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Full text of "Obras del doctor D. Justo Sierra"

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noticia biográfica 
d:el autor 

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Jurisconsulto emiaente y lit^raito distin- 
guido, cuya imemoria vienera el pueiblo yu- 
oateco, D.. Jusito Sierra «es acreedor como 
eJ qfU€ más á figurar en esta Bibliotoca. 

Nació -en el -puablo de Tixoacaltuiyú eJ 24 
die Septieímbre díe 181 4. Pobre como era su 
familia, y viviendo en aiqueJ rincón ignorat- 
do de la Peninsiuk, Sienra oío hubiera po- 
dido brilJaír en muestro cielo literario si la 
protección ée una familia dístiniguida del 
país no hubiese hecho transladar á aquel ni- 
ño, eni iqaiiem ^ diescubrian tan brÚltaoiltes 
disposiciones, á la capital del Estado, en 
dlondie coimientzó sus estudios con no>ta(blIie 
a^rovedhamieiito. 

Por ti iaño de 1829 cunsó füjosofia ibaijn 
la direoción del ptnesbitero D. Dominigo 
Carmlpos, y teología en 1832. 



VIII 

^ Estudió los 'Cañones y el Derecho civil, 
dirigido por. el célebre Dr. D. Dóminigo 
Lióí>ez de Somoza, y fué tal s-ü aplicación, 
tan dará la Lnibeligencia que mostró v-n 
aqueMos eiStudio-s, q«ue Mego á s.er ten el Se- 
minario Conciliar de San IMcifoniso el más 
aventajaldo, y supo conquisitar una 'beca de 
oposición en el palenque literario. 

lEra tal su afición á la lecttiina' de las buje- 
nas .obras, tal su m-ediitación y tan graaDdle 
eJ fruto que sacaiba de ella, que llegó á ser, 
como dice muy bien uno de sus biógraíos, 
di señor óbisi>o D. íCresoencio Carrillo, un 
prodigio de buen gusto y de erudición. 

Habiendo sido tan rápidos sus primeros 
estudios, y tan defectuosos en su conioep- 
to, se dedicó paira enmendar esíta falta, coín 
notable aihinco, al estudio de los clásicos 
latinos, en cuya lectura Jiallalba su ailima 
elevada la fuente .mlás rica de saber. 

La historia >geneíral, asi sagrada como 
profana, había sido objeto de sius estudios, 
de tal suerte, que al oírle nos parlecia es- 
cuichar á un contelmlporáneo de las edades 
pasadas. * 

La historia particular die Yucatán era su 
estudio favorito, y no tememos aseguraír 
que lo que poseeimos de ella, lo diebemos á 
su inoansable aíáni. El, superando toda da- 
se de obstáculos, emlpleaba las horas die su 
jiuventud en registrar nuestros archivos y 
en consultar sobre muidhos pumtos á los 
que habíati sofeir^ivido á otras épocas. Así, 



IX 



mi-entras sus ccxmípañeros de colegio em- 
pleaban sus horaisi Jíbries en las disífcraiocio- 
nes qoie busca sietmtpre lai juívenitud, Sierra 
hojeaba los emtpolva-dos manuscritos die las 
oficinas, ó bien oía lai relación úe tos acón- 
tecimienttos ¡pasados, de (boca die aJgiúm an- 
ciano. La obra del R. P. Cogolkido, la úni- 
ca historia anitügua die Yucatán que po- 
seemos, y que ha sido la fuente en donde 
han bebido los escritores modernos, no 
se pendió, gracias ail emipeño de Sierra, que 
la hizo reimprimir, escribiendo una in>tro- 
duoción de mérito para ella, y anotándiola 
en algunas partes, gastando» d'e su propio 
•peculio, para conseguir este noble fin, 
gruesas sulmas. 

La céíebré obra de Mr. StephenS' sobire 
las ruináis etejpatxritías en el) suelo yucateoo, 
obra que, en muesítro concepto es la mejor 
que 56 ha escrito hasita ihoiy sobre el parti- 
dtttar, por k exiactltuídi de sus desoripcio- 
nes, fué tradufcid'a del ingllés ipor Sierra y 
anotaida también por éf mislmio. 

El "Viaije á .lote Bstaldos Unidos," de D. 
Lorenzo Zaívala, fué iiguaílmiente publicado 
por él, precedido dé un noltabUe esitudio so- 
hre la vida pública y escritos de este céle- 
bre yuoaiteco, cuyo nomlbre está enlazado 
con gra:ntíes époioa's de nuestra historia na- 
cional. 

No ^podemos dejar pasar esta ocasión 
sin neoottnenláar este notajblie trabajo del 
sfeñor Sierra á Id» que deseen conocer de- 



teni>diaimén.t<e ai grojn poiitíco Zavala, á 
quien ú bien* es cierto putáesn ¡hacerse «ul- 
gtimos cargos, débese, siii' embargo, gtran 
res^to y profundia ooñisideraioión. R6pe- 
tmiDS qfue el traJbajo de Sieirra efe motalbd'e 
por más de um título, y que pana jtizgaír 
concienzudiaimienite aJ hombre cuya ivSdJa es- 
tá íntimamente Kgalda con la del puieblo 
míexicamo, piieciso es tener presentes las 
conisidenaciones juiciosísi«mas die su oom- 
ipwutriota. 

Sierra abrazó la cannera del foro, gra- 
duándose de dootoT en la NacionaJ y Pon- 
tificia Universidad' diel Elstádo. 

En d año de 1841 dfió á luz el primer {>e- 
riódico literaíTÍo que se publicó en Yuca- 
tán con el tít^Bo del "Míuseo Yúcaíteco." 
A fe publicación del "Museo," que com- 
prende dos tomos en cuarto, hoy raírílsi- 
mos, como antes' hemos dicho, siguió la 
del "Registro Yucateoo," que lliegó á cons- 
tar de cuatro tomos, también en cuaiüto, 
de cetx:a de quimentas pagináis cada 
«no. (*) 

'Redaictó después Sierra el' "Fénix," d)u- 
ranite algunos años, periódico en. cuyas 
colíutmnas se encuíerntraní escritos' de 'verda- 
dero mérito y de gran imporitanicia para el 
Estado, pudiendo citar de entre otrote miu- 



(*) En él se publicó la novela del Sr. Sierra intltmlada 
"Un año en elHospltal de San Lázaro," firmada OQn el 
pseudónimo de José Turrlsa.— (N. del E.) 



XI 



dios l«as interesantes "Efemiórkies yiuoa'te- 
oas" y "La hija del jtwiio," pretoiiOisa novela 
quie vio la luz pública en él foltetínf, die im- 
portamicia histórica tam-bién ; obras aimbas 
diebidiais á la laboriosiidiad' y aft talento diel 
infati'gabte escritor de que nos ocu|paimois, 
y siUiS "'Conisideraiciones sobre el origen, 
«teridendas y probable remedio de la igne- 
rra die jcastas en la Peníriisuila/' estudio pro- 
fiunrio. y notabi'Ksilmo. 

"La Unión Liberal^' fué, entre otros pe- 
riódicois políticois cuyos nombres no recor- 
damos, redactada igualmenite por /Sierra. 

Fruto de un viaje qiue hizo a aiqueíllas re- 
giones 'eú el desempeño de una comisión 
éA Gobierno del lEstado fué la oibra intitu- 
hdia': "Impresiones de un viaje á ¡lo^ Esita- 
dois Unidlos y al iCanadiá," de que poseemo-s 
•tres tomos y cuya última parte quedó iné- 
dita por desgracia, asi colmo otros muchos 
trabajos litonariós é hástóricos que sabe- 
mos tenía hechos, peno cuyo paradero ig- 
noraimos. Este fin que ha cabido á los úl- 
timos escritos die Sierra, es verdaderamen- 
te dágno de lamentarse, ¡porque habiéndo- 
sele hecho alooesibles los airchijvos t-p los 
diel Estado, llegó á poseer documentos ra- 
ros é imlportantisiimios qiue le proporciona- 
ron mucha lu-z en stus investigaiciones his- 
tóricas, y es tanto más sensible esta cir- 
aun*stancia, cuanto que, á causa de lias per- 
secucionies de que fué victima este sabio 
yuicaíteco en el año de 1857, tuvo forzosa- 



XII 

miente que abanriomar la ciudiaidf <le Cani- 
•pedhe, en dondie entonioes reisddia, y oon es- 
ta ré^pida separación qfUiddaroni perdidos pa- 
ira sieimpne mil y mil doouimentos que él 
había extraído de los archivos, autorizarlo 
por el Goíbierno. , 

\Como nio nos hemos propuesto seguir á 
Sienra en su vida ¡politica, nos aibsl-oudre- 
raos de entrar en lais oonisidierationes de lo 
muidho que inifltiiyó esta perseculcióin paira 
abreviar su existeniciía, pudiendio muy bien 
decirse que desdie enítonoes comenzó aque- 
lla á dediniar más ositensiblelmiente. 

'Tallies son, rápidaimiente bosquejados, los 
servicios que 3ierra prestó al país como ii- 
terato. iComo juri.sooin.siuflíto, delbensek las 
"Lecciones de derecho miarítiimo interna-, 
cional" que arregló ipara la Escuela Nado-^ 
nal de Comercio, obra la primiera en su gé- 
nero que se ha dado á luz no solo en Yuca- 
tán sino en toda la Nadón, y eJ "Proyecto 
del Código Civil Mexicano," compuesto 
por él die oridien stuprema. 

íPenmíitasenos detentemos al llegar á p'-te 
asunto, porq/ue no podremos ,ser indiferen- 
tes á ese injustóficaíMe olvido en que se ha 
querido dejar el nomlbre de niuestro com- 
patriota en estos últimos años, al darse á 
luz varías obras calcadas, se puede Jecir, 
sobre la suya. 

lEn 1859 el Gobierno nacional, ipor con- 
ducto del señor D. Manuel Ruiz, ministro 
de Justicia enton<ces, encargó á Sierra, 



XIII 

d-esde Veraornz, la fonmaición de un "Pro- 
yecto d-e Código Civil," que en virtud d^e 
sus facultades oniní)modas, el Presidente 
haibría ¡hecho proimiuligaT em toda la Repú- 
Mica; cortando asi de un solo go^pe uno 
d»e los obstáculos mayories para la Duena 
adiiTiámstra'Ciióti de jiusticia en los pueblos 
conistiítuidos en» íedieralcióín, cual os la di- 
ve-rsíidad en la liegislaición civil. Esta hon- 
rosa cuanito dlifícil comisión fué confiada 
al jiuriscomisulto yuoateco, quien la recibió 
etti los momentos en que las docencias qu€ 
le alquejaban haibian llegado a tomar pro- 
poircionies alajnmantes, por los motivos que 
antes expusimos. Conociendo, sin embar- 
g»o, el bien incaloulable que traería á su 
ptóLÍs Ja realiiizaJción de tan elevada empre- 
sa, á í>esar de los trisites vaitiokittos ' de los 
faioultativos, no vaciló en sacrificar Jas es- 
perancéis que tenía de restablecerse, al 
cumlpümiento de un paitdótiico deber. 

lEneerróse en un convento de la ciudad 
de -Mérida (La Mejorada) para poder de- 
dicarse exclusivamente á sus liaibore?, ayu- 
dado en aquel ímproibo trabajo jx^r algu- 
rnos jóveties que son hoy día la honra del 
foro del E-stado. Noisobros recordamos ha- 
ber vifiíto Tn<ultí'tud de veces al Dr. Sierra 
dS»rigiéndose á aquel .convemto, pintados ya 
en su semblante los síntomas de una 
ttiuerte próxima. 

OEn el mes tíe Diciembre del exp-esado 
atl-ó de 1859, Sierra remiitía á Veracruz -.1 



XIV 

primer libro dd Código Qvil!. En la comu- 
nicación que dirigid al Miinistro, leemos es- 
tas notables palabras que revelan el ahinco 
del autor y la importancia de la cbra: 

"Elevo á manos de usted el (primer libiro 
del proyecto de ujn Código Civil Mexicar 
•no. Aunque mis laborejs están ya adlelanita- 
das hiasta el quinto título del libro teiroelro, 
no ha habido tiempo para poner en limipio 
«ino la oapdaí que va adjtinta. «Puede usted 
estar seguro de qiue no alzaré la mano del 
trabajo, que deseo vivameste corresponda 
á las elevadas «móinas dlel> Supremo Gobier- 
no. 

"El método que he seguido es mjuy den»- 
cüilioi; es el miéitodo financés con Has desr- 
viaciones que !he juzgado necesatías, bien 
para conservar lo que del derecho paítrio 
es ciertamente ¿mmejorjable, ó bien para iiin<- 
trodaiKair las .mej'orafi' que detmiandia el esi- 
pirita de la época. De aligo me han valido 
mis apuiri(tes de codificacióin'; pero lo que 
realmente Ime ha servido die .gtuía, hatti sido 
las discusiones ded ^Código Civil francés, 
los coanentarios dd Sr. Rugaron», los Có- 
digosi d^e Ha Luisiana, de Holanda, de 
Vaud», de Piamonte, de Niápoles, de Aus- 
tria, die Blavieiriai y de iPmusia, comparadlos 
con el francés; y sobre todo, el proyecto 
de Oódigo Civil español, b«us iconooridiain- 
cias con nues'tros antiguos, y el de^nedho 
romano, -piublicado con motivos y coimern- 
tariois por el señor García Goyena, uoio de 



KV 

los más iemiin^nibeis jimsconsultos españo- 
léis ée 'lia esouelia madeima.'" 

£1 i8 (de lEnieiro <k i86o, el infaitigaibk 
Si'crra envdalha ail .Gobierno el segundo y 
(tenoer Mbto del proyecto que se le enco- 
«míendó. ¡ A |pocos meses el pueblo yucate- 
co flioraba ía mruente d^e esíte esclarecido 
jturiisoonsuko ! ¡lAqudila tarea inmenisa., 
condiuidia eb ¡tan contó tiempo, Oe habla 
costado .la vidial 

¡Excusado es decir que el Gobierno ge- 
neirail nunca voIyíió á acordarse de aquel 
servido eminente, aunqoíe el ilíbro de Sie- 
rra ha «sido después la base sobre la que se 
ha ¿do diesarrollando la codificacdón civil 
de todla la República. 

iLa viuda y los hijos del escritor yucate- 
co (tampoco han querido traer á la memo- 
ria del Supremo Gobierno, qiue no tuvo ná 
tiempo palna dar ilas igracias á su comisio- 
nado por aquel servicio; han- creído dar 
asi tuna muestra de respeto á la memonia 
del sabio que pjrofesó d¡uranite toda su vá- 
dia la dlootrina de hacer el deber por el de- 
ber, isin esperar jamás Tecompeni^. 

El Estado de Veracruz, siempre del la- 
do de la inteligencia y de las virtudes cí- 
vicas, fué el primero, y quizá led único, que 
tributó un homenaje de respeto y estima- 
ción ai ilustrado Dr. Sierra y á su aprecia- 
ble obra. Exí 1861 ¡se hallaba 2a frente d^ 
gobierno die aquel (Estado el ilustre patrio- 
ta General Ignacio de La Llave, y funcio- 



XVI 

naba -ele presidente de la honoraible legis- 
latura el dásitifligiiido jiiri'sconisiilto D. Ma- 
nuel iM. Alba, 

Estas áos inteJigencias comprendiercwi 
al ims-tan'te el gran mérito del trabajo de 
Siertra, y animados del noble deseo de in- 
troducir una impartan.te reforma en la le- 
gislación del Esitado, concibieron lia id^ea 
<k poner en observancia aquel proyecto; 
con verdadera saltis facción vimos escritos 
de puíío y letra del -señdr Lie. Aliba los dos 
decretos isiguietiites, que formaráai una ipé- 
giná honrosa en la legislación véracruzana : 

"Ignacio de la Llave, Gobernador consti- 
tucional del Estado Libre y Soberaino 
de Veraoruz, á sius haibitantes, salbeld': 
Que la honoraible legislatura del Este- 
do me 'ha dirigido el decreto siguiente : 

Num. 68. — El Conignes'O del Es<tado li- 
bre y soberano de Veracruz, en nombre 
del pueblo, deoreta : 

Airt. I o. Regirá en el Estado, desde Ja 
publicación de esite áeqreto. el siguienite 
G'xligo Civil, es'orito por el jurisconsulto 
C. Justo Sierra. 

Art. 20. — .Se derogan todas lajs leyes an- 
teriores que tratan die lais mismas .mate- 
rias con.tetnida's en el lexpresad'o Códáigo. 
Heroica Veracruz, Diciembre 6 áe 1861. 
— Manuel M. Aillba, Diputado Presidenite, 
— F. Catírera, Diputado Secretario. 
Por tanto, imprímase, publiquese. cir- 



xyii. 

cútese y cprniumíqueseies á quten-es connes- 
ponda. para su esitricta obs'efrvancia. 

HoTÓka Veracruz, iDiciembre 6 ée: 1861. 
— Ignaicdo de la Uave.— Juan Lotirua, Se- 
cuetario." 1 

"N/ú.m. 69. — ¡El Congreso del Estado, etc. 

Ha infecido bien diel Estadio vieraoru- 
zaao el ilustre jurfeoonsulito -C. Ju®to Sie- 
rra, hijo deil' Estadio de Yiuoaítáni, por sius 
ú'ttl'es trabajios en lia formación del proiyec- 
to die lOódigo 'Givi't iMexicano, ipreseinitado 
al ciudadíano Presidenite de la Reipública, 
y tnandado obsiervaír e(n «el Esltado por eí 
decreto núm. 68 de cssía fecha. 

Heróioa Veracruz, Diciembre 5 de 186 1. 
— Main.uel M. Aliba, Diputado Presidiente. 
— ^F. Caibrera, 'Diputado iSeicretario. 

Por taínto, etc. — Ignacio áe La Llave. — 
Juan Lotína, Secretario." 

Confiado er esta capital el proyecto del 
Dr. Sienra á «na comisión de sabios abo- 
gados, antee die fe Intervención, y diespués 
á ofcna compuesta de nctobilidades de .n»ues- 
•tro foro -para hacer las reformas que el 
transcurso del tiempo y los nuevos elemen - 
tos in4jrodticidos en nuestras leyes reolama- 
b^, ha venidJo á con.vertirs»e en el Código 
Civil del Distrito, adoptado ya por varios 
Estados ; siendo de advertir que la Comi- 
sión q«íe forano eJ pnoyeoto, en isti 'larga in- 
•troduoción no se dignó hacelr, una vez «ola, 
mención dieil trabajo de Sierra. 



I^F" 



XVIII 

I<$é(nftica cosa <le sucedió en el Esltado ,d<e 
Veraomz, á fines die 1868. El Lie. D. Fer- 
nando de J. Corona, entonces pmesidente 
deil Tribunal Superior, presentó á la legis^- 
¡Latura, para siu apirobáción, un nuevo pro- 
yecto de Código civil,, que es casi á la letra 
el mismo de Sieinra, sadvo algunas adiicío- 
nes initrodoicidas por el gobierno imperial 
y las ligeras modiíkaícione» que de su pro- 
pio caudal hizo en alguíios capitulos. 

Sin embargo, en la comiunicación qtie di- 
rigió á Ja legislatura en' 18 de ,Dicieim(bre 
del año expresado, no se dignó indiiicar la 
fuente de donde tomó »u proyecto. Esto 
es sen'sible por las personas que come«ten 
tales olvidos, porque al fin la veoxiad so- 
brenada y l'os perjudicados no son por 
cierto los verdaderos auitores. 

Nos hemos detenidb en este .pairticular, 
porque la obra del Dr. Siemra es de infteres 
verdiaderamente naciona^ y hennos quieri- 
dlo arrancar del injiusto olvido en que ¡se de 
ha dejado, el nombre de nuc«itro saib&o 
comipatriota, á quien debemos este peque- 
ño 'tinibuto por la ami*stad con que «se sirvió 
honrarnos!, siendo nosotros todavía muy 
jóvenes, niños, puede decirse. 

Fácil sierá graduar el concepto de que 
gomaba entre sus conciudatíanoi», por los 
honrosos anteced>enites ya descritos; con- 
ceptos que le hizo ocupar los más distin- 
guidos puestos en la carrera políticia., en- 
tr»e ellos el de reprelaientánte d!d Estado en 



XIX 

©1 G^ngreso Nacion'ail, de que llegó á ser 
presidente, y esto, cuando Yucatán cuida- 
ba die «nviair á la Representación nacional 
hijos suyos que no desmintiesen la fama 
gloriosa de los Rejón, los Zaivala, Quinta- 
na y otros^ que han hecho refibniar con los 
magníficos acentos dle su elocuencia d san- 
tuario de liajs leyes ietn nuesitra paitria. 

Sierra fué doctor del gremio y claustro 
de te Universidad de Yucaitán, presidente 
de la Academia d|e Ciencias y Literatura 
de Mériria, y miemibro de otras varias aca- 
dfemiíais y sociedades literaríais. 

Ha 'sido uno de los pocos hombres con 
qtiienes la sociedtad yucatleica no ha sido 
ingrata, sino antes bien, le ha tributado 
sienUpre el homenaje más cumlplido de ad- 
miración y resipieto; ^de tal suerte, que al 
dejaoender al sepulcro el día 15 die Enero 
de 1861, la consternación y el dudo de la 
capital del Estado fueron lo más espontá- 
neo y mayor que hasta ejitonoes se había 
visto. 

FRANCISCO SOSA. 



UN aNo en el hospital 

DE SAN LÁZARO 



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* • 



UN ANO 



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f 



EN 



El Hospital de San Lázaro 



Era la noche del 23 de Mayo de 1840. 
No habiendo tenido por conveniente el 
gobierno aceptar las bases que, para una 
capitulación, propuso el comandante de 
las tropas encerradas en Campeche, por 
medio del cónsul francés Mr. Pharamond, 
y del comandante de la estación france- 
sa en el golfo Mr. Cosmao, al de las fuer- 
zas sitiadoras, no quedó otro recurso que 
estrechar el asedio de la plaza. Las fa- 
milias se desbandaban á centenares hacia 
todas direcciones. La confusión reinaba 
dentro y fuera de la plaza sitiada. Ro- 
tas las hostilidades, mi puesto estaba en 
el reducto de San Miguel ; y bajo una gra- 
nizada de balas y bombas, salí en una ca- 






lesa, de la ptóitela de San Román, con- 
duciendo loa' papeles de la comandancia, 
de que yp\ e'r^i secretario. Enfrente del 
castillejo»'. Ü^s'mantelado de San Fernan- 
do, el pái^állo de la calesa se resistió te- 
naxmentie" á ir más lejos. Al fuego de 
las Baterías había seguido una deshecha 
tsrtigcstad, y las nubes caían desgaján- 
.*d\>,$e en impetuosos torrentes de lluvia y 
¿electricidad. La escuadrilla, surta en el 
.puerto, secundaba con recias andanadas 
de artillería la turbación de los cielos. 
Siéndome imposible avanzar ni retroce- 
der, entré á guarecerme en San Fernan- 
do; pero las dos pequeñas habitaciones 
que contiene, estaban henchidas de en- 
fermos y heridos, que sufrían mil moles- 
tias en un recinto tan estrecho. Serena- 
da un tanto la atmósfera, resolví conti- 
nuar mi marcha á pie, con el pequeño lio 
de papeles bajo del brazo, porque la ca- 
lesa ya no estaba allí. ¡ Vanos esfuerzos ! 
La noche estaba obscurísima, y el cami- 
no intransitable, porque de las colinas y 
oteros inniediatos, corrían al mar una 
multitud de arroyuelos formados por la 
lluvia, y que obstruían enteramente el 
paso. 

De repente percibí el sonido de una 
vihuela, y á la luz de los relámpagos, há- 
lleme frente á frente del hospital de San 
Lázaro. Un pavor extraordinario se apOr 
deró de mí. Mis cabellos, aunque depri- 



midos por la humedad, y pegados entera- 
mente á la cabeza, se me erizaron de es- 
panto. Yo miraba con tal horror aquel 
domicilio de miseria y confusión, que na- 
da en el mundo me hubiera hecho entrar 
voluntariamente en un lugar, cuyo nom- 
bre estaba en mi mente identificado con 
escenas tan horribles y extravagantes, 
como las que leemos en los cuentos fan- 
tásticos de Hoffman. No estaba en mi 
mano, mucho menos en aquella conyun- 
tura, vencer la repugnancia que sentía. 
En medio de una tempestad deshecha, 
á las puertas de un hospital, á pocos pa- 
sos de un cementerio, hallándonos rodea- 
dos de todos los horrores de la guerra, 
y escuchando voces confusas, mezcladas 
con el sonido armonioso de aquella vi- 
huela, todo eso me pareció tan extraño é 
inusitado, que apenas me atrevía á pen- 
sar en una situación tan singular, sin sen- 
tir que las carnes se me horripilaban. 
Pero, en fin, el cielo volvía á encapotarse, 
las horas avanzaban, y mi posición iba 
haciéndose más rara cada momento. Me 
resolví al cabo.... llamé con mal segu- 
ro pulso, tocando aquella puerta miste- 
riosa; y vino á abrirme una persona que 
yo conocía mucho por algunas rareizas de 
su carácter, que otros llamarían locuras. 
Su vista en aquel sitio acabó de descon- 
certarme; pero muy pronto me volvió el 
espíritu al cuerpo, cuando en vez de ha- 



8 

liarme en el festín de los Centauros y los 
Lapitas, ó encerrado en un círculo pare- 
cido al coro misterioso de monjas que 
giraban al rededor de "Roberto el Dia- 
blo," me encontré con gentes amigas, di- 
vertidas y de buen humor; de esas gen- 
tes que no penan por nada, y que en la 
dispersión general de aquellos días, inva- 
dieron el hospital de San Lázaro, al cual 
miraban como un punto de seguridad y 
de recreo. ¡ Loado sea Dios, pues hay 
hombres para todo! Allí pasé, en rui- 
dosa plática, todo el resto de la noche. 

Y allí también recogí las noticias de 
una triste historia, que hoy, en forma de. 
cartas, comienzo á publicar. La mayor 
parte de los sucesos que en ella se refie- 
ren, son verdaderos en el fondo, aunque 
variados los personajes, y aun la época 
del acontecimiento principal. En este 
punto, no he querido renunciar á mis pri- 
vilegios de narrador de leyendas y nove- 
las. Acaso el interés de la presente no 
será mayor cosa, ni la forma que he adop- 
tado cuadrará á todos los lectores. Yo 
mismo tengo una decidida aversión á las 
novelas escritas en forma de cartas, á 
excepción, tal vez, de las del inimitable 
"Richardson." Pero eso mismo me ha es- 
timulado á vencer semejante preocupa- 
ción, que lo es sin duda alguna, pues que 
personas muy entendidas opinan de di- 
versa manera, aunque es verdad que en 



materia de gustos poco puede decirse. 
Bueno ó malo este pequeño . ensayo, no 
he podido resistir á la tentación de pre- 
sentarlo al juicio de mis amigos, segu- 
ros, como deben estar, de que su crítica 
la aceptaré con deferencia y estimación. 
Mérida, i° de Enero de 1845. 

José Turrisa. 



CARTA I. 



Melchor á Manuel. 



Mérida, 9 de Diciembre de 1823. 
Mi querido Manuel: como te dije en 
mi anterior, por ayer debía llegar Anto- 
nio de la hacienda de su familia, ,á donde 
se había retirado por consejo de nuestro 
buen D. Alejo. D. Pablo estaba cons- 
teriiadísimo y alarmado, con las funestas 
noticias que el cura le comunicó, sobre 
el estado de la salud de un hijo, que ama 
mucho más aún después de la sensible 
muerte de D* Felipa. El doctor y yo es- 
perábamos el momento crítico, desde las 

cinco de la tarde Al toque de las 

oraciones de la noche llegó eñ efecto. . . . 
¡Ay, querido amigo! me es imposible ex- 
plicarte la impresión que en mi ánimo 
causó la presencia de nuestro amigo, del 
compañero de nuestra infancia, y en quie- 
nes todos tenían tantas y tan fundadas 



12 

esperanzas. No hay remedio. . La fatal 
enfermedad se ha desarrollado espanto- 
samente, y en opinión del doctor, no exis- 
te poder sobre la tierra, que sea capaz de 
cortar su rápido progreso, pues que la 
ciencia sólo sería parte á prolongar la 
penosa agonía que le espera. El infeliz 
hizo algunos esfuerzos para aparecer se- 
reno y jovial, preguntó por sus parien- 
tes, me habló de tí, de sus deseos de ver- 
te, de sus dibujos, de la colección de pá- 
jaros disecados que ha formado, en fin, de 
todo lo que más pudiera lisonjearle y 
agradarnos. Pero seguramente no supi- 
mos ocultar nuestra emoción, que har- 
to la revelaban el aire pensativo de Dan- 
court, las lágrimas mal reprimidas de D. 
Pablo, y mi respiración oprimida ~y an- 
gustiada. Ello es que de improviso me 
tomó la mano, fijó en mí una mirada ar- 
diente, lanzó un profundo gemido, y se 
arrojó, medio desmayado, en mis bra- 
zos : ¡ pobre Antonio, pobre Antonio ! 

Merced á nuestros esfuerzos, volvió á 
poco rato de aquel vértigo. Procuramos 
tranquilizarlo, aunque necesitábamos de 
tanto consuelo como el enfermo, y lo lle- 
vamos á la cama. Dancourt, ese sabio 
modesto á quien Yucatán, y Mérida es- 
pecialmente, debe un sinnúmero de bie- 
nes: Dancourt, que mira á Antonio con 
singular predilección, permaneció al lado 



13 

de su lecho hasta las diez y media, hora 
en que yo también me retiré. 

No me atrevo á pensar en la tristísima 
suerte que espera á Antonio. Tan joven, 
tan lleno de vida y lozanía, con un bri- 
llante porvenir hasta ahora poco y 

hoy ¡Qué mundo tan engañoso! An- 
tonio está de tal manera desfigurado, que, 
á pesar de lo prevenidos que estábamos 
para verle en esa horrible situación, nos 
sorprendió extraordinariamente. Su piel 
arde, y el pulso late con notable desigual- 
dad. Su color es lívido á veces, y á veces 
es de un rojo subidísimo. Los ojos es- 
tán desencajados, el cabello y las cejas 
han caído casi del todo. Su aliento es 
pestilente, y las manos y los pies están 
cubertos de úlceras pútridfis y malignas. 
¡ Qué mutación en tan poco tiempo ! 
¿Quién ha de creer que este Antonio de 
hoy, es aquel joven robusto, galán y loza- 
no, que era el amor y encanto de cuantos 
lo trataban? ¿Cómo ha podido la natu- 
raleza destruir con tal rapidez, y de una 
manera tan horrible, esa obra suya de las 
más acabadas? 

i Ideas funestas se me presentan, que- 
rido Manuel! Esta enfermedad casi im- 
provisada, yo sospecho que tiene un ori- 
gen má'is antiguo. La decencia, el pudor, 
el respeto debido á un padre como D. 
Pablo, acaso han obligado á Antonio á 
no descubrirse, ni aun con nosotros. Es- 



14 

te es un misterio para mi; pero el doctor 
lo penetró, aunque tarde, y de allí pro- 
vino, sin duda, el malhadado viaje á la 
hacienda de campo. Yo creo que debe 
escudriñarse todo esto, para ver si es po- 
sible, conocida la causa del mal, arran- 
carlo de raíz, y salvar una vida tan pre- 
ciosa. Pero no: yo me alucino. No es 
posible montar de nuevo esta máquina 
admirable, cuando se han relajado sus po- 
derosos resortes. 

No sé, amigo mío: realmente no sé lo 
que me pasa cuando pienso en ciertas co- 
sas. Una catástrofe, en que no me atre- 
vo á fijar mucho la consideración, va á 
preceder, me parece, á la pérdida de nues- 
tro amigo. El, no hay duda, está "laza- 
rino." Imposible es que esto se oculte á 
la vigilante policía de la ciudad, y ya sa- 4 

bes la rigidez de los reglamentos^en este J 

punto, y que no se relajan, ni en favor í 

de la persona más caracterizada. ¿En- 
trevés ya la suerte que espera á nuestro 
pobre amigo ? ¡ Fingiese á Dios que me 
equivocase ! Yo daría hasta la última go- 
ta de mi sangre, para que se librase de 
esa suerte tan infausta. 

En este momento recibo un billete de 
nuestro buen D. Pablo, en que me invi- 
ta con empeño á pasar á su casa. Algo J 
ocurre, amigo mío. Yo suspendo aquí 
mi carta, para continuarla á mi vuelta. 
No me despido. 



) 



i 






15 



Somos 10. 



¡ Veinticuatro horas de borrasca ! 
i Qué dia y qué noche ! Todo está consu- 
mado. La crisis ha sido violenta, horri- 
ble ; pero gracias á Dios que pasó> y el 
pobre enfermo, después de una lucha es- 
pantosa, se ha resignado con la voluntad 
divina. 

La pintura que en su billete me hacia 
D. Pablo del crítico estado de nuestro 
amigo, me obligó á apresurar el paso, y 
llegué á la vez que entraban Dancourt, 
el padre Suárez y el cura V***, provoca- 
dos estos dos últimos por el primero, á 
fin de que, poniéndose de acuerdo, se de- 
dicasen los tres, todos ellos insignes mé- 
dicos, á la curación del pobre Antonio, si 
había alguna esperanza de buen éxito. 
A súplica del afligidísimo D. Pablo, pasé 
inmediatamente á la alcoba del enfer- 
mo, á quien encontré arrodillado al pie 
de su cama, con la cabeza sobre ella, en- 
vuelta entre las sábanas, y lanzando tan 
hondos gemidos, que partían el corazón. 
Me detuve unos momentos contemplando 
aquel espectáculo lastimoso. Yo no po- 
día articular una sola palabra; pero hizo 
un movimiento y me vio. Corrió hacia 
mí con los brazos abiertos, é iba yo á re- 
cibirlo, y estrecharlo entre los míos, cuan- 
do de improviso se detuvo, y "no, no, me 



i6 

gritó, no debo abrazarte si soy tu ami- 
go. Ya no hay padre, no hay familia, 
no hay amigos, no hay mundo para mi. 
Todo se ha acabado en un momento. Yo 
estoy "lazarino," enteramente "lazari- 
no," leproso, proscrito de la sociedad, 
muerto civilmente. ¡ Dios mió ! ¡ Muero, 
estando vivo aún ! ¿ Por qué permites que 
yo conozca la extensión de mi desgracia, 
haciendo así que sufra multiplicados mar- 
tirios? ¿Tan grande ha sido mi culpa, 
que me condenas á un castigo tan atroz, 
tan • odioso, tan insoportable ? Perdón, 
perdón. Dios mió .... yo soy un necio ; 
pero esta prueba es durísima.'^ Lleno de 
amargura, y casi sollozando, interrumpí 
aquel arrebato, y á pesar de su abierta 
resistencia, lo abracé y estreché contra 
mi corazón, y se mezclaron nuestras lá- 
grimas; pero no pude por entonces arti- 
cular la más ligera expresión de consue- 
lo. ¡Tan conmovido me encontraba en 
aquel lance, que duró más de media ho- 
ra! Pasado este tiempo, nos sentamos 
en silencio, que se prolongó algunos mi- 
nutos más ; y mientras los médicos con- 
ferenciaban largamente en la sala, pasa- 
ba entre nosotros otro diálogo no'menos 
triste. Antonio fué el primero que rom- 
pió el silencio, después de aquel acceso. 

— Si fueras como aquellos_amigos de 
Job, ahora te tocaría hablar, querido Mel- 
chor. Me dirías: ¿qué sé yo lo que me 



17 

dirías? Me dirías tal vez, que "los que 
obran iniquidad, y siembran dolores, y 
los siegan, perecieron al soplo de Dios, 
y fueron consumidos por el viento de sj 
ira." 

— Pero, amigo mió, ¿por qué había yo 
de decirte eso? jpor qué te había de ha- 
cer una acusación tan injusta":' 

— Mira, Melchor, yo debo pagar mis 
culpas. Dios sabe lo que hace. ¿ Por qué 
no he de conformarme con mi actual as- 
tado? A ratos me encuentro tan r-^signa- 
do con él, que dejo materialmente de 
sentir toda su amargura... Bi'ín: viviré 
aislado, no veré los objetos más caros á 
mi corazón; pero, yo os escribiré á to- 
dos.... leeré mis buenos libros *ne 

pasearé por las espléndidas orillas del 
mar. ¡ Qué hermoso es el m.ar ! Se ha- 
brán acabado mis ilusiones y pioyectos; 
pero viviré de recuerdos gratísimos. No 
es lo mismo una existencia que otra. . . . 
es verdad, bien lo veo, y harto lo entien- 
do así ; pero moriré .... sí ... . moriré 
pronto, es decir, dentro de dos años, den- 
tro de uno tal vez .... ó menos. ¡ Mori- 
ré joven, nuiy jr^ven, cuando se comien- 
za á vivir! río import? : en sonando la 
hora fatal, ¿qué más da-j haber vivido 
ciento, que veintitrés años? En ese 
momento todo es igual: absoluta rn ente 
igual. 

Hospital— 2 



i8 

— Por Dios, Antonio, no te atormen- 
tes así, ni nos hagas sufrir con semejan- 
tes discursos. Tú estás enfermo, es ver- 
dad; pero tu mal no es incurable, y yo 
tengo esperanza. . . . 

— I Esperanza ! ; esperanza para un "la- 
zarino!" ¿Qué hablas tú de esperanza, 
mal amigo? Para mí.... no hay espe- 
ranza. 

— ¿Y por qué no? Además: ¿quién te 
ha dicho que tú estás "lazarino?" Aun 
cuando tuvieras la desgracia de estarlo, 
yo he oído decir que suele curarse esa 
enfermedad, y sé de algunos casos en 
que el arte ha superado toda la resisten- 
cia que ofrecen los mak)s humores de ün 
"lazarino." Todo lo hace el método, el 
buen régimen de vida, y sobre todo la 
juventud, que tiene mil medios para re- 
sistir una larga curación. No te desani- 
mes, Antonio mío, y procura • moderar 
esa tu imaginación volcánica. Acuérdate 
que tienes padre, que tienes familia y 
amigos. 

— ; Ah Melchor, tú también quieres 
alucinarme ! No sabes, amigo mío, el mal 
que me haces. Te agradezco esas pala- 
bras de consuelo, mi querido Melchor; 
pero yo te ruego que no me las repitas, 
porque desconcertarías mis cálculos to- 
dos. 

— No quería ser indiscreto; pero. . . . 

— ¡ Ah, no, no es eso ! Tú conoces, ¡ im- 



19 

posible fuera que no lo conocieras!, que 
yo estoy "lazarino," y que un "lazarino" 
tiene que ir al hospital de S. Lázaro, á 
vivir y morir con los lazarinos, á comer 
y dormir con ellos. . . . ¡ Régimen, méto- 
do, juventud! Todo eso no importa na- 
da, cuando el mal está desarrollado. Es- 
cúchame amigo Melchor. Yo caí en una 
fragilidad vergonzosa, cometí una culpa 
que me proporcionó una mala compa- 
ñía : me precipité, caí en un fango inmun- 
do y tuve .... el "gálico." ¿ Lo sabías ? 
Pues bien, sábelo hoy. Cuando yo me vi 
en tal estado, la vergüenza y el arrepen- 
timiento vinieron ; pero vinieron tarde. 
No quise descubrirme á mis amigos, y al 
doctor y mi familia mucho menos. Por 
ciertos medios que me facilitó un anti- 
guo libertino, uno de esos infames, ave- 
zados á todo linaje de maldades, logré 
que desapareciesen las señales exteriores 
de esa maligna enfermedad, y mi sangre 
y mis humores todos se volvieron vene- 
no, ponzoña horrible, que ha estado co- 
rroyendo los resortes de mi vida. Yo lo 
sé mejor que tú, Melchor: yo estoy "la- 
zarino" sin remedio : yo debo morir de es- 
ta enfermedad espantosa; porque el po- 
bre lazarino, quiero decir, el que padece 
de una enfermedad como la mía, el "la- 
zarino," es horroroso por todas sus cir- 
cunstancias. ¿Piensas acaso que no he 
observado el origen, progresos y estado 



20 

presente de mi dolencia? ¿Crees que 
desde el punto en que yo previ su térmi- 
no, me he figurado un momento que ten- 
dría otro remedio que la muerte ? "'Verdad 
es que alguna ocasión solia alucinarme 
á mi mismo; pero así como en los locos 
habituales, un intervalo lúcido pasa con 
rapidez, como desapercibido, así esa ilu- 
sión se disipaba al instante. Por lo que 
es resignación, te lo diré francamente... 
aun no estoy todavía bastantemente re- 
signado. Tengo momentos .... yo no sé. 
En los pocos días que pasé en la hacien- 
da, y en cuyo tiempo el mal se ha presen- 
tado ya de frente, no me ha sido posible 
habituarme á esa resignación, de que tan- 
to necesito. ¡ Si supieras cuan doloroso 
es perderlo todo de un solo golpe ! . . . . 
¡ Si leyeras aquí, aquí en mi corazón, to- 
do cuanto pasa en él ! ¡ Si penetraras en 
lo interior de mi cerebro, y vieras una á 
una las imágenes siniestras y espantosas 
que en él se pintan ! ; Si vieras el tropel 
inmenso de ideas que en un momento se 
me ofrecen! Miserias, luto, sangre, an- 
gustias, agonías todo me agobia ho- 
rriblemente, amigo mío, todo me ator- 
menta ; pero ¡ qué tormentos tan crueles. 
Dios misericordioso, qué tormentos tan 
crudos para una débil criatura! Piedad, 

Dios mío, piedad.... piedad 

Y se levantó en el acto, en ese acto de 
delirio que comenzaba de nuevo; y con 



21 



el rostro notablemente encendido, midió 
diez ó doce veces la estancia con sus pa- 
sos precipitados. No puedo ni bosque- 
jarte este cuadro, mi querido Manuel, ni 
sé en lo que habría terminado la escena, 
si felizmente no la hubieran interrumpido 
los tres médicos. 

El cura V***, que tiene un ojo pene- 
trante, y un tacto delicadísimo para co- 
nocer y calificar las enfermedades más 
graves é intensas, no bien hubo observa- 
do el semblante del enfermo, se mordió 
los labios, y en su mirada escudriñadora 
leí la fatal sentencia de nuestro amigo. 
Dancourt seguía profundamente pensa- 
tivo, sin poder ocultar su emoción. Más 
sereno y apacible, más risueño, el padre 
Suárez hizo una serie de preguntas, cu- 
yas respuestas parecían satisfacerle mu- 
cho ; y hasta yo mismo llegué por un mo- 
mento á persuadirme que algo podría con- 
seguirse. La "consulta" que tuvieron los 
tres, al medio día, me hizo perder defini- 
tivamente toda esperanza, y desde enton- 
ces sólo pensamos en los preparativos pa- 
ra el ominoso -viaje al hospital de San 
Lázaro. 

Los médicos volvieron, al cerrar la tar- 
de, á notificar su dictamen al paciente, 
porque era preciso, y porque en eso te- 
nían grave responsabilidad si hubieran 
dejado de hacerlo. Además, creímos pru- 
dente que no debía malograrse la oportu- 



22 



nidad de aquel momento, en que Antonio 
estaba tranquilo, y profundamente con- 
vencido de la malignidad de su dolencia, 
y de la necesidad de someterse á los re- 
glamentos de la policia. Felizmente, du- 
rante la visita, no tuvo ningún arrebato. 
"No me oculten ustedes nada, decia á los 
médicos, porque sería inútil. Háblenme 
con entera libertad y franqueza, pues yo 
tengo que arreglar algunos asuntos, an- 
tes de partir para Campeche. Yo sé que 
estoy "lazarino:" que los "lazarinos" de- 
ben de ir á sepultarse vivos en San Lá- 
zaro, porque su maPno tiene remedio, y 
porque las leyes, no sé yo si buenas ó ma- 
las, han proscrito á los pobres leprosos. 
¿Pero este viaje deberá ser pronto, ma- 
ñana, de aquí á dos días? Concédanme 
ocho no más, si es posible, y partiré gus- 
tosísimo, es decir, no precisamente gus- 
tosísimo, pero sí consolado." Como de- 
bes suponer, los médicos, principalmen- 
te D. Alejo, se enternecieron, y le3>rodi- 
garon todos los consuelos imaginables. 
El padre Suárez le aseguró qu^j)odía dis- 
^ poner de quince días, pues al "efecto iba 
á dar pasos de éxito seguro. Algunas lá- 
grimas no más se cruzaron al terminar 
esta escena. \ Ese padre Suárez, qué al- 
ma tan ardiente y apasionada tiene! Jo- 
ven, como es, \ qué conocimiento tan pro- 
fundo posee de los males de lá vida, y de 
las miserias de la pobre humanidad ! ¡ Qué 



23 

delicadeza y miramiento para sentar la 
mano sobre las llagas del corazón! 

Después que salieron los médicos, me 
dijo Antonio con solemnidad. "Pregun- 
tabas, Melchor, que ¿quién me había di- 
cho que yo estaba "lazarmo ?" Ya lo oíste : 
déjame, pues, meditar en las postrime- 
rías del hombre." Sentóse en una poltro- 
na, y desde aquel momento comenzó una 
agonía horrible, fatigosa y angustiada. 
Una especie de estertor, convulsivo y an- 
heloso, se apoderó del enfermo, que 
duró desde las siete de la noche, has- 
ta la una de la mañana. ; Seis ho- 
ras de martirio! En todo ese tiempo 
no habló una sola palabra. Gruesas lá- 
grimas brotaban de sus ojos, medio ce- 
rrados. Ninguno de los circunstantes je 
. atrevía á hacer el más ligero ruido. Dan- 
court volvió pronto, colocó su silja al la- 
do del paciente, y no abandonó el pulso 
de éste, mientras duró el deliquio. "No 
hay cuidado, nos decía el doctor en voz 
remisa, no hay cuidado: es una crisis 
moral, que pronto va á pasar. No hay 
fiebre " Pasó en efecto ; pero las pri- 
meras palabras de Antonio, fueron pala- 
bras de maldición; una blasfemia. Ese 
fué el término de la crisis, que, por lo 
pronto, nos hizo creer que había degene- 
rado en un delirio funesto. "¿Dios impla- 
cable, formaste á la criatura para re- 



24 

crearte en sus tormentos ? ¡ Perezca el día 
en que vi la primera luz !" 

— ¡ Cómo es eso, hijo mío! gritó D. Pa- 
blo. ¿Son dignas esas palabras horri- 
bles de un hijo mío, de un hijo educado 
en las máximas santas del cristianismo? 
¿Piensas acaso, hijo infeliz, que los sufri- 
mientos, que la angustia y el dolor de tu 
padre, son inferiores á los que tú pade- 
ces? ¿No me ves resignado con la vo- 
luntad del Todopoderoso, y bendecirlo, 
y adorarlo . . . . ? 

Antonio interrumpió este discurso, 
arrojándose á los pies de D. Pablo. "Per- 
dón, Dios mío: perdón, padre mío" gri- 
taba sollozando. ¡ Ah ! no puedo concluir 
esta pintura. 

De allí en adelante, la escena cambió. 
A excepción de una ú otra ligera ráfaga 
de exaltación, la voz, los ademanes y los 
discursos de Antonio, eran tranquilos, 
dulces y tiernos. Sus reflexiones eran 
profundamente filosóficas; y cuando ha- 
blaba del mundo, de la vida y de sus en- 
cantos, se me figuraba oir oráculos y sen- 
tencias de la venerable antigüedad. ; Qué 
alma tan bella y tan sensible ! j Qué pér- 
dida tan irreparable vamos á sufrir, mi 
caro amigo! Puedes suponer cómo nos 
hallaremos todos en este momento, en 
que, por la novedad, nuestras almas no 
pueden acostumbrarse aún á estas pri- 
meras impresiones, tan tristes como pro- 



25 

fundas. Escusado me parece decirte cuál 
es la situación del contristadísimo D. Pa- 
blo. Figúrate lo horroroso de la enfer- 
medad, el amor que tienen á Antonio to- 
dos los suyos ; y por lo que tú experimen- 
tes al sabes esta triste y lamentable his- 
toria, podrás inferir lo que pasa en aque- 
lla casa, antes morada de la paz, de la ale- 
gría y del contento. ... y hoy. . . i#Pobr^. - 
Antonio, mi querido Manuel, y pobres 
nosotros que vamos á perderlo ! ! 

A las siete de la mañana me retiré. 
Antonio me dijo que iba á descansar para 
escribirte. Lo dejé profundamente dormi- 
do, y yo vine á repararme algo de la ma- 
la noche. He dormido en efecto cuatro 
buenas horas, antes de concluir esta car- 
ta, que comencé á escribirte ayer muy 
temprano. Consérvate bueno, amigo mío. 
Se me pasaba decirte que D. Pablo me 
encargó te previniese, de su parte, que 
realices, ó no, la última factura que te 
remitió á esa plaza en la goleta de Cu- 
pull, procures venir en el primer buque 
americano que se te proporcione, si no 
pudiese ser en la misma goleta de Cupull. 
Nunca podrá verificarse esto antes de la 
partida de Antonio para San Lázaro; pe- 
ro de todos modos, es preciso que obse- 
quies la insinuación de tu deudo y favo- 
recedor D. Pablo, abandonando allí los 
negocios, para que vengas á consolar á 



26 

este padre afligidísimo, que pronto va á 
verse privado de su hijo. 

Adiós. Si te escribiese Antonio, te in- 
cluiré su carta dentro de la mía. Tu in- 
variable amigo, que te espera cuanto an- 
tes, para abrazarte y llorar juntos. 



CARTA II. 



Antonio á Manuel. 



Mérida, 12 de Diciembre de 1823. 

Manuel mío querido: acuerdóme, como 
si hoy pasara el suceso, que siendo nos- 
otros muy niños, nos llevó el negro Joa- 
quín á una fiesta, que los frailes solemni- 
zaban en San Francisco. Era de noche, y 
en medio de las músicas, de los gritos de 
júbilo, de los aplausos, y de un estrepito- 
so repique de campanas, comenzó á ele- 
varse un vistosísimo globo, inflado de 
humo, y sembrado de luminarias y ban- 
derolas. Era éste, sin embargo de senci- 
llo, espectáculo muy raro entonces en la 
ciudad. Todos anunciaban que el globo 
se perdería en las nubes; y más de seis 
mil personas coronaron las murallas de 
la cindadela, y las azoteas inmediatas.... 
De improviso, una ráfaga de aire hizo 



columpiarse al globo con violencia 

cien rápidas oscilaciones siguieron. ... la 
costilla» llena de betún y de materias in- 
flamables, se volcó dentro del globo, y en 
veinte segundos se inflamó aquel coloso, 
so redujo ;i pavesas, y todo quedó sumido 
on obscuridad espantosa, después de ha- 
berse iluminado brillantemente la atmós- 
fera. Las gentes se dispersaron en silen- 
cio, y tú y yo llorábamos amargamen- 
te, por(iue el globo había concluido su 
carrera, cuando la comenzaba aún. Yo no 
sc^ por cjué este suceso, tan insignificante 
on si, hizo en mi alma tan profunda im- 
presión : ello es que siempre le he recor- 
dado ct)n un vago afecto de pavor y es- 
panto. Acaso un fatal presentimiento me 
anunciaba (lue en aquel globo debía ver, 
sin coni]>ronderlo, la imagen ó la alegoría 
do mi corta existencia. 

'i'al vez te sorprenderá esta última es- 
pecio, y la seguridad con que te la refie- 
ro. Nada es. sin embargo, más cierto, 
querido amigo. Has de saber que yo es- 
toy ** lazarino," que tengo que abando- 
narlo todo, pasar los pocos días que me 
quedan en la tierra, lejos de cuanto he 
amado en el mundo, y morir en el so- 
litario hospital de San Lázaro, en medio 
de los más agudos dolores y sufrimientos, 
cubierto de miseria y podredumbre. ¡Tal 
es la tristísima suerte que me espera ! ¡ Se 
acabó todo para mí! La creación ha des- 



29 

aparecido súbitamente á mis ojos, en el 
momento mismo en que yo comenzaba 
á conocer y á apreciar sus bellezas. ¡ ¡ i Yo 
estoy "lazarino!!!'' ¿Sabes tú todavía lo 
que es un "lazarino?"' Figúrate un hom- 
bre cubierto de pústulas malignas, que 
destilan cierto licor acre y corrosivo, de 
un fetor espantoso: la piel escamosa, y 
sembrada de grietas: calvo, sin cejas, y 
la nariz deprimida: las orejas prolonga- 
das, los pies adoloridos, las manos con- 
traídas, y hecho un volcán el cerebro. Allí 
tienes un mal acabado retrato de lo que 
viene á ser el infeliz acometido de esta 
espantosa y mortífera enfermedad, para 
la cual ; oh idea horrible ! no hay remedio 
conocido. Imagínate al pobre "lazarino," 
que las leyes no pueden tolerar, por un 
temor, fundado ó infundado, de que el 
mal se comunique á otras personas, y se 
generalice en la población : imagínate, 
digo, al pobre "lazarino" en la flor de su 
edad, arrebatado, por una policía vigilan- 
te, del seno de sus padres y amigos, lle- 
vado á un hospital lejano, aislado, casi 
solitario, y en donde se come, conversa 
y duerme con espectros, esto es, con los 
demás "lazarinos," que esa misma policía 
ha encerrado en aquel fúnebre recinto, 
prohibiendo á todos el acercarse á un lu- 
gar, de donde sólo pueden salir veneno, 
contagio, pestilencia y muerte.... ¡Oh 
Dios mío! He aquí un bosquejo de la si- 



30 

tuación de tu Antonio, de tu amigo y 
compañero inseparable. Cuando vivíamos 
juntos, hasta ahora pocos meses, entre- 
gados al estudio y á la lectura, dibujan- 
do hermosos paisajes, haciendo brotar 
de la flauta torrentes de suavísima armo- 
nía, llenos de salud, de vida y de conten- 
to, ¿podrías creer, querido mío, que, den- 
tro de tan poco tiempo, ese germen ho- 
rrible, que se ocultaba en mis entrañas, 
pudiese desarrollarse con tal rapidez, 
mezclarse en la masa de mis humores, 
rendirme de esta manera, y que de un 
solo golpe arrancase del corazón mis pro- 
yectos, mis ilusiones, mis goces, mi fe- 
licidad y mi ventura? 

Al despedirme del mundo para siempre, 
he creído un deber mío el referirte, aun- 
que tu alma sensible se contriste dema- 
siado, mi situación actual, y los motivos 
que la han producido. Voy á abrirte mi 
corazón, como lo he verificado ya con 
Melchor; pero te ruego que mientras vi- 
va, que será poco tiempo, no reveles á 
persona alguna los pormenores en que 
voy á entrar, para ahorrarme la vergüen- 
za cíe que sepan mis crímenes ; porque en 
tal caso, mis remordimientos serían ma- 
yores y más dolorosos, que los que ahora 
experimento. Esto haría insoportable la 
vida. 

Recordarás, sin duda, que á pesar de 



31 

las observaciones de los maestros, para 
quienes siempre fui dócil: de las amena- 
zas de mis padres, á quienes he rendido 
la veneración más profunda ; y de tus ad- 
vertencias, que jamás he dejado de escu- 
char con deferencia y estimación, yo en- 
tretenía ciertas relaciones con aquel jo- 
ven español, que vivía ahora tres años 
en casa de D. N**, paisano suyo, que por 
compasión lo había recogido, mientras le 
era posible proporcionarle una coloca 
ción, que ya comenzaba á ser difícil, por 
las circunstancias políticas del país. Pues 
este desventuraao me encontró un día en 
la "Cruz de Gálvez," de una manera co- 
mo casual, aunque á mí me pareció que 
estaba en acecho en una callejuela inme- 
diata, para abordarme á mí, ó al prime- 
ro que se acercase. ¡ La fatalidad me esco- 
gió para ser la víctima de aquel impío! 
Entramos luego en conversación : me ha- 
bló de sus padres, de sus amigos, de su 
querida patria, de sus desgracias, y des- 
pués .... de su pobreza. Supo apoderarse 
tan bien de mi corazón, que desde aquella 
hora le ofrecí mi amistad, mi bolsillo, y 
todos los pocos medios que en su favor 
podía emplear un hijo de familia como 
yo. Su relato fué para mí tan interesan- 
te, que á pesar de haberme suplicado, con 
mucho calor, que no refiriese á persona 
alguna su conversación, ni hablase á mis 
padres de aquella nueva amistad, no me 



32 

atreví á sospechar de su' persona, ni de 
su conducta. ¡ Me parecía tan sentido y 
natural todo cuanto me dijo ! ¡ Qué quie- 
res! ¡Yo era tan joven, tan sensible, y he 
amado con tal ternura á todos m\s se- 
mejantes! Yo no podía creer que mi ge- 
nerosidad, mi confianza sin límites, pu- 
diese suministrar recursos á un mahaí^o, 
para perder á un joven inexperto, edu- 
cado en la más rígida moral, sencillo, y 
que no había hecho daño á mortal algu- 
no. El libro del gran mundo, es un libro 
abierto para todo el género humano ; pero 
no todos podemos leer en él, ó, mejor di- 
cho, no todos podemos comprender sus 
provechosas lecciones, sino después de 
una dolorosa experiencia. ; Hombre mal- 
vado!; á él debo mis desgracias, mi en- 
fermedad, y mis remordimientos: á él, 
que sólo obtuvo de mí, cariíiO; amistad, 
benevolencia y dinero. Ve escuchando y 
horrorízate. 

Pronto observaron las personas que se 
interesaban por mí, que me hallaba liga- 
do con aquel rnal hombre. Fue<?e que te- 
nían algún antecedente de su conducta, ó 
que, más suspicaces y experimentados, 
acertasen en sus juicios cori más seguri- 
dad, ello es, como recordarás, que mis 
padres me hicieron serias demostracio- 
nes, el doctor advertencias muy oportu- 
nas, y hasta tú solías increparme. ¡ Injus- 
ticia del mimdo! exclamaba yo: ¿es po- 



33 

sible que un infeliz, sólo por serlo, se 
atraiga la aversión hasta de p-jrsorias sen^ 
satas? Entretanto, yo guardc?ba silencio. 
Mis padres me parecieron demasiado es- 
crupulosos, el doctor y tú impertir entes 
ó alucinados. Así fué que, con precau- 
ción y reserva, yo me dejé arrastrar de mi 
natural inclinación : estreché más y más 
mi amistad con aquel desventurado, que 
reputaba víctima de su desgracia; y con- 
tinué en su trato, dándole con afecto y 
cariño todo cuanto necesitaba. 

Díjome un día que era casado, y que su 
esposa, en unión de una hermana que 
siempre la había acompañado, estaban 
á punto de llegar. 

Yo creo que ese hombre vio la sorpre- 
sa pintada en mi frente. Por la primera 
vez, dudé algo de la smceridad de su len- 
guaje anterior. En efecto: en los minu- 
ciosos relatos que de su vida y aventu- 
ras me había hecho, jamás me había in- 
sinuado la especie de que fuese casado; 
antes al contrario, yo me figuré, por lo 
que me decía frecuentemente, que su 
emigración y desgracias le habían impe- 
dido realizar su matrimonio con una 
doncella valenciana, á quien amaba con 
mucha ternura. Verdad es que nunca en 
este punto había sido muy explícito; pe- 
ro como por sus palabras yo había lle- 
gado á entenderlo así, después de me- 
ditarlo un momento, le hice, del mejor 



34 

modo posible, la observación que me ocu- 
rría. 

— j Ah ! sí, es verdad, me dijo : confieso 
humildemente que no le he hablado á us- 
ted con la franqueza y claridad que de- 
bía; pero, amigo querido, atribuyalo us- 
ted á lo que guste, menos á desconfian- 
za, ni á ningún otro siniestro motivo. ¡ He 
recibido tantos golpes, tantos desenga- 
ños funestos! Esa doncella es mi esposa, 
ha llegado á la Habana en solicitud mía, 
porque la informé de nii venida á la Amé- 
rica, sin designarle el punto: felizmen- 
te, ó no sé si por mi desgracia, no ha fal- 
tado quien le manifestase que yo estaba 
en Yucatán, y acabo de recibir, por con- 
ducto de un amigo mío, esta carta, que 
puede usted leer si tiene alguna duda. 

Sacó de su cartera un pliego, que yo no 
quise examinar por miramiento. Pero él 
se empeñó en leer su contenido, supli- 
cándome lo escuchase. Era una carta muv 
sentida y apasionada de la que él llamaba 
su esposa, quien le decía, en conclusión, 
que en el primer barco se dirigiría á Si 
sal. 

— Suponga usted, amigo de mi alma, 
me dijo concluyendo la lectura de la car- 
ta, la sorpresa que esta novedad me ha 
causado, y el compromiso en que irremi- 
siblemente voy á verme, sin recursos, sin 
conexiones, y sin tener á quien confiar- 
me. 



35 

Había en este modo de decir, cierto 
aire algo villano, q'ue me desconcertó un. 
tanto. Sin embargo, hice un esfuerzo so- 
bre mí mismo, diciéndole: 

— Usted sabe que, aunque mis padres 
son medianamente ricos, yo no puedo 
disponer, sino de lo poco que debo á su 
bondad, y empleo en mis inocentes di- 
versiones. Cuente usted, no obstante, con 
lo. que yo tengo ahorrado, que todo lle- 
gará á doscientos pesos: es algútT auxi- 
lio, y ¡ojalá pudiera proporcionarle ma- 
yor suma! 

— ¡ Oh, mi querido amigo ! Bendita sea 
la Divina Providencia, que, por medio de 
un joven tan sensible y generoso, se 
digna protegerme, y velar por las cria- 
turas abandonadas. Yo doy á usted, ami- 
go incomparable, un millón de gracias, 
por el auxilio que me ofrece, y espero en 
Dios que muy pronto he de mostrarle to- 
da la extensión de mi profundo reconoci- 
miento. 

Y me tomaba la mano, la besaba, me 
abrazaba, y lloraba á lágrima suelta. 

Al día siguiente, puse en sus manos 
trece onzas de oro, y marchó á Sisal en 
busca de su esposa, que debía llegar de 
un momento á otro. Al partir volvió á 
encargarme la mayor reserva, y me dijo 
que había amueblado una casita, en una 
calle poco frecuentada y lejana. Jamás se 
me ocurrió preguntarle el motivo de no 



36 

traer públicamente á su esposa, presen- 
tarla en la sociedad, y vivir con ella sin 
misterio, en un país en donde nada abso- 
lutamente tenía que temer. De él nació 
el decirme, en nuestra última entrevista, 
que no lo haría tan pronto, porque aun 
no había podido colocarse debidamente; 
y que mientras esto no sucediese, el ex- 
ponerse á perder el arrimo de su viejo 
paisano, que lo protegía, era para él ima 
desgracia irreparable, en el estado ^- 
tual de sus negocios. Nada me ocurrió 
contra una resolución, que me pareció 
tan natural y tan plausible; y lejos de 
eso, yo mismo le. di algunas instruccio- 
nes, para guardarse mejor de ser visto y 
observado. 

Pasaron ocho días. Al cabo de ellos re- 
cibí un billete de mi amigo, en que al dar- 
me la noticia de su feliz llegada, en unión 
de su esposa y la hermana de ésta, me 
enviaba, á la vez, la dirección de la casa 
en que se habían alojado, suplicándome 
que pasase á verlos, tan luego como me 
fuese posible. No pude resistir á un mal 
reprimido sentimiento de curiosidad, vSi 
así quieres llamarlo ; y pronto corrí en 
busca de los recién venidos. ¡ He allí mi 
perdición, y mi muerte ! Mi falso amigo 
me presentó á aquellas dos funestas mu- 
jeres, que emplearon en mi obsequio las 
palabras más dulces, y más lisonjeras á 
mi amor propio; á ese amor propio, que 



37 

tan frecuentemente nos ciega, llevándo- 
nos después á los bordes de un precipi- 
cio, para arrojarnos y sumirnos en él pa- 
ra siempre jamás. Yo no puedo expresar- 
te hoy la vivisima impresión que me cau- 
só la vista de aquellas dos sirenas enga- 
ñosas. Paulina, la que se llamaba esposa 
de mi pérfido amigo, tendría veintitrés 
años; y Juanita, su hermana, como die- 
cisiete. Criaturas hermosísimas, y de una 
locución tan dulce y melodiosa, que des- 
de aquel momento me sentí arrebatado, 
involuntariamente, á una esfera desco- 
nocida, llena de voluptuosidad y goces in- 
explicables. Juanita, sobre todo, me hi- 
rió tan vivamente, que desde aquella ho- 
ra de maldición, le entregué mi alma, mi 
amor, mi vida, mi conciencia, y poco des- 
pués hasta el honor. Compadécete 

de mí, y permíteme que pase ligeramente 
sobre algunas escenas, que no puedo re- 
cordar sin ruborizarme y estremecerme. 
Sólo te diré, para que puedas quedar en- 
terado, reservando á tu penetración todo 
lo demás, que en aquella casa me hicie- 
ron jugar el dinero de mis padres, y per- 
derlo, y encenegarme en la lascivia, y en 
todos los desórdenes consiguientes. Yo 
robé dinero á mi padre, y una multitud 
de alhajas preciosas á mi madre; llegan- 
do al extremo de hacer vender hasta mis 
libros y ropa de uso. Creo que ninguno 

Hospital-^ 



38 

se apercibió de lo que ocurría, porqtif* 
este drama inmundo pasó con la mayor 
rapidez. En solo quince días, entregué 
en manos de aquellos verdugos infames, 
totlo cuanto tenía yo de más noble y re- 
comendable, siendo tal mi deslumbra- 
miento y mi frenesí, que en ese espacio 
transcurrido, no pude, ni quise hacer una 
sola reflexión, sin embargo de sentir que 
el torrente me arrastraba, me arrebataba 
y me lanzaba hasta donde no podría cal- 
cular... ¡ay de mí!.... hasta el hospi- 
tal de San Lázaro. 

Amaneció un día. No fué un día de des- 
engaños, que harto desengañado debía 
yo estar ; sino día de lección tremenda. 
Me dirigí á casa de mis falsos amigos, 
de mis cómplices en el crimen. Llamé á 
la puerta... nadie vino á abrirme. Una 
especie de terror involuntario se apoderó 
de mí. Clavado en aquel sitio, mil ideas 
horribles me asaltaban. A mis reitera- 
dos c^olpes, una mujer anciana, que vivía 
en la casa vecina, asomó por la venta- 
na su arrugado y fatídico rostro. "¡Ah!, 
gritó al verme: hace una hora que le es- 
toy esperando : los huéspedes han partido 
á media noche. Aquí tiene usted un bi- 
llete que me entregaron para darle. Con 
que, buenos días, caballerito. Si tuviese 
usted necesidad de mí, ya su cofrade,.. 
y sus conocidas.... habrán dado á us-» 
ted buenos informes de mi establecimien- 



39 

to, y de lo bien que sirvo á los amigos. 
Eso sí: en mi casa se juega limpio: yo 
no admito más que gente decente." Ma- 
quinalmente tomé el billete, que me alar- 
gaba aquella infame y asquerosa bruja. 
Estaba yo petrificado de horror ... la ira 
me sofocaba... ¡quién sabe lo que yo 
hubiera hecho, si en aquel momento la 
mano divina no me hubiera detenido! Re- 
flexioné unos minutos, eché el billete en 
el bolsillo sin leerlo, cerró la malvada 
vieja su ventana gruñendo entre dientes 
yo no sé qué palabras obscenas, y corrí 
á casa á encerrarme en mi cuarto. Un 
poco más sereno, rompí el sello de la es- 
quela, que aun conservo, y leí lo siguien- 
te: 

"Pobre mozo. La estación de los nor- 
tes ha pasado. Me urge ir á cierta guari- 
da de la costa, en donde tengo á cubier- 
to, hace cinco meses, mi pequeño guairo. 
Mi gente debe estar ya reunida, para sa- 
lir mañana á la mar. Yo soy, si no lo ha 
comprendido bien, lo que en buen espa- 
ñol acostumbramos llamar "un pirata." 
Suelo divertirme en tierra con algunos 
tontos, como lo he hecho con usted ; pero 
mejores presas me propr.rciono ' á bordo. 
Voy, sin embargo, á dar á usted un con- 
sejo, siquiera porque nos ha tratado co- 
mo á cuerpo de rey. A usted le ha veni- 
do «i cuento enamorarse de la dianche de 
Juanita,. f|ue es una^de mis damais de ho- 



40 

ñor. No es usted capaz de comprender 
todavía el mal que se ha hecho. Tome» 
pues, una buena dosis de mercurio: caré- 
nese bien, á ver si en el año entrante 
])u<.'de navegar, aunque ¿ea en bandolas. 
Saludos de la gente franca, y mahde en 
su amigo. — ^Jnan Cniyés.'* 

En el lance pesado que acababa de 
ocurrirmé, yo me figuré que aquel bár- 
baro habia empleado conmigo hasta la 
quinta esencia de la más refinada mal- 
dad; pero nunca, jamás, llegué á creer 
que el infame llevase hasta ese punto su 
atroz y odiosísima conducta. Yo estaba 
pasmado, me sentía sobrecogido de nn 
pavor mortal, porque tantos crímenes 
juntos me parecían superiores á lo más 
salvaje é indigno, que un hombre dado 
de la mano de Dios podía inventar. 
j Monstruo ! Yo le había dado mi amis- 
tad con la mejor fe del mundo. ... y él 
se recreó en causarme los más indecibles 
tormentos. Veía yo en esto un castigo 
del cielo ; pero, ¡ Santo Dios !, yo no fui 
culpable sino al fin,; y antes de llegar á 
él, la trama estaba urdida, y mi perdición 
acordada: ¿por qué, Dios mío, por qué?... 

Una fiebre ardiente me acometió aquel 
día. Recordarás bien, sin duda, aquella 
fiebre. Dancourt penetró algo en medio 
de mi delirio, se sentó á la cabecera de mi 
cama, prohibió la entrada en mi aposento 
á todo el mundo, y ese amigo incompa- 



u 



rabie se encargó de mí, casi exclusiva- 
mente. A los veinte días estaba yo fuera 
de peligro, y sin insinuarme cosa algu- 
na directamente, se manejó el doctor de 
tal manera conmigo, escogió ciertas fra- 
ses para ilustrarme, y empleó tales me- 
dios, en fin, que muy pronto recobré mi 
antigua calma, mis habitudes y mis ami- 
gos. Sólo me quedaban la vergüenza y los 
remordimientos, cuando me hallaba á so- 
las conmigo mismo. La lectura y el es- 
tudio me dejaban poco tiempo, felizmen- 
te, para pensar en la burla cruel del falso 
amigo, y en las consecuencias que debía 
temer. 

í Consecuencias que muy pronto co- 
mencé á experimentar! Yo me vi enton- 
ces de las criaturas más afligidas. Era 
repugnantísimo para mí manifestarme á 
persona alguna, y estaba resuelto, más 
bien á sufrir la muerte, antes que hacer 
saber mi debilidad y mis crímenes ver- 
gonzosos, á aquellos individuos que sólo 
habían visto en mí un joven irreprensible. 
Algo de orgullo, y más de imprudencia, 
había en este partido desesperado; pero 
ya sabes que tras de un abismo viene 
otro abismo. Mi dfestino había de cum- 
plirse. Una á una comenzaron á aparecer, 
sucesivamente, todas las enfermedades 
venéreas más asquerosas. En mi propó- 
sito de no descubrirme, para sufrir una 
curación formal, no me quedaba más que 



42 

un partido, y lo adopté ciegamente. Con 
la mayor reserva me puse en manos de 
un insigne libertino, que me hacía des- 
aparecer, sucesivamente, con sus men- 
j urges las enfermedades, los síntomas y 
sus vestigios; de tal manera, que ni aun 
el doctor llegó nunca á sospechar cosa 
alguna. Pero en fin, el progreso de los 
males parecía indefinido, pues no bien 
desaparecía uno, cuando venían otros en 
pos. 

Habrá cosa de tres meses que el doc- 
tor observó, por casualidad, que yo tenía 
una úlcera pequeña y casi impercepti- 
ble, en uno de los ángulos lacrimales. Me 
miró fijamente, me apretó la mano con 
ternura, y me dijo con voz inelancólica. 
"i Antonio, mi querido Antonio ! tú estás 
malo, muy malo, mucho más de lo que tú 
crees tal vez. Adopta un método, que voy 
á escribir ahora .mismo, porque Igi cosa 
urge: sigúelo con escrupulosidad, vuela 
á encerrarte en la hacienda de. tu familia, 
y llevarás una carta para el cura del pue- 
blo inmediato,, que es wn cura sumamen- 
te caritativo é inteligente en estas enfer-^ 
medades»" Al oir este lenguaje, me quedé 
pasmado de terror. Guardé silencio, por- 
que no me ocurrip i>ada que decir, Al día 
siguiente, muy temprano, me puse en 
marcha para la hacienda. 

El cura, á quien, dirigí, la carta del doc- 
tor, por medio de un sirviente de la fin^ 



, ; • ' 43 

ea, vino á verme á los dos días. Hombre 
franco, estudioso y sensible, su ministe- 
rio, sin embargo, lo había familiarizado 
de tal suerte con las miserias de la pojare 
humanidad, que en sus maneras brus- 
cas, y discursos raros, no parecía sino un 
clérigo duro y de una indiferencia estoi- 
ca. 

— "Buen amigo, aquí me tiene usted 
á sus órdenes ;" fué el preámbulo de aque- 
lla primera visita del cura, qvie me tendía 
la mano, después de haberse despojado 
de la turca, y de una mala chaqueta de 
mahon. 

— A las de usted, venerable señor r^iío. 
Tomé usted esta silla para descansar. 

— No. ... yo prefiero, con licencia de 
usted, esta suave y magnífica hamaca, que 
me parece de pita. ¿A ver? sí, de pita, y 
de pita excelente. Una hamaca semejan 
te sería artíctüo de contrabando en la 
casa cural de mi parroquia. 

— Puede usted disponer de ella, señor 
cura: yo tendría mucho gusto. . . . 

— ¡ Ah, no, qué disparate ! Si en mi ca- 
sa nunca dura, buena ó mala, ninguna 
hamaca. Luego, luego se la lleva algún 
pobre enfermo que carece de un mueble 
tan usual y necesario como éste. Apropó- 

sito de enfermos, Dancourt me dice 

acerque, acerque usted su silla. ... el pul 
so ¡ eh ! 

Me examinó en seguida la lengua, el 



44 

aliento, y después de haber estado mirán- 
dome de hito en hito, prosiguió su inte- 
rrumpido discurso. 

— Bien: es decir, mal. Porque usted es- 
tá enfermo. 

— Algo me había dicho el doctor. 

— ¿Algo no más? Pues usted lo que 
tiene es un "gálico mal curado." 

— "i Gálico mal curado ! !" 

— jEh! ¿por qué se asombra?: ¿quién 
ha de saber mejor que usted...? digo, 
si es que lo sabe. 

— Señor cura, por Dios: díg^^e cómo 
he de sanar: déme usted un remedio. 

— I Un remedio !. . . . ya. . . puede tener 
remedio .... aunque para eso se necesita 

el concurso de muchas circunstancias 

Si no fuese posible no hay más que 

resignación. También los "lazarinos" sue- 
len vivir mucho. 

— ^¿Será posible, padre mío, que yo 
venga á terminar en "lazarino ?'^ "¡ La- i 
zarino !" ' 

— Tan posible, que, mejor dicho^y sin ' 
rodeos, ya lo está usted completamente. i 

No tengo valor para recordar lo que 
entonces me pasó. Lloré á grito herido, 
me abracé con aquel bendito cura, él me 
consoló como mejor supo, y no~me ha 
abandonado en todo el tiempo que per- 
manecí en la hacienda. Me parece excu- 
sado decirte que, á pesar de los cuida- 
dos del cura, del régimen que me pres- 



J 



45 

cribió el doctor, y de mi empeño deci- 
dido de recobrar la salud, nada pude con- 
seguir. De día en día he ido agravándo- 
me : los médicos de aquí me han visto y 
examinado, y ya me han notificado la 
sentencia de muerte que he de sufrir, y 
muy pronto, en el hospital de San Lá- 
zaro. No me queda otro arbitrio, que re- 
signarme con mi suerte, y pedir á Dios 
fortaleza y conformidad. 

Ya he cumplido con los deberes de 
amigo, refiriéndote esta horrible desgra- 
cia, con todos sus precedentes. Me voy, 
mi queridísimo Manuel, me voy á San 
Lázaro. No volveremos á vernos nunca, 
jamás. El destino ha levantado una mu- 
ralla de bronce entre este pobre leproso, 
y todos los objetos de su cariño. Pero á 
lo menos, nos escribiremos: ¿no es ver- 
dad? Rociarás mis cartas con vinagre y 
cloruro, y podrás librarte del funesto con- 
tagio. Ningún objeto de mi uso puedo 
dejarte, en memoria de nuestra antigua 
y sincera amistad, porque todo pertenece 

á un "lazarino." ¡ Adiós ! él ha 

permitido que no estuvieses presente al 
tiempo de salir de casa ... en procesión 
fúnebre .... para el sepulcro por- 
que no se multiplicasen mis angustias . . . 

¡ Adiós, otra vez ! Sé feliz, y recuerda 

siempre que tuviste un amigo que te amó 
con ternura .... ¡ Manuel mío ! ! mis lá- 
grimas . . . . ¡ ah, no puedo ! Adiós. 




• i 



CARTA III. 



Melchor á Manuel. 



Mérida, 30 de Diciembre de 1823. 

¡ Consumóse^ en fin, la tan temida ca- 
tástrofe! Antonio partió ayer al hospital 
de Saii Lázaro, y nosotros hemos queda- 
do sumidos en la más profunda desola- 
ción. Se parece la de D. Pablo, á una casa 
mortuoria y enlutada ; pero Antonio mar- 
chó con la misma serenidad, con que un 
hombre, resignado enteramente á la vo- 
luntad divina, acata y obedece los altos 
designios del cielo. 

Felizmente, la enfermedad se había es* 
tacionado desde algunos días antes, en 
fuerza del régimen curativo que prescri- 
bieron los médicos. Antonio pudo así, en 
esta tregua que le concedió el mal, reu- 
nir todas sus fuerzas físicas y morales pa- 
ra soportar, con valor y denuedo, el 
amargo trance que le esperaba. Mientras 



4a 

que todos nosotros vertíamos, en silen- 
cio y á hurtadillas, copiosas lagrimáis,, «él 
solo aparecía imperturbable, tranquilo^. y 
algunas veces franco y jovial. Yo* creo, 
sin embargo, que de noche, cuando se 
encerraba y se separaba de nuestra vista 
y cuidado, cuando se encontraba solo y 
frente á frente con su horrible situación, 
con sus recuerdos y con su fantástico 
porvenir, entonces, daría rienda suelta á 
su intenso dolor ; porque es imposible que 
en su imaginación de fuego, en su sus- 
ceptibilidad tan viva, dejase de obrar po- 
derosamente el influjo de una posición 
tan singular, y á la cual estaba muy lejos 
de creer que llegaría. ¡Tan rara y capri- 
chosa le parecerá sin duda! Asi nos lo 
daban á entender, en algunas mañanas, 
su mirar sombrío y melancólico, su voz 
hueca y entrecortada, y la irritabilidad 
de su ánimo. Pero estos episodios eran 
cortos, momentáneos, y sin mayor ex- 
presión; porque si D. Pablo en sus ade- 
manes, en su acento y en todo cuanto 
practicaba, á vista de su hijo, daba se- 
ñales de resignación y sangre fría, no era 
menor el afán de Antonio en disimulat 
sus pesares, en presencia de su infeliz 
padre. Ambos, segiin entiendo, sólo apa* 
rentaban valor. Esperemos en Dios que, 
á la larga, lleguen realmente á obtenerlo, 
porque de lo contrario, uno y otro serían 
víctimas de la más extremada desespera- 



49 

ción. Puedes figurarte cuan triste y aflic- 
tivo seria mi papel en una escena, que se 
repetía á menudo. Con ambos tenia que 
ñngir impasibilidad, cuando yo estaba su- 
friendo una cruel agonía, un horrible 
martirio, que se redoblaba más y más, 
al observar que hasta los parientes y los 
amigos más íntimos de la familia, esqui- 
vaban la casa de D. Pablo, y huían de 
ella, como podría huirse de un lugar in- 
mundo y pestilente. Los únicos, además 
del incomparable doctor y yo, que jamás 
abandonamos al padre y al hijo, que vi- 
sitaron con asiduidad, cariño y benevo- 
lencia al pobre enfermo, fueron el cura 
V***, el padre Suárez, y el venerable cu- 
ra de Temax D. Manuel Jiménez, nues- 
tro sabio y virtuoso maestro de gramá- 
tica latina, y que, desde el fondo de su 
prisión de estado, inculcó á Antonio las 
filantrópicas máximas, que hoy sirven de 
base á su carácter dócil, amable y tole- 
rante, que apenas se ha alterado con la 
enfermedad. Todos los demás, no han 
dado muestras de saber lo que ocurría 
en aquella mansión de penas y dolores. 
Una especie tan chocante, como odiosa, 
no pudo escaparse de la fina penetración 
de Antonio. 

— ¡Ves, Melchor, díjome un día, cómo 
el mundo, este mundo ruin y miserable, 
me da nuevos motivos para no sentir su 
pérdida ! En otro tiempo, mi cass^ era muy 



1^ 



5<* 

frecuentada, y considerada por 
Los (jiie á ella coiicurriaii. y se llamaban" 
amigos, me rendían mil obsequios y mi- 
ramientos. Hoy es diferente: El ídolo 
se ha convertido en monstruo, el apuesto 
mancebo en vestiglo, y el amable Anto- 
nio en un asqueroso "lazarino." Enton- 
ces, lodos huyen del monstruo, del vesti- 
glo, y del leproso. ¡ Qué mundo. Dios mío, 
qué mundo! 

— 1 Tienes tal modo de ver las cosas 1 
Me parece que hay demasiado con los 
males positivos que sufres, Antonio mío, 
para que vayas á creártelos facticios. ¿Por 
qué, pues, te atormentas así, y fijas la 
consideración en lo que no vale la pena? 
¿No estamos á tu lado, los que te ama- 
mos con sinceridad, sin abandonarte? 
¿No procuramos, en lo que cabe, dulcifi- 
car tus amarguras, y aliviar tus pesares? 
¿Qué te importa lo demás? 

— Bien dices, es verdad; y sabe el cielo 
cuánto agradezco, en lo más intimo de 
mi corazón, todo lo que mis amigos ver- 
daderos hacen por mi. Dios los bendiga 
á todos. Yo no me quejo, ni me lamento, 
por la conducta de los que antes aparen- 
taban estimarme, ni por la friaklad é in- 
diferencia de mis parientes: no. Quizá, yo 
mismo, no estaría libre de obrar del pro- 
pio modo, en circunstancias idénticas. Pe- 
ro me indigna, amigo mío, me indigna ex- 
traordinariamente el conocer, aunque de- 



51 

masiada tarde, que esta misma sociedad que 
huye de mí, sin curarse de la villanía que 
encierra tal proceder; esta sociedad que 
se horroriza al saber mi dolencia, que me 
proscribe de la manera más fría y salvaje* 
confinándome á un hospital solitario, ha- 
bría, sin embargo, tolerado mis crímenes 
por mayores que fuesen, y tal vez los 
habría aplaudido. Me maldicen porque es- 
toy leproso. Fuera yo un libertino consu- 
mado, y los verías canonizarme. 

— i Oh, no! ¡Qué trastorno de ideas, 
mi querido Antonio! Te dejas arrebatar, 
y juzgas á tus prójimos con demasiada 
severidad, lo cual proviene del natural 
disgusto, que debe causarte la indiferen- 
cia ó necedad de algunos impertinentes, 
en quienes no debías ni pensar, sino para 
compadecerlos y perdonarlos. Sí, debes 
hacerlo así. Tú tienes bastante cordura y 
buen seso, para conocer lo que puede una 
preocupación en ánimos vulgares, y aun 
en los que no lo son. ¿Qué quieres, pues? 
Dícenles que tu enfermedad es contagio- 
sa, y huyen porque temen infestarse. 
¿Quién les persuade de otra cosa? 

— Tienes razón, querido Melchor, tie- 
nes razón. No la hay, ciertamente, para 
obligar á otros á hacer algo, que pudie- 
sen ver como un sacrificio costoso. Y lue- 
go ; ¿ para qué ? ¿ Qué utilidad me resulta- 
ría de ver atormentarse á los demás, tan 
solo, acaso, para verlos representar, de- 



52 

lante de mí, el ominoso papel de aquellos 
amigos que ejercitaron la paciencia del 
más paciente de los hombres? Te repito 
que tienes razón ; pero ¿ mi pobre é infeliz 
padre también está "lazarino?" ¿No hay 
quien consuele á ese desventurado ancia- 
no? ¿Tan pronto se han olvidado los mul- 
tiplicados benehcios, que derrama siem- 
pre sobre todos los desvalidos, que im- 
ploran su bondad? ¿No hay compasión 
para ese hombre? 

Hablaba ya con tal vehemencia y exal- 
tación, que temí, por algunos momen- 
tos, que volviese á caer en sus anterio- 
res arrebatos; pero no pasó de allí. Sus- 
piró, y luego, luego, recuperó su serení- 
dad, y seguimos hablando pacíficamente, 

Don Pablo escribió oportunamente á 
su corresponsal de Campeche, encargan-- 
dolé, con particular empeño, que dictase 
todas las medidas conducentes, á fin de 
que no faltase á Antonio cosa alguna, á 
su llegada al hospital. Nada ha dejado 
de hacerse, con el objeto de que no vaya 
á echar de menos las comodidades de su 
casa, en lo que cabe. Libros, pinturas, 
muebles decentes, y cuanto pueda ser- 
virle de utilidad ó recreo, todo se ha dis- 
puesto de antemano. D. Pablo está muy 
satisfecho y consolado, al ver cumplidas 
fielmente sus órdenes. 

La ocupación de Antonio, en los últi- 
mos días de su permanencia en casa, fué 



53 

niuy noble y filantrópica. Repartió, p ^r 
conducto del cura Jiménez, una multitud 
de limosnas á viudas y huérfanos desva- 
lidos: encargó que se comprasen libros 
para estudiantes, pobres : hizo que su pa- 
dre condonase la mitad de sus deudas, á 
los infelices indios, que sirven en la ha- 
cienda : distribuyó una gruesa suma en- 
tre los criados domésticos; y rogó á D. 
Pablo, que otorgase carta de libertad al 
"cg^ro Joaquín y á sus dos hijos. Todo se 
hizo al pie de la letra, y con la mejor vo- 
luntad del mundo. D. Pablo parecía el 
ejecutor testamentario de su hijo. 

La víspera de su partida, me leyó al- 
gunos pasajes de las "Harmonies de la 
nature" de Saint-Pierre. Yo le vi enter- 
necerse extraordinariamente. En seguida 
tomó su flauta, que en los días anteriores 
ni siquiera había mirado: tocó, largo ra- 
to, unas variaciones muy tristes y me- 
lancólicas: ejecutó después la patética 
marcha de Luis XVI, luego la animadí-r 
sima de Riego, y terminó con una ex- 
travagante variación de notas y tonos, 
que no producían armonía ninguna. Rom- 
pió, al cabo, en mil pedazos el instrumen- 
to; y haciendo traer un gran brasero, 
arrojó al fuego aquellos fragmentos, con 
una multitud de papeles de música, dibu- 
jos, cartas y apuntes. Todo lo vio consu- 
mirse lentamente, sin la menor muestra 

Hospital— 4 



54 

de emoción; pero sabe Dios los pensa- 
mientos y los recuerdos que, en aquel 
momento, se cruzarían en su mente. Un 
solo papel reservó para sí con mucho cui- 
dado, y yo creo que era el billete fatal do 
aquel infame pirata. Nada le pregunté, 
ni me pareció conveniente interrumpirlo 
en aquel desahogo, que era, sin duda, el 
postrer "adiós" á sus recuerdos é ilu- 
siones. 

Por la noche, el doctor y el padre Suá- 
rez se llevaron á D. Pablo; y aun hoy 
hubo de volver á casa, renovándole, al 
entrar, todas las heridas de su corazón, el 
llanto y los alaridos de la familia. Yo, el 
negro Joaquín y tres domésticos, debía- 
mos acompañar á Antonio hasta las in- 
mediaciones del hospital; pero al verme 
listo y dispuesto para emprender la mar- 
cha, se opuso tenazmente, suplicándome, 
con la mayor vehemencia y expresión, que 
no abandonase á su padre en manos de 
su propio dolor. En vano le hice ver que 
D. Pablo quedaba bien acompañado, 
mientras yo volvía, ó tú llegabas: nada, 
él insistió tenazmente, y tuve el amargp^ 
sentimiento de no llevarlo al término de 
su viaje fatal. 

Al tiempo de abandonar la casa de sus 
mayores, entendió que D. Pablo estaba 
ausente. Mostró mucha conformidad, y 
me dijo que mejor era así. Penetró enton- 
ces en el dormitorio principal, se arro- 



55 

dilló al pie de un Crucifijo, hizo una ora- 
ción tierna y fervorosa, besó con respeto 
la cama en que nació y en la cual espiró 
también hace pocos meses Doña Felipa, 
echó una rápida ojeada sobre todos los 
muebles antiguos que adornaban aquella 
estancia y "vamos" dijo sin inmu- 
tarse. Acercaron la litera, me apretó la 
mano, y. . . partió. 

Sí, y partió nuestro pobre amigo, para 
no volver jamás. 




Antonio á Manuel. 



San Lázaro, 17 íle Enero de 1824. 

Querido mío. Comienzo á reponerme 
del profundo abatimiento en que habia 
caido. En poco más de un mes, ocurrie- 
ron tales cosas, y tan espantosas, á mi 
triste existencia, que no puedo compren- 
der todavía, cómo no he sucumbido bajo 
el peso de tantas impresiones funestas. 
Ya lo ves : estoy vivo, y en aptitud de ha- 
. certe un relato de mis penas y Sufrimien- 
tos. Aun me admira más la fortaleza sin 
igual, que debo á la Divina Providencia, 
en una situación, que sólo puede sentirse, 
pero no describirse. El recuerdo sólo de 
los precedentes que, por sus pasos con- 
tados, me han arrastrado á este lúgubre 
recinto, demanda un valor á toda prueba: 
y yo tributo humildemente un sin fin de 



58 

gracias al Señor Dios, que se ha dignado 
atribularme, es verdad, pero que, sin em- 
bargo, dejando caer gota á gota un bál- 
samo saludable de consuelo sobre mi co- 
razón, me permite ahora abrirlo entera- 
mente á tu sensible amistad. Yo bien te 
lo decía, querido amigo: no nos veremos 
nunca, jamás; pero nos escribiremos, 
hablarán nuestras almas. Eso me basta, 
y me hará llevadera esta vida de dolor 
y de amargura. 

Considero que estarás yc^ al lado de 
mi anciano y afligidísimo padre, para 
consolarlo de la pérdida de este pobre y 
llorado hijo, que al labrar él propio su 
desgracia, preparó la de una persona tan 
respetable por mil títulos. Llora con él, 
Manuel mío: infúndele valor, y hazle ol- 
vidar, si es posible, que su hijo sufre y 
padece, porque si en efecto yo sufro y pa- 
dezco, mía es la culpa, y no hay razón 
para que ese varón justo conlleve la pena 
que he merecido. Duéleme ver, por sus 
cartas, cuál fué su angustia al enterrar 
me vivo; pero si yo padezco por él y por 
mí, puedes figurarte la intensidad de mi 
dolor. Mis cartas, pues, serán una crónica 
muy triste. ¿Cómo evitar el que se refleje 
en ellas la situación de mi espíritu? Voy 
á darte cuenta de todas mis impresiones, 
desde que salí del hogar paterno, y verás 
que los más graves é intensos males de 
la vida, suelen dar tregua al corazón para 



59 

dilatarse, y recibir, como un rocío salu- 
dable, algún consuelo y alivio. Esto es 
demasiado para un pobre leproso. 

Pasé por varias poblaciones, y por los 
suburbios de Campeche, bien acompaña- 
do ; pero Joaquín y su hijo mayor, sin 
valor para despedirse de mí, desapare- 
cieron, como por encanto, cuando yo ne- 
cesitaba más de sus consuelos, quiero de- 
cir, al pisar estos umbrales de la muerte. 
No sabré decirte cómo hice este viaje 
funesto. Yo creía que me arrastraban por 
los cabellos, que mi cabeza se destro- 
zaba sobre las piedras. Todo pasaba, á 
mi vista, como un panorama fúne- 
bre. Mi cerebro era el cráter de un 
moribundd. Experimentaba un males- 
tar indefinible, y me parecía que una ví- 
bora chupaba, saboreándose, toda la san- 
gre de mis venas. En fin, llegué á San 
Lázaro, en donde ya me esperaban. Aquí, 
mis días serán días de miseria; exclamé, 
y mis noches, horas de tribulación sin 
reposo ... La maldición de Dios ha caído 
sobre mi cabeza, y mi existencia va á ser 

ya una carga insoportable y odiosa 

¡ Existencia horrible, sombría y agitada, 
como la noche de una tempestad, formi- 
dable como el infierno! 

Entré, y apenas me atreví á dirigir una 
mirada sombría sobre el magnífico es- 
pectáculo del mar, que dejaba á mis es- 
paldas. El capellán me tendió su mano, 



\ y apretó una de las mias con un ademán 
de cordialidad y franqueza tan expresi- 
vo, (|ue por primera vez» después de mi 
v^alida de Mérida, una lásifrima, que sentí 
helada, rodó por mi ardiente mejilla. Sa- 
ludé, con. palabras entrecortadas, al ad- 
ministrador, á quien reputaba yo como 
mi carcelero : y sin dirigir la vista á parte 
alí»ima, me dejé giiiar hasta un aposento 
limpio y capaz, que habian preparado, de. 
antemano, los amigos de mi padre, á fin 
de hacerme más llevadera esta mansión 
de podredumbre y miseria. Pocos mo- 
mentos desames, la noche cerró del todo, 
y el cansancio y la fatiga me rindieron, 
de tal suerte, (|ue caí en im sueño, pro- 
fundo en verdad, pero doloroso y angus- 
tiado, como es, sin duda, el sueño de to- 
dos los infelices condenados á este en- 
cierro. 

Cuando abrí los ojos, era ya de día. 
Primer día en la tumba. Tal fué la idea 
que me ocurrió al momento, idea que 
fué acompañada de un impetuoso to- 
rrente de lágrimas; pero aqueí no era 
entonces el llanto convulsivo de la deses- 
])eración, sino el llanto triste y melancó- 
lico, i[UQ va causando lentamente, la me- 
ditación sobre las miserias de la vida 
del hombre. Hasta ahora poco era yo 
feliz, é ignoraba casi la existencia del 
hos]Mtal de San Lázaro. ¡ Cuan lejos me 
consideraba de ser, muy pronto, uno de 



6t 



sus habitantes! Deslizábase suavemente 
mi existencia sobrq un césped florido, y, 
I ay de mi ! no sentía, no conocía que iba 
á hundirme en un '*-;>an:'iso abismo.... 
Mi cabeza quedó un poco despejada, el 
ánimo más tranquilo, y hasta mis entor- 
pecidos miembros parecían más sueltos y 
flexibles. 

Abrí la puerta de mi aposento. 

¡Oh, Dios mío! ¿Por qué reducir al 
hombre, obra admirable de la creación, 
á un grado tal de abyección é inmundi- 
cia? Fijé, como fascinado, mis pavorosas 
miradas sobre un grupo de espectros, 
que se arrastraban, con dolorosa lenti- 
tud, en ima larga y ancha galería, sobre 
la cual daba la puerta de mi aposento. 
Aquellos fantasmas, me parecían articu- 
lar sonidos extraños: su fisonomía, sus 
ademanes, sus miradas, y hasta sus más 
leves movimientos, me parecieron tan 
inusitados, tan horribles y tan chocan- 
tes, que hube de quedarme mudo de es- 
panto, y como petrificado, sin poder 
avanzar un solo paso. Aquellos miembros 
contraídos y cubiertos de corrupción ; 
aquellos ojos desencajados y rodeados 
de un círculo lívido y sembrado de grie- 
tas; aquellas bocas desgarradas y hume- 
decidas con sangre pestilente ; aquellas 
narices taladradas, y á cuyo través pare- 
cía registrarse hasta los sesos; aquellas 
orejas disformes y berrugosas ; y aquellos 



62 

pies hinchados, muchos de ellos hasta el 
grosor como de una cqlumna.... ¡Oh! 
aquel conjunto excedía, con mucho, á 
todo lo que yo pude haber imaginado. 

"Mire usted los estragos que qausa e! 
vicio," me dijo uno de aquellos infeli- 
ces, que pasó junto á mí. Yo no tuve va- 
lor para contestarle esas ominosas pala- 
bras de salutación á un recienvenido, ni 
para seguir contemplando aquel espec- 
táculo. El aspecto de tanta miseria, reu- 
nida en tan corto número de hombres, 
era superior á mis fuerzas. Retrocedí, y 
entré de nuevo en mi aposento, á consi- 
derar cuál era la suerte que me estaba 
reservada. Aun no había llegado mi en- 
fermedad á aquel punto, ni por tanto te- 
nía aun la monstruosa apariencia de 
aquellos seres desventurados. Pero, en 
fin, término ha de tener el mal, y muy 
pronto llegará á un período, en que vea 
yo mismo, sin poder morirme porque aun 
no habrá sonado la hora feliz, desgarrar- 
se todos mis adoloridos miembros, y des- 
organizarse paulatinamente esta máqui- 
na, que ya no podrá girar sobre sus goz- 
nes, i Te horrorizas ! ; te repugna esta pin- 
tura ! ¡ te espanta el fin de un pobre "la- 
zarino !" Si yo no conociera la nobleza de . 
tu alma, y la elevación de tus pensamien- 
tos, yo te diría, como puede decirse á mu- 
chísimos: "Hombre sensual y voluptuo- 
so: tú que estás sumido en los placeres 



6^ 

y en los goces engañosos del mundo: no 
quieres ni pensar en los males de la po- 
bre humanidad. Te tiemblan las carnes; 
pero no te compadeces. Te horrorizas; 
pero no te mueves á piedad. Tienes as- 
co á esta pintura; pero es porque no te 
lisonjea. Ve á los hospitales, á esas man- 
siones de dolor, y aprende á conocerte. 
Como te ves, me vi ; y no es difícil que te 
veas, como yo me veo.'' Perdona, Ma- 
nuel mío, este importuno apostrofe, que 
en manera alguna se dirige á ti ; pero no 
me negarás, que hombres hay tan duros 
y empedernidos, á quienes repugnaría un 
relato como el presente, tan sólo porque 
en él no hallarían palabras de placer. Mi 
resignación puedes calcularla, por la se- 
renidad con que entro en ciertos porme- 
nores. ¿No es verdad que esto servirá de 
algún consuelo? 

"Mire usted los estragos que causa el 
vicio." ¡ Ah ! esta amarga observación me 
hiela, me horroriza, y me mata. Por for- 
tuna, no es exacta ni verdadera del todo, 
y más bien la contemplo como el des- 
ahogo salvaje de un misántropo infeliz. 
De lo contrario, el hospital de San Láza- 
ro no seria, únicamente, el domicilio del 
dolor y de la miseria, sino también el de 
los remordimientos. Sin embargo de que 
estoy cierto, á no poder dudarlo, que 
muchos de los que padecen aquí, son del 
todo inocentes, ¡cuan lejos me encuentro 



64 

ílc hallar para mi este lenitivo, esta con- 
soladora reflexión! Porque, si, en efec- 
to, la mayor parte de los lazarinos su- 
fren por sola su desgracia, por la ma- 
lij^nidad de humores, que tal vez han 
heredado, ó por cualquier otro motivo, 
en fin ; yo sufro y moriré por haberme 
cnccnejs^ado en un crimen vergonzoso, 
(|uc mi situación me recuerda, á cada 
paso, involuntariamente, y que me lo re- 
cuerda para experimentar el más profun- 
do remordimiento. 

Poco después me visitaron el capellán 
y el administrador, que dictaron, confor- 
me á mi gustó y voluntad, cuantas provi- 
dencias creyeron á propósito para mi me- 
jor servicio. He encontrado todos mis 
libros, y otros más, que mi buen Melchor 
tuvo cuidado de remitir. Todo el día lo 
emplee arreglando mi nueva habitación, 
acompañándome el capellán con la ma- 
yor asiduidad y empeño. ¡ Cuan dulce es 
hallar, Manuel mío, una alma tierna y 
compasiva, cuando se sufre algún mal, ó 
viene alguna desgracia! Este capellán me 
tiene encantado. ¡ Que bondad, y qué mo- 
destia ! No hay remedio : él será mi amigo 
y mi guía. 

El edificio es bastante amplio, y capaz 
para su objeto. Bellísima es su situación, 
porque encuéntrase ?. poca disJancia de 
las últimas casas del pincoresco barrio 
de San Román, .d pie de tmas colinas,^ 



*55 

sobre una playa luiipia, y al influjo de 
todos los vientos. Tiene una larga y her- 
mosa fachada sobre el mar, y entre éste 
y el hospital, pasa el cam'no de Lerma, 
que es frecuentadiátnjo de las personas 
que viven en la ciudad. Voy á darte algu- 
nas noticias sobre el origen de este pia- 
doso establecimiento, que he reunido, te- 
niendo á la vista datos auténticos. Te 
parecerá extraño que yo me haya ocu- 
ps^do en esto; pero eso mismo te servirá 
de prueba, para creer que mis males co- 
mienzan á experimentar algún alivio mo- 
ral. 

El brigadier D. Hugo O-Conor y Cun- 
eo, gobernador que fué de esta provincia, 
y que falleció el 8 de Marzo de 1^79 en 
la hacienda Miraflores, cerca de Mérida, 
legó diez mil pesos para que se empren 
diese la obra desde luego. Parece que en- 
tonces no puao verificarse, porque yo he 
visto una real cédula, fecha en Aranjuez 
el 13 de Diciembre de 1783, dirigida al 
obispo D. Fr. Luis Pina y Mazo, orde- 
nándole que se procediese inmediatamen- 
te á la obra, con los diez mil pesos del 
legado, y con la suma de trescientos y 
más pesos existentes en la depositaría ge 
neral de Campeche ; y que se hiciese car- 
go de este importante asunto, señalando 
la persona que tuviese á bien para la eje- 
cución de la obra, disponiendo, al mismo 
tiempo, lo más conveniente .* la perfec- 



66 

ción, conservación del hospital, y asisten- 
cia de los eniermos. El obispo inforní) 
al rey con fecha 12 de Julio de 1785, ma- 
nifestándole que se había dado principio 
á la repetida obra, en las inmediacione í 
de Campeche, sobre el plano que acom- 
pañaba al informe ; pero representaba, 
que no siendo suficientes las cantidades 
que existían, se había resuelto fabricar 
únicamente las piezas necesarias para los 
enfermos, suspendiendo la prosecución 
de todo el proyecto, mientras no se pre- 
sentasen otros arbitrios; y concluye di- 
ciendo, que no podrá perfeccionarse, ni 
conservarse dicho hospital, ni mucho me- 
nos mantenerse á los enfermos, si S. M. 
no se dignaba conceder las gracias que 
constan del informe, ó las que fueren de 
su real agrado. El señor Pina murió en 
22 de Noviembre de 1795^ cuando aun es- 
taba muy lejos de realizarse el proyecto: 
pero habiendo subido los espolios de 
aquel prelado á una suma bastante grue- 
sa, el rey dispuso de ellos para la con- 
clusión de las iglesias de Uman y San 
Cristóbal, destinando cuarenta mil pe- 
sos para el ..-opiLai de San Lázaro. Así 
hubo de verificarse la erección de un es- 
tablecimiento que, como decía el señor 
Pina, debía servir "para cortar de raíz 
los rápidos progresos que diariamente 
conseguía aquella venenosa y mortal do- 
lencia, llamada "lazarino."' Ya ves, mi ca- 



67 

ro Manuel, que sin embargo de mi "mor- 
tal y venenosa dolencia," no he perdido 
mi afición á los papeles viejos, aun á ries- 
go de inficionarme ó contagiarme, sor- 
biendo el polvo de apolillados arma- 
rios. 

El régimen económico y administrati- 
vo, es bastante bueno y razonable, si al- 
go puede parecer bueno y razonable á 
un pobre leproso, que sólo ve miserias en 
torno suyo. Hay, de ordinario, veinticin- 
co ó treinta enfermos de ambos sexos. 
El número sube algunas veces, lo cual de- 
pende del celo de las autoridades políti- 
cas, que suelen ser ó muy indulgentes, 
ó demasiado severas hasta el rigor, persi- 
guiendo, dicen que en beneficio de la so- 
ciedad, á los pobres "elefanciacos," que 
huyen despavoridos, como si fueran bes- 
tias monteses, por la soledad de los cam- 
pos. ¡ Cuántas veces ha ocurrido relegar, 
y sumir, en estos pasadizos de la muerte, 
á algunos infelices, que aun no estaban 
"lazarinos;" pero que por la funesta dis^ 
posición de sus humores, han terminado 
por contraer realmente esta malenca en- 
fermedad ! ¡ Ah ! Esto es demasiado cruel, 
y á mí me parece que, por compasión, 
por piedad, ya que no por justicia y obli- 
gación estrechísima, debía, en este pun- 
to, procederse con más miramiento, y 
adoptarse ciertos medios, que alejasen 
tan atroz y tan funesta equivocación. ¡ Sa- 



68 

brán esas autoridades desapiadadas, ó in- 
diferentes, lo que importa una medida 
semejante ! \ Concebirán, acaso, la vehe- 
mencia, la intensidad de los tormentos 
físicos y morales, que aquí se pasan! 

Volvamos al régimen económico. Se- 
gfím el grado de la enfermedad, así es 
la vigilancia y él cuidado, que emplean 
el administrador y sus dependientes ; y se 
permite á los enfermos que hagan sus 
excursiones por las orillas del mar, con 
tal de que presten garantías, que ale- 
jen el temor de la fuga, ó de que se in- 
troduzcan en las poblaciones inmedia- 
tas. Yo disfruto, por ahora, de todos es- 
tos privilegios, aunque todavía no he te- 
nido ánimo de usar de ellos. Cada enfer- 
mo tiene una habitación separada, y ac- 
tualmente hay dos matrimonios de dos 
"lazarinos" con dos "lazarinas." ¡ i Qué 
cosa tan horrible!!! El hospital se sos- 
tiene con el producto de los capitál.eS^ im- 
puestos, con ciertos arbitrios fijos ó even- 
tuales, con los donativos de algunas per- 
sonas piadosas, y con las hospitalidades 
que pagan los que tienen medios de ha- 
cerlo. Hay aseo, cuanto buenamente cabe 
en im hospital de leprosos: los alimen- 
tos son sanos, y esmeradamente servi- 
dos. El ayuntamiento de Campeche, en- 
cargado de la dirección y gobierno de 
esta casa, siempre ha manifestado el ma-* 
yor celo en dulcificar la condición de los 



I 



pobres enfermos. Así es que tenemos ca- 
pellán, médico, botica, y todo lo necesa- 
rio. ¡ Gracias sean dadas á Dios, por este 
beneficio I Sin embargo, *yo le ruego en- 
carecidamente que, si esta enfermedad no 
es contagiosa, como no falta quien lo 
crea, deje caer una pequeña ráfaga de 
su luz divina sobre la ciencia, á fin de 
que, demostrada la verdad, no vuelva 
nunca más á arrancarse, con violencia, á 
un ser sensible, de los brazos de las per- 
sonas que le son queridas. 

Dos días después de mi entrada en el 
hospital, se me presentó un caballero, 
como de cincuenta y seis años, pálido y 
medio encorbado; pero de una fisonomia 
tan franca y expresiva, que á primera 
vista, como por instinto, predispone en 
su favor. Era el doctor D. Juan Antonio 
Frutos, médico español que, por encargo 
de mi padre, venía á visitarme, y asistir- 
me con sus consejos higiénicos. Pero es- 
te hombre no sólo es un médico insigne, 
sino también un profundo moralista. Su 
conversación es rica, amena y fecunda: 
tiene gracia y destreza para mover los re- 
sortes del corazón. En suma, es sabio y 
virtuoso; verdadero médico; de esos 
médicos que, como repetía á menudo el 
doctor, han comprendido su misión, mi- 
sión de amor, de paz y de consuelo; mi- 
sión que pocos desempeñan, viendo en su 



yo 

profesión uno de tantos medios de vivir, 
de hacer negocio y fortuna. No es asi D. 
Juan Frutos, porque en donde se oye el 
gemido del dolor y de la miseria, allí se 
le ve con más afán, con más constancia 
y asiduidad. Para él no hay hora intem- 
pestiva, no hay mal tiempo, no hay tro- 
piezos: todo lo allana y lo vence, pene- 
trando, abrazado de su amor á la huma- 
nidad, con más contento en la choza in- 
feliz del pobre pescador de San Román, 
que en los suntuosos aposentos de los 
ricos. 

Hablarnos más de una hora, y se des- 
pidió de mí, ofreciendo venir á conso- 
larme, cada vez que sus ocupaciones en 
la ciudad se lo permitiesen; y en efecto, 
me ha hecho ya tres visitas, y en cada 
una de ellas ha descubierto nuevo caudal 
de conocimientos, de bondad y de dulzu- 
ra. 

— ^Usted, amiguito mío, me decía la 
última vez, comenzará á vivir, si quie- 
re, en el seno mismo de esta destrucción 
que le rodea. La vida del hombre es tan 
corta, y la pasa regularmente con tanta 
agitación y zozobra, que apenas nota la 
rapidez con que el tiempo corre presuro- 
so. Viviéndose en esta agitación, no hay 
más que excentricidad y movimiento. 
Pero cuando alguno de los grandes su- 
cesos de la vida, de esos que no pasan 
ordinariamente, sino que sobrevienen de 



71 



improviso, y como inesperados, obliga á 
nuestras facultades á reconcentrarse, en- 
tonces entramos en nosotros mismos, me- 
ditamos y. . . vivimos; porque meditar es 
vivir, aunque á los hombres frivolos pa- 
rezca otra cosa. 

— Vivimos; pero ¡qué vida, doctor 
mío ! Si ese grande suceso es una desgra- 
cia, como la pérdida de la fortuna, ó de 
algún objeto querido. . . ¡oh!, nuestra vi- 
da entonces es una vida de dolor y de lá- 
grimas. Mas si fuese algún crimen... la 
vida, en tal caso, sería ún veneno lento, 
que iría destruyendo el principio de la 
vida, en medio de una agonía infernal. 
Yo no sé si Dios nos haría un singular 
beneficio, aliviándonos entonces de un pe- 
so semejante. 

— Ese es el lenguaje de la pasión, y no 
el del buen sentido. No sabe usted, por 
experiencia, cuánto aprovechan los re- 
mordimientos. ¡ Feliz mil veces, yo se lo 
aseguro, el hombre que, después de un 
crimen, los experimenta! Acaso este es 
el hombre de quien digo, principalmente, 
que comienza á vivir, después de uno de 
los grandes sucesos de la vida. Porque 
yo me figuro, que esos remordimientos, 
si lo son en efecto, no han de limitarse á 
un sentimiento puramente especulativo. 
Yo creo, al contrario, que si un remordi- 
miento, por más vehemente que sea, llega 
á apoderarse de un criminal, el mayor 



72 

empeño de éste debe consistir en borrar 
su crimen, ó por una resignación filosó- 
fica, y la resignación se parece tanto á 
la felicidad!, ó por obras virtuosas, que 
la sociedad estime, y el corazón apruebe. 

— Pero si ese crimen .... 

Yo no sé que impulso, tan secreto co- 
mo involuntario, me empujaba hasta tm 
punto, al cual yo no hubiera querido lle- 
gar, por lo menos en tan crítica circuns- 
tancia; pero aquel hombre parecía haber 
trazado al rededor mío un círculo mági- 
co del que, ni luchando á brazo partido, 
habría podido salir por entonces. Sus ojos 
vivos y penetrantes se habían clavado en 
los míos, y, salvando todos los obstácu- 
los, habían ido á fijarse hasta lo más ínti- 
mo de mi corazón, para leer allí parte de 
mi historia. 

— Pero si ese crimen, continué, único 
tal vez, casi inculpable, nos produjese 
no sólo el remordimiento, sino también 
una injusta desgracia, una desgracia de 
esas que nos hiciesen llorar amargamen- 
te 

— i Pobre joven ! Yo diría á quien tal se 
explicase, que no era el remordimiento, 
sino las consecuencias de su crimen, las 
que lo hacían arrepentirse de él, y per- 
dería indudablemente todas las ventajas 
del primer afecto. Por eso decía yo á us- 
ted, que aquel lenguaje era de la pasión, 
y no del buen sentido; y no es así como 



73 

debe guiarse el filósofo, y menos si pro- 
fesa una religión tan sublime, tan bella 
y tan consoladora, como lo es, sin duda, 
el cristianismo. Estudie usted mejor sus 

máximas santas, su moral divina, y 

yo se lo ofrezco: va usted á ser feliz, va 
usted á vivir, porque va usted á medi- 
tar.... 

Y lloraba yo, lleno de confusión. El 
doctor Frutos me estrechó cariñosamen- 
te la mano, me miró con ternura, y par- 
tió. No hay remedio: este hombre se ha 
apoderado de mi secreto, á pesar de mi 
empeño en ocultárselo á todo el mundo. 
¿Será que las señales exteriores de mi 
enfermedad, revelan á los ojos de la cien- 
cia, cuál sea su funesto origen? No: mis 
anteriores conversaciones con este obser- 
vador, tan modesto como ilustrado, me 
hacen c!reer que aun no estaba cerciora- 
do del hecho. Cuando me visitó, la vez 
primera, hablamos detenidamente sobre el 
principio, progresos y actual estado de 
mi dolencia. Yo me expliqué con la ma- 
yor circunspección, y no recuerdo haber 
dicho cosa alguna que me acusase. No 
hay duda i mi emoción, mis miradas, mis 
facciones me vendieron, cuando se habló 
de los remordimientos de un criminal. 
Pero si el doctor llegase á saber cuan 
crueles y horribles circunstancias prece- 
dieron á ese crimen que me agobia 

sí ... . él me compadecería mucho más. 



74' 

No me atrevo á decir que me justificaría ; 
pero si que excusaría mi conducta. ¿No 
crees, Manuel mío, que tengo razón para 
esperarlo asi? 

El genio y el carácter del capellán, son 
de un género diverso. Aunque, gracias á 
A la infinita misericordia del Señor, ni la 
incredulidad, ni las opiniones de los sofis- 
tas^ han hallado jamás cabida en mi pe- 
" cho, encuentro muchos puntos de contac- 
to entre este buen eclesiástico, y el que 
dirigió la conversión del filósofo desen- 
gañado, que tan bien, y con tal maestría, 
retrató el sublime autor del "Evangelio 
en triunfo." La misma dulzura en las pa- 
labras, el mismo fuego en los discursos, 
la misma caridad fervorosa, el entusias- 
mo de la religión, lógica irresistible 

He allí un bosquejo del padre N***, ca- 
pellán del hospital, y que lo es, porque 
aquí se padece más, se llora más, y hay 
rnás necesidad de consuelos religiosos, 
que en ninguna otra parte. Yo. he enta- 
blado con él aquellas relaciones, que unen 
permanentemente al discípulo con el 
maestro. Desempeñando él uno de los 
más sublimes ministerios de nuestra re- 
ligión adorable, mi conciencia, con todas 
sus debilidades, va á quedarle enteramen- 
te abierta. Si yo lo he elegido para mí 
juez en el tribunal santo de la penitencia, 
también va á ser mi amigo, mi gula y mi 
consejero en las tribulaciones de la vida. 



75 

El retine cuanto yo pudiera apetecer, en 
un hombre destinado á desempeñar este 
doble carácter sobre un pecador, que ha 
de ver á sus pies como Dios mira á sus 
criaturas; y al lado de un enfermo, que 
aun comienza á sorber la amarga copa del 
dolor. Esas relaciones consoladoras se ha- 
brían ya estrechado, si cuando mis po- 
tencias comenzaban á recobrar su aplo- 
mo, no hubiera ocurrido un lamentable 
incidente, que me ha afligido extraordi- 
nariamente, haciendo sucederse en mí un 
nuevo linaje de afectos, que volvieron á 
agobiar mi pobre espíritu, aunque de una 
manera diversa. Hablo de la entrada de 
un nuevo "lazarino," que vino al estable- 
cimiento hace cuatro días. ¡ Pobre criatu- 
ra! Semejante suceso ha engendrado en 
mí un sentimiento tal de compasión, que 
ha hecho olvidarme hasta de mi situa- 
ción personal, para dedicarme á consolar 
á ese infeliz, cuyos infortunios me han 
afectado con rara vehemencia. Yo siem- 
pre he amado á mis semejantes, querido 
amigo : tú lo sabes muy bien, y me glo- 
río de ello. Así es que, sin embargo de 
que yo necesito todavía de consuelo, para 
calmar la agitación de ánimo, y de conse- 
jos sabios, para lograr una resignación 
perfecta, me he constituido en médico y 
maestro de mi nuevo compañero de infor- 
tunio. Te diré algo sobre él ; y estoy cier- 
to de que lo compadecerás, aun sin cono- 



76 

cerlo, porque tú eres bueno y sensible, 
querido mío, como lo fué nuestro guía y 
maestro Bernárdino de Saint-Pierre, cu- 
yas obras, que tienen por epígrafe el su- 
blime "Misseris sucurrere disco" de Vir- 
gilio, han veniuo ya á ser mi lectura dia- 
ria y predilecta. 

Me paseaba, aquella tarde, en la gale- 
ría, con mi buen amigo el capellán, cuan- 
do sentimos detenerse una calesa en la 
puerta del edmcio. Hasta allí, nada ha- 
bía llamado nuestra atención, porque el 
hecho de llegar una calesa, no era extra- 
ño, pues frecuentemente venían los mé- 
dicos de la ciudad en un carruaje seme- 
jante; pero, poco después, percibimos el 
rumor confuso de varias voces, entre las 
cuales sobresalía una muy notable por su 
vehemencia, y por su acento doloroso. La 
vocería se aumentaba por grados, y, mo- 
vidos de la curiosidad, nos acercamos has- 
ta el vestíbulo, en donde se representaba 
aquella escena. Pocos momentos me bas- 
taron para comprender perfectamente el 
asunto de que se trataba. 

— No, mil veces no: gritaba un joven 
flaco y macilento. ; En San Lázaro ! ex- 
clamaba. ¿Están locos, caballeros? ¿No 
son cristianos en esta tierra. Dios mío? 
¿Qué mal he causado á- nadie, pobre de 
mí, para que traten de sepultarme vivo 
en este infierno ? ¿ Piensan ustedes que yo 
no he oído hablar de un sitio como éste, 



77 . 

y que ignoro qiie en él no hay más que le- 
prosos? ¡Hay corazón para mandarme 
siqui, y querer encerrarme entre esos des- 
Aventurados, como si yo fuese el mayor de- 
lincuente ! ¡ Por Dios, amigo de mi alma, 
clecia á uno de los que le acompañaban : 
por Dios, déjenme ustedes en libertad, 
que yo les ofrezco marcharme luego, de 
esta tierra inhospitalaria! 

— ^Vamos: no hay que exaltarse. ¡Voto 
va! Lo que se hace con usted no es con 
mala intención. ; Qué diablos ! Tiene us- 
ted cierta enfermedad, que los médicos 
han calificado de contagiosa; y la policía 
le envía aquí, para que sea mejor reco- 
nocido: ¡Diablo! ¿pues qué tiene esto de 
particular ? 

— No: mátenme ustedes primero; pero 
yo no entro aquí. 

— ¡Vaya una resistencia singular! En- 
tre usted en paz y en gracia de Dios, y . 
no nos obligue á emplear la fuerza. ¡ Po- 
brecillo! Mire usted: si mañana, á esta 
hora, los médicos afirman, bajo de jura- 
mento, que usted no está "lazarino" . . . 

— ¡ ¡ Cómo lazarino ! ! ¡ Dios mío ! ¿ qué 
está usted diciendo, hombre empederni- 
do ? ¡ Yo "lazarino !" 

Difícilmente puede expresarse cuál fué 
el grado de conmoción que sufrió aquel 
infeliz, al escuchar la fatal palabra. Sin 
que nadie pudiese apercibirse de su in- 
tento, se lanzó rápidamente fuera del 



r 



78 

círculo que lo rodeaba ; y corrió desalado, 
con d'rección á la Hda. de "Buena-vis- 
ta." Vueltos en si de semejante sorpresa, 
los conductores, corrieron en pos del fu- 
gitivo. Yo no sé si rogué á Dios, que con- 
cediese al pobre joven librarse de sus 
perseguidores: sólo recuerdo que cuando, 
al cabo de media hora, lo trajeron al hos- 
pital, privado de sentido, lloré amarga- 
mente. Dejaron su equipaje, y la boleta 
de entrada, en poder del administrador, 
y volvieron á Campeche los conductores. 
Yo no quise separarme de su lecho en 
toda aquella noche funesta. ; Si sabré yo 
lo que se sufre en los primeros momen- 
tos, en que uno acaba de cerciorarse de 
que está lazarino! Sus gritos convulsivos 
partían el corazón; y sus raptos de deli- 
rio nos hacían temer, que el desventurado 
llegase á perder totalmente el juicio, en 
lo cual no me atrevo á decir si mejora- 
ría, ó empeoraría su condición. El cape- 
llán y yo le prodigamos todo linaje de 
consuelos; y al día siguiente logramos 
llamar su atención, y que escuchase nues- 
tras palabras de cariño y benevolencia. 
Cuando ya pudo fijar aquellas miradas 
que vagaban antes de una manera sinies- 
tra y sombría, clavó en mí sus ojos, me 
examinó de pies á cabeza, y, azorado, me' 
preguntó si yo también estaba "lazari- 



no. 



— Sí, amigo, sí: estoy "lazarino," le 



79 

respondí. También sostuve, como usted, 
una lucha horrible con mi corazón, y 
más con mi imaginación, antes y después 
de entrar en este sitio. Aun no es com- 
pleta mi victoria, pero usted puede ayu- 
darme en esta empresa; y, en justa re- 
tribución, le ofrezco hacer lo mismo en 
su obsequio. 

— Gracias, buen amigo, gracias. Acep- 
to con todas veras el apoyo qjie usted me 
ofrece, porque sólo Dios sabe cuánto es 
lo que yo necesito, para conformarme con 
sus decretos. También es usted joven, y 
bastante generoso, según veo. ¡ Áh ! esto 
es mucho consuelo para un desgraciado, 
á quien se le destina una mansión de esta 
clase. 

—Usted comenzará, gradualmente, á 
resignarse; y pronto echará de ver, que 
lo que usted reputa ser en mí una virtud, 
no es sino una necesidad de esta situa- 
ción, que le parece tan horrible. 

El capellán terció entonces, empleando 
otras palabras más tiernas y consolato- 
rias. 

El recienvenido tiene ya un aposento 
junto al mío, y me parece que al fin lo- 
graré inspirarle mis propios sentimientos, 
de conformidad y de paciencia. Puede 
afirmarse que la escala que estoy reco- 
rriendo, me otorga cierto derecho para 
explicarme así, porque si mi nuevo ami- 
go sufre ; | cuánto no he sufrido yo tam- 



8o 

bien! Conozco algunos de los sucesos 
que han precedido á su entrada en San 
Lázaro, y aunque no sé toda su historia, 
porque no he querido aparecer indiscreto, 
haciéndole preguntas sobre sucesos de 
que no ha queriuo hablarme espontánea- 
mente, creo haber adivinado parte de lo 
que ha dejado de decirme. Lo que sé, y 
voy á referirte, me parece digno de con- 
signarse en los fastos melancólicos de la 
humanidad doliente ; de esta triste huma- 
nidad que padece en todas partes, y de 
diversas maneras. 

Es Regino Inglada, natural de Chi- 
clana, en los alrededores de Cádiz. Tuvo 
una familia muy decente, y de regular 
fortuna ; pero su pobre madre murió cuan- 
do él vino al mundo, en Diciembre de 
1804; y su padre, dos tíos y tres herma- 
nos, sucumbieron todos, durante la glo- 
riosa lucha que sostuvo la España con- 
tra el poder de Napoleón. Huérfano, solo 
y desamparado de todo el mundo, no que- 
dó á Regino más partido, que el entre- 
garse á servir de muchacho de cámara, 
en un buque pequeño. Después de unos 
cuantos viajes, por la costa, se embarcó 
en el bergantín "Jovial," para atravesar 
el océano, y venir á la Habana. Habrá de 
esto unos cinco años. El "Jovial," próxi- 
mo á alcanzar el puerto de su destino, 
cayó en las manos sanguinarias y rapaces 
de un infame pirata. El malvado echó á 



8i 



pique la embarcación, después de pasar 
á cuchillo á la tripulación y pasajeros, 
librándose únicamente dos señoritas jó- 
venes, que venían en unión de su padre, y 
Regino, que logró ablandar con sus lá- 
grimas y su juventud á aquel desalmado 
y feroz asesino. 

Regino me parece que no ha sido muy 
explícito, acerca de los sucesos posterio- 
res á la época de su captura, á bordo del 
"Jovial." Yo creo, sin embargo, que aquel 
malvado, y sus cómplices, lo sedujeron, y 
le hicieron seguir la vida infame que ha- 
bían adoptado. Ello es que, por una serie 
de acontecimientos, que ha ofrecido re- 
ferirme, vino á Campeche, hace seis me- 
ses, en una barca americana, en clase de 
pasajero de proa. A los pocos días de ha- 
ber aportado, le acometió el "vómito," 
en casa de una pobre viuda, que le haoía 
dado alojamiento. La huéspeda, temien- 
do que el enfermo muriese en su casa, 
dio parte á la justicia, y Regino fué tras- 
ladado al hospital de San Juan de Dios. 
Escapó del "Vómito," pero su convales- 
cencia fué tan lenta, que le fué imposible 
salir pronto, y reembarcarse. Allí apare- 
cieron los primeros síntomas de. la en- 
fermedad, de que hoy adolece. El médico 
director observó los progresos del mal, 
dio noticia á la autoridad política, y ésta 
se apresuró á excomulgar al maldito le- 
proso, haciéndolo salir con engaño, de S. 



82 

Juan de Dios, para entrar en San Láza- 
ro. Ya viste su sorpresa, y la resistencia 
infructuosa que opuso, al descubrir el 
fraude. Nada le valió, y el infeliz está yri 
en el sepulcro. 

Ya lo ves, amigo mió. Dios no abando- 
na jamás á sus pobres creaturas. Yo, que 
tanto temí la soledad, el aislamiento^ con 
todos sus horrores consiguientes, encuén- 
trome hoy con un joven sensible, capaz 
de comprender mis penas; con un ecle- 
siástico, que me las dulcifique; y con un 
médico respetable, que así trata y alivia 
las enfermedades del cuerpo, como aleja 
las del alma. Todos ellos son mis ami- 
gos. ¿Qué más puedo apetecer? jAh! yo 
espero en Dios, que ha de mirarme siem- 
pre con piedad! 

Escríbeme siempre que puedas. Cuan- 
do veo letras de mi padre, ó de mis ami- 
gos .... en ese momento soy feliz. ¡ Si 
supieras cuánto se necesita para que un 
leproso pueda decir: "Soy feliz." 

Adiós, Manuel mío. No abandones á mi 
padre : ámalo, como yo lo he amado. Abra- 
za á Melchor; y acuérdate siempre de 
mí. 



CARTA V. 



Antonio á Manuel. 



San Lázaro, 5 de Febrero de 1824. 
¡Oh Manuel mío queridísimo! Tú res- 
tituyes á mi pobre corazón, gran parte df: 
la tranquilidad perdida. Gracias, amigo 
'^hiío, gracias. Hay cierta clase de benefi- 
cios, que no pueden corresponderse aquí. 
Sólo la infinita bondad de Dios, es ca- 
paz de recompensar merecidamente esas 
acciones, que no tienen nombre, que no 
pueden calificarse, ni estimarse en su 
justo valor. ¿Cómo llamar á una genero- 
sidad sin límites, unida á esa benevolen- 
cia y cariño verdaderamente filial, con que 
te has consagrado á consolar á mi pobre y 
has consagrado á consolar a mi pobre y 
anciano padre, después de haber perdido 
sin remedio, al único hijo de su amor? 
¿Qué precio tienen tus nobles sentimien- 



84 

tos, amigo mío, expresados con esa un- 
ción religiosa, con ese aire de convicción 
profunda con que me los transmites, de- 
rramando así, sobre esta infeliz criatura 
un consuelo indefinible? Tu carta, tu pri- 
mera carta, tan deseada, me ha hecho llo- 
rar; pero he llorado de ternura, como se 
llora al escuchar ciertos sonidos misterio- 
sos que hay en la naturaleza, sonidos que 
forman una armonía, más misteriosa aún, 
en nuestro corazón, y que nos arroban, 
nos elevan hasta Dios .... Gracias, otra 
vez, y mil, Manuel mío: gracias. 

Con un corazón tan bueno y tan sen- 
sible, como el tuyo, no extrafío que el su- 
ceso de Regino te haya causado la emo- 
ción que manifiestas. | Tan joven, y haber 
pasado ya por los trances más amargos 
de la vida! Está inconsolable: llorando 
hilo á hilo, mis palabras de consuelo ape- 
nas le hacen impresión. La mayor parte 
del día está en mi compañía; pero sus 
frases son cortadas, y conozco que, por 
ahora, prefiero la soledad y el silencio, á 
cualquiera otra distracción. Nada me ha 
dicho de nuevo, después de su conver- 
sación del primer día. Está triste, y atri- 
bulado. Algo pasa en su interior, además 
del pensamiento de su situación actual. 
Compadécelo, otra vez, amigo mío; por- 
que aun sin sus particulares circunstan- 
cias, un pobre leproso siempre es digno 
de lástima. 



8^ 

Aunque la hinchazón notable de mis 
dedos, me molesta demasiado; mientras 
sea posible traer la pluma entre ellos, te 
ofrezco complacerte, escribiendo á mi me- 
jor amigo cuanto en esta dolorosa man- 
sión me ocurra. Y cuando se acerqué el 
térrñino de este destierro, que proba- 
blemente no será muy largo, entonces 
buscaré una mano compasiva que te trans- 
mita mis postreros recuerdos, mis últi- 
mas palabras, mis pensamientos de la 
tumba. Ya concibo que semejantes ideas 
te martirizan, y te atormentan. Pero 
esas reflexiones van siendo en mí un há- 
bito saludable, y las emito con ánimo se- 
reno, y con toda la tranquilidad de que 
es capaz un espíritu agobiado, en verdad, 
pero resuelto á recibir humildemente el 
castigo de sus culpas. Yo que miro el 
porvenir como mi eficaz consuelo, la otra 
vida como mi último refugio, la muer- 
te como el término feliz de mis sufri- 
mientos, y el sepulcro como un seguro é 
imperturbable asilo, ¿ qué debo hacer, 
sino acostumbrarme á estos pensamien- 
tos, melancólicos para el que vive en el 
seno de su familia, rodeado de amigos., 
caminando sobre un sendero brillante y 
sembrado de ilusiones, lleno de salud y 
de vida; pero importantes y necesarios, 
para el que, como yo está palpando, de 
continuo, esta formidable realidad de 

Hospital -6 



86 

San Lázaro? Por eso te dije, y hoy te re- 
pito, que mis cartas han de ser siempre 
una crónica triste, sí, muy triste y dolo- 
rosa. 

No te lamentes, pues, Manuel mío, 
por el lenguaje que empleo al escribirte. 
Conozco, sí, conozco y comprendo per- 
fectamente cuál es tu intención, al ro- 
garme, con tierno empeño, que aleje de 
mí, ó hag^ por alejar, ciertos afectos fu- 
nestos. Pero me pides un imposible, que 
no está en mi mano vencer. Quede yo cu- 
rado de esta maléfica y fatal dolencia, 
olvide yo los deplorables motivos de mi 
desgracia, salg^ yo, en fin, de este cauti- 
verio horrible, y verás, al punto, otro 

hombre hombre nuevo, un hombre 

para quien la sociedad y sus misterios, 
dejarían de ser un libro inútil é incom- 
prensible ¡¡ Delirios ! ! ¿ No crees que 

comienzo á desvariar? ¿No te parece que 
ese extraño giro que mis ideas iban á to- 
mar en este instante, es algo ridículo? 
¡Quedar curado! ¡Olvidar el origen de 
mi mal ! ¡ Salir de San Lázaro ! Sería pre- 
ciso un milagro, y yo soy indigno de que 
Dios lo haga en beneficio mío, y Dios no 
lo hará. No sé lo que me digo . . . . ; pero 
él, sí, él sabe muy bien lo que yo quiero 
decirle, cuando, con toda la efusión de mi 
alma, le pido que me guíe, que me con- 
forte, que me proteja, y que ilumine. Yo 
tengo en su bondad inmensa toda mi es- 



8/ 

peranza. Cuando el mundo y los hombres 
nos abandonan del todo, sólo Dios pro- 
teje á la criatura abyecta y desvalida, y 
jamás le retira sus beneficios. ¡Bendito 
sea su santo nombre, bendita su provi- 
dencia ! 

De mis tristes privilegios he comen- 
zado á aprovecharme, sin embargo de 
que, á cada paso se me presentan moti- 
vos para nó pensar, sino en encerrarme 
dentro de estas cuatro paredes, y retraer- 
me de las miradas y la presencia de otros 
hombres. El capellán me -repite, sin ce- 
sar, que estas primeras pruebas son cier- 
tamente duras y aflictivas; pero que me 
acostumbraré luego á ellas, y dejarán de 
producir la funesta impresión que hoy 
me causan. Y el doctor Frutos añadía: 
"Estando el hombre tan expuesto á la 
miseria, ¿tiene acaso ninguno derecho de 
quejarse, porque, en la distribución de los 
males de la vida, le .haya tocado una par- 
te, que acaso otros apetecerían para sí, 
prefiriéndola á la que les cupo en suerte? 
¿Sabemos, por ventura, cuánta inmundi- 
cia y abyección se ocultan debajo de las 
má brillantes de apariencias de salud, vi- 
da y felicidad ? ¡ Cuántos, amigo mío, da- 
rían al cielo infinitas gracias, si, por todo 
alivio y mejora en su condición, obtuvie- 
sen el grado de salud, y los medios de 
prolongarla de que usted aparece provis- 
to! Medítelo usted bien, y no se alarme 



88 



por las injusticias de los hombres, por- 
que eso es demasiado frecuente en el 
mundo." 

Decíanme esto, porque les referí, con 
acento de la más intensa amargura, un 
suceso singular, que acababa de ocurrir- 
me, y del cual voy á imponerte. Era el 
día 22 del pasado; y á las nueve de la 
mañana, comenzó á soplar con violencia 
un norte deshecho. Una cerrazón com- 
pleta, impedía ver aun los objetos más 
cercanos, á cuyo efecto contribuía una 
menudísima Ihivia, que se colaba de las 
nubes, arrebatadas en las impetuosas alas 
del viento. La mar azotaba con fuerza 
la playa, produciendo un ruido semejan- 
te á la detonación prolongada, hueca y 
no interrumpida de un trueno lejano. Los 
árboles arrastraban sus ramas por el sue- 
lo, y abatían sus elevadas copas. La es- 
puma que depositaban las olas en la ori- 
lla, formaban témpanos, como de nieve, 
que tan pronto se desmoronaban por la 
fuerza del viento, como se acumula- 
ban de nuevo por el constante choque 
de las aguas. Las embarcaciones, de que 
estaba cubierta la bahía, se agitaban en 
movimiento convulsivo é irregular. Yo 
no pude contenerme á la vista de aquel 
sublime espectáculo, que me conmovía 
extraordinariamente, y resolví salir del 
hospital, por la vez primera, para pasear- 
me por las orillas del mar, y gozar, sí, 



89 

gozar con entera libertad de aquella con- 
moción de dos poderosos elementos: el 
ag^a y el aire. Cáleme, pues, un ancho 
sombrero de palma, forrado de hule; 
écheme á los hombros una capa imper- 
meable, y, venciaas algunas dificultades 
sobre lo inconveniente de mi salida en 
medio de aquel temporal, lánceme fuera 
de mi prisión. 

Hay impresiones que no pueden expli- 
carse, y que para comprenderlas, se ne- 
cesita una situación dada, situación que 
hubiesen creado muchos antecedentes 
reunidos. Tú sabes los míos; pero es im- 
posible que sientas, como yo siento, es- 
ta situación tan singular. ¡Qué feliz era 
en aquel momento ! ; Con qué delicioso 
placer respiraba aquel aire húmedo y agi- 
tado ! No sabré decirte si la ¡dea vaga de 
una fuga, cruzó por mi pensamiento; pe- 
ro si fué así, pasó con la misma rapidez 
con que aparece y desaparece uno de esos 
meteoros ígneos, que atraviesan la atmós- 
fera, sin dejar vestigio alguno. ¡ Dema- 
siado había pensado, antes, en las funes- 
tas consecuencias que podría acarrearme 
una acción tan arriesgada, tan villana, y 
de éxito tan poco seguro! Yo no andaba, 
corría como un loco, y si alguna vez me 
detenía sobre un calado pedrejón, era 
para mirar aquel grandioso aparato, llo- 
rar, y prosegtiir después mi excursión, 
exhalando gritos de una alegría vaga é 



90 



I t-- 



indefinible. Realmente, me era necesario 
aquel desahogo, porque yo conocía que 
mi cerebro comenzaba á petrificarse, en 
fuerza de mis cavilaciones diarias. El co- 
razón se dilataba, la sangre circulaba con 
más libertad, y mi cabeza volcánica se 
refrigeraba. Ningún ser humano se me 
presentó á la vista en aquella playa soli- 
taria, y esto imprimía á mis ideas, y á 
mis sentimientos, un carácter solemne y 
augusto. Yo estaba solo, y sin testigos, 
delante de Dios ; porque el mar es una de 
las obras más gigantescas de su diestra 
poderosa, es el espejo de su inmensidad, 
y en él se reflejan su poder, su bondad, 
su grandeza, su independencia, y todos 
sus divinos atributos. Cuando el mar, hir- 
viendo desde el fondo, se embravece, y 
representa la cólera del Señor, entonces 
formidables montañas de agua amenazan 
á la tierra, á las nubes y al espacio : veése 
una ola, ensoberbecida, saltar sobre otras 
mil, aumentar su mole con todas ellas, 
dilatarse hasta un término prodigioso, 
venir rugiendo con la impetuosidad de 
un rayo, chocar contra la frágil embar- 
cación que encuentra en su rápida ca- 
rrera, envolverla como si fuera una paja 
sutil, sumirla en el abismo, y venir des- 
pués á estrellarse en la orilla, en donde 
Dios le dice: "hasta aquí," calmado, de 
improviso, su furor detenido "allí" por 
una mano invisible. Pero cuando el mar 



91 

está tranquilo, y reflejando la bondad 
del Creador, es entonces una llanura sua- 
ve, diáfana, y de color celeste: la luna 
riela dulcemente sobre la superficie, y 
presenta un lecho de plata incrustado de 
zafiros: si una onda espumosa quiere al- 
zarse, al punto queda abatida. ¡Oh! el 
mar es, lo repito, la imagen de Dios. Ele- 
vé hasta su trono excelso una plegaria 
humildísima, y comencé á volver lenta- 
mente al hospital. 

De improviso, mi vista se fijó en un 
objeto confuso, que era el juguete de las 
olas y del viento. Me detuve, y después 
de algunos minutos, percibí que aquello 
era un falucho ó canoa pescadora, que el 
norte había hecho zozobrar. Mi primer 
pensamiento, fué que el infeliz pescador, 
dueño del pequeño esquife, se habría aho- 
gado, ó habría sido presa de algún mons- 
truo marino. Lloré por su muerte desas- 
trada, y también rogué por su eterno des- 
canso. I Su mala suerte, sin embargo, tal 
vez no podría trocarse con la mía! Mal 
pensamiento; pero ninguno tiene en sus 
manos el modo de evitarlo: el mérito 
consiste en huir de ellos. Figúrate, pues, 
mi sorpresa, y también mi angustia, al 
entrever, en medio de aquel desorden, 
una figura humana que, con una mano, 
se sostenía del falucho, y con la otra ha- 
cía repetidas señales en ademán de im- 
plorar socorro. No puedo explicarte mi 



94 

ca de mi memoria. Si no la filosofía; al 
menos la religión santa nos enseña á so- 
portar, con paciencia, estas pruebas do- 
Iprosas. Sin embargo, tú que has cono- 
cido tan bien la susceptibilidad de mi , 
carácter, y la fuerza de mi imaginación, 
puedes figurarte la impresión que haría 
en mí este suceso tan desagradable. 

Ocurrióme, dos días después del prece- 
dente, otro lance que, aunque no tan re- 
pugnante como el anterior, no dejó de 
humillarme. Observaba con un anteojo 
de larga vista la hermosa bahía de Cam- 
peche, desde el castillejo abandonado de 
San Fernando. Sacóme de mi agradable 
distracción, una voz cascada y quejum- 
brosa, que pedía una limosna por el amor 
de Dios. Volvíme al punto, y di de cara 
con un anciano andrajoso, macflento, 
llagado de pies á cabeza, y hecho una 
miseria. Saque dos pesetas del bolsillo, y 
extendí la mano para dejarlas caer sobre 
la del mendigo, que imploraba mi com- 
pasión. Noté, entonces, que me miraba 
con cierto aire üe pesquisa tan descarado, 
que llegó á chocarme. Aun mi mano es- 
taba al aire sobre la suya, cuando me 
resolví á preguntarle si me conocía, ó me 
había visto en alguna otra parte. 

—No, señor: me respondió. 

— ¡Oh, no puede ser! Usted ha de co- 
nocerme sin duda. 



93 

— No, mi amo: primera vez que veo 
á su mercé. 

' — ¿ Pues, por qué me mira con esa ex- 
presión de extrañeza? ^ 

— ¡Ah! eso es por naita, señor amo. 
Discurro que su mercé vive aquí cerca. . . 
. — Sí, amigo : yo vivo allí, en frente. 

— ^¿Allá en el santo hospital de nues- 
tro Señor San Lázaro? 

—Sí. 

— ¡Ah, ah! 

— ^¿Y qué? 

— ¡ Eh, eh ! 

— Vamos, ¿qué ocurre? 

— Ya, ya. 

Y mientras pasaba este diálogo ridícu- 
lo, el mendigo encogía lentamente el bra- 
zo, procurando cubrirse la mano con la 
ancha manga de su mugrienta camisola, 
sin duda para evitar el contacto de mi 
mano con la suya; porque decididamen 
te á aquel hombre, ó le causaba yo una 
abierta repugnancia, ó á su edad, que, 
en *mi concepto, raya en los setenta y 
cinco, tenía miedo de contagiarse, 
y venir á acabar su vida al miserable hos- 
pital de San Lázaro. No quise prolongar 
una conversación, en que yo iba á llevar 
la peor parte. Dejé caer las dos pesetas 
sobre la manga del mendigo, y después 
de haberle despedido con buenas pala- 
bras, volví á mi primera ocupación. Po- 
cos momentos después, desd*^ un merlón 



96 

del castillejo, vi á mi hombre muy empe- 
ñado, lavando en la orilla del mar, con 
arena y piedra pómez, las dos pesetas 
que le había dado de limosna. Amargas 
reflexiones me asaltaron; pero, gracias 
á Dios, recobré luego la tranquilidad de 
espíritu, que me es tan necesaria. 

Y como si lo ocurrido en aquel día no 
fuese bastante, al siguiente tuve otra li- 
gera mortificación. Paseábame por las 
cercanías del cementerio, que distará un 
tiro de pistola del hospital. Observé que 
la puerta estaba entreabierta, y desde lue- 
go creí que se estaría verificando la inhu- 
mación de algún cadáver. Fuese curio- 
sidad, ó cierto aeseo de orar por los di- 
funtos en aquel sitio fúnebre, destinado 
á recibir los últimos restos del hombre, 
resolvíme á entrar. No había dado mu- 
chos pasos, cuando un anciano vigoroso, 
mal vestido, y de modales no muy cor- 
teses, se me acercó, sentó una de sus pe- 
sadísimas manos sobre mi hombro iz- 
quierdo, y, después de contemplarme al- 
gunos instantes, me dijo con acento fa- 
miliar., 

— Si, como yo creo, y no mienten las 
señales, es usted algún lazarino, me pa- 
rece que haría usted muy bien en mar- 
charse luego del camposanto. 

—¡Yo! 

— Sí, señor: usted en persona. ¿Pues 
quién otro hay aquí? Van á venir gen- 



97 

tes de tono, acompañando el cadáver de 
una señora que muri^ ayer, y semejante 
vista no les será muy lisonjera, que di- 
gamos. 

— Así lo creo, amigo mío; pero ruego 
á ustea me permita preguntarle, ¿con qué 
derecho me hace una advertencia seme- 
jante? 

— ¿ Con qué derecho ? ¡ Estamos fres- 
cos! ¿Esta mi cara, tal como Dios me la 
ha dado, y usted me la ve, no le está di- 
ciendo, á grito heri4o, que yo ejerzo aquí 
un minist-erio, del cual, si en algo estima 
usted su vida, debía pedir al cielo que le 
librase ? 

— iAh! ¿Será usted algún verdugo, y 
no habré caído en ello? 

— ^¿Está usted loco, hombre de Dios, 
6 de los diablos? Pues me gusta la sali- 
da. ¡Verdugo! Vaya una ocurrencia. No, 
señor mío: yo no soy, ni he sido jamás 
verdugo. ¡ Dios me ampare ! Soy el sepul- 
turero mayor, con nombramiento en for- 
ma del mayordomo de fábrica, extendi- 
do en papel sellado de á cuatro reales; 
y ya debía usted haberlo conocido, si es 
que entiende algo de achaque de cemen- 
terios. 

— Ahora comprendo cuál es el oficio 
de usted, y le doy la enhorabuena; pero 
yo ignoraba que su autoridad tuviese tal 
latitud, que se extendiese hasta impedir 
la entrada á un particular, á quien le vi- 



98 

niese á cuento penetrar en un sitio, que 
está abierto para los vivos y los muertos. 

— ¡Ola! Parece que usted es algún pa- 
pelista cabiloso. Pues le notifico á usted 
para su inteligencia, señor bachiller, que 
ni es usted uno de los vivos, porque está 
muerto civilmente, (creo que así se di- 
ce) ; ni es usted un muerto de veras, su- 
puesto que ha entrado aquí por sus pro- 
pios pies, y no por los ajenos. Con que 
ya puede ir despejando, y déjese de ar- 
gumentos, que yo no soy muy dado por 
allí, que digamos. 

Soltóme el hombro, y se dirigió á un 
rincón á tomar su pala. 

— ¡Vamos! no se enoje usted, amigui- 
to, me gritó, porque no he tenido más 
objeto, que librarlo de una mortificación, 
que le sería mucho más sensible, que to- 
do lo que le he dicho. ¡Dios me libre de 
causar, voluntariamente, á ninguno de 
los pobres lazarinos, el más pequeño dis- 
gusto! Pero el entierro va á llegar, y no 
sería yo quien le aconsejase que perma- 
neciese por más tiempo dentro del ce- 
menterio. 

Dejó la pala y volvió á acercarse. To- 
móme, con dulzura, una de las manos, co- 
mo arrepentido de haberme tratado con 
alguna dureza, y continuó. 

— Mire usted, caballerito: viene en la 
comitiva el síndico procurador, que no 



99 

transige con los lazarinos. Yo no sé si 
será porque se dice, que es algo propenso 
á esta enfermedad ; pero lo cierto es, que 
tiene á todos ustedes una ojeriza impla- 
cable. Con que ya ve usted si tengo ra- 
zón para suplicarle que no se quede en 
este sitio. 

— ¡ Con que no hay medio de poder es- 
tar aqui unos momentos, señor sepultu- 
rero! 

— Sí: hay dos medios, y muy eficaces. 
El primero es morirse, cosa que no le 
deseo en manera alguna; y el segundo, 
que venga usted cuando yo esté solo y 
no tenga que esperar algún entierro, de 
esos que se anuncian con esquilas. 

— Segpin eso, usted me permitirá vol- 
ver. ¿Es verdad? 

— ¡Toma! pues bien claro se lo he di- 
cho. Sí, señor: vuelva usted cuando yo 
esté solo, y se estará aquí todo el tiempo 
que guste; aunque, á decir verdad, yo no 
sé qué tiene de agradable venir á un ce- 
menterio. 

Despedíme, y salí muy de prisa, porque 
ya sentía acercarse el rumor de los ca- 
rruajes que acompañaban el entierro. El 
sepulturero murmuró entre dientes. "¡ Po- 
bre niño! Maldito si yo tengo ni migaja 
de miedo á estos desdichados lazarinos!" 
¡ Cuánto le agradecí esta muestra de com- 
pasión ! 



lOO 



También me despido de tí, Manuel 
mío. Cuida á mi venerado padre, abraza 
á Melchor, y saluda á Joaquín y á todos 
los de casa. Dios guarde la vida de to- 
dos ustedes, como se lo ruego humilde- 
mente. 




.* « 






CARTA VI. 



4' 



Antonio á Manuel. 



San Lázaro, 22 de Febrero de 1824. 

Manuel mío queridísimo. El desventu- 
rado Regino está hoy mucho más abatido 
que nunca, después de un espectáculo que 
á mí me consternó vivisimamente ; pero 
que á él le causó un pavor, que no pue- 
do explicarte. Kl caso no era para menos. 
Figúrate que hemos visto morir á un la- 
zarino, que hacía nueve años que estaba 
encerrado en esta casa, olvidado de sus 
parientes y amigos, según he sabido des- 
pués. Esto es muy cruel ; pero el pobre 
ha descansado, saliendo ¿e esta vida mi- 
serable; y su alma, purificada en el cri- 
sol de la paciencia y la resignación, ha 
volado al seno de Dios, á recibir su re- 
compensa. 

Hospital— 7 



« 



• • 



I02 



• • 



Hace cinco '^íjGches, que me hallaba re- 
cogido ya,^*c4aiido Regino llamó muy 
quedo á la pueVta de mi aposento. Abríle, 
algo sor^Veiidido, y pregúntele qué no- 
vedad ofectfría. 

— Púé^-qué, ¿no oye usted? 

-r^¿ Qué amigo ? yo no oigo cosa alguna. 

— Fije usted más el oído, por Dios. 

.JEn 'efecto : una voz muy remisa y me- 
JíinQÓlica, pero tierna y patética, se mez- 
- ciaba con algunos gemidos ahogados. No 
Y.ppmprendía yo lo que esto podía ser. To- 
'.Jmóme Regino de la mano, y, paso entre 
'/• paso, nos fuimos acercando hasta la en- 
trada de un cuarto escasamente alumbra- 
do, que se veía al extremo de la obscura 
galería. Allí quedamos clavados sin po- 
der avanzar, ni retroceder, porque el su- 
ceso que pasaba á nuestra vista, nos heló 
de espanto. Regino temblaba, le crugían 
los dientes, y bañaba su frente un sudor 
glacial : yo no podía ni respirar, porque 
me sentía. como agobiado bajo el influjo 
de una pesadilla. El interior de aquel 
cuarto misterioso, que creía inhabitado, 
porque antes no había visto que sus puer- 
tas se abriesen, era lúgubre y funesto. 
Sobre una mesa, chisporroteaba una lám- 
para mortecina. En el lado opuesto, ha- 
bía un catre, y sobre él yacía tendida una 
figura, que parecía humana, no por nin- 
guna de sus formas, sino por los gemi- 
dos que exhalaba. A la cabecera, estaba 



I03 

arrodillado el capellán con un pequeño 
Crucifijo en una mano, y sosteniendo con 
la otra la cabeza del moribundo. Su boca, 
pegada casi á la del agonizante, murmu- 
raba las consolatorias palabras^ que usa 
nuestra madre la Iglesia, para recomen- 
dar el alma de los fieles, en el tránsito de 
este al otro mundo. Al lado de la cama, 
con una vela bendita entre las manos, 
otro lazarino, que hacía el oficio de enfer- 
mero, estaba en pie, y con la vista cla- 
vada sobre el paciente. Conforme iba dis- 
minuyendo el estertor de la muerte, el 
capellán alzaba más la voz; pero de ma- 
nera, que no se oyese á alguna distancia, 
sin duda para no alarmar á los habitan- 
tes de la casa. Después H j algunos mmu 
tos, cesó la oración del capellán : dejó 
caer suavemente la cabeza, que sostenía, 
sobre las almohadas: se incorporó, y re- 
citó en voz baja el "Ne recorderis," con- 
cluyendo con el "Requiescat in pace." En 
seguida se enjugó los ojos, cubrió el ca- 
dáver con una sábana, despidió al enfer- 
mero encargándole que avisase al admi- 
nistrador, se sentó en un sillón, y comen- 
zó á rezar el oficio de los difuntos. 

Pasó el enfermero, sin notar nuestra 
presencia; pero nos retiramos al momen- 
to, compungidos y horrorizados. Llega- 
mos á mi aposento, del cual no quiso se- 
pararse Regino. Desde allí observamos 
exactamente todo lo que ocurría. Cuatro 



104 

mozos llevaron un ataúd, caminando con 
el mayor silencio. El capellán colocó el 
cadáver en el féretro, que volvieron á 
cargar los mozos; y con el mismo silen- 
cío, mientras el capellán seguía su rezo 
funeral, se abrió la puerta del edificio, y 
desapareció la comitiva, con dirección al 
cementerio, en donde iba á terminar aquel 
drama nocturno. A las cuatro de la ma- 
ñana estaban ya de vuelta. El entierro 
se había verificado, y cuando, á las seis, 
comenzó el movimiento ordinario de la 
casa, todos parecían ignorar lo ocurrido 
en la noche anterior. El capellán mismo 
se nos presentó, con el semblante amable 
y risueño, de todos los días. Pero hemos 
visto la muerte de un lazarino; y no de- 
bes extrañar nuestra turbación y espan- 
to. Regino es, sin embargo, el que más 
padece, y aun no se ha conseguido li- 
cencia, á fin de que salga á distraerse por 
estas cercanías. Sus conatos de fuga el 
día que entró aquí, han engendrado cier- 
ta preocupación contra él : \ cómo si me- 
reciese castigo un rasgo semejante, en 
aquella circunstancia! El doctor Frutos, 
que se interesa mucho por este mi com- 
pañero de desgracia, me ha ofrecido ha- 
cer en su obsequio todo lo posible. 

Vas á sorprenderte, sin duda, al escu- 
char el simtiente relato, sobre algunas co- 
sas, que aebían considerarse como ajenas 
de mi situación. Pero ¿qué quieres? Co- 



105 

mo si nuestro aislamiento, en este hos- 
pital, sólo sirviese para privarnos de to- 
dos los beneficios de la sociedad, y no pa- 
ra librarnos igualmente de sus male;s, 
también el rumor de los sucesos políticos 
del país, ha venido á turbar nuestro so- 
siego y soledad. Antenoche, en efecto, el 
estrépito de las campanas de la pobla- 
ción, que tocaban arrebato : el sordo mur- 
murio que forman muchas gentes que se 
reúnen; y el tránsito para Lerma de va- 
rios dragones, me hicieron sospechar, que 
algo de extraordinario ocurría en la ciu- 
dad. Fácil me habría sido enterarme . de 
los sucesos que pasaban, si los de Agos- 
to de 1814, que tengo bien impresos en 
la memoria, y los del 3 de Octubre de 
1820, no me hubiesen inspirado una de- 
cidida aversión á semejante clase de ne- 
gocios. Por otra parte : un pobre lazarino, 
para quien no hay, ni puede haber, un 
porvenir político: que no tiene derechos 
que ejercer, funciones públicas que lle- 
nar, ni obligaciones sociales que cumplir: 
que carece de medios para impedir el mal 
y de recursos para afianzar el bien 
de su patria : que no tiene voz ni 
voto, en fin; ¿qué parte puede tomar en 
semejantes sucesos? ¿Qué puede influir 
su opinión en las deliberaciones públicas? 
¿Ni qué interés puede tener, sino el es- 
peculativo de apetecer lo mejor para sus 
semejantes, en estas y las otras preten- 



io6 ' 

siones? Por lo mismo, guardé silencio, é 
hice firme propósito, después de haber- 
me entregado á mil reflexiones diversas, 
de no preguntar cosa alguna, acerca de 
lo que pasaba. Pero esto no me valió, y 
tuve el disgusto de saber que nuevas des- 
avenencias iban á dividir el país, dema- 
siado trabajado por las convulsiones de 
la época. Me lo dije muchas veces. 
"Cuando el Faro de Iguala se apague, 
ya ningún piloto alcanzará el puerto." 
Soy un proscrito: no tengo derecho de 
hablar; pero, ¿quién puede impedirme 
creer que el soldado ilustre, que hoy está 
desterrado en Italia, es el único capaz 
de librar á la nación de un funesto es- 
collo? Sí, él volverá: adornará sus sie- 
nes, no con esa funesta corona, indigna 
de un caudillo de la libertad, sino con la 
de oro y laurel, que la patria destina á 
los héroes. Disimula, Manuel mío; pero 
yo he erigido á Iturbide un altar en mi 
corazón, y en él le tributo un culto. Yo 
sé que Dios aprueba mis sentimientos ; 
porque sólo Dios inspira á los hombres 
magnánimos, é Iturbide es el fundador 
de la independencia nacional. 

Pues me cercioré de lo ocurrido, de 
una manera singular. Hallábame ayer, 
por la tarde, recostado al pie de un ceibo 
frondoso, en la entrada del camino que 
de la playa sigue á la hacienda "Buena- 
vista," disfrutando de una brisa suave y 



I07 

ligera, que rizaba apenas la superficie del 
mar, y de la deliciosa vista que se pre- 
senta desde aquel sitio risueño y pintores- 
co; cuando hé aquí que un hombre, á 
quien no conocí de pronto, se me puso por 
delante. 

— ¡ Ola, mi amigo ! me gritó. Me alegro 
de verlo tan bueno. ¿ Por qué no ha vuel- 
to por aquellos andurriales, una vez que 
es tan aficionado á los muertos? ¡ Vaya un 
gusto extraño! 

— Bueno, ó doliente, siempre estoy pa- 
ra servirle, señor sepulturero; (que era 
él). Yo no he vuelto á los términos de su 
jurisdicción, temeroso de encontrarme 
con algún entierro, en que viniese de 
acompañante aquel señor procurador, que 
nos tiene una ojeriza atroz, por las razo- 
nes que usted presume. Sin embargo, yo 
he hecho intención de ir, un día de éstos, 
á hacer á usted y á su establecimiento, 
una corta visita. 

— Sí, sí: ¿y por qué no?. Somos ya co- 
nocidos, me parece y conocidos de con- 
fianza; y déjese de rencores por la ocu- 
rrencia de marras, que yo no soy ningún 
mal hombre, como lo parezco por este 
estrambótico perjeño. Mal pasaje, por 
cierto, habría usted tenido con el susodi- 
cho procurador, que, a poco rato,como 
me lo presumí, vino en la comitiva. ¡ Qué 
cara de vinagre ! 

— ¡ Mala cara, eh ! 



io8 

— ^^lalisima. Suponga usted que todo 
lo quiere aplicar al ramo de polida, ven- 
ga ó no venga á cuento ; y para ello arru- 
ga la frente, cierra los puños, y amenaza 
al primero que se figura haber quebran- 
tado algún artículo del bando de buen 
gobierno, aunque la infracción sólo exista 
en su caletre. 

— Cumple con su deber, procurando 
averiguar lo cierto. 

— Según y conforme: ni es razón que 
haga cargos á quien no debe. V. g. : el 
día del entierro consabido, me molió la 
paciencia á reclamos é interpelaciones, — 
Señor sepulturero: estas murallas están 
muy bajas. — Dígaselo usted al mayordo- 
mo de fábrica. — Señor sepulturero: este 
cementerio está mal situado. — Traslado al 
ayuntamiento, del cual es usted miembro. 
— Señor sepulturero: es una picardía que 
aquí no haya un capellán. — Entiéndase 
usted con el vicario. — Señor sepulturero: 
este sitio está cuajado de piedras. — Yo 
no soy bombeador. — Señor sepulturero: 
aquí no hay una capilla, un árbol, ni un 
arbusto: este es un cementerio indígeno 
de una población culta, com^ Campeche. 
— Señor Procurador, por la sangre de 
Cristo: dígame usted que las sepulturas 
no están suficientemente profundas, y la 
tierra que las cubre bien pisoneada, y 
contestaré á los cargos. Los que usted 



ICX) 

me hace ahora, más bien creo que deben 
dirigirse á usted. 

— Muy bien dicho. 

— Por supuesto, que muy bien dicho. 

Uno, viendo su fervor, le propuso una 
visita á San Lázaro, ya que se hallaban 
tan cerca. El hombre se puso pálido, y 
con no sé qué pretexto, cambió de con- 
versación. ¿Quería usted, pues, que ese 
caballero le mandase lanzar del campo 
santo ? 

— No hablemos más de eso, amigo mío: 
yo no conservo ningún resentimiento por 
lo pasado. Al contrario: le estoy muy re- 
conocido, porque me ha librado de una 
humillación inmerecida. 

— ¡ Bravo ! Así me gustan las gentes : 
razonables. Con que, tan amigos como 
siempre, y pelillos á la mar. 

Y sin mayor ceremonia, tomó mi capa, 
que pendía de una rama, la plegó en mu- 
chos dobleces, y, colocándola junto á mí, 
se sentó buenamente sobre ella. Echó 
mano, en seguida, de una pipa, que sacó 
de un pequeño zurrón de gamuza, puso 
en ella algunos pedazos de tabaco nada 
aromático, hizo lumbre, y comenzó á fu- 
mar con un placer envidiable, envolvién- 
dome en una nube de humo, tan denr.a co- 
mo pestilente. Lejos de incomodarme con 
semejante muestra de confianza, que, en 
cualquiera otra circunstancia no me ha- 



no 

bría sido muy lisonjera, procuré, al con- 
trario, estimular al buen sepulturero á 
que prolongase su plática, y acabase por 
hacérseme amigo. Era que yo, pobre la- 
zarino, encontraba un hombre que no te- 
mía la malignidad de mi dolencia. 

— A lo que veo, le dije después de un 
rato de silencio, usted no tendrá hoy al- 
gún muerto á quien decir "séate ligera la 
tierra." * 

— Si acaso lo hay, será de medio pelo. 
Yo soy sepulturero mayor, y no entierro 
sino á los señores de copete ; digo, cuando 
buenamente se mueren. Y si no, ¿qué se 
entiende por sepulturero mayor? 

— Es verdad : yo no había caído en ello. 
Sin embargo, creo que usted habrá co- 
menzado su carrera por subalterno, si es 
que siempre ha ejercido semejante pro- 
fesión. 

— Mire usted señor... señor... ¿cómo 
es su gracia de usted?; y perdone la pre- 
gunta. _ 

— Antonio. 

— Gracias. Pues mire usted, señor An- 
tonio: en mi actual carrera, como ya em- 
pieza á suceder en todas las demás, he 
sentada plaza de jefe, sin pasar por los 
grados subalternos. Verdad es que esa mi 
actual carrera, es carrera de cojos é invá- 
lidos ; pero, hablando en plata, sólo se han 
premiado, medianamente, mis antiguos 
servicios. 



III 



— ¡Grandes servicios! ¿No es esto? 

— Grandes ó pequeños, yo he dicho sim- 
plemente servicios, sin calificar su peso, 
número ó medida ; y si he dicho que son 
antiguos, esto no significa que sean gran- 
des. Basta ser un poco viejo, y ya ve us- 
ted que sesenta y un años, que cumpliré 
el día de S. Germán, que es á 28 de Ma- 
yo ... . 

— Con que usted, mi buen amigo, se lla- 
ma Germán. 

— En todo el barrio me llaman "Nues- 
tro amo Germán," porque antes fui yo 
contra-maestre, que enterrador de muer- 
tos. Así es que, si usted gusta. . . "Nues- 
tro amo Germán." ¡ Rarísima vez entien- 
do yo por Germán á secas 1 

— Bien, nuestro amo Germán, muy 
bien; pero, ¿por qué dejó usted su ejer- 
cicio de mar? ¿Sufrió usted alguna des- 
gpracia, mi viejo amigo? 

— ¡ Cáspita ! ¿ Pues quería usted, criatu- 
ra de Dios, que toda la vida me estuviese 
columpiando en un mal pailebot, después 
de tantos fracasos en la marina real ? Ade- 
más, toda mi gente de tierra había pasa- 
do por ojo, sin que me quedase ni siquie- 
ra la buena Gaspara, para arrancar las 
manchas de alquitrán de mi pobre cha- 
marra. 

— ¡Qué dice usted, nuestro amo! 

—Sí, amigo ; en año y medio murieron 
mi pobre mujer y mis cuatro hijos. 



112 

Separó su pipa el infeliz anciano, con 
la mano izquierda, y con el jeverso de la 
derecha se enjugó dos gruesas lágrimas, 
que asomaron á sus ojos. Aquel ademán 
me conmovió profundamente. 

— ¿ Y ha quedado usted solo en el mun- 
do, nuestro pobre amo Germán?; conti- 
nué yo. 

— Lo .que es solo, no. Es verdad que 
yo no tongo aquí pariente alguno, pues 
soy valenciano, para servir á usted; pero 
el buen barrio de San Román me ampara, 
y me protege, ahora que voy quedando ya 
inútil. Los viejos me miran como á un 
hermano, y los mozos como á su padre. 
Toda es gente franca, leal y generosa, 
i Dios se los pague ! 

— Pues bien, nuestro amo Germán: de- 
seo, si, quiero, con toda mi alma, que us- 
ted me aliste entre esas gentes honradas 
y generosas, que le tratan como á su pa- 
dre. 

El anciano me miró fijamente. 

— Sí, nuestro amo Germán: no sabe 
usted cuánto le agradecería, el que tne 
considerase, en lo sucesivo, como uno de 
sus hijos, 

— ¡ Oh Dios mío !, exclamó, incorporán- 
dose, y cruzando ambos brazos sobre el 
pecho. Permitiste que aquel desgraciado 
se extraviase, lanzándose en una carrera 
tan vil, como peligrosa: me has arran- 
cado á mi esposa, y á mis cuatro hijos; 



113 

pero en recompensa, me prodigas consue- 
los por todas partes, i Oh Dios mío ! Ben- 
dito sea tu santo nombre. 

Y dejándose caer de rodillas, sollozó 
amargamente. Me pareció aquella acti- 
tud tan solemne, en semejante circuns- 
tancia, que mi corazón se estremeció, co- 
mo con cierta especie de pavor religioso. 
También me arrodillé con respeto, lloré 
con ternura, y oré en unión de aquel an- 
ciano desvalido. 

Pasados algunos instantes, nos senta- 
mos de nuevo, y me estrechó la mano 
amistosamente. Serenóse su semblante, 
y recobró su ordinaria expresión de jovia- 
lidad y franqueza. 

— ^Usted puede creer, señor Antonio, me 
dijo después, cuánto favor le debo por su 
benevolencia y afecto. Gracias, también, 
amigo mío, gracias. Puede ser que, algún 
día, le muestre, con obras, todo lo que yo 
agradezco esas palabras de consuelo ge- 
neroso en favor de un hombre, que, tal 
vez, le ha tratado inmerecidamente. 

— \ Oh, no, nuestro amo Germán, no ! 
Soy yo quien debe agradecerle su extre- 
mada bondad, en acoger, en su afecto, á 
un pobre lazarino, que la sociedad ha 
proscrito. 

— ^¿No conoce usted, mi querido Anto- 
nio, que esas palabras no convienen ni á 
usted, ni á mí, en una ocasión como la 
presente? Cuando todos huyesen de. us- 



114 

ted, y le abandonasen, yo, mientras viva, 
seré su amigo, su compañero y su humil- 
de servidor, aunque me encuentro viejo é 
inútil. Aquí está mi mano y mi palabra, 
que siempre ha sido palabra de hombre 
honrado. 

Apretéle la mano. El y yo volvimos á 
quedar pensativos. Desde ese momento, 
comencé á amar á mi viejo sepulturero, 
con toda cordialidad y afecto. No puedes 
figurarte, Manuel mío, la emoción que ex- 
perimenta un leproso infeliz,..c.uando en- 
cuentra simpatías en un ser sensible, á 
quien su situación no inspira ese horror 
natural, que debe producir, y produce 
generalmente, á todos los que se le acer- 
can. 

La noche comenzaba á cerrar, y me le- 
vanté para volver al hospital. 

— Vamos, me dijo el sepulturero : yo le 
acompañaré hasta la puerta. 

Y echamos á andar. En el camino, con- 
testando á varias preguntas que yo le ha- 
cía, con interés, me dijo que lo pasaba 
holgadamente, y que de ninguna comodi- 
dad carecía, porque sus necesidades eran 
cortísimas. 

— ^Sin embargo de que soy español, pro- 
siguió, he dicho á usted que estoy muy 
querido en todo el barrio de San Román, 
y, mientras viva, nada me hará falta. Aun- 
que me quitaran mi oficio miserable de 
sepulturero, así como despojaron de sus 



"5 

destinos á todos los empleados españo- 
les el día 15. . . . 

— ¡ Ah, ah ! 

Viendo, por mi exclamación, que yo ig- 
noraba el suceso á que había aludido, el 
buen anciano me refirió, con todos sus 
pormenores, los acaecimientos del día 15 
de este mes, y los de la noche del 20, que 
tanto me habían hecho cavilar, sin atre- 
verme á hacer pregunta alguna á los que 
podían informarme. Así supe que todos 
los empleados españoles, habían sido de- 
puestos: que se había pedido la declara- 
ción formal de la guerra á España, cuya 
medida habían diferido las autoridades 
superiores de la capital: que el coman- 
dante de las armas había venido, casi solo, 
desde Mérida, á intervenir en aquel su- 
ceso, procurando cortarlo: que en Cam- 
peche había sido mal recibido ; y que, con 
motivo de su presencia, había estallado 
en la plaza le conmoción del día 20 por 
la noche, que terminó con la salida de ese 
jefe, quien se retiró muy indignado, y re- 
suelto á emplear las armas, para cortar 
el progreso del movimiento del día 15. 

Sensible es este modo de pedir las co- 
sas i Olvidábame que soy un lazari- 
no, que estoy muerto civilmente, y que 
mi opinión no vale para cosa alguna! 

Me despedí de mi nuevo amigo, y entré 
en mi albergue á meditar en los inciden- 
tes de la tarde. Ese pobre y honrado se- 



ii6 

pulturero, ¡también ha sufrido mucho! 
I Esta miserable humanidad,, que en to- 
das direcciones, y por todos aspectos, se 
encuentra siempre trabajada! ¡Este infe- 
liz anciano, con un genio tan franco, jo 
vial y sencillo ; y sin embargo, haber per- 
dido á su esposa y cuatro hijos, en tan 
corto tiempo! ¡Habérsele extraviado 
otro ! ¿ Qué carrera vil y peligrosa será la 
que abrazó, y que, según parece, ha afec- 
tado vivamente á su padre? El tiempo 
aclarará este misterio. No me pareció 
oportuno intentar descorrer el velo, que 
lo cubre. 

Adiós, amig© y hermano mío. Jamás 
me olvido de las personas que me son 
tan queridas ; y á todas ellas escribo siein- 
pre, por separado, reservando para tí mis 
confidencias más íntimas. Adiós, otra vez. 




CARTA VIL 



Antonio á Manuel. 



San Lázaro, 13 de Marzo de 1824. 

Querido mío. Este afán que nos escue- 
ce vivamente, este afán de ocultarnos á 
nosotros mismos y de ocultar á los demás, 
nuestras propias miserias ; en el pobre la- 
zarino es enteramente inútil, porque pa- 
rece que todo conspira á echarle en cara, 
de una manera oprobiosa, su abyecta con- 
dición, por más que se empeñe en hacerla 
olvidar á los otros, ya que no puede con- 
seguir para sí tan débil y mezquino con- 
suelo. De aquí proviene cierta lucha in- 
terior, en la cual, si no hay una buena do- 
sis de resignación y paciencia, el lazarino 
viene á ser una víctima miserable, que no 
siempre provoca la compasión de sus se- 

Hospital— 8 



ii8 



me jantes, porque no todos nuestros se- 
mejantes tienen el mismo grado de filan- 
tropía. De allí, esa tenacidad con que 
quiere ponerse en contacto con todo el 
mundo, dar la mano á los que encuentran 
en su tránsito, estrechar contra su pe- 
cho á los amigos y conocidos, y exhalar 
su pestilente aliento sobre cuantos se le 
acercan. ¿Llevará en ello la intención de- 
pravada de causar algún daño? ¿Querrá 
excitar la susceptibilidad agena, para go- 
zarse en el martirio que cause? ¿Deseará 
que todos participen de sus atroces su- 
frimientos ? ¡ Oh, no, seguramente no ! E! 
busca un rostro benévolo, un prójimo de- 
ferente, un ser compasivo, alguno, en fin, 
que en su aspecto le signifique, bastante- 
mente, que no cree en la malignidad de 
su mal, que no se horroriza de su aspecto, 
que no tiene asco á la fetidez que exhala, 
ni teme el funesto contagio. Regularmen- 
te, el éxito de semejante tentativa es te- 
rrible y desconsolador; y el infeliz laza- 
rino recibe, uno tras otro, una serie de 
desengaños, que excitan su mal humor, 
y lo convierten al cabo, en un misántro- 
po que huye de todos, como un animal 
hosco y bravio, y esquiva á sus compañe- 
ros, como si viese personificado en ellos 
un atroz epigrama contra su situación. 
En este caso, la religión es su único am- 
paro, porque la filosofía misma no es bas- 
tante para mitigar la horrenda desespe- 



119 

ración en que irremisiblemente caería, sin 
el auxilio de aquella. 

Por eso me decía ayer el padre cape- 
llán. 

— Amigo querido : si en la vista y ha- 
llazgo de ese prójimo deferente, busca 
usted todos sus consuelos, y tiene la es- 
peranza de hallarlos .... poco es lo que 

puede usted adelantar. El egoísmo 

¿Sabe usted de lo que es capaz el egoís- 
mo? 

— Ya lo comprendo, padre mío. El 
egoísmo me ha relegado aquí, me ha ex- 
comulgado, m'e ha arrancado fríamente 
del seno de mi familia, y de los brazos de 
la tierna amistad, para atarme contra una 
roca, como a Prometeo, hasta que un 
buitre acabe de rasgarme las entrañas. Es 
decir: me he sumido en San Lázaro, has- 
ta que la lepra dilacere todos mis miem- 
bros, y termine mi dolorosa e>i¿stencia. 

— Bien. Yo no quiero contradecir esos 
conceptos, que, hasta cierto punto, son 
justos. Al contrario, quisiera que usted se 
fortificase en ellos; pero no para aborre- 
cer á la pobre humanidad, que, por lo re- 
gular, no tiene la culpa de ciertos vicios, 
que han llegado á ser orgánicos. El cris- 
tianismo, sin embargo, ha hecho una gran 
revolución moral ; y su influencia, más 
tarde ó más temprano, cambiará del todo 
la faz de las sociedades. Busque usted, 
pues, esos consuelos en sus buenas ac- 



I20 



ciones, en su conciencia y en su corazón. 
Búsquelos usted, y los hallará, allí — 
Y me designaba la santa Biblia, colo- 
cada sobre mi mesa. En aquel momento, 
la fisonomía del buen eclesiástico apare- 
cía casi radiante, de bondad y de caridad 

cristiana de esa caridad que, como 

dice S. Pablo, "todo lo sobrelleva, todo 
lo cree, todo lo espera, y todo lo sufre." 
Y en vez de huir, como el pescador á 
quien libré de una muerte segura, ó de 
esquivarme, como el mendigo que recibió 
de mí una limosna; aquel hombre singu- 
lar, para quien no tenía yo otro título que 
la fraternidad cristiana, me estrechaba ca- 
riñosamente contra su corazón, y lloraba 
lágrimas de amor sobre mis lívidas fac- 
ciones. ¿Cómo, en tales momentos, ha- 
bría dejado de sentir un consuelo inefa- 
ble? ¡Ah! Yo no dudo que en todos los 
siglos, y en todas las creencias, se encon- 
trarán á menudo, hombres poseídos de un 
sentimiento profundo de benevolencia ha- 
cia sus semejantes; pero sólo el cristia- 
nismo, esta institución de fe y de caridad, 
nos ofrece, como base de su espléndido 
edificio, el amor á nuestros semejantes. 
¡ O religión de paz y filantropía ! Yo pido 
á su fundador divino, que me confirme en 
su fe santa, porque yo solo quiero creer, 
amar y adorar. Si ha podido existir en mí 
un mal reprimido sentimiento de duda 
sobre el porvenir, desaparezca, desde hoy. 



para siempre jamás. ¡ Dios mío : qué fue- 
ra de una infeliz criatura, de un pobre 
leproso, atribulado, afligido, oprimido de 
dolor y de angustia, si no tuviese la se-^ 
guridad de otra vida, y en ella fíjase toda 
su esperanza! ¡Qué tormentos, pói" más 
vehementes y agudos que pudiese inven- 
tarlos la imaginación más exagerada, se- 
rian comparables á los que causaría una 
situación semejante! ¡Ah, no! Bendito 
sea el Dios de nuestros padres y nuestros 
abuelos, porque sólo ese Dios es el único 
consuelo de la miserable humanidad. 

Desde que medito en estas importan- 
tes verdades, y reflexiono en la vanidad 
del mimdo, siento un alivio inexplicable, 
y encuentro mejorada mi condición. Por- 
que, Manuel mío, dirigir los ojos al mun- 
do, en demanda de consuelos, no es otra 
cosa que afanarse inútilmente, hallando, 
en vez de lenitivos, nuevos dolores, y 
amarguras sin término. Sumida la gene- 
ralidad de los hombres en sus negocios, 
ó, más frecuentemente, en sus pasiones, 
pocos hay que se conduelan de la huma- 
nidad que sufre y padece, cuando hasta 
su solo aspecto, tal vez porque les re- 
cuerda su fin tan temible como inevitable, 
les causa horror y repugnancia. Sí: es 
una verdad que, para la mayor parte de 
los que nos rodean, somos indiferentes; 
y aun las pocas almas compasivas, no 
siempre pueden, cuando lo quieren, con- 



122 



tribuir á aliviar nuestros padecimientos; 
porque, ó se los impide una irresistible 
preocupación, que. no les da ni valor para 
entrar en un examen ; o la disposición de 
sus órganos no sufre nuestra inmunda y 
asquerosa presencia. Puedes de esto in- 
ferir, cuan profunda será mi gratitud res- 
pecto de este buen eclesiástico, del Hocto» 
Frutos, y de nuestro amo Germán, de es- 
te viejo y leal marino, que es mi cons- 
tante compañero, en todas las excursio- 
nes que hago fuera del hospital. ¡ Qué alma 
tan noble y tan honrada posee! Su con- 
versación, sembrada á veces de natural 
originalidad, á veces seria y reflexiva, 
siempre es amena, curiosa y variada. El 
me relata, con entusiasmo, sus campañas 
navales, sus aventuras marítimas, v los 
lances más críticos de su vida, emplean- 
do al efecto ese peculiar frasesismo de la» 
gentes de mar, que para comprenderlo, 
se necesita el hábito de tratar con ellas. 
El me llama la atención sobre los puntos 
de vista más interesantes; y no hay ca- 
leta, pequeña ensenada, promontorio, 
punta ó colina, acerca de los cuales no 
sepa alguna historieta, que no siempre 
tiene un término feliz, pues que muchos 
de los personajes concluyen por morir 
ahogados. 

Quieres, según me indicas, saber cuál 
es la distribución que hago del tiempo, y 
en qué lo empleo. Bien: voy á compla- 



123 

certe. Levantóme á las cinco de la ma- 
ñana, y elevo al Señor una plegaria por 
mi padre, por mis amigos, y por todos 
mis semejantes, y pidiendo para mí lo que 
sea más conforme á su voluntad santí- 
sima. Un pobre lazarino, que me sirve de 
mozo, me trae en seguida el desayuno, 
que tomamos juntos Regino y yo. Luego 
salgo, y voyme á dar un largó paseo, ó 
por las orillas del mar, ó á las vistosas co- 
linas, ó á las haciendas de campo inme- 
diatas. Vuelvo, y almuerzo, siempre en 
unión de Regino, que es mi constante 
compañei'o en casa, pues el infeliz aun no 
puede salir del hospital, ni tampoco es 
mucho lo que en ello se empeña. En ade- 
lante leemos, conversamos con el cape- 
llán, y visitamos, en unión suya, á todos 
los enfermos que están en cama. Come- 
mos á las dos, y reposamos hasta las cua- 
tro y media de la tarde. A esa hora, vuel- 
vo á empuñar mi bastón de ébano, y 
salgo en busca de nuestro amo Germán, 
que estoy seguro de encontrar siempre en 
la puerta, esperándome. Paseamos hasta 
muy entrada la noche, y pasamos lo res- 
tante del tiempo, hasta las diez, hora en 
que nos recogemos, en pláticas y ejerci- 
cios piadosos. He allí mi método de vi- 
vir. Mientras yo leo, Regino se ejercita 
en hacer algunas obras curiosas de car- 
pintería, en que es muy diestro, lo cual 
no le impide atender á la lectura, y hacer 



124 

sobre ella muy justas y sólidas reflexio- 
nes. 

Las familias se desbandan á centena- 
res de la plaza, por la aproximación de la 
columna volante que las amenaza. £1 hos- 
pital, como debes suponer, experimenta 
los inconvenientes que produce semejan- 
te estado de cosas ; y hé aqui por qué las 
lamentables ocurrencias del día, de las 
cuales no querría ni acordarme, nos son 
doblemente sensibles. El doctor Frutos, 
llamado por sus deberes al lado de su fa- 
milia, tendrá que marcharse lejos de aquí, 
según me ha indicado, con gran senti- 
miento mío, pues que esto probablemente 
trastornará mi modo de existir, que ex- 
perimenta notable mejoría con su asis- 
tencia. Nuestro amo Germán me comuni- 
ca todas las noticias del día, haciendo de 
ellas muy graciosos comentarios. Yo sue- 
lo reírme de sus ocurrencias, y lo dejo 
explayarse. 

— Mire usted qué brillante y despejado 
aparece el horizonte, me decía en una de 
estas tardes: el navio llegará al puerto, 
bajo la dirección de un insigne piloto que 
dice, y repite, para animarnos, que es "trá- 
gico por temperamento." 

— Y esto, ¿qué significa, nuestro amo? 

— ¿Lo entiende usted? No, ¡eh! Pues 
así lo entiendo yo. Salvo que con esto nos 
anuncie, que sería muy hombre para ma- 



J 



125 

tarse á sí mismo, y despachar á los demás 
al otro barrio. 

— rero esa es una explicación horri- 
ble. 

— Pues explíqueme de otro modo, lo 
que indica eso de ser "trágico por tem- 
peramento." 

— No lo entiendo, nuestro amo: mejor 
sería que pensáramos en otra cosa, por- 
que las de este género, ya comienzan á 
disgustarme. Triste es, por cierto, pre- 
sentar un programa tan extraño, y tan in- 
comprensible. Pasearemos, si á usted le 
parece bien. 

— Sí: pasearemos. 

— Pero: ¿á dónde hemos de dirigirnos 
hoy? Todos los puntos inmediatos nos 
son muy conocidos; y aunque yo quisie- 
ra subir á San Miguel, el destacamento 
habrá de impedirme la entrada, porque 
¡ ya lo ve usted !, no soy más que un la- 
zarino. 

— En llevándole yo á remolque, nos ve- 
ríamos en ello. 

El buen viejo se había armado de va- 
liente, y pretendía llevar adelante el pro- 
yectado paseo. Pero, felizmente, logré di- 
suadirlo, y digo felizmente, porque no 
sólo me libró, en esa tarde, de un mal ra- 
to, sino que para compensarme el disgus- 
to momentáneo que me causaba el pen- 
sar en los inconvenientes de la enferme- 




dad, discurrió otro paseo que, según m* 
dijo, iba á asombrarme. 

— ¡Asombrarme!, le repetí. 

— Si, señor: como siiena, y cuando ycc^^^'** 
le digo que ha de asombrarse, es porque^^^^ 
sé que así ha de suceder. Sígame las^^^ 
aguas, y luego, luego arribaremos, y si no ■ — 
queda usted satisfecho, que pierda yo el -^ -' 
nombre de Germán, que llevo hace sesen- 
ta y un años. 

— Pues marchemos. 

— Bien; navegue usted conmigo 
conserva y á toca penóles, porque voy á - 
ceñir de suerte, que sólo yo be de saber el 
punto de la recalada. 

Y comenzamos á andar por el camino 
de Buena-vista. Cejando un tanto sobre 
la izquierda, nos internamos en un bos- 
quecillo espeso y frondoso: el terreno co- 
menzó, muy pronto, á ser algo difícil, y 
las escabrosidades que ofrecía, ya me fati- 
gaban. Subíamos, y por cierto que no 
era por senda alguna, porque ni vestigio 
había de ella sobre el terreno que pisá- 
bamos. 

— A la verdad, creo que nos extravia- 
mos: gritélc derrepentc á mi guía, que 
marchaba silencioso. 

—Es difícil. 

^Pero 5Í usted no solamente no siguR 
senda algtma, nuestro amo, sino que evi- 
ta las que solemos encontrar al paso. 

— No importa. Si no fuera yo práctico 



I ^ 

í 
I 



127 

en estas' costas, ¿habia de venir mandan- 
do la maniobra? 

— Pero ya me cansa esta subida. 

— Mejor: así le agradará más el es- 
pectáculo que va á presenciar ahora mis- 
mo. 

Saltábamos de risco en risco, y para 
evitar una caída, que me descalabrase 
irremisiblemente, tenía necesidad de los 
auxilios del buen viejo; y á veces me su- 
jetaba de las ramas. Salimos, en fin, del 
bosquecillo á una hermosa explanada. 

— ¿Qué es esto, nuestro amo?, pregún- 
tele al viejo, exhalando un grito de ad- 
miración. 

— ''La Eminencia:*' me respondió. 

Ciñe á Campeche, por la parte de tie- 
rra, un semicírculo de colinas de poca ele- 
vación. La ciudad, sus hermosísimos ba- 
rrios, y algunas casas de campo, yacen á 
las faldas de este magnífico y espléndido 
anfiteatro, que termina á la lengua del 
agua. Destácase de este ceñidor una co- 
lina, que se interna en el barrio de San 
Román, dominándose, desde ella, toda la 
población, los campos inmediatos, y el 
mar. Esto se llama la "Eminencia." 

Todavía no puedo concebir, cómo un 
punto de vista, el más pintoresco, sin du- 
da, de los que hay en el país, sólo se en- 
cuentre frecuentado por los leñadores, por 
uno ú otro cazador, y por algunos mu- 
chachos que viven á las inmediaciones. 



128 



Los extranjeros llegan á Campeche, y se 
vuelven, sin visitar esta pequeña altura, 
porque ningún habitante de la población 
se empeña en hacerle saber el tesoro de 
preciosas vistas, que presentan. Yo no 
podré hacer de ellas, Manuel mío, una 
descripción; pero trazaré un ligero bos- 
quejo, para inducirte á no malograr la 
oportunidad, si alguna vez vienes á Cam- 
peche, de presenciar este magnífico es- 
pectáculo, que lo es tanto más, cuanto 
que en un terreno tan llano, como el nues- 
tro, la monotonía del paisaje es triste y 
enfadosa. 

Serían las cinco de la tarde, cuando lle- 
gamos á la cima de la "Eminencia, ' que, 
por aquel rumbo, distará, me parece, cua- 
trocientas toesas del ángulo más saliente 
de la plaza, que es el baluarte de S. Juan. 
Reinaba, en aqu^l momento, una fuerte 
brisa, que nos transmitía él ruido del 
mar, el de los árboles, y aun las voces de 
los que andaban por las murallas. El cie- 
lo estaba brillante y despejado; y los ra- 
yos del sol, que declinaba, se reflejaban 
allá, á lo lejos, en el mar, produciendo á 
la vista un efecto inexplicable. A nues- 
tros pies se desarrollaba, en todas direc- 
ciones, un vasto diorama, sobre el cual 
todo parecía moverse y animarse. A la 
derecha se prolongaba, en una dilatadísi- 
ma abertura, el barrio de Santa Ana, des- 
cansando la vista en el Limonar, y el cas- 



129 

tillo de S. José. A la izquierda, el barrio 
de S. Román se presentaba diseminado 
en un bosque de cocos; y al través de 
sus ondulantes palmas, el campanario de 
la pequeña iglesia» y los edificios dados 
de blanco y azul, parecían agitarse en mo- 
vimientos diversos. Allí estaba también 
el hospital de San Lázaro. En el fondo del 
cuadro, el paisaje era de un efecto mages- 
tuoso y sorprendente. Su primer término, 
era formado de coposas arboledas, bor- 
dadas por los solares y caseríos. Mas allá, 
extendíase la plaza amurallada, y coro- 
nada de baluartes, descollando, sobre 
ellos, muchos y elegantes edificios parti- 
culares con miradores, templos, cúpulas 
y campanarios, elevándose, hasta una 
considerable altura, la gentil torre de la 
parroquia, que dominaba todo aquel ri- 
quísimo y esquisito mosaico. En último 
término aparecía el mar, el mar que, des- 
de aquel punto, tenía no sé qué de mági- 
ca grandeza. Se me figuraba que repetía 
en su superficie tersa y limpia, todos y 
cada uno de los infinitos objetos que veía- 
mos en aquel tapiz de verdura. Las bar- 
quillas de los pescadores, que vagaban en 
los confines del horizonte, se presenta- 
ban como blanquísimas palomas, que vo- 
laban de uno á otro lugar. El conjunto 
era superior; á lo que yo pudiera decirte. 
Sólo un pintor, ó un poeta, pueden reve- 
lar los misterios de la "Eminencia." 



Extático contemplaba aquel espectácu- * 
lo, de un género nuevo para mí. Mi admi' I 
ración subió de punto cuando el sol, ba-"" ' 
ñando con sus rayos horizontales tod^-^ 
aquel vastísimo panorama, parecía lanza- ^ 
sobre él torrentes de fnego, precursores^' 
sin embargp, de la obscuridad con gue y "* 
iba á encubrirse, como bajo un manto nerí^^' 
gro y fatídico; así como una lámpara^^— ^ 
próxima á extingiiirse, brilla con una lu— -*^ 
más viva. Llegó la noche, en efecto. ^2. 
apenas se percibían, allá á lo lejos, en e ^^^' 
ocaso, los últimos arreboles del crepúscu- *^-* 
lo espirante. Mudóse entonces la decora- -^^ 
ción, y la eiícena quedó transformada -^^^ 
Nuestro amo Germán guardaba un si— ^\ 
lencio religioso, mientras que. sentado ^^- ■ 
algunos pasos de mi. tenía clavada la vis — -*' 
ta en el último número del cuadro, e^^^ 
decir, sobre el mar, que en aquella hora.^^^- 
y desde aquel sitio, más parecía un anchen 
y dilatado abismo. Estaba entregado » 
una meditación profunda, ó tal vez ()Íri— 
gía al cielo alguna plegaria respetuofn^ 
en favor de su esposa y de sus hijos ya 
difuntos. Yo no me sentía con valor pan 
interrumpir una actitud tan solemne. Re- 
costado sobre una laja extendida, ya no 
era una realidad, sino una serie de vehe- 
mentes ilusiones, la que estaba ejercien- 
do en mí un influjo poderoso. Las torres 
y miradores, se me figuraban gigantes 
embozados, que guardaban una ciudad 



13 í 

encantada: las colinas, eran escarpadísi- 
mas montañas: los árboles agitados por 
la brisa, espectros que vagaban siniestra- 
mente. La obscuridad, el brillo pálido y 
débil de los astros nocturnos, el chillido 
del buho, el volar incierto de algunos pá- 
jaros, las exhalaciones que caían sobre 
aquellas alturas, el bramido del viento, 
el lejano rumor que brotaba de un pueblo 
agitado actualmente en una convulsión 
política; todo esto contribuía á dar dife- 
rentes giros á mi imaginación, demasiado 
exaltada ya con las impresiones anterio- 
res. 

De improviso, todo ese cuadro se en- 
contró iluminado con una luz rojiza y su- 
bitánea, como la de un relámpago, vol- 
viendo á sumergirse al instante en la más 
densa obscuridad. En pos, llegó hasta 
nosotros un fuerte estampido, que las ro- 
cas, las colinas y todas las cavidades de 
aquel terreno, fueron repitiendo en pro- 
longadísimos y espantosos ecos. Jamás 
había escuchado una detonación tan ro- 
busta, tan grave, y de una vibración tan 
extraña é irregular. Aquella tremenda 
conmoción duró más de dos minutos; y 
entre tanto, mi estupor había llegado á 
su colmo, y me encontraba á punto de 
desfallecer, porque, realmente, aquello no 
me parecía un suceso común ni ordinario. 
No era una tempestad, porque la atmós- 
fera estaba limpia y despejada, y aun no 



132 

ha llegado la estación de ellas. Tampoco 
la erupción de un volcán, porque no exis- 
ten montañas en toda la península. Es,« 
no hay duda, dije para mí, uno de los 
grandes cataclismos, que deben preceder 
á la destrucción final del universo. Aun 
no me resolvía á moverme del sitio en 
que estaba clavado, cuando un nuevo re- 
lámpago, seguido de otra formidable de- 
tonación, me hizo estremecerme y horri- 
pilarme. No hubo remedio : el pavor me 
sobrecogió: lánceme hacia donde estaba 
el sepulturero, y abrazándolo con todas 
mis fuerzas, gritaba : 

— I Nuestro amo, nuestro amo ! 

— ^¡Cáspita, que no ganamos para sus- 
tos! ¿Qué es esto?, ¿qué tiene usted, mí 
querido Antonio? 

— ^¿No ha oído usted, nuestro amo? 

— i Qué ! ¿ Los dos cañonazos ? No ten- 
ga usted cuidado: será algún aviso ó se- 
ñal que hace la plaza. Esto es muy común 
y la cosa no vale la pena de asustarse 
tanto. 

— ^¿Qué llama usted cañonazos, nuestro 

amo ? 

— ¡ Me gusta la pregunta 1 ¿ Si será que 
estaba usted tan embebido en sus cavi- 
laciones, que no los hubiese escuchado, 
creatura de Dios ? 

— Yo, sí : he escuchado un ruido espan- 
toso, tremeudo, extraño, que me figuré 
fuese una cosa sobrenatural y estupen- 



da ; pero, perdone usted, nuestro amo : yo 
no he oido cañonazo algún©, no*; porque 
es imposible que el horrible estruendo 
que aciita de pasar, sean cañonazos, como 
usted se figura. 

— Vamos: ya comprendo. Jamás ha oí- 
do usted la explosión de una pieza de 
artillería, sino á flor de tierra, y encajo- 
nado entre calles y casas. Ya no me ad^ 
miro de su extrañeza. En la posición en 
que nos encontramos, es diferente; y si 
esto le ha parecido tan extraño y espan- 
toso, figúrese usted cuál será la horroro- 
sa confusión que reina en un combate na- 
val, en que mil recias andanadas de arti- 
llería se suceden una á otra, cuando cada 
ola y cada nube es un eco, que se prolon- 
ga sabe Dios hasta dónde. 

En efecto, tres ó cuatro cañonazos 
más, que disparó el baluarte de San Fran- 
cisco, acabaron de convencerme. El viejo 
tenía razón ; y ya ves cómo, sin la expe- 
riencia, nuestras lecciones de física en el 
colegio no sirven casi para nada. Si por 
casualidad me hubiese encontrado solo 
en aquel sitio, y en semejante coyuntura, 
acaso habría caído muerto de terror, al 
oír la miserable explosión de una pieza 
de á ocho, como lo era seguramente la 
que acababa de producir en mí tan alar- 
mante efecto. Así, pues, si alguna vez su- 
bieses á la Eminencia, procura que esto 



134 ' 

r 

sea cuando la plaza haya de hacer alguna 
salva de artillería. Estoy cierto de que 
no. hallarás exagerada la pintura que te 
hago. 

Acordándome, en fin, de que era tarde, 
y que el camino que teníamos que em- 
prender era corto, pero áspero y esca- 
broso, y que las tinieblas harían, sin du- 
da, mucho más difícil, invité á mi amigo 
para bajar la colina. 

— Por lo que es eso, me repuso, no ten- 
ga usted cuidado ninguno. Cuando subi- 
mos, de intento le traje á través de aque- 
llos bajos y arrecifes, porque deseaba yo 
que, de improviso, se encontrase usted go- 
zando de esta perspectiva; y pues que la 
ha disfrutado á su sabor, fuera vez el con- 
sabido sustillo, bien podemos permane- 
cer al ancla algún tiempo más, que em- 
plearemos platicando. 'Luego marinare- 
mos por un rumbo más corto y directo. 
Sentémonos. 

^ — Me gusta la idea: nos quedaremos 
media hora más ; pero es preciso que se 
resuelva usted á referirme alguna anéc- 
dota acerca de este sitio. ¿No sabe usted, 
por ventura, una de esas tan curiosas, de 
que siempre está provisto? 

— ¡ Bah ! más de veinte sé yo, que tie- 
nen conexión directa con la *'Eminen- 
cia." 

— A ver: desembuche usted, por Dios, 



que ya sabe cuánto me agradan las plá- 
ticas de este género. 

— Recordaré... vamos: ya estoy. Con- 
taré á usted un cuentecito que ya es algo 
rancio ; pero tiene que ver, nada menos 
que con esa piedra sobre la cual está us- 
ted sentado ahora. 

Yo hice un movimiento brusco para 
incorporarme. 

— Vamos, continuó el viejo; no sea us- 
ted tan espantadizo, que digamos, porque 
me quita usted la libertad de hablarle cir- 
cunstanciadamente, y como yo quisiera. 
Vuelva usted á sentarse, y estese quieto. 

Sentéme otra vez, no sin algún recelo, 
porque, como ya te he dicho, rara vez 
falta algún muerto en los cuentos de 
nuestro amo Germán. 

— Bueno, prosiguió. El cuento tiene su 
cierto roce con un famoso pirata. 

— i Dios mío, con un pirata ! 

— Sí, hombre: con un pirata. ¿Qué tie- 
ne esto de particular? Usted se estremece 
cada vez que oye hablar de un pirata cual- 
quiera. 

— ¡ Oh ! esa es gente que me causa mie- 
do é indignación. 

— Pues yo.... la compadezco. Prosi- 
gamos. 

— Sí: adelante. 

— Pues, señor: estábamos, ó mejor di- 
cho, estaban los de entonces en el año de 
1685, y un holandés, llamado Laurent 



136 

Graff, más conocido con el nombre de 
"Lorencillo". . . . 

— jAh, Lorencillo! Cuénteme, cuénte- 
me algo de Lorencillo. 

— Pues en eso estamos. Pues, señor: 
Lorencillo tomó á Campeche por sorpre- 
sa, formó allí su campo con trincheras, 
quemó y arruinó muchísimas casas; y 
aunque el castillo de San Carlos se había 
defendido bien, y se sostuvo hasta que 
consumió la última munición, al fin se 
dio á partido, porque no había otro re- 
medio. El lugar era entonces muy rico ; 
de modo que aunque se guardaron ei 
los montes, sótanos y cuevas muchas 
alhajas preciosas y dinero, no obstante, 
el saqueo fué muy cuantioso. Era, á la 
sazón, teniente de capitán general en la 
villa, (que aun no era ciudad), D. Felipe 
de la Barrera, hombre firme y valeroso. 
Mantúvose en la parroquia, algunos días, 
muy bien atrincherado, mientras llegaba 
el auxilio que, desde Mérida, debía de 
enviar el gobernador D. Juan Bruno Te 
lio de Guzmán. El capitán de los mulatos, 
llamado Lázaro del Canto, fué el primero 
que llegó ; y con valor, denuedo y arrojo 
temerario, rompió el cerco que los ingle- 
ses habían puesto á la parroquia, y, con 
su compañía, introdujo á los sit^'a.Ios i.n 
refuerzo considerable. Pero el teniente 
Barrera se encontró apuradísimo, er ves 
(le mejorar de situación. Los víveres se 



137 



habían agotado absolutamente, y la tro- 
pa no podia resistir, por más tiempo, a 
los ataíiues del pirata, dueño de toda la 
población. Resolvió, pues, emprender una 
retirada, para incorporarse con el gobe - 
nador, que estaba tomando el fresco en 
Hampolol. 

— ^¿ Salió, rompiendo la linea enemiga? 

— i Oh ! eso era bastante difícil, si no 
imposiuie ; y auemás, habría perdido to- 
da su gente, sin ventaja ninguna. Lo que 
hizo fué fugarse, dejando á Lorencillo 
con un palmo de narices. 

— ¿Pero, ¿cómo pudo ser esto, nuestro 
amo? ¡Usted se burla! 

— Va usted á saberlo, y verá que no 
me burlo. Entre los vecinos que acompa- 
ñaban á Barrera, había un marinero vie- 
jo, así como yo, del barrio de San Ro- 
mán. Llamábase el "tío Larrañaga," 
hombre de pelo en pecho, cartilla vieja 
de Campeche, y que sabía al pie de la 
letra todos los pasadizos y recovecos de 
la plaza. Llamó aparte al teniente, cuan- 
do estaba más apurado y sin saber qué 
harcerse, y le reveló un importante secre- 
to, que por muchos años había guardado, 
por encargo de un cacique de Lerma, que 
fué grande amigo suyo. De resulta de es- 
ta revelación, dispuso el comandante que 
las tropas, armas á discreción, siguiesen 
en silencio al "tío Larrañaga," quien au- 
xiliado de algunos hachones de viento 



138 



que Se improvisaron, se acercó á una 
puertecilla que estaba oculta al pie del 
altar mayor, metióse por ella, en pos des- 
cendieron todos los que había encerrados 
en la iglesia, y pian, piano, al cabo de dos 
horas de marcha, á través de unos pasa- 
dizos húmedos v estrechos, unas veces 
subiendo, y bajando otras, desembocaron 
por un hueco, que hoy cubre esa losa en 
que está usted sentado. 

— Según eso, quiere decir .... 

— Quiere decir lo que pocos saben to- 
davía, á saber, que desde este sitio en que 
nos hallamos, hasta el altar mayor de la 
parroquia, existe un subterráneo, que es- 
tará ensolvado en algunos puntos;, pero 
del cual deben existir restos considera- 
bles. 

— Pues yo creo que esta tradición no 
debe olvidarse nunca, para que sirva de 
gobierno á los vecinos, por si alguna vez 
los piratas llegasen á posesionarse de esta 
altura. 

— Ya se ve que sería bueno. 

— Y ¿qué objeto se llevaría en la cons- 
trucción de un camino tan singular? 

— Eso pregúnteselo á los indios de su 
país, que aborrecían tanto á los conquis- 
tadores. No lo hatrían á humo de paja, 
qi"^ rugamos • no. 

En este momento, las iglesias de la 
ciudad dieron el toque de ánimas, y co- 
menzamos á bajar el cerro. No me había 



^ • i . . • ■ • ■ 139 

engañado el sepulturero. En tres minutos 
descendimos por una senda suave y corta. 
Despidióse mi amigo en la puerta del hos- 
pital, á donde llegamos á las ocho y me- 
dia de la noche. Como yo tenía permiso 
para estar fuera hasta las nueve, ningún 
dependiente extrañó mi tardanza en aque- 
lla excursión. 

Mucho interesó mi relato á Regino. 
Hoy he rogado encarecidamente al doc- 
tor Frutos, que haga el último esfuerzo, 
á fin de conseguir, antes de su partida, el 
correspondiente permiso de la autoridad 
política, para que mi pobre amigo salga, 
alguna vez, á respirar el aire libre. Yo 
tengo esperanza de que se conseguirá. 

Adiós, mi querido Manuel. Soy siem- 
pre tuyo, amante hermano é invariable 
amigo. 




CARTA VIH. 

El Dr. Frutos á D. Pablo. 

Campeche, i6 de Marzo de 1S24. 
Dueño y amigo. Las circunstancias po- 
líticas, y más que nada mi calidad de es- 
pañol, ma obligan á ausentarme algunos 
días de la plaza, retirándome al campo. 
Duéleme el dar á usted esta noticia, por- 
que nuestro Antonio ve en mí, no solo á 
un médico en quien tiene confianza, sino 
á un amigo con quien se franquea amplia- 
mente. Pero puede usted estar tranquilo, 
porque Jamás lie encontrado un enfermo 
más dócil y complaciente, que su hijo 
Antonio, que ha seguido puntualmente 
todo cuanto le he prescrito, en orden á 
su régimen de vida. Así es que, sin em- 
bargo de haberse presentado en el hos- 
pital cuando su •nfermedad aparecía en 
un período crítico y funesto, hoy puedo 



■ 142 

V asegurar á usted, sin temor de equivocar- 
I me, que se encuentra mejor, es decir, in- 
I finitamente menos ma!, que cuando lo 
I e?taminé la vez primera. Es verdad, que 
I sus últimas impresiones fueron vehemen- 
I tes, y el más intrépido, acaso habría su- 
I cumbido en la lucha. ¡ Cuánto valen, en 
I trances como éste, la buena educación. 
I los sentimientos religiosos, y la virtud! 
I No puede negarse, que tiene usted un hí- 
I jo que le honra, y que, por tanto, merece 
I el entrañable amor que usted Je profesa. 
I Me es sumamente sensible, ¡sólo yo 
I sé cuan profundo es semejante sentimien- 
I to !, el no poder asegurarle que su hijo 
I recobrará la salud perdida, y quedará cu- 

■ rado de su dolencia. Usted es un hombre 
I de buen seso y acreditada firmeza, y no 
I dudo que estará fortificado en la idea 
F horrible ciertamente, de que este intere- 
I sante y recomendable joven está perdido 
I para la sociedad; pero no lo estará para 
I sus amigos, que se desvelan en conservar- 
I le tan preciosa existencia, ahorrándole, 
I en lo posible, los inconvenientes de su si- 
' tuación. Sin embargo, no me figuro que 

sea una temeridad, de parte mía, el ma- 
nifestarle, que ni creo que la lepra sea un 
mal que se comunique por contagio, ni 
me parece imposible su curación. Esto 
no significa que Antonio sanará: repito á 
usted que ni piense en ello, porque si los 
grandes médicos señalan uno ú otro ejem- 



É 



piar, sobre no estar yo, ni con mucho, 
en esa categoría, la empresa es tan" ardua 
y difícil, que raya en lo milagroso. Baste 
decir á usted, que á Antonio lo miro co- 
mo una cosa mía, y que, aunque no es- 
tuviese obligado, como lo estoy por los 
deberes de mi profesión, yo lo atenderé 
con todo el empeño y cuidado de que soy 
capaz. 

Le he fijado un régimen, para que ob- 
serve puntualmente, hasta mi vuelta. El 
ejercicio y la distracción, son dos podero- 
sos agentes con que cuento para propor- 
cionarle alivio, porque ya sabe usted 
cuánto influye lo moral en lo físico. Así 
es, que le he recomendado mucho que 
pasee, que lea, que escriba, que dibuje, 
y q\ie se ejercite en la música, en la cual 
he observado que es muy inteligente, pero 
que, por desgracia, hoy le tiene una de- 
cidida aversión. Para que mi partida le 
sea menos penosa, ayer he puesto en sus 
manos la competente licencia para que 
un joven español, muy su amigo, y com- 
pañero también de desgracia, pueda salir 
y entrar libremente en el hospital, sin tra- 
ba alguna; ocurrencia que le causó un 
placer vivísimo. 

Dios conceda á usted resignación, y á 
todos nosotros lo que nos convenga me- 
jor. De usted obediente servidor y ami- 
go- 



mam 




CARTA IX. 
Antonio á Manuel. 



San Lázaro, i". de Abril de 1824. 
Querido mío: Ya no me admiro de que 
el "'fatalismo" tenga prosélitos. Es, en 
verdad, un dogma absurdo y desconsola- 
dor ; pero es muy fácil acomodarnos á él, 
porque exime á la razón de averiguacio- 
nes penosas, y de conjeturas más ó menos 
molestas: libra al corazón del temor, que 
alguna vez detiene al hombre en un sen- 
dero peligroso : ó, á lo menos, afloja el 
ímpetu de las grandes pasiones. Sobre to- 
do, no teniendo valor para examinar y 
meditar, nos cuadra perfectamente el ha- 
llar una explicación á todo, sin necesidad 
(!e engolfarnos en las cuestiones metafísi- 
cas, que se enlazan con las de la moral 
pública y privada. A pesar de mis sanos 



146 "1 

principios, yo mismo suelo verme perdi- 
do en medio de vacilaciones que me can- 
san ; y muchas veces supongo bien en mis 
raciocinios, y discurro tan mal,^ que me 
confundo, y ya no encuentro la salida de 
aquel laberinto horrible. Permíteme que 
lo repita siempre: la religión, si, la reli- 
gión es el mejor hilo de Ariadna para 
guiarse; y la idea de ima "Providencia" 
sabia é infinita, es más racional que ese 
ciego y formiaauíe fatalismo, que hiela 
nuestro corazón, y seca, en nuestra alma, 
la fuente de las acciones nobles y mag- 
nánimas. 

Es verdad, también, que nosotros ter- 
giversamos miserablemente esa idea sen- 
sata y religiosa; y al hablar de las cosas 
y de los hombres, nos parecemos á Pro- 
custo, aquel tirano de Sicilia, que tendía 
en un lecho de hierro á los transeúntes, 
alargando, a la fuerza, las piernas de los 
infelices que las tenían cortas, y cerce- 
nando las que eran más largas que el 
lecho: resultando de allí, que la historia 
de la humanidad se encuentre igualmen- 
te desfigurada. A excepción del interés 
que la religión, ó la filantropía, han ins- 
pirado en su íavor á algimos hombres de 
bien, mil pasiones han guiado á los de- 
más : y es doloroso obser\'ar, con un filó- 
sofo, á los políticos dividiendo á los hom- 
bres en nobles y plebevos, en soldados v 
en esclavos: á los moralistas, en avaros 



147 

hipócritas, bellacos y orgullosos : al poeta 
trágico, en tiranos y oprimidos: al có- 
mico, en bufones y necios ; y al rrlédico, 
en fin, en sanguinolentos, pituitosos, fle- 
máticos y biliosos. ¿Qué se ha reservado, 
pues, á la virtud y á la honradez? ¿qué á 
la nobleza de ánimo, á la elevación de 
ideas, y á la generosidad de los sentimien- 
tos ¿qué al valor en la adversidad, á la 
firmeza en las desgracias, y al desprendi- 
miento en los puestos elevados? ¿Nada 
se concede á la lealtad, al patriotismo y 
al honor?; ¿nada, en fin, al hombre recto 
que cumple con sus deberes públicos y 
privados? Casi nada, Manuel mío, casi 
nada; y si los fatalistas han reflexionado 
en todo esto, poco tiene de extraño el que 
lleguen á obcecarse, y menos si, por una 
desgracia lamentable, han sido indiferen- 
tes en materia de religión. 

¡ Dios me perdone mis arrebatos ! Pero 
al ver en acción los medios ocultos de esa 
"Providencia," mi sobresalto crece de 
momento en momento. Contemplo, pas- 
mado, este giro incomprensible del mun- 
do, los resortes que obran en él, la cadena 
que enlaza y sujeta todos los sucesos de 
la vida. ... y de repente me he detenido 
en un camino que yo creí fácil : pero que, 
realmente, no es otra cosa que un inson- 
dable caos. ¡ Cuántas veces no he llegado 
á figurarme, que las ideas que se me in- 
culcaron en la niñez son falsas ó erró- 



148 ' - 

neas: que los moralistas que he leído son 
visionarios; y que mis maestros no han 
compnendido bien las máximas ni los 
principios que me infundieron! 

La situación de mi pobre amigo y com- 
pañero de desgracia, me ha sugerido to- 
das estas reflexiones, amargas, en verdad, 
pero disculpables. Por fortuna, ;y este es 
un beneficio que debo á la infinita bondad 
del Señor!, no me veo abandonado á mis 
propias inspiraciones. Cuando en ellas me 
encuentro engolfado, el capellán parece 
adivinarlas ; y, con una sola palabra aleja 
las tinieblas de mi espíritu, fortificando 
oportunamente los afectos sinceros de 
mi corazón triste y afligido. Cesa enton- 
ces la perplejidad, vuelve la paz dichosa 
del alma, y se disipan mis temores y so- 
bresaltos. Mi enfermedad misma parece 
ceder á los consuelos religiosos; y en el 
propio instante en que me hallo en los 
bordes de un precipicio, que veo abierto 
ante mis ojos, y próximo á tragarme, un 
rayo de^luz ilumina la escena, guía mis 
pasos, y encuentro la senda perdida. Lá- 
grimas y suspiros me cuesta todo esto; 
pero "post nubila Phoebus." Después de 
una borrascosa tempestad, todo reapare- 
ce sereno y tranquilo. Entonces puedo 
consolar á Regino : encuentro reflexiones 
oportunas para calmar su aflixión, sen- 
timientos dignos para fortificar su ánimo 
abatido, y documentos preciosos para 



, H9 

ilustrar su espíritu, poco versado íeo las 
grandes' verdades, que más no importa 
aprender, y no olvidar jamás en los trau- 
cos dé la vida. Es, ciertamente, una lui- 
cha abierta la que sostenemos; perd*.nQ 
desconfio de mi victoria, porque la "ver- 
dad" jamás fué vencida. Logro además 
otra ventaja: á saber, que mientras con 
mayor tesón me empeño en transmitir 
mis convicciones á Regino, másy, fná$ 
me ratifico en ellas. - 

. Como te anuncié en nli carta, anterior* 
Regino obtuvo, en fin, mediante el influ- 
jo de mi respetable amigo el doctor Eru- 
tos, permiso para salir del hospital, cada 
vez que desease pasear por- estas inme- 
diaciones. Yo esperaba que tal suceso le 
causase la mayor complacencia; pero no- 
té, con sorpresa, que la noticia le era del 
todo indiferente. Sin ««bargo, poco des- 
pués, deshaciéndose en lágrimas, me dio 
muestras repetidas de su profundo agra- 
decimiento. Varias veces se dispuso á sa- 
lir en mi compañía; pero lo mismo era 
fijar su inquieta mirada sobre las playas, 
sobre el mar, sobre las embarcaciones 
surtas en la bahía, y, más que todo; sobre 
los 'confines del azulado horizonte, que 
se descubre desde la puerta principal de 
nuestra prisión, cuando el infeliz se con- 
movía espantosamente^ sollozaba, cubría- 
se los ojos con ambas manos, y retror 
cedía abismado en un dolor vehemente y 



m í ' 

profundb, para encerrarse^ horas eüteraSi 
en un solitario y obscuro rincón de su 
reducido aposento. Mis consejos, mis pa- 
labras consolatorias, y los ruegos del ca- 
pellán, vencieron al cabo su irresolución. 
y, como azorado, salió conmigo, hace cin- 
co días, á pasear sobre los blancos arena- 
les de la playa. Nuestro amo Germán, á 
quien Regino aún ño conoce de vista, se 
hallaba casualmente ocupado en el cemen- 
terio, lo cual le impidió acompañarnos en 
é^ta excursión. El bueno y honrado viejo 
desea, con ansia, conocer al pobre mu- 
chacho, á quien tiene ya casi el mismo 
grado de cariño que á mi me profesa. 

Renunciaré, porque es preciso, á la pin- 
tura de los varios afectos y emociones 
que asaltaron, en aquel momento, á mi 
desgraciado amigo. La patria, con todos 
sus recuerdos tiernos y dolorosos: la fa- 
milia extinguida : la corta edad malogra- 
da: ia horrible é incurable dolencia que 
sufre: las ilusiones agotadas: los proyei:- 
tos frustrados^ las fuentes de la vida em- 
ponzoñadas para siempre: el porvenir es- 
pantoso y sin esperanza: la muerte cier- 
ta y próxima Todo, todo se agolpó 

en aquella imaginación electrizada, y que 
vomitaba fuego como un volcán. 

—Descansemos, amigo mió, dijome de 
repente. Sentémonos sobre esta piedra 
minada por el agua, porque no puedo 
más. 



Miró hacia todas partes, y luego con- 
tinuó : 

— Nadie, nos escucha, y nadie se burla- 
rá de mi dolor. Necesito llorar, mi queri- 
do Antonio: quiero desahogarme, y lan- 
zar al cielo un grito de desesperación, 
porque, de otra suerte,... yo quedaría.... 
quedaría, muerto. . . en este sitio. . . ¡ Ay 
de mí! 

Estréchelo contra mi corazón que la- 
tía con una fuerza horrible, porque en 
aquel* momento se precipitaron, en tro- 
pel, sobre mí, todos mis recuerdos an- 
gustiosos, todos mis atroces sufrimientos, 
todas mis agonías. . . ¡ Ah !, si Regino llo- 
ró, si dio rienda suelta á su dolor. ... yo 
también, querido mío, yo también gufrí 
una crisis inexplicable. 

En vano me afanaba en buscar con- 
suelos para aquel desdichado. Tenía su 
dolor un carácter tan intenso de verdad, 
que mis palabras espiraban antes de pro- 
ferirlas. Comparaba mi situación con la 
suya, y la veía menos horrible, pero no 
menos infeliz. ¡ Qué sé yo ! más de una 
hora me quedé como un estúpido, obser- 
vando aquella tristísima y dolorosísima 
escena. Al cabo pude aventurar algunas 
frases. 

— Regino, mi pobre Re.^ino: ¡por Dios 
amigo querido! El hombre material ha 
triunfado ya bastante. Serénese usted, re- 
flexione conmigo, enjugue esos ojos, y 



ts¿ 



; I 



vuélvalos á Dios, que es fuente de amor 
y de bondad. 

Guardaba ya silencio ; pero de sus ojos 
brotaban dos raudales copiosos de lág^ri- 
mas. 

— Regino mío, continué yo: escuche 
usted á su amigo, á su compañero de des- 
gracia, á su hermano que le ama, y que 
como usted, ha pasado al través de esas 
sensibles pruebas. Imíteme usted, obre 
de una vez la razón, y no sea esclavo de 
sus sentidos. Convengo en que esta enfer- 
medad arredra al hombre más intrépido: 
harto lo sé yo por mi propia experien- 
cia. Pero el alma ... ; De qué sirve enton- 
ces el alma, ese ser que nos anima, que 
nos vivifica, y nos hace pensar! ¿Cree us- 
ted que es un don sin precio, que nos ha 
concedido el Autor de la naturaleza? Si 
todo huye de nosotros, si vemos descua- 
dernarse esta máquina admirable, ¿no te- 
nemos dentro de nosotros mismos ese 
principio creador de un mundo? ¿Ese 
agente poderoso, que ninguno se atreve á 
negar, por más que crea que es material 
ó inmaterial, perecedero ó imperecedero, 
no ha de servirnos de algo? ¿Es posible 
que lo sometamos, abatiendo así su no- 
bleza, á las exclusivas impresiones de la 
carne? Tengo derecho para hablarle este 
lenguaje, mi querido Regino, y permíta- 
me manifestarle que una buena concien- 
cia, basta á indemnizar á un pobre le- 



• • ' ' ' 153 

proso de todos sus padecimientos físicos. 

— Ese consuelo será bueno para usted, 
Antonio - mío ; pero para mí . . . ¡ ah !, ni 
sabe usted con qué monstruo infame está 
alternando. 

Dos sentimientos se cruzaron rápida- 
mente por mi alma en aquel instante. El 
primero, fué un reproche que me hice á 
mí mismo, al hablar de la conciencia, 
cuando la mía aun no estaba suficiente- 
mente purificada de mis anteriores crí- 
menes. El segundo, fué el asombro que 
rae causó la intempestiva revelación, que 
se le escapó al desgraciado Regino. Am- 
bos sentimientos se mezclaron entre sí, 
y produjeron un extrañísimo efecto sobre 
todo mi individuo, en tales términos, que 
permanecí en la misma actitud y ademán 
en que me sorprendo la exclamación de 
Regino, por más de dos minutos. 
. — Ya lo veo, prosiguió con amargura: 
usted se horroriza, y se avergüenza de 
tenerme por amigo. 

— No, Regino. Por Dios, no interprete 
usted de esta manera mis sentimientos. 
Aunque hubiese usted sido el mayor mal- 
vado que pisase la tierra, no por eso se 
rebajaría, en un ápice, el entrañable afec- 
to que he llegado á cobrarle. 

El pobre muchacho volvió á llorar de 
auevo,, y yo continué usando con él de las 
palabras más tiernas y afectuosas. 

— No crea usted, di jome pasado algún 



154 

tiempo, que la especie que me ha oído, 
por primera vez, se me ha escapado invo- 
luntariamente : no. Verdad es que no te- 
nia valor para aventurarla en una con- 
versación; pero días hace que miraba co- 
mo uno de mis principales deberes, el 
comunicarle los pormenores de mi vida 
criminal. Yo sabia que usted- habría de 
disculparme, y que aun no haciéndolo, no 
por eso retiraría su amistad, consuelo pre- 
cioso que debo al Cielo, á esta desvalida 
criatura, que si ha delinquido, más se lo 
debe á los perversos ejemplos que á la 
vista tuvo, que no á su natural inclina- 
ción. Durante sus paseos fuera del hos- 
pital, he borroneado en mi cartera unos 
apuntes, que sé muy bien leerá usted con 
interés y benevolencia. Voy á dárselos en 
llegando á casa. Léalos usted, mi gene- 
roso y magnánimo amigo; y si un pro- 
fundo remordimiento, y una larga serie 
de desgracias, cree usted que son bastan- 
tes para purgar mis crímenes vergonzo- 
sos, entonces seré feliz, en cuanto cabe, 
pues que no mirará usted horrorizado al 
bandido infame, á quien ha tendido una 
mano generosa, para sacarlo del cieno de 
corrupción en que se ha revolcado. — Bas- 
ta, Regino mío, basta. Ha llegado usted 
á formar de mí un concepto, que casi me 
avergüenza. Repítele, que nada es capaz 
de disminuir la estimación que le tengo. 
-— ;He sido un pirata! 



155 

— No se sobrecoja, si le digo hoy que 
desde el primer día en que se explipó i 
medias conmigo, lo entendí bastante; y 
ya ve Vd. que esto no ríie ha hecho impre- 
sión ninguna, porque yo no confundo á 
los verdugos con los víctiipas. 

— ^Tiene usted razón: sin embargo, yo 
me he dejauo arrastrar voluntariamente 
en un fango inmundo, del cual no he sa- 
lido, sino en fuerza de las circunstancias. 

— Conozco algo el influjo de las pasio- 
nes, y sé medir la distancia que hay entrt 
un malvado por inclinación, y un infeliz^^ 
que se ve colocado en una posición ex- 
traña, por su desgracia, ó por un destino 
inevitable. 

Regino me tomó la mano, y la tuvo pe- 
gada á sus labios por mucho tiempo. Re- 
trámonos al hospital, y allí me entregó su 
manuscrito, que devoré con ansia. Copio- 
sas lágrimas he derramado^ al considerar 
cuan desgraciada ha sido la carrera de esc 
pobre niño, que apenas dio en el mundo 
el primer paso, cuando ya no tuvo á quien 
volver los ojos. Ciego y sin guia, ¿qué 
había de hacer en un mar proceloso, y 
sembrado de escollos funestos? Me ha 
autorizado para remitirte esos apuntes: 
tú los leerás, Manuel mío, y^ estoy seguro 
que, de hoy en adelante, Regino te será 
más querido. ¡ Pobre joven ! ;> j cuántos 
puntos de contacto tiene su suertii qqh 
la mía! 



~ El doctor Frutos partió, y su ausencia 
me ha sido muy sensible. Respecto -de mi 
salud, nada nuevo tengo que decirte. Pa- 
dezco mucho, en verdad ; pero no por eso 
dejo de conocer que el buen régimen me 
hace provecho, porque, al menos, éste for- 
midable enemigo no marcha con pasos 
(fe gigante, como al principio. Mi espíri- 
tu va cediendo, paulatinamente, de la ve- 
hemencia que lo tenía en un grado de 
exagerada tensión ; y la lectura de Ber- 
nardino de Saint-Pierre, me. hace hallar 
placer' hasta en los sentimientos melancó- 
licos.' Guando me muestra las ruinas de 
la naturaleza, ó me guía al través, de las 
tumbas y de los escombros de las ciuda- 
des que yá pasaron, admiróme al obser- 
var la suavidad con que deja caer, gota á 
gota, sobfe mi corazón un bálsamo de sa- 
ludable consuelo. Este es el principio de 
uria importante revolución en mis afectos 
rtiorales. Bien informado te considero de 
los sucesos que pasan en la ciudad y sus 
inmediaciones. ¡ íjios salve á la patria ! 

Adiós, Manuel mío. No te fastidies del 
pobre lazariíjo. Cuando termine su penosa 
carrera, entonces podrás juzgarlo mejor. 
Hoy sólo debes consolarlo; y rogar á Dios 
por él. Sé que así lo haces, y que llenas 
muy cumplidamente mi lugar, al lado de 
ñii buen padre. Sin embargo, como siem- 
bre qué de tí me despido, me cubre una 



- : i , 1 ■ ; 157 

4 

sombra de tristeza, no debes extrañar al- 
gunas de mis frases, que acaso te parece- 
rán, ó injustas, ó vacías de sentido. Vuel- 
vo á encargarte la lectura de la cartera 
de Regino; y vuelvo también á despe- 
dirme. Adiós. 




La Cartera de Regino 



(W 



• r ••■« 



Primera Parte. 

\ Lucha noble y gloriosa ! Un pue- 
blo valiente, leal y sufrido, se alzó en ma- 
sa, se arrojó en un palenque formidable, 
y desafió al poder más colosal que han 
visto los siglos. ¡Veng^an mi rey y mi 
libertad! Los Pirineos vomitan sobre la 



(t) Ks una cartera vieja, y muy ajada* Sus prí- 
mera* bojasestáD humedecidas, raídas, y los ca- 
racteres que hay ev ellas están ilegiblesi casi del 
todo; pero se dejan conocer algunos frajrmentos 
de Tersos tratados con lápiz, yarias cifras entre- 
lazadas, y uno ú otro dibujo borrado. Muchos de 
esos caracteres parecen de mano de mujer. En la 
loja 17 comi^BJíatt estos apuntes. 



amigo de mi padrfej y yo había creído que 
tenía sus propias ideas, según se expre- 
saba en la época anterior. Pero lueg^o co- 
menzó á hablarme sobre un decreto de 
4 de Mayo, que yo no comprendía á de- 
rechas : se empeñó en arrancar de mi co- 
razón las semillas, que en él habían caí- 
do : me dio unos maestros tan infames co- 
mo ignorantes: su aspereza rayaba en 
despotismo intolerable; y un día le hice 
mil reproches, que lo confundieron y 
avergonzaron. ¡Muy pronto se vengó el 
malvado ! Por instigaciones suyas, se ful- 
minó un proceso contra la memoria de 
mi padre . . . , y mis bienes quedaron con- 
ñscados, en benefício de la real hacienda, 
porque la virtud, lealtad y patriotismo de 
aquel héroe, se calificaron de traición y 
rebeldía. El villano que me servía de tu- 
tor, me lanzó de su casa, manifestándome 
que sus funciones habían cesado. Yo me 
quedé sobrecogido ue pavor y de an)ar- 
gura. Corrí á quejarme á todas las auto- 
ridades, desde el capitán general, hasta el 
comisario de cuartel. De todas partes fui 
lanzado con oprobio, y con una brutal in- 
solencia Mi prinera maldición fué 

contra las cosas.... Esta vez maldije á 
las cosas y á los hombres. 

Sin embargo de que el infame tutor me 
había dicho que ocurriese por mi equipa- 
je cuando gustase, yo juré no recibir cosa 
alguna de su mano inmunda y desleal..,., 



i63 

y cumplí mi juramento. Anduve vagando 
por las calles... Uno ú otro conocido, 
que encontraba, me dirigía cierta mirada 
de compasivo desdén, y proseguía su mar- 
cha sin detenerse. ¡ Ay de mí !, no sólo era 

yo inocente, sino incapaz de delinquir ; 

y no obstante sufría un castigo horrible 

é inmerecido 

... «.j • • 

Por la noche, volví otra vez al cemen- 
terio, á lamentarme ante el sepulcro de 
mi padre, contra las injusticias de los 
hombres. Una tumba es un monumento 
colocado en los límites de este y del otro 
mundo; y al acercarme á la que encerra- 
ba los inanimados restos del hombre vir- 
tuoso que me dio el ser, me pareció sen- 
tir el influjo de la divinidad. Aun no se 
habían borrado de mi alma mis primeros 
sentimientos religiosos. ¡Todavía conocía 
y amaba á Dios, porque el emponzoñado 
soplo del vicio y de la corrupción, no ha- 
bía agostado la lozanía de mi espíritu. 
¡Todavía era yo una flor tierna y fra- 
gante! Resolví abandonar á mi patria, 
en la cual nada me quedaba, sino aquel 
sepulcro y aquellos huesos, á los cuales 
yo no podía decir: 'Levantaos y seguid- 
me á una tierra extranjera.'' ¡Aü^ nunca 
me olvidaré de aquella noche sombría, en 
que mis ojos se secaron de tanto llorar. 

Salí del cementerio, y volví á aquella 
animada y bulliciosa ciudad. Eché á an- 



í64 .1 \ ' ' ; — - 

dar, al azar, por las primeras calles, y ni 
un amigo, ni un conocido, ni una sola al- 
ma piadosa encontré que se doliese de 
mí. Para pasar la noche, me tiré en un 
si>portal, en que solían pasarla los pillos, 
los mendigos y la gente más soez é in- 
munda de la ciudad. Por la primera vez 
de mi vida, escuché ciertas palabras horri- 
ble vS, que me helaron. El lenguaje de 
aqnellos perdidos, me pareció tan extraño 
y sorprendente, que llegué á figurarme 
que, ó evStaba con fiebre, ó que había sido 
arrebatado á una región desconocida. To- 
do lo que el vicio y la malignidad, pue- 
den inventar de más obsceno y asquero- 
so, apenas podría compararse con el dis- 
curso infernal, con (\ue uno de aquellos 
desalmados,' arengaba á la zahúrda de va- 
gamundos, que allí estaban reunidos sin 
distinción de sexos ni edades. Escurrime 
hasta un rincón obscuro, á donde no lle- 
gaba la luz de un farol que alumbraba la 
calle,, y me dormí, rendido de cansan- 
cio y de fatiga. Yo. no sé lo que pasaría 
en el resto de la noche: pero algún escán- 
dalo ocurrió, cuando la guardia de un 
cuartel inmediato acudió á aquel funesto 
sitio, y arrastró á la cárcel á cuantos en- 
contró allí. Yo pedía, por Dios, que me 
oyesen, y me dejasen libre. Mis gritos y 
mis súplicas fueron inútiles, porque nadie 
se dignó hacer alto en mí, por más señas 
que daba de mi persona. Marché á la car- 



i6s 

cel ; y la cárcel vino á ser mi segunda es- 
cuela social. La primera fué la casa de mi 
padre, en que sólo había aprendido los 
más sanos principios de religión y patrio- 
tismo. 

Confuso y avergonzado, no hacia mas 
que llorar, cuando conocí que era inevita- 
ble el mal que me vino, sin buscarlo. Es- 
peraba que me interrogasen, á fin de dar 
mis descargos, y obtener la libertad. ¡ Es- 
peranza vana! Nadie se tomó. la molestia 
de informarse, y, pasados ocho días, me 
destinó el alcaide, hombre duro y feroz, 
al servicio interno de la cárcel. 

— Pero, señor alcaide, le dije: ¿qué au- 
toridad me condena, sin oírme siquiera? 

— ¡Hola el rapaz*, me respondió, mi- 
rándome de pies á cabeza. Parece que lie-, 
gó hasta tu ridicula persona, el maldito 
contagio de la constitución. ¿Qué hablas 
tú de condenar con audiencia ó sin au- 
diencia, renacuajo? 

— El maldito y el ridículo es usted, in- 
fame verdugo. Yo soy hijo de un patriota 
honrado y valiente, que murió por la san- 
ta causa de la libertad. 

— ¡ Esas tenemos, eh ! A ver, cómitre : 
dijo entonces con sorna: hágase usted 
cargo de este ilustre vastago de un pa- 
triota, y... con veinticinco hay bastan- 
te, por ahora. 

Y aquellos monstruos me desnudaron, 

Hospital— 11 




y me maltrataron, hasta dejarme i 
muerto, y cubierto de sangre. 



Todo mi valor y mi sufrimiento que- 
daron agotados, en esta terrible y durí- 
sima prueba. Mi alma quedó cxliausta de 
sentimientos, y mi corazón se halló tan 
oprimido, que por espacio de tres meses, 
más parecía yo im estólido ó un bruto, 
que un ser racional y sensible. Todos me 
humillaban, me injuriaban, y se divertían 
en molestarme y hacerme daño. Vestido 
con el traje de la casa, mis ocupaciones 
eran las mas bajas y abyectas: mi ali- 
mento, un pedazo de pan bazo, negro y 
duro, con algunos otros mendrugos qne 
podía recoger. Un día llegó á su colmo 
la medida de mi sufrimiento. Ejercitába- 
me en amolar un cuchillo, que había ser- 
vido en la mesa del alcaide, cuando éste 
pasó junto á mí, y, por vía de diversión, 
me dio un tremendo golpe en !a cabeza, 
que me hizo saltar la sangre por boca y 
narices. 

Sólo recuerdo que hice ademán de aba- 
lanzarme sobre aquella fiera, y que po- 
co después caí sin sentido. Más tarde su- 
pe que había dado catorce puñaladas á 
aquel desventurado, y que había muerto 
en el acto. ¡ Dios le haya perdonado sus 
crímenes!. 

i Heme aquí en el principio de una nue- 
va carrera! Cuando me vi encerrado en 




167 

un calabozo húmedo y obscuro, con una 
pesada barra de grillos á los pies, y sin 
tener en donde reclinar la cabeza, comen- 
cé á recoger mis ideas. Uno á uno pasa- 
ron por mi acalorada imaginación, todos 
los sucesos de mi vida, tan corta y tan 
sembrada de calamidades. ¿A quién había 
causado ningún mal? Niño, tan niño co- 
mo era: ¿en qué podría delinquir? Yo 
siempre había sido bueno, indulgente y 
afable con todos, porque tales fueron los 
primeros sentimientos que se grabaron 
en mi corazón: ¿por qué, pues, condenar- 
me á arrastrar, desde el principio, la 
odiosa cadena que pesaba sobre mi cue- 
llo? Perdíame en un mar insondable de 
conjeturas: agitábame en medio de mil 
vacilaciones. ¡ Perdóname, ó padre mío ! 
llegué á figurarme, que acaso habrías si- 
do algún criminal famoso, y que, por tan- 
to, la justicia del Cielo, y la del mundo, 
me habían escogido como á víctima ex- 
piatoria. Abrumado de dolores de cuerpo 
y alma, sin hallar quien me aliviase las 
prisiones, sin tener, en muchos días, á 
quien dirigir la palabra, para rogarle que, 
por amor de Dios, me diese la muerte . . . 
casi fui perdiendo la cabeza. Lancé gritos 
agudísimos... pedí misericordia, y, á la 
vez, proferí blasfemias, profanando el 
nombre .... ¡ Era ya una criatura perdi- 
da !! ! No sé lo que ocurrió después. 
Cuando pude recobrar un tanto el uso 



i6« 

de mivS potencias, me hallé tendido en una 
cama de hierro, sujeto fuertemente á ella, 
vestido con un ropaje singular, y ence- 
rrado en una especie de jaula estrecha. 
Algunas personas, como por curiosidad, 
se acercaban á mirarme, me daban golpe- 
citos con una varilla larga, me arrojaban 
frutas como á un animal montes y lan- 
zaban estrepitosas carcajadas al observar 
mi aire estúpido, y mis contorsiones ri- 
diculas. 

— Ya no es tan huraño, decía uno. 

— Tiene más cara de tonto que de loco, 
respondía otro. 

— ¿Le aprovecharon las azotainas, eh? 

— Sí : el loco por la pena es cuerdo. 

— Pero, i vaya un loquito furioso ! 

— Parecía un demonio encarnado. 

— Loquito, ¿ya no quieres dar puñala- 
das? 

— Loquito de mi vida y de mi alma, 
¿todavía eres muy patriota y muy cons- 
titucional ? 

¡ Ah ! entonces comprendí que me halla- 
ba encerrado en una casa de locos, en Se- 
villa 

Mi 

abatimiento fué extremo. No hacia sino 
llorar, hilo á hilo, los días y las noches. 
A nada respondía, y mostraba en todo la 
más profunda indiferencia. Comía y bebía 
mi ración miserable, con resignación y 
paciencia .... hasta qu^ por lástima, ó 



169 

por aburrimiento, me franquearon la 
puerta. Sucio, andrajoso y enfermizo, co- 
mencé á arrastrar mi triste existencia por 
aquellas calles... ¡Quince meses habían 
transcurrido desde la muerte del alcai- 
de! Mi memoria, | qué. sé yo!, nada me 
decía de cuanto había pasado. Mendiga- 
ba humildemente mi sustento. . . . dormía 
en un zaquizamí, que un pobre anciano 
me ofreció. ¡Así pasaron seis meses más 
de mi existencia!!! 

Pero al fin, mis facultades mentales co- 
menzaron á recobrar su aplomo. Refle- 
xionaba ya, y me parecía imposible, que 
yo fuese aquel niño Regino, á quien su 
honrado padre había procurado educar 
con tanto y tan singular esmero. Recor- 
daba que había aprendido á leer y escri- 
bir correctamente: que había tenido 
maestros....: que mis adelantos eran 
aplaudidos; y que todos decían que era 
yo la esperanza de mi familia; pero, en 
aquel momento, era yo un semi-bruto, un 
ser estúpido, que pertenecía á la escoria 
de la sociedad. Me pedía -razón de mi con- 
ducta, y nada encontraba que reprochar- 
me, si no fuese el haber alimentado siem- 
pre los sentimientos generosos, que en la 
infancia me había inculcado. ¡ No hay re- 
medio!, exclamaba. A mí me han querido 
educar en un mundo ideal, y es preciso 
salir de esta quimera. 

La imagen (Je aquel alcaide muerto á 



mis manos, me perseguía; y sin embargo, 
yo podía decir á cualquiera, "ven, júzga- 
me, y, si te atreves, condéname." 

Un día hice sobre mí mismo el más vi- 
gorosq esfuerzo, y resolví salir, á cual- 
quier precio, de aquella condición humi- 
llante. Si inculpable, dije para mí, he su- 
frido tan crueles tormentos, yo veré que 
hacen de mí, teniendo diferente con- 
ducta. 

¡¡¡Metime á pillolM 

En medio de mis diversas correrías, re- 
manecí en Cádiz, á donde me arrastra- 
ban mis antiguos recuerdos. ¡Vergüenza 
tuve de visitar la tumba de mi padre! 

Un sujeto, embozado con aire de mis- 
terio, sorprendióme, cierta nocbe, extra- 
yendo un pañuelo del bolsillo de no sé 
qué oficial superior, que se paseaba por 
la plazuela de San Antonio. Córteme al 
punto. — ¡Chist! me dijo: déme usted el 
pañuelo.— Entregúeselo maquinalniente. 
y corrió á devolverlo á su legitimo due- 
ño, significándole que, en su tránsito, In 
había dejado caer. Volvió luego junto á 
mí, que aun no recobraba del susto, y me 
mantenía clavado en el mismo sitio. To- 
móme de la mano, y me dejé guiar. En- 
tramos en una casa pequeña, pero de apa- 
riencia muy decente. Subimos la escale- 
ra, y me encontré en una salita bien 
amueblada. Despojóse mi hombre de un 
gran capote que lo cubría, y apareció 



un joven de agradable presencia, quc se 
puso á examinarme con la mayor inten- 
ción. 

— Eres un pilludo: dijome al cabo. 

— Sí, señor. 

— Has abrazado un malditísimo oficio. 

— Sí, señor. 

— Merecías la horca. 

— Sí, señor. 

— ¡ Eh, no hay que moler ! ¿ Quieres ha- 
cer algo de provecho? 

— Con mucho gusto. 

— Bien : yo necesito de un muchacho 
vivo, así como tú: ¿me entiendes? 

— Me parece qre sí. 

— Así me gusta: con sus puntos de 
malicioso. 

— Puede usted disponer de mí. 

— Por supuesto que dejarás de ser ra- 
tero: ¿es verdad, ó es mentira? 

— Es ver Jad. 

— Y has de hacer lo que yo te mande, 
al pie de la letra: ¿qué tal? 

— Lo que usted me mande, al pie de la 
letra. 

— i Nada de miedo ! 

— Nada de miedo. 

— Perfectamente. En la madrugada 
próxima, saldremos á la mar. 

— Cuando usted guste. 

— Ahora, ven y cenarás. ¿Tú bebes 
vino? 

— No, señor 



^*J2 

—Peor para tí. En fin, sigúeme. 

Entramos en la pieza inmediata, en 
donde estaba preparada la cena. Con- 
cluida la refacción, me ordenó mi hom 
bre que me quedase á dormir allí, hasta 
que viniese en busca mía. Dormí, en 
efecto, algunas horas. A la ma.lrugada 
nos dirigimos al caño del Trocadero, y 
nos embíircamos en un falucho, que nos 
llevó á bordo de una pequeña goleta 
; Empezó, entonces, mi vida marítima, 
cuando apenas contaba doce años de 
edad! 



Segunda Parte. 

En medio del desorden y confusión 
que reinaban en mi pequeño cerebro, hu- 
bo siempre grabado en él un pensamien- 
to fijo, vehemente y consolatorio, que me 
hacía entrever, allá al través de fantás- 
ticos horizontes, un porvenir lejano, que 
mi imaginación ataviaba de galas bri- 
llantes, y de una gloria inmarcesible. Es- 
te pensamiento, fuente única de las gra- 
tas emociones de mi vida breve, borras- 
cosa, no era sino un vago recuerdo sem- 
brado de ilusiones. Recordaba, pues, que 
durante la época dorada de mi venturosa 
infancia, solía mi padre llevarme á orillas 
del mar: que doblábamos la rodilla so- 



173 

bre la movible arena de la playa, pasean- 
do la vista en aquella inquieta superficie, 
ó fijándola en los azulados confines del 
agua y del cielo. Oraba el autor de mis 
días, y yo repetía sus palabras misterio- 
sas, lleno de unción y recogimiento 
piadoso. Nuestra oración parecía elevar- 
se lentamente hasta el solio del Altísi- 
mo, envuelta en aquellas olas espumo- 
sas que, en sü movibilidad perdurable, 
bañarían alternativamente los ignorados 
límites de este y del otro mundo. Expli- 
cábame, en seguida, los detalles de la vi- 
da marítima : referíame las proezas y sin- 
gulares aventuras de los navegantes céle- 
bres, y encendíase mi fantasía con extra- 
ordinaria vehemencia. Desde entonces yo 
quise ser marinero, y tal fué siempre el 
voto más sincero de mi corazón. Pero, 
¡ ah ! ninguno ha querido comprenderme, 
ni encontré jamás quien me encaminase 
por el buen sendero, ni quien estimulase 
mis nobles sentimientos. Por todas par- 
tes he hallado el vicio y el crimen difun- 
didos por la tierra, enseñoreándose del 
mundo, y dando la ley al género huma- 
no. ¡ Era yo una pobre criatura reproba 
y maldita, y mi destino había de cum- 
plirse más tarde ó más temprano!!! 

Sin embargo, aunque tal es mi convic- 
ción de hoy, no siempre he sentido, en 
toda su fuerza, el grave peso de mis in- 
fortunios. No siempre el signo infausto 



174 

de mi vida ha ejercido sobre ella su ma- 
léfica influencia. Si: bien lo recuerdo. 
Alguna vez he soñado deliciosamente, 
recostado en un césped florido á la má- 
gica sombra de frondosas arboledas. 
Otras veces mi enardecido espíritu háse 
remontado hasta encumbradas y aéreas 
regiones, y allí ... sí, allí he respirado 
auras apacibles, sumido voluptuosamente 
en una atmósfera de gloria y de amor. 
Verdad es que mis sueños han pasado á 
la manera de un relámpago instantáneo, 
que tan pronto ilumina los cielos, cru- 
zando de oriente á poniente, conjo des- 
aparece, dejándonos sumidos en lobre- 
guez espantosa. Lo es también que muy 
en breve he 'caído al suelo, precipitado 
desde aquellas regiones encumbradas. 
Lamentable desengaño, y horrible cier- 
tamente ; pero tal ha sido mi suerte, y asi 
ha pasado mi peregrinación en la tierra, 
i Y su término parece aun más horrible! 
Las pocas horas que pasé en aquella 
misteriosa habitación de Cádiz, antes de 
embarcarme y salir á la mar, fueron para 
mi de las más risueñas y agradables. ¡ Ha- 
bía tanto tiempo que arrastraba una exis- 
tencia sembrada de dolores y amarg^uras ! 
Yo iba, en fin, á lanzarme en esa vida 
agitada y peligrosa, objeto querido de 
mi corazón. Recreábame en formar pro- 
yectos, y en llevar adelante, allá en mi 
encendida imaginación, las más atrevidas 



175 

y deslumbradoras empresas. Ya era un 
conquistador bravo y animoso, que sojuz- 
gaba países remotos é ignorados: ya el 
habitante solitario de una isla desierta; 
y ya, en fin, el generoso marino, que li- 
berta á sus semejantes de una muerte 
segura. Era yo, sucesivamente, Vasco de 
Gama, Colón, Hernán Cortés, Robinsón, 
Pablo Jones, ó La Perouse. Unas veces 
me entregaba á un combate naval rápido, 
encarnizado, en el que tres minutos de 
un ataque á toca penóles de tal suerte 
que la efusión de la sangre horrorizase á 
los enemigos, nos daba la victoria; y 
otras ... i qué sé yo ! Soñaba dulcemente, 
porqué en aquella noche todos fueron 
sueños halagüeños. — Mí ánimo estaba 
embriagado de placer cuando puse los 
pies á bordo de la goleta, en que me em- 
barcaba yo por la vez primera. 

No era aún de día, cuando la pequeña 
lancha que nos condujo á bordo de la go- 
leta, después de haber recibido el con- 
ductor algunas instrucciones que no com- 
prendí, regresó á tierra, haciendo un lar- 
go rodeo, y excusando aproximarse á 
ciertos puntos determinados. El equipaje 
de la goleta púsose luego en fagina, 
mientras que mi joven patrón, medio re- 
costado sobre las escotas de popa, y mi- 
rando con un anteojo hacia todas direc- 
ciones, fijándolo frecuentemente sobre el 
fondo de la bahía, comunicaba enérgica- 



176 

mente sus órdenes, que eran ejecutadas 
con la mayor puntualidad y el más pro- 
fundo silencio. Desplegadas todas las ve- 
las, salimos muy luego del puerto, y nues- 
tra embarcación quedó confundida con 
otras numerosas, que hacían el tráfico de 
la costa. Elevóse el sol sobre el horizon- 
te, iluminando brillantemente las torres 
y murallas de la noble y antigua ciudad, 
y los buques surtos en la bahía; pero el 
nuestro estaba ya fuera de un peligro 
que, como entendí después, era inminen- 
tísimo. Su porte y arboladura, lo exi- 
mieron de una pesquisa, que podría ha- 
bernos comprometido en un lance rui- 
doso. 

Luego que perdimos de vista la tierra 
inmediata y las embarcaciones costeñas 
que, en gran número, iban y venían, el 
joven marino pareció respirar con más 
sosieg^o. Quitóse la montera de paño azul 
que tenía en la cabeza, echóse hacia atrás 
los numerosos bucles castaños que flota- 
ban sobre su frente curtida por los rayos 
del sol, y mirando con aire alegre. y satis- 
fecho á sus diez fornidos marineros, man- 
dó subir botellas y preparar el alir.uerzo. 
— -¡ En salvo, eh ! exclamó dirigiéndose al 
contra-maestre, que era un italiano ve- 
jancón, alto, robufito, de facciones duras, 
mirad i atroz y maneras bruscas. 

— Sí, signor. A poco andaré, io credo 
che noi avremos.lasciato queste acqne 



177 

troppo- temibile ; e lei, signor bravo ca- 
pitano, avrá alontanato, la paura che 
l^assalta. 

— \ Cáspita, ya lo creo ! ¿ Querías acaso, 
maledetto compagno, que yo no tuviese 
miedo de largar el pellejo en manos de 
esos bandidos que me siguea la pista, y 
á quienes si en la mar puedo desafiar, 
en tierra debo temer? ¡Me agrada la in- 
directa ! 

Y observando que el contramaestre me 
examinaba con atención, prosiguió. 

— Ya : no te había hablado de esta alha- 
ja preciosa. Es un recluta aue hice ano- 
che en la plaza de San Antonio. Al gol- 
pe he conocido el provecho que podía sa- 
carse de él, y quedó enganchado para 
ser á bordo de la "Invisible," lo que yo 
fui al principio, si es que te acuerdas, á 
bordo del "Duende" que en paz descan- 
se. Figúrate no más, que este chico es 
un pilludo, y que 

¡ Oh ! dijo el contra-maestre continuan- 
do el diálogo, y procurando dar á su fiso- 
nomía cierta expresión de una alegría, 
casi imposible en aquella cara de fierro 
cohado. ] Oh ! vi ringrazio, caro mió ami- 
co, vi ringrazio, una et altra volta, per- 
che nella face di questo piccolo, bisogna 
guardare tutto il porvenire della "Invi- 
sible." 

— Y tú no eres mal pronóstico, que 
digamos. Acuerdóme, como si fuera hoy. 



178 

que lo mismo dijiste de mí, cuando aquel 
cara-cortada, á quien Dios condene, me 
robó del lado de mi padre para hacerme 
uno de los suyos á bordo del "Duende." 
Y ya ves: me parece que no te he dejado 
mal. 

— ¡Corpo di Bacco! II capitano é io lo 
credo, un bravo uomo: appunto. 

Aunque yo no comprendí sino una par- 
te de la rápida conversación que entre 
ambos había ocurrido, entendí sin em- 
bargo lo bastante para juzgar entre qué 
especie de gentes me hallaba. Conocí que 
aquella no era muy buena compañía, y 
que los sucesos de mi vida seguían com- 
plicándose más y más, por causas inde- 
pendientes de mi voluntad. 

La ** Invisible," según supe poco des- 
pués, era un buque contrabandista, mon- 
tado por gente audaz y emprendedora, 
muy dispuesta á arrostrarlo todo á la 
sola voz de su capitán, que ejercía sobre 
la tripulación el influjo más decidido y 
poderoso. 

Mi posición era rarísima, en los pri- 
meros momentos, á bordo de la "Invisi- 
ble." En efecto: si mis únicos títulos de 
recomendación eran el haberme hallado 
aquel hombre entre la escoria vil de la 
sociedad, y ejercitado en el oficio infame 
de pillo y ladronzuelo, á la verdad que 
mi actual situación no era la más apropó- 
sito para desarrollar el germen de vir- 



179 

tud que pudiese encerrar mi corazón, de- 
masiado tierno todavía, y susceptible de 
recibir toda especie de impresiones. Re- 
flexioné, aunque rápidamente, en estos 
caprichos y extravagancias de la vida, y 
llegué á creer, por unaV (desgracia que 
lamentaré siempre, que me era imposi- 
ble salir del mal sendero que había co- 
menzado á recoiTcr tan temprano, sii- 
jniesto que no era mi obstinación, sino 
la fuerza del destino, la que me arroja- 
ba, sin misericordia, en la espantosa ca- 
rrera del desorden. Resígneme, pues, y 
resolví entregarme ciegamente en ma- 
nos de mi nuevo guía, complacerlo en to- 
do sin vacilar, obedecer su voluntad y ca- 
prichos, y hacer cuanto de mí dependie- 
se, para que de día en día hallase nuevos 
motivos de celebrar mi genio y audacia, 
y de aplaudir mis felices disposiciones. 
Si antes transigí, á pesar mío, con el vi- 
cio, de entonces en adelante resolví ser 
malo hasta donde alcanzasen mis fuer- 
zas, y obrar de manera que, tarde ó tem- 
prano, adquiriese un renombre . entre la 
gente perversa, y llegase á ser citado co- 
mo el modelo de los hombres más_au- 
daces y temerarios. En vano se me pre- 
sentaron en tropel á mi espíritu los gra- 
tísimos recuerdos de la primera infancia, 
cuando mi padre, afanándose en la edu- 
cación de su hijo predilecto, me inspiraba 
tan nobles sentimientos, y me ofrecía ej 



i8o 



modelo de todas las virtudes. En vano 
una voz interior me gritaba, con pene- 
trante acento, que iba á perderme irremi- 
siblemente, y para siempre, si no cam- 
biaba de propósito. En vano, finalmente, 
el temor de los peligros me asaltaba de 
una manera siniestra y espantosa. Nada 
bastó á retraerme, y á todo hallaba so- 
lución, con sólo considerar que no era 
culpa mía el verme empeñado en el ca- 
mino de perdición. Prepáreme á cuanto 
pudiese sobrevenir, cerré los ojos, y he 
allí al niño abandonado, al débil niño 
que aun no había llegado á la pubertad, 
resuelto á ser un criminal precoz, obran- 
do más por instinto que por convicción. 
¡Y sin embargo, el emponzoñado aliento 
de las pasiones viriles no había penetrado 
en lo más profundo del corazón! ¡Y los 
formidables misterios del amor, del odio, 
de la ira y de la venganza, aun me eran 
ocultos y desconocidos ! 

Tomadas algunas precauciones, por lo 
que pudiese sobrevenir, sentóse el capi- 
tán en un ángulo del caramanchel, y co- 
menzó á almorzar en unión del contra- 
maestre, á quien, cuando aquel estaba de 
buenas, trataba con deferencia y afecto, 
y entonces más parecía éste su amigo é 
íntimo consejero, que un subalterno que 
le debía respeto y obediencia. Yo, entre- 
tanto, me había colocado á una distancia 



i8i 



respetuosa distraído en mis reflexiones, 
y esperando que se me impusiese alguna 
orden, para cumplirla sin replicar, cosa 
que, por otra parte, me habría sido im- 
posible en semejante coyuntura. 

— Ven acá, guapo, acércate: gritóme 
de repente el capitán, fijando en mi sus 
relumbrantes ojos. 

— Mande usted, mi capitán. 

— ^¿Has perdido ya el miedo? 

— ¡ El miedo ! Jamás lo tuve á nada, ni 
á nadie. 

— ¡ Ola ! me gustas por intrépido. To- 
ma este vaso de rom, y bébetelo á mi sa- 
lud y á la de nuestro amo Genaro Chia- 
brera, que aquí está presente. 

— ¿De rom? Yo nunca bebo aguar- 
diente. 

— ¡Voto va! Pues aprenderás á beber- 
lo de grado ó por fuerza. ¡ Reusar el 
aguardiente! ¡Qué disparate! En la mar 
cuando el pobre marinero se siente cala- 
do de humedad hasta los huesos, ó ha 
empleado cinco ó seis horas en la manio- 
bra, ó en dar un abordaje cuando el caso 
lo exige, un vaso de buen aguardiente es 
entonces un delicioso fortificante, que en- 
tona los nervios, y repara las fuerzas 
agotadas. En la mar, así como en tierra, 
el aguardiente, chico mío, es un bálsamo, 
un néctar, un específico contra todos los 

HoBpltal~12 



1 82 

males de cuerpo y alma. ¡O licor incom- 
parable, yo te bendigo! 

Y al terminar el apostrofe, sorbió de 
un solo trago el encedido brebaje que 
contenia el vaso que me había ofrecido. 
Al punto llenólo de nuevo, y con voz 
imperiosa me ordenó que lo apurase. Fir- 
mé en mi propósito de sujetarme á la 
voluntad de aquel hombre singular á 
quien yo había ligado mi suerte y mi 
existencia, alargué la mano, tomé el va- 
so, y bebí 

Difícilmente podré explicar Hoy la 
extrañísima sensación que entonces expe- 
rimenté. Desde la boca hasta el bajo vien- 
tre sentí como un río de fuego abrasa- 
dor, que me quemaba y corroía las entra- 
ñas. El calor fué comunicándose rápida- 
mente por todos los miembros, y llegué 
á figurarme que me arrastraban al través 
de una inmensa hoguera. Hice un dolo- 
roso esfuerzo para gritar, y no pude por- 
que mi voz espiró en los labios, sin arti- 
cular sino un sonido mal formado, bron- 
co y gutural. Mi gesticulación seria, sin 
duda, ridicula y grotesca, pues que exci- 
tó en todo el equipaje una risa estrepi- 
tosa y prolongada, que contrastaba con 
la helada seriedad del italiano. Esta pan- 
tomima acabó de aterrarme, y la única 
idea que me ocurrió confusamente, en 
aquel momento terrible, fué la de que 
el malvado capitán habría querido em- 



i83 

ponzoñarme, asesinándome por mero pa- 
satiempo. Pocos instantes después, todo 
el calor se fijó en la cabeza, que ardía co- 
mo el cráter de un volcán. Mis miradas 
vagaban siniestramente, y mi cuerpo pa- 
recía colocado en un eje, sobre el cual 
giraba con una rapidez extraordinaria. 
Ya no era dueño de mí mismo, y estaba 
sumergido en una cruel agonía. 

— Oto vaso, cobarde, gritóme de nuevo 
el capitán: otro vaso, y verás lo que es 
bueno. La primera prueba arde, pero no 
hay cuiüado: después cría callos el gaz- 
nate, y hasta el demonio es capaz de co- 
larse en el estómago por tan estrecha 
vía. 

Y maquinalmente extendí otra vez la 
mano, tomé el vaso que me ofrecía aquel 
verdugo sin saber lo que iba á hacer, y . . . 
volví á beber. Entonces todos los ob- 
jetos que me cercaban, se revistieron de 
formas fantásticas y estravagantes, y 
empezaron á confundírseme, hasta que 
gradualmente desapercieron. Hálleme 
después sumido en una atmósfera de luz, 
que fué sembrándose á trechos de gran- 
des listones negros, y que al cabo se con- 
virtió en un abismo de obscuridad, des- 
de cuyo fondo percibía un lejano run»or, 
en •fi-: los aplausos de la manneria se 
confundían con el bramido de las olas. 
Estaba ya en el último grado de embria- 



i84 

gucz, y caí cc.iii muerto sob ! v\ ca- 
ramanchel. 

i Povero diabolo ! Fué la última ex. la- 
mación del italiano, que acerté á escu- 
char. Aunque mezclada de algún despre- 
cio, jamás me olvidé de e^ta señal de 
compasión que debí á aquel ente raro y 
atrabiliario. 

Heme detenido en los odiosos porme- 
nores de este suceso, porque no puedo 
recordarlos sin estremecerme involunta- 
riamente. Sin embargo de haberme pare- 
cido un suplicio atroz aquella tremenda 
prueba, ¡vergonzoso me es hoy el con- 
fesarlo!, me ancioné desde luego al uso 
de las bebidas fuertes, y todos los exce- 
sos que cometí después provinieron, de 
ordinario, de mis frecuentes embriague- 
ces, resaba, pues, sobre mí una mano 
fatal que me agobiaba, que me oprimía 
haciéndome imposible toda resistencia. 
Todos los vicios y todas las pasiones 
se conjuraban para asaltarme, apoderar- 
se de mi corazón, avasallar mi espíritu, 
y rendirme para siempre. Alguna vez co- 
mo que rehuía bajo de aquel peso, é in- 
tentaba sacudirlo sacando fuerzas de fla- 
queza. ¡ Dios mío ! la lucha me dejaba sin 
aliento, y de todo punto postrado y aba- 
tido. El triunfo ... ¡ ah !, ¡ ah !, el triunfo 
fué siempre de los enemigos que me cer- 
caban. El capitán, aquel infame seductor, 
removía con mano diestra y poderosa el 



i85 

germen maldito c;ie mi cora.zón encerra- 
ba, como lo encierra el corazón de todos 
los hombres. Complacíase en aquelli 
obra infernal, y cada progreso que yo 
hacia en el ^.iiatado sendero del crimei, 
era un nuevo motivo ae aplauso. Más tar- 
de, yo pagué con ipi odio y mi ma! vo- 
lencia á aquel perverso corruptor. Pero 
el mal que me había causado era irrepa- 
rable. ; Pobre juventud !, cuando entrega- 
da libremente á sí misma, se deja arras- 
trar por las pasiones desenfrenadas! 
¡ jJesgraciada, más desgraciada todaví , 
si en vez de encontrar una alma buena 
que guíe su conducta en el piúlago del 
mundo, sólo viene á precipitarla una ma- 
no infernal empujándola en el abismo! 
Una mala compañía, es la peor calami- 
dad que puede sobrevenirle á un niño. 
Volvamos al asunto. 

Ignoro cuanto tiempo pasé sumergido 
en un sueño doloroso, cercado de angus- 
tias inexplicables. Acometido de una es- 
pecie de fiebre aguda, todos los sucesos 
de mi vida se me presentaron en tropel, 
no como habían ocurrido, sino en cr> ifu- 
sión y desorden, acrecentándose y mo- 
dificándose de mil maneras tan raras y 
extravagantes, que se convirtieron en 
una larga, atroz y horrible pesadilla. Ya 
era el alcaide muerto á mis mano», que, 
revolcándose en un fango de sangre, me 
miraba con airie feroz y sombrío. Ya era 



i86 



mi padre, que desde su sepulcro lanzaba 
contra mí una maldición tremenda, que 
me hacía palpitar las carnes. Ya era aquel 
desleal é intame tutor, qué con una son- 
risa diabólica aplaudía mis crímenes, y 
las desgracias en que me había sumer- 
gido. Unas veces me creía arrebatado por 
un tor])ellino de humo pestilente, que me 
sofocaba y ahogaba, y á cuyo través se 
me presentaban todos los excesos de mi 
locura, ó líís Dajczas de mi vida de pillo. 
Otras, me figuraba que una embarcación 
de piratas estaba á mis órdenes, y que el 
robo, el saqueo, el asesinato y los críme- 
nes más horribles eran cometidos á mi 
vista y bajo* mi dirección : la sangre co- 
rría á torrentes, y los miembros de las 
víctimas aparecían palpitantes aquí y allí. 
¡ Ah ! yo creo que gemía, sollozaba y aun 
lanzaba agudos alaridos, según era la ve- 
hemencia é intensidad de mis sueños, ó, 
más bien, de mis visiones. 

De improviso, creí haber oído un ru- 
mor semejante á un trueno prolongado 
y espantoso. Desperté despavorido, cre- 
yendo que se realizaba alguno de mis 
sueños funestos, y que los vanos y páli- 
dos fantasmas que me cercaban, recibían 
vida y vigor para luchar conmigo y ex- 
terminarme. Abrí los ojos, y en un ins- 
tante no pude comprender lo que ocu- 
rría, ni aun el sitio en que me hallaba. 
Era ya muy entrada la noche, y espesas 



i87 

tinieblas me rodeaban. Una voz fuerte é 
imperiosa dominaba el ruido. 

— ¡ Eh, eh ! Calen la boneta del fo- 
que i Voto á Dios ! Bien. Iza : iza : 

iza más, muchachos valientes: iza. Ama- 
rra, canalla infame. 

Volvió á resonar aquel trueno. Recor- 
dé entonces lo que había pasado, coor- 
diné un tanto mis ideas, y quise incor- 
porarme. Imposible: mi cuerpo estaba 
como engarzado dentro de un enorme 
rollo de guindaleza, en forma espiral, 
que ocupaba un rincón de la cubierta, y 
que me servia, á la vez, de prisión y de 
frinchera. El bramido del viento y de las 
olas agitadas, el crugido del velamen y 
aparejo de la goleta, los gritos del ca- 
pitán que mandaba, y el ronco quejido 
del equipaje que maniobraba con rapidez 
y precisión, y más que todo, la proximi- 
dad siempre creciente de los cañonazos 
que me habían parecido truenos, conven- 
ciéronme, al fin, de que nuestra goleta 
era perseguida por otra embarcación de 
más potencia. El capitán seguía man- 
dando. 

— i Orza, orza voto á Cristo ! ¿ No ves, 
condenado, que el barco presenta el flan- 
co á las olas, y que nos vamos á acon- 
char contra ese malditísimo bergantín? 

El timonel presentó la proa al viento. 

— No tanto, estúpido, derriba un po- 
co. . . bueno, sigue, sigue así. 



i88 

Reinó un momento *de silencio. Inte- 
rrumpiólo de nuevo el capitán gritando. 

— Ahora. Carguen las velas, y ¡fuego 
con la carroñada de estribor! 

— No ¡corpo di Baccó! replicó el con- 
tramaestre, no: ancora non. Bisogna 
spectare. 

— ¿Y por qué rayos cuando el bergan- 
tín á quien lleve Satanás, está ya enci- 
ma, y nos ha tomado el barlovento? 

— Como le i voglia; má facciamo il piú 
insignificante rumore, e tutto é perdu- 
to : la testa, primo che niente. 

— Tiene razón el maldito carcamán, 
murmuró entre dientes, y luego prosi- 
guió. Bien. Echa alas y arrastraderas : vi- 
vo, vivo ¡voto al diablo! /\marra. Mu- 
cho será que . . . venga el anteojo de no- 
che. ¿No digo? Suelten los rizos á la 
mayor. Ya. ¿No decía yo? Mucho será 
que este tiburón pueda soplarse al pe- 
ceciilo. . . . 

El contra-maestre tomó el anteojo á 
su vez, y quedóse observando gran tre- 
cho. Nuestra goleta hendía el agua, ha- 
ciendo fuerza de vela para huir del ber- 
gantín que la perseguía. 

—-Guarda qui, guarda qui, dijo el ita- 
liano acercánaose al capitán, y dándole 
el anteojo. 

Tomólo el capitán, y miró un instante. 

— ^lAl pairo, al pairo, al pairo luego, 
condenación de Dios! Vivo, que el ber- 



i89 

gantín nos corta la proa, y un convoy 
de demonios va á llevar á remolque á la 
"Invisible" ¡ voto va ! arría, arría en ban- 
da, malditísima canalla. Listos: venga 
con la madre de Dios : bueno, bueno, 
¡Ah, hijos de Satan«*o; Firmes, mucha- 
chos valientes, firmes, y apoyarse en los 
obenques cuando venga el balance. Cie- 
rra el portalón de babor que embarca 
mucha mar. . . . Así .... así ... . ya pa- 
sa .. . Ahora, muchachos, cobra, cobra, 
cobra violento. Bueno. Carguen las velas 
y listos para virar en redondo. Cargaen, 
¡y fuego con la carroñada de babor! 
¡ Guapo tiro ! Pronto, viren en redondo.... 
En el momento el bergantín corres- 
pondió con una fuerte andanada; pero 
la destreza y serenidad del capitán nos 
había salvado del peligro en aquel mo- 
mento crítico y terrible. La prontitud 
con que detuvo la rapidísima carrera de 
la goleta, mientras que el buque enemi- 
go pasaba por la proa, á riesgo de ha- 
cernos pasar por ojo, ó venirnos al abor- 
daje, la oportunidad del tiro que le lan- 
zó, y la maña y habilidad con que cam- 
bió súbitamente de dirección; todo ello 
hizo que el bergantín se desorientase en 
la obscuridad que reinaba, y perdiese la 
nueva dirección que comenzábamos á se- 
guir. De cuando en cuando nos dirigía, á 
la ventura, un tiro de bala; pero esto 
sólo servía para guiar en su fuga á núes- 



igo 

tra pequeña goleta, que ya estaba en 
salvo evidentemente. A poco tiempo des- 
pués, se ordenó á la gente que se echase 
á descansar de las fatigas, quedando á 
verificar su cuarto de vela los marine- 
ros á quienes tocaba. Todo volvió á que- 
dar sumergido en un largo y sombrío si- 
lencio. 

Sin fuerzas para moverme, con la ca- 
beza algo trastornada, y con las poten- 
cias abatidas por efecto de la embriaguez, 
permanecí inmóvil dentro de mi extraña 
y desagradable prisión por todo el resto 
de aquella prolongadísima noche, que me 
pareció de un siglo, sin que en el discur- 
so de ella hubiese* alguno que diese seña- 
les de acordarse de mí, ni de mi infeliz 
situación. 

Con frecuencia veía yo asomarse por 
la puerta de la cámara un fantasma en- 
vuelto en una enorme chaqueta de balleta 
obscura, y cubierta la cabeza con una go- 
rra también obscura. Parecía un centine- 
la que estaba sobre aviso, para no dejar- 
se sorprender de algún peligroso acci- 
dente. Sus miradas, que vibraban cente- 
llas de fuego, se fijaban á veces en el cie- 
lo, como buscando algún objeto que le 
sirviese de guía: otras observaba la brú- 
jula, marcando con cuidado y silencio 
el rumbo que seguía la nave: otras, en 
fin, las dejaba caer á plomo sobre los 
bultos que yacían en la cubierta, para 



191 

cerciorarse de que la gente estaba en su 
puesto, y lista para obrar á la primera 
señal que recibiese. El capitán, que era 
quien tenía esta cuidadosa vigilancia, 
**¡ corredera!" gritaba de cuando en cuan- 
do, y al punto se ponían en píe los ma- 
rineros suficientes para practicar expedi- 
tamente esa operación, que da á conocer 
aproximadamente el número de millas 
que echa el barco en un tiempo djdo. Es- 
te hombre de fierro casi no dejó una vez 
su puesto, para dar á sus fatigados miem- 
bros el reposo que necesitaban. Sin em- 
bargo de su propensión constante á em- 
griagarse, jamás perdía la cabeza, ni des- 
cuidaba de los objetos que estalían á su 
cargo. 

Luego que el sol apareció sobre el ho- 
rizonte, el contra-maestre italiano subió 
hasta el tope del trinquete, y con un 
poderoso anteojo recorrió lentamente to- 
do el espacio que podía descubrirse. 
Después de algunos minutos empleados 
en esta operación, gritó desde arriba al 
capitán que, en pie sobre el botalón, es- 
peraba el resultado de la descubierta : 

— Niente á fatto. 

— ¿Nada absolutamente? 

— Niente á fatto. 

— ^¿De seguro? 

— Siccuro. 

— Bien, me conformo con esto. ¡Qué 
diablos! No ha sido .nala ¡voto á sanes! 



192 

de la que hemos saliílo. ¡ Eh ! No hay cui- 
dado. Esto habrá sido una funesta equi- 
vocación, porque me parece imposible 
que esos malditos de la aduana, trascen- 
diesen esta guapa expedición de la "In- 
visible." (Dios la guarde.) Además, 
cuando zarpamos ayer de la bahía de 
Cádiz, que me ahorquen de un peñol, si 
ese barco se hallaba en el puerto. ¡ Boni- 
to soy yo para que se me escapase ! De- 
masiado lo sé, ¡toma!, porque para estas 
cosas tengo yo un ojo de lince ; y la prue- 
ba es que fui el primero que lo atisbé 
ayer, y eso que el sol iba poniéndose ya. 
i Canario con el diablo del bergantín ! No : 
yo me sé muy bien cuando deban em- 
plearse útilmente las pocas fuerzas de 
una goleta contra un bergantín. 

Mientras tenia consigo este monólogo 
en voz alta y sonora, se paseaba, á pasos 
largos, de popa á proa, descalzo, envuel- 
to en su levitón de balleta, calada la mon- 
tera hasta los ojos, las manos metidas en 
las bolsas, y una pipa en la boca. Des- 
pués de un momento de silencio, que nin- 
guno se atrevió á interrumpir, acercóse á 
uno de los portalones, y allí permaneció 
largo tiempo sumergido en sus reflexio- 
nes. Acercóse en seguida al timonel, ob- 
servó en la brújula el rumbo que seguía 
la goleta, miró el cata-viento, y conti- 
nuando en su paseo, prosiguió el inte- 



193 

rrumpido monólogo, sin dignarse ver ni 
dirigir la palabra á nadie. 

— ¡Condenación de Dios! y luego 
aquel viejo y tacaño judío, ¿qué va á 
decir?: veinticuatro horas perdidas. ¡Ehl 
percances de la mar. ¡Maldito bergantín. 
Si después de esto se le antoja al venda- 
val, hoy que lo necesitamos, estarse quie- 
to, y no venir en nuestro auxilio, está 
visto, nos quedamos fuera del Estrecho, 
y ¡ negocio perdido ! Precisamente en esto 
fundo yo mi fama : nadie me ha de llevar 
la delantera. Me importa un ardite: ni 
el comerciante de Cádiz, ni el ladronazo 
judío de Gibraltar á quien de buena ga- 
na yo ahorcaría, podrán fiarse sino del 
capitán Frasquito. ¡Voto va! Si llegaran 
á jugarme una pasatina, esa sería la se- 
ñal infalible de su ruina y perdición. 

— ^¡ Eh, canalla !, continuó dirigiéndose 
á la gente. Vamos, muchachos valientes, 
apareja á virar. Esto no puede seguir así, 
porque ya hemos dejado muy atrás el 
cabo Espartel. Listos, y la proa al E., 
cuarta al N. E., y no hay cuidado. 

Concluida la operación, tal como la 
había ordenado, pidió el café y un fras- 
co de brandi. Comenzaba á tomar su 
desayuno, cuando exclamó de repente. 

— ¡Diablo! ¿y el chico de ayer? ¿Qué 
es del chico de ayer? Si no se ha echado 
al agua, á buen seguro que se haya, de- 
sertado. 



rendt^L 



194 . 

Medio muerto de sed y de hambre^ 
cáronnie del escí 
sión del contra-r 
temie el dia anterior. 

— ¡Voto va, pobre diablilio! Tendí 
una gazuza atroz. Toma este vasib 
re fósil ate un poco. 

Obedecí con la mayor docilidací 
licor no me desagradó tanto com<? 
vez primera, y almorcé con sin igual 
apetito. El contra-maestre, entretanto, 
parecía observarme con un interés afec- 
tuoso. 

— Vamos, continuó el capitán: basta 
ya de aprendizaje, del cual parece que QU 
has salido tan mal. Cuidado con aficio- 
narte demasiado á los buenos tragos, 
porque no habría á bordo repuesto su- 
ficiente para satisfacer tu afición. Cuatro 
ó seis vasitos al día, y aferra. Es preci- 
so trabajar, y tus ocupaciones, por aho- 
ra, serán servirme á la mesa lo cual no 
te vendría muy mal, barrer la cámara, 
y cuidar de mi maleta. ¿Sabes escribir? 

— Uti poco. 

—Hasta con ese poco, y ya aprende- 
rás mucho. Asentarás lo que yo te dicte, 
en el cuaderno de bitácora. Ahora mar- 
cha á tus cjiíehaceres, y te exijo lealtad. 
silencio y aplicación. ¿Me entiendes? 
Voy á ser tu maestro, á darte una bri- 
llante educación, no precisamente á bor- 
do, sino tí ' " 



195 

hombre. ¡Cuidado! Mira que el día que 
te vendrá muy mal, barrer la cámara, 
de arrimar más palos q^ue pelos tengo 
en el bigote. Anda. 

En el momento tomé posesión de mi 
nuevo destino. Muchacho de cámara. 

Nuestra navegación siguió bien. A la 
una de "la tarde doblamos el cabo Espar- 
tel, y embocamos en el Estrecho con to- 
da feliicdad. Pasamos sin temor ni recelo 
enfrente de Tánger, y al cerrar la noche 
ya avistábamos á Cejita, que procura- 
mos evitar para no ser observados por 
algún buque de guerra ó guarda costa. 
En el discurso de la noche hicimos la 
travesía, y al día siguiente, á las siete de 
la mañana, dimos fondo en Gibraltar. 
Allí, á vista del cónsul español y de los 
empleados ingleses, embarcamos un grue- 
so contrabando. Zarpamos á las ocho de 
la noche, é hicimos rumbo con direc- 
ción á Málaga. A las veinticuatro horas 
justas, aportamos, sin novedad, á una 
pequeña ensenada á barlovento del puer- 
to. Ya nos esperaban con impaciencia 
dos lanchas bien equipadas que, en el 
resto de la noche, llevaron á tierra todo 
^ 'cargamento, á disposición del con- 
signatario de una casa fuerte de Cádiz. 
A las nueve de la mañana siguiente, la 
"Invisible'' entró en el puerto de Mála- 
ga, en donde el capitán presentó sus pa- 
peles, que fueron hallados en toda regla. 



196 

Bajamos á tierra: nos alojamos en una 
casa medianamente amueblada, en la 
cual parecía gobernar como dueño mi 
nuevo amo. Vivíanla una señora como de 
treinta y seis años de edad, y dos hijas 
suyas. La mayor tendría quince, y la me- 
nor doce. 

¡¡i Mujeres funestas, que después han 
ejercido en mi vida tan fatal influjo!!! 



197 



LA CARTERA DE REGINO 



Tercera Parte. 



¡ Singular es la condición de la criatu- 
ra ! Cuando el bien aparece á sus ojos, 
rara vez se figura que el mal viene, ó 
puede venir en pos, si es que no esté, 
como sucede frecuentemente, encubierto 
allí mismo bajo de una exterioridad falsa 
de bondad y de belleza. Soy joven, muy 
joven aún, y no me atrevo á lisonjearme 
de mi experiencia en las cosas del mun- 
do, en los extravíos del entendimiento, y 
flaquezas del corazón. Sin embargo, he 
recibido tantas y tan numerosas leccio- 
nes, que me creo con derecho para aven- 
turar algunas quejas contra la vida, me- 
jor dicho, contra los hombres. Corta es 
mi edad: larga, funesta y horrible la se- 
rie de los sucesos, de que se encuentra 
sembrada. Unas veces representando un 
papel importante, otras teniendo muy 
pequeña parte, y otras, en fin, siendo un 
simple espectador, mas de un drama 
formidable y atroz se ha desarrollado y 
terminado en presencia mía. ¡ Bendita sea 

Hospital- 13 



I 



198 

la misi-Ticuniia del Señor, porque jamás 
he diíjaiio de experimentar remordimien-, 
tos, después de un crimen cometido! En 
vano las pasiones desatadas y enfureci- 
das han gritado con más fuerza y vehe- 
mencia, que la religión: en vano he he- 
cho firme propósito de no escuchar esa 
voK interior, y, arrojándome en un pié- 
lago, eii un abismo de crímenes, he jura- 
do sobreponerme á todo, y dominar, con 
altivez, sobre la razón y sobre ese juez 
inexorable que llevamos dentro de nos- 
otros mismos. No: iinnca he podido lo- 
grarlo, á pesar de mis redoblados esfuer- 
zos. Este torcedor que antes me había 
sido tan insoportable, y contra el cual he 
luchado obstinadamente, es hoy mi sal- 1 
vaguardia y mi único refugio. Si : he lle- 
gado á convencerme, aunque un iroco tar- I 
rtíamente, que si me salvé del peligro, lo J 
debo á la voz de mi conciencia. Porque I 
el idioma de la conciencia, es el idioma I 
de Dios. ¡ Miserable de mi, si avezado! 
como estuve al crimen, éste hubiera Ile-I 
gado á ser una necesidad de mi vida,f 
una necesidad identificada con m 
tencia! Sumido luego en este hospital 
que infunde pavor, perdida la esperanza 
de salir de él, lanzado y proscrito de ll 
sociedad, esquivado de todo el géneij 
humano, y no ciertamente por temor f 
contagio que pudiese ocasionar el viJ 
infame, sino porque mis frágiles mte| 



199 

bros 5C han contraicio y cubierto de una 
inmunda y repug^iante lepra; no me ha- 
bría quedado otro arbitrio que el suici- 
dio, y tras él.... la muerte eterna, si 
felizmente ese joven incomparable, vir- 
tuoso y á la vez desgraciado como yo. 
lio hubiese acudido en mi aitxilio. j Oh 
poderoso Dios! ¿Cómo negar tu bondad 
y tti misericordia? Relegado al despre- 
cio público, agobiado bajo el peso de tan- 
tos crímenes, .sin padres, sin parientes 
ni amigos, sin una sola alma piadosa que 
se doliese de mi, lejos de mi patria ado- 
rada, arrastrado por la hierza y la vio- 
lencia á estos lugares funestos, en don- 
de viendo desgarrarse mis miembros á 
influjo de tan maligna dolencia, tendré 
que presenciar diariamente el horrible 
espectáculo de un hospital de lazarinos... 
¡ qué hubiera sido de mí, si ese Antonio 
no hubiera fortificado mi espíritu, le- 
vantándome del profundo abatimiento 
en que yacía, y guiándonie al través de 
un mundo nuevo, que hasta entonces me 
era desconocido!! Para é! escribo estas 
tristes memorias; y aunque es virtuoso 
y rigido en su moral, aunque es joven, 
¡ah!, yo confio en su buen corazón. Se 

.dolerá de mí, deplorará mis extravíos; 
pero no me los echará en cara para hu- 
millarme, aunque harto lo merezco. Voy 
á presentarme ante él como si fuera mi 

juez . Sí: sólo Antonio puede juzgar- 



200 



me : rehuso y detesto el juicio de los de- 
más hombres, porque ellos se han obsti- 
nado en no querer comprenderme. Si yo 
he sido malo, de ellos y no mía es la cul- 
pa. 

Desde los primeros momentos de mi 
trato y relaciones con la señora y las dos 
niñas, comprendí que era aquella casa 
una nueva escuela que me estaba prepa- 
rada allá en los decretos misteriosos del 
destino. Bella y arrogante fisonomía: 
maneras desenvueltas: talento y habili- 
dad poco comunes en su sexo: locución 
dulce, florida y abundante. Tal era la 
madre. Las hijas imitaban perfectamen- 
te el modelo que tenían á la vista. Sin 
embargo, en el fondo existía una nota- 
ble diferencia entre la una y la otra. Car- 
lota, la mayor, poseía tm corazón de 
fiera: Refugio, por el contrario, era dul- 
ce y apacible. Ambas estaban colocadas 
en un sendero peligroso de inmoralidad 
y desorden, que, al fin, recorrieron en 
toda su extensión, guiadas por el depra- 
vado ejemplo de la madre, mujer sensual 
y voluptuosa, que se había olvidado de 
sus deberes más sagrados, para echarse 
en los brazos del capitán Frasquito, mu- 
cho más joven que ella, pero con el cual 
había simpatizado por más de un motivo. 
Frasquito era, no hay duda, un hombre 
de hermosa y seductora figura. Sus mi- 
radas fascinaban, y sus modales atraían, 



20I 



cuando quería insinuarse en el ánimo de 
cualquiera. Pero era, de ordinario, arre- 
batado, feroz, sanguinario y dado á la 
embriaguez. Ignorábase su origen ; y su 
carrera y aventuras sólo eran coi;ocidas 
del contra-maestre de la "Invisible." Si 
Da. Esperanza, tal era el nombre de su 
manceba, no amaba en él sino el placer, 
yo puedo asegurar que, en este punto, 
estaba perfectamente correspondida, por- 
que Frasquito la aborrecía mortalmente, 
y su intención, manteniendo estas rela- 
ciones, era la de seducir y corromper á 
las hijas. Esa desventurada no podía que- 
jarse, porque la mujer que deja de ser 
virtuosa, y, loca ó malvada, permite ser 
envuelta en el torbellino de sus pasiones, 
está expuesta á ser burlada y vilipendia- 
da, sin que á la infeliz le sea lícito repro- 
char á los otros y echarles en rostro su 
conducta. ¿Con qué títulos lo haría? La 
sociedad, si se quiere, bien podrá ser in- 
justa en este punto, como lo es en otros 
muchos. Pero ¿á quién es dado invertir 
el orden establecido? ¿Será á los filóso- 
fos y declamadores contra los errores del 
género humano? ¡Esfuerzos vanos é im- 
potentes, que se estrellan contra los há- 
bitos, ó las preocupaciones, si así place! 
El capitán me equipó muy decente- 
mente p.ir i presentarme en aquell . casa. 
Cuando entrniiHo- en ella, madr^- é liiias 
hacían labor en una sala pequeña y bien 



202 



amueblada. Mientras recibía Frasquito 
los reiterados ósculos de las niñas, y el 
saludo lánguido, melancólico y lleno de 
reconvención de la madre, yo me man- 
tuve en la puerta, esperando mi vez ae 
presentarme. Refugio me vio, y lanzan- 
do un grito de alegría, en que mostró 
tanta inocencia como viveza, corrió ha- 
cia mi con los brazos abiertos. Vacilé un 
momento. . . . estréchela, al fin: nó sabré 
decir hoy si con la misma inocencia y 
candor de que ella aparecía poseída. Car- 
lota mostró enfadarse: el capitán y Doña 
Esperanza sonrieron maliciosamente; y 
Refugio y yo quedamos cortados. 

— i Eh ! ven acá, díjome Frasquito, ven 
á ofrecer tu buena voluntad á estas se- 
ñoras, que tendrán mucho gusto en cono* 
certe. 

Acerquéme un poco aturdido, haciendo 
dos ó tres cortesías torpes y mal dirigi- 
das. El capitán continuó. 

— Este es un niño, señora, cuya edu- 
cación me ha sido confiada. Es hijo de 
un coronel valiente y generoso, quien pa- 
sando de servicio á la América, en donde 
hoy se están rompiendo las cabezas en 
la guerra de independencia, no ha sabido 
hacer otra cosa mejor, que entregarme 
al muchacho, á ñn de saacr todo el pro- 
vecho posible de su habilidad y talento. 
Tráigomelo, pues, á Málaga, y más ade- 



203 

lante le enseñaré el pilotaje, conforme á 
la intención de su padre. 

Yo estaba un poco desconcertado oyén- 
dolo mentir con tal sangre fría y sereni- 
dad ; pero no me atreví á interrumpir su 
relato, y dejé que se explicase del modo 
que le pareciese mejor, resuelto siempre 
á aceptar el papel que quisiese encomen- 
darme. Tan lejos de disgustarme seme- 
jante ficción, al contrario, me halagaba 
extraordinariamente. Prosiguió, pues, en 
su novela. 

— Mi amigo el coronel, que muy feliz 
viaje haga en estación tan diabólica, ha 
depositado en mis manos una buena su- 
. ma de reales para el efecto ; y yo estoy 
en la firme resolución de no abusar de su 
confinnza en lo más mínimo. ¿Me expli- 
co? Así es que desde hoy mismo le pro- 
veeremos de un buen maestro; y espero, 
mi señora Doña Esperanza, que usted 
querrá acoger bajo su protección y am- 
paro á este caballerito, para quien la 
edad harto madura de usted será un tí- 
tulo respetable de seguridad y de con- 
fianza. 

El rostro de Doña Esperanza se bañó 
visiblemente de una palidez mortal: mor- 
dióse los labios de rabia, y sus ojos bri- 
llaron de un modo que me causó pavor y 
alarma. Pero este arrebato fué momen- 
táneo: al punto recobró su aplomo, y 
haciéndome una graciosa inclinación de 



^04 

cabeza, respondió dulcemente al capitán. 

— Enhorabuena, Frasquito: tú mandas 
aquí, y puedes hacer lo que mejor te 
plazca. Este niño, cuya fisonomía es tan 
viva é insinuante, bien puede permanecer 
en esta casa, como en la suya propia. Yo 
ofrezco servirle de madre, si es que acep- 
ta este título de amor y benevolencia. 

Bajé los ojos, y dile las gracias como 
mejor supe. Refugio se regocijó infinito: 
Carlota, aunque con fría gravedad, díjo- 
me algunas palabras corteses. 

Poco después me retiré á una pequeña 
habitación que me destinaron. 

Desde aquel momento, cada uno de los 
personajes de este fatal drama, me des- 
tinó á servir á sus miras. 

Doña Esperanza tenía celos de Fras- 
quito: sospechaba que algún nuevo amor 
lo entretenía y distraía del antiguo; pe- 
ro no acertaba á fijarse en el objeto. Al- 
gunas ideas vagas solían asaltarle, acerca 
de lo que realmente pasaba: perdíase en 
un mar de conjeturas, y se extraviaba. 
Trató aprovechar la oportunidad que se 
le venía á las manos, y concibió la ¡dea 
de insinuarse conmigo, y constituirme 
en espía de los pasos del capitán. 

Frasquito, por su lado, aburrido y 
fastidiado de la madre, había declarado 
más de una vez, con buen éxito, sus pre- 
tensiones infames á la mayor de las hijas. 
Pensó que yo podría servir de instru- 



20S 

mentó en esta horrible abominación, si 
entraba en aquella casa de un modo que 
alejase toda sospecha de intriga ó con- 
nivencia. 

Carlota, que veia en su madre una rival 
peligrosa, porque conocía la vehemencia 
de sus pasiones, contó con ganarme á su 
partido, y obligarme á concurrir á la 
realización de cualquier proyecto que in- 
tentase. Tal vez obraba desacuerdo con 
el capitán. 

Refugio deseaba, por imitación, tener 
un amante. Me vio. ... y creyó amarme. 

Con el transcurso del tiempo fué des- 
arrollándose progresivamente este plan, 
que debía conducir á un desenlace tan 
terrible, el cual aun no ha terminado del 
todo. Hubo infames escenas de oprobio 
y envilecimiento: húbolas de muerte y 
carnicería: las hay, aún, de miseria y co- 
rrupción. Yo, que por desgracia también 
representé mi infausto papel, me estoy 
arrastrando en un hospital de leprosos. 
¡ Bendigo la justicia de Dios, que así me 
castiga ! 

El capitán vino luego á mi habitación. 

— ^¿ Estás contento? me pregujitó. 

— Lo estoy con cuanto usted quiera. 

— ¡ Eh ! Eres muy brusco. 

— Me parece que respondo á la pre- 
gunta, y no hay motivo para amosta- 
zarse. 

— Bien. Has visto cómo deseo que se 



206 

te trate en esta casa. Te toca, ahora, co- 
rresponder á las miras que me he pro- 
puesto, que todas redundarán en benefi- 
cio tuyo. Acuérdate que has sido un pi- 
lludo, y que yo quiero hacer de ti un 
hombre cabal. Tu interés y el mío exi- 
gen, no lo olvides, la mayor reserva y 
precaución. Alguna vez te embarcarás 
conmigo, y haremos juntos un viaje; pe- 
ro, por ahora, tienes que permanecer en 
tierra. He mentido en tu obsequio: algo 
harás por mi, ¿no es esto? 

— Digole á usted, y le repito, que estoy 
enteramente á sus órdenes: que soy suyo 
con toda mi alma; y que no pretendo ha- 
cer otra cosa, sino lo que me mande. El 
afán de mi vida será complacerle y su- 
jetarme á su voluntad. 

— Me gusta, y acepto tu resolución. 

— Aunque quisiera, no podría evitarla: 
soy un pobre huérfano, abandonado 

— Dejemos eso á un lado, que no viene 
á cuento. Yo no sé qué casta de pájaro 
eres, ni intento averiguarlo. Creo que te 
sobran motivos que te obliguen á aplau- 
dir mi discreción: si los hay, no quiero 
saberlos. Por ahora, sólo me interesa re- 
velarte un secreto, para que te sirva de 
gobierno. Doña Esperanza es 

Y acercándoseme al oido, terminó la 
frase con una obscenidad indigna de re- 
petirse, y que no dejó de sonrojarme, 
porque aun no estaba totalmente corrom- 



207 

Kl capitán, alzando la voz, prosiguió: 
pido, como sucedió andando el tiempo. 

— Por lo que acabo de decirte, arregla- 
rás tu conducta venidera. Verdad es que 
eres un niño ; pero yo creo que has hecho 
ya un buen curso de picardías y trave- 
suras, para no figurarme que en tu tem- 
prana edad estés iniciado en ciertos mis- 
terios, y versado en otros más. ¿Qué tal? 
¿me equivoco? 

Incliné la frente algo ruborizado; mas 
Ittego alcé la vista, miré fijamente á mi 
interlocutor, sonreíme, y perdí, al fin, la 
vergüenza. Satanás volvió á intervenir 
en mis pensamientos, sin duda, porque 
en aquel momento conociendo ó adivi- 
nando á dónde se dirigía la intriga, re- 
solví seguirla maliciosamente en todos 
sus detalles, sin detenerme en ninguna 
consideración. ¡Ah, Dios mío, cuánto me 
ha pesado! 

Frasquito me estrechó cordialmente la 
mano, y salió del aposento. 

Aquella niña viva y graciosa, volvió 
á presentarse á mi imaginación. Largo 
tiempo ocupó mis pensamientos, y cuan- 
do, á la hora de comer, la vi otra vez, 
me pareció más bella y hechicera. ¡ Quién 
lo creyera! Yo comenzaba á amarla; pe- 
ro ¿cómo podré explicarlo? La amaba, 
no con ese afecto tierno é inocente que 
pudiera emplear un niño de doce años 
apenas, de un corazón puro y virginal, 



208 

sino con esa especie de frenesí malicioso 
y apasionado, con que un libertino, un 
niño corrompiQO y diabólico, pudiera 
acercarse á un objeto que lo atrajese. Si 
la semilla era mala, el terreno en que ha- 
])ia de sembrarse y germinar era peor, y 
los frutos, naturalmente, debían de ser 
pésimos y detestables. Este es el curso 
de las cosas. Pensaba, á mis solas, que 
supuesta la declaración franca é ingenua 
del capitán, no debía tener sobre mí las 
plausibles miras de que se gloriaba. En 
efecto, los precedentes de esta original 
situación en que me veía colocado, no 
se conformaban con los proyectos que 
ostentaba mi protector. En fin: yo me 
resigné á pasar por todo. ¿Qué podría 
hacer para evitarlo? Por otra parte, arro- 
jado fuera de la sociedad por una serie 
de injusticias, había resuelto, de antema- 
no, no ponerme en contacto con ella, si- 
no para volyerle mal por mal. Frasquito 
me preparaba el camino de la venganza: 
arrójeme en él, resuelto á atropellado 
todo, sin exceptuar á mi nuevo guía. El 
último destello de mi inocencia' había 
desaparecido. Acabauase ¡ ay de mí!, 
harto temprano aquella existencia mági- 
ca, para comenzar otra formidable, ex- 
traña..., en fin, una existencia excep- 
cional. 

Presentóse luego otro personaje. 
Era el maestro escogido por Frasquito 



209 

para ciarme las primeras nociones de ál- 
gebra, geografía, historia y lengua in- 
glesa, en todo lo cual, sea dicho de paso, 
hice notables progresos, sin embargo de 
que esto no entraba en las miras y cál- 
cvilos del capitán, para quien era indife- 
rente que aprendiese ó dejase de apren- 
der. Bastábale que maestro y discípulo 
sostuviésemos las apariencias. 

Las tres señoras y yo permanecíamos 
en la sala, cuando entró el pedagogo. 
Saludó, y su saludo fué correspondido 
con la mayor cortesía. Sólo que yo me 
figuré que Carlota y el recién-venido ha- 
bían cruzado una mirada de inteligencia. 
Procedió éste, en seguida, á hacerme un 
ligero examen sobre mis conocimientos 
primarios. Poco era lo que había olvi- 
dado de cuanto me enseñaron en tiempos 
más felices. El maestro significó su sa- 
tisfacción, haciendo un largo elogio de 
mi capacidad y recursos mentales. Dijo- 
nos que esperaba hacer de mí un hombre 
cabal, puts pronosticaba que mis adelan- 
tos serían rápidos. Yo estaba abismado 
en un mar de cavilaciones. Aquel hom- 
bre grave, de edad provecta, vestido de 
negro á la rigorosa, ocultos los ojos de- 
trás de unas gafas cuyos vidrios eran de 
un azul obscuro... me parecía haberle 
visto en otra parte. Su voz hacía en mi 
oído mucha impresión ; pero nada pude 



214 

gonzosa vejez, que llega á paso largo... 
Ale he olvidado de todo por amor á ese 
monstruo, y él ... . ¡ ah !, el infame y des- 
leal ha emponzoñado mi existencia. 

Y comenzó á llorar amargamente. 
Era la primera vez que yo le veía hacer 
demostraciones de esta especie. Carlota 
alzó la vista con desdén compasivo, la 
ñj ó un momento sobre su madre, y .... , 
luego continuó su lectura. 

— Tú me miras con aire de triunfo, hi- 
ja desnaturalizada, prosiguió Doña Espe- 
ranza. Algún día, vil prostituta, lo h?.s 
de llorar con lágrimas de sangre. ¿ Crees 
que la juventud, las gracias y la belleza 
son perdurables, y que jamás perecen? 
Embriagada con los placeres, parécete 
el mundo un paraíso en donde nada se su- 
fre, nada atormenta ... Lo mismo, exac- 
tamente lo mismo, había yo creído por 
mucho tiempo. Déjeme llevar de la co- 
rriente ; y cuando menos lo esperaba, 
-cuando más encenegaaa me encontraba 
en los vicios y en la sensualidad, he ve- 
nido á recibir un funesto desengaño. 

Carlota lanzó una estrepitosa risotada.. 

— i Qué castigo, Dios mío, qué castigo 
tan humillante y afrentoso! continuó. Me 
veo obligada á presenciar mi afrenta, á 
saber que una nija mía es cómplice en 
ella, y ;'i r.;' ir en silrncit», so pena dr ir 
por las calles implorando la compasión 
pública, mendigar mi diario sustento, ó 



215 

morir en un santo hospital de pobres re- 
cog'idas. . . . 

Refugio y yo interrumpimos nuestro 
diálogo, guardando el más profundo y 
sombrío silencio. Carlota prosiguió en su 
risa imprudente é insultante. La pobre 
señora continuó en sus quejas y lamen- 
tos. 

— Sí : haces bien. Yo no tengo dere- 
cho á exigir de mis hijas, respeto ni obe- 
diencia. A todo he renunciado, dándoles 
yo misma el funesto ejemplo.... ¡Vir- 
tud, virtud preciosa, sólo tú puedes con- 
solar al hombre en su desgracia! 

— Madre mía, interrumpió Carlota: 
ese arrepentimiento, la verdad sea di- 
cha, es tan tardío, que raya en ridículo. 
Kl despecho, no más que el despecho, la 
hace á usted explicarse así, inculpando 
g-ratuitamente á una de sus hijas: digo, 
si se refiere usted á mí, como parece. 

Doña Esperanza se rebullía en el sofá, 
temblando de furor y desesperación. 

— Hija maldita, gritó: ¿hasta qué pun- 
to quieres llev^ar el ultraje y el menos- 
precio? Mira, desventurada: tú no sabes 
de lo que soy capaz en la exaltación de 
las pasiones. En un momento de ira, yo 
me atrevería .... 

— A todo, señora, á todo : lo sé muy 
bien, ni es posible que lo haya olvidado 
tan fácilmente, aunque usted no ha vuel- 
to á hablar sobre el particular. 



2l6 



— i Me provocas! Sábete que... 

— No se canse usted, madre mia, todo 
lo sé. Sé, por ejemplo, que arrebatada de 
sus pasiones, que jamás ha sabido usted 
refrenar, ha incurrido usted en los ma- 
yores y más vituperables excesos. Digalo 
mi malaventurado padre que 

— i Ah ! I He allí, infeliz criatura, he allí 
tu sentencia! gritó Doña Esperanza, re- 
chinando los dientes de cólera y furor. 
Lanzóse como una exhalación sobre su 
descuidada hija, asióla fuertemente con 
la mano izquierda, y con la derecha des- 
cargóle en el pecho una tremenda puña- 
lada. Tan rápida fué la acción, que no 
hubo tiempo de evitarla. 

En ese instante, abrióse la puerta de 
la sala, y Frasquito se presentó como 
una visión infernal. Nadie lo esperaba 
aquella noche. 

Doña Esperanza retrocedió á su as- 
pecto. 

Con una sola ojeada, el capitán se en- 
teró de lo que acababa de ocurrir. Aba- 
lanzóse sobre la agresora, y comenzó en- 
tre ambos una lucha á muerte, en la que 
me fué imposible intervenir, azorado del 
suceso. Pocos minutos duró aquella es- 
pantosa escena: la fuerza hercúlea de 
Frasquito triunfó de la agilidad y des- 
treza de su enemiga. La punta del puñal 
que hirió á la hija, fué á clavarse en el 
corazón de la madre. La desventurada 



217 

espiró al punto, cayendo sobre las bal- 
dosas del pavimento. 

— i i Mi esposo, mi esposo. ... ¡ ah !,. . . 
Jesús me valga . . . esposo mío . . . estás 
vengado ! ! ! Fueron sus postreras pala- 
bras. 



Había sido tan extraordinario, tan in- 
esperado lo que acababa de ocurrir, que 
no sabía qué partido adoptar. La herida 
de Carlota no parecía mortal : el golpe 
había sido descargado en medio de un 
ciego arrebato, y el pulso, mal seguro, no 
había sido bien dirigido. Entre tanto, mí 
consternación no podía explicarse. Refu- 
gio, desmayada desde el momento en que 
vio el ademán de la madre, y la hoja del- 
puñal que lució en su mano, ignoraba 
cuanto después había ocurrido. ¡Qué no- 
che, Dios mío, qué noche ! ! 

Después de vendar ligeramente la he- 
rida de Carlota, tomóme de la mano el 
capitán, llevóme á un rincón, y, trémulo 
y alterado, me dijo. 

— Ya lo ves: esta desgracia no tiene 
remedio. 

— Estoy casi muerto. ¿Qué haremos? 

— Tal vez, tú has cooperado á ella más 
de lo que piensas. 

—¿Yo? 

— Sí, tú, imprudente y temerario. 

-^¿Cómo puede ser esto? 



2l8 

— ¿'Cómo? Después lo comprenderás. 
Basta que sepas, por hoy, que tu im.pru- 
pencia y falta Je crdura, mejor dhv, tu 
mala intención, hizo oue esa desventura- 
da, que ves nadar en eii propia sangre, 
penetrase mi secreto, y 

— No : permítame, por la Virgen, qut* 
rechace tan grosera calumnia. Yo ¿có- 
mo había de figurarme. . . . ? ¡ Vamo-;'. 
Esta catástrofe. ... 

— Calla, necio, calla, y no perdamos el 
tiempo. 

— No: es que yo no quiero que seme- 
jante concepto. . . . 

— Bien, bien : ahora no se trata de eso. 
Lugar sobra para que arreglemos entre 
los dos este asunto, de modo que aiTtbos 
quedemos satisfechos. 

— Ale conformo. 

— i Rigor fueffa ! Lo que interesa hoy, 
la exigencia del momento, es librar el 
pellejo, porque ni tú, ni yo escaparetaos 
de la horca, si cuando llegue este suceso 
á oidos de la justicia, no hemos puesto 
tierra, ó mejor, agua de por medio. 

Reflexioné un momento, y conocí que 
le sobraba razón en cuanto había dicho, 
y mucho más en lo último. 

— Pues bien, dije entonces, mande us- 
ted, que ya obedezco. 

— 'J bma este silbato : corre por esta ca- 
llejuela de la izquierda, y no te detenga^ 
hasta dar en. la playa. A poca distancia. 



219 

verás una pequeña cualupa. Al llegar, no 
te olvides : tocas el silbato tres veces, 
una en pos de otra, sin interrupción : ¿ me 
comprendes? La chalupa pegará á la ori- 
lla, nuestro amo Genaro se hallará á 
bordo, dirígete á él en secreto, y dile que 
de orden mía se encamine á este sitio en 
tu compañía. ¿J>ie entiendes? Corre, vue- 
la, que el tiempo urge. ¡ Cuidado con 
cíjuivocarte, porque seremos perdidos ! 

— ¿Y Refugio? 

— Deja á Refugio, que está buena ; no 
te detengas, si no quieres perderte, por- 
que estamos muy próximos á la soga, 
¡ voto va ! 

La razón me hizo fuerza, y corri á eje- 
cutar las órdenes del capitán. Media ho- 
ra después, estaba yo de vuelta, en unión 
del contra-maestre, quien, con la mayor 
indiferencia y sangre fría, echó una lige- 
ra mirada sobre aquel terrible espectácu- 
lo, como si fuese el que había ocurrido, 
un suceso demasiado común. 

Mientras dictaba sus providencias, el 
capitán me ordenó que echándome á 
cuestas á Refugio, que seguía desmayada, 
fuese á esperarlos á la playa. Abrió las 
gavetas de un armario, me llenó los bol- 
sillos de moneaas de oro y varias alhajas 
preciosas. Partí con cuanta rapidez me 
fué posible, al través de la más densa 
obscuridad. El capitán y nuestro amo 



220 

Genaro quedaron encerrados en aquella 
casa abominable. 

Ya cerca de llegar al punto de mi des- 
tino, sentí un ligero rumor. Me .detuve. 
Un farolillo brilló á mis ojos, y conocí 
(jue era la ronda, que venía precisamen- 
te por la calle misma que yo iba siguien- 
do. Comprendí lo crítico de mi situación, 
y retrocedí. El farolillo parecía perseguir- 
me : no bien cruzaba por una esquina pa- 
ra tomar otra calle que, sin alejarme mu- 
cho, me librase de aquel compromiso, 
cuando el farolillo se presentaba, y venía 
en pos. Echaba á andar de nuevo, atra- 
vesaba calles y más calles, y el farolillo 
firme y tenaz en perseguirme. jAh, Dios 
mío! Comenzaba á fatigarme demasiado 
con el peso, mis angustias crecían, mis 
temores se Redoblaban, y, ¡ay de mí!, 
siempre el farolillo, y otra, y otra vez el 
farolillo. 

Tres horas mortales sufrí aquella ho- 
rrible persecución. Por fin, desapareció 
la ronda. Más muerto que vivo, logré su- 
bir al atrio de una iglesia, y en un rin- 
cón bien resguardado tendí á aquella in- 
feliz criatura que llevaba. Al sentir su 
respiración tan tenue, y su pulso tan dé- 
bil, creí que había tocado ya á su tér- 
mino, y que iba á espirar al punto. En- 
tre tanto, yo me había desorientado en 
lo absoluto, é ignoraba en qué punto de 
la población me hallaba actualmente. 



221 



Aplicaba el oído. . . nada, ioh Dios mío!: 
i qué momentos tan pavorosos ! Las horas 
pasaban, Refugio se moría .... Yo, solo, 
confuso, desalentado, temeroso de ser 
descubierto por la justicia, rendido al 
peso de la fatiga, viendo allá en mi ima- 
ginación las lívidas y desencajadas fac- 
ciones de la pobre señora muerta á puña- 
ladas... ¡ah!, me hallaba sumido en la 
mayor congoja y desolación. ¿Qué podía 
yo hacer en semejante trance?; ¿qué par- 
tido elegir? ¡Válgame Dios! Hay ciertos 
momentos en la vida, que no es posible 
denominarlos con exactitud. Paréceme 
difícil que en el infierno se sufra más. 

Reagravábase el mal de momento en 
momento. Los primeros reflejos de la 
aurora comenzaban á arrebolar el orien- 
te. Refugio fué volviendo en sí por for- 
tuna; y enterada de nuestra peligrosa si- 
tuación, podía iluminarme con sus con- 
sejos. Sin entrar en pormenores, omitien- 
do muchas circunstancias, y desfiguran- 
do otras, píntele el suceso ocurrido: ho- 
rrorizóse la infeliz, pero conoció que no 
debíamos malograr aquellos pocos ins- 
tantes en inútiles lamentos. Apoyóse de 
mi brazo, y procurando caminar con pa- 
so firme y rostro sereno, emprendimos 
buscar la perdida playa. Era ya de día 
cuando llegamos al embarcadero, en que 
yo había visto la chalupa, que era nues- 
tra única esperanza de salvación. ¿Quién 



podrá pintar nuestro dolor y angustia, 
al encontrarnos sin vestigio alguno áel 
esquife que buscábamos? Intentar vol- 
ver a la casa, habría sido una locura que 
al más insensato no !e habria ocurrido. 

— Bien, dije entonces á Refugio, fing^ 
que eres mi hermana, y con faz serena 
sigúeme, y salgamos al campo. Si la po- 
licía diere con nosotros, paciencia. Es 
más fácil evitarla así, que cometiendo U 
imprudencia de permanecer en la ciudad' 

— Me parece bien tu proyecto. HaK 
de la necesidad virtud : fingiré todo 'o 
posible. 

Y ecliamos á andar, sin precipitación. 
Mis bolsillos estaban suficientemente pro- 
vistos ; pero eso mismo podía perjU' 
dicarnos, tomándonos por ladrones. Nin- 
gún accidente nos ocurrió, sin embar- 
go, hasta el pueblo inmediato, á donde 
llegamos á las nueve de la mañana. Alo- 
jamónos en un mal mesón, y después de 
almorzar, pensamos en dormir y reparar 
nuestras fuerzas con un buen sueño. 

Imposible : mi espíritu estaba tan ago- 
biado bajo el recuerdo de los sucesos de 
la última noche, que, por más esfuerzos 
que hice, no pnde reposar. Además, yo 
me figuraba que nos perseguían, y por 
todas partes veía la sangrienta imagen de 
Doña Esperanza, 

A la hora de comer escuchamos de bo- 
ca c!e unos arrieros, la horrorosa historia 



223 

del asesinato de la víspera. Decian que 
la justicia había comenzado á trabajar 
con la mayor actividad, á fin de descu- 
brir el autor ó autores de aquel delito. 
Y lo que más nos alarmó y causó pavor, 
fué el oírles hacer una descripción, con- 
forme la habían oído en Málaga, de to- 
dos y cada uno de los individuos que 
habitaban la casa, teatro del crimen, y 
de las personas que la frecuentaban, in- 
clusive el italiano Chiabrera, á quien 
principalmente se atribuía el hecho, pues 
que se juzgaba que el capitán Frasquito 
estaba en la mar todavía. La infeliz Re- 
fugio oyó tales improperios contra su di- 
funta madre, que creí fuese á ocurrir algún 
lance que nos comprometiese. Pero no : 
el peligro la hizo discreta, y disimuló 
perfectamente. 

Como errábamos á la ventura, y esto 
podría acarrearnos graves inconvenien- 
tes, resolvimos adoptar un plan que nos 
condujese á un solo objeto, y que nos evi- 
tase el incurrir en . alguna contradicción 
peligrosa. Acordamos, pues, dirigirnos á 
Granada, en donde vivía un tío de Re- 
fugio, hermano de su madre, y que la 
había querido mucho cuando era muy ni- 
ña. El paso no dejaba de ser temerario; 
pero en fin, cualquiera otro hubiera sido 
peor. 

En efecto llegamos á Grana- la el día 
siguiente, y nos presentamos al tío. 



224 

El relato que hizo Refugip, sin esca- 
sear los elogios en favor mío, le causó 
una emoción profunda. Conoció el ries- 
go á que estaba expuesta su sobrina si 
se llegaba á descubrir su paradero, y to- 
rnó la resolución de ocultarla á las mira- 
das de todo el mundo. Bien podía hacer- 
lo sin comprometerse: tenía una quinta 
cercana, era un solterón sin familia, y 
poseía una fortuna muy decente, resto 
de otra mayor que perdió, casi del todo, 
cuando la invasión de los franceses. 

— En cuanto á usted, caballerito, dijo 
dirigiéndose á mí, bien puede estarse en 
casa, mientras logra alejarse sin temor. 
Yo creo cuanto me ha dicho mi sobrina, 
aunque no me hace mucha gracia esa es- 
pecie de haberle entregado su padre en 
manos del infame corruptor de mi her- 
mana. 

Tentado estuve de confesarle la ver- 
dad pura y limpia; pero me detuvo la 
consideración de que Refugio, engañada 
por Frasquito lo mismo que su madre y 
hermana, podían sospechar alguna cosa 
contra mí, y resfriarse en su amor. Sos- 
tuve, pues, el engaño, y resolví captarme 
la benevolencia y el cariño de aquel buen 
señor, á fin de que no pensase más en 
separarnos. Tan bien supe fingir, que el 
tio de Refugio creyó ver en mí un her- 
mano de su sobrina, resuelto á sacrifi- 
carse por él y por ella, en cualquiera cir- 



225 

cunstancia. Pocos días bastaron para 
apoderarme de su confianza, y reinar en 
su corazón con absoluto dominio. ¡A 
tal grado de refinamiento había yo lle- 
gado en la maldad! 

Ocho meses transcurrieron así. En to- 
do ese tiempo, nada habíamos sabido de 
lo que pasaba en el asunto de Doña Es- 
peranza. El indignadísimo hermano guar- 
daba sobre esto una circunspección tal, 
que ni el nombre de la hermana era pro- 
ferido. Entretanto, yo proseguía preso en 
mis infames cadenas, y al fin . . . al fin, 
Refugo llegó á ser madre. 

I Ay de mí ! ¿ Qué hubiera contestado 
á los cargos que su tío me habría hecho? 
Yo temblaba de miedo y de vergüenza. 
No había más recurso que abandonar 
aquella casa hospitalaria, y pagar con 
una infamia al dueño de ella, porque así 
lo exigía la fatalidad de mi destino. Tan- 
ta bondad, tantos favores y beneficios, 
preciso era olvitíarlos. No hubo reme- 
do: concertamos nuestra fuga muy dete- 
nidamente, 

Al efecto nos pusimos de acaerdo con 
un buhonero, que solía venir á casa á 
vender sus dijes y chucherías. Era hom- 
bre atrevido y emprendedor, y había in- 
tervenido en más de un negocio grave y 
complicado, de la naturaleza del que hoy 
iba á ocuparle. Yo conservaba cuidado- 
samente mis fondos, y me hallaba posee- 



226 

dor de una gruesa suma de ducados; pe- 
ro como éramos tan jóvenes, parecía im- 
posible presentarnos en el mundo con un 
carácter independiente. Al punto habría- 
mos llamado la atención pública, y éra- 
mos . perdidos sin remedio. El buhonero, 
pues, se encargó de representar el papel 
de padre de familia. 

El plan surtió efecto, y atravesando 
gran parte de la España, llegamos á San- 
tander sin novedad. Alli dio á luz Refu- 
gio una niña que murió al punto. ¡ Madre 
infeliz!; ¿qué mayor castigo, que malo- 
grar el fruto de su crimen? Lloramos 
amargamente, y proyectamos abando- 
nar nuestra patria para distraer- la pena 
ó tal vez para buscar nuevas aventuras. 
El buhonero no halló cosa que se con- 
formase mejor con su gusto y afición. 
Así fué, que al punto se encargó de los 
preparativos del viaje. A los pocos días, 
¡ ay de mí!, dejamos para siempre la pa- 
tria de nuestros abuelos, embarcándo- 
nos en el bergantín "Jovial," que de San- 
tander hacía viaje á la Habana. 

Volvía, pues, á surcar las olas. A pe- 
sar de las amarguras de mi espíritu, yo 
sentí que se dilataba mi corazón, que la- 
tía con más libertad, que mis emociones 
eran más vivas, y más ardientes y apa- 
sionados mis afectos. ¿Qué hay después 
de Dios, tan grande como el mar? A ve- 
ces lloraba melancólicamente : otras reía 



227 

como un insensato: otras, en fin, queda- 
ba distraído vagando con mi imaginación 
en el insondable abismo de las hipóte- 
sis. ¿Cuándo no fué lo mismo la vida del 
hombre? De ilusión en ilusión, de espe- 
ranza en esperanza, consume su existen- 
cia y cuando menos lo espera.... 

¡ oh !, esto es horrible. 

La navegación fué felicísima. Ni el 
más leve indicio de mal tiempo vino una 
sola vez á interrumpir nuestros cálculos 
y conjeturas. La atmósfera siempre her- 
mosa y serena, anunciaba cada día que 
nada tendríamos que temer de la turba- 
ción de los elementos. El mal que nos 
sobreviniese había de provenir de la ma- 
licia é indigna condición de muchos de 
nuestros semejantes. Es decir, que el 
signo funesto que influía sobre mi exis- 
tencia, casi desde que aun era mecido en 
la cuna, vendría en fin á torcer la direc- 
ción de mis esperanzas. Si yo hubiera 
logrado aportar á la Habana sin obstácu- 
lo ninguno, estoy de ello seguro, hoy se- 
ría otro hombre. Mi conducta moderada, 
mi instrucción más que mediana, mi fir- 
me propósito de mudar de vida, dirélo 
sin orgullo, mi buena inclinación é índo- 
le suave y apasible ; todo esto me habría 
hecho estimable, y á tiempo hubiera ce- 
jado el ancho camino que llevaba á la 
perdición. El cielo no lo quiso asi : mi 
suerte estaba prefijada en el gran libro 



228 

de la vida humana, y yo no podía con- 
trarrestar con la voluntad del Altísimo. 
Escrito estaba que á pesar de todo, yo 
había de ser un criminal famoso. ¡Dios 
perdone mis feos delitos, y me otorgue 
su gracia infinita!!! 



229 



LA CARTERA DE REGINO. 



Cuarta Parte. 



Acompañábanos en la navegación un 
caballero de edad provecta, que iba em- 
pleado á la Habana. Llevaba consigo una 
hija de once años, Clemencia por nombre, 
que era el candor mismo personificado. 
Su belleza angelical, la suavidad de sus 
miradas, la intensidad de su amor filial, 
hacían de ella un ser encantador, que 
atraía y arrobaba involuntariamente. 
Muy pronto se aficionó á Refugio aquel 
ángel, y ambas entablaron una amistad 
tan estrecha, que á los pocos días de via- 
je, parecían dos hermanas que se ama- 
ban con extraordinaria ternura. Aquel 
buen señor, que se figuraba, con la me- 
jor fe del mundo, ver en Refugio y en mí 
dos jóvenes hermanos, hijos del buho- 
nero convertido en negociante, nos co- 
bró singular cariño, y nos miró cual si 
fuéramos sus propios hijos. ; Infeliz ! Ig- 
noraba una tremenda verdad, que le ha- 
bría horrorizado, si hubiese estado á sus 
alcances. Al ponerse en contacto conmi- 
go, su infausta suerte y la de su hija 

Hospital~16 



230 

quedaban decretadas y fijadas irrevoca- 
blemente en los arcanos del destino, por- 
que estaba visto que yo había nacido pa- 
ra la desgracia, y en ella habia de envol- 
ver necesariamente á todos cuantos tu- 
viesen alguna relación de afecto ó bene- 
volencia hacia mi. A poco tiempo vi con- 
vertidas en realidad espantosa, las que 
antes fueran vagas conjeturas. 

Cuarenta y dos días habían transcu- 
rrido desde nuestro embarque en Santan- 
der, á bordo del ''Jovial." Eran las seis 
de la mañana, y aprovechándonos de la 
suave y deliciosa frescura de la atmós- 
fera, tomábamos nuestro ligero desayuno, 
que consistía en café y galletas, sobre el 
caramanchel. Previamente en la tarde 
anterior, el padre de Clemencia nos ha- 
bía dado las más singulares muestras de 
su cariño y afición tierna y benévola. Nos 
había hecho concebir las más lisonjeras 
esperanzas de felicidad, ofreciéndonos 
todo su influjo y valimento para favo- 
recernos. El buhonero, para quien todo 
esto era absolutamente indiferente, escu- 
chaba y aparentaba consentir en lo que 
oía, tan sólo porque no pareciese que da- 
])a poca importancia, ó no sabía el modo 
de sostener el simulado carácter que iba 
representando. Durante el desayuno, ha- 
bíamos anudado el hilo de la conversa- 
ción de la víspera. Jamás vi tan cerca los 
encantos de la vida social. Jamás había 



i 231 

concebido tan viva y ardiente, la fe de 
un porvenir venturoso y rodeado de pla- 
ceres y de virtud. Por entonces no me pa- 
reció conveniente revelar mis relaciones 
y los sucesos de mi vida anterior á aquel 
caballero, que nos daba tan señaladas 
pruebas de su bondad. Estoy seguro de 
que no nos habría amado menos por se- 
mejante franqueza, y acaso nos habría 
facilitado los medios de legitimar nuestra 
unión ilícita y criminal. Considerándonos 
como á hijos, pues se había empeñado en 
que le mirásemos como á nuestro padre, 
todo debíamos esperarlo de su generosi- 
dad y ternura. Ninguna parte tomaba el 
buhonero en nuestras pláticas, y yo, con 
el transcurso del tiempo, he llegado á per- 
suadirme que nuestro nuevo protector no 
creyó en manera alguna, poco antes de 
saberlo de cierto, la supuesta paternidad 
de aquel hombre, aunque al prinipio lo 
hubiese tratado como á tal. 

— I Vela á sotavento !, gritó desde el to- 
pe el marinero que había subido á hacer 
la descubierta. 

En el instante mismo desaparecieron 
todos los platos, tazas y cafeteras que 
habían servido para el desayuno. Todo 
se puso en el mejor orden y arreglo, 
mientras que el capitán subía, con ex- 
traordinaria violencia, á colocarse en el 
puesto del marinero que hizo el anun- 
cio. 



232 

El "Jovial" era un buque armado en 
corso y mercancía. Tenía, por tanto, to- 
das las apariencias de un buque de gue- 
rra. Marinería valiente y numerosa, ar- 
mas en muy buen estado, y un capitán 
intrépido y resuelto. La guerra de inde- 
pendencia que sostenían las dos Améri- 
cas, contra su antigua metrópoli, había 
sembrado el mar de una multitud de em- 
barcaciones, que hacían una hostilidad 
terrible al comercio español. Pocos eran 
los barcos que se atrevían á emprender 
la travesía, sin hallarse escoltados de los 
convoyes frecuentes que iban y venían. 
Los Estados Unidos abiertamente, y k 
Inglaterra con la simulación pérfida que 
acostumbra siempre, protegían á los in* 
surgentes, y les facilitaban recursos de 
dinero, armas y embarcaciones, con tal 
de que permitiesen á sus protectores ha- 
cer el más criminal y escandaloso con- 
trabando. Rara vez salían bien librados 
los buques españoles, porque además de 
esta clase de guerra terrible que sufrían, 
una multitud de piratas, con el falso tí- 
tulo de corsarios, y aun con la patente de 
tales, infestaban las costas y mares, co- 
metiendo inauditos excesos. Panzacola 
en el golfo mexicano, Walix en el de 
Honduras, Curazao, S. Tomás, Provi- 
dencia y otras varias de las Antillas de 
barlovento, eran las guaridas de los pi- 
ratas infames que, con el nombre de cor- 



233 

sarios, salían al encuentro, no sólo de las 
embarcaciones españolas, sino de todas 
cuantas podían pillar y robar, asesinando 
vil y bárbaramente las tripulaciones y 
pasajeros, á fin de hacer desaparecer has- 
ta los vestigios del cirmen. Verdad es 
que no faltaban armadores y especula- 
dores bastante sórdidos y criminales que 
favoreciesen esta atroz y salvaje especu- 
lación, que henchía sus arcas y bolsillos 
del oro robado en aquel indigno tráfico; 
pero, en general, los piratas mismos ha- 
cían el negocio por su cuenta y riesgo, 
riesgo que solía ser tan grave, que les 
costaba nada menos que la cabeza, como 
sucedía frecuentemente. El bravo capi- 
tán del "Jovial" sabía todos estos por- 
menores, conocía que era peligroso cual- 
quier encuentro, y, en consecuencia, ha- 
bía dictado todas las medidas de precau- 
ción y vigilancia. 

Todos dirigimos la vista hacia el rum- 
bo marcado por el marinero, y distingui- 
mos allá en los confines del horizonte un 
punto blanco casi imperceptible. 

— Cuartel-maestre, al timón : gritó con 
la bocina desde arriba el capitán, al cabo 
de unos cuantos minutos de observación. 

Guardamos el mayor silencio. El capi- 
tán con la bocina en la izquierda, y en 
la derecha el anteojo, seguía observando 
y mandando alternativamente. Yo expe- 
rimentaba un indefinible estupor, porque 



234 

un fatal presentimiento había venido á 
destruir todas mis ilusiones, anuncián- 
dome los sucesos de aquella jornada, que 
jamás se ha borrado de mi memoria. 

— Nuestro amo, tome el anteojo, y des- 
de abajo observe usted conmigo, á ver 
si vamos de acuerdo. 

Un viejo marinero tomó el anteojo, y 
púsose á observar. 

— Una goleta de dos gavias, dijo 

el contramaestre alzando la voz. 

— j Cabal! Una goleta de dos gavias, 
repitió el capitán. 

— Va ciñendo la vuelto de fuera, nor- 
oeste, cuarta al norte. 

— Bien: derriba, timonel, hasta donde 
pueda dar. Marque usted nuestro amo, 
sur-oeste, cuarta al sur. 

— Esto ya será huir declaradamente, y 
no conviene. 

— Hágase lo que mando, ¡ voto va ! ¿ No 
ve usted que si es pirata ó corsario, no 
porque sigamos paralelos, dejará de per- 
seguirnos, si creyese que es capaz de dar- 
nos caza? En estos lances, vivir adelan- 
tado es lo mejor. 

— Es verdad, murmuró el contramaes- 
tre, y dio las órdenes convenientes. El 
buque obedeció perfectamente al timón, 
y con eso ya no seguimos el mismo rum- 
bo que la embarcación sospechosa, que 
comenzábamos á ver perfectamente. Se- 
guimos guardando silencio, y los dos ín- 



235 

terlocutores lo guardaron igualmente por 
más de un cuarto de hora. 

— i Ola ! exclamó de repente el capitán : 
i qué tai ; 

— Sí, repuso el contramaestre : ya lo 
veo. Ha virado en redondo, y ciñe la 
vuelta de tierra. 

En un segundo estaba ya el capitán so- 
bre cubierta. 

— ¡ Ea, muchachos! gritó: apareja á vi- 
rar. Aunque mi gusto y mi voluntad me 
dictan que yo espere al enemigo, la pru- 
dencia y la orden de los dueños del bar- 
co me mandan evitarlo. 

Los pasajeros todos comenzamos á so- 
bresaltarnos seriamente. El capitán pro- 
siguió. 

— Sí. ó es algún enemigo, ó es buque 
de la real armada que nos toma por ta- 
les ; pero yo me atengo á lo primero. 
Goleta de dos gavias. . . . sola. . . sin ga- 
llardete... ¡eh! no puede ser. Este es 
corsario ó pirata. Con que ¡ listos para 
virar en redondo! 

— Listos: contestaron varias voces. 

El capitán tomó la caña del timón. 

— Pues, allá va con Dios. 

— Venga. 

Después de algunos instantes de ba- 
lance y ruido, siguió el "Jovial" su mar- 
cha rápida y segura delante de la embar 
cación sospechosa. 

Esta había comenzado evidentemente 



236 

á darnos caza. El capitán mandó soltar 
todas las velas y los rizos que la fuerza 
del viento habían obligado á tomar á la 
mayor y trinquete. Nuestra ansiedad cre- 
cía de momento en momento, porque el 
barco que nos perseguía iba apareciendo 
más y más, en términos que á las nue- 
ve de la mañana se distinguían perfec- 
tarríente la arboladura, casco y aparejo, 
lo cual probaba que hacía más camino 
que el bergantín. Nuestra tripulación ha- 
cía extraordinarios esfuerzos para evitar 
un lance con la goleta; pero éste era in- 
evitable. 

A las once del día sobrevino intem- 
pestivamente una calma horrible. El ber- 
gantín, deprimidas las velas, y sin seguir 
otro movimiento que el fuerte y moles- 
toso que le imprimían las olas, parecía 
clavado en aquel sitio. La impaciencia 
del capitán era vehemente; y el terror y 
sobresalto se veían pintados en la fren- 
te de todos cuantos nos hallábamos allí. 
Por más que habíamos procurado disi- 
mular, las dos niñas habían compren- 
dido, al fin, toda. la extensión del peligro 
á que estábamos expuestos, y sus lágri- 
mas y angustias vinieron á aterrarnos y 
confundirnos. 

Entre tanto, la crisis iba acercándose 
rápidamente. La goleta, á fuerza dé re- 
rfios, se dirigía sobre el bergantín, sin que 
fuera posible dudar de su intención. ¡ Ah. 



237 

qué cruel agonía! El capitán concebía al- 
guna esperanza; pero el contramaestre, 
cada vez que le oía hablar en este sentido, 
movía la cabeza en ademán negativo, y 
guardaba silencio. 

— I Vamos!, dijo el capitán. Un hom- 
bre al mastelero de proa á observar por 
donde viene el viento. 

Ejecutóse así. Nada se adelantaba en 
esperanzas. Pasado algún tiempo, dijo el 
marinero que sentía una ligera fugada 
por el sud-este. 

— Malo, malísimo: murmuró el capi- 
tán. 

A poco el sud-este se desencadenó con 
una furia extraordinaria. 

Estábamos perdidos, porque la em- 
barcación enemiga nos tomó enteramen- 
te el barlovento. 

Aun no había certidumbre de que fue- 
se de piratas. Bien podía ser un corsa- 
rio, en cuyo caso no era seguro que per- 
deríamos la vida cayendo en sus manos. 

Reflexionábamos aún en esto, cuando 
un fogonazo y un diluvio de metralla que 
cayó á nuestro alrededor, aun mucho an- 
tes de que llegase el estampido, nos ad- 
virtió de la proximidad del lance defini- 
tivo. 

— ¡ Iza bandera !, gritó el capitán. 

El pabellón español flotó al momento 
sobre el mastelero de popa. El enemigo 
correspondió izando la bandera cplom- 



biana, acompañada de otra negra en cu- 
yo centro campeaba una calavera y dos 
canillas en cruz. 

— Caballeros, dijo entonces el capitán 
dirigiéndose á todos los pasajeros, que 
en número de diecisiete veníamos á bor- 
do. Ese buque es de piratas asesinos y 
ladrones. La voluntad de Dios no quiere 
que podamos libramos de semejante ca- 
nalla, quizá porque son muchas nues- 
tras culpas. Si nos entregamos á buenas 
no por eso dejarán de pasamos á cuchi- 
llo á todos, sin excepción. Si resistimos, 
podemos ganar alguna ventaja en la pe- 
lea, y libramos de una muerte segura é 
infalible. Conque yo pregunto ahora: 
¿nos entregamos ó nos batimos? 

— Nos batimos: contestamos todos. 

— Bien, me agrada la determinación : 
pero supuesto que la pobre marinería 
ha de trabajar más que el resto de la 
gente que hay á bordo, creo de mi de- 
ber dirigirme á vosotros j muchachos va- 
lientes! para saber vuestra determina- 
ción. ¿Nos batimos, ó nó? 

— Nos batimos, señor: respondió á su 
vez toda la tripulación. 

— Ya que tal es la determinación de 
todos, Dios nos asista y nos perdone, di- 
jo con unción y recogimiento el pobre 
capitán. 

— Amén, contestamos. 

AL punto se nos distribuyeron armas 



239 

de fuego y blancas, y se arregló y dispu- 
so todo para esperar el abordaje. El ca- 
pitán había palidecido un instante, pe- 
ro luego, luego, recobró su serenidad y 
sangre fría. 

Entre tanto, la goleta estaba ya tan 
cerca de nosotros, que veíamos á toda 
la gente distintamente. El bergantín con- 
tinuaba haciendo esfuerzos por huir; y 
la goleta se empeñaba más y más en dar- 
nos caza. Estaríamos á tiro de fusil, cuan- 
do el enemigo lanzó sobre nosotros una 
andanada de tres tiros á metralla. 

— ¡ Zafarrancho ! gritó el capitán, y nos 
pusimos en son de combate. 
. Las vergas, masteleros y cordajes caían 
en montón sobre cubierta. Nuestro ber- 
gantín hacía destrozos igualmente en el 
buque enemigo. La metralla barría 
á unos y otros de una manera pavorosa. 
La sangre corría á torrentes, sin modo 
de disminuir las desgracias, porque el 
combate era ya á toca penóles. 

— ¡ Al abordaje, muchachos ! : gritó des- 
de la goleta una voz que me hizo estreme- 
cer hasta lo más íntimo del corazón. 
¡ Dios mío ! Aquella era la voz de Fras- 
quito, convertido en capitán de piratas. 

Apenas tuve lugar de sentir, no de 
pensar. Lo goleta y el bergantín se ha- 
bían unido, entrelazado y confundido ep 
un solo objeto, direlo así. Los cascos, ve- 
las y aparejos crugían en el choque es- 



240 

trepitoso, mientras que una multitud de 
garfios y armas corvas y cortantes se en- 
tretegian de una manera terrible y ex- 
traordinaria. Los fusiles, pistolas y ca- 
ñones se deshacían en descargas, á - que - 
ma ropa, y el olor de la pólvora, el hu- 
mo, la sangre, la gritería, los lamentos 
de los heridos y moribundos, y el formi- 
dable estrépito de las armas de fuego, 
convertían >,esta escena en un espectá- 
culo horrible, pavoroso é infernal, á cu- 
ya descripción es preciso renunciar del 
todo, porque es imposible pintar aquella 
confusión pasmosa, aquella atroz y san- 
grienta carnicería. 

En medio de aquel caos, de aquel de- 
sordenado pelotón de gentes^ que se ase- 
sinaban sin misericordia, dejóse oir una 
voz fuerte y entera. Era la de nuestro 
capitán. 

— ¿Hay cuartel para los que se rin- 
dan? 

— No hay cuartel: contestó Frasquito, 
sembrando su espada en el corazón del 
que tenía más próximo. Toda la tripu- 
lación de la goleta, que era tres tantos 
más numerosa que la nuestra, quedó en- 
teramente dueña del bergantín. Cesó el 
estrépito de las armas de fuego, y con- 
tinuó la pelea, reducidos los pocos que 
quedábamos á defendernos con puftales y 
cuchillos de mesa. Yo seguía con la vis- 
ta á Frasquito, á quien había disting-ui- 



241 

do desde el principio: huía de encontrar- 
me con él ... . sin comprender el ver- 
dadero motivo, pues que más bien po- 
día esperar que me salvase. 

Aquello era horrible no quedábamos 
sino seis ú ocho personas, y la matanza 
seguía casi sin resistencia de nuestra par- 
te. Entre ellas, hubo una que hacía pro- 
digios de valor defendiendo su vida con 
el esfuerzo de un león, y acometiendo al 
enemigo con la rabia y furor de un tigre. 
Era el padre de Clemencia. Mal herido, 
cubierto de sudor y de sangre, distinguía- 
mos sin embargo sus facciones nobles y 
marcadas al través de aquella nube de 
horror. Resbalando en la sangre que ane- 
gaba la cubierta, y tropezando en los mu- 
tilados miembros humanos que la ma- 
tanza había regado aquí y allí, fué acer- 
cándose y abriéndose paso con su puñal, 
hasta ponerse frente á frente del capitán 
enemigo. 

— ¡ Muera este bravo !, gritó Frasqui- 
to. 

— Sí, infame asesino; pero antes mori- 
rá* tú de mis manos, replicó el padre de 
Clemencia disparando un pistoletazo, á 
dos pasos de distancia, sobre su adver- 
sario. Allí habría terminado la carrera 
de Frasquitp, si una mano ágil y diestra, 
no hubiera hecho cambiar la dirección 
del tiro, descargando un fuerte golpe en 
el brazo del agresor. 



242 

En aquel instante reconocí á nuestro 
amo Genaro Chiabrera, que acababa de 
librar á Frasquito de una muerte segu- 
ra é inevitable, si su poderoso esfuerzo no 
hubiese intervenido con tanta oportuni- 
dad. 

— I Qué veo !, gritó Frasquito, fijando su 
intensa y penetrante mirada sobre las 
desencajadas facciones de su adversario. 
¿Es usted, señor D. Alvaro? 

— Si, yo soy, respondió con amargura 
el padre de Clemencia. Yo soy, verdugo 
infame, cobarde pirata, yo. soy. Aquí me 
tienes en tus manos, asesino de mi honra 
y de mi familia. Di: ¿qué has hecho de 
mis hijas, después de haber dado muerte 
á aquella desventurada? ¿En dónde están 
Carlota y Refugio? ¿Han seguido por 
ventura las huellas de aquella infeliz y 
perversa criatura? Di, y mátame después, 
ya que no ha. querido Dios vivo el que 
tomase venganza por mis manos. 

En aquel momento descubría yo un 
misterio formidable, que me dejó pasma- 
do de terror. Aquel caballero era el des- 
graciado esposo de Doña Esperanza, y 
Clemencia era hermana de Refugio. ¡ San- 
to Dios ! i Qué verdad tan espantosa ! 
Mudo de estupor, arrinconado junto á 
un ángulo de la escotilla, contemplabst 
silencioso aquel trance, en que los per- 
sonajes de tan horrorosa historia se en- 
contraban cara á cara, en medio de un 



243 

combate á muerte, rodeados de miem})ros 
palpitantes, y engolfados en alta mar 
bajo la influencia abrasadora del sol de 
los trópicos. Aquel suceso tenia un no sé 
qué de horriblemente fantástico, que he- 
laba la sangre y horripilaba las carnes. 

Frasquito llevó la bocina á los labios, 
y, con voz estentórea, gritó: 

— ¡Cese el combate! 

Además de las niñas que se habían re- 
fugiado en la cámara, en donde yacían 
medio muertas de espanto en aquel mo- 
mento, sólo quedábamos vivos sobre cu- 
bierta, D. Alvaro, dos marineros y yo. 
Los dos marineros, creyendo sin duda 
que se les reservaba para un suplicio ma- 
yor, se arrojaron al agua, y allí perecie- 
ron ahogados miserablemente, sin que 
persona alguna se dignase socorrerlos. 
Así terminaron el capitán, tripulación y 
pasajeros del bergantín "Jovial," murien- 
do como buenos á manos de aquellos in- 
fames malvados. 

Don Alvaro, entretanto, permanecía 
enfrente de su adversario, dispuesto á re- 
sistir hasta el fin, y librar á su hija, si era 
posible, de caer viva en poder de aque- 
llos desalmados piratas, entre los cuales 
habían muerto más de treinta en la re- 
friega, y se abrasaban de una sed insa- 
ciable de venganza y carnicería. Cesó, 
pues, el ruido, y Frasquito se dirigió á 
D. Alvaro. 



244 

— Muchas preguntas me hace usted, 
caballero. ¿No conoce usted que ahora 
sólo debo contestar á las que yo quiera 
dirigirle ? 

— ¿Aun intentas vilipendiarme, vil se- 
ductor? Hiere, mata, y revuélcate en mi 
sangre; pero antes te he de arrancar la 
lengua. 

Dijo, y descargó una tremenda cuchi- 
lla sobre Frasquito, que apenas le hi- 
rió levemente el brazo. 

— ¡Eh! ¿No quiere usted escucharme? 

— No, no, y mil veces no... salvaje.... 
pirata . . . raptor . . . asesino. . . verdugo... 
ladrón. . . traidor. . . 

Y á cada palabra, á cada denuesto, ti- 
raba, uno en pos de otro, una multitud 
de tajos y golpes, que Frasquito, limita- 
do sólo á la defensiva, evitaba con sere- 
nidad. Agobiado por la tenaz insistencia 
de su contrario, á quien suplicaba en 
vano se contuviese y se dignase escuchar- 
lo, exclamó en fin. 

— ¡ Pues que Dios, y su fatal destino 
lo quieren, cúmplase su voluntad! 

Y de agredido convirtiéndose súbita- 
mente en agresor, se lanzó sobre su víc- 
tima ya mal herida, y clavándole su pu- 
ñal en uno de los costados, hizo bambo- 
lear por un instante al buen caballero, 
que cayó por último bañado en su pro- 
pia sangre. Hizo algunos esfuerzos por 
arrastrarse hacia la cámara, acaso para 



245 

dar muerte en persona á su misma hija; 
pero fué imposible A pocos instan- 
tes. . . . exhaló el último aliento invocan- 
do el nombre de Dios, y pidiendo perdón 
al cielo. 

El pirata permaneció absorto contem- 
plando atentamente la agonía de aquel 
esforzado caballero. Todos permanecían 
en silencio religioso, sin avanzar ni re- 
troceder, esperando el término de aquella 
escena. Luego que espiró D. Alvaro, el 
capitán de los piratas dirigió una mira- 
da siniestra sobre todos los que le rodea- 
ban, y dejándola caer á plomo sobre la 
impasible fisonomía del italiano, parecía 
llamarlo en su socorro, porque induda- 
blemente alguna cosa extraordinaria pa- 
saba en lo interior de su conciencia. El 
italiano encogió los hombros, y se alejó 
de aquel sitio: por un momento me figu- 
ré que los remordimientos destrozaban 
aquel corazón de fiera, pero esto fué ins- 
tantáneo. Pronto se disipó aquel tinte 
sombrío y melancólico que en su frente 
se ostentaba. Serenóse, y continuó dan- 
do sus órdenes con firmeza y sangre fría. 

— ¡ Ea, avanzad ! Tomemos posesión 
del buque, y procuremos, ahora mismo, 
reparar sus averías, antes que el viento 
del norte nos obligue á abandonarlo del 
todo. Pero no se olvide traer aguardiente. 
No hay que entrar en la cámara hasta 

Hospital— 16 



246 

que yo lo ordene, porque es allí en donde 
he de saber á quién pertenecía este 
barco, y avisar á los armadores. Antes 
de todo, echad esos cadáveres al agua, 
limpiad la sangre ; y esos pedazos de car- 
ne humana engarzados en los escondrijos 
y grietas, extraedlos muy bien. Con el 
ardiente sol que hace, esto nos traería un 
olor insoportable. ; Ea, despachaos ! 

Hasa entonces nadie había reparado en 
mí, ni me atrevía á presentarme volunta- 
riamente, porque estaba dominado, ago- 
biado, oprimido bajo el peso de los acon 
tecimientos de aquel día. Me parecía to- 
do aquello un sueño doloroso, que ofus- 
caba mis pensamientos, y me rendía, y 
me abatía, y me anonadaba. No: jamás 
he podido olvidar del todo aquel espec- 
táculo, ni aquellas circunstancias, ni aque- 
llos crímenes. . . . ¡ Oh, Dios mío! Con un 
poco más de valor, de poder en el cora- 
zón, yo me hubiera salvado de los peli- 
gros posteriores. Fui débil y pusilánime; 
y quedé vencido. 

El primero que me vio, fué el italiano. 
Fijó en mí su3 ojos azorados, y sin decir 
una palabra, acercóse al capitán, tocóle 
ligeramente el hombro, y en seguida me 
señaló. Frasquito siguió la dirección de 
la mano del contra-maestre, y su mirada 
cayó sobre mí, que la sentí como si un 
chorro de plomo derretido hubiera pene- 
trado hasta la médula de mis huesos. 



J 



247 

Fuéme imposible resistir: me desaté én 
lágrimas y sollozos, no ya por temor de 
la muerte, sino porque conocía que Re- 
fugio y yo volvíamos á quedar á dispo- 
sición de aquel monstruo, que me inspi- 
raba ya un horror profundo é inexplica- 
ble. 

— ¡ Regino mío ! exclamó Frasquito. 
¡ Cómo !, ¿ tú aquí, á bordo de este ber- 
gaíitín, muertos todos, tú vivo y solo? 
¿En dónde está Refugio? ¿Qué habéis 
hecho en tanto tiempo? 

Y con una expresión de infernal ter- 
nura, me echó los brazos al cuello. Di j ele 
que allí estaba Refugio, en unión de una 
hermana suya. Voló á la cámara, y man- 
dó prodigar socorros á las infelices, que 
estaban en ella encerradas. 

— Comprendo, di jome Frasquito, com- 
prendo. Me habéis vendido aquella noche, 
fugándoos á casa de Don Alvaro, y 

— Juro á usted que no. Más todavía: 
Refugio ignora si el señor que venía á 
bordo era su padre : todo lo he descubier- 
to hoy mismo, en fuerza de los aconteci- 
mientos. 

Referíle ligeramente lo que había ocu- 
rrido la noche en que nos separamos, y 
el partido que habíamos adoptado. Ocúl- 
tele algunas particularidades, y terminé 
mi historia con la del ominoso día. Fras- 
quito pareció dudar algo de mi relato; 
pero no me dijo ni una palabra más so- 



248 

bre el particular. Mandó, en sejg^ida, que 
nos transbordásemos á su goleta, que no 
era otfa que la antigua "Invisible" apa- 
rejada nuevamente, mientras que el poco 
restó de la tripulación se ocupaba en ali- 
jar de su carga al bergantín, que había 
quedado inservible de todo punto, según 
observó el italiano. 

— I Diablo ! exclamó prasquito. Es una 
lástima dejar que se pierda tan hermoso 
barco. En fin, ¡cómo ha de ser! Con su 
maldita resistencia, nos hemos quedado 
casi sin gente, cuando era más expedito 
y menos odioso haberse entregado á dis- 
creción, en cuyo caso nada, ni una sola 
gota de sangre hubiera corrido, porque 
en vez de fusilar ó degollar á esos infeli- 
ces, me habría limitado á ahorcarlos á 
todos de las vergas y penóles. ¡Dios les 
pague la intención de querer hacernos 
daño! y lo han conseguido ¡votó va!, lo 
han conseguido. 

Yo no me separaba del lado de las dos 
hermanas, que comprendieron, en fin, lo 
que pasaba. Refugio reconoció á Frasqui- 
to, y pareció tranquila. La infeliz Clemen- 
cia se hallaba sumida en la más deshe- 
cha y deplorable desolación, sin que mis 
palabras de consuelo fuesen parte á tran- 
quilizarla ni á enjugar sus lágrimas. Ca- 
da vez que aquellos brutales piratas pa- 
saban junto á ellas, las miraban con ojos 
satíricos, de una manera que me horrorí- 



249 

zaba. Me decidí á tomar algún refrigerio, 
porque eran ya las cinco de la tarde, y 
desde el café con que habíamos hecho 
nuestro desayuno, nada había probado en 
todo el día. Las niñas tomaron agua con 
algunas gotas de vino. 

En toda la noche estuvo ocupada la tri- 
pulación. A la mañana siguiente, se pe- 
g-aron seis barrenos al roto y desmante- 
lado "J^^vial," y á nuestra vista se fué 
á pique, sin quedar de él el más ligero 
vestigio. Hízose á la vela la "Invisible," 
y tomamos al rumbo del sur. 

Aquel mismo día nos refirió algunas 
particularidades Frasquito, y supimos que 
Carlota estaba en Providencia, en donde 
debíamos volver á vela. Antes de arribar 
á nuestro destino, hubo otra presa. Era 
un buque catalán: entregóse sin resisten- 
cia, y en efecto no corrió sangre, porque 
Frasquito se contentó con mandar echar 
al agua á la infeliz tripulación, que se 
ahogó toda á nuestra vista. En aquel mo- 
mento estaba indignado contra mí mis- 
mo, porque el suceso no me había inspi- 
rado todo el horror que debía esperar. 

Aportamos, al cabo de siete días, á 
Providencia. La "Invisible" entró de día. 
desembarcó todo su cargamento, el cual 
quedó depositado en ciertos almacenes 
de la propiedad de un holandés, con quien 
se entendía Frasquito. Fuimos á casa de 
Carlota, quien, al vernos, se sorprendió 



250 

extraordinariamente. Mas á los pocos 
días Frasquito, el italiano, las tres her- 
manas y yo, vivíamos con la mejor armo- 
nía del mundo. Fuese resignación ó co- 
razón malo y corrompido, lo cierto es que 
yo estaba muy bien ; y olvidándome de 
los pasados horrores, me entregué á los 
placeres con el mayor desenfreno. Aso- 
cíeme con una multitud de mancebos 
aventureros que había allí ; y patria, y re- 
cuerdos, y propósitos, y todo quedó borra- 
do de mi memoria, para disfrutar de la 
vida presente. ; Perdón, Antonio mío, per- 
dón! Yo no puedo fijar la consideración 
sobre estos sucesos, sin experimentar los 
más vivos remordimientos, y la más pro- 
funda vergüenza. 

A poco tiempo salimos á la mar, que- 
dando las tres hermanas en tierra. Fras- 
quito me había asociado á sn especula- 
ción, ofreciéndome el tercer lugar en el 
mando de la "Invisible.'' Una vez malo- 
grada la oportunidad de haber vuelto á 
la vida social, y reconciliarme con el gé- 
nero humano, me ratifiqué de nuevo en 
mis antiguos propósitos, y no vacilé en 
aceptar el partido que se me ofreció. Así 
fué que, siguiendo la suerte y el destino 
de Frasquito, me convertí en pirata; y 
fui un pirata tan malvado y atroz, como 
pudieran serlo un berberisco ó turco de 
los más encarnizados. 

Hablaré de este mi primer viaje, por- 



que en él ocurrió un suceso que me hizo 
extraordinaria impresión. Es referente á 
Frasquito. 

Después de haber tomado ciertos in- 
formes en Walix, fuimos á fondear en 
un placer de arena, que media entre la 
costa occidental de la isla de Cozumel y 
la tierra firme de Yucatán. Aquel había 
de ser el paso indispensable de algunas 
embarcaciones que hacían viaje á Jamai- 
ca, buscando el abrigo contra los vien- 
tos, y más principalmente contra los cor- 
sarios y piratas que recorrían el mar en 
todas direcciones en demanda de' ricas 
presas. No aguardamos en vano: á los 
dos día apareció enfilando aquel estrecho 
un lindo y pequeño pailebot, que á todo 
trapo se dirigía hacia donde la "Invisi- 
ble,'* justificando su nombre, se hallaba 
oculta en una reducida ensenada. Mas de 
improviso, habiéndonos observado sin du- 
da á pesar de nuestras precauciones, acor- 
tó primero sus velas, y luego se puso en 
facha. Frasquito dio orden de cubrir los 
portalones y echar pecho en cubierta, á 
fin de que, si fuésemos vistos, la gente 
del pailebot al notar la poca tripulación 
y la ninguna apariencia de buque arma- 
do, creyese que no éramos sospechosos. 
El pailebot, después de mantenerse algún 
tiempo en facha, marinó, y con el foque 
y la mayor con cuatro rizos tomados, co- 
menzó á aproximársenos muy lentamen- 



252 

te. Ya era un hecho indudable que había 
descubierto á la "Invisible," y venía reca- 
tándose. Apenas estaría á tiro de cañón, 
cuando virando súbitamente en redondo, 
nos dio la popa, y echó á huir largandp 
todas sus velas. 

— ¡ Maldición !, gritó Frasquito, lanzan- 
do á gran distancia en anteojo con que 
observaba. ¡ Maldición ! Vamos á perder 
esta presa, y todas cuantas pudieran ve- 
nir á caer aquí. Este condenado pailebot 
nos va á delatar, y nadie, en lo sucesivo, 
querrá pasar por dentro, sino por la cos- 
ta Cx iental de la isla. Pero no, ¡ voto á tal ! 
No es así como han de burlarse de un 
guapo, que sabe su obligación mejor que 
ninguno. ¡ Ea ! exclamó en seguida, em- 
puñando la bocina. Vivos: larga velas, y 
leva ancla. 

En dos minutos volaba ya la "Invisi- 
ble'' en persecución del pailebot. A las 
dos horas de una marcha forzando velas, 
nos habíamos aproximado bastante á la 
presa, aunque no lo suficiente para co- 
menzar á batirla. Cuando más empeñados 
estábamos dándole caza, vimos con sor- 
presa que aferrando sus velas, había que- 
dado al pantoque. 

— i Fondo ! ¡ fondo ! exclamó Frasquito. 
¡Vive Dios que estamos entre bajos y 
arrecifes, y nos llevan los demonios por 
causa de este infame pailebot ! ¡ Aferra, 
aferra, luego, luego, que el viento carga! 



253 

Echamos efectivamente el ancla, y á 
buen tiempo, porque á'poco habríamos 
caido en una cola de bajos, que veíamos 
velar á flor de agua. Luego que las ama 
rras nos aseguraron que estábamos libres 
de aquel peligro, Frasquito continuó: 

— No por eso se librarán menos, no. 
Se los ofrezco en nombre del Santo Cris- 
to del Buen viaje, que se venera en Vera- 
cruz. ¡ Vamos !, bota lancha al agua, pron- 
to, aunque sea preciso cortar las bozas. 
Vengan seis remeros vigorosos, y seis 
más de respeto, con sus respectivas ar- 
mas. ¡Ea! embarcarse. Usted, nuestro 
amo Genaro, quédese mandando á bordo, 
y que venga Regino. ¡Picaros! ¡Haber 
arrastrado á la "Invisible," el barco más 
fino del mundo, hasta estos bajos y arreci- 
fes ! ¡ Tienen, conciencia estos malvados ! 
Ya me la pagarán. 

Embarcámonos en la lancha, y comen- 
zamos á remar hacia el pailebot, que ha- 
bía barado, y que hacía increíbles es- 
fuerzos para salir de aquel conflicto. Re- 
mábamos sin cesar, y antes de media ho- 
ra estábamos á tiro de fusil. Los del pai- 
lebot nos examinaban sin cesar, y daban 
muestras del mayor sobresalto. 

— ¡ Preparen !, dijo Frasquito. ; Prepa- 
ren, y al primero que asome sobre la obra 
muerta, fuego ! 

Nada: ya que estábamos muy próxi- 
mos, asomóse un marinero viejo, es decir, 



254 

como de cincuenta y cinco años de edad, 
y nos gritó: 

— i En nombre del cielo, si sois corsa- 
rios, venid, apoderaos del barco, y no co- 
metáis ninguna violencia. Nadie piensa 
en resistiros! 

— ¡ Corsarios !, contestó Frasquito. ¡ Ya ! 
¡ Bonitos somos nosotros para meternos 
á corsarios! No, señor: nosotros somos 
piratas, y la prueba es que vais á morir, 
i Fuego, muchachos ! 

Y partieron seis tiros á quema-ropa. 

Desapareció por un momento la fisono- 
mía del marinero detrás de aquella nube 
espesa de humo ; pero al desvanecerse, en 
vez de haber huido aquel valiente, ó que- 
dádose muerto en el sitio, apareció firme 
en su puesto, dejando brillar dos ojos re- 
lucientes que fueron á clavarse sobre los 
de Frasquito. 

— ¡Dios mío!, gritó éste súbitamente á 
los remeros, ¡ ciad, ciad luego, por Dios... I 

Los marineros, azorados, habían vacila- 
do un instante. En seguida hicieron re- 
troceder la lancha. 

Yo no sé qué especie de terror expe- 
rimenté en aquel extraño movimiento. 
Miré á Frasquito, y lo vi pálido, humilde 
y tembloroso. Los ojos de aquel marine- 
ro estaban ejerciendo sobre él una fas- 
cinación inexplicable. 

— ¡Rendid las armas y acercaos!, dijo 
con voz tronante el marinero misterioso. 



255 

■ 

sin separar su altiva y sombría mirada 
de los ojos de Frasquito. ¿No oís, asesi- 
nos? ¡Rendid las armas os mando! 

Todos se convirtieron á Frasquito, co- 
mo para consultarle lo que debía hacerse. 
Estaba á punto de espirar, sobrecogido 
de un pavor vehemente é intenso. Tem- 
blaba como la hoja en el árbol. 

— ; Sí !, murmuró entre dientes. Es pre- 
ciso, porque él lo manda. Remad, y acer- 
quémonos. 

Durante esta ligera escena, los marine- 
ros del pailebot se habían incorporado pa- 
ra presenciarla. Nos tiraron un cable, y 
el marinero viejo dio á Frasquito la mano 
para entrar á bordo. Quedóse algún tiem- 
po examinando su fisonomía, mientras 
que Frasquito, con los ojos bajos y el 
semblante abatido, ordenó que se entre- 
gasen las armas. La verdad, me pareció 
aquello tan arriesgado, y temí tanto el 
caer prisionero de aquella tan singular 
manera, que al notar que nuestra gente se 
disgustaba de aquella ocurrencia, hice un 
esfuerzo, y dije con firmeza y serenidad. 

— Mi capitán, si usted tiene algún mo- 
tivo particular para proceder como lo ha- 
ce, esta gente y yo, que no lo tenemos, 
hemos resuelto no obedecerle, sino cuan- 
do salga de la maligna influencia bajo 
la cual se encuentra. Entretanto, aquí per- 
manecemos en la lancha, y le esperare- 
mos por media hora. Pasado este tiempo, 



256 

• 

yo obraré como convenga. ¡ Ea !, exclamé 
dirigiendo mi voz á la gente: aquí no se 
obedece á nadie sino á mí, hasta que ha- 
llamos recuperado al capitán. 

— Sí, sí: contestaron todos. No nos 
rendimos sino al aire, ó sobre el agua. 

— ¡ Regino ! Tú provocas á estos á la in- 
subordinación : me dijo Frasquito nota- 
blemente alterado. 

— No, mi capitán, repuse yo. No: se 
trata de no entregarnos prisioneros, para 
que no nos ahorquen. ¿Halla usted justo 
sacrificar estas vidas, sin defenderlas? 
No ; y despache usted pronto, que el tiem- 
po corre. 

— Sí, sí, pronto: repitieron nuestros 
marineros. 

— ¡ Regino ! Yo te lo mando : obedece. 
Gritó Frasquito. 

— No obedezco, mi capitán. Usted pue- 
de reembarcarse en la lancha ahora mis- 
mo, tomar el mando de ella, y disponer 
que se me ahorque por mi falta de subor- 
dinación ; pero mientras esté usted en po - 
der de ese hombre, le considero sin liber- 
tad, y por tanto, creo hacer á usted y á 
la tripulación de la "Invisible" un servicio 
importante, rehusando, como formalmen- 
te rehuso, obedecer sus órdenes. 

— Vamos de aquí, dijo el marinero vie- 
jo, llevándose á Frasquito. 

Antes de la media hora se presentó és- 
te, con el semblante sombrío y desenca- 



257 

jado. Embarcóse en la lancha, tomó la 
caña del timón, y mandó á los remeros 
que encaminasen la pequeña embarca- 
ción hacia el sitio en que se hallaba fon- 
deada la "Invisible." Al cabo de algún 
tiempo, se dirigió á mí, y tomando una de 
mis manos, me la estrechó con la mayor 
cordialidad. 

— Bien, Regino, muy bien. Te has por- 
tado hoy como un valiente. Y vosotros, 
continuó dirigiéndose á la gente, obras- 
teis como se debe, i Eh ! Olvidemos, por 
Dios, lo que ha pasado. ¿Me prometéis 
guardar el más profundo silencio acerca 
de la escena extraña que acabáis de pre- 
senciar? 

— Sí, mi capitán, respondimos todos. 

— Yo confío en vuestra promesa; pero 
yo quiero además que me lo juréis. 

— Sí, sí, lo juramos. 

— Bueno: pues yo en uso de mi auto 
ridad, impongo pena de la vida, oídlo 
bien, pena de la vida al primero que vio- 
le el juramento solemne que habéis pres- 
tado. 

— ajusto, muy justo, contestamos todos 
á una, deseando respetar religiosamente 
aquel misterio. 

Esperábamos con ansia indecible el res- 
to del equipaje. Con el anteojo habían 
visto desde á bordo de la "Invisible" los 
movimientos de nuestra lancha al costa- 
do del pailebot, y cuando esperaban, una 



2r58 



> í^ 



refriega, nos vieron volver pacíficamente. 
Yo no sabía cómo el capitán satisfaría 
la curiosidad de todos, cuando fuese pre- 
ciso dar alguna explicación del lance. Sin 
embargo, dióla tan natural y sencilla, que 
todos quedaron contentos, y aun cele- 
brando la ocurrencia. 

— I Diablo ! exclamó. Figuraos. .... ya 
se ve ... . ¿ quién había de sospechar ? Fi- 
guraos que el tal pailebot es cofrade, es 
un pirata; pero ¡qué pirata! Hace tres 
meses que está de vuelta y vuelta, y no 
ha podido apresar sino un mal hongo car- 
gado de cal y sal, que para nada sirven. 
¡ Hágame usted el favor ! \ Cal y sal I Y 
luego. . . cuatro hombres de tripulación..., 
sin papeles . . . , sin patente . . . , sin nada 
para salir de un apuro. ¡ Pobres diablos! 
Nos ven, ¡ Usted dirá !, nos ven en acecho, 
y dan en la flor de creer que somos algún 
buque de la escuadra de S. M. C. Echan 
á huir .... y ¡ ya se ve !, nosotros hemos 
seguido sus aguas, porque era de nuestro 
deber. Se meten en aquel placer de ba- 
jos. . . baran. . . y por poco no nos llevan 
todos los demonios por su causa. \ Eh ! 
ya les he dado un buen consejo, y los he 
despachado con Satanás, para que no 
vuelvan por este rumbo ¡ Ved ! la ma- 
rea ha crecido ... ya el pailebot puede flo- 
tar. . . y se hace á la vela. . . ¡ Buen viaje ! 

En efecto era así. A las dos horas de 



259 

habernos separado del pailebot, desapa- 
reció por el rumbo del norte. 

Nunca he podido averiguar después el 
misterioso influjo de aquel marinero so- 
bre el capitán. Acaso tendría alguna ex- 
plicación acerca de esto con nuestro amo 
Genaro. Por lo que hace á mí, jamás me 
dijo en lo sucesivo una sola palabra con 
relación á tan extraña entrevista, (i) 



Voy á concluir mis memorias. Hartos 
sucesos infames y repugnantes he consig- 
nado en ellas; pero esto nada tiene de 
extraño. Mi vida ha sido un tejido de 
crímenes horrorosos. Víctima sucesiva- 
mente de las tres hermanas, seducidas y 
corrompidas por mi ángel malo el capi- 
tán Frasquito: encenegado en los inmun- 
dos placeres de un amor triplemente in- 
cestuoso, tarde he recibido un triste des- 



(i) Vuelve aquí á interrumpirse la car- 
tera de Regino. Catorce fojas aparecen 
totalmente ilegibles, en fuerza de hallarse 
testadas todas las líneas, sin que haya po- 
dido descifrarse sino una ú otra palabra 
aislada y sin sentido. Todavía no se ha 
averiguado si de esta manera entregó Re- 
gino su cartera á Antonio, ó cuando éste 
se la remitió á Manuel se inutilizaron 
aquellas fojas. Nos inclinamos á creer lo 
último. 



26o 

engaño, á saber, que yo era el juguete 
del capitán y de sus tres mancebas. Sue- 
ños de gloria y de amor ¡ todos se di- 
siparon ! 

Durante la última expedición que hi- 
ce á la costa de Veracruz, en unión de 
nuestro amo Genaro, Frasquito habíase 
quedado en Walix, en donde hacía dos 
años y medio que vivía toda nuestra fa- 
milia. Mis expediciones marítimas solían 
durar tres y cuatro meses ; y en todo ese 
tiempo, Frasquito corría los mares, á.mi 
entender, en otras direcciones. Acabába- 
mos de hacer una presa, y el cansancio 
me había rendido. Hallábame echado en 
mi camarote, medio ebrio, y medio febril. 
Hacía algún tiempo que mi cuerpo se cu- 
bría de ciertas manchas rojizas, que me 
tenían en continuo sobresalto; pero en 
aquel día, además de esa extraña erup- 
ción, sentía en todos los huesos y ar- 
ticulaciones un dolor infernal. Quejába- 
me con angustia cuando entró nuestro 
amo Chiabrera. 

— ¿Tú sufres mucho?, me preguntó. 

— ¡ Oh, muchísimo ! No hay duda, yo 
tengo alguna extraña enfermedad, sin ati- 
nar la causa de ella. 

— Sin embargo, á mí me parece muy 
sencilla. 

— ¿Sencilla, dice usted? Yo no lo com- 
prendo. 

— Dime, á pesar de tu preocupación: 



201 

luego que llegamos á Walix en el viaje 
anterior, ¿qué observaste en la fisonomía 
de Refugio, que todavía es tu predilecta 
entre ellas? 

— Yo ... si . . . es verdad. Su cara, á pe- 
sar de sus facciones agradables, tenia al- 
go de mórbida, de mustia, de convulsiva, 
que . . . que ... 

— Que revelaba enfermedades precoces. 
¿ Nó es esto ? 

— ^Justamente: que revelaba enfermeda- 
des precoces. 

— Bien : allí tienes el misterio de tu en- 
fermedad. 

— ^¡Dios eterno!, ¿qué está usted dicien- 
do? 

— ¡Qué estoy diciendo! Pues, hijo mío, 
esto es muy claro. 

— Pero esas enfermedades á que usted 
intenta aludir, se contraen por contagio. 

— Por lo menos yo así lo creo también. 

— Y ¿entonces? 

— Entonces, todo está explicado, cria- 
tura de Dios. 

— Pues, señor, no le comprendo. Si us- 
ted no habla más categóricamente, es in 
útil prolongar la conversación sobre este 
odioso asunto. 

— ^¿Tú lo quieres? 

— Sí se le ruego á usted. 

— Bien : pues has de saber que Frasqui- 

Hoapltal.-^17 



202 



to adolece, mucho tiempo ha, de una as- 
querosa enfermedad • • • , y . . . 

— Pero Refugio .... 

— Refugio, es una de las muchas víc- 
timas sacrificadas á su lascivia. Frasqui 
to es un oso, un sátiro, un demonio.... 

— |Ah! todo estaba ya claro para mí. 
Yo había sido miserablemente burlado 
por aquella infame pandilla. Lloré de des- 
pecho y de furor, y en aquel momento 
juré vengarme de todos mis enemigos, 
exterminarlos, y hacer con ellos un san- 
griento ejemplar. ¡Santo Dios! Aquel 
malvado, aquel odioso capitán, habíame 
sumergido en un abismo de crímenes, 
para hacerme la criatura más desgracia- 
da. ¡ Ah ! esos lloros y lamentos no eran, 
sin embargo, efecto de los gritos de mi 
conciencia, no eran los remordimientos, 
no. Sólo veía mi amor propio ofendido, 
burlado, escarnecido vilmente... y... 
i qué sé yo ! Era un tigre sediento de san- 
gre y de matanza. 

Todos estos siniestros pensamientos 
cruzaban en lo interior de mi alma. Para 
acertar mejor en los medios de venganza 
resolví callarlos, y no revelar cosa algu- 
na á nuestro amo Genaro. Marinamos, 
pues, para Walix... aportamos. . .y 
Frasquito y las tres hermanas habían des- 
aparecido. Nuestro amo me dijo que no 
me alarmase, que esperase unos días, pues 
Frasquito y sus cómplices habían par- 



203 

• 

tido á Jamaica á realizar la venta de cier- 
tos sobornales de añil y grana que había- 
mos robado en la mar, un año antes. Apa- 
renté conformarme con aquella explica- 
ción, y guardé silencio. 

A la noche siguiente partí para Ja- 
maica en un buque inglés. Tomé informes 
al llegar, y supe que J'rasquito se había 
dirigido á Nueva-Orleans. Volé en per- 
secución suya... y nada pude conseguir: 
en aquella vasta población me desorienté, 
y perdí la huella de los fugitivos. 

Entonces comencé á sentir todo lo ho- 
rroroso de mi situación anómala y sin- 
gular. Caí enfermo gravemente, y duran- 
te esta enfermedad, que los médicos cali- 
ficaron de venérea, agoté todos mis re- 
cursos. ¡ No tenía, sin embargo, motivos 
para quejarme! Todo lo que yo poseía 
era robado. Enfermo y miserable, triste, 
abatido y débil, aconsejáronme unas bue- 
nas gentes que viniese á Campeche á mu- 
dar de temperamento. Vacilé algunos días 
porque me era duro renunciar á mis sen- 
timientos de odio, y á mis proyectos de 
venganza . . . pero en fin, mi ánimo esta* 
ba tan decaído, que adopté aquel par- 
tido con la misma indiferencia con que 
habría adoptado cualquier otro. 

Llegué á Campeche .... caí malo, muy 
malo, de un acceso de vómito .... y me 
hicieron la caridad de enviarme al hos- 
pital de San Juan de Dios. A los pocos 



204 

días me restablecí; pero quedé tan exte- 
nuado, que inspiraba lástima y compa- 
sión á todo el mundo: los encargados de 
la casa no tuvieron valor para lanzarme 
á la calle, y permanecí en aquel santo es- 
tablecimiento, llorando mis culpas, los 
crímenes de mi vida pasada, y arrastran- 
do mi triste existencia por aquellos vas- 
tos corredores. Yo notaba que el médico 
me examinaba con asiduidad, que algunos 
dependientes me esquivaban, y que los 
alimentos me los servían en loza separa- 
da. ¡ Dios mío ! Un practicantes me había 
dicho yo no sé que palabras misteriosas 
sobre cierto hospital de San Lázaro, en 
que se daba acogida, y se encerraba para 
siempre á los leprosos. Yo temblaba de 
pavor al escuchar estas especies vagas. 
Siniestros presentimientos me asaltaban. 
Soñaba en horribles monstruos y en fan- 
tasmas vanos, y veía espectros malignos 
que me llenaban de terror. 

Quise fugarme de San Juan . de Dios. 
¡ Imposible ! Pedí licencia para salir. ¡ Me 
fué negada! 

Una tarde . . . | qué tarde !, ¡ Dios mío, 
qué tarde!... me trajeron con engaño á 
este hospital . ¡ Yo estaba completamente 
lazarino ! ! ¡¡ Lazarino para siempre ! ! 



"•^"/^^§ft§^V*" 



CARTA X. 



ANTONIO A MANUEL 



San Lázaro, 17 de Abril de 1824. 

Querido mío. Bien recordarás, sin du- 
da, que una de las más fuertes Impre- 
siones que recibí cuando á esta casa lle- 
gué, desterrado para siempre de la vista 
y cuidado de mis padres y amigos, fué 
la fatídica exclamación de aquel pobre 
lazarino que, al pasar junto á rrií, me se- 
ñaló á los demás enfermos con aire som- 
brío diciéndome, de una manera qiie me 
heló de espanto: "¡Mire usted los estra- 
gos que causa el vicio !" Pues bien : ni la 
verdad y .justicia de la observación, á 
lo menos respecto de mí : ni el sentimien- 
to de piedad que inspira la situación de 
un prójimo condenado á sufrir la muerte 
lenta y penosa de los leprosos : ni la iden- 

Hospital— 18. 



••■V. r^^^^ •w.Ti^'% 



/ 



tidad de cii^unstaiicitó en ^t -%se de^ 
venturado y yo nos etttSf»fttramos, sufrieti* 
do una misma dolencia, viviendo bajo 
im tmismo techo, y sujetos á la misma 
clase de privaciones y tormentos; nada, 
en fin, ha sido parte á destruir, á arran- 
car de mi ánimo susceptible la funesta 
prevención que dejó en él aquella espe- 
cie de infernal anatema, aquel grito de 
maldición arrojado en medio de un rapto 
de misantropía ó delirio. En vano he lla- 
mado en -mi ayuda á la religión, á la hu- 
manidad y á lá filosofía. En vano aquel 
infeliz ha hecho esfuerzos por granjearse 
mi afecto, procurando dar á sus descom- 
puestas y lívidas facciones, la benévola 
expresión de la amabilidad. En vano ha 
llorado horas enteras al observar la mal 
disimulada antipatía que yo experimento 
respecto de él, sin que pueda penetrar el 
verdadero motivo. Nada, amigo mío, na- 
da ha bastado á desterrar esa fatal preo- 
cupación, que es hasta hoy uno de los 
más acerbos tormentos de mi vida. 

¡ Qué angustia ! Este infeliz que de tan- 
tos consuelos necesitaba, que vanamente 
buscó un alivio en mi benevolencia, que 
imploró mi compasión de una . manera 
tan patética y tan insinuante... este in- 
feliz ha caído antes de ayer en agonía, 
cu esa agonía anhelosa por la cual pasan 
los que están condenados á morir en este 
suplicio. Envióme, pues, á llamar por me- 



dio del capellán, y no tuve corazón para 
resistirme. Apreté temblando la' mano cíe 
Regino, y me dirigí al triste y ominoso 
aposento en que se hallaba el moribun- 
do, sacando fuerzas de flaqueza para no 
sucumbir en la extraña prueba á que yo» 
iba á exponerme. 

Entré: un sudor helado cubría mi fren-^ 
te : mi respiración se cortaba : agitábanse 
todos mis miembros con desusada violen- 
cia; y los objetos se confundían á mi 
vista. Una voz bronca y desapacible sa- 
lió de un obscuro rincón. 

— \ Por Dios . . . . ! Acerqúese usted, ca- 
ballerito: díjome casi llorando. 

Mas yo permanecía clavado en medio 
del aposento acometido de mortal pavor. 
El capellán me empujó cchi dulzura ha- 
cia el lecho del moribundo; y entonces 
pude distinguir aquel cuadro en todos sus 
detalles. Es de una naturaleza tan horri- 
ble, que no me atrevo á reproducirlo con 
la pluma. Basta que sepas que hasta en- 
tonces np había visto en San Lázaro un 
espectáculo más formidable, ni que hu- 
biera causadp en mi espíritu un trastor- 
no más completo. La voz del agonizante 
prosiguió : 

— Conozco. . . sí. . . conozco que ins- 
piro á usted repugnancia y aversión. No 
ha parado por mi .... no, el que usted 
persevere en ese funesto afecto. ¡ Ay ! L^no 
(le los más vivos .tormentos que me aque- 



268 . . 

jan.... yo. lo juro... ha sido verme so- 
metido á esta rigorosa prueba. 

— Olvídelo usted todo, pobre amigo: 
ya esto pasó, y ahora quiero consolarle en 
cuanto de mí dependa : acerté á replicar- 
le, algo turbado y vacilante. 

— Gracias, continuó, gracias. Lo que 
usted acaba de decirme... si... es nuiv 
consolatorio, y disminuye, en parte, lo 
horrible y doloroso de mi cruel agonia. 

Hizo un ademán como para incorpo- 
rarse, y retrocedí espantado hasta el tini- 
bral de la puerta del aposento. Fué éste 
un movimiento instintivo, que no pud? 
reprimir. Avergoncéme de mi ligereza, y 
écheme en cara este rasgo de crueldad. 
El desventurado enfermo sollozó amar- 
gamente: también lloraba yo, y procuré 
recobrarme del miedo que involuntaria- 
mente experimenté. A instancias del ca- 
pellán volví á aproximarme, é hicelo con 
la posible entereza. Cerré los ojos, me 
arrodillé al pie del lecho, tomé en las mias 
una de las destrozadas manos del enfer- 
mo y llévela á mis labios. Si. . . . yo 

debía esta especie de reparación al infe- 
liz, á quien en vez de consuelos no había 
podido darle sino una nueva pesadumbre. 
Más de media hora transcurrió antes que 
pudiese el paciente recobrar el libre uso 
de la palabra. ; Tanto así habíale afec- 
tado mi conducta! 

— Señor, prosiguió dirigiéndose al ca- 



pellán: yo.... quiero hablar á solas con 
este cabibllero, porque por medio de él es- 
pero lo que hace tanto tiempo he pedi-^ 
do al cielo: la paz de mi espírilu. Nece- 
sito prepararme para el último . trance.. .^ 
que va á llegar... Debo confesarme.., 
arreglar mis cuentas con este mundo, pa- 
ra poder comparecer tranquilo ante el 
inexorable tribunal del que está allá arri-^ 
ba^ y á quien no es posible engaliair. . .r 
Si: yo á. todo estoy dispuesto > pero ten- 
go que hablar antes con este joven. ¡ Sólo 
él puede proporcionarme el consuelo, dé 
que tengo .... j ay de mí ! , . . tanta nece- 
sidad! 

Mi angustia había llegado á su colmo 
durante este breve discurso. Mientras ha- 
blaba el moribundo, yo permanecía arro- 
dillado, y tiraba suavemente de la sotana 
al capellán, como para obligarle á no 
abandonarme á solas con el enfermo. 
Mas una mirada del respetafble sacerdote 
bastó á infundirme valor y tranquilizar- 
me. Fué aquella una mirada llena de re- 
convención contra mi conducta tan poco 
cristiana: deseché, pues, todo temor pue- 
ril, y con entereza rogué al capellán que 
nos dejara solos. Hízolo así. y quedamos 
mano á mano aquel hombre terrible y yo. 
Los ojos de mi interloc^itor, de opacos y 
sombríos habíanse vuelto brillantes y se- 
mi-fosfóricos. Como su rostro era una 
masa informe de carne corrupta y pes- 



2^0 

tilente, aquellos ojos redondos, negros y 
colocados en cóncavos profundos, sin 
párpados, ni pestañas, ni cejas, parecían 
los ojos de un buho que i\ !a media noche 
está en acecho desde s^ fúnebre ciprés, 
recreándose con el siniestro olor que ex- 
halan las fosas de un cementerio. Yo me 
hallaba á punto de espirar. 

— Ruego á usted, buen joven, dijome 
el enfermo aJ cabo de unos instajites: 
ruego á usted que procure serenarse. Veo 
que es imrposible arrancar de su corazón 
ese odio funesto que me profesa, y . . . 

— I Oh ! interrumpík : no me martirice 
usted por Dios. ¡ CWio no, pobre amigo, 
no es odio. Conñésole que necesito de su 
indulgencia y perdón; pero no es por 
odio que le haya cobrado, supuesto que 
usted no me ha hecho «mal ninguno. 

— Bien, me conformo : no hablemos del 
asunto, ya que le mortifico ; pero tranqui- 
lícese usted para escucharme: si, es pre- 
ciso que usted se tranquilice, si ha de 
oirme lo que tengo que comunicarle. Me 
interesa, interesa á la salvación de nvi al- 
ma hablar con usted, y obtenec de su bon- 
dad el favor que voy á pedirle. 

Sen teme en un banco junto al lecho, y, 
asombrado, esperé la explicación que iba 
á hacerme aquel hombre singular. El en- 
fermo permaneció en reposo un momen- 
to: luego se convirtió hacia mí. 

— Sí . . . sólo usted en el mundo puede 



271 

Viacemie el singular favor que voy á pe- 
dirle..... y lo hará iisted no lo du- 
do . . . porque sería demasiado cruel que 
usted me lo negase, cuando lo imploro en 
los últimos y dolorosos momentos de mi 
angustiada existencia. Ha de saber usted 
que yo he sido muy malo. 

— ¿ Quién está exento de culpas en este 
mundo? 

— Es verdad ; pero las mías son de tal 
entidad. . . ., son tan infames y de un ca- 
rácter tan odioso .... ¡ Ah ! Ese consuelo 
no basta á los criminales famosos, como 
yo. ¡ No hay crimen, tal vez, con el cual 

no me haya «manchado! La miseria 

la lepra misma con todos sus horrores, no 
pueden hacerme compurgar uno soio de 
mis feos y negros crímenes. 

— Dios tiene abiertos los tesoros de su 
misericordia infinita para el pecador arre- 
pentido. 

— Si no fuera porque asi lo cieo con 
fe viva.... hace mucho tiempo que hu- 
biera acabado de destrozar, de un solo 
golpe, mis frágiles y mutilados miem- 
bros. No es el amor de la vida perecede- 
ra, ni el deseo de prolongar esta marti- 
rizante existencia, ni la esperanza de ha- 
llar remedio á esta horrible enfermedad, 
lo que me ha alejado del suicidio, en el 
cual he estado pensando años enteroo*. 
no. Lo que me ha retraído. . . es la idea 
de otra mejor vida, si llegaba á obtener 



272 

el per<ión ¡si. Dios mío! el perdón, 

que imploro de tu inmensa bondad. 

Mi emoción crecía de memento en mo- 
mento. Aquella escena tenía no sé qué 
analogía con algunas de las que ha de- 
lineado el Dante en su poema del "Infier- 
no." Mis sentidos estaban en un potro: 
mi alma se hallaba contristada, porque 
me parecía escuchar, la más siniestra re- 
velación. El agonizante continuó, después 
de haber enjugado dos gruesas lágrimas 
saturadas de sangre corrupta, que brota- 
ron de sus descarnados ojos. 

— -Entre los nuímerosos crímenes de 
que voy hablando, tino que ha sido causa 
de mil desgracias, es el que pesa más po- 
derosamente sobre mi corazón. Ese cri- 
men, buen caballero, es el que más me 
agobia, t\ que atormenta más crudamente 
mi existencia, y del cual, si no logro per- 
dón del agraviado, llevaré ese horrible 
torcedor al otro muodo. Moriré entonces 
sumido en la desolación . . . desesperado..., 
3» Dios. . . tal vez. . . no tendrá piedad de 
mí, ... 

— I Ah! Hable usted, pobre amigo, ha- 
ble usted. ¿Puedo yo hacer algo en be- 
neficio suyo ? ¿ Tengo medios, por ventu- 
ra, de proporcionarle ese consuelo ? 

— Sí, señor. Más todavía: sólo usted 
puede, proporcionármelo. 
— ¿Sólo yo? Enhorabuena: explíqueme 



^73 

usted, explíqueme usted, por Dios, este 
misterio qu^ no comprendo, 

— Nuestro amo Germán es amigo de 
usted. 

: — ^¿Nuestro amo Germán, el sepultu-» 
rero? 

— Er mismo. Sólo usted és capaz de re- 
ducirle á tener conmigo una entrevista. 

— Corro, voy volando á traerle á este 
sitio sin perder instantes. 

— :No, deténgase usted. Todo se malo- 
graría con la precipitación. Ese hombre 
no sabe si yo estoy aquí. Usted le diría; 
que un moribundo, un pobre lazarino, en 
la última crisis de su doleíicia, quiere ha- 
blar con él, para comunicarle asuntos gra- 
ves de conciencia. Germán es bueno, hon- • 
rado, caritativo y jamás ha hecho mal á 
persona alguna. Vendría... sí ven- 
dría, estoy seguro de ello; pero no lo es- 
toy de que al reconocerme, al verse ines- 
peradamente en presencia de este mal- 
va-do infame, pudiese dominarse y escu- 
charme con calma y serenidad. 

— Comprendo: usted le ha ocasionado 
algún mal, algún perjuicio gfave. No im- 
porta; conozco su alriía generosa. . . y lo 
perdonará: no lo dude usted ni un mo- 
mento. 

— Así lo espero, porque no creo haber 
pedido en vano al cielo este beneficio de 

la Providencia ; pero es hombre los 

males que le he causado son gravísimos. 



2/4 

y quiero que usted le prevenga para es- 
ta conferencia que le pido. He aqui la 
buena obra que va usted á hacer en fa- 
vor de este ser infeliz y. abandonado de 
todo el mundo. 

— Bien: aplaudo su juiciosa previsión. 
Déme usted sus instrucciones para obrar, 
porque ya es este un asunto que me inte- 
resa, líable usted, que yo confio en el 
logro de sus buenos propósitos. 

— ¡ Dios me lo conceda ! Es preciso que 
usted se dirija á Germán^ ahora mismo 
si es posible. Dígale que un antiguo co- 
nocido suyo está encerrado hace algunos 
años en este hospital de leprosos, sufrien- 
do la horrible enfermedad que padecen los 
lazarinos : que el desvalido leproso ha to- 
cado ya al término de su triste carrera, 
y. . » . que va á morir luego, muy pronto. 
El naturalmente preguntará á usted quién 
es ese hombre. .. Usted le dirá; pero dí- 
gaselo con miramiento: Usted le dirá 
que ... ¡ ah ! . . . . este nombre le produci- 
rá un horror inexplicable. No Importa: 
es preciso. Dígale usted que me llamo.., 
Juan Cruyés 

¡;Juan Cruyésü grité aterrado lanzán- 
dome fuera del aposento, pues creí hallar- 
me en presencia de aquel malvado, origen 
funesto de mis desgracias. Mas luego que 
respiré el aire libre, fijáronse un tanto mis 
ideas, reflexioné y me pareció que debía 
tranquilizarme. Era imposible que esc 



275 

de^^aciado moribundo, entrado ya en 
edad provecta, fuese aquel joven depra- 
vado que me había sumergido en este 
abismo sin fondo. Ni la estatura. ... ni las 
formas. . . . nada en fin indicaba seme- 
janza entre el hombre á quien acababa 
de volver la espalda bruscamente para 
evitar su presencia, y el famoso bandido 
que me iperdió. Volví entonces al apo- 
sento. . . . corrido, avergonzado de mi im- 
portuno sobresalto, y di satisfacción, co- 
mo mejor supe, al desgraciado que reci- 
bía de mí un nuevo golpe sobre los mu- 
chos que le habían precedido. Hacíame 
fuerza, sin embargo, que uno y otro, se- 
gún todas las apariencias, á la identidad 
del nombre hubiesen reunido una misma 
disposición al mal, y entrambos fuesen 
criminales insignes. Mas al fin, esto no 
tenía nada de particular, ni mucho me- 
nos de imposible. El pobre lazarino aún 
no se había recobrado de la sorpresa, 
cuando me senté de nuevo junto á su le- 
cho. 

— I A usted también ha aterrado mi 
nombre!, exclamó. ¿Me conocía usted 
por ventura? ¿Sabía usted que ese nom- 
bre era el de un malvado? 

— No, pobre amigo, no. Puede usted 
estar tranquilo sobre esto. Yo conocí á 
mi joven. . . á un infeliz que n^e parece se 
llamaba asi como usted, y esta circuns- 
tancia me sorprendió, y confieso que no 



276 

dejó* de icausarme alguna impresión el 
figurarme, de improviso, que ese joven 
estuviese en S. Lázaro. Pero, ya lo ve us- 
ted. Ese de quien hablo es un joven, y us- 
ted, pobre amigo, es un hombre ya ma- 
yor. 

— Es extraño y de veras que la 

especie no deja de llamarme la atención. 

Aparentó conformarse, no obstante: 
suspiró profundamente, y luego prosi- 
guió: 

— Germán se ha de resistir á hablar 
conmigo, porque mi nombre, el nombre 
del que tanto mal le ha hecho, sin duda 
excitará su indignación. Tal vez me cree 
muerto ; y al saber que yo existo . . . aun- 
que me faltan pocos momentos para es- 
pirar. . . no será dueño acaso de reprimir 
su ira. ¡ Ah ! le conozco mucho. Es man- 
so y de condición apacible: pero cuando 
llega á encolerizarse, se desborda su fu- 
roro como un impetuoso torrente. El fa- 
vor que pido á usted es que interceda por 
mi, procure calmar su enojo y vencer 
su resistencia. Sí, venga usted con él, an- 
tes que ya me sea imposible toda expli- 
cación porque me falte la palabra. 

— Harelo así. ¿Qné más? 

—Nada más. En nombre de Jesucristo, 
ruégole á usted que no vuelva aquí, sí- 
no en compañía de ese hombre. De es- 
to depende, acaso, la salvación de mf al- 
ma. 



' ^77 

Sepáreme del lecho del moribundo, y 
corrí á buscar á mi viejo amigo. Hállele 
en el cementerio ocupado en arreglar, 
con minuciosa escrupulosidad, el esque- 
leto de un hombre, cuyos restos se ha- 
bían exáiiíma-do en aquella mañana, y de- 
bían transladarse á una iglesia. Reíase 
nuestro amo Germán contemplando el 
extraño y miserable conjunto de los des- 
pojos de un ser lleno antes de vida y ani- 
mación, y convertido hoy en un montón 
de polvo y de huesos dislocados ó iner- 
tes: la risa sardónica, inmutable, fija y te- 
naz de la calavera, que el sepulturero ha- 
cía girar entre sus manos, parecía que 
excitaba la hilaridad de mi amigo. ¡Tan- 
to influye el hábito en el carácter y cos- 
tumbres de los hombres! 

— ¡Cómo! ¿Se ríe usted de esa calave- 
ra, nuestro amo? Pregúntele entre serio 
y jovial á mi amigo. 

— Lo que es de ella que digamos, no 
tal. Rióme, sí, de la vanidad del mundo, 
de las extravagancias de la pobre huma- 
nidad, y de lo efímero é insustancial de 
la vida. 

— Pero me parece que eso más es para 
llorar, que para reir. 

— ¡ Qué iquiere usted ! Esta calavera me 
recuerdn algimas cosas Figúrese usted 
que el dueño de ella era im icven piloto, 
guapo, emprendedor, hijo de padres aco- 
modados, de buena instrucción, v de un 



¿78 

ardor juvenil, que no parecía sino que iba 
á ser eterno en el mundo. Hablaba como 
siete personas juntas, y cuando jugaVa 
el "mus" metía ima algazara de mil de- 
monios. Hoy hace justamente dos a ios 
que en el muelle, delante de mí y d€ otro? 
viejos que teníamos traza de esperarle 
largo tiempo en la tierra de los calvos, 
apostó que haría un viaje redondo de 
Campeche á la Habana y de la Habana á 
Campeche en solo once días; y que su 
padre, dueño del buque, habría de ganar 
seis mil, ocho mil, ¡ qué sé yo cuántos mi- 
les de pesos! Podía haber perdido la 
apuesta por solo un viento á la cabeza, 
un chubasco, una calma, el encuentro con 
un corsario, en fin, por cualquier friole- 
ra. Pero Dios tomó el negocio por lo se- 
rio, y en aquella propia mañana envió á 
cargo y consignación del piloto hablantín 
una horrible fiebre, y á las veinticuatro 
horas ... i hombre al agua ! Vino á dar 
sin más ni más en manos de este vejete, 
que le proporcionó suave descanso sobre 
un mullido colchón de tierra. ¡Ya se ve! 
Dicen que el hombre pone y Dios dis- 
pone.... Mire usted qué hermosa cala- 
vera.... blanca.... recia.... flamante... 
ni un solo diente de menos. 

Rechacé bruscamente aquel objeto, que 
el. sepulturero se empeñaba en pTeseníar- 
me á los ojos materialmente, y supliqué- 



279 

le me oyese, pues tenía que hablar con 
él sobre cierto negocio urgente. 

. — Siendo así, di jome acabando de aco- 
modar aquellos huesos en una pequeña 
caja de plomo, luego me tendrá usted á 
sus órdenes. 

Fui á sentarme en uno de los bancos 
de piedra que están por la parte exterior 
de la puerta del cementerio. A pocos mo- 
mentos presentóse nuestro amo Germán 
en actitud de emprender un paseo, á lo 
cual había creído que se dirigía mi in- 
vitación. 

— Y ¿á dónde nos dirigiremos hoy? 
Preguntóme con su habitual tono de fa- 
miliar cariño, pasando lentamente el ce- 
rrojo de la puerta. 

— Hoy, respondíle, no se trata de pa- 
sear. Asunto muy importante es el que 
me trae, y quiero que usted tome asiento 
en este sitio, aquí junto á mí, y escuche 
con calma lo qiíe voy á decirle. 

Miróme el viejo con aire de extrañeza, 
y obsequió mi formal invitación. 

— Se trata, proseguí, de una buena obra 
que depende de usted. 

— ¿Qué depende de mí? ¡Es raro! 

— Sí, señor: depende de usted. 

— Supuesto ([ue es una buena obra, y 
que depende de mí, es negocio concluido. 
Déla usted por hecha. 

— Tomóle á usted la palabra, nuestro 
amo. 



28o 

— Sin vacilar: sí, señor. Cuando usted 
me propone eso que llama "buena obra" 

desde lu^go será una cosa racional 

justa... honrosa.... en fin, una buena 
obra. Me basta. 

— Se trata de consolar á un pobre en- 
fermo, á un moribundo, á un infeliz que * 
va á dar cuenta á Dios, y desea con ansia 
hablar con usted. 

— ¡Ola! ¿Pues en qué nos detenemos? 
¿No ve usted que cada momento de re- 
tardo puede ser fatal á ese pobre mori- 
bundo? Corramos, amigo Antonio, corra- 
mos luego. Quién sabe lo que me que- 
rrá : no importa, es un moribundo, y nada 
debe negarse á un moribundo. 

— ^¿Y si fuese un lazarino? 

— ¿Y usted me dirige semejante pre- 
gunta? Si fuese un lazarino, esa sería una 
razón de más para volar en su socorro. 
Vamos, que la muerte camina siempre 
de prisa, y no acostumbra hacerse aguar- 
dar. 

— ¿Y si usted fuese un enemigo suyo? 

— ¿Enemigo? Yo... yo de nadie soy 
enemigo. Contestó el sepulturero, mo- 
viendo pausadamente la cabeza en ade- 
mán negativo, y mirándome de hito en 
hito como para buscar en mis ojos la ex- 
plicación de aqueMa palabra. 

— Miento, dijo después de algunos ins- 
tantes : yo no he dicho la verdad á quien 
mas que nadie tiene derecho á no ser en- 



28l 



ganado por mí. En efecto soy mortal 

enemigo de un perverso, de un infame. . . 
qu«e si le hubiera á las manos. ... ¡yo sa- 
bría ahogarle entre ellas! Vamos... yo 
estoy soñando, amigo mío . . . . ¿ qué quie- 
re usted? Suelen ocurrir algunas espe- 
cies .... Nada : lo dicho dicho : yo de na- 
die soy enemigo, porque ese de quien que- 
ría hablar debe de haber muerto á esta 
hora. ¡ No permita Dios que viva aún ! 

— ¿Y si viviese? 

— ¡¡Si viviese!! Si viviese aún y pudie- 
se apoderarme de él ... . ¡ ah qué felici- 
dad . . . ! le arrancaría el corazón ... y pal- 
pitante .... 

— ¡¡Nuestro amo!! 

— Perdone, usted, Antonio mío: yo me 
he dejado arrebatar; pero. . . usted no sa- 
be. . . hasta dónde sube mi furor. . . cuan- 
do me asaltan ciertos recuerdos. Expli- 
qúese usted. ¿Qué sucede? No me atrevo 
á creer que sea usted un ángel malo para 
su viejo Germán. Sin embargo, sus pa- 
labras. . . esas observaciones. . . esas pre- 
guntas . . . . í Por Dios, Antonio mío ! Yo 
estoy temblando. . . ¿Qué hay? 

— Calma, amigo mío, calma. Un ago- 
nizante, un pobre lazarino que va á es- 
pirar .... Juan Cruyés, en fin, quiere ha- 
blar con usted 

— ¡justicia divina, al cabo van á cum- 
plirse tus designios! ¡Juan Cruyés vive, 
y está de mi tan cerca!! Vamos, amigo 

Hoipltal— 1». 



282 

mío, corramos á ejecutar los decretos de 
la -Vi.:eiicia, que ha encaminado á ese 
infame hasta ponerle al alcance de mi 
venganza. ¡Jtian Cruyés, Jtian Cruyés! 
¡ Vivías, verdugo ... y vivias casi á mi 
vista ! Si: . .corro. . . á bañarme en su in- 
munda sangre. 

Al decir estd de una manera que me 
llenó de horror, lanzóse el sepulturero 
en el camino del hospital," y con tal ra- 
pidez, que á duras penas íogré alcanzarle 
á tiempo de entrar en el edificio, y dete- 
nerle con todas mis fuerzas, gritánd'>lc : 

— ¡ Nuestro amo Germán T ¡ En nom- 
bre de Dios vivo! ¿Qué va usted á hacer? 
¿Está usted loco? ¿Debía yo esperar, de- 
bía esperar su hijo Antonio escogido pa- 
ra' una misión de paz y de caridad, que 
díé^é usted á sus palabras tan siniestra 
acogida?* Sí -me estima usted en algo, si 
aprecia mi amistad como mil veces me ha 
repetido... yo se lo suplico.... detén- 
gase usted y escúcheme. 

El sepulturero retrocedió conmigo has- 
ta alguna dií^tancia, y sé detuvo luego, 
mirándome de una' manera terrible. Yo 
continué: 

' -r-Sí, señor : es una locura imperdona- 
ble en un hombre de lá sensatez y cordu- 
ra que. usted ha manifestado siempre. Es 
uñ ctiñiéh en un cristiano, que compren- 
de algo ías sana$, máximas' de su religión. 
¡Qiiién asesina á liri moribundo indefen- 



283 

so, y que apenas respira difícilmente en 
el lecho de su dolor! ¿Y qué gloria resul- 
taría á usted de una acción tan bárbara 
y cruel? ¿Y no ve usted que se perdería 
miserablemente, y sería víctima de su 
loco arrebato? 

El pobre viejo, sin responderme, se de- 
jó caer sobre la yerba, apoyó la cabeza 
en sus rodillas, y se entregó á la medita- 
ción más profunda. Coloqueme junto á él, 
sin decir una sola palabra, y esperé que 
interrumpiese aquel sombrío silencio. 

Abismados en yin mar de .reflexiones, 
y arrebatados, por decirlo .así, á una es- 
fera desconocida, insensiblemente pasa- 
mos hora y media sentados sobre la yer- 
ba. El sol .de la tarde, al tiempo de su- 
mergirse en las ondas, ensanchó su en- 
cendida y sangrienta faz., fenómeno fre- 
cuente en los meses de la quema, y dio a 
todos los objetos de la tierra, una. apa^ 
riencia siniestra. La refracción de sus ra- 
yos, sin embargo, coloreó de carmín, ná- 
car, oro y azul á mil grupos de nubeci- 
llas ligeras, que gradualmente fueron di- 
sipándose, como se disipan las dulces ilu- 
siones de la vida. El suave terral comen- 
zaba á mecer blandamente las copas de 
los cocoteros de la playa; y entre tanto, 
mi artigo sólo daba señalas de que vivía, 
por su respiración fuerte é irregular. Era 
ya de noche, y aquella .especie, de delí- 



284 

qüio subsistía aún. Por fin, hizo un mo- 
vimiento brusco y se incorporó. 

— ¡Adiós, Antonio! Díjome con aire 
solemne y mesurado. 

— ; Cómo ! ¿ No iremos á ver al enfer- 
mo? 

— Ahora... no: es imposible. 

— ^¿Y tendrá usted valor para prolon- 
gar por más tiempo el martirio de ese 
desventurado, que espera la presencia de 
usted como pudiera esperar su salvación 
eterna? 

— Ahora no puedo verle. 

— ¡Ah! Eso es demasiado cruel, y no 
me hubiera atrevido á creerlo, teniendo 
usted tan buen corazón. 

— ¿ Y qué tiene que decirme ? ¿ Para qué 
pretende esta entrevista? ¿Piensa, /on sus 
llantos y suspiros, volverme cuanto me 
ha arrebatado, volverme la paz, la felici- 
dad, la honra de mi vida? ¡Sufre mucho! 
¿Y qué puede compararse con lo que yo 
también he sufrido por su causa, sin em- 
bargo de mi inocencia? 

— Pero va á morir en medio de los más 
duros toniientos, y tal ve;; querrá que 
usted lo perdone. Apiádase usted de este 
infeliz. 

— Pues bien : dígale usted, de mi parte, 
que 1¿ perdono de corazón ; y que pediré 
á Dios que le dé unti buena muerte. No . 
puedo hacer más. 

— Sea usted dócil, nuestro amo Gcr- 



á85 

man. ¡ Pobre hombre ! Es un lazarino, co- 
mo yo, y quiere tener una entrevista con' 
usted. ¡ Si, contemplará usted, per un so- 
|o instante, su horrible situación! fsiO' 
hay remedio: es preciso verle. 

— No, mi querido Antonio, no. Esta 
entrevista es imposible hoy: lo conozco, 
y sería engañarle si aparentase acceder 
á sus instancias. De aquí á tres nias. . . ó 
menos.... mañana tal vez... ¡Oué sé 
o que es hoy no puede ser. Ne- 
cesito de algún tiempo para tranquili- 
zarme y cobrar el valor suficiente para 

ver con serenidad á ese monstruo ¡á 

ese pobre lazarino! 

— Pero ¿ha reflexionado usted que toda 
dilación sería peligrosa, y que si usted 
ofrece verle mañana, eí infeliz no es due- 
ño de prolongar su vida hasta el plazo 
que se quiera fijarle? ¿Quién responde de 
cfue mañana vivirá aún? 

— ¿Y qué quiere usted que yo haga? 
¿ Por ventura, soy yo de piedra ó de bron- 
ce? ¿No soy hombre, no tengo sangre 
en las venas, no tengo pasiones? ¿Quie- 
re usted hacer un milagro, obligándome 
a suspender, de un solo golpe, el odio 
profundo y justo de que estoy. . . poseído 
contra ese miserable, de quien creía estar 
libre en lo absoluito? No, mi amigo An- 
tonio, no. Si llegara á verle hoy, no res- 
pondo de mí: le mataría sin remedio, ie 



286 



asesinaría vil y cobardemente, sin que me 
detuviese ninguna reflexión. 

— Confieso á usted, nuestro amo Ger- 
mán, que me causa la mayor sorpres? él 
escuchar de su boca semejante lenguaj?. 
Le desconozco á usted, mi buen a?nigo. 

— Es porque también desconoce usted 
los motivos qiie me inspiran esc lenguaje. 
I Ay, mi querido amigo Antonio ! Si usted 
pudiesie ponerse en lugar mío.... ¡Dios 
le preserve á us-ted! 

— No quiero aparecer indiscreto diri- 
giéndole preguntas que acaso rasgarían 
alguna profunda herida de r^n corazón; 
pero sea el que fuese el motivo d<í ese 
odio, dispénseme usted, mi franqueza: es 
en verdad muy poco caritativo y muy an- 
ti-cristiano, el dejarse arrebatar de esa 
suerte, y sumir en la desesperación á un 
pobre leproso que está á punto de espi- 
rar, y quiere llevar al otro mundo el pef- 
dón de aquellos á quienes hubiese ofen- 
dido. 

— ¡Dios nos juzgue á todos conforme 
á su infinita justicia! 

— Y nos mire con ojos de piedad, mi 
viejo amigo. 

— Sí, es verdad: todos necesitamos de 
ella. Pero yo «estoy malo. . . no puedo ver 
á ese hombre- en este momento. Perdone 

usted mi terca resistencia. Mañana 

sí, mañana vendré á obedecer á usted. 



287 

Hoy me retiro porque estoy en- 
fermo: me siento muy malo. 

Tómele el pulso al instante, y conocí 
que, en efecto, estaba acometido de una 
fiebre ardiente y voraz. No me pareció 
justo ni prudente insistir en que se ve- 
rificase la conferencia; antes bien, di pri- 
sa á mi angus-tiado amigo para que se re- 
tirase, y le acompañé, con el ánimo afH- 
giáo, hasta las primeras casas de la ciu- 
dad. Volví al hospital á dar cuenta del 
resultado de aquella misión, procurando 
darle algún colorido á la indispensable 
dilación de la entrevista. Por fortuna^ 
pues que lo era en aquellas circunstan- 
cias, el pobre lazarino se encontraba deli- 
rante, y en absoluta incapacidad de es- 
cucharme. Di gracias a Dios, porque mi- 
raba a-quello como un beneficio de su pro- 
vidiencia. 

Hoy ha amanecido más tranquilo, y el 
capellán, que no se ha separado de su le- 
cho, acaba de decirme que pregunta por 
mí con la mayor instancia, y muestra un 
extraordinario afán por hablar conmigo. 
Voy á verle, y á darle algún consuele, 
porque me parece imposible que nuestro 
amo Germán venga hoy, pues según las 
frecuentes noticias que del estado de su 
salud ha recibido, aun sigue muy indis- 
puesto y abatido. Confio, sin embargo, en 
que el moribundo nos dará tiempo de 



288 



concluir este asunto, en el cual estoy in- 
teresado. 

¡Juan Cruyés! Yo no puedo menos de 
pensar mucho en la klenitidad de nombre 
entre este que ha causado los males de 
que se lamenta nuestro amo Germán, y 
aquel malvado detest^able de quien yo hu- 
biera querido olvidarme para siempre» 
¿No piensas como yo que es esta una 
coincidencia demasiado funesta? La ver- 
dad, yo creo que aquí ha de haber algún 
oculto misterio, que no puedo compren- 
der. En fin, e»l cielo nos proteja á todos» 

Desde que Regino me confió su carte- 
ra, no ha vuelto á salir del aposento. Llo- 
ra á menudo, y está triste; pero ni en 
él ni en mí hace progresos la horrible en- 
fermedad yo me desvelo cuidándole con 
afán, y él hace otro tanto respecto de mí : 
prodigóle toda clase de consuelos, y apa- 
renta recibirlos con docilidad. Mas vo 
creo que un cáncer oculto roe lentamente 
su corazón. Ahora que ya conoces el fon- 
do de su alma, que sabes los pormenore.s 
de su vida borrascosa, ¡ cuánto no te com- 
padecerás de su infausta suerte ! Te en- 
vía mil finos recuerdos, y dice que debes 
de ser muy bueno, pues que eres tan buen 
amigo mío, y llenas tan cumplidamente 
mí lugar al lado de mi anciano y deso- 
lado padre. Yo te encargo que beses de 
mi parte su frente respetable, que enjti- 
gues sus ardientes lágrimas, y que le ames 



289 

siempre como yo le he amado. ¡ Pobre pa- 
dre mío! El está expiando inocentemen- 
te los extravíos de mi inconsiderada ju- 
ventud. El es la víctima expiatoria; él 
qu-e es tan bueno, tan honrado y tan vir- 
tuoso. Honra sus canas, Manuel mío, 
honra sus canas como yo he sabido ha- 
cerlo. 

Hoy respondo á la carta de Melchor en 
que me participa su próximo enlace con 
la hija de Don Juan. ¡ Feliz él, que va á 
santificar un amor puro y aceptable á 
Dios! Este beneficio no se concede á los 
que, como yo, se han revolcado en un 
cieno inmundo. Adiós: él colme á mis 
amigos de las infinitas felicidades que les 
apetezco. 



-o :(0) :o- 




CARTA XI. 



Antonio á Manuel. 



S. Lázaro, 5 de Mayo de 1824. 

. Querido mío. Fueme imposible tomar 
la pluma en estos borrascosos días que 
han transcurrido desde la última qu€ te 
dirigí, dándote una cuenta exacta de lo 
acae<:ido con motivo de la entrevista que, 
con tanto ahinco, pretendía tener el ya 
finado Juan Cruyés con Germán el se- 
pulturero. Deseaba escribirte para comu- 
nicarte los extraordinarios sucesos que 
han sobrevenido de entonces acá; pero 
tiempo me ha faltado para ello, pues ade- 
más de las fuertes impresiones que se han 
sucedido la una en pos de la otra, el can- 
sancio y la fatiga materialmente no me 
han dado lugar para nada. Vas á asom- 
brarte de lo que ocurre, qiterido mío, y 



292 

vas á reconocer en todo el dedo de Dios. 
Increíble me parecia que pudiesen combi- 
narse así los sucesos de la vida. Los im- 
píos que niegan el influjo de la Provi- 
dencia en tales sucesos: los impíos que 
aparentan desconocer la admirable cade- 
na que traba j enlaza el mundo físico con 
el mundo moral, deben quedar pasmados 
y confundidos, si es que sus discursos han 
sido sinceros y no abortos, como yo sos- 
pecho, de su apasionada malignidad ó de 
su torpe ignorancia. Ataré el hilo de mi 
actual relato al punto en q-ue lo dejé pen- 
diente en mi carta de 17 del pasado. 

Estaba aún cerrándola con las otras 
que incluía para mi ípadre y Melchor, 
cuando el capellán azorado vino de nuevo 
á rogarme que sin pérdida de momentp 
me transladase junto al lecho de Juan 
Cruyés, pues según todas las apariencias 
estaba próximo á perder definitivamen- 
te el juicio, del cual apenas conservaba 
restos, si yo no acudía pronto á escu- 
char cuanto tenía que comunicarme. 

— Vutle usted, hijo mío, añadió el sa- 
cerdote, vuele usted á librar á ese des- 
veiiturado del abismo en que está próxi- 
mo á caer. La situación de este hombre 
es terrible y desconsoladora: jamás se 
. ha acercado al tribunal de la penitencia 
desde que se halla aquí. Mis esfuerzos 
han sido siempre vanos pn tanto tiempo, 
porque á mis consejos amistosos, á mis 



«93 

pláticas de paz y de aanor, ha correspon- 
dido rechazando mis insinuaciones, de la 
manera más dura y brutal. ; Pobre criatu- 
ra! Disculpable era, porque ninguno es 
dueño de sobreponerse al funesto afecto 
que domina al verse acometido de esta 
enfermedad, que Dios envia para com- 
purgar nuestras faltas ; y yo sé muy bien 
que se necesita de su gracia especial para 
conseguirlo. Pero al fin el doliente habla 
accedido á mis ruegos, y la religión re- 
cobró su imperio en un corazón extra- 
viado tal vez, pero no endurecido del to- 
do. Sin embargo, quiso hablar con usted 
para comunicarle un asunto del cual de- 
pendía... ¡me estremezco!, su salud eter- 
na ; pero luego^ usted lo ha visto, cayó en 

un dejirio profundo y no he podido 

aprovecharme de un solo momento. Hoy... 
su razón habia vuelto, es verdad ; pero va 
á perderla de nuevo, si usted.no acude á 
impedirlo. Vamos, Antonio mió, vamos: 
si esta alma se perdiese ... mi angustia 
sería inexplicable. 

Afectóme demasiado la expresión con 
que el buen sacerdote manifestaba su 
dolor. Cuando hubo terminado su razona- 
mienito, estaba yo listo para acompañar- 
le hasta el lecho del moribundo. Regino, 
que habia comprendido ya lo que ocu- 
rría, hallábase alarmado, figurándose que 
podrían ^saltarme algunos peligros. Pro- 
curé tranquilizarle, y acudí á llenar mi 



294 

obligación cristiana al lado de Juan Gru- 
yes. 

Hallárnosle agitado en espantosas con- 
vulsiones. En medio de ellas acertó á dis- 
tinguirme ; y con una voz *de trueno, que 
penetró hasta lá iViédula de mis huesos, 
y empleando las gesticulaciones más ate- 
rradoras me gritó: 

— i Con que se' resiste á venir! ¡Rehusa 
verme en mi postrera agonía! Pues bien... 
yo maldigo una y mil veces á ese bruto 
.... incapaz dé pasiones nobles. ¡ Vil y 
cobarde reptil ! Muero en medio de los 
más desgarradores tormentos.... deses- 
perado. . . . rabipso. . . . sin esperanza de 
perdón ni de venganza ... ¡ Negar á un 
moribundo el uiiicó consuelo que en la 
tierra le quedaba ! ¡ Cerrar !bs oídos al 
grito desesperante del dolor más intenso ! 
¡Y este bárbaro se llama hombre! ¡ Ah! 
Siento de veras no haber estrujado á se- 
mejante infame, que diariamente estaba 

tan cerca <le mí sin comprenderlo Si 

yo hubiese dado oídos á las insinuaciones 
de mi. corazón. ... Si no hubiese temido 
neciamente experimentar los estímulos de 
eso que llamáis conciencia... ¡vosotros, 
clérigos fatuos, que traficáis con la credu- 
lidad humana . . . . ! ese bruto no se bur- 
laría hoy de itii dolor. ... y todo estaría 
terminado pai^- sieríipre. No, padre, no. 
Yo bien me lo había figurado. Ese Dios 
de qnien tanto me habla'ba usted.... es. 



\J 



una quimera: sólo existe en esa cabeza 
estúpida ó maligna. ¿Lo entiendie usted? 
No me da la gana de creer en Dios. . . 

Yo quedé petrificado de espanto ai es- 
cuchar aquel lenguaje insensato, sembra- 
do de tan estupendas blasfemias. El ca- 
pellán, bañado en lágrimas, hacia suaves 
esfuerzos para mitigar el f urok- de aquél 
des\'^enturado. Era ya un deber no áólo 
de humanidad, sino un deber estricto de 
conciencia, el consolar á aquél hombre, y 
volverle al buen sendero, del cual se ha- 
bía extraviado lamentablemente. Resolví- 
me á apurar mis fuerzas hasta lo último 
para conseguir aquel interesante objeto. 
Despójeme, pues, de aquella 'parte de 
mis vestidos que más rríe embarazaba, 
sentéme sobre el lecho, y sujeté los pies 
al enfermo, mientras que €l sacerdote sos- 
tenía su cabeza volcanizada. En cada mo- 
vimiento. ... en cada contorsión. . . . ras- 
gábanse las llagas que cubrían todo su 
cuerpo, exhalando un fetor t^ue me cau- 
saba vértigos dolorosos. Los tró¿o$ de 
carne corrupta se desprendían entonces^ 
y mis manos y brazos aparecíah cubiertos 
(le inmundicia y podredumbre. Quería yo 
hablar para explicarle el retardo de Ger- 
mán de un modo que le dejase entera- 
mente satisfecho; pero por mucho tiem- 
po fué imposible toda explicadón, por- 
que el infeliz no daba, ttegita en sus arre- 
bato.s. No quiero, Manuel mío, repetir en 



296 

esta carta lo que yo escuché de aquella 
boca que, en tales momentos, era verda- 
deramente satánica. El capellán no ha- 
cia sino llorar hilo á hilo, y acariciar blan- 
damente la cabeza de aquella indomable 
fiera, que se habría resistido al rigor y 
á los halagos. Ni una sola palabra av-en- 
turó en los repetidos arrebatos del do- 
liente, porque aun no le parecía llegada 
la oportunidad. Era aquel un cuadro que 
difícilmente puede trazarse. El contraste 
que ofrecía la fisonpmía angelical del 
sacerdote cristiano, vertiendo lágrimas 
de amor sobre las facciones destrozadas 
y feroces de un pecador endurecido, que 
cierra obstinadamente su corazón á todo 
consuelo religioso, y cubre de baldones é 
improperios á su bienhechor ;. todo esto 
es de ,un género verdaderamente subli- 
me. 

La misma violencia de la agitación que 
sufría Cruyés, hizo que sus fuerzas cedie- 
sen gradualjnente y, al fin, agotadas 

del todp, quedó reducido el paciente á un 
grado de postración profunda. Cruzó los 
brazos sobre el pecho . . . sus ojos queda- 
ron .fijos é inmobles... y su respiración 
comenzó á ser fatigante. Sin embargo, el 
estertor que tan de cerca precede á la 
muert^, no daba señales de proximidad. 
A la postración física acompañaba eví- 
denteiiiente un abatimiento moral, que 
daba esperanza de. hacer una crisis favo- 



397 

rabie, aunque fuese momentánea. Lo que 
importaba era que recobrase la razón, ha- 
blase con nuestro amo Germán, y se dis- 
pusiese en se^ida á emprender el largo 
viaje que todos debemos hacer. Después 
de todo esto, ¿para qué había de apetecer 
una vida tan llena de amarguras y' ho- 
rror? 

Aprovechóse el sacerdote de esa favo- 
rable coyuntura, y comenzó á dejar caer 
lentamente, y con la mayor circunspec- 
ción, aquellas palabras de vida y de con- 
suelo, aquel tesoro de infinito precio que 
encierra la santa Biblia. Al principio, 
parecía que el enfermo nada escuchaba, 
y que las frases todas eran perdidas. Mas 
la práctica de muchos años, una larga 
observación junto ad lecho de los agoni- 
zantes, había enseñado mucho al vene- 
rable capellán, y conocía la oportunidad 
del auxilio, y todas las brechas que el 
hombre, en su lucha con la muerte, dejaba 
descubiertas. Juan Cruyés su&piró con al- 
guna congoja. A medida que volvía á ani- 
marse, é iba recobrando sus potencias y 
la elasticidad de sus miembros, el cape- 
llán proseguía con más animación, derra- 
mando ya torrentes de luz y saludable 
consuelo sobre el corazón del enfermo. 
Pasado algún tiempo, cesó su inmobili 
dad, brillaron sus ojos, y arrasáronse de 
lágrimas. Luego murmuró con algún tra- 
bajo. 

Hospital— a#. 



298 

— Gracias.... padre mío. Dios conce- 
da á usted el premio que merece por su 
filantropía y caridad ardiente. Reconozco 
en usted al ministro humilde del cristia- 
nismo. Padre mía venerable padre 

mío. . . perdón. Interceda usted con Dios, 
á fin de que también me perdone : ore us- 
ted .... por mí. 

El capellán se aprovechó de aquella 
ocasión para ablandar de una vez aquel 
corazón empedernido. El furor había pa- 
sado, y vuelto el arrepentimiento que no 
habría sido en vano. El enfermo se di- 
rigió entonces á mí. 

— Caballero: ruégole igualmente qite 
me perdone. Soy una criatura atribulada : 
y espero que un rapto de delirio no hará 
concebir á usted que tiene delante á un 
impío. ¡Ah, no! Soy un infeliz, y nada 
más. 

— Lo sé, pobre amigo, lo sé. Si me hu- 
biese usted dado tiempo de explicarme, 
se hubiera usted ahorrado de lo que aca- 
ba de sufrir tan intensamente. Germán 
vendrá, sin falta alguna. 

— ¡Ay! Y ¿por qué me ha retardado 
este consuelo, tan anhelado por mí? ¿No 
se ha mitigado su ira ni desarmado su fu- 
ror? ¿No le ha movido á piedad la triste 
situación en que me encuentro? ¿No sabe 
que (le un momento á otro se desploma- 
rá c'I mal apuntalado edificio de mi frá- 
ií:í1 existencia? 



■« ■ w i — jaj C- 



' — Lo sabe, sí, de todo está enterado; 
pero ¿qué quiere usted?; también eV pobre 
estaba enfermo, y en imposibilidad de 
acudir inmediatamente. Espero que hoy 

vendrá. Me lo ha ofrecido 

— Y sabe cumplir su palabra ; añadid 
con alterada voz nuestro amo Germán, 
que de improviso, y sin hacerse anunciar, 
entró en la estancia del enfermo cuando 
no se le esperaba. 

Todavía me tiemblan las carnes al re- 
cordar esta escena. Era ya de noche, y en 
el momento en que se presentó el sepul- 
turero, estaba yo vuelto de espaldas, te- 
niendo una candela bendita entre las ma- 
nos, que me había alargado el capellán, 
mientras éste aumentaba dos almohadas 
á las que el enfermo tenía á su cabecera, 
para que estuviese con menos incomo- 
didad. Las cortinillas de la cama estaban 
á medio correr, y cerca de allí, un pequeño 
brasero de barro despedía una densa nu- 
be de humo de romero, que llenaba todo 
el aposento y neutralizaba en algo el mal 
olor de aquel semi-cadáver. 

El sepulturero avanzó hasta el borde 
de la cama, llevando las manos hacia 
atrás: alargó el cuello por entre las cor- 
tinillas: inclinóse sobre el rostro del mo- 
ribundo,, y estúvole contemplando largo 
tiempo sin hablar. La fisonomía de nues- 
tro amo Germán era verdaderamente fe- 
roz en aquellos instantes: una horrible 



300 

sonrisa vagaba por sus labios pálidos y 
amoratados: temblábale la barba, y sus 
pocos cabellos estaban eriza-dos. El cape- 
llán y yo permanecíamos como petrifica- 
dos en la misma actitutd en que nos sor- 
prendió aquella repentina aparición. Los 
ojos de Juan Cruyés se habian clavado 
fijamente en los del sepulturero: sus ma- 
nos estrechaban un pequeño Crucifijo. 
Nuestro amo Germán rompió el silencio, 
sin mudar de actitud. 

—¡Miserable! ¿Ti- llamas, por ventura 
Juan Cruyés? 

El moribundo hizo un ligero movimien- 
to de cabeza en ademán afirmativo. 

—¡Juan Cruyés;, prosiguió el sepultu- 
rero. Si.... yo te habría reconocido ]»or 
ese vestigio que llevas en la mejilla: esc 
vestigio que te señala como á Cain, y que 
la lepra misma no ha podido destruir, co- 
mo ha destruido todo lo demás. 

— i Germán) amigo mío, duélete de mi! 
¡Ten compasión de un pobre agonizante! 
Murmuró el doliente con harto trabajo. 
y haciendo un poderoso esfuerzo. 

— ¡Chit!, exclamó el sepulturero. ¡Ami- 
go! Yo soy ahora tu juez.... y tu juez 
inexorable. Voy á juzgarte, á oir tus des- 
cargos y á sentenciarte. ¿Lo entien- 
des? 

Era imposible toda intervención mia 
ni del capellán en esta horrible escena: 



-^■■. X^ I* ■ 



301 

nos . limitamos á ser simples testigos de 
ella. Germán continuó. i 

— ¡Malvado! ¿Te acuerdas de aquella 
tremenda noch^ del 7 de septiembre de 
1807, cuando un heshecho huracán te lan- 
zó sobre nuestras costas? Náufrago.... 
pobre, enfermo y desvalido, te abri las 
puertas de mi casa .... te brindé con una 
hospitalidad generosa.... te cuidé como 
un padre -cuida á su propio hijo. . . te pro- 
porcioné recursos para buscar tu subsis- 
tencia.... ¿Es todo esto verdad, Juan 
Cruyés? 

—Sí, mi buen Germán. 

— Yo puse en tí la confianza más ili- 
mitada. Me dijiste que eras hombre de 
bien, y yo necio hube de creerlo con can- 
dor. ¿Y qué eras, qué habías sido? Un 
pirata infame. . . un bandido del mar ave- 
zado á todo linaje de crímenes. ¿Es ver- 
dad lo que yo digo, Juan Cruyés? 

— Sí, mi querido Germán. 

-^Y ¿cómo pagaste mi amor, mi cari- 
ño, mi benévola hospitalidad? ¿Qué hicis- 
te para corresponder á mi franca y gene> 
rosa amistad? Una larga serie de infa- 
mias fué la recompensa. ¡ ¡ Deshonraste 
á mi hija. . . !! ¿No es verdad? 

-^Sí, Germán. 

— ¡ A mi pobre Gaspara, tan buena, ^an 
virtuosa, tan inocente y tan amante de su 
tierno y afectuoso padre! La sedujiste 
inicuamente la deshonraste... la hi- 



302 

ciste perder lo que tiene de más pre- 
cioso una pobre y débil mujer. ¡ Ah! Juan 
Cruyés! Tú eres un demonio. 

— ^Tienes razón, mi querido Germán. 

— Y no contento con deshonrarla 

la difamaste por todas partios ... la pu- 
siste en ridiculo, y todos la señalaban con 
el dedo, llamándola meretriz y mujer per- 
dida... y después... con aquellos ho- 
rribles brebajes.... aquellos infernales 
abortivos. ¡ Ah, cobarde! la asesinaste vil 
y bárbaramente. ¿ No es cierto, Juan Cru- 
yés? 

— Sí, Germán, todo eso es cierto. 

— Y cuando yo estaba inocente de todo 
teniendo una fe vivísima en tu amistad, 
te marchaste de repente, llevándote cuan- 
to poseíamos, todo lo que había podido 
economizar en mi trabajo de tantos años, 
dejando sumida en la miseria á una hon- 
rada familia, que tan generosamente te 
había acogido en su seno. ¡ Me robaste, 
Juan Cruyés, me robaste lo poco que vo 
poseía para alimentíir á mis pobres hijos, 
que ningún mal te habían hecho!! 

—Lo confieso, Germán. 

— Y |X)r qué asesinaste á mi hija, des- 
pués de haberla deshonrado, y por qué 
me robaste mi corto haber, dejándonos 
sumidos en la miseria. ... mi pobre mu- 
jer y su pequeño hijo de pechos. . . y mis 
otras dos hijas, ¡sucumbieron todos en 
año y medio solamente ! ! 



303 

— Sí, bueno y honrado Germán : yo soy 
responsable ante Dios de todas esas des- 
hacías. 

— Y no satisfecha tu rabia. ... tu inau- 
dita ferocidad ... me arrebataste al úni- 
co hijo que me quedaba le inculcaste 

tus horrendas máximas... le guiaste por 
la senda del crimen, é hiciste de él otro 
pirata tan infame y tan malvado como tú. 

— Es verdad. 

— Y por último, me preparaste el ca- 
mino para esta vejez triste y sombría, 
que tengo que ocultar á la vista de los 
hombres, aparentando gozo y contento, 
cuando sufro tanto por tu perfidia y ma- 
lignidad. Si ... . por ti, paso las noches 
llorando: por tí, me veo casi mendigan- 
do el sustento diario. . . . porque bienes . 
honra, felicidad ¡ Todo mt lo arreba- 
taste de una vez, mal hombre! 

— ^Sí, todo eso es verdad. 

— Y bien, ¿cuál es tu disculpa? 

— Yo no tengo disculpa, Germán: sólo 
imploro tu perdón para morir tranquilo. 

— ¡Morir tranquilo! ¿Cómo quieres^ 
monstruo, morir tranquilo, hallándote 
manchado con tantos y tan horrendos 
crímenes? ¿Cómo es posible que con mi 
simple perdón te creas dispuesto á com 
parecer en la presencia de un Dios jus- 
ticiero? ¿Ni cómo has de creer tú en 
Dios, estando dado de su mano? No: es 
preciso que mueras, y que mueras bajo 



3<>4 

los golpes de aquel á quien más ofensas 
hayas causado. 

— ¡ Germán ... mí querido Germán ! Ei 
dolor te extravía: los funestos recuerdos 
que mi presencia excita en tu ánimo, te 
hacen olvidarte de que tienes buen cora- 
zón. Mátame enhorabuena. . . si crees que 
con mi muerte quedarás contento y sa- 
tisfecho... Mas perdóname antes... da- 
me tiempo para que me arroje á los pies 
de este santo sacerdote.... le confiese 
otras culpas no menos feas y horribles 
que todas las que acabas de revelar.... 
y consiga así el perdón, que fervientemen- 
te imploro de la misericordia del Señor.,. 

—^i Y es posible que el crimen siempre 
ha de triunfar! 

— ¡Triunfar! ¡Qué llamas triunfar, mi 
querido Germán . . . . ¿ No ves mi cuerpo 
dilacerado...? ¿no sientes ese pestilente 
olor que exhalan las llagas de que estoy 
cubierto de pies á cabeza? ¿No conside- 
ras que soy un pobre leproso .... encerra- 
do aquí hace seis años, sufriendo un mar- 
tirio. . . cuya intensidad jamás podrá ex- 
presarse ? I Triunfar el crimen . . . !! ¡ Y no 
concibes cuáles habrán sido mis remor- 
dimientos... esos agudos remordimien- 
tos que despedazan.... que tala- 
dran.... que desgarran el corazón 

fibra por fibra. . . . hasta desmenuzarlo....? 
¡Triunfar el crimen! Tú ignoras lo que 
es un remordimiento intenso te- 



305 

naz .... cruel y qite mina . . . j>aulatina- 
mente el principio de la vida. Lo ig- 
noras, querido Germán, porque tú eres^ 

muy bueno y honrado y jamás has 

caklo en ningún crimen vergonzoso. 
¿Tfíunfar el crimen? El crimen jamás 
triunfa... aunque otra cosa te digan las 
apariencias yo lo juro. Mira, Ger- 
mán . . . : sólo yo sé cuánto te he ofendi- 
do.. . Pues bien: estás vengado suiper- 

abundantemente créeme ¡ Estás 

vengado ! 

— Y bien: ¿qué quieres de mi? Para 
qué has mandado provocarme? ¿Querías 
vengarte á tu vez .... de esos remordi- 
mientos.... obligándome á manchar mis 
manos con tu sangre inmunda... á re- 
cibir tu pestilente aliento ? ¿Querías 

también hacerme criminal para que 

aun después de muerto... tuviese siem- 
pre por delante.... la fatal s<^mbra de 
mi enemigo? Habla.... ¿qué pre- 
tendes de mí? 

— Te lo he dicho ya, mi buen Germán. 
Que me perdones.... mi generoso ami- 

go que me perdones por el amor de 

Dios 

Enderezóse el sepulturero con lenti- 
tud, dejó caer un puñal que ocultaba, cru- 
zó Jos brazos sobre 'el pecho, cerró !os 
ojos, y por más de tres minutos perma- 
neció en silencioso recogimiento, agitan- 
do los labios ligeramente, como si mur- 



3o6 

murase algunas palabras misteriosas. En 
seguida abrió los ojos arrasados en lá- 
grimas. . . extendió los brazos. . . y arro- 
jóse en los del moribundo, gritando: . 

— Si yo te perdono en nombre de 

mi esposa y de mis hijos. ... yo te perdo- 
no con todo mi corazón, por amor, de 
Dios. Espero en él que te verá con mise- 
ricordia. 

En aquel rápido instante, arrodillóse el 
capellán elevando al cielo una plegaria.... 
la candela bendita se desprendió de mis 
manos apagándose al caer... y se desva- 
neció el cuadro como una visión fantás- 
tica. Yo nada veía ni oia. 

Pasado algún tiempo, el capellán, q«.ie 
había salido, entró de nuevo trayendo en 
la mano una luz, con la cual volvió á 
iluminarse aquel cuadro. Juan Gruyes y 
el sepulturero permanecían estrechamen- 
te abrazados y llorando con amargura. El 
cristianismo, sí, sólo el cristianismo pue- 
de producir tan extraño cambio en los 
sentimientos y afectos de un hombre. 
i Qué sublime es aquel "diligite inimicos/' 
que el Salvador del mundo sancionó con 
su propio sacrificio ! Digan lo que quieran 

los sofistas y los impíos me glo- 

rip en repetirlo, sólo el cristianismo es 
capaz de una revolución moral tan admi- 
rable. Con razón exclamaba el más sa- 
bio y profundo de los jurisconsultos filó- 
sofos, Montesquieu : "i Cosa admirable ! 



307 



la religión cristiana, que ño parece tener 
otro objeto que la felicidad de la otra 
vida, hace además en esta nuestra felici- 
dad/' 

El sepulturero sentóse en un pequeño 
banco junto al lecho de Cruyés, apoyó 
ambos codos en las rodillas, y ocuko el 
afligido rostro entre sus manos duras y 
callosas. El moribundo besó devotamente 
el santo Crucifijo, y quedó largo tiempo 
en reposo. Volví á encender la cau'iela 
bendita, y el capellán se arrodilló á la ca- 
becera del enfermo, rezando los siete sal- 
mos, penitenciales. Después de media ho- 
ra larga de hallarnos en esta actitud, nos 
suplicó Cruyés que lo dejásemos solo con 
Germán, é hicimoslo así. Mientras con- 
ferenciaban en voz baja, el capellán y yo 
nos paseábamos, sin hablar una sola pu 
labra, á lo' largo de la galería del ponien- 
te, que es allí en donde está situado el 
aposento en que pasaron estos extraños 
sucesos. Era ya cerca de media noche, 
y todo el hospital estaba sumergido en 
densas tinieblas y en profundo silencio, 
iníterrumpido no más por el murmurio 
d€ las olas, que besaban ligeramente el 
arenal de la playa cercana. 

Yo no cesaba de admirarme al obser- 
var los rasgos de semejanza entre la ma- 
la condición de este Juan Cruyés y el 
otro que tú sabes. Nunca había yo escu- 
chado semejante nombre en el hospital. 



3o8 

pues aquel desventurado habíase mudado 
el suyo propio por el nombre de Félix Za- 
mudio con que era conocido en el esta- 
blecimiento. ¡ Dios mío ! Esa identidad no 
puede menos que signiñcar algo. . . por- 
que esto lo miro yo como providencia!. 

No comprendo este misterio y tal 

vez ni quisiera comprenderlo. Mi imagi- 
nación estaba herida: mis recuerdos ha- 
bían despertado vivamente y era yo 

presa de los más extraños y -encontrados 
pensa«iientos. Como á la ima y media sa- 
lió nuestro amo Germán, y con tono so- 
lemne dijo al sacerdote : 

— Ya puede usted entrar á cumplir con 
su santo ministerio. Juan espera á usted 
para confesarse y recibir la extrema-un- 
ción. 

Entró el capellán, y yo insté al sepul- 
turero á que viniese á descansar á mi apo- 
sento. 

— ¡ Cómo !, exclamó. ¿ He de abandonar 
á mi pobre amigo en sus últimos momen- 
tos? Puede ofrecerse alguna cosa, y debo 
estar cerca. 

— Me congratulo con usted, mi buen 
Germán, por el término de este asunto.- 
Usted ha hecho una obra sublime y alta- 
mente meritoria. El cielo recompense á 
usted tan buena acción. 

Apretóme la mafio con la mayor cor- 
dialidad y ternura, y retíreme á mi apo- 
sento, porque me lo suplicó vivamente. 



309 

Ni un instante pude dormir : lo que había 
ocurrido en la noche me afectó demasía- 
do, para haber logrado tranquilizarme tan 
pronto. Volví á las cuatro: el capellán y 
el sepulturero estaban auxiliando en sus 
últimos momentos á Juan Cruyés, quien 
e^iró á las cinco menos cuarto con mu- 
cha tranquilidad. ¡Dios lo haya perdo- 
nado! 

Apenas exhaló el último aliento vital; 
arrodillóse Germán junto al lecho mor- 
tuorio, lloró amargamente, y besó la fren- 
te del cadáver. 

— ¡ Pobre amigo mío ! decía. ¡ Cuan des- 
figurado te dejaron el dolor, las penas del 
corazón y... la funesta enfermedal que 

tt' ha matado ! ¡ Dios eterno. . . . en 

este momento en que le juzgas, acuérda- 
te. Señor, que le he perdonado. . . ! 

Esta escena me partió el corazón. Qui- 
simos separar de aquel sitio funesto al 
buen anciano, mas él se resis-tió dicién- 
donos que él era el único amigo del fina- 
do, y que á él le correspondía prestarle 
los últimos oficios. En efecto, permaneció 
allí hasta que el cadáver salió para el ce- 
menterio, á donde le fué imposible acom- 
pañarlo. El infeliz aún no estaba bueno 
cuándo vino al hospital: la fiebre subió 
al más alto grado, y fué preciso hacerle 
tomar cama. Llevósele consigo el cape- 
llán á su vivienda, y allí ha estado gra- 
vísimo, en términos de temerse por su vi- 



3IO 

da. Mas hace hoy tres días que está fue- 
ra de peligro, y sigue muy bien. En to- 
do este tiempo, mi atención se ha dividi- 
do entre Germán y Regino, porque este 
pobre se consumé de tristeza y profun- 
da melancolía. 

Adiós: tengo que escribir á mi padre, 
y el tiempo se me gasta. Tuyo como siem- 
pre. 



•aoc- 



CARTA XII. 



Antonio á ManueL 



San Lázaro, 22 de Mayo de 1824. 

Querido mío. En verdad qu€ no puedo 
quejarme en cuanto á dolencias físicas, 
porque en fuerza de los buenos consejos, 
del Dr. Frutos que, desde el campo, me 
escribe á menudo, debo al cielo el inapre- 
ciable beneficio de que mi mal se haya 
detenido en medio de su rápido curso. 
Esto ya es un adelanto. Pero en recom- 
pensa, mi espíritu sufre demasiado, y á 
veces me encuentro vagando en tan ra- 
ras cavilaciones, que suelo pasarme des- 
pabilado las noches enteras. Tales cosas 
me ocurren, que me dan mucho en que 
pensar: y no es culpa mía, si no puedo 
aetener los vuelos de mi imaginación. 

Te dije que mi pobre amigo Regino ' 



312 

hallaba siimcrgiiJo en profunda triste/a 
y en negra melancolía. Yo he hecho todo 
lo posible á fin de obligarle á salir de tan 
penosa skuacíón ; ya invitándole á leer 
libros imenos áridos y abstractos que eso* 
á que se dedica con tenaz aplicación; ya 
refiriéndole varias anécdotas de mi vida 
escolar; ya invitándole vivamente á salir 
de su ^encierro y dar algunos paseos pot 
Lernia, la Eminencia, ó las casas de cam- 
po vecinas. Nada he logrado sino hacerle 
llorar cuando ha visto mi empeño en es- 
tas cosas. Después han ocurrido algunos 
incidentes que en la apariencia no han 
significado nada, pero que en el mozo 
produjeron un efecto que no puedo expli- 
carme, y que por reflexión han venido 
á ejercer sobre mi un influjo que me mo- 
lesta y aflige. 

Luego que Germán comenzó á resta- 
blecerse de la fiebre que estuvo á punto 
de acabar con él, quise llevr á Regina á 
visitarle en la habitación del capellán, en 
donde aquel se hallaba alojado. Mas Re- 
gino se resistía con algunas excusas, que 
á mi me parecieron poco satisfactorias, 

— Considere usted, le dije, que ese hon- 
radísimo anciano sabe nuestra amistad. 
se ha interesado con mucho calor en ob- 
sequio de usted, y sin embargo no he con- 
seguido poner á ambos en contacto. Des- 
engáñese usted: un pobre leproso j; 



so jamis I 



3^3 

debe rehusar la amistad de persona algu- 
na. Añadi con algún tanto de aspereza. 

— i Cómo, mi querido amigo !, exclamó 
Regino desatándose en un mar de lágri- 
mas, y dejando caer de Las manos el se- 
gundo tomo de "L'an deux mille quatre 
cent quarente," obra utópica del soñador 
"Mercier." ¡Ha podido usted figurarse 
que rehuso voluntariamente, ó por algún 
motivo innoble, la amistad de alguien 
que me haya hecho la caridad de intere- 
sarse por mí! No es nada, de eso lo que 
usted observaba, sino amargura, aflkción 
de espíritu y un dolor arraigado en lo 
más intimo del corazón. 

— Pero .ese pobre sepulturero que se ha 
visto á la muerte, que ha estado tan cer- 
ca ,de nosotros, y al cual, á porfía, han 
visitado y asistido los enfermos todos de 
la casa, sólo de usted nó ha recibido la 
menor muestra de amistad ó aprecio. Es- 
to no quiere decir que yo atribuya se- 
mejante conducta á insensibilidad, ó á 
poca gratitud. Llamóle la atención, para 
hacerle ver que ese aislamiento en que se 
ha circunscrito, puede hacerle aparecer 
como indiferente á la suerte de una per- 
sona que tanto nos estirtia. ¡ Pobre Ger- 
mán! Desde que ha podido hablar, dia- 
riamente me ha preguntado por usted y 
por el estado de su salud. 

— Se lo figradezco infinito : sabe el cielo 
qu^ se lo agradezco con toda la efusión 

Hospital— SI. 



de mi alma. Pero usted tien« iin modo de 
ver las cosas, algo diferente del mío. Yo 
me ñguro que un leproso debe huir de la 
sociedad que le ha rechazado de su seno, 
y alejarse de todas las personas que es- 
tán sanas, á fín de no causarles alguna 
oculta desazón. Conozco que, por una es- 
pecie de instinto, apetecemos todo lo 
contrario; pero la reflexión me detiene, 
y estoy convencido de que si no debemos 
repeler d afecto y amistad de las perso- 
nas que están libres de nuestra dolencia, 
tampoco debemos mostrar el más ligero 
empeño en relacionamos con ellas. ¿ No es 
esto obrar con prudencia, mi queridísimo 
Antonio? AHÍ tiene usted la explicación 
de mi conducta. 

— ¿ Pero, Reginó mío, usted puede iga- 
rarse que me afanaría en inducirle á ha- 
cer algo, que le trajese el inconveniente 
que parece temer? Yo habló á usted de 
nuestro amo Germán, y nuestro amo Ger- 
mán es una excepción de la regla ^omán. 
Nuestro amo Germán es un hombre filan- 
trópico y generoso, como pocos: no teme 
á ningún lazarino, ni se horroriza á sn 
aspecto. Además, tanto á usted como i 
mí nos ama entrañablemente. 

—Pues bien, Antonio mío, cuando us- 
ted considere que podré verle, y se en- 
cuentre en estado de recibir mi visita, 
iremos allá, y le significaré toda mi gra- 
titud. Ya conoce usted el motivo que me 



3X5 

detenía, que no- ha sido el 'de. causarle 
ningún disgusto á ese buen sepulturero, 
que me es tan apreciable. 

Acordárnoslo asi, y entablamos una 
larga plática' sobfe el nuevo régimen de 
vida que kíoílvendría adoptar, tma vez que 
por los altos designios del cielo- estiba^ 
mos condenados á arrastrar para siem- 
pre nuestra pobre y dolorosa existencia 
en este santo hospital de lazarinos; 

•^jPará siempre! repitió Regino. Eso, 
eso es lo que me horroriza hasta donde 
osted' flMT puede Ikgar á imaginar. Los 
plomos dé Vendoia^ la eadavitud de los 
cautivos- de Argel, ni los calabobos de la 
inquisición me parecen tan horribles, m 
me inspiran^ tanto pavor como ese ¡ para 
siempre! de un hospital de leprosos. Yo 
be sido un malvado. . . . merezco efl. cas^ 
tigo más duro y doloroso...; pero ¡ah! 
apenas puedo levantar los ojos al cielo 
paira pedirle misericordia, sin que .al mo- 
mento no me sienta agobiado y oiprimido 
bajo el peso de este aterrador ¡ para siem*» 
prel Pueda ser que el tiempo mitigue la 
vehemencia de esta impresión. 

•^^Si, ^migó mió, confio en Dios que no 
nos abandonará. Yo. . . . tal vez estoy re- 
signado, y espero transmitirle mi resiga 
nación filosófica. , Usted ha visto, porque 
9iñ duda no se le habrá 'ocultado lo que 
á su alrededor pasa, el triste episodio po^ 
Utico que acaba de terminar en mi pobre 



316 

páis. Las tropas se han dispersado, las 
familias vuelven á sus casas, y tendremos 
muy pronto con tiosjotros á nuestro ren- 
table amigo el Dr. I\|-i|tos, que tiene en 
siuB .manos un tesoro de consuelos que dis- 
tribuir á cuantos se hallan en algún cpn- 
flkto. Sus consejos y los de nuestro in- 
imitable capellán, serán un. poderoso be* 
néficío. Pensemos en el bien que pueda 
hacerse, seamos virtuosos, y seremos fe- 
lices en medio dé los horrores y estragos 
de este hospital, en que tenemos un mo- 
do de ser y vivir, tan extraño y doloroso. 

. Regino volvió á caer en su habitual 
melancoHa, y yo mismO no estuve libre, 
por algún tiempo, de. algunos síntomas 
del mal de que ya me creía r;adi<:alniente 
curado. La tribulación; esa tribulación 
inexplicable que inspira el pensamiento 
de esta existencia formidable de San Lá- 
zaro. 

Para dar diverso gi<ro á mis meditacio- 
nes^ hice recaer la conversación sobre 
nuestro amo Germán y el finado pirata 
que taint06 males le habia causado. Re 
gino sabia \os pormenores de las escenas 
que te referí en mis dos úkima6 cartas, 
pero yo no sé por qué causa había omiti- 
do el nombre del finado Cruyés. En esta 
conversación se me antojó nombrarle. 

' — ¡ ¡Juan Cruyés ! ! exclamó Regino. Yo 
he oido ese nombre fuera de aqui. 

Es posible ¡¿Dónde. . . . cuándo. .. . 



3Í7 

can que motivo? Pregtinté lleno de an- 
siedad> porque esta especie no podía iser- 
me indiferente. Había é hay \m '^Juaii 
Cruyés" que me habia perdido miserable- 
mente, y idemcjante ^nombre, aunque^ no 
se me hubiese olvidado un solo momento, 
en losdias anteriones fesomó tantas* veces 
en mi oido, que la niiembria del itl(ame 
verdugo, causa de mi ruiha, despertó vi- 
visimamente todos mis^Ti^ueñdos sinies- 
tros,^ todos mis doiotres y sufrimientos, y 
me puso por delante mis. extravíos y. cuí- 
pas vergonzosas! Sí, Regina, continué con 
vehemente acento: me interesa infinitó 
saber quién era ese hombre, y le ruego 
me diga en dónde ha óido nombrarle. 

Regino me miró asombrado. * ' 

— ¡Por Dios, Regino! insistí yo." 'Ese 
hombre, ¿quién es? ¿En dónde está? ' 

— En verdad, Antonio mío, que me de- 
ja usted pasmado al oirle hablar sobre es- 
te asunto con tal viveza, y yo no sé si di- 
ga con tal extravio. Además, ese hombre 
no puede tener conexión ninguna coíi us- 
ted. ¡ Era un famoso pirata ! 

— ^Justamente: ese de quien Voy ha- 
blando es un famoso pirata. 

— Pues, amigo mío, no nos entendemos. 
¿No dice usted que ese pobre que falle- 
ció aquí en días pasados es Juan Cruyés ? 
¿ Y según lo que me ha referido usted de 
la entnevista del finado con nuestro amo 
Germán, no aparece que aquel €ra uíi pi- 



3í8 

rata? Entonces, ¿de "qué sé admiraba us- 
ted? Para mi es esté uñ nfegoeio muy cla- 
ro. Yo he oiido/hablaf» de un pirata llama- 
do Juan Cnuyés: ese pirata ha» muerto, 
¿ qué eicplicación, pues; pretende usted (k 
mí? ■ * *• 

Yo quedé pensativo algunos instantes, 
y estuve tentáido de reVelar á' Regiño una 
parte de nii odiosa historia; mas Kletúvo- 
me el pudor <}«&. me ocasiona' el. simple 
recuerdo de^ tales suoeisos, éin embargo de 
que, vi^ta la. entera confianza que en mi 
ha hechoy encuéiitróméí hasta cierto pun- 
to én la obligación de corirespoiKiérsela, 
refiriéndole todos los anteced-chtesqtie ine 
trajeran al hospital- de Saii Lázaro. Sin 
embargo, aquella no me pareció üii» '«oca- 
sión muy oportuna de explicaline,' y con- 
tinué en mi sisteñía de absoluta reserva. 
Y como me llamaba mucho la atención 
que el nombre dé Cruyéá no fuese deseó-, 
nocido á Regino, volví á hablark sobrt: 
el asunto, á fin de obtener algunos por- 
menores, que podrían muy bien llegar á 
serme interesantes. í . 

'—Bien, te dije. Convengo en que ese 
hombre ha muerto aquí; pero ha movido 
mi curiosidad la esperte de que usted ten- 
ga noticias ¡suyas. ¿No puedo saber, |íor 
v^tuf a, en dónde oyó usted! hablar de él ? 
' —Sí tal. Nuestro amo Genaro Chia- 
brera me ha hablado acerca de ¿1 muy fre- 
cuentemente. 



319 

— ^Y ¿sabe usted si navegó alguna vez 
por estas costas?. 

— Lo sé, no solamtente por lo que usted 
me ha referido de la conferencia habida 
entre él y el sepulturero, sino porque el 
contra-maestre italiano me habló de ese 
sujeto, con motivo de cierta astucia con 
que atrajo y capturó un bergantín del co- 
mercio de Campeche, que se dirigía á la 
Habana. 

— Según eso, Chiabréra habrá sido so- 
cio de Cruyés. 

— Me lo sospecho, aunque no lo sé 4e 
cierto. En este punto nuestro ^imo Gena- 
ro no ha sido conmigo, muy explicitOi 

— ^Y ¿habrá de esto mucho tiempo? 

— Doce ó catorce años, por lo menos. 

— Minuciosas y aun extravagantes par 
recerán á usted mis .preguntas*, pero i 
tttú tne interesa sobre manera todo lo oon- 
cerniente á este nombre de Cruyés. ¿Chia- 
bréra presentaba á éste como un joven, 
«s decir, en esa fecha, como, de vteintc ó 
veintidós años de edad? 

— iMe pareoe que no; antes bien creo 
qjue sería de más edad que Chiabréra, se- 
gún las esipecies que yo «puedo recordar. 

— ¿ Y Chiabréra tendrá á esta fecha ? 

— 'Más de cincuenta años. 

— El tal Cruyés... ¿sabe usted si se 
hallaría por eistas costas á principios de 
1821 ? 

— ^Lo ignoro; pero, ¿no me ha dicho Us- 



ted que cuando murió llevaba de ence- 
rrado en este hospital aeis años? En tal 
caso, es imposible que anduviese en su 
oficio de pirata en la fecha á que usted se 
refiere. 

' — ^Tiene usted razón, murmuré entre 
dientes, convencido de que ni ,píof la edad, 
ni por ninguna otra cirduíistancia, el Jtian 
Cruyés de que hablaba Regino, era el 
miismo de quien yo quería tener noiticias. 
Encerréme, pues, en mi a{>osento á me- 
ditar profundamente sobre tan ebctrañas 
combinaciones, que no alcanzaba á pene- 
trar. Motivos eran estos, en verdad, para 
confundinme y trastornarme, si desde -el 
principio no hubiera hecho ánimo de tra- 
tar estos asuntos «con sangre fría, y «más 
que nada, con resignación filosófica. Pero 
¿quién detiene los vuelos de la fantasía, 
cuando se echa á vagar por los espacios 
«maerinarios, que son de u«na inmensidad 
sin límites? Esto no depende de la volun- 
tad del hombre : es más bien efecto ó de 
la organización peculiar de cada indivi- 
duo, ó de a-lguna alteración accidental 
de los .mismos órganos. Por tanto, en el 
discurso de ía noche no pude dormir ni 
un solo instante: mi cabeza ardía comió 
la de un calenturiento. 

A la m?*ñana siguiente, muy temprano 
aún, vino Respino en busca mía, ipara que 
juntos fuésemos á hacer la visita conve- 
nida á nuestro amo Germán. Dirígímo- 



3^ 

nos, pues, á donde- ste hallaba. Apenas hur- 
bknos encarado con él, y aun antes de 
saludarle, detúvose Regino, lanzó vm gri- 
to de indefinible sorpresa, volvió las es- 
paMas, y 'corrió presuroso á encerrairse 
én su habitación í sin que «mi voz y á»de- 
manes fuesen .parte á detenerle. Yo me 
quedé extático, sin ;po*dtet5 tíjcplkarme tan 
singular suceso. Miraba yo alternátíva- 
mertbe el semblajite del sepulturero y la 
galería por donde desapareció Regino, dift 
saber el partido que adpotaría en aquel 
momento. Mi aísoinbró era extraordina- 
rio. N«esí>fO amo iGermán, entre tinto, ha- 
tííase «(juediailo penfeativo, como queriendo 
refrescar al'gun aíttfguo recuerdo, que ha- 
cía esíuer^BOs por ííscaparse de agüella ca- 
beza debfHtalda fpor los año© y por la en- 
fermedad reciente de que había salido po- 
cos días antes. Al cabo, volvióse & mí 
súbitamente, y exclamó: 

— ^¡El es! Voy á verle: él debe saber 
de su paradero. 

— «Mas, ¿pue-do yo saber de qué se tra- 
ta? precíntele entonices. ¿Qué significa 
esto que ocurre? 

— .No lo sé á dereohais ; píero esa voz . . . 

ese acento «tie ha herido de lleno. 

Esa voz. ... la conozco mucho.. No hay 
remeidio. . . yo- debo ver y hablar & ese 
mozo. 

— ^Y bien 

— ^¡Oh! Si esíe mozo fuese el que yo 



picnao í catdado, Antonio mío I Si ese 

mozo íiiese el que yo pienso. . . sepa ua- 
tod que mantiene relaciones de amistad 
con .un sujeto indigno, quie no la merece. 

•^Y. . . en fin ¿'qué hay? ¿Están 

ustedes empeñados en volverme loco? 

— 'Lo que hay es, que si ese «mozo fuese 
el- que me imagino. . . . estaría usfted al- 
ternando familiar é Intimaimente con un 
piraba. ¡Ya usted sabe lo que es' un pi- 
rata! ■ 
' . — ¡Ahí Esto no me admiraría. 

-^¿ Habla usted de veras? 

— »Muchow Si el pobre Regí no, en algu- 
na vez> hubiese tenido la desgracia de 
ser un piraita, como* ttisted lo dice, haito 
lo cetaria pagando con hallarse encerra- 
do en eí hospital de San Láz&fo. 

. — ^Yo no digo que en esto no pueda ha- 
ber alguna equivocatción. Sin embargo.... 
esa voz.... sí, yo la he eiscuchado en 
cierta ocasi6li solemne >para mi. 

— ¡Es tan fácil equivocarse un acento 
con otro.4 

i-^Cierto. Mas. . . . ¿por qué se ha sor- 
p«rendido al verme? ¿por qué se ha ale- 
jado de mi presencia, huyendo despavo- 
rido? (No: no hay remedio: aquí debe de 
haber a.lgún misterio, si eisto no es lo que 
yo pienso; 

— Enhorabuena, niuestro amo: si usted 
abriga algunas sospechas contra ese po- 
bre mancebo, acuérdese usted que es asni- 



go mío, que «s mi hermano de 'desgracia, 
y qu« su muerte está idenftificada con la 
mía. ¡ Por Dios, mi buen amigo 1 Una in- 
disoreción ipodría peMer á este infeliZé 

— No me haga usted el agravio de atri- 
buirme una intención siniestra que no 
tengo. Únicamente quiero, verle . . . .quie- 
ro tratar con él acerca ée un apuntó qve 
conviene. 

— En tal caso, voy á prevenirle.*...,. 
I Prudencia» nuestro amo! No vayanio¿ á 
reagravar los pj^decímiientos de mi des- 
venturado amigo, que harto pidece ¿on 
soló éí mal que le abttima. 

"El 'sepultureíx> níe ífendió su mano, y 
ajpretó una kle las miáis con' la 'mayor cor- 
dialídaid. 

Hallé a Regino entregado á la desespe- 
ración. 

— ] Antonio mío, <m\ único y generoso 
amigó! éxdamó al verme. ¡Sálveme us- 
ted, . porque estoy perdido miséi'able- , 
mente ! 

— ^Vaimos: tenga usted calma. Usted se 
ha sobrecogido sin fumdatnéntp aJg^nó. 

•^-^I Aquí hay testigos de tñis crímenes ! 
Ese hombre me delatará. . *. y subiré a un 
cadalso. . . en medio de la grita del popu- 
lacho. . . í Yo estoy (perdido! 

—¿No digo á usted que tenga caliha? 
¿A qué viene esa intempestiva agitacióh 
que podría comprometerle? 

— ^¡Ése hombre va á' delatarme, Dios 



3M 

mío ! La jttsticia 9e echará sobre mi . . . y 
aunque yo estoy condenado á «muerte en 
este hospital «... no por eso la vindicta 
pública quedará satisfecha. {Querrá dar- 
me en espectáculo para escarmiento de 
otros (malhechores como yol 

— Pero én resumcffi, ¿qué es esto? Na- 
da cOnuprendo de cuanto pasa. 

— ^¡ Antpnio mío, este hombre va á de- 
latarme .... va a delatarme sin remedio, 
y taJ vez á esta hora se habrá encaño- 
nado á la ciudad con el ñn de perderme I 

— 'Mal conoce 'Vs^ted al hombre genero- 
so á quien hace usted tan grave inculpa- 
ción. He dicho á usted que debe serenar- 
se. No hay aquí peligro alguno que te- 
mer. Nuestro amo Germán m*e ha enoipe- 
ñado su pala<bra de guardar silencio, y 
basta. 

— -^Para que m^i horrenda existencia se 
encontrase nuevasnente combatida y ame- 
nazada. . . I Ah 1 ¡esto «no más me faltaba, 
Antonio ! Este hospital mte es ya de todo 
punto insoportable. 

— ^He dicho y repetido á usled que se 
tranqufilice. Esa desesperación no con- 
viene en manera alguna :'¿á qué llevar las 
cosas á ese extremo? Nuestro aimo Ger- 
mán vendrá aquí, y puede usted jiarse en 
él, tan seguro de su discreción como pu- 
diera usted estarlo de la onia. Este en- 
cuentro no ha hecho sino proporcionarme 



S2S 

un nuevo y sincero amigo. ¿Me compren- 
de usted? 

—No... por Dios.... que no venga. 
No puedo ver á ase hombre. Me hará pre- 
guntas á las cuales yo no podré satisfa- 
ccíf. Además, ¿ qué sé yo del páradaro del 
ioifasne Frasquito? 

— ¡ Fraisquito dice -usted ! 
, —-Sin dtrda. Si usted tienie presente los 
detalles de ttri cartera, recordará segura- 
mente la escema que pasó cuantío el ca- 
pitán Frasquito, yo y doce hombres de la 
tripulación de la "Invisible" nos embar- 
camos en una: lancha para dar el aborda- 
je á aquel pailebot que navegaba entre 
laj costa occidental de Cozumel y la tie- 
rra firme <te esta península: pties bien, 
aquel marinero misterioso. . . aquel v!cjo 
de «lirada fascinadora que ejercía • sobre 
Frasquito tan extraña y singular influen- 
cia, que en fuerza de ella mandó éste que 
rindiésemos las armas á discreción . . . esc 
hombre era.... nuestro amo Germán. 

¡Nuestro amo Germán!! 

!í... el mismo. Imposible que hu- 
biese dejado de conocerle al momento. 
Grabóse su imagen (tan profundamente 
en mí fantasía, que jamás he dejado de 
verle, despierto y entre sueños. Aquella 
mirada aterradora.... aquellos ojos bri- 
llantes, no podrían olvidárseme mientras 
viviese. 
(Comenzaba yo á ver más claro en este 



3*6 

asunto. Siii embargo, las c^ecies apa^ 
cían tan complicadas, que me era difícil 
descubrir todos los pormenores, 7 quedé 
profundamente pensativo. ,.• 

. Los sollozos de Regíno me hicieron 
volver en mi. Luego que logré, tranquili- 
zarle, volvi á la hál>itación del capellán 
en busca del sepulturero» 

\ Mas el sepulturero se habia marchado 
á la ciudad ! 

El sacerdote me informó que hallando^ 
se Germán arreglando un pequeño lio de 
papeles que le habia depositado Joan Gru- 
yes, hallóse con uno de ellos que llamó 
mucho su atención, y, sin más tiempo que 
el necesario para despedirse,. habia salido 
del hospital con dirección ¿ la ciudad, sin 
que fuese posible dettoerle por ninguna 
reflexión sobre lo intempestivo de la ho- 
ra, pues serian- como las. doce del dia, ni 
sobre el estado de su salud, que apenas 
comenzaba á mejorarse. 

Yo conocía á Germán perfectamente, y 
sabia que era incapaz de ninguna acción 
villana. - Ademá$, la explicación del ca- 
pellán me dejaba satisfecho, sin ningún 
género de duda, que sólo un motivo de 
urgente y particular interés, podría ha- 
berle obligado á partir de improviso sin 
despedirse de mí, y sin decirme algo acer- 
ca de la proyectada visita y conversación 
con Regino. Mas, ¿cómo transmitid ¿ és- 



3^7 

te mis convicciones? ¿Cómo persuadirle, 
después de su sobresalto y alarma, que 
el secreto de su vida pasada no corría pe- 
ligro aJgiino con la ausesicia intempesti- 
va del sepulturero? 

Hallábame, por tanto, efi' las mayores 
congojas y aflicciones. Etestaqué de luego 
á luego á un sirviente de la casa, á fin de 
que buscase á Germán, y le obligase á 
venir, por súplica ima. Fueron en vano 
las diligenciáis. No recibimos más noticia, 
sino que se le habia visto cruzar la pla- 
zuela de San Román, y dirigirse á la ciu- 
dad por la zapata de San Carlos, en el 
momento en que este baluarte ihacia una 
salva de artillería saludando al General 
Santa Anna, que desembarcaba en el m<ue- 
11 e con el título de comandante genera/l 
de las armas de Yucatán, Esto ocurría el 
1 7 por la tartle. Somos ya 22 y no ha vuel- 
to á parecer el sepulturero por estos si- 
tios, ni me ha sido posible averiguar el 
paraje en que se halla. 

Tú ipuedies figurarte lo que habré pasa- 
do con Regino en estos días. Su dcsespe- 
racidn ha sido horrible, y sus angirstias 
dolorosísimas. 

Adiós : no puedo abandonar por mucho 
tiempo á mi amigo, y yo estoy sumamen- 
te cansado y abatido. 

Tuyo como siempre. 



- Íé.^^!i^Jí^ 






>^^^. 



CARTA XIII. 



Antonio á Manuel. 



San Lázaro, Jundo ii de 1824. 

Querido mío. Mi consteimación es ex- 
traordinaria, y no sé ya qué partido adop- 
tar en estas circunsrtancias. Germán no 
ha vuelto aún, y Re>gino tiene visos de 
haber perdido totajlmente el juicio, ó por 
!o menos eistá pfóximo á perderlo- ¿A 
dónde ha marchado ese hombre. Dios 
mío? No se ha pasado un solo día, desde 
el primero de su >funesta ausencia, sin 
que mis pesquisas é indagaciones hayan 
crecido; no porque tema yo ni remota- 
mente lo que este malaventurado joven 
ha dado en temer de eisa partida, sino .por-* 
que reahncMe m<e parece extraño qué 



330 

Germán s>e haya desentendido así' de n^- 
otros. Constantemente mé he presén¡tado 
en el cementéno á fin de averiguar- alguna 
cosa acerca de nid amigo," pero eí <í^€ tie- 
ne hoy el encargo de las 'llaves está tan 
ignorante como yo- de su paradero, ni en 
todo el barrio se encuentra quien de él 
pueda darnos algunas nuevas. Te lo Te- 
pito: yo no sé qué partido adoptar. 

Ahora voy á darte cuenta de algunos 
sucesos que han sobrevenido, y me tie- 
nen algo pensativo sin podérmelo expli- 
car. 

Luego que Regino perdió la esperan/a 
de que viniese {pronto Germán, después 
de estarle aguardando varios días, me di- 
jo en tono melancólico: 

— r¡Ay, amigo Antonio! |Yo estoy per 
dido sin remedio ! Nada me daría subir á 

un patíbulo-. , porque ciertamente lo 

merezco . .... y -tal vez. vale más morir 
así, que no- como se muefe en San Lázaro. 
Mas eso de morir á la expectación públi- 
ca,.... y por efímenes tan horribles y 
vergonzosos ^comó los ,míos . . j oh ! esto es 
terrible. Yo no puedo Tesigma^nme á pa- 
sar por este trance tan aínargo. - . ," 

• — -Pero ¿no reflexiona usted, .pobre .Re- 
gino Tnío, que si, Germán hubieseL dado 
algún paso para peíseguir á usted y lle- 
varle ante los tribunales, á la hora esta 
s-e encontraría usted preso y aherrojado" 
.Jvk>, amigo mí<^;.si, u^ted it?6i§(e qql fcreer 



r .'.'»••«<•' 



33» 

que nuestro amo Germán <es capaz de in- 
currir . en esa villanía^ me daré formal- 
ni>e»te por sentido de usted. Hágame el 
faivor út no insistir .con tanta pertinacia 
en este ruin cencepto. c 

— íPerdóneme usíted, mi querido amigo. 

— N6, mi buen Regino, no tiene usted 
psiírsL qué. Si yo emipleo estas expresiones 
fuertes, no dependen de otra cosa, sino del 
(profundo pesar que me causa el verle tan 
preocupado contra un hombre de honor, 
como lo es á prueba el virtuoso sepultu- 
rero. 

— ¡ Pero esta ausencia I .' 

< — Esta ausencia confieso á usted que 
imie sorprende y me da pena ; pero no es 
por el propio motivo que á usted inquie- 
ta, sino porque ignoro si el pobre Ger- 
(man estará en algún trabajo, padeciendo 
alguna escasez, ó sufriendo alguna mo- 
lesitia sin que me sea posible aliviarle, co- 
mo, yo quisiera. Sin medios. . ..enfermo. . . 
¡¡Sabe jDios. en qué conflictos se vetó! Es- 
to es -lo que me hace estar sobresaltado, y 
afligido. Por lo demás, es preciso que us^ 
ted no insista en su temeraria sospecha. 
Yo aseguro á usted que es más fácil que 
yo sea su delatador, que nuestro amo Ger- 
mám Y me parece que usted se fia ^de rm. 
¿'Es verdad, Rcgíno? 

Re^gino ene abrazó aifeotuosamentes y 
siguió llorando. 



332 

dianas, sa^li •en la tarde de aqu^l día, y al 
dir^Tme al castiUejo.de San Fernando 
en donde yo solía pasar algunas horas 
contemplando el mar, las eriibarcaciones 
surtas en el puerto, y las pequeñas ca- 
noas pescadoras, encontreme que salía del 
ruinoso' edificio un personaje de ¿dad ya 
adelantada, corpulento, muy decentemen- 
te vestido de paño negro, llevando unas 
gafas azu>les, cachucha de piel en la ca- 
beza, ■ y una caña de puño de oro en la 
ma^io. Córteme un tanto al encontrafmc 
en aquel sitio solitario con un- hombre de 
aquella importancia, ly quise- esquivarle 
tomando otra dirección-, á fin de no ver- 
me precisado á sufrir las. escudriñadoras 
miradas que lanzan, dé ordinario, sobre 
los pobres lazarinos, las personas sanas 
que pasan junto á ellos. Mas el buen ca- 
ballero acercóse á mí, saludóme, y ha- 
ciéndome ttna fina y atenta cortesía á la 
cual correspondí me ipreguntó, con. un 
acento que me pareció alemán, si la easa 
que se veía enffrente de noisotros era el 
hospital de los lazarinos. 

--^-Sí, señor: le respondí. 

■— Perdoile «sted cabanerito, . si . le diri- 
jo ujia ;iiueya pregunta,, y le;d(6tcrigo por 
más tiempo contra mí voltmtad. de moles- 
tarle. ¿Puede entrar cualquiera, yo, v. g. 
á visitar el establecimiento? 

«— jQi^ lEPeifior t d alcalde iKtnca nk^ la 



333 

•correspondiente licencia á ' las personas 
que la solicitan. 

— Siento infinito que sea preciso ob- 
»tener previamente esta licencia. SOy ene- 
.migo nato de semejantes formalidades, y 
habría yo deseado que no hubiese nin- 
giuná necesidad d'e esta que se exigfe para 
visitar el hospital. 

— Si usted no quiere tomarse esta* li- 
g9era iñcomodidadv yo puedo darle las 
noticias que guste, caballero. 

— ¡ Oh ! Mucho se lo agradeceré : no 
me atr-evía á dirigirle mi suplica temero- 
so ^de causarle nuevas molestias. 

—Para mí no es molestia, antes bien 
tengo particular gusto y complacencia 
en obsequiar sus deseos. 

En ef edto, aq>uel hombre, . sin embar- 
go de* la monotonía y dureza de sus fac- 
tciones, su lenguaje era insinuante y 
agradable. Propúsome que entrásemos 
en el- castillejo de donde él acababa de 
salir, y yo me dirigía. Verificámoslo asi, 
y tomando por asiento los duros merlo* 
lies del oriente, con vista al mar por la 
derecha y al frente, y al hospital .por la 
izquierda, anudamos la plática comenza- 
da fuera: - 

— Según se explica usted, caballerito, 
sin d>uda frecuentará el hospital. 

— ^¿Que SI lo frecuento? Pues si allí 
vivo, caballero. 

Mi interlocutor con cierto aire curioso 



334 

me lanzó una lenta mirada desde los 
pies hasta la cabeza, y hiiego prosiguió 
en su interrogatorio. 

'•^^¿Es posible que usited viva en el 
íiospital? 
" -^Hace ya seis meses. 

— Y. ... no teme usted el contagio? 

Por lo pronto me figuré q>ue aquel 
hombre encubría la intención maligna 
de burlarse de mi desgracia. Pero sus 
modales eran tan decentes, su acento 
tan ingenuo, y sus facciones itenian un 
carácter de tan profunda formalidad, 
que al ñn me persuadí que sus pregun- 
tas eran efecto de su candor y poco co- 
nocimiento, y no encerraban malicia al- 
guna. Así fué que me resolví á respon- 
derle de una manera categórica, y 'des- 
pués de algunos instantes de reflexión, 
le dije en tono muy serio: 

— ^^Cabállero: como yo no le creo ca- 
paz de un rasgo de insensibilidad, ha- 
ciendo burla de la triste situación de un 
iI>obre desgraciado, diréle con franqueza 
lo que hay en el particular. Yo no temo 
él contagio, porque los lazarinos no tie- 
nen para qué temerlo. 

— ^iQué me dice usted! Entonces. 

— ^Yo soy un lazarino. 

Una ligera sonrisa alteró un tanto la 
dureza de sus facciones. Encogióse de 
hombros, sacó una caja de oro del bol- 
sillo de su chaleco, destapóla* con la ma- 



335 

yor lentitud, sorbió una buena -dosis de 
rapé,' y cruzando -los pies, me dijo al ca- 
bo de mucho tiempo. 

-^En esto -debe de haber alguna fu- 
nesta equivocación. 

— ¿Qué está usted diciendo, caballero? 

— -Una cosa muy sencilla: que me pa- 
rece que usted no está lazarino, como se 
lo han hecho creer. 

—¡La prueba, la prueba, por Dios! 
grité atónito é incorporándome brusca- 
mente. 

El hombre enlutado volvió á mirar- 
me con la mayor atención. Mientras, yo 
estaba pendiente de sus labios, esperando 
con ansia indecible ^ue hablase para sa- 
carme de aquel estado de incertidumbre 
atroz en que mi áninío había caído sú- 
bitamente. El continuaba en su examen. 

— ¡La prueba! exclamé de nuevo, por- 
que cada instante que pasaba era un in- 
-fierno de angustias para mí. 

— ^Yo quisiera, díjome al cabo de mu- 
cho tiempo, la prueba de que está usted 
lazarino. 

— ^¡Oh! Los médicos más sabios. . . mi 
padre.... mis amigos... todo el mim- 
do, en fin, me lo han dicho; y por eso 
estoy proscrito de la sociedad, desterra- 
do para siempre de la casa paterna, y 
condenado á morir entre los leprosos. 

— ^Yo no me atrevo á afirmar lo con- 
trario, sin embargo de que los doctores... 



336 

y todos cuantos hayan asegurado á u*- 
ted que está lazarino, bien pcKlian ha- 
berse equivocado. Además. • . yo conoz- 
co á un pobre y honrado médico que ha 
curado algunos leprosos. 

— ^¡Ah! ¡El corazón me lo decial ex- 
clamé yo arrojándome á los pies de 
aquel hombre. Usted es un médico, y us- 
ted ha de cunar mi dolencia. Si.... yo 
he soñado alguna vez. . . que un médico 
misterioso habia de presentárseme cuan- 
do menos lo esperase . . . y habia de re- 
dimirme de este horrendo cautiverio. Sí, 
hombre generoso, déme usted la salud y 
la vida. Vuélvame usted al seno de mi 
padre, y á los brazos de mis amiigos. Yo 
haré, en seguida, lo que usted quiera... 
le seguiré al cabo' del mutido. . . seré su 
esclavo. ¡ Ah ! Por Dios. . . . sáqueme us- 
ted de esta horrenda m.ansión 4e dolo- 
res, en donde á cada paso veo la muerte 
por su aspecto más horrible y ater^a^ 
dor. . . ; La salud' y la vida en nom- 
bre de Dios! Lo exijo de usted, caba- 
llero. 

Mí alteración haibía Uegado á su col- 
mo. 

Dos imperceptibles lágrimas hum«:de- 
cieron los párpados del hombre enluta- 
do. Levantóme de sus pies, y estrechán- 
dome entre sus brazos, me obligó á sen- 
tarme de nuevo. 

— No se alucine usted, pobre joven, 



Í37 

me dijo con voz alterada. Yo no soy mé- 
dico... ni jamás he querido serió. 

Toda mi esperanza quedó desvanecida. 

— ¡ Ah, caballero! díjde llorando. Me 
ha hecho usted un mal mayor del que pu- 
diera usted figurarse. Yo^. perdidas todas 
las esperanzas de remedio, habiame con* 
formado con mi suerte, y casi todo mi 
tiempo lo empleaiba en pedir al cielo que 
me diese el valor suficiente para apurar 
hasta las heces este amargo cáliz de su- 
frimiento. Hoy ha venido usted á sus- 
citar nuevas dudas en mi ánimo, y' veo 
volver, de un solo golpe, todos los ho- 
rrares, todas las angustias riel primer 
día. ¡Ah, caballero! Usted me ha hecho 
mal. Yo se lo juro. 

— Duélome, mi querido joven, dé ha- 
berle causado, contra mi voluntad é in- 
tención, una nueva pena sobre las min- 
chas qui? han debido aquejarle. Mi des- 
tino en la tierra la misión que Dios 

me ha confiado lo sé por una triste 

experiencia, en repartir el mal ett donde 
quiera que me presentó. Mi corazón fué 
siempre bueno sensible. . . y mis de- 
seos de hacer el bien han sido purísi- 
mos y ardientes. . . Pero un genio malig- 
no. .. . tin demonio invisible, me coms- 
triñe á hacer dañó á todo el mundo, i Yo 
soy muy infeliz ! Perdóneme usted, se lo 
stuplico. . ., porqiue soy, tal vez, más 
desgraciado que usted. 



33» 

Fiiéme imposible no mirar con respe- 
to á aquel hombre singular. Estréchele 
largo itiempo, dándole muestras de mi 
pesadt&mbre por. la mortifioación que le 
báibia causado. Nuestra conferencia ter- 
minó, porque enigolfado el caballero en 
sus sombrías meditaciones, ya no pude 
arrancarle una palabra más. Era! ya de 
noche enteramente, y comenzaba á ame- 
nazar la Uiuvia, cuando me apretó la ma- 
no en silencio, y se dispuso á partir. Ha- 
biía ya dado algunos pasos para salir del 
reducto; mas retrocedió luego, y encar 
rándose á <nii, sin desplegar los labios, 
sacó de su cartera una pequeña tarjeta 
que puso en una de mis manos. Hízome 
una cortesía y partió. Así que hube per- 
dido e.1 rumor de sus pasos, y su figura 
se envolvió entre las sombras de la no- 
che, corrí al hospital á leer lo que estaba 
grabado en la tarjeta. Estas eran sus 
únicas pafliabras. 

Edward Moore, M. D. 

Kingston, or Providence. 

Si el nombre y profesión del personaje 
á guíen acababa de dejar, eran los mis- 
mos que aparecían en la tarjeta, sin du- 
da algíuna yo había hablado con un mé- 
dico ingilés ó americano. 

i Y sin embargo, él me había asegura- 
do que no era .médico! Esto me envol- 



339 

vía «n nuevas y más extrañas cottfusio 
nes. Dirigíme al aposento de Regíno, y 
hallék de menos. Pregunté por el, y se 
me responidió que, usando del permiso 
anterior qu€ disfrutaba, habia salido en 
pos mía desde la tarde. Semejante con- 
ducta me causó alguna sorpresa; pero 
como al cabo nada tenia de raro que 9U 
melancolía le hiciese obrar conmigo de 
una manera inusitada, terminé por resol- 
verme á esperarle allí misimo. Llegó, en 
efecto, á la media hora; mas no me dijo 
una sola palabra acerca de su excursión. 
Referíle mi extraña aventura de la tar- 
de, y manifestó tan profunda indiferen- 
cia, que llegué a figurarme que su áni- 
mo se hallaba preocupado, y en incapa- 
cidad absoluta de haber escuchado mi 
largo relato. Siendo ya hora de recoger- 
ños, écheme en la cama y no pude dor- 
mir. Aquel personaje vestido de luto no 
se desvió «un solo tmomento de mi fan- 
tasía. 

A la mañana siguiente, Regino salió 
del hospital sin decirme otra cosa algu- 
na, porque la había dado por no hablar. 
Temeroso de que pudiese sucederle al- 
gún fracaso, una desgracia, ó yo no sé 
qué, salí poco después que él, y me pro- 
puse seguirle de lejos. Observólo, y se 
detuvo á la falda del cerro de San Mi- 
gnjeT, cuya dirección llevaba. Como se 
quedó mirándome con. atención, no me 



34© 

pareció conveniente esquivarle. Diñó- 
me hacia el sitio 6n que se habia deteni- 
do; pero no bien hube llegado á «una dÍ9r 
tancia competente en que podíamos oir- 
noSy me gritó con una voz estentórea : 

— ^¿ Viene usted á espiar mis pasos? 

-^¿ Qué está usted diciendo, mí que- 
rido Regino? 

—^vit no necesito de guia, ni yo pien- 
so escaparme de la persecución de usted, 
ni ide ese condenado sepulturero. 

-^¡ Es posible que usted se explique 
asi, Regino mió) 

— Si, señor: ime fastidia esa vigilancia 
táñ tenaz. Usted no tiene derecho de em- 
plearla c6nmigOy porque tan lazarino es 
usted como yo. 

Y emprendió una abierta carrera tre- 
pando por la colina, y de]'ándome con la 
pakbra en los labios, y atónito por aque- 
lla intempestiva y extravagante inculpa- 
ción. Causóme el más amargo sentimien- 
to, no por el injusto reproche que envol- 
vía, sino porque comenioé á figurarme 
que el pobre mancebo podía estar próxi- 
mo á perder eKjuicio. Atribuía 3ro esto 
á la ausencia de Germán, y por lo mismo 
mi aflicción subió de punto. Retrocedí, 
pues, y dirigime á la hacienda de Buena- 
vista, en que pasé una gran parte d© la 
mañana, y cuando regresé al hospital, ya 
Regino estaba aquí. Apenas me vió, co- 
menzó á llorar con angustia, y se echó 



341 

en mis brazos sin decirme cosa, alguna. 
También yo guardé silencio, y procuré 
nodanme por enitendido de la ocurrenr 
ciá anterion • 

Por la tarde salí yo con dirección á 
San Fernando, agitado de cierto, deseo 
vagó de encontram-e con el hombre miste- 
rioso de la tarde precedeníte. Estúveme 
largo tiempo <3bntemplaindo el mar ;} mas 
habiendo perdido la esperanza ind-efinir 
ble que me retenía, y queriendo aiprove- 
char el resto del tiempo que me quedaba, 
en mis pesquisas acerca de Germán, me 
encaminé «al cementerio para preguntar 
á cualquier sepulturero. Al tiempo, de su- 
bir la pequeña rambla que lleva á la puer- 
ta, me detuve porque «me pareció que el 
hombre misterioso se deslizaba entre un 
bosquecillo próximo, para encaminarse 
á una de las callejuelas qu-e guían al inte-' 
rior del barrio de S^an Román. El movi- 
miento fué rápido, y la figura se desva- 
neció en la mddia sombra del bosqueci- 
11o, «antes que yo pudiese fijar ni una so- 
la de las muchas ideas que me .asfaltaran 
en tropel. Hallábame vacilante aún, 
cuando por la misma dirección que habia 
seguido la sombm del extranjero, vi apa^ 
reoer já Regino, que pon el espaldar del 
cementerio se encaminaba al hospital. 
Sus pasos eran lentos, llevaba la cabeza 
inclinada, y cruzados los brazos sobre 
ei pechto. Est^ *AfV^ aparicióti^ no dfe^ 



343 

de sorprendenme, y sospeché, aunque va- 
gaanente, que no era casual. Sin embar- 
go, cuando volvi á casa, nada parecía 
haber alterado la situación de Regino, y 
conservaba la misma indiferente tacitur- 
nidad de los días preicedentes, san visos 
de a(gitación. Recogime para entregarme 
más libremente á las cavilaciones en que 
me iba engolfando sin querer, y como 
arrastrada 

En la tarde de anteayer, el tiempo se 
presentó bellísimo. Vínome la idea de un 
paseo por la "Eminencia" que, como ya 
en otra vez te he dicho, oírece un adimi- 
nable golpe de vista. Parecióme del todo 
inútil invitar á Regino, porque estaba 
visto que huía de mi compañía, y le dis- 
gustaba mi presencia, no obstante el fino 
cariño y la delicada atención con que le 
prodigaba mis cuidados y consuelos. 

Al sailir, le dejé engolfado en la lectu- 
ra sin que diese ninguna muestra de 
qlie pensase abandonar aquella ocupa- 
ción j^y áI cruzar yo por.enfretitede su 
ventaíia» ñi aun siquiera alzó los ojos 
paía verme. Provisto, proles, de mi anteo- 
jd de' Varga vista, me dirigí al punto de 
mi destino por el camino mis corto, r que 
me había- mostrado mí bueno y honrado 
Germán; en quien estuve pensando cons- 
tante»mente por todo el discurso de la 
tarde. Llegué á la tima» de la "Eminen- 
ci&i," y-todcfs k?e obj^e^Gís m me preBen- 



343 

taron con la misma belleza y magnificen- 
cia que en la «primera vez. Ya al ponerse 
el sol, mi rayo visual cayó con todo su 
aplomo, y can el auxilio del instrumen- 
to óptico que tenía en la mano, sobre una 
de las piedras salientes que se hallaljan 
en la playa próxima al reducto de San 
Luis. Fijé toda mi atención, y observé 
dos bultos que sentados en la ba^c de lia 
enorme laja, prociuraban ocultarse cuila- 
dosamente de las miraidas de los que pu- 
diesen andar por allí cerca. Esto prcc 
más mi curiosidad, é hice lo posible por 
darle al anteojo toda siu potencia. Enton- 
ces acerté á distinguir el cuadro hasta 
en sus más pequeños detalles: j.ero. ... 
gastábase la luz... y no había más que 
el crepúsculo. Sin embargo, por el traje, 
por el gesto y los ademanes, crei ver 
perfectamente á Regino y al hombre mis- 
terioso engolfados en una conversación 
anirnadísima» No pude resistir á la ten- 
tación que me asaltó de ir á sorprender- 
les y tomar' parte en sú diálogo, si era 
posible. Descendí precipitadamente. . . .*; 
pero cuando me hallé enfrente del hos- 
pital', Regino entraba, y sai interlocvitor 
había desaparecido. 

Yo no puedo negarte, qoierido Manuel, 
que este incidente engendró en mí cier*- 
ta especie de envidia, i>or la pTeférencia 
que Regino había logrado en el ánimo del 
que, sdgúa se ihe iiffurába, era un me* 



344 

dico insigne que podía curar mi malig- ' 
na enfermedad, y sacarme de este sepul- 
cro, en que estoy enterrado vivo. Yo ha- 
bría querido que ese «médico nos curase 

á ambos !qué digo! á todos los que 

nos' hallábamos en el hospital ; pero esa 
exclusión á que me hallaba condenado, 
era para mí durísima é insoportaible. Na- 
da me decía Regmo, por más que me em- 
peñaba, no en hacerle prguntas indiscre- 
ta-s, de lo cual bien me he guardado has- 
ta hoy, sino en hacerle hablar, aunque 
fuese por rodeos, y sacar en limpio al- 
go de lo. que estaba ocurriendo. No pude 
lograr de él ni una sola palabra que tu- 
viese conexión alguna con esto, pues á 
todo cuanto le dije no correspondió sino 
con tres ó cuatro monosilaibos ó interjec- 
ciones, que más bien indicaban fastidio 
que otra cosa. Tuve, pues, que ocultar en 
mi pecho todo lo que sentía, á reserva 
de esperar alguna ocasión favorable. 
Puedes figurarte si esto me causará ó 
no algunos sufrimientos, y aun algfunos 
arrebatos de delirio. Sin embargo, des- 
pués de todo, yo no sabia fijamente ni á 
derechas si en efecto Regino y el hom- 
bre (misterioso tenían algunas relaciones., 
ni si ellos eran realmente los que yo ha- 
bía creído ver desde la cima de la "Emi- 
nencia." Todo rne confundía y trastor- 
naba. 

Mas ant]tehe he sajklo de mis dudas, v 



345 

es ya para mí un hecho indisputable que 
Regino y el hombre misterioso están en 
íntimas relaciones, q.ue uno y otro pro- 
curan ocultarse á las miradas de todo el 
mundo, según las precauciones que adop- 
tan para no ser observados. Ayer tarde 
salí a mi paseo ordinario con intención 
de sorprender este secreto. Para 'engañar 
mejor á Regino, usé de la inocente su- 
perchería de ordenar á mi sirviente, en 
presencia suya, que si de La ciudad m»e 
traían algunas cartas que yo esperaba de 
Mérida, sin perder un instante fuese á 
llevármelas á la hacienda Kanisté, que 
es una bonita finca suficientemente leja- 
na de la playa para que Regino pudiere 
tener ninguna sospecha, si proyectaba/ ' 
otra en-trevista con» ese personaje que s^ 
me figuraba ser el Dr. Moor-e, médico in- 
signe y capaz de <;urar á un leproso. Pa- 
ra mejor lograr mi objeto á la vista de 
Regino, que estaba en su ventana hacien- 
do conio que leía, pero qne en realidad 
sólo observaba mis pasos y el rumbo 
que'podi<a yo llevar en mi excursión, mef ' 
dirigí por la parte del monte, hasta que 
me vio internarme en la espesura en : 
que hay .una estrecha vereda que guía á 
la hacienda Kanisté. 

Pero no bieh consideré que Regino me 
baibia perdido totalmente de vista, cuan-/ 
do me revolví sobre la izquierda, y á 
través de algunos obstáculos, fui á si- 

Hospital.— 23 



346 

tuarme sobre un otero inmediato, desde 
el cual podía yo descubrir el mar, la piar 
ya vecina, la salida del hospital y todas 
sus avenidas. Cóloquéme entre unos ma- 
tojos, y me puse en observación. Por 
lo pronto, nada pude distinguir de no- 
table, sino un bote pequeño que se des- 
prendió de una embarcación lejana, fon- 
deada en el puerto hada muchos días. 
Mas de improviso se levantó una tur- 
bunada que muy pronto se convirtió en 
una deshecha tempestad. Un rayo que 
echó abajo la hermosa copa de un coco- 
tero que distaba veinte pasos de mí, me 
lanzó de aquel sitio y corrí presuroso á 
ganar lai llanura para dirigirme al hospi- 
tal. En un momento se eñn^egreció ho- 
rriblemente la atmósfera. iCorrla con to- 
das mis fuerzas y no podía atinar el ca- 
mino. Llovía á torrentes y el reiterado 
estampido del trueao, el siniestro brillo 
de los relámpagos, la; impetuosidad del 
viento, y los ríos de lagua que corrían á 
mis pies, me hacían detenerme á cada 
instante. Por fin, vino la noche y me en- 
contré extraviado en la espesura, des- 
orientado del todo, y sin poderme fijar en 
la dirección que había de seguir. No me 
quedó otro recurso que arrimarme al 
tronco de un árbol y esperar que calmase 
la tormenta. Allí pasé dos horas de mor- 
tales aoigustias. 
Al cabo de ellas, hubo de cesar *ia Ihi- 



847 

vía, mas la tempestad bramaba) con toda 
su fuerza allá á lo lejos en el mar. Era 
aquel uñ stibJime espectáculo; pero capaz 
de aíterrar al hambre anas intrépic'oi El 
brillo de los relámpagos se sucedía sin tre- 
gua, loom tal rapidez, y se presentaba en 
tain^tas y tan variadas direcciones, que no 
pa^recia, sino qiie los cielos y el mar se 
habían vuelto de fuego; »pero de ese fue- 
go que produce una luz que deslumhra y 
hace confundir los objetos. Resolví ca- 
minar á la ventura; mas después de dar 
algunos pasos, encontreme con unas ta- 
pias que creí fuesen diel hos-pital; mas 
no -eran, sino del cemeinterio. Tú sabes 
que jamás he sido pusilánime; pero me 
cauísó tal pavor la cercanía de aquellas 
tumíbas solitarias, cuandio yo míenos lo 
esperaba, que hubieron de flaquearme las 
piernas, y vine al suelo sin sentido. Re- 
páreme; muy luego, incorporóme, y seguí 
caminando al andar del muro, hasta llegar 
ai ángulo que se forma del liento de! 
frente, y del que mira á la banda oriental. 
Apenas había asomado la cabeza, un 
ligero zuzurro de voces humanas vino á 
herir mis oídos, y al resplandor de un -re- 
lámpago distinguí dos personas sentadas 
^ uno de los bancos de piedra, que 

.án á la entrada del cementerio . Po- 
co faltó para que este segundo susto 
me causase el mismo efecto que el an- 
terior; pero por fortuna antes de sufrir 



34» 

lai impresión de terror, conoci perfecta- 
mente á Regino á al ho^mibre misterioso. 
No pude escuchar cosa al'guna» de su con- 
versación, porque en ese propio Instante 
un pequeño farol venía acercándose á 
aquel sitio, y otros varios vagaban ipor 
las inmediaciones del hospital. . Era que 
suponiendo el adtminísitrajdor que nos hu- 
•biéseimos extraviado en la tormenta, ha- 
bía dispuesto que algunas gentes saliesen 
á buscamos con luces, que nos sirviesen 
de guía. Separáronse, pues: el hombre 
misterioso se encaminó á la playa, y Re- 
gino fué á encontrarse con el más próxi- 
mo de los que traían los famoKUos. Así 
que se había alejado Regino, dirigíme á 
la iplaya ; pero nada adelanté. Volvime al 
hospital á entregarme á nuevas cavilacio- 
nes. 

Tal' ^ el estado de los sucesos, que 
verdaderamente no (puedo expücamie: Pa- 
ra colmo de todo, no hace ^ un minutó 
que dejé esta carta para ir atl aposento 
de Regino en ibusca de una barretilla de 
lacre que tenía yo en un cagón de su 
mesa, y le he sorprendido hablando con un 
marinero de mala figura, que estaba arri- 
mado á su ventana pKxr la parte exterior, 
lo cual me ha sorprendido. Sin embar- 
go, nada- le he didho, ni ne aventurado 
ninguna obsevación, porque seria inútil. 
El* no quiere hablarme ni una sola pa- 
labra. ** 



349 

Adiós, Manuel mío. Pide al cielo con- 
suelos para tu amigo, porque realmente 
los necesita. 

Post Data. 

Somos á 12. 

Regino, -por fin, ha cometido la villanía 
de fugarse anoche, como yo había co- 
menzad'o á suspechar. Nno puedo entrar 
en ningún detalle, porque esta carta va 
caminar ahora mismo, que son las siete 
de la mañana. Considera no más cómo 
me habrá dejado este dioso suceso, y com- 
j>adécete de ese desgraciado. Adiós otra 
ve*t 





CARTA XIV. 



ANTONIO A MANUEL. 



S. Lázaro, 25 de Junio de 1824. 

Qtwrido mío. Si no fuera por las re- 
flexiones conisolatorias del buen capellán 
y del respetable Dr. Frutos, que hubo, en 
fin*, dte volver á la tranquilidad de su casa, 
mi situación sería hoy de todo punto in- 
soportable, después de'l desgmaciado isu- 
ceso de Repino. \ EHos mío ! Cuando yo 
me creía libre, en lo posible, del funesto 
efecto que engendran las raras combina- 
ciones de una vida agitada; cuando es- 
peraba que aquí, en mi horrendo destie- 
rro, sólo me vería frente á frente con mis 
diolencias físicas, y con utio ú otro lecueir- 
do que al cabo lograría extirpar de mi 



352 

ánimo afligido; tóbr-evienen entonces ta- 
les incidentes, que me hacen reportar to- 
dos los males de la vida social, sin gozaf 
de ninguna de sus ventajas. ¡Ah! Yo 
no sé si acertaré nunca á perdonar íá 
Regino la conducta poco leal que ha ob- 
servado «respecto de mí, arrancándose cau- 
telosamente de los brazos de un amigo 
que le amaba tanto, fugándose indigna- 
mente, y dejándome comprometido en el 
concepto de las personas que, en obse- 
quio mío, se interesaron, porque tuvie- 
se licencia de .salir fuera de estos muros 
á que la policía le había cottifinado, á 
fin de que su mansión' en San Lázaro le 
fuese menos dolorosa. Te referiré cir- 
cunstanciadamenite lo acaecido, puesto 
que en la breve "postdata" que añadí á 
mi anterior carta, apenas tuve tiempo de 
anunciarte el hecho de 'la fuga de Regino, 
sin entrar en ninguno ée sus pormeno- 
res. 

Recuerdo haberte rfidho que le sorpren- 
dí hablando con un mairinero de mala y 
siniestra figura, que estaba amniado á 
la parte exterior de su venUtna, circuns- 
tancia que me pareció tanto más sospe- 
chosa, cuanto que él mal catado marine- 
ro desapareció del sitio, apenas sus ojos 
torvos se encontraron con los míos. Re- 
gino, sin cura«nse de volver la vista hacia 
donde yo andaba, «sintió mis pasos en el 
aposento, y permaneció indiíerente miran- 



353 

do á la mar, como si tal cosa ocurriera. 
Confieso que me asaltaron vehemenítísi- 
mas sospieclhas jdle| tque ,mi iáesgraciado 
aonigo estaba maquinando su "evasión, con 
'la ayuda de aAgnn extraño que se re- 
celaba de mí. Desde su entrada en el 
hospital, triste y melancólico habitual- 
im'ente, sólo tenía estrechas relaciones 
conmigo, y ninguna con los de fuera . 
Huía de todo el' mundo, y aunque al fin 
le vi alternando con el hombre misterio- 
so, no me figuré que extendies-e más allá 
la esíera d'e sus comunicaciones. Por tan- 
to, después de aquella 'sorpresa, sin par- 
ticipar á ninguno de la casa mis conjetu- 
ras, resolví «ponerme á la espectativa, é 
impedir, si fuese posible, que mi pobre 
amigo se escapase, sin más razón que 
evitable d inminente peKgro de volver á 
los extravíos y excesos de que se hallaba 
libre en el hosipital, por beneficio de la 
Providencia. 

Luego que cerré y sellé las cartas que 
habían de dirigirme á Mérida al siguiente 
día, tomé un libro bajo el brazo, coloqué 
tma silla en h, puerta del hospital por la 
parte de afuera, a«nrellanéme en ella, y fin- 
giendo leer, no hacía yo sino, observar 
¿scrupulosaimente todo cuanto .pasaba por 
aquellas cercanías. Aún no se ihabia pues- 
to el isol, pero espesos y negros nubarro- 
nes interceptaban sus ardientes rayos : las 
aves marinas «nevoloteaban aquí y aÜí: le- 



354 

yantábanle fuertes ráfagas de viento; y 
habia ^eñai^eiS ciertas dé tina próxin?a tem- 
pestad. 'Lo$ leñadores y alonas gentes 
del campo cs&ninaban más que de prisa 
para alcanzar IsiS cajsas del barrio, y li- 
brarse de 'la lluvia que amenazaba. lEn 
medio de aqueña agitación, de aquel mo- 
vimiento general, ima persona sola, cuyas 
facciones nie era imposible distinguir por 
la distancia, permanecía inmóvU' en la za- 
pata de Salí Fernando, vuelta >la cara al 
•hospital, como en actitud, dé examinar 
atentamente lo que aUi pudiese ocuivrir. 
Esta .persona, pues, excitó mi curíoskJad 
y provocó de nuevo mi vígilanida, ponqué 
esto rayaba en te serio. . Conrí á mi apo- 
sento en busca dé un pequeño anteojo, 
que sini llamar la atención de nadie podia 
servir pesf ectaimente para el objeto que yo 
me propuse. En medio minuto estaba áf. 
vuelta en mi puesto; pero ya no vi en el 
suyo al hombre á quien deseaba recono- 
cer. Mi primera idea fué dirigirme á San 
Femando, registrar eit edificio por dentro 
y fuera, y asegurarme de la identidad' de 
aquel hombre con el marinero gue una 
hora antes tenía pláticas con Regino. Pe- 
ro reflexioné 'luego que este r^urso sobre 
comprometerme con un sujeto desconoci- 
do, cuya conducta no me tocaba censurar, 
sería del todo inútil, supuesto que yo me 
había hecho él ánimo de evitar por mí 
sólo la evasión de Regaño, sin q'«e ínter- 



355 

viniesen las gentes de la casa, por temor 
de que una funesta eiquívocación llegase 
á catusiar á mi dtesiv^eatuT^do aimigo un 
mal todavía más grave del que yo real- 
mente me temía. Mi perplejid^ad se au- 
mentaba por instantes, y no sabia }o qué 
(partido sería el más prudente, para adop- 
tarlo en semejante conflicto. 

Engollado me hallaba en estas cavi- 
laciones, cuando maquinalmente fijé el pe- 
queño anteojo que tenía en la mano so- 
fhre una de las muchas canoas pescadoras 
que hacían fuerza de vela por atracar á 
la playa, antes de que el chubasco las pu- 
siese en riesgo de perderse, sozobrando 
ó estrellándose contra la playa pedregosa 
de sotavento. Extraordinaria fué mi sor- 
presa cuandb distinguí, apoyado ai pí^ 
del diminuto mástil del equápaje, á un 
hombme que, por el traje y la cachucha 
•d-e piel, reconocí perfectamente ser el mis- 
terioso personaje, cuya apaTÍción desde el 
primer día haílía producido en. Regino y 
en mí una revolución tan completa é inu- 
sitada. Y creció más mi admiración, cuan- 
do en aquel propio instante;, ¡pasando jun- 
to á mí sin mirarme, saKó Regino em- 
bozado en un capotón de barragán, tsin 
que le detuviesen los signos precursores 
de la tempestad, que, en efecto, á pocos 
segundos estalló en miHares de relámpa- 
gos, truenos, viento impetuoso, y un agua- 
cero que sólo hubo de cesar ha'Sta pa- 
sada la media nodhc. 



356 

Habría querido <salir en pos de Regmo 
y -hacerle volver, ée grado ó ipor íueinza: 
so pretexto de aquella -horrible borrasca 
que ya teníamos eucima. Má$ el proato 
y fulmitiante desarrollo de ésta no me dio 
lugar para nada» y tetmi Janzarm^e en per- 
secución del pobre mozo sin ejsperanza de 
conseguir mi objeto enmedio d!e aqael des- 
orden espantoso de lo^ elementos á lo 
cual podía agregaa*'Se la resistencia dies- 
esperada del fugitivo. Adiemás^ yo había 
pmlidio la dirección de isus pasos^ porque 
le vi tomar et rumbo que guia á espal- 
das del edificio, seguramente x>ara no ex- 
citar mi curiosidad, y desorientarme si yo 
mtentaba seguirle. Casi tenía te ila cer- 
tidumbre que en esa intempestiva salida 
no llevaba más objeto, sino el de fugarse. 
Nada podía remediar, sin embargo, pues 
aunque el mal temporal me hubiera per- 
mitido dar ajgunos pasos, yo no sabia, á 
punto ñjo» cuál podía ser el sitio en que 
iba á reunirse con los que fe facilitaban 
su evasión. 'Lo que ime f>aredó indudable 
fué que el hombre misterioso tenia una 
jparte muy activa en este suceso. Cómo 
y con qué fin, eso no sabría yo cxpB- 
cármelo. 

Entre tanto 1» noche cerró enteramen- 
te; la tempestad seguía bramando é iba 
en aumento; el mar, azotándose contra 
la «playa vecina multip^licaba la confusión, 
tos enfermos estaban recoghíos, ¡os em- 



35^- 

pleados de h, casa dormían, y sólo el pa- 
dre capellán sentado en un sillón junto á 
la puerta de su a/posento observaba y vi- 
gilaiba 'la -casa mientras venía la> hora en 
que la puerta exterior del edificio había 
de cerrarse deífinlitivamente. Me veía ir 
y venir de* un extremo á ctro dé la ga- 
lería, en-trar y sailir de mi haibitación; y 
conoció al cabo que yo era p^reso de aíl- 
gnna oculta agitación, ó tal vez se figuró 
que yo también quería fugarme. Ccn mu- 
cha discreción, acercóse hasta doiide yo 
me diallaba, tomóme lais manos y, n la es- 
casa luz de un farolillo, observó, sin du- 
da, alguna alteración en mis ifacc-cnes. 

— I Qué hay mi buen Antoniol exclamó : 
Vd. se encuentra agitado. ¿Sufre Vd. al- 
guna cosa, amBgo mío? 

— ^Yo nada. Estoy un poco 

triste. 

— ^1 Vamos! Vd. se impresio»na muy fá- 
cilmente. Ya entiendo: la situación de 
Régino tal vez le tendrá constemadb y 
afligido de esa suerte. 

— 'Muchísimo, padre mío, se lo confieso 
de todas veras. ' 

— ^Tenga- Vd. un poco más de sangre 
flría. Lo que Vd. observa y á mí no se me 
ha escalpado; es alguna crisis moral que 
terminará en bien. La melancolía y el 
consiguiente abatimiento del espíritu, ma- 
les «son harto frecuentes en esta casa. Pe- 
ro, todo eso se extiniguirá al fin: el en- 



358 

fermo se habitúa á verse en «u deplora- 
ble estado, pasa la novedad, to re igión y 
la filoBofía vienen- en seguida, y todo des- 
aparece. ¿No lo 'ha probado Vd. .por si 
mismo ? 

•^S\, padre mío; pero lo que yo roe te- 
mo es que á Regino le haya sucedido al- 
go peor que mía crisis. 

El capellán me miró un tanto azorado. 
Luego hizo ademán de diTiginse al aposen- 
to de Regltno. 

— Es inútil que Vd. vaya á buscxiile allí, 
continué. Regino está fuera del hospital. 

— ¡Válgame Dios! ^ Fuera del hospi- 
tal, en medio de uai tieimpo semejante. . . 
después de 'k>s riesgos y trabajos de la no- 
che (pasada ! Esto rayó ciertamente en lo^ 
cura si vio venir la tempestad y • e quedó 
fuera. No se aflija Vd. por esto; ahora 
mismo lo remediaremos. 

-^Es el caso que se ha ma«rchado en el 
momento mismo en que comenzaba, pues 
no parece sino que de propósito salió á 
desafiar á los elementos. 

— ¡Este 'Adíninistrador que lo permi- 
te, siendo tan notorio el extravío de ¡deas 
del desgraciado muchacho! 

-—Acaso habrá salido sin permiso: yo 
tengo motivo de creerlo. 

— iEntomccs preciso es dictar algunas 
medidas para averiguar su pamadero. 

Alarmóse el administrador luego que 
se enteró de lo que ocurría. Al momen- 



359 

to sie pusieron en pie los criíados de la 
casa, y , sin -embargo die que 'díhiviaba., 
mardiaT)on< en busca de Regiao, tomaíiido 
varía'S direcciones. Yo conseguí á fuerza 
dé instar mudho el que se me permitiese 
salir también en demanda de mi aimigo. 
' Todo fué inútil. 

•Después de las más diligentes pesqui- 
sas, que extendimos hatsta la plazuela de 
San Román, volvimos á las dos de la ma- 
ñana al hospital, sin haber hallado ves- 
tigio alguno de iRegino. La fuga se ha- 
bía consumado, y sepa Dios si alguno 
llegó á creerme cómplice en ella. 

Entre tanto, me deshacía en conieturas 
á cual más extrañas. En aquellos mo- 
mentos estaiba yo realmente airado oon- 
tna Regino, y su conducta, no solamente 
me parecía villana é indigna, sino grave- 
mente ciimínial. Los antecedentes iquie 
ya tenía, y que no había comunicado á 
persona alguna, me llevaban á creer tales 
cosas que me horrorizaban. Verdad íOs 
que intervenía en aquel suceso una per- 
sona que, se^gún todas las apariencias, se 
hallaba revestida de los más nobles y ele- 
vados sentimientos, y cuyo sólo aspecto 
predisponía en favop suyo. Pero también 
yo había vi^sto á un marinero de siniestna 
iiguira tottnando ima parte muy activa en 
aquel escándalo. Un tropel de encontra- 
das ideas me asaltaban, y no podían fijar- 
me en una sola, que me pareciese plau- 




sible. ReccM-daiba aquellas pa'labras 

ulioaB del tiiast«rioso personaje, cuando 

dijo conmovido que su misión sobre H' 
tierra era la de repartir él mal mi donde 
quiera que se presentaba: que su cora- 
era bueno y sensible ; pero que un ge- 
nio maligno, un demonio invisible le cons- 
treñía á hacer daño á todo e! mundo. Co- 
menzaba yo á entrever a! través de aquíl 
extraño lenguaje, cierto abismo peligroso, 

' mal, que podía tragaT á mí desventu- 
rado amigo, sin esperanza 'de remedio. 
Porque esas palabras, significa'ban algo 
Begurameníe, y no podianí iser vertidas ll 
acaso cuando salían de lo más profim<lo 
del corazón' y en un mom-ento solerrmí 
é imprevisto. Sobre todo; esas palabras, 
palabnas eran de -acuíacicín, de remonii- 
miento y de doJor, ¿EnaTi un grito de 
maldición, lanzado por un reprobo? 

En fin, yo esperaba con ancia que el 
d'ia viniese píira fundar mejor mis con- 
ceptos : esto iba á depender ya de una 
circunstaiWia' que á mí juicio tenia estre- 
cha conexión con la fuga de Regino. 
Arrójeme, pues, en e! lecho: nebullianie 
eiii él sin descanso, y despabilado conta- 
ba los instantes que faltaban para que el 
sofl se elevase ilinninando completamente 
todos 'los objetos de !a tierra. Cuando 
yo crrf lleg;ado el momento, incorpóreme, 
vesfíme de prisa y, con el antej" en h 
mano, corrí á situarme en un ptmto con- 



361 

veni-ente d-esde el cual pudiese registrar 
todo el puelnto y los objetos que eii él ht^- 
bie&e. Miré ¡ Ah ! Yo lancé en- 
tonces un hondo gemido de angustia inex- 
plicable 

Aiquella embarcación lejana fondeada en 
'la bahia desde muchos días atrá«, habia 
levado ancla, liargado veJa® y echádose a 
la mar. Aülá en los confines del horizon- 
te aparecía un punto blanco y casi im- 
perceptible. Allí seguramente iba Regi- 
no, y volvía á k iníame vida de los pi- 
ratas'. I ¡ Infeliz ! ! 

Vuelto al hospital, y con el ánimo tris- 
te y abatido, escribí la "positdata" de k 
última carta, que te ditíigí en' aqud día 
aciago. 

Más de seis horas pertmaniecí en una 
esipecie de letargo doloroso. Tantais pro- 
testas, tantais lágrimas, tiantos consejos 

saludables ¡ Todo se había matogira- 

do! Yo qtie con tanto entusiasmo ha- 
bía recibido á ajqiuel mi nuevo amigo: que 
había esperado que esa amistad fuese 
eterna, y que juntos partiríamos los ho- 
rrores del destierro i A|y de mí ! Yo 

volvía tristemente á mi soledad antigua. 
El caipelJán vino en mi socorro, y procuró 
«acamie de aquel profundo abatimiento. 
Pero en pos de Germ&n habk marchado 
Refifind: ya me parecía que comenzaba 
á disolverse k única cadlena, que en «el 

Hospital. ~3i 



362 

hosipital había vuelto á aitarme el cairo de 
la vida. ¿Sería testo un fmal? jj Apiádese 
Dios de las pobres criaturas ! Parecíame 
mardiar á grandes pasos ^asta la orilla 
eterna del olvido. . . , hasta la muerte que, 
fiera y sañuda, volvía de nuevo á abrir- 
me 'SUS secos y desoanados brazos. jAy! 
qué horas Manuel mío, que horas de tor- 
mento! 'El cielo reconupeínse á este san- 
to y caritativo saioerdo«te, por su filantro- 
pía y amor á la misera'ble humanidad. Yo 
le debo el haber vuelto en mí de aquel 
profundo decaimiento, que podía haber- 
me aicaírreado lamentables resultados. 

Cuamdo saáió Regino, la vez postrera, 
dejó en el míoi, la llave de su aposento. 
Era ya entrada la nocihe cuando^ hube óe 
verla, y al punto me vino d deseo de re- 
gistrar aquella habitaidón, para cercio- 
rarme «i, al partir para siempre, Regino 
se había aooírdado de que un amigo suyo 
quedaba entregado á todos los horrores 
de un cautiverio, que ya en adelanite le 
será acaso intolerable. Con lais l'ágriimas 
en los ojos y la angustia en el alma pé- 
ne-tré en aquel solitario recinto, en dónde 
habíamos p-asad'o juntos tantas horas, pro- 
ícurandonotS' recíprocameinlte Jfcodio litaage 
de consuelos, y apinendiendo, en la escue- 
la del dolor y del suifrimiento, á sobre- 
lllevar los males de la vida. Sobre la tne- 
s.a había un- libro: dentro deJ libro un 
• bililete escrito para mi. Devoré aquellas 



3^3 

pocsys lip^ais» que no •hici-^rotí, sino au- 
mentar «ai <:Qnsternación. H^ aquí su con- 
tenidio. 

**l!niccwn'parai>l<e amigo mío! Conozco 
que todais las apariencias van á perd^irme 
en ed concepto y estiimiación <lel único 
ho^nbre en la tierra, á quien yo aimo y 
•respeto. ¡Antonio mío! Perdóneme V'd. si 
he abrazado un partido peligroso, sin con- 
sultante pata' nad^, ni .manífesitairle mis 
inten)eio«aes. El cielo me es uoi- buen tes- 
tigo, dei esfuerzo que he hecho en esta 
tremendia lucha conmigo mismo. No he 
poldido remediarlo. No estia en mi mano 
nesignarme á pasar mis años en esta pri- 
sión espalnltosa. La Divina Providencia 

anje ha deparakio un medio ide salir 

y yo he ddbÜdio aiproveciharme de ese me- 
dio para proporcionarme la salud, perdida 
aquí sin esiperanza; y...., taJ vez para 
proportionársola á Vd. tatóbién. AtíSós, 
mi querido Antonio. Yo prometo á Vd. 
que nos volveremos á ver, tan pronto co- 
mo sea posible, — «Regino." 

Si ¡alg&i re^o de dud'a podía haberme 
quedado acerca de la fuga de mi pobrte 
aimigo, después de haberse practicado to- 
das las diligencias posibles en averigwa- 
d)ón die su paradero, este b'ül'dte, y la se- 
gttiriklad con que estaba escrito, disipa- 
ban toidas ntís esperanzas. ¡Mancebo in- 
íeHz'! Lo que seguramente era un casti- 
g0 dtl cielo, llegó á figurárselo como' un 



r 
I 



medio que te deparaba la Providencia, pa- 
ra proporción» rse ese inestionaible tesoro, 
cuyo precio sólo ptrede oonocerse después 
de perld'&rlo miseraiblemeníe en los extra- 
víos de iwia juivenrfud disipada, recibiendo 
en recompensa un veneno mortífero y roe- 
dor, i No ha podido resignarse á paaat 
sus años en este cautiveriio, en. esta tuin- 
ba dt los vivos ! Tiene razón : es muy 
difícil, en ivertíad, conseguir de lleno la 
resignación; tan indispensable para no su- 
cumbir hiegT), lluego bajo al peso de! "¡pi- 
ra, siempre!" que á tal punto horrorizaba 
é (mi pobre Regino. 

Y como si temiese haber clavado un 
puííail agudo en mí corazón, d'ejándonie 
albandbU'ado á oni dolor y á mi agonía, qui- 
so abriir la puerta á mfis locas esperanzas, 
atiuTicilájntíome, qwe tal vez, mi saiud po- 
dría volver de resulta de aquella fuga. 
jiOh! A no haber llegadb á converceime 
de que este mal es ineuirable : á no haber 
retdbido tantos desengaños, acaso podria 
caer en la masa de -an error tan funesto, 
que ime ofuscase, me dejase ciego y en- 
vuelto en peinduTablies tinieblas. Sin em- 
bargo 4por qué te lo he He octiltar, 

Manuel mío? Algo pasa aquí, aiqtjí en lo 
más recóndito de mi corazón, que proHu- 
ce en' mi cierta antsiedaid. cierto deseo va- 
go íe que Regino cumpla con sus pala- 
bras, vuelva á verme y á sacarme de 'es- 
tos horribles calabozos, tanto mái? íor- 



365 

midiabilies, cuanto mayor es él empeño de 
qíue IK> paireacaíi tales al miiseiraible lepro- 
so conifinaido en ellos ¡ Yo no se! 

Est-e joven predestinado al mal, no sólo 
ha cometido un crimen abominable con 
exponerse de nuievo y voluinitariamenlte á 
los pelSgros de la vild'a infaime en que pa- 
só s-us primieros años ; sino que 

i Dios se lo perdone ! ha emjpünzoña- 

•áo »mi existencia, sobre la cuai s-ie^nto ape- 
garse una nuíbe siniesltra, preñada de in- 
fortunios y trilbularioneB. \ Ya no bay paz 
ni tranqui'lidaid de ánimo! 

Aipesáir áe todo, yo conozco que la Pro- 
videncia no nxe ha ^and^onado á mí mis- 
mo, y qtne no me esca'sean- sus benefidos. 
Hace hoy ocho días justos, qiue un sir- 
viente vino á anunciarme, que un caballe- 
ro soJicitaiba por mí. Arreglé mas vesti- 
dos, salí del aiposento, y encontréme con 
el dbator Frultos, ese respetable míédico 
que toonjtribüyó eficaaattnente á hacerme lle- 
vadera esta vida de San Lázano. Su tpre- 
•senda en aquellas circimstaricias, fué pa- 
ma mí de un ailivio inexplicable. Yo creí 
ver un i^®go de contenlto y saltís»facción 
etti aque'lla fisonomía, áiemipre franca- y 
ex'presíva, sieim-pre radiante de amor al 
íprógiilio. Abrazóme con la mayor ternu- 
ra y comenzó á examinarme. 

—-¡Ya Vd. lo ve, mi joven amigo! dí- 
joime en tono de reconvcnición, después 
de haberse ceirciorado de mis alivios. Es- 



366 

I 

to marcha, á ¡gnjn prisa, á utta mejoría no- 
table. 

— ^¡Pero yo nuaca toe pondré hiieno, 
(má querido doctor! exclanté, sa^kándose- 
me las lágrimas. , 

— ^¡iSólo! Dios puede saberlo! <ne re- 
puso con alguna emoción. Sin embargo, 
prasiguió; la enfemiedad se va ocuUtan- 
do, ,y toldavia es m;uy factíbfte que viva 
Vd .... ha«ta cuarenta años más, sin ma- 
yoires istufrknieintos. 

— ¡Y ei funesto gérníen circulará siem- 
pre en mis vena»! 

¡jTodios los seréis vivienítes líevan con- 
sigo el germen de la muerte y dfe la des- 
trucción 1 1 La misión de ta naturaleza es 
la de perpetíuiaff las especies, no los indi- 
viduos. 

— ^Yo, entre tanito, ,penmaneceré ence- 
rrado en eiste hosipiltal, por toidbs los días 
de la vida, sin esperanza de vottver a la 
sociedad de los hooribres. 

— I Qué sabeimos, mi joven amigo ! Ta- 
les tóbiitos podria Vd. llegar á adquirir; 
podría Vd. acoáfcumbrarse de tal suerte 
á comsolar á los pobres enfermos, que 
al cabo halfaffía Vd. en esito una verda- 
dera saitisfacción y un placer mucho más 
puno, que los que 'busca en esa nrina y 
preocupadíi ¡sociedad, a cuyo seno quiere 
Vd. vcílfver. Las miserias del g^én<no hu- 
imlano bien merecen exítar nuestra oom- 
.pasión y dedicarle algtmos cuJldialddB y -des- 



367 

V€Jos. La iriecoimipeiisa de, esto, la halla- 
ría Vd. en éste y en el otro mundo. 

Yo no pude menos que reftexiónar al- 
gunos instantes ein las proimesas de R:e- 
gino, mientraisi el buen doator razona4>a 
d-e aiqnelüa s«uerte. 

Reíerife la evaisión de aquél, y se mos- 
tró adimirado. Más lo estaría si supiese 
•todo lo que yo sé, y sospechase todo lo 
qwe yo sospedho .con tantos fundaimentos. 
Hiabíaimios muy largaimente sobre Reigino 
y c-ó-nocientíí), sin duda, que la melancolía 
que había vuelto á apoderatse de mí, de- 
pendía ein pante de aqiud suceso deplora- 
ble, usó de im lenguaje Heno de razón 
y de fuego para consoliarme. Ya te lo 
he dí'dho en otra vez : el ,dootor Frutos no 
sólo es un médico insigne, sino también 
un profundo moralista. Despidióse, y no 
ha faltado á verme diariaimen'te, prodígán- 
donje sus consuelos. 

Nada sé acerca del paradero de mi vie- 
jo Germfáln, cuya faüita, en esta ocasión, me 
es dolblemente dolorosa. El resultado de 
todas mis .averiguadoniels, ha sM'o el de 
isacar en claro que es'tá ausente de la ciu- 
d'ald y sois cercanías. ¿A dónde ha mar- 
dhario y con qué objeto? He aquí un 
misterio . que no puedo penetrar. 

En la plácida mañana de ayer tuve al- 
gunos momentos de distracción y, si ca- 
be, de placer. El cielo estaba henmiosí- 
sümo, y reinaba una brisa suave y agrá- 



368 

dabd«. Derepenfte se cubrió la bahia de 
usía jmutltiiuid dSe Larudias y canoas : los bu- 
ques mayores despiegaTotí todais sus ve- 
láis, é Jban y veniían de barlovento á so- 
taivenltOy sobre las ligeras onda® die este 
mar en leche. Resonabam grito» y ada- 
nmciones die alegría, aoofm<pañados de xtrn- 
isdcas y cámtiicos harmoniosos. Pareda 
aquellio un lago encanitado. Era el dia de 
San Juan, y las faimilias salian á voOtejear 
en el; puerto. 

(Adiós, ManueJ mío. Aunque yo qui- 
siera disimiuliar el esitado de mi espíritu, 
no ^podrías menos de traslucirlo en esta 
icarta. No te des por entendido, pues, con 
mi buen padre. .Cuida mibcha de su salud, 
émale, y no te oMd'es niunca de este po- 
bre prisionero. Adiós, otra vez. 





EL DR FRUTOS A D. PABLO. 



Caiinpechíe, jiunio 28 de :824. 

Mi diucño y ainigo. He visitado á nues- 
* 'tro queriido Aotonio, y puedo asegurar á 
Vid. qiEC duranlte mi ausencia, se ha true- 
forado tan oonaderablamerite, que aj 
voflmer á verJe, me paredó otro hombre. 
Está pálido y endeble; pero las manchas 
de SOI cueií», las úlceras, la contrajoción 
de los dedos y la lividez de sus laibioe, to- 
do ha desaparecadlo, sin dejar más que uno 
ú otro .vestigio supenficial. Ete verdead 
que sus ojos brillan como si fueran de 
fuego: que su pulsación es rájpida: que su 
pie! «s una brasa; y que su aliento que- 
ma, todo lo cual indica que eíl mal existe y 



370 

se halla concentrado. Mas, en reconupen- 
sa, no hay deformidad, sus 'niiembros es- 
tán expeditos, ^ estómago digiere bien, 
el censorio conserva toda su energía y la 
desorganización se ha detenido, perdien- 
do la eniermedad un terreno considera- 
ble. Bendigamos al Supremo dispensa- 
dor de estos beneficios, y pidámosle que 
se digne conservaiüos. De esto depende 
la paz de 'ánimo de ese joven apreciable, 
y la {tranqujtíldad de Vd., mi bueno y 
querido amigo. Yo le ofrezco que em- 
<plearé cuanto valga, si es que valgo al- 
guna cosa, á fin de auxiliar los esfuerzos 
de la naturaleza, y conseguir que Anto- 
nia) comserve, por lo menos, el estado de 
alivio en qute le ha hallado. Cuento pa- 
ra ello con su natural docilidad y con 
el anhelo que todo enfermo tien*^, aún 
en medio de la postración más profunda, 
de mejorar su situación triste y doloro- 
so. ¡ Cuénito influye en esto la moral ! 

Y díréle todo cua;nto ocurfe, para que 
Vd. y los amigos que teniga Aintonio en 
esa caipital redoblen sus consejos y amo- 
nestlaoiones que, en estas circunstancias, 
no vendrán mal. Si en sus dolencias fí- 
sicas le he hallado en tan buen camino, no 
ha sucedido lo mismo respecto de las afec- 
ciones de su espíritu. Había aquí un jo- 
ven enfermo, del cual hablé á Vd. en otra 
ocasión, como de un infeliz, por quien se 
inlteresiaíba Antonio con toda la susoepti- 



371 

biKdad' de sai alma ardieiDte y generosa. 
Por mi mie-dio-, ¿e consiguió que la au- 
toridad permitiese al indicado joven pa- 
searse por las cercanías del hospital, sin 
emíbaiígo de las muy fundadas prevencio- 
nes que existían para neigar este permi- 
so, ponqué precisaim»entie el día imismo en 
.qu-e la poliicía adoptó el partido de tras- 
ladark del hoispital de San Juan de Dios 
«ai de San Lázaro, el tal jovien había in- 
tentado fugarse; y la cosa no paró en 
conatos, sino que realmlenrt:e se escapó de 
las manos de sus condudtor'es que lío pu- 
dieron haberío de nuevo, sino merced á 
algunos (trabajos y fatigas. 

LleigaroTl á hacerse amigos inseparables, 
y Antonio fpartía con su compañero de 
desgracia todas las comodidades que le 
proporcionaban el amor y la ternura pa- 
ternal. Según los informes que me ha 
d«a»do el capellíán, eclesiástico virtuoso y 
de rnuy bellas prendas ipersonales, estas 
relacionies se resfriaron por parte del jo- 
ven favorecido, hasta el puinto de negar el 
haibla á Antonio, minarle con indiferen- 
cia y rehusar su oompañía; efecto, según 
cree aiquel observador tan modeslr como 
ilustrado, diel extravío de es^píritu y ca- 
bal trastorno de ese infeliz. Desde enton- 
ces, Antonio comenzó á abatirse lloran- 
do á menudo^ sin comuniioar á nadie sus 
pesares; porque otro amigo que se había 
praporcionado en sus excursionies, sujeto 



372 

honradiskno, á quien yo conozco muchos 
años ha, deisa|[>arccíó intempestivamente 
dejando abandonado el miserable oficio de 
sepulturero, a que se íve reducido ,para 
poder ganar el sustento diado. 

Las cosa<s estaban aMi, cuando el des- 
dichado amdgo y compañero de Antonio 
se escapó del hospital, en medio de una 
noche borrascosa. Infructuosas han sido 
todas las 'pesquisas que se han hecho, á 
fin. de saber á dónde pudo haberse diri- 
jirio. La autoridad suspendió momentá- 
neamente d permiso de que disfrutaban 
algunos enfermos, tíe salir á res|pírar íue- 
ra él aire libre; pero, por fortuna, esta 
medida no llegó á noticia de nuestro An- 
tonio, por que fué revocada durante los 
días que permaneció enoairrado, sin mani- 
fesltar intenrtio de 'salir. 

Tales isucesos han causado estra^ al 
.enfermo ; y íaltaría yo á uno de los prin- 
icipales deberes de miédico y amigo, si no 
pusiese todo esto en su noticia, con el 
fin loable de que concurramos, de con-su- 
no, los que estamos interesados en la sa- 
lud de Antonio, á la obra de volverk su an- 
terior resignación, á la cual debe, sin du- 
da, la mejoría que ha llegado *á conseguir. 
Demasiado conoce Vd. las relaciones que 
existen entre lo físico y lo moral del hom- 
bre, 'para que Yd, fuera á extrañar el 
empreño que manifiesto. Escríbale Vd., 
pues, en este sentido; y que sea cotti uc- 



373 

giencia, porque «1 asunto lo merece de- 
veras. Vd. no debe afligirse por estas no- 
ticias que en verdad no se las diera, sino 
fuera, porque tengo esperanza de que los 
cansíejos de un padre tan ^un,ente como 
(discreSto, influinán poderosaimente en lel 
éxito quie propongo obtener. 

Siente se le veía leyendo, escribiendo 
ó dibujajndo. Todo lo tiene hoy abando- 
«laido: Hora, «suspira, ¡pasea poco, y la 
mela^colia vuelve á ocupar su ánimo, aun 
con má's fuerza y veheonenoia, que en los 
primeros días de su entrada en el hospi- 
tal. ¡Esto deímianda remedio, porque ,en 
un pobire lazarino, un abatimiento seme- 
jante puede llegar á producir los más» de- 
(ploraibles resulitados. ^ 

Una de las cos^s que imás le prjeoou- 
pan, según he podido traslucir de sus ex- 
clamaciones y frases entrecortadas, fes la 
|de que los médicos desioonocen b naitu- 
traüem kle «u entetimedad, ó que se han 
equivocado al calificarla de incurable. Yo 
no sé quién ha podido sugerirle una es- 
pecie semejante, que si líegara á hedhar 
raíz en su ánimo, todo lesfuerzo para ha- 
ceirfe conformarse con su desgrada, se- 
ría lo misimo que íiacer rayas en e! agua. 
fYo no he consentido en que 'lea ningún 
tHbro de mietíicina, porque yo conozco la 
impresión que puede dejar en un cerebro 
exaltado, tal clase de lectura. De (mane- 
ra, que esa creencia tiene aTgún origen 



374 

diferente, si y»a xko fuese efecto de las 
CGiibilaciones á que se ha ienitre^ado *des^ 
loe la fugia de su amigo. Todo esto dfe- 
be servir á Vd. de goíbiemo, para ^ue 
mida su lenguaje al esoribirüe. 

•Daos con-suele á Vd., mi buen asmógo, y 
le tenga en su santa gtuaid<a, como se lo 
pide esfre su obediiet)ite y aífmo. servidor 
q. s. m. b. 



,^%\.'^ 



:^'^-;:^ 



■\^^-wIS0\a^''/ 



*-• - * I 



CARTA XVI. 



MANUEL AL DR. FRUTOS, 



'Méridar 12 (k Julio de 1824. 

• 

Mi respetable amigo y señor. Después 
de la que y<d. escribió á mi deudo y ipro- 
tector T). Pablo, nos hallamos» eíi el ma- 
yor sobresalto y consiternadón acerca de 
luueslro querido Antomio. tEl debía ha- 
bennos -escrito coni el criado de casa, que 
sofletnos enviar á Caimipeicíie á lievarle 
nuestra correslpondencia : éste ha vuelto, 
y no hemos hallado una 'soila carta dd 
tdolo de nuestro corazón. No puedo ex- 
presar á VdL la inftensidad del dolor y 
eimargfura die eslíe atribuladfeimo padre, 
cuyo hijo único, objeto de todo su amor 
y die sus más fundadas esiperanaas. le ha 



-\ 



376 

sklo arrebcitaldo de icnproviso^ en lo ínás 
florido die su edad juvenil, para arrojarle 
en un hospital, en donde sólo hay miseria 
y dolor. N^ecesitaba este buen anciano 
de todos tos recursos de la leligión, «para 
no haber sucuimibido en fuerza de aiqucl 
suceso, que dejó en su a^kna una herida 
tan profunda como incuirable. HaiSta ho^% 
las caritas de Antonio eran un lenitivo que, 
en parte mitigaban sus penas y aflicción. 
De esto póárií Vd. conjeturar cuói ha 
sido siu aívgiUiStia, al descubrir la vuetta 
del oriado sin las suspiradas cartas que 
espejaba ansiosamente, para cerciora^rse 
del efecto que hubiesen producido las que 
escribimos, en el sentido que nos fué in- 
dicado por V. El respetable caballero se 
ha .visto en la precisión <le hacer cama, en 
consecuencia de este desgraciada) inciden- 
te ; y he aquí un. mievo motiyo de aflicción 
para esta casa harto desgraciada, sin me- 
recerlo. .. i « 

En semejantes drcunstendas sólo V., 
respetable Sr. y amigo, puede illustramos 
y dedmos lo que realmenítc pasa. De- 
positamos en V. la más franca é ilimjfaüda 
comfitemza, á que es tan jusitaimente acree- 
dor, y yo le ruego encarecidiajmente que 
si no á D. Pablo, por temor de conster- 
marlo imás, a k> menos a mí me comuni- 
ique en todos sus detalles lo que cstó ipa- 
isando en San Lázaro. Yo tomaré mis 
imedidas para comunicar á este señor lo 



¡qpe yo enea convenieai<te manifestarle sin 
¡peligro. Tieoiie amigos muy üustraidos !y 
sensatos, que podrían coadyuvar conmigo 
é'hacerk mlás sapoitabk cualquiera des- 
gmioiía. Esto suipuesto, Vd. puede hablaír^ 
ane sin misterios y con entera libortaid. 
Así sie lo suplico de todas veras .m nom- 
bre de la hum'axiidad, que debe á Vd. tan- 
tos diesfvelois y aimor. 

Yo soy amijgo y coimo hermano ue An- 
tonio, pues me he educado en su propia 
casa ) d'esde la inifeuncia hemos vivido jun- 
tos, ty nimigún secreto hemos tenido oculto 
emtre nosotros. Nuestra correspondeinicia, 
desde que se halla enfermada en el hospi- 
taü, pudiera probárselo á Vd. , Las Cáirtas 
de mi amigo son la hi&toría de (todas sus 
emociones, de todas sius ideas y aíectos, 
y me ha dado cuenta de tod^, sin reserva 
ni lümitación. Hágol^e esta advertencia, 
para que si juzgase conveniente escribir- 
me, cotmo me atrevo á rogarle lo verifi- 
que, hurtando algunos mottnento® al noble 
ejercido de su profesión, que comprende 
Vd. y deaamipeña tan bien, pueda usar 
coffiímígo de franqueza, y hacerme -as oon^ 
fianzas que juzgue necesarias y convenien- 
tes. ' 

Escribimos hoy i Antonio en el adjfunto 
paqueite, que con esta le será entregado, 
á fin de que, según k situación de mi po- 
bre hermano, haga Vd uso dte m conte- 
nido. El criado portador lleva la orden 

HoapiteL— Si 



378 



expctesa de estar allí á la disposidóti-^^ 
Vid., por todo el tiempo que sea n 
rio, áín perjukio de que sí. algo ocucfe 
de psítttkñA^Ty nos escrílba Vd. también por 
d correo. 

iDdos coosery«e á Vd. para bien de la 
humanidad!, coimo sie lo .{Mide^ este sn obe- 
diente y ne'spetuofio aknigí^q. a jn, b^. 




CAKa-A>XVXI.^ 



BL-OAPBI,LAN. OBI^ HOSPETAi; AI^ 

DRitF^UTOS^ 



iSan LázGuo, 15 de Juüio de'9824.L 

iMi ^qoeñdo . auníga. Pm» fué la úkimaiv 
que las. nodies^ aatedoivs. Mie> paireac: 
qiMibijfielM^-.ciKKe^porrHutantei de una. 
nanea '.que -ya comienza, á inspiraome 
taaioin'de-que el esfoomo'^no ¡la resista.. 
H&gase Vd. unluganato en-sua oc«paok>-' 
im"de«la ciudaid, y v<éiigaae tan.i[»ontO'.co- 
tno )e seo. posibte. &te jovoMiime tnte- 
M8a;áot»einBneia . por su amabilidad, por 
ai»~tIo8tntciáa'y,' sobre todo, por vi».mvfy 
tMeotA^aenáaútxÉxx religios(& Un bolot- 
bre- siempre 'inefcoe antstnt particular be- 
n gwJb nci ajycañdadj' pero un jomen setae-- 
JEstedebiera oomemTse-& todo costa.! 



.^8o 






^^.apíi^^íjiy la c«>iíc;íirreji6ía,'\dé.;Vá*,. J^' ya 
ji^efá': por • esAo, qji^e te' -co^sa e3 ii^JiMt^^o 
sériiv iíPol>re joven! -Con hSirtó doiotfiítte 
he separado d-e su ledho, para dirigir á 
Vd. estas cuatro letra® iroigán<lole, como 
vuelvo á bacerlo con encarecimdento, que 
veiiga hoy sin falta. Mieíitras V. no le 
vea, yo no puedo estar tramquiüo. 

Esta imañana amaneció en la puerta del 
hosipital nuestro aimo .GéCJnán, el sepulr 
turero, cuya larga y misiteriosa auisencia 
ha contribuido, en mi concepto, á redo- 
<b<l)a<r . las |>eínas ..y , amarguras de. . AntOimo 
que, como Vd* sáibeí ama con ternura á 
este pobre anciano. El sepulturero se 
tondó l^s manos de dolor y virtió lágri- 
mas c^iosisimasi á1 enjterarsé de lo q<u«e 
pasaba, y desde aiquel i¡nsta«nibe no ha aban^ 
donaJdo la cabecera del enfermo, asistién- 
dole con el mayor cuidado y'jniramáento. 
Verdad" es que no hace sino corres- 
ponder é A^ntonioí lo que éste 'hizo por. él 
en oibra grave dolentcia que d sepultuiiero 
pasó en mi habitajción; cuando Vd,j con 
motivo de la cokunma, se hallaba ausente 
ein^ el calm|po. - '• 

V Antomio no ha ' reoonodrio la voz ni -la 
ftaoMomía de su vi«jo aimigo, lo cual, 
sobre las extraviadas fiaJabras que se ie 
eseaipari, y. las miradas sombiías que arro- 
ja al redieldór de sí, me indican que «I de- 
lirio va á apod'orarse de él mtiy luego. 



38i 

luego, Tetiga V. todo esto presente, y 
vuelva, en tal viitud, á ver y socorrer á 
es'te amigo querido, que nos debe, á Vd. 
y á mí, tanto amor y estimación. 
Suyo que k ama. 



4 p 



^ 




CARTA XVIII. 



EL. DR. FRUTOS A MANUEL. 



Caimpéicihe, i8 dt Julio de 1824. 

Míuy. bi«n ha hecho Vd. en dirigirse á 
. lili, , querido jov^en, para ten-er nuevas se- 
sgueas de lo que sucede en San Lázaro. 
' De esta sue»rte «me proporciotna Vd. la 
dcásíóti die explicarme acerca de mi esotro 
pobre Antoíiio, sin temor de causar un 
pg'OÍp^ d»e sorpresa á mi buen aimigo el Sr. 
. DrPabío, cuyos pesares y aimarguras com- 
prendo pérfectainente y . . i sábelo el 

cielo. . . f quisiera yo aliviar. Nada le re- 

^^lervaré de cuanto ha ocurridlo en estos 

^.óisLS, y <i"e esta manera, podrá Vd., con mi- 

•.ramieníto, hacer uso de lo q<ue voy & co- 

iTii»>icarle. 



r 




Hace hoy tr«oe días que AntonloJ 
acometido de una ñebre de tan mai c 
ter, que he comCTizado á dudaí* de su co- 
iración, y es muy probable quie sucumba 
en la última crisis de la enfermedad. Re- 
tengo, pues, las cartas que Vdcs. le es- 
crilMeron por mi conducto; y por lo que 
respecta al portador, me ha parecido con- 
veniente que permanezca algunos dias oi 
la dudad. Su presencia en Mérida, sin 
contestación ndngmia de Antonio, seria 
una puñalada aibroz para el infeUiz D. Pa- 
blo; y yo he querido aiiorraríie ó diferirJi 
por lo menos, una nuevia pesaduimbrc. j 
verá el modo de explicar ptausiblej 
esta moratoria. 

Desde que volvi del canupo y comíi 
á visitar á Antonio, conoa que la fuga 
de su amiigH> Regino habia hecho en su 
ánimo una extraordinaria impres'ón, que 
se hajcia más patente con sus discursos 
algún tanto extravagantes. Ya Vd. se 
eaiteró de lo que escnbi á su padre con 
tal motivo; y aJhora agreigaré que me pa- 
reció notar a'Igunos síntomas de trastor- 
no en el cerebro ardiente del enfermo. 
Redoblaba mis esfuerzos constante mente, 
y sin eimbargo el mal iba adelante, sin de- 
tenerse. En vez de respondter á mis pre- 
guntas, íloraba : en vez de escuchar mis 
consiejos, declamaba; y aun, en cierta oca- 
sión, me dijo que la decantalda cifncia Ót 
los médicos era un engaño y una fatacia, 



38S 

con qü¡e se qtuería tupir el entendimiento 
hasta de la gente sensata. Piara mí nada 
haíbría tenido de extraño este modo de 
razonar algo bru'sico, porque yo mi-sttno 
soielo abrigar fnis dudas en ciertas mate- 
rias que la ciencia da por demostrad!as; 
pero me sorprendía qiue albora, má'S que 
en otras veces, fijasen la atencióli del en- 
fermo eS(tas ideas, y le ocupasen el es- 
píritu con tal intensidad y ejodtisión, qtic 
no le diesen tiempo para pensar en otra 
cosa. Y ¡en qué circunstamicias ! Pte- 
cisalmeiniÉe cuando sn dolencia ha perdido 
tanto terreno, y cuando más motivos tenia 
de estar agradecido á los esfuerzos de su 
médioo, por cuyos consejos, estrictamen- 
te observados, había llegado í expérimen- 
taír tan niotaible alivio, lo cual dí»bía pny 
ducir en él' una conviccióli totalmente con- 
tlraria á la que manifestaba contra la me- 
dicina y los médicos. ¿Cuál podría ser 
eJ. origen de semejante preocupacióii ? 
Perdíame en conjeturas vanas, porque lec- 
tura de libros facultativos no era, supuesto 
que me constaba no poseer ano sólo de 
ellosj; y además, en esos días lo que memos 
pen<sabá era en leer. ' Puede Vd. figurairste 
mny bien cuáü sería mi aflán en extíripar 
de aquella fantasía volcanízadá unas im- 
pi^sSones que .podían degenerar eri ver- 
dadera locura. Yo predicaba en desier- 
to, porcfue ío que mas conseguí obtener, 
fué cierta sonrisa sardónica, que parecía 



. hacer bui\kt de mis discursos. Entonces 
.era cuando: mis temores de un funesto 
extravio .subían de ipunto, y me haltaba 
diesarmado. paira combatir el mal. ¿Qué 
quiere Vd.. hacer de un eniferanoque no 
tieme !fe en su médico» y. que desprecia al- 
tamente los recursois de la medicina? 'Bus- 
caba, puesv el principio de donde prove- 
nía, aquel escepticismo, funesto» y no lo 
r.ltiallaba. Todo era .madhacar en hierro 
, . irío. , 

, Por ñn, en la nodhe del día cuatro re- 
cibí un billete- del capellán, en que me Jos- 
taba á mardhar inmediataimente á San Lá- 
, iaro. Aunque yo estaba constipado, llo- 
viznaba, abacia, un brisote fuerte y. era -pre- 
ciso exponjerme. á el en la desabrigada pla- 
ya de San Romén, metiimo^ en la. volanta 
y. partí de luego y luego. Halliéme oon 
Ja novedad granre de estar Antonio asaka- 
. do.de una- fiebre voraz. Según supe,-^cfi 
r aquella tarde había salido átl hospital, <:o- 
.mo tenía costumbre,, á. pasearse, ^r. la 
, playa ó sus es^pléndidas y frondosas oer- 
, canias. Sepa Dios lo que en esa tarde 
le acaecería, parque volvió desatentado, 
con los ojos desencajados erízaílQ el cabe- 
llo y con señales. de haber tenido. algún 
extraordinario encuentro; si ya 4ic fuese 
su alterada faintasía Asl que hubo de, pre- 
sentarle alguna visión funesta 6 monstruo- 
sa. Corrió a eciharse en los brazos del 
. capellán, á quien pedía, lleno de. painor y 



387 

angustia; que leübrase deun niaivddo in- 
fame que le perseguía. Por más.: que hi- 
zo ^el'buen sacerdote para tranquilizarle, 
y «hacerle ver que estaba en un lugar- se- 
guro, y bajo'' la protección y amparo; de 
un-' amigo suyo, nada bastó, á tranquili- 
zarle. La afiebre había ya comieazado. 

De entonces acá he apurado todos» ios 
medios, y no be podido lograr nada. Su 
delirio ya es espantoso: habla de unas 
*rauj«erztieks que la han perdido, lo cual 
■na Ksreo, pues su conducta moral en San 
Láasaro ha sido irreprochable : tmaldioe á 
un perverso que le ha engañado: habla 
con. ternura de Regino, é invoca sin ce- 
sar el auxilio de Germán el sepulturero, 
que ya está á su lado; pero que no ha 
podido reconocer. Yo he pasado, algu- 
nas noches á la orilla de su lecho; y mis 
visitas por el día han sido con toda la 
frecuencia que me permiten las ocupa- 
ciones de la ciudad y la distancia en que 
se halla situado el hospital. Ningún au- 
xilio, de ningún género, le ha faltado; y 
si llegase á sucumbir, yo le aseguro á Vd. 
que seffá por haberse cumplido, siendo 
a«n tan joven, su carrera en este mundo. 

lAivisaré á V. puntualmente de cual- 
quiera cosa que ocurra. Si yo tuviera se- 
guridad de que el éxito de la curación, 
que he emprendido, va á ser conforme 
con mis ardientisimos deseos, podía anun- 
ciarle desde hoy que nuestro querido An- 



388 

tonio sainará sin remedio; pero, tengo* el 
sfentimiento, ó más bien la ihonda pesa- 
dumbre^ d-e. repetirle lo que le dije al prá- 
cípio ; á saber que es muy probable ^ fu- 
nesto término de la enfermedad. Y co- 
mo no quiero ocultarte mis esperanzas 
mÁs lisonjeiras, añadiré que la única que 
me resta es la que ofrece la juventud y 
buena constitución del enfermo. 

Quiera el cielo colmar á Vdes. de to- 
do linaje de consuelos, y con esto, me 
ofrezco á sus órdienes como su afectisimo 
amigo y obediente servidor q. s. m. b. 




CARTA XIX. 



MANUEL A MELCHOR. 



S. Lazara, 5 de Agosto de 1824. 

Querido Melchor. Aprovediándome de 
una tregua «que se me presienta, puedo, en 
fin, tomar la pluma, y enterarte de lo 
acaecido en este viajé, cuyo término, con- 
tra todo cálculo y esperanza, ha sido ver 
y abrazar á nuestro desg^raciado Antonio. 
Mis cartas dirigidas á O. Pablo, te ha- 
birán tranquilizado al saber que el enfer- 
mo está fuera de peligro. Hay, sin em- 
bargo, ciertas confidencias que sólo pue- 
den transmitirse á tí unicamemte ; por- 
que si bi>en ese respetable caballero sos- 
}>echa acaso todo lo que hay acerca de su 
hijo, no me parece oportuno convertir sus 



390 

presunciones en certidimitoe, é-faínear el 
pi)i&ftl de una tribulación nueva ea un pe- 
cho tan contristado y h^do por demás. 
Nb ignoras cuál ha sido mi condiictar pa- 
ra con él, respecto de mi corresponden- 
cia con Antonio. Verdad es que su inal- 
terable circunispecdón jamás ha pretendi- 
do exigir de mi cosa alguna aoeica de 
esto, y se ha conformado con solo aque- 
llo que me ha parecido conveniente co- 
municarle. Sírvate esto de inegla, y no 
te olvides (que no te olvidarás) de se- 
guir el prppio camino. Yo estoy persua- 
dido que D. Pablo, conocedor del mundo 
y de la necesidad que tiene su hijo de 
ex<pla)yar su ánimo en el seño de sus aimi- 
gos de la infancia, no querrá hoy obrar 
de diveipsa manera que antes. 

Testigo fuiste de la desolación que rei- 
nó en aquella casa el día 21 del pasado, 
día funesto en que se recibió la úkinu* 
carta del Dr. Frutos. La impaciencia y 
el sobresalto del. buen padre no me per- 
mitieron adoptar ninguna precaución pa- 
ra evitar que recibiese de lleno tan tre- 
mendo golpe. Habría partido volando, 
arrojándose á emprender un viaje que su 
edad y sus adhaiques hubieran hecho fu- 
nesto. A duras penas, y no sin angtis^ 
tiarse demasiado el respetable anciano^ 
hubo de conformarse con que yo solo me 
pusiese en marcha, y viniese á recibir el 
postrer aliento de un hijo nunca más ido- 



39^t 

latra<k> que ooaBdo' se hallaba ausenté y 
en peligro. Pensar "fen un viaje por tierra 
en estación tan cruda, y cuan<do aán* na 
existe una carretera formal entre Mérida 
y Cainipeche, habría sido una locura, pues 
consu^miéndose seis ú odio diás en tan 
malos caminos, era imposible Uejgar á 
tiempo, si realmente era la fiebre de An- 
tonio, como se figuró el Dt; Efamcourt;? 
una fiebre perniciosa, qiie en pocos aoce-*- 
sos temina con la vida dW paciente¿ si 
no puede cortarse desde el principio; No 
hábia máis recurso que venir por mar, por- 
que sí bien era incierta la duración del 
viaje, había muchas probalbLlidades de 
terminarlo en menos tiempo que por tie- 
rra. Partí desde luego para Sisal, á dcwK 
de llegué en cinco horas, y encontréme 
co|i que el "tío Mjoy," patrón de la bar- 
ca "Envidia," iba á salir en la mañana 
próxima para C^aimpedie. No malogré 
taJn feliz, ocasión, y i las nueve del día 
nos hicimos á la vela con viento favort-^ 
ble y mar en bonanza. 

Jamás había presenciado iin espectácu- 
lo tan magnífico como el que se ofreció 
á mi vista cuando, después de una no- 
dhfe tranquila y apacible, el sol de la ma- 
ñana coloreó con hermosos y variados 
tintes el fantástico diorama que presen- 
t2íba la bahía de Campeche, enfrente de 
la cual nos hallábamos entonces. Ocu- 
paban el centro de una espléndida ense- 



39« 

nada la ciudad, sus murallas, torres y ba- 
luartes. Prolongábanse á deredia é iz- 
quierda las afueras, pirdiéndose lo<^ edifi- 
cios entre bosques frondosos, sobre los 
cuales descollaban, con todas sus copas, 
los infinitos cocoteros que dan al puerto 
tma vista verdaderamente asiática. Una 
serie de colinas, cubiertas de verde y es- 
pesa arboleda, servía de fondo 4 ese cua- 
dro, que entero se reflejaba en un mar 
terso y tranquilo corpo un espejo, sobre 
el cual se deslizaban ligeros los barqui- 
llos de los pescadores, y permanecían co- 
mo engarzadas las embarcaciones mayo- 
res. :. • 

Según se iha'bía explicado Anítonio en 
sus cartas, desde el puerto en que me ha- 
llaba á bordo de la "Envidia," unq leg^a 
maír en fuera, debía verse la fachada del 
hospital de San Lázaro. Descubríla, en 
efecto, sin necesidad de que me la indi- 
casen. ^'Tan profunda ha sido la impre- 
sión causada ipor los relatos de mi amigo ! 
Experimenté entonces un sentimiento tan 
vivo de dolor y de tristeza, que ya no me 
fué posible conternplar por más tiempo 
el espectáculo que se desarrolla á mi 
vista.. Mis ojos fueron, á davarse fija- 
mente en el siniestro y solitario edificio 
que servía á mi pobre Antonio de. pri- 
sión, y de tumba, sin otro término que la 
muerte, si ,aun ésta no había venido á 
arrebatarle de una vez para devorar su 



393 

presa. Creía por instantes mi. afán de 
llegar y saber de cierto si aún era tiem- 
po de recibir su postrer suspiro; y sin 
embarigo temía salir de aquella cruel in- 
certidumbre. El cielo quiso poner i prue- 
ba mi conformidad con sus designios. Sa- 
lió por la proa un viento fuerte, que nos 
obligó á navegar á la bolina, mantenién- 
donos de vuelta y vuelta casi todo el día, 
sin poder llegar al punto de nuestro des- 
tino. Cuatro ocasiones pasamos tan cer- 
ca del hospital de San Lázaro, que con 
la simple vista descubrí hasta las perso- 
nas que entraban y salían, siendo tal la 
ilusión que esto me causó, que ..egué á 
representarme algunas escenas funestas, 
de las cuales no quiero hoy acordarme. 
AJ fin tuvo Dios piedad de i;ni angustia, 
y llegamos al miaelle de Campeche ya 
que el sol iba á ocultarse en el ocaso. 

Dadas ligeramente algunas disposicio- 
nes, dirigime al instante á casa del Dr. 
Frutos; y su familia, que no estaba en 
los pormenores del suceso del San Lá- 
zaro, sólo me instruyó de la ausencia del 
doctor, sin poder asegurarme en dónde 
le hallaría. Entretanto la nodhe cerraba 
del todo, y creí que más tarde sería im- 
posible vencer los obstáculos con que po- 
día encontrarme para entrar libremente 
en el hospital. Me informé de la morada 
del padre Chacón, antiguo y fiel amigo 
de D. Pablo; y supe que estaba á muy 

Ho«pltal.~96 



39* 

pocos pasos de la casa dd doctor. Aun- 
que no llevaba recamendadóa ninguna 
para él, resolví, no obstante encaminar- 
me á su casa, y rogarle me instruyese 
de lo que yo debk practicar para con- 
seguir al punto el objeto que me propo- 
' nía. £1 padre Qiacón estaba fueni ; pero 
encontréme felizmente con dos cléngos 
jóvenes, sobrinos suyos, uno de los cua- 
les, con una luz por delante, octipabase 
en iluminar un precioso dibujo, mientras 
que el otro, colocado enfrente de su her- 
mano, se entretenía en coordinar los frag- 
mentos de a;lgunos antiguos idolillos y 
vasos de barro, dispersas con algtín des- 
orden sobre una corpulenta mesa, pinta- 
da caprichosamente. Desconcertéme un 
tanto al hallar de menos al padre Cha- 
cón ; mas el clérigo anticuario acudió lue- 
go, preguntándome si en algo podría ser- 
virme. 

— 'En mudho, señor mío, repuse al mo- 
mento, resuelto firmemente á no malo- 
. grar aquella ocasión propicia 'de salir de! 
conflicto en que me veía. 

El de los dibujos suspendió su obra: 
y. el que me había dirigi-do la pregjunta 
dejó de la mano sus tiestos, sorbió una 
regrular dosis de rapé, y acercáfidose has- 
ta donde yo estaba,, dijome de la manera 
rnás franca y expresiva. 

— •M'e tiene Vd. eiiterameiite 4 sus ór- 
denes. 



395 

— ^M€ urge, continué yo, me urge mu- 
cho pasar de luego á luego al ihos-pital 
de San Lázaro, en donde un hermano mío 
está en los últimos instantes de su vida, 
si es que aún no ha sucumíbido. Vengo 
de iMérida, no hace una hora que lestoy 
en tierra, jamás he visto á Campeche, y 
apenas sé lo que debo practicar para <x>n- 
seiguir lo que tanto necesito : ver á mi her- 
mano. 

. — Lo que debe Vd. hacer es venirse 
conmigo, dijo mi interlocutor, empuñan- 
do un bastón negro con guarnición de 
plata, calándose el sombrero clerical, y 
tomando la puerta sin mucha ceremonia. 

Yo marché en pos. 

Eaitró 'en un almacén cercano, habló dos 
palabras con el dueño, recibió de su ma- 
no una boleta, y continuó andando tan 
de prisa que apenas p^odía seguirle. Sa- 
limos de la' puerta de San Román, atrave- 
samos la lóbrega campaña sembrada de 
irnos cuantos árboles antiguos, entramos 
en la pequeña iglesia é hicimos de rodi- 
llas una breve oración, proseguimos nues- 
tra rápida marcha, y ya que habían:- os de- 
jado muy atrás las últimas casas del ba- 
rrio, se detuvo, me entregó la boleta, y 
señalándome con el dedo un edificio que 
apenas se percibía en medio de la lobre- 
guez que reinaba, di jome sentando su ma- 
no derecha sobre mí hombro izquierdo: 

— AJlí tiene Vd. el hospital de San Lá- 



396 

zaro, en el cual puede Vd. entrar sin obs- 
táculo, y (añado yo de mi propia autori- 
dad) sin escrúpulo ni temor, fel "lazari- 
no'' sóolo es contagioso cuando Dios 
quiere, y no cuando lo mandan los mé- 
dicos. 

Mientras mi vista se esforzaba «n pe- 
netrar las tinieblas, y «enterarme de la 
situación del 'hospital, desapareció el buen 
eclesiástico, sin darme tiempo de expre- 
sarle mi gratitud por tan buena acción. 
Al encontrarme solo en aquel sitio de tan 
fúnebre apariencia, quedé petrificado de 
estupor. El murmurio de las olas, el fuer- 
te soplo de la brisa, la profunda oscuri- 
dad de la noche, el brillo efímero de ai- 
gunos insectos fosfóricos.... todo venía 
á dar á mis ideas, harto melancólicas ya, 
un giro horrible que hacía estremecer las 
carnes, crugir los dientes 5 erizarse el 
cabello. Hallábame en una verdadera 
agonía. 

Hice un esfuerzo, y comencé i encami- 
narme hacia el objeto que tenía delante. 
A poco andar, hálleme frente por frente 
de la puerta, que estaba cerrada ; pero 
escapábase por las rendijas uno ú otro 
rayo de una luz débil, que solía desapare- 
cer por la 'frecuente interposición de al- 
gún objeto. Guiado de tan extraño lanal 
pude al fin acercarme, subí por una ram- 
bla, tomé el aldabón y déjelo caer sin 
esperar que produjese un ruido tan agu- 



397 

do como el qu€ sentí prolongarse por 
algunos segundos, causando un eco .le- 
jano y estrepitoso que cuajó toda la san- 
gre d-e anís venas. La enorme puerta gi- 
ró al punto sobre sus goznes, y un an- 
ciano, ataviado de un modo raro, acercó 
á mi rostro una linterna para examinar- 
me, preguntándome aquella visión con 
voz de trueno. 

— ¿Qué busca Vd. en este sitio y á esta 
hora? 

— ¡Dios mío! exclamé yo sobrecogido 
de un terror profundo. Pues ¿en dónde 
estoy? 

— li En un cementerio ! 

Sentí que la vista se mé oscurecía y se 
me doblaban las rodillas. Nada más supe 
de lo que ocurrió después, porque caí co- 
mo muerto en el dintel de la puerta. iCreí 
positivamente que había sonaido mi últi- 
ma hora. 

Cuando, pasado mucho tiempo, volví en 
mi acuerdo, la luna estaba ya sobre el hori- 
zonte, y dejaba caer oblicuamente sus pá- 
lidos reflejos, iluminando con su Inz mor- 
tecina la tranquila escena que me rodea- 
ba. Hallábame al aire libre, echado en 
una manta al pie de una cruz, y en medio 
de un «recinto amurallado. A .pocas ho- 
ras descansaba tranquilo, sentado sobre 
un hosario, el extraño personajje, cuya 
voz me dejó sin sentido. 

Aterrado de lo que veía y reco-rdaba, 



39» 

habría vuelto á ca-er en nuevo deliquio, 
si el anciano, dulcificando su acento, no 
hubiese procurado tranquilizarme. 
• — ^Vd. se ha alarmado sin motivo, re^ 
zongó mi interlocutor . Ruégole me per^ 
done si mi presencia ó mis palabras han 
podido influir en su es.píritu de la manera 
siniestra que su turbación m-e ha dado 
á entender. Repóngase Vd. de su infun- 
dado temor, y prosiga -en paz su camino, 
supuesto que este sitio no es seguramen- 
te el punto á que se dirigía; y ni Vd. ni 
yo debemos permanecer aquí jp^or más 
tiempo. 

— ¡ Ah ! exclamé. Ignoro cómo he po- 
dido equivocarme: yo me dirigía al hos- 
pital de San Lázaro, y he venido á lla- 
mar á la puerta de un cementerio. 

— ^De ordinario sucede de otra manera. 
Venir de San Lázaro y caer en este ce- 
menterio, que está bajo mi cuidado y vi- 
gilancia. 

Un pensamiento cruzó rápidamente ^por 
mi alma. 

— ^Perdóneme Vd., dije entonces'. ¿Será 
Vd. por ventura nuestro amo Germán? 

— ^Sí, señor: nuestro amo Germán el 
sepulturero. 

¡Ah, qué felicidad tan inesperada! 

Incorpóreme al instante y estreché con- 
tra mi corazón al amigo sincero y desin- 
teresado de Antonio. El sepulturero en- 
tretanto permanecía inmóvil, con los bra- 



199 

zos caídos, sin dar ^muestras de corres- 
ponder á mis arrebatos de ternura. Mi- 
rábame de hito en hito, como sorpren- 
dido de aquella familiaridad iaesperada, 
pero qiie recibía oon cierta espiecie ide 
beneYolencia. £1 ademán brusco «de un 
hombre desconocido, que acababa de ex- 
perimentar un arrebato de tetror, no po- 
día menos de llamarle la atención, y pi- 
car su curiosidad. 

— Permítame Vd. preguntarle, me dijo 
al fin: ¿qué halla Vd. de feliz en mi en- 
cuentro, y más en un sitio en que todo 
debe recordarle el término de la vida? 
Por ío que á mí hace, confiésole que me 
ha hecho perder dos buenas horas, que 
segiin la necesidad que yo tenía de em- 
plearlas, me han parecido dos siglos. Es- 
to no es decir que no estime la bondad 
con que se digna Vd. tratar á un viejo 
pobre y desvalido. 

Ocasión era aquella de hablarle acerca 
de Antonio, pedirle me guiase al hospital, 
y me sacase de una vez de situación tan 
embarazosa. Mas de improviso agrupá- 
ronse en mi mente mil ideas fúnebres que 
me dejaron mudo. ¿Qué hacía al!í nues- 
tro amo Germán, cuando estaba prohibi- 
do sepultar en hora excusada? ¿Por qué 
había abandonado el lecho de su amigo 
moribundo para venir al cementerio? 
¡Dios mío! ¡Si se habría consumado la 
desgracia que yo temía, y el sepulturero 



400^ 

oraba sobre la tamba de' sti !imi^o, cuan- 
do mi presencia vino á - interruniptrle! 
Agobióme de tal suerte este negro ]>ensa- 
•miento, que mis ojos comenzaiioa á va^ 
gair horriblemente scbte las fosas que me 
cercaban, atgunas de las cuale» estaban 
abiertas, y otras tenían- la tierra reciente- 
mente removida. Algo de extraordinario 
hubo sin duda de pintanse en mi frente, 
sobre la cual caían de lleno los rayos de 
la luna, porqaie el andano acudió luego 
en mi auxilio sacándome de aquel piélago 
en que había caído. 

-^Vamos de aquí caballero 5 este aire 
le hace á Vd. mucho daño: ya está visto. 
Nunca se penetra en el recinto de un ce- 
menterio, siti que el pensamiento de la 
muerte venga á fijarse tenazmente en 
nuestra alma, como un remordimiento «n 
el corazón de un criminaU Esto es un 
martirio para la generalidad de loí hom- 
bres ; pero á mí . . . . ; gracias al Señor me 
sit^e de un -grato é inefiabk consuelo. 
Cuando vengo á visitar, en esta» horas de 
misterio y de silencio, las sepulttirSia de 
mi cementerio, encuéntrome en comuni- 
cación con el mundo invisible en donde 
moran mis amigos y mi» conocidos, ol- 
vidados ya en la tierra por todo el género 
htmiano. Entonces siento que mis pe- 
nas se alivian, y la dulce paz de! cielo 
vuelve á mi corazón. 
' El anciano lanzó un profundb sti^i- 



40I 

ro. Y como si hablaira consigo mismo^ 
prosiguió luego. 

— iLa ausencia de algunas semanas. . . . 
y . . . después . . . ¡ Hasta hoy no he podi- 
do venir á llorar sobre la humilde sepul- 
tura de un desgraciado! En fin, (dijo 
convirtiéndose á mí), sea Vd. quien fuese, 
me parece que- preferirá Vd. saliir de este 
sitio, más bien que permaneoer en él. 
Vamos. 

Yo me dejé guiar maquinalmente hasta 
la parte exterior del cementerio. Habia 
tal trastorno y ccmfusión en mis ideas, ex- 
citadas por aq-uella posición tan smgular 
en que había venido á caer, que me fué 
imposible aventuirar ninguna observación, 
ni decir una sola palabra. Descendimos 
de la rambla al camino, y desde allí pude 
ver y reconocer el hospital de San Láza- 
ro, al cual yo me había acercado varias 
veces durante el día, cuando aún no ha-* 
btaimos podido echar el ancla y venir á 
tierra. 

— Supuesto que Vd. se dirige á San Lá- 
zrfrd, observó el sepulturero, acompaña- 
ré á Vd. hasta aílí ; yo estoy atojado pro- 
visionalmente en su recinto: Démonos 
prisa en llegar, que tengo un deber sa- 
grado que cumplir junto á un amigo, que 
se ha visto en inminente peligro de muerte. 

— Sí, apresurémonos, porque yo tam- 
bién debiera estar ya junto á ese amigo 
de Vd. : mi pobre hermano Antonio. 



4pz. 

Detúvose un instante el sepulturero, 
'me miró 'con fijeza. 

— -iCómol exclamó. ¿Seria Vd. e! h< 
mano de Antonio? 

— ¡ Sí, nuestro amo. 

. Es posible, amigo, y Vd. 
■sin decirme una sola .palabra, cuando 
"termano nos ha partido el' corazón á 
dos clamando por Vd. enmedio de su di 
lirio 1 ¡Ya se ve! ¿Qué se habrii reme- 
diado con su presencia? Vamos, viene 
Vd. en muy buena ocasión. Cuando salí 
á las s«is de la tarde, llevaba ya doce ho-, 
ras de -reposo y de sueño tranquilo: 
aún permanece en tal estado, el do< 
tiene esperanza de salvarle. 

De todo quedé instruido con 'CStc bn 
razonamiento. Redoblamos el paso, 
dentro de poco estábamos ya á la pi 
del hospital. El sepulturero tocó 
mente ima vidriera próxima, y al toa 
to abrióse un postigo de la puerta 
cipal, por doTide entramos á una espaN 
sa galería, que se extendía á derecha 
izquierda. El admirustrador recibió -f le- 
yó la boleta que le presenté, y al punto 
me permitió dirigirme al aposento de An- 
tonio, á donde me guió nuestro amo Ger- 
mán. Eran dadas las once de la noche. 

Es preciso renunciar á manifestarte, 
amigo mío, lo que experimenté en aquel 
momento crítico, al cual tocaba yo 
pues de haber recibido tantas y tan 




403 

n^stas impr-esiones, y hallarse predispues- 
to el ánimo á conimoversé. Mi corazón 
latía con vehemencia, agolpábase la san- 
gre á mi c-erebro, faltábame la respira- 
ción, sentía entorpecidos los pies y pe- 
gada la lengua al paladar. La apariencia 
interior de aquel vasto y sombrío edificio, 
la historia viva át dolores y miiserias qU€ 
representaba, el recuerdo de algunas es- 
cenas que allí habían pasado, las car- 
tas de Antonio, las memorias de Regi- 
no. . . . todo se pintó en. mi alma con I05 
más vivos coloridos. 

Entramos en el aposento de Antonio. 

Reinaba en él un silencio solemne, co- 
mo el que rodea á un moribundo en sus 
últimos momentos, cuando todos están 
pendientes de su respn'ración, y sólo se 
comunican por signos y ademanes mudos. 
En una mesa redonda, colocada en me- 
dio de la habitación, ardía una candela 
de esperma cubierta con una guardabrisa 
dé cristal morado, que comunicaiba á to- 
dos los objetos un tinte suave y sombrio. 
A espaldas de un ligero biombo hallába- 
se el lecho del enfermo, resguardado con 
hermosas cortinas de damasco. En una 
poltrona, cerca de la cabecera, dormía 
tranquilamente un caballero, entrado en 
edad y vestido con decencia. Un sacer- 
dote estaba de pie, á cierta distancia, con- 
templando en silencio aquella escena, y 
elevando seguramente su voz hasta el 



404 

trono del Excelso en favOiT del enfermo. 

Este era el capeHán : aqu-el, el Dr. Fru- 
tos. 

Niuestra presencia en nada alteró el si- 
lencio y recogimienito. "^ El cuadro solo 
recibió nuevos personaje» ó figuras, pero 
qingTÍn movimiento. ArrodiBéme al pie 
de la cama, alzando un tanto las cortinas 
para contemplar aquel espectáculo. 

j AIK estaba Antonio, nuestro qijerido 
Antonio, á quien yo volvía á ver después 
de su destierro, y de tenerle por muerto! 
Mis lágrimas corrieron abundantemente. 

El capellán cambió unas cuantas pala- 
bras con el sepulturero, y en seguida se 
acercó á mí, me estrechó la 'nuano, y en 
voz remisa me invitó á pasar á su habita- 
ción para tomar un ligero descanso. Re- 
sistíme, manifestando que sería mejor que 
nos dejase el cuidado de velar al enfermo, 
y se retirase por algunas horas. Perma- 
neció alK; pero echóse en un catre de 
viento, que habiía cerca, mientras que 
Germán y yo quedamos á la guarda del 
enfermo. 

A la una abrió los ogos el doctor, y 
sin mirarnos acudió luego á tomar ei pul- 
so del paciente, en el cual no se notaba 
otro movimiento que el miuy suave y tran- 
quilo que producía su respiración. 

¡Va bien, muy bien! Murmuró el doc- 
tor después de tres minutos de examen. 

Volvió la cabeza ai otro lado de la pd- 



40S 

trona, y siguió durmiendo apaciblemente. 

El doctor despertó dos veoes más en 
el resto die la- noche, mientras que Ger- 
mán y yo continuábamos en nu-estra vi- 
gilia, y si-empre dio muestras de satisfac- 
ción, -porque la mejoría del paciente pro- 
gresaiba. 

Venido el dia, poide distinguir mejor 
las facciones de Antonio, que tanto de- 
seaba reconocer. Está ñaco, cubierto de 
«na palidez mortal, crecido el cabello, y 
muy hundidas las mejillas; pero no ob 
servé en la piel ninguna de aquellas ho- 
rribles manchas que dan á los infelices 
leprosos un aspecto tan repugnamte. Sus 
labios con-servaban un ligero sonrosado 
y su nariz una forma regular. Era, en 
fin, aquella misma fisonomía interesante,, 
móvil y llena de gracia jtuvenil, sobre la 
cual el dolor había sentado una mano po- 
derosa, y la melancolía estampado una 
huella profunda. Tomé una de sus ma- 
nos, y aunque los dedos manitenían algu- 
na hinchazón, nada ofrecía de ohocanite: 
yo cubrf de besos aquella mano querida, 
mientras qme el doliente continuaba en su 
leitargo. Los vivaces ojos del sepulture- 
ro parecían humedecerse cada vez que se 
fijaban sobre la fisonomía lívida de nues- 
tro pobre amigo. 

El Dr. Frutos, luego que se hubo in- 
formado, mientras tomaba d café, quién 
era yo, me dio la bien venida con cierta 



4o6 

sonrisa de satisfacción que me fué muy 
consolatoria. 

— Celebro mucho, me dijo, que el enéer- 
mo pueda verie en el momento en que 
vuelva del sopor profundo y tranquilo en 
que fué preciso hacerle caer; y aunque 
siempre conjeturé que Vd., amigo mió, s^* 
resolvería á venir, hablóndole francamen- 
te, sospeché que este viaje sería inútil y 
demasiado tardío. 

— ^Tal me había yo figurado, mi respe- 
table doctor, no obstante la dega con- 
fianza que tenemos en los vastos conoci- 
mientos que Vd. posee, y en la generosa 
amistad que dispensa á mi desventurado 
hermano. 

— Aiunque lo primiero fiuese cierto, eso 
no seria suficiente para combatir una en- 
fermedad grave y mortal, que siempre 
opone una tenaz resistencia á la sabiduría 
del médico. 

— 'Pero en fin, ¿puede Vd., señor, dar- 
me alguna esperanza positiva? 

— Si lía sabiduría infinita, cuyos medios 
siempre son ocultos á la débil é imperfec- 
ta inteligencia de los mortales, no deja 
fallidos los cálculos de la • medicina, he- 
mos logradot un completo triunfo. An- 
tonio está fuera de peligro. 

— ¡ Ah ! Dios recompense á Vd. esa 
bondad con que se ha empeñado en la 
cuTacion del enfermo. 

— Agradezco tan buenos y generosos 



407 

sentimientO'S, mi joven amigo. Pero yo 
nada he podido hacer, sino llenar un de- 
ber sagrado: mi deber de médico. Cada 
enfermo q-uie la divina Providencia pone 
en nuestras manos, demanda toda la aten- 
ción, todo el cuidado, todo el amor de 
que es capaz el médico, para desempe- 
ñar fiel y cumplidamente su noble oficio. 
El que tiene una conducta diversa no es 
médico, sino un traficante en carne hu- 
mana. El ejercicio de la medicina es una 
especie de sacerdocio, al cual no debieran 
ser admitidos ciertos hombres fríos, du- 
res é insensibles, sobre cuyo corazón no 
ejerce ningún influjo el dolor ni las mi- 
serias de la pobre humanidad, sino sólo 
la sórdida avaricia. Líbrele á Vd. el cie- 
lo de caer en manos de semejantes ban- 
didos. 

Mientras el doctor lanzaba este apos- 
trofe contra los malos médicos, parecía 
pos-eído de una terrible indignación, y sus 
manos temblaban al atarse el corbatín. 

— ^Volviendo á Antonio, continuó al- 
gún tanto sereno, espero que hoy termi- 
nará este letargo: entonces creo que ya 
no habrá nada aue temer, porque el mo- 
mento de la crisis ha pasado ya. Voy 
■ahora á visitar al'gunos enfermos d'e la 
cifudad, y dentro de un par de horas es- 
taré de vuelta. Recomiendo á VdL el pro- 
lo silencio' que se ha guardado durante 
a noche, y la misma vigilancia con el en- 



i 



4o8 

fermo. Los que han estado en vela tan- 
tas nodhes consecutivas^ príincipiabnentte 
este viejo Grermán, que procurien descan- 
sar. Yo jamás paso una mala noche á 
la cebeoera de un enfermo, sino es que 
demande la enfermedad tener constarate^ 
mente el ojo abierto sobre el paciente: 
mí larga práctica en este ejercicio, me 
permite d'ormir, aun teniendo en. mi oído 
el estertor de un agonizante Con que 
vigilan-da, y hasta la vista. 

Marchóse en efecto. . 

Durante su ausencia, instruyóme el ca- 
pellán en toados los detaiUes de la enfer- 
medad de Antonio. En su concepto, al- 
gún extraño suceso, diverso del de la fu- 
ga infame de su desleal amigo Regino, 
alguna aventura singular de muy odioso 
carácter, era el funesto origeni de aquella 
fiebre qtie le había puesto á Ist oriHa dd 
sepulcro. Lo mismo creía yo; i>ero miefn- 
tras él no estuviese en disposición- de ex- 
plicar aquel misterio, todo habría sido du- 
da y vaciíación. Yo estaba seguro de 
que ni el capellán ni el sepulturero sa- 
bían ciertos pormenores de que yo es- 
taba enterado: por lo mismo no me atre- 
ví á aventurar ninguna reflexión. Escu- 
ché en silencio, y me resolví á esp>erar 
una explicación de Antonio, si el cieío 
qiueria cons^ervarnos su preciosa existen- 
cia. El potbre sepulturero, cuya hís-to- 
ria sabía yo en gran parte, sin que él lo 



4Ó9 

sospechase, parecía engolfado en un mar 
de meditaciones. 

A las nueve estaba ya de vuelta el doc- 
tor en el hospital. Examinó al enfermo 
con la mayor atención y escrupulosidad, 
y nos anunció que al medio día ya esta- 
ría terminado el letargo. Cumiplióse su 
pronóstico al pie de la letra, porque entre 
doce y una Antonio hizo un vigoroso es- 
fuerzo para volverse al otro lado, lanzan- 
dq un profundo' suspiro. 

El doctor se frotó con fuerza ambas 
manos, y dándome al hombro una ligera 
palmada de satisfacción, me dijo remisa- 
mente al oído : 

— Bien ; perfectamente bien. Ya no hay 
nada que desear. 

— ¡Yo-, Dios mío, estoy muy cansado: 
tengo una sed que me abrasa las entra- 
ñas! Exclamó Antonio con toda entere- 
za, y en aquel .mismo acento firme y so- 
noro que tú y yo conocemos tan bieuw 

Intenté acercarme á la cama, olvidán- 
dome de lo peligraso que esto podía ser; 
delicadísima, y no puede recibir impre- 

ciencia; pero la situación de Antonio es 
— ^Tenga usted, añadió, un poco de pa- 
que saliese de allí, hasta que fuese tiempo 
dé entrar de nuevo en el aposento, y po- 
der cambiar algunas palabras con el en- 
fermo. 

pero el doctor me repelió suavemente, 
ordenándome, con un poco de severidad, 

Hoipital.— 27 



410 

sienes subitáneas. Le prepararemoG, y 70 
haré que avisen á usted cuando sea opor- 
tuno: por hoy hará usted muy bien si 
acepta la habitación del padre capellán, 
y se echa á descansar de su viaje. 

Fué preciso obedecer. 

Hasta el siguiente día, enterado An- 
tonio de que yo estaba allí, y amonesta- 
do severamente por el doctor a fin de que 
no hiciese nimgún esfuerzo doloroso al 
verme y hablarme, pude penetrar. . . ver 
á mi amigo, y llorar con él. . . porque yo 
no pude menos de llorar amargamente, 
sin poder evitarlo. Mirábanos alternaíti- 
vamente á Germán y á mí : parecía su sa- 
tisfacción superior á todo lo que podía 
haber esperado, y derramaibá lágrimas en 
abundancia. Díjele que su padre estaba 
bueno, que pronto recibiría nuevas muy 
lisonjeras de la salud de su hijo, y que yo 
estaba allí para acompañarle; pero que 
procurase no hablar para no agitarse, y 
le fuese de modo más fácil recuperar su 
tranquiilidad y serenarse. 

Inclinó la cabeza, y estrechó mis ma- 
nos y las d^e su amigo el sepulturero. 

Su convalecencia ha durado poco, \ 
hace hoy cinco dia'S que el doctor sólo ha- 
ce una visita en las veinte y cuatro horas, 
y le ha permitido conversar con enibera 
libertad, encargándole únicamente que 
guardase el encierro de su cuarto por al- 
gún tiempo más. 




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