

mei; fecit ab arte puer, ¿Deberemos pues con Mary 
Lafon acudir al antiguo persa, que según él, nos pre* 
stnia ham como equivalente del ab 6 atnb provenzal? 
Preferimos quedarnos con el latín. 



XV. '^Reseña cronológica. 

Reconocidas todas las influencias que contribuyeron 
á la formación de los romances é indicado cuál fué el 
espíritu que en ellos produjo lenguas esencialmente dis- 
tintas de su madre, fáltanos tan sólo estudiar su historia 
en los tiempos en que los documentos escritos empiezan 
á consignar su naciente existencia, al paso que preten- 
den ocultarla con apariencias latinas. Empezaremos esta 
reseña en los tiempos en que acabaron de desaparecer, 
si existían, los últimos restos de las lenguas indígenas y 
en que el latín más y más adulterado mostraba clara- 
mente sus tendencias á la descomposición. Antes hemos 
de observar que hasta en las obras escritas en verdadero 
latín, aunque más ó menos puro, se hallan ciertas locu- 
ciones que han pasado del latín local al romance que les 
ha sucedido: en un panegirista del siglo iii se halla híPC 
spes me relevat (me releve; franc. ) y se sabe que los 
galo-romanos alteraron tri podas en tripetias (trépieds: 
franc); en Hilario de Poitiers se halla despoliarse, se 
reservare y en Casiano novellus, spiritalis. En Gregorio 
de Tours nimis, por mucho, reclausuSj mala hora, villa 
por población, y este notable galicismo non habeo depa» 
rentibus. En S. Julián de Toledo que es más reciente, 
vemos repausare. 

Siglo V. Léense en escrituras las locuciones ego Ule, 
pago illo con bastante frecuencia para que se comprenda 
que si no hacía aún el pronombre el oficio de artículo, 
era tenido por muy necesario para indicar con fuerza el 
substantivo, y sigue desde entonces con el mismo oficio y 
umbién, aunque más raras veces, ipse. Entre las voces 
de mando de los militares de la misma época se hallan 



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I06 FORMACIÓN DE LAS 

solecismos como non vos turbatiSy bandum sequile^ etc..» 
y en la ley sálica abbatere^ adpreciare^ adsalire^ cabal- 
¡are y causa (cosa), etc. 

Siglo VI. A éste pertenece un documento (Carta pie» 
narice securitatis) no romance en verdad, pero de un 
latín enteramente desfigurado, como puede juzgarse por 
estas muestras: una arca clausa valente siliquas duas... 
cum manteas curtas.,, notitia quod accipit supra scrip^ 
tus Gracianus de DomuSy etc., primera muestra de los 
inauditos solecismos de las escrituras de la Edad media. 
Gregorio el Grande nos da la primera muestra de la si- 
nonimia con que se acompañaba el término latino con 
el vulgar cuando eran diversos: Ferramenta que usato 
nomine nos vargas vocamus. De las fórmulas de Mar- 
culfo se citan drappus modernus, usare^ y se sabe que los 
soldados de Comcnciolo gritaron : torna, fratre^ retor- 
na. S. Isidoro de Sevilla que vivió á últimos de este siglo 
y*principios del siguiente, observó que los italianos de- 
cían ho:{ie por hodie y nos conservó muchos términos 
vulgares de España, la mayor parte idénticos á los del 
romance, como camisia, camei (lectumj^ bassellum, man* 
tum, barca, lo cual no debe inducirnos á fijar en esta 
época el nacimiento del romance, que fué efecto de cam- 
bios sucesivos y no bastante advertidos. 

Siglo VII. Entre muchas palabras germánicas y 
construcciones romanceadas de los códigos longobardos, 
cítanse las siguientes de la última clase : non reputetur 
culpa ad propium dominum; habeo faceré bonitatem; 
ego te ferire habeo. En otro documento del mismo 
siglo hallamos la terminación mente usada á la manera 
provenzal: viva mente et sana et libera. Mas al propio 
tiempo era comprendido por todos el latín bárbaro de 
la canción: De Clotario estcanere rege francorum^ que 
hasta las mujeres cantaban danzando, y el de ciertas 
biografías de santos que se leían públicamente, si bien 
probablemente, como conjetura Hallam, acomodando 
las palabras á la pronunciación común. 

Siglo VIII. Dícese que en este siglo escribió un dis- 



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L«NGUAS ROJMANCES. IO7 

cípulo de S. Silvano su vida parte en latín y parte en 
lengua vulgar, y á él pertenecen muchos documentos 
italianos que nos dan: Fundum centu colorína quce voca» 
tur Runco; Donna Anselberga abbatissa monasterii 
sancti Salvaturi; Monsverde; monte lungo: la Verna; 
monasterium in la Ferraría^ cic. En un mosaico de Ra- 
vena se ve daba por dabat^ en uno de Roma vita y vic- 
loria por vitam y victoriam (y no son tales formas ro- 
mances las más antiguas en las inscripciones de Italia). 
Cítanse además una colección de recetas como la primera 
muestra de italiano revuelto con latín : Batte lacmina 
€t si illa longa fuerit vel curia adecuatur tam de latum 
quam de longum^ etc. En Hincmaro, escritor de la épo- 
ca de Carlomagno, se lee: Bellatorum acies quas vulgo 
scaras (escalas: cast.; échelles: franc; schiere: ital.) vo- 
camus; en las Capitulares caiüZ/eWttí y en las letanías 
carlovingias tu lo juva, Elipando, arzobispo de Toledo, 
escribe á su amigo Félix de Urgel: Domino Felice por 
Domine Félix, vestro scripto accepi; de fratre por 
fratris; direxi epistolam ad cordubam. 

El nombre de lengua romana que hasta esta época se 
encuentra aplicada al latín, empieza ya á distinguir el 
romance ó romano«rústico, y se alabó á Adelardo, abad 
de Corbiac, pariente de Carlomagno, por su elocuencia 
en las tres lenguas (latín, germano, romano). Poseíanlas 
todos los de estirpe germana que se preciaban de cultos, 
mientras que la generalidad de ellos se contentaba con 
su lengua propia y con el romance, el cual antes de ha* 
ber transcurrido un siglo substituyó completamente á la 
anterior en los países meridionales de Europa. 

Alvaro de Córdoba llama todavía lengua propia á la 
latina y latinos á sus ciudadanos que pinta como excesi* 
vamente enamorados de la lengua y letras de los árabes. 
Este es lugar oportuno para observar la particular fisono* 
mía que fué adquiriendo una de las ramas del romance, 
es decir, el castellano ó mejor el latín rústico del centro 
de España, con la introducción, según general parecer, 
de articulaciones y modismos, é indudablemente de pa* 



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108 FORMACIÓN DE LAS 

labras árabes que, según buenos filólogos, son las más 
numerosas fuera de las latinas, en nuestro vocabulario. 
Conocidas son lasiniciadas por el artículo ara be ¿i/ como 
alborno^ y mil otras; muchas relativas á plantas: alga- 
rrobo, ja!{tnin, etc., ó á artes mecánicas y especialmente 
á objetos de construcción; alifafe (sastre), alarife (cons- 
tructor), aljibe (en cat. safaretx y anxub), la exclama- 
ción optativa ojalá^ etc. 

Siglo IX. Si en el anterior no es ya indudable la 
existencia del romance como lengua hablada, en éste 
empieza ya á. prescribirse y mencionarse como lengua 
escrita, á ser cultivado por personas que conocían el 
verdadero latín, y sin duda alguna á adquirir cierta fijeza 
en sus formas más comunes y más racionales según los 
diversos países, perdiéndose otras más locales, arbitra- 
rias y accidentales. Acaso en Italia, España y Mediodía 
de Francia no se había reconocido la separación absolu- 
ta entre el latín y el romano rústico : á lo menos casi 
todos los hechos relativos al último se refieren al Norte 
de Francia, si bien de España se dice que los legos no 
entendían ya el latín de los libros. 

En 8 1 3, un año antes de la- muerte de Carlomagno, 
se celebraron concilios en Maguncia, Arles, Reims, 
Chalons del Saona, y Tours. El primero prescribió que 
los obispos predicasen en lengua teutónica, el de Reims 
que se usase de la lengua vulgar para la instrucción re- 
ligiosa del pueblo, y el de Tours expresa más circuns- 
tanciadamente que se instruyese en la lengua tudesca á 
los diocesanos francos y en la romana rústica á los anti- 
guos habitantes del país. Como no se halla igual dispo- 
sición en los de Chalons y Arles, puede creerse que no 
se consideró todavía ininteligible el latín en estas dos 
diócesis, bien que una Capitular hizo luego extensivas 
á toda la Galia las disposiciones del concilio de Tours. 

El autor de una composición latina á la muerte de 
Carlomagno invita al pueblo á lamentarse en las lenguas 
latina y romana^ y en 842 se redactó el primer docu- 
mento conocido de la última: el célebre compromiso 



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LENGUAS ROMANCES. iOQ 

entre Luis el Germánico y Carlos el Calvo, hijos de Lu- 
dovico Pío, aliados contra su hermano Lotario, en que 
el primero en lengua romance y el segundo en tudesco, 
y luego los soldados del primero en tudesco, y en ro- 
mance los del segundo (compuestos al parecer de neus- 
trios, borgoñones, provenzales é italianos) se juramen- 
taron para la común defensa. No hay en verdad que 
confiar mucho en las formas gramaticales (algunas con- 
tradictorias) de este documento, escrito probablemente 
de memoria por el historiador Nitardo, nieto de Carlo- 
magno y germano por consiguiente, el cual en la orto- 
grafía y acaso en expresiones enteras pudo dar á la com- 
posición una apariencia más latina de lo que le conve- 
nía, mayormente cuando el documento en sí mismo se 
dirigía á personas de distritos lejanos y que natural- 
mente debían distinguirse en ciertas particularidades en 
el decir: pero no por esto y por muy citado que sea po- 
demos omitir una versión (pues se dan varias) de su 
texto : 

Juramento de Luis. 

Pro Deo amur et pro xristian pobló et nostro común 
salvament, d'ist di en avant, in quant Deus savir et po- 
dir me dunati , si salvarai eo cist meon fradre Karlo, et 
in adjuda et in caduna cosa, sicum om per dreit son fra- 
dra salvar dist, in o quid il mi altresi fazet; et ab Lu- 
dher nul plaid nunquam prindrai qui, meonvol, cist 
meon fradre Karle in damno sit. 

Juramento de los soldados de Carlos. 

Si Ludwigs sagrament, que son fradre Karlo cura, 
conservat; et Karlus meos sendra, de suo part non lo 
stanit: so returnar non Pint pois, ne io, ne neuls cui eo 
returnar int pois, in nulla ajudha contra Lodhuwig nun 
li iver. 

Al mismo siglo ix atribuyen respetables autoridades 



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no FORMACIÓN DS LAS 

un himno á Santa Eulalia en lengua de oil (según se 
llamó después) ó romance del norte de Francia, en que 
se nota la fisonomía de esta lengua de una manera muy 
marcada para la época. 



Buona pulcella. 



Elle non escoltet les mals consellers 

Quelle perdesse sa virginitet 

Ne per or ned argent ne paremens 

En figure de coiomb volast a ciel. 

Con documentos de esta clase no es necesario ya acudir 
á diminutos indicios, mayormente cuando del año 900 
se mencionan dos escrituras de Córcega y Cerdeña , en 
lenguaje miiy parecido al italiano moderno; diremos 
sólo que se compuso para un Pontífice de fines de este 
siglo el siguiente epitafio: 

Usus francisca, vulgari et voce latina 
Edocuit populos eloquio triplici. 

Siglo X. Además de muchas indicaciones anecdóticas 
que nos muestran el romance usado por personajes de 
distinción, alguna vez en ocasiones solemnes; vemos 
atribuidos á este siglo unos versos sobre S. Esteban, de 
un corte, no sólo en la lengua sino en la versificación, 
idéntico al de las composiciones francesas posteriores. 

Siglo XI. Son numerosas en este siglo las muestras 
de romance francés, empleado en la enseñanza religiosa 
y cultivado con especialidad por los normandos que lo 
trasladaron á Inglaterra, donde pasó á ser idioma de la 
corte y de las leyes. Distínguense ya dialectos, pues el 
francés normando usa con preferencia del diptongo eí 
por 01 y ai (seit por soit y feite por faite) y de la vo- 
cal u por o [cum por come: como). En este dialecto y, 
á lo que fundadamente se cree, en la misma época, se 
compuso el grandioso cantar de gesta de Rolando. Más 
de un siglo tardó el nuestro del Cid en su actual ver- 



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LENGUAS ROMANCES. I I I 

sión, pero la lengua que después ha pasado á ser la na- 
cional de nuestra patria despuntaba ya en documentos 
como la Carta puebla de Aviles : En la vila del rei non 
pot aver vasallo sino el rei, si de casa non fuer e de su 
mano posta et mol homine qui dentro in villa saclamar 
a sénior de forapectet XL solidos al merinOy etc. (t). 



ARTICULO II. 

LENGUA PROVENZAL. 

I. — Primeros indicios y documentos. 

No menos que las demás neo-latinas, la provenzal se 
designó á sí propia en sus primeros documentos con el 
Qombre de román 6 lengua romana. Mas al conocerse 
recíprocamente los idiomas hermanos, debieron tratar 
de distinguirse y entonces nació la calificación debida á 
la partícula añrmativa de cada uno y que hizo llamar 
lengua de oc al provenzal, lengua de oil al francés y 
lengua de si al italiano: denominaciones que consignó 
Dante en su Volgare Eloquio. A últimos del mismo 
siglo XIII, los nacionales comenzaron á llamar á la len- 
gua de oc ya proveníales j ya lemosíj y con el último 
Qombre se la designó en los tratados gramaticales y poé- 
ticos del siglo siguiente. 

Los primeros indicios de esta lengua de fecha segura 
6 [aproximada se hallan en escrituras déla época, mez- 
clados al principio con un latín bárbaro y reducidos á 
la parte sacramental del - documento, hasta que más 
tarde se extendió alguno entero en la lengua del país. 
Véanse algunas muestras (2). 



(1) Hoy este documento está umversalmente reconocido como 
una falsificación del siglo xin. 

(2) La primera se halla en Bruce Witte, la segunda en Mary 
Lafon; todas las demás las tomamos de la historia del Lenguadoc^ 
Pruebas, tom. II. 



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na FORMACIÓN DE LAS 

Hacia 960: De ista hora in antea non decebrá Ermert" 
gans filius Eliarda, Froterio Episcopo filio Girberga. 

Hacia el mismo año ego Raimundus filius Gar- 

sindis non decebrai Raimuodum.... no V aucirai ni no 
I penrai^ et tuas civitates non las tolrai ni t* en tolrai. 

Hacia 985. (Juramento del obispo Frotado á Isarn 
vizconde de Lautrec). De ista hora in antea non decebrá 

Froterius per quae (perqué?) ó perda, ni non enga» 

nerá sua persona no li tolrá, no li devedará per quae 

ille ó perdat... ne ipse Froterius in illo castello de Lau- 
irico Castellano no i metra per so que Castellanus en 

sia qui Castellani en sian illos non en getrá 

partem non y donara^ ni no ni vendrá ni no ni biscam» 
biará,.,. ni ab illo homine finem non pendra, ni socie- 
tatem cum illis non aurá^ ne de adjutorio de ipso Isarno 
ipse Froterius non se getrá.... illa convenientia... no la 
li tolrá, ni no r en decebrá... si ó tenrá et si ó atenrá... 
quod ipse F rotañus perda.... ipse Isarnus... non li de* 
fug,.. secundum, suo sabere,.. fors de eo de quo ipse 
Isarnus V en absolverá.... sine forcia. Ipsas parábolas 
quas ipse Izarnus de:{iráaá ipso Froterio, aut.... // man* 
dará et las li devederá^ que no las digat ipse Froterius, 
no las discobrirá.... 

ioi5. (Docum. del condado de Foix) no I vos tolrei, 

ni vos en tolrei, no I vos vedar ei ni vos en vedarei 

per quantas veces tu nsen comouras los tannarii ó 

tenrei et., ó atendrei. 

1020. (Homenaje hecho á Berenguer vizconde de 
Narbona)... ne no Is lor tolrei, ne tolre no Islor farei 
ne lors (Is?) lors vedarei, ne vedar no Is lor farei, ne no 
Is en enganarei 

1025. (Docum. del cond. de Foix.) De ista hora in 
antea Guillelms Comis jils d" Adalai\, et., Ramón et., 
Aiarigs fils Garsen non tolran lo castel de Dornian 
Atoni fil Gauciane et Froterio fil Girbergane, ne no I 
lor devedaran, ne no Is en decebran... acheta forte\a... 
et si ullus homo aut faemina erit qui lor tolra ne I lo 
deved^ Guillems fils Adalai^, et Raimundus et Aiarigs 



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LENGUAS ROMANCES. Jl3 

filii Garsen, ab els societat non auran á lorpard cT aquels 
qui ó f aran, ni al dan Atonif fil Gauciance et Froterii 
fil Gerbergane, et si illi la sen lo sen comunissen in ad^ 
jutori lor en serán brat V auran; et si Guillem et Raí- 
mund et Ainrigs recoan Guillems Coms et Raimund et 
Aialrigs tro que recobrar lo podun en lor potestat lo 
tornaran senes engan^ sine recepcíone et sine lugre, Aisi 
o tenrá Guillems Coms et,y Raimund et Aiarigs^ fors 
quant illos solverán lor gradiens mes sine for\a.,, si 
comprobatum no Is vedia que tolt los sugets et,; qual 
comprobad ó per bátala venend ó qui combatre no «' aus. 

Hacia 1034 (Juram. de Roger I conde de Foix á su 
tío Pedro, obispo de Gerona),... no deceberé.,,. no lo 
iolrei. 

Hacia el mismo año (del mismo al mismo)... non de* 
cebra ego Rodger.... non tolré,.,, non f engañaré,,,, 
non auré^ non tenré,,,. 

Hacia io35. (Homenajes á Frota rio obispo de Nimes 
y á su hermano Bernardo).... no decebrai ego Poncius, 

Otro.... no Is vos tolrei ni no Is vos vedarei, 

io5g. (Promesa á Guillermo, señor de Montpeller (i). 
De aquesta hora adenant non tolrá Berengarius lo fil 
de Guidinel lo castel del Pojet que /q d En Golem á 
Guillen lo fil de Beliarde^ ni li devedará^ ni P en dece- 
brá íf aquella for^a que e:{^ ni adenant ferá ier^ ni el^ 
ni hom, ni femna ab lo (lo) son art, ni ab son ganni, ab 
son consel. Et srkoms es que Ion (lo) oforá, ni femna ^ 
Berengars lou (lo)fill de Guidinel ab aquel ni aquele 
(aquela) societat no aura, fors quant peí castel a recoU' 
brar (recobrar) fors quant Guillen lo fil de Beliard T 
en solliciterá; et si recobrar lo pot en la sua potestat 



(i) Los historiadores de Lenguadoc debieron copiar un traslado 
bastante posterior de este documento , pues en el ou por o , en el 
san$ por sens, sines ó senes se nota la influencia de la pronunciación 
ó de la ortografía que produjo en el provenzal el contacto del fran- 
cés. Hemos notado entre paréntesis las formas que indudablemente 
fueron alteradas, 

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114 FORMACIÓN DE LAS 

de Gutflem lo tornera satis (sens) decepción et sans co» 
ger d^ aver. 

1 1 1 2. ( Homenaje á Bernardo Atón vizconde de Car- 
casona) Arnald^ Bernard et Raimond sos filius an 

jurada al vescomte lor vida et lor membra et lar 

castells; aisi lor tenran per tot:{ tens^ et an lorjurat lo 
castel d* A^rifat,,., aquest sagrament del castel d'^ Ari- 
fat lor tenran et lor en tendrán^ tro I i sénior d' Arifat 
jurat r aion per hon e per fe sines engan aquel que nO' 
minativat son per laudamen de Bernard de Miravat et 
de Guido Pelapol, per qual convenen:{a Arnald Bernard 
et Raimond sos fil\y o an jurat ^ etc. 

En estos documentos (cuya mayor parte pertenece al 
Lenguadoc) observamos las formas del provenzal puro, 
aunque usadas con alguna confusión, exceptuando la 
variable terminación del futuro en ai y ei (una vez en 
éj pero el documento en que se halla puede mirarse 
como catalán), cuando la lengua de los trovadores adop- 
tó invariablemente la primera desinencia. 

Formada estaba ya esta lengua cuando se escribió el 
postrer documento citado y aun de épocas anteriores 
existen monumentos poéticos: son los principales el 
libro sobre Boecio que se atribuye á fines del siglo x y 
varios poemas de los valdenses anteriores al xi (i). 



(1) Como carecemos de los tomos de la obi'a de Raynouard que 
tratan de la gramática y de la poesía anteriores al siglo xii, quedará 
muy incompleta esta parte de nuestro trabajo. Sabemos no obstante 
que este ilustre autor no admite la autenticidad del célebre epitafio 
de Bernardo, conde de Barcelona y duque de Septimania (siglo ix). 

Aissi jai lo coms En Bernat , 
Fiel credeire al sang sacrat , 
Que semper pros hom es estat , 
Preguem la divina bontat 
Qu^ aquela íis que lo tuat , 
Posqua son arm' a ver salvat. 

Acaso sea cierta la anécdota histórica relativa á este epitafio . 
(V. Hist» de Leng. Pruebas: tomo I) y el lenguaje se habrá alterado 
en las copias sucesivas. 



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LENGUAS ROMANCES. Il5 

Así comienza el primero : 

Nos, Jove, omne, quan diu que nos estam (i) 

De gran follia per foledat parlam , 

Quar nos no membra per cui viure esperam(2), 

Qui nos sosté tan quan per térra anam , 

E qui nos pais (3) que no 's murem de fam... 

Volg i Boecis metre quastiazó (4)... 

Coms fo de Roma e ac tan gran valor 

Aprop Mallio lo rei emperador 

El era '1 meller de lot la onor... 

En los escritos de los valdenses (que se ignora si fue- 
ron compuestos por estos sectarios del Piamonte ó si les 
fueron transmitidos por los albigenses) se observan for- 
mas particulares como persegu por perseguí , beota por 
heutat ó beltat ^ debidas sin duda á la diferencia del 
país cuando no á los copistas, junto con otras que nos 
muestran la transición del latín al provenzal posterior, 
V. gr. combater de combatere que después fué combatre^ 
así como en el poema de Boecio se halla en\ más apro- 
ximado al latín inde y aun al int del juramento de Luis 
que el en del siglo xii. Aun en los más antiguos manus- 
critos de los trovadores se reconoce alguna huella de 
este tránsito, como en vaun (de vadunt, contraído en el 
vont: franc), que así fué antes de ser van esta inflexión 
del verbo anar. 



II. — Lenguas de los trovadores. 

En la primera poesía de fecha conocida debida á un 
trovador, en los versos Pus de chantar m' es pres talens^ 
compuestos en el año iioi por Guillermo, conde de 
Poitiers, se nos presenta ya enteramente ñjada la lengua 



(1) mientras vivimos, — (2) porque no nos acordamos (de Aquel) 
por quien esperamos vivir. — (3) que nos alimenta (para) que no nos 
muramos de hambre, — ^4) Quiso Boecio mover una cuestión sobre 
este punto. 



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Il6 FORMACIÓN DE LAS 

provenzal, que durante dos siglos subsistió sin altera- 
ción en las poesías de los demás trovadores, que se usó 
también en las biografías de estos mismos poetas y 
aproximadamente en las demás composiciones en prosa 
déla misma época; y que se esforzaron en conservar 
cuantos en los siglos siguientes aspiraron á merecer los 
premios dispensados en los juegos florales. Esta lengua 
clásica provenzal excitó debidamente el entusiasmo en 
aquellos tiempos en que sonaba do quiera, y aun hoy 
ofrece singulares halagos á los que han llegado á supe- 
rar los débiles obstáculos que dificultan su inteligencia, 
aun cuando en ella no reconozcan, como reconocemos 
nosotros , los más antiguos acentos del habla materna. 
Le dan en efecto un especial atractivo, cierta simplici- 
dad á la vez infantil y villanesca que se compadece con 
la mayor elegancia y delicadeza, agraciados modismos, 
la rapidez de expresión que no siempre vive á expensas 
de la dulzura de las palabras, la abundancia de dipton- 
gos, las terminaciones robustas como las rn, nc, etc., 
las cuales, en verdad, sobrado multiplicadas á veces difí* 
cuitan la pronunciación y aturden el oído. Tales son las 
bellezas de esta lengua, á las que no corresponden siem- 
pre dignamente las de su literatura. 

Una de las causas de su flexibilidad suma, puesta á 
prueba en las dificilísimas combinaciones métricas de 
los trovadores, consiste en la multiplicidad ó llámese 
indecisión de algunas de sus formas. Dicciones de todas 
clases hay que ya en su propia estructura se presentan 
con diversos aspectos, como fuelh ó foill (hoja) y agur ó 
aur (agüero). El artículo es e/, elhy lo etc. en el nomin. 
sing. mase, la, il^ li etc. en el fem.; els^ los^ li^ il etc. 
en el nomin. plur. mase. — El pronombre de i.* persona 
yeu ó ^M, el femen. de la 3." /a, /«, /ew, //m.— Había 
nombres de dos géneros como fuelh ó fuelha,joi ojota 
(júbilo). — El infinit. de la 2.' conjugación es en er 6 re, 
el de la 3.* en ir 6 iré y los hay de tres formas como 
fa\er^ far y faire. La i.' pers. del presente de indic, es 
en i ó sin esta vocal (ami ó am) y muchas terceras del 



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LENGUAS ^ ROMAnCBS. I 1 7, 

plural ea an ú on y aun la del imperfecto también en en 
(amaban, amabon, amaben). El perfecto de la i.' conj. 
en ei ó iei {amei 6 amiei) y el de la 7,^ en i ó ei [temi ó 
temei). Algunos verbos tenían un partic. pas. formado 
de su propio infínit. y otro del partic. latino (de iraS" 
ceKy irascut é irat). Finalmente muchas partículas cam- 
biaban de mil maneras como a ora^ oraSj arUy ar^ era, 
eraSy éf-, que todas significaban ahora. 

Distinguían y engalanaban á la antigua lengua pro* 
venzal algunos vestigios de las formas sintéticas de la 
latina que han desaparecido en los demás romances. Tal 
es principalmente un resto de la antigua declinación ó 
distinción de casos ^ que en la mayor parte de nombres 
se verificaba de la siguiente manera : todos los nombres 
masculinos (excepto los acabados ya por sí en s como 
cas) y la mayor parte de femeninos no terminados en a 
recibían una s en el nominativo del singular y en todos 
los casos oblicuos del plural y la desechaban en el no- 
minativo del plural y en todos los oblicuos del singu- 
lar. Derivóse seguramente esta regla de la 2.* declina- 
ción latina en que junto con las otras variedades de 
desinencia, se observa la presencia ó la ausencia de la s 
casi en los mismos casos: Dominus, domini, domino, 
dominum, domino; domini... dominis, dóminos, domi* 
nis. Esta regla se halla observada en gran parte en el 
Juramento de los nietos de Carlomagno, y puede no- 
tarse algún vestigio de ella en los extractos de escrituras 
poco ha citados (i). Dos nombres de nomin. en aire^ 
eire^ iré hacían los demás casos del singular y en todos 
los del plural ador, edor, idor, v. gr. trobaire (proba ble- 



(1) Esta es la célebre regla de la s consignada por el Donatuí 
pravincialts, y posteriormente por nuestro Bastero en su Crusca, y 
que ha valgarízado Raynouard en nuestros días, . aplicándola coa 
mucfao éxito no sólo al provenzal sino al antiguo francés, donde in- 
dudablemente existía. Así lo admite M. Génin en sus Variactones 
de la lengua francesa, sin embargo de que desecha las otras declina- 
ciones que algunos han pretendido descubrir en la lengua de oil 
(como algún alemán y el excelente crítico Aropére, y no puede ne- 



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I 1 8 FORMACIÓN DE LAS 

mente de trobarius] se convertía en trobador (de troba^ 
toré), — Otra forma sintética consistía en la terminación 
er para el nomin. sing. y or para los demás casos, dada 
á Ips adjetivos para expresar la comparación; ejemplo: 
dona genser de las gensorSj mujer la más gentil de las 
gentiles. 

Entre el infinitivo y el auxiliar que formaban el futu- 
ro se introducía á veces un añjo: far m ai es decfr farai 
me (haréme). — Como puede observarse en el anterior 
ejemplo se sincopaban antes ó después de vocal los 
pron. pers. afijos: me ó mi en m, te ó ti en í, según se 
efectúa en catalán. — Suprimíase á veces el ¿e antes de 
genit. y el que conjunt. — Las inflexiones de los verbos 
eran en el mismo número y del mismo valor que las 
castellanas, inclusas las en era^ ria y es [arnera^ amaría^ 
ames) correspondientes al ra, ria y se y exceptuando el 
fut, de suj. en re. — El gerundio podía unirse á enyá al 
(al pareissen de las flors). — Podían suprimirse los perso- 
nales antes del verbo — Los adverbios en é i hacían los 
mismos oficios pronominales que en francés y en cata- 
lán. — Había adjetivos con terminación común á los dos 
géneros. — Sobre se unía al nombre en sentido aumen- 
tativo (sobrafan). — Era común el apóstrofo de vocales 
cuando no se hacía mediar una ^ eufónica. Ni se usaba 
á veces por é (y). 

III. — Dialectos del proven^al. 

Sin hablar de las diferencias ortográficas que en nada 
influían en la pronunciación (trebaly trebalh ó treball 
debieron ser lo que indica la última forma, lenguatje^ 



gáneles la en erac, v. gr. emperére^ empereor) ni tampoco admite la 
supresión del de antes de algunos genitivos (que también es induda- 
ble en muchos casos y que conservan todavía los franceses en su 
Féte-Dieu). Fauríel, Weil y otros han tratado con alguna ligereza de 
la regla de la s que sin embargo admite también P. París en sus 
publicaciones. 



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LENGUAS ROMANCES. II9 

lenguaje^ lenguatie siempre fué lo primero), la variedad 
deformas en el provenzal literario induce á sospechar 
que las había favoritas de ciertas regiones de lengua de 
oc, mientras otras lo eran en otros puntos. En la predi- 
lección de ciertas formas, en algunas que no admitía 
la lengua clásica y en algunos vocablos locales creemos 
que consistía toda la diferencia del habla de los países 
que reconocen por propio idioma el que nosotros lla- 
mamos provenzal. Así se puede observar en las prime- 
ras crónicas locales en el fondo provenzales, si bien con 
alguna diferencia secundaria. Mas al mismo tiempo no 
todos los países del mediodía de Francia que se gloria- 
ban de contar en su seno ilustres trovadores y que reco- 
nocían dicho idioma como lengua literaria, la hablaban 
con pureza en el uso vulgar^ sino que empleaban dia- 
lectos particulares: así sucedió sin duda en la patria de 
Guillermo de Poitiers, á pesar de ser el primer trovador 
conocido, no menos que en Gascuña; al propio tiempo 
que en los países del Norte se denominaban cantores 
gascones los que les llegaban de la parte del mediodía. 
Este es el juicio que sobre la materia formamos, afian- 
zándolo principalmente en los siguientes indicios: 

Ramón Vidal de últimos del siglo xin, en La dreita 
maniera de trotar empieza á llamar Lemosin el habla 
de los trovadores, de la cual añade: Tot\ hom qui vol 
trotar ni entendre deu primerament sater que neguna 
parladura non es naturals ni dreta del nostre lenguatje 
mas aquela de Lemosi e de Provenga e d'* Alvergna e de 
Caersin. Per que ell vos dic que quant ieu parlari de 
Lemosin que totas estas térras entendáis e totas las ve- 
{inas e totas cellos que son entre ellas, e tot I orne que 
en aquellas térras son nat ni noirit an la parladura 
natural e dreta (ap. Bastero). Como se ve, nuestro gra- 
mático entra muy resuelto limitando la pureza del len- 
guaje á cuatro distritos, y acaba por cejar comprendiendo 
además los vecinos é intermediarios, con lo cual resulta 
que todos los nacidos y crecidos en la mayor parte del 
mediodía hablaban en el fondo una misma lengua. Sólo 



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laO FORMACIÓN DE LAS 

pueden excluirse los puntos extremos como el Üetñna* 
do, acaso el Narbonés^ y por el otro lado el Poitu y la 
Gascuña inferior. 

Raimón Ferrand, versificador muy fecundo según la 
enumeración que él propio hace de sus obras, dice en 
su vida de S. Honorato de Lerins : 

E si deguns ni' asauta 
Mon romanz ni mes ditz 
Car non los ay escritz 
En lo dreg proenzal, 
Non m' o tengan a mal 
Car ma lengua non es 
Del drcg proen sales. 

• 
Se ve pues que se admitían diferencias, pero falta 
saber de dónde era Ferrand. Ya antes Pedro Cardinal 
al dirigirse á los que se hacían sordos á sus amonesta- 
ciones dijo: no hablo en verdad en normando ni en 
poitevin. 

En el siglo xii Raimbaldo de Vaqueiras compuso un 
descort en provenzal, francés, italiano, castellano y en 
un dialecto meridional que se ha reconocido ser el gas- 
cón. A este pertenecen los versos: 

Dauna (por Dona) io (eu) me rent a bos [vos] 
Quar eras m'es bon'e bera {bela} 
Ancse es guailard'e pros, 
Ab que no fossetz tan fera: 
Mout abetz (avet^) beras {belas) faissos 
Ab coror (color) fresqu'e novara {novela) 
Bos m abetz e s'ieu bs (us?) aguos {aques) 
No m so franhera fíera. 



Ma dauna, fe que dey bos. 

Ni peu (peí) cap Sanhta Quitera. 



Y antes que todos el conde de Poitiers parece indicar 
diferencia de habla cuando en Alvernia, cerca del Le- 
mosín, halló dos damas de las cuales Una mi dis en son 
latin etc., es decir en su habla particular. 



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LBNGUAS ROMANCES. ISf 

A todo esto añadiremos que hay raíces particulares 
en los diversos distritos y que, según se ha observado, 
ea las orillas del Isera abundan más las célticas, así 
como las griegas en Marsella y en otros puntos. 

Cuando decayó el provenzal de su jerarquía literaria, 
fué haciéndose más marcada cada día la fisonomía de 
los diferentes dialectos cuya mayor parte substituyen 
frecuentemente la o por ou pronunciando 2/ y la a final 
por o, lo que produce un efecto poco agraciado. Distín- 
guense un gran número de ellos que, sin embargo, 
pueden, según parece, agruparse en las tres clases prin* 
cipalesde gascón, lenguadociano y provenzal. 

IV.— 5o¿re la unidad de los primitivos romances. 

Las diferencias del lenguaje, por diminutas que fue- 
seo, entre los países donde reinaba el provenzal, no 
dejan de ofrecer un argumento contra la opinión insi- 
nuada por muchos y vulgarizada y sostenida con sumo 
empeño y erudición por M. Raynouard, relativa al 
estado primitivo de los varios romances, todos los cua- 
les, según ella, antes de distinguirse en los diferentes 
países, fueron, en un tiempo que no se fija, absoluta- 
mente idénticos. El nombre común de roman^ el jura- 
mento de los nietos de Carlomagno más aproximado 
al provenzal que al francés antiguo, y finalmente las sor- 
prendentes analogías que se observan en los varios ro- 
mances y que crecen á medida que nos remontamos á 
siglos más remotos, motivan principalmente este sistema. 

Añádense algunos argumentos históricos de poca 
monta, como el de un peregrino de Fulda que com-^ 
prendió á un español eo quod italus erat; una anécdota 
apócrifa relativa á Justiniano, un documento también 
apócrifo de Coimbra, que por otra parte presenta pala- 
bras no provenzales como bispi^ iud\go^ matar^ etc. (i). 



(1) En las Memorias de la Real Academia de Buenas Letras de 
Barcelona [tom. I) hallamos un hecho omitido por M. Raynouard sa- 



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122 FORMACIÓN DE LAS 

Aduce ñnalmente M. Raynouard alguna composición 
mixta de francés y provenzal, que son todas de época 
muy remota, cuando por consiguiente estaba ya formada 
con sus propios caracteres la primera lengua y que per- 
tenecen á un país intermedio (i) ó acaso mejor á un 
francés que quería escribir provenzal ó al revés (2). 

El nombre de román se derivó de un modo muy natu- 
ral del que primitivamente se dio al latín hablado y lue- 
go al latín rústico; y por lo que toca d\ Juramento de los 
nietos de Carlomagno, lo que á sa tiempo dijimos ya 
de este documento y lo que vamos á añadir acerca de la 
ortografía francesa, aminoran la fuerza del apoyo que 
prestan al parecer de Raynouard, tanto más cuanto el 
reciente hallazgo del himno de Santa Eulalia no con- 
siente duda alguna sobre la antigua separación de las 
lenguas del norte y del mediodía de Francia. 

Que la primera se presente en los antiguos documen- 
tos con formas al parecer reñidas con su carácter, no 
cabe negarlo: son frecuentes por ejemplo las termina- 
ciones a/ por e/, or por our. Mas «{quién asegura que la 
pronunciación no diferenciase lo que la escritura pre- 
sentaba idéntico? Con las mismas letras se escribe 
actualmente en francés y español la palabra Venus y 
sin embargo la verdadera palabra, es decir^ la palabra 
pronunciada es muy diversa. De la propia suerte pro- 
nunciarían los antiguos franceses la palabra latina amor^ 
haciendo de la o una u ó poco menos, y pasaron luego 
á escribir de la misma manera la misma palabra france- 



cado de Dacherius Specilegium, tom. I, pág. 467, que parece probar 
no ya la identidad sino la semejanza de los romances en 1040 en qae 
era obispo de León Alicardo, del cual dice: «Diligebant enim eum 
valde romani propter facundiam oris sui et affabilitatem sermonis: 
lia enim proferebat vernaculum sonum loquelee uniuscujosque gentis 
quosque latina penetrat lingua, ac si eádem patria essetprogenitus.» 

(1 ) Véase sobre una crónica de lengua mixta citada por M. Ray- 
nouard, Historia literaria de Francia, tom. XXI, pág. 453. 

(2) Así entre los documentos de Aragón se hallan algunas cartas 
catalano castellanas que creemos producto de una circunstancia aná- 
loga. 



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LENGUAS ROMANCES. 123 

sa, aunque pronunciasen amz/r como al presente. Lo 
propio puede decirse de la a por e etc. (i). 

No es esto decir que la antigua lengua de oil como 
las otras hermanas, no presentase grandes analogías con 
el provenzal. Estas son muchas y sorprendentes entre 
todas ellas. El italiano y el español presentan un gran 
número de palabras agudas y terminadas en consonante^ 
á la cual sólo posteriormente se añadió la 6 y la o eufó- 
nica. La última lengua conservaba los adverbios ende 6 
ent y el i con sus oficios pronominales. Hállase en algu- 
no de sus documentos la preposición tro ó entro, De^ 
sastre arguye que se dijo astre antes de decir astro^ etc. 
—Pero de la existencia de estas analogías (muchas otras 
hay que existen todavía) ¿deduciremos que hubo antes 
igualdad? ¿Pretenderemos explicar un hecho extraordi- 
nario por medio de otro hecho imposible? Lo es en 
efecto que todas las alteraciones del latín hablado se 
hiciesen de una manera igual en tan diversos países, y 
por más que se haga, aun cuando existiesen monumen- 
tos de los primeros vagidos de las lenguas modernas, 
aunque se comparasen los de los últimos acentos del la- 
tín rústico, si bien iríamos hallando mayores semejanzas, 
por otro lado asomarían divergencias inesperadas. 

Cada región hacía en el latín rústico las alteraciones 
más naturales en su disposición oral y tanteaba las for- 
mas más aproximadas al punto de partida. Así el caste- 
llano conservó muchas veces la o acentuada y la con- 
virtió á veces en ue (liien)^ encontrándose en el último 
caso con el provenzal que por su parte no desechó tam- 
poco la o en el mayor número de palabras. El portu- 
gués y el provenzal prefirieron el diptongo ey,¡ el espa- 
ñol y el italiano el ie. 



(1) Debía sin embargo haber en el antiguo francés mayor co- 
rrespondencia entre la ortografía y la pronunciación (salvo el valor 
de cada letra) de la que hay ahora. M. Génin tiende á negar esta 
correspondencia, pero no puede dejar de admitirla en algunos casos, 
como en los diptongos, cuyas vocales confiesa que se pronunciaban 
separadas. 



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124 FORMACIÓN DE LAS 

En los puntos más remotos se hallan aun hoy día se- 
mejanzas reales unidas á diferencias no menos positivas: 
así se da el portugués, ya de sí muy afín ai gallego y al 
asturiano, como por muy parecido al genovés por una 
parte y al bearnés por otra ; sabido es además que el 
gallego contiene frases enteras catalanas. No son sin em* 
bargo idénticos estos dialectos, y dos que se parecerán 
á un tercero se diferenciarán mucho entre sí. Esto puede 
servir de imagen de lo que en general ha sucedido en 
las lenguas romances. 

Dése sin embargo por fíjo que la semejanza es mayor 
cuanto más ascendemos á los orígenes de sus literaturas, 
y que el provenzal nacido en una región intermedia, 
donde se halla aclimatada hondamente la lengua latina, 
y que no llevó la delicadeza eufónica á tan alto punto 
como el italiano en la alteración del latín, puede mi- 
rarse como el tipo de los idiomas hermanos, así como 
es acaso el primogénito. 

V. — Influencia del proven\aL 

Necesario es además sentar una diferencia esencial, si 
bien en casos particulares sea difícil su aplicación. Se ha 
de distinguir entre las semejanzas primitivas de los ro- 
mances y las que se introdujeron por la imitación lite- 
raria de la lengua de los trovadores (i). 

En las poesías galantes de los más antiguos troveras 
líricos del Norte de Francia, se reconoce la imitación 



(1) Curioso es que Bastero y Raynouard llevados de su entu- 
siasmo por el provenzal hayan llegado á resultados enteramente 
opuestos. Para Raynouard todo es semejanza primitiva, para Baste- 
ro todo es imitación literaria. Con efecto, la oora de nuestro ilustre 
paisano se encaminaba á señalar todas las palabras que la lengua 
toscana recibió de la provenzal , es decir, á su modo de ver, todas 
las que son á la vez provenzales y toscana s. Este es el objeto de la 
Cruíca proveníale, diccionario de que es sólo una introducción el 
primer tomo, único publicado. , 



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LENGUAS ROMANCES. 125 

del estilo y de las maneras de decir de los trovadores 
provenzales: las palabras trovair joi^ donnoier^ etc., 
según nota el Sr. Fauriel, tienen el mismo sentido con- 
vencional que entre los trovadores. Observa ingeniosa- 
mente el mismo que el provenzal tenía el verbo soanar 
(olvidar, en nuestro poema del Cid hallamos sosanar?) 
correlativo de sovenir (recordar) y que el francés sólo ha 
conservado el último. 

En las primeras poesías y novelas italianas pululan 
los provenzalismos, especialmente en todo lo relativo á 
la poesía, al canto, etc. Los antiguos toscanos escribie- 
ron teñe por tiene ^ pensero por pensiero^ adoptaron pa- 
labras provenzales, como dottare por dubitare^ impe" 
riere por imperatore (aunque acaso la última se debió á 
la inñuencia del francés). 

En un antiguo canto español en alabanza de D. Fer- 
nando I se lee : E ganó á Portugal esa tierra gensor* 
Este comparativo provenzal se halla también en uno de 
los poemas publicados por el Sr. Pidal : así como los 
provenzalismos se verdat non por sinon verdat; no hi 
ha ren de falsedat , etc. 

Baste citar estas muestras, debidas todas ó las más á 
la influencia literaria de los trovadores. Detengámonos 
un breve espacio, y dejando por ahora las áridas si bien 
curiosas é instructivas cuestiones filológicas, pasaremos 
á ocuparnos en las un tanto más apacibles relativas á la 
historia de la poesía. 

Gaceta de Barcelona.'-'iS53. 



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NOTICIA DE LA VIDA Y ESCRITOS 



INFANTE D. JUAN MANUEL o 



Sería de desear que el autor de la obra que publica-» 
mos (2), hubiese llevado una vida menos brillante y rui- 
dosa, y que cupiese imaginarle incesantemente afanado, 
ya en sus contiendas con los moros fronterizos, ya en 
sus graves tareas literarias; pero en esta como en mu- 
chas ocasiones, severa é inflexible la verdad histórica, 
se complace en dar al traste con nuestras pretensiones 
y deseos. 

Don Juan Manuel, señor de Salvatierra, Almansa y 
Villena, sobrino de D. Alfonso el Sabio, nieto de san 



(1) V. Crónica de Alfonso Xí, que si bien parcial por Alfon- 
so XI da infinitos pormenores sobre T). Juan Manuel, y además 
Mariana y Ticknor. Lo relativo á las versiones de los apólogos indos 
se hallará en Puibusque (Revue contemporaine), introducción ó es- 
tudios que preceden á su traducción del Conde Lucanor, trabajo 
erudito é instructivo, salvas algunas equivocaciones, como la muy 
singular de convertir en judíos á nuestros poetas Jordi y Ausias 
March. tomando el tratamiento Mosen (Monseñor) por el nombre 
propio hebreo Moisés. Del mismo Puibusque, pero especialmente de 
las notas del Sr. Gayangos á la obra de Ticknor, nos hemos servido 
para la descripción del códice de la Biblioteca nacional. 

(2) Sirvió de introducción á la edición de El Conde Lucanor 
publicada en Barcelona, imprenta de Oliveres, en 1853. Esta fecha 
explica las deficiencias del presente estudio, que es muy anterior» 
como se ve, á la publicación de las Obras de D. Juan Manuel, hecha 
por el Sr. Gayangos en el tomo de Escritores en prosa anteriores al 
siglo XV, de la tíihlioteca de Rivadeneyra, y al muy detallado ca- 
pítulo que sobre D. Juan Manuel escribió el Sr. Amador de los Ríos 
en el tomo IV de su Historia de la literatura española, (Nota de 
esta edición.) 



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VIDA Y ESCRITOS DEL INFANTE D. JUAN MANUEL Í2J 

Fernando é hijo del infante Manuel ó Pedro Manuel, 
nació en Escalona el 6 de Mayo de 1282. El rey Sabio, 
fiel á la recomendación que le hizo al morir su padre 
en favor de sus hermanos, tuvo siempre á su lado al 
infante Manuel, que vivió bajo el mismo techo y con 
igual servidumbre, y murió cuando D. Juan contaba 
sólo dos años. Corrió entonces su educación á cargo de 
D. Sancho el Bravo, que le trató con sumo cariño, 
viviendo los dos primos bajo el mismo pie de intimidad 
en que habían vivido sus padres. El rey D. Sancho le 
dio además medios para labrar el castillo de Peñafíel, 
que fué su residencia favorita, y en cuya villa fundó un 
monasterio de frailes dominicos. A la edad de doce 
años había ya tomado las armas contra los moros. El 
cariño que le tuvo D. Sancho no menguó durante toda 
su vida, y hasta en el lecho de muerte le dio de él una 
muestra, cuando le manifestó deseos de bendecirle, lo 
que no hizo, diciendo que no tenía derecho para ello, y 
que lo había perdido al maldecirle por su rebeldía su 
padre D. Alfonso. Como de Sancho el Bravo, fué don 
Juan Manuel servidor leal de su hijo D. Fernando el 
Emplazado, y según él añade, del hijo del último, don 
Alfonso XI, «siempre que me ofreció ocasiones de 
servirle.» Ya en i3o8 vemos que D. Fernando se 
esfuerza en tenerle por sí, temiendo que no se vuelva 
contra él con otros infantes, y dos años más tarde le 
hizo su mayordomo mayor y de su consejo. Al cum- 
plirse con la muerte de D. Fernando el misterioso plazo 
señalado por los Carbajales, comenzó para Castilla una 
era de turbulencias y desastres, y entre los que aspira- 
ban al mando figuró nuestro Juan -Manuel, dado que 
no descubiertamente como D. Pedro y D. Juan (i), 
primo y tío inmediatos del rey niño. Lograron la tuto- 
ría los dos últimos infantes junto con la heroica María 



fl) Este y no D. Juan Manael nos presenta Mariana, de condi- 
ci<5n inquieta y mudable, tanto que á muchos parecía nació solamen- 
te pava revolver el reino. 



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128 VIDA Y ESCRITOS 

de Molina, abuela del monarca, después de varios dis- 
turbios en que tomó parte D. Juan Manuel como aliado 
de D. Pedro, con quien le vemos al fin desavenido. Ha- 
cia i3ii casó con Constanza, hija de D. Jaime el Justo, 
rey de Aragón (i). En la vega de Granada murieron el 
mismo año los dos infantes tutores, y D. Juan Manuel, 
que se hallaba en el reino de Murcia, y había entrado 
dos veces en tierra de moros, duego tuvo ojo por la 
tutoría toda, pensando que no había otro para ello sino 
él.}> Tomáronle por tutor los de Cuenca, Madrid, Cue- 
llar y Sepúlveda ; pero se negó á admitirle D/ María, 
basta que todo el reino se declarase en su favor. No 
llegó por cierto este caso; no obstante D. Juan Manuel 
hizo un sello, nuevo y gobernó en lo que pudo como 
tutor del rey, y al cabo varias juntas diversas y enemis- 
tadas determinaron que D. Juan Manuel gobernase el 
reino de Toledo y Extremadura, D. Felipe, tío inme- 
diato del rey, la Andalucía, y la mayor parte de Castilla 
la Vieja D. Juan, señor de Vizcaya, hijo del otro don 
Juan muerto en la vega de Granada. 

Muerta la reina doña María, y cada vez más empeña- 
das las contiendas y rivalidades, dábanse prisa los pue- 
blos y los consejeros del monarca para hacerle salir de 
tutoría, lo que se efectuó al llegar á los quince años. 
Halló el rey mozo despoblado el reino y yermos 
muchos lugares; pues las guerras anteriores habían 
inducido á muchos á desamparar sus heredades é ir á 
poblar en los reinos de Aragón y Portugal. Prometié- 
ronse los pueblos días más venturosos confiando en las 
buenas partes del soberano; y entre ellas, según la 
crónica, «en que la palabra del era bien castellana, 
et non dubdaba en lo que había de decir.)) Tomó por 
consejeras á Garci Laso de la Vega , Alvar Núñez y el 
judío Jusaf. Intentó de veras poner orden en los ne- 
gocios del reino, «oía querellas y pleitos tres veces á la 
semana» y propúsose andar «por sus regnos á requerir 



(1) BofaruU, Condes. 



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DEL INFANTE D. JUAN MANUEL. 120 

la justicia et aderezar otras cosas». Quedó con el rey 
D. Felipe; pero D. Juan Manuel y D. Juan, señor de 
Vizcaya, llamado el Tuerto, fuéronse muy despagados, 
prometiéndose mutuo auxilio y haciendo entre sí so- 
lemne juramento y pleitesía. Mas viendo el rey «como 
D. Juan et D. Juan eran los más poderosos omes de su 
regno, et que lo podrían facer gran guerra et gran daíío 
en la tierra» se ofreció á D. Juan Manuel para casarse 
con su hija doña Constanza prometida al de Vizcaya, y 
otorgólo D. Juan entregando de contado á doña Cons- 
tanza, que por su poca edad fué .encomendada á un 
aya del mismo monarca, y recibiendo en rehenes ciertos 
castillos, el título de adelantado de la frontera y el 
cargo de acaudillar los ejércitos reales, con lo cual que- 
dó de nuevo hecho arbitro del reino. Celebráronse las 
bodas, y con todo ello debieron de quedar colmados los 
deseos de D. Juan Manuel; pero fuese por su condición 
inquieta, fuese por sospechas de mudanza en el rey, 
que debieron acrecentarse con la muerte dada después 
á traición y á son de bodas á D. Juan el Tuerto, y más 
tarde con el abandono de doña Constanza por una in- 
fanta de Portugal, manifiéstase D. Juan por estos tiem- 
pos vasallo tan turbulento, como fiel y denodado caudi- 
llo en la frontera. En i323 venció á Ozmín, caudillo 
del rey de Granada, en la jornada de Guadalhorce. Mas 
en los tiempos que siguen le vemos llegar hasta á despe- 
dirse y desnaturarse del rey, es decir, salirse de su 
vasallaje; y tan pujante en sus revueltas, que el rey 
tuvo que convocar á sus ricos homes y caballeros para 
subyugarle y acabar con su poderío. Enviósele por de 
pronto á Garci Laso, que debía reunir gente en Soria, 
donde fué sacrilegamente asesinado. Cobró entonces el 
rey algunos de los rehenes dados á D. Juan cuando lo 
de doña Constanza; pero mientras le sitiaba en Esca- 
lona, él por jactancia y para aparecer poderoso á los 
ojos de sus valedores aragoneses, sitió el castillo de 
Huepte. Ni bastó la solicitud del papa, que para apaci- 
guar tan lastimosas contiendas, envió á un cardenal cas- 



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1 3o VIDA Y ESCRITOS 

tellano. Vióse rodeado éste de los de la corte, mientras 
D. Juan Manuel ganaba el auxilio del prior de S. Juan« 
Tuvo el rey que levantar el cerco de Escalona, y ne- 
gáronse los de Valladolid á abrirle las puertas. Todo 
paró en animosidad contra D. Alvar Núñez, á quien 
íintes se diera el inusitado título de conde, y que cayó 
entonces en desgracia y recibió muy luego muerte ale- 
vosa, que por mandato del rey ejecutó Ramir Flores. 
Don Juan Manuel, que como natural aliado de todos 
los descontentos, se había confederado con Alvar Nú- 
ñez en el breve intervalo entre su desgracia y su muerte, 
viudo ya de la princesa de Aragón, buscó nuevo arrimo 
por medio de su casamiento con la hija de Juan Núñez, 
hijo de otro infante, procurando además el enlace de 
éste con una huérfana de D. Juan el Tuerto, que á la 
muerte de su padre llevó su ama á tierra de ingleses. No 
faltan en verdad por este tiempo reiteradas avenencias 
entre el monarca y D. Juan Manuel; pero además de 
que éste se afanaba en labrar castillos y murallas, cúl- 
pasele por entonces de haber andado en tratos con el rey 
de Granada. Procuraba ablandarle el rey, quien para 
ello se valió una vez de un halconero, amigo suyo y de 
D. Juan, que era muy cazador, á lo que dice la crónica 
y á lo que de sus obras se desprende. Propuso Alfonso á 
Juan Núñez y Juan Manuel que le acompañasen al sitio 
de Algeciras, á lo cual se avinieron los dos con muestras 
muy sinceras de sumisión; mas éstas cesaron en breve 
por haberles infundido sospechas de que el rey trataba 
de matarlos. Mostraron más adelante los dos ricos ho- 
mes desmedidas pretensiones, y D. Juan Manuel en par- 
ticular aspiró al título de duque; llamaron al rey de 
Aragón , que se les ofreció como mediador, mas no 
como auxiliar, y lograron en cambio el refuerzo de Juan 
Alfonso de Haro, otro potentado descontento. En i333 
ofreció de repente D. Juan Manuel sus servicios al mo- 
narca, y no sin particular intención, porque en unión 
con el rey de Portugal trataba de publicar el casamiento 
del infante portugués D. Pedro con su hija D." Constan- 



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DEL INFANTE D. JUAN MANUEL. l3l 

za. La obstinada oposición de Alfonso á este enlace 
le valió la enemistad del rey vecino, y aun la de muchos 
caballeros de su propio reino. Mas al ñn acosado don 
Juan Núñez en Lerma, abandonado por el rey de Por- 
tugal el cerco de Badajoz, y creyendo poco asegurada la 
villa de Peñafiel, se retiró el infante al reino de Aragón. 
No tardó Juan Ntíñez en ponerse á la merced del rey; y 
desde entonces D." Juana su madre se empeñó en alcan- 
zar el perdón de D. Juan Manuel. Concediólo el mo- 
narca , pero recibió por rehenes del irffante la villa y 
alcázar de Escalona y Cartagena, y uno de los castillos 
de Peñafiel. Desde aquel momento vemos siempre á 
D. Juan Manuel al lado y en los consejos de Alfonso XI, 
y uno de los primeros capitanes en las gloriosas expe- 
diciones que ilustraron los líltimos unos de aquel reina- 
do; y si bien su singular conducta en el Salado le mues- 
tra un instante poco dispuesto á obedecer, no por esto 
perdió el favor y la confianza del rey que en 43 le nom- 
bró adelantado mayor de la frontera. Sostuvo los dere- 
chos de Toledo en la contienda que terminó con aque- 
llas célebres palabras : Yo hablo por Toledo, y hará lo 
que le mandare; hable Burgos. Terminó su agitada vida 
en i347 ; y desde el 49 se nombra á su hijo D. Fernan- 
do como consejero del rey y uno de los que acompaña- 
ron su cadáver (i). 



(1) En la vida escrita por Argote de Molina, que no hemos podi- 
<io ver basta después de escrita esta noticia, leemos las dos anécdo- 
tas siguientes: — £1 cual ^D. Juan Manuel) fué tan celebrado en 
lilspaña en aquellos tiempos y quedó su nombre y valor tan glorioso 
on la memoria de los hombres que habiendo el Infante D. Fernando 
sa visnieto puesto el real sobre Antequera, como los Moros tuviesen 
ocupada una sierra y fuese necesario conquistarla, entrando en con- 
st'jo sobre ello, aunque ¿ todos paresció cosa de gran peligro, acor- 
daron que convenía ganarla, pero ninguno se offreció, hasta que el 
Infante D. Fernando les dijo: Por cierto, mengua fazo aquí mi vis- 
abüelo D. Juan Manuel. — Mandó (D. Juan Manuel) sepultar junto á 
sí al buen caballero Diego Alfonso honra y gloria de la casa de Ta- 
mayo, su leal y famoso Alférez que defendienio su pendón y pe- 
leando valerosamente con los Moros en el ceico de Algezira, pagó 
con la vida el tiibuto que á su antigua nobleza y sangre debía. 



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I 32 VIDA Y ESCRITOS 

Tal fué D. Juan Manuel: espíritu indomable, volun- 
tad de hierro. La crónica que para estos apuntes acaba- 
mos de recorrer, le retrata desenfadado y audaz, no sólo 
en los hechos sino á veces en las palabras. Así en una 
ocasión mandó decir al rey que le proponía una entre- 
vista , que sólo la aceptaría en un lugar donde corriese 
un río, y puesto él en una orilla y el rey en otra. En 1 3 1 2 
tratábase de una avenencia entre los dos infantes Juanes 
y Felipe; hallábanse presentes Garci Laso y Alvar Nú- 
ñez, privados dfel rey después de su próxima mayoría. 
«Et fablada et tractada la avenencia entre ellos que era 
esta : que fuesen amigos, et cada uno dellos fíncase en la 
su tutoría, según que la tenía ante... et mandaron es- 
crebir esto. Et Alvar Núñez dixo á D. Joan fijo del 
infante D. Manuel: qué mandaba escrebir? Et D. Joan 
dixo: Esto que ponemos D. Felipe, et D. Joan et yo. 
Et Alvar Núñez dixo, que primero librarían lo de Garci 
Laso (es decir, arreglarían los negocios ó pretensiones 
de Garci Laso). Eteste D. Joan dixo: Eso non se puede 
facer. Et preguntóle Alvar Núñez: Porqué? Et dixo 
D. Joan: Porque non quiero yo Entonce tornóse D. Fe- 
lipe contra D. Joan, et díxole: ¿Porqué non queredes 
vos? Et díxole D. Joan: Porque non quiero que me 
mate otra vez con vusco, como me coydó matar en Vi- 
llaones. Entonce dixo Alvar Núñez: Pues D. Felipe 
non desampara á su amigo. Entonce dixo D. Joan fijo 
del infante D. Joan : Pues D. Alvaro, cómo queredes 
vos? Dixo Alvar Núñez: Querría que se librase el pley- 
to de Garci Laso. D. Joan, fijo del infante D. Joan, 
dixo : Vosotros querríedes que entre nosotros siempre 
oviese riesgo et contienda, et que nunca nos aveniése- 
mos, et que nos matásemos en el campo como estodimos 
este otro día acerca dello, et que vosotros fíncásedes 
señores de la tierra.» Las últimas palabras del de Vizca- 
ya pudieran darnos á creer que alguna culpa en las 
turbulencias de aquel reinado pudiera achacarse á los 
de la corte, bien que la historia la atribuya por entero á 
los desasosegados infantes. 



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DEL INFANTE D. JUAN MANUEL. 1 33 

¿Podrá tildarse también á D. Juan Manuel de haber 
tenido miedo una vez en su vida? Así lo insinúa dubi- 
tativamente Mariana al describir la victoriosa función 
del Salado; mas entre los muchos cargos que á nuestro 
héroe cabe dirigir, es más difícil asentir á este que á 
otro alguno. Para su proceder, por extraño que aparez- 
ca, razones tendría bastantes á que siguiese en la amis- 
tad y privanza del monarca. Mas como el hecho es en sí 
para notado, pensamos que no pesará verlo transcrito 
de la crónica, a Desque llegaron al Salado los que iban 
en la delantera del rey de Castiella, fallaron que los 
Moros estaban á los vados por do avían á pasar, et de- 
toviéronse un rato que non pasaron, et dos escuderos 
entraron por el río... Et cuando el Rey llegó, los de la 
delantera non eran pasados. Et D. Gil arzobispo de 
Toledo, que iba con el Rey, díjole: «Señor, vedes cómo 
están los de la vuestra delantera que non pasan el río 
de Salado.» Entonce el Rey envió decir á D. Joan fijo 
del infante D. Manuel con un caballero, que porqué 
non pasaban él et los de la delantera el río. Et un escu- 
dero que dicían Garci Jufre Tenoyro, fijo del almirante 
que mataron ,los Moros en la nota, et era vasallo del 
Rey, et iba en la delantera, dixo á este D. Joan, que la 
su espada lobera, que él dicía que era de virtud, que 
debía á hacer en aquel día. Et por lo que el Rey le en- 
vió decir, nin por lo que le dixo aquel escudero, don 
Joan non quiso facer ninguna cosa, nin acució la pasa- 
da: et el su Alférez deste D. Joan desque oyó lo que el 
Rey le enviara decir, et otrosí lo que aquel escudero le 
dixo, quisiera mover con el pendón para pasar el río: 
et D. Joan dióle una mazada que lo oviera á derribar 
del caballo. Et por esto los de la delantera estidieron 
que non pasaron el río; et muchos de los que esto vie- 
ron, toviéronlo por mal, ca rescelaron que este D. Joan 
non quería servir verdaderamente al Rey en aquel fe- 
cho.» 

Otra inculpación itiás grave insinúa la crónica contra 
D. Juan Manuel, si bien muy de paso y sin confirma- 



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I 34 VIDA Y ESCRITOS 

ción alguna. Hablamos de un hecho mencionado en 
el último capítulo del Conde Lucanor^ y que á este 
título debe ofrecer aquí doble interés. «Garci Laso era 
ome que cataba 'mucho en agüeros, et traía consigo 
omes que sabían desto. Et ante que fuese arredrado de 
Córdoba, dixo, que vio en los agüeros que avía de mo- 
rir en aquel camino, et que morrían con él otros mu- 
chos. Et por esto envió decir al Rey, que pues Ja su 
muerte non se podía escusar, fuese cierto el Rey, que él 
faría en manera' porque fuese la su muerte á servicio 
del Rey et á grand su honra.... Et Garci Laso fué su 
camino para Soria, et iban con él muchos caballeros et 
escuderos vasallos del Rey, et algunos de ellos avían 
deudo con Garci Laso, et otros que le aguardaban por 
la fianza que el Rey en él facía et por el logar que le 

daba en la' su merced Et de esta villa coydaba llevar 

Garci Laso grand compaña: ca muchos dellos que te- 
nían dineros del Rey le aguardaban; et otros muchos 
dende tenían dineros de Garci Laso de los que el Rey 
á él daba. Et antes que Garci Laso les dijiese la razón 
porque era allí venido, algunos caballeros et escuderos 
de la villa moviéronse á fablar con las gentes, et dixie- 
ron que Garci Laso les venía á todos prender. Et por 
esto enviaron por los de los pueblos de las aldeas, et 
fueron ayuntados en la villa de Soria muy grandes gen- 
tes. Et estando Garci Laso oyendo misa en el monaste- 
rio de Senct Francisco, et con él todos los caballeros et 
escuderos que venieran con él de casa del Rey, venieron 
los más caballeros de la villa de Soria armados, et con 
ellos muy grandes gentes de los pueblos: et entraron á 
deshora en el monasterio, et dentro en la Iglesia ma- 
taron á Garci Laso et Arias Pérez de Quiñones, et un 
su hijo de Garci Laso, et á todos los más de los caballe- 
ros et escuderos que venieran y con él. Así que morie- 
ron y con él veinte et dos infanzones et omes fijos-dalgo. 
El esos pocos que y fincaron vivos salieron desconoci- 
dos en hábitos de frayres, en manera que los non 
podieron conocer.» Añade á poco la crónica que el 



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DEL INFANTE D. JUAN MANUEL. l35 

Rey receló se hubiese cometido tamaño atentado por 
consejo de D. Juan Manuel; pero no dice más, ni al 
tratar de los castigos que impuso D. Alfonso á los de 
Soria, se nota la más leve indicación contra el infante. 
El libro de Lucanor aboga por su inocehcia en esta 
parte; pues ¿cómo era posible que después del trans- 
curso de muchos años, en época de más sosiego y en 
parte de arrepentimiento, se complaciese el autor en 
aludir como á una muestra ejemplar de los castigos que 
el cielo envía á los que andan en agüeros, á un ñn de- 
sastrado, que no era sino su propia obra y su propio 
crimen ? 

Por lo demás, rebeldías, desmanes, infidelidades, aso- 
lamientos, todo lo puso en obra el infante aun muy 
entrado en años, y todo, á lo que es de creer, lo consi- 
deraba como medios de mantener su honra y estado: 
achaque de las condiciones extremadamente emprende- 
doras y resueltas, abultarse los propios derechos. De 
esta suerte no será tanta nuestra extrañeza, al observar 
que un hombre de tal condición presente en sus obras 
singular nobleza y rectitud de ideas, y que ftierezcan 
ellas de todo punto el dictado da obras morales; si bien 
se ve que la virtud predilecta de su autor era una ma- 
ñosa prudencia. 

Por otra parte no podrá menos de asombrar que, en 
aquellos tiempos y con tal género de vida, sean sus 
escritos tan numerosos y supongan tanta meditación y 
estudio, y hasta cierto esmero en su ejecución. 

De las varias é importantes obras del Infante, cuyos 
restos conocidos conserva un precioso códice de la Bi- 
blioteca nacional de Madrid, nos da el mismo autor el 
número, y en gran parte el título, en dos puntos del 
mismo manuscrito. 

Comienza éste explicando las razones que tuvo para 
encomendar la conservación de sus obras á un solo vo- 
lumen, ilustrándolas con el siguiente apólogo: «Et 
por probar aquesto, porné aquí una cosa que acaeció á 
un caballero en Perpiñán en tiempo del primero Rey 



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I 36 VIDA Y ESCRITOS 

D. Jayme de Mallorca ; así acaeció que aquel caballero 
era muy grande trobador, é facía muy buenas cantigas 
á maravilla, é fízo una muy buena además é avía muy 
buen son (i). Et atanto se pagaban las gentes de aquella 
cantiga que desde grande tiempo non querían cantar 
otra cantiga si non aquella. Et el caballero que la fiziera 
avía ende muy grande plazer. Et siendo por la calle un 
día, oyó que un zapatero estaba diciendo aquella can- 
tiga é decía tan malerradamente tan bien las palabras 
como el son, que todo ome que la oyese, si ante non la 
oyese, tenía que era muy mala cantiga é muy mal 
fecha. Quando el caballero que la fiziera oyó como 
aquel zapatero confondía aquella tan buena obra, ovo 
ende muy grande pesar é grande enojo, é descendió 
de la bestia é asentóse cerca de él. Et el zapatero que 
non se guardaba de aquello, non dexó de cantar, é 
quanto más decía más confondía la cantiga que el ca- 
ballero fiziera. Et de que el caballero vio su buena 
obra mal confondida por la torpedad de aquel zapa- 
tero, tomó muy paso unas teseras é tajó quantos za- 
patos el zapatero tenía fechos, é esto fecho, cabalgó é 
fuese. Et el zapatero paró mientes en sus zapatos, et 
de que los vido así tajados, entendió que avía perdi- 
do todo su trabajo, ovo muy grande pesar, é fué dan- 
do voces en pos de aquel caballero que aquello le 
fiziera. Et el caballero díjole : Amigo, el Rey nues- 
tro Señor es á quien vos debedes acudir^ é vos sa- 
bedes que es muy buen Rey é muy justiciero é vaya- 
mos ante él, é líbrelo como fallare por derecho. Ambos 
se acordaron á esto, é desque legaron ante el Rey, dixo 
el zapatero como le tajara todos sus zapatos é le fiziera 
grande daño: el Rey fué desto sañudo, é preguntó al 
caballero si era aquello verdad, é el caballero díjole que 
sí, mas que quisiera saber por qué lo fiziera. Et mandó 
el Rey que dixiese, é el caballero dixo que bien sabía el 



(1) Tonada. Los trovadores disüoguían entre las palabras y la 
tonada 6 melodía (el mot eU so). 



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DEL INFANTE D. JUAN MANUEL. l3j 

Rey que él fiziera tal cantiga, que era muy buena é avía 
buen son é que aquel zapatero gela avía confondlda, 
é que gela mandara dezir; é el Rey mandógela dezir, é 
vio que era así. Entonces dixo el caballero que pues el 
zapatero confondiera tan buena obra como él ñziera, é 
en que avía tomado grande dampno é afán, que así con- 
fundiera él la obra del zapatero. El Rey é quantos lo 
oyeron, tomaron desto grande plazer é rieron ende 
mucho, é el Rey mandó al zapatero que nunca dixiese 
aquella cantiga ni ofendiese la buena obra del caba- 
llero, é pechó el Rey el daño al zapatero, é mandó al 
caballero que non ñziese más enojo al zapatero (i). Et 
recelando yo D. Juan que por razón que non se podrá 
escusar que los libros que yo he fecho non se hayan de 
trasladar muchas veces, é porque yo he visto que en los 
traslados acaece muchas veces lo uno por desentendi- 
miento de escribano ó porque las letras semejan unas á 
otras, que en trasladando el libro, poma una razón por 
otra, en guisa que muda toda la entención é toda la 
seña, é traydo al que la fizo, non aviendo y culpa, é por 
guardar esto quanto yo pudiere, fize fazer este volumen, 
en que están escriptos todos los libros que yo fasta aquí 
he fechos, é son doce.» 

Al principio del libro de Patronio nos da D. Juan el 
nombre de la mayor parte de estas obras: «E los libros 
que él fizo é ha fecho fasta aquí son estos: La Corónica: 
etel libro de los Sabios: et el libro de la cavallería: el 
libro del Infante: el libro del Cavallero : el libro del 
Escudero : el libro de la Caza : el libro de los Engeños: 
el libro de los Cantares: é los libros de los frayles Pre- 
dicadores que están en el monasterio de Penafiel. » 

El códice conservado contiene el libro del caballero j^ 



(1) Esta misma anécdota es atribuida al Dante por Sachettí, do« 
velista muy posterior á D. Juan Manuel, y en su excelente vida del 
gran poeta la inserta el conde Balbo, junto con otra en que se ve al 
Alighieri muy enfadado con un arriero que introduce muchos arres 
ea una de sus canciones. 



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l38 VIDA Y ESCRITOS 

del escudero^ un tratado sobre sus blasones y el privile- 
gio de armar caballeros de que usaba su familia, y acaso 
sea el libro de la caballería de la anterior relación, el 
libro infinido que parece ser por otro nombre el del 
infante^ el libro de Patronio^ ó sea el Conde Lucanor; 
un tratado místico dirigido á D. Ramón Masquefa y 
por último é incompleto el libro de la caza (i). 

El libro del caballero y del escudero^ que como todo 
lo que de su autor se conoce, presenta un carácter doc~ 
trinal, es calificado por él mismo de fabliella, es decir 
cuento ó narración ficticia, nombre evidentemente deri- 
vado del latín fábula, y hermanado con el fabliau de 
los franceses. Cuenta D. Juan que al dirigirse un joven 
escudero á unas cortes para recibir el grado de caballe- 
ría, se detuvo en una ermita habitada por un venera- 
ble anciano, al cual dirige el mancebo innumerables 
cuestiones acerca de los deberes que le impondrá el 
grado á que aspira. Contéstale el anciano caballero, y 
su enseñanza da tales frutos, que brilla en gran manera 
en las cortes el joven escudero; pero en cuanto recibe 
los honores de la caballería, visita de nuevo al ermita- 
ño, con el fin de completar su instrucción. Interrógale 
sobre la naturaleza del cielo, de la tierra, del mar, de 
los elementos, etc.; y decidido á no abandonarle, sólo 
después de la muerte del ermitaño se presenta en la 
corte, donde su extraordinaria sabiduría le vale la direc- 
ción de los negocios públicos. Los cincuenta capítulos 
de que consta esta obra, aunque muy desiguales en 
mérito, contienen, según Puibusque, lo más importante 
de la ciencia y de la filosofía del siglo xiv, el cual, según 
opina el mismo, nada produjo más substancial, más 
juicioso ni más erudito. 

Sigue en el manuscrito el tratado de la declaración de 
sus armas y de la razón porque él y sus herederos varo- 
nes pueden armar caballeros aun sin haberlo sido, como 



(1) Falta en esta enumeracicSn el Libro de los Estados, que es 
uno de los más importantes. (Nota de esta edición.) 



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DEL INFANTE D. JUAN MANUEL. l3g 

él lo había hecho antes de cumplir dos años, y por 
último refiere en el mismo su conversación con D. San- 
cho el Bravo poco antes de su muerte. Este tratado está 
dirigido á Frey Juan Alfonso (i). 

El abro infinido^ llamado también de los Castigos 
(Amonestaciones), y que es probablemente el mismo 
que el del Infante, fué escrito para su hijo, niño de dos 
años, y en su prólogo explica las razones que tuvo el 
autor para componerlo, al mismo tiempo que para 
darle tan singular título : «Et por que la vida, dice, es 
corta é el saber es luengo de aprender, prement los 
omnes de aprender lo que entienden, cada uno lo que 
más le cumple : unos trabajan en un saber é otros en 
otro. Et porque y D. Joan, fijo del infante D. Manuel, 
adelantado mayor de la frontera é de la Vega de Mur- 
cia, quería quanto pudiese aiudar á mí é otros... por 
ende asmé de componer este tratado, que tracta de cosas 
que yo mismo prové en mí mismo é en mi facienda é 
lo que aconteció á otras de las que fize é vide facer.... É 
fizlo para D. Fernando mío fijo que me rogó quel ficie- 
se un libro. Et yo fiz este para él et para los que non 
saben más que yo.... Et porque esto non sé quando se 
acabará, puse nombre á este libro el Libro infinido, que 
quiere dezir libro sin acabamiento. Et porque sea más 
ligero de entender é estudiar es fecho á capítulos.» Es- 



(1) Gayangosno añade titulo á este nombre y al repetirlo luego 
dice sólo csu amigo.» Ticknor supone que el tratado iba dirigido á 
un hermano del infante, Arzobispo de Toledo y canciller del Reino. 
Puibusque dice que el Arzobispo de Toledo era su lío y que en 
muestra de afecto le llama hermano y además que le encargó la tra- 
ducción al latín de todas sus obras. Hay aquí un enredo que no he- 
mos podido desenmarañar. D. Juan de Aragón (cuyo bello sepulcro 
se admira en Tarragona) hermano de D." Constanza, fué Arzobispo 
de Toledo, no sólo por sus merecimientos, sino por el favor de don 
Juan Manuel, según Mariana; fué también canciller del Reino Pero 
además de que duió poco la amistad de los dos cuñados (V. Maria- 
na), el infante de Aragón trocó hacia 1324 el arzobispado de Toledo 
por el de Tarragona y murió en 34. — Entre los favorecedores de 
D. Juan Manuel vemos algún Juan Alonso, pero era entonces muy 
común este nombre. 



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140 VIDA Y ESCRITOS 

tos son veintiséis, y empiezan todos con estas palabras: 
«Fijo D. Fernando». En el último dice que acabado este 
libro fué requerido por su amigo fray Juan Alfonso que 
escribiese lo que entendía en las maneras del amor. 
Habla en efecto de este asunto, define quince maneras 
de amor, y al tratar en particular de. la amistad dice 
que en cincuenta años sólo ha hallado un verdadero 
amigo, que no quiere nombrar para no reñir con los 
restantes. Alude luego á su libro de Patronio para justi- 
ficarse de componer libros, añadiendo razones muy jui- 
ciosas y muy nobles. «Et pues en los libros que yo 
fago, hay en ellos pro et verdad é non daño, por ende 
non lo quiero dejar por dicho de ninguno.... Ca debe- 
des saber que todas las cosas que los grandes señores 
facen, todas deven ser guardando primeramente su esta- 
do é su onra.... et pienso que es mejor pasar el tiempo 
en facer libros, que en jugar los dados, é facer otras vi- 
les cosas.» 

Sigue en el códice nuestro libro de Patronio, llamado 
generalmente el Conde Lucanor, el cual termina con 
la fecha, que corresponde al año 1342 y á los sesenta 
años de edad en su autor. 

Después de este libro viene el tratado dirigido á Mas- 
quefa, y según hemos ya dicho, el libro de la ca^a, lla- 
mado por Argote de Molina libro de la montería (i). 

Además de estos seis libros, queda noticia de otras 
obras de D. Juan Manuel, que vamos á enumerar bre- 
vemente, prefiriendo las indicaciones y títulos que men- 
ciona el mismo autor á las de Argote de Molina que 
muchos copiaron. 

La Coránica. Consérvase ésta, que es un sumario de 
la Crónica general de D. Alfonso el Sabio, y en su in- 
troducción se lee lo siguiente, que nos da á conocer que 
no la escribió el infante: «E por que D. Juan su sobrino 
(del Rey D. Alonso X), se pagó mucho desta su obra, é 



(1) Es, al contrario, un libro de Cetrería. 



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DEL INFANTE D. JUAN MANUEL. I4I 

por la saber mejor; por que por muchas razones non 
podría facer tal obra, como el Rey fizo... . por ende fizo 
poner en este libro en pocas razones todos los grandes 
fechos que se y contienen, etc.» 

Libro de los Sabios^ de que únicamente se conoce el 
título, pero que sin gran fundamento se sospecha ser el 
mismo que el de los Estados^ al cual se refiere frecuen- 
temente el autor en el libro infinido. 

Libro de los Engeños, es decir ingenios ó máquinas 
de guerra, enteramente desconocido. 

Libro de los Cantares, que conoció Argote de Molina, 
y cuya publicación se había propuesto. Tampoco lo dio 
á luz D. Tomás Sánchez, prueba de que no pudo ha- 
cerse con él. Atribuyese también al príncipe un Arte de 
trovar. 

Los libros de los frailes Predicadores, de que única- 
mente se posee la mención hecha al principio del libro 
de Patronio. 

Argote de Molina atribuye además á nuestro príncipe 
un libro de los ejemplos^ acaso el mismo que el de Pa- 
tronio ó del Conde Lucanor, sino es que con fundamen- 
to ó sin él creyese de D. Juan un libro de los enxem- 
píos, es decir una colección de preceptos y fábulas que 
todavía se conserva , y que en el lenguaje y estilo no 
deja de presentar analogías con los de dicho autor. 

Confió D.Juan el volumen manuscrito de sus obras 
completas á los Padres Dominicos de S. Pablo en Peña- 
fiel, casa de que había sido fundador, donde lo vio toda- 
vía en el siglo xvi Argote de Molina. Hoy no se conoce 
otro que el de la Biblioteca nacional, además de uno de 
la Real Academia de la Historia que, según parece, 
sólo comprende el Conde Lucanor. 

Publicó Argote esta obra valiéndose de una copia del 
Escorial, que comparó con otras de Zurita y del doc- 
tor Oretano, maestro del duque de Medina Sidonia, y 
acompañóla con una vida, un tratado genealógico inti- 
tulado: Sucesión de los Manueles, un discurso sobre la 
<^ntigua poesía castellana y nn glosario. El sabio anti- 



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142 VIDA Y ESCRITOS 

cuario del siglo xvi, ó acaso los copistas que le precedie- 
ron, introdujeron en el texto algunas alteraciones secun- 
darias y relativas principalmente, ya al orden de los 
capítulos, ya á las formas anticuadas del lenguaje (y por 
e, exemplo por enxemplo ó enxiemplo^ hombre por orne 
ú omne^ etc.). Por motivos fáciles de adivinar suprimió- 
se uno de los capítulos, que conocemos únicamente por 
la traducción de Puibusque (i). Verificóse la impresión 
en Sevilla en iSjS y otra en 1642. Nos servimos de la 
primera para el texto y para los dos apéndices de Mo- 
lina con que enriquecemos esta edición, y que se echan 
de menos en la de 1840, hecha en Stuttgart por el dis- 
tinguido filólogo Keller. 

A pesar de ser conocida esta obra notable y de la in- 
fluencia qpe, según veremos, ejerció en los cuentos ó 
narraciones de los tiempos posteriores, hasta muy cerca 
de los nuestros no llamó la atención debidamente. Es 
verdad que ya en 1725 se quejó Sarmiento de que no 
hubiese un español que diese á la luz las demás obras 
del Infante, tan conducentes para el estudio de la len- 
gua y de la poesía castellana; pero el primero que dio 
un examen literario del Conde Lucanor fué Capmany en 
su Teatro de la elocuencia española^ donde además de 
insertar varios fragmentos , encomia su graciosa fábula 
moral, y la propiedad y ancianidad de su locución. 

Bouterwek, á quien nadie tildará de apasionado á las 
obras de la Edad media, en su Curso de literatura espa- 



(1) El conde Lucanor dice á Patronio que se le ha ofrecido 
para servirle un hombre que él juzga honrado, pero al cual se atri- 
buyen acciones que le ponen en duda y en sospi^cha. Contéstale Pa- 
tronio con el caso de D. Lorenzo Suárez Gallinato que vivió mucho 
tiempo en la casa del rey de Granada, pero que acogido después por 
el santo rey Fernando, preguntándole éste cómo esperaba alcanzar 
gracia de Dios, después de haberle servido tan mal entre los mo- 
ros, respondió que le había servido matando á un clérigo, y al es- 
pantarse el monarca, le explicó D. Lorenzo que era aquél un clérigo 
renegado, que revestido de ropas sacerdotales acababa de cele- 
brar una misa sacrilega y de entregar á los moros la hostia consa- 
grada, etc. La moral de este extraño caso C3 que no debamos juzgar 
con precipitación de las acciones ajenas. 



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DEL INFANTE D. JUAN MANUEL. 143 

ñola, escrito en las primeras décadas del presente siglo, 
califica la obra del más bello monumento de esta litera- 
tura en el xiv y encarece su filosofía práctica, la nobleza 
de sus sentimientos tan exentos de ostentación, y su 
sencillo y agraciado estilo que llega á comparar con el 
de Lafontaine. Posteriormente á Bouterwek, Moratín 
en sus Orígenes habló de D. Juan Manuel, que llama 
profesor en toda clase de buenas letras y de cuyas obras 
doctrinales y poéticas dice que dan testimonio de su 
extensa literatura y buen gusto. Por fin, Sismondi , por 
más que se haya asegurado lo contrario, examina con 
atención y con muestras de aprecio la obra que nos 
ocupa, de la cual traduce dos apólogos. Esta fué sin 
duda la primera muestra que se dio en lengua ex- 
tranjera, hasta que recientemente, y el mismo año de la 
edición de Siutigart, J. Van Eichendorff publicó en 
Berlín su traducción alemana. En la Revue contempo" 
raine, ha presentado Puibusque una introducción al 
Conde Lucanor y la versión de un buen número de sus 
apólogos, y allí vemos que se proponía la publicación 
de iodos ellos, acaso ya efectuada, junto con nuevas 
investigaciones, relativas en especial á la procedencia de 
las diferentes fábulas. 

La existencia del Libro de los Ejemplos, que hemos 
mencionado al fin de los de D. Juan Manuel, manifiesta 
por sí sola que el del Conde Lucanor no fué en su época 
el único en que se presentasen las verdades morales bajo 
el velo del apólogo, y es además muy cierto que ya an- 
teriormente existían en España colecciones de cuentos 
dirigidos á la enseñanza práctica, y cuyo origen ascen- 
día á las más antiguas y lejanas literaturas. 

Conocido es en el día el original indo de las fábulas 
de Bidpai, escrito en lengua sánscrita, é intitulado en 
ella Pantcha-Tantra (las cinco secciones), ó bien Pant- 
cha-Pakyana (las cinco colecciones de cuentos), y si 
bien se cree que su forma actual no es anterior al siglo v 
de la era vulgar, de ninguna manera se supone que sea 
debida á una imitación de Esopo; sino más bien que el 



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144 ^^^^ Y ESCRITOS 

fabulista indo y el frigio acudieron á un manantial co- 
mún. En efecto, á pesar de la universal popularidad de 
la fábula tomada de costumbres de los irracionales, no 
deja de ser más probable que su origen se deba á un 
pueblo cuyas erradas creencias le hacían admitir, junto 
con la metempsfcosis , una mayor analogía entre los 
hombres y los animales inferiores. 

La colección de Bidpai sufrió varias metamorfosis en 
su mismo país natal y en los idiomas vulgares de la 
India, y en la misma lengua sánscrita se conocen dos 
imitaciones del mismo libro. En el siglo vi de la era 
cristiana fué traducido al antiguo persa con el título de 
Libro de Calila y Dimna; en el mismo siglo, del persa 
antiguo al árabe; en el x, del árabe al persa moderno? 
del persa y del árabe al griego y al hebreo hacia fines 
del XI ; del hebreo al latín en la segunda mitad del xiii, 
y luego á las principales lenguas de Europa. Aunque 
generalmente se crea que las últimas conocieron la fic- 
ción inda por la versión latina de Juan de Capua inti- 
tulada: Directoriiim humana* vitcp, alias parabolce anti-- 
quorum sapientium (obra traducida en español , antes de 
terminar el siglo xv, con el nombre de Ejemplario con- 
tra los engaños y peligros del mundo)^ no cabe duda en 
que existe un manuscrito castellano, que se cree del 
siglo XIII , intitulado : Calila y Dina^ con diversas fábu- 
las moralizadas, y traducido del árabe al latín y luego 
en romance por orden del infante D. Alonso, hijo del 
muy noble rey D. Fernando. El autor se supone hijo 
de un negociante y de una madre noble, y comienza 
por recordar el encargo confiado á Bersebuey (Barzou- 
yeh). Había oído hablar, dice, este sabio médico, de 
las hierbas maravillosas que crecen en ciertas montañas 
de la India y que resucitan los muertos; y como las 
anduviese buscando durante más de un año, los filóso- 
fos por él interrogados le dijeron al fin que aquellas 
plantas no eran otras que la sabiduría y la prudencia 
que dan á los hombres una nueva vida, arrancándoles á 
la ignorancia. Bersebuey adquirió sus libros, los tradu- 



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DEL INFANTE D. JUAN MANUEL. 1 45 

jo al persa, los ofreció al rey Cosroes que le enviara á 
la India, el cual los acogió con el mayor entusiasmo y 
procuró que se generalizase su lectura. Entre estos li- 
bros se hallaba el de Calila y Digna, en el cual Berse- 
buey tradujo del indo varias cuestiones que un rey 
llamado Dizelem había hecho á su alguacil Burduben, 
junto con las contestaciones y los ejemplos- propuestos 
por este fílósofo. La Crónica general habla también del 
libro de Calila y Digna, que atribuye al rey Dagolín y 
supone traducido del árabe al latín por Aben Mochafa 
y luego imitado con el nombre de Taula huefra y para 
uso de otro rey, por Ceael, hijo de Harón (Joel, hijo de 
Aarón). Este nombre indica un autor judío, como lo 
había sido también el primer traductor europeo del 
Sendabad, otra colección no menos célebre de cuentos 
indos. 

Este libro fué traducido también al persa, al árabe, al 
siriaco, al griego, al hebreo, al latín y posteriormente 
al francés, al italiano, al español, al inglés y al alemán, 
pero el punto de partida para las versiones en lenguas 
modernas debe también buscarse en España. Moseh Se- 
phardi, judío aragonés^ bautizado en i io6 en su patria 
Huesca con el nombre de Pedro Alfonso, fué el autor 
de la Disciplina clericalis^ libro que presenta muchas 
imitaciones del de Sendabad y del Pantcha-Tantra^ y 
cuyos materiales confiesa deber principalmente el autor 
á los filósofos árabes. Los libros de Syntipas, las pará- 
bolas de Sendabad, la Historia septem sapientium^ los 
siete sabios de Roma (i), el Dolopathos^ la historia del 
príncipe Erastus, la historia de los siete visires, etc., 
son otras tantas imitaciones y transformaciones del pri- 
mitivo original. 

Don Juan Manuel, el primero que sepamos que dio en 



(1) Con este título hemos visto todavía una imitación moderna 
castellana de reducida dimensión que anda entre el vulgo, y que en 
verdad no se recomienda por el decoro del lenguaje ni de las situa- 
ciones. 



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146 VIDA Y SSCRITOS 

las lenguas modernas una obra de naturaleza semejante 
y merecedora del título de original, se hallaba en si— 
tuación oportuna para aprovecharse de los dispersos 
elementos que podían contribuir al adelanto de este 
género de literatura. Discípulo en cierta manera de la 
escuela de Alfonso el Sabio, debió conocer la versión 
de Calila y Dimna, mientras su parentesco y alianzas 
con Aragón y su morada en este reino debiéronle fa- 
miliarizar con la obra del converso Pedro Alfonso y 
las noclas de la literatura provenzal , de que es una ver- 
dadera muestra su apólogo del trovador perpiñanés. 
A Esopo pudo conocerle nuestro autor por versiones 
latinas ó francesas, cuando no asuntos semejantes á 
los del fabulista frigio por pláticas con los moros sus 
vecinos, ó acaso por la lectura de libros árabes. In- 
dudable es que D. Juan conocía la última lengua, de 
lo que dan testimonio las tres citas que en ella nos ofre- 
ce el Conde Lucanor, confirmado por gran número 
de sus anécdotas, tomadas de las costumbres de aquel 
pueblo. 

Oriental es además el libro de D. Juan Manuel; pues 
si bien descubre suma originalidad y un fondo propio 
en los cuentos que versan sobre la historia pública y 
doméstica de Castilla^ y que no son los menos; y si bien 
cuando trata asuntos de antiguos fabulistas, lo hace á su 
modo y con entera independencia, el conjunto ó dispo- 
sición total, ó llámese idea matriz, la de presentar no 
apólogos sueltos, sino enlazados por medio de una 
acción y de personajes principales, para uno de los cua- 
les sirven aquéllos de instrucción, mientras para otro 
de conñrmación á sus consejos, débese sin duda alguna 
á los pueblos asiáticos, y asciende á los remotos tiempos 
en que por primera vez se concibieron las narraciones 
indas que antes mencionamos. Un plan análogo sirve 
de enlace á los mil y un cuentos de las Mil y una no- 
ches^ y con mayor libertad y sin intención doctrinal se 
descubre también en el Decameron del gran prosista y 
narrador Bocaccio (posterior á lo menos en seis años al 



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DEL INFANTE D. JUAN MANUEL. 1 47 

Conde Lucanor, pues la peste de Florencia tuvo lugar 
el 1348), y en los cuentos de Cantorbery, en que el dis- 
cípulo de Bocaccío se mostró acaso más poeta que el 
liviano novelador florentino (i). 

Formó D. Juan Manuel los nombres de Lucanor y 
de Patronio á imitación de los que figuran en las nove- 
las de asunto neo-griego, que de consuno con las relati- 
vas á la antigüedad heroica ó histórica, disputaban ya 
había más de un siglo á los hechos modernos, francos ó 
bretones, el imperio de la narración poética; pero el 
Conde de los apólogos es un personaje de la época del 
autor, un magnate poderoso, aunque tal cual vez en 
situación equívoca; es el mismo D. Juan Manuel, que 
pone en boca de Patronio las enseñanzas que su expe- 
riencia le sugiere. Buen número de ejemplos pertenecen 
á la historia contemporánea ó poco menos; y no de otra 
manera que el infante, el conde Lucanor se crió y 
vivió en muy grandes guerras, las tuvo con los reyes y 
con sus vecinos, levantándose algunas por su culpa, 
y sufriendo muchos que no lo merecían, etc.; y se pro- 
pone hacer penitencia, y servir á Dios contra los moros, 
á ejemplo del salto que hizo Ricardo de Inglaterra 
(cap. IV). Y no se crea que el narrador moralista se 
esfuerce en elevarse á una esfera superior á la suya ha- 
bitual y revestirse de un nuevo carácter; antes debemos 
imaginar que oímos su propio acento, que asistimos á 
sus pláticas, que muchos de sus ejemplos le habrían 
servido en la tienda ó en el consejo de confirmación á 
sus decisiones. Como las demás obras literarias de aque- 
llos tiempos, se recomienda por su candor el libro de 
D. Juan Manuel, pero de una manera especial : su in- 
genuidad no es la tan desnuda de Bocaccio ó del Arci- 
preste de Hita, y ni la entre pueril y liviana de los pro- 
vénzales; sino que se auna con una naturaleza varonil, 
con un fondo de razón y madurez. Pintor de las cos- 
tumbres, las retrata con más puntualidad de lo que pu- 
lí) V. Extractos y análisis de Chaucer por H. Comont, 



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148 VIDA Y ESCRITOS 

dieraa las caballerescas descripciones del ideal heroico 
en las gestas, ó de un ideal romancesco en las novelas 
bretonas, ó los rastreros narradores de los fabliaux de 
la clase media : algo semejante al Lucanor se hallará en 
las crónicas, pero difícilmente cuadros tan acabados. Y 
además, ¡cuánta variedad! Respira el antiguo brío y 
denuedo castellano en varios de los capítulos, en espe- 
cial en el XVI, tan valientemente escrito; descripciones 
detenidas y esmeradas de una situación se hallan en el 
caso de D.* Vascuñana (cap. V) y en otros; un carácter 
más novelesco en los II y VI; una piedad sincera en 
muchos; una grave enseñanza en el XII; una intención 
simbólica en el XXXVII, en la extraña alegoría del 
bien y del mal, y en la más despejada de la mentira y de 
la verdad; una gracia inocente en lo del rey moro que 
perfeccionó el albogón (cap. I) y en muchas fábulas: un 
sabor más acre en los capítulos XI, XIV, en la ingenio- 
sísima invención de D. Illán el Mágico (cap. XIII) y en 
el cuento del hígado (XXX) tan crudamente narrado. 

Como es de pensar, muchos de los cuentos del pre- 
sente libro han sido reproducidos en diversas épocas y 
por muchos autores. Calderón tomó de él el título, 
y uno de los hechos principales del argumento de su 
Conde Lucanor^ donde se respira cierto aire de caza que 
arguye la reciente lectura del mismo libro ; el célebre 
apólogo de los dos sabios hambrientos en el primer 
acto de La vida es sueño, se halla en el capítulo XXXI. 
De D. Illán el Mágico se contaban en 1824 cuatro re- 
producciones inglesas y dos francesas; á éstas podemos 
añadir una francesa más reciente en cierta colección de 
leyendas para la instrucción de la juventud, y una ale* 
mana. Ofra imitación se lee en Gil Blas, y entre las 
comedias de Shakespeare la Brava domada , que es ^1 
asunto del capítulo XLV, aunque tal vez proceda de un 
origen distinto del Conde Lucanor (i). 



(I) Para lo relativo á las dos últimas reproduccioDes véase 
Ticknor. 



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DEL INFANTE D. JUAN MANUEL. 1 49 

Daremos fin con alguna observación que podrá pare- 
cer minuciosa, pero que acaso tenga interés para los 
que lo toman por la historia de la lengua y de la versi* 
ñcación. 

El libro de D. Juan Manuel es un importante monu- 
mento filológico, y una muestra de que ya en aquellos 
tiempos estaba formado el carácter de la lengua caste- 
llana, según los giros y las maneras proverbiales y ex- 
presivas de decir que en él se hallan y que distinguen 
nuestro idioma nacional de los extraños. Pero al propio 
tiempo es un testimonio más de la analogía que en va- 
rias formas gramaticales reinaba entonces en las lenguas 
meridionales, y que había sido antes mayor semejanza 
todavía, sin que jamás haya llegado á ser perfecta igual- 
dad. Sabido es, por ejemplo, que el antiguo castellano 
contiene el^, adverbio de lugar usado en sentido rela- 
tivo, igual al mismoj^ actual del francés y del catalán 
que lo escribe hi para distinguirlo del copulativo: el ori- 
gen de esta palabra se halla en los adverbios A/c, istic^ 
illic de los latinos. De una manera semejante al inde 
latino, tan usado en los escritos bárbaros, dio lugar al 
en catalán y francés (en el antiguo provenzal del poema 
sobre Boecio se halla en\)^ al ne italiano y al ende espa- 
ñol. Mas lo que parece no se ha notado es que el ende 
castellano hace casi siempre el mismo oficio que las par- 
tículas mencionadas de otras lenguas: fallóse ende bien^ 
maravillóse ende (il s'^en trouva bien, il s^en étonna). 
Sobran los ejemplos en el Conde Lucanor, y difícil es 
comprender la fuerza del ende en muchas de sus páginas 
sin hacer semejante sustitución en otra lengua. 

Como la de otro fabulista español, también original 
y excelente en su género, es decir la de las fábulas lite- 
rarias, ofrece la presente colección ejemplos de todos, ó 
de la mayor parte de metros conocidos en su época: 
tales como el de 14, 12, 8, 4 y, lo que es más de notar, 
once sílabas. Dejando algunas de las moralidades que 
es difícil reducir á metro alguno, la mayor parte siguen 
perfectamente las leyes de la versificación si se prescinde 



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l50 VtDA Y ESCRITOS DEL INFANTE D. JUAN MANUEL. 

de la sinalefa de que entonces no hacían cuenta : hasta 
la regla de diferente número de sílabas en la termina- 
ción csdrújula, grave ó aguda observamos en tres parea- 
dos endecasílabos. Pero en este punto podemos presentar 
muestras aun más antiguas de tal metro, que durante 
largo tiempo (especialmente en el siglo xv) se creyó poco 
acomodado á la lengua castellana: son dos estancias 
gallegas á la Virgen por Alfonso el Sabio, que Castro, 
y conforme á éste Ticknor, escriben como versos cortos. 
He aquí cómo deben copiarse los que en el último 
leemos : 

Non catedes como pequei assas 
Mais catad o gran beQ que en vos las: 
Ca vos me fesestes como quien fas 
Sa cousa quita toda per assí (pera sí?) 
¡ Santa María! nembre vos de mí I 

Non catedes a como pequei greu 
Mfis catad o gran ben que vos Deus deu, 
Ca outro ben se non vos non ei eu, 
Nen ouve nunca des quando nací 
j Santa María ! nembre vos de mí 1 

¡ Lástima que no poseamos los cantares de D. Juan 
Manuel ! Serían sin duda doctrinales, según el carácter 
de sus escritos y según la tendencia de los juegos florales 
de aquella época, y aun del trovador Cerverí de Gerona 
de últimos del siglo xni. Pero acaso habría también 
himnos, poemas eróticos, y lo que fuera más interesante 
para historia y lo que del carácter cáustico del autor 
puede presumirse, algún serventesio político. 

i853. 



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ESTUDIOS SOBRE EL TEATRO ESPAROL. 



DON JUAN TENORIO. 

I. 

No parece fácil á primera vista dar razón del prestigio 
que este nombre lleva para todos los que lo conocen. 
Difícil parece explicar porqué la comedia (i) que repre- 
senta los hechos y la suerte de este personaje llena cada 
Noviembre los teatros durante dos ó tres horas consecu- 
tivas, porqué el pueblo corre á presenciarla á pesar de 
sus nuevas preocupaciones que á sus antiguas preocupa- 
ciones han sucedido, y porqué la gente letrada la ve cada 
año con sonrisa desdeñosa, pero con no poca atención 
7 mal disimulado interés. Comedión, drama monstruo- 
so que los críticos reprueban, que las personas de buen 
tono se ruborizarían de mencionar, cuyo argumento 
peca en su esencia contra la verosimilitud, el buen sen- 
tido, etc.; rancia fábula^ tan sólo buena para el popula- 
cho, los niños y las viejezuelas, á pesar de tanta nulidad 
por su parte, tanta oposición y tales contrarios, obtiene 
triunfos á que en vano aspiran los productos de este 
siglo de saber y de cultura. Ensayemos la explicación 
de tan singular paradoja. 

En todas las naciones se refíeren antiguos sucesos que 
ya por medio de la tradición oral, ya con la respetable 
autoridad de la historia, ya bajo la forma de canto po- 



(1) Quiz& no parezca inútil observar que la comedia de Z>. Juan 
Tenoño que en 1854 se representaba no era la de Zorrilla, sino El 
Cmvidado de Piedra^ de Zamora. (Nota de esta edición.) 



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I 52 ESTUDIOS SOBRE 

pular, de grandiosa epopeya ó de acción dramática, se 
perpetúan de boca en boca, de mano en mano, de gene- 
ración en generación; que de todos conocidos desde la 
edad primera, embargan la atención de la más avanzada 
y causan un pasmo parecido al de la novedad cada vez 
que se mencionan ó renuevan. Tales hechos que por lo 
general son poco complicados, necesario es que conten- 
gan algo muy significativo y muy profundo, que tras- 
laden muy al vivo una situación histórica ó moral, un 
sentimiento poderoso, una acción interesante para ser 
bastantes á alcanzar sobre todos los individuos un poder 
tal que parezcan un elemento constitutivo del corazón 
y de la fantasía de cada cual; algo han de decir á los 
pueblos para que éstos les den una importancia que mil 
hechos contemporáneos no alcanzan. 

Abundan los orígenes de la literatura moderna en 
tradiciones de semejante naturaleza^ ya históricas, ya 
fabulosas, y entre ellas se nota una diferencia esencial: 
unas se han aclimatado en los pueblos que las acogie- 
ron, los cuales las han contado como parte de su histo- 
ria, revestido de nombres de su idioma y enlazado con 
sus recuerdos. Así el bohemio oye la voz de su aéreo 
wildgrave, el campesino de Foniainebleau refiere tam- 
bién los hechos del feroz cazador, y el montañés catalán 
percibe entre los mugidos del viento los aullidos de su 
errante jauría. El alemán, el inglés, el habitante de los 
Pirineos, si ya una añeja leyenda ó una adulterada pin- 
tura no transmiten el hecho á la posteridad, nos mos- 
trará este ó aquel de los castillos de su patria donde el 
anciano cruzado disfrazado de peregrino interrumpió 
la algazara del festín cuando su olvidadiza esposa iba á 
entregar á otro su corazón y su mano. Coucy, el amante 
de Gabriela, el enamorado Maclas, el trovador Cabes- 
tany, con ser personajes históricos, parecen una misma 
persona con nombre francés, provenzal ó gallego. 

A otras tradiciones ha cabido distinta suerte: ninguna 
nación disputa la propiedad á la que las acogió por pri- 
mera vez, reservándose sólo el derecho de relatarlas en 



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EL TEATRO ESPAÑOL. I 53 

SU idioma y el de añadir ó quitar accesorios. Así el pes- 
cador de Islandia se recoge en su helada cabana lamen- 
tando la suerte del semifabuloso Roldan y los desastres 
de Roncesvalles que ocho siglos hace contó el juglar 
normando Taillefer en la- batalla de Hastings, que 
celebraron los minnessingers y los cortesanos de Felipe 
Augusto y que reprodujo nuestro romancero en i rifo r-» 
mes pero hechiceras trovas. Tristán de Leonis y la bella 
Isolda fueron sucesivamente celebrados en gaélico, en 
walón, en alemán, en inglés, en proverizal y posterior- 
mente en español. Otros nombres apenas salen del 
pueblo cuya atención principal ocupan y que los re- 
cuerda en crónicas, historias, comedias, poemas y bala- 
das: tal es el nuestro Cid. 

A la clase de Isoldán y Roldanes pertenece la leyenda 
del Convidado de piedra: siempre el tratamiento español 
precede al nombre del héroe, es siempre un Comerida-^ 
dor el que de D. Juan recibe la muerte y le castiga. El 
hecho esencial, el carácter de D. Juan,, el convite, la 
comparecencia de la estatua, pueden ser peor ó mfejor 
expuestos, pero su esencia no varía. Pero ¿cómo, dónde 
y cuándo nació esta tradición que dio lugar á tan mara- 
villosas suposiciones? Por una circunstancia poco co- 
mún á tradiciones de esta clase y no sé si diga feliz ó 
desgraciada, pues reduce á mezquinas y. estrechas pro- 
porciones humanas un pensamiento poético, cuéntase 
que D. Juan Tenorio, de una ilustre familia de los 
veinticuatro de Sevilla, dio muerte una noche al Co- 
mendador de Ulloa, después de haberle robado su hija,' 
y que los franciscanos, deseosos de poner coto á las 
demasías de D. Juan á quien su ilustre nacimiento 
ponía á cubierto de la justicia ordinaria, le atrajeron de 
noche á su convento, extendiendo luego la voz de que 
D. Juan había ido á insultar en su capilla á la estatua 
del Comendador y que éste le precipitó en los infiernos. 
Tal es á lo menos la explicación que da el Sr. Ochoa en 
su Tesoro del Teatro español y que suponemos, puesto 
que no indica su procedencia, extractada de las Crónicas 



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I 54 ESTUDIOS SOBRE 

de Sevilla, sin que acaso no sea más que una explicación 
maliciosa y prosaica, pegada en tiempos recientes á una 
tradición admitida (i). 

Como quiera que sea, si hemos de creer al célebre 
poeta inglés Coleridge en &us notas á lord Byron, sin 
que hasta ahora hayamos podido adquirir noticia alguna 
del libro español de que hubo de extractar el hecho que 
menciona, fué el tema maravilloso versificado por un 
autor desconocido y representado tradicionalmente con 
el título de Ateísta fulminado. La singularidad de este 
título, no reproducido, ni mencionado siquiera por los 
poetas españoles, y la coincidencia de ser el mismo que 
adoptó un autor dramático francés posterior á Molifere, 
nos inducirían á creer poco verídica, ó al menos equi- 
vocada, la aserción del poeta Lakista si su nombre fuese 
menos autorizado y no diese una como prenda de su 
testimonio. A este drama ó misterio primitivo pertenece, 
según él, la escena siguiente : 

(Llaman. D. Juan manda que entren.) 

D.Juan. Hola! es nuestro aparecido; recibámosle en 
pie. Entrad, Comendador, muy bien venido. Si hubiése- 
mos podido contar con vos, os hubiéramos aguardado. 
Hola! Comendador, á vuestra salud. Amigos, bebamos: 
he aquí un excelente guisado; tomad también de este 
plato, yo os ayudaré si queréis. Vamos, comed y olvi- 
demos nuestros antiguos rencores. 

(La fantasma amenaza á D. Juan.) 

D. Juan. ¿ A qué esta señal funesta? ¡ Ah ! estamos ya 
sobrado endurecidos. Sentaos de nuevo y brindad, etc. 
(Entran demonios.) Esta gente forma vuestro séquito. 
Pena tengo de no haber quemado espíritu de vino para 
hacerles la razón. £1 espíritu de vino ardiente es un bre- 
baje infernal. (Véase Puibusque: Historia de la litera» 
tura española y francesa comparadas,) 



(1) Esto debe de ser sin duda, puesto que en las Crónicas de 
Sevilla no hay el menor rastro de semejante tradición. (Nota de esta 
edición.) 



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EL TEATRO ESPAÑOL. 1 55 

Conio es de ver no se halla mal expresada en esta es- 
cena (que traducimos con alguna incredulidad) la teme- 
ridad propia del carácter de D. Juan, y es de buen efecto 
el silencio fatídico de la estatua. 

El ingenioso y excesivamente festivo Gabriel Téllez ó 
sea Tirso de Molina, pues asi quiso ser llamado, fué el 
primero que dio al teatro el asunto que nos ocupa, pro« 
bablemente en la segunda ó tercera década del siglo de- 
cimoséptimo, bien que no fué impresa la comedia hasta 
la muerte del autor, sucediendo con ella lo que con to- 
das las que se hallaron en igual caso, lo que vale tanto 
como decir que salió con el texto mutilado y á la vez 
plagado de añadiduras. Imprimióse en el tomo XXIII 
de la colección intitulada: Comedias escogidas de los 
mejores ingenios de España^ y ha sido reimpresa en 
nuestros días por D. Eugenio de Ochoa en su Tesoro y 
ppr el Sr. Harizenbusch en la Biblioteca de autores 
españoles^ de la cual tomamos las indicaciones biblio- 
gráñ¿as que acabamos de consignar y cuya edición nos 
sirve para los siguientes extractos. 

Extractos, decimos, porque el decoro no permite dar 
de ella un análisis cabal y detenido. Intitúlase la come- 
dia El burlador de Sevilla ó Convidado de piedra. En 
las primeras escenas que tienen lugar en Ñapóles, don 
Juan usurpa el nombre del duque Octavio, y ofende en 
el palacio del rey á Isabela , prometida esposa de aquél; 
el rey de Ñapóles que sale con una vela en un candelero, 
encarga la prisión del desconocido á D. Diego Tenorio, 
embajador de España, que al reconocer á su sobrino, y 
al ver su- rendimiento para con él , le ayuda á escaparse 
por un balcón. El inocente Octavio es preso por el mis- 
mo D. Pedro, sufriendo el doble torcedor de un castigo 
inmerecido, y de creer calumniadora á Isabela. Aparece 
en la playa de Tarragona la pescadora Tisbea que en 
elegante y alambicada anacreóntica canta ufana su liber- 
tad y desvío hacia los que pretenden su mano, y que 
por su mala ventura no tarda en acoger al náufrago 
D. Juan, que en cuanto vuelve en sí, revela á su criado 



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Í56 ESTUDIOS SOBRE 

Catalinón la nueva perñdia que está tramando. Una 
escena episódica, pero que prepara el alto concepto que 
debemos formar del Comendador UUoa, le presenta 
dando cuenta al rey D. Alfonso de una embajada á 
Lisboa, ciudad que describe muy minuciosamente, se- 
guro indicio de la estancia del autor en aquella ciudad, 
que sus biógrafos han recogido entre los escasos que de 
su vida nos quedan. El rey, en pago de los buenos ser- 
vicios del Comendador, promete casar á su hija con 
D. Juan Tenorio, que aunque no está en esta tierra es 
de Sevilla, Nos hallamos de nuevo en la playa de Ta- 
rragona, donde Tisbea dice á D. Juan, cuando éste jura 
ser su esposo, que hay Dios y que hay muerte^ á lo que 
contesta D. Juan con su acostumbrado aparte: ¡qué lar- 
go me lo fiáis! Termina el acto con la fuga de D. Juan, 
y con los poéticos lamentos de Tisbea : 

¡ Fuego, fuego! |que me quemo! 
Que se abrasa mi cabana, etc. 

Al comenzar el acto segundo D. Pedro Tenorio des- 
cubre al rey las demasías de su hijo en Ñapóles y su 
llegada á Sevilla, ofreciéndose generosamente á todo lo 
que pueda desagraviar al Comendador para cuya hija 
el rey había prometido la mano de D. Juan. Preséntase 
en esto el fugitivo Octavio á quien el rey hospeda en 
casa de D. Pedro. Tiene en seguida lugar una escena 
de un lenguaje digno de la tragicomedia de Calixto y 
Melibea, entre D. Juan y el marqués de la Mota que le 
manifiesta imprudentemente sus pretensiones al corazón 
de su prima D.'' Ana de Ulloa. Después de algunas re- 
prensiones dirigidas á su hijo por D. Pedro á cuyas 
palabras 

Que es juez fuerte 
Dios en la muerte, 

contesta D. Juan : 

¿En la muerte? 
¿Tan largo me lo fiáis? 
De aquí alh' hay gran ¡ornada, 



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EL TEATRO ESPAÑOL. I 5/ 

se vale D. Juan de la conñdencia de la Mota y desús 
propios embustes para entrar en casa de D.' Ana. Ad- 
viértelo inmediatamente D.* Ana, á cuyos gritos sale el 
Comendador D. Gonzalo con la espada desnuda. Pelea 
con D. Juan, de quien recibe la muerte, y expira di- 
ciendo : 

Seguiráte mi furor ; 

Que eres traidor, y el traidor 

Es traidor porque es cobarde. 

El marqués de la Mota, que andaba por los alrededo- 
res de la casa de UUoa, desapercibido de cuanto acaba 
de suceder, es cogido, como matador de D. Gonzalo, 
por D. Pedro Tenorio; preséntase entonces el rey que 
condena al marqués á la muerte y pronuncia estos be- 
llos versos : 

Al XZomendador con cuanta 
Solemnidad y grandeza 
Se da á personas sagradas 

Y Reales, el entierro • 

Se haga : bronce y piedras varias 

Un sepulcro con un busto 

Le ofrezcan, donde en mosaicas 

Labores, góticas letras 

Den le[>guas á sus venganzas ; 

Y entierro, busto y sepulcro 
Quiero que á mi costa se hagan. 
¿ Dónde Doña Ana se fué? 

D. Diego. Fuese al sagrado Doña Ana 

De mi señora la reina. 
Rky. Ha de áentir esta muerte 

Castilla ; tal capitán 

Ha de llorar Calairava. 

Escena pastoril con personajes de lenguaje y costum- 
bres, ya que no de nombres, menos bucólicos que los 
pescadores de antaño. Preparan una boda y viene Cata- 
linón á notificar la asistencia de D. Juan que sale deste- 
rrado de Sevilla en castigo de su desmán en Ñapóles; 
laméntase el novio diciendo: 

En mi boda caballero... 
Mal agüero. 



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I 58 ESTUDIOS SOBRE 

Mas el suegro exclama animosamente: 

Venga el coloso de Rodas, 
Venga el Papa, el Preste Juan 

Y don Alonso el Onceno 
Con su corte, que en Galeno 
Ánimo y valor verán... 
Montes en casa hay de pan, 
Guadalquivires de vino, 
Babilonia de tocino 

Y entre ejércitos cobardes 
De aves, etc. 

Termínase el acto con las fiestas de la boda j con el 
verso fatídico del honrado Catalinón : 

Canten, que ellos llorarán. 

Preséntase en el tercero D. Juan que ahuyenta al no- 
vio suponiéndose favorecido de Amlnta y con fingidas 
promesas seduce á Galeno. Insta Catalinón, con el obje- 
to de retraerle de su mal propósito, para que apresure 
el viaje á Lebrija, término del destierro, pero contesta: 

D. Juan La burla más escogida 

De todas ha de ser esta. 
Catalinón, Que saliésemos querría 

De todas bien. 
D, Juan. Si es mi padre 

El dueño de la justicia 

Y la privancia del rey 
¿Qué temes? 

Catalinón. De los que privan 

Suele Dios tomar venganza, 
Si delitos no castigan, etc. 

Las palabras «qué largo meló fías» ú otras semejantes 
que frecuentemente repite D. Juan, constituyen un ras- 
go feliz de carácter que contrasta con las amenazadoras 
sentencias de la estatua en las últimas escenas: rasgo 
que hicieron mal en olvidar los sucesores de Tirso. Lo 
que dice D. Juan en su escena con Aminia, nos dispone 
también para la catástrofe: 

Si acaso 
La palabra y fe debida 



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EL TEATRO ESPAÑOL. 1 59 

Te faltare, niego á Dios 
Que á traición y alevosía 
Me mate un hombre... (muerto 
Que vivo Dios no permita) 

Prepárase el desenlace : Isabela y Tisbea se reconocen 
en la playa de Tarragona, y se disponen para ir á Ma- 
drid ; siguen luego escenas de otro género, la primera 
de las cuales tiene lugar en el claustro ó nave de la 
iglesia de Sevilla donde se había erigido el sepulcro del 
Comendador separado de su estatua. Obsérvala D. Juan, 
lee la inscripción funeraria que amenaza al ntatador, y 
se ríe de ella diciendo : 

Aquesta noche á cenar 
Os aguardo á mi posada, 
Y allí el desafío haremos 
Si la venganza os agrada. 
Aunque mal reñir podremos 
Si es de piedra vuestra espada. 

Nada responde la estatua y nos parece preferible este 
silencio á las afirmaciones que se hallan en los suceso- 
res de Tirso. No falta, sin embargo, el Comendador á 
la cita. Al hallarse sentado D. Juan para la cena, llaman 
á la puerta; vuelve de ella asombrado Catalinón, se le« 
vanta el Burlador y recibe á la estatua. El temor de Ca- 
talinón contrasta con la serenidad de D. Juan que manda 
cantar : 

« Si de mi amor aguardáis, 

Señoras, de aquesta suerte 

£1 galardón de la muerte, 

Cuan largo me lo ñáis.» 

Quedan solos D. Juan y la estatua de D. Gonzalo. 
Éste demanda la promesa de que irá su matador á ce- 
nar con él ; otórgalo D. Juan y además le da osada- 
mente la mano; rasgo que en verdad no se halla aquí 
en lugar oportuno, pues se hace menos terrible y por 
decirlo así menos verosímil el género de muerte que 
al ñn recibe el criminal. Para colmo de sangre fría dice 
D. Juan: 



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j6o estudios sobre 

Aguarda que iré alumbrando, 

á lo que contesta D. Gonzalo con las religiosas al par 
que poéticas palabras: 

No alumbres que en gracia estoy. 

Por la primera vez de su vida siéntese Tenorio so- 
brecogido de turbación y de temor, pero acaba pro- 
poniéndose ir al convite y asombrar con su valor á 
Sevilla. 

Preséntense de nuevo Isabela'y Octavio á pedir, la pri- 
mera la mano de D. Juan y el segundo campo donde 
probar su traición; á lo último se opone forzosamente el 
viejo Tenorio y con éste el rey. 

La escena de la comparecencia de D. Juan al convite 
de la estatua, el miedo de Catalinón, el aparato funeral, 
las sentencias del difunto Comendador, el terror que va 
sobrecogiendo al mismo D. Juan y finalmente su tardío 
arrepentimiento y su muerte, nada desmerecen en Tirso 
de la correspondiente escena de Zamora que aunque 
más extensa es imitada de la del primero. Catalinón da 
cuenta al rey del terrible suceso y con ello quedan bur- 
ladas las pretensiones de Tisbea y de A minta y satisfe- 
chos Octavio y la Mota, que se casan, éste con su prima 
y aquél con Isabela, 

Aunque la acción de esta composición dramática se 
halle dispuesta con harto desorden y sea suma la inco- 
rrección del texto y reprensible la falta de decencia en 
las situaciones y en el lenguaje, es de ver que no faltaba 
mucho que andar para formar de ella una obra comple- 
ta, y que los que han atribuido á Moliere un mérito cer- 
cano á la invención, cuando no por ignorancia de datos, 
han pecado por sobra de amor nacional. 

El asunto de El Burlador de Sevilla participa del 
carácter de los diferentes géneros que abraza nuestro 
teatro, y entre los varios dramas del mismo que ofrecen 
bajo la forma histórica una enseñanza moral, puede 
decirse que, sin exceptuar La vida es sueñOy es uno de 



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EL TEATRO ESPAÑOL. l6l 

los que presentan mejor hermanados el pensamiento 
intrínseco y la acción poética. 

Conocida es la predilección y soltura con que Téllez 
escogía y manejaba los asuntos de capa y espada que 
con vulgares y rastreros afectos rebajó del tono noble y 
decoroso que constituye su mérito y su agrado ; mas el 
ingenio del fecundo mercenario no se limitó á composi- 
ciones de una sola clase, y si en La prudencia en la 
mujer supo presentar un carácter histórico bellísima- 
mente desenvuelto y contrastado, en varias comedias 
de Santos, en algunas escenas del Infanzón de Illescas 
que actualmente se reputa por suya, y muy especialmen- 
te en el Condenado por desconfiado^ composición en- 
tre escolástica y poética (que con sumo acierto ha des- 
entrañado el Sr. Duran y con bastante infidelidad el 
crítico francés Chasles), supo elevarse á la pintura de lo 
maravilloso y á la expresión de piadosos sentimientos. 
El Convidado de piedra^ en fin, no es en manera alguna 
una obra aislada y sin compañera, ni entre las de nues- 
tro teatro, ni entre las de su autor. 



II. 



Ya desde comienzos del siglo xvii nuestras comedias y 
alguna vez nuestras novelas alimentaron el teatro del 
reino vecino : Hardy y mil otros autores poco conocidos 
reprodujeron gran número de invenciones de nuestros 
dramáticos de primero y segundo orden, hasta que, al 
promediar el mismo siglo, los nombres más ilustres de 
Scarron, Rotrou, Pedro y Tomás Corneille y Moliere 
encabezaron las que se pueden llamar traducciones li- 
bres ó imitaciones de la Comedia española. Por enton- 
ces dio Corneille su Menteur y su CW, imitaciones de 
Alarcón y de Guillen de Castro, en que disponiendo 
libremente de los frutos del ingenio español fijó los ca- 
racteres de la tragedia y de la alta comedia francesa. Ya 
por otra parte, bajo el extraño título de Festín de Fierre^ 



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l62 ESTUDIOS SOBR£ 

Villiers puso en escena á D. Juan Tenorio en 1659 y 
Dorimon en r65r. Aunque el asunto fuese poco simpá- 
tico á Moliere (fuerte presunción contra el acierto de su 
futuro desempeño), le indujeron sus compañeros á sus- 
tituir una nueva versión á las dos francesas y á alguna 
otra italiana que llenaban los teatros rivales del suyo. 
Accedió, como mal de su grado, Moliere, y sin tomarse 
el trabajo de revestir la composición de forma métrica 
la dio á su público, que tampoco la recibió con mucho 
calor. Como sea, la obra del gran cómico francés mere- 
ce analizarse por ser el manantial de las innumerables 
imitaciones y reproducciones del antiguo tipo que en 
tiempos posteriores se han compuesto. 

Guzmán, escudero de Elvira, hija del Comendador y 
á lo que parece ya esposa secreta de D. Juan, oye teme- 
rosa de Sganarelle (gracioso obligado de muchas come- 
dias de Moliere) algunos malos pronósticos acerca del 
carácter y de las costumbres de D. Juan, amo del últi- 
mo. Este no le deja mentir, pues en cuanto desaparece 
Guzmán, manifiesta desembozadamente sus livianos pro- 
yectos al buen criado que le amonesta con extrema 
entereza, si bien con extremo temor. Terminan el acto 
las quejas y amenazas de doña Elvira que en vano in- 
tenta cambiar los intentos del libertino. 

Después de un diálogo rústico entra Pierrot y Char- 
lotte, queda ésta en peligrosa conversación con D. Juan^ 
resultando algunas escenas de farsa entre Pierrot, Sga- 
narelle y su amo. Por fin temiendo éste la venganza de 
los deudos de Charlotte y de otra aldeana llamada Ma- 
thurine, obliga á Sganarelle á que trueque con el suyo 
el vestido. 

Al comenzar el acto tercero, se presenta Sganarelle 
disfrazado de médico junto con D. Juan, en cuya boca 
pone el autor sus acostumbradas diatribas contra la 
docta profesión. En esto advierte D. Juan que tres 
hombres atacan á uno solo, y corre á defender al débil, 
con lo cual presenta acertadamente lo único bueno y 
honroso que puede dar de sí el carácter del héroe, y 



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EL TEATRO ESPAÑOL. 1 63 

prepara en D. Carlos que es la persona auxiliada, una 
lucha de afectos que no se hallaba en el Burlador de 
Tirso, pero que podía hallarse fácilmente en muchas 
obras de nuestro teatro. Aparece D. Alfonso, hermano 
de D. Carlos y de doña Elvira, yendo los dos en busca 
del que manchó el honor de su familia y había dado ya 
la muerte al que era cabeza de ella. Moliere, según su 
laudable costumbre, pone en boca de D. Alfonso, antes 
que conozca á D. Juan, sus ideas contrarias á las inicuas 
leyes del falso pundonor, hízolo también Shakespeare 
en su Como queráis^ y hácenlo algunas veces nuestros 
graciosos que á la gula y cobardía de Sancho añaden 
por acaso su buen juicio; pero es preciso confesar que 
nuestro teatro era mal amonestador para semejante 
tema. D. Carlos consigue á duras penas que su herma- 
no aplace la venganza. Sepáranse los dos de D. Juan y 
de Sganarelle que se hallan casualmente junto al sepul- 
cro del Comendador; visítanlo, propone D. Juan el con- 
vite, y al ver que la estatua inclina la cabeza, dice sim- 
plemente: «Vamos, salgamos de aquí»: palabras justa- 
mente alabadas por Walter-Scott que las considera como 
el único rasgo trágico que puede hallarse en las obras 
de Moliere. Así termina el tercer acto. 

Después de una graciosa escena con el acreedor 
M. Dimanche, que acalla D. Juan á puro agasajarle, 
aparece D. Luis para reprender severamente á su hijo, 
quien hace alarde de una indiferente irreverencia, y al 
despedirse de su padre expresa un deseo atroz que han 
reproducido con marcada predilección los modernos 
pintores de este personaje. D.° Elvira, desengañada y 
conversa, se despide de D. Juan y le amonesta con suma 
dignidad. Comparecencia bastante fría de la estatua. 

En el último acto, para colmo de maldad, conviértese 
repentinamente D. Juan en consumado hipócrita. Los 
franceses encomian este rasgo en el cual hallan un bos- 
quejo del Tartuffe^ publicado luego por Moliere, pero 
que nos parece inoportuno y un tanto alambicado. Apa* 
rición del espectro de una mujer que inculca el arre«» 



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164 ESTUDIOS SOBRK 

pentímiento y que sin más ni más se convierte de súbito 
en el Tiempo con una guadaña en la mano. Finalmen- 
te, como cansada de aguardar, acude la estatua de don 
Gonzalo que da la mano y con ella la muerte á su 
ofensor. 

Si bien la acción de este drama se presenta algún tanto 
mejor graduada y sobre todo más decorosa que la de Tir- 
so, no deben buscarse en él grandes muestras del talen- 
to y mérito extraordinario de Moliere. Sin que tampoco 
se le conceda únicamente la invención de los dos carac- 
.teres de Sganarelle y de Dimanche, como hace La Har- 
pe, confesaremos que el primero es menos recargado y 
más interesante que el de Catalinón, aunque en esencia 
el mismo. Reconocemos algunos toques felices en el de 
D. Juan, pero no podemos considerarlo como una crea- 
ción ; hállase, es verdad, más desenvuelto, más analiza- 
do por el mismo personaje, pero es carácter de tal natu- 
raleza que más debe mostrarse en palabras que en 
razonamientos. No parece necesario advertir cuánto 
pierde bajo otros respectos una comedia española, al 
pasar á una lengua que no es la castellana, en especial 
si es la francesa, y cuánto debe echarse de menos en un 
asunto de esta clase el aire severo de nuestro diálogo, 
la caballerosa expresión de los afectos, el tono animado 
y dramático, los sabrosos romances y redondillas, el 
lenguaje peculiar, en una palabra, de los Lopes y Cal- 
derones. 

En 1667 De Visé dio una cuarta imitación francesa 
de Tirso, bajo el título de VAthée foudrqyé^ y diez 
años después Tomás Corneille puso en verso la de Mo- 
liere, suprimiendo algún pasaje, en particular el de 
M. Dimanche. Llámala excelente original y de ella se 
daban ya, según dice, muchas representaciones al año. 

¿Conoció Zamora la obra de Moliere y se sirvió de 
ella para su refundición? Atendidos los tiempos y las 
circunstancias pudo muy bien conocerla, y aunque en 
sus obras y en uno de sus prólogos se manifiesta parti- 
dario exclusivo del sistema calderoniano y lanza á los 



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EL TEATRO ESPAÍíOL. 1 65 

secuaces del francés el anatema de novadores, no sería 
este el único ejemplo de la influencia involuntaríamente 
recibida y no confesada de las ideas contemporáneas. 
No vemos sin embargo otro indicio de semejanza que 
las amonestaciones de la estatua y la visita amenazadora 
de una de las víctimas, cosas entrambas que no se hallan 
en Tirso. 

La comedia de Zamora es la que actualmente se re- 
presenta, con la supresión de algunas escenas, y entre 
otras una muy bella del torneo; compúsola á principios 
del siglo pasado, y de ella dice Moratín que repugnará 
siempre al buen gusto, pero que nunca dejará de agradar 
al pueblo. No la analizamos porque la suponemos muy 
conocida y punto de partida del presente artículo. En 
paz sea dicho de un entendido crítico (M. Puibusque 
en su obra ya citada, cuya lectura nos ha valido muchas 
noticias de las que aquí se. hallan) nos parece la versión 
preferible á todas. Bien que no pueda presentarse como 
un modelo exento de defectos, y sus muchos lances ha- 
yan ocasionado la acusación de haberse convertido al 
héroe en un verdadero espadachín; bien que en lo res- 
pectivo al lenguaje, la manera propia de nuestro teatro, 
fijada deñnitivamente por Calderón, presente ya en 
Zamora notables síntomas de decadencia, no pueden 
desconocerse sus numerosas bellezas ni dejarse de apre- 
ciar su colorido general. La acción está realzada con 
muchos incidentes característicos, acaso más de la época 
de nuestro antiguo teatro que de la del personaje; los in- 
terlocutores, aunque muchos, representan un papel in- 
teresante y contribuyen al enredo y trabazón dramática; 
el carácter del virtuoso D. Diego, el un tanto desabrido 
del Comendador, el de la tierna Beatriz, el más enérgi- 
co de D." Ana, están muy bien sostenidos, muy en su 
lugar y contrastan felizmente entre sí. El lenguaje, á 
pesar de lo que en él hemos notado y de no ofrecer los 
trozos de resalto de nuestros primeros ingenios, es bas- 
ante expresivo, igual y sobrio. 

Nótese una circunstancia, que marca la influencia de 



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1 66 ESTUDIOS SOBRE^ 

los cambios de la escultura sepulcral: en Tirso la esta- 
tua, pues estatua ha de ser por más que diga busto, se 
halla al alcance de las manos de D. Juan que le ase las 
barbas, y por consiguiente tendida como convenía al 
siglo XIV. En Zamora aparece en pie sobre un alto pan- 
teón. Nótese además que en la antigua comedia el rey 
manda que para metñoria del suceso trasladen el sepul- 
cro á S. Francisco en Madrid: no hay que notar el 
anacronismo é inverosimilitud que cometió Tirso, pero 
acaso ello daría medio para buscar el rastro de la anti- 
gua tradición. 

Llegamos á uno de los más altos ingenios y acaso el 
más poético de los que han tratado esta leyenda y que 
en un idioma distinto de las palabras ha completado y 
realzado el carácter de la misma. En 1787, si nonos 
equivocamos, sobre un libreto francés, vertido luego al 
italiano y al alemán, escribió Mozart su inmortal parti- 
tura, que se considera á justo título como la predecesora 
de las obras maestras musicales que ha visto nacer nues- 
tro siglo. Entre lo insubstancial del estilo y lo recargado 
de la parte cómica, notamos en el drama escrito, en el 
primer acto á lo menos, algunas innovaciones felices: 
ábrese con el asesinato de D. Gonzalo y con los gritos 
de dolor de su hija y termínase con aquel siniestro baile 
en que las víctimas enmascaradas acogidas con liviana 
cortesía por D. Juan, descubren repentinamente su ros- 
tro y sus iras. El genio severo de Mozart, si bien se 
acomoda á escenas de distinta naturaleza, resalta princi- 
palmente en los lamentables acentos de la primera 
escena, en los fatídicos pasos de la pausada danza, en 
los lúgubres cantos del cementerio y en aquellas notas 
amenazadoras y continuadas que terriblemente acom- 
pañan y celebran la desesperación y la pérdida del 
libertino. Por segunda vez después de medio siglo se ha 
oído entre nosotros esta partición, cuyo mérito no ha 
dejado de ser reconocido, á pesar de que algunas de sus 
formas tienen la desventaja de ser ya algo anticuadas sin 
ser todavía antiguas. 



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EL TEATRO ESPAÑOL 167 

No se quedó en traducciones é imitaciones el efecto 
del drama de Molina, ó por mejor decir, de su argu» 
mentó y de su héroe. El Lovelace de Richardson fué 
acaso debido tanto á una vaga reminiscencia del mismo, 
como al talento observador del novelista inglés. Y sin 
duda alguna es nuestro antiguo personaje el modelo de 
tantos héroes fatalistas como plagan la moderna litera- 
tura, empezando por el del cantor de Childe Harold^ 
que retrató en su D. Juan el alma indócil que él propio 
abrigaba, si bien ofreció un tipo distinto del Conrado y 
del Manfredo: tipo en que al orgulloso desorden sucede 
la corrupción liviana, al Byron de las negras imagina- 
ciones el lector del Ensayo sobre las costumbres. Han 
nacido más tarde un D. Juan de Maraña, un D. Juan 
de Belveder y otras tantas parodias del Tenorio, y un 
crítico alemán caracteriza un sinnúmero de obras de 
su nación, todo un ramo de su abundante literatura 
calificando á sus héroes de D. Juanes diminutos. En 
gracia de la buena literatura y sobre todo de la sana 
moral, podría desearse que no fuesen tantas las nuevas 
é infieles reproducciones del tipo español, en las cuales 
los poetas desertaron del partido del Comendador para 
abrazar el de su asesino. 

El carácter de éste es el de un caballero que reúne 
todas las malas cualidades interiores de los hombres 
más perversos de su tiempo, unidas á las dotes de gra- 
cia, de fuerza corporal, de actividad y valor que se lle- 
vaban entonces todas las miradas y todos los aplausos; 
uno de aquellos hombres que por lo decidido y fuerte 
de su voluntad subyugan é infunden cierto respeto aun 
cuando se desaprueben sus actos. La misma energía que 
el verdadero héroe emplea para llevar á cabo sus planes 
desinteresados I el mismo triunfo sobre los impulsos 
interiores que á ellos se oponen, la misma perseveran- 
cia en fin, las usa D. Juan para el asesinato, para la 
ruina de las familias, para ultrajar los decretos de Dios. 
Hasta la sencillez é ingenuidad con que los mayores 
héroes llevan á cabo sus acciones, tienen en el criminal 



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1 68 ESTUDIOS SOBBE 

D. Juan un equivalente en la ligereza de sus maneras, 
en lo poco que él propio se pasma de sus actos, en su 
imperturbable serenidad. Es, en una palabra, la fuerza 
moral separada de la bondad ; fuerza y bondad que uni- 
das constituyen al hombre moral por esencia. Este héroe 
de perdición desafía en todos los momentos al cielo: el 
cielo admite el reto, señala un plazo y escoge un mante- 
nedor singular: la estatua del Comendador, uno de los 
muchos á quienes D. Juan había arrebatado el honor y 
la vida. Al ver que la estatua contesta á la invitación 
empieza Tenorio á conocer que la medida está colmada, 
y á pesar de su inaudito valor é interiores esfuerzos, co- 
noce que el poder infernal que hasta entonces le había 
sostenido le va ya abandonando. Las máximas: «No fía 
en vano quien fía — En que Dios le desagravie» y «No 
hay plazo que no se cumpla — Ni deuda que no se pa- 
gue» son la moral viviente de este maravilloso símbolo. 

Una observación ocurre frecuentemente en la lectura 
de nuestro teatro: los más consumados criminales aca- 
ban por obtener el perdón del cielo, á diferencia de mu- 
chos héroes de la literatura moderna que por sus propios 
pasos y como á su sabor acaban por hundirse en el 
abismo que desde muchos años se han cavado. Si la pre- 
dilección á las últimas catástrofes puede calificarse de 
poco moral, también cabe considerar á las otras como 
peligrosas en sus resultados, por halagar la natural dis- 
posición á retardar la enmienda ; pero considerándolo 
bajo otro punto de vista, se ve que los últimos poetas 
escriben á impulsos de una idea de desesperación, mien- 
tras que un fondo inagotable de esperanza residía en el 
fondo de nuestros antiguos. No puede en verdad apli- 
carse esta observación al D. Juan de Tirso, pero sí al de 
Zamora, no menos que al de la mayor parte de dramas 
españoles de asunto análogo. 

Tal es la idea que nos hemos formado de un carácter 
que por lo mucho que habla á la imaginación, puede 
dar lugar á análisis sutiles y arbitrarios, como parece 
haber sucedido á muchos compositores que han presen- 



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EL TEATRO ESPAÑOL. 169 

tado en él la teoría junto con la práctica de la maldad y 
á no pocos críticos que han llevado sobrado adelante el 
examen. Los vicios, y si así puede decirse, las maldades 
de D. Juan, presentan suma analogía con los generales 
de su época, salvo el hábito más frecuente y la pertina- 
cia de los primeros ; así parece que se representa en las 
comedias españolas, y asi está bien representado. Si 
algo más profundo se halla en este asunto debe atribuir- 
se, no á los poetas, sino á la tradición, y el misterio y la 
belleza nacen principalmente de lo que los constituye 
en narraciones de esta clase; esto es, el feliz maridaje de 
un carácter y de un hecho, de un tipo y de un drama. 

Diario de Barcelona^ Enero de 1854. 



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CULTIVO DE LA LITERATURA PROVINCIAL. 



Gran polvareda se ha levantado entre la gente literata 
de la nación vecina con ocasión de la visita que á su 
capital acaba de hacer el peluquero poeta gascón Jas- 
mín ; y como no sólo las gracias y la sonrisa imperial, 
no sólo la solicitud y los aplausos de los salones, han 
debido envidiarle muchos escritores de París, sino tam- 
bién los lauros académicos y el sufragio, dado es ver- 
dad con alguna reserva, de Villemain, oráculo de la 
crítica francesa, no es de extrañar que se haya puesto en 
tela de juicio ya el mérito del poeta, ya la oportunidad 
del empleo de su dialecto en poesías modernas. Si la 
acreditada Revista de los dos mundos ha tributado á 
Jasmín elogios no escasos; por otra parte un artículo de 
la Ilustración^ escrito con cáustica vena y conocimiento 
de causa, ha descargado recios golpes sobre la reputa- 
ción del poeta (cuyo valor real no niega de un modo 
absoluto), y sobre todo el movimiento literario del Me- 
diodía de Francia. En cuanto al primer punto bastará 
decir que el examen de algunos fragmentos poéticos del 
escritor gascón induce á atribuirle. verdadero mérito, si 
bien su estima ha podido acrecentarse por muchos de los 
elementos heterogéneos y adyecticios que contribuyen 
á formar una reputación literaria, tales como su cuali- 
dad de modesto artesano, la oportunidad del momento 
en que empezó á usar su dialecto, la novedad de este 
mismo uso, el talento de recitador y de improvisador 
que no parecen los menores del poeta, y finalmente el 



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CULTIVO DE LA LITERATURA PROVINCIAL. I7I 

empleo que repetidas veces ha hecho de sus facultades 
para objetos útiles y caritativos, de suerte que sus sesio- 
nes literarias han sido á menudo buenas acciones, lo 
que es muy de alabar y más todavía que los buenos 
versos. 

Con respecto á la cuestión general, es decir, á la 
apreciación . del movimiento de restauración literaria 
meridional, ó sea al cultivo de la literatura de los di- 
versos dialectos de lengua de oc, esta pudiera ser una 
cuestión interesante, tanto para los que al parecer figu- 
ran en la causa, como á los pocos que entre nosotros se 
dedican de veras al cultivo de las letras, puesto que se 
hallan los últimos en una situación análoga á la de los 
primeros y es uno mismo el punto de partida de unos y 
Ciros. Pero aun en este particular caben distinciones. 

Que sean muy plausibles todos los esfuerzos que se 
dirijan á conocer á fondo una literatura que después de 
ver reflejado su esplendor en la mayor parte de los pue- 
blos de Europa, se amortiguó repentinamente á efecto 
de causas propias y exteriores; una literatura que en 
medio de mil producciones de valor ínfimo contiene 
algunas que pocas veces después han sido aventajadas; y 
que cuando menos es la mejor explicación de los oríge- 
nes de la poesía moderna y la mejor colección de docu- 
mentos para comprender las ideas y las costumbres de 
un siglo: indudable es, si la historia y la poesía signifi- 
can algo. Desde los brillantes trabajos de Raynouard y 
Rochegude, no tan sólo Francia que es la más interesa- 
da en su estudio, no tan sólo Alemania é Italia han 
examinado la literatura provenzal, sino que Bélgica la 
ha escogido para tema de una de sus lides universita- 
rias, y aun Holanda prepara trabajos de cuantía en la 
materia. 

Los mismos críticos del Norte que tan poco caso ha- 
cen de los esfuerzos de sus compatriotas meridionales, 
les oponen desdeñosamente la lengua y el genio de 
Bertrán de Born y de Giraldo de Borneil. Creemos en 
fin que dentro de breve tiempo poco quedará que estu- 



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172 CULTIVO DE LA 

diar de la época floreciente de la literatura de los trova- 
dores. Mas tampoco deben despreciarse los períodos se- 
cundarios, interesantes por lo menos á los pueblos que 
contaron en su seno los escritores que á aquéllos perte- 
necen. Así la publicación de los documentos en lengua 
romance (como han dado en llamarla) emprendida por 
la academia de los juegos florales de Tolosa y de los 
cuales han visto ya la luz pública Las Leys d* amor y 
Las Joyas del gay saber ^ sería de todo punto digna de 
aplauso si se procurasen ediciones de menos lujo y de 
menos costosa adquisición para los aficionados. De una 
manera semejante deseamos que se desentrañen los casi 
desconocidos monumentos de la literatura llamada le- 
mosina, que es en realidad la de que mayormente puede 
gloriarse nuestra antigua corona de Aragón, y espera- 
mos también que la mayoría de lectores se interesará 
por ella, sin que pretendamos que se extasíe por lo que 
sólo tiene un valor histórico como por un modelo poé- 
tico, ni que reciba como joya de mucho precio lo que 
no sea más que curiosidad arqueológica. 

Ha pasado afortunadamente la época de las ridiculas 
vanidades literarias, de las invectivas y de las apolo- 
gías, ó sean escaramuzas y tiroteos entre las literaturas 
de diferentes naciones ; así es de creer que no se volverá 
en lo sucesivo á tratar de plagiario á Petrarca porque en 
Mosén Jordi, que como contemporáneo de Santillana 
floreció después del poeta florentino, se leen cinco ó en 
rigor cuatro pobres versos parecidos á los del último. 
Sin necesidad de glorias apócrifas, como la del ejemplo 
que acabamos de poner, mucho habrá que estudiar, y 
muchas cuestiones que resolver, aun en lo tocante á las 
épocas en que la poesía parecía haberse convertido en 
un ejercicio mecánico, como ha sucedido respectiva- 
mente á las obras contenidas en el Cancionero de Baena 
que con general aplauso de la república literaria se ha 
publicado recientemente en la corte. Recordemos, por 
ejemplo, á Jaime Roig en quien parece que podremos 
buscar una pintura exacta, si no viva y pintoresca, de 



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LITERATURA PROVINCIAL, I73 

las costumbres de su tiempo, y al príncipe de nuestros 
antiguos poetas Ausias March, cuya gloria no eclipsa* 
ron los esplendores del renacimiento y á cuyas cualida^ 
des de buena versificación, de graves y profundos pen- 
samientos, y de sentimiento afectuoso, sólo faltó que se 
añadiese una cualidad... una sola, que es, sin embargo, 
la imaginación. 

Falta decir algo, no ya del estudio, sino de la restau- 
ración y del empleo de lenguas provinciales, y en parte 
olvidadas -y corrompidas, en la moderna composición 
poética, y aquí se nos permitirá que acaso se aparte un 
lanto nuestro parecer del de personas á las cuales y á 
sus obras tenemos en mucho, si bien al propio tiempo 
que estamos animados de un común entusiasmo, sea 
algo distinto del suyo nuestro sistema. Diremos desde 
luego que no nos arredra el espantajo de que toda res- 
tauración es imposible, de que todo lo pasado ha muer- 
to y de que en todo se ha de buscar una actualidad 
absoluta, pues creemos que así los pueblos como los 
individuos pueden remozarse continuamente á favor de 
su pasado, que lo presente es obscuro y poco sujeto á 
apreciación y el porvenir incierto. Volver la vista á la 
infancia y á las antiguas glorias de la historia nacional, 
no pensamos que sea echar á menos las cebollas de 
Egipto. No cabe duda además en que el habla materna 
tiene para el poeta acentos que no pueden compensar 
las bellezas de lengua alguna extraña y adquirida. Aun 
el áspero Alfieri recibía inusitadas impresiones del dia- 
lecto de la balia. ¿Qué lengua podrá equivaler á la que 
balbuceamos con labios infantiles? 

En Uemosí soná lo meu primer vagit 
Quant del mugró matern la dolsa llet bebía , 
En llemosí al Senyor pregaba cada día 
Y cantichs llemosins somiaba cada nit (i j. 

Inspírese pues el poeta por medio de la poesía popu- 



(1) P. C. Aribau. 



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174 CULTIVO DE LA LITERATURA PROVINCIAL. 

lar que no es la de los Vallfogonas ni los Goudoulis y 
devuelva en su misma lengua al pueblo (al verdadero 
pueblo, al pueblo de la tradición), lo que da de sí el 
mismo pueblo, pero ennoblecido y purificado. Conce- 
bimos también una poesía cómica, popular en el sentido 
grosero de esta palabra y que no sea dado traducir á 
idioma alguno, y tal vez no faltaría algún reciente 
ejemplo en composiciones de nuestro dialecto que fue- 
ron en un tiempo sólo celebradas como expresión de 
los odios políticos, Pero encerrar en los rústicos y acci- 
dentales modismos de los dialectos locales, pensamientos 
filosóficos, cosmopolitas, universales, nos parece exigir 
de una aldeana la expresión propia de las Meditaciones 
de Lamartine ó del Ideal de Schiller. 

Diario de Barcelona, 34 Enero de 1854. 



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LECTURAS LITERARIAS. 



I. 



La abundancia de ideas y la falta de discernimiento 
en su elección, así como el precipitado cotejo de diver- 
sos períodos históricos y literarios, producen en nuestra 
época confusión y vértigo en los espíritus, mientras el 
deseo de abrazar en miradas generales y comprensivas 
vastos territorios y horizontes ocasiona no pocas veces 
una superficialidad presuntuosa. 

No nos separa larga distancia, mayor ó menor según 
los países, de los tiempos en que los varios estudios que 
corresponden á otras tantas direcciones ó facultades del 
alma humana se consideraban de todo punto aislados é 
independientes: ¿quién entonces se hubiera figurado 
que las meditaciones filosóficas pudiesen hermanarse 
con los ejercicios por medio de los cuales se cultiva el 
buen gusto? ¿á quién hubiera ocurrido la idea de mez- 
clar la historia con la literatura? no obstante muy con- 
veniente y muy fundado en razón ha sido que se hayan 
procurado señalar los puntos de contacto entre los dife- 
rentes saberes y que las diversas adquisiciones hechas 
por el entendimiento humano se presten recíproca luz 
y mutuo apoyo: objeto de no fácil adquisición cuando 
se ha buscado conseguirlo de una manera real y no 
aparente, es decir, cuando se han inquirido las verdade- 
ras analogías, cuando se ha profundizado hasta el co- 
mún punto de partida de que á la vez arrancan, por 
ejemplo, ciertos hechos históricos y ciertas obras lite- 
rarias. 



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176 LECTURAS LITERARIAS. 

Mas, conforme es de ver, caben extremos en este par- 
ticular, y no sólo son posibles sino que con harta 
frecuencia se observan. Tiéndese en nuestros días á 
concentrar ideas de diferente origen y á buscar para 
todo el mismo criterio y las mismas fórmulas. Abramos 
un libro de literatura y no podrá menos de extrañarnos 
que en la primera página que se ofrece se estudien dete- 
nidamente las llamadas cuestiones sociales y que en la 
página siguiente nos hallemos con un tratado de historia 
general substituido al que debería serlo de historia lite- 
raria; y acaso las consideraciones políticas que muchas 
veces sólo atañen á las formas accidentales y exteriores 
de la sociedad, acaso, acaso los resultados de la estadís- 
tica llenen el lugar que tendría derecho á ocupar el exa« 
men de un buen poema ó de una composición oratoria. 
¿Qué diriamos del encargado de explicar una ciencia 
que se olvidase de ella para entregarse al estudio de las 
materias que con la misma pueden relacionarse? ¿de 
quien para enseñar matemáticas explicase la configura- 
ción geográfica de Egipto, que, según es fama, dio ori- 
gen á las primeras observaciones geométricas, ó bien el 
arte militar á causa del uso frecuente que éste se ve 
obligado á hacer de la ciencia de Euclides? 

Algo parecido, si no exactamente igual, sucede ahora 
en los estudios literarios. Con el axioma en sí verdadero 
y fecundo, pero tan cómodo como vago y estéril en 
manos de muchos, de que la literatura es la expresión 
de la sociedad, se consideran dichos estudios como in- 
significante secuela, aun allí donde debía reservárseles 
el lugar privilegiado. En vez de señalar los puntos rea- 
les y precisos, paciente y sagazmente observados, en que 
se manifiesta el enlace entre la sociedad y la literatura^ 
se estudia bien ó mal la sociedad, se deducen con más ó 
menos pulso los caracteres generales de la misma, y con 
mucha" decisión pero con elección poco delicada y es- 
crupulosa, se les allegan otros caracteres que se abstraen 
de obras literarias, sin distinguir entre lo que pertenece 
á su espíritu, á sus asuntos ó á sus formas. 



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LECTURAS LITERARIAS 1 77 

Para descender de la esfera de las generalidades, aña- 
diremos que buena parte de lo que acabamos de indicar 
se observa en dos obras á justo título acreditadas, y ya 
célebre una de ellas, protestando que en entrambas se 
ha de alabar sobremanera el propósito de mantenerse 
no sólo entre los límites sino en el espíritu de la orto- 
doxia, y la general gravedad de miras: cualidades que 
íntimamente deseáramos en todas las obras literarias, si 
bien apartadas de los indicados defectos que en aquéllas 
se nos figura distinguir. Es la primera la Historia uni- 
versal de César Cantú, trabajo admirable, debiéndose 
como se debe á la mente y á la mano de un solo compi- 
lador y organizador, y de tal manera rico en noticias en 
todos los ramos, que pocas veces dejará de sacar prove- 
cho el que para cualquier estudio particular acuda á 
uno de sus capítulos. 

En esta obra, al lado de la historia general, de la del 
comercio, de la legislación, etc., ocupa su lugar corres- 
pondiente la historia literaria, en la que figuran buenos 
fragmentos tomados de los que en obras especiales es- 
cogieron entendidos críticos. Nadie empero se figure 
que con tales reseñas, con las apreciaciones rápidas y á 
veces desdeñosas de las mayores obras del ingenio hu- 
mano, con el cúmulo de cuestiones sociales y políticas 
que, por decirlo así, están asediando el recinto literario^ 
logre formar su gusto ni cultivar el sentimiento de lo 
bello. Véase principalmente la segunda obra á que alu- 
dimos, que es la escrita por M. Duquesnel y que por su 
título (Histoire des lettres)^ parece prometer un tratado 
propiamente literario; y se verá que, más que los pro- 
blemas estéticos, agitan á su autor las cuestiones que se 
ventilan todos los días en la polémica política y en las 
páginas de los periódicos; no se hallará aquel refugio 
tranquilo y sereno, aquella calma permanente y univer- 
sal que parece debieran ofrecer tales obras á todos los 
hombres que se hallen acordes en los principios esen- 
ciales. 

Porque no cabe desconocerlo: en estas mismas obras, 



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178 LECTURAS LITRRARtAS. 

sobre un fondo de ideas muy plausibles, se echa de ver 
continuamente el efecto de tendencias encontradas y de 
distintas direcciones^ de un sincretismo fatal que mu- 
chas veces no es más que un escepticismo penosamente 
atacado é incompletamente vencido; así es que cuando 
menos lo esperamos nos salen al paso tendencias cuáke-> 
ras, enciclopédicas, utilitarias, furrieristas y otras^ bien 
ó mal armonizadas entre sí, cuando no se suceden unas 
tras otras, dominando cada una una página distinta. 
¡ Miseria de los tiempos más bien que de estos autores! 
podemos exclamar en gracia de los mismos, si bien 
nuestros tiros parten tan de abajo y tan de lejos que no 
es de presumir que les hieran. 

¿Qué remedio queda contra esta confusión? ¿qué 
consejo puede d^rse á los que desean iniciarse en los 
estudios que son objeto de nuestro examen? Creemos 
que en esta materia se ha át prescribir la escasez y la 
seguridad en las lecturas. A tal punto hemos llegado 
que preferimos en ocasiones un libro cuyas ideas po- 
drían calificarse de rutinarias y las sendas que sigue de 
trilladas, cuando por otra parte no se echa de menos un 
sano y claro juicio, á otros en que brillantes tentativas 
acompañan á extrañas aberraciones y contradicciones 
continuas. Libros hay, en verdad, que, sin aspirar á lo 
que se llama actualidad palpitante^ se leen con tanto 
provecho al cabo de medio siglo, como el día en que 
vieron la luz pública, mientras otros que presumen de 
apoyarse en los tiempos que están por venir, ven des- 
aparecer gran parte de su interés con el transcurso de un 
lustro, con una revolución, con un desengaño. 

No se trata de aislar y de empobrecer los estudios; no 
se pretende volver á los días en que la literatura se re- 
duela al análisis de los períodos y de las metáforas, ni 
tampoco satisfacen ya, ni acaso deben satisfacer, aquellas 
brillantes obras de crítica que se dejaban guiar por el 
impulso elevado pero exclusivo de la Belleza : se desea 
tan sólo que los tratados literarios traten principalmen- 
te de literatura y que se deje para más oportunas ocasio- 



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LECTURAS LITERARIAS. 1 79 

nes, la discusión de cuestiones más importantes. Tó- 
mense empero de la filosofía los principios de la historia, 
los datos quesean necesarios-ó convenientes; marqúense 
las relaciones entre lo bueno y lo bello, sin sacrificar 
nunca lo primero á lo segundo: derrámese, cuando 
ocurra, sobre las obras literarias, la luz de las verdades 
más altas. Obras hay además cuyo intento principal no 
es la literatura propiamente dicha y que sin embargo 
pueden valerse, como de materia secundaria, de las in- 
vestigaciones literarias: tales son los bellos trabajos 
acerca de la cultura en los tiempos bárbaros, alguno de 
los cuales examinemos tal vez más adelante, y que fue- 
ron debidos á un hombre superior que acaban de per- 
der las letras. 

Como realización aproximada del ideal que acabamos 
de exponer, como obras de lectura útil y en general se- 
gura, examinaremos algunos libros modestos, debidos á 
sólidos estudios y á juiciosos talentos, no en verdad á 
genios superiores (que genios hay también en la crítica), 
limitándonos por ahora á las siguientes que forman 
reunidas un reducido curso: Historia de la literatura 
antigua (griega y romana), por Pierron: Historias de la 
literatura de la Edad media, por Eichhoff y Prat, y Es- 
tudios de literatura moderna (Matinées littéraires)^ por 
Ménnéchet. 

Diario de Barcelona^ 27 de Enero de 1854. 



II. 



HISTORIA DE LA LITERATURA GRIEGA, ^Or AlejO PterrOn, 

No alcanzará á comprender de un modo completo la 
literatura griega, por muy dotado que se halle de buen 
gusto y de instrucción, quien no sepa distinguir entre 
las composiciones originales é inspiradas por la natura- 
leza y las obras convencionales, de salón ó de aca- 



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1 8o LECTURAS LITERARIAS. 

demia. Hay en aquella literatura, al menos en algu- 
nas de sus partes, cierto carácter ingenuo y popular 
que requiere para ser debidamente apreciado, un ánimo 
que por si mismo y muy temprano haya sentido el efec- 
to de causas análogas á las que produjeron aquel carác- 
ter, si bien es cierto que éste se halla en la literatura 
griega aunado con cierta madurez y ciertas cualidades 
de entendimiento y de saber artístico que la distinguen 
entre mil otras. Mas no todos los que pueden fácilmen- 
te hacerse cargo de la majestad y nobleza y del juicio 
sesudo y práctico de los romanos aciertan á adivinar el 
espíritu maravilloso y heroico y las maneras primitivas 
de la epopeya de los helenos ó los suaves devaneos de 
muchas obras líricas del mismo pueblo. Así es que sin 
grandes pretensiones de erudición y sin la suma y envi- 
diable ventaja de conocer la lengua de los dioses, pue- 
den otros afanarse en acrecentar sus conocimientos rela- 
tivos á esta rica, variada y espléndida literatura. 

Para sujetar á un limitado punto de vista tamañas 
riquezas, nos habíamos propuesto presentar un resumen 
de la obra de Pierron, pero notamos en este momento 
que el propio autor se había ya tomado tal trabajo en el 
prólogo, y como en lo breve y en lo completo no cabría 
sumario comparable con el de quien mejor de lo que 
pudiera otro alguno, conoce la obra, nos contentaremos 
con traducir dos páginas de dicho prólogo y añadir 
alguna observación sobre puntos de especial interés y 
novedad. 

«Antigua es en Grecia Ja poesía, no menos que la 
misma Grecia, pues después de haber nacido espontá- 
neamente del ejercicio natural de las facultades de un 
pueblo artista, después de ensayos cuyos vestigios pue- 
den vislumbrarse, brilla con extraordinario esplendor 
en el siglo x antes de nuestra era ; crea la epopeya he- 
roica, la epopeya didáctica y la epopeya religiosa, y lega 
al mundo los nombres inmortales de Homero y de 
Hesiodo. Los homéridas y los poetas cíclicos dejan du- 
rante un momento que entre sus manos se amortigüe 



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LECTURAS LITERARIAS. l8l 

la herencia del genio, mas he aquí que muy pronto se 
inventa la elegía por medio de la cual contribuyen 
Calino y Tirteo á ganar batallas, Al propio tiempo que 
la elegía, nacían el jambo y la sátira moral , cuando 
Arquíloco preludiaba por medio de la combinación de 
los metros á las espléndidas maravillas de la poesía 
lírica. Mimnermo, Solón y Theognis imprimen sucesi- 
vamente diversos caracteres á la elegía ; Esopo derrama 
en Grecia el gusto de los apólogos, é Hipponax inventa 
la parodia y da á los fabulistas la forma métrica á la 
cual permanecieron fieles hasta en los tiempos de deca- 
dencia. Entre tanto el lesbiano Terpandro, primer poe- 
ta lírico, inventó ó perfeccionó la lira; continuaron su 
empresa Aiceo, Safo y Arión, también lesbianos, al par 
que los dorios Alemán, Stesícoro, Ibico y los jonios 
Anacreonte, Simónides de Ceos y Bacquílides; gloriosa 
lista que termina con ,el gran nombre de Píndaro. 

» Nacen la filosofía y la historia y con ellas la prosa 
literaria, al propio tiempo que algunos filósofos reani- 
man la epopeya didáctica, que convierten en exposición 
de sus sistemas. Mas al lado de los filósofos poetas, 
como Xenófanes, Parménides y Empédocles. emplean 
otros filósofos la lengua común de la Jonia para la 
expresión de los pormenores científicos, mientras los 
logógrafos ó contadores de leyendas históricas sujetaban 
la misma lengua al método de una narración seguida. 
Tal fué el doble progreso que dio por resultado á los 
dos grandes prosistas jonios, al historiador épico y al 
médico filósofo, á Herodoio'y á Hipócrates. 

» Atenas sucede á la Jonia en el imperio de la inte- 
ligencia ; ya desde el siglo vi antes de nuestra era ha- 
bía inventado la poesía dramática, la cual, después de 
algunos años invertidos en ensayos, produjo sucesiva- 
mente á Esquilo, á Sófocles, á Eurípides y á Aristófa- 
nes. La prosa ática se encumbra á la majestad de la 
historia; la tribuna del Pnyx no se contenta ya con 
palabras volanderas, para servirme del antiguo epíteto; 
los oradores políticos escriben los discursos que pro- 



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1 82 LECTURAS LITERARIAS. 

nunciaron, y la escuela de Sócrates y aun los sofistas 
enseñan la lengua humana á expresar los análisis de las 
infinitas modificaciones del pensamiento. En este punto 

abundan los grandes nombres Tucídides, Jenofonte, 

Platón, Aristóteles, Esquines, Demóstenes. Si es verdad 
que no tarda en notarse la decadencia, hallamos en cam^ 
bio la comedia media y nueva que suspenden durante 
un siglo la ruina definitiva del teatro.... Aun en los 
tiempos en que Atenas desaparece del mundo político y 
de la literatura, se oyen el chasquido del látigo satí- 
rico de Timón el Sillógrafo y los sublimes acentos 
de Cleanto. 

» Bajo los Tolomeos aspira Alejandría al título de 
heredera de Atenas que le dispensaron los contemporá- 
neos, pero que no han confirmado los siglos; más feliz 
Sicilia, añade el nombre de Teócrito á los de los gran- 
des poetas » Continúa nuestro autor algunos juicios, 

tal vez sobrado favorables, acerca de algunos escritores 
del siglo IV y v, limitándose á la literatura profana, por 
creer que la sagrada, la cual, según dice acertadamente 
tiene su carácter propio, sus particulares orígenes, su 
filiación y su desenvolvimiento, debe estudiarse aparte 
y ser considerada como objeto muy superior al de un 
simple apéndice á la literatura profana. 

Después de haber dado preciosas noticias relativas á 
los tiempos primitivos y obscuros de la literatura clásica 
y á los primeros géneros de poesía como el Lino y los 
trenos^ cantos de lamentación, el />ean ó canto de ale- 
gría y de Victoria, y el himeneo; después de recoger so- 
lícitamente cuanto los 'siglos han respetado de la me- 
moria, sino de las obras de los aedas pierios, de Orfeo, 
del primer Museo ó inspirado de las musas, de Eu- 
molpo, supuesto padre de los Eumolpidas ó buenos 
cantores, familia sacerdotal de Eleusis, y de otros aedas 
religiosos; habla con más detención de los aedas épicos 
ó heroicos, de quienes en sus pinturas de Tamiris, cas- 
tigado por las Musas con la ceguera á causa de su pre* 
sunción; de Femio, cantor de los pretendientes de Pené- 



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LECTURAS LITERARIAS. l83 

iope y respetado después por Ulises; y de Demodoco, 
narrador de la guerra de Troya entre los feaclos, ños 
ha dejado la memoria y el retrato, el último y mayor de 
los aedas Homero. 

Al aproximarse al gran padre de los poetas, discute el 
autor las |cuestiones concernientes á los rapsodas ó reci- 
tadores, á la transmisión de los cantos épicos y á la exis- 
tencia de la escritura, que sostiene por medio de argu- 
mentos plausibles, con el ñn de atacar la teoría de Vico 
y de Wolf que, como es sabido, no ven en la Iliada y 
en la Odisea más que una colección de cantos sueltos 
tradicionales. Dos razones nos parecen las principales 
entre las que da en apoyo de su opinión favorable á la 
autenticidad del antiguo poema épico; deduce la pri- 
mera de la impresión de unidad que resulta de la lec- 
tura de las dos epopeyas, y no por ser esta razón de 
sentimiento, es menos válida; la segunda, aunque par- 
cial, puede considerarse como punto menos que conclu- 
yeme ; tal es que la narración de una parte de la Odisea 
(y en esto ha sido imitada por los autores de la Eneida, 
del Telémaco, de los Mártires, etc.) no está puesta en 
boca del poeta ó de los poetas, sino del propio Ulises, 
lo cual no podía efectuarse en cantos separados, como 
no se efectúa, por ejemplo, en nuestros romances del 
Cid. Cuanto se refiere á Homero está en la obra de 
Pierron inspirado por una admiración viva y fresca y 
escrito con sagaz discernimiento. 

No es posible que nos detengamos á mencionar los 
notables capítulos dedicados á la composición y recita- 
ción de la poesía elegiaca y al origen y formación de la 
lírica, en lo que hay mucho que notar como apartado 
de las ideas comunmente recibidas; ni los que tratan del 
origen y progresos de la poesía dramática, el primero 
de los cuales halla en los antiguos himnos de carácter 
épico y de variados tonos, ejecutados por el coro mien- 
tras danzaba al rededor del altar de Baco; ni tampoco 
los muy instructivos y bien pensados que hablan de los 
historiadores y de los filósofos. Al llegar á los oradores, 



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184 LECTURAS LITERARIAS. 

esfuérzase en demostrar que la elocuencia no pudo ser 
transplantada á Atenas por el siciliano Gorgias, funda- 
dor de la oratoria especulativa, y dice muy bien que 
Gorgias y su escuela hubieran acabado con la elocuen- 
cia en el Ática si no hubiese ella tenido sobradas con- 
diciones de vida, y que los que lo contrario opinan, 
confunden la elocuencia con lo que es poco menos 
que su antípoda, es decir, con la retórica. En Licur- 
go, en Solón que, según se expresa, no pudo ser un 
mudo, en Pisístrato, en Temístocles, en Arístides, en 
Pericles, que los antiguos comparaban por su elo- 
cuencia á Júpiter Olímpico, halla los verdaderos orí- 
genes de la oratoria ; de suerte que los demagogos del 
tiempo de la guerra del Peloponeso, excelentes ora- 
dores y que generalmente se consideran los primiti- 
vos, no serían sino los de una época secundaria. Con 
respecto á Demóstenes parece poco favorable el juicio 
del autor, en especial si se compara con el que en otra 
obra forma acerca de Cicerón. 

Podrían entresacarse de la que examinamos algunos 
juicios particulares que, por lo bien sentidos y origina- 
les, muestran lo que vale su autor como crítico. Así al 
hablar de la diñcultad de traducir á Píndaro, dice que 
cchay en él tal palabra, que por sí sola, por su forma, 
por el puesto desde donde irradia, por las ideas y senti- 
mientos que provoca, vale por todo un cuadro, por todo 
un bajo relieve, por todo un poema.» Del mérito de 
Herodoto, dice lo siguiente: «Figurémonos una mara- 
villa imposible, la relación de Marco Polo unida á la 
crónica de Joinville y á los cuentos de las Mil y una 
noches^ todo ello encerrado en el plan de una Odisea y 
escrito en la lengua de Homero : este prodigio no es 
imposible, puesto que existe y es el libro de Herodoto.» 
De una manera análoga, y tal vez con alguna exagera- 
ción, considera que sólo pueden dar una lejana idea de 
Platón, Jos tres mayores prosistas franceses reunidos. 

Si en las páginas que dedica F. Schlegel á la literatura 
griega, vemos una ojeada superior, fecunda y extensa, 



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LECTURAS LITERARIAS, l8b 

en la obrita de Pierron se nota el entusiasmo vivo é 
inmediato de cada carácter, de cada obra , de cada belle- 
za particular. Por más que el autor se dé por secuaz de 
las tradiciones del clasicismo francés, nada hay en sus 
juicios que sepa á pedagogo ó á académico. De lo que 
no ha sido posible dar una idea , y no es en verdad 
el menor mérito de la obra, es de la general gravedad 
de miras y del espíritu noble y elevado que en ella do- 
mina. 

Diario de Barcelona, Febrero de 1854. 



III. 



TEORÍA DE NIEBUHR. — HISTORIA DE LA LITERATURA ROMANA, 

por Alejo Pierron. 

En vez de tantear un resumen de la obra de Pierron, 
el cual habría de versar sobre muchos puntos de sumo 
interés, pero conocidos y manoseados, detengámonos 
principalmente á examinar la teoría de Niebuhr sobre 
la primitiva historia romana y lo que á la misma opone 
el Tratado de literatura del autor que nos ocupa. Pocos 
ignorarán que el primero no vio en los anales de los 
reyes de Roma y de los primeros tiempos de la repúbli- 
ca sino tradiciones épicas tomadas más tarde por histo- 
ria real, fundándose principalmente en analogías, méto- 
do á veces fecundo, pero generalmente aventurado y de 
que se usa con exceso en nuestros días. Resumamos las 
razones principales, á lo menos entre las literarias, que 
aduce Niebuhr en apoyo de su sistema (i). 

Nota en primer lugar cuan vanos fueron los esfuerzos 



(1) Niebuhr Historia romana en francés. Bruselas 1836. V0I. I^ 
pág. 180 y 236, etc. ; Vol. II, pág. 64, etc. 



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r86 LECTURAS LITERARIAS. 

de Virgilio para convertir en seres vivientes á los héroes 
que no existían ya en la tradición y no formaban parte 
de la propiedad común y nacional ; y en otro punto 
observa el empleo que la imaginación hace de los asun- 
tos históricos cuando son insuficientes los verdaderos 
anales; cita la invención de la ida de Cario Magno á 
Tierra Santa, los cantos anónimos sobre el Cid y los 
Nibelungos, y supone que necesariamente los hubo re* 
lativos á la virtud de Coriolano, á las victorias de Ca- 
milo y además, lo que da ya como sentado, á la primera 
guerra púnica. Funda principalmente su teoría en una 
autoridad de Cicerón y en otra de Varrón (i) añadiendo 
que Dionisio conocía cantos sobre Rómulo. Compara 
estos cantos á los de los servios y griegos modernos. 
Observa que entre las formas de la poesía popular 
romana había las Nenias^ cantos funerales en que no 
se lloraba sino que se honraba al muerto, conjeturan- 
do que los mismos podían conservarse después como 
históricos y que poseemos algunos de ellos en las ins- 
cripciones de las tumbas de los Esr.ipiones, en las 
cuales se descubre una forma métrica (2) y frases conve- 
nidas y habituales, según el uso de la poesía popular. 
Sienta finalmente que los cantos históricos-fa hulosos de 
ios romanos tenían una grande extensión, habiéndolos 
enlazados entre sí y otros sueltos y aislados. La historia 
de Rómulo^ dice, forma por sí sola una epopeya, mien- 
tras sobre Numa no pudo haber sino cantos muy 
cortos. (Los extremos se tocan: ¿no recuerda esto al 
buen Mariana, cuando da noticias circunstanciadas de 



(i) Copiamos estas citas, ya por ser cariosísimas, ya para qae se 
vea en cuan flacos cimientos saelen apoyarse los humanos sistemas. 
«Gravissimus auctor in Originibus dixitCato, morem apud majores, 
hunc epularum fuisse, ut deinceps, qui accubarent, canerent ad ti- 
biam clarorum yirorum laudes atque virtutes. » (Tusculanas) de Ci- 
cerón, quien en el Bruto deplora la pérdida de estas canciones: 
«.[Aderani) in conviviis pueri modesti ut cantarent carmina antiqua, 
in quibus laudes erant majorum, assa voce et cum tibicine.» (Varrón.) 

(2) Véase el primer verso de la más antigua: Cornelia, Luciu, 
Scipio Barbatus. 



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LECTURAS LITERARIAS. 187 

las conversaciones de Rodrigo y Florínda y de las car- 
tas de ésta á su padre?) Para Tulio, continúa, había la 
historia de los Horacios y la toma de Alba y aquí, dice, 
Tito Livio conservó todo un fragmento poético (i). 
Después de la historia de Anco, desprovista de carácter 
poético, hallamos con Tarquino el Antiguo un gran 
poema que comprende la llegada de Tarquino á Roma 
en cualidad de Lucumon, sus acciones, sus victorias, su 
muerte; luego la historia maravillosa de Servio, el im- 
pío matrimonio de Tulia, el asesinato de un rey justo; 
la historia del último Tarquino, los presagios de su caí- 
da, Lucrecia, el disimulo de Bruto, su muerte, la guerra 
de Pórsena, y en fin la batalla homérica del lago Regi- 
11o. Ennio habla de los cantos antiguos de los Jaunos y 
Horacio de los añejos volúmenes de los vates ó adivi- 
nos. En los cantos históricos reinaba, según Niebuhr, 
un espíritu plebeyo, así como los anales de los pontífi- 
ces alteraban la historia en provecho de los patricios. 
Habla finalmente el autor alemán de la tragedia origi* 
nal romana ó pretextata, que según ciertos indicios de 
una referente á Bruto , seguía una forma más semejante 
á la del drama histórico moderno que la de la tragedia 
griega. 

Para Pierron no hubo absolutamente en Roma poesía 
• digna de este nombre antes de la introducción de la 
literatura griega, sin que le hagan mella alguna ni el 
obscuro canto de los hermanos Arvales, ni los fragmen- 
tos de los cantos salios, ni las inscripciones de Barbato 
y sus parientes, ni las supuestas predicciones de Marcio, 
ni los cantos fescenninos en que debió de haber mayor 



(1) Los YOTBOs del korrendum cannen : 

Duumviri perduellionem judicent 

Si a duumviriB provocarit, 

Provocatione certato: 

Si vincent caput obnibito: 

Infelici arbore rete suspcndito 

Verbéralo intra tcI extra porooerium. 



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l88 LECTURAS LITERARIAS. 

dosis de sarcasmo que de ingenio y gracia, ni las sátiras 
que los soldados dirigían al triunfador, tan groseras 
hasta en el tiempo de César. Véase por fín la conclusión 
del reciente autor francés: «Sí, no cabe duda, los pri- 
meros historiadores que escribieron los anales de Roma 

no compilaron á menudo sino leyendas fabulosas 

materia acaso propia para cantos épicos, pero que no 

llegaron atener un Homero Lasjeyendas romanas 

eran simplemente tradiciones verbales, cada vez más 
embellecidas por la vanidad nacional y recargadas por 
los mismos historiadores con adornos que dificultan el 
hallazgo de la verdad. Si de todas maneras yo hubiese de 
confesar que Roma tuvo aedas y rapsodas, descendería 
para hallarlos hasta á Nevio y á Ennio; saludaría con el 
nombre de narradores épicos á la mayor parte de los 
historiadores que han escrito desde Fabio Pictor hasta 
el siglo de Augusto y que tomaban como los aedas y 
rapsodas su materia de la tradición, tratándola empero 
según el genio nacional, es decir, en prosa vil y con la 
pretensión de contar verdades. Y en suma. Tito Livio 
sería el Homero que dio á tan confusos, incoherentes y 
diversos elementos, el orden, la belleza y la Vida, al 
mismo tiempo que toda la verdad que es compatibJe 
con lo inverosímil.» 

¿Qué deduciremos de tan encontrados pareceres? el 
mejor argumento contra Niebuhr se halla en lo escaso 
de las razones que él presenta, pues poco valen por sí 
solas las analogías y no todos los pueblos se han de 
comparar al griego, ni todo lo que tiene un carácter 
poético se ha de borrar de la historia pura. El testimo- 
nio de Cicerón y de Varrón prueba que hubo cantos 
antiguos; pero ¿no parece más bien por sus palabras 
que eran poesías líricas, himnos laudatorios de los hé- 
roes romanos y no narraciones de sus actos? El mismo 
Niebuhr atribuye el origen de una anécdota de la histo- 
ria romana á la imitación de ungüento griego: ¿debe- 
remos creer pues, como otros, que las primitivas tradi- 
ciones del pueblo rey eran plagios de fábulas heléni- 



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LECTURAS LITERARIAS. I 89 

cas? No hay pues motivo para creer en la existencia de 
las vastas epopeyas que el mismo autor imagina, pero 
no permiten conceder que los primitivos romanos care- 
ciesen de toda especie de poesía, la memoria de los 
varios cantos cuyo nombre se ha conservado, y sus 
formas métricas diferentes de las griegas, al par que 
las pretensiones y el entusiasmo de los arqueólogos 
del tiempo de Augusto, que en algo se habían de fun- 
dar. Más todavía; debieron de tener cantos narrativos, 
cortos ó largos, históricos ó fabulosos, pues por muy 
prosaico que se crea el genio de un pueblo que to- 
maba sus nombres de las legumbres de sus huertos y 
los prenombres de los números ordinales, no lo sería 
más que el del moderno pueblo bátavo, y sin embargo, 
la poesía popular holandesa canta con entusiasmo la 
gloria de sus heroicos burgomaestres. 

Examina también Pierron el primer origen de la elo- 
cuencia romana, la cual supone que existió desde los 
primeros tiempos de la república, si bien muy diferente 
de la griega de la época de Solón ó de Pisístrato, quie- 
nes se dirigían á oyentes nutridos con la lectura de Ho- 
mero. No ya una conjetura, sino un notable documento 
nos da al tratar de la oratoria de Catón el censor; tal 
es el fragmento de un discurso sobre sus gastos, recien- 
temente descubierto por Angelo Mai, y que después de 
haber estado como enterrado durante muchos siglos, 
parece resucitar con tanta vida como la más animada 
escena política de los tiempos modernos. En esta apolo- 
gía que tuvo que hacer de sí mismo después de su con- 
sulado y de su pretura, de:ía el antiguo orador romano, 
cuya elocuencia califíca Cicerón de áspera y horrenda: 
«Mandé que trajesen el registro en que estaba escrito mi 
discurso ; trajeron las tablillas donde se habla de mi 
negocio con M. Cornelio, donde se leen los servicios de 
mis antepasados y luego los servicios que yo propio he 
hecho á la república. Tras de estos dos pasos, contenía 
el discurso estas palabras: «Jamás gasté en intrigas ni 
mi dinero, ni el de los aliados.» No, no, exclamé, no 



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igO LECTURAS LITERARIAS. 

pongas esto, pues es cosa que no quieren oir. Leyó en se- 
guida: «¿He colocado acaso alguna vez, en las ciudades 
de vuestros aliados, gobernadores capaces de arrebatar- 
les sus bienes, (sus mujeres) ó sus niños?» — Borra 
también esto, pues no quieren oirlo. Prosigue la lectu- 
ra: «Jamás he repartido entre un corto número de ami- 
gos, ni las presas hechas al enemigo, ni el botín, ni el 
dinero del botín despojando á los que lo habían con- 
quistado.» — Borra también esto: nada hay que gusten 
menos que se miente : es inútil que se diga. Sigue : «Ja- 
más concedí demoras públicas á mis amigos, para que 
hiciesen pingües ganancias comunicando su privile- 
gio.» — Apresúrate á borrar y lo más pronto posible. 
«Jamás distribuí á mis paniaguados y á mis amigos con 
pretexto del vino que les tocaba para la mesa, suma 
alguna de dinero, ni les enriquecí con detrimento dei 
público. » — i Ah ! esto bórralo hasta rascar la madera 
Mira en qué estado se halla la república, pues los servi- 
cios que le he hecho y que deberían ser agradecidos, no 
me atrevo á recordarlos por miedo de provocar la en- 
vidia. Á tal punto hemos llegado, que se permite im- 
punemente hacer mal, y no se puede impunemente obrar 
bien. o 

Al tratar de los tiempos más recientes de la elocuen- 
cia romana, nos parece Pierron menos severo que en la 
obra anteriormente examinada. Quien tan mal habló 
de la falsa elocuencia ó de la retórica, ¿no halló algo de 
ella á lo menos en los discursos más débiles de Cicerón? 
¿acaso no le ablandó el agradecimiento que deben los 
aficionados á las letras á tan gran humanista y á tan 
amable é instructivo filosofador? 

Debemos terminar, y á riesgo de dar un salto enorme 
y poco preparado, lo haremos con las siguientes palabras 
de nuestro autor, con las cuales nos despedimos en este 
momento de la literatura antigua para indicar algunos 
puntos de la de los tiempos modernos: «Tocamos, sí así 
vale decirlo (desde el siglo v), á los límites del antiguo 
mundo. Más allá de estas columnas de Hércules hubiera 



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LECTURAS LITERARIAS. I9I 

podido escribir un pagano : fin de la tierra habitable^ 
7 allí en efecto termina la literatura clásica, sin que más 
allá haya para los ojos del vulgo más que caos y tinie- 
blas. El mundo es presa de los bárbaros. Cuando todo 
se derrumba, el espíritu de los tiempos antiguos debe ca- 
llar y seoultarse debajo de las ruinas.» 

Diario de Barcelona, 38 Febrero de 1854.. 



IV. 



CUADRO DE LA LITERATURA DEL NORTE EN LA EDAD MEDIA^ 

por F, G. Eichhoff. — literatura de la edad media, 
por H. Prat, — mañanas literarias, por E, Ménnéchet, 

El primer monumento de la lengua de los godos que 
era la más noble entre las naciones germánicas, es decir 
la Biblia incompleta de Ulfílas; la extraña mitología de 
los pueblos septentrionales, menos bella, pero más mis- 
teriosa y gigantesca que la de los griegos; la de los 
eslavones^ más aproximada, según se cree, á la de los 
indos, común punto de panida; los bardos galeses é 
irlandeses, cantores de las desventuras y esperanzas de 
vencidas naciones; los poetas anglo-sajones que ya revis- 
ten de las formas de su arte bárbaro las palabras de 
verdad que acaban de recibir, ya cantan á Beowulf^ 
heredero de los antiguos reyes del Norte; los franco* 
suevos á los cuales pertenece el antiguo canto de Hilde- 
brandoy espejo fiel de la antigua rudeza germánica ; el 
reinado de Carlo-Magno que, á pesar de sus esfuerzos 
para propagar la cultura, fué el punto de partida de 
una nueva epopeya heroica; los cantos de los piratas 
que morían sonriéndose; la poesía también inculta, pera 
más dulce y generosa, de los eslavos, que se defendían 



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192 LECTURAS LITERARIAS. 

de l^s invasiones germánicas; Alfredo el Grande, que 
obró en un teatro más reducido que Garlo-Magno, pero 
que es una figura histórica no menos grande y más per- 
fecta; la influencia civilizadora de la Iglesia; la leyenda 
de Anno, especie de historia universal en forma poética; 
los variados cantos de los Minnesinger y su fantástico y 
poético torneo de Wartbourgo ; los laudables esfuerzos 
de los Meistersaengers ó artesanos-poetas; el ciclo épico 
de los longobardos ó sajones, y el de los godos y bur- 
gundios; las baladas inglesas y los primeros poetas que 
pertenecen á la vez á la Edad media y al Renacimiento; 
los cantos de guerra servios y suizos, por una parte; y 
por la otra la literatura del tiempo de la invasión bár- 
bara ;k de la escuela de Garlo-Magno; la de la pri- 
mera época de la escolástica ó de S. Bernardo ; Ossián ; 
la lengua de oil tan rica en narraciones poéticas; la 
historia heroica del Gid , única entre las primitivas 
que se ha conservado en España, pero que vale por 
muchas; las epopeyas satíricas y alegóricas, ó Román 
de la zorra y Román de la rosa ; los orígenes de la Di- 
vina Gomedia; el examen siempre inagotable de este 
poema; la literatura más brillante que inspirada de los 
trovadores; los cuentos nobles, morales, burgeses, sa- 
tíricos, alegóricos y legendarios que constituyen el gé- 
nero más abundante que exquisito de los Fabliaux ó 
Fablas; los llamados misterios, milagros y pastorales, 
orígenes del teatro moderno; las bellas crónicas de la 
Edad media; las primeras narraciones de viajes y hasta 
la historia de la arquitectura ; tales son los variados y 
curiosos asuntos, algunos de los cuales han sido recien- 
temente desenterrados del olvido en que cayeran á efec- 
to del transcurso de los siglos y del ingrato desdén de la 
posteridad, y que, con más ó menos detención y de una 
manera más ó menos completa, presentan á nuestros ojos 
las dos recomendables obras de Eichhoff y Prat. Mas á 
pesar de que estas obras se asemejan y se completan, ya 
que de ellas hablamos, hemos de distinguir, en gracia de 
la justicia, entre la naturaleza y mérito de entrambas. 



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LECTURAS LITERARIAS. igS 

Es la de EichhofT, producto de profundos conocimien- 
tos filológicos y de estudios continuados y hechos en 
presencia de los modelos que examina, y sólo falta á su 
autor alguna mayor originalidad en los juicios y abrazar 
con mayor ahinco asunto más circunscrito para conver- 
tir el compendio en un trabajo magistral. La de Prat es 
un lucido resumen, formado por una persona de buenos 
estudios y de excelente gusto, pero sin especiales cono« 
cimientos en la materia: trabajo, en fin, muy apreciable 
é instructivo para los aficionados. Consiste en una serie 
de lecciones pronunciadas ante un auditorio femenino, 
lo que no puede menos de dar ventajosa idea de la cul- 
tura de las damas parisienses^ si logran éstas alcanzar el 
ane bien difícil de poseer conocimientos literarios sin 
hacer de ellos ostentación alguna. 

Fáltanos hablar de la obra de Ménnéchet, en la cual 
sólo se han de buscar estudios inmediatos ó de primera 
mano en la parte relativa á la literatura de su país en 
los dos últimos siglos, la cual ocupa por de contado 
para un crítico francés las dos terceras partes de la 
literatura moderna. A más de esto no vacila el autor en 
afirmar que si Racine, por ejemplo, se apartaba de los 
modelos griegos, era para mejorarlos. Como quiera que 
sea, es obra preferible á otras más ambiciosas que os- 
tentan un entusiasmo desigual, un espíritu de paradoja 
y una originalidad de mala ley. 

Al indicar estos modestos trabajos literarios, creemos 
haber hecho un servicio á los aficionados á la historia 
de las letras, los cuales, sin ánimo de aumentar la turba 
de los semi^literatos, no sabemos por qué no han de ser 
en mayor número, y por qué, por ejemplo, no se ha de 
estimar tal adorno del espíritu tanto como un poco de 
dibujo que nunca viene el caso de aplicar, ó un poco de 
esgrima que muchos también y afortunadamente estu- 
dian con ánimo de no usarla. 

Para no dejar á nuestros lectores con el sabor algo 
desapacible de estos análisis, terminaremos con un bello 
canto servio que traducimos de EichhoíF. Es uno de los 

i3 



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194 LECT(7RAS LITERARIAS. 

varios que se refieren á la última época de la monar- 
quía servia y que encabezan la rica poesía moderna de 
este pueblo, la ci\al vive todavía junto con maneras 
patriarcales y hábit6s nacionales. ¿Quién sabe si se pre- 
paran acontecimientos que den un nuevo período á los 
cantos épicos de aquellas regiones? Quien no sienta la 
belleza del fragmento, podrá á lo menos conocer el 
interés casi de circunstancias que lleva consigo. 

ce El tzar Lázaro se hallaba sentado para cenar, te- 
niendo á su lado á la tzarina Milicia, y la tzarina Mili- 
cia le dijo: «Tzar Lázaro, corona de oro de Servia, 
mañana partes para el campo de Kosovo, llevándote á 
tus servidores y á tus vaivodas, no dejando á nadie en 
el palacio, á nadie á quien pueda encargar una carta y 
traerme tu respuesta. Te llevas contigo á mis nueve 
hermanos, los nueve hijos queridos de Jug. ¡Ah! déjame 
á uno solo de mis hermanos, á uno solo en quien pue- 
da depositar mis secretos.» 

»Lázaro, príncipe de los servios, le responde: «Queri- 
da esposa, ¿qué hermano tuyo quieres que te deje en el 
recinto del palacio ? — Déjame, dijo ella, á Bosko Ju- 
govich.» Lázaro, príncipe de los servios, le contesta: 
«Querida esposa, tzarina Milicia; cuando mañana nazca 
el alba y empiece á brillar el sol, cuando la ciudad abra 
sus puertas, pasa á los afueras de la ciudad. Allí desfi- 
larán formados los guerreros, montados y lanza en 
mano y delante de ellos Bosko hijo de Jug, llevando el 
estandarte de la cruz. Dile que le deseo mil venturas y 
que, si le place, deje el estandarte y se quede contigo en 
el palacio.» 

»A1 día siguiente cuando despuntó el alba y se abrió 
el recinto de las murallas, salió la tzarina Milicia y se 
colocó á las puertas de la ciudad. He aquí que salieron 
formados los guerreros montados y lanza en mano y 
llevando delante á Bosko hijo de Jug. Resplandece su 
caballo bayo con el fulgor del oro y despliégase hasta 
tocar sus espaldas el gran pendón de Cristo. Supera el 
pendón un pomo de oro, del pomo brotan cruces de oro 



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LECTURAS LITERARIAS. igS 

y de las cruces descienden gallardetes que besan las 
espaldas de Bosko. Acércase la tzarina Milicia, detiene 
por las riendas el caballo bayo y alzanda los brazos 
hacia Bosko le habla así en voz baja : «Oh querido her- 
mano, Bosko Jugovich, el tzar accede á mis súplicas de 
que no vayas á pelear en Kosovo; dice que te desea mil 
venturas y que, si te place, dejes á otro el estandarte y 
te quedes conmigo en Krusevac para que tenga un her- 
mano en quien depositar mis secretos. » 

»Pero el hijo deJug le contesta: «Vete, hermana, 
vuelve á la torre blanca, pues yo no te acompañaré ni 
el estandarte se apartará de mis manos, aun cuando 
el tzar me diese á Krusevac. ¿Quisieras que me señala- 
sen con el dedo y que dijesen : «Mirad á Bosko, al co- 
barde que no se atrevió á pelear en Kosovo para de- 
rramar su sangre por el Cristo y morir defendiendo su 
fe?» Al decir estas palabras se separa de la puerta, y en- 
tonces se presenta el anciano Jug Bogdan y con él los 
siete Jugoviches. Les llama á los siete uno tras otro, 
pero ninguno quiere ver á la tzarina. Aguarda algunos 
momentos más, y he aquí á Voino, hijo de Jug, que 
conduce los soberbios caballos del tzar, revestidos de 
arneses de oro. La tzarina detiene el corcel de Voino y 
extendiendo haci^ él los brazos le dirige vivamente estas 
palabras: «Oh querido hermano, Voino Jugovich, el 
tzar ha accedido á mis súplicas de que te quedes conmi- 
go; dice que te desea mil venturas y que, si te place, 
encargues á otro los caballos y permanezcas en Kruse- 
vac para que tenga un hermano en quien depositar mis 
secretos. » 

» Pero Voino, hijo de Jug, le contesta : a Vete, herma- 
na, vuelve á la torre blanca, que jamás un valiente 
guerrero retrocede ni abandona los caballos del tzar 
aun cuando supiese que debe morir ; déjame ir á Koso- 
vo, hermana, para derramar mi sangre por el Cristo y 
morir por la fe con mis hermanos.» 

»A estas palabras se separa de la puerta ; al verlo la 
tzarina Milicia, cae sobre la fría piedra, cae de repente 



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ig6 LfiCTURAS LITERARIAS. 

desfallecida ; entonces se presenta el tzar Lázaro en per- 
sona ; saltan lágrimas de sus ojos, mira á derecha é iz- 
quierda y llamando á su escudero Boluban: «rBoluban, 
fiel servidor, baja de tu caballo el de cuello de cisne, 
coge á tu señora por sus blancas manos y condúcela á la 
alta torre. Quédate aquí con la gracia de Dios, no nos 
sigas al campo de batalla, mas guarda el recinto del pa- 
lacio.» 

El escudero Boluban oyó estas palabras y saltaron lá- 
grimas de sus ojos. Sin embargo, se apeó, cogió á su 
señora por sus blancas manos y la condujo á la alta 
torre. Mas no puede resistir á su corazón que le arrastra 
hacia el camino de Kosovo, coge su caballo el de cuello 
de cisne, salta encima y parte para Kosovo. 

dAI día siguiente, cuando despuntó el alba, se vieron 
dos negros cuervos, venidos del campo de batalla, sobre 
la torre del noble Lázaro. Uno graznaba y otro excla- 
maba: «¿No es este el palacio de Lázaro? ¿no hay na- 
die en el palacio?» 

«Ninguna voz les contesta en el palacio, pero la tzarina 
les había oído; inmediatamente sube á la torre blanca y 
habla así á los dos cuervos: «Guárdeos Dios, negros 
cuervos, decidme ¿de dónde venís ya al amanecer? ¿aca- 
so del campo de Kosovo? ¿visteis allí dos poderosos 
ejércitos? ¿han combatido estos dos ejércitos y cuál ha 
vencido?» 

»Los dos cuervos contestan á la princesa : a Dios os 
salve, tzarina Milicia ; hemos venido esta mañana de 
Kosovo, donde vimos dos poderosos ejércitos que die- 
ron una batalla en la cual murieron los dos tzares. En 
cuanto á turcos, pocos sobreviven ; en cuanto á servios, 
los que todavía respiran están cubiertos de sangre y de 
heridas.» 

»Mientras hablaban los cuervos, he aquí al escudero 
Milutin que sostenía su mano derecha con la izquierda, 
surcado de diez y siete heridas y con el caballo bañado 
en sangre. «¿Qué es esto, desgraciado Milutin, acaso la 
traición ha perdido al tzar?» El escudero Milutin con- 



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LECTURAS LITERARIAS. I97 

testa: «Señora, ayúdame á bajar del caballo, rocía mi 
frente con agua limpia y sírveme vino generoso, pues 
las heridas han consumido mis fuerzas.» 

»La tzarina le ayuda á apearse, rocía su frente con 
agua limpia, y le sirve vino generoso. Cuando el escu- 
dero se ha recobrado un poco, le pregunta Milicia: 
«Dime, ¿qué ha sucedido en Kosovo? ¿cómo ha su- 
cumbido el noble Lázaro? ¿cómo el venerable Jug 
Bogdan? ¿cómo los nueve hijos de Jug y el vaivoda 
Milos y Vuk Brankovich y Strainia Banovich? » 

}!>E1 escudero le contesta entonces: «Todos han muerto 
en Kosovo, tzarina: allí donde cayó el noble príncipe, 
se ven mil venablos rotos, mil venablos de turcos y de 
servios ; pero en mayor número son los de los servios 
lanzados en defensa del príncipe, de nuestro glorioso 
soberano. En cuanto á Jug, al frente de la batalla ha 
caído desde los primeros golpes y junto á él ocho de 
sus hijos, porque el hermano ha sostenido siempre al 
hermano, mientras uno solo se ha podido menear. Úni- 
camente estaba en pie todavía Bosko, y flotaba su ban- 
dera en la llanura de donde arrojaba enjambres de tur- 
cos como el halcón dispersa las palomas. 

3>Allí donde la sangre subía hasta las rodillas, allí ha 
muerto Strainia hijo de Ban. Milos, oh princesa, ha caí- 
do á orillas de las frescas aguas del Sitniscia, donde han 
perecido en masa los turcos, pues Milos mató al sul- 
tán Amurates y con él á doce millares de los suyos, 
i Recompénsele Dios así como á toda su raza ! vivirá en 
el corazón de los servios, en sus cantos y en sus anales, 
hasta que se hundan el mundo y Kosovo. Pero si me 
preguntas dónde está Vuk ¡ maldito sea con toda su 
raza ! porque él es quien ha hecho traición al tzar y ha 
arrastrado hacia los turcos doce mil hombres tan perju- 
ros como él. D 

Diario de Barcelona, 4 de Marzo de 1854. 



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POEMAS DE WALTER SCOTT. 



I. 

Todavía admiramos los poemas de WaherScott: el 
nombre de Escocia nos ofrece especial halago y nos 
agita agradablemente la vista de los listados cuadros de 
un plaid caled onio. 

Es muy cierto que respetables críticos, en otros pun- 
tos poco acordes, mencionan desdeñosamente las nove- 
las poéticas ó poemas que nos ocupan en este momento; 
que F. Schlcgel los considera como mosaico formado 
de la trabazón de piezas suministradas por una poesía 
rústica que ya no existe, y Villemain como producto 
artificioso de una tendencia arqueológica, comparable á 
los ensayos más eruditos que inspirados de los poetas de 
Alejandría. No es menos cierto que el vulgo de los 
lectores ha olvidado las páginas poéticas que á princi- 
pios del presente siglo acogió la Europa con inusitado 
entusiasmo, si bien muy á menudo tributará á imi- 
taciones degeneradas la buena acogida que negara al 
primer modelo. Mas ¿qué prueba todo ello sino que 
críticos y lectores no se han colocado en el verdadero 
punto de vista desde el cual pudieran divisar lo que, á 
no dudarlo, existe en tales composiciones? En reali- 
dad , quien más daño les ha hecho es el mismo Walter 
Scott con sus obras maestras en el género de la novela 
histórica; pues, como dice muy bien Nisard, «serían 
sus poemas más estimados si no fuesen tan amadas sus 
novelas.» 

Abundan ya las bellezas en el Lay del último minS' 
trel, fruto de la primera adolescencia, cuyos defectos 
ruborizaban después á su propio autor; bastaría para 
recomendar el poema la pintura con que comienza del 



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POEMAS DE WALTER SCOTT. 1 99 

bardo enfermo y anciano que precedido del niño porta- 
dor del arpa llama con temor y esperanza á la puerta de 
sus antiguos señores. Respira en toda la obra el espíritu 
de la rústica caballería de las fronteras, realzado con la 
introducción, en verdad poco comedida, de la magia y 
de las supersticiones populares. ¡Qué bellos acentos 
además en boca del anciano minstrel en los comienzos 
y conclusiones de sus cantos ! Con su amor á la patria y 
á sus antiguos recuerdos, puso ya en este poema Walter 
Scott la mayor parte de los gérmenes que tan vastas 
composiciones debían producir; y nos parece muy de 
extrañar que con él sólo, no se adivinase más tarde 
quién era el verdadero autor del Waverley. 

Inferior se nos figura el mérito del Marmion^ pues á 
pesar de las nobles y cordiales introducciones á los 
diferentes cantos y de muchas bellezas parciales se diría 
que el autor siente un instante de vacilación y duda, ya 
en el estilo, ya en las tendencias, y momentos hay en 
que se le creería precursor de Byron. Por otra parte es 
esta acaso la obra en que más de lleno se siente la peno- 
sa impresión de las preocupaciones protestantes del Ba- 
ronet de Edimburgo. 

Nada iguala en su género á la Dama del Lago que es 
la Straniera de su autor, si el Lqy puede considerarse 
como su Sonnambula. Quien haya leído la descripción 
del ciervo perseguido y de su caza, que de una manera 
tan original y poética precede á las variadas escenas de 
este verdadero poema, quien recuerde las figuras del mo- 
narca aventurero, del feroz y denodado caudillo monta* 
ñés, de la dulce y altiva dama del lago, del bueno y fiel 
bardo familiar, no creemos que consienta que se ante- 
ponga á esta composición, otra alguna del autor, ni aun 
de las que produjo en la completa madurez de su talen- 
to* Es de notar que los siguientes rasgos: «Dejad el 
rebaño sin guardián, los corderos sin abrigo, el muerto 
sin sepultura, la novia en el altar....» que se habían 
como escapado al poeta en una de sus poesías menores 
escritas para una melodía gaélica, fueron magistralmen- 



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aOO POEMAS DB WALTER SCOTT. 

te puestos en escena en la Dama del Lago y ocupan á 
buen título una considerable parte de su extensión. 

Haroldo el indomable es una verdadera saga en que 
el autor se convierte en un antiguo escalda, no sin tem- 
plar con cierta amable sonrisa irónica lo que pudieran 
tener los hechos de excesivamente áspero y sangriento. 
Mas al propio tiempo, como por juego y á manos llenas, 
está en ella sembrada la poesía de los pueblos septen- 
trionales, unida á los recuerdos históricos de los feroces 
reyes de mar; contrastan felizmente las costumbres de 
los países ya sujetos á la estabilidad de las instituciones 
feudales con las de los piratas nómadas y asoladores; y 
finalmente el misterioso desenlace, la lucha casi simbó- 
lica de Haroldo con el espectro de Odín, dan al poema 
una significación moral y una profundidad de miras 
que pocas veces faltan á su autor, aun en medio de los 
más caprichosos juegos de su fantasía. 

La visión de D. Rodrigo es un poema de circunstan- 
cias con algunos buenos pormenores; interesante para 
nosotros por su asunto principal y más conocida que 
otras por una regular ,versión en silva con que pasó á 
nuestro idioma y en que el traductor se apartó en varios 
puntos (y obró muy acertadamente) del texto original (i). 
Tampoco insistiremos mucho sobre las Bodas de Trier- 
main^ deliciosa leyenda de caballerías inspirada por las 
tradiciones de la Tabla Redonda y en que el autor se 
propuso imitar la manera de Tomás Moore, así como 
en otros fragmentos hizo también semejante obsequio á 
Crabbe y al autor del Beppo. 

El Lord de las islas^ escrito, según tenemos entendi- 
do, en tiempo más reciente y para distraerse de la com- 
posición de sus novelas en prosa, nos ofrece el sello de 
aquella época de maestría y madurez en que el autor 
pone acaso menos de su parte en las obras de lo que 
puso antes en otras más juveniles y menos perfectas. 
Pero ¡qué pintura la de la reunión de los jefes y de los 



(1) Alade á la de D. A. Tracia (Agustín Aicart). 



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POSMAS DB WALTER SCOTT. 20r 

preparativos de las bodas en Artornish ! ¡ Qué carácter 
de un monarca en el de Roberto Bruce ! 

La batalla de Halidon Hill es una serie de escenas 
dramáticas, fundada en la reconciliación de dos caudi- 
llos enemigos, antes de la pelea : estrecho podrá parecer 
el asunto, mas en este cuadro militar pinta Walter 
entera la Escocia antigua; el diálogo parece impelido 
por el aliento de Shakespeare, y en la generosidad de 
Swinton, en las piadosas reconvenciones del templario, 
en la impresión total del drama se reconoce el espíritu 
patriótico que se complace en celebrar las añejas usan- 
zas de su país, pero que se lamenta al verlas tan ásperas 
7 tan ocasionadas á disturbios y venganzas. Bien resalta 
este espíritu patriótico en las palabras de Swinton con 
que termina el primer acto: «sí, adelante, íbravo Hop; 
adelante, pérfido merodeador, pero escocés siempre 
fiel;>; y en las de Vipont al rey Eduardo poco antes de 
terminar el drama : «Yo era escocés antes de ser tem- 
plario; había hecho juramento de ser fiel á mi país antes 
de conocer el orden santo.» 

Adrede hemos reservado para el último lugar el 
poema de Rokeby^ fiel trasunto de las dotes de moralista 
de su autor, bien como la Dama del Lago lo es de todas 
sus facultades poéticas. Es fama que, recibido aquél con 
frialdad, fué parte á que su modesto autor abandonase 
la región de la poesía, es decir, de la poesía en verso, 
en que como inesperado meteoro acababa de aparecer 
el Niño Peregrino; mas si comprendemos la modestia ó 
mejor acaso la justa altivez de nuestro poeta, la cual 
nos valió la creación de un género nuevo y peculiar 
suyo, es decir, de la novela histórica, no cabe asentir á 
la indiferencia de los primeros lectores de Rokeby, 
Realza este poema aquella simplicidad de tiempo y de 
lugar que es siempre un mérito más, cuando no vive á 
costa de condiciones más necesarias, y como se desen- 
vuelve su argumento en un reducido territorio que se 
nos muestra como á palmos, ofrece en esto una seme* 
janza remota con la gran concepción del Anticuario^ si 



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202 POEMAS DE WALTER SCOTT. 

bien las escenas de éste son por lo general más apacibles 
y sosegadas. Interés ingeniosísimo, enlace en los acci- 
dentes, abundantes y variadas pinturas de paisaje que 
nunca se echan de menos en el inagotable descriptor, 
son los menores títulos de este poema que en especial 
descuella por la concepción, el contraste y el análisis de 
los caracteres. Matilde que por cierto es algo más que 
una heroína obligada de novela; Raimundo en quien 
rebosa el ardor juvenil, irlandés y caballeresco; el ino- 
cente, tierno y generoso Wilfrido cuya frágil existencia 
tan fácilmente se quiebra ; el endurecido, frío y astuto 
Oswaldo; el melancólico é inquieto pero arrepentido 
Morton, fisonomía interesante á pesar de las nubes que 
la ofuscan; Bertrán, alma de hierro, templada para el 
mal pero indoblegable, y hasta el bribón Gui Denzill y 
el débil y extraviado Edmundo, ofrecen un animado 
conjunto en que nos parece asistir á un espectáculo in- 
terior y puramente moral, no menos que al de las imá- 
genes y peripecias de una acción poética. Dos de los 
mismos caracteres nos darán próximamente materia 
para reflexiones diversas de las que dictaron las anterio- 
res líneas, en que hemos intentado presentar una somera 
idea de la impresión poética producida por las novelas 
en verso del fecundo narrador escocés. 



II. 



Léese en la primera juventud el poema dt Rokeby^ 
percíbense sus bellezas poéticas, colúmbrase la profunda 
intención de sus caracteres, y pasa desapercibida ó bien 
se rechaza por importuna la severa lección que entraña, 
pues en este poema, no menos poético que moral, quiso 
Walter Scoit precaver al lector de los extravíos y la pre- 
ponderancia tiránica de la imaginación. 

«Vilfrido, el tranquilo, tierno y dócil Vilfrido, era el 
hijo mimado y caprichoso de la imaginación, la cual le 
transportaba en su carro brillante, poniendo á su lado 



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POEMAS DE WALTER SCOTT. 20 3 

la belleza que le encantaba ; ó bien en un recinto solita- 
rio y silvestre, le rodeaba con sus mágicos encantos, 
bañaba con su embriagador rocío la cabeza lánguida- 
mente inclinada del joven entusiasta, extendía sobre sus 
miembros su manto divino, le adormía en medio de los 
ensueños que no puede abandonar el que una vez los ha 
gustado, y le absorbía por ñn en la esfera de su poder, 
libre de toda triste realidad, hasta que llevado por sus 
ilusiones, sus sueños desvelados le pareciesen una ver- 
dad y la verdad le pareciese un sueño. ¡ Ay del joven 
dominado por la imaginación, que arranca de las ma- 
nos de la razón las riendas que debieran guiarle! etc. 

Si en Vilfrido pinta el autor de Rokeby el alma noble 
y elevada que la imaginación agita y consume, en Ed- 
mundo retrata los hábitos degradados que pueden unir- 
se á las propensiones poéticas, aunque sin llegar jamás 
á armonizarse unos y otras. «Ved aquel joven desgra- 
ciado cuyas mejillas cubre la palidez. Cuando niño, era 
el orgullo de su madre y la alegría de su padre ; apoya- 
do ahora en las -ásperas paredes de la caverna de los 
bandidos, ocupa su espíritu la imagen de aquellos feli- 
ces tiempos » Disfrazado de trovador, ha entrado 

Edmundo en el castillo de Rokeby: «La repugnante 
expresión de su fisonomía se disipaba cuando aplicaba 
sus dedos á las cuerdas del arpa y desaparecía á la voz 
de la inspiración, como en otro tiempo el demonio de 
Saúl. Dirigía entonces á su alrededor una mirada más 
noble, un acento menos estudiado acrecentaba los en- 
cantos de su voz y su corazón latía más generoso y más 
grande con todo el orgullo del trovador. ¡Ay! bien 
pronto pasaba este orgullo, desapareciendo con el canto 
que lo había inspirado ; su alma recobraba con la cade- 
na del hábito sus vicios extraños y sus vanas locuras, 
y el talento que del cielo recibiera, no merecía sino odio 
y desprecio.» Al ver Edmundo que su disfraz y sus can- 
tos acababan de causar la ruina de Matilde y de sus 
nobles compañeros, ase figuró contemplar el objeto que 
había soñado, cuando erraba solitario, antes que su 



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204 POKMAS DE WALTER SCOTT. 

alma conociese el crimen, bajo las sombras de Winton 
y cuando su imaginación le pintaba los rasgos, el aire y 
la voz divina de una bella princesa desventurada.... Tal 
era mi visión, pensó, y ¿soy yo quien procuro la des- 
gracia de esta virgen más bella que los más bellos en- 
sueños poéticos?... ¿yo que había jurado que si la tierra 
poseyese un ángel semejante, la recorrería entera, para 
besarla huella de sus pies?» Finalmente al hallar de 
vuelta á la cueva, el traje de aldeano que abandonó 
para tomar el disfraz de trovador, «i Maldito seas, ex- 
clamó, arte fatal que me inspiraste mis primeros errores 
y que luego me valiste los innobles sufragios de bandi- 
dos con los cuales he ultrajado las leyes de Dios y de la 
naturaleza !» etc. 

En varios puntos de sus novelas, que acaso con exce- 
siva severidad consideraba encaminadas á la diversión y 
no á la enseñanza, vierte Walter Scott ideas semejantes; 
como por ejemplo en las primeras páginas del Waverley 
donde describe al joven que buscando solamente hala- 
gos en el estudio, se asemeja al que no come la fruta 
sino por el lado que tocó el sol ; en el final del Pirata 
en que la noble Minna halla en el cumplimiento de 
modestos deberes mayor ventura que la que antes le 
granjeaban los cantos septentrionales; en el Redgaunlet 
donde contrastan los caracteres de dos jóvenes amigos, 
uno sencillo, recto y laborioso, otro amable, caprichoso 
y aventurero, y nubilmente en su estudio sobre el ale- 
mán HoíFman á quien tanto estima y compadece. 

De manera que el hijo predilecto de la imaginación, 
ni la adula, ni cierra los ojos sobre los extravíos contin- 
gentes de la misma; mas su ánimo activo y decidido, no 
ceja por esto, como hicieran otros más lánguidos y decaí- 
dos, y ni un instante vacila en aprovecharse de los dones 
de la hada seductora. Subyúgale previsora la reflexión, 
pero convierte en poesía este mismo momento (si nos es 
lícito usurpar el lenguaje de los filósofos), y de su lec- 
ción y advertencias forma episodios de un poema. Y no 
fué contradicción de su parte, pues en todo este poema, 



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POEMAS DE WALTER SCOTT. 205 

como en lo general de sus concepciones, poeta de la 
razón, según acertadamente se le ha llamado, procuró 
que el mejor sentido y el mejor espíritu, como una sal 
conservadora, penetrasen y precaviesen de corrupción 
los engendros de la fantasía. Así es que nunca se vio 
obligado á quemar lo que antes adorara; no tuvo que 
maldecir ai llegar al término de su carrera, como mu- 
chos en nuestros días, de la poesía, de la imaginación y 
del arte, y en una de las últimas páginas que salieron de 
su pluma escribió con pulso seguro: a Al declarar mías 
todas estas obras, reconozco que no me ha embriagado 
la copa de la alabanza que, semejante á la de Circe, 
embrutece á los hombres, y hago tal declaración sin 
orgullo, porque creo que mucho ha obrado á favor mío 
el gusto del tiempo, y sin vergüenza, porque creo que 
nada he escrito contrario á la moral.» 

En las escenas que antes extractamos acaso pintó al- 
guna inclinación propia que tuvo que reprimir, algún 
peligro de que escapó, algún devaneo que le sonrojaba; 
ó más bien su profunda intuición psicológica distinguía 
á qué punto hubieran podido conducirle, á tomar otra 
dirección, las cualidades de su propio espíritu ; mas de 
seguro no se retrataba á sí mismo, sino á ejemplos no 
escasos que á sus ojos se ofrecían. 

Ignoramos si conocía ya al autor de Lara y de Conra- 
do, cuya superioridad de ingenio, según su noble ex- 
presión, no podía envidiar, por reconocerle menos apto 
que á sí propio para la dicha, y el cual á su vez, en uno 
de sus buenos momentos, proclamó que su émulo á 
nadie podía envidiar, porque no podía desconocer que 
aventajaba á todos los demás escritores de la época. Tal 
vez recordaba Walier Scott á su inmediato predecesor 
Cowper, poeta muy puro, pero aquejado por una sensi- 
bilidad en sumo grado enfermiza y atrabiliaria, ó á su 
contemporáneo Shelley de quien tan triste memoria 
ofrecen sus juveniles excursiones con Byron, ó bien á 
Coleridge, víctima de su metafísica, de su fantasía, y de 
su afición al opio. No es decir que no abundasen en 



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206 POEMAS DE WALTER SCOTT. 

aquella época más halagüeños caracteres literarios, como 
el de Moore que empezó por muelles anacreónticas, 
siguió por nobles melodías irlandesas y brillantes cua* 
dros orientales y terminó por los Viajes de un caballe- 
ro irlandés en busca de una religión (viajes que le con- 
dujeron al conocimiento déla verdadera luz); Mathurin, 
también irlandés, hombre de excelente humor á pesar 
délo sombrío de sus creaciones; Mackenzie, venerado 
compatriota de Walter Scott, y Souihey, autor de gran- 
diosos trabajos de erudición y de tres epopeyas. De este 
decidido enemigo de la escuela satánica recordamos 
haber leído que aconsejó á una dama su admiradora, 
la cual buscaba su perdida felicidad en el cultivo de las 
letras, que sólo podía esperar su dicha de la piedad, y 
no de la literatura, simple fragmento de la vida. 

Lo propio, sin duda alguna, le hubiera aconsejado 
Walter Scott: á lo menos en una nota al Childe-Haroldy 
nos dejó consignados ciertos pensamientos que nos pa- 
recen muy provechosos, no sólo para los verdaderos 
poetas, cuyo número siempre es reducido, sino también 
para los que sin serlo, tienen temple poético, y quizá 
también para el entero gremio literario que (como to* 
dos) tiene sus especiales achaques. 

(c La felicidad ó la desgracia de un poeta, dice en el 
lugar citado, no depende de la naturaleza sino del em- 
pleo de su talento : una imaginación poderosa y desen- 
frenada es la causadora y el artífíce de sus propios 
disgustos, y sus fascinaciones, sus cuadros exagerados 
del bien y del mal y el dolor que de ellos recibe, son 
males inevitables unidos á la viva susceptibilidad de 
sentimiento y de imaginación propia de los tempera- 
mentos poéticos. Mas el Dispensador de los dones del 
espíritu, al mismo tiempo que ha unido á todos ellos 
una mezcla particular y distinta, ha dado al hombre 
bien nacido el poder de separarlos de esta mezcla. Una 
sabia y justa previsión ha querido, con el fin de atenuar 
la arrogancia del genio, que el mismo poeta arreglase y 
domase el fuego de su imaginación y descendiese por 



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POBMAS DE WALTER SCOTT. 207 

SUS propios pasos de las alturas á que ella se encumbra, 
si quiere obtener el reposo y la tranquilidad del alma. 
Los elementos de la dicha, es decir, de aquel grado de 
dicha que es compatible con nuestra existencia actual, 
están derramados profusamente al rededor nuestro, mas 
es necesario que el hombre superior se incline para 
recogerlos, por cuanto no hay camino real ni poético 
que conduzca al contento del espíritu y al reposo del 
corazón. A este contento y á este reposo es dado llegar 
á todas las clases de la sociedad, sin que de ellos esté ex- 
cluido el más pobre entendimiento. Limitar nuestros vo- 
tos y deseos á lo que nos es posible alcanzar; mirar nues- 
tras desgracias por muy singulares que parezcan, como 
legado inevitable del patrimonio de Adán ; reprimir la 
irritabilidad enfermiza que se enseñoreará de nosotros 
si no la gobernamos; evitar la punzante intensidad de 
reflexión que tortura el espíritu y que tan vigorosamen- 
te describió nuestro poeta en su ardiente lenguaje: « He 
pensado demasiado tiempo y demasiado profundamente^ 
hasta que mi cerebro agitado é hirviente en su propio 
torbellino, se ha convertido en una sima de llama y de 
fantasía», descender en ñn á las realidades de la vida; 
arrepentimos si hemos ofendido á nuestro semejante; 
perdonar si nos han ofendido; mirar el mundo menos 
como enemigo que como amigo caprichoso y poco fiel, 
cuya aprobación debemos buscar y merecer, sin solici- 
tarla ni despreciarla: he aquí, me parece, los más segu- 
ros medios de conservar ó recobrar la tranquilidad de 
espíritu: 

Semita certe 
Tranquiles per virtutum patet única vitce. 

Tal es el secreto del autor de Rokeby; esto lo que dis- 
tingue á los que han considerado los hechiceros impul- 
sos de la fantasía como subordinados á más altos móvi- 
les, de otros que buscaron su principal apoyo en tan 
instable terreno. En la primera línea se nos presentan 
grandes y benévolas figuras iluminadas por la pura 



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208 POEMA.S DE WALTER SCOTT. 

llama del genio que en su frente brilla; en la segunda 
los que, para desdicha propia y ajena, sienten por esta 
llama atormentado y devorado su corazón: á un lado 
Fénelon, Klopstock, Haller, Walter Scott, Pellico ; al 
otro Rousseau, Burger, Byron, y (¿á qué negarlo?) el 

autor de Rene y de los Natche:{ 

Como hay cosas, según dice un personaje del Rob^ 
Roy, de que no conviene hablar demasiado bien, ni 
demasiado mal; como, conforme se ha leído, al que ha 
probado una vez los goces de la imaginación, le es muy 
difícil abandonarlos, y como por fin al mismo tiempo 
que se trata de limitar sus dominios, no se intenta en 
manera alguna desistir de la defensa de sus derechos, 
apresurémonos á acabar con estas reflexiones y dispon- 
gámonos para examinar más adelante dónde y por quién 
se conserva en nuestros días la tradición de los célicos 
encantos de la Musa. 

Diario de Barcelona, 8 y i5 de Febrero de 1854. 



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OBRAS DE SILVIO PELUCO. 



No puede esperarse que esta vez, como otras en que 
se anunció, se desmienta la noticia de la muerte de Sil- 
vio Pellico; la cual do quiera ha sido acogida con una 
respetuosa tristeza que honra mayormente la memoria 
del ñnado que los ruidosos aplausos y los obsequios 
pomposos con que suelen los hombres despedirse de 
otros personajes tan célebres pero menos amados. {Cuan- 
tos habrá que en sus adentros han tributado al escritor 
de Saluzzo un homenaje tan singular como honroso, 
cual es el de sentir vivamente el perder la esperanza de 
contemplarle y conocerle de cerca, de una manera en 
parte comparable á la que se siente por estar privado de 
ver un país afamado por gloriosos recuerdos ó un es* 
pléndido monumento! 

En uno de los cortos capítulos que añadió Silvio 
Pellico á la narración de Sus prisiones cuenta que 
cuando despertó la mañana siguiente al día en que 
alcanzó la dicha de verse de nuevo en su casa y entre su 
familia lloró por el recuerdo de sus sufrimientos y por 
las ilusiones perdidas. ¿Quién hay en efecto que, por 
más que no se haya visto obligado á sufrir una condena, 
vea transcurrida una década de su existencia sin que se 
hayan desvanecido muchas ilusiones? Mas si una de las 
de Silvio era la de alcanzar la gloria literaria, y si se 
hubiese contado entre el número de los que todo lo 
sacrifícarían para este logro, pudiéramos decir que en 
este punto se engañaba, pues á costa de su prisión se ha 
difundido su fama por toda Europa. No es decir que 
baya ella nacido del simple interés que se dispensa á 
una situación lamentable y á aventuras poco ordinarias, 
sino que al contar sus padecimientos halló Pellico el 



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210 OBRAS DE SILVIO PELLICO. 

más oportuno empleo de su talento, sus horas de com- 
posición más propicias, en una palabra, el género que 
le convenía. Pudieran citarse ejemplos análogos, como 
el de Jovellanos que sería tenido por menos poeta sin 
sus dos sátiras, de Moratín, cuyo incomparable lauro 
lírico es su despedida á las musas ^ y el de un escritor 
contemporáneo que ha compuesto muchas cosas buenas, 
pero pocas excelentes como cierta epístola elegiaca. Mas 
en el autor de Las prisiones , se efectúa este hecho de 
una manera especial; pintándose el autor á sí mismo^ 
desenvolviendo los tesoros de su interior puesto en 
lucha con las circunstancias que le rodean, comuni- 
cando á los demás hombres y á los objetos exteriores la 
pura luz de su amor y su mansedumbre, se halló en su 
mejor elemento y dio su ingenio los mejores frutes de 
que era capaz. Todo interesa en el libro de Las prisio- 
nes, hasta los pormenores más comunes, hasta las vaci- 
laciones del alma del que es á la vez héroe y autor de 
la composición. Porque Silvio en realidad es más bien 
una figura poética, pura y noblemente poética, que un 
poeta. Así \ cuánta ha sido la eficacia de este hermoso y 
sencillo libro! — ¡cuántas llagas ha embalsamado! ¡cuán- 
tos gérmenes de bien ha difundido! ¿Deberemos creer 
que esta narración que pone á nuestros ojos los poco 
variados objetos de que se compone, es absolutamente 
histórica, según induce á creerlo la impresión que de su 
lectura resulta? ó más bien, según hacen sospechar los 
intempestivos comentarios de Maroncelli ó las vivas 
quejas de la Zanze encomendadas al malhadado escrito 
postumo de Chateaubriand, ¿será una brillante composi- 
ción de la fantasía inspirada por la ocasión de un hecho 
real? Repugna creer lo último, si bien es verdad que 
Pellico no conservaba un dietario escrito de cuanto le 
aconteciera durante el largo y penoso curso de siete 
años y de que á las veces debió estar atento á reproducir 
la impresión general de los hechos con preferencia á la 
realidad de minuciosos incidentes. — No queremos ha- 
blar de los Deberes del hombre^ opúsculo excelente ínti- 



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OBRAS DE SILVIO PELLICO. 211 

mámente enlazado con Las prisiones, pero sobrado gra- 
ve para examinado con ligereza. 

Según confiesa en ios citados capítulos adicionales, se 
dedicó Pellico al arte trágico llevado del intento de 
rivalizar con Alfíeri. Muchas son en efecto sus compo- 
siciones dramáticas, y ninguna de ellas creemos que se 
pueda calificar de absolutamente mediana ó indigna de 
su autor, al mismo tiempo que ninguna admira ni 
asombra por extraordinarias bellezas. Sobresale espe- 
cialmente por la pintura de pasiones particulares, cuya 
marcha lógica, si así puede decirse, cuya expresión 
fogosa, y cuyas relaciones con una situación y una 
acción sencilla constituyen el fondo de la composición 
trágica, de suerte que no tan sólo por las formas exterio- 
res, sino por la esencia del género se acerca al teatro de 
Racine y al de Alfieri que era más francés de lo que 
creía. Obsérvense tales cualidades en su Herodiada que 
es á nuestro ver una de las mejores y digna de apelli- 
darse su Atalta, y en la cual desplegó mayor osadía poé- 
tica que la que acostumbraba. 

Cuéntase también Pellico entre los más aventajados 
poetas líricos italianos aunque muy inferior á Manzoni 
que lo es de veras; y aquí de nuevo se debe observar 
que si no admira y subyuga como poeta, interesa y 
enamora como hombre. De todo punto apartado de la 
marcha ditirámbica de la oda antigua que en breve 
tiempo recorría espacios inmensos, parece que se com- 
place en fijar en la obra poética no sólo los más fugiti- 
vos matices de su sentimiento, sus pensamientos menos 
levantados; de esta suerte conviértese la poesía lírica en 
una especie de libro de memorias, sin que esto sea negar 
que se lean entre los cantos del lírico italiano estancias 
muy sentidas y muy bien pensadas (i). 



(i) Como por ejemplo en la octava á las Pasiones lae estancias 
que siguen á estos versos : 

«Che vana cosa é questo mondo» sclamo, 
£ separarmen voglio ed ancor Tamo. 



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212 OBRAS DE SILVIO PBLLtCO. 

Dedicóse también Pellico con mucho ahinco á la com- 
posición de cánticas ó relatos poéticos que se han dado 
como invención suya, pero que en el fondo vienen á ser 
la antigua narración caballeresca tantas veces olvidada y 
siempre renaciente. Parece que las componía con la ma- 
yor facilidad, y no es de extrañar en poeta tan ejercitado, 
en una lengua como la italiana, y en versos sueltos. Di- 
fícil parece explicar cómo con tantas ventajas y con tan 
buenas prendas tampoco se halle en, las cánticas el sello 
de la superioridad. Debe de ser efecto de que el poeta ha 
pensado más que ha imaginado, y de que sin carecer de 
propensiones poéticas (las cuales por el contrario se 
hallan en cada palabra que sale de sus labios ó de su 
pluma) le falta el don de crear emblemas típicos y vi- 
vientes. La mejor base para engrandecer el tamaño de 
sus figuras, debe buscarla el poeta en la nobleza moral 
que les atribuye, y como es de creer, no flaquea en ma- 
nera alguna esta base en las creaciones de Pellico; pero 
al propio tiempo es bien conocida la dificultad de repre- 
sentar caracteres moralmente perfectos en la poesía. En 
ellos exige este arte un esplendor que deslumbre y 
avasalle, y más bien que los rasgos de una perfección 
concebible y comedida, las apariencias de un ángel ra- 
diante y victorioso. De tal manera han de estar pre- 
sentados estos caracteres, que de ellos pueda decirse lo 
que en otro sentido dijo el gran poeta: 

E par che sia una cosa venuta 

De cielo in térra á miracol mostrare. 

No creemos que Silvio pintase en sus ficciones un 
personaje comparable con el que debió tomar de la 
realidad al presentar en Sus prisiones á Oroboni, nobi- 
lísima figura que se entrevé un momento en dicha obra 
por entre las rejas de una cárcel; acaso Silvio como poe- 
ta estaba en sus Cánticas demasiado atento á explicar, á 
poner límites, á enseñar. Por otra parte, como en sus 
restantes páginas poéticas, se notan ciertas maneras de 
convención, ciertos resabios de escuela, unidos es ver- 



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OBRAS DE SILVIO PELLICO. 2l3 

dad á un gusto exquisito, pero que no dejarían de 
ofuscar un tanto el carácter artístico de. obras aun más 
vigorosas y originales. Sea dicho todo esto sin mengua 
del sumo aprecio que merecen estas composiciones, las 
cuales para gusto y provecho general, desearíamos ver 
traducidas en prosa correcta y elegante (i) ó en versos 
más esmerados que los siguientes, que ponemos para 
muestra y que vierten con más ó menos exactitud la 
introducción á la primera de las cánticas : 

Cantos patrios, añejas narraciones 
Que en mis felices infantiles años 
Aprendí en la nativa lengua alpestre 
(Inculta sí, mas de guerreros bríos 

Y de tristes afectos impregnada 

Y dulce al alma); visitad de nuevo 
Mi fantasía, y con recuerdos gratos 
Arrancadme al dolor y á las cadenas 
Con que expío proyectos temerarios. 
Tornen á mí los goces infantiles 

Y de Saluzzo las natales auras 

O las fragantes cumbres, do entre ñores 
Sus limpias aguas Pinerolo ostenta, 

los bellos collados Eridinos 
Donde á la tarde el Turinés escucha 
De la balada compasados ecos 

Que aventuras de amor y de héroes cuenta, 

1 Oh poética tierra, que embellecen 
Altas caballerescas remembranzas 

Ya alegres, tristes ya, siempre eficaces! 
Tü das la primer onda y dan tus llanos 
Primer lecho al monarca de los ríos 
Que se acrecienta en medio de tus valles 
Como en verjel de flores. De estas flores 
Mientras me embriaga el aura placentera 
Veo en redor, — do quiera alce los ojos — 
Altivos reposar en las alturas 
Negros castillos; párase á tal vista, 
Mas no, no cesa, mas de temple cambia 



(1) Lo fueron más tarde por D. José M.<^ Quadrado y D. Tomás 
eailó. 



Agalló 



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214 OBRAS DE SILVIO PELLICO. 

La fruición que el ánima agitaba, 
Que es más severa ya, no menos dulce. 
La nauta entonces pastoril dejando 
Quiero pulsar del trovador el arpa. 

El poeta supone que las Cánticas son obra de un tro- 
vador antiguo, pero es de tal modo transparente su ñc- 
ción que temió al parecer llevarla demasiado adelante. 



Diario de Barcelona, 1854. 



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OZANAM. 



En medio de varios críticos medianos ó paradojales 
que compone la mayoría de la última generación litera- 
ria de nuestros vecinos, se hallan algunos que sostienen 
dignamente las tradiciones de las mejores páginas de 
Chateaubriand y de Villemain. En ellos es verdad no se 
nota la novedad de miras, ni la frescura y viveza del 
descubrimiento que distinguen á los escritores origina- 
les en este como en los demás géneros, pero se ve bien 
que puestos en posesión de vastas riquezas y délos opi- 
mos frutos de los trabajos anteriores, sin grande esfuer- 
zo, pero con exquisito tacto, explanan ideas completas 
y juiciosas al propio tiempo que ingeniosas y brillantes. 
Entre estos críticos descuella Ampére, espíritu excesiva- 
mente curioso, según él propio se llama, tan deseoso de 
espaciarse por distintas regiones literarias como de re- 
correr materialmente en sus viajes países distintos, y 
que si mal no recordamos dijo de alguno de sus opús- 
culos que podía intitularse Literatura en viaje. Otro 
escritor joven que recientemente ha perdido la Francia 
y toda la Europa literaria, enlazado por íntima amistad 
y en gran parte por comunidad de estudios con Ampére 
es Ozanam, autor de considerables trabajos sobre los 
Germanos, sobre Dante, sobre los poetas Franciscanos 
antecesores de éste, y de otros trabajos ya completos ó 
bien comenzados que se proponía reunir con el título 
de Historia de la civilización en los tiempos bárbaros. 
El fondo de las variadas obras de Ozanam se cifra en 
explicar en todas épocas y bajo todos sus aspectos, pero 
especialmente bajo el de la cultura y de las letras, la 
influencia del catolicismo, y esta en suma es la unidad 



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ai6 OZANAM. 

real de sus trabajos. Mas llega á este fín por los caminos 
más diversos, y á él dedica las múltiples facultades de un 
espíritu que con prendas muy reales y propias de toda 
época no carecía de los distintivos de nuestro tiempo, 
de la afición á los viajes, del ansioso afán de erudición 
y aun de la confianza en ciertas innovaciones, encerra- 
das, es verdad, dentro de límites que acaso, según hacen 
los más en nuestros días, hubiera estrechado ó extendi- 
do según la variable impresión de los acontecimientos 
contemporáneos. Por la indicación de la materia sobre 
que solían versar los escritos de Ozanam se puede 
echar de ver que era medievista y si no partidario, acé- 
rrimo escudriñador de los tiempos bajos, punto general 
de estudio de muy buenos ingenios de nuestra época 
que si bien cada uno de ellos lleva á un común territo- 
rio sus propias ideas, no dejan de tener entre sí cierta 
hermandad producida por la frecuentación de un mis- 
mo lugar. Calificamos ya á Ozanam de erudito, y esta 
condición tan difícil de alcanzar cuando no es aparente,. 
y de tanto precio cuando en ella se busca sólo un ins- 
trumento que se maneja con mano hábil y suelta, la 
alcanzó dicho autor en alto grado, como es común en 
otros países y como podría sonrojar á los que en el 
nuestro se dedican á faenas análogas, si no obrase en 
favor de los últimos la circunstancia atenuante de la 
falta de medios de instrucción que hace poco se notaba 
entre nosotros, y si no hubiese además otras prendas 
que, aun desprovistas del realce de la erudición, pueden 
valer por sí mismas. 

Con la antorcha de una creencia viva y pura, con la 
suma de conocimientos desde largo tiempo acaudalados 
y cada día acrecentados por medio de infatigables estu- 
dios, con ánimo dispuesto á distinguir y apreciar todo 
lo grande y bello, intérnase Ozanam por los más obscu- 
ros tiempos y por las más ásperas cuestiones históricas 
que recorre con paso seguro y bizarro, saliendo de las 
malezas en que otros se perderían, con verdes ramos en 
la mano y coronado de flores. Complácese particular- 



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02ANAM. 217 

mente en reconocer y señalar los medio borrados rastros 
de lo que acertadamente llama la tradición literaria, y 
después de haberla sorprendido en las escuelas de Italia 
y antes de estudiarla entre los monjes irlandeses, no se 
desdeña de ñjar la atención en lo que pudo tener de 
meritorio la escuela del falso Virgilio de Tolosa, inven- 
tor de las siete latinidades ó sea del gongorismo de la 
Edad media. Siente á veces una natural perplejidad, con 
respecto á la estima que debe conceder á ciertos órde* 
nes de hechos y costumbres que en algunas épocas his- 
tóricas van á desaparecer con la avenida de una mejor 
cultura, perplejidad que de una manera más real y do- 
lorosa debieron sentir en cienos momentos históricos 
los amadores de lo pasado. Afortunadamente se contaba 
Ozanam entre aquellas felices naturalezas en las cuales 
cabe admiración y entusiasmo para cuanto lo merece: 
así es que como jurisconsulto, estudia y ensalza eficaz- 
mente el don de legislar que distinguía á los romanos y 
cuyos frutos debían dejar por herencia á la Europa mo- 
derna, y como profundo septentrionalista, si bien le 
repugna lo sangriento ó lo grosero de la poesía nórdica 
de la cual traduce con suma maestría, según juicio de 
los entendidos, considerables y poco conocidos frag- 
mentos, siente con viveza lo más puro y lo más noble 
que ostenta la misma poesía. 

Difieren en gran manera, como es de suponer, los 
asuntos de que con más espacio trata Ozanam de los 
habituales á otros escritores modernos, y sus doctrinas, 
aun en lo que atañe á puntos de teoría literaria, disien- 
ten á veces de las más en boga entre los contemporáneos. 
Así por ejemplo, puesto sobre aviso por los abusos de la 
fórmula á veces mal entendida de el arte por el arte^ 
sienta que en la poesía no sólo se debe buscar la armo- 
nía de las palabras entre sí, de las ideas entre sí y de las 
palabras con las ideas, sino el acuerdo de las últimas con 
lo que es, ó sea la verdad, y con lo que debe ser, es 
decir, lo bueno: brillante decisión pero que no resuelve 
un problema más veces entablado que discutido. Busca 



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2l8 OZANAM. 

el reciente autor francés los presentimientos del mundo 
invisible no sólo en las concepciones de Dante sino á 
través de los monumentos de todas las edades; ya en 
una de sus primeras tesis investigó el origen, De fre^ 
quenti apud veteres heroas in in/eros descensu, y el 
mismo presentimiento demanda á todas las tradiciones 
de la antigüedad en las que, dice, no se ha de buscar 
simplemente una explicación metafísica, astronómica, 
física ó histórica, sin que por esto niegue la parte que 
compete á cada uno de estos principios. Examina tam- 
bién las leyendas poético-piadosas de la Edad media en 
las cuales cuando no una verdad histórica encuentra 
altas verdades morales que se reducen al triunfo de la 
oración sobre la naturaleza. 

¡ Existencia singularmente llena y completa, si bien 
cortada á los nueve lustros! Aun en su último período, 
mostró Ozanam la misma doble dirección, el mismo 
anhelo del bien y de la belleza. Su enfermedad que le 
obligó á visitar unos baños de los Pirineos, le sugirió el 
proyecto de fundar en ellos una casa hospitalaria para 
los pobres, pero no fué parte á que dejase de hacer una 
excursión á Burgos para reconocer las huellas históricas 
del Cid, sobre el cual ha dejado un escrito postumo. De 
modo que buscó en la vida las realidades que la muerte 
no ha podido arrancarle, si bien entre las sombras de la 
tierra, se prendó especialmente de una; espejo embelle- 
cido de las demás sombras; acogida por los hombres 
ora con desdén, ora con entusiasmo ; que el gran pensa- 
dor de la antigüedad miró ya como destello celestial, ya 
como objeto inferior á las más humildes tareas mecáni- 
cas; el Arte en fin, que es la más noble y más brillante 
de las sombras. 

Diario de Barcelona^ 1854. 



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DE LA POESÍA CONTEMPORÁNEA. 



¿Cuándo, pues, oh poetas, os cansaréis de can- 
tar? ¿cuándo terminaréis el eterno y añejo cán- 
tico? — ¿Acaso no se ha vaciado mucho tiempo 
ha el cuerno de la abundancia? ¿acaso no han 
sido cogidas todas las flores y no están agotados 
todos los manantiales? 

Anastasio Grün, 



Singular si no de todo punto inexplicable fué el vivaz 
y fecundo renacimiento poético que abrazó las últimas 
décadas del siglo pasado y las primeras del que recorre- 
mos, período por consiguiente que linda por una parte 
con las ideas enciclopédicas y por otra con las del lla- 
mado socialismo, lo que vale tanto como decir, con las 
dos concepciones en mayor grado antipoéticas que jamás 
existieron. A impulso de estas últimas ideas ó de otras 
de lejos ó de cerca con ellas emparentadas, de la pujante 
invasión del positivismo, de la preponderancia de la 
critica en el terreno literario y aun de las pretensiones 
extremadas y de los frecuentísimos extravíos de la mis- 
ma poesía, ha visto ésta últimamente amortiguado todo 
su esplendor y su influencia hasta el punto de que en 
opinión de muchos pase por completamente extinguida. 
Encaso de que sea real ¿será definitiva tal extinción? 
¿no fué acaso aquel renacimiento sino una momentánea 
y postrer mirada de despedida que lanzó el género hu- 
mano á sus pasadas ilusiones? Aunque así parezca, 
aunque por algún espacio tenga lugar semejante estado 
de cosas, increíble es que no le suceda otro diverso. 



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220 DE LA POESÍA CONTEMPORÁNEA. 

Como al hastío, transcurrido el correspondiente interva- 
lo y mediante el curso periódico de nuestras funciones 
vitales, sigue ordinariamente el apetito, así las faculta- 
des constitutivas de nuestra naturaleza, si bien oprimi- 
das por causas ajenas, si bien desvirtuadas por el propio 
abuso, recobran á su tiempo su natural ejercicio y su 
legítima influencia, y renace la actividad que les corres- 
ponde. Si un individuo puede despedirse para siempre 
de las regiones de la fantasía, ya porque resida realmen- 
te, ó crea residir en superior esfera, ya porque haya 
perdido las alas que le elevaran á aquellas regiones, no 
hay que pensar que acaezca lo propio con las genera- 
ciones que se suceden y continuamente se renuevan. Si 
la senda que ahora transcurrimos es honda y obscura y 
no acertamos á divisar más que las desnudas paredes 
que la limitan, se nos ofrecerán más adelante puntos 
más culminantes y despejados, desde los cuales descu- 
briremos el/ dilatado horizonte y las ricas perspectivas 
que antes halagaron nuestras miradas. 

Todo esto en la hipótesis menos ventajosa, que no 
admitiremos como verdadera, por muy apartados que 
nos hallemos del movimiento poético contemporáneo, 
y por más que prefiramos tener la vista fija en lo pasa- 
do, tal vez porque hemos llegado al término en que el 
hombre se convierte en laudator temporis acti^ ó más 
bien porque abrigamos la convicción de que si pareciese 
un nuevo coloso, habríamos de oir el rumor de sus pa- 
sos. No los hemos oído en verdad, mas sí los ecos des- 
iguales de un ruido que nos avisa de que no en todas 
partes ha cesado la agitación y la vida. 

No consentiremos en llamar poesía lo que muy á me- 
nudo ocupa su lugar y que con distintas apariencias se 
reduce en suma á la habilidad de ejecución: habilidad 
que á muchos seduce todavía á pesar de que por lo vul- 
garizada muestra no ser de adquisición muy difícil. El 
arte de escribir con facilidad y brillo, el de describir 
regularmente, el de contar y aun excitar vivamente la 
curiosidad, el arte de mover (prescindiendo de cuáles 



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DE LA POESÍA CONTEMPORÁNEA. 221 

sentimientos se mueven), el de pintar y analizar carac» 
teres ó mejor una cosa parecida, el de combinar si no 
inventar situaciones, todo ello realzado con las dotes de 
la facilidad é improvisación y avivado por incentivos 
inferiores, explican la boga sin igual que han adquirido 
muchos nombres que, si no han heredado todos los 
prestigios del genio y de la verdadera fama literaria, han 
logrado en trueque ventajas materiales y gananciosas. 

Mas mirado de cerca y con ojos despreocupados, se 
desvanece en gran parte el encanto y se nota que la 
verdadera vida y el porvenir de las letras no se han de 
buscar entre el tumulto de los nuevos é innumerables 
productos de una falsa poesía. Si ella sola existiese, di- 
ríamos que en efecto vivimos en una época de decrepi- 
tud, en que algunas cualidades de segundo orden y el 
aseo exterior suplen la falta de robustez y de bríos ju«- 
veniles. De muy buen grado dejamos, pues, sin defensa 
en manos de los enemigos de las letras la novela íntima 
que, si no se engalana ahora con este nombre poco acre- 
ditado, subsiste en su esencia en obras muy modernas 
que ahora como antes versan sobre la pintura compla- 
ciente y detenida de fenómenos feamente excepcionales 
del alma humana ; el estudio crudo y grosero de lo que 
se llama realidad y cuyos modelos se buscan en los ba* 
degones y bohemias ó en las casas de locos ó de correc- 
ción; la novela pseudo-histórica que arrebata á los 
héroes el pedestal que les levantó la veneración de los 
contemporáneos y la aureola con que les armó la ima- 
ginación de la posteridad; la supuesta enseñanza huma- 
nitaria de narraciones en las que los nuevos Orfeos que 
con sus discordes acentos pretenden levantar los muros 
de la ciudad futura, se apartan en rigor no menos que 
de la razón, del verdadero espíritu de las buenas letras. 

Sin que se busque el género más excelente en narra- 
ciones ficticias más nobles pero concebidas bajo puntos 
de vista particulares de utilidad, ó de una idea más ó 
menos respetable que se trata de propagar, tampoco se 
han de confundir las últimas con las obras anterior- 



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222 DE LA POESÍA CONTEMPORÁNEA. 

mente indicadas, puesto que nos transportan á un te- 
rreno más próximo al de la buena literatura. En este 
terreno y en el que acabamos de considerar como inme- 
diato, muéstrase afanada y productiva la vieja Inglate- 
rra (y con ella la nueva), nación de hombres briosos y 
no avezados á desalentarse, que no confunden el talento 
práctico con el materialismo, y de la cual se ha dicho: 

Tanto in questa feconda isola e spirto 
Di gagliardia e di liberta e di senno 
Che di discordie scellerate ad onta 
E di leggi tíraniche e d'eccidii, 
Rialzera forse tra breve, io spero, 
L*alterissima testa etc. (i) 

Así de escritores ingleses de nuestra época hemos 
vista fragmentos por los cuales pueden adivinarse miras 
elevadas y el intento de hallar en las profundidades 
psicológicas y en las magnificencias de la naturaleza 
una poesía independiente de la tradición histórica. Un 
escritor angloamericano ha procurado unir una doctri- 
na severa con los caprichos fantásticos de HoflFmann. 
También en Inglaterra donde principalmente tuvieron 
origen, así como en Francia donde han ocasionado tan- 
tos abusos, están válidas las descripciones de costum- 
bres modernas, que, sea cual fuere el juicio que de ellas 
se forme como género de literatura, no pueden proscri- 
birse, so pena de empobrecer el dominio de la misma 
por un excesivo deseo de ennoblecerla y realzarla. Aun 
en la modesta clase de cuentos [nouvelles) cabe citar 
nombres ilustres como el del austero De Maistre, el del 
ginebrino Tópfer, honrado con el sufragio del anterior, 
y el del juicioso crítico y amable narrador Pontmartin. 



(1) Silvio Pellico, Tommaso Moro, 



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123 DE LA POESÍA CONTEMPORÁNEA. 



II. 



Mientras el carro del sol recorra su azulada senda 
y alcancen á mirarlo ojos humanos; — mientras el cie- 
lo cobije las tempestades y los relámpagos y haya un 
alma que tiemble ante su furor;— mientras brille el iris 
después de la tormenta y arda amorosamente un pecho 
por la paz y la reconciliación ; — mientras siembre la no- 
che en el éter su miel de estrellas y comprendan los 
hombres lo que significan estos caracteres de oro; — 
mientras resplandezca la luna y el corazón sienta y es- 
pere;— mientras murmure el bosque y refresque con 
su sombra al fatigado viajero; — mientras reverdezca la 
primavera y florezcan las rosas; — mientras los ojos se 
sonrían y brillec de placer;— mientras sean tristes y som- 
bríos los sepulcros y los cipreses que los adornan; — 
mientras los ojos tengan lágrimas y penetre el dolor en el 
pecho;— permanecerá en la tierra la poesía y en su com- 
pañía caminará alegre el que ella iniciare. 

Anastasio Grün, 



La representacióa de los tiempos heroicos modernos 
preparada por las investigaciones de algunos eruditos y 
acogida con un entusiasmo realzado por el alicientc.de 
la novedad, que se propusieron los poetas del período 
anterior al nuestro, es lo que aparece de más brillo en 
las variadas direcciones que produjo el renacimiento en 
otro artículo mencionado. Antes y sobre todo después 
se ha estudiado la Edad media; entonces se quería can- 
tarla. Una epopeya completa y formal que reuniese la 
ingenuidad de los ensayos de la poesía primitiva y po- 
pular con la perfección de gusto propio de las épocas 
posteriores; una concepción noble y poética acompaña- 
da de la pintura viva é inmediata de las costumbres his- 
tóricas modernas; una poesía heroica que con ser más 
seria ó más original reuniese las diferentes dotes del 
Tasso, Ariosto y Camoens, tal era el ideal que entonces 
se buscaba y que inspiró las varias brillantes tentativas 
que ilustraron aquella época. Actualmente se lleva de- 



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224 i>E ^^ poesía contemporánea. 

masiada prisa, hay poca fe en el resultado para propo* 
nerse tamaña tarea ó para imaginarla siquiera. 

Acaso las dificultades que consigo llevaba la empresa 
dio margen al nacimiento de un género mixto y de 
alientos menos subidos, cual fué la novela histórica, más 
propia por cierto y más natural de los tiempos en que 
vivimos y á la cual se inclinaban también las primeras 
obras determinadas por la dirección que nos ocupa, es 
decir, las dos composiciones romancescas que no tarda- 
rán mucho en contar ya un siglo, de Horacio Walpole 
y de Goethe. — De cuan respetable manantial dimana la 
añción á la pintura de rancias costumbres locales y de 
tipos de los varios estados y profesiones en las diferentes 
naciones y provincias, no hay que advertirlo; mas al 
parecer se la ha querido exprimir demasiado, convir- 
tiéndola en un capricho de curioso ó de viajero, y olvi- 
dando que las particularidades locales han de ofrecer en 
sí mismas algo especial é interesante y que se requieren 
dotes no comunes para reproducirlas debidamente. Ex- 
cepciones habrá sin duda que reúnan entrambas condi* 
clones y por de pronto podemos señalar, aunque más 
bien informados por buenos testigos que por propio 
examen, á Brizeux y á Pitre Chevalíer, poéticos analis- 
tas de la Bretaña francesa donde impera todavía la tra- 
dición y donde ofrece respetables distintivos la conser- 
vación de lo antiguo. 

De la poesía épica anteriormente ensayada ha seguido 
cultivándose el género, no más ligero y fácil, sino el 
más sucinto y que en razón de su misma brevedad no 
necesita de bríos más prolongados que una composición 
lírica cualquiera: tal es la balada, de que han dado nue- 
vas muestras no sólo Uhland, último eslabón de la 
áurea cadena que comienza con Klopstock y termina 
con los cantores de la guerra de la independencia ger- 
mánica, y el cual después de haber alcanzado claro re- 
nombre en dicho género, se despidió de las letras para 
darse por entero á la defensa del antiguo derecho; sino 
también otros poetas alemanes de la escuela filosófica y 



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DB LA POESÍA CONTEMPORÁNEA. 225 

política moderna que por una feliz inconsecuencia han 
cantado á menudo los recuerdos de la patria, si bien es 
verdad que entre el candor y las gracias infantiles pro« 
pias del género que cultivaban, han hecho oir á veces 
un amargo acento de congoja y de muerte. Contra este 
oculto veneno ha nacido allí mismo la triaca^ pues uña 
reciente pléyade juvenil se ha propuesto alzar no menos 
que una catedral invisible por medio de sus cantos com- 
parables á las frescas brisas matinales que suceden á los 
alaridos de noche tempestuosa. El joven caudillo de esta 
novísima escuela se ha apresurado á sujetarse, según se 
cuenta^ á la enseñanza de uno de los depositarios de las 
buenas tradiciones, en la artística ciudad de Munich, 
donde parece haberse refugiado el culto de lo bello, y 
donde conservan todavía vida y perfumes las flores sim- 
bólicas de la Edad media. 

No es justo olvidar á España donde por lo mismo que 
se recibió más tarde el impulso, continúa todavía más 
viva la oscilación ; mas del punto de vista general que 
nos hemos propuesto no es de esperar que demos por- 
menores circunstanciados, ni acerca de nuestra poesía 
lírica que entre sus miríadas de composiciones ha pro- 
ducido algunas que la posteridad tendrá trabajo en esco- 
ger, pero que apreciará una vez escogidas, ni acerca del 
teatro, para cuya regeneración se han hecho esfuerzos 
laudables, pero sobrado diversos y apartados, ni acerca 
de la novela histórica y de costumbres á las que se em- 
pieza á conceder la atención que antes se reservaba úni- 
camente para el género dramático. Un espectáculo ya 
no muy frecuente nos ofrece nuestra literatura contem- 
poránea, cual es el de un poeta, tenido y acatado por 
tal, que otros no se desdeñan de imitar y que tiene fuer- 
zas bastantes para satisfacer durante largos años el gene- 
ral entusiasmo. Con lo que acabamos de decir creemos 
haberle tributado el debido homenaje, por más que no 
nos consolemos con lo que este ingenio ha sido, de lo 
que hubiera podido ser y (¿quién sabe?) de lo que 
tal vez será con el tiempo. 

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226 DE LA POESÍA CONTEMPORÁNEA. 

En España á lo menos .vemos todavía que la mayor 
parte de jóvenes corre tras de los placeres de la imagi* 
nación, y se harta de versos y de lectura poética, mas 
que con algunos años de desahogo cesa enteramente el 
afán, convirtiéndose en desdén é indiferencia. No de- 
biera ser así, antes bien, sino con el mismo hervor, con 
razonable aprecio debieran recordarse en la edad madura 
las obras que despertaron por primera vez nuestras fa- 
cultades más brillantes. Es verdad que esto depende de 
las obras y de los autores. Si una libertad excesiva, si 
tendencias subjetivas exageradas, si la loca prodigalidad 
han desacreditado las bellas letras, cúidese de realzarlas 
por medio de la gravedad de miras, del esmero en la 
ejecución y de una voluntaria econpmía. En las relacio- 
nes necesarias entre lo ideal y el poeta se ha acostum- 
brado rebajarlo primero al nivel del segundo; dé ahí 
el mal en gran parte. Si se quiere dar con el remedio, 
procúrese por el contrario que el poeta se encumbre 
hacia el verdadero ideal. 

Diario Je Barcelona^ 1S54. 



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BELLAS ARTES, 



I. 

En gracia de la intención y del interés de la materia 
permítasenos salir de nuestro terreno habitual y zurcir, 
á guisa de conversación ó de revista, algunas observa- 
ciones un tanto inconexas, si bien todas relativas al tí- 
tulo que acabamos de escribir. 

Entre motivos muy válidos á favor del derribo de las 
murallas de Barcelona , una persona tan respetable 
como Cándida aducía la necesidad de evitar las palabras 
indecorosas que pronuncian los carromateros y demás 
turba apiñada junto alas puertas de la ciudad cuando 
éstas se bailan cerradas ó tienen obstruido el paso. Por 
nuestra parte añadiremos otra razón que acaso no pa- 
rezca de mayor cuenta que la anterior, pero que á nues- 
tros ojos no carece de fuerza. Tal es la fatal influencia 
que las murallas han tenido, y la benéfica que produci- 
ría su derribo en que no viniesen al suelo los pocos 
monumentos ó restos históricos que todavía subsisten, 
y que comprendieron ya los antiguos recintos ó han 
llegado á absorber los sucesivos ensanches. Aunque sea 
una verdad por muchos admitida, y haya ella tenido en 
nuestra capital un defensor entendido y elocuente cual 
ninguno, bueno es decir y repetir que una ciudad es 
fea, ó que por lo menos no presenta el halago propio de 
una ciudad verdadera, de una ciudad completa, si no 
conserva vestigios de sus anteriores destinos históricos. 
Aun suponiendo, y es mucho suponer, que todo lo que 
se substituye fuese bello, aun cuando sucediese, lo que 



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228 BELLAS ARTES. 

la mayor parte de veces no sucede, que lo que se derriba 
careciese de especial mérito artístico, nada hay que su* 
pía el singular prestigio de las paredes seculares. Para 
admitir esto no es necesario ser inteligente ni apasiona- 
do^ basta poseer el menor grado de sentimiento histórico 
y poético. Afortunadamente esta verdad ha sido com- 
prendida por los últimos gobiernos que se han sucedido; 
si bien siís buenos deseos, en esta parte, no han siempre 
surtido todos los efectos que pudieran. De una autori- 
dad provincial sabemos con satisfacción que ha pedido 
á cierta corporación literaria, nota de todos los monu- 
mentos de dominio público, que ya por su belleza, ya 
por su valor histórico merecen conservarse, lo que equi- 
vale á asegurar su mantenimiento para lo sucesivo. 
Mas, ¿por qué no deben extenderse á toda la provincia 
estas laudables precauciones? Decimoslo porque á pocas 
leguas de nosotros existe un interesantísimo templo de 
la transición bizantino-gótica, cuya suerte nunca acaba 
de asustar á los aficionados á bellas artes, pues si se le 
da un destino particular se teme por su integridad, y si 
se le deja sin servicio, provoca de nuevo esta circunstan- 
cia las ávidas miradas de los que desean su derribo (i). 
Volviendo al primer propósito, si al fin se lograsen 
los justísimos deseos de que Barcelona pudiese espaciar- 
se holgadamente, cesarían á lo menos en parte las fre- 
cuentes y muy concebibles tentaciones que á muchos 
propietarios se ofrecen para efectuar nuevos derribos y 
levantar nuevas islas cuadradas y monótonas. Respeta- 
mos sumamente, como es debido, los intereses privados, 
pero no creemos que el respeto deba impedir la expre- 
sión de un temor ni un natural lamento. Se habla del 
derribo de una parte del Regomir cuyo sombrío y vene- 
rable aspecto tanto cuadra con una tradición más ó me- 
nos fundada, pero generalmente válida entre los barce- 
loneses, acerca del origen del nombre de esta calle. El 



(1) Alude á la Capilla de los Hospitalarios de Villaf ranea del 
Panadés. (Nota de esta edición,) 



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BELLAS ARTES. 229 

variado y pintoresco conjunto de edificios que forman 
el Palau, compendio de todos los recuerdos de la histo- 
ria de Barcelona, pues los excita relativos á los roma- 
nos, á los sarracenos, á los templarios, á los príncipes 
aragoneses, 7 aun á los tiempos posteriores, grandioso 
resto y viva expresión de nuestro primitivo recinto, se 
ha dicho pero felizmente empieza á desmentirse, que 
debía ceder su solar á tres ó cuatro calles modernas. 
Poco consuelo hubiera sido la asignación de nombres 
gloriosos para estas últimas: parodia histórica, historia 
de quita jr porij fundada en la tradición de épocas en 
que se habló mucho, por ejemplo, de nuestros concelle- 
res, pero en que peligraron en gran manera los mo- 
numentos de su munificencia. Hablase también de la 
desaparición del lindísimo y galano palacio de los Gra- 
llas, que por lo completo parece trasladarnos de lleno á 
los tiempos en que fué edificado : gran daño para el or- 
nato de Barcelona, publicce venustatiy para usar de las 
palabras del axioma arquitectónico esculpido en la base 
de una de sus columnas (i). 

Para nosotros, como también para otros muchos, es 
sensible, y mutila la fisonomía de una calle, el derribo 
de un simple ajimez y aun de una simple ventana de las 
que pertenecen al gótico de la decadencia ; mas no hay 
que advertir que conocemos perfectamente cuan natura- 
les son estas pérdidas secundarias y sabemos que no hay 
que pensar que se vea el término de ellas. Lo que espe- 
ramos sí, y con derecho, es que en tiempo poco lejano 
llegue á formar parte de la opinión general el respeto á 
los antiguos monumentos públicos y que la autoridad 
hallará apoyo y no obstáculos cuando trate de conser- 
varlos ó restaurarlos. Ya que tanto imitamos á nuestros 
vecinos, no hay razón para que no lleguemos un día ú 
otro á imitarles en esta materia. El respeto, la afición 
que tratamos de inculcar no es allí un hecho aislado. 



(i) Desgraciadamente el palacio ha desaparecido. [Nota de esta 
edícián.) 



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23o BELLAS ARTES. 

una predilección individual, sino una hermandad entre 
muchos y, sin exageración puede decirse, una institu- 
ción. Desde que el normando Caumont visitó las dife- 
rentes provincias de aquel reino, no sólo para estudiar 
y describir los monumentos, sino también, según se ha 
dicho, para descubrir los hombres á quienes podía co- 
municar una parte de su entusiasmo; desde que Víctor 
Hugo declaró la guerra á los demoledores, á los cuales 
atacó con su expresión siempre punzante y eficaz, aun- 
que á veces enfática y mal empleada; desde que el noble 
y puro Montalembert se asoció en esta parte al anterior 
para la persecución de la banda negra, de los nuevos 
vándalos derribadores^ restauradores y rascadores; 
desde que Merimée y Vitet, comisionados por el gobier- 
no de Guizot, tendieron una mano protectora á la ar- 
queología que enriquecieron al propio tiempo con sus 
estudios, empezó á propagarse el ardor, á estudiarse no 
sólo por los aficionados, sino por los discípulos de las 
academias, el arte de la Edad media y comenzó una era 
general de conservación respetuosa y de restauracióa 
inteligente. La erección de nuevos templos, de estilo 
casi siempre bizantino ó gótico, es allí una verdadera 
fiesta en que á los intereses de la religión se asocia 
secundariamente, pero con suma viveza, el entusiasmo 
inspirado por las Bellas Artes. No contentos con todos 
estos logros, los arqueólogos del vecino reino que per- 
tenecen en general á las clases más respetables del Es- 
tado, celebran á menudo congresos, únicamente des- 
tinados á acrecentar el esplendor de los estudios que 
profesan y que por una elección tan natural como sig- 
nificativa suelen tener lugar en ciudades célebres en la 
historia y ricas en vestigios de los tiempos pasados. En 
el último congreso arqueológico que tuvo lugar el i3 
de Junio pasado en Troyes alzó la voz el ya nombra- 
do Montalembert, tan constante en sus convicciones y 
que entre las grandes causas que defiende no cuenta 
como insignificante la del renacimiento de las buenas 
tradiciones artísticas á que en su país tanto ha contri- 



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BELLAS ARTBS. 23 1 

buido. Es de ver con cuan sincero contento compara en 
su discurso la situación actual de los estudios arqueo- 
lógicos, con la que tenía lugar unos treinta años antes 
cuando la ignorancia y el desdén dominaban uniforme- 
mente en todas las clases, cuando sólo se reservaba 
algún aprecio para los monumentos tenidos por célticos 
ó romanos y nadie se levantaba para la defensa del arte^ 
cristiano y nacional, del cual, según dice, no sólo rebosa 
la poesía, sino que el buen juicio se encumbra hasta el 
genio. Ahora por el contrario se propaga y crece todos 
los días la regeneración artística ; el clero se dedica á la 
salvación de los monumentos religiosos con un celo, 
una actividad y una inteligencia desconocidos había ya 
más de dos siglos y, según añade, y habíamos ya insinua- 
do, el poder público ha protegido de una manera eñcaz 
y suntuosa las obras de reparación que en su respetable 
ancianidad reclaman los vetustos monumentos. Inge- 
niosa es la idea con que después de haber tributado el 
debido homenaje á algunos propagadores de la arqueo- 
logía en Francia, termina Montalembert su discurso: 
« Con preferencia á todos reclama nuestros encomios 

Caumont, fundador de nuestros congresos á todos 

nos ha ilustrado, animado, instruido y hermanado ; y 
¿quién podría contar los obstáculos, los disgustos, y los 
desengaños de mil especies con que ha debido luchar 

durante esta laboriosa cruzada de veinticinco años? 

Leí pocos días hace en el admirable libro de M.™« de 
Stael, intitulado: Die:( años de destierro; que al llegar 
á Salzburgo había visto un gran camino hecho á pico 
en una roca por cierto arzobispo y en la entrada de este 
vasto subterráneo el busto del mismo príncipe con esta 
inscripción : Te saxa loquuntur. Cuando llegue el caso 
de que nosotros levantemos un busto ó una estatua 
á M. de Caumont, grabaremos también estas palabras: 
Te saxa loquuntur. Y estas piedras, serán los monu- 
mentos de nuestra antigua Francia; es decir, las más 
nobles piedras que pueden verse debajo del sol.» 
Con perdón del ilustre orador se debe advertir que el 



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232 BELLAS ARTES. 

arte nacional de Francia es en realidad el arte nacional 
de todos los pueblos de la Europa occidental en la Edad 
media, 7 por muy justamente que se envanezcan nues- 
tros vecinos de la importancia del actual movimiento 
arqueológico en su patria, debe recordarse que no es 
inferior el de otros países, pudiéndose citar, aun si se 
prescinde de Bélgica é Inglaterra, á la estudiosa Alema- 
nía. De ésta partió en realidad la nueva dirección im- 
presa á los estudios artísticos y en ella tanto por lo 
menos como en Francia se ha logrado renovar el arte 
de la edificación gótica que parecía enteramente sepulta- 
do junto con los pasados siglos en que se efectuó su 
origen y su desenvolvimiento. Basta recordar la actual 
construcción de lo que había quedado incompleto en la 
catedral de Colonia, la cual los antiguos cpnsideraban 
que había de llegar á ser el tipo perfecto del templo cris- 
tiano y acaso llegue á serlo después de tan duradera in- 
terrupción. Obra es ella á que pagan tributo todos los 
pueblos de la segregada Alemania y que además de 
monumento religioso es por todos considerada como de 
interés y de gloria nacional. Un poeta demagógico (i) 
cantó entre otras siniestras predicciones: «Nó, la cate- 
dral de Colonia no será terminada.;» El mismo desgra- 
ciado poeta ha llegado á ver que á pesar de haber rugido 
alguna vez aquel trueno alemán que el mismo presagió, 
no ha comparecido todavía el antiguo gigante Thor con 
cuyo auxilio contaba para la obra de demolición. Ni ha 
llegado siquiera á suspenderse la reconstrucción del 
templo; mas aun cuando alguna vez se suspendiera, aun 
cuando llegara á aplazarse, no por esto se verían amena- 
zadas sus paredes por ningún martillo sacrilego, y siem- 
pre habría que exclamar: «Sí, la catedral de Colonia 
será terminada ;>. 



(1) Alude á Enrique Heine. {Nota de esta edición ) 



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BELLAS ARTES. 233 



II. 



No hay que disimular la general indiferencia de 
nuestro público con respecto á los estudios tenidos por 
improductivos. Cuando en otros países, y este es un 
hecho y no un argumento apologético, cabe preguntar 
muchas veces si se lleva hasta el exceso y la minuciosi- 
dad el examen de las cuestiones literarias y artísticas, 
aquí se miraría con cierto desdén la dilucidación de las 
que entrañan un verdadero interés, y aun las pocas y 
algunas de ellas excelentes publicaciones relativas á 
estas materias que han logrado algún éxito, lo han de- 
bido comunmente á circunstancias accesorias y á ali- 
cientes extraños al arte. Para prueba de lo fundado de 
nuestra queja bastará uh ejemplo literario que no dejará 
lugar á réplica. Un autor de quien hace poco hablamos 
especialmente, el malogrado Ózanam, escribió un trata- 
do sobre Dante y no sobre Dante entero sino más bien 
sobre el Theologus Dantes nullius dogmatis expers de 
la antigua inscripción. De esta obra se publicaron en 
Italia cuatro traducciones diversas. Ahora bien, si se 
escribiese una obra extranjera en el mismo sentido 
acerca de Calderón por ejemplo, se puede desde luego 
asegurar que las traducciones españolas no pasarían de 
una, y aun ésta de pocos ejemplares, y que para que los 
últimos desocupasen los estantes del librero sería nece- 
saria toda la agilidad del traductor y todo el trompeteo 
de sus allegados. Supongamos por otra parte que se es- 
cribiese en España una obra sobre la pintura italiana; 
es muy probable que se diría que ya existían muchas 
sobre la materia, que á qué viene tratar asuntos de fuera 
de casa, etc. Y si un escritor laborioso y de talento em- 
please un buen número de años para ilustrar no toda 
esta historia, sino un solo período de ella, lo relativo á 
un solo pintor, ¿no se tomaría al autor por un cuasi- 
ocioso que no sabe emplear mejor el tiempo? pues de 



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234 BELLAS ARTES. 

estos cuasi-ociosos hay en otros puntos muchos á quie- 
nes no menos que á su país se considera como muy 
honrados con tales trabajos. ¿Y esto qué signiñca? ¿que 
los otros son menos positivos y sesudos ó que nosotros 
somos más mezquinos y materiales? ¿que allí se estiman 
algo más los hombres por lo que valen y aquí por lo 
que pueden? La verdadera razón estriba en que en todos 
los países hay un círculo que se ocupa y toma interés en 
las cosas de ingenio y que este círculo es entre nosotros 
estrechísimo y en otros puntos muy extenso, como que, 
además de los profesores, lo componen personas que 
después de haber cumplido con las atenciones de su 
estado saben granjearse algunos momentos para adornar 
su espíritu. La indiferencia de que tratamos no sólo 
influye en los estudios teóricos, sino también en la 
práctica de las bellas artes. 

Sabido es, á más de que se desprende de lo que ante- 
riormente dijimos, que la mirada retrospectiva que se 
ha dado á nuestras antiguas artes cristianas, además de 
haber favorecido los estudios arqueológicos, ha trascen- 
dido también á la práctica y á la producción de nuevas 
obras. La pintura en especial ha alcanzado en nuestra 
época un nuevo siglo de oro, que ha resucitado las 
maravillas y los puros esplendores de los dos últimos 
siglos de la Edad media y de los primeros tiempos de la 
historia moderna. Este renacimiento de la pintura no se 
ha amortiguado y vive y acaso se acrecienta todavía, lo 
cual da lugar á plantear la cuestión de cómo no ha in- 
fluido en él desventajosamente la notoria decadencia de 
la poesía. Contestar que este movimiento se mantiene 
mayor tiempo porque su origen fué más tardío nos pa- 
rece una solución obvia pero poco satisfactoria. Acaso 
será por la mayor aplicación de las obras pictóricas á 
objetos determinados, por la mayor influencia de la 
parte mecánica y de los estudios preliminares que son la 
causa de que haya menos pintores que poetas y al propio 
tiempo menor número de los primeros que de los se- 
gundos que abandonen su arte en la edad madura, y 



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BELLAS ARTES. 335 

sobre todo porque el primer origen y el manantial siem- 
pre renaciente de esta escuela es el espíritu religioso y 
que allí hay vida y belleza donde no se agotan el entu- 
siasmo y la esperanza. Esta dirección pictórica ha pro- 
ducido ya innumerables obras, tan hermanadas entre sí 
por el espíritu como por las formas, y ha logrado una 
existencia modesta pero robusta y no interrumpida, 
como todo lo que se funda en principios rectos y fecun- 
dos y no en los caprichos de una moda pasajera. Pues 
no creemos equivocarnos al decir que éntrelos prime- 
ros que acogieron tal innovación artística, antes que el 
rumor de ella sonase en Francia, antes de que en la mis- 
ma Italia fuese completamente acogida, se contaron al- 
gunos jóvenes españoles que no han dejado de ser fíeles á 
las convicciones que entonces adoptaron, y que en ellas 
hallan pasto para su imaginación y perenne manantial 
de fruiciones artísticas. Y no porque les hayan sobrado 
los estímulos, pues exceptuando pocos casos que espe- 
cialmente han tenido lugar en la corte, sus facultades 
pictóricas han tenido que emplearse en trabajos, si bien 
honrosos y de mérito, subalternos é indignos de las 
altas concepciones de su mente. Como además faltan los 
oportunos medios de publicidad (pues ni una sola Re- 
vista literaria ó artística ha podido sostenerse en Espa- 
ña) van acostumbrándose los artistas á la obscuridad y 
se cansan á la larga del monólogo á que se ven reduci- 
dos y de hacer esfuerzos que no han de tener quien los 
aprecie ni los observe. Compárese tal situación con la 
gloria esplendorosa que rodea las obras de otros artistas, 
las del prusiano Kaulbach por ejemplo, que constituyen 
el orgullo de los gobiernos ó de los potentados que las 
encargan y protegen, que aclaman á lo lejos los añcio- 
nados de extraños países, y que, según se cuenta y es lo 
de más precio, acuden á contemplar y admirar los com- 
patriotas del pintor idesde muchas leguas á la redonda. 
No podemos terminar mejor esta momentánea excur- 
sión (que no quisiéramos pudiese llamarse algarada) en 
el campo de las bellas artes, que dando noticia de un 



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236 BELLAS ARTES. 

reciente trabajo sobre el origen, desenvolvimiento y 
renacimiento del arte cristiano, cuyo espíritu es fácil 
adivinar por un capítulo que tenemos á la vista. Su 
autor es el abate Sagette, profesor en el seminario de 
Bergerac, que como Bourrasée y otros del mismo estado 
no han juzgado indigno de su ministerio ocuparse en es- 
tas materias que son también objeto de enseñanza en las 
escuelas eclesiásticas de la nación vecina. Observaremos 
que el vivo entusiasmo por las artes cristianas de la Edad 
media, ha sido una de las causas, pero causa inocente, 
de la malhadada cuestión de los autores clásicos, y aun- 
que por razones ajenas de este lugar, nuestro humilde y 
en ciertos puntos de la cuestión desautorizado parecer, 
está muy distante de ser favorable á la exclusión de estos 
autores, ni en materias literarias, ni en las artísticas, 
creemos que en cierta manera puede excusarse lo que en 
ello haya habido de parcial y exagerado, si ha sido parte 
á que se entrase de lleno en la restauración de las artes 
modernas. Véase, pues, el extracto del indicado capítulo, 
cuyo autor entre otros lemas análogos que debía recor- 
dar como fundamento de sus principales ideas, escogió 
el siguiente tomado de las epístolas de S. Gregorio: 
«Ab re non facimus si per visibilía, invisibilia demons- 
tramus.o 

«Todas las ramas del arte se reúnen en la catedral 
para formar una inmensa y poderosa armonía conden- 
sada, regularizada y equilibrada, la cual como la de las 
esferas y como la de la creación sólo canta un nombre, 
el gran nombre de Dios, y es eco y preludio de la eterna 
armonía de los santos. El arte cristiano no sólo cree y 
adora y es un acto de fe y una fórmula de adoración, 
sino que tiene además la misión de enseñar, de edificar 
y de consolar y de derramar en las almas el espíritu de 
verdad, de pureza y de amor. Este arte puede conside- 
rarse como una traducción plástica de las verdades 
anunciadas por la voz del sacerdote, y como la Iglesia 
ha sabido sacar del arte cristiano tan magníficas ense- 
ñanzas para explicar é inculcar los dogmas, sin duda 



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BELLAS ARTES. 23 7 

nos es permitido contarlo entre el número de los órga- 
nos de santificación que el hombre mueve, pero que 
sabe dirigir el espíritu de Dios. Bajo el velo de la belle* 
ZSL artística que tantos atractivos tiene para nosotros, nos 
enseña los rasgos y nos revela los encantos de la eterna 
belleza. Menos inmaterial que la palabra, la imagen se 
enseñorea fácilmente de los sentidos y sin tratar de exci- 
tarlos, los halaga, los aduerme dulcemente y los encanta 
hasta que se comunica con el alma para hablarle el len* 
guaje del espíritu. El poder del arte se dirige en parti- 
cular al pueblo, á los pequeños, á los pobres, á los ig- 
norantes, á los que sólo juzgan y comprenden por 
medio de los sentidos y son poco accesibles á las abs- 
tracciones metafísicas, á las almas de aquellos que ente- 
ramente inclinados hacia las cosas exteriores por efecto 
del trabajo y de la miseria, necesitan un apoyo que les 
sostenga, una voz que les consuele y una enseñanza que 
puedan comprender. La Iglesia, siempre madre, es un 
espectáculo para sus ojos, un concierto para sus oídos, 
una riqueza para su pobreza, una nobleza para su mise- 
ria, un consuelo para sus días de prueba y una promesa 
para sus esperanzas. Tal debe ser el arte cristiano para 
corresponder á sus destinos y tal fué en otro tiempo. — 
El pueblo necesita de fiestas, de algo que resplandezca á 
sus ojos, que cante para sus oídos y hable á sus sentidos 
todos; algo grande y bello en que descanse su cuerpo y 
se dilate su alma y á que pueda mezclar su múltiple voz 
y que sirva para calmar sus fuertes pasiones. Así lo 
comprendió la Iglesia que se sirvió del arte cristiano 
como de una voz dulce que alentase al pueblo y de una 
caricia maternal que lo consolase. La muchedumbre 
ignorante y trabajadora, los privilegiados del amor y de 
la compasión de Jesús, eran también los privilegiados 
de las oraciones y de las fiestas de la Iglesia. En otro 
tiempo el pueblo no sufría menos fatigas y trabajos, 
menos miserias y sufrimientos que hoy día, pero era 
más feliz y estaba más resignado porque creía y espera- 
ba, porque entonces se le predicaba la fe en su lengua 



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2 38 BELLAS ARTBS. 

natural, es decir, en la lengua de los sentidos, de los 
sones, de los colores, de las líneas y de los contor- 
nos; en la lengua del arte cristiano. Trabajo costará 
aliviar las miserias de la muchedumbre, y si llega á 
hacerse su pan menos negro, su vestido menos grosero 
y su mansión menos sombría, no por esto se infundi- 
rá docilidad en su espíritu y resignación en su pecho, 
mientras no se aumente su fe al mismo tiempo que 
su bienestar. Lo que puede hacerse y lo que antes se 
hacía es consolarlo y alentarlo, es realzar y transfigu- 
rar sus trabajos y miserias, y para ello se hallará un 
grande auxilio en el arte que puede abrir en el corazón 
del pueblo un manantial vivo de poesía y de devoción. 
En otro tiempo la catedral era la verdadera casa del 
pueblo, su casa propia, construida con los sudores de su 
frente y las oraciones de sus labios; su casa paterna 
donde moraba la mejor parte de su vida, cuyas bellezas 
conocía y cuyas armonías comprendía. Para el pueblo 
se embellecía la catedral con pompas y magniñcencias 
que eclipsaban las de los reyes; dábale á leer la maravi- 
llosa historia de sus antepasados bíblicos y evangélicos 
y le cantaba himnos parecidos á los que cantan en el 
cielo los bienaventurados. Por su parte el pueblo que 
tan fácilmente se impresiona y cuyo entusiasmo excitan 
siempre los grandes espectáculos, conservaba en su me- 
moria y en su encantado corazón el recuerdo de estas 
fiestas, preludios de las fiestas eternas. En las prolonga- 
das y fugitivas arcadas, en el fondo de las naves inunda- 
das de claridad, de colores y de incienso, había vislum- 
brado la aurora de la patria celestial ; entre las indefini- 
bles melodías del modo gregoriano había oído el eco de 
los cánticos eternos, y así es que la vida le parecía dulce 
con las promesas de la fe y fácil la resignación con las 
perspectivas del mundo sobrenatural.» 

Tal es, despojado de la parte metafísica y descriptiva, 
el brillante capítulo de la obra del abate Sagette. 

Diario de Barcelona, 1854. 



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^HIMNOS Y QUEJAS. 

COLECCIÓN DE POESÍAS DE D. ANTONIO ARNAO. 



Al proponernos publicar por primera vez un Juicio 
especial y directo, que probablemente no será el último, 
acerca de un trabajo contemporáneo, creemos excusado 
advertir que nuestra crítica será imparcial y sincera, 
puesá quien otros motivos no se lo persuadiese, debería 
inducirle á creerlo el lugar donde escribimos y donde 
el joven escritor que nos ha antecedido y nos acompa- 
ña (i), se ha distinguido constantemente por un carácter 
de independencia y buena fe que no han podido desco- 
nocer sus mismos adversarios. Mas será oportuno añadir 
que tal vez se nos halle inclinados á la benignidad é 
indulgencia, tomando estas palabras, no en el sentido 
de alabar errores y desaciertos, ni de excusar ó paliar lo 
que nos parezca seguir un camino errado, sino en el de 
alentar á quien haya escogido una buena senda, sin pe- 
dirle severa cuenta de no haber andado en ella mayor 
trecho. Creemos que los juicios decisivos, es decir, la 
alabanza estrepitosa y la censura bronca, han de reser- 
varse para lo que ofrezca caracteres decididos de suma 
belleza ó imperfección literaria, lo cual no se efectúa 
con mucha frecuencia en nuestros días. Lástima que no 
puedan dividirse todas las obras en excelentes ó detesta- 
bles, pues la mezcla y la indecisión, la unión de lo bue- 
no, de lo mediano y tal vez de lo malo acarrea una con- 
fusión penosa; mas es también cierto que la confusión se 
acrecienta si á tales obras mixtas se aplican epítetos que 
sólo convienen á los polos opuestos en bien y en mal. 



(1) Alude al Sr. Mané y Flaquer, {Nota de esta edición») 



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240 HIMNOS Y QUEJAS. 

No se extrañará, pues, que al juzgar hoy una obra 
que no puede menos de excitar vivas simpatías hacia su 
autor y que no sabemos que haya recibido sino aplausos 
y encomios de autoridades muy competentes, no nos 
abandonemos á hiperbólicos elogios que el público 
harto maligno acoge siempre, sin exceptuar los casos en 
que son merecidos, con indiferente desconfianza. Aun 
las personas de mejor temple y juicio se han acostum* 
brado á reducir á su justo valor los dictámenes de la 
prensa y á buscar un término medio en las apreciacio- 
nes extremas. Además de que por las dotes que en el 
autor manifiestan las poesías que tenemos á la vista, se 
nos figura que ha de apreciar más un juicio templado y 
adecuado á las pretensiones con que el propio se pre- 
senta, que exageraciones verbosas é inoportunas. 

El autor de los Himnos y Quejas pertenece á una re- 
ciente y modesta escuela que han acogido con particular 
estima los lectores cansados de los excesos de la que 
anteriormente dominaba, y del amaneramiento y mo- 
notonía que había ésta substituido á sus pretensiones, en 
parte fundadas, de originalidad; laudable y provechosa 
reacción mientras no degenere en aversión é injusticia 
por lo que antes se recibía con ciego entusiasmo y por 
lo que debe ser siempre examinado con discernimiento 
pero con admiración respetuosa. Por lo que antes he- 
mos dicho, es fácil comprender que las poesías de Arnao 
se hallan exentas del fondo á menudo vulgar y á veces 
rastrero, de la orguUosa personalidad , y de la singula- 
ridad extravagante que presentaron obras de varios 
poetas anteriores, en medio de bellezas que no deben ol- 
vidarse: en efecto, muy lejos de esto recomiendan la 
colección que examinamos ciertas cualidades que no 
honran menos á su autor y que no son tampoco menos 
escasas que la novedad en la invención y la originalidad 
en el estilo de que Arnao no carece, pero en que otros 
le aventajan. Poesías, en suma, que si no se proponen 
asombrar, á lo menos dejan en buen estado el corazón 
y que no pueden menos de excitar una justa y duradera 



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HIMNOS Y QUEJAS. 241 

estima por ellas, por el autor y por el arte que cultiva. 
La elección de asuntos dignos, la gravedad que á veces 
toca en profundidad de miras, un sentimiento sano y 
apacible resaltan mayormente á favor de la tersura, fa- 
cilidad y gracia de ejecución. Díganlo los siguientes 
fragmentos que, si no podemos afirmar que sean los me- 
jores, se deben á lo menos contar entre los buenos de la 
colección. 

Un soneto á la Virgen termina con estos dos notables 
tercetos en que la felicidad de expresión compite con la 
pureza del piadoso sentimiento : 

Separa de tu rostro que destella 
la inmaculada luz, el blanco velo: 
astro de amor, abrásame con ella. 

Ya el corazón rebosa de consueloi.... 
I Bendígate el Señor, paloma bella ! 
¡ Bendígate el Señor, reina del cielo 1 

El siguiente extracto de un romance titulado Medita'^ 
ción^ prueba muy bien que Arnao, como verdadero poe- 
ta, adivina é interpreta las voces misteriosas de la natu- 
raleza. 

Los fragantes bosquecillcs 

sordos murmullos levantan, 

que al perderse en el espacio 

ya se acrecen, ya se apagan, 

como seres que susurran 

incomprensibles palabras ; 

lamentos que doloridas 

sueltan las nocturnas hadas ; 

acordes de tierna música ; 

modulaciones lejanas, 

que en los ensueños oímos 

de ventura y de esperanza. 

¿ Qué nos dicen estas notas 

por el viento derramadas 

que así el corazón consuelan 

como suspenden el alma ? 

¿ Por qué infjunden ese anhelo 

de elevar al son del arpa 

á un ser ignoto y oculto 

bellos himnos de alabanza ? 

Misterio dulce y sublime ! etc. 

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343 HIMNOS Y QUIJAS« 

Entre las estancias de La Adoración se distinguen las 
siguientes por el buen sabor y brío descriptivo : 

Angeles son ! El resplandor sagrado 

de su santa aureola, 
sus túnicas de armiño inmaculado 

fúlgido tornasola. 
Ceñidos con guirnaldas aparecen ' 

de ñores inmortales : 
en sus nevadas manos resplandecen 

las arpas celestiales. 
Angeles son ! Celeste y puro llanto 

rueda por su mejilla. 
Dulces prosternan ante el leño santo 

la frente sin mancilla. 

Los tercetos de la Confesión muestran, á nuestro ver, 
una imitación de Silvio Pellico, bien entendida y muy 
en su punto. 

Mi espíritu infeliz sintió en su seno 
vivido ciego ardor que le impelía 
á levantarse de arrogancia lleno. 

En su esperanza loca descubría 
un azulado monte, en cuya cumbre 
templo de luz con majestad se erguía. 

Deslumbrado quedó viendo su lumbre, 
y comenzó á sentir una ansia ardiente, 
fatigosa y extraña pesadumbre. 

Finalmente, observamos que en las seguidillas á que 
da el nombre general de Himnos y Quejas se esfuerza 
Arnao acertadamente, como algún otro había hecho 
antes, por ennoblecer un metro vulgar pero agraciado. 

Después de un merecido elogio se esperará acaso la 
severa censura, mas hemos intentado indicar tan sólo á 
qué altura ha rayado el autor de las poesías sin curarnos 
de si ha sabido sostenerse constantemente en ella. Cabal- 
mente á la facilidad de Arnao que no es descuido, 
acompaña aquel debido esmero que denota el respeto 
del autor á los que han de leerle; á más de que siempre 
hemos sentido una repugnancia suma, y tal vez excesiva, 



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HIMNOS Y QUEJAS. 248 

por la crítica de pormenores. En el c9so presente pode- 
mos á lo menos asegurar que el libro que examinamos 
contiene algunos rasgos excelentes, algunas buenas poe- 
sías y nada despreciable. A la censura minuciosa pre« 
ferimos sustituir algún consejo. Entre las poesías de 
Arnao las hay muy cortas y es esta una circunstancia 
por la que no podemos negar especial predilección. 
Sabemos muy bien que de las cien poesías que pueden 
leerse, no hay una que presente esta cualidad relativa, 
y que entre mil lectores acaso no se encuentre uno que 
piense como nosotros; no obstante aconsejamos al jo- 
ven poeta que en adelante procure ganar no en exten- 
sión, sino en intensidad. La facilidad que le distingue 
no menguará porque se esfuerce en escribir con más 
peso y más plenitud. Le recordaremos que no basta 
expresar el sentimiento, pues es preciso que se comuni- 
que á los otros y que les avasalle, y esto por lo general 
no se obtiene con la primera expresión ó la primera 
idea que ocurre. Pasando á otra consideración es fácil 
conocer que el autor de los Himnos y Quejas anda va- 
cilante en cuanto á la adopción de un estilo definitivo; 
aquí se da por imitador de Calderón de la Barca, allí, 
sin que lo diga, se conoce que tiene á la vista la manera 
propia de Fray Luis de León, etc. Harto difícil es resol- 
verse con respecto á este punto en nuestra época en que 
la literatura carece de aquellos impulsos ciegos y exclu- 
sivos que, si dañan al juicio crítico, son. bajo ciertos 
aspectos muy favorables á la composición poética. Mas 
al cabo puede siempre el poeta entrar en cuentas consi- 
go mismo, reconocer cuál dirección le sea más propia y 
adoptar definitivamente una manera, no en verdad es- 
trecha, pero sí decidida. 

Diario de Barcelona, 1854. 



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EL ESPÍRITU DE ERUDICIÓN 

Y EL ESPÍRITU ESCOLIÁSTICO. 



Nuestro siglo, comunmente motejado de superficial^ 
aspira sin embargo á la profundidad y no hay duda que 
en ciertos conceptos la consigue. Si buscamos un ejem- 
plo en los trabajos de historia general y literaria, vere- 
mos en efecto que jamás se había proclamado en voz 
más alta la necesidad de poseer conocimientos sólidos y 
completos referentes á la materia de que se trata, y que 
entre los que merecen el nombre de escritores nunca se 
había notado tanto afán para recoger los frutos de una 
laboriosidad penosa y concienzuda. Es nuestra época 
acérrima enemiga de la retórica hueca y artificiosa, de 
los lugares comunes, de las flores postizas y aun en mu- 
chos casos de la insinuación oratoria. En esto hace 
bien ; así no tuviera otros achaques. Aun sin adularla 
extremadamente puede alabársela de que, á pesar de la 
agitación y de la prisa general que en ella se nota y que 
de ella deriva, cuenta en su seno algunos Zuritas y Du- 
canges, nuevos Bollandos y Benedictinos. Y algunos 
hay que á la vez aspiran á aumentar los tesoros de la 
erudición, y á presentar los resultados definitivos de la 
ciencia, superiores á la misma erudición, aunque en 
ella se apoyen, y no falta quien, como desdeñándose de 
deber nada á nadie, se afianza únicamente, si le es posi- 
ble, en los materiales debidos á su diligencia. Por fín 
sin perder la dignidad de arquitecto se quiere acarrear, 
elaborar y disponer la materia de construcción; se quiere 



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ESPÍRITU DE ERUDiaÓN Y ESPÍRITU ESCOLlÁSTICO. 24b 

cortar laboriosamente el mármol en la cantera y labrar 
gloriosamente la estatua en el taller. 

En otros tiempos, escritores y eruditos formaban dos 
generaciones enteramente apartadas, entre las cuales no 
se reconocían muchos puntos de contacto y que pocas 
veces se hacían recíprocas visitas en la común frontera; 
pues el erudito sólo tomaba del humanista, y no siem- 
pre, la corrección del lenguaje, y el escritor se contenta- 
ba con. hojear los materiales suministrados por el erudi- 
to buscando en ellos lo que necesitaba para salir del 
paso y para servir de tema á sus brillantes lucubra- 
ciones. 

Reconócese en el día la necesidad de saber para ha« 
blar bien ; despreciase además cuanto huele á trabajo de 
segunda mano, y compararíase con un pintor que hace 
los retratos de oídas al que tratase un punto histórico 
sin haber empleado buena parte de sus fuerzas en los 
estudios preparatorios. En realidad el íntimo conoci- 
miento de los manantiales da una vivacidad y frescura 
al mismo tiempo que una exactitud y precisión las cua- 
les en ausencia de aquél suelen suplirse por ideas vagas 
y arbitrarias. 

De ahí el laudable y común afán de registrar biblio- 
tecas, depósitos y archivos en los que, como en una 
fuente viva, se supone con razón que se han de renovar 
los conocimientos históricos y literarios. Ningún empleo 
más adaptado á la laboriosidad modesta é inteligente; 
ninguno más meritorio cuando el que á él se dedica sa- 
crifica al logro de resultados útiles y positivos las cuali- 
dades más brillantes de que está dotado, domeñando, á 
lo menos momentáneamente, la fuerza de su imagina- 
ción ó la viveza de su pensamiento, para convertirse en 
intérprete de los monumentos de épocas fenecidas y á 
-veces de los productos de imaginaciones infantiles ó de 
entendimientos sencillos. Es verdad que tal sacriñcio 
trae aparejado el premio, pues los estudios inmediatos y 
originales proporcionan un placer comparable al que 
hubo de sentir el que por primera vez hizo saltar la 



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246 EL ESPÍRITU DE ERUDIOÓN 

tapia de una momia egipciaca ó el que remueve la lava 
que oculta un edificio pompeyano, situando frente á 
frente al investigador ante los restos de los siglos pasa- 
dos que enterrados y escondidos estaban como aguar* 
dando la mano del que debía resucitarlos. 

Esto es lo que se ha llamado espíritu de erudición, del 
cual á justo título se envanecen los estudios contempo- 
ráneos; mas en ello como en todo caben excesos : al lado 
del buen principio puede existir la exageración, junto á 
la verdad el soñsma que se le parece y que la bastardea. 
La exageración y el sofisma en esta parte han dado 
lugar á las desmedidas pretensiones de los que otros 
antes que nosotros han llamado escoliastas: nombre que 
en los últimos tiempos de la antigüedad designó á los 
cotejadores de textos, anotadoresy comentadores. Trate- 
mos pues de prevenir los abusos de lo que, valiéndonos 
de dicha denominación, hemos llamado espíritu esco- 
líástico. 

Que el escritor debe ser erudito, es decir conocer la 
materia de que trata, es un axioma cuya aplicación 
se efectuará más ó menos en épocas determinadas pero 
que en sí mismo pertenece al sentido común. Que el 
escritor sea no sólo erudito, es decir, conocedor de los 
materiales, sino indagador, inventor, coleccionador y 
editor de los mismos, esto se ve ahora algunas veces é 
infunde doble admiración por los que han sabido alcan- 
zar á la vez la gloria debida al talento y el aprecio que 
reclama el trabajo; pero por otra parte subsiste en gene- 
ral y puede subsistir la separación, y prescindiendo de 
excepciones será ella el mejor medio para que cada uno 
siga con más decisión su vocación determinada. ¿Qué 
deduciremos de esto? que quien pueda reunir los dos 
caracteres de escritor y de escoliasta, los reúna hasta el 
punto que le sea dado, pero que muy bien puede con* 
tentarse de uno solo el que carezca del otro. 

En segundo lugar, por mucho horror que se tenga á 
la vaguedad, á las generalidades y á la instrucción 
á medias, bien puede admitirse que no siempre se ha de 



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T EL espíritu KSCOLIÁSTICO. 247 

medir el valor de una obra por el trabajo que ha costan- 
do, que dentro de ciertos límites y con prudente deseen* 
fianza de sí propio algo ha de concederse á la adivina- 
ción del talento, y que se cierra toda comunicación y 
comercio literario desde el punto en que sólo se admiten 
trabajos de primera mano. Hay quien de mucho hace 
poco, y quien de poco mucho. No siempre se ve mejor 
lo que se mira con microscopio, y ¡cuan pobres, cuáa 
despojados quedaríamos si en momento dado se nos 
despojase de todas las ideas que poseemos sin haberlas 
formado con la inspección personal de los correspon- 
dientes objetos I En suma, buena es la erudición, los 
materiales bonísimos, pero otras cosas hay que no son 
peores. 

Por último y aquí arrecia el espíritu escoliástico, ha 
prendido en nuestros días por todas partes el fanatismo 
bibliográfico, el fetiquismo de lo inédito, la idolatría de 
lo completo. Considerábase antes como condición de 
todo punto necesaria para cualquier trabajo el discerni- 
miento: tiénese ahora por cualidad inútil, cuando no 
dañosa, pues no ha de discernir quien debe darnos todo 
lo que ha visto, todo lo que puede darnos. El lector 
quiere juzgar tan de cerca y cOn tantas ventajas como el 
copista, y si puede fiarse en su paciencia y exactitud, de 
ninguna manera admite las pretensiones de su juicio en 
la elección de objetos. No importa la calidad de los do- 
cumentos publicados, pues el valuarla depende de las 
diferentes opiniones y de los diversos puntos de vista: 
lo que importa es la cantidad, mérito que no puede ne- 
garse, que salta á la vista, que se toca con las manos y 
que además pone al poseedor de la colección al mismo 
nivel del que la hizo. Señaladamente se aprecia todo lo 
que puede pasar por nuevo ó desconocido. El que logra 
dar su nombre á un peñón perdido en un archipiélago 
se estima en más que el que domina en una isla fecunda 
y deliciosa pero que otros ya habitaron. Tal se dará por 
inventor por haber topado con una carcomida inscrip- 
ción no leída ó publicada por otro ; tal por haber descu- 



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248 ESPÍRITU DE ERUDICIÓN Y ESPÍRITU ESCOLIÁSTICO. 

bierto un término del latín bárbaro que dejó de notar 
Ducange. 

A la propagación de tales preocupaciones han contri- 
buídoy á la vez, la orgullosa independencia de los que 
todo quieren juzgarlo por sí mismos, el materialismo 7 
el escepticismo nacido de la falta de confianza en los 
verdaderos resultados de la ciencia. Cuando ellas domi- 
nan, poco caso se hace de la juiciosa y severa aunque no 
tímida crítica histórica, del delicado sentido crítico lite- 
rario y del arte difícil de expresar y comunicar el resul- 
tado de sus decisiones; desechan los autores cuantas 
cuestiones pudieran estorbar ó dificultar su trabajo, y 
en vez de dejar á la lenta acción del tiempo y de la me- 
ditación que se combinen y coordinen los diferentes ele- 
mentos de que debe disponer, calculan ya el resultado 
antes de haber emprendido la tarea , arreglan de ante^ 
mano el plan y tienen formados los cuadros que han de 
llenar sus faenas un punto menos que mecánicas. 

Tal es el espíritu escoliástico: útilísimo cuando se 
mantiene en sus propios límites y no trata de usurpar 
los derechos del verdadero espíritu histórico y literario: 
dañoso cuando, conforme sucede en nuestros días, tien- 
de á substituir una acre curiosidad á las más nobles frui- 
ciones intelectuales. Líbrense de sus excesos nuestros 
lectores y con ellos el que se toma la libertad de aconse- 
járselo. 

Diario de Barcelona^ 1854. 



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ÜN PÁRRAFO DE HISTORIA LITERARIA. 



{El Europeo de iSaS.) 

Curioso fuera averiguar el remoto origen de ciertas 
ideas literarias que han sido posteriormente objeto de 
pública y ruidosa discusión; y si en muchos casos se 
echaría de ver que los más antiguos y modernos escrito- 
res obedecieron á un mismo impulso exterior, naciente 
y débil para los primeros, robusto y acrecentado para 
los segundos, no pocas veces se notaría que aquéllos 
depositaron gérmenes cultivados después por los otros, 
haciéndose entonces oportuna la aplicación de la inge- 
niosa fábula : 

Presumís en vano 
' De aquestas invenciones peregrinas ; 
¡Gracias á quien nos trajo las gallinas! 

Pero aun en el último caso podría señalarse la dife- 
rencia entre una idea aislada ó acompañada de otras 
contradictorias y la misma idea enriquecida con to- 
das sus consecuencias y aplicaciones; si bien al propio 
tiempo agradaría hallarla allí donde menos se sospe- 
chara y patrimonio de pocos y escogidos ingenios, que 
debiéndola á solitarias investigaciones, antes que la 
moda la haya puesto en manos de todos, pudieron sola- 
zarse con ella como adquisición propia y repetir victo- 
riosamente el Odi profanum vulgus et arceo. Así en la 
literatura española de la época anterior á la contempo- 
ránea, cabe distinguir tendencias que más recientemente 
han sido aplicadas con mayor decisión, generalizadas y 
exageradas en ciertos puntos; pues sin hablar del ins- 
tintivo nacionalismo de muchas poesías de Moratín el 



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25o UN PÁRRAFO UB 

padre, ni de la desmañada defensa que de nuestras anti- 
guas letras intentó Huerta, hallamos tal vez algo de lo 
que parece exclusivo de nuestros días en los mejores 
escritores de aquella edad que ya juzgamos tan aparta* 
da. Para ceñirnos á un solo ejemplo, vemos que Jove^ 
llanos traduce á Milton, que escribe sobre las costum- 
bres de la Edad media páginas comparables á las de una 
crónica del siglo xv, que en una epístola expresa el 
efecto religioso producido por la contemplación de los 
claustros, y en otra se vale de una alegoría fantástica 
para inducir á que escojan asuntos más graves los poe« 
tas sus amigos, y que fínalmente con arte y ciencia des- 
cribe y ensalza la arquitectura gótica, la cual fué tam- 
bién objeto de las meditaciones de Capmany, nuestro 
insigne compatricio. Bien es verdad, y sea dicho de 
paso, que en entrambos notamos una lucha entre las 
ideas recibidas y su propio sentimiento, pues no se de« 
cidían á dar por absolutamente bello lo que no podían 
menos de considerar como manantial de impresiones 
sublimes. 

Vamos á indicar ligeramente otros escritos predeceso- 
res de un cambio en las ideas literarias, sin atribuirles 
mayor importancia de la que merecen, pues sólo desea- 
mos que la historia literaria de nuestra nación les con- 
sagre UQ diminuto párrafo de sus variadas páginas. 

En el periódico intitulado El Europeo que se publi- 
caba en nuestra ciudad en los años de 1823 y 34, y del 
cual acaso algún lector conserve memoria más cumplida 
que el que estas líneas escribe, hallamos por primera vez 
en España consignadas doctrinas que unos doce ó trece 
años más tarde se dieron por flamante novedad y que 
harto ruido metieron en la turbulenta república litera- 
ria. Es verdad que en aquella época de carestía (no me- 
nos contraria al verdadero cultivo de las letras que la de 
excesiva abundancia y que es á la última como el apetito 
al hastío) tocaba á nuestra provincia una parte relativa- 
mente más importante que la que pudiera en el día 
señalársele, y que las mayores comunicaciones con los 



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HISTORIA LITERARIA. sSl 

países extranjeros y la concurrencia á ella de algunos 
refugiados de los mismos facilitaban la noticia de ciertas 
ianovaciones que no lo eran ya fuera de España. Lo 
que se acaba de decir equivale casi á confesar que no 
deben buscarse en el mencionado periódico sino extraer- 
los y traducciones, pero tiempos hay en que es tan me- 
ritorio comprender y escoger como en otros inventar ó 
añadir. Como sea, por primera vez vemos mencionada 
en Ei Europeo la palabra Estética y expuestas con inte- 
ligencia y con cierta libertad algunas ideas de Schiller, 
atacadas las unidades dramáticas con armas semejantes 
á las que empleó Manzoni en su excelente carta literaria, 
y descritas poéticamente y con amor escenas de las cos- 
tumbres caballerescas. Muchos recordarán tal vez estos ó 
semejantes versos : 

Su voz parece 
El lánguido suspiro de una flauta 
Que solitario trovador alienta 

Su autor, hoy casi olvidado, López Soler, trataba ya 
de poner en obra las nuevas inspiraciones y no le hubie- 
ran faltado suficientes cualidades para la empresa, á no 
ser de una indolencia suma que le convirtió en plagiario 
incurable. ¡Singular carácter literario y extraños tiem- 
pos en que este carácter era posible ! en que pasaba por 
punto menos que original El caballero del Cisne^ amal- 
gama del Ivanhoe, del Waverley, de la Parisina, de 
los Hermanos de Alba y del Giaur; en que nuestro no- 
velista atribuía denodadamente las imágenes de los dos 
últimos poemas al trovador Cabestany; en que de algu- 
nas escenas de La Novia de Perth y de todo el drama de 
Enrique III, formaba una nueva narración, el mismo 
diestro escritor que aunque fallecido en edad temprana, 
alcanzó los tiempos en que pudo arreglar á la novela 
española la sobrado célebre Nuestra Señora de París é 
imitar las dos maneras sucesivas de Larra. Mas el que 
esto hacía poseía el lenguaje propio de la narración 
romancesca que muy pocos conocían entonces, y era 



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252 UN PÁRRAFO DE 

además un versificador distinguido que figuraba digna- 
mente entre los mejores poetas que dirigieron una coro- 
na fúnebre á cierta noble señora (i), incluyendo en ella 
una composición que, para plagiarse aun á sí mismo, 
reprodujo luego en gran parte aunque en distinto metro 
para llorar la muerte de la reina Amalia. El mismo 
López Soler escribía romances como el inserto en El 
Europeo que empieza : 

Hijo de aquestas riberas 
Apresta la navecilla, 
Que un suave viento me anuncia 
La suspirada partida, etc. 

ó como el de El caballero del Cisne ^ del cual recorda- 
mos la sentida exclamación : 

] Oh ! nunca de Sión volvieran 
En busca de prez tan triste 
Los sin ventura nacidos, 
Los burlados paladines ! 

y odas como la que le plugo atribuir al autor del 
Ivanhoe: 

Tiro la turca flecha , 
Suelto el carcaj y el arco florentino, 
Pues hórrida y deshecha 
Del piélago vecino 
Súbita tempestad bramando vino, etc. 

Recuérdanos esta última composición que el gusto de 
la oda, el cual seguramente no era una innovación de 
las que antes mencionamos y en general ha sido propio 
de poetas no comunes, existía ya en nuestro país, donde 
después ha producido un genio que es bien poco afama- 
do. De un escritor (2) á quien más tarde se ha debido 
una bellísima poesía catalana, verdaderamente inspirada, 
aunque algún tanto imitada, y á quien nadie supera en 
nuestros días como prosista, se leyeron en El Europeo 



(1) La Duquesa de Frías. 

(2) D. Buenaventura Carlos Aribau. 



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HISTORIA LITERARIA. 353 

una oda á Dalmira poetisa y otra de que sentimos recor- 
dar pocas estancias. 

I Ayl ¡ que se va apagando 
La llama santa que otro tiempo ardía 

Dentro mi pecho blando 

Y sin cesar se enfría 
El éter que en mis venas discurría 1 

¡ Deliciosos momentos 
En que echando mis males en olvido 

En dulces pensamientos 

Pasaba embebecido: 
Para no más volver habéis huido 1 

Los insondables senos 
Mirando de la mar estremecíme, 

Los prolongados truenos 

Con que el Olimpo gime 
Me henchían antes de terror sublime.... 

Sin ánimo de comparar lo poco con lo mucho, es de- 
cir, las obras respectivas de los que precedieron con las 
de los que siguieron, y sin querer indicar la menor in- 
fluencia de los primeros con relación á los segundos, 
podemos figurarnos en el descriptor de las costumbres 
caballerescas del Europeo el predecesor del autor de los 
Recuerdos y Belle\as^ asi como en el de la oda La in* 
sensibilidad progresiva, el de los Preludios de mi lira. 

Se ve, pues, que no faltaban á nuestro país tendencias 
literarias que con cierta injusticia se le niegan y que los 
que abrieron los ojos para la poesía antes de la cuarta 
década del siglo, pudieron sentir efectos del nuevo espí- 
ritu de vida sin aguardar á las ruidosas discusiones que 
después vinieron. Sí, que ya entonces eran oídos los 
acentos del bardo escocés, yo se hojeaban con mano 
trémula las páginas del Genio del Cristianismo, ya alum- 
braba á lo lejos el fulgor de Byron en quien, mirado á 
cierta distancia, podía reconocerse lo que tenía de bri- 
llante sin advertir lo que le acompañaba de siniestro. 
¡ Dulces fruiciones ! prematuras tal vez para algunos, 
pero que mucho aprovecharan, si hubiesen satisfecho y 
evitado que se acudiese á nuevos y nocivos manantiales. 



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HITA PlftlM DE HISTORIA LITERABIA. 



CABANYES. 



I. 

Poco más habrá de veinte años que en este mismo 
periódico y, á lo que creemos, por uno de los actuales 
colaboradores (i), amigo y compañero del autor de la 
obra analizada, se dio un acertado examen de la breve 
colección de poesías líricas que, con el modesto título 
de Preludios de mi lira^ acababa de ver la luz pública, 
guardando su autor, según la expresión de que en el 
prólogo se vale, un obscuro incógnito. Desde entonces 
acá nada ha bastado para que el nombre del poeta salie- 
se de la voluntaria obscuridad en que él lo dejó, ó á lo 
menos para que adquiriese una justa celebridad: ni la 
honrosísima acogida que á la publicación dispensaron 
dos escritores, tenidos entonces por oráculos de la críti- 
ca española y uno de los cuales es todavía el patriarca 
de nuestra literatura nacional; ni la edición postuma de 
algunos fragmentos (2) harto inferiores á los que con 



(1) D. Joaquín Roca y Comót. 

(2) No creemos que se hayan publicado otras composiciones que 
las siguientes: un cuento traducido de Maquiavelo en este mismo 
Diario; una oda á la Reina Amalia (1827) y parte de dos epístolas 
que el autor del presente artículo incluyó en las notas de su Artt 
poética; dos poesías ligeras (Fatal lauro de victoria y Por los jar^ 
diñes de mi patrio suelo) , dadas á luz por D. J. Llausás; y una oda 
de pocas estancias en el suplemento at Diccionario de Autores Ca- 
talanes. El mismo autor dio ya á la estampa un Himno epitalámico 
polirrítmico, dedicado con el pseudónimo de Cintio al mismo amigo á 
que se dirige en algunas poesías de la colección, autor del examen 



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CABANYBS. %SS 

tanta modestia como acierto escogió el poeta para figu- 
rar en su reducida colección ; ni algunas reminiscencias 
que en escritores más recientes atestiguan el estudio de 
la misma ; ni los continuos encomios de escasos si bien 
decididos admiradores; ni sendos artículos biográficos 
que al poeta dedicaron el Diccionario de Autores Cata- 
lanes y su Suplemento, anegados, es verdad, en el dilu- 
vio de muchos nombres ó bien desconocidos, ó bien 
laureados tan sólo con las modestas palmas claustrales 
ó académicas. La mayor parte de los que hablan ó leen 
y escriben el idioma de que usó el autor de los Prelu- 
dios, no han oído mentar siquiera el nombre de aquél 
ni de éstos, y muchos otros que no se hallan en el 
mismo caso, habrán aguardado á la publicación prome- 
tida y no efectuada de las obras postumas del mismo 
escritor, para decidir si las poesías que conocen y que 
probablemente hubieran sido el mejor título de reco- 
mendación para tales obras, se han de calificar de co- 
lección adocenada y de una de tantas que una vez leídas 
se condenan al olvido, ó de dignas de ser conservadas y 
aprendidas de memoria. Diremos sin embargo que si la 
publicación de lo inédito era de desear por los que es- 
peraban con ello completar la fisonomía literaria del 
poeta ó adquirir curiosas aclaraciones de algunos versos 
de sus poesías, en éstas se ha de buscar indudablemente 
la mejor porción del ingenio del autor, los frutos más 
sazonados de sus estudios, el foco en que se condensaron 
sus íntimos pensamientos, lo que fué, lo que hubiera 
sido* Muy cierto es que andando el tiempo hubiera pro- 



de que hablamos y del interesante articulo biográfico del menciona- 
do Díccionarío. Según este artículo tenía escritas una historia de la 
filosofía, una historia literaria de España, una vida de César, etc., 
y sabemos también que apuntaba con mucho ahinco sus reflexiones 
y pensamientos personales en una especie de memorias 6 dietario — 
Se preguntará acaso por qué mientras tratamos de dar celebridad á 
loB Preludios callamos el nombre de su autor ; algo de antojo habrá 
por nuestra parte; pero nos parece mejor así, y dejar que lo averi- 

fue el curioso preguntándolo á los muchos que lo saben ó revolvien- 
o las páginas de la citada obra biográfica. 



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256 CABANYES. 

ducido tan privilegiado ingenio obras distintas y acaso 
superiores, pues todo podía esperarse de quien tan bien 
pertrechado pareció en la lid literaria, de la que, á los 
veinticuatro años de su edad, le arrancó violentamente 
la muerte, enemiga como siempre de nuestras glorias 
provinciales. 

Las sesenta y nueve páginas de que consta la colec- 
ción (inclusos prólogo y notas) comprenden doce poesías 
menores^ doce odas: nombre que no se toma aquí en un 
sentido vago é indeterminado, sino en el de un género 
fijo, es decir, de la reproducción de las formas que 
empleó Horacio en sus poemas líricos, tomándolas ó 
Imitándolas de los modelos griegos, de quienes sus cinco 
ó seis libros de odas deben considerarse como universal 
compendio. Con esto se juzgará probablemente á nuestro 
poeta, Imitador de tercero ó cuarto orden que recibe de 
manos de nuestros clásicos antiguos ó modernos formas 
añejas y ya por muciios manoseadas. A lo menos no 
cabe duda en que fué discípulo, y en cuanto puede serlo 
un verdadero ingenio, imitador de Horacio; es muy de 
creer que estudíase con asiduidad á Luis de León y á 
algún otro clásico, y claramente manifiesta en su estilo 
que tenía en mucho las poesías sueltas de Moratín, con 
las cuales, según nuestro parecer, ha sido la fama poco 
equitativa. La completa adopción de ciertas formas par- 
ticulares sirvió en gran manera á nuestro poeta para 
conseguir una ejecución excelente; y á pesar de las difi- 
cultades que, según se dice con alguna exageración en 
el prólogo, ^hubo de vencer para escribir en una lengua 
cuyo estudio le era tan costoso como el de cualquier 
idioma extranjero,» á pesar de ciertas libertades aventu- 
radas que cada cual podrá juzgar á su modo, con tal 
que no confunda la osadía con la ignorancia ; creemos 
que se le puede señalar en esta parte cual modelo punto 
menos que perfecto. A los que después de haber negado 
á nuestro país toda aptitud artística, convinieron que le 
era dado preciarse de disposiciones musicales, á los que 
después de haberle concedido estas y otras y el entu- 



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HISTORIA LITERARIA. iSf 

siasmo y las ideas, le oponen como dolencia incurable 
la absoluta imposibilidad de expresarla del modo con- 
veniente, les citaremos victoriosamente como muestras 
no sólo de corrección, no sólo de belleza en las formas, 
sino también de gracia y de pompa, en el verso y en gé- 
neros muy apartados, al autor de los Preludios de mi 
lira^ y á Carbó á quien se deben cuatro baladas que 
valen por muchas, y en la prosa, sin otros que callamos, 
al insigne Capmany y al esclarecido Piferrer. 

Nuestro lírico era pues clásico, pero clásico á su ma- 
nera: si el género que cultiva es antiguo, su pensamien- 
to es nuevo y juvenil; si sus formas ofrecen, no por 
cierto la inmovilidad, sino la perfección estatuaria, 
hierve el sentimiento en el fondo de sus composiciones. 
Tales formas además (y permítasenos la repetición de 
este nombre que empleamos á falta de otro mejor) no se 
han de creer yertas ó caducas, mohosas ó deslustradas, 
pues sumamente bellas en sí mismas, pocas veces fueron 
empleadas y nunca por vulgares imitadores de las letras 
clásicas. Si bien la verdadera y nativa poesía lírica anti- 
gua, es decir, la de los griegos, conservó, según vislum- 
bramos, un carácter más ingenuo y menos culto que la 
del mismo Horacio y de sus modernos discípulos, toda- 
vía los que á este título son acreedores, ofrecen ciertas 
delicadezas de ejecución y de sentimiento artístico que 
no siempre se hallan ai alcance de todos los lectores, ni 
de todos los aficionados. Por otra parte hay tantos y 
tan diversos clasicismos como siglos y épocas litera- 
rias: pues el del renacimiento italiano no es el de los 
franceses del siglo xvii, n-i éste el de Andrés Chenier y 
de Hugo Foseólo, ni el de Alfieri y de Francisco Ma- 
noel (i). 



(1) Este poeta portugués (que no debe confundirse con el amigo 
de Quevedo y autor de la Historia del levantamiento de Cataluña) 
nacid en 1734: sus poesías fueron impresas en París en 1808 y acaso 
por el mismo poeta que murió muy entrado en años. Chorno el autor 
que analizamos toma de este poeta portugués el epígrafe de su prí« 
mera oda y como creemos que estimó especialmente sus composicio- 



17 



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258 UNA PÁGINA DG 

Con el autor de la Cautiva y con el de los Sepulcros 
ofrece no pocas semejanzas, tal vez casuales, nuestro 
poeta, el cual se aplicó asiduamente á la lectura de los 
dos últimos, con cuyo tono fogoso y robusto sentía con- 
sonar sus propias inspiraciones. Mas al mismo tiempo 
otras y variadísimas influencias contribuyeron á formar 
y á modificar el fondo de su pensamiento poérico, si 
bien todas se armonizaron bajo el imperio de una inde- 
pendiente originalidad y de un estilo propio y cons- 
tante. Lamartine acaso, sin duda alguna el autor del 
Genio del Cristianismo^ tal vez demasiadamente Byron 
y aun el verdadero predecesor de éste (i) en Francia y en 
la anterior centuria, apacentaron su mente y su fantasía 
en época en que la literatura española apenas se había 
apercibido del cambio sobrevenido en las ideas litera- 
rias. Elementos en parte encontrados y tumultuosos 



nes, copiamos de Sismondi el siguiente fragmento de su oda á los 
caballeros del Cristo donde supone Francisco Manoel que el Maestre 
Juan de Silva habla á un candidato de la Orden : 

Por feitos de valor, duras fatigas 

Se ganha a fama honrada 
Nao por branduras vis, de ocio amigas. 

Zonas fria e queimada 
Viraó de Cangro, a ursa de Calixto, 
Cavalleiros da roixa cruz de Christo. 
£u ja a Fe, e os teus reis, e a patria amada, 

Na guerra te ensinei 
A defender, com a tingida espada. 

Co a morte me aíTrontei 
Pela fe, pelo rey, e patria. A vida 
Se assim se perde — A vida é bem perdida. 
Ja com esta, (e arrancou a espada inteira) 

Ao reino vindiquei 
A croa que usurpou maó estrangeira: 

Fiz ser reí o meu rei 
Com accóes de valor, feitos preclaros 
Ñas linhas d* El vas, e nos Montes Claros. 

Por lo que hace á Alñeri sabemos que el autor de los Preludios, 
no sólo gustaba de su estilo, sino que tradujo una de sus tragedias y 
que Hermosilla le desaconsejó el estudio del mismo, por duro y por 
republicano. 

(1) Juan Jacobo Rousseau. {N'ota de esta edición.) 



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HISTORIA LITERARIA. 259 

¿hubieran seguido encerrados en la forma que el poeta 
se prescribiera? ¿ninguna mella le hubiera hecho la ge- 
neral adopción de maneras poéticas, en parte nuevas y 
en parte más candorosas y nacionales? ¿algunos sínto- 
mas de abatimiento y de amarga desconfianza que en él 
se advierten, hubieran dejado ileso su noble entusiasmo, 
su pasión por lo grande? Creemos que su ingenio no se 
hubiera negado á admitir toda clase de innovaciones 
literarias, y que su alma no se hallaba de todo punto al 
abrigo de las tormentas propias y exteriores; pero que 
tras una transformación literaria y acaso una transitoria 
lucha interior, se hubiera presentado todavía más gran- 
de y más poderoso, y si no exento de cicatrices, coronada 
con los lauros de la victoria. 



II. 



De intento hemos reservado para el análisis especial 
de las composiciones publicadas con el título de Prelu» 
dios de mi lira un buen espacio, que sin embargo se re- 
conocerá insuñciente si se atiende á cuánta copia de 
bellezas atesoran, á cuan poco conocidas son respectiva- 
mente á su mérito, y á cuan escaso es el número de 
ejemplares que de las mismas circulan. Comenzaremos 
por cuatro que no dudamos en llamará boca llena obras 
maestras. 

Intitúlase la primera La independencia de la poesía^ 
y es oda de asunto literario; calidad que no debe extra- 
ñar cuando no son pocas las de Horacio que la presen- 
tan, y cuando Schiller ha expuesto líricamente no sólo 
ideas generales de estética, sino la cuestión de las dos 
escuelas dramáticas. La independencia de la poesía ofre- 
ce cuanta animación, cuanto entusiasmo, cuanto senti- 
miento^ en fin, consiente el género, y distingüese además, 
no menos que las otras que con ella colocamos en pri- 
mera línea, por una perfección exquisita en la ejecución 



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a 6o UNA PXCtNA DE 

j tanta riqueza como economía en los pensamientos. 
Juzgúese por las dos primeras estancias. 

Coma una casta ruborosa virgen 
Se alza mi Musa, y tímidas las cuerdas 
Pulsando de su arpa solitaria 
Suelta la voz del canto. 
Lejos I profanas gentes 1 no su acento 
Del placer muelle corruptor del alma 
£n ritmo cadencioso hará suave 
La funesta ponzoña. 

El final de esta oda es esencialmente literario, como 
que versa sobre una especie de anécdota relativa á Ho- 
racio; mas queden sin temor los lectores, pues nada 
hay en él que sepa á libro de clase ni huela á humo 
de quinquet. 

Hijo cruel! cantor ingrato! El cielo 
Le dio una lira mágica y el arte 
De arrebatar á su placer las almas 
Y arder ¡os corazones , etc. 

La oda á Cintio en endecasílabos libres pertenece á 
un orden de ideas demasiadamente beneficiado en nues- 
tros días^ en que la poesía lejos de levantar y enardecer 
el ánimo se ha complacido muy á menudo en desalen- 
tarlo y abatirlo. Mas si la gravedad y la nobleza, si una 
resignación dolorosa fuesen bastantes á abonar compo- 
siciones de este género, tendríamos la que nos ocupa 
por una de las más admirables, sino de las menos 
amargas: 

I Ayl De mi triste juventud, oh Cintio, 
Cual se arrastran inútiles los días 

Y sin placer! Un tiempo de la gloria 
La brillante fantasma su amargura 

Con esperanzas halagó mentidas 

Amapola de vida momentánea 

La frente saca de la tierra un punto: 
Viene el arado del gañán, la troncha, 

Y deja de existir. Gota lanzada 
Del matinal rocío en la corriente 



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HISTORIA LITERARIA. zGl 

Del Orinoco, á las inmensas ondas , 
¿De qué sirve? Arrastrada á la par dellas, 
Irá á morir sin pro y desconocida 

A no transcribirla íntegra, imposible es dar una idea 
completa de La misa nueva. Parece como que esté toda 
esta composición alumbrada por el puro fulgor del 

Arco señal de calma 
Que de los montes la yerma cúspide 
Une á las altas salas espléndidas 

Do mora el Sol. 

Todas ó la mayor parte de las composiciones religio* 
sas debidas á poetas modernos, ofrecen una reproduc- 
ción fecunda y generalmente oportuna del estilo sublime 
y arrebatado de la antigua poesía hebraica ; en La misa 
nueva observamos el reflejo, no diremos de la poesía, 
sino del manso y puro esplendor del Nuevo Testamento; 
en este concepto puede señalarse esta obra como una de 
las más originales en su clase. Hemos indicado ya que 
no es dado juzgarla por fragmentos; pero tampoco 
podemos prescindir de presentar las primeras estancias: 

¿ Quién se adelanta modesto y tímido 
Cubierto en veste fúlgido-cándida 
Al tabernáculo mansión terrena 

De Adonaí? 
Es Juan, oh fíeles; es el mancebo 
Que por los trámites marchó del justo 
Y entre los ímpios guardó sin mácula 

Su corazón. 

Debemos advertir que el final de esta composición 
nos parece defectuoso por ser la última estancia poco 
preparada, y tal que por una imitación inoportuna de 
los finales de Horacio rompe la marcha tranquila y so* 
segada con que se suceden las anteriores. 

La oda que empieza : 

Perdón, celeste virgen, 
Si á tus honestos labios 



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a62 UNA PÁGINA DE 

Arrebaté de amor costoso un sf: 

Si á tu inocente pecho, 

Si á tus sueños tranquilos 
Turbé la calma plácida, perdón.... 

es la única amatoria de la colección y por esta estancia 
puede juzgarse de qué manera lo es, con qué tono de 
resignación, con cuan puro y concentrado sentimiento. 
Nada ya de imitación, nada de escuela ni de resabio 
literario; nada que falte, nada que esté de más; nada 
violento y precipitado. 

Como no tratamos de presentar un examen minucioso 
de todas las odas, nada diremos ni de la dirigida A un 
amigo en sus días que es la más débil, ni de la ingenio- 
sa pero extraña alegoría intitulada Mi navegación^ ni 
de Mi estrella que en otras colecciones podría figurar 
como excelente. Notaremos en El oro el remate tan bien 
preparado y de tan briosa ejecución, en el cual se alude 
á la separación de América. 

¡Joya fatal! jamás te ornara, ¡oh Madre! 

Y en extranjeras márgenes 
De tu seno arrancados no murieran 

Por la flecha del indio 
Y ¡oh dolor! por la espada de Toledo 
Tus malogrados jóvenes:... 

Y ¡oh! no fueras escarnio 
De tus lejanos hijos, que abatida 

Mirándote, en sus ánimos 
Ingrato ardor de rebelión encienden, etc. 

Hay otras composiciones más desiguales, pero en 
todas ¡ cuántas bellezas ! ¡ qué hermosa conclusión la 
de El cólera morbo y donde se habla de la guerra de 
Portugal ! 

I Nudos bellos de amor! Al golpe horrible 
Del hierro fratricida rotos caen: 
Se estremece Natura 
¡ Ay ! y las ves ? Ya aullando 
Sobre sus torres, oh Ulysea, vagan 
Las furias de Montiel y las de Tebas. 



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HISTORIA LITERARIA 2G3 

¡Qué arranque, qué plenitud en algunas estancias 
dtl Estío! 

Sobre los cerros patrios 
Hi)o yo del ardiente Mediodía 
Vengo á adorarte | oh Sol ! y en tí me gozo. 
Divinidad! ¿de esos ardientes rayos 
Inspiradores de entusiasmo y vida, 

Por qué al poder inmenso 

Las testas de los héroes 
Lozanas otra vez no resucitan, 
Como el fresco botón de la azucena? 

Trabajo cuesta detenerse en tantas citas y acaso hu- 
biera sido preferible copiar una oda entera á presentar 
extractos siempre insuficientes. 

La poesía á Marcio en que se oponen las antiguas á 
las modernas costumbres y que termina narrando el 
juramento exigido al rey Alfonso por el Cid y la saña 
del monarca, nos pareció en otro tiempo digna de con- 
tarse entre las mejores; pero sin pasar ahora al otro 
extremo, opinamos que esta composición, escrita en 
hemistiquios y versos de seis sílabas que se proponen 
recordar los dodecasílabos de la antigua poesía castella- 
na, inspirada por recuerdos nacionales y engalanada con 
imágenes romancescas, ofrece al mismo tiempo un sesgo 
horaciano y reminiscencias del lírico latino, de todo lo 
cual resulta un conjunto algo extraño y discordante. 

Los endecasílabos sueltos á Colón ó Colombo que 
forman la última y más extensa poesía de la colección, 
á pesar de que no se distinguen por aquella precisión lí- 
rica que tanto recomienda á las otras poesías, nos parece 
digna de compararse y aun de equipararse con I sepo!' 
cri de Foseólo. No obstante, la composición de nuestro 
poeta está animada de recuerdos más gloriosos y de un 
sentimiento más apacible que la del poeta italiano. Por 
una imitación harto visible del Adamastor de Camoens 
habla á Colón el Océano augurando los futuros desti- 
nos del Nuevo Mundo. Véanse las últimas palabras que 
dirige al héroe genovés : 



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964 UNA PÁQIHA DE HISTORIA LITERARIA. 

¡Oh Colombo, Colombol de la humana 
Vida son breves las más fieras cuitas, 
Mas sigue al grande eternidad de gloria! 

Del último verso debe, al parecer, colegirse que no 
había cesado de halagar á nuestro poeta el brillante fan- 
tasma de que nos habla en sus endecasílabos á Cintio. 
Extraño fuera á la verdad que, en medio del aislamiento 
literario casi completo en que debió vivir antes de la 
publicación desús poesías, hubiese adivinado por entero 
la naturaleza aérea y nebulosa, si bien deslumbradora, 
del genio de la gloria, el cual acaso le reservaba para lo 
sucesivo inesperados desengaños. Hubiera en efecto vis- 
to las palmas que este genio dispensa profanadas por 
frentes vulgares; conociera tal vez cuan caprichosas son 
las decisiones que al mismo se deben, á efecto de los di- 
ferentes grados de aprecio dispensados á sus propias 
composiciones. Acaso por el especial carácter de las 
mismas se hubiera negado el instable genio á arrancar- 
las de la obscuridad. Veremos si podrá algo con él nues- 
tro actual llamamiento. 

Diario de Barcelona ^ 1854. 



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WALTER DE AQUITANIA. 



POEMA LATINO DEL SIGLO X. 



I. 



Atestiguan autores de varios siglos la existencia de la 
poesía épica entre los antiguos pueblos Germanos. Táci- 
to describe ya los cantos que hacían entre ellos veces de 
historia y que se entonaban antes de comenzar la pelea. 
Jornandes habla de la poesía épica no escrita, compara- 
ble á la de los Griegos, que poseían los Godos. Pablo el 
Diácono de las tradiciones referentes á Albuino, no sólo 
conocidas de los Lombardos, sino también de los Báva- 
ro8 y Sajones. Eginardo cuenta que Carlomagno mandó 
formar una colección de los cantos paternos, y otro his- 
toriador nos dice que su hijo Ludovico Pío trató de 
olvidarlos y mandó destruirlos á causa de sus resabios 
de paganismo. Fácil sería aumentar el número de estos 
testimonios reunidos por los historiadores de la antigua 
literatura germánica. 

Se han conservado además algunos escasos fragmen* 
tos de época remota y pertenecientes á diversos pueblos, 
tales como el poema anglo sajón de Beowulf que, aun- 
que copiado en el siglo x, presenta todavía muchas alu* 
siones á las supersticiones antiguas, el de Hildebrando 
y Hadubrando de redacción franca pero de asunto os- 
trogodo y cuya continuación se ha de buscar en una 
saga escandinava posterior de cuatro ó cinco siglos, y 
finalmente el cántico de victoria de Luis III, uno de los 



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2 66 WALTER DE AQUITANIA. 

Últimos reyes carolingios, el cual nos da doble testimo- 
nio de los hábitos descritos por Tácito y conservados á 
últimos del siglo ix, cuando desde tanto tiempo se había 
abjurado el paganismo: 

Tomó entonces el escudo y la lanza 
Y prontamente cabalgó \ 

Quiere vengarse 

De sus enemigos; 
No tardó mucho 
En alcanzar á los Normandos. 

Gracias á Dios, dijo , 

Viendo lo que deseaba. 

El rey cabalga aprisa 

Y canta un canto adelantándose. 
Luego todos cantaron: 

Kyrie eleison. 

El canto fué cantado, 

El combate comenzado; 
La sangre brilla en las mejillas 
De los Francos enardecidos para el combate etc. 

No puede designarse con más claridad el uso del anti- 
guo bardito, que sin embargo en este caso particular 
vemos convertido en un canto piadoso. 

Tales citas y tales fragmentos bastarían sin duda para 
asegurar la existencia de una poesía épica, pero no para 
conocer su naturaleza y el fondo de sus asuntos; mas 
algunas colecciones, si bien no numerosas, muy consi* 
derables, han conservado entre las diferentes ramas de 
la familia teutónica un conjunto grandioso de antiguas 
tradiciones y narraciones épicas. 

Cítase en primer lugar el Edda poético, compilado 
hacia iioo, pero formado en gran parte de tradiciones 
escandinavas del siglo viii y aun del vi, y que si bien es 
en su primera parte puramente mitológico y nacional, 
contiene en la segunda poesías heroicas cuyo asunto 
interesaba más directamente á los Germanos meridiona- 
les que al pueblo que las había conservado. Entre ellas 
fíguran en primera línea los personajes ostrogodos, bur- 
gondas ó burguiñones y hunos que cantaron algún 



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WALTER DE AQUITANIA. 267 

tiempo después los poetas épicos alemanes. La primera 
parte del Edda en prosa, compuesto á principios del 
siglo XIII, y la colección de las sagas completan la pri« 
mitiva poesía escandinava que aunque versa en gran 
parte sobre los hechos de los antiguos reyes y héroes 
nacionales, ofrece sin embargo frecuentes puntos de 
contacto con las tradiciones alemanas. 

Hállanse estas últimas consignadas en el poema de 
los Nibelungos de principios del siglo xiii, que es como 
el complemento y el resultado definitivo de esta literatu- 
ra, y además en el libro de los Héroes que junto con 
algunas tradiciones sueltas, contiene nuevos episodios y 
versiones relativas al asunto del anterior poema. 

En el variado conjunto de estas tradiciones poéticas, 
acaso se hallen vestiglos de los tiempos anteriores á la 
invasión de los pueblos bárbaros en el mediodía de 
Europa, y se hallan sin duda, aun si se prescinde de la 
parte mitológica de los Eddas, ciertas ideas especiales del 
culto odínico ; pero por lo general representan, ya en 
algunos poemas aislados y biográficos, ya sobre todo en 
el ciclo épico de los Nibelungos, la época de la inva- 
sión, el dominio de Atila y los primeros establecimien- 
tos de los pueblos bárbaros. No es decir que se haya de 
buscar en estos poemas una pintura fiel y exacta de un 
período determinado; puesto que al lado de ciertos 
nombres y recuerdos históricos, se perciben do quiera 
los cambios é invenciones debidos á diversos orígenes y 
la reunión no sólo de costumbres, sino de personajes de 
diversas épocas. 

Los primitivos materiales de estos cantos, deben con- 
siderarse como patrimonio común de todos los pueblos 
de origen bárbaro que se lo transmitían recíprocamente, 
alterándolos cada uno según sus propias miras y enri- 
queciéndolos con nuevos personajes y aventuras. Por 
una singular excepción, no suele figurar en ellos ningún 
personaje perteneciente á la poderosa nación de los 
Francos meridionales, los cuales sin embargo más tarde, 
bajo el dominio de una nueva dinastía y en el idioma 



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268 WALTER DE AQUITANIA« 

romance que recibieron de los vencidos, debían llenar 
toda Europa de la fama de sus hechos en los poemas 
caballerescos del ciclo caroüngio. 

Costumbres ásperas y rudas, una horrible sed desan- 
gre y de venganza, la pasión de los tesoros, el denuedo 
considerado como la principal entre las virtudes, pero 
al mismo tiempo la fidelidad en el amor y en la amistad, 
los afectos de familia, ciertas virtudes hospitalarias, un 
tanto modificado todo ello por el influjo benéfico, pero 
poco directo, del cristianismo, forman el fondo de este 
mundo barba ro*heroico que tantas semejanzas presenta 
con otros periodos análogos de la historia, si bien acaso 
los excede á todos en cierto tinte de ferocidad y rudeza. 
La parte maravillosa que con tales costumbres hermana 
esta poesía es seria é imponente en las narraciones es- 
candinavas, mientras en las alemanas se ha ido convir- 
tiendo en una especie de adorno arbitrario y menos 
importante, y adquiriendo las reducidas dimensiones de 
simple cuento popular. El estilo es entre los primeros 
rápido, enérgico y frecuentemente sublime ; entre los úl- 
timos ha adoptado ya la marcha un tanto lánguida de las 
modernas narraciones caballerescas meridionales, si bien 
algunas veces se distingue por la suavidad y la gracia. 

Fáltanos dar una idea, que en verdad será diminuta é 
incompleta, del argumento de los Nibelungos que, 
según puede desprenderse de lo dicho, constituye el 
punto de reunión de las diferentes tradiciones, y que 
por otra parte es el que más de cerca está emparentado 
con el asunto que debe ocuparnos. 

En el reino de Burgundia, situado sobre el Rhín 
medio, y cuya capital era Worms, reinaban los tres 
hermanos Gunter, Gernot y Giselher, cuya hermana 
Crimhild era célebre por su hermosura. Entre los va- 
sallos de los tres hermanos contábase Hágen tan feroz 
como denodado. En el reino de Niderland ó país bajo 
reinaba Sigmund, cuyo hijo Siegfried había conquistado 
el tesoro de los Nibelungos, robado al enano Albericb 
una capa maravillosa que hacia invisible al que cubría, 



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WALTER DE AQUITANIA. 269 

muerto á un monstruoso dragón y adquirido el don de 
ser invulnerable bañándose en la sangre del último. 
Deseoso Siegfried de unirse á la celebrada Crimhild, 
preséntase en la vecina corte de Borgoña, vence á los 
enemigos de los reyes burguiñones y es recfbido á la 
presencia de la princesa. A su vez el rey Gunter arde en 
deseos de vencer á la valerosa 3runhild, reina de una 
isla lejana, que sólo debe dar su mano al hombre que 
triunfe de ella á fuerza de armas. Auxilia á Gunter en 
su empresa Siegfried, invisible bajo su manto maravi- 
lloso. Después de la victoria, se celebran los dos matri- 
monios, pero Gunter necesita de nuevo del auxilio de 
Siegfried, que triunfa segunda vez y también invisible 
de Brunhild, tomándole la cintura y el anillo que regala 
imprudentemente á su esposa Crimhild. 

Después de reinar felizmente diez años Siegfried y 
Crimhild en el país bajo, decidense á visitar la corte de 
Borgoña. Brunhild hiere en ella el amor propio de 
Crimhild que presenta despechada la cintura y el anillo. 
Hágen jura vengar á su señora, Gunter accede á los 
traidores intentos de ambos. Prepárase una caza, y teme- 
rosa Crimhild y engañada por Hágen, encárgale la cus- 
todia de su esposo y le descubre el único punto vulne- 
rable que había dejado en su espalda una hoja de sauce 
que cayó en ella al bañarse en la sangre del dragón. 
Matan á traición durante la caza á Siegfried, y Hágen, 
entre otros desafueros contra la desgraciada Crimhild, 
le roba el tesoro de los Nibelungos y lo arroja al Rhin. 
En la segunda parte de la fabulosa narración aparece 
á su vez tan feroz é implacable Crimhild, como intere- 
sante se había mostrado en la primera. Con la esperanza 
de vengarse de sus enemigos, accede á los deseos de 
Edzel ó Atila, dándole la mano de esposa. Después de 
una larga separación, invita á sus hermanos á que pasen 
á la corte de los Hunos. A pesar de la desconfianza de 
Hágen, de las predicciones de las sirenas del Danubio, 
y de los avisos rebozados del prudente y generoso Die- 
Irich de Berna (Teodorico de Verona ó el Grande) llegan 



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270 WALTKR DE AQUITANIA. 

los Burguiñones en presencia de su hermana. No es 
necesario entrar en pormenores sobre la trágica catás- 
trofe caracterizada y variada con rasgos enérgicos de in- 
decible barbarie, que templa únicamente el carácter en 
realidad caballeresco de Rudiger, tipo de costumbres 
más generosas y recientes. 

A pesar de los muchos siglos y de la diferencia de 
hábitos que separan á los modernos pueblos de Alema- 
nia de los tiempos bárbaro-heroicos representados en 
tales poemas, no deberá extrañarse que, no obstante las 
protestas de algún poeta y de algún autor de estética 
exclusivamente prendados del ideal griego, los hayan 
estos pueblos acogido con singular entusiasmo, los lean 
y comenten con cierta predilección nacional y acudan á 
ellos frecuentemente para inspirarse en sus nuevas com- 
posiciones. Aunque no obren entre nosotros los mismos 
motivos especiales, no dejan de reclamar la atención 
aquellas brillantes tradiciones poéticas, como punto in- 
teresante de los anales de la literatura, y además por la 
parte septentrional y germánica que todas las naciones 
modernas deben reconocer, en su historia. Si por otra 
parte hallamos un poema de la misma clase que por la 
lengua en que está escrito podemos estudiar y desentra- 
ñar por nosotros mismos; y no sólo por medio de 
extractos y traducciones, si el héroe de este poema sobre 
ofrecer un carácter más amable que sus compañeros, es 
para nosotros nacional en cierto sentido, y si este poema 
además se recomienda por la instructiva y exacta des- 
cripción de las costumbres que representa, bien podre- 
mos dedicar á su lectura algún mayor espacio. Todas 
estas circunstancias reúne el poema de Walter de Aqui- 
tania que se ha conservado, no en el dialecto germánico 
en que originariamente fué escrito, sino en latín y en 
exámetros clásicos, los cuales, en ciertos puntos del exa- 
men del poema, traduciremos en endecasílabos sueltos, 
más aptos para dar una idea del tono y del movimiento 
del original que la simple prosa, de que, por otra parte, 
se diferenciarán poco nuestros versos. 



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WALTER DE AQÜITANIA. 27 1 



II. 



Precede al poema una dedicatoria en versos leoninos 
al obispo Erkhambaldo en la cual el monje Geraldo, 
autor del poema, le suplica que lo reciba con agrado, á 
pesar de no ser de asunto religioso, sino de referir las 
hazañas del guerrero Walter mutilado en muchos com- 
bates. 

Sigue el poema en exámetros regulares y dirigido á 
sus hermanos ó sea á los demás monjes y en que des- 
pués de haber hablado brevemente de Europa, tercera 
parte del mundo, celebra la nación de los Hunos (ó Pa- 
nonios, llamados también Avaros) que en ella habitaba. 
Sigue inmediatamente la narración. 

Atila, rey de los Hunos, no contento con la herencia 
de sus padres se propuso invadir las tierras de los Fran- 
cos, de los Burgondas y de los Aqultanos. En la pri- 
mera reinaba Gíbico á quien acababa de nacer un hijo 
llamado Gunter. 

Rápida fama amedrentó al monarca (i), 
Contándole que armada muchedumbre 
El Istro traspasaba, numerosa 
Más que del firmamento las estrellas 

Y más que las arenas de aquel río. 

De su pueblo en las armas y el denuedo 
Poco seguro, reunió consejo, 

Y de sus fieles la opinión demanda. 
«Del Huno, dicen, la amistad se implore. 
Apriétese su diestra si la tiende, 

Y afírmese el tributo con rehenes, 
Enantes que perder vida y dominios 

Y esposas é hijos ver de sí arrancados. » 
Hágen crecía allí, noble mancebo 



(1) Fama volans pavidi regis transverberat aares 

Dicens hostilem cuneum transiré per Histrum, etc. 



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373 WALTBR DK AQUITANIA. 

De índole egregia y de troyana estirpe. 
Como Gunter el tiempo no alcanzaba, 
En que sin madre mantener pudiese 
Su tierna vida. Con crecidos dones 
Envían á Hágen. Pronto los legados 
Al campo llevan ¡oven y tributo. 
La paz imploran y los pactos firman. 
De los potentes cetros de Borgoña 
El primero empuñaba el noble Enrique 
Que en Hilgunda tenía única hija. 
Insigne en hermosura y en nobleza, 
Destinada á heredar en la paterna 
Casa regia, y gozar de los preciados 
Tesoros lentamente recogidos. 
Asentadas las paces con los Francos 
En su confín detiénense los Hunos, 
Gime la tierra al choque de los brutos 

Y el son de los escudos repercute 
Allá en lo alto temeroso el aire; 
Una selva de hierro centellea 
Entre los campos, cual el sol naciente 
Al salir de las aguas del Océano 
Relumbra en las regiones más distantes. 
El alto Saona y Ródano transpuestos, 
Para el pillaje espárcese la hueste. 
Acaso en Cabillón (i) reside Enrique, 

Y hete que mira el centinela y grita: 
«¿Qué polvorienta nube se levanta? 
Acércase un ejército enemigo, 

Los portales cerrad.» El rey entonces, 
Sabedor del tributo de los Francos, 
A todos sus magnates congregara : 
« Si una nación que en bríos nos supera 
Al Huno sujetóse, ¿con qué medios 
Pensamos defender la dulce patria? 
Harto es que con el censo se contente 

Y acepte pactos. Mi única heredera 
Por el pro comunal ceder no dudo: 
Córrase pues á celebrar la alianza.» 
De armas desnudos salen los legados, 
Al Avaro transmiten la orden regia 

Y que interrumpa, ruéganle, el saqueo. 
El capitán Atila, según usa, 



(1) Chalona. 



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WALTER DE AQÜITANIA. ZyZ 

Suave les acoge: a Los tratados. 
Dice, prefiero á combatir los pueblos. 
Reinar desea el Huno en paz: tan sólo 

Y mal su grado acosa los rebeldes. 
Llegue aquí el rey y paces dé y acepte.» 
De tesoros innúmeros cargado 
Enrique se presenta; el prometido 
Pacto firma y al Huno la hija cede. 

La hermosísima joya de su padre 
Hacia el destierro con temor camina. 

Desque hubo alcanzado el nuevo pacto 
Encaminóse Atila al Occidente. 
Los reinos de Aquitania Alfer mandaba 
Que poseía varonil progenie 
(Así cuentan). Llamóse su hijo Walter 
Cuyas primeras gracias florecían. 
Ya Enrique y Alfer entre sí juraran 
De unir entrambos niños en el punto 
Que de enlazarse á la sazón llegasen. 
Alfer la rendición de aquellos pueblos 
Sabe, y hondo temor hiela su pecho; 
En resistencia armada no confía 

Y dice: «¿Si es la guerra temeraria, 

Qué haremos pues? de Francia y de Borgoña 
Con el ejemplo ¿quién podrá culparnos? 
A acceder á la alianza me apresuro, 
Mi caro niño por garante entrego 

Y rindo ya el futuro censo al Huno. 
No haya demora, al dicho siga el acto.» 
Entonces los Avaros, de tesoros 
Rarísimos cargados, por rehenes 
Hágen é Hilgunda y Walter reteniendo. 
Con pecho alegre á su país se tornan. 

Atila trata con la n^ayor ternura á los dos niños que 
descollaron en prudencia y en valor y le sirvieron en 
distintas guerras, al paso que la mujer de Atila se pren- 
dó también de Hilgunda á la cual confió el cuidado de 
sus tesoros. 

Muerto el rey de los Francos, su hijo Gunter rompió 
el tratado, y Hágen se evadió de la corte de los Hunos. 
La reina Ospirn exhortó á su marido á que ofreciese á 
Walter, que todos consideraban como la columna del 
imperio, una princesa escogida entre las hijas de los 

i8 



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374 WALTKR DE AQUZTANtA. 

Hunos. Mas el joven aquitano pretextó que no quería 
distraerse de los cuidados de la guerra. Triunfa de nue- 
vo de los enemigos de los Hunos y llega victorioso á la 
corte, encaminándose luego directamente á la cámara 
del rey donde se hallaba sola Hilgunda. Pídela de beber 
y la joven se apresura á servirle. Hace Walter el signo 
de la cruz, bebe, y ella 

En pie y callada y de su dueño el rostro 
Mirando, el vaso recibió vacío. 
Ambos sabían bien sus esponsales , 

Y dice Walter á la cara virgen : 

« Luengo destierro padecemos ambos : 
Cuanto los padres entre sí trataron 
Sobre nuestro destino conociendo, 
¿A qué sufrir más tiempo silenciosos? » 
Pensando la doncella que el mancebo 
De burlas lo decía, calló un tanto, 
Mas luego contestó: «¿ Por qué tu labio 
Lo que desmiente el corazón simula? 
¿Tanta afrenta te causa el desposarme?» 
Repuso entonces el varón prudente: 
«Aleja tal sospecha y nada juzgues 
Falso en mi pecho ni en mi boca vano. 
Nadie nos oye: si contar pudiese 
En tu obediencia y lealtad, te abriera 
Del corazón los íntimos arcanos. > 
Habla postrada la modesta virgen. 
«Señor, te seguiré do quiera mandes, 
Sin que me guíe más querer que el tuyo.» 

Y Walter: a Ya me cansa este destierro 

Y acuerdóme á menudo de mi patria. 
Quiero pues disponer oculta fuga 
Que antes ejecutara ya, si sola 

No me doliera abandonar á Hilgunda.» 

Del fondo de su pecho así responde 

La doncellita: «Mi querer se ciñe 

A lo que mande mi señor; á dicha 

O daño, á todo por su amor me avengo.» 

Al fin le dice Walter al oído: 

«Pues eres guardadora del tesoro 

Mis palabras recuerda: del monarca 

Toma primero un casco y la coraza 

De tres escamas , luego una loriga 

Que ostente del artífice la insignia. 



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WALTER DE AQUITANIA. 273 

Después de brazaletes de los Hunos 
Llena tanto dos cofres, que consigas 
Apenas levantarlos. De sandalias 
Cuatro pares demás para mi uso 
Y para tí igual número, y de vasos 
Colma entonces entrambos cofrecitos. 
Retorcidos anzuelos busca luego, 
Pues han de mantenernos peces y aves; 
De una semana te designo el plazo; 
Lo del camino sabes, de la fuga 
Decirme resta. Cuando veces siete 
Haya girado el sol, al rey y reina, 
Magnates y caudillos y sirvientes 
Ofreceré magníñca comida. 
Cuidando de tal suerte embriagarlos 
Que con ánimo libre ni uno quede. 
Tú en tanto bebe poco, lo que apenas 
Baste para la sed; haz como sueles 
Tu noble faena, y cuando yazgan todos 
Huiremos á las tierras de Occidente. 

Como es de pensar, tiene lugar el banquete y se efec- 
túa todo á medida de los deseos de Walter. Sale éste 
armado, con dos espadas ceñidas á los dos lados según 
usanza de los Hunos, con lanza en la mano derecha, 
con el escudo y un sedal de pescador en la izquierda, y 
seguido de Hilgunda que trae por las riendas el caballo 
portador del tesoro y de algunas flechas. 

Al volver en sí Atila se abandona á una desespera- 
ción extraordinaria (sin que no obstante nada legitime 
la suposición, adoptada por un excelente escritor, de 
que el rey huno debía estar prendado de la hermosura 
de Hilgunda). Por mucho que se esfuerce el monarca en 
hacer promesas á sus guerreros, ninguno se atreve á 
perseguir al fugitivo, y á medirse con adalid tan aven- 
tajado. Este entre tanto va caminando de noche, ocul- 
tándose de día en los bosques y proporcionándose prin- 
cipalmente por medio de la pesca su sustento y el de su 
desposada. Al cabo de cuarenta días llega á orillas del 
Rhin, en un punto no muy distante de una gran capital 
llamada Worms. 



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276 WALTCR DE AQUITANIA. 



III. 



Pasó Walter el río de Worms ciando por flete al bar- 
quero algunos de los peces que llevaba: 

Cuando el día alumbró fué el portazguero 
Para Worms, y los peces adquiridos 
Trajo al maestre de la real cocina. 
Condimentólos éste y á la mesa 
Presentólos de Gunter, que admirado 
Clamó: « No son de Francia tales peces ; 
Vendrán sin duda de remotas tierras. 
Dime quién te los trajo.» El cocinero 
aCierto barquero» contestó, y al punto 
Que éste se presentase mandó Gunter. 
Vino aquél y del hecho requerido 
Con orden refiriólo: «Anochecía, 

Y á la orilla|del Rhin sentado estaba, 
Cuando vide acercarse un viandante 
Como para una lucha preparado. 
Casi todo de bronce revestido 

Y con escudo y lanza refulgente. 
Aquel fuerte varón ligero andaba 
Bien que cargado con pesadas armas, 

Y una mujer de sin igual belleza 
Paso tras paso al adalid seguía. 

Por las riendas trayendo un alto potro 
De dos cofres cargado, y que á las veces 
Cuando enhiestaba la cerviz, ó entrambas 
Soberbias piernas doblegar quería 
Para correr, un retintín sonoro 
Como de oro y de joyas producía. 
Deste guerrero recibí los peces. » 
Hágen presente estaba, y al oirlo 
Con tales voces prorrumpió gozoso: 
«Conmigo os alegrad por tales nuevas, 
Que á los Hunos dejó Walter mi amigo. 1 
Mas también Gunter prorrumpió soberbio: 
«Conmigo os alegrad por tal suceso: 
Los tesoros por Gíbico entregados 
Al monarca oriental, ese me trae.» 
Exclama, y con el pie la mesa hiere 



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WAL7ER DE AQUITANIA. 277 

Y salta del asiento, y un caballo 
Manda traer con su labrada silla. 

Y á doce convocó de grande esfuerzo • 

Y probado valor, y entre los doce 
Ordenó que Hágen fuese, el cual recuerda 
La fe con Walter y amistad antigua, 

Y á su monarca disuadir procura. 

No ceja empero el rey que va clamando: 
«Sus, no tardéis; ceñios de hierro: cubra 
Escamosa coraza vuestro pecho.» 

Walter se había recogido ya en el bosque de los Vos- 
gos y escogió para guarecerse una caverna formada entre 
las puntas de dos montañas por el derribo de una cima 
inmediata. Al verse en ella trató de dormir y encargó á 
Hilgunda que velase y que le despertase suavemente 
aun cuando se acercase un ejército entero. Guiado por 
las huellas impresas en el polvo fué acercándose Gunter 
á la guarida del héroe, decidido á arrebatarle sus te- 
soros, por más que Hágen le encareciese el sin igual 
denuedo de Walter. Advirtió Hilgunda que se levanta- 
ba una nube de polvo, despertó al héroe y no tardaron 
en ver brillar las lanzas y acercarse los jinetes. Pide 
Hilgunda á su desposado que le corte la cabeza para 
que no caiga en manos de otros hombres, pero Walter 
le contesta lleno de confianza en la protección de Dios. 
«No, dice luego, no son Hunos, sino los Francos Ne- 
bulones (1) y entre ellos mi amigo Hágen cuyo casco 
reconozco.» Envanécese de su próxima victoria, pero se 
arrepiente en seguida de su orgullo, contando, sin em- 
bargo, con que si logra vencer á Hágen que conoce su 
modo de pelear, no debe temer á otro alguno. 

Hágen propone al rey que envíe á Kamelón para que 



(1) Aunque este nombre (Nebulones) ha sido tomado en sentid» 
de bribones 6 bandidos, parece que debe significar Nibelungos. 
Este nombre famoso no tiene, según visos, un sentido muy determi- 
nado en los poemas germánicos, pero se da alguna vez como patro- 
nímico de los Burguiñones ó Burgondas. Ahora bien es fácil conocer 
que en el presente poema se substituye á esta nación la de los Fran- 
cos, como se ve en los personajes de Gunter y Hágen, etc. 



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278 WALT£R DE AQÜITANIA. 

pida á Walter que ceda de buen grado sus tesoros ; mas 
el héroe aquitano que no se niega á darse á conocer al 
mensajero del rey, le ofrece únicamente cien brazaletes 
de oro. Insiste Hágen para que el rey acepte el presente 
y renuncie al combate^ pero Gunter le contesta impe- 
riosamente diciéndole, que también su padre Agaciano 
se atemorizaba por los presagios y se excusaba siempre 
de la pelea. Encolerizado Hágen se sitúa en un vecino 
cerro y se niega á tomar parte en el combate. 

Repite Kamelón la embajada, y al prometerle Walter 
doscientos brazaletes le arroja la jabalina que traía en la 
mano. Evita Walter el tiro, y arrojando su venablo, 
clava á su contrario en la espalda de su caballo, y á 
pesar de los esfuerzos de Kamelón acaba al fin con el 
caballero y con el caballo. 

Sigue una descripción animada y variadísima del 
combate con Kimo sobrino de Kamelón, con Gerar- 
do, hábil arquero, con Ekevrido el sajón, con Hada- 
varto, con Patavrido, sobrino de Hágen, que en vano 
intenta disuadirle de la pelea, y con Gerwico conde de 
Worms. 

Traduciremos únicamente el diálogo de Walter y del 
cuarto combatiente Ekevrido, sajón desterrado de su 
patria, ya como muestra, ya principalmente por haber 
dado lugar á insuperables dificultades y á conjeturas 
sobre el origen del poema : 

Al mirar que aprestado se halla Walter 
Clamó: «Cuerpo tangible, di, ¿es el tuyo 
O tan sólo fantástica apariencia? 
Pues un fauno (i| semejas de los bosques.» 
Él responde con recia carcajada: 
«Tu céltico lenguaje bien demuestra 
Que eres de la nación que á lodos vence 
En chancearse. Si te alcanza, empero, 
Mi diestra, contarás á los Sajones 



(1) El nombre clásico de fauno debe mirarse como versión aproxi- 
mada del nombre germano que indicaba los espíritus de los bosques. 



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WALTER DE AQUITANIA. 279 

Que un fantasma (i) en los Vosgos percibiste.» 
«Veré quién eres,» contestó Ekevrido 

Y lanza duramente herrado cuerno 
Que de Walter se quiebra en el escudo. 

Y el Aquitano le arrojó su dardo : 
«Hete, diciendo, lo que el fauno envía » 

Al ver Gunter la muerte de su séptimo combatiente el 
conde de Worms y que los restantes empiezan á desani- 
marse, les exhorta á que venguen á sus compañeros. 
Decídense los adalides, proponiéndose combatir todos á 
la vez al Aquitano, lo cual no les permite la posición en 
que éste se halla. Desembarázase del octavo campeón y 
resiste á los restantes y al rey Gunter en persona que 
habiendo logrado clavar uno de sus angones (tridente de 
hierro), en el escudo de Walter, se esfuerza en tirar de 
las cuerdas á que estaba sujeta esta clase de arma, para 
arrancarle el escudo. Cansado sin embargo de resistir, 
se precipita sobre los tres combatientes sin que pueda 
escaparse otro que Gunter, el cual sube á caballo y 
corre á colocarse junto á Hágen. 

Niégase éste á combatir recordando las injurias que 
contra él se había permitido el monarca al mismo tiem- 
po que su antigua amistad con el Aquitano. Logra final- 
mente persuadir al rey franco que ceda por el momento, 
proponiéndole que se pongan entrambos en emboscada 
y ataquen á Walter cuando haya abandonado su guari- 
da. El Aquitano se halla indeciso sobre si abandonará 
la cueva ó si pasará en ella la noche; resuelve finalmente 
lo último por temor de una emboscada y por su falta 
de conocimiento de los caminos. Guarece la entrada de 
la caverna con estacas y malezas y 

Con amargos gemidos á los troncos (2) 
Allégase, y un beso les aplica 

Y póstrase hacia Oriente, y su desnuda 



(1) Se cree que alude á la superstición de que aparec/a un es- 
pectro á los que estaban próximos á morir. 

(2) De los vencidos. 



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28o WALTER DE AQUXTAKlA. 

Espada en mano, la oración comienza: 
«Sumo factor que lo gobiernas todo, 
Que cuanto existe mandas ó permites, 
Gracias te doy de haberme libertado 
He las armas inicuas ó leales 
De mis contrarios. Rue'gote contrito, 
Pues la culpa aborreces, no al culpado, 
Que á estos finados en el cielo vea.» 

Sujeta con varitas á seis caballos que han quedado 
vivos, consuela á Hilgunda y la encarga que vele hasta 
media noche. Hilgunda procura desterrar el sueño can- 
tando, hasta que se despierta el Aquitano, y pasa el resto 
de la noche atento á si oye ruido de armas ó á si empie- 
za á despuntar el alba. Al llegar esta hora despoja á los 
vencidos de armas y brazaletes, carga cuatro caballos, 
coloca en el quinto á Hilgunda y se reserva el sexto. 
Sale con recelo, y como no oye el menor ruido de hie- 
rro ó de freno 6 pasos de caballo, hace salir los suyos y 
á Hilgunda detrás de la cual se coloca, trayendo por las 
riendas el caballo cargado del tesoro. Apenas habían 
dado mil pasos, sobrecoge un repentino temblor á Hil- 
gunda que ha divisado á dos hombres en una emlnen* 
cía. Exhorta á que huya á Walter, el cual le manda que 
se oculte en el bosque vecino, y monta á caballo y apres- 
ta su lanza y su escudo. No se digna hablar á Gunter, 
pero se queja en sentidas razones de su amigo Hágen. 
Este le contesta que él ha sido el primero en obrar como 
enemigo y que no puede perdonarle la muerte de su 
sobrino. Saltan los tres de sus caballos; Walter rechaza 
con su escudo los venablos de los enemigos y con la 
espada se defiende de las suyas. Como Gunter se inclina 
para coger su arma arrojadiza, se adelanta contra él 
Walter, y aunque se interpone Hágen, pone el Aquita- 
no el pie sobre el venablo en el momento en que el rey 
acaba de cogerlo, aplastándole con él la rodilla. Ex- 
tiéndese el combate desde la segunda hasta la novena 
hora del día : Gunter pierde media pierna, y Walter la 
mano derecha, y Hágen un ojo y algunos dientes. Cesa, 
por fin, la feroz pelea. 



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WALTER DE AQUITANIA. 28 1 

Sentáronse los dos, pues el monarca 
Echado estaba, de sangrientas flores 
Cubriendo el río undoso. El hijo de Alfer 
Llama gritando á la espantada virgen, 
Que venda presurosa sus heridas. 
Mándale en pos su dueño: o Échanos vino 

Y sirve á Hágen luchador de precio 
Con tal que nunca de ser leal se olvide. 
Por más cansado á mí sírveme luego 

Y á Gunter el postrero por más débil 

Y pobre lidiador entre los fuertes. 
En todo obedeció la hija de Enrique , 
Mas Hágen dice, aunque la sed le abrase: 
«Alárgalo primero al hijo de Alfer 

Tu esposo y tu señor: el cual confieso 

Que me excede en pujanza y que en las lides 

Supera á todos.» Y el terrible Franco 

Y el Aquitano de ánimo invencibles 
Si bien de cuerpos fatigados, luchan, 
Tras de la lid y los tremendos golpes. 
En beber y chancearse. Dice el Franco: 
«Bien te sabrá la caza de los ciervos 
Que cuero te darán para tus guantes; 
Mas el derecho embutirás de lana 
Para engañar con aparente mano. 

O más bien deberás trocar los usos 

Y á la derecha ceñirás tu espada 

Y con la izquierda a(>razarás á Hilgunda 
Siniestramente.» Contestóle Walter: 
«Si ciervos cazo yo, la dura carne 

Del jabalí no probarán tus dientes » 

En este diálogo asaz grosero y en que por cierto no se 
echará de menos el colorido de la época, puede obser- 
varse, sin embargo, cierto tono cordial y como un pri- 
mer asomo de la generosidad caballeresca. Colocan á 
Gunter sobre un caballo y parten los unos para Worms 
y los otros para Aquitania. Renunciando el poeta á 
cantar los demás altos hechos á que dio cima Walter 
después de su regreso á su patria, demanda indulgencia 
y termina con las siguientes palabras : 

Hete est Walterii poesis : nos salvet lesus, 

Eq el artículo final diremos cuántas cosas pueden 
verse en este simple exámetro. 



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282 WALTER DE AQUITANIA. 



IV. 



El poema que acabamos de analizar no es el único 
monumento literario que ha conservado la memoria de 
Walter y de sus hazañas. En otra narración heroica suel- 
ta (Biterolf de España) le encontramos con Hilgunda 
en una ñcsta en la cual Gunter, reconciliado con nues- 
tro héroe, obsequia al margrave Rudiger enviado de 
Atila. Después del rompimiento entre los Hunos y los 
Francos, declárase Walter á favor de los últimos. Hil- 
debrando poseído de la cólera de Atila, se enfurece 
contra Walter el raptor y desleal, y encarga á Rudi- 
ger que le provoque á la pelea, lo que ejecuta á pesar 
suyo el margrave, quien tiene en mucho el valor de 
Walter. Do quiera se trate de hacer frente á los Hunos 
y á sus aliados, preséntase Walter en primera línea. El 
es quien empuña las banderas de Ermanric'o en Italia, 
mide sus fuerzas con Dientlieb, el compañero querido 
de Teodorico, y poseídos entrambos de rencor, atravié- 
sanse uno á otro con sus lanzas y quedan entrambos 
muertos en el campo de batalla. 

En una crónica del monasterio de la Novalesa en el 
Piamonte, escrita á principios del siglo xi por un monje 
anónimo, se citan fragmentos del poema analizado y se 
añade que vivió en aquel monasterio un monje llamado 
Walter, que, según tradición, era el mismo héroe del 
poema, el cual después de haber reinado largo tiempo y 
de haber dado cima á las mayores hazañas vistió el traje 
de peregrino para ir en busca de un convento en que 
se observase una regla austera, escogiendo finalmente 
el monasterio de la Novalesa, donde se sujetó al humil- 
de oficio de hortelano. Mostró sin embargo alguna vez 
su antiguo denuedo, ya exterminando una cuadrilla de 
ladrones con el auxilio de un hueso de becerro, ya re- 
chazando por medio de cierta columna que todavía se 



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WALTRR DE AQUITANIA. 383 

conservaba á crecidas huestes de Sarracenos que pre- 
tendían invadir el monasterio, etc. 

En la Wilkina-Saga se le llama Walter de España, y 
se le considera como un sobrino de Ermanrico, hijo de 
Sansón de Salerno, conquistador de Italia^ Grecia^ y de 
una parte de España. Hablase de una ciudad de la últi- 
ma nación llamada Waskastein ó Sarcastein^ y se da á 
Walter el sobrenombre de Wasikhanstein, lo que daría 
margen á creer que son estos nombres corrupción del 
de los Vascos ó Gascones, si otros no nos dijesen que el 
último equivale á Roca de los Vosgos^ y que en éstos 
hubo un castillo y una familia conocidos con el mismo 
título. 

Además de estos documentos en que se trata directa- 
mente de nuestro héroe, y dejando aparte los que atesti- 
guan la transmisión de su nombre y aventuras á las cró- 
nicas polacas, en algún otro poema germánico, y espe- 
cialmente en los Nibelungos, se hallan alusiones al 
mismo personaje que, por ser fugitivas y casuales, prue- 
ban más todavía la popularidad de la narración. Así un 
guerrero enviado por Crimhild contra Hágen, le da 
como muy temible y dice que se acuerda de los tiempos 
en que vivía con Walter en la corte de los Hunos, seña- 
lándose entrambos por su denuedo. Atila se acuerda 
también de Hágen, á quien había tenido en rehenes al 
mismo tiempo que á Walter de España, y añade: «Yo 
envié á Hágen á su casa; Walter se escapó con Hil- 
gunda.» Finalmente para zaherir Hildebrando á Hágen, 
le dice: «¿Quién es el que se quedó tranquilamente 
sentado sobre su escudo delante de la caverna de los 
Vosgos, mientras Walter de España estaba matando á 
sus amigos?» Con esto se ve que el autor de los Ni- 
belungos tenía conocimiento de un poema relativo á 
Wjlter, idéntico en el fondo al latino, aunque diferen- 
te en algunas circunstancias secundarias. 

No serían necesarios otros datos para reconocer que el 
original del poema existente de Walter de Aquitania 
debió ser una de las varias narraciones germánicas, de 



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284 WALTER DE AQUITANIA. 

que se han conservado tantas muestras. Es de todo 
punto increíble que los Germanos admitiesen como 
vencedor de todos los personajes de su familia á un 
héroe de otra estirpe y ensalzado por una literatura dis- 
tinta de la suya. Sea cual fuere el autor del poema lati- 
no, que por otra parte indicios positivos, si bien algo 
enmarañados, hacen creer que fué un monje de San 
Gall, sea cual fuere su intención particular al llamar al 
héroe de Aquitania y no de España, como se ve que 
acostumbraban las tradiciones germánicas, no cabe duda 
en que se trataba de un guerrero perteneciente á la 
familia de los Germanos occidentales , es decir, de los 
Visigodos, que como es sabido, empezaron por dominar 
en el mediodía de las Galias, para extenderse luego y 
fijarse principalmente en España. Los Visigodos, como 
posteriormente los Vasco-merovingios del mediodía de 
las Gallas, vivieron generalmente en lucha con los Fran- 
cos qiie dominaban en el centro y en el norte de las 
mismas, y de aquí acaso resultó alguna confusión para 
el monje autor del poema latino. 

En efecto, según éste se imprimió por primera vez, la 
lengua de Waher no era la germana, y el diálogo con el 
sajón Ekevrido que anteriormente transcribimos, debía 
arreglarse del siguiente modo: 



Viendo aprestado á Ekevrido Walter 

Clamó: a Cuerpo tangible, di, ¿es el tuyo 

O tan sólo fantástica apariencia? 

Pues un fauno semejas de los bosques. 

Él (es decir, Ekevrido) responde con recia carcajada: 

«Tu céltico lenguaje bien demuestra 

Que eres de la nación que á todas vence 

En chancearse. Si te alcanza, empero, 

Mi diestra, contarás á los Sajones 

Que un fantasma en los Vosgos percibiste; 

Veré quién eres», prosiguió Ekevrido, 

Y lanza duramente herrado cuerno 
Que de Walter se quiebra en el escudo; 

Y el Aquitano le arrojó su dardo: 

«Hete, diciendo, lo que al fauno envío» etc. 



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WALTKR DE AQUITANIA. 285 

De esta manera el lenguaje céltico podría entenderse 
en un sentido literal (aunque en rigor tampoco sería el 
de un aquitano) y no en el de lengua ó dialecto extran- 
jero, como, según la otra traducción, debe entenderse 
para aplicarse al sajón, y convendría mucho más la cali- 
dad de burlones á los de Aquitania que á los rústicos 
compatriotas de Ekevrido. Pero por otra parte, tampoco 
consiente este sentido el texto actual del poema latino, y 
aunque la otra traducción ofrezca dificultades, nunca 
bastarán estos versos controvertibles para fijar de un 
modo absoluto el origen del héroe, que á pesar de los 
mismos y según hemos dicho ya, tenemos por germano 
y visigodo. Walter es pues un representante poético de 
nuestros antiguos conquistadores en el ciclo de los 
Nibelungos, así como Teodorico y otros lo son de la 
nación ostrogoda, Gunter y Hágen de la Burguiñona, 
y Síegfried, á lo que parece, de los Neerlandeses ó 
Franco-austrasios (i). El carácter relativamente suave y 
humano de nuestro héroe convenía en efecto á los Visi- 
godos que eran los más cultos entre todos los conquista- 



(1) Además de los testimonios generales sobre los cantos de ios 
pueblos bárbaros, hallamos alguna indicación especial relativa á 
nuestros Visigodos Hablando de la pérdida de su monarquía y de la 
invasión de los Árabes dice la Crónica general: olvidados están sus 
cantares; y en el tratado de la antigua poesía castellana de Argote 
de Molina leemos el siguiente notabilísimo paso que hubiéramos 
comprobado, á sernos posible, en la parte concerniente á nuestro 
objeto: a En los quales romances hasta oy día se perpetúa la memo- 
ria de los passados, y son una buena parte de las antiguas historias 
castellanas, de quien el rey D. Alonso se aprovechó en su historia, 
y en ellos se conserva la antigüedad y propiedad de nuestra lengua. 
— La qual manera de cantar las historias públicas y la memoria de 
los siglos passados, pudiera decir que la heredamos de los Godos, de 
los quales fué costumbre, como escrive Ablavio y Juan Upsalense, 
celebrar sus hazañas en cantares, si no entendiera que esto fué cos- 
tumbre de Griegos, los arreytos de los Judíos, las zambras de los 
Moros, y los cantares de los Etíopes, los quales oy día vemos que se 
juntan los días de fiesta con sus atabalejos y vihuelas roncas á can- 
tar las alabanzas de sus passados , los quales todos paresce que no 
tuvieron otro mysterio que este, pero esto sería más oportuno lugar 
en otro tractado que el presente.» V. Conde Lucanor (edic. Olive- 
res), pág. 152. 



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286 WALTER DE AQUITANIA. 

dores, y entre los cuales hubo algún rey, no menos 
piadoso que denodado, que lloraba al aspecto de los 
campos de batalla. 

No carecíamos pues de motivo para considerar como 
nacional el poema de Walter, si no en su actual redac- 
ción, en su primitivo origen, y no es este, según ya 
insinuamos, el único motivo que nos induce á conside- 
rarlo digno de atención. Por muy somero que haya sido 
nuestro análisis é incorrectos nuestros versos, por poco 
que nos hayamos detenido en algunos pasos que el 
autor trabajó con singular esmero, como por ejemplo, 
en la descripción de la contienda con los campeones de 
Gunter, aun cuando no se haya atendido más que al 
efecto poético, creemos que no habrán pasado inadver- 
tidos, ni el bello carácter de Walter, ni los puros afec- 
tos y solitaria fuga de los dos desposados, ni la inge- 
niosa invención con que se hace saber su tránsito al 
monarca de los Francos. A más de que en obra alguna 
acaso se hallen hasta tal punto reunidos y, si así sufre 
decirse, fundidos, los tres elementos generadores de la 
literatura, no menos que de la mayor parte de institu- 
ciones y costumbres que figuran en la historia moderna. 
El fondo de la composición es, á no dudarlo, bárbaro y 
germano; el temple patriarcal de ciertas costumbres, la 
sencillez descriptiva, la rudeza de los diálogos, el calor 
en las refriegas, las relaciones entre los dos desposados^ 
tan distintas de la galantería y del refinamiento caba- 
lleresco que dominaron algunos siglos más tarde, son 
distintivos de una primitiva poesía épica que no acier- 
tan á simular las más ingeniosas literaturas, cuanto 
menos un monje latinista del siglo x. Este puso de su 
parte el espíritu cristiano (en cuanto podía compadecer- 
se con el fondo antes señalado) al cual atribuímos si no 
el casto comedimiento del héroe que bien puede conce- 
derse á las costumbres germanas, si no todos los rasgos 
amables de su carácter, ciertos actos de humildad de 
Walter y la patética oración que proiiuncia junto á los 
inanimados restos de sus enemigos; en esto vemos el 



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WALTER DE AQUITANIA. 287 

germanismo corregido por el cristianismo. Propia es 
además del monje la forma clásica, el exámetro latino, 
la imitación de Virgilio y la copia de muchos versos 
enteros del mismo poeta, y finalmente la lengua latina 
de que se vale y la cual, si bien se han notado en ella 
algunos resabios germánicos, es por lo general suma- 
mente castiza, llena de modismos del mejor tiempo y 
aun de ciertos arcaísmos que denotan un conocimiento 
profundo de los recursos del idioma. En el solo último 
verso se presentan abreviadas las tres influencias; el 
verso es exámetro y la lengua latina; este es el poema de 
Walter, es fórmula traducida de los cantares germáni- 
cos, y no hay que decir que las últimas seis sílabas (nos 
salvet lesus) forman una conclusión cristiana. 

Diario de Barcelona, 1854. 



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CAPMANY. 



I. 

Don Antonio de Capmany y de Montpalau, deseen* 
diente de una antigua familia de ciudadanos de Gerona, 
nació en Barcelona en 24 de Noviembre de 1742. Cursó 
humanidades y lógica en el colegio episcopal de la mis- 
ma ciudad. Entró de cadete en los dragones de Mérida 
y luego en las tropas ligeras de Cataluña con el grado de 
subteniente. Después de haberse hallado en la guerra de 
Portugal de 1762, solicitó y obtuvo su retiro en 1770 y 
casó con doña Gertrudis de Polaina y Marqui^ natural 
de la villa de Utrera en la cual vivía por entonces nues- 
tro compatricio. Por comisión Real llevó á las nuevas 
poblaciones de Sierra Morena una colonia de familias 
catalanas, mas luego por haber caído en desgracia su 
director el superintendente D. Pablo Olavide, se retiró á 
procurarse mejor fortuna á Madrid, donde apenas llega- 
do fué admitido por individuo de la Real Academia de 
la Historia y elegido en 1790 su secretario perpetuo. 
En los 35 años de su residencia en la corte dio á luz un 
sinnúmero de trabajos literarios, cuyo catálogo, así 
como las anteriores noticias, extractamos principalmente 
del Diccionario de Escritores catalanes^ reduciéndolos 
en lo posible al orden cronológico y sin omitir los de 
menos valía, por estar persuadidos de que ninguna pro- 
ducción de los hombres ilustres carece de interés, y al 
mismo tiempo para mostrar la inaudita laboriosidad y 
flexibilidad de talento de nuestro compatricio. 

1776. Discursos analíticos sobre la formación y per- 
fección de las lenguas y sobre la castellana en particular. 



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CAPMANY, 289 

El mismo año. Arte de traducir el idioma fraticés al 
castellano con el vocabulario lógico y figurado de lá 
frase comparada de ambas lenguas. 

1777. Filosofía de la elocuencia, que aumentó des- 
pués considerablemente, según se ve en la edición de 
Londres de 181 2. 

1778. Discurso económico político en defensa del 
trabajo mecánico de los menestrales y de la influencia 
de su gremio en las costumbres populares, conserva- 
ción de las artes, y honra de los artesanos, con el pseu- 
dónimo de D. Ramón Miguel Palacio. 

1779. Memorias históricas sobre la marina, comercio 
y artes de la antigua ciudad de Barcelona, publicadas 
por disposición y á expensas de la Real Junta y Consu- 
lado de Comercio de la misma ciudad. Dos tomos en 
folio. 

1786. Compendio histórico de los soberanos de 
Europa. 

El mismo año. Antiguos tratados de paces y alianzas 
entre algunos reyes de Aragón y diferentes príncipes 
infieles del África y del Asia, desde el siglo xiii hasta 
el XV, copiados por orden de S. M. de los originales 
registros del Real y general archivo de la Corona de 
Aragón, etc. 

Desde el mismo año hasta el 1794. Teatro histórico 
crítico de la elocuencia española. 

1792. Suplemento á las memorias sobre la mari- 
na, etc. Dos tomos en folio. 

1792. Vida del falso profeta Mahoma. 

1798. Comentario etc. sobre la nueva traducción 
castellana de las Aventuras de Telémaco. 

i8o5. Diccionario francés-español. 

1807. Cuestiones críticas sobre varios puntos de his- 
toria económica, política y militar. 

1808. Centinela contra franceses, cuaderno dedicado 
á lord Holland, impreso varias veces. 

18 10. Centinela de la patria, cinco números sueltos, 
publicados periódicamente en Cádiz. 

19 



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290 CAPMANY. 

No vemos la fecha del compendio histórico de la 
Keal Academia de Madrid, ni sabemos qué parte tomó 
precisamente en las Vidas de varones ilustres de Espa- 
ña, ni hasta qué punto mejoró el Diccionario Geográfi- 
co universal de Echard, traducido por D. Juan de La 
Serna, que reimprimió en 1793. Indícase además algún 
otro trabajo, y los siguientes que han quedado inéditos: 
Clave general de ortografía castellana.— Ensayo de un 
diccionario portátil castellano y francés. — Frases meta- 
fóricas y proverbiales de estilo común y familiar en 
número de 3.644. — Ensayos poéticos.— Observaciones 
sobre la arquitectura gótica (que incluyó, sin duda, en 
las Memorias históricas.)— Extracto analítico de las leyes 
rodias. — Estado de la literatura en España á mediados 
del siglo XVI. — Idea de la cultura española, catálogo de 
los autores clásicos griegos y romanos traducidos en 
lengua castellana desde el siglo xiv al xvii. 

Como es de ver, alguna de las obras mencionadas fué 
escrita después del año 1808 y de la invasión de los 
franceses en nuestra patria, después de la cual se vio 
obligado Capmany á abandonar su retiro y sus sabias 
tareas. Dícese que durante los treinta y cinco años de 
su residencia en la corte, además de sus encargos litera- 
rios, tuvo varias comisiones del gobierno, y aun se sos- 
pecha que recorrió Francia, Italia, Alemania é Ingla- 
terra; mas lo último no es verosímil, pues ningún 
recuerdo personal relativo á estos países creemos que 
se halle en sus diferentes obras, lo que, atendido su 
carácter y su manera de escribir, no es compatible con 
la realidad de dichos viajes. En el año 1808 huyó de la 
corte y abandonó todo cuanto poseía, sin exceptuar su 
mujer y su nuera que tuvo que dejar enfermas, y llegó 
á Sevilla el i.° de Enero de 1809 ^^^ ^^ ^^^^ ^^P^ 4^^ 
llevaba encima. 

No tardó en publicar el mencionado folleto intitula- 
do : Centinela contra franceses^ y desde entonces co- 
menzó su agitada carrera política en la cual manifestó 
un patriotismo tan ardiente que en aquella época en que 



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CAPMANY. 29 1 

era muy común esta calidad, le distinguió de una ma- 
nera particular. El Conde de Toreno hace de él un espe- 
cial elogio cuando le llama «centinela siempre despier- 
to contra todo lo que tirase á menoscabar la indepen- 
dencia nacional », y no debió de ser escasa la influencia 
de su primera manifestación patriótica, si alude á ella 
como veremos, cuando dice en i.^ de Enero del año 1 1 
con ocasión de las primeras funestas disensiones que 
comenzaban á notarse en los hijos de una misma patria: 
«Me abstengo de hablar, porque el cruel y astuto Napo- 
león que estudia nuestras palabras, lo había de saber y 
leer. Yo le conozco, él me conoce y sabe que le conoz- 
co ; no quisiera tal vez enseñarle á ser peor de lo que 
ha sido.» 

Supónese generalmente que la falta de facilidad en 
hablar ó más bien en pronunciar, en uno de los escri- 
tores que han conocido más profundamente nuestro 
idioma nacional, le impidió manifestar sus dotes y sus 
conocimientos en las Cortes del reino, uno de cuyos 
representantes fué nombrado desde el año 1807; sin 
embargo los diarios de aquellas Cortes manifiestan que 
si no se contó Capmany entre los primeros oradores 
de la época, ya por aquel defecto, ya por ser poco amigo 
de prodigar palabras, ya porque tuviese cierto temple 
inflexible y bronco que mal se aviene con el arte de la 
insinuación y los miramientos necesarios á todo orador, 
tampoco dejó de influir y figurar en el Congreso nacio- 
nal, no sólo por las medidas que con tanta independen- 
cia y resolución solía proponerle, sino por los discursos, 
no muy frecuentes á la verdad, que le dirigía. 

El carácter de los últimos se halla enteramente exento 
de los resabios que difícilmente evitan cuantos se han 
dedicado con especialidad al estudio teórico de la ora- 
toria y logró mostrarse en ellos ajeno á toda pretensión 
j Tcrdaderamente natural. Mas lo que sobre todo le 
distingue es su singular entereza y su amor patrio, úni- 
co móvil de todos sus actos y de todas sus palabras. 
Así en 29 de Septiembre de 18 10 le vemos proponer 



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292 CAPMANY. 

que ningún diputado pueda solicitar ni adcnitir para si 
ni para otra persona empleo, pensión, gracia, merced y 
condecoración alguna; en 21 de Junio de 181 1 que 
ningún diputado pueda tratar personalmente con la 
Regencia sobre negocio alguno público; en 2 del mismo 
mes negar al secretario de la estampilla sus pretensiones 
por considerarlas intempestivas, impertinentes é impro* 
pias de la moderación de un ciudadano dotado super- 
abundantemente por la generosidad de la miserable pa- 
tria que ve perecer de hambre y desnudez á sus leales 
defensores; en otras sesiones dirigirse contra los dipu- 
tados ausentes, etc. 

Una decisión más importante que todas las anteriores 
se le debió en 10 de Diciembre de 18 10, cuando, susu- 
rrándose que el monarca cautivo podía ser inducido á 
tomar esposa contra las miras y la voluntad de la na- 
ción, propuso: «que ningún rey de España pueda con- 
traer matrimonio con persona alguna de cualquiera 
clase, prosapia y condición que sea, sin previa noticia, 
conocimiento y aprobación de la nación española repre- 
sentada legítimamente en las Cortes.» Mas donde en es- 
pecial mostraba toda la fuerza de su voluntad, y si cabe 
decirlo así, todas las potencias de su alma, era en los 
casos en que se trataba de la defensa armada del país. 
Decía él que la guerra debía hacerse con furor, y si sus 
ideas en esta parte pudieran parecer algún tanto ex- 
tremadas á la actual generación que pacíficamente dis- 
fruta de los inestimables bienes de la independencia, 
no hay más que trasladarse á su época y á las circuns* 
tancias que le rodeaban para comprenderlas y aplau 
dirías. 

Como muestra de su entusiasmo y de su estilo parla- 
mentario, extractaremos una parte del discurso que 
en i.<» de Agosto de 181 1 pronunció al tratarse de regla- 
mentar las guerrillas: «Quisiera yo que la materia que 
vamos á tratar nos eximiera de mover aquí otras guerri- 
llas. Ayer los señores preopinantes, especialmente el 
señor Terrero, expusieron cuanto podía decir yo enton- 



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CAPMANY. 293 

ees y podría decir ahora. Nada, pues, tengo que añadir, 
porque desmenuzaron con mucho cuidado y aun pene- 
traron el espíritu oculto de los artículos que componen 
este código que quisiera yo clamar anti-militar, por no 
decir anti-patriótico, tomando lo uno y lo otro en el 
sentido que yo lo entiendo... Este reglamento conspira 
á la destrucción absoluta de las guerrillas, aniquilando 
virtualmfente las útiles con las mismas reglas que se dan 
para destruir las perjudiciales. 

;» Estas, como dijeron ayer los preopinantes, no se 
pueden considerar como verdaderas y legítimas partidas 
de que necesita la patria. Por consiguiente se debe tratar 
de exterminarlas y esto no se alcanzará con el regla- 
mento, que no presta la instrucción necesaria para su- 
bir al origen del mal. — Este reglamento viene á poner 
en tutela inmediata las partidas como á pupilos guerre« 
ros; pero ya han salido de la edad de niños y son ya 
hombres y muy hombres para necesitar de andadores.... 
Estas mantienen una guerra abierta y llámenla desorde- 
nada en medio del enemigo, pues desordenada debe ser 
para desordenarle sus planes. Pelean en el centro de la 
Península en donde no podemos sostener ningún ejérci- 
to que les proteja. 

2> Quererles sujetar á una tutela, como he dicho, de 
rigurosa y exacta observancia, como prescribe el regla- 
mento, sería atar las manos y los pies á esos intrépidos 
defensores que nunca deben considerarse como destaca- 
mentos de los cuerpos de los ejércitos. Estos hombres 
no reciben ni sueldo, ni vestuario, ni armamento, pues 
lo buscan arrebatándolo á los enemigos que sacrifican ó 
aprisionan, y se mantienen de la liberalidad de los pue- 
blos cautivos... No sé á quién pueda convenir el que se 
debilite ó aniquile la fuerza armada de los patriotas en 
lo interior del reino en partidas sueltas y de mutua co- 
rrespondencia para hacer útil la independencia nacional; 
no sólo contra franceses sino contra algún osado que 
intentase alguna vez.... no puedo concluir esta idea.» Se 
ve que Capmany quería vencer: nada que pusiese estor- 



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294 CAPMANY. 

bo á este objeto , así como nada que excusase de no 
lograrlo. 

«La falta de disciplina, había dicho en i.^ de Marzo 
de 1811, ya la conocemos; pero ni el Congreso ni la 
nación tienen la culpa de ello. La disciplina está á cargo 
de los generales y del gobierno. ¿Qué nos importa á 
nosotros que nos digan que no se observa la disciplina? 
Los oficiales, los jefes, los coroneles, los generales, la 
Regencia, todos dicen lo mismo. Estos deberían conocer 
los remedios y emplearlos. ¿No tienen facultad para 
premiar sobradamente? ¿por qué no usan de ella para 
castigar?» Como toda pasión, la de nuestro insigne 
compatricio (pues pasión era aunque muy noble y muy 
legítima) sabía á un poco recelosa é inquieta; tal se 
encuentra cuando se opone decididamente á la inviola- 
bilidad de la correspondencia particular y acaso cuando 
ve por todas partes escritores y predicadores infidentes. 
Pero el ardor con que abrazó todas las convicciones de 
su tiempo, no le impidió distinguir hacia qué extremo 
se ladeaban ; así es que ai tratar algunos de negar al 
monarca el derecho de declarar la guerra, dijo en 17 de 
Octubre de 181 1 estas notables palabras: «Si ha de 
haber monarquía, el rey ha de ser respetado y respetable 
dentro y fuera de su Estado. Me ha causado grande ex- 
trañeza en todas las sesiones anteriores oir de boca de 
todos los señores diputados que han hablado, el uso de 
la palabra freno, freno y más freno, palabra que parece 
muy indecorosa, y á la cual se debería sustituir otra 
más templada, como barrera, límite, etc. Parece que 
vamos á enfrenar un caballo desbocado. (Aquí podemos 
ver en el orador al entendido sinonimista.) Hasta ahora 
se ha tratado de esta materia como si el nombre de rey 
fuese sinónimo de enemigo de ja nación y de su patria, 
cuando debe suponerse que ha de ser español.... O teñe* 
mos confianza en el rey ó no la tenemos.... Si hemos de 
tener un rey tan enfrenado y tan trabado, vendrá á ser 
un esclavo coronado, según se solía decir del dux de 
Venecia, y esto no da verdadero honor á la nación, ni 



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CAPMANY. 295 

es correspondiente al decoro del monarca.» No debe 
creerse sin embargo por las anteriores palabras que 
Capmany tuviese bastante previsión y bastante expe- 
riencia de la marcha de los negocios en un Estado libre 
para no participar de las nobles ilusiones que eran co- 
munes á sus más ilustres contemporáneos. 

Terminó finalmente su vida laboriosa y que tan bien 
mereció de las letras y de la patria, de resultas de la 
epidemia que asoló en 181 3 la ciudad de Cádiz en la 
cual fué sepultado, inscribiéndose en su losa el siguien- 
te epitafio : 

Aquí yace — El filólogo — 2). Antonio Capmany y 
MontpalaUj — Diputado por Cataluña — En las Cortes 
generales y extraordinarias. — Sus obras literarias y 
sus esfuer\os — Por la independencia y gloria — De la 
nación — Perpetuarán su memoria. ^^ Murió en 14 de 
Noviembre de iSi3. — A los 7/ años de su edad. — 
R. I. P. A. 

En el mismo cementerio permanecieron depositados 
los restos mortales del esclarecido barcelonés, hasta que 
con motivo de ser aquél trasladado, y de una consi- 
guiente y amabilísima comunicación del Cuerpo muni- 
cipal de Cádiz, resolvió el de nuestra capital recogerlos 
y tributarles los merecidos honores. Barcelona se dispo- 
ne, pues, á satisfacer una obligación que á su propio 
honor debía; pero ¿era única esta obligación? 



II. 

Es Capmany, á no dudarlo, el más completo escritor 
de que en los tiempos modernos puede gloriarse nuestro 
Principado, pues si otros hubo que acaso le igualaron 
en laboriosidad y talento, y le superaron en invención 
y fantasía, ninguno llegó al plazo necesario para ver 
ejecutados todos sus proyectos y para que sus faculta- 
des se hubiesen desenvuelto en todas las direcciones 
posibles. No fué una sola la que siguió el talento de 



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296 CAPMANY. 

Capmany, pero fueron sin embargo pocas, como suele 
suceder en los escritores eminentes, pudiéndose prin- 
cipalmente distinguir en el cúmulo de sus trabajos al 
filólogo, al humanista y al economista historiador. 

Si entre las vocaciones de nuestro compatricio debié* 
semos averiguar cuál era la más decidida, sefialariamos 
la de filólogo, por la cual alcanzó, según el aserto de 
dos jueces muy competentes (i), «tan distinguido lugar 
y tan dilatada y merecida fama en el orbe literario., 
señaladamente dentro de nuestra patria, donde todavía 
es venerado su nombre como autoridad de gran peso en 
materia de dicción correcta y castiza.» Vemos, en efecto, 
que fué un trabajo filológico el que ya en el año 76 
publicó con el título de Discursos analíticos, etc., ha* 
hiendo sido este escrito el primero que pronunció en la 
Real Academia de la Historia. Si en la parte que trata 
del origen de las lenguas en general pudieran hoy no- 
tarse algunas especies vagas é inexactas y acaso también 
decisiones poco satisfactorias, en la que versa sobre et 
particular origen de la lengua castellana, cuando trata 
de las imperfecciones ó llámense inconsecuencias de 
ésta, da ya muestras del talento investigador y analítico 
que le valió tan íntimo conocimiento de la índole y de 
los recursos del mismo idioma. Nótese que no era toda- 
vía nuestro autor el escrupuloso purista de algunos 
años más tarde y que enojado todavía contra el gusto cul- 
terano que poco antes dominaba en España, atribuía la 
ventajosa diferencia que se iba notando entre los escritos 
de la nación á las nuevas y buenas traducciones que 
veían entonces la luz y á la noble libertad de valerse de 



(1) Alcalá GaliaDO y Salva en su reimpresión del Arle de tra- 
ducir de nuestro autor. Verdad es que el último moteja de bronco 
el estilo del mismo en otro punto, pero á lo menos nada se atreve á 
decir contra su dicción y lenguaje, y en verdad si la permanencia de 
35 años en la coi-te del reino, si su entusiasmo por la lengua patria y 
el estudio perseverante y profundo que de la misma hizo no hubiesen 
podido granjearle el título de buen hablista, necesario fuera confe- 
sar que para alcanzarlo se requiere un don especial ó una armonía 
prestabilíta ó prealable, como dijo cierto traductor oficial. 



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CAPMANY, 297 

ciertos rasgos brillantes j expresivos de otra lengua para 
hermosear la nuestra. Mas tampoco se ha de creer que 
viese con ojos indiferentes la avenida de galicismos que 
ya entonces la amenazaban, pues el mismo año publicó 
su Arte de, traducir el idioma francés, obra que por lo 
conocida no es necesario encarecer, magistral en su cla- 
se, que no ha sido substituida por otra, y de útilísima 
consulta no sólo para los traductores sino también para 
cuantos escriben. Según notó el autor en ella, necesitaba 
esta obra del auxilio de otra cuya falta producía un 
gran vacío en nuestra literatura y era un diccionario 
francés-español, para cuya formación dedicó seis años de 
un trabajo paciente y escabrosísimo que nos valieron 
una obra cercana á la perfección, que es la que todavía 
con ajeno nombre y con mejoras poco considerables 
acompaña al diccionario español-francés que goza de 
ntás nombradía. En el prólogo del mismo vocabulario, 
presenta, como resultado definitivo de su cotejo, un 
cuadro de las riquezas de nuestra lengua, puesta en 
comparación con la francesa, bosquejado con gran pulso 
y suma inteligencia y hasta pudiéramos decir con inspi- 
ración, si este nombre conviniese á obras de tal natura- 
leza. Únase este prólogo á las investigaciones lingüísti- 
cas que preceden al Teatro histérico-critico y á algunas 
páginas referentes á las mismas materias de la Filosofía 
de la Elocuencia y dígase si con razón considerábamos 
á nuestro escritor como eminentemente filólogo. 

Nos engañaríamos empero si le creyésemos menos 
ardiente humanista, pues por mucho que estimase Cap- 
many la pureza del lenguaje, sabía muy bien que ésta 
no es sino condición y no único elemento de los buenos 
escritos. Dos son las obras de nuestro autor que versan 
sobre el estilo y la oratoria, ambas igualmente célebres, 
pero de mérito muy desigual, en nuestro particular 
concepto. La Filosofía de la Elocuencia según la dejó 
su autor en 77 es bastante diferente en extensión y aun 
en espíritu de la misma, corregida y aumentada á prin- 
cipios de este siglo ; mas ni aquélla ni ésta nos parecen 



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298 CAPMANY. 

de todo punto satisfactorias, pues si la primera es algo 
seca y desabrida, la segunda peca por redundante y 
excesivamente retocada. En la primera edición se ve al 
innovador, amigo de las cosas forasteras y envanecido 
con los adelantos del siglo á que pertenece; ea la segun- 
da al anciano descontento, al reaccionario, según diría* 
mos ahora, al propio tiempo que al conocedor de 
nuestros clásicos que con ocasión ó sin ella se deja llevar 
del cebo de las expresiones felices y bellos fragmentos 
que su memoria recuerda. Para prueba del diferente 
punto de vista de nuestro autor en las dos épocas, véase 
lo que dice en los respectivos prólogos: «Tal vez se 
echarán de menos algunos tropos que más pertenecen á la 
gramática que á la retórica, y ciertas figuras como la si- 
nonimia y la paranomasía, muy socorridas las primeras 
para las cabezas estériles de cosas y las segundas para los 
versificadores. Últimamente como se trata aquí de un 
arte de ingenio y no desmemoria, en las definiciones 
hay poco latín y menos griego, y en las materias mu- 
chos principios y pocas divisiones, porque dejo las eti- 
mologías á la ciencia de los filólogos y las clasifica- 
ciones sistemáticas á la de los botánicos.» Así decía y 
decía en esto bien en 'j'j\ mientras en la refundición 
se lee: «.... he creído necesario clasificar y definir todos 

los tropos, figuras, sentencias Esto mismo guardan 

la química, la botánica, la geometría, etc.» Sean hechas 
las anteriores observaciones sin mengua de la estima 
que merece la obra retórica de Capmany que por otra 
parte abunda en observaciones, en ejemplos y aun en 
tratados enteros en los cuales hay mucho que aprender 
para quien con alguna precaución los estudie. Mas, se- 
gún ya dimos á entender, nos parece obra mucho me- 
nos perfecta y acabada que el Teatro histórico-crítico 
de la elocuencia española. No es fácil figurarse en el 
día el esfuerzo de investigación bibliográfica, de cla- 
sificación literaria y de atentísima lectura que fueron 
necesarios para levantar á nuestros prosistas este mo- 
desta pero sólido monumento, pero quien lo considere 



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CAPMANY, 299 

despacio no negará á su constructor el mérito de la 
paciencia alemana que él propio se atribuye. Mas no 
es este por cierto el único, ni aun el que más le hon- 
ra; que sin un entusiasmo vivaz y sostenido por las 
bellezas de nuestros clásicos, á más de haberle falta- 
do el aliento, no le hubiera asistido el acierto en la 
elección y adopción de tan diferentes fragmentos. Pare- 
ce que siente dejar desapercibida la menor de aquellas 
bellezas, pues cuando no puede transcribir una página, 
extracta un período, y cuando el período no es bastante 
igualy indica una expresión ó una sentencia. Algún va- 
cío podría notarse sin duda, y es muy natural que haya 
alguno en obra de tanto empeño, emprendida en un 
tiempo en que tan atrasados se hallaban los estudios de 
este ramo de nuestra literatura; así, por ejemplo, andu- 
vo algo escaso en lo tocante á los autores del siglo xv; 
acaso alguna de las páginas copiadas pudiera substituirse 
por otra mejor; mas bien se puede desafiar á cualquiera 
Á que en el mismo espacio incluya la misma suma de 
bellezas. Añádanse á esto las nutridas biografías, los ex- 
celentes prólogos, los juicios tan cuerdamente formados 
como briosamente escritos, las comparaciones (i) entre 
los estilos délos diversos escritores, que descubren un 
tacto finísimo y como un conocimiento microscópico de 
los secretos de la expresión, y cabrá afirmar á ciencia 
cierta que es el Teatro históricchcrítico una obra tan 
útil como bella, digna de la envidia de otras literaturas 
y que debiera ser el Manual de cuantos en nuestra patria 
se dedican al arte de escribir y á las profesiones libe- 
rales. 

Para hablar dignamente de las restantes obras de 
nuestro autor, faltaríanos el suficiente espacio, aun 



(1) Véase la magnifica aprcciacidn de Fray Luis de Granada y 
su comparación con el otro Luis. Debe notarse, sin embargo, que ei 
verdadero carácter distintivo de los dos eminentes autores no quedó 
bien despejado, basta que Piferrer en sus apreciabilísimos Clásicos 
españoles calificó al primero de orador y al segundo de escritor. 



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30O CAPMANT. 

cuando nos fuesen todas conocidas, y acerca de las ma- 
terias económicas sobre que versan ó con que se rozan 
la mayor parte, pudiésemos emitir un juicio competen- 
te. Mas á todos es dado deducir de su lectura cuan asi- 
dua había sido la del autor y cuan asombrosa llegó á 
ser su erudición, conforme á lo que él propio en cierta 
ocasión aseguró respectivamente á una materia particu- 
lar, diciendo que había leído cuanto de América se ha- 
bía escrito desde el Inca Garcilaso hasta el moderno 
Humboldt. Se ve además que incesantemente animaba y 
guiaba á nuestro escritor un principio ó más bien un 
sentimiento fecundo, cual era el amor y el respeto al 
trabajo y á las profesiones útiles (que tenían todavía 
en i>oco dañinas preocupaciones) y que le dictaron es- 
tas ó parecidas palabras: «El oficio de mis padres, el 
taller de mis abuelos ¡ qué recuerdos tan bellos para las 
almas sanas y sencillas!... ¡qué honroso blasón el de 
un boticario en cuyo mortero se leía el apellido de su 
familia acompañado con esta fecha en caracteres góti- 
cos: MCCC!» Esto dice en la obrita pseudónima en 
defensa de los gremios; y aunque dejamos á la decisión 
de los entendidos en el ramo si andaba ó no errado 
Capmany en las ideas en ella expuestas, y aunque la 
experiencia ha demostrado que la abolición de aquellos 
cuerpos no ha reducido á los artesanos^ según el autor 
sospechaba, á la errante condición de los buhoneros y 
amoladores, ni en manera alguna ha menoscabado la 
producción ni la riqueza, ¿es asimismo cierto que no 
haya echado á perder ciertos gérmenes de orden y de 
disciplina y en especial de espíritu público que no está 
reñido, como algunos imaginan, con el espíritu de cor- 
poración? Pasando á mencionar obras de mayor cuenta 
de nuestro escritor, nada podremos decir que no sea 
conocido del común de los lectores, acerca de los gran- 
diosos trabajos sobre la Marina, el Comercio y las Artes 
de Barcelona, que son sin duda los que más se consul- 
tan y manosean y cuyo mérito pusieron en su punto 
además de los autores extranjeros que siguiendo las 



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CAPMANY. 30t 

Iluellas de nuestro compatricio han escrito después de 
materias análogas , Masdeu y otros en su tiempo, y en 
el nuestro y recientemente el recomendabilísimo literato 
Sr. Caveda. 

Obras son para sonrojar á muchas de nuestra época 
en que tanto se habla de conciencia literaria, expresión 
entonces desconocida, pero que no necesitaban los que 
sabían que las cosas deben hacerse bien. Y á más de 
esta lección indirecta podríamos hallar otra explícita 
para muchos eruditos de entonces y de ahora en aquellas 
palabras del prólogo del primer volumen, que servirán 
al propio tiempo para dar á conocer el método que el 
autor se propuso: a El título de Memorias casi siempre 

presupone desorden, desaliño, pesadez, repeticiones 

Con este mo.tivo se ha procurado^ en cuanto ha sido com- 
patible con la naturaleza de esta obra, despejar el discur- 
so, y limpiar la elocución de tales defectos, etc., etc.;> 
Es decir que Capmany se propuso, y lo logró, dar á los 
resultados de sus investigaciones el buen estilo y la 
halagüeña exposición propios de la historia. Con esto 
tampoco podía contentarse con el título de editor de los 
preciosos materiales recogidos por mano ajena ó propia, 
sino que á las colecciones diplomáticas añadió los co- 
piosos, instructivos y sólidos discursos donde lució las 
prendas de buen escritor y hombre de talento, junto con 
los frutos del estudio de más de cien autores (según 
advierte ya en el primer volumen), ilustrando los pun- 
tos que trata con todas las luces que pudo suministrarle 
el conocimiento de la Jiistoria general y de la particu- 
lar del país, y enriqueciendo además la publicación con 
un sinnúmero de apéndices concernientes á asuntos 
allegados al principal ó á varios puntos de las antigüe- 
dades de nuestra provincia. Completó estas publicacio- 
nes con la del Consulado del Mar^ compilación de las 
usanzas marítimas vigentes en los puertos de Levante, 
redactada en nuestra lengua y de ella traducida al italia- 
no, francés y latín, y anterior acaso al Código más di- 
minuto conocido con el nombre de los Rooles de Oleron 



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302 CAPMANY. 

que imperaba en las costas del Océano. Según su cos«^ 
tutnbre, añadió Capmany á la impresión y traducción 
del Consulado del Mar el último Código mencionado 
(ó sea un extracto suyo en castellano antiguo) y otros 
documentos análogos, especialmente los relativos al co- 
mercio y navegación de España. 

Capmany (demuéstranlo cumplidamente las obras que 
acabamos de mencionar) que vivió la mayor y mejor 
parte de su vida fuera de su provincia, que se dedicó 
con extraordinaria pasión á la lengua y literatura nacio- 
nales, enlazado con una dama de Andalucía, y que 
recordaba los dichos agudos de los naturales de este 
reino con un entusiasmo que rayaba en candidez, no 
había borrado de su corazón la imagen de su ciudad 
natal y de su principado. No por esto fué menos buen 
español, y así debió ser, que quien no ama á su provin- 
cia no ama á la común patria. 

Diario de Barcelona^ 1854. 



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CERVANTES, 

CRÍTICO Y ROMETO. 



Tanto se ha dicho y puede decirse de nuestro mayor 
ingenio, que no será por demás considerarle un mo- 
mento como crítico y como viajero, ó por mejor decir, 
como visitador de Roma. 

^Cervantes fué crítico? — No falta quien considere 
sus obras como atestadas de conocimientos científicos, 
único medio qué algunos alcanzan para darse razón de 
su fama constante y universal , y ha habido también un 
sagaz profesor de medicina que probó con muy buenas 
razones que debía contarse entre sus cofrades al autor 
del Quijote. ¿Fué, pues, médico Cervantes? Como Ho- 
mero anatómico y cirujano. Los historiadores de la 
medicina señalan en la litada las primeras exactas des- 
cripciones de una herida, de unos huesos fractura- 
dos, etc. ¿ Hasta qué punto debemos, pues, considerar 
como sabios de profesión á estos grandes poetas? Cues- 
tión que no es para este momento, y cuya resolución 
tampoco nos importa, pues fuese ó no médico Cervan- 
tes, más naturalmente debió ser autor de crítica litera- 
ria, puesto que empleó una buena parte de su vida en 
el estudio y en la composición de obras.de ingenio; que 
como crítico se presenta á sí mismo directa y repetidas 
veces; y que su principal obra viene á ser una censura 
literaria. Creemos, pues, que Cervantes fué crítico y no 
de una sola manera, sino de tres maneras distintas, ó, lo 
que vale lo mismo, que en Cervantes había tres críticos. 

En primer lugar, debía tener aquel grado de reflexión 
literaria, aquella ciencia de sus propios recursos, aque- 
lla crítica, en una palabra, que es necesaria á todo 
compositor. Para esto no necesitaba recordar códigos 
escritos por otros ó establecidos por sí mismo de ante- 



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304 CERVANTES, CRÍTICO Y ROMERO. 

mano, pues le bastaba el instinto cultivado por buenas 
lecturas, y aquel arte que van adivinando ó descifrando 
los autores originales á medida que componen, y que si 
no les exime de incorrecciones y desigualdades, les sos- 
tiene mejor que las andaderas para otros necesarias. 
Una sola regla creemos que'se había impuesto, y era la 
de a procurar que á la llana, con palabras significantes^ 
honestas y bien colocadas, saliese su oración y período 
sonoro y festivo, pintando, en todo lo que alcanzaba y 
era posible, su intención, dando á entender su conato, 
sin intrincarlo y obscurecerlo.» Con este ligero avío, y 
con su buen ingenio, debió abandonarse á Dios y á la 
buena ventura. 

En segundo lugar, su talento perspicaz y su delicado 
sentimiento aplicados á la observación de objetos litera- 
rios, produjeron sin esfuerzo algunos pensamientos fe- 
lices y atinados, y algunas expresiones vivas y sentidas 
que merecen figurar en la historia de la buena crítica. 
Dignamente ha sido celebrada la bellísima pintura de la 
poesía que en la Gitanilla se ve como perdida y olvida- 
da en el decurso de un diálogo familiar. « Hase de usar 
la poesía, como una joya preciosísima, cuyo dueño no 
la trae cada día ni la muestra á todas gentes, ni á cada 
paso, sino cuando convenga y sea razón que la muestre: 
la poesía es una bellísima doncella, casta, honesta, dis- 
creta, aguda, retirada y que se contiene en los límites de 
la discreción más alta: es amiga de la soledad, las fuen- 
tes la entretienen, los prados la consuelan, los árboles 
la desenojan, las flores la alegran; y finalmente, delei- 
ta, etc.» Más que muchísimas definiciones, nos da una 
idea de la naturaleza de la poesía esta bellísima y libre 
personificación que nada define. Los mismos griegos no 
inventaron para sus musas facciones más halagüeñas ni 
más nobles. Pues ¿qué diremos de aquellas palabras en 
que Dorotea explica los efectos de la hermana gemela 
de la poesía... «la experiencia que mostraba que la mú- 
sica compone los ánimos descompuestos y alivia los tra- 
bajos que nacen del espíritu ;> sino que valen mucho 



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CERVANTES, CRÍTICO Y ROMERO. So5 

más que tratados enteros y aun que ciertos poemas sobre 
la música? Al mismo instinto crítico' de Cervantes debe 
atribuirse aquella distinción sobre el mérito de las poe- 
sías de los caballeros trovadores que en opinión suya 
tenían más espíritu que primory palabras en que halla- 
mos las modernas equivalentes de inspiración y de eje» 
cüción 6 si se quiere las ahora tan sonadas de fondo y 
de forma? Algunas calificaciones literarias magistral- 
mente aplicadas en el donosísimo escrutinio de la libre- 
ría del hidalgo manchego, algunas ideas exactas conte- 
nidas en los discursos del docto canónigo se han de 
reducir también á esta segunda categoría de la crítica 
de Cervantes, no menos que el sagaz discernimiento 
que le mostró cuanto se prestaba á ser censurado y ridi- 
culizado (sin desconocer algunos aciertos) en la decaden- 
te literatura romancesca á que pertenecían los llamados 
libros de caballerías. ¿Acaso los tiros de Cervantes en 
esta parte llegaron más allá de lo que él propio intenta- 
ba? Debería contestarse afirmativamente ü se admitiese 
la teoría más paradojal que exacta de que en el Quijote 
se parodió no sólo el abuso de las ideas caballerescas, 
sino toda propensión heroica y poética. 

En último lugar participan no poco las ideas de Cer- 
vantes de la crítica revuelta, contradictoria y superficial 
de su época. No hay que fijar mucho la atención en los 
epigramas más ingeniosos que instructivos, sobre el 
hambre de los poetas, etc., ni en algunos lugares comu- 
nes muy razonables pero que poco le hubieran hecho 
adelantar en la pintura de caracteres, si su ingenio no le 
hubiese inspirado bellezas más delicadas que las que 
aquéllos sugieren, y que nos enseñan que «no debe 
pintarse un viejo valiente y un mozo cobarde, un lacayo 
retórico, un paje consejero y una princesa fregona.» Lo 
mejor en este género es el epigrama de que se valió des- 
pués Boiieau para denigrar nuestros groseros especia" 
culos (i), contra las comedias en que sale «un niño en 



(1) Enfant au premier acte et barbón au demier. 



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3o6 CERVANTES, CRÍTICO Y HOMERO. 

mantillas en la primera escena del primer acto y en la 
segunda ya hecho hombre barbudo.» A esta crítica de 
su tiempo y á su carácter benigno pertenecen también 
los continuos epítetos de grande, famoso y divino tan 
sin medida prodigados á los escritores contemporáneos, 
como también el que en medio de sus pretensiones clá- 
sicas se complaciese en la composición de ovillejos y 
llamase, aunque fuese en boca de un loco, el mejor 
poeta del orbe al autor de unas glosas ridiculas, que 
como propias suyas no hubiera insertado á no creerlas 
dignas de la estampa. Así también la crítica poco rigu- 
rosa de Cervantes no desdeñaba el género pastoral tan 
en boga entonces á pesar de que no desconociese su lado 
ridículo y de que «sus disfrazados pastores no lo fuesen 
sino en el hábito:» y no sabemos si debe achacarse á su 
incierta crítica ó á los misteriosos caprichos del amor 
propio la preferencia sobre todas sus demás obras dis* 
pensada al Persilesy Sigismunda, novela emparentada 
con uno de los más falsos géneros que han existido, es 
decir, con la del bajo imperio. El celebrado discurso 
sobre el estado de la poesía dramática en su época, no 
nos da en su conjunto testimonio de ideas más claras y 
fíjas acerca de las que se han llamado reglas del arte en 
Cervantes que los endecasílabos sueltos sobre el mismo 
asunto en Lope de Vega, debiéndose más bien ver en el 
último el deseo de mostrarse capaz de obras superiores 
á las que salían de su pluma y de que « no le llamasen 
bárbaro Italia y Francia», así como en el primero una 
inocente ojeriza contra los triunfos dramáticos de sus 
fecundos sucesores y la perdonable intención de recor- 
dar sus olvidadas composiciones, pues á la verdad, en 
punto á regularidad y pureza clásica, no hay que pedir 
mucho más á la Numancia que á cualquiera improvisa- 
ción de Lope. Por fin el mismo que tan graciosamente 
se había burlado de la pedantería dominante en el pró- 
logo de la primera parte del D. Quijote y que para lle- 
var á cabo su invectiva de los libros de caballerías «de 
quienes nunca se acordó Aristóteles, ni dijo nada San 



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CERVANTES, CRÍTICO Y ROMERO. Soy 

Basilio, ni alcanzó Cicerón» no necesitaba «de las me- 
didas geométricas, ni de la confutación de los argumen- 
tos de que se sirve la retórica » ni de mezclar «lo huma- 
no con lo divino» ni de andar «mendigando sentencias 
de filósofos, consejos de la divina Escritura, fábulas de 
poetas, oraciones de retóricos, milagros de santos,» al 
tratar de la posible composición de una buena novela 
caballeresca, pretende que su autor, ya se muestre astró- 
logo, ya cosmógrafo excelente, ya músico, ya inteligente 
en las materias de Estado, acaso nigromante, y que una 
las astucias de Ulises, la piedad de Eneas, etc, etci, lo 
cual acaba de probar que tan preclaro ingenio no estaba 
exento de los resabios de su época en materias críticas. 
Muy común es en realidad semejante influencia aun en 
los que creen juzgar independientemente y por sus pro- 
pios ojos, ó según les dicta la naturaleza, expresión de 
tan buen socorro, como de embarazosa definición. 

Después de haber considerado á Cervantes con impar- 
cialidad no irreverente, como el más feliz é ingenioso 
expositor de la crítica literaria de su tiempo en muchas 
de sus páginas, al paso que en otras genio sorprendente 
é incomparable en esta como en las demás materias, le 
miraremos bajo un punto de vista todavía más especial, 
cual es el de visitador de Roma. 

Danos para ello motivo un moderno y distinguido es- 
critor francés (i], en gran manera apasionado á los via- 
jes, y en quien la morada de Roma dejó al parecer inde- 
lebles recuerdos, en una especie de monografía (pues 
á monografías se ha llegado ya en literatura), donde 
nos da razón del efecto producido en el ánimo de escri- 
tores de diferentes tiempos, por el aspecto de la ciudad 
eterna. Rutilio Numaciano (hacia 425), Hildeberto, 
obispo de Tours (principios del siglo xii), el rey dina- 
marqués Canuto el Grande, Dante, el malaventurado 
Tasso que buscaba en Roma las ceremonias religiosas, 



(I) Alude á Anipére. {Nota de esta edición,) 



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3o8 CERVANTES, CRÍTICO Y ROMSRO. 

Goethe que no supo comprenderlas, Chateaubriand á 
quien aplica este magnífico epíteto : majestati Rom^ 
par ingeniunny figuran entre los nombres más esclareci- 
dos que se van presentando á deponer el tributo de su 
admiración y entusiasmo á la ciudad de los Césares y 
de los Sumos Pontífices. 

¿Se creerá que el eruditísimo escritor, al propio tiem* 
po que menciona incidentalmente á Cervantes, y que 
no es escaso en recordar á ciertos autores de su país que 
fuera de él son bien poco célebres, pasa por alto á uno 
de los más insignes viajeros á Roma en los tiempos mo- 
dernos? ¡ Extraños olvidos suelen padecer por cierto 
nuestros vecinos en lo que toca á nuestra literatura! 
Hablen en buen hora detenidamente de las glorias 
mayores y menores de su país ; pero no pasen por alto 
á todo un Cervantes cuando exige la ocasión que se le 
nombre. 

Es bien sabido que Cervantes visitó á Roma en com- 
pañía de Julio de Aquaviva (nombrado á poco carde- 
nal), en cuya servidumbre había entrado recientemente 
mientras se hallaba ese personaje en la corte de Espa- 
ña. En la dedicatoria de la Calatea á Ascanio Colonna, 
abad de Santa Sofía, dice formalmente que fué en Roma 
camarero de dicho prelado, y tampoco sería necesario 
este testimonio para admitir un hecho relaudo por 
todos los biógrafos. Supónese que en la casa de Aqua- 
viva, que era muy dado á las letras, pudo aprovecharse 
Cervantes del trato de los buenos ingenios que flore- 
cían entonces en Roma, y desde esta ciudad comenzó 
el manco de Lepanto la modesta carrera militar qu» 
debía granjearle tanta honra y tan poco provecho. Ade- 
más, nuestro gran poeta* que no hacía las descripciones 
de oídas, habla, en términos que arguyen una impresión 
personal, de Roma y de sus recuerdos sagrados y pro- 
fanos. 

El carácter de viajero no es uno de los que menos 
distinguen á Cervantes; y el hábito de visitar y de ob- 
servar diversas tierras le valió un terreno firme y un 



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CERVANTES, CRÍTICO Y HOMBRO* 309 

brillante fondo para sus poéticas invenciones. Tan cono* 
ciclas como donosas son las palabras con que recuerda 
las bellezas de los países itálicos, las cuales no le hacen 
olvidar «la suavidad de Treviano, el valor del monte 

Fiascón, la ninerca del Apenino la dulzura y apaci« 

bilidad de la señora Garnacha.» Léense estos epicúreos 
recuerdos en la preciosa novel ita de carácter El Licett" 
ciado Vidriera^ quien, después de haber visto «la her» 
mosa ciudad de Genova, á Luca, ciudad pequeña pero 
muy bien hecha, y á Florencia, que le contentó en ex- 
tremo, llegó á Roma, reina de las ciudades y señora del 
mundo. Visitó sus templos, adoró sus reliquias y ad- 
miró su grandeza; y así como por las uñas del león se 
viene en conocimiento de su ferocidad, así él sacó la de 
Roma por sus despedazados mármoles, medias y enteras 
estatuas, por sus rotos arcos y derribadas termas» por 
sus magníficos pórticos y anfiteatros grandes, por su 
famoso y santo río que siempre llena sus márgenes de 
agua y las beatifica con las infinitas reliquias de cuerpos 
de mártires que en ellas tuvieron sepultura : por sus 
puentes que parece que se están mirando unas á otras^ 
y por sus calles que con sólo el nombre cobran autori- 
dad sobre todas las de las otras ciudades del mundo: la 
vía Apia, la Flaminia, la Julia, con otras de este jaez. 
Pues no le admiraba menos la división de sus montes 
dentro de sí misma, el Celio, el Quirinal y el Vaticano, 
con los otros cuatro cuyos nombres manifiestan la gran- 
deza y majestad romana. Notó también la autoridad 
del colegió de los cardenales, la majestad del Sumo 
Pontífice, el concurso y variedad de gentes y naciones. 
Todo lo miró, y notó, y puso en su punto. Y habiendo 
andado la estación de las siete Iglesias, y confesádose con 
un penitenciario y besado el pie á Su Santidad, lleno de 
agnusdeis y cuentas, determinó irse á Ñapóles, etc.» 

Duele que el escritor francés no haya recordado esta 
magnífica descripción. ¡Cómo se hubiera complacido en 
notar la unión del entusiasmo por los recuerdos anti-» 
guos con una sencilla y ferviente piedad, de las impre> 



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3 10 CERVANTES, CRÍTICO Y ROMERO. 

sienes del cristiano con las añciones del escritor del 
renacimiento ! ¡ Cómo hubiera señalado la sabrosa mez- 
cla de familiaridad y grandeza, y los rasgos descriptivos 
y particulares que denotan un observador atento y un 
escritor ingenuo ! ¡ Cómo hubiera ponderado los senti- 
mientos de veneración y de entusiasmo que abrigaba el 
ánimo de Cervantes, que si bien es indudablemente, el 
mayor poeta cómico que ha existido, se hallaba sin 
embargo muy lejos de ser exclusivamente cómico! 

Mas no está aquí todo, y aunque parezca ociosa la 
copia de páginas que andan en manos de todos, no po- 
demos menos de transcribir un paso del Persllesy Si- 
gismunda^ donde empleó Cervantes un idioma, que, si 
no era el suyo más habitual, tampoco creemos que le 
fuese tan extraño ni tan Indócil como se ha supuesto. 
«... Los demás peregrinos de nuestra compañía, cuenta 
un personaje de la citada novela, llegando á la vista 
della (de Roma) desde un alto montecillo la descubrie- 
ron, y hincados de rodillas, como á cosa sacra la adora- 
ron, cuando de entre ellos salló la voz de un peregrino 
que no conocieron , que con lágrimas en los ojos, co- 
menzó á decir de esta manera : 

; Oh grande, oh poderosa, oh sacrosanta 
Alma ciudad de Roma ! A tí me inclino 
Devoto, humilde y nuevo peregrino 
A quien admira ver belleza tanta. 

Tu vista, que á tu fama se adelanta, 
Al ingenio suspende, aunque divino, 
De aquel que á verte y adorarte vino 
Con tierno afecto y con desnuda planta. 

La tierra de tu suelo, que contemplo 
Con la sangre de mártires mezclada, 
Es la reliquia universal del suelo. 

No hay parte en tí, que no sirva de ejemplo 
De santidad , así como trazada 
De la ciudad de Dios al gran modelo. 

«Cuando acabó de decir este soneto el peregrino, se 
volvió á los circunstantes diciendo: Habrá pocos años 
que llegó á esta santa ciudad un poeta español, enemigo 



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CERVANTES, CRÍTICO Y ROMERO. 3ll 

mortal de sí mismo y deshonra de su nación, el cual 
hizo y compuso un soneto en vituperio de esta insigne 
ciudad... yo, no como poeta, sino como cristiano, casi 
como en descuento de su cargo, he compuesto el que 
habéis oído.» Debajo de la esclavina del peregrino des« 
conocido, fácil es distinguir al autor de la novela, que 
no era escrupuloso en introducirse por do quiera á sí 
mismo y á sus poesías. Por lo demás, aunque el soneto, 
que acaso compuso al llegar á Roma en 1569, no puede 
darse por modelo de ejecución poética, por lo que res- 
pecta á las ideas es digno de su asunto y de Cervantes. 

Diario de Barcelona, 18S4. 



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TEOEÍA DEAlílTICA. 



UNA ODA DE SCHILLER. 



La decantada cuestión de las dos escuelas dramáticas 
(neoclásica ó regular, é histórica ó moderna), reducida 
principalmente á la de las supuestas unidades aristotéli- 
cas, fué algunos años hace el campo de batalla entre los 
que pertenecían á los dos opuestos bandos literarios que 
entonces guerreaban, y si produjo frecuentes lances có- 
micos entre los apasionados al arte teatral, á pique estu- 
vo de producir escenas trágicas y de salpicar de sangre, 
no ya la escena, sino los bancos de los concurrentes que 
regularmente se hallan reducidos al pasivo oficio de es- 
pectadores. Terminó felizmente la tremenda lucha, si no 
con una decisiva victoria, con una transacción debida al 
desdén y á la fatiga. La moda había convertido en rui- 
dosa una cuestión antes agitada por algunos teóricos y 
la misma moda la sumió en el olvido; tal hubo que á 
los veinte años la consideró como el negocio de mayor 
cuenta que pudiese ocupar la mente del hombre y que 
hoy la desecharía como materia de mal tono. Sin darle 
la importancia que generalmente se le dio, no podemos 
considerar como enteramente escasa de interés literario 
una cuestión que inspiró tan bellas páginas á Schlegel 
y una magnífica carta á Manzoni, y sin esperanza ni de- 
seo de renovarla y sin ánimo de tratarla aquí metódica- 
mente, creemos que podrá ofrecer algún agrado un 
fragmento poético, concerniente á la misma cuestión, y 
el cual si no es en modo alguno desconocido, será tai 
vez para muchos una curiosidad literaria. 



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UNA ODA DE SCHILLER. 3l3 

Ocasionóla la traducción del Mahoma de Voltaire por 
Goethe. El autor de Goet:{ de Berlichinga^ del Fausto^ 
de la Efigenia^ del Tasso^ del Clavija^ etc., no contento 
con haber ensayado tan diferentes géneros en composi* 
clones, ninguna de las cuales en verdad podía reducirse 
al sistema francés ó neoclásico, parecía dispuesto á tri- 
butar al último un homenaje^ dejándose llevar como 
siempre de aquel afán de variar que provenía de la falta 
de un centro fijo sobre el cual girase su ingenio y de la 
importancia excesiva que daba á la belleza de exposi* 
ción por la cual se comparaba á la serpiente que se re- 
nueva cada vez que cambia de piel. Schiller, ingenio 
menos variado, pero más puro y más amable, aunque 
no exento de los errores de su país y de su tiempo, 
corregido ya de los excesos á que se había abandonado 
en sus primeras composiciones, había adoptado un sjs- 
tema bastante fíjo de composición dramática, formado 
principalmente por el estudio simultáneo de los griegos 
y de Shakespeare y en el cual dio un corto número de 
dramas, si no de todo punto perfectos, riquísimos en 
belleza y en poesía. Considerando con harto motivo Ja 
traducción de Goethe como una gratuita palinodia, se 
presentó á hacer una respetuosa oposición con la si- 
guiente composición que es más poética de lo que parece 
prometer su técnico y didáctico argumento. 



Tú también, tú que nos habías libertado del yugo de 
las falsas reglas para conducirnos á la verdad y á la na- 
turaleza, tú que, nuevo Hércules en la cuna, ahogaste 
con infantiles manos las serpientes enroscadas al rede* 
dor de nuestro genio: tú que podemos llamar desde 
largos años ministro de un arte celestial, te preparas 
para sacrificar en los demolidos altares de una musa 
que ya no adoramos? 



Este teatro sólo está consagrado á la musa nacional j 



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3 14 UNA ODA DE SCHILLER. 

ya no debemos servir en él á extranjeras deidades; po- 
demos al presente mostrar orgullosamente un laurel 
que ha florecido por sí mismo en nuestro Parnaso. El 
genio alemán se atrevió á penetrar en el santuario de 
las artes y á ejemplo de los griegos y de los bretones 
aspiró á coger palmas no cogidas antes. 



No intentes, pues, sujetarnos á las antiguas trabas por 
medio de esta imitación de un drama del tiempo pa- 
sado, y no nos recuerdes los días de una degradante 
minoridad... Vana y despreciable tentativa sería la de 
querer detener la rueda del tiempo arrebatada por las 
rápidas horas : nuestro es lo presente, lo pasado desapa- 
reció. 

-4. 

Nuestro teatro se ha ensanchado ; hierve en su recinto 
todo un mundo. No más conversaciones pomposas y 
estériles, pues nada hay que deba agradar en él sino una 
fiel imagen de la naturaleza. Se ha desterrado la exage- 
ración de las costumbres dramáticas ; el héroe piensa y 
obra como hombre; los afectos levantan libremente la 
verdad, pero sin poder cumplir su palabra. 



Sin embargo, muy ligeramente construido está el 
carro de Tespis, y semejante á la barca de Aqueronte 
que sólo podía contener sombras y vanas imágenes, no 
puede dar entrada á la vida real que pretende subir en 
él, pues el peso de ésta removería la ligera embarcación, 
propia únicamente para contener espíritus aéreos. Jamás 
la experiencia alcanzará enteramente á la realidad, y 
donde se muestra la naturaleza, debe desaparecer el arte. 

e. 

De suerte que se desplegará siempre sobre las tablas 
déla escena un mundo ideal; sólo las lágrimas serán 



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UNA ODA DB SCHILLER. 3l5 

reales, y la emoción se originará únicamente del error 
de los sentidos. La verdadera Melpómene es sincera, 
pues si sólo nos promete una fábula, sabe enlazar con 
ella una verdad profunda, mientras su falsa hermana 
nos promete la de la danza. 

•7. 

El arte estaba á punto de desaparecer del teatro, don- 
de quería establecer su imperio exclusivo la imagina- 
ción trastornando la escena no menos que el mundo; 
hallábanse entonces confundidos lo sublime y lo vul- 
gar. Sólo encontró el arte un asilo entre los franceses, 
los cuales no alcanzaron sin embargo la perfección, 
pues encerrados dentro de inmutables límites, jamás se 
atrevieron á traspasarlos. 

8, 

Para ellos es la escena un recinto consagrado, una 
magnífica morada de que están desterrados los sones 
rudos é ingenuos de la naturaleza. En aquel imperio de 
la armonía y de la belleza, el lenguaje se transforma en 
canto y reúnese todo en una noble simetría para formar 
un templo majestuoso donde no es permitido un movi- 
tniento que no esté arreglado por las leyes; la voz y lo 
bello sólo nace en lo verdadero. 

No tomemos pues por modelos á los franceses, entre 
los cuales la vida no anima al arte, pues la razón que 
ama lo verdadero, rechaza sus maneras pomposas y su 
afectada dignidad. Únicamente les debemos el habernos 
guiado hacia lo mejor, y podemos considerarlos seme- 
jantes á un espíritu que se evocó para purificar la escena 
largo tiempo profanada y convertirla en morada de la 
antigua Melpómene. 



Habla Schiller en su primera estancia de las reglas 
prescritas por ^los modernos preceptistas y adoptadas 
por el antiguo teatro francés, las cuales generalmente se 



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3l6 UNA ODA DC SCHILLER. 

consideran excesivas y embarazosas y son con más exac* 
titud calificadas por nuestro poeta de falsas, pues este 
nombre merecen ciertas formas literarias inflexibles que 
más bien que trabas inútiles, son vallas de hierro donde 
no pueden entrar ó entran quebrantados los argumentos 
poéticos. Atribuye Schiller su abolición á Goethe, el 
cual fué en verdad el primero en sacudir completamen- 
te su yugo en el Goet{ de Berlichingaj que es la más 
sana si no la más portentosa de sus obras. 

En la segunda estancia se envanece el poeta de la in- 
dependencia de la composición dramática en su patria, 
independencia que sin duda no intentaba dar por abso- 
luta, pues no la había con relación al estudio de los 
modelos griegos é ingleses. Tampoco se puede asegurar 
del todo que exista una verdadera y fecunda escuela 
dramática alemana, aun cuando se cuenten algunas es- 
cenas más bien que dramas completos de Goethe, las tres 
ó cuatro obras maestras de Schiller, las concepciones 
poéticas, pero algo excéntricas de Werner y las obras de 
otros poetas menos conocidos que les sucedieron hasta 
llegar al contemporáneo Hebbel, que después de tenta- 
tivas algo monstruosas se ha acercado á la perfección 
del género dramático histórico en su Inés de Bernauer, 
Las últimas palabras de la misma estancia recuerdan la 
hermosa oda en que Klopstock presenta á las dos musas 
inglesa y germánica disputándose noblemente una vic- 
toria que el poeta deja indecisa, haciendo desaparecer 
entre una nube de polvo á las dos contendientes. 

En la tercera estancia recuerda con desdén el tiempo 
en que como los demás teatros estaba el de Alemania 
sujeto á la imitación del francés; mas no deben inter- 
pretarse, ó á lo menos aceptarse de una manera absolu- 
ta, las palabras con que termina la misma estancia, pues 
si se dejan aparte algunas circunstancias exteriores y 
sujetas á mudanza, lo que fué bueno en una época 
dada, no puede ser malo en otra. 

En la cuarta estancia comienza la parte teórica que es 
la más interesante y la que menos necesita de comenta- 



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UNA ODA DE SCHILLER. Siy 

rio. La extensión cobrada por la composición dramáti- 
ca no sólo debe entenderse de la mayor prolongación 
material ó del número de personajes, sino de la mayor 
suma de incidentes y en especial de la variedad y nove- 
dad de situaciones. 

Habla después el poeta de la verdad introducida en el 
drama, la cual consiste no en una verosimilitud mez- 
quina, sino en los rasgos directamente tomados de la 
humana naturaleza. Sobre lo que posteriormente dice 
de la exageración de las costumbres dramáticas, es pre- 
ciso confesar que todas las épocas han tenido hacia ella 
una tendencia que sólo pueden evitar genios como Só- 
focles ó Shakespeare ó autores más modernos, pero que 
como nuestro poeta se contentan con escribir un corto 
número de dramas para cuya composición §e preparen 
con detenidas meditaciones y profundos estudios histó- 
ricos. Cuando habla de la libertad en la expresión de 
los afectos, no debe entenderse que abogue por el géne- 
ro apasionado, del cual se había despedido Schiller des- 
de la composición del Amor é Intriga. 

En las estancias quinta y sexta caracteriza magistral- 
mente la naturaleza de la poesía dramática manifestando 
que lo que en ella puede buscarse es una ilusión vo- 
luntaria, no un grosero engaño; una naturaleza de 
efecto y no una exacta imitación ; la verdad de sentido 
y de sentimiento y no la verdad material. 

Enemigo Schiller de la mezcla de lo serio y de lo có- 
mico, tributa al teatro francés un homenaje que no to- 
dos le concederían. No puede indicarse con más respe- 
tuosas palabras la excesiva pompa, la rigurosa etiqueta, 
en una palabra, el tono convencional de la tragedia 
francesa. Tal es el argumento de la séptima y octava 
estancias. 

La última puede considerarse como un resumen de 
las anteriores. 

Diario de Barcelona^ 1854. 



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DEL ULTIMO CLASICISMO. 



¿En qué época alcanzó la literatura moderna mayor 
grado de exactitud y profundidad en la reproducción 
de la antigua? A primera vista parece que debió ser el 
tiempo del Renacimiento, cuando tanto afán y tanto 
entusiasmo producían los restos de la antigüedad clási- 
ca; mas los sabios de entonces se hallaban demasiado 
deslumhrados por las bellezas antiguas para que pudie- 
sen producir, á lo menos en literatura, algo superior á 
una imitación exterior y superficial. Bastaba un nombre 
clásico, la copia de un pensamiento, el traslado de un 
giro que recordase la bien amada antigüedad para con- 
tentar los espíritus y extasiar los corazones. Y en los 
casos en que existía una inspiración más original y po- 
derosa, disponía ésta de un modo independiente y hasta 
caprichoso, de los elementos suministrados por los mo* 
délos antiguos; así sucedió en la arquitectura. Entre las 
imitaciones literarias más aproximadas al tono antiguo, 
descuella la composición pastoral, última creación de 
la antigüedad, á la cual dio ésta tan sólo una importan- 
cia secundaria y que jamás hubiera elevado como los 
modernos á la dignidad de la acción dramática. 

Sin detenernos en examinar las reproducciones más ó 
menos felices que han tenido lugar en los tiempos mo- 
dernos, no podemos pasar en silencio á uno de los inge- 
nios más amables y más respetables á la vez y cuyo 
clasicismo es de mejor ley : se adivinará sin duda que 
hablamos de Fénelon. Consideraba éste la belleza como 
una ñor que la naturaleza produce sin esfuerzo, cuyo 
mérito no sería menor aunque se hallase en manos de 



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DEL ÚLTIMO CLASICISMO. 3l(> 

todos: punto de vista por cierto bien notable en un 
tiempo en que para el logro del sentimiento de lo bello 
se creían necesarias ciertas condiciones de etiqueta y de 
buen tono y en que no se hubiera concedido el menor 
grado de buen gusto al que ignorase el griego y el latín, 
bien así como el Médico á palos negaba el sentido 
común al que no sabía la última lengua. — Fénelon 
además sentía la amable simplicidad del mundo na- 
ciente^ odiaba las lujosas extravagancias de los trajes 
contemporáneos, no se acordaba al componer de los 
reparos de los petits-mattres como Racine y censuraba 
á los que daban énfasis á los romanos. No es decir que 
pasando sus griegos por el crisol académico no perdie- 
sen una buena parte de su nativa frescura y franqueza» 
pero cabe asegurar que conservaban muy buenos rasgos 
de su propia fisonomía. Baste citar las aventuras de 
Aristonoo, «página arrancada á la antigüedad, según 
se ha dicho, y escrita por alguien que valía más que 
un moderno.» 

Sin embargo, una imitación inmediata de la antigüe- 
dad fué tomada por singular innovación cuando á últi- 
mos del siglo pasado, sacudiendo Andrés Cbénier las 
mezquinas trabas de la poesía de los salones y de los 
jardines, mostró al ciego y errante cantor invocando al 
dios del arco de plata, admirado por los pastores que 
recogen sus amenazadores Molosos y que al ver sus fac« 
ciones grandes y altivas y su lira informe pendiente de 
su agreste cintura y al oir el sonido de su voz están á 
punto de tomarle por un habitante del Olimpo. El frag- 
mento á que aludimos en que presenta Chénier la fígura 
del errante Homero es sin duda, después de algunas 
páginas de Wínckelmann y acaso también de algunos 
poetas alemanes, lo que entre los modernos mostró por 
primera vez una plena inteligencia del ideal antiguo. 

Más fácil ha sido á los que han venido después mul- 
tiplicar los ensayos en la misma dirección, y entre los 
más aventajados citaremos á Chateaubriand, que no es- 
tuvo dotado quizá de mucha invención, pero sí de mu« 



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320 DEL ÚLTIMO CLASICISMO. 

cho sentimiento poético. Recuérdese si no la pintura de 
la familia de Demodoco, á Epicaris que habiendo un 
día subido á lo alto del monte Ida para ver cómo esta- 
ban los ganados, sintió allí de repente los dolores de la 
maternidad, á Cimodocea, á quien sentaba Demodoco 
sobre sus rodillas y miraba sonriéndose sin dejar de 
verter al mismo tiempo algunas lágrimas, etc., etc. 
Recuérdense, decimos, estos y otros muchos rasgos, y á 
pesar de que algunos críticos descontentadizos pudieran 
objetarnos que no presentan sino un mosaico de piezas 
antiguas, les contestaremos que sólo reconocemos como 
mosaico lo que está formado por la yuxtaposición mecá- 
nica, no lo que del principio al cabo se halla animado 
de un mismo espíritu. 

Como sea, no podrá oponerse el mismo reparo á al- 
gunos modernos poetas alemanes que después de ha- 
berse inspirado profundamente de la poesía clásica Jian 
escogido un asunto antiguo y lo han tratado con entera 
independencia, llevados del intento y de la esperanza 
de competir sin imitarlos con los poetas de la antigüe- 
dad. Para asegurar que han logrado completamente su 
objeto, sería preciso que resucitase un antiguo heleno y 
que comparase las modernas poesías con las de su país 
y de su tiempo, mas para los modernos nos basta que 
las primeras produzcan un efecto análogo al de las últi- 
mas. Plácenos citar en este punto algún fragmento de 
W. Schlegel para que se vea que no están reñidas hasta 
el punto que se supone, la crítica y la composición ar- 
tística. Este crítico, pues, que era también poeta, esco- 
gió felizmente la fábula de Arión para simbolizar el 
poder y los encantos de la poesía. Vamos á dar una idea 
de su bella composición. 

El poeta Arión acaba de abandonar, colmado de oro, 
las riberas de Tarento y visita á su querido amigo Pe- 
riandro, tirano de Corinto. En vano éste le suplica que 
se quede á su lado, pues el poeta desea que gocen del 
don que ha recibido del cielo, millares de hombres. 
Hácese de nuevo á la vela, y aunque las olas y los vien- 



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DEL ÚLTIMO CLASICISMO. 321 

tos le favorecen, prepáranse algunos hombres para abu- 
sar de su confianza. Los marineros que le conducen 
apetecen sus riquezas, y temerosos de la venganza de 
Periandro han determinado sepultarle eñ las olas. En- 
galánase el mancebo y entona su último canto. Arrójase 
luego al fondo del mar, pero uno de los delfines que 
han seguido el navio, arrastrados por las mágicas pala- 
bras, ofrece su espalda al poeta, le conduce cuidadosa- 
mente y le depone en la ribera. Arión se presenta de 
nuevo á Periandro, y no tardan en llegar al puerto 
los marineros que se creían seguros con su muerte. 
Llámales el dominador de Corinto, y asómbrales con su 
presencia Arión engalanado como el día en que le obli- 
garon á lanzarse á las olas, con el laúd en su mano 
izquierda y el marfil en su derecha, «vive todavía, les 
dice, el favorito de las musas y una santa protección 
rodea al poeta. No invoco á los genios vengadores. 
Arión no pide vuestra sangre. Partid, id á habitar en 
medio de los bárbaros, viles esclavos de la avaricia, 
y que jamás lo bello embelese vuestro ánimo.» 

La brevedad de otra composición del mismo autor 
intitulada La Sibila nos permite reproducirla por en- 
tero: «En su caverna solitaria habitaba la sacerdotisa 
de Jelo en cuyo casto corazón reinaba la más sombría 
austeridad y que á favor de una noche obscura y silen- 
ciosa visitaba frecuentemente el dios para iluminar su 
alma. — Entonces se prosternaba en su presencia la sa- 
cerdotisa turbada y, con la cara al suelo, se estremecían 
todos sus miembros; al aspecto del divino huésped, 
abríanse sus labios y las vecinas rocas resonaban al le- 
vantarse su canto profético. 

• Escribía entonces en hojas de palma eí sagrado ora.* 
culo de los dioses que le revelaba Apolo. Los hijos de los 
hombres acudían en gran número para preguntar, leer 
y aprender lo que en su seno encierra lo venidero. — 
Mas no pocas veces penetraba en el interior de la caver- 
na, á través de puerta y cerrojos, el soplo de un viento 
impetuoso que se llevaba mugiendo en el aire vacío las 



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322 DBL ÚLTIMO CLASICISMO. 

ligeras hojas, que nadie ¡ay! recogía ni conservaba.— 
Sin inquietarse por el resultado de su trabajo destrozado 
por el viento tempestuoso, nunca tendió la mano la 
profetisa para recoger una sola hoja. El desgraciado 
que en alas de la esperanza había ido á implorar algún 
consuelo maldecía entonces su destino. — No hay burlas 
con la sabiduría. Mortales, guardad fielmente en vues- 
tro seno los oráculos de la razón. ¡Ay de aquel en 
quien ha destruido el orden y la armonía el soplo im- 
petuoso de las pasiones! no hay que esperar que jamás 
se restablezcan.» 

Moral austera y aun excesivamente dura, pero que 
deja en el ánimo una impresión sana y profunda. Pu- 
diéranse citar otras composiciones y otros poetas. Schi- 
11er, por ejemplo, en su Casandra reprodujo esta bellí- 
sima concepción de la poesía antigua para simbolizar 
el don de previsión, fatal cuando no alcanza á remediar 
las desdichas que adivina. En medio de las fíestas que 
solemnizaban el enlace del hijo de Peleo con la hija de 
Príamo, Casandra sólo se acuerda de la próxima ruina 
de Troya, de los futuros quebrantos de su familia y de 
su propio cautiverio, y maldiciendo el don funesto que 
ha recibido de Apolo, se arranca las ínfulas sacerdo- 
tales. 

Muchos hubieran extrañado algunos años hace, y al- 
gunos extrañarán en el día, que el que se considera 
como legislador de la nueva escuela poética y uno de 
los ingenios más celebrados que á ella pertenecen, evo* 
quen de esta manera los recuerdos y las imágenes de la 
antigüedad helénica. No obstante, no falta quien ha 
dicho que los que mejor han adivinado' el verdadero 
clasicismo han sido los que con más originalidad han 
tratado los asuntos modernos. No fuera extraño; pero es 
el caso que la superficialidad lo reduce todo á fórmulas 
breves y expeditas. 

Diario de Barcelona^ 5 de Agosto de i854^ 



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NOSTALGIA. 



í Dichosos griegos que no tenían términos técnicos, 
pues para la retórica, la medicina, el arte militar, la 
filosofía, etc., se servían de vocablos de su misma len- 
gua que componían á su antojo! Y sin embargo, con 
estos mismos vocablos simples ó compuestos han legado 
á las naciones modernas la útil pero pesada cáfila de sus 
denominaciones. Entre ellas figura la de Nostalgia que 
forma parte de la terminología médica, y que á poca 
diferencia significa lo que se llama mal del país en los 
modernos escritos. 

Hay una región á que no pueden encumbrarse los 
absolutamente ignorantes, pero que podemos alcanzar 
los que carecemos de la inestimable cualidad de hele- 
nistas: tal es la lengua latina, que ofrece á menudo 
composiciones exactamente calcadas sobre las de la len- 
gua griega, las cuales presentan como un término medio 
entre el habla común y el lenguaje técnico ; pero con 
respecto al caso presente no vemos ó ignoramos que 
exista en la lengua de los romanos una palabra equiva- 
lente á la que sirve de título á estas líneas. Y eso que la 
expresión del mal del país no es enteramente desconoci- 
da á la poesía de Horacio y de Virgilio, pues el Moriens 
dulces reminiscUur Argos del último puede considerar- 
se como una sublime expresión de este sentimiento en 
el trance final de la vida. Por lo que toca á Horacio, en 
su oda á la muerte de Quintilio Varo, con ocasión di- 
versa, y para expresar un sentimiento aun más respeta- 
ble que el producido por los recuerdos del país, halla- 
mos felizmente empleada la palabra desiderium^ como 



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324 NOSTALGIA. 

quien dice deseo de lo pasado, la cual ó bien fué usada 
en este sentido por una de aquellas acertadas ínnovacio* 
nes con que los grandes escritores enriquecen su idioma, 
ó bien debió de ser la palabra común que expresase el 
estado del alma que indican los modernos con la expre- 
sión mencionada ú otras semejantes. 

Esta misma expresión, que es la más generalmente 
conocida entre todas las análogas, se ha aplicado princi- 
palmente á los efectos de languidez física y moral pro- 
ducidos en los pobres suizos por la ausencia de la patria, 
ó por cuanto la recordase vivamente á su ánimo,' hasta 
el punto de que, según se cuenta, en las tropas de natu- 
rales de aquellas repúblicas que han estado al servicio 
de las diferentes naciones de Europa, ha sido algunas 
veces necesario prohibir los cantares aprendidos en la 
infancia y especialmente los selváticos acentos del fa- 
moso Ran^de las vacas. Por el contrario, los Highlan- 
ders ó montañeses de Escocia parece que en sus emi- 
graciones militares se han consolado los dolores de la 
ausencia con llevar consigo á un hábil gaitero, cuya 
música les renovase la memoria de sus rústicas mon- 
tañas, de sus apacibles lagos y de sus sombríos mato- 
rrales. 

Hase observado que á medida que un país es pobre y 
agreste y parece carecer de naturales atractivos para sus 
moradores, es mayor el apego y el cariño que le cobran 
sus hijos, como si en este no menos que en otros pun- 
tos, la superabundancia de riquezas y de halagos en- 
gendrase una saciedad desconocida por los que deben 
contentarse de poco. Si bien esto es verdad, no debe 
entenderse de una manera tan absoluta que excluya la 
añción á las cosas de la patria por parte de los que habi- 
tan países fértiles y ricos. Debe suponerse que el ostra- 
cismo de los antiguos no sólo se consideraba penoso 
por las privaciones materiales y la degradación civil 
que llevaba consigo, sino también por el sentimiento de 
la ausencia de la patria. Los Tristes de OWdio no sólo 
lloraban la ausencia de Roma por amor á su lujo, á su 



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NOSTALGIA. 325 

grandeza y á su cultura, sino también por los recuerdos 
más íntimos de la amistad y de la familia. 

El mismo Dante, que se negó á regresar á su ciudad 
natal á precio de humillantes condiciones y que se con- 
solaba con poder mirar el firmamento en cualquier pun- 
to de la tierra á donde le condujese su errante fortuna, 
no sentía únicamente en el destierro la amargura de 
comer el pan ajeno y de subir y bajar por las ajenas 
escaleras, pues su mayor anhelo y más halagüeña espe- 
ranza era la de verse un día coronado con el lauro poé- 
tico en las mismas fuentes de S. Juan donde recibió el 
nombre y el sello del cristiano. Este poeta, cantor de 
todos los dolores, no se olvidó de expresar las punzantes 
remembranzas de la patria: así es que aun en medio de 
los tormentos infernales se agita un condenado y siente 
un amargo placer en oir los bellos acentos del habla 
toscana. Si se tratase únicamente de amor de la patria, 
largo sería enumerar todos los pasajes en que el poe- 
ma esencialmente patriótico del Alighieri reproduce un 
amor entrañable al bel paese la dove il si siiona (país 
donde suena la lengua de sí ó la italiana), mas preferi- 
mos recordar la expresión de un sentimiento análogo al 
del mal del país aunque producido por una causa d¡s« 
tinta, cual es el recuerdo de tiempo en vez de lugares, 
en aquellos famosos versos 



Nessun maggior doleré 
Che ricordarsi del tempe felice 
Nelle miserie: 



pensamiento muy semejante al de Ossián cuando com- 
para cierta música guerrera á la de las alegrías pasadas, 
al mismo tiempo grata y dolorosa para el alma. 

Y puesto que de poesía italiana tratamos en este mo- 
mento, aunque sea autoridad de poco peso, no podemos 
menos de citar también la de un moderno libretto en 
que con bastante felicidad se expresa al propio tiempo 
la satisfacción de ver de nuevo el país natal y el desen- 
gaño que con esta satisfacción va no pocas veces unido: 



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3a6 NOSTALGIA. 

Cari luoghi io vi trovai 
Ma quei dii non trovo piu. 

Si bien es verdad que eh estos versos toscanos como 
en otros muchos se ha de ver acaso la infiltración del 
sentimentalismo germánico. 

Pero el pueblo que entre los italianos presenta un 
síntoma particular del mal del país es el de Venecia: 
vagamente recordamos la descripción que de esta afec- 
ción nos da Byron en sus Dos Fóscaris, donde el triste 
ausente sumido en dolorosos ensueños, llevado de una 
febril ilusión, ve resplandecer las lagunas y levantarse 
los blancos palacios de la querida ciudad marítima. 

Los portugueses se envanecen de poseer una palabra 
que expresa este estado, y de la cual al parecer hacen 
frecuente uso los modernos poetas lusitanos. Es la pala- 
bra saudade^ de la cual dice un moderno traductor de 
A. Herculano: «Saudade es más que simple recuer- 
do, es memoria que trae consigo satisfacción y tristeza; 
es placer melancólico de pensar en lo que fué; es si se 
quiere, gozar en el llanto de un bien perdido. Nuestros 
vecinos tienen también recordasao y lembran^a^ pero 
ni una ni otra de estas dos palabras podrá jamás parecer 
suficientemente expresiva á un autor portugués cuando 
trate de manifestar lo intenso del sentimiento, lo subli- 
me de la ternura que encierra la saudade. Entre «tengo 
lembran\a de mi patria» y «tengo saudade de mi pa- 
tria», la diferencia ó distancia es muy grande. La prime- 
ra expresión puede ponerla aquél en boca de un viajero 
ausente por incidencia y por voluntad de la tierra natal; 
no empleará otra que la segunda en los lamentos del 
náufrago abandonado ó del triste proscripto que llora la 
forzosa separación del lugar paterno ó de la esposa ama- 
da.» No contento dicho traductor con esta definición de 
la expresiva palabra, nos da otras tres de poetas portu- 
gueses, una en lengua original y dos traducidas. 

Saudade ! gosto amargo de infelices ; 
Delicioso pungir de acerbo espinho 



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NOSTALGIA. 327 

Que me estás repagando ó intimo peito 
Com dor que os seios d'alma dilacera 
Mas dor que tem praceres... ¡Saudade! 

Este sentir dulce y triste 
Que da á los seres dolor, 
Es el sentir del poeta, 
Es la saudad del amor. 

Es el triste placer que encuentra el alma, 
En el recuerdo de su bien perdido, 
T el llanto amargo que la angustia calma 
Del corazón de desengaño herido. 

Como es de ver^ á fuerza de proponer deñniciones 
poéticas, se corre peligro dé ir dando una signiñcación 
lata é indeterminada á la mágica palabra. 

¿ Es posible que la lengua castellana Carezca de una 
dicción expresiva de tan general sentimiento? A lo menos 
el verbo encariñarse que alguien nos ha indicado, nos 
parece poco especial y no muy significativo; la expresión 
bastante usada de mal ó males de ausencia sólo se refie- 
re al parecer á la pasión amorosa. Preferible nos parece 
y muy expresiva en ciertos casos la de tener soledades, 
¿Tal vez será esta la desconocida y algo disimulada eti- 
mología del saudade de nuestros hermanos portugueses? 

Por lo que hace á nuestro dialecto, todos los que par- 
ticipan del gusto ó la desventaja de hablarlo, saben que 
nada tiene que envidiar en esta parte á lengua alguna. 
No sólo como los franceses en su regret y regretter 
poseemos el substantivo y el verbo activo, con la dife- 
rencia de que tiene entre nosotros un significado más 
concreto y preciso, sino que también gozamos del privi- 
legio de un verbo reflexivo que indica toda la concen- 
tración y toda la individualidad del sentimiento. Tales 
son las palabras anyorament, anyorar y anyorarse de 
an uso meramente familiar y habitual, pero cuyo efec- 
to no es por esto menos enérgico y vivo. También entre 
nosotros ha dado forma poética un moderno escritor (ij 



(1) Aribau. (Nota de esta edición.) 



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328 NOSTALGIA. 

á este sentimiento, muy natural en pechos catalanes á 
pesar de nuestros instintos viajeros. 

¿Qué val que m* hagi tret una enganyosa sort 

A veurer de mes prop las torres de Castella 

Si '1 cant deis trovadors no sent la meva aurella 

Ni desperta en mon pit un géneros recort? 

En va á mon dols país en alas jo 'm transport 

E veig del Llobregat la platja serpentina. 

Que fora de cantar en llengua Uemosina 

No 'm queda mes plaher, no tinch altre conort... 

j Muyra, muyra V ingrat que al sonar en sos llabis 

Per estranya regió 1' accent natiu no plora, 

Que al pensar en sos llars no 's consum ni s' anyora 

Ni culi del mur sagrat la lira deis seus avisl 

El desiderium^ la saudade ó el anyorament pueden 
ser producidos, como antes insinuamos, no ya por re- 
cuerdo del país sino por los del tiempo pasado, y puede 
también convertirse en deseo de lo imposible, y si cabe 
decirlo así, en deseo de deseos anteriormente habidos, 
en peligroso deseo de un ideal falaz. Un poeta alemán 
que en verdad sufrió hasta muy entrado en años esta y 
otras enfermedades morales de nuestra época, expresó 
en una bellísima composición semejante estado del 
alma que por otra parte se presenta en ella ennoblecido 
y depurado: 

«Vengo de la montaña; agítase el mar, zumba el valle. 
Camino lentamente, estoy triste y dicen mis suspiros ¿á 
dónde ir? — Despliega la noche su manto azul encima del 
gran mundo. jCuán grande es el mundo y cuan pequeño 
soy yo 1 i cuan lleno está el mundo y cuan aislado esloyl 
— Allá abajo en el valle se tocan una á otra sus casas; 
con paz entran y salen de ellas. ¡Ay! el cayado del 
extranjero sube y baja sin descansar. — Mientras doran 
los valles los rayos de la mañana y de la tarde, camino 
lenta y tristemente, y mis suspiros dicen ¿á dónde ir? — 
¿Dónde te hallas, país bien amado? país buscado, ja- 
más alcanzado? verde país de la esperanza? país don- 
de crecen mis rosas? donde revolotean mis ensue- 



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NOSTALGIA. 321) 

ños, donde resucitan mis muertos? país que hablas mi 
lenguaje, donde hay lo que me falta? — El sol es aquí 
muy frío, la flor marchitada, la vida sin juventud y 
cuanto se dice no es más que un vano sonido. ; Ay ! por 
todas partes soy extranjero;— Camino lentamente, estoy 
triste, y dicen mis suspiros ¿á dónde ir? Un soplo de 
espíritu me responde : donde tú no estás, allí se halla la 
dicha.» (El viajero T. Werner. ) 

¿Y quién sabe si la nostalgia producida por los re- 
cuerdos de la patria, ó de los tiempos pasados ó de mal 
logrados deseos y vagas esperanzas, no es á menudo una 
forma de otro más profundo sentimiento, un resultado 
de aquel vacío que en el fondo de todas las cosas senti- 
mos y el cual nos pregunta como la ninfa de Argensola: 

Ciego: ¿es la tierra el centro de las almas? 

Una poesía que expresase este nuevo sentimiento se 
parecería sobremanera á otra que nó hace mucho admi- 
ramos sin concederla cumplida aprobación (i); pero tal 
pudiera ser el desasimiento del lugar presente, tan ar- 
diente el anhelo de volar á la perdida patria, que, en 
vez de censura, reclamasen respetuoso homenaje. Esta 
poesía existe y es la siguiente de un poeta sueco : 

«¿A dónde se dirige el suspiro de mi seno agitado? 
¡ Oh ! corazón mío, ¿á dónde se dirige tu voz suplican- 
te? extranjero en desierta Siberia, siento en mí un 
deseo, un deseo ardiente. Quisiera ir más allá de los 
nnares, en el mundo desconocido.— Bastante tiempo he 
andado por la senda de la experiencia, por la buena y 
por la mala. Sé cómo van pasando los días, semejantes 
á las olas que se siguen una tras otra y mueren en la 
orilla con ruido pesado y uniforme. 

;»He oído el grito de júbilo y el de la alegría y el grito 
del dolor con todas las antiguas acentuaciones que cual- 
quiera conoce. Su voz es siempre la misma, salvo algu- 
nas variaciones arregladas por los hombres, como para 



(1) La oda á Cintio de los Preludios de mi lira. 



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33o NOSTALGIA. 

pasar el tiempo. — En verano la tierra recobra sus galas 
nupciales, en invierno se reviste de un velo de luto. Lo 
que hacía antes, es lo mismo que hace ahora. En otoño 
llora y en la primavera enjuga sus lágrimas con una 
alegría pueril.^ La paz y la guerra atraviesan alternati- 
vamente esta tierra temblorosa. Los sabios hablaron en 
términos pomposos de libertad, de virtud y de edad de 
oro, y llevaron su antorcha delante de los reyes, los que 
en una hora de cansancio firmaron una paz eterna. — 
Lo que dijeron otra vez lo dicen ahora, lo que juraron 
lo juran. Entre tanto la tierra sigue dando vueltas, y la 
edad de oro y la paz eterna no pueden fijarse en este 
suelo movedizo. - 

»Veo cómo se suceden sobre este globo las estaciones, 
pero nada nuevo veo debajo del sol. Bajo mil formas 
diferentes, lo que aquí se observa es siempre lo mismo. 
Varía la superficie de la tierra, pero ésta sigue dando 
sus acostumbradas vueltas sobre su eje.— Sé cómo nacen 
los habitantes de esta isla del mundo, cómo mueren y 
cómo se agitan, semejantes á mosquitos que revolotean 
á los rayos del sol hasta que viene la noche á dar fin á 
sus alianzas y á sus combates. — Hasta este momento no 
son numerosos mis años y estoy todavía lejos de la edad 
de mis padres, pero he visto hasta la saciedad lo que 
pasa en el mundo. Queda lo que era; he aquí lo que ha 
demostrado la experiencia, he aquí lo que he llegado á 
comprender.— Depongo ahora mi bordón de peregrino; 
dirijo mis miradas hacia el océano apacible y sembrado 
de estrellas. No me canso de contemplaros, islas bri- 
llantes, que conserváis todavía el azul del día cuando el 
día nos ha abandonado.— ¡ Oh! dejadme seguir la an- 
torcha que mostráis á mis ojos. Ya nada me liga á este 
mundo que conozco ; sobre este suelo tempestuoso no 
respiro en libertad y siento en mí un deseo ardiente. 
Quisiera ir más allá de los mares á un mundo descono- 
cido.;^ {Nostalgia, por Walin.) 

Diario de Barcelona, 1854. 



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ALEJANDRO MANZONI. 



La rápida apreciación de Silvio Pellico que en este 
mismo lugar publicamos, reclama en cierta manera 
que ensayemos la de otro italiano contemporáneo, la 
de Alejandro Manzoni. Sus nombres, en efecto, se ci- 
tan unidos no pocas veces, y los escritos de uno y otro 
(prescindiendo de la superioridad de los del último) 
muy bien puede decirse que se enlazan y se completan: 
entrambos decididos campeones de la verdad, la defien- 
den y la proclaman con modo diverso, pues si el pri- 
mero la insinúa con amabilidad suave y exquisita, el 
segundo la inculca y la impone con fuerza imperativa, 
si así cabe decirlo, con precisión matemática. Y cierto, 
por más que presuman engañar las apariencias de obras 
de imaginación de que Manzoni ha revestido la mayor 
parte de sus composiciones, pocas se han escrito en nues- 
tros días con miras más serias, poquísimas que conten- 
gan una moral más austera y vigorosa, que más se en- 
sañen contra los errores dominantes y aun que menos 
bien paradas dejen muchas de nuestras ilusiones más 
caras y habituales, que las del autor de Los Novios. 

Esta obra eminente que tienen la ventaja de conocer 
nuestros lectores, la más popular entre las de su autor y 
que mayor nombradía le ha valido, es al mismo tiempo 
la que ofrece mayor extensión y la que principalmente 
denota invención y talento de estilo. Con el pseudónimo 
de historia milanesa es una verdadera novela histórica, 
pero tal que puede sin recelo ponerse en manos de todas 
las personas de cualquier edad y condición ; y si bien 



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33a ALEJANDRO MANZONI. 

pensamos que nadie le negará esta cualidad, acaso mu- 
chos nos pregunten dónde hallamos en esta obra el fon- 
do austero que en todas las de su autor advertimos. A 
estos contestaremos que en el apartamiento de toda idea- 
lidad y entusiasmo en la pintura de la vida humana 
fuera de lo que atañe á las sublimes y acrisoladas virtu- 
des del orden puramente religioso. Con efecto, Manzo- 
ni, que es muy dado á los estudios históricos, parece 
buscar en ellos más bien desengaños que objetos de ad- 
miración, y su manera de considerar los anales del gé- 
nero humano es más bien irónica que entusiasta. Así es 
que en sus Novios busca y prefiere para sus personajes 
favoritos las más obscuras y modestas condiciones y 
situaciones de la vida, para dispensar á estos personajes, 
no ya admiración ó encomios sino aprecio é indulgen- 
cia. Podríase de esto deducir que la lectura de esta no- 
vela debe producir en ocasiones una impresión amarga; 
aun cuando así fuese, sería sano este amargor, pero 
Manzoni acude incesantemente á un bálsamo capaz de 
endulzar y de prevenir todos los sinsabores. 

Mas por otra parte, ¿habremos de admitir que ha 
presentado todos los aspectos de la vida y de la historia? 
¿acaso otros escritores no menos puros. Pellico por 
ejemplo, no han cantado con entusiasmo los recuerdos 
gloriosos de su patria? ¿tal vez la falta de ésta, es decir, 
de una nación independiente y satisfecha de su pasado, 
no ha inñuído en parte en el punto de vista bajo el cual 
considera la historia el escritor del Milanesado? Si pres- 
cindiendo de estas reflexiones consideramos, en cuanto 
es posible, aislado el mérito literario, hallaremos siem- 
pre á Manzoni, escritor de primer orden y enteramente 
apartado de las sendas vulgares recorridas por los secua- 
ces de la moda, por los imitadores y por los escritores 
medianos de toda especie. Su estilo es un estilo aparte, 
es suyo, es virginal ; pero su virginalidad es más bien 
de ánimo que de ingenio, de pensador que de artista. 
Como no nos proponemos dar de esta obra una noticia 
minuciosa que sin duda contentaría á los admiradores 



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ALEJANDRO MANZONI. 333 

que felizoiente cuenta más que estas consideraciones 
generales, no descenderemos ai examen de pasajes par- 
ticulares, los cuales podrían servir de confirmación ó 
acaso de excepción á nuestro modo de ver, contentándo- 
nos únicamente con citar, como muestra de representa- 
ción eñcaz al mismo tiempo que de análisis psicológico, 
todo lo que atañe á la conversión del Caballero Desco- 
nocido. 

Sobresale Manzoni, y es necesario advertirlo desde 
luego, en el estudio profundo y completo y que podría 
llamarse científico de un punto, sin olvidar ninguno de 
sus aspectos, aplicaciones ni consecuencias: como el exa- 
men de los efectos morales de un acontecimiento públi- 
co, el de un punto particular de historia, ó el de una 
cuestión literaria. Así, por ejemplo, al cuadro tan dies- 
tramente trazado de la peste de Milán, que en sus No* 
vios presenta, ha añadido una nueva composición anec- 
dótica, intitulada: La Columna infame^ nombre dado á 
cierto monumento conmemorativo del imaginado cri- 
men y de la cruel ejecución de los supuestos propaga- 
dores del contagio. Los que han historiado aquella épo- 
ca dan generalmente por sentado que fué efecto de una 
preocupación común la que indujo á los jueces á soñar 
con delitos y conjuros que no existieron ; mas el moder- 
no escritor milanés intenta demostrar que dictó la in- 
justa sentencia una complicidad voluntaria y culpable 
con los ciegos deseos de la muchedumbre. 

Ha escrito también Manzoni dos dramas históricos: 
El Conde de Carmañola y ei Adelchi — precedidos en- 
trambos de detenidos estudios sobre su argumento, en 
especial el segundo que dio ocasión á su autor para 
desentrañar el período de la dominación de los Lom- 
bardos en Italia, á la cual niega el carácter benigno y 
equitativo que muchos historiadores le atribuyen. Como 
á nuestro ver es Manzoni menos poeta dramático que 
novelista, y como además creemos que no nos faltará 
ocasión oportuna de examinar detenidamente una de 
estas composiciones, nos reservamos para entonces dar 



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334 ALEJANDRO MANZONI. 

cuenta cumplida de sus méritos y de lo que en nuestro 
concepto le falta. 

Es además el autor que examinamos uno de los me- 
jores poetas líricos de que puede envanecerse Italia, y 
no tan sólo merece esta calificación por su justamente 
celebrado Cinque maggio^ sino por una reducida serie 
de himnos sagrados notables por el espíritu piadoso no 
menos que por el arranque poético, y por los bellísi- 
mos coros que siguiendo el ejemplo de la antigüedad 
introdujo en sus composiciones dramáticas. En la poe- 
sía lírica ha hallado Manzoni su propio género poético, 
es decir, el verdadero punto de intersección entre sus 
miras más graves y su sentimiento artístico. 

No creemos en manera alguna indigna de nombrarse 
después de estas obras, su Carta literaria escrita en ex- 
celente prosa francesa sobre las unidades dramáticas, la 
cual después de tantos y tan copiosos tratados como se 
habían escrito sobre la materia, la presenta con bastante 
novedad y la ilustra con nuevas consideraciones. Puede 
servir este opúsculo de ejemplo para lo que antes diji- 
mos acerca de la manera científica con que su autor 
dilucida las cuestiones, y para usar una expresión* suya, 
ve la manera con que se debe llegar á la verdad por 
medio de una serie de bellas deducciones. 

Mas lo último conviene mayormente á una obra de 
importancia muy superior y de naturaleza muy distinta, 
la cual de intento hemos reservado para el último lugar 
y cuyo examen exigiría una pluma más grave y compe- 
tente que la nuestra: tal es la obrita intitulada La Moral 
católica. Escribióla Manzoni en refutación del último 
capítulo de la Historia de las repúblicas italianas por 
Sismondi, con el cual conviene por otra parte en algu- 
nas miras liberales y en la apreciación severa de lo pa- 
sado ; mas no se ciñe únicamente á este principal propó- 
sito sino que su tratado es una exposición completa de 
la moral evangélica y una prueba de su divinidad. La 
vigorosa dialéctica, la lucidez suma que distinguen al 
autor en algunos puntos de sus demás obras, hallan en 



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ALEJANDRO MANZONI. 335 

ésta completa cabida : con su auxilio persigue al error y 
le anonada, y siguiendo un método que le es habitual y 
favorito, no le deja siquiera guarecerse tras la ambigüe- 
dad de una palabra. 

¿Cómo un escritor que Europa ha aclamado el pri- 
mero de su patria en este siglo ha depuesto su pluma 
y ha procurado que Europa y que su patria le olvi- 
dasen? ¿acaso le amedrentó la gloria que le ha visitado 
en su modesto retiro sin que hubiese hecho grandes 
esfuerzos para llamarla? ¿acaso ha creído que había ya 
dicho al público cuanto tenía que decirle y ha evitado 
las disfrazadas repeticiones por medio de las cuales mu- 
chos autores se dan por fecundos? ¿acaso se dedica en 
silencio á la composición de una obra importante, á la 
de la historia de las misiones, por ejemplo, negándose á 
saborear los aplausos con que de todos fuera recibida? 
Es cierto á lo menos que no se ha agotado un punto la 
lozanía de su ingenio (i) y que si se ha condenado al 
silencio ha sido por elección voluntaria. 

Hemos procurado dar una idea de la impresión espe* 
cial y en verdad profunda en nosotros producida por el 
eminente escritor milanés; idea que, por lo incompleta, 
parezca tal vez Inexacta y exagerada. Mas si como no 
pretendemos negar nos hemos olvidado de hacer resal- 
tar debidamente la parte amable é íntimamente tierna 
, de sus escritos, compense este descuido nuestra última 
declaración de que, al igual de las obras de Silvio Pelli- 
co y más todavía que estas obras, deseamos que las de 
Manzoni sean de todos conocidas y por consiguiente 
recordadas con amor y respeto. 

Diario de Barcelona^ 1854. 



(1) Un viajero que visitó al ilustre autor no hace muchos años, 
nos lo presenta sobremanera amable y sereno, apuntando felicísimos 
rasgos de conversación. Véase uno de loa que en el momento recor- 
damos: al celebrar el interlocutor, á fuer de buen francés, el temple 
cooquistador de sus compatriotas, contestóle Manzoni: Sí, es verdad 
que han manejado perfectamente el martillo, esperemos que no acer- 
tarán menos á manejar la llana (6 trulla de albañil). 



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PUBLICACIONES PROVINCIALES. 

VICH, SU HISTORIA, SUS MONUMENTOS, ETC. 
por D. Joaquín Salarich, 

No puede desconocerse que por do quiera se ha propa- 
gado cierto sentimiento de la poesía histórica, que unido 
con el amor del país natal es el más poderoso incentivo 
para los estudios é investigaciones arqueológicas. Sugié- 
rennos esta observación varias publicaciones que en es- 
tos últimos años han tenido lugar en algunas ciudades y 
poblaciones subalternas de nuestro Principado. No ha- 
blamos de colecciones de poesías, como la del Sr. Blan- 
chard de Bsrga, y las jocosas del Tamhoriner del Fluvial 
muy apreciables en su género y cuyo autor ha tenido la 
meritoria paciencia de formar un Diccionario de la Rima 
del idioma catalán, que no carece de interés ñlológico; 
sino de algunos trabajos, tan modestos como útiles, re- 
ferentes á la historia local de poblaciones determinadas, 
y en que se aprovechan ó se procuran aprovechar las 
ventajas que al natural y habitante de un país da nece- 
sariamente el completo conocimiento de las particulari- 
dades topográficas, la mayor facilidad de poseer ciertos 
documentos y la mayor familiaridad con las tradiciones 
indígenas. Como ensayos de esta clase citaremos (sin 
negar la existencia ni el mérito de otros) las obras sobre 
las ciudades de Tarragona y Reus por los señores Albi- 
nana y Andrés de BofaruU (i) y la que tenemos á la vis- 



(1) Muchas son las personas que emplean útilmente sus odos en 
trabajos de esta clase en nuestras ciudades y villas, y entre ellas 
podemos nombrar al Pbro. D. Juan Riba, tan conocido por su pre- 
ciosa colección de sales, y que ha recogido copiosísimos apuntes so- 
bre la villa de Cardona. 



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PUBLICACIONES PROVINCIALES. ZZj 

ta del Sr. Salarich, cuyo examen creemos el más oportu- 
no, por lo reciente de su publicación. 

Esta obra, intitulada Vich^ su historia, sus monumen^ 
ioSy etCj etc. y sin ser de seguro perfecta, deja satisfecho 
al lector por cumplir el objeto que se propone, y por 
agotar hasta cierto punto la materia. Recomiendan por 
de pronto al autor un sincero entusiasmo y la laboriosi- 
dad, calidades naturalmente hermanadas pero que no 
siempre se hallan reunidas, y si bien se pudiera desear 
en algunos puntos mayor corrección y mayor sencillez 
y menores pretensiones á la prosa poética y en algunos 
otros más rigurosa crítica, no son tales sus defectos que 
en manera alguna ofusquen el mérito del conjunto. 

La ciudad de Yich es en verdad una de las que ma- 
yormente se prestan para asunto de semejantes escritos: 
más rica en antiguos recuerdos que en esplendor pre- 
sente, pero notable en la antigüedad, en la Edad media 
y en los últimos siglos por diferentes títulos y en todos 
tiempos por su importancia eclesiástica; madre de varo- 
nes eminentes (cuyo número, por supuesto, no es tan 
crecido como sus apologistas pretenden), magníficamen- 
te situada en amena y dilatada llanura circunscrita por 
grandiosas sierras, poseedora de pocos pero bellos restos 
arquitectónicos ; el feliz aislamiento en que ha vivido y 
la índole honrada y sencilla de sus moradores le dan 
una especial fisonomía que nos complacemos en consi- 
derar como tipo puro y bien conservado de nuestro an- 
tiguo carácter provincial. 

Respirase el saludable ambiente de la población ause- 
tana al hojear la obra del Sr. Salarich, de la cual vamos 
á dar uña idea siguiendo la distribución de sus materias 
y notando de paso lo que más digno de atención nos ha 
parecido. 

Dedícase el primer capítulo á la historia civil, y de- 
biera relacionarse más frecuentemente con los demás 
capítulos, los cuales se apoyan por necesidad en el pri- 
mero, y esto se hubiera logrado por medio de oportunas 
llamadas ó referencias, que enlazasen la historia gene- 



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338 PUBLICACIONES PROVINCIALES. 

ral con el estudio de las lápidas, monumentos, con la 
historia eclesiástica, etc. La parte concerniente á la an- 
tigüedad presenta varias noticias auténticas tomadas de 
nuestros analistas que á su vez las tomaron de los histo- 
riadores antiguos. Mas escasean al llegar á la época 
goda, árabe y restauradora^ en la cual notamos alguna 
especie apócrifa en que más abajo nos ocuparemos. Des- 
de el siglo xiii vemos datos más positivos y numerosos 
que abundan al llegar á la guerra civil de Felipe IV, 
para los cuales se ha valido oportunamente el autor de 
un relato contemporáneo; y á la de Sucesión, que sin 
embargo, en nuestro concepto, hubiera podido ser más 
extensamente tratada. 

El segundo capítulo, destinado á las antigüedades, 
trata sucesivamente, y con moderada detención, de las 
lápidas y monedas. 

El tercero, de los vicenses ilustres. En el cuarto, na- 
turalmente muy copioso, que versa sobre la historia 
religiosa, vemos ingerida una leyenda tradicional sobre 
la aparición de S. Pablo Narbonense á Miguel de Cía- 
riana, muy digna de ser notada, pero que hubiéramos 
deseado ver expuesta con mayor sencillez. El quinto es 
un catálogo de los vicenses santos, venerables y obispos; 
en él vemos con gusto transcrito un fragmento del Fios 
Sanctorum catalán de principio del siglo xvi que aque- 
lla ciudad posee. 

El capítulo sexto, que trata de la historia literaria, 
contiene varias noticias interesantes, entre otras la bien 
sabida de la enseñanza dada por el obispo Atton al 
monje Gerberto, después Silvestre II. En el séptimo 
sobre vicenses escritores y artistas, no escasean los nom- 
bres más ó menos famosos, sin faltar el del sobrado co- 
nocido D. Luciano Comella. Hablase en él del poema 
poco conocido intitulado Testament cien Serradelldt 
Vich, y si bien es de aprobar que el autor se haya ceñi- 
do á citar pocos versos, acaso hubiera podido tomar de 
esta composición alguna noticia local. Los tres siguien- 
tes y últimos hablan de Vich y sus alrededores, de su 



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PUBLICACIONES PROVINCIALES. 339 

industria y comercio, etc. Discútese en el primero la 
cuestión entablada con alguna ligereza por un anticua- 
rio justamente estimado, acerca de la antigüedad del 
campanario de la Catedral que tan manifiesta lleva su 
fecha en su propio estilo y aspecto. 

Hablamos antes de cierta especie apócrifa : es la to- 
mada (pág. 25} de no sé qué colección intitulada el 
Templo de las glorias nacionales, « En el castillo de 
Moneada y en el de Centellas (dice el paso que supone- 
mos sólo copiado por el Sr. Salarich) ondeaba el estan- 
darte cristiano, plantado en sus almenas por victoriosos 
adalides á los gritos de Firám^ firám; Via sus, y S. Jor- 
ge..,, se coligaron nuestros mayores con el barón de 
Pinos y Vilar de Vallgorguina, y en un inesperado asal- 
to rindieron el castillo de Tona con tan buen resultado, 
que no dejaron ningún moro con vida, desalojándoles 
también, á los gritos de Desperta ferro^ del castillo de 
Malla, donde se habían refugiado.» Cuéntase esto antes 
de la venida, que tampoco es histórica, de Cario Mag- 
no, y por consiguiente de un tiempo en que no había en 
Cataluña barones, ni se invocaba á S. Jorge, ni se grita- 
ba Desperta ferro y en que nuestra lengua no estaba 
formada todavía. 

Hechos auténticos y tradiciones convenientemente, 
recogidas, expuestos con sencillez y que se dan por lo 
que valen, he aquí lo que honra á un país y no glorias 
arbitrariamente imaginadas. 

Tal vez habrá quien en obras semejantes á la que 
acabamos de examinar desee más brevedad y la ausencia 
de cuantas noticias no ofrezcan un interés general ; pero 
se ha de recordar que se escriben no sólo para los curio- 
sos y eruditos, sino también y muy especialmente para 
los hijos de la patria, para quienes puede tener mucho 
precio el más insignificante pormenor enlazado con sus 
recuerdos personales, de familia y aun de parroquia y 
de calle. 

Diario de Barcelona^ 1854. 



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OBRAS LITERARIAS DE D. M. J. QUINTAM. 



Desusado homenaje ha de rendirse en breve á un pa- 
tricio no menos respetable por su carácter que ilustre 
por su talento. El patriarca de nuestra literatura don 
Manuel José Quintana va á recibir de manos augustas 
la corona poética ; la cual, en caso de no ser bastante á 
acrecentar el merecido renombre de que disfruta el es- 
critor eminente, dará á lo menos testimonio de la admi- 
ración y respeto que su patria le tributa. Sin discutir lo 
más ó menos propio de la forma del obsequio, sin en- 
trar en averiguaciones inoportunas acerca de los estí- 
mulos que para promoverlo se hayan conjurado con los 
motivos literarios, lo aplaudimos sinceramente y nos 
complace en gran manera el que se dirija á nuestro más 
aventajado cultivador de las letras y junto con él á las 
letras mismas. La nombradía ya clásica y por nadie 
contrariada de Quintana, y la cuantiosa suma de admi- 
ración que nos es dado añadir á la admiración general, 
nos permiten tantear el examen de las obras de un con- 
temporáneo, tarea que en general nos es poco grata, y 
en el caso presente bien dificultosa. 

Por lo visto, se ha llevado la mira de premiar al poe- 
ta, lo que vale tanto como decir que en especial al poeta 
lírico, en nuestro concepto muy superior al dramático. 
Y por cierto, la colección de sus poemas menores (que 
no debe estimarse menos por poco abultada) forma 
un conjunto de valor muy crecido y con el cual rarí- 
simas colecciones cabe parangonar en nuestra antigua 
literatura, ninguna en la de la época anterior á la pre- 
sente, y una tan sólo en la contemporánea. Si esta es 



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OBRAS LITERARIAS DE D. M. J. QUIETANA. 34 1 

nuestra opinión, no creemos que se nos moteje de 
irreverentes al tratar de explicarla. Sin insistir en la 
exageración y aun falsedad de alguna idea que el autor 
emite, en que el género lírico adQptado por él mismo 
no nos parece el de mayor precio y en que algunas de 
sus estancias saben para nosotros á disertación académi- 
ca ó á arenga política (consideraciones todas, extraña la 
una al mérito literario, y derivadas las demás de una 
simple apreciación individual) ; hemos de sentar resuel- 
tamente que en dicha colección la elocuencia usurpa 
muchas veces el lugar de la poesía y algunas la decía* 
mación el de la elocuencia. Pero al propio tiempo ¿qué 
pecho español, qué imaginación un tanto ardiente resis- 
tirá al poderoso impulso de aquella animada poesía? 
¡Cómo la divergencia de ideas ó las predilecciones del 
gusto enmudecen momentáneamente, mientras el ánimo 
se halla todo embelesado por la rápida sucesión de bri- 
llantes pensamientos! ¡cuánta vehemencia! ¡cuánto fue- 
go! ¡qué grandilocuencia tan sostenida ! ¡ qué feliz osa- 
día en los giros! ¡cuántos trozos de todo punto incom- 
parables ! 

No nos proponemos seguramente enumerar ni indicar 
siquiera todos los últimos ; pero dígasenos si en el mis- 
mo Herrera se leen estancias superiores á la que co- 
mienza la poesía á Juan de Padilla : 

Todo á humillar la humanidad conspira: 
Faltó su fuerza á la sagrada lira , 
Su privilegio al canto, 

Y al genio su poder. ¿ Los grandes ecos 
Dó están, que resonaban 

Allá en los templos de la Grecia un día, 
Cuando en los desmayados corazones 
Llama de gloria de repente ardía^ 

Y el son hasta en las selvas convertía 
A los tímidos ciervos en leones ? 

I Oh, cuál cantara yo si el dios del Pindó 
Poder tan grande á mis acentos diera ! 
¡Con qué vehemencia entonces la voz mía, 
Honor, constancia y libertad sonando, 
De un mar al otro mar se extendería I 



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342 OBRAS LITERARIAS 

Atento Quintana á dar poesías á su estilo, abusa á 
menudo de las personificaciones; pero ¡ cuan inespera- 
dOy cuan indecible efecto produce la de la monarquía 
española en el Panteón del Escorial! 

Y era así; que agobiada con el peso 
De tanto triunfo, allí se querellaba 
Doliente y bella una mujer, y en sangre 
Toda la pompa militar manchaba. 

Respectivamente á las dos obras dramáticas que llevó 
el autor á cabo, nos da él propio un juicio acertado y 
exacto, si bien modesto, que descubre en el autor el arte 
difícil de juzgarse á sí mismo. «No era posible, dice, 
dar á El Duque de Viseo la verosimilitud, el interés his- 
tórico y la dignidad de que su argumento carece. Sedu- 
jeron al autor unos cuantos pasajes llenos de novedad y 
de energía que hay en el drama inglés de donde tomó 
el asunto de su poema... Mas no vio entonces, como ve 
ahora, que sacar estas bellezas de allí era quitarles mu- 
cha parte de su nativo valor... Si á esto se añade la 
inexperiencia del poeta, que en muchas partes no ha 
hecho más que indicar las situaciones, en vez de des- 
envolverlas, y ha puesto la hipérbole y la dureza donde 
debieran reinar la delicadeza y la verdad, se verá que 
aun cuando haya algunos aciertos en esta composición, 
de que á mí no me toca hablar, están más que bastante 
compensados con los inconvenientes expuestos. — Ad- 
virtióse en el Pelayo algún adelantamiento: mejor orde- 
nada la fábula, más bien desempeñadas las escenas, me- 
jor preparadas las situaciones, más propiedad y verdad 
en el estilo. Es cierto que el escritor aun no había sabi* 
do crear un interés dramático suficiente para llenar 
cumplidamente los cinco actos; que faltaba el equilibrio 
debido entre los personajes, puesto que el de Munuza 
no es más que un bosquejo y muy ligero; que el estilo 
no tenía la firmeza y la igualdad correspondiente, y que 
el diálogo no estaba tampoco acabado de formar. Pero 
todo lo cubrió al parecer el interés patriótico del asun- 



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DE D. M. J. QUINTANA. 3^3 

to...» Este interés patriótico y el interés dramático de 
que el Pelayo no carece, y que es condición indispensa- 
ble y una de las primeras en tales obras, dan á esta tra- 
gedia un valor real, acrecentado por la concepción de 
alguno de los caracteres, principalmente por el de Au- 
dalla, que debió de sugerir algún personaje análogo de 
las tragedias de Cienfuegos, en -caso de que el último 
poeta no hubiese imitado á su amigo. En su tiempo 
debió además de hacer buen efecto el empleo sumamente 
sobrio de algunos rasgos tomados de las costumbres de 
nuestra antigüedad poética, así como el abuso de estos 
mismos rasgos ha ocasionado en nuestros días una es- 
pecie de tardío entusiasmo á favor de la sencillez, ó 
mejor, desnudez de la tragedia neo-clásica. 

Sin reserva ni limitación de ninguna clase nos es dado 
encomiar los tratados críticos del Sr. Quintana, y bien 
que no tratamos de levantarlos al nivel de sus obras 
poéticas, á causa de la distancia suma, no siempre in- 
conmensurable, que media entre la invención y el exa- 
men crítico; todavía creemos que el autor no debe en- 
vanecerse menos por los unos que por las otras. Al 
íntimo convencimiento de su excelencia, se añade en 
nosotros, como en la mayor parte de los jóvenes dados 
al estudio de las letras, el agradecimiento que conviene 
á un discípulo, pues confesamos plenamente, aun cuan- 
do sería fácil callarlo, que tales escritos han contribuido 
nnuy mucho á formar nuestro gusto literario, y á culti- 
var nuestro entendimiento. La primera de estas obras, 
es decir, el discurso que precede á la colección de poe- 
sías selectas castellanas, esclareció por primera vez, y 
cumplidamente, nuestro período latino-italiano y dio 
certeras decisiones que en su mayor parte han adquirido 
autoridad de cosa juzgada. 

Apelaríamos, es verdad, á fuer de medievistas^ de la 
que recae sobre los orígenes de nuestra poesía, y recla- 
maríamos para el amado Fr. Luis de León, no por cier- 
to un juicio más atinado, sino mayor espacio del que 
en la colección se le dispensa; mas esto no obstante. 



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344 OBRAS LITERARIAS 

pensamos que ningún trabajo crítico ha venido á eclip- 
sar en nuestra patria el que nos ocupa, á no ser los pos- 
teriores del mismo Quintana. Ni son para olvidadas las 
preciosísimas notas con que enriqueció la segunda edí^ 
ción de las poesías selectas, pues ellas descubren al ver- 
dadero crítico, es decir, al que deslinda y señala las 
bellezas, al que sabe comunicar el efecto que éstas pro- 
ducen en su ánimo, al que pesa el valor de la idea poé- 
tica y de su forma: empeño harto más difícil que acu- 
mular las consideraciones vagas y arbitrarias á que pro- 
pende nuestra critica moderna. Iguales dotes luce su 
segundo discurso que versa sobre la literatura española 
del siglo XVIII, donde es de notar una página magistral 
acerca del estado político y literario de España á princi- 
pios del mismo siglo, y en que no se advierte otro de- 
fecto que el muy honroso de mostrarse el autor eo 
demasía buen amigo y respetuoso discípulo. Mas, á 
nuestro ver, vence á todos los trabajos de igual especie 
el bellísimo discurso sobre nuestros ensayos épicos, 
donde con tanto acierto alternan las ideas generales, los 
juicios aplicados, la parte biográfica y el examen de lo 
que daba de sí el argumento de la obra examinada y de 
lo que echó á perder la insuficiencia ó la incuria del 
poeta. Añadiremos, á riesgo de que se nos declare jueces 
incompetentes, que todas estas obras son dechados per- 
fectos de elocución prosaica. 

Menos brillan en esta última calidad las obras históri- 
cas del mismo Sr. Quintana^ no á causa de defectos de 
lenguaje, ó minuciosos ó soñados, en que se cebó en 
mal hora la rabia gramatical^ sino porque la naturaleza 
del trabajo no proporcionaba al autor tanta holgura 
para mostrar su talento de expresión. Mas por otra par- 
te, son composiciones no menos acabadas en su género 
y otras tantas obras maestras, aunque de corto aliento y 
de sucinto volumen. El entrañable amor que á la patria 
profesa Quintana le llevó á tratar asuntos de la historia 
nacional, mientras su genio sesudo y escudriñador le 
encaminó al género biográfico, donde, más que en otro 



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DE D. M. J. QUINTANA. 345 

alguno, campea el estudio de los caracteres morales. 
Aquella exquisita mezcla de talento, de erudición y de 
buen gusto, en que se cifra el verdadero saber literario, 
realza en gran manera las biografías de nuestro Plutar- 
co, que tan distantes de ser simples extractos de docu- 
mentos diplomáticos, como disertaciones académicas en 
que se deslíen los hechos ya de todos conocidos, reúnen 
el suficiente grado de investigación con el arte de la 
exposición y del estilo. Debe tal vez exceptuarse la pri- 
mera en que versando la narración sobre hechos acaeci* 
dos en tiempos obscuros, se atuvo el autor á escoger lo 
más verosímil entre lo que del héroe suele contarse: 
camino no siempre bastante seguro para llegar á la 
verdad. Mas no se desdeñó Quintana, ni cabía en su 
claro talento, de aplicarse á detenidos trabajos prepara- 
torios que le granjeasen completo conocimiento de los 
hechos históricos, al paso que se siente poco inclinado á 
cierto hipo de curiosear^ á cierto lujo escolástico de eru- 
dición, de que todos adolecemos más ó menos hoy día 
j que á menudo ha debido excitar la sonrisa en los la- 
bios de nuestro entendido crítico. 

No descubre el! estilo del Sr. Quintana el candor ex- 
presivo de las crónicas, como tampoco los felices cona- 
tos ó ambiciosas pretensiones que se notan en aventaja- 
dos historiadores modernos para trasladar de lleno al 
lector al centro de apartados períodos históricos; ni lo 
consentía el género biográfico que no tanto atiende á la 
época como al personaje; mas se advierte en ocasio- 
nes vivo y apropiado colorido, trozos verdaderamente 
pintorescos y aun el general deseo de penetrar en la ín- 
dole de los tiempos pasados y de presentar á los ojos de 
los lectores las usanzas que del nuestro los distinguían. 
Que el autor de las Vidas de españoles célebres mirase 
con algún desapego aquellos tiempos, no sería de extra- 
ñar, atendido el temple de sus opiniones; pero por una 
feliz contradicción, común á nuestros más claros varo- 
nes de fines del último siglo, la excesiva confianza en lo 
presente, el ansia desmedida de renovación se compade- 



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346 OBRAS LITERARIAS DE D. M. J. QUINTANA. 

cía entonces con el amor por las cosas patrias y con el 
respeto á las virtudes y grandezas de nuestros héroes 
antiguos. Sabe en verdad Quintana estimar y encarecer 
esta grandeza, sin que en ciertos casos el esplendor de 
ella ofusque su juicio moral sobre lo bueno y lo debido. 
Y en esto es muy de alabar: en haber aplicado tan seve- 
ra como oportunamente los eternos principios de justi- 
cia que del cristianismo tomó prestadas la moderna 
filantropía ; según es de ver señaladamente en la bella 
biografía de Las Casas, ejemplo y prueba de lo que 
acabamos de sentar acerca de la filiación de aquellos 
principios. No es que por esto se haya de admitir la 
ilusión local americana por cuya influencia los descen- 
dientes de los ofensores se consideren herederos de los 
agravios de las víctimas, y de la cual ha participado 
Quintana, si es lícito dar crédito á ciertos rumores (i) y 
á algún indicio que de sus poemas se desprende. 

Este diminuto y ligero examen de las Vidas de espa* 
ñoles célebres basta á lo menos para que se eche de ver 
que nuestro autor no sobresale menos como historiador 
que como poeta y como crítico, y que no por un vano 
empeño de aparentar flexible talento ó múltiple aptitud, 
sino porque había nacido para las tres clases de obras, 
porque abrigaba verdadera vocación para todas ellas, 
cultivó géneros en parte tan distintos. De suerte que 
como legítima deducción de las anteriores consideracio- 
nes, bien podemos afirmar que debía su patria á Quin- 
tana, si no tres coronas, á lo menos triple galardón. 

Diario de Barcelona, 1834. 



(1) Véase el prólogo escrito por el Sr. Ferrer de los Ríos que 
precede á la edicióa de Rivadeneyra de las obras del Sr. Quiotaoa. 



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RIMAS VARIAS DE D. TOMÁS AGUILÓ. 



La colección que anunciamos, impresa desde el año 
1846 al 1 85o y compuesta de tres tomos asaz abultados, 
es una de las que mayormente deben llamar la atención 
entre las de nuestra época, como que sus prendas la 
ponen al igual de las más aventajadas. Abundancia de 
ideas, variedad de asuntos y de tonos, facilísimo manejo 
de la versificación, profundo conocimiento de la len- 
gua, y sobre todo levantados sentimientos, ideas sanas y 
un respeto nunca desmentido á las leyes de la moral, 
constituyen algunas de estas prendas cuya enumeración 
agotaríamos difícilmente. Esto es decir que lo laudable, 
lo digno de estima, lo bueno abundan en esta colección 
á todas luces notable. Únicamente culparíamos al autor 
de haberse contentado con lo bueno y de no haber aspi- 
rado con más frecuencia á lo excelente. Aparte varias 
poesías de la primera juventud que incluyó el autor tan 
sólo como recuerdos personales y otras sólo notables 
por la forzada destreza dé la versificación, creemos que 
algunas se hubieran podido segregar de su colección, 
que sin ellas sería bastante rica, y que nada hubiera 
perdido tampoco el autor en producir menos en ciertos 
casos. Considérense, sin embargo, estas indicaciones 
como propias de un ánimo un tanto descontentadizo 
que no contento con lo que se le da, va siempre en pos 
de lo que le parece posible alcanzar. 

A más de que abunda también lo excelente en las 
Rimas varias del Sr. Aguiló ; y tanto, que estamos bien 
seguros de indicar sólo una mínima parte de lo que me- 
rece este nombre (pues un juicio completo exigiría más 



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348 RIMAS VARIAS DE D. TOMAS AGUILÓ. 

detenido estudio del que podemos dedicar á dichas 
Rimas)^ al hablar ligeramente de las principales poesías 
ó de los fragmentos de ellas que han producido en nos- 
otros mayor efecto. 

La oda á D. Miguel Peña, recién elevado al sacerdo- 
cio, es digna de que se compare con las que le sirvieron 
de modelo^ ya por el buen sabor, ya por la precisión 
de los pensamientos. Recuérdense principalmente las 
.estancias que copiamos y las que inmediatamente las 
siguen. 

No á tí fué comparable 

Anio, de vendas y laurel ceñida 

La frente respetable , 

Que dejó ennoblecida 

De sacerdote y rey la prez unida, etc. 

¿Quién puede resistirte? 

Las puertas eternales obedecen 

Y se abren al oirte ; 
Tus súplicas parecen 

Y los continuos coros enmudecen. 

Muy linda y muy bien pensada es la poesía que di -^ 
rige á la joven poetisa D." Victoria Peña, y la que con 
el título Numen dedica al malogrado Piferrer bien co- 
rresponde á la impresión profunda é inesperada que la 
íntima comunicación con el alma tan entusiasta y tan 
enamorada de lo bello de nuestro grande historiador- 
poeta debía producir en el ánimo simpatizador del joven 
vate mallorquín. 

La vo\ de Dios^ La patria y algunas otras poesías de 
tono semejante, á vueltas de algún trozo demasiada- 
mente lánguido, son expresión feliz del estado de suave 
agitación y de ligera amargura, únicas que por su dicha 
ha probado el corazón del resignado p(^ta. 

El primer volumen, al cual pertenecen las menciona- 
das composiciones, termina con dos obras notables por 
el intento y por la invención. Intitúlase la primera Ab^ 
diel y la segunda Los siglos ante Jesucristo. Puede juz- 
garse del aliento de la última por su segunda estancia: 



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RIMAS VARIAS DE D. TOMAS AGUILÓ. 349 

Y vi cuarenta siglos, pual soldados 
De pánico terror sobrecogidos, 

De aquel monte bajar precipitados, 

Y huir y resbalar despavoridos. 

Y viles luego hundidos 

En las aguas del mar que se cerraron, 
Cual losa de sepulcro, y ni siquiera 
Por signo de inscripción perecedera 
Un efímero círculo trazaron. 

¡ Lástima que en estas composiciones se atuviese el 
autor á las formas métricas y aun á ciertos resabios de 
estilo de nuestros seiscentistas de la escuela italiana! ' 
Bueno es que los estudiase para formar su lenguaje que 
en efecto ha resultado de todo punto castizo, pero debía 
advertir que ciertas tnantras pseudo clásicas que no son 
ni antiguas ni nacionales, mal se avenían con el carácter 
bíblico y aun podemos decir apocalíptico de estas dos 
excelentes composiciones. 

En el segundo volumen, además de algunos sonetos 
buenos entre cincuenta que contiene, se hacen notar 
desde luego las melodías hebraicas traducidas de Lord 
Byron, en las cuales el vigor y la precisión del original 
ha producido el mejor efecto en el estilo del traductor. 

Hállanse también en este tomo algunas leyendas que 
no incluyó el autor en su Mallorca poética por no per- 
tenecer á la historia de este país el argumento sobre que 
versan. Las más dignas de atención nos parecen ser El 
Perjurio y La Cru\ de esmeraldas^ de asunto caballeres- 
co las dos, fantástica la primera y sentimental la segun- 
da, siendo á nuestros ojos muy preferible ésta, y mucho 
más apto el talento del Sr. Aguiló para el último género 
que para el primero. 

Dignamente ocupa un buen número de las últimas 
páginas de este volumen el poema intitulado Rugero de 
Flor, cjue versa sobre la renombrada expedición de ca- 
talanes y aragoneses á Grecia, y que muy justamente 
obtuvo uno de los premios señalados por la Academia 
de Buenas Letras de esta capital. En esta composición 
nos parece adecuada la forma, pues por más que se 



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35o RIMAS VARIAS DE D. TOMÁS AGUILÓ. 

diga, es la octava rima un metro muy propio para la 
narración y que cabe armonizar muy bien, cuando la 
maneja tan diestro versificador como el autor de este 
canto épico, con el colorido propio de los asuntos toma- 
dos de la historia moderna. Hasta una cierta singulari- 
dad que parece afectar el poeta en la elección de rimas 
poco usadas, no deja de acordarse con el extraño carác- 
ter del asunto en que se presentan cara á cara y en des* 
igual lucha el decrépito imperio de los sucesores de 
Constantino y una horda de intrépidos aventureros me- 
' ridionales. 

Llegamos al tercer volumen, es decir, á la parte de la 
colección que, según visos, trabajó el autor con más 
esmero y recogió con predilección. Lo que en ella se 
propuso, bien lo da á entender en las siguientes líneas 
de su hermoso prólogo: «¿Qué mucho pues, que nacido 
en un suelo sobre el cual la naturaleza ha derramado 
con larga mano la variedad de sus dones, y en que el 
arte no ha escaseado la variedad de sus primores, cuya 
historia particular interesa el ánimo por la novedad de 
sus dramáticos sucesos, y cuyas romancescas tradicio- 
nes le cautivan y embelesan por la vaguedad de sus 
relatos truncados ó maravillosos; haya desplegado mi 
fantasía sus flojas alas para cernerlas en esa atmósfera 
de poesía? <Qué mucho que encariñado por un país 
en que tan acordes van el instinto y el raciocinio, al 
sentir sus bellezas, al contemplar sus monumentos, al 
recordar sus glorias, tomase la lira para cantar mi pa- 
tria, acostumbrado á cantar las impresiones de mi co- 
razón?... 

»Por eso aunque el título de mi obra (Mallorca poé- 
tica) no peque de modesto, queda bastante justificado si 
se presupone que no sólo abarca mis propias inspira- 
ciones, sino también las de aquellos que, de mi ejemplo 
movidos, rendirán á mi patria un homenaje de igual 
naturaleza...» Demuestran cumplidamente estas palabras 
que lo que felizmente ha guiado al poeta, es el amor á 
su patria, el sentimiento de las bellezas de su historia. 



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RIMAS VARIAS DE D. TOMÁS AGUILÓ. 35 1 

Mas aunque no podamos imaginar mejor móvil ni 
mejor estímulo, hemos de decir que la forma en general 
adoptada para las poesías narrativas, que son las más 
en este volumen, no nos satisface plenamente. Conce- 
bimos una poesía verdaderamente popular que es como 
una línea de intersección entre la inspiración más alta 
y el carácter no sólo ingenuo, sino también familiar de 
la expresión y del estilo; concebimos y admitimos una 
poesía narrativa más levantada de tono, en que al mis- 
mo tiempo que despliega la imaginación todo su vuelo, 
llega la expresión poética á su mayor punto de eñcacia 
y esplendor. 

Es verdad que en muchos puntos ha conseguido lo 
último el autor de Mallorca poética^ pero en general 
sigue la forma mixta é indecisa conocida con el nombre 
de leyenda; forma que vemos cultivada por Tomás 
Grossi en una composición de su Marco Visconti, de la 
cual contiene una bella traducción el primer volumen 
de la colección que analizamos; que, según creemos, in- 
trodujo en nuestra poesía el Sr. Mora y que con felicísi- 
mo éxito y aplicándola á asuntos del siglo xvii, para los 
cuales es muy propia, ha cultivado el más célebre de 
nuestros poetas modernos. Sea dicho todo esto sin mi- 
norar un punto el aprecio y aun la admiración debidos 
á las preciosas leyendas del poeta mallorquín, entre las 
cuales nos han parecido notabilísimas las del Almogá- 
var, Arnaldo de Pax, y San Cabrit y San Bassa, que 
cierran el volumen. En la última principalmente nos 
ha parecido que se presentaba con toda su fuerza y ma- 
durez el talento del poeta : reálzala una bella introduc- 
ción en que campean poéticas ideas, y en la parte na- 
rrativa, que es bastante extensa, ha sabido el autor sacar 
el mejor partido de una piadosa tradición local, pintar 
la época con colorido vivaz y adecuado, y abundar en 
enérgicos diálogos y vigorosas descripciones. 

A las leyendas del Sr. Aguiló acompañan algunas de 
su amigo el excelente escritor D. J. M. Quadrado, entre 
las cuales es muy de notar la bellísima de El último rey 



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352 RIMAS VARIAS DE D. TOMAS AGUILÓ. 

de Mallorca, en que compiten el brío de la ejecución y 
la plenitud del sentimiento. 

Las composiciones descriptivas y narrativas, que for- 
man el último tomo de las poesías de Aguiló, son una 
verdadera guirnalda poética que ha depuesto el joven 
isleño á los pies de su amada patria. A su vez debe en- 
vanecerse Mallorca de contarle entre sus hijos, y no 
debe ser este honor indiferente á nuestra Cataluña, por 
tantos títulos hermana de Mallorca, si es que ya no debe 
llamarse madre de su antigua colonia del Mediterráneo. 

Diario de Barcelona^ 1834. 



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NUEVAS PUBLICACIONES 



JUEGOS FLORALES 



I. 

Con un entusiasmo que le honra, no ha mucho que 
uno de nuestros colaboradores ha tratado de las anti- 
guas academias poéticas conocidas con él nombre de 
Juegos Florales, proponiendo un acertado proyecto de 
restauración; no es nuestro propósito insistir sobre las 
mismas ideas, sino presentar un examen que debiera ser 
hecho con la exactitud del arqueólogo y la minuciosidad 
del erudito más bien que con el entusiasmo del poeta, 
acerca de las nuevas publicaciones que bajo la dirección 
de M. Gatien-Arnoult (quien todavía se intitula uno de 
los cuarenta mantenedores de la Academia de Juegos 
Florales) se han verificado últimamente en Tolosa, y 
que pueden contribuir á ilustrar este punto especial y 
curioso de la historia de las letras. 

Son dos hasta el presente estas publicaciones, la de 
Las Flors del gay saber estier dichas las Leys d'' amors^ 
es decir, un tratado teórico de lengua y de poética pro- 
venzal, y las Joyas del gay saber ó composiciones pre- 
miadas por el consistorio poético de Tolosa. Interesan 
ambas publicaciones á las provincias que concurrieron 
á la opción de los premios que en aquellas academias se 
dispensaban y á todos los que se dedican á la inves- 
tigación de semejantes materias, pues para todos los 
demás, incluso el común de los lectores de nuestra pro- 
vincia, creemos que basta una noticia de un ramo de 
literatura que, si bien tuvo lugar en una lengua suma- 
mente hermanada con la que se habló entre nosotros, 
pertenece ya á los tiempos en que se hallaban aislados 

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354 NUEVAS PUBLICACIONES 

los diferentes pí^íses de lengua de oc, y en que este céle- 
bre idioma había ya dejado de ser mirado por todas las 
naciones de Europa como el propio de la discreción y 
de la cortesanía. 

La primera de dichas obras manifiesta, sin embargo, 
el último punto de contacto entre los diferentes países 
que, si no hablaban exactamente, escribían á lo menos 
y cantaban en 'una misma lengua. — Sabido es que á 
principios del siglo xiv había cesado ya la poesía de los 
trovadores ambulantes y feudales á efecto de multiplica- 
das causas, entre las cuales se debe, contar la agregación 
de las provincias meridionales de Francia á la monar- 
quía de los Capetos. No se ha de creer, sin embargo, 
que cesase repentinamente toda tradición literaria en los 
países que antes se envanecieran con el cultivo de la 
literatura provenzal; así, por ejemplo, vemos en Cata- 
luña que se usaba de ella para embellecer las ceremo- 
nias de la coronación regia y hallamos además algún 
otro indicio que manifiesta que se conservaban los títu- 
los particulares á los cultivadores de la poesía lírica- 
caballeresca (i). 

En Tolosa se hizo más, puesto que se procuró reunir 
en un instituto los particulares esfuerzos de los que se- 
guían cultivando la poesía provenzal y reanimar la tra- 
dición de unos cantos que estaban á punto de desaparecer 
junto con el estado social de que habían formado parte. 

Estableciéronse, según veremos en el próximo artí- 
culo, los concursos poéticos, y algunos años después 
(i 355) se encargó á Guillermo Molinier, canciller de la 
Compañía ó Academia de Trovadores, que redactase las 
leyes de amor (es decir, un arte de trovar) auxiliado de 



(1) Creemos que se trata de un título de los que solían usar lo» 
trovadores en el Guiage y protección que en Valencia á 5 idus Mar- 
zo de 1337 di(5 Pedro el Ceremonioso á Pedro Gabae, magistruhi 
Indi amoris. Por lo demás, so conservan varias poesías catalanas 
anteriores al reinado de Juan I, en que se estableció entre nos- 
otros una imitación de los Juegos Florales con el nombre de Consis^ 
torio del gay saber ^ 



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SOBRE LOS JUEGOS FLORALES. 355 

los más peritos en el ratno« y consultando á la Compa- 
ñía cuando se ofreciese un punto difícil. Quedó termi- 
nada la obra en i356, se enviaron copias de ella á va- 
rios puntos, entre otros á Barcelona, en cuyo archivo de 
la Corona de Aragón se conserva todavía el ejemplar 
correspondiente. 

Precede á esta obra didáctica una introducción, de 
la cual copiaremos un párrafo, dejándolo en su mismo 
idioma, cuya interpretación es bastante fácil, a Excita* 
tios (i) ais jovencels que voien trotar. Donx 1¡ trobador 
no el qu es han bona voluntad dapenre aquesta scien- 
sa: venguan pozar en aquestas leys damors. Quar ayssi 
es la fons desta gaya sciensa de trobar. E prendam de 
layga de gran dossor desta fon agradiva. e vuelhan se- 
guir la dotz (2) veraya don ve e nays esta fons. Et en 
ayssi si volon seguir aquesta dotz daquesta fon: li rin 
que daqui partirán : faran mantas ribieras fulhar e re- 
verdir. els auzels chantar et esbandir : am votz plazen e 
gaya, si que li rin qui deschendran desta fon« nauran 
ñn pretz e veraya lauzor. E la fons aquesta qu en sera 
mays agradan e mays plazens. e de major fama, e mays 
habondans á totz. E la dotz desta font quen sera mays 
plazens e mays gracioza ad aquels que amon e volon 
aquesta gaya sciensa de trobar. e major men ais enten- 
deos ques han cor valoros c subtil. Quar aquesta gaya 
sciensa de trobar lunh temps nos met nis pauza en co- 
ratge* dome dur. rude. avar. enic. ni fals. Ans lor es 
aquesta plazens ayga sobre dura et amara. E per so 
sostemps aquel deslansa e vetupera e ha en mespretz 
sciensa. al coratge del qua). nos met. nis pauza. Quar 
ignoransa es causa, lá qual es grans enemiga de saber.» 
Podría creerse por las anteriores líneas, no menos que 
por su título, que domina en este tratado cierta tenden- 
cia poética, pero no tarda el lector en desengañarse, 



(1) Seguimos puntualmente el sistema de los editores de Tolosa^ 
1 pesar de que según creemos podría mejorarse. 

(2) No dudamos que debe decir üotx^ en catalán : veu d^ aygua. 



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356 NUEVAS PUBLICACIONES 

pues á renglón seguido viene una docta explicación de 
la metáfora precedente, y se conoce muy luego que lo 
que un momento pudo parecer poesía fué únicamente 
debido á la belleza de la lengua y en todo caso á un 
lenguaje retórico. 

En efecto, si algo se ha de buscar en las Leys cT amors^ 
no es el espíritu poético, sino una erudición y un dis» 
cernimiento gramatical que muchas veces sorprenden 
en una obra del siglo xiv y de la naturaleza de la que 
examinamos. Es en resumen, un largo tratado de pro- 
sodia, de métrica, de gramática y de retórica, expuesto 
con bastante método y dividido en cinco partes, de que 
vamos á dar una idea. 

La primera trata en general del arte de trovar, pasan- 
do inmediatamente al estudio de las diferentes letras. 
Notaremos únicamente la división de vocales en pleni- 
sonantes (calificación que aplica á las cinco vocales), 
semisonantes (caliñcación que sólo puede servir á la a, 
á la e y á la o, dándose á entender que la o semisonante 
se acerca mucho á la m), y utrisonantes que tienen lu- 
gar cuando una palabra se pronuncia de diferentes ma* 
ñeras según su significación, como por ejemplo pes 
(pie) cuya e es plenisonante y pes (peso) que es semiso- 
nante. Advierte que los catalanes pecaban en esta parte 
por pronuncia-r como, plenisonantes muchas palabras 
semisonantes. Se trata probablemente de vocales cerra- 
das y abiertas. Hablase después del acento con bastante 
exactitud, notando que en el román sólo lo hay grave y 
agudo y no circunflejo como en la lengua latina, defí- 
nese con mucha claridad el segundo, y aunque se con- 
funde con la cantidad, no hay que extrañarlo cuando 
todavía incurren en esta equivocación muchos de nues- 
tros gramáticos. 

La segunda parte trata con mucha detención de los 
bordos (versos) desde los de cuatro (es decir, de cinco 
según nuestra métrica) hasta los de doce (alejandrinos). 
Habla también de las pausas, de los acentos, del rim 
(rima) y de un sinnúmero de combinaciones convencio- 



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SOBRE LOS JUEGOS FLORALES. 357 

nales coQ los extraños nombres de rimsestramps comuSf 
rims estramps cars, etc. Trata fínalmente de las óoplas ó 
estancias cuya división, como es de suponer, abraza un 
sinnúmero de clases, y muestra en general mucho cono- 
cimiento del mecanismo de la lengua, mucha argucia y 
mucho estudio sobre las rimas, al mismo tiempo que la 
ausencia de sentimiento poético y la afición á dificulta* 
des ociosas y pueriles. Termina esta segunda parte con 
el capítulo de los vers (poemas ó poesías) en que sigue 
las denominaciones, inventadas por los trovadores, de 
canción, sirventesco, danza, etc. 

La tercera parte es una gramática en forma, y mani« 
fiesta conocimientos no escasos sobre la materia, al pro- 
pio tiempo que cierta simplicidad de que puede dar una 
idea la siguiente división. Algunas partes de la oración, 
dice, son parecidas á los emperadores ó grandes prínci- 
pes que quieren mandar y no ser mandados : tal es el 
verbo que quiere regir y no quiere ser regido. Otras^ 
semejantes á los hombres prudentes, quieren á la vez 
regir y ser regidos: tales son los nombres y los partici- 
pios. Otras, como los escuderos y caballeros corteses, 
quieren siempre servir: tal es la preposición. Otras, 
como los niños y los hombres poco discretos, tienen 
necesidad de ser continuamente regidos: tal es el pro- 
nombre. Otras, en fin, semejantes á los locos, ni quieren 
regir ni ser regidos : tales son el adverbio, la conjunción 
y la interjección. 

La parte cuarta es un tratado de retórica, ó por mejor 
decir, un larguísimo catálogo de figuras ó sea de aque- 
llas palabrotas de que tanto quería precaver Condillac á 
su discípulo. Lo más donoso es que el autor de las Leys 
¿f amors quiere presentar este escolástico tratado de una 
manera alegórica y poética, de la cual creemos que no 
pesará ver una muestra: «Tres rey foron antiguamen 
sos assaber. Barbarismes. Soloecismes, et Allevolus, et 
faavian gran guerra am tres reginas sos assaber. Na Dic« 
tio. Na Oratio. et am Na*Sentensa. (Es decir, Doña 
Dicción, Doña Oración y Doña Sentencia.) En ayssi 



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358 NUEVAS PUBLICACIONES 

que Barbarismes e Soloecismes ha vían per nou partit. 
X. sagetas en comu. am las quals sagetaban Na Dictio 
et Na Oratio. En ayssi que Barbarismes sagetaba Na 
Dictio de una part. En Soloecismes Na Oratio dautra. 
E las X. sagetas son aquestas sos assaber. Acirologico^ 
Eacephaton, etc. 

(Siguen otras ocho palabrotas.) Estas saetas que po- 
seían en común Barbarismo y Solecismo y con que 
atormentaban á Dicción y á Oración, son vicios de ex- 
presión. Por fortuna había una mujer muy cortés y 
muy encumbrada llamada Madona Rethórica, la cual 
trató de poner paces y concertó los casamientos de los 
dichos tres reyes, con tres hermanas de las dichas tres 
reinas; así es que Barbarismes casó con Na Methaplas- 
mos, Soloecismes con Na Scema y Allevolus con Na 
Tropus. Barbarismes tuvo de su mujer catorce hijas, á 
saber: Próthesis, Epenthesis, etc. Soloecismes fué padre 
de veintidós hijas, es decir, de veintidós palabrotas^ las 
cuales no satisfacen todavía al autor de la alegoría que 
inventa luego varios reg'alos de flores tan exóticamente 
denominadas como las hijas de los reyes antedichos, y 
añade el nombre y definición de un sinnúmero de saetas. 

La quinta parte, después de algunas reglas de traduc- 
ción del latín, enseña el método que debe seguirse en la 
composición, indicando que antes de la elección de 
asunto y de género poético, debe empezarse por la elec- 
ción de las rimas. Sabido esto, no se extrañará que ad- 
mita con el nombre de pedas una especie de ripios de 
que en efecto era bien difícil prescindir en un proceder 
tan mecánico. 

Los honrados eclesiásticos, jueces, estudiantes y arte* 
sanos que se presentaban á los concursos poéticos y que 
para salir bien librados de la minuciosa censura de los 
mantenedores, debían haber estudiado detenidamente 
hasta el punto de dominarlo y aplicarlo, el complicadí- 
simo sistema de Molinier, eran bien dignos de ser lau- 
reados, si no por sus méritos poéticos^ á lo menos por 
su buena fe y perseverancia. 



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SOBRE LOS JUEGOS FLORALES. 35 9 



II. 

Para completar el conocimiento de la segunda de 
estas publicaciones, es decir, de las Joyas del gay saber 
ó Colección de las poesías premiadas en la Academia de 
Tolosa, es necesario acudir á noticias ya anteriormente 
conocidas, y que no disgustarán á cuantos participan del 
singular agrado que, á pesar de no haber producido 
frutos de mucho precio, lleva consigo la memoria de 
aquella institución célebre. 

En i323 la muy alegre compañía de los siete trova- 
dores de Tolosa, siguiendo la antigua costumbre de 
algunos poetas sus antecesores que se reunían la mayor 
parte de los domingos del año en un jardín déla ciudad 
nombrada, para recitar sus composiciones, resolvieron 
promover una reunión pública para el primer día del 
mes de Mayo de todos los años, y para llevar á cabo 
este intento^ enviaron á varios países en que se hablaba 
la lengua una convocatoria ó certa poética que empieza; 

Ais honorables, e ais pros 
SenhorS) amics, e companhos 
Ais quals es donat lo sabers, 
Don eréis ais bos gaug e plazers, etc. 

Tuvo lugar en efecto el primer concurso público 
en 1 324 y celebróse en presencia del magistrado y de 
toda la nobleza del país, adjudicando el premio desig- 
nado que era una violeta de oro al maestro Arnaldo 
Vidal de Castel Noudarri, quien fué luego declarado 
doctor en la Gaya ciencia. Seguramente este Vidal ha 
dado lugar á la noticia adoptada por nuestros historia- 
dores provinciales, según los cuales, hubo un Vidal de 
Besalú entre los fundadores de la Academia Tolosana. 
La reciente edición de las Joyas nos da á conocer esta 
primera poesía premiada que no carece de cierto mérito: 

Mayres de Dieu, Verges pura, 
Vas vos me vir de cor pur, 
Ab esperansa segura etc. 



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36b NUEVAS PUBLICACIONES 

Los señores del Capitolio, es decir, del cuerpo muni- 
cipal de Tolosa, decidieron que en adelante costease la 
ciudad la joya de oro y más adelante, es decir, en i35i, 
dieron á Guillermo Molinier el encargo de que habla- 
mos en el anterior artículo, fundándose en la siguiente 
razón : «Car li dit VIL Senhor (es decir, los siete man- 
tenedores de que hemos hablado) jutjavan scns ley, é 
sens reglas, que no hablan, e tot jorn reprendían, e 
pauc ensenhavan : Per so li dit Senhor del Capitol 
ordenaren, que hom fes certas reglas á las quals ha- 
guessen recors, e avisamen en los jut jamen.» 

Tales disposiciones manifiestan bien á las claras que 
la municipalidad de Tolosa consideraba como punto 
de honra provincial la conservación de los juegos poé- 
ticos que recordaban la nombradía de su lengua y de 
los países meridionales de Francia en épocas no muy 
lejanas, y desde entonces quedó completamente fijada 
una institución que á pesar de su nombre y de sus 
apariencias poéticas, tenía en el fondo el carácter de 
una academia de lengua y de retórica. A excepción de 
algunas maneras exteriores en el lenguaje y en la versi- 
ficación, pocas analogías ofreció este nuevo período de 
la poesía provenzal con los tiempos de los antiguos y 
verdaderos trovadores, pero debemos confesar que si 
perdió no poco en punto á variedad, á flexibilidad, á 
gracia y á invención, ganó mucho en decoro y en me- 
sura. Fuese casualidad ó fuese influencia del Norte del 
mismo reino, los Juegos Florales muestran una dirección 
semejante á la que dominó en ciertas reuniones poéticas 
de Normandía y de Flandes conocidas con los nom* 
bres de Puys de Nuestra Señora, Divins futras^ Palino- 
dias, etc.; pues en aquéllos como en éstas presidían per- 
sonas respetables y dedicadas al ejercicio de las más gra- 
ves profesiones, y por otra parte reinaba suma escrupu- 
losidad en la elección de argumentos poéticos: justa 
reacción contra los devaneos eróticos de los siglos xii y 
XIII. Aunque dichas instituciones del Norte de Francia 
aspiran á una grande antigüedad', no puede desconocerse 



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SOBRE LOS JUEGOS FLORALES. 36 1 

en los nuevos ensayos poéticos la influencia de un nuevo 
espíritu y de nuevas circunstancias, propias de los últi- 
mos tiempos de la Edad media, como que rasgos muy 
parecidos presentan también los Meister Saengers ó arte- 
sanos cantores de Alemania. Por lo demás, á pesar de 
los preceptos de Molinier ó más bien y en parte á efecto 
de los mismos preceptos, la poesía provenzal fué meca- 
nizándose de cada vez más, de suerte que sólo se nota 
algún movimiento y se percibe algún halago en las pri- 
meras poesías en que se reconoce la acción del estudio 
de los trovadores, y en las más recientes, en las cuales 
obra eficazmente la del renacimiento italiano. Y no fué 
seguramente por falta de estímulos y de premios, pues al 
de la violeta de oro que era considerada como principal 
y digna de recompensar las composiciones más nobles, 
es decir, las llamadas canción, verso y descor, se añadió 
el ^e una Ayglentina (agavanzo) de plata para las pas- 
torales y el de un Gaug (caléndula) del mismo metal 
para la composición poética llamada danza (i) y para las 
de las clases anteriores que faesen consideradas como 
menos perfectas, según se decidió en una nueva carta 
poética publicada en t356. 

Al mismo tiempo pertenece una declaración también 
en verso del espíritu que debía reinar en los consisto- 
rios ó reuniones del gay saber, en la cual notamos los 
siguientes versos que pueden servir de muestra del gusto 
alegórico de la época, no menos que de confirmación á 
lo que antes dijimos sobre las laudables precauciones 
que se tomaban con respecto á los argumentos: 

Lo Gay Sabers nos' part de la coinpanha 
De ñn' Amors, qu'es de vicis estranha ; 
Per que 1' Portiers de hoy nomnat Menassa, 
Que te sul col ab doas mas una massa 
Gardal' Palais.el' noble Consistori, 



(1) Hállanse también eDire las joyas 6 poesías premiadas una 
lanso é dansa mesclada, es decir, estancias propias de la canción 
que alternan con otras propias de la dama. 



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362 NUEVAS PUBLICACIONES 

On da cosselh Amors et ajutori 

Ais fis Amans, aquel gazardonán, 

Esos ¡oels liberalmen donan : 

E dis tot jorn lo Porliers, e protesta, 

Qu'el ferirá tot home sus la testa 

De cel qu'intrar voldrá de dins la porta, 

Si vas Amors dictat desonest porta. 

Se preguntará sin duda qué es lo que se deduce de los 
documentos publicados, con respecto á la famosa Cle- 
mencia Isaura, considerada por algunos como funda- 
dora de los Juegos Florales y por otros como invención 
gratuita del siglo xvi y cuya estatua, real ó supuesta, 
figura todavía en la sala del Capitolio donde se cele- 
bran aquellos restaurados juegos. La única indicación 
que vemos en los textos originales -es el siguiente tí- 
tulo de una Cansó de nostra dona, per la qual mossen 
Bertrandi de Roaix «gasanhet V Englaniina novella, 
que foc dada per Dona Clamenca (por Clámenla), Pan 
MCCCCLXXXXVIII», testimonio bastante sucinto, 
pero que nos parece decisivo, de la existencia de la cé- 
lebre poetisa, á no ser que fundándose en el ejemplo 
de alguna otra poesía en que se invoca á la Santísima 
Virgen con el nombre de poderosa Clamensa, se em- 
peñase alguno en considerar aquel título como una ale- 
goría. 

Los nuevos editores no sólo admiten la existencia de 
Isaura, sino que dan por supuesto que su nuevo premio 
se destinaba á ciertas poesías que se resentían de las 
formas vulgares de la lengua provenzal corrompida y 
de uso familiar; y según vemos en Montalembert (Van- 
dalismo y catolicismo en el arte)^ no ha faltado quien 
atribuya á la misma protectora de los poetas unos lin- 
dos versos en este último idioma que á lo menos pare- 
cen escritos con deseos de que se supongan suyos: 

Yoén, á tort' Terguehos en el pensa 
Qu^honorad sera tostems deis aymadors; 
Mes jo sai ben que lo joen trobadors 
Oblidaran la fama de Clamensa , 



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SOBRE LOS JUEGOS FLORALES. 363 

Tal en lo cams la rosa primavera, 
Floris gentils quan torna le gay tems ; 
Mes del bent de la meg brancejado rabens 
Moric, e per totjorn s'esfassa de la térra. 

Para ahorrar citas no transcribimos una bella canción 
que otra señora llamada la dama de Villanueva dictó en 
el concurso de 1496, pero que no obtuvo el premio, 
pues el Consistorio del Gay saber, de todo punto aparta- 
do del espíritu que reinaba en las antiguas cortes de 
amor, seguía negando á las señoras los honores poéti* 
eos; y preferimos presentar dos estancias aisladas del 
Plañe de Crestiandat contra Is gran ture, con el cual 
ganó la violeta en 1471 el maestro Berenguer del Hos- 
pital, bachiller en leyes: 

Ya pas lonc temps, dedins, Iherusalem, 
Vigui plorar del munde la plus bela ; 
Tan elangia fort qu^om Tanzia de Bellem, 
Se Uasseram é rompen sa gonela. 
leu, am gran dol, luy dissi: Domaysela, 
Las! qu' avetz vos que tan vos planget haut? 
Ha ! mon enfan, dissec parlant azaut, 
leu, paubra, soy Crestiandat la mesquina, 
Que res que sia no me vey en azaut ; 
Tan m' ha gran mal fait la gen Sarrasina. 



Revelha te, '1 Caries de gran renom, 
Au* as a ma ley Europa conquistada! 
Leva te sus Godofre de Bilhom 
Qu' oltra la mar amenes gran armada, 
£ siseysant' ans as tengut subyugada 
Iherusalem, ondran la sancta Cros! 
£ tu, Lois» arma te, mou fílh dos, 
Fay al gran Ture mortal é forta guerra; 
Ajuda me, coma sanct Loys, pros, 
Ne deffenden e per mar e per térra. 

Las composiciones de Berenguer del Hospital y de la 
dama de Villanueva, á cuyos acentos debieron olvi- 
dar los contemporáneos los versos empeutats, cap- 
croat\, etc., de la bárbara terminología de Molinier, 
fueron, sin embargo, el canto del cisne de la poesía pro- 



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364 NUEVAS PUBLICACIONES SOBRE LOS JUEGOS FLORALES. 

venzal,. puesto que á principios del siglo xvi el Consis- 
torio de Tolosa había perdido ya su antiguo nombre y 
sólo admitía composiciones escritas en lengua francesa. 
En otra literatura que subsistió por más tiempo, es de- 
cir, en la catalano-valenciana, podríamos buscar un 
movimiento paralelo, aunque mucho más importante, 
al de la Academia tolosana, pero preferimos aplazar 
nuestro examen para cuando haya tenido lugar la publi- 
cación completa é inteligente de los preciosos documen- 
tos de esta literatura, con que se honró nuestra antigua 
Corona de Aragón. 

Diario de Barcelona^ 1854. 



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ESTUDIOS MORALES Y LITERARIOS 

POR ALBERTO DE BROGLIE. 



He aquí una colección de artículos reunidos en un 
volumen después de haber figurado en diversos núme- 
ros de la Revista de Ambos Mundos correspondientes á 
los dos ó tres últimos años, y que nos parecen en gran 
manera dignos de ser leídos. Aun cuando el autor care- 
ciese de otras cualidades que nadie le negará seguramen- 
te, tiene la muy preciosa de hallarse exento de los dos 
grandes achaques de nuestra época : es decir, del escepti- 
cismo y del espíritu de paradoja. No pudiendo dar una 
idea completa de todos los trabajos que esta colección 
contiene y que parecen ser los primeros que han salido 
de la pluma de su autor; deseando, por otra parte, dejar 
á un lado todo lo concerniente á materias políticas, nos 
limitaremos á alguna indicación aislada y á algún ex- 
tracto, de elección por cierto bien difícil. 

Los lectores de este periódico conocen ya uno de los 
artículos de Broglie que está muy lejos de ser el menos 
notable, es decir, el que versa sobre las Memorias pós^ 
turnas del célebre Chateaubriand. Sobre ellas diremos 
únicamente que á pesar de no haber leído defensa algu- 
na de este personaje y sí tan sólo una protesta menos 
razonada que generosa contra las acusaciones que se le 
han dirigido, á pesar de tener á éstas por muy fundadas 
y por muy concebibles los términos severos con que se 
han entablado, creemos, sin embargo, que ha habido 
alguna equivocación en el modo de juzgar todos los 
períodos de la vida y el conjunto de actos del eminente 
escritor. El juicio de Broglie no presenta el carácter 



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366 ESTUDIOS MORALES Y LITERARIOS. 

sumamente áspero y un tanto cínico del examen bio- 
gráfico Y psicológico de Sainte-Beuve, pero no por esto 
es menos severo y decisivo, ni deja tampoco mayor 
lugar á distinciones ó á cierto grado de indulgencia á 
los admiradores de uno de los mayores ingenios de la 
época presente. Por nuestra parte opinamos que el Cha- 
teaubriand de principios del siglo no era exactamente 
igual al de las últimas décadas que han transcurrido. 

Después de una juventud harto solitaria y vagabunda, 
después de un largo período de indisciplinadas medita- 
ciones y de padecimientos en parte involuntarios, las 
esperanzas más íntimas, una radiante gloria literaria, la 
vuelta á la patria y más tarde el entronizamiento de una 
familia cuyo gobierno debía apetecer si no por convic- 
ciones profundas, á lo menos por los antecedentes de su 
propia vida, reanimaron su alma melancólica y le situa- 
ron en un punto decisivo de la existencia, desde el cual 
podía seguir caminos muy diversos del que escogió y 
del que le llevó al punto en que permaneció definitiva- 
mente. La sociedad que antes evitara y que le recibía 
como en triunfo, le ofreció alicientes de que no supo 
desprenderse y que inveteraron sus hábitos anteriores, y 
por otra parte la ambición política á que tal vez no hu- 
biera debido dar cabida, pero que contenida en ciertos 
límites hubiera podido ofrecer una actividad honrosa á 
su ánimo inquieto, le granjeó tan sólo efímeros triun- 
fos que dieron luego paso á los desengaños, á las intere- 
sadas retractaciones y al orgulloso encono. 

De esta suerte la poética figura que todos admiraron 
desde lejos, fué adquiriendo los rasgos poco amables y 
dignos de excitar la compasión al mismo tiempo que el 
disgusto que nos presenta el Chateaubriand de las Me- 
morías postumas. Bajo este último punto de vista , y de 
una manera que tenemos por demasiadamente exclusiva, 
le ha juzgado Broglie en el artículo mencionado, del 
cual es muy para recordada la conclusión en que habla 
de los derechos y de los deberes de la crítica : « En un 
tiempo en que la literatura produce revoluciones, ¿por 



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ESTUDIOS MORALES Y LITERARIOS. 367 

qué á su vez la crítica no se creerá encargada de preve- 
nirlas? Si hubiese vivido Fontanes no hubieran llegado 
á Sicongojarnos las Memorias postumas ^ y si felizmente 
para Chateaubriand ha sido tan tardía esta explosión, lo 
debemos sin duda á la saña y severa crítica que le con- 
tuvo en sus primeros años. Si el día en que el cantor 
puro de las Meditaciones aventuró la religión en la ca- 
verna de Jocelyn^ se hubiese levantado una voz para 
(Renunciar la profanación disfrazada con el énfasis, no 
hubiéramos acaso visto comenzar la línea de desviación 
moral que pasó por los Girondinos para ir á parar á las 
Casas Consistoriales. Acaso también al grande apóstata 
de nuestra edad, al sacerdote sobre quien el mundo se 
ha encargado de ejecutar las sentencias de Dios, le hu- 
biera ahorrado el anatema una crítica atrevida y hecha 
en tiempo oportuno. Desgraciadamente la crítica como 
todo en aquellos tiempos apacibles, se aprovechaba de 
la libertad común para entregarse á los más extravagan- 
tes caprichos, etc.» 

En los artículos dedicados al examen de las últimas 
leyes de instrucción pública en Francia, es de ver con 
qué ahinco, buena fe y conocimiento de causa desentra- 
ña Broglie las principales cuestiones concernientes á 
este importante asunto. Sin ser enemigo de la Universi- 
dad de aquella nación (la cual, es preciso que lo advir- 
tamos, por su mérito y demérito sólo en el nombre se 
asemeja á lo que en nuestro país lleva el mismo título) 
tampoco desconoce sus flaquezas, las cuales más bien 
que á la misma atribuye á las influencias exteriores que 
no ha sabido ella rechazar con ánimo decidido. En la 
centralización sistemática, en el febril ardor que llama 
todas las fuerzas vivas de la nación á su cabeza, encuen- 
tra el semillero de muchos males, en este como en los 
demás ramos; y en las vanidosas ilusiones y pretensio-> 
nes no menos económicas que exageradas de las cabezas 
de familia, el origen de muchos disgustos para el por- 
venir de los alumnos y de las complacencias de los esta- 
blecimientos de educación: complacencias en apariencia 



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368 ESTUDIOS MORALES Y LITERARIOS. 

benévolas, pero hijas de la debilidad y productoras de 
males privados y públicos. 

Aunque defensor de la enseñanza libre, unida á la 
que da el Estado, no espera que la misma sociedad que 
ha maleado las instituciones universitarias, alcance á 
remediar los abusos que en éstas se han introducido. 
Interesa finalmente verle y no una sola vez, acérrimo 
defensor del estudio de las letras (advertimos que habla 
muy especialmente de las letras clásicas), y cuan resuel- 
tamente combate aquel utilitario cui bono que algunos 
oponen á tales estudios y en que ve él un aire de seme- 
janza que le amedrenta no poco con el lema de los fal* 
sos reformadores en todas las materias, a Hay quien 
quisiera excluir, dice, de su gobierno, de su educación, 
de su religión, toda elocuencia y poesía, á la manera 
con que las destierra Platón de su república, con la 
diferencia empero que en lo tocante á las musas y las 
gracias son los modernos reformadores mucho más des- 
interesados que el filósofo griego.» Sin negar los incon- 
venientes que puede, cuando es incompleto, llevar con- 
sigo el estudio de las letras, insiste particularmente sobre 
los peculiares al exclusivo de las ciencias: ccéstas, dice 
en conclusión, producen espíritus estrechos, si aquéllas 
pueden hacerlos vagos : corríjanse pues recíprocamente 
unos y otros estudios.» 

En el sistema poco hace derogado en Francia se em- 
pleaban ocho años preparatorios para estudios casi ex- 
clusivamente literarios, después de los cuales seguía el 
legista los de su facultad y principiaba el futuro médico 
los de la suya, completando al mismo tiempo los cientí- 
ficos. Broglie considera escasa esta instrucción literaria 
que entre nosotros parecería sobre manera excesiva, y 
teme que el apartamiento de toda asignatura literaria de 
las clases superiores deje sin verdadera cultura á los 
científicos, y literatos á medias á los jurisperitos. <icNo 
hay enseñanza superior^ añade^ que pueda vivir digna- 
mente sin el auxilio de una buena filosofía, y ésta no se 
alcanza sino al abrigo de la religión y al esplendor de 



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ESTUDIOS MORALES Y LITERARIOS. 369 

la$ buenas letras.» Cuando posteriormente las últimas 
reformas del gobierno francés, que algunos inexpertos 
imitadores de nuestro país creyeron esencialmente anti- 
literarias, dispusieron que los estudiantes de jurispru- 
dencia siguiesen simultáneamente el curso de las facul- 
tades de letras, y se limitaron á deslindar más temprano 
la dirección literaria de la cientíñca en los diversos 
alumnos, escandalizóse Broglie en gran manera, y así 
como había temido que los jurisperitos llegasen á no 
distinguir los principios eternos de la moral de los 
arbitrarios reglamentos de policía, temió que los alum- 
nos de medicina confundiesen con las leyes de la diges- 
tión las del pensamiento. 

Al llegar á los dos últimos discursos que intitula Bro- 
glie de filosofía religiosa, nos limitaremos á transcribir 
algunos de sus párrafos. En el primero, que versa sobre 
la apologética cristiana en el siglo decimonono, al ha- 
blar de la insuficiencia de la propagación de ideas filo* 
sóficas, pinta con suma viveza el espectáculo que éstas le 
ofrecen en su propio país y en nuestros días: <i No creo 
que ninguna nación haya poseído en el estado elemen- 
tal, más puro código de espiritualismo, que el que des- 
pués de haberse extraído de un catecismo mutilado, fué 
primeramente naturalizado por el Vicario saboyano bajo 
una forma popular y tierna, y después por la escuela 
ecléctica, con el auxilio de rigurosos procedimientos. 
Dios, el alma, la vida futura, todo esto forma una espe- 
cie de catecismo racional que cualquier francés escogido 
á la ventura recita sin titubear... Jamás estas grandes 
nociones han circulado bajo la forma racional en filas 
más numerosas y más bajas de la sociedad, y sin embar- 
go, lo preguntaré á un filósofo sincero: entre tantas gen- 
tes que las conocen, ¿cuántas hay que se curen de ellas? 
¿para cuántas son otra cosa que una idea recibida que se 
emplea en ciertos momentos solemnes ó una manera de 
terminar felizmente una frase declamatoria? ¿para cuán- 
tas manan tales nociones de un sentimiento íntimo del 
corazón? ¿cuántas hacen derivar de ellas una regla aus- 

24 



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3 JO ESTUDIOS MORALES Y LITERARIOS. 

tera para su vida?... No hay ni aun en el día otros deís- 
tas celosos que los cristianos, la divinidad pura no tiene 
otros fervientes discípulos que los adoradores del Dios 
hecho carne, etc.» 

Antes al hablar de las condiciones de una verdadera 
apología enuncia esta 7 otras notables ideas: «Sabemos 
que hay cierta metafísica que jamás halla dificultad 
alguna en dar la explicación de cualquier cosa, excepto 
en sus mismas explicaciones ; sabemos que cuando se 
parte de ciertas alturas, como por ejemplo del yo que 
se pone y se determina á sí mismo, la teología escolásti- 
ca más profunda es en comparación un juego de niños. 
Al lado de Fichte y de Hegel comentados por un discí- 
pulo de la escuela normal, los filósofos de la Edad me- 
dia hablan la lengua vulgar. No hay allende el Rhin 
una filosofía que se tenga en algo que no pueda escoger 
entre dos ó tres trinidades... el panteísmo tiene los bra- 
zos extendidos en el universo, de suerte que so los vas- 
tos repliegues de su manto los misterios más inaccesi- 
bles, la transmutación sacramental de las substancias, la 
solidaridad de la raza humana están como quien dice 
jugando con toda holgura. 

»Hay también en el último fondo de estos sistemas una 
especie de región intermedia entre el sueño y la historia, 
poblada de seres semi-fantásticos y semi-reales donde, 
bajo el nombre equívoco de mitos, todos los hechos 
misteriosos pueden colocarse honrosamente. Desde estas 
alturas y en este crepúsculo ha ensayado la metafísica ei 
maridaje de la fe y de la razón; pero hay dos grandes 
dificultades en tales arreglos, el uno bajo el punto de 
vista de la razón porque es imposible comprenderlos, y 
el otro bajo el punto de vista de la fe porque es imposi- 
ble creer en ellos... la ignorancia puede ocultarse bajo 
la precisión aparente de las fórmulas; pero la estimamos 
más, para decir verdad, cuando hace modesta confesión 
de sí misma. El Evangelio fué anunciado á los pobres y 
aun á los pobres de espíritu; el acuerdo de la razón y 
de la fe debe ser el de una fe simple con una razón co- 



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ESTUDIOS MORALES Y LITERARIOS. Syi 

mún y no el de una fe de iluminado con una lógica 
trascendental... Por más que haga^ la filosofía no puede 
ni ignorar, ni penetrarla religión, ni desembarazarse de 
ella con reverencia, ni absorberla en su seno, etc.» 

£1 segundo discurso, que es un modelo de composi- 
ción y de estilo, versa sobre ciertas opiniones sistemáti* 
cas que han adoptado algunos modernos escritores reli- 
giosos y que, según nuestro autor, lejos de favorecer, 
pueden comprometer la causa de la verdad. En la impo- 
sibilidad de citar todas las bellísimas páginas de que 
este discurso se compone, páginas por otra parte fuerte- 
mente enlazadas entre sí, preciso es arrancar una que 
mostrará de nuevo y enfrente de otros enemigos al de- 
cidido campeón de los estudios clásicos. 

«Es cierto que á cada momento á la lectura délos 
poetas antiguos y del seno mismo de las impurezas que 
les son harto habituales se levantan repentinamente 
inesperadas ráfagas de cristianismo. La poesía griega 
alcanza á veces una profundidad y una pureza morales 
muy superiores al estado de las poblaciones antiguas y 
la inspiración les revela verdades de que no parece tener 
conciencia. No ha mucho que Homero nos acaba de 
pintar á Aquiles y Agamenón que se han disputado una 
concubina con una grosería propia de dos bárbaros 
embriagados; ¿de dónde toma repentinamente el subli- 
me y puro arranque del amor conyugal que anima el 
diálogo entre Héctor y Andrómaca?... Cuando Antígo- 
na anda buscando el cuerpo de su hermano en el campo 
de batalla con peligro de su propia vida, ¿no muestra 
ya el noble culto de los muertos que llevaba tantas vír- 
genes cristianas á sufrir el hierro de los verdugos para 
arrebatar las sagradas reliquias de los mártires? 

;»Polixena moribunda ¿no se asemeja á las mismas en 
pudor? la última conversación de Diana y de Hipólito 
¿no es una magnífica alegoría de la castidad viril de la 
cual aun en nuestros días parece que sólo el cristianis- 
mo posee el secreto? ¿acaso el frivolo Ovidio no pinta 
la creación del mundo y del hombre en términos casi 



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37a ESTUDIOS MORALES Y LITERARIOS. 

dignos del Génesis? ¿De dónde toma la antigüedad pa- 
gana estas inspiraciones que la levantan un momento y 
luego la abandonan? ¿son acaso presentimientos? ¿no 
son más bien recuerdos? La imaginación es la verdade- 
ra memoria de los pueblos. El niño arrebatado de la 
cuna, sólo ve en sueños las imágenes de la casa paterna.;» 
Quien así habla, no nos parece un escritor adocena- 
do. Entre las palabras recientemente trasplantadas en 
nuestra lengua, hay una de que difícilmente podrá ésta 
prescindir en adelante : es la palabra medianía que ne- 
cesitamos adoptar en este momento para darle una sig- 
nificación más noble y levantada que la que por lo co- 
mún se le atribuye. Por medio de ella y si la tomamos 
en este sentido excepcional, podremos expresar el estado 
del arte de escribir en nuestros tiempos, en que parece 
que sobre este arte haya pasado el nivel que avasalló 
todas las demás preeminencias. Muchas buenas poesías, 
se ha dicho, y ningún poeta, y puede añadirse : muchos 
buenos escritores, y poquísimos grandes ingenios. En 
resolución, do quiera la medianía, la medianía culta y 
laboriosa, la medianía instruida é instructiva, y si cabe 
decirlo así, la medianía excelente. Pues de esta línea 
común nos parece pasar A. de Broglie. 

Diario de Barcelona, 1854. 



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LÍRICOS MODERNOS. 



Entre los géneros poéticos cultivados por la moderna 
literatura, ninguno ha dado frutos tan numerosos, tan 
sazonados ni de tan varia naturaleza como la poesía 
lírica. En todos tiempos, y mayormente en los nuestros, 
ha sido más común la inspiración momentánea y fugiti- 
va, productora de rapsodias brillantes, que la vena sos- 
tenida é igual, necesaria para la composición de obras 
complicadas y de largo aliento. Y por otra parte, más 
que los afectos hondamente sentidos y conservados con 
perseverancia, más que los principios consecuentemente 
seguidos y que las miras fijas y determinadas, han abun- 
dado en nuestra poesía las ráfagas luminosas, las vagas 
aspiraciones, los inquietos deseos, las seductoras ilusio- 
nes, las suaves remembranzas y juntamente el anhelo y 
la destreza de dar á todo esto una realización brillante, 
una forma armónica y de expresarlo en el género litera- 
rio que en sí contiene lo más delicado, delicioso y rápi- 
do de los demás géneros, es decir, en el género lírico. 
Natural era que esta clase de poesía, que aun cuando 
no sea destinada al canto mantiene estrechas relaciones 
con el arte musical, preponderase en el siglo de oro de 
las creaciones musicales. 

En la actual sociedad, por confesión de todos bien 
poco poética, en la vida ya sedentaria, ya violentamente 
turbada que hoy se lleva, alejada la poesía de los hechos 
exteriores ha tenido que refugiarse á la región del sen- 
timiento, y de esta región ha salido buscando el camina 
más corto, adoptando el lenguaje inmediato del senti- 
miento, sin envolverlo ni difundirlo las más veces en la 
exposición detenida de acciones y acontecimientos. El 
género lírico, que á diferencia de otras poesías, es pro- 



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374 LÍRICOS MODERNOS. 

pió de todas las épocas, ha sido el último en desaparecer 
de un tiempo que no podía ser poético de otra manera. 
Así es que se ha notado una eflorescencia general, se- 
mejante á la de los campos en la primavera, en que mil 
flores, ya semejantes, ya variadas en formas y matices, 
han nacido, unas al lado de otras, sin grande esfuerzo 
ni penoso cultivo, Hase oído el animado rumor de mil 
y mil aves cuyo único oficio parecía el de complacerse 
á sí mismas y complacer á los demás con sus deleitosos 
cantares. Se han renovado las brillantes generaciones de 
los trovadores y minnesingers, inferiores en candor, 
superiores en maestría á los de la caballería y las cruza- 
das. La calidad de poeta lírico en manera alguna ha 
sido una marca de distinción ni una jerarquía, y cuan- 
tos se han creído dotados de un poco más de imagina- 
ción que la mayoría de los hombres, han echado á volar 
las hojas sueltas en que habían sellado sus emociones, 
sus ensueños ó sus tristezas reales ó ficticias. El viento 
se ha llevado ya la mayor parte de estas hojas; ^la pos- 
teridad se inclinará acaso para recogerlas? De algunas, 
de pocas, creemos que sí. 

Una influencia lírica, verdadera ó aparente, de buena 
ó de mala ley, se ha notado en nuestros días en los de- 
más géneros literarios. Comunes han sido las quejas 
promovidas por la introducción de lo que se ha llamado 
lirismo en el drama, y hasta se ha aplicado el mismo 
nombre, con harta exageración é impropiedad las más 
veces, á los raptos declamatorios de la prosa política. Lo 
cierto es que muchos cantos épicos no han sido sino la 
expresión psicológico-lírica del estado de un corazón 
cuyos latidos han ido vibrando en las sucesivas y á ve'^es 
desiguales estancias de la narración poética, y más cierto 
es todavía que se observa de lleno la influencia del gusto 
lírico en la ausencia de narraciones simples, desnudas 
y plásticas, pues á diferencia de lo que sucedió en otras 
edades, no contenta hoy día una verdadera descripción 
ó la exposición de un hecho si no presentan los contor- 
nos indecisos de la. inspiración lírica, si no toman de 



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LÍRICOS MODERNOS. 3^5 

esta clase de poesía el ornato de sus flores, follajes y 
festones. 

En parte por imitación calculada, y en parte por efec- 
to natural de su desenvolvimiento, la poesía lírica se ha 
revestido en nuestros días de cuantas formas había antes 
presentado en el largo decurso de los siglos. De la lírica 
sagrada, de la lírica por excelencia, ha tomado alguna 
vez los asuntos y más frecuentemente el vuelo arrebata- 
do, la concisión sublime y aun en ciertos casos los mo- 
dismos hebraicos. Del ditirambo la extrema libertad, 
los números no sujetos á ley, según la expresión an- 
tigua, y la variedad de digresiones algún tanto arbi- 
trarias. De la oda la marcha brillante, el precipitado 
empuje de armoniosas estancias y las fugaces y vi^as 
imágenes. Hasta la canción italiana que se despojó de la 
riqueza rítmica que constituía la mejor gala de sus mo- 
delos provenzales, ha comunicado á los poetas que no 
la han imitado directamente, su marcha pausada, su 
abundancia verbosa para las partes menos animadas y 
brillantes de las modernas composiciones, al paso que 
la cantata les ha dado la variedad de metros y de movi- 
mientos. Los alemanes han restaurado sus lieder^ tér- 
mino medio feliz entre la oda y la canción, y los espa- 
ñoles han rejuvenecido, ennoblecido é idealizado sus 
coplas vulgares y antiguas redondillas. De manera que 
en este como en otros puntos, el siglo actual, tan enva- 
necido con sus fuerzas y presumido de originalidad, 
más bien que en inventar, se muestra afanado en reco- 
ger, en imitar, en reproducir, en dar formas más acaba- 
das y nueva vida á las creaciones de las pasadas edades. 

Aun en las épocas de soñolencia literaria, ha poseído 
la nación alemana líricos aventajados, que desde los 
primitivos tiempos hasta Klopstock, desde los minne- 
singers hasta los poetas suabos, desde los soldados can- 
tores' de Suiza y los autores de antiguos cantos domés- 
ticos hasta Koerner y Schiller, se han transmitido de 
mano en mano la antorcha de la poesía. 

Et quasi cursores vits lampada tradunt. 



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376 LÍRICOS MODERNOS. 

Mas con el autor de la Mesiada^ que si no era un in* 
genio creador de primer orden, al menos sintió cual 
ninguno la dignidad de que pudiera revestirse la poesía 
y los deberes á que se halla sujeta, tuvo origen un nuevo 
período en que tomó inusitado vuelo aquel género lite- 
rario, se multiplicó con facilidad asombrosa y présenlo 
de lleno y como en abreviado espacio los lamentables 
errores y las nobles calidades que á la vez caracterizan 
aquella nación singular. ¡Cuánta exageración febril en 
los afectos! ¡cuánta audacia y temeridad en los pensa- 
mientos! Mas por otra parte, ¡ qué suaves y puros deva- 
neos! i qué calor y qué cordialidad á veces, y otras qué 
profundo sentido envuelto en una forma sencilla y can- 
dorosa (i) ! 

En una pléyade menos numerosa, brilló en la nación 
vecina un astro cuyo resplandor vale por muchos; un 
poeta lírico que parecía en cierta manera destinado á 
renovar las maravillas obradas por la poesía en las anti- 
guas edades (2). En sus cantares, que nada dejaban que 
desear en punto á perfección artística, parecía, sin em- 
bargo, que rebosaba la naturaleza y anegaba todos los 
límites trazados por el arte, por la meditación y el cál- 
culo, y si algún defecto podía achacárseles era el exceso 
y la prodigalidad de riquezas. Se hubiera dicho que el 
nuevo cantor poseía doblemente el presentimiento de las 
cosas celestiales: al pintar las escenas humanas y las 
perspectivas de la naturaleza coloreaba la cima de todos 



(1) Véase por ejemplo esta composición de C. Lappe: «Norte 6 
sur ! con tal que el santuario de la belleza y de las musas, con tal 
que un cielo rico en divinidades habite en el seno ardiente. En in- 
vierno 8<51o mata la indigencia de espíritu, el norte añade fuerza á la 
fuerza, esplendor al esplendor. Norte ó sur! con tal que arda el 
alma.— Ciudad ó campiña ! mientras el espacio no sea demasiado 
estrecho.» «Un poco de ciclo, un poco de sombra para ponerse al 
abrigo de los rayos del sol. La felicidad no está ligada á los lugares 
y nadie la ha hallado fuera de sí mismo. Ciudad ó campiña! todo lo 
exterior es fútil.* Y sigue: «Amo 6 criado! Pobre 6 rico! Pálido 6 
colorado ! Joven 6 viejo! » terminando con estas palabras : «Sueño 
6 muerte! la aurora brillará siempre clara.» 

(2) Alude á Lamartine. (Nota de esta edición.) 



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LÍRICOS MODERNOS. 877 

SUS objetos la pura lumbre del ideal, y al entonar el 
himno religioso sus tonos iban acordes con aquella ver- 
dadera música que es la fuente y la primera (i). Este 
privilegiado mortal se fatigó de tan alta gloria : deseó 
nuevos y más ruidosos aplausos, y después de haber 
divagado su mente acá y allá, dijo en uno de sus cantos: 
«Vergüenza al que canta mientras arde Roma»; y con 
los destrozos de su lira avivó la hoguera en que su ciu- 
dad se abrasaba. — No debe tampoco olvidarse aun des- 
pués del gran poeta que acabamos de señalar, á otro que 
en su lenguaje enfático se denominó Laperouse con res- 
pecto al anterior Colón, otro ingenio (2) cuya llama vi- 
vaz y desigual no queda enteramente ofuscada por la 
diáfana claridad del primero, grande artífice de brillan- 
tes estrofas este otro, embriagado con su propia fuerza y 
con su amor á la forma, pero entre cuyos armoniosos 
concentos se nota cierto vacío, cierta ausencia de paz y 
de esperanza. 

¿Y qué diremos de las miriadas de poetas líricos que 
en las dos décadas anteriores á la presente han alzado su 
voz por do quiera en nuestra patria, aspirando todos á 
la inmortalidad y consiguiéndola algunos... á lo menos 
momentánea? ¿Tantos ensayos, tantos esfuerzos sólo 
deberán reclamar y merecer de la crítica imparcia' y 
juiciosa una sonrisa compasiva ó irónica? Mucho en 
verdad, según creemos, está condenado á la muerte y al 
olvido, pero tampoco hemos de ser tan severos ó tan 
injustos con nuestra época que mientras recordamos 
con aprecio, citamos honoríficamente y proponemos 
como dignas de estudio ciertas composiciones harto 
medianas de otras épocas, como por ejemplo, de la que 
designamos con el nombre de siglo de oro de nuestra 
literatura, despreciemos por no ser excelentes ciertos 
poemas de nuestro tiempo que no pueden juzgarse infe- 
riores á la mayor parte de aquéllas. Bien desprovistos 



(1) Luis de Ledn. 

(2) Víctor Hugo. {Nota de esta edición,) 



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378 LÍRICOS MODERNOS. 

en el día de la abundante dosis de admiración y del 
fácil entusiasmo con que en otros días acogimos cual- 
quier ensayo ó tentativa poética, no debemos olvi- 
dar, sin embargo, algunos rasgos indudablemente be- 
llos (i). En suma, creemos que de los centones de 
poesías contemporáneas, una mano severa y cuidadosa 
pudiera entresacar algunas que formarían un librito 
de oro. 

Esta general y reciente excitación poética se ha enti- 
biado, y si en algunos puntos se percibe todavía la voz 
de un cantor aislado, ni son muchos los ecos que repi* 
ten sus acentos, ni bastan éstos para compensar los que 
han enmudecido. Pero géneros hay que no debieran 
depender de gustos efímeros ni de ilusiones pasajeras^ 
Aun prescindiendo del propiamente religioso, que es 
adecuado á todos los tiempos y lugares, mucho pudiera 
fructificar en nuestros días la poesía lírica meditadora y 
contemplativa, la poesía lírica que, sin perder nada de 
armonía y halago, adoptase tonos más tranquilos y 
suaves. La paz del espíritu, el corazón que se goza en 
su calma, el amor á los espectáculos de la naturaleza, 
los más bellos y nobles frutos del pensamiento, tales 
son los asuntos propios de semejante poesía. A un poe- 
ta, en verdad algún tanto lejano de nosotros, que la cul- 
tivó, pueden muy bien aplicarse y se han aplicado ya 
las siguientes palabras de su Campana^ himno del orden 
social, ditirambo de nueva especie y de forma original 
y aun algo singular: <¡rQue levantada (la campana), más 
allá de la humilde vida terrestre, bajo la bóveda azukda 
de los cielos, se cierna en una región inmediata al true- 
no y confine con el mundo de las estrellas. Que sea una 



(1) Permítasenos recordar por vía de ejemplo estas dos semi- 
redondillas de un poeta que no fué de los menos desiguales y ama- 
nerados : 

....quiero darte una corona 
y entre la turba perderme ; 

Y á las puertas de la villa 
romperé mi lira de oro.... 



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LÍRICOS MODERNOS. 879 

VOZ de lo alto, como el coro brillante de los astros cjue 
canta en su carrera las alabanzas del Criador y conduce 
y dirige el curso del año coronado de flores. Que su 
boca de bronce sea sólo destinada para las cosas graves 
y eternas, al paso que el tiempo la toque cada momeríto 
con sus rápidas alas....» 

Mas ¿qué? se dirá. ¿Volveremos á la elegía moral de 
los antiguos, á la oda templada de Fray Luis de León, 
á la poesía de la Soledad, de la Noche serena, del canto 
á Felipe Ruiz? No hay duda: el ciclo de los pensamien- 
tos humanos es sumamente reducido. Reprodúzcase el 
espíritu, no las maneras ni giros de nuestro antiguo lí- 
rico, y se poseerá la poesía del cantor de la Campana y 
del Ideal^ con algo más firme y sólido, y sin que sea 
prohibido ningún suave devaneo, ninguna arrebatadora 
divagación de la fantasía. 

Diario de Barcelona^ 25 de Febrero de i855. 



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_ J 



VIAJE POR LA RUSIA MERIDIONAL 

Y LA CRLMEA, ETC. 
por el principa Demidoff, traducido por D. Juan Cortada. 



Digno de notarse es que algunas de las últimas publi- 
caciones que han tenido ó tienen lugar en nuestra capi- 
tal forman otras tantas obras de mérito sólido y de ca- 
rácter cientíñco; lo cual prueba, no diremos una mejora 
de gusto, pero sí á lo menos el cansancio producido por 
el número excesivo y por la mala elección de libros de 
diferente naturaleza anteriormente publicados. Esta ob- 
servación que nos sugiere la reciente y todavía no ter- 
minada traducción de dos obras de cuenta, referente la 
primera á geografía, y la segunda á cronología históri- 
ca, que al parecer con buen éxito y á la verdad con el 
cebo de lindas estampas, están dándose actualmente á 
luz, puede aplicarse también perfectamente al libro 
cuyo título encabezan las presentes líneas. Añádese en 
la última (y esto es sin duda lo que ha promovido su 
publicación y lo que le augura mayor número de lecto- 
res) el tratar de unos lugares y de unos intereses que 
están llamando poderosamente la atención de toda Eu- 
ropa, á causa de que los hechos que en aquellos lugares 
se verifícan y de que las luchas á que han dado lugar 
aquellos intereses, ofrecen un carácter de grandeza que 
desde algunas décadas había dejado de presentar la his- 
toria moderna. 

Escribió esta obra hace muy pocos años el príncipe 
Demidoff, magnate ruso que mora habitualmente en 
Italia: el objeto del viaje que emprendió y del libro 
que lo describe se halla expuesto en la dedicatoria que el 
mismo dirige á su Emperador, el autócrata de las Ru- 
sias. A ella pertenecen las siguientes líneas: «Esta obra 
común está, pues, destinada á decir, á cuantos desean el 
progreso de las sociedades humanas, los maravillosos 



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VIAJES DEL PRÍNCIPE DEMIDOFF. 38 1 

resultados y las brillantes esperanzas de esos pueblos y 
de esa tierra, que medio siglo atrás aun eran conocidos 
por sus nombres fabulosos... Mas desde la gloriosa paz 
conquistada á la Persia y á la Puerta Otomana, los go- 
biernos meridionales incorporados á la Rusia de un 
modo irrevocable han sentido el impulso ascendente 
dado á esa prosperidad, y adquirido la consistencia de 
un gran cuerpo social, dispuesto á recibir y á sacar fruto 
de la parte que le quepa en los progresos del siglo... 
Ofrecióse de golpe la duda de si tendría este país una in- 
dustria propia, y si bien los primeros observadores ha- 
llaron indicios de existir mineral de hierro, sin embar- 
go antes de resolver la cuestión debían hacerse investiga- 
ciones verdaderamente decisivas... Al arrojarme, señor, 
á esta tarea difícil y concienzuda, he querido contar con 
todas las luces que proporcionan las ciencias, y con el 
auxilio que son capaces de ofrecer las bellas artes; por- 
que me ha parecido justo que una exploración cual la 
que yo emprendía abrazase toda la historia física del 
territorio... Me atrevo, pues, á ofrecer á V. M, I, esta 
obra, como resultado de largos estudios, de penosos 
descubrimientos y del obstinado trabajo de dos años 
consecutivos; y me consideraré feliz, si los sabios, los 
artistas y los escritores que han tomado una parte activa 
en tantos trabajos y en fatigas tantas, alcanzan como yo, 
que los he compartido todos, una de esas miradas que 
descienden desde el trono de Pedro el Grande y de Ca- 
talina I.» 

Un príncipe ruso, verdadero turista, que viaja en 
busca de vena de hierro, acompañado de científicos y 
de artistas que trata como camaradas y cuyos trabajos 
comparte, que se ocupa principalmente en la industria 
y como accesorio en el estudio del paisaje, de las cos- 
tumbres, de los trajes y aun de las lenguas, no debería 
admirar poco á quien se hubiese figurado á los nobles 
de aquella nación como á una especie de modernos tár- 
taros ó de atamanes de cosacos. Respira en toda la obra 
de DemidofF un espíritu de mejoras y de civilización: 



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332 VIAJES DEL PRÍNCIPE DEMtDOFF. 

espíritu en verdad interesado y oñcioso cuando se refie- 
re á ciertos pueblos que probablemente podrían progre- 
sar por sí mismos sin el auxilio de sus vecinos. El papel 
de traidor, y por decirlo así el de Buy lo representa en 
esta obra, como es natural, la Turquía, cuya causa, 
accidentalmente y como de rechazo, se ha convenido 
por ahora en la de la civilización. 

El primer tomo, único publicado de los dos de que 
constará la obra, contiene la descripción del viaje desde 
París á Viena y desde Viena á Bukaresth: trata en segui- 
da de la Valaquia, de la Moldavia y de la Besarabia, y 
empieza á recorrer la costa meridional de la Crimea, 
prometiendo la prosecución del viaje con las siguientes 
notables palabras que terminan este volumen: «Entre 
tanto algunos de mis camaradas, explorando á palmos 
la Crimea, estudiaban á cortas ¡ornadas esa antigua 
península, en donde cada pueblo tiene tres nombres 
respectivamente consagrados por la mitología, por la 
historia y por la conquista moderna. El relato de este 
viaje será objeto del capítulo siguiente.» . 

Apuntaremos (necesariamente con alguna vaguedad) 
los puntos principales que nos parecen haber llamado 
mayormente la atención del príncipe viajero, y que con 
más pormenores describe. De la herrería de M. Muel, 
junto á Abainville, celebra la actividad, el gran número 
de trabajadores, lo espacioso de la fábrica y el acierto 
de su director que considera como legítimo aliado de 
todos los martillos y yunques de Rusia. Al pasar por 
Domremy dedica un rápido recuerdo á la portentosa 
Doncella de Arco. En la Alsacia observa el movimiento 
internacional, que es la vida y la riqueza de las fronte- 
ras, entre pueblos iguales en poder y en industria, y 
tampoco se olvida de la admirable catedral de Estras- 
burgo. Badén le sugiere oportunas consideraciones so- 
bre la facticia vida que se lleva en los baños. Cuenta 
una linda tradición acerca del origen de Carlsruhe, ciu- 
dad muy moderna, construida en forma de abanico. 
Detiénese algún tanto en Stuttgart y dirígese en seguida 



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VIAJES DEL PRÍNCIPE DEMIDOFF. 383 

á Munich, cuyas riquezas artísticas visita con rapidez, 
pero no con indiferencia. 

Al entrar en el Austria, empieza á desahogar su ino- 
cente bilis contra los postillones, que compara desdeño- 
sámente con los de su patria; pero le consuelan en bre- 
ve la actividad y el bullicio de Viena. Al entrar en la 
Hungría, medita sobre el estado de este país y sobre las 
mejoras intentadas por la Dieta de Presburgo, cámara 
política cuyo miserable aspecto material tanto contrasta 
con la suntuosidad que en sus trajes despliegan los no« 
bles legisladores que en ella se reúnen. Sigue una en- 
tretenida descripción de un viaje por parte del Danubio, 
que separadamente hicieron los compañeros del prínci- 
pe, mientras él seguía hacia Pesth en silla de posta. Las 
dos ciudades de Pesth y su hermana primogénita la his- 
tórica Buda, que tan poco conocidas eran entre nosotros 
y que tan célebres se han hecho recientemente, son des- 
critas y comparadas por el viajero, que á bordo del vapor 
«Francisco I,» sigue luego su camino hasta Belgrado. 

Después de algunas ligeras observaciones sobre las 
costumbres turcas que le sugiere una de las costas del 
río que atraviesa, llega con sus compañeros á la Vala- 
quia, y como para dar de pronto una idea de las extra- 
ñas usanzas y de las revueltas razas de los países en que 
penetra, comienza describiendo una danza valaca y los 
nnúsicos tsiganos ó gitanos que la acompañan. Detiénese 
en Bukaresth donde recibe la hospitalidad del hospo- 
dar Alejandro II. Pasa por Giurjevo y otras poblaciones 
menos importantes de Valaquia, sufriendo no pocas 
veces las penalidades á cuyo precio debe comprar sus 
goces todo viajero, aunque sea príncipe, y príncipe ruso. 
Habla muy despacio de la oficiosidad interesada de los 
judíos y de la ingratitud de algunos viajeros que han 
pagado la hospitalidad de Bukaresth con la moneda de 
un ingenioso sarcasmo. Siguen interesantes pormenores 
sobre el estado de cultura y la estadística del país, con 
algunas páginas dedicadas á su historia. 

Al entrar en Moldavia se lamenta de la falta de culti- 



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3S4 VIAJES DEL PRÍNCIPE DEHIDOFF. 

vo que desde Pesth en adelante ha observado en los 
países recorridos. Visita al príncipe Sturdza, hospodar 
soberano, y se lamentan de consuno del atraso del país 
y del tributo anual que todavía paga á la Puerta. Despí- 
dese de los países independientes de la Rusia con una 
descripción de la capital Jassy y con consideraciones 
históricas, estadísticas y aun lingüísticas sobre la Mol- 
davia. Emprende finalmente el estudio más pausado de 
los países que son objeto principal de su viaje, el cual 
llena el capítulo V del primer volumen, y que, según 
hemos visto ya, debe continuar en el siguiente. 

La obra, en verdad, no puede ser más variada, más 
agradable ni más instructiva en su género; pues según 
hemos ya insinuado, alternan en ella pormenores relati- 
vos á todos los ramos de industria con pinturas de país, 
de monumentos, de costumbres cultas y de usos singu- 
larísimos. No es decir que consideremos al príncipe ni 
á sus sabios compañeros como á descriptores de genio; 
no obstante, pintan con acierto y con amena ligereza y 
sin pinceladas de brocha gorda, lo que es ya mucho 
para los tiempos que corremos. 

La impresión barcelonesa de este libro puede compe- 
tir con cualquiera de fuera de España, y sin duda consi- 
derarse como la mejor que en ella ha visto la luz públi- 
ca en este siglo ; acompáñanla un mapa muy circuns- 
tanciado y numerosas y curiosísimas láminas, alguna 
de las cuales hemos oído elogiar á persona inteligente. 

Una de las cosas más notables que esta publicación 
ofrece es á nuestros ojos la traducción de la obra. Como 
en todas y como en todo se hallaría en ella acaso algún 
lunar microscópico, pero bien podemos asegurar que es 
excelente y digna de su autor, justamente reputado por 
uno de nuestros principales hablistas, tanto en la impro- 
visación oral como en la prosa escrita. La manera fami- 
liar y desembarazada que sabe emplear el Sr. Cortada, 
no podía ser más adecuada al tono dominante en la 
narración descriptiva del ilustre viajero ruso. 

Diario de Barceiona, i855. 



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CANCIONERO DE BAENA 

PRECEDIDO DE UNA INTRODUCCIÓN POR D. P. J. PIDAL. 



Aunque esta interesante publicación data del año i85i, 
la dedicamos el presente artículo un tanto tardío, por- 
que no ha mucho que hemos tenido ocasión de exa- 
minarla y por estar persuadidos de que para gran nú- 
mero de nuestros lectores es de todo punto desconocida. 
El Cancionero llamado de Baena se ha conservado en 
un precioso manuscrito que se guardó en España hasta 
principios de este siglo^ que nuestros eruditos del pasa- 
do conocieron, y que por los azares del tiempo y sin 
duda por negligencia de los poseedores, pasó á extrañas 
tierras, parando por fin á la Biblioteca nacional de Pa- 
rís, donde cuidadosamente se custodia junto con tantos 
otros documentos de nuestra literatura y junto con el 
célebre Cansoner catalán, que por su fecha, su estilo y 
su riqueza ofrece con el de Baena notables analogías. 
Copió el último el Sr. Ochoa durante su permanencia 
en la capital del vecino Estado, y su transcripción, 
comprobada posteriormente con el original mismo, ha 
servido para llevar á cabo, bajo los auspicios del señor 
Pidal, la magnífica edición que tenemos á la vista. 

Esta antología de poesías castellanas, compuestas des- 
de mediados del siglo xiv á los del xv, se debe al judío 
converso Alfonso de Baena, escribiente y servidor de 
Juan II, quien la compiló para presentarla á este mo- 
narca, aficionadísimo como todos saben á los frutos 
de la gaya ciencia. Comprende esta colección algunos 
poetas muy célebres en su tiempo y ahora punto menos 
que desconocidos, al par que muchas obras inéditas de 

35 



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386 CANCIONERO DE B\ENA. 

Otros poetas, si no más aventajados, más afortunados á 
lo menos en la memoria que de ellos ha conservado la 
posteridad. El número y variedad de poesías desconoci- 
das, su calidad de ser por lo general las más agradables, 
ó si se quiere, las menos desapacibles de la escuela á 
que pertenecen, y el enlace que la mayor parte guardan 
con los hechos históricos, dan á la colección de Baena 
un interés superior al de los demás Cancioneros, y bas- 
tante para que la publicación que nos ocupa sea consi- 
derada como motivo de enhorabuena, no sólo por los 
españoles que tienen en algo la literatura patria, sino 
por los numerosos apasionados que ésta cuenta entre 
los lectores extranjeros No es decir que deban esperarse 
grandes fruiciones estéticas de la mayor parte de com- 
posiciones que dicha colección contiene, pues, como 
nadie ignora, tanto abundaban entonces la añción y el 
esmero, como escaseaban la inspiración y el buen gusto 
en el cultivo de la poesía. Por manera que lejos de 
alumbrar estos y semejantes poemas con su vivo es- 
plendor la historia contemporánea, reciben por el con- 
trario emprestada de los acontecimientos históricos la 
poca luz que en ellos brilla; y así como, por ejemplo, 
la segunda guerra de Mesenia ha sido frecuentemente 
recordada por la posteridad con motivo de haber oca- 
sionado las composiciones bélicas de Tirteo, tal ó cual 
composición de Villasandino adquiere una importancia 
que no tendría, por haber sido escrita con motivo de la 
coronación del infante de Antequera. 

¿A qué pues, se dirá, la publicación completa de se- 
mejantes obras? ¿no sería más acertado ahorrar un 
tiempo precioso á los lectores, presentando una compila- 
ción definitiva donde se insertasen íntegras las poesías 
más interesantes, se diesen de otras noticias y extractos 
(palabra, en verdad, que horroriza á muchos anticua- 
rios) y se añadiese un índice razonado de las restantes 
composiciones? Confesamos que alguna vez nos han 
ocurrido algunas dudas por el estilo; se entiende, cuan- 
do se trata de composiciones de ciertas escuelas, pues 



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CANCIONERO DE BAENA. 387 

de otras, como v. gr. de los rotnances, no nos cabe duda 
en que se ha hecho muy bien en reimprimirlo todo 
ó casi todo, y monumentos literarios hay, entre los cua- 
les se cuenta el Cantar del Cid, que quisiéramos escritos 
en letras de oro. Pero aun cuando versa la cuestión so- 
bre colecciones como la presente, median razones muy 
atendibles para aprobar que sea completa su publica- 
ción y para preferir en este punto la liberalidad á la 
economía. No daremos como tal la vanidosa exigencia 
de los bibliógrafos y dilettantes que se enojarían de no 
poseer entre dos cubiertas el tesoro que ha contemplado 
á sus anchas el indagador erudito; pero sí es cierto que 
tales publicaciones especiales y completas facilitan los 
trabajos ulteriores, y que en la incertidumbre de que 
éstos lleguen á verificarse, vale más poseer lo bueno que 
aguardar inútilmente lo mejor. Además de que, bien 
como en las investigaciones científicas no es posible 
saber de antemano cuáles descubrimientos quedarán 
infecundos, y cuáles darán lugar á útiles resultados 
prácticos, nadie tampoco en literatura ó en historia es 
capaz de adivinar qué datos ó qué indicios serán de pro- 
vecho para las venideras indagaciones. 

Muchas de las composiciones contenidas en la publi- 
cación que nos ocupa y que se creerían estériles y dig- 
nas de olvido á primera vista, pueden servir y han ser- 
vido ya de hincapié para interesantísimas y variadas 
consideraciones. Con ellas se ha llenado el vacío que 
quedaba entre la primitiva escuela castellana, si tal 
nombre puede darse á los diversos poemas en que do- 
mina la versificación tetástrofo-monorrima, y la genera- 
ción más brillante pero más ligera de los trovadores que 
floreció en Castilla más tarde que en otros puntos; se ha 
podido señalar con mayor claridad la índole no entera- 
mente conocida de la última escuela y apreciar un buen 
número de composiciones más deleitosas y bien hechas 
que la mayor parte del mismo género anteriormente 
publicadas. Y á más de la introducción puramente lite- 
raria, de las indicaciones biográficas, de las poesías de 



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388 CANCIONERO DE BAENA. 

aquellos trovadores se han podido sacar inesperadas de- 
ducciones tocante á su estado moral: enseñanza que 
sugiere reflexiones no enteramente inoportunas para 
nuestra época. Con efecto, sobre un fondo general de 
llaneza y gravedad castellana, junto á la buena fe y á la 
sencilla piedad que distingue aquellos tiempos antiguos, 
al lado de las sesudas composiciones de varios poetas y 
entre ellas las del famoso cronista y palaciego Ayala; en 
el temple poético de aquel período cabe notar, no sólo 
el fanatismo amatorio llevado hasta la expresión sacrile- 
ga, por ejemplo, en D. Alvaro de Luna, no sólo la adu- 
lación rastrera y el abatimiento pedigüeño, principal- 
mente en Villasandino, sino el orgullo y la inquietud 
del espíritu en Sánchez Talavera, y en Garci-Fernández 
de Gerena los extremos y desigualdades de un corazón 
desarreglado y ardiente, al parecer más propios de un 
Chateaubriand ó de un Bürger que de un trovador de 
los buenos tiempos pasados (i). 

Si las anteriores indicaciones pueden dar una ligera 
idea del carácter de las composiciones comprendidas en 
el Cancionero, no se tendría completa de la publicación 
sin insinuar algo del excelente discurso con que el señor 
Pidal la ha enriquecido. Y apuntemos de paso cuan 
grato es ver cómo uti publicista cuyo principal oficio 
constituyen los estudios y trabajos, únicos que algunos 
consideran como serios, se dedica con ahinco á una clase 
de tareas que el vulgo tiene por ociosas, y que en reali- 
dad no acarrean muchas ventajas personales. No es este 
tampoco el único escrito que la república de las letras 
debe al Sr. Pidal, ni son sus escritos el único servicio 
que ha hecho á la civilización de nuestra patria. 

Después de algunas generalidades sobre la historia de 
la lengua, entra el Sr. Pidal á tratar de los juglares, 
mostrando especial y oportuna erudición en la antigua 



(1) La Revista francesa de Ambos mundos publicd ud notable 
articulo de D. L. A. de Cueto, en que se consideraba piinci pal men- 
te el Cancionero de Baena bajo el punto de vista moral y biográfico. 



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CANCIONERO DE BAENA. SSp 

literatura española. Habla en seguida de los Cantares, 
reuniendo los escasos indicios que sobre ellos nos han 
quedado y recordando y afianzando con nuevos ejem- 
plos su anterior é importante descubrimiento acerca de 
los fragmentos poéticos contenidos en la Crónica del 
Cid. Interesantísimo es cuanto dice sobre esta materia, 
si bien, según nuestro modo de ver, debería fijarse con 
más precisión el carácter aristocrático de la primitiva 
poesía, considerarla bajo un punto de vista menos ex- 
clusivamente nacional, y rechazar la infundada suposi- 
cióa de que nuestras musas balbucearon en romances 
octosílabos,^ 

Tales consideraciones sobre los primitivos juglares y 
cantores sirven para hacer resaltar los opuestos caracte- 
res de la escuela posterior que ya hace mucho tiempo 
procuramos calificar con la denominación de escolástico- 
cortesana. Elevadas son las consideraciones con que el 
Sr. Pidal explica este singular fenómeno dé la poesía de 
la Edad media que no ha dejado de trascender á los 
riempos modernos: de aquella poesía por lo general 
tan poco poética y que á pesar del axioma que para al- 
gunos es la única clave de la crítica, de que la poesía es 
la representación de la sociedad (axioma que hace muy 
bien en admitir nuestro autor á beneficio de inventario), 
sólo sirve para hacernos conocer la sociedad negativa- 
mente, es decir, en cuanto tío la representa. Tal fenó- 
meno no es de fácil explicación y depende, á nuestro 
ver, de causas muy diversas y algo complicadas. Entre 
ellas pueden contarse el influjo de una ciencia ya for- 
mada y compuesta de fórmulas áridas, contemporáneas 
á los primeros ensayos de la poesía; la conciencia dada 
por el cristianismo de que había asuntos más dignos en 
que ocuparse que los que se tomaban de los sucesos 
contemporáneos; el vago recuerdo de la antigüedad 
unido al espíritu pueril y pedantesco con que se estu- 
diaba; la confusión del arte con la ciencia; la traslación 
de las formas de la jurisdicción feudal á los asuntos 
amatorios; el deseo de aparentar ingenio á los ojos de 



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SgO CANCIONERO DE BAENA. 

las damas; y fínalmente (y este punto lo trata cumplida- 
mente el Sr. Pídal) el anhelo propio de las clases aristo- 
cráticas de irse apartando más y más de los gustos y de 
las maneras del vulgo. 

Examina también la introducción del Cancionero la 
debatida cuestión de la influencia provenzal en nuestra 
antigua poesía : sin intentar profundizarla en este mo- 
mento, añadiremos alguna observación á las que allí se 
leen y que en general tenemos por muy atinadas. Ade- 
más de semejanzas muy reales en el espíritu general de 
todas las poesías de trovadores, se presentan de pronto 
algunas analogías parciales que á primera vista parecen 
decisivas á favor de la influencia provenzal. Tales son 
el uso de algún término técnico como el de copla espar- 
ta por estancia suelta que en idéntico sentido está con- 
signado en las Leys d/ amors de Molinier *, el de algunas 
palabras que se emplean con el mismo significado, y. 
por decirlo así, en la misma posición que en la poesía 
provenzal (ufana por ufanía^ doñear por cortejar, 
veyaire por aspecto); la atención suma dada al meca- 
nismo de los versos y á la elección de palabras limadas; 
la admisión calculada de pensamientos sutiles y de me- 
táforas obscuras; la arbitraria alteración de las termina- 
ciones de algunas palabras. La obligación de contestarse 
los poetas guardando las mismas rimas es un principio 
enteramente provenzal, no menos que la reduplicación 
de rimas de un mismo poema; primor en que los más 
antiguos poetas del Cancionero compiten á veces con 
los trovadores de la lengua de oc, insuperables artífices 
en la versificación. Ciertas formas métricas tienen en 
verdad un sabor enteramente provenzal, como puede 
juzgarse por la siguiente: 

Atal foy miña ventura 
Que despoys que vos non vy 
Todo ben, toda folgura 
E todo placer perdí. 

Enton crey 

E entendv 



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CANCIONERO bE BAENA. 3g\ 

O gran error, 
En que cay, 
Por mal de mí, 
Fol servidor! 

Alguna vez es sorprendente la semejanza, según pue- 
de verse en estos cuatro versos de dos composiciones, 
provenzal y castellana, ambas infamatorias y de tono 
burlesco : 

La mesquina-ñaira é guiña 
Cui maistre Roger inclina... 
La cozina-vol vezina 
Mais qu' el mar Santa Chrestina. 

Catalina-non es ñna 
La tu obra según creo. 
Pues se inclina-tu esclavina 
A muchos con devaneo. 

¿Deduciremos de esto que hubo influencia inmediata 
y directa, ó para precisar la cuestión, que los poetas 
castellanos conociesen, leyesen y estudiasen las obscu- 
ras poesías del siglo de oro de la literatura provenzal? 
Creemos que no fué así: que hubo solamente una in- 
fluencia tradicional, ya conservada en España, ya comu- 
nicada por los poetas contemporáneos, catalana, france- 
sa é italiana. Que los trovadores castellanos conociesen 
la primera, es hecho generalmente admitido y que debió 
subir de punto con el enlace de las dos dinastías y con 
el inñujo personal y literario de D. Enrique de Aragón. 
Por lo que toca á la francesa, opinamos que era enton- 
ces la que daba la ley al mediodía de Francia y á los 
diversos reinos de España, y en cuanto á la italiana, su 
evidente é indisputable influencia empezó muy tempra- 
no, aun cuando se admita que fué el genovés Francisco 
Imperial el primero en darla á conocer á los castellanos. 
Curioso es ver cómo adquirió éste, no sólo carta de na- 
turaleza, sino también el lugar más eminente entre 
nuestros versificadores, á lo menos en juicio del enten- 
dido Santillana, que no quería se le llamase trovador ó 



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3<)2 CANCIONERO DB BAENA. 

decidor, sino que se le reservase el título de poeta. No 
es menos curioso el empeño de Imperial en imitar al 
gran Alighieri, introduciendo la añción á las alegorías 
y visiones de que tanto usaron y abusaron el mismo 
Santillana, Mena y muchos otros. Véanse los dos pri- 
meros versos de una de estas visiones en que según pa- 
rece (y no puede afirmarse por las ideas poco seguras 
que entonces se tenían acerca de la estructura métrica), 
se propuso Imperial introducir el endecasílabo: 

El tiempo poder pena á quien más sabe 
E donde aqueste principio yo tomo... 

Todo es ó quiere ser dantesco. Preséntase en persona 
el mismo poeta florentino: 

Era en vista benigno é suave 
E en color era la.su vestidura 
Qenisa ó tierra que seca se cave, 
Barba é cabello alvo synmensura. 
Traya un libro de poca escriptura 
Escripto todo con oro muy fino 
E comen^ava : en medio del camino 
E del laurel corona é ^entura. 

La imitación se convierte á veces en traducción: 

Qualquier que el mi nombre demanda 
Sepa por cierto que me llamo Lya 
E cojo flores per faser guirnalda... 

Sappia qualcunque qu' el mió nome dimanda 
Ch' io mi son Lia é vo movendo intorno 
Le belle mano á farmi una guirlanda. 

(Purgat. XXVII.) 

Entre los demás puntos sobre que versa el discurso 
del Sr. Pidal, mencionaremos la cuestión de la influen- 
cia árabe en que se han aducido siempre menos datos 
que argumentos especulativos, y de la cual sólo podemos 
decir que nos parece que hubo más bien contacto que 
influencia ; la otra cuestión relativa al uso del dialecto 
gallego-portugués que por cierto no deja de sorprender 



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C4NX10NER0 DE BAENA. SpS 

cuando se ve empleado en la corte de Castilla desde los 
tiempos de Alfonso el Sabio hasta Juan II, y no sólo 
por poetas gallegos como Macías, sino por el burgalés 
Villasandino y otros muchos castellanos; el examen 
comparativo de diversos cancioneros manuscritos é im- 
presos; el detenido estudio biográfico de algunos poetas 
de condición inferior que corresponden á los trovadores 
juglarescos de la época provenzal y de cuyos versos y 
aventuras deduce el Sr. Pidal algunas ideas acerca de 
las relaciones de las diferentes clases de la sociedad en 
aquella época; y finalmente una excelente clasificación 
de los diversos géneros poéticos que comprende el Can- 
cionero y una apreciación justa, aunque algo más incli- 
nada al favor que á la severidad, del mérito intrínseco 
de las composiciones. 

Las últimas páginas de la publicación contienen notas 
muy eruditas principalmente debidas al Sr. Ochoa, y 
en las cuales, no menos que en el excelente glosario 
que viene en seguida, es fácil reconocer alguna huella 
de los profundos conocimientos filológicos y bibliográ- 
ficos del Sr. Gayangos. En suma, nada deja que desear 
esta publicación que honra al país que la llevó á cabo, 
y que ocupará un lugar digno entre los productos de la 
afanosa y concienzuda erudición moderna. 

Diario de Barcelona^ 6 de Junio de i855. 



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ESTUDIOS DRAMÁTICOS. 



LOS TELLOS DE MENESES. 

Siempre ha sido Lope de Vega el poeta de mayor 
Hombradía entre nuestros antiguos dramáticos, y si 
dentro de nuestra casa había alguno notado las mejoras 
que en su sistema introdujeron otros ingenios, sus con- 
temporáneos y sucesores, seguíasele dando la prianda 
entre todos sus rivales y á él acudían los extranjeros 
para estudiar el teatro español. La preferencia que boy 
día suele darse á Calderón, fecha de los escritos críticos 
de los hermanos Schlcgel, quienes en muchos dramas 
de este autor hallaron como más condensados los rasgos 
de nuestro espíritu nacional, mientras en otros descu- 
brieron miras profundas que cuadraban á maravilla con 
las ideas trascendentales que ellos aplicaban á la crítica; 
y como atendían generalmente más al pensamiento fun- 
damental de las obras literarias que á su ejecución artís- 
tica, no es de extrañar que destinasen para nuestro poeta 
una región muy alta que, en nuestro concepto, entrevio 
más bien que alcanzó en sus composiciones el autor de 
la Vida es sueño. 

A no engañarnos, el favor de los críticos está dispues- 
to á inclinarse de nuevo al padre del teatro español, y 
sin ánimo de establecer una comparación siempre difícil 
y para nosotros imposible, bien puede asegurarse que 
por méritos ya comunes, ya distintos, cabe colocar á los 
dos á igual altura. La facilidad, la gracia verdadera- 
mente ática de Lope de Vega no son prendas que se 
hallen al volver de cada esquina, y si carece de la subli- 
midad que á veces alcanza Calderón, de aquel fuego 
interior que alumbra el conjunto y las menores partes 
de algunas de sus composiciones y por el cual se le pue- 



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ESTUDIOS DRAMÁTICOS. SqS 

de llamar justamente gran poeta lírico, es aquél en 
cambio más épico, pintor más universal, más compara- 
ble al trágico de que Inglaterra se gloría. Los dramas 
del fénix de los ingenios ofrecen una disposición menos 
perfecta» menos trabazón y artificio que muchos otros 
de nuestro teatro, mas por otra parte parece que conser- 
van más la sencillez del primitivo argumento, que están 
menos plagados de lugares comunes escénicos y de si- 
tuaciones convencionales. 

Sugiérenos estas ligeras reflexiones uno de los innu- 
merables dramas de Lope que ciertamente no daremos 
como desconocido, puesto que se imprimió y sin duda 
se representó á mediados del pasado siglo, pero que sí 
es menos citado de lo que en nuestro concepto merece, 
ya que sin ser perfecto se recomienda por bellezas poco 
comunes y por cierto colorido histórico. Este drama, ó 
mejor estos dos dramas, llevan el título: Valor ^ lealtad 
y ventura de los Tellos de Meneses^ y de su interesante 
argumento vamos á dar un rápido sumario. 

Doña Elvira, hija de Ordoño (I) de León, se prepara 
para huir, en compañía del criado Ñuño, de la casa de 
su padre que quería casarla con el Rey moro de Valen- 
cia. Cambian el lugar y la escena y se presentan Tello 
el joven vestido á lo cortesano y su prima Laura de la- 
bradora que se queja celosa del cambio de traje del jar- 
dinero. Sale el viejo labrador Tello que finge no cono- 
cer á su hijo y tenerle por caballero ó cazador perdido 
en aquellos montes ; mas á pesar de las amonestaciones 
de una y otro, el joven Tello parte á alistarse soldado 
del Rey de León en guerra con el de Navarra. Después 
de una escena entre Mendo, gracioso, Inés, criada, y 
Laura, vuélvese de nuevo á la corte de León donde se 
queja Ordoño de la fuga de la Infanta y de la inutilidad 
de sus pesquisas para dar con ella. En tanto Ñuño, des- 
comedido y codicioso, está decidido á apartarse de EN 
vira robándola la caja de sus joyas y le deja tan sólo 
una sortija. Elvira ya sola, oye cantar un romance en 
que se refieren sus desdichas por un villano que se acer- 



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3()6 ESTUDIOS DRAMÁTICOS. 

ca y le da noticia de que en aquellos montes habitan 
hombres-ricos montañeses que en ellos se quedaron 
desde el tiempo de los godos, y como ella le pregunta 
en qué casa podrá entrar mejor para servir, le dice que 
en la de su amo Ramiro de Aybar. Preséntase luego 
Ñuño que turbado por su mala acción esconde las joyas 
robadas á Elvira y ^s herido de muerte por una ballesta 
de Tello el joven que iba de caza por aquellas malezas. 

Elvira, que por envidia de la hija de su primer amo, 
debe salir de la casa de Aybar, se encuentra con Mendo 
y otro criado de los Tellos, quienes le dicen que Laura 
está para bajar por agua á una fuente, que podrá ha- 
blarla si quiere que la admita en su casa. Escena en que 
se manifiesta el carácter de Tello el viejo, á la vez eco- 
nómico y dadivoso. Niégase á dejar entrar en su casa 
una boca más, pero por fin se compadece de Juana (que 
con este nombre se presenta la infanta Elvira) y la reci- 
be. Apenas la ve el joven Tello, pretende enamorarla, 
mas ella afecta una simplicidad aldeana para guardar su 
disfraz y su decoro. Nuevos rasgos de liberalidad y de 
economía del viejo labrador, quien envía á su hijo para 
el rey Ordoño, amenazado por el de Valencia, con una 
dádiva de cuarenta mil ducados. Mendo acaba de en- 
contrar la cajita escondida en el campo por Ñuño, y 
Elvira, para recobrarla, finge quererle con harta men- 
gua de su dignidad de infanta. 

Regresa Tello el joven de la corte donde ha sido muy 
bien recibido por el Rey que nombra al viejo labrador 
su tesorero y señor de horca y cuchillo, y al joven, al- 
caide de León. Entrevista de éste y de Elvira, descu- 
bierta por Mendo, y consiguiente enojo del último y de 
Laura. Pero al tfatar de despedir á Elvira y luego de 
casarla con Mendo, viene el Rey de León á honrar á los 
Tellos. En una tortilla de huevos que entre otros man- 
jares se sirven á Ordoño, descubre éste una sortija que 
reconoce, traen á Elvira, se enternece su padre y cásala 
con el joven Tello. 

En la segunda parte reina en León D. Alfonso III 



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ESTUDIOS DRAMÁTICOS. 3^J 

hermano de Elvira. Las ñestas rústicas por el nacimien« 
to de un niño que ésta da á los Tellos, la mala voluntad 
del nuevo monarca, aconsejado por el traidor D. Arias, 
para con la familia de su hermana, los cambios sucesi- 
vos de traje y de condición de los ricos-hombres labra- 
dores, la añción á las galas del joven Tello en contra- 
posición á los hábitos modestos del viejo, las hazañas 
del misnr^o esposo de Elvira, la bizarría del muchacho 
Garci-Tello que se gana con ella el corazón del Rey su 
tío, forman un conjunto interesante, que no desdice de 
la primera parte, y como ésta, termina felizmente, ar- 
mando Alfonso caballero á su sobrino, y con el impre* 
visto casamiento de Laura y D. Arias. 

Hemos dicho que recomienda esta composición cierto 
colorido histórico : y en efecto, si bien no es de suponer 
que en ella se presente con arqueológica exactitud, como 
en nuestros días procuraría hacerse, la corte medio rús- 
tica y medio guerrera y las costumbres y maneras que 
debían participar del carácter latino y godo de los pri- 
meros reyes de Asturias y de León; además del espíritu 
nacional que se advierte en todos nuestros dramas que 
versan sobre la lucha con los sarracenos, la representa- 
ción de estas familias de labradores casi independientes 
del poder real y descendientes de los antiguos señores 
del país, es un rasgo tomado de la historia real que 
desde luego subyuga la imaginación y la traslada á los 
remotos tiempos en que pasa el argumento. Hay en los 
Tellos de Meneses un contraste entre los hábitos labra- 
dores y la alcurnia hidalga, semejante á la que tanto 
agrada en el García del Castañar y pero más desenvuelto 
aunque en menos trágico asunto. Entre las bellezas que 
en esta composición pudieran notarse, sobresale el ca- 
rácter de Elvira (pocas veces desmentido), una especie 
de prestigio que consigo lleva su presencia y que ava- 
salla á todos, sin exceptuar la celosa Laura. Mas el ta- 
lento característico del autor se explaya principalmente 
en la pintura de Tello el viejo, como se ve en los si- 
guientes versos entre muchos que pudieran citarse: 



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BgS ESTUDIOS DRAMÁTICOS. 

Tkllo. En fin, de vuestras desgracias 
Tengo como amigo pena 

Y el modo de remediarlas 
Es que os llevéis mil ovejas 
De la más fértil manada. 

Y si salís de esos pleitos 

Y tenéis con qué pagarlas 
Me las volveréis; si no 
Quédense, Fortún, por dadas. 

FoRTÚN. Besaros quiero los pies. 
Tkllo. Eso para el Rey ó el Papa... 
Sancho. Entra, no tengas temor. 
Villano. Más temo aquella cayada 

Que la vara de un alcalde, 

Pues no ejecuta la vara 

Tan presto lo que sentencia. 
Tello. ¿ Qué es esto, Sancho? 
Sancho. No es nada; 

Dice Benito que un lobo 

Le comió ayer una cabra 

Y aquí te trae el pellejo. 
Tello. ¡ Qué disculpa tan cansadal 

Júntanse cuatro serranos, 
Lo que les parece matan, etc. 

Obsérvase en algunas escenas el intento de pintar las 
costumbres antiguas de una manera semejante á la que 
emplean nuestros romances de la época de Lope: dábase 
entonces como propio de los siglos ix ú xi lo que podía 
pasar por anticuado en el xvi, y se insistía particular- 
mente en el valor de la moneda en los tiempos de anta- 
ño. Así cuando Tello el joven hace coche, su padre, que 
acaba de enviar una dádiva, como suya, al Rey de León, 
pregunta á cuánto ha costado el tafetán, la madera, la 
clavazón, y al ver que la suma llegará á doscientos rea- 
les, exclama fuera de sí: «acabarme quieres ya.» 

Sin duda inspiró á Lope esta comedia una tradición 
de la familia de los Tellos; hasta parece que en algún 
punto quiere dar á entender que el Garci-Tello deba 
heredar de su tío el cetro de León, pero aunque el suce- 
sor de Alonso fué un García, era hijo, no sobrino suyo. 

Diario de Barcelona^ 19 de Junio de i855. 



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TEATRO ESPAÑOL. 



BOSQUEJO DE CLASIFICACIÓN. 

El origen de las composiciones dramáticas españolas, 
no menos que el de los demás teatros modernos, ascien- 
de á los primitivos tiempos en que aquéllas se emplea- 
ban como un medio sensible de enseñanza religiosa, 
acomodado al temple de los espectadores contemporá- 
neos. Tales representaciones sagradas, ó según se llama- 
ban, misterios, debían fundarse á su vez, aunque to- 
mando otra dirección y recibiendo un nuevo espíritu, en 
los groseros restos de la orquéstrica y dramática de los 
antiguos; de suerte que se puede dar por muy probable 
que no ha habido jamás una completa interrupción es- 
cénica desde Tespis hasta nuestros días, bien así como 
se nota una sucesión, pero sucesión transformada, entre 
las artes plásticas de la antigüedad y los productos délas 
mismas en la Edad media y en los tiempos posteriores. 
Compartían con los misterios el dominio escénico, los 
juegos de escarnio, es decir, la representación ó el re- 
medo de costumbres vulgares. Inaugura una segunda 
época de nuestro teatro la «Danza de la muerte», obra 
de autor desconocido y que se ha de considerar en reali 
dad como una composición danzada y representada, y no 
simple colección de inscripciones para acompañar esce- 
nas pintadas, como algunos otros versos del mismo asun- 
to, tan válido en la Edad media. Desde entonces se hace 
más frecuente mención de juegos escénicos, momos, diá- 
logos, autos, églogas, etc., y se conservan algunas com- 
posicioncillas de esta clase tan sencillas como agradables:. 

El lenguaje familiar, el diálogo y la pintura de carac- 
teres fueron llevados á un alto punto de perfección en 
la tragicomedia de Calisto y Melibea, obra memorable a 
ser otro su argumento. De principios del siglo décimo- 
sexto fecha una tercera época que es la de la introduc- 
ción de la comedia propiamente dicha, que alguna ve^ 



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400 TEATRO BSPANOL. 

hace ya presentir la comedia de costumbres caballerosas 
del verdadero teatro español. Finalmente una época 
cuarta que abraza poco menos de la segunda mitad del 
mismo siglo nos muestra empeñada la lucha entre los 
partidarios del antiguo y los del nuevo uso, ó lo que 
vale lo mismo, entre los que se proponían imitar la an- 
tigüedad y los que se encamitiaban á la formación de un 
drama de nuevo género. Las reales ó presuntas imita- 
ciones y las traducciones de los dramas clásicos que an- 
tecedieron y acompañaron á las anteriores, ensancharon 
los límites de la concepción dramática moderna, influ- 
yendo así indirectamente aun en el drama posterior que 
vivió independiente de toda imitación. Esta cuarta época, 
más fecunda en autores que en buenas composiciones, 
constituye un período de preparación en que se agitan 
confusos los elementos que debían caracterizar el siglo 
de oro de nuestra literatura dramática. Este, como es 
bien sabido, comienza con Lope de Vega. Marcar loque 
hizo este autor fecundísimo, señalar lo que le distingue 
de sus antecesores fué, hace ya tiempo, objeto de una de 
las mejores páginas de crítica que se han escrito en cas- 
tellano (i). Basta decir que Lope de Vega logró ser lo 
que sus antecesores intentaron en vano, y que si en és- 
tos se observa el ensayo informe, en Lope se admira el 
producto no perfecto ni acabado, pero sí exquisito. 

Se aprovechó el fénix de los ingenios de cuantos acier- 
tos había alcanzado ó presentido el anterior teatro entre 
sus infantiles tanteos, trasladó á la escena cuanto halago 
contenían los varios géneros cultivados en nuestro Par- 
naso, tomó inspiraciones de lo más elevado ó más bri- 
llante que le ofrecían el espíritu ó las maneras de la so- 
ciedad española y dio nueva vida á los recuerdos de 
nuestra historia depositados en las crónicas y en los ro- 
mances. Sí en la numerosa generación poética que se 
contentó con reflejar el esplendor del sol de la escena, 
hubo algunos pocos que le aventajaron en dotes parcia- 



(l) Por D. Agustín Duran. (Nota de esta edición.) 



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TEATRO ESPAÑOL. 4OI 

les, si uno solo pudo disputarle el título de principe de 
nuestro teatro, ninguno siguió una senda distinta de la 
que él había abierto, según puede observarse todaviti en 
los que á principios del siglo pasado sostuvieron la exis- 
tencia de un sistema poético, fundado en ideas 7 en cos- 
tumbres tan diferentes de las nuestras. Como el teatro 
griego y el teatro inglés, ha merecido el español el título 
de original, y si no puede competir con el primero en la 
perfección de formas y de gusto, ni con el segundo eñ 
la profundidad y en la completa exposición de los argu- 
mentos, si presenta más bien ingeniosos bosquejos que 
dramas acabados, los vence por otra parte por su asom- 
brosa fecundidad, y es sin duda el que daría mayor suma 
de bellezas parciales. 

Tal es el teatro español, que la literatura francesa del 
siglo decimoséptimo imitó y desacreditó al propio tiem- 
po, que durante el decimoctavo excitó el desdén de 
nuestros doctos, y que han rehabilitado posteriormente 
lord Holland, los Schlegels (que dijeron cuanto puede 
decirse á favor de nuestros dramas). Duran, Lista, 
Ochoa, Hartzenbusch y finalmente Gil de Zarate en su 
apreciabilísimo «Compendio de Literatura española», 
sin contar una obra reciente y de mucha cuenta, cuya 
traducción no ha permitido que fuese dada á luz la pro- 
verbial indiferencia de nuestro público. 

Tan obvia es la triple y principal división de nuestro 
teatro, que ya antes de estar completamente formado la 
indicó Juan de la Cueva , diciendo que las comedias es- 
pañolas 

En sucesos de historia son famosas, 

En monásticas vidas excelentes, 

En afectos de amor maravillosas. 

Mas esta naturalísima clasificación que otros han se- 
guido, puede sin duda ampliarse, acudiendo á subdivi- 
siones y especies intermedias, según ensayamos en el 
siguiente cuadro : 

Primer género: De costumbres. Comedia menandrina. 
Comedia de figurón. Comedia de costumbres caballero^ 

a6 



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402 TEATRO ESPAÑOL. 

sas (comedia de capa y espada, comedia de enredo). — 
Drama trágico de capa y espada. — Drama histórico de 
cap^f y espada (transición). 

Segundo género: Histórico. Drama histórico. — Dra- 
ma heroico. — Drama simbólico (transición). 

Tercer género: Religioso. Drama religioso (biográ- 
fico ó activo). Auto sacramental (drama alegórico). 

£i teatro español (y esta es la principal razón de que 
con tanta facilidad naciesen dramas y poetas) está ci- 
mentado en un conjunto de principios, añciones, pre- 
ocupaciones, recuerdos y aspiraciones que, por muy 
contradictorios que en parte sean entre sí, se hallaban 
íntimamente trabados y confundidos por la fuerza de 
hábitos continuados y por el dominio de la opinión. 
De ahí es que dicho teatro puede llamarse realmente 
nacional y admite una clasificación sistemática y no una 
simple división exterior, como sería por ejemplo la de 
nuestro género lírico. Mas de la misma causa nace que 
así como todas las composiciones dramáticas presentan 
naturalmente una analogía recíproca, por muy marcada 
que sea la especie á que pertenecen, así muchas otras 
participan de la naturaleza de diversas clases, y que lo 
que en un drama es carácter distintivo, en otro es tan 
sólo elemento constituyente. Por manera que la clasifi- 
cación que proponemos y que acaso parezca minuciosa, 
no lo es tanto que á todas nuestras obras dramáticas 
convenga uno de los títulos adoptados, ó por mejor 
decir, que baste uno solo de estos títulos para caracteri- 
zarlas, tanto más, cuanto en todas se halla el mismo 
fondo de ideas y se oye sonar un acento semejante. 

Lo que en este teatro domina es el imperio de las cos- 
tumbres contemporáneas; enorgullecido el español, no 
menos de pertenecer á su país, como á la época de su 
poderío (ya en verdad decadente), trasládase de mal gra- 
do á otras regiones y costumbres, y aun á los tiempos 
pasados de la historia patria atribuye caracteres distinti- 
vos de su tiempo. La comedia de capa y espada no sólo 
cuenta mayor número de composiciones, sino que for- 



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TEATRO ESPAÑOL. 403 

ma el foado común de todas las de nuestro teatro. Esta 
representación de costumbres contemporáneas no podía 
ser puramente cómica,- y aun cuando se introducían por- 
menores vulgares y grotescos, especialmente en las per- 
sonas de los servidores, ocupaban tan sólo el segundo 
término y aun servían de contraste que hacía resaltar el 
primero. Los principales personajes del drama español 
son todavía caballeros, no ya hijos de la primitiva caba- 
llería como los Roldanes y los Cides, sino de otra caba- 
llería más alta, más alambicada, más exagerada en cier- 
tos puntos, y al propio tiempo más casera y palaciega. 
Esto es lo que da un tinte poético á la comedia espa- 
ñola que la distingue de todas las demás comedias^ á 
expensas, es verdad, con mucha frecuencia de las santas 
leyes de la humanidad. Mas sí por lo común bastan los 
sentimientos caballerosos para sostener la atención y el 
interés de los espectadores, algunas veces el tejido de la 
acción dramática resalta de manera que en vez de medio 
se convierte en principal objeto, dominando entonces el 
anhelo de ver enmarañarse y desenlazarse las situacio- 
nes difíciles y de contemplar los complicados juegos del 
ingenio del poeta. — No concederemos un lugar especial 
al drama con escenas pastoriles (sugerido por la común 
afición á la poesía bucólica que habían realzado á la 
dignidad dramática Tasso y Guarlni); pero sí es necesa- 
rio advenir que una pintura de lo campestre más verda- 
dera de lo que suelen ofrecer las églogas embellece al- 
gunos dramas, contrastando felizmente con las otras 
escenas cortesanas, históricas y tal vez trágicas. 

La representación de costumbres contemporáneas ca- 
ballerosas, representación poética y que por otra parte 
hemos de tener por fiel si bien un tanto abuhada, se 
halla como una región intermedia entre la comedia pro- 
piamente dicha y el drama serio; de suerte que en medio 
de la suma variedad de nuestro teatro, se ladea fácil- 
mente aquella representación á uno de los dos extremos. 
Así por un lado, ya por el temple menos poético del 
autor, ya por servir de modelos los cómicos latinos, ya 



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404 TEATRO ESPAÑOL. 

porque el principal objeto sea el retrato de una debili- 
dad característica, hallamos no pocas veces la comedia 
de costumbres risibles, el drama menandrino que se 
aproxima al ideal cómico tan apreciado y apetecido por 
nuestros' humanistas del siglo pasado. Mas como esu 
pintura razonada y templada de las costumbres no bas- 
tase á satisfacer á la índole fogosa y al travieso ingenio 
de nuestros antiguos, recárganse frecuentemente las tin- 
tas, y al lado de los facetos enredos, que para usar de 
una expresión de Cueva , constituyen la comedia de in- 
triga que consideramos como un simple matiz de la de 
capa y espada, nace la representación no ya de caraae- 
res naturales, sino de caricaturas y ñgurones. Por otro 
lado las colisiones producidas por los móviles caballe- 
rescos no siempre se desenlazan de una manera apacible, 
sino que en ciertos casos estalla con violencia un senti- 
miento y tiene lugar la lamentable catástrofe que con- 
vierte la comedía de capa y espada en verdadera tragedia 
doméstica. 

A menudo adorna el cuadro délas costumbres caseras 
una alusión ó un hecho histórico, accidentalmente en- 
lazado con la acción principal, y esto es más de notar 
cuando los actores de ella, en vez de caballeros particu- 
lares, son personajes históricos, es decir, reyes y prínci- 
pes convertidos en héroes de la comedía caballerosa. 

Cuéntanse en gran número los verdaderos dramas 
históricos que no son solamente tales por el nombre de 
los personajes sino por la naturaleza de los principales 
hechos que en ellos se desenvuelven. Los argumentos 
acaso más comunes y sin duda los más felizmente esco- 
gidos en tales dramas, son los que se toman de los ricos 
anales de la historia patria. La lucha heroica y poética 
de ocho siglos contra los árabes dominadores (lucha 
jamás olvidada por el pueblo español y muy vivamente 
recordada en tiempos tan inmediatos á la función de 
Lepanto y á las expediciones africanas) suele constituir 
el fondo épico del cual se destaca el argumento particu- 
lar de los diversos dramas. Hállanse muchos de ellos 



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TEATKO ESPAÑOL. 4o5 

animados de otro interés no menos popular, de un pria« 
cipio vital de la nacionalidad española, es decir, del 
sentimiento monárquico que, si bien brilla con raras in- 
termitencias en nuestra antigua literatura, llegó á su 
más alto punto de esplendor (y aun en ciertos casos po« 
demos decir de exageración) durante la dinastía austría- 
ca. Como emblema de toda justicia y equidad, domina 
en nuestros dramas la persona del monarca (ocupado á 
menudo en avasallar á los reyezuelos feudales), si bien 
no se escogió generalmente alguna de aquellas imágenes 
históricas que hubieran podido servir de personificación 
noble, pura y épica del principio monárquico, sino que 
se prefirió el carácter más dramático y romancesco de 
un rey de equívoca nombradía, de vida singular y fatí- 
dica y que prohibe como rey lo mismo que permite 
como caballero. 

Además de las historias de Aragón, Navarra, Francia, 
Ñapóles y Sicilia, que eran las más próximas y más 
semejantes á la de Castilla, además de los sucesos re- 
cientes en que prepondera un interés contemporáneo, 
las risueñas ficciones de la mitología griega, la augusta 
historia del pueblo romano, las leyendas poéticas de la 
caballería y los anales de los pueblos septentrionales, 
entonces medio desconocidos, daban abundante pábulo 
á la brillante y aventurera fantasía de nuestros dramáti- 
cos, la cual, sin embargo, á medida que en la comedia 
heroica y en otras que se le aproximan abandona el te- 
rreno sólido de la historia para atravesar regiones semi- 
fabulosas, parece que va buscando una compensación 
para las exigencias del entendimiento en las ideas miste- 
riosas y profundas que enlaza á la acción dramática. De 
ahí el drama simbólico ó llámese fílosófico-fantástico, 
que es una de las creaciones más singulares y notables 
de nuestro teatro. En manos de nuestros poetas, es de- 
cir, en su última época original, la poesía dramática 
recuerda vivamente lo que fué en su cuna y vuelve á 
representar como emblema de recónditos pensamientos 
imágenes gigantescas que se ciernen entre la realidad y 



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406 TEATRO ESPAf«OL. 

el símbolo; así para citar un solo ejemplo, Segismundo 
aherrojado en la cueva nos hace pensar en Prometeo 
clavado en el Atlas por la Fuerza y la Violencia. 

Aunque animados de un mismo espíritu, fácil es dis- 
tinguir, merced á la suma diversidad de su concepción 
y contextura, las dos especies de composición dramática 
de asunto sagrado. La primera clase, es decir, la de ver- 
dadero drama religioso, ya se roce con las composicio- 
nes heroicas, ya con las simbólicas, ya con las histórico- 
nacionales y aun con las de capa y espada, consiste en 
la simple reproducción de un hecho tomado de la his- 
toria sagrada ó de la vida de un héroe de la Iglesia, á 
la manera de los antiguos misterios; mientras la segun- 
da se funda en la concepción y enlace de ciertas ideas 
abstractas, directamente expresadas por medio de perso- 
nificaciones y de una acción alegórica, y corresponde á 
las moralidades de la antigua literatura francesa. Pocos 
alicientes ofrece la lectura de semejantes obras á efecto 
de la frialdad propia de la alegoría pura, no menos que 
de la extrañeza y trivialidad de los términos de compa- 
ración que á veces se escogían para formar la trama ale- 
górica; mas para formarnos una idea del efecto por 
ellos producido en los contemporáneos, se ha de tener 
en cuenta el entusiasmo de los asistentes, la belleza 
lírica de la versificación y la feliz invención de algunos 
emblemas particulares, y sobre todo la pompa y el pres- 
tigio de la representación que en cierta manera compen- 
saba y equilibraba la tendencia sobrado metafísica de los 
dramas. Como sea, ellos nos demuestran que, á diferencia 
de la mayor parte de inventores artísticos, nuestros au- 
tores eran sabios al mismo tiempo que poetas, y á la ma- 
pera de Dante se hallaban en el caso de exponer filosófi- 
camente las mismas ideas que servían de base á sus com- 
posiciones, i Fué esto una ventaja ó un inconveniente 
para la perfección artística de nuestros dramas? ¿tal con* 
dición es acaso inherente á la más encumbrada poesía de 
los tiempos modernos? 

Diario de Barcelona^ t855. 



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POESÍA POPULAR. 



I. 

Sin que de nuevo intentemos exponer las ideas gene- 
rales que nos sugirió el estudio de la poesía popular 
(como nos propusimos en un opúsculo no ha mucho 
publicado), vamos á dar algunas brevísimas noticias, 
entresacadas de varias colecciones y trabajos que reúne 
la literatura del Estado vecino, buscando esta vez lo 
ameno y variado, más bien que lo científico. Comenza- 
remos por la poesía de los bretones, una de las más in- 
teresantes y que forma como un todo aparte. 

Sabido es que los irlandeses y escoceses por una par- 
te, y por otra los galeses y bretones presentan aun en 
nuestros días considerables restos de las antiguas pobla- 
ciones célticas que, además de su lengua más ó menos 
corrompida, conservan ó han conservado hasta tiempos 
muy recientes evidentes reliquias de antiquísimas cos- 
tumbres. En todos estos pueblos ha durado la memoria 
de los antiguos bardos, cuya institución, de cada vez 
más degenerada, no ha cesado completamente hasta que 
en épocas distintas han tenido que sujetarse las diversas 
tribus célticas al yugo de las vecinas naciones. 

A últimos del siglo pasado sonó por primera vez en 
toda la Europa la fama de los antiguos bardos escoceses 
con la traducción real ó supuesta de las poesías de Ossián, 
dadas á luz por Macpherson. Por primera vez se per- 
cibió en las composiciones atribuidas á este bardo el 
carácter de una poesía selvática y primitiva, y de su pu- 
blicación fecha el gusto por los recuerdos locales y la 
común convicción de que puede existir una poesía dis- 
tinta de los modelos que nos dejaron Grecia y Roma. 



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408 POESÍA POPULAR. 

Sea cual fuere la opinión que se forme acerca de la 
controvertida autenticidad de los poemas ossiánicos, no 
cabe duda alguna en que se conservan en ellos verdade- 
ros elementos bárdicos, y que un literato del siglo pasa- 
do no alcanza á imaginar sin modelos más ó menos 
rudos é incompletos un género de narración tan distinto 
de todas las ideas y hábitos contemporáneos. 

La Irlanda, más emparentada con las tribus del norte 
de Escocia que con los demás pueblos célticos, y que 
ostenta todavía un harpa por blasón, conservó hasta 
muy tarde sus poetas nacionales, el último de los cuales 
vivía todavía en Londres en 1736, y se gloriaba de des- 
cender poéticamente, por una línea no interrumpida, 
del antiguo Ossián. 

Los cambrianos ó habitantes del país de Gales en In- 
glaterra, y los armoricanos ó bretones del oeste de Fran- 
cia, son los dos pueblos que más nos interesan en el 
momento y que reconocen entre sí una estrecha her- 
mandad ; la cual ha hecho caer alguna vez las armas de 
sus manos en las guerras de Inglaterra y Francia, y la 
cual aun en el día se complacen en recordar entrambas 
provincias, ya en sus publicaciones literarias, ya en las 
hospitalarias ñestas con que recíprocamente se festejan. 
Por la invasión de los anglo«sa jones, llamados im- 
prudentemente por los bretones ingleses para que les 
defendiesen de los pictos y escotos que eran otros pue- 
blos célticos más septentrionales, viéronse obligados 
dichos bretones, ó á sufrir el yugo extranjero, ó á gua- 
recerse en ciertos puntos extremos del país donde les 
fuese posible la defensa. Pasaron unos al país de Gales 
y otros cruzaron el Océano en busca de la península de 
Armórica ; si en este extremo occidental del continente 
existían pueblos latinizados que tuvieron que sujetarse 
á los emigrados extranjeros, si éstos hallaron poblacio- 
nes que por su apartamiento habían conservado también 
las usanzas y la lengua indígenas, ó si los recién venidos 
se apoderaron sin competencia de una nueva patria, es 
punto que parece poco averiguado, siendo únicamente 



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poesía popular. 409 

seguro que los insulares dominaron completamente el 
país, donde establecieron una nueva Bretaña. No es^ 
pues, extraño que la literatura de entrambos pueblos 
ofrezca singular parentesco, naturalmente tanto más 
estrecho cuanto á mayor antigüedad se asciende; así es 
que antes de hablar de la poesía de los bretones es nece» 
sario echar una ojeada á la de los galeses que compren- 
den principalmente las narraciones intituladas Manibo" 
gion y los poemas de los últimos bardos. 

Los Manibogion son verdaderos relatos épicos de un 
género especial, los cuales después de varias transfor- 
maciones dieron origen á las novelas caballerescas del 
ciclo bretón, escritas principalmente en lengua antigua 
francesa y que tanta boga alcanzaron en las diversas 
cortes de la Edad media. Mas no se debe juzgar de los 
primeros por los caracteres habituales de las últimas^ 
pues si éstas heredaron un cierto ideal heroico, el espí- 
ritu de aventuras y un maravilloso risueño y fantás- 
tico, añadieron de su parte muchas ideas caballerescas 
propias del tiempo en que fueron escritas, sustituyeron 
á las antiguas costumbres una galantería indecorosa 
j exagerada, y desvirtuaron la sencillez de las primiti* 
vas narraciones, usando de muchos rasgos insignifican- 
tes, triviales y parafrásticos. Además de los Manibogion 
que tratan de Artus y de las penínsulas de Gales y Cor- 
nualla, se han conservado otros de procedencia más 
antigua que arraigan en los tiempos anteriores á la in- 
vasión anglo-sajona y cuyo teatro es la Inglaterra ente« 
ra. No se señala un punto determinado de contacto 
entre estas narraciones galesas y la poesía popular más 
reciente de los bretones, pero se halla indudablemente 
en las últimas, especialmente en lo que dice relación á 
la parte fantástica, algún rastro del espíritu que domi- 
naba en los primeros. 

Los bardos cuyas poesías se han conservado, pertene- 
cen á la época de las luchas con los anglo-sajones, y 
versan sus composiciones, como es de pensar, sobre los 
conatos de heroica defensa de los más denodados jefes 



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410 POESÍA POPULAR. 

de las vencidas tribus. Tales poesías pertenecen al gé- 
nero lírico, y á vueltas de su marcha desigual y ruda 
presentan alternativamente los rasgos brillantes y enér- 
gicos que suelen constituir el mérito de semejantes 
composiciones. Los más antiguos y célebres entre estos 
bardos son Aneurin, Taliesin, Lywarch y Merlin, todos 
del siglo viy y guerreros al par que poetas. Hállase men- 
cionado en sus cantos- el nombre del celebrado Artas 
como el de uno de los caudillos contemporáneos, y en 
las sombrías ideas impregnadas todavía de errores druí- 
dicos que muchas veces expresan, puede verse el primer 
origen de las fabulosas tradiciones que convirtieron 
al último bardo mencionado en personaje mágico y 
adivino. 

Fué Taliesin uno de los bardos que en compañía 
de sus jefes insulares pasó á la península armoricana. 
Intitulábase príncipe de los bardos y se supone fué 
convertido al cristianismo por Gildas que había sido 
bardo también y emigrara anteriormente al Occidente. 
Entre los poetas de aquella época cuéntase también San 
Julio, hijo de un conde, quien estando un día con 
sus hermanos en los jardines de su padre, abrazó el 
cristianismo después de haber oído los cánticos de unos 
monjes que atravesaban el país. De otro bardo, llamado 
Hyvarnion, se cuenta que abandonó la isla de Bretaña 
para buscar en el continente donde reinaba la paz, los 
medios de ejercitar su arte, y que habiendo encontrado 
y casádose en sueños con una joven del país, halló en 
efecto al día siguiente una muchacha de su misma pro- 
fesión con quien se enlazó, y de quien tuvo un hijo que 
nació ciego^ y que á los cinco años de edad entonaba 
los cánticos compuestos por su madre. Esta bella histo- 
rieta nos da á conocer la existencia de una poesía pro- 
pia en la provincia del continente, y desde entonces se 
debe ya admitir una poesía bretona, al mismo tiempo 
que una transmisión del arte de los bardos á los poeus 
cristianos que algunas veces llegaron hasta á imitar la 
disposición simbólica de las poesías druídicas. 



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POESfA POPULAR. 4 1 I 

Hubo, sin embargo, un poeta llamado Gwenc^hlan ó 
raza pura, que se mantuvo aferrado á los antiguos erro- 
res y de quien la tradición popular ha conservado algu- 
nos pocos y misteriosos versos que le presentan bajo el 
triple aspecto de adivino, de agricultor y de bardo gue- 
rrero. 

Los más antiguos cantos populares bretones que se 
han conservado, pueden referirse si no por su forma 
actual, por su temple y por sus ideas, á esta primitiva 
época. Para dar una muestra de ellos, escogeremos el de 
la Inundación de la ciudad de Ys, tan moral como bello 
y que presenta una escena vagamente alumbrada, si así 
puede decirse, por los primeros crepúsculos de la his- 
toria. 

I. ¿Has oído, has oído lo que dice el hombre de 
Dios al rey Gradlon que se halla en Ys? — «No os en- 
treguéis al amor, no os entreguéis á locas alegrías; tras 
el placer viene el dolor.*- El que muerde en la carne de 
los peces, será mordido por los peces, y quien traga será 
tragado. — El que bebe vino y cerveza, beberá agua 
como un pescado, y quien ignora aprenderá.» 

H. Así habló el rey Gradlon: «Alegres convidados, 
necesito dormir un poco. »— «Mañana por la mañana 
dormiréis: pasad con nosotros esta noche; no obstante, 
haced lo que os esté mejor.» — Estando en esto, suave- 
mente, muy suavemente decía el amante estas palabras 
á los oídos de la hija del rey ; « Dulce Dahut, ¿la llave?» 
—«Tomaremos la llave, se abrirá el pozo, cumpliránse 
nuestros deseos.» 

ni. Quien hubiese visto al anciano rey en su lecho, 
se hubiera admirado. — Admirado al verle con su manto 
de púrpura, con sus cabellos blancos como la nieve que 
ondeaban sobre sus espaldas y su cadena de oro alrede- 
dor del cuello. — Y quien hubiese estado en acecho, hu- 
biera visto que la blanca doncella entraba suavemente 
en la cámara, desnudos los pies: — Que se acercaba al 
rey su padre y que hincaba las dos rodillas y que toma- 
ba cadena y llave. 



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412 poesía popular. 

IV. Durmiendo, durmiendo estaba el príncipe, cuan- 
do se oyó en la llanura: «;E1 pozo rebosa! ¡la ciudad 
está inundada! — ¡Señor rey, levantaos! ¡á caballo! 
i partid muy lejos ! { el mar se ha desbordado y ha roto 
sus diques!» — Maldita sea la joven que después de la 
orgía abrió la puerta del pozo de la ciudad de Ys, que 
era la barrera del mar. 

V. «Guardabosque, guardabosque, ¿viste pasar en 
este valle el salvaje caballo de Gradlon?» — «Yo no he 
visto pasar por aquí el .caballo de Gradlon, y sólo lo he 
oído en medio de la negra noche: trip, trep, trip, trep, 
trlp, trep, rápido como el fuego.» — «¿Viste, pescador^ 
si la hija del mar peinaba sus cabellos rubios como el 
oro al sol del mediodía?» — «Yo he visto la blanca hija 
del mar y hasta he oído sus cantos que eran llorosos 
como las olas.» 

No ha dejado de conservarse algún fragmento pura- 
mente druídico : tal es el diálogo entre el niño blanco y 
el druida que da al primero una enseñanza mitológica 
distribuida en series de números desde el primero hasta 
el doce en la siguiente forma : a Despacio, blanco niño 
del druida; despacio, ¿qué quieres que te cante? — 
Cántame la serie del número uno. — No hay serie para 
el número uno : la necesidad única, la muerte madre 
del dolor, etc.» El aldeano de quien recogió este frag- 
mento el moderno y excelente colector de los cantos 
bretones, era quizá el único que entre las más inmedia- 
tas generaciones había oído este postrer eco de una tra- 
dición oral de doce siglos: acaso este aldeano feneció ya 
y con él ha desaparecido el único recuerdo tradicional 
de un mundo que ya no existe. 

Si en gran número de naciones, según en otro punto 
procuramos sentar, á la poesía popular sucedió una 
poesía heroica, en pocas se habrán transmitido oralmen- 
te fragmentos tan considerables como los concernientes 
á Lez-Breiz, los cuales encabezan la serie de poemitas 
históricos, expresión de la lucha de los bretones contra 
los franceses del centro que intentaban sujetarlos. Y na 



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POESÍA POPULAR. 4l3 

sólo por su extensión sino por su especial belleza, se 
distinguen dichos fragmentos, pues el candor infantil 
del héroe, su encuentro con un caballero cuyo aspecto 
despierta su vocación militar, la fuga de su casa mater- 
na, su vuelta á ella y su entrevista con su hermana que 
le muestra vacÍD el asiento de su madre, sus variados 
combates, su muerte y su aparición á un ermitaño que 
de nuevo le coloca la cabeza en los hombros para que 
esté aprestado para lidiar otra vez con los * franceses, 
son escenas á cual más animadas y nuevas, ya apacibles, 
ya enérgicas, y cuya frescura y vigor de ejecución resal- 
tan mayormente cuando se comparan con las lánguidas 
paráfrasis de Chrestien de Troyes que de ellas se apro- 
vechó para enriquecer la literatura romancesca. 

Largo sería enumerar siquiera los títulos de las varias 
poesías de asunto histórico que retratan el denuedo de 
los bretones desde los tiempos heroicos hasta las con- 
tiendas civiles de la revolución francesa en que tan no- 
bles muestras dieron de su lealtad. En el intervalo había 
nacido la verdadera poesía popular, ts decir, la no sola- 
mente dirigida al pueblo, sino también concerniente á 
asuntos del mismo pueblo. Una curiosísima muestra de 
esta última clase de poesía con la cual creemos que nada 
puede compararse en nuestro tiempo, es acaso más dig- 
na de llamar la atención que otros cantos de asunto 
guerrero ó amatorio, muy bellos en verdad, pero que 
no se distinguen de una manera notable de otros mu- 
chos de su clase. La composición á que aludimos fué 
improvisada en la época de la restauración francesa por 
un maestro molinero, reputado el más célebre cantor de 
bodas en los tnontes de Bretaña, el cual dirigía el com- 
pás y la canción y tenía por colaboradores á su apren- 
diz molinero, siete labradores y á tres traperos ambu- 
lantes. En cuanto iba hallando cada improvisador á su 
vez el primer verso de cada dístico, lo repetía varias 
veces, y repitiéndolo también sus compañeros, le daban 
tiempo para hallar el segundo, que después de él canta- 
ban también los demás. Acabado un dístico, comenzaba 



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414 POESÍA POPULAR. 

generalmente el siguiente por las últimas palabras y á 
menudo por el último verso del mismo, y cuando llega- 
ba á faltar á algún cantor la voz ó la inspiración, segaia 
el inmediato y así sucesivamente, hasta que volvía á to- 
mar la palabra el primer molinero. En el menor espacio 
posible procuraremos dar una idea de esta singular com- 
posición. «Bretones, canta el primer molinero, haga- 
mos una canción sobre los hombres de la baja Bretaña. 
— Venid á oir, á oir, oh pueblo, venid á oir, á oir la can- 
ción. — Los hombres de la baja Bretaña han hecho una 
hermosa cuna, una cuna muy pulida, — una hermosa 
cuna de marfil, adornada de clavos de oro y de plata,— 
adornada de clavos de oro y de plata y la menean ahora 
con el corazón triste; — al menearla ahora, saltan las 
lágrimas de sus ojos; saltan lágrimas, amargas lágri- 
mas; el que está dentro ha muerto. — Ha muerto, ha 
muerto hace mucho tiempo y lo mecen siempre cantan- 
do, — y lo mecen siempre, como que han perdido el 
juicio. Han perdido el juicio y han perdido los goces 
de este mundo; — ^1 mundo no es para los bretones 
más que tristeza de ausencia y penas de corazón; — tris- 
teza y penas de espíritu cuando piensan en el tiempo 
pasado.» £1 muerto era, pues, el tiempo pasado de Bre- 
taña, y por cierto este símbolo no carece de elevación y 
de poesía. Pero baja de repente el tono en la improvisa- 
ción del segundo molinero que se queja de ciertos ver- 
des pajarracos del fisco que andan con la cabeza alta y 
la boca abierta, si bien una cierta ingenuidad de expre- 
sión hermana este segundo trozo con el del primer 
molinero. Después de un simple dístico del primer tra- 
pero que dice: «En otro tiempo no se enviaba á los 
bretones á extraños países, á extraños países para morir 
¡ay! lejos de la baja Bretaña,» sigue el primer labrador 
ensalzando la caridad de los nobles antiguos, dueños de 
los castillos. Completa su idea el segundo labrador coo- 
tando un acontecimiento de su propia familia: «Mal 
año fué para mi madre aquel en que enviudó — tenía 
nueve niños y le faltaba pan quedarles, etc.» Encuentra 



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POESÍA POPULAR. 4l5 

la viuda á un buen conde que iba de caza y que le da 
mucho dinero. Elogio de los antiguos nobles por los 
demás improvisadores: «Estos son hombres de buenas 
entrañas que dan oídos á las gentes de cualquier condi- 
ción... Los antiguos señores tienen los bascos alborota- 
dos, pero aman á los aldeanos con toda su alma.— Pero 
los antiguos por desgracia de todos no son tantos como 
eran. — Más numerosos son los tragones que los hom- 
bres buenos para los pobres.» . 

Diciendo el tercer trapero que los pobres eran siempre 
pobres, da pie al primer molinero para empezar de 
nuevo su grave improvisación: «¡Siempre! y sin em- 
bargo se había dicho: la peor tierra producirá el mejor 
trigo: — el mejor trigo cuando volverán los antiguos 
reyes para gobernar el país.— Los antiguos reyes han 
vuelto y no ha vuelto el tiempo antiguo. — El tiempo 
antiguo no volverá jamás; nos engañaron ¡desgraciados 
de nosotros! — ¡desgraciados de nosotros nos engaña- 
ron! El trigo es malo en la tierra mala. — De mal en 
peor va el mundo, se hace más y más duro, y loco es 
quien no lo ve — loco es quien creyó que los cuervos se 
convertirían en palomas, — quien creyó que florecerían 
los lirios en las raíces del helécho, — quien creyó que el 
oro amarillo había de caer de lo alto de los árboles. — 
De lo alto de los árboles sólo caen hojas secas; — sólo 
caen hojas secas que dejan lugar para nuevas hojas. — 
Hojas amarillas como el oro para hacer la cama de los 
pobres. — Queridos pobres, consolaos; un día tendréis 
camas de plumas; — tendréis en lugar de lechos de ra- 
mas, lechos de marfil en el cielo.» No omitiremos la 
conclusión debida al segundo molinero: «Este canto ha 
sido compuesto la víspera de la fíesta de la Virgen des- 
pués de cenar;— -ha sido compuesto por doce hombres 
que danzaban sobre el otero de la capilla ; tres tienen el 
oñcio de buscar trapos viejos, siete siembran centeno y 
dos lo muelen menudo — y hete hecha, hete hecha, oh 
pueblo, hete hecha, hete hecha la canción.» 

Consideramos esta composición improvisada por al- 



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4l6 POESÍA POPULAR. 

gunos aldeanos, no sólo como curiosa, sino como bella 
en cierto sentido, y además como grave y noble, en 
especial la parte correspondiente al primer molinero. 
Un pueblo que posee tales improvisaciones populares, 
necesariamente debe contener en su seno muchos ele- 
mentos poéticos, y en efecto pocos habrá que los conten- 
gan y conserven con tanto ahinco como el pueblo bre- 
tón. Los afectos domésticos, que han debido ocupar el 
lugar antes reservado á- los hechos históricos, las rústi- 
cas ñestas de las eras nuevas, las variadas ceremonias 
que acompañan á las bodas, dan ocasión á cantos popu- 
lares recomendables por su sencillez y á veces por su 
gracia. Embebido además el bretón en el pensamiento 
de la inmortalidad, representa las esperanzas ó los te- 
mores de la otra vida con imágenes ya risueñas , ya 
terribles: «El bienaventurado contempla á Jesús que 
con bondadoso aspecto le coloca en la frente una bella 
corona» mientras a Dios ha echado el cerrojo de las 
puertas infernales y se ha perdido la llave de las mismas.» 
Por lo que hace al carácter general de la poesía popu- 
lar bretona, nos parece, en cuanto puede juzgarse por 
traducciones y exceptuando los más antiguos fragmen- 
tos, un tanto inclinada al prosaísmo en la expresión, al 
mismo tiempo que es muy poética en el fondo. Algunos 
cantos históricos se asemejan más en su disposición ge- 
neral á una relación detenida y exacta que á una narra- 
ción poética. 



II. 



Según son de estrechos los límites que nos hemos 
impuesto en la reseña poco ha comenzada y más bien 
destinada á excitar la curiosidad en favor de la poesía 
popular que á dar de ella una idea suficiente, vémonos 
obligados á incluir en un solo artículo lo perteneciente 
á tres diversos pueblos que además de un parentesco no 
muy remoto, tienen índole en ciertos puntos semejante 



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♦ POESÍA POPULAR. 417 

y pueden comprenderse en el común nombre de pueblos 
septentrionales. Tales son los escandinavos, alemanes é 
ingleses. 

Aplicábase en lo antiguo el primer nombre á los habi- 
tantes de los tres reinos de Dinamarca, Suecia y Norue- 
ga, á más de alguna isla vecina, en especial la de Islán- 
dia , que, poblada de una colonia de noruegos es la que 
con mayor pureza conservó los monumentos de las ideas 
y costumbres propias de aquellos pueblos. En los últi- 
mos términos de sus tradiciones, en la parte más anti- 
gua de la colección intitulada Edda 6 Abuela preséntase 
su gigantesca mitología , mezcla singular de vagos re- 
cuerdos de Oriente y de bárbaras concepciones septen- 
trionales, pálido reflejo de altas verdades obscurecido por 
las sombras de una superstición delirante. Allí se pinta 
la lucha de las dos razas primitivas del gigante Imer y 
de la vaca Andumla ; se anega la primera en la sangre 
de su abuelo, sin que se salve más que una familia gua- 
recida en una lancha; y del cuerpo, de la sangre y de los 
huesos del mismo Imer se construyen la tierra, el mar y 
las rocas. Aske y Embla, el primer hombre y la primera 
mujer, nacen del fresno y del olmo. Levántase el colo- 
sal fresno Igdrasill, junto al cual se halla la morada fa- 
vorita de los dioses. A la manera de las Parcas clásicas, 
presiden tres Nornas al destino de los hombres. A un 
futuro universal conflicto, al triunfo de Loki ó espíritu 
del mal y á la destrucción del mundo sucederá un nuevo 
mundo gobernado por el buen Balder, dios de la elo- 
cuencia, en que los Asas ó buenos genios descubrirán 
las tablas de oro de Odino. 

Consérvase el carácter gigantesco de estas tradiciones 
mitológicas en los relatos semi-históricos que pintan el 
mundo heroico de los campeones escandinavos ó nor- 
mandos, de aquellos descendientes de Odino que en los 
siglos VIH y ix vinieron á aterrorizar repentinamente las 
costas de Europa, de aquellos piratas ó reyes del mar 
que se preciaban de no dormir debajo de un techo y de 
no vaciar una copa de hidromel junto á un hogar, que 

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41 8 POESÍA POPULAR. 

se creían alentados durante el combate por sangrientas y 
aéreas Valkyrias y cuya suprema felicidad en el Valhalla 
debía consistir en perpetuos combates. Sus primeras co- 
rrerías arrancaron lágrimas al anciano Carlomagno, y 
en las letanías de la Edad media se añadió un versículo 
en que se imploraba contra el furor de los normandos 
la protección del cielo. De tales hombres y de tales cos- 
tumbres son digna poesía las silvestres sagas, entre las 
cuales se distinguen las de Ragnar Lodbrok, hijo de un 
rey de Dinamarca y Suecia y á quien se atribuye el fa- 
moso canto «Nosotros hemos peleado con la espada» 
que compuso, según se dice, hallándose prisionero y 
pronto á sufrir una muerte horrible. Véanse sus últimas 
palabras según una antigua traducción latina : VitíB 
elapsce sunt horce: vivens moriar. 

A pesar de la poca cultura de los escandinavos, quie- 
nes si bien conocían el uso de la escritura, consideraban 
sus runas ó caracteres gráficos como secretos mágicos y 
misteriosos más que como medio para la transmisión de 
los pensamientos, á pesar, decimos, de su poca cultura ó 
mejor acaso por efecto de su poca cultura, eran en gran 
manera sensibles á las impresiones que producen la mú- 
sica y la poesía. Sus escaldas ó poetas acompañaban y 
animaban á los guerreros, y la calidad de los primeros 
no sólo se unía frecuentemente con la de los segundos^ 
sino con la de las más altas dignidades. Para dar una 
muestra de los efectos atribuidos á la poesía, basta re- 
cordar la tierna y bella narración del escalda Egil. Había 
éste perdido el único hijo que le quedaba ; disponíase 
para abandonar su vida, resolución en que fingía acom- 
pañarle su hija, cuando ésta le insinuó que compusiese 
un canto en elogio del finado. Accedió el escalda: á me- 
dida que adelantaba su composición se iba dulcificando 
su dolor, y cuando la hubo terminado, llamó el anciano 
á su familia, cantó la lamentable estancia, y cuando 
hubo dado este desahogo á su dolor, renunció al propó- 
sito de morir. 

Los cantos populares más recientes versan á menudo 



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poesía popular. 419 

sobre las poéticas supersticiones de los pueblos del Nor- 
te, entre las cuales es curiosísima la de los hombres del 
mar. Preséntanse éstos muy engalanados, con un caballo 
formado del agua más transparente 7 un freno y silla 
formados de la más blanca arena, y á pesar de que las 
imágenes de los santos les vuelven las espaldas, tienen 
un no sé qué seductor y misterioso que avasalla á las 
doncellas. Sigue una de ellas al hombre del mar y no 
tardan en oirse sus lastimeros gritos en el fondo de las 
olas. Más interesantes son todavía algunas historias de 
aparecidos, especialmente la famosa balada danesa «el 
aviso de la fantasma», en que una madre difunta vuelve 
á su casa para acariciar á sus abandonados hijitos y ame- 
nazar á su padre y á su madrastra. 

Poseen los mismos pueblos una bellísima narración 
en que á vueltas de algunos rasgos septentrionales, se 
descubre principalmente el efecto de las más nobles y 
delicadas aspiraciones de los mejores períodos caballe- 
rescos. Tal es el poema de Axel y Valborg, cuya última 
forma no parece muy antigua y cuyo fondo es popular 
7 tenido por originario en varios de aquellos países* 
Anima esta narración un aliento suavísimo ; la ceremo- 
nia de la separación de los dos amantes ante el altar es á 
la vez pintoresca y patética, y nada más bello que aque- 
lla declaración de Valborg, de que «nunca sus ojos ha- 
bían sido osados á mirar á Axel cara á cara.» 

II. Hacia la época en que feneció la brillante gene- 
ración de los minnesingers alemanes, quienes reunien- 
do las dos principales direcciones de los troveras del 
norte de Francia y de los trovadores meridionales , fue- 
ron líricos y épicos, la memoria de sus cantos ya narra* 
tlvos, ya expansivos, la difusión de la poesía en la clase 
numerosa del pueblo emancipado, la innata propensión 
de los alemanes á la música, los sentimientos inspirados 
por la devoción y las costumbres domésticas, dieron na- 
cimiento á la poesía popular, sumamente curiosa y va- 
riada, si bien carece generalmente de importancia histó- 
rica, pues una de las pocas composiciones populares que 



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420 POESÍA POPULAR. 

por ella se recomiendan es la de Inés de Bernauer, que, 
junto con la casual igualdad de nombre, ofrece bas- 
tante analogía en el asunto con nuestras historias de 
Inés de Castro. Debió de haber poesías guerreras inspi- 
radas por las contiendas que tuvieron lugar en aquellas 
épocas azarosas, pero sólo los suizos han conservado 
algunas, como la oración antes de la batalla, y las que 
compusieron Alberto el Zapatero y Vito Weber para ce- 
lebrar las victorias de Sempach y de Morat. Por lo de- 
más poesías morales y simbólicas, canciones para hilar, 
cantos profesionales de los pastores, labradores, mineros 
y pescadores, y además, y principalmente, baladas fantás- 
ticas sobre las hadas solicitadoras que dan la muerte á 
quien se niega á danzar con ellas, ó caballeros descono- 
cidos que sacriñcan á crédulas doncellas, forman el fon- 
do de la poesía tradicional de Alemania. 

Citaremos en particular dos composiciones que no se 
hallan en la conocida colección de S. Albin. Es la pri- 
mera la del Noble Manrique, canción bastante extensa é 
impresa en pliego suelto á principios del siglo xvi. Versa 
como muchas baladas de otros pueblos que en verdad 
no pueden comparársele en riqueza y gracia, sobre la 
llegada de un ausente en el instante en que su esposa 
estaba á punto de dar por segunda vez su mano ; y her- 
manada con la ingenuidad de la Edad media, ofrece una 
perfección de gusto que parece deber algo al Renaci- 
miento. 

Es la segunda la del Tannháuser, una composición 
sumamente original y distinta de la mayor parte de poe- 
sías populares en su asunto y en su sentido, como puede 
juzgarse por el siguiente extracto: «En este momento 
voy á comenzar: queremos cantar al Tannháuser y las 
maravillas que le acontecieron con la dama Venus. — El 
Tannháuser era un buen caballero y anhelando ver 
grandes maravillas se fué á la montaña de Venus donde 
había bellas mujeres. Al cabo de algún tiempo se decide 
el caballero á partir, á pesar de las súplicas de Venus: 
«Vuestro amor ha llegado á serme molesto. Se me anto- 



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POESÍA POPULAR. 42 I 

ja, oh Venus, mi tierna y noble señorita, que sois una 
diabla.» El Tannháuser salió déla montaña muy ape* 
sadumbrado y arrepentido: «Quiero ir á Roma, á la 
ciudad piadosa y poner mi confianza entera en el papa.» 
— « Emprendo alegremente mi camino bajo la custodia 
de Dios para ir al encuentro de un papa que se llama 
Urbano y pedirle su santa protección.» — «Oh santo 
padre Urbano^ mi padre espiritual, me acuso á vos de 
pecados que he cometido, como voy á explicároslo: — 
Yo he estado un año entero en casa de Venus, la bella 
dama ; ahora quiero confesarme y hacer penitencia para 
recobrar las buenas gracias de Dios.» — El papa llevaba 
un bastón formado de una rama seca: «Cuando este 
bastón produzca hojas, te serán perdonados los peca- 
dos. » 

«Aunque sólo me quede un año de vida, un año so- 
bre la tierra, quisiera arrepentirme y hacer penitencia 
para recobrar la gracia de Dios.» Parte desesperado el 
Tannháuser. «Muy luego, el tercer día, empezó á rever- 
decer el bastón del papa ; entonces se enviaron mensaje- 
ros por todos los países donde había pasado el Tann- 
háuser.»— «Él había vuelto á la montaña, donde debe 
permanecer ahora hasta el juicio final, cuando Dios le 
llamará.» — El pecado no debe hacer sumir jamás á un 
hombre en la desesperación; cuando quiere arrepen- 
tirse y hacer penitencia deben serle perdonados sus pe- 
cados.» 

Acaso más tarde que los ingleses, pero todavía con 
mayor ahinco y constancia, se han dedicado los moder* 
nos poetas de Alemania á la reproducción del género 
narrativo popular. Ya en 1775 tomó Goethe de un libro 
latino y otro en verso alemán, la balada morlaca de 
Asan-Aga, y antes de terminar el último siglo se multi- 
plicaron felizmente semejantes ensayos. Del mismo Goe- 
the pueden citarse el rey de Tule, el rey de los alisos^ 
ente fantástico y seductor que ahoga á un niño en los 
brazos de su padre, etc. Suma celebridad han adquirido 
las baladas de Bürger entre las cuales, además de la muy 



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422 POESÍA POPULAR. 

conocida de Leonora, fundada en algunos versos anti- 
guos, se cuentan el Feroz cazador que narra una tradi- 
ción sumamente divulgada en varios países de Europa, 
y la canción del hombre honrado, compuesta con un ñn 
moral y humano. Schiller trató con suma nobleza este 
género en su Dragón de Rodas, con el cual simbolizó la 
obediencia y sumisión monacal, en su bella Ida de To- 
nemburgo en que dio un tinte moderno á una leyenda 
piadosa de la Edad media, etc. Largo sería enumerar si* 
quiera el título de las baladas de Ulhand, último poeta 
distinguido de la época clásica alemana y jefe de la es- 
cuela de Suabia, si bien otros poetas más modernos no 
han descuidado este género que cultivaron junto con 
otros de un sentido y de un espíritu enteramente distin* 
tos. El anatema del trovador sugerido al poeta última- 
mente mencionado por las ruinas de un castillo deseo* 
nocido, basta por sí solo para acreditar este género poé- 
tico y manifestar lo que puede dar de sí aun en los 
tiempos modernos. 

III. De tal manera se aclimató el género poético de 
la balada ó canción popular narrativa en diferentes paí- 
ses, que de muchos parece invención especial y propie- 
dad exclusiva. Así sucede en Inglaterra, en la buena 
vieja Inglaterra, en la cual no puede pensarse sin venir 
á la memoria ciertas narraciones caballerescas, ciertos 
rasgos brillantes de costumbres, unidos al vivo senti* 
miento de la naturaleza campestre. Las crónicas en ver- 
so anglo-gaélicasy anglo-sajonas y anglo-normandas es- 
parcieron por Inglaterra mil semillas poéticas, al paso 
que las fiestas rústicas de la siega y las de Navidad en 
que tomaba parte el señor confundido con el vasallo, 
mantenían el gusto de los antiguos cantares. Subsistie- 
ron hasta muy tarde los menestrales ó poetas ambulan- 
tes, recibidos con mucho aplauso no sólo en los castillos 
de los nobles, sino también á veces en los palacios de 
los reyes. 

Lo que principalmente distingue á la poesía popular 
inglesa es el valor histórico de muchas composiciones. 



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POESÍA POPULAR. 42 3 

que, según insinuamos antes, se echa de menos en la 
poesía alemana. Dejando aparte la bella balada del rey 
Artusy personaje semihistórico, pero que más bien per- 
tenece á las tradiciones galesas que á las inglesas, cabe 
citar la poco menos que verídica de la navegación de 
Sir Patrick Spens y las de Chevy-Chace y de Otterbour- 
ne que son la versión inglesa y la de las fronteras de 
Escocia de un mismo asunto, y la primera de las cuales 
hacía latir el corazón de un caballero de la época de 
Isabel, como el sonido de una trompeta. Versan sobre 
una simple refriega ocasionada por una caza, y que 
causó la muerte del inglés Percy, conde de Northum- 
berland, y del escocés Douglas; pero la de Chevy-Chace 
á lo menos se halla del todo animada por el espíritu 
inglés, como puede juzgarse por la primera y última 
estancia: ce Dios guarde por largo tiempo á nuestro no« 
ble rey, nuestras vidas y nuestros bienes. Hubo una 

caza muy funesta en los bosques de Chevy-Chace )> 

«Dios salve al rey y colme este país de júbilo, de paz y 
de abundancia, y nos conceda que veamos cesar estas 
disensiones funestas entre los grandes.;» 

No es menos célebre la balada de la bella Rosamunda, 
dama de Enrique II, que con más poesía de estilo ofrece 
bastante semejanza con nuestros romances de D.* Isabel 
de Liar. 

Forman otra serie de cantos históricos los que tratan 
en Inglaterra de Robin-Hood y de su cuadrilla, y en 
Escocia de los bandidos ó bandoleros fronterizos, cuyas 
hazañas se reducen generalmente al robo de vacas ó al 
rescate armado de prisioneros. Las canciones de Robín 
interesan especialmente á la historia, porque dan indi- 
cios de la oposición del pueblo anglo-sajón al gobierno 
normando, y las fronterizas de Escocia por presentar, en 
medio de la poca nobleza de los argumentos, arranques 
verdaderamente épicos. Como es sabido, Escocia es el 
país de las usanzas y supersticiones poéticas, con lo cual 
no es de extrañar que haya ciertas baladas bellísimas 
relativas á tales asuntos, y especialmente al fantástico 



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424 POESÍA POPULAR. 

país de las hadas y á los feos y caprichosos enanos, que 
son frecuentemente niños cristianos de que se han apo- 
derado las mismas hadas y que aguardan la interven- 
' ción de un mortal generoso para recobrar su primitiva 
forma. 



III. 



I. Servios. Los pueblos eslavos se han distinguido 
en todas épocas por una especial disposición para la 
poesía cantada, si bien en alguno de ellos cierta grose- 
ría de costumbres ó el olvido de la historia nacional, y 
en otros el uso frecuente de la lengua latina han sido 
causa de que ocupen un lugar inferior con respecto á la 
poesía- popular al de otros pueblos sus hermanos. Ya 
del año 590, noveno del emperador Mauricio, se cita el 
testimonio del griego Teofilacto, por el cual sabemos 
que ocupado en Tracia el ejército de su país en los pre- 
parativos de una guerra contra los Avaros, cogió á tres 
desconocidos que en lugar de armas llevaban guitarras 
y que interrogados por el emperador de qué nación 
eran y qué venían á hacer en Grecia, contestaron que 
eran eslavos de las orillas del Océano, y que como en 
su país no hacían uso de las armas, se dirigían al Kan 
de los Avaros para excusarse de no enviarle su contin- 
gente de tropas. 

A los siglos VIII y IX se refiere una general disper- 
sión y la primera organización de los pueblos esla- 
vos: mientras algunos de ellos cayeron en la esclavitud, 
y hasta dieron origen á este nombre, empezaron á for- 
marse los núcleos de los principados de Servia y de 
Croacia, del futuro imperio de Rusia y del desgraciado 
reino de Polonia. Entre las tribus que resistieron á las 
invasiones extranjeras, descollaron los tchekhas, antece- 
sores de los bohemios, de los cuales se han conservado 
interesantes cantos históricos. Tal es principalmente el 
de Zaboi, poema guerrero muy sencillo, pero henchido 



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POESÍA POPULAR. 425 

de energía y de entusiasmo y no desprovisto de cierta 
gracia y delicadeza. 

La composición^ á la vez bélica y elegiaca de Zaboi^ 
habla del estilo y método antiguo del poeta Boiad, que 
él admira sin imitarlo, dando con ello el indicio de un 
tránsito de una antigua poesía pagana llena de alusiones 
obscuras y de imágenes gigantescas, á otra poesía heroi- 
ca de un temple más popular y sencillo. 

Tal se nos presenta en el pueblo servio, que parece 
ser entre los eslavos el que más cuidadosamente ha con- 
servado la herencia poética en los pasados siglos. Por el 
griego Nicéforas, que escribió hacia i326, se sabe que 
ya entonces los guslares ó poetas servios de Estrimón 
en Macedonia, celebraban en cantos trágicos las alaban- 
zas de los antiguos héroes ; y los poemas sobre el prín- 
cipe Lázaro y la derrota de Kossovo en iSSg (délos 
cuales dimos una bella muestra al analizar la obra de 
EichhofF sobre la literatura del Norte) no deben de ser 
muy posteriores á los acontecimientos que enarran. Es- 
tos magníñcos cantos, que ofrecen copiosos fragmentos 
de una verdadera epopeya, entusiasman y conmueven 
todavía, no sólo á las clases inferiores del pueblo servio, 
sino á las personas más ilustradas que no se han des* 
prendido enteramente de las usanzas nacionales y que 
se hallan animadas de un verdadero espíritu patriótico, 
como que les recuerdan las épocas más gloriosas de su 
historia, al propio tiempo que los funestos desastres 
que les sumieron en la más odiosa esclavitud. Consér* 
vanse algunos que tratan del Czar Duchan que se diri- 
gió hacia Constantinopla para arrojar de ella á los grie« 
gos y murió en el momento en que iba á efectuar la 
conquista realizada después por los turcos, fundando en 
el Bosforo el imperio con el cual, según se dice, sueñan 
todavía hoy los servios, quienes á la manera de los de- 
más eslavos sólo dan á Bizancio el nombre de ciudad 
del Czar; pero la colección más interesante es la serie 
de cantos heroicos conocida con el nombre de Lazarisa. 
Comienzan éstos por la descripción del ejército turco 



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426 POESÍA POPULAR. 

acaudillado por Amurates en persona, ejército tan nu- 
meroso que en quince días no puede recorrerlo un jine- 
te; la llanura está cubierta de turcos, pegado un caballo 
á otro caballo, un guerrero á otro guerrero ; sus lanzas 
forman un espeso bosque, sus banderas se asemejan á 
las nubes, sus tiendas á las masas de nieve en la monta- 
ña, y si cayese del cielo una gota de agua no podría 
llegar hasta la tierra; pero Lázaro, que á la muerte de 
San Luis es el modelo del caballero, del rey y del cris- 
tiano, no ceja á la vista de tan poderosos enemigos, 
pues ha hecho voto de morir por su patria y por su re- 
ligión. En pos suyo marcha toda la Servia, y ni un niño 
se encuentra que quiera permanecer en su casa, etc. 

Existen muchísimos otros cantos más modernos que 
retratan las costumbres de los servios reducidos á la 
servidumbre ó á una defensa trabajosa y desesperada, 
los cuales forman la verdadera poesía popular de la na- 
ción servia. Aseguran cuantos han visitado aquel pueblo 
que para él la música es una verdadera necesidad, y que 
tanto el monje ó caloyero, como el pastor, tanto las 
mujeres, los segadores y los vendimiadores, como el 
soldado, se complacen en recordar las canciones que 
han aprendido de memoria ó improvisan otras nuevas 
con suma facilidad. Hasta del último príncipe-obispo ó 
Vladika de Montenegro se refiere que entre las cualida- 
des que le adornaban, no se consideraba como la menor 
el haber celebrado en patrióticos versos el valor de los 
suyos contra los turcos. 

Los pormenores de la tiranía que los últimos hacen 
pesar sobre los servios, forman, como es natural, el 
objeto de muchos cantos; así los hay que pintan las te- 
rribles cárceles, donde sube el agua hasta las rodillas, se 
cruzan las serpientes y se empinan hasta las espaldas 
montones de huesos humanos; pero la poesía popular 
canta todavía con mayor predilección las hazañas y el 
denuedo de los que resisten al poder de sus opresores. 
Cuando un hermano adoptivo cae herido por los turcos, 
el principal deber de su amigo consiste en ir á libertarlo 



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POESÍA POPULAR. 427 

por medio de las balas y llevárselo en sus brazos, pero 
en el caso de que esto no sea posible, debe evitar que su 
cabeza sirva de trofeo al feroz vencedor. « Pues eres va- 
liente debes desear que se te corte la cabeza, di una 
oración y haz la señal de la cruz.» La barbarie de los 
turcos ha introducido entre los bosnios y montenegrinos 
costumbres casi tan atroces como las suyas; nada puede 
darse por ejemplo más bárbaro que la canción en la 
cual un guerrero, no contento con matar á un agá, es- 
poso de su hermana, no perdona tampoco al hijo de 
ésta y del árabe, diciéndola que se casará mejor y que 
tendrá hijos de mejor raza que los del negro agá. Como 
el klefta griego, el heiduco servio, nombre que tam- 
bién significa bandolero ó forajido, es el héroe favorito 
de los cantos populares. Unidos los heiducos á sus 
compatriotas por la amistad y por el común peligro, 
despreciadores de la muerte y no menos astutos que 
valientes, son en verdad vecinos poco agradables, por- 
que sólo viven de lo que roban, y sin embargo el pue- 
blo los ama y los respeta por considerarlos, como ene- 
migos del turco, vengadores del oprimido y defensores 
del débil y del inocente. 

Con singular esmero ha sido cultivada por el pueblo 
servio su poesía nacional, de la cual, es necesario ad- 
vertirlo, forman un ramo muy interesante las canciones 
destinadas á celebrar las relaciones y costumbres domés- 
ticas; y aun en el día existe algún poeta á quien sería 
difícil clasificar de una manera absoluta entre los poetas 
populares ó literarios. Por otra parte, las personas ins- 
truidas son todavía accesibles á los efectos producidos, 
si no por todos, por muchos de los cantos que halagan 
al pueblo, y los intereses sobre que versan estos cantos 
no han pasado todavía al dominio de la historia. De 
suerte que si en algún pueblo pudiese concebirse actual- 
mente la existencia de una nueva epopeya, sería sin 
duda en el pueblo servio. 

II. Griegos. El pueblo griego, el cual no menos 
que los eslavos, alcanza el costoso privilegio de figurar 



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428 POESÍA POPULAR. 

en primera línea en medio de los hechos ruidosos de la 
historia contemporánea, presenta ó presentaba no ha 
mucho un orden de cosas que desde largo tiempo ha 
dejado de existir en otras naciones. Cuentan recientes 
viajeros que hay en Grecia gran número de rapsodas ó 
de improvisadores en su mayor parte ciegos, que van de 
ciudad en ciudad y de aldea en aldea cantando las me- 
lodías nacionales de su patria. Sus cantos, que general- 
mente nacen y mueren en la boca del pueblo, son un 
ñel traslado del carácter de aquella nación. 

Los incidentes de la vida privada, los acontecimientos 
públicos un tanto importantes, constituyen el asunto de 
tales canciones, que al par que la melodía con que se 
acompañan suelen componer los mismos ciegos ambu- 
lantes que recorren en todos sentidos la Grecia desde la 
e;ctremidad de la Morea hasta Constantinopla, y desde 
el mar Egeo hasta el Jónico. Cuando los griegos estaban 
dominados por los turcos, los errantes menestrales reci- 
bían hospitalidad en la casa del pobre, pues los podero- 
sos señores de aquel país, nunca formaban parte de los 
corros que rodeaban al cantor y contemplaban desde- 
ñosa y apáticamente el interés con 'que los griegos aten- 
dían á los cantos de estos Homeros modernos. Usan 
éstos de una lira exactamente parecida á la de los grie- 
gos antiguos, pero que sólo tiene tres ó menos cuerdas; 
son estos cantores los analistas y noticieros de su país, y 
no hay griego que deje de comprender y sentir con efi- 
cacia sus poesías. La forma métrica general de estas 
composiciones populares no ha admitido todavía el uso 
de la rima que, sin embargo, se halla ya en las cancio- 
nes de las ciudades y de las islas. 

Ponderan el efecto de estas poesías hasta un grado di- 
fícil de imaginar, los que han presenciado su recitación. 
Nada más tierno, por ejemplo, que los cantos que pre- 
ceden á la separación de un griego y su familia cuando 
parte el primero para un país lejano. 

Los cantos fúnebres con que se deplora la muerte de 
los deudos, toman el nombre particular de myriología, 



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POESÍA POPULAR. 429 

como si dijese discurso de lamentación, cuyo uso se 
halla ya en Homero y en Esquilo. Los myriólogos tie- 
nen principio cuando el cuerpo está preparado para la 
sepultura ; prosiguen hasta el momento de la llegada de 
los clérigos y de la traslación de la comitiva fúnebre á 
la iglesia; cesan durante las oraciones de los sacerdotes 
para volver á comenzar en el momento en que el cadá- 
ver va á ser depositado en la tumba. Durante un año 
entero las mujeres cantan tan sólo myriólogos, y cuando 
van á la iglesia nunca dejan de reunirse junto á la tum- 
ba de sus deudos y de renovar el antiguo despido del 
día de los funerales. Los myriólogos son siempre im- 
provisados y cantados por mujeres : cuando versan sobre 
la muerte de un niño de corta edad, son á menudo tan 
agraciados como patéticos y se llora al hijo perdido 
bajo el emblema de una planta delicada, de una flor, de 
un pájaro, etc. Muy singular es que mujeres tímidas é 
ignorantes salgan bien libradas del paso difícil en que 
les pone el uso de las ceremonias fúnebres, aunque es 
verdad que se reconocen diferentes grados de talento. 
Las que lo poseen de un modo notable son particular- 
mente convidadas á los funerales y celebradas en su aU 
dea como buenas myriologistas. 

En la poesía popular de los griegos modernos ocupan 
un lugar muy importante los cantos históricos, en espe- 
cial los concernientes á los héroes de su independencia. 
Karaifkaky, Botsaris, Yzamados, Nikitas el Turcófago 
y otros kleftas ó caudillos contemporáneos, son verda- 
deros héroes épicos que platican con sus sables, con las 
cabezas cortadas, con el río que atraviesan, con la mon- 
taña que trepan, y que oyen hablar una lengua mágica 
á los pájaros de alas de oro: á la manera de Aquilcs son 
célebres algunos de ellos por su rapidez en la carrera, y 
á menudo lleva uno solo á cabo prodigios de valor para 
los cuales bastaría apenas un ejército entero. 

III. Vascos. Hemos reservado el último lugar para 
un pueblo tan distante por su posición de los griegos 
como cercano á nosotros, á cuya misma nación pertene- 



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43o POESÍA POPULAR. 

ce en parte y del cual sólo existe traducido un canto, si 
bien de un mérito muy especial (i). Podría creerse que las 
poblaciones vascas que hablan todavía una de las len- 
guas más antiguas que se conocen en el orbe, deberían 
poseer una rica literatura indígena, pero según hemos 
oído asegurar á un conocedor de la misma lengua, no 
es menos interesante ésta que escasos los monumentos 
literarios en ella conservados. Los historiadores clásicos 
hablan de unos cantos que recitaban los antiguos cánta- 
bros al morir crucificados por los romanos sus vencedo- 
res, pero estas ó semejantes poesías debieron desaparecer 
al propagarse en aquel pueblo la religión cristiana. Ha- 
blase tan sólo de cierta poesía que se reñere á la resis- 
tencia de los naturales á las armas de Augusto, y cuyo 
estribillo, que tiene un sentido enteramente indepen- 
diente de la canción, es como sigue: 

LelolilLelol 
Leloa il Zarac ! 
II Leloa 1 

que traducen así : Lelo, Lelo muerto ; Zara ha muerto á 
Lelo; ha muerto á Lelo. Este estribillo recuerda, según 
se supone, un acontecimiento anterior al de la canción, 
es á saber, la muerte que un habitante del país dio á 
otro después de haber manchado su honor conyugal. 
Una asamblea ó reunión nacional decidió que para 
perpetua deshonra al asesino, se repitiese este estribillo 
en todas las canciones. En los últimos tiempos han adop- 
tado los vascos la rima, y son muy celebradas algunas 
de sus melodías populares, una de las cuales, cantada 
en la última guerra de los siete años, se ha divulgado 
recientemente por todas las provincias de España. 

La poesía de que hablamos versa sobre la batalla de 
Roncesvalles, en que los vascuences derrotaron la reta- 



(1) Hoy el Canto de AUahincar está umversalmente reconocido 
como apócrifo, y su mismo autor lo confesó antes de morir. (Nota 
de esta edición.) 



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POESÍA POPULAR. 48 1 

guardia de Carlomagno. Todos los pueblos de Europa 
celebraron en sus cantos este acontecimiento, pero hasta 
últimos del siglo pasado se ignoraba que lo hubiesen 
cantado también los vencedores. 

La derrota de Roncesvalles, «Un grito se ha alzado 
en las montañas de los Escaldunacs y en pie delante de 
su puerta él Etcheco-jauna aplicó el oído y dijo : ¿ Quién 
va? ¿qué me quieren? y el perro que dormía á los pies 
de su amo se ha levantado y atronó con sus ladridos los 
contornos del Altabiscar.» 

«Un ruido retumba en el collado de Ibañata, y va 
acercándose, conmoviendo, al pasar, las rocas á derecha 
é izquierda; es el sordo murmullo de un ejército que 
viene hacia nosotros; desde la cumbre de las montañas 
le contestan los nuestros; han tocado sus bocinas de 
asta de buey y el Etcheco-jauna aguza sus flechas.» 

«¡Ya vienen! jya vienen! ¡qué bosques de lanzas! 
¡cuál ondean en el centro las banderas de varios colo- 
res! ¿Cuántos son? muchacho, cuéntalos bien! Uno, 
dos, tres, cuatro, cinco, seis, siete, ocho, nueve, diez, 
once, doce, trece, catorce, quince, diez y seis, diez y sie- 
te, diez y ocho, diez y nueve, veinte! ¡ Veinte y muchos 
millares más! Perderíamos el tiempo contándolos. Una- 
mos nuestros nervudos brazos, arranquemos de cuajo 
estos peñascos y de lo alto de nuestra montaña preci- 
pitémoslos sobre sus cabezas. ¡ Aplastémoslos ! ¡ maté- 
moslos !^ 

«¿Qué buscan en nuestras montañas esos hombres 
del Norte? ¿por qué vienen á turbar nuestra paz? Cuan- 
do Dios hace las montañas las hace para que no las 
atraviesen los hombres. Pero las peñas bajan rodando y 
aplastan las tropas, corre la sangre en arroyos, palpitan 
las carnes, y ¡oh! ¡cuántos huesos pulverizados! ¡qué 
mar de sangre ! » 

«Huid, huid los que aun tenéis fuerzas y caballos. 
Huye, rey Carlomagno, con tus negras plumas y capa 
roja. Allí yace tendido sin vida tu sobrino, tu mejor 
soldado, tu amado Roldan; no le valió su intrepidez. 



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432 POESÍA POPULAR. 

Y ahora^ Escaldunacs, abandonemos las rocas y bajemos 
aprisa flechando á los fugitivos.» 

« ¡ Ya huyen ! ¡ ya huyen ! ¿dónde está pues el bosque 
de lanzas? ¿dónde están las banderas de varios colores 
que ondeaban en el centro? Ya no centellean sus arma- 
duras teñidas de sangre. ¿Cuántos son? muchacho, 
cuéntalos bien! Veinte, diez y nueve, diez y ocho, diez 
y siete, diez y seis, quince, catorce, trece, doce, once, 
diez, nueve, ocho, siete, seis, cinco, cuatro, tres, dos, 
uno.» . 

«Uno, ya ni uno queda. Se acabó. Etcheco-jauna, 
bien podéis volveros á vuestra casa con vuestro perro, 
abrazar vuestra esposa y vuestros hijos, limpiar vuestras 
flechas, atarlas con vuestra bocina de asta de buey y 
dormir encima. Por la noche acudirán las águilas á co- 
merse estas carnes destrozadas y los huesos blanquearán 
para siempre.» 

En un espacio por necesidad insuficiente hemos ence- 
rrado un resumen ó por mejor decir extractos de consi- 
derables trabajos modernos acerca de la poesía popular. 
Más de una vez nos ha dolido arrancar con mano ligera 
alguna página que antes habíamos recorrido con poético 
recogimiento ; mas sin duda no faltará quien nos agra- 
dezca nuestros esfuerzos para popularizar el gusto por 
esta clase de poesía. 

Diario de Barcelona^ ii de Septiembre de i855. 



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LECTURAS LITERARIAS. 



ESTUDIOS SOBRE LA LITERATURA CONTEMPORÁNEA 
for el abate Maynard, 



Fieles al propósito de recomendar algunas obras de 
provechosa lectura en materia literaria, damos este arti* 
culo y daremos tal vez otros, como apéndice á los que 
anteriormente sacamos á luz con el mismo título. Como 
de los últimos, es objeto del presente el poner los ojos, 
no en una de aquellas obras que, á la manera que en la 
ciencia los grandes descubrimientos, ó en el arte los 
frutos más señalados del humano ingenio, determinan 
en la crítica una nueva época y pueden en su género 
alabarse de portentosas y extraordinarias; sino más bien 
en las que merecen el dictado de modestas y apreciables 
y prestan saludable alimento á los que van hambrientos 
de instrucción, al mismo tiempo que solazan á los más 
entendidos, presentándoles atinadamente expuestas y 
coordinadas las ideas en que suelen ocuparse. 

A esta clase pertenece la obra del abate Maynard, que 
al mérito, en el día bastante raro, de contener en breve 
espacio el fruto de detenidos estudios, añade el de estri- 
bar sobre principios puestos al abrigo de nota y de sos- 
pecha. Muy adecuada á la enseñanza de cuantos jóvenes 
no carezcan absolutamente de conocimientos literarios, 
lo es por todo extremo á la de los que destinados al 
sagrado ministerio, buscan con una modestia, buena fe 
y ahinco poco comunes, según en varios hemos obser- 
vado, los medios de perfeccionar su gusto y de adornar 
su espíritu. En la obra de Maynard hallarán muy bue- 

sS 



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434 LECTURAS LITERARIAS. 

ñas ideas literarias sin que hayan de padecer mengua la 
austeridad de sus sentimientos, ni la gravedad de sus 
habituales estudios. 

El título, y hasta cierto punto el plan de dicha obra, 
podrían hacer entrar en sospechas de que versa tan sólo 
sobre un asunto de interés secundario y circunscrito á 
ciertos limites. Propónese, en efecto, muy especial- 
mente dilucidar las cuestiones literarias que puso en 
tela de juicio la nueva escuela francesa, y que con tanto 
estrépito y con una publicidad hasta cierto punto ridi- 
cula, fueron, hace ya algunos años, agitadas. Pero, fuera 
de que no se ciñe á esto sólo la obra de Maynard, mu- 
chas de aquellas cuestiones, según el mismo observa 
acertadamente, dicen relación á los principios constitu- 
tivos del arte, y pasado el primer estruendo producido 
por la moda y el capricho, han dejado huellas visibles 
en el campo de las letras. 

En la parte destinada á las ideas generales, recorre 
Maynard las cuestiones primarias y de mayor trascen- 
dencia, tales como la definición de la literatura, la na- 
turaleza del lenguaje, la de la poesía y la elocuencia, la 
del objeto del arte, la de las relaciones de la historia 
literaria con la religiosa y la política ; y en todas ellas 
da decisiones que, sin ser siempre nuevas ni notable- 
mente profundas, son en cambio atinadas y satisfacto- 
rias. Véase, por ejemplo, en cuan pocas palabras resume 
lo relativo al lenguaje oral : «La palabra : misterio que 
han acatado los mayores ingenios; la palabra, el verbo, 
misterio de Dios, misterio del hombre; la palabra, que, 
siempre la misma, se diversifica sin embargo al compás 
de los siglos y de los pueblos; que con un reducido nú- 
mero de elementos sumamente sencillos, manifiesta los 
más íntimos pensamientos, las más imperceptibles mo- 
dificaciones del sentimiento, las cosas de la tierra y las 
del cielo, del tiempo y de la eternidad ; son pasajero que 
grabado en el mármol ó en el bronce, inmortalizará el 
genio y el heroísmo y conservará los oráculos de la 
divinidad. 9 



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LECTURAS LITERARIAS. 435 

Sigue una ojeada á la historia de la literatura, brillan- 
te é instructiva, aunque necesariamente somera, y un 
capítulo sobre el siglo de Luis XIV, donde en nombre 
propio y con el auxilio de buenas citas de autores con- 
temporáneos, censura las añciones mitológicas, el espí* 
riiu anti-nacional y el gusto á veces minucioso y frivolo 
de la poesía clásica francesa. 

Cinco capítulos están destinados á ventilar la cuestión 
del romanticismo, del cual admite la introducción de 
las ideas cristianas, los asuntos del Oriente y de la Edad 
media, la melancolía bien entendida, la libertad en las 
formas literarias; y desecha, como es debido, el mal gus- 
to y la exageración en el estilo, y el culto de lo feo físico 
y moral. Termina el cuerpo de la obrita con un apéndi- 
ce donde trata de lo que denomina romanticismo en la 
elocuencia, y expone sus ideas acerca de la moderna 
oratoria sagrada entre los franceses. Y aquí creemos 
oportuno advertir que una cierta tradición de buen 
gusto, conservada en el vecino Estado aun en las épocas 
más decadentes de la predicación, hacía en este país 
menos necesarias y más peligrosas que en otros puntos 
ciertas innovaciones relativas á la parte literaria y á la 
declamación. Como sea, sin ánimo de entrar en nom- 
bre propio en el fondo de la cuestión, copiamos las si- 
guientes líneas que no nos parecen de escaso interés: 
«Es evidente, dice, que tan sólo debe acudirse al nuevo 
género de predicación (habla del que principalmente 
acude á pruebas humanas y á principios filosóficos) en 
ciertas circunstancias excepcionales y en presencia de un 
auditorio escogido. Así, por ejemplo, que en la espa- 
ciosa basílica de Nuestra Señora atraiga un Lacordaire 
á un auditorio sediento de sus palabras; que en las ca- 
pitales, en días señalados, se presente bajo este aspec- 
to á la religión ; que haya conferencias filosóficas que 
reconcilien con el dogma á la juventud de las escuelas, 
lo aplaudimos con toda el alma; mas de ningún modo 
podemos aprobar que do quiera, siempre, sin distinción 
de auditorio y á riesgo de no ser comprendido de las 



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436 LECTURAS LITERARIAS, 

tres cuartas partes y media de ios fíeles, se presenten 
tales exposiciones humanas del cristianismo.)» 

Una especie de apéndice sobre la elocuencia y la poe- 
sía forma la parte más original de la obra de Maynard. 
Trata de fijar la naturaleza de entrambas y de marcar los 
límites que las separan : límites no siempre bien claros, 
si bien más determinados de lo que se figuran los ora- 
dores y oyentes, prontos á calificar un discarso de poé- 
tico, merced á tal cual imagen postiza ó á tal cual frase 
de relumbrón. 

La diferencia esencial la halla Maynard en el carácter 
comunicativo de la elocuencia. Como género poético 
por excelencia, completamente puro, y, si así sufre de* 
cirse, casi único, sólo admite la poesía lírica, cuyos 
efectos, en verdad, siente y expone con delicadeza y 
eficacia. 

El libro de Maynard está escrito con calor : circuns- 
tancia recomendable, aun cuando se toque en los lími- 
tes de lo enfático y declamatorio, como sucede alguna 
vez en nuestro autor, y en general en los escritores fran* 
ceses de segundo orden. 

Diario de Barcelona, i855. 



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ARTE MÉTRICA. 



Poco menos que inútil sería tratar de métrica castella- 
na fuera de las escuelas, á no haber mediado uno como 
t^mpeño en ofuscar esta materia, de suyo la más clara y 
sencilla; mas como tal enredo existe para muchos y 
como consideramos de alguna importancia las cuestio- 
nes métricas, no será inoportuno entrar en ciertas con- 
sideraciones, triviales en verdad, pero de algunos tras- 
cordadas. 

El arte métrica, en efecto, se halla naturalmente enla- 
zada con todos los puntos de la prosodia, y aun para la 
práctica de ésta, el ejemplo versificado de un autor clá-* 
sico puede servir á una con la etimología para ñjar la 
pronunciación de las palabras en que el uso anda vaci- 
lante. Para recordar pasos poéticos, para decirlos y para 
sentirlos, es también necesario el conocimiento de la 
misma, que tampoco es indiferente para la historia lite- 
raria (i). 

No se nos diga que tal arte es de un valor secundario 
é inferior en importancia y dificultad á muchos otros de 
la teoría poética, pues esto sería una perogrullada; que 
no basta para versificar bien, ni aun para apreciar cier- 
tas bellezas de versificación, pues sería también una 
verdad conocida; que debe reconocerse como ánico 
juez el oído y que éste basta para todo, pues tal aserto, 
en apariencia racional, se halla desmentido por la expe- 



(1) El ejemplo de Tickoor que considera las estancias de LeóD 
cono antiguas quintillas castellanas, nos moestra que no basta ser 
doctísimo bibliógrafo, ni aun juicioso crítico, para no incurrir ea 
graves errores métricos. 



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438 ARTE MÉTRICA. 

riencia, la cual nos muestra muchas personas, aun de 
las entendidas en el arte musical, que andan á tientas en 
la apreciación de los versos : prueba evidente de que el 
oído métrico debe ser educado. 

Felizmente nuestra arte métrica es la misma sencillez, 
sin que la embaracen ni compliquen ciertas leyes con- 
vencionales que en otras, en la francesa, por ejemplo, 
modifican algunas veces las de la naturaleza. El número 
de sílabas, contado según el de vocales, ó de grupos de 
vocales formados por un solo esfuerzo del aliento (i) y 
aumentado ó disminuido en una unidad,^ si la termina- 
ción es aguda ó esdrújula (2); la disposición de las ri- 
mas ó semirrimas (asonantes), exactamente fundadas en 
la igualdad de letras, ó bien de vocales, excepto en el 
primer caso las pocas consonantes de forma distinta y de 
valor igual que reconoce la sencilla ortografía castella- 
na, casi perfectamente eufónica, y en el segundo algunas 
vocales que por naturaleza y posición tienen un valor 
aproximativo; la disposición simétrica de los acentos 
interiores que suele dar mejor sonido á los versos cor- 
tos, pero que sólo es obligatorio en los de arte mayor 
(silaba tercera y sexta en los de diez, sexta ó bien cuarta 
y octava en los de once) ; tales son los poco complicados 
elementos de toda buena métrica castellana, según ha 
debido ser seguida prácticamente por los versificadores 
y según ha sido expuesta desde Tracia á lo menos, hasta 



(1) Las vocales pueden compararse á líquidos y las coosonantes 
á paredes ó casillas que las separan ; á no mediar una pared 6 un 
esfuerzo particular, los líquidos se mezclan y forman uno solo. Esta 
comparación, que no juzgamos arbitraria, puede aplicarse al valor 
de los diptongos, diéresis, etc., en la métrica. 

(2) La regla latina de que la última sílaba del verso es indife- 
rente y la castellana de que la misma sílaba determina el valor del 
verso, en apariencia tan opue^s, vienen á ser una misma, aunque 
indican la diversidad de sistemas prosódicos. Una y otra significan 
que así como en muchas frases musicales puede suprimirse la última 
nota, en la versificación es indiferente que completado el verso en 
el penúltimo tiempo se añada ó no uñ tiempo (ó dos en los esdrúju- 
los). El mismo valor daba al verso /líusa a (ablat.) que Jlíusa (nom.), 
como en español canta ó cántara. 



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ARTA MÉTRICA. 489 

Salva (aunque no con bastante claridad por éste), y has- 
ta Coll y Yehí, quien ha presentado la materia con una 
precisión verdaderamente matemática. 

La métrica castellana es un hecho, no una ciencia, 
según creemos que ha dicho Maury, autor de las tan 
justamente celebradas traducciones francesas de poesías 
clásicas españolas; pero aunque no era necesario para la 
práctica ni aun para el arte, el mismo Maury se esforzó 
con el mejor éxito en establecer la ciencia del mismo 
hecho. A él se deben las más luminosas observaciones 
que han ñjado la naturaleza de la prosodia métrica de 
nuestro idioma y que hubieran debido acabar para 
siempre con todas las hipótesis é ideas vagas en este 
punto. Si á los trabajos del Sr. Maury añadimos los de 
prosodia gramatical de Sicilia, Martínez López (en un 
trabajo, por otra parte, poco recomendable por la des- 
cortesía con que trata los muy meritorios de Salva) y 
las preciosas páginas en que Illas y Vidal ha mostrado 
tan singular perspicacia, tendremos que pocas lenguas 
se hallan con mejores materiales y con tan ricos elemen- 
tos para formar un tratado completo de prosodia grama- 
tical y poética. 

Mas los sanos principios no han sido conocidos ó 
aceptados por todos, y en la mayor parte de gramáticas 
elementales se sigue enseñando todavía la división de 
sílabas castellanas en largas y breves. La imitación ciega 
de los métodos latinos y la autoridad de Hermosilla 
han perpetuado el error que no deja de estar bastante 
arraigado. En efecto, el autor del Arte de hablar se pro- 
puso nada menos que fijar la cantidad de las sílabas 
castellanas, contando por supuesto como largas las acen- 
tuadas y las seguidas de dos consonantes, como breves 
la vocal antes de vocal, y dejando á pesar suyo sin fijar 
todas las demás. Desde entonces han creído algunos que 
los prosodistas han de dar á la lengua castellana el sis- 
tema musical que dominaba [realmente (ya por propia 
naturaleza, ya por imitación de los griegos) en la latina. 
£1 mismo Moratín tuvo la debilidad de creerse intro- 



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440 ARTE MéTRlCA. 

ductor de un metro clásico en su Id en las alas del rau~ 
do céfiro^ siguiendo el sistema cuya receta ha dado in- 
geniosamente Gallego: 

Toma dos versos de á cinco sílabas 

De aquellos mismos que el buen Iriarte 

Usó en su fábula lagartijera. 

Pon un esdrújulo de cuando en cuando, etc. 

Mas ¿qué? se nos dirá, ¿acaso no se ha introducido el 
sáfíco en nuestra poesía? ¿no se ha ensayado felizmente 
el exámetro, como en los sabidos de Villegas : 

Seis veces el verde soto coronó su cabeza 

De nardo, de amarillo trébol, de morada viola, etc.? 

Es verdad que como los romanos, además de otros 
acentos de que es difícil formarnos idea y además de la 
cantidad, tenían (y debían de toda necesidad tener) el 
acento dominante que pronunciaban en las mismas sí- 
labas en que las pronunciamos nosotros cuando leemos 
las palabras latinas, pueden trasladarse perfectamente 
los elementos subsistentes de la pronunciación de los 
versos latinos á palabras castellanas. Si luego á los ver- 
sos en esta lengua, formados en parte realmente y en 
parte sólo en apariencia á imitación de los latinos, aña- 
dimos cierta cantinela ó declamación un tanto musical 
con que en las escuelas se procura dar mayor ó menor 
cantidad de tiempo á los versos antiguos, poseeremos 
en palabras españolas los ritmos antiguos, tales como 
ahora los pronunciamos. 

Mas no por esto es menos indudable que no hay en 
nuestra lengua largas y breves, y lo único que puede 
concederse es que ciertas sílabas^ ya por estar más car- 
gadas de consonantes, ya acaso también por el esfuerzo 
que lleva consigo el acento, llenan más cumplidamente 
el único tiempo que tanto en la prosa como en el verso 
les está destinado. 

Otro sistema que anda en el día algo válido es el de 
la colocación simétrica de los acentos, fundado en cier- 



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ARTE MÉTRICA. 44 1 

tos hechos aislados y que por lo tanto no da razón de 
las verdaderas leyes del arte de versificar. Cierto es que 
en los versos de siete sílabas suenan muy bien los acen- 
tos en los pares (ó llámense segundas), que en los de 
diez son necesarios en las terceras, que en los de once 
de cuarta y octava se hallan en las cuartas, que pueden 
darse endecasílabos con todas las pares acentuadas, que 
en los de acento en la sexta puede hallarse también en 
la tercera; pero fuera de estos casos,- nada se hallará que 
compruebe la supuesta regla de la simetría de los acen- 
tos, y sí muchos casos en que se halla formalmente des- 
mentida. Este sistema y el del agrupamiento de versos 
pequeños (como v. gr. los llamados de doce que pueden 
componerse de cuatro de tres), adoptado ó inventado 
por Masdeu, dan razón de ciertas propiedades secunda- 
rias de la versificación, pero sólo sirven para propagar 
ideas equivocadas cuando se les da el valor absoluto y 
se prescinde de los verdaderos principios. 

Diario de Barcelona^ i855. 



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BASTERO, 

FILÓLOGO CATALÁN. 



Si se atendiese tan sólo á cuanto encarecemos el méri- 
to de algunos de nuestros hombres célebres, como, por 
ejemplo, de Vallfogona, ingeniosísimo versificador y ex. 
célente hablista (i), pero ni de mucho tan eminente poeta 
como se ha querido suponer, ó á ciertas especies apócri- 
fas con que hemos engalanado nuestros anales litera- 
rios, V. gr. la del Jordi del Rey^ imitado por el Petrarca, 
podríasenos motejar á los catalanes de sobrado henchi- 
dos de espíritu provincial. Mas á pesar de esto y á pesar 
de lo que se dice, está muy lejos de ser así. Sin mover- 
nos de la misma clase de hechos que hemos indicado, 
¿quién de nosotros sabía hasta hace poco que en el 
siglo XV había nuestra patria dado á luz al filósofo 
Sebonde, cuyo Líber Creaturarum mereció ser tradu- 
cido por el célebre Montaigne? ¿Quién entre nosotros 
menciona, á Juan Pablo Bonet, predecesor del abate 
L^Epée? ¿quién recuerda á Bastero, filólogo de no poca 
cuenta del pasado siglo ? 

Don Antonio de Bastero y Lledó (hermano de D. Bal- 
tasar, ilustre obispo de Gerona), nació de noble familia 
hacia 1675 en la capital del Principado. Fué graduado 
en filosofía y en ambos derechos; fué también, según se 
dice, buen poeta y hábil jurisconsulto, y de seguro, 
pues lo demuestran sus obras, investigador laborioso y 
perspicaz. Canónigo sacristán mayor y examinador sino- 



(1) Hablista en el sentido de facilidad ó gracia de expresión, no 
en el de purista 6 castizo. 



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BASTERO, FILÓLOGO CATALÁN. 443 

dal de Gerona, se le envió en 1709 para negocios de su 
cabildo á Roma donde permaneció quince años. Fué 
pastor ó miembro y uno de los doce magistrados de 
aquella tan singular academia ó Arcadia, adoptando el 
nombre de Iperides Bacchico. Murió á 23 de Septiem- 
bre de 1737, según se lee todos los años en igual di'a en 
el coro de Gerona, cuando después del martirologio se 
hace memoria de los difuntos (i). 

Ignoramos á qué clase de estudios se había dado Bas* 
tero antes de su permanencia eix Roma : como fuese, la 
necesidad de familiarizarse con la lengua italiana y el 
ejemplo que le dieron algunos literatos de aquel país, 
aplicados al estudio de nuestro antiguo idioma proven- 
zal, debieron fijar, sino determinar, su vocación lite- 
raria. En efecto, desde Dante y Petrarca, que en cierto 
sentido pueden considerarse como discípulos de los 
trovadores, nunca han cesado completamente los estu- 
dios provenzales. El cardenal Bembo escribió las vidas 
de los trovadores (que no vieron la luz pública) y Bar- 
bieri dio sobre los mismos y sobre sus poesías noticias 
no despreciables en su obrita sobre el origen de la poe- 
sía rimada, la cual quedó también inédita, hasta que á 
últimos del siglo pasado la publicó Tiraboschi (2). El 
poeta Tassoni hojeó las obras de los trovadores única- 
mente para examinar si contenían pasos imitados por 
Petrarca. Finalmente, hacia la época de Bastero, Gres- 
cimbeni tradujo las biografías de Nostradamus, aña- 
diendo algunas notas y extractos de los MSS. de Floren- 
cia, imperfectamente traducidos por Salvini. En nuestros 
días y con mejores auxilios vemos renacer los mismos 
estudios filológico-literarios, especialmente en Galvani 



(1) Torres Amat, Escritores catalanes, 

(2) Es curioso ver cómo este célebre historiador de la literatura 
italiana defíende la influencia árabe, atacada por Arteaga, valién- 
dose uno y otro de razones no desemejantes á las que en el día se 
aducen para esta reñida cuestión. En general los primeros historia- 
dores literarios, Quadrio, Tiraboschi y nuestro Andrés, que aunque 
menos profundos que los de nuestros días, les abrieron sin embargo 
el camino, pertenecen á la literatura italiana.. 



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444 BASTERO, FILÓLOGO CATALÁN. 

que ha adquirido un buen nombre entre los provenza* 
listas contemporáneos, y en el abate Celestino Cavedo- 
ni que ha escrito sobre los trovadores que visiuron la 
corte de Este. 

Llegó á punto nuestro compatricio para introducir 
alguna luz en las penosas investigaciones de los literatos 
italianos de su época^ y si sus obras hubiesen sido ter- 
minadas y publicadas por completo, sin duda la ciencia 
hubiera adelantado mucho antes, a Entre todos los lite- 
ratos, dice Guillermo Schlegel, que hasta el presente 
(hasta las publicaciones de Raynouard) podíamos con- 
sultar acerca de la literatura provenzal. Bastero era sin 
duda el más entendido como gramático y filólogo. Tenía 
la ventaja de ser catalán, y al parecer entre todas las 
provincias en que en otro tiempo se habló la lengua de 
los trovadores, en Cataluña se alteró menos que en los 
demás puntos. Bastero tuvo acasión de estudiar los MSS. 
del Vaticano y luego los de Florencia, pero el plan de 
su obra, escrita en italiano fL¿r Crusca Proveníales 
Roma, 1724) está mal concebido: no se ve bien si quiso 
tratar de la historia literaria de los trovadores, ó publi* 
car sus obras ó componer una gramática ó un dicciona- 
rio de su lengua. De suerte que esta obra ha quedado 
incompleta y el autor no pasó mucho más adelante del 
prólogo, que contiene preciosas noticias, aunque ane- 
gadas en una insoportable prolijidad.» (Observaciones 
sobre la lengua y poesía froven\aL) Veamos cómo se 
explica esta confusión de que se queja el gran crítico 
t udesco. 

Bastero dirigió sus esfuerzos á probar la influencia de 
la lengua provenzal en la toscana; el mismo título que 
adoptó para su obra indica que la consideraba princi- 
palmente como un complemento al gran diccionario de 
la Crusca. Así es que en efecto el tomo publicado sólo 
debe considerarse como una introducción al Glosario 
en que por medio de la comparación de textos proven- 
zales y toscanos probaba ó intentaba probar lo que la 
última lengua había tomado de la primera. Comprén- 



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BASTÜRO, FILÓLOGO CATALÁN. 44$ 

dése de esta suerte cómo el volumen publicado contiene 
una introducción general en que se amontonan las citas 
para probar que los catalanes fueron padres de la poesía 
provenzal y ésta madre de todas las modernas, un índice 
biográfico de los trovadores, un catálogo de obras pro- 
vénzales, un tratado de ortografía y prosodia compa- 
radas entre el provenzal y el italiano, y finalmente un 
índice del futuro diccionario que inserta para llamar la 
atención sobre el cuerpo de la obra y por la desconfianza 
de que llegase ésta á publicarse. 

Llevado nuestro autor por el mismo sentimiento que 
Raynouard, es decir, por un entusiasmo excesivo á fa* 
vor de la lengua que estudiaba, llegó á una conclusión 
enteramente opuesta. Cuando Bastero veía una palabra 
provenzal en otra lengua, era á sus ojos un plagio hecho 
por los escritores de la última; así como en igual cir- 
cunstancia halla Raynouard una prueba de que las dos 
lenguas fueron en su origen una sola. Para Bastero todo 
es imitación literaria, para Raynouard todo identidad 
originaria. Para hallar la verdad deberían distinguirse 
los casos (y en algunos no fuera muy fácil) en que tiene 
lugar lo primero y lo segundo. Así es que los trabajos 
inéditos de Bastero, muy interesantes como documentos 
para esta elección, no deben mirarse como fuente de 
decisiones seguras y definitivas. 

Sin embargo, hállans^ en nuestro autor una pureza 
lingüística en los fragmentos citados, desconocida hasta 
Raynouard, y algunas indicaciones útilísimas de que 
en verdad no se hizo el debido caso. Así, por ejemplo, 
fué el primero que en una gramática de Ugon Faidit 
descubrió la célebre regla de la s que tanto nombre ha 
dado en nuestros días á Raynouard. Sabido es actual- 
mente que la ausencia de la s indica el nominativo plu« 
ral en ciertos casos, así como su presencia el singular: 
regla que se extiende al francés antiguo, y aunque inte- 
resantísima por referirse á un resto de declinación con- 
servado en el origen de las lenguas modernas y necesa- 
ria para la inteligencia de los textos, ha sido trascorda- 



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446 BASTERO, 

da hasta el punto de que el sabio Fleury diese como una 
prueba de barbarie en los antiguos escritos franceses, 
una supuesta confusión de singular y plural. 

Los MSS. de Bastero pasaron á su hermano el obis- 
po de Gerona, y posteriormente, en número de 24 to- 
mos, según Torres Amat, al convento de padres Agusti- 
nos de Barcelona. Hemos visto los siguientes, que con 
poca diferencia deben corresponder al mismo número: 
10 que forman parte del Diccionario ó Crusca^ obra 
ya terminada ó poco menos; 3 (hubo 4) de Misceláneas; 
'4 Zibaldonij italiano, francés, provenzal y latín caste- 
llano, ó sea colecciones de extractos de monumentos 
literarios y de cuantos autores escribieron sobre ma- 
terias análogas á las que trató Bastero ; una historia 
de la lengua catalana ; una gramática italiana, y ade- 
más de varios papeles sueltos, entre otros los que for- 
man las adiciones á la parte impresa de la Crusca, co- 
pias enteras y fragmentos de las poesías contenidas en 
los códices 2.304, 2.3o6, 2.307 y 2.3o8 de la Vaticana. 
El primero que sirvió á Petrarca y á Bembo se halla 
ahora en París; la copia de Bastero tiene por título 
Giunta al Ristretto del cod. 2.304; f^^^^ P^^^ ^^ ^^^' 
tretto. — Hállanse estos MSS. en el Archivo de la Aca- 
demia de Buenas Letras y en la Biblioteca provincial- 
Ignoramos si se conservan los trabajos que sobre los 
escritos de su tío D. Antonio hizo su sobrino D. José, 
quien fué sin duda el único que en nuestro país los hu- 
biese examinado con alguna atención. 

En medio del índice del Glosario con que termina el 
primer tomo de la Crusca^ expresó él autor su recelo de 
que no se llevase á término la publicación, ^er che^ aña- 
de, non ho denaro. Poco esperaba, pues, de la protección 
y del entusiasmo de sus contemporáneos. Recordamos á 
este propósito que nos preguntó un provenzalista si se 
trataba de dar á luz los trabajos inéditos de nuestro 
autor y que no pudimos contestarle sino con una sonri- 
sa y un cabeceo. Mas no seamos tampoco apasionados: 
Bastero fué el predecesor de Raynouard, el verdadero 



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BASTERO, FILÓLOGO CATALÁN. 447 

Raynouard de su época; fué en su clase un hombre su- 
perior, verdadera y auténticamente superior; la parte 
publicada de su obra ha ejercido no poca influencia en 
los trabajos posteriores; pero así como el conocimiento 
completo de sus trabajos hubiera causado en su tiempo 
una especie de revolución en el ramo, y si bien aun en 
el día merecerían un examen detenido y serio, la publi- 
cación entera de sus escritos sería ahora inoportuna y 
hasta cierto punto inútil. 

Diario de Barcelona, i855. 



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EL EMPERADOR CARLOS V, 

su ABDICACIÓN, ETC. 

por Mignet^ traducción de D. M, Lobo, 



Es una verdad, aunque vulgar, el que los españoles 
abandonamos los mejores puntos de nuestra historia 
general y literaria á las plumas extranjeras; y si bien 
esta verdad ha tenido en los últimos años felices excep- 
ciones, y si bien no es de extrañar tampoco que en la 
universalidad y ubiquidad de investigaciones contempo- 
ráneas, haya fuera de casa quien estudie nuestras cosas, 
no cabe duda en que nos falta mucho que andar para 
ponernos en el lugar conveniente. Sírvanos de consuelo 
en la ocasión presente la consideración de haber sido un 
español el que ha puesto los cimientos de la obra que 
anunciamos. En efecto, según advierte el Sr. Mignet, el 
principal de los documentos en que se funda su trabajo, 
es un volumen inédito de D. Tomás González, en que 
con el título de Retiro, estancia y muerte del Empera- 
dor Carlos V en el monasterio de Yuste, Relación his- 
tórica documentada, compuso una narración « breve 
pero preciosa é interesante,» apoyada en cartas del Em- 
perador, de su sumiller de corps, de su secretario, de su 
médico y de otros personajes, ya insertas en su totali- 
dad, ya extractadas. Canónigo de la catedral de Plasen- 
cia, cerca de Yuste, y encargado por Fernando VII del 
archivo de Simancas, se hallaba González en la posición 
más ventajosa para el examen que emprendió, el cual 
pensó extender á todo el reinado de Carlos V, pero que 
luego limitó á los últimos años de este monarca. Su 



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EL EMPERADOR CARLOS V, SU ABDICACIÓN, ETC. 449 

manuscrito fué adquirido por el Gobierno francés en el 
ministerio Guizot á precio de 4.000 francos, y desde 
entonces ha estado al alcance de los humanistas extran- 
jeros y ha servido de principal fundamento á la obra 
inglesa de Stirling y á la francesa de Pichot, ambas de 
üsunto análogo á la de González y Mignet. A los docu- 
mentos recogidos por González se han añadido los pu- 
blicados por Gachard, archivero general de Bélgica, y 
otras colecciones dadas á luz en Leipsick, Viena, Madrid 
y Florencia. 

Provisto de tan ricos materiales el reputado historia- 
dor Mignety conocido ya por otros estudios relativos á 
España, quren, según Alberto de Broglie, es el que en 
nuestra época sigue con más conciencia en el laberinto 
de los archivos de Europa el hecho más imperceptible 
de una vida y el más ligero rasgo de un carácter, y 
quien al propio tiempo abraza con más segura mirada 
el conjunto de una historia, no podía menos de propo- 
nerse el examen definitivo de cuantas cuestiones se ha- 
llan comprendidas en su asunto, y de desentrañar hasta 
los más menudos pormenores. Véase cuáles son las pre- 
guntas que á sí mismo se dirige en el prólogo, y á que 
por consiguiente se compromete á dar satisfactoria con- 
testación : «¿Cómo se explica que el primer potentado á 
quien se atribuye el designio de la Monarquía univer- 
sal, haya bajado voluntariamente del trono? ¿Por qué al 
dejar de dirigir el imperio de Alemania, de reinar en 
España, Italia y los Países Bajos, de mandar en las is- 
las del Mediterráneo, de ocupar la costa septentrional 
del África y de poseer los inmensos Estados de Amé- 
rica, fué á concluir sus días al lado de los religiosos 
Jerónimos, en un pequeño palacio construido junto á 
su convento? ¿Cuándo tuvo por primera vez este pen- 
samiento, tan singular en su siglo y con su ambi- 
ción? Y si lo tuvo desde temprana edad, ¿qué razón 
le hizo dilatar hasta hora tan tardía su realización? ¿Se 
arrepintió pronto de su abdicación, como se ha su- 
puesto, ó al contrario, estuvo siempre contento con su 

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45o EL EMPERADOR CARLOS V, SU ABDICACIÓN, ETC. 

retiro y miró con agrado su descanso? ¿Cuál fué su 
vida en el monasterio de Yuste? ¿Se mantuvo extraño 
á todos los negocios mundanos, como se ha supuesta 
largo tiempo, ó al contrario, tuvo conocimiento, juzgó, 
preparó ó aconsejó la mayor parte de las cosas que tu- 
vieron lugar en esta época tan fecunda en acontecimien- 
tos políticos y militares? ¿Su imaginación ya cansada 
por grandes trabajos y largas enfermedades, había con- 
servado íntegra su lucidez, su firmeza previsora y su 
altanera dominación?» 

Con la resolución de semejantes problemas, nos da 
á conocer el historiacjor á Carlos V completo: sus 
debilidades, entre las cuales fué la más dominante y 
la más duradera, uno de los más prosaicos, si bien no 
de las más funestos defectos, la afición á la buena 
mesa; su constitución física, sin exceptuar la irregu- 
laridad de sus quijadas que le impedía la clara emi- 
sión de la voz; sus proyectos, su perseverancia, su 
actividad, que aplicada aun en el claustro á los negocios 
políticos, sobraba además para ocuparse en entreteni- 
mientos mecánicos, y en fin, una grandeza efectiva no 
desprovista de bondad, y cierta buena fe en sus desig- 
nios que nos parece comparable á la de su antecesor y 
homónimo Carlomagno, y superior á la de Alejandro y 
Napoleón. 

Para dar una muestra de la manera cómo desentra- 
ña Mignet los puntos sobre que versan sus investiga- 
ciones, citaremos el de la famosa anécdota de sus fu- 
nerales, contada por un monje anónimo y reproducida 
por la mayor parte de historiadores. Dícese que des- 
pués de haber hecho los obsequios fúnebres de sus 
padres y de su difunta esposa, concibió y ejecutó el 
Emperador el singular pensamiento de celebrar in- 
mediatamente los suyos, y que, levantado un catafal- 
co rodeado de cirios en el centro de la nave principal 
de la iglesia de Yuste, acompañado de todos sus ser- 
vidores vestidos de luto, también en este traje y con 
un cirio en la mano, asistió el Emperador á su propio 



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EL EMPERADOR CARLOS V, SU ABDICACIÓN, ETC. 45 I 

entierro y funerales. Han añadido otros que estuvo 
Carlos V tendido como un cadáver sobre su ataúd y que 
unía su voz á la de los monjes que le cantaban los res- 
ponsos, y se cree generalmente que el arrobo piado' 
so producido en su alma por la fúnebre escena contribu* 
yó á su inmediata muerte. Halla Mignet que la misma 
ceremonia, el estado de salud del Emperador, las ocu- 
paciones á que se dedicaba, las ideas que ocupaban su 
imaginación, á la par que el testimonio de sus mismos 
servidores y los hechos auténticos que aparecen en des- 
acuerdo respecto ala fecha de tan extraño acto, no per- 
miten que se le dé mucho crédito. Examina la irregula- 
ridad canónica de la celebración de tales funerales en 
vida; observa que la cantidad de dos mil coronas que se 
supone á ellos destinada, sobre ser enorme, no existía en 
poder del Emperador; que los asuntos de interés domés- 
tico y político que hasta la víspera de su muerte le ocu- 
paron, no daban lugar á semejantes proyectos ni á su 
ejecución; que los funerales de la Emperatriz se habían 
ya celebrado con bastante anterioridad, y que el día 3i 
de Agosto, día asignado á los suyos, hacía veinticuatro 
que la enfermedad no le permitía salir de su cámara. 
Objeta finalmente el silencio de su mayordomo, de su 
secretario y de su médico, cuyas cartas mencionan los 
más comunes incidentes de la vida de su amo. 

El señor Lobo, con un celo laudable, se ha apresurado 
á darnos una versión hecha con esmero de esta notable 
publicación. Pocos é insignificantes son los reparos que 
á su trabajo pudiéramos oponer. Diremos sin embargo 
que desearíamos hubiese modificado ó ilustrado algunas 
expresiones del original en materias delicadas, especial- 
mente en lo relativo á los asistentes del Emperador en 
los últimos momentos de *su muerte, donde hay alguna 
aseveración que á nuestro juicio no puede sostenerse y 
donde parece doblegarse algún tanto la habitual reserva 
é imparcialidad del autor. Al hablar éste en otro punto 
de las causas que hacían caer en el luteranismo á mu- 
chos personajes distinguidos de aquella época, indica, 



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452 SL EMPERADOR CARLOS V, SU ABDICACIÓN, ETC. 

pero no expresa con bastante claridad, la pasión por los 
estudios teológicos unida al deseo de novedades y la 
aparente conciliación de la fe con el examen individual 
(conciliación cuya imposibilidad han ido demostrando 
de cada vez más los hechos posteriores); hubiéramos 
querido que el traductor aclarase en una nota esta im- 
portante materia. 

Volviendo á la traducción, hemos observado la adop- 
ción que, según parece, se va haciendo común, de la 
palabra lengüista^ y sin ánimo de zaherir al traductor 
que no ha hecho más que seguir el ejemplo dado por mu- 
chos otros; nos tomaremos la libertad de terminar este 
ligero artículo con una observación sobre ciertas inno- 
vaciones lingüisticas que hoy están en boga, hecha, ya 
antes que por nosotros, por el distinguido lingüista Llau- 
sás. No ha bastado, en efecto, la manía de cambiar la 
colocación de los acentos, por la cual sino por ignoran- 
cia dicen algunos erudito y sublime^ mientras otros 
consideran de mal tono pronunciar intervalo (y no zn- 
tervalo) y mineralogía á la manera de teología, sino que 
un errado respeto á la etimología (que deberá ser tam- 
bién etimológia) ha introducido las más extrañas for* 
mas, entre las cuales recordamos la citada de lengüista 
y la de madrideños. Siguiendo el mismo proceder debe- 
remos desterrar las formas riguroso y caluroso y decir 
selvaje por salvaje,, cora:{onal por cordial, padral por 
paternal^ hijal por filial, etc. Lo absurdo de los resulta* 
dos demuestra la falsedad del principio. 

Diario de Barcelona, i856. 



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DICCIONARIO ETIMOLÓGICO 

DE LA LENGUA CASTELLANA 

por el Dr. D. P. F. Monlau. 



Buen título de recomendación lleva consigo la pre- 
senté obra en el nombre de su autor, generalmente 
conocido por trabajos de diversa índole, los que, todos 
ó la mayor parte, ofrecen la clase de mérito de que 
en su género son susceptibles. Provisto de variados 
conocimientos, hábil y laborioso, se ha visto con ánimo 
de acometer no pocas empresas literarias, así como el 
tacto para adivinar el gusto del público, la diligencia 
en reunir materiales y un verdadero talento de expo- 
sición le han hecho sobremanera apto para propaga- 
dor de útiles conocimientos. 

El diccionario etimológico es probablemente una de 
las obras en que habrá empleado más tiempo y mayor 
trabajo, y una, sin duda, de las que habrá elaborado 
con más gusto y cariño. Según con laudable franqueza 
declara, debe mirarse como una compilación esmerada 
hecha con método y con Imposible crítica^ y por cierto 
no va fuera de camino cuando la califica de comple- 
mento á la gramática nacional, preparación al estudio 
de las lenguas sabias, satisfacción de una curiosidad 
natural y legítima é incentivo para avivar la afición 
á las tareas filológicas. 

El estudio de la etimología, es decir, del origen de 
las voces, es á la vez estudio de ideas y de palabras: de 
ideas, en cuanto nos enseña las que contiene un voca-^ 
blo envueltas y como disfrazadas en su significación 



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454 DICCIONARIO ETIMOLÓGICO 

actual y efectiva; y de palabras, en cuanto nos guia 
en muchos casos para emplearlas convenientemente. 
En muchos casos, decimos, pues ni en la simple eti- 
mología , ni en las distinciones puramente ideológicas, 
sino en el uso consignado por los escritores clásicos 
se hallará el verdadero criterio para fijar, en lo po- 
sible, las delicadezas de la sinonimia. Tal es, sin exa- 
gerarla, la importancia de los estudios etimológicos, 
además de su atractivo de curiosidad científica y de 
las luminosas aplicaciones históricas á que algunas 
veces se prestan. 

Bien es verdad que, en opinión de muchos, son tales 
estudios de todo punto inciertos y arbitrarios, y debe- 
mos confesar que á este descrédito han contribuido 
los errores de doctos etimologistas. Hubo entre ellos 
latinistas exclusivos, y que como tales debieron aguzar 
mucho el entendimiento para hallar el origen de todas 
las palabras modernas. Así Ménage deriva bizarro de 
bis varius, resuello (de origen germano) de hinnulus^ 
alfana de equus. 

Al/ana vient á' equus sans doute, 
Mais il faut avouer aussi 
Qu'en venant de la ¡usqu'ici, 
11 a bien changé sur la route. 

Hubo los celtomanos, acerca de los cuales nos per- 
mitiremos una cita algo larga de un escritor bretón, 
que como suelen los bretones, es muy buen hijo de 
su provincia: «El idioma bretón, dice, reconoce por 
enemigos declarados al prefecto ó al subprefeao, natural 
representante del sistema de nivelación general cono- 
cido por el nombre de centralización, y en especial al 
maestro de primeras letras, quien, á la manera del 
emperador Nicolás, castiga severamente al niño que 
ha cometido el crimen de pronunciar alguna palabra 
de la lengua que le enseñó su madre; mas tiene también 
ardientes apologistas, celosos apasionados que lo dan 
por origen de todas las lenguas del mundo, y no hallan 



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DE LA LENGUA CASTELLANA. 455 

dificultad alguna en demostrar que el griego hippos, 
el latín equus^ el francés cheval^ el inglés horse y el 
alemán ;7/(?rrf derivan evidentemente del celta marc*hy 
lo que parecerá muy claro cuando se sepa que las dos 
reglas de la ciencia etimológica son las siguientes: 
I.» no hacer caso alguno de las vocales; 2.* hacer muy 
poco caso de las consonantes. Es por otra parte muy 
seguro que se hablaba bretón en el paraíso terrenal etc.» 
A estos manos ó maníacos podemos añadir los ibero ó 
euskaro-filoSy á uno de los cuales tuvimos el gusto de 
oir explicar con mucha frescura las raíces vascas de al- 
gunos apellidos catalanes y las de las poblaciones Vi- 
llafranca y Villanueva. 

Otros se han dejado llevar de la sutileza de espíritu 
ó bien de aprensiones fonéticas como el que derivó 
agua de a qua^ villano de vi planus y como el ilustre 
autor á quien se le antojó ver en cadáver los restos de 
las tres palabras CAro DAta VERmibus. A esto hay 
que añadir las dificultades que pueden ofrecer alguna 
vez las mejores etimologías, conforme se observa en 
la de itálico que explicaría el hidalgo^ si no fuese evi- 
dente el hi d'algOj y la especiosa de Lande-Goth^ corres- 
pondiente á la indudable de Goth^Lande para Cataluña, 
pero que viene al suelo con la certísima átLangue d'^oc. 
Y por fin las transformaciones que han sufrido ciertas 
radicales, aunque en nada disminuyan la realidad de 
la derivación, dan pábulo á las dudas de los desconfia- 
dos, como sucede en las indisputables de dies para el 
italiano jorno, de de ipsa hora hodie magis para el pro- 
venzal deser huey mais y, según parece, la Atpilus para 
el inglés %pig (peluca). Mas á pesar de tales reparos no 
cabe duda en que la etimología ha dado resultados segu- 
ros ó cuando menos muy probables, siempre que se ha 
procedido con tiento, que no se ha ido á caza de descu- 
brimientos peregrinos y se ha tenido debida cuenta de 
las analogías y de los datos históricos. 

Tiempo es ya de entrar en el análisis de la obra que 
ha dado ocasión á las anteriores observaciones. Remon- 



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436 DicaoNARio etimológico 

tándose acertadamente al origen de los conocimientos 
que trata de exponer, comienza explicando la estruc- 
tura de las voces y la naturaleza de vocales y articula- 
ciones. Entre las primeras mira la A como primitiva 
y las demás como modíñcaciones de la misma: á este 
sistema preferimos el del triángulo A, I, U. cuyos vér- 
tices ocupan la garganta, el extremo superior del pala- 
dar y los labios, y cuyos lados AI, AU y lU dan lugar 
á las vocales mixtas y variables E, O y U llamada fran- 
cesa. De seguro que la simple emisión del aliento no 
daría la A, sino la espiración, un simple resuello, sí 
no chocase contra un punto del aparato oral, es decir, 
si no hubiera un principio de articulación. 

Siguen los tratados de las raíces y radicales, de las 
derivaciones gramatical é ideológica de los prefijos, su- 
fijos y desinencias, de las voces simples y compuestas, 
de las alteraciones eufónicas, etc.: puntos fundamentales 
para el objeto que el autor del Diccionario se propone 
y en que da muestras de la lucidez y del método que le 
distinguen y que tan esenciales son para semejantes in- 
vestigaciones. 

Al tratar de la ortografía, puesto, como etimologista, 
en el caso de defender intrépidamente el honor del pa- 
bellón, no sólo se declara partidario de la escritura eti— 
mológica, sino que impugna toda reforma con visos de 
fonética, hasta el punto de adoptar las entusiastas exa- 
geraciones de Ch. Nodier que miraba como un verda- 
dero acto de falsario, toda innovación ortográfica. Con- 
cede, sin embargo, que el ideal alfabético sería el de un 
solo signo para cada sonido : sistema que, por más que 
se diga, tendría entre otras ventajas la de fijar y perpe- 
tuar la pronunciación. Reconozcámoslo francamente y 
sin admitir las innovaciones, si bien razonadas, trivia- 
les y utópicas de ciertos pscudo-in ventores, sin atacar 
la ortografía francesa, que es acaso un mal necesario, 
congratulémonos de poseer nosotros un sistema casi 
fonético, admitiendo algunas irregularidades y llevando 
la tolerancia hasta el punto de no desechar la misma x. 



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DE LA LENGUA CASTELLANA. 45/ 

con tal que se contente del modesto oficio de abreviatu- 
ra de es 6 gs (como se quiera) y no usurpe la represen- 
tación de otro sonido para el cual tenemos ya más de 
un signo. 

En la parte que el Sr. Monlau destina á dar una idea 
de los orígenes primitivos de la lengua castellana, los 
enumera con cuanta exactitud y precisión en semejante 
trabajo puede exigirse. Notaremos únicamente que exis- 
ten raíces célticas muy seguras (como que los clásicos 
latinos nos atestiguan su adopción), v. gr. la de lenca, 
alauda^ etc.; y que no es la mejor entre las excelentes 
razones que prueban la procedencia latina de nuestro 
idioma, la de que éste admite accidentalmente ciertas 
fórmulas, como ad hoc, in extremis, etc. 

Completan los prolegómenos del Diccionario intere- 
santísimas tablas etimológicas de desinencias, prefijos, 
sufijos, eufonías (ó por mejor decir, cambios de letras, 
pues ho siempre gana en ellos el sonido), etc. Sólo echa- 
mos de menos en las tablas, lo propio que en el Diccio- 
nario, un signo tipográfico que distinga los nombres 
propios de origen extranjero y los técnicos ó científicos, 
pues las etimologías de entrambos pertenecen á una 
categoría enteramente diversa de las correspondientes á 
las dicciones que constituyen el verdadero fondo del 
idioma. 

Del Diccionario etimológico bastará decir que es el 
más completo que en nuestra lengua se ha publicado, 
sin que sea necesario notar este ó aquel vacío, ni entrar 
en controversias sobre una ú otra derivación particular. 
Demos gracias al Sr. Monlau por su bien aprovechado 
trabajo, y por vía de ejemplo, y para excitar la curiosi- 
dad de los lectores, citemos algunas etimologías que 
nos han parecido poco conocidas. Tales son la de ha:{ ó 
fa\ para acerico (especie de almohada), la del italiano 
bisogno (necesito ó necesidad) para el soldado bisoñOy la 
de can para canalla, la de Galaxa para el camino de 
Santiago (nombre dado á la Via láctea)^ la de la ciudad 
de Enkuisen para la Inclusa de Madrid, la de canis 



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458 DICCIONARIO ETIMOLÓGICO DE LA LENGUA CASTELLANA. 

gallicus para perro galgo^ la de Juan ó Iban para Iba- 
ñe\^ la de orne nado y res nada para nadie y nada. He- 
mos notado también una ingeniosa explicación gráfica 
de los tiempos del verbo y una teoría sobre las conjuga- 
ciones latinas que supone haber sido en el origen una 
sola. 

Termina la obra con un índice bibliográfico de útil 
consulta, el cual demuestra que no cabe, á los humanis- 
tas españoles, la peor parte en este ramo de filología. 

Diario de Barcelona^ i5 de Mayo de i856. 



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PINTURA CONTEMPORÁNEA. 



KAULBACH. 



No es cierto que sean siempre estériles las restaura- 
ciones artísticas. Buen ejemplo de ello tenemos en la 
que emprendieron, aun no muy entrado el presente 
siglo, unos pocos jóvenes pintores alemanes animados 
de purísimo entusiasmo, y que dio lugar á una escuela 
indudablemente destinada á fígurar en los tiempos veni- 
deros como período señalado de la pintura. Lo que al 
principio fué tan sólo, según parece, imitación del añejo 
estilo alemán, se engrandeció muy luego, no ya con la 
imitación directa, sino con el íntimo estudio de la pin- 
tura más noble é ideal del primer renacimiento italiano, 
y en ella descubrieron no sólo halago y sentimiento y 
calor é inspiración nativa, sino principios sólidos y fe- 
cundos que con notable inteligencia se apropiaron. No 
tardó en descollar un digno caudillo de la nueva legión 
pictórica: Overbeck, cuyo nombre ha adquirido ya 
universal celebridad, á pesar de la indiferencia de unos 
y de los desdenes de otros; figura única en nuestros 
tiempos por la belleza de su alma y de sus creaciones y 
que tan al vivo nos recuerda al Beato de Fiésole, es- 
pléndido tipo del artista cristiano. Como de caudaloso 
manantial, han ido brotando del pincel del maestro 
innumerables representaciones, ya históricas, ya simbó- 
licas, todas religiosas, todas impregnadas de entrañable 
sentimiento místico; todas de formas purísimas y hen- 
chidas de dulzura é ideal belleza, si bien en ocasiones 
ha mostrado no estarle negada ni la expresión de lo 
enérgico, ni la franca reproducción de lo natural, ni la 
concepción grandiosa y atrevida. Diga lo último su cua- 
dro de las Artes inspiradas por la Religión^ donde sin 



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460 PINTURA CONTEMPORÁNEA. 

embargo, para decir verdad, nos parece descubrir algún 
rasgo de simbolismo excesivamente infantil y primitivo. 

La fresca y saludable inspiración reanimó el espíritu 
de buen número de aspirantes á la nombradla artística, 
siendo los primeros otros hijos de Alemania, junto con 
algunos italianos que con muy buen derecho podían ha- 
llar una parte propia y nacional en las nuevas y felices 
tentativas. La misma Francia artística, si bien enorgulle- 
cida con sus pretensiones á la universal iniciativa y con 
su farisaica fidelidad al espíritu del siglo, no ha dejado de 
sentir con eficacia la influencia del nuevo género, como 
es de ver no tan sólo acaso en los que se declaran sus 
partidarios, mas aun también en otros que creen seguir 
sendas enteramente apartadas ; y sin duda antes que la 
última nación, contó nuestra España (á la cual tan tarde 
suele llegar el eco de lo bueno y aun de lo malo que 
fuera se hace) pocos pero decididos defensores del nue- 
vo sistema, á quienes debimos bellas muestras de sus 
efectos y el conocimiento de las peregrinas enseñanzas 
en que se apoya. 

Luchando este sistema con oposiciones diversas, ha 
ido propagándose al compás de los años, si bien haya 
habido tal vez alguna defección, para cuyo logro se 
habrá conjurado con otras seducciones el anhelo de no- 
vedad que nunca ceja. Y en nada obsta á cuanto lleva* 
mos dicho, el. que algunos se hayan esforzado para 
abrirse caminos más solitarios y para dar muestras de 
mayor individualidad é independencia, pues ni á ello 
podría oponerse la primitiva doctrina, ni ésta se ha de 
creer infringida con tal que se conserven sus principios 
esenciales y constitutivos. Por tales tenemos el absoluto 
abandono de la rutina, del amaneramiento y del mal 
gusto, el igual apartamiento del falso naturalismo y de 
la frialdad é hinchazón académicas; la preferencia dada 
al concepto, al fin, al conjunto, sin desatender en mane- 
ra alguna la expresión, los medios, los pormenores ; el 
desprecio de los efectos conseguidos á expensas de la 
seriedad de ejecución ; el estudio exclusivo de las épocas 



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PINTURA CONTEMPORÁNEA. 46 1 

sanas y primarias del Arte, y finalmente cienos procedi- 
mientos, si bien técnicos, de no poca monta, que no 
pudiéramos nosotros precisar debidamente. No menos 
que en las obras del maestro antes mencionado, brillan, 
á no engañarnos, tales principios en los de otro pintor 
de más reciente nombradla, el prusiano Kaulbach; con- 
cepciones de todo punto sorprendentes, aun para los 
que sólo literariamente y á favor de la inspección de 
algunos grabados podemos apreciarlas. 

Manifiestan ellas al punto que no han sido concebi- 
das ni ejecutadas tan cerca^de aquel foco de llama pura 
y concentrada que da vida, espíritu y sentido á las mís- 
ticas creaciones de Overbeck y de su escuela, y nótase 
muy luego que lo que en éstas es pureza, sentimiento y 
dulzura, es en aquéllas vigor, imaginación y grandeza. 
Por sus proporciones y por su alcance, los argumentos 
escogidos por Kaulbach son propios para satisfacer á los 
que no se contentan con asuntos más modestos, y que 
en punto á hechos históricos en especial, creen indigno 
de la generación presente los que sólo ofrecen un hori- 
zonte nacional y limitado; como que los representados 
por Kaulbach se refieren á épocas decisivas en la suerte 
del género humano, y presentan, si cabe decirlo así, el 
carácter de la historia universal. Mas á diferencia de 
muchos otros, dotado de fuerzas proporcionadas á la 
empresa, antes de acometerla ha consultado quid valeant 
humeri^ y traslada sus argumentos sin achicar su gran- 
deza, pero sin exagerarla tampoco. 

En su Batalla de los Hurtos^ que fecha de algunos 
años, dio ya cumplida muestra de la pujanza y origina- 
lidad de su ingenio Sirvióle de tema una tradición 
fantástica y misteriosa que nos ha conservado la histo- 
ria. Figura én línea inferior el campo de batalla cu- 
bierto de varios grupos de cadáveres, de moribundos y 
de mujeres querellosas, mientras en la región de las 
nubes se traba aérea contienda entre combatientes que 
poco ha yacían también yertos en el polvo, conforme 
demuestran los que van ascendiendo por entrambos 



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462 PINTURA CONTEMPORÁNEA. 

lados, unos animados con el ardor de la pelea, otros á 
medio despertar y perezosamente. Entre los diversos 
trajes y fisonomías de las gentes que componían en- 
trambos bandos, entre escenas de agonía y de matanza, 
distingüese un guerrero que sostiene una enseña supe- 
rada de la cruz (cuyo esplendor es el único que ilumina 
el cuadro en la composición pintada y definitiva), y 
descuella majestuoso y selvático Atila, llevado sobre un 
pavés y armado del fatídico azote. 

El cuadro de La caída de Jerusalén presenta feliz- 
mente simbolizados en un corto número de escenas 
todos los aspectos de su grandioso argumento : los pro- 
fetas que vaticinaron la ruina de la santa ciudad; á sus 
pies los obcecados judíos cuya obstinación parece desa- 
fiar las irrevocables profecías; á un lado la entrada de 
los romanos que marchan decididos y triunfantes; el 
sumo sacerdote que se da la muerte; mujeres que se 
preparan á saciar su hambre con los miembros de un 
niño; más abajo un grupo, lleno de sosiego y de pure- 
za, de cristianos que abandonan el maldecido recinto, y 
al lado opuesto la antigua y significativa personificación 
del judío errante que huye perseguido por ángeles ven- 
gadores. 

Una de las obras más recientes de Kaulbach y la que 
al parecer ha causado más universal sorpresa, es La 
destrucción de la torre de Babel, Oculta ésta en gran 
parte por la figura de Jehovah y de los ángeles ministros 
de sus justicias, vese en su primer rellano á Nemrod con 
muestras de concentrada desesperación, sentado todavía 
en su trono ya impotente, cuyos lados quebrantados 
han dejado caer los ídolos que le daban esplendor y 
fuerza. Yacen á sus pies exánimes sus concubinas y ro- 
deante los antiguos ministros y servidores, unos pasma- 
dos é inmóviles, alguno con trivial expresión de mofa y 
otros como dispuestos á abandonarle. Siguiendo diver- 
sas direcciones, dan los primeros pasos para derramarse 
por la tierra las tres primitivas familias del género bu- 
mano. Marcha á la derecha la de Sem, seguida de su 



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PINTURA CONTEMPORÁNEA. 463 

patriarca, quien extiende sobre ella sus brazos en ade- 
mán de bendecirla, mientras con sus ojos implora el 
auxilio de Jehovah. En medio la de Cham salva sus 
ídolos no menos grotescos que el aspecto de los que la 
componen. A la izquierda del cuadro la numerosa y 
activa progenie de Jafet va extendiéndose á lo lejos, y 
en sus más próximas figuras de un bello mancebo, de 
un guerrero á caballo, de un niño que da aliento á una 
gaita, etc., se observan los tipos de las futuras y pode- 
rosas congregaciones de griegos, germanos, celtas y de- 
más tribus occidentales. Nótase en un ángulo inferior 
del cuadro al orgulloso arquitecto machacado por los 
suyos con los mismos instrumentos y materiales de la 
temeraria construcción. 

Argumentos iguales ó del mismo tamaño han visto 
muchos representados en los conocidos cuadros del in- 
glés Martinns, los que, cualquiera que sea su mérito 
pictórico, sobrecogen indudablemente la imaginación, 
y en ella imprimen una huella semejante á la que deja 
la lectura de los sublimes textos históricos que los mo- 
tivaron. No cabe empero mayor distancia que la que 
media entre el estilo del pintor inglés y el del alemán. 
El efecto de aquél se debe únicamente, aparte una inne- 
gable grandeza de concepción, al arte del decorador 
escénico, á un hábil juego de perspectiva, de ráfagas de 
luz y de sombras densísimas; al paso que Kaulbach 
confía únicamente en las situaciones simbólicas, en la 
expresión de las fisonomías y actitudes, y en los demás 
recursos ordinarios de la verdadera pintura. Hasta se 
diría que va en pos de la explicación más bien que de 
la representación del hecho ; ahorra en lo posible los 
espacios y no se muestra pródigo de figuras; mas si 
con esto evita la confusión y la complicación ambicio- 
sa, acaso se mantiene demasiado apartado de la impre- 
sión de lo indefinido que á tales asuntos pudiera de- 
mandarse. 

Diario de Barcelona^ 3i de Mayo de i856. 



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SIMPLE ADVERTENCIA. 



Es un hecho, ya generalmente reconocido, que en 
nuestra época la literatura va cediendo el paso á la eru- 
dición; que á las fruiciones estéticas sustituye de cada 
vez más el placer de la curiosidad, de la novedad y de 
la memoria; que los frutos del ingenio humano y los 
restos de los pasados tiempos se miden al parecer y se 
aprecian por el peso y la cantidad (estableciéndose hasta 
en este punto una especie de nivelación y behetría); que 
las calificaciones laudatorias suelen á menudo aplicarse 
sin el debido tacto y discernimiento. 

Bueno sería, pues, establecer una jerarquía que guia* 
se para colocar en su lugar correspondiente cada uno 
de los diferentes monumentos que la moderna investi- 
gación se muestra tan afanada en descubrir, en compi- 
lar ó en ilustrar. Para dar un paso, siquiera insignifican- 
te, en este terreno, y sin ánimo de entrar en delicadas 
cuestiones de sinonimia, indiquemos desde luego que 
no ofrecería grandes dificultades distinguir en la mate- 
ria á que aludimos entre lo bello (calificación superior 
que no debiera prodigarse), entre lo interesante y lo 
simplemente curioso. 

¿Con que se tropieza alguna vez con lo bello en los 
estudios arqueológicos? nos redargüirá alguno aun más 
desconfiado que nosotros. No tanto como se figuran ó 
nos figuramos acaso los aficionados á ellos, pero más de 
lo que estarán dispuestos á admitir los que se dejan 
llevar por las primeras apariencias. Y en efecto, redu- 
ciéndonos á la Edad media y aun dejando aparte la 
Divina Comedia y la Arquitectura gótica que son las 
dos maravillas artísticas de aquel período, el que re- 



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SIMPLE ADVERTENCIA, 405 

mueve ya sus grandiosas ruinas, ya sus confusos escom- 
brosy da tal cual vez con restos de inestimable belleza. 
Monedas hay en que, ora la imperfección del dibujo, 
ora la capa de orín de que las ha cubierto el tiempo, 
ora también la falta de perspicacia en los ojos de los 
que las examinan, no permiten reconocer sus dotes de 
expresión, de composición y de concepto. Hay nobles 
poemas como el de Rolando y el del Cid que descuellan 
entre los que pudieran creerse sus pares por el nombre 
y el género, pero que amanerados y menos significati- 
vos, les son en gran manera inferiores. Al lado de la 
historia poética, la historia real nos ofrece páginas, no 
pocas veces bellas, en los Joinvilles y Muntaneres, los 
Villehardouines y los Villanis, los Froissarts y los Aya- 
las. Entre el excesivo cúmulo de composiciones, á vuel- 
tas de la barbarie moral y artística, la poesía popular 
guarda riquísimas perlas. La pintura ostenta delicadísi- 
mas flores cuyos gérmenes, devueltos á una tierra fértil, 
produjeron las plantas más lozanas que han admirado 
humanos ojos. No olvidemos en manera alguna la suma 
inspiración y el hondo sentimiento que entrañan los 
religiosos cánticos, ni la suavísima poesía de las místi- 
cas leyendas. 

Menos propio parece de la época que nos ocupa lo 
lindo, lo bonito, diminutivo ó degradación ó más bien 
rudimento de lo bello, pero también asoma tal cual vez 
en medio de algunos destellos de belleza en la lírica pro- 
venzal; percíbese como un acento que presagia débil- 
mente lo venidero en los primeros imperfectos acordes 
de la poesía toscana. 

Mayormente abunda lo interesante, como que se re- 
fiere á cuanto es capaz de arrojar una luz viva sobre los 
variados anales del linaje humano. Pormenores de un 
hecho importante, pero imperfectamente conocido, in- 
dicios que confirmen ó destruyan otro hecho dudoso, 
datos que nos ilustren acerca de las costumbres ó del 
estado de los ánimos ó del curso de las ideas, todo tiene 
entrada en la presente categoría. Suele decir una perso- 

3o 



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466 SIMPLE ADVERTENCIA. 

na que ha restaurado un período de nuestra historia pro- 
vincial (i) y que es autoridad grande en la materia, que 
en su larga carrera no ha examinado documento alguno 
enteramente desprovisto de interés, bien así como se 
halla contenida una partícula mineral en la menor gota 
de agua. Pruébanos esta observación que hemos de dar 
valor á todos los documentos, no por ser tales, sino por 
la partícula de interés que cuando menos contienen, sin 
que olvidemos tampoco que entre lo que pertenece al 
capítulo de lo interesante deben admitirse gradaciones, 
y que así como el juicio crítico -estético debe distinguir 
lo bello de lo bonito, el discernimiento crítico-histórico 
no ha de permitir que se confunda lo que aquel título 
merece con lo curioso. Y además de esto, el que en un 
tiempo se haya trascordado este ó aquel estudio, no 
prueba que se haya de dar una exagerada importancia á 
todo lo que poco ó mucho puede ilustrarlo. 

Como desperdicio de las anteriores categorías queda 
lo curioso, cuyo cultivo puede también ofrecer su utili- 
dad propia. Recordamos que en su bello estudio sobre 
la entrada de los francos en Italia, dice Manzoni, con mo- 
tivo de una investigación secundaria (y lo dice con aque. 
lia ligera ironía que puede parecemos un poco amarga, 
pero que no lo es de seguro para un alma que se halle 
á la altura del autor de I promessi sposi), que sería 
muy de desear que alguno de los entretenidos en moles- 
tar al prójimo, tomase aquella investigación á pechos y 
no la dejase hasta haber consumido en ella mucho tiem- 
po. Sin pertenecer á tan odiosa clase, muchos hay á 
quienes aprovecha la afición á lo curioso, la cual les 
impide, si no molestar á los demás, á lo menos moles- 
tarse á sí mismos. Por otra parte, tal ó cual noción que 
no se juzgará sino curiosa, combinada con otra de la 
misma ó superior jerarquía, ó aprovechada de un modo 
inesperado por un escritor de talento, puede en ocasio- 
nes convertirse en interesante ; y cuando menos la afi- 



(1) D. Próspero BofaruU. (Nota de esta edición.) 



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SIMPLE ADVERTENCIA, 467 

ción á lo curioso supone cierta predilección ó cierto 
presentimiento de los goces intelectuales. 

Mas ¿en qué consiste, se preguntará, lo curioso? En 
colecciones de versos malos ó que no lleven otra reco- 
mendación que su extrañeza ; en fechas de sucesos de 
importancia secundaria; en autógrafos despreciados por 
sus autores ó en datos juiciosamente suprimidos por los 
investigadores que han tratado ya la materia á que per- 
tenecen. En una palabra, en cuanto es objeto de los 
estudios arqueológicos, y no merece entrar en las dos 
anteriores jerarquías de lo bello y de lo interesante. Tal 
es el pasto de los colectores y bibliógrafos; tal es el útil 
entretenimiento de achacosos celibatarios, de misántro- 
pos y misóginos. 

Diario de Barcelona^ 2| de Julio de i856. 



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CARTA DE parís. 



París 20 de Agosto de i856. 

Sr. Director del Diario de Barcelona : 

Puesto ya el pie en el estribo, tomo la pluma para 
cumplir con el propósito de comunicarle á V. algunas 
observaciones literarias, sugeridas por una rápida ex- 
cursión á esta ciudad ruidosa. Dos objetos que mayor- 
mente se hubieran prestado á semejantes observaciones 
se echan de menos actualmente por efecto de la estación. 
— Las lecciones más ó menos superiores, dadas en los 
diversos establecimientos de instrucción pública en que 
se cuentan personas notabilísimas, y el teatro monumen- 
tal francés, es decir, la antigua tragedia clásica; motivo 
de orgullo exagerado para los franceses, pero cuya con- 
servación no deja de ser un notable fenómeno literario. 
Debiendo, pues, prescindir de entrambos espectáculos ó 
audiciones, deseábamos vivamente la celebración de 
alguna sesión académica, y hubiéramos considerado 
como una granjeria el que hubiese tenido lugar la re- 
cepción de algún literato distinguido, de Falloux, por 
ejemplo ; mas tales ceremonias se reservan también para 
el privilegiado Invierno. Hemos podido, sin embargo, 
asistir á una sesión de la Academia de Inscripciones y 
Buenas Letras, y á otra del Instituto, ó sea de las Cinco 
Academias reunidas (Lengua, Inscripciones, Ciencias 
morales y políticas, Ciencias exactas y Bellas artes), ce- 
lebrada la última el 14 del corriente, en vez del i5, día 
de la fiesta imperial, con la intención, según es fama, 
de que no se confundiesen los trabajos de las sabias cor- 
poraciones con las iluminaciones y fuegos de artificio. 
Oímos, pues, en una y otra sesión, asaz interesantes me- 



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CARTA DE PARÍS, 469 

morías, entre las cuales recordamos una relación de los 
trabajos de investigación hechos recientemente por la 
escuela francesa en las ruinas de Grecia, el examen de 
un antiguo poema, relativo á las victorias de Sesos- 
tris, etc. Sin hallarnos en el caso del joven abate Bar- 
thélemy, que al llegar á esta capital buscaba con afán 
hasta á los autores de charadas que había descifrado en 
su provincia, y bastante decaídos del juvenil entusiasmo 
por los esplendores y aun por los fuegos fatuos de las 
ciencias y de las letras; todavía anhelábamos contemplar 
desde nuestro asiento alguno de aquellos hombres fa- 
mosos que ya un mérito extraordinario, ya las fuerzas 
de las circunstancias han puesto en comunicación inte- 
lectual con cuantos leen ó meditan en los puntos más 
apartados de la culta Europa. 

Sólo imperfectamente quedó también satisfecho este 
deseo. Se nos indicó á dos hombres distinguidos pero 
de modesta reputación : á Floquet que la ha adquirido 
dándose por entero á investigaciones biográficas sobre 
Bossuet, de cuya vida ha llegado á conocer algunos 
pormenores con más exactitud que Bossuet mismo; y al 
helenista Egger, conocido principalmente por sus estu- 
dios acerca de la crítica griega. Finalmente, tuvimos el 
gusto de ver á Villemain, cuyo aspecto, por cierto, no 
realiza cuanto pudiera exigir la imaginación : anciano 
ya, aunque verde, presenta el tipo característico del 
viejo francés, de fisonomía perspicaz y un poco burlo- 
na, tipo que en él se halla, sin embargo, ennoblecido. 
Si por buena suerte hubiese pronunciado algún discur- 
so, hubiéramos podido apreciar aquella declamación 
profesional que tanto contribuyó al efecto de sus leccio- 
nes en la Sorbona y que sin duda tiene otros halagos 
que la entonación sostenida y bastante uniforme que en 
los demás académicos notamos. Uno solo se distinguió^ 
y de una manera marcada ; este fué Viennet, que con su 
epístola sobre la tragedia, terminó con una verdadera 
piti-pieza el grave espectáculo académico. En efecto, los 
oyentes que hasta entonces habían permanecido con 



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470 CARTA DE PARÍS. 

imperturbable continente ó con una seriedad más ó 
menos atenta, al oir los pasos satíricos de que estaba 
artificiosamente sembrado el didáctico poema, se entre- 
garon, no á la urbana sonrisa recomendada por los pre- 
ceptistas, sino á ruidosos aplausos y carcajadas. El efec- 
to producido por la lectura de Mr. Viennet probó por 
la centésima vez que el público siempre se interesa más 
en lo que le recuerda lo que ya sabe ó le repite lo que 
ya piensa que en lo que le enseña algo nuevo. No hay 
que decir que algunos de los rasgos cómicos de la epís- 
tola fueron alusiones poco embozadas, tales como por 
especialísimo privilegio se las permite la Academia: así 
al hablar de la nivelación de las costumbres, incluyó en 
ella á los graves senadores aunque por otra parte paga- 
dos. Mas debemos abstenernos de dar á estas líneas un 
interés ajeno á la literatura, y limitándonos á las refle- 
xiones que ésta consiente, observemos que son en verdad 
un hermoso espectáculo y digno de esta (á pesar de todo) 
gran nación, semejantes ceremonias académicas solem- 
nemente celebradas y en que todas las clases de la so- 
ciedad acuden á pagar un tributo á los altos estudios. 
La fiebre de la ganancia que no ha podido acabar con 
el amor á las letras, tampoco ha extinguido en todos los 
pechos el culto de las Bellas artes. A pesar del admirable 
afán de nuevas construcciones, son en gran manera res- 
petados los monumentos de los pasados tiempos: hasta 
en Burdeos, ciudad moderna si las hay, vimos respetuo- 
samente conservados los destrozados restos del anfiteatro 
de Galieno (curiosa muestra del ingenioso opus spica^ 
tum de los romanos), y hay dos grandiosas puertas de la 
Edad media, llamadas del Palacio y de la Casa de la Ciu- 
dad; y en efecto, ¿qué nuevo edificio podría compensar 
la pérdida de estos objetos, singulares en su género? Por 
otra parte, do quiera se atiende á la respetuosa conserva- 
ción y restauración de las antiguas catedrales, las cuales 
de esta manera pasarán íntegras pero renovadas á la pos- 
teridad. De paso notaremos que si prueba cierta reserva 
llena de buen gusto el dejar á los fragmentos restaura- 



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CARTA DE PARÍS. 47 1 

dos SU color natural, fiando á la acción del tiempo el 
cuidado de uniformarlas con las antiguas piedras, daña, 
sin embargo, la marcada diversidad de matices al efecto 
actualmente producido por las venerables fábricas. Que- 
da, pues, en esta parte un problema que resolver* ¿Con- 
sideraremos también como tal la decoración interior de 
las catedrales, ajustada á los usos de la Edad media y 
por consiguiente á la mente primitiva del artista? Sabido 
es al presente que muchos, si no todos, los antiguos 
templos góticos, debían ser polícromos; y así en las 
entendidas y completas restauraciones de la Santa Capi- 
lla, de Nuestra Señora, etc., se han cubierto paredes, 
bóvedas y columnas con minuciosos adornos pintados. 
El efecto es en verdad peregrino: diríase que la magia 
celestial de las transparentes vidrieras se ha comunicado 
á todo el sagrado recinto; pero ¿compensa la supresión 
del barniz dado por los siglos? en una palabra, si son 
bellas entrambas arquitecturas góticas, ¿cuál lo es más? 
¿la imaginada por el arquitecto de la Edad media, ó la 
comenzada por él y terminada por el tiempo? 

El movimiento del arte religioso se observa también 
en nuevas construcciones, principalmente en el templo 
de estilo gótico dedicado á Santa Clotilde y en la basíli- 
ca de San Vicente de Paul. Magnífico es el friso de esta 
última, debido al pincel de Flandrin, que ha reproduci- 
do en parte, aunque mejorándola, según parecer de 
personas inteligentes, la gran composición, ó mejor, 
serie de composiciones en que Fürlich presentó las di- 
versas jerarquías de los santos. 

Obras como la de Flandrin prueban que no han des- 
aparecido los gérmenes de la verdadera belleza, la cual, 
á decir verdad, no se halla tan frecuentemente en esta 
suntuosa capital como lo rico, lo grande, lo espléndido. 
Esta es á lo menos nuestra opinión, que nos consta ser 
opuesta á la de ios hijos naturales del país, y aun á la 
de los adoptivos cuyo amor no parece menos ciego. 

Diario de Barcelona, i856. 



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I.-DANTE.-BiogFafía. 



Popularísimo es el nombre de Dante, no sólo en su 
país natal, sino también en todo el universo culto. Si 
bien no faltan entre nosotros entendidos admiradores 
de esta obra insigne, si de ella han recibido felices ins- 
piraciones algunos de nuestros artistas, y según es fama, 
existe inédita una moderna traducción en verso de todo 
ó parte de la misma, el estudio literario de la Divina 
Comedia no ha dado, que sepamos, muestras públicas 
hasta el presente día. Decímoslo por nuestro siglo, pues 
en el inmediato á la composición del poema, era éste el 
libro magistral de los literatos españoles : el celebrado 
Imperial se afanaba por caminar á la huella del gran 
poeta florentino : Santillana y Juan de Mena reprodu- 
cían, si no el encanto poético, el espíritu alegórico de 
sus visiones: Villegas lo vertía en el añejo metro dode- 
casílabo, y con mayor y tal vez excesiva fidelidad lo 
traducía al catalán el valenciano Febrer, al paso que el 
marino, cosmógrafo y escritor ascético Jaime Ferrer 
comentaba algunas de sus sentencias en el mismo idio- 
ma (i). 

Cuando fuera de Italia, París, Berlín y Bruselas han 
abierto cátedras dantescas que reproducen la primiti- 



(1) Jaime Ferrer de Blanes (disÜDto de otro marino del mismo 
nombre, explorador, á mediados del siglo xiv, de las costas de Gui« 
nea, según el antiquísimo atlas catalán conservado en París ), uno, 
si no el principal, de los que intervinieron en la división del Océano 
entre los Reyes Católicos y el de Portugal, compuso, además de 
otras obritas, la intitulada Sentencias católicas del divi poeta Dant, 
florentif compiladas per lo prudentissim mossen Jaume Ferrer de 
Blanes, publicada en 1545. De esta obrita , que aunque impresa es 
mucho menos conocida que la traducción inédita de Febrer, hemos 
visto un ejemplar en la Biblioteca episcopal de Barcelona. 



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I — DANTB. 473 

vamente establecida en las principales ciudades de aque- 
lla nación, cuando la sola bibliografía de los trabajos 
que ha dedicado nuestro siglo al gran poeta formaría un 
abultado catálogo, no parecerá por demás un brevísimo 
bosquejo que sirva de estímulo á unos para emprender 
la lectura de la Divina Comedia^ al paso que bien ó mal 
pueda suplirla para otros, seguramente no pocos, á 
quienes arredrarían las bien recompensadas dificultades 
que ella ofrece. 

Mas por modestas que sean las pretensiones de este 
simple estudio, bueno es tomarlo algo de arriba, empe- 
zando por trasladar los principales rasgos, puesta la 
vista en una excelente norma (la Vita di Dante por 
Balbo), de la biografía del poeta: preparación oportuna 
en muchos casos y en el presente de todo punto nece- 
saria. 

Durante, conocido por la abreviación de Dante y por 
el nombre gentilicio de Alighieri, destinado á pasar 
por tipo del bando imperial y gibelino, nació en Flo- 
rencia en Mayo de 1265 de una familia patricia que 
pertenecía al partido güelfo, es decir, al de los Sumos 
Pontífices y de las repúblicas italianas. Aunque perdió 
á su padre en la niñez, fué solícitamente educado y 
cursó las letras y artes liberales con el poeta eruditc^ 
Bruneto Latini, á quien tan agradecido se muestra en el 
poema, si bien le colocó en el infierno. 

Un incidente, en sí mismo nada extraordinario, in- 
fluyó muy temprano en la dirección de sus afectos y 
pensamientos y de sus concepciones literarias. A los 
nueve años no cumplidos llevóle su padre á celebrar la 
fiesta del primer día de Mayo en la casa de su rico veci- 
no Folco Portinari. Allí vio á la hija de Folco, á la 
niña Beatriz, por quien desde entonces concibió un 
amor tiernísimo y respetuoso: amor contemplativo que 
hasta excluía al parecer las pretensiones legítimas, según 
las singulares ideas de la época, pero que por otra parte 
se distinguió, á no dudarlo, por una completa pureza: 
recompensado al principio por un saludo que se le negó 



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474 '• — DANTE. 

más tarde, aun antes que de Beatriz lo exigiese el deber 
de su nuevo estado. Desde aquel punto se contó el niño 
Dante entre los mejores poetas de su tiempo, á todos los 
cuales aventajó muy en breve en sus nuevas poesías 
juveniles, que, junto con las de la infancia, comprendió 
en su Vita Nuova ó sea narración de los sucesos de su 
edad primera. En estas poesías, no menos que en la 
prosa igualmente poética que las acompaña, campea ya 
la mezcla de ideas platónicas y místicas, se anuncia el 
proyectado viaje poético á la región de los precitos y se 
representan visiones fantásticas pero eficazmente senti> 
das, en que ya aparece Beatriz rodeada de ángeles y en 
una esfera luminosa. 

Dante, cuya salud había menguado á efecto de sus 
sentimientos infantiles, que había amargamente llorado 
una partida de Beatriz, juzgúese con cuan patético acen- 
to debió cantar el temor de perderla para siempre. Cuan- 
do esta pérdida se realizó, cayó el poeta en un estado de 
suma postración y amargura, del cual, no menos que 
de los peligros que le ofrecía la vista de una gentil donna 
consolatrice^ sólo fué bastante á retraerle el estudio de 
la filosofía y especialmente de la filosofía religiosa. El 
Sueño de Escipión por Marco Tulio y el Libro de la 
j2onsolación de Boecio, fueron lecturas tan adecuadas 
para lograr este objeto como para fecundar los planes 
poéticos que ya abrigaba confusamente su fantasía. A 
esta época se atribuye también un dudoso noviciado en 
los claustros de San Francisco, á quien de seguro guar» 
dó toda su vida especial devoción, á cuyo cordón parece 
aludir en el comienzo de su poema, y cuyo hábito, se- 
gún se cuenta, vistió en sus últimos momentos. Ha« 
cia 1293 casó con Gemma Donati, de quien le muestra 
muy poco satisfecho la tradición de los antiguos biógra- 
fos, únicamente fundada en el insuficiente dato del si- 
lencio que acerca de ella guardaba en todo su poema. 

Mas el temple de ánimo de nuestro poeta no le permi- 
tía mantenerse encerrado en la vida contemplativa do- 
méstica, y le arrojó á las luchas que á su patria y á toda 



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1. — DANTE. 475 

la Italia revolvían. Gianno Della-Bella había dado á la 
república de Florencia una constitución enteramente 
popular. Sin duda para obtener entrada en los cargos 
públicos, se desprendió Dante de su nobleza, alistándose 
en la Orden de médicos y farmacéuticos con el título 
de poeta florentino. Logró muy luego la confianza de 
sus compatricios, que repetidas veces le enviaron de 
embajador, ya á los reyes de Francia, Hungría y Ñapó- 
les, ya al Papa Bonifacio y á las otras repúblicas italia- 
nas: prueba de cuan contentos debían estar de su activi- 
dad y elocuencia. Mas, como exclusivo dominador, no 
supo el partido güelfo mantenerse unido, y desde i3oo 
se presenta dividido en blancos y negros, nombres ori- 
ginados en Pistoya de privadas contiendas y que en 
Florencia llegaron á adquirir significación política. Ca- 
pitaneaba el primer partido, que era el más templado, 
el menos apartado del gibelinismo y al propio tiempo el 
más popular, el poderoso villano Vieri de Cerchi, y el 
de los negros ó güelfos extremados, el ambicioso poten- 
tado Corso Donati. Como emparentado con éste, como 
de origen noble, se presumiría que Dante debió incli- 
narse al partido de los negros, pero se contó entre los 
blancos, ya por anterior amistad con Vieri, á cuyas 
órdenes parece había militado cuando joven en la bata- 
lla de Campaldino, ya por aversión al jefe de los Donati, 
cuya altivez acaso le había ofendido, y que por otra 
parte era mortal enemigo de Guido Cavalcanti, amigo y 
como hermano adoptivo del poeta, ya porque su mode- 
ración le llevase al bando menos enconado contra los 
gibelinos. 

Como sea, á mediados del mismo año fué nombrado 
uno de los seis priores de las artes: cargo, aunque sólo 
bimensual, principal de la república. Llegó por enton- 
ces el cardenal Aquasperta, enviado del Papa Bonifacio, 
para poner paces entre blancos y negros, y aunque no 
fué oído, determinóse desterrar á los jefes reconocidos 
de entrambos bandos, como se efectuó, no sin que se 
notase parcialidad á favor de los primeros. Irritados los 



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47^ I. — DANTE. 

negros se decidieron en i3oi á llamar como pacificador 
á Carlos de Valois, y entonces Dante, como hubiera 
debido por razones de patricio aun cuando no hubieran 
mediado las de partidario, se declaró contra este llama- 
miento con tal decisión, que se le nombró embajador en 
la corte de Roma para tratar de impedirlo. Efectuóse, 
empero, la llegada del rey francés y con ella la victoria 
de ios negros y el destierro de los blancos, contándose 
entre ellos á Dante, que fué primero condenado á una 
multa, y luego á las llamas. (Igne comburatur, sic quod 
moriatur.) Se ve que su principal culpa fué la muy hon- 
rosa de haberse opuesto á la intervención del de Valois, 
si bien se añade la arbitraria acusación de baratero. Su 
casa fué entregada al saqueo, y el poeta no volvió á ver 
á Florencia. 

Partió de Roma para seguir á sus compañeros á la 
güelfa Siena y á la gibelina Arezzo, donde pudo cono- 
cer al podestá de la misma Uguccione della Faggioia, 
gibelino verde ó moderado que más tarde fué poderoso 
jefe del gibelinismo en Toscana, y á quien dedicó el 
poeta la primera parte de su Comedia. En Forli debió 
también conocer por entonces á Scarpeta deír Ordelaffi, 
compañero de Faggiolano en la primacía del bando 
gibelino en la Romana, y de quien, antes de su partida 
á Francia, se supone que Dante fué por algún tiempo 
secretario. En los años i3o2 y 3 siguió la suerte y 
los intereses de los blancos, hasta que de ellos se separó 
en extremo descontento, ó porque no hiciesen el debido 
aprecio de su parecer, ó porque le desagradasen los me- 
dios que ellos ponían en obra, ya por mal dispuestos, 
ya por poco generosos. Vemos, en efecto, que no asistió 
á la tentativa que tuvo lugar en Lastra contra Floren- 
cia, á pesar de haber intervenido en alguno de los pre- 
parativos, y de haber sido anteriormente enviado, en 
busca de auxilio para los suyos, á Bartolomé della Sca- 
la, jefe del gibelinismo en Lombardía. Desde entonces 
dejó de ser blanco, y se creyó partidario de sus propias 
ideas, si bien sus alianzas, sus teorías y algunos de sus 



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I. — DANTE. 477 

actos le presentaron como gibelino declarado. Durante 
estos dos primeros años de destierro se cree que oyó 
alguno de los profesores de Bolonia, y en i3o4 y 5 
moró principalmente en Padua, donde se dio al estudio 
y á la tranquila composición de los libros del Convito 
y del Vulgar e Eloquio, 

Los dos años siguientes recibió honrosísima hospitali- 
dad en la tierra neutra de Lunigana en casa de Francis- 
co Malaspina y de sus dos resobrinos Corradino y Mo- 
roello. Este le entregó el principio de su Infierno (indu- 
dablemente el primer ensayo latino) que había sido 
recogido en Florencia cuando el saqueo de su casa, y á 
él, más bien que á un tío del mismo nombre, fué dedi« 
cada la segunda parte del poema. Hacia este tiempo 
terminó la primera, pero ora fuese á efecto del mal éxi- 
to de las tentativas gibelinas, ora por deseo de profun- 
dizar los estudios teológicos antes de emprender la com- 
posición del Purgatorio, se dispuso á salir de Italia. 
Recordemos aquí una anécdota, aunque sencilla, llena 
de no sé qué misterioso halago, cuya memoria conservó 
fray Hilario, prior del monasterio de Santa Croce del 
Corvo, dirigida á Uguccione della Faggiola. 

«....Tratando este hombre de pasar á los países ultra- 
montanos y de tránsito en la diócesis de Luni, por devo- 
ción al lugar ó por otra causa cualquiera, vino á dicho 
monasterio. Habiéndole yo visto y siéndome todavía 
desconocido lo propio que á mis hermanos, le pregunté 
¿qué quería? y no respondiendo él palabra alguna, sólo 
atento á mirar la construcción del edificio, de nuevo le 
pregunté ¿qué quería ó qué buscaba? El entonces, mi- 
rando hacia mí y los hermanos, contestó : paz. Con esto 
se avivó más y más el deseo de conocer cuál era la con- 
dición de semejante hombre, y llamándole á un lado 
entré en coloquio con él y le conocí. Pues aun cuando 
no le hubiese visto hasta aquel día, había ya llegado á 
mis oídos desde mucho tiempo su fama. 

» En cuanto vio que le prestaba toda mi atención y 
que gustaba de sus palabras, con maneras familiares 



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47^ I. — DANTE. 

sacó de su pecho y mostróme liberalmente un librito: 
he aquí, díjome, una parte de mi obra que tú acaso no 
has visto. Os dejo tal monumento, para que de mí con- 
servéis más fiel memoria. Y habiéndome entregado el 
librito y yo recibídolo con gratitud en mi seno, lo abrí, 
y en presencia suya puse en él afectuosamente los ojos. 
Y habiendo visto que el lenguaje era vulgar y mostran- 
do por ello cierta maravilla, me preguntó la causa de 
mi sorpresa. A lo cual repuse que me maravillaba de tal 
especie de lenguaje; ya sea porque me parecía difícil, ya 
hasta inconcebible que hubiese podido expresar en el 
habla vulgar tan arduo asunto, ya sea porque no me 
parecía conveniente vestir tanta ciencia en hábito po- 
pular. 

»Razonable es tu manera de pensar, contestó; y cuan- 
do al principio (movido acaso por el cielo) la semilla 
infundida germinó para producir tal efecto* escogí el 
habla que convenía á mi propósito... pero cuando con- 
sideré la condición de la edad presente, conocí que es- 
taban olvidados los cantos de los ilustres poetas... por lo 
cual depuse la pobre lira de que estaba provisto y me 
procuré otra adaptada al sentido de los modernos, pues- 
to que es cosa vana el presentar manjares á la boca de 
los que viven de leche...» 

Vivió Dante en París, donde oyó á Sigieri de Bra- 
bante, profesor famoso, y donde sostuvo una cuestión 
enciclopédica ó de quolibet, hasta que desde el año lo 
se reanimaron sus esperanzas con la expedición á Italia 
que preparaba Enrique VII. Si le honran poco dos car- 
tas en que incitaba al emperador á que cayese sobre 
Florencia, recordemos que se abstuvo á lo menos de 
tomar parte en el cerco. Más patriótico se muestra en 
otra carta escrita al conclave de Aviñón para que nom- 
brase un Papa italiano, después de la muerte de Cle- 
mente V, acaecida en i3i4. En este mismo año y en 
Pisa, llevó adelante la composición del Purgatorio y 
escribió el libro de la Monarquía. 

Constantemente adicto á Uguccione della Faggíola, 



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I. — DANTE. 479 

cuyo poder había decaído en i3i5, siguióle Dante á 
Verona, donde fué hospedado por el Can-Grande della 
Scala. Ejerció allí las funciones de juez, y allí al parecer 
se proponía terminar su carrera, pues, muerta ya quizá 
su esposa, llamó á su lado á Pedro su primogénito. 
Pero en Verona también debía continuar probando 
cuánto sabe á sal el pan extranjero y cuan duro es su* 
biry bajar por escalera ajena, y el poderoso jefe gibe- 
lino á quien había sido dedicado el Purgatorio, no reci- 
bió del altivo desterrado los trece últimos cantos. 

Mas tantos contratiempos no pudieron quebrantar el 
ánimo del poeta, y á una proposición poco digna de 
regreso á la patria, contestó con una carta, fiel traslado 

de la alteza de sus pensamientos. « ¿Es esta la revo* 

caclón gloriosa con que se llama de nuevo á la patria 
á Dante Alighieri después de haber sufrido poco menos 
que tres lustros de destierro? ¿Esto ha merecido una 
inocencia á todos evidente? ¿Esto el sudor y la fatiga 
continuada en el estudio? Lejos de un hombre familiar 
de la filosofía, tan temeraria y terrena bajeza de corazón 
y el dejarse presentar como agarrotado y á la manera de 
un Ciólo y de otros infames ! Lejos de un hombre que 
predica la justicia, contar su propio dinero, después de 
haber padecido la injusticia^ á favor de aquellos que se 
la han hecho. No es este el camino de volverá la patria, 
¡oh padre mío! Otro se hallará, ó por vos, ó con el tiem- 
po por otros, que no sea injurioso á la fama ni al honor 
de Dante. Este aceptaré yo, y no con tardos pasos. Y 
si por semejante vía no se entra en Florencia, jamás 
entraré yo en Florencia. ¿Pues qué? ¿No veré yo donde 
quiera que esté los espejos del sol y de los astros? ¿No 
podré meditar dulcísimas verdades debajo del cielo don- 
de quiera, sin entregarme antes, desnudo de gloria y aun 
con ignominia, al pueblo florentino? Tampoco ha de 
faltarme el pan...» 

Las severas contemplaciones á que propendía más y 
más el corazón del poeta y que reclamaba la composi- 
ción del Paraíso, no fueron turbadas por sus nuevos 



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480 I. — DANTE. 

huéspedes. En Fuente Avellana halló un fiel discipulo 
en Rafael del Gubbio y sus dos últimos protectores, 
güelfos por cierto. Pagano della Torre, primado de 
Alejandría, y Guido Novello, señor de Ravena, dispen- 
sáronle cortés acogida. Al primero dedicó su Paraíso, y 
el segundo le confió una embajada á Venecia. Vuelto de 
ella murió en Ravena á 14 de Septiembre de i32i. 

Esta es la trabajosa carrera de cincuenta y cinco años 
recorrida por el gran poeta, no exenta de debilidades y 
recaídas, ni menos todavía de fogosos rencores y aun de 
apasionadas contradicciones. Mas en ella, á pesar de 
todo, no es dado desconocer un amor, si bien en oca- 
siones extraviado, siempre decidido, al bien público, 
una tendencia constante al bien y la ausencia de mez- 
quinas ambiciones. Si abrazó apasionadamente uno de 
los partidos, y el menos nacional de los que despedaza- 
ban su patria, á lo menos la independencia de sus actos 
y de sus juicios y la elevación de sus ideas, pudieron 
hacerle creer digno del elogio que se hace dispensar por 
su abuelo Cacciaguida y que sostienen algunos apolo* 
gistas suyos modernos, es decir, el de haber alcanzado 
el honor de formar un partido por sí mismo : 

A te fía bello 

Averti fatta parte da te stesso. 

Diario de Barcelona^ 3 de Agosto de i856. 



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IL- DANTE.- Antecedentes de la Divina Comedia. 



Lo que del poema de Dante salta luego á los ojos, es 
indudablemente su parte histórica : y en pocas obras se 
reflejan con tanta eficacia, no tan sólo las ideas genera- 
les y las tendencias de la época, mas aun también los 
variados cuadros de la vida doméstica, política y reli- 
giosa. Feroces y ensangrentados rostros de tiranos, de 
asesinos y de sacrilegos, majestuosos talantes de guerre- 
ros y de regidores de los pueblos, apacibles fisonomías 
en que resplandece la amistad^ la resignación y una 
piedad purísima, todas las figuras que adivinamos á 
través de los cambiantes aspectos de la historia de la 
Edad media, las vemos, no ya indicadas, sino grabadas 
hondamente ó con vigorosas tintas (representadas, en las 
páginas de la Divina Comedia. Aun cuando no tuviese 
tantos otros méritos, debería este libro ser consultado 
especialmente por los que desean mirar cara á cara una 
época histórica. Para que así fuese, debió la historia ser 
la primera maestra de Dante, y si bien se hallan en su 
obra recuerdos de los anales del género humano y gér- 
menes de un sistema de filosofía histórica, pretendemos 
aquí hablar principalmente de la historia contemporá- 
nea, de los sucesos vivientes de que, al mismo tiempo 
que contemplador, era Dante actor y víctima. Excusado 
es decir que el poeta, hombre esencialmente político^ 
que en su libro de la Monarquía desenvolvió propias y 
ajenas utopias acerca del equilibrio del imperio y del 
pontificado, debió dar también una dirección política á 
su más importante trabajo. Por muy vigoroso que fuese 
el temple poético de Dante, no le hubiera sido dado 
llegar al término que alcanzó sin educación alguna lite- 
raria, y aun cuando se haya de considerar como inmen- 
samente superior, en el concepto de poeta, á todos sus 

3i 



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482 II. — DANTE. 

contemporáneos, y también sin duda alguna, exceptuan- 
do á uno ó dos, á cuantos le han sucedido en los tiem- 
pos modernos, no debemos tampoco olvidar que fué hijo 
legítimo, al par que la principal gloria, del primer Rena- 
cimiento italiano. Dos direcciones diversas, aunque enla- 
zadas, reconocía este Renacimiento : el de la invención 
original y moderna y el de los estudios de la antigüedad. 
En la primera ocupa un lugar señalado la naciente 
poesía vulgar, la cual, como es sabido, había principal- 
mente florecido en Provenza, y desde allí pasado, ó á lo 
menos influido de una manera eñcaz, en las demás na- 
ciones, sobre todo en Italia su heredera. En este sentido 
los primeros poetas italianos fueron discípulos de los 
trovadores en lengua provenzal, y Dante que habla de 
éstos muy despacio en su libro del Vulgare Eloquio y 
que compuso varios fragmentos en la misma lengua, 
puede contarse entre los trovadores. Otros, es verdad, 
le habían precedido en el uso poético del idioma patrio, 
desde los cortesanos sículos de Federico II hasta Guitton 
d' Arezzo que floreció á mediados del siglo xni y Guido 
Cavalcanti y otros contemporáneos que habían cultivado 
la canción erótica, en quienes distingue Dante dos es- 
cuelas, la presuntuosa y amanerada y la sencilla y de 
puro sentimiento, y en ésta se añlia á sí mismo (i|. 



(I) Como muestra de Dante trovador, véase la siguiente tra- 
ducción de un bellísimo é intraducibie soneto de la Vita Nuova: 

Tan gentil aparece y recatada , 
La dama mía si un saludo ofrece , 
Que toda lengua tiembla y enmudece , 

Y la vista á mirarla no es osada. 
Benignamente de humildad velada , 

Ella camina y su alabanza crece , 

Y de lo alto descender parece , 

Cual muestra de un milagro presentada. 

Muéstrase tan placiente á quien la mira , 
Que por los ojos da un dulzor al seno. 
Que no puede entender quien no lo siente; 

Y hasta parece que su boca aliente , 
Un espíritu suave de amor lleno 
Que va diciendo al ánima : suspira. 



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11. — DANTE. 483 

También había tratado la poesía italiana más altos asun- 
tos desde el tiempo de San Francisco de Asís y de sus 
discípulos fra Pacífico y fra Jacopone de Todi, y si por 
sus composiciones de la Vita Nuova se coloca Dante 
entre los anteriores poetas, por la esfera á que ascendió 
más tarde se ha de considerar como continuador de los 
segundos. A esta cultura poética debe agregarse el vuelo 
que empezaban á tomar las artes italianas, especialmen- 
te en manos de su contemporáneo y amigo Giotto, padre 
de la moderna pintura. 

Mas por mucho que debiese á los primeros ensayos 
de la poesía moderna, su estilo flexible, fecundo, varia- 
do, apto para expresar toda clase de conceptos, y que 
por lo mismo se aparta del camino trillado de la Edad 
media, arguye un estudio, extraordinariamente bien di- 
rigido en esta parte, de los clásicos de la antigüedad, y 
principalmente de Virgilio, á quien reconoce por su 
doctor y su maestro, y á quien , según las extrañas ideas 
de su tiempo, considera como tipo acabado de la huma- 
na sabiduría. Por esto con candorosa deferencia (unida 
á la consideración de que el Paraíso daba un término 
feliz á su poema) adoptó el singular título de comedia, 
reservando el más noble de tragedia para la obra del 
poeta mantuano. — Además en su Convito se muestra 
discípulo y como modesto rival de Tulio y de Platón, y 
si á esto añadimos el uso profundo en parte y en parte 
bien difícil de justificar, que hace en su poema de las 
ficciones mitológicas, y las mil maneras, ideas y miras 
que tomó de un estudio más ó menos completo y direc- 
to de los antiguos autores, tendremos que aun en este 
sentido conviene el nombre de clásico á su principal 
engendro. 

Por otra parte el sueño filosófico de Escipión, la filo- 
sofía alegorizada por medio de una mujer gentil en el 
libro de Boecio (precedido á su vez por el simbólico 
Pastor de Hermas, cristiano de los primeros siglos), 
como lecturas que inauguraron la carrera filosófica de 
Dante, hubieron de contribuir no poco á fijar algunos 



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484 II- — DANTE. 

rasgos de su concepción poética. Si ahora se tratase de 
averiguar cuál de los viajes místicos y de Jas visiones 
legendarias que tanto abundaban en aquella época y 
que en el conjunto y en determinados pormenores se 
asemejan á la grandiosa descripción de Dante, pudieron 
directamente obrar sobre su fantasía, sería expuesta la 
decisión por la misma copia de datos. Cítanse con pre- 
ferencia el viaje de San Brendán á las Islas Fortunadas, 
la visión del monje Alberico y el descenso de un caba- 
llero inglés al purgatorio de San Patricio (i), los cuales, 
especialmente los dos últimos, parecen ofrecer más pun- 
tos de contacto con el viaje poético del vate florentino. 
Recuérdense también las instrucciones plásticas que en 
gran número ofrecían las fachadas y las puertas de las 
catedrales y los claustros de los monasterios, al mismo 
tiempo que las amenazadoras prosopopeyas de los ora- 
dores sagrados, y se reconocerá cuan abundantes símbo- 
los halló preparados el poeta para representar el uni- 
verso invisible y que á ellos debió tan sólo dar un valor 
artístico é imprimir el sello del verso. 

No se crea empero que se hubiese contentado con for- 
mar una obra artística, pues pretendió y logró producir 
una composición de arte y de ciencia al mismo tiempo. 
Cuando un eminente crítico moderno ha considerado 
las epopeyas como verdaderas enciclopedias de su época, 
fundándose precisamente en la Divina Comedia^ tomó 
por regla una excepción nacida de aquel doble carácter 
de la Edad media que él propio señala con tanto acier- 
to. Dante quería algo más que una obra de imaginación: 
su Comedia es una verdadera transacción, feliz á veces, 
imposible otras, entre la poesía y la ciencia, y aun mu- 
chos pormenores que parecían debidos á los caprichos 
de su mente tienen una significación cientíñca. De sus 
estudios de filosofía natural dio muestra en el diseño 



(1) Esta leyenda fué traducida en castellano antiguo, produjo 
un libro de Montalbán y un drama de Calderón. De la misma ú otra 
semcjaate hay también antiguas versiones en catalán. 



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11. — DANTE. 485 

astronómico de su poema y en ciertos conocimientos 
que se dirían superiores á la época en que vivió (como 
la existencia de los antípodas, la atracción del centro de 
la tierra). 

Propúsose, en una palabra, reunir todos los conoci- 
mientos que ya anteriormente se habían encerrado en 
enciclopedias más ó menos completas, de que son ejem- 
plo el Tesoro francés, y el Tesoretto en verso italiano 
de su maestro Latini. Pero las verdades naturales no 
eran para Dante sino el atrio del monumento en que 
trataba de penetrar, y dentro de él, ya en bellos símbo- 
los, ya en lenguaje rigurosamente científico, lee y tras- 
lada las verdades espirituales y del orden sobrenatural. 
Y cuenta que no se trata de algunas ideas aisladas ó de 
los principios religiosos fundamentales, pues según ha 
demostrado su más digno intérprete (Ozanam: Dante y 
la filosofía católica en el siglo XIII)^ se halla esparcido 
en sus diversos libros y concentrado en su Comedia, 
todo un conjunto de doctrinas fundado en las enseñan- 
zas de los antiguos Padres y de los teólogos contempo- 
ráneos. Así no es de extrañar que entre los últimos le 
haya enumerado la tradición, que se compusiese este 
exámetro para su sepulcro : 

Theologus Dantez nullius dogmatis expers, 

que le comentasen dos prelados, que en las cámaras del 
Vaticano como en su poema, la figura de Beatriz sim- 
bolice la filosofía, y que en la grandiosa composición 
teológica de Rafael asome entre los doctores la frente 
laureada del poeta. De todo esto se deduzca de cuan 
vanas deben calificarse las pretensiones de aquellos que 
por espíritu de secta ó de paradoja y fundados única- 
mente en las invectivas severas, irreverentes y á veces 
injustas que á los Papas dirige el escritor gibelino, se 
han atrevido á poner en tela de juicio su reconocida 
ortodoxia. 

Así, pues, obra histórica y política, obra poética y 
clásica, obra simbólica y de aspecto legendario, obra 



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486 ILÚDANTE. 

cientíñca y teológica, esta es la Divina Comedia, Tales 
elementos se necesitaban para formar tan grandioso con- 
junto, tal era el poderío del que supo abarcarlos y armo- 
nizarlos, tanto se reunió para dar cima al poema sacro, 

En qae pusieron mano cielo y tierra. 

Estos son los gérmenes, el terreno á que fueron con- 
fiados, las aguas que le dieron riego. Contemplemos 
ahora el diseño general de la vigorosa planta para mirar 
luego más de cerca alguna de sus flores. 

Diario de Barcelona, 10 de Agosto de i856. 



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IIL- DANTE. -Argumento de la Divina Comedia. 



En la mitad de su vida, es decir, á la edad de 35 años, 
en el año iSooque fué el del primer jubileo, se halla 
Dante en una selva obscura, que debe entenderse por 
selva de los vicios humanos en general, y en particular 
de los vicios florentinos. Desde esta tristísima mansión 
llega al pie de un collado cuya cima ilumina el sol na- 
ciente, el sol de la fílosofia humana y divina; pero se 
oponen á que suba al luminoso collado una pantera^ un 
león y una loba que son la lujuria, la ambición y la 
avaricia al mismo tiempo que Florencia, el rey de 
Francia y el partido güelfo. Preséntase entonces Virgi- 
lio, quien le anuncia que la loba no le permitirá subir 
al monte y que debe ser con el tiempo vencida por un 
lebrel que probablemente designa á Uguccione della 
Faggiola. Sigúele Dante á un nuevo camino por donde 
Virgilio le promete que llegará á ver la mansión de los 
desesperados , la de los que sufren esperando y la de las 
gentes bienaventuradas, instruyéndole luego de que para 
conducirle fué él llamado desde el limbo donde moraba, 
por Beatriz, enviada por Lucía ó la Fe y ésta á su vez 
por una mujer superior. 

Leída la terrible inscripción en la puerta del inñerno, 
entran en él los poetas. — Veamos la disposición que 
atribuye Dante á la ciudad doliente. 

Presenta el infíerno la configuración de un gran pozo 
cónico abierto en la tierra, ó más bien de una especie 
de anfiteatro formado de nueve anchas gradas ó rellanos 
concéntricos que van bajando y disminuyendo hasta el 
centro del globo ocupado por Belcebú, En cada uno de 
los nueve cercos preside un demonio principal con nom- 



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488 111. — DANTE. 

bre y figura de una divinidad pagana. En el primer 
cerco se halla Caronte que con su barca atraviesa el río 
Aqueronie para transportarlas almas: el río divide el 
primer cerco en dos partes, ocupada la primera por los 
ángeles que no estuvieron por Dios ni contra Dios, y 
por los hombres indiferentes, y la segunda por los hé- 
roes y sabios antiguos que no conocieron la verdadera 
religión. 

Empiezan los tormentos eñ el segundo cerco, presidi- 
do por Minos que juzga las almas y designa el que de* 
ben éstas habitar por medio del número de vueltas que 
les da con la cola. Trae allí arrebatados é impele contra 
las rocas en impetuoso torbellino á los pecadores car- 
nales. 

En el tercer cerco, guardado por Cerbero, están losgo- 
losos clavados en el fango y azotados de perpetua lluvia. 

En el cuarto, donde preside Plutón, se atormentan 
recíprocamente los avaros y los pródigos, disparándose 
á porfía enormes pesos. 

En el quinto se hallan la laguna Estigia y su piloto 
Flegtas: en ésta, y sobre el agua, los iracundos que se 
destrozan á sí mismos, y debajo los perezosos sumidos 
en el fango. 

El cerco sexto y los tres inferiores son denominados 
la ciudad de Dite, que es también segundo nombre de 
Belcebú, y en esta ciudad se acrecen las culpas y los 
tormentos, y empiezan las llamas. Impiden á Dante la 
entrada tres furias, pero interviene luego un mensajero 
del cielo. En el sexto cerco se hallan los soberbios, es 
decir, los heresiarcas y descreídos, castigados en tumbas 
inflamadas. 

El séptimo cerco se halla subdividido en tres anillos, 
también concéntricos y descendentes: el de los violentos 
contra el prójimo, hundidos en un río de sangre, y aco- 
sados por las saetas de los centauros; el de los violentos 
contra sí mismos convertidos en secos troncos, y el de 
los violentos contra Dios, atormentados por una lluvia 
de fuego. 



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m. — DANTE. 489 

En el octavo cerco, llamado Malebolge, al cual, por 
carecer de bajada, deben descender los poetas á espaldas 
del alado monstruo Gerión, sufren sus penas los fraudu- 
lentos. Hállase el cerco dividido en diez fosos también 
concéntricos y unidos entre sí por puentes de roca, á 
excepción de un punto en que se halla roto el puente. 
Hállanse respectivamente en los diez fosos los seducto- 
res de mujeres azotados por demonios; los aduladores 
sumergidos en estiércol ; los simoníacos, hundidos, ca- 
beza abajo, en pozos; los adivinos con el rostro vuelto 
á las espaldas; los barateros retenidos en un lago de 
pez por los garfios de los demonios ; los hipócritas car- 
gados de doradas capas de plomo ; los ladrones diversa- 
mente circuidos de variadas sierpes; los consejeros de 
fraudes, revueltos entre llamas; los divisores de fami- 
lias, del Estado ó de la Iglesia que sostienen uno de 
sus propios miembros separado del cuerpo, y los alqui- 
mistas y falsarios castigados con toda especie de enfer- 
medades. 

En el último cerco sufren los traidores. Este cerco, 
central y más estrecho, tampoco tiene bajada, pero sus- 
tentan su pared Nemrod y los Titanes, uno de los cuales 
coge á los poetas y los coloca en el fondo. Todos los 
traidores son castigados de distintos modos en el hielo, 
dentro de cuatro zonas concéntricas: en la primera ó 
Caina, los culpables de traición á ios propios parientes, 
y en la segunda ó Antenora, los traidores á la patria; 
en la tercera ó Tolomea, los traidores tan calificados 
que tienen el privilegio de enviar su alma al infierno, 
mientras quedan sus cuerpos en la tierra animados por 
un demonio; en la cuarta ó Giudecca, los tres principa- 
les traidores, que después de Judas, son, conforme las 
teorías gibelinas de Dante, Bruto y Casio, matadores de 
Cé$ar« Los tres son masticados en las tres bocas de las 
tres caras del mayor demonio Dite 6 Belcebú, que con 
el movimiento de sus alas produce el hielo de todo el 
cerco, y cuyo cuerpo se halla mitad en nuestro hemisfe- 
úOj mitad en el opuesto. Agarrándose los poetas á sus 



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490 "I — DANTE. 

enormes pelos dan la vuelta al monstruo, y por una 
caverna del otro hemisferio vuelven á ver las estrellas, 
un día después de su entrada en la puerta eterna. 

Hállanse entonces los poetas en una isla circular, 
situada en el Océano, y en cuyo centro se levanta un 
monte altísimo, antípoda de Jerusalén. Presenta el mon- 
te la fígura de un cono truncado al que dan la vuelta 
once anillos, comprendiendo el formado por la llanura 
de la isla. A medida que se pasa de uno á otro anillo es 
más fácil la subida; los cuatro primeros comprenden el 
Ante-Purgatorio, y los siete restantes, correspondientes á 
los siete cercos del infierno, el Purgatorio; en el primer 
cerco del Ante-Purgatorio se hallan los que murieron 
arrepentidos pero en contumacia de la santa Iglesia ; en 
el segundo los que demoraron la conversión hasta los 
últimos momentos; en el tercero los que sobrecogidos 
de violenta muerte, salieron de la vida arrepentidos y 
en paz con Dios, y en el cuarto, en un ameno valle, los 
que ocupados en las letras, en las armas y en el gobier- 
no del Estado, retardaron hasta la muerte los buenos 
suspiros. Aguardan todos éstos el momento de ir á pu- 
rificarse de sus culpas. Al llegar á la puerta del Purga- 
torio, Dante, aunque viviente, recibe en su frente sie- 
te P que se van borrando á medida que atraviesa los 
siete cercos en que se purgan los pecados capitales. Lle- 
gado al séptimo llano en que los lujuriosos son acriso- 
lados en las llamas, se aterroriza Dante; mas las atra- 
viesa deseoso de ver á Beatriz, y se halla en la cima del 
monte donde está situado el Paraíso terrestre cortado 
por el Leteo, río del olvido. Mientras está platicando 
con la condesa Matilde, que coge flores en la orilla, se 
presenta en la orilla opuesta la tan anunciada Beatriz, 
desaparece Virgilio, regocíjase inmensamente el poeta, 
oye avergonzado y arrepentido las reprensiones de la 
moradora del cielo, y lavado por el Leteo fija sus ojos 
en los de Beatriz, la cual le va atrayendo por medio de 
esta mirada, mientras ella clava las suyas en el sol y se 
levanta hacia las estrellas. Termina el Purgatorio con 



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111.— DANTE. 491 

extrañas alegorías en que se representa el imperio bajo 
la figura de un águila, la corte de Aviñón por una me* 
retriz sentada en un carro, el rey de Francia por un gi- 
gante, y por las cifras quinientos quince, es decir, DXV 
ó DVX el capitán gibelino (determinado ó no en la 
mente del poeta) que debe vencer al gigante y á su com- 
pañera. 

Asciende Dante en pos de Beatriz que con ojos de 
cada vez más luminosos y aspecto más risueño se va 
acercando al trono del Omnipotente. En la Luna en« 
cuentran las almas de las que rompieron violentadas el 
voto de castidad; en el planeta Mercurio los que fueron 
activos en la vida más por deseo de honor que por amor 
divino; en Venus los que habían sentido su influencia, 
pero se arrepintieron. Únicamente en el Sol empiezan á 
hallarse almas enteramente puras de culpa; Santo To- 
más que elogia á San Francisco, y San Buenaventura 
que elogia á Santo Domingo, los cuales, especialmente 
el primero, junto con Beatriz, resuelven las cuestiones 
teológicas que propone el poeta. 

En el planeta Júpiter hallan las almas de los grandes 
príncipes que con sus esplendores reunidos forman pri- 
mero las letras del versículo Diligite justitiam qui judi" 
calis terram, y luego la figura del águila tan favorita 
del poeta gibelino. 

Faltan los tres cielos más sublimes, en que no se halla 
ya una especie determinada de bienaventurados, sino 
coros de ángeles y santos: en el primero, que es el de 
las estrellas fíjas, ve el triunfo de Cristo seguido de la 
Virgen María y de innumerables espíritus. Después de 
haber sido interrogado por San Pedro, San Jaime y San 
Juan, y coronado por el primero y de haber platicado 
con Adán, sube al cielo llamado el primer móvil, man- 
sión propia de los ángeles. Y arrebatado, Analmente, al 
empíreo, ve nuevos coros y danzas de los ángeles y de 
las almas más nombradas; se le presenta San Bernardo 
para hacer las veces de Beatriz, y le muestra la gloria 
de la Virgen circundada de una rosa de ángeles y almas 



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49^ III.— DANTE. 

santas, obteniendo la gracia de que el poeta pueda con- 
templar la Esencia Divina. 

Este argumento de la Divina Comedia que debemos 
llamar resumen de un extracto, si acaso puede ser de 
alguna utilidad para emprender su lectura, de ninguna 
manera es bastante á dar una idea, siquiera remota, de 
las magnificencias del poema. Mas á vuelta de algunas 
invenciones sobrado extraordinarias, cuya singularidad 
desaparece por completo envuelta en el acento de verdad 
y en el raudal poético del estilo dantesco, ya se habrán 
adivinado algunas de las escenas terribles, apacibles ó 
e&pléndidas á que el plan expuesto da origen. Y se ha- 
brá ya deducido del simple conocimiento de la armazón 
desnuda, la grandeza arquitectónica de la fábrica del 
poema. No es éste en verdad una verdadera epopeya en 
que los personajes más permanentes en la fantasía del 
poeta son los héroesjprincipales y casi únicos de la com- 
posición; si bien á las epopeyas se asemeja, al mismo 
tiempo que las excede, por lo grandioso de la concep- 
ción y por su diseño inmenso. Tampoco es un drama 
cuya acción ofrece un conjunto vigorosümente enlazado; 
si bien contiene muy sublimes aunque episódicas esce- 
nas de ira, de terror, de ternura y de beatitud. Es un 
viaje, una visión ; el personaje más constante á los ojos 
del lector, es decir, el mismo poeta, es el viajero, el que 
contempla ; su unidad consiste en el pensamiento reli- 
gioso, en la representación de lo invisible, en el orden 
moral. Aseméjase á las fachadas de las antiguas catedra- 
les que en sus innumerables espacios y com particiones 
ofrecen emblemas de devoción, imágenes santas, coros 
angélicos, pasos ejemplares, castigos et/rnos, monstruos 
horribles; pero en que tantas y tan diversas representa- 
ciones conspiran á un solo fin y se reúnen y confunden 
en el grandioso delineamiento del conjunto. 

Diario de Barcelona^ 17 de Agosto de i856. 



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IV.-DANTE.-M8Fno. 



MENSAJE DE BEATRIZ.— ENTRADA DEL INFIERNO. 

Cuéntase del poeta Alñeri que tratando de apuntar 
las bellezas de la Divina Comedia^ acabó por transcri- 
birla entera, y así también indudablemente nos sucede- 
ría, si lo permitiese el espacio de que disponemos, y si 
á la materia que nos ocupa dedicásemos el estudio pro- 
fundo y detenido á que es acreedora. De suerte que nos 
hemos de contentar con algunos pasos, si no escogidos 
á la ventura, algo arbitrariamente separados de otros 
que no les son inferiores, y que traduciremos lo más 
literalmente posible, sin que nos arredren algunas sin- 
gularidades de expresión del estilo dantesco y sin que 
esperemos dar del mismo más que un reflejo sumamente 
amortiguado. 

Los dos primeros cantos del Inñerno forman la in- 
troducción, y como el vestíbulo de toda la obra, y la 
misteriosa y alegórica selva, el último confín del mun- 
do visible que va á abandonar el poeta para emprender 
su místico viaje. Aun cuando la presencia de Virgilio 
le ha libertado de los peligros que le asaltaban, vacila 
todavía creyéndose indigno de penetrar en la región de 
los fínados, y entonces el vate latino le da razón de su 
venida, motivada por el mensaje de Beatriz. Este men- 
saje es el principal móvil del argumento, al propio tiem- 
po que da lugar á-una especie de despedida á la esplén- 
dida y luminosa imagen de la inspiradora del poema 
que sólo debe volver á contemplar su amador en la 
cima del Purgatorio. — Oigamos la narración de Vir- 
gilio: 

— Si bien he comprendido tus palabras, tu corazón 



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494 IV. — DANTE. 

se halla aquejado de vileza, la cual muchas veces emba- 
raza al hombre hasta el punto de retraerle de una em- 
presa honrada, bien como á un bruto puesto á la som- 
bra intimidan falsas visiones. Para librarte de tal temor, 
diréte por qué vine y lo que oí en el primer punto que 
de tí sentí lástima. Hallábame entre aquellos que están 
suspensos (es decir, sin gloria ni castigo) cuando me 
llamó una mujer bella y bienaventurada, hasta el grado 
que me humillé á sus mandatos. Brillaban sus ojos más 
que el Lucero y comenzóme á decir suave y blanda con 
angélica voz en su habla propia : «Oh cortés alma man- 
tuana, cuya fama persevera todavía en el mundo y 
perseverará cuanto el mundo lejana: mi amigo que no 
lo es de la ventura, ha encontrado en la desierta playa 
tan impedido el camino que por temor ya retrocede; y 
temo que se halle ya tan extraviado que acuda yo tarde 
en su auxilio según lo que de él oí en el cielo. Apresúra- 
te, pues, y con tu adornado lenguaje y con lo que sea 
necesario para seguir adelante su camino, ayúdale de 
manera que reciba yo consuelo. Yo soy Beatriz, la que 
ahora te incito; vengo del lugar al cual deseo volver; el 
mismo amor que me movió me hace hablar ahora. 
Cuando estaré en presencia de mi Señor, á él me mos- 
traré frecuentemente agradecida hacia tí.» 

Calló entonces y luego empecé yo: «Oh mujer de vir- 
tud, por la cual la humana especie aventaja á todo lo 
contenido dentro del cielo que tiene los cercos menores 
(es decir, en el mundo sublunar) tanto me place tu man- 
damiento, que aun cuando lo ejecutase en este instante, 
me parecería tardía la obediencia; ya no es necesario que 
me manifiestes más tus deseos. Mas dime la ocasión que 
ha hecho que no te cause recelo el bajar á este centro 
desde el ancho lugar adonde deseas volver.» «Ya que 
tan hondo quieres penetrar, diréte brevemente, me res- 
pondió, la causa porque ño temo entrar en esta mo- 
rada. Sólo se debe temer lo que es capaz de dañar; las 
demás cosas no son temibles. Merced á Dios soy por él 
hecha tal, que vuestra miseria no me alcanza, ni puede 



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IV. — DANTE. 495 

hacer presa en mí vuestro incendio. Señora gentil hay 
en el cielo que se compadece del extravío en que se 
halla mi amigo, de suerte que se rompe allí arriba todo 
duro juicio. Esta llamó á Lucía y le dijo : tu fiel nece- 
sita de tu auxilio y á tí lo encomiendo. Lucía llena 
de piedad se movió y vino al lugar donde yo estaba 
sentada al lado de la antigua Raquel. Y díjome: Oh 
Beatriz, oh alabanza verdadera de Dios, ¿ por qué no 
socorres á quien tanto te amó, y que por tí se encum- 
bró sobre la vulgar muchedumbre? ¿No oyes el triste 
acento de su llanto, no ves la muerte que le asalta en 
medio de una tempestad que excede á las del Océano? 
«No hubo en el mundo persona inclinada á buscar su 
bien y á evitar su daño, como yo; después de haber oído 
las palabras de Lucía vine aquí abajo desde mi biena- 
venturado asiento, confiando en tu lenguaje honesto que 
te honra á tí y á cuantos lo han oído.» 

Luego que hubo dicho Beatriz estas razones, volvió 
llorosa sus ojos lucientes; lo cual me hizo venir más 
apresuradamente, y llegué á tu lado como ella deseaba, 
y te defendí de aquella fiera que te impidió la fácil su- 
bida á la bella montaña. Ahora, pues, ¿por qué perma- 
neces inmóvil? ¿por qué abrigas tanta vileza en el cora- 
zón? ¿por qué te falta resolución y atrevimiento, cuando 
tales tres mujeres bienaventuradas tienen de tí cuidado 
en la corte del cielo y cuando mi habla te anuncia tantos 
bienes?» Como las florecitas que inclina y cierra el hie- 
lo nocturno, en cuanto el sol las alumbra se enderezan 
del todo abiertas en su tallo, así hice yo recobrando mi 
cansada virtud, y tan generoso atrevimiento me invadió 
el corazón que comencé á decir como persona resuelta: 
«Oh verdaderamente piadosa aquella que me auxilió, y 
tú verdaderamente cortés que con tanta prisa te mostras- 
te obediente á sus palabras. Tú con tu venida y con tus 
palabras has introducido en mi corazón un deseo que 
me ha hecho volver á mi primer propósito. Camina, 
pues, que una sola voluntad es la de entrambos; tú mi 
guía, mi señor y mi maestro.» Así le dije y luego que 



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496 IV. — ^DANTE. 

se movió entré con él en el camino alto y silvestre. 
(Canto II.) 

Sin más preparación encontramos la terrible inscrip- 
ción del infierno y su primer morada : 

— Por mí se va á la ciudad de las penas, por mí se va 
al eterno dolor, pür mí se va entre la perdida gente. 
Movió la justicia á mi alto Artífice, hízome la divina 
Potestad, la suma Sabiduría y el primer Amor. Ningu- 
na cosa fué creada antes que yo, á no ser las eternas, y 
yo también eternamente duro: vosotros los que aquí en- 
tráis dejad toda esperanza. Estas palabras de color obs- 
curo vi escritas en la cima de una puerta... Aquí suspi- 
ros, lamentos y altos gemidos resonaban por el aire sin 
estrellas, por lo cual entré llorando. Diversas lenguas, 
horribles pláticas, palabras dolorosas, acentos de ira, 
voces altas y huecas y con ellas sonido de palmadas, cau- 
saban un rumor que va siempre dando vueltas en aquel 
aire eternamente obscuro, como arena agitada por el 
torbellino. Yo que tenía la cabeza ceñida de confusión 
dije: «Maestro, ¿qué es lo que estoy oyendo? ¿qué gente 
es esta que parece tan quebrantada por el duelo ?3> Yélá 
mí : c En este miserable estado se hallan las viles almas 
de aquellos que vivieron indignos de infamia y de ala* 
banza. Mezclados están con el perverso coro de los ánge- 
les que no fueron ni rebeldes ni fíeles á Dios y sólo estu- 
vieron por sí mismos. Los cielos los arrojaron de sí para 
no quedar afeados con ellos y el profundo infierno no 
quiere recibirlos porque de ellos no reportarían los con- 
denados gloria alguna.» Yo pregunté: «Maestro, ¿qué 
es lo que tanto les agobia y les mueve á lamentarse tan 
tristemente?» Respondió él: «Dirételo en breve. No tie- 
nen éstos esperanza de muerte, y tan poco alcanzan sus 
ciegas miradas que envidian toda otra suerte. El mundo 
no permite que de ellos quede memoria, desdéñanlosá 
la par la misericordia y la justicia; de ellos no platique- 
mos, pero mira y pasa.» Miré y vi una bandera que dan- 
do vueltas corría tan precipitada que parecía incapaz de 
detenerse, y en pos suyo venía tan larga hilera de gente 



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IV.-^ DANTE. 497 

que no creyera yo que la muerte hubiese deshecho tan 
gran número de hombres... Comprendí inmediatamente 
con toda certeza que era aquella la secta de los misera- 
bles que desagradan á Dios y á sus enemigos. Estos des- 
graciados que jamás fueron vivos se hallaban desnudos y 
por todas partes acosados de moscones y de avispas; és- 
tos les regaban el rostro de sangre, la cual mezclada 
con lágrimas caía á sus pies, donde la recogían inmun- 
dos gusanos.» (Canto III.) 

Obsérvese (aunque pocos habrán dejado de hacerlo, 
pues pocosib ign;oraa-) la enérgica y profunda inscrip- 
ción; obsérvese aquella enumeración copiosa, aquel tor- 
bellino de vagos sonidos que más hielan la sangre y 
más dicen á la fantasía que millares de espectros. En el 
primer orden de finados, vemos no sólo un cuadro: en 
la vergüenza, en la miseria de los desgraciados que ja- 
más fueron vivos se revela toda el alma activa y deter- 
minada del poeta y del patriota florentino. 

No nos detendremos tampoco en el paso tan conocido 
como sublime de Francesca de Rímini, recordando tan 
sólo (si es posible que alguno lo haya olvidado) aquellas 
almas arrebatadas por el vendaval que se dirigen á los 
poetas como palomas al nido; aquel lamentarse de 
Dante; aquel doloroso recordar el tiempo feliz; aquella 
solitaria y fatídica lectura y aquel caer el poeta como 
cae un cuerpo muerto. 

Las mezquitas de la ciudad de Dite, encarnadas como 
si acabasen de salir del fuego, el mensajero del cielo que 
va apartando con su siniestra el aire craso, el orgulloso 
Farinata que se deja ver de cintura arriba en la tumba 
inflamada, son imágenes que sorprenden y jamás se 
borran de la mente. 

Diario de Barcelona^ 24 de Agosto de i856. 



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V.- DANTE. -Memo. 



PEDRO DE LAS VINAS. — CONDE UGOLINO. 

Aun cuando muchos de los tormentos en el Infierno 
descritos, como tumbas inflamadas, lagos de pez, miem- 
bros lacerados, sean objetos á todos familiares por las 
usadas representaciones de la plástica y de la pintura, se 
hallan realzados con tales circunstancias y con tanta va- 
riedad modificados, que dan continuo testimonio de la 
inventiva del poeta. Mas en casos semejantes puede de- 
cirse que se levanta éste á grande altura sin que nues- 
tros ojos le hayan perdido un punto de vista. En otros 
muchos casos nos sorprenden sus invenciones, como que 
á ellas no ha podido llegarse sino por escondidas sendas 
reservadas al Genio. Tal es, por ejemplo, la del trova- 
dor Bertrán de Born, que se presenta con la cabeza se- 
parada del tronco y suspendida en su propia mano á 
guisa de linterna, en castigo de haber sembrado la divi- 
sión en la familia real de Inglaterra. Tal es también, á 
pesar de remotas semejanzas con ciertas transformacio- 
nes mitológicas, el castigo impuesto á los suicidas, entre 
quienes se menciona especialmente á Pedro de las Viñas, 
consejero del emperador Federico II: paso de índole 
sobremanera poética y misteriosa. 

— Díjome el buen Maestro: «antes de ir adelante, 
sabe que estás en el segundo rellano de donde no sal- 
drás hasta que hayas pasado el horrible arenal. Pero 
atiende y verás cosas que darán testimonio de lo que te 
digo. «Oí sonar gritos ayer por do quiera sin ver 
persona alguna que los lanzase; de suerte que me detu- 
ve pasmado. Figuróse Virgilio al parecer que yo creía 
que aquellas voces salían de las gargantas de personas 



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V. — DANTE. 499 

ocultas á causa nuestra. Por esto dijo el Maestro: «Si 
cortas algún ramito de una de estas plantas, se desva- 
necerán tus pensamientos.:» Adelanté entonces un poco 
la mano y cogí un ramo de un grande árbol, cuyo tron- 
co gritó: «¿Por qué me desgajas ?;> Tiñóse entonces de 
sangre y gritó de nuevo: «¿Por qué me arrancas? ¿ Des- 
conoce tu espíritu la piedad? hombres fuimos y ahora 
estamos convertidos en troncos: más piadosa debiera 
ser tu mano aun cuando se tratase de almas de serpien- 
tes.;^ Como un leño verde que arde por un cabo gime 
por el otro, y chisporrotea por el viento que se escapa, 
así de aquella astilla salían juntamente palabras y san- 
gre, por lo que dejé caer el ramo arrancado y quedé 
inmóvil como hombre que teme. «Si yo hubiese podido 
creer antes, contestó el sabio Maestro, alma aquejada, 
lo que por otra parte había cantado yo en mi poema, 
no le hubiera incitado á tender la mano contra tí, mas 
lo increíble de vuestra transformación me movió á un 
acto del cual me arrepiento. Pero dile quién fuiste, y 
así, puesto que no es dable enmendar de otro modo el 
daño, á lo menos renovará tu memoria en el mundo 
superior, á donde debe volver.» Respondió el tronco : 
«Así con tus dulces palabras me incitas que no puedo 
callar y os veo por otra parte dispuestos á sufrirme aun- 
que alargue mis razones. 

»Yo soy aquel que tuve entrambas las llaves del cora- 
zón de Federico y que las volví tan suavemente cerran- 
do y abriendo que aparté de sus secretos á casi todos los 
hombres: tan fielmente cumplí el glorioso oficio que 
había puesto á mi cargo, que llegué á perder el sueño y 
la respiración. La envidia, meretriz que jamás aparta 
los impuros ojos del alcázar de César, que es muerte 
común y vicio de las cortes, inflamó contra mí los áni- 
mos todos, y los inflamados inflamaron á su vez á Au- 
gusto que convirtió todos mis alegres honores en tristes 
duelos. Mi alma, llena de temple desdeñoso, creyendo 
evitar con la muerte el desdén, me hizo injusto contra 
mí mismo que no había faltado á la justicia. Por las 



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500 V. — DANTE. 

nuevas raíces de este leño os juro que jamás rompí la 
fe debida á mi señor, tan digno de ser honrado. Y si 
alguno de vosotros vuelve al mundo, dé consuelo á mi 
memoria que sufre todavía el peso de la culpa que le 
atribuye la envidia....» (Canto XIV.) 

Como extraordinarias invenciones, sin las ya indica- 
das en el argumento general del Infierno, haremos men- 
ción de la del origen de los ríos infernales, debido á la 
corrupción de las diversas materias de que se compo- 
ne la estatua del Tiempo, y la recíproca transformación 
de Buoso y de una serpiente. Recordaremos además los 
frecuentes rasgos cómicos que tal vez hallará excesivos 
un gusto escrupuloso, pero que contribuyen muy mucho 
á la viveza de la narración y al aspecto de miseria y 
degradación délos lugares descritos; baste citar como 
ejemplo el altercado de los dos demonios cansados de 
seguir inútilmente á Ciampolo y que dan consigo en 
la pez hirviente. 

En el penúltimo canto del Infierno se halla la escena 
de que á buena ley afirman los comentadores italianos 
que excede á cuantas se han descrito en lengua alguna 
por lo terrible al par que por lo patético. El genio del 
poeta, lejos de languidecer por tan larga y dificultosa 
carrera, ha adquirido todo su temple: crescit eundo. 

Concertado el conde Ugolino con el arzobispo Rug- 
gieri Degli Ubaldini había arrojado de Pisa á su propio 
sobrino que de ella estaba enseñoreado y se alzó con su 
poderío; mas luego Ruggieri por envidia y por rencores 
de partido, con pretexto de que el Conde había hecho 
traición á su patria devolviendo á los florentinos y lu- 
queses ciertos castillos, le atacó en su casa, auxiliado de 
las poderosas familias de los Gualandi, los Sismondi y 
los Lanfranchi, y aprisionándole junto con sus hijos y 
nietos, los encerró en una torre, cuyas llaves arrojó al 
Arno. En el pozo de los traidores halla Dante á Ugo- 
lino mascando la cabeza de Ruggieri. 

— «La boca levantó del horrible manjar aquel pecador, 
limpiándola con los cabellos de la cabeza que había ya 



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V. — DANTE. 50I 

roído. Luego comenzó : tú quieres que yo renueve el 
desesperado dolor que el corazón nie oprime con sólo 
pensarlo, antes que de ello hable. Pero si mis palabras 
deben ser semilla que germine infamia contra el traidor 
que estoy royendo, hablar y llorar me verás juntamente. 
No sé quién eres, ni de qué manera has venido aquí, 
pero por tu habla me pareces florentino. Tú debes saber 
que yo fui el conde Ugolino y éste el arzobispo Ruggie- 
ri : voy á manifestarte por qué tengo tal vecino. No hay 
que decir que confiando en él, fui preso y luego muerto 
á causa de sus perversos pensamientos. Pero acaso no 
has oído cuan cruda fué mi muerte; oiráslo y sabrás 
si me ha ofendido. Una menguada abertura en el en« 
cierro que por mí ha tomado el título de torre del ham- 
bre y en que debiera ser todavía encerrado otro, me 
había ya dejado ver muchas lunas cuando tuve un mal- 
hadado ensueño que me rompió el velo de lo futuro. 

^Este que estoy royendo se me presentó como jefe de 
una muchedumbre que nos cazaba á nosotros, lobos y 
lobeznos, en aquel monte que impide á los písanos ver 
á Luca. Con perras flacas, solícitas y diestras, Gualandi 
acompañado de Sismondi y de Lanfranchi se había ade- 
lantado á los demás cazadores. Después de breve corrida 
me parecían cansados el lobo y los lobeznos y que les 
hendían los costados agudos colmillos. Al despertarme 
por la mañana oí que en sueños lloraban mis hijos que 
conmigo estaban y que demandaban pan. Muy cruel 
eres si no te dueles ya pensando en lo que á mi corazón 
se anunciaba; y si no lloras, ¿de qué sueles llorar? 
Despiertos estaban ya y se acercaba la hora en que se 
solía traernos la comida, y cada uno estaba temeroso 
pensando en sus ensueños. Y sentí clavar la puerta de 
abajo de la horrible torre ; por lo que miré cara á cara á 
mis hijos sin decir palabra. Yo no lloraba, pues mi 
corazón se había vuelto de piedra. Lloraban ellos y 
mi Anselmuccio me dijo: ¿por qué miras así, padre? 
¿qué tienes? Pero yo no lloré, ni respondí todo aquel 
día, ni la noche después hasta que salió en el mundo 



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5 02 V. — DANTE, 

Otro sol. Al entrar en la dolorosa cárcel un poco de luz 
y al conocer yo por el aspecto de mis cuatro hijos, cuál 
era el mío, mordíme ambas manos á efecto del dolor, 
y ellos pensando que lo hiciese por deseo de comer, 
levantáronse de súbito, y dijeron: padre, menos dolo- 
roso será el que tú comas de nosotros : tú vestiste estas 
miserables carnes, tú las despoja. 

;»Aquietéme entonces para no entristecerles más: aquel 
día y otro estuvimos todos, todos mudos. Oh dura tie- 
rra, ¿por qué no te^ abriste? Luego que hubimos llegado 
al cuarto día, Gaddo se me arrojó tendido á los pies di- 
ciendo: Padre mío, ¿por qué no me ayudas? Murió al 
punto, y como tú me ves á mí vi yo expirar los tres uno 
tras otro entre el día quinto y sexto : entonces empecé á 
andar vacilando sobre ellos y tres días les llamé después 
que hubieron muerto. Luego pudo más el ayuno que el 
dolor.» Cuando esto hubo dicho volvió los ojos y clavó 
de nuevo en el miserable cráneo los dientes que que- 
brantaron los huesos, fuertes como los de un can. ¡ Ah, 
Pisa, vituperio de las gentes de aquel bello país donde 
el Sí se pronuncia ! Ya que tanto tardan sus vecinos en 
castigarte, muévanse las islas Capraya y Gorgona y obs- 
truyan el Arno en su desembocadura para anegar á tus 
moradores.» (Canto XXXIII.) 

No hay que encarecer, cada paso, cada rasgo, cada 
palabra. La voz trágico parece que no significaría todo 
lo que significa, si no existiese en la poesía esta página. — 
Mas, bueno es apartar pronto los ojos de cuadro tan te- 
rrible como sublime, y abandonarse con el poeta á más 
serenas contemplaciones. 

Diario de Barcelona, 3 de Septiembre de i856. 



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VI. -DANTE. -Purgatorio. 



DESCRIPCIÓN, CASELLÁ, BEATRIZ. 

Los poetas han visto de nuevo las estrellas y respiran 
ya un nuevo ambiente. La isla oceánica en que se en- 
cuentran sin ser todavía una región celeste, no es ya 
infernal ni tampoco terrena. Diríase que es el afortuna- 
do ensueño de uno de los primeros exploradores de le* 
janas y desconocidas costas, en que circuido de una 
atmósfera encantada se reproduce con rasgos verdaderos 
y vivos el aspecto del nuevo cielo y de la nueva tierra 
que sus ojos han contemplado : 

— Dulce color de zañr oriental que se percibía en el 
aspecto sereno del aire puro hasta la más alta esfera, 
renovó el placer para mis ojos desde luego que hube 
salido del aura muerta que me había contristado los 
ojos y el pecho. El bello planeta que inspira amor ha- 
cía sonreír todo el oriente, eclipsando á los Peces que 
íc hallaban en su séquito. Volvíme á mano derecha, 
puse la atención en el otro polo y vi cuatro estrellas 
jamás vistas después de los primeros hombres. Con sus 
centellas parecía regocijarse el cielo. ¡Oh viudo país 
septentrional después que estás privado de mirar aque- 
llos luceros! 

A este inimitable cuadro sigue de cerca una afectuosa 
escena que ofrece ya un señalado contraste con las del 
infierno: 

— Las almas que por mi respiración se apercibieron 
de que yo era vivo, quedaron pasmadas de sorpresa; y 
como á un mensajero que trae un ramo de olivo sigue 
la gente para oir nuevas, sin que nadie se muestre pere- 
zoso de andar, así á mi presencia se detuvieron todas 



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3 04 VI. — DANTE. 

aquellas almas afortunadas, como olvidándose de ir á 
purificarse. Vi adelantarse á una de ellas para abrazarme 
con tan grande afecto, que me incitó á hacer otro tanto. 
¡Oh sombras vanas y sólo aparentes! Tres veces dirigí 
hacia él mis manos y tres veces volvieron éstas á mi 
pecho. Creo que me sonrojé de sorprendido, y entonces 
la sombra se sonrió y se apartó y yo pasé á otro punto^ 
siguiéndola á ella. Suavemente me dijo que me detu- 
viese; entonces conocí quién era y le rogué que para 
hablarme se parase un poco. Repúsome: «Así como te 
amé en el cuerpo mortal, así te amo suelta ; por esto me 
detengo...» Y yo: «Si nueva ley no te prohibe la memc- 
ria ó el uso del amoroso canto que solía apaciguar todas 
mis cuitas, plázcate consolar algún tanto con ello el 
alma mía que junto con su cuerpo, viniendo hasta aquí, 
tanto se ha fatigado.» Amor que en la mente me raio- 
na (i), comenzó entonces á cantar tan dulcemente, que 
dentro me suena todavía la dulzura. Mi maestro y yo y 
la turba de almas que allí estaban parecían tan conten * 
tos, como si nadie pensase en otra cosa. Estábamos todos 
fijos y atentos á sus notas; mas hete al honesto anciano, 
guardador de aquel sitio, gritando: « ¿Qué es esto, espí- 
ritus lentos? ¿Qué negligencia, qué detención es esta? 
Corred al monte á despojaros de la corteza que no os 
permite contemplar á Dios.» Así como cuando las palo- 
mas reunidas para el pasto, están cogiendo trigo ó ciza* 
ña, permaneciendo quietas sin mostrar la acostumbrada 
esquivez, si aparece una cosa que les dé temor, repenti- 
namente dejan la comida, porque se hallan asaltadas de 
un cuidado mayor; así vi aquella mesnada reciente- 
mente reunida abandonar el canto y huir hacia la costa 
como hombre que anda sin saber si le falta mucho ca- 
mino, ni tampoco fué menos apresurada nuestra parti- 
da. (Canto II.) — 

Entre los dolores del infierno aparecen también otras 



(1) Primer verso de una canción de Dante, puesta en música 
por Casella. 



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VI.— DANTE. 5o5 

interesantes figuras: la del arrepentido Manfredo que 
al poeta recomienda que haga saber su estado á su hija, 
honor de Sicilia y de Aragón ; Buonconte, cuya palabra 
terminó después de la batalla de Campaldino en el nom- 
bre de María, y que, disputado por los dos ángeles, fué 
salvado por una sola lágrima; el altivo Sordello, sentado 
como un león que descansa ; Forese, cuyos padecimien- 
tos abtevia su viuda Nella con preces y con su llorar á 
lágrima viva Ccol suo pianger dirotto); la desgraciada 
Pía, sacrificada por supuestos celos, que hizo Siena y 
deshizo Maremma; el trovador Arnaldo Daniel^ tan 
celebrado por Dante y por Petrarca (i). Al aproximarse 
al punto donde debe ver á Beatriz, se encuentra con las 
célicas figuras de Lía (símbolo de la vida activa) que va 
moviendo las manos para hacer una guirnalda, y la 
condesa Matilde que cogía la flor de las flores de que 
estaba pintado todo su camino. 

Llega finalmente la moradora del cielo entre la cual 
y su antiguo amador tiene lugar, á través de las aguas 
del Leteo, la siguiente escena, una de las más necesarias 
para la comprensión del poema y que contribuyen á 
una á embellecer la fantasía, el sentimiento, la signifi- 
cación moral y el interés biográfico : 

— Yo he visto al despuntar del día la parte oriental 
enteramente enrojecida y bellamente sereno el cielo 
opuesto; y nacer velada la faz del sol, de suerte que 
templándolo los vapores, el ojo lo sufría largo trecho; 
así dentro de una nube de flores que iban saltando de 



(1) Creemos de algún interés para nuestros lectores los versos 
provenzales puestos por Dante en boca de Arnaldo y restaurados por 
M. Raynouard: 

Tan ro^ abelis vostre cortes deman 

Qu* ieu no me puesc ni vuelh á vos cobrire 
leu sui Arnaud que plor e vai cantan; 

Cossiros vei la passada folor 

£ jauzen vei lo jorn qu' esper denan. 
Ara US prec per aquella valor 

Que US guida al som sens frech e sens calina 

Sovcnga vos a tems de ma dolor. 



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5o6 VI. — DANTE, 

las manos angélicas y caían ya dentro, ya fuera, ceñida 
de olivo sobre candido velo, uña mujer me apareció 
cubierta de un verde manto, vestida de color de llama 
viva ; y mi espíritu, que no estaba acostumbrado desde 
tanto tiempo á su presencia, sobrecogido de estupor y 
temblando, sin que los ojos se lo advirtiesen, por oculta 
virtud que de ella provenía, sintió el grato poderío de 
antiguo amor. 

Luego que hirió mi vista la alta virtud que me había 
ya traspasado antes de salir de la niñez, volvíme á la 
mano siniestra con el mismo respeto con que el infante 
corre á su madre, cuando tiene miedo ó se halla afligi- 
do, para decir á Virgilio : a Ni un adarme de sangre me 
ha quedado sin temblar; bien conozco las señales de la 
antigua llama.» Pero Virgilio nos había dejado sin su 
compañía, Virgilio, padre dulcísimo, Virgilio á quien 
me había entregado por mi bien. Y á pesar de hallarme 
internado en el suelo natal de nuestros padres, no pude 
lograr que mis mejillas, que antes habían sido lavadas 
con rocío, no se manchasen de lágrimas. — «Dante, por- 
que Virgilio te ha dejado, no llores todavía, no llores 
tan pronto, que llorar te conviene por otro dolor.» — 
Como almirante que corre de proa á popa para alentar 
á la gente que hace sus oñcios en los altos maderos, 
cuando me volví al oir mi nombre que me he visto 
obligado á recordar, ví á la margen siniestra del carro 
la mujer que antes me había parecido velada en la nube 
angelical, dirigir sus miradas hacia mí aquende el río. 
Aunque la ocultaba en parte el velo que descendía de 
su cabeza, circuido de las hojas de Minerva, regiamente 
altiva en su actitud, continuó, como aquel que habla 
reservando para después las palabras más calorosas: 
« Mírame bien : yo soy, yo soy Beatriz : ¿cómo te creíste 
digno de subir este monte? ¿ acaso no sabías que el hom- 
bre es aquí feliz?» Mis ojos cayeron en la clara corrien- 
te, pero mirándome retratado en ella los puse en la 
hierba : tanta era la vergüenza que sentí en mi frente. 

Como la madre parece enojada contra el hijo, así pa- 



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VI. — DANTE. 507 

r¿c¡ó ella contra mí, porque su piedad obligada á re- 
prender, debía tener un sabor amargo. Calló y súbita* 
mente cantaron los ángeles : in te Domine speravi^ pero 
no pasaron más allá dtl pedes meos. Bien como la nieve 
entre los lozanos árboles allá en el dorso de Italia se 
congela soplada y constreñida por los vientos de Escla- 
vonia , y después deshecha por si misma va filtrando, 
cuando la tierra ardiente que carece de sombra envía 
sus vientos, de la manera que el fuego derrite una vela; 
así me mantuve sin lágrimas y suspiros hasta que oí 
cantar á los que siempre acuerdan sus notas con la mú- 
sica de las eternas esferas. Pero en cuanto oí que con 
sus dulces acentos se compadecían de mí más que si 
hubiesen dicho: «mujer, ¿por qué le afliges?» el hielo 
que se me había aglomerado alrededor del corazón se 
convirtió en espíritu, y en agua salió angustiosamente 
del pecho por la boca y por los ojos. Ella empero firme 
en su asiento^ dirigió luego sus palabras á las substancias 
piadosas: «Vosotros, vigilad en el eterno día, de suerte 
que ni noche ni sueño no haga que dejéis de percibir 
un solo paso de los que da el tiempo en sus caminos, 
pues mis palabras son dichas con el mayor cuidado para 
que me oiga aquel que allá está llorando y sean de una 
misma medida la culpa y el duelo. No solamente por 
el influjo de las grandes ruedas celestes que encaminan 
cada germen á su fin según son las estrellas que lo 
acompañan, sino también por largueza de gracias divi- 
nas, las cuales tan altos vapores hacen llover que nues- 
tra vista no los alcanza, este fué tal en su vida juvenil 
por la virtud recibida que todo recto hábito hubiera 
hecho en él admirable prueba. Pero tanto más maligno 
y más silvestre se hace el terreno con la mala semilla y 
falta de cultura, cuanto mayor es su vigor terrestre. 
Algún tiempo le sostuve con mi aspecto, y mostrándole 
mis ojos infantiles le conducía por el derecho camino. 
Mas luego que me hallé en el umbral de mi segunda 
edad y mudé de existencia^ sacudió mi coyunda y aceptó 
otras. Cuando hube ascendido desde la carne al espíri- 



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5o8 VI. — DANTK. 

tu, y había crecido en belleza y en virtud, le fui menos 
cara y menos grata; y dirigió sus pasos por senda no 
verdadera, siguiendo falsas imágenes de bien que no 
cumplen por entero promesa alguna. No me valió al- 
canzarle inspiraciones con las cuales y en el sueño y de 
otras maneras le amonesté, pues poco efecto le hicieron. 
Tan hondo cayó que no hubo medio para moverle á la 
salvación, sino el mostrarle las perdidas gentes. Por 
esto visité la puerta de los muertos y supliqué llorando 
al que hasta aquí le ha conducido. Roto sería el alto 
decreto de Dios si se pasase el Leteo y se gustase tal 
bebida sin alguna paga de arrepentimiento que cueste 
lágrimas.» 

Diario de Barcelona^ 6 de Septiembre de iS56. 



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VII.- DANTE. -Paraíso. 



PICARDA. — CACCIAGUIDA. 

Con más fijeza que jamás lo miró águila alguna, mi- 
raba Beatriz el sol, y así como de un rayo de luz nace 
otro, se comunicó al poeta el acto de su celestial con- 
ductora. Volaron entonces siguiendo el camino inverso 
del rayo: llevábalos á su fin (según manifiestan las bre- 
ves palabras que sonrió Beatriz) por el gran mar del 
ser, el instinto de su propia naturaleza, removidos los 
obstáculos que á él pudieran oponerse : j concepción 
verdaderamente espiritual y en que compiten lo profun- 
do y lo sublime ! 

En la primera estrella, es decir, en la Luna, se les 
presenta una muchedumbre de espíritus de apariencia 
vaga, á la manera de los delineamientos de un objeto 
visto á través de un cristal ó de un agua tersa y tranqui- 
la. Platica con Picarda de la familia de los Donatos, de 
quien Forese había dicho ya en el Purgatorio: 

La hermana mía que de bella ó buena 
No sé qué fuese más , triunfa alegre 
En el Olimpo ya con su corona, 

y que arrebatada del claustro por un pariente corso, que 
lo era también de Dante, y á cuyo apodo de Malefammi 
parece aludir, rompió violentada sus votos. Señálala 
ésta á Costanza, madre de Federico II, que por su he- 
reditaria soberbia llama tercer viento. 

— «Dirigíme á la sombra que parecía más deseosa de 
platicar, y comencé como hombre oprimido de un deseo 
demasiado vivo : « Oh bien creado espíritu que á los ra- 
yos de la vida eterna sientes la dulzura que no se com- 



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5 10 VII. — DANTE. 

prende sino gustada; obligado me dejarás si me satisfaces 
con tu nombre y con vuestra suerte. Entonces ella pron- 
ta y con ojos risueños: «Nuestra caridad no se niega á 
justos deseos, de la misma manera que aquella que quie- 
re toda su corte semejante á sí misma. Yo fui en el mun- 
do una virgen sagrada, y si con atención me miras no 
te será estorbo para conocerme el ser ahora más bella, 
sino que reconocerás que soy Picarda, que puesta aquí 
con otros bienaventurados, bienaventurada soy en la 
esfera más tardía. Nuestros afectos, que sólo inflama el 
placer del Espíritu Santo, se regocijan de uniformarse 
á su voluntad, y nuestra suerte, que parece inferior, se 
nos ha dado porque fueron olvidados nuestros votos y 
vacíos en cierta manera» (i). Entonces yo á ella : «En 
vuestros admirables aspectos resplandece un no sé qué 
divino que os transforma del primer concepto quede 
vosotras se ha formado. Por esto tardé un poco en reco- 
nocerte, mas lo que me dices, me hace más fácil recor- 
dar. Pero dime : vosotras que tan felices sois aquí, ¿de- 
seáis ascender á más alto lugar para ver más y para ser 
más amigas de Dios?» 

Con las otras sombras se sonrió un poco y me contestó 
tan alegre que parecía arder en el primer fuego del amor: 
«Hermano, nuestra voluntad apacigua la virtud de la ca- 
ridad que nos hace querer sólo lo que tenemos y no as- 
pirar á otra cosa: si deseásemos un lugar más superior 
discordarían nuestros deseos con la voluntad de Aquel 
que aquí nos coloca...» Claro vi entonces cómo en todas 
partes del cielo reside el paraíso y cómo no llueve de 
una misma manera la gracia del Sumo Bien. Pero así 
como acaece que si un manjar agrada, queda todavía el 
apetito de otro manjar y se solicita el uno mientras se 
dan las gracias del otro, hice yo con actos y con pala- 
bras, para averiguar de ella cuál fué la senda que siguió 
y que no le llevó á la cima. « Perfecta vía y alto mérito 
ponen más alto en el cielo, me dijo, á una mujer l[Sania 



(1) VoH y vótij juego de palabras intraducibie. 



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vil. — DANTE. bíl 

Clara), á cuya imitación se visten y velan muchas en 
vuestro mundo para que hasta la muerte vivan con aquel 
Esposo que acepta todo voto que se conforma con la 
caridad. Del mundo para seguirla jovencita huí y en su 
hábito me encerré y prometí seguir el camino de su sec- 
ta, hasta que hombres más usados al mal que al bien, 
me arrebataron fuera del dulce claustro. ¡ Dios sabe cuál 
fué desde entonces mi vida ! Y este otro esplendor que 
se te muestra á mi derecha y que se ilumina con toda 
la luz de nuestra esfera, también como yo, fué virgen 
sagrada y de la frente le fué quitado el sacro velo : mas 
después que al mundo hubo regresado contra su grado y 
contra buena usanza, jamás estuvo suelta del velo del co- 
razón. Esta es la luz de la gran Costanza que del segun- 
do viento de Suabia engendró el tercero, último pode- 
río de esta casa.» 

Así me habló y comenzó á decir: Ave Marta, cantan- 
do, y cantando se desvaneció como en honda agua cuer- 
po grave. Mi vista que la siguió cuanto pudo, se volvió 
luego á un objeto más deseado y toda se convirtió á 
Beatriz ; mas ésta fulguró de suerte que mis miradas no 
pudieron sufrir su aspecto y hube de tardar un tanto en 
interrogarla.» (Canto III.) 

Los luminosos espíritus que moran en la esplendorosa 
estrella de Venus se perciben como la centella en la 
llama, como una voz se discierne de otra voz cuando 
aquélla se sostiene y la otra sube y baja. Con no menos 
peregrina comparación y con inimitables versos realza el 
poeta la pintura del movimiento y el canto de los bie- 
naventurados habitadores del sol: «Entonces como reloj 
que da el aviso en la hora en que la esposa de Dios se 
levanta á dar el alborada (mattinar) al esposo porque la 
ame; que de una parte y otra tira y mueve, tin, tiriy 
sonando con notas tan dulces que el bien dispuesto es- 
píritu se hinche de amor; así oí la gloriosa rueda mo- 
verse y dar voz tras voz con acento y con dulzura que 
no pueden conocerse, sino allí donde el gozar se eterni- 
za.» (Canto X.) — En el profundo seno de Marte cente- 



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5 12 VII. — DANTE. 

Uea una Cruz formada de vivísimas luces, ó espíritus 
de guerreros bienaventurados, cuyos cantos arroban al 
poeta antes de comprender el sentido de sus palabras. 

Entre estos guerreros encuentra Dante á su ascendiente 
Cacciaguida que le describe las antiguas costumbres de 
su patria, sus males presentes y las amarguras del des- 
tierro que debe probar el poeta. De la pintura de la 
Florencia de su tiempo, terminada con una reseña de 
su propia vida, paso justamente celebrado, aventuramos 
la siguiente imperfecta traducción que á lo menos dará 
una idea del movimiento poético y de la manera del in— 
imitable modelo: 

Cuando el antiguo muro la ceñía 

Do suena todavía tercia y nona (i), 

Sobria Florencia y casta en paz vivía. 
No tenía joyeles, ni corona, 

Ni damas con sandalias, ni cintura 

Que campease más que la persona. 
La hija no llenaba de amargura 

A su padre al nacer, pues se guardaba 

En lo del dote y en la edad mesura. 
Aun vacías sus casas no mostraba, 

Y aun Sardanapálo á la escondida 

Cámara sus secretos no enseñaba. 
De Montemalo la ciudad vencida 

No era de Ucejla toyo (2) que ha ganado 

En el subir para mayor caída. 
Yo vide á Bellicion Berti abrigado 

Con cuero y huesos, y dejar su esposa 

Su pobre espejo, el rostro no afeitado; 
Nerli y Bechio mostrar con faz gozosa 

Su piel desnuda, y la mujer honrada 

Con el huso en la mano laboriosa. 
Y cada una sabía j afortunada I 

Su tumba cuál sería, pues ninguna 

Por Francia era en su lecho abandonada. 
Una velaba al lado de la cuna 



(1) Es decir, el antiguo rcciato donde todavía se hallaba el cam- 
panario ó torre de las horas. 

(2) Estas dos montañas, desde las cuales se ve respectivamente 
á Roma y á Florencia, designan los dos ciudades. 



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VU, — DANTK. 3l3 

Y cariñosa el balbuceo usaba 

Que alegra al padre antes que cosa alguna. 
Otra, mientras la rueca destrenzaba, 
Con los suyos en fábula sabrosa 
Troya, Fiesole y Roma recordaba, 

Y como un ( üncinnato extraña cosa 
O una casta Cornelia ora sería, 
Fuéranlo entonces Lapo ó Della Tosa (i). 

A tan dulce y feliz ciudadanía, 

A tan quieta y pacíñca morada, 

A tan grato vivir dióme María 
Con lamentables gritos invocada, 

Y en vuestro antiguo batisterio fuera 
Cristiano y Cacciaguida á la vegada. 

De Eliseo y Moronto hermana era, 
Unióseme mujer del Val de Pado 

Y ella á tu sobrenombre origen diera. 
Después seguí al Emperador Conrado 

Y el cíngulo me dio de su milicia; 
Tanto mi buen obrar fué de su agrado. 

Seguíle á combatir á la malicia 

De la ley cuyo pueblo usurpa hoy día 

Por culpa del Pastor vuestra justicia (2), 
Hasta que al fín aquella gente impía 

Arrebatóme al mundo mentiroso 

.Cuyo amor tantas ánimas desvía 

Y pasé del martirio á este reposo. 

(Canto XV.) 



(1) Lapo Saltarello, jurisconsulto florentino, y Cianghella Della 
Tosa, personajes muy desacreditados de la época del poeta. 

(2) Es decir, seguíle á la cruzada, á combatir la ley perversa de 
Mahoma, cuyos secuaces usurpan la jurisdicción que vosotros debie- 
rais tener en los lugares santos. 



Diario de Barcelona^ 14 de Septiembre de i856. 



33 



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VIH. -DANTE -Paraíso. 



LA CORONACIÓN. — ROSA DEL EMPÍREO. 

Así va ascendiendo el poeta, uniendo altísimos con- 
ceptos á los imperfectos datos astronómicos de su tiem- 
pOy mezclando jos discursos, las plegarias y las transpa- 
rentes imágenes del mundo espiritual, usando especial- 
mente con inagotable invención de encantadores emble- 
mas, sugeridos por los delicados fenómenos de la luz y 
del sonido. Dada ya anteriormente una reseña de esta 
parte, sin duda la más sublime del poema, temeríamos 
profanarla en cierta manera, si depositásemos en estas 
hojas sueltas interrumpidos fragmentos de lo que el 
mismo poeta declara incompleta exposición de su asun- 
to. Nos contentaremos pues con poco más de un canto 
entero, canto de poesía célica, y en que el lector más 
impaciente no debería perdonarnos supresión alguna. 

— Como el pájaro, guarecido entre las amadas hojas en 
el nido de sus dulces hijos durante la noche que le ocul- 
ta los objetos, el cual para ver los deseados aspectos y 
para hallar la comida con que los apaciente, tarea que 
le hace agradables los más pesados trabajos, previene el 
tiempo puesto en la abierta rama y con ardiente afecto 
aguarda el sol, mirando ñjamente para ver el alba que 
ha de nacer;- así mi señora estaba parada y atenta, vuel- 
ta hacia la parte del ciclo en que camina más lento el 
sol; de suerte que viéndola yo suspensa y distraída, 
hice como aquel que siente un deseo y esperando se 
contenta. 

Mas poco tiempo discurrió entre mi deseo y el mo- 
mento de ver el cielo que se iba más y más esclarecien- 
do. Y dijo Beatriz: «He aquí los escuadrones del triunfo 



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VIH.— DANTE. 5l5 

de Cristo y todo el fruto que se recoge del volver de es- 
tas esferas.» Parecíame tan ardiente todo su aspecto y tan 
llenos de alegría sus ojos que debo renunciar á expre- 
sarlo. Cual en los serenos plenilunios ríe Lucina entre 
las ninfas eternas que pintan el cielo por todos sus senos, 
vi yo sobre millares de antorchas, un sol que las encen- 
día todas, como nuestro sol enciende las estrellas; y por 
entre la viva luz irradiaba la luciente substancia con tanta 
claridad que mi vista no podía sostenerla. Entonces Bea- 
triz, ¡oh guía dulce y cara! me dijo: «Aquel que avasalla 
tus miradas es la virtud sin mancilla ; es la sabiduría y 
el poder que abrió las sendas entre el cielo y la tierra y 
es Aquel de que hubo tan largo deseo.» Como fuego se 
desencadena de nube para dilatarse, no cabiendo dentro 
de ella, y cae á la tierra contrariando su naturaleza ; así 
mi mente engrandecida entre aquellos sabores, salió 
fuera de sí misma y no sabe recordar lo que entonces 
hizo. «Abre los ojos y mira quién soy yo: tú has visto 
cosas por las cuales has llegado á ser poderoso á soste- 
ner mi sonrisa. j> Me hallaba yo como aquel que se aper* 
cibe de una olvidada visión y que en balde se esfuerza 
para renovarla en la mente, cuando oí este ofrecimiento 
digno de tanta gratitud que jamás se borre del libro 
en que está escrito lo pasado. aSi de repente sonasen to- 
das aquellas lenguas que enriquecieron con su más dul- 
císima leche Polimnia y sus hermanas, no serían bas^ 
tantes á ayudarme, ni alcanzarían la milésima parte de 
la verdad cantando la santa sonrisa y la claridad que 
ésta infundía en el santo aspecto.» 

De esta suerte debe dar saltos el sagrado poema tra- 
tando de representar el paraíso, á semejanza del que 
halla cortado su camino ; mas quien considerare el po- 
deroso tema y la espalda mortal que de él se ha encar- 
gado, no censurará el temor del agobiado poeta. No es 
pasaje para pequeña barca el que va hendiendo la atre- 
vida proa, ni para piloto que no emplee todas sus fuer- 
zas. — «¿Por qué mi faz de tal modo te enamora que 
no te vuelves al bello jardín que florece bajo los rayos 



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5l6 VIII.— DANTE. 

de Cristo? Aquí hay la rosa en que se encarnó el Verbo 
divino ; aquí hay los lirios cuyo olor lleva al buen ca- 
mino.» Así Beatriz; y yo que estaba enteramente pronto 
á seguir sus consejos, de nuevo volví á luchar con mis 
débiles párpados. Como alguna vez á un rayo de sol 
que puro se desliza entre rota nube vieron mis ojos un 
prado ñorido, mientras encima de él reinaba la sombra; 
así vi yo entonces nuevas turbas de esplendores que 
desde arriba fulguraban rayos ardientes, sin que viese 
el principio del fulgor. iOh ! benigna virtud que de tal 
modo los iluminas, entonces tú te levantaste para que 
no hubiesen de apartarse mis ojos que no bastaban á 
sostener tu esplendor. El nombre de la bella flor que yo 
siempre invoco mañana y tarde me incitó todo el ánimo 
á contemplar el mayor fuego. Y mientras en mis ojos se 
reflejaba la calidad y la grandeza de la viva estrella que 
allí arriba vence como venció aquí abajo, por entre el 
cielo descendió una luz formada en cerco á guisa de 
corona y ciñóla y dióle vueltas al rededor. La melodía 
que más dulce suena en la tierra y más atrae el alma, 
parecería nube que truena desgarrada, comparada al 
sonido de aquella lira que coronaba el bello zafir, con 
que se engalana el más claro cielo. «Yo soy amor angé- 
lico, que rodeo la suma alegría que respira del vientre 
que fué albergue de nuestro deseo ; y sempiternamente 
te rodearé, Señora del cielo, mientras seguirás á tu Hijo 
y beatificarás con tu presencia la suprema esfera.» Asi 
completaba su carrera la circular melodía y todas las 
demás luces hacían sonar el nombre de María. 

El real manto que circunda todas las esferas del mun- 
do y que más hierve y se vivifica con el hálito y con las 
obras de Dios, tenía encima de nosotros tan distante su 
superficie, que no se distinguía desde el punto en que yo 
me hallaba; por esto no pudieron mis ojos seguir la 
coronada llama que se levantó en pos de su semilla. Y 
como el infante que hacia la madre tiende los brazos 
después de haber gustado la leche, demostrando fogosa- 
mente el estado de su alma, cada uno de aquellos es- 



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VIII. — DANTE. 5 17 

plendores alargó su cima de manera que me fué mani- 
fiesto su alto amor á María. Entonces permanecieron en 
presencia mía, cantando tan dulcemente Regina coeli 
que jamás de mí se ha apartado el placentero efecto. ¡Oh! 
¡cuánta es la riqueza que se contiene en aquellas arcas 
riquísimas que tan diligentes fueron en sembrar aquí 
en la tierra! Allí se vive y se goza del tesoro que se 
adquirió llorando en el destierro de Babilonia, donde 
el oro es despreciado. Aquí triunfa bajo el alto Hijo de 
Dios y de María, junto con el antiguo y el nuevo con- 
cilio, aquel que tiene las llaves de tal gloria. (Can- 
to XXIII.) 

Escudando de nuevo con la dificultad de la empresa 
lo imperfecto de la ejecución, ofrecemos la siguiente 
versión métrica de un breve fragmento. Describe el poe- 
ta las dos cortes supremas de los bienaventurados y de 
los ángeles en el empíreo ; dispuesta aquélla en forma 
de grandiosa flor ó de resplandeciente anfiteatro. 

En forma de alba y esplendente rosa 
Me aparecía la legión sagrada 
Que Cristo con su sangre hizo su esposa; 

De abejas semejante á una bandada 
Que ya viene á posar sobre las ñores, 
Ya torna á fabricar la miel preciada; 

La tropa angelical que los loores # 

Canta al vuelo, de Aquel que la enamora, 
La Bondad que le dio vida y honores, 

O bajaba á la flor que se decora 
Con hoja tanta, ó á la mansión se iba 
Donde su amor eternamente mora. 

Era toda su faz de llama viva. 
De oro sus alas, su color tan blanco 
Que de la nieve la blancura esquiva. 

Al bajar en la flor de banco en banco 
El ardor y la paz comunicaba 
Que volvía á tomar volando al flanco. 
(Canto XXXI.) 

Al principiar uno de los últimos cantos, con ocasión 
de haber descrito su propia coronación por el Príncipe 
de- los Apóstoles, exclama repentinamente el poeta: «Si 



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5l8 VIII.— DANTE. 

jamás aconteciere que el poema sacro en que han puesto 
mano cielo y tierra, de suerte que me ha hecho langui- 
decer durante muchos años, llegase á vencer la crueldad 
que me tiene fuera del bello aprisco donde dormí cor- 
dero, sólo enemigo de los lobos que le hacen guerra; 
con otra voz entonces, con otro vello regresaré poeta, y 
sobre la fuente de mi bautismo me ceñiré la corona....» 
Este voto, con tan candorosa y noble altivez manifesta- 
do, este deseo en que entra para más el honor de la pa- 
tria que el de la gloria, no llegó á realizarse. A poco de 
haber terminado su poema, y por consiguiente no mu- 
cho después de haber escrito estos versos, fué cortado el 
hilo de su vida, como si hubiese ya completado su ca- 
rrera en la tierra. 

Diario de Barcelona^ 34 de Septiembre de i856. 



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lX.-DANTE.-Con6lusióii. 



Tiene Dante un estilo; y no sólo es propio suyo, nue- 
vo y original, sino que á veces raya en singular: á uo 
tiempo sabio é ingenuo,