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FRAY BENITO J. FEIJOO 



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OBRAS ESCOGIDAS 



DE 



F 



ilT§ J. FEIJO0 



CON UNA 



ADVERTENCIA PRELIMINAR 



-^:^?^^G)Í(^^^t3- 




BAÍ^GELONA 

BIBLIOTECA CLÁSICA ESPAÑOLA 

Daniel Cortezo y C.*, cAusias íMarch, 95 
1884 




^ 



Establecimiento tipográfico-editorial de Daniel Cortezo y C* 




EL PADRE FEIJOO 



Es imposible aquilatar actualmente el mérito relativo 
de las numerosas obras del P. Feijoo, sin que las 
preceda un profundo análisis del estado social é inte- 
lectual de España, durante la primera mitad de la pasada 
centuria. Nadie ignora en el día que el ilustre escritor bene- 
dictino fué el primer crítico de su tiempo, y consagró princi- 
palmente su vasta erudició;q á combatir, casi siempre con 
criterio negativo, los innumerables y crasísimos errores de sus 
contemporáneos en toda suerte de materias, y á promover, 
por tanto, la reforma de todos los abusos, legado de un la- 
mentable período de decadencia. Ahora bien; fuerza sería co- 
nocer á dónde había llegado ésta, y en qué estado se hallaba 
la opinión y nuestra cultura, si hubiera de medirse exactamen- 
te cuan poderoso fué el esfuerzo, cuan grande la osadía, cuán- 
to el talento y originalidad del gran benedictino, y sobre to- 
do, qué extraordinario celo y desinteresado ánimo necesitaba 
para su ardua empresa. Como de todo escribió, y supo de 
todo y en todas las materias hubo de hacer frente á la rutina 
ó á la ignorancia, apenas bastaría para poner de resalto su 
figura, el cuadro completo, vasto, detenidamente compuesto 



VI EL PADRE FEIJOO 

de toda aquella sociedad. Hoy que la investigación literaria, 
como la científica, procede por inducción laboriosa y pacien- 
te y antes que formular juicios generales, acumula y pone á 
la vista datos y hechos, muchos nos serían necesarios para 
esclarecer debidamente el menor tratado del P. Feijoo. No 
es fácil comprender la trascendencia de sus luminosas con- 
sideraciones sobre la enseñanza pública, sin el conocimiento 
de las leyes que la organizaban y los principios y sistemas 
dominantes en universidades y seminarios. En orden á la 
filosofía y la teología, cuánto dijo Feijoo se relaciona ínti- 
mamente con la historia de estas dos facultades en España. 
Por lo que dice á las ciencias naturales, matemáticas, medici- 
na, eterna preocupación del ilustre benedictino, poner de 
manifiesto el inconcebible atraso en que se hallaban, sería 
recorrerla distancia que separaba á aquél de sus contemporá- 
neos. Más interesante, si cabe, la pintura de aquel período, 
en lo que se refería á literatura y artes (que empezaban á 
recibir de los primeros Borbones singular protección), ó á las 
supersticiones religiosas y vulgares, á los risibles errores co- 
munes á la sazón en todos los ramos. Entonces, sobre este 
revuelto panorama de la España de Felipe V y Fernando VI, 
entre el bullir de ergotistas y frailes, médicos ramplones, 
mayorazgos estúpidos, y un pueblo comido de miseria, y en- 
tregado á su imaginación vehemente y lúgubre, resaltaría la 
colosal y venerable figura del célebre maestro armado de 
su celo y su erudición contra todos y contra todo, despreocu- 
pado y audaz pero sin orgullo, sediento de verdad, afanoso 
por las reformas, avivando el celo de los más ilustrados, des- 
pertando el movimiento intelectual, que alimentaron por cier- 
to sus propios detractores combatiéndole, é iniciando en suma 
aquel primer período de regeneración; impulso formidable 
del cual participamos todavía. Si otros le ayudaron, si otros 
le aventajaron en profundidad y ciencia, ninguno en la uni- 
versalidad de conocimientos ; nadie, como él, dejó en sus es- 
critos más exacto reflejo de lo que era entonces España, ni 
perseveró con tanto celo en la ingrata y compleja tarea que 
se impuso. 

El alcance que tuvo su ruda campaña fué, repetimos, ex- 
traordinario ; ahora, sobre el temple de las armas empleadas 
en ella, ya difieren las opiniones. No puede juzgarse á Feijoo 



EL PADRE FEIJOO VII 

con criterio absoluto. En nuestros tiempos se hizo proverbial 
el dicho de que al P. Feijoo debía erigir sele una estatua j- al 
pié de ella quemar sus escritos; una estatua, para el hombre 
que con su soplo poderoso barrió las preocupaciones de su 
siglo; la hoguera, dicen, para sus libros cuya oportunidad 
pasó, cuyas opiniones, entonces atrevidas, son hoy en buena 
parte dignas del olvido, ó tan erróneas y risibles como las 
de sus impugnadores. 



Hay, sin embargo, quien se revuelve contra aquella afirma- 
ción paradójica. El Sr. D. Vicente de La Fuente que ha es- 
crito la más completa noticia de la vida de Feijoo, y, en nues- 
tro concepto, el mejor juicio de sus obras, lo resume así en 
breves páginas, combatiendo aquella opinión ya vulgar: 

«La erudición vasta y profunda en casi todos los ramos del 
«saber humano, nadie la podrá negar á Feijoo, aun en cosas 
»bien ajenas á su estado monástico y á sus estudios en las 
«ciencias eclesiásticas, que eran la base de todos sus conoci- 
«mientos, y en lo que se había ejercitado durante su larga 
«carrera de profesor. En una época en que la física y lascien- 
«cias naturales se reducían á una cabala y jerigonza ridicula 
«de palabras vacías de sentido, Feijoo se presentó adornado 
«de muy buenos conocimientos físico-matemáticos, que de- 
«mostró, no sólo combatiendo errores y el charlatanismo pe- 
«ripatético, sino también asentando grandes verdades y de- 
«mostraciones, que aún hoy día reconoce la ciencia, siquiera 
«de entonces acá, al cabo de un siglo, haya adelantado más. 
«Pero no por eso dejan de ser grandes verdades las que él 
«consignó; aun cuando hoy día estén al alcance de los prin- 
«cipiantes algunas, que entonces solían ignorar aún los que 
«pasaban por adelantados.» 

«Como profesor, uno de los mayores servicios que hizo 
«Feijoo al país fué combatir estas rutinas, y manifestar los 
«abusos de que adolecía entonces la instrucción pública en 
«España; iniciando felices pensamientos acerca de su refor- 
«ma. Basta para ello leer los discursos que publicó sobre esta 
«materia, en el tomo vii de su Teatro, acerca de los cuales su 
«biógrafo anónimo se expresa así: 



VIII E í> padrp: feijoo 

[«Manifiesta en ellos los abusos que se padecen en la ense- 
))ñanza de la dialéctica, lógica, metafísica, física y medicina, 
))y en esto mismo acredita el profundo conocimiento que 
)^tenía de estas facultades, y que el haberle extendido á otras 
))materias, en lugar de estorbarle, le había hecho penetrar de 
))raíz las superfluidades en el método de estos estudios. Los 
«conocimientos humanos tienen entre sí un encadenamiento 
»tan estrecho, que es difícil sobresalir en una materia sin en- 
»terarse de otras. 

«Luís Vives, aquel insigne crítico español del siglo xvi, á 
«quien respetó el mismo Erasmo, así en el tratado De corrup- 
))tione artium et scientiarum^ como en el De traddendis disci- 
y^plinis, abrió el camino para descubrir el atraso de las cien- 
«cias, é indicar los medios de enseñarlas con más método é 
«instrucción de los estudiantes. Escribió en latín su obra, y 
«así fué poco leída del común de nuestros nacionales. Con 
«más provecho de éstos, el padre Feijoo, puso en lengua vul- 
«gar las observaciones acomodadas á nuestro tiempo. 

«El canciller Francisco Bacón, después de Vives, adelantó 
«el plan de perfeccionar los conocimientos humanos, con ad- 
«miración de todos. Mucho debió nuestro benedictino á su 
«lectura, que se halla también recomendada por su granami- 
:)go el doctor don Martín Martínez. 

«En el discurso xi empieza su plan de reforma por las sú- 
))mulas ó dialéctica^ asegurando que en dos pliegos y medio 
«redujo cuanto hay útil en ellas, al tiempo de leer su curso de 
«artes á los discípulos. No se detienen como debieran los que 
«cuidan de la enseñanza pública, en busca de todos los me- 
«dios de facilitarla y apartar las superfluidades; pues en este 
«único cuidado consiste el mejoramiento de los estudios. 

«En prueba de su pensamiento, hace ver la inutilidad con 
«el ejemplo de la reducción de los silogismos; porque nunca 
«se usa casi de ella en la práctica de la escuela, y lo mismo 
«sucede con las modales, exponibles, apelaciones, conver- 
«siones, equipolencias, etc., en el ejercicio literario de los 
«estudios. Y así infiere aque convendría instruir sólo en estas 
)) reglas generales, y no descender á tanta menudencia, cuya 
ii)enseñan:^a consume mucho tiempo, y después no es de ser- 
r>vicio.)) De todo da varios ejemplos, para demostrar, que la 



EL PADRE FEIJOO IX 

wutilidad de la dialéctica ó súmulas se logrará con poquísimos 
«preceptos generales, que pueden ser reducidos á dos plie- 
«gos, ayudados de la viva voz del catedrático y de un buen 
«entendimiento ó lógica natural, sin la cual la artificial sirve 
«sólo, en el concepto de nuestro sabio, para embrollar y con- 
» fundir. 

»En el discurso xii trata de reformar la lógica y metafísica 
«por los mismos medios de cercenar lo inútil. 

»De la primera intenta desterrar las muchas cuestiones 
«inútiles en los proemiales y universales, concluyendo en 
«que todo lo perteneciente el arte de raciocinar se les diese 
»á los discípulos en preceptos seguidos, explicados lo más 
«claramente que se pudiese, sin introducir cuestión alguna 
«sobre ellos. 

«Añade: «Todo esto se podría hacer en dos meses ó poco 
))mds. ¿Qué importaría que entre tanto no disputasen? Más 
)y adelantarían después en poquísimo tiempo^ bien instruidos 
))en todas las noticias necesarias^ que antes en mucho sin ellas. 
y>La disputa es una guerra mental^ y en la guerra aun los en- 
))Sayosy ejercicios militares no se hacen sin prevenir de armas 
))d los soldados.» 

«En la metafísica nota que los cursos de artes que se leen 
«comunmente en las aulas se extienden fastidiosamente en 
«las cuestiones de si el ente trasciende de las diferencias; si 
«es unívoco, equívoco ó análogo, y otras aun de inferior uti- 
«lidad ; absteniéndose del objeto propio de la metafísica, que 
«comprende todas las sustancias espirituales, especialmente 
«las separadas esencialmente de la materia. De suerte que en 
«estos cursos metafísicos se omite lo esencial, que podría 
«guiar á otros estudios, y se gasta el tiempo en sutilezas inú- 
«tiles en el progreso de las facultades mayores. 

«El discurso xiii analiza lo que sobra y falta en el estudio 
))de la física, haciendo hincapié en la experiencia, y en que el 
«mismo Aristóteles, á quien se sigue comunmente en las es- 
«cuelas de Espaíía, recurrió á ellas ; reprehendiendo, como 
«muy nociva, la ignorancia de los demás sistemas filosóficos. 
«Para confirmar su nuevo plan trae ejemplos de los que han 
«tratado de perfeccionar este estudio en España sobre el 
«mismo método. 

«En el discurso xiv se extiende, por su conexión con los 



X ELPADREFEIJOO 

wconocimientos filosóficos, á tratar del estudio de la raedici- 
«na. En él refiere habérsele elegido por individuo honorario 
))de la Real Sociedad Médica de Sevilla; da noticia de los 
«progresos de ésta, y de la fundación de la Academia Médica 
«Matritense, en 1734, habiendo aprobado sus estatutos el 
«Consejo, atento siempre á adelantar las ciencias. Concluye 
«en que el rumbo para acertar en esta facultad es el de la 
«observación y experiencia, como ya lo había propuesto Cor- 
«nelio Celso siglos há. En estos dos libros abiertos estudió 
«el gran Hipócrates los principios de donde sacó sus aforis- 
«mos é historias de las enfermedades. «] 

Y sigue el señor La Fuente más abajo : 

« Feijoo fué, no solamente erudito, sino profundo crítico, 

«profundo filósofo, y hombre de pensamientos sumamente 
«libres y despreocupados, sin faltar en un ápice ni á la Fe, ni 
«á la ley, ni á las conveniencias sociales; antes bien con gran 
«utilidad y ventaja de todas ellas. En varias cuestiones filo- 
«sóficas de las que trata Feijoo no hemos avanzado de en- 
«tonces acá ni una pulgada; en el criterio histórico quizá 
«hemos retrocedido, pues los estudios son hoy más extensos, 
«pero menos profundos^ que en el siglo pasado. Ahora se ha- 
«bla y se escribe más, pero entonces se leía más. La historia 
))fantástica, que 'nuestros críticos del siglo pasado dejaron 
«muerta y casi enterrada, ha vuelto á levantar su cabeza, 
«adornada de lentejuelas y de diamantes como puños, y dice, 
«por boca de sus modernos /¿zíricaníes, que la historia está 
«por escribir, y que es preciso que los hombres de imagina- 
«ción la rehagan desde sus gabinetes. Esta misma opinión 
«llevaban Anio de Viterbo, Román de la Higuera y Lupián 
«de Zapata. El padre Feijoo, en su Vindicación de personajes 
)) calumniados^ en sus dos discursos acerca de Las glorias de 
))España, y en otros muchos, se acreditó de crítico profun- 
))do en materias históricas.» 

«Algunas de sus opiniones políticas son tan avanzadas, que 
«hoy día asustarían á más de un sujeto. Puede citarse como 
»muestra el principio de su discurso Honra y provecho de la 
)) agricultura^ y el final del otro La ociosidad desterrada, en 
«que establece la máxima de que la multitud de días festivos 
«nadie duda que es nociva á la utilidad temporal de los rei- 



ELPADREFEIJOO XI 

»nos, ni nadie puede dudar tampoco que es perniciosa al bien 
«espiritual de las almas. Allí mismo (página 470) describe con 
BQiucha maestría los extremos viciosos con que los ministros 
))suelen proceder, al tratar de corregir los abusos en materias 
«eclesiásticas, pecando ó de petulante osadía, ó de supersti- 
«ciosa debilidad y timidez. En el discurso acerca de Las se- 
))ñales de muerte, al hablar del asilo, se atrevió á calificarlo 
«entonces de pretexto^ que no fué poco en aquella época para 
«un profesor de teología. Pero lo más notable es el párrafo 
»en que trata de la latitud que se debe dar á las doctrinas 
«nuevas, indicando que no debe comprimírselas en demasía, 
«aun cuando se permitan algunas ligerezas, fáciles de co- 
«rregir. « 

Y después de censurar el estilo y el lenguaje del Padre, 
añade el Sr. Lafuente, procediendo á la clasificación de sus 
obras: 

«En materia de economía y derecho político, no todas las 
«doctrinas que escribió Feijoo están conformes con los ade- 
«lantos de las ciencias ; pero como éstas son materias abs- 
«tractas, conviene siempre oir á todos. Entre sus paradojas 
«hay algunas sumamente verídicas, como las impugnaciones 
))del tormento^ del excesivo número de días festivos, déla leni- 
)) dad con los criminales^ y otras; pero ¿quién defenderá hoy 
«día que los oficios deben ser hereditarios, y otros puntos á 
«este tenor? El padre Feijoo, en esta parte, como en otra?, 
«acierta cuando niega, y suele equivocarse cuando afirma. , 
«Su destino era para la negación y la polémica; esto es, para v\j "^ 
«conibatir errores y abusos, más bien que para crear y ofre- 
«cer innovaciones saludables y positivas, y eso que su carác- 
«ter era no poco positivista^ en la acepción que solemos dar 
ȇ esta palabra. En el discurso acerca del Amor de la patria^ 
«lleva ya su excepticismo hasta un punto que da grima, y hoy 
«día, en que la tendencia es á excitar este santo entusiasmo 
«por la patria y por nuestra nacionalidad, no se leen sin un 
«poco de disgusto algunas de las observaciones que contiene 
«aquel discurso. El rey de España era entonces francés, la 
«familia de Borbón había triunfado á duras penas de la di- 
«nastía austríaca, después de una prolongada y terrible gue- 
»rra civil. El padre Feijoo manejaba de continuo libros fran- 
«ceses, á los que tenía gran afición, y su lenguaje mismo se 



XII EL PADRE FEIJOO 

«resiente de ello; por ese motivo no es extraño que tanto en 
«aquel discurso, como en los de Antipatía entre españoles y 
"i^ franceses^ Preferencia del francés sobre el griego^ y la /n- 
y>trodiicción de voces nuevas, consignase opiniones con lasque 
«no estoy conforme. Quizá se le hubieran hecho las impug- 
«naciones de falta de amor patrio que se hicieron sin razón 
«al padre Mariana, si en otros discursos históricos no hubiese 
«acreditado ardiente españolismo. Los dos discursos titula- 
«dos Glorias de España^ y otros muchos, en que vindica di- 
«versos puntos de nuestra historia, son muy notables. Por 
«ese motivo tenemos que considerar á Feijoo como uno de 
«nuestros principales críticos en materia histórica, y digno 
«de figurar en tal concepto al lado de Burriel, Flórez y Mas- 
«deu. Repartidos sus estudios críticos é históricos entre la 
«multitud de sus heterogéneos discursos, apenas se echa de 
«ver este gran mérito ; pero salta á la vista cuando todos ellos 
«aparecen reunidos y en conjunto. 

«En materia de filosofía y letras, fué una de las cosas en 
«que el padre Feijoo se mostró muy adelantado á su siglo, y 
«muchos de sus discursos, no sólo pueden consultarse hoy 
«día con gran utilidad, sino que de algunos de ellos apenas 
«se ha podido añadir después cosa alguna, como sucede con 
«respecto á las cuestiones de racionalidad de los brutos^ el 
))inedio entre el espíritu y la materia, existencia de otros 
-'-^mundos y algunos otros. 

«Además de eso, lleva Feijoo su crítica á las varias escue- 
«las filosóficas de la antigüedad y de los tiempos modernos, 
«y las juzga con grande acierto é imparcialidad, sin tener en 
«cuenta sus creencias religiosas, en puntos en que la religión 
«no era vulnerada. Y á la verdad, era un contrasentido dejar 
«correr las obras de los filósofos gentiles y de los clásicos ro- 
«manos, objetos hoy de ojeriza y grande saña, y prohibir las 
«de éstos, que al fin fueron cristianos, y sus escritos de cien- 
«cias naturales, inofensivas al catolicismo. En materia de es- 
«tética dejó escritos algunos discursos, que aún hoy se leen 
«con utilidad y placer. Tales son, entre otros : La ra^ón del 
•» gusto. Despotismo de la imaginación., Descubrimiento de una 
í> nueva facultad ó potencia sensitiva en el hombre, Simpatías y 
)) antipatías^ El no sé qué. 



EL PADRE FEIJOO XIII 

«Aun en las noticias que dio con respecto á las bellas artes 
))no dejó de hacer mucho provecho, y manifestó que sus co- 
wnocimientos estéticos eran trascendentales á ellos. En este 
«concepto escribió : De la resurrección de las artes y apología 
y) de las antiguas, De la música de los templos^ De las mar avi- 
adas de la música antigua comparada con la moderna. Algu- 
»nos de estos discursos son tan importantes hoy día como 
«cuando se escribieron, especialmente el de la Música de los 
^templos., que está hoy día en España tan perdida, ó más, que 
»en el siglo pasado. 

«Feijoo, al hablar de las bellas artes, no descuidó el dar 
«noticias, ora históricas, ora críticas, de otras varias, como 
«el Arte de enseñar d los mudos., el de beneficiar la plata, la 
r)nemotecnia, en que no quiso creer, y la taquigrafía, cuya 
«existencia negó, pero reconoció más tarde, con noticias que 
«tuvo de que se ejercitaba en Inglaterra. 

«Pero en lo que estuvo más feliz fué en todo lo relatjvo á 
«la moraf cristiana y filosófica^ como puntos más conexos con 

«sus principales estudios Algunos de ellos son de interés 

«actual, pues consigna máximas, que si las dijera otro, hoy 
«día se le llamaría impío. ¿Y quién se atreverá á decirlo de 
«Feijoo, sin incurrir en la nota de tonto? Su impugnación 
))De las romerías., De las virtudes aparentes., De las limosnas 
y)indiscretas, y otras á este tenor, son muy notables; su tra- 
«tado sobre el Valor de las indulgencias plenarias y la Devo- 
ytción d la Virgen son de estudio é importancia, y ojalá fue- 
«ran más conocidos y aun populares. 

Habla luego el Sr. La Fuente de las preocupaciones vulga- 
res, que combatió Feijoo, tarea en la cual reside toda su 
fama para algunos, y dice á este propósito, terminando su 
notable juicio: 

«De intento los he dejado aparte... (los escritos de Feijoo 
«sobre las supersticiones de nuestro pueblo), para que se vea 
«cuan poco es lo que sobre este punto escribió el padre Fei- 
«joo comparativamente con lo mucho que escribió de histo- 
«ria, física, filosofía, medicina, moral y demás secciones en 
«que se han clasificado la mayor parte de sus escritos. ^Á 
«qué, pues, esta puerilidad de acordarse de las brujas y de 
«los duendes así que se nombra el padre Feijoo, como si de 
«esto hubiera escrito principalmente? Aun así, preciso es re- 



XIV EL PADRE FEIJOO 

«imprimir algunas de las disertaciones de Feijoo. No todos 
«los errores han desaparecido; existen aún en pié muchos de 
))los desatinos que impugnó aquel célebre polígrafo. Los al- 
«manaques salen aún con todas las sandeces del tiempo de 
))los Juníperos y de los almanaques de Torres, dando calor 
»en verano y hielos por el mes de Diciembre. En Castilla la 
«Vieja tienen gran fe en el calendario portugués del astrólogo 
«Borda d'Agua, que honraría á la literatura de Angola y Mo- 
«zambique. Sin salir de nuestra casa, tenemos algún otro 
«análogo. Nada digo acerca de las indust?-iales dedicadas á 
))echar las cartas^ decir la buenaventura, acertar el premio 
)>gordo^ y hacer otras habilidades de este jaez. En Madrid se 
«publica, ó por lo menos se publicaba no há mucho tiempo, 
)->La Cabala^ periódico de lotería y toros, y los aficionados 
«leían sus sibilíticos versos con tanto afán como escuchaban 
«los paganos el oráculo de Delfos (i). Mientras en España haya 
«toros y lotería, no tenemos derecho para recriminar á nin- 
«gún país, ni á los siglos pasados, por atrasos en materia de 
«civilización. No faltan gentes que creen en los males de ojo 
«y en otras ridiculeces y supersticiones. De cuando en cuan- 
»do se presentan otras nuevas, revestidas con el oropel de la 
«ciencia. Así hemos tenido en nuestros días las maravillas 
«del magnetismo, del sonambulismo y la doble vista, las 
«mesas giratorias y los caracoles simpáticos. Ninguno de estos 
«portentosos descubrimientos ha salido de España; todos 
«ellos nos los han adelantado los extranjeros, como igual- 
«mente los grandes progresos de la frenología y craneosco- 
«pia, con arreglo á la cual, luego que le cortan la cabeza aun 
«asesino, se descubre que tenía desarrollado el órgano de la 
nasesinatividad. Y verdaderamente que no se concibe por qué 
«se haya de agarrotar ó cortar la cabeza á un pobre hombre, 
«porque tenga en ella un chichón más ó menos abultado. El 
«PADRE Feijoo nos dejó ya algunas noticias acerca de esto, 

« y por cierto que en las Causas j^ remedios del amor, 

«y algunos otros puntos, se muestra algo partidario de la 
«medicina materialista, pero sin rayar en error teológico. 

«En conclusión, queda probado el mérito de Feijoo como 
«polígrafo en crítica, historia, filosofía, literatura y moral 



(i) Todo esto se escribía en 1863. 



ELPADREFEIJOO XV 

«filosófica y cristiana, aun omitiendo sus vastos conocimien- 
»tos «n ciencias físico-matemáticas, historia natural y medi- 
»cina, y los grandes servicios que hizo al país combatiendo 
wpreocupaciones, que quizá sus mismos detractores hubieran 
«profesado y sostenido si vivieran en aquella época.» 



Nacido el P. Feijoo en 1676, en Casdemiro, Galicia, pro- 
vincia de Orense, hijo primogénito de noble familia, no fué la 
primogenitura, sin embargo, obstáculo poderoso á su vocación 
monástica. A los 14 años profesó en la orden de San Benito, y 
desde entonces su vida se redujo al estudio, á la enseñanza 
de la teología y la filosofía y á la publicación de sus numero- 
sas obras. Profesor y escritor público ; estos fueron sus dos 
únicos títulos ; como también sus más importantes publica- 
ciones, el Teatro crítico que vio la luz por tomos, desde 1726 
á 1739 y las Cartas eruditas que en igual forma dio á la es- 
tampa desde 1742 á 1760; obras que en junto comprenden i63 
artículos, ó verdaderos tratados sobre las más variadas é inco- 
nexas materias. A este catálogo hay que añadir unos veintiséis 
opúsculos destinados en su mayoría á contestar á sus impug- 
nadores en la irritada y acre polémica que promovieron sus 
escritos. 

Los más importantes episodios de su vida se relacionan 
con esta batalla intelectual, que le causó profundos disgus- 
tos y que le granjeó por otra parte grandes honores, vivas 
muestras de afecto de los hombres más ilustres, encarecidos 
elogios del mismo Padre Santo Benedicto XIV y la decidida 
protección de Fernando VI. Llegó éste al extremo de escu- 
darle con su real manto contra la envidia ó la ignorancia. 
Una Real orden se promulgó en 1750 para acallar la polémica 
literaria promovida, que decía : «Quiere S. M. que tenga pre- 
sente el Consejo que cuando el Padre Maestro Feijoo ha; 
merecido de S. M. tan noble declaración de lo que le agra-i 
dan sus escritos, no debe haber quien se atreva d impugnar- 
los » ¡Singular época aquella en que una providencia real! 

terminaba las controversias de los sabios y de los literatoslj 
Prueba, sin embargo, este hecho algo que contradice en^ 
verdad ciertas opiniones, harto vulgares, y es, que entonces el 



XVI 



EL PADRE FEIJOO 



espíritu de reforma partía de arriba, y la ignorancia, el atra- 
so, la bestial fruición de permanecer encenagados en él era 
propio de los inferiores. Así es también notable que siendo el 
Padre Feijoo, aunque fervoroso creyente, muy osado y au- 
daz en sus teorías, no incurriese nunca en entredicho, ni 
perdiera el aprecio de la parte más ilustrada del clero. Es 
verdad que pusieron en duda su fe los despiadados detracto- 
res y corrió algún peligro, pero salió indemne de la prueba; 
se mostraron aquéllos crueles y poco escrupulosos en el uso 
,de todas armas, pero no pasó la polémica del terreno puramen- 
te literario ni fueron más de unos cuantos médicos, doctores y 
frailes que viendo atacados sus respectivos institutos cayeron 
sobre él con la saña singular que han revestido siempre los 
celos de las diversas órdenes monásticas y el insoportable 
orgullo de los sabios constituidos en corporación. 

Esta misma saña aumentó la fama del P. Feijoo, que llegó 
á ser escritor verdaderamente popular en nuestra patria. A me- 
dio millón hace subir el señor La Fuente el número de ejem- 
plares de las diversas ediciones del Teatro crítico^ las Cartas 
eruditas, y opúsculos sueltos; por donde se ve que no se leía 
tan poco en el siglo pasado como suponemos. Los extranjeros 
hicieron varias traducciones de aquellas obras; tres en Italia, 
una en Francia, y el mismo Feijoo habla de otra en inglés, y 
otra en alemán. De su popularidad da él mismo razón des- 
cribiendo lo que le pasó en la Corte, cuando en ella estuvo de 

paso: « era cosa de ver las cuestiones extrañas y ridiculas 

wque me proponían algunos. Uno, por ejemplo, dedicado á la 
«historia, me preguntaba menudencias de la guerra de Troya, 
»que ni Homero ni otro algún antiguo escribió. Otro, enca- 
wprichado en la quiromancia, quería le dijese qué significaban 
))las rayas de sus manos. Otro, que iba por la física, pretendía 
»saber qué especies de cuerpos hay á la distancia de treinta 
«leguas debajo* de tierra. Otro, curioso en la historia natural, 
«venía á inquirir en qué tierras se crían los mejores tomates 
«del mundo. Otro, observador de sueños, quería le interpre- 
»tase lo que había soñado tal ó tal noche. Otro, picado de 
«anticuario, se mataba por averiguar qué especies de ratone- 
«ras habían usado los antiguos. Otro, que sólo era apasionad© 
«por la historia moderna, me ponía en tortura para que le 
«dijese cómo se llamábala mujer del Mogol, cuántas y de qué 



EL PADRE FEIJOO XVII 

«naciones eran las mujeres que el Persa tenía en su serrallo. 
))Digo, porque vuestra señoría no tome esto tan al pié de la 
))letra, que, ó éstas ú otras preguntas tan impertinentes y 
«ridiculas como éstas, venían á proponerme algunos. Si cuan- 
»do no había dado á luz más que dos libros padecía esta mo- 
«lestia, ¿ qué sería ahora, cuando los libros se han multipli- 
»cado, siendo natural que por la mayor variedad de materias 
»que en ellos toco, me atribuyan mayor extensión de ciencia 
»para resolver todas sus dudas, por extravagantes que sean? 
»Y esto sería vivir?» 

Algo descubre también de su propio carácter, lo que dice 
de sí mismo en su carta Política en la senectud : « Lo que con 
«muchos acredita mi aparente robustez, y á algunos de éstos 
«lo oiría el padre N., es que nunca me ven consultar al mé- 
«dico ni usar cosa de botica, como hacen todos los que son 
«algo enfermizos. Pero esto consiste en que yo sé, y otros 
«ignoran, lo poco ó nada que para lo que padezco puedo es- 
«perar de los médicos. 

«Es ciejto que no soy de genio tétrico, arisco, áspero, des- 
«contentadizo, regañón; enfermedades del alma comunísimas 
»en la vejez, cuya carencia debo, en parte al temperamento, 
«en parte á la reflexión. Tengo siempre presente que cuando 
«era mozo notaba estos vicios en los viejos. 

«Sobre todo, huyo de aquella cantinela, frecuentísima en 
«los viejos, de censurar todo lo presente y alabar todo lo pa- 
«sado 

«Yo he vivido muchos años, v en la distancia de los de mi 
«juventud á los de mi vejez, no sólo no observé esta decanta- 
«da corrupción moral, antes, combinado todo, me parece que 
«algo menos malo está hoy el mundo que estaba cincuenta ó 
«sesenta años há. 

«Otra cosa en que pongo algún cuidado, por no hacerme 
«tedioso á las gentes, cuya conversación frecuento, es no que- 
«jarme importunamente de los males ó incomodidades Cor- 
«porales de que adolezco. Hágome la cuenta de que Dios me 
«impuso esta pensión para que padezca yo, y no para que la 

«padezcan otros Y ve usted aquí otra circunstancia, no 

«expresada arriba, que ocasiona en muchos el errado con- 
«cepto de que soy más fuerte y sano de lo que realmente ex- 
«perimento. Yo no me quejo ni publico mis dolores sino 



r 



XVIII EL PADRE FEIJOO 

»cuando son bastante vivos, sirviéndome entonces la queja de 
«algún alivio ó desahogo. Esto sucede pocas veces, porque 
«son poco frecuentes en mí los dolores agudos 

«Finalmente, observo no ingerirme, sino tal vez, que algu- 
»na razón política me obliga á ello, en las diversiones, por 
«decentes y racionales que sean, de la gente moza. La razón 
«es, porque en sus concurrencias alegres y festivas, la presen- 
«cia de un anciano, especialmente si á la reverencia que ins- 
«pira la edad añade algo su carácter, encadena en cierto 
«modo su libertad, no permitiéndole, ya la verecundia, ya el 
«respeto, aquella honesta soltura y esparcimiento del ánimo, 
«que aun en los religiosos jóvenes no desdice de la modestia 
«propia de su estatuto, en aquellos pocos ratos que la obser- 
«vancia concede algunas treguas para el regocijo 

«Para certificarse el padre N. de lo que añadió á vuestra 
«paternidad de que soy bastantemente jovial en la conversa- 
«ción, era menester más experiencia que la que tuvo en el 
«limitadísimo espacio de dos días, pues podría sucederme lo 
«que á otros, que algunos pocos días del año gozan una acci- 
« dental alegría, y en todo el resto están dominados de la 
«tristeza. Mas la verdad, sino me engaño, es, que mi conversa- 
«ción sigue por lo común la mediocridad entre jocosa y seria; 
«lo que proviene también, en parte del temperamento, y en 
«parte de la reflexión. La aversión á todo género de chanza 
«es un extremo vicioso, que Aristóteles llama 7'usticidad.» 

Después de estos pequeños rasgos bastan para completar 
el retrato las siguientes líneas de otro de sus biógrafos, el se- 
ñor D. José María Anchoriz : « Su inclinación dominante, 
«dice, fué el estudio ; su primera virtud la caridad. Recibidos 
«sus escritos con entusiasmo indecible, circularon por todos 
«los puntos de la Península y por muchos del extranjero, 
«produciendo su venta cuantiosas sumas. Con ellos se cree 
«fué edificada una casa en esta capital (i), y como, según las 
y> Constituciones de su orden, no podían los monjes poseer nin- 
«guna clase de bienes, fué autorizado por ella para disponer 
«de los productos de sus obras, y aun impetró, y obtuvo, 
»de su Santidad la dispensación conveniente. Jamás le pidie- 
«ron limosna que no diese; y solía decir, llorando, que un 
«pobre virtuoso, á quien socorría diariamente de su propia 

(i) Oviedo, ' 



EL PADRE FEIJOO XIX 

«mesa, le había de llevar al cielo de la mano. Si en algo su 
«conducta contrarió á sus palabras, fué en esto, pues escribió 
«sobre la discreción en el ejercicio de la limosna, al paso que 
«á nadie la negaba. En los años de 1741 y 42, en que las co- 
«sechas fueron muy escasas en toda Asturias, invirtió en gra- 
«nos considerables cantidades, con que socorrió á los pobres 
«en su miseria, y á los colonos para la siembra, distribuyén- 
«dolas unas por su mano y otras por medio de comisionados 
«que tenía en las aldeas. Los mendigos acudían en tropel á 
«la portería del colegio á demandar una limosna, y cuando se 
«hallaba cerrada, les arrojaba monedas desde la ventana de 
«su cuarto. Tenía en su conversación igual gracia y amabili- 
«dad que en sus escritos, la misma agudeza y solidez en los 
«discursos, igual profundidad en las sentencias. Después de 
«su muerte, el monasterio de Samos, al que, por ser el primi- 
«tivo de Feijoo, volvieron todos sus bienes, percibió los pro- 
«ductos de la venta de sus obras, y es fama que con ellos costeó 
«el magnífico templo, no inferior á algunas catedrales. 

«Así vivió hasta la edad de ochenta y siete años, demostran- 
«do con su ejemplo, como lo sostuvo con su doctrina, que 
«las tareas literarias pueden conciliarse con la longevidad.» 

No hicieron realmente con su cadáver lo que él manifestó 
alguna vez, mostrando á qué punto llegaba su desenfrenado 
amor á la ciencia, y era: llevar sus despojos á un hospital 
para el estudio de la anatomía. A un fraile y por aquellos 
tiempos no se le puede pedir más. 



El citado Sr. La Fuente, en el juicio crítico que, en parte 
hemos copiado, dice del P. Feijoo que «fué el tipo del perio- 
dista en el siglo pasado.» En nuesti'o concepto esta es la 
calificación que más le cuadra, el toque más certero que ca- 
racteriza el retrato. La forma periódica con que publicó el 
Padre sus obras, la falta de ilación entre ellas, las causas que 
le movían á escribir, como quien dice, al día, dan á los trata- 
dos de Feijoo el carácter de artículos de fondo. Mirados así 
es mucho más fácil ya excusar muchos de sus defectos, par- 
ticularmente los literarios, del modo que hoy día se toleran 
en el estilo de los periodistas corrupciones de forma y cierta 



XX ELPADREFEIJOO 

jerigonza de moda, que pasa con ella y que no se perdonaría 
en un libro escrito despacio, y corregido con tiempo. 

Dispuestos á resucitar en esta Biblioteca clásica el nombre 
de Feijoo fué además aquella exactísima apreciación rayo de 
claridad para elegir con mayor acierto entre los innumera- 
bles artículos los que pudieran ser hoy de más sabroso pasa- 
tiempo, y más gratos al mayor número de lectores. Una cuali- 
dad fué nuestra guía. Puesto que entre ellos había de todo, 
entresacamos los que más se parecieran por su índole á artí- 
culos de costumbres contemporáneas del autor, los más 
pintorescos y entretenidos, con objeto de ofrecerlos como 
muestra. Los demás, científicos, históricos, de teología ó 
de política ó no tienen ya interés suficiente, ó son menos 
científicos en nuestros días de lo que su autor creyó. Dicho 
está, sin embargo, que ha sido imposible ajustamos en la 
elección á un criterio riguroso. Artículos hay que no contie- 
nen exclusivamente observaciones morales, y van cuajados 
de citas y eruditas anotaciones. Es imposible nunca lograr 
una clasificación precisa de las obras de un autor, y mucho 
menos si este autor es, como el P. Feijoo, de los que se valen 
á un tiempo de todos sus innumerables recursos en un solo 
tratado. Pero conste al menos que tal ha sido nuestra inten- 
ción : dar una muestra, la más amena y grata de los escritos 
del gran benedictino, así como en esta breve noticia, en la 
cual apenas reconocemos propio si no es la coordinación de 
materiales, no llevamos otro objeto que llamar la atención 
de los inteligentes acerca de esta personalidad literaria; que 
mucho hay qué hacer en España para poner al alcance de 
todos la historia de nuestra cultura con nutridas é interesan- 
tes monografías. 

Los Editores. 



EN los tiempos antiquísimos, si creemos á Plutarco, 
sólo se usaba la música en los templos, y después 
pasó á los teatros. Antes servía para decoro del culto; 
después se aplicó para estímulo del vicio. Antes sólo se oía 
la melodía en sacros himnos; después se empezó á escuchar 
en cantinelas profanas. Antes era la música obsequio de las 
deidades; después se hizo lisonja de las pasiones. Antes es- 
taba dedicada á Apolo; después parece que partió Apolo la 
protección de este arte con Venus. Y como si no bastara 
para apestar las almas ver en la comedia pintado el atractivo 
del deleite con los más finos colores de la retórica y con los 
más ajustados números de la poesía, por hacer más activo el 
veneno, se confeccionaron la retórica y la poesía con la mú- 
sica. 

Esta diversidad de empleos de la música indujo también 



22 F E IJ O O 

diferencia en la composición; porque, como era preciso mo- 
ver distintos afectos en el teatro que en el templo, se discu- 
rrieron distintos modos de melodía, á quienes corresponden, 
como ecos suyos, diversos afectos en la alma. Para el templo 
se retuvo el modo que llamaban dorio^ por grave, majestuoso 
y devoto. Para el teatro hubo diferentes modos, según eran 
diversas las materias. En las representaciones amorosas se 
usaba el modo lidio^ que era tierno y blando; y cuando se 
quería avivar la moción, el mixo'lidio^ aún más eficaz y pa- 
tético que el lidio. En las belicosas el raoáo frigio^ terrible y 
furioso. En las alegres y báquicas, el eolio^ festivo y bufones- 
co. El modo subfrigio servía de calmar los violentos raptos 
que ocasionaba q\ frigio; y así había para otros afectos otros 
modos de melodía. 

Si estos modos de los antiguos corresponden á los diferen- 
tes tonos de que usan los modernos, no está del todo averi- 
guado. Algunos autores lo afirman, otros lo dudan. Yo me 
inclino más á que no, por la razón de que la diversidad de 
nuestros tonos no tiene aquel influjo para variar los afectos, 
que se experimentaba en la diversidad de los modos anti- 
guos. 



II 



Así se dividió en aquellos retirados siglos la música entre 
el templo y el teatro, sirviendo promiscuamente á la venera- 
ción de las aras y á la corrupción de las costumbres. Pero 
aunque esta fué una relajación lamentable, no fué la mayor 
que padeció este arte nobilísimo ; porque esta se guardaba 
para nuestro tiempo. Los griegos dividieron la música, que 
antes, como era razón, se empleaba toda en el culto de la 
deidad, distribuyéndola entre las solemnidades religiosas y 
las representaciones escénicas; pero conservando en el tem- 
plo la que era propia del templo, y dando al teatro la que 
era propia del teatro. Y en estos últimos tiempos ¿qué se ha 



OBRAS ESCOGIDAS 23 

hecho? No sólo se conservó en el teatro la música del teatro, 
mas también la música propia del teatro se trasladó al 
templo. 

Las cantadas que ahora se oyen en las iglesias son, en 
cuanto á la forma, las mismas que resuenan en las tablas. 
Todas se componen de menuetes, recitados, arietas, alegros, 
y á lo último se pone aquello que llaman grave ; pero de eso 
muy poco, porque no fastidie. ¿Qué es esto? ¿En el templo 
no debiera ser toda la música grave? ¿No debiera ser toda la 
composición apropiada para infundir gravedad, devoción y » 
modestia? Lo mismo sucede en los instrumentos. Ese aire de 
canarios, tan dominante en el gusto de los modernos, y ex- 
tendido en tantas gigcis^ que apenas hay sonata que no tenga 
alguna, ¿qué hará en los ánimos, sino excitar en la imagina- 
ción pastoriles tripudios? El que oye en el órgano el mismo 
menuet que oyó en el sarao, ¿ qué ha de hacer, sino acordar- ♦ 
se de la dama con quien danzó la noche antecedente? De esta 
suerte la música, que había de arrebatar el espíritu del asis- 
tente desde el templo terreno al celestial, le traslada de la » 
iglesia al festín. Y si el que oye, ó por temperamento ó por 
hábito, está mal dispuesto, no parará ahí la imaginación. 

¡ Oh, buen Dios! ¿Es esta aquella música que al grande 
Augustino, cuando aún estaba ñútante entre Dios y el mun- 
do, le exprimía gemidos de compunción y lágrimas de piedad? 
«jOh, cuánto lloré (decía el Santo hablando con Dios, en sus 
Confesiones)^ conmovido con los suavísimos himnos y cánti- > 
eos de tu Iglesial Vivísimamente se me entraban aquellas vo- 
ces por los oídos, y por medio de ellas penetraban ala mente * 
tus verdades. El corazón se encendía en afectos, y los ojos 
se deshacían en lágrimas.» Este efecto hacía la música ecle- 
siástica de aquel tiempo; la cual, como la lira de David, ex- 
pelía el espíritu malo, que aún no había dejado del todo la 
posesión de Augustino, y advocaba el bueno : la de este tiem- 
po expele el bueno, si le hay, y advoca al malo. El canto " 
eclesiástico de aquel tiempo era como el de las trompetas de^ 
Josué, que derribó los muros de Jericó; esto es, las pasiones 
que fortifican la población de los vicios. El de ahora es como 
el de las sirenas, que llevaban los navegantes á los escollos. 



24 F E I J o o 



III 



¡ Oh, cuánto mejor estuviera la Iglesia con aquel canto Ua- 
\ no, que fué el único que se conoció en muchos siglos, y en 
que fueron los máximos maestros del orbe los monjes de san 
Benito, incluyendo en primer lugar á san Gregorio el Gran- 
de y al insigne Guido Aretino, hasta que Juan de Murs, doc- 
tor de la Sorbona, inventó las notas, que señalan la varia 
duración de los puntos. En verdad que no faltaban en la 
sencillez de aquel canto melodías muy poderosas para con- 
mover y suspender dulcemente los oyentes. Las composicio- 
nes de Guido Aretino se hallaron tan patéticas, que, llamado 
de su monasterio de Arezzo por el papa Benedicto VIII, no 
le dejó apartar de su presencia hasta que le enseñó á cantar 
un versículo de su Antifonario, como se puede ver en el car- 
denal Baronio, al año de 1022. Este fué el que inventó el 
sistema músico moderno, ó progresión artificiosa, de que aún 
hoy se usa, y se llama la escala de Guido Aretino, y junta- 
mente la pluralidad armoniosa de las voces y variedad de 
consonancias, la cual, si, como es más verosímil, fué conoci- 
da de los antiguos, ya estaba perdida del todo su noticia. 

Una ventaja grande tiene el canto llano, ejecutado con la 

debida pausa, para el uso de la Iglesia; y es, que, siendo por 

-. su gravedad incapaz de mover los afectos que se sugieren en 

. el teatro, es aptísimo para inducir los que son propios del 

templo. ¿Quién, en la majestad sonora del himno Vexilla 

Regis^ en la gravedad festiva del Pange lingua^ en la ternura 

luctuosa del Invitatorio de difuntos^ no se siente conmovido, 

ya á veneración, ya á devoción, ya á la lástima? Todos los 

días se oyen estos cantos, y siempre agradan ; al paso que 

las composiciones modernas, en repitiéndose cuatro ó seis 

. veces, fastidian. 

No por eso estoy reñido con el canto figurado, ó, como 
dicen comunmente, de órgano. Antes bien conozco que hace 



OBRAS ESCOGIDAS 25 

grandes ventajas al llano, ya porque guarda sus acentos á la 
letra, lo que en el llano es imposible, ya porque la diferente 
duración de los puntos hace en el oído aquel agradable efec- 
to que en la vista causa la proporcionada desigualdad de los 
colores. Sólo el abuso que se ha introducido en el canto de 
órgano, me hace desear el canto llano; al modo que el pala- 
dar busca ansioso el manjar menos noble, pero sano, huyen- 
do del más delicado si está corrupto. 



IV 



¿Qué oídos bien condicionados podrán sufrir en canciones 
sagradas aquellos quiebros amatorios, aquellas inflexiones 
lascivas, que, contra las reglas de la decencia, y aun de la 
música, enseñó el demonio á las comediantas, y éstas á los 
demás cantores? Hablo de aquellos leves desvíos que con es- 
tudio hace la voz del punto señalado ; de aquellas caídas 
desmayadas de un punto á otro, pasando no sólo por el semi- 
tono, mas también por todas las comas intermedias ; tránsi- 
tos que ni caben en el arte, ni los admite la naturaleza. 

La experiencia muestra que las mudanzas que hace la voz 
en el canto, por intervalos menudos, así como tienen en sí 
no sé qué de blandura afeminada, no sé qué de lubricidad 
viciosa, producen también un afecto semejante en los ánimos 
de los oyentes, imprimiendo en su fantasía ciertas imágenes 
confusas, que no representan cosa buena. En atención á esto, 
muchos de los antiguos, y especialmente los lacedemonios, 
repudiaron, como nocivo á la juventud, el género de música 
llamado cromático^ el cual, introduciendo bemoles y substeni- 
dos^ divide la octava en intervalos más pequeños que los na- 
turales. Oigamos á Cicerón : Chromaticum creditur y'epudia- 
tum pridie fuisse genus, quod adolescentum remollescerent eo 
genere animi ; Lacedcemones Unprobasse feruntur (i). Supó- 



(i) Lib. I, Tuscul. guaest. 



26 F E I J o o 

nese que con más razón reprobaron también el género llama- 
do enarmónico^ el cual, añadiendo más bemoles y substenidos, 
y juntándose con los otros dos géneros diatónico y cromático, 
que necesariamente le preceden, deja dividida la octava en 
mayor número de intervalos, haciéndolos más pequeños; por 
consiguiente, en esta mixtura, desviándose la voz á veces del 
punto natural por espacios aún más cortos, conviene á saber, 
los semitonos menores, resulta una música más molificante 
que la del cromático. 

¿ No es harto de lamentar que los cristianos no usemos de 
la precaución que tuvieron los antiguos, para que la música 
no pervierta en la juventud las costumbres? Tan lejos esta- 
mos de eso, que ya no se admite por buena aquella música 
que, así en las voces humanas como en los violines, no intro- 
duce los puntos que llaman extraños, á cada paso, pasando 
en todas las partes del diapasón del punto natural al acciden- 
tal, y esta es la moda. No hay duda que estos tránsitos, ma- 
nejados con sobriedad, arte y genio, producen un efecto 
admirable, porque pintan las afecciones de la letra con mu- 
cha mayor viveza y alma que las progresiones del diatónico 
puro, y resulta una música mucho más expresiva y delicada. 
Pero son poquísimos los compositores cabales en esta parte, 
y esos poquísimos echan á perder á infinitos, que queriendo 
imitarlos, y no acertando con ello, forman con los extraños 
que introducen, una música ridicula, unas veces insípida, 
otras áspera ; y, cuando menos lo yerran, resulta aquella me- 
lodía de blanda y lasciva delicadeza, que no produce ningún 
buen efecto en la alma, porque no hay en ella expresión de 
algún afecto noble, sí sólo de una flexibilidad lánguida y 
viciosa. Si con todo quisieren los compositores que pase esta 
música, porque es de la moda, allá se lo hayan con ella en los 
teatros y en los salones ; pero no nos la metan en las iglesias, 
porque para los templos no se hicieron las modas. Y si el 
oficio divino no admite mudanza de modas, ni en vestiduras, 
ni en ritos, ¿p^r qué la ha de admitir en las composiciones 
músicas? 

El caso es, que esta mudanza de modas tiene en el fondo 
cierto veneno, el cual descubrió admirablemente Cicerón, 
cuando advirtió que en la Grecia, al paso mismo que declina- 
ron las costumbres hacia la corruptela, degeneró la música 



OBRAS ESCOGIDAS 27 

de SU antigua majestad hacia la afectada molicie, ó porque la ) 
música afeminada corrompió la integridad de los ánimos, ó ^ 
porque, perdida y estragada ésta con los vicios, estragó tam- 
bién los gustos, inclinándolos á aquellas bastardas melodías 
que simbolizaban más con sus costumbres : Civitatumque hoc 
multarum in Grcecia interfiiit, antiqínim vocum servare mo- 
dum : quarum mores lapsi^ ad mollitiem pariter siint immutati 
in cantibus ; aut hac dulcedine ^ corruptelaqiie depravati^ ut 
qiiidam putant : aut cum severitas Tnorum ob alia vitio cecidi 
set, twn fuit in auribus animisque^ mutatis etiam^ hnic miita- 
tioni locus (i). De suerte que el gusto de esta música afemina- 
da, ó es efecto, ó causa, de alguna relajación en el ánimo. Ni 
por eso quiero decir que todos los que tienen este gusto ado- 
lecen de aquel defecto. Muchos son de severísimo genio y de 
una virtud incorruptible, á quien no tuerce la música viciada; x 
pero gustan de ella, sólo porque oyen que es de la moda, y 
aun muchos sin gustar dicen que gustan, sólo porque no los , 
tengan por hombres del siglo pasado, ó como dicen, de cal- 
zas atacadas, y que no tienen la delicadeza de gusto de los 
modernos. 



V 



Sin embargo, confieso que hoy salen á luz algunas compo- 
siciones excelentísimas, ahora se atienda la suavidad del gus- 
to, ahora la sutileza del arte. Pero á vueltas de estas, que son 
bien raras, se producen innumerables que no pueden oirse. 
Esto depende, en parte, de que se meten á compositores los 
que no lo son, y en parte, de que los compositores ordinarios 
se quieren tomar las licencias que son propias de los maes- 
tros sublimes. 

Hoy le sucede á la música lo que á la cirujía. Así como 

(i) Lib. II, De hgib. 



V 



28 FE IJO o 

cualquiera sangrador de mediana habilidad luego toma el 
nombre y ejercicio de cirujano, del mismo modo cualquiera 
organista ó violinista de razonable destreza se mete á com- 
positor. Esto no les cuesta más que tomar de memoria aque- 
llas reglas generales de consonancias y disonancias ; después 
buscan el airecillo que primero ocurre, ó el que más les agra- 
da, de alguna sonata de violines, entre tantas como se hallan, 
ya manuscritas, ya impresas ; forman el canto de la letra por 
aquel tono, y siguiendo aquel rumbo, luego, mientras que la 
voz canta, la van cubriendo por aquellas reglas generales, 
con un acompañamiento seco, sin imitación ni primor algu- 
no ; y en las pausas de la voz entra la bulla de los violines, 
por el espacio de diez ó doce compases, ó muchos más, en la 
forma misma que la hallaron en la sonata de donde hicieron 
el hurto. Y aun eso no es lo peor, sino que algunas veces ha- 
cen unos borrones terribles, ó ya porque, para dar á entender 
que alcanzan más que la composición trivial, introducen fal- 
sas, sin prevenirlas ni abonarlas ; ó ya porque, viendo que 
algunos compositores ilustres, pasando por encima de las re- 
glas comunes, se toman algunas licencias, como dar dos 
quintas ó dos octavas seguidas, lo cual sólo ejecutan en el 
caso de entrar un paso bueno, ó lograr otro primor armonio- 
so, que sin esa licencia no se pudiera conseguir (y aun eso es 
con algunas circunstancias y limitaciones), toman osadía para 
hacer lo mismo sin tiempo ni propósito, con que dan unos 
batacazos intolerables en el oído. 

Los compositores ordinarios, queriendo seguir los pasos 
de los primorosos, aunque no caen en yerros tan groseros, 
vienen á formar una música, unas veces insípida y otras áspe- 
ra. Esto consiste en la introducción de accidentales y mu- 
danza de tonos dentro de la misma composición, de que los 
maestros grandes usan con tanta oportunidad, que no sólo 
dan á la música mayor dulzura, pero también mucho más 
valiente expresión de los afectos que señala la letra. Algunos 
extranjeros hubo felices en esto; pero ninguno más que nues- 
tro don Antonio de Literes, compositor de primer orden, y 
acaso el único que ha sabido juntar toda la majestad y dul- 
zura de la música antigua con el bullicio de la moderna; pero 
en el manejo de los puntos accidentales es singularísimo, 
pues casi siempre que los introduce, dan una energía á la mú- 



OBRAS ESCOGIDAS 29 

sica, correspondiente al significado de la letra, que arrebata. 
Esto pide ciencia y numen ; pero mucho más numen que 
ciencia; y así, se hallan en España maestros de gran conoci- 
miento y comprehensión, que no logran tanto acierto en esta 
materia ; de modo que en sus composiciones se admira la 
sutileza del airte, sin conseguirse la aprobación del oído. 

Los que están desasistidos de genio, y por otra parte gozan 
no más que una mediana inteligencia de la música, meten 
falsas, introducen accidentales y mudan tonos, sólo porque 
la moda lo pide, y porque se entienda que saben manejar 
estos saínetes ; pero por la mayor parte no logran saínete 
alguno, y aunque no faltan á las reglas comunes, las compo- 
siciones salen desabridas ; de suerte que, ejecutadas en el 
templo, conturban los corazones de los oyentes, en vez de 
producir en ellos aquella dulce calma que se requiere para la 
devoción y recogimiento interior. 

Entre los primeros y los segundos media otro género de 
compositores, que aunque más que medianamente hábiles, 
son los peores para las composiciones sagradas. Estos son 
aquellos que juegan de todas las delicadezas de que es capaz 
la música; pero dispuestas de modo, que forman una melo- 
día bufonesca. Todas las irregularidades de que usan, ya en 
falsas, ya en accidentales, están introducidas con gracia; pero 
una gracia muy diferente de aquella que san Pablo pedía en 
el cántico eclesiástico, escribiendo á los colosenses : In gra- 
na cantantes in cordibus vestris Deo ; porque es una gracia de 
chufleta, una armonía de chulada ; y así, los mismos músicos 
llaman jugueticos y monadas á los pasajes que encuentran 
más gustosos en este género. Esto es bueno para el templo? 
Pase norabuena en el patio de las comedias, en el salón de 
los saraos ; pero en la casa de Dios chuladas, monadas y ju- 
guetes 1 ¿No es este un abuso impío? Querer que se tenga 
por culto de la deidad, ¿ no es un error abominable ? ¿Qué 
efecto hará esta música en los que asisten á los oficios? Aun 
á los mismos instrumentistas, al tiempo de la ejecución, los 
provoca á gestos indecorosos y á unas risillas de mojiganga. 
En los demás oyentes no puede influir sino disposiciones para 
la chocarrería y la chulada. 

No es esto querer desterrar la alegría de la música ; sí sólo 
la alegría pueril y bufona. Puede la música ser gustosísima y 



3o FE 1 J o o 

juntamente noble, majestuosa, grave, que excite á los oyen- 
tes á afectos de respeto y devoción. Ó, por mejor decir, la 
música más alegre y deliciosa de todas es aquella que induce 
una tranquilidad dulce en la alma, recogiéndola en sí misma 
y elevándola, digámoslo así, con un género de rapto extático 
sobre su propio cuerpo, para que pueda tomar vuelo el pensa- 
miento hacia las cosas divinas. Esta es la música alegre, que 
aprobaba san Agustín como útil en el templo, tratando de 
nimiamente severo á san Atanasio en reprobarla ; porque su 
propio efecto es levantar los corazones abatidos de las incli- 
naciones terrenas á los afectos nobles: Ut per hcec oblecta- 
menta aurium injirmior animus in affectum pietatis assur- 
gat{i). 

Es verdad que son pocos los maestros capaces de formar 
esta noble melodía, pero los que no pueden tanto, conténten- 
se con algo menos, procurando siquiera que sus composicio- 
nes inclinen á aquellos actos interiores, que de justicia se 
deben á los divinos oficios, ó por lo menos, que no exciten á 
los actos contrarios. En todo caso, aunque sea arriesgándose 
al desagrado del concurso, evítense esos saínetes cosquillosos 
que tienen cierto oculto parentesco con los afectos vedados; 
pues de los dos males en que puede caer la música eclesiásti- 
ca, menos inconveniente es que sea escándalo de las orejas, 
que el que sea incentivo de los vicios. 



VI. 



Bien se sabe el poder que tiene la música sobre las almas 
para despertar en ellas ó las virtudes ó los vicios. De Pitá- 
goras se cuenta que , habiendo con música apropiada in- 
flamado el corazón de cierto joven en un amor insano, le 
calmó el espíritu y redujo al bando de la continencia mudan- 
do de tono. De Timoteo, músico de Alejandro, que irritaba 



(i) Lib. X, Confess., cap, XXXU. 



OBRAS ESCOGIDAS 3l 

el furor bélico de aquel príncipe, de modo que echaba mano 
á las armas, como si tuviera presentes los enemigos. Esto no 
era mucho, porque conspiraba con el arte del agente la natu- 
raleza del paso. Algunos añaden que le aquietaba después de 
haberle enfurecido, y Alejandro, que jamás volvió á riesgo 
alguno la espalda, venía á ser fugitivo entonces de su propia 
ira. Pero más es lo que se refiere de otro músico con Enri- 
que II, rey de Dinamarca, llamado el Bueno ; porque con un 
tañido furioso exacerbó la cólera del Rey en tanto grado, que 
arrojándose sobre sus domésticos, mató á tres ó cuatro de 
ellos; y hubiera pasado adelante el estrago, si violentamente 
no le hubieran detenido. Esto fué mucho de^admirar, porque 
era aquel rey de índole sumamente mansa y apacible. 

No pienso que los músicos de estos tiempos puedan hacer 
estos milagros. Y acaso tampoco los hicieron los antiguos, 
que estas historias no se sacaron de la Sagrada Escritura. 
Pero por lo menos, es cierto que la música, según la variación 
de las melodías, induce en el ánimo diversas disposiciones, 
unas buenas y otras malas. Con una nos sentimos movidos á 
la tristeza, con otra á la alegría ; con una á la clemencia, con 
otra á la saña; con una á la fortaleza, con otra á la pusilani- 
midad, y así de las demás inclinaciones. 

No habiendo duda en esto, tampoco la hay en que el maes- 
tro que compone para los templos, debe, cuanto es de su 
parte, disponer la música de modo que mueva aquellos afec- 
tos más conducentes para el bien espiritual de las almas y 
para la majestad, decoro y veneración de los divinos oficios. 
Santo Tomás, tocando este punto en la 2.^ 2.^ qiicest. 91. a?'- 
tic. 2, dice, que fué saludable la institución del canto en las 
iglesias, para que los ánimos de los enfermos, esto es, los de 
flaco espíritu, se excitasen á la devoción : Et ideo salubrite?- 
fiiit institutum, ut in Divinas laudes cantus assumerentur^ ut 
animi injirmorum magis excitarentur ad devotionem. ¡Ay, 
Dios! ¿Qué dijera el Santo si oyera en las iglesias algunas 
canciones, que en vez de fortalecer á los enfermos enflaque- 
cen á los sanos ; que en vez de introducir la devoción en el 
pecho, la destierran de la alma; que en vez de elevar el pen- 
samiento á consideraciones piadosas, traen á la memoria algu- 
nas cosas ilícitas? Vuelvo á decir, que es obligación de los 
músicos, y obligación grave, corregir este abuso. 



32 F El J o o 

Verdaderamente, yo, cuando me acuerdo de la antigua se- 
riedad española, no puedo menos de admirar que haya caído 
tanto, que sólo gustemos de las músicas de tararira. Parece 
que la celebrada gravedad de los españoles, ya se redujo sólo 
á andar envarados por las calles. Los italianos nos han hecho 
esclavos de su gusto, con la falsa lisonja de que la música se 
ha adelantado mucho en este tiempo. Yo creo que lo que 
llaman adelantamiento, es ruina, ó está muy cerca de serlo. 
Todas las artes intelectuales, de cuyos primores son con igual 
autoridad jueces el entendimiento y el gusto, tienen un punto 
de perfección, en llegando al cual, el que las quiere adelan- 
tar, comunmente las echa á perder. 

Acaso le sucederá muy presto á la Italia (si no sucede ya) 
con la música, lo que le sucedió con la latinidad, oratoria y 
poesía. Llegaron estas facultades en el siglo de Augusto á 
aquel estado de propiedad, hermosura, gala y energía natu- 
ral en que consiste su verdadera perfección. Quisieron refi- 
narlas los que sucedieron á aquel siglo, introduciendo ador- 
nos impropios y violentos, con que las precipitaron de la 
naturalidad á la afectación, y de aquí cayeron después á la 
barbarie. Bien satisfechos estaban los poetas que sucedieron 
á Virgilio y los oradores que sucedieron á Cicerón, de que 
daban nuevos realces á las dos artes ; pero lo que hicieron se 
lo dijo bien claro á los oradores el agudo Petronio, hacién- 
doles cargo de su ridicula y pomposa afectación: Vos primi 
omnium eloquentiam perdidistis. 



VII 



Para ver si la música en este tiempo padece el mismo 
naufragio, examinemos en qué se distingue la que ahora se 
practica de la del siglo pasado. La primera y más señalada 
distinción que ocurre es la diminución de las figuras. Los 
puntos más breves que había antes eran las semicorcheas^ y 
con ellas se hacía juicio que se ponían, así el canto como el 



OBRAS ESCOGIDAS 33 

instrumento, en la mayor velocidad, de que sin violentarlos 
son capaces. Pareció ya poco esto, y se inventaron no há 
mucho las tricorcheas, que parten por mitad las semicorcheas. 
No paró aquí la extravagancia de los compositores, y inven- 
taron las cuatrico7'cheas^ de tan arrebatada duración, que 
apenas la fantasía se hace capaz de cómo en un compás pue- 
den caber sesenta y cuatro puntos. No sé que se hayan visto 
hasta este siglo figuradas las cuatricorcheas en alguna com- 
posición, salvo en la descripción del canto del ruiseñor, que 
á la mitad del siglo pasado hizo estampar el padre Kircher, 
en el libro I de su Musurgia universal; y aun creo que tiene 
aquella solfa algo de lo hiperbólico; porque se me hace difícil 
que aquella ave, bien que dotada de órgano tan ágil, pueda 
alentar sesenta y cuatro puntos distintos, mientras se alza y 
baja la mano en un compás regular. 

Ahora digo que esta diminución de figuras, en vez de per- 
ficionar la música, la estraga enteramente, por dos razones: 
la primera es, porque rarísimo ejecutor se hallará que pueda 
dar bien ni en la voz ni en el instrumento puntos tan veloces. 
El citado padre Kircher dice que, habiendo hecho algunas 
composiciones de canto difíciles y exóticas (yo creo que no 
serían tanto como muchas de la moda de hoy), no halló en 
toda Roma cantor que las ejecutase bien. ¿Cómo se hallarán 
en cada provincia, mucho menos en cada catedral, instru- 
mentistas ni cantores, que guarden exactamente así el tiempo 
como la entonación de esas figuras menudísimas, añadiéndo- 
se muchas veces á esta dificultad la de muchos saltos extra- 
vagantes, que también son de la moda? Semejante solfa pide 
en la garganta una destreza y volubilidad prodigiosa, y en la 
mano una agilidad y tino admirable ; y así, en caso de com- 
ponerse así, había de ser solamente para uno ú otro ejecutor 
singularísimo que hubiese en esta ó aquella corte, pero no 
darse á la imprenta para que ande rodando por las provincias; 
porque el mismo cantor que con una solfa natural y fácil 
agrada á los oyentes, los descalabra con esas composiciones 
difíciles ; y en las mismas manos en que una sonata de fácil 
ejecución suena con suavidad y dulzura, la que es de arduo 
manejo sólo parece greguería. 

La segunda razón porque esa diminución de figuras destru- 
ye la música es, porque no se da lugar al oído para que per- 



34 F E I j o o 

ciba la melodía. Así como aquel deleite que tienen los ojos 
en la variedad bien ordenada de colores no se lograra, si cada 
uno fuese pasando por la vista con tanto arrebatamiento, que 
apenas hiciese distinta impresión en el órgano (y lo mismo 
es de cualesquiera objetos visibles), ni más ni menos, si los 
puntos en que se divide la música son de tan breve duración, 
que el oído no pueda actuarse distintamente de ellos, no per- 
cibe armonía, sino confusión. Así este inconveniente segundo 
como el primero, se hacen mayores por el abuso que cometen 
en la práctica los instrumentistas modernos ; los cuales, aun- 
que sean de manos torpes, generalmente hacen ostentación 
de tañer con mucha velocidad, y comunmente llevan la sona- 
ta con más rapidez que quiere el compositor, ni pide el ca- 
rácter de la composición. De donde se sigue perder la música 
su propio genio, faltar á la ejecución lo más esencial, que es 
la exactitud en la limpieza, y oir los circunstantes sólo una 
trápala confusa. Siga cada uno el paso que le prescribe su 
propia disposición; que si el que es pesado se esfuerza á co- 
rrer tanto como el veloz, toda la carrera será tropiezos; y si 
el que sólo es capaz de correr quiere volar, presto se hará 
pedazos. 

La segunda distinción que hay entre la música antigua y 
moderna consiste en el exceso de ésta en los frecuentes trán- 
sitos del género diatónico al cromático y enarmónico, mu- 
dando á cada paso los tonos con la introducción de substeni- 
dos y bemoles. Esto, como se dijo arriba, es bueno cuando 
se hace con oportunidad y moderación; pero los italianos hoy 
se propasan tanto en estos tránsitos, que sacan la armonía de 
sus quicios. Quien no lo quisiere creer, consulte desnudo de 
toda preocupación sus orejas, cuando oyere canciones ó so- 
natas que abundan mucho de accidentales. 

La tercera distinción está en la libertad que hoy se toman 
los compositores para ir metiendo en la música todas aque- 
llas modulaciones, que les van ocurriendo á la fantasía, sin 
ligarse á imitación ó tema. El gusto que se percibe en esta 
música suelta, y digámoslo así, desgreñada, es sumamente 
inferior al de aquella hermosa ordenación con que los maes- 
tros del siglo pasado iban siguiendo con amenísima variedad 
un paso, especialmente cuando era de cuatro voces; así como 
deleita mucho menos un sermón de puntos sueltos, aunque 



OBRAS ESCOGIDAS 35 

conste de buenos discursos, que aquel que, con variedad de 
noticias y conceptos, va siguiendo conforme á las leyes de la 
elocuencia el hilo de la idea, según se propuso al principio la 
planta. No ignoran los extranjeros el subido precio de estas 
composiciones, ni faltan entre ellos algunas de este género 
excelentes; pero comunmente huyen de ellas, porque son 
trabajosas ; y así, si una ú otra vez introducen algún paso, 
luego le dejan, dando libertad á la fantasía para que se vaya 
por donde quisiere. Los extranjeros que vienen á España, 
por lo común son unos meros ejecutores, y así no pueden 
formar este género de música, porque pide más ciencia de la 
que tienen ; pero para encubrir su defecto, procurarán per- 
suadir acá á todos, que eso de seguir pasos no es de la moda. 



VIII 



Esta es la música de estos tiempos, con que nos han rega- 
lado los italianos, por mano de su aficionado el maestro Du- * 
ron, que fué el que introdujo en la música de España las 
modas extranjeras. Es verdad que después acá se han apu- 
rado tanto éstas, que si Durón resucitara, ya no las conocie- 
ra; pero siempre se le podrá echar á él la culpa de todas estas 
novedades, por haber sido el primero que les abrió la puerta, 
pudiendo aplicarse á los aires de la música italiana, lo que 
cantó Virgilio de los vientos : 

Qua data porta ruunt, et térras tur bine perjlant. 

Y en cuanto á la música, se verifica ahora en los españoles, 
respecto de los italianos, aquella fácil condescendencia á ad- ' 
mitir novedades, que Plinio lamentaba en los mismos italia- 
nos respecto de los griegos : Mutatur quotidie ars interpolis^ 
et ingeniorum gradee statu impellimur. 

Con todo, no faltan en España algunos sabios composito- ' 
res, que no han cedido del todo á la moda, ó juntamente con 



36 FE I j o o 

ella saben componer preciosos restos de la dulce y majestuo- 
sa música antigua, entre quienes no puedo excusarme de ha- 
cer segunda vez memoria del suavísimo Literes, compositor 
verdaderamente de numen original, pues en todas sus obras 
resplandece un carácter de dulzura elevada, propia de su 
genio, y que no abandona aun en los asuntos amatorios y 
profanos, de suerte que aun en las letras de amores y galan- 
terías cómicas tiene un género de nobleza, que sólo se en- 
tiende con la parte superior de la alma; y de tal modo des- 
pierta la ternura, que deja dormida la lascivia. Yo quisiera 
que este compositor siempre trabajara sobre asuntos sagra- 
dos; porque el genio de su composición es más propio para 
fomentar afectos celestiales que para inspirar amores terre- 
nos. Si algunos echan menos en él aquella desenvoltura bulli- 
ciosa que celebran en otros, por eso mismo me parece á mí 
mejor, porque la música, especialmente en el templo, pide 
una gravedad seria, que dulcemente calme los espíritus; no 
una travesura pueril, que incite á dar castañetadas. Compo- 
ner de este modo es muy fácil, y así lo hacen muchos; del 
otro es difícil, y así lo hacen pocos. 



IX 



Lo que se ha dicho hasta aquí del desorden de la música de 
los templos, no comprehende sólo las cantadas en lengua 
vulgar; mas también salmos, misas, lamentaciones y otras 
partes del oficio divino, porque en todo se ha entrado la 
moda. En lamentaciones impresas he visto aquellas mudan- 
zas de aires, señaladas con sus nombres, que se estilan en las 
cantadas. Aquí se leía grave, allí airoso, acullá recitado. Qué! 
¿aun en una lamentación, no puede ser todo grave? ¿Y es 
menester que entren los airecillos de las comedias en la re- 
presentación de los más tristes misterios? Si en el cielo cupie- 
ra llanto, lloraría de nuevo Jeremías al ver aplicar tal música 
á sus trenos. ¿Es posible que en aquellas sagradas quejas. 



OBRASESCOGIDAS ^7 

aoiiUu t^aa<.t io*.r- -rr . i-¿, ^-i-íJo, Joodc, según varios sentídos, 
se lamentan, ya la ruina de Jerusalén por los caldeos, ya el 
estrago del mundo por los pecados, ya la aflicción de la Igle- 
sia militante en las persecuciones, ya, en fin, la angustia de 
nuestro Redentor en sus martirios, se han de oir airosos y . 
i'ecitados? En el Alfabeto de los penitentes^ como llaman algu- 
nos expositores á los trenos de Jeremías, ¿han de sonar los 
aires de festines y serenatas? ¡ Con cuánta más razón se podía 
exclamar aquí, con la censura de Séneca contra Ovidio, por- 
que en la descripción de un objeto tan trágico como el dilu- 
vio de Deucalión, introdujo algún verso tanto cuanto ameno! 
Non est res satis sobria lascivire devorato orbe terrarum. No 
sonó tan mal la cítara de Nerón cuando estaba ardiendo 
Roma, como suena la armonía de los bailes, cuando se están ^ j 
representando tan lúgubres misterios. 

Y sobre delinquirse en esto, contra las reglas de la razón, 
se peca también contra las leyes de la música, las cuales pres- 
criben que el canto sea apropiado á la significación de la le- 
tra; y así, donde la letra toda es grave y triste, grave y triste \ 
debe ser todo el canto. 

Es verdad que contra esta regla, que es una délas más car- 
dinales, pecan muy frecuentemente los músicos en todo gé- 
nero de composiciones, unos por defecto, y otros por exceso. 
Por defecto, aquellos que forman la música sin atención al- ' 
guna al genio de la letra ; pero en tan grosera falta apenas 
caen sino aquellos que no siendo verdaderamente composito- 
res, no hacen otra cosa que tejer retazos de sonatas ó coser 
arrapiezos de las composiciones de otros músicos. 

Por exceso yerran los que, observando con pueril escrúpu- 
lo la letra, arreglan el canto á lo que significa cada dicción ♦ 
de por sí, y no al intento de todo el contexto. Explicaráme 
un ejemplo de que usa el padre Kircher corrigiendo este abu- 
so. Trazaba un compositor el canto para este versículo: Afors 
festinat luctuosa. Pues ¿qué hizo? En las voces mors y luc- 
tuosa metió una solfa triste; pero en la voz festinat^ que está 
en medio, como significa celeridad y presteza, plantó unas 
carrerillas alegres, que al rocín más pesado, si las oyera, le 
harían dar cabriolas. 

Otro tanto y aun peor, vi en una de las lamentaciones que 
cité arriba, la cual, en la cláusula Deposita est vehementer non 



38 FE I JO o 

JíClbCnS consol Cltor-Gm^ KxjñrxXtxíxxx w\i-"-,>^-e>~ j<^«i kicM. ^.Iwxiw iv^ aii\_»- 

so para aquella lamentable caída de Jerusalén, ó de todo el 
género humano, oprimido del peso de sus pecados, con la 
agravante circunstancia de faltar consuelo en la desdicha! 
Pero la culpa tuvo aquel adverbio vehementer^ porque la ex- 
presión de vehemencia le pareció al compositor que pedía 
música viva; y así, llegando allí, apretó el paso, y para el 
vehementer gastó en carrerillas unas cuarenta corcheas; sien- 
do así que aun esta voz, mirada por sí sola, pedía muy otra 
música, porque allí significa lo mismo que gravissimé, expre- 
sando enérgicamente aquella pesadez, ó pesadumbre, con 
que la ciudad de Jerusalén, agobiada de la brumante carga 
de sus pecados, dio en tierra con templo, casas y muros. 

En este defecto cayó, más que todos, el célebre Durón, en 
tanto grado, que, á veces, dentro de una misma copla variaba 
seis ú ocho veces los afectos del canto, según se iban varian- 
do los que significaban por sí solas las dicciones del verso. Y 
aunque era menester para esto grande habilidad, como de he- 
cho la tenía, era muy mal aplicada. 



X 



Algunos (porque no dejemos esto por decir) juzgan que el 
componer la música apropiada á los asuntos, consiste mucho 
en la elección de los tonos; y así, señalan uno para asuntos 
graves, otro para los alegres, otro para los luctuosos, etc. 
Pero yo creo que esto hace poco ó nada para el caso, pues 
no hay tono alguno en el cual no se hayan hecho muy expre- 
sivas y patéticas composiciones para todo género de afectos. 
El diferente lugar que ocupan los dos semitonos en el diapa- 
són, que es en lo que consiste la distinción de los tonos, es 
insuficiente para inducir esa diversidad; ya porque donde 
quiera que se introduzca un accidental (y se introducen á 
cada paso) altera ese orden ; ya porque varias partes, olas 
más de la composición, variando los términos, cogen los se- 



OBRAS ESCOGIDAS 39 

mitonos en otra positura que la que tienen, respecto del dia- 
pasón. Pongo por ejemplo : aunque el primer tono, que em- 
pieza en Delasotre^ vaya por este orden, primero un tono, 
luego un semitono, después tres tonos, á quienes sigue otro 
semitono, y en fin, un tono ; los diferentes rasgos de la com- 
posición, tomado cada uno de por sí, no siguen ese orden, 
porque uno empieza en el primer semitono, otro en el tono 
que está después de él, y así de todas las demás partes del 
diapasón, y acaban donde más bien le parece al compositor, 
con que en cada rasgo de la composición se varía la positura 
de los semitonos, tanto como en los diferentes diapasones, 
que constituyen la diversidad de los tonos. 

Esto se confirma con que los mayores músicos están muy 
discordes en la designación de los tonos, respectivamente á 
diversos afectos. El que uno tiene por alegre, otro tiene por 
triste; el que uno por devoto, otro por juguetero. Los dos 
grandes jesuítas, el padre Kircher y el padre Dechales, están 
en esto tan opuestos, que un mismo tono le caracteriza el 
padre Kircher de este modo : Harmoniosus, magiiificus^ et 
regia maj estáte plenus. Y el padre Dechales dice : Ad tripudia 
et choreas est comparatus, diciturque propterea lascivus ; y 
poco menos discrepan en señalar los caracteres de otros to- 
nos, bien que no de todos. 

Lo dicho se entiende de la diversidad esencial de los tonos, 
que consiste en la diversa positura de los semitonos en el 
diapasón ; pero no de la diversidad accidental, que consiste 
en ser más altos ó más bajos. Esta algo puede conducir, por- 
que la misma música puesta en voces más bajas, es más reli- 
giosa y grave, y trasladada á las altas, perdiendo un poco de 
la majestad, adquiere algo de viveza alegre, por cuya razón 
soy de sentir que las composiciones para las iglesias no de- 
ben ser muy subidas ; pues sobre que las voces en el canto 
van comunmente violentas, y por tanto suenan ásperas, care- 
cen de aquel fácil juego que es menester para dar las afeccio- 
nes que pide la música, y aun muchas veces claudican en la 
entonación; digo que, á más de estos inconvenientes, no 
mueven tanto los afectos de respeto, devoción y piedad, como 
si se formaran en tono más bajo. 



40 F E 1 J o o 



XI 



Por la misma razón estoy mal con la introducción de los 
violines en las iglesias. Santo Tomás, en el lugar citado arri- 
ba, quiere que ningún instrumento músico se admita en el 
templo, por la razón de que estorba á la devoción aquella 
delectación sensible que ocasiona la música instrumental; 
pero esta razón es difícil de entender, habiendo dicho el San- 
to que la delectación que se percibe en el canto, induce á 
devoción á los espíritus flacos, y no parece que hay dispari- 
dad de una á otra, porque si se dice que la significación de la 
letra que se canta, ofreciendo á la memoria las cosas divinas, 
hace que la delectación en el canto sirva como de vehículo 
que lleve el corazón hacia ellas, lo mismo sucederá en la de- 
lectación del instrumento que acompaña la letra y el canto. 
Añádese á esto, que el Santo en el mismo lugar aprueba el 
uso de los instrumentos músicos en la sinagoga, por la razón 
de que aquel pueblo, como duro y carnal, convenía que con 
este medio se provocase á la piedad. Luego, por lo menos 
para semejantes genios, convienen en la iglesia los instru- 
mentos músicos ; y por consiguiente, siendo de este jaez mu- 
chísimos de los que concurren á la iglesia en estos tiempos, 
siempre serán de grande utilidad los instrumentos. Fuera de 
que, no puedo entender cómo la delectación sensible que 
ocasiona la música instrumental induzca á devoción á los que 
por su dureza están menos dispuestos para ella, y la impida 
en los que tienen el corazón más apto para el culto divino. 

Conozco y confieso que es mucho más fácil que yo no en- 
tienda á santo Tomás, que no que el Santo dejase de decir 
muy bien. Mas en fin, la práctica universal de toda la Iglesia 
autoriza el uso de los instrumentos. El caso está en la elec- 
ción de ellos ; y por mí digo que los violines son impropios 
en aquel sagrado teatro ; sus chillidos, aunque armoniosos, 
son chillidos, y excitan una viveza como puepl en nuestros 
espíritus, muy distante de aquella atención decorosa que se 



OBRAS ESCOGIDAS 4I 

debe á la majestad de los misterios, especialmente en este 
tiempo, que los que componen para violines ponen estudio 
en hacer las composiciones tan subidas, que el ejecutor vaya 
á dar en el puente con los dedos. 

Otros instrumentos hay respetosos y graves, como la arpa, 
el violón, la espineta, sin que sea inconveniente de alguna 
monta que falten tiples en la música instrumental ; antes con 
eso será más majestuosa y seria, que es lo que en el templo 
se necesita. El órgano es un instrumento admirable, ó un 
compuesto de muchos instrumentos. Es verdad que los orga- 
nistas hacen de él, cuando quieren, gaita y tamboril, y quie- . 
ren muchas veces. 



XII 



No será fuera del intento, antes muy conforme á él, decir 
aquí algo de la poesía que hoy se hace para las cantadas del 
templo, ó como llaman, d lo divino. Sin temeridad me atre- 
veré á pronunciar, que la poesía en España está mucho más 
perdida que la música. Son infinitos los que hacen coplas, y 
ninguno es poeta. Si se me pregunta cuáles son las artes más 
difíciles de todas, responderé que la médica, poética y orato- 
ria ; y si se me pregunta cuáles son más fáciles, responderé 
que la poética, oratoria y médica. No hay licenciado que, si 
quiere, no haga coplas. Cuantos religiosos sacerdotes hay, 
suben al pulpito, y cuantos estudian medicina, hallan partido; 
pero ¿ adonde está el médico verdaderamente sabio, el poeta 
cabal y el orador perfecto ? 

Nuestro eruditísimo monje don Juan de Mabillón, en su 
libro de Estudios monásticos^ dice que un poeta excelente es 
una alhaja rarísima ; y yo me conformo con su dictamen, 
porque, si se mira bien, ¿dónde se encuentra, entre tantas 
coplas como salen á luz, una sola que, dejando otras muchas 
calidades, sea juntamente natural y sublime, dulce y eficaz, 
ingeniosa^, clara, brillante sin afectación, sonora sin turgcn- 



42 F E 1 J o o 

cia, armoniosa sin impropiedad, corriente sin tropiezo, deli- 
cada sin melindre, valiente sin dureza, hermosa sin afeite, 
noble sin presunción, conceptuosa sin obscuridad? Casi osaré 
decir, que quien quisiere hallar un poeta que haga versos de 
este modo, le busque en la región donde habita el fénix. 

Por lo menos en España, según todas las apariencias, hoy 
no hay que buscarle, porque está la poesía en un estado las- 
timoso. El que menos mal lo hace (exceptuando uno ú otro 
raro), parece que estudia en cómo lo ha de hacer mal. Todo 
el cuidado se pone en hinchar el verso con hipérboles irra- 
cionales y voces pomposas ; con que sale una poesía hidrópi- 
ca confirmada, que da asco y lástima verla. La propiedad y 
naturalidad, calidades esenciales, sin las cuales, ni la poesía 
ni la prosa jamás pueden ser buenas, parece que andan fugi- 
tivas de nuestras composiciones. No se acierta con aquel 
resplandor nativo que hace brillar el concepto ; antes los me- 
jores pensamientos se desfiguran con locuciones afectadas, 
al modo que cayendo el aliño de una mujer hermosa en ma- 
nos indiscretas, con ridículos afeites se le estraga la belleza 
de las facciones. 

Esto en general de la poesía española moderna; pero la 
peor es la que se oye en las cantilenas sagradas. Tales son, 
que fuera mejor cantar coplas de ciegos, porque al fin estas 
tienen sus afectos devotos, y su misma rústica sencillez está 
en cierto modo haciendo señas á la buena intención. Toda 
la gracia de las cantadas que hoy suenan en las iglesias, con- 
siste en equívocos bajos, metáforas triviales, retruécanos 
pueriles ; y lo peor es, que carecen enteramente de espíritu y 
moción, que es lo principal ó lo único que se debiera buscar. 
En esta parte han pecado aun los buenos poetas. Don Anto- 
nio de Solís fué sin duda nobilísimo ingenio, y que entendió 
bien todos los primores de la poesía, excediéndose á sí mis- 
mo, y excediendo á todos, en pintar los afectos con tan pro- 
pias, íntimas y sutiles expresiones, que parece que los da 
mejor á conocer su pluma que la experiencia. Con todo, en 
sus letrillas sacras se nota una extraña decadencia, pues no 
se encuentra en ellas aquella nobleza de pensamientos, aque- 
lla delicadeza de expresiones, aquella moción de afectos, que 
se halla á cada paso en otras poesías líricas suyas; y no es 
porque le faltase numen para asuntos sagrados, pues sus en- 



OBRAS ESCOGIDAS 43 

dechas á la conversión de san Francisco de Rorja son lo me- 
jor que hizo, y acaso lo más sublime que hasta ahora se ha 
compuesto en lengua castellana. 

Creo que esto ha dependido de que, así Solís como otros 
poetas de habilidad, á estas letrillas que se hacen para las 
festividades, las han mirado como cosa de juguete, siendo 
así, que ninguna otra composición pide atenderse con tanta 
seriedad. ¿Qué asunto más noble que el de estas composicio- 
nes, donde ya se elogian las virtudes de los santos, ya se re- 
presenta la excelencia de los misterios y atributos divinos? > 
Aquí es donde se habían de esforzar más los que tienen nu- 
men. ¿ Qué empleo más digno de un genio ventajoso que 
pintar la hermosura de la virtud, de suerte que enamore ; re- 
presentar la fealdad del vicio, de modo que horrorice; elogiar 
á Dios y á sus santos, de forma que el elogio encienda á la 
imitación y al culto ? Lo grande de la poesía es aquella acti- 
vidad persuasiva, que se mete dentro de la alma, y mueve el 
corazón hacia la parte que quiere el poeta. Este no es juego 
de niños, dice nuestro Mabillón hablando de la poesía ; mu- 
cho menos será juego de niños la poesía sagrada. Con todo, 
la que se canta en nuestras iglesias no es otra cosa. 

Aun aquellos cuyas composiciones se estiman, no hacen 
otra cosa que preparar los conceptillos que les ocurren sobre 
el asunto ; y aunque no tengan entre sí unión de respeto ó 
conducencia á algún designio, los distribuyen en las coplas; 
de modo que todo lo que se llama dicho ó concepto, aunque 
uno vaya para Flandes y otro para Marruecos, se hace que 
entre en el contexto ; y como cada copla diga algo (así se ex- 
plican), aunque sea sin moción, espíritu ni fuerza, más es, 
aunque sea sin orden, ni dirección á fin determinado, se dice 
que es buena composición, siendo así, que ni merece nombre 
de composición, como no merece el nombre de edificio un 
montón de piedras, ni el nombre de pintura cualquiera agre- 
gado de colores. 

La sentencia aguda, el chiste, el donaire, el concepto, son 
adornos precisos de la poesía ; pero se han de ver en ella, no 
como que son buscados con estudio, sí como que al poeta se 
le vienen á la mano. El ha de seguir su camino según el rum- 
bo propuesto, echando mano solo de aquellas flores que en- 
cuentra al paso, ó que nacen en el mismo camino. Así lo 



44 



F E IJOO 



hicieron aquellos grandes maestros, los Virgilios, los Ovidios, 
los Horacios y cuanto tuvo de ilustre la antigüedad en este 
arte. Hacer coplas, que no son más que unas masas informes 
de conceptillos, es una cosa muy fácil, y juntamente muy 
inútil, porque no hay en ellas, ni cabe, alguno de los primo- 
res altos de la poesía. ¿Qué digo, primores altos de la poesía? 
Ni aun las calidades que son de su esencia. 

Pero aún no he dicho lo peor que hay en las cantadas á lo 
divino ; y es que, ya que no todas, muchísimas están com- 
puestas al genio burlesco ; ¡ con gran discreción por cierto, 
porque las cosas de Dios son cosas de entremés! ¿Qué con- 
cepto darán del inefable misterio de la Encarnación mil dis- 
parates puestos en las bocas de Gil y Pascual ? Dejólo aquí, 
porque me impaciento de considerarlo. Y á quien no le 
disonare tan indigno abuso por sí mismo, no podré yo con- 
vencerle con argumento alguno. 




PARALELO DE LAS LENGUAS 



CASTELLANA Y FRANCESA 



Dos extremos, entrambos reprehensibles, noto en nues- 
tros españoles, en orden á las cosas nacionales: unos 
las engrandecen hasta el cielo; otros las abaten hasta 
el abismo. Aquellos, que ni con el trato de los extranjeros, ni 
con la lectura de los libros, espaciaron su espíritu fuera del 
recinto de su patria, juzgan que cuanto hay de bueno en el 
mundo está encerrado en ella. De aquí aquel bárbaro desdén 
con que miran á las demás naciones, asquean su idioma, 
abominan sus costumbres, no quieren escuchar, ó escuchan 
con irrisión, sus adelantamientos en artes y ciencias. Bástales 
ver á otro español con un libro italiano ó francés en la mano, 
para condenarle por genio extravagante y ridículo. Dicen que 
cuanto hay bueno y digno de ser leído, se halla escrito en los 



4^ F E IJ o o 

dos idiomas latino y castellano; que los libros extranjeros, 
especialmente franceses, no traen de nuevo sino bagatelas y 
futilidades; pero del error que padecen en esto, diremos algo 
abajo. 

Por el contrario, los que han peregrinado por varias tie- 
rras, ó sin salir de la suya, comerciado con extranjeros, sisón 
picados tanto cuanto de la vanidad de espíritus amenos, in- 
clinados á lenguas y noticias, todas las cosas de otras nacio- 
nes miran con admiración, las de la nuestra con desdén. Sólo 
en Francia, pongo por ejemplo, reinan, según su dictamen, 
la delicadeza, la policía, el buen gusto : acá todo es rudeza y 
barbarie. Es cosa graciosa ver á algunos de estos nacionalis- 
tas (que tomo por lo mismo que antinacionales) hacer violen- 
cia á todos sus miembros, para imitar á los extranjeros en 
gestos, movimientos y acciones, poniendo especial estudio en 
andar como ellos andan, sentarse como se sientan, reírse 
como se ríen, hacer la cortesía como ellos la hacen, y así de 
todo lo demás. Hacen todo lo posible por desnaturalizarse, y 
yo me holgaría que lo lograsen enteramente, porque nuestra 
nación descartase tales figuras. 

Entre estos, y aun fuera de estos, sobresalen algunos apa- 
sionados amantes de la lengua francesa, que, prefiriéndola 
con grandes ventajas á la castellana, ponderan sus hechizos, 
exaltan sus primores, y no pudiendo sufrir ni una breve au- 
sencia de su adorado idioma, con algunas voces que usurpan 
de él, salpican la conversación, aun cuando hablan en caste- 
llano. Esto, en parte, puede decirse que ya se hizo moda; 
pues los que hablan castellano puro, casi son mirados como 
hombres del tiempo de los godos. 



II 



Yo no estoy reñido con la curiosa aplicación á instruirse en 
las lenguas extranjeras. Conozco que son ornamento, aun 
cuando estén desnudas de utilidad. Veo que se hicieron in- 



j 

OBRASESCOGIDAS 47 

mortales en las historias Mitrídates, rey de Ponto, por saber 
veinte y dos idiomas diferentes ; Cleopatra, reina de Egipto, 
por ser su lengua, como llama Plutarco, órgano en quien, 
variando á su arbitrio los registros, sonaban alternativamente 
las voces de muchas naciones ; Amalasunta, hija de Teodo- 
rico, rey de Italia, porque hablaba las lenguas de todos los 
reinos que comprehendía el imperio romano. No apruebo la 
austeridad de Catón, para quien la aplicación á la lengua 
griega era corrupción digna de castigo, ni el escrupuloso re- 
paro de Pomponio Leto, que huía como de un áspid del co- 
nocimiento de cualquiera voz griega, por el miedo de manchar 
con ella la pureza latina. 

A favor de la lengua francesa se añade la utilidad, y aun 
casi necesidad de ella, respecto de los sujetos inclinados á la 
lectura curiosa y erudita. Sobre todo género de erudición se 
hallan hoy muy estimables libros escritos en idioma francés, 
que no pueden suplirse con otros, ni latinos ni españoles. 
Pongo por ejemplo: para la historia sagrada y profana no 
hay en otra lengua prontuario equivalente al gran Z)íccío;í¿rrío 
histój'ico de Moreri; porque el que desea un resumen de los 
hechos de algún sujeto, ignorando la era en que floreció, en 
defecto del Diccionario histój'ico^ será menester revuelva mu- 
chos libros con gran dispendio de tiempo, y en el Dicciona- 
rio^ siguiendo el orden alfabético, al momento halla lo que 
busca. Asimismo, para la geografía son prontísimo socorro 
los Diccionarios geográficos de Miguel Baudrand y Tomás 
Cornelio; cuando faltando éstos, el que quiere instruirse de 
las particularidades de alguna ciudad, monte ó río, si ignora 
la región donde están situados, habrá de revolver muy de es- 
pacio los agigantados volúmenes de Gerardo Mercator, Abra- 
han Ortelio, Bleu, Sansón ó Da-Fer. 

De la física experimental, que es la única que puede ser 
útil, se han escrito en el idioma francés muchos y curiosos 
libros, cuyas noticias no se hallan en otros. La Historia déla 
Academia real de las Ciencias es muy singular en este género, 
como también en infinitas observaciones astronómicas, quí- 
micas y botánicas, cuyo cúmulo no se encontrará, ni su equi- 
valente, en libro alguno latino, mucho menos en castellano. 

De teología dogmática dieron los franceses á luz en el pa- 
trio idioma preciosas obras. Tales son algunas del famoso 



48 F E I J o o 

Ajttonio Arnaldo^ y todas las del insigne obispo meldense, 
Jacobo Benigno Bossuet, especialmente su Historia de las va- 
riaciones de las iglesias protestantes y la Exposición de la 
doctrina de la Iglesia Católica sobre las materias de contro- 
versia ; escritos verdaderamente incomparables, y que redu- 
jeron más herejes á la religión verdadera, que todos los rigo- 
res justamente practicados con ellos por el gran Luís XIV; 
en que no se deroga á la grande estimación que se merecen 
los inmortales escritos del cardenal Belarmino y otros con- 
troversistas anteriores. Ni éstos hacen evitarla necesidad de 
aquellos, porque los nuevos efugios que después de Belar- 
mino discurrieron los protestantes, y las variaciones ó nove- 
dades que introdujeron en sus dogmas, precisaron á buscar 
contra ellos otras armas, ó por lo menos á dar nuevos filos á 
las que estaban depositadas en los grandes armamentarios de 
los controversistas antecedentes. 

Para la inteligencia literal de toda la Escritura Sagrada, 
reina hoy en la estimación de todos los profesores la admira- 
ble exposición, que poco há dio á luz el sapientísimo bene- 
dictino don Agustín Cabnet^ como un magisterio destilado á 
la llama de la más juiciosa crítica de cuanto bueno se había 
escrito en todos los siglos anteriores sobre tan noble asunto. 
En que logró también el padre Calmet la ventaja de aprove- 
charse de las nuevas luces, que en estos tiempos adquirió la 
geografía, para ilustrar muchos lugares antes poco entendi- 
dos de laEscritura. 

jHara el más perfecto conocimiento del poder, gobierno, 
religión y costumbres de muchos reinos distantes, nadie ne- 
gará la gran conducencia de las relaciones de Tabernier. *rj| 
Tevenot y otros célebres viajeros franceses. Otros muchos li- ^ 
bros hay escritos en el vulgar idioma de la Francia, singula- 
res cada uno en su clase, ó para determinada especie de eru- 
dición, como las Noticias de la república de las letras, las 
Memorias de Trevoiix, el Diario de los sabios de París^ la 
Biblioteca oriental de Herbelot^ etc. 

Así que, el que quisiere limitar su estudio á aquellas facul- 
tades que se enseñan en nuestras escuelas, lógica, metafísica, 
jurisprudencia, medicina galénica, teología escolástica y mo- 
ral, tiene con la lengua latina cuanto há menester. Mas para 
sacar de este ámbito ó su erudición, ó su curiosidad, debe 



OBRASESCOGIDAS 49 

buscar como muy útil, si no absolutamente necesaria, la len- 
gua francesa. Y esto basta para que se conozca el error de los 
que reprueban como inútil la aplicación á este idioma. 



III 



Mas no por eso concederemos, ni es razón, alguna ventaja 
á la lengua francesa sobre la castellana. Los excesos de una 
lengua respecto de otra pueden reducirse á tres capítulos; 
propiedad, armonía y copia. Y en ninguna de estas calida- 
des cede la lengua castellana á la francesa. 

En la propiedad juzgo, contra el común dictamen, que 
todas las lenguas son iguales en cuanto á todas aquellas vo- 
ces que específicamente significan determinados objetos. La 
razón es clara, porque la propiedad de una voz no es otra 
cosa que su específica determinación á significar tal objeto ; 
y como esta es arbitraria ó dependiente de la libre voluntad 
de los hombres, supuesto que en una región esté tal voz de- 
terminada á significar tal objeto, tan propia es como otra 
cualquiera que le signifique en idioma diferente. Así, no se 
puede decir, pongo por ejemplo, que el verbo francés trom- 
per sea más ni menos "propio que el castellano engañar; la 
voz rie?í, que la voz nada. Puede haber entre dos lenguas la 
desigualdad de que una abunde más de voces particulares ó 
específicas. Mas esto en rigor será ser más copiosa, que es 
capítulo distinto, quedando iguales en la propiedad en orden 
á todas las voces específicas que haya en una y otra. 

De la propiedad del idioma se debe distinguir la propie- 
dad del estilo, porque está dentro del mismo idioma, admite 
más y menos, según la habilidad y genio del que habla ó es- 
cribe. Consiste la propiedad del estilo en usar de las locu- 
ciones más naturales y más inmediatamente representativas 
de los objetos. En esta parte, si se hace el cotejo entre escri- 
tores modernos, no puedo negar que por lo común hacen 
ventaja los franceses á los españoles. En aquellos se observa 



3o FE IJ o o 

más naturalidad; en estos más afectación. Aun en aquellos 
franceses que más sublimaron el estilo, como el arzobispo de 
Cambray, autor del Telémaco, y Madalena Scuderi, se ve que 
el arte está amigablemente unido con la naturaleza. Resplan- 
dece en sus obras aquella gala nativa, única hermosura con 
que el estilo hechiza á el entendimiento. Son sus escritos 
como jardines, donde las flores espontáneamente nacen; no 
como lienzos, donde estudiosamente se pintan. En los espa- 
ñoles, picados de cultura, dio en reinar de algún tiempo á 
esta parte una afectación pueril de tropos retóricos, por la 
mayor parte vulgares, una multitud de epítetos sinónimos, 
una colocación violenta de voces pomposas, que hacen el 
estilo, no gloriosamente majestuoso, sí asquerosamente en- 
tumecido. A que añaden muchos una temeraria introducción 
de voces, ya latinas, ya francesas, que debieran ser decomi- 
sadas como contrabando del idioma, ó idioma de contraban- 
do en estos reinos. Ciertamente en España son pocos los que 
distinguen el estilo sublime del afectado, y muchos los que 
confunden uno con otro. 

He dicho que por lo común hay este vicio en nuestra na- 
ción ; pero no sin excepciones, pues no faltan españoles que 
hablan y escriben con suma naturalidad y propiedad el idio- 
ma nacional. Sirvan por todos y para todos de ejemplares 
don Luís de Salazar y Castro, archivo grande, no menos de 
la lengua castellana antigua y moderna en toda su extensión, 
que de la historia, la genealogía y la crítica más sabia, y el 
mariscal de campo, vizconde del Puerto, que con sus exce- 
lentes libros de Reflexiones militat^es dio tanto honor á la 
nación española entre las extranjeras. No nace, pues, del 
idioma español la impropiedad ó afectación de algunos de 
nuestros compatriota?, sí de faltas de conocimiento del mismo 
idioma, ó defecto de genio, ó corrupción de gusto. 



IV 



En cuanto á la armonía, ó grato sonido del idioma, no sé 
cuál de dos cosas v.Uga, ó que no hay exceso de unos idiomas 
á otros en estaparte, ó que no hay juez capaz de decidir la 



OBRAS ESCOGIDAS 5l 

ventaja. Á todos suena bien el idioma nativo, y mal el foras- 
tero, hasta que el largo uso le hace propio. Tenemos hecho 
concepto de que el alemán es áspero, pero el padre Kircher, 
en su Descripción de la torre de Babel, asegura, que no cede 
en elegancia á otro alguno del mundo. Dentro de España 
parece á castellanos y andaluces humilde y plebeya la articu- 
lación de la jota y la ^ de portugueses y gallegos. Pero los 
franceses, que pronuncian del mismo modo, no sólo las dos 
letras dichas, mas también la c/z, escuchan con horror la arti- 
culación castellana que resultó en estos reinos del hospedaje 
de los africanos. No hay nación que pueda sufrir hoy el len- 
guaje que en ella misma se hablaba doscientos años há. Los 
que vivían en aquel tiempo, gustaban de aquel lenguaje, sin 
tener el órgano del oído diferente en nada de los que viven 
ahora ; y, si resucitasen, tendrían por bárbaros á sus propios 
compatriotas. El estilo de Alano Chartier, secretario del rey 
Carlos VII de Francia, fué encanto de su siglo; en tal grado, 
que la princesa Margarita de Escocia, esposa del Delfín, ha- 
llándole una vez dormido en la antesala de palacio, en honor 
de su rara facundia, á vista de mucha corte, estampó un ós- 
culo en sus labios. Digo que en honor de su rara facundia, y 
sin intervención de alguna pasión bastarda, por ser Alano ex- 
tremamente feo; y así, reconvenida sobre este capítulo por 
los asistentes, respondió, que había besado, no aquella feísi- 
ma cara, sino aquella hermosísima boca. Y hoy, tanto las 
prosas como las poesías de Alano, no pueden leerse en Fran- 
cia sin tedio, habiendo variado la lengua francesa de aquel 
siglo á este mucho más que la castellana. ¿ Qué otra cosa que 
la falta de uso convirtió en disonancia ingrata aquella dulcí- 
sima armonía ? 

De modo que puede asegurarse que los idiomas no son ás- 
peros ó apacibles, sino á proporción que son ó familiares ó 
extraños. La desigualdad verdadera está en los que los hablan, 
según su mayor ó menor genio y habilidad. Así entre los mis- 
mos escritores españoles (lo mismo digo de las demás nacio- 
nes) en unos vemos un estilo dulce, en otros áspero ; en unos 
enérgico, en otros lánguido; en unos majestuoso, en otros 
abatido. No ignoro que en opinión de muchos críticos hay 
unos idiomas más oportunos que otros para exprimir deter- 
minados afectos. Así se dice, que para representaciones trá- 



52 FE I JO o 

gicas no hay lengua como la inglesa. Pero yo creo, que el 
mayor estudio que los ingleses, llevados de su genio teroz, 
pusieron en las piezas dramáticas de este carácter por la com- 
placencia que logran de ver imágenes sangrientas en el teatro, 
los hizo más copiosos en expresiones representativas de un 
coraje bárbaro, sin tener parte en esto la índole del idioma. 
Del mismo modo la propiedad que algunos encuentran en 
las composiciones portuguesas, ya oratorias, ya poéticas, para 
asuntos amatorios, se debe atribuir, no al genio del lenguaje, 
sino al de la nación. Pocas veces se explica mal lo que se 
siente bien; porque la pasión, que manda en el pecho, logra 
casi igual obediencia en la lengua y en la pluma. 

Una ventaja podrá pretender la lengua francesa sobre la 
castellana, deducida de su más fácil articulación. Es cierto 
que los franceses pronuncian más blando, los españoles más 
fuerte. La lengua francesa (digámoslo así) se desliza, la espa- 
ñola golpea. Pero, 16 primero, esta diferencia no está en la 
substancia del idioma, sino en el accidente de la pronuncia- 
ción ; siendo cierto que una misma dicción, una misma letra, 
puede pronunciarse ó fuerte ó blanda, según la varia aplica- 
ción del órgano, que por la mayor parte es voluntaria. Y así, 
no faltan españoles que articulen con mucha suavidad, y aun 
creo, que casi todos los hombres de alguna policía hoy lo 
hacen así. Lo segundo, digo, que aun cuando se admitiese 
esta diferencia entre los dos idiomas, más razón habría de 
conceder el exceso al castellano, siendo prenda más noble 
del idioma una valentía varonil que una blandura afeminada. 

Marco Antonio Mureto, en sus Notas sobre Cdtulo, notó en 
los españoles el defecto de hablar hueco y fanfarrón : More 
patrio in statis buccis loquentes. Yo confieso que es ridiculez 
hablar hinchando las mejillas, como si se inspirase el aliento 
á una trompeta, y en una conversación de paz entonar la sol- 
fa de la ira. Pero este defecto no existe sino en los plebeyos, 
entre quienes el esfuerzo material de los labios pasa por suple- 
mento de la eficacia de las razones. 



OBRAS ESCOGIDAS 53 



V 



En la copia de voces (único capítulo que puede desigualar 
substancialmente los idiomas) juzgo que excede conocida- 
mente el castellano al francés. Son muchas las voces castella- 
nas que no tienen equivalente en la lengua francesa, y pocas 
he observado en esta que no le tengan en la castellana. Espe- 
cialmente de voces compuestas abunda tanto nuestro idioma, 
que dudo que le iguale aun el latino ni otro alguno, excep- 
tuando al griego. El canciller Bacón, ofreciéndose hablar (i) 
de aquella versatilidad política que constituye á los hombres 
capaces de manejar en cualquiera ocurrencia su fortuna, con- 
fiesa, que no halla en alguna de las cuatro lenguas, inglesa, 
latina, italiana y francesa, voz que signifique lo que la caste- 
llana desenvoltura. Y acá estamos tan de sobra, que para sig- 
nificar lo mismo tenemos otras dos voces equivalentes : despejo 
y desembarazo. 

Nótese que en todo género de asuntos escribieron bien al- 
gunas plumas españolas sin mendigar nada de otra lengua. 
La elegancia y pureza de don Carlos Coloma y don Antonio 
de Solís, en materia de historia, no tiene que envidiar á los 
mejores historiadores latinos: las empresas políticas de Saa- 
vedra fundieron á todo Tácito en castellano, sin el socorro de 
otro idioma. Las teologías expositiva y moral se hallan verti- 
das en infinitos sermones de bello estilo. ¿ Qué autor latino 
escribió con más claridad y copia la mística, que santa Tere- 
sa? ¿Ni la escolástica en los puntos más sublimes de ella, que 
la madre María de Agreda? En los asuntos poéticos, ninguno 
hay que las musas no hayan cantado con alta melodía en la 
lengua castellana. Garcilaso, Lope de Vega, Góngora, Que- 
vedo, Mendoza, Solís y otros muchos, fueron cisnes sin ves- 
tirse de plumas extranjeras. Singularmente se ve, que la len- 
gua castellana tiene para la poesía heroica tanta fuerza como 



(i) Be iter. rerunt, capítulo XXXVIII. 



54 F E ij o o 

la latina en la traducción de Lucano, que hizo don Juan de 
Jáuregui; donde aquella arrogante valentía, que aún hoy 
asusta á los más apasionados de Virgilio, se halla con tanta 
integridad trasladada á nuestro idioma, que puede dudarse en 
quién brilla más espíritu, si en la copia, si en el original. Úl- 
timamente, escribió de todas las matemáticas, estudio en que 
hasta ahora se habían descuidado los españoles, el padre Vi- 
cente de Toska, corriendo su dilatado campo, sin salir del 
patrio idioma. En tanta variedad de asuntos se explicaron 
excelentemente los autores referidos, y otros infinitos que 
pudiera alegar, sin tomar ni una voz de la lengua francesa. 
Pues ¿á qué propósito nos la introducen ahora? 

El empréstito de voces que se hacen unos idiomas á otros, 
es sin duda útil á todos, y ninguno hay que no se haya inte- 
resado en este comercio. La lengua latina quedaría en un 
árido esqueleto si le hiciesen restituir todo lo que debe á la 
griega; la hebrea, con ser madre de todas, de todas heredó 
después algunas voces, como afirma san Jerónimo: Omniutn 
pené linguarum vei'bis utuntur hebrcei (i). Lo más singular es, 
que siendo la castellana que hoy se usa, dialecto de la latina, 
se halla que la latina mendigó algunas voces de la lengua an- 
tigua española. Aulo Gelio, citando á Varrón, dice que la voz 
lancea la tomaron los latinos de los españoles (2); y Quinti- 
liano, que la voz gurdus, que significa hombre rudo ú de 
corta capacidad, fué trasladada de España á Roma: Et gur- 
dos, quos pro stolidis accipit vulgus, ex Hispania traxisse ori- 
ginem audivi (3). 

Pero cuando el idioma nativo tiene voces propias, ¿para 
qué se han de substituir por ellas las del ajeno? Ridículo pen- 
samiento el de aquellos que, como notaba Cicerón en un 
amigo suyo, con voces inusitadas juzgan lograr opinión de 
discretos: Qiii redé putabat loqui esse inusitaté loqui (4). Po- 
nen por medio el no ser entendidos, para ser reputados por 
entendidos; cuando el huirse con voces extrañas de la inteli- 
gencia de los oyentes, en vez de avecindarse en la cultura, es, 



(i) Iu cap. Vil, Isai. 

(2) Noct. Attic, lib. XV, cap. 111. 

(3) Lib. I, Insta. Orat., cap. IX. 

(4) Lib. III, De Orat. 



OBRAS ESCOGIDAS 55 

en dictamen de san Pablo, hospedarse en la barbarie : Si nes- 
ciero virtutem vocis^ ero ei^ cui loquoí^^ barbarus: et qui loqiii- 
tur^ mihi barbarus. 

A infinitos españoles oigo usar de la yoz remarcable áicxen- 
do : Es un suceso remarcable., una cosa remarcable. Esta voz 
francesa no significa más ni menos que la castellana notable; 
así como la voz remarque, de donde viene remarcable., no sig- 
nifica más ni menos que la voz castellana nota.¡ de donde viene 
notable. Teniendo, pues, la voz castellana la misma significa- 
ción que la francesa, y siendo por otra parte más breve y de 
pronunciación menos áspera, ¿no es extravagancia usar de la 
extranjera, dejando la propia? Lo mismo puedo decir de mu- 
chas voces que cada día nos traen de nuevo las gacetas. 

La conservación del idioma patrio es de tanto aprecio en 
los espíritus amantes de la nación, que el gran juicio de Vir- 
gilio tuvo este derecho por digno de capitularse entre dos 
deidades, Júpiter y Juno, al convenirse en que los latinos ad- 
mitiesen en su tierra á los troyanos: 

Sermonetn Ausonium patriuin, 7noresque tenebunt. 

No hay que admirar, pues la introducción del lenguaje foras- 
tero es nota indeleble de haber sido vencida la nación á quien 
se despojó de su antiguo idioma. Primero se quita á un reino 
la libertad que el idioma. Aun cuando se cede á la fuerza de 
las armas, lo último que se conquista son lenguas y corazo- 
nes. Los antiguos españoles, conquistados por los cartagine- 
ses, resistieron constantemente, como prueba Aldrete en sus 
Antigüedades de España., la introducción de la lengua púnica. 
Dominados después por los romanos, tardaron mucho en su- 
jetarse á la latina. ¿Diremos que son legítimos descendientes 
de aquellos los que hoy, sin necesidad, estudian en afrancesar 
la castellana? 

En la forma, pues, que está hoy nuestra lengua, puede pa- 
sar sin los socorros de otra alguna. Y uno de los motivos que 
he tenido para escribir en castellano esta obra, en cuya pro- 
secución apenas habrá género de literatura ó erudición que 
no se toque, fué mostrar que, para escribir en todas materias, 
basta por sí solo nuestro idioma sin los subsidios del ajeno, 
exceptuando empero algunas voces facultativas, cuyo emprés- 
tito es indispensable de unas naciones á otras. 



bb FE í JOO 



VI 



Aunque el motivo porque hemos discurrido en el cotejo de 
la lengua castellana con la francesa, no milita, respecto de la 
italiana, porque esta aún no ganó la afición, ni se hizo en Es- 
paña de la moda; la ocasión convida á decir algo de ella, y 
juntamente de la lusitana, por comprehender en el paralelo, 
para satisfacción de los curiosos, todos los dialectos de la la- 
tina. 

He dicho jcor comprehender todos los dialectos de la latina, 
porque aunque estos vulgarmente se reputan ser no más que 
tres, el español, el italiano y el francés, el padre Kircher, au- 
tor desapasionado (i), añade el lusitano, en que advierto se 
debe incluir la lengua gallega, como en realidad indistinta de 
la portuguesa, por ser poquísimas las voces en que discrepan, 
y la pronunciación de las letras en todo semejante ; y así se 
entienden perfectamente los individuos de ambas naciones, 
sin alguna instrucción antecedente. 

Que la lengua lusitana ó gallega se debe considerar dialecto 
separado de la latina, y no subdialecto ó corrupción de la 
castellana, se prueba, á mi parecer, con evidencia del mayor 
parentesco que tiene aquella que esta con la latina. Para 
quien tiene conocimiento de estas lenguas no puede haber 
duda de que por lo común las voces latinas han degenerado 
menos en la portuguesa. Esto no pudiera ser si la lengua por- 
tuguesa fuese corrupción ó subdialecto de la castellana; sien- 
do cierto que con cuantas más mutaciones se aparta una 
lengua de la fuente, tanto se aleja más de la pureza de su ori- 
gen. 

Si por el mayor parentesco que tiene un dialecto con su 
lengua original, ó menor desvío que padeció de ella, se hu- 
biese de regular su valor entre todos los dialectos de la latina, 
daríamos la preferencia á la lengua italiana, y en segundo lu- 



(i) De turri Babel, lib. III, cap. V, 



OBRAS ESCOGIDAS S'J 

gar pondríamos la portuguesa. A algunos les parecerá deber 
hacerse así, porque siendo una especie de corrupción aquella 
declinación que insensiblemente va haciendo la lengua pri- 
mordial hacia su dialecto, parece se debe tener por menos 
corrompido, y por consiguiente por menos imperfecto, aquel 
dialecto en quien fué menor el desvío. 

Sin embargo, esta razón tiene más apariencia que solidez. 
Lo primero, porque la corrupción de que se habla no es pro- 
pia, sino metafóricamente tal. Lo segundo, porque aunque 
pueda llamarse corrupción aquel perezoso tránsito con que 
la lengua original va declinando al dialecto, pero después que 
éste, logrando su entera formación, está fijado, ya no hay 
corrupción, ni aun metafórica. Esto se ve en las cosas físicas, 
donde aunque se llama corrupción, ó se asienta que la hay, 
en aquel estado vial con que la materia pasa de una forma á 
otra ; pero cuando la nueva forma se considera en estado 
permanente, ó in facto esse, como se explican los filósofos de 
la escuela, nadie dice que hay entonces corrupción, ni el 
nuevo compuesto se puede llamar en alguna manera corrom- 
pido. Y así, como á veces sucede que, no obstante la corrup- 
ción que precedió en la introducción de la nueva forma, el 
nuevo compuesto es más perfecto que el antecedente, podría 
también suceder que, mediante la corrupción del primer idio- 
ma, se engendrase otro más copioso y más elegante que aquel 
de donde trae su origen. 

Por este principio, pues, no se puede hacer juicio de la 
calidad de los dialectos. Y excluido éste, no veo otro por don- 
de, de los tres dialectos en cuestión, se deba dar preferencia 
á alguno sobre los otros. Paréceme que la lengua italiana 
suena mejor que las demás en la poesía; pero también juzgo 
que esto no nace de la excelencia del idioma, sí del mayor 
genio de los naturales, ó mayor cultivo de este arte. Aquella 
fantasía, propia á animar los rasgos en la pintura, es, por la 
simbolización de las dos artes, la más acomodada á exaltar 
colores de la poética : Ut pictura poesis erit. Después de los 
poemas de Homero y Virgilio, no hay cosa que iguale en el 
género épico á la Jerusalén del Tasso. 

Los franceses notan las poesías italiana y espafiola de muy 
hiperbólicas. Dicen que las dos naciones dan demasiado al 
entusiasmo, y por excitar la admiración, se alejan de la vero- 



\ 



58 F E 1 j o o 

similitud. Pero yo digo, que quien quiere que los poetas sean 
muy cuerdos, quiere que no haya poetas. El furor es la alma 
de la poesía. El rapto de la mente es el vuelo de la pluma : 
ímpetus Ule sacer^ qui vatuní pectora nutrit, dijo Ovidio. En 
los poetas franceses se ve, que por afectar ser muy regulares 
en sus pensamientos, dejan sus composiciones muy lángui- 
das ; cortan á las musas las alas, ó con el peso del juicio les 
abaten al suelo las plumas. Fuera de que, también la deca- 
dencia de sus rimas es desairada. Pero la crisis de la poesía 
se hará de intento en otro tomo. 

COROLARIO. 

Habiendo dicho arriba por incidencia que el idioma lusita- 
no y el gallego son uno mismo, para confirmación de nuestra 
proposición, y para satisfacer la curiosidad de los que se inte- 
resaren en la verdad de ella, expondremos aquí brevemente 
la causa más verisímil de esta identidad. 

Es constante en las historias que el año cuatrocientos y 
poco más de nuestra redención, fué España inundada de la 
violenta irrupción de godos, vándalos, suevos, alanos y selin- 
gos, naciones septentrionales; que de éstos, los suevos, deba- 
jo de la conducta de su rey Hermenerico, se apoderaron de 
Galicia, donde reinaron gloriosamente por más de ciento y 
setenta años, hasta que los despojó de aquel florentísimo rei- 
no Leovigildo, rey de los godos. Es asimismo cierto que, no 
sólo dominaron los suevos la Galicia, mas también la mayor 
parte de Portugal. Manuel de Faria, en el Epítome de las his- 
torias portuguesas (i), con fray Bernardo de Brito y otros 
autores de su nación, quiere, que no sólo fuesen los suevos 
dueños de la mayor parte de Portugal, mas también de cuan- 
to tuvo el nombre de Lusitania, en tanto grado, que, perdida 
esta denominación, tomó aquel reino el nombre de Suevia. 
En fin, tampoco hay duda en que al tiempo que entraron los 
suevos en Galicia y Portugal, se hablaba en los dos reinos, 
como en todos los demás de España, la lengua romana, ex- 
tinguida del todo ó casi del todo la antigua española, por 
más que, contra las pruebas concluyentes, deducidas de mu- 



(i) Parte II, cap. III , 



OBRAS ESCOGIDAS Sg 

chos autores antiguos, que alegan Aldrete y otros escritores 
españoles, pretenda lo contrario el maestro fray Francisco 
de Vivar, en su Comentaj-io á Marco Máximo, en el año de 
Cristo 5 1 6. 

Hechos estos supuestos, ya se halla á la mano la causa que 
buscamos de la identidad del idioma portugués y gallego ; y 
es, que, habiendo estado las dos naciones separadas de todas 
las demás provincias, debajo de la dominación de unos mis- 
mos reyes, en aquel tiempo precisamente en que, corrom- 
piéndose poco á poco la lengua romana en España, por la 
mezcla de las naciones septentrionales, fué degenerando en 
particulares dialectos, consiguientemente al continuo y recí- 
proco comercio de portugueses y gallegos (secuela necesaria 
de estar las dos naciones debajo de una misma dominación), 
era preciso que en ambas se formase un mismo dialecto. 

Añádese á esto que el reino de Galicia comprehendía en 
aquellos tiempos buena porción de Portugal, pues se incluía 
en él la ciudad de Braga, como consta del Cronicón de Ida- 
cio, que florecía á la sazón. Así dice en el año de Cristo 447: 
Theodorico rege cum exercitu ad Bracaram^ extremam civi' 
tatem Galicice, pertendente, etc. 

En fin, en honor de nuestra patria, diremos, que si el idio- 
ma de Galicia y Portugal no se formó promiscuamente á un 
tiempo en los dos reinos, sino que del uno pasó al otro, se 
debe discurrir que de Galicia se comunicó á Portugal, no de 
Portugal á Galicia. La razón es, porque durante la unión de 
los dos reinos en el gobierno suevo, Galicia era la nación 
dominante, respecto de tener en ella su asiento y corte aque- 
llos reyes. Por lo cual, así los escritores españoles como los 
extranjeros llaman á los suevos absolutamente reyes de Gali^ 
cia, atribuyendo la denominación á la corona por la provincia 
dominante, como antes de la unión con Aragón se llamaban 
absolutamente reyes de Castilla los que, juntamente con Cas- 
tilla, regían otras muchas provincias de España. Y lo mismo 
diremos de los reyes de Aragón respecto de las demás pro- 
vincias unidas á aquella corona. Siendo, pues, durante aque- 
lla unión el reino de Galicia asiento de la corona, es claro que 
no pudo tomar el idioma de Portugal, porque nunca la pro- 
vincia dominante le toma de la dominada, sino al contrario. 



DEFENSA DE LAS MUJERES 



EN grave empeño me pongo. No es ya sólo un vulgo 
ignorante con quien entro en la contienda : defender 
á todas las mujeres, viene á ser lo mismo que ofender 
á casi todos los hombres, pues raro hay que no se interese 
en la precedencia de su sexo con desestimación del otro. A 
tanto se ha extendido la opinión común en vilipendio de las 
mujeres, que apenas admite en ellas cosa buena. En lo niora,l 
las llena de defectos, y en lo físico de imperfecciones ; pero 
donde más fuerza hace, es en la limitación de sus entendi- 
mientos. Por esta razón, después de defenderlas, con alguna 
brevedad, sobre otros capítulos, discurriré más largamente 
sobre su aptitud para todo género de ciencias y conocimien- 
tos sublimes. 



III 




62 F E I JOO 

El falso profeta Mahoma, en aquel mal plantado paraíso, 
que destinó para sus secuaces, les negó la entrada á las mu- 
jeres, limitando su felicidad al deleite de ver desde afuera la 
gloria que habían de poseer dentro los hombres. Y cierto que 
sería muy buena dicha de las casadas ver en aquella bien- 
aventuranza, compuesta toda de torpezas, á sus maridos en 
los brazos de otras consortes, que para este efecto fingió 
fabricadas de nuevo aquel grande artífice de quimeras. Bas- 
taba para comprehender cuánto puede errar el hombre, ver 
admitido este delirio en una gran parte del mundo. 

Pero parece que no se aleja mucho de quien les niega la 
bienaventuranza á las mujeres en la otra vida, el que les nie- 
ga casi todo el mérito en esta. Frecuentísimamente los más 
torpes del vulgo representan en aquel sexo una horrible sen- 
tina de vicios, como si los hombres fueran los únicos deposi- 
tarios de las virtudes. Es verdad que hallan á favor de este 
pensamiento muy fuertes invectivas en infinitos libros; en 
tanto grado, que uno ú otro apenas quieren aprobar ni una 
sola por buena ; componiendo, en la que está asistida de las 
mejores señas, la modestia en el rostro con la lascivia en la 
alma : 

Áspera si visa esi, rigidasque imitaia Sabinas, 
velle, sed ex alto dis simulare puta. 

Contra tan insolente maledicencia, el desprecio y la detesta- 
ción son la mejor apología. No pocos de los que con más 
frecuencia y fealdad pintan los defectos de aquel sexo, se ob- 
serva ser los más solícitos en granjear su agrado. Eurípides 
fué sumamente maldiciente de las mujeres en sus tragedias, y, 
según Ateneo y Stobeo, era amantísimo de ellas en su particu- 
lar: las execraba en el teatro, y las idolatraba en el aposento. 
El Bocaccio, que fué con grande exceso impúdico, escribió 
contra las mujeres la violenta sátira, que intituló Laberinto 
del amor. ¿Qué misterio habrá en eso? Acaso con la ficción 
de ser de este dictamen quieren ocultar su propensión; acaso 
en las brutales saciedades del torpe apetito se engendra un 
tedio desapacible, que no representa sino indignidades en el 
.otro sexo. Acaso también se venga tal vez con semejantes 
injurias la repulsa de los ruegos ; que hay hombre tan maldi- 



OBRAS ESCOGIDAS 63 

to, que dice que una mujer no es buena, sólo porque ella no 
quiso ser mala. Ya se ha visto desahogarse en más atroces 
venganzas esta injusta queja, como testifica el lastimoso su- 
ceso de la hermosísima irlandesa madama Duglas. Guillelmo 
Leout, ciegamente irritado contra ella, porque no había que- 
rido condescender con su apetito, la acusó de crimen de lesa 
majestad, y probando con testigos sobornados la calumnia, la 
hizo padecer pena capital. Confesóla después el mismo Leout, 
y refiere el suceso La Mota le Vayer (i). 

No niego los vicios de muchas. ¡Mas ay ! si se aclarara la 
genealogía de sus desórdenes, \ cómo se hallaría tener su pri- 
mer origen en el porfiado impulso de individuos de nuestro 
sexo ! Quien quisiere hacer buenas á todas las mujeres, con- 
vierta á todos los hombres. Puso en ellas la naturaleza por 
antemural la vergüenza, contra todas las baterías del apetito; 
y rarísima vez se le abre á esta muralla la brecha por la parte 
interior de la plaza. 

Las declamaciones que contra las mujeres se leen en algu- 
nos escritores sagrados, se deben entender dirigidas á las 
perversas, que no es dudable las hay : y aun cuando miraran 
en común al sexo, nada se prueba de ahí ; porque declaman 
los médicos de las almas contra las mujeres, como los médi- 
cos de los cuerpos contra las frutas, que, siendo en sí buenas, 
útiles y hermosas, el abuso las hace nocivas. Fuera de que, 
no se ignora la extensión que admite la oratoria en ponderar 
el riesgo, cuando es su intento desviar el daño. 

Y díganme los que suponen más vicios en aquel sexo que 
en el nuestro, ¿cómo componen esto con darle la Iglesia á 
aquel con especialidad el epíteto de devoto? ¿ Cómo, con lo 
que dicen gravísimos doctores, que se salvarán más mujeres 
que hombres, aun atendida la proporción á su mayor núme- 
ro? Lo cual no fundan ni pueden fundar en otra cosa, que en 
la observación de ver en ellas más inclinación á la piedad. 

Ya oigo contra nuestro asunto aquella proposición, de mu- 
cho ruido y de ninguna verdad, que las mujeres son causa de 
todos los males; en cuya comprobación, hasta los ínfimos 
de la plebe inculcan á cada paso que la Cava indujo la pér- 
dida de toda España, y Eva la de todo el mundo. 



(i) opuse. Except. 



64 F E ij o o 

Pero el primer ejemplo absolutamente es falso. El conde 
don Julián fué quien trajo los moros á España, sin que su 
hija se lo persuadiese, quien no hizo más que manifestar al 
padre su afrenta. ¡ Desgraciadas mujeres, si en el caso de que 
un insolente las atropelle, han de ser privadas del alivio de 
desahogarse con el padre ó con el esposo ! Eso quisieran los 
agresores de semejantes temeridades. Si alguna vez se sigue 
una venganza injusta, será la culpa, no de la inocente ofen- 
dida, sino del que la ejecuta con el acero y del que dio oca- 
sión con el insulto, y así, entre los hombres queda todo el 
delito. 

El segundo ejemplo, si prueba que las mujeres en común 
son peores que los hombres, prueba del mismo modo que los 
ángeles en común son peores que las mujeres; porque, como 
Adán fué inducido á pecar por una mujer, la mujer fué indu- 
cida por un ángel. No está hasta ahora decidido quién pecó 
más gravemente, si Adán, si Eva; porque los padres están di- 
vididos; y en verdad, que la disculpa que da Cayetano á favor 
de Eva, de que fué engañada por una criatura de muy supe- 
rior inteligencia y sagacidad, circunstancia que no ocurrió 
en Adán, rebaja muclio, respecto de éste, el delito de aquella. 



II 



Pasando de lo moral á lo físico, que es más de nuestro in- 
tento, la preferencia del sexo robusto sobre el delicado se 
tiene por pleito vencido, en tanto grado, que muchos no du- 
dan en llamar á la hembra animal imperfecto, y aun mons- 
truoso, asegurando que el designio de la naturaleza en la obra 
de la generación siempre pretende varón, y sólo por error ó 
defecto, ya de la materia, ya de la facultad, produce hembra. 

¡Oh admirables físicos! Seguiráse de aquí que la naturaleza 
intenta su propia ruina, pues no puede conservarse la espe- 
cie sin la concurrencia de ambos sexos. Seguiráse también 
que tiene más errores que aciertos la naturaleza humana en 



OBRAS ESCOGIDAS 65 

aquella principalísima obra suya, siendo cierto que produce 
más mujeres que hombres; ni ¿cómo puede atribuirse la for- 
mación de las hembras á debilidad de virtud ó defecto de 
materia, viéndolas nacer muchas veces de padres bien com- 
plexionados y robustos, en lo más florido de su edad? ¿Acaso, 
si el hombre conservara la inocencia original, en cuyo caso 
no hubiera estos defectos, no habían de nacer algunas muje- 
res, ni se había de propagar el linaje humano? 

Bien sé que hubo autor que se tragó tan grave absurdo, por 
mantener su declarada ojeriza contra el otro sexo. Este fué 
Almarico, doctor parisiense del siglo xii; el cual, entre otros 
errores, dijo, que durante el estado de la inocencia, todos los 
individuos de nuestra especie serían varones, y que Dios los 
había de criar inmediatamente por sí mismo, como había 
criado á Adán. 

Fué Almarico ciego secuaz de Aristóteles, de modo que, 
todos ó casi todos sus errores fueron consecuencias que tiró 
de doctrinas de aquel filósofo. Viendo, pues, que Aristóteles, 
no en una parte sola de sus obras, da á entender que la hem- 
bra es animal defectuoso, y su generación accidental y fuera 
del intento de la naturaleza, de aquí infirió que no habría 
mujeres en el estado de la inocencia. Así se sigue muchas ve- 
ces una teología herética á una errada física. 

Pero la grande adherencia que con Aristóteles profesó Al- 
marico, les estuvo mal á Almarico y á Aristóteles; porque los 
errores de Almarico fueron condenados en un concilio pari- 
siense, el año de 1209, y en el mismo concilio fué prohibida 
la lectura de los libros de Aristóteles, confirmando después 
esta prohibición el papa Gregorio IX. Era ya muerto Almari- 
co un año antes que se proscribiesen sus dogmas; y así, fue- 
ron desenterrados sus huesos y arrojados en un lugar in- 
mundo. 

De aquí es que no nos deben hacer fuerza uno ú otro doc- 
tor, por otra parte grave, que asentaron ser defectuoso el sexo 
femenino, sólo porque Aristóteles lo dijo, de quien fueron 
finos sectarios, aunque sin precipitarse en el error de Alma- 
rico. Es cierto que Aristóteles fué inicuo con las mujeres, 
pues no sólo proclamó con exceso sus defectos físicos, pero 
aun con mayor vehemencia los morales, de que se apuntará 
algo en otra parte. ¿ Quién no pensará que su genio le incli- 



66 FEIJOO 

naba al desvío de aquel sexo? Pues nada menos que eso. No 
sólo amó con ternura á dos mujeres que tuvo, pero le sacó 
tanto de sí el amor de la primera, llamada Pitáis, hija, como 
quieren unos, ó sobrina, como dicen otros, de Hermias, tira- 
no de Atarneo, que llegó al delirio de darle inciensos como á 
deidad. También se cuentan insanos amores suyos con una 
criaduela, bien que Plutarco no se acomoda á creerlo; pero 
en esta parte merece más fe Teocrito Chio, que en un epigra- 
ma vivamente satirizó á Aristóteles su obscenidad, porque fué 
del tiempo de Aristóteles y Plutarco, muy posterior; en cuyo 
ejemplo se ve que la mordacidad contra las mujeres, muchí- 
simas veces, y aun las más, anda acompañada de una desor- 
denada inclinación hacia ellas, como ya dijimos arriba. 

Del mismo error físico, que condena á la mujer por animal 
imperfecto, nació otro error teológico, impugnado por san 
Agustín (libro XXII, De Civ. Dei, capítulo XVII), cuyos auto- 
res decían que en la resurrección universal esta obra imper- 
fecta se ha de perfeccionar, pasando todas las mujeres al sexo 
varonil ; como que la gracia ha de concluir entonces la obra 
que dejó sólo empezada la naturaleza. 

Este error es muy parecido al de los infatuados alquimistas, 
que, sobre la máxima de que la naturaleza en la producción 
metálica siempre intenta la generación del oro, y sólo por de- 
fecto de virtud para en otro metal imperfecto, pretenden que 
después el arte conduzca la obra á su perfección, y haga oro 
lo que nació hierro. Mas al fin, este errores más tolerable, ya 
porque no toca en materia de fe, ya porque (séase lo que se 
fuere del intento de la naturaleza y de la imaginaria capaci- 
dad del arte), de hecho el oro es el metal más noble, y los 
demás son de muy inferior calidad; pero en nuestro asunto 
todo es falso : que la naturaleza intenta siempre varón ; que 
su operación bastardea en la mujer, y mucho más que este 
yerro se ha de enmendar en la resurrección universal. 



III 



No por eso apruebo el arrojo de Zacuto Lusitano, que en 
la introducción al tratado De morbis muliejmm, con frivolas 



OBRASESCOGIDAS 67 

razones quiso poner de bando mayor á las mujeres, haciendo 
creer su perfección física sobre los hombres. Con otras de 
mayor apariencia se pudiera emprehender ese asunto; pero 
mi empeño no es persuadir la ventaja, sino la igualdad. 

Y para empezar á hacernos cargo de la dificultad (dejando 
por ahora aparte la cuestión del entendimiento, que se ha de 
disputar separada y más de intento en este discurso), por tres 
prendas, en que hacen notoria ventaja á las mujeres, parece 
se debe la preferencia á los hombres : robuste:^^ constancia y 
pj'ndencia. Pero aun concedidas por las mujeres estas venta- 
jas, pueden pretender el empate, señalando otras tres pren- 
das en que exceden ellas : hermosiü-a, docilidad y sencille^. 

La robustez, que es prenda del cuerpo, puede considerarse 
contrapesada con la hermosura, que también lo es; y aun 
muchos le concederán á esta el exceso. Tendrían razón, si el 
precio de las prendas se hubiese de determinar precisamente 
por la lisonja de los ojos; pero debiendo hacer más peso en 
el buen juicio, para decidir esta ventaja, la utilidad pública, 
pienso debe ser preferida la robustez á la hermosura. La ro- 
bustez de los hombres trae al mundo esencialísimas utilidades 
en las tres columnas que sustentan toda república: guerra, 
agricultura y mecánica. De la hermosura de las mujeres no sé 
qué fruto importante se saque, si no es que sea por accidente. 
Algunos la argüirán de que, bien lejos de traer provechos, 
acarrea gravísimos daños en amores desordenados que en- 
ciende, competencias que suscita, cuidados, inquietudes y 
recelos que ocasiona en los que están encargados de su cus- 
todia. 

Pero esta acusación es mal fundada, como originada de 
falta de advertencia. En caso que todas las mujeres fuesen 
feas, en las de menos deformidad se experimentaría tanto 
atractivo como ahora en las hermosas; y por consiguiente, 
harían el mismo estrago. La menos fea de todas, puesta en 
Grecia, sería incendio de Troya, como Helena; y puesta en 
el palacio del rey don Rodrigo, sería ruina de España, como 
la Cava. En los países donde las mujeres son menos agracia- 
das, no hay menos desórdenes que en aquellos donde las 
hay de más gentileza y proporción ; y aun en Moscovia, que 
excede en copia de mujeres bellas á todos los demás reinos de 
Europa, no está tan desenfrenada la incontinencia como en 




68 FEIJOO 

otros países, y la fe conyugal se observa con mucha mayor 
exactitud. 

No es, pues, la hermosura por sí misma autora de los males 
que le atribuyen. Pero en el caso de la cuestión, doy mi voto 
á favor de la robustez, la cual juzgo prenda mucho más apre- 
ciable que la hermosura. Y así, en cuanto á esta parte, se po- 
nen de bando mayor los hombres : quédales, empero, á salvo 
á las mujeres replicar, valiéndose de la sentencia de muchos 
doctos, y recibida de toda una ilustre escuela, que reconoce 
la voluntad por potencia más noble que el entendimiento, la 
cual favorece su partido; pues si la robustez, como más apre- 
ciable, logra mejor lugar en el entendimiento, la hermosura, 
como más amable, tiene mayor imperio en la voluntad. 

La prenda de la constancia, que ennoblece á los hombres, 
puede contrarestarse con la docilidad, que resplandece en las 
mujeres. Donde se advierte que no hablamos de estas y otras 
prendas, consideradas formalmente en el estado de virtudes, 
porque en este sentido no son de la línea física, sino en cuan- 
to están radicadas y como delineadas en el temperamento, 
cuyo embrión informe es indiferente para el buen y mal uso; 
y así, mejor se llamarán flexibilidad ó inflexibilidad del genio, 
que constancia ó docilidad. 

Diráseme que la docilidad de las mujeres declina muchas 
veces á la ligereza, y yo repongo, que la constancia de los 
hombres degenera muchas veces en terquedad. Confieso que 
la firmeza en el buen propósito es autora de grandes bienes, 
pero no se me puede negar que la obstinación en el malo es 
causa de grandes males. Si se me arguye que la invencible 
adherencia al bien ó al mal es calidad de los ángeles, respon- 
do, que sobre no ser eso tan cierto que no lo nieguen grandes 
teólogos, muchas propiedades que en las naturalezas superio- 
res nacen de su excelencia, en las inferiores provienen de su 
imperfección. Los ángeles, según doctrina de santo Tomás, 
cuanto más perfectos, entienden por menos especies, y en los 
hombres el corto número de especies es defecto. En los án- 
geles el estudio sería tacha de su entendimiento, y á los hom- 
bres les ilustra el suyo. 

La prudencia de los hombres se equilibra con la sencillez 
de las mujeres. Y aun estaba para decir más; porque en rea- 
lidad, al género humano mucho mejor le estaría la sencillez, 



OBRAS ESCOGIDAS 69 

que la prudencia de todos sus individuos. Al siglo de oro na- 
die le compuso de hombres prudentes, sino de hombres can- 
didos. 

Si se me opone que mucho de lo que en las mujeres se llama 
candidez, es indiscreción, repongo yo, que mucho de lo que 
en los hombres se llama prudencia, es falacia, doblez y alevo- 
sía, que es peor. Aun esa misma franqueza indiscreta, con 
que á veces se manifiesta el pecho contra las reglas de la ra- 
zón, es buena considerada como señal. Como nadie ignora 
sus propios vicios, quien los halla en sí de alguna monta, cie- 
rra con cuidado á los acechos de la curiosidad los resquicios 
del corazón. Quien comete delitos en su casa, no tiene á todas 
horas la puerta abierta para el registro. De la malicia es com- 
pañera individua la cautela. Quien, pues, tiene facilidad en 
franquear el pecho, sabe que no está muy asqueroso. En esta 
consideración, la candidez de las mujeres siempre será apre- 
ciable, cuando arreglada al buen dictamen, como perfección, 
v cuando no, como buena señal. 



IV 



Sobre las buenas calidades expresadas, resta á las mujeres 
la más hermosa y más transcendente de todas, que es la ver- 
güenza ; gracia tan característica de aquel sexo, que aun en 
los cadáveres no le desampara, si es verdad lo que dice Plinio, 
que los de los hombres anegados fluctúan boca arriba, y los 
de las mujeres boca abajo: Veluti pudori defunctariim paireen- 
te natura (i). 

Con verdad y agudeza, preguntado el otro filósofo qué co- 
lor agraciaba más el rostro á las mujeres, respondió que el de 
Ip vergüenza. En efecto, juzgo que esta es la mayor ventaja 
que las mujeres hacen á los hombres. Es la vergüenza una 
valla, que entre la virtud y el vicio puso la naturaleza. Som- 



íi) Libro VII, capitulo XVII. 



70 F E IJ o o 

bra de las bellas almas y carácter visible de la virtud la llamó 
un discreto francés. Y san Bernardo, extendiéndose más, la 
ilustró con los epítetos de piedra preciosa de las costumbres, 
antorcha de la alma púdica, hermana de la continencia, guar- 
da de la fama, honra de la vida, asiento de la virtud, elogio 
de la naturaleza y divisa de toda honestidad (i). Tintura de la 
virtud la llamó, con sutileza y propiedad, Diógenes. De hecho 
este es el robusto y grande baluarte, que, puesto enfrente del 
vicio, cubre todo el alcázar de la alma, y que, vencido una 
vez, no hay, como decía el Nacianceno, resistencia á maldad 
alguna: Protiniis extincto subeunt mala cuneta pudore. 

Diráse que es la vergüenza un insigne preservativo de eje- 
cuciones exteriores, mas no de internos consentimientos; y 
así, siempre le queda al vicio camino abierto para sus triun- 
fos por medio de los invisibles asaltos que no puede estorbar 
la muralla del rubor. Aun cuando ello fuese así, siempre se- 
ría la vergüenza un preservativo preciosísimo, por cuanto, 
por lo menos, precave infinitos escándalos y sus funestas con- 
secuencias. Pero si se hace atenta reflexión, se hallará que 
defiende, si no en un todo, en gran parte, aun de esas esca- 
ladas silenciosas que no salen de los ocuftbs senos de la 
alma; porque son muy raros los consentimientos internos 
cuando no los acompañan las ejecuciones, que son las que 
radican los afectos criminales en la alma, las que aumentan 
y fortalecen las propensiones viciosas. Faltando estas, es ver- 
dad que una ú otra vez se introduce la torpeza en el espíritu, 
pero no se aloja en él como doméstica, mucho menos como 
señora, sí sólo como peregrina. 

Las pasiones, sin aquel alimento que las nutre, yacen muy 
débiles y obran muy tímidas; mayormente cuando en las per- 
sonas muy ruborosas es tan franco el comercio entre el pecho 
y el semblante, que pueden recelar salga á la plaza pública 
del rostro cuanto maquinan en la retirada oficina del pecho. 
De hecho se les pintan á cada paso en las mejillas los más 
escondidos afectos, que el color de la vergüenza es el único 
que sirve á formar imágenes de objetos invisibles. Y así, aun 
para atajar tropiezos del deseo, puede ser rienda en las mu- 



(i) Serm. 86, in Cant. 



OBRAS ESCOGIDAS 7I 

jeres el miedo de que se lea en el rostro lo que se imprime en 
el ánimo. 

A que se añade, que en muchas sube á tal punto el rubor, 
que le tienen de sí mismas. Este heroico primor de la ver- 
güenza, de que trató el ingeniosísimo padre Vieira en uno de 
sus sermones, no es puramente ideal, como juzgan algunos 
espíritus groseros, sino práctico y real en los sujetos de ín- 
dole más noble. Así lo conoció Demetrio Falereo, cuando 
instruyendo la juventud de Atenas, les decía que dentro de 
casa tuviesen vergüenza de sus padres, fuera de ella de todos 
los que los viesen, y en la soledad cada uno de sí propio. 



V 



Pienso haber señalado tales ventajas de parte de las muje- 
res, que equilibran y aun acaso superan las calidades en que 
exceden los hombres. ¿Quién pronunciará la sentencia en 
este pleito? Si yo tuviese autoridad para ello, acaso daría un 
corte, diciendo que las calidades en que exceden las mujeres, 
conducen para hacerlas mejores en sí mismas; las prendasen 
que exceden los hombres, los constituyen mejores, esto es, 
más útiles para el público. Pero, como yo no hago oficio de 
juez, sino de abogado, se quedará el pleito por ahora in- 
deciso. 

Y aun cuando tuviese la autoridad necesaria, sería forzoso 
suspender la sentencia, porque aun se replica á favor de los 
hombres, que las buenas calidades que atribuyo á las muje- 
res son comunes á entrambos sexos. Yo lo confieso, pero en 
la misma forma que son comunes á ambos sexos las buenas 
calidades de los hombres. Para no confundir la cuestión, es 
preciso señalar de parte de cada sexo aquellas perfecciones, 
que mucho más frecuentemente se hallan en sus individuos, 
y mucho menos en los del otro. Concedo, pues, que se hallan 
hombres dóciles, candidos y ruborosos. Añado que el rubor, 
que es buena señal en las mujeres, aún lo es mejor en los 



72 FEIJ o o 

hombres; porque denota, sobre índole generosa, ingenio agu- 
do; lo que declaró más de una vez en su Satiricen Juan Bar- 
clayo, á cuyo sutilísimo ingenio no se le puede negar ser voto 
de muy especial nota; y aunque no es seña infalible, yo en 
esta materia he observado tanto, que ya no espero jamás 
cosa buena de muchacho , en quien advierto frente muy 
osada. 

Es así, digo, que en varios individuos de nuestro sexo se 
observan, aunque no con la misma frecuencia, las bellas cua- 
lidades que ennoblecen al otro. Pero esto en ninguna manera 
inclina á nuestro favor la balanza, porque hacen igual peso 
por la otra parte las perfecciones de que se jactan los hom- 
bres, comunicadas á muchas mujeres. 



VI 



De prudencia política sobran ejemplos en mil princesas por 
extremo hábiles. Ninguna edad olvidará la primera mujer en 
quien desemboza la historia las oscuridades de fábula: Semi- 
raynis^ <i\^o^ reina de los asirios, que, educada en su infancia 
por las palomas, se elevó después sobre las águilas, pues no 
sólo se supo hacer obedecer ciegamente de los subditos, que 
le había dejado su esposo, mas hizo también subditos todos 
los pueblos vecinos, y vecinos de su imperio los más distantes, 
extendiendo sus conquistas, por una parte hasta la Etiopía, 
por otra hasta la India. Ni á Artemisa^ reina de Caria, que no 
sólo mantuvo en su larga viudez la adoración de aquel reino, 
mas siendo asaltada de los rodios dentro de él, con dos sin- 
gularísimas estratagemas, en dos lances solos, destruyó las 
tropas que le habían invadido; y pasando velozmente de la 
defensiva á la ofensiva, conquistó y triunfó de la isla de Ro- 
das. Ni á las dos Aspasias^ á cuya admirable dirección fiaron 
enteramente, con feliz suceso, el gobierno de sus estados, 
Pericles, esposo de la una, y Ciro, hijo de Darío Noto, galán 
de la otra. Ni á la prudentísima File^ hija de Antipatro, de 



OBRAS ESCOGIDAS yS 

quien, aun siendo niña, tomaba su padre consejo para el go- 
bierno de Macedonia, y que después con sus buenas artes 
sacó de mil ahogos á su esposo, el precipitado y ligero Deme- 
trio. Ni á la mañosa Livia^ cuya sutil astucia parece fué su- 
perior á la penetración de Augusto, pues no le hubiera dado 
tanto dominio sobre su espíritu si la hubiera conocido. Ni á 
la sagaz Agj-ipina^ cuyas artes fueron fatales para ella y para 
el mundo, empleándose en promover á su hijo Nerón al so- 
lio. Ni á la sabia Amalasunta^ en quien fué menos entender 
las lenguas de todas las naciones sujetas al imperio romano, 
que gobernar con tanto acierto el Estado, durante la menori- 
dad de su hijo Atalarico. 

Ni, dejando ptras muchísimas y acercándonos á nuestros 
tiempos, se olvidará jamás Isabela de Inglaterra^ mujer en 
cuya formación concurrieron con igual influjo las tres gracias 
que las tres furias, y cuya soberana conducta sería siempre 
la admiración de Europa, si sus vicios no fueran tan parcia- 
les de sus máximas, que se hicieron imprescindibles; y su 
imagen política se presentará siempre á la posteridad, colo- 
reada, manchada diré mejor, con la sangre de la inocente 
María Estuardo, reina de Escocia. Ni Catalina de Mediéis^ 
reina de Francia, cuya sagacidad en la negociación de man- 
tener en equilibrio los dos partidos encontrados de católicos 
y calvinistas, para precaver el precipicio de la corona, se pa- 
reció á la destreza de los volatines, que en alta y delicada 
cuerda, con el pronto artificioso manejo de los dos pesos 
opuestos, se aseguran de el despeño y deleitan á los circuns- 
tantes ostentando el riesgo y evitando el daño. No fuera in- 
ferior á alguna de las referidas nuestra católica Isabela en la 
administración del gobierno, si hubiera sido reinante como 
fué reina. Con todo, no le faltaron ocasiones y acciones en 
que hizo resplandecer una prudencia consumada. Y aun Lau- 
rencio Beyerlink, en su elogio, dice que no se hizo cosa gran- 
de en su tiempo, en que ella no fuese la parte ó el todo: 
Quid magiii in regno^ sine illa^ imó nisi per illam fere gestiim 
est? Por lo menos el descubrimiento del Nuevo Mundo, que 
fué el suceso más glorioso de España en muchos siglos, es 
cierto que no se hubiera conseguido, si la magnanimidad de 
Isabela no hubiese vencido los temores y perezas de P'er- 
nando. 



74 F E I j o o 

En fin, lo que es más que todo, parece ser, aunque no es- 
toy muy seguro del cómputo, que entre las reinas que man- 
daron largo tiempo como absolutas, las más se hallan en las 
historias celebradas como gobernadoras excelentes. Pero las 
pobres mujeres son tan infelices, que siempre se alegarán 
contra tantos ejemplos ilustres, una Brunequilda, una Fre- 
degunda, las dos Juanas de Ñapóles y otras pocas ; bien que 
á las dos primeras les sobró malicia, no les faltó sagacidad. 

Ni es en el mundo tan universal, como se piensa, la per- 
suasión de que en la cabeza de la mujer no asienta bien la 
corona; pues en Meroe, isla que forma el Nilo en la Etiopía, 
ó península, como quieren los modernos, reinaron, según 
el testimonio de Plinio, mujeres por muchos siglos, fel padre 
Cornelio a Lapide, tratando de la reina Sabá, que fué una de 
ellas, piensa que su imperio se extendió mucho fuera del ám- 
bito de Meroe, y comprendió acaso toda la Etiopía; fundado 
en que Cristo, nuestro bien, llamó á aquella señora Reina del 
Austro^ título que suena un vasto dominio hacia aquella pla- 
ga. Si bien que, como se puede ver en Tomás Cornelio, no 
falta autor que asegura ser la isla, ó península, de Meroe ma- 
yor que la Gran Bretaña; y así, no era muy corto el estado 
de aquellas reinas, aunque no saliese del ámbito de Meroe. 
Aristóteles (i) dice, que entre los lacedemonios tenían gran 
parte en el gobierno político las mujeres. Esto era conforme 
á las leyes que les dejó Licurgo. 

También en Borneo, isla grande del mar de la India, reinan 
mujeres, según la relación de Mandelslo, que se halla en el 
segundo tomo de Oleario, sin gozar sus maridos otra prero- 
gativa que ser sus más calificados vasallos. En la isla Fermo- 
sa^ situada en el mar meridional de la China, es tanta la 
satisfacción que tienen de la prudente conducta de las muje- 
res aquellos idólatras, que á ellas únicamente está fiado el 
ministerio sacerdotal, con todo lo que pertenece á materias 
de religión, y en lo político gozan un poder en parte superior 
al de los senadores, como intérpretes de la voluntad de sus 
deidades. 

Sin embargo, la práctica común de las naciones es más 
conforme á la razón, como correspondiente al divino decreto 



(i) Libro II, Polit., capítulo VIL 



OBRAS ESCOGIDAS yS 

notificado á nuestra primera madre en el paraíso, donde á 
ella, y á todas sus hijas en su nombre, se les intimó la suje- 
ción á los hombres. Sólo se debe corregir la impaciencia con 
que muchas veces llevan los pueblos el gobierno mujeril, 
cuando, según las leyes, se les debe obedecer; y aquella pro- 
pasada estimación de nuestro sexo, que tal vez ha preferido 
para el régimen un niño incapaz á una mujer hecha, en que 
excedieron tan ridiculamente los antiguos persas , que en 
ocasión de quedar \ü viuda de uno de sus reyes en cinta, 
siendo avisados de sus magos que la concepción era varonil, 
le coronaron á la reina el vientre y proclamaron por rey suyo 
el feto, dándole el nombre de Sapo?- antes de haber nacido. 



VII 



Hasta aquí de la prudencia política, contentándonos con 
bien pocos ejemplos, y dejando muchos. De la prudencia 
económica es ocioso hablar, cuando todos los días se están 
viendo casas muy bien gobernadas por las mujeres, y muy 
desgobernadas por los hombres. 

Y pasando á la fortaleza, prenda que los hombres conside- 
ran como inseparable de su sexo, yo convendré en que el 
cielo los mejoró en esta parte en tercio y quinto; mas no en 
que se les haya dado como mayorazgo ó vínculo indivisible, 
exento de toda partida con el otro sexo. 

No pasó siglo á quien no hayan ennoblecido mujeres vale- 
rosas. Y dejando los ejemplos de las heroínas de la Escritura 
y de las santas mártires de la ley de gracia (porque hazañas 
donde intervino especial auxilio soberano acreditan el poder 
divino , no la facultad natural del sexo), ocurren tantas 
mujeres de heroico valor y esforzada mano, que en tropel se 
presentan en el teatro de la memoria. Y tras de las Semíra- 
wÍ5, las Artemisas^ las Tomiris, las Zenobias^ se parece una 
Aretafila^ esposa de Nicotrato, soberano de Cirene, en la 
Libia; en cuya incomparable generosidad se compitieron el 



76 F E I J o o 

amor más tierno de la patria, la mayor valentía del espíritu y 
la más sutil destreza del discurso; pues por librar su patria 
de la violenta tiranía de su marido, y vengar la muerte que 
éste, por poseerla, había ejecutado en su primer consorte, 
haciéndose caudillo de una conspiración, despojó á Nicotrato 
del reino y la vida. Y habiendo sucedido Leandro, hermano 
de Nicotrato, en la corona y en la crueldad, tuvo valor y arte 
para echar también del mundo á este segundo tirano, coro- 
nando, en fin, sus ilustres acciones con apartar de sus sienes 
la corona, que, reconocidos á tantos beneficios, le ofrecieron 
los de Cirene. Una D?'ipetina^ hija del gran Mitrídates, com- 
pañera inseparable de su padre en tantos arriesgados proyec- 
tos, que en todos mostró aquella fuerza de alma y de cuerpo, 
que desde su infancia había prometido la singularidad de 
nacer con dos órdenes de dientes; y después de deshecho su 
padre por el gran Pompeyo, sitiada en un castillo porManlio 
Prisco, siendo imposible la defensa, se quitó voluntariamente 
la vida, por no sufrir la ignominia de esclava. Una Clelia^ ro- 
mana, que, siendo prisionera de Porsena, rey de los etruscos, 
venciendo mil dificultades, se libró de la prisión, y rompien- 
do con un caballo (otros dicen que con sus brazos propios) 
las ondas del Tíber, arribó felizmente á Roma. Una Arria^ 
mujer de Cecina Peto, que, siendo comprendido su marido 
en la conspiración de Camilo contra el emperador Claudio, 
y por este crimen condenado á muerte, resuelta á no sobre- 
vivir á su esposo, después de tentar en vano hacerse pedazos 
la cabeza contra una muralla, logró, introducida en la prisión 
de Cecina, exhortarle á que se anticipase con sus manos la 
ejecución del verdugo, metiéndose ella primero un puñal por 
el pecho. Una Epponina, que con la ocasión de haberse arro- 
gado su marido Julio Sabino, en las Galias, el título de cesar, 
toleró con rara constancia indecibles trabajos; y siendo úl- 
timamente condenada á muerte por Vespasiano, generosa- 
mente le dijo que moría contenta, por no tener el disgusto 
de ver tan mal emperador colocado en el solio. 

Y porque no se piense que estos siglos últimos en mujeres 
esforzadas son inferiores á los antiguos, ya se presentan ar- 
madas una Doncella de Fi-ancia^ columna que sustentó en su 
mayor aflicción aquella vacilante monarquía; y si bien que 
encontrados en los dictámenes, como en las armas, ingleses 



OBRAS ESCOGIDAS 77 

y franceses, aquellos atribuyeron sus hazañas á pacto diabó- 
lico, y estos á moción divina, acaso los ingleses fingieron lo 
primero por odio, y los franceses, que manejaban las cosas, 
ideáronlo segundo por política; que importaba mucho en 
aquel desmayo grande de pueblos y soldados, para levantar 
su ánimo abatido, persuadirles que el cielo se había declarado 
por aliado suyo, introduciendo para este efecto al teatro de 
Marte una doncella magnánima y despierta, como instru- 
mento proporcionado para un socorro milagroso. Una Mai^' 
garita de Di?tama?'ca^ que en el siglo decimocuarto conquistó 
por su persona propia el reino de Suecia, haciendo prisio- 
nero al rey Alberto, y la llaman la segunda Semíramis los 
autores de aquel siglo. Una Manilla^ natural de Lemnos, isla 
del archipiélago, que en el sitio de la fortaleza de Gochín, 
puesto por los turcos, viendo muerto á su padre, arrebató su 
espada y rodela, y convocando con su ejemplo toda la guar- 
nición, en cuya frente se puso, dio con tanto ardor sobre los 
enemigos, que no sólo rechazó el asalto, mas obligó al bajá 
Solimán á levantar el sitio; hazaña que premió el general Lo- 
redano de Venecia, cuya era aquella plaza, dándole á escoger 
para marido cualquiera que ella quisiese de los más ilustres 
capitanes de su ejército, y ofreciéndole dote competente en 
nombre de la república. Una Blanca de Rossi^ mujer de Bau- 
tista Porta, capitán paduano, que después de defender vale- 
rosamente, puesta sobre el muro, la plaza de Basano, en la 
Marca Trevisana, siendo luego cogida la plaza por traición, 
y preso y muerto su marido por el tirano Ecelino, no tenien- 
do otro arbitrio para resistir los ímpetus brutales de este fu- 
rioso, enamorado de su belleza, se arrojó por una ventana; 
pero después de curada y convalecida, acaso contra su inten- 
ción, del golpe, padeciendo debajo de la opresión de aquel 
bárbaro el oprobio de la fuerza, satisfizo la amargura de su 
dolor y la constancia de su fe conyugal, quitándose la vida 
en el mismo sepulcro de su marido, que para este efecto ha- 
bía abierto (i). Una Bonna^ paisana humilde de la Valtelina, 
á quien encontró en una marcha suya Pedro Brunoro, famo- 



(i) En las mujeres que se mataron á sí mismas, no se propone esta resolución 
como ejemplo de virtud, sino como exceso vicioso de la fortaleza, que es lo que basta 
para el intento. 



7» 



F El JOO 



SO capitán parmesano, en edad corta, guardando ovejas en el 
campo, y prendado de su intrépida viveza, la llevó consigo 
para cómplice de su incontinencia; pero ella se hizo también 
partícipe de su gloria, porque después de fenecer la vida des- 
honesta con la santidad del matrimonio, no sólo como sol- 
dado particular peleó ferozmente en cuantos encuentros se 
ofrecieron, pero vino á ser tan inteligente en el arte militar, 
que algunas empresas se fiaron á su conducta, especialmente 
la conquista del castillo de Pavono, á favor de Francisco Es- 
forcia, duque de Milán, contra venecianos, donde, en medio 
de hacer el oficio de caudillo, pereció en las primeras filas al 
asalto. Una Ma?'ía Pita, heroína gallega, que en el sitio pues- 
to por los ingleses á la Coruña, el año de iSSg, estando ya 
los enemigos alojados en la brecha y la guarnición dispuesta 
á capitular, después que, con ardiente, aunque vulgar facun- 
dia, exprobó á los nuestros su cobardía, arrancando espada y 
rodela de las manos de un soldado, y clamando que quien 
tuviese honra la siguiese, encendida en coraje, se arrojó á la 
brecha, de cuyo fuego marcial, saltando chispas á los corazo- 
nes de los soldados y vecinos, que prendieron en la pólvora 
del honor, con tanto ímpetu cerraron todos sobre los enemi- 
gos, que con la muerte de mil y quinientos (entre ellos un 
hermano del general de tierra, Enrique Noris), los obligaron 
á levantar el sitio. Felipe II premió el valor de la Pita, dán- 
dole por los días de su vida grado y sueldo de alférez vivo ; y 
Felipe III perpetuó en sus descendientes el grado y sueldo 
de alférez reformado. Una Ma?'ía de Esti-ada, consorte de 
Pedro Sánchez Farfán, soldado de Hernán Cortés, digna de 
muy singular memoria por sus muchas y raras hazañas, que 
refiere el padre fray Juan de Torquemada en su primer tomo 
de la Monarquía indiana. Tratando de la luctuosa salida que 
hizo Cortés de Méjico, después de muerto Motezuma, dice 
de ella lo siguiente: Mostróse muy valerosa en este aprieto y 
conflicto María de Estrada., la cual, con una espada y una ro- 
dela en las manos^ hi:(o hechos maravillosos, y se entraba por 
los enemigos con tanto coraje y ánimo, como si fuera uno de 
los más valientes hombres del mundo^ olvidada de que era mu- 
jer., y revestida del valor que en caso semejante suelen tener los 
hombres de valor y honra. Y fueron tantas las maravillas y 
cosas que hi^o., que puso en espanto y asombro d cuantos la mi- 



OBRAS ESCOGIDAS 79 

raban. Refiriendo en el capítulo siguiente la batalla que se 
dio entre españoles y mejicanos en el valle de Otumpa (ó 
Otumba, como la llama don Antonio de Solís), repite la me- 
moria de esta ilustre mujer con las palabras que se siguen: 
En esta batalla, dice Diego Muño!( Camargo^ en su Memorial 
de Tlaxcala, que María de Estrada peleó á caballo y con una 
lan'^a en la mano^ tan varonilmente como si fuera uno de los 
más valientes hombres del ejército, j^" aventajándose d muchos. 
No dice el autor de dónde era natural esta heroína, pero el 
apellido persuade que era asturiana. Una Ana de Baux, ga- 
llarda flamenca, natural de una aldea cerca de Lila, que sólo 
con el motivo de guardar su honor de los insultos militares 
en las guerras del último siglo, escondiendo su sexo con los 
hábitos del nuestro, se dio al ejercicio de la guerra, en que 
sirvió mucho tiempo y en muchos lances con gran valor, de 
modo que arribó á la tenencia de una compañía; y siendo, 
después de hecha prisionera por franceses, descubierto ya su 
sexo, el mariscal de Seneterre le ofreció una compañía en el 
servicio de Francia; lo que ella no admitió, por no militar 
contra su príncipe ; y volviendo á su patria, se hizo religiosa. 

El no haber nombrado hasta ahora las amazonas, siendo 
tan del intento, fué con el motivo de hablar de ellas separa- 
damente. Algunos autores niegan su existencia, contra mu- 
chos más, que la afirman. Lo que podemos conceder es, que 
se ha mezclado en la historia de las amazonas mucho de fá- 
bula, como es, el que mataban todos los hijos varones; que 
vivían totalmente separadas del otro sexo, y sólo le buscaban 
para fecundarse una vez en el año. Y del mismo jaez serán 
sus encuentros con Hércules y Teseo, el socorro de la feroz 
Pentesilea á la afligida Troya, como acaso también la visita 
de su reina Talestris á Alejandro ; pero no puede negarse sin 
temeridad, contra la fe de tantos escritores antiguos, que 
hubo un cuerpo formidable de mujeres belicosas en la Asia, 
á quienes se dio el nombre de amazonas. 

Y en caso que también esto se niegue, por las amazonas 
que nos quitan en la Asia, para gloria de las mujeres parece- 
rán amazonas en las otras tres partes del mundo, América, 
África y Europa. En la América las descubrieron los españo- 
les, costeando armadas el mayor río del mundo, que es el 
Marañón, á quien por esto dieron el nombre que hoy conscr- 



8o F E IJ o o 

va de ?^ío de las Amat^onas. En la África las hay en una pro- 
vincia del imperio del Monomotapa, y se dice que son los 
mejores soldados que tiene aquel príncipe en todas sus tie- 
rras, aunque no falta geógrafo que hace estado aparte del 
país que habitan estas mujeres guerreras. 

En Europa, aunque no hay país donde las mujeres de in- 
tento profesasen la milicia, podremos dar el nombre de ama- 
zonas á aquellas que en una ú otra ocasión con escuadrón 
formado triunfaron de los enemigos de su patria. Tales fue- 
ron las francesas de Belovaco ó Beauvais, que siendo aquella 
ciudad sitiada por los borgoñones, el año de 1472, juntándose 
debajo de la conducta de Juana Macheta^ el día del asalto re- 
chazaron vigorosamente los enemigos, habiendo precipitado 
su capitana la Hacheta de la muralla al primero que arboló 
el estandarte sobre ella. En memoria de esta hazaña se hace 
aún hoy fiesta anual en aquella ciudad, gozando las mujeres 
el singular privilegio de ir en la procesión delante délos hom- 
bres. Tales fueron las habitadoras de las islas Echinadas, hoy 
llamadas Cuj^-Solaj^es, célebres por la victoria de Lepanto, 
ganada en el mar de estas islas. El año antecedente á esta 
famosa batalla, habiendo atacado los turcos la principal de 
ellas, tal fué el terror del gobernador veneciano Antonio Bal- 
bo y de todos los habitadores, que tomaron de noche la fuga, 
quedando dentro las mujeres resueltas, á persuasión de un 
sacerdote llamado Antonio Rosoneo, á defender la plaza, 
como de hecho la defendieron con grande honor de su sexo 
y igual oprobio del nuestro. 



VIII 



Resta en esta memoria de mujeres magnánimas decir algo 
sobre un capítulo en que los hombres más acusan á las muje- 
res, y en que hallan más ocasionada su flaqueza, ó más defec- 
tuosa su constancia, que es la observancia del secreto. Catón 
el Censor no admitía en esta parte excepción alguna, y con- 



OBRAS ESCOGIDAS 8l 

denaba por uno de los mayores errores del hombre fiar se- 
creto á cualquiera mujer que fuese; pero á Catón le desmin- 
tió su propia tataranieta Porcia^ hija de Catón el menor y 
mujer de Marco Bruto, la cual obligó á su marido á fiarle el 
gran secreto de la conjuración contra César, con la extraor- 
dinaria prueba que le dio de su valor y constancia, en la alta 
herida que voluntariamente, para este efecto, con un cuchillo 
se hizo en el muslo. 

Plinio dice, en nombre de los magos, que el corazón de 
cierta ave aplicada al pecho de una mujer dormida, la hace 
revelar todos sus secretos. Lo mismo dice, en otra parte, de 
la lengua de cierta sabandija. No deben de ser tan fáciles las 
mujeres en franquear el pecho, cuando la mágica anda bus- 
cando por los escondrijos de la naturaleza llaves con que 
abrirles las puertas del corazón; pero nos reímos con el mis- 
mo Plinio de esas invenciones, y concedemos que hay poquí- 
simas mujeres observantes del secreto. Mas á vueltas de esto, . 
nos confesarán asimismo los políticos más expertos, que tam- 
bién son rarísimos los hombres á quienes se puedan fiar se- 
cretos de importancia. A la verdad, si no fueran rarísimas 
estas alhajas, no las estimaran tanto los príncipes, que apenas 
tienen otras tan apreciables entre sus más ricos muebles. 

Ni les faltan á las mujeres ejemplos de invencible constan- 
cia en la custodia del secreto. Pitágoras, estando cercano á 
la muerte, entregó sus escritos todos, donde se contenían los 
más recónditos misterios de su filosofía, ala sabia Damo^ hija 
suya, con orden de no publicarlos jamás, lo que ella tan pun- 
tualmente obedeció, que, aun viéndose reducida á suma po- 
breza, y pudiendo vender aquellos libros por gran suma de 
dinero, quiso más ser fiel á la confianza de su padre, que sa- 
lir de las angustias de pobre. 

La magnánima ÁJ-etaJila^ de quien ya se hizo mención arri- 
ba, habiendo querido quitar la vida á su esposo Nicocrates 
con una bebida ponzoñosa, antes que lo intentase por medio 
de conjuración armada, fué sorprendida en el designio; y 
puesta en los tormentos para que declarase todo lo que res- 
taba saber, estuvo tan lejos de embargarle la fuerza del dolor 
el dominio de su corazón y el uso de su discurso, que entre 
los rigores del suplicio, no sólo no declaró su intento, mas 
tuvo habilidad para persuadirle al tirano que la poción prc- 



82 FEIJO o 

parada era un filtro amatorio, dispuesto á fin de encenderle 
más en su cariño. De hecho, esta ficción ingeniosa tuvo efica- 
cia de filtro, porque Nicocrates la amó después mucho más, 
satisfecho de que quien solicitaba en él excesivos ardores, no 
podía menos de quererle con grandes ansias. 

En la conjuración movida por Aristogitón contra Hippias, 
tirano de Atenas, que empezó por la muerte de Hipparco, 
hermano de Hippias, fué puesta á la tortura una mujer corte- 
sana sabedora de los cómplices, la cual, para desengañar 
prontamente al tirano de la imposibilidad de sacarla el secre- 
to, se cortó con los dientes la lengua en su presencia. 

En la conspiración de Pisón contra Nerón, habiendo, desde 
que aparecieron los primeros indicios, cedido á la fuerza de 
los tormentos los más ilustres hombres de Roma, donde Lu- 
cano descubrió por cómplice á su propia madre, otros á sus 
más íntimos amigos, solamente á Epicharis^ mujer ordinaria 
y sabedora de todo, ni los azotes, ni el fuego, ni otros marti- 
rios, pudieron arrancar del pecho la menor noticia. 

Y yo conocí alguna que, examinada en el potro sobre un 
delito atroz, que habían cometido sus amos, resistiólas prue- 
bas de aquel riguroso examen, no por salvarse á sí, sí sólo por 
salvar á sus dueños ; pues á ella le había tocado tan pequeña 
parte en la culpa, ya por ignorar la gravedad de ella, ya por 
ser mandada, ya por otras circunstancias, que no podía apli- 
cársele pena que equivaliese, ni con mucho, al rigor de la 
tortura. 

Pero de mujeres, á quienes no pudo exprimir el pecho la 
fuerza de los cordeles, son infinitos los ejemplares. Oí decir 
á persona que había asistido en semejantes actos, que siendo 
muchas las que confiesan al querer desnudarlas para la eje- 
cución, rarísima, después de pasar este martirio de su pudor, 
se rinde á la violencia del cordel. ¡Grande excelencia verda- 
deramente del sexo, que las obligue más su pudor propio que 
toda la fuerza de un verdugo 1 

No dudo que parecerá á algunos algo lisonjero este parale- 
lo que hago entre mujeres y hombres; pero yo reconvendré á 
éstos con que Séneca, cuyo estoicismo no se ahorró con na- 
die, y cuya severidad se puso bien lejos de toda sospecha de 
adulación, hizo comparación no menos ventajosa á favor de 
las mujeres; pues las constituye absolutamente iguales con 



OBRAS ETSCOGIDAS 83 

los hombres en todas las disposiciones ó facultades naturales 
apreciables. Tales son sus palabras: Qiiis aiitem dicat natui'am 
maligné cum mulieribiis ingeniis egisse^ et vii'tiites illariim in 
ai'Ctum 7^etraxisse? Par illis mihi cj-ede^ vig07% par ad honesta 
(libeat) facultas est. Laborem^ doloremque ex cequo si consue- 
vei'e patiuntiir (i). 



IX 



Llegamos ya al batidero mayor, que es la cuestión del en- 
tendimiento, en la cual yo confieso que, si no me vale la ra- 
zón, no tengo mucho recurso a la autoridad; porque los au- 
tores que tocan esta materia (salvo uno ú otro muy raro) están 
tan á favor de la opinión del vulgo, que casi uniformes hablan 
del entendimiento de las mujeres con desprecio. 

A la verdad, bien pudiera responderse á la autoridad de los 
más de esos libros, con el apólogo que á otro propósito trae 
el siciliano Carducio en sus diálogos sobre la pintura. Yendo 
de camino un hombre y un león, se les ofreció disputar quié- 
nes eran más valientes, si los hombres, si los leones: cada uno 
daba la ventaja á su especie, hasta que llegnndo á una fuente 
de muy buena estructura, advirtió el hombre que en la coro- 
nación estaba figurado en mármol un hombre haciendo peda- 
zos á un león. Vuelto entonces á su competidor en tono de 
vencedor, como quien había hallado contra él un argumento 
concluyente, le dijo: «Acabarás ya de desengañarte de que 
los hombres son más valientes que los leones, pues allí ves 
gemir oprimido y rendir la vida de un león debajo de los bra- 
zos de un hombre. — Bello argumento me traes, respondió 
sonriéndose el león. Esa estatua otro hombre la hizo; y así, 
no es mucho que la formase como le estaba bien á su especie. 
Yo te prometo, que si un león la hubiera hecho, él hubiera 



í I ) In Consol, ad Marciam . 



84 F E T J o o 

vuelto la tortilla, y plantado el león sobre el hombre, hacien- 
do gigote de él para su plato.» 

Al caso: hombres fueron los que escribieron esos libros, en 
que se condena por muy inferior el entendimiento de las mu- 
jeres. Si mujeres los hubieran escrito, nosotros quedaríamos 
debajo. Y no faltó alguna que lo hizo, pues Lua-ecia Marine- 
lla, docta veneciana, entre otras obras que compuso, una fué 
un libro con este título : Excelencia de las mujei-es, cotejada 
con los defectos y vicios de los hombj-es^ donde todo el asunto 
fué probar la preferencia de su sexo al nuestro. El sabio je- 
suíta Juan de Cartagena dice, que vio y leyó este libro con 
grande placer en Roma, y yo le vi también en la Biblioteca 
Real de Madrid. Lo cierto es, que ni ellas ni nosotros pode- 
mos en este pleito ser jueces, porque somos partes ; y así, se 
había de fiar la sentencia á los ángeles, que, como no tienen 
sexo, son indiferentes. 

Y lo primero, aquellos que ponen tan abajo el entendimien- 
to de las mujeres, que casi le dejan en puro instinto, son in- 
dignos de admitirse á la disputa. Tales son los que asientan 
que á lo más que puede subir la capacidad de una mujer, es 
á gobernar un gallinero. 

Tal aquel prelado, citado por don Francisco Manuel, en su 
Cartay guía de casados, que decía que la mujer que más sa- 
be, sabe ordenar un arca de ropa blanca. Sean norabuena 
respetables por otros títulos los que profieren semejantes sen- 
tencias ; no lo serán por estos dichos, pues la más benigna 
interpretación que admiten es la de recibirse como hipérboles 
chistosos. Es notoriedad de hecho que hubo mujeres que 
supieron gobernar y ordenar comunidades religiosas, y aun 
mujeres que supieron gobernar y ordenar repúblicas enteras. 

Estos discursos contra las mujeres son de hombres superfi- 
ciales. Ven que por lo común no saben sino aquellos oficios 
caseros á que están destinadas, y de aquí infieren (aun sin 
saber que lo infieren de aquí, pues no hacen sobre ello algún 
acto reflejo) que no son capaces de otra cosa. El más corto 
lógico sabe que de la carencia del acto á la carencia de la po- 
tencia no vale la ilación ; y así, de que las mujeres no. sepan 
más, no se infiere que no tengan talento para más. 

Nadie sabe más que aquella facultad que estudia, sin que 
de aquí se pueda colegir, sino bárbaramente, que la habilidad 



OBRAS ESCOGIDAS 85 

no se extiende á más que la aplicación. Si todos los hombres 
se dedicasen á la agricultura (como pretendía el insigne To- 
más Moro en su Utopia) ^ de modo que no supiesen otra cosa, 
¿sería esto fundamento para discurrir que no son los hombres 
hábiles para otra cosa? Entre los drusos, pueblos de la Pales- 
tina, son las mujeres las únicas depositarías de las letras, pues 
casi todas saben leer y escribir ; y en fin, lo poco ó mucho que 
hay de literatura en aquella gente, está archivado en los en- 
tendimientos de las mujeres, y oculto del todo álos hombres, 
los cuales sólo se dedican á la agricultura, á la guerra y á la 
negociación. Si en todo el mundo hubiera la misma costum- 
bre, tendrían sin duda las mujeres á los hombres por inhábi- 
les para las letras, como hoy juzgan los hombres ser inhábi- 
les las mujeres. Y como aquel juicio sería sin duda errado, lo 
es del mismo modo el que ahora se hace, pues procede sobre 
el mismo fundamento (i). 



(i) No termina aquí este discurso, pero aquí lo damos por terminado, pues 
restante de él no es de mucho tan interesante. (N de los E.) 




1 




LAS MODAS 



SIEMPRE la moda fué de la moda. Quiero decir que siempre 
el mundo fué inclinado á los nuevos usos. Esto lo lleva 
de suyo la misma naturaleza. Todo lo viejo fastidia. El 
tiempo todo lo destruye. A lo que no quita la vida, quita la 
gracia. Aun las cosas insensibles tienen, como las mujeres, 
vinculada su hermosura á la primera edad, y todo donaire 
pierden al salir de la juventud ; por lo menos así se repre- 
senta á nuestros sentidos, aun cuando no hay inmutación 
alguna en los objetos. 

Est quoque cunctarU7n novitas gratissinia rerum. 



Piensan algunos que la variación de las modas depende de 
que sucesivamente se va refinando más el gusto, ó la inventi- 
va de los hombres cada día es más delicada. Notable engaño! 



88 FE I JO o 

No agrada la moda nueva por mejor, sino por nueva. Aun 
dije demasiado. No agrada porque es nueva, sino porque se 
juzga que lo es, y por lo común se juzga mal. Los modos de 
vestir de hoy, que llamamos nuevos, por la mayor parte son 
antiquísimos. Aquel linaje de anticuarios, que llaman meda- 
Uistas (estudio que en las naciones también es de la moda), 
han hallado en las medallas, que las antiguas emperatrices 
tenían los mismos modos de vestidos y tocados que, como 
novísimos, usan las damas en estos tiempos. De los fontanges 
que se juzgan invención de este tiempo próximo, se hallan 
claras señas en algunos poetas antiguos. Juvenal, sátira 6: 



Tot preniit ordinibus, tot adhjtc cotnpagibus altum 
yEdt/icai caput. 



Stacio, silva 2. 



Celsce procul aspice frontis honores, 
Stigestuttiqíie comee. 



De modo que el sueño del año magno de Platón, en cuanto 
á las modas se hizo realidad. Decía aquel filósofo que, pasado 
un gran número de años, restituyéndose á la misma positura 
los luminares celestes, se haría una regeneración universal 
de todas las cosas ; que nacerían de nuevo los mismos hom- 
bres, los mismos brutos, las mismas plantas, y aun repetiría 
la fortuna los mismos sucesos. Si lo hubiera limitado á las 
modas, no fuera sueño, sino profecía. Hoy renace el uso mis- 
mo que veinte siglos há espiró. Nuestros mayores le vieron 
decrépito, y nosotros le logramos niño. Enterróle entonces 
el fastidio, y hoy le resucita el antojo (i). 



II 



Pero aunque en todos tiempos reinó la moda, está sobre 
muy distinto pié en este que en los pasados su imperio. An- 



íi) Hubo también entre las romanas el uso de los rodetes en la misma forma que 
hoy se practican, como se puede ver en nuestro Montfaucón, tomo III de la Antigüe- 
dad explicada, libro I, capítulo XIV, en la segunda lámina que se sigue á esta pági- 
na, y en el mismo tomo, libro 11, capítulo II, se lee que usaban también de agujas, ya 
de oro, ya de plata, ya de otros metales inferiores, según el caudal de cada una, en 
el pelo ; á quienes, por tanto, llamaban acns crínales. 



OBRASESCOGIDAS 89 

tes el gusto mandaba en la moda, ahora la moda manda en 
el gusto. Ya no se deja un modo de vestir porque fastidia, ni 
porque el nuevo parece, o más conveniente, ó más airoso. 
Aunque aquel sea y parezca mejor, se deja porque así lo 
manda la moda. Antes se atendía á la mejoría, aunque fuese 
sólo imaginada, ó por lo menos un nuevo uso, por ser nuevo, 
agradaba, y hecho agradable, se admitía ; ahora, aun cuando 
no agrade, se admite sólo por ser nuevo. Malo sería que fue- 
se tan inconstante el gusto ; pero peor es que sin interesarse 
el gusto haya tanta inconstancia. 

De suerte que la moda se ha hecho un dueño tirano, y so- 
bre tirano, importuno, que cada día pone nuevas leyes para 
sacar cada día nuevos tributos ; pues cada nuevo uso que 
introduce es un nuevo impuesto sobre las haciendas. No se 
trajo cuatro días el vestido, cuando es preciso arrimarle como 
inútil, y sin estar usado, se ha de condenar como viejo. Nun- 
ca se menudearon tanto las modas como ahora, ni con mu- 
cho. Antes la nueva invención esperaba que los hombres se 
disgustasen de la antecedente, y á que gustasen lo que se 
había arreglado á ella. Atendíase al gusto y se excusaba el 
gasto : ahora todo se atrepella. Se aumenta infinito el gasto, 
aun sin contemplar el gusto. 

Monsieur Henrión, célebre medallista de la academia real 
de las Inscripciones de París, por el cotejo de las medallas 
halló que en estos tiempos se reprodujeron en menos de cua- 
renta años todos los géneros de tocados que la antigüedad 
inventó en la sucesión de muchos siglos. No sucede esto por- 
que los antiguos fuesen menos inventivos que nosotros, sino 
porque nosotros somos más extravagantes que los antiguos. 

Ya há muchos días que se escribió el chiste de un loco que 
andaba desnudo por las calles con una pieza de paño al hom- 
bro, y cuando le preguntaban por qué no se vestía, ya que 
tenía paño, respondía, que esperaba ver en qué paraban las 
modas, porque no quería malograr el paño en un vestido, 
que dentro de poco tiempo, por venir nueva moda, no le sir- 
viese. Leí este chiste en un libro italiano impreso cien años 
há. Desde aquel tiempo al nuestro se ha acelerado tanto el 
rápido movimiento de las modas, que lo que entonces se ce- 
lebró como graciosa extravagancia de un loco, hoy pudiera 
pasar por madura reflexión de un hombre cuerdo. 



90 F E I J o o 



III 



Francia es el móvil de modas. De Francia lo es París, y de 
París un francés ó una francesa, aquel ó aquella á quien pri- 
mero ocurrió la nueva invención. Rara traza, y más eficaz 
sin duda que aquella de que se jactaba Arquímedes, se halló 
para que un particular moviese toda la tierra. Los franceses, 
en cuya composición, según la confesión de un autor suyo, 
entra por quinto elemento la ligereza, con este arbitrio influ- 
yeron en todas las demás naciones su inconstancia, y en 
todas establecieron una nueva especie de monarquía. Ellos 
mismos se felicitan sobre este asunto ; para lo cual será bien 
se vea lo que en orden á él razona el discreto Carlos de San 
Denís, conocido comunmente por el nombre ó título de seíío?^ 
de San Evi-emont. 

a No hay país, dice este autor, donde haya menos uso de 
la razón que en Francia, aunque es verdad que en ninguna 
parte es más pura que aquella poca que se halla entre nos- 
otros. Comunmente todo es fantasía ; pero una fantasía tan 
bella y un capricho tan noble en lo que mira al exterior, que 
los extranjeros, avergonzados de su buen juicio, como de una 
calidad grosera, procuran hacerse espectables por la imita- 
ción de nuestras modas, y renuncian á cualidades esenciales 
por afectar un aire y unas maneras que casi no es posible 
que les asienten. Así, esta eterna mudanza de muebles y há- 
bitos que se nos culpa, y que no obstante se imita, viene á 
ser, sin que se piense en ello, una gran providencia; porque 
además del infinito dinero que sacamos por este camino, es' 
un interés más sólido de lo que se cree el tener franceses 
esparcidos por todas las cortes, los cuales forman el exterior 
de todos los pueblos en el modelo del nuestro, que dan prin- 
cipio á nuestra dominación, sujetando sus ojos adonde el 
corazón se opone aún á nuestras leyes, y ganan los sentidos 
en favor de nuestro imperio adonde los sentimientos están 
aún de parte de la libertad.» 



OBRAS ESCOGIDAS 9I 

Ahí es nada, á vista de esto, el mal que nos hacen los 
franceses con sus modas : cegar nuestro buen juicio con su 
extravagancia, sacarnos con sus invenciones infinito dinero, 
triunfar como dueños sobre nuestra deferencia, haciéndonos 
vasallos de su capricho, y en fin, reirse de nosotros como de 
unos monos ridículos, que queriendo imitarlos, no acertamos 
con ello. 

En cuanto á que las modas francesas tengan alguna parti- 
cular nobleza y hermosura, pienso que no basta para creerlo 
el decirlo un autor apasionado. Las cotillas vinieron de Fran- 
cia, y en una porción, la más desabrida de las montañas de 
León, que llaman la tierra de los Arguellos, las usan de 
tiempo inmemorial aquellas serranas, que parecen más fieras 
que mujeres. No creo que sus mayores, que las introduje- 
ron, tenían muy delicado el gusto. Si una mujer de aquella 
tierra pareciese en Madrid antes de venir de Francia esta 
moda, sería la risa de todo el pueblo ; con que el venir de 
Francia es lo que le da todo el precio. Cada uno hará el jui- 
cio conforme á su genio. Lo que por mí puedo decir es, que 
casi todas las modas nuevas me dan en rostro, exceptuando 
aquellas que, ó cercenan gasto, ó añaden decencia. 



IV 



Las mujeres, que tanto ansian parecer bien, con la fre- 
cuente admisión de nuevas modas, lo más del tiempo parecen 
mal. Esto en la moral trae una gran conveniencia. Aunque lo 
nuevo place, pero no en los primeros días. Aun el que tiene 
más voltario el gusto ha menester dejar pasar algún tiempo, 
para que la cxtrañez de la moda se vaya haciendo tratable á 
la vista. Como la novedad de manjares al principio no hace 
buen estómago, lo mismo sucede en los demás sentidos res- 
pecto de sus objetos. Por más que se diga que agradan las 
cosas forasteras, cuando llegan á agradar ya están domestica- 
das. Es preciso que el trato gaste algún tiempo en sobornar 



92 FEl J o o 

el gusto. La alma no borra en un momento las agradables 
impresiones que tenía admitidas, y hasta borrar aquellas, 
todas las impresiones opuestas le son desagradables. 

De aquí viene que al principio parecen mal todas, ó casi 
todas las modas, y como la vista no es precisiva, las mujeres 
que las usan pierden, respecto de los ojos, mucho del agrado 
que tenían. ¿Qué sucede, pues? Que cuando con el tiempo 
acaba de familiarizarse al gusto aquella moda, viene otra 
moda nueva, que tampoco al principio es del gusto; y de este 
modo, es poquísimo el tiempo en que logran el atractivo del 
adorno, ó por mejor decir, en que el adorno no les quita mu- 
cho del atractivo. 

Yo me figuro que en aquel tiempo que las damas empeza- 
ron á emblanquecer el pelo con polvos, todas hacían repre- 
sentación de viejas. Se me hace muy verisímil que alguna 
vieja de mucha autoridad inventó aquella moda para ocultar 
su edad, pues pareciendo todas canas, no se distingue en 
quién es natural ó artificial la blancura del cabello; traza poco 
desemejante á la de la zorra de Esopo, que habiendo perdido 
la cola en cierta infeliz empresa, persuadía á las demás zorras 
que se la quitasen también, fingiéndoles en ello conveniencia 
y hermosura. Viene literalmente á estas, que pierden la re- 
presentación de la juventud, dando á su cabello, con polvos 
comprados, las señas de la vejez, lo que decía Propercio á su 
Cintia : 

Natiireeque de cus mercato perderé cultu. 

¿ Qué diré de otras muchas modas, por varios caminos in- 
cómodas ? Como con los polvos se hizo parecer á las mujeres 
canas, con lo tirante del pelo se hicieron infinitas efectiva- 
mente calvas. Hemos visto los brazos puestos en mísera pri- 
sión, hasta hacer las manos incomunicables con la cabeza, 
los hombros desquiciados de su propio sitio, los talles estru- 
jados en una rigurosa tortura. Y todo esto por qué? Porque 
viene de Francia á Madrid la noticia de que esta es la moda. 

No hay hombre de seso que no se ría cuando lee en Plu- 
tarco que los amigos y áulicos de Alejandro afectaban inclinar 
la cabeza sobre el hombro izquierdo, porque aquel príncipe 
era hecho de ese modo; mucho más se lee en Diodoro Sicu- 
lo, que los cortesanos del rey de Etiopía se desfiguraban, 



OBRAS ESCOGIDAS g3 

para imitar las deformidades de su soberano, hasta hacerse 
tuertos, cojos ó mancos, si el rey era tuerto, manco ó cojo. 
Mas al fin, aquellos hombres tenían el interés de captar la 
gracia del príncipe con este obsequio, y si cada día vemos 
que los cortesanos adelantan la lisonja hasta sacrificar el 
alma, ¿qué extrañaremos el sacrificio de un ojo, de una mano 
ó de un pié ? Pero en la imitación de las modas que reinan en 
estos tiempos padecen las pobres mujeres el martirio, sin que 
nadie se lo reciba por obsequio. ¿ No es más irrisible extrava- 
gancia esta que aquella ? 



V 



Aun fuera tolerable la moda si se contuviese en las cosas 
que pertenecen al adorno exterior; pero esta señora há mu- 
cho tiempo que salió de estas márgenes, y á todo ha extendi- 
do su imperio. Es moda andar de esta ó aquella manera, tener 
el cuerpo en esta ó aquella positura, comer así ó asado, ha- 
blar alto ó bajo, usar de estas ó aquellas voces, tomar el 
chocolate frío ó caliente, hacer esta ó aquella materia de la 
conversación. Hasta el aplicarse á adquirir el conocimiento 
de esta ó aquella materia se ha hecho cosa de moda. 

El abad de la Mota, en su diario de 8 de Marzo del año 
de 1686, dice que en aquel tiempo había cogido grande vuelo 
entre las damas francesas la aplicación á las matemáticas. 
Esto se había hecho moda. Ya no se hablaba en los estrados 
cosa de galantería. No sonaba otra cosa en ellos que pro- 
blemas, teoremas, ángulos, romboides, pentágonos, trapé- 
elas, etc. El pobre pisaverde que se metía en un estrado, fiado 
en cuatro cláusulas amatorias, cuya formación le había cos- 
tado no poco desvelo, se hallaba corrido, porque se veía pre- 
cisado á enmudecer y á no entender palabra de lo que se 
hablaba. Un matemático viejo, calvo y derrengado era más 
bien oído de las damas que el joven más galán de la corte. 

El mismo autor cuenta de una, que proponiéndola un casa- 



94 F E I j o o 

miento muy bueno, puso por condición inexcusable que el 
pretendiente aprendiese á hacer telescopios; y de otra que 
no quiso admitir por consorte á un caballero de bellas pren- 
das, sólo porque dentro de un plazo que le había señalado no 
había discurrido algo de nuevo sobre la cuadratura del círcu- 
lo. Creo que no lo miraban mal, una vez que no se resolvie- 
sen á abandonar este estudio ; pues habiéndose casado otra 
de estas damas matemáticas con un caballero que no tenía la 
misma inclinación, le salió muy costoso su poco reparo. Fué 
el caso, que no pudiendo el marido sufrir que la mujer se es- 
tuviese todas las noches examinando el cielo con el telesco- 
pio, ni quitarle esta manía, se separó de ella para siempre. 
Otros acaso querrían que sus mujeres no comerciasen sino 
con las estrellas. No sé si aún dura esta moda en Francia; 
pero estoy cierto de que nunca entrará en España. Acá, ni 
hombres ni mujeres quieren otra geometría que la que há 
menester el sastre para tomar bien la medida. 

La mayor tiranía de la moda es haberse introducido en los 
términos de la naturaleza, la cual por todo derecho debiera 
estar exenta de su dominio. El color del rostro, la simetría 
de las facciones, la configuración de los miembros experimen- 
tan inconstante el gusto, como los vestidos. Celebraba uno 
por grandes y negros los ojos de cierta dama; pero otra que 
estaba presente, y acaso los tenía azules, le replicó con enfa- 
do: «Ya no se usan ojos negros.» Tiempo hubo en que eran 
de la moda en los hombres las piernas muy carnosas ; después 
se usaron las descarnadas ; y así se vieron pasar de hidrópicas 
á éticas. Oí decir que los años pasados eran de la moda las 
mujeres descoloridas, y que algunas, por no faltar á la moda, 
ó por otro peor fin, á fuerza de sangrías se despojaban de sus 
nativos colores. Desdicha sería si con tanta sangría no se cu- 
rase la inflamación interna, que en algunas habría sido el 
motivo de echar mano de este remedio. Y también era desdi- 
cha que los hombres hiciesen veneno de la triaca, malogran- 
do en estragos de la vida el color pálido, que debieran apro- 
vechar en recuerdos de la muerte. 

I Quién creerá que hubo siglo y aun siglos en que se celebró 
como perfección de las mujeres el ser cejijuntas? Pues es cosa 
de hecho. Consta de Anacreón, que elogiaba en su dama esta 
ventaja, Teócrito, Petronio y otros antiguos. Y Ovidio testi- 



OBRASESCOGIDAS qS 

fica que en su tiempo las mujeres se teñían el intermedio de 
las cejas para parecer cejijuntas: Arte siipei^ciliiconjinia nuda 
repletis. Tan del gusto de los hombres hallaban esta circuns- 
tancia fi). 



VI 



Acabo de decir que la mayor tiranía de la moda es haberse 
introducido en los términos de la naturaleza, y ya hallo mo- 
tivo para retractarme. No es eso lo más, sino que también 
extendió su jurisdicción al imperio de la gracia. La devoción 
es una de las cosas en que más entra la moda. Hay oraciones 
de la moda, libros espirituales de la moda, ejercicios de la 
moda, y aun hay para la invocación santos de la moda. Ver- 
daderamente que es la moda la más contagiosa de todas las 
enfermedades, porque á todo se pega. Todo quiere esta se- 
ñora que sea nuevo flamante, y parece que todos los días re- 
pite desde su trono aquella voz que san Juan oyó en otro más 
soberano: Ecce nova fació omnia; «Todas las cosas renuevo.» 
Las oraciones han de ser nuevas, para cuyo efecto se ha in- 



(i) Madama de Longe Fierre, que tradujo á Anacreón en verso francés, prueba 
con pasajes de Horacio, Luciano y Petronio, que hubo tiempo en que las frentes pe- 
queñas de las mujeres eran de el gusto de los hombres, y circunstancia apreciable de 
la hermosura. 

Esta variedad de gusto se nota más fácilmente en diferentes naciones, que en dife- 
rentes siglos. Los abisinios aprecian las narices rebajadas ó con poquísima prominen- 
cia. Los persas las corvas ó aguileñas, porque así, dicen, era la de Ciro. Los de el 
Brasil machacan la punta de la nariz á los infantes. Entre los de Siam se tiene por de- 
formidad la blancura de los dientes, y los tiñen de negro ó encarnado. En Guinea, 
taladrando el labio inferior á las niñas, procuran engrosarle y derribarle, lo que tienen 
por gran belleza. La idea de la hermosura en la China es cuerpo pesado, vientre cre- 
cido, frente ancha, ojos y pies pequeños, pequeña nariz, grandes orejas. Los de Mis- 
sissipi componen á los niños la cabeza en punta. Y en parte de este principado de As- 
turias les allanan la parte posterior. 

De lo dicho se infiere que lo que llamamos belleza depende en gran parte de nuestra 
imaginación, y lo más notable es, que la imaginación de muchos suele provenir de la 
imaginación de uno solo ; esto es, de aquel que por capricho ó antojo fué autor de la 
moda. 



yG F E I j o o 

troducido y extendido tanto entre la gente de corte el uso de 
las Horas. Pienso que ya se desdeñan de tener el rosario en 
la mano, y de rezar la sacratísima oración del Padre nuestro 
y la salutación angélica, como si todos los hombres, ni aun 
todos los ángeles, fuesen capaces de hacer oración alguna que 
igualase á aquella, que el Redentor mismo nos enseñó como 
la más útil de todas. Los libros espirituales han de ser nue- 
vos, y ya las incomparables obras de aquellos grandes maes- 
tros de espíritu de los tiempos pasados son despreciadas como 
trastos viejos. En los ejercicios espirituales cada día hay no- 
vedades, no sólo atemperadas á la necesidad de los peniten- 
tes, mas también tal vez al genio de los directores. Los santos 
de devoción tampoco han de ser de los antiguos. Apenas hay 
quien en sus necesidades invoque á san Pedro ni á san Pablo, 
ú otro alguno de los apóstoles, sino es que el lugar ó parro- 
quia donde se vive le tenga por tutelar suyo. Pues en verdad 
que por lo menos tanto pueden con Dios como cuantos santos 
fueron canonizados de tres ó cuatro siglos á esta parte. Es 
verdad que el gloriosísimo san Josef, aunque tan antiguo, es 
exceptuado; pero esto depende de que, aunque es antiguo en 
cuanto al tiempo en que vivió, es nuevo en cuanto al culto. 
Con que sólo la devoción de María está exenta délas noveda- 
des de la moda. 

En nada parece que es tan irracional la moda, ó la mudan- 
za de moda, como en materias de virtud. Las demás cosas, 
como ordenadas á nuestro deleite, no siguen otra regla que 
la misma irregularidad de nuestro antojo; y así, variándose 
el apetito, es preciso se varíe el objeto; pero como la virtud 
debe ser y es al gusto de Dios (si no, no fuera virtud), y Dios 
no padece mudanza alguna en el gusto, tampoco debiera ha- 
berla de parte del obsequio. 

No obstante, yo soy de tan diferente sentir, que antes juzgo 
que en nada es tan útil la mudanza de moda (ó llamémosla 
con voz más propia y más decorosa, modo) que en las cosas 
pertenecientes á la vida espiritual. Esta variedad se hizo como 
precisa en suposición de nuestra complexión viciosa. La de- 
voción es tediosa y desabrida á nuestra naturaleza. Por tanto, 
como al enfermo que tiene el gusto estragado, aunque se le 
haya de ministrar la misma especie de manjar, se debe variar 
el condimento; asimismo la depravación de nuestro apetito 



OBRASESCOGIDAS 97 

pide que las cosas espirituales, salvando siempre la substan- 
cia, se nos guisen con alguna diferencia en el modo. 

Esta consideración autoriza como útiles los nuevos libros 
espirituales que salen á luz, como sean nuevos en cuanto al 
estilo. No hay que pensar que algún autor moderno nos ha 
de mostrar algún camino del cielo distinto de aquel cuyo iti- 
nerario nos pusieron por extenso los santos padres y los 
hombres sabios de los pasados siglos. Pero reformar el estilo 
anticuado, que ya no podemos leer sin desabrimiento, es qui- 
tar á ese camino parte de las asperezas que tiene; y el que 
supiere proponer las antiguas doctrinas con dulces, gratas y 
suaves voces, se puede decir que templa la aspereza de la 
senda con la amenidad del estilo. 

No sólo en esta materia, en todas las demás la razón de la 
utilidad debe ser la regla de la moda. No apruebo aquellos 
genios tan parciales de los pasados siglos, que siempre se 
ponen de parte de las antiguallas. En todas las cosas el medio 
es el punto central de la razón. Tan contra ella, y acaso más, 
es aborrecer todas las modas, que abrazarlas todas. Recíbase 
la que fuere útil y honesta. Condénese la que no trajere otra 
recomendación que la novedad. ¿A qué propósito (pongo por 
ejemplo) traernos á la memoria con dolor los antiguos bigotes 
españoles, como si hubiéramos perdido tres ó cuatro provin- 
cias en dejar los mostachos? ¿Qué conexión tiene, ni con la 
honra, ni con la religión, ni con la conveniencia, el bigote al 
ojo, de quien no pueden acordarse, sin dar un gran gemido, 
algunos ancianos de este tiempo, como si estuviese pendiente 
toda nuestra fortuna de aquella deformidad? 
" Lo mismo digo de las golillas. Los extranjeros tentaron á 
librar de tan molesta estrechez de vestido á los españoles, y 
lo llevaron éstos tan mal, como si al tiempo que les redimían 
el cuerpo de aquellas prisiones, les pusiesen el alma en cade- 
nas. 

Lo que es sumamente reprehensible es, que se haya intro- 
ducido en los hombres el cuidado del afeite, propio hasta 
ahora privativamente de las mujeres. Oigo decir que ya los 
cortesanos tienen tocador, y pierden tanto tiempo en él como 
las damas. Oh escándalo 1 oh abominación 1 oh bajeza 1 Fata- 
les son los españoles. De todos modos perdemos en el comer- 
cio con los extranjeros; pero sobre todo en el tráfico de eos- 



98 



F E I J o o 



lumbres. Tomamos de ellos las malas, y dejamos las buenas. 
Todas sus enfermedades morales son contagiosas respecto de 
nosotros, i Oh si hubiese en la raya del reino quien descami- 
nase estos géneros vedados (i)! 



(i) El estudioso afeite y pulimento de los hombres, no sólo los hace ridículos y 
contentibles, mas también sospechosos. De mi dictamen, las mujeres honestas deben 
huir su trato ó tratarlos por lo menos con suma cautela. Oigan á Ovidio, que entendía 
bien estas materias : 

St'd vitntc viros ciiltum, fot'maniqne professos, 
Q?i!quf siiax />oitiint in siatione comas. 



I 




SABIDURÍA APARENTE 



TIENE la ciencia sus hipócritas no menos que la virtud, 
y no menos es engañado el vulgo por aquellos que por 
estos. Son muchos los indoctos que pasan plaza de 
sabios. Esta equivocación es un copioso origen de errores, 
ya particulares, ya comunes. En esta región que habitamos, 
tanto imperio tiene la aprehensión como la verdad. Hay hom- 
bres muy diestros en hacer el papel de doctos en el teatro 
del mundo, en quienes la leve tintura de las letras sirve de 
color para figurar altas doctrinas; y cuando llega á parecer 
original la copia, no hace menos impresión en los ánimos la 
copia que el original. Si el que pinta es un Zeuxis, volarán 
las avecillas incautas á las uvas pintadas como á las verda- 
deras. 

Así Amoldo Brixiense, en el siglo undécimo, hombre de 
cortas letras, hizo harto daiío en Brixia, su patria, y aun en 



lOO FEIJOO 

Roma, con sus errores; porque, como dice Guntero Ligurino, 
sobre ser elegante en el razonamiento, sabía darse cierto mo- 
do y aire de sabio : Assiunpta sapientis fronte^ dissei'to fallebat 
sermone 7'iides ; ó como asegura Otón Frinsingense, una co- 
piosa verbosidad pasó en él plaza de profunda erudición: Vir 
quidem naturce non hebetis ; plus tamen verborum projluvio, 
quám sententiarum pondere copiosus. Así Vigilando, siendo 
un verdadero ignorante, con el arte de ganar libreros y nota- 
rios para pregoneros de su fama, adquirió tanta opinión de 
sabio, que se atrevió á la insolencia de escribir contra san 
Jerónimo y acusarle de origenista. Séneca Pelagiano hizo en 
el Piceno partido por la herejía de Pelagio, siendo por testi- 
monio del papa Gelasio, que reinaba entonces, no sólo hom- 
bre ignorante, pero aun rudo: Non modo totius eruditionis 
alienus, sed ipsius quoque intellig entice communis prorsus ex- 
traneus. San León, en la epístola i3 á Pulquería Augusta, 
siente que el error de Eutiches nació más de ignorancia que 
de astucia. Y en la epístola i5 absolutamente le trata de in- 
docto: Indoctum antiquce Fidei impiignatorem. Sin embargo, 
este hombre corto revolvió de modo la cristiandad, que fué 
preciso juntarse tres concilios contra él, sin contar el que con 
razón se llamó Predatorio^ en que, contra el derecho de la 
Sede Apostólica, hizo el emperador Teodosio presidir á Dios- 
coro, patriarca de Alejandría. 

El vulgo, juez inicuo del mérito de los sujetos, suele dar 
autoridad contra sí propio á hombres iliteratos, y constitu- 
yéndolos en crédito, hace su engaño poderoso. Las tinieblas 
de la popular rudeza cambian el tenue resplandor de cual- 
quiera pequeña luz en lucidísima antorcha, así como la lin- 
terna colocada sobre la torre de Faro, dice Plinio que parecía 
desde lejos estrella á los que navegaban de noche el mar de 
Alejandría. 

Puede decirse que para ser tenido un hombre en el pueblo 
por sabio, no hace tanto al caso serlo como fingirlo. La arro- 
gancia y la verbosidad, si se juntan con algo de prudencia 
para distinguir los tiempos y materias en que se ha de hablar 
ó callar, producen notable efecto. Un aire de majestad con- 
fiada en las decisiones, un gesto artificioso, que cuando se 
vierte aquello poco y superficial que se ha comprehendido 
del asunto, muestre como por brújula quedar depositadas 



OBRAS ESCOGIDAS lOI 

allá en los interiores senos altas noticias, tienen grande efica- 
cia para alucinar á ignorantes. 

I. os accidentes exteriores que representan la ciencia están 
en algunos sujetos como los de pan y vino en la Eucaristía, 
esto es, sin la substancia correspondiente. Los inteligentes 
en uno y otro conocen el misterio; pero como en el de la Eu- 
caristía los sentidos, que son el vulgo del alma, por los acci- 
dentes que ven se persuaden á la substancia que no hay; así 
en estos sabios de misterio, los ignorantes, que son el vulgo 
del mundo, por exterioridades engañosas conciben doctrinas 
que nunca fueron estudiadas. La superficie se miente profun- 
didad, y el resabio de ciencia, sabiduría. 



II 



Por el contrario, los sabios verdaderos son modestos y 
candidos, y estas dos virtudes son dos grandes enemigas de 
su fama. El que más sabe, sabe que es mucho menos lo que 
sabe que lo que ignora; y así como su discreción se lo da á 
conocer, su sinceridad se lo hace confesar, pero en grave per- 
juicio de su aplauso, porque estas confesiones, como de tes- 
tigos que deponen contra sí propios, son velozmente creídas; 
y por otra parte, el vulgo no tiene por docto á quien en su 
profesión ignora algo, siendo imposible que nadie lo sepa 
todo. 

Son también los sabios comunmente tímidos, porque son 
los que más desconfían de sí propios ; y aunque digan divini- 
dades, si con lengua trémula ó voz apagada las articulan, lle- 
gan desautorizadas á los oídos que las atienden. Más oportu- 
no es para ganar créditos delirar con valentía que discurrir 
con perplejidad ; porque la estimación que se debía á discretas 
dudas se ha hecho tributo de temerarias resoluciones, j Oh 
cuánto aprovecha á un ignorante presumido la eficacia del 
ademán y el estrépito de la voz! | Y cuánto se disimulan con 
los esfuerzos del pecho las flaquezas del discurso! Siendo así 



102 FEIJ OO 

que el vocinglero por el mismo caso debiera hacerse sospe- 
choso de su poca solidez, porque los hombres son como los 
cuerpos sonoros, que hacen ruido mayor cuando están hue- 
cos. 

Si á estas ventajosas apariencias se junta alguna literatura, 
logran una gran violenta actividad para arrastrar el común 
asenso. No es negable que Lutero fué erudito; pero en los 
funestos progresos de su predicación menos influyó su litera- 
tura que aquellas ventajosas apariencias ; aunque la mezcla 
de uno y otro fué la confección del veneno de aquella hidra. 
Si se examinan bien los escritos de Lutero, se registra en 
ellos una erudición copiosa, parto de una feliz memoria y de 
una lectura inmensa; pero apenas se halla un discurso per- 
fectamente ajustado, una meditación en todas sus partes ca- 
bal, un razonamiento exactamente metódico. Fué su entendi- 
miento, como dice el cardenal Palavicini, capaz de producir 
pensamientos gigantes, pero informes, ó por defecto de virtud, 
ó porque el fuego de su genio precipitaba la producción, y 
por no esperar los debidos plazos eran todos los efectos abor- 
tivos; pero este defecto esencial de su talento se suplió gran- 
demente con los accidentes exteriores. Fué este monstruo de 
complexión ígnea, de robustísimo pecho, de audaz espíritu, 
de inexhausta, aunque grosera, facundia, fácil en la explica- 
ción, infatigable en la disputa. Asistido de estas dotes, atro- 
pello algunos hombres doctos de su tiempo, de ingenio más 
metódico que él y acaso más agudo. Al modo que un esgrimi- 
dor de esforzado corazón y robusto brazo desbarata á otro 
de inferior aliento y pulso, aunque mejor instruido en las re- 
glas de la esgrima. 



III 



Otras partidas, igualmente extrínsecas, dan reputación de 
sabios á los que no lo son : la seriedad y circunspección, que 
sea natural, que artificiosa, contribuye mucho. La gravedad. 



OBRAS ESCOGIDAS 103 

dice la famosa Madalena Scuderi, en una de sus conversacio- 
nes morales, es un misterio del cuerpo, inventado para ocul- 
tar los defectos del espíritu; y si es propasada, eleva el sujeto 
al grado de oráculo. Yo no sé por qué ha de ser más que hom- 
bre quien es tanto menos que hombre cuanto más se acerca 
á estatua; ni porque siendo lo risible propiedad de lo racio- 
nal, ha de ser más racional quien se aleja más de lo risible. 
El ingenioso francés Miguel de Montaña dice con gracia, que 
entre todas las especies de brutos, ninguno vio tan serio como 
el asno. 

Aristóteles puso en crédito de ingeniosos á los melancóli- 
cos, no sé por qué. La experiencia nos está mostrando á cada 
paso melancólicos rudos. Si nos dejamos llevar de la primera 
vista, fácilmente confundiremos lo estúpido con lo extático. 
Las lobregueces del genio tienen no sé qué asomos á parecer 
profundidades del discurso; pero si se mira bien, la insocia- 
bilidad con los hombres no es carácter de racionales. En es- 
tos sugetos, que se nos representan siempre pensativos, está 
invertida la negociación interior del alma. En vez de apre- 
hender el entendimiento las especies, las especies aprehenden 
el entendimiento; en vez de hacerse el espíritu duerio del 
objeto, el objeto se hace dueño del espíritu. Átale la especie 
que le arrebata. No está contemplativo, sino atónito; porque 
la inmovilidad del pensamiento es ociosidad del discurso. 
Noto que no hay bruto de genio más festivo y sociable que el 
perro, y ninguno tiene más noble instinto. No obstante, peor 
seña es el extremo opuesto. Hombres muy chocarreros son 
sumamente superficiales. 

Tanto el silencio como la locuacidad tienen sus partidarios 
entre la plebe. Unos tienen por sabios á los parcos, otros á 
los pródigos de palabras. El hablar poco depende, ya de ni- 
mia cautela, ya de temor, ya de vergüenza, ya de tarda ocu- 
rrencia de las voces; pero no, como comunmente se juzga, de 
falta de especies. No hay hombre, que si hablase todo lo que 
piensa, no hablase mucho. 

Entre hablar y callar observan algunos un medio artiticio- 
so, muy útil para captar la veneración del vulgo, que es ha- 
blar lo que alcanzan y callar lo que ignoran con aire de que 
lo recatan. Muchos de cortísimas noticias, con este arte se 
figuran en los corrillos animadas bibliotecas. Tienen sola una 



I 04 F E IJ o o 

especie muy diminuta y abstracta del asunto que se toca. 
Esta basta para meterse en él en términos muy generales con 
aire magistral, retirándose luego, como que, fastidiados de 
manejar aquella materia, dejan de explicarla más á lo largo: 
dicen todo lo que saben; pero hacen creer que aquello no es 
más que mostrar la uña del león; semejantes al otro pintor 
que, habiéndose ofrecido á retratar las once mil vírgenes, 
pintó cinco, y quiso cumplir con esto, diciendo que las demás 
venían detrás en procesión. Si alguien, conociendo el enga- 
ño, quiere empeñarlos á mayor discusión, ó tuercen la con- 
versación con arte, ó fingen un fastidioso desdén de tratar 
aquella materia en tan corto teatro, ó se sacuden del que los 
provoca, con una risita falsa, como que desprecian la provo- 
cación; que esta gente abunda de tretas semejantes, porque 
estudia mucho en ellas. 

Otros son socorridos de unas expresiones confusas, que 
dicen á todo, y no dicen nada, al modo de los oráculos del 
gentilismo, que eran aplicables á todos los sucesos. Y de he- 
cho, en todo se les parecen; pues siendo unos troncos, son 
oídos como oráculos. La oscuridad con que hablan es som- 
bra que oculta lo que ignoran; hacen lo que aquellos que no 
tienen sino moneda falsa, que procuran pasarla al favor de la 
noche. Y no faltan necios que, por su misma confusión, los 
acreditan de doctos, haciendo juicio que los hombres son 
como los montes, que, cuanto más sublimes, más oscurecen 
la amenidad de los valles: 

Majoresque cadunt altis de inoniibus iim.br ce. 

Este engaño es comunmente auxiliado del ademán persua- 
sivo y del gesto misterioso. Ya se arruga la frente, ya se acer- 
can una á otra las cejas, ya se ladean los ojos, ya se arrollan 
las mejillas, ya se extiende el labio inferior en forma de copa 
penada, ya se bambanea con movimientos vibratorios la ca- 
beza, y en todo se procura afectar un ceño desdeñoso. Estos 
son unos hombres, que más de la mitad de su sabiduría la 
tienen en los músculos, de que se sirven para darse todos 
estos movimientos. Justamente hizo burla de este artificio 
Marco Tulio, notándole en Pisón: Respondes^ altero ad fron- 
tem suhlato^ altero ad mentum depresso supercilio^ credulita- 
tem tibi non placeré. 



OBRAS ESCOGIDAS I05 



IV 



El despreciar á otros que saben más, es el arte más vil de 
todos; pero uno de los más seguros para acreditarse entre 
espíritus plebeyos. No puede haber mayor injusticia ni ma- 
yor necedad que la de transferir al envidioso aquel mismo 
aplauso, de que éste, con su censura, despoja al benemérito. 
¿Acaso porque el nublado se oponga al sol, dejará éste de 
ser ilustre antorcha del cielo, ó será aquel más que un pardo 
borrón del aire? ¿Para poner mil tachas á la doctrina y escri- 
tos ajenos, es menester ciencia? Antes cuando no interviene 
envidia ó malevolencia, nace de pura ignorancia. Acuerdóme 
de haber leído en el Hombre de letras del padre Daniel Bar- 
toli, que un jumento, tropezando por accidente con la Iliada 
de Homero, la destrozó é hizo pedazos con los dientes. Así 
que, para ultrajar y lacerar un noble escrito, nadie es más á 
propósito que una bestia. 

La procacidad ó desvergüenza en la disputa es también un 
medio igualmente ruin que eficaz para negociar los aplausos 
de docto: los necios hacen lo que los megalopolitanos, de 
quienes dice Pausanias, que á ninguna deidad daban iguales 
cultos que al viento Bóreas, que nosotros llamamos cierzo ó 
regañón. A los genios tumultuantes adora el vulgo como in- 
teligencias sobresalientes. Concibe la osadía desvergonzada 
como hija de la superioridad de doctrina, siendo así que es 
casi absolutamente incompatible con ella. A esto se añade 
que los verdaderos doctos huyen cuanto pueden de todo en- 
cuentro con estos genios procaces; y este prudente desvío se 
interpreta medrosa fuga, como si fuese propio de hombres 
esforzados andar buscando sabandijas venenosas para lidiar 
con ellas. Justo y generoso era el arrepentimiento de Catón, 
de haberse metido en los abrasados desiertos del África, don- 
de no tenía otros enemigos que áspides, ccrastas, víboras, 
dipsades y basiliscos. Menos horrible se le presentó la guerra 
civil en los campos de Farsalia, donde pelearon contra él las 



Io6 F E IJ o o 

invencibles huestes de César, que en los arenales de Libia, 
donde batallaban por el César los más viles y abominables 
insectos. 



Pro Ccesare pugnant 
Dipsades, et peragunt civilia bella cer astee. 



El que puede componer con su genio y con sus fuerzas ser 
inflexible en la disputa, porfiar sin término, no rendirse ja- 
más á la razón, tiene mucho adelantado para ser reputado 
un Aristóteles; porque el vulgo, tanto en las guerras de Mi- 
nerva como en las de Marte, declárala victoria por aquel que 
se mantiene más en el campo de batalla, y en su aprehensión 
nunca deja de vencer el último que deja de hablar. Esto es 
lo que siente el vulgo. Mas para el que no es vulgo, aquel á 
quien no hace fuerza la razón, en vez de calificarse de docto, 
se gradúa de bestia. Con gracia, aunque gracia portuguesa 
(esto es, arrogante), preguntado el ingenioso médico Luís 
Rodríguez qué cosa era y cómo lo había hecho otro médico 
corto, á quien el mismo Luís Rodríguez había argüido, res- 
pondió: Tan grandísimo asno é, que por mais que ficen, ja- 
máis ó puden concruir. 

Es artificio muy común de los que saben poco, arrastrar la 
conversación hacia aquello poco que saben. Esto en las per- 
sonas de autoridad es más fácil. Conocí un sujeto, que cual- 
quiera conversación que se excitase, insensiblemente la iba 
moviendo de modo, que á pocos pasos se introducía en el 
punto que había estudiado aquel día ó el antecedente. De 
esta suerte siempre parecía más erudito que los demás. Aun 
en disputas escolásticas se usa de este estratagema. He visto 
más de dos veces algún buen teólogo puesto en confusión 
por un principiante ; porque éste, quimerizando en el argu- 
mento sobre alguna proposición, sacaba la disputa de su 
asunto propio á algún enredo sumulístico de ampliaciones, 
restricciones, alienaciones, oposiciones, conversiones, equi- 
polencias, de que el teólogo estaba olvidado. Esto es, como 
el villano Caco, traer con astucia á Hércules á su propia ca- 
verna para hacer inútiles sus armas, cegándole con el humo 
que arrojaba por la boca. 



OBRAS fCSCOGIDAS IO7 



V 



Fuera de los sabios de perspectiva, que lo son por su arti- 
ficio propio, hay otros que lo son precisamente por error 
ajeno. El que estudió lógica y metafísica, con lo demás que 
debajo del nombre de filosofía se enseña en las escuelas, por 
bien que sepa todo, sabe muy poco más que nada; pero sue- 
na mucho. Dícese que es un gran filósofo, y no es filósofo 
grande ni chico. Todas las diez categorías, juntamente con 
los ocho libros de los Físicos y los dos adjuntos De gencra- 
tione et corruptione^ puestos en el alambique de la lógica, no 
darán una gota del verdadero espíritu filosófico, que explique 
el más vulgar fenómeno de todo el mundo sensible. Las ideas 
aristotélicas están tan fuera de lo físico como las platónicas. 
La física de la escuela es pura metafísica. Cuanto hasta ahora 
escribieron y disputaron los peripatéticos acerca del movi- 
miento, no sirve para determinar cuál es la línea de reñexión 
por donde vuelve la pelota tirada á una pared, ó cuánta es la 
velocidad con que baja el grave por un plano inclinado. El 
que por razones metafísicas y comunísimas piensa llegar al 
verdadero conocimiento de la naturaleza, delira tanto como 
el que juzga ser dueño del mundo por tenerle en un mapa. 

La mayor ventaja de estos filósofos de nombre, si manejan 
con soltura en las aulas el argadillo de Barbara^ Celai'em^ 
es que con cuatro especies que adquirieron de teología ó me- 
dicina, son estimados por grandes teólogos ó médicos. Por 
lo que mira á la teología, no es tan grande el yerro; pero en 
orden á la medicina no puede ser mayor. Por la regla de que 
ubi desinit phisicus^ incipit medicus^ se da por asentado, que 
de un buen filósofo fácilmente se hace un buen médico. So- 
bre este pié, en viendo un platicante de medicina que pone 
veinte silogismos seguidos sobre si la privación es principio 
del ente natural, ó si la unión se distingue de las partes, tiene 
toda la recomendación que es menester para lograr un par- 
tido de mil ducados. 



108 F EIJ o o 

El doctísimo comentador de Dioscórides, Andrés de Lagu- 
na, dice, que la providencia que, si se pudiese, se debiera 
tomar con estos mediquillos flamantes, que salen de las uni- 
versidades rebosando las bravatas del ergo y del probo^ sería 
enviarlos por médicos á aquellas naciones con quienes tuvié- 
semos guerra actual, porque excusarían á España mucho 
gasto de gente y de pólvora. 

Seguramente afirmo que no hay arte ó facultad más incon- 
ducente para la medicina que la física de la escuela. Si todos 
cuantos filósofos hay y hubo en el mundo se juntasen y estu- 
viesen en consulta por espacio de cien años, no nos dirían 
cómo se debe curar un sabañón ; ni de aquel tumultuante 
concilio saldría máxima alguna que no debiese descaminarse 
por contrabando en la entrada del cuarto de un enfermo. El 
buen entendimiento y la experiencia, ó propia ó ajena, son 
el padre y madre de la medicina, sin que la física tenga parte 
alguna en esta producción. Hablo de la física escolástica, no 
de la experimental. 

Lo que un físico discurre sobre la naturaleza de cualquiera 
mixto es, si consta de materia y forma substanciales, como 
dijo Aristóteles, ó si de átomos, como dijo Epicuro, ó si de 
sal, azufre y mercurio, como los químicos, ó si de los tres 
elementos cartesianos: si se compone de puntos indivisibles 
ó de partes divisibles in infinitum; si obra por la textura y 
movimiento de sus partículas, ó por unas virtudes accidenta- 
les, que llaman cualidades; si estas cualidades son de las ma- 
nifiestas ó de las ocultas; si de las primeras, segundas ó ter- 
ceras. ¿Qué conexión tendrá todo esto con la medicina? 
Menos que la geometría con la jurisprudencia. Cuando el 
médico trata de curar á un tercianario, toda esta baraúnda de 
cuestiones aplicadas á la quina le es totalmente inútil. Loque 
únicamente le importa saber es, si la experiencia ha mostra- 
do que en las circunstancias en que se halla el tercianario es 
provechoso el uso de este febrífugo; y esto lo ha de inferir, 
no por dici de omni^ dici de nullo^ sino por inducción, así de 
los experimentos que él ha hecho, como de los que hicieron 
los autores que ha estudiado. 

En ninguna arte sirve de cosa alguna el conocimiento físico 
Je los instrumentos con que obra ; ni éste dejará de ser gran 
piloto por no poder explicar la virtud directiva del imán al 



OBRAS ESCOGIDAS IO9 

polo; ni aquel, gran soldado, por ignorar la constitución física 
de la pólvora ó del hierro; ni el otro, gran pintor por no sa- 
ber si los colores son accidentes intrínsecos ó varias reflexio- 
nes de la luz; ni, al contrario, el disputar bien de todas estas 
?osas conduce nada para ser piloto, soldado ó pintor. Más 
ine alargara para extirpar este común error del mundo, si ya 
no le hubiese impugnado con difusión y plenamente el doctí- 
simo Martínez, en sus dos tomos De medicina sceptica. 



VI 



Otro error común es, aunque no tan mal fundado, tener 
por sabios á todos los que han estudiado mucho. El estudio 
no hace grandes progresos si no cae en entendimiento claro 
y despierto, así como son poco fructuosas las tareas de el 
cultivo cuando el terreno no tiene jugo. En la especie huma- 
na hay tortugas y hay águilas : estas de un vuelo se ponen 
sobre el Olimpo; aquellas en muchos días no montan un pe- 
queño cerro. 

La prolija lectura de los libros da muchas especies; pero la 
penetración de ellas es don de la naturaleza, más que parto 
del trabajo. Hay unos sabios, no de entendimiento, sino de 
memoria, en quienes están estampadas las letras como las 
inscripciones en los mármoles, que las ostentan y no las per- 
ciben. Son unos libros mentales, donde están escritos mu- 
chos textos; pero propiamente libros, esto es, llenos de doc- 
trina y desnudos de inteligencia. Observa cómo usan de las 
especies que han adquirido, y verás cómo no forman un ra- 
zonamiento ajustado que vaya derecho al blanco del intento. 
Con unas mismas especies se forman discursos buenos y 
malos, como con unos mismos materiales se fabrican elegan- 
tes palacios y rústicos albergues. 

Así puede suceder que uno sepa de memoria todas las 
obras de santo Tomás y sea corto teólogo ; que sepa del mis- 
mo modo los derechos civil y canónico, y sea muy mal ju- 



I lO 



FE IJ o o 



rista. Y aunque se dice que la jurisprudencia consiste casi 
únicamente en memoria, ó por lo menos más en memoria que 
en entendimiento, este es otro error común. Con muchos 
textos de el derecho se puede hacer un mal alegato, como 
con muchos textos de Escritura un mal sermón. La elección 
de los más oportunos al asunto toca al entendimiento y buer. 
juicio. Sien los tribunales se hubiese de orar de repente y 
sin premeditación, sería absolutamente inexcusable una feliz 
memoria donde estuviesen fielmente depositados textos y 
citas para los casos ocurrentes. Mas como esto regularmente 
no suceda, el que ha manejado medianamente los libros de 
esta profesión y tiene buena inteligencia de ella, fácilmente 
se previene buscando leyes, autoridades y razones ; y por 
otra parte, la elección de las más conducentes no es, como he 
dicho, obra de la memoria, sino del ingenio. 

He visto entre profesores de todas facultades muy vulgari- 
zada la queja de falta de memoria, y en todos noté un aprecio 
excesivo de la potencia memorativa sobre la discursiva ; de 
modo que, á mi parecer, si hubiese dos tiendas, de las cuales 
en la una se vendiese memoria y en la otra entendimiento, el 
dueño de la primera presto se haría riquísimo, y el segundo 
moriría de hambre. Siempre fui de opuesta opinión ; y por 
mí puedo decir que más precio daría por un adarme de en- 
tendimiento que por una onza de memoria. Suelen decirme 
que apetezco poco la memoria porque tengo la que he me- 
nester. Acaso los que me lo dicen hacen este juicio por la 
reflexión que hacen sobre sí mismos de que ansian poco algún 
acrecentamiento en el ingenio, por parecerles que están abun- 
dantemente surtidos de discurso. Yo no negaré que aunque 
no soy dotado de mucha memoria, algo menos pobre me 
hallo de esta facultad que de la discursiva. Pero no consiste 
en esto el preferir esta facultad á aquella, sí en el conocimien- 
to claro que me asiste de que en todas facultades logrará 
muchos más aciertos un entendimiento como cuatro con una 
memoria como cuatro, que una memoria como seis con un 
entendimiento como dos. 



OBRAS ESCOGIDAS III 



VII 

'\ 

De los escritores de libros no se ha hablado hasta ahora. 
Esto es lo más fácil de todo. El escribir mal no tiene más ar- 
duidad que el hablar mal ; y por otra parte, por malo que sea 
el libro, bástale al autor hablar de molde y con licencia del 
Rey, para pasar entre los idiotas por docto. 

Pero para lograr algún aplauso entre los de mediana esto- 
fa, puede componerse de dos maneras : ó trasladando de otros 
libros, ó divirtiéndose en lugares comunes. Donde hay gran 
copia de libros es fácil el robo sin que se note. Pocos hay 
que lean muchos, y nadie puede leerlos todos ; con que, todo 
el inconveniente que se incurre es, que uno ú otro, entre mi- 
llares de millares de lectores, coja al autor en el hurto. Para 
los demás queda graduado de autor en toda forma. 

El escribir por lugares comunes es sumamente fácil. El 
Teatro de la vida humana, las Polianteas y otros muchos 
libros donde la erudición está hacinada y dispuesta con orden 
alfabético, ó apuntada con copiosos índices, son fuentes pú- 
blicas, de donde pueden beber, no sólo los hombres, mas 
también las bestias. Cualquier asunto que se emprenda, se 
puede llevar arrastrando á cada paso á un lugar común, ú de 
política, ú de moralidad, ú de humanidad, ú de historia. Allí 
se encaja todo el fárrago de textos y citas que se hallan 
amontonados en el libro Para todos^ donde se hizo la cose- 
cha. Con esto se acredita el nuevo autor de hombre de gran 
erudición y lectura; porque son muy pocos los que distin- 
guen en la serie de lo escrito aquella erudición copiosa y 
bien colocada en el celebro que oportunamente mana de la 
memoria á la pluma, de aquella que en la urgencia se va á 
mendigar en los elencos, y se amontona en el traslado, divi- 
dida en gruesas parvas, con toda la paja y aristas de citas, 
latines y números. 



MAPA INTELECTUAL 



COTEJO DE NACIONES 



No es dudable que la diferente temperie de los países 
induce sensible diversidad en hombres, brutos y 
plantas. En las plantas es tan grande, que llega al 
extremo de ser en un país inocentes ó saludables las mismas 
que en otro son venenosas, como se asegura de la manzana 
pérsica. No es menor la discrepancia entre los brutos, en 
tamaño, robustez, fiereza y otras cualidades, pues además de 
lo que en esta materia está patente á la observación de todos, 
hay países donde estos ó aquellos animales degeneran total- 
mente de la índole que se tiene como característica de su 
especie. Produce la Macedonia serpientes tan sociables al 
hombre, si hemos de creer á Luciano, que juegan con los ni- 
ños y dulcemente se aplican á chupar en su propio seno la 
leche de las mujeres. En Guregra, montaña del reino de Fez, 



I 14 FEI J OO 

son, según la relación de Luís de Mármol en su descripción 
de la África, tan tímidos los leones, de que hay gran número 
en aquel paraje, que los ahuyentan las mujeres á palos, como 
si fuesen perros muy domésticos (i). 

Si no es tanta la diferencia que la diversidad de países pro- 
duce en nuestra especie , es por lo menos bastantemente 
notable. Es manifiesto que hay tierras donde los hombres 
son, ó más corpulentos, ó más ágiles, ó más fuertes, ó más 
sanos, ó más hermosos, y así en todas las demás cosas que 
dependen de las dos facultades, sensitiva y vegetativa, comu- 
nes al hombre y al bruto. Aun en naciones vecinas se observa 
tal vez esta diferencia. 

A las distintas disposiciones del cuerpo se siguen distintas 
calidades del ánimo ; de distinto temperamento resultan dis- 
tintas inclinaciones, y de distintas inclinaciones distintas cos- 
tumbres. La primera consecuencia es necesaria; la segunda 
defectible, porque el albedrío puede detener el ímpetu de la 
inclinación; mas como sea harto común en los hombres se- 
guir con el albedrío aquel movimiento que viene de la dispo- 
sición interior de la máquina, se puede decir con seguridad, 
que en una nación son los hombres más iracundos, en otra 
más glotones, en otra más lascivos, en otra más perezo- 
sos, etc. 

No menor, antes mayor, desigualdad que en la parte sensi- 



(i) Siguiendo la opinión común, dijimos en este número, que la manzana pérsica 
que nosotros, hecho substantivo el adjetivo, llamamos pérsico, es venenosa en la 
Persia. Esto es un error común, que viene muy de atrás, pues ya en Columela se halla 
escrito, como creído de el público : 

Stipn7itHr calaii, et poviis, quce barbara Per sis 
Micy.ii ( iitfama est) patriis arntata vencnis. 

Plinio, poco posterior á Columela, estaba desengañado de el error; pues en el li- 
bro XV, capítulo XIII, hablando de las manzanas pérsicas, dice : Falsuvt est, venettata 
cufn cruciahc in Persis gigni. Mas no por eso dejó de pasar el engaño á otros escri- 
tores, que le mantuvieron, y aún mantienen en el vulgo. Este error vino de la equi- 
vocación de tomar por manzana pérsica, ó por su árbol, otro árbol ó fruto llamado 
persea, de el cual dicen algunos autores, que siendo venenoso en Persia, fué traslada- 
do á Egipto por no sé qué rey para castigo de delincuentes ; pero en suelo de Egipto 
perdió su actividad. No sólo Plinio, mas Dioscórides, Galeno y Mathiolo deshicieron 
la equivocación, hablando de el pérsico y de la persea como plantas diversas. Plinio 
añade, que la persea no se denominó así por haber sido transferida de la Persia, sino 
porque el rey Perseo la plantó en Menfis. 



OBRAS ESCOGIDAS Il5 

tiva y vegetativa, se juzga comunmente que hay en la racional 
entre hombres de distintas regiones. No sólo en las conver- 
saciones de los vulgares, en los escritos de los hombres más 
sabios se ve notar tal nación de silvestre, aquella de estúpida, 
la otra de bárbara; de modo que llegando al cotejo de una de 
estas naciones con alguna de las otras que se tienen por cul- 
tas, se concibe entre sus habitadores poco menor desigualdad 
que la que hay entre hombres y fieras. 

Estoy en esta parte tan distante de la común opinión, que 
por lo que mira á lo substancial, tengo por casi imperceptible 
la desigualdad que hay de unas naciones á otras en orden al 
uso del discurso. Lo cual no de otro modo puedo justificar 
mejor que mostrando que aquellas naciones, que comun- 
mente están reputadas por rudas ó bárbaras, no ceden en 
ingenio, y algunas acaso exceden á las que se juzgan más 
cultas. 



II 



Empezando por Europa, los alemanes, que son notados de 
ingenios tardos y groseros (en tanto grado, que el padre Do- 
mingo Bouhursio, jesuíta francés, en sus conversaciones de 
Aristio y Eugenio, propone como disputable, si es posible 
que hay algún bello espíritu en aquella nación), tienen en su 
defensa tantos autores excelentes en todo género de letras, 
que no es posible numerarlos. Dudo que el citado francés 
pudiese señalar en Francia, aun corriendo los siglos todos, 
dos hombres de igual estatura á Rábano Mauro y Alberto el 
Grande, gloria el primero de la religión benedictina, y el se- 
gundo de la dominicana. Fué Rábano Mauro (omitiendo, por 
más notorios, los elogios de Alberto) astro resplandeciente 
de su siglo, y el supremo teólogo de su tiempo. Estos epítetos 
le da el cardenal Baronio. Fué varón perfectísimo en todo 
género de letras. Así le preconiza Sixto Senense. El abad 
Trithemio, después de celebrarle como teólogo, filósofo, ora- 



I l6 F EIJ o o 

dor y poeta excelentísimo, añade, que Italia no produjo jamás 
hombre igual á éste ; y no ignoraba Trithemio ser parto de 
Italia un santo Tomás de Aquino. ¿ Qué sujetos tiene la Fran- 
cia que excedan al mismo Trithemio, venerado por Gornelio 
Agripa; á nuestro abad Ruperto, al padre Atanasio Kircher, 
quien, según Garamuel, fué divinitus edoctus; al padre Gaspar 
Schotti, y otros que omito? Ni se debe callar aquel rayo, ó 
torbellino de la crítica, terror de los eruditos de su tiempo, 
Gaspar Scioppio, que de la edad de diez y seis años empezó 
á escribir libros, que admiraron los ancianos. Señalamos en 
este mapa literario de Alemania sólo los montes de mayor 
eminencia, porque no hay espacio para más. 

Los holandeses, á quienes desde la antigüedad viene la 
fama de gente estúpida, pues entre los romanos, para expre- 
sar un entendimiento tardísimo, era proverbio: Auris batava; 
« orejas de holandés, » tienen hoy tan comprobada la falsedad 
de aquella nota, y tan bien establecida la opinión de su habi- 
lidad, que no cabe más. Su gobierno civil y su industria en el 
comercio se hacen admirar á las demás naciones. Apenas hay 
arte que no cultiven con primor. Para desempeño de su po- 
lítica y su literatura bastan en lo primero los dos Guillelmos 
de Nasau, uno y otro de profunda, aunque siniestra, política; 
y en lo segundo, aquellos dos sobresalientes linces en huma- 
nas letras, aunque topos en las divinas, Desiderio Erasmo y 
Hugo Grocio. Así que, en esta y otras naciones se llamó ru- 
deza lo que era falta de aplicación. Luego que se remedió 
esta falta, se conoció la injusticia de aquella nota. 

Esto es lo que se vio también en los moscovitas, cuyo dis- 
curso está, ó estaba poco há tan desacreditado en Europa, 
que Urbano Chevreau, uno de los bellos espíritus de la Fran- 
cia de este último siglo, dijo, que el moscovita era el hombí^e 
de Platón. Aludía á la defectuosa definición del hombre que 
dio este filósofo, diciendo, que es un animal sin plumas, que 
anda en dos pies: Animal bipes impliime; lo que dio ocasión 
al chiste de Diógenes, que después de desplumar un gallo, se 
le arrojó á los discípulos de Platón dentro de la academia, 
gritándoles: «Veis ahí el hombre de Platón.» Quería decir 
Chevreau, que los moscovitas no tienen de hombres sino la 
figura exterior. Mas habiendo el último czar, Pedro Alezo- 
witz, introducido las ciencias y artes en aquellos reinos, se 



OBRAS ESCOGIDAS II7 

vio que son los moscovitas hombres como nosotros. Fuera 
de que, ¿ cómo es posible que una gente insensata se formase 
un dilatadísimo imperio, y le haya conservado tanto tiempo? 
El conquistar pide mucha habilidad, y el conservar, especial- 
mente á la vista de dos tan poderosos enemigos como el turco 
y el persa, mucho mayor. No ignoro que es la Moscovia par- 
te de la antigua Scitia, cuyos moradores eran reputados por 
los más salvajes y bárbaros de todos los hombres, y con razón; 
pero esto no dependía de incapacidad nativa, sino de falta de 
cultura, de que nos da buen testimonio el famoso filósofo 
Anacharsis, único de aquella nación que fué á estudiar á Gre- 
cia. Si muchos scitas hubieran hecho lo mismo, acaso tuviera 
la Scitia muchos Anacharsis. 



III 



En saliendo de la Europa, todo se nos figura barbarie: 
cuando la imaginación de los vulgares se entra por la Asia, 
se le representan turcos, persas, indios, chinos, japones, poco 
más ó menos como otras tantas congregaciones de sátiros ú 
hombres medio brutos. Sin embargo, ninguna de estas nacio- 
nes deja de lograr tantas ventajas en aquello á que se aplica, 
como nosotros en lo que estudiamos. 

No es tanto el aborrecimiento de las ciencias ni tanta la 
ignorancia en Turquía como acá se dice, pues en Gonstanti- 
nopla y en el Gairo tienen profesores que enseñan la astrono- 
mía, la geometría, la aritmética, la poesía, la lengua arábiga 
y la persiana. Pero no hacen tanto aprecio de estas facultades 
como de la política, en la cual apenas hay nación que los 
iguale, ni sutileza que se les oculte. El viajero Mr. Ghar- 
din, caballero inglés, en la relación de su viaje á la India 
Oriental, dice, que habiendo conversado, en su tránsito por 
Gonstantinopla, con el señor Quirini, embajador de Venecia 
á la Porta, le aseguró este ministro que no había tratado ja- 
más hombre de igual penetración y profundidad que al visir 



n8 F E 1 joo 

que había entonces; y que si él tuviese un hijo, no le daría 
otra escuela de política que la corte otomana. Son primoro- 
sísimos los turcos en todas las habilidades de manos ó ejer- 
cicios del cuerpo, áque tienen afición. No hay iguales pen- 
dolarios en el mundo, y este ha sido motivo de no nitroducirse 
en ellos el artificio de la imprenta. Asimismo son los más 
ágiles y diestros volatines de Europa. Cardano refiere mara- 
villas de dos que vio en Italia, de los cuales el uno se convir- 
tió á la religión católica y vivió muy cristianamente, aunque 
continuando el mismo ejercicio; con lo cual desvaneció la 
sospecha introducida en el vulgo, de que tenía pacto con el 
demonio. La destreza en el manejo del arco para disparar 
con violencia la flecha subió en los turcos á tan alto punto, 
que se hace increíble. Juan Barclayo, en la cuarta parte del 
Satiricón^ testifica haber visto á un turco penetrar con una 
flecha el grueso de tres dedos de acero; y á otro, que con la 
asta de la flecha sin hierro, taladró de parte á parte el tronco 
de un pequeño árbol. En el arte de confeccionar venenos son 
también admirables : hácenlos, no sólo muy activos, pero 
juntamente muy cautelosos. El tenue vapor que exhala al 
desplegarse un lienzo, una banda ó una toalla, fué muchas 
veces entre ellos instrumento para quitar la vida, enviando 
por vía de presente aquella alhaja: arte funesta y execrable. 
Pero, así como prueba la perversidad de aquella gente, da 
testimonio de su habilidad en todo aquello á que tienen apli- 
cación (i): 

Los persas son de más policía que los turcos: tienen cole- 
gios y universidades, donde estudian la aritmética, la geome- 
tría, la astronomía, la filosofía natural y moral, la medicina, 
la jurisprudencia, la retórica y la poesía. Por esta última son 
muy apasionados, y hacen elegantes versos, aunque redun- 



(i) Acaso lo que se dice de la fiereza de los turcos se debe limitar, ó padece mu- 
chas excepciones. La Historia de Carlos XII, rey de Suecia, nos los pinta en muchas 
ocasiones mucho más humanos y generosos con aquel príncipe, que lo que merecían 
sus extravagancias, desatenciones y rodamontadas. A un católico, natural y habitador 
de Chipre, sujeto muy capaz, oí varias veces encarecer su cortesanía y moderación 
con los cristianos de aquella isla. Decía que están mezclados en todas las poblaciones 
de ella tantos á tantos, poco más ó menos, turcos con cristianos, teniendo frecuente- 
mente las habitaciones contiguas, sin experimentar de ellos los cristianos la menor 
vejación, desprecio, befa ó falta de urbanidad. 



OBRAS ESCOGIDAS 119 

dantes en metáforas pomposas. En la antigüedad fueron ce- 
lebrados los magos de Persia, que era el nombre que daban 
á sus filósofos. Tan lejos están de aquella inurbana ferocidad 
que concebimos en todos los mahometanos, que no hay gen- 
te que más se propase en expresiones de civilidad, ternura y 
amor. Cuando un persa convida á otro con el hospedaje, ó 
generalmente le quiere manifestar su deferencia y rendimien- 
to, se sirve de estas y semejantes expresiones: «Ruégoos que 
ennoblezcáis mi casa con vuestra presencia. Yo me sacrifico 
enteramente á vuestros deseos. Quisiera que de las niñas de 
mis ojos se hiciese la senda que pisasen vuestros pies.» 

En la India oriental no hallamos letras, pero sí más que 
ordinaria capacidad para ellas. Juan Bautista Tabernier, ha- 
blando de unos negros, ó mulatos, que hay en aquella región, 
llamados canarines, de los cuales se establecen muchos con 
varios oficios en Goa, en las Filipinas, y otras partes donde 
hay portugueses y españoles, dice, que los hijos de dichos 
negros que se aplican á estudiar, adelantan más en seis meses 
que los hijos de los portugueses en un año, y que esto se lo 
oyó en Goa á los mismos religiosos que los enseñan. Persuá- 
dome á que la primera vez que los portugueses vieron aque- 
llos hombres atezados, creyeron que su razón era tan obscura 
como su cara, y se juzgarían con una superioridad natural á 
ellos, poco diferente de aquella que los hombres tienen sobre 
los brutos. ¡ Oh, en cuántas partes de la tierra donde juzga- 
mos la gente estúpida, sucedería acaso lo mismo! Pero queda 
oculto el metal de su entendimiento, por no examinarse en la 
piedra de toque del estudio (i). 



(i) El padre Papin, misionero en la India Oriental, en una carta escrita de Bengala, 
á i8 de Diciembre de 1709, al padre Gobien, de la misma Compañía, que se halla en 
el tomo IX de las Cartas edificantes, habla con admiración de la habilidad de la gente 
de aquel país en las artes mecánicas y aun en la medicina. Entre otras muchas parti- 
cularidades de que hace memoria, dice, que fabrican telas de tan extraña delicadeza, 
que aunque son muy anchas y largas, pueden sin dificultad enfilarse por un anillo, y 
que dándoles á uno de aquellos obreros una pieza de muselina destrozada ó dividida 
en dos, juntan las partes con tanta destreza, que es imposible conocer dónde se hizo 
la unión. En orden á la medicina de aquella gente, son muy notables estas palabras 
de el padre Papin : « Un médico no es admitido á la curación de el enfermo si no adi- 
vina su mal y el humor que predomina en él ; lo que ellos conocen fácilmente tentando 
el pulso. Y no hay que decir que es fácil (jue se engañen, porque esta es una cosa 
de que yo tengo alguna experiencia.» 

El padre Barbier, misionero jesuíta también en la India Oriental, refiere el extraer- 



120 F E I J O O 



IV 



La mayor injusticia que en esta materia se hace está en el 
concepto que nuestros vulgares tienen formado de los chinos. 
¿Qué digo yo los vulgares? Aun á hombres de capilla ú de 
bonete, cuando quieren ponderar un gran desgobierno ó mo- 
do de proceder ajeno de toda razón, se les oye decir á cada 
paso : « No pasara esto entre chinos;» lo cual viene á ser lo 
mismo que colocar en la China la antonomasia de la barbarie. 
Es bueno esto para la idea que aquella nación tiene de sí 
misma, la cual se juzga la mayorazga de la agudeza, pues es 
proverbio entre ellos, que « los chinos tienen dos ojos, los 
europeos no más que uno, y todo el resto del mundo es ente- 
ramente ciego.» 

El caso es que tienen bastante fundamento para creerlo así. 
Su gobierno civil y político excede al de todas las demás na- 
ciones. Sus precauciones para evitar guerras, tanto civiles 
como forasteras, son admirables. En ninguna otra gente tie- 
nen tanta estimación los sabios, pues únicamente á ellos con- 
fían el gobierno. Esto sólo basta para acreditarlos por los más 
racionales de todos los hombres. La excelencia de su inventi- 
va se conoce en que las tres famosas invenciones de la im- 
prenta, la pólvora y la aguja náutica, son mucho más antiguas 
en la China que en Europa, y aun hay razonables sospechas 



dinario ardid con que un indiajio mató una horrenda serpiente que infestaba el terri- 
torio de Rangamati, más allá de el cabo deComorín. Esta bestia tenía su habitación 
en una montaña, de donde descubría el curso de un río vecino, y luego que veía na- 
vegar en él algún batel, bajaba prontamente al río, acometía al batel, le trastornaba, 
y luego devoraba la gente que iba en él. Este estrago duró hasta que un delincuente, 
condenado á muerte, ofreció librar de él al país como le concediesen la vida. Aceptada 
la oferta, más arriba de donde habitaba el dragón, y donde se le ocultaba el río, for- 
mó unas figuras de hombres de paja, llenando el interior de arpones y grandes gar- 
fios ; y poniéndolos en una especie de barco, la corriente los fué llevando hasta po- 
nerse á la vista de el dragón ; éste se arrojó al agua y ála presa que veía en ella; con 
que tragando los arpones y garfios, se despedazó las entrañas. ( Cartas edificantes, 
tomo XVIII.) 



OBRAS ESCOGIDAS 121 

de que de allá se nos comunicaron. Sobresalen con grandes 
ventajas en cualquier arte n que se aplican; y por más que se 
han esforzado los europeos, no han podido igualarlos, ni aun 
imitarlos en algunas (i). 

Nada es digno de tanta admiración como el grande exceso 
que nos hacen en el conocimiento y uso de la medicina. Sus 
médicos son juntamente boticarios; quiero decir, que en su 
casa tienen todos los medicamentos de que usan, los cuales 
se reducen á variossimples, cuyas virtudes tienen bien exa- 
minadas. Ellos los buscan, preparan y aplican. En cuanto á la 
unión de los dos oficios, antiguamente se practicaba lo mismo 
en todas las naciones, y ojalá se practicase también ahora. 
Son sumamente prolijos en el examen del pulso. Es muy or- 
dinario detenerse cerca de una hora en explorar su movi- 
miento. Pero es tal la comprehensión que tienen, así de esta 
señal como de la lengua, que, en registrando uno y otro, sin 
que los asistentes ni el enfermo les digan cosa alguna, pro- 
nuncian qué enfermedad es la que padece, qué síntomas la 
acompañan, el tiempo en que entró, con las demás circuns- 
tancias antecedentes y subsecuentes (2). 



(1) El padre Du-Halde, en el tomo II de su grande Historia de la China, pág. 47, 
dice, que aunque la pólvora es antigua en la China, no usaban de ella sino para los 
fuegos de artificio, ignorando enteramente su uso en los cañones. Sin embargo, añade, 
que á las puertas de Nan-kín había tres ó cuatro bombardas cortas, bastantemente 
antiguas, para hacer juicio de que algiin tiempo tuvieron poco ó mucho conocimiento 
de la artillería. Lo que es cierto es, que todos los cañones que hoy tienen los deben á 
artífices europeos ; con que, si en la antigüedad conocieron el arte, enteramente lo 
habían perdido. 

(2) En orden á la medicina de los chinos, el padre Du-Halde dice que su teórica es 
muy defectuosa, sus principios físicos inciertos y obscuros, su ciencia anatómica casi 
ninguna; pero no les niega su conocimiento de muchos remedios muy útiles. Por lo 
que mira al conocimiento de el pulso, confirma lo que hemos dicho en el número cita- 
do. Pondré aquí el pasaje, aunque algo largo, traducido literalmente, porque algunos 
lectores han dificultado el asenso á lo que hemos escrito sobre esta materia. Está en el 
tomo III, página 382. 

«Toda su ciencia consiste en el conocimiento de el pulso y en el uso de los simples, 
de que tienen íjran cantidad, y que, según ellos, están dotados de virtudes singulares 
para curar las enfermedades. Ellos pretenden conocer, por sólo el movimiento de el 
pulso, el origen de el mal y en qué parte de el cuerpo resida. En efecto, los que entrc- 
cllos son hábiles descubren ó pronostican muy exactamente todos los síntomas de una 
enfermedad ; y esto es lo que hizo principalmente tan famosos en el mundo los médi- 
cos de la China. 

•Cuando son llamados para algún enfermo, apoyan lo primero el brazo sobre una 



122 F E I J O O 

Bien veo que esto se hará increíble á nuestros médicos; 
pero las varias relaciones que tenemos de la China, algunas 
escritas por misioneros ejemplarísimos, están en este punto 
tan constantes, que sin temeridad no se les puede negar el 
asenso. Aun cuando á mí me hubiera quedado alguna duda, 
me la habría quitado el ilustrísimo señor don José Manuel de 
Andaya y Haro, dignísimo prelado de esta santa iglesia de 
Oviedo, que me confirmó esta noticia, con las experiencias 
que tenía de un médico chino que trató en Manila, capital de 
las Filipinas, y de quien su ilustrísima me refirió maravillas, 
así en orden al pronóstico como en orden á la curación. Per- 
suádome á que algunos médicos de la corte tendrán el libro 
de Andrés Cleyer, protomédico de la Batavia índica. De Me- 
dicina Chinensium^ impreso en Ausburg, de que da noticia el 



almohada ; aplican luego los cuatro dedos á lo largo de la arteria, ya blandamente, ya 
con fuerza. Detiénense largo tiempo á examinar las pulsaciones y á notar las diferen- 
cias, por imperceptibles que sean ; y según el movimiento más ó menos veloz ó tardo, 
más ó menos lleno ó disminuido, más uniforme ó menos regular, que observan con la 
mayor atención, descubren la causa de el mal; de suerte que, sin hacer pregunta algu- 
na al enfermo, le dicen en qué parte de el cuerpo siente dolor, en la cabeza ó en el 
estómago, vientre, hígado ó bazo, y le pronostican cuándo se aliviará la cabeza, cuán- 
do recobrará el apetito, cuándo cesará la incomodidad. 

»Yo hablo de los médicos hábiles, y no de otros muchos que no ejercen la medicina 
sino por tener de qué vivir, y que carecen de estudio y experiencia. Pero es cierto, y 
no se puede dudar, después de tantos testimonios como hay, que los médicos chinos 
han adquirido en esta materia un conocimiento que tiene algo de extraordinario y 
asombroso. 

«Entre muchos ejemplos que pudiera alegar en prueba, no referiré más que uno 
solo. Un misionero cayó enfermo en las prisiones de Nan-kin. Los cristianos, que se 
veían en riesgo de perder su pastor, solicitaron á un médico de fama para que le visi- 
tase. Rindióse á sus instancias, aunque con alguna dificultad. Vino á la prisión, y des- 
pués de considerar bien al enfermo y tentado el pulso con las ceremonias ordinarias, 
al instante compuso tres medicinas, que le ordenó tomase, ima de mañana, otra una 
hora después de mediodía, y otra á la noche. El enfermo se halló peor la noche si- 
guiente, perdió el habla, y los asistentes le creyeron muerto; pero á la mañana se hizo 
una mutación tan grande, que el médico, pulsándole, dijo que estaba curado, y que no 
necesitaba ya sino guardar cierto régimen durante la convalecencia ; en efecto, por 
este medio fué perfectamente restablecido.» 

Los que saben que el padre Du-Halde escribió su grande Historia de la China so- 
bre gran multitud de memorias, las más exactas y justas venidas de aquel imperio, y 
que el venerable padre Contancin, que vino á París después de treinta y un años de 
estancia en la China, la revio toda dos veces, antes de darse á la prensa, harán de este 
testimonio el aprecio que es justo. 



OBRAS ESCOGIDAS 123 

Diario de los Sabios de París del año 1682, donde podrán ver 
más por extenso esta noticia. 

Siendo tan sabios los médicos de la China en la práctica de 
su arte, no son menos sabios los chinos en la práctica que 
observan con sus médicos. Si el médico, después de exami- 
nados el pulso y la lengua, no acierta con la enfermedad ó 
con alguna circunstancia suya, lo que pocas veces sucede, es 
despedido al punto como ignorante, y se llama otro. Si acier- 
ta, como es lo común, se le fía la curación. Trae luego de su 
casa un costalillo de simples, cuyo uso arregla en el cuándo 
y en el cóyno. Acabada la cura, se le paga legítimamente, así 
el trabajo de la asistencia como el coste de los medicamen- 
tos. Pero si el enfermo no convalece, uno y otro pierde el 
médico; de modo que el enfermo paga la curación cuando 
sana, y el médico su impericia cuando no le cura. ¡Oh si en- 
tre nosotros hubiese la misma leyl Ya Quevedo se quejó de 
la falta de ella, sin saber que se practicase en la China ; y 
aunque lo hizo como entre burlas, pienso que lo sentía muy 
de veras. 

Generalmente podemos decir á favor de la Asia, que esta 
parte del mundo fué la primera patria de las artes y las cien- 
cias. Las letras tuvieron su nacimiento en la Fenicia; de allí 
vinieron á Egipto y Grecia, como el conocimiento de los as- 
tros á una y otra parte vino de Caldea. 



V 



Por lo que mira á la África, no tenemos más que echar los 
ojos á que allí nacieron un Cipriano, un Tertuliano y, lo que 
es más que todo, un Augustino ; á que en la pericia militar, 
más superiores fueron un tiempo los africanos á los españo- 
les, que hoy los españoles á los africanos. Menos sangre les 
costó á los cartagineses algún día la conquista de toda Espa- 
ña, que después acá á los españoles la de unos pequeños re- 
tazos de la Mauritania. El suelo y el cielo los mismos son 



124 F E I J o o 

ahora que entonces, y por tanto capaces de producir iguales 
genios. Si les falta la cultura, no es vicio del clima, sino de su 
inaplicación. Fuera deque, acaso no son tan incultos como se 
imagina. El padre Buffier, en el librito que intituló Examen 
des prejuges vulgaires, copió la arenga de un embajador de 
Marruecos al gran Luís XIV, la cual está tan elocuente y opor- 
tuna como si la hubiera formado un discreto europeo. 



VI 



El concepto que desde el primer descubrimiento de la 
América se hizo de sus habitadores, y aún hoy dura entre la 
plebe, es, que aquella gente no tanto se gobierna por razón 
cuanto por instinto, como si alguna Circe, peregrinando por 
aquellos vastos países, hubiese transformado todos los hom- 
bres en bestias. Con todo, sobran testimonios de que su ca- 
pacidad en nada es inferior á la nuestra. El ilustrísimo señor 
Palafox no se contenta con la igualdad; pues en el memorial 
que presentó al Rey en favor de aquellos vasallos, intitulado 
Retrato natural de los indios, dice que nos exceden. Allí cuen- 
ta de un indio, que conoció su ilustrísima, á quien llamaban 
Seis-oficios^ porque otros tantos sabía con perfección. De 
otro, que aprendió el de organero en cinco ó seis días, sólo 
con observar las operaciones del maestro, sin que éste le diese 
documento alguno. De otro, que en quince días se hizo orga- 
nista. Allí refiere también la exquisita sutileza con que un in- 
dio recobró el caballo que acababa de robarle un español. 
Aseguraba éste, reconvenido por la justicia, que el caballo 
era suyo había muchos años. El indio no tenía testigo alguno 
del robo: viéndose en este estrecho, prontamente echó su 
capa sobre los ojos del caballo, y volviéndose al español, le 
dijo, que ya que tanto tiempo había era dueño del caballo, no 
podía menos de saber de qué ojo era tuerto; así, que lo dijese. 
El español, sorprendido y turbado, á Dios y á dicha respon- 
dió que del derecho. Entonces el indio, quitando la capa, 



OBRAS ESCOGIDAS 125 

mostró al juez y á todos los asistentes que el caballo no era 
tuerto ni de uno ni de otro ojo; y convencido el español del 
robo, se le restituyó el caballo al indio. 

Apenas los españoles, debajo de la conducta de Cortés, en- 
traron en la América, cuando tuvieron muchas ocasiones de 
conocer que aquellos naturales eran de la misma especie que 
ellos, é hijos del mismo padre. Léense en la Historia de la 
conquista de Méjico estratagemas militares de aquella gente, 
nada inferiores á las de cartagineses, griegos y romanos. Mu- 
chos han observado que los criollos, ó hijos de españoles, 
que nacen en aquella tierra son de más viveza ó agilidad inte- 
lectual que los que produce España. Lo que añaden otros, 
que aquellos ingenios, así como amanecen más temprano, 
también se anochecen más presto, no sé que esté justificado. 

Es discurrir groseramente hacer bajo concepto de la capa- 
cidad de los indios, porque al principio daban pedazos de oro 
por cuentas de vidrio. Más rudo es que ellos, quien por esto 
los juzga rudos. Si se mira sin prevención, más hermoso es el 
vidrio que el oro, y en lo que se busca para ostentación y 
adorno, en igualdad de hermosura, siempre se prefiere lo más 
raro. No hacían, pues, en esto los americanos otra cosa que 
lo que hace todo el mundo. Tenían oro, y no vidrio; por eso 
era entre ellos, y con razón, más digna alhaja de una princesa 
un pequeño collar de cuentas de vidrio que una gran cadena 
de oro. Un diamante, si se atiende al uso necesario, es igual- 
mente útil que una cuenta de vidrio ; si á la hermosura, no es 
mucho el exceso. Con todo, los asiáticos venden por millones 
de oro á los europeos un diamante que pesa dos onzas. ¿Por 
qué esto, sino porque son rarísimos? Los habitadores de la 
isla Formosa estimaban más el azófar que el oro, porque te- 
nían más oro que azófar, hasta que los holandeses les dieron 
á conocer la grande estimación que en las demás regiones se 
hacía de aquel metal. Si en todo el mundo hubiese más oro 
que azófar, en todo el mundo sería preferido este metal á 
aquel. Aportando el año de i6o5 el almirante holandés Cor- 
nelio Matelief al cabo de Buena Esperanza, le dieron aquellos 
africanos treinta y ocho carneros y dos vacas por un poco de 
hierro que no valía de veinte sueldos arriba ; y lo bueno es, 
que quedaron igualmente satisfechos de que habían engañado 
á ios holandeses, que éstos de que habían engañado á los 



126 PE 1 J o o 

africanos. Tenían sobra de ganado y falta de hierro. Si acá 
hubiese la misma sobra y la misma falta, se compraría el hie- 
rro al mismo precio. 

El padre Lafitau, misionero jesuíta, que trató mucho tiem- 
]>o aquellos pueblos de la América Septentrional, á quienes, 
por estar reputados por más bárbaros que los demás, llaman 
salvajes, encarece en gran manera su gobierno y policía, com- 
parándolos en todo con los antiguos lacedemonios. Es tam- 
bién, lo que se admirará más, gran panegirista de su elocuen- 
cia; llegando á decir que hay tal cual entre ellos, cuyas 
oraciones pueden correr parejas, y aun acaso exceder, á las 
de Cicerón y Demóstenes. En las Memorias de Trevoux^ 
año 1724, artículo 106, se halla la relación del padre Lafitau. 
Puede ser que en esto haya algo de hipérbole; pero no tiene 
duda que se hace muy diferente juicio de las cosas miradas de 
cerca que de lejos (i). 

Padece nuestra vista intelectual el mismo defecto que la 
corpórea, en representar las cosas distantes menores de lo 
que son. No hay hombre, por gigante que sea, que á mucha 
distancia no parezca pigmeo. Lo mismo que pasa en el tama- 
ño de los cuerpos, sucede en la estatura de las almas. En 



(i) Lo que dice el padre Sebastián Rasles, misionero en la Nueva Francia, parte 
de la América Septentrional, de la habilidad de los ilineses, que es una de las nacio- 
nes de la Nueva Francia, es cosa de asombro, y puede persuadirnos á que nada tiene 
de hiperbólico lo que de la gente de aquellas partes refiere el padre Lafitau. Es cos- 
tumbre deliberar sobre los negocios más importantes al público, en los convites. El 
padre Rasles se halló en uno de ellos, que costeaba el jefe principal de una población 
de trescientas cabanas, con cuya ocasión refiere como testigo lo siguiente ; «Luego, 
dice, que arribaron todos los convidados, se sentaron con orden , unos en la tierra des- 
mida, otros sobre esteras. Entonces el jefe se levantó y empezó su arenga. Yo os con- 
fieso que admiré su afluencia, la exactitud y fuerza de las razones que propuso, el aire 
elocuente que les dio, la elección y delicadeza de las expresiones con que adornó su 
discurso. Estoy persuadido á que si yo hubiese escrito lo que nos dijo de repente y 
sin preparación alguna, convendríais sin dificultad en que los más hábiles europeos, 
después de mucha meditación y estudio, no podrían componer un discurso más sólido 
ni más bien colocado. > (Cartas edificantes, tomo XXIII ) 

Lo que testifica el padre Chome de la lengua de los guaraníes, nación de la América 
Meridional, donde ejerció el ministerio de misionero, creo infiere más que mediana 
capacidad en aquella gente. «Confiésoos, dice, que después que me hice algo capaz de 
los misterios de esta lengua, me admiré de hallar en ella tanta majestad y energía. 
Cada palabra es una definición exacta de la cosa que quiere exprimir, y da una idea 
clara y distinta de ella. » Añade luego que no cede en nobleza y armonía á ninguno de 
los idiomas que él había aprendido en Europa. 



ORRASESCOGIDAS 1 27 

aquellas naciones que están muy remotas de la nuestra, se 
nos figuran los hombres tan pequeños en línea de hombres, 
que apenas llegan á racionales. Si los considerásemos de cer- 
ca, haríamos otro juicio. 



VII 



Opondráseme acaso que las absurdísimas opiniones que en 
materia de religión padecen los más de los pueblos de Asia, 
África y América, mucho más la carencia de toda religión, 
que se ha observado en algunos, nos precisan á hacer bajísi- 
mo juicio de sus talentos. 

Respondo, lo primero, que aunque los errores en materia 
de religión son los peores de todos, no prueban absolutamen- 
te rudeza en los hombres que dan asenso á ellos. Nadie igno- 
ra que los antiguos griegos y romanos eran muy hábiles para 
ciencias y artes. Con todo, ¡ qué gente más fuera de camino 
en cuanto al culto 1 Adoraban dioses adúlteros, pérfidos, ma- 
lignos: Roma, que, como dice san León, dominaba á todas 
las naciones, era dominada de los errores de todas. En em- 
pezando el hombre á buscar la deidad fuera de sí misma, no 
hay que hacer cuenta de la mayor ó menor capacidad, por- 
que anda también fuera de sí misma la razón. Para quien 
camina á obscuras es indiferente el mayor ó menor precipi- 
cio, porque no los ve para medirlos. Y aun no sé si empezan- 
do á errar, se descamina más el que más alcanza; porque en 
punto de religión, supuesto el primer yerro, fácilmente se 
confunde lo misterioso con lo ridículo, y afecta la sutileza 
hallar algunas señas recónditas de divinidad en lo que más 
dista de ella, según el juicio común. 

Respondo, lo segundo, que no podemos asegurarnos de 
que la idolatría de varias naciones sea tan grosera como se 
pinta. En orden á los antiguos idólatras, ya algunos eruditos 
esforzaron bien esta duda, proponiendo sólidos fundamentos 
para pensar, que en el simulacro no se adoraba el tronco, el 



128 FEIJ o o 

metal ó el mármol, sino algún numen que se creía huésped 
en ellos. Verdaderamente parece increíble que un estatuario, 
como le pinta graciosamente Horacio en una de sus sátiras^ 
enarbolada la hacha con una mano, asido un tronco con la 
otra, perplejo sobre si haría un Priapo ó un escaño, conside- 
rase en sí mismo la autoridad que era menester para fabricar 
una deidad. 

Lo mismo digo de los ídolos animados. ¿ Cómo he de creer 
que los egipcios, que fueron algunos siglos el reservatorio de 
las ciencias, tuviesen por término último de la adoración unas 
viles sabandijas, y aun los mismos puerros y cebollas, como 
dice de ellos Juvenal con irrisión irónica, que les nacían en 
los huertos ? O sanctas gentes^ quibiis hcec nascuntur in hortis 
Ilumina ! Más razonable es pensar que aquella nación, que 
era igualmente inclinada á representar todas las cosas con 
enigmas y símbolos, adorase en aquellas viles criaturas algu- 
na mística significación que les daban, y que el culto fuese 
respectivo, y no absoluto. Lo mismo que de aquella nación, 
se puede discurrir de otras, así en aquel tiempo como en 
este. 

Confírmame en este pensamiento lo que leí de la supersti- 
ción que reina en la isla de Madagascar. Adoran sus habita- 
dores un grillo, criando cada uno el suyo con gran cuidado y 
veneración. En una expedición que hicieron cuatro bajeles 
franceses, el año de i665, para la India Oriental, entraron de 
tránsito en la isla de Madagascar. Sucedió que un francés cu- 
rioso, advertido de la extravagante superstición de aquellos 
isleños, preguntó á uno de los que entre ellos eran venerados 
por sabios, ¿qué fundamento tenían para adorar á un animal 
tan vil ? Respondió éste que en el efecto adoraban el princi- 
pio, esto es, en la criatura el Criador, y que era menester 
determinar la adoración á un sujeto sensible para fijar el es- 
píritu. ¿Quién esperaría un concepto tan delicado en aquel 
país? No niego que la respuesta no le redime de supersticio- 
so; pero le pone muy lejos de insensato. Si reconviniésemos 
á los antiguos egipcios, creo nos responderían en la misma 
substancia. 

En cuanto á los pueblos que carecen de religión, es harto 

dudoso que haya alguno tal en el mundo. Los viajeros que 

os aseguran, es de creer que, ó por falta de suficiente trato, 



OBRAS ESCOGIDAS 1 29 

Ó por no entender bien el idioma, no penetraron su mente. 
Clama toda la naturaleza la existencia del Criador, con tan 
sonoros gritos, que parece imposible que la razón más dor- 
mida no despierte á sus voces. 



VIII 



Apenas, pues, hay gente alguna que, examinado su fondo, 
pueda con justicia ser capitulada bárbara. No negaré por 
tanto que no haya entre determinadas naciones alguna des- 
igualdad en orden ai uso del discurso. Sé que este depende 
de la disposición del órgano, y en la disposición del órgano 
puede tener su influjo el clima en que se nace. Pero si se me 
pregunta qué naciones son las más agudas, responderé, con- 
fesando con ingenuidad que no puedo hacer juicio seguro. 
Veo que las ciencias florecieron un tiempo entre los fenicios, 
otro entre los caldeos, otro entre los egipcios, otro entre los 
griegos, otro entre los romanos, otro entre los árabes. Des- 
pués se extendieron á casi todos los europeos. Entre tanto 
que á cada tierra no le tocaba el turno de la circulación, eran 
tenidos los habitadores de ella por rudos. Después se vio que 
no entendían ni adelantaban menos que los que tuvieron la 
dicha de ser los primeros. Acaso si el mundo dura mucho y 
hay grandes revoluciones de imperios (porque Minerva anda 
peregrina por la tierra, según el impulso que le dan las vio- 
lentas agitaciones de Marte), poseerán las ciencias en grado 
eminente los iroqueses, los lapones, los trogloditas, los gara- 
mantes y otras gentes á quienes hoy con desdén y repugnan- 
cia admitimos por miembros de nuestra especie ; de modo 
que, por la experiencia, apenas podemos notar desigualdad 
de ingenio en las naciones. 

Mucho menos por razones físicas. Muchos han querido es- 
tablecer esta desigualdad á proporción del predominio de las 
cualidades elementales que reinan en diferentes países. Co- 
munmente se dice que los climas húmedos y nebulosos pro- 



1 3o FEIJOO 

ducen espíritus groseros; al contrario los puros, secos y 
despejados. Aristóteles se declaró á favor de las tierras ar- 
dientes. Lo primero probaría que los holandeses y venecianos 
son muy rudos, pues aquellos viven metidos en charcos, y 
éstos habitan el mismo golfo á quien dieron nombre. Lo se- 
gundo, que los negros de Angola son más agudos que los 
ingleses ; y no sé que ningún hombre razonable haya de con- 
ceder ni una ni otra consecuencia. Pero no es menester dete- 
nernos en esto, pues ya mostramos largamente que no puede 
inferirse desigualdad en el discurso, del predominio que tie- 
ne en el temperamento ninguna de las cualidades sensibles. 
Por lo cual, es preciso confesar que el influjo que el país 
natalicio puede tener en esto, viene de más oculta causa, 
innacesible á nuestro conocimiento, ó por lo menos no com- 
prendida hasta ahora. 

Guando digo que por la experiencia apenas podemos notar 
desigualdad de ingenio en las naciones, debe entenderse en 
cuanto á las cualidades esenciales de penetración, solidez y 
claridad, no en cuanto á los accidentes de más veloz ó más 
tardo, más suelto ó más detenido ; porque en cuanto á esto, 
es visible que unas naciones exceden á otras. Así es claro que 
los italianos y los franceses son más ágiles que los españoles, 
y dentro de España hay bastante diferencia de unas á otras 
provincias. En esta de Asturias se notan, por lo común, ge- 
nios más despejados, por lo menos para la explicación, que 
en otros países, cuya experiencia basta para disuadir aquella 
general aprehensión de que los países muy lluviosos producen 
almas torpes ; siendo cierto que á esta tierra el cielo más la 
inunda que la riega, y con verdad la podríamos llamar : 

Nimborum patriam, loca f ceta furentib'us austris. 

Pero si entre las naciones de Europa hubiese yo de dar 
preferencia á alguna en la sutileza, me arrimaría al dictamen 
de Heidegero, autor alemán, que concede á los ingleses esta 
ventaja. Ciertamente la Gran Bretaña, desde que se introdujo 
en ella el cultivo de las letras, ha producido una gran copia 
de autores de primera nota. Sólo el referir los que dio á las 
dos religiones benedictina y seráfica sería muy fastidioso. 
Pero no callaré que cada una de estas dos religiones le debe 



OBRAS ESCOGIDAS l3l 

tres estrellas de primera magnitud. La primera el venerable 
Beda, el famoso Alcuino y el célebre calculador Suiset. La 
segunda, Alejandro de Ales, el sutil Scoto y su discípulo 
Guilleimo Ockan. Con esta reflexión de Cardano {De subtilit., 
lib. XVI, De scient.)^ que entre los doce ingenios más sutiles 
del mundo gradúa en cuarto y quinto lugar al sutil Scoto y 
al calculador, de quienes dice : Barbaros ingenio nobis haud 
esse inferiores, quandoquidem sub Brumce coelo, divisa tota 
orbe Britannia dúos tam ciar i ingenii viros emisserit. 

Tampoco callaré que en un tiempo, en que en las demás 
naciones de Europa apenas se sabía qué cosa era matemática, 
tuvieron las dos religiones dichas ilustrísimos matemáticos 
ingleses. En la seráfica fué celebérrimo Rogerio Bacón, que 
por razón de sus admirables y artificiosísimas operaciones 
fué sospechoso de magia, y dicen algunos autores que fué á 
Roma á purgarse de esta sospecha. El vulgo fingió de él lo 
mismo que de Alberto Magno ; esto es, haber fabricado una 
cabeza de metal que respondía á cuanto le preguntaban. No 
fué menos famoso en la benedictina Oliverio de Malmesbury, 
de quien Juan Pitseo refiere que alcanzó el arte de volar, 
aunque no con tanta felicidad, que pasase de ciento y veinte 
pasos. Mas al fin ningún otro hombre llegó á tanto. 

En las cosas físicas dio Inglaterra más número de autores 
originales que todas las demás naciones juntas. Y así, los 
franceses, con ser tan celosos del crédito de los ingenios de 
su nación, confiesan á los ingleses la ventaja del espíritu filo- 
sófico. Sin temeridad se puede decir que cuanto de un siglo 
á esta parte se adelantó en la física, todo se debe al canciller 
Bacón. Éste rompió las estrechas márgenes en que hasta su 
tiempo estuvo aprisionada la filosofía; éste derribó las colum- 
nas que con la inscripción Non plus ultra habían fijado tan- 
tos siglos á la ciencia de las cosas naturales. El doctísimo 
Pedro Gasendo no fué otra cosa que un fiel discípulo de Ba- 
cón, que lo que éste había dicho sumariamente, lo repitió en 
sus excelentes escritos filosóficos, debajo de otro método 
más extendido. Lo que dijo Descartes de bueno, de Bacón lo 
sacó. Después de Bacón son también grandes originales Ro- 
berto Boile y el sutilísimo caballero Newton, dejando á Juan 
Loke, al caballero Digby y otros muchos. Pero la viveza de 
sus ingenios tiene la desgracia que reparó su mismo Bacón; 



l32 F E I J o o 

pues una vez que se apartaron de la verdadera senda, tanto 
más velozmente se han extraviado, cuanto más vivamente 
han discurrido. Aunque no falta en Inglaterra (después que 
la afeó la herejía) un Tomás Moro, célebre en las ciencias, y 
aún más célebre por su católica constancia. 

También diré que en los filósofos ingleses he visto una 
sencilla explicación y una franca narrativa de lo que han ex- 
perimentado, desnuda de todo artificio, que no es tan fre- 
cuente en los de otras naciones. Señaladamente en Bacón, 
en Boile, en el caballero Newton y en el médico Sidenham, 
agrada el ver cuan sin jactancia dicen lo que saben, y cuan 
sin rubor confiesan lo que ignoran. Este es carácter propio 
de ingenios sublimes. ¡ Oh desdicha, que tenga la herejía se- 
pultadas tan bellas luces en tan tristes sombras ! 

Para complemento de este discurso, y en obsequio de los 
curiosos, pongo aquí la siguiente tabla, sacada del segundo 
tomo de la Specula phisico-mathematico-historica del padre 
premonstratense Juan Zalm, donde se pone delante de los 
ojos la diversidad que tienen en ingenios, vicios y dotes de 
alma y cuerpo, las cinco principales naciones de Europa. El 
citado autor, que es alemán, la propone como arreglada al 
sentir común de las naciones. Pero yo no salgo por fiador de 
su verdad en todas sus partes, y en especial le hallo poco ve- 
rídico en lo que dice de los españoles; pues no son en el 
cuerpo horrendos, ni en la hermosura demonios, ni en la 
fidelidad falaces ; antes bien en los cuerpos y hermosura son 
airosos y en la fidelidad firmes. 



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AMOR DE LA PATRIA 



PASIÓN NACIONAL 



Busco en los hombres aquel amor de la patria que 
hallo tan celebrado en los libros; quiero decir, aquel 
amor justo, debido, noble, virtuoso, y no le encuen- 
tro. En unos no veo algún afecto á la patria; en otros sólo 
veo un afecto delincuente, que con voz vulgarizada se llama 
pasión nacional. 

No niego que revolviendo las historias se hallan á cada 
paso millares de víctimas sacrificadas á este ídolo. ¿Que gue- 
rra se emprendió sin este especioso pretexto? ¿Qué campaña 
se ve bañada de sangre, á cuyos cadáveres no pusiese la pos- 
teridad la honrosa incripción funeral de que perdieron la vida 
por la patria? Mas si examinamos las cosas por adentro, ha- 
llaremos que el mundo vive muy engañado en el concepto 



I 36 FEI JOO 

que hace de que tenga tantos y tan finos devotos esta deidad 
imaginaria. Contemplemos puesta en armas cualquiera repú- 
blica sobre el empeño de una justa defensa, y vamos viendo 
á la luz de la razón qué impulso anima aquellos corazones á 
exponer sus vidas. Entre los particulares, algunos se alistan 
por el estipendio y por el despojo; otros, por mejorar de for- 
tuna, ganando algún honor nuevo en la milicia, y los más 
por obediencia y temor al príncipe ó al caudillo. Al que 
manda las armas le insta su interés y su gloria. El prín- 
cipe ó magistrado, sobre estar distante del riesgo, obra, no 
por mantener la república, sí por conservar la dominación. 
Ponme que todos esos sean más interesados en retirarse á 
sus casas que en defender los muros, verás como no quedan 
diez hombres en las almenas. 

Aun aquellas proezas que inmortalizó la fama como últimos 
esfuerzos del celo por el público, acaso fueron más hijas de 
la ambición de gloria que del amor de la patria. Pienso que 
si no hubiese testigos que pasasen la noticia á la posteridad, 
ni Curcio se hubiera precipitado en la sima, ni Marco Attilio 
Régulo se hubiera metido á morir en jaula de hierro, ni los 
dos hermanos Filenos, sepultándose vivos, hubieran exten- 
dido los términos de Gartago. Fué muy poderoso en el gen- 
tilismo el hechizo de la fama postuma. También puede ser 
que algunos se arrojasen á la muerte, no tanto por el logro 
de la fama, cuanto por la loca vanidad de verse admirados y 
aplaudidos unos pocos instantes de vida, de que nos da Lu- 
ciano un ilustre ejemplo en la voluntaria muerte del filósofo 
Peregrino. 

En Roma se preconizó tanto el amor de la patria, que pa- 
recía ser esta noble inclinación la alma de toda aquella repú- 
blica. Mas lo que yo veo es, que los mismos romanos miraban 
á Catón como un hombre rarísimo y casi bajado del cielo, 
porque le hallaron siempre constante á favor del público. De 
todos los demás, casi sin excepción, se puede decir que el 
mejor era el que, sirviendo á la patria, buscaba su propia 
exaltación más que la utilidad común. A Cicerón le dieron 
el glorioso nombre de padre de la patria por la feliz resisten- 
cia que hizo á la conjuración de Catilina. Éste, al parecer, 
era un mérito grande, pero en realidad equívoco; porque le 
iba á Cicerón, no sólo el consulado, mas también la vida, en 



OBRAS ESCOGIDAS iSy 

que no lograse sus intentos aquella furia. Es verdad que des- 
pués, cuando César tiranizó la república, se acomodó muy 
bien con él. Los sobornos de Jugurta, rey de Numidia, des- 
cubrieron sobradamente qué espíritu era el que movía el se- 
nado romano. Toleróle éste muchas y graves maldades contra 
los intereses del Estado á aquel príncipe sagaz y violento; 
porque á cada nueva insolencia que hacía enviaba nuevo 
presente á los senadores. Fué, en fin, traído á Roma para ser 
residenciado; y aunque, bien lejos de purgar los delitos anti- 
guos, dentro de la misma ciudad cometió otro nuevo y graví- 
simo, á favor del oro le dejaron ir libre; lo que en el mismo 
interesado produjo tal desprecio de aquel gobierno, que á 
pocos pasos después que había salido de Roma, volviendo á 
ella con desdén la cara, la llamó ciudad venal; añadiendo que 
presto perecería, como hubiese quien la comprase : Urbem 
venalcm, et matiiré peritiiram, si emptorem invcnerit. ( Sa- 
LUST., in Jugiirtha.) Lo mismo, y aun con más particularidad, 
dijo Petronio: 

Vetialis populus, veitalis curia patrum. 

Este era el amor de la patria que tanto celebraba Roma, y á 
quien hoy juzgan muchos se debió la portentosa amplifica- 
ción de aquel imperio. 



II 



El dictamen común dista tanto en esta parte del nuestro, 
que cree ser el amor de la patria como trascendente á todos 
los hombres; en cuya comprobación alega aquella repugnancia 
que todos, ó casi todos, experimentan en abandonar el país 
donde nacieron, para establecerse en otro cualquiera; pero 
yo siento que hay aquí una grande equivocación, y se juzga 
ser amor de la patria lo que sólo es amor de la propia con- 
veniencia. No hay hombre que no deje con gusto su tierra, 



1 38 



F E IJ 00 



si en otra se le representa mejor fortuna. Los ejemplos se 
están viendo cada día. Ninguna fábula, entre cuantas fabri- 
caron los poetas, me parece más fuera de toda verosimilitud, 
que el que Ulises prefiriese los desapacibles riscos de su 
patria Itaca á la inmortalidad llena de placeres que le ofrecía 
la ninfa Calipso, debajo de la condición de vivir con ella en 
la isla Ogigia. 

Diráseme que los scitas, como testifica Ovidio, huían de 
las delicias de Roma á las asperezas de su helado suelo; que 
los lapones, por más conveniencias que se les ofrezcan en 
Viena, suspiran por volverse á su pobre y rígido país; y que 
pocos años há un salvaje de la Canadá, traído á París, donde 
se le daba toda comodidad posible, vivió siempre afligido y 
melancólico. 

Respondo que todo esto es verdad; pero también lo es, 
que estos hombres viven con más conveniencia en la Scitia, 
en la Laponia y en la Canadá, que en Viena, París y Roma. 
Habituados á los manjares de su país, por más que á nosotros 
nos parezcan duros y groseros, no sólo los experimentan más 
gratos, pero más saludables. Nacieron entre nieves, y viven 
gustosos entre nieves; como nosotros no podemos sufrir el 
frío de las regiones septentrionales, ellos no pueden sufrir el 
calor de las australes. Su modo de gobierno es proporciona- 
do á su temperamento; y aun cuando les sea indiferente, en- 
gañados con la costumbre, juzgan que no dicta otro la misma 
naturaleza. Nuestra política es barbarie para ellos, como la 
suya para nosotros. Acá tenemos por imposible vivir sin do- 
micilio estable; ellos miran este como una prisión voluntaria, 
y tienen por mucho más conveniente la libertad de mudar 
habitación cuándo y á dónde quieren, fabricándosela de la 
noche á la mañana, ó en el valle, ó en el monte, ó en otro 
país. La comodidad de mudar de sitio, según las varias esta- 
ciones del año, sólo la logran acá los grandes señores ; entre 
aquellos bárbaros ninguno hay que no la logre, y yo confieso 
que tengo por una felicidad muy envidiable el poder un hom- 
bre, siempre que quiere, apartarse de un mal vecino, y bus- 
car otro de su gusto. 

Olavo Rudbec, noble sueco, que viajó mucho por los paí- 
ses septentrionales, en un libro que escribió, intitulado La- 
ponia illustrata, dice, que sus habitadores están tan persua- 



OBRAS ESCOGIDAS iSq 

didos de las ventajas de su región, que no la trocarán á otra 
alguna por cuanto tiene el mundo. De hecho representa 
algunas conveniencias suyas, que no son imaginarias, sino 
reales. Produce aquella tierra algunos frutos regalados, aun- 
que distintos de los nuestros. Es inmensa la abundancia de 
caza y pesca, y ésta especialmente gustosísima. Los invier- 
nos, que acá nos son tan pesados por húmedos y lluviosos, 
allí son claros y serenos; de aquí viene que los naturales son 
ágiles, sanos y robustos. Son rarísimas en aquellas tierras las 
tempestades de truenos. No se cría en ella alguna sabandija 
venenosa. Viven también exentos de aquellos dos grandes 
azotes del cielo, guerra y peste. De uno y otro los defiende 
el clima, por ser tan áspero para los forasteros, como sano 
para los naturales. Las nieves no los incomodan, porque, ya 
por su natural agilidad, ya por arte y estudio, vuelan por las 
cumbres nevadas como ciervos. La multitud de osos blancos, 
de que abunda aquel país, les sirve de diversión, porque es- 
tán diestros en combatir estas fieras, que no hay lapón que 
no mate muchas al año, y apenas se ve jamás que algún pai- 
sano muera á manos de ellas. 

Añadamos que aquella larga noche de las regiones subpo- 
lares, que tan horrible se nos representa, no es lo que se 
imagina. Apenas tienen de noche perfecta un mes entero. La 
razón es, porque el sol desciende de su horizonte solos vein- 
te y tres grados y medio, y hasta los diez y ocho grados de 
depresión duran los crepúsculos, según el cómputo que ha- 
cen los astrónomos. Tampoco la ausencia aparente del sol 
dura seis meses, como comunmente se dice, sí solos cinco; 
porque á causa de la grande refracción que hacen los rayos 
en aquella atmósfera, se ve el cuerpo solar medio mes antes 
de montar el horizonte, y otro tanto después que baja de él. 
Sabido es, que un viaje que hicieron los holandeses el año 
de 1596, estando en setenta y seis grados de latitud septen- 
trional, vieron, con grande admiración suya, parecer el astro 
quince ú diez y seis días antes del tiempo que esperaban. 
En las Paradojas matemáticas explicamos este fenómeno (i); 
de modo que, computado todo, mucho más tiempo gozan la 
luz del sol los pueblos septentrionales que los que viven en 



( I ) Discurso VII del tomo III del Teatro crítico. 



1 40 F E I J o o 

las zonas templadas ó en la Tórrida. Y así, lo que se dice de 
la igual repartición de la luz en todo el mundo, aunque se da 
por tan asentado, no es verdadero (i). 

Nosotros vivimos muy prendados de los alimentos de que 
usamos, pero no hay nación á quien no suceda lo mismo. Los 
pueblos septentrionales hallan regaladas las carnes del oso, 
del lobo y del zorro ; los tártaros, la del caballo ; los árabes, 
la del camello ; los guineos, la del perro, como asimismo los 
chinos, los cuales ceban los perros y los venden en los mer- 
cados, como acá los cochinos. En algunas regiones del África 
comen monos, cocodrilos y serpientes. Scalígero dice, que en 
varias partes del Oriente es tenido por plato tan regalado el 
murciélago, como acá la mejor polla. 

Lo mismo que en los manjares sucede en todo lo demás ; ó 
ya que lo haga la fuerza del hábito, ó la proporción respecti- 
va al temperamento de cada nación, ó que las cosas de una 
misma especie en diferentes países tienen diferentes calida- 
des, por donde se hacen cómodas é incómodas, cada uno se 
halla mejor con las cosas de su tierra que con las de la ajena, 
y así, le retiene en ella esta mayor conveniencia suya, no el 
supuesto amor de la patria. t 

Los habitadores de las islas Marianas (llamadas así porque 
la señora doña Mariana de Austria envió misioneros para su 
conversión) no tenían uso ni conocimiento del fuego. ¿Quién 
dijera que este elemento no era indispensablemente necesa- 
rio á la vida humana, ó que pudiese haber nación alguna que 
pasase sin él? Sin embargo, aquellos isleños sin fuego vivían 
gustosos y alegres. No sentían su falta, porque no la cono- 
cían. Raíces, frutas y peces crudos eran todo su alimento, y 
eran más sanos y robustos que nosotros ; de modo que era 
regular entre ellos vivir hasta cien años. 

Es poderosísima la fuerza de la costumbre para hacer, no 
sólo tratables, pero dulces, las mayores asperezas. Quien 
no estuviere bien enterado de esta verdad tendrá por increí- 



( I ) Monsieur de Mairan, de la Academia real de las Ciencias, por el cómputo que 
hace del sucesivo aumento de refracción de los rayos solares, según los climas distan 
más del Ecuador, infiere, que debajo de los polos todo el año es día; de modo, que si 
en aquellas partes hay tierras habitadas, los que viven en ellas nunca necesitan de luz 
artificial ; porque cuando llega el sol al trópico de Capricornio, no puede faltarles una 
luz crepuscular bien sensible. Y juzgo que el cómputo y la ilación son justos. 



OBRAS ESCOGIDAS I4I 

ble lo que pasó á Esteban Bateri, rey de Polonia, con los 
paisanos de Livonia. Noticioso este glorioso príncipe de que 
aquellos pobres eran cruelmente maltratados por los nobles 
de la provincia, juntándolos, les propuso, que, condolido de 
su miseria, quería hacer más tolerable su sujeción, contenien- 
do á más benigno tratamiento la nobleza. ¡Cosa admirable! 
Bien lejos de estimar el beneficio, echándose á los pies del 
rey, le suplicaron no alterase sus costumbres, con las cuales 
estaban bien hallados. ¿Qué no vencerá la fuerza del hábito, 
cuando llega á hacer agradable la tiranía? Júntese esto con 
lo de las mujeres moscovitas, que no viven contentas si sus 
maridos no las están apaleando cada día, aun sin darles mo- 
tivo alguno para ello, teniendo por prueba de que las aman 
mucho aquel mal tratamiento voluntario. 

Añádese á lo dicho la uniformidad de idioma, religión y 
costumbres, que hace grato el comercio con los compatriotas, 
como la diversidad le hace desapacible con los extraños. En 
fin, concurren á lo mismo las adherencias particulares á otras 
personas. Generalmente el amor de la conveniencia y bien 
privado que cada uno logra en su patria le atrae y le retiene 
en ella, no el amor de la patria misma. Cualquiera que en 
otra región completa mayor comodidad para su persona, hace 
lo que san Pedro, que luego que vio que le iba bien en el Ta- 
bor quiso fijar para siempre su habitación en aquella cumbre, 
abandonando el valle en que había nacido. 



III 



Es verdad que no sólo las conveniencias reales, mas tam- 
bién las imaginadas, tienen su influjo en esta adherencia. El 
pensar ventajosamente de la región donde hemos nacido so- 
bre todas las demás del mundo, es error, entre los comunes, 
comunísimo. Raro hombre hay, y entre los plebeyos ningu- 
no, que no juzgue que es su patria la mayorazga de la natu- 
raleza, ó mejorada en tercio y quinto en todos aquellos bienes 



142 



FEI JOO 



que ésta distribuye, ya se contemple la índole y habilidad de 
los naturales, ya la fertilidad de la tierra, ya la benignidad 
del clima. En los entendimientos de escalera abajo se repre- 
sentan las cosas cercanas como en los ojos corporales, por- 
que aunque sean más pequeñas, les parecen mayores que las 
distantes. Sólo en su nación hay hombres sabios ; los demás 
son punto menos que bestias ; sólo sus costumbres son racio- 
nales, sólo su lenguaje es dulce y tratable ; oir hablar á un ex- 
tranjero les mueve tan eficazmente la risa como ver en el 
teatro á Juan Rana; sólo su región abunda de riquezas, sólo 
su príncipe es poderoso. A lo último del s'g^.o pasado, cuan- 
do las armas de la Francia estaban tan pujantes, hablándose 
en Salamanca en un corrillo sobre esta materia, un portugués 
de baja esfera, que se hallaba presente, echó con aire de apo- 
tegma este fallo político: «Certu eu naon vejo principe en 
toda á Europa, que hoje poda resistir ao rey de Francia, si 
naon ó rey de Portugal. Aun es más extravagante lo que Mi- 
guel de Montaña, en sus Pensamientos inórales, refiere de un 
rústico saboyano, el cual decía : «Yo no creo que el rey de 
Francia tenga tanta habilidad como dicen ; porque si fuera 
así, ya hubiera negociado con nuestro duque que le hiciese 
su mayordomo mayor.» Casi de este modo discurre en las co- 
sas de su patria todo el ínfimo vulgo. 

Ni se eximen de tan grosero error, bien que disminuido de 
algunos grados, muchos de aquellos que, ó por su nacimien- 
to, ó por su profesión, están muy levantados sobre la humil- 
dad de la plebe, ó que son infinitos los vulgares que habitan 
fuera del vulgo, y están metidos como de gorra entre la gente 
de razón, i Cuántas cabezas bien atestadas de textos he visto 
yo muy encaprichadas de que sólo en nuestra nación se sabe 
algo ; que los extranjeros sólo imprimen puerilidades y baga- 
telas, especialmente si escriben en su idioma nativo. No les 
parece que en francés ó italiano se pueda estampar cosa de 
provecho; como si las verdades más importantes no pudiesen 
proferirse en todos idiomas. Es cierto que en todo género de 
lenguas explicaron los apóstoles las más esenciales y más su- 
blimes. Mas en esta parte bastantemente vengados quedan 
los extranjeros ; pues si nosotros los tenemos á ellos por de 
poca literatura, ellos nos tienen á nosotros por de mucha bar- 
barie. Así que, en todas tierras hay este pedazo de mal cami- 



OBRAS ESCOGIDAS 143 

no de sentir altamente de la propia , y bajamente de las 
extrañas. 



IV 



Lo peor es, que aun aquellos que no sienten como vulgares, 
hablan como vulgares. Este es efecto de la que llamamos 
pasión nacional, hija legítima de la vanidad y la emulación. 
La vanidad nos interesa en que nuestra nación se estime su- 
perior á todas, porque á cada individuo toca parte de su 
aplauso ; y la emulación con que miramos á las extrañas, es- 
pecialmente las vecinas, nos inclina á solicitar su abatimien- 
to. Por uno y otro motivo atribuyen á su nación mil fingidas 
excelencias aquellos mismos que conocen que son fingidas. 

Este abuso ha llenado el mundo de mentiras, corrompiendo 
la fe de casi todas las historias. Cuando se interesa la gloria 
de la nación propia, apenas se halla un historiador cabal- 
mente sincero. Plutarco fué uno de los escritores más sanos 
de la antigüedad. Sin embargo, el amor de la patria, en lo 
que tocaba á ella, le hizo degenerar no poco de su candor; 
pues, como advierte el ilustrísimo Cano, engrandeció más de 
lo justo las cosas de la Grecia; y Juan Bodino observó que 
en sus Vidas compai-adas, aunque cotejó rectamente los hé- 
roes griegos con los griegos y los romanos con romanos, 
pero en el paralelo de griegos con romanos se ladeó á favor 
de los suyos. 

Siempre he admirado á Tito Livio, no sólo por su eminen- 
te discreción, método y juicio, mas también por su veracidad. 
No disimula los vicios de los romanos cuando los encuentra 
al paso de la pluma. Lo más es, que aun al riesgo de enojar 
á Augusto, elogió altamente, y con preferencia sobre Julio 
César, á Pompeyo, que en aquel tiempo era lo mismo que 
declararse celoso republicano. No obstante, noto en este prín- 
cipe de los historiadores una falta, que, si no fué descuido de 
su advertencia, es preciso confesarle cuidado de pasión. En 
los dos primeros siglos da tantas batallas y ciudades ganadas 



144 



F E I JO o 



por los romanos, cuantas bastarían para conquistar un gran- 
de imperio. Pero al término de este espacio de tiempo aún 
vemos ceñida á tan angosto términos aquella república, que 
pocos estados menores se .hallan hoy en toda Italia; prueba 
de que las victorias antecedentes no fueron tantas ni tan 
grandes en el original, como se figuran en la copia. 

Apenas hay historiador alguno moderno, de los que he leí- 
do, en quien no haya observado la misma inconsecuencia. Si 
se ponen á referir los sucesos de una guerra dilatada, los 
pintan por la mayor parte favorables á su partido ; de modo 
que el lector por aquellas premisas se promete la conclusión 
de una paz ventajosa, en que su nación dé la ley á la enemi- 
ga. Pero como las premisas son falsas, no sale la conclusión; 
antes al llegar al término se encuentra todo lo contrario de 
lo que se esperaba. 

No ignoro que durante la guerra saca de estas mentiras sus 
utilidades la política; y así, en todos los reinos se estampan 
las gacetas con el privilegio, no digo de mentir, sino de colo- 
rear los sucesos de modo que agraden á los regionarios, en 
cuyas pinturas frecuentemente se imita el artificio de Apeles 
en la del rey Antígono, cuya imagen ladeó de modo, que se 
ocultase que era tuerto ; quiero decir, que se muestran los 
sucesos por la parte donde son favorables, escondiéndose por 
donde son adversos. Digo que pase esto en las gacetas, pues 
lo quiere así la política, la cual va á precaver el desaliento de 
su partido en los reveses de la fortuna. Pero en los libros 
que se escriben muchos años después de los sucesos, ¿ qué 
riesgo hay en decir la verdad ? 

El caso es, que aunque no le hay para el público, le hay 
para el escritor mismo. Apenas pueden hacer otra cosa los 
pobres historiadores, que desfigurar las verdades, que no son 
ventajosas á sus compatriotas. Ó han de adular á su nación, 
ó arrimar la pluma ; porque si no, los manchan con la nota 
de desafectos á su patria. Duélome cierto de la suerte del pa- 
dre Mariana. Fué este doctísimo jesuíta, sobre los demás 
talentos necesarios para la historia, sumamente sincero y des- 
engañado ; pero esta ilustre partida, que engrandece entre 
los sanos críticos su gloria, se la disminuye entre la vulgari- 
dad de España. Dicen que no tenía el corazón español; que 
su afecto y su pluma estaban reñidos con su patria ; y como 



OBRAS ESCOGIDAS 145 

un tiempo atribuyeron muchos la nimia severidad del empe- 
rador Septimio Severo con los romanos, á su origen africana 
por parte de padre, al padre Mariana quieren imputar algu- 
nos cierto género de despego con los españoles, buscándole 
para este efecto, no sé si con verdad, ascendencia francesa 
por parte de madre. Quisieran que escribiese las cosas, no 
como fueron, sino como mejor les suenan, y para quien ama 
la lisonja es enemigo el que no es adulador. Pero lo mismo 
que á este grande hombre le hizo mal visto en España, le 
granjeó altos elogios de los mayores hombres de Europa. 
Basta para honrar su fama este del eminentísimo cardenal 
Baronio : « El padre Juan de Mariana, amante fino de la ver- 
dad, excelente sectario de la virtud, español en la patria, pero 
desnudo de toda pasión ; digno profesor de la Compañía de 
Jesús, con estilo erudito dio la última perfección á la historia 
de España.» (Barón., ad aun. Christi 688.) 

No sólo en España quieren que los historiadores sean pa- 
negiristas; lo mismo sucede en las demás naciones. Llamó el 
rey de Inglaterra para que escribiese la historia de aquel 
reino al famoso Gregorio Leti ; y habiendo éste protestado 
que, ó no había de tomar la pluma, ó había de decir la ver- 
dad , animándole el rey á cumplir con esta indispensable 
obligación, formó su historia sobre los monumentos más fie- 
les que pudo descubrir. Pero como no hallasen los nacionales 
motivo para complacerse en muchas verdades que se mani- 
festaban en ella, no bien salió á luz, cuando arrepentido ya 
el rey de la licencia que le había dado, de orden del Minis- 
terio se recogieron todos los ejemplares, y al historiador se 
le hizo salir de Inglaterra mal satisfecho. 

De los escritores franceses se quejan mucho nuestros espa- 
ñoles, diciendo, que en odio nuestro niegan ó desfiguran los 
sucesos que son gloriosos á nuestra nación, engrandeciendo 
á proporción los suyos. Esta queja es recíproca, y creo que 
por una y otra parte bien fundada. Siempre que entre dos 
naciones hay muchas guerras, en los escritos se ve la discor- 
dia de los ánimos, repitiéndose nuevas guerras en los escritos; 
porque, unidas como en la flecha, siguen el ímpetu del acero 
las plumas. 

Pero en obsequio de la justicia y la verdad, notaré aquí 
una acusación injusta que muchas veces vi fulminar á los 



146 



F E IJ o o 



nuestros contra los historiadores de aquella nación Dicen 
que tratando de los sucesos del reinado de Francisco I ó ca- 
llan ó niegan la prisión de aquel rey en la batalla de Pavía 
Esta queja no tiene algún fundamento, pues yo he leído esta 
ventaja de nuestras armas en varios autores franceses Y aun 
en uno de ellos vi celebrada la picante respuesta de una da- 
ma al rey Francisco en asunto de su prisión. Preguntóla el 
rey satirizándola sobre que ya los años la habían robado la 
bel eza: «Madama, ¿qué tiempo há que habéis salido del país 
de la hermosura? -Señor (respondió prontamente la france- 
sa), otro tanto como há que vos vinisteis de Pavía » 

Donde veo con más razón doloridos á los españoles de los 
escritores franceses es, sobre que niegan la venida de San- 
tiago el Mayor á España, y á este reino la posesión de su ca- 
dáver Verdaderamente es muy sensible que nos quieran des- 
pojar de dos glorias tan apreciables. Mas esta pretensión más 
es hija del espíritu crítico que del nacional. Del mismo modo 
niegan hoy algunos doctos escritores franceses, que san Dio- 
nisio el Areopagita haya sido obispo de París, y que los tres 
santos hermanos, Lázaro, Marta y Magdalena, hayan venido 
a 1^ rancia, ni sus cuerpos estén en aquel reino. En las anti- 
güedades eclesiásticas no veo muy apasionados á los france- 
ses. Este nunca fué asunto, ó fué asunto muy leve, de emula- 
ción entre las dos naciones. En orden á la justicia de las 
guerras y ventaja en el manejo de las armas, es donde más 
riñen las plumas. 



V 



De este espíritu de pasión nacional, que reina casi en todas 
las historias, viene que en orden á infinitos hechos nps son 
tan inciertas las cosas pasadas como las venideras. 'Confieso 
que fue extravagante el pirronismo histórico de Gampanela 
el cual vino á tal grado de desconfianza en las historias, que 
llego a decir, que dudaba si hubo en el mundo tal emperador 



OBRASESCOGIDAS 1 47 

llamado Cario Magno. Pero en aquellos sucesos que los his- 
toriadores de una nación afirman, y los de otra niegan, y son 
muchos estos sucesos, es preciso suspender el juicio hasta 
que algún tercero bien informado dé la sentencia. O por va- 
nidad, ó por inclinación, ó por condescendencia, cada uno 
va á adular á la nación propia; y á ésta, al mismo paso, ni el 
humo del incienso deja ver la luz de la verdad, ni la armonía 
de la lisonja escuchar las voces de la razón. 

Dejo aparte aquellos autores que llevaron la pasión por su 
tierra hasta la extravagancia ; como Goropio Becano, natural 
de Bravante, que muy de intento se empeñó en probar que la 
lengua flamenca era la primera del mundo ; y Olavo Rudbec, 
sueco (no el que se cita arriba, sino padre de aquél), que qui- 
so persuadir, en un libro escrito para este efecto, que cuanto 
dijeron los antiguos de las islas Fortunadas, del jardín de las 
Hespérides y de los campos Elisios era relativo á la Suecia; 
adjudicando asimismo á su patria la primacía de la sabiduría 
europea, pues pretende que las letras y escritura no bajaron 
á la Grecia de Fenicia, sino de Suecia, despreciando en este 
asunto mucha erudición recóndita. 

Aquí será bien notar que cabe también en esta materia 
otro vicioso extremo. En un escritor español moderno han 
notado algunos, que con la injusticia de negar á España al- 
gunas gloriosas antigüedades, solicita el aplauso de sincero 
entre los extranjeros. Quizá no será ese el motivo, sino que 
su crítica no acertará con el debido temperamento entre in- 
dulgente y desabrida, y tanto se apartará del vicio de la lison- 
jo, que dé en el término contrapuesto de la ofensa; porque 

Dum vUant stuUivitia in contraria currunt (i). 



fi) Al escritor que, sin nombrarle, citamos en este número, con alguna inconside- 
ración hemos aplicado el verso: Dum vitant stulti, etc., muy seriamente retractamos 
dicha aplicación. Ya há algún tiempo que Dios le llevó para sí. Y persuadiéndonos su 
religiosa vida que aquí el llevarle Dios para sí significa lo que suena, no sólo le pido 
me perdone aquella injuria, mas también que ruegue por mí a su divina Majestad. 
Todo el mal, que con verdad y sin injuriarle, se puede decir de él es, que no le había 
dado Dios genio y pluma para historiador; pero sí sinceridad, candor y buena inten- 
ción. Así estoy persuadido á que en lo mismo que puede disonar á algunos en sus es- 
critos, no fué conducido de alguna pasión viciosa. 



148 



F E I J OO 



VI 



Mas la pasión nacional de que hasta aquí hemos hablado 
es un vicio, si así se puede decir, inocente, en comparación 
de otra, que así como más común, es también más pernicio- 
sa. Hablo de aquel desordenado afecto que no es relativo al 
todo de la república, sino al propio y particular territorio. 
No niego que debajo del nombre de patria, no sólo se entien- 
de la república ó estado cuyos miembros somos y á quien po- 
demos llamar patria común, mas también la provincia, la 
diócesi, la ciudad ó distrito donde nace cada uno, y á quien 
llamaremos patria particular. Pero asimismo es cierto, que 
no es el amor á la patria, tomada en este segundo sentido, 
sino en el primero, el que califican con ejemplos, persuasio- 
nes y apotegmas, historiadores, oradores y filósofos. La pa- 
tria á quien sacrifican su aliento las armas heroicas, á quien 
debemos estimar sobre nuestros particulares intereses , la 
acreedora á todos los obsequios posibles, es aquel cuerpo de 
estado donde, debajo de un gobierno civil, estamos unidos 
con la coyunda de unas mismas leyes. Así, España es el ob- 
jeto propio del amor del español, Francia del francés, Polo- 
nia del polaco. Esto se entiende cuando la transmigración á 
otro país no los haga miembros de otro estado, en cuyo caso 
este debe prevalecer al país donde nacieron, sobre lo cual 
haremos abajo una importante advertencia. Las divisiones 
particulares que se hacen de un dominio en varias provincias 
ó partidos son muy materiales, para que por ellas se hayan 
de dividir los corazones. 

El amor de la patria particular, en vez de ser útil á la repú- 
blica, le es por muchos capítulos nocivo. Ya porque induce 
alguna división en los ánimos, que debieran estar recíproca- 
mente unidos para hacer más firme y constante la sociedad 
común; ya porque es un incentivo de guerras civiles y de 
revueltas contra el soberano, siempre que, considerándose 
agraviada alguna provincia, juzgan los individuos de ella que 



OBRAS ESCOGIDAS I49 

es obligación superior á todos los demás respetos el desagra- 
vio de la patria ofendida ; ya, en fin, porque es un grande 
estorbo á la recta administración de justicia en todo género 
de clases y ministerios. 

.Este último inconveniente es tan común y visible, que á 
nadie se esconde; y (lo que es peor) ni aun procura esconder- 
se. A cara descubierta se entra esta peste que llaman paisa- 
nismo á corromper intenciones, por otra parte muy buenas, 
en aquellos teatros, donde se hace distribución de empleos 
honoríficos ó útiles. ¿Qué sagrado se ha defendido bastante- 
mente de este declarado enemigo de la razón y equidad? 
i Cuántos corazones inaccesibles á las tentaciones del oro, 
insensibles á los halagos de la ambición, intrépidos á las ame- 
nazas del poder, se han dejado pervertir míseramente de la 
pasión nacional! Ya cualquiera que entabla pretensiones fue- 
ra de su tierra, se hace la cuenta de tener tantos valedores, 
cuantos paisanos suyos hubiere en la parte donde pretende, 
que sean poderosos para coadyuvar al logro. No importa que 
la pretensión no sea razonable, porque el mayor mérito para 
el paisano es ser paisano. Hombres se han visto, en lo de- 
más de grande integridad de vida, sumamente achacosos de 
esta dolencia. De donde he discurrido que esta es una má- 
quina infernal, sagazmente inventada por el demonio para 
vencer á las almas por otra parte invencibles. ¡Ay de Aquiles, 
aunque sólo por una pequeña parte del cuerpo sea capaz de 
herida, y en todo el resto invulnerable, si á aquella pequeña 
parte se endereza la flecha de Páris! 



VII 



No condeno aquel afecto al suelo natalicio que sea sin per- 
juicio de tercero. Paréceme muy bien que Aristóteles se apro- 
vechase del favor de Alejandro para la reedificación de Es- 
tagira , su patria, arruinada por los soldados de Filipo. 
Y repruebo la indiferencia de Grates, cuya ciudad había 



1 5o 



FE I JOO 



padecido igual infortunio, y preguntado por el mismo Ale- 
jandro si quería que se reedificase, respondió: «¿Para qué, 
si después vendrá otro Alejandro, que la destruya de nuevo?» 
¡Oh, cuánto y cuan ridiculamente afectaba parecer filósofo 
el que rehusaba á sus compatriotas tan señalado beneficio, 
sólo por lograr un frío apotegma ! El mal estuvo en que no 
se le ofreciese por la parte contraria alguna sentencia opor- 
tuna. En ese caso aceptaría el favor de Alejandro. Tengo 
observado que no hay sujetos más inútiles para consultados 
sobre asuntos serios, que aquellos que se precian de decido- 
res, porque tuercen siempre el voto hacia aquella parte por 
donde los ocurre el buen dicho, y no se embarazan en discu- 
rrir sin acierto, como logren explicarse con aire. 

Vuelvo á decir, que no condeno algún afecto inocente y 
moderado al suelo natalicio. Un amor nimiamente tierno es 
más propio de mujeres y de niños recién extraídos á otro 
clima, que de hombres. Por tanto, juzgo que el divino Ho- 
mero se humanó demasiado cuando pintó á Ulises entre los 
regalos de Feacia, anhelando ver el humo que se levantaba 
sobre los montes de su patria Itaca: 



Exoptans oculis surgentem cerneré fuvium 
Natalis terroe. 



Es muy pueril esta ternura para el más sabio de los grie- 
gos. Mas al fin no hay mucho inconveniente en mirar con 
ternura el humo de la patria, como el humo de la patria no 
ciegue al que le mira. Mírese el humo de la propia tierra, 
mas ¡ ay Dios 1 no se prefiera ese humo á luz y resplandor de 
las extrañas. Esto es lo que se ve suceder cada día. El que, 
por estar colocado en puesto eminente, tiene varias provi- 
siones á su arbitrio, apenas halla sujetos que le cuadren para 
los empleos, sino los de su país. En vano se le representa 
que éstos son ineptos ó que hay otros más aptos. El humo 
de su país es aromático para su gusto, y abandonará por él 
las luces más brillantes de otras tierras. ¡Oh, cuánto ciega 
este humo los ojos! ¡Oh, cuánto daña las cabezas! 

Es verdad que algunos pecan en esta materia muy con los 
ojos abiertos. Hablo de aquellos que con el fin de formarse 
partido, donde estribe su autoridad, sin atender al mérito. 



OBRAS ESCOGIDAS i5t 

levantan en el mayor número que pueden sujetos de su 
país. Esto no es amar á su país , sino á sí mismos, y es bene- 
ficiar su tierra como la beneficia el labrador, que en lo que 
la cultiva no busca el provecho de la misma tierra, sino su 
conveniencia propia. Estos son declarados enemigos de la 
república; porque no pudiendo un corto territorio contribuir 
capacidades bastantes para muchos empleos, llenan los pues- 
tos de sujetos indignos; lo que, si no es la mayor ruina de un 
estado, es por lo menos última disposición para ella. 

De aquellos que ejercitan su pasión creyendo que los suje- 
tos de que echan mano son los más beneméritos, no sé qué 
me diga. Pero ¿qué titubeo? Es una ceguera voluntaria, que 
en ningún modo los disculpa. Cuando el exceso del desaten- 
dido al premiado es tan notorio, que á todos se manifiesta 
sino al mismo que elige, ¿qué duda tiene que éste cierra los 
ojos para no verle, ó que con el microscopio de la pasión 
abulta en el querido las virtudes, y en el desfavorecido los 
defectos ? Apenas hay hombre que no tenga algo de bueno, 
ni hombre que no tenga algo de malo; hombre sin algún de- 
fecto será un milagro ; hombre sin alguna virtud será un 
monstruo. Por eso dijo san Agustín, que tan rara es entre 
nosotros una malicia gigante, como una virtud eminente: 
Sicut magna pietas paucorum est, ita et magna impietas nihi- 
lominus paucorum est (Serm. lo. De vej-bis Domini). Lo que 
sucede, pues, es, que la pasión, habiendo de elegir entre su- 
jetos muy desiguales, engrandece lo que hay de bueno en el 
malo, y lo que hay de malo en el bueno. No hay más infiel 
balanza que la de la pasión para pesar el mérito, y esta es la 
que comunmente usan los hombres. Por eso dijo David que 
los hombres son mentirosos en sus balanzas: Mendaces filii 
hominum in state?'is. En Job veo que se pondera la grandeza 
de Dios, porque fué poderoso para dar peso al viento: Qui 
fecit ventis pondus. Mas no sé cómo lo entienda; porque veo 
también que los poderosos del mundo, en la balanza de su 
pasión, frecuentemente dan peso, y mucho peso, al aire. ¿Qué 
veis en aquel sujeto que acaban de elevar ahora? Nada de 
solidez, nada, sino aire y vanidad: pues á ese aire le dio el 
poderoso que le exaltó más peso que al oro de otro sujeto 
que concurrió con él. ¿Y cómo fué esto? Puso en la balanza 
juntamente con aquel aire la tierra (quiero decir la tierra 



l52 FEIJOO ' 

donde nació), y esta tierra pesa mucho en aquella balanza. 
Sucede en las contiendas sobre ocupar puestos, lo que en 
la lid de Hércules y Anteo. Era aquél mucho más valiente 
que éste, y le derribaba á cada paso ; pero la caída le ponía á 
Anteo en estado de repetir con ventajas la lucha, porque le 
duplicaba las fuerzas el contacto de la tierra. Es el caso que, 
según la mitología, era hijo de la tierra Anteo ; y como los 
antiguos, debajo del velo de las fábulas, ocultaban las máxi- 
mas físicas y morales (y así, la voz mitología significa la ex- 
plicación de aquellas misteriosas ficciones), creo que en la 
presente no nos quisieron decir otra cosa, sino que, según 
corren las cosas en el mundo, cada tierra les da con su reco- 
mendación fuerzas á sus hijos para vencer á los extraños, 
aunque éstos sean de mejores alientos. Apartó Hércules á 
Anteo de la tierra, elevándole en el aire, y de este modo no 
tuvo dificultad en vencerle. ¡Oh, si en muchas ocasiones el 
valor de los sujetos se examinase, desprendiéndolos del favor 
que les da su propio país, cuánto mejor se conociera de parte 
de quiénes está la ventaja ! 



VIII 



Estos hombres de genio nacional, cuyo espíritu es todo 
carne y sangre, cuyo pecho anda, como el de la serpiente, 
siempre pegado á la tierra, si se introducen en el paraíso de 
una comunidad eclesiástica, ó en el cielo de una religión, ha- 
cen en ellas lo que la antigua serpiente en el otro paraíso, lo 
que Luzbel en el cielo, introducir sediciones, desobediencias, 
cismas, batallas. Ningún fuego tan violento asuela el edificio 
en cuyos materiales ha prendido, como la llama de la pasión 
nacional la casa de Dios, en cebándose en las piedras del san- 
tuario. El mérito le atropella, la razón gime, la ira tumultúa, 
la indignidad se exalta, la ambición reina. Los corazones que 
debieran estar dulcemente unidos con el vínculo de la caridad 
fraternal, míseramente despedazado aquel sacro lazo, no res- 



OBRAS ESCOGIDAS 1 53 

piran sino venganzas y enconos. ¡ Las bocas donde sólo ha- 
bían de sonar las divinas alabanzas, no articulan sino amena- 
zas y quejas 1 ¡Tanteo ne animis coelestibiis ii^ce ! Fórmanse 
partidos, alístanse auxiliares, ordénanse escuadrones, y el 
templo ó el claustro sirven de campaña á una civil guerra po- 
lítica. ¡Ay del vencido ! ¡ay del vencedor! Aquél, perdiendo 
la batalla, pierde también la paciencia-; éste, ganando el 
triunfo, se pierde á sí mismo. 

En ningunas palabras de la sagrada Escriturase dibuja más 
vivamente la vocación de una alma á la vida religiosa que en 
aquellas del salmo 44 : « Oye, hija, y mira, inclina tu oído, y 
olvida tu pueblo y la casa de tu padre.» ¡ Oh, cuánto desdice 
de su vocación el que, bien lejos de olvidar la casa de su pa- 
dre y su propio pueblo, tiene en su corazón y memoria, no 
sólo casa y pueblo, mas aun toda la provincia ! 

Alejandro, vencidos los persas, hizo que los soldados ma- 
cedonios se casasen con doncellas persianas, á fin (dice Plu- 
tarco) de que, olvidados de su patria, sólo tuviesen por pai- 
sanos á los buenos, y por forasteros á los malos : Ut mundum 
pro patria^ castj-a pro arce, bonos pro cognatis^ malos pro pe^ 
regrinis agnoscerent. Si esto era justo en los soldados de 
Alejandro, ¿qué será en los soldados de Cristo? 

Es apotegma de muchos sabios gentiles, que para el varón 
fuerte todo el mundo es patria ; y es sentencia común de 
doctores católicos, que para el religioso todo el mundo es 
destierro. Lo primero es propio de un ánimo excelso ; lo se- 
gundo, de un espíritu celestial. El que liga su corazón á aquel 
rincón de tierra en que ha nacido, ni mira á todo el mundo 
como patria ni como destierro. Así, el mundo le debe despre- 
ciar como espíritu bajo, el cielo despreciarle como forastero. 

Creo, no obstante, que en aquellas dos sentencias hay algo 
de expresión figurada, pues ni el religioso ni el héroe están 
exentos de amar y servir la república civil, cuyos miembros 
son, con preferencia á las demás repúblicas ó reinos. Pero 
también entiendo que esta obligación no se la vincula la re- 
pública porque nacimos en su distrito, sino porque compo- 
nemos su sociedad. Así, el que legítimamente es transferido 
áotro dominio distinto de aquel en que ha nacido, y se ave- 
cinda en él, contrae, respecto de aquella república, la misma 
obligación que antes tenía á la que le dio cuna, y la debe mi- 



I 54 FE I JO o 

rar como patria suya. Esto no entendieron muchos hombres 
grandes de la antigüedad; por cuya razón se hallan en varios 
escritores celebradas como heroicas algunas acciones que 
debieran condenarse como infames. Demarato, rey de Espar- 
ta, arrojado injustamente del solio y de la patria por los su- 
yos, fué acogido benignamente por los persas. Avecindado 
entre ellos y sujeto á aquel imperio, se añadió, sobre la obli- 
gación del agradecimiento, el vínculo del vasallaje. Mas veis 
aquí que meditando los persas una expedición militar contra 
los lacedemonios, sabedor de la deliberación Demarato, se la 
revela á los de Esparta para que se prevengan. Celebra He- 
rodoto, y con él otros muchos escritores, esta acción como 
parto glorioso del heroico amor que Demarato profesaba á su 
patria. Pero yo digo que fué una acción pérfida, ruin, indig- 
na, alevosa ; porque en virtud de las circunstancias antece- 
dentes, la deuda de su lealtad se había transferido, junta- 
mente con la persona, de Lacedemonia á Persia. 

Por conclusión digo, que en caso que por razón del naci- 
miento contraigamos alguna obligación á la patria particular 
ó suelo que nos sirvió de cuna, esta deuda es inferior á otras 
cualesquiera obligaciones cristianas ó políticas. Es tan mate- 
rial la diferencia de nacer en esta tierra ó en aquella, que otro 
cualquiera respecto debe preponderar á esta consideración; 
y así, sólo se podrá preferir el paisano por razón de paisano 
al que no lo es, en caso de una perfecta igualdad en todas las 
demás circunstancias. 

En los superiores, ni aun con esta limitación admito algu- 
na particularidad respecto de sus compatriotas, por las razo- 
nes siguientes: la primera, porque sin un perfecto desprendi- 
miento de esta pasión, apenas puede evitarse el riesgo de 
pasar, en una ocasión ó en otra, de la gracia á la injusticia. 
1.a segunda, porque de cualquier modo que se limite el favor 
á los paisanos, ya se incurre en la acepción de personas, que 
deben huir todos los que gobiernan. La tercera, porque como 
los superiores verdaderamente son padres, la razón de hijos 
en los subditos, como circunstancia incomparablemente más 
poderosa para el afecto, sofoca á otros cualesquiera motivos 
de inclinación, exceptuando únicamente la ventaja del méri- 
to. Sería cosa ridicula en un padre querer más á un hijo que 
á otro, sólo porque aquél hubiese nacido en su propio lugar, 



OBRAS ESCOGIDAS l55 

y á éste le pariese su madre estando ausente á alguna pere- 
grinación. Por tanto, todos los que gobiernan deben tener 
siempre en la memoria y en el corazón aquella máxima de la 
famosa reina de Cartago, que en la esperanza de que por 
medio del matrimonio con Eneas se agregasen los advenedi- 
zos troyanos á sus compatriotas los tirios, preparaba con per- 
fecta igualdad el afecto de reina á unos y otros : 

Tros, tyyiusquc uiihi millo discrimine ageltir. 



IX 



Habiendo hablado aquí del favor que se puede prestar al 
paisano, en concurrencia de igual mérito con el forastero, 
me pareció tocar con esta ocasión un punto moral de frecuen- 
te ocurrencia en la práctica, y en que he visto comunísima- 
mente errar á hombres por otra parte no ignorantes. Los que 
tienen á su cargo la distribución de empleos honoríficos ó úti- 
les, si no tienen perfecto conocimiento del mérito de los pre- 
tendientes, suelen valerse de informes, ó judiciales ó extraju- 
diciales. Es el caso ordinarísimo en la provisión de cátedras 
que hace el Rey ó su supremo Consejo para muchas universi- 
dades. En esta de Oviedo informan promiscuamente todos 
los doctores al real Consejo para todas las cátedras de las fa- 
cultades que en ella se enseñan. Supongo que el que con au- 
toridad, ó propia ó delegada, hace la provisión, propuestos 
dos sujetos de igual aptitud y mérito, puede elegir al que 
quisiere. La duda sólo puede estar de parte de los informan- 
tes ; y en éstos he visto por lo común el error de que entre 
sujetos iguales pueden aplicar la gracia del informe al que 
fuere más de su agrado, graduándole en mejor lugar que al 
otro concurrente, ó proponiéndole como único acreedor á la 
cátedra vacante. 

Llamóle error, porque, en mi sentir, carece de toda proba- 
bilidad. Lo cual se demostrará descubriendo las malicias que 



1 56 



FE 1 J o o 



envuelve en su acción el que entre dos sujetos iguales, Pedro 
y Juan verbi gracia, informa con preferencia por Pedro; por- 
que yo hallo en ella, no una sola, sino tres distintas, y todas 
tres graves. Lo primero, falta gravemente en el informe á la 
virtud de legalidad, la cual le obliga á proponer los sujetos 
según el grado de su mérito, y éste le altera, pues representa 
á Pedro como superior á Juan, no siéndolo en la realidad. Lo 
segundo, comete pecado de injusticia contra el Príncipe, 
usurpándole ó preocupándole el derecho que tiene para ele- 
gir entre Pedro y Juan. Lo tercero, comete también pecado 
de injusticia contra el mismo Juan, el cual es acreedor á que 
se represente su mérito según el grado que tiene, y es mani- 
fiesta injuria proponerle como inferior á Pedro, siendo igual; 
lo cual, sobre poderle perjudicar para otros efectos, le hace 
el daño de imposibilitarle la gracia que acaso le haría el Prín- 
cipe, eligiéndole en competencia de Pedro. El padre Andrés 
Mendo, en su tomo De jure académico^ toca este punto y es 
de nuestro sentir, aunque está algo diminuto en la prueba, 
porque no hizo reflexión sino sobre este último perjuicio que 
acabamos de poner. 

De aquí se colige que nunca puede llegar el caso de hacer 
gracia alguna el informante á aquel por quien informa, ni en 
la materia expresada, ni en otra, ni en informe judicial ni ex- 
trajudicial, porque entre sujetos iguales hemos visto que no 
cabe; y si son desiguales, por sí mismo es patente. Por con- 
siguiente, para quien obra con conciencia son totalmente 
inútiles las recomendaciones de la amistad, del paisanismo, 
del agradecimiento, de la alianza de escuela, religión ó cole- 
gio, ú otras cualesquiera. Pero la lástima es que en la prác- 
tica se palpa la eficacia de estas recomendaciones, aun en 
desigualdad de méritos, por cuyo motivo, llegando el caso de 
una oposición, más trabajan los concurrentes en buscar pa- 
drinos que en estudiar cuestiones, y más se revuelven las co- 
nexiones de los votantes que los libros de la facultad. Llega 
á tanto el abuso, que á veces se trata como culpa el obrar 
rectamente. Si el votante, solicitado de alguna persona de 
especial estimación, le responde con desengaño, se dice que 
es un hombre duro, inurbano y de ninguna policía; si no se 
dobla al ruego del bienhechor, se queja éste de que es ingra- 
to ; si no se rinde á la interposición del amigo, se clama que 



OBRAS ESCOGIDAS 



i57 



falta á la deuda de la amistad. En fin (no puede haber más 
intolerable error), he visto más de diez veces muy preconiza- 
dos por hombres de bien aquellos que siempre sujetan sus 
votos á estos ú otros temporales respetos. Aquí de la razón. 
¿Hay algún amigo tan bueno ni tan grande como Dios .<* ¿Hay 
algún bienhechor, á quien debamos tanto como á Él? Pues 
¿cómo es esto? ¿ Es atento, es honrado, es hombre de bien 
el que falta al mayor amigo, al bienhechor máximo, que es 
Dios, obrando injustamente por una criatura á quien debe 
este ó aquel limitado respeto, y á quien no debe cosa alguna 
que no se la deba á Dios principalísimamente? En vano he 
representado estas consideraciones en varias conversaciones 
privadas. Creo que también en vano las saco ahora al públi- 
co. Mas, si no aprovecharen para enmienda del abuso, sirvan 
siquiera para desahogo de mi dolor. 




VI 



FISIONOMÍA 



HE visto que algunos discretos, al notar la escasez de 
voces que padecen aun los idiomas más abundantes, 
se quejan de que faltan nombres para muchas cosas; 
pero nunca vi quejarse alguno de que faltan cosas para mu- 
chos nombres. Sin embargo, ello sucede así, y esta segunda 
falta nos debe ser más sensible que la primera. Los nombres 
de todas las artes divinatorias, y aun de otras algunas que no 
lo son, están ociosos en los diccionarios, por falta de objetos. 
¿Qué significa esta voz astrología? Un arte de pronosticar ó 
conocer los sucesos futuros por la inspección de los astros. 
Gran cosa sería tal arte si la hubiese ; pero la lástima es, que 
sólo existe en la fantasía de hombres ilusos. ¿Qué significa 
esta voz C7'isopeya? Un arte de transmutar los demás metales 
en oro. Gran cosa sin duda! Pero ¿dónde está esta señora? 
Distante de nosotros muchos millones de leguas, pues no salió 
hasta ahora de los espacios imaginarios. Ya ve el lector adon- 
de camino. 



I 6o F E IJ o o 

Esta voz fisionomía significa un arte, que enseña á conocer, 
por los lineamentos externos y color del cuerpo, las disposi- 
ciones internas, que sirven á las operaciones de el alma. De- 
cimos en la definición de el cuerpo^ no precisamente del ros- 
tro, porque la inspección sola de el rostro toca á una parte 
de la fisionomía, que se llama metoposcopia. Así, \a. fisionomía 
examina todo el cuerpo; la metoposcopia sólo la cara. Facul- 
tad precisa, si la hay; pues le es importantísimo al hombre, 
para todos los usos de la vida civil, conocer el interior de los 
demás hombres. Pero el mal es, que la cosa falta y el nombre 
sobra. 

Paréceme á mí, que los que de la consideración de las fac- 
ciones quieren inferir el conocimiento de las almas, invierten 
el orden de la naturaleza, porque fían á los ojos un oficio, 
que toca principalmente á los oídos. Hizo la naturaleza los 
ojos para registrar los cuerpos, los oídos para examinar las 
almas. A quien quisiere conocer el interior de otro, lo que 
más importa no es verle, sino oirle. Verdad es, que también 
este medio es falible, porque no siempre corresponden las 
palabras á los conceptos ; mas una atenta observación, por la 
mayor parte descubrirá el dolo, siendo el trato algo frecuente, 
y al fin padecerán muchas veces ilusión los oídos ; mas nunca, 
siguiendo las reglas fisionómicas comunes, alcanzarán la ver- 
dad los ojos. 



II 



El principal fundamento (omitiendo por ahora otro que tie- 
ne lugar más cómodo en el discurso siguiente) (i) de los que 
defienden la fisionomía como arte verdaderamente conjetural, 
es la observada proporción del cuerpo con el alma, de la ma- 
teria con la forma. A distintas especies de almas correspon- 
den organizaciones específicamente diversas. Cada especie de 
animales tiene su particular conformación, no sólo en los ór- 
ganos internos, mas también en los miembros exteriores; de 



( I ) No se inserta en esta colección. — f'N'. de los E) . 



OBRASESCOGIDAS l6l 

modo que la figura es imagen de la substancia y sello de la 
naturaleza. 

De la especie pasan los fisionomistas al individuo, preten- 
diendo, que, como la diversidad específica y esencial, digá- 
moslo así, de figura, arguye diversa substancia y diversas 
propiedades en la forma, la accidental, que hay dentro de 
cada especie, no sólo en la figura, mas también en textura y 
color, debe inferir distintas inclinaciones, pasiones, afectos y 
más ó menos robustas facultades en cada individuo, salvando 
la uniformidad esencial de la especie. 

Supuesto este fundamento del arte, establecen sus reglas 
generales ; esto es, señalan los principios de donde se deben 
derivar las particulares. Estos principios son cinco. El prime- 
ro, la analogía en la figura con alguna especie de animales. El 
segundo, la semejanza con otros hombres, cuyas cualidades 
se suponen exploradas. El tercero, aquella disposición exte- 
rior, que inducen algunas pasiones. El cuarto, la representa- 
ción del temperamento. El quinto, la representación de otro 
sexo. Por el primer principio se dirá, que es animoso aquel 
hombre cuya figura simbolizare algo con la del león. Por el 
segundo se dirá, que es tímido aquel que en el aspecto se pa- 
rece á otros hombres que se sabe son tímidos. Por el tercero, 
que es mal acondicionado el cejijunto, porque el que está 
enfadado suele juntar las cejas, arrugando el espacio interme- 
dio. Por el cuarto, que es melancólico el de tez morena y 
arrugada, porque el humor atrabiliario se supone negro y seco. 
Por el quinto se dice, que los muy blancos son débiles y tí- 
midos, porque este color es propio de las mujeres. Basta para 
explicación de cada regla un ejemplo. 

Aristóteles, que trató de intento esta materia, propone es- 
tos cinco principios, aunque con tanta confusión, que es casi 
menester un nuevo arte fisionómico para explorar, por la su- 
perficie de la letra, la mente del autor. Esto puede atribuirse 
á la impericia del intérprete, que tradujo el libro de fisiono- 
mía de griego en latín. Pero la falta de método, que reina en 
toda la obra, hace sospechar que sea parto supuesto á Aris- 
tóteles, siendo cierto, que en el orden y distribución metódi- 
ca excedió este filósofo á todos los demás de la antigüedad. 

Mas, sea ó no de Aristóteles el libro de fisionomía, que 
anda entre sus obras, decimos que los principios señalados 
son vanos, antojadizos y desnudos de razón. 



l62 



FE I JO o 



III 



Empezando por el primero, ¿quién no ve que por más que 
se parezca un hombre al león en la figura, mucho más se 
parecerá á otro hombre que es tímido? ¿Cómo, pues, puede 
preponderar para creerle animoso la semejanza imperfectísi- 
ma que tiene con un animal robusto y atrevido, sobre otra, 
mucho más perfecta, con un animal cobarde? Más: es sin 
duda, que muchos brutos muy estúpidos son mucho más se- 
mejantes al hombre en la figura que el elefante; no obstante 
lo cual, éste se parece mucho más que aquellos al hombre en 
la facultad perceptiva del alma. ¿Qué diremos del gobierno 
económico de las hormigas ? ¿ De la sagaz conducta de las 
abejas? Estas dos especies de animalillos distan infinito de la 
figura, textura y color del hombre; sin embargo de lo cual, 
imitan la industria y gobierno civil del hombre, con suma 
preferencia á otros brutos, cuya traza corporal se acerca mu- 
cho más á la nuestra. 

Juan Bautista Porta, que escribió un grueso libro de fisio- 
nomía, trabajó con tan prolijo cuidado en la aplicación de 
esta primera regla del arte, que hizo estampar en su obra las 
figuras de varios hombres, careadas con otras de algunas es- 
pecies de brutos, pero tan infelizmente, que este careo más 
sirve al desengaño que á la persuasión. Porque (pongo por 
ejemplo) parecen allí la figura de Platón y la del emperador 
Galba, sacadas de antiguos mármoles, cotejadas, y con algu- 
na, aunque diminutísima semejanza, la primera á la de un 
perro de caza, y la segunda á la del águila. ¿Qué semejanza 
tuvieron en las cualidades del ánimo, ni Platón con un perro 
ni Galba con el águila? Antes bien cuadraría mucho mejor la 
semejanza del águila á Platón, por los generosos y elevados 
vuelos de su ingenio. 



I 



OBRAS ESCOÜIDAS l63 



IV 



El segundo principio, si sólo pide la imitación de un hom- 
bre á otro en una, dos ó tres señales, inferirá cualidades 
opuestas en un mismo individuo; porque, pongo por ejemplo, 
carne blanda, cutis delicado y estatura mediana se dan por 
señales de ingenio, por haberse observado estas tres cosas 
en algunos hombres ingeniosos; pero del mismo modo serán 
señales de estupidez, porque se encuentran las mismas en 
innumerables estúpidos. Pero, si pide el complexo de mucho 
mayor número de señales, digo que será rarísima la concu- 
rrencia de todas ellas en un individuo, y por consiguiente, 
moralmente imposible la observación. Explicaréme: el padre 
Honorato Niquet, que goza la opinión de haber escrito de 
fisionomía, con más juicio y exactitud que todos los que le 
precedieron, pone catorce señales de buen ingenio, que son: 
carne blanda, cutis delgado, mediana estatura, ojos azules ó 
rojos, color blanco, cabellos medianamente duros, manos 
largas, dedos largos, aspecto dulce ó amoroso, cejas juntas, 
poca risa, frente abierta, sienes algo cóncavas, la cabeza que 
tenga figura de mazo. Yo he visto y tratado muchos hombres 
ingeniosos, pero en ninguno he encontrado este complejo de 
señas. ¿ Cómo podrá, pues, la observación experimental ase- 
gurarnos de que hay alguna verdad en esta materia .<* 



V 



El tercer principio no tiene más fundamento que una mal 
considerada analogía. Según la regla que él prescribe, se de- 
ducirá que el que es encendido de rostro es verecundo, por- 
que la vergüenza enciende el rostro, trayendo á él la sangre. 



1 64 F E I J o o 

Pero ¿no se ve que nacen de distintísimo principio uno y 
otro incendio? El actual, que excita la vergüenza, viene del 
movimiento que da á la sangre esta pasión. El habitual y es- 
table proviene, á lo que yo juzgo, de que las venas capilares, 
que discurren por el ámbito del semblante, son más anchas, y 
por consiguiente, reciben mayor copia de sangre. Acaso tam- 
bién, por ser más delgadas y transparentes sus túnicas, jun- 
tamente con el cutis, se hace más visible aquel rojo licor y se 
representa el rostro bañado del color sanguíneo. 



VI 



El cuarto principio supone dos cosas, la una cierta, pero la 
otra falsa. La cierta es, que así las inclinaciones y pasiones 
naturales, como la mayor ó menor aptitud de potencias inter- 
nas y externas, dependen en gran parte del temperamento. 
He dicho en gran parte, por no quitar la que se debe conce- 
der á la organización, entendida ésta como la hemos explica- 
do en el discurso de Defensa de las mujeres. Lo que supone 
falso aquel principio es, que el temperamento individual pue- 
da conocerse por los lineamientos, color ó textura del rostro. 

Que el temperamento consista en la mixtión de las cuatro 
primeras cualidades, como juzgan los galénicos, que en la 
combinación de mil millares de cosas, por la mayor parte 
incógnitas á nosotros, como yo pienso, lo que no tiene duda 
es, que no hay medio alguno para conocer el temperamento 
individual de cada hombre, con aquella determinación, que 
se requiere, para juzgar de su índole, capacidad, afectos, etc. 
¿ Qué haremos con saber, si aun siquiera eso se puede cono- 
cer por el rostro, que éste es pituitoso, aquél melancólico, el 
otro colérico, sanguíneo, etc.? ¿Quién no observa cada día, 
dentro de cualquiera de las nueve clases de temperamentos, 
que establecen los galénicos, hombres de diversísima índole 
y capacidad? Hay sanguíneos, pongo por ejemplo, de exce- 
lente ingenio, y sanguíneos muy estúpidos ; sanguíneos de 



OBRAS ESCOGIDAS l65 

bella índole, y sanguíneos de perversas inclinaciones; sanguí- 
neos mansos, y sanguíneos fieros; sanguíneos animosos como 
leones, y sanguíneos tímidos como ciervos. 

Aun en lo respectivo precisamente á la medicina es impe- 
netrable el temperamento. ¿Qué galénico presumirá enten- 
der más de temperamentos que el mismo Galeno? Pues Ga- 
leno confesó su ignorancia en esta parte, y llegó á decir, que 
se tendría por otro Apolo ó Esculapio, lo mismo en su inten- 
ción que tenerse por deidad, si conociese el temperamento 
de cada individuo. 



VII 



La falsedad del quinto principio "se descubre diariamente 
por la experiencia, pues á cada paso se ven hombres muy 
blancos y muy animosos y valientes. Los habitadores de las 
regiones septentrionales, que son mucho más blancos que 
nosotros, son también más fuertes y más audaces. 



VIII 



Descubierta la vanidad de las reglas generales de la fisio- 
nomía, ocioso es impugnar las particulares, pues éstas se in- 
fieren de aquellas, y nunca puede de antecedente falso salir 
consiguiente verdadero. 



IX 



Alegan los fisionómicos á favor de su profesión algunos ex- 
perimentos decantados en las historias. Los más famosos son 
los siguientes: un tal Zopiro, que se jactaba de penetrar por 
la inspección del semblante todas las cualidades de los suje- 



i66 



FE I JOO 



tos, viendo á Sócrates, á quien nunca había tratado, pronunció 
que era estúpido y lascivo. Fué reído de todos los circuns- 
tantes, que conocían la sabiduría y continencia de Sócrates. 
Pero el mismo Sócrates defendió á Zopiro, asegurando que 
éste realmente había comprehendido los vicios que tenía por 
naturaleza ; pero que él había corregido la naturaleza con la 
razón y el estudio. Refiérelo Cicerón. 

En el Teatro de la vida humana^ citando á Aristóteles, se 
lee que otro metoposcopo, llamado Filemón, dijo casi lo mis- 
mo de Hipócrates, habiendo visto una pintura suya; y que 
habiéndose indignado contra él los discípulos de Hipócrates, 
éste absolvió á Filemón, del mismo modo que Sócrates á Zo- 
piro. 

Plinio, ponderando la excelencia de Apeles en la pintura, 
cuenta que sacaba las imágenes de los rostros tan al vivo, que 
un profesor de la metoposcopia por ellas infería los años que 
habían vivido ó habían de vivir los sujetos representados en 
ellas. 

Estando el sultán Bayaceto resuelto á quitar la vida á Juan, 
duque de Borgoña, llamado el Intrépido^ á quien había hecho 
prisionero en la batalla de Nicópolis, se dice que un íisiono- 
mista turco le hizo retroceder de aquella resolución, porque 
habiendo hecho atenta inspección de su rostro y cuerpo, le 
aseguró al Sultán, que aquel prisionero había de causar in- 
mensa efusión de sangre y cruelísimas guerras entre los cris- 
tianos. Cuéntalo Ponto Heutero, en su Historia de Borgoña. 
Lo que no tiene duda es, que aquel revoltoso duque fué 
autor y conservador de unas pertinaces guerras civiles, que 
bañaron de sangre toda la Francia. 

Escribe Paulo Jovío que Antonio Tiberto, natural de Cese- 
na, celebre fisionomista, pronosticó á Guidón Balneo, muy 
favorecido de Pandulfo Malatesta, tirano de Arimino, que un 
íntimo amigo suyo le había de quitar la vida, y al mismo 
Pandulfo que había de ser arrojado de su patria y morir en 
suma miseria. Uno y otro sucedió. Guidón murió á manos 
del tirano, y éste murió desterrado, pobrísimo y abandonado 
de todo el mundo. 

Algunos que quieren que también haya santos abogados de 
la fisionomía, añaden el ejemplo de san Gregorio Naciance- 
no, el cual, viendo en Atenas á Juliano Apóstata, y conside- 



OBRAS ESCOGIDAS 1 67 

rando su rostro y cuerpo, exclamó: — \ Oh cuánto mal se cría 
en este joven al imperio romano 1 Y el de san Carlos Borro- 
meo, que no admitía á su servicio sino gente de buena cara 
y cuerpo, diciendo que en cuerpos hermosos habitaban tam- 
bién hermosas almas. 



X 



Todas estas historias no hacen fuerza alguna. Á la primera 
digo, que aun suponiendo gratuitamente su verdad, no favo- 
rece al arte fisionómico, pues Zopiro, diciendo que Sócrates 
era estúpido, evidentemente erró el fallo. Sócrates, prescin- 
diendo de la sabiduría, que pudo adquirir con el estudio, 
naturalmente era agudísimo y de sublime ingenio; con que 
el fisionomista en esta parte desbarró torpemente, y la con- 
fesión del filósofo sólo pudo caer, siendo verdadera, sobre 
la propensión á la incontinencia, la cual, á la verdad, suele 
figurarse mayor á los que con más cuidado la reprimen, por- 
que el miedo del enemigo engrandece sus fuerzas en la idea. 
Así, aunque Sócrates no tuviese más que una inclinación or- 
dinaria á la lascivia, la juzgaría excesiva, y Zopiro la inferiría, 
no del rostro, sino del concepto común de que pocos hom- 
bres hay, que no reconozcan en sí este enemigo doméstico. 

He procurado buscar en Aristóteles la especie de el meto- 
poscopo Filemón, y no la hallé. Acaso es ésta una de las 
muchas citas falsas que hay en los vastos libros del Teatro 
de la vida humana. Doy que sea verdadera. El acierto de File- 
món se deberá al acaso. Fácilmente se acreditará de fisiono- 
mista con el vulgo cualquiera que se jacte de adivinar las 
inclinaciones viciosas de los hombres por el rostro ; porque, 
como poquísimos gozan un temperamento tan feliz y tan pro- 
porcionado á la virtud, que no sientan los estímulos de algu- 
nas pasiones, en poquísimos se errará el fingido escrutinio. 

La noticia de Plinio tiene malísimo fiador en Apión. Este 
célebre gramático fué igualmente célebre embustero, como 
mostró bien en el tratado que escribió contra los judíos, todo 
lleno de mentiras y calumnias. Y ¿qué fe se debe dar á un 



1 68 



F EIJ o o 



hombre, el cual publicaba, que con la yerba mágica osiritis 
había evocado el alma de Homero del infierno, para pregun- 
tarle de qué patria era? Plinio, que refiere como tal esta men- 
tira de Apión, y hace de ella la irrisión debida, pudo ejecu- 
tar lo mismo con la adivinación de los años de vida, por la 
inspección de las pinturas de Apeles. 

Ponto Heutero refiere lo del fisionomista turco, sin afir- 
marlo, pues sólo dice, que algunos lo escribieron: 5w;2í ^wi 
scripsere. Y aunque lo afirmase, ¿ qué fe merecía una noticia 
tan extravagante, que para su comprobación aún serían pocos 
cien testigos de vista? Doy, que por el semblante pueda co- 
nocerse, que un hombre es feroz, osado, inquieto, ambicioso, 
como lo era el duque Juan. Esto no bastaba para pronosticar 
los grandes males, que había de causar á una parte de la 
cristiandad. Estos se ocasionaron de la muerte del duque de 
Orleans, ejecutada por el duque de Borgoña; y el motivo de 
ella fué celo por el público, ó verdadero ó aparente, contra 
la mala administración del reino, cuyo gobierno tenía en sus 
manos el duque de Orleans, como se lee en algunos autores; 
ó venganza de una injuria personal gravísima, como refieren 
otros. ¿ Pudo, por ventura, el fisionomista turco leer en el 
semblante del duque Juan, ni que el duque de Orleans había 
de gobernar tiránicamente el reino de Francia, ni que había 
de manchar, ú de palabra ú de obra, ó con la solicitación, ó 
con el efecto, ó con la jactancia de haber conseguido lo que 
no consiguió (que toda esta variedad hay en la narración) el 
honor del tálamo del duque de Borgoña? 

Esta misma reñexión sobra para desvanecer la relación de 
Paulo Jovio. ¡Qué insensatez i Creer que el infeliz Guidón 
descubría en sus facciones la traición que había de cometer 
con él un amigo suyo. ¿No es demasiadamente harto para la 
fisionomía, el permitirle que el hombre traiga estampadas en 
el rostro sus propias maldades, sino que ha de extender la 
pretensión á la ridicula quimera de que también se lean en él 
las maldades agenas? Ya en otra parte hemos insinuado la 
poca fe que merece Paulo Jovio, tratando de las maravillosas 
predicciones, que este autor atribuye á Bartolomé Cocles, por 
medio de la quiromancia. 

Lo de que el Nacianceno conociese el perverso ánimo de 
Juliano por la precisa inspección de los lineamientos del 



OBRAS ESCOGIDAS 1 69 

cuerpo, es falso. La verdad es, que le trató muy despacio en 
Atenas, donde concurrieron los dos á estudiar, y el trato se le 
dio á conocer en palabras, acciones y movimientos, que es 
todo lo que se puede colegir de lo que el mismo santo doctor 
dice sobre este punto, en la oración segunda contra Juliano. 

El ejemplo de san Carlos Borromeo nada favorece á los 
fisionomistas, pues éstos no pretenden que un cuerpo bien 
dispuesto y un rostro hermoso sean índices del complejo de 
virtudes intelectuales y morales, en que consiste la hermo- 
sura del alma; antes para muchas de aquellas proponen tales 
señales, que no dejará de ser muy feo el hombre en quien 
concurran, h'ongo por ejemplo: según Aristóteles, nariz re- 
donda y obtusa, ojos pequeños y cóncavos, son señales de 
magnanimidad; cabellos levantados arriba, de mansedumbre; 
ojos lacrimosos, de misericordia. Según*'el padre Niqueto, 
cuerpo pequeño, ojos pequeños y color macilento son señales 
de ingenio; cuello encorvado, de buena cogitativa; color es- 
cuálido, de ánimo fuerte; grandes orejas, de buena memoria. 
A esta cuenta será ingenioso, magnánimo, misericordioso, 
manso, fuerte, de buena memoria y cogitativa, el que fuere 
corcovado, legañoso, macilento, escuálido, tuviere grandes 
orejas, los cabellos revueltos arriba, ojos pequeños y cónca- 
vos, la nariz redonda y obtusa. Cierto que un hombre tal será 
extremadamente hermoso. 

Puede ser que aquel grande arzobispo amase la compañía 
de gente hermosa, por tener siempre delante de los ojos, en 
la belleza de las criaturas, un excitativo para elevar la mente 
á la hermosura del Criador. Mas si el motivo era el que se 
señala en el argumento, persuádome á que el Santo no aten- 
dería tanto aquella parte de la hermosura, que consiste en la 
justa medida y proporción de facciones y miembros, sino la 
otra que resulta al rostro de las buenas disposiciones del alma, 
y que como efecto de la hermosura del espíritu, la represen- 
ta. Lo que explicaremos adelante. 



XI 



Aunque lo que hemos dicho hasta aquí nos persuade bas- 
tantemente que es vano y sin fundamento cuanto está escrito 



lyo F E 1 j o o 

de lisionomía, no tenemos nuestras razones por tan conclu- 
yentcs, que no pueda apelarse de ellas á la observación expc* 
rimental. Y como yo no la he hecho ni puedo hacer por mi 
mismo, pues mis ocupaciones no me permiten gastar el tiem- 
po en eso, me ha parecido poner aquí, dividida en distintas 
tablas, toda la doctrina fisionómica del jesuíta Honorato Ni- 
queto, que, como arriba dije, tiene la reputación de haber es- 
crito en esta materia con más acierto que otros, por si algu- 
nos lectores, que están ociosos, quisieren aplicar algunos ra- 
tos á la diversión honesta de examinar con su observación, si 
efectivamente hay alguna correspondencia de los pretendidos 
signos á los significados. 



APÉNDICE 

Algunos grandes hombres han sido de sentir, que la her- 
mosura del cuerpo es fiadora de la hermosura del ánimo, 
como, al contrario, un cuerpo disforme infiere una alma mal 
acondicionada. Así san Ambrosio: Species corporis simula- 
chriim est mentís^ figuraque probitatis. San Agustín: Jmcom- 
positio corporis inc^qualitatem indicat mentís. Mas á la verdad, 
la expresión incompositio corporis más significa desorden y 
falta de "gravedad ó de modestia en los movimientos, que 
fealdad. El abad Panormitano: Rarenter in corpore deformi 
nobilis, formosusque animiis residet. El médico Rasis : Cujus 
facies deformis., vix potest habere bonos mores. Del mismo 
dictamen son Tiraquelo y otros jurisconsultos, entre los cua- 
les el célebre Jacobo Menochio llegó al extremo de pronun- 
ciar ser imposible, que hombre totalmente feo sea bueno : 
Fieri non potest.^ iit qui omnimo difoi'mis est., bonus sit. 

Lo que suelen decir los vulgares de los que padecen alguna 
particular deformidad, que están señalados de la naturaleza 
ó de la mano de Dios, para que los demás hombres se pre- 
caucionen de ellos, no es máxima tan privativa del vulgo, que 
no la hayan proferido sujetos nada vulgares. Dicen que Aris- 
tóteles frecuentemente repetía, que se debía huir de los que 
la naturaleza había seíialado : Cavendos quos natura notavit. 
Jerónimo Adamo Baucceno exprimió lo mismo en estos 
versos: 



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S7(nt sun signa probis: natn consentiré videntur 
Rt mens, et corpus: sutit quceqne signa inalis. 

Illas diligito; sed quos natnra 7iotavii 

Hos fnge: gens foe7inm cornihusilla gerit. 

Y de la Antología griega se tradujo el siguiente epigrama: 

Clanda tibiniens est, ni pes: natura notasque 
Exterior certas iníerioris hahet. 

Vulgarísimo es el de Marcial : 

Crine ruber, niger ore, brevis pede, lu7nine hiscns, 
¡Revt 7nagnam prcestns, Zoile, si bonus est! 

¿Pero habrá algo de verdad en esto? Respondo, que sí. 
Mas es menester proceder con distinción. Si se habla de aque- 
lla parcial hermosura ó fealdad, que proviene de la buena ó 
mala temperatura del ánimo, en la forma que explicamos en 
el discurso sobre el Nuevo arte Jisionómico^ la hermosura ó 
fealdad del cuerpo, como efecto suyo, infiere la hermosura ó 
fealdad del alma. Así, un rostro sereno, gesto amable, ojos 
apacibles, arguyen un genio dulce y tranquilo; sin que esta 
señal se contrareste, poco ni mucho, por la fealdad de las 
facciones ; y realmente esta especie de hermosura es la que 
más atrae y prenda. Por ella, según dice Plutarco, fué Age- 
silao, rey de Esparta, aunque de cuerpo pequeño y nada bien 
figurado, más amable que los más hermosos, no sólo en la ju- 
ventud, mas aun en la vejez : Dicitur pusilus fuisse, et specie 
aspernanda. Ccete?'uin hilaritas ejus^ et alacritas ómnibus ho- 
ris, urbanitasque^ aliena ab omni^ vel vocis^ vel vultus mo7^osi- 
tatCy et acervitate, amabiliorem euní ad senectutem usque pi-ce- 
buit ómnibus formosis. Al contrario, un gesto áspero, un modo 
de mirar torvo, unos movimientos desabridos, aunque, por 
otra parte, las facciones sean muy regulares, constituyen una 
especie de fealdad, que no pronostica favorablemente en or- 
den al interior. Pero es menester irse con mucho tiento en la 
ilación ; porque hay quienes á la primera inspección repre- 
sentan muy diferentemente de lo que significan, tratándolos 
algo. 



172 F E I J o o 

Si se habla de la hermosura y fealdad, que consiste en la 
proporción ó desproporción de las facciones, color del ros- 
tro, etc., digo, que ésta no tiene conexión alguna natural con 
las calidades del ánimo. Es más claro que la luz del medio- 
día, así por razón como por experiencia, que nariz torcida ó 
recta, orejas grandes ó pequeñas, labios rubicundos ó páli- 
dos, y así todo lo demás, nada infieren en orden á aquel tem- 
peramento ó disposición interna de que penden las buenas y 
malas inclinaciones. 

Pero por accidente puede influir algo, y en efecto influye en 
algunos, la deformidad del cuerpo en la del ánimo. Hay algu- 
nos hombres, que son malos porque son disformes, siendo en 
ellos la deformidad causa remota ocasional de la malicia. Es 
importantísima la advertencia que voy á hacer sobre el asun- 
to. Los que tienen alguna especial deformidad, si no son do- 
tados de una y otra ventajosa prenda, que los haga especta- 
bles, son objeto de la irrisión de los demás hombres. Esta 
experiencia los introduce un género de desafecto y ojeriza 
hacia ellos ; porque es naturalísimo, que un hombre no mire 
con buenos ojos á quien le insulta y escarnece sobre sus fal- 
tas; con que, al fin, muchos de éstos, que sueltan la rienda á 
aquella pasión de desafecto, se hacen dolosos y malévolos 
hacia los demás hombres, de que resulta cometer con ellos 
varias acciones injustas y ruines. Tal vez, no sólo á los que 
los mofan, á todos extienden su mal ánimo, por hacer con- 
cepto de que todos los miran con desprecio. 

Esta consideración debe retraernos de hacer irrisión de 
nadie con el motivo de su fealdad. La justicia y la caridad 
nos lo prohiben ; y, sobre pecar contra estas dos virtudes en 
aquella irrisión, nos hacemos también cómplices de la mala 
disposición de ánimo que ocasionamos en el sujeto : él tiene 
justo motivo para quejarse de nosotros; y así, á nuestra inso- 
lencia debemos imputar cualquiera despique que intente su 
enojo. Escribieron algunos, aunque Plinio lo impugna, que 
habiendo hecho Búbalo y Anterno, famosos escultores, una 
efigie del poeta Hipponax, que era feísimo, por hacer burla 
de él y porque todos la hiciesen, el poeta se vengó, compo- 
niendo contra ellos una sátira tan sangrienta, que despecha- 
dos, se ahorcaron. No fué tan culpable el poeta en valerse de 
su arte para la venganza, como los estatuarios en usar de la 



OBRAS ESCOGIDAS lyS 

suya para la injuria. Merecieron éstos el despique, porque 
aquél no había merecido la ofensa. 

Cerca de nuestros tiempos tenemos un notable ejemplar de 
las violentas iras que excita en los sujetos feos la irrisión de 
su fealdad. Uno de los más ardientes y eficaces motores de la 
famosa conspiración contra el cardenal de Richelieu, en que 
intervinieron el duque de Bullón, Enrique, marqués de Cinq- 
mars, gran caballero de Luís XIII, y Francisco Augusto Tua- 
no, consejero de Estado, fué un caballero francés, llamado 
Fontralles, hombre de gran sagacidad y osadía. Éste, no sólo 
produjo la última disposición á la empresa, agitando el espí- 
ritu fogoso de Cinqmars; mas se encargó de la parte más difícil 
y arriesgada de ella, que fué venir á la corte de Madrid á ne- 
gociar con el conde-duque de Olivares, primer ministro á la 
sazón de esta monarquía, asistencia de tropas españolas para 
el empeño, como en efecto concluyó con aquel ministro el 
tratado que deseaba, y lo llevó firmado á Francia; bien que, 
siendo á tiempo descubierto el proyecto por el Cardenal, todo 
se desvaneció; y el Tuano y Cinqmars perdieron las vidas en 
el cadalso, salvándose con la fuga el astuto Fontralles. Pero 
¿qué movió á este hombre á fomentar la conspiración, y to- 
mar á su cuenta los pasos más arriesgados de ella? Aquí entra 
lo que hace á nuestro propósito. Era Fontralles, sobre corco- 
vado, de muy feas facciones. Complacíase el Cardenal, muy 
de ordinario, en burlarse de él, diciéndole varias chanzonetas 
sobre este asunto. Éste fué todo el motivo que hubo, de parte 
de Fontralles, para arriesgar vida y honra, solicitándola ven- 
ganza. 

Los feos, que son agudos y prontos en decir, tienen en este 
talento un gran socorro para desquitarse de los que los zahie- 
ren sobre su mala figura. Un donaire picante los venga bas- 
tantemente, para quedar sin mucho sentimiento de la burla. 
Habiendo ido Gallias Agrigentino, hombre muy feo, pero de 
excelentes dotes de ánimo, con el asunto de cierta negocia- 
ción, de parte de su ciudad, á la de Centoripo, congregados 
los de este pueblo para recibirle, al ver su torpe aspecto, se 
soltaron todos en descompuestas carcajadas. Mas él, muy 
sobre sí, «Centoripinos, les dijo, no tenéis que extrañar mi 
fealdad; porque es costumbre en Agrigento, cuando se hace 
legacía á alguna grande y noble ciudad, elegir para ella algún 



174 F E 1 j o o 

varón de gallarda presencia; inas cuando se trata de despa- 
char legado á un pueblo ruin y despreciable, se echa mano 
de uno de los ciudadanos más feos.» Hermoso despique. Es 
verdad que este recurso no sirve, ó sería muy arriesgado, 
cuando el insultado es subdito del que insulta, ó de clase 
muy inferior a la de éste. 

Verdaderamente, juzgo inhumanidad y barbarie hacer de 
la fealdad asunto para el oprobio; porque es hacer padecer al 
hombre por lo que en él es inculpable. Y aun, si se nota que 
se le hiere, no por lo que él hizo, sino por lo que Dios hizo 
en él, se hallará, que en alguna manera se toma por blanco 
de la irrisión la Deidad. 

Por lo que hemos dicho de la conexión ó inconexión de la 
deformidad del cuerpo con la del alma, se puede hacer crisis 
de la estimación, que tiene entre los jurisconsultos esta seña, 
cuando se trata de averiguar el autor de algún delito. 



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176 F El J o o 

Adviértase que en la tabla de arriba pueden tomarse recí- 
procamente como significantes y significados, así los tempe- 
ramentos como las condiciones, que ponemos por significan- 
tes de ellos. 

En la tabla siguiente están los significados á la izquierda 
de los significantes. 



Tabla segunda, donde se ponen lo que significan en particular 
el cuerpo y cada parte suya. 

Cuerpo. Significa. 

í Tardo y ñojo, si fuere húme- 
Grande . ..... : do y frío. Bueno y de larga 

I vida, si fuere cálido y seco. 

Muy largo y craso Cálido )'■ húmedo. 

r>^ ' í Ingenio agudo y prudente, 

Pequeño ! ? 

\ fuerte y atrevido. 

Con sequedad ( Malo por la precipitación y 

( confusión. 

Con humedad Buena temperie. 

Que crece presto Cálido y húmedo. 

Las partes inferiores mayores/ Soñoliento, locuaz y de corta 

que las superiores. . . .( memoria. 
Las partes superiores mayores/ Propio del sexo viril, tempe- 

que las inferiores ( ramento cálido. 

De mediana estatura. . . . Excelente constitución. 

Cabera. Significa. 

^ , • ' ( Excelente entendimiento, pe- 

Grande con proporción y ma- 1 ., . . ' *^ • 

., I ro no sutil. Gran juicio, lar- 

y ga vida. 
Grande, desproporcionada y/ Soñoliento , ingenio obtuso, 

corpulenta .\ flojo, tímido. 

Celebro cálido y seco, genio 

Pequeña sin proporción á las '"'1°'="' f°'°' P^-ecipitado, 

demás partes del cuerpo. . P'^"'" Pedente y sagaz. Me- 

mona débil. Complexión 
morbosa. 



OBRAS ESCOGIDAS 177 

Cabe:(a. Significa. 

_ , . , ( Mala, pero no tanto como la 

Pequeña con proporción. . v i . . 

^ ^ ^ I grande sin proporción. 

Esférica Ingenio confuso. 

Inclinada Tímido, vergonzoso. 

Cóncava por la parte anteriorf 

y posterior ^ Muy mala. 

Con eminencias Excelente. 

Comprimida en las sienes.. . Juicio débil. 

Cabello. Significa. 

Blanco Frío y húmedo. 

Negro Cálido. 

^ ,. (Iracundo, fuerte, agudo, au- 

Rubio , 

{ daz. 

.,, f Canicie temprana, calva muy 

Plano, recto y sencillo.. . .{ , 

Crespo Calva temprana, canicie tarda. 

Largo Ágil. 

Corto Perezoso. 

Blando Tímido, pusilánime. 

Duro Fuerte, animoso. 

Mucho Lujurioso. 

Mediano, entre duro y blando. Ingenioso. 

Cara. Significa. 

Grande y larga Húmedo, flojo, perezoso. 

/ Astuto, pendenciero, prcsun- 

^'^^^^"^ I tuoso. 

Macilenta Ingenioso, ágil, diligente. 

Crasa Perezoso, tímido. 

(Pituitoso, afeminado, libidi- 

Blanca. . . '. i 

^ noso. 

Pálida Pituitoso, tímido, triste. 

Algo negra, con rubor. . . . Turbulento, ingenioso. 

( Bello temperamento, sanguí- 
Blanca y rubicunda ^ neo, ingenioso. 

Rubicunda con adustión. . . Genio pendenciero. 
Purpúrea Vergonzoso. 



178 FE I J o o 

Cara. Significa. 

í Colérico, magnánimo, audaz, 
Amarilla o roja ^ astuto, inconstante. 

Maculosa Astuto. 

Flámmea Maníaco. 

Frente. Significa. 

Pequeña, estrecha Necio, flemático. 

Larga ó ancha Ingenioso, buena imaginativa. 

Grande . Perezoso. 

Mediana, pero más pequeña/ 

^ ^ 1 \ Agudo, mgenioso. 

que grande K ^ 1 & 

Redonda Estúpido. 

Carnosa y grande Estúpido. 

Cuadrada Magnánimo, ingenioso. 

Arrugada Cogitabundo, melancólico. 

Despejada Alegre. 

Caída al sobrecejo. . . . . Audaz, magnánimo. 

Lisa y resplandeciente. . . . Ingenioso. 

Tranquila y serena Adulador. 

Prominente Apto para las artes. 

Extendida Colérico. 

Sienes., cejas., pestañas., niñas 

de los OJOS. Significa. 

Sienes hinchadas y redondas. Corto y confuso ingenio. 
Medianamente cóncavas. . . Bella señal, hermoso ingenio. 

Muy cóncavas Pertinaz, iracundo. 

Bellosos Lujurioso. 

Con venas turgentes. . . . Muy iracundo. 

Cejas pequeñas Pusilánime. 

Caídas Triste. 

Juntas y densas Colérico, atrevido. 

Divulsas y extendidas á las( 
sienes ^ Necio, fatuo. 

Arqueadas Magnánimo. 

Rectas. . - Tímido. 

Los párpados entumecidos. . Soñoliento. 

Sanguíneos y crasos. . . . Inverecundo, ingenio tardo. 

Niñas pequeñas Vista aguda, ingenioso. 

Desiguales Mala señal. 



OBRAS ESCOGIDAS 1 79 

Ojos. Significa. 

Grandes Perezoso. 

Pequeños Astuto, ingenioso, tímido. 

Brillantes, bien proporciona-|- 

, { Excelente señal, 

dos \ 

Lacrimosos Tímido, melancólico, 

1^ ingenioso, audaz, magnáni- 

Volubles I ^ ^ i ' 

\ mo, ladrón. 

Que menean frecuentementer 

, . , { Tímido, 

los parpados I 

Que miran con gracia. . . . Afeminado, lujurioso. 

Fijos Cogitabundo, 

Prominentes Estúpido. 

Algo deprimidos Magnánimo. 

Muy deprimidos Manso, humilde. 

Rubicundos Airado, furioso. 

Lucidos, ígneos Lujurioso. 

Saltados Celebro débil, corta vista. 

Cóncavos, retraídos y peque-/ 

\ Excelente vista, 
nos '^ 

Brillantes, secos Ingeniosos. 

Blancos Complexión fría. 

Leonados Ingenioso, audaz. 

Amarillos Ingenioso, colérico. 

Azules Animoso, buena vista. 

Narices y labios. Significa. 

1^ Iracundo, pero fácilmente pía- 

Nances muy abiertas. . . .{ ^„ui^ 
^ \ cable. 

Largas y agudas Iracundo, contencioso. 

Redondas y obtusas Iracundo, magnánimo. 

í Olfato torpe, genio servil, in- 

P^^^^"^^ \ constante. 

Muy rubicundas Hígado encendido. 

Corvas Magnánimo ú desvergonzado. 

Romas. . Intemperante, lujurioso. 

Densas en la parte superior. , Estúpido. 

Cóncavas arriba en el cartí-j 

, { Lascivo, 

lago \ 



I 8o FEI J o o 

Narices y labios. Significa. 

Labios rubicundos Sangre pura. 



No rubicundos. 

Abiertos 

Crasos 

El inferior pendiente. 

El superior prominente 



. Sangre impura. 

. Cogitabundo. 

, Mojo, perezoso. 

. Flojo, inhábil. 

/ Iracundo, contumelioso, mal- 

■*■ diciente. 



Boca, lengua^ dientes^ barba. Significa. 

Boca grande Intemperante y audaz. 

Pequeña Tímido, que come poco. 

Muy abierta Estúpido. 

Dientes raros, menos de 32. . Vida breve. 

Muchos, fuertes y sólidos.. . Robustez, vida larga. 

r Guloso, fuerte, audaz, de gran- 
Fuertes, agudos, largos. . .| ¿^ -^^^ 

Vacilantes Cabeza enferma. 

Lengua sutil, puntiaguda. . . Sagaz, ingenioso. 

Gruesa Ingenio rudo. 

Larga, ancha, rubicunda. . . Buenos humores. 

Blanca Humores corrompidos. 

Barba aguda, sutil Audaz, iracundo, ingenioso. 

Bipartida Buen temperamento. 

Algo quedrada Buena en los hombres. 

Algo redonda Buena en las mujeres. 

Vo:{X barba tomada por la 

pilosidad de ella. Significa. 

Voz grave, intensa Fuerte, magnánimo. 

Aguda y remisa Pusilánime. 

En el principio grave, en el finí , , ^ . , , 

, ^ Genio plañidero, calamitoso, 

aguda ^ ^ ' 

Aguda, blanda, afeitada. . . Afeminado. 

Blanda y débil Manso. 

Aguda y valiente Comedor. 

^ , , . , , , í Humor craso, fuette, audaz, 

Barba bien poblada < tu-j- 

^ I libidinoso. 

Que nace temprano Muy cálido y húmedo. 

Rara Mucho frío ó mucho calor. 

Que nace tarde Lo mismo. 



k 



OBRAS ESCOGIDAS lOl 

Cuello, cerviz, hombros, ^. , . 

, , , Significa, 

claviculas. ^ -^ 

Cuello carnoso, craso, lleno. . Animoso, iracundo. 

Tenue y largo Tímido. 

Breve Voraz. 

Lleno, redondo Lo mismo. 

Cerviz vellosa Liberal. 

Breve, angosta Expuesto á apoplegía. 

Muy larga y crasa Magnánimo. 

Cortica Genio insidiador. 

Larga y muy delgada. . . . Tímido. 
Hombros anchos , grandes/ 

dientes ^ Fuerte. 

Laxos Flaco, tímido, débil. 

Desiguales Tísico. 

Bien sueltos Robusto, fuerte. 

Clavículas ágiles Sentidos agudos. 

Dificultosamente movibles. . Insensato, ingenio obtuso. 

Espalda^ pecho^ bracos. Significa. 

Espalda grande, ancha. . . . Robustísimo. 

Pequeña Débil. 

Vellosa Melancólico. 

Corva Astuto, fraudulento. 

Constituida en mediocridad. . Buena. 

Pecho ancho y velloso. . . . Muy cálido. 

Grácil Pusilánime. 

Carnoso Rudo, tímido. 

Rubicundo Ira, mala condición. 

Brazos de mucho hueso. . . Robusto. 

Muy largos Cálido, robusto. 

Carnosos Flojo. 

Vellosos Lascivo. 

Manos. Significa. 

Carnosas Humor copioso. 

/Entendimiento y sentidos ob- 

Duras i ^ 

I tusos. 

Blandas Vivacidad, agudeza. 



1 8-2 FEIJOO 

Manos. Significa. 

Sutiles, largas Tímido. 

Grandes, bien articuladas, ner'/Robusto, valiente, de larga 

viosas I vida. 

Pequeñas, flacas Tímido, débil. 

Crasas, breves, con pequeños/ 

dedos xlngenio torpe. 

Vellosas Agreste, lujurioso. 

Calientes Intemperie cálida. 

Aplanadas, casi sin líneas. . . Cuerpo débil. 

Las líneas de las manos largase Buen temperamento , larga 

y profundas \ vida. 

Breves Vida corta. 



/-Ardor de hígado, abundancia 
^ de sangrí 
Delgadas, interrumpidas. . . Debilidad. 



Rubicundas x de sangre, audaz, robusto. 



Costillas., lomos.) vientre., 
pierna.) pies. 



Significa. 



Costillas grandes, descubier-/ 
tas ^Fuerte. 

Pequeñas Locuaz. 

Lomos compactos y firmes. . Fuerte, inclinado á la caza. 

Trémulos Muy lujurioso. 

Vientre ancho, pero no pro-/ 

mínente xFuerte, robusto. 

Gordo Fuerte y libidinoso. 

Velloso Parlotero y libidinoso. 

Piernas delgadas y nerviosas.. Libidinoso. 

Pequeñas Tímido. 

Con las pantorrillas contraídas/ 
hacia abajo iFuerte. 

Contraídas arriba y preña-/ 

^ \Pusilanimidad. 

Pies ágiles Ingenioso, vivo. 

Pequeños ' . Flojo. 

Llanos por abajo Sagaz. 

Grandes Muy cálido. 



OBRAS ESCOGIDAS 



l83 



En la tabla siguiente se ponen los significantes á la izquier- 
da de los significados. 



Tabla tercera, en que se propone separada la colección de 
signos de cada significado particular. 



Cuerpo fuer- 
te y robus- 
to 



Pelos duros. Huesos y costillas grandes. Los 
extremos del cuerpo grandes, duros y robustos. 
Cuello breve y carnoso. Cerviz erguida y dura. 
La parte posterior de la cabeza grande y eleva- 
da. Frente dura, breve, aguda, con cabellos 
gruesos. Pies grandes, más gruesos que largos. 
Voz dura, desigual, complexión colérica. 

í Cabeza pequeña, sin proporción. Pequeña 
Cue?-po débill espajda. Carne muy blanda. Complexión melan- 
l cólica. 



Vida larga. 



Vida corta. 



Buen ingenio 



Dientes sólidos y muchos. Temperie sanguí- 
nea. Estatura mediana. Las líneas de las manos 
largas, profundas, rubicundas. Gran cuerpo. 
Hombros encorvados. Pecho ancho. Carne só- 
lida. Color brillante. Incremento tardo. Orejas 
anchas. Grandes párpados. La inferior parte 
del ombligo igual á la superior. 

Lengua crasa. Los dientes molares antes de 
la pubertad. Dientes raros, débiles y mal orde- 
nados. Las líneas de las manos confusas ó mal 
distintas. Incremento pronto y poco. La parte 
inferior del ombligo mayor que la superior. 
Temperie melancólica. 

Carne blanda. Cutis sutil. Estatura mediana. 
Ojos azules ó rojos. Color blanco. Cabellos 
planos y medianamente duros. Manos largas. 
Dedos largos. Aspecto afable. Cejas juntas. Po- 
ca risa. Frente despejada. Las sienes algo cón- 
cavas. La cabeza que tenga figura de niazo. 



1 84 



FEIJ o o 



Ingenio malo 
y obtuso. 



Cuello, brazos, costillas y lomos muy carno- 
sos. Cabeza redonda. La parte posterior de la 
cabeza cóncava. Frente grande, carnosa. Ojos 
pálidos. La acción de mirar torpe. Artejos pe- 
queños. Narices obstruidas. Orejas levantadas. 
Mucha risa. Pequeñas manos. La cabeza ó muy 
grande ó muy pequeña, sin proporción. Labios 
crasos. Dedos cortos. Piernas carnosas. 

Barba aguda. Boca grande. Voz canora, gra- 
ve, lenta y siempre igual. Figura ó postura rec- 
ta. Ojos grandes, medianamente abiertos, in- 
Animo fuer- mobles. El cabello levantado sobre la frente. La 
te j cabeza medianamente comprimida. Frente cua- 
drada, eminente. Extremos del cuerpo robustos 
y grandes. Cerviz firme y no muy carnosa. Pe- 
cho ancho, corpulento. Color escuálido. 



Animo auda^ 



Animo pru- 
dente. . . . 



Buena memo- 
ria 



Mala memo- 
ria 



Boca prominente ó salida afuera. Semblante 
hórrido. Frente áspera. Cejas arqueadas. Nariz 
larga. Dientes largos. Cuello breve. Brazos lar- 
gos. Pecho ancho. Hombros elevados. Aspecto 
torvo. 

Cabeza comprimida álos lados. Frente larga, 
cuadrada, en el medio algo cóncava. Voz blan- 
da. Pecho ancho. Pelos delgados. Ojos gran- 
des, azules ó leonados ó negros. Orejas algo 
grandes. Nariz aguileña. 

Las partes superiores menores que las infe- 
riores, bien formadas, no gordas, sino vestidas 
de carne. Carne tenue y blanda. El colodrillo 
descubierto. Nariz corva. Dientes no raros. 
Orejas grandes, con copia de cartílago. 

Las partes superiores mayores que las infe- 
riores y carnosas. Carne muy seca. Calvicie. 

(Adviértese que Aristóteles propone inversa 
la señal primera de buena y mala memoria., 
pues dice, que las partes superiores mayores 
que las inferiores significan buena memoria.) 



OBRAS ESCOGIDAS 



i85 



Corta vista. 



Buen oído. 



Ira. 



Buena ima- ^ Frente prominente, larga y ancha, y modo 
ginación y) de mirar fijo y atento. Respiración no muy fre- 
co^iVíOf/jAz. I cuente. Cuello inclinado. 

, Pestañas negras, densas, rectas. Párpados 
JBweHíi! VI5ÍÍZ.J grandes y gruesos. Niñas pequeñas. Ojos cón- 
(cavos y retraídos adentro. 

I Cejas torcidas. Párpados tenues y breves. 
'V Niñas grandes. Ojos saltados. Mucho sueño. 

/ Las ternillas de las orejas grandes, bien aca- 
■^ naladas y vellosas. 

f Nariz larga, que se acerca á la boca, no muy 

Buen olfato. .{ i ' i • 

•^ \ húmeda ni muy seca. 

. La película de la lengua esponjosa ó bien po- 
Buen gusto. J rosa, blanda, regada siempre de saliva. Tempe- 
(ramento de la lengua cálido y húmedo. 

y Cutis y carne blanda, nervios vigorosos. El 

Buen tacto. .' temperamento de estas partes moderadamente 

[ caliente, y más seco que el de las demás partes. 

Estatura erguida. Color brillante. Voz grave. 
Narices bien abiertas. Sienes húmedas, con ve- 
nas patentes. Cuello craso. Ser ambidestro. 
Paso acelerado. Ojos sanguíneos. Dientes lar- 
gos, desiguales, desordenados. Complexión co- 
lérica. 

El colodrillo cóncavo. Color pálido. Ojos dé- 
biles, que pestañean frecuentemente. Pelos 
blandos. Cuello largo, flaco. Pecho lampiño, 
carnoso. Voz aguda, trémula. Boca pequeña, 
redonda. Labios iguales. Manos largas, sutiles. 
Pies pequeños, poco articulados. 

í Cara arrugada. Ojos caídos. Cejas juntas. 
Tristeza.. . .' Paso tardo. Acción de mirar fija. Respiración 
I no muy frecuente. 

I Cara blanca, flaca. Mucho pelo. Sienes vello- 
sas. Frente extendida. Mirar gracioso. Ojos 
rxifi^i V brillantes, bizcos. Nariz ancha. Espalda angos- 

^^ I ta. Brazos y manos vellosas. Piernas delgadas 

^B^^ I y nerviosas. 

I 



Miedo. 



1 86 



F El J o o 



Envidia. . 



Audacia. . 



Mansediim 
bre 



Vei'g'üen:^a. 



í 



( Frente serena, tranquila, abierta. Cara rosa- 
Alegría. . . J da, amena. Voz parlera, hermosa, dulce. Cuer- 
l po ágil. Carne blanda. 

^ Frente arrugada, triste. Mirar torcido, caído. 
Cara triste, pálida. Cutis seca, áspera. Huesos 
duros. 

Cuerpo pequeño. Cabello rojo y duro. Cara 
rubia, ó frente rubia cuadrada. Cejas torvas, 
juntas, arqueadas. Ojos volubles, leonados ó 
azules. Grande boca. Barba sutil, aguda, bien 
poblada. Las líneas de las manos rubicundas. 

Carne blanda y húmeda. Ojos muchas veces 
cerrados. Movimiento tardo. Voz tarda en ha- 
Iblar. Cabellos blandos, planos y rojos. 

Ojos húmedos, no muy abiertos, medianos. 
Bajar frecuentemente los párpados. Mejillas en- 
cendidas. Movimientos moderados. Habla tar- 
da y sumisa. Cuerpo inclinado. Orejas encen- 
didas, purpúreas. 

. Aliento templado. La boca, ni extendida, ni 
Templanza. .| plana. Sienes lampiñas. Ojos medianos, rojos ó 
V azules. Vientre breve ó apretado. 

(Cabello rubio, duro. Cuerpo pequeño. Ojos 
brillantes, poco deprimidos. Voz grave é inten- 
Isa. Barba poblada. Hombros grandes, anchos. 
Grande y ancha espalda. 

(Cejas arqueadas. Boca grande y prominente. 
Párpados muy abiertos. Pecho ancho. Paso 
I tardo. Cuello erguido. Hombros vibrados. Ojos 
saltados ó que saltan. 

Color rubio ó que tira á pálido. Sienes vello- 
sas. Calva. Ojos pingües. Cuello grueso. Cara 
grande. Nariz grande. Vientre pingüe. Los pe- 
los de los párpados que caen. Manos vellosas. 

Barba larga. Dedos largos. Lengua aguda. 
Ojos que tiran á rubios. El labio superior pro- 

1 mínente. Vientre velloso. Nariz aguda en la 
extremidad. 



Fortale'^a. . 



Soberbia.. 



Luju7^ia. . 



Locuacidad. 



.á^ 



OBRAS ESCOGIDAS 1 87 

Frente alta. Cuello firme, breve, inmóvil, 

Penitencia. . I craso. Habla veloz. Risa inmoderada. Ojos san- 

l guineos. Manos breves, carnosas. Dedos cortos. 

Impudenciaí Ojos abiertos, ígneos, rubios. Mirar agudo. 
ó de svej'-f Frente circular. Cara redonda, roja. Pecho gi- 
güem^a. . .(boso. Risa alta. Nariz crasa. 

Aunque las tablas propuestas se han insertado aquí por un 
motivo de equidad, que es dejar al lector con la facultad de 
apelar de mis razones á los experimentos, quedo con grande 
esperanza de que un serio y atento examen de dichas tablas 
confirmará cuanto llevo dicho arriba, de la vanidad del arto 
físiognómico, y pondrá al lector en estado de asentir á la de- 
finición, que monsieur de la Chambre dio de la metoposco- 
pia, parte principalísima de la fisionomía. «La metoposcopia, 
decía aquel docto francés, es un arte de hacer juicios teme- 
rarios.» 




IMPUNIDAD DE LA MENTIRA 



Dos errores comunes se me presentan en la materia de 
este discurso: uno teórico, otro práctico. El teórico 
es, reputarse entre los hombres la cualidad de menti- 
roso como un vicio de ínfima ó casi ínfima nota. Supongo la 
división que hacen los teólogos de la mentira, en oficiosa, 
jocosa y perniciosa. Supongo también, que la mentira perni- 
ciosa está, en la opinión común, reputada por lo que es, y 
padece toda la abominación que merece; de suerte, que los 
sujetos que están notados de inclinados á mentir en daño del 
prójimo, generalmente son considerados como pestes de la 
república. Mi reparo sólo se termina á las mentiras oficiosas 
y jocosas ; esto es, aquellas en que no se pretende el daño de 
tercero, sí sólo el deleite ó la utilidad propia ó ajena. Tam- 
bién advierto, que trato este punto más como político que 
como teólogo moral. Los teólogos gradúan las mentiras ofi- 
ciosa y jocosa de culpas veniales. Y ni yo, consideradas mo- 
ralmente, puedo ó debo denigrarlas más. Pero miradas á la 



igo 



FE I JO o 



luz de la política, juzgo que la común opinión está nimia- 
mente indulgente con esta especie de vicios. 

¿En qué consiste esta indulgencia nimia? En que no se 
tiene el mentir por afrenta. La nota de mentiroso á nadie 
degrada de aquel honor, que por otros respetos se le debe. 
El caballero, por más que mienta, se queda con la estimación 
de caballero, el grande con la de grande, el príncipe con la 
de príncipe. Contrario me parece esto á toda razón. El men- 
tir es infamia, es ruindad, es vileza. Un mentiroso es indigno 
de toda sociedad humana; es un alevoso, quetraidoramentese 
aprovecha de la fe de los demás para engañarlos. El comercio 
más precioso que hay entre los hombres es el de las almas; 
éste se hace por medio de la conversación, en que recíproca- 
mente se comunican los géneros mentales de las tres poten- 
cias, los afectos de la voluntad, los dictámenes del entendi- 
miento, las especies de la memoria. ¿Y qué es un mentiroso, 
sino un solemne tramposo de este estimabilísimo comercio? 
é Un embustero, que permuta ilusiones á realidades? ¿Un 
monedero falso, que pasa el hierro de la mentira por oro de 
la verdad ? ¿ Qué falta, pues, á este hombre para merecer que 
los demasíe descarten, como trasto vil de corrillos, inmundo 
ensuciador de conversaciones y detestable falsario de noti- 
cias ? 



II 



Una monstruosa inconsecuencia noto, que se padece comu- 
nísimamente en esta materia. Si á un hombre que se precia 
de ser algo, se le dice en la cara que miente, lo reputa por 
gravísima injuria ; y tanto, que, según las crueles leyes del 
honor humano, queda afrentado, si no toma una satisfacción 
muy sangrienta. Quisiera yo saber cómo el decirle que mien- 
te puede ser gravísima injuria, si el mentir no es un gravísimo 
defecto, ó cómo puede un hombre quedar afrentado porque 
le digan que miente, si la misma acción de mentir no es 



OBRAS ESCOGIDAS I9I 

afrentosa. La ofensa que se comete improperando un vicio, 
se gradúa según la nota que entre los hombres padece ese 
vicio. Si el vicio no es de la clase de aquellos que desdoran 
el honor, tampoco se siente el honor herido, porque se diga 
á un hombre que le tiene. Siendo esto una verdad tan noto- 
ria, lo que de la observación hecha infiero es, que la frecuen- 
cia de mentir mitigó en el común de los hombres el horror 
que la naturaleza racional, considerada por sí sola, tiene á 
este vicio; pero de modo, que, sin embargo, ha quedado en 
el fondo del alma cierto confuso conocimiento de que el men- 
tir es vileza. 

Confírmase esto con la reflexión de que el desdecirse está 
reputado en el mundo por oprobio. ¿Por qué esto? Porque 
es confesar que antecedentemente se ha mentido. El oprobio 
no puede estar en la verdad que ahora se confiesa ; luego 
consiste en la mentira que se dijo antes. Confesar que se min- 
tió es sinceridad, y nadie se avergüenza de ser sincero. Luego 
toda la ignominia cae sobre haber mentido. Esto, digo, hace 
manifiesto, que en los hombres no se ha obscurecido del todo 
aquel nativo dictamen que representa la vileza de la mentira. 



III 



El error práctico que hay en esta materia es, que la mentira 
no se castigue, ni las leyes prescriban pena para los mentiro- 
sos. ¡ Que no haya freno alguno que reprima la propensión 
que tienen los hombres á engañarse unos á otros 1 ¡ Que mien- 
ta cada uno cuanto quisiere, sin que esto le cueste nada ! Ni 
aun se contentan los hombres con gozar una tal indemnidad 
en mentir. Muchas veces insultan á los pobres que los creye- 
ron, haciendo gala de su embuste, y tratando de imprudencia 
la sinceridad ajena. ¿No es éste un desorden abominable y 
digno de castigo ^ 

Diráseme, que las leyes humanas no atienden á precaver 
con el miedo de la pena sino aquellas culpas, que son perju- 



192 F E I J OO 

diciales al público, ó inducen daíío de tercero, y las mentiras 
oficiosas y jocosas (que es de las que aquí se trata) á nadie 
dañan, pues si dañasen, ya se colocarían en la clase de perni- 
ciosas. 

Contra esta respuesta, por más que ella parezca sólida, ten- 
go dos cosas muy notables que reponer. La primera es, que 
aunque cada mentira oficiosa ó jocosa, considerada por sí 
sola, á nadie daña ; pero la impunidad y frecuencia con que se 
miente oficiosa y jocosamente es muy dañosa al público, por- 
que priva al común de los hombres de un bien muy aprecia- 
ble. Para darme á entender, contemplémoslas incomodidades 
que nos ocasiona la desconfianza que tenemos de si es verdad 
ó mentira lo que se nos dice; desconfianza comunmente pre- 
cisa y prudentemente fundada en la frecuencia con que se 
miente. Al oir una noticia, en que se puede interesar nuestro 
gusto ó conveniencia, quedamos perplejos sobre creerla ó no 
creerla; y esta perplejidad trae consigo una molesta agitación 
del entendimiento, en que el mal avenido consigo mismo, y 
como dividido en dos partes, cuestiona sobre si debe prestar 
asenso ó disenso á la noticia. Sigúese á esto fatigarnos en in- 
quisiciones, preguntando á éstos y á los otros para asegurar- 
nos de la verdad. A los que se aprovechan de las noticias que 
oyen para escribirlas y publicarlas, ¿en qué agonías no pone 
á cada paso esta incertidumbre? Quieren enterarse de la rea- 
lidad de un suceso curioso y oportuno al asunto sobre que 
trabajan, y apenas hacen movimiento alguno para el examen, 
donde no tengan tropiezo. Éstos se lo afirman, aquellos se lo 
niegan. Aquí se lo refieren de un modo, acullá de otro, y en- 
tre tanto tiene en una suspensión violenta la pluma. 

Pero si trae estos daños la perplejidad en asentir, aún son 
mayores los que se siguen á la facilidad en creer. Contémple- 
se, que las cuestiones, pendencias y disturbios que hay en las 
conversaciones, nacen por la mayor parte de este principio. 
Nacen, digo, de las noticias encontradas que recibieron sobre 
un mismo asunto diferentes sujetos, y por haberlas creído 
suelen después altercar furiosamente, porfiando cada uno por 
sostener la suya como verdadera. Contémplese asimismo 
cuántos se hacen irrisibles por haber creído lo que no debie- 
ran creer. Finalmente, la sociedad humana, la cosa más dulce 
que hay en la vida, ó que lo sería si los hombres tratasen ver- 



OBRAS ESCOGIDAS igS 

dad, se hace ingrata y desapacible á cada paso, por la reci- 
proca desconfianza que introduce en los hombres la experien- 
cia de lo mucho que se miente. 

Para comprender cuánto sea el bien de que nos priva esta 
triste desconfianza, imaginemos una república, cual no la hay 
en el mundo; una república, digo, donde, ó porque su gene- 
roso clima influye espíritus más nobles, ó porque la mentira 
es castigada con severísimas penas, todos los individuos que 
la componen son muy veraces. Un cielo terrestre se me re- 
presenta en esta dichosa república. ¡Qué hermandad tan apa- 
cible reina en ella! i Qué dulce que es aquella confianza del 
hombre en el hombre, sabrosísimo condimento del trato hu- 
mano 1 ¡ Qué grata aquella satisfacción con que unos á otros 
se hablan y se escuchan, sin el menor recelo en aquellos de 
no ser creídos, y en éstos de ser engañados ! Allí se goza á 
cada paso el más bello espectáculo del mundo, viendo un 
hombre en otro abierto el teatro del alma. No pienso que el 
cielo con todas sus luces, ó la primavera con todas sus flores, 
presenten tan apetecido objeto á los ojos, como el que á la 
humana curiosidad ofrece la variedad de juicios, afectos y 
pasiones de aquellos con quienes se trata. Todos viven allí en 
una apacible tranquilidad, porque nadie teme que á favor de 
las artes políticas se ingiera por amigo un alevoso; que la hi- 
pocresía se usurpe una injusta veneración; que el aplauso 
lleve envuelto el veneno de la lisonja; que el consejo venga 
torcido hacia el interés del que le ministra; que la corrección 
sea hija de la ira, y no del celo. Pero pobres de nosotros. 
¡ Qué lejos estamos de gozar la dicha de aquellos felices repu- 
blicanos! Apenas nos dejan un instante de sosiego los temo- 
res, las inquietudes, los recelos con que continuamente nos 
aflige la experiencia de la poca sinceridad que hay en el mun- 
do. Véase ahora si la frecuencia de mentir nos priva de un 
gran bien, ó por mejor decir, de muchísimos y estimabilísimos 
bienes. 



IV 



Lo segundo que tengo que oponer á la respuesta de arriba 
es, que muchas veces las mentiras, que sólo se juzgan oficio- 



194 



FE I JOO 



sas ó jocosas, en el efecto son perniciosas. ¿ Qué importa qué 
la intención del que miente no sea dañar á nadie, si efectiva- 
mente el daño se sigue? Habiéndose presentado al emperador 
Teodosio el Segundo una manzana de peregrina magnitud, se 
la dio á la emperatriz Eudoxia, y ésta á Paulino, hombre 
docto y discreto, cuya conversación frecuentaba la Empera- 
triz, que también era discretísima. Paulino, ignorante de qué 
mano había pasado la manzana á la de Eudoxia, y sin que ella 
lo supiese, se la entregó á Teodosio, el cual, advirtiendo que 
era la misma que él había dado á la Emperatriz, la preguntó 
disimuladamente qué había hecho de la manzana. Ella, sor- 
prendida entonces de algún recelo de que el Emperador lle- 
vase mal el que la hubiese enajenado, respondió que la había 
comido. Ésta en la intención de Eudoxia fué una mentira pu- 
ramente oficiosa, pero en el efecto tan perniciosa, que de ella 
se siguió la muerte de Paulino, porque Teodosio, entrando en 
sospecha de que su comercio con la Emperatriz no era muy 
puro, le hizo quitar la vida. 

Habiendo Calígula levantado el destierro á uno, á quien se 
había impuesto esa pena en el gobierno antecedente, le pre- 
guntó en qué se ocupaba mientras estuvo desterrado. El, por 
hacerse más grato al Emperador, respondió, que su cotidiano 
ejercicio era pedir á los dioses la muerte de Tiberio, y que él 
le sucediese en el trono. ¡ Qué mentira, al parecer, tan ino- 
cente 1 Sin embargo, en el efecto fué perniciosísima; porque 
Calígula, infiriendo de aquí que los que él había desterrado, 
del mismo modo pedían á los dioses su muerte, los mandó 
quitar la vida á todos. 

Podría traer otros muchos ejemplares al mismo intento. 
Hágome cargo de que éstos son unos accidentes imprevistos; 
pero las malas consecuencias accidentales de las mentiras, 
que en particular no puede prever el que miente, toca á la 
prudencia del legislador preverlas en general, y á su provi- 
dencia precaverlas cuanto está de su parte, señalando pena á 
la mentira de cualquiera condición que sea. Por lo menos el 
motivo de evitar estos daños accidentales coadyuva las demás 
razones que señalamos para castigar á los mentirosos. 



OBRAS ESCOGIDAS IqS 



V 



Lo principal es, que entre las mentiras que pasan plaza de 
jocosas ú oficiosas, hay muchísimas, que no sólo por acciden- 
te, sino por su naturaleza misma, son nocivas. Tales son todas 
las adulatorias. Entre tantos apotegmas como se leen sobre la 
adulación^ ninguno me parece más hermoso que el de Bion, 
uno de los siete sabios de Grecia. Preguntáronle un día cuál 
animal era más nocivo de todos. Respondió, «que de los 
montaraces, el tirano; de los domésticos, el adulador.» Es 
así, que la lisonja siempre ó casi siempre hace notable daño 
al objeto que halaga. Los mismos que serían prudentes, apa- 
cibles, modestos, si no los incensasen con indebidos aplausos, 
con éstos se corrompen de tal manera, que se hacen sober- 
bios, temerarios, intolerables, ridículos. No á un hombre 
solo, á un reino entero es capaz de destruir una mentira adu- 
latoria. Fatalidad es ésta, que ha sucedido muchas veces. 
Varios príncipes, algo tentados de la ambición, los cuales, á 
no haber quien les fomentase esta mala disposición del ánimo, 
hubieran vivido tranquilos, por persuadirlos un adulador, que 
su mayor gloria consistía en agregar á su corona, con las ar- 
mas, nuevos dominios, fueron un azote sangriento de sus 
subditos y de sus vecinos. 

El gran Luís XIV fué dotado sin duda de excelentes cuali- 
dades y tuvo bastantísimo entendimiento para conocer, que 
la más sólida y verdadera gloria de un rey es hacer felices á 
sus vasallos. Sin embargo, en la mayor parte de su reinado la 
Francia estuvo gimiendo debajo del intolerable peso de las 
contribuciones, que eran menester para sostener los gastos de 
tantas guerras, sobre tener que llorar la infinita sangre fran- 
cesa, que á cada paso se derramaba en las campañas. ¿De 
qué nació esto, sino de que los aduladores le persuadían, que 
su gloria mayor consistía en ensanchar con las armas sus do- 
minios, y hacerse temer de todas las potencias confinantes? 
No sólo eso, mas aun le intimaban que con eso mismo hacía 
su reino bienaventurado. Y aun llegó la servil complacencia 



I 96 F E IJ o o 

de algún poeta á cantarle al oído que no sólo á sus pueblos, 
mas á los mismos que conquistaba hacía dichosos con las ca- 
denas, que echaba á su libertad; y lo que es más que todo, 
que sólo los conquistaba con el fin de hacerlos dichosos. 

// regne par atnour dans les villes conqiiises, 

Et ne fait des suj'ets que pour les rendre heureux. 

Desolar con contribuciones excesivas á sus pueblos, llevar 
á sangre y fuego los extraños, sacrificar á millaradas en las 
aras de Marte las vidas de sus vasallos y las de otros prínci- 
pes, esto es hacer á unos y á otros dichosos; ¿y es gran gloria 
de un monarca ser una peste de sus dominios y de los confi- 
nantes? Tales extravagancias tiene la adulación, y tales son 
los funestos efectos que produce. 

La mentira adulatoria, que se emplea en la gente privada 
no es capaz de dañar tanto, si se considera cada una por sí 
sola ; pero es infinito extensivamente el daño que resulta del 
cúmulo de todas, por ser infinito su uso. Dice un discreto 
francés moderno que el mundo no es otra cosa, que un conti- 
nuado comercio de falsas complacencias. Los hombres depen- 
den recíprocamente unos de otros. No sólo el humilde adula 
al poderoso, también el poderoso adula al humilde. El hu- 
milde busca al poderoso, porque há menester su auxilio ; el 
poderoso procura concillarse al humilde, porque no puede 
subsistir sin su respeto. La moneda que todos tienen á mano 
para comprarse los corazones es la de la lisonja; moneda la 
más falsa de todas, y por eso todos salen engañados en este 
vilísimo comercio. 



VI 



Fuera de la mentira adulatoria, hay otras muchas que por 
otros caminos son nocivas, aunque se juzgan colocadas en las 
clases de oficiosas y jocosas. Miente un gallina hazañas pro- 
pias. Uno que le escucha y le cree, procura ganársele por 
amigo, por tener un valentón á su lado, que, le saque á salvo 
de cualquier empeño, y en esa confianza, se mete en un peli- 



OBRAS ESCOGIDAS 1 97 

gro, donde perece. Miente un ignorante la prerogativa de sa- 
bio entre necios, con que oyendo éstos cuanto dice, como 
sentencias verdaderísimas, llevan las cabezas llenas de desati- 
nos, que vertidos en otras conversaciones, les granjean al 
momento la opinión de mentecatos. Miente el desvalido el fa- 
vor del poderoso, y no faltan quienes, buscándole como órga- 
no para sus conveniencias, desperdician en él regalos y sumi- 
siones. Miente el hazañero espiritual milagros que vio ó 
experimentó de tal ó tal santo ; de que á la corta ó á la larga 
resulta, como ponderamos en otra parte, no leve detrimento 
á la religión. Miente el médico la ciencia que no tiene, y el 
enfermo inadvertido, creyéndole un Esculapio, se entrega á 
ojos cerrados á un homicida. Miente el aprendiz de marinero 
su pericia náutica ; sobre ese supuesto le fían la dirección de 
un navio, que viene á hacerse astillas en un escollo. Este mis- 
mo riesgo, mayor ó menor, á proporción de la materia que se 
aventura, le hay en los profesores de todas las artes, que, 
siendo imperitos, se venden por doctos. No acabaría jamás si 
quisiese enumerar todas las especies de mentiras, que debajo 
de la capa de oficiosas ó jocosas son nocivas. 



VII 



Mas no puedo dejar de hacer muy señalada memoria de 
ciertas clases de mentiras, que gozan amplísimo salvocon- 
ducto en el mundo, como si fuesen totalmente inocentes, 
siendo así, que son extremamente dañosas al público. Hablo 
de las mentiras judiciales, aquellas con que, cuando se hace 
á los jueces relación del hecho que da materia al litigio, se 
desfigura en algo, por pintarle favorable á la parte por quien 
se hace la relación. Estas mentiras son tan frecuentes, que 
apenas se ve caso en que las dos partes opuestas convengan 
en todas las circunstancias. De aquí viene hacerse precisa la 
prolijidad de las informacio-nes, en que consiste toda la de- 
tención de los pleitos y la mayor parte de sus gastos. ¿Quién 



I gS F E I j o o 

no conoce que en esto padece un gravísimo detrimento la 
república? Sin embargo, nadie aplica la mano al remedio. 
Pero ¿cómo se puede remediar? Haciendo lo que se hace en 
el Japón. Entre aquellos insulanos, cuyo gobierno político 
excede sin duda en muchas partes al nuestro, se castiga seve- 
ramente cualquiera mentira proferida en juicio. Lo propio 
pasa entre los argelinos. Cualquiera que miente en presencia 
del Bey, ó demandando lo que no se le debe, ó negando lo 
que debe, es maltratado rigurísimamente con algunos cente- 
nares de palos. Así las causas se expiden pronta y segura- 
mente, sin escribir ni un renglón, porque, de miedo de tan 
grave pena, apenas sucede jamás que alguno pida lo que no 
se le debe, ó niegue lo que debe. Si se hiciese acá lo mismo, 
serían brevísimos los pleitos, como allá lo son. Lo que detie- 
ne los litigios no es la necesidad de buscar el derecho en los 
códigos, sino la de inquirir el hecho en los testigos. Si así la 
parte como su procurador y abogado estuviesen ciertos de 
que, cogiéndolos los jueces en alguna mentira, la habían de 
pagar á más alto precio que vale la causa que se litiga, no 
representarían sino la verdad desnuda. De este modo, conve- 
nidas las partes desde el principio en cuanto al hecho, no 
restaría que hacer más, que examinar por los principios co- 
munes el derecho, en que comunmente se tarda poquísimo. 
Así los jueces tendrían mucho más tiempo para estudiar, y 
vivirían más descansados; evitaríanse todos ó casi todos' los 
pleitos, que se fundan en relaciones siniestras. Las partes 
consumirían menos tiempo y menos dinero. La república en 
general se interesaría en el trabajo, que pierden muchos pro- 
fesores de las artes lucrosas, por estar detenidos meses y 
años enteros á las puertas de los tribunales. Toda la pérdida 
caería sobre abogados, procuradores y escribanos; pero aun 
la pérdida de estos vendría á ser ganancia para el público, 
porque minorándose el número de ellos, se aumentaría el de 
los profesores de las artes más útiles. 

Nuestras leyes, á la verdad, no fueron tan omisas, en esta 
parte, que no hayan señalado respectivamente á varios casos 
algunas penas á las mentiras judiciales. Paréceme admirable 
aquella de la partida iii, título ni, parte iii : « Negando el de- 
mandado alguna cosa en juicio, que otro le demandase por 
suyo, diciendo que non era tenedor de ella, si después de eso 



OBRAS ESCOGIDAS 1 99 

le fuese probado que la tenía, debe entregar al demandador 
la tenencia de aquella cosa, maguer el que la pide non pro- 
base que era suya.» Pero quisiera yo, lo primero, que así 
esta ley como otras semejantes se extendiesen á más casos 
que los que señalan, ó por mejor decir á todos ; de suerte, 
que ninguna mentira judicial quedase sin castigo correspon- 
diente. Lo segundo, que algunos autores no hubiesen estre- 
chado con tantas limitaciones esas mismas leyes; pues es de 
discurrir, que de aquí viene en gran parte el que nunca ó ra- 
rísima vez se vea castigar á nadie por este delito. Yo, á lo 
menos, no lo he oído jamás. Los más de los jueces, por poca 
probabilidad que hallen á favor de la clemencia, se arriman á 
ella. Pero no tiene duda, por lo que hemos dicho, que impor- 
ta infinito al público, que en esta materia se proceda con 
bastante severidad. 



VIII 



Finalmente, contemplando en toda su amplitud la mentira, 
la hallo tan incómoda á la vida del hombre, que me parece 
debiera todo el rigor de las leyes conjurarse contra ellas, co- 
mo contra una enemiga molestísima de la humana sociedad. 
Zoroastro, aquel famoso legislador de los persas, ó Zerdus- 
chet^ que fué su verdadero nombre, según el erudito Tomás 
Hide, de quien se aparta poco Tomás Stanley, llamándole 
Zaraduissit {"pwes el de Zoroastro fué alteración hecha por 
los, griegos, para acomodar el nombre á su idioma), en los 
estatutos que formó para aquella nación, graduó la mentira 
como uno de los más graves crímenes que pueden cometer 
los hombres. Confieso, que erró como teólogo; pero procedió 
como sagaz político ; porque para hacer feliz una república 
no hay medio más oportuno que el introducir en ella un gran 
horror á la mentira. Y al contrario, si la gran propensión que 
tienen los hombres á mentir no se ataja, por santas y justas 
que sean todas las demás leyes, no se evitarán innumerables 
desórdenes. 



200 F E 1 J O O 



IX 



Sólo en una circunstancia juzgo á la mentira tolerable, y 
es, cuando no se encuentra otro arbitrio para repeler la in- 
vasión de la injusta pesquisa de algún secreto. Propongo el 
caso de este modo: un amigo mío, con el motivo de pedirme 
consejo, me fió un delito suyo. Llega á sospecharlo una per- 
sona poderosa, y usando injustamente de la autoridad que le 
da su poder, me pregunta si sé que Fulano cometió tal delito. 
Supongo, que es sujeto tan advertido, que no sirven para 
deslumhrarle algunas evasiones, que, sin negar ni confesar, 
pueden discurrirse; antes negándome á dar respuesta positi- 
va, hará juicio determinado de que el delito se cometió ver- 
daderamente; con que es preciso responder abiertamente sí 
ó no, y él me insta sobre ello. Es cierto que estoy obligado 
por las leyes de la amistad, de la lealtad, de la caridad y de 
la justicia á no revelar el secreto confiado, ¿qué he de hacer 
en tal aprieto ? 

No faltan teólogos, que equiparando este caso, y otros se- 
mejantes (en que para el asunto de la duda, lo mismo tiene 
el secreto propio que el ajeno, como sea de grave importan- 
cia, y haya derecho y obligación á guardarle) al del sigilo 
sacramental, con un mismo arbitrio resuelven una y otra 
cuestión. Dicen, que preguntado en la forma arriba expresa- 
da, puedo y debo responder redondamente, que no sé tal cosa 
ni ha llegado á mi noticia. Pero ¿cómo? ¿Es lícito mentir en 
este caso? No, por cierto, ni en éste, ni en otro alguno. Pues 
si yo sé, que Fulano cometió tal delito, ¿cómo puede eximir- 
se de ser mentira el decir que no lo sé? Responden, que en 
tales casos se profieren las voces de que consta la respuesta, 
sólo materialmente y desnudas de toda significación. Pero 
¿tiene el que responde autoridad para quitar su propia signi- 
ficación á las voces ? Confiesan que no. Pero dicen, que en 
tales casos está quitada por un consentimiento tácito de los 
hombres, ó porque la virtud significativa de las voces depen- 



OBRAS ESCOGIDAS 20I 

de de la voluntad del que las instituyó para significar tal y 
tal cosa, y no es creíble, que el que las instituyó quisiese, que 
en tales casos significasen aquello, que el que responde tiene 
en la mente; porque ésta sería una voluntad inicua, ó en fin, 
porque para dar virtud significativa á las voces, es menester, 
demás de la voluntad del que las instituye, la aprobación y 
consentimiento de la república, el que no puede presumirse 
respectivamente á tales casos. 

Esta doctrina, que en el siglo pasado había estampado el 
cardenal Palavicino, siguió y esforzó pocos años há el padre 
Carlos Ambrosio Cataneo, docto jesuíta italiano; y aunque 
se le opuso con todas sus fuerzas el padre maestro fray José 
Agustín Orsi, dominicano de la misma nación, en diferentes 
escritos, á todos ellos fué respondido con igual vigor, ó por 
el mismo Cataneo, ó por otros secuaces de su opinión. Por 
lo que mira al uso de esta doctrina, para salvar el sigilo de la 
confesión en los lances apretados, el reverendo padre La 
Croix cita otros doctos teólogos que la siguen, y el mismo 
padre La Croix la propone como probable. Y verdaderamen- 
te, si ella tiene cabimiento en el caso de la confesión, parece 
le ha de tener en otro cualquiera, en que sin grave injuria del 
prójimo no pueda propalarse el secreto; porque la razón de 
que los hombres no quieren que las voces signifiquen en tal ó 
tal caso, subsiste fuera de la confesión como en ella; debiendo 
discurrirse, que no sólo quieren quitar la significación cuan- 
do se sigue la revelación del sigilo sacramental, mas también 
cuando se infiere cualquiera grave injusto daño del prójimo. 
Añado, que san Raimundo de Peñafort parece se puede agre- 
gar al mismo sentir; porque (libro i título De mendacio) pro- 
pone el caso fuera de la confesión de este modo: sabe un 
hombre que otro está escondido en tal lugar, y un enemigo 
suyo que le busca para matarle, le pregunta á aquél si está 
escondido allí el que busca. ¿Qué resuelve el Santo? que si 
no puede salvarse, ni usando de equívoco, ni divirtiendo la 
conversación, debe decir y asegurar abiertamente, que no 
está allí: Dcvbet negai'e^ et asercj-e cum non esse ibi. Que esto 
se salve por medio de alguna restricción mental, que por las 
circunstancias se haga sensible, ó profiriendo las palabras 
materialmente, como no significativas para lo sustancial del 
intento, todo es uno. 



202 



FE I JOO 



Verdaderamente, á mí se me hace durísimo, que siendo 
muchos los casos en que injustamente se procuran indagar 
secretos importantísimos, no sólo á un individuo, mas aun á 
toda la república, los cuales no se pueden salvar, ni con el 
equívoco, ni con el silencio, no ha de haber algún recurso 
lícito para no violarlos. Por otra parte, es para mí cierto, no 
sólo que el consentimiento tácito de los hombres puede qui- 
tar á las palabras ó expresiones en tales ó tales circunstan- 
cias aquella significación, que en general tienen por su insti- 
tución, sino que efectivamente lo ha hecho con algunas. 
Véase en estas expresiones cortesanas: «Beso á vuesa merced 
la mano; vuestra merced me tiene á su obediencia para cuan- 
to quiera ordenarme; su más rendido servidor,» y otras seme- 
jantes, las cuales, proferidas en una carta, ó en una despedida, 
ó en un encuentro de calle, no significan aquello que suenan, 
y lo que de su primera institución están destinadas á signi- 
ficar. Y así, á nadie tendrán por mentiroso porque diga: «Beso 
á vuestra merced la mano,» á una persona á quien ni se la 
besa, ni aun se la quiere besar. 

Pero no quiero tomar partido en esta cuestión, la cual pide 
más espacio que el que yo tengo, para tratarse dignamente. 
Así, abstrayendo de ella, y volviendo al propósito de este 
discurso, digo, que, permitido que en los casos de solicitarse 
por una injusta pregunta la averiguación de algún secreto, no 
pueda reservarse éste sino mintiendo, tales mentiras deben 
ser toleradas por las leyes humanas, dejando únicamente á 
Dios el castigo de ellas, porque á la república ó sociedad hu- 
mana no son incómodas; antes se siguieran á cada paso gra- 
vísimos daños, si á la malicia ó viciosa curiosidad de los 
hombres no se impidiese de algún modo la averiguación de 
los secretos ajenos. Y el que en estas indagaciones sale en- 
gañado, no al otro que le miente, sino á sí propio, debe echar 
la culpa, que es el invasor. 




RAZÓN DE EL GUSTO 



Es axioma recibido de todo el mundo, que contra gusto 
no hay disputa; y yo reclamo contra este recibidísimo 
axioma, pretendiendo, que cabe disputa sobre el gus- 
to, y caben razones que le abonen ó le disuadan. 

Considero que al verme el lector constituido en este em- 
peño, creerá que me armo contra el axioma con el sentir 
común de que hay gustos malos, que llaman extragados: 
«Fulano tiene mal gusto en esto, se dice á cada paso. De don- 
de parece se infiere que cabe disputa sobre el gusto; pues si 
hay gustos malos y gustos buenos, como la bondad ó malicia 
de ellos no consta muchas veces con evidencia, antes unos 
pretenden que tal gusto es bueno, y otros que malo, pueden 
darse razones por una y otra parte; esto es, que prueben la 
malicia y la bondad. 

Pero estoy tan lejos de aprovecharme de esta vulgaridad, 
que antes siento que, hablando filosóficamente, nunca sepue- 



204 F E I J o o 

de decir con verdad que hay gusto malo, ó que alguno tiene 
mal gusto, sea en lo que se fuere. Distinguen los filósofos tres 
géneros de bienes, el honesto, el útil y el delectable. De estos 
tres bienes, sólo el último pertenece al gusto; los otros dos 
están fuera de su esfera. Su único objeto es el bien delectable 
y nunca puede padecer error en orden á él. Puede la voluntad 
abrazar como honesto un objeto que no sea honesto, ó como 
útil el que es inútil, por representárselos tales falsamente el 
entendimiento. Pero es imposible que abrace como delecta- 
ble, objeto que realmente no lo sea. La razón es clara ; por- 
que si le abraza como delectable, gusta de él ; si gusta de él, 
actual y realmente se deleita en él ; luego actual y realmente 
es delectable el objeto. Luego el gusto, en razón de gusto, 
siempre es bueno con aquella bondad real, que únicamente 
le pertenece; pues la bondad real, que toca el gusto en el ob- 
jeto, no puede menos de refundirse en el acto. 

Ni se me diga, que cuando el gusto se llama malo, no es 
porque carece de la bondad delectable, sino de la honesta ú 
de la útil. Hago manifiesto que no es así. Cuando uno, en día 
que le está prohibida toda carne, come una bella perdiz, aquel 
acto es sin duda inhonesto ; con todo, nadie por eso dice que 
tiene mal gusto en comer la perdiz. Tamppco cuando gasta 
en regalarse más de lo que alcanzan sus medios, y de ese 
modo va arruinando su hacienda, se dice que tiene mal gusto, 
aunque este gusto carece de la bondad útil. No hay otra dis- 
tinta que la delectable, y de ésta tengo probado que nunca 
carece el gusto ; luego contra toda razón se dice, que algún 
gusto, sea el que fuere, es malo. 

Los africanos gustan del canto de los grillos más que de 
cualquiera otra música. Ateas, rey de los scitas, quería más 
oir los relinchos de su caballo, que al famoso músico Isme- 
nias. ¿ Diráse que aquellos tienen mal gusto, y éste le tenía 
peor? No, sino bueno, así éste como aquéllos. Quien percibe 
deleite en oir esos sonidos, tiene el gusto bueno con la bon- 
dad que le corresponde; esto es, bondad delectable. Muchos 
pueblos septentrionales comen las carnes del oso, del lobo y 
del zorro; los tártaros la del caballo ; los árabes la del came- 
llo. En partes de la África se comen cocodrilos y serpientes. 
¿Tienen todos éstos mal gusto? No, sino bueno. Sábenles 
bien esas carnes, y es imposible saberles bien y que el gusto 



OBRAS ESCOGIDAS 2o5 

sea malo; ó por mejor decir, ser gusto y ser mnlo es implica- 
ción manifiesta, porque sería lo mismo que tener bondad 
delectable y carecer de ella. 



II 



Con todo esto, digo, que caben disputas sobre el gusto. 
Para cuya comprobación me es preciso impugnar otro error 
común, que se da la mano con el expresado, esto es, que no 
se puede dar razón del gusto. Tiénese por pregunta extrava- 
gante, si uno pregunta á otro por qué gusta de tal cosa; y 
juzga el preguntado que no hay otra respuesta que dar, sino 
gusto porque gusto, ó gusto porque es de mi gusto, ó porque 
me agrada, etc., lo que nace de la común persuasión que hay 
de que del gusto no se puede dar razón. Yo estoy en la con- 
traria. 

Dar razón de un efecto, es señalar su causa; y no una sola, 
sino dos, se pueden señalar del gusto. La primera es el tem- 
peramento, la segunda la aprensión. 

A determinado temperamento se siguen determinadas in- 
clinaciones : Mores sequuntur temperamentinn ; y á las incli- 
naciones se sigue el gusto ó deleite en el ejercicio de ellas; de 
modo, que de la variedad de temperamentos nace la diversi- 
dad de inclinaciones y gustos. Éste gusta de un manjar, aquél 
de otro; éste de una bebida, aquél de otra; éste de música 
alegre, aquél de la triste, y así de todo lo demás, según la va- 
ria disposición natural de los órganos, en quien hacen im- 
presión estos objetos, como también en un mismo sujeto se 
varían á veces los gustos, según la varia disposición acciden- 
tal de los órganos. Así, el que tiene las manos muy frías, se 
deleita en tocar cosas calientes, y el que las tiene muy calien- 
tes, se deleita en tocar cosas frías; en estado de salud gusta 
de un alimento, en el de enfermedad de otro, ó acaso le des- 
placen todos. Esta es materia en que no debemos detenernos 
más, porque á la simple propuesta se hace clarísima. 



206 F E I J o o 



III 



,6 ^ 

Pero sobre ella se me ofrece ahora excitar una cuestión 
muy delicada, y en que acaso nadie ha pensado hasta ahora; 
esto es, si los gustos diversos en orden á objetos distintos, 
igualmente perfectos cada uno en su esfera, son entre sí igua- 
les. Pongo el ejemplo en materia de música. Hay uno, para 
cuyo gusto no hay melodía tan dulce como la de la gaita; 
otro, que prefiere con grandes ventajas á ésta, el armonioso 
concierto de violines con el bajo correspondiente. Supongo 
que el gaitero es igualmente excelente en el manejo de su 
instrumento, que los violinistas en el de los suyos ; que tam- 
bién la composición respectivamente es igual; esto es, tan 
buena aquella para la gaita como ésta para los violines; y en 
fin, que igualmente percibe el uno la melodía de la gaita, que 
el otro el concierto de los violines. Pregunto, ¿si percibirán 
igual deleite los dos, aquél oyendo la gaita, y éste oyendo los 
violines? Creo que unos responderán que son iguales, y otros 
dirán que esto no se puede averiguar; porque ¿quién, ó por 
qué regla se ha de medir la igualdad ó desigualdad de los dos 
gustos? Yo siento, contra los primeros, que son desiguales; 
y contra los segundos, que esto se puede averiguar con entera 
ó casi entera certeza. Pues ¿por dónde se han de medir los 
dos gustos? Por los objetos. Ésta es una prueba metafísica, 
que con la explicación se hará física y sensible. 

En igualdad de percepción de parte de la potencia, cuanto 
el objeto es más excelente, tanto es más excelente el acto. Este 
entre los metafísicos es axioma incontestable. Es música más 
excelente la de los violines que la de la gaita, porque esto se 
debe suponer; y también suponemos, que la percepción de par- 
te de los dos sujetos es igual. Luego más excelente es el acto 
con que el uno goza la música de los violines, que el acto con 
que el otro goza la de la gaita. Mas ¿ qué excelencia es ésta? 
Excelencia en línea de delectación, porque esa corresponde á 
la excelencia del objeto delectable. La bondad de la música á 



I 



\ 

OBRAS ESCOGIDAS 207 

la línea de bien delectable pertenece, pues su extrínseco fin 
es deleitar el oído, aunque por accidente se puede ordenar, y 
ordena muchas veces, como á fin extrínseco, á algún bien ho- 
nesto ó útil. Así pues, como el objeto mejor en línea de 
honesto influye mayor honestidad en el acto, y el mejor en 
línea de útil, mayor utilidad, también el mejoren línea delec- 
table influye mayor delectación. 

Diráme acaso alguno, que el exceso que hay de una música 
á otra es sólo respectivo, y así recíprocamente se exceden; 
esto es, respectivamente á un sujeto es mejor la música de 
violines que la de gaita; y respectivamente á otro, es mejx^r 
ésta que aquélla. En varias materias, tratando de la bondad 
de los objetos en comparación de unos á otros, he visto que 
es muy común el sentir de que sólo es respectivo el exceso. 
Pero manifiestamente se engañan los que sienten así. En to- 
dos tres géneros de bienes hay bondad absoluta y respectiva. 
Absoluta es aquella que se considera en el objeto, prescin- 
diendo de las circunstancias accidentales que hay de parte 
del sujeto; respectiva, la que se mide por esas circunstancias. 
Un objeto que absolutamente es honesto, por las circunstan- 
cias en que se halla el sujeto puede ser inhonesto, como el 
orar cuando insta la obligación de socorrer una grave necesi- 
dad del prójimo. Una cosa que absolutamente es útil, como 
la posesión de hacienda, puede ser inútil y aun nociva á tal 
sujeto, verbi gratia, si hay de parte de él tales circunstancias, 
que los socorros que recibiría, careciendo de hacienda, le 
hubiesen de dar vida más cómoda que la que goza teniéndo- 
la. Lo propio sucede en los bienes delectables. Hay unos ab- 
solutamente mejores que otros; pero los mismos que son 
mejores, son menos delectables ó absolutamente indelecta- 
bles por las circunstancias de tales sujetos. ¿Quién duda que 
la perdiz es un objeto delectable al paladar? Mas para un fe- 
bricitante es indelectable. 

Generalmente hablando, todo cuanto estorba ó minora en 
el sujeto la percepción de la delectabilidad del objeto, es 
causa de que la bondad respectiva de éste sea menor que 
absoluta. El que está enfermo percibe menos, ó nada percibe, 
la delectabilidad del manjar regalado ; el que con mano lla- 
gada ó con la llaga misma de la mano toca un cuerpo suaví- 
simo al tacto, no percibe su suavidad. De aquí es, que ni uno 



208 



ni otro objeto sean respectivamente delectables en aquellas 
circunstancias, sin que por eso les falte la delectabilidad ab- 
soluta. 

Aplicando esta doctrina, que es verdaderísima, á nuestro 
caso, digo, que la causa de que sea menor para uno de los 
dos sujetos la bondad respectiva de la música de violines, es 
la obtusa, grosera y ruda percepción de su delectabilidad ó 
bondad absoluta. Esta obtusa percepción puede estar en el 
oído, ó en cualquiera de las facultades internas, á donde me- 
diata ó inmediatamente se transmiten las especies ministra- 
das por el oído; y en cualquiera de las potencias expresadas 
que esté, nace de la imperfección de la potencia, ó imperfecto 
temple y grosera textura de su órgano. Por la contraria ra- 
zón, el que tiene las facultades más perfectas, ó los órganos 
más delicados y de mejor temple, percibe toda la excelencia 
de la jnejor música, y el exceso que hace á la otra ; de donde 
es preciso resulte en él mayor deleite, por la razón que he- 
mos alegado. Esta prueba y explicación sirven para resolver 
la cuestión propuesta á cualesquiera otros objetos delectables 
que se aplique, demostrando generalmente, que el sujeto que 

f gusta más del objeto más delectable, goza mayor deleite que 
el que gusta más de lo que es menos. 

Universalmente hablando, y sin excepción alguna, todos 

i los que son dotados de facultades más vivas y expeditas tie- 
nen una disposición intrínseca y permanente para percibir 
mayor placer de los objetos agradables. Pero no deben lison- 
jearse mucho de esta ventaja, pues tienen también la misma 
disposición intrínseca para padecer más los penosos. El que 
tiene un paladar de delicadísima y bien templada textura, 
goza mayor deleite al gustar el manjar regalado, pero también 
padece más grave desazón al gustar el amargo ó acerbo. El 
que es dotado de mejor oído, percibe mayor deleite al oir 
una música dulce, pero también mayor inquietud al oir un 
estrépito disonante. Esto se extiende aun á la potencia inte- 
lectiva. El de más penetrante entendimiento se deleita más al 
oir un discurso excelente, pero también padece mayor des- 
abrimiento al oir una necedad. 



OBRAS ESCOGIDAS 2O9 



IV 



La segunda causa del gusto es la aprensión, y de la varie- 
dad de gustos la variedad de aprensiones. De suerte que, 
subsistiendo el mismo temple, y aun la misma percepción en 
el órgano externo, sólo por variarse la aprensión, sucede 
desagradar el objeto que antes placía, ó desplacer el que an- 
tes agradaba. Esto se probará de varias maneras. Muchas 
veces el que nunca ha usado de alguna especie de manjar, es- 
pecialmente si su sabor es muy diverso del de los que usa, al 
probarlo la primera vez se disgusta de él, y después, conti- 
nuando su uso, le come con deleite. El órgano es el mismo, 
su temperie, y aun su sensación, la misma. Pues ¿de dónde 
nace la diversidad? De que se varió la aprensión. Miróle al 
principio como extraño al paladar, y por tanto como desapa- 
cible; el uso quitó esa aprensión odiosa, y por consiguiente 
le hizo gustoso. 

Al contrario, otras muchas veces, y aun frecuentísimamen- 
te, el manjar que, usado por algunos días, es gratísimo, se 
hace ingrato continuándose mucho. La sensación del paladar 
es la misma, como cualquiera que haga reflexión experimen- 
tará en sí propio ; pero la consideración de su repetido uso 
excita una aprensión fastidiosa, que le vuelve aborrecible. 
De esto hay un ejemplo insigne y concluyente en las Sagradas 
Letras. Llegaron los israelitas en el desierto á aborrecer el 
alimento del maná, que al principio comían con deleite. ¿Na- 
ció esta mudanza de que, por algún accidente, hiciese en la 
continuación alguna impresión ingrata en el órgano del gus- 
to? Consta evidentemente que no; porque era propiedad mi- 
lagrosa de aquel manjar, que sabía á lo que quería cada uno: 
Dcserviens iiniuscujusque voluntati^ ad quod quisque volebat 
convertebatur. Pues ^i de qué? El texto lo expresa : Nihil vi- 
dent oculi nostri, nisi man; «nada ven nuestros ojos sino ma- 
ná». El tener siempre todos los días y por tanto tiempo una 
misma especie de manjar delante de los ojos, sin variar ni 



2IO FE I JOO 

añadir otro alguno, excitó la aprensión fastidiosa de que ha- 
blamos. 

Muchos no gustan de un manjar al principio, y gustan des- 
pués de él, porque oyen que es de la moda ó que se ponen 
en las mesas de los grandes señores ; otros porque les dicen 
que viene de remotas tierras, y se vende á precio subido. 
Como también al contrario, aunque gusten de él al principio, 
si oyen después que es manjar de rústicos, ó alimento ordi- 
nario de algunos pueblos incultos y bárbaros, empiezan á 
sentir displicencia en su uso. Aquellas noticias excitaron una 
aprensión ó apreciativa ó contemptiva, que mudó el gusto. 
En los demás sentidos, y respecto de todas las demás es- 
pecies de objetos delectables, sucede lo mismo. 



V 



Júzgase comunmente, que el gusto ó disgusto que se siente 
de los objetos de los sentidos corpóreos está siempre en los 
órganos respectivos de éstos. Pero realmente esto sólo suce- 
de, cuando el gusto ó disgusto penden del temperamento de 
esos órganos. Mas cuando vienen de la aprensión, sólo están 
en la imaginativa, la cual se complace ó se irrita, según la 
varia impresión que hace en ella la representación de los ob- 
jetos de los sentidos. Es tan fácil equivocarse en esto, y con- 
fundir uno con otro, por la íntima correspondencia que hay 
entre los sentidos corpóreos y la imaginativa, que aun aquel 
grande ingenio lusitano, el digno de toda alabanza, el insigne 
padre Antonio Vieira, explicando el tedio que los israelitas 
concibieron al maná, bien que usó de su gran talento para 
conocer que ese tedio no estaba en el paladar, no le trasladó 
á donde debiera, porque le colocó en los ojos, fundado en el 
sonido del texto : Nihil vident ocidi nostri nisi man. Yo digo, 
que no estaba el tedio en los ojos, sino en la imaginativa. La 
razón es clara, porque es imposible que se varíe la impresión, 
que hace el objeto en la potencia, si no hay variación alguna, 



OBRAS ESCOGIDAS 211 

Ó en el objeto, ó en la potencia, ó en el medio por donde se 
comunica la especie. En el caso propuesto debemos suponer 
que no hubo variación alguna ni en el maná (pues esto consta 
de la misma Histoiña sagrada), ni en los ojos de los israeli- 
tas, ni en el medio por donde se les comunicaba la especie; 
pues esto, siendo común á todos, sería una cosa totalmente 
insólita y preternatural, que no dejaría de insinuar el histo- 
riador sagrado: fuera de que, en ese caso, tendrían legítima 
disculpa los israelitas en el aborrecimiento del maná; luego 
aquel tedio no estaba en los ojos, sino en la imaginativa. 

Ni se me oponga que también sería cosa totalmente insólita 
que la imaginativa de todos se viciase con aquel tedio. Digo, 
que no es eso insólito ó preternatural, sino naturalísimo, 
porque los males de la imaginativa son contagiosos. Un indi- 
viduo sólo es capaz de inficionar todo un pueblo. Ya se ha 
visto en más de una y aun de dos comunidades de mujeres, 
por creerse energúmena una de ellas, ir pasando sucesiva- 
mente á todas las demás la misma aprensión, y juzgarse todas 
poseídas. Sobre todo, una aprensión fastidiosa es facilísima 
de comunicar. Se nos viene naturalmente el objeto á la ima- 
ginativa, como corrompido de aquella tediosa displicencia, 
que vemos manifiesta otro hacia él, especialmente si el otro 
es persona de alguna especial persuasiva ú de muy viva ima- 
ginación, porque ésta tiene una fuerza singular para insinuar 
en otros la misma idea de que está poseída. 



VI 



Puesto ya que el gusto depende de dos principios distintos, 
esto es, unas veces del temperamento, otras de la aprensión, 
digo, que cuando depende del temperamento, no cabe dispu- 
ta sobre el gusto, pero sí cuando viene de la aprensión. Lo 
que es natural é inevitable, no puede impugnarse con razón 
alguna; como ni tampoco hay razón alguna que lo haga plau- 
sible ó digno de alabanza. Tan imposible es que deje de gus- 



212 FE IJ O O 

tar de alguna cosa el que tiene el órgano en un temperamento 
proporcionado para gustar de ella, como lo es que el objeto 
á un tiempo mismo sea proporcionado y desproporcionado al 
sentido. No digo yo todos los hombres, mas ni aun todos los 
ángeles, podrán persuadir á uno que tiene las manos ardien- 
do, que no guste de tocar cosas frías. Podrán, sí, persuadir- 
le, ó por motivo de salud ú de mérito, que no las aplique á 
ellas; pero que aplicadas, no sienta gusto en la aplicación, es 
absolutamente imposible. 

No es así en los gustos que penden precisamente de la 
aprensión, porque los vicios de la aprensión son curables con 
razones. Al que mira con fastidioso desdén algún manjar, ó 
porque no es del uso de su tierra, ó por su bajo precio, ó 
porque es alimento común de gente inculta y bárbara, es fá- 
cil convencerle con argumentos de que ese horror es mal 
fundado. Es verdad que no siempre que se convence el en- 
tendimiento, cede de su tesón la imaginativa; pero cede mu- 
chas veces, como la experiencia muestra á cada paso. 

Aun cuando el vicio de la imaginativa se comunica al en- 
tendimiento, halla tal vez el ingenio medios con que curarle 
en una y otra potencia. Los autores médicos refieren algunos 
casos de éstos. A uno, que creía tener un cascabel dentro del 
cerebro, cuyo sonido aseguraba oía, curó el cirujano hacién- 
dole una cisura en la parte posterior de la cabeza, donde en- 
trando los dedos como que arrancaba algo, le mostró luego 
un cascabel, que llevaba escondido, como que era el que te- 
nía en la cabeza y acababa de sacarle de ella. Otro, que ima- 
ginaba tener el cuerpo lleno de culebras, sapos y otras saban- 
dijas, fué curado dándole una purga, y echando con disimulo 
en el vaso excretorio algunos sapos y culebras, que le hicie- 
ron creer eran los que tenía en el cuerpo, y había expelido 
con la purga. A otro, que había dado en la extravagante ima- 
ginación de que si expelía la orina había de inundar el mundo 
con ella, y deteniéndola por este medio, estaba cerca de mo- 
rir de supresión, sanaron encendiendo una grande hoguera á 
vista suya; y persuadiéndole que aquel fuego iba cundiendo 
por toda la tierra, la cual, sin duda, en breve se vería redu- 
cida á cenizas, si no soltaba los diques al fluido excremento 
para apagar el incendio, lo que él al momento ejecutó. A este 
modo se pueden discurrir otros estratagemas para casos se- 



I 



OBRAS ESCOGIDAS 2l3 

mejantes, en los cuales será más útil un hombre ingenioso y 
de buena inventiva, que todos los médicos del mundo. 

Lo que voy á referir es más admirable. Sucedióme revocar 
al uso de la razón á una persona, que mucho tiempo antes le 
había perdido, aun sin usar de estos artificiosos círculos, sino 
acometiendo (digámoslo así) frente á frente su demencia. El 
caso pasó con una monja benedictina del convento de Santa 
María de la Vega, existente extramuros de esta ciudad de 
Oviedo. Esta religiosa, que se llamaba doña Eulalia Pérez, y 
excedía la edad sexagenaria, habiendo pasado dos ó tres años 
después de perdido el juicio, sin que en todo ese tiempo go- 
zase algún lúcido intervalo, ni aun por brevísimo tiempo, ca- 
yó en una fiebre, que pareció al médico peligrosísima, aunque 
de hecho no lo era, por lo cual fui llamado para administrar- 
la el socorro espiritual de que estuviese capaz. Entrado en su 
aposento, la hallé tan loca como me habían informado lo es- 
taba antes, y realmente era una locura rematadísima la suya. 
Apenas había objeto sobre el cual no desbarrase enorme- 
mentel Empecé intimándola que se confesase; respondía ad 
ephesios. Propúsele la gravedad de su mal y el riesgo en que 
estaba, según el informe del médico, como si hablase con un 
bruto. Todo era prorumpir en despropósitos; bien que el 
error, que más ordinariamente tenía en la imaginación y en 
la boca era, que hablaba á todas horas con Dios, y que Dios 
la revelaba cuanto pasaba y había de pasar en el mundo. 
Viéndola en tan infeliz estado, me apliqué, con todas mis 
fuerzas, á tentar si podía encender en su mente la luz de la 
razón, totalmente extinguida al parecer. En cosa de medio 
cuarto de hora lo logré. Y luego, temiendo juntamente que 
aquella fuese una ilustración pasajera como de relámpago, 
me apliqué á aprovechar aquel dichoso intervalo, haciendo 
que se confesase sin perder un momento; lo que ejecutó con 
perfecto conocimiento y entera satisfacción mía. Después de 
absuelta, estuve con ella por espacio de media hora, y en to- 
do este tiempo gozó íntegramente el uso de la razón. Despe- 
díme sin administrarla otro sacramento, por conocer que la 
fiebre no tenía visos de peligrosa, aunque el médico la cons- 
tituía tal, como, en efecto, dentro de pocos días convaleció; 
pero hi ilustración de su mente fué transitoria, como yo me 
había temido. Dentro de pocas horas volvió á su demencia. 



214 F E IJ OO 

y en ella perseveró sin intermisión alguna hasta el momento 
de su muerte, que sucedió tres ó cuatro años después. Hallá- 
bame yo ausente de Oviedo cuando murió, y me dolió mucho 
al recibir la noticia, creyendo, con algún fundamento, que 
acaso le lograría en aquel lance el importantísimo beneficio 
que había conseguido en la otra ocasión ; bien que no igno- 
ro, que la dificultad había crecido en lo inveterado del mal. 
Es naturalísimo desee el lector saber áqué industria se de- 
bió esta hazaña, no sólo por curiosidad, mas también por la 
utilidad de aprovecharse de ella si le ocurriese ocasión se- 
mejante. Parece que no hubo industria alguna ; antes mu- 
chos, mirándolo á primera luz, bien lejos de graduarlo de 
ingenioso acierto, lo reputarán una feliz necedad. ¿Quién 
pensará que de intento y derechamente me puse á persuadir 
á una loca, que lo estaba, y que cuanto pensaba y decía era 
un continuado desatino? Ó ¿ quién no diría al verme esperan- 
zado de ilustrarla por este medio, que yo estaba tan loco 
como ella? Para conocer la verdad de lo que yo le proponía, 
era menester tener el uso de la razón, el cual le faltaba; y si 
no la conocía, era inútil la propuesta ; con que parece que 
era una quimera cuanto yo intentaba. Sin embargo, éste fué 
el medio que tomé. Por qué y cómo se logró el efecto, expli- 
caré ahora. 

Para vencer cualquier estorbo ó lograr cualquiera fin, no 
, se ha de considerar precisamente el medio ó instrumento de 
^' que se usa, mas también la fuerza y arte con que se maneja. 
La cimitarra del famoso Jorge Castrioto, en la mano de su 
dueño, de un golpe cortaba enteramente el cuello á un toro ; 
trasladada á la del sultán, sólo hizo una pequeña herida. Esto 
pasa en las cosas materiales, y esto mismo sucede en el en- 
tendimiento. Usando de la misma razón uno que otro, hay 
quien desengaña de su error á un necio en un cuarto de hora, 
y hay quien no puede convencerle en un día ni en muchos 
días. Pues ¿cómo, si ambos echan mano del mismo instru- 
mento? Porque le manejan de muy diferente modo. Las vo- 
ces de que se usa, el orden con que se enlazan, la actividad y 
viveza con que se dicen, la energía de la acción, la imperiosa 
fuerza del gesto, la dulce y al mismo tiempo eficaz valentía 
de los ojos, todo esto conspira, y todo esto es menester para 
introducir el desengaño en un entendimiento, ó infatuado ó 



OfeRAS ESCOGIDAS 2l5 

estúpido. La mente del hombre, en el estado de unión al 
cuerpo, no se mueve sólo por la razón pura, mas también por 
el mecanismo del órgano ; y en este mecanismo tienen un 
oculto, pero eficaz, influjo las exterioridades expresadas. 
Conviene también variar las expresiones, mostrar la verdad 
á diferentes luces, porque esto es como dar vuelta á la mura- 
lla, para ver por dónde se puede abrir la brecha. Ello, en el 
caso dicho, se logró al fin, como pueden testificar más de 
veinte religiosas del convento mencionado, que viven hoy y 
vieron el suceso. No sólo, en esta ocasión; también en otra 
logré ilustrar á un loco, mucho más rematado, haciéndole 
conocer el error, que sin intermisión traía en la mente mu- 
chos años había. Es verdad que en éste mucho más presto se 
apagó la luz recibida ; de modo, que apenas duró dos minutos 
el desengaño. Tampoco yo insistí con tanto empeño, porque 
no había la necesidad que en el otro caso. 

Confieso que en una perfecta demencia no habrá recurso 
alguno; es preciso que reste alguna centellita de razón en 
quien se encienda esta pasajera llama. En la ceniza, por más 
que se sople, no se producirá la más leve luz. Pero ¿cuándo 
se halla una perfecta demencia? Pienso que nunca, ó casi 
nunca. Apenas hay loco que en cuanto piensa, dice y hace, 
desatine. Todo el negocio consiste en acertar con aquella 
chispa que ha quedado, y saber agitarla con viveza. Nadie 
nos pida lecciones para practicarlo, porque son inútiles. Es 
obra del ingenio, no de la instrucción. 

Los ejemplos alegados prueban superabundantemente nues- 
tro intento. Si es posible reducir á la razón á quien tiene da- 
ñado, juntamente con la imaginativa, el entendimiento, mu- 
cho más fácil será reducir á quien sólo tiene viciada la 
imaginativa, sin lesión alguna de parte del entendimiento, 
especialmente cuando, como en el caso de la cuestión, el 
vicio de la imaginativa es sólo respectivo á objeto determina- 
do. De todo lo alegado en este discurso se concluye, que hay 
razón para el gusto, y que cabe razón ó disputa contra el 
gusto. 



EL NO SÉ QUÉ 



EN muchas producciones, no sólo de la naturaleza, aun 
más del arte, encuentran los hombres, fuera de aque- 
llas perfecciones sujetas á su comprensión, otro gé- 
nero de primor misterioso, que cuanto lisonjea el gusto, ator- 
menta el entendimiento; que palpa el sentido, y no puede 
descifrarla razón; y así, al querer explicarle, no encontrando 
voces ni conceptos que satisfagan la idea, se dejan caer des- 
alentados en el rudo informe de que tal cosa tiene un no sé 
qiié^ que agrada, que enamora, que hechiza, y no hay que pe- 
dirles revelación más clara de este natural misterio. 

Entran en un edificio que, al primer golpe que da en la vista, 
los llena de gusto y admiración. Repasándole luego con un 
atento examen, no hallan, que ni por su grandeza, ni por la 
copia de luz, ni por la preciosidad del material, ni por la 
exacta observancia de las reglas de arquitectura, exceda, ni 
aun acaso iguale, á otros que han visto, sin tener que gustar 
ó que admirar en ellos. Si les preguntan ¿qué hallan de ex- 
quisito ó primoroso en éste? responden, que tiene un no sé 
qué, que embelesa. 



21' 



F El J OO 



Llegan á un sitio delicioso, cuya amenidad costeó la natu- 
raleza por sí sola. Nada encuentran de exquisito en sus plan- 
tas, ni en su colocación, figura ó magnitud, aquella estudiada 
proporción que emplea el arte en los plantíos hechos para la 
diversión de los príncipes ó los pueblos. No falta en él la 
cristalina hermosura del agua corriente, complemento pre- 
cioso de todo sitio agradable ; pero que, bien lejos de obser- 
var en su curso las mensuradas direcciones, despeños y resal- 
tes con que se hacen jugar las ondas en los reales jardines, 
errante camina por donde la casual abertura del terreno da 
paso al arroyo. Con todo, el sitio le hechiza; no acierta á salir 
de él, y sus ojos se hallan más prendados de aquel natural 
desaliño, que de todos los artificiosos primores, que hacen 
ostentosa y grata vecindad á las quintas de los magnates. 
Pues ¿qué tiene este sitio, que no haya en aquellos? Tiene un 
un no sé qué^ que aquellos no tienen. Y no hay que apurar, 
que no pasará de aquí. 

Ven una dama, ó para dar más sensible idea del asunto, 
digámoslo de otro modo: ven una graciosita aldeana, que 
acaba de entrar en la corte, y no bien fijan en ella los ojos, 
cuando la imagen, que de ellos trasladan á la imaginación, 
les representa un objeto amabilísimo. Los mismos que mira- 
ban con indiferencia ó con una inclinación tibia las más cele- 
bradas hermosuras del pueblo, apenas pueden apartarla vista 
de la rústica belleza. ¿Qué encuentran en ella de singular? 
La tez no es tan blanca como otras muchas, que ven todos 
los días, ni las facciones son más ajustadas, ni más rasgados 
los ojos, ni más encarnados los labios, ni tan espaciosa la 
frente, ni tan delicado el talle. No importa. Tiene un no sé 
qué, la aldeanita, que vale más que todas las perfecciones de 
las otras. No hay que pedir más , que no dirán más. Este no 
sé qué es el encanto de su voluntad y el atolladero de su en- 
tendimiento. 



II 



Si se mira bien, no hay especie alguna de objetos donde no 
se encuentre este no sé qué. Elévanos tal vez con su canto 



OBRAS ESCOGIDAS 219 

una voz, que ni es tan clara, ni de tanta extensión, ni de tan 
libre juego como otras que hemos oído. Sin embargo, ésta 
nos suspende más que las otras. Pues ¿cómo, si es inferior á 
ellas en claridad, extensión y gala ? No importa. Tiene esta 
voz un no sé qué^ que no hay en las otras. Enamóranos el es- 
tilo de un autor, que ni en la tersura y brillantez iguala á 
otros, que hemos leído, ni en la propiedad los excede; con 
todo, interrumpimos la lectura de éstos sin violencia, y aquél 
apenas podemos dejarle de la mano. ¿En qué consiste? En 
que este autor tiene, en el modo de explicarse, un no sé qué, 
que hace leer con deleite cuanto dice. En las producciones 
de todas las artes hay este mismo no sé qué. Los pintores lo 
han reconocido en la suya, debajo del nombre de manera,^ 
voz que, según ellos la entienden, signifícalo mismo, y con la 
misma confusión, que el no sé qué ; porque dicen, que la ma- 
nera de la pintura es una gracia oculta, indefmible, que no 
está sujeta á regla alguna, y sólo depende del particular ge- 
nio del artífice. Demoncioso (In pj-ceamb. ad Tract. de Pie- 
tur.) dice, que hasta ahora nadie pudo explicar qué es ó en 
qué consiste esta misteriosa gracia: Quam nemo unquam scri- 
bendo potuit explicare; que es lo mismo que caerse de lleno 
en el no sé qué. 

JEsta g.racia^culta^ este no "sé qué., fué quien hizo preciosas 
las tablas de Apeles sobre todas las de la antigüedad ; lo que 
el mismo Apeles, por otra parte muy modesto y grande hon- 
rador de todos los buenos profesores del arte, testificaba 
diciendo, que en todas las demás perfecciones de la pintura 
había otros que le igualaban, ó acaso en una ú otra le exce- 
dían; pero él los excedía en aquella gracia oculta, la cual á 
todos los demás faltaba : Cum eadem cetate maximi pictores 
essent., quorum opera cum admirar etur., collaudatis ómnibus, 
deesse iis unam illam Venerem diceba!., quam Gra^ci Charita 
vocant, Cintera omnia contigisse., sed hac sola sibi neminem 
parem. (Plin., libro xxxv, capítulo x.) Donde es de advertir, 
que aunque Plinio, que refiere esto, recurre á la voz griega 
charita., ó charis., por no hallar en el idioma latino voz alguna 
competente para explicar el objeto, tampoco la voz griega le 
explica; porque charis significa genéricamente ^r^zciíz, y así 
las tres gracias del gentilismo se llaman en griego charites; 
de donde se infiere, que aquel primor particular de Apeles, 



220 



FEI J OO 



tan no sé qué es para el griego, como para el latino y el cas- 
tellano. 



III 



No sólo se extiende el no sé qué á los objetos gratos, mas 
también á los enfadosos; de suerte, que como en algunos de 
aquellos hay un primor que no se explica, en algunos de es- 
tos hay una fealdad que carece de explicación. Bien vulgares 
decir: Fulano me enfada sin saber por qué. No hay sentido 
que no represente este ó aquel objeto desapacible, en quie- 
nes hay cierta cualidad displicente, que se resiste á los cona- 
tos, que el entendimiento hace para explicarla; y últimamen- 
te la llama un no sé qué que disgusta, un no sé qué que fastidia, 
un no sé qué que da en rostro, un no sé qué que horroriza. 

Intentamos, pues, en el presente discurso explicar lo que 
nadie ha explicado, descifrar este natural enigma, sacar esta 
cosicosa de las misteriosas tinieblas en que ha estado hasta 
ahora; en fin, decir lo que es esto, que todo el mundo dice, 
que no sabe qué es. 



IV 



Para cuyo efecto supongo, lo primero, que los objetos .que 
nos agradan (entendiéndose desde luego, que lo que decimos 
de éstos, es igualmente en su género aplicable á los que nos 
desagradan) se dividen en simples y compuestos. Dos ó tres 
ejemplos explicarán esta división. Una voz sonora nos agra- 
da, aunque esté fija en un punto, esto es, no varíe ó alterne 
por varios tonos, formando algún género de melodía. Este es 
un objeto simple del gusto del oído. Agrédanos también, y 
aún más, la misma voz, procediendo por varios puntos, dis- 
puestos de tal modo, que formen una combinación musical 



OBRAS ESCOGIDAS 221 

grata al oído. Este es un objeto compuesto, que consiste en 
aquel complejo de varios puntos, dispuestos en tal propor- 
ción, que el oído se prenda de ella. Asimismo á la vista agra- 
dan un verde esmeraldino, un fino blanco. Estos son objetos 
simples. También le agradan el juego que hacen entre sí va- 
rios colores (verbi-gracia en una tela ó en un jardín), los 
cuales están respectivamente colocados de modo, que hacen 
una armonía apacible á los ojos, como la disposición de dife- 
rentes puntos de música á los oídos. Este es un objeto com- 
puesto. 

Supongo, lo segundo, que muchos objetos compuestos 
agradan ó enamoran, aun no habiendo en ellos parte alguna, 
que tomada de por sí, lisonjee el gusto. Esto es decir, que 
hay muchos, cuya hermosura consiste precisamente en la re- 
cíproca proporción ó coaptación, que tienen las partes entre 
sí. Las voces de la música, tomadas cada una de por sí, ó 
separadas, ningún atractivo tienen para el oído; pero arti- 
ficiosamente dispuestas por un buen compositor, son capaces 
de embelesar el espíritu. Lo mismo sucede con los materiales 
de un edificio, en las partes de un sitio ameno, en las diccio- 
nes de una oración, en los varios movimientos de una danza. 
Generalmente hablando, que las partes tengan por sí mismas 
hermosura ó atractivo, que no, es cierto que hay otra hermo- 
sura distinta de aquella, que es la del complejo, y consiste 
en la grata disposición, orden y proporción, ó sea natural ó 
artificiosa, recíproca de las partes. 

Supongo, lo tercero, que el agradar los objetos consiste en 
tener un género de proporción y congruencia con la potencia 
que los percibe, ó sea con el órgano de la potencia, que todo 
viene á residir en lo mismo, sin meternos por ahora en expli- 
car en qué consiste esta proporción. De suerte, que en los 
objetos simples sólo hay una proporción, que es la que tie- 
nen ellos con la potencia; pero en los compuestos se deben 
considerar dos proporciones: la una de las partes entre sí, la 
otra de esta misma colección de las partes con la potencia, 
que viene á ser proporción de aquella proporción. La verdad 
de esta suposición consta claramente de que un mismo obje- 
to agrada á unos y desagrada á otros, pudiendo asegurarse, 
que no hay cosa en el mundo, que sea del gusto de todos; lo 
cual no puede depender de otra cosa, que de que un mismo 

VIII 



222 F E 1 J O O 



objeto tiene proporción de congruencia respecto del temple, 
textura ó disposición de los órganos de uno, y desproporción 
respecto de los de otro. 



V 



Sentados estos supuestos, advierto, que la duda ó ignoran- 
cia expresada en el no sé qué^ puede entenderse terminada á 
dos cosas distintas, al qué y di por qué. Explicóme con el pri- 
mero de los ejemplos propuestos al principio del párrafo iv. 
Cuando uno dice : tiene esta voz un no sé qué^ que me deleita 
más que las otras, puede querer decir, ó que no sabe qué es 
lo que le agrada en aquella voz, ó que no sabe porqué aque- 
lla voz le agrada. Muy frecuentemente, aunque la expresión 
suena lo primero, en la mente del que la usa significa lo se- 
gundo. Pero que signifique lo uno, que lo otro, ves aquí des- 
cifrado el misterio. El qué de la voz precisamente se reduce 
á una de dos cosas: ó al sonido de ella (llámase comunmente 
el metal de la voz), ó al modo de jugarla, y á casi nada de 
reflexión que hagas, conocerás cuál de estas cosas es la que 
te deleita con especialidad. Si es el sonido, como por lo re- 
gular acontece, ya sabes cuánto hay que saber en orden al 
qué. Pero me dices : no está resuelta la duda, porque este 
sonido tiene un no sé qué., que no hallo en los sonidos de 
otras voces. Respondo, y atiende bien lo que te digo, que ese 
que llamas no sé qué., no es otra cosa que el ser individual 
del mismo sonido, el cual perciben claramente tus oídos, y 
por medio de ellos llega también su idea clara al entendi- 
miento. Acaso te matas porque no puedes definir ni dar nom- 
bre á ese sonido, según su ser individual. Pero ¿no adviertes, 
que eso mismo te sucede con los sonidos de todas las demás 
voces que escuchas? Los individuos no son definibles. Los 
nombres, aunque voluntariamente se les impongan, no ex- 
plican ni dan idea alguna distintiva de su ser individual. Por 
ventura ¿llamarse fulano Pe¿íro, y zut'dno Francisco., me da 



OBRAS ESCOGIDAS 223 

algún concepto dé aquella particularidad de su ser, por la 
cual cada uno de ellos se distingue de todos los demás hom- 
bres? Fuera de esto, ¿no ves que tampoco das, ni aciertas á 
dársele, nombre particular á ninguno de los sonidos de todas 
las demás voces ? Créeme, pues, que tan bien entiendes lo 
que hay de particular en ese sonido, como lo que hay de par- 
ticular en cualquiera de todos los demás, y sólo te falta en- 
tender que lo entiendes. 

Si es el juego de la voz, en quien hallas el no sé qué^ aun- 
que esto pienso que rara vez sucede, no podré darte una ex- 
plicación idéntica que venga á todos los casos de este género, 
porque no son de una especie todos los primores que caben 
en el juego de la voz. Si yo oyese esa misma voz, te diría á 
punto fijo en qué está esa gracia, que tú llamas oculta; pero 
te explicaré algunos de esos primores, acaso todos, que tú no 
aciertas á explicar, para que, cuando llegue el caso, por uno 
ó por otro descifres el no sé qué. Y pienso que todos se redu- 
cen á tres : el primero es el descanso con que se maneja la 
voz; el segundo la exactitud de la entonación; el tercero el 
complejo de aquellos arrebatados puntos musicales, de que 
se componen los gorjeos. 

El descanso con que la voz se maneja, dándole todos los 
movimientos, sin afán ni fatiga alguna, es cosa graciosísima 
para el que escucha. Algunos manejan la voz con gran cele- 
ridad; pero es una celeridad afectada, ó lograda á esfuerzos 
fatigantes del que canta, y todo lo que es afectado y violento 
disgusta. Pero esto pocos hay que no lo entiendan; y así, 
pocos constituirán en este primor el no sé qué. 

La perfección de la entonación es un primor que se oculta 
auna los músicos. He dicho la perfección de la entonación. 
No nos equivoquemos. Distinguen muy bien los músicos los 
desvíos de la entonación justísima hasta un cierto grado; 
pongo por ejemplo hasta el desvío de una coma, ó media 
coma, ó sea norabuena de la cuarta parte de una coma ; de 
modo, que los que tienen el oído muy delicado, aun siendo 
^an corto el desvío, perciben que la voz no da el punto con 
toda justeza, bien que no puedan señalar la cantidad del des- 
vío; esto es, si se desvía media coma, la tercera parte de una 
coma, etc. Pero cuando el desvío es mucho menor, verbi- 
gracia la octava parte de una coma, nadie piensa que la voz 



224 F E IJ O O 



n 



desdice algo de la entonación justa. Con todo, este defecto, 
que por muy delicado, se escapa á la reflexión del entendi- 
miento, hace efecto sensible en el oído; de modo, que ya la 
composición no agrada tanto como si fuese cantada por otra 
voz, que diese la entonación más justa, y si hay alguna que 
la dé mucho más cabal, agrada muchísimo ; y éste es uno de 
los casos en que se halla en el juego de la voz un no sé qué^ 
que hechiza, y el no sé qué descifrado es la justísima entona- 
ción. Pero se ha de advertir, que el desvío de la entonación 
se padece muy frecuentemente, no en el todo del punto, sino 
en alguna ó algunas partes minutísimas de él; de suerte, que 
aunque parece que la voz está firme; pongo por ejemplo, en 
re, suelta algunas sutilísimas hilachas, ya hacia arriba, ya 
hacia abajo, desviándose por interpolados espacios brevísi- 
mos de tiempo de aquel indivisible grado, que en la escalera 
del diapasón debe ocupar el re. Todo esto desaira más ó 
menos el canto, como asimismo el carecer de estos defectos 
le da una gracia notable. 

Los gorjeos son una música segunda, ó accidental, que sir- 
ve de adorno á la sustancia de la composición. Esta música 
segunda, para sonar bien, requiere las mismas calidades que 
la primera. Siendo el gorjeo un arrebatado tránsito de la voz 
por diferentes puntos, siendo la disposición de estos puntos 
oportuna y propia, así respecto de la primera música como 
de la letra, sonará bellamente el gorjeo, y faltándole esas ca- 
lidades, sonará mal, ó no tendrá gracia alguna, lo que fre- 
cuentemente acontece, aun á cantores de garganta flexible y 
ágil, los cuales, destituidos de gusto ú de genio, estragan, 
más que adornan, la música con insulsos y vanos revolteos 
de la voz. 

Hemos explicado el qué del no sé qué en el ejemplo pro- 
puesto. Resta explicar el por qué; pero éste queda explicado 
(al fin del párrafo IV), así para éste como para todo género 
de objetos; de suerte, que sabido qué es lo que agrada en el 
objeto , en el por qué no hay que saber sino que aquello 
está en la proporción debida, congruente á la facultad per- 
ceptiva, ó al temple de su órgano. Y para que se vea que 
no hay más que saber en esta materia, escoja cualquiera 
un objeto de su gusto, aquel en quien no halle nada de 
ese misterioso no sé qué , y dígame , ¿ por qué es de 



OBRAS ESCOGIDAS 225 

SU gusto, Ó por qué le agrada ? No responderá otra cosa que 
lo dicho. 



VI 



El ejemplo propuesto da una amplísima luz para descifrar 
el no sé qué en todos los demás objetos, á cualquiera sentido 
que pertenezca. Explica adecuadamente el qué de los objetos 
simples, y el jt^o?' í^i/e de simples y compuestos. K\ poj- qué 
es uno mismo en todos. El qué de los simples es aquella dife- 
rencia individual privativa de cada uno en la forma que la 
explicamos al principio del párrafo anterior; de suerte, que 
toda la distinción que hay en orden á esto entre los objetos 
agradables, en que no se halla no sé qué^ y aquellos en que se 
halla, consiste en que aquellos agradan por su especie ó ser 
específico, y éstos por su ser individual. A éste le agrada el 
color blanco por ser blanco, á aquél el verde por ser verde. 
Aquí no encuentran misterio que descifrar. La especie les 
agrada, pero encuentran tal vez un blanco, ó un verde, que 
sin tener más intenso el color, les agrada mucho más que los 
otros. Entonces dicen, que aquel blanco ó aquel verde tienen 
un no sé qué^ que los enamora, y este wo sé qué^ digo yo, que 
es la diferencia individual de esos dos colores ; aunque tal 
vez puede consistir en la insensible mezcla de otro color, lo 
cual ya pertenece á los objetos compuestos, de que tratare- 
mos luego. 

Pero se ha de advertir, que la diferencia individual no se 
ha de tomar aquí con tan exacto rigor filosófico, que á todos 
los demás individuos de la misma especie esté negado el pro- 
pio atractivo. En toda la colección de los individuos de una 
especie hay algunos recíprocamente muy semejantes; de 
suerte, que apenas los sentidos los distinguen. Por consi- 
guiente, si uno de ellos por su diferencia individual agrada, 
también agradará el otro por la suya. 

Dije anteriormente, que el ejemplo propuesto explica ade- 



226 FE I J O O 

cuadamente el qué de los objetos simples. Y porque á esto 
acaso se me opondrá, que la explicación del manejo de la voz 
no es adaptable á otros objetos distintos, por consiguiente es 
inútil para explicar el qué de otros. Respondo, que todo lo 
dicho en orden al manejo de la voz, ya no toca á los objetos 
simples, sino á los compuestos. Los gorjeos son compuestos 
de varios puntos. El descanso y entonación no constituyen 
perfección distinta de la que en sí tiene la música que se can- 
ta, la cual también es compuesta : quiero decir sólo son con- 
diciones para que la música suene bien, la cual se desluce 
mucho faltando la debida entonación, ó cantando con fatiga; 
pero por no dejar incompleta la explicación del no sé qué de 
la voz, nos extendimos también al manejo de ella, y también 
porque lo que hemos escrito en esta parte puede habilitar 
mucho á los lectores para discurrir en orden á otros objetos 
diferentísimos. 



VII 



Vamos ya á explicar el no sé qué áe los objetos compuestos. 
En éstos es donde más frecuentemente ocurre el no sé qué^ y 
tanto, que rarísima vez se encuentra el no sé qué en objeto 
donde no hay algo de composición. Y ¿qué es el no sé qué en 
los objetos compuestos? La misma composición. Quiero de- 
cir, la proporción y congruencia de las partes que los com- 
ponen. 

Opondráseme, que apenas ignora nadie, que la simetría y 
recta disposición de las partes hace la principal, á veces la 
única hermosura de los objetos. Por consiguiente, ésta no es 
aquella gracia misteriosa á quien por ignorancia ó falta de 
penetración se aplica el no sé qué. 

Respondo, que aunque los hombres entienden esto en algu- 
na manera, lo entienden con notable limitación, porque sólo 
llegan á percibir una proporción determinada, comprendida 
en angostísimos límites ó reglas ; siendo así, que hay otras 



OBRAS ESCOGIDAS 227 

innumerables proporciones distintas de aquella que perciben. 
Explicaráme un ejemplo. La hermosura de un rostro es cier- 
to que consiste en la proporción de sus partes, ó en una bien 
dispuesta combinación del color, magnitud y figura de ellas. 
Como esto es una cosa en que se interesan tanto los hombres, 
después de pensar mucho en ello, han llegado á determinar 
ó especificar esta proporción diciendo, que ha de ser de esta 
manera la frente, de aquella los ojos, de la otra las meji- 
llas, etc. Pero ¿qué sucede muchas veces? Que ven este ó 
aquel rostro, en quien no se observa aquella estudiada pro- 
porción y que con todo les agrada muchísimo. Entonces di- 
cen, que no obstante esa falta ó faltas, tiene aquel rostro un 
no sé qué que hechiza. Y este no sé qué^ digo yo, que es una 
determinada proporción de las partes en que ellos no habían 
pensado, y distinta de aquella que tienen por única, para el 
efecto de hacer el rostro grato á los ojos. 

De suerte, que Dios, de mil maneras diferentes y con innu- 
merables diversísimas combinaciones de las partes, puede 
hacer hermosísimas caras. Pero los hombres, reglando inad- 
vertidamente la inmensa amplitud de las ideas divinas por la 
estrechez de las suyas, han pensado reducir toda la hermosu- 
ra á una combinación sola, ó cuando más, á un corto número 
de combinaciones, y en saliendo de allí, todo es para ellos 
un misterioso no sé qué. 

Lo propio sucede en la disposición de un edificio, en la 
proporción de las partes de un sitio ameno. Aquel no sé qué 
de gracia, que tal vez los ojos encuentran en uno y otro, no 
es otra cosa que una determinada combinación simétrica co- 
locada fuera de las comunes reglas. Encuéntrase alguna vez 
un edificio, que en ésta ó aquella parte suya desdice de las 
reglas establecidas por los arquitectos, y que, con todo, hace 
á la vista un efecto admirable, agradando mucho más que 
otros muy conformes á los preceptos del arte. ¿En qué con- 
siste esto? ¿En que ignoraba esos preceptos el artífice que 
le ideó? Nada menos. Antes bien en que sabía más y era de 
más alta idea que los artífices ordinarios. Todo le hizo según 
regla; pero según una regla superior, que existe en su mente, 
distinta de aquellas comunes, que la escuela enseña. Propor- 
ción, y grande, simetría, y ajustadísima, hay en las partes de 
esa obra; pero no es aquella simetría que regularmente se 



228 FE I J O O 

estudia, sino otra más elevada; á donde arribó por su valen- 
tía la sublime idea del arquitecto. Si esto sucede en las obras 
del arte, mucho más en las de la naturaleza, por ser éstas 
efectos de un Artífice de infinita sabiduría, cuya idea excede 
infinitamente, tanto en la intensión como en la extensión á 
toda idea humana y aun angélica. 

En nada se hace tan perceptible esta máxima como en las 
composiciones músicas. Tiene la música un sistema formado 
de varias reglas, que miran como completo los profesores; de 
tal suerte, que en violando alguna de ellas, condenan la com- 
posición por defectuosa. Sin embargo, se encuentra una ú 
otra composición que falta á esta ó aquella regla, y que agra- 
da infinito aun en aquel pasaje donde falta á la regla. ¿En 
qué consiste esto ? En que el sistema de reglas, que los músi- 
cos han admitido como completo, no es- tal; antes muy in- 
completo y diminuto. Pero esta imperfección del sistema, sólo 
la comprenden los compositores de alto numen, los cuales 
alcanzan que se pueden dispensar aquellos preceptos en tales 
ó tales circunstancias, ó hallan modo de circunstanciar la 
música de suerte, que, aun faltando aquellos preceptos, sea 
sumamente hermosísima y grata. Entre tanto los composito- 
res de clase inferior claman, que aquello es una herejía ; pero 
clamen lo que quisieren, que el juez supremo y único de la 
música es el oído. Si la música agrada al oído y agrada mu- 
cho, es buena y bonísima, y siendo bonísima, no puede ser 
absolutamente contra las reglas, sino contra unas reglas limi- 
tadas y mal entendidas. Dirán que está contra arte ; mas, con 
t®do, tiene un no sé qué que la hace parecer bien. Y yo digo, 
que ese no sé qué no es otra cosa que estar hecha según arte, 
pero según un arte superior al suyo. Cuando empezaron á 
introducirse las falsas en la música, yo sé que, aun cubrién- 
dolas oportunamente, clamaría la mayor parte de los compo- 
sitores, que eran contra arte ; hoy ya todos las consideran 
según arte ; porque el arte que antes estaba diminutísimo, se 
dilató con este descubrimiento. 



OBRAS ESC06IDAS 229 



VIII 



Aunque la explicación que hasta aquí hemos dado del no 
sé qué^ es adaptable á cuanto debajo de esta confusa expre- 
sión está escondido, debemos confesar, que hay cierto no sé 
qué propio de nuestra especie ; el cual, por razón de su espe- 
cial carácter pide mas determinada explicación. Dijimos arri- 
ba, que aquella gracia ó hermosura del rostro, á la cual, por 
no entendida, se aplica el no sé qué^ consiste en una determi- 
nada proporción de sus partes, la cual proporción es distinta 
de aquella, que vulgarmente está admitida como pauta in- 
defectible de la hermosura. Mas como quiera que esto sea 
verdad, hay en algunos rostros otra gracia más particular, la 
cual, aun faltando la de la ajustada proporción de las faccio- 
nes, los hace muy agradables. Ésta es aquella representación 
que hace el rostro de las buenas cualidades del alma, en la 
forma que para otro intento hemos explicado en el discurso 
sobre el Nuevo arte Jisionómico {i}. En el complejo de aquellos 
varios sutiles movimientos de las partes del rostro, especial- 
mente de los ojos, de que se compone la representación expre- 
sada, no tanto se mira la hermosura corpórea como la espiri- 
tual, ó aquel complejo parece hermoso, porque muestra la 
hermosura del ánimo, que atrae sin duda mucho más que la 
del cuerpo. Hay sujetos que precisamente con aquellos movi- 
mientos y positura de ojos, que se requieren para formar una 
majestuosa y apacible risa, representan un ánimo excelso, no- 
ble, perspicaz, complaciente, dulce, amoroso, activo ; lo que 
hace á cuantos los miran los amen sin libertad. 

Ésta es la gracia suprema del semblante humano. Ésta es 
la que, colocada en el otro sexo, ha encendido pasiones más 
violentas y pertinaces, que el nevado candor y ajustada sime- 
tría de las facciones. Y ésta es la que los mismos, cuyas pa- 
siones ha encendido, por más que la están contemplando 



í I ) No se inserta en esta colección. — ^A^. de los E.J 



23o 



FE I JO o 



cada instante, no acaban de descifrar; de modo, que cuando 
se ven precisados de los que pretenden corregirlos, á señalar 
el motivo por que tal objeto los arrastra (tal objeto, digo, 
que carece de las perfecciones comunes) no hallan que decir, 
sino que tiene un no sé qué^ que enteramente les roba la 
libertad. Téngase siempre presente, para evitar objeciones, 
que esta gracia, como todas las demás, que andan rebozadas 
debajo del manto del no sé qué^ es respectiva al genio, imagi- 
nación y conocimiento del que la percibe. Más me ocurría 
que decir sobre la materia; pero por algunas razones me 
hallo precisado á concluir aquí este discurso. 




ESTA VOZ urbanidad es de significación equívoca. Así, 
leída en diferentes autores, y contemplada en distin- 
tos tiempos, se halla que significa muy diversamente. 
Su derivación inmediata viene de la voz latina urbanus^ y la 
mediata, de urbs ; mas no en cuanto esta voz significa ciudad 
en general, sino en cuanto, por antonomasia, se apropia es- 
pecialmente á la de Roma. 

Es el caso, que la voz urbanus tuvo su nacimiento en el 
tiempo de la mayor prosperidad de la república romana, lo 
que se colige claramente de que Quintiliano dice, que en 
tiempo de Cicerón era nueva esta voz : Cicero favo7-cm, ei ur- 
banum nova credit. Entonces fué cuando la voz genérica urbs, 
que significa ciudad^ se empezó á apropiar antonomástica- 
mente á Roma, á causa de su portentosa grandeza. Como al 
mismo paso que Roma empezó á reinar en el mundo, empe- 



232 F El J O O 

zó á reinar en ella aquel género de cultura y policía, que los 
romanos miraban como excelencia privativamente suya, em- 
pezaron á usar de la voz urbanus, para significar aquella cul- 
tura, concretada, no sólo al hombre, mas también al modo y 
estilo en quien resplandecía esa prenda; homo urbanus, sermo 
urbanus^ y de la voz urbanitas para expresar abstractamente 
la misma prenda. 

Pero á la cultura significada por la voz urbanitas^ no todos 
daban la misma extensión. Cicerón fcomo se conoce en su 
libro De claris oratoribus) la restringía á un género de gracia 
en el hablar, que era particular á los romanos. 

Quintiliano reconoce aquella gracia en el hablar propia de 
los romanos, que dice consiste en la elección de las palabras, 
en su buen uso, en el decente sonido de la voz; la reconoce, 
digo, no por el todo, sino por parte de la urbanidad. Así 
añade, como otra parte suya, alguna tintura de erudición, 
adquirida en la frecuente conversación de hombres doctos: 
Nam, et urbanitas dicitur, qua quidem signijicari sermonem 
prceseferentem in verbis, et sono^ et iisu proprium quendam 
gustum urbis^ et sumptamex conversatione doctoruin tacitam 
eruditionem^ denique ciii contraria sit rusticitas. 

Domicio Marso, autor medio, en cuanto al tiempo en que 
floreció entre Cicerón y Quintiliano, que escribió un Tratado 
de la urbanidad^ cuya noticia debemos al mismo Quintiliano, 
echando por otro rumbo, constituyó la urbanidad en la agu- 
deza ó fuerza de un dicho breve, que deleita y mueve los 
ánimos de los oyentes hacia el afecto que se intenta, aptísima 
á provocar ó resistir, según las circunstancias de personas y 
materias : Urbanitas est virtus qucedam in breve dictum coac- 
ta, et apta ad delectándose movendosque in omnem affectum 
ánimos^ máxime idónea ad resistendum, vel lacesendum, prout 
quceque res^ ac persona desiderant. Definición verdadera- 
mente confusa y que, ó no explica cosa, ó sólo explica una 
idea particular del autor, distinta de todo lo que hasta ahora 
comunmente se ha entendido por la voz urbanidad. 

Los filósofos morales que han trabajado sobre la admirable 
Ética de Aristóteles, miraron esta voz como correspondiente 
á la griega eutrapelia, de que usó Aristóteles para exprimir 
aquella virtud que dirige á guardar moderación en la chanza, 
y cuyos extremos viciosos son la rusticidad por una parte, y 



OBRAS ESCOGIDAS 233 

por otra la scurrilidad ó truhanería. Así nuestro cardenal 
Aguirre y el conde Manuel Tesauro. 

Mas esta acepción de la voz urbanitas no está en uso, como 
ni tampoco la de rusticidad^ extremo suyo. Llámase chance- 
ro, no urbano, al que es oportuno y moderado en la chanza; 
ni tampoco el que nunca la usa se llama rústico, sino seco ó 
cosa semejante. 



II 



Viniendo ya á la acepción que tiene la voz urbanidad, en 
los tiempos presentes y en España, parece ser que general- 
mente se entiende por ella lo mismo que por la de cortesanía; 
pero es verdad que también á esta voz unos dan más estre- 
cho, otros más amplio significado. Hay quienes por cortesano 
entienden lo mismo que cortés ; esto es, un hombre, que en 
el trato con los demás usa de el ceremonial que prescribe la 
buena educación. Mas entre los que hablan con propiedad, 
creo se entiende por hombre cortesano, ó que tiene genio y 
modales de tal, el que en sus acciones y palabras guarda un 
temperamento, que en el trato humano le hace grato á los 
demás. Tomada en este sentido la voz española cortesanía^ 
corresponde á la francesa politesse^ á la italiana civilitá, y á 
la latina comitas. 

La derivación de cortesanía es análoga á la de urbanidad. 
Así como ésta se tomó de la voz urbs^ aplicada á Roma, capital 
entonces de una gran parte de el mundo, en la cual florecía 
la cultura, que los romanos explicaban con la voz urbanitas; 
la voz cortesanía se derivó en España de la corte, en la cual, 
según comunmente se entiende, se practican con más exac- 
titud que en otros pueblos todas aquellas partes de la buena 
crianza, que explicamos con la voz cortesanía. 

Tomada en este sentido la urbanidad.^ yo la definiría de 
este modo: «Es una virtud ó hábito virtuoso, que dirige al 



234 



F E I J o o 



hombre en palabras y acciones, en orden á hacer suave y 
grato su comercio ó trato con los demás hombres.» No me 
embarazo en que algunos tengan la definición por redundan- 
te, pareciéndoles que comprehende más que lo que significa 
la voz urbanidad. Yo ajusto la definición á la significación 
que yo mismo le doy, y que entiendo es común entre los que 
hablan con más propiedad. Los que se la dan más estrecha 
definen la urbanidad de otro modo. Las disputas sobre defi- 
niciones, comunmente son cuestiones de nombre. Cada uno 
define según la acepción que da á la voz con que expresa el 
definido. Si todos se conviniesen en la acepción de la voz, 
apenas discreparían jamás en la definición de su objeto. El 
caso es que muchas veces, una misma voz, en diferentes 
sujetos excita diferentes ideas, y de aquí viene la variedad de 
definiciones. 

Es cierto que los que llaman modos cortesanos, todos se 
ordenan al fin propuesto, y no son otra cosa más que unas 
maneras de proceder en todo lo exterior, en quienes nada 
haya de indecente, ofensivo ó molesto, antes todo sea grato, 
decente y oportuno. 

Está la urbanidad, como todas las demás virtudes morales, 
colocada entre dos extremos viciosos: uno en que se peca 
por exceso, otro por defecto. El primero es la nimia compla- 
cencia, que degenera en bajeza ; el segundo, la rigidez y desa- 
brimiento, que peca en rusticidad. 



III 



Así como no hay virtud, cuyo uso sea tan frecuente como 
el de la urbanidad, asi ninguna hay que tanto se falsee con la 
hipocresía. Hay muchos hombres, que teniendo poca ó nin- 
guna ocasión de ejercitar algunas" virtudes, al mismo paso 
carecen de oportunidad para ser hipócritas en la materia de 
ellas. En materia de urbanidad, así como todos pueden tener 
el ejercicio de la virtud, pueden también trampearle con la 



OBRAS ESCOGIDAS 



235 



hipocresía. En efecto, los hipócritas de la urbanidad son in- 
numerables. Hierven los pueblos todos de expresiones de 
rendimiento, de reverencias profundas, de ofertas obsequio- 
sas, de ponderadas atenciones, de rostros halagüeños, cuyo 
ser está todo en gestos y labios, sin que el corazón tenga 
parte alguna en esas demostraciones; antes bien ordinarui- 
mente está obstruido de todos los afectos opuestos. 

¿Mas qué? ¿La urbanidad ha de residir también en el co- 
razón? Sin duda, ó por lo menos en él ha de tener su origen. 
De otro modo, ¿cómo pudiera ser virtud? Dicta la razón que 
haya una honesta complacencia de unos hombres á otros. 
Cuanto dicta la razón es virtud. Pero ¿sería virtuosa una 
complacencia mentida, engañosa, afectada? Visto es que no. 
Luego la urbanidad debe salir de el fondo de el espíritu. Lo 
demás no es urbanidad, sino hipocresía, que la falsea. Una 
alma de buena casta no há menester fingir para observar to- 
das aquellas atenciones de que se compone la cortesanía, 
porque naturalmente es inclinada á ellas. Por propensión 
innata, acompañada de el dictamen de la razón, no faltará en 
ocasión alguna ni al respeto con los de clase superior á la su- 
ya, ni á la condescendencia con los iguales, ni á la afabilidad 
con los inferiores, ni al agrado con todos, testificando, según 
las oportunidades, ya con obras, ya con palabras, estas bue- 
nas disposiciones de el ánimo, en orden á la sociedad humana. 
No ignoro, que comunmente se entiende consistir la urba- 
nidad precisamente en la externa testificación, ya de respeto, 
ya de benevolencia, á los sujetos con quienes se trata. Mas 
como esa testificación, faltando en el espíritu los afectos que 
ella expresa, sería engañosa, no puede por sí sola constituir 
la urbanidad, que es un hábito virtuoso. Así, para constituir- 
la, es necesario que la testificación sea verdadera, que viene 
á ser lo mismo que decir, que la urbanidad incluye esencial- 
mente la existencia de aquellos sentimientos, que se expresan 
en las acciones y palabras cortesanas. 

IV 

Es cierto que las cortes son unas grandes escuelas públicas 
de la verdadera urbanidad; pero en cuanto al ejercicio, se ha 



236 FEI J OO 

mezclado en ellas tanto de falsa, que algunos han contempla- 
do á ésta como la únicamente dominante en las cortes. Creo, 
que sin injuria de otra alguna, podré calificar por las dos cor- 
tes más cultas de el mundo, en la antigüedad á Roma, en los 
tiempos presentes á París. Oigamos ahora á los autores, de 
los cuales uno practicó mucho la corte de Roma, y otro la 
de París. El primero es Juvenal. Este claramente insinúa, 
que en Roma, el que no fuese mentiroso y adulador no tenía 
que esperar, ni aun que hacer: 

Quid Romee faciam ? Mentiri nescio : librujn 
Sí malus est, nequeo laudare, etc. 

El segundo es el abad Boileau, famoso predicador de el 
gran Luís XIV. Éste, en el libro que intituló Pensamientos 
escogidos^ hizo una pintura tal de la corte de París, que mues- 
tra que la urbanidad de ella, no sólo degenera en simulación^ 
mas aun (supónese que no en todos) en alevosía. Dice así : 

«¿Cuáles son las maneras de un cortesano? Adular á sus 
enemigos mientras los teme, y destruirlos cuando puede; 
aprovecharse de sus amigos cuando los há menester, y vol- 
verles la espalda en no necesitándolos; buscar protectores 
poderosos, á quienes adora exteriormente, y desprecia fre- 
cuentemente en secreto. 

»La urbanidad cortesana consiste en hacerse una ley de la 
disimulación y de el dolo; de representar todo género de 
personajes, según lo piden los propios intereses; sufrir con 
un silencioso despecho las desgracias, y esperar con una mo- 
destia inquieta los favores de la fortuna. 

»En la corte, por lo común, nada hay de sinceridad, todo 
es engaño ; hacer malos oficios á la sordina unos á otros ; fa- 
bricar enredos, que nadie puede desañudar; padecer mortales 
disgustos bajo un semblante risueño ; ocultar bajo una apa- 
rente modestia, una soberbia luciferina. Frecuentemente en 
la corte no es permitido amar lo que se quiere, ni hacer lo 
que se debe, ni decir lo que se siente. Es menester tener se- 
creto para guardar los sentimientos, facilidad para mudarlos. 
Se ha de alabar, vituperar, amar, aborrecer, hablar y vivir, 
no según el dictamen propio, mas según el antojo y capricho 
ajeno. 



OBRAS ESCOGIDAS 237 

»; Cuáles son más las maneras de un cortesano? Disimular 
las injurias y vengarlas; lisonjear á los enemigos y destruir- 
los ; prometer todo para obtener una dignidad, y no cumplir 
nada en lográndola ; pagar los beneficios con palabras, los 
servicios con promesas, y las deudas con amenazas. En la 
corte se adora la fortuna", y al mismo tiempo se maldice; se 
alaba el mérito y se desprecia ; se esconde la verdad y se os- 
tenta la franqueza.» 

Pienso que de esto hay mucho en todo el mundo; pero es 
natural haya más en las cortes, porque son en ellas más fuer- 
tes los incitativos para los vicios expresados. No hay apetito 
que allí no vea muy cerca y en su mayor esplendor el objeto 
que le estimula. El ambicioso está casi tocando con la mano 
los honores, el codicioso las riquezas. Los pretendientes 
se están rozando unos con otros, los émulos con los émulos, 
los envidiosos con los envidiados. El valimiento de el indigno 
está dando en los ojos de el benemérito olvidado, el manejo 
de el inhábil altamente ocupado, en los de el hábil ocioso. Y 
aunque el modesto, viéndolo esto de lejos, ó constándole 
sólo de oídas, podrá razonar sobre la materia, como filósofo, 
teniéndolo tan cerca, apenas acertará á hablar, sino como 
apasionado. Así es casi moralmente imposible, que los cora- 
zones de los desfavorecidos no estén en una continua fermen- 
tación de tumultuantes sentimientos, á que se siga, no tanto 
la corrupción de los humores, como la de las costumbres. 

Sin embargo, se debe entender, que los dos autores citados 
hablan en tono, cuya solfa siempre levanta mucho de punto 
el mismo mal que reprende. Hay en las cortes mucho de ma- 
lo, también hay mucho de bueno. Las quejas de que el méri- 
to es desatendido, frecuentemente no son más que unos ayes, 
que precisamente significan el dolor de el corazón de donde 
salen. El mismo que se lamenta de el desgobierno, mientras 
no pasa de el zaguán de la casa de el valido, aplaude su con- 
ducta en subiendo al salón ; señal de que sólo mira como mal 
gobierno el que le es adverso, y como bueno al que es favo- 
rable. En todos tiempos he oído hablar muy mal de el minis- 
terio ; pero á quienes? A pretendientes importunos ; que no 
podían alcanzar lo que no merecían ; á litigantes de mala fe, 
doloridos de verse justísimamente condenados ; á delincuen- 
tes multados según las leyes ; á ignorantes preciados de en- 



238 FE I J o o 

tendidos, que sin más escuela que la de uno ú otro corrillo, 
dan voto en los más altos negocios políticos y militares; á 
necios que imaginan, que un buen gobierno puede lograr el 
imposible de tener á todos los subditos contentos ó hacerles 
á todos felices. 

Ni mi genio, ni mi destino me hafl permitido tratar á los 
ministros más altos ; pero á sujetos sinceros y de conocimien- 
to, que los han tratado, oí hablar de ellos en lenguaje muy 
diferente de el de el vulgo, ya en orden á sus alcances, ya en 
orden á sus intenciones. Ni ¿cómo es creíble que los prínci- 
pes, que suelen tener más instrucción política que los parti- 
culares, sean tan inadvertidos, que frecuentemente para el 
gobierno echen mano de hombres, ó ineptos ó mal intencio- 
nados? En caso que en la elección se engañasen, los desen- 
gañaría muy presto la experiencia, y entonces los precipita- 
rían de la altura á que habían ascendido. Así, para mí es 
verisímil que ministro alguno, destituido de todo relevante 
mérito, ocupe por mucho tiempo el lado de el soberano. 

De ministros inferiores ( en que entiendo los togados de las 
provincias) he tenido bastantísima experiencia; y protesto, 
que en cuanto contiene el ámbito de el siglo, ésta es por lo 
común la mejor gente que he tratado. Por lo común digo, 
por no negar que también se encuentran en esta clase uno ú 
otro, ya de poca rectitud, ya de mucha codicia. De lo que son 
los togados de las provincias, colijo lo que serán los de la 
corte. Parece natural, que cuanto es mayor el teatro y más 
sublime el puesto, tanto más les estimule el honor á no come- 
ter alguna bajeza. Conspiran á lo mismo la cercanía de el 
príncipe, y la multitud de jueces de una misma clase, porque 
son unos recíprocos censores, que están siempre á la vista. 



V 



No creo, pues, ni aun la mitad de lo que se dice de el aban- 
dono que padece el mérito en las cortes. Pero entre los pre- 



OBRAS ESCOGIDAS 239 

tendientes sin mérito, que concurren á ellas en gran número, 
bien me persuado haya un hervidillo de chismes, embustes, 
trampas y alevosías, que no explicarán bastantemente las más 
ponderativas declamaciones. Ésta es una milicia de Satanás, 
que por la mayor parte sirve al diablo sin sueldo. Son unos 
galeotes de la tierra y juntamente cómitres unos de otros, 
que no sueltan jamás de la mano, ni el remo, ni el azote, por 
llegar cuanto antes al puerto deseado. Son unos idólatras de 
la fortuna, á cuya deidad sacrifican por víctimas los compa- 
ñeros, los parientes, los amigos, los bienhechores; y en fin, 
á sí mismos ó sus propias almas. ¿Qué no se puede esperar, 
ó qué no se debe temer de hombres de este carácter? 

Yo estuve tres veces en la corte ; pero, ya por mi natural 
incuriosidad, ya porque todas tres estancias fueron muy tran- 
sitorias, tan ignorante salí de las prácticas cortesanas, como 
había entrado. Sólo una cosa pude observar, perteneciente 
al asunto que tratamos, y es, que allí, más que en los demás 
pueblos que he visto, la urbanidad declina á aquella baja es- 
pecie de trato hipócrita, que llamamos zalamería. Mil veces 
la casualidad ofreció esta experiencia á mis ojos. Mil veces, 
digo, vi al encontrarse, ya en la calle, ya en el paseo, sujetos 
de quienes me constaba se miraban con harta indiferencia, y 
aun algunos con recíproco desprecio, alternarse en ellos como 
á competencia las más vivas expresiones de amor, veneración 
y diferencia. Apenas salía alguna palabra de sus bocas, que 
no llevase el equipaje de algunos afectuosos ademanes. Ver- 
tían tierna devoción los ojos, manaban miel y leche los la- 
bios; pero al mismo tiempo la afectación era tan sensible, 
que cualquiera de mediana razón conocería la discrepancia 
de corazones y semblantes. Yo me reía interiormente de en- 
trambos, y creo que entrambos se reían también interior- 
mente uno de otro. 

Vi en una ocasión requebrarse dos áulicos, con tan extre- 
mada ternura, que un portugués podría aprender de ellos 
frases y gestos para un galanteo. Ambos tenían empleo en 
palacio, por cuya razón no podían menos de carearse con 
mediana frecuencia. No había entre ellos amistad alguna ; sin 
embargo, las expresiones eran propias de dos cordialísimos 
amigos que vuelven á verse después de una larga ausencia. 

Habiendo manifestado á algunos prácticos de la corte la 



240 F E IJ o o 

disonancia que esto me hacía, me respondían, que aquello 
era vivir al estilo de la corte. Al oírlos, cualquiera haría jui- 
cio de que la corte no es más que un teatro cómico, donde 
todos hacen el papel de enamorados; pero en realidad, yo 
sólo noté esta faramalla amatoria en los espíritus de inferior 
orden. En los de corazón y entendimiento más elevado, pro- 
duce la escuela de la corte (si ya no se debe todo á su propio 
genio) otro trato más noble, y el que es propio de la verda- 
dera urbanidad. Digo, que observé en ellos afabilidad, dulzu- 
ra, expresiones de benevolencia, ofrecimientos de sus buenos 
oficios; pero todo contenido dentro de los términos de una 
generosa decencia, todo desnudo de afectadas ponderacio- 
nes, todo animado de un aire tan natural, que las articula- 
ciones de la lengua parecían movimientos de el ánimo, respi- 
raciones de el corazón. 

Decía Catón (Tulio lo refiere) que se admiraba de que cuan- 
do se encontraban dos adivinos, pudiesen ni uno ni otro con- 
tener la risa, por conocer entrambos, que toda su arte era 
una mera impostura. Lo mismo digo de los cortesanos zala- 
meros. No sé cómo al carearse los que ya se han tratado, no 
sueltan la carcajada, sabiendo recíprocamente, que todas sus 
hiperbólicas protestas de estimación, cariño y rendimiento 
son una pura farfalla, sin fondo alguno de realidad. 

He dicho, que en los pueblos menores, por donde he an- 
dado, no hay tanto, ni con mucho, de esta ridicula figurada. 
No faltan, á la verdad, uno ú otro que pasean las calles con 
el incensario en la mano, para tratar como á ídolos á cuantos 
contemplan pueden serles en alguna ocasión útiles. Pero están 
reputados por lo que son: gente, no de estofa, sino de estafa, 
y sus inciensos sólo huelen bien á los tontos. En la corte pasa 
esto comunmente por buena crianza; acá lo condenamos 
como bajeza. 



VI 



Estoy en la persuasión de que la urbanidad sólida y brillan- 
te tiene mucho más de natural, que de adquirida. Un espíritu 



4 



OBRASESCOGIDAS 24 1 

bien complexionado, desembarazado con discreción, apacible 
sin bajeza, inclinado por genio y por dictamen á complacer 
en cuanto no se oponga á la razón, acompañado de un enten- 
dimiento claro, ó prudencia nativa, que le dicte cómo se ha 
de hablar ú obrar, según las diferentes circunstancias en que 
se halla, sin más escuela, parecerá generalmente bien en el 
trato común. Es verdad, que ignorará aquellos modos, mo- 
das, ceremonias y formalidades, que principalmente se estu- 
dian en las cortes, y que el capricho de los hombres altera á 
cada paso; pero lo primero, las ventajas naturales, las cuales 
siempre tienen una estimabilidad intrínseca, que con ninguna 
precaución se borra, suplirán para la común aceptación el 
defecto de este estudio. Lo segundo, una modesta y despejada 
prevención á los circunstantes de esa misma ignorancia de 
los ritos políticos, motivada con el nacimiento y educación en 
provincia, donde no se practican, será una galante excusa de 
la transgresión de los estilos, que parecerá más bien á la gente 
razonable, que la más escrupulosa observancia de ellos. 

Yo me valí muchas veces de este socorro en la corte. Nací 
y me crié en una corta aldea, entré después en una religión, 
cuyo principal cuidado es retirar á sus hijos, especialmente 
durante la juventud, de todo comercio del siglo. Mi genio 
aborrece el bullicio y huye de los concursos. Exceptuando 
tres años de oyente en Salamanca, que equivalieron á tres 
años de soledad, porque no se permite á los de nuestro cole- 
gio el menor trato con los seculares, todo el resto de mi vida 
pasé en Galicia y Asturias, provincias muy distantes de la 
corte. Sobre todo lo dicho, estoy poseído de una natural dis- 
plicencia hacia el estudio de ceremonias. No ignoro que la 
sociedad política requiere, no sólo substancia, mas también 
modo; pero no considero modo importante aquel que consis- 
te en ritos estatuidos por antojo, que hoy se ponen y mañana 
se quitan, reinan unos en un país, y los contrarios en otro; 
sino aquel que dicta constantemente la razón en todos tiem- 
pos y lugares. De estos supuestos fácil es inferir cuan remoto 
estoy de la inteligencia de las ceremonias cortesanas. Sin 
embargo, salía de este embarazo en todas las ocurrencias con 
la prevención insinuada, y veía que á nadie parecía mal, ni 
por eso les era ingrata mi conversación, antes me parece po- 
nían buena cara á mi naturalidad. 



242 F E IJ o o 

Los hombres de espíritu sublime y entendimiento alto go- 
zan un natural privilegio para dispensarse de las formalida- 
des, siempre que les parezca. Así como los músicos de gran 
genio se apartan varias veces de las reglas comunes de el arte, 
sin que por eso su composición disuene al oído; así los hom- 
bres, que por sus prendas se aventajan mucho en la conver- 
sación, pueden desembarazarse de el método estatuido, sin 
incurrir en desagrado de los circunstantes. Las ventajas natu- 
rales siempre tienen un resplandor más fino, más sólido, más 
grato que los adornos adquiridos. Así todos se dan por bien y 
más que bien pagados de éstos con aquellas. 

Y aun dijera yo, que los establecimientos de ceremonias 
urbanas sólo se hicieron para los genios medianos é ínfimos, 
como un suplemento de aquella discreción superior ala suya, 
que por sí sola dicta y regla el porte, que se debe tener hacia 
los demás hombres. Creo que pasa en esto lo mismo, con 
poca diferencia, que en los movimientos materiales. Hay 
hombres que, naturalmente y sin estudio, son airosos en todos 
ellos; que muevan las manos, que los pies, que doblen el 
cuello, que inclinen la cabeza, que bajen ó eleven los ojos, 
que muden el gesto, todo sale con una gracia nativa, que á 
todos enamora; que es lo que cantaba Tíbulo de Sulpicia: 

Illam quidquid agit, quoquo vestigia flectit, 
Compojiit /urtiin, subsequiturque decor. 

Tuviera por una gran impertinencia querer con varios pre- 
ceptos compasarles á éstos las acciones. Guárdense los pre- 
ceptos y reglas para los que son naturalmente desairados, si 
es que puede enmendar el arte este defecto de la naturaleza. 
Sólo respectivamente á dos clases de personas, nadie está 
exento de guardar el ceremonial, que son los príncipes y las 
mujeres. Aquellos, desde tiempo inmemorial, han constituido 
la ceremonia parte esencial de la majestad. Estas, por educa- 
ción y por hábito, miran como substancia lo que es acciden- 
te, y aun prefieren el accidente á la substancia. Así desestima- 
rán al hombre más discreto y gracioso de el mundo, en com- 
paración de otro de muy desiguales talentos, pero que esté 
bien instruido en las formalidades de la moda, y las observe 
con exactitud ; excepto las de alta capacidad, las cuales saben 
hacer justicia al mérito verdadero. 



OBRAS ESCOGIDAS 248 



VII 



Ó sea adorno, ó parte integrante de la urbanidad, aquella 
gracia nativa, que sazona dichos y acciones, es cierto que el 
estudio ó arte jamás pueden servirle de suplemento. 

Ésta es aquella perfección que Plutarco pondera en Agesi- 
lao, y en virtud de la cual dice, que aunque pequeño y de 
figura contemptible, fué, aun hasta en la vejez, más amable 
que todos los hombres hermosos : Dicitur autem pusillus 
fiiisse, et specie aspernenda : cceterum hilaritas ejus ómnibus 
horis^ et urbanitas aliena ab omni, vel vultus morositate, et 
acet'bitate amabiliorem eum^ ad senectutem iisque, pj-cebuit 
ómnibus formosis. 

Éste es aquel condimento por quien dice Quintiliano, que 
una misma sentencia, unimismo dicho parece y suena mucho 
mejórenla boca de un sujeto que de otro: Inest proprius 
quibusdam decor in habitu, atque vultu^ ut eadem illa minus, 
dicente alio, videantur urbana esse. 

Éste es aquel adorno que Cicerón llamaba color de la urba- 
nidad, y que instado por Bruto, para que explicase qué cosi- 
cosa era ese color, respondió dejándole en el estado de un 
misterioso no sé qué. Éstas son, en el diálogo De claris 07'a- 
toribus^i sus palabras : Et Brutus^ quis est^ inquit^ tándem ur- 
banitatis color? Nescio, inquam; tantiim esse quendam scio. 
Es de mi incumbencia descifrar los nosequés^ y no hallo en 
explicar éste, dificultad alguna. La gracia nativa, ó llámese, 
con la expresión figurada de Cicerón, color de la urbanidad, 
se compone de muchas cosas. La limpieza de la articulación, 
el buen sonido y armoniosa flexibilidad de la voz, la decorosa 
aptitud de el cuerpo, el bien reglado movimiento de la acción, 
la modestia amable de el gesto y la viveza halagüeña de los 
ojos, son las partes que constituyen el todo de esta gracia. 



244 F E I J o o 

Ya se ve que todos los expresados son dones de la natura- 
leza. El estudio, ni los adquiere, ni los suple. Hay sujetos 
que piensan hacer algo, procurando imitar á aquellos en quie- 
nes ven resplandecer esos dones, ó parte de ellos; pero con 
el medio mismo con que intentan ser gratos, se hacen ridícu- 
los. Lo que es gracia en el original, es monada en la copia. 
La imitación de prendas naturales nunca pasa de un despre- 
ciable remedo. Pálpase la afectación, y toda afectación es 
tediosa. 

Sólo pondré dos limitaciones respectivas á aquellas partes 
de la gracia, que consisten en la positura y movimiento délos 
miembros. La primera es, que pueden en alguna manera ad- 
quirirse éstas por imitación. Pero cuándo? Cuando no se 
piensa en adquirirlas, ni se sabe que se adquieren; quiero 
decir, en la infancia. Es entonces la naturaleza tan blanda, 
digámoslo así, tan de cera, que se configura según el molde 
en que la ponen. Así vemos frecuentemente parecerse en los 
movimientos ordinarios los hijos á los padres. 

En Galicia, mi patria, hay muchos, que aun sabiendo con 
perfección la lengua castellana, la pronuncian algo arrastra- 
damente, faltando en esta ó aquella letra la exactitud de arti- 
culación que les es debida. Atribuyen los más este defecto á 
la imperfecta organización de la lengua, procedida de el influ- 
jo de el clima. No hay tal cosa. Ese vicio viene de el mal há- 
bito tomado en la niñez; lo que se evidencia de que los galle- 
gos, que de muy niños son conducidos á Castilla, y se crían 
entre castellanos, como yo he visto algunos, pronuncian con 
tanta limpieza y expedición este idioma, como los naturales 
de Castilla. Sé, que pocos años há era celebrada por el her- 
moso desembarazo de la pronunciación y aire de el movi- 
miento, una comedianta nacida en una mísera aldea de Gali- 
cia, que de cuatro ó cinco años llevó un tío suyo á la corte. 

La segunda limitación es, que aun en edad adulta se puede 
corregir la torpeza de el movimiento, ya en la lengua, ya en 
otros miembros, cuando ésta procede precisamente de el mal 
hábito contraído en la niñez. Pero es necesario para lograrlo 
aplicar mucha reflexión y estudio. Un hábito, aunque sea in- 
veterado, puede desarraigarse, aplicando el último esfuerzo. 
Cuando la resistencia viene de el fondo de la naturaleza, todos 
los conatos son vanos. 



OBRAS ESCOGIDAS 243 

VIII 



Aunque la urbanidad, en lo que tiene de brillante y hermo- 
sa, que es lo que llamamos gracia, sólo en una pequeñísima 
parte, como hemos advertido, está sujeta al estudio; en todo 
lo que es substancia, ó esencia suya, admite preceptos y re- 
glas ; de modo, que cualquiera hombre enterado de ellas, ó 
ya por reflexión propia ó por instrucción ajena, puede ser 
perfectamente, en cuanto á la substancia, urbano. 

Muy frecuentemente y de muchos modos se peca contra la 
urbanidad. Aun á sujetos que han tenido una razonable 
crianza, he visto muchas veces adolecer de alguno ú de algu- 
nos de los vicios, que se oponen á esta virtud. Opónense á la 
urbanidad todas aquellas imperfecciones ó defectos, que ha- 
cen molesto ó ingrato el trato y conversación de unos hom- 
bres con otros. Esto se infiere evidentemente de la definición 
de la urbanidad que hemos propuesto arriba. Mas ¿qué de- 
fectos son éstos? Hay muchos. Los iremos señalando, y ésta 
será la parte más útil de el discurso; porque lo mismo será 
individuar los defectos, que hacen molesta la conversación y 
sociedad política, que estampar las reglas que se deben ob- 
servar para hacerla grata. El lector podrá ir examinando su 
conciencia política por los capítulos que aquí le iremos pro- 
poniendo. 



IX 



Locuacidad 

Los habladores son unos tiranos odiosísimos de los corri- 
llos. En mi opinión, que concede cierta especie limitada de 
racionalidad á los brutos, el hablar es un bien aun más priva- 
tivo de el hombre que el discurrir. El que quiere siempre ser 
oído, y no escuchar á nadie, usurpa á los demás el uso de una 



246 F E I J o o 

prerogativa propia de su ser. ¿Qué fruto sacará, pues, de su 
torrente de palabras? No más que enfadar á los circunstantes, 
los cuales después se desquitan de lo que callaron, hablando 
con irrisión y desprecio de él. No hay tiempo más perdido 
que el que se consume en oir á habladores. Esta es una gente 
que carece de reflexión, pues á tenerla, se contendrían por no 
hacerse contemptibles. Si carecen de reflexión, luego también 
de juicio; y quien carece de juicio, ¿cómo puede jamás ha- 
blar con acierto? Ni ¿ qué provecho resultará á los oyentes 
de lo que habla un desatinado, exceptuando el ejercicio de la 
paciencia? Así á todos los habladores se puede aplicar loque 
Teócrito decía de la verbosa afluencia de Anaximenes, que 
en ella contemplaba un caudaloso río de palabras y una gota 
sola de entendimiento : Ve?'bo?~um /lumen ^ mentís ^iitta. 

Los flujos de lengua son unos porfiados vómitos de el alma; 
erupciones de un espíritu mal complexionado, que arroja, 
antes de digerirlas, las especies que recibe. Suenan á valentía 
en explicarse, siendo en realidad falta de fuerza para conte- 
nerse. Yo capitularía esta dolencia, dándole el nombre de 
relajación de la facultad racional. Otro dirá acaso, que no es 
eso, sino que las especies se vierten porque no caben, á cau- 
sa de su corta capacidad, en el vaso destinado para su depó- 
sito. 

Nadie se fíe en que á los principios es oído con gusto. Éste 
es un aire favorable para soltar las velas de la locuacidad. 
Aire favorable, sí, pero por lo común de poca duración. La 
conversación es pasto de el alma ; pero el alma tiene el gusto, 
ó tan vario, ó tan delicado, ó tan fastidioso como.el cuerpo. 
El manjar más noble, muy continuado, la da saciedad y te- 
dio. Así, el mismo que por un rato gana con su loquela la 
aceptación de los oyentes, si se alarga mucho, incurre en su 
displicencia y aun pierde su atención. Las estrellas que se 
deben observar para engolfarse mucho ó poco en los asuntos 
de conversación, permitir las velas al viento ó recogerlas, son 
los ojos de los circunstantes. Su halagüeña serenidad ó ceñu- 
da turbación avisarán de la indemnidad ó riesgo que hay en 
alargar un poco más el curso. 

Mas aun esta observación es engañosa en las personas de 
especial autoridad. Los dependientes, no sólo adulan con la 
lengua, mas también con los ojos. ¿Qué digo con los ojos? 



OBRAS ESCOGIDAS 247 

Con todos los miembros mienten, porque de todos se sirven 
para explicar con ciertos movimientos plausivos, con ciertos 
ademanes misteriosos, la complacencia y admiración con que 
escuchan al poderoso, de quien pende en algo su fortuna. A 
éste entre tanto se le cae la baba y la verba. Vierte en el 
corrillo cuánto le ocurre, bueno y malo, persuadido á que ni 
Apolo en Delfos fué oído con atención más respetuosa, j Ay, 
miserable, y qué engañado vive 1 A todos cansa, á todos enfa- 
da, y lo peor es, que todos, á vuelta de espaldas, se recobran 
de aquel casi forzado tributo de adulación con alternadas 
irrisiones de su necedad. Créanme los poderosos, que esto 
pasa así, y créanme también, que el poder, al que es necio le 
hace más necio ; al que es discreto, si no lo es en supremo 
grado, le quita mucho de lo que tiene de entendido. 



X 



Mendacidad 

^ Qué cosa más inurbana que la mentira? ¿A qué hombre 
de razón no da en rostro? ¿A quién no ofende? ¿Cómo el 
engaño puede prescindir de ser injuria? Toda la utilidad, 
todo el deleite que se puede lograr en la conversación, se 
pierde por la mentira. Si miente aquel que habla conmigo, 
¿de qué me sirven sus noticias? Si no las creo, de irritarme; 
si las creo, de llenarme de errores. Si no estoy asegurado de 
que me trata verdad, ¿ qué deleite puedo percibir en oirle? 
Antes estará en una continuada tortura mi discurso, vacilan- 
do entre el asenso y el disenso, y apurando los motivos que 
hay para uno y para otro. 

Es la conversación una especie de tráfico, en que los hom- 
bres se ferian unos á otros noticias y ideas; el que en este 
comercio franquea ideas y noticias falsas, vendiéndolas por 
verdaderas, ¿ qué es, sino un tramposo, un prevaricador, in- 
digno de ser admitido en la sociedad humana ? 

Siempre he admirado y siempre he condenado la toleran- 



248 F E IJ o o 

cia que logra en el mundo la gente mentirosa. Sobre este 
punto he declamado en el discurso acerca de la Impunidad 
de la mentira^ para donde remito al lector. Después he pen- 
sado, que acaso esta tolerancia nace de la mucha extensión 
de el vicio. Acaso, digo, son en mucho mayor número los 
interesados en la tolerancia, que los damnificados en ella. 
Acaso toleran unos á otros la mentira, porque unos y otros 
necesitan de esa tolerancia. Si los sinceros son pocos, no 
pueden, sin una gran temeridad, empeñarse en hacer guerra 
á los muchos. Pero á lo menos demuestren, con la mayor 
templanza que puedan, el desagrado que les causa la menti- 
ra. Ingenuamente protesto, que para mí es sospechoso de 
poca sinceridad el que oye una mentira serenamente, y sin 
testificar en alguna manera su displicencia. Mas también su- 
pongo, que la franqueza de manifestar esta indignación, sólo 
se puede practicar respecto de inferiores ó iguales. 

Una especie de mentira corre en el mundo como gracia, 
qne yo castigaría como delito. Cuando se mezcla en el corri- 
llo algún sujeto conocido por nimiamente crédulo, rara vez 
falta un burlón, que hace mofa de su credulidad, refiriéndole 
algunas patrañas, que el pobre escucha como verdades. Esto 
se celebra como gracejo ; todos los concurrentes se regoci- 
jan, todos aplauden la buena inventiva de el mentiroso, y 
hacen entremés de las buenas tragaderas de él crédulo. Ten- 
go esto por iniquidad. ¿ Por ventura la sencillez agena nos 
presta algún derecho para insultarla? Doy que la nimia cre- 
dulidad nazca de cortedad de entendimiento; ¿acaso sólo es- 
tamos obligados á ser urbanos y atentos con los discretos y 
agudos? ¿No es insolencia, porque Dios te dio más talentos 
que al otro, tomarle por objeto de tu escarnio, y juguetear 
con él como pudieras con un mono? ¿Es eso mirarle como 
prójimo ? ¿ Es eso usar de el talento que Dios te dio en orden 
al fin para que te lo dio ? 

Pero la verdad es que, por lo común, la nimia credulidad 
más proviene de exceso de bondad, que de falta de discre- 
ción. Yo he visto hombres sencillísimos, y juntamente muy 
agudos. Aquella misma rectitud de corazón, que mueve al 
sencillo á proceder siempre sin dolo, le inclina á juzgar de 
los demás lo mismo. Muchas veces sucede que una mentira 
es creída de éste porque es ingenioso, y descreída de aquél 



OBRAS ESCOGIDAS 249 

porque es necio. Es el caso, que aquel, por su piedad, busca 
motivos de verisimilitud en la noticia, y por su agudeza los 
encuentra ; éste, por su malicia, no los busca, y aunque los 
buscase, por su rudeza, no los hallaría. 

Yo no sé si es verdad lo que comunmente se dice, que san- 
to Tomás de Aquino creyó que un buey volaba, y salió solí- 
cito á ver el portento. Pero sé que la respuesta increpatoria 
que se le atribuye á los que le insultaban sobre su nimia cre- 
dulidad, es digna de todo un santo Tomás ; digna, quiero 
decir, de aquel gran lleno de virtudes excelsas, intelectuales 
y morales ; digna de aquel nobilísimo corazón, de aquella 
altísima prudencia, de aquel ingenio soberano. «Más creíble 
se me hacía (refieren que dijo) el que los bueyes volasen, que 
el que los hombres mintiesen.» ¡ Qué corrección tan discreta! 
qué énfasis 1 qué energía 1 qué delicadeza ! Aprecio más esta 
sentencia que cuantas la antigua Grecia preconizó de sus sa- 
bios. La sublimidad de ella me persuade que fué parto legíti- 
mo de santo Tomás, y por consiguiente, que el hecho, como 
se refiere, es verdadero. Así se puede conciliar, y concilian 
bien, una altísima discreción con una suma sencillez. 



XI 



Veracidad osada 

Así como hay muchos que son inurbanos por mentirosos, 
hay algunos que también lo son por veraces indiscretos ó 
inconsiderados. Hablo de aquellos, que á título de desenga- 
ñados ó desengañadores, sin tiempo, sin oportunidad, y con- 
tra todas las reglas de la decencia, se toman libertad para 
decir cuanto sienten. Esta es una especie de barbarie, cubier- 
ta con el honesto velo de sinceridad. 

Caractericemos esta gente en el proceder de Filótimo. Es 
Filótimo un hombre que á todas horas nos quiebra la cabeza 
con protestas de su ingenuidad. Declama, hasta apurar el 
aliento, contra la adulación. Ostenta su in nutable amor á la 



25o F EIJ o o 

verdad, y éste viene á ser como estribillo para todas las co- 
plas que arroja á éste, á aquél y al otro. Échale en rostro á 
alguno un defecto que tiene ; luego sale el estribillo de que él 
no ha de dejar de decir la verdad por cuanto tiene el mundo. 
Oye alabar á alguno, ó presente, ó ausente, en quien él con- 
cibe algo digno de reprehensión; suelta lo que concibe, é 
impropera como contemplativos ó lisonjeros á los que hablan 
bien de el sujeto. Pero luego añade la cantinela ordinaria de 
su amor á la verdad. 

¿Qué diremos de este hombre? Que para ser necio y rústi- 
co le sobra mucha tela; que es un despropositado; que no 
guarda compás ni regla en cuanto habla ; que es un rudo y 
muy rudo, pues no alcanza que hay medio entre la servil 
adulación y la desvergonzada osadía. Siendo tal, ¿qué caso 
harán los que le oyen de cuanto dice ? ¿ Quién creerá que 
forma concepto justo de nada un alucinado, que no percibe 
lo que tan claramente dicta la razón natural? Pero doy, que 
en el concepto que forma no yerre ; yerra, por lo menos, en 
proferirle sin tiempo, sin oportunidad, sin modo. ¿Tiene por 
ventura algún nombramiento regio y pontificio de corrector 
de las gentes ? Doy que sea tan veraz como se pinta, que lo 
dudo mucho, porque la experiencia me ha mostrado que, si 
no en todos los individuos, en muchos es verdaderísima una 
bella sentencia que leí no me acuerdo en qué autor : Verita- 
tem nulli frequentius loedunt^ quam qui frequentius jactant; 
«Ningunos más frecuentemente mienten, que los que á cada 
paso jactan su veracidad.» Doy, digo, que sea tan veraz como 
se pinta; ¿le da su veracidad algún derecho para andar des- 
calabrando á todo el mundo? La verdad, que, como predica 
san Pablo, es compañera amada de la caridad : Charitas con- 
gaudet vei'itati, ¿ ha de ser tan desapacible, ofensiva, grosera? 
La verdad de los cristianos, que, como articula san Agustín, 
es más hermosa que la Elena de los griegos: Incomparabiliter 
pulchrior est veritas christianorum^ quam Helena grcecoj'um^ 
¿ha de tener tan mala cara, que á todos dé en rostro ? 

Hay ocasiones, yo- lo confieso, obligación á decir la ver- 
dad, aunque se siga resentimiento de el que la escucha; pero 
sólo cuando interviene uno de tres motivos : ó la vindicación 
de la honra divina, ó la defensa de la inocencia acusada, ó la 
corrección de el prójimo. Supongo que, por lo común, pre- 



OBRAS ESCOGIDAS 25l 



textan este último motivo los veraces de que hablamos; pero 
no ignoran ellos que sólo logran la ofensión, y nunca la 
corrección. Ni puede ser otra cosa, porque su modo áspero, 
tumultuante, soberbio, ¿cómo puede producir tan bello fru- 
to? Sembrando espinas, como decía la verdad misma en el 
Evangelio, ¿han de coger uvas? 



XII 

Porfía 

No menos enfadosos son que éstos, ni menos turban la 
amenidad de la conversación, los porfiados. El espíritu de 
contradicción es un espíritu infernal, y espíritu tan protervo, 
que no sé que se haya hallado hasta ahora conjuro eficaz 
para curar á los que están poseídos de él. 

Tengo presente el ejemplo de Aristio. Éste es un verdade- 
ro aventurero de corrillos, que lanza encarada, anda siempre 
buscando pendencias. Su opinión es su ídolo ; nadie disiente 
á ella sin experimentar su cólera ; nadie profiere la opuesta 
que no le tenga por enemigo ; nada le aplaca sino, ó la con- 
descendencia, ó el silencio. Su influencia en los concursos es 
la que se atribuye á aquella constelación meridional, llamada 
Orion, excitar tempestades : Nimbosus Orion, que dijo Virgi- 
lio. No bien se aparece, cuando poco á poco la serenidad de 
un coloquio cortesano va degenerando en la turbación de un 
tumulto rústico. El contradice, el otro se defiende, los demás 
toman partido, enciéndese la altercación, porque un genio 
contendiente es contagioso : Insequitur clamorque virúm^ síri- 
dorque rudeiitum ; y todo viene á parar en una greguería tal, 
que nadie los entiende, ni aun se entienden unos á otros. 
Todo este mal hace en la sociedad política un porfiado. Ni 
por eso se enmienda; y antes volverá atrás un río precipita- 
do, que él retroceda de el dictamen que una vez ha profe- 
rido. 



25-2 FEIJOO 



XIII 

Nimia seriedad 



La chanza oportuna es el más bello condimento de la con- 
versación, y tiene tanta parte en la verdadera urbanidad, que 
algunos, como vimos arriba, la tomaron por el todo. Usada 
con el modo debido, produce bellos efectos: alegra á los que 
hablan y á los que oyen, concilia recíprocamente las volunta- 
des, descansa el espíritu fatigado con estudios y ocupaciones 
serias. Por eso no sólo los éticos gentiles, mas aun los cris- 
tianos, colocaron la chanza en el número de las virtudes mo- 
rales. Véase sarito Tomás en la 2.» 2.» qucest. 168, artículo II, 
donde, después de graduar á la chanza por virtud, califica la 
delectación que resulta de ella, no sólo de útil, sino de nece- 
saria para el descanso del alma : Hujusmodi autem dicta^ vel 
Jacta, in quibus non quceiñtU7' nisi delectatio animalis^ vocantur 
ludiera, vel Jocosa. Et ideó necesse est talibus interdum' iiti., 
quasi ad quandam animce quietem. 

Los hombres siempre serios son un medio entre hombres y 
estatuas. Siendo la risibilidad propiedad inseparable de la 
racionalidad, en lo que se niegan á lo risible, degeneran de 
lo racional. Los necios suelen calificarlos de hombres de seso, 
juiciosos y maduros. Buena prueba de seso, apostárselas en 
sequedad y rigidez á troncos y piedras. Ningún bruto se ríe. 
I Será carácter de hombre de juicio sólido lo que es común á 
todo bruto ? Yo tengo esa por seña de genio tétrico, de humor 
atrabiliario. Los antiguos decían que los que entraban en la 
encantada cueva de Trofonio, nunca reían después. Llama- 
ban agelastos á éstos los griegos. Si en ello hay alguna ver- 
dad, que muchos lo niegan, es de creer que la deidad infer- 
nal que era consultada en aquella cueva, inspifába á los 
consultores esa tartárea melancolía. 



OBRAS ESCOGIDAS 253 



XIV 



Jocosidad desapacible 

Pero tanto, y aun más que se opone ala urbanidad la serie- 
dad nimia, es contraria á ella la jocosidad importuna. Por 
tres capítulos puede ser ingrata la chanza en las conversacio- 
nes: por exceder en la cantidad, por propasarse en la calidad, 
y por defecto de naturalidad. 

El que está siempre de chanza, más es truhán que cortesa- 
sano. No hay hombre más irrisible, que el que siempre serie. 
El que á todas horas hace el gracioso, á todas horas es des- 
graciado. Un Juan Rana, de por vida, es lo que suena, un 
Juan Rana y nada más. 

Peca la chanza en la calidad por deshonesta y por satírica. 
Como la primera sólo se oye en caballerizas y tabernas, y yo 
no escribo para lacayos, cocheros y alquiladores, pasaremos 
á la segunda. Los preciados de decidores frecuentemente in- 
ciden en ella. Hablo de los preciados de decidores, y que 
más propiamente podrían llamarse dicaces ; no de los que 
verdaderamente lo son. De aquellos, de quienes decía Hora- 
cio, que por aprovechar sus festivas ocurrencias, no reparan 
en herir aun á sus propios amigos : 

Dutnmodo risuní 
Excutiat sibi, non hic cuiquatn parcet antico. 

De aquellos que, según la ponderación de Ennio, más fácil- 
mente detendrán en la boca una ascua ardiendo, que un di- 
cho agudo. Ésta es gente que quiméricamente pretende hacer 
oro de el hierro, comedia de la tragedia, lisonja de la injuria, 
miel de la ponzoña. Su lengua se parece á la de el león, que 
por ser tan áspera, lamiendo desuella. Llaman á éstos í^umbo- 
nes^ y lo son. Pero ¿cómo? Como las avispas, cínifes, tábanos 
y moscas. Todos estos vilísimos insectos son zumbones, y 
zumbones de esta casta ; esto es, que á vuelta de el zumbido 
imprimen la picadura. 

Como quiera que hagan gala de su habilidad, no pueden 



254 F E I J o o 

escaparse de ser, ó malignos, ó muy necios. Que uno, que 
otro, los hombres de bien debieran conspirar á descartarlos 
de el comercio, ó corregirlos con la amenaza. El conde de 
las Amayuelas, á quien alcancé en mi juventud, á un caballe- 
ro de este genio, que le había herido ya con algunos dicterios 
en tono de chanza, le dijo : « Amigo don N., ya te he sufrido 
algunas desvergüenzas ; también de aquí adelante podrás de- 
cir las que quisieres; pero con la prevención de que nos he- 
mos de entender los dos á estocada por desvergüenza.» A fe 
que le hizo al zumbón perder la zumba. 

Un defecto grave y frecuentísimo de la zumba es ejercerla 
sobre lugares comunes ó capítulos generales, dirigiéndola, 
pongo por ejemplo, al estado, clase ó nación de el sujeto con 
quien se practica este género de juego. Debo esta advertencia 
á Quintiliano : Male etiam dicitur (sentencia este gran maes- 
tro de urbanidad) quod in plures convenit: Si aut nationes totee 
incessantur^ aut or diñes ^ aut conditio^ aut studia multorum. 
Caen en este inconveniente los genios estériles, que no ha- 
llando que decir sobre las acciones ó cualidades personales 
de aquel particular individuo á quien dirigen la zumba, se 
arrojan á alguna razón común, de estado, nación, etc. 

La razón porque se debe huir de esto es, porque entre la 
multitud comprehendida en aquella razón común, hay no 
pocos de tal delicadez, que tienen la zumba por ofensa; y 
aunque no asistan en la conversación, teniendo después no- 
ticia de ella, se muestran resentidos ; lo que la experiencia 
me ha mostrado no pocas veces. Y aun he visto algunas se- 
guirse no leve perjuicio á los zumbones de razones comunes, 
por el resentimiento de los comprehendidos en ellas. Aun 
cuando no intervenga riesgo alguno, se debe evitar por mo- 
tivo de equidad. Aunque la chanza sea de su naturaleza inocen- 
te, no es justo usar de ella con quien la ha de escuchar como 
agravio. A sujetos de cutis tan delicada, que sienten como 
golpe lo que para otros es halago, no se ha de tocar ni aun 
ligeramente. Si el contacto más leve les llega al corazón, el 
que los toca los hiere. No siendo, pues, posible que en las 
zumbas sobre capítulos generales no haya muchos que se 
resientan, debe el buen cortesano abstenerse enteramente de 
ellas. 

Es, finalmente, ingrata la chanza por falta de naturalidad. 



OBRAS ESCOGIDAS 25í) 

Los que sin genio se meten á decidores, hacen un papel enfa- 
dosísimo. No hay cosa más insulsa que un hombre que por 
imitación y estudio se empeña en ser gracioso. Logra en par- 
te lo que pretende, que es hacer reir á los demás; pero él 
mismo es el objeto de esa risa. Si hay un hombre en el pue- 
blo, celebrado por sus graciosidades y buenos dichos, otros 
veinte ó treinta quieren imitarle y competirle. ¡Conato inútill 
Nunca pasarán de un irrisible remedo. No quieren acabar de 
conocer los hombres, que en esta y otras muchísimas pren- 
das, casi todo lo hace la naturaleza. De esta falta de consi- 
deración viene el casi universal empeño de imitar los menos 
dotados de la naturaleza á los que ven aventajados en algu- 
nas apreciables cualidades. La ponderada semejanza entre el 
hombre y el mono, hallo que es mayor, empezando la com- 
paración por el hombre. Pondérase, digo, que en la Asia y 
en la África se hallan algunes monos que parecen hombres. 
Y yo pondero que en la África, la Asia, Europa y en todas 
partes, hay muchos más hombres que parecen monos. Sonlo, 
en efecto, unos de otros. No hay original alguno excelente en 
nuestra especie, de quien no se saquen innumerables copias, 
pero copias que no pasan de mamarrachos. 



XV 



Ostentación de el sabe?- 

La ciencia es un tesoro que se debe expender con econo- 
mía, no derramarse con prodigalidad. Es precioso poseído, 
es ridículo ostentado ; pero bien apurada la verdad, se hallará 
que nunca le poseen los que le ostentan. Sólo los que saben 
poco, quieren mostrar en todas partes lo que saben. No hay 
conversación donde, sin esperar oportunidad, no saquen á 
plaza sus escasas noticias. Entre los verdaderos sabios y estos 
sabios de poquito hay la misma diferencia que entre los 
mercaderes de caudal y los buhoneros. Aquellos dentro de 
su lonja tienen los géneros, para que aUí los vayan á buscar 



;56 



F E 1 J o o 



los que los hubieren menester ; éstos se echan á cuestas su 
mísera tiendecita, y no hay plaza, no hay calle, no hay rin- 
cón donde no la expongan al público. 

Algunos son tan necios, que con todas clases de personas 
introducen, sin propósito, la facultad en que se han ejercita- 
do. El abad deBellegarde refiere de un militar, que en visita 
de damas se puso muy despacio á relatar, sin pedírselo nadie, 
el sitio de una plaza, día por día, punto por punto, con todos 
los términos facultativos, nombrando regimientos y oficiales, 
sin omitir alguno de cuantos movimientos habían hecho sitia- 
dores y sitiados, desde que se avistó la plaza hasta su rendi- 
ción. ¿No estarían muy gustosas las damas con esta relación 
gacetal? Aún es más gracioso lo que, para figurar á estos im- 
pertinentes, atribuye el famoso cómico Moliere á un médico 
recién aprobado, en las primeras vistas de una señorita, cuya 
mano pretendía; esto es, que después de hacer todo el gasto 
de cortesanías con los axiomas y términos de su arte, la con- 
vidó como que le hacía un obsequio muy estimable, á que 
fuese á ver á la tarde la disección anatómica de un cadáver, 
que había de ejecutar él mismo. ¡ Qué agasajo tan recomen- 
dable para una tierna damisela! 

Una de las lecciones más esenciales de urbanidad es aco- 
modarse en las concurrencias al genio y capacidad de los 
circunstantes; dejar en todo caso á otros la elección de ma- 
teria, y seguirla hasta donde se pudiere. Punto menos extra- 
vagante es el que razona con otro sobre facultad que éste no 
alcanza, que el que le habla en idioma que no entiende. 



XVI 



Afectación de superioridad 



Es notable la diferente representación que hacen algunos 
sujetos en el principio y progreso de la conversación. Al 
tiempo de agregarse á la visita ó al corro, si la gente que le 
compone no es de su frecuente trato, se esmeran en profun- 



OBRAS ESCOGIDAS 25 J 

das reverencias, en tiernas humillaciones; hacen las más pon- 
deradas protestas de su rendimiento y deferencia á éste, á 
aquél y al otro; pero después poco á poco van componiendo 
el gesto, el modo y las palabras hacia una gravedad senatoria 
ó una autoridad legislativa. Ya se metió en el vestuario la li- 
sonja, y sale al teatro la arrogancia. Ya se arrimó el zueco, 
y se alzó el coturno. Ya la solfa, que empezó por el ut de Fe- 
faut, que es el más profundo, montó al la de Gesolreút, que 
es el más alto. Ya la estatura política creció de pigmea á 
gigantesca. Ya miran á los circunstantes allá abajo, y ya en 
cuanto hablan se trasluce un ceño desdeñoso, hijo legítimo 
de una rústica soberbia. 

Acuerdóme, á este propósito, de la que refiere Moreri de 
Brunón, obispo de Langres, que, habiendo en el principio 
de una carta ó edicto suyo calificádose modestamente, humi- 
tis pj'cjsul, después, en el cuerpo de el escrito, se dio á sí 
propio el tratamiento de majestad, nostram adiens^ majesta- 
tem. Los que proceden de este modo deben de estar en el 
error de que la urbanidad y modestia sólo se hicieron para 
los exordios, prólogos y salutaciones. 

Esta desigualdad notó Barclayo, como característica de 
los españoles : Sermonmn et amicitiarum exordia per speciem 
initissimce hinnanitatis adoj-nant. Hos tu quoque illis initiis 
optimé poteris eadem tranquillitate adoriri^ succedentes autem 
ad fastum, mutua rnajestate excipere. 

La verdad es, que hay entre nosotros no pocos que adole- 
cen de el expresado defecto. Pero la nota de Barclayo, como 
otras invectivas que han hecho los extranjeros contra la so- 
berbia de los españoles, tomadas generalmente, si un tiempo 
fueron justas, hoy no lo serían. Ó fuese efecto de el mayor 
comercio con los de otras naciones, ó desengaño que el tiem- 
po fué introduciendo poco á poco, no es dudable que ya los 
españoles se han humanizado mucho, y pienso que también 
los extranjeros lo han reconocido; bien que no faltan entre 
ellos quienes malignamente atribuyan la deposición de la 
antigua fiereza á postración de los ánimos, ocasionada de 
las adversidades padecidas el siglo pasado en las guerras con 
la Francia. Así se explicó un zumbón francés de buen gusto, 
en una carta que en nombre de Voiture, ya entonces difunto, 
imitando el estilo y aire de este famoso ingenio, como que él 



258 PEIJOO 

la enviaba de el infierno, escribió felicitando al mariscal de 
Vironne, y elogiando al rey de Francia sobre sus victorias 
contra los españoles. «Aquí (decía después de otras cosas) ha 
llegado un buen número de españoles, que se hallaron en los 
combates, y nos han referido todo lo sucedido en ellos. Yo 
no sé cierto en qué se fundan los que dicen que los de esta 
nación son fanfarrones. Aseguróos que nada tienen de eso, 
antes son una bonísima gente ; y el rey de un tiempo á esta 
parte, nos los envía acá muy dulces y afables.» Chanzas apar- 
te, que los corazones de los españoles no se han abatido por 
los reveses padecidos, se ha evidenciado en estas últimas 
guerras. Así, lo que se debe tener por cierto es, que hoy los 
españoles son más racionales, sin ser menos animosos. 



XVII 



Tono magisterial 

Entre los profesores de letras hay no pocos tediosos á los 
circunstantes, porque siempre quieren hacer el papel de 
maestros. Para ellos todo lugar es aula, toda silla cátedra, 
todo oyente discípulo. Encaprichados de su ciencia, de su 
ministerio y de sus grados, casi miran á los que no han cur- 
sado las escuelas como gente de otra especie. Así, apenas les 
hablan sino con frente erizada y ojos desdeñosos. Cuanto 
articulan sale en solfa de sentencia rotal. Su tono siempre es 
decisivo, su voz tiene la majestad de oráculo, su acción pa- 
rece de maestro de capilla, que echa el compás á todo. 

He visto á muchos y muchísimos preocupados de el error 
de que el estudio aumenta el entendimiento. ¿ Y éste es error? 
Sin duda. Que se diga que la desigualdad de discurso en los 
hombres proviene de desigualdad entitativa de las almas, 
como pensaron algunos, ó que únicamente pende de la dife- 
rente temperie y disposición de los órganos, como comun- 
mente se juzga, es preciso que la facultad intelectual sea la 
misma, ó sea igual con estudio ó sin él; siendo cierto que ni 



OBRAS ESCOGIDAS 259 

el estudio altera la organización ó temperie nativa, ni menos 
muda la entidad substancial de el alma. Así, después de mu- 
chos años de estudio, la facultad discursiva no crece en sus 
fuerzas ni medio grado. La razón propuesta lo convence; 
pero también la experiencia me lo ha hecho palpable. Vi á 
sujetos de grande aplicación á las letras, después de consu- 
mir en ellas lo más de su vida, discurrir míseramente en 
cuantos asuntos se proponían. Noté en otros que traté dife- 
rentes veces en el espacio de muchos años, y apenas dejaban 
jamás de la mano los libros, la misma torpeza en raciocinar, 
la misma obscuridad en entender, la misma confusión de 
ideas en los fines que en los principios. El estudio da noti- 
cias, ministra especies, con que se hacen varias deducciones, 
que, sin ellas, no se harían; pero la valentía ó actividad de 
el discurso no por eso se aumenta. Así como si á un artífice 
se le ministran muchos instrumentos de su arte, que antes 
no tenía, hará varias operaciones que antes no podía hacer; 
pero la fuerza de el brazo no por eso será mayor. 

Aun respecto de la facultad que estudian, jamás pasan aque- 
lla valla que les puso delante la naturaleza. El rudo siempre 
es rudo : lee mucho, conferencia mucho, manda muchas es- 
pecies á la memoria; pero nunca las congrega con acierto, 
nunca las distribuye con discreción, nunca las penetra bien, 
nunca las entiende con claridad. Así sale puramente un docto 
de perspectiva, capaz sólo de alucinar con falsas luces al 
vulgo ignorante : uno de aquellos, que la plebe llama pozos 
de ciencia, y sólo son pozos de agua turbia. 

Siendo esto así, como lo es sin duda, se ve claramente que 
á los facultativos no les da fundamento alguno para engreírse 
su magisterio ó su grado, y que es una suma extravagancia 
afectar alguna autoridad en virtud de esas ínfulas. Lo peor 
que tiene el caso, y lo que sube la ridiculez al supremo pun- 
to, es, que los que se dejan dominar de esta presunción 
siempre son los profesores de inferior notaj porque los de 
ingenio y entendimiento claro se hacen cargo de la razón. 
Los profesores, digo, de inferior nota son los que abultan con 
la ostentación sus pocas letras, procurando darles siempre la 
apariencia de mayúsculas. Son los que de el estudio sacan 
poca luz y mucho humo. Así en las concurrencias se atribu- 
yen una cualificación ventajosa respecto de todos los demás, 



26o F E IJ o o 

y vierten mil necedades con toda la gravedad propia de apo- 
tegmas. 

Parecerá que pondero, y no es así. Créame el lector, que 
hay muchos, muchos, que sin más mérito que pocos años de 
cursantes en la aula y un bonete ó capilla en la cabeza, des- 
estiman cuanto pueden razonar ó discurrir en cualquiera 
materia los legos, como si éstos no fuesen racionales, ó fue- 
sen racionales de otra clase inferior. Que se ofrezca hablar 
de guerra, que de política, que de gobierno alto ó bajo, con 
necia satisfacción meten la hoz en la mies ajena, á vista de 
hombres, de quienes en aquellas materias no merecen ser 
discípulos. ¿Y qué sacan de aquí? Que todos conozcan y ha- 
gan mofa de su mentecatez. 

Y no omitiré otro torpísimo defecto de esta gente de poco 
alcance, bien que éste es común á personas de todas clases ; 
esto es, ser continuos censores de los talentos ajenos. |Cosa 
preciosa! El hombre bobo es el que á cada paso anda califi- 
cando de bobos á éstos, á aquellos y á los otros. El que no 
sabe palabra es el que frecuentísimamente mide á dedos la 
ciencia de los profesores, y le parece que sólo se puede medir 
á dedos, porque en su opinión, rara ó ninguna vez llega á va- 
ras. El mal predicador es el que apenas oye sermón que le 
parezca bien; lo propio sucede al mal sastre, al mal herre- 
ro, etc. 



XVIII 



Visitas importunas 

Hay unos hombres, que de demasiadamente urbanos, son 
intolerables. Hablo de los visitadores, que parece toman el 
serlo por oficio, ó lo ejercen en virtud de algún particular 
nombramiento. Éstos son unos ociosos, que no saben qué 
hacer de sí, ni qué hacer en el mundo, sino cansar á toda la 
gente honrada de el pueblo ; unos ladrones de el tiempo, que 
inicuamente roban á sus vecinos el que necesitan para sus 



OBRAS ESCOGIDAS 26 1 

precisas ocupaciones; unos caballeros andantes, que con la 
lengua siempre en ristre, se emplean en hacer tuertos, en 
vez de deshacerlos; unos pordioseros de parleta, que la andan 
mendigando de casa en casa; unos tramposos de cortesanía, 
que venden por obsequio lo que es enfado. 

Los que piensan captar la gracia de los poderosos con la 
continuación de visitas, viven muy engañados. ¿Qué mérito 
será para ellos tenerlos cada tercer día aprisionados una hora 
en una silla, que viene á ser casi lo mismo que en un cepo, 
privándolos entre tanto, ya de la diversión que apetecían, ya 
de la ocupación que necesitaban? Lo que ordinariamente 
pasa es, que no bien el visitante, concluidas las ceremonias 
de despedida, vuelve las espaldas, cuando el visitado echa 
mil maldiciones á su impertinencia; y si tiene á mano con 
quien pueda desahogarse en confianza, dice, que no vio ma- 
yor salvaje en su vida. 

Gran lástima tengo á los pobres ministros, por lo mucho 
que padecen en esta parte. A la pesadísima carga de su oficio 
se añade la molestísima sobrecarga de tanta visita, que no sé 
si es más onerosa, que la tarea de el tribunal. Al fin, en el 
tribunal oyen razonar á cuatro ó seis abogados doctos; en 
su casa oyen á veinte impertinentes y necios, que juzgan ha- 
cer mejor su causa quebrándole al ministro la cabeza. 



XIX 



Visitas de enfermos 

Sobre el capítulo de visitas de enfermos es preciso escu- 
char, no sólo las reglas de la cortesanía, mas también las de 
la caridad; y es imposible, faltando á éstas, observar aque- 
llas. Son los enfermos, tanto en la parte de el alma como en 
la del cuerpo, unos vidrios delicadísimos, que es menester 
manejar con exquisito tiento. A un cuerpo enfermo, aun los 
leves tocamientos duelen; á una alma afligida, aun especies 
indiferentes inquietan. 



202 FEIJOO 

Visitar á los enfermos es, no sólo acción de urbanidad, mas 
también obra de misericordia; mas para calificarse de tal, es 
circunstancia esencial y absolutamente indispensable, que la 
visita sirva al enfermo de alivio ó consuelo. Pero ¿cuántas 
reciben de éstas los pobres enfermos? Apenas una entre cin- 
cuenta. Los discretos son pocos, y los visitadores muchos. El 
que enfada con sus visitas á un sano, ¿qué hará á un enfer- 
mo? Ni basta ser discretos los que visitan, si su discreción no 
se extiende á comprender cuándo, cuánto, cómo y qué se ha 
de hablar á cada doliente. El cuándo^ se ha de saber de el 
médico y asistentes ; el cuánto^ el cómo y el qué^ lo ha de re- 
glar la prudencia de el que visita. 

En el cuánto se peca ordinarísimamente. A los enfermos se 
ha de dar poca conversación, aun cuando por la cualidad sea 
de su gusto. Sobre que la atención á lo que se les habla los 
fatiga, en esa atención misma se ocupan, gastan y disipan no 
pocos espíritus, que faltando esa distracción, se emplearían 
en lidiar contra la causa de la dolencia. Así, por lo común, 
conviene dejarlos en aquel medio sueño, en aquel ocio lán- 
guido de el alma, que sin aplicar conato alguno, permite errar 
libremente por el celebro todas las ideas que ocurre. 

El cómo ha de ser tal, que se evite toda molestia. Debe ha- 
blárseles en voz remisa. Los vocingleros descalabran aun á 
cabezas de bronce; ¿qué harán á las de vidrio? No se les ha 
de molestar con preguntas, ó ponérseles por otra vía en la 
precisión de alternar la conversación, porque les resultan de 
ello dos fatigas : la de discurrir y la de hablar. 

El qué,^ sea el que se discurra más grato para el enfermo, 
tocando siempre los asuntos más conformes á su genio, y á 
que en el estado de sanidad se reconocía más inclinado. Ya 
que en el alimento de el cuerpo huyen tanto médicos y asis- 
tentes de conformarse á su apetito, en que juzgo se yerra mu- 
•^ chas veces, siquiera en el pasto de el alma sigan su inclina- 
ción, en que nunca puede haber inconveniente, antes evidente 
utilidad. Cuando hay muchas enfermedades en el pueblo, 
puede hacérseles conversación sobre este asunto ; pero con 
la precaución forzosa de darles noticia solamente de los que 
escapan, y en ningún modo de los que mueren; que he visto 
visitadores tan mentecatos, que apenas aciertan á decir otra 
cosa á un enfermo, sino que murieron Fulano y Citano. Es 



OBRAS ESCOGIDAS 263 

mucho lo que se congoja el pobre con esto, porque en la ló- 
gica de su melancólico discurso, su muerte se sigue como ila- 
ción de las otras. 

A estas reglas generales añadiré la nota de dos errores, en 
que comunísimamente inciden los que visitan á los enfermos: 
el primero es el de preguntarles todos, uno por uno, así como 
van entrando, cómo se hallan. Es menester la paciencia de 
Job para tolerar tanta pregunta idéntica. Aunen una levísima 
indisposición es notable el tedio y displicencia, que recibe el 
doliente, de que le pregunten una misma cosa tantas veces, y 
de haber de responder á todos de un mismo modo. Lo que 
se debe practicar es, preguntar el estado de el enfermo á al- 
guno de los de casa, antes de entrar á verle, ó cuando más, 
preguntarlo en voz baja al que estuviere más á mano de los 
que entraron antes en el aposento. Puede también tomarse 
el expediente que practicaba un sujeto de mi religión y amigo 
mío, el cual, hallándose enfermo, hacía todas las mañanas al 
enfermero escribir todo cuanto le podían preguntar ; cómo 
había pasado la noche, si el dolor de cabeza se había exacer- 
bado ó disminuido, el estado de el apetito y de la sed, etc. 
Este papel mandaba fijar con obleas á la puerta de la celda, 
para que leyéndole los que entraban, excusasen fatigarle con 
preguntas. 

El segundo error es meterse los visitantes á médicos. Esto 
es error de muchos. Cosa lastimosa es, que siendo el arte 
médico tan abstruso, tan arduo, tan difícil, que para conse- 
guirle, el más prolijo estudio es insuficiente, el mayor ingenio 
es corto, todos se metan á dar en él su voto. Así, con lo que 
á cada uno se le antoja que puede aprovechar, ó como ali- 
mento ó como medicina, muelen á los enfermos é inquietan 
á los médicos. ¡Cuántas veces he visto á médicos muy adver- 
tidos hallarse sumamente perplejos sobre lo que debían or- 
denar, y al mismo tiempo mil don Teruleques cortar, rajar, 
hender, decidir con suprema satisfacción sobre el remedio 
que convenía prescribir 1 {Cuántas veces también he visto sa- 
car estos importunos cachivaches de su paso al médico pru- 
dente y docto, el cual, bien contempladas las circunstancias 
de la enfermedad y de el enfermo, comprehendía que conve- 
nía estarse quieto á la mira, dejando todo entre tanto al be- 
neficio de la naturaleza; pero al fin, fatigado y vencido (que 



264 F E I J o o 

no debiera) de las continuadas instancias de tanto ignorante, 
ponía las manos á la obra y ejecutaba lo que no convenía 1 
Suelen estos rudos gritar que se debe ayudar á la naturaleza. 
¡ Grande aforismo 1 Todo el mundo lo sabe. Pero lo que ellos 
piensan que es ayudar á la naturaleza, es en realidad cortar- 
le piernas y brazos. 



XX 



Visitas de pésame 

Todos los que están oprimidos de algún grave pesar son 
unos enfermos de determinada clase. En las enfermedades, á 
quienes comunmente se da el nombre de tales, empieza el 
mal por el cuerpo, y de el cuerpo pasa al alma; en la enfer- 
medad de tristeza empieza por el alma, y de el alma pasa al 
cuerpo. Para los apesarados, todos los visitantes deben ser 
médicos, ni hay otros médicos para los visitantes. La cura de 
las pasiones de el alma no pertenece á la física, sino á la ética. 
Así, la discreción de el que visita puede conciliar al enfermo 
algún alivio ; los preceptos de el viejo Hipócrates, ninguno. 

Mas ¿qué sucede? Que las visitas de pésame añaden al do- 
lor de los apesarados otra nueva tortura. A una viuda deso- 
lada, á un viudo amantísimo de su difunta consorte, el 
precisarlos á estar de respeto y formalidad un día entero, ó 
muchos días enteros, ¿no es tenerlos otro tanto tiempo en un 
potro? Tiene el dolor grande su natural desahogo en lágri- 
mas abundantes, en gemidos impetuosos, en clamores repeti- 
dos, en ademanes descompuestos. Nada de esto es permitido 
á quien está recibiendo visitas. Ha de estar con mucha com- 
postura, sin más expresiones de su dolor que las que hace un 
farsante en la aventura triste de una comedia. Se ha de ceñir 
á una representación puramente teatral de su angustia. Las 
palabras, los suspiros, han de salir con medida, compás y re- 
gla. Tiene un océano de amargura dentro de el pecho, y sólo 
se le consiente arrojar fuera una ú otra gota. Y si se mira 



OBRAS ESCOGIDAS 205 

bien, ese no es desahogo, ni aun levísimo, antes la violencia 
qnc se padece en acomodarse á estas demostraciones regladas, 
es añadidura del tormento. 

La cruel resulta que tiene en la gente dolorida impedirles 
la natural respiración de la queja, explicó bien el Picineli en 
el gerogliTico de un río, que detenido, se hincha más, con este 
lema : Ab óbice crescit. Es así que la angustia se aumenta todo 
lo que se oculta, y tanto ahoga, cuanto no se desahoga. 
Strangulat inclusus dolor^ dijo Ovidio, que fué muy práctico 
en la materia. 

Por esto juzgo yo que convendría, que á los que están de 
duelo sólo los viesen sus parientes y más estrechos amigos, 
cuya familiaridad no impide, antes facilita, aquellos rompi- 
mientos de el alma, que desembarazan algo la opresión de el 
pecho. Las visitas de éstos deben tomar por principal asunto 
un sincero ofrecimiento de sus buenos oficios, especialmente 
cuando el dolor tiene por motivo, ó parcial ó total, la pérdida, 
ó efectiva ó inminente, de algunas conveniencias temporales. 
Fuera de parientes y amigos, y aun más que éstos, importa 
que los visite algún varón espiritual y discreto, cuya virtud 
sea notoria á todo el pueblo. El consuelo que dan los hom- 
bres de este carácter en cualquiera aflicción, ó por mejor de- 
cir, Dios por medio de ellos, es muy superior á todo el que 
pueden ministrar los más finos parientes y amigos; y la mejor 
obra que podrán hacer al apesarado los parientes y amigos, 
será granjearle visitas de personas de esta calidad. 

Todo lo dicho se debe entender de los duelos verdaderos y 
grandes, que á la verdad hay en esta materia mucho de pers- 
pectiva. Si muere el padre, si la madre, si el marido, si la es- 
posa, siempre el correlativo que queda acá muestra alto sen- 
timiento. Pero (i quién lo ha de creer de el marido, que se 
experimentó más amante de la libertad que de la esposa? 
¿Quién de la esposa maltratada de el marido, que miraba 
como cautiverio el matrimonio? ¿Quién de el hijo en quien 
se traslucía esperar con impaciencia la herencia paterna? En 
estos casos viene bien la multitud de visitas de pésame, por- 
que son proporcionados pésames de cumplimiento á duelos 
de ceremonia. 



266 F E I J o o 

XXI 

C a?' t a s 

El escribir cartas con acierto es parte muy esencial de la 
urbanidad, y materia capaz de innumerables preceptos; pero 
pueden suplirse todos con la copia de buenos ejemplares. Así, 
el que quisiere instruirse bien en ella, lea y relea con reflexión 
las cartas de varios discretos españoles, que poco há dio á la 
luz pública el sabio y laborioso valenciano don Gregorio 
Mayans y Sisear, bibliotecario de su majestad, y catedrático 
del Código de Justiniano en el reino de Valencia. Esto para 
las cartas en nuestro idioma. Para las latinas, los que desea- 
ren una perfecta enseñanza, la hallarán en las de el doctísimo 
deán de Alicante, don Manuel Martí, que acaba de publicar 
en dos tomos de octavo, el citado don Gregorio Mayans; y en 
las de el mismo Mayans, publicadas en un tomo de cuarto, el 
año de 1732. Y cierto considero importantísimo el uso de los 
tres libros expresados, porque es lastimoso el estado en que 
se halla la latinidad en España, especialmente en orden al 
estilo familiar y epistolar, j Cuántas veces ocurre la necesidad 
de escribir esta ó aquella comunidad grave alguna carta latina 
á Roma ú otro país extranjero, y cuan pocos sujetos se en- 
cuentran capaces de escribir sino un latín lleno de hispanis- 
mos ! Cuando se ofrece hablar á un extranjero, que sólo se 
nos puede explicar en latín, nos hallamos poco menos emba- 
razados para confabular con él en este idioma, que si nos 
precisasen á hablar en arábigo. 

En la multitud de cartas se peca como en la frecuencia de 
visitas ; ni las cartas son otra cosa que unas visitas por escri- 
to. Son muchos los que incurren en este abuso. El motivo 
más común es captar la benevolencia de aquellos á quienes 
escriben. Notable necedad, pensar que con la molestia se 
granjea el amor. Lo contrario sucede á cada paso; y he visto 
á muchos, con la repetición de cartas, perder la estimación 
que antes lograban, y sin esa molienda merecieran. Hay no 
pocos que las escriben por la vanidad de mostrar las respues- 



OBRAS ESCOGIDAS 267 

tas, para que los respeten como á hombres que se correspon- 
den con personas distinguidas. Éstos son molestos para aque- 
llos á quienes las escriben, y para aquellos á quienes las leen. 
Lo ordinario es, que los que por este medio procuran hacerse 
espectables, sólo consiguen ser tenidos por ridículos. Apenas 
hay quien no haga mofa de los que de corro en corro and;!n 
leyendo sus cartas, como los malos poetas sus versos. 

Pero ¿qué remedio habrá contra tales impertinentes? Ha- 
cerse desentendidos los que reciben las cartas, y no respon- 
derles, i Oh ! que esto es falta de urbanidad. No, sino sobra 
de discreción, y la aprehensión contraria reputo por error 
común. No hay quien tenga por inurbanidad despachar una 
ú otra vez á un moliente de visitas, haciendo que no está en 
casa. ¿Por qué será inurbanidad portarse con un moliente de 
cartas como si una ú otra se hubiese perdido en el correo? 
Ya se ve, que al escritor le dolerá la falta de respuesta ; mas 
si yo me curo de una indisposición, que padezco, con una 
medicina que me amarga á mí, ¿cuánto mejor será curarme 
de una molestia con un remedio que amarga al mismo que me 
causa el mal ? Ello, parezca bien ó mal, yo así lo practico, y 
me es absolutamente imposible hacer otra cosa; siendo cierto, 
que si quisiese responder á todos, ni tendría caudal para pagar 
los portes, ni tiempo para escribir las respuestas. 



APÉNDICE 

En el párrafo XIV, debajo de la autoridad de Quintiliano, 
notamos de inurbana la chanza que se extiende á asuntos 
genéricos, comprehensivos de muchas personas, ya presentes, 
ya ausentes. Pero reservamos para aquí individuar y corregir 
el abuso más damnable que se comete en esta materia. Este 
es el de chancear, zumbar, y aun zaherir sobre el capítulo de 
el estado religioso. 

¿Creerán los herejes, que muchas veces entre católicos la 
profesión de el estado regular sea asunto de irrisión ó ludi- 
brio? ¿ Creerán que muchas veces á un religioso le llaman 
fraile por mofa ? ¿ Creerán que haya hijos de la Iglesia roma- 
na, que hablen de los religiosos aun con mayor desprecio que 



26d FEI J o o 

ellos mismos? ¿Creerán que hay entre nosotros quienes, 
cuando un religioso en alguna acción declina de las reglas de 
el pundonor, les parece que la califican sobradamente de 
indecorosa, con decir que es una fi-ailada? No sé si lo cree- 
rán ; pero ello así es. 

No veo, á la verdad, que este desorden suba muy arriba: 
pero tampoco se queda muy abajo. Dividiendo los entendi- 
mientos de los hombres en tres clases, alta, mediana y ínfima, 
se hallará que el bárbaro lenguaje de hablar con desprecio de 
los religiosos es vulgarísimo en la ínfima, tiene algún lugar 
en la mediana, pero nunca llega á la suprema. El no arribar ja- 
más á esta clase consiste en que los hombres de entendimien- 
to claro ven con evidencia, que el estado religioso por muchas 
razones mueve á veneración, y por ninguna á desprecio. 
Como la clase media de entendimientos tiene mucha latitud, 
tanto más ó menos adolece de este vicio, cuanto más ó menos 
se acerca, ó á la alta, ó á la ínfima. Creo que en muchos ó los 
más de esta clase no procede de dictamen el asco, que en de- 
terminadas ocasiones hacen de los religiosos, sino de que no 
les ocurre otra cosa con que zaherir, cuando algún religioso 
les ocasiona algún enfado, ó cuando en conversación festiva 
se ven precisados á reciprocar la zumba. 

Vamos ya á cuentas, señores seculares, sean los que se fue- 
ren, que es la materia más grave que lo que vuestras merce- 
des imaginan; y por decírselo francamente, el hablar con 
vilipendio de los religiosos como tales, tiene un olor infernal. 
En un religioso hay que considerar la persona y el estado. La 
persona tendrá acaso muchos y graves defectos, en cuyo caso 
será reprehensible, y aun despreciable por ellos; mas no por 
eso el desprecio se debe ó puede extender al estado. Aunque 
la persona sea malísima, el estado siempre es santísimo. Abo- 
rrecer los vicios de un religioso malo, nace de un dictamen 
justo ; insultar el estado, no puede eximirse de sacrilegio. 
¿Qué significa cuando un religioso con alguna acción poco 
decorosa, ó imaginada tal, los ofende á vuestras mercedes, 
decir que obra como fraile, ó que su acción es frailada? Sin 
duda no significa otra cosa, sino que su profesión por sí mis- 
ma inñuye y inclina á acciones torpes : ni más ni menos que 
de un hombre vil por su oficio, verbi-gracia un carnicero, al 
cometer una infamia, se dice, que de un carnicero no se podía 



OBRAS ESCOGIDAS 269 

esperar otra cosa, ó que obró conforme á la vileza de su mi- 
nisterio. Vean vuestras mercedes si esto es condenar un esta- 
do que la Iglesia aprueba, desestimar lo que la Iglesia aprecia, 
vilipendiar lo que tantos sumos pontífices han calificado con 
altísimos elogios. Véanlo vuestras mercedes, y reflexionen lo 
que de aquí se sigue, que será mejor que vuestras mercedes 
lo deban á su reflexión, que á mi advertencia. 

Pero convengo en que bajemos la mira, y tratemos la ma- 
teria más humanamente, como si la cuestión fuese con perso- 
nas que miran con indiferencia el infalible y venerable dicta- 
men de la Iglesia católica romana. Prescíndase, digo, de la 
aprobación, que logran de la Iglesia todos los estatutos regu- 
lares, y miremos el asunto, digámoslo así, con puramente 
mundanos ojos, siquiera porque no nos digan, que por desti- 
tuidos de otra defensa, nos acogemos á sagrado. 

¿ Por dónde el nombre de fraile podrá ser de mal sonido ú 
de bajo significado? Cinco clases de religiosos hay en la Igle- 
sia de Dios: canónigos reglares, monacales, religiosos milita- 
res (prescindiendo por ahora de la famosa cuestión de si lo 
son rigurosamente), clérigos reglares y mendicantes. Algunos 
comprehenden bajo el nombre de frailes á todos, exceptuando 
los militares. Otros á todos los que preponen al nombre la 
^oz fray . Otros, finalmente, sólo á los mendicantes. Yo nunca 
he sido delicado sobre esta materia. He visto muchos mona- 
cales, que lo son, y al darles el nombre de frailes, responden 
con enfado, que no son frailes, sino monjes. Es cierto, que 
tomando la y oz frailes en la tercera acepción, distinguen bien, 
porque el estado monacal y el mendicante constituyen entre 
los regulares clases distintas. También tomando la voz/;*ai7es 
en la segunda acepción, distinguen oportunamente ; porque 
la agregación de oX fray al nombre en los monacales es una 
intrusión de poco tiempo á esta parte, y aun esa intrusión se 
ha extendido poquísimo. En Francia, Italia, Alemania y Flan- 
des, todos los monacales preponen simplemente la voz don 
al nombre, don Juan de Mabillón, don Lucas de Acheri, don 
Edmundo Marlene. Aun dentro de España, los cistercienses 
de la corona de Aragón se tratan mutuamente de don. Los 
hijos de san Basilio ya se dan en toda España el mismo trata- 
miento. Aun en nuestra congregación de San Benito de Va- 
lladolid, que es donde tuvo principio es a innovación, algunos 



270 FE I J o o 

particulares se dan recíprocamente don, sin que los superio- 
res lo corrijan, por tener comprehendido, que este tratamien- 
to es conforme á la regla de nuestro gran patriarca san Beni- 
to, como probó en un docto escrito, que sacó á luz el año 
de 1733, el padre maestro don Isidoro Andrés, monje cister- 
ciense de la corona de Aragón, hijo de el célebre monasterio 
de Santa Fe, y al presente lector de artes en el monasterio 
de la Oliva, joven de amenísimo ingenio y de altas esperan- 
zas. 

Todo esto es verdad. Mas todo esto para el asunto ¿qué 
importa? En la consideración de otros, mucho; en lamía, 
poco ó nada. De cualquiera modo que se tome la voz fraile, 
y, que se atienda á su derivación, que á su significación, es 
honradísima. Derívase de la voz latina frater, que significa 
hermano. La hermandad de los religiosos unidos debajo de 
un techo, ú debajo de un instituto, ¿tiene algo de malo? El 
Espíritu Santo, en la pluma de David, la calificó de buena, y 
muy buena : Ecce quám bonum, et quám jucundum habitare 
Fratres in unum. Lo que significa, es un hombre destinado 
al culto divino (sea debajo de este ú aquel instituto), consa- 
grado á Dios; ministro de su casa, doméstico del Omnipoten- 
te, i Hay en esto alguna bajeza? No, sino una nobleza suma. 
¿Por qué, pues, se asquea la noz fraile? 

Miremos las cosas á otra luz, y humanemos aún más la 
consideración. Todo lo que los hombres de razón estiman en 
los hombres (dejando aparte los bienes de fortuna, que son 
más objeto de la lisonja, que de la veneración) se reduce á 
tres capítulos : ciencia, virtud y nacimiento; ó por lo menos, 
éstos son los principales. ¿Por cuál de estos tres desmerece- 
rán los frailes? ¿Por la ciencia? Es sin duda, que á la reserva 
de una religión sola, tantos á tantos sin comparación, más 
ciencia se halla en los religiosos, que en los seculares. Entre 
aquellos casi todos estudian; entre éstos los menos, ó sólo un 
poco de gramática. ¿Por la virtud? ¿Quién negará, que tantos 
á tantos se puede pronunciar en orden á este capítulo lo mis- 
mo que acabamos de decir en orden al de la ciencia? ¿Por el 
nacimiento? Hay muchos, muchísimos, muy nobles, y para 
todos se hacen prueba de limpieza de sangre; en algunas re- 
ligiones, como en la mía, también de limpieza de oficio. 
A vista de esto, ¿quién no se irritará de que innumerables 



OBRAS ESCOGIDAS 27I 

trastos indignos, que hay en el mundo, despreciables por to- 
dos capítulos, ineptos para todo, sino para comer; ignoran- 
tes, torpes, rudos y aun de nada calificado nacimiento, hablen 
con asco de los frailes, cuando entre éstos hay muchos, que 
aun atendido sólo el nacimiento, los exceden muchos codos; 
y si se hubiesen quedado en el siglo, no los admitirían por 
criados de escalera arriba? ¡Cuántos, sin más mérito que una 
peluca en la cabeza, miran los frailes allá abajo con un des- 
dén fastidioso, como si, prescindiendo de todas las demás 
circunstancias, no fuese mucho mayor honra cubrir la cabeza 
con una capilla, de cualquier tela ó paño que sea, que con 
una peluca 1 

Finalmente, señores seculares, eso de apellidar fi-ailada á 
la acción ruin, ó descomedida, en que tal vez caen uno ú otro 
religioso, les aseguro que es una necedad muy de marca ma- 
yor. Ó esa denominación significa, que es propio de los reli- 
giosos obrar así, ó lo que coincide á lo mismo, que así obran 
comunísimamente; proposición, que (dejando aparte la cua- 
lificación que merece) evidentemente se convence de falsa 
por experiencia y por razón. Tantos á tantos, como arriba 
dije, en orden á ciencia y virtud, más pundonor se experi- 
menta en los religiosos, que en los seculares. Á la reserva de 
algunos poquísimos, siempre he visto á aquellos muy cons- 
tantes en sus amistades, muy fieles en sus promesas, muy 
gratos á sus bienhechores, etc. 

A esta experiencia sufragan dos razones de gran peso. La 
primera se toma de la educación de los religiosos, la cual es 
una continua instrucción de todo género de virtudes morales, 
en que son comprehendidas las que acabamos de expresar, y 
todas las demás, que constituyen á un hombre pundonoroso, 
ó como decimos vulgarmente, hombre de bien. 

La segunda razón tiene fuerza más sensible. El motivo por 
que ordinariamente los hombres cometen acciones ruines es 
la nimia adhesión á los propios intereses. Falta éste al ami- 
go, aquél al pariente, el otro al bienhechor, porque les tira 
más el propio interés, que la amistad, que la gratitud, que el 
parentesco. Ahora bien ; es manifiesto que el interés propio 
tiene más fuerza en los más de los seculares, que en los reli- 
giosos. Todos los casados encuentran á cada paso un grande 
estorbo para obrar con generosidad, en la atención que tie- 



272 FE I JO o 

nen al interés de su consorte y de sus hijos; tropiezo de que 
carecen los religiosos y demás eclesiásticos. ¡Cuántos, si no 
tuviesen otro motivo de interés, que el de la propia persona, 
le abandonarían bizarramente por obrar conforme á las leyes 
del pundonor! pero las conveniencias de la mujer y de los 
hijos, los arrastran y obligan á ejecutar alguna ruindad, que 
sin ese atractivo no ejecutarían. Aun respectivamente á los 
intereses puramente personales, si se hace el cotejo con los 
seculares de cortos medios, se hallará, que los religiosos están 
más desembarazados para obrar con honradez en las ocasio- 
nes que se ofrezcan. Los mismos seculares lo advierten esto, 
pues cuando algún religioso, poniéndoles delante su propio 
ejemplo, los exhorta á obrar con más pundonor y menos co- 
dicia, lo que responden es, que el religioso tiene seguro el 
plato, y ellos no. Luego, por cualquiera parte que se mire, 
más propio es de los religiosos obrar con honradez que de 
los seculares. Déjese, pues, esa simpleza de tomar las voces 
fraile y fj-ailada hacia mala parte, ó cuando más, estanqúese 
ese uso de las voces en chozas pastoriles, mesones y ta- 
bernas. 



ABUSOS DE LAS DISPUTAS VERBALES 



HE oído y leído mil veces (mas ¿quién no lo ha oído y 
leído?) que el ñn, sino total, primario, de las dispu- 
tas escolásticas es la indagación de la verdad. Con- 
vengo en que para eso se instituyeron las disputas; mas no es 
ese por lo común el blanco á que se mira en ellas. Dirélo con 
voces escolásticas. Ese es el fin de la obra; mas no del ope- 
rante. O todos ó casi todos los que van á la aula, ó á impug- 
nar ó á defender, llevan hecho propósito firme de no ceder 
jamás al contrario, por buenas razones que alegue. Esto se 
proponen, y esto ejecutan. 

Há siglo y medio que se controvierte en las aulas con gran- 
de ardor sobre la física predeterminación y ciencia media. 
Y en este siglo y medio jamás sucedió que algún jesuíta salie- 
se de la disputa resuelto á abrazarla física predeterminación, 
ó algún tomista á abandonarla. Há cuatro siglos que lidian 
los scotistas con los de las demás escuelas sobre el asunto de 
la distinción real formal. ¿ Cuándo sucedió, que movido de la 



274 FEIJOO 

fuerza de la razón el scotista, desamparase la opinión afir- 
mativa, ó el de la escuela opuesta, la negativa? Lo propio su- 
cede en todas las demás cuestiones que dividen escuelas, y 
aun en las que no las dividen Todos ó casi todos van resuel- 
tos á no confesar superioridad á la razón contraria. Todos ó 
casi todos, al bajar de la cátedra, mantienen la opinión que 
tenían cuando subieron á ella. Pues ¿qué verdad es esta que 
dicen van á descubrir? Verdaderamente parece que este es un 
modo de hablar puramente teatral. 

Pero ¿acaso, aunque los combatientes no cejen jamás de 
las preconcebidas opiniones, los oyentes ó espectadores del 
combate harán muchas veces juicio de que la razón está de 
esta ú de aquella parte, y así, para estos, por lo menos, se 
decidirá la verdad ? Tampoco esto sucede. Los oyentes capa- 
ces ya tomaron partido, ya se alistaron debajo de estas ó 
aquellas banderas, y tienen la misma adhesión á la escuela 
que siguen que sus maestros. ¿Cuándo sucede, ó cuándo su- 
cedió, que al acabarse un acto literaria, alguno de los oyen- 
tes, persuadido de las razones de la escuela contraria, pasase 
á alistarse en ella? Nunca llega ese caso; porque aunque vean 
prevalecer el campeón, que batalla por el partido opuesto, 
nunca atribuyen la ventaja á la mejor causa que defiende, 
sino á la debilidad, rudeza ó alucinación del que sustenta su 
partido. Nunca en el contrario reconocen superioridad de 
armas, sí solo mayor valentía de brazo. 

Mas qué? por eso condeno como inútiles las disputas? En 
ninguna manera. Hay otros motivos que las abonan. Es un 
ejercicio laudable de los que las practican, y un deleite ho- 
nesto de los que las escuchan. El tratar y oir tratar frecuente- 
mente materias científicas, infunde cierto hábito de elevación 
al entendimiento, por el cual está más dispuesto á mirar con 
desdén los deleites sensibles y terrestres. Aun prescindiendo 
de esta razón, cuanto más se engolosinare la atención en 
aquellos objetos, tanto más se debilitará su afición á éstos; 
porque la disposición nativa de nuestro espíritu es tal, que, á 
proporción que se aumenta en él la impresión de un objeto, 
se mitiga la de otro. Finalmente, el ejercicio de la disputa 
instruye y habilita para defender con ventajas los dogmas de 
la religión, y impugnar los errores opuestos á ella ; y este 
motivo es de suma importancia. 



OBRAS ESCOGIDAS 275 

Mas por lo que mira á aclarar la verdad en los. asuntos que 
se controvierten en las escuelas, es verisímil que ésta se esta- 
rá siempre escondida en el pozo de Demócrito. Bien lejos 
de ponerse los conatos que se jactan para descubrirla, yo me 
contentaría con que no se pusiesen para obscurecerla. Daño 
es éste que he lamentado en las escuelas, desde que empecé 
á frecuentarlas. No de todos los profesores me quejo, pero sí 
de muchos, que en vez de iluminar la aula con la luz de la 
verdad, parece que no piensan sino en echar polvo en los 
ojos de los que asisten en ella. A cinco clases podemos redu- 
cir á éstos, porque no en todos reinan los mismos vicios, 
aunque hay algunos que incurren en todos los abusos de que 
vamos á tratar. 



II 



Los primeros son aquellos que disputan con demasiado 
ardor. Hay quienes se encienden tanto, aun cuando se con- 
trovierten cosas de levísimo momento, como si peligrase en 
el combate su honor, su vida y su conciencia. Hunden la 
aula á gritos, afligen todas sus junturas con violentas contor- 
siones, vomitan llamas por los ojos, poco les falta para hacer 
pedazos cátedra y barandilla, con los furiosos golpes de pies 
y manos. ¿Qué se sigue de aquí? Que furor ^ iraque mentem 
prcecipitant ; que llegan á tal extremo, que ya no sólo los 
asistentes no los entienden, mas ni aun ellos se entienden á 
sí mismos. ¿Conviene esto á la gravedad de los profesores? 
¿Corresponde á la circunspección y modestia, propias de gen- 
te literata ? 

Sin duda que en cualquiera ciencia es violentísimo este 
modo de disputar ; pero mucho más que en otras, en la excel- 
sa y serena majestad de la sagrada teología. Así lo sintió el 
Nacianceno, el cual, en aquella oración, cuyo asunto es De 
moderatione in disputationibus servanda, todo muy á nuestro 
intento, dijo, que la mayor excelencia de la teología es ser 



276 FEIJOO 

ciencia pacífica : Qiiidnarn in nosU-a docti'ina prcestantissimum 
est? Pax. Y añade al punto, que la paz en la disputa, no sólo 
es nobilísima, sino útilísima: Addam ctiam, utilissitninn. La 
utilidad es notoria, porque la serenidad de ánimo es impor- 
tantísima para discurrir con acierto y explicarse con claridad. 
Así los disputantes adelantan más y los oyentes perciben me- 
jor. Como, al contrario, el fuego de la cólera confunde el 
discurso y atropella la explicación, es llama impura, que en 
vez de alumbrar la aula, la llena de humo. 

No es esto condenar aquella enérgica viveza, que como ca- 
lor nativo de la disputa, da aliento á la razón ; sino aquel 
feroz tumultuante estrépito, más propio de brutos que se 
irritan, que de hombres que razonan, y que á los que no han 
visto otras veces semejantes lides, pone en miedo de que lle- 
guen á las manos, como Juan Barclayo dice le sucedió con 
dos profesores, cuya ardiente contienda pinta festivamente 
en la primera parte de su Satiricen: Tam acriter cceperunt 
contenderé^ tit res meo judicio ad manus, pugnamque specta- 
ret. Siendo yo oyente en Salamanca, sucedió, que un cate- 
drático de prima, por el excesivo fuego con que tomó el 
argumento, se fatigó tanto, que, quedando casi totalmente 
inmóvil, fué menester una silla de manos para conducirle á 
su casa. 

Estas iras comunmente, no sólo son viciosas por sí mis- 
mas, mas también por el principio de donde nacen ; porque, 
¿quién las inspira, sino un espíritu de emulación y de vana- 
gloria, un desordenado deseo de prevalecer sobre el contra- 
rio, una ardiente ambición del aplauso, que entre la ignorante 
multitud logra el que hace mayor estrépito en la aula? A los 
genios inmoderados, la ansia de lucir los hace arder. Dejo 
aparte la mala disposición, que tal vez persevere en los áni- 
mos, como efecto del fervoroso anhelo con que los conten- 
dientes recíprocamente aspiran á lograr en el público supe- 
riores estimaciones. Ya se vio por estos celos llegar á la 
indignidad de apedrearse públicamente en la calle dos insig- 
nes profesores, respetados por su sabiduría en toda Italia, y 
autores uno y otro de muy estimables escritos. Refiere el caso 
el famoso Guido Pancirola, en el libro II De claris legum' 
interpretibus, capítulo CXXVII. ¡ Monstruoso desorden en 
unos hombres sabios 1 Tantee ne animis coelestibus irce? Como 



OBRAS ESCOGIDAS 277 

quiera que tan destemplados furores sean muy raros, es cier- 
to que el estrépito tumultuante de la disputa, el cual es bien 
ordinario, es un abuso que, por las razones insinuadas arri- 
ba, perjudica mucho á la enseñanza pública. 



III 



El segundo abuso, que se da mucho la mano con el prime- 
ro, es herirse los disputantes con dicterios. En las tempesta- 
des de la cólera pocas veces suena tan inocente el trueno de 
la voz, que no le acompañe el rayo de la injuria. Es dificul- 
tosísimo en los que se encienden demasiado, regir de tal 
modo las palabras, que no se suelte una ú otra ofensiva. El 
fuego de la ira también en esto se parece al fuego material, 
que comunmente es denigrativo de la materia en que se ceba. 
Es ésta sin duda una intolerable torpeza en hombres doctos, 
ó que hacen representación de tales. 

No digo yo que se oigan en las aulas injurias que inmedia- 
ta y expresamente toquen en las personas. Esto, ó rarísima 
vez ó ninguna sucede. Pero ¿qué importa? Se oyen frecuen- 
temente desprecios de la doctrina, y éstos de resulta caen 
sobre la persona. El que defiende, desdeña como fútil el ar- 
gumento. El que arguye, trata de absurda la solución. A cada 
paso se dicen que extrañan mucho tal ó tal proposición, como 
opuesta á la doctrina comunísima. Estas y otras expresiones 
semejantes, ¿no significan á los oyentes, que el sujeto á quien 
se refieren es un hombre desnudo de ingenio y doctrina? 

Lo peor es, que comunmente se usa de ellas cuando son 
más intempestivas y más opuestas á la razón. El que arguye, 
nunca con más conato vilipendia la solución, que cuando 
ésta, por muy oportuna, le corta el argumento. El que defien- 
de, nunca más ultraja como despropositado el argumento, 
que cuando éste le estrecha, aprieta y ultraja. Sidonio Apoli- 
nar dice de un amigo suyo, que entonces se certificaba de ser 
vencedor en la disputa, cuando veía desbocarse irritado el 



278 FEIJOO 

contrario : Tiinc demum credit sibi cessisse collegam, cum 
fidem fecerit victorice suce bilis aliena (i). El que no puede 
dar al argumento solución oportuna, procura desacreditarle 
entre los oyentes con el desprecio. Cubre su flaqueza con el 
manto de la osadía ; y vencido en la realidad, se ostenta 
triunfante en la apariencia. Este modo de proceder, si el con- 
curso se compusiese sólo de doctos, le duplicaría la confu- 
sión, añadiéndole á la nota de ignorante, la ignominia de 
insolente. Pero el mal es, que las aulas se llenan de princi- 
piantes en las facultades, entre quienes la inmodestia más 
atrevida logra los Víctores de una ciencia consumada. 

Fuera de este modo descubierto de improperar, hay otro 
ladino y solapado, más seguro para el ofensor y más dañoso 
al ofendido. Este es el de insultar por señas. Una risita falsa 
á su tiempo, arrugar fastidiosamente la frente, escuchar con 
un gesto burlón lo que se le propone, volver los ojos al audi- 
torio como mirando la extravagancia, responder con un afec- 
tado descuido, como que no merece más atención el argu- 
mento, arrojar hacia el contrario una ú otra miradura con 
aire de socarronería, simular un descanso tan ageno de toda 
solicitud en la cátedra, como si estuviese reposando en el 
lecho, y otros artificios semejantes, ¿qué significan al audito- 
rio, sino una superioridad grande sobre el otro contendiente? 
¿Qué le dan á entender, sino que éste es un pobre idiota, que 
no acierta con cosa, y más merece lástima que respuesta? 
¡Oh, cuántos ignorantes se sirven de estas maulas, para en- 
cubrir á otros, tanto ó más ignorantes que ellos, su rudeza! 
¿Qué es esto, sino suplir el esfuerzo con la alevosía, ó como 
decía el griego Lisandro, la piel de león con la de zorra? In- 
dustria vulgar, artificio vil, propio de espíritus de la ínfima 
clase. 



IV 



El tercer abuso es la falta de explicación. Este defecto, 
aunque menos voluntario, no es menos nocivo. En él se inci- 



(i) Libro III, epístola II. 



OBRAS ESCOGIDAS 279 

de frecuentísimamente. Muchas altercaciones porfiadísimas 
se cortarían felizmente, sólo con explicar recíprocamente el 
arguyente y el sustentante la significación que dan á los tér- 
minos. Es el caso, que muchísimas veces uno da á una voz 
cierta significación, y otro otra diferente; uno le da signifi- 
cación más lata, otro más estrecha ; uno más general, otro 
más particular. Entrambos dicen verdad, y entrambos se im- 
pugnan acerbísimamente, escandalizándose cada uno de lo 
que dice el otro. Entrambos dicen verdad, porque cualquiera 
de las dos proposiciones, en el sentido en que toma los tér- 
minos el que la profiere, es verdadera. Con todo, se van mul- 
tiplicando silogismos sobre silogismos, y todos dan en vacío, 
porque en la realidad están acordes, y sólo en el sonido niega 
el uno lo que afirma el otro. 

Esta confusión ocurre no menos en las disputas de conver- 
saciones particulares, que en las de los actos públicos. Digo 
lo que he experimentado innumerables veces. Y puedo ase- 
gurar, que muchísimas controversias de conversación, que 
no tenían traza de terminarse jamás, he tronchado con dos 
palabras de explicación de alguna voz. Es facilísimo conocer 
cuándo nace de este principio la disputa, porque las pruebas 
de que usan uno y otro contendiente, ó la prueba que da el 
uno y solución que da el otro, muestran claramente que ha- 
blan en diverso sentido, y aun manifiestan el sentido en que 
habla cada uno. 



V 



El cuarto abuso es argüir sofísticamente. Los sofistas ha- 
cen un papel tan odioso en las aulas, como en los tribunales 
los tramposos. Entre los antiguos sabios eran tenidos por los 
truhanes de la escuela. Luciano los llamó monos de los filó- 
sofos. Y yo les doy el nombre de titiriteros de las aulas. Una 
y otra son artes de ilusiones y trampantojos. Platón (In Eu- 
thidemo) dice, que la aplicación á los sofismas es un estudio 



28o FE I J OO 

vilísimo, y ridículos los que se ejercitan en él : Studium hoc 
vilissimum est^ et qui in eo versantu?-^ ridiciili. Poco antes ha- 
bía dicho, sentencia digna de Platón, que es cosa más ver- 
gonzosa concluir á otros con sofismas, que ser concluido de 
otro con ellos. En las guerras de Minerva, como en las de 
Marte, menos deslucido sale el que es vencido, peleando sin 
engaño, que el que vence, usando de alevosía. La máxima 
Dolus^ an virtus, quis in hoste requií-at? si es mal vista del 
honor en la campaña, con no menor razón debe ser aborre- 
cida en la escuela. 

Es el sofisma derechamente opuesto al intento de la dispu- 
ta. El fin de la disputa es aclarar la verdad, el del sofisma 
obscurecerla ; luego debiera desterrarse para siempre de la 
aula, no sólo como un huésped indigno y violentamente in- 
truso en ella, mas aun como un alevoso enemigo de la verda- 
dera sabiduría. Y ¿qué diré de los sofistas? Que sería razón 
los castigasen como á monederos falsos de la dialéctica, ya 
que no con suplicio de sangre, pues no le admite la benigni- 
dad de la república literaria, por lo menos con la afrenta pú- 
blica del común desprecio. 

Estoy bien con la máxima, que han practicado algunos, de 
no dar á los sofismas otra respuesta que la de un gracejo irri- 
sorio. Un sofista le probaba á Diógenes, que no era hombre, 
con este argumento : « Lo que yo soy, no lo eres tú ; yo soy 
hombre, luego tú no eres hombre.» Respondióle Diógenes: 
«Empieza el silogismo por mí, y sacarás una conclusión ver- 
dadera.» Motejo agudo; porque para empezar por Diógenes 
el silogismo, era preciso que el sofista lo formase así : lo que 
tú eres, no lo soy yo ; tú eres hombre, luego yo no soy hom- 
bre. Otro sofista le probaba al mismo Diógenes, que tenía 
armada la frente, con aquel sofisma famoso entre los anti- 
guos, y que aún hoy sirve de diversión á los muchachos, á 
quien, por su materia, dieron el nombre de cornuto : Quod 
non perdidisti^ habes ; sed non perdidisti cornua ; ergo cornua 
habes. A lo que Diógenes, tocándose la frente, respondió: 
«En verdad que yo no los encuentro.» De Diodoro, famoso 
sofista, refiere Sexto Empírico, que solía probar, que no ha- 
bía movimiento con este dilemmaí «Si algún cuerpo se mue- 
ve, ó se mueve en el lugar en que está, ó en el lugar en que 
no está ; ni se mueve en el lugar en que está, pues esto es 



OBRAS ESCOGIDAS 251 

estar y no moverse, ni en el que no está, pues. ningún cuerpo 
puede hacer cosa en el lugar en que no está ; luego ningún 
cuerpo se mueve.» Había molido con este enredo, entre otros 
muchos, al médico Heroñlo. Sucediendo algún tiempo des- 
pués, que por cierto accidente se le dislocase un hueso á Dio- 
doro, acudió á Herofilo para que se lo restituyese á su lugar. 
Halló Herofilo la suya, y en vez de curarle, le probó con su 
mismo argumento, que el hueso no se había dislocado, di- 
ciendo : «Ó el hueso al dislocarse se movió en el lugar en que 
estaba, ó en el que no estaba, etc.» Por consiguiente se vol- 
viese á su casa, pues siendo su enfermedad imaginaria, no 
necesitaba de cura ; aunque al fin con ruegos obtuvo Diodo- 
ro, que el médico aplicase la mano á la obra. De Diógenes 
también se cuenta, que probándole otro con cierto argumento 
de Zenón, que no había movimiento, no le dio otra respues- 
ta, que empezar á pasearse por la sala y decirle : «Creo á mis 
ojos, y no á tus inepcias.» 

Acaso es más oportuna esta respuesta que las sutilezas que 
Aristóteles (i) empleó en disolver todas las cavilaciones de 
Zenón sobre el movimiento. Son los sofismas unos nudos, 
como el gordiano, mejores para cortados que para desatados. 
Desátalos el estudio, córtalos el desprecio. Aquello es más 
difícil, esto más útil ; porque los sofistas, viendo que se tra- 
baja en deshacer sus enredos, haciendo gala de la dificultad 
que en ello se encuentra, toman más aire para proseguir en 
ellos, y al contrario, cesarían en ese fútil ejercicio, corridos 
de ver que no se les daba otra respuesta que la irrisión. 

Esto se debe limitar á los sofismas que evidentemente son 
tales. De esta clase son todos aquellos argumentos que in- 
tentan probar una cosa evidentemente falsa, como el que no 
hay en el mundo movimiento. ¿Qué necesidad hay de forma- 
lizarse sobre disolver un sofisma formado sobre este asunto? 
Aunque Zenón amontonase un millón de sofismas indisolu- 
bles para probar la quietud de todos los cuerpos, ¿ habría 
quien diese asenso á la conclusión? Déjesele, pues, cavilar á 
su gusto, y el filósofo no gaste en esas impertinencias el tiem- 
po, que há menester para estudios más útiles. 

Mas como en las aulas rara ó ninguna vez se proponen so- 



(i) Libro VI Phisic, capítulo IX. 



282 K E 1 J o o 

fismas contra verdades evidentes, y aunque se propusiesen, 
siempre quedaría desairado el que respondiendo sólo con el 
desprecio, tácitamente confesase su inhabilidad para desatar 
el nudo, en el discurso siguiente daremos una instrucción ge- 
neral para disolver ó todos, ó la mayor parte de los sofismas. 



VI 



El quinto y último abuso, ó defecto, que hallamos en las 
disputas verbales, es la establecida precisión de conceder ó 
negar todas las proposiciones de que consta el argumento. 
Este defecto, si lo es, es general, pues todos lo practican 
así. Pero entiendo, que muchos que lo practican, acaso los 
más, no lo hacen por dictamen de que eso sea lo más con- 
veniente, sino la casi inevitable necesidad en que los pone 
la costumbre establecida. Ocurren muchas veces en el ar- 
gumento proposiciones de cuya verdad ó falsedad no hace 
concepto determinado el que defiende. Parece ser contra ra- 
zón, que entonces conceda ni niegue. ¿ Por qué ha de conce- 
der lo que ignora si es verdadero, ó negar lo que no sabe si 
es falso? Pues ¿ qué expediente tomará? No decir concedo^ni 
niego^ sino dudo. Esto manda la santa ley de la veracidad. 
En el caso propuesto, ni asiente ni disiente positivamente ; 
luego, concediendo ó negando, falta á la verdad, porque con- 
ceder la proposición, es expresar que asiente á ella, y negar, 
es manifestar que disiente positivamente. Sólo diciendo que 
duda, se conformarán las palabras con lo que tiene enlamen- 
te. Ni por eso se empantanará el argumento (que es el incon- 
veniente que se me podría objetar), porque al arguyente in- 
cumbe probar la verdad de su proposición cuando duda de 
ella el que defiende, del mismo modo que si la negase. Así, 
respecto de la obligación del arguyente, lo mismo es decir el 
que defiende, dubito de mayoiñ.^ que decir, negó mqyo?'em. Si 
sucediere que el arguyente pruebe la verdad de su proposi- 
ción, podrá entonces el que defiende concederla sin desaire 



OBRAS ESCOGIDAS 283 

suyo, pues esto no es retractarse, sino determinarse en un 
asunto en que antes estaba indeciso. 

Diráseme acaso, que el inconveniente de faltar á la verdad 
se evita con las fórmulas de admitió^ permitió, omitto, tran- 
seat^ pues estas voces no explican asenso ni disenso. Respon- 
do, lo primero, que dado caso que se evite con esas fórmulas 
el inconveniente de faltar á la verdad, subsiste otro harto 
grave. Muchas veces esas proposiciones, de cuya verdad ó 
falsedad se duda, aunque tengan conexión mediata con la 
contradictoria de la conclusión que se defiende, no descubren 
esa conexión á primera vista; de suerte, que el que defiende, 
no sólo duda de la verdad de la proposición, mas también de 
su conexión ó inconexión con la sentencia contradictoria de 
la suya. ¿ Qué hará en este caso ? ¿ Usar del ¿Zí/m/íío? Caerá 
en el inconveniente de que el que arguye descubra con prue- 
ba clara la conexión que se le ocultaba, en cuyo caso tanto 
le perjudicará el haber admitido la proposición como haberla 
concedido. 

Respondo, lo segundo, que el inconveniente de faltar á la 
verdad, examinado el fondo de las cosas, tampoco se salva. 
El que admite una proposición y niega el consiguiente, niega 
formalmente la conexión de aquella con éste. Luego si duda 
de la conexión, niega positivamente ú disiente positivamente 
con las palabras á una cosa de que duda con la mente. ¿Es 
esto conformarse lo que dice con lo que siente .'' 

Puede ser que estos reparos míos á muchos parezcan ni- 
miamente escrupulosos. Yo realmente en materia de veraci- 
dad soy delicado. Ni se me esconde que las voces niego y 
concedo^ por el uso de la escuela, se han extraído algo de su 
natural ú ordinaria significación, de modo, que respecto de 
los facultativos, ya no sólo significan un asenso cierto y fir- 
me, ó á la afirmativa, ó á la negativa, mas también un asenso 
sólo probable. Mas sea lo que se fuere de esto, lo que no 
tiene duda es, que las disputas serán más limpias, más claras 
y más útiles para los oyentes, proponiendo lo cierto como 
cierto, lo probable como probable, y lo dudoso como dudoso. 



ARTE DE MEMORIA 



(i) 



PERSUADIDO ya vuestra reverencia á lo poco que puede 
esperar de los medicamentos para lograr grandes pro- 
gresos en el estudio, apela de la anacardina á la arte 
de memoria^ preguntándome si hay tal arte, si hay libros que 
traten de ella, y si por sus reglas podrá conseguir una memo- 
ria extremamente feliz, como de muchos se cuenta, que por 
este medio la han conseguido. Materia es ésta, sobre que 
hasta ahora no hice concepto firme. Muchos han dudado de 
la existencia del arte de memoria, inclinándose bastantemen- 
te á que éste sea un cuento como el de la piedra Jilosofal. 
Pero son tantos los autores que deponen de su realidad, que 
parece obstinación mantener contra todos la negativa. Acaso 
cabrá en esto un medio, que es admitir, que hay un arte, cuyo 
método y reglas pueden auxiliar mucho la memoria, y negar, 
que el auxilio sea tan grande como ponderan muchos. Lo 
primero es fácil de concebir; pero en lo segundo confieso, 
que mi entendimiento apenas puede, sin hacerse gran violen- 
cia, asentir á la posibilidad. No hallo dificultad alguna en que 
haya hombres de memoria naturalmente tan feliz, que oyen- 



(i) Este artículo y el siguiente, pertenecen á la colección del autor titulada Carias 
eruditas. De aquí, su forma epistolar, que no tienen los anteriores tratados del 
Teatro critico. (N. de los E.J 



286 FEIJOO 

do un sermón, lo repitan todo al pié de la letra; pero que en 
virtud de algún artificio haga lo mismo quien sin él no podría 
repetir cuatro cláusulas seguidas, se me hace arduo de con- 
cebir. Sin embargo, no es ésta la mayor maravilla que se re- 
fiere del arte de memoria. Marco Antonio Mureto testifica, 
que en Padua conoció á un joven natural de Córcega, el cual 
dándole muchos centenares de voces de varios idiomas, to- 
talmente inconexas, mezcladas con otras formadas á arbitrio 
ó no significativas, no sólo las repetía prontamente, sin errar 
una, siguiendo el orden con que las había oído, mas también, 
ya con orden retrógrado, empezando de la última, ya empe- 
zando en otra cualquiera, á arbitrio de los circunstantes; 
pongo por caso : si le decían que empezase por la centésima 
vigésimaquinta, desde aquella proseguía, ó con orden directo 
bástala última, ó con orden retrógrado hasta la primera. Dice 
más: que el joven aseguraba, que podía ejecutar lo mismo 
hasta con treinta y seis mil voces inconexas, significativas ó 
no significativas, y que se le debía creer, porque nada tenía 
de jactancioso. 

Verdaderamente se hace inconcebible que el arte pueda 
tanto. Pero siendo tan grande el prodigio, le engrandece 
mucho más lo que el mismo Mureto añade, que en pocos días 
se puede enseñar este arte. Él dice fué testigo de que el corso 
enseñó en siete ó en menos de siete días á un noble mancebo 
veneciano, llamado Francisco Molino, que estaba estudiando 
en Padua y habitaba en la misma casa que Mureto; de modo, 
que siendo aquel mancebo de débil memoria (memoria pa- 
riim firma) dentro de tan pocos días se puso en estado de 
repetir más de quinientas voces, según el orden que quisiesen 
prescribirle : Nondum sex, aut septem dies abierant, cum Ule 
qiioque alter nomina atnpliiis quingenta, sine iilla dificúltate^ 
aut eodem^ aut quocumque alio libuisset ordine^ repetebat. El 
corso decía, que un francés, ayo suyo, siendo muchacho, le 
había enseñado el arte, y él no se hizo de rogar para ense- 
ñársele al veneciano; pues no bien éste le insinuó el deseo 
de aprenderle, cuando el corso se ofreció, señalándole la ho- 
ra en que cada día había de acudir á tomar lección. De todo 
lo dicho, no sólo fué testigo ocular Mureto, pero cita también 
otros, que asimismo lo fueron. 

Yo no sé si cuatro, cinco ni seis testigos son bastantes para 



OBRAS ESCOGIDAS 287 

persuadir maravillas tales, mayormente cuando sobre la gran 
dificultad, que ofrecen los mismos hechos, ocurre otra bien 
notable, en que algunas veces he pensado. ¿ Cómo, pudiendo 
aprenderse este admirable arte en tan poco tiempo, no se ha 
extendido mucho más? ¿Cómo los príncipes que cuidan de 
la buena instrucción de sus hijos, no les dan maestros que se 
le comuniquen? ¿Cómo los mismos maestros no van á ofre- 
cerse á los príncipes? Lo mismo digo respecto de los señores 
que destinan algunos hijos á las dignidades eclesiásticas. Un 
simple pedagogo francés, que enseñó el arte á un particular 
de Córcega, ¿no adelantaría mucho más su fortuna, ofrecien- 
do tan apreciable servicio á algunos señores principales? 
Donde es á propósito notar que el arte sería de suma utili- 
dad, no sólo para los que se dan á las letras, mas también 
para todos, de cualquiera clase ó condición que sean. ¿Por 
ventura no es cosa importantísima en la vida humana, y en 
cualquiera estado de ella, estampar en la memoria cuanto se 
ve, se lee y se oye; retener los nombres y circunstancias de 
cuantas personas se tratan, no olvidar jamás algunos de sus 
propios hechos, dichos y pensamientos? El que poseyese esta 
ventaja, sobre hacerse sumamente expectable en cualesquie- 
ra concurrencias, ¿no haría mucho mejor sus negocios, y ca- 
minaría con más acierto y seguridad á sus fines ? Pues ¿ cómo, 
pudiendo esto producir grandes intereses á los maestros del 
arte, no ofrecen sus servicios en la enseñanza de ella á los 
príncipes y grandes señores? 

No encontrando satisfacción competente á éste y otros re- 
paros, esperaba hallarla en un libro, que sobre el asunto 
escribió el señor don Juan Brancaccio, con el título de Ars 
memorice vindicata, que compré algunos años há con este 
fin, y retengo en mi librería. El título del libro y las recomen- 
dables circunstancias del autor eran unos grandes fiadores ó 
fundamentos de mi esperanza. Con todo, falta en él lo más 
esencial para mi satisfacción, y aun pienso, que para la del 
público. Alega el señor Brancaccio varios autores, que testifi- 
can de la existencia del arte de memoria. Refiere varios he- 
chos de las prodigiosas ventajas que esta potencia logra, á 
beneficio de aquel arte. De uno y otro, aunque no con tanta 
extensión y individualidad, ya antes estaba yo bastantemente 
enterado, sin que ni uno ni otro me convenciese. Hace una 



i88 



F El J o o 



larguísima enumeración de los que por este medio aumenta- 
ron casi inmensamente su facultad memorativa. Mas á la 
verdad, de los más no consta (y de no pocos consta lo con- 
trario) que debiesen aquella felicidad al arte, y no precisa- 
mente á la naturaleza. Sea lo que fuere de esto, repito, que 
nada de lo dicho convence; porque otro tanto se puede ale- 
gar, y de hecho se alega, por la existencia de la. piedra filoso- 
fal. Cítanse autores que la testifican; refiérense algunas 
transmutaciones de hierro en oro, con circunstancias de 
lugar, tiempo y testigos; enuméranse muchos sujetos que 
han poseído el arte de la transmutación.^ sin que todo esto 
obste á que los prudentes tengan por fábula lo que se jacta de 
la piedra filosofal. 

Lo que únicamente sería decisivo en la materia, y falta en 
el libro del señor Brancaccio, es revelar el artificio con que 
se consiguen aquellas grandes ventajas á la memoria; cuya 
reflexionada inspección fácilmente manifestaría si por medio 
de él son asequibles aquellas ventajas, así como el atento 
examen de una máquina luego da á conocer si tiene fuerzas 
para los movimientos á que se destina. De esto tenemos un 
ejemplo oportuno en el arte de enseñar á hablar á los mudos; 
pues aunque esta propuesta se representa á algunos de impo- 
sible ejecución, luego que se les da alguna idea délos medios 
que para ella se toman, conocen y asienten á la posibilidad. 
Siendo el intento del señor Brancaccio persuadir la existencia 
del arte de memoria á todo el mundo, contra los impugnado- 
res de ella, como manifiesta en el título y en el prólogo, ¿por 
qué no usó contra ellos de este concluyente argumento, ma- 
yormente cuando en este descubrimiento hacía un insigne 
beneficio al público? El trabajo sería poco ; pues si el corso, 
de quien habla Mureto, enseñó al discípulo veneciano este 
arte en pocos días, no ocuparía, estampado en el libro, mu- 
chas páginas. No sólo no le añadiría trabajo, mas se le mino- 
raría; porque hecho esto, todo lo demás que contiene su libro 
es excusado para el intento. 

Hágome cargo de que el título del capítulo V ofrece una bre- 
ve idea del arte de memoria; pero en el discurso del capítulo 
nada veo de lo que ofrece la inscripción, pues todo él se reduce 
á proponer unos auxilios de la memoria, que há mucho tiem- 
po que están vulgarizados, y por otra parte, no tienen depen- 



OBRAS ESCOGIDAS ^ 289 

dencia ni parentesco alguno con aquella fábrica mental del 
arte de memoria, que consiste en la disposición de lugares, 
imágenes, signos y figuras. El componer una dicción de letras 
iniciales de diferentes voces para traer distintas cosas por su 
orden á la memoria, poner en versos lo que se quiere recor- 
dar, ligar á las cinco letras vocales (ó también á las conso- 
nantes) tal ó tal significación, y repetirlas en varias voces con 
cadencia métrica, para hacer presentes en ellas algunas arti- 
ficiosas operaciones, como en los versos Ba7'ba7-a^ Celaj-ent^ 
para la construcción de los silogismos, y en el de Populeam 
Virgam Mater Regina ferebat^ para colocar cristianos y tur- 
cos de modo, que la suerte adversa caiga sobre éstos; esto es 
todo lo que hay en aquel capítulo, todo mil años há vulgari- 
zado, y que verdaderamente no da idea alguna del arte de 
memoria, sino según el concepto general y vago de que esta 
facultad se puede socorrer con algunos auxilios artificiales. 

Ni me satisface el que el autor promete dar al público en 
otro escrito un arte de memoria completísimo; pues ya pasa- 
ron treinta y ocho años desde que en Palermo imprimió el 
Ars memorias vindicata (imprimióse el de 1702), y hasta ahora 
no sé que haya parecido el escrito prometido. Tampoco me 
satisface el que da noticia de muchos autores que escribieron 
del arte de memoria, á quienes, por consiguiente, pueden 
recurrir los que quieren instruirse en él. Digo, que tampoco 
esto satisface. Lo primero, porque pocos de esos autores se 
hallarán de venta en estos reinos. Lo segundo, porque él 
mismo confiesa, que escribieron con afectada obscuridad, y 
aunque da cierta clave para descifrarlos, parece que queda 
aún mucha dificultad en pié; pues él mismo confiesa que la 
halló grande y le costó un afán laboriosísimo el entender á 
Schenckelio, que parece ser el autor que halló más cómodo 
para aprender el arte, pues por él la aprendió. Lo tercero, 
porque acaso en aquella lista hay muchos que escribieron, no 
del arte de memoria, sino en general de la memoria. Fundo 
esta sospecha en que uno de los autores señalados es Aristó- 
teles, en el libro que escribióle memoria; y es cierto que 
Aristóteles, en aquel libro, ni una palabra escribió que sea 
concerniente al arte de memoria. 

Todo lo discurrido sobre el asunto me inclina, no á negar 
la existencia del arte de memoria, la cual aun cuando no tu- 



290 



FEI JO o 



viera otros testimonios á su favor, se comprobaría bastante- 
mente con el del señor Brancaccio ; sí sólo á persuadirme, 
que hay mucho de hipérbole en las relaciones que se hacen 
de algunos efectos asombrosos de este arte. Yo me acomodo 
muy bien á creer, que con cierto artificio mental se ayuda 
mucho la memoria, y no más que esto dicen muchos de los 
autores que se citan á favor del arte; pero se me hace extre- 
mamente difícil, que una memoria naturalmente débil consiga 
con el arte repetir todo un sermón al pié de la letra. Si algu- 
nos lo hicieron, se puede atribuir á que tenían una memoria 
naturalmente muy feliz, la cual, añadido el auxilio del arte, 
pudo extenderse á tanto. Confírmame en este pensamiento 
lo que dice Cicerón, que es uno de los principalísimos auto- 
res que se citan á favor del arte de memoria. Éste (libro III, 
Ad Heren.)^ después de dividir la memoria en natural y arti- 
ficial, añade, que cualquiera de ellas, desasistida de la otra, 
es de poco valor: Utraque, altera separata^ minus erit firma. 

Es bien verisímil, no obstante, que hay en esta materia 
otro medio, que es el que he leído en las Memorias de Tre- 
voux y en Bacón de Verulamio. Estos autores dicen, que el 
arte de memoria hace cosas que parecen prodigiosas en la 
repetición de un gran número de voces, aunque sean inco- 
nexas y no significativas, pero que es enteramente inútil para 
las ciencias y otros usos humanos ; así que, sólo sirve para 
ostentación y juego. Del lugar de las Memorias de Trevoux 
no me acuerdo. Bacón lo dice en el libro V De Augment. 
Scient.., capítulo V. Repito, que es bien verisímil lo que dicen 
estos autores, pues cuando desprecian la arte de memoria 
como inútil, no le confesarían aquel admirable efecto, no 
siendo muy cierto. 

Pero cómo se puede conciliar lo uno con lo otro? Quien 
puede repetir quinientas ó mil voces, leídas ú oídas una vez, 
podrá repetir tres ó cuatro hojas de un libro, una vez que 
las lea. Pues ¿ cómo puede menos de ser ésta una gran ven- 
taja para la adquisición de las ciencias? Diré lo que entiendo 
en el caso. Todos los que explican por mayor el arte de me- 
moria, dicen, que éste consiste, lo primero, en fijar en la ima- 
ginación cierta multitud de partes de algún todo material, 
como las de un edificio; las cuales partes sirven de lugares 
ó nichos por donde se van distribuyendo por su orden las 



OBRAS ESCOGIDAS 29! 

voces Ó especies que se van leyendo ú oyendo, y que después, 
repasando mentalmente aquellos lugares por su orden, ellos 
mismos presentados al entendimiento, van excitando sucesi- 
vamente la reminiscencia de las cosas que se colocaron en 
ellos. De suerte, que, como los mismos autores afirman, esto 
viene á ser como una escritura ó lección mental. Estámpanse 
por medio de aquel artificio los caracteres en la imaginación, 
y después se van leyendo en ella, según el orden arbitrario 
que se les quiere dar, empezando por cualquiera parte del 
edificio, y prosiguiendo en ordenó directo ó retrógado; como 
el que lee la página de un libro, empezará por la voz que qui- 
siere, é irá leyendo, ó hacia adelante ó hacia atrás, como se 
le antojare. 

Puesto esto así, me parece que en esta escritura, ó página 
mental, necesariamente ha de suceder lo que en aquel cartón 
aderezado, de que usan los músicos para ensayar sus com- 
posiciones ; esto es, que si después de ocuparle todo con al- 
guna composición, quieren estampar otra en él, es preciso 
borrar enteramente la anterior. Pongamos que todos aquellos 
lugares, imaginarios ó imaginados, están ocupados con una 
larga serie de voces, y que se quiera estampar en ellos otra 
serie distinta. Esto no puede ser sino de uno de dos modos: 
ó bien echando fuera los caracteres de la primera serie, ó 
bien cubriéndolos (que es lo mismo que borrarlos) con los de 
la segunda, y tanto uno como otro viene á ser un total olvido 
de ellos. De este modo se entiende bien, que la memoria ar- 
tificial sirva para la obstentación de repetir muchos centena- 
res de voces ó muchas páginas de un libro, y con todo, sea 
enteramente inepta para las ciencias y otros usos convenien- 
tes á la vida humana, porque nunca se sabrá, en virtud de 
ella, sino lo que se aprendió el último día. 

Tengo propuesto á vuestra reverencia lo que alcanzo en 
orden al arte de memoria, ó por mejor decir, lo que no al- 
canzo, pues no es más que dudas todo lo que llevo escrito; 
así, ni puedo aconsejar ni disuadir á vuestra reverencia el uso 
de este medio para mejorar su memoria. Si quisiere tentarle, 
hay muchos libros, según dice el señor Brancaccio, que en- 
señan el arte. Apuntaré algunos de los que él menciona: Juan 
Bautista Porta, De arte reminiscendi ; Juan Michael Alberto, 
De ómnibus ingeniis augendce memorias; Juan Romberch, 



292 FEIJOO 

Congestorium artificiosce memoi^ice ; Juan Paep Galbaico, 
Schenkelius detectus, sen Memoria a?-t{Jicialis; Juan Aguilera, 
De arte memorias; Adamo Brijeo, Simonides redivivus, sive 
Ars memorias; el padre Epifanio de Moirán, capuchino, Ars 
memorice admirabilis omnium nescientium excedens captum; 
Jacobo Publicio, florentino, De arte memorias; Jerónimo 
Megisero, De arte memorice, seu potius reminiscentice per loca 
et imagines, ac per notas et figuras manibiis positas ; Pedro 
de Ravena, Phoenix, sive Introductio ad artem memorice com- 
parandam: Francisco Contio, De arte memorice; el padre 
fray Cosme Roselio, Thesaiirus artificiosce memorice. Todos 
éstos son latinos. En castellano sólo señala dos impresos: 
Juan Velázquez de Acevedo, El Fénix de Minerva jy Arte de 
memoria, y Francisco José Artiga, Epitome de la elocuencia 
española. En portugués uno, Alvaro Ferreira de Vera, Tra- 
tado de memoria artificiosa. 

El libro de Ars memorice vindicata, discurro se hallará en 
Madrid ; pues el que yo tengo, allí se compró. Fácil le será á 
vuestra reverencia adquirirle, si quisiere noticia de más auto- 
res. Nuestro Señor guarde á vuestra reverencia, etc. 

Antes de dar al público la carta precedente, me pareció 
preciso instruirme más en el asunto, por medio de uno ú 
otro libro de los que tratan del arte de memoria, ó bien para 
corregir, reformar ó mudar algo de lo que llevo dicho en la 
carta, en caso que la lectura de ellos me hiciese variar el dic- 
tamen, ó para afirmarme en el juicio, que antes tenía hecho, 
si la lectura me diese motivo para ello. Esto segundo fué lo 
que sucedió. A pocas diligencias que hice, adquirí dos libros 
de los que buscaba: el primero. El Fénix de Minerva, im- 
preso en Madrid el año de 1626, su autor don Juan Velázquez 
de Acevedo; el segundo. El Asombro elucidado de las ideas, 
compuesto por el conde de Nolegar Giatamor, italiano, im- 
preso también en Madrid el año de lySS. 

Era natural discurrir, que éste, como tan moderno, y pos- 
terior al otro más de un siglo, propusiese mucho más adelan- 
tado el arte; pero realmente no es así. Nada más enseña el 
moderno que el antiguo; porque aunque es mucho mayor el 
volumen, sólo una cuarta parte de él ocupa la enseñanza teó- 
rica y práctica del arte. De que se puede inferir, no sólo que 



OBRAS ESCOGIDAS 298 

el arte de memoria no logró algún adelantamiento desde que 
escribió Acevedo, mas también, que éste supo cuánto ha sa- 
lido á la luz pública, siendo verosímil que el conde italiano 
no se resolviera á escribir sobre el asunto, sin consultar antes 
los autores que mejor le hubiesen tratado; y pues nada más 
nos enseña que el español, debemos persuadirnos á que éste 
nos excusa todos los demás libros. A que añado dos ventajas 
que hallo en el autor español respecto del italiano. La prime- 
ra, más método, claridad y limpieza en explicarse. La se- 
gunda varias advertencias muy oportunas, que me represen- 
tan en él mayor penetración del arte. Mas en cuanto al fondo, 
ya he dicho, que ni uno ni otro autor me hicieron variar el 
juicio que proferí en la carta, y aun no sé si le hice algo más 
bajo. Ni pienso que el lector sea de otro dictamen que el mío, 
después que le dé un compendio del arte. 



IDEA DEL ARTE DE MEMORIA 

El fundamento de él, como le proponen los dos autores, 
consiste en cuatro cosas, á quienes voluntariamente é impro- 
piamente han dado los nombres de esfera^ transcendentes^ pre- 
dicamento y categorías. Esfera es un edificio de dos altos, en 
cada uno de los cuales hay cinco cuadras ó aposentos segui- 
dos ó á un andar, con puerta de unos á otros. El todo del 
edificio es lo que se llama esfera; apellidan hemisferio infe- 
rior al primer alto, y hemisferio superior al segundo; á los 
cuartos ó aposentos dan el nombre de transcendentes. Predi- 
camentos son cinco lugares que se designan en cada cuadra; 
esto es, los cuatro ángulos y el centro. Estos sirven para co- 
locar en ellos mentalmente las imágenes de las voces ó cosas 
que se quieren mandar á la memoria, y se admite que se co- 
loquen en cada uno hasta siete imágenes, á quienes, con la 
misma impropiedad que á todo lo demás, se da el nombre de 
categorías. La primera ó principal se llama fundamento ; la 
segunda se pone sobre la cabeza de ésta, la tercera á los pies, 
la cuarta al lado derecho, la quinta al izquierdo, la sexta de- 
lante, la séptima detrás. Llaman á la segunda cénit., á la ter- 
cera nadir .^ la cuarta oriente., la quinta poniente., la sexta me- 
diodía, la séptima septentrión. 



294 F E I J o o 

El uso de este artefacto mental es el siguiente : vanse colo- 
cando imaginariamente en los lugares expresados las imágenes 
de las voces ó cosas que se quiere depositar en la memoria, 
empezando por el hemisferio inferior. Si las voces ó cosas 
que se quiere memorar no pasan el número de cincuenta, 
basta usar de los predicamentos, sin llegar á las categorías; 
esto es, basta colocar cinco imágenes en cada transcendente ó 
cuadra, una en cada ángulo y otra en el centro; porque sien- 
do diez los transcendentes de los hemisferios, con cinco en 
cada uno se absuelve el número quincuagenario. Mas si se 
excediere de ese número, son menester más imágenes, y por 
consiguiente, más lugares donde acomodarlas. Pongamos 
que son ciento y cincuenta las voces ó cosas; en este caso se 
usa, demás de la imagen principal de cada predicamento, á 
quien llaman primera categoría, de otras dos en cada uno, 
poniendo una en la cabeza de la imagen principal, y otra á 
los pies, que es lo mismo que usar de la segunda y tercera 
categoría, llamadas cénit y nadir. Vienen á tocar de este mo- 
do á cada transcendente quince imágenes, y á todos diez 
transcendentes ciento y cincuenta. Si pasaren de este número 
las voces ó cosas, se añadirán en cada predicamento más ca- 
tegorías. Y porque puede suceder ser el número tan grande, 
que no basten todas siete categorías, se previene, que el que 
se quiere dar á la práctica de este arte, no tenga una esfera 
sola, sino dos ó tres ó más. Fuera de que, para otro efecto es 
menester tener muchas esferas; conviene á saber, unas para 
conservar en ellas permanentemente estampado lo que se 
quiere retener por mucho tiempo ó siempre en la memoria; 
otras para el uso transitorio de repetir luego por ostentación 
algún número considerable de voces que se han dado para 
prueba. En las primeras ha de repetir la imaginación la ins- 
pección de las mismas imágenes, para que nunca se borren. 
En las segundas, al contrario, se han de borrar, después de 
aquel uso pasajero, las imágenes estampadas, para que los 
mismos lugares sirvan á colocar otras cuando se quiera, lo 
cual se logra no pensando más en ellas, con que vienen á ol- 
vidarse. 

Quieren los maestros del arte, que el edificio que llaman 
es/era sea, si pudiere hallarse, realmente existente ; porque 
aunque en defecto de éste, puede usarse de uno puramente 



OBRAS ESCOGIDAS 295 

fabricado por la imaginación, aquel es mucho más cómodo; 
porque mediante la repetida inspección ocular de él, se es- 
tampa acá dentro una especie suya mucho más clara, lo que 
conduce para que las imágenes colocadas se ofrezcan á la 
mente con más viveza. 

Adviértase, que la disposición de lugares, mediante la es- 
fera ó edificio de dos altos, dividido cada uno en cinco cua- 
dras, no es absolutamente necesaria, pues se puede usar de 
otras diferentes, á arbitrio de cada uno. Pongo por ejemplo, 
se podrá destinar al mismo fin un gran templo, en cuyas bó- 
vedas, columnas, capillas, altares y estatuas, se pueden colo- 
car mayor cantidad de imágenes que en la esfera propuesta; 
pues en los varios miembros de cada estatua se pueden po- 
ner distintas imágenes. Y puede usarse, no sólo de un tem- 
plo, sino de cuatro, cinco ó más. Del mismo modo puede 
servir un pedazo de territorio compuesto de montes, llanos, 
varias heredades, muchas casas, etc., que todo se registre de 
un sitio, y á este tenor otros cualesquiera complejos materia- 
les divisibles en muchas partes. Cuéntase que Pedro de Rá- 
vena, que fué de los más famosos en el uso del arte de la 
memoria, ó lo cuenta él mismo, que tenía ciento y diez mil 
lugares donde colocar las imágenes, lo que yo apenas puedo 
creer. 

Sea ésta ó aquella la disposición y variedad de lugares, se 
recomiendan como esencialísimas cuatro cosas. La primera, 
que se registre muchas veces con la vista aquel todo mate- 
rial, cuyas partes han de servir de lugares. La segunda, que 
la imaginativa, con un largo ejercicio, se los familiarice de 
modo, que cuando quiera se los haga presentes con tal clari- 
dad, que en alguna manera la presencia imaginaria equivalga 
á la física. La tercera, que á los lugares se dé orden numé- 
rico de primero, segundo, etc. La cuarta, que con una larga 
aplicación adquiera la facilidad de llevar prontamente la 
imaginación á cualquiera ó cualesquiera número de los luga- 
res. Esta última diligencia sólo parece precisa para cuando, 
al que posee el arte de memoria, se le pida que repita voces, 
versos ó sentencias con tal ó tal orden, que determine el que 
quiere hacer la prueba. Son, pongo por ejemplo, cien voces 
las que ha de repetir. Pídenle que no sólo las repita según el 
orden en que se le han dicho ó leído, sino, ó salteadas, ya 



uniformemente, como de tercera en tercera, ya diformemen- 
te como de primera á cuarta, á décima, á décimanona, etc., ó 
con orden inverso, empezando en la última y acabando en la 
primera, ó empezando en alguna intermedia, como en la sep- 
tuagésimaquinta, y de allí, procediendo, ya con orden direc- 
to, ya retrógrado, ya salteando, ya sin saltear. 

Puestas todas estas disposiciones, cuando llega el caso de 
mandar á la memoria alguna serie de voces ú objetos, se van 
colocando por su orden las imágenes representativas de ellos 
en los lugares preparados. Esto llaman escribir mentalmente. 
Y después para repetir de memoria, con remirar por el mis- 
mo orden aquellos lugares, se van hallando en ellos las imá- 
genes puestas; lo que viene á ser leer mentalmente, y por las 
imágenes se viene en conocimiento de las voces ú objetos. 

Dase aquí el nombre de imagen á todo aquello que es ca- 
paz de excitar la idea de lo que se quiere recordar, ó sea por 
identidad, ó por semejanza, ó por analogía, ó por simboliza- 
ción, etc. Se usa de la identidad cuando lo que se quiere 
recordar es algún objeto material visible y conocido; y de los 
otros medios, cuando al objeto falta alguna de aquellas cir- 
cunstancias. Pongo por ejemplo: quiero acordarme de veinte 
hombres, conocidos míos, que se hallan juntos en un banque- 
te. Aquí uso de la identidad, poniéndolos á ellos mismos 
(esto es, la idea propia de ellos), Juan, Francisco, Pedro, etc., 
en los lugares preparados. Pero si me diesen los nombres de 
muchos hombres, que no conozco, usaré de la semejanza, 
poniendo en los lugares otros de los mismos nombres, que 
conozco. Si me diesen cosas inmateriales, como una larga 
serie de virtudes, pondría en los lugares algunos símbolos de 
ellas, ó cosas materiales, que me exciten su idea, como por 
la Fe, una mujer con un velo en los ojos; por la Fot'tale^a \in 
Sansón, ó un Hércules despedazando á un león. 

Pero aquí ocurre una gravísima dificultad, de que los seño- 
res maestros de el arte en ninguna manera se hacen cargo. 
Convengo en que no hay ente ú objeto alguno, ni visible, ni 
invisible, ni conocido, ni incógnito, ni espiritual, ni corpóreo, 
cuya memoria no se pueda excitar mediante alguna imagen 
material. Pero pregunto: ¿estas imágenes se han detener 
prevenidas de antemano en la mente para todo aquello que 
ocurra mandar á la memoria, ó se han de inventar de pronto, 



OBRAS ESCOGIDAS 297 

según se fueren proponiendo varias voces ú objetos? Siendo 
indispensable lo uno á lo otro, afirmo, que habrá poquísiiBOs 
hombres en el mundo á quienes no sea uno y otro imposible. 
Para lo primero, es menester formarse un tesoro inmenso de 
imágenes; esto es, congregar tantas, cuantos entes distintos 
hay en el mundo, y tenerlas todas presentísimas para cuando 
llegue la ocasión. Más: es menester tener imágenes represen- 
tativas de todos los verbos, con todas las variaciones de tiem- 
pos ; de todas las dicciones gramaticales, como pronombres, 
preposiciones, conjunciones, adverbios, etc. Y aun no basta 
todo esto, pues ninguna de todas esas imágenes pueden ser- 
vir para cuando quieran probar al que posee el arte de me- 
moria, con muchas voces, formadas á arbitrio, bárbaras ó no 
significativas. Para lo segundo se requiere un discurso de 
prontísima inventiva y extrema agilidad, cual en ninguno ó 
rarísimo hombre se hallará. 

Agrávase en uno y otro la dificultad con la advertencia que 
hacen los maestros de el arte, que para que se logre el fin no 
bastan cualesquiera imágenes de especial energía y viveza, 
para que hagan impresión fuerte en la imaginativa; y así, 
quieren que se representen con alguna acción, que dé golpe 
enlámente. Pongo por ejemplo: para recordar este objeto 
cuchillo^ no bastará colocar su imagen sola en el lugar corres- 
pondiente, sino circunstanciada y puesta en acción, de modo, 
que haga impresión viva en el celebro. Verbi-gracia, se pon- 
drá en el lugar un hombre, que á otro está hendiendo la ca- 
beza con un cuchillo. Digo, que este precepto aumenta mucho 
la dificultad, que tiene, así la congregación previa de tantos 
millares de imágenes, como la repentina invención de ellas. 
Yo me imagino, que á algunos se acabará la vida antes que 
logren todo el aparejo necesario de lugares é imágenes. 

Pero demos ya vencida esta gravísima dificultad. Aún resta 
otra muy grande, que es traer á la memoria toda la serie de 
imágenes, que se han colocado en los lugares, cuando éstas 
son muchas. Convengo por ahora en que este artefacto men- 
tal auxilie algo la memoria, y que sea mucho más fácil recor- 
dar las voces ó los objetos por medio de las imágenes forma- 
das y distribuidas en el modo dicho, que sin ellas. Pero no 
veo cómo quien no puede recordar diez voces, que acaban 
de leerle, parando la mente en las mismas voces, pueda recor- 



298 FEIJOO 

díir doscientas imágenes representativas de doscientas voces 
6 de doscientos objetos. 

Confirmarán, ó harán más sensible todo lo que llevo refle- 
xionado, dos ejemplos, de que usan, así el conde de Nolegar 
como don Juan Velázquez, para enseñar la práctica de el 
arte. El primero se propone en esta copla : 

Fénix divina 
de tan bellas alas , 
humilde y piadosa 
al cielo te ensalzas. 

Oigamos ahora al conde de Nolegar aplicar las reglas del 
arte para recordar esta copla. 

«Para el verso primero (dice) de esta copla, se pondrá en 
el primer predicamento de la esfera, entrando á la derecha, 
el ave fénix, y en la cabeza se le pondrá una tiara ú otra cosa 
de la Iglesia, pues para material no se puede aplicar otra cosa 
á la dicción divina; y se hará con esta y demás imágenes una 
ó dos reflexiones, como preguntándose á sí mismo lo que 
significa un fénix, que tenga una tiara en la cabeza, y refirien- 
do entre si fénix divina, fénix divina; y se pasará al segundo 
predicamento de la mano izquierda para el segundo verso, y 
se podrá poner un tambor con una vara ó palillo, con que se 
toca, y esta vara ó palillo explicará la palabra de ú otra cual- 
quiera, que sirva en algún abecedario, porque ésta es sola- 
mente cuestión de nombre, adecuado al uso de nuestro común 
conocimiento; pero como esto de imágenes á ninguno se le 
debe mostrar (quiere decir, que cada uno puede elegir las 
que quisiere), por esto no será ocasión de argüir si son ade- 
cuadas al conocimiento físico, ó no ; y si los filósofos quieren 
tomar el negro por el colorado, y el azul por verde, lo podrán 
hacer con gran facilidad, y no encontrarán de este modo 
opositores, aunque se imaginen el papel por madera, y el 
hierro por papel, etc. Con que, vamos á nuestro propósito. 
La baqueta del tambor nos servirá para la palabra de, imagi- 
nando, que estando para tocarle, dice el atambor de, y la caja 
tan, y allí mismo pusiera dos mujeres bellas, asentadas junto 
al tambor, y á sus pies les pondría dos alas ; y refiriendo lo 
del segundo predicamento, dijera : De tan bellas alas. En el 
tercer predicamento, á la derecha, frente de el primer predi- 



OBRAS ESCOGIDAS 299 

camento, adonde está el primer verso, pusiera una mujer de 
rodillas, y que ésta fuera una señora de elevada clase, puesta 
en traje pobre, pidiendo á un juez por un pobre condenado á 
un presidio, el que también estuviera allí presente con una 
cadena, y con esta imagen explicaría, refiriendo en mi mente 
la imagen y las palabras de este tercer verso, humilde y pi.-- 
dosa. En el cuarto predicamento pusiera un pedazo de alfom- 
bra ó cosa que comenzara con al, y me sirviera de sola esta 
sílaba, y á ésta le cosiera un cielo de cama, y dijera : Al cielo; 
y para la palabra te ensal^as^ pusiera á un sacerdote alzando 
á su Majestad, y que el ayudante le llegara á dar un poco de 
sal, y diría: Ten sal^ al^as ; en cuya imagen se cometía la 
figura apentesis, y refiriendo, dijera: Te ensalmas. ^y 

El segundo ejemplo que ponen esos dos versos, ó llámense 
dos pies de verso de arte mayor : 



Pongan, Señor, el medio y el gobierno 
los altos atributos de tu esencia. 



«Para ponerse en la memoria (prosigue el de Nolegar) es- 
tos versos, pusiera yo sobre mi mesa, en que escribo, á la 
derecha, adonde tengo el tintero, una esclava ó negra con 
un cesto, y en él dos gallinas echadas, y junto á la esclava su 
señor, el marqués ó duque de Tal, que entrando en mi cuarto, 
fuera á espantar las gallinas, y que la esclava decía: Pongan^ 
Señor ; y al lado derecho de la esclava un medio celemín^ que 
de ordinario llaman el medio^ y á la izquierda una cadena, 
que significa la Y, ó un poco de hiel^ que dijera j^t^/; y por el 
gobierno pusiera delante, como admirado, un gobernador, de 
los muchos que conozco, y hiciera reflexión, que dijera : Pon- 
gan. Señor ^ el medio y el gobierno ; y por el otro verso ima- 
ginaría así : pusiera dos ó tres maderos, con algunas tejas, 
tomando esta parte por el todo de los altos de una casa, que 
es la madera y tejado ; y para atributos pusiera dos príncipes 
tributarios, con una imagen de la A en la cabeza, ó uno que 
fuera á cobrar tributos ; y si se llamase Andrés, sería mejor, 
pues podía servir de imagen la ^4 ; y haciendo alguna memo- 
ria que de ella se ha de comer, fácil sería acordarse que tra- 
jera Andrés por la A atributos-; y á los pies de este cobrador 
pusiera un alambique de quintas esencias, ó destilador^ con 



3oO F E I J o o 

un vidrio lleno de agua, quinta esencia ya sacada, y que estu- 
viera cuidadoso, que no se le quebrase con los pies; y junto 
al tal vidro pusiera un palillo ó baqueta de atambor, que fue- 
se de hierro, para más memoria de que no se quebrase; que 
ésta ya, como hemos dicho, podía ponerse en algún abeceda- 
rio, que dijera : De tu; y de esta manera, cuando me fuera á 
escribir, me acordaría, que á la derecha tenía este verso: 
Pongan^ Señor ^ el medio y el gobierno ; y á la izquierda el 
otro : Los altos atributos de tu esencia.)^ 

Paréceme, que algunos lectores, después de ver estos dos 
ejemplos del uso de el arte de la memoria, juzgarán, que más 
se escribieron por irrisión, que para enseñanza de dicho arte; 
haciendo concepto de que mucho más fácil es admirar y rete- 
ner en la memoria aquellos pequeños versos por medio de la 
mera lectura de ellos, que fijar y conservar en ella, ó en la 
imaginativa, el armatoste de tantas imágenes. Y ya se viene á 
los ojos, que si para memorar dos pequeños renglones es 
menester tanto aparato de imágenes, ¿ qué será menester 
cuando se trate de memorar una página ó una hoja? 

Sea lo que fuere de esto, lo que juzgo absolutamente impo- 
sible es, que por este medio se ejecuten aquellos prodigios 
de memorar, que jactan ó refieren los que han escrito del 
arte de memoria, como que algunos repetían al pié de la letra 
todo un sermón luego que le oían. Un sermón, por más cor- 
to que sea, constará de cuatro ó cinco mil dicciones. Ya 
hemos visto en los dos ejemplos propuestos, que por lo co- 
mún, para cada dicción es menester una imagen. Añádese, 
que á veces es menester una imagen compuesta de distintas 
imágenes, como en el ejemplo inmediato, para la voz atribu- 
tos. Esto supuesto, ocurren las siguientes reflexiones. Pri- 
mera : el que predica no deja algún intervalo entre dicción y 
dicción, esperando á que el artista oyente discurra ó invente 
imagen correspondiente á cada una, luego que la articula, y 
mucho menos para que después de discurrida y colocada, re- 
pita entre sí dos veces la dicción, como prescriben Velázquez 
y Nolegar. Segunda : aun cuando tuviera tiempo para uno y 
otro, resta la dificultad de que al acabarse el sermón se 
acuerde prontamente, por su orden, de cuatro ó cinco mil 
imágenes que inventó. Para est,o es menester, que tenga una .- 
insigne memoria natural ; y teniéndola, excusa la artificial. 



OBRAS ESCOGIDAS 3oi 

Tercera : más difícil parece acordarse de las dicciones por 
medio de las imágenes, que recordar inmediatamente las mis- 
mas dicciones. Lo primero, pide las más veces para cada 
dicción acordarse de dos cosas, esto es, de la imagen y de su 
particular representación en aquel caso. La razón es, porque 
las más veces se usa de imágenes, que pueden representar 
varias dicciones distintas; pongo por ejemplo: la cadena, 
que sirve de imagen para significar la conjunción Y, en el 
ejemplo inmediato, puede también significar lo que suena; 
esto es, una cadena puede significar un esclavo, puede signi- 
ficar el amor, puede significar una cárcel, un preso, un cau- 
tivo, etc., y significará todas estas cosas, y muchas más, con 
más propiedad ó más oportuna ilusión que una Y. Con que, 
no basta acordarse, que en tal pt-edicamento ó tal categoría 
se puso una cadena; sí que es menester acordarse de que se 
puso para representar una Y, lo cual es acordarse de dos co- 
sas; pero acordarse de la Y, sin intervención de imagen, es 
acordarse de una cosa sola. 

No por eso condeno absolutamente el arte de memoria, 
Remítome á lo dicho en el párrafo octavo de la carta. Pero 
ya me parece nimia la condescendencia, que expliqué en los 
dos párrafos siguientes, sobre la repetición de quinientas ó 
mil voces. Creo, que el uso de lugares y imágenes puede ser 
provechoso en muchos casos, como para retener por su or- 
den las propuestas y textos de un sermón, los varios puntos 
y doctrinas de una lección de oposición. Mas para las prodi- 
giosas reminiscencias de que hemos hablado en la carta, le 
juzgo insuficientísímo. Y es bien que se note aquí, que, según 
los autores que tengo presentes, es necesaria una grande y 
dilatada aplicación para .hacerse corriente la práctica de el 
arte. ¿ Cómo se compone esto con lo que dice Mureto, que el 
joven veneciano Francisco Molino, con solos seis ó siete días 
de escuela, se había facilitado para repetir quinientos nom- 
bres ? Marco Antonio Mureto fué un hombre de grande erudi- 
ción y de floridísima elocuencia, mas no he visto testimonios 
que le elogien por la parte de la veracidad ; y la causa crimi- 
nal, que se le hizo en París el año de i554, y que ocasionó su 
fuga á Italia, muestra no fué de santas costumbres 




SEÑOR mió: El tono, en que vuestra merced me avisa, 
que muchos me reprenden la introducción de algunas 
voces nuevas en nuestro idioma, me da bastantemente 
á entender, que es vuestra merced uno de esos muchos. No 
me asusta ni coge desprevenido la noticia, porque siempre 
tuve previsto, que no habían de ser pocos los que me acusa- 
sen sobre este capítulo. Lo peor del caso es, que los que mi- 
ran como delito de la pluma el uso de voces forasteras, se 
hacen la merced de juzgarse colocados en la clase suprema 
de los censores de estilos, bien que yo sólo les concederé no 
ser de la ínfima. " 

Puede asegurarse, que no llegan ni aun á una razonable 
medianía todos aquellos genios, que se atan escrupulosamen- 
te á reglas comunes. Para ningún arte dieron los hombres, 
ni podrán dar jamás, tantos preceptos, que el cúmulo de ellos 
sea comprensivo de cuanto bueno cabe en el arte. La razón 
es manifiesta, porque son infinitas las combinaciones de ca- 
sos y circunstancias, que piden, ya nuevos preceptos, ya dis- 



304 F E IJ o o 

tintas modificaciones y limitaciones de los ya establecidos. 
Quien no alcanza esto, poco alcanza. 

Yo convendría muy bien con los que se atan servilmente á 
las reglas, como no pretendiesen sujetar á todos los demás al 
mismo yugo. Ellos tienen justo motivo para hacerlo. La falta 
de talento los obliga á esa servidumbre. Es menester numen, 
fantasía, elevación, para asegurarse el acierto, saliendo del 
camino trillado. Los hombres de corto genio son como los 
niños de la escuela, que si se arrojan á escribir sin pauta, en 
borrones y garabatos desperdician toda la tinta. Al contrario, 
los de espíritu sublime logran los más felices rasgos cuando 
generosamente se desprenden de los comunes documentos. 
Así, es bien que cada uno se estreche ó se alargue, hasta 
aquel término que le señaló el Autor de la naturaleza, sin 
constituir la facultad propia por norma de las ajenas. Qué- 
dese en la falda quien no tiene fuerza para arribar á la cum- 
bre, mas no pretenda hacer magisterio lo que es torpeza, ni 
acuse como ignorancia del arte lo que es valentía del numen. 

Al propósito. Concédese, que por lo común es vicio del es- 
tilo la introducción de voces nuevas ó extrañas en el idioma 
propio. Pero ¿por qué? Porque hay muy pocas manos, que 
tengan la destreza necesaria para hacer esa mezcla. Es me- 
nester para ello un tino sutil, un discernimiento delicado. 
Supongo, que no ha de haber afectación, que no ha de haber 
exceso. Supongo también, que es lícito el uso de voz de idio- 
ma extraño cuando no la hay equivalente en el propio; de 
modo que, aunque se pueda explicar lo mismo con el com- 
plejo de dos ó tres voces domésticas, es mejor hacerlo con 
una sola, venga de donde viniere. Por este motivo, en menos 
de un siglo se han añadido más de mil voces latinas á la len- 
gua francesa, y otras tantas y mu«..has más, entre latinas y 
Jrancesas, á la castellana. Yo me atrevo á señalar en nuestro 
nuevo diccionario más de dos mil, de las cuales ninguna se 
hallará en los autores españoles, que escribieron antes de 
empezar el pasado siglo. Si tantas adiciones hasta ahora fue- 
ron lícitas, ¿porqué no lo serán otras ahora? Pensar, que ya 
la lengua castellana, ú otra alguna del mundo, tiene toda la 
extensión posible ó necesaria, sólo cabe en quien ignora, que 
es inmensa la amplitud de las ideas, para cuya expresión se 
requieren distintas voces. 



OBRAS ESCOGIDAS 3o5 

Los que á todas las peregrinas niegan la entrada en nuestra 
locución, llaman á esta austeridad, j?wrejfa de la lengua caste- 
llana. Es trampa vulgarísima nombrar las cosas como lo há 
menester el capricho, el error ó la pasión. ¡Pure!^a! Antes se 
deberá llamar po¿>re^¿z, desnudez, miseria, sequedad. He vis- 
to autores franceses de muy buen juicio, que con irrisión 
\\Q.n\2in puristas á los que son rígidos en esta materia; especie 
de secta en línea de estilo, como hay la de puritanos en pun- 
to de religión. 

No hay idioma alguno, que no necesite del subsidio de 
otros, porque ninguno tiene voces para todo. Escribiendo en 
verso latino, usó Lucrecio de la voz griega homceomería, por 
no hallar voz latina equivalente: 

Nunc Anaxagorce scrutemur hoinceomeriatn, 
Quaní grcBci vocant, nec nostra dicere lingua 
Concedit nobis patrii sermonis egestas. 

Antes de Lucrecio había ya tomado mucho la lengua latina 
de la griega, y mucho tomó después. ^' Qué daño causáronlos 
que hicieron estas agregaciones? No, sino mucho provecho. 
Críticos hay y ha habido, que aún más escrupulosos en el 
idioma latino, que nuestros puristas en el castellano, no han 
querido usar de voz alguna, que no hayan hallado en Cice- 
rón; nimiedad, que dignamente reprehende el latinísimo y 
elocuentísimo Marco Antonio Mureto; diciendo, que el mis- 
mo Cicerón, si hubiera vivido hasta los tiempos de Quinti- 
liano, Plinio y Tácito, hallaría la lengua latina aumentada y 
enriquecida por ellos con muchas voces nuevas, muy elegan- 
tes, de las cuales usaría con gran complacencia, agradeciendo 
su introducción ó invención á aquellos autores: Equidem 
existimo Ciceronem., si ad Quintiliani^ et Plinii^ et Taciti tém- 
pora vitam producere potuisset, et romanam linguam muliis 
vocibus eleganter conformatis eorum studio auctam ac locuple- 
tatam vidisset, magnam cis gratiom habiturum, ataque illis 
vocibus cupido usurum fuisse. (Variar, lect., lib. XV, cap. L) 

A tanto llega el rigor ó la extravagancia de los puristas la- 
tinos., que algunos acusaron como delito al doctor Francisco 
Gilelfo, haber inventado la voz stapeda para significar el es- 
tribo. No había voz, ni en el griego ni en el latín, que le sig- 
nificase; porque ni entre griegos ni entre romanos, ni entre 



3o6 F E I j o o 

alguna nación conocida, se usó en la antigüedad de estribos 
para andar á caballo. Es su invención bastantemente moder- 
na; ¿porqué no se había de inventar la voz, habiéndose in- 
ventado el objeto? ¿No es mejor tener para este efecto una 
voz simple, de buen sonido y oportuna derivación, como es 
stapeda (á stante pede), que usar de las dos del Diccionario 
de Trevoux, scamilus epiphpiarius, ú de la voz scandula, que 
propone también el mismo diccionario, y es muy equívoca ; 
pues en. el Diccionario de Nebrija se ve, que significa otras 
dos cosas? 

En estos inconvenientes caen los puristas, así latinos como 
castellanos ú de otro cualquier idioma. Ó carecen de voces 
para algunos objetos, ó usan de agregados de distintas voces 
para expresarlos, que es lo mismo, que vestir el idioma de 
remiendos, por no admitir voces nuevas, ó buscarlas en algu- 
na lengua extranjera. Hacen lo que los pobres soberbios, que 
más quieren hambrear, que pedir. 

Quintiliano, gran maestro en el asunto que tratamos, dice, 
que él y los demás escritores romanos de su tiempo tomaban 
de la lengua griega lo que faltaba en la latina, y asimismo los 
griegos socorrían con la latina la suya : Confessis quoque grce- 
cis utimur verbis, ubi nostra dessunt, sicut illi á nobis nonnum- 
quam mutuantur. flnstitut, Orat., lib. I, cap. V.) ¿Se atreverá 
vuestra merced ú otro alguno á recusar, en materia de estilo, 
la autoridad de Quintiliano? 

Lo más es, que no sólo de los griegos (que al fin á éstos 
los veneraban, en algún modo, como maestros suyos) se so- 
corrían los romanos en las faltas de su lengua, mas aun de 
otras naciones, á quienes miraban como bárbaras. En el mis- 
rao Quintiliano se lee, que tomaron las voces rheda y petori- 
tum de los galos; la voz mappa, de los cartagineses; la voz 
gurdus^ para significar un hombre rudo, de los españoles. 
Origen español atribuye también Aulo Gelio á la palabra lan- 
cea. A vista de esto, ¿qué caso se debe hacer de la crítica 
austeridad de los que condenan la admisión de cualquiera 
voz forastera en el idioma hispano? 

Diránme acaso, y aun pienso que lo dicen, que en otro 
tiempo era lícito uno ú otro recurso á los idiomas extraños, 
porque no tenía entonces el español toda la extensión ne- 
cesaria; pero hoy es superfluo, porque ya tenemos voces 



OBRAS ESCOGIDAS Soy 

para todo. ¿ Qué puedo yo decir á esto, sino que alabo la sa- 
tisfacción ? En una clase sola de objetos les mostraré, que 
nos faltan muchísimas voces. ¿Qué será en el complejo de to- 
das? Digo en una clase sola de objetos; esto es, de los que 
pertenecen al predicamento de acción. Son innumerables las 
acciones para que no tenemos voces, ni nos ha socorrido con 
ellas el nuevo diccionario. Pondré uno ú otro ejemplo. No 
tenemos voces para la acción de cortar, para la de arrojar^ 
para la de mezclar, para la de desmenuzar, para la de excre- 
tar, para la de ondear el agua úotro licor, para la de excavar, 
para la de arrancar., etc. ¿ Por qué no podré, valiéndome del 
idioma latino para significar estas acciones, usar délas voces 
amputación, proyección, conmixtión, conminución, excreción, 
undulación, excavación, avulsión ? 

Asimismo padecemos bastante escasez de términos abstrac- 
tos, como conocerá cualquiera, que se ocupe algunos ratos 
en discurrir en ello. Fáltannos también muchísimos partici- 
pios. En unos y otros los franceses han sido más próvidos 
que nosotros, formándolos sobre sus verbos ó buscándolos 
en el idioma latino. ¿ No sería bueno que nosotros los forme- 
mos también, ó los traigamos del latín ó del francés ? Qué 
daño nos hará este género peregrino, cuando por él los ex- 
tranjeros no nos llevan dinero alguno? 

Así, aunque tengo por obras importantísimas los dicciona- 
rios, el fin, que tal vez se proponen sus autores, de fijar el 
lenguaje, ni le juzgo útil ni asequible. No útil, porque es ce- 
rrar la puerta á muchas voces, cuyo uso nos puede convenir; 
no asequible, porque apenas hay escritor de pluma algo suel- 
ta, que se proponga contenerla dentro de los términos del 
diccionario. El de la Academia Francesa tuvo á su favor to- 
das las circunstancias imaginables para hacerse respetar de 
aquella nación. Sin embargo, sólo halla dentro de ella una 
obediencia muy limitada. Fuera de que, verisímilmente no 
se hizo hasta ahora para ninguna lengua diccionarijo, que 
comprehendiese todas las voces autorizadas por el uso. Com- 
puso Ambrosio Calepino un diccionario latino de mucha ma- 
yor amplitud que todos los que le habían precedido. Vino 
después Conrado Gesnero, que le añadió millares de voces. 
Aumentóle también Paulo Manucio,y en fin, Juan Paseracio, 
La-Zerda, Chiflet y otros; y después de todo, aún faltan en 



3o8 F E I j o o 

él muchísimos vocablos, que se hallan en autores latinos 
muy clásicos. 

Luego que en el párrafo inmediato escribí la voz asequible^ 
me ocurrió mirar si la trae el Diccionario de nuestra Acade- 
mia. No la hay en él. Sin embargo, vi usar de ella á castella- 
nos, que escribían y hablaban muy bien. Algunos juzgarán, 
que posible es equivalente suyo, pero está muy lejos de serlo. 

Ni es menester, para justificar la introducción de una voz 
nueva, la falta absoluta de otra que signifique lo mismo: bas- 
ta que la nueva tenga ó más propiedad ó más hermosura ó 
más energía. Mr. de Segrais, de la Academia Francesa, que 
tradujo la Eneida en verso de su idioma nativo, y es la mejor 
traducción de Virgilio, que pareció hasta ahora, llegando á 
aquel pasaje, en que el poeta, refiriendo los motivos del eno- 
jo de Juno contra los troyanos, señala por uno de ellos el 
profundo dolor de haber Páris preferido á su hermosura la 
de Venus : 

Manet alta mente repostum 
yudtcium Paridis, spretceque injuria forntce. 

Trasladó el último hemistiquio de este modo : 

Sa beaute meprisee, intpardonable injure. 

Repararon los críticos en la voz impar donable^ nueva en el 
idioma francés ; y hubo muchos, que por este capítulo la re- 
probaron, imponiéndole su inutilidad, respecto de haber en 
el francés la voz irremisible^ que significa lo mismo. No obs- 
tante lo cual, los más y mejores críticos estuvieron á favor 
de ella, por conocer que la voz impardonable^ colocada allí, 
exprime con mucha mayor fuérzala cólera de Juno, y el con- 
cepto que hacía de la gravedad de la ofensa, que la voz irre- 
misible. Y ya hoy aquella voz, que inventó Mr. de Segrais, 
es usada entre los franceses. 

Pero es á la verdad para muy pocos el inventar voces ó 
connaturalizar las extranjeras. Generalmente la elección de 
aquellas que, colocadas en el período, tienen ó más hermo- 
sura ó más energía, pide numen especial, el cual no se ad- 
quiere con preceptos ó reglas. Es dote puramente natural; y 
el que no la tuviere, nunca será ni gran orador ni gran poeta. 



9 



OBRAS ESCOGIDAS SOQ 

Esta prenda es quien, á mi parecer, constituye la mayor ex- 
celencia de la Eneida. En virtud de ella, daba Virgilio á la 
colocación de las voces, cuando era oportuno, aquel gran 
sonido con que se imprime en el entendimiento ó en la ima- 
ginación una idea vivísima del objeto. Tal es aquel pasaje, 
cuya parte copié arriba: 

Necdum etiant causee irarum, scevique dolores 
Exciderant animo: tnanef alta mente repostuvt 
yudiciuM. Paridis, spretaque injuria form-ce . 

Dentro de pocas voces, ¡qué pintura tan viva, tan hermosa, 
tan expresiva, tan valiente, de la irritación de la diosa, y de 
la profunda impresión que había hecho en su ánimo la inju- 
ria de anteponer á la suya otra belleza! Donde es bien adver- 
tir que el síncope repostum es de invención de Virgilio, y no 
introducido sólo á favor de la libertad poética, sino porque 
aquella nueva voz, ó nueva modificación de la voz repositum., 
da más fuerza á la expresión. 

No sólo dirige el numen ó genio particular para la intro- 
ducción de voces nuevas ó inusitadas, mas también para usar 
oportunamente de todas las vulgarizadas. Ciertos rígidos 
Aristarcos generalísimamente quieren excluir del estilo serio 
todas aquellas locuciones ó voces, que, ó por haberlas intro- 
ducido la gente baja, ó porque sólo entre ella tienen frecuente 
uso, han contraído cierta especie de humildad ó sordidez plebe- 
ya; y un docto moderno pretende ser la más alta perfección del 
estilo de don Diego Saavedra, no hallarse jamás en sus escritos 
alguno de los vulga7'ísimos que hacinó Quevedo en el Cuento 
de cuentos., ni otros semejantes á aquellos. Es muy hermoso 
y culto ciertamente el estilo de don Diego Saavedra, pero no 
lo es por eso; antes afirmo que aun podría ser más elocuente 
y enérgico, aunque tal vez se entrometiesen en él algunos de 
aquellos vulgarísimos. 

Quintiliano, voto supremo en la materia, enseña que no 
hay voz alguna, por humilde que sea, á quien no se pueda 
hacer lugar en la oración, exceptuando únicamente las torpes 
ú obscenas: Ómnibus ferc verbis, prceter pauca, quce sunt pa- 
rum verecunda, in oratione locus csl. Y poco más abajo, sin la 
limitación de la partícula /ere, repite la misma sentencia: 
Omnia verba (exceptis de quibus dixi) sunt alicubi óptima, et 



3lO FEI J o o 

humilibus interdum, et vulgaribus est opus. (Instituí. Orat., 
lib. I, cap. I.) Y en otra parte pronuncia que á veces la misma 
humildad de las palabras añade fuerza y energía á lo que se 
dice: Vim. ?'ebus aliquando, et ipsa verborum hwnilitas affert. 
(Libro VIII, capítulo III.) 

Un sujeto por muchas circunstancias ilustre, leyendo en el 
primer tomo del Teatro crítico aquella cláusula primera del 
discurso, que trata de los cometas: «Es el cometa una fanfa- 
rronada del cielo contra los poderosos del mundo,» la cele- 
bró como rasgo de especial gala y esplendor. Convendré en 
que haya sido efecto de su liberalidad el elogio; pero si en la 
sentencia hay algún mérito para él, todo consiste en el opor- 
tuno uso de la y oz fanfarronada , la cual por sí es de la clase 
de aquellas que pertenecen al estilo bajo; con todo, tendría 
mucha menos gracia y energía si dijese : « Es el cometa una 
vana amenaza del cielo,» etc. Siendo así, que la significación 
es la misma, y la locución vana amenaza nada tiene de humil- 
de ó plebeya. Vea vuestra merced aquí verificada la máxima 
de Quintiliano: Vim rebus aliquando, et ipsa verborum humi- 
litas affert. 

De esto digo lo mismo que dije arriba en orden á inventar 
voces ó domesticar las extranjeras. No pende del estudio ó 
meditación, sí sólo de una especie de numen particular, ó llá- 
mese imaginación feliz, en orden á esta materia. El que la 
tiene, aun sin usar de reflexión, sin discurrir, sin pensar en 
ello, encuentra muchas veces las voces más oportunas para 
explicarse con viveza ó valentía, ya sean nobles, ya humildes, 
ya paisanas, ya extranjeras, ya recibidas en el uso, ya forma- 
das de nuevo. El que carece de ella no salga del camino tri- 
llado, y mucho menos se meta en dar reglas en materia de 
estilo. Pero en esto sucede lo que en todas las demás cosas. 
Condena los primores quien, no sólo no es capaz de ejecu- 
tarlos, mas ni aún de percibirlos; que también el discernirlos 
pide talento, y no muy limitado. 

Creo haber dejado á vuestra merced satisfecho sobre el 
asunto de su carta, y yo lo estaré de que vuestra merced tiene 
el concepto debido de mi amistad, si me presentare muchas 
ocasiones de ejercitar el afecto que le profeso, etc. 



ÍNDICE 



PÁG. 



V 



EL PADRE FEIJOO 

Música de los templos ^ ^ 

Paralelo de las lenguas castellana X francesa 4'^ 

Defensa de las mujeres ^^^ 

Las modas • • °7 

Sabiduría aparente 99 

Mapa intelectual X cotejo de naciones ii'3 

Amor de la patria X pasión nacional i35 

Fisionomía '-'9 

Impunidad de la mentira 1^9 

Ra^ón de el gusto "^^^ 

El no sé qué ^^7 

Verdadera y falsa urbanidad '^^^ 

Abusos de las disputas verbales ^7^ 

Arte de memoria ^^^ 

Introducción de voces nuevas ^^^ 



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