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OBRAS 



DE 



MANUEL GUTIÉRREZ NÁJERA 



PROSA 



^^oi*:" 






TOMO PRIMERO 



MÉXICO 

Tip. DE LA Oficina Impresora del Timbre h 

PALACIO NACIONAL 

1898 



INTRODUCCIÓN 



Con temores de niño, entremezclados de pueril alegría, abro 
poco á poco la puerta del estudio. No quiero meter ruido ni lla- 
mar sobre mí la atención de los muchos curiosos que esperan 
impacientes. 

Era Justo Sierra quien debía pronunciar el discurso de aper- 
tura de la artística exposición; era él quien debía venir, majes- 
tuoso y risueño, como siempre, á dar su erudita conferencia acer- 
ca de estas obras y á demostrar, con el encanto de su palabra, la 
superioridad del maravilloso y joven autor. De modo que mi 
presencia va á producir murmuraciones de descontento. ¡Ah! 
pero á la vez, cómo me envanece y me entusiasma y me cosqui- 
llea el corazón un presuntuoso sentimiento de orgullo! Me per- 
sigue la insiniiación acariciadora; el eco de la voz del maestro 
se ha quedado en mi oído, como el nnnordel mar en el caracol: 

— No puedo ir; vé tú, anuncíame para la clausura. 

Ya sé que no fué Justo Sierra el que me eligió, sino la suerte. 
Yo era el que estaba cerca, el que había ayudado á colocar los 
cuadros, á clavar los tapices, á escoger la orfebrería, á escribir 
el catálogo, y por eso, con su habitual y bondadosa confianza, el 
maestro me dijo: — Vé. 



rv INTRODUCCIÓN 



Otros discípulos lo harían mejor, es claro; pero no estaban 
presentes, y urgía no hacer esperar más al público, cuya inquie- 
tud y malestar iban tomando formas alarmantes. 

Vacilé; me aturdió un poco la sorpresa, y respondí sin saber 
lo que decía. Pero ya pasó ese instante de turbación, y obedezco. 
Cruzo por entre la multitud, con los ojos bajos, por miedo de 
encontrar semblantes hoscos ó caras burlescas, y, dominando 
mis temores y mi alegría, abro poco á poco la puerta del estudio. 
Ya está abierta de par en par; entro, oigo los pasos suaves y las 
voces veladas de los que me siguen; casi siento su contrariedad 
y su desencanto; cuchichean. ¿Qué dirán de mí? No, no vuelvo 
la cabeza, porque entonces puedo perder mi decisión y mi segu- 
ridad. Vamos; á subir al sillón de la cátedra; á sentarse. ¡Qué 
gentío! Y en un rincón, un grupo de amigos maliciosamente ri- 
sueños. Esto es irremediable; un esfuerzo, un reconocimiento 
de la voz. . . . 

Señores: 

Ivas obras que hoy se presentan á vuestra vista, han sido es- 
cogidas por manos piadosas entre la estupenda suma de trabajos 
con que Manuel Gutiérrez Nájera, durante dos décadas, llenó la 
prensa nacional hasta colmarla. La mayor parte de estas obras 
está compuesta de bocetos, de esquemas, de apuntes y dibujos 
ejecutados á la ligera, con la precipitación del obrero que se ve 
precisado á terminar su tarea para ganarse el jornal íntegro. 
Ivienzos acabados, estudios completos, hay pocos; pero así, po- 
cos como son los cuadros que el artista concluyó, y muchos los 
proyectos que sólo esbozó, delineándolos con una ideal y exqui- 
sita finura, unos y otros muy á las claras muestran, como veréis, 
así la sabiduría del técnico como la sensibilidad del pensador y 
del poeta. 

Era difícil, en verdad, y más que difícil, laborioso, y más que 



INTRODUCCIÓN 



laborioso, delicado, entresacar del enorme acervo acumulado en 
veinte años, estas filigranas de oro virgen, que son como piezas 
de una maquinaria, diseminadas en todas partes, y que una pa- 
ciente faena logra juntar y engranar hasta rehacer, con adivina- 
ciones y tanteos, el complicado mecanismo. Porque en medio del 
desbarajuste de la inquieta vida del artista, se entreve la unidad 
de la obra. ¡Oh, sí; es extraordinario este talento de refinado que 
á diario sujetó su espíritu al duro suplicio de la producción, sin 
que la fatiga intelectual, apenas perceptible en la última época, 
le obligase á cambiar de rumbo, á buscar reposo en otras ideas 
y otros sentimientos y otro estilo que los suyos propios, que él 
adquirió, asimilándose, en un principio, elementos que respon- 
dían á su temperamento, y que, más tarde, dominó, vaciándolos, 
por fin, en un molde definitivo y peculiar. Figuraos un lapida- 
rio que se ocupase en pulir un diamante, y que hoy, y mañana, y 
todos los días, puliese una faceta de la piedra preciosa. Esta fué 
la constante ocupación del artífice: limpiar y bruñir el estilo 
para que la luz se descompusiese en el prisma de cristal, y esta- 
llase en los colores del iris ante la mirada embebecida. A veces 
las aristas no son muy suaves, ni las caras muy tersas: hay lu- 
gares donde se echa de ver la violencia del pulimento; pero en 
conjunto, alejándose un poco, ¡qué bien que se ven cabrillear 
inesperados y fúlgidos matices! 

El artista que hoy celebro había saturado su espíritu del sutil 
y enervante perfume que despiden, página á página, los moder- 
nos libros franceses. Esa expresión clara, flexible, inquieta y 
pura, la tomó de las divinas fuentes de donde mana el pensa- 
miento en una forma exacta, bella, transparente como un ropaje 
luminoso. Sólo que el Duque Job recibía este rocío fecundo en 
el ánfora de su alma, incurablemente enferma de sensibilidad 
y ternura, en donde los extraños perfumes que caían, evaporá- 
banse en una delicada y tibia fragancia, mezcla de flores y de in- 



VI INTRODUCCIÓN 



cienso. Por el tamiz de su temperamento, infinitamente piadoso, 
pasaban las ajenas concepciones que le inspiraron, como por una 
gasa azul pasan las claridades del sol. 

Ahora que vais á admirar sus composiciones, á cada paso sor- 
prenderéis en un rasgo, en una pincelada, en una linea, esta 
apostólica obsesión de consuelo, embalsamada con los últimos 
granos de mirra que el creyente pudo salvar en el arca rota de su 
fe. Tales composiciones, obra de una fantasía atacada de tranqui- 
lo delirio, fueron, apenas pensadas, traídas á la realidad, arrojadas 
al mundo exterior, con una fatigante y dolorosa precipitación. 

No lo parecen; nadie lo creería; estaban destinadas á ser efí- 
meras, á pasar al olvido en unas cuantas horas, y su autor jamás 
paró mientes en ellas, porque, de antemano, y á sabiendas, no 
quiso darles más luz que la que necesitaran para entretener y 
deslumhrar un momento á la multitud, como los fuegos ar- 
tificiales. Y se equivocó: sin quererlo, vertió mucha miel de 
alma en esos panales. Entero se reveló en esas miniaturas que 
compuso á la buena de Dios, sin previa meditación, sin esfuerzo, 
como quien ejecuta un acto normal de la vida ordinaria. De 
ahí esos ligeros desaliños, esas reminiscencias, esas rapsodias, 
que reflejan la impresión y la lectura postreras. 

¿Me permitís que os lo recuerde? Le conocí, le amé, estuve 
en perpetuo contacto con él, y le pedí la mano, á veces, para 
que me condujese en el misterioso laberinto del Arte. 

Era un madrugador, un matinal. Quizá por eso de su son- 
risa, de su mirada, de su voz, de todos sus poros, de todo su ser, 
despedía, derramándola en la atmósfera que lo circundaba, una 
suave frescura, un olor de alma en primavera, que á sus amigos 
nos hacía la impresión de una flor invisible, cuya esencia, vaga 
y desvanecida, aspiráramos lentamente. 

¡Qué gozo espontáneo el suyo, al llegar á la redacción y re- 



INTRODUCCIÓN VII 



visar la prensa, y tomar la pluma, y ponerse á garrapatear cuar- 
tillas y más cuartillas, sin aparente discernimiento ni reflexión, 
entre nosotros que discutíamos y charlábamos, parleros unos 
como golondrinas recien despiertas, y otros amodorrados aún y 
con el cansancio y el aburrimiento que deja, en el amanecer, 
una noche alegre. 

El no era de uno ni de otro bando; entre la alharaca y el tra- 
siego, escribía, escribía. Poseedor de esa cualidad tan celebrada 
en Jorge Sand por sus contemporáneos, envolvía su pensamien- 
to en una onda de silencio y de paz, que no traspasaban las agi- 
taciones de nuestros tumultos ni los ecos de nuestros bullicios. 
De vez en cuando levantaba la cabeza, y de la lumbre encenizada 
del puro, ornato sempiterno de su boca, subía, culebreando, un 
hilo de humo moreno, que, al ascender, iba destorciéndose en 
diáfanos y caprichosos arabescos. Era que buscaba en el alma- 
cén de la memoria una cita, una frase célebre, un nombre, el 
título de un libro. Y un momento después, encorvado sobre la 
mesa, con el puro abatido, y casi extinto, tornaba á su trabajo, 
y el rasgueo precipitado de su pluma producía un ligero ruido 
de roedor laborioso. El Duqiie^ ensimismado en su tarea, apa- 
rentaba no retener la cuerda loca de nuestra conversación. Y sí; 
de repente, en un rápido intervalo de silencio, oíamos, como caído 
del cielo, un á propósito^ chorreante de malicia y de chiste. Y 
todos entrábamos á tiempo en el coro de la risa. Volvíamonos 
hacia el gracioso, en cómicos ademanes de regocijo, y le veíamos 
risueño, alegre, con su fisonomía ingenua y dulce, y sus ojillos de 
Juno, de un verde diluido, relampagueando en la esclerótica 
amarillenta. 

Ah! no era hermoso: su rostro pálido — máscara mal modela- 
da — tenía una remota reminiscencia pagana; un vago total de 
sátiro joven. Ea cabeza fuerte, braquiocéfala, con el pelo cortado 
á la romana y manchado de prematura canicie; la frente asimé- 



VIH INTRODUCCIÓN 



trica, con una protuberancia que parecía una contusión, y, des- 
prendiéndose de las dos curvas de las cejas, como detenida por 
ellas, la nariz gruesa, robusta, desproporcionada, henchida de 
carne hacia la punta, hasta borrar los contornos de las fosas; y 
bajo la nariz, mal escondida por el bigote de púas enceradas 
y rígidas en horizontal constante, la boca de labios delgados, 
exangües, inclinada en una rara mueca hacia el rincón que soste- 
nía la perpetua carga del puro. Pero estas facciones sinuosas, con 
repulgos y escarpaduras — como repujadas rudamente en una lá- 
mina de hierro — dentro del óvalo imperfecto de la cara, se ani- 
maban por un esplendor interno, dulce y vivo, que punteaba 
los ojos de rápidas estrellas errantes, y por una sonrisa bonda- 
dosa y pía, consoladora como una caricia, de esas que los pinto- 
res del Renacimiento pusieron á flor de labio, en las invioladas 
bocas de las vírgenes. 

Y la testa mal modelada que, con una corona de hojas de vid, 
entretejida de mirtos, se hubiera semejado á la de un joven ca- 
prípedo, tomaba una expresión de ironía, inocente y serena, á 
cuyo sugestivo encanto íbanse borrando las líneas duras, las 
asimetrías, los defectos, como si una mano invisible retocara 
aquella fealdad extraña, dándole, de pronto, un misterioso y sub- 
yugador atractivo. Ese rostro fué una tosca vasija, donde apu- 
ramos sus compañeros el vino de su genio. 

Hablaba, y le escuchábamos, elevando, á veces, la risa hasta 
las lágrimas, recibiendo con una loca algazara, la agudeza pun- 
zante y fúlgida, como im dardo de luz, y atentos á lo que decía 
aquel gozoso narrador. Era un epigramático sutil, un cronista 
alado de la vida. Muy adentro de .su espíritu, muy adentro, que- 
daba intacto y puro el sentimiento; pero en la superficie, abrían 
sus corolas, rosadas como risueños labios de mujer, los asfódelos 
de la burla. Arriba las ondas buUentes de la gracia; abajo las 
aguas silenciosas y donnidas de la ternura. Esta faz de su ca- 



INTRODUCCIÓN IX 



rácter, tendrá que ser estudiada, en lo futuro, por un psicólogo. 
Yo la apunto aquí; y Gutiérrez Nájera la derramó á manos lle- 
nas en su conversación y en sus escritos. 

Y cuando por la tarde tomábamos el periódico, húmedo aún 
y sin doblar, atraídos por una curiosa manía, y leíamos el ar- 
tículo del Duque ^ no ocultábamos la sorpresa — ¡la diaria sor- 
presa! — compuesta, por mitad, de admiración y de cariño. ¿Qué 
hacía este muchacho charlador, para escribir, en medio de nues- 
tras escandalosas travesuras, esas páginas admirables, de estilo 
terso y blanco como una placa de mármol, repletas de alusio- 
nes literarias, con períodos eruditos, citas raras y hermosas, fra- 
ses coloridas y arrulladoras, y tropos nuevos y delicadas alego- 
rías? ¿Qué procedimiento empleaba este obrero incansable para 
realizar tales maravillas? ¿En qué hechicería, en qué texto de 
ocultismo se inspiraba aquel pujante cerebro para transladar 
su pensamiento, con la rapidez de una evocación, á los puntos 
de la pluma? 

Se llevó á la tumba el secreto de su prodigio. 

En un banquete, sin embargo, nos hizo una explicación enig- 
mática de su manera de trabajar. Dejaba correr la fantasía, suelta 
y despreocupadamente, sin presentarle obstáculos, ni ponerle 
trabas, á campo travieso, por las enmarañadas selvas del en- 
sueño. La memoria le ayudaba mucho en esta carrera desenfre- 
nada, sin rumbo — vuelo de cinglo — por interminables horizon- 
tes. La memoria arrancaba de aquí y de allá, en las orillas del 
sendero recorrido, la flora exótica, los cálices de acre aroma y 
los pétalos de enarcado contorno, que picaban las brumas del 
recuerdo. La plasticidad y la flexibilidad de su estilo, dependían, 
según él afirmaba, de una caja de música que, en el interior del 
oído, marcábale constantemente los ritmos á que debía ajustar 
el idioma. Las voces salían, como evocadas por el canto interno, 



INTRODUCCIÓN 



y formaban guirnaldas melódicas, harmoniosas combinaciones, 
inesperados juegos de sonidos, dentro de los cuales vibraba la 
nota perenne de una queja muy honda y muy doliente. 

No olvidaré nunca la sobremesa de ese banquete; no la olvi- 
darás tampoco tú, José Juan Tablada, en cuyo semblante de 
Edmundo de Goncourt, adolescente, no había caído aún esa 
niebla de tristezas y desengaños, que hoy vela el brillo de tus 
pupilas y pone en tu frente la huraña arruga de una anticipada 
misantropía. Tú fuiste el promotor, José Juan; te esforzaste por 
rendir este último tributo de admiración á nuestro joven maes- 
tro; nos invitaste, y corrimos en pos tuya, para honrar al her- 
mano mayor que, sobre todos nosotros, poseía el don divino. 

Entre alabanzas y ditirambos y panegíricos, fuese el Duque 
Job sintiendo molesto; le estorbaban, como cadenas de presidia- 
rio, los lazos de rosas que le echábamos al cuello, y su palabra, un 
tanto ditícil y tardía que, hiriéndose, tropezaba en las pronun- 
ciaciones fuertes, como pie desnudo en camino pedregoso, to- 
maba estremecimientos sollozantes y temblores de angustia. 
Nos lo dijo: no quería ser ensalzado, sino amado. Y nos hizo 
sus confidencias dolorosas, abrió el cofre de sus intimidades lite- 
rarias; sacó de él cuanto guardaba de amarguras, de desencantos 
y de penas. Nos mostró sus heridas: ya no sangraban; el bál- 
samo de una infinita bondad las había cerrado para siempre. 
Y entonces vimos cuánto sufrió este artista, de los estultos y de 
los rutineros, que creyeron hallar en la elegante originalidad 
del poeta, una presuntuosa extravagancia. Para imponerse, tuvo 
que pasar, como por un vericueto de ortigas, por un sembrado 
de sarcasmos necios. Ejerció el sacerdocio de la santa paciencia, 
durante el reinado del insulto canalla y de la sátira brutal. L,as 
vulgares mediocridades, parapetadas tras la muralla del sentido 
común, le lanzaron sus saetas emponzoñadas con el licor de ví- 
boras de la envidia. 



INTRODUCCIÓN XI 



Fué un cuento de veterano el que oímos; la narración de cam- 
pañas heroicas, hecha por un valiente, apacible y sincero. Y 
mientras de los árboles del ñvoli^ goteaban los ocres y los rojos 
de un divino crepúsculo de cristal, y en el fondo escarlata de 
nuestras copas caía el polvo de oro de la tarde, nosotros, echados 
de bruces sobre la mesa revuelta del banquete, agitando nues- 
tras floridas melenas de garzones románticos, escuchábamos en 
un nervioso silencio, pleno de emoción y de lágrimas, la tirada 
lírica de aquel triunfador que amó la Belleza sobre todas las 
cosas de este mundo. 

¡Oh, amigos míos! ¿No es verdad que nuestra admiración tomó 
entonces la fonna de una devoción? 

Después de esa tarde, no volvió jamás á hablarnos de sus lu- 
chas; pero ya sabíamos á costa de qué sacrificios, de qué castigos, 
de qué dolorosas mutilaciones de vanidad, nos traía la nueva y 
brillante forma artística. 

Sí; nos la trajo; la enseñó, la difundió, la hizo amar de la ju- 
ventud americana. 

Muy pronto Justo Sierra nos hará conocer la influencia deci- 
siva que ejerció en nuestra literatura la irisada y joyante prosa 
de Gutiérrez Nájera. En él está todo el modernismo hispano- 
americano; pero está sin extravíos, sin desequilibrios, sin epi- 
lepsias, sin rebuscamientos, sin ese aparato de novedad que dis- 
loca, y retuerce y oprime la idea, envolviéndola en una sonora 
red de vocablos pomposos. 

En las obras que dio á la estampa en etímeras hojas, arroján- 
dolas, como quien tiene prisa por irse, abrevaron las flamantes 
inspiraciones de los recién llegados á la Poesía. 

En su casta y benévola vida, encendimos, como en la luz de 
una sagrada lámpara, nuestros anhelos y nuestras esperanzas; 
¡ay! y un viento íúo que venía de lo alto, sopló sobre la lia- 



XII INTRODUCCIÓN 



ma y la apagó! Quedamos por mucho tiempo en las tinieblas. 
«Conservo todavía — ^he clamado un año después de la muerte del 
Duque — esa pena que no quiere salir de la sombra; que se enca- 
pricha en seguir muda y sin lágrimas frente al lecho vacío de 
donde acaban de levantar la caja mortuoria para llevarla al cam- 
posanto. Quedan derramadas por el suelo, desprendidas de las 
coronas y las cruces de musgo, esas rosas amarillentas, de un 
blanco anémico, mustias y desveladas, que parecen mujeres que 
han llorado mucho y que, rendidas por la fatiga se dejaron caer 
en el pavimento. Una palma — símbolo cristiano — .se encorva 
como la espada de un arcángel, entre los adornos de metal de la 
cabecera; los cuatro gruesos cirios, consumidos hasta la taza 
ennegrecida del candelero, arden opacamente y chorrean gotas 
de cera, como pupilas cansadas que vierten las últimas lágri- 
mas. Por los balcones, entrecerrados, entran las ráfagas del sol 
como transparentes alas de átomos; el espejo está cubierto por 
un crespón inmóvil; las santas imágenes sonríen tras de los vi- 
drios; el crucifijo de marfil abate la cabeza, en su eterna agonía, 
sobre el cuerpo enflaquecido y exangüe. Afuera se oye el paso 
monótono de la fúnebre comitiva que va atravesando el corre- 
dor. . . . Dejadme aquí, solo, amigos míos; esta obscuridad es 
grata á mi espíritu. En los rincones de la cámara están sollo- 
zando los cariños íntimos: un grito ahogado acaba de romper 
el silencio; tras de la puerta cae un cuerpo convulso; una niña, 
corriendo, atraviesa la alcoba; va asustada y trágica; se lleva las 
manos á la cabecita blonda, y murmura al salir: ¡tnamáf ¡ma- 
má!. . . . No, no quiero ver el día; no quiero ver el cielo: ¡son 
unos ingratos! Id vosotros, á quienes tanto amaba; acompañad- 
le como otras veces, cuando en la noche, de vuelta del teatro, 
nos decía: «Vamos charlando hasta la puerta de mi casa,» y le 
seguíamos, riendo y fumando, á través de las calles solitarias. 
Quiero quedarme en la obscuridad de la alcoba, mirando la pun- 



INTRODUCCIÓN XIII 



tíaguda llama del blandón próximo á extinguirse, frente al lecho 
vacío y el Cristo exangüe. . . .« 

Y bien; aun tengo la pereza de un gran dolor transformado 
en blanda melancolía. Aun al recuerdo del doliente episodio, 
se enervan mis energías y se me anubla en llanto el pensa- 
miento. 

Dispensadme, señores, este inoportuno temblor de voz y esta 
rápida remembranza de la desaparición de mi amigo. Cedí, sin 
querer, á los impulsos de mi corazón perfumado con el amor 
de un ausente que se llevó muchas ilusiones mías á la miste- 
riosa tierra, donde duerme, como él quiso, bajo un tapiz á& flo- 
res compasivas. 

Comprendo que esto no debe ser; que mi maestro no me en- 
cargó una elegía, sino un discurso de apertura; pero he venido 
sin prepararme, sin libros que citar ni doctrinas que exponer, 
confiado en que mi entendimiento se elevaría á la altura del 
asunto, por el sugestivo poder que, aun más allá de la tumba, 
tiene sobre mí el artista exquisito que se levantó, para no vol- 
ver más, del festín de nuestra juventud. 

Ya veo que mi fantasía no ha podido subir; sus alas son muy 
débiles, y le pesan, porque, en su vuelo á ras de la tierra, se las 
ha empapado una lluvia de lágrimas. 

Pero dejad que tienda mi tristeza — crespón negro del que 
emergen las flores retóricas como fúnebres bordaduras — sobre 
la celeste poesía de esta dulce memoria. 

Justo Sierra prometió venir á clausurar la exposición con 
una conferencia. Esperadla. Entretanto, pasad; el taller queda 
abierto, y en él hay mucho que admirar, ¡oh buenos espíritus 
enamorados de lo bello! 



Luis G. URBINA. 



LA BALADA DE ANO NUEVO. 



En la alcoba muelle, acolchonada y silenciosa, apenas se oye 
la blanda respiración del enfermito. Las cortinas están echadas; la 
veladora esparce en derredor su luz discreta, y la bendita imagen 
de la Virgen vela á la cabecera de la cama. Bebé está malo, muy 
malo Bebé se muere 

El Doctor ha auscultado el blanco pecho del enfermo; con sus 
manos gruesas toma las manecitas diminutas del pobre-ángel, y frun- 
ciendo el ceño, ve con tristeza al niño y á los padres. Pide un pe- 
dazo de papel; se acerca á la mesilla veladora, y con su pluma de 

oro escribe escribe. Sólo se oye en la alcoba, como el pesado 

revoloteo de un moscardón, el ruido de la pluma corriendo sobre 
el papel, blanco y poroso. El niño duerme; no tiene fuerzas para 
abrir los ojos. Su cara, antes tan halagüeña y sonrosada, está más 
blanca y transparente que la cera: en sus sienes se perfila la red 
azulosa de las venas. Sus labios están pálidos, marchitos, despelle- 
jados por la enfermedad. Sus manecitas están frías como dos tém- 
panos de hielo Bebé está malo Bebé está muy malo 

Bebé se va á morir 

Clara no llora; ya no tiene lágrimas. Y luego, si llorara, desper- 
taría á su pobre niño ¿Qué escribirá el Doctor? ¡Es la receta! ¡Ah, 
si Clara supiera, lo aliviaría en un sólo instante! Pues qué, ¿nada 
se puede contra el mal? ¿No hay medios para .salvar una existen- 
cia que se apaga? ¡ Ah! .sí los hay, sí debe haberlos; Dios es bueno. 
Dios no quiere el suplicio de las madres; los médicos son torpes, 
son desamorados; poco les importa la honda aflicción de los amantes 
padres: por eso Bebé no está aliviado aún; por eso Bebé .sigue muy 
malo; ¡por eso Bebé, el pobre Bebé, se va á morir! Y Clara dice con 
el llanto en los ojos: 

— ¡Ah! I si yo supiera! 

La calma insoportable del Doctor la irrita. ¿Por qué no lo salva? 
¿Por qué no le devuelve la salud? ¿Por qué no le consagra todas 
sus vigilias, todos sus afanes, todos sus estudios? ¿Qué, no puede? 
Pues entonces de nada sirve la medicina: es un engaño, es un em- 



MANUEL GUTIÉRREZ NAJERA 



buste, es una infamia. ¿Qué han hecho tantos hombres, tantos sa- 
bios, si no saben ahorrar este dolor al corazón, si no pueden salvar 
la vida á un niño, á un ser que no ha hecho mal á nadie, que no 
ofende á ninguno, que es la sonrisa, y es la luz, y es el perfume 
de la casa? 

Y el Doctor escribe, escribe. ¿Qué medicina le mandará? ¿Vol- 
verá á martirizar su carne blanca con esos instrumentos espantosos? 
— No, 3'a no — dice la madre;— ya no quiero. El hijo de mi alma 
tuerce sus bracitos, se disloca entre esas manos duras que lo aprie- 
tan, vuelve los ojos en blanco, llora, llora mucho, ruega, grita, 
hasta que ya no puede, hasta que la fuerza irresistible del dolor le 
vence, y se queda en su cuna quieto, sin sentido y quejándose aún, 
en voz muy baja, de esos cuchillos, de esas tenazas, de esos garfios 
que le martirizan, de esos Doctores sin corazón que tasajean su 
cuerpo, y de su madre, de su pobre madre que lo deja solo. No, ya 
no quiero, ya no quiero esos suplicios. Me atan á mí también, pe- 
ro me dejan libres los oídos para que pueda oír sus lágrimas, sus 
quejas. ¡Lo escucho, y no puedo defenderlo! ¡veo que lo están ma- 
tando, y lo consiento! 

El niño duerme, y el Doctor escribe, escribe. — ¡Dios mío. Dios 
mío! no quieras que se muera: mándame otra pena, otro suplicio: 
lo merezco. Pero no me lo arranques, no, no te lo lleves. ¿Qué te 
ha hecho? — Y Clara ahoga sus sollozos, muerde su pañuelo, quiere 
besarlo y abrazarlo — ¡aca.so esas caricias sean las últimas! — ,pero el 
pobre enfermito está dormido, y su mamá no quiere que despierte. 

Clara lo ve. lo ve constantemente con sus grandes ojos negros 
y .serenos, como si temiera que, al dejar de mirarlo, se volara al 
cielo. ¡Cuántos estragos ha hecho en él la enfermedad! Sus braci- 
tos rechonchos, hoy están flacos, muy flacos. Ya no se ríen en sus 
codos aquellos dos hoyuelos tan graciosos, que besaron y acaricia- 
ron tantas veces. Sus ojos — negros como los de su mamá — están 
agrandados por las ojeras, por esas pálidas violetas de la muerte. 
Sus cabellos rubios le forman como la aureola de un santito. 

— ¡Dios mío. Dios mío! ¡no quiero que se muera! 

Bebé tiene cuatro años. Cuando corre, parece que se va á caer. 
Cuando habla, las palabras se empujan y se atropellan en sus la- 
bios. Era muy .sano: Bebé no tenía nada: Pablo y Clara se miraban 
en él y se contaban por la noche sus travesuras y sus gracias, sin 
cansar.se jamás. Pero una tarde Bebé no quiso corretear por el jar- 
<kdm; sintió frío; un dolor agudo se clavó eil .sus sienes, y le pidió á 
su mamá que lo acostara. Bebé se acostó esa tarde, y todavía no se 
levanta. Ahí están, á los pies de la cama, y esperándole, los botin- 
citos que todavía conservan en la planta la arena humedecida del 
jardín. 



MANUEL GUTIÉRREZ NÁJERA 



El Doctor ha acabado de escribir, pero no se va. Pues qué ¿le 
ve tan malo? El lacayo corre á la botica. 
— ¡Doctor, Doctor! ¿mi niño va á morirse? 
El médico contesta en voz muy baja: 

— Cálmese vd., que no despierte el niño. 

En ese instante llega Pablo. Hace quince minutos que salió de 
esa alcoba, y le parece un siglo. Ha venido corriendo como un lo- 
co. Al torcer la esquina no quiso levantar los ojos, por no ver si 
el balcón estaba abierto. Llega, mira la cara del Doctor y las ma- 
nos enclavijadas de la madre; pero se tranquiliza: el ángel rubio 
duerme aún en su cuna — ¡no se lia ido! — Un minuto después, el 
niño cambia de po.stura, abre los ojos poco á poco y dice con una 
voz que apenas suena: 

—¡Mamá! ¡Mamá! 

— ¿Qué quieres, vida mía? ¿Verdad que estás mejor? ¡Dime qué 
sientes! ¡Pobrecito mío! ¡Trae acá tus manitas, voy á calentarlas! 
Ya te vas á aliviar, alma de mi alma. He mandado encender dos ci- 
rios al Santísimo. I^a Madre de la Luz ya va á ponerte bueno. 

El niño vuelve en derredor sus ojos negros, como pidiendo am- 
paro. Clara lo besa en la frente, en los ojos, en la boca, en todas 
partes. ¡Ahora sí puede besarlo! Pero en esa efusión de amor y de 
ternura, sus ojos, antes tan resecos, se cuajan de lágrimas, y Cla- 
ra no sábela si besa ó llora. Algunas lágrimas ardientes caen en 
la garganta del niño. El enfermito, que apenas tiene voz para que- 
jarse, dice: 

— ¡Mamá, mamá, no llores! 

Clara muerde su pañuelo, los almohadones, el colchón de la cu- 
nita. Pablo se acerca. Es hora ya de que él también lo bese. Le 
toca ya su turno. El es fuerte, él es hombre, él no llora. Y entre- 
tanto, el Doctor, que se ha alejado, revuelve la tisana con la pe- 
queña cucharilla de oro. ¿Qué es el sabio ante la muerte? La mo- 
lécula de arena que va á cubrir con su oleaje el océano. 

— ¡Bebé, Bebé, vida mía! Anímate, incorpórate. Hoy es Año 
Nuevo. ¡Ven! Aquí en tu manecita están las cosas que yo te fui á 
comprar en la mañana. El cucurucho de dulces, para cuando te 
alivies; el aro con que has de corretear en el jardín; la pelota de 
colores para que juegues en el patio. ¡Todo lo queme has pedido! 

Bebé, el pobre Bebé, preso en su cuna, soñaba con el aire libre, 
con la luz del sol, con la tierra del campo y con las flores entre- 
abiertas. Por eso pedía no más esos juguetes. 

— Si te alivias, te compraré una carretela y dos borregos blan- 
cos para que la arrastren ¡ Pero alivíate, mi ángel, vida mía! 

¿Quieres mejor un velocípedo? ¿Sí ? Pero ¿si te caes? Dame tus 

manos. ¿Por qué están frías? ¿Te duele mucho la cabeza? Mira, 
aquí está la gran casa de campo que me habías pedido 



MANUEL GUTIÉRREZ NÍJERA 



Ivos ojos del enfermito se iluminan. Se incorpora un poco y 
abraza la gran caja de madera que le ha traído su papá. Vuelve la 
vista á la mesilla y mira con tristeza el cucurucho de los dulces. 

— Mamá, mamá, yo quiero un dulce. 

Clara, que está llorando á los pies de la cama, consulta con los 
ojos al Doctor; éste consiente, y Pablo, descolgando el cucurucho, 
desata los listones y lo ofrece al niño. Bebé toma con sus deditos 
amarillos una almendra, y dice : 

— Papá, abre tu boca. 

Pablo, el hombre, el fuerte, siente que ya no puede más; besa 
los dedos que ponen esa almendra entre sus labios, y llora, llora 
mucho. 

Bebé vuelve á caer postrado. Sus pies se han enfriado mucho; 
Clara los aprieta con sus manos y los besa. ¡Todo inútil! El Doc- 
tor prepara una vasija bien cerrada y llena de agua casi hirviente. 
La pone en los pies del enfermito. Éste ya no habla, ya no mira, 
ya no se queja; nada más tose, y de cuando en cuando dice con 
voz apenas perceptible: 

— ¡Mamá, mamá, no me dejen solo! 

Clara y Pablo lloran, ruegan á Dios, suplican, mandan á la 
muerte, se quejan del Doctor, enclavijan las manos, se desesperan, 
acarician y besan. ¡Todo en vano! El enfermito ya no habla, ya 
no mira, ya no se queja: tose, tose. Tuerce los bracit^s como si 
fuera á levantarse, abre los ojos, mira á su padre diciéndole:— 

¡Defiéndeme! — vuelve á cerrarlos ¡Ay! Bebé ya no habla. 

ya no mira, ya no se queja, ya no tose; ¡ya está muerto! 

Dos niños pasan riendo y cantando por la calle : 
— ¡Mi Año Nuevo! Mi Año Nuevo! 



MANUEL GUTIÉRREZ NAJERA 



LA NOVELA DEL TRANVÍA. 



Cuando la tarde se obscurece y los paraguas se abren, como re- 
dondas alas de murciélago, lo mejor que el desocupado puede ha- 
cer es subir al primer tranvía que encuentre al paso y recorrer las 
calles, como el anciano Víctor Hugo las recorre sentado en la 
imperial de algún ómnibus. Kl movimiento disipa un tanto cuan- 
to la tristeza, y para el observador nada hay más peregrino ni 
más curioso que la serie de cuadros vivos que pueden examinarse 
en un tranvía. A cada paso, el vagón se detiene, y abriéndose 
camino entre los pasajeros que se amontonan y se apiñan, pasa un 
paraguas «horreando á Dios dar, y detrás del paraguas, la figura 
ridicula de algún asendereado cobrador, calado hasta los huesos. 
L,os pasajeros ondulan y se dividen en dos grupos compactos, para 
dejar paso expedito al recién llegado. 

Así se dividieron las aguas del Mar Rojo para que los israelitas 
lo atravesaran á pie enjuto. El paraguas escurre sobre el entari- 
mado del vagón, que, á poco, se convierte en im lago navegable. 
El cobrador .sacude su .sombrero, y un benéfico rocío báñalas caras 
de los circunstantes, como si hubiera atravesado por en medio del 
vagón un sacerdote repartiendo bendiciones á hisopazos. Algu- 
nos caballeros estornudan. L/as señoras de alguna edad levantan 
su enagua hasta una altura vertiginosa, para que el fango de aquel 
pantano portátil no la manche. En la calle, la lluvia cae conforme 
á las eternas reglas del sistema antiguo: de arriba para abajo. Mas 
en el vagón hay lluvia ascendente y lluvia descendente. Se está, 
con toda verdad, entre dos aguas. 

Yo, sin embargo, paso las horas agradablemente encajonado en 
esa miniaturesca arca de Noé, sacando la cabeza por el ventanillo, 
no en espera de la paloma que ha de traer un ramo de oliva en el 
pico, sino para observar el delicioso cuadro que la ciudad presenta 
en ese instante. El vagón, además, me lleva á mundos desconoci- 
dos y á regiones vírgenes. No, la ciudad de México no empieza en 
el Palacio Nacional, ni acaba en la calzada de la Reforma. Yo doy 



MANUEL GUTIÉRREZ N AJERA 



á ustedes mi palabra de que la ciudad es mucho mayor. Es una gran 
tortuga que extiende hacia los cuatro puntos cardinales sus patas dis- 
locadas. Esas patas son sucias y velludas. Los Ayuntamientos, con 
paternal solicitud, cuidan de pintarlas con lodo mensualmente. 

Más allá de la peluquería de Micoló, hay uu pueblo que habi- 
ta barrios extravagantes, cuyos nombres son esencialmente anti- 
aperitivos. Hay hombres muy honrados que viven en la plazuela del 
Tequesquite, y señoras de invencible virtud cuya casa está situada 
en el callejón de Salsipuedes. No es verdad que los indios bárba- 
ros estén acampados en esas calles exóticas, ni es tampoco cierto 
que los pieles rojas hagan frecuentes excursiones á la plazuela de 
Regina. La mano providente de la policía ha colocado un gendar- 
me en cada esquina. Las casas de esos barrios no están hechas de 
lodo ni tapizadas por adentro de pieles sin curtir. Son casas habi- 
tables, con escalera y todo. En ellas viven muy discretos caballe- 
ros, y señoras muy respetables, y señoritas muy lindas. Estas seño- 
ritas suelen tener novios, como las que tienen balcón y cara á la 
calle en el centro de la ciudad. 

*** 

Después de examinar ligeramente las torcidas líneas y la cade- 
na de montañas del nuevo mundo por que atravesaba» volví los 
ojos al interior del vagón. Un viejo de levita color de almendra 
meditaba apoyado en el puño de su paraguas. No se había rasu- 
rado. La barba le crecía ' 'cual ponzoñosa yerba entre arenales. ' ' 

Probablemente no tenía en su casa navajas de afeitar ni una 

peseta. Su levita necesitaba aceite de bellotas. Sin embargo, la 
calvicie de aquella prenda respetable no era prematura, á menos 
que admitamos la teoría de aquel joven poeta, autor de ciertos ver- 
sos cuya dedicatoria es como sigue: 

A la prematura muerte de m,i abuelita, 
á la edad de go años. 

La levita de mi vecino era ya muy mayor. En cuanto al para- 
guas, vale masque no entremos en dibujos. Ese paraguas, ex- 
puesto á la intemperie, debía asemejarse mucho á las banderas que 
los independientes sacan á la luz el 15 de Septiembre. Era un para- 
guas calado, un paraguas metafísico, propio para mojarse con de- 
cencia. Abierto el paraguas, se veía el cielo por todas partes. 

¿Quién sería mi vecino? De seguro era casado, y con hijas. Se- 
rían bonitas? La existencia de esas desventuradas criaturas me 
parecía indisputable. Bastaba ver aquella levita calva, por la que 
habían pa.sado las cerdas de un cepillo, y aquel hermoso pantalón 



MANUEL GUTIÉRREZ NÁJERA 



, con su coqueto remiendo en la rodilla, para convencerse de que 
aquel hombre tenía hijas. Nada más las mujeres, y las mujeres de 
quince años, saben cepillar de esa manera. Las señoras casadas ya 
no se cuidan, cuando están en la desgracia, de esas delicadezas y 
finuras. Incuestionablemente, ese caballero tenía hijas. ¡Pobreci- 
tas! Probablemente le esperaban en la ventana, más enamoradas 
que nunca, porque no habían almorzado todavía. Yo saqué mi re- 
loj y dije para mis adentros:— Son las cuatro de la tarde. ¡Pobre- 
cillas! ¡Va á darles un vahído! Tengo la certidumbre de que son 
bonitas. El papá es blanco, y si estuviera rasurado no sería tan 
feote. Además, han de .ser buenas muchachas. Este .señor tiene to- 
da la facha de un buen hombre. Me da pena que esas chiquillas ten- 
gan hambre. No habrá en la casa nada que empeñar. ¡ Como los 
alquileres han subido tanto! ¡Tal vez no tuvieron con qué pagar 
la casa, y el propietario les embargó los muebles! ¡Mala alma! ¡Si 
estos propietarios son peores que Caín! 

'•■ Nada; no hay para qué darle más vueltas al asunto: la gente 
pobre decente es la peor traída y la peor llevada. Estas niñas son 
de buena familia. No están aco.stumbradas á pedir. Cosen ajeno; 
pero las máquinas han arruinado á las infelices costureras, y lo 
único que consiguen, á costa de faenas y trabajos, es ropa de mu- 
nición. Pa.san el día echando los pulmones por la boca. Y luego, 
como se alimentan mal y tienen muchas penas, andan algo enfer- 
mitas, y el Doctor a.segura que, si Dios no lo remedia, se van á la 
caída de las hojas. Necesitan carne, vino, pildoras de fierro y aceite 
de bacalao. Pero, ¿con qué se compra todo esto? El buen señor se 
quedó cesante desde que cayó el Imperio, y el único hijo que ha- 
bría podido ser .su apoyo, tiene rotas las dos piernas. No hay tra- 
bajo; todo está muy caro, y los amigos llegan á cansarse de aj-udar 
al desvalido. ¡Si las niñas se ca.saran ! Probablemente no carecerán 
de admiradores. Pero como las pobrecitas son muy decentes y na- 
cieron en buenos pañales, no pueden prendarse de los ganapanes 
ni de los pollos de plazuela. Están enamoradas sin saber de quién, 
y aguardan la venida del Mesías. ¡Si yo me casara con alguna de 
ellas! ¿Por qué no? Después de todo, en esa clase suelen en- 
contrarse las mujeres que dan la felicidad. Respecto á las otras, ya 
sé bien á qué atenerme- ¡Me han costado tantos di.sgustos! Nada, 
lo mejor es buscar una de esas chiquillas pobres y decentes, que 
no e.stán acostumbradas á tener palco en e) teatro, ni carruajes, ni 
cuenta abierta en la Sorpresa. Si es joven, yo la educaré á mi gus- 
to. Le pondré un maestro de piano. ¿Qué cosa es la felicidad? Un 
poquito de amor, un poquito de salud y un poquito de dinero. Con 
lo que yo gano, podemos mantenernos ella y yo, y hasta el angeli- 
to que Dios nos mande. Nos amaremos mucho, y como la voy á su- 
jetar á un régimen higiénico, se pondrá en poco tiempo más fresca 



MANUEL GUTIÉRREZ NAJERA 



que una rosa. Por la mañana, un paseo á pie en el Bosque. Iremos 
en un coche de á cuatro reales hora, ó en los trenes. Después, en 
la comida, mucha carne, mucho vino y mucho fierro. Con eso y 
con tener una casita por San Cosme; con que ella se vista de blanco, 
de azul ó de color de rosa; con el piano, los libros, las macetas y los 
pájaros, ya no tendré nada que desear. 

Una heredad en el bosque; 
Una casa en la heredad; 

Kn la casa pan y amor 

¡Jesús, qué felicidad! 

Además, ya es preciso que me case. Esta situación no puede 
prolongarse, como dice el Gran Duque en «La Guerra Santa. « Aquí 
tengo una trenza de pelo que me ha costado cuatrocientos setenta 
y cuatro pesos con un pico de centavos. Yo no sé de dónde los he 
sacado: el hecho es que los tuve y no los tengo. Nada; me caso 
decididamente con una de las hijas de este buen señor. Así las 
saco de penas y me pongo en orden. ¿Con cuál me ca.so? ¿con la 

rubia? ¿con la morena? Será mejor con la rubia digo, no, con 

la morena. En fin, ya veremos. ¡Pobrecillas! ¿Tendrán hambre? 

En ésto, el buen señor se apea del coche y se va. Si no lloviera 
tanto — continué diciendo para mis adentros — le seguía. La verdad 
es que mi suegro, visto á cierta distancia, tiene una facha muy ri- 
dicula. ¿Qué diría, si me viera de bracero con él, la señora de Z? 
Su sombrero alto parece espejo. ¡Pobre hombre! ¿Por qué no le 
inspiraría confianza? Si me hubiera pedido algo, yo le habría da- 
do con mucho gusto estos tres duros. Es persona decente. ¿Habrán 
comido esas chiquillas? 

*** 

En el asiento que antes ocupaba el cesante, descan.sa ahora una 
matrona de treinta años. No tiene malos ojos; sus labios son grue- 
sos y encarnados: parece que los acaban de morder. Hay en todo 
su cuerpo bastantes redondeces y ningún ángulo agudo. Tiene la 
frente chica, lo cual me agrada porque es indicio de tontera; el pelo 
negro, la tez morena y todo lo demás bastante presentable. ¿Quién 

será? Ya la he visto en el mismo lugar y á la misma hora dos 

cuatro cinco siete veces. Siempre baja del vagón en la 

plazuela de Loreto y entra en la iglesia. Sin embargo, no tiene 
cara de mujer devota. No lleva libro ni rosario. Además, cuando 
llueve á cántaros, como está lloviendo ahora, nadie va á novena- 
rios ni sermones. Estoy seguro de que esa dama lee más las nove- 



MANUEL GUTIÉRREZ NAJERA 



las de Gustavo Droz que el «Menosprecio del Mundos del Padre 
Kempis; tiene una mirada que, si hablara, sería un grito pidiendo 
bomberos. Viene cubierta con un velo negro. De esa manera libra 
su rostro de la lluvia. Hace bien. Si el agua cae en sus mejillas, 
se evapora chirriando, como si hubiera caído sobre un hierro can- 
dente. Esa mujer es como las papas: no se fíen ustedes aunque las 
vean tan frescas en el agua: queman la lengua. 

La señora de treinta años no va indudablemente al novenario. 
¿A dónde va? Con un tiempo como éste, nadie sale de su casa si 
no es por una grave urgencia. ¿Estará enferma la mamá de esta 
señora? En mi opinión, esta hipótesis es falsa. La señora de trein- 
ta años no tiene madre. La iglesia de Loreto no es una casa par- 
ticular ni un hospital. Allí no viven ni los sacristanes. Tenemos, 
pues, que recurrir á otras hipótesis. Es un hecho constante, con- 
firmado por la experiencia, que á la puerta del templo, siempre 
que la señora baja del vagón, espera un coche. Si el coche fuera 
de ella, vendría en él desde su ca.sa. Esto no tiene vuelta de hoja. 
Pertenece, por consiguiente, á otra persona. Ahora bien; ¿hay aca- 
so alguna sociedad de seguros contra la lluvia ó cosa parecida, 
cuyos miembros paguen coche á la puerta de todas las iglesias 
para que los feligreses no se mojen? Claro es que no. La única ex- 
plicación de estos viajes en tranvía y de estos rezos, á hora inusi- 
tada, es la existencia de un amante. ¿Quién será el marido? 

Debe de ser un hombre acaudalado. La señora viste bien, y si 
no sale en carruaje para este género de entrevistas es por no dar en 
qué decir. Sin embargo, yo no me atrevería á prestarle cincuenta 
pesos bajo su palabra. Bien puede ser que gaste más de lo que 
tenga ó que sea cómo cierto amigo mío, personaje muy quieto y 
muy tranquilo, que me decía hace pocas noches: 

— Mi mujer tiene para el juego una fortuna prodigiosa. Cada mes 
saca de la lotería quinientos pesos. ¡Fijo! — Yo quise referirle algu- 
na anécdota, atribuida á un administrador muy conocido de cierta 
aduana marítima. Al encargarse de ella, dijo á los empleados: 

— Señores: aquí se prohibe ganar á la lotería. ¡Al primero que se 
la saque lo echo á puntapiés! 

¿Ganará esta señora á la lotería? Si su marido es pobre, debe 
haberle dicho que esos pendientes que ahora lleva son falsos. El 
pobre señor no será joyero. En materia de alhajas, sólo conocerá á 
su mujer, que es una buena alhaja. Por con.siguiente, la habrá 
creído. ¡Desgraciado! ¡qué tranquilo estará en su ca.sa! ¿Será vie- 
jo? Yo debo de conocerle ¡Ah! ¡sí! ¡es aquél! No; no 

puede ser; la esposa de ese caballero murió cuando el último cólera. 
¡Es el otro! ¡Tampoco! Pero ¿á mí qué me importa quién sea? 

¿La seguiré? Siempre conviene poseer un secreto de mujer. 
Veremos, si es posible, al incógnito amante. ¿Tendrá hijos esta 



lO MANUEL GUTIÉRREZ NAJERA 



mujer? Parece que sí, ¡Infame! Mañana se avergonzarán de ella. 
Tal vez alguno la niegue. Ese será un horrible crimen, pero un 
crimen justo. Bien está; que mancille, que pise, que escupa la 
honra de ese desgraciado que probablemente la adora. 

Ks una traición; es una villanía. Pero, al fin, ese hombre puede 
matarla, sin que nadie le culpe ni le condene. Puede mandar á sus 
criados que la arrojen á latigazos, y puede hacer pedazos al amante. 
Pero sus hijos — ¡pobres seres indefensos! — nada pueden. L,a madre 
los abandona para ir á traerles su porción de vergüenza y deshon- 
ra. Los vende por un puñado de placeres, como Judas á Cri.sto por 
un puñado de monedas. Ahora duermen, sonríen, todo lo ignoran; 
están abandonados á manos mercenarias; van empezando á des- 
amorarse de la madre, que no los ve, ni los educa, ni los mima, 
Mañana esos chicuelos .serán hombres, y esas niñas, mujeres. Ellos 
sabrán que su madre fué una aventurera y sentirán vergüenza. 
Ellas querrán amar y ser amadas; pero los hombres, que creen en 
la tradición del pecado y en el heredismo, las buscarán para per- 
derlas y no querrán darles su nombre, por miedo de que lo prosti- 
tuyan y lo afrenten. 

Y todo eso será obra tuya. Estoy tentado de ir en busca de su 
esposo y traerle á este sitio. Ya adivino cómo es la alcoba en que 
te aguarda. Pequeña, cubierta toda de tapices, con cuatro grandes 
jarras de alabastro, sosteniendo ricas planta.^ exóticas. Antes había 
dos grandes lunas en los muros; pero tu amante, más delicado que 
tú, las quitó. Un espejo es un juez y es un testigo. La mujer que 
recibe á su amante, viéndose al espejo, es ya la mujer abofeteada 
de la calle. 

Pues bien; cuando tú estés en esa tibia alcoba y tu amante ca- 
liente con sus manos tus plantas entumecidas por la humedad, tu 
esposo y yo entraremos sigilosamente, y un brusco golpe te echará 
por tierra, mientras detengo yo la mano de tu cómplice. Hay besos 
que se empiezan en la tierra y se acaban en el infierno. 

*** 

Un sudor frío bañaba mi rostro. Afortunadamente habíamos 
llegado á la plazuela de Loreto, y mi vecina se apeó del vagón. 
Yo vi su traje; no tenía ninguna mancha de sangre. Nada había 
pasado: después de todo, ¿qué me importa que esta señora se la 
pegue á su marido? ¿Es mi amigo acaso? Ella sí que es una real 
moza. A fuerza de encontrarnos somos casi amigos. Ya la saludo. 

Allí está el coche; ella entra en la iglesia; ¡qué tranquilo debe 
de estar su marido! Yo sigo en el vagón. ¡Parece que todos vamos 
tan contentos! 



MANUEL GUTIÉRREZ NAJERA ii 



LA VENGANZA DE MYLORD. 

A MEME. 

Bien haces en permanecer, oculta allá, bajo los grandes casta- 
ños que sombrean tu casa, á ochenta leguas de los dramas que con 
alevosía y ventaja nos hace oír el Sr. Gaspar, á quien ni tú ni yo 
conocemos; sí, haces bien. La ciudad está triste, no porque tú la 
hayas dejado, como probablemente te diría tu novio; la ciudad está 
triste porque no puede menos de estarlo, sin bailes, ni tertulias, ni 
espectáculos. Tú, en cambio, respiras el aire libre de los campos, 
bebes luz por todos tus poros, galopas á caballo por aquellas som- 
brosas avenidas, que adrede dispuso Dios para los enamorados, y 
dejas que tu pensamiento discurra por los países del sueño, mien- 
tras aquí pensamos en construir ferrocarriles y en tender una red 
de alambres telefónicos en el dominio de las lechuzas y los ga- 
tos. Cuando la tarde se recoge y comienzan á asomarse las estre- 
llas — como se asoman las mujeres al balcón para mirar á sus ena- 
morados — tú buscas la quietud alegre de la casa, abres las cartas 
de tus amigas, rompes la faja amarilla de los periódicos, asistes 
mentalmente á nuestros teatros, y rendida por el cansancio, vas al 
tibio lecho, llevando oculto, en la pequeña bolsa de tu delantal, el 
pliego diminuto que no lees jamás delante de tus padres, y que 
abres cuidadosamente luego que corres el cerrojo de la alcoba, como 
si sospecharas que, al abrirlo, pueden escaparse los mil besos que 
tu novio te manda bajo el sobre. Haces bien: oye el concierto de 
los pájaros, báñate en las azules ondas del estanque, monta el 
caballo blanco que come en tu mano terrones de azúcar, y lee, sen- 
tada en la banqueta del jardín, los libros que te envío: una novela 
de Halévy, los versos de Coppée y la última narración de Rosa 
Broughton. Sobre todo, no leas nada de Doña María del Pilar Si- 
nués de Marco. 

Cuando pasen las lluvias de Septiembre y el cielo se vista de 



12 MANUEL GUTIÉRREZ N AJERA 

azul pálido, despídete del bosque, cuyos grandes árboles se irán 
quedando sin follaje; guarda en tu devocionario las hojas del úl- 
timo heliotropo para dárselas á tu novio, y vuelve á casa. Ya ha- 
brán pasado entonces los chubascos y los discursos oficiales. Nadie 
te nan-ará los episodios dramáticos de la Independencia; podrás 
lucir tus diez y seis sombreros nuevos en las fiestas de Noviembre, 
y Grau — el judío errante — estará á las puertas de México. ínterin, 
monta mucho á caballo, caza con la escopeta que te dio tu padrino 
el año nuevo, almuerza al aire libre, duerme once horas diarias y 
no leas las novelas de Doña María del Pilar Sinués de Marco. 

Te escribo á la hora en que la luz eléctrica se apaga y oyendo 
el ruido de los últimos carruajes que vuelven del teatro. He to- 
mado café— un café servido por la pequeña mano de una señorita 
que, á pesar de ser bella, tiene sprit. — Por consiguiente, voy á 
pasar la noche en vela. El nuevo drama del señor Gaspar, á quien 
ni tú ni yo conocemos, no ha sido bastante para hacerme conciliar 
el sueño. Imaginóme, pues, que he ido á un baile, te he encon- 
trado y conversamos ambos bajo las anchas hojas de una planta 
exótica, mientras toca la orquesta un vals de Metra y van los ca- 
balleros al buffet. 

Si tú quieres, murmuremos. Voy á hablarte de las mujeres que 
acabo de admirar en el teatro. Imagínate que estás ahora en tu 
platea y observas á través de mis anteojos. 



*** 



Mira á Clara. Esa es la mujer que no ha amado jamás. Tiene ojos 
tan profundos y tan negros como el abra de una montaña en noche 
obscura. Allí se han perdido muchas almas. De esa ob.scuridad sa- 
len gemidos "y sollozos, como de la barranca en que se precipi- 
taron fatalmente los caballeros del Apocalipsis. Muchos .se han 
detenido ante la obscuridad de aquellos ojos, esperando la repentina 
irradiación de un astro: quisieron sondear la noche, y .se perdieron. 

Las aves al pa.sar le dicen: ¿No amas? Amar es tener alas. Las 
flores que pisa le preguntan: ¿No amas? Amor es el perfume de las 
almas. Y ella pasa indiferente, viendo con sus pupilas de acero ne- 
gro, frías é impenetrables, las alas del pájaro, el cáliz de la flor y 
el corazón de los poetas. 

Viene de las heladas profundidades de la noche . Su alma es como 
un cielo sin tempestades, pero también sin estrellas. Los que se le 
acercan, sienten el frío que difunde en torno suyo una estatua de 
nieve. Su corazón es frío como una moneda de oro en día de in- 
vierno 



MANUEL GUTIÉRREZ NÁJERA 1 3 



*** 

¿Quién es la esbelta rubia que sonríe en aquel palco? Es un 
patrón de modas recortado. Por esa frente no han pasado nunca 
las alas blancas de los pensamientos buenos, ni las alas negras de 
los pensamientos malos. Sus amores duran lo que la hirviente es- 
puma del champagne en la orilla de la copa. Jamás permitiría que 
un hombre la ciñera con sus brazos: no quiere que se ajen y des- 
arreglen sus listones. ¿Quieres saber cómo es su alma? Figúrate una 
muñeca hecha de encaje blanco, con plumas de faisán en la cabeza 
y ojos de diamante. Cuando habla, su voz suena como la crujien- 
te falda de una túnica de ra.so, rozando los peldaños marmóreos 
de una escalinata. No sabe dónde tiene el corazón. Jamás se lo 
pregunta su modista. 

*** 
Esagrave matrona expende esposas. Tiene mucha existencia • 

,* , 

Convierte ahora tus miradas á la platea que está frente á nos- 
otros. Una mujer, divinamente hermosa, la ocupa. 

¿Quién es? Sus grandes ojos verdes, velados por larguísimas 
pestañas negras, tiemblan de efusión cuando se fijan en el cielo, 
como si estuvieran enamorados de los luceros. Sus manos esgri- 
men el abanico como si quisieran adiestrarse en la esgrima del 
puñal. Créelo: esa mujer es capaz de matar al hombre que la en- 
gañe. Sus labios se entreabren suavemente para dar salida al ex- 
ceso que hay en ella. 

Tras las varillas flexibles del corsé, su corazón late cadencio- 
samente; ¡pobre niño que golpea con su manecita una muralla! 

¿Cuantos años tiene? Ha cumplido veinticinco; no .sé cuántas 
semanas, meses ó años hace. Siendo niña, una pordiosera que 
acostumbraba decir la buenaventura, le predijo que el hombre 
á quien amara sería espantosamente desgraciado. Su marido — un 
banquero — es muy feliz. Alicia — así se llama — está rodeada siem- 
pre de cortejos presuntuosos y enamorados fatuos. Cuando va de 
paseo, diríase que es un general pasando revista á sus soldados, 
que presentan las armas. Ella, sonriente, gozando en las pasio- 
nes que inspira sin participar de ellas, asoma su cabeza de Gioconda 
por la portezuela del cupé y saluda con la mano enguantada ó con 
el abanico, á los platónicos adoradores de su cuerpo. El hombre 
á quien saluda con los ojos, no es conocido aún. 



14 MANUEL GUTIÉRREZ NÁJERA 



¿Sera honrada? ¿Será honesta? Las mujeres la miran con des- 
precio, y los hombres la cortejan. Nadie podría decir quién es su 
amante ó quién lo ha sido; pero todos tienen la certidumbre de 
que alguno lo será. La lotería no se hace aún: el número que ha 
de obtener el gran premio, duerme en el globo, confundido con 
los otros: puede .ser el de aquél, puede ser el mío, pero es alguno. La 
jaula está preparada para el pájaro: en la mesita de sándalo donde 
Alicia toma el té, hay dos tazas. Un necio diría que alguna es la 
taza del amante. ¡Falso! Es la taza del marido. Cuando el amante 
llegue, — Alicia y él beberán en la misma taza como Paolo y Fran- 
cesca leían en el mismo libro. Después la harán pedazos ó la arro- 
jarán al mar — como el rey de Thulé! 

El Galeoto .social no yerra tan á menudo como algunos creen. 
Lo que sucede es que se anticipa á la verdad. Es como las muje- 
res que conocen el amor que han inspirado, media hora antes de 
que el hombre se dé cuenta de que exi.ste. Un buque sale del puer- 
to lleno de mercancías y pasajeros: el cielo está muy azul, sin un 
solo punto negro. Pa.san los días y las semanas, sin que llegue á 
los oídos de nadie la noticia de un temporal ó de una borrasca. Y 
sin embargo, cierto día, sin que .se .sepa cómo ni por qué, .se espar- 
ce la voz de que aquel barco ha naufragado. ¿Quién lo dice? To- 
dos. ¿Quién recibió la fatal nueva? Nadie. Quince días después, .se 
sabe la espantosa verdad, y los periódicos refieren, pormenor, los 
horribles detalles del naufragio. 

Una mujer es fiel á su marido. Nadie puede acusarla de adul- 
terio. Vive, como Penélope, en su hogar. Desecha con altivez á 
los que .solicitan su cariño. Pero el Galeoto. que mira y prevé to- 
do, murmura entre dos cuadrillas, bajo las anchas hojas de una 
planta exótica erguida .sobre rico tibor chino: ¡esa mujer tiene un 
amante! Y no es verdad; pero un día. una semana, un año des- 
pués, la mujer tiene un amante. El Galeoto se equivoca nada más 
en la conjugación del verbo: debía haber dicho: tendrá. 

Y la espo.sa no falta á su deber, porque el mundo lo dice; como 
el barco no perece porque la gente vaticina el naufragio. Así, el 
mundo dice que Alicia es desleal, y en torno de ella se agrupan los 
cazadores en vedado, como los náufragos hambrientos en la balsa 
de la Medu.sa. Pero Alicia no ama á ninguno: guarda su tesoro y 
no quiere despilfarrarlo como pródiga. 

Mas hé aquí que una noche llega al salón de Alicia un joven 
soñador, y le dice al oído: 

— ¡Cómo se parece u.sted á mi primera novia! Ella era baja de 
estatura: usted es alta; ella era morena: usted es rubia; ella tenía 
los ojos negros: los de usted son verdes; pero yo la amaba: yo amo 
á usted, y en ésto se parecen. 



MANUEL GUTIÉRREZ NÁJERA 1 5 



Dos horas después, Alfredo era amante de Alicia. El huésped 
prometido había llegado. El banquero continuaba siendo muy 
feliz. 

Ayer, mientras el marido terminaba su correspondencia, Alicia 
salió en el cupecito azul tirado por dos yeguas color de ámbar. 
Eos pocos 0CÍ0.S0S que desafiaban la lluvia en la calzada, vieron 
que el cupecito proseguía su marcha rumbo á Chapultepec. ¿Qué 
iba á hacer? Eos grandes ahuehuetes, moviendo sus cabezas canas, 
se decían en voz baja el secreto. Eas yeguas trotaban, y el coche 
se perdió en la avenida más umbrosa y más recóndita del bosque. 
Alfredo abrió la portezuela y tomó asiento junto á la hermosa co- 
diciada. Elovía mucho. Quizá para impedir que el agua entra.se, 
mojando el traje de Alicia, cerró Alfredo cuidado.sa mente las per- 
sianas. Si alguno erraba á tales horas por el bosque, pudo decir 
para sus' adentros: ¿quiénes irán dentro del cupé'í Afortunadamen- 
te, cada vez arreciaba más la lluvia, y sólo un pobre trabajador, 
oculto en la entrada obscura de la gruta, pudo ver el cupé que con- 
tinuaba paso á paso su camino, subiendo por la rampa del castillo. 
Eas ancas de las yeguas, lavadas y bruñidas por la lluvia, parecían 
de seda color de oro. 

El trabajador, dejando á un lado los costales que rebosaban he- 
bras de heno, asomó la cabeza para mirar cómo subía el carruaje 
hasta las rejas del castillo. Allí se detuvo: los amantes se apea- 
ron y torcieron sus pasos rumbo á los corredores, mudos y desiertos. 
Un hombre, cuidadosamente recatado, había subido al propio tiem- 
po- Euego que hubo llegado al sitio en donde quedaba el cupé va- 
cío, bajó el embozo de su capa é hizo una señal imperativa al co- 
chero, que, viendo el rostro del desconocido, se puso pálido como 
la cera. Bajó luego del pescante, y tras cortísimas palabras que 
mediaron entre ambos, se quitó el carrick, para que con él se ocul- 
tara el recién llegado. Media hora después, los amantes salieron 
del castillo; subieron al carruaje nuevamente, y Alicia, sacando su 
cabeza rubia por la portezuela, dijo: ¡á ca.sa! Eas yeguas partieron 
á galope, pero ¿á dónde iban? Torciendo el rumbo, el coche- 
ro encaminaba el carruaje al abismo, como si en vez de bajar por 
la inclinada rampa, quisiera precipitarse de.sde lo alto del cerro. 
Eos amantes, que habían vuelto á cerrar las pensianas, nada veían. 
¿A dónde iban? De pronto las yeguas .se detuvieron, como si algu- 
na mano de gigante las hubiera agarrado por los cascos. Relin- 
chando miraban el abismo que se abría á sus plantas. Eas persia- 
nas del cupé seguían cerradas. El cochero, de pie en el pescante, 
azotó las 5^eguas; el coche se columpió un momento en el vacío y 
fué á estrellarse, hecho pedazos, en la tierra. No se escuchó ni un 
grito, ni una queja. A veinte vrras de distancia, se halló el cadá- 
ver del cochero. Era el marido de Alicia. 



l6 MANUEL GUTIÉRREZ NÁJERA 



*** 

En este instante suena la campanilla, y ese agudo son me vuel- 
ve á la realidad. No; no es Alicia la que miro en aquel palco. Ali- 
cia duerme ya en el camposanto. Es una mujer que se le parece 
mucho y que morirá tan desastrosamente como ella. ¡Dios confun- 
da á los maldicientes! Gaspar tiene muchísima razón. La lengua 
mata más que los puñales. ¡Cómo se moraliza uno viendo estas 
comedias! 

Con que te he dicho ya que esa señora 



MANUEL GUTIÉRREZ -NÁJERA Piy 



LA MAÑANA DE SAN JUAN. 



k GONZALO ESTEVA Y CUEVAS. 



Pocas mañanas hay tan alegres, tan frescas, tan azules, como 
esta mañana de San Juan. El cielo está muy limpio, «como si los 
ángeles lo hubieran lavado por la mañana;» llovió anoche, y toda- 
vía cuelgan de las ramas brazaletes de rocío que se evaporan lue- 
go que el sol brilla, como los sueños luego que amanece; los insec- 
tos se ahogan en las gotas de agua que resbalan por las hojas, y se 
aspira con regocijo ese olor delicioso de tierra húmeda, que sólo 
puede compararse con el olor de los cabellos negros, con el olor de 
la epidermis blanca y el olor de las páginas recién impresas. Tam- 
bién la naturaleza sale de la alberca con el cabello suelto y la gar- 
ganta descubierta; los pájaros se emborrachan con el agua, cantan 
mucho, y los niños del pueblo hunden su cara en la gran palanga- 
na de metal. ¡Oh mañanita de San Juan, la de camisa limpia y ja- 
bones perfumados! yo quisiera mirarte lejos de estos calderos en 
que hierve grasa humana; quisiera contemplarte al aire libre, allí 
donde apareces virgen todavía, con los brazos muy blancos y los 
rizos húmedos! Allí eres virgen: cuando llegas á la ciudad, tus la- 
bios rojos han besado mucho; muchas guedejas rubias de tu undí- 
vago cabello se han quedado en las manos de tus mil amantes, co- 
mo queda el vellón de los corderos en los zarzales del camino; mu- 
chos brazos han rodeado tu cintura; traes en el cuello la marca 
roja de una mordida, y vienes tambaleando con traje de raso blan- 
co todavía, pero ya prostituido, profanado, semejante al de Giroflé 
después de la comida, cuando la novia muerde sus inmaculados 
azahares y empapa sus cabellos en el vino! ¡No, mañanita de San 
Juan, así yo no te quiero! Me gustas en el campo: allí donde se mi- 
ran tus azules ojitos y tus trenzas de oro. Bajas por la escarpada co- 
lina poco á poco; llamas á la puerta ó entornas sigilosamente la 
ventana para que tu mirada alumbre el interior, y todos te recibi- 
mos como reciben los enfermos la salud, los pobres la riqueza y los 
corazones el amor. ¿No eres amorosa? ¿No eres muy rica? ¿No eres 
saua? Cuando vienes, los novios hacen sus eternos juramentos; los 



l8 MANUEL GUTIÉRREZ NÁJERA 



que padecen, se levantan vueltos á la vida; y la dorada luz de tus 
cabellos siembra de lentejuelas y monedas de oro el verde obscuro 
de los campos, el fondo de los ríos y la pequeña mesa de madera 
pobre en que se desayunan los humildes, bebiendo un tarro de es- 
pumosa leche, mientras la vaca muge en el establo. ¡Ah! Yo qui- 
siera mirarte así cuando eres virgen, y besar las mejillas de Ni- 
ñón ¡sus mejillas de sonrosado terciopelo y sus hombros de 

raso blanco! 

*** 

Cuando llegas, ¡oh mañanita de San Juan! recuerdo una vieja 
historia que tú sabes y que ni tú ni yo podemos olvidar. ¿Te acuer- 
das? La hacienda en que yo estaba por aquellos días, era muy 
grande; con muchas fanegas de tierra sembradas é incontables ca- 
bezas de ganado. Allí está el caserón, precedido de un patio con 
su fuente en medio. Allá está la capilla. Lejos, bajo las ramas 
colgantes de los grandes sauces, está la presa en que van á abre- 
varse los rebaños. Vista desde una altura y á distancia, se diría 
que la presa es la enorme pupila azul de algún gigante, tendido á 
la bartola sobre el césped. ¡Y qué honda es la presa! ¡Tú lo sa- 
bes ! 

Gabriel y Carlos jugaban comunmente en el jardín.— Gabriel 
tenía seis años; Carlos, siete. Pero un día, la madre de Gabriel y 
de Carlos cayó en cama, y no hubo quien vigilara sus alegres corre- 
rías. Era el día de San Juan. Cuando empezaba á declinar la tar- 
de, Gabriel dijo á Carlos: 

— Mira, mamá duerme y ya hemos roto nuestros fusiles. Vamos 
á la presa. Si mamá nos riñe, la diremos que estábamos jugando 
en el jardín. Carlos, que era el mayor, tuvo algunos escrúpulos 
ligeros. Pero el delito no era tan enorme, y además, los dos sa- 
bían que la presa estaba adornada con grandes cañaverales y ra- 
mos de zempazúchil. ¡Era día de San Juan! 

— ¡Vamos! — le dijo — llevaremos un Mo7iitor para hacer barcos 
de papel y les cortaremos las alas á las moscas para que sirvan de 
marineros. 

Y Carlos y Gabriel salieron muy quedito para no despertar á 
su mamá, que estaba enferma. Como era día de fiesta, el campo 
estaba solo. Los peones y trabajadores dormían la siesta en sus 
cabanas. Gabriel y Carlos no pasaron por la tienda, para no ser 
vistos, y corrieron á todo escape por el campo. Muy en breve lle- 
garon á la presa. No había nadie: ni un peón, ni una oveja. Car- 
los cortó en pedazos el Monitor é hizo dos barcos, tan grandes co- 
mo los navios de Guatemala. Las pobres moscas que iban .sin alas 
y cautivas en una caja de obleas, tripularon humildemente las em- 



MANUEL GUTIÉRREZ N AJERA 1 9 



barcaciones. Por desgracia, la víspera habían limpiado la presa, y 
estaba el agua un poco baja. Gabriel no la alcanzaba con sus ma- 
nos. Carlos, que era el mayor, le dijo: 

— Déjame á mí que soy más grande. Pero Carlos tampoco la al- 
canzaba. Trepó entonces sobre el pretil de piedra, levantando las 
plantas de la tierra; alargó el brazo é iba á tocar el agua y á dejar 
en ella el barco, cuando, perdiendo el equilibrio, ca^^ó al tranquilo 
seno de las ondas. Gabriel lanzó un agudo grito. Rompiéndose 
las uñas con las piedras, rasgándose la ropa, á viva fuerza, logró 
también encaramarse sobre la cornisa, tendiendo casi todo el busto 
sobre el agua. Las ondas se agitaban todavía. Adentro estaba 
Carlos. De súbito, aparece en la superficie, con la cara amoratada, 
arrojando agua por la nariz y por la boca. 

—¡Hermano! ¡hermano! 

— ¡Ven acá! ¡ven acá! No quiero que te mueras. 

Nadie oía. Los niños pedían socorro, estremeciendo el aire con 
sus gritos; no acudía ninguno. Gabriel se inclinaba cada vez más 
sobre las aguas y tendía las manos. 

—Acércate, liermanito, yo te estiro. 

Carlos quería nadar y aproximarse al muro de la presa; pero 
ya le faltaban las fuerzas, ya se hundía. De pronto, se movieron las 
ondas y asió Carlos una rama, y apoyado en ella logró ponerse 
junto al pretil y alzó una mano: Gabriel la apretó con las mani- 
las suyas, y quiso el pobre niño levantar por los aires á su herma- 
no que había sacado medio cuerpo de las aguas y se agarraba á 
las salientes piedras de la presa. Gabriel estaba rojo y sus manos 
sudaban, apretando la blanca manecita del hermano. 

— ¡Si no puedo sacarte! ¡Si no puedo! 

Y Carlos volvía á hundirse, y con sus ojos negros muy abier- 
tos le pedía socorro. 

— ¡No seas malo! ¿Qué te he hecho? Te daré mis cajitas de sol- 
dados y el molino de marniaja que te gustan tanto. ¡Sácame de 
aquí ! 

Gabriel lloraba nerviosamente, y estirando más el cuerpo de 
su hermanito moribundo, le decía: 

— ¡No quiero que te mueras! ¡Mamá! ¡Mamá! ¡No quiero que 
se muera! 

Y ambos gritaban, exclamando luego: 
— ¡No nos oyen! ¡No nos oyen! 

— ¡Santo ángel de mi guarda! ¿Por qué no me oyes? 

Y entretanto, fué cayendo la noche. Las ventanas se ilumina- 
ban en el caserío. Allí había padres que besaban á sus hijos. Fue- 
ron saliendo las estrellas en el cielo. Diríase que miraban la trage- 
dia de aquellas tres manitas enlazadas que no querían soltarse y se 



20 MANUEI. GUTIÉRREZ NÁJERA 



soltaban! Y las estrellas no podían ayudarles, ¡porque las estrellas 
son muy frías y están muy altas ! 

Las lágrimas amargas de Gabriel caían sobre la cabeza de su 
hermano. Se veían juntos, cara á cara, apretándose las manos, y 
uno iba á morirse! 

— Suelta, hermanito, ya no puedes más; voy á morirme. 

— ¡Todavía no! ¡Todavía no! ¡Socorro! ¡Auxilio! 

— ¡Toma! voy á dejarte mi reloj. ¡Toma, hermanito! 

Y con la mano que tenía libre sacó de su bolsillo el diminuto 
reloj de oro que le habían regalado el Año Nuevo ! ¡ Cuántos meses 
había pensado sin descanso en ese pequeño reloj de oro ! El día en 
que al fin lo tuvo, no quería acostarse. Para dormir, lo puso bajo 
su almohada. Gabriel miraba con asombro sus dos tapas, la mues- 
tra blanca en que giraban poco á poco las manecitas negras y el 
instantero que, nerviosamente, corría, corría, sin dar jamás con la 
salida del estrecho círculo. Y decía: — ¡Cuando tenga siete años, 
como Carlos, también me comprarán un reloj de oro! — No, pobre 
niño; no cumples aún siete años, y ya tienes el reloj. Tu hermanito 
se muere y te lo deja. ¿Para qué lo quiere? La tumba es muy obs- 
cura, y no se puede ver la hora que es. 

— ¡Toma, hermanito, voy á darte mi reloj; toma, hermanito! 

Y las manitas, ya moradas, se aflojaron, y las bocas se dieron 
un beso desde lejos. Ya no tenían los niños fuerza en sus pulmo- 
nes para pedir socorro. Ya se abren las aguas, como se abre la 
muchedumbre en procesión cuando la Hostia pasa. Ya se cierran 
y sólo queda por un segundo, sobre la onda azul, un bucle lacio de 
cabellos rubios! 

Gabriel soltó á correr en dirección del caserío, tropezando, ca- 
yendo sobre las piedras que lo herían. No digamos ya más: cuan- 
do el cuerpo de Carlos se encontró, ya estaba frío, tan frío, que la 
madre, al besarlo, quedó muerta! 

*** 

I Oh mañanita de San Juan! Tu blanco traje de novia tiene tam- 
bién manchas de sangre! 



MANUEL GUTIÉRREZ NÁJERA 21 



EN EL HIPÓDROMO. 



Es imposible separar los ojos de esa larga pista, en donde los 
caballos de carrera compiten, maravillándonos con sus proezas. Yo 
sé de muchas damas que han reñido con sus novios, porque és- 
tos, en vez de verlas preferentemente y admirarlas, fijaban su aten- 
ción en los ardides de los jockeys y en la traza de los caballos. Y 
sé, en cambio, de otro amigo mío, que absorto en la contemplación 
de unas medias azules, perfectamente restiradas, perdió su apuesta 
por no haber observado, como debía haberlo hecho desde antes, las 
condiciones en que iba á verificarse la carrera. Pero esta manía 
hípica no cunde nada más entre los dueños de caballos y los apos- 
tadores, ávidos de lucro; se extiende hasta las damas, que también 
siguen, á favor del anteojo, los episodios y las peripecias de la justa, 
y que apuestan como nosotros apostamos, y emplean en su conver- 
sación los agrios vocablos del idioma hípico, erizado de puntas y 
consonantes agudísimas. I,os galantes y los cortejos van á apostar 
con las señoras, y ofrecen una caja de guantes ó un estuche de per- 
fumes, en cambio de la pálida camelia que se marchita en los ca- 
bellos de la dama ó del coqueto alfiler de oro que detiene los rizos 
de la nuca. El breve guante de cabritilla paja que aprisiona una 
mano raarfilina, bien vale todos los jarrones de Sévres que tiene 
Hildebrand en sus lujosos almacenes, y todas las delicadas minia- 
turas que traza el pincel-Daudet de Casarín. Yo tengo en el cofre 
azul de mis recuerdos uno de esos guantes. ¿De quién era? Recuer- 
do que durante muchos días fué conmigo, guardado en la cartera, 
y durmió bajo mi almohada por las noches. ¿De quién era? ¡Pobre 
guante! Ya le faltan dos botones y tiene un pequeñito desgarrón 
en el dedo meñique. Huele á rubia. 



* 



La arena del Hipódromo ha recibido ya también su bautismo de 
sangre. Pero ¿quién piensa durante la animación de las carreras, 



22 MANUEL GUTIÉRREZ NÁJERA 



en esos tristes lances de tragedia? El caballo pasea con arrogancia 
dentro de la pista, como una hermosa en el salón del baile. Sabe 
que es arrogante y sabe que le miran. Y el caballo puede matar á 
su jinete en el steeple chase, como la dama, por casta y angelical 
que os parezca, puede también poner en vuestra mano el vibran- 
te florete del duelista ó el revólver del suicida. Todo ani'-'r da la 
muerte. 

No.sotros acariciamos la crin sedosa del caballo ó nos dormimos 
á la sombra de una tupida cabellera negra, como la Africana bajo 
la fronda pérfida del manzanillo. Tus piernas son nerviosas — ¡oh 
caballo! — mis dedos quieren esconderse entre tus crines, y cuando 
tú, alargando el noble cuello, dilatas la nariz y corres, como un 
dardo disparado, yo siento las palpitaciones de tu carne, y te poseo 
y te amo, ebrio de orgullo. Bien sé que en uno de tus botes pue- 
des arrojarme á distancias enormes, como se arroja un saco de hue- 
sos desde lo alto de una torre. Mi cuerpo irá á caer en la barranca 
ó quedará desamparado en la llanura, siendo pasto de los buitres- 
¿Pero qué importa? ¡yo te amo! 

— Tus ojos— oh mujer— ocultan el amor al propio tiempo que 
la muerte, porque son negros como la noche y en la noche reinan 
las pálidas estrellas y los perversos malhechores. Tus pupilas des- 
piden luces frías, como flechas de acero. Nadie ha podido sorpren- 
der los escondidos pensamientos que guarda tu frente impenetra- 
ble. Eres el arca santa ó la terrible caja de Pandora, el cóndor ó el 
gusano, la cumbre en que .se e.stá próximo al cielo ó la barranca 
cuyo duro suelo caldean las llamas del infierno. Me han dicho que 
no debo quererte, y por eso te amo, como José adoraba á Carmen 
la gitana. El árbol traicionero alza su copa hermosa sobre los de- 
más: no hay nidos en sus ramas; abajo está la muerte. Puedo, si 
quiero, reposar bajo otros árboles, bajo la encina honrada ó el no- 
gal hospedador. Pero esos no poseen tu seducción diabólica, ni son 
tan bellos como tú. He corrido por los campos y los bosques; el can- 
sancio me agobia; déjame, pues, dormir bajo tus hojas y beber por 
mis poros el veneno de la muerte! 



Mas ¿quién piensa en la caída mortal cuando caracolea el caba- 
llo, coqueteando en la arena del turf; ni en el minuto trágico del 
duelo, cuando la bella peligrosa se apoya en nuestro brazo para 
lanzarse al torbellino rápido del vals? Yo en las carreras, pensaba 
en u.sted, ¡oh gran dominadora!, y en las apuestas que había hecho 
en la oficina. El juego es la suprema sensación para aquellos que 
no conocen el amor, ese otro juego en que .se apuesta el alma. Pe- 
ro el juego, en el Hipódromo, es el juego hecho carne; la sensación 
de dos mil metros; el juego con peripecias y sobresaltos; el juego 



MANUEL GUTIÉRREZ NÁJERA 23 



que ase á su víctima por los cabellos y la columpia en el espacio. 
¡Qué hermosa es «Taxatón!» Sus movimientos están ajustados á 
un ritmo cadencioso; la baña el sol por todas partes; anda como 
una reina de quince años en el momento de subir al trono. «Jú])i- 
ter» es el mozo arrojado que, como Paolo, besa en los labios á la 
que ama, aun cuando tenga sobre el pecho la punta del puñal que 
va á matarle. ¿Y «Maretzeck?" ¿Dedónde viene ese nobilísimo ex- 
tranjero? Es un nabab que se pasea en las calles de París. Mira 
con altivez á los demás y pasa imperturbable, seguro de sí mismo y 
olfateando la victoria. Pero el «águila» no obedece á las leyes de la 
gravedad y parece que tiene alas adentro; y «Caracole,» travesean- 
do como una locuela, se burla de los demás y sabe que ninguno 
podrá disputarle el triunfo. Parten ya: el ((Halcón» sale disparado 
como una enorme piedra negra arrojada por la honda de un gigan- 
te, y parece que la pista se va enrollando delante de él, como una 
pieza de paño gris en torno de un cilindro giratorio. ((Halcón» ven- 
ce hasta ahora; pero el ((Águila,» que no ha querido fatigarse y que 
avanza tranquila, arranca con una fuerza extraordinaria, aprove- 
chando la fatiga del contrario, y le alcanza en la curva de la pista, 
y le pasa, y entre vivas y aplausos, llega á la meta, sin una gota 
de sudor, altiva é impasible como el poeta que, terminada su tra- 
gedia, sale al escenario y escucha los aplausos, sin agradecerlos, 
como no agradece el sol las miradas sumisas de los hombres. 

Durante la rápida competencia ¡cuántas emociones han sentido 
sucesivamente los apostadores! El dinero apostado en las carreras 
es un dinero que galopa y que corre: se oye venir, montado en el 
caballo, como si el jinete tuviera una armadura de oro. Un ena- 
morado que estaba junto á mí apostó al ((Halcón» y le veía ven- 
cer coa espanto. Había apostado una caja de guantes y perfumes, 
contra el listón azul que ceñía la garganta de su novia. Quería 
perder. 

En un hermoso drama de Vigny, Chattertton halla en un baile 
á la mujer que amaba desde lejos 

Vers de terre amoureux d'une etoile! 

En el tumulto de la fiesta, ve la dama que habían desgarrado 
su traje y busca un alfiler para prenderlo. Chattertton era pobre; 
pero tenía un alfiler muy rico, de brillantes, único resto de sus 
pasados esplendores. Esa era, casi, toda su fortuna. Se acercó á la 
dama y le ofr-ció la rica joya para que prendiese con ella su des- 
garrada falda, 

— Cabalkro, no puedo recibir de un desconocido alhaja de tal 
precio. 

— Si es por eso, y no más — repuso Chattertton— tomad, 

Y rompiéndola vigorosamente entre sus dedos, le tendió el al- 
filer, arrojando por la ventana los brillantes. 



24 MANUEL GUTIÉRREZ NÁJERA 



* 

* * 

Yo en el Hipódromo no pensaba nada más en la gran domado- 
ra de mis pensamientos y en la nerviosa agilidad del «Águila. » Pen- 
saba, viendo las tribunas, en el pintor supremo de las elegancias 
parisienses. De Nittis. Hay tres pasteles de De Nittis que repre- 
sentan varios episodios de carreras. En uno (Pendant la Course), 
la pista no se ve. El pintor comprendía que los más importantes 
en el turf \\o son los caballos, sino las mujeres. En primer término, 
en pie sobre una silla de paja, una mujer alta y hermosa observa 
la carrera. Está de perfil- Yo apostaría á que no es una mujer 
honrada. 

Mira el match fríamente, como si en él no aventurara un sólo 
franco suyo. Tal vez habrá apostado la fortuna de su amante. 
Largo abrigo de felpa le llega casi hasta los talones, descubriendo 
apenas la extremidad de su enagua escocesa. Los botines son de 
paño gris con zapatillas de cuero barnizado. No tiene breve el pie 
ni pequeñas las manos, que se esconden en el manchón de pieles. 
Cubre su cabeza un gran sombrero de terciopelo mirto, sobre el 
que se destaca una camelia blanca, como una gota de leche caí- 
da de los senos de Cibeles. La escena debe pasar en Auteuil y du- 
rante las carreras de otoño. La hermosa impasible tiene frío. Se 
conoce en el modo con que ata las bridas de su sombrero y en el 
cuidado con que oculta su garganta. Junto á ella, pero en tierra y 
puesto adrede para sostenerla en caso de una caída, está su acom- 
pañante, rígido y gallardo, con los brazos cruzados sobre el pecho. 
Se ve la tela de su traje obscuro y el tejido de su corbata. Siente 
uno tentaciones de pasar la mano por la seda del sombrero, para 
ver si se eriza. En torno, y distribuidos con grande arte, vense 
muchos grupos de espectadores. Unos siguen con fiebre los inci- 
dentes de la carrera; otros entablan conversaciones amorosas; pero, 
dominando á todos, en pie en la silla de paja, con la misma altive- 
za de una estatua en el marmóreo pede.stal, destácase la dama ru- 
bia y pálida, impasible, severa y desdeñosa. Sus ojos no se apar- 
tan de la pista. Yo creo que con un poco de atención se vería la 
carrera reflejada en sus pupilas. 

En otro pastel de De Nittis, la escena representa un grupo en 
torno del brasero. El cielo tiene un gris mate, como si en lo alto 
se estuviera formando la nieve que ha de caer en el invierno. A lo 
lejos se distingue la pista y el hormiguear confuso de los circuns- 
tantes. Un grupo de privilegiados se reúne en torno del brasero, 
que es un cono de hierro como de metro y medio, en cuyo centro 
arden carbones crepitantes: las llamas rojas salen por los intersticios 
de la reja, como lenguas de ratones diabólicos que intentan esca- 
parse del infierno. Al rededor de esa poete hay figuras deliciosas, 



MANUEL GUTIÉRREZ NÁJERA 25 



cuyos contornos nadan en la luz. Nadie piensa en los caballos ni 
atiende á las carreras. Todos descansan indolentemente, exten- 
diendo sus piernas para calentarse al amor de la lumbre. De un 
personaje sólo se ve el pie, bien calzado, cuya planta lamen casi 
las rojizas lengüetas del brasero. Allí está el ruso Turguenefif, un 
parisiense del Newskia, arropado en los anchos pliegues de su ho- 
palanda, sobre la que nievan los blanquísimos copos de su barba. 
Junto á él, una mujer, de blancura hiperbórea, le mira sonriendo 
y enseñando sus blancos dientes esmaltados. Sobre una silla des- 
cansa y vSe calienta un perro lanudo, de esos que la implacable 
moda tusa á medias, dejando á descubierto su finísimo cutis color 
de rosa subido y la extremidad de sus piernas raquíticas. Mas la 
figura singularmente bella en este cuadro, es la de una mujer alta 
y esbelta, que apoj^ándose en el respaldo de una silla y conservan- 
do el equilibrio en sólo un pie, tiende su breve planta hacia la 
llama. 

Viste un traje de terciopelo guinda obscuro y lleva un sombrero 
del mismo color, con adornos azules listados de negro y detenidos 
por una airosa pluma blanca. Tuerce el cuerpo hacia atrás, y al 
acercar la planta al fuego, su enagua levantada dibuja las morbi- 
deces de la pierna. El ala ancha y caída de su sombrero, le cubre 
una gran parte de la cara; pero puede mirarse la extremidad déla 
nariz correcta, cuyas ventanillas color de rosa se estremecen, como 
si olfatearan besos, y el corte de la barba, cuya línea ondulante se 
desvanece en la garganta. Por sobre la nuca y escapando á la ti- 
ranía del sombrero, cae una doble trenza rubia. Yo viviría bajo 
esa trenza. 

En el aire revolotean, moviendo sus élictros sonoros, los ¡ Hip! 
¡Hip! de los jockeysy el ¡Hurra! délos apo.stadores gananciosos. 

Un De Nittis viajero podría encontrar, en las tribunas del Hipó- 
dromo, bonito asunto para nuevos cuadros. Aquí, sin embargo, los 
grupos no se distribuyen de modo tan pintoresco y tan artístico. 
Parece que están sujetos todos al despotismo de la inflexible línea 
recta. I^as señoras se alinean en las tribunas y los hombres hacen 
abajo su cuarto de centinela. Nosotros no tenemos tampoco esas 
fanáticas del caballo que hay en I^ondres y en Paris. Ea más famosa 
en Francia es la Condesa de *^^*, apellidada por los periodistas Há- 
dame Bob. Nadie podría decir que ha sido su amante, y sin em- 
bargo, el mundo no la juzga honrada. Posee eso que Baudelaire 
apellidaba, con extraordinaria precisión, da gracia infantil de los 
monos.» Es delgada, y cuando abrocha su casaca estrecha sobre 
el pecho aplanado, más bien se creería ver á un estudiante en va- 
caciones ó á un jockey en traje de paseo. 



26 MANUEL GUTIÉRREZ NÁJERA 



Mme. Bob no se jacta de sus títulos, pero sí se vanagloria de 
sus caballos, que descienden de «Gladiator» y «Lady Tempest». Y 
cuentan que cuando vuelve de algún baile, escotada, con los ebúr- 
neos brazos descubiertos y abrochados los catorce botones de sus 
guantes, entra en las caballerizas, alumbradas por el gas, y allí di- 
lata su nariz para sentir el acre olor de las repletas pesebreras, y 
despierta los caballos, y les rodea el cuello con los brazos, y los besa, 
y monta como una amazona y se deja caer entre las piernas de su 
yegua favorita; y roza con su codo lustroso la madera de los bojes, 
y hunde sus zapatillas de raso blanco en el estiércol ; y permite que 
el casco de sus caballos retozones le rasgue la crujiente seda del 
vestido, y que sus gruesas bocas frías le mojen la garganta y el 
cabello. Luego sube á su tocador, que huele á azaleas y á violetas, 
y se lava allí, no en las palanganas de finísimo cristal, ni en las 
ánforas de plata maciza llenas de cincelados y arabescos, sino en el 
burdo cubo de madera en donde empapa una grosera esponja, pre- 
firiendo al agua de Santa María de la Novella y al mismo Chipre, 
cuyo olor no puede definirse, el agua clara tomada en la mañana, 
de la fuente, y con la que salpica, al zabullir sus rizos negros, los 
muros tapizados de acuarelas japonesas. ^ 

*** 

¡El caballo! Yo comprendo las pasiones que inspira, aun cuan- 
do sean como la salvaje pasión de Mme. Bob. Las mujeres le aman 
más aún que nosotros. 

Allons, nion intrépide, 
Ta cávale rapide 
Frappe du pied le sol; 
Et ton boiiffon balayice^ 
Comine un soldat sa lance 
Sonjoyeux parasol! 

¿Te acuerdas? Ya hace mucho tiempo de ésto: fué cuando me 
amabas. El aire estaba fresco como si dentro de cada gota de luz 
fuese una gota de agua. Acabábamos de tomar en sendos tarros — 
tú no quisi.ste que bebiera en el \Myo — la espumosa leche que de- 
lante de nosotros ordeñaron. ¡Cómo reímos en esa azul mañana y 
cómo recuerdo los bigotes blancos que dibujó la leche en tu boqui- 
ta! íbamos á partir. Tu caballo relinchaba impaciente, y tu mamá, 
al verle brioso, te suplicaba que no hicieras locuras. ¿Te acuerdas? 
No podías subir, y yo, para ayudarte, te tomé entre mis brazos. 
No he podido olvidarlo, ¡Qué cerca estuvimos en ese in.stante y 
qué lejos estamos hoy! Después arreglé los pliegues largos de tu 



MANUEL GUTIÉRREZ NÁJERA 27 



amazona y estreché entre mis manos tu delicado botincito. Tú, 
ruborizada, espoleaste tu caballo y corriste, riendo, por el llano. 
Te alcancé. Galopamos mucho, mucho, hacia el lugar por donde 
sale el sol. Parecía que corríamos á un incendio. Los demás se 
habían quedado atrás, y tú, medrosa, quisiste que los aguardára- 
mos á la sombra de un árbol. Allí nos detuvimos. Yo pensaba en 
el breve botín ' que ocultaba tu amazona y en tu corazón que 
había sentido junto al mío. Y hablamos, y tu caballo color de oro 
se fué acercando al mío, como si fuera á contarle algún secreto, y 
de repente, mi boca trémula besó los delicados bucles rubios que se 
erizaban en tu cuello. 

¡Cómo ha corrido el tiempo! Cuando tengas hijas, no dejes que 
ninguno las ayude á sentarse en el albardón de su caballo ! 



28 MANUEL GUTIÉRREZ NÁJERA 



LA PASIÓN DE PASIONARIA. 



¡cómo se apena el corazón y cómo se entumece el espíritu, 
cuando las nubes van amontonándose en el cielo, ó derraman sus 
cataratas, como las náyades vertían sus ricas urnas! En esas tar- 
des tristes y pluviosas, se piensa en todos aquellos que no son; en 
los amigos que partieron al país de las sombras, dejando en el ho- 
gar un sillón vacío y un hueco que no se llena en el espíritu. Tal 
parece que tiembla el corazón, pensando que el agua llovediza se 
filtra por las hendeduras de la tierra, y baja, como llanto, al ataúd, 
mojando el cuerpo frío de los cadáveres. Y es que el hombre no 
cree jamás en que la vida cesa; anima con la imaginación el cuer- 
po muerto cuyas moléculas se desagregan y entran al torbellino 
del eterno cosmos, y resiste á la ley ineludible de los seres. Todos, 
en nuestras horas de tristeza, cuando el viento sopla en el tubo an- 
gosto de la chimenea, ó cuando el agua azota los cri.stales, ó cuan- 
do el mar se agita y embravece; todos, cual más, cual menos, des- 
andamos «on la imaginación este camino largo de la vida, y re- 
cordando á los ausentes, que ya uunca volverán, creemos oir sus 
congojosas voces en el quejido de la ráfaga que pasa, en el rumor 
del agua y en los tumbos del océano tumultuoso. El hijo piensa 
entonces en su amante padre, cuyos cabellos canos le finge la nieve 
prendida en los árboles; el novio, cuya gentil enamorada robó el 
cielo, piensa escuchar su balbuceo de niña en el ruido melancólico 
del agua; y el criminal, á quien atenacea el remordimiento, cierra 
sus oídos á la robusta sonoridad del océano, que, como Dios á Caín,' 
le dice: ¿En dónde está tu hermano? Y nadie piensa en que esos 
cuerpos están ya disyectos y en que sus átomos van errantes y 
dispersos, del botón encarnado de la rosa á la carne del tigre car- 
nicero; de la llama que oscila en la bujía á los ojos de la mujer 
enamorada; nadie quiere creer que sólo el alma sobrevive y que la 
vil materia se deshace: porque de tal manera encariñados nos ha- 
llamos con la envoltura terrenal, y tan grande es la predominación 
de nuestros sentimientos egoístas, que, por tener derecho á imagi- 



MANUEL GUTIÉRREZ NÁJERA 29 



nar que nuestros cuerpos son eternos, no consentimos en creer que 
la inflexible muerte ha acabado con los demás, y, calumniando á 
Dios, prolongamos la vida hasta pasada ya la orilla amarillenta en 
que comienzan los dominios de la muerte. 

Este sentimiento es mayor en los pueblos que no alcanzan to- 
davía un grado superior de civilización y de cultura. L-os egipcios 
pensaban que sus deudos difuntos habían mene.ster aún del ali- 
mento. Por eso pintaban en el interior de los sepulcros é hipogeos, 
fámulos y sirvientes, provistos de bandejas llenas de sabrosos man- 
jares, cacharros henchidos de agua y grandes panes. Nuestro pue- 
blo conserva aún esa superstición, y deposita, en el día de los di- 
funtos, en el camposanto, lo que llama la ofrenda. 

*** 

Días pasados, hablaba yo con una nerviosísima italiana acerca 
de estos usos y costumbres. No estábamos solos en su habitación; 
que, á halterio estado, hubiera preferido hablarla de amor. I^a llu- 
via no permitía que abandonáramos el sagrado de su hogar, y allí, 
cautivos, entreteníamos la velada con cuentos de aparecidos y re- 
sucitados. 

— ¿No cree usted en la transmigración de las almas? — me decía. 

Solté á reir, y oprimiendo su mano á hurtadillas de los demás, 
la contesté: 

— Cuando miro esos ojos y esa boca, creo en la transmigración de 
los espíritus. Vive en usted el alma de Cleopatra. ¿No es así? 

Mi bella interlocutora, agradecida, desarrugó el ceño, contraí- 
do poco antes por lo huraño de la plática, y me dijo: 

— No sé si los muertos vuelven, ni si emigran las almas á otros 

cuerpos, pero voy á narrarle una historia Juan casó erf segundas 

nupcias con Antonia. De su primera esposa quedábale una niña 
de siete años, á quien llamaban Ro.salía sus padres, y Pasionaria, 
los vecinos de la aldea, ha. primera mujer de Juan era todo lo que 
se llama un ángel de Dios. Paciente, sufridísima, amorosa, se veía 
en los ojos de su marido y en el fresco palmito de la niña. Las co- 
madres del pueblo, viendo su tez pálida, sus grandes ojos rodea- 
dos por círculos azules, y la marcada delgadez de su enfermizo 
cuerpo, decían que la mamá de Pasionaria no haría huesos viejos. 
Ella, alegre y resignada, esperaba la muerte cantando, como aguar- 
dan las golondrinas el invierno. Cierta noche, Andrea — que tal 
era su nombre — se agravó mucho, tanto que hubo necesidad de lla- 
mar á D. Domingo el curandero. ¡Todo inútil! La pobre madre se 
moría, sin que nadie pudiese remediarlo. Poco antes de entrar en 
agonía, llamó á su hija, que á la sazón contaba cinco años, y le 
dijo: 



30 MANUEL GUTIÉRREZ NÁJERA 



— Rosalía: ya me voy. Yo quisiera llevarte; pero el camino es 
muy largo y muy frío. Quédate aquí; tu padre te necesita y tú le 
hablarás de mí para que no me olvide. ¡Hasta mañana! 

Andrea cerró los ojos, y Rosalía besó, llorando, sus manos que 
parecían de nieve. ¡ Hasta mañana! Es verdad: ¡mañana en el cielo! 

*** 

Juan era mozo todavía y se consoló á los once meses. Al año 
cabal, se había casado con Antonia. Esta era mala, huraña y descon- 
fiada, lya madrastra— como en el pueblo la llamaban — hizo sufrir 
muchísimo á la pobre niña. La trataba con dureza, solía azotarla 
cuando Juan no estaba en casa, y hasta llegó á quemar un día sus 
manos con la plancha caliente. Rosalía lloraba; nada más. Cuando 
eran muchos sus padecimientos, decía en voz baja, con la cara pe- 
gada á los rincones: — ¡Madre! ¡madrecita! 

Pero la pobrecita muerta no la oía. ¡ Qué pesado ha de ser el 
sueño de los muertos! Las niñas del cortijo, viéndola tan triste, la 
invitaban á jugar. Pero ella no iba porque sus zapatitos no tenían 
ya suelas y los guijarros de la calle se le encajaban en la planta. 
A fuerza de zalamerías con su marido, Antonia había logrado ena- 
jenarle el cariño de su padre. Una noche. Pasionaria habló de su 
mamá; pero esa noche la dejaron sin cena y le pegaron, —i Malhaya 
la madrastra! — decían las buenas almas de la vecindad. Dios quie- 
ra acordarse de la pobrecita Pasionaria! 

Dios tiene buena memoria y se acordó. Cuando nadie lo espe- 
raba, y sin visible cambio en la conducta depravada de los padres, 
Pasionaria se fué reanimando, como la mecha de una lámpara 
cuando sube el aceite. Seguía siendo muy pálida, pero sus ojos 
brillaban tanto como la lamparilla que arde junto al Sacramento. 

— ¿Vas mejor, Pasionaria? 

— ¡Vaya que voy, como que ya me he puesto buena! 

Sin embargo, un doctor que estuvo de temporada en el cortijo, 
vio á la niña y su pronóstico fué fatal: "A la caída de las hojas 
se nos va." 

Pasionaria desmentía con su cambio este vaticinio. Pasionaria 
cantaba, haciendo los menesteres de la casa, siempre que Antonia, 
perezosa y egoí.sta, andaba de parranda con las cortijeras. Luego 
que la madrastra llegaba. Pasionaria enmudecía! ¡ Así callan los 
pájaros cuando ven la escopeta de los cazadores! Las buenas gen- 
tes del cortijo, se decían, con grandes muestras de compasión, que 
Pasionaria estaba loca. La habían visto hablar sola en los rinco- 
nes, y ha.sta habían escuchado estas palabras: 

— ¡Madre! ¡madrecita! 

Pasionaria no estaba loca. Pasionaria hablaba con su madre. 



MANUEL GUTIÉRREZ NÁJERA 31 



L,a santa mujer, que tenía una silla de marfil y de oro cerca de los 
ángeles, pidió una audiencia á Dios Nuestro Señor para decirle: 

— Señor: yo estoy muy contenta y muy regocijada en tu gloria, 
porque te estoy mirando; pero, si no te enojas, voy á hablarte con 
franqueza. Tengo en la tierra un pedacito de mi alma que sufre 
mucho, y mejor quiero padecer con ella que gozar sola. Déjame ir 
á donde está, porque me llama la pobrecita y se está muriendo. 

— Vete — dijo el Señor — pero si te vas, no puedes ya volver. 

—¡Adiós, Señor! 

lya gloria, sin sus hijos, no es gloria, para una madre. 

Aquella noche, Andrea se apareció á su hija y le hablo así: 

— Yo te dije que volvería y aquí me tienes. De hoy en más no 
te abandonaré, tú me darás la mitad de los mendrugos que te den 
por alimento, y cuando te azoten esas malas almas, dividiremos el 
dolor entre las dos. 

Y así fué. Por e.so Pasionaria estaba alegre, aunque el doctor 
dijera que se moría. No hay, sin embargo, naturaleza que resista 
á ese maltrato. A la caída de las hojas se murió. Juan que en el 
fondo no era tan malo, se enjugó una lágrima, y el señor cura se 
la llevó á dormir al camposanto. Como era natural, en cuanto. Dios 
supo la muerte, dijo á sus ángeles: 

— Id á traerla, que aquí le tengo preparada una sillita baja de 
marfil y de oro, y un cajón lleno de juguetes y de dulces. 

Los ángeles cumplieron el mandato, y madre é hija.se pusieron 
en camino. Pero Andrea tenía cerrada la puerta del cielo por des- 
confiada, y San Pedro, llamándola aparte, para que la niña no se 
enterase de nada, le dijo: 

— Ya tú sabes lo que el amo di.spuso; yo lo siento, viejita, pero 
el que iué á Sevilla perdió .su silla. 

—Bien sabido que lo tengo. Nada más llego á la puerta para 
dejar allí á la niña, y que entre sola. Ahora que va á gozar, ya no 
me necesita. Lo único que pido es que me den un lugarcito eu el 
Purgatorio, con ventana para el cielo; que de ese modo podré ver- 
la desde allí. — San Pedro conferenció con el Señor, que dio su ve- 
nia, y la madre se despidió de Pasionaria. 

— Madrecita, .si tú no entras 3^0 me voy contigo. 

— Calla, niña, que nada más voy por tu padre y vuelvo pronto. 

¡Pronto, sí! Todavía la está esperando Pasionaria! La pobre 
madre está en el Purgatorio, muy contenta, viendo con el rabo del 
ojo á Pasionaria, que juega con los ángeles todo el día. Dios dice 
que, cuandd llegue el juicio final, se acabará el Purgatorio y que 
entonces se salvará la buena madre. ¡Dios mío! ¿cuándo se acaba 
el mundo para que no estén ausentes esas pobres almas? 



32 MANUEL GUTIÉRREZ NÁJERA 



LOS AMORES DEL COMETA. 



De oro, así es la cauda del cometa. Viene de las inmensas pro- 
fundidades del espacio y ha dejado en las púas de cristal que tienen 
las estrellas, muchas de sus guedejas luminosas. Las coquetas qui- 
sieron atraparle; pero el cometa pasó impasible, sin volverlos ojos, 
como Ulises por entre las sirenas. Venus le provocaba con su volup- 
tuoso parpadeo de media noche, como si ya tuviera sueño y quisie- 
ra volver á casa acompañada. Pero el cometa vio el talón alado 
de Mercurio que sonreía mefistofélicamente, y pasó muy formal á 
la distancia respetable de veintisiete millones de leguas. Y allí le 
veis. Yo creo que en uno de sus viajes halló la estrella de nieve á 
donde nunca llega la mirada de Dios, y que llaman los místicos In- 
fierno. Por eso trae erizos los cabellos. Ha visto muchas tierras, 
muchos cielos; sus aventuras amorosas hacen que las siete cabrillas 
se desternillen de risa, y, cuando imprima sus memorias, veréis 
cómo las comprarán los planetas para leerlas á escondidas, cuidan- 
do de que no caigan en poder de las estrellas donceilitas. Tiene 
mucha fortuna con las mujeres: ¡es de oro! 






No me había sido presentado. Yo, comunmente, no recibo á las 
cuatro y treinta y dos minutos de la madrugada; y ese gran noctám- 
bulo deja sus sábanas azules muy temprano, para espiar la alcoba 
de la aurora por el ojo de la llave, luego que la divina rubia salta de 
su lecho con los brazos desnudos y el cabello suelto. Su pupila 
de oro espía por la cerradura del Oriente. Tal vez en ese instante 
la aurora baja las tres gradas de ópalo que tiene su lecho nupcial, 
y busca para cubrir sus plantas entumecidas, las pantuflas de myr- 
thos que los ángeles forran por dentro con plumas blancas despren- 
didas de sus alas. Y él la mira; la circunda'con el áureo fluido de 
sus ojos; la palpa con la vista; siente las blandas ondulaciones de su 
pecho; ve cómo entorna los párpados, descubriendo sus pupilas 



MANUEL GUTIÉRREZ NÁJERA 33 



color de no me olvides, y recibe en el rostro las primeras gotas de 
rocío que van cayendo de las trenzas rubias, cuando la diosa moja 
su cabeza en la gran palangana de brillantes, y aliña con el peine 
de marfil su cabellera descompuesta por la almohada. El cometa 
está enamorado. Por eso se levanta muy temprano. 

*** 

Cuando los diarios anunciaron su llegada, 5^0 dudé de su exis- 
tencia. Creí que era un pretexto del sol para obligarme á dejar el 
lecho en las primeras horas matinales. El padre de la luz está re- 
ñido conmigo porque no le hago versos y porque no me gusta sii 
hija el alba. 

La blancura irreprochable de esa mujer, me desespera; y desde 
que amo con toda el alma á una morena, odio á las rubias y sobre 

todo á las inglesas. La noche es morena ¡como tú! ¡Perdón! 

Debí haber dicho: ¡como usted! 

Pero el cometa, á pesar de estas dudas, existía. Un .sacerdote 
que va á decir .su misa antes del alba, le había visto. No era. pues, 
un pretexto del hirviente sol para tenerme desvelado y vengarse 
de todos mis desvíos. Los panaderos le conocían y saludaban. El 
gran viajero del espacio estaba en México- 

Los graves observadores de Chapultepec no han desplegado 
aún sus labios, y guardan una actitud prudente para no compro- 
meterse. No saben todavía si ese cometa es de buena familia. Y 
tienen sobradísima razón. No hay que hacer amistades con un des- 
conocido que, á juzgar por la traza, es un polaco aventurero. Sobre 
todo, no hay que fiarle dinero. ¿A qué ha venido? 

La honradez del cometa es muy dudosa. Sale, á la madrugada, 
del caliente camarín en que duerme la aurora, y no contento aún 
con deshonrarla de este modo, espía por la cerradura de la llave 
hasta que acaba de lavarse. Yo no sé si la aurora es casada; pero 
séalo ó no, la hora á que el cometa sale de su casa, no habla muy 
alto en pro de sü reputación. 

El cometa no es caballero. Hace alarde de .sus bellaquerías: 
sale con insolencia, afrentando á los astros pobres con el lujo opu- 
lento de su traje, y, sin respeto al pudor de las estrellas vírgenes, 
compromete la honrosa reputación de una señora. No tiene ver- 
güenza. Cuando menos debía embozarse en una capa. 

*** 

Vanamente esperé que el gran desconocido apareciera en el cie- 
lo raso de mi alcolSa. Para e.ste excursioni.sta, que no viene de Chi- 
cago, uo hay hombres notables ui visitas de etiqueta. Tuve, pues, 



34 MANUEL GUTIÉRREZ NAJERA 



que esperarle en pie y armado, como aguarda un celoso al amante 
de su mujer, para darle, al pasar, las buenas noches. Eran las 
cuatro y media de la madrugada. Las estrellas cuchichearon en- 
tre sí, detrás de los abanicos, y algo como ün enorme chorro de 
champagne, arrojado por una fuente azul, se dibujó en Oriente. Era 
el cometa. La luna, esa gran bandeja de plata en donde pone el sol 
monedas de oro, se escondía, desvelada y pálida, en Oeste. Los lu- 
ceros y yo teníamos frío. 

*** 

Mas si el cometa no presagia ahora el desarrollo de la epidemia, 
ni la contingencia de un conflicto internacional con Guatemala, sí 
puede chocar en el océano obscuro del espacio con esta cascara de 
nuez en que viajamos. Tal conjetura no es absolutamente inadmi- 
sible. Hay 281 millones de probabilidades en contra de esa hipó- 
tesis; pero hay una á favor. Si el choque paralizara el movimiento 
de translación, todo lo que no está pegado á la superficie de la tie- 
rra, saldría de ella con una velocidad de siete leguas por segundo. 
El tenor Prats llegaría á la luna en cuatro minutos. Si el choque 
no hiciera más que detener el movimiento de rotación, los mares 
saldrían de madre descaradamente y cambiarían el Ecuador y los 
polos. ¡Qué admirable espectáculo! Los mares vaciándose, como 
platones que se voltean, sobre la tierra! El astrónomo Wiston cree 
y sostiene que el diluvio fué ocasionado por el choque de un come- 
ta: el que apareció nuevamente en 1680. 

Podía también el bandolero del espacio envolvernos en su opu- 
lenta cola de tertulia. Los cometas debían usar vestido alto. Por 
desgracia sus grandes colas áureas, eterna desesperación de las ac- 
trices, tienen á las veces treinta y hasta ochenta millones de leguas. 
Si la extremidad de una de esas colas gigantescas penetrase en 
nuestra atmósfera, cargadas como están de hidrógeno y carbono, 
la vida .sería imposible en el planeta. Sentiríamos primero una tor- 
peza imponderable, como si acabáramos de almorzar en el restaurant 
de Recamier; y luego, gracias al decrecimiento del ázoe, un rego- 
cijo inmenso y una terrible excitación nerviosa, provocada por la 
rápida combustión de la sangre en los pulmones y por su rápida 
circulación en las arterias. Todos nos moriríamos riendo á carcaja- 
das! Servín abrazaiía á Joaquín Moreno, y García de la Cadena al 
General Aréchiga. 

*** 

Pero, ¿quién piensa en ese horrible fin del mundo, oh vida mía? 

El olor de las rosas dura poco y el champagne se evapora en 

impalpables átomos, si le dejamos, olvidadizos, en la copa. Nuestro 



MANUEIv GUTIÉRREZ NÁJERA 35 



cariño vuela á donde van las notas que se pierden, gimiendo, en 
el espacio. Mañana, tú tendrás canas y yo arrugas. En tus rodi- 
llas saltarán contentos tus chicuelos. Descuida: tenemos tiempo 
para amarnos, porque el amor dura muy poco. Cierra de noche tus 
balcones para que no entre muy temprano la luz impertinente de 
la aurora, y procura que duerma tu previsión, para que no adivines 
los desengaños y las decepciones que nos trae el porvenir. El mun- 
do está viejo, pero nosotros somos jóvenes. Cuando estés en un 
baile, no pienses nunca en la diana del alba ni en el frío de la salida, 
porque tus hombros desnudos se estremecerán, como sintiendo el 
áspero contacto de un cierzo de Diciembre, y sentirás subir á tu 
garganta el bostezo imprudente del fastidio. La esperma brilla, y 
hay mucha luz en los espejos, en los diamantes y en los ojos. La 
música retoza en el espacio, y el wals, como la ola azul de un río 
alemán, arrastra las parejas estrechamente unidas como los cuerpos 
de Paolo y de Francesca. 

Las copas de Bohemia desbordan el vino que da calor al cuerpo, 
y la boca entreabierta de la mujer derrama esas palabras que dan 
calor al alma. El alba se espereza entretanto, y piensa en levantarse. 
No pen.semos en ella. Afuera sopla un viento frío que rasga las 
desnudas carnes de esas pobres gentes que han pasado la noche 
mendigando y vuelven á sus casas sin un sólo mendrugo de pan 
negro. 

No pienses, por Dios, en la capota de pesadas pieles que duer- 
me, aguardándote, en el guardarropa, ni en los cerrados vidrios de 
tu coche. Fin del mundo y salida de un baile, todo es uno. Final 
de fiesta mezclado de silencio y de fatiga; hora en que se apagan 
los lustros y cada cual vuelve á su casa; aquéllos á dormir bajo las 
ropas acolchonadas de su lecho, y éstos á descansar entre los cuatro 
muros de la tumba. Las bujías pavesean, lamiendo las arandelas 
del enro.scado candelabro; los pavos del buffet muestran sus roídas 
caparazones y sus vientres abiertos; los músicos, luchando á brazo 
partido con el sueño, como Jacob con el ángel, no encuentran aire 
en sus pulmones para arrojarlo por el agudo clarinete, ni vigor en 
sus flojas articulaciones para esgrimir el arco del violín; sobre la 
blanca lona que cubre las alfombras, hay muchas flores pisoteadas 
y muchas blondas hechas trizas; las mujeres .se van poniendo oje- 
rosas, y el polvo de arroz cae, como el polen de una flor, de sus 
mejillas; los cocheros, inmóviles, duermen en el pescante, envuel- 
tos hasta la frente con sus carrieles; este es el fin del baile, este es 
el fin del mundo. Pero — aguarda un momento — ¡falta el cotillón! 

Restons! L'etoile vagabonde, 
Dont les sages out peur de loin, 



36 MANUEL GUTIÉRREZ NÁJERA 



Peut-étre, en emportant le monde, 
Nous laissera daus uotre coin! 

El cometa no viene á exterminarnos. Sigue agitando su cabe- 
llera merovingia ante la calva respetable de la Luna, y continúa sus 
aventuras donjuanescas. Tiende á Marte una estocada y se desliza 
como anguila por entre los anillos de Saturno. ¡Míralo! Sigue la- 
gartijeando en el espacio, bombardeado por las miradas incendia- 
rias de la Osa. Reposa en la silla de Casiopea y se ocupa en bruñir 
el coruscante escudo de Sobieski. El Pavo real despliega el abanico 
de su cola para enamorarle, y el ave indiana va á pararse en su hom- 
bro. La Cruz au.stral le abre los brazos, 3' los Lebreles marchan obe- 
dientes á su lado. Allí está Orion que le saluda con los ojos, y el 
fatuo Arturo viéndose en el espejo de las aguas. Puede rizar la ca- 
bellera de Berenice, é ir, jinete en la Girafa, á atravesar el Trián- 
gulo boreal. El León se echa á sus pies y el Centauro le sigue á 
galope. Hércules le presenta su maza 5^ Andiómeda le llama con 
ternura. La Vía Láctea tiende á sus pies una alfombra blanca, salpi- 
cada de relucientes lentejuelas, y el Pegaso se inclina para que lo 
monte. 

Pero vosotros no lo poseeréis ¡oh estrellas enamoradas! Ya sabe 
que otros de .sus compañeros se han perdido por acercarse mucho 
á los planetas. Como los hombres cuando se enamoran, se han ca- 
sado. Perdieron su independencia desde entonces, y hoy gravitan 
siguiendo una cerrada curva ó una elip.se. Por eso huye y e.'^quiva 
vuestras redes de oro: ¡es de la aurora! Miradle cómo espía á su 
rubia amada, por la brillante cerradura del Oriente. El cielo em- 
pieza á ruborizarse. ¡Ya es el día! Las estrellas se apagan en el cielo, 
y los ojos que yo amo se abren en la tierra! 



MANUEL GUTIÉRREZ nAjERA 37 



DESPUÉS DE LAS CARRERAS. 



Cuando Berta puso en el mármol de la mesa sus horquillas de 
plata y sus pendientes de rubíes, el reloj de bronce, superado por 
la imagen de Galatea dormida entre las rosas, dio con su agudo 
timbre doce campanadas. Berta dejó que sus trenzas de rubio vene- 
ciano le besaran, temblando, la cintura, y apagó con su aliento la 
bujía, para no verse desvestida en el espejo. Después, pisando con 
sus pies desnudos los «no-me-olvides» de la alfombra, se dirigió al 
angosto lecho de madera color de rosa, y tras una brevísima oración, 
se recostó sobre las blancas colchas que olían á holanda nueva y á 
violeta. En la caliente alcoba se escuchaban, nada más, los pasos 
sigilosos de los duendes que querían ver á Berta adormecida y el 
tic-íacáo. la péndola incansable, enamorada eternamente de las ho- 
ras- Berta cerró los ojos, pero no dormía. Por su imaginación cru- 
zaban á escape los caballos del Hipódromo. ¡Qué hermosa es la vi- 
da! Una casa cubierta de tapices y rodeada por un cinturón de 
camelias blancas en los corredores; abajo, los coches cuyo barniz 
luciente hiere el sol, y cuyo interior, acolchonado y tibio, trascien- 
de á piel de Rusia y cabritilla: los caballos que piafan en las amplias 
caballerizas, y las hermosas hojas de los plátanos, erguidas en tibo- 
resjaponeses; arriba, un cielo azul, de raso nuevo; mucha luz, y las 
notas de los pájaros subiendo, como almas de cristal, por el ámbar 
fluido de la atmósfera; adentro, el padre de cabello blanco que no 
encuentra jamás bastantes perlas ni bastantes blondas para el arma- 
rio de su hija; la madre que vela á su cabecera, cuando enferma, y 
que quisiera rodearla de algodones como si fuese de porcelana 
quebradiza; los niños que trav^esean desnudos en su cuna, y el es- 
pejo claro que sonríe sobre el mármol del tocador. Afuera, en la 
calle, el movimiento de la vida, el ir y venir de los carruajes, el 
bullicio; y por la noche, cuando termina el baile ó el teatro, la figu- 
ra del pobre enamorado que la aguarda y que se aleja satisfecho 
cuando la, Ua^visto apearse de su coche ó cerrar los maderos del 



38 MANUEL GUTIÉRREZ NÁJERA 



balcón. Mucha luz, muchas flores y un traje de seda nuevo: ¡esa 
es la vida! 

* 

Berta piensa en las carreras. «Caracole» debía ganar. En Chan- 
tilly, no hace mucho, ganó un premio. Pablo Escandón no hubiera 
dado once mil pesos por una yegua y un caballo malos. Además, 
quien hizo en París la compra de esa yegua, fué Manuel Villamil, 
el mexicano más perito en estas cosas de sport. Berta va á hacer 
el próximo domingo una apuesta formal con su papá: apuesta á 
Aig/e; si pierde, tendrá que bordar unas pantuflas; y si gana, le 
comprarán el espejo que tiene Madanie Drouoten su aparador. El 
marco está forrado de terciopelo azul y recortando la luna oblicua- 
mente, bajo una guirnalda de flores. ¡Qué bonito es! Su cara refle- 
jada en ese espejo, parecerá la de una hurí, que, entreabriendo las 
rosas del paraíso, mira el mundo! 

Berta entorna los ojos, pero vuelve á cerrarlos en seguida, por- 
que está la alcoba á obscuras. 

Los duendes, que ansian verla dormida para besarla en la boca, 
sin que lo sienta, comienzan á rodearla de adormideras y á quemar 
en pequeñas cazoletas granos de opio. Las imágenes se van esfu- 
mando y desvaneciendo en la imaginación de Berta. Sus pensamien- 
tos pavesean. Ya no ve el Hipódromo bañado por la resplande- 
ciente luz del sol, ni ve á los jueces encaramados en su pretorio, 
ni oj-e el chasquido de los látigos. Dos figuras quedan solamente 
en el cristal de su memoria empañada por el aliento de los sueños: 
«Caracole» y su novio. 

Ya todo yace en el reposo inerme; 
El lirio azul dormita en la ventana; 
¿Oyes? de.sde su torre la campana 
La media noche anuncia; duerme, duerme. 

*** 

El genio retozón que abrió para mí la alcoba de Berta, como se 
abre una caja de golosinas el día de Año Nuevo, puso un dedo en 
mis labios, y tomándome de la mano, me condujo á través de los 
salones. Yo temía tropezar con algún mueble, despertando ala ser- 
vidumbre y á los dueños. Pasé, pues, con cautela, conteniendo el 
aliento y casi deslizándome sobre la alfombra. A poco andar di 
contra el piano, que .se quejó en sí bemol; pero mi acompañante so- 
pló, como .si hubiera de apagar la luz de una bujía, y las notas 
cayeron mudas sobre la alfombra; el aliento del genio había roto 



MANUEL GUTIÉRREZ NÁJERA 39 



esas pompas de jabón. En esta guisa atravesamos varias salas; el 
comedor de cuyos muros, revestidos de nogal, salían gruesos can- 
delabros con las velas de esperraa apagadas; los corredores, llenos 
de tiestos y de afiligranadas pajareras; un pasadizo estrecho y lar- 
go, como un cañuto, que llevaba á las habitaciones de la servidum- 
bre; el retorcido caracol por donde se subía á las azoteas, y un labe- 
rinto de pequeños cuartos, llenos de muebles y de trastos inservibles. 
Por fin, llegamos á una puertecita por cuya cerradura se filtraba 
un rayo de luz tenue. La puerta estaba atrancada por dentro, pero 
nada resiste al dedo de los genios, y mi acompañante, entrándose 
por el ojo de la llave, quitó el morillo que atrancaba la mampara. 
Entramos: allí estaba Manon, la costurera. Un libro abierto exten- 
día sus blancas páginas en el suelo, cubierto apenas con esteras 
rotas, y la vela moría lamiendo con su lengua de salamandra los 
bordes del candelero. Manon leía seguramente cuando el sueño la 
sorprendió. Decíalo esa imprudente luz que habría podido causar 
un incendio, ese volumen maltratado que yacía junto al catre de 
fierro, y ese brazo desnudo que con el frío impudor del mármol, 
pendía, saliendo fuero del colchón y por entre las ropas descora- 
puestas. Manon es bella, como un lirio enfermo. Tiene veinte años, 
y quisiera leer la vida, como quería de niña hojear el tomo de gra- 
bados que su padre guardaba en el estante, con llave, déla biblio- 
teca. Pero Manon es huérfana y es pobre: ya no verá, como antes, 
á su alrededor, obedientes camareras y sumisos domésticos; la han 
dejado sola, pobre y enferma en medio de la vida. De aquella vida 
anterior que en ocasiones se le antoja un sueño, nada más le que- 
da un cutis que trasciende aún á almendra, y un cabello que toda- 
vía no vuelven áspero el hambre, la miseria y el trabajo- Sus pen- 
samientos son como esos rapazuelos encantados que figuran en los 
cuentos: andan de día con la planta descalza y en camisa; pero de- 
jad que la noche llegue, y mirareis cómo esos pobrecitos limosneros 
visten jubones de crujiente seda y se adornan con plumas de fai- 
sanes. 

Aquella tarde, Manon había asistido á las carreras. En la casa 
de Berta todos la quieren y la miman, como se quiere y mima aun 
falderillo, vistiéndole de lana en el invierno y dándole en la boca 
mamones empapados en leche. Hay cariños que apedrean. Todos 
sabían la condición que había tenick) en antes esa humilde costu- 
rera, y la trataban con mayor regalo. Berta le daba sus vestidos 
viejos, y solía llevarla consigo, cuando iba de paseo ó á tiendas. L^a 
huérfana recibía esas muestras de carino, como recibe el pobre que 
mendiga, la moneda que una mano piadosa le arroja desde un bal- 
cón. A veces esas monedas descalabran. 

Aquella tarde, Manon había asistido á las carreras. La dejaron 
adentro del carruaje, porque no sienta bien á una familia aristocrá- 



40 MANUEL GUTIÉRREZ NAJERA 



tica andarse de paseo con las criadas; la dejaron allí, por si el ves- 
tido de la niña se desgarraba ó si las cintas de su «capota» se rom- 
pían. Manon, pegada á los cristales del carruaje, espiaba por allí la 
pista y las tribunas, tal como ve una pobrecita enferma, á través de 
ios vidrios del balcón, la vida y movimiento de los transeúntes. 
Los caballos cruzaban como exhalaciones por la árida pista, ten- 
diendo al aire sus crines erizadas. ¡Los caballos! EUa también había 
conocido ese placer, mitad espiritual y mitad físico, que se experi- 
menta al atravesar á galope una avenida enarenada. La sangre co- 
rre más aprisa, y el aire azota como si estuviera enojado. El cuerpo 
siente la juventud, y el alma cree que ha recobrado sus alas. 

Y las tribunas, entrevistas desde lejos, le parecían enormes ra- 
milletes hechos de hojas de raso y claveles de* carne. La seda aca- 
ricia como la mano de un amante, y ella tenía un deseo infinito de 
volver á sentir ese contacto. Cuando anda la mujer, su falda va 
cantando un himno en loor suyo. ¿Cuándo podría escuchar esas 
estrofas? Y veía sus manos, y la extremidad de los dedos maltra- 
tada por la aguja, y se fijaba tercamente en ese cuadro de esplen- 
dores y de fiestas, como en la noche de San Silvestre ven los niños 
pobres esos paste;les, esas golosinas, esas pirámides de caramelo 
que no gustarán ellos y que adornan los escaparates de las dulcerías. 
¿Por qué estaba ella desterrada de ese paraíso? Su espejo le decía: 
«eres hermosa y eres joven» ¿Por qué padecía tanto? Luego, una 
voz .secreta se levantaba en su interior diciendo: «No envidies esas 
cosas. La .seda se desgarra, el terciopelo se chafa, la epidermis se 
arruga con los años. Bajo la azul superficie de e.se lago hay mucho 
lodo. Todas las cosas tienen su lado luminoso y su lado .sombrío. 
¿Recuerdas á tu amiga Rosa Thé? Pues vive en e.se cielo de teatro, 
tan lleno de talco, y de oropeles, y de lienzos pintados. Y el marido 
que escogió, la engaña y huye de su lado para correr en pos de mu- 
jeres que valen menos que ella. Hay mortajas de seda y ataúdes 
de palo santo, pero en todos hormiguean y muerden los gusanos.» 

Manon, sin embargo, anhelaba esos triunfos y esas galas. Por 
eso dornu'a .soñando con regocijos y con fiestas. Un galán, parecido 
á los errantes caballeros que figuran en las leyendas alemanas, se 
detenía bajo sus ventanas, y trepando poruña escala de seda azul 
llegaba hasta ella, la ceñía fuertemente con sus brazos y bajaban 
después, cimbrándo.se en el aife, hasta la sombra del olivar tendido 
abajo. Allí esperaba un caballo tan ágil, tan nervio.so como «Caraco- 
le». Y el caballero, llevándola en brazos, como se lleva á un niño 
dormido, montaba en el brioso potro que corría á todo escape por 
el bosque. Los mastines del ca.serío ladraban y hasta abrían.se las 
ventanas, y en ellas aparecían ro.stros medro.sos; los árboles corrían, 
corrían en dirección coutraria, como uu ejército en derrota, y el ca- 



MANUEL GUTIÉRREZ NÁJERA 41 



ballero la apretaba contra el pecho, rizando con su aliento abrasa- 
dor los delgados cabellos de su nuca. 

En ese instante el alba salía fresca y perfumada, de su tina de 
mármol, llena de rocío. No entres — ¡oh fría luz! — no entres á la 
alcoba en donde Manon sueña con el amor y la riqueza! Deja que 
duerma, con su brazo blanco pendiente fuera del colchón, como una 
virgen que se ha embriagado con el agua de las rosas. Deja que las 
estrellas bajen del cielo azul, y que se prendan en sus orejas dimi- 
nutas de porcelana trasparente! 



43 MANUEIv GUTIÉRREZ NÁJERA 



LA HIJA DEL AIRE. 



Pocaá veces concurro al Circo. Todo espectáculo en que miro 
la abyección humana, ya sea moral ó física, me repugna grande- 
mente. Algunas noches hace, sin embargo, entré en la tienda alzada 
en la plazoleta del Seminario. Un saltimbanco se dislocaba hacien- 
do contorsiones grotescas, explotando su fealdad, su desvergüenza 
y su idiotismo, como esos limosneros que, para estimular la espe- 
rada largueza de los transuentes, enseñan sus llagas y explotan su 
podredumbre. Una mujer -casi desnuda — se retorcía como una 
víbora en el aire. Tres ó cuatro gimnastas de hercúlea musculación 
se arrojaban grandes pesos, bolas de bronce y barras de hierro. 
¡Cuánta degradación! ¡Cuánta miseria! Aquellos hombres habían 
renunciado á lo más noble que nos ha otorgado Dios: al pensamien- 
to. Con la sonrisa del cretino ven al público que patalea, que au- 
lla y que les estimula con .sus voces. Son su bestia, su cosa, Alguna 
noche, en medio de ese redondel enarenado, á la luz de las lámpa- 
ras de gas y entre los sones de una mala murga, caerán desde el 
trapecio vacilante, oirán el grito de terror supremo que lanzan los 
espectadores en el paroxismo del deleite, y morirán bañados en su 
propia sangre, sin lágrimas, sin piedad, sin oraciones! 

Pero lo que subleva más mis sentimientos, es la indigna explo- 
tación de los niños. Pocas noches hace, cayó una niña del caballo 
que montaba y estuvo á punto de ser horriblemente pisoteada. 
¿Recordáis á la pobrecita hija del aire, que vino al mismo circo un 
año hace? Todavía me parece estarla viendo: el payaso se revuelca 
en la arena, diciendo insulsas gracejadas; de improviso miro subir 
por el volante cable, que termina en la barra del trapecio á un ser 
débil, pequeño y enfermizo. Es una niña. Sus delgados bracitos 
van tal vez á quebrarse; su cuello va á troncharse y la cabeza rubia 
caerá al suelo, como un lirio, cuyo delgado tallo tronchó el viento. 
¿Cuántos años tiene? j Ay ! es casi imposible leer la cifra del tiempo 



MANUEL GUTIÉRREZ NÁJERA 43 



en esa frente pálida, en esos ojos mortecinos, en ese cuerpo adrede 
deformado! Parece que esos niños nacen viejos. 

Ya se encarama á los barrotes del trapecio, ya comienza el 
suplicio. Aquel cuerpo pequeño se descoyunta y se retuerce; gira 
como rehilete, se cuelga de la delgada punta de los pies, y, por un 
milagro de equilibrio, se sostiene en el aire, detenido por los talo- 
nes diminutos que se pegan á la barra movediza- A ratos, sólo 
alcanzo á ver una flotante cabellera rubia, suelta como la de Ofelia, 
que da vueltas y vueltas en el aire. Diríase que la sangre huye 
espantada de ese frágil cuerpo, que tiene la blancara de los asfixia- 
dos y se refugia únicamente en la cabeza. El público aplaude 

Ninguna mujer llora. ¡He visto llorar á tantas por la muerte de 
un canario! 

Cuando acaba el suplicio, la niña baja del trapecio, y, con sus 
retratos en la mano, comienza á recorrer los palcos y las gradas. 
Pide una limosna. Pasa cerca de mí: yo la detengo. 

— ¿Estás enferma? 

— No, pero me duele mucho 

-¿Qué te duele? 

-Todo. 
La luz de sus pupilas arde tenuemente como la luz de una luciér- 
naga moribunda. Sus delgados labios se abren para dar paso á un 
quejido, que ya no tiene fuerzas de salir. Sus bracitos están flacos 
pálidos, exangües. Es la hija del dolor y de la tristeza. Así, tan 
pálida y tan triste era la niña que miré agonizar, y cuya imagen 
quedó grabada para siempre en mi memoria. La inñiticia no tiene 
para ella tintes sonrosados, ni juegos, ni caricias, ni alegrías. No: 
no es el alma que viene, es el alma que se va. 

*** 

Di pobre niña, ¿qué no tienes madre? ¿Naciste acaso de una 
pasionaria ó viniste á la tierra en un pálido rayo de la luna? Si 
tuvieras madre, si te hubieran arrebatado de sus brazos, ella, con 
esa adivinación incomparable que el amor nos da, sabría que aquí 
llorabas y sufrías; traspasando los mares, las montañas, vendría 
como una loca á libertarte de esta esclavitud, de este suplicio! No, 
no hay madres malas, es mentira. La madre es la proyección de 
Dios sobre la tierra. Tú eres huérfana. 

¿Por qué no moriste al punto de nacer? ¿Por qué recorres con 
los pies desnudos ese duro país del sufrimiento? Di, pobre niña: 
¿qué, tú no tienes ángel de la guarda? Estás muy triste: nadie en- 



44 MANUEL GUTIÉRREZ NÁJERA 



dulza tu tristeza. Estás enferma: nadie te cura ni te acaricia blan- 
damente. ¡ Ah! cómo envidiarás á esas niñas felices y dichosas que 
te vienen á ver, al lado de sus padres! Ellas no han sentido cómo 
la recia mano de un gimnasta desalmado quiebra los huesos, rom- 
pe los tendones y disloca las piernas y los brazos, hasta convertirlos 
en morillos elásticos de trapo! Ellas no han sentido cómo se encaja 
en la carne viva el látigo del adiestrador que te castiga. Para ellas 
no hay trabajo duro; no hay vueltas ni equilibrios en la barra fija. 
¡Tienen madre! 

Di, pobre niña: ¿Por qué no te desprendes del trapecio para mo- 
rir siquiera y descansar? Tú, enferma, blanca, triste, paseas lán- 
guidamente tu mirada. ¡Cómo debes odiarnos, pobre niña! Los 
hombres— pensarás — son monstruos sin piedad, sin corazón. ¿Por 
qué permiten este cruentísimo suplicio? ¿Por qué no me recogen y 
me dan, ya que soy huérfana, esa madre divina que se llama la san- 
ta Caridad? ¿Por qué pagan á mis verdugos y entretienen sus ocios 
con mis penas? ¡Ay, pobre niña! tú no podrás quejarte nunca á 
nadie. Como no tienes madre en la tierra, no conoces á Dios y no 
le amas. Te llaman hija del aire; si lo fueras, tendrías alas; y si 
tuvieras alas, volarías al cielo! 

*** 

¡Pobre hija del aire! Tal vez duerme ahora en la fosa común 
del camposanto! La niña mártir de la temporada no trabaja en el 
trapecio sino á caballo. Todo es uno y lo mismo. 

Oigo decir con insistencia que es preciso ya organizar una so- 
ciedad protectora de los animales. ¿Quién protegerá á los hombres? 
Yo admiro esa piedad suprema que se extiende hasta el mulo que 
va agobiado por el peso de su carga, y el ave cuyo vuelo corta el 
plomo de los cazadores. Esa gran redención que libra á todos los 
esclavos y emprende una cruzada contra la barbarie, es digna de 
aprobaciói> y de encarecimiento. Mas ¿quién libertará á esos po- 
bres .seres que los padres corrompen y prostituyen, á esos niños 
mártires cuya existencia es un larguísimo suplicio, á esos desven- 
turados que recorren los tres grandes infiernos de la vida: — la En- 
fermedad, el Hambre y el Vicio? 



MÁNUFX GUTIÉRREZ NÁJERA 45 



TRAGEDIAS DE ACTUALIDAD. 

EL ALQUILER DE UNA CASA. 
Personajes. 

El propietario: hombre gordo, de buen color, bajo de cuerpo, y 
algo retozón de carácter. 

El inqnilino: joven, flaco, muy capaz de hacer versos. 

La señora: matrona en buenas carnes, aunque un poquito tri- 
quinosa. 

Siete ú ocho niños, personajes mudos. 

ACTO UiVICO. 

El propietario. — ¿Es vd., caballero, quien desea arrendar el piso 
alto de la casa? 

El aspirante á locatario. — Un servidor de vd. 

— ¡Ah! ¡Ah! ¡Pancracia! ¡Niños! Aquí esta ya el señor que va 
á tomar la casa. i^L a familia se agrupa en torno del extranjero y lo 
examina, dando señales de curiosidad , emscLida con una brizna de 
co?imiseración). Ahora, hijos míos, ya le habéis visto bien; dejad- 
me, pues, interrogarle á solas. 

— ¿Interrogarme? 

— Decid al portero que cierre bien la puerta y que no deje entrar 
á nadie. Caballero, tome vd. asiento. 

— Yo no quisiera molestar si esta vd. ocupado 

— De ninguna manera, de ninguna manera; teme vd. asiento. 
— Puedo volver 

— De ningún modo. Es cuestión de brevísimos momentos {mi- 
rándole). La cara no es tan mala buenos ojos, voz bien timbra- 
da...... 

— Me había dicho el portero 

— ¡Perdón! ¡perdón! ¡vamos por partes! ¿Cómo se llama vd.? 



46 MANUEL GUTIÉRREZ NÁJERA 



— Carlos Saldaña. 

— ¿De Saldaña? 

— No, no señor. Saldaña á secas. 

— ¡ Malo, malo! el de habría dado alguna distinción al apellido 
Si arrienda vd. mi casa, es necesario que agregue esa partícula á si 
nombre. 

— ¡Pero señor! 

— Nada, nada: eso se hace todos los días y en todas partes; vd 

no querrá negarme ese servicio. Eso da crédito á una casa Con 

tinuemos. 

— Tengo treinta años, soy soltero. 

— ¿Soltero? ¿Todo lo que se llama soltero? Yo no soy rigo 

rista ni maniaco: recuerdo aún mis mocedades; no me disgustaríí 
encontrar lindos palmitos en la escalera; el ruido de la seda m( 

trae á la memoria días mejores pero, ¡salvemos las conve 

niencias sobre todo! 

— Pero, señor mío 

— Sí, sé lo que va vd. á contestarme: que ésto no me atañe, qu( 
nadie me da vela en ese entierro; pero, mire vd. por ejemplo, m( 
disgustaría espantosamente que la novia de vd. fuera morena 

— Repito que 

— Estése vd. tranquilo, será una debilidad, 5-0 lo confieso, perc 
á mí me revientan las morenas! No puedo soportarlas. Dejemos 
pues, sentado que, si la casa le conviene, .se obligará vd. porescritc 
á que todas sus amigas sean muy rubias. ¿Tiene vd. profesión? 

— Ninguna. 

— Lo celebro. Es la mejor garantía de que los inquilinos no ha- 
rán ruido. 

— Me dedico á cuidar mis intereses 

— Perfectamente, ya hablaremos de eso: le voy á presentar cor 
mi abogado. 

— Gracias. Tengo el mío. 

—No importa, cambiará vd. en cuanto se mude á casa. Yo hí 
prometido solemnemente á mi abogado darle la clientela de mií 
inquilinos. Y, ¿qué tal de salud? 

— Yo, bien, ¿y vd? 

— No, no digo eso: lo que pregunto es cuál es su temperamento, 
¿Es vd. linfático, sanguíneo, nervioso? 

— Linfático me parece que linfático. 

— ¡Pues desnúdese vd! 

-¿Qué......? 

— Por un instante. Es una formalidad indispensable. No quiere 
que mis inquilinos sean enfermos. 
— Pero 



MANUEI. GUTIÉRREZ NÁJERA 47 



— ¡Vamos! La otra manga. ¡Malo! ¡malo! No parecía vd. tan 
flaco. ¿Sabe vd. cuánto pesa? 
-No. 

— El cuello es corto ¡ Dios mío! esas venas: ¡mucho cuidado 

con la apoplejía! 

— ¿No acabaremos? 

— Será preciso que vd. se comprometa formalmente á tomar una 
purga al principio de cada estación. Yo indicaré á vd. la botica en 
que debe comprarla- 

— ¿Puedo ponerme la levita? 

— Espere vd. un momento. ¿No hace vd. ejercicio? 
— Doy once vueltas á la Alameda por las tardes. 
— Eso es poco. De hoy en adelante vivirá vd. en el campo tres 
meses cada año- Eso conviene para la buena ventilación de las vi- 
viendas y para que se conserve en buen estado la escalera. Nosotros 
siempre viajamos en Otoño. 

— Con que habíamos dicho que treinta y cinco pesos 

-¿Qué? 

— Confieso á vd. que la renta me parece un poquito exagerada. . . . 
— Pero, hombre, ¡qué renta, ni qué ocho cuartos! ¡Todo se an- 
dará! vamos por partes! 

— Pero 

— ¿Si pensará vd. que alquilarme una casa es lo mismo que com- 
prarse un pantalón? Pasa vd. por la calle, mira vd. la cédula, sube, 
se sienta junto á mí, y apenas han pasado tres minutos cuando me 
pide ya las llaves- ¡Me gu.sta la franqueza! ¿Por qué no me pide 
vd. mi bata y mis pantuflas? 

— Yo ignoraba 

— Se tratan por lo común estos asuntos con una ligereza imper- 
donable. 

— Volviendo, pues, á nuestro asunto, diré á vd. que no subiré 
ni un real de treinta pesos. 

— ¡Caballero, ni una palabra más, ó envío' á vd. mis padrinos! ' 
¡Pues no faltaba más! ¿Conoce vd. acaso las condiciones del arren- 
damiento? 

— -No, pero yo estoy pronto á subscribirlas siempre que sean jus 
tas y racionales. 
—Oiga vd: 

«Art. 10 El inquilino se acostará y levantará á la misma hora 
que su propietario, para no turbar el reposo de este último que ocu- 
pa precisamente el entresuelo. 

«Art. 20 El inquilino vestirá invariablemente trajes claros para 
no contristar el ánimo del propietario, si por una casualidad lo en- 
cuentra en la escalera. 

«Art. 30 El inquilino se asomará al balcón dos veces cuando 



48 MANUEL GUTIÉRREZ NÁJERA 



menos, en el día, frotándose las manos satisfecho, con el fin de acre- 
ditar el buen orden y excelente servicio de la casa.» 

— ¿Y cuándo llueva? 

— Se asomará con un paraguas Continúo: «El inquilino no 

entrará nunca en la casa sin fijarse con cierta complacencia en los 
detalles de la arquitectura, ni tendrá embarazo alguno en hacer pa- 
tente de viva voz, el entusiasmo que le produce la fachada. Mien- 
tras más gente reúna será mejor. 

Art. 4V El inquilino invitará á comer al dueño todos los días 15, 
cuidando, por supuesto, de no llevarlo á ningún figón ó fonda de 
segunda clase. 

"Aumento al art. 49 Estas comidas mensuales tienen por obje- 
to el estrechar las amistades entre inquilino y propietario. No es- 
tá prohibido al inquilino el ir acompañado de su novia." 

"Art, 50 El inquilino saludará muy cortesmente á su portero, 
que es primo, por afinidad, del propietario. 

"Art. 60 Los artistas y los literatos que vengan á visitar al in- 
quilino, subirán por la escalera de la servidumbre." 

— ¿Ya no hay más, señor? 

— Quedan algunos artículos suplementarios que haré conocer 
á vd. en su debido tiempo. 

— Pues bien, todo es muy justo y muy sensato 

— Se me olvidaba ¿Ño es vd. masón? 

—No. 

— Pues lo siento. Mi mujer tiene vivísimos deseos de conocer 
esos secretos. 

— Si Vd. quiere, haré que me presenten en alguna logia. 

— Lo estimaré muchísimo. 

— Conque quedamos en que. treinta pesos 

— Dispense Vd 

— ¿Todavía más? 

— Había olvidado preguntarle, ¿por qué dejó su antiguo domi- 
cilio? 

— ¡Yo, por nada! Porque arrojé por el balcón al propietario. 



MANUEL GUTIÉRRKZ NÁJERA 49 



LOS SUICIDIOS. 



Leía hace pocas noches, en la gacetilla arlequinesca de nn pe- 
riódico, la noticia de un suicidio recientemente acaecido. El párrafo 
en que se da cueiita del suceso desgraciado, mueve con descaro las 
campanillas agudas del bufón; refiere aquel suicidio con la pluma 
coqueta y juguetona que se empleó poco antes en referir una cena 
escandalosa ó una aventura galante de la corte; habla de la muerte 
con el mismo donaire que usaría para describir, en la crónica de un 
baile, el traje blanco de la señora de X. Trátase de un joven que 
en el primer día de camino, se postra de fatiga y arroja con desdén 
el nudoso bordón que le ha servido; de una madre que llora sin con- 
suelo, mirando vacío en el hogar el hueco, aún tibio, que ocupaba 
su hijo; y todo esto se refiere sencilla y alegremente, con la sonrisa 
en los labios, saboreando el delgado cigarrillo que se ha encendido 
para .salir del teatro. Esta nervio.sa carcajada, que no es la de Lucre- 
cio al mofarse con ira de sus antiguos dioses; que no es la de Lord 
Byron al sentir rodeado su espíritu por los anillos recios de las ví- 
boras que devoraban el cuerpo de Laoconte; que no es la de Gilbert 
al acercarse, circuido de rosas, á la tumba; que no puede comparar- 
se á nada de ésto, porque no la engendran ni el dolor, ni la duda, ni 
el escepticismo, me parecía la risotada de un imbécil ante la fosa 
llena de cadáveres. Y apartando de mi vista la hoja impresa, recor- 
dé con repugnancia el Decainerón de Bocaccio, apareciendo en los 
días de la pe.ste de Florencia. 

La epidemia que ahora nos devora es más terrible aún que la 
que diezmaba á los infelices florentinos, cuando se publicó el des- 
vergonzado libro de Bocaccio. El suicidio ya no es un hecho ai.sla- 
do: es una peste. No sé qué extraña concatenación, qué mi.steriosa 
complicidad liga estos crímenes; pero no vienen solos, el uno sigue 
al otro, se dan alcance, como si el suicidio fuera una enfermedad 
contagiosa, á modo de la fiebre. Precisa averiguar cuál es el Gan- 
ges que produce e.stos miasmas ponzoñosos. En el monólogo de 
HamUt, que es uu precioso dato sobre la idea del suicidio eu el si- 



50 MANUEL GUTIÉRREZ NÁJERA. 



glo XVI, se perciben claramente los terrores de la duda. Hoy al 
abrirse las puertas de la eternidad, no se pregunta nadie cuál podrá 
ser el sueño de la tumba. Se muere con la sonrisa en los labios, 
paladeando las gacetillas románticas y almibaradas en que se dará 
cuenta al público del acontecimiento. Nuestro moderno Hamlet, 
después de almorzar suculentamente, no formula el tobeornotiobí^, 
toma el veneno, y si es franco, si es sincero, escribe á algún amigo 
una carta, como esta que yo guardo en el más secreto cajón de mi 
bufete: 

«Caballero: voy á matarme porque no tengo una sola moneda 
en mi bolsillo, ni una sola ilusión en mi cabeza. El hombre no es 
más que un saco de carne que debe llenarse con dineros. Cuando 
el saco está vacío no sirve para nada. 

Hace mucho tiempo, cuando yo tenía quince años, cuando tem- 
blaba al escuchar el estampido de los rayos, creía en Dios. Mi ma- 
dre vivía aún, y por las noches, antes de acostarme, hacía que de 
rodillas en mi lecho, le rezara á la Virgen. Perdone Vd. que las 
líneas anteriores casi vayan borradas; cuando pienso en mi madre, 
las lágrimas se saltan de mis ojos. 

Todavía me parece estar mirando la ceremonia de mi primera 
comunión. Muchos días antes me había estado preparando para es- 
te solemne acto. Yo iba por las noches á la celda de un sacerdote 
anciano que me adoctrinaba. ¡Cuan pueriles temores solían asaltar 
mi pobre pensamiento en esas noches! Puedo asegurar que mi con- 
ciencia era entonces una página blanca, y sin embargo, la idea de 
comulgar en pecado me aterrorizaba. Al salir por el claustro silen- 
cio.so, sólo alumbrado á trechos por una que otra agonizante lam- 
parilla, andando de puntillas para no oír el eco de mis pasos, se me 
figuraba que las formas gigantes de prelados y monjes, desprendi- 
das de los enormes lienzos de la pared, iban á perseguirme, arras- 
trando pesadamente sus mantos y sotanas. Una noche — la noche 
en que me confesé — todos estos delirios de una imaginación enferma, 
desaparecieron; salí regocijado de la celda, como llevando el cielo 
dentro de mi espíritu. Ahí estaban los prelados con sus mitras, y 
los monjes, ceñida la correa, calada la capucha, inmóviles y mudos 
en los cuadros colosales del gran claustro; pero en vez de perseguir- 
me con adusto ceño, me sonreían, al paso, cariñosamente. ¡Qué 
blanda noche aquella! Al amanecer del día siguiente, me llegué á 
imaginar que las campanas repicaban el alba dentro de mi pecho. 
Parece imposible, caballero, que una superstición y una mentira 
puedan hacer felices á los hombres. 

Hoy me hallo á diez mil leguas de aquel día. Durante este pa- 
réntesis obscuro, me he dedicado con empeño y con ahinco á estu- 
diar el gran Libro de la Ciencia. Como una dama después del baile, 
en el misterio de su tocador iluminado por la discreta luz de son- 



MANUEL GUTIÉRREZ NÁJERA 5 1 



rosada veladora, se despoja de sus adornos y sus joyas, así me he 
desvestido de las sencillas creencias de mi infancia- En cada libro, 
como las ovejas en cada zarza, he ido dejando, desgarrado, el vellón 
de la fe. Y ¡es tan triste el invierno de la vida cuando no se tiene 
ni una sola creencia que nos cubra! L,as ilusiones son la capa de la 
vejez. 

Mientras yo creí en Dios, fui dichoso. Soportaba la vida, porque 
la vida es el camino de la muerte. Después de estas penalidades — 
me decía — hay un vacío en que se descansa. La tumba es una pal- 
ma en medio del desierto. Cada sufrimiento, cada congoja, cada an- 
gustia es un escalón de esa escala misteriosa vista por Jacob y que 
nos lleva al cielo. Yendo camino del Tabor, bien se puede pasar 
por el Calvario. Pero imáginese Vd. la rabia de Colón, si después 
de haberse aventurado en el mar desconocido, le hubiera dicho la 
naturaleza: ¡América no existe! Imagínese Vd. la rabia mía, cuan- 
do después de aceptar el sufrimiento, por ser éste el camino de los 
cielo", supe con espanto que el cielo era mentira. ¡Ay, recordé en- 
tonces á Juan Pablo Richter! El cementerio estaba cubierto por 
las .sombras; bostezaban las tumbas y abrían pa.so á los espíritus 
errantes; nada más los niños dormían en sus marmóreos .sepulcros. 
Ahí, el cuadrante de la eternidad, sin aguja, sin números, sin más 
que una mano negra que giraba y giraba eternamente. Un cristo 
blanco, con la blancura pálida de la tristeza, alzába.se en el taber- 
náculo. ¿Hay Dios?— preguntaban los muertos. Y Cristo contesta- 
ba: no! Los cielos están vacíos; en las profundidades de la tierra 
sólo se oye la gota de lluvia, cayendo como eterna lágrima.— Des- 
pertaron los niños, y alzando sus manecitas exclamaron: — ¡Jesús, 
Jesús, ¿ya no tenemos padre? Y Cristo, cerrando sus exangües bra- 
zos, exclamó .severo: 

— Hijos del .siglo: vosotros y yo, todos somos huérfanos! 

A esta terrible voz que descendió rodando por las masas de som- 
bras apiñadas, cerráronse las tumbas con estrépito, los cirios se 
apagar. »n de repente, y la terrible noche tendió su ala de cuervo 
.sobre el mundo. 

¡Hijos del .siglo, todos somos huérfanos! 

¡Cuántas veces, caballero, he repetido en mis horas de angustia 
estas palabras! ¡Todos somos huérfanos! Mi alma está entumecida, 
y necesita para .seguir moviéndose, el calor de una creenciíi! Pero 
he despilfarrado mi caudal de fe, y en el fondo de mi corazón no 
qaeda un sólo ochavo de esperanza. Soy un bolsillo vacío y una 
conciencia sin fe. Cuando el saco no sirve para uada, se rompe. 
Esto es lo que hago.» 



52 MANUEL GUTIÉRREZ NÁJERA 



HISTORIA DE UNA CORISTA, 



CARTA ATRASADA. 

Para edificación de losg-omosos entusiastas que reciben con lau- 
reles y con palmas á las coristas importadas por Mauricio Grau, 
copio una carta que pertenece á mi archivo secreto y que — si la me- 
moria no me es infiel — recibí, pronto hará un año, en el día mismc 
en que la b-oupe francesa desertó de nuestro teatro. 

La carta dice así: 

v.Mon pctit Cochon bien: 

Con el pie en el estribo del vagón y lo mejor de mi belleza er 
la maleta, escribo algunas líneas á la luz amarillenta de una velíi 
hecha á propósito por algún desastrado comerciante para desacredi- 
tar la fábrica de la Estrella. Mi compaíiera ronca en su catre de vi- 
llano fierro, y yo, sentada en un cajón, á donde va á sumergirse mu> 
en breve el último resto de mi guardarropa, me entretengo en trazai 
garabatos y renglones como ustedes los periodistas, hombres que, á 
falta de Champagne y de Borgoña, beben á grandes sorbos e.se lí- 
quido espeso y tenebroso que se llama tinta. Acaba de terminar e! 
espectáculo y tengo una gran parte de la noche á mi disposición. 
Yo, acostumbrada á derrochar el capital ajeno, despilfarro las no- 
ches y los días, que tampoco me pertenecen: son del tiempo. 

Si hubiera tenido la fortuna de M. Perret, mi compañero; si k 
suerte, esa loca, más loca que nosotras, me hubiera remitido en for- 
ma de billete de la lotería, dos mil pesos, ¡diez mil francos! no hu- 
biera tomado la pluma para escribir mis confesiones. Loshombreí 
escriben cuando no tienen dinero, y las mujeres cuando quierer 
pedir algo. 

A falta, pues, de otro entretenimiento, hablemos de mi vida 
Voy á satisfacer la curiosidad de usted, por no mirarle más tienipc 
de puntillas a.somándose á la ventana de mi vida íntima. La mujer 
que, como yo, tiene el cini.smo de presentarse en el tablado con e 
traje económico del Paraíso, puede perfectamente escribir, sin es 
crúpulos, su biografía. 



MANUEL GUTIÉRREZ NÁJERA 53 



No sé en donde nací. Presumo que mis padres, un tanto cuanto 
flacos de memoria, no se acordaron más de mí unas cuantas sema- 
nas después de mi nacimiento. Todos mis recuerdos empiezan en 
el ahumado cubil que vio correr mis primeros años, en compañía 
de una vieja, cascada y sesentona, que desempeñaba oficios de aco- 
modadora en un pequeño teatro parisiense. ¿Por qué me había re- 
cogido aquella buena mujer? Jamás pude saberlo, aunque sospecho 
i:een esta buena acción había tenido poquísimo que ver la caridad- 
Yo cuidaba de la cocina y hacía invariablemente cuantos remiendos 
eran necesarios en el deshilacliado guardarropa de mi protectora. 
Algunos pellizcos y otros tantos palmetazos eran la recompensa de 
mis afanes diarios. Comíamos mal y se dormía peor, porque si el 
espectáculo terminaba después de media noche, y yo esperaba pun- 
tualmente la vuelta de la acomodadora, tenía en cambio que poner- 
me de pie en cuanto el alba rayaba, para aderezar, como Dios me 
daba á entender, el pobre almuerzo y arreglar los vetustos menes- 
teres de la ca.sa. 

Muy pocas veces iba al espectáculo. Mi protectora temía, fun- 
dadamente, que el trato con la gente de teatro malease mis costum- 
bres. Pero conforme iba creciendo, crecían también mis ambiciones. 
El tugurio en que vivíamos sofocaba mis instintos de independencia 
y de alegría. Un joven iluminador que vix'ía pared por medio de 
mi buhardilla, me había hecho conocer que era bonita. Cumplí diez 
años, doce, quince, y una mañana alegre de Septiembre, lié con pre- 
caución una maleta, puse en ella los chillantes guiñapos con que 
solía vestirme en dia de fiesta, y sin esperar la vuelta de Madame 
Ulises, falta de otra cosa que tomar, tomé la puerta. 

Puntos suspensivos. 

Si tiene Vd. el hilo de Ariadna, sígame como pueda en el gran 
laberinto parisiense. Si no lo tiene ni es sobrado hábil para marear, 
costeando los escollos, confórmese con seguirme desde lejos, cuan- 
do aparezca de nuevo á ñor de tierra. Víctor Hugo ha dicho: 

'fEn los zarzales de la vida, deja 

Alguna cosa cada cual: la oveja 

Su blanca lana, el hombre su virtud.» 

En donde dice hombre ponga Vd. mujer: es una simple correc- 
ción de erratas. 

Heme de nuevo aquí, 5'a menos pobre, después de mis excursio- 
nes subterráneas. Las puertas de un teatro se abren á mi belleza 
en formación, y el cielo de las bambalinas cubre con sus harapos 
mi descoco. El empresario era un hombre gotoso, enfermo y sucio, 
que pagaba perfectamente mal á todas las infelices figurantas. Con 
lo que yo ganaba en aquel teatro podía comprar tres pares de boti- 
nes y algunas cuantas cajas de cerillos. Pero esta era una cuestión 
completamente secundaria. Yo no aspiré jamás á vivir, como ar- 



54 MANUEL GUTIÉRREZ NÁJERA 



tista, del teatro. Apenas sabía leer; mis grandes conocimientos mu- 
sicales hubieran atraído sobre mi cabeza un aguacero de patatas 
cocidas. O el arte no se había hecho para mí, ó yo no había nacido 
para el arte. Lo único que buscaba en el teatro era á manera de la 
exposición permanente y bien situada de un aparador aristocrático. 
Cuando la mujer se resuelve á hacer de su belleza un negocio por 
acciones, el mercado mejor es un teatro. 

Los que nada conocen ni saben de los bastidores, se figuran que 
la puerta de ese jardín de las Hespérides está muy bien guardada 

por dragones y endriagos fabulosos. En e.^^e paraíso de Ma- 

homa, por .supuesto, al revés de todo otro paraíso, es libre la entra- 
da para los pecadores. 

Yo, sin embargo, perdida como un átomo en la masa color de 
rosa de los coros, vivía penosamente, codeada por la miseria, vícti- 
ma de las privaciones. 

Mi belleza, magnífica y extraordinaria para el pobre iluminador, 
mi ex- vecino, pasaba inadvertida en aquel teatro, como la pieza de 
raso, azul ó blanco, pasa también inadvertida en la gran tienda lle- 
na de encajes, seda y telas de oro. La competencia era temible. 
Como la esposa de Malborough desde lo alto de su torre, yo espera- 
ba, no el regreso, sino la aparición de alguno á quien no conocía aún. 

Pero ¡ay ! ningún príncipe ruso, ningún lord inglés se puso á la 
vista en esa larga temporada. Yo supongo que los príncipes rusos 
son unos entes imaginarios que .sólo han existido en el cerebro hue- 
co de los novelistas. El dinero se iba alejando de mí, como las go- 
londrinas cuando llega el invierno, y los amigos cuando llega la po- 
breza. 

Mi antigua protectora se acordó de mí. Me hizo proposiciones 
ventajosas, y seducida por sus graiides promesas, vine á América, 
el país del oro. Los yankees, que conocen admirablemente todas 
las mercancías, con excepción de la mujer, me tomaron por una 
verdadera parisiense. En Nueva York se cena. 

Hay rostros colorados y .sanguíneos que valen diez millones, y 
espantosas levitas abrochadas que encierran una fortuna en la car- 
tera. Yo no hablo inglés, pero ellos hablan oro. Para contestarles, 
bastábame una palabra sola del vocabulario: 

Ves. 

Los americanos son los únicos hombres que hablan en plata. 

La Habana es un país privilegiado. Hace mucho calor. Los ne- 
gros sirven para hacer resaltar la blancura hiperbórea de las euro- 
peas. 

Hay hombres que, á fuerza de vivir entre panes de azúcar, se 
acostumbran á desmigajar su fortuna como un terrón puesto den- 
tro del agua. Pero la Habana es el país del azúcar y Nueva York 



MANUEL GUTIÉRREZ NAJERA 55 



es el país del oro. No me habléis de las razas ni de las figuras: no 
hay hombres más gallardos que los yankees. 

Mis impresiones de viaje tocan á su término. Ya estamos en 
México. Me habían dicho que esta era la tierra de la primavera. 
Yo, sin embargo, no la he visto más que en el exuberante corsé de 
la Leroux y en los ramos que manda comprar todas las noches el 
director de orquesta. Me esperaba ver correr arenas de oro por las 
calles, como corrían entre las ondas del Pactólo; por desgracia, no 
he hallado más que periodistas complacientes, amigos que suelen 
cenar de cuando en cuando, y elegantes gomosos que nos tratan 
como si fuéramos damas del Fauboiirg Saint Gerviain. Es una sim- 
ple equivocación: Noire dame de Loretie queda -más lejos. 

Cada noche me miro cortejada entre los bastidores por una tur- 
ba de elegantes y de pollos que me hablan con la cabeza descubier- 
ta, tirando escrupulosamente el cigarro para no molestarme con el 
humo. Y todos se disputan mis sonrisas, me dirigen mil flores que 
trascienden al hotel Rambouillet y — ¡oh colmo de los colmos — 
hasta me escriben cartas. Los más audaces de ellos suelen invitar- 
me á tomar una grosella ó un Champagne vermouth. Me en- 
cuentran en las calles, y apartándose, corteses, para cederme la ace- 
ra, se quitan el sombrero. Algunos calaveras me han besado la 
mano. 

Aquí tampoco hay príncipes rusos. .Pero, en cambio, llevo una 
completa colección de autógrafos, á cual más precioso. Esta ha si- 
do la primera ciudad en que me tratan como se trata á una señorita. 
Ya verá usted si tengo razón para estar agradecida.» 



Guentos color de humo 



MANUEL GUTIÉRREZ NÁJERA 59 



JUAN EL ORGANISTA. 



El valle de la Rambla, desconocido para muchos geóg^atos que 
no saben de la misa la media, es sin disputa, uno de los más fértiles, 
extensos y risueños, en que se puede recrear, esparciéndose y di- 
latándose, el espíritu. No está muy cerca ni muy lejos: tras esos 
montes que empinan su cresta azul en lontananza, no distante de 
los volcanes, cuyas perpetuas nieves muerde el sol al romperlas; 
allí está. En tiempos tampoco remotos, por ese valle transitaban 
diariamente diligencias y coches de colleras, carros, caballerías, re- 
cuas, arrieros y humildes indios sucios y descalzos. Hoy el ferro- 
carril, dando cauce distinto al tráfico de mercancías y á la corrien- 
te de viajeros, tiene aislado y como sumido el fértil valle. Las po- 
blaciones antes visitadas por viajantes de todo género y pelaje, 
están alicaídas, pobretonas, pero aun con humillos y altiveza, co- 
mo los ricos que vienen á menos. Restos del anterior encumbra- 
miento, quedan apenas en las mudas calles, caserones viejí.simosy 
deslavazados, cuyos patios, caballerizas, corrales y demás amplias 
dependencias, indican á las claras que sirvieron en un tiempo de 
paraderos ó mesones. 

En los años que corren, el valle de la Rambla no sufre más tra- 
queteo que el de la labranza. Varias haciendas se disputan su po- 
sesión: una tira de allá, otra de acullá: ésta se abriga y acurruca 
al pie del monte: aquella, baja al río en graciosa cur\'a, y todas, 
desde la cortesana y presuntuosa, que llega á las puertas de la po- 
blación y quiere entrar, hasta la huraña y eremita que e.scala el mon- 
te con sus casas pardas, buscando la espesura de los cedros, ya en 
espigas enhiestas, ya en maizales tupidos y ondulantes, en cría ro- 
busta ó en maderas ricas, paga tributo opimo cada año. Nada más 
fértil, ni más alegre que ese valle, ora visto cuando comienza á cla- 
rear, ora en la siesta ó en el solemne instante del crepúsculo. La 
nieve de los volcanes, como el agua del mar, cambia de tintes se- 
gún el punto donde está el sol; ya aparece color de rosa, ya con 



6o MANUEL GUTIÉRREZ NÁJERA 



blancura hiperbórea y deslumbrante, ya violada. Muchas veces las 
nubes, como el cortinaje cadente de un gran tálamo, impiden ver 
á la mujer blanca y á la montaña que humea. Es necesario que la 
luz, sirviendo de obediente camarera, descorra el pabellón de hú- 
meda gasa para que veamos á los dos colosos. «La mujer blanca» se 
ruboriza entonces como recién casada á quien algún importuno sor- 
prende en el lecho. Diríase que con la mórbida rodilla levanta las 
sábanas y las colchas. No así en las postrimerías de la tarde: la 
mujer blanca parece á tales horas una estatua yacente: 

Cansado del combate 
En que luchando vivo, 
Alguna vez recuerdo con envidia 
Aquel rincón obscuro y escondido. 

De aquella muda y pálida 
Mujer, me acuerdo y digo: 
¡Oh qué amor tan callado el de la muerte! 
¡Qué sueño el del sepulcro tan tranquilo! 

Los sembrados ostentan todos los matices del verde, formando 
en las graduaciones del color, por el contraste con el rubio de las 
mieses, por los trazos y recortes del maizal como un tablero de co- 
losales dimensiones y sencillez pintoresca. Los árboles no atajan la 
mirada: huyen del valle y se repliegan á los montes. Son los viejos 
y penitentes ermitaños que se alejan del mundo. Lo que á trechos 
se mira, son las casas de una sola puerta en donde viven los peo- 
nes; los graneros con sus oblongas claraboyas, el agua quieta de las 
presas, los antiguos portones de cada hacienda y las torres de igle- 
sias y capillas. Cada pueblo por insignificante y pobre que sea. tie- 
ne su templo. No encontraréis, sin duda, en esas fábricas piadosas 
los primores del arte: los campanarios son chicorrotines, regordetes; 
cada templo parece estar diciendo á los indígenas: «Yo también 
estoy descalzo y desnudo como vosotros.» Pero en cambio nada es 
tan alegre como el clamoreo de esas esquilasen las mañanas de los 
domingos, ó en la víspera de alguna fiesta. Allí las campanas sue- 
nan de otro modo que en la ciudad: tocan á gloria. 

La parte animada del paisaje, puede pintarse en muy pocos ras- 
gos: ¿veis aquel rebaño pasteando; aquéllos bueyes que tiran del 
arado; á ese peón que sentado en el suelo toma sus tortillas con 
chile, ínterin la mujer apura el jarro del pulque; al niño, casi en 
cueros, que travesea á la puerta de su casucha; á la mujer, de ubres 
flojas, inclinada sobre el metate, y al amo, cubierto por las anchas 
alas de un .sombrero de palma, recorriendo á caballo las semente- 
ras? Pues son las únicas figuras del paisaje. En las primeras horas 
de la mañana y las últimas de la tarde, aparecen también con^som- 



MANUEL GUTIÉRREZ NÁJERA 6l 



breros de jipi y largos trajes de amazonas, en caballos de mejor tra- 
za, enjaezados con más coquetería, las «niñas» de la hacienda. 
También cuando obscurece podéis ver al capellán que lleva siem- 
pre el devoto libro en una mano y el paraguas abierto en la otra 
para librarse, ya del sol, ya de la lluvia ó del relente. 

Y con estas figuras, los carros cargados de mieses, el polvo de 
oro que circunda las eras como una mística aureola, los mastines 
vigilantes, el bramido de los toros, el balar de las ovejas, el relin- 
cho de los caballos y el monótono canto con que acompañan los 
peones su faena, podéis formar en la imaginación el cuadro que no 
atino á describir. Ante todo, tended .sobre el valle un cielo muy 
azul y transparente, un cielo en que no se vea á Dios sino á la Vir- 
gen: un cielo cujeas nubes, cuando las tenga, parezcan hechas con 
plumitas de paloma que el viento haya ido hurtando poco á poco; 
un cielo que se parezca á los ojos de mi primera novia y á los pé- 
talos tersos de los «no me olvides.» 

II 

A una de las haciendas de aquel valle, llegó al obscurecer de 
cierto día Juan el organi.sta. Tendría treinta años y era de regular 
figura, ojos expresivos, traje limpio, aunque pobre, y finos moda- 
les. Poco sé de su historia: rae refieren que nació en buena cuna y 
que .su padre desempeñó algunos empleos de consideración en los 
tiempos del presidente Herrera. Juan no alcanzó más que las últi- 
mas boqueadas de la fortuna paterna, consumida en negocios infe- 
lices. Sin embargo, con sacrificios ó .sin ellos, le dieron .sus padres 
excelente educación. Juan sabía tocar el piano y el órgano; pinta- 
ba medianamente; conocía la gramática, las matemáticas, la geo- 
grafía, la historia, algo de ciencias naturales y dos idiomas: el fran- 
cés y el latín. Con estos saberes y esas habilidades pudo ganar su 
vida como profesor y ayudar á la subsistencia de sus padres. E^stos 
murieron en el mismo mes, precisamente cuando el sitio de México. 
Juan, que era buen hijo, les lloró, y viéndose tan solo y .sin parien- 
tes, entregado á solicitudes mercenarias, hizo el firme propósito de 
casarse, en un momento, en hallando una mujer buena, hacendosa, 
pobre como él y que le agradara. No tardó en hallar esta presea. 
Tal vez la muchacha en quien .se había fijado no reunía todas las 
condiciones y atributos expresados arriba, mas los pobres, en ma- 
teria de amor, son fáciles de contentar, especialmente si tienen 
ciertas aficiones poéticas y han leído novelas. Al amor que sienten 
.se une la gratitud que les inspira la mujer .suficiente desprendida 
de las vanidaues y pvimpas mundanas, para decirles: «te quiero.» 
Creen haber j)uesto una pica en Flandes, .se admiran de su buena 
suerte, maguilicau á Dios que les depara tanta dicha y cierran los 



62 MANUEL GUTIÉRREZ NÁJERA. 



ojos con que habían de examinar los defectos de la novia, para nc 
ver más que las virtudes y excelencias. Los pobres reciben todc 
como limosna: hasta el cariño. 

Juan pu.so los ojos en una muchacha bastante guapa y avisada, 
pobre de condición, pero bien admitida, por los antecedentes de su 
familia, en las mejores ca.sas. Era hija de un coronel que casó cor 
una mujer rica y tiró la fortuna de é.sta en pocos años. La viuda 
.se quedó hasta sin viudedad, porque el coronel sirvió al Imperio. 
Mas como sus hermanas, hermanos y parientes, vivían en buena 
posición, no le faltó nunca lo suficiente para pagar el alquiler de 
la casa (veinticinco peso.s) la comida (cincuenta) ni los demás pe- 
queños gastos de absoluta é imprescindible necesidad. Para vestii 
bien á las niñas, como á personas de la clase que eran, tuvo su.' 
apurillos al principio; pero ellas luego que entraron en edad, su 
pieron darse mañas para convertir el vestido viejo de una prima er 
traje de última moda y hacer los metamorfoseos más prodigiosos 
con todo género de telas y de cintas. Además eran lindas y di.scre 
tas: se ganaban la voluntad de sus parientes, regalándoles golosi 
ñas y chucherías hechas por ellas; de manera que jamás carecieror 
de las prendas que realza la hermosura de las damas, y no solc 
vestían con decoro y buen gusto, sino con cierto lujo y elegancia. 
Cada día del santo de alguna ó al acercar.se las solemnidades clási 
cas, como Semana Santa y Muertos, recibían ya vestidos, ya .som 
breros, ya una caja de guantes ó un estuche de perfumes. Llegc 
vez en que ya no les fué necesario recurrir á los volteos, arreglo; 
ó remiendos en que tanto excedían, y aun regalaron á otras mucha 
chas, más pobres que ellas, los desperdicios de su guardarropa 
Las otras ricas las mimaban muchísimo y solían llevarlas á los pa 
seos y á los teatros. 

Rosa fué la que se ca.só con Juan. Las otras tres por más ambi 
ciosas ó menos afortunadas, continuaron .solteras. No faltó quier 
sabiendo el matrimonio, hiciera tristes vaticinios. — «Juan — decíar 
— gana la subsistencia trabajando, hoy reúne ciento cincuenta pe 
sos cada mes; pero ¿qué son éstos para las aspiraciones de Rosa 
acostumbrada á la holgura y lujo con que viven sus parientes > 
amigas?« — Y con efecto, era ha.sta raro y sorprendente, que Rosí 
hubiera correspondido al pobre mozo. El caso es, que fuese por e 
deseo de casarse, ó porque verdaderamente tomó cariño á Juan 
Rosa aceptó la condición mediocre, tirando á mala, que el preten 
diente le ofrecía, y .se casó. 

El primer año fueron bastante felices; verdad es que tuvieroi 
sus di.scusiones y di.^^gustos; que Rosa suspiraba al oir el ruido d< 
los de los carruajes que se encaminaban al paseo: que no iba a 
teatro porque su marido no quería que fuese á palco ajeno, pen 
cou mutuas decei:)ciones y deseos sofocados, haciendo esfuerzo 



MANUEL GUTIÉRREZ NÁJERA. 63 



inauditos para sacar lustre á los ciento cincuenta pesos del marido, 
pasaron los primeros nueve meses. 

Coincidió con el nacimiento de la niña que Dios les envió, el ma- 
lestar y desbarajuste del Erario en los últimos días de Lerdo. Fal- 
taron las quincenas, fué preciso apelar á los amigos, á los agiotistas, 
al empeño, y Rosa, en tan críticas circunstancias se confesó que 
había hecho un soberano disparate en casarse con pobre, cuando 
pudo, como otra amiga suya, atrapar un marido millonario. Las 
tormentas conyugales fueron entonces de lo más terrible- Las gra- 
cias y bellezas de la niña, no halagaban á Rosa, que deseaba ser 
madre, pero de hijas bien vestidas. No pudiendo lucirá la desgra- 
ciada criatura, la culpaba del duro encierro en que vivía para cui- 
darla y atenderla. Poco á poco, fué siendo menos asidua y solicita 
con su hija; abandonó tal cuidado al marido, y despechada, sin pa- 
ciencia para esperar tiempos mejores, ni resignación para avenirse 
con la pobreza, .solo hallaba fugaz esparcimiento en la lectura de no- 
velas y en la conversación con sus amigas y sus primas. 

Los parientes benévolos de antaño pudieron haberla auxiliado 
en sus penurias, pero Juan, decía: «Mientras encuentre yo lo ne- 
cesario para comer, no recibiré limosna de ninguno.)) Así es que 
cuando Rosa recibía algún dinero, era sin que Juan se entera.se de 
la dádiva. Más ¿cómo emplear aquellos cuantos pe.sos en vestidos 
y gorras, si Juan estaba al tanto de los exiguos fondos que tenía? 
Algunas compras pasaron como obsequios y regalos, pero aun bajo 
esta forma repugnaban á Juan. «No quiero, solía decir á su mujer, 
que te vistas de ajeno. Yo quisiera tenerte tan lujosa como una 
reina; pero ya que no puedo, confórmate con andar decente y lim- 
piar cual cuadra á la mujer de un triste empleado.)) Rosa decía 

para sus adentros. «Tan pobre y tan orgullo.so: ¡como todos! )) 

Esta misma altivez y el despego á propósito extremado conque tra- 
taba Juan á los parientes ricos de su esposa, le concitaron malas 
voluntades entre ellos. No pasaba día sin que por tierna compa- 
sión dijeran á Rosa: ¡Qué mal hiciste en casarte! ¡Mejor estabas 
en tu casa! Sobre todo, con ese talle, con esos pies, con esa cara, 
pudistes lograr mejor marido. No por que el tuyo sea malo; jnada 
de e.so! pero hija, es tan infeliz! 

Y poco á poco estas palabras compasivas, el desnivel entre lo so- 
ñado y lo real,- la continua contemplación de la opulencia ajena 
y las lecturas romanescas á que con tanto ahinco se entregaba, 
produjeron en Rosa un disgusto profundo de la vida y hasta cierto 
rencor ó antipatía al misérrimo Juan, responsable y autor de su 
desdicha. Rosa procuraba pasar fuera de la casa las más horas po- 
sibles, vivir la vida fa.stuosa y prestada á que la acostumbraron 
desde niña, hablar de bailes y de escándalos y hasta— ¿por qué nó? 
— escuchar sin malicia los galanteos de algún cortejo aristocrático. 



04 MANUEL GUTIÉRREZ NÁJERA. 



Al cabo de seis meses transcnrriclos de esta suerte, sucedió lo que 
había de suceder: que Rosa dio un nial paso con su primo. 

Juan no cayó del séptimo cielo como Luzbel. Conservaba aún 
los re.scoldos de la amoro.sa hoguera que antes le inflamó, pero no 
estimaba ni podía estimará Ro.sa. La había creído frivola, disipada, 
presuntuo.sa y vana; pero nunca perversa y criminal. Y Rosa — ha- 
gámosle justicia plena — no delinquió j^or hacer daño ni por gozar 
el adulterio, sino por vanidad y aturdimiento. Juan, tranquilo en 
su cólera, abandonó el hogar profanado y salió con .su hija de la 
ciudad. ¿A qué vengarse? Hl tiempo y .sólo el tiempo, e.se justicie- 
ro inexorable, venga los delitos de leso corazón. 

Huía de México, como .se huye de las ciudades apestadas. No 
quería sufrir las risas de unos y las conmi.seraciones de otros. So- 
bre todo, quería educar á su hija, que contaba á la sazón dos años, 
lejos de la formidable tentación. La vanidad es una lepra conta- 
giosa — decía para sí— ¡tal vez hereditaria! Quiero que mi hija crez- 
ca en la atmósfera pura de los campos: las aves la en.señarán á .ser 
buena madre. En los primeros días de ausencia, la niña desperta- 
ba diciendo con débil voz: ¡Mamá! ¡Mamá! 

¡Cómo .sufría al oiría el pobre Juan! Iba á abrazarla en su ca- 
inita y mojando con lágrimas los rubios rizos y la tez sonrosada 
de la niña, le decía sollozando: ¡Pobrecita! ¡Somos huérfanos! 

Al año de ésto, murió la madre de Rosita: Juan vivió con mu- 
chísimo trabajo, sirviendo de profesor en varios pueblos y ayudán- 
dose con la pintura y con la música. Diez meses antes del princi- 
pio de esta historia, fué á radicar.se en San Antonio, población 
principal del valle descrito en el capítulo anterior. Allá educaba á 
algunos chicos, pintaba imágenes piadosas que .solía vender para 
las capillas de las haciendas y tocaba el órgano los domingos y fies- 
tas de guardar. 

Esto último le valió el sobrenombre de «Don Juan el organi.sta.» 
Todos le querían por su man.sedumbre, buen trato y fama de hom- 
bre docto. Mas lo que particularmente le hacía simpático, eia el 
cariño inmenso que tenía á su hija. 

Aquél hombre era padre y madre en una pieza. ¡Con qué minu- 
cio.sa .solicitud cuidaba y atendía á la pequeñuela ! Era de ver cuan- 
do la ali.staba y la vestía, con el primor que .sólo tienen las mu- 
jeres; cuando le rezaba las oraciones de la noche y se estaba á la 
cabecera de la cama hasta que la chiquilla se dormía! 

Ro.sita ganaba mucho en hermosura. Cuando cumplió cinco 
años — época en que principia esta historia — era el vivo retrato 
de la madre. Las vecinas se disputaban á la niña y la obsequiaban 
á menucio con vestidos nuevos y juguetes. Por modo que Ro.sita 
andaba siempre como una muñeca de porcelana, j Y á la verdad 



MANUEL GUTIÉRREZ NÁJERA 65 



que era muy cuca, muy discreta, muy linda y muy graciosa, para 
comérsela á besos! 

Veamos ahora lo que Don Juan el organista fué á buscar en la 
vecina hacienda de la Cruz. 

III. 

— Adelante, amigo D Juan, pase Ud. Juan se quitó el sombre- 
ro respetuosamente y entró al despacho de la hacienda. Era una 
pi( za bastante amplia con ventanas al campo y á un corral. Con- 
sistía su mueblaje en una mesa grande y tosca, colocada en el fon- 
do, precisamente abajo de la estampa de Nuestra Señora de Gua- 
dalupe. La carpeta de la mesa era de color verde tirando á tápa- 
lo de viuda; pendiente de una de sus puntas campaneába.se rueco 
trapo negro, puesto allí para limpiar las plumas; y encima, coloca- 
dos con mucho orden, alzábanse los libros de cuentas presididos 
por el clásico tintero de cobre que aun usan los notarios de parro- 
quia Unas cuantas sillas con asiento de tule completaban el mue- 
blaje, y ya tendidos ó apoyados en ellas, ya arrinconados ó subi- 
dos á los pretiles de las ventanas, había también vaquerillos, es- 
tribos, chaparreras, sillas de montar, espadas mohosas, acicates y 
carabinas. De todo aquello .se escapaba un olor peculiarísimo á cri- 
nes de caballo y cuero viejo 

D. Pedro Anzúrez, dueño de la hacienda, escribía en un gran 
libro y con pluma de ave, porque jamás había podido avenirse con 
las modernas. Desde el sitio en que de pie aguardaba Juan, po- 
día verse la letra ancha y redonda de D. Pedro, pero Juan no aten- 
día á los trazos y rasgos de la pluma: con el fieltro en la mano, es- 
peraba á que le invitasen á sentarse. 

— Descanse Ud. y no ande con cumplidos, dijo D. Pedro, inte- 
rrumpiendo la escritura. 

Y continuó tan .serio y gravedoso como antes, añadiendo ren- 
glones á renglones y deteniéndose de cuando en cuando para ha- 
cer en voz baja algunas sumas. Cerró luego el librajo, forrado de 
cuero, pu.so la pluma en la copula llena de municiones, y volvién- 
dose á Juan, le dijo así: 

—Amigo mío, aproxime la .silla y hablemos Eso es! ¿no 

quiere Ud. un cigarrillo? 

— Gracias, señor don Pedro, yo no fumo. 

—El señor cura habrá informado á Ud someramente de lo que 
yo pretendo. 

— Con efecto, el padre me dijo anoche que tenía Ud. el propósi- 
to de emplearme en su casa como preceptor de los niños. 

—Eso es. Ud. habrá observado que yo le tengo particular es- 
timación, no sólo por el saber que todos sin excepción le conce- 
der, sino por las virtudes cristianas, tan raras en los jóvenes de 

9 



66 MANUEL GUTIÉRREZ NÁJERA 



hoy día, y que le hacen simpático á mis ojos. Ud. es laborioso, 
humilde, fiel observante de la ley de Dios, honrado á carta cabal 
y padre cariñoso como pocos. Vamos. ¡Me gusta Ud! Desde que 
trabamos amistad con motivo de la fiesta del Carmen, cuando Ud. 
tocó el órgano en mi capilla, he comprendido que está Ud. fuera 
de su centro, y que hombre de educación tan esmerada, merece 
mejor suerte y el auxilio de todos los que piensan como yo. Con- 
que ¿no tiene Ud. reparo en admitir lo que le propongo? ¿Acepta 
Ud? 

— Con el alma y la vida, Sr. D. Pedro. 

— Pues vamos ahora á tratar del asunto mercantilmente. Ud. 
tendrá casa, comida y cincuenta pesos al mes. Por supuesto, 
vendrá Ud. con su hija. Mi esposa y mis dos hijas mayores quie- 
ren mucho á la niña, y tratarán á Ud. como á persona de la fami- 
lia. Los deberes del preceptor son los siguientes: enseñar á mis 
dos chicos la aritmética, un poco de gramática, el francés y la te- 
neduría de libros. ¿Convenidos? 

— Sr. D. Pedro, Ud. me colma de favores. A duras penas logro 
conseguir en el pueblo la suma que Ud. me ofrece, y de ella salen 
el alquiler de la casa, el peso diario del gasto y el alumbrado, ¿có- 
mo, pues, no admitir con regocijo, lo que Ud. me propone? 

-Pues doblemos la hoja. La habitación de Ud. será la que ya 

conoce junto á la pieza del administrador. No es muy grande; 

consta de dos cuartos bastante amplios y bien ventilados. Ade- 
más, Ud. tiene como suya toda la casa. Más que como empleado, 
como amigo. Conque ¿cuando puede Ud. instalarse? 

— Mañana mismo, si Ud. quiere. 

—No. mañana es domingo, y no está bien que se trabaje en la 
mudanza. Será el lunes. 

Don Pedro se levantó de su sillón. Juan, confundido, se despi- 
dió, y así acabó, con regocijo de ambos, la entrevista. 

IV. 

No pintaré la vida que llevaba Juan en la hacienda de la Cruz. 
Trabajaba de nueve á doce con los niños, comía con la familia, j 
en las tardes se iba de paseo ó á leer en el banco del jardín. Poce 
á poco le fueron tomando cariño todos los de la casa; mas sin que 
tales muestras de afecto le envalentonaran ni le sacasen de quicio, 
como suele pasar á los que por soberbia creen merecerlo todo. 
Juan consideraba que era un pobre empleado de Don Pedro, y que, 
como tal, debía tratarle con respeto, lo mismo que á los demás de 
la familia. Y á la verdad que ni con linterna .se hallarían perso- 
nas más sencillas ni más buenas que la esposa y las hijas de Dor 
Pedro. Ni una brizna de orgullo había en aquellas almas de in- 
comparable mansedumbre. Juana, la hija mayor, era un poquitc 



MANUEL GUTIÉRREZ NÁJERA 67 



cascarrabias. También era la que llevaba el peso de la' casa y te- 
nía que tratar con los criados. Pero sus impaciencias y corajes 
eran siempre tan momentáneos como el relámpago. Enriqueta te- 
nía mayor dulzura de carácter. Y en cuanto á la señora, caritati- 
va, franca, inteligente, merecía .ser tan feliz como lo era. 

Juan agradecía á Don Pedro y su familia más que la distinción 
con que le trataban, el cariño que habían manifestado á Rosita. 

Enriqueta particularmente, era la más tierna con la niña. Pare- 
cía una madre; pero una madre doblemente augusta: madre y vir- 
gen. Muchas veces, Juan intentó poner prudentemente coto á ta- 
les mimos, temeroso, tal vez con fundamento, de que la niña se 
mal acostumbrase y ensoberbeciera. Mas ¿qué pa<lre no ve con al- 
borozo la dicha de su hija? Lo que pasó fué que, gradualmente, 
aquellas solicitudes de Enriqueta, aquel tierno cuidado, desperta- 
ron en Juan un blando amor, escondido primero bajo el disfraz de 
la gratitud, pero después tan grande, tan profundo y tan violento, 
como oculto, callado y reprimido. El trato continuo, el diario ro- 
ce de aquellas almas buenas y amorosas, daban pábulo á la pasión 
intensa del desgraciado preceptor. Pero Juan conocía perfectamen- 
te lo irrealizable que era sn ideal. Estaba allí en humilde condi- 
ción, acogido, es verdad, con mucho aprecio; mas distante de la 
mujer á quien amaba, como lo están los lagos de los soles. ¿Sa- 
bía, acaso, cuáles eran los propósitos de sus padres? Habíanla ins- 
truido y educado con esmero, no para compañera de un pobre 
hombre que nada podría darla, fuera del amor, sino para mujer de 
un hombre colocado en digna y superior categoría. Si la hablara 
de amor, sería como el hombre á quien hospedan por bondad en 
una casa, y aprovechando la ocasión más favorable, se roba algu- 
na joya. No; Juan no lo haría seguramente. Corresponder de 
tal manera á los favores que Don Pedro le había hecho, hubiera 
sido falta de nobleza. Mil veces, sin embargo, el amor, que es 
gran sofista, le decía en voz muy baja: «¿Por qué no?« 

V 

Bien comprendía Juan la imposibilidad de que su amor perma- 
neciera oculto mucho tiempo; pero medroso y convencido de su pro- 
pia desgracia, alejaba adrede el día de la inevitable confesión. A 
solas, en la obscuridad de su alcoba ó en el silencio del jardín, ima- 
ginaba fácil y hacedero lo que después le parecía (imposible. Mas 
como siempre nos inclinamos á creer aquello que nos agrada, poco 
á poco, la idea de que sus sueños no eran de todo punto irrealiza- 
bles, como al principio sospechó, fué ganando terreno en su enten- 
dimiento. Parecían favorecer esta transformación moral, las conti- 
nuas solicitudes de Enriqueta, cada vez más tierna y bondadosa 



68 MANUEL GUTIÉRREZ NÁJERA 



con Rosita y más amable con el pobre Juan. Este interpretaba ta- 
les muestras de cariño como prendas de amor, y hasta llegó á creer 
— ¡tan fácil es dar oído á la presuntuosa vanidad! — que Enriqueta 
le amaba y que tarde ó temprano realizaría sus ilusiones. ¿Con qué 
contaba Juan para subir á ese cielo entrevisto en .sus alucinaciones 
y sus éxtasis? Con el gran cómplice de los enamorados y soñado- 
res: con lo inesperado. 

Lo peor para Juan era el trato íntimo que tenía con Enriqueta. 
Vivía en su atmósfera y sentía su amor sin poseerlo, como se em- 
briagan los bodegueros con el olor del vino que no beben. Cada día 
Juan encontraba un nuevo encanto en la mujer amada. Era como 
si asistiese al tocador de su alma y viera caer uno á uno todos los 
velos que la cubrieran. Además, nada hay tan invenciblemente se- 
ductor como una mujer hermosa en el abandono de la vida íntima. 
Juan miraba á Enriqueta cuando salía de la alcoba, con las meji- 
llas calientes aún por el largo contacto de la almohada. Y la veía 
también con el cabello suelto ó recostada en las rodillas de la ma- 
dre. Y cada actitud, cada movimiento, cada ademán, le descubrían 
nuevas bellezas. E igual era el crecimiento de .su admiración en 
cuanto atañe á la hermosura moral de Enriqueta. Todas esas vir- 
tudes que buscan la obscuridad para brillar y que nunca adivinan 
los profanos; todos e.sos atractivos irresi.stibles que la mujer oculta, 
avara, á los extraños y de que sólo goza la familia, aumentaban la 
estimación de Juan y su cariño. Tenían, además, aquellas dos vi- 
das un punto de coincidencia: Rosita. Enriqueta prodigaba á la ni- 
ña todas las ternezas y cuidados de una madre joven; de una madre 
que fuera á la vez como la hermana mayor de .su hija. Cierta vez 
la niña enfermó. Fué necesario llamar á un doctor de México, cu- 
yo viaje fué costeado por Don Pedro. Enriqueta no abandonó un 
solo momento á la enfermita. 

La veló varias noches, y al ver á Juan desfallecido de dolor, le 
decía cariñosa: 

— No desespere usted. La salvaremos. Ya le he rogado á nues- 
tra madre de la Luz que nos la deje. Venga usted á rezar conmigo 
la novena. 

La niña sanó; pero el mí.sero Juan había empeorado. Precisamen- 
te el día en que el médico la dio de alta, Juan fué al comedor de la 
hacienda. Habían servido ya la sopa cuando Don Pedro dijo en al- 
ta voz: 

— Hoy es un día doblemente fau.sto. Rosita entra en plena con- 
valescéncia y llega Carlos á la hacienda. 

Luego, inclinándose al oído de Juan, agregó: 

- -Amigo mío, para usted no tenemos secretos porque es ya déla 
familia: Carlos es el novio de Enriqueta. 



MANtJEX GUTIÉRREZ NÁJERA 69 



VI 

Cómo! Enriqueta tenía novio! He aquí que lo inesperado, ese 
gran cómplice en quien Juan confiaba, se volvía en contra suya. Y 
cuando! Cuándo después de aquella enfermedad de la ni- 
ña, durante la cual Enriqueta había dividido con él las zozobras y 
los cuidados, era más viva y más intensa su pasión. 

Juan creyó morirse de cong^oja y al volver á su pieza y ver á su 
hija que le tendía los escuálidos bracitos, exclamó como en aque- 
llos instantes supremos que siguieron al abandono de su esposa: — 
¡ Ay, pobre hija, ya no tienes madre! — Con efecto, ¿no era Enrique- 
ta la madre de Rosita? Pues también le iba á dejar huérfana, como 
la otra, á irse con un hombre á quien Juan no conocía aún, pero 

que odiaba. ¿Quién era aquel Carlos? Piobablementeun rico 

los pobres ponen siempre en defecto á los que odian. ¡Buen mozo! 
Juan no lo era y comprendía instintivamente que el triunfo de su 

rival era debido á las cualidades de que él carecía. Inteligente 

No, inteligente no — murmuró Juan. 

Poco á poco, la luz se fué haciendo en el cerebro del desgracia- 
do preceptor. Y comenzó á explicarse claramente cuántos adema- 
nes, acciones y palabras de Enriqueta interpretó favorablemente á 
su pasión. Era aquello un deshielo de ilusiones. El sol calentaba 
con sus rayos la estatua de nieve, y la figura deshacíase. Juan de- 
cía para sí: 

«Qué necio fui! Yo tenía un tesoro de miradas, sonrisas y pa- 
labras; ésto es. diamantes, perlas, y oro. Y ahora un extranjero vie- 
ne á mí, se acerca y me dice con tono imperioso: — Devuélveme 
cuanto posees. Nada de eso es tuyo. Todo es mío. ¿Recuerdas el ru- 
bor que tiñó .su rostro, cuando, delante de tí, le preguntaron si ama- 
ba á alguien? Tu imaginaste que ese rubor era la .sombra de tu al- 
ma, y no era más que el calor de la mía. Una tarde la hallaste so- 
la en el jardín y echó á correr para que no la vieras. — Me huye, 
porque sabe mi cariño — dijiste para tus adentros — ¡Pobre loco! Te 
esquivaba para ocultar la carta que yo le escribí y que ella leerá 
con los labios. Y esas miradas húmedas de amor que clavaba en tu 
rostro algunas noches iban dirigidas á mí. Hasta al acariciar la ca- 
becita de tu hija, pensaba en los niños que tendríamos, y por lo 
tanto, en mí también. Cuantos recuerdos tienes son robados. De- 
vuélveme tus joyas una á una.» 

Y cada vez se iba quedando más pobre y más desnudo. Hasta q\i^ 
al fin sus piernas ñaquearon y cayó desfallecido en el suelo. 

Juan no murió de pena porque la muerte no se apiada nunca de 
los infelices. En la noche de aquel terrible día llegó Carlos á la ha- 
cienda; Juan no qui.so bajar al comedor, pero desde su pieza, senta- 
do á la cabecera de la cama en donde dormía su hija convalecien- 
te, escuchaba el ruido de los platos y las alegres risas de los comen- 



70 MANUEL GUTIÉRREZ NÁJERA 



sales. ¿Cómo sería Carlos? La curiosidad impulsaba á Juan á salir 
callandito é ir á espiar por el agujero de la llave. Pero la repugnan- 
cia que el novio de Enriqueta le inspiraba y el caimiento de su áni- 
mo, le detuvieron. A poco rato cesó el ruido, Juan oyó los pasos 
del recién llegado que atravesaba el patio tarareando una mazurca; 
la conversación de los criados que limpiaban la vajilla en la coci- 
na y luego pisadas de mujer que se acercaban. Entonces re- 
cordó. Enriqueta tenía costumbre de ir todas las noches y antes de 
acostarse á ver á su enfermita y curarla bien. ¡Iba á entrar á la al- 
coba! Juan no tuvo tiempo más que para ocultar la cabeza entre sus 
brazos, tendido en la cama y fingir que dormía. ¿Para qué verla? 
Sobre todo el llanto puede sofocarse mientras no se habla; pero las 
palabras abren, al salir, la cárcel de las lágrimas, y éstas se escapan. 
Enriqueta entró de puntillas, y, viendo á Juan con extrañeza ti- 
tubeó algunos momentos antes de acercarse á la cama. Por fin se 
aproximó. Con mucho tiento y procurando hacer el menor ruido 
posible, cubrió bien á la niña con sus colchas. Después se inclinó 
para besar en las mejillas y en la fi-ente á su enfermita. Juan oyó 
el ruido de los besos y sintió la punta de los senos de Enriqueta ro- 
zando uno de sus brazos. Tenía los ojos apretadamente cerrados y 
se mordía los labios. Cuando el ruido de las pisadas de Enriqueta 
se fué perdiendo poco á poco en el sonoro pasadizo, Juan se soltó 
á llorar. 

VII 

¿Para qué referir utio á uno sus padecimientos? Tres meses des- 
pués dé aquella noche horrible, Enriqueta se casaba en la capilla 
de la hacienda. Y — ¡cosa extraña! — ^Juan, que no había tocado el 
órgano en mucho tiempo, iba á tocarlo durante la ceremonia reli- 
gio.sa. La víspera de aquel día solemne, D. Pedro dijo al infortu- 
nado preceptor: 

— Mañana, amigo mío, es día de fiesta para la familia. Carlos 
es buen muchacho y hará la felicidad de Enriqueta. A no ser por 
esta consideración, le aseguro á Ud. que estaríamos muy tristes... 

Ya Ud. lo vé ¡Enriqueta es la alegría de la casa y se nos vá! 

Pero hay que renunciar al egoismo y ver por la ventura de los nues- 
tros. Estas .separaciones son necesarias en la vida. Yo quiero que 
la boda .sea solemne. Verá Ud. amigo mío, verá Ud. qué canastilla 
de boda le ha preparado á la muchacha su mamá. Ya pierdo la ca- 
beza y me aturdo con tantos preparativos. Casamos á Enriqueta 
en la capilla, para ahorrarnos los compromisos que habríamos te- 
nido en México; pero fué nece.sario, sin embargo, invitar á los pa- 
rientes más cercanos y á los amigos íntimos. Y ya habrá Ud. no- 
tado el barullo de la casa. jNo hay un rincón vacío, Pero á todo es- 
to, olvidaba decir á Ud. lo más urgente. Quiero, amigo D. Juan, que 



MANUEL GUTIÉRREZ NÁJERA 7 1 



mañana nos toque Ud. el órgano. Ya sé que hace Ud, maravillas. 
El órgano de la capilla es malejo; pero he mandado que lo afinen. 
Conque ¿puedo confiar en su bondad? 

Juan aceptó. Había pensado no pasar el día en la casa; irse con 
cualquier pretexto al pueblo, al monte, á un lugar en que estuvie- 
ra solo. Pero fué necesario que apurase el cáliz. ¡Convenido! Iba 
á tocar el órgano en el matrimonio de su amada. ¡Qué amarga 
ironía! 

Pasó la víspera encerrado en su cuarto. ¡Qué día aquél! Al pa- 
sar por una de las salas para ir al escritorio de D. Pedro, que le 
mandó llamar, Juan vio .sobre la mesa la cana.stilla de boda de En- 
riqueta. Casualmente, la mamá estaba cerca y quiso en.señar á Juan 
los primores que guardaba aquella delicada cesta de filigrana. Y 
Juan vio todo: los pañuelos de finísima bativSta, el collar de perlas, 
los encajes de Bruselas, las camisas transparentes y bordadas, que 
parecían tejidas por los ángeles. 

Por fin amaneció el día de la boda; Juan, que no había podido 
pegar los ojos en toda la noche, fué á la capilla, aun obscura y si- 
lenciosa. Ayudó á encender los cirios y á arreglar las bancas. Des- 
pués, concluida la tarea, se subió al coro; Rosita le acompañó. La 
pobre niña estaba triste. Enriqueta la había olvidado por un novio 
y por los preparativos de su matrimonio. Además, con esa perspi- 
cacia de las niñas que han sufrido, Rosita adivinaba que su padre 
sufría. 

Desde el coro podía mirarse la capilla de un extremo á otro. 
Poco á poco se fué llenando de invitados. Por la ventana que daba 
al patio, se veía la doble hilera de los peones de la hacienda formadas 
en compactos batallones. A las siete, los novios acompañados de los 
padrinos, entraron á la capilla. ¡Qué hermosa estaba Enriqueta! 
Parecía un ángel vestido de sus propias alas. Se arrodillaron en las 
gradas del altar; salió el señor cura de la sacri.stía, precedido de la 
dorada cruz y los ciriales, llenó el presbiterio la aromática nube 
del incienso y comenzó la ceremonia. Juan tocó primero una mar- 
cha de triunfo. Habríase dicho que las notas salían de los angostos 
tubos del órgano, á caballo, tocando las trompetas y moviendo ca- 
denciosamente las banderas. Era una armonía solemne, casi gue- 
rrera, un arco de triunfo hecho con .sonidos, bajo el cual pasaban 
los arrogantes desposados. De cuando en cuando, una melodía tí- 
mida y quejumbrosa, se deslizaba como un hilo negro en aquella 
tela de notas áureas. Parecía la voz de un esclavo, uncido al carro 
del vencedor. En esa melodía fugitiva y doliente se revelaba la 
aflicción de Juan, semejante á un enorme depósito de agua del que 
sólo se escapa un tenue chorro. Después, las ondas armoniosas se 
encresparon, como el bíblico lago de Tiberiades. El tema principal 
saltaba en la superficie temblorosa, como la barca de los pescado- 



72 MATNÍUKL GUTIERRKZ NAJKRA 



res sacudida por el oleaje. A veces una ola lo cubría y durante bre- 
ves instantes quedaba sepultado é invisible. Pero luego, venciendo 
la tormenta, aparecía de nuevo airoso, joven y gallardo, como un 
guerrero que penetra, espada en mano; por entre los escuadrones 
enemigos, y sale chorreando sangre, pero vivo. 

Aquel extraño acompañamiento era una improvisación, Juan, 
tocaba traduciendo sus dolores; era el único autor de esa armonía 
semejante á una fuga de espíritus en pena, encarcelados antes en 
los tubos. Al salir disparados con violencia, por los cañones de me- 
tal, las notas se retorcían y .se quejaban. En e.se instante, el sacer- 
dote de cabello cano unía las manos blancas de los novios. 

Después la tempestad se serenó. Cristo apareció de pie sobre las 
olas del furioso lago, cuyas movibles ondas se aquietaron. Una 
tristeza inmensa, inia melancolía infinita .sucedió á la tormenta. Y 
entonces la melodía se fué suavizando: era un mar, pero un mar 
tranquilo, un mar de lágrimas. Sobre e.sa tersa superficie, flotaba 
el alma dolorida de Juan. El pobre músico pensaba en sus ilusio- 
nes muertas, en sus locos sueños y lloraba muy quedo, como el niño 
que, temeroso de que lo reprendan, oculta su cabecita en un rincón. 
En la ternura melódica se unían los sollozos, las canciones monó- 
tonas de los esclavos y el tristísimo son del «alabado.» Veía con la 
imaginación á Enriqueta, tal como estaba la primera noche que él 
pasó en la hacienda, allí, en esa misma capilla, hoy tan resplan- 
deciente y adornada. La veía rezando el rosario, envuelta por un 
rebozo azul obscuro. Bien se acordaba: cuando todos .salieron paso 
á paso, Enriqueta, que era la última en levantarse, se acercó al 
cuadro de la Virgen de la Luz, colgado en uno de los muros y to- 
có con sus labios las sonrosadas plantas de la imagen. ¡Cuánto la 
había querido el pobre Juan! ¡Se acabó! ¿A qué vivir? Allí está la 
lujosa y elegante al lado de su novio que sonreía de felicidad. Y 
cada vez la melodía era más triste. En el momento de la elevación, 
las campanas sonaron y se oyó el gorjear de muchos pájaros aso- 
mados en l^s ojivas. Era el paje á quien obligan á cantar y que, 
resuelto, tira el laúd, diciendo: «¡ya no quiero!» Mas, á poco, la 
música, azotada por la mano colérica del amo, volvió sonar más 
melancólica que antes. Hasta que al fiti, cuando la misa concluía, 
las notas conjuradas y rabiosas, estallaron de nuevo en una in- 
mensa explo.sión de cólera. Y en medio de esa confusión, en el tu- 
multo de aquel escape de armonías mutiladas y notas heridas, se 
oyó un grito. El aire continuó vibrando por breves momentos. Pa- 
recía un gigante que refunfuñaba. Y luego, el coro quedó .silen- 
cioso, mudo el órgano, y en vez de melodías ó himnos triunfales, 
se oyeron los sollozos de una niña. 

Era Rosita que lloraba sin consuelo abrazada al cadáver de su 
padre. 



MANUEL GUTIÉRREZ NÁJERA "JT, 



DAME DE CCEUR. 



Allá, bajo los altos árboles del Panteón Francés, duerme. la po- 
brecita de cabellos rubios, á quien yo quise durante una sema- 
na ¡todo un siglo! y se casó con otro. 

Muchas veces, cuando, cansado y aburrido del bullicio, escojo 
para mis paseos vespertinos las calles pintorescas del Panteón, en- 
cuentro la delicada urna de mármol en que reposa la que nunca 
volverá. Ayer me sorprendió la noche en esos .sitios. Comenzaba 
á llover y un aire helado movía las flores del Camposanto. Bus- 
cando á toda prisa la salida, di con la tumba de la muertecita. De- 
túveme un instante, y al mirar las losas humedecidas por la lluvia, 
dije con profundísima tristeza: 

— ¡Pobrecita! ¡Qué frío tendrá en el mármol de su lecho! 

Rosa-Thé era, en efecto, tan friolenta como una criolla de la 
Habana. ¡Cuántas veces me apresuré á echar sobre sus hombros 
blancos y desnudos, á la salida de algún baile, la capota de pieles! 
• Cuántas veces la vi en un rincón del canapé, escondiendo los bra- 
zos, entumecida, bajar los pliegues de un abrigo de lana! ¡Y ahora, 
allí está, bajo la lápida de mármol que la lluvia moja sin cesar! 
i Pobrecita ! 



Cuando Rosa-Thé se ca.só, creyeron sus padres que iba á ser 
muy dichosa. Yo nunca lo creí, pero reservaba mis opiniones, te- 
meroso de que lo achacaran al despecho. L,a verdad es que cuan- 
do Ro.sa-Thé se casó, yo había dejado de quererla, por lo menos 
con la viveza de los primeros días. Sin embargo, nunca nos hace 
mucha gracia el casamiento de una antigua novia. Es como si nos 
sacaran una muela. 

Sobre todo, lo que aumentaba mi disgu.sto, era el convencimien- 
to profundo de que iba á ser desgraciada. Me ponía como furia al 
escucharlas profecías risueñas de su familia. ¡Cómo! ¿Qué iba á 
ser Pedro un buen marido? Pero, ¿no saben estas gentes — decía 
yo para mí— que Pedro juega? Atribuyen á la funesta ociosidad 

xo 



74 MANUEL GUTIÉRREZ N AJERA 



tan serio vicio; creen que una vez casado va á enmendarse pe- 
ro los jugadores no se enmiendan. 

Y — en descargo de mi conciencia, lo diré — yo habría visto, si 
no con alegría, con resignación á lo menos, el casamiento de Ro- 
sa-Thé con un buen chico. Pero lo contrario de un pozo es una 
torre; lo contrario de un puente un acueducto; lo contrario de un 
buen marido, eso era Pedro. No porque le faltasen prendas per- 
sonales, ni salud, ni dinero, ni cariño á la pobre Rosa-Thé, pero 
sí porque aquel picaro vicio había de seguirlo eternamente como 
un acreedor á quien nunca acaba de pagársele. 

Rosa-Thé no sabía que Pedro jugaba. En los primeros meses 
de matrimonio, fué, con efecto, lo más sumiso y obsequioso que 
puede apetecerse para la vida quieta del hogar. Pero ¡a}^! á poco 
tiempo la picara costumbre le arrastró al tapete verde. Comenza- 
ron entonces los pretextos para pasar las noches fuera de la casa, 
la acritud de carácter, los ahogos y las súbitas desapariciones del 
dinero. Cierta vez, Rosa se preparaba para asistir á un baile. Pe- 
dro estaba ya de frac, esperando en el gabinete á su .señora- Mas 
como estaba embebida aún en su toilette, tardase y todavía muy lar- 
go rato, Pedro entornó la puerta del tocador y dijo á Rosa: 

— Mira, mientras acabas de peinarte, voy á fumar al aire libre. 
Dentro de media hora volveré. Eran las nueve y media. En pun- 
to de las diez Rosa estaba dispuesta para el baile. Sentóse en un 
silloncito y esperó. Sonó el cuarto, la media, los tres cuartos y 
Pedro no volvía. Entonces comenzó á entrar en cuidado. ¿Qué le 
habría sucedido? A cada instante se asomaba al balcón, estrujan- 
do los guantes y el pañuelo. Le habría atropellado un coche? — 
¡anda tan embobado! — decía Rosa. ¿Habrá tenido riña con algu- 
no? Nadie está libre de enemigos! Sobre todo, ¡hay tantos malhe- 
chores en la calle! Y adelantando los sucesos con la impaciente 
imaginación, se figuraba ver entrar á su marido en angarillas con 
una pierna rota ó muerto acaso. Y cada vez era más aguda .su con- 
goja, tanto que al dar las once, mandó á un mozo á que fuera á 
buscarle por las calles, y luego á otro, en .seguida á tres, hasta que 
el camari.sta y el lacayo, el cochero, el portero y cuantos hombres 
había en la servidumbre, se emplearon en buscarle por calles y ca- 
fés sin dejar punto de reunión por registrar, ni detuvieron un ins- 
tante sus pesquisas. 

Llegaban los sirvientes fatigados y sin noticia alguna de su amo; 
salían después con nuevas órdenes y siempre regresaban lo mis- 
mo que se iban. Por fin, pasada ya la media noche, Rosa ordenó 
que .se pusiera el coche. Ilía á buscar á Pedro. A todo escape, los 
caballos partieron del zaguán. Llamó Rosa á la puerta de muchas 
casas; apeábase el lacayo presuroso, y después de conferenciar con 
los porteros, subía luego al pescante, y el carruaje se lanzaba de 



MANUEL GUTIÉRREZ NÁJERA 75 



nuevo por las calles con la mayor velocidad posible. A cosa de la 
una, pasó Rosa por una calle y vio abiertos é iluminados los bal- 
cones de una casa. Aquello debía de ser un club ó cosa así. ¿Estaría 
Pedro en ese lugar? Paróse el coche, y el lacayo, sin necesidad de 
llamar, porque estaba entornada la puerta, entró en el patio; subió 
las escaleras y, á poco rato, volvió á bajarlas más aprisa todavía. 
Llegó á la portezuela del carruaje, por la que asomaba el semblan- 
te lívido de Rosa, y dijo, con la satisfacción del que trae una no- 
ticia largamente esperada. 

-El amo está arriba: está jugando Dice que no puede ve- 
nir que irá luego á la casa. 

Y, efectivamente, á las seis de la mañana, Pedro se presentó en 
las habitaciones de la señora. La infeliz había pasado la noche en 
claro, sentada allí en aquel sillón, viendo, con la mirada fija de 
una loca, las manecillas del reloj que giraban al rededor de la 
muestra, vestida aún con su traje de baile, con flores en el cabello 
y en el pecho. Cada vez que sonaban pasos en la calle, Rosa-Thé 
se asomaba al balcón. Pero eran los pasos del gendarme ó de 
algún ebrio que volvía tambaleando á su casa. Y las estrellas 
fueron brillando menos y los gallos cantando más. De rato en ra- 
to, Rosa escuchaba el ruido de un carruaje: era el de alguna de 
sus amigas que volvía del baile. Poco á poco, la luz, primero tí- 
mida y blanquizca, se fué diseminando en todo el cielo. Pasó una 
diligencia por la esquina y se oyeron las campanas de la Profesa 
llamando á misa. Rosa no quiso entonces permanecer más tiem- 
po en el balcón. ¿Qué dirían los que la vieran? Además, sus dien- 
tes chocaban unos con otros, y un desagradable escalofrío cule- 
breaba en su cuerpo. Ro.sa, tan débil, tan cobarde y tan friolenta, 
había pasado una buena parte de la madrugada en el balcón, y, 
lo que es peor, en traje de baile, con los hombros y la garganta 
descubierta. 

Tan poseída de dolor estaba, que no observó la ligereza de su 
traje. Sólo cuando la luz, entrando brusca por las puertas empa- 
rejadas del balcón, fué á retratarla en el espejo del armario, Rosa 
se vio ataviada para la fiesta y cubierta de flores, como una vir- 
gen á quien llevan á enterrar. Entonces, acurrucada en el sillón 
y cubiertos los hombros por un tápalo, .soltó á llorar. ¡Había pen- 
sado en divertirse tanto en aquel baile! Porque Rosa era al fin > 
al cabo una chiquilla. ¡Se había puesto tan linda, no para cauti- 
var á los demás, sino para que Pedro la llevase con orgullo! Y en 

lugar de la fiesta, las congojas, la angustia, y luego luego la 

certidumbre horrible de que su esposo, sin tener piedad de sus do- 
lores, la dejaba á las puertas de una casa de juego, donde proba- 
blemente se arruinaba. Rosa lloraba como una niña y poco á poco 
iba arrancando de sus cabellos aquellas flores que tan primorosa- 



76 MANUEL GUTIÉRREZ NÁJERA 



mente la adornaban. Y así pasó todavía una hora, oyendo el ruido 
de las escobas y las conversaciones de los barrenderos que barriaa 
la calle. 

Por fin, conoció los pasos de Pedro. ¡Sí, era él! secó sus lágri- 
mas precipitadamente, tuvo vergüenza de haber llorado, la cólera 
venció en su ánimo al dolor y se dispuso á reñir, á desahogarse, á 

increpar con justicia á su marido. Pero ¡en vano! I^a vista 

de Pedro la desarmó; venía lívido, derrengado, con los ojos de un 
hombre que ha perdido la razón, deshecho el lazo de la corbata 
blanca y erizado el pelo del sombrero. Apenas pudo hablar. 

— Tienes razón soy un miserable He perdido todo 

tus coches, tus alhajas mis caballos ¡nada tenemos! ¡Te 

he arruinado! ¡Te he arruinado! ¡Soy un canalla! 

La cólera de Rosa-Thé se disipó como las sombras cuando vie- 
ne el alba. Ante aquella desgracia inmensa, quiso recuperar su 
sangre fría. ¡Era tan buena! Una ternura inmensa reemplazó las 
frases duras con que se proponía recibir á su marido. V abrazan- 
do su cuello, acercando la cabeza descompuesta de Pedro á su se- 
no, le atrajo á sí y lloraron i untos, largo rato, mientras la luz, in- 
diferente á todo, saltaba alborozada y .se veía en los espejos, en 
los muebles y vidrieras. 

Rosa aceptó la pobreza con mucho valor. Tuvieron que buscar 
una casa humilde, quitar el coche, despedir á casi todos los cria- 
dos, reemplazar el raso de los muebles con cretona é indiana, vi- 
vir, en suma, como la familia de un pobre empleado que gana 
ochenta pesos cada mes. Pero Rosa ponía tal arte en todo, econo- 
mizaba tanto con su vigilancia y su trabajo, era tan decidora y 
tan alegre, que Pedro sentía menos el terrible peso de la pobreza. 
Al principio, Pedro, avergonzado de sí mismo y orgulloso de su 
mujer, .se dedicó con alma y vida á trabajar. Y Rosa estaba más 
contenta que antes, porque ya no se iba por las noches y porque 
siempre le veía á su lado. 

Sin embargo, no fué muy duradera esta ventura, Pedro volvió 
á juntarse con ciertos amigos que le arrastraron nuevamente al jue- 
go. Ya no podía apo.star grandes cantidades como antes; pero sí 
dos, cinco ó diez pe.sos. Primero se excusaba así mismo, diciendo 
en .su conciencia :^No hago mal. Ahora que nada tengo, es cuan- 
do debo jugar. Es preciso que busque á toda costa el medio de sa- 
car á mi mujer de la situación precaria en que vivimos. El juego 
me debe toda mi fortuna. Voy por ella. 

Y comenzó de nuevo á fingir ocupaciones perentorias, y á pasar 
buena parte de las noches fuera de su casa. No tardó Rosa en des 
cubrir la verdad, — Las exiguas cantidades que ganaba Pedro— y 
eran antes suficientes para cubrir su reducido presupuesto, no lo 
fueron después. Convencida de que aquél vicio era iucurable y ra- 



MANUEL GUTIÉRREZ NÁJERA f] 

dical en su marido, cayó en el más profundo abatimiento. ¿A qué 
luchar? Sin atender á sus consejos, ni oir sus súplicas, ni apreciar 
sus cuidados y trabajos, Pedro la abandonaba por los naipes. 

Una terrible consunción se fué apoderando de ella. Ya no reía, 
ya no cantaba, perdió los colores frescos de su cutis, el brillo de 
sus ojos, la gracia de sus desembarazados movimientos, y se fué 
adelgazando poco á á poco. Al cabo de algunos meses cayó en ca- 
ma. 

Los médicos dijeron que no atinaban con la cura de su mal; y 
con efecto, el único capaz de aliviarla era el marido. Este, instin- 
tivamente comprendiendo que era la causa de la enfermedad, se 
enmendó en esosdías, y buscando dinero apremio, pidiendo pres- 
tado á .sus amigos, se allegó los recursos necesarios para atender á 
la enfermita. Le llevaba á los mejores médicos y compraba todas 
las medicinas, por caras que fuesen. Un doctor dio en el clavo, al 
parecer (ahorro á mis lectores la descripción minuciosa de la en- 
fermedad) y dijo: "e.sto .se cura nada mascón tales y cuales medi- 
cinas." 

Las compró Pedro y con efecto, Rosa-Tlié se mejoraba visible- 
mente. ¿Por qué empeoró después? He aquí lo que ni Pedro ni el 
doctor se explicaban. Las medicinas eran infalibles y habían sur- 
tido un efecto maravilloso. ¿De qué provenía, pues, la recaída? Sólo 
yo lo sé y voy á contarlo. Rosita me lo dijo la noche en que mu- 
rió, mientras yo la velaba, porque habíamos vuelto á ser buenos 
amigos: 

— No quiero aliviarme, me decía. Tú sabes todo, las tri.stezas y 
las angustias que he pa.sado, la invencible fuerza de ese vicio que 
-detesto y que domina á Pedro, mi amor á éste y mi despego de la 
vida. ¡Estoy tan contenta así, enfermita! Pedro no juega, pasa los 
días á la cabecera de mi cama, y cuando estoy mala y cierro los 
ojos, fingiendo que duermo, oigo que solloza y siento la humedad 
de sus lágrimas en mi mano. Ahora me quiere, ahora no me aban- 
dona, ahora me cuida con las tiernas .solicitudes de una madre. Si 
me alivio, volverá á escaparse, volverá á buscar, lejos de mí, las 
-emociones del juego. Ya no le tenc] é á mi lado, ni sentiré sus la- 
bios en mi frente. Se irá, como se iia ido tantas veces, dejándome 
muy triste y solitaria. Si me muero, tal vez el recuerdo de la po- 
bre víctima, le aparte del camino porque va. No, no quiero aliviar- 
me. Quiero estar enfermita mucho tiempo. Por eso, cuando me 
trae la medicina, recurro á algún pretexto para quedarme sola, y 
derramo el elixir en el suelo ! 



Allá, bajo los altos árboles del Panteón Francés, duerme la po- 
brecita de cabellos rubios á quien yo quise durante una semana... 
i todo un siglo! y se casó con otro. 



78 MANUEL GUTIÉRREZ ÑÁJERA 



RIP-RIP. 



Este cuento yo no lo vi; pero creo que lo soñé- 

¡Qué cosas ven los ojos cuando están cerrados! Parece imposi- 
ble que tengamos tanta gente y tantas cosas dentro ^porque^ 

cuando los párpados caen, la mirada, como una señora que cierra 
su balcón, entra á ver lo que hay en su casa. Pues bien, esta casa 
mía, esta casa de la señora mirada que yo tengo, ó que me tiene^ 
es un palacio, es una quinta, es una ciudad, es un mundo, es el 

universo pero un universo en el que siempre están presentes 

el presente, el pasado y el futuro. A juzgar por lo que miro cuan- 
do duermo, pienso para mí, y hasta para ustedes, mis lectores: — 
¡Jesús! ¡qué de cosas han de ver los ciegos! Esos que siempre es- 
tán dormidos ¿qué verán? El amor es ciego, según cuentan. Y el 
amor es el único que ve á Dios. 

¿De quién es la leyenda de Rip-Rip9 Entiendo que la recogió 
Washington Irving, para darle forma literaria en alguno de sus li- 
bros. Sé que hay una ópera cómica con el propio título y con el 
mismo argumento. Pero no he leído el cuento del novelador é his- 
toriador norteamericano, ni he oído la ópera pero he visto 

á Rip-Rip. 

Si no fuera pecaminosa la suposición, diría yo que Rip-Rip ha 
de haber sido hijo del monje Alfeo. Este monje era alemán, ca- 
chazudo, flemático y hasta presumo que algo sordo; pasó cien años, 
sin sentirlos, oyendo el canto de un pájaro. Rip-Rip fué más yan- 
kee, menos aficionado á músicas y más bebedor de wiskey : durmió 
durante muchos años. 

Rip-Rip, el que yo vi, se durmió, no sé por qué, en alguna ca- 
verna en la que entró quién sabe para qué. 

Pero no durmió tanto como el Rip-Rip de la leyenda. Creo que 

durmió diez años tal vez cinco acaso uno en fin su 

sueño fué bastante corto: durmió mal. Pero el caso es que enveje- 
ció dormido, porque eso pasa á los que sueñan mucho. Y como 
Rip-Rip no tenía reloj, y como aunque lo hubiese tenido no le ha- 



MANUEL GUTIÉRREZ NÁJERA 79 



bría dado cuerda cada veinticuatro horas; como no se habían in- 
ventado aún los calendarios, y como en los bosques no hay espe- 
jos, Rip-Rip no pudo darse cuenta de las horas, los días ó los me- 
ses que habían pasado mientras él dormía, ni enterarse de que era 
ya un anciano. Sucede casi siempre: mucho tiempo antes de que 
uno sepa que es viejo, los demás lo saben y lo dicen. 

Rip-Rip, todavía algo soñoliento y sintiendo vergüenza por ha- 
ber pasado toda una noche fuera de su casa — él que era espeso 
creyente y practicante — se dijo, no sin sobresalto: — ¡Vamos al ho- 
gar! 

¡Y allá va Rip-Rip con su barba muy cana (que él cteía muy 
rubia) cruzando á duras penas aquellas veredas casi inaccesibles. 
Las piernas flaquearon; pero él decía: — ¡Es efecto del sueño! ¡Y 
no, era efecto de la vejez, que no es suma de años, sino suma de 
sueños! 

Caminando, caminando, pensaba Rip-Rip: — ¡Pobre mujercita 
mía! ¡Qué alarmada estará: Yo no me explico lo que ha pasado. 

Debo de estar enfermo muy enfermo. Salí al amanecer 

está ahora amaneciendo de modo que el día y la noche los 

pasé fuera de casa. Pero ¿qué hice? Yo no voy á la taberna: yo no 

bebo Sin duda me sorprendió la enfermedad en el monte y 

caí sin sentido en esa gruta Ella me habrá buscado por to- 
das partes ¿Cómo nó si me quiere tanto y es tan buena? 

No ha de haber dormido Estará llorando ¡Y venir 

sola, en la noche, por estos vericuetos! Aunque sola no. no ha 

de haber venido sola. En el pueblo me quieren bien, tengo muchos 

amigos principalmente Juan el del molino. De seguro que, 

viendo la aflicción de ella, todos la habrán ayudado á buscarme... 
Juan principalmente, Pero ¿y la chiquita? ¿y mi hija? ¿Ea traerán? 
¿A tales horas? ¿Con este frío? Bien puede ser, porque ella me quie- 
re tanto y quiere tanto á su hija y quiere tanto á los dos, que no 
dejaría por nadie sola á ella, ni dejaría por nadie de buscarme. 

¡Qué imprudencia! ¿Le hará daño? En fin, lo primero es que 

ella pero, ¿cuál es ella? 

Y Rip-Rip andaba y andaba y no podía correr. 

Llegó, por fin, al pueblo, que era casi el rai.smo... pero que no era 
el mismo. La torre de la parroquia le pareció como más blanca: la 
casa del Alcalde, como más alta; la tienda principal, como con otra 
puerta; y las gentes que veía, como con otras caras. ¿Estaría aún 
medio dormido? ¿Seguiría enfermo? 

Al primer amigo á quien halló fué al señor Cura. Era él: con 
su paraguas verde; con su sombrero alto, que era lo más alto de 
todo el vecindario; con su Breviario siempre cerrado; con su levi- 
tón que siempre era sotana. 

—Señor Cura, buenos días. 



8o MANUEL GUTIÉRREZ NÁJERA. 



— Perdona, hijo. 

— No tuve yo la culpa, señor Cura no me he embriaga- 
do". no he hecho nada malo L,a pobrecita de mi mujer 

— Te dije ya que perdonaras. Y anda ve á otra parte, porque 
aquí sobran limosneros. 

¿Limosneros? ¿Por qué le hablaba así el Cura? Jamás había 
pedido limosna. No daba para el culto, porque no tenía dinero. 
No asistía á los sermones de cuaresma, porque trabajaba en todo 
tiempo, de la noche á la mañana. Pero iba á la misa de siete todos 
los días de fiesta, y confesaba y comulgaba cada año. No había 
razón para que el cura lo tratase con desprecio. ¡No la había! 

Y lo dejó ir sin decirle nada, porque sentía tentaciones de pe- 
garle y era el cura. 

Con paso aligerado por la ira siguió Rip-Rip su camino. Afor- 
tunadamente la casa estaba muy cerca Ya veía la luz de 

sus ventanas Y como la puerta estaba más lejos que las ven- 
tanas, acercóse á la primera de éstas para llamar, para decirle á 
lyuz: — ¡Aquí estoy! ¡Ya no te apures! 

No hubo necesidad de que llamara. La ventana estaba abierta: 
Luz cosía tranquilamente, y, en el momento en que Rip-Rip llegó, 
Juan — Juan el del molino— la besaba en los labios. 

— ¿Vuelves pronto, hijito? 

Rip-Rip sintió que todo era rojo en torno suyo. ¡Miserable! 

¡Miserable! Temblando como un ebrio ó como un viejo en- 
tró en la casa: Quería matar: pero estaba tan débil, que al llegar á 
la sala en que hablaban ellos, cayó al suelo. No podía levantarse, 
no podía hablar; pero sí podía tenerlos ojos abiertos, muy abiertos 
para ver como palidecían de espanto la esposa adúltera y el amigo 
traidor. 

Y los dos palidecieron. ¡Un grito de ella— el mismo grito que el 
pobre Rip había oído cuando un ladrón entró en la casa! — y luego 
los brazos de Juan que lo enlazaban, pero no para ahogarlo, sino 
piado.sos, caritativos, para alzarlo del suelo. 

Rip-Rip hubiera dado su vida, su alma también por poder decir 
una palabra, una blasfemia. 

— No está borracho, Luz; es un enfermo. 

Y Luz, aunque con miedo todavía, se aproximó al desconocido 
vagabundo. 

— ¡Pobre viejo! ¿Qué tendrá? Tal vez venía á pedir limosna y se 
ca5'ó desfallecido de hambre. 

— Pero si algo le damos, podría hacerle daño. Lo llevaré prime- 
ro á mi cama. 

, : No, á tu cama no, que está muy sucio el infeliz. Llamaré al mo- 
zo, y entre tú y él lo llevarán á la botica. 

La niña entró en esos momentos. 



MANÜEI. GUTIÉRREZ NAJERA 



— ¡Mamá, mamá! 

— No te asustes, mi vida, si es un hombre. 

— ¡Qué feo, mamá! ¡Qué miedo! Es como el coco! 

Y Rip oía. 

Veía también; pero no estaba sejíuro de que veía. Esa salita era 

la m^isnia la de él. En ese sillón de cuero y otate se sentaba 

por las noches cuando volvía cansado, después de haber vendido 
el trigo de su tierrita en el molino de que Juan era administrador. 
Esas cortinas de la ventana eran su lujo. Las compró á costa de 
muchos ahorros y de muchos sacrificios. Aquél era Juan, aquélla, 
Luz per.o no eran los mismos. ¡Y la chiquita no era la chi- 
quita! 

¿Se había muerto? ¿Estaría loco? ¡Pero él .sentía que estaba vi- 
vo! Escuchaba veía como .se oye y .se ve en las pesadillas. 

Lo llevaron á la botica en hombros, y allí lo dejaron, porque la 

niña se asustaba de él. Luz fué con Juan y á nadie le extrañó 

que fuera del brazo y que ella abandonara, casi moribundo, á su 
marido. ¡No podía moverse, no podía gritar, decir: ¡Soy Rip! 

Por fin, lo dijo, después de muchas horas, tal vez de muchos 
años, ó quizá de muchos siglos. Pero no lo conocieron, no lo qui- 
sieron conocer. 

— ¡Desgraciado! ¡es un loco! dijo el boticario. 

— Hay que llevárselo al señor alcalde, porque puede ser furioso 
— dijo otro. 

— Sí, es verdad, lo amarraremos .si resiste. 

Y ya iban á liarlo; pero el dolor y la cólera habían devuelto á 
Rip sus fuerzas. Como rabioso can ocometió á sus verdugos, con- 

.siguió desasir.se de sus brazos, y echó á correr. Iba á .su casa 

iba á matar! Pero la gente lo seguía, lo acorralaba. Era aquella 
una cacería y era él la fiera, 

El instinto de la propia conservación se sobrepu.so á todo. Lo 
primero era salir del pueblo, ganar el monte, esconderse y volver 
más tarde, con la noche, á vengarse, á hacer ju.sticia. 

Logró por fin burlar á sus perseguidores. ¡Allá va Rip coma 
lobo hambriento! ¡Allá va por lo más intrincado de la selva! Te- 
nía sed la sed que han de .sentir los incendios. Y se fué dere- 
cho al manantial á beber, á hundirse en el agua y golpearla 

con los brazos acaso, acaso á ahogarse. Acercó.se al arroyo, 

y allí, á la superficie, salió la muerte á recibirlo, ¡Sí; porque era la 
muerte en figura de hombre, la imagen de aquel decrépito que se 
asomaba en el cristal de la onda! Sin duda venía por él ese lívido 
espectro. No era de carne y hueso, ciertamente; no era un hombre, 
porque se movía á la vez que Rip, y esos movimientos no agitaban 
el agua. No era un cadáver, porque sus manos y sus brazos se tor- 
cían y retorcían. ¡Y no era Rip, no era él! Era como uno de sus 



84 MANUEL GUTIÉRREZ NÁJERA 



cartas junto á la ventana, y pienses en el ausente que jamás ha de 
volver. Las golondrinas vuelven después de larga ausencia, y se 
refugian en las ramas del pino. La brújula señala siempre el Nor- 
te. Mi corazón te busca á tí. 

¿De qué quieres que te hable? Deja afuera la obscuridad y haz 
que iluminen tu alma las claridades del amor. Somos dos islas se- 
paradas por el mar; pero los vientos llevan á tí mis palabras y yo 
adivino las tuyas. Cuando la tarde caiga y las estrellas comiencen 
á brillar en el espacio, abre tú los pliegos cerrados que te envío, y 
escucha las ardientes frases de pasión que lleva el aire á tus oídos. 
Figúrate que estamos solos en el bosque, que olvidé todo el daño 
que me has hecho, y que en el fondo del cotipé capitoneado te ha- 
blo de mis ambiciones y de mis sueños. Óyeme, como escuchas el 
canto de las aves, el rumor de las aguas, el susurro de la brisa. 
Hablemos ambos de las cosas frivolas, esto es, de las cosas serias. 
La tarde va á morir: el viento mueve apenas sus alas como un pá- 
jaro cansado; los caballos que tiran del carruaje, corren hacia la ca- 
sa en busca de descanso; la sombra va cayendo lentamente 

aprovechemos los instantes. 

*** 

Hace muy pocos días paseaba yo por el parque, pensando en tí. 
La tarde estaba nublada y mi corazón triste. 

¡Cómo han cambiado las cosas! Los carruajes que van hoy al 
paseo no son los mismos que tú y yo veíamos. Veo caras nuevas 
tras de los cristales y no encuentro las que antes distinguía. ¿Te 
acuerdas de aquella que encontrábamos siempre en trois guarí á la 
entrada del paseo? Pues voy á referirte su novela. Amaba mucho; 
las ilusiones cantaban en su alma como una bandada de ruiseñores; 
se casó y la etigañaron. Todavía recuerdo la impaciencia con que 
contaba los días que faltaban para su matrimonio. La noche que 
recibió el traje de novia creyó volverse loca de contento. Yo la mi- 
ré en la iglesia al día siguiente, coronada de blancos azahares, tré- 
mula de emoción y con los ojos henchidos de lágrimas. ¿Quién nos 
hubiera dicho que aquel matrimonio era un entierro? Se amaban 
mucho los dos. ó por lo menos, lo decían así. Iban á realizar sus 
ilusiones; la riqueza les preparó un palacio espléndido y los que de 
pie en la playa la miramos partir en barca de oro, dijimos: Dios la 
lleva con felicidad! 

Unos meses después, encontré á su marido en un café. 

— ¿Y Blanca? 

— ¡Está algo mala! 

Era verdad, Blanca estaba mala; Blanca se moría. Enrique la 
dejaba por ir en pos de los placeres fáciles, y Blanca, sola en su 



MANUEL GUTIÉRREZ NÁJERA 85 



pequeña alcoba, pasaba las noches sin dormir, mirando como se 
persiguen y se juntan las agujas en la muestra del reloj. Una no- 
che Enrique no volvió. Al día siguiente, Blanca estaba más páli- 
da: parecía de cera. 

Hubiérase creído que la luz del alba, que Blanca vio aparecer 
muchas veces desde su balcón, le había teñido el rostro con sus co- 
lores de azucena. 

¿Por qué no viene? — Preguntaba sondeando con los ojos la obs- 
curidad profunda de la calle. 

Y graznaban las lechuzas, y el aire frío de la madrugada le he- 
ría el rostro, y Enrique no volvía. De repente suenan pa.sos en las 
baldosas. Blanca se inclina sobre el barandal para ver si venía. 
¡Esperanza frustrada! Era un borracho que regresaba á su casa, 
tropezando con los faroles y las puertas. 

Así pasaron días, semanas, meses: Blanca cada día estaba peor. 
Los médicos no atinaban la cura de .su enfermedad. ¿Acaso hay 
médicos de almas? 

Una noche, Blanca le dijo á Enrique: 

ifNo te vayas. Creo que voy á morirme. No me dejes.» 

Enrique se rió de sus temores y fué al circulo donde le espera- 
ban sus amigos. ¿Quién se muere á los veinte años? 

Blanca le vio partir con tri.steza. Se pu.so después frente á un es- 
pejo, alizo sus cabellos y comenzó á prender entre .sus rizos dimi- 
nutos botones de azahar. 

Dos grandes círculos morados rodeaban sus ojos. Llamó en .se- 
guida á su camarera, se puso el traje blanco que le había .servido 
para el día del matrimonio y se acostó. Al amanecer, cuando En- 
rique volvió á su casa, vio abiertos los balcones de su alcoba; cua- 
tro cirios ardían en torno de la cama. Blanca estaba muerta. 

— ¿Ya lo ves? La vida mundana, tan brillante por fuera, es co- 
mo los sepulcros blanqueados de que nos habla el Evangelio. La 
riqueza oculta con .su manto de arlequín muchas miserias. 

Cierra tus oídos á las palabras del eterno tentador. No ambicio- 
nes el oro que es tan frío como el corazón de una coqueta. Sé bue- 
na, reza mucho y ama poco. 



86 MANUKL GUTIÉRREZ NÁJERA 



EL MÚSICO DE LA MURGA. 



Ci-git le bruü du vent. Aquí yace el susurro del viento. ¿No 03 
parece elocuente este epitafio, ideado por Antipater para la tumba 
de Orfeo? Lo que pasa alzando apenas un rumor muy leve y se ex- 
tingue, cual si otro más recio soplo lo apagara; lo que sienten al 
estremecerse las eréctiles hojas, loque riza las ondas, cuando tiem- 
blan, cogidas de repentino calosfrío; el brillo efímero de la luciér- 
naga azulina; el beso rápido de Psíquis, eso es lo semejante á cier- 
tos espíritus fugaces que .sólo producen una vibración, un centelleo, 
un estremecimiento, un calosfrío y mueren como si se evaporaran. 
¿Conocéis de Juventino Rosas algo más que unos cuantos valses 
elegantes y melancólicos y bellos como la dama, ya herida de muer- 
te, en cuyas manos, casi diáfanas, puso la poesía un ramo de ca- 
melias inmortales? Un schottisch una polka una dan- 
za otro wals ¡rumor del viento! Algunos tienen nombres 

tristes como presentimientos: «Sobre las olas» ahí flota des- 
colorido y coronado de ranúnculos el cadáver de Ofelia. «Morir 
SOÑANDO» ¡anhelo de los que han vivido padeciendo! Y ob- 
servad que envuelve casi toda esa música bailable cierta neblina 
tenue de tristeza. Parece escrita para rondas de Willis. Al com- 
pás de la mazurka danzan las mozas en un claro del bosque; están 
alegres, ríen y cantan ; pero el músico está triste. 
Ya se está el baile arreglando, 

Y el gaitero ¿dónde está? 

— Está á su madre enterrando 

Pero en seguida vendrá, 

— ¿Y vendrá? — ¿Pues qué ha de hacer? 

Cumpliendo con su deber 

Ved le con su gaita; pero 

¡Cómo traerá el corazón 
El gaitero. 

El gaitero de Gijón ! 

L,a niña más habladora 



MANUEL GUTIÉRREZ NÁJERA Sj 



— ¡Aprisa, le dice, aprisa! — 
Y el gaitero sopla y llora 
Poniendo cara de risa. 

*** 

Algunas noches, en los grandes bailes, fatigado de la fiesta, hu- 
yendo de las conversaciones privadas y de los amigos impertinen- 
tes, me he puesto á pensar en esos pobres músicos que, 

Como ganan sus manos 
El pan para sus hermanos, 
En gracia del panadero 
Tocan con resignación 
Como tocaba el gaitero, 
El gaitero de Gijón. 



Federico Gamboa en sus Impresiones y Recíierdos nos pinta con 
colores muy vivos á aquel Teófilo Pomar que componía danzas y 
las tocaba, primero en algunos salones; luego en los bailes de true- 
no. Ese Pomar tuvo también su momento efímero de dicha, «una 
luna de miel — dice Gamboa — encantadora por lo rápido y lo in- 
tensa. El cuarto de un hotel convertido en un rincón del cielo; ea 
la ventana, pájaros y flores; en la mesa de trabajo, el papel rayado,, 
la pluma lista; el piano abierto, en espera de las caricias de su due- 
ño; sobre el velador, la comida traída á hurtadillas de la fonda más 
próxima, con un solo vaso, para aumentar los pretextos de besar- 
se; y en las paredes, en los muebles, en todas partes, ella, la mujer 
amada que ríe de nuestras locuras y las comparte y nos arrulla y 

nos enloquece » Luego (ten la ventana, el pájaro muerto, las. 

flores marchitas; en la mesa de trabajo, la pluma rota, las papele- 
tas del Montepío; el piano ausente, dejando un hueco inmenso; en 
una silla, ella, la mujer amada, que llora nuestros dolores y los 
comparte y nos martiriza.» Para vivir, continuaba Pomar tocando 
danzas. Entraba ceñudo al baile de trueno, «cual si bruscamente 
lo hubiesen despertado de algún dulce sueño, y se llegaba al piano 
con tan visibles muestras de mal humor que cualquiera habría te- 
mido una armonía ingrata, un arpegio discordante, y en su lugar^ 
brotaban tibias, delicadas, voluptuosas, las danzas, que estaban 
haciéndole célebre, sus danzas, pensadas y compuestas por él, laa 
que le daban de comer y lo premiaban á él solo, de tanta prosa, de 
tanta amargura. Y entonces, se abstraía por completo, no respon- 
día á nadie; noche hubo en que improvisara una danza, así, en me- 
dio de los gritos destemplados, con la excitación de la desvelada y 



88 MANUEIy GUTIÉRREZ NÁJERA 



del desencanto interno, cuando la aurora sonreía desde la azotea y 
las lámparas de petróleo se apagaban amarillentas y tétricas.» 

«Bn cuanto concluía, los concurrentes lo rodeaban disputándo- 
selo, lo mareaban á amabilidades, á invitaciones; todos querían 
darle un cigarro, una copa, las buenas noches. Las mujeres se le 
colgaban de los brazos, lo arrastraban á los gabinetes donde la man- 
zanilla ó una cena fría aguardaban á los consumidores, y él agra- 
decía, rehusaba á los más, complacía á los menos. 

— Gracias, de veras gracias; lo que quiero es descansar un ins- 
tante 

Y se quedaba sólo, apoyado sobre los barandales del corredor 
desierto; á un paso de esa ficticia y ruidosa alegría de las orgías: 
habituado á éstas, á las riñas que traen, á las ilusiones que se lle- 
van. Allí fumaba cigarrillo tras cigarrillo hasta que la gente se 
impacientaba, quería bailar 

— ¡Pomar! ¡Que venga Pomar! » 

^% 

Otro músico á quien traté de cerca, el de levitón café y sombre- 
ro alto como de pizarra mojada, era celoso y tenía razón, i Cuan 

largas eran para él esas noches de baile que tan breves son para 
los enamorados venturosos! Pensaba en su casa pobre tan distante 
de aquel palacio; en su casa de barrio, con ventana baja y casera 
celestina; en la mujer guapa, joven todavía, cansada de miserias 
y sin hijos; en el galanteador fornido y mocetón que la vio. con 
ojos encandilados, una mañana en la parroquia; é imaginándose 
infamias y vergüenzas, sintiendo como que le corrían por todo el 
cuerpo incontables patitas de alfileres, le parecía oir una risa fres- 
ca, chorreante, cual si brotara de jugosa carne de sandía, y otra 
sardónica, burlona, que le quemaba el oído como latigazo. Tocaba 
entonces con frenesí, con furia, y el arco del violín, torciéndose y 
retorciéndose sobre las cuerdas, fingía un estoque rasgando en epi- 
léptico y continuo mete y saca las entrañas de víctima invisible. 
No es, .señora, huraño moralista el que os ve de reojo cuando pasáis 
bailando cerca de él y oye las frases de pasión que os dirige el ga- 
lán; no es un beato ese que al veros querría cubrir con .su mirada 
la desnudez de vuestros hombros: es un pobre músico ya viejo ca- 
sado con una mujer todavía joven! 

*** 

Mas, entre los violinistas de murga que he conocido, ninguno 
de ideas más sugestivas ni de existencia más infeliz que el de los 



MANUEL GUTIÉRREZ NÁJERA 89 



ojos azules desteñidos; el que vistiendo siempre ropa ajena, flaco y 
largo, proyectaba en las alfombras la sombra de un paraguas ce- 
rrado y puesto á escurrir junto á la puerta. 

Este era artista, como Juventino Rosas. Era el espectro de 
un artista rico, que exi.stió antes que él, pero que era de su fami- 
lia. Hay vastagos que son aparecidos, antecesores resucitados. Te- 
nía los labios siempre secos, y en los labios sed de gloria, .sed de 
besos, sed de vino. 

Aun me parece verle, como cuando le conocí. Toca malagueñas 
€n el cuarto de un estudiante. Y con notas pinta. ¿No lo veis? 

¡Qué guapa es la cantadora! ¡Qué provocativo el movimiento de 
sus caderas! ¡Qué negro su pelo! ¡Qué breve su pie! ¡Y qué tor- 
neado el mórbido tobillo! ¡Con qué sandunga y qué malicia canta! 
jEsos ojos sólo .salen de noche, porque e.stán prohibidos! Cuando 
miran es que desnudan la navaja. Los brazos en jarras, parecen 
decir al majo que los quiere: — ¡Ven á tomarlos! 

¡Y aquél gitano viejo que está allí de codos .sobre la mesa! Con 
los ojos encandilados, la boca entreabierta y las piernas extendidas, 
€se tío está calentándose jinito al fogón de una petenera retozona. 
Está gozando un minuto de muchacho. Se ve brillar la manzani- 
lla en las cañas de cristal; se oyen los acompasado.s palmoteos, y la 
atmósfera se llena de un humo que lleva alcohol y en el alcohol 
alegría. Por allí cayó una navaja; por allá se alza un pandero; y 
en aquel rincón tronó el sonoro beso que la de mantilla blanca, la 
de la rosa colorada en el cabello, dio á su guapo torero. En la calle. 
Fígaro deja caer al suelo su bacía de cobre; y ra.sguea la guitarra, 
mientras Rosina se levanta de puntillas y entreabre la puerta del 
balcón. 

Después toca algo muy apacible y melancólico: es el rui.señor 
que cantaba en el granado mientras Julieta acariciaba á Romeo en 
el camarín. Amad, — nos dice — todavía hay mucha soral)ra para que 
brillen mucho las estrellas y despidan los ojos más amor. Una es- 
quLsita dulzura se exhala de sus notas; siéntese el contacto suave 
de la escala de seda; se ve la luna, como bañándose desnuda en las 
murmurantes y azules ondas del pequeíío lago; se oye el rumor de 
los besos todavía tímidos, como que acaban de encontrarse y co- 
nocerse; el susurro de las hojas curio.sas que formando corrillos cu- 
chichean; el aleteo de algunos pájaros que no pueden dormir por- 
que están enamorados y quieren ya que amanezca. El calosfrío del 
alba, escarapela voluptuosamente nuestro cuerpo y roza nuestras 
mejillas encendidas la cabellera húmeda y perfumada de Julieta. 
Es la madrugada. No veis cómo el amante baja ya de la gótica 
ventana y cómo brilla el rayo de la luna en el terciopelo granate 
de su jubón y en el áureo joyel de su .sombrero? Huye y desapa- 
rece por entre el bosque de castaños; ciérrause las vidrieras de co- 
is 



90 MANUEL GUTIÉRREZ NÁJERA 



lores y esas notas transparentes y frágiles, esas notas que brillan 
como lágrimas y que suenan como una esquila de cristal herida 
por la barita de alguna hada, se pierden y se extinguen poco á poco 

en la obscuridad, al amanecer El ruiseñor ya no canta; pero el 

cristal solloza todavía- 

*** 

El improvisaba todo eso, y al oírlo, volvía yo la vista atrás en 
el camino de la vida; habría querido volver á ser niño; volver á 
sentarme en las rodillas de mi madre, besar las canas del anciano 
que nunca, nunca muere en mi espíritu; oírla campana que llamó 
á la misa el día de mi primera comunión; ver las torres blancas de 
la iglesia; creer, hallar quien me consolara como me consolaban 

cuando aún no sufría ¡y allá va la pelinegra Liseta! ¡allá va 

la hermanita que no ha vuelto! en aquel ruedo bailan las mucha- 
chas con los mozos; en aquella mesa y á la luz de pobre lámpara, 
sueña versos el poeta; ¡allá va el abuelito! ¡allá la novia con quien 
creíamos haber aprendido á besar y no sabíamos! allá va to- 
do lo que se fué como se van las notas ! 

El artista que tan maravillosamente evocaba esas memorias y re- 
vivía esos sentimientos, solía decirnos al concluir de tocar alguna 
de sus improvisaciones. 

— Esto en que pongo alma ni siquiera lo escribo no lo com- 
pran. Oísteis las malagueñas: esas sí me producen, allá donde las 
toco, aplausos y un puñado de monedas. El editor quiere música 
que se baile, música para que la estropeen y la pisen. Y yo nece- 
sito dinero para mí y para mis vicios. Me repugnan esos vicios, no 
porque lo son, sino por etivilecidos, por canallas. Quisiera dignifi- 
carlos, ennoblecerlos, vestirlos de oro, en la copa, en el cuerpo de 
la mujer, en el albur. Quitármelos no; porque ¿qué me queda- 
ría? Cuando me doy asco, pienso en matarme. Pero hay en mí 

cierto indefinible temor á la otra vida que se quedó en mi alma, 
como grano de incienso no quemado en la cazoleta del incensario. 

¿Quién lo puso allí? De niño fui monago. Vestí la sotanilla 

roja. Aprendí á cantar cantando letanías. Ayudé misas. Y toda- 
vía envuelven mi espíritu nubes de incienso; todavía percibo, en 
horas de nostalgia, el olor á cedro de la .sacristía; me acuerdo del 
Cristo que me veía como un padre muy triste desde la. reja del 
coro ¡á mí que nunca tuve padre! ¡Y no puedo matar- 
me! ¡El réquiem es muy pavoroso! Suenan sus notas como 

el aire, por las noches, en una catedral á obscuras y desierta. 

Compongo, pues, para vivir, música alegre, valses voluptuosos 



oraoD BioBq snb o\ ap Binan 

Biaiqnq is oraoa 'Buad o;uais 'op. 
BDisniíi ns sandsap opBStd aq sa; 
ap Bjqiuos T3\ BjoajBd aub 'oosau 
-o"^ ouiiuaAnf ouioo 'iBiídsoq ui 






Áo<^ 'SEdoD sBj opuBosa OU B^ 'j 
«saiBpgiyB sosiBaBd» stbuib¡¡ aní 

-uoDsa B¡ apuop u^? ¡oSua; anb c 
-Bq anb? 'souanq Ánva. sios ísoso^ 
saDuo;ua o2xp 'saaouas ¡^fíq jtu 
-UBiq ira sBig[! ¡osa Basd Bra[B i 
-aij:o3! ¡soua;[npB ap aaqdt(io3! 
BJBd 'Bson;dn[OA 'BAi;BDOAoad -b 
-0(j ! sajíaooid sosa ap o^oapf) ¡j 
BiqraniB B;ua[iuBraB BpA b¡ •••• 

souans soj ap st 

Á Bpuaindo b[ ap aopiia[dsa p t 
-lira jBasap b ¡is 'qB! 'jBasap b í' 
ISBO • • • • uBuasua a j^ "BiiSa^B bzíbi 
ap jopa bsbS Bun ap saABj; b o 
SBra Á auSsdraBqa 'so^p ap sBpt 
aj^ 'oira saoa osa 'opBraiuB s[Bí^ 
IH i^^í^í^llHQ ^P saiBipo jod sop 
•soioj uB;sa BjTAa¡ uu ap sopoa so 
'oaBg; uaAof oraoD 'oao ap osuii uc 
p 'BJjBd VI jod opBaaqmos puc 
-ap oÁ ísoiuaqB sosa opimjuoo c 
-Bp sBijaianboo sBsa 'sBpuBSap : 
•uaqaq Á uaraoa anb so\ a^uB pas . 
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9« MANUEI^ GUTIÉRREZ NÁJKRA 



UN 14 DE JULIO. 



(histórico). 

Voy á referiros una breve 5^ triste historia, y voy á referirla por- 
que hoy habrá muchos semblantes risueños en las calles y es bueno 
que los alegres, los felices, se acuerden de que hay algunos, mu- 
chos desgraciados. Es un episodio del 14 de Julio, pero no del 14 
de Julio de 1789, sino del 14 de Julio de i8go. Y la heroína es una 
paisana nuestra, una hermosa y desventurada mexicana. ¡Ah! De 
ella hablaron mucho los diarios de París hace dos años; más que 
de Mme. Iturbe y de sus trajes, más que de la señorita Escanden 
y de su boda. Arsénio Houssaye, ese anciano coronado de rosas, 
le dedicó una página brillante, una aureola de oro como esas que 
circundan las sienes de las mártires. La piedad la amó un momen- 
to, un momento nada más, porque la piedad tiene siempre muchí- 
vsimo que hacer. Y ahora que miro esas banderas, e.sas flámulas, 
esos gallardetes, símbolos de noble regocijo, pienso en la pobre me- 
xicanita que pa.só en París el 14 de Julio de 1890. 

Estaba casada con un francés que vino á nuestra tierra cuando 

la malhadada intervención. Aquí tuvo seis hijos ya sabéis que 

la pobreza es muy fecunda! Vivían penosamente, y el marido, es- 
peranzado en hallar protección más amplia en su país, regresó á 
Francia con su mujer y su media docena de criaturas. El era pin- 
tor, decoraba, hacía cuadritos de flores y de frutas para comedores, 
iluminaba retratos y tenía buena voluntad para admitir cualquier 
trabajo honesto. Pero hé aquí lo que no hallaba. ¡Es tan grande 
París! ¡Hay en sus calles tanto ruido! ¡Es tan difícil percibir allí 
la voz de un hombre! 

Altivo, orgulloso como era, jamás se habría resignado á pordio- 
sear. La miseria, enamorada sempiterna del orgullo, vino á acom- 
pañarle. 

Una noche, agotados ya todos sus recursos, dijo: 

— Es preci.so morir. 

Le oyó el más pequeñuelo de sus hijos, y preguntó entonces á la 
madre: 

— Mamá, ¿qué cosa es morir? 



MANUEL GUTIÉRREZ NÁJERA 93 



— Morir, hijito, es irse al cielo. 

— ¿Y cómo será el cielo? ¿como el mar? 

— No; el cielo es un jardín en donde hay muchas flores y muchas 
frutas y muchos juguetes para los niños. 

— Sí; pero no serán para mí. También aquí hay todo eso y nada 
es mío. 

— En el cielo cogen los niños que no son traviesos cuanto quieren. 

— ¡Mamá, vamos al cielo! 

La muchachita, que escuchaba atenta, terció entonces en la plá- 
tica: 

— Pero el viaje ha de ser largo, muy largo ¡De aquí al 

cielo ! 

— No, mucho más cómodo y más rápido que el de México á 
Francia. Se duerme uno y cuando despierta está en el cielo. 

— ¿Y allá hay fiestas como la de mañana, con fuegos artificiales 
y con músicas? 

— Todo el año. 

— Pues iremos. 

Y aquellas criaturas, para quienes la tierra era tan dura, se albo- 
rotaron con la idea de ir al cielo. 

¡Morir! ¡Qué hermosa palabra! Sonaba en sus oídos como suena, 
cantando, en los de algunos hombres. 

— Pero no nos iremos todavía — dijo otro de los niños. Mañana 
es el 14 de Julio. Quiero ver los fuegos. 

Padre y madre cruzaron una mirada suplicante. 

— ¡Esperaremos! 

Casi habían olvidado ya su hambre, con la esperanza de ir al 
cielo y se durmieron soñando en rehiletes de estrellas y en jugue- 
terías de porcelana blanca, atendidas por angeles. Sólo la más chi- 
quita, que no había entendido, dijo con voz desfalleciente: 

— Mamá! papá! 

Los dos esposos se miraban sin hablar. ¿Cómo esperar á mañana? 

— Yo puedo todavía, vendiendo lo último, juntar un franco. ¡Pe- 
dro, quiere Juanito ver los fuegos! 

Y aguardaron.... — Sería blasfemia escribir: esperaron. — El padre 
tenía una tablita de flores pintadas, que no había podido vender. 
Iba á regalársela á la buena señora del estanquillo. ¡Tal vez le 
diera algo! 

Muy temprano fué. Ya cantaba la fiesta su himno triunfal en 
plazas y bulevares. 

A poco, abríase de nuevo la puerta del tabuco, y el pintor en- 
traba de regreso. 

— ¿Qué te dieron? 

Aquél, vencido, sin desplegar los labios, dejó caer en el suelo 
unas cuantas estampas. 



94 MANUEI. GUTIÉRREZ NÁJERA 



Eso para que los niños se diviertan. ¿No recordáis la histo- 
ria de Schiavone? Aquel pintor veneciano también tenía mujer, 
seis hijos y hambre. También era soberbio. Y pintó no sé qué para 
los padres de la Santa Croce; fué á entregar su trabajo y los pa- 
dres le dieron como recompensa un ramillete de rosas. También 
dejó caer las flores sobre la desnuda tarima, y la blanca Giacinta, 
su mujer, fué deshojando en los platos vacíos, y cuando ya no hubo 
más pétalos, dijo al espOvSO y á los hijos: 

— Venid; ya está la cena. 

Un instante después moría de hambre. 

La mexicana sí había reunido ya algo más de un franco para pa- 
sar el día 14. Todos juntos salieron á la calle, para que los niños 
pasearan. ¡Qué alegría! ¡qué esplendor! 

Los muchachitos, débiles y enfermos, al pasar por frente á los 
aparadores decían: 

— Mamá, ¿qué hay en el cielo pollo asado? 

— ¿Y jamón? 

— ¿Y pasteles? 

La muchacha más grande, la de catorce años, veía con tristeza 
los escaparates de las tiendas de modas. Era hermosa, y se iba sin 
que el mundo lo hubiera conocido. Tal vez la pobrecita no creía en 
el cielo; pero en la muerte hospedadora sí. No engañaron sus oídos 
las músicas de viento; no engañaron sus ojos los fuegos artificiales; 
no engañaron su imaginación las promesas de cielo. Sí, el cohete 

sube, también resplandeciente quiere llegar á las estrellas pero 

en el aire se apaga. Lo cierto es la armazón, es el esqueleto del 
«castillo» que un momento fulguró. Y lo cierto es la noche densa- 
mente negra. 

Ella fué la primera que dijo: 

— ¿Ya nos vamos? 

Y los niños más chicos, en coro repitieron: 
— Sí, papacito, vamonos al cielo. 

En el camino compraron un pan. Tenían más hambre, mucha 
hambre. En su tabuco devoraron aquel pan. El padre no: no pudo. 
La madre no: no quiso. 

Pero en ese pan habíase empleado hasta el último céntimo. Y 
para dormir bien, para dormir como ellos querían, el carbón era in- 
dispen.sable. ^ 

— ¡Ah, no hay cuidado! dijo la mayor. La portera me fía. 

Y salió, Y lo trajo. 

No hubo necesidad de que apagaran la ^-ela. También ella se 
apagó. Ardía el carbón, y su fulgor dantesco semejaba un boquete 
del infierno asomando en la sombra. ¿Quién llora? ¿Quién solloza? 
¿Quién se queja? ¿Quién se retuerce? ¿Quién sofoca blasfemias? 
¿Quién se ahoga? 



MANUEL GUTIÉRREZ NÁJERA 95 



La asñxia se lleva primero al niñito de pecho, amordaza des- 
pués á los más débiles; amarra á los padres para que presencien 
impotentes la agonía de sus hijos; y en medio de este horror y de 
esta espantosa lucha muda, rasga el silencio la voz de la hija mayor: 

— ¡Ya no! ¡Ya no! ¡Ya no quiero morir! ¡Padre, perdóname! 



Al día siguiente, un vecino rompió la puerta: adentro estaban 

los cadáveres. Los sacan al aire, hacen esfuerzos inauditos 

¡Tod9 inútil! 

¿Verdad que ese cuadro debió de ser horrible? La vida inventó 
un castigo, inventó un suplicio que no había soñado el Dante: ¡la 
madre estaba viva! 

¡Ah! ¡éste sí que excede á todos los tormentos! Ugolino devora 
á sus hijos; pero los lleva dentro de sí. Y Ugolino muere. A aque- 
lla madre no la quiso la muerte. 



¿En dónde está? ¿No se ha aplacado Dios? ¿No ha permitido que 
muera? ¡Santo cielo! Cuando asisto á las fiestas de este día, cuando 
miro reir y juguetear en la kermesse á tantos niños bien vestidos, 
pienso en las inocentes criaturas que, hambrientas y asfixiadas, pe- 
recieron há dos años, y digo á las almas buenas: 

— ¡Una caridad, por amor de Dios! 

Señor, ¿en dónde está la pobre mexicana? Si vive aún, dale 

la muerte de limosna! 



90 MANUEL GUTIÉRREZ NÁJER\ 



EL VESTIDO BLANCO. 



Mayo, ramillete de lilas húmedas que Primavera prende á su 
corpino; Mayo, el de los tibios, indecií^os sueños de la pubertad; 
Mayo, clarín de plata, que tocas diana á los poetas perezosos; Ma- 
yo, el que rebosa tantas flores como las barcas de Myssira: tus 
ojos claros se cierran en éxtasis voluptuoso y se escapa de tus 
labios el prometedcr ¡hasta mañana! cual mariposa azul de entre 
los pétalos de un lirio. 

Hace poco, salía de la capilla, tapizada toda de rosas blancas, y 
entreteníame en ver la vocinglera turba de las niñas que con al- 
bos trajes, velos candidos y botones de azahar en el tocado ha- 
bían ido á ofrecer ramos fragantes á María. Mayo y María son 
dos nombres que se hermanan, que suavizan la palabra; dos son- 
risas que ,se reconocen y .se aman. No .sé qué hilo de la Virgen 
une á los dos. Uno es como el eco del otro. Mayo es el pomo y 
María es la esencia. 

Las niñas ricas subían joviales á sus coches; las niñeras vestían 
de gala; santo orgullo expresaban en .sus ojos, aun lloro.sos las 
mamas. Acababan de recibir la confirmación de la maternidad. 

En uno de aquellos grupos di.stinguí á mi amigo Adrián; salí á 
su encuentro; besé á la chicuela que todavía no sabe hablar sino 
con sus padres y con .sus muñecas, sentí ese fresco calor de inocen- 
cia, de edredón, de brazos maternales, que esparcen las criaturas 
sanas, bellas y felices; y cuando la palomita de alas tímidas, ce- 
rradas, se fué con la mamá y el aya, ruborizada la niña y de veras, 
por la primera vez, Adrián y yo, incansables andariegos, nos ale- 
jamos de las calles henchidas de gente dominguera, para ir á la 
calzada que sombrean los árboles y que buscan los enamorados al 
caer la tarde y los amigos de la soledad al medio día. 

Adrián es un místico; pero no es, en rigor, un creyente. Lám- 
para robada al santuario, su flámula oscila, rebelde al aire libre; 



IIVNV rJZ>.ítJ7l O^l t> d 



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na li^ tuqiuoj[u t;[ iu íjsudo; c 
-ub;uuao¡ á opi;soA ns vxvív ou e 
US U3 .icpiit3 y o;[os anb xiod |13. 
Aos L'SD? i7.n3:;iai.oaad is oiuoo 'o 
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sprtí noo osacf u'^x 'cuiii^suo uc 
i!0XiT3|q oiiioD A" 3iii3ma:niopsno 
-o; Á ooaauo lípcu op anbaod zi[í 
-oprio SLuaiuud sl'i aüaon([iuq i? 
efiq cXuD Daped [op pupuiüA i 
T^l oiiioo os.i90Bns<^p noa-tiid anb < 
ü¡ p s3ao[^ scsoiu-ioq "/^a luoiu 
anb opcpiocinuí ofua; [o i^aui ut 
-■Bra i3;s3[ Síoa^o soj vmá o is u 
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L6 



VHKfVM ^JIHH 



98 MANUEL GUTIÉRREZ NÁJERA 



En el templo, la ceremonia no es solemne, es tierna. Solemne, 
la imposición de órdenes sacerdotales; solemne, la toma de hábito; 
solemne, el oficio de difuntos, solemne, la pompa del culto cató- 
lico en los grandes días de la iglesia; tierna, vivada, pura, esta an- 
gélica procesión de almas intactas que lleva flores á la Virgen. 

Ivos cirios se me figuraban cuerpecitos de niños que se fueron 
adelgazando, murieron y se salvaron; cuerpecitos cuya alma casta 
resplandece, en forma de llama, fija en las niñas blancas que van 
á poner las primeras hojas de su nido en el ara de María. La Ma- 
dre de Dios parece como más madre rodeada por todas esas virgi- 
nidades, ignorantes aún de que lo son; por todas esas inocencias 
que lo invocan. Las niñas sienten como que han crecido. 

A la mía se la llevaron con las más pequeñas. Se la llevaron 

sin que ella resistiera. vSe la llevaron ¿sabes tú lo que esa 

frase significa? Antes y desde hace poco, sólo en casa andaba so- 
la en casa, esto es, en mis dominios. Desde aquel momen- 
to ya se iba con otras, sin echarnos de menos á la mamá y á mí; ya 
no nos pertenecía tanto como la víspera; ya no eran nuestras ma- 
nos su apoyo único; ya su voluntad, acurrucada antes, entreabría 
las alas. Del coro infantil se al/.ó el canto balbuciente, parecido á 
una letanía de amor, oída desde lejos. La vi á ella bajar con al- 
gún trabajo de la banca y dirigirse paso á paso, todavía vacilante, 
con su ramo de ñores, á las gradas del altar. Alzándome sobre las 
putitas de los pies, procuraba no perderla de vista, con miedo de 
que cayera, temeroso de que llorara; y no cayó ni lloró, ni volvió 
la vista á vernos; la acariciaban, la sonreían, preguntábanla su 
nombre, y esas sonrisas, oreaban mi espíritu, como hálitos de ca- 
riños desconocidos á los que nunca volveré á encontrar. 

Se iba; pero se iba con la Virgen, con el ideal del amor, con el 
ideal del dolor vestido de esperanza. A ella, á María, sí se la deja- 
ba sin temores, porque estaba cierto de que iba á devolvérmela, y 
si no á mí, á la madre, porque madre fué ella. Algo como agua 
lustral caía de mi ser. Sí, vuelca, hija, tu canastillo de botones 
blancos en las gradas del altar; díle á la Virgen que j)onga, por 
vela, una ala de ángel en la barca de tu vida; pídele la pureza que 

es la santa ignorancia del placer doloroso mas qué ¿vas á 

pedirla, si sabes nada más pedir juguetes y la palabra vida no 
cristaliza todavía en tu entendimiento, ni, preguntona, ha salido de 
tus labios? 

Después, la vi volver. Los azahares temblaban en sus rizos ru- 
bios: parecía una novia. Llevaba de la mano á otra niña, más 
bajita de estatura: parecía una mamá. 

Estas dos palabras: novia mamá dichas interior- 
mente, despertaron en los ecos profundos de mi espíritu no se qué 
rumores pavorosos. Hay otro vestido blanco, tal como éste de 



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66 



vnafvN za^^ 



lOO MAíJUlíI, GUTIÉRRKZ NÁJJSKA 



(ROÑICA DE MIL COLORES. 



I 

Hubo uu<i Vez una jüveiicita en un pueblo, tan bonita que daba 
gusto verla! La belleza de la raozuela traía locas á la madre y á la 
abuela: la abuela desempeñaba el destino de ama de llaves en e! 
castillo de Saint-Loup. 

L,a muchacha no era más ni menos sencilla que sus compañeras; 
lo que sucedía era que desde un viaje, que hizo á París con su abue- 
la se había aprovechado tanto, que imitando el '«chic» de las pari- 
sienses, pasaba por la más graciosa c interesante de su pueblo. 

¿Qué pasó con este viaje á la capital del nnindo civilizado? 

Nada digno de referirse. La abuela lo había emprendido para ir 
a recoger un legado de algunos centenares de escudos, que .se di- 
siparon como el lunno en la compra de golosinas y adornos para uso 
de la nietecita, que había querido en.savar sus' dientes de peque- 
ñuela en el gran nrle de engtdlír herencias. 

II 

A los trece años, nuestra heroína ya no era una niña; teuía el 
talle fino y Inen formado, el seno í)lanco, lo« ojos grandes >• negros, 
y las manos blancas y peqneñitas. 

Kra coqueta, 

Malicio.sa, 

ProvfM;ativa, 

Voluntariosa, 

Vanido.sa, 

Glotona, 

Caprichosa, 

Curiosa, 

E hipócrita; 

Reuma, en suma, todas las cn^.'idades que son necesaríOvS á «na 
joven hecha ya y derecha. 



süUütuuq süi 
BAi^imud üsnyj u^ sa snb \ uozi 
3S9 ap EjaBAud T3;si31{ s3joabj sns 
-3Tf T!J1finnTj r>p o;n3irapt3ri p xioj 

:i 

uoAoL Áos aub ua 
o^uoad uaiq uy^Bp om sopBiíi[u;i( 
U9 o;s3nd aij soub a^upA soj; r. 'c 
•apap as anb opuaoranua ¡u Á i3su( 
-o:j B ¡orar; aa o^ :nBiDap SBjauBi 

ouBnopaip n«; mv. 



•cya Bjud su^pioü bapu;iuji}i^ 

sonaapora X s( 

BppiBd aod soaqi[ ap uimpana; i 

-uajdü op-">qrTí nis 'oiitjni t;¡ ap so] 

oqiaA p.iBÍ3uLuoo üiqBS oii \ '[os 
¡B BSajina as Btiqu p anb na b«;( 

-BU sns uABSua anb usoduuui uun 
'opaanibzi ozBjq ns ofcq Bia^pS bj 
-uBiu ap o;pa;oq ja omo; 'sopujqi 
•OD ap v-i anb noisnp mío Bjnai in 

-sa Á BpiiBi) B|sa a;.iud iiii ap sbS 

-^nSasB uBi[ ara sand 'BiipnqB n; 

:ofip aj 'sBpifB.o .laaoa oqaai 



■B;ua] 
oa^uoDua as oqo[ opBApiíu p anb 
-UB famas ns b anb naiq sbui 'Bpic 
Biqap aiHBSBABJixa oood'nn opB: 
naiq Anuí 
ns uoo opnaipuoiduioa 'ps ap oui 

'¡os ap ouBd ouanbad un .lusn ap i 
ps pp \ '-nna |a vhu r^nb aiiB |: 



lOT 



V^HfVNT zH>T>r; 



I02 MANUEL GUTIÉRREZ NÁJERA 



tro una mañana al hijo único del viejo barón de Saint Loup, en 
compañía de su preceptor. 

Las miradas de ambos jóvenes se cruzaron como un doble fuego 
de artillería. 

La aldeanita no bajó la vista ante este encuentro. Por el contra- 
rio miró fijamente al caballero Avenant de Sain-Loup y le sonrió 
enseñando sus hermosos dientes: 

«Buenos días, monseñor!» 

El joven se ruborizó como hubiera debido hacerlo la aldeanita, 
y balbutió un: 

«¡Buenos días, señorita,» apenas perceptible. 

El caballero Avenat tenía veinte años ya cumplidos, una figura 
simpática, ojos azules como el azul del cielo y cabellos rubios co- 
mo los de Apolo; pero su inteligencia no correspondía á las cua- 
lidades antes dichas; era un poco simplón por no decir una palabra 
algo más dura á propósito de tan amable caballero. 

— ¡Hé aquí un guapo mozo, díjose á sí misma la Caperucita co- 
lor de rosa, después del primer encuentro. Pronto lo engulliré y 
haré que me ame hasta el delirio, ó más bien haré que se case con- 
migo, lo que viene á ser lo mismo. 

Ya lo tengo guardado aquí y acá, añadió ella tocándose la frente 
y el lugar en que los demás tienen el corazón; día vendrá en que 
llegué á ser la mujer del hijo de mi señor. 

A pesar de la revolución que cree torpemente haber abolido pa- 
ra siempre los títulos y señoríos, el hombre que habita el castillo 
ó la mejor casa de campo de una aldea, es .siempre el señor á los 
ojos de los paisanos, que se creerían deshonrados si no pudieran 
dar este nombre á alguien, aunque fuese este alguien un pillo en- 
riquecido en el presidio ó un boticario retirado. 



Dos montañas no se encuentran, dice la sabiduría de las nacio- 
nes, pero dos jóvenes sí se encuentran; sobre todo, cuando no tie- 
nen más deseo que el de encontrarse. 

La Caperucita color de rosa siguió encontrándose varias veces, 
en el camino, á Avenant, por casualidad algo prevista y arreglada 
de antemano. 

El jovencito se ruborizaba aún, pero se ruborizaba menos; pron- 
to dejó de ruborizarse; llegó á articular palabras casi inteligibles, 
después frases muy claras. En fin. un día, día tres veces dichoso, 
se atrevió á tomar la mano de la aldeanita y llevarla con galante- 
ría á sus labios. 

Desde ese momento las citas se sucedieron sin interrupción, y la 
astuta niuchachuela, queriendo precipitar el desenlace que había 



MANUEL GUTIÉRREZ NÁJERA IO3 



soñado, preparó su red con maquiavelismo digno del difunto I^o- 
velace, que jamás ha existido. 

VI 

Partió, pues, para el castillo con su galleta y su botecito de man- 
tequilla. 

ínterin consideró que su madre podía verla, siguió el camino 
real con paso menudito, tal como una persona razonable debe an- 
dar sobre el piso cuidado por el señor prefecto; pero al primer re- 
codo del camino cambió bruscamente el rumbo y á todo correr to- 
mó por una vereda que conducía directamente al parque del casti- 
llo de Saint-Loup, lugar en donde estaba segura de encontrar al ca- 
ballero Avenant. Había apenas comenzado su loca carrera, cuando 
de repente .«e encontró frente á frente con el viejo de Saint-L,oup, 
que volvía de caza. 

—A dónde vais tan de prisa hermosa niña? le dijo tomándole 
las dos manos. 

— Voy al castillo, señor barón, voy entregar esta galleta y e.ste 
botecito de mantequilla á mi abuelita, respondió la Caperucita co- 
lor de rosa, bajando los ojos con mucha humildad y candidez. 

— Si vas al castillo iremos juntos, pequeñuela; é incontinente 
trató de darla un Vjeso. 

— Imposible, dijo la aldeanita, salvándose con la ligereza de una 
cervatilla espantada; yo no voy por el mismo camino que el señor 
barón, 

— Qué importa eso, tu camino será el mío. 

— ¿De veras? pues el mío no será el vuestro; mi madre me ha re- 
comendado mucho que evite la compañía de los hombres, y sobre 
todo la de los lobos. 

—Cruel niña, .según eso, tú no quieres amarme. 

— ¿Que no os amo, señor barón? todo lo contrario, os estimo y 
os venero. 

— ¿Quién diablos te pide tu veneración? exclamó el barón eno- 
jado, ¿acaso soy yo un vejancón de ciento y .siete años? Ah! .si qui- 
sieras escucharme un rato nada más que un rato, yo haría 

por agradarte. 

— ¿De veras? 

— A fe de gentil hombre! Haz la prueba inmediatamente. 

— Pues bien, llevad mi galleta y mi botecito al castillo. Deposi- 
tadlo en el despacho, de donde yo lo tomaré y os quedaré recono- 
cida. 

Te los llevaré y más tarde te diré como entiendo yo el reconoci- 
miento. ¿Cuándo te volveré yo á ver, mascarita? 

— Probablemente mañana temprano porque ya es bastante 



I04 MANUEL GüTlERK-liZ N AJERA 



tarde, y tendré que quedarme en el castillo con mi abuelita. Has- 
ta otra vista, señor barón; y volvió á emprender su carrera. 

— Ah! si tú quisieras, si tu quisieras gentil caperucita co- 

color de rosa, díjole de nuevo el viejo barón de Saint-Loup corrien- 
do y cojeando tras de ella. 

— Sí, sí. está bueno, ya conozco vuestro refrán, me lo ha!>eis di- 
cho más de una vez. 

—«Te amare mucho.)' 

La aldeanita .seguía corriendo. 

— «Te haré rica.' 

lya aldeanita .seguía corriendo. 

— «Te haré feliz» 

La aldeanita seguía corriendo. 

— Te haré baronesa de Saint Loup.'- 

lya aldeanita se detuvo de repente. 

«¡Baronesa! ' ¿ha dicho baronesa? se preguntaba á .sí misma, ha- 
ciéndose todo oídos para volverlo á oír, pero inútilmente, porque 
el pobre .señor de Saint Loup, no pudiendo más con la carrera, ca- 
yó rodando .sobre el césped. 

Bah! Bah! se dijo ella; pues, no suy buena tonta de ¡preocuparme 
con las declaraciones de este viejo loco! Casándome con su hijo 
llegaré también á ser baronesa, 3' mi marido será joven, hermoso 
y tonto, tres grandes cualidades para un marido! Vete, vete, viejo 
feo, no has de ser tú quien se engulla á la chicuela; la chicuela, 
por el contrario, será quien .'-•e engulla á tu lobezno, que en verdad 
es guapo mozo. 

VII 

Al cabo de un cuarto de hora de carrera ia aldeanita llegó y se 
entró furtitivamente en el parque del castillo de Saint Loup. 

— ¿Qué sucede? díjole al joven Avenant, á quien encontró sen- 
tado sobre un banco de granito musgoso, con semblante tri.ste y 
abatido, ¿qué os ha acontecido, mi hermoso caballero? 

— La más grande de las desgracias. 

— Os comprendo: liabeís hablado de nuestro casamiento al barón 
y ha rehusado dar su con.sentimiento. 

— Es la verdad. 

— Me lo e.speraba. Pero es igual, Avenant habéis dado una 
prueba de valor; y estoy contenta de vos en prueba de ello, venid- 
me á besar en ambas mejillas como recompensa. 

El joven obedeció con los ojos bajos. 

Ahora, sentaos á mi lado, y hablemos seriamente, pero antes de 
todo dadme vuestro pañuelo, para que enjugue el sudor que corre 
por vuestra frente Pobre niño! aún no os acostumbráis á las lu- 



MANUEL GUTIEitK.KZ NAJBKA 



chas de la vida! Mirad cómo vuestros hermosos ojos están rojos. 
Habéis llorado, y vuestros rubios cabellos están pegados á las sie- 
nes, como si hubierais tomado lui baño. Angal querido, no tem- 
bléis así: ¿acaso no esto>- cerca de vos para defender nuestra felici- 
dad? añadió ella tomando un tonito protector y volviéndose á po- 
ner el paño de sol, que se había quitado para que Avenant, pudiese 
con más facilidad lasarla. 

— Ahora volveos al castillo, y arreglad vuestras maletas de viaje. 

— ¿Para qué? dijo Avenant. mirando á la Caperucita color de 
rosa, con aire sorprendido. 

— ¿Cómo para qué? No habéis, pues, comprendido inocente ni- 
ño, que como consecuencia de vuestra necia confesión el señor ba- 
rón va á mandar espiaros? 

— ¡Es muy posible! 

— Y ya no nos volveremos á ver. 

—i Cielos I 

—Y que si nos sorprende juntos, os encerrará en vuestro cuarto. 

— i^vS muy probable! 

—Y vuestra Caperucita color de r(jsa morirá de pesar lejos de 
:^u amado. 

— ¡Jesús María! 

— Tranquilizaos, le dijo ella riendo á carcajadas, ya he encontra- 
do remedio á nuestros males. Esta tarde os robo; es decir vos me 
robáis y partimos para Paris; allá encontraremos dinero en el bolsillo 
de los agiotistas, de personas de quienes diremos mucho malo des- 
pués de que nos hayan servido; yo sé perfectamente como se hace 
todo ésto. Vos firmareis libranzas con fechas imaginarias, pagade- 
i^as al año, Vamos, miedocillo, consolaos y sonreidme, que os 
vea vuestros lindos dientes más blancos que la leche de mi hermo- 
sa vaca negra. 

—Pero cómo pagaré dentro de un año! 

—¿Es menester deciroslo^ No seréis mayor de edad dentro de seis 
meses? 

—Sí, 

Pues bien, venderéis vuestros sembrado.s. 

^Son de mi papá 

— O vuestras hermosas granjas. 

— Son también de papá 

—O vuestros lindos bosques 

— Son también de papá. 

— O vuestro gran castillo 

— Es de papá . 

— Según eso todo es de vuestro papá? dijo la Caperucita color de 
rosa, levantándose súbitamente. 

— Sí. Mi madre era pobre, toda nuestra fortuna pertenece á pa- 

T4 



I06 MANUIÍL GUTIÉRREZ NÁJERA 



pá: pero mis dientes, mis cabellos, mis ojos y mi sonrisa que tan- 
to amáis me pertenecen. 

— Esto sólo me faltaba, reflexionó la joven, fracasó mi negocio. 

— Sin embargo, tranquilizaos, dijo Avenant. que con todo y su 
inocencia había notado el desconsuelo de su amada; he encontrado 
un medio infalible de conciliario todo, y de que al fin y al cabo me 
conceda mi padre la razón. 

— Veamos ese medio, dijo la pequeñuela, creyendo por un instan- 
te que Avenant era menos imbécil de lo que se había imaginado. 

— Partiremos juntos é inmediatamente como lo deseáis: nos ama- 
remos con ternura, trabajaremos para poder vivir. Nos casaremos 
cuando las leyes quieran permitírnoslo, y cuando ya tengamos me- 
dia docena de chiquitos, ellos irán á arrojarse á los pies de su abue- 
lito, que nos perdonará, tan pronto como sepa lo mucho que he- 
mos sufrido. 

- ¿Ese es vuestro proyecto? Y eréis señor, que sea yo una mu- 
chacha capaz de desviar á un joven de sus deberes? os equivocáis, 
adiós — y volvióle la espalda al pobre Avenant, que se quedó lelo y 
aturdido con tan inesperada fuga. 

E iba diciendo la Caperucita color de rosa: el barón es viejo y 

feo, pero rico y me adora. Pues en lugar del lobezno enguUi- 

réme al lobo. Es más duro, es cierto, pero al fin tengo buenos dien- 
tes 

La joven apresuró el paso, por que la noche comenzaba ya á 
sombrear la tierra; no se distinguía más que una que otra luz en el 
castillo, y los grandes álamos movidos por el viento, parecía que 
saludaban á su paso á la futura propietaria del dominio, 

VIH. 

Después de poner en punta sus huesos de setenta y dos años, el 
barón exclamo: 

"Por el blasón de mis padres que me ahorquen, ni más ni menos 
como á un villano, si no estoy yo perdidamente enamorado de esa 
deliciosa Caperucita color de rosa, y si se la dejo al bonachón de 
mi hijo que aun no está en edad de poder apreciar bocado tan sa- 
sabroso ¡Y qué! yo que tengo algo de Richelieu en el ojo derecho 
y algo de Eauzun en la nariz izquierda, no lograré al cabo triunfar 
de una aldeanita? Eso lo veremos, por la sangre azul que circu- 
la en mis venas! Eas revoluciones habrán podido abolir los privi- 
legios; pero no bastardear las razas! Yo soy lo que eran mis abue- 
los; valgo lo que mis antepasados. Mi tatarabuelo «raessiere le Loup» 
se engulló á Caperucita. Yo engulliré á la mía. Ea de mi tatara- 
buelo era encarnada, la mía será color de rosa; que al fin el color 
no importa nada. De lo que se trata es de hacer una jugarreta, 



k 



MANUEL GUTIÉRREZ NÁJERA I07 



una jugarreta á mi manera, una jugarreta destilo de la ((regencia.» 
Y el barón se puso á escarbar los recuerdos de su juventud. 
"A fe mía. díjose, después de haber reflexionado maduramente, 
que las viejas astucias son siempre las mejores, por la sencilla ra- 
zón de que ya han servido muchas veces — Esta noche me introdu- 
ciré en la habitación de mi ama de llaves, alejaré con cualquier 
pretexto á la anciana, y cuando la Caperucita llegue, veremos! 

IX. 

Entre tanto que el viejo barón absorto en sus sus ideas anacreón- 
ticas volvía al castillo ligero, como un joven de quince años, la Ca- 
perucita color de rosa tocaba á la puerta de su abuela. 

Toe, toe! 

— "Quién es" 

— "Soy vuestra nieta" 

Ea buena abuela, que estaba acostada porque se hallaba enfer- 
ma le grita desde la cama: 

— "Tira del cordoncillo de la tranca y la puerta se abrirá." 

Ea joven tiró del cordoncillo y la puerta se abrió. 

Al entrar se echó en brazos de su abuela, se la comió á besos, y 
le contó yo no sé qué enredo. 

Eo único que sí puedo decir, es, que la anciana .se vistió á toda 
prisa, y siguió á .su nieta sin vacilar hasta detrás del patio, donde 
fué encerrada con tres vueltas de llave, por la cruel niña, sin tener 
piedad de su edad venerable, ni respeto á su sagrado título de 
abuela. 

"Si no se me ha olvidado la historia de la Caperucita encarnada 
de quien desciendo directamente, iba reflexionando la aldeanita 
mientras llegaba al cuarto de su abuela, cuarto que hacía veces 
también de comedor y sala, el lobo vendrá á querer engañar á la 
anciana, y se encontrará ya todo arreglado. Ee disgustará? 

— "No lo creo. 

— "Entre tanto, arreglemos la mesa; se goza mejor de la conver- 
sación cenando." 

Apenas había puesto el mantel sobre una mesa vieja y coja, 
cuando tocaron á la puerta. 

Toe, toe! 

"Quién es? 

El barón de Sait-Eoup, que quería entrar por astucia á un lugar 
al que podía presentarse como señor y dueño, respondió: 

— = 'Vuestra nietecita me encargó que os entregase una galleta y 
un botecito de mantequilla que os envía su mamá." 

Ea Caperucita color de rosa le respondió engruesando la \'Oz: 

— "Tirad del cordoncillo de' la tranca y la puerta se abrirá." 



I08 AÍAMTKL C-rUTlÉRREZ NÁJKRA 

Kl viejo barón liró del cordoncillo y la puerta se abrió. 

I,a joven, al verlo entrar, lanzó una larga y sonora carcajada. 

—'•Sentaos, señor barón, y cenemos mientras viene mi abuelita, 
que fue al l)osque ^•ecino para ver si las crías de cabras marchan 
bien." 

El barón se sentó. 

Y la cena fué alegre. 

Y la muchacha no se engulló al lobo., la :)rimera noche; pero tina 
como el ámbar, no le permitió tampoco engullir nada. 

Sin embargo, no llegó su severidad hasta el grado de desespe- 
rarlo; le concedió un poquito, muy poquito lo bastante para hacer- 
se desear más. 

X. 

Al día siguiente, el viejo barón in.staló á la Caperucita en una 
hnda casa situada á dos tiros de arcabuz del castillo, en donde vi- 
ve como una princesa de las "Mil y una noches." 

Se ha engullido ya las granjas, los bosques y los prados; aun no 
se engulle la baronía, pero llegará á conseguirlo, por medio de este 
paso lento y seguro que de nadie es conocido, mas que de la mu 
jer y la tortuga. 

El barón la acaricia desde la mano hasta el codo, pero cuando le 
acontece querer pasar de e.se punto; ella le repele con la punta de 
su abanico, diciéndole con graciosa sonrisa: 

—"Deseo ser baronesa de vSaint-Loup!" 
^ Veinte veces por hora y cien por día, el Ixirón oye resonar á su 
oído, como un toque fúnebre, estas eternas palabras. 

— "Deseo ser baronesa de Saint-LoupI 

Al fin llega el día en que más enamorado v repelido que nunca 
cae el barón á sus pies y exclama: 

—Dentro de ocho días .seréis baronesa <ie Saint-Loup. 

XI. 

Las más hábiles costureras de Paris fueron ¡llamadas para arre- 
glar los vestidos de la señorita que bien pronto será .señora. 

Todo el pueblo entra en movimiento. 

Solo el caballero Avenant falta á la fiesta. 

La astuta aldeanita, juzgando que un día ú otro, ese joven po- 
dría servir de obstáculo á su ambición, ha logrado que su padre lo 
envié á viajar para ver mundo y completar su educación. A estas 
horas, se encuentra en Palestina, 4ugar en que sus abuelos .se 
cüt)rieron de gloria, allá por el año de 1160. 



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lio MANUEL GUTIÉRREZ NÁJERA 



HISTORIA DE UN PESO FALSO. 



¡Parecía bueno! i Iriinpio, muy cepilladito, con su águila, aguisa 
de alfiler de corbata, 5' caminando siempre por el lado de la som- 
bra, para dejar al sol la otra acera! No tenía mala cara el mu}»^ be- 
llaco y el que sólo de vista lo hubiera conocido no habría vacilado 

en fiarle cuatro pesetas. Pero crean Udes. en las canas blancas 

y en la piala que brilla! Aquel peso era un peso teñido: su cabello 
era castaño, de cobre, y él por coquetería, porque le dijeran «es Ud. 
muy Luis XVI» se lo había enpolvado. 
^ Por supuesto, era de padres desconocidos. ¡Estos pobrecitos pesos 
siempre son expósitos! A mí me in.spiran mucha lástima y de buen 
grado los recogería; j)ero mi casa, es decir, la casa de ellos, el bol- 
sillo de mi chaleco, está vacío, desamueblado, lleno de aire y por 
eso no puedo recibirlos. Cuando alguno me cae, procuro colocarlo 
en una cantina, en una tienda, en la contaduría del teatro; pero 
hoy están las colocaciones por las nubes y casi siempre se queda 
eUg la calle el pobre peso. 

No pasó lo mismo, .sin embargo, con aquel de la buena facha, 
de la sonrisa bonachona y del águila que parecía de verdad. Yo 
no sé en donde me lo dieron; pero sí estoy cierto de cual es la casa 
de comercio en donde tuve la fortuna de colocarlo, gracias al buen 
corazón y á la mala vista del respetable comerciante cuyo nombre 
callo por no ofender la cristiana modestia de tan excelente sujeto y 
por aquello de que hasta la mano izquierda debe ignorar el bien 
que hizo la derecha. 

Ello es que. como un beneficio no se pierde nunca, y como Dios 
recompensa á los caritativos, el generoso padre putativo de mi pe-' 
so falso no tardó mucho en hallar ú otro caballero que consintiera 
eu Iiacer.s;- caigo de la criatura. Cuentan las jualas lenguas que 



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]a ua 'Bzaisu; b[ ua 'pBpuBU( 

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uoD anSnj as BppBu uaiq biuo 
]a UOD saouo;ua odBosa as Bua 
lu JBg uojaisinb ai ou Á Bzaaqo 
-ouoD oj apuop anj BTpioauo3 
-J03 ouioa lopajoid osojauaS ns 
-osaad oaodiuBi lu oAB:iuaa Baa < 
-ajqod p ospj osad popg! ••• 
'Bipjoauo^ B^ ua 'asa íbuiiubd 
-OD Xniu B^sa BpBiao;suB v\ ar 
-amSis SB^BjDoisuB so[ 'B;B|d í 
-BUDso^ ¡pBpippgBi :sojjad so 
soiQ omoa A souanq souios sa 

Bqi 'soau ap BiuBdiuoa ua aiqo 
'ojaui;uüa p oa^nna ai9iAioAap ' 
-saip Bj appnaipua; is oaad 'sojí 
oiqiaaa a.iqiuoq un anb sa osBa [; 
-Soa p aub aod Bas 'uozB^oa a[C| 
Bas 'oiaj opB; us oppadaoui' 
-UDsqo UBiqBq sauopBqq sBpi;ad 
Bjqo Buu -laDBq B Bqi anb ap bíd 
Bja 'o;isodxa aaqod [ap uoiobdu^ 
B aiUBpaauíoa ]a anb opq3ua;i 
OAanu ]a anb aoajBd loand opc 



III 



V HHÍyN ZHH^ 



1 1 2 MAN UEL GÜTIÉRRÜZ NÁJ KRA 



y era el escéi^tico mesero de la Coucordia eu tal lx)udad ; por Beucill© 
por inocente, por honrado A raí no me robó nada; al cantinero 
tampoco, y al caballero que le sacó de la cantina, en donde no es- 
taba á gusto por que los pesos falsos son muy sobrios, le recompen- 
só la buena obra, dándole una hermosa ilusión: la ilusión de que 
contaba con un peso todavía. 

Y no sólo hizo eso ¡ya verán ustedes todo lo que hizo! 

Kl caballero se quedó en la fonda meditabundo y triste, ante la ta- 
za de te, la copa de Burdeos, ya sin Burdeos, y el mesero que es- 
taba parado enfrente de él como un signo de interrogación. Aque- 
lla situación no podía prolongarse. Cuando está alguien á solas 
con ima inocente moneda falsa, se avergüenza como si estuviera 
con una mujer perdida; quiere que no lo vean. pa.sar de incógnito, 

que ningún amigo lo sorprenda Por que serán muy buenas 

las monedas falsas ¡pero la gente no lo quiere creer 1 

Yo mismo, en las primeras líneas de este cuento, cuando aun no 
había encontrado un padre putativo para el ])eso falso, lo llamó 
bellaco. ¡Tan imperioso es el })oder del vulgo! 

Todavía al caballero, en un momento de mal humor que no dis- 
culpo en él, pero que en mí habría disculpado, luego que quitaron 
los manteles de la mesa, golpeó el peso contra el mármol como di- 
ciéndole; ¡A ver, malvado, si deveras no tienes corazón ! — ¡Y va- 
ya si tenía corazón! lo que no tenía el infeliz era dinero! 

El caballero quedó meditabundo por largo rato. ¿Quién le había 
dado aquél peso? Los recuerdos andaban todavía }^or su memoria, 
como indecisos, como distraídos, como soñolientos. Pero no cabía 
duda: el pe.so era falso! Y lo que es i>eor. era el último! 

Su dueño, entonces, se puso á hacer, no para uso propio, todo 
un tratado de moral. 

— La verdad es — se decía — c|ue yo .soy un badulaque. Esta tarde 
recibí en la oficina un billete de á veinte. Me parece estarlo viendo 

Loyidrcü' México el águila Don Benito Juárez 

y ima cara de perro. ¿A dónde está el billete? 
En los zarzales de la vida deja 
Alguna cosa cada cual: la oveja 
Su blanca lana; el hombre su virtud! 

Y lo malo es que mi mujer esperaba esos veinte. Yo ilm á darle 
quince j)ero ¿de dónde cojo ahora e.sos quince? 

El caballero volvió á arrojar con ira el peso fals<j sobre el 
mármol de la mesa. ¡ Por poco no se le rompió al infortunado el 
águila, el alfiler de la corbata! La única ventaja con que cuentan 
los pesos falsos es la de c|ue no podemos estrellarlos contra una es- 
quina. 

¡A la calle La Esmeralda, que ya uo bailasobre tapiz oriental ni 
toca donairosamente su pandero; la jwbre Esmeralda que está 



MANUEL GUTIÉRREZ NÁJERA. II3 



ahora empleada en la esquina de Plateros y que, como los anti- 
guos serenos, dá las horas, mostró á nuestro héroe su reloj ilumi- 
nado: eran las doce de la noche. 

A tal hora, no hay dinero en la calle- jY era preciso volver á 
casa ! 

— Le daré á mi mujer el peso falso para el desayuno, y maña- 
na veremos! Pero no! Blla los suena en el buró y así es segu- 
ro que no me escapo de la riña. ¡Maldita suerte ! 

El pobre peso sufría en silencio los insultos y araños de su padre 
putativo, escondido en lo más obscuro del bolsillo. Solo, tristemente 
solo! 

El caballero pasó frente á un garito. ¿Entraría? Puede ser que 

estuviera en él algún amigo. Además, allí lo conocían hasta 

le cobraban de cuando en cuando sus quincenas Cuando me- 
nos podrían abrirle crédito por cinco duros Volvió la vista atrás 

y entró de prisa como quien .se arroja á la alberca. 

El amigo cajero no estaba de guardia aquella noche; pero pro- 
bablemente volvería á la una. El caballero se paró junto á la me- 
sa de la ruleta. No sé qué encanto tiene esa bolita de marfil que 
corre, brinca, ríe y dá ó quita dinero; pero ¡es tan chiquitína! ¡es 
tan mona! ¡Se parece á Luisa Tlieo! Los pesos en columnas, se 
apercibían á la batalla formada en los casilleros del tapete verde. 
¡Y estaba cierto nuestro hombre de que iba á .salir el 32! ¡Lo ha- 
bía visto! ¿Pondría el peso falso ? La verdades que aquello no 

era muy correcto Pero, al cabo, en e.sa casa lo conocían 

y ¡cómo habían de so.spechar! 

Con la mano algo trémula, abrió la cartera como buscando al- 
gún billete de banco, (que, por supuesto no estaba en casa) volvió 
á cerrarla, sacó el peso, y resueltamente, con ademán de gran se- 
ñor, lo puso al 32. El corazón le saltaba más que la bola de mar- 
fil en la ruleta. Pero, vean ustedes lo que son las cosas! Los bue- 
nos mozos tienen mucho adelantado Hay hombres que llegan 

á ministros extranjeros, á ricos, á poetas, á sabios, nada más por- 
que son buenos mozos. Y el peso aquel — ya lo había dicho— era 
todo un buen mozo un buen mozo bien vestido. 

— ¡Treinta y do.s colorado! 

La bola de marfil y el corazón del jugador se pararon, como el 
reloj cuya rueda .se rompe. ¡Había ganado! Pero ¿ y si lo co- 
nocían ? ¡No á él al otro al falso! 

Nuestro amigo (porque ya debe de .ser amigo nuestro este hijo 
mimado de la dicha) tuvo un rasgo de genio. Recogió su peso des- 
deño.samente y dijo al que regenteaba la ruleta: 

— Quiero en papel los otros treinta y cinco. 

¡No lo habían tocado! No lo habían conocido... • 1 Pagó el 

monte. Uno, de veinte ¡uno de diez 3- otro color de cho- 



114 MANUEL GUTIÉRREZ NAJERA- 



colate, con la figura de una mujer en camisón y que está descau- 
sando de leer, separada por estas dos palabras: Cinco pesos, del re- 
trato de una muchacha muy linda, á quien el mal gusto del gra- 
bador le puso un águila 5' una víbora en el pecho. El de á diez y 
el color de chocolate eran para la señora que suena los pesos en la 
tapa del buró. El de á veinte, el de Juárez el patriótico, era para 
nuestro amigo era el que al día siguiente se convertiría enco- 
pas, en costilla á la milanesa, 3-, por remate, en un triste y des- 
consolado peso falso! 

¡Qué afortunados son los pesos falsos y los hombres picaros! 

Los que estaban alrededor del tapete verde hacían lado al dicho- 
so punto para que entrase en el ruedo y se sentara. Pero, dicho 
sea en honra de nuestro buen amigo, él fué prudente, tuvo fuer- 
za de ánimo, y volvió la espalda á la traidora mesa. Volvería, sí, 
volvería á dejar en ella su futura quincena: ó propiamente hablan- 
do, el futuro imperfecto de su quincena, pero lo que es en aquella 
noche se entregaba á las delicias y los pellizcos del hogar. 

Cuando se sintió en la calle con su honrado, su generoso peso 
falso, que había sido tan bueno; y con el retrato de Juárez, con el 
busto de un perro, y con el gral^ado que representa á una señora 
en camisón, rebo.saba alegría nuestro querido amigo. Ya era tan 
bueno como el peso falso, aquel honrado é inteligente caballero. 
Habría prestado un duro á cualquier amigo pobre; habría reparti- 
do algunos reales entre los pordioseros; caminando aprisa, aprisa 
por las calles, pensaba en su pobrecita mujer, que es tan buena 
persona y que lo estaría esperando para que le diera el gasto. 



Puis, l'epoux volage 
Rentrant au logis, 
Pour paraitre sage 
Prend des airs coupts. 
II pense á sa femme 
— Seule dans son lit — 
Et de chez madanie 

Un galán s'enfuit ! 

Voici Taube vermeille. 
Etc. 



^ 



Esto cantan en una opereta que se estrenó en París á fines del 
mes pasado y que se llama El Huevo rojo; pero esto no lo tararea- 
ba siquiera nuestro predilecto amigo, porque no lo sabía. 

Al torcer una esquina, tropezó con cierto muchachito que vo- 
ceaba periódicos y á quien llamaban el ingles. Y parecía inglés, 
en verdad, porque era muy blanco, muy rubio y hasta habría sido 
bonito con no ser tan pobre. Por supuesto, no conocía á su pa- 



MANUEL GUTIÉRREZ NÁJERA. I15 



dre era uno de tantos pesos falsos humanos, de esos que circu- 
lan subrepticiamente por el mundo y que ninguno sabe en dónde 
fueron acuñados. Pero á la madre, ¡si la conocía! Los demás de- 
cían que era mala. El creía que era buena. Le pegaba. ¡Ese .sería 
su modo de acariciar! También cuando no se come, es imposible 
estar de buen humor. Y muchas veces aquella desgraciada no co- 
mía. Sobre todo, era la madre; lo que no se tiene más que una vez! 
lo que siempre vive poco; la madre que, aunque sea mala, es bue- 
na á ratos, aquella en cuya boca no suena el tú como im insulto.- • 
la madre, en suma ¡nada más la madre! Y como aquel niño te- 
nía en las venas sangre buena — sangre colorida con vino,' sangre 
empobrecida en las noches de orgía, pero sangre, en fin, de hom- 
bres que pensaron y sintieron hace muchos años — amaba mucho á 

la mamá y á la hermanita á la que vendía billetes... á esa que 

llamaban \o. francesa. 

La madre, para él, era muy buena; pero le pegaba, cuando no 
podía llevarle el pobre una peseta. Y aquella noche— ¡la del peso 
falso! — estaba el chiquitín, con el Nacmial, con el Tiempo de ma- 
ñana, pero sin un centavo en el bolsillo de su desgarrado panta- 
lón. ¡Ño compraba periódicos la gente! Y no se atrevía á volver 
á su accesoria, no por miedo á los golpes, sino por no afligir á la 
mamá. 

Tan pálido, tan triste lo vio el afortunado jugador, que quiso, 
realmente quiso, darle una limosna. Tal vez le habría comprado 
todos los periódicos, porque así son los jugadores cuando ganan. 
Pero dar cinco pesos á un perillán de esa ralea era demasiado. Y 
el jugador había recibido los treinta y cinco en billetes. No le que- 
daba mas que el peso falso. 

Ocurriósele entonces una travesura: hacer bobo al muchacho. 

— Toma, inglés para tus hojas con catalán, anda! Emborráchate. 

¡Y allá fué el peso falso! 

Y no, el muchacho no creyó que lo habrían engañado. Tenía 
aquel señor tan buena cara como el peso falso. ¡Qué bueno era! 
Si hubiera recibido esa moneda para devolver siete reales y me- 
dio, cobrando el Nacioyial ó el Tiempo de mañana, la habría sona- 
do en las losas del zaguán, cuyo umbral le servía casi de lecho; 
habría preguntado si era bueno ó no al abarrotero que aun tenía 
abierta su tienda. Pero ¡íie limosna! ¡Brillaba tanto en la noche! 
¡Brillaba tanto para su alma hambrienta de dar algo á la mamá y á 
la hermanita! ¡Qué buen señor... Habría ganado un premio en la 
lotería ! . . . sería muy rico ! Quién sabe 

¡Qué buen señor era el del peso falso! 

Le había dicho: — Anda, vé y emborráchate! — ... Pero así dicen 
todos. 

Recogió el arrapiezo los periódicos, y corriendo como si hubie- 



Il6 MANUJ5L GUTIÉRREZ NÁJERA. 



ra comido, como si tuviera fuerzas, fué hasta muy lejos, liasta la 
puerta de su casa. No le abrieron. I^a viejecita (la llamo viejeci- 
ta, aunque aporreara á ese muchacho, porque, al cabo era infeliz, 
era padre, era madre) se había dormido cansada de aguardar al 
inglesito. Pero ¿qué le importaba á él dormir en la calle? ¡Si lo 
mismo pasaba muchas noches! ¡Y al día siguiente no lo azotarían.. ! 
Llegaba rico ! con un peso! 

¡Ay. cuántas, cuántas cosas tiene adentro un peso para el po- 
bre! 

Allí, en el zaguán, encogido como un gatito blanco, se quedó 
el muchacho dormido. . Dormido, sí; pero apretando con los dedos 
de la mano derecha, que es la más segura, aquel sol, aquella águi- 
la, aquel sueño! Durmió mal, no por la dureza del colchón de 
piedra, no por el frío, no por el aire, porque á eso estaba acostum- 
brado, pero sí porque estaba muy alegre y tenía mucho miedo de 
que aquel pájaro de plata se volara. ¿Creerán ustedes que ese mu- 
chacho jamás lialjía tenido un peso su\'0? Pues así ha}- muchísi- 
mos. 

Además, el ingle si i o quería soñar despierto, hablar en voz alta 
con sus ilusiones. 

Primero, el desayuno... Bueno, un real para los tres! Pero los 
pesos tienen muchos centavos, y hacía tiempo que el inglesito te- 
nía ganas de tomar un tamal con su champzirrado. Bueno: real y 
tlaco. Quedaba mucho, mucho dinero No, él no diría que te- 
nía un peso Aunque le daban tentaciones muy fuertes de en- 

•señarlo, de lucirlo, de pasearlo, de sonárselo, como si fuera una 
sonaja, á la hermanita, de que lo viera la mamá y pensara: «Ya 
puedo descansar, porque mi hijo me mantiene.» Pero en viéndolo, 
en tomándolo, la mamá compraría un real de tequila. Y el mu- 
chacho tenía un proyecto atrevido: gastar un real, que iba á ser de 
tequila, en un billete. Y, sobre todo, recordaba el granuja que de- 
bían unos tlacos en la panadería, otros en la tienda y no era 

imposible que la mamá los pagara si él le diera el peso. ¡Reales 
menos! 

No! lira más urgente comprar manta para que la hermanita se 
hiciera una camisa. ¡I,a pobrecilla se quejaba tantísimo del frío... 

Decididamente, á la mamá cuatro reales, un tostón y los otros 

cuatro reales para él, es decir, para el tamal, para el billete, para 

la manta y quién sabe para cuántas cosas más! ¡Puede ser que 

alcanzara hasta para ir al Circo! 

¿Y si ganaba $ 300 en la lotería con ese real? ¡Trescientos pe- 
sos! ¡No se han de acabar nunca! Esos tendría el señor que le dio 
el peso. 



Vino la luz, es decir, ya estaba para llegar, cuando el muchacho 



MANUEL GUTIÉRREZ N'AJERA. I i; 



se puso en pie. Barrían la calle... Pasaron unas burras con los bo- 
tes de hojalata, en que de las haciendas próximas viene la leche... 
lyUego pasaron vacas... En Santa Teresa llamaban á misa. ..--¡Ja- 
letinas! — gritó una voz áspera 

El rapazuelo no quiso todavía entrar á su casa. Necesitaba cam- 
biar el peso. lylegaría tarde, á las seis, á las siete; pero con un 
tostón para la madre, con manta, con un bizcocho para la francesi- 
ta y con un tamal en el estómago. Iba á esperar á que abrieran 
cierto tendajo, en el que vendían todo lo más hermo.so, todo lo 
más útil, todo lo más apetecible para él: velas, indianas, santos de 
barro, madejas de .seda, cohetes, soldaditos de plomo, caramelos, 

pan, estampas, títeres ¡Cuanto se necesitaba para vivir! Y 

precisamente en la puerta se sentaba una mujer detrás de la olla 
de tamales. 

Fué paso á pa.so, porque todavía era mu\- temprano. Ya había 
aclarado. Pasó por San Juan de Letrán. De la pensión de caballos 
.salía una hermosa yegua con albardón de cuero amarillo y lleva- 
da de la brida por el uiozo de su dueño, alemán probablemente. 
Frente á la imprenta del i'Monitor)> y casi echados en las baldosas 
de la acera, hombres }- chicuelos doblaban los periódicos todavía 
húmedos. Muchos de esos chicos eran amigos de* él, y el primer 

impulso que sintió fué el de ir á hablarles, enseñarles el peso 

Pero, ¿y si se lo quitaban? El cojo, solare todo, el cojo era algo malo! 

De modo que el pillín siguió de largo. 

Ya el tendajo estaba abierto. Y lo primero, por de contado, fué 
el tamal .. y no fué uno, fueron dos: ¡al fin estaba rico! Y tras los 
tamales, un bizcocho de harina y huevo, un rico bollo que sabía á 
gloria. Querían cobrarle adelantado; pero él enseñó el peso con 
majestuosa dignidad. 

— Ahora que compre manta, cambiaré. Y pidió dos varas de 
manta; compró un granadero de barro que valía cuartilla y al que 
tuvo la desdicha de perder en su más temprana edad, porque al 
cogerlo, con la mano convulsa de emoción, se le cayó al suelo; le 
envolvieron la manta en un papel de estraza, y él, con orgullo, 
con el ademán de un soberano, arrojó por el aire el limpio peso, 
que al caer en el zinc del mostrador, dio un grito de franqueza, 
uno de esos gritos que se escapan en los melodramas, al traidor, al 
asesino, al verdadero delincuente. El español había oído... }- atra- 
pó al chiquitín por el pescuezo. 

— ¡Ladroncillo! ¡Eadrón...! ¡Vas á pagármelas! 

¿Qué pasó? El muñeco roto, hecho pedazos, en el suelo... la in- 
dia que gritaba... el gachupín estrujando al pobre chico... la ma- 
dre, la hermanita, \2i franccúta allá muy lejos... más lejos todavía 
las ilusiones... ¡y el gendarme muy cerca! 



ii8 



MANUEL GUTIÉRREZ XAJERA. 



Una comisaría... un herido -..un borracho... gentes que le vieron 
mala cara... hombres que lo acusaron de haber robado pañuelos; 
¡á él que se secaba las lágrimas con la camisa! Y luego la Correc- 
cional... el jorobadito que lo enseñó á hacer malas cosas., y afuera 
la madre, que murió en el hospital, de diarrea alcohólica... y la 
hermanita, la francesa, á quien porque no vendía nuichos liilletes, 
la compraron, y á poco, la pobrecilla se murió- 

¡Señor! Tíí que trocaste el agua en vino: tií que hiciste santo al 
ladrón Dimas; ¿por qué no te digna.ste convertir en bueno el peso 
faLso de ese niño? ¿Por qué en manos del jugador fué peso bueno, 
y en manos del desvalido iué un delito? Tii no eres como la espe- 
ranza, como el amor, como la vida, peso falso. Tú eres bueno. Te 
llamas caridad. Tú que cegaste á vSaulo en el camino de Damas- 
co, ¿por qué no cega.ste al español de aquella tienda? 



irónicas y Fantasías 



I 



i 



MANUEL GUTIÉRREZ NÁJERA II9 



CRÓNICAS KALEIDOSCÓPICAS. 



Allí va la griseta de ojos azules y cabello rubio; allí va, defen- 
diéndose del viento, de la menuda lluvia y del amor. Ya dio el 
toque de oraciones. Los carruajes vuelven de la calzada á todo es- 
cape. Algunos jinetes, envueltos en sus mangas de hule blanco, 
galopan, persiguiendo con los ojos el rostro pálido ó moreno de la 
novia, cuya pequeña mano asoma en la portezuela del «trois quartsw. 

La griseta de ojos azules y cabello rubio aprieta el paso. Teme 
las impertinencias de los transeúntes y cierra los ojos cada vez que 
un relámpago rasga el obscuro seno de las nubes. Es la firma del 
diablo en el recibo de las almas. 

Un momento... . ya se va á parar en la boca calle. Vuelve la 
vista en derredor para librarse de los coches y caballos y levanta su 
enagiiilla escocesa. ¡Qué pequeño es su pie y qué restirada e.stá su 
media! ¡Aprisa! ¡Aprisa! Los tacones de la rubia griseta marti- 
llean las baldosas. Si es honradita ¿por qué sale .sola? Bien pudo 
acompañarse de otra amiga empleada en el mismo almacén. Mas, 
Rosa Clara, — así se llama— es orgullosa. Sus compañeras de taller 
visten muy mal, son feas y tienen novios artesanos. Ella pica más 
alto. Es hija de un oficial francés y de una señora que tuvo casa 
propia en otro tiempo. Con lo poco que gana y con ios rasos, cin- 
tas, flores y plumas que desperdicia su ama la modista, sabe ata- 
viarse primorosamente. Su novio — un poeta que admira á Grilo 
y á Selgas — dice que Rosa viste con la primavera del año pasado. 

¡Apri.sa! ¡Aprisa! — ¿Permite Ud., que la acompañe? 

— No, señor! — Y cada vez la rubia gri.setita, la Mimi de un Mur- 
ger sin editor, martillea más vivamente las baldosas. Llueve mu- 
cho. 



Ved á aquel pobre viejo. No lleva paraguas. Perdió el último, 
empeñado en la casa de Bustillo. vSin embargo, es preciso que sal- 
ga. Hace un año que va todas las noches al empeño. En su casa 



120 MANUEL GUTIÉRREZ NAJERA 



no hay vela todavía y los dos niños lloran mucho porque tienen 
miedo al vecino que se murió dos noches antes. ¡Pobre hombre! 
De .seguro le dá una pulmonía. Sus zapatos dan entrada al agua 
por cuatro ó cinco partes. Su levita no es gruesa: la lleva aboto- 
nada hasta el cuello porque no tiene chaleco. Su chistera — rega- 
lo de un amigo generoso — refleja la luz de los focos eléctricos como 
un espejo. 

Y allí vá, desafiando la tormenta, con un gran envoltorio bajo 
el brazo. lyleva al empeño las colchas de su cama. Tendrá frío en 
la noche, es verdad; pero ¿qué importa.? Con que los niños coman 
y no lloren, quedará satisfecho. Además: ¿para qué necesita col- 
cha?? Con poner la levita y los pantalones encima de la sábana, 
queda todo arreglado. Si viviera su mujer sería otra cosa; pero 
Dios se llevó á la pobrecita. 

¡Vamos! ¡vamos! Un rayo cae y mata á cierto caballero que va 
muy bien arrellanado en su lando. Kl pobre viejo se santigua y 
sigue caminando: es inmortal. 

Iva morenita de ojos negros que vive en aquel balconcito bajo, 
levanta á cada instante la cortina. ¿Por qué no viene su novio? 
¿Porque llueve? ¡Bonito pretexto! Para la lluvia se inventaron los 
paraguas! 

Tiene en las manos una novela del Sr. Pérez Escrich ! ¡ Pobre Sr. 
Pérez í^scrich! Va á quedar deshojado! Cada cinco minutos la 
morena arranca una hoja del libro y la estruja entre sus manos. 
Compadezco al infeliz amigo que le prestó esa obra maestra de la 
literatura contemporánea! Y el caso es que el amante no aparece. 
La mamá llama á gritos á la niña: el chocolate está en el comedor. 

Pero la niña con un humor que ya ya pasa de la alcoba 

al balcón y del balcón á la alcoba, desgarrando á mordidas el pa- 
ñuelo. 

Precisamente aquella triste noche se había puesto bonita, muy 
bonita. Yo la veo, cuando alza la cortina; tiene una rosa blanca en el 
cabello y su vestido de percal almidonado, recorta admirablemente 
bien las graciosas curvas de .su cuerpo. Si usted qui.siera ¡oh impa- 
ciente señorita! yo iría con mucho gusto á consolarla. Pero usted 
obstinada, espera al novio que no viene y que seguramente no ven- 
drá. Bs mu}' tarde: no pasan por la calle más que los coches simo- 
nes que regresan á la carrocería 3^ el gendarme que se pasea tran- 
quilamente. Ya se ha acostado la mamá. El reloj de San Diego 
dá las doce. Usted no quiere creerlo, señorita; pero, oiga usted las 
doce campanadas más agudas, que suenan en la propia sala de su 
casa. Parece que le dicen: «ya no esperes.» ¿Vé aquel carrua- 



MANUEL GUTIÉRREZ XÁJERA 121 



Je aristocrático que viene por la esquina de la calle? Ivs el de 
una familia que fué al teatro. Ya acabó la función. Pero usted, 
lejos de renunciar á su esperanza, dice para sí: «Tal vez el muy 
infame fue á la ópera. Pero vendrá fingiendo que ha tenido mil 
quehaceres. No quiero hablar con el: me basta con la cólera que 
he hecho. Le aguardaré detras de la cortina, y si se acerca, si to- 
ca la vidriera, si me llama, podré saborear mi venganza. No quiero 
hablaile; quiero ver si viene». 

Y pasan el tendero de la esquina, el joven que tararea la última 
aria de la ópera, el nu'isico con la trompeta pistón debajo del brazo. 
Y dá la una. Usted, que no me escucha, cierra de golpe y con pe- 
ligro de romper los vidrios, los maderos del balcón. Estoy seguro 
de que al verse en el espejo, mientras dejaba las horquillas y las 
flores en el pulido mármol de su tocador, ha dicho usted, sintiendo 
impulso^; de llorar: «Y sin embargo: soy bonita soy bonita!» 



El poeta, acurrucado en el caliente lecho, lee las odas de Hora- 
cio. El ruido de la lluvia es el mejor acompañamiento de los ver- 
sos. Si los duendes tuvieran una orquesta, así sería. Luego, cierra 
el libro, — y algún tiempo después — cierra los ojos. 

Los sueños, esos niños juguetones comienzan á dibujar figuras 
fantásticas en su imaginación. I{síá en Oriente. Un mago amigo, 
le ha dado el supremo jioder. Mujeres de blancura incomparable 
agitan el aire del camarín con gigantescos abanicos dt pluma. El, 
reclinado en mullidos almohadones, respira los más ricos perfumes. 
Una orquesta invisible puebla de armonías la atmósfera, y cuando 
cesa la divina música se oye el lumor acompasado de la lluvia en 
los techos y minaretes. Llueven perlas. Con extender la mano y 
recibir durante media hora las gotas de aquella lluvia prodigiosa, 
el más desarrapado pordiosero se trocaría en fastuoso potentado. 
Pero el poeta no extiende la mano ó tiene frío. 

Cuando despierta y vé las paredes desmanteladas de su alcoba, 
la mecha que humea, el zapato que entreabre los labios sonriendo, 
á los pies de la cama, y el libro descuadernado en que leía las aven- 
turas sorprendentes de un visir, honda tristeza se apodera de su 
espíritu. Oj'c el ruido acompasado de la lluvia; pero ya no son 
perlas las que bajan del cielo, sino lágrimas. 

¡Efímera tristeza! ¡Que amanezca, que gorjeen las golo:i.drina.s 
en los alambres del telégrafo, que llegue con su traje de mañana 
la mujer á quien ama inmensamente, y veréis cómo dice entre ca- 
ricias: ¿Para qué quiero más oro que el de tus rizos, largos y .se- 
<lo.sos, ni más perlas ¡oh Magda! que tus dientes? 

i6 



122 MANUEL GUTIÉRREZ NAJE R A 



¡ Vaya usted á escril^ir con esta noche una crónica alegre y reto- 
zona ! Yo pienso en la vecina que aguarda á su novio, en el poeta que 
construye castillos en el aire, en la griseta que va camino de su 
casa, y en el pobre señor cuyos pobreci tos hijos mireren de hambre 
y miedo. 

Hubo un tiempo, sin embargo, en que estas noches lluviosas me 
regocijaban. Tenía una novia — ¡cuántos años hace! — }• la novia vi- 
vía en una casita baja cerca de la estación de Buenavista. Noche 
á noche, hablábamos los dos por la ventana. Sin embargo, yo era 

tímido, muy tímido ¡ya supondrán ustedes cuántos años hace 

de esto! Jamás me había atrevido á besarle más que la extremidad 
color de rosa de sus dedos! Eso sí; en mis epístolas morales, le 
enviaba muchas caricias, muchos besos. Mas todo era llegar, ver- 
la á mi lado, oir su voz que casi era un gorjeo y sentirme perplejo 
como el hombre á quién le cae el premio gordo de la Habana y no 
sabe en qué emplear sus cien mil pesos. 

Sólo en a(iuella noche me atreví. ¡También los ojos de mi niña 
brillaban entonces como dos no me olvides que fueran al mismo 
tiempo dos luciérnagas! Nunca he visto dos ojos tan azules ni tan 
resplandecientes como aquellos! 

Húmeda noche, tras caliente día 

Rosa aguarda febril 

¡Cuánta virtud .sobre la tierra habría 

Si no fuera el Abril ! 

Y precisamente se llamaba Rosa. Largo rato estuvimos plati- 
cando. ¿De qué? Sábelo Dios! Cuando me hablaba, oía su voz 
como una música divina. Y mientras conversábamos en voz baja, 
una lluvia menuda y muy tupida comenzó á caer sin que yo lo ad- 
virtiera — ¿Porqué no abres tu paraguas?— dijo Ro.sa — Y yo lo abrí. 

Poco á poco los transeúntes fueron escaseando. L,a lluvia arre- 
ciaba y nadie se atrevía á salir de la ca.sa. Vacilé dos minutos, 
.sentí miedo, pero con súbito valor, cubriéndome muy bien con el 
paraguas, lie.sé los labios húmedos y rojos de mi novia. ¡Qué bien 
cubre el paraguas! ¡Qué bien cubre! 

¡ Cuántas noches después de aquella memorable anhelé que llo- 
viera como entonces! ¡Cuántas abrí el paraguas de repente sin que 
caliese la más leve gota! 

Pero ¿se llamaba Ro.sa? No María ¡Tampoco! Creo que 

L/UÍ.sa. lyO único que afirmo con certeza es que me iba á suicidar 
por ella 



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124 MANUEL GUTIÉRREZ NAJEKA 



clase de las mujeres honradas pero pobres, como la <f Biblioteca» de 
mi más querido amigo el Sr. D. Manuel Gutiérrez Nájera. Las 
monedas de níquel pertenecen á una familia distinguida; pero han 
venido á menos y tienen que codearse, en el cesto de las compras, 
con rábanos, zanahorias y lechugas. Viven, por así decirlo, en casa 
de vecindad. No van á bailes, ni frecuentan los salones del ^Jockey 
Club,^' ni juegan al poker con Rafael David, ni apuestan á Colon- 
che contra Halcón, ni salen en tren expreso á recibir al marqués de 
San Basilio. 

Necesitan juntarse cinco, cuando menos, para comprar el dere- 
cho de sentarse todas en un mismo asiento, y asistir á la represen- 
tación de la Mascotte. Son muy pobres, muy desvalidas, muy hu- 
mildes, y á pesar de esto, los señores periodistas se empeñan en qui- 
tarles el crédito el crédito, la fortuna de los pobres. No ha- 
ré causa común cor esos desalmados, deshonrando á personas tan 
apreciables y tan pobres. Yo recibo con el bolsillo abierto á esas 
desventuradas criaturas. ¿Las desprecian? ¿Tienen que sufrir los 
malos modos y el arisco ceño de abarroteros, pinches y conductores 
de tranvía? Pues bien, aquí esto\' yo. No me casaré con ninguna de 
ellas porque mi amor á las mujeres pobres no llega hasta el matri- 
monio, pero aquí esto}' para consolarlas con caricias }- para decirles 
que creo en su virtud. También me gustan las costureras honradi- 
tas, cuando á las oraciones salen del taller, y las sigo, siu alcanzar- 
las, porque aprietan el paso y se escabullen. Muchos dicen que las 
monedas de níquel ya no corren: ésto es falso. Corren tanto como 
las costureras de que hablaba: por eso hay muchos que no logran 
darles caza. 

Ayer mismo tuve la dicha de encontrarme á solas con una de 
esas moneditas calumniadas. Era sábado, es decir, el día en que se 
llega al fin de la semana y al fondo del bolsillo. Sabe Dios cuántos 
días habría pasado la infeliz en la incómoda bolsa de mi pantalón. 
Al sacarla sentí vergüenza, porque al fin era una señora. La miré 
con ternura, me disculpé lo mejor que pude de mi falta de galante- 
ría y la puse con muchos miramientos en la carpeta verde de la me- 
sa. ¡Pobre moneda! Tenía una corona de laurel, como Dante Ali- 
ghieri. Estaba intacta. En el anverso llevaba las armas del amor: 
un arco \ un carcax; \ en el reverso una V muy graciosa, que, 
probablemente, estaba puesta allí para advertirnos que era virgen. 
La moneda se percató, sin duda, de mi encogimiento y observando 
la turbación de mi conciencia, quiso alentarme con palabras gene- 
rosas. Las monedas hablan, y tan recio que las oyen los sordos. 

— Duque Job, — me dijo con una voz muy apacible, aunque no 
muy argentina, por desgracia — ¡duque Job, tú eres de esas almas 
buenas que me reciben sin descuento. Tu nobleza me infunde res- 
peto, pero tu nombre de bautismo me inspira confianza. 



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manup:l gutierrkz najera 



enfermo. Si tienes prisa de buscar mi amor, escoge el crimen. La 
sangre no me asusta, porque resbala por mi pulida superficie sin 
mancharme» — Y el hombre desatentado é impaciente, ahoga su 
conciencia, como se mata á un perro que ladra, y por el torpe amor 
de aquella rubia, no retrocede ante ningún linaje de bajezas ni de 
crímenes. Los más no logran obtenerla: se quedan en el presidio 
ó en la vergüenza. Algunos llegan; pero éstos, lejos de hallar la 
calma apetecida sienten que se exacerba su pasión, que no logran 
jamás satisfacerla y, como Salomón en medio del serrallo, piden 
otra mujer otra onza de oro! 

Desengáñate, Job, cada moneda tiene por dentro lágrimas y san- 
gre, como aquellas que, según cuenta la leyenda, rompió Francis- 
co de Paula ante Luis XI. ¿Ves aquella que parece tan pura, tan 
hermosa? Pues apartó de la virtud á una mujer. Le bastó verla 
para que olvidase los ejemplos benditos de la madre, el amor del 
espo.so y la honra de los niños inocentes que dormían, abrazados 
en su cuna. El marido murió de pena y de vergüenza; la madre 
pide limosna en la cancela de una iglesia; los hijos, que han creci- 
do ya y son hombres, van con la frente baja y siempre solos, como 
andaban los leprosos; pero la pecadora obtuvo la onza y la perdió 
á una sota en los albures. Y sin embargo, la azafranada cínica é 
infame, que se goza en el llanto de las madres, provoca el crimen 
y lleva á sus amantes á la cárcel; es más querida, más buscada y 
más famosa que yo, la casta, la púdica, la virgen! 

¿A quién pervierto? ¿á quién corrompo? ¿á quién insulto? ¿quién 
se ha suicidado por mi amor? Puede ser que alguien me robe; ¿pero 
á quién ahorcan por cinco centavos? Cuando Fausto sedujo á Mar- 
garita, no llevaba monedas de níquel en el bolsillo, primeramente, 
porque el diablo no ha acuñado nunca más que oro, y luego por- 
que D. Pancho Landero no fué nunca ministro en Alemania. A mí, 
generalmente, se me adquiere por medio del trabajo 

Tú me pagaste con algunas líneas de tu pésima letra que es la 
condenación de los cajistas. Di lo ahora con franqueza : ¿te he ayuda- 
do para engañar á una mujer? ¿Me has visto en el tapete verde de 
las casas de juego? ¿Puse acaso en tus manos una copa de ajenjo? 
Yo soy una torta de pan para el menesteroso que no come en la 
Concordia; una vela de sebo, para que no se asusten los muchachos; 
una limosna para el pordiosero; un jabón para las manos que pico- 
tea la aguja ó quema el sol: en los labios del niño me llamo cara- 
melo, y en el corpino de la mujer me llamo flor. Conmigo no pue- 
des entrar en el teatro, pero puedes ir al cielo. Como no peso, no 
detengo á ninguno en la tierra. Es verdad que reunida á muchas 
otras constituyo una fuerza, capaz de comprarlo todo, hasta el amor. 
Pero entonces me olvidan, me abandonan y me cambian por plata, 
por billetes y por oro. Vuelvo á mi vida trashumante, á mi exis- 



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B^jap iir-, 'jp B[ ouiOD 'pBppipj 

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sns- anb oipip uBq opnBn3? ¿ajq 
-nBnQ? 'oao ap sojpqBa soi Á bu 
-Bq 'B.uai; bi ap sbuba sBdraod 
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uBiuBii ag •sB;saij sbj á sajiBq 
-oÍBO SOI '3-i-ii2g ap sooaiBqo soi 
Á ofB oiUBii aui B;sBq ¡aojjoq anl 
-BU ara o^\ so.íaqaid Á soÍBq s; 
Á SBpBijD aa;ua oai^\ -sauoqoíoa 
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128 MANUEL GUTIÉRREZ NÁJERA 



de sus manos y el color ambarino de sus rizos. I^a voz de aquella 
desdichada pordiosera sonó apenas, como el canto de un pajarito 
moribundo. Tú la escuchaste; pero soplaba un aire frío y no quisis- 
te desabotonar tu gabán para sacarme de la bolsa. Y la niña que- 
dó sola y enferma, en medio del silencio de la noche. Veía con tris- 
teza inmensa los luceros, como si deseara volar á hacerles com- 
pañía. Pasó un hombre que salía ganancioso de la timba, y acer- 
cándose á la mendiga, dijo á media voz: 

¿Quieres los luceros? Pues yo haré que bajen á prenderse en tus 
orejas. 

Y el hambre, el frío y el abandono aconsejaron mal á la cuita- 
da que compró aquella noche un pedazo de pan por un botón de 
azahar. Después, el vicio, como una tierra pegajosa, la detuvo. 
Tú la viste con menosprecio y la acusaste en nombre de la moral. 
Y sin embargo, si no hubieras tenido frío y egoísmo aquella noche, 
si me hubieras sacado de la bolsa, la pordiosera no se habría perdi- 
do. Yo pude darte el cielo, y no quisiste. 

Y ya lo ves: en pago de mis bienes, me invistes olvidada hasta 
que las demás monedas te dejaron. En pago de mi honradez y mi 
virtud, los periodistas me quitaron la honra. Dicen que he enrique- 
cido á muchos: mírame bien, \ di si tengo cara de haber enri- 
quecido nunca á nadie? 

Yo abolí la esclavitud, dejando en libertad á esos negros de co- 
bre que padecían en el mercado. Ahora, Ramón Guzmán no quie- 
re admitirme en los ferrocarriles del Distrito, si no me fian de man- 
coimín é insolidum, otras dos moneditas de á centavo. ¡ Así paga este 
mundo la virtud! 



IvO moneda calló. Imprimí un casto beso en su corona de laurel 
y me dispuse á escribir. «Iva vida en México, j) Por desgracia, 
ya era tarde. No podía hablar de Jorge Carmona, ni del baile que 
prepara el Jockey Club, ni de las fiestas más ó menos campes- 
tres de San Ángel. La moneda me había quitado el tiempo. ¿Qué 
iba á hacer con ella? ¿A darla á un cerillero para fomentar la va- 
gancia? No; la guardé con profundísimo respecto y la traje, en- 
vuelta en papel de seda, á la redacción. Aquí estará expuesta to- 
do el día de hoy. I^os que deseen oir su voz, pueden acercarse á 
cnalquiera hora. Por desgracia las monedas de níquel hablan bajo. 



MANUEL GUTIÉRREZ NÁJERA. I 29 



EL SECRETO. 



Tengo en el más oculto cajón de mi bufete, entre la pequeña án- 
fora que guarda las hojas, marchitas ya, de un heliotropo, y la cu- 
bierta en que he encerrado cuidadosamente mi abono á la ópera có- 
mica, una carta que sólo yo he leído todavía, y que recomendando 
el secreto más profundo, voy á poner ahora ante los ojos de los que 
con más ó menos curiosidad leen mis artículos. Confieso que me 
considero incapaz de enseñar esta carta á algún amigo; temería, sin 
ir descaminado en mis temores, cometer un delito inexcusable, al 
romper el sigilo que se me encomienda; la voz de mi conciencia 
asustadiza, tal vez y sin tal vez, no me dejará concluir la lectura de 
esas líneas; romper así el secreto, es una falta; revelar á un amigo 
ias confidencias que otro nos ha hecho, es, á no dudar, un crimen 
no previsto suficientemente por el Código; y yo, que me precio de 
reservado, que soy incapaz de revelar á nadie los secretos más ó me- 
nos graves que se me confían, he decidido hundir en el misterio 
más completo la misteriosa carta de que hablaba. He aquí la cau- 
sa por qué la publico. 

A primera vi.sta, esta decisión podrá aparecer como una parado- 
ja; pero examinándola escrupulosa y detenidamente, cualquiera ve- 
rá claro como la luz del día, la lógica profunda y la verdad que en- 
cierra. Entre publicar una carta, y leerla á un amigo, existe una 
.enorme diferencia. El amigo, es un ser perfectamente limitado, con 
ber.sonalidad propia, con dos ojos escrutadores, que se fijan imper- 
tinentemente en nuestro rostro, y con dos labios casi siempre en mo- 
v<|miento, y ansiosos, cuando no, de desplegarse para dejar salida á 
algún secreto. Se ha menester un desenfado soberano para decir 
frente á frente á aquél amigo, cosas que confiamos únicamente á la 
almohada. Aquella mirada nos hiela y nos inmoviliza como un día 
dé invierno; á cada paso sospechamos, quizá sin fundamento, que 
una sonrisa de incredulidad mueve esos labios; tememos parecer ri- 
dículos ó vanos, y la confesión, ya próxima á escaparse, se abriga 

17 



MANUEL Gm-IÉRREZNÁ^ 



cie ae ..a<la q"e lo es todo ^j;^^¿ ^. ,„ somb.asu '^"-^ ^¿^„te 

Las veletas le tan ^tados^.^^,^ ^_^ ^^ '"''"¡roerfnne delincuente 
mo no tiene cara es ni ¿^„u^os. y el Pff"' ,^t!n le re- 

forzado de todos lo^ P"«¿ „^¿a le importan &« > *« i ar- 

sentenciado a o-'^ ~^f,\.X ', Sócrates le abrm de V^r ■=» pa ^._ 
veló los secretos de -» ^ «^' -bUco! Si pnd.era ^^^^f'^^J^U'^cr^- 

'^r^Z^X^^^^r'^ SÍTo^oXSlos, todas 
nal Kl escupí j ^^^^^ ^^^ edades, w levantarse por 

rst:rE Píí^ico'es usted, -balien. ct^t^o aM^^ 

í:^¿^™raí:.rrrl,ad^sópe^neño^^ 

'esti lineas, V !;> q- ^-^-X Se usted, -^--™:' guando 

ladova, y >» .^^S^^'^' . •,. inquietarme en lo mas mi ^reniez- 

fombra, ^^ 5^^^;^/^ "^lin que mis y^^^-'^'^Z:^^^ cierto, 
temor anude mi garga , ^^ Diciembre. \ esto ^ ^^^^^^^^ 

can como aí^oplo ^el ^^^ ^engo en estos "^«tantes en _ 

absolutamente nadie, se atrev 
solutamente imaginaria. 
He aquí la carta: 

Caballero: , y^ no teti>; 



MANUEL GUTIÉRREZ NAJERA 131 



pero en ciertas ocasiones de la vida, en ciertas ocasiones en que el 
sufrimiento alza nuestra reserva acostumbrada, como el vapor le- 
vanta la cubierta de un caldero de agua hirviendo, se pasan por al- 
to las conveniencias sociales, y cayendo en el riesgo inminente del 
ridículo, revélase al que más confianza nos inspira, aquella pena 
tan largamente cobijada. Además, soy un tanto excéntrico. Me 
propuse ayer aconsejarme del primer conocido que encontrara, y al 
dejar los umbrales de mi casa crucé con usted mi primer saludo. 
Tenga usted, pues, la paciencia de escucharme. 

Caballero, yo tengo una hija. No le hago á u.sted el agravio de 
imaginar que le es desconocida. Me han dicho los amigos que es 
muy bella, y el parlanchín espejo debe habérselo dicho muchas ve- 
ces. Sus trajes cortados por la mano de Valeria, son envidia de 
damas y polluelas; todas las tardes debe usted mirarla en su carruar 
je tirado por dos hvo miles americanos, y aun, si no me engaño, 
creo que han valsado ustedes juntos, y no hace mucho tiempo por 
más señas. Es mi hija única. Su pobre madre murió dejándola en 
edad ternísima. De.sde entonces mi cariño es doble; la quiero por 
ella y por mí. ¡Se le parece tanto! Los mismos ojos, la misma bo- 
ca, idéntica manera de reírse. Comprendo, caballero, que estos de- 
talles deben interesarle á usted muy poco ó nada; pero al dar co- 
mienzo á e.sta carta hice un llamamiento á su paciencia; y andando 
el tiempo, cuando tenga u.sted una hija como la mía, comprenderá 
que mis impertinencias de padre .son bien excusables. 

Yo .soy un hombre montado á la antigua, como hoy .se dice. Ten- 
go en olor de herejía á los socialistas, y mis nervios ,se crispan cuan- 
do pienso en las doctrinas anárquicas de la Comuna. Será por mis 
cortos alcances, cúlpese en buena hora el raquiti.smo de mi inteli- 
gencia; pero ello es que entre el sectario de un sistema social que 
aspira á arrebatarme mis haciendas, y el bandido que exponiendo 
su existencia acecha en la encrucijada de un camino, sólo encuen- 
tro la grave diferencia de que el primero es un ladrón cobarde, mien- 
tras que el otro es un ladrón bizarro. Dados estos datos, usted no 
extrañará que crea tener una propiedad innegable en mi hija. Pa- 
rece, sin etnbargo, que la mayor parte de los amantes profesan el 
pncipio de Prudhome: la propiedad es el robo. Creí, durante lar- 
ti>s años, que mi hija era mía, absolutamente mía, y hoy me des- 
V uno con que el primer venido, un Juan Pérez, que .se me entra 
alr la ventana, tiene .sobre ella más derechos y más poder que yo, 
fnpadre. ¿U.sted comprende esto, caballero? Evidentemente, siha- 
alnraer de Arabia una yegua pur-sang, si la mantengo en mis ca- 
ballerizas, la curo cuando enferma, y gasto mi dinero en mejorarla, 
tengo el justísimo derecho de tener por loco al que con desenfado 
y con donaire venga á exigirme que le dé esa yegua. Nada más 
justo, ciertamente. Pero en cambio, tengo una hija á quien educo 



132 MANUEL GUTIÉRREZ NAJERA 



á fuerza de vigilias y desvelos; he pasado las noches á la cabecera 
de su lecho, cuando devorada por la fiebre retorcía sus delicadas 
manecitas; es la sangre de mi sangre, el alma de mi alma. ¿Sufría 
de niña? yo era el que iba á enjugar aquellas lágrimas: ¿gozaba? 
mi corazón de padre se henchía de regocijo incomparable; mi vida, 
mis ti abajos y mis afanes, no tenían más término ni más objeto 
que su dicha; y cuando tras el largo discurrir del día, al volver á 
mi hogar, en esa hora en que todo se recoge en el silencio, la mi- 
raba dormida como un ángel en su cuna, yo decía para mis aden- 
tros: esa niña hoy. es como una planta tiernecita, que yo cuido y 
encubro con mis manos; no sabe, no conoce las zozobras y afanes 
que me cuesta, vive con la vida apacible de la infancia; pero ma- 
ñana, cuando crezca, aprenderá sentada en mis rodillas los conse- 
jos que pueda darle mi experiencia, me amará con el corazón y con 
el entendimiento; será buena, casta, obediente, mi orgullo, mi va- 
nidad, mi gloria; luego, . . . luego, se casará, sí; ¿por qué no ha de 
casarse? yo tendré un hijo más, que realice sus sueños juveniles, que 
la ame con toda su alma, que la haga dichosa. . . . ¡vamos, si has- 
ta á veces me regocijaba con la esperanza de tener un nieto! Creo, 
caballero, que estos sueños de oro, eran sobrado justos en un pa- 
dre. Pero he aquí que yo contaba sin la huéspeda, y que mientras 
abría las puertas de mi ca.sa á todos aquellos cuya posición y cu- 
ya conducta no inspiraban en mi ánimo temores, mientras que con 
la linterna de Diógenes entre las manos buscaba al novio que ha- 
bía deseado yo para mi hija, el amor, e.se rapaz travieso como di- 
cen ustedes los poetas, se me descolgó sigilosamente por la venta- 
na, de suerte, que al levantarme cierto día, ajeno á todo sobresal- 
to, me encontré ni más ni menos con la agradable nueva de que 
mi hija, caballero, tenía un novio. 

¿Quién era este novio? Doy á vd. mi palabra de que si el amante 
consabido fuera por lo menos aceptable, ninguna objeción, ningún 
obstáculo habría opuesto por cierto á sus amores. ¡ Pero un hombre 
sin profesión ni hábitos de trabajo, un faineant que pasa la vida 
en engomarse los bigotes; un hambriento que anda al hu.snio de 
ricas herederas; un calavera cuyas proezas dignas de un poema, es- 
triban en haberse embriagado en las cantinas, á co.sta de los otros 
por supuesto, y en haber cortejado á tres mujeres con el propósito 
únicamente de engañarlas; im hombre que es un cero social, un 
zángano del mundo, ¿sería acaso á propósito para hacerla felicidad 
de una familia? Tanto valdría afirmar que dos y dos son cinco, que 
el .sol no alumbra, que la virtud es vicio. E.sto es, pues, un caso, 
señor mío, en que el padre tiene el derecho y el deber de impedir 
que su hija caiga en el abismo. Los códigos deben revestir al padre 
de una autoridad ilimitada. Y sin embargo, parece que en este dra- 
ma de familia, el padre, el pobre padre, es un comparsa. He recu- 



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134 MANUEL GUTIÉRREZ N AJERA 






Hasta aquí la carta. Diez días hace que la tengo en el cajón de 
mi bufete, sin poder acertar á contestarla. Porque, en efecto, cuando 
los lazos del amor se rompen, ¿qué otros sujetarán en el hogar á 
la hija que quiere abandonarlo? ¿Lo sabe alguno por ahí? Espero la 
1 espuesta. 



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136 MANUEL GUTIÉRREZ NÁJERA. 



tú que traes las largas y sabrosas pláticas con que entretiene las 
veladas del hogar el buen anciano, mientras las castañas saltan en 
3a lumbre y las heladas ráfagas azotan los árboles altísimos del 
parque! 

¡Ave, invierno! yo no tengo parque en que pueda susurrar el 
viento, ni paso las veladas junto al fuego amoroso del hogar, pero 
yo te saludo, y me deleito pensando en esas fiestas de familia, cuan- 
do recorro las calles y las plazas diciendo, como el buen Campoamor 
diría al ver por los resquicios de las puertas el fuego del hogar de 
algún amigo: < 

¡Los que duermen allí no tienen frío! 



* * * 

¡El frío! Denme ustedes algo más imaginario que éste tan decan- 
tado personaje. Yo sólo creo en el frío cuando veo cruzar por ca- 
lles y plazuelas á esos infelices que, sin más abrigo que su humil- 
de saco de verano, cubieta la cabeza por un hongo vergonzante, 
tiritando, á un paso ya de helarse, parecen ir diciendo como el 
filósofo Blas: 

¡Omnia mecum porto! 

¡Pobrecillos! ¡No tener un abrigo en el invierno, equivale á no 
tener una creencia en la vejez! 



*** 

Siempre he creído que el fuego es lo que menos calienta en el in- 
vierno. Prueba al canto. 

Conozco á un solterón, hombre ya de cincuenta navidades, rico 
como Rotschild, egoísta como Diógenesy sibarita como Lord Pal- 
broke. Es rico, he dicho; tiene una casa soberbia; diez carruajes 
perfectamente confortables; una servidumbre espléndida y una me- 
sa que haría honor á Lúculo. Nadie al verle recostado en los mue- 
lles almohadones de su cómoda berlina tirada por two miles ameri- 
canos; cubierto por una hopalanda contra la cual nada podría el 
hielo mismo de Siberia; nadie, digo, podrá pensar que aquél hom- 
bre es desgraciado, perfectamente desgraciado; nadie podrá pensar 
que aquél soberbio Creso padece de una enfermedad terrible: ¡el 
frío! 

Nada más cierto, sin embargo; nuestro hombre, nue.stro banque- 
ro, nue.stro millonario, tiene frío. Y es lo peor que ni la chimenea 
noruega, ni las pieles asiáticas que tiene en su palacio son bastan- 



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138 



MANUEL GUTIÉRREZ NAJERA. 



toca algún wals de esos que te hacen cosquillas en los pies, yo leo 
perezosamente algún buen libro, mirando con el rabo del ojo á mi 
mujercita, que aquí para intcr ?ios, es un libro más digno de ser leí- 
do ciertamente, que todos los volúmenes que tú aglomeras en tu 
biblioteca. 

No somos ricos, bien lo sabes; pero cuando después de trabajar 
durante el día vuelvo á mi hogar, y Lupe con nuestro angelito en- 
tre los brazos sale á recibirme, soy tan feliz, me juzgo tan dichoso, 
que ¡vas á dudarlo! no me cambiaría por el más opulento mi- 
llonario. ¿Qué riquezas hay que puedan compararse á la santa paz 
de mi alma? Si estás triste, si estás decepcionado, vente á pasar 
algunos días con nosotros: somos tan felices, que quisiéramos salir 
por esas calles diciéndolo á voz en cuello, para que todos participa- 
sen de nuestra dicha! 

Carlos. 



Ya lo ve Ud., lector, mi amigo Carlos, .sin estufas, ni abrigos, ni 
carrozas, disfruta de un calor del que no goza el más encopetado 
millonario. ¡El alma! ¡hé ahí la chimenea que debe conservarse 
bien provi.sta para las largas noches del invierno! 

Car riiiver ce n'est pas la bise et la frovidure 
Et les chemins de.serts qu'hier nous avons vus; 
C'est le cceur sans rayons, c'e.st l'ame san verdure, 
C'e.stce queje serais quand vous n'y serez plus! 



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Tengo para mí que el recuerdo es un calefactor en que debe pen- 
sarse muy de veras cuando el furor industrial, siempre creciente, 
agota las hulleras y las minas de carbón de piedra. Yo de mí sé 
decir que encuentro en el arenal de mi memoria, así las nieves y el 
hielo de los polos, como el fuego del África y del A.sia. Por e.so, 
cuando hundo mi cabeza en la caliente almohada, me arrojo en mis 
colchas y espero las blandas caricias del sueño, mientras miro cómo 
.se descompone y se transforma el humo que asciende en espiral de 
mi cigarro, evoco si siento un estremecimiento de frío, alguna me- 
moria, y me caliento á su fantástica .sombra ¿Lo dudáis? 

Tengo un amigo, entrado ya en años, pero joven de espíritu, 
poeta si lo hay, aunque en su vida, — ¡y cuidado .si es larga! — ha 
tenido la ocurrencia de ensartar un verso; padre de dos mocetones 



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140 MANUEL GUTIÉRREZ NÁJERA. 



HUMORADAS DOMINICALES. 



Junio 20 de 1886. 



Tomábamos juntos la ambarina cerv^eza Strasburgo, cuando pa- 
só en su rápido coupé. 

— ¿La conoces? — me dijo Luis dejando el vaso. 

— Sí, — le contesté — es niadame Venus. No sé su verdadero nom- 
bre, ignoro su condición y procedencia; mas ¿qué importa? para mí 
viene siempre del Olimpo. 

— O del infierno. Esas uñas delicadamente sonrosadas se encajan 
como garfios en la carne; esos brazos aprietan hasta sofocar; esa 
boca devora fresas y fortunas. 

— ¡Impo.sible! 

— Huye de ella: es la epidemia Los deseos que despierta son 
mortales como el cólera. Es una forma bella de la muerte. ¿Quie- 
res saber su historia? Vas á oírla. 



* * 

No se sabe á punto fijo en qué parte nació. Es una nuijer inter- 
nacional. Cuando alguno de sus amantes le pregunta si es belga ó 
nació en Francia, ella contesta: «¿Para qué averiguarlo? Sólo sé 
que me concibieron mis padres en un momento de admiración.» Y 
en efecto, Madame Venus, como tú la llamas, es divinamente her- 
mosa. La única pureza que tiene es la pureza de las líneas. Un 
arti.sta podría encontrar su boca algo incorrecta y su nariz un tanto 
cuanto canalla; pero e.sas imperfecciones la hermosean. Posee la se- 
renidad de las estatuas y el gracioso mohín de las grisetas. Los 
griegos admiradores de la desesperante perfección, no la habrían 
venerado como diosa: los parisienses, sí. 

Sin duda alguna, esa mujer no puede haber nacido de una fami- 
lia honesta de trabajadores. Procede de una selección mejor. La 
madre sería tal vez vulgar y pobre; el padre, no. De éste ha he- 



MANUEL GUTIÉRREZ NÁJERA. 141 

redado la distinción y la elegancia; de aquella los instintos bella- 
cos y la avidez de prostituta. Podría jurarse que nació de contra- 
bando- 
Mas ¿á qué remontarse á los comienzos de su vida? Las fuentes 
del Nilo son ignotas. Nadie puede decir á ciencia cierta cuál es el 
microbio que produce el cólera asiático. Confórmate con verla tal 
como es: por otra parte, sería preciso hacer un gran esfuerzo de 
imaginación para figurarse cómo era cuando niña. Yo le niego hasta 
el candor supremo de la infancia. Hay mujeres que nacen de treinta 
años. 

¿lyos ha cumplido Madame Venus? La edad de las estatuas no 
puede determinarse á primera vi.sta con ab.soluta precisión. Y Ma- 
dame Venus es una escultura de carne. No busques en ella más que 
la hermosura plástica; cuando va al templo para exhibir su traje ó 
aprovechar.se de la puerta de la sacristía, oj-e que el ángel de la 
guarda llama á su alma, ydice¡ Au.sente! ¿Para qué habría servido 
el alma á Madame Venus? El alma no se viste de raso, ni tiene 
hombros desnudos que enseñar; el alma es como esas costureritas 
honradas á quienes nadie conoce: el alma es cursi- Puedes decir que 
el alma sirve para amar; pero Madame Venus no ha amado nunca. 
El amor da á todas las caídas la gracia de los gladiadores romanos. 
Caer amando es caer de rodillas. Madame Venus cae como la mano 
gruesa del ladrón sobre un puñado de monedas- Mejor dicho, Ma- 
dame Venus no ha caído nunca. Nació acostada y en el suelo. 

El único amor que .siente es el amor inmenso á su hermosura. 
Por eso la perfuma, la reviste de encajes y de sedas, y le da como 
ofrenda joyas y oro. Si pudiera ponerse de rodillas, sin que su pro- 
pia imagen muda.se de actitud en el espejo, se arrodillaría ante sí 
misma. Ella es la diosa, el .sacerdote y el creyente. Si amara, apos- 
tataría. 

¿Qué es el mundo para ella? un vasto campo en el que puede 
pedirse la bolsa ó la vida amartillando la mirada, como lo hacen 
los bandoleros en el bosque amartillando la pistola. Madame Venus 
tiene el oficio más pro.saico: el de ladrona. Roba en primer lugar á 
su marido, á quien no da nada en cambio de la modista, el palco y 
el carruaje. Y también roba á todos sus amantes el corazón, la 
honra y la fortuna. Casó con un banquero, como el ladrón entra 
de preferencia en una ca.sa rica, bu.scando objetos más valiosos que 
apropiarse. 

Hurta para su cuerpo, así como otros roban un pedazo de pan 
para sus hijos que se mueren de hambre. Ama mucho sus brazos 
mórbidos, sus hombros, su garganta torneada: es el amante de su 
propia hermosura. Y ávida siempre registra con la mirada los bol- 
sillos y saca las monedas con los dientes. 

Ha tenido tantos amantes como trajes: uno, azul; otro, Pablo; 



142 MANUEL GUTIÉRREZ NAJERA 



este, crema; aquel, Arturo. Pero estudia la lista de los mil y tres. 
¡ Ninguno pobre! Yo la perdonaría, si' hubiera amado á un cochero! 

Sus cartas de amor están escritas en papel Wattman rayado 

para cuentas. Vé la moneda de oro que brilla en el fondo del estan- 
que, y se lanza á cojerla con la habilidad del buzo. Así ha bajado 
á muchos corazones. T^ogrado .su deseo, deja al amante. Esto es, 
sale del estanque y se enjuga con una toalla. 

No, no es Madame Venus; es Madama Vampiro. ¿Has visto al- 
guna vez cómo chupan los niños las naranjas, pegando los labios 
á un pequeño agujerito, y las dejan enjutas como la vejiga llena de 
aire que .se taladra con un alfiler? Pues eso hace con las fortunas 
Madame Venus. Pega los labios á la nuca del caudal, y le .sorbe 
hasta la última gota del oro. 

Cierta vez penetré en .su tocador. Mientras la diosa rapaz apare- 
cía, entretúveme en ver y registrar el guarda-iopa y los e.stuphes 
de las joyas. Y me pareció oír que las piedras precio.sas murmu- 
raban : 

Coro de diamantes. — Somos las piedras insolentes y criminales. 
Somos el carbón aristocrático. Somos la calumnia de la gota de agua. 
Somos el rocío de la mujer. Para no.sotros, sólo para nosotros, es 
la hermosura de Madame Venus. Y corremos, saltamos y brilla- 
mos en ese cuerpo de alabastro como traviesos duendes. vSólo es 
nue.stra. 

Los aretes de perlas. — Nosotros oímos las quejas amantes que 
han llegado á sus oídos. Cuando el amante es pobre, contestamos: 
«vuelva usted, la señora no e.stá en casa.)» 

¥A collar. — Yo rodeo su garganta escultural. Soy una libranza 
falsificada. 

Dos brillantes. — Somos dos lágrimas de una mujer honesta y be- 
lla, que e.spera en vano á su marido. 

Un anillo. — Yo fui robado por un hijo á su propia madre. 

Un rubí. — No hagáis ruido. ¡Soy una gota de sangre! 

Y aquel coro infernal era absolutamente verdadero. Madame Ve- 
nus roba: su belleza tiene trescientas hipotecas. Y sin embargo, 
¡he visto ahorcar á muchos ladrones y prender á muchas cortesanas! 

Algunas veces, cuando la caza e.sca.sea en tiempo malo, Madame 
Venus recurre á medios más ruines que los habituales. Roba en- 
tonces con cincuenta y dos cómplices, entre los que figuran cuatro 
reyes, cuatro caballeros y cuatro damas. Y con dos ganzúas tan 
formidables como delicadas; los pies. Ob.serva la mesilla de pali- 
.sandro en que juegan al pókhart. Madame Véinis está impasible; 
es la ladrona augusta. Las cartas, obedeciendo las leyes de una sa- 
bia combinación, la favorecen. El jugador quisiera huir, mas de 
improviso siente el contacto de un pie tímido que comienza á atre- 
verse. Y á medida que las distancias .se estrechan y los pies .se ha- 



MANUEL GUTIÉRREZ NÁJERA 143 



blan entre sí de muchas cosas, las perdidas aumentan. Hay opre- 
siones de ese pie aleteante que cuestan un Iñllete de mil pesos. Y 
cuando acaba la .sesión, queda pobre, arruinada una familia. Los 
reyes vuelven con su manto de púrpura á la inamovilidad del trono. 
Los caballos ya no caracolean sobre onzas de oro, y los pequeños 
pies de Madame Venus .se apartan de los botines derrotados. ¡Han 
ganado la batalla! 

¡Huye de ella! No viene del Olimpo como tú crees; viene del 
Ganges. Es una fuerza destructora. Disuelve los corazones en su 
copa de oro, como Cleopatra disolvió una perla. Acabo de presen- 
tarla á tus ojos de cuerpo entero. Mas no conoces todavía los por- 
menores de los dramas en que ha figurado como protagonista. Voy 
á referirte algunos para librarte del contagio. Apura tu cerveza de 
Strasburgo y pide otras dos botellas. Pero aguarda Ten- 
go que dejarte. Han dado ya las .seis en el reloj de la sala de mi 
novia. Mañana ú otro día hablaremos largamente de Madame Ve- 
nus y sus aventuras. Sin embargo, no olvides, entre tanto, mis con- 
sejos. Amárrate como IJli.ses al mástil del navio, para no ceder á 
la tentación de las sirenas. Si no encuentras un mástil, amárrate á 
tu ba.stón de cerezo. Lo dicho: Madame \"énus es ladrona. 

Pero, — á decir verdad — huelgan todos mis con.sejos. Madame 
Venus huye de las carteras deshabilitada^. No meterá la mano en 
los bol.sillos de tu chaleco: ¡no es ratera! 



Julio 10 de 18.S7. 

Casi cuantas noticias llegan del interior de la República .se refie- 
ren á inundaciones y extragos causados por el exceso de las lluvias. 
La niña que oye el ruido de la lluvia, mientras borda unas pantuflas 
para el padre; el pensador que escribe en el silencio de su gabinete; 
el trasnochado paseante á quien la lluvia empapa hasta los huesos, 
piensan á veces en las pobres víctimas á quienes ha dejado sin casa 
y sin hogar la ira desapiadada de las nubes. 

¿Qué es una tromba? El abi.smo de arriba que nos sorbe; el vam- 
piro negro que muerde la nuca de una aldea y chupa hasta la pos- 
trera gota de su sangre. Aquí, en las calles, en los sitios públicos, 
en las casas tan .sólidas y firmes, la tromba in.spira poco ó ningún 
miedo. Las nubes son para nosotros la cortina de sol que pone el 
cielo para templar la atmósfera del mundo. En ocasiones nos enfa- 
dan y molestan, y suelen hacernos travesuras de mal género; ro- 
ciarnos la cara con sus jeringas invisibles; escupirnos, como esos 



144 MANUKL GUTIÉRREZ XAJIÍRA 



charlatanes que al hablar se aproximan á nosotros y nos mojan el 
rostro de saliva; sobre todo, las nubes nos obligan á comprar para- 
guas y, lo que es peor todavía, á salir con él. Pero, en resumen, 
las nubes son atentas, serviciales; las maldecimos cuando impiden 
un paseo, cuando interrumpen una visita, cuando nos manchan un 
sombrero nuevo; mas no tenemos frases elocuentes para alabar la 
prontitud y eficacia con que suavizan la temperatura, riegan las ca- 
lles y ahogan las calenturas perniciosas. La prueba es que cuando 
la estación de lluvias se retarda, todos vemos con odio el azul trans- 
parente de los cielos, parecido en lo claro y brillante á la pupila de 
una mujer sin corazón. Queremos que las lágrimas lo empañen, y 
desde la enhiesta espiga que el sol quema, hasta la niña rubia que 
se muere de calor, cuanto vive en la naturaleza es una inmensa in.s- 
piración al agua. Para sentir el hondo miedo que producen las nu- 
bes, es necesario haberlas contemplado desde el puente de un barco 
ó desde el campanario de una aldea acurrucada al pie de la mon- 
taña. Recuerdo haber oído de los labios vulgares de un labriego el 
relato de una terrible inundación. 

La mañana de aquel terrible día — contaba con acento dolorido 
— fué húmeda y brumosa. A lo lejos .se oía el resuello colosal del 
río Desde las ocho comenzó á llover: una lluvia que parecía brin- 
car en los tejados como si fuera de cabezas de alfiler, nos tenía con- 
finados en la casa. Yo vivía en el molino con mi esposa, mi padre 
y mis dos hijos. Mi padre, enfermo y en edad muy avanzada, no 
podía trabajar, y apenas, en los días de primavera, daba unos pasos 
en el campo. Lo demás del año lo pasaba tendido en un .sitial que 
por las tardes acercaba á la ventana. Por fortuna, yo estaba fuerte 
aún, sano, robusto y á fuerza de trabajar en el molino que tenía en 
arrendamiento, ganaba lo bastante para el sustento y vestido de los 
míos. El primogénitocomenzaba á ayudarme en el trabajo, como que 
tenía ya más de doce años. María, la pequeñuela, con ser tan chica 
como era, servía de mucho á la mamá en las haciendas y faenas de 
la ca.sa. Y como no me espanta la labor, por penosa que sea, y como 
amaba locamente á mi familia, bien puedo asegurar que era feliz. 

La mañana de que hablo no salió ninguno de la casa. Era esta 
de tablones de madera, pero bien ajustados y pulidos para que el 
aire no lograse entrar. Por miedo de que los niños enferma.sen — 
porque daña y enferma la humedad — la hicimos alta. Recuerdo aún 
con cuánto gozo la veía, cuando, al volver de mis constantes ex- 
cursiones á los pueblos cercanos, donde vendía á buen precio las 
harinas, divisaba el e.sbelto cono de su techo, las paredes pintadas 
de encarnado y la airosa escalera puesta al frente. 

Pero con mis recuerdos y memorias prolongo la narración 

y la distraigo de su objeto! Como decía, esa triste mañana no sa- 
limos. Fué necesario prender luz para almorzar, porque la bruma 



MANUEL GUTIÉRREZ N AJERA 1 45 



era muy densa y apenas nos veíamos los semblantes. Santiago— 
mi hijo— y yo pasamos largas horas en escribir, á la luz escasa de 
un mechero, las cuentas del molino, que, por ser día de fiesta, aban- 
donamos. Apenas nos sentamos en la mesa, cuando el agua arre- 
ció. No era entonces ya la lluvia helada y menudita que chispo- 
rroteaba en el tejado. Caían chorros del cielo, y á la vez parecía 
que el aire espeso se iba trocando en una lámina de plomo. Mar- 
garita — mi esposa — estaba triste y asustada. Rogando á Dios que 
conjurase la tormenta, prendió el cirio bendito que el cura le rega- 
ló el día de Pascua. De cuando en cuando, sus amados labios se 
entreabrían rezando el Magníficat. Mi padre, por enfermo, no co- 
mió: dormía en la pieza contigua sin que los rezos ni el chubasco 
le inquietasen. María — mi querubín de negros ojos — no quiso se- 
pararse ni un momento del lado de la madre. L,a víspera había 
comprado una muñeca en la feria del pueblo, y la arrullaba suave- 
mente entre sus brazos. 

Al caer la tarde, la lluvia era verdaderamente torrencial. 

Santiago se atrevió á salir fuera de la casa para medir el peligro 
cara á cara. Al volver, me dijo algunas palabras en voz baja. 

El río empezaba á desbordarse. Con efecto, á poco rato el agua 
que inundaba la campiña subía dos gradas en la escalera de la casa. 
Era preciso huir; mas, ¿de qué modo? El pueblo estaba lejos, y 
además no podíamos marchar á la intemperie, llevando en hom- 
bros á mi anciano padre. Más cuerdo era esperar, confiando en 
Dios. De codos en el pretil de la ventana, sintiendo el frío pene- 
trante de la lluvia, pasé una hora. María estaba dormida en suca- 
mita, abrazando la muñeca. El río, como un titán colérico, se re- 
volvía en su cauce, sacando á fuera un medio brazo, medio cuer- 
po, y rugiendo como una fiera encadenada. El clamor sordo del 
abismo llegaba á mis oídos como un toque de muerte. La niebla 
nos había ocultado en la mañana la crecida del río; pero, en aquél 
instante era imposible ya cerrar los ojos á la inminencia del peli- 
gro. Relinchaban los caballos en las caballerizas y los bueyes mu- 
gían en el establo. Vislumbres movedizos de acero indicaban la 
marcha de la inundación. Margarita, azorada, lanzó un grito. 

— No te asustes — le dije; — el agua ya no puede subir más. 

—No hay peligro ninguno, madre mía, — agregaba Santiago; — 
la casa es sólida y resistirá. 

Pero, entre tanto, crecía el clamor inmenso de las aguas y au- 
mentaba el espanto de las bestias en los corrales y caballerizas. 

De repente, un estruendo formidable sacudió la campiña. El 
agua corría con la violencia de una fiera que rompe los barrotes de 
su jaula. 

Oímos el crugir de la madera desquebrajada, y caballos y bueyes 
derribando las puertas, echaron á correr por la llanura. El grueso 

19 



146 MANUEL GUTIÉRREZ NÁJERA 



de las aguas en el río, arrastraba cuerpos de animales y troncos 
descuajados y peñascos. 

Ya era preciso huir; pero ¿ por dónde ? La inundación subía y 
era imposible atravesar el llano á pie. Y subía más minuto por mi- 
nuto, siendo ya como un mar que se incorpora. Entonces, con mar- 
tillos y tenazas, rompimos los tablones de madera. 

Mi padre, mi mujer, mi hija María, todos pedían misericordia, 
pero sus gritos se ahogaban en el tumulto de las aguas. A fuerza 
de trabajos, espoleados por el instinto de la conservación, logra- 
mos improvisar en corto espacio, una imperfecta balsa de madera. 

Mi padre entró primero, luego mi esposa con María en los bra- 
zos, en seguida Santiago y al último yo. Y la balsa pequeña y mal 
unida, comenzó á caminar sobre las aguas. Y sin decir una pala- 
bra sola, nos acercamos los unos á los otros, como si así quisiéra- 
mos impedir que la muerte nos separase. Yo contemplaba el río y 
decía en mi interior: — ¡Infame! ¡infame! — En sus riberas, fértiles y 
amenas, hablé por primera vez con Margarita. Entonces sus ru- 
mores cadenciosos acompañaban mis conversaciones. Pero en aquél 
minuto de pavor, era el vil asesino que se erguía para hundirme en 
el pecho un puñal! 

Aumentaba la fuerza de las aguas. A cada instante creíamos ver 
la luz de un bote ó la hoguera encendida en la azotea de alguna 
casa. ¿ Nos acercábamos al pueblo ó nos alejábamos de él ? ¡Impo- 
sible saberlo! La obscuridad era absoluta. Y así pasamos cuatro ó 
cinco horas esperando el socorro que no venía por parte alguna. 
Poco á poco el río se iba apoderando de nosotros. La corriente de 
las aguas nos arrastraba á él sin que hubiera camino de evitarlo. 
Y de improviso un recio tronco chocó con nuestra balsa y todos 
nos hundimos en el agua ! 

El mismo choque me arrojó fuera del río á los terrenos inunda- 
dos. Allí pude nadar con mi hija en hombros. Pero, ¿y mi padre? 
¿y Margarita? ¿y Santiago? ¡Todos arrebatados por la avenida! 
Todos perdidos sin remedio! ¡Infame! ¡Infame! No sé cuantas ho- 
ras duró mi brega con el abismo. Amaneció. Gentes del pueblo me 
recogieron con mi hija en un bote de pescadores. Estábamos en 
salvo; pero ¡ay! mi padre, mi mujer y mi Santiago dormían bajo 
el sudario de las aguas. Mi casa y mi molino desplomados, sepul- 
taron con ellos mi fortuna. Sólo María salvó de aquél desastre la 
muñeca que el día anterior había comprado. 



MANUEL GUTIÉRREZ NAJERA 147 



CRÓNICA COLOR DE BITTER. 



No tiembles ya; las aves azoradas, que volaban en todas direc- 
ciones, han vuelto á pararse en las cornisas de las casas y en las 
cruces de las torres; los árboles no sacuden más sus cabelleras trá- 
gicas, y el dormido titán que habita las entrañas de la tierra, yace 
descoyuntado, inerme y mudo, como el demente cuando pasan sus 
accesos. Acerca á tus delgados labios que el temor amarillea, la 
taza en que hierve el té, casi tan rubio como tus cabellos. Repo- 
sa tu cabeza sobre mi hombro y deja que se coloreen tus mejillas 
con los matices escarlatas de los mirtos. ¿No ves? El sol arroja, co- 
mo siempre, su menuda lluvia de oro, y las amedrentadas golondri- 
nas vuelven á travesear en la cabeza calva de San Pedro y en las 
túnicas de piedra que visten los Profetas en sus nichos. La bomba 
azul que cuelga del pulido artesonado y que guarda tu sueño por 
las noches, vacila cada vez más lentamente como la rapazuela ju- 
guetona que se queja dormida en el columpio. El reloj que contó 
nuestros minutos de pasión ha detenido sus agujas negras en la ho- 
ra del terror; pero mi mano moverá de nuevo el péndulo y verás 
cómo torna á caminar, á manera del infeliz hebreo que no dio de 
beber á Jesucristo. Vuelva la sangre á circular por tus venas como 
ya ha vuelto el movimiento de la vida á las calles henchidas de ca- 
rruajes y de gente. No tiembles más: descansa aquí, sobre mi pe- 
cho, mientras acerco á tus labios pálidos la taza, como si diera su 
tisana á un niño enfermo. ¿No quieres que pongamos en el te unas 
gotas de cognac? Ya nada tienes que temer: habla, sonríe; no dan- 
zan ya las copas en la mesa, ni el cordón de la campana azota las 
paredes. Ha concluido el terremoto, y la materia, eternamente es- 
clava, no se mueve con bruscas rebeldías; solo tu corazón late vio- 
lentamente junto al mío. L,a muerte que pasó sobre nosotros cier- 
niendo sus grandes alas de lechuza, está muy lejos. La luz se está 
riendo de nosotros. 

El pastel que dejaste mordido sobre el plato blanco; la diminuta 



148 MANUEL GUTIÉRREZ NÁJERA 



copa de Chartreuse, que no tuviste tiempo de apurar; mi cigarro 
encendido, y el coqueto escarpín color de rosa, que abandonó sobre 
la alfombra tu pie impaciente, nos observan con burla socarrona. 
Afuera, bulle nuevamente el caudaloso río de la vida. 

Los coches pasan, y los caballos que momentos antes se detenían, 
abriéndose de manos, vuelven á galopar hiriendo con sus cascos 
las achatadas piedras de la calle. Los balcones se abren y en ellos 
aparecen caras aflijidas, rostros pálidos y cuerpos temblorosos de 
pavor. Poco á poco, la sangre vuelve á colorear esas mejillas y la 
sonrisa juguetona, que había huido como una mariposa cuando mi- 
ra la sombra de la mano que va á caer sobre sus alas, vuelve otra 
vez moviendo sus élythros ruidosos, y entorna los delgados labios 
de carmín. Tus nervios se aquietan; tu manecita blanca tiembla 
menos, y el ondular agitado de tu seno ya se va sosegando poco á 
poco. Toma el té. Los duendes malos que habitan como topos en 
las profundas minas llenas de carbón, nos tuvieron envidia, y celo- 
sos de mí, quisieran espantarnos correteando por las betuminosas 
galerías, á donde nunca llega el rayo mágico del sol. El aire com- 
primido, no encontrando el respiradero de los volcanes, quiso abrir- 
se paso bruscamente, como el viento que sale por los cañones de 
algún órgano. El gigante, en cuyo pecho enorme descansa el glo- 
bo, se despertó al oír los gritos de los duendes, y esperezándose en 
su lecho de granito, sacudió la tierra. Las torres se bambolearon 
como si fueran á caer.se; los árboles se mecieron, sin que el aire so- 
plara agitando sus copas, y tú, convulsa de pavor, dejaste caer la 
leve cucharilla con que desmenuzabas el azúcar en la taza, y el 
azul no me olvides que arranqué á mi ojal para ponerlo entre tus 
labios. 

No tengas miedo ya. El enorme gigante duerme y los duendes 
revoltosos apenas se atreven á asomar sus cabecitas en los obscuros 
socavones de las minas. La luz se está riendo de nosotros. Toma 
el té. 

*** 

¡Si hubieras podido contemplar el espectáculo que presentaba la 
ciudad en ese instante! La mueca trágica y el guiño cómico se mi- 
raban confundidos, como en los dramas de Shakespeare. Los de- 
pendientes saltaban el mostrador de las tiendas é iban á arrodillar- 
se en medio de la calle. Los jugadores se asomaban á las puertas 
de Iturbide con los tacos en las manos. Un escribano bajó las esca- 
leras de su casa en mangas de camisa. Aquella acartonada lady 
yankee se tendió boca abajo .sobre el piso. Todos interrogaban los 
edificios oscilantes con miradas de pavor, como el náufrago, sacu- 
dido por las olas, interroga el obscuro seno de los mares. 



MANUEL GUTIÉRREZ NÁJERA 149 



L/Os rieles del tranway, movidos por el terremoto, se agitaban es- 
pejeando como dos víboras de plata- Y de las puertas cuyas mam- 
paras se columpiaban tristemente, salían como en tumulto hombres 
en bata, damas cubiertas apenas por el ligero peinador, niños tré- 
mulos, é iban á arrodillarse en medio del arroyo, con las manos 
cruzadas sobre el pecho, clavados los ojos en el cielo. 

El sol indiferente derramaba su luz cruda sobre esta escena des- 
garradora. Las aves, sintiendo que los edificios vacilaban, salían de 
las cornisas y tejados agitando sus alas con espanto. En ese ins- 
tante los ateos creían en Dios. 

La madre corría á la cama donde descansaba el pequeñuelo, para 
llevarlo por la calle. Los prudentes se colocaban en los quicios de 
las puertas. Los que no decían ¡Jesús! proferían lo más enérgico 
de las interjecciones españolas. Mientras las torres de la Catedral 
se dirigían sendos saludos, inclinando sus enormes sombreros de 
campana, un ratero hacía co.secha de relojes en la plaza. 

En los salones de las fondas, quedaban los sombreros y bastones, 
huesos á medio roer, y botellas volcadas en el suelo. La grasa se 
cuajaba en los platos y el vino se evaporaba en las copas. Algunos 
salieron á la calle con la servilleta puesta, y otros levantaban al 
cielo sus manos armadas de tenedores. Ninguno, sin embargo, aten- 
día en esos momentos á los cómicos episodios ni á las figuras cari- 
caturescas. Las caras tenían todas la expresión adusta que da Eche- 
garay á los rostros de sus personajes en el tercer acto de sus dra- 
mas. El monstruo eternamente esclavo, se desencadenaba, y las 
cosas adquirían extraño espíritu. La Catedral se asemejaba á un hi- 
popótamo fabuloso que fuera á triturar con su pezuña de granito 
las copas de los fresnos y el gran zócalo de piedra. Las fachadas 
hacían muecas de clown, y las cruces en lo alto de las torres, pare- 
cían gimnastas en trapecio. 

En aquellos segundos de congoja, las ideas pasaron por los cere- 
bros con una rapidez de cinco mil leguas por hora. Un panorama 
de cataclismos, de.sarrolláudose al girar, como la tela de un transpa- 
rente, presentó sus cuadros torcidos, sus figuras chuecas y sus es- 
cenas de desplome, á la imaginación de aquella muchedumbre. Lis- 
boa, la Martinica, Ischia y Chio, pasaron en tropel por la memoria 
de algunos. Yo vi bailar en el espacio azul la esbelta cúpula de San- 
ta Teresa, como si algún gigante de buen humor hubiera lanzado al 
viento su montera; me pareció que las columnas del teatro avanza- 
ban sobre mí á paso de carga; sentí sobre mi cabeza las herraduras 
del caballo que monta Carlos IV, y en un momento de pavor, creí 
que la estatua de Colón jugaba á la pelota con el mundo. El viento 
movía los anchos pliegues de los hábitos que visten los frailes en el 
monumento de Colón y las guedejas pétreas de sus barbas. La ro- 
busta matrona que representa la ciudad de México, me llamaba con 



150 MANUEL GUTIÉRREZ NÁJERA 



movimientos de sirena. San Agustín, en el bajo relieve de la biblio- 
teca, sufría un vértigo, y el ángel que corona la torre de Jesús agi- 
taba sus alas, como águila que va á tender el vuelo. ¡ Oh cuántas 
ideas caben en dos minutos treinta y tres segundos! Las casas 
se desmoronaban ante mis ojos, como castillos de barajas; las pie- 
dras caían mezcladas con cabezas, y apenas si quedaban algunos pa- 
redones oscilando, como ebrios en la puerta de una taberna. Caídas 
las fachadas, se miraba el interior de algunas casas: desmelenados 
y aturdidos bajaban los vecinos por las ruinosas escaleras, cuyas 
gradas se movían como pedales de piano; en una alcoba alzaba des- 
de la cuna sus bracitos flacos un pobre niño abandonado; las gran- 
des vigas se columpiaban un momento en el espacio, y caían á plomo 
aplastando cabezas y desquebrajándose; remolinos de polvo se le- 
vantaban ocultando todo, y un inmenso clamor, compuesto de im- 
precaciones y plegarias, subía al cielo. 

De repente pasó la borrachera, los santos de piedra se recogieron 
en sus nichos, cesó el can-can de las torres, y se fueron desvanecien- 
do en el espacio los cuadros que dibujaba la imaginación. ¿Cuán- 
tos minutos habían transcurrido? Un segundo ó un siglo. El tiempo 
no se mide con los cronómetros. Es un viejo enfermo que de impro- 
viso corre como un mozo. 

En aquellos instantes de terror, los minutos fueron horas, días, 
años, como lo son para los tomadores de opio. Las ideas se atrope- 
llaban en los cerebros, como los espectadores al salir de un teatro 
que se incendia. Medimos el tiempo como lo mide el pasajero en 
el puente de un barco que va á hundirse. Por una delicadeza de las 
leyes naturales, en ese instante se detuvieron los relojes. 



*** 

Pero ha pasado ya la pesadilla, despertamos y volvemos en tor- 
no la mirada. Las cosas todas están en sus puestos. La tierra no 
se mueve, los armarios están tranquilos. No tenemos ceñido el cuer- 
po por las víboras, ni chupa nuestra sangre, mordiéndonos la nuca, 
algún vampiro. Los buhos y las lechuzas que danzaban sobre nues- 
tras cabezas, han desaparecido yendo á esconderse en los viejos 
campanarios. 

Los transeúntes se saludan en las calles, como si volvieran de un 
largo viaje. Comienza á borrarse de los rostros la amarillez del mie- 
do, y respiran con más desembarazo los pulmones. Los que han te- 
nido más terror, experimentan las agradables emociones del con- 
valesciente que vuelve á la vida. Las rosas parecen más frescas y 
más bellas las mujeres. Se ve el cielo más azul, y se acaricia la ca- 
beza del niño que todavía solloza en un rincón. De cuando en cuan- 



MANUEL GUTIÉRREZ NÁJERA 151 



do, sin embargo, se alza la cabeza para mirar si no se mueven los 
candiles y si el cordón de la campanilla se está quieto. Las cuar- 
teaduras de la pared inspiran miedo. 

Por la noche, las jóvenes acercan sus catres á la cama de la ma- 
dre, y despiertan á cada instante sobresaltadas, creyendo que repite 
el terremoto. El botiquín de la casa, abierto de par en par, mues- 
tra los desechos paquetes de tila y las rugadas hojas de naranjo. 
Los padres refieren con espeluznantes detalles, el terremoto que de- 
rribó la cúpula de Santa Teresa. Los chiquitines se duermen en las 
rodillas de la madre, y los novios amartelados de las niñas, hablan 
poco de amor. Al día siguiente, están muy concurridas las iglesias. 
Se oye misa con gran devoción, y al salir del templo, los novios apro- 
vechándose del tumulto, se aprietan la mano furtivamente. En la 
noche, el amante cobra con usura el beso que no pudo recibir la 
víspera. 

*** 

Toma el té. Ya ha pasado el terremoto. Estamos juntos y te 
amo. La muerte no acobarda mas que á los enamorados que están 
ausentes. Si ha de venir, que nos mate á los dos de un mismo golpe. 
La muerte que yo temo es la que llega con sigilo y con cautela, 
arrastrándose por la alfombra de la alcoba- Si tú me sobrevives, te 
irás alejando de mi recuerdo como el barco se aleja de la playa. 
La pena del amor es el olvido. Nuevas flores brotarán en los jar- 
dines para que los enamorados trencen sus guirnaldas, y otras aves 
despertarán con el golpe de sus alitas en los vidrios, á Romeo dor- 
mido en los brazos de Julieta. El dolor no es eterno. Las fuentes 
se agotan y los claveles se marchitan y el amor se apaga. 

Por eso querría morir con todos los seres que amo, y hacer junto 
con ellos el duro viaje por lo desconocido y por lo eterno. 

Pero la tierra no vacila ya; tu corazón late más sosegado, y la 
lámpara azul de tu alcoba, no se columpia como la Sara del poeta. 
Ven conmigo; acabemos de comer 



152 MANUEL GUTIÉRREZ NÁJERA 



CRÓNICA COLOR DE MUERTOS. 



LA ENFERMITA. 



Calle abajo, calle abajo, por uno de esos barrios que los carrua- 
jes atraviesan rumbo á Peralvillo, hay una casa pobre, sin cortinas 
de sol en los balcones, ni visillos de encaje en las vidrieras, desla- 
vazada y carcomida por las aguas llovedizas que despintaron sus 
pareües blancas, torcieron con su peso las canales, y hasta llenaron 
de hongos y de moho la cornisa granujienta de las ventanas. Yo, 
que transito poco ó nada por aquellos barrios, fijaba la mirada cou 
curiosidad en cada uno de sus accidentes y detalles. El carruaje en 
que iba, caminaba poco á poco, y conforme avanzábamos, me iba en- 
tristeciendo gravemente. Siempre que salgo rumbo á Peralvillo, me 
parece que voy á que me entierren. Distraído, fije los ojos en el bal- 
cón de la casita que he pintado. Una palma bendita se cruzaba entre 
los barrotes del barandal, y haciendo oficios de cortina, trepaba por 
el muro y se retorcía en la varilla de hierro una modesta enredadera, 
cuajada de hojas verdes y de azules campanillas. Abajo, en un ties- 
to de porcelana, erguía la cabecita verde, redonda y bien peinada, 
el albahaca. Todo aquello respiraba pobreza, pero pobreza limpia: 
todo parecía arreglado primorosamente por manos sin guante, pero 
lavadas con jabón de almendra. Yo tendí la mirada al interior, y 
cerca del balcón, sentada en una gran silla de ruedas, entre dos al- 
mohadones blancos, puestos los breves pies en un pequeño taburete, 
estaba una mujer, casi una niña, flaca, pálida, de cutis tran.sparen- 
te como las hojas delgadas de la porcelana china, de ojos negros, 
profundamente negros, circuidos por las tristes violetas del insom- 
nio. Bastaba verla para comprenderlo: estaba tísica. Sus manos pa- 
recían de cera; respiraba con pena, trabajosamente, recargando su 
cabeza, que ya no tenía fuerza para erguirse, en la almohada que le 
servía de respaldo, y viendo con sus ojos agrandados por la fiebre 



MANUEL GUTIÉRREZ NÁJERA 153 



esa vistosa muchedumbre que caminaba en son de fiesta á las ca- 
rreras, agitando la sombrilla de raso ó el abanico de marfil ó la caña 
de las indias ó el cerezo. 

Los carruajes pasaban con el ruido armonioso de los muelles nue- 
vos; el lando, abriendo su góndola forrada de azul raso, descubría 
la seda resplandeciente de los trajes y la blancura de las epidermis; 
el faetón iba saltando como un venado fugitivo, y el mailcoach, co- 
ronado de sombreros blancos y sombrillas rojas, con las damas co- 
quetamente escalonadas en el pescante y en el techo, corría pesada- 
mente, como un viejo soltero enamorado tras la griseta de ojos pi- 
carescos. Y parecía que de las piedras salían voces, que un vago 
estrépito de fiesta se formaba en los aires, confundiendo las carca- 
jadas argentinas de los jóvenes, el rodar de los coches en el empe- 
drado, el chasquido del látigo que se retuerce como una víbora en 
los aires, el son confuso de las palabras y el trote de los caballos 
fatigados. Esto es: vida que pasa, se arremolina, bulle, hierve; bo- 
cas que sonríen, ojos que besan con la mirada, plumas, sedas, en- 
cajes blancos y pestañas negras; el rumor de la fiesta desgranando 
su collar de sonoras perlas, en los verdosos vidrios de esa humilde 
ca.sa donde se iba extinguiendo una existencia joven é íbanse apa- 
gando dos pupilas negras, como se extingue una bujía lamiendo 
con su llama el arandela, y como se desvanecen y apagan los blan- 
cos y fríos luceros de la madrugada. 

El sol parece enrojecer la seda de las sombrillas y la sangre de 
las venas: quizá ya no le veas mañana, pobre niña! Toda esa mu- 
chedumbre canta, ríe: tú ya no tienes fuerzas para llorar, y ves ese 
mudable panorama, como vería las curvas y los arabescos de la dan- 
za el alma que penase en los calados de una cerradura. Ya te vas 
alejando de la vida, como una blanca neblina que el sol de la ma- 
ñana no calienta. Otras ostentarán su belleza en los almohadones 
del carruaje, en las tribunas del turf y en los palcos del teatro; á 
tí te vestirán de blanco, pondrán la amarilla palma entre tus manos, 
y la llama oscilante de los cirios amarillos perderá sus reflejos en 
los rígidos pliegues de tu traje y en los blancos azahares, adorno de 
tu negra cabellera. 

Tú te ases á la vida, como agarra el pequeñito enfermo los ba- 
rrotes de su cama para que no le arrojen á la tina llena de agua fría. 
Tú, pobre niña ■ casi no has vivido. ¿Qué sabes de las fiestas en que 
choca el cristal de las delgadas copas y se murmuran las palabras 
amorosas? Tú has vivido sola y pobre, como la flor roja que crece 
en la grano.sa hoquedad de un muro viejo ó en el cañón de una ca- 
nal torcida. No envidias, sin embargo, á los que pasan. Ya no tie- 
nes fuerza ni para desear! 



154 MANUEL GUTIÉRREZ NÁJERA 



II 

LA INSOLENTE. 



El lando en que Cecilia se encaminaba á las carreras, era un lan- 
do en forma de góndola, con barniz azul obscuro y forro blanco. 
Los grandes casquillos de las riendas brillaban como si fuesen de 
oro, y los rasos, nuevos y lustrosos, giraban deslumbrando las mi- 
radas con espejeos de barniz nuevo. Daba grima pensar que aque- 
llas ruedas iban rozando los guijarros angulosos, las duras piedras 
y la arena lodosa de las avenidas. Cecilia se reclinaba en los mu- 
llidos almohadones, con el regodeo y deleite de una mujer que an- 
tes de sentir el contacto de la seda, sintió los araños de la jerga. 
Iba contenta: se conocía que acababa de comer trufas. Si una chu- 
parrosa hubiera cometido la torpeza de confundir sus labios con las 
ramas de un mirto, habría sorbido en esa ánfora escarlata la última 
gota de champagne. 

Cecilia entornaba los párpados para no sentir la cruda reverbe- 
ración del sol. La sombrilla roja arrojaba sobre su cara picaresca 
y su vestido lila, un reflejo de incendio. El anca de los caballos, 
herida por la luz, parecía de bronce florentino. Los curiosos al ver- 
la, preguntaban ¿quién será? Y un amigo filósofo, haciendo memo- 
ria de cierta frase gráfica, decía: 

— Una duquesa ó una prostituta. 



III 

LAS NUBES Y BEJARANO- 

Las nubes, como una gran legión de monstruos negros, escala- 
ban el cielo. Los pálidos luceros, que empezaban apenas á brillar, 
se estremecían de miedo ante el avance mudo de la sombra. Pron- 
to la espesa y lenta marea obscura, cubriría con su manto de betún 
esas lucientes arenitas de oro. Abajo, en las angostas calles alum- 
bradas por la hiperbórea luz eléctrica, bullía la muchedumbre y 
pasaban á escape los carruajes. Los artesanos esperando una paga 
extraordinaria, se alineaban frente á la casa de Chauveau. Un ve- 
nerable anciano de cabellos blancos acechaba á las modistas espian- 
do por el aparador de Mme. Dronot. 



MANUEL GUTIÉRREZ NÁJERA 1 55 



¡Cómo se afanan las pobrecitas costureras, encorvando sus cuer- 
pos sobre la mesa llena de ricas telas y de plumas! Mañana es fiesta; 
aguardan las señoras en el silencio de su tocador, y aun no termi- 
nan la tarea. L,a aguja penetra, como el puñal de un duende, en la 
seda y el raso. La paja florentina de los sombreros va cubriéndose 
de plumas y de encajes. El manequí, parado en medio del taller, 
aguarda inmóvil. 

Las nubes, como una gran manada de hipopótamos, avanzan len- 
tamente en el espacio. ¿Lloverá? Bej araño pensativo clava los ojos 
en el firmamento obscuro. 



IV 

EL SALÓN. 



Los gomosos han notado que la luz eléctrica pone más de relieve 
las partes calvas y las superficies desteñidas de una levita. Las mu- 
jeres so.spechan que los átomos de polvo de arroz ó crema oriza au- 
mentan de volumen cuando el rayo, desprendido de los grandes 
focos, viene á herirles. Toda mujer pintada debe abstenerse cuer- 
damente de pasar por las calles que ilumina el foco eléctrico. A esa 
luz byroniana los poros del cutis se hacen más visibles y los ungüen- 
tos de Coudray dan á los rostros cierto parecido con los de las bai- 
larinas que aparecen en "Roberto el Diablo." Los trajes, en cam- 
bio, lucen mejor. Una falda azul parece la ola de un río alemán 
iluminado por la luna. La seda adquiere tintes y espejeos maravi- 
llosos. Los encajes parecen alas de libélula, y las plumas de ganso 
plumas de faisán. 

Cuando los jóvenes del día tengamos nietos — el caso es muy re- 
moto — les referiremos en las veladas de invierno, cómo fué un tiem- 
po en que las ciudades se iluminaban con el gas. Ellos nos oirán 
como oíamos nosotros á nuestros abuelos cuando nos contaban có- 
mo era el alumbrado de la ciudad en la época de los virreyes. A la 
luz de los grandes focos eléctricos, la ciudad se anima, el gas ama- 
rillea bajo el cristal, y las sombras de los transeúntes se prolongan 
como el cuerpo elástico de esos gigantes que sirven de solaz á los 
chicuelos en toda comedia de espectáculo. En medio de esa luz po- 
lar, se dirige la turba de paseantes al salón. Allí el espectáculo cam- 
bia. También esparce en él la luz eléctrica sus rayos ultra-violetas; 
pero la animación, el ruido, el movimiento, son mayores. Los hom- 
bres giran como los caballos de un hipódromo, y las señoras, sen- 



156 MANUEL GUTIÉRREZ NÁJERA 



tadas en los asientos de bejuco, miran pasar aquella monótona ca- 
ravana. Entre esta masa humana hay algunas parejas que se aislan: 
son las que han empezado el dúo de amor. 

Para éstas, la ola viviente que se encrespa más y más, no impor- 
ta nada; la música está muda y la luz ciega: ¿en donde hay armo- 
nía que valga tanto como la voz de una mujer querida, ni luz que 
iguale el resplandor de una mirada? 

Los papas refunfuñan entre dos bostezos. Las que buscan novio 
se adornan con los trajes más vistosos y boyatiíes, empenachan su 
cabeza con los adornos más extravagantes, y se colocan como en 
mostrador, bajo algún foco eléctrico. Los hombres pasan indiferen- 
tes. Los gomosos entablan sus instructivas conferencias sobre el 
modo mejor de culotear las boquillas. Los abogados hablan de sus 
pleitos, y Bej araño anota en su libro de caja la armonía de los pe- 
sos descendiendo en cascada sobre el cofre fuerte. 



V 

EL HOMBRE DE NOVIEMBRE. 



Bej araño, en estos días, ha sido uno de los temas de la conver- 
sación general, como los mil y un sombreros y los trajes de oro. Es 
uno de los platillos del día. Algunos hincan en él sus dientes ó le 
encajan el tenedor. Como Thiers era el hombre de Septiembre, Be- 
jarano es el hombre de Noviembre. Los escribientes de juzgado, 
tinterillos y ayudantes de notario, se creen heridos en su dignidad 
cada vez que .se permite al hábil empresario que establezca sus sa- 
lones de concierto. Los que estudiaron con él primer curso de ma- 
temáticas, creyéndose, modestamente, superiores al joven ex-regi- 
dor, protestan enérgicamente contra el favoritismo de que goza. 
Todos los que no tienen un peso en el bolsillo para entrar en el salón, 
increpan á Bejarano, como increpaba Camoens á Portugal; ¡Ingra- 
to salón, no poseerás mi grasa! En esta gran conjuración de levitas 
grasosas y chi.steras calvas, se jura el exterminio de Bejarano. ¡ Cai- 
gan los tiranos! Se bendicen los puñales y se mandan amolar por 
el amolador de la esquina. ¡Abajo el monopolio! 

Bejarano se cura poco de estas grandes indignaciones. Dispone 
con elegancia y gusto el salón, abre sus puertas, y las mujeres ele- 
gantes, las que quieren serlo y las que no lo son, inundan sus pin- 
torescas avenidas. 

Lo que debe causar cierta extrafíeza á los amables extranjeros 



MANUEL GUTIÉRREZ NAJERA I 57 



que visitan el paseo, es el silencio casi absoluto que guardamos to- 
dos. No se forman grupos ni se entablan conversaciones mas que 
en el círculo diplomático. Los hombres pasan ante la triple hilera 
de asientos ocupados por mujeres bonitas y mujeres feas, como pa- 
sa un pacha por el bazar de Trebizonda. I^as mujeres ven desfilar 
á los hombres con la mirada inflexible y fría del mayordomo que 
cuenta las ovejas del rebaño. 

Los alemanes toman cerveza en la cantina. Las botellas forman 
murallas, torres y castillos en las mesas. Los alemanes comienzan 
á embriagarse en la centésima botella, esto es, á los cincuenta pe- 
sos. Los gomosos se embriagan con un vaso de agua tibia. Los poe- 
tas enamorados, que creen muchísimas estupideces, miran pasar á 
las damas recordando con envidia á aquel Donjuán de Campoamor, 

De quien cuentan que un día. 

Para aliviar sus penas. 

Mandó hacer de las rubias que quería 

Un gran manto de rizos que tendía 

Sobre un colchón de bucles de morenas. 



VI 

LOS MUERTOS. 



En Noviembre — dice Emilio Zolá — deben visitarse los cemen- 
terios. Es el mes de las tristezas. Sin embargo, ¡qué poética triste- 
za la que causa en el alma un cementerio! Los rosales extienden 
sus largas flores de blancura láctea y rojo obscuro.^ Sus raíces se 
afianzan en las paredes de los ataúdes, y toman allí, para dada a 
las flores, la palidez de los pechos virginales, la roja sangre de los 
pechos heridos. Una rosa blanca es la eflorescencia de una virgen 
muerta á los quince años. Una rosa encarnada es la última gota 
de la sangre de un soldado muerto en la pelea. 

¡Oh flores de los cementerios! ¡flores vivas! ¡vosotras guardáis al- 
go de los seres muertos! 

En los pueblos, los ciruelos y los duraznos crecen donairosamen- 
te por detrás de la parroquia, como formando la guardia de honor 
del camposanto. El ama del cura, con su cesta en la mano, va a 
recoger ciruelas y duraznos para la comida. El viejo .sacerdote lla- 
ma á aquellas frutas el "traje de terciopelo del buen Dios. 

Yo conozco uno de esos cementerios de aldea, cercados de altos 



158 MANUEL GUTIÉRREZ NÁJERA 



árboles frutales. El cura se desayuna sentado en la piedra de un 
sepulcro y arrojando migas de pan á las inquietas avecillas. ¡Una 
pequeña orgía sobre los huesos de los muertos! El cementerio está 
de fiesta. La yerba crece enhiesta y dura; las fresas, encarnadas co- 
mo los labios de mi novia, extiende en aquel rincón su mantel ro- 
io; el viento que viene desde la llanura huele á trigo y á maíz re- 
cién cortados. A medio día, zumban las abejas, como prendidas en 
un rayo de sol; los gusanos trepadores se encaraman por la corte- 
za de los árboles; las hormigas salen correteando de sus agujeros 
para beber luz y calor á campo raso. Los muertos deben tener ca- 
lor. Aquello entonces, no es un cementerio; es una porción de la 
vida universal, en donde las almas de los muertos transmigran á los 
verdosos troncos de los árboles; es el prolongado beso de lo que fué 
ayer y lo que será mañana. Las flores son la sonrisa de los niños. 
Los frutos son los pensamientos de los hombres. 

A nadie estaba prohibida la entrada al camposanto. Los duraz- 
nos pertenecían al señor cura; pero las flores eran de todos. Los ni- 
ños iban allí todas las mañanas á formar ramilletes. A veces, á 
hurtadillas del sacristán, solían subir por el tronco del durazno y 
llenar las bolsas con sus frutas. 

En otras ocasiones, la yerba crecía tanto que ocultaba las grose- 
ras cruces de madera negra. Entonces el asno en que el señor cura 
cabalgaba, cuando iba á decir misa en los pueblos comarcanos, era 
el que entraba á pastar en el silencioso cementerio. Los feligreses 
acusaban al asno de que mordía el alma de los muertos. 

Marta, la nieta del alcalde, había plantado un rosal sobre la tum- 
ba de su novio. Marta iba al camposanto todos los sábados al ano- 
checer y cortaba una rosa del rosal, para prenderla en su corpino. 
Durante todo el domingo, Marta aspiraba el perfume de su amor 
perdido. Cuando bajaba los ojos para verse el pecho, se imaginaba 
mirar el alma de su prometido que le sonreía. 



*** 

Ah! yo paseo con delicia por el camposanto, cuando el cielo es- 
tá azul y las flores se abren en la tierra! Entonces, desnuda la ca- 
beza recorro las calles olvidado de mis penas, como quien anda por 
una ciudad santa en donde todo es amor y perdón. Bajo la azul lim- 
pidez del horizonte, el cementerio extiende sus hileras de sepulcros 
blancos. Grandes masas de follaje dejan apenas ver las cruces de 
mármol de los mausoleos. La primavera es propicia para los desier- 
tos campos en donde reposan nuestros bien amados. Parece como 
que extiende una alfombra de césped á los pies de las jóvenes viudas 
que van á visitar en su último hogar al esposo de su alma. La luz de 



MANUEIv GUTIÉRREZ NÁJERA 159 



Abril blanquea los mármoles. De lejos el cementerio parece un in- 
menso ramillete de verdura, sembrado á trechos de enormes rosas 
blancas. Las tumbas son como las flores marmóreas de la yerba y 
del follaje. 

*** 

Camino lentamente por las sombrías avenidas en medio de silen- 
cio profundísimo, respirando el acre y penetrante olor de los sem- 
brados. Las ráfagas de aire que menean las hojas de los sauces y 
tocan mis mejillas, son el aliento perfumado de una mujer invisi- 
ble. Todo un pueblo duerme silencioso á los pies del distraído tran- 
seúnte. De los arbustos, de las aguas, de las hendeduras de las tum- 
bas se escapa una respiración regular y acompasada, como la de un 
niño que, tendido indolentemente sobre el césped, duerme con quie- 
tud al medio día. 

Largo tiempo pasé en muda contemplación. Abajo, hervía la 
ciudad. Allí solo se oía el grito de un pájaro, el zumbido de algún 
insecto, el súbito chasquido de una rama. Después, el profundo si- 
lencio, esa noche de los sonidos. Entonces me parecía percibir más 
claramente el aliento pesado de las tumbas. Solo algún vecino dis- 
traído, algún honrado hortera atravesaba en pantuflos y con las 
manos por detrás, las quietas avenidas. 



Noviembre, Noviembre, mes de las hojas marchitas y de las rá- 
fagas heladas, tú eres el mes de las tristezas, el mes de los muertos. 



1 6o MANUEL GUTIÉRREZ NAJERA 



LA FIESTA DE LA VIRGEN. 

(en los campos.) 



Todavía me parece estar mirando aquella casa de paredes blan- 
cas y de enormes patios que dio hospedaje á mis ensueños y á mis 
amarguras. Todavía me parece estar mirando la fuente rodeada de 
naranjos, el viejo asiento de piedra en que descansábamos al ano- 
checer, mientras entraban los ganados al establo y se encendían los 
astros en el cielo; y el frondoso fresno que sombreaba la puerta de 
la casa, como un gigante guardia-palatino. 

Yo recobraba allí mis fuerzas extinguidas en esa lucha diaria con 
las ideas y las pasiones. Me escondía en aquella bendita heredad, 
lejos de e.sta enorme caldera humana en donde bullimos con la hin- 
chazón de las burbujas, y aquietaba mi ánimo. De los campos en 
donde el buey araba y el ancho zureo abríase, subía hasta mí ese 
olor sano de la Naturaleza que vigoriza y fortifica el cuerpo. De las 
personas en cuya intimidad vivía, brotaba ese perfume delicioso de 
las almas buenas, que da calor y vida á nuestro espíritu. Recogido 
en aquella calma augusta de los campos, yo decía á la Naturaleza 
como L,acordaire al Creador: 

— ¡Oh madre, eterna madre, yo voy á vos abridme! 



*** 

El invierno entumecía las aves en sus nidos y transformaba en 
cristales duros el agua helada de las fuentes. Los pobres labradores 
tiritaban, y el cielo resplandecía con todas sus hermosas claridades, 
como una plancha de acero azul bruñido. Los carros atravesaban 
la calzada rechinando. Mis oídos se abrían á todos esos rumores sor- 
dos de los campos, á esos vagos ruidos del viento que brama entre 
los viejos encinares y besa murmurando el tallo de las rosas, como 
Hércules á los pies de Onfalia. Oía el balido de la oveja y el pia- 
far del potro, la voz del buey que muge y la campana de la ermita, 
dando, al obscurecer, las oraciones. 

También la madre Naturaleza reconstruía sus fuerzas como yo. 



MANUEL GUTIÉRREZ NÁJERA l6l 



Los granos caían en el surco y las ideas arraigaban en mi entendi- 
rniento. El hielo de los campos y la austeridad huraña de mi espí- 
ritu, no eran mas que disfraces pasajeros: la simiente se multipli- 
caba bajo de la tierra, y las doradas ilusiones sacudían sus alas en- 
tumecidas en mi alma, como salen del tamarindo hospedador las 
aves que pasaron la noche entre sus ramas! 



*^* 

El frío nos obligaba á buscar la atmósfera caliente de las habita- 
ciones y á galopar por las mañanas en el valle. L,a noche nos veía 
reunidos en la capilla, angosta y larga, á través de cuya ventana 
se miraba el cintilante resplandor de las estrellas que ardían sin pro- 
ducir calor, como aguzadas puntas de diamante. A veces las es- 
trellas se apagaban: — ¡diríase que la sombra de Dios pasaba por el 
cielo! 

L,a capilla estaba comunmente casi á obscuras. Una lámpara de 
aceite ardía nada más junto á la imagen de la Virgen. Era el alma 
de fuego que oraba por los espíritus de hielo. En la sombra se per- 
filaban los confesionarios con la reja abierta para recibir á los peca- 
dores. En un lienzo de la pared se destacaba el cuadro de la Virgen 
de la Luz. Al concluir la oración, las jóvenes se ponían de punti- 
llas para tocar sus plantas con los labios. 



Ningún recuerdo, sin embargo, vive con tanta vida en mi memo- 
ria, como el de ese claro y sereno día de la Purísima. En la noche 
anterior, se había ocupado la familia en disponer el santo altar. Yo 
había ayudado á colocar los cirios y á poner las flores de papel en 
los jarrones de ye.so. En el jardín no había mas que una sola flor 
— y esa no la hallé en mis pesquisas.— Solo una mujer puede encon- 
trar las flores dentro de la nieve! 

¡Ay! aquella sencilla ocupación regocijaba mi ánimo. Me pare- 
cía que me iba aproximando á los días apacibles de mi infancia, 
esto es, que iba llegando al cielo. Respiré con delicia el místico olor 
del incien.so— ese divino olor de castidad!— En la mesa tallada de la 
sacristía brillaba limpio y lu.stroso, el copón de oro. Al acostarme 
aquella noche, pensé oir ese vago rumor de alas que arrulló mi sue- 
ño la víspera de mi primera comunión ! 



102 MANUEL GUTIÉRREZ NÁJERA 



*** 

En la tarde del siguiente día se verificó la procesión en el cerca- 
no pueblo. Yo j amas había visto procesiones. Vine al mundo cuan- 
do los cirios que un poeta vio en manos de los monjes en el coro 
— y que simbolizaban la fe — estaban casi todos apagados. Ver una 
procesión me alborotaba, pues, como la gran contemplación del 
Océano. 

Las leyes de Reforma tenían ya tantos años como yo; pero en los 
pueblos nadie sabe le)'es. El alcalde, representante del Estado en 
esa pobre aldea, era tal vez el único que conocía las cortapisas im- 
puestas á los cultos religiosos. Por eso, bastón en mano, salía de su 
palacio — un caserón con dos corrales llenos de gallinas — y, al ha- 
llarme, con cierta rigidez homérica me preguntaba: — ¿Por dónde 
viene la procesión? — Yo le indicaba el rumbo que había tomado al 
salir de la parroquia. Entonces él, torciendo por la calle opuesta, me 
decía: — Voy por aquí. Yo no quiero saber que hay procesión. No 
puedo permitir esta infracción escandalosa de las leyes! 

*** 

Reventaban los petardos y los cohetes subían culebreando por la 
atmósfera. Todos los balcones y ventanas se veían llenos de muje- 
res y de niños. Eas sobrecamas y las carpetas de las mesas servían, 
por aquella vez, de colgaduras. En la parroquia repicaban las cam- 
panas. 

Por fin, la procesión desembocó. Ya olía el aire á incienso. Por 
delante marchaban los niños de coro, con sobrepellices lavados y 
zapatos nuevos. Luego, de dos en dos marchaban los devotos, ci- 
rios en mano. Aquellas buenas gentes formaban como la guardia de 
honor de la Virgen, que iba en andas. Atrás, entre una doble hi- 
lera de gente arrodillada, bajo el pobre palio, iba el guardián con 
su ornamento azul, enorme lujo de los días solemnes, llevando en- 
tre sus manos las custodia santa! 

Al desfilar la procesión reventaban con multiplicada fuerza los 
petardos, la campanilla dejaba oír su timbre de oro, y una lluvia de 
flores silvestres descendía de los balcones.— ¡Oh santa sencillez! ¡ Oh 
santo amor! 

¿Por qué arrancar á los humildes y á los pobres el pan que los 
nutre y el bastón que los sostiene, la esperanza? ¿Quién dará en- 
tonces fuerza á esos cuerpos miserables que se encorvan sobre el 



MANUEIv GUTIÉRREZ NÁJERA 163 



terruño? ¿Qué premio esperarán esos desheredados de la tierra, que 
llegaron tarde á la cabecera del padre moribundo, y no obtuvieron 
de su herencia más que los dolores? No les quitéis, por Dios, la 
mano que los levanta en sus caídas, el soplo que vivifica sus espí- 
ritus, el ala que puede levantarlos hasta el cielo. ¡Son tan pobres! 

— ¿Crees en Dios? — preguntaba á un marino un gran poeta. 

— ¿A quién, si no, oraría cuando la tempestad hincha los mares 
y relampaguea en el cielo? 

L,a fe es la mano que está tendida siempre, el bolsillo que nun- 
ca se vacía, el corazón que eternamente late. ¡Cuántos odios agita- 
rían sus cuerpos de culebra en el obscuro fondo de esas almas tan 
mal queridas por la tierra, si la Virgen no sonriera en el altar, y 
si Cristo no abriese sus exangües brazos en la cruz ! ¡ La Virgen es 
la madre de todos los huérfanos! 



La fiesta terminaba ya en el pueblo. Los fuegos de artificio abrían 
sus flores rojas en el obscuro lienzo de la noche. Las estrellas cin- 
tilaban en el cielo, tan frías y tan brillantes como en la noche de 
Navidad. Nosotros regresábamos contentos en el breack, abriendo 
nuestros oídos á los rumores majestuosos de la noche, y nuestros 
corazones á las voces del cielo. Ya distinguíamos los fuegos y las 
luces de la hacienda, la última rueda de cohetes se había apagado 
ya en la obscuridad. Los luceros brillaban siempre en el espacio! 



1 64 MANUEIv GUTIÉRREZ NÁJERA 



MÉXICO EN INVIERNO. 



La Navidad, con voz aguardentosa, llama á la dócil puerta del 
estómago. Los aparadores ostentan detrás de los cristales, empaña- 
dos por el frío, todas las obras maestras de la glotonería. El severo 
jamón, con gravedad de hombre político, se pavonea orgulloso al 
lado de los eternos salchichones, envueltos en su funda plateada, 
como los ricos egoístas y los tabacos de la Habana El pavo, atra- 
vesado por un puñal luciente, abre su pico inmóvil, pidiendo mise- 
ricordia. Los chorizos se juntan, atados como galeotes, y formando 
collares pantagruélicos, excitan los apetitos más rehacios. Bl gas 
alumbra con su luz descocada é insolente, las pilastras y torres de 
lustrosas latas, anchas y angostas, oblongas y cuadradas, todas 
resplandecientes como el acero bruñido y reflejando la llama tran- 
quila de los quemadores. Por entre las marañas y guedejas de heno 
mal peinado, cuelgan cuerpos de azúcar y ángeles de caramelo. Las 
cajas de galletas, abiertas con malicia, dejan ver sus hileras color 
de oro. Pendientes de las ramas puestas en el aparador, figurando 
árboles, danzan alegremente las pequeñas canastas de nervioso 
mimbre, ó de cabellos argentinos. Adentro, tras el gran mostrador 
siempre ocupado, los dependientes, con la chaqueta negra abotona- 
da, se multiplican destapando botes, abriendo cajas y cortando que- 
sos. Sobre aquel círculo inmenso, forrado de latón, descansa uu 
queso suizo, respirando glotonería por cada uno de sus mil ojuelos. 
Las botellas, escalonadas como batallones de prusianos, con sus cas- 
cos plateados y amarillos preparan el ataque en pelotones. Allí des- 
cubro el Chateau-Larose, carmíneo, como las ardientes mejillas de 
la Srita. P"", el Jonhanisberg, fluido y transparente; el finchado 
Oporto, que da la petulancia, y el verdoso Rhin, que da el amor. 
¡ Paso á los coraceros! El Champagne, aparatoso y fatuo, como buen 
francés, lleno de condecoraciones y dorados, cautiva los ojos con 
su lujo aristocrático. Las bodegas del Marne se han vaciado para 



MANUEL GUTIÉRREZ NÁJERA 165 



llenar esos escaparates. Ahí están las botellas alemanas, con sus 
cuellos de caballos de carrera, largos y flacos, hechos para uso de 
las grullas y de los berlineses; las botellas francesas, coquetas y re- 
lucientes, con trajes de amazona y sombrerillos de lofóforos; los 
grandes vinos españoles, los grandes señores de los vinos, altivos 
y severos, como nobles castellanos delante de su rey; las cosechas 
de Andalucía, los líquidos transparentes, que tienen un átomo de 
sol en cada gota; los tarros de Cognac, los barriles de Burdeos, con 
la bronceada espita abierta y derramando el generoso líquido en las 
botellas de verdinegro vidrio; el Ajenjo, color de océano, y la Char- 
treuse, color de ámbar; toda la interminable descendencia de la uva, 
toda la tumultuosa variedad de vinos, asecha al comprador, para- 
petada en los escaparates; y las botellas, altas y chaparras, gruesas 
y delgadas, adustas y coquetas, airosas y desgarbadas, provocan y 
llaman á los glotones transeúntes, con el descaro de una turba de 
loretas, tirando de la levita al extranjero que pasa á media noche 
por los boulevares. 

Iva mar, la eterna esclava, envía diariamente á nuestras fondas, 
gruesas de ostras y cargamento de pescado. El liuachi nango, abier- 
to por mitad, muestra su blancura láctea y su carne de camelia. 
El pámpano se sonroja detrás de las vidrieras. Los caracoles se jun- 
tan al camarón rojizo. Y junto á estos criollos de la mar, asoman 
siempre altivos los pescados extranjeros, el Salmón, la Langosta, 
el Makerel, el Maquereau, el Calamar y la Lamprea, en promiscuo 
ayuntamiento con el jamón endiablado y con el jamón en pasta, 
el Turkey y el Chicken, el Beef-Touque y el Paté de foie-gras, las 
aceitunas, los pickles, las anchoas. 

Los pasteleros no se dan un punto de descanso. El horno, cons- 
tantemente encendido, tuesta con sus besos de fuego, la obediente 
masa. Una dorada y apetitosa costra rodea las grandes empanadas, 
rellenas de jamón ó sardinas. La viuda Genin encarcela en los apa- 
radores de cristales, grandes ejércitos de pasteles, todavía calientes, 
y cada vez que levanta su cubierta, sube de aquella masa un humo 
tenue, que acaricia los olfatos lerdistas de los parroquianos. Mes- 
ser vende bombones á carretadas. Zepeda vacía sus bodegas para 
abastecer á los clientes. Acabo de ver, en pie, junto á un aparador, 
á un pobre viejo, que tiritando de frío, con las manos ocultas en los 
bolsillos del pantalón, prendido con un alfiler el cuello del raído 
saco, y calado el grasicnto sombrero hasta los ojos, contemplaba 
con tristeza mezclada de codicia, la sana rubicundez de los jamo- 
nes y la blancura aristocrática de los pescados. ¡Pobre viejo! Estaba 
cenando mentalmente. Sus ojos, resplandecientes de glotonería, hu- 
bieran devorado hasta las velas de esperma que danzaban en el apa- 
rador, pendientes de las ramas. ¡Bien se conoce que esta noche es 
Noche Buena! 



1 66 MANUEL GUTIÉRREZ NÁJERA 



■ *** 

¿En dónde iré á tomar la sopa de almendra? Las nueve noches 
de posadas han transcurrido para mí monótonas y tristes. He visto 
muchos cohetes en el aire, muchos canastos cargados de provisio- 
nes, en las calles, muchos balcones iluminados y muchas sombras 
bailando tras de las persianas. Pero los profanos estamos excluidos 
de esas fiestas de familia. Las casas más hospitalarias han tapiado 
sus puertas, prohibiéndonos la entrada. No ha habido más reme- 
dio que ir á refugiarse en algún teatro, pensando en la ópera bufa 
que llegará dentro de pocos días, ó esperar á que suene la media 
noche, bostezando, en los billares desiertos de Iturbide. 

Unos cuantos americanos juegan muy gravemente al pokart en 
aquella mesa. Tres hombres políticos discurren en la cantina aca- 
loradamente, en tete a tete con tres vasos de ajenjo. Un viejo de bar- 
ba blanca, algo amarillenta cerca de la boca, por la vecindad del 
cigarro apura á pequeños sorbos su café, leyendo atentamente al- 
gún periódico. El salón está escasamente concurrido. La doble hi- 
lera de luces, escondidas en bombillas blancas, se extiende con la 
gravedad de todas las líneas rectas, hasta el fondo. El forro verde de 
las mesas alineadas, toma un tinte obscuro por la débil claridad 
de los reverberos, que están á media luz. En la gran mesa, dos ve- 
teranos del billar juegan una guerra de pina. Las bolas blancas 
corretean dispersas, y poco á poco van cayendo en las buchacas. 
Los dos jugadores permanecen mudos; solo se escucha el golpe 
seco de los tacos y el choque opacamente sonoro del marfil. Estoy 
seguro que va apostada en este juego una gruesa cantidad. El que 
ahora tira, con su chaqueta gris, su sombrero de alas anchas, su 
pantalón bombacho y el interminable bejuco de oro, que se enreda 
formando arabescos en los botones de su chaleco, tiene todo el ti- 
po de un jugador de oficio. El otro tiene cara más bonachona : apos- 
taría á que pierde. 

En dos mesas se juega carambola. Un grupo de curiosos ó des- 
ocupados, observa á aquellos estudiantes, que vienen á estudiar la 
geometría en el tapete verde del billar. Le demás del salón está de- 
sierto. Un ochentón embozado hasta las cejas y cubierta la nariz 
por una gran bufanda de cuadros blancos y aplomados, ronca pa- 
triarcalmente junto al polvoroso mármol de una mesa. Por las puer- 
tas á medio abrir, que comunican con el pórtico, se ven pasar som- 
bras chinescas, cuyas líneas percíbense claramente cuando la luz 
del salón frontero á los billares, las alumbra. En el .salón del hotel, 
un hombre grueso, sentado junto á la mesa redonda, lee un perió- 
dico. El sofá y los sillones de bejuco abren en vano sus brazos afri- 
canos. La lámpara de gas está á medio encender, y un pasajero afi- 



MANUEL GUTIÉRREZ NÁJERA 167 



donado, cuya figura no puede distinguirse desde aquí, toca al piano 
la invocación de Bertramo en Roberto el Diablo. 

En los corredores del hotel reina la misma soledad, la misma som- 
bra. I,as persianas están todas corridas, y apenas si por entre los 
intersticios de alguna se escapan los vergonzantes rayos de una luz. 
Los extranjeros que viven en aquellas habitaciones deben aburrirse 
soberanamente. 

Yo no soy extranjero, y sin embargo, me aburro tan soberana- 
mente como ellos, ¿a luz eléctrica proyecta su claridad hiperbórea 
como el sol polar, y yo tirito de frío, como debió tiritar Northes- 
kiold. 

Car l'hiver ce n'est pas la bise et la froidure 
Et les maisons deserts qu'hier nous avoiis vu; 
C'est le coeiir sans rayons, c'est l'ame sans verdure, 
C'est ce que je serais ciaand voiis n'y serez plus! 



* * 

Es necesario saborear á pequeños sorbos los últimos días del año 
que se va. He aquí que vuelve San Silvestre, y tocando con el nu- 
doso bordón á nuestra puerta, exige el recibo legalmente estampi- 
llado de los trescientos sesenta y cinco días que hemos gastado. He- 
le ahí, pobre viejo á quien el calendario, como una casa de vecindad 
toda alquilada, no ha podido dar más que la obscura y última bohar- 
dilla! ¡Hele ahí! San Silvestre: calienta tus entumecidos miembros 
junto á la chimenea; toma im vaso de ron, y luego, vete! 

Yo de mí sé decir que no acompañaré con un suspiro el fúnebre 
Corbillard del año muerto. Puede en buena hora escurrirse con los 
años que le precedieron en el amplio almacén de accesorios, en don- 
de el gran maquinista guarda las viejas lunas 5^ los rayos enmohe- 
cidos! Sus doce meses me aparecen ahora con un vestido gris, liso 
y monótono. Como Fervacques, veo con tristeza que no corre una 
sola cuenta roja en el rosario de e.sos días color de plomo. Al revés 
de esos años juveniles que brillan en mi vida como esos clavos de 
oro sembrados en el muro que miró Bossuet, éste aparece grave, 
huraño y seco, bien oculto en los pliegues de una levita larga y an- 
cha! ¡Ni una aventura galante! ¡Ni un día que se presente en mis 
recuerdos con la escala de seda que colgaba de los balcones altos de 
Julieta ! ¿Será culpa del año? ¿Seré yo culpable? Con la edad ha ve- 
nido la prudencia relativa, señoras, relativa. 

Como un viajero que vuelve de los países más extraños y escu- 
cha indiferente ó di.straído las narraciones más fantásticas, me sien- 
to á orillas del camino y asi.sto, espectador impasible, á la cornedia 
humana, que desarrolla ante mi vista sus mil decoraciones, brillan- 



l68 MANUEI, GUTIÉRREZ NAJERA. 



tes, nuevas y diversas en la superficie, pero iguales, eternamente 
iguales en el fondo. Los amores y los duelos, los suicidios y los 
crímenes, los que se arruinan y los que se enamoran, no me con- 
mueven ya: ¡he visto tantos! ¡Ay! ¡esas emociones que se llevaron 
enredadas en su traje los años juveniles, son las que echo de menos! 
Aquellos años exhalan todavía un débil perfume, que me suele su- 
bir á la cabeza. Los caducos encajes de punto de Ginebra, que duer- 
men con el sueño de los justos en el baúl de rosa de mi abuela, 
huelen todavía á bergamota, el perfume aristocrático de aquellos 
tiempos. El listón color de cielo, esos renglones diminutos y torci- 
dos, la máscara deshilachada, el roto encaje, las flores amarillas y 
el retrato en su estuche de terciopelo, que guardo en el cajón de los 
recuerdos, huelen aún á juventud. 

Dieron las once en ese nido de lechuzas que se llama el campana- 
rio, y me di.spuse á recorrer las calles. La perspectiva altamente 
romántica de quedarme en casa, esperando el primer aleteo de los 
fantasmas que vagan por la atmósfera al sonar la media noche, me 
aterraba. Ya había dispuesto mi paletot de invierno para salir á 
recorrer las calles, espiando por los vidrios de cada balcón ilumi- 
nado esas tranquilas fiestas de familia que pasan como un soplo de 
calor por todo el cuerpo. Las iglesias, siempre abiertas para los me- 
nesterosos, me convidaban á pasar la noche, 03^endo las tres misas 
del gallo. La doble hilera de puntos luminosos que rodea las bóve- 
das de San Bernardo, estaba ya encendida. Los cirios del altar al- 
zaban, pidiendo luz, sus pábilos negruzcos. En el coro — un coro 
que me hace temblar de miedo, pensando en su desplome no remo- 
to — había ya algunas luces encendidas, y el organista, todavía cu- 
bierto por un deshilvanado cachentz, preludiaba, casi dormido, al- 
gunas notas, que salían desentonadas y agrias, por los estrechos 
tubos, como si el aire de la noche las hubiera acatarrado. Los mú- 
sicos iban llegado paulatinamente envueltos en sus capa.s y asoman- 
do por lo bajo la herradura de un violín, el agujero angosto de los 
clarinetes ó el dorado brillante de los bronces; los atriles, maltrechos 
y empolvados, salían de sus escondrijos, produciendo ese choque 
de madera apolillada que se escucha en los coros de las iglesias y 
en las bodegas de los teatros. Paquetes azules de velas esteáricas, 
con su etiqueta blanca coronada por una estrella de oro, yacían 
despedazados en el suelo. Sobre uno de los atriles extendíase el 
papel de música amarilleado por los años, y contigua, en un cau- 
delero grasicnto de latón, la vela, blanca como una novia en la 
mañana de la boda, iluminaba con su luz de virgen los garabatos 



MANUEL GUTIÉRREZ NÁJERA 169 



retorcidos de las notas. lyos músicos, templando sus respectivos 
instrumentos; los quejidos del órgano enojado por aquel despertar 
á media noche, y el bullicio de monaguillos y sochantres producían 
una churrigueresca mezcla de sonidos que bramaban de ira al ver- 
,se juntos, y que subían á esconderse en las cornisas, ceñudos y 
desapacibles, como viejos sargentos de cuartel á quienes una falsa 
alarma hace abandonar de madrugada sus jergones. Abajo, en la 
nave recta de la iglesia, había poquísimos devotos. Las bancas, 
color de caoba, formadas en dos batallones, frente por frente del al- 
tar mayor, severas y desnudas, estaban en espera del ob.scuro me- 
rino de las viejas y de la seda crujiente de las jóvenes. Únicamente 
la devota anciana que debía pedir una limo.sna para el culto, en la 
cerrada reja de las bancas, rezongando entre dientes una oración 
cualquiera, iba arrimando trabajosamente la me.silla .sobre la que 
brillaba, limpia y tensa, una grande charola de Cristoffle. Dos .sa- 
cri.stanes aiocetones sacudían el pulpito, cuya lámpara de gas esta- 
ba ya encendida. 

Algunos mozos entraban con gran estrépito en el templo, trayen- 
do á cuestas reclinatorios y sillones. 

De cuando en cuando oía el rumor aristocrático de un coche que 
se detenía en la puerta; luego el .sonido metálico de una moneda 
cayendo sobre la gran charola de Cristoffle: volvía la cara y encon- 
trábanse mis ojos con algunas de las reinas .sin corona de nuestros 
pa.seos y nue.stros teatros, que ludiendo la falda de su traje contra 
el correcto pavimento entarimado, entraba majestuosamente é iba á 
arrodillarse en el bordado reclinatorio, que un lacayo obediente le 
ponía. Junto á mí estaba una anciana dormitando. 

En la sacri.stía notábase mayor bullicio y movimiento. Los in- 
mensos cajones de madera, que se incrustan en cómodas enormes 
de nogal, abiertos como un baúl en día de viaje, dejaban ver el oro 
resplandeciente de palios y ca.sullas, la nítida blancura de las .sobre- 
pellices, y las jorobas tétricas de los bonetes. Unos cuantos chiqui- 
llos retozaban, apoyándose mutuamente en los cirios gruesos que 
llevaban en las manos. El capellán, todavía de sotana y de manteo, 
paseaba agitadamente registrando los cajones, en tanto que uno de 
los sacri.stanes, con su chaqueta gris y .su amplio pantalón, ya roto 
de las rodillas, ali.staba .sobre la mesa el ornamento. Las vinajeras 
á medio llenar, permanecían sobre una de las cómodas. 



¡Oh noche "azul y fría" de Navidad, como te apellidaba Baude- 
laire! Con cuánto afán te aguardan en sus camitas bien calientes 
esos pobres niños, á quienes regocijas de antemano con el alegre 



170 MANUEL GUTIÉRREZ NAJERA 



son de tus panderos. Tú eres para ellos — ¡ pobres seres que todavía 
conversan con el cielo! — el sueño de muchas noches y la esperanza 
de los largos días. El niño Noel desciende por las veredas azules, 
del espacio, cortando esas margaritas de oro refulgente que noso- 
tros llamamos estrellas. Viene poco á poco, cargando la pesada ma- 
leta donde trae los juguetes y los regalos infantiles, el pastel sabro- 
so y la muñeca de lustrosa porcelana. El pobre niño tiene frío: ha 
dejado la ardiente zona en donde el sol destrenza su coruscante ca- 
bellera y entra en la helada atmósfera en donde boga, como el cadá- 
ver de la exangüe Ofelia, ese astro muerto que se llama luna. Aboto- 
na bien su capotillo de pieles y ajusta á su pequeño pie los grandes 
suecos. Los hilos de la escarcha caen del cielo y prenden en el ca- 
potillo del rapaz sus delgadas cabezas de alfileres. Ya viene el niño 
Noel, ya está muy cerca. El árbol de Navidad espera su llegada 
para encender las luces de la esperma. Bebé coloca en la chimenea 
sus botincitos y se duerme. 

Cuando la luz penetra por las rendijas de la puerta, salta Bebé 
de su camita y corre á ver lo que Noel dejó en su diminutas botas. 
Pero ¡ay! el raso turco no guarda ahora más que un billete perfu- 
mado. Dice así: 

"Bebé: 

Has sido muy travieso, y muy desaplicado; no me esperes." 

Los ojos de Bebé vSe llenan de lágrimas — ¡dos violetas cuajadas 
de rocío! — Toma el billete, y mirando á la aya con tristeza, dice en 
voz muy baja: 

— No es absolutamente necesario que enseñes esta carta á mi 
mamá. 



MANUEL GUTIÉRREZ NÁJERA 171 



CRÓNICAS COLOR DE ROSA. 



Febrero 5 de 1882. 



Gaiffer! No creuse poiiit plus 

has, tu trouverais l'enfer. — Víctor Hugo. 



No, yo no haré esta vez mi crónica color de rosa. He perdido mi 
capital de buen humor, y estoy enfermo. Voy á e.scribir la crónica 
color de sombra; negra como los ojos que yo adoro y como las tren- 
zas de Graziella. 

La música es una amante dócil y obediente que se somete á to- 
dos los caprichos, como la odalisca que para complacer á su señor le 
ciñe el cuello con el collar divino de sus brazos, ó guarda su reposo 
en actitud discreta, refrescando la atmó.sfera con su abanico. Llega 
á nosotros de puntillas, para no despertarnos si dormimos; toca á 
nue.stra puerta y nos pregunta: — «¿qué sentimientos quieres que 
de.spierte en tí?« Por eso ayer reímos con la misma armonía con que 
hoy lloramos. La música no se impone, no domina: es el lenguaje 
que .se acomoda á todas las pasiones; la lengua del león, que á fuer- 
za de acariciar lamiendo el pie de su señor, hace una llaga. En una 
mi.sma nota, piensa Fausto, solloza Margarita y ríe Mephisto. 

Si hubiera estado alegre, habría reído como un loco, ante las ca- 
briolas salvajes de Boulotte y los furores cómicos de Barba Azul. Pe- 
ro estaba triste, profundamente triste, y mientras brotaban, alhara- 
quientas, de la orquesta, las canciones báquicas y las canciones offen- 
báquicas, yo pensaba, no en los grotescos personajes que veía en el 
escenario, sino en la triste, en la vaga, en la romántica le3'enda de 
Barba Azul. 

Barba Azul es uno de los personajes con quienes trabamos amista- 
des desde niños. Su figura torva y pavorosa, está en el primer libro 
que leemos. Viene á nosotros con las heroínas y los héroes de esas le- 
yendas sobrenaturales que se refieren á los niños por la noche, para 



172 MANUEL GUTIÉRREZ NAJERA 



que la audición de lo maravilloso los consuele de haber venido al 
mundo. Viene con Aladino, el mozo apuesto cuya lámpara mara- 
villosa se asemeja á la antorcha de la fe; con Alí-Baba, el arqueti- 
po de los bandoleros; con esa pobre, esa humilde, esa infeliz cape- 
rucita roja, á quien el ogro aprieta entre sus brazos musculosos; con 
todos los dioses y semidioses de ese olimpo que se extiende entre 
la selva donde Macbeth vio á las brujas, y las brumas opalinas del 
Brocken. Barba Azul, como Judas, recíbelas primicias de nuestro 
odio. 

Los niños de hoy leen poco esas leyendas. L,os cuentos de hadas 
se han modificado como las magias. La vara de marfil se ha con- 
vertido en una caña imantada, y Morgana, el hada extraordinaria, 
ha aprendido matemáticas. Los niños de hoy que reciben una edu- 
cación más acertada, leen la historia de Robinsón, ese poema de la 
voluntad, y recorren los países inexplorados con los héroes de Julio 
Verne. Ya no viajan por el país azul de los sueños; su caballo no 
tiene alas; está movido por vapor. 

Yo, sin embargo, pienso con delicia en esos cuentos que escuché 
de niño, y cuyo simbolismo comprendí más tarde. La leyenda es 
la forma popular del pen.samiento en la Edad Media. Esos sencillos 
cuentos que entretenían nuestros ocios, de niños, entretuvieron y 
consolaron á todo un pueblo. El vasallo, el siervo y el esclavo se 
consolaban de las congojas y asperezas de la realidad con el dorado 
mundo de los sueños. Vivía durmiendo. Todos le rechazaban; él 
encorvado sobre la gleba, sufría solo, y cuando sonaba la última 
hora del trabajo, iba á cerrar los ojos á su choza, para no ver los 
seres y las cosas, y viajar por el mundo de las quimeras y de las 
idealidades. Así nació la mística leyenda de oro. Los pobres, los hu- 
mildes, los menesterosos, se consolaban con la contemplación de 
esos santos que llegaron al cielo con las plantas desangradas, mi- 
serables y desnudos. La Iglesia los alentaba y les decía: «el cami- 
no del cielo es un camino de dolores. » Esa esperanza inmensa fué 
como el alimento de su alma. El ala del sueño los llevaba á Dios. 
La leyenda les daba á comer su cuerpo y á beber su sangre. 

Los cuentos de hadas nacen, cuando hombres y mujeres dejan el 
comutismo grosero de la villa y empieza á determinarse la san- 
ta idea de la familia. La villa era como el ergastulum de los anti- 
guos: una mezcla promiscua de hombres y mujeres. vSu moral era 
idéntica á la moral de los patriarcas, que creían cometer pecado 
uniéndose en matrimonio con una extranjera, y no permitían más 
que el con.sorcio entre parientes. Los Penitenciarios de aquel tiem- 
po, en los que se refieren por menor los pecados vulgares, conservan 
el recuerdo de estas épocas. La idea de la familia no nació hasta 
que el hombre, como el ave, pudo hacer un nido. Entonces murió 
la hembra y apareció radiante la mujer. 



MANUEL GUTIÉRREZ NÁJERA 173 



Ya está sola; ya tiene una cabana hecha de tablones mal unidos, 
por cuyas rendijas se cuela silvando el viento de invierno; ya tiene 
hogar, ya tiene un banco, un lecho y un cofre. 

Trois pas du cote du banc, 
Trois pas du cote du lit, 
Trois pas du cote du coffre, 
FX troit pas Revene/, ici. ( i ) 

En ese hogar naciente y miserable, nace la leyenda. En los rin- 
cones, está el duende familiar. Encima de la cama revolotean las 
hadas por la noche. El esclavo que vive en la indigencia, busca con 
la imaginación un mundo de servidores obedientes. Las hadas eran 
trabajadoras; todavía se dice: rose como una hada. Mientras la mu- 
jer hila en su tosco huso, los duendes y las hadas vuelan en su tor- 
no. ¿Quiénes eran las hadas? Unas reinas de Galia, que no quisie- 
ron reconocer á Jesticristo, y que están condenadas á vivir mientras 
el mundo exista. ¡Triste pena! Antes eran enormes; hoy son dimi- 
nutas, como la reina Mab, cuya carroza regia está hecha en una 
cascara de nuez. Las koií'Hggivans — hadas enanas — son las reinas 
de ese brumoso mundo sobrenatural. 

Seguid la filiación de esos maravillo.sos cuentos de hadas. Cada 
uno nace de tin dolor y de una lágrima. El dolor ha creado el arte 
en todas sus manifestaciones y sus formas. Seguid el curso de los 
ríos, y llegaréis al Océano. Seguid la historia de la leyenda, y lle- 
garéis al corazón del pueblo. Ese ogro que devora á los peque- 
ños, no es más que el símbolo popular de las terribles Hambres que 
asolaron, como un viento de muerte, en la Edad Media. Esos dia- 
mantes que adornan como estalactitas la corona de Aladino, son 
las cristalizadas lágrimas del pueblo. Sueña el ciego que ve y el 
pobre que posee- Ansia de amor sobrecoge sus almas, y crean ese 
admirable cuento de la Hermosa durmiente que les aguarda en el 
silencio de los bosques. Miran en torno suyo y ven á la mujer afea- 
da por el trabajo y la miseria; entonces, para redimirla, para puri- 
ficarla, inventan esa fábula doliente de una hermosa oculta bajo la 
forma de una bestia. Todos persiguen con la vista las curvas que 
dibuja en el espacio, el Pájaro azul, esto es, el ideal. Todos repi- 
ten como un coro aquella exclamación de Rückert: alas! alas! Allí 
está el ahogado dolor de la aldeana, á quien dice el corazón: debes 
.ser bella para agradar á tu señor; y á quien responde el ondulante 
espejo del arroyo: tú eres fea! Ahí está la congoja del vasallo que 
riega de sudores y llanto el terruño, pero que tiene un alma, ¡alma 
que sueña con las erguidas castellanas de vistosos trajes, que atra- 
viesan en su caballo blanco la llanura ! 

(i) £■/ »;íí«¿7y) í/f éa/Zí".— (Canción del Siglo XII). 



174 MANUEL GUTIÉRREZ NAJERA 



Es el antiguo idilio del Oriente; la rosa que se enamora del rui- 
señor; la cosa inmóvil enamorada de la cosa alada. Pero aquí la rosa 
no tiene espléndido matiz: está desnuda de hojas, y el ruiseñores 
un ave cobarde de rapiña. Ahí está escrita la eterna aspiración al 
ideal. La imaginación, macerada por el ayuno, es la que crea me- 
jor palacios fabulosos. 

Los hambrientos son los autores del mundo sobrenatural. Toda 
esa riqueza, todas esas pedrerías que abundan en las leyendas y en 
los cuentos, fueron creadas por un pueblo que carecía de pan y ca- 
recía de amor: forman la historia de su aspiración. Por eso vemos 
<;ómo en la leyenda, la esclava ama tanto que llega á ser amada; y 
el Monstruo se enamora de tal suerte, que se vuelve hermoso. 

Esas leyendas marcan también las injusticias y las ignominias. 
La compasión popular desciende como un rocío .sobre el dolor. Ahí 
está la madrastra que golpea á la niña Cenicienta, y la garrida cas- 
tellana presa en las redes del feroz Barón. Todo lo que sufre y to- 
do lo que llora tiene cabida en esas narraciones. Los animales, en 
los cuentos de hadas, tiene alma también como nosotros. Leed el 
cuento de «Piel de Asno.» Creeríase escrito por Michelet. La re- 
dención sublime del amor alcanza á todos. La leyenda es la histo- 
ria de la Edad Media contada por la mujer. 



*** 

La historia de Barba Azul es una de las formas del matrimonio 
en la Edad Media: el matrimonio del .señor feudal con la vasalla. 
La antigüedad de esta leyenda .se remonta al siglo XIV. En los 
siglos anteriores, la vasalla no tenía entrada á la alcoba de su señor 
por la puerta del matrimonio. La mujer de la nobleza era la digna 
hembra del señor feudal. Tenía su corte de amantes, como Leonor 
de Guyenna, y usaba en su tocado dos cuernos. Las hijas de Fe- 
lipe el Hermoso son las personificaciones del carácter de la mujer 
en aquel tiempo. Isabel hace que sus amantes asesinen al marido. 
Pero, al lado de estas euménides de la concupiscencia, aparece la 
plebeya que puede convertirse ya en señora del Barón. Dos leyen- 
das ponen de relieve la resignación de la mujer y la crueldad del 
marido en estos matrimonios: Grisélides y Barba Azul. Las muje- 
res de la nobleza decían: "El amor entre marido y mujer es impo- 
sible." Grisélides, á todos los insultos y á todos los ultrajes con- 
testaba: ¡te amo! Era el alma nueva que iba á purificar el mundo 
antiguo. 

Barba Azul es el señor feudal, que pisotea todas las leyes y que 
pien.sa defender.se de Dios con sus mesnadas. 

Las mujeres que mata no pueden ser iguales suyas; son invada- 



MANUEL GUTIÉRREZ NÁJERA 1 75 



blemeute sus vasallas. Si fueran sus iguales, cada asesinato traería 
una venganza, y Barba Azul queda constantemente impune. No 
es un hombre; es un apetito. Su amor, digiere mil mujeres por año. 
Barba Azul es la forma lasciva del feudalismo. 

Piensan algunos que esa leyenda es la historia de Gille de Retz 
juzgado po: hechicero en el siglo XV y condenado á morir entre 
las llamas. En la torre de Gille de Retz se hallaron las osamentas 
de ciento cuarenta niños que él mató para satisfacer sus concupis- 
-cencias y operar sortilegios. Sin embargo, la leyenda de Barba Azul 
existía ya en aquellos tiempos. Para mí, no es la historia de un 
personaje determinado; es la cifra y compendio del feudalismo. Es 
«1 Don Juan Salvaje, el Don Juan por derecho de conquista. 

Sería curioso delinear la historia de estos grandes devoradores de 
mujeres, explicando las diversas figuras populares y legendarias 
que han tomado, según el momento histórico en que se examinen. 

D. Juan — dice Saint Víctor — nó es un libertino vulgar. Es la aspi- 
ración encarnada, el entusiasmo hecho hombre, el enamorado erran- 
te que busca por el mundo la querida sublime de sus sueños, y que 
pisa con planta desdeñosa los mil y tres escalones — mí7/e é tre — de 
una escala de mujeres, para llegar á esa forma perfecta que le abre 
los brazos en el fondo de las nubes. El vicio ha profanado su cuer- 
po; pero un deseo celeste habita en .su corazón. Una fuerza fatal le 
impele por ese camino de atentados y de seducciones. Engaña sin 
mentira: abandona sin traición, sin cobardía. Los corazones que 
desgarra esta ave de presa del amor, le dirían de buen grado lo que 
dice la cabeza cortada del Klephta al águila que la devora, "come 
¡oh pájaro! nútrete con mi juventud, nútrete con mi bravura, que 
tu ala y tu garra crecerán." D. Juan es el deseo insaciable é impa- 
ciente, que ninguna copa llena, que ningún amor satisface, que te- 
niendo muy alto .su ideal, ha menester las alas del ángel para llegar 
á él, y que desesperado de alcanzarle, se revuelca en el fango, con 
los ojos clavados en su visión inaccesible. 

Lovelace desdeñaba las conquistas fáciles y solo perseguía á las 
mujeres inaccesibles. El amor en Lovelace no es una pasión; es el 
instinto de la lucha, la necesidad de vencer. Su divisa es la del ro- 
mano de Virgilio: "abatir á los soberbios."— Yo amo la oposición, 
dice en alguna parte. I love opposition. La resistencia lo exalta, el 
obstáculo lo excita, la seducción es para él una guerra que tiene su 
plan y sus reglas, y cuyas maniobras deben tender á la capitula- 
ción de la mujer, como la táctica del capitán á la derrota del ene- 
migo. Así, cuando Clarisse Harlowe se le presenta tan impregnada 
de virtud como él de vicio, revestida de la estricta armadura del 
deber, provista de las armas que dan la vigilancia y la prudencia, 
resuelta á morir primero que caer, ¡con qué ímpetu tan ardoroso 
ataca á ese adversario digno de él! ¡Qué obsesión tan tenaz! ¡Qué 



176 MANUEL GUTIÉRREZ NÁJERA 



máquina de ardides y de astucias! Todas las bellezas del universo 
alineadas á su paso, no le arrancarían ni una mirada ! Clarisse es 
para él la mujer única, la idea fija, el único ser que puede desearse! 
La pone cerco, conforme á la estrategia, como si pusiera cerco á 
una ciudad, con minas, contraminas y circunvalaciones infinitas. 
Mueve él solo para conquistarla, más estratagemas, más prestigios, 
que el infierno mismo para conquistar á San Antonio. Por malvado 
que sea, un hombre tan soberbio llega á cautivar la atención y el 
interés de todos. Se le admira, se le teme como á un tigre real, 
nacido para el ardid y la destrucción. Y tanto, que no parece ri- 
dículo cuando dice que se cree igual al César, y que solo por capricho 
limita sus conquistas al mundo femenino. — ¡Maldito sea, exclama 
— si soy capaz de unirme á la primera princesa de la tierra, sa- 
biendo, ó simplemente imaginándome que vaciló un momento entre 
un emperador y yo! 

Octavio de Parisis, el D. Juan Parisiense, carece de esta épica 
soberbia- No es más que un voluptuoso indolente, cuyos deseos ja- 
más tienen los arranques del amor. Su poeta le hizo demasiado 
irresistible; las más grandes conquistas.le cuestan apenas unas cuan- 
tas escaramuzas; no tienen más que el trabajo de dejarse querer. 
Los corazones caen cocidos y guisados en la alforja de este cazador 
de alcoba. La pasión no acompaña á su fortuna, rápida como una 
sonrisa. Toma á las mujeres, las pierde, las recoge, las arroja con 
una ligereza implacable. No son en sus manos más que unos jugue- 
tes efímeros. El remordimiento cosquillea apenas su indiferente ex- 
cepticismo, pero nunca lo muerde. 

Octavio entierra á sus víctimas bajo la ceniza de sus tabacos, en- 
tre un suspiro y un epigrama. Arroja sus queridas pasadas al olvido, 
como los sultanes de la antigua Turquía arrojaban sus odaliscas 
al Bosforo. E.stas víctimas, muertas en el campo del deshonor, le 
inspiran una lástima igual á la que siente el general triunfante por 
los soldados muertos en la lucha. 



¿Será Barba Azul la forma de D. Juan en la Edad Media? No 
hay en él amor, no ha}^ aspiración al ideal, no hay lucha ni com- 
bate; no hay más que deseos. Como ser organizado, es inferior al 
conejo y al cerdo de la India. Es, sin embargo, un ser rigurosamen- 
te histórico. Barba Azul es el castellano que usa de ese derecho 
odioso que los franceses llaman el derecho del señor, y los españo- 
les el derecho de pernada. En esta historia, sin embargo hay otra 
cosa que estudiar. El castellano no recibe ya á la plebeya para des- 
honrarla simplemente: la hace su esposa y la mata en seguida. La 



MANUEL GUTIÉRREZ NÁJERA 177 



dignidad de la mujer sube una grada más. No es una cosa; es una 
víctima. A medida que la dignidad de la mujer vaya creciendo, las 
costumbres se irán suavizando. El mundo se ha perfeccionado por 
el amor. Después, Barba Azul no matará ya á sus mujeres. Hér- 
cules habrá caído á los pies de Onfalia. Caperucita amarra los bra- 
zos del ogro. 

Todo el horror que inspiraba el feudalismo, solloza y llora en esa 
historia. Para ponerla en música, se necesitaría anotar el rumor de 
las cadenas y el chasquido de los látigos. Gaíffer, el castellano de 
una leyenda que creó Víctor Hugo, manda cavar un foso al pie de 
su castillo. — ¡Quiero saber sobre qué cimientos descansa mi forta- 
leza! dice el castellano. Los obreros trabajan ocho días: el foso es 
más profundo que los de Cataluña y de Guyenna. Al cabo de ese 
tiempo se descubre una roca y un cadáver. En la roca está escrito 
este nombre: Barrabás. Y cavan todavía: transcurre otra semana y 
aparece un esqueleto cuya mano de.scarnada aprieta aun unos cuan- 
tos dracmas de oro: ¡Judas! Y cavan más: el tiempo pasa y se des- 
cubre un cuerpo disyecto en cuyo cráneo enorme está escrito con 
letras de fuego este letrero: ¡Caín! Y cavan más. El hacha no en- 
cuentra piedras ya: .se llena el foso de retorcidas víboras de fuego, 
y una voz exclama:— GaífFer: no caves más: has llegado á la puerta 
del infierno! 

Ese es el castillo de Barba Azul. Ese es el feudalismo. 



Febrero 26 de 1882. 

Lo primero que se me ocurre al presenciar en nuestras calles el 
desfile de los carruajes y de los ginetes en la tarde de Carnaval, es 
hacerme á mí mismo esta pregunta. ¿Qué, para proteger á esos cua- 
tro barrenderos de peluquería que han escondido sus harapos de 
trastienda bajo los pliegues de un raído dominó; para mirar los ros- 
tros enharinados de esos mozos de café que azotan el aire con las 
mangan enormes de pierrot, se han apostado los gendarmes con es- 
pada en mano, se ha puesto. en movimiento la ciudad y ha caído 
sobre el lodoso pavimento de las calles ese lujo de riego que solo se 
permite el Municipio en días como éste? La multitud desciende por 
las grandes avenidas con el rumor de la marea que sube; los caba- 
llos caracolean; los coches pasan con él .sonoro ruido de los mue- 
lles nuevos; y sube confusamente á los balcones, coronados de ca- 
bezas rubias, blancas, negras y parduzcas, ese rumor de fiesta en 
que se mezclan relinchos de corcel, giros de ruedas, gritos de ven- 
dedores, risas de pilluelos, el estruendo creciente de los pasos y las 

23 



178 MANUEL GUTIÉRREZ NÁJERA 



voces cobrizas de los máscaras. Esto no es precisamente le monde 
ou Vo7i senmd de Pailleron, ni tampoco le monde ou Von s'aviuse, 
este es más bien le monde ou fon s' ettouffe. El sol lanza sus res- 
plandores metálicos á las fachadas blancas de las casas, y las héticas 
hojas de los árboles, como las manos de Mme. Privat, apenas se 
mueven. Yo no concibo qué placer puede encontrarse en este her- 
videro humano, que produce el olor corrompido de las carnes olis- 
cadas. Los codos de los transeúntes, duros y angulosos, se encajan 
como cuñas en mi cuerpo; yo aspiro á convertirme en chimenea, y 
arrojo enormes bocanadas de humo, para formarme á modo de una 
atmósfera especial que me precava de ese imposible olor á pode- 
dumbre; siento el mareo y busco inconcientemente el agrio limón 
que debiera poner entre mis labios; los barrenderos de peluquería 
y los mozos de café, siguen paseando en sus carretelas destartala- 
das ¡ pobres insensatos ! ¡ han creído de buena fe que se divierten ! 

¡Oh, si pudiera tender el vuelo á las copas redondas de los fres- 
nos, acurrucarme en el deshilvanado y descosido manto desús hojas, 
y, hecho tres dobleces, observar desde allí con los ojos de lechuza 
esta gran procesión de vanidades, vestidas con el traje del domin- 
go! Advierto que en los fiacres y en los humildes alquilones reina 
alegría mayor que en los carruajes elegantes. Los niños se asoman 
por las portezuelas, chupando un morillo de transparente caramelo; 
la mamá, como una Céres de obrador, llena con .su enagua almido- 
nada y su vistoso traje de moiré todo el carruaje; y el padre con su 
levita nueva y su chistera que renovó la plancha ayer mañana, sa- 
ca de cuando en cuando la cabeza, como diciendo con mal oculta 
satisfacción: todo esto es mío! De aquella arca de Noé salen excla- 
maciones de alegría, risas perladas y gritos infantiles de estupor. 

Los coches elegantes son más serios. El señor va tan serio y tan 
grave como su lacayo. Los niños han aprendido á no reírse. To- 
dos conservan po.siciones rectilíneas é inflexibles. Los cuerpos pa- 
recen de cartón y los brazos de acero. Cuando saludan, creeríase 
que un titiritero oculto mueve las pitas de cáñamo y levanta las 
manos de cabritilla hasta que tocan el ala del sombrero. Las son- 
risas se dibujan en las fi.sonomías femeniles con una precisión me- 
cánica. Nunca los labios se abren ni más ni menos. Estas gentes 
van al paseo como el oficinista marcha á su oficina. El ruido del 
carruaje los arrulla: van durmiendo con los ojos abiertos. 

Hay damas que suben á los asientos del lando, como Cleopatrá 
al trono de marfil. Los maridos parecen figuras decorativas pues- 
tas allí para llenar el hueco. Repito la observación que he hecho 
muchas veces: en la espalda de muchas señoritas podría ponerse el 
rótulo que en el escaparate de las dulcerías suele ponerse á los ro- 
rros de porcelana: — Yo sé decir papá y mamá: valgo diez pesos. 

Los movimientos de cabeza son acompasados, como las .sonrisas 



MANUEL GUTIÉRREZ NÁJERA 1 79 



y como los saludos. En ese coche rumia la última pierna de car- 
nero un señor muy formal y muy obeso. Decididamente: su cochero 
es más distinguido. Algunas damas de la vida triste han alquilado 
coches de á dos pesos la hora. Llevan trajes de novia: ¿van de más- 
cara? Aquel acatarrado personaje lleva las riendas y dirige el fae- 
tón: su lacayo tiene miedo de morir estrellado. El personaje llega 
al término de la calzada, é intenta inútilmente dar la vuelta. Los 
caballos se obstinan en seguir adelante. El personaje es obediente, 
por fortuna, y no quiere contrariar la voluntad de sus caballos. Si- 
gue, pues, rumbo á Chapultepec. Allí entrará al Bosque y los ca- 
ballos, forzo.samente darán vuelta. ¡Dios le tenga de su mano! Yo 
me alejo diciendo interiormente aquellos versos de M. Voltaire. 

Petits papillons d'uii moment, 
Miserables marionettes, 
Que volez si rapidement 
De Polichinelle au iiéant 
Dites-moi done ce que vous étes! 



*** 

Paso á paso me fui alejando de aquel tohu bohu insensato. Había 
llegado á creer que estaba en el tiznado fondo de alguna olla enor- 
me de puchero; veía pasar junto á mí opulentas coles y zanahorias 
escarlatas, y escuchaba sobre mi cabeza el tartajeo de la grasa hir- 
viente. ¡Dios mío! Si algún gigante galopín hundiera su cuchara 
en e.sta masa ! Paso á paso me voy, pues, alejando de las fies- 
tas. ¿A qué ha venido esta compacta multitud? ¿Consistirá la di- 
versión en sentir doce veces por minuto la presión de un zapato 
americano sobre el charol de nuestros botines? Los cuatro barren- 
deros de peluquería y los jóvenes mozos de café, pasan de nuevo. 
Diríase que esta muchedumbre viene al paseo las tardes de carna- 
val para decir: por aquí pasarían las máscaras si las hubiera. 

Luego que yo me considero libre, como el M. Graindorge, de 
Taine, exclamó: ¡Señor, tú que salvaste á los hebreos del horno 
ardiente, y libertaste del áspid y del basilisco á tus elegidos: Señor, 
yo te doy gracias. No me hiciste mujer y por lo tanto, la única cola 
que me toca defender es el corto faldón de mi levita. Por una gra- 
cia particular de tu misericordia, soy bastante flaco y ningún codo 
pudo encajarse en mi cuerpo como en un cojín! Por un favor espe- 
cialísimo de tu providencia, libre estoy de excrecencias molestas 
en el pie! Solo tres veces me han pisado, y eso en el dedo gordo que 
es el más resistente. Comí poco, y no temo morir de apoplegía. 
¡Señor, Señor yo te doy gracias! 

Apenas acaba mi oración mental, el faetón de las damas de la vi- 



1 8o MANUEIv GUTIÉRREZ NÁJERA 



da triste pasó cerca de mí. Una mendiga sucia y haraposa me pi- 
dió una limosna. Yo le arrojé compadecido una moneda, que ella 
tomó con ansia, mirando cómo se alejaba el coche de las princesas 
de la almohada. Luego que el faetón .se perdió en la noche, la men- 
diga, .señalando con su huesosa mano, el sitio por donde el faetón 
desapareció, me dijo: 

— Caballero: ¡Dios preserve á sus hijos de mis hijas! 



La turba alegre de carnaval despertó en raí muy serias reflexio- 
nes. Las ideas pasaban por mi cerebro como una negra procesión 
de entierro. Pocas noches hace, sentí un fenómeno parecido en la 
agonía de la ópera francesa: las fáciles melodías de «Le Jour et la 
Nuit» me entristecieron. No .sentía dejar la costumbre de embrute- 
cerme tres horas cada noche en el teatro, ni lamentaba el no ver 
más los preciosos Stradivarius de Mme. Vallot, No pensaba en la 
inmensa soledad de las noches que iban á .seguirse; mas, mientras 
Méziéies cantaba con su voz nasal. 

¡Les portugais sont toujours gais. 
Q'il fas.sfc beau, q'il fasse laid! 

Yo, con honda tristeza, preguntaba: ¿Cómo morirán estas mu- 
jeres? Aquella era la última noche que las veíamos: esa turba de 
pájaros borrachos iba á alejarse para siempre de nosotros: volverán 
otras compañías de ópera bufa, pero Paola Marié y sus cortesanas» 
como las golondrinas de Gustavo de Becquer, no vendrán. 

Y bien ¿cómo morirán esas mujeres? 

¡Triste vida la de esos pobres cómicos á quienes aplaudimos ó sil- 
vamos por la noche, según lo quiere la voluble aguja de nuestro 
carácter tornadizo! Hay muchos dramas que se representan tras de 
la cortina; muchas batallas que se riñen entre bavStidores; muchos 
cadáveres que se sepultan en la fosa común del escenario. Noso- 
tros que nos dejamos seducir constantemente por las apariencias, 
poco nos curamos de ir á desentrañar esas verdades. Hacer reir es 
más difícil de lo que parece, sobre todo cuando se sienten impulsos 
de llorar. 

Hace poco leía en los periódicos franceses los últimos momentos 
de Helene Petit. ¡Qué agonía tan amarga! ¡Qué obscura y triste 
muerte! 

Helene era joven aún; tenía la edad de Julieta. Paola Marié, que 
era su amiga, me decía una noche mostrándome una de sus cartas: 
«fHelene morirá joven; tiene una enfermedad incurable; vive enamo- 
rada.» ¡Ay I ¡es verdad! en esa vida trabajosa de las tablas, el amor 



MANUEL GUTIÉRREZ NÁJERA i8l 



es un mortal enemigo. Allí, más que en ninguna otra parte, la 
frase de Chamfort es verdadera, y el amor no es mas que el cambio 
de dos caprichos y el contacto de dos epidermis. L,a realidad es una 
madre huraña que se venga implacable de los hijos que la abando- 
nan, dándoles la muerte. Por eso Helene estaba enferma; por eso 
se moría. No .supo plegar á tiempo .su bagaje de quimeras, y ponerse 
á la cola de ese enorme món,struo humano que cruza las estepas 
de la vida, con el contento de su vientre lleno, y la esperanza del 
profundo sueño. 

ha vida real es una jaula más ó menos estrecha, más ó menos 
dura, pero en la que siempre tenemos el pan que aplaca nuestra 
hambre desapoderada, y el agua que satisface nuestra sed. 

Pero las aves y las almas viven tristes en esa clausura; el mejor 
día la puerta de la jaula queda entornada por algún descuido, y la 
pobre cautiva, si es el alma, vuela al ideal, si es el ave, vuela al bos- 
que. Los bosques están llenos de cazadores, y el mundo ideal está 
habitado por los desengaños. 

Helene, sin embargo, no murió de amor. Nosotros hemos aboli- 
do el romanticismo. Murió de pleuresía, como el tendero que ha 
salido sin capa de su casa, y á quien .sorpende por la noche algún 
chubasco; como el apuntador que vive engarabatado como los ca- 
rámbanos, en la húmeda concha de un teatro mi.serable; como se 
mueren todos los poetas, todos los artistas y todas las mujeres en 
el prosaico siglo XIX. 

Helene ha sido la primera víctima del naturalismo escénico. El 
«Asommoir» había pasado ya de la centésima representación. El pú- 
blico, que muchas veces había confundido á Helene Petit con las 
actrices de vaudeville y ópera bufa, pudo exclamar al verla en el 
papel de Gervasia: ¡es una arti.sta! Y era una arti.sta, es cierto; ha- 
bía por fin halhido la expresión de su genio, como aquel músico de 
que habla en sus leyendas Heuri Heine, y que pasó su vida estu- 
diando diversos in.strumentos sin provecho, hasta la víspera de su 
muerte en que acertó á tocar maravillosamente el clarinete. 

También para Helene llegó la vieja muerte á la hora en que el 
reloj marcaba con su timbre de oro el rápido minuto de la gloria. 

La haraposa petrolera entró al hotel de la graciosa comedianta, 
confundida con los empresarios que iban á comprarla y con los pe- 
riodistas que iban á venderse. Helene no oyó sus pasos porque 
marchaba sobre coronas de laurel, como .sobre una alfombra persa. 
Pegó sus labios de mármol á los labios rojos, y el alma huyó, co- 
mo las golondrinas al áspero contacto del invierno. 

Hay en el «A.sommoir» una escena, cruda como la carne que sir- 
ven en las fondas: Gervasia riñe en el lavadero con Virginia. Pleito 
de lavanderas: cada una toma un cubo de agua hirviendo y se lo 
arroja á la otra. Luego luchan cuerpo á cuerpo; se desgarran el traje 



1 82 MANUEL GUTIÉRREZ NAJERA 



con las uñas; brota sangre por los araños que zebrean los hom- 
bros de cada luchadora y en seguida una cortina humana 

cubre lo demás. En cada representación del "Asommoir" cuidaba 
el director de escena de poner en el foro cubos de agua tibia. Por 
desgracia la última noche en que Helene salió á la escena, olvidó 
el reíTzssezir esta, preucación. Virginia tomó un cubo de agua fría y lo 
arrojó á las piernas de Gervasia. Dos semanas después, la actriz, 
enferma ya de una afección pulmonar, decia: — Doctor: ¿vd. no me 
ha visto nunca representar la agonía de Mimi? Pues voy á salir á 
escena: espere vd. un poco." 

*** 

Pocas artistas mueren así, en plena juventud, al pie del cañón, 
cuando el laurel de la victoria más reciente está fresco y vivo aún 
en sus sienes. Las más, languidecen y decaen; tienen menguante; 
sienten caer la navie de los años en su cabellera y mueren poco á 
poco, paulatinamente, con los dientes que se caen y las canas que 
salen. El público las abandona. Entonces comienza para ellas, la 
vida trashumante de los viajes. Paola Marié está, por ejemplo, en 
el declive de su vida artística. Está á cinco años de la conjunción. 
París es á manera de una luz fuerte y cruda que deja ver todas las 
arrugas. Cuando la pata de gallo se dibuja en la sien, la artista deja 
su teatro y sube á la carreta cuyas bondades cantó Scarrón en el 
Román comique. L,as medianías artísticas viven con mayor regocijo 
en las ciudades de provincia. Allí, la actriz que en la Renaissance 
ó en los 7? z^í75 hacía el papel de Paquita, canta "Giroflé;" el actor 
que desempeña el papel de Carabinero en los "Brigantes." canta 
de primer tenor ó de primer barítono. 

Así se forman todas las compañías trashumantes que vana reco- 
rrer las provincias, y América, con excepción de los Estados Uni- 
dos, es la gran provincia. 

Nada hay más triste ni más amargo que este declive de la vida 
artística. Eas grandes diosas parisienses mueren llenas de polvo y 
arrumbadas en el rincón telarañoso de un teatro, junto á las sillas 
desvencijadas, los telones desteñidos y los muebles rotos. Algunas 
se casan, como Hortensia Schneider. Siempre se encuentra un ale- 
mán para estas redenciones. Otras agonizan en el hospital, después 
de haber retorcido con su mano nerviosa la crin dorada de la fortu- 
na: .son las hijas pródigas. Su quiebra, casi siempre, es fraudulenta. 
La justicia remata sus trajes, cuyo soberbio lujo perdió á tantas 
mujeres; sus joyas que costaron tantas lágrimas como brillantes 
tienen; su techo, .suntuosamente impúdico; el reloj que contó las 
horas del amor y que ya no señalará la hora de la muerte; el .sillón 
cuyos mullidos almohadones guardan todavía la huella de su cuer- 



MANUEL GUTIÉRREZ NÁJERA 1 83 

po voluptuoso; los mármoles, tan desnudos como ellas, y los bron- 
ces, tan obscuros como sus almas: todo cae bajo la vista inquisido- 
ra de la curiosidad nunca saciada, desde la taza de porcelana china 
que conserva los asientos terrosos del te, hasta los pliegues de la 
soberbia sábana de holanda. El cochero de la diosa arruinada com- 
pra los carruajes y los caballos, para establecer un sitio; las modis- 
tas rescatan los vestidos y los mismos amigos compran las alhajas 
que antes le habían dado, para adornar con ellas otros brazos y 
otros cuellos. ¡Triste suerte la de estas mujeres! Todo las abando- 
na, hasta los muebles! 

Pasaron ya los días en que las haciendas, los dominios, las casas 
de comercio, los talleres, colgaban de sus oídos en figura de pen- 
dientes, cosquilleaban su cuello bajo el color de finas esmeraldas ó 
se enredaban en sus brazos niveos, figurando soberbios aderezos. 
En aquel tiempo — in diebus Ule? — un gran señor les regalaba su 
palacio y una sociedad anónima contribuía con los muebles. Si 
lo hubiera querido, sus amantes habrían cubierto de oro hasta los 
granos de cebada que comía su corcel en la caballeriza. 

Hortensia Scheneider dio, durante el segundo Imperio un gran 
banquete. Al terminar la fiesta, cuatro negros llevaron al salón una 
tina de mármol sonrosado. Vaciáronse más de ochenta botellas de 
champagne, y la diosa de la opereta entró en aquel baño, digno de 
una Cleopatra parisiense. 

Cinco minutos después, Hortensia salía del champagne, como 
Afrodita del Océano, y los alegres comensales escanciaban en sus 
copas el líquido, hirviente aún, de la marmórea tina. 

Pero estos grandes apoteosis pasan; esas niUJeres insaciables que 
digieren trescientos sesenta y cinco ricos cada doce meses, cuando el 
año no es bisiesto, tienen también su inevitable decadencia. Son 
los monstruos de colmillos agudos expresamente creados para de- 
vorar á los imbéciles. Si con oro se pudiera forjar un rayo de sol, 
ellas lo habrían forjado en algún día lluvioso. Los banqueros deja- 
ban en sus casas el reloj, la cartera, hasta el anillo mismo de las 
bodas. Pero una noche la ruina llama con sus dedos nudosos á la 
puerta. ¿Qué viento arrastró en su vuelo vertiginoso los banckno- 
tes? ¿En qué hoguera se consumieron las alhajas? Muchas onzas 
cayeron en los cofres, pero éstos, como el tonel de las Danaídes, no 
tuvieron jamás fondo. ¡Oh, si pudieran llenarse por sí solos, como 
el cofre de la ])rincesa de Bagdad! Los caballos se van como si tam- 
bién fueran amantes. El telón, que figura un palacio, .se levanta y 
queda la cabana sucia y pobre. 

La maternidad es el consuelo supremo de esta decadencia. Pero 
¡cuan pocas de esas grandes princesas de la rnina tienen ese sagrado 
previlegio! Hoy está en boga, entre las grandes actrices de París, 
lo que podría llamarse la maternidad artificial. Margarita Ugalde, 



184 MANUEL GUTIÉRREZ NÁJERA 



la actriz que acaba de crear el papel de Manola en le Jour et la 
Nuit posee una gran muñeca á la que dá el nombre de hija. Sabe 
decir papá y mamá; puede ver todo con sus ojos de esmalte y nunca 
llora. No tiene el defecto que las niñas tienen: nunca crece. Cuan- 
do mamá quiere, duerme; cuando mamá quiere, despierta. Dice 
papá de igual manera á todos los amigos de la casa. Es obediente. 
Los goznes de su pequeño cuerpecito están limpios y nuevos. Na- 
die puede seducirla. 

Cuando la Ugalde vuelve á su palacio, cargada de ramilletes y 
coronas, va á besar la frente fría de la muñeca. Y es que la mujer 
necesita ser madre, ó cuando menos, pareoerlo. Pero en el mundo 
de los bastidores las niñas viven poco, ó, cuando viven, se escapan 
el mejor día con un corista. Por eso las princesas de la ruina jamás 
tienen una cabeza rubia y pequeñita que besar, cuando los aplau- 
sos se van alejando, como .se aleja para el viajero que viene de Ve- 
racruz el ruido de las olas. El mundo las abandona y las arroja 
como se tira una camisa sucia; la mi.seria de formas angulosas, arri- 
ma su desvencijado y pobre asiento al mármol de la agonizante 
chimenea. Las mujeres que viven muy acompañadas, mueren solas. 



La representación había acabado. La sala estaba casi á obscu- 
ras. En el pórtico se oía la voz sonora y brusca de Comelli dando 
las últimas órdenes. La compañía fué desfilando. ¡Adiós y buena 
suerte! ¿Cómo terminarán estas mujeres? 



MANUEL GUTIÉRREZ NÁJERA 185 



LA ODISEA DE MADAME THÉO. 



^ ¡Escribir una biografía de Mme. Théó! ¿Y para qué? La biogra- 
fía, como la nodriza de Julieta, es la mujer huraña que nos habla 
de torpes realidades, cuando el ala del sueño nos levanta. Para un 
artista, Mme. Théo no tiene biografía. Poco importa saber si nació 
en París el año de 55 y si la madre administraba el café cantante 
del Horloge. Para el artista que la admira en el teatro, Théo na- 
<:ió de la espuma como Afrodita, ó brotó del corazón de una cam- 
pánula. A las estrellas no se les pregunta jamás la edad que tienen. 
La maripo.sa que revolotea sobre las flores, no sabe en dónde que- 
da su crisálida. 

Los biógrafos os dirán que sus maestros la enseñaron á cantar. 
Yo prefiero creer que la enseñaron las alondras. Los biógrafos os 
dirán que se casó á los diecisiete años con un sastre y que ha tenido 
ya seis hijos. Yo que, como Alfredo de Musset, busco la nieve de 
las altas cimas, no pisada por ninguno, prefiero suponer que esa ha- 
da alegre de cabellos rubios ha vivido en una urna de cristal de roca 
ó en el interior de una perla hueca. Para mí. Mme. Théo, no es la 
esposa del apreciable cortador empleado en la sastrería de Duran- 
toy : para mí, Mme. Théo es Rosa Friquet, Clairette, y Marjolaine y 
Pomme d' Api. Su mundo reducido es el teatro; su cielo, el de las 
bambalinas; su edad, la de la rosa carmesí que se marchita en su 
corsé, y su marido de un minuto, el tenorcito con quien la casan 
invariablemente al terminar el espectáculo. No tenemos derecho 
para verla á la luz de la bomba deslustrada que alumbra los secre- 
tos de su tocador. Yo no sé si ha cantado en París ó en Bombay, 
en Nueva York ó en Yokohama. Dejadme verla desde mi butaca, 
y leer su curiosa biografía en las líneas azules de sus venas. ¡Bah! 
los idiotas que van á hojear los libros del notario y los registros de 
la parroquia, para hablar de Théo, nada saben de su vida. Pre- 
guntádsela á los duendes que habitan en un frasco de pomada, y á 
los amantes genios que para verla más de cerca viven á la sombra 
■de sus pestañas. 

24 



1 86 MANUEL GUTIÉRREZ NÁJERA 



El limbo es un país color de rosa que está á mucha distancia de 
la tierra. Allí no hay más que niños y flores; pero los niños aman 
y las rosas son de carne. En esa tierra venturosa no hay cámaras, 
ni gobierno, ni municipio. ¿Para que? La luna se encarga del alum- 
brado, por las noches, y los carruajes no atropellan á nadie, porque 
van por el aire tirados por palomas. A ningún transeúnte le roban 
el reloj, porque no hay relojes. L,os niños habitantes de ese cielo 
sin Dios, cuentan los segundos por los besos que dan á sus novias 
las rosas. Allí no hay queridas que engañen, ni maridos que ma- 
ten, ni mujeres que voten. Allí hasta el vino es puro. Allí no ire- 
mos nunca ni M. Capoul ni yo. 

Es un error creer que las niñas que mueren sin bautismo van al 
limbo: las niñas jamás mueren inocentes. Van al limbo los peque- 
ñitos que se mueren porque sus padres no llamaron al Dr. Licéaga, 
los poetas que creen en amor, los soldados que dan su vida por el rey 
y los que van al teatro por oir el drama. Como la puerta es muy ba- 
jita, todos se hacen pequeños para entrar, y nadie es de la talla de D. 
Francisco Gómez del Palacio. Las estaciones se conocen nada más 
por el color; la Primavera es color de rosa; el Estío es color de oro; 
el Otoño, azul, y el Invierno, blanco. Las bibliotecas públicas no 
tienen más novelas que la "María" de Jorge Isaacs, "Pablo y Vir- 
ginia," los "Cuentos de Carlos Dickens" y la "Magdalena" de 
Sardeau. Las aves viven juntamente con los niños, porque ningu- 
no de ellos ha inventado la pólvora, y el agua de los ríos es tan azul 
como los ojos de ángeles y las hojitas de los «no me olvides.» 

De cuando en cuando. Dios envía á ese mundo poblado de per- 
fumes y sonrisas, una excelente compañía de ópera. Contratan al 
ruiseñor por diez mil duros cada raes; á la alondra por una suma 
semejante, y la nueva Naturaleza queda en el encargo de hacer 
las decoraciones y los trajes. El tenor y la tiple cantan ccn acom- 
pañamiento de aguas y de brisas, y el sol les paga con sus rayos 
de oro. Allí cantó Théo por la primera vez. Una mañana azul de 
Invierno, á la hora en que las aves están ebrias de luz, y las garde- 
nias ostentan sus diademas de rocío, madre Naturaleza, satisfecha 
con el contento de sus criaturas, entró risueña á su laboratorio, 
en el que hay rayos de sol, cautivos en angostos cañutos de cristal 
de roca, y aromas de heliotropo embotellados. Madre Naturaleza 
tomó un poco de esa porcelana que imitan torpemente en Sévres, 
y se puso á formar una estatuita, propia para regalo de año nue- 
vo- Madre Naturaleza sabe mucho, más que todos los artistas de la 
tierra. Por eso logró hacer la muñeca más mona y más coqueta que 
los ojos humanos han mirado. Mojó un cabello de ángel en las hú- 
medas hojas de la balsamina, y con ese pincel imperceptible le fué 
pintando labios y mejillas. Entretanto, el crisol en que estaba hir- 
viendo el oro líquido, para proveer al sol de rayos nuevos, comenzó 



MANUEL GUTIÉRREZ NÁJERA 1 87 



á derramar sobre el horno, sin que madre Naturaleza lo mirara; 
hasta que algunos de sus hilos áureos cayeron en la cabeza de la mu- 
ñequita. De esa manera se formaron sus opulentas trenzas rubias. 
En la boquita, que parecía una fresa abierta en dos, arrojó la gen- 
til Naturaleza todo un pomo de esencia de heliotropo. La muñeca 
sabía decir papá y mamá. Decía "Papá" á todos, como si fuera hija 
de una corista. Pero madre Naturaleza no se conformó con esos ru- 
dimentos de elocuencia, y dio á la niña el peligroso don de la pa- 
labra. 

Desgraciadamente, una vez terminada la muñeca, madre Natu- 
raleza dijo para sus adentros: — ¡ Me he lucido! A mi edad y después 
de haber pasado por tantas pasiones volcánicas, no sentiría bien que 
comprase una casa de muñecas. Además, esta criatura no es una 
muñeca; es una mujercita hecha y derecha. Tengo que enviarla al 
mundo, so pena de que retoce en mi laboratorio y rompa los pomos 
de cristal en donde están almacenados los espíritus. Y es el caso, 
que siento deshacerme de esta joya. Nunca he hecho cosa más de- 
licada y exquisita. Y si la mando al mundo me la rompen. Y si la 
llevo al cielo, no ha de querer San Pedro recibirla; porque así como 
en el mundo las damas necesitan ir prendidas con diamantes, para 
entrar en los bailes de la corte, así para obtener entrada al cielo es 
preciso llevar algunas lágrimas. Con esa cara de travesura y esa 
risa de colegiala, nadie llega al Paraíso. 

¡Buena la hemos hecho! 



Afortunadamente, por aquellos días, Diciembre estaba próximo á 
acabar, y los ángeles del limbo habían enviado una cartita atenta 
á la madre Naturaleza, suplicándole que les enviase su regalo de 
año nuevo. La hermosa matrona, que no se parece á Hélene de Le- 
roux más que en la amplitud de su corsé, guardó en una caja de 
ébano forrada de raso blanco acolchonado, la muñeca que con tanto 
primor había construido. Para que no hablara ni cuchichease en 
el camino, le cerró la boca con un pastel de crema, y en tal guisa, 
por conducto de algún cochero de la diligencia, la envió al limbo. 
La muñeca no se movía ni hablaba: pero olía y la plática del pos- 
tillón con el cochero no era por cierto nada edificante. De ese modo 
aprendió mil cocheradas que después repetía, sin entenderlas. 

En la puerta del limbo no hay aduana; y además, como lo que 
iba dentro de la caja era una mujercita en todas formas, la envol- 
tura tenía este rótulo elocuente: Frágil. No hubo, pues, tropiezo 
alguno, y la graciosa caja, envuelta en triple forro de papel, llego 
intacta á su destino. Los niños la abrieron con grandes muestras 
de alegría, y la muñeca, ya cansada de ir tendida en el diminuto 



1 88 MANUEL GUTIÉRREZ NÁJERA 



colchón de terciopelo, saltó moviendo sus desnudos brazos y can- 
tando una de las siete mil doce canciones que había aprendido en 
el conservatorio de la Naturaleza. Fué de ver el asombro de los chi- 
cuelos. Ya está dicho que al limbo no van nunca las mujeres; por 
lo tanto, contemplaban perplejos y asombrados aquella maravilla 
de hermosura, desconocida hasta aquel instante para ellos. Como 
tampoco han visto nunca el cielo, y saben por un niño que se mu- 
rió en el tiempo de Perikles, que hay muchos dioses, lo primero que 
sospecharon fué que un Dios había venido á visitarles, y todos á 
una exclamaron: ¡Théo! (conviene á saber que en el limbo se ha- 
bla el griego, gracias á la influencia del ilustrísimo señor obispo 
Montes de Oca). 

Sin embargo, su error no duró mucho. Pronto se convencieron 
de que la coquetísima muñeca no era un dios; porque los dio.ses sue- 
len tener cierta formalidad, impuesta por .su oficio, y la muñeca co- 
menzó por enseñar la lengua á todos y por pellizcarles amistosa- 
mente la nariz. Algunos socarrones que habían dejado el mundo 
á los cuarenta años 3^ que habían ido al limbo, en gracia de estar 
suscritos al Monitor, comenzaron á decir á voz en cuello, que el ob- 
sequio de la madre Naturaleza era una mujer, ni más ni menos. 
¡Una mujer! ¿Y qué es una mujer? Esta pregunta dejó de una pie- 
za á los varones maliciosos de la población. 

Una mujer, dijo alguno de ellos, es un hombre á quien Dios no 
le da barbas, porque no sabría estarse callado mientras lo rasuraran. 
Afortunadamente los santos padres ya no estaban en el limbo, que 
de haber estado, hubieran dicho cosas estupendas en contra de la 
mujer. Bien es verdad que los niños no se curaban mucho de los 
díceres y vitoreaban con entusiasmo á la muñeca, gritando en coro: 
i Théo! ¡Théo! 

Esto pasaba el día de la Circuncisión. Naturalmente la algaza- 
ra y ruido que metían los pequeñuelos, no asombraron á los ánge- 
les, porque sabido es que la mañana de año nuevo es la más boru- 
quienta y regocijada para los chiquitines de uno y otro mundo. Pe- 
ro la dicha, hasta en el limbo, es fugitiva. A los dos días, ya había 
habido porrazos en la calle, y dos niños se habían cambiado sus tar- 
jetas, y un antiguo abonado á las butacas laterales del teatro, que 
á fuerza de vejez se habían ido al limbo, amaneció ahorcado con 
una corbata en la rama más alta del árbol de Navidad. 

¿Qué apostamos — dijo el arcángel encargado de cuidar el limbo 
— ¿Qué apostamos á que la madre Naturaleza ha hecho alguna de 
las suyas? 

Desazonado é impaciente, el ángel entró al limbo con una cara 
de despide hué.spedes. i A tiempo! Los niños estaban ya escribiendo 
versos y disertando en el Ateneo sobre los dos hemisferios del globo 
terráqueo, ¡Una mujer en el limbo! ¡Y qué mujer! La más gracio- 



MANUEL GUTIÉRREZ NÁJERA 1 89 



sa y pizpireta y retozona que se ha visto desde hace más de mil años 
á la fecha! Precisamente cuando el ángel llegó al limbo, Théo can- 
taba estas coplas que había oído al postillón de la diligencia y que 
ahora cantaben el acto primero de la "Marjolaine." 

Pendant que vous dormiez encoré 
Ce matiii, iiion tendré mari, 
Je me leváis avec Tanrore 
Et gagnais le sentier fleuri; 
Le soleil paraissait á peine 
Sur les cóteaux tout enipourprés. 
Et bientót je fus dans la plaine, \ , • 
Pour me promener dan les bles. J 

Je marcháis dans la solitude 

Quand j'entendis un petit cri . . . ■ 

Je m'approchais .... s'était Gertrude 

Qui jacassait avec Landry. 

Leur plaisir devait étre extreme, 

lis étaient toux deux fort troublés .... 

Ah! c'est bien gentil quand on s'aime \ ^^^ 

De se promener dans les bles. i 

Mais soudain, le garde champétre 
Parut et dit d'un ton brutal: 
"Je ne vous ai pas pris en traítre, 
"Je dresse mon procés-verbal! . . . ' 
Tous les deux. pleurant á coeur fendre, 
Le suivaient, de honte accablés .... 
A.h! c'est hien mécliant de défendre 1 ^^^ 
De se promener dans les bles. í 

El ángel no quiso oír ni una palabra más. Tomó á Théo del bra- 
zo, y sin atender la vocería de los inocentes, la sacó del limbo. L,os 
niños pidieron amparo; pero Ricardo Ramírez no era ya juez de 
Distrito, y no pudieron obtenerlo. Y eran de ver sus desahogos, 
sus rabietas y la manera con que amenazaban al ángel, apretando 
los puños. 

— ¿Quieren ustedes al violinista Remeny? 

— No queremos. 

—¿Quieren que venga una compañía de ópera cómica a cantar 
el "Dominó Negro" y "Carlos VI?" 

— No, tampoco. 

Y los niños, desesperados clamoreaban sin descanso, mientras 
Théo, en brazos del ángel, subía y subía con dirección al cielo. 

*** 

—Ahora ¿qué hago con esto?— dijo el ángel; -si la llevo al infier- 
no va á aumentar la concurrencia. Si la llevo al Paraí-so, trastorna 
á San Elias. Mejor será dejarla en una estrella: en Venus. 



190 MANUEL GUTIÉRREZ NÁJERA 

Venus es una estrella color de rosa como el cutis de Mlle. Deri- 
vis. Allí, los que se han amado mucho en esta tierra, van á seguir 
su interminable dúo. Romeo vive en los cabellos de Julieta, perfu- 
mados de amor; y Paolo dormita entre los brazos de Francesca. Las 
afroditas atraviesan el mar, recostadas en un colchón de espuma, 
y Ofelia deshoja su guirnalda sobre el azul espejo de las aguas. Allí 
llegó Théo, después de recorrer en brazos del arcángel los obscuros 
desiertos neptunianos. Como el camino es largo, largo, había cre- 
cido Théo durante el viaje. El ángel, enamorado de sus dientes 
blancos, de sus pupilas habladoras y sus labios color de sangre, pro- 
longó cuanto pudo su excursión. — ¿Ya es aquí? — Preguntaba Théo 
impaciente — Y — No, no hemos llegado aún — le respondían. Y de 
ese modo atravesaron mil regiones en que la atmósfera está com- 
puesta de pequeñas moléculas de oro y mundos de colores tan di- 
versos como la cola del pavo real. De cuando en cuando, la pareja 
se detenía en alguna isla del infinito mar azul, y mientras Théo 
dormía, las estrellas bajaban é iban á pararse como palomas, en sus 
hombros. Saturno ciñó su dedo con el rico anillo que antes le rodea- 
ba, y Júpiter hizo con sus fulmíneos rayos un hachero, para alum- 
brar su marcha en el espacio. Y — ¿Ya llegamos? — preguntaba Théo 
— Y — Poco nos falta ya — le contestaban. Y es que el ángel hacía 
en esos momentos lo que el novio cuando al obscurecer de un día 
Uuvio.so encuentra por las calles á su amada. L,e da el brazo, la cu- 
bre con su paraguas, y la lleva, torciendo calles y sorteando esqui- 
nas, por el camino más difícil y más largo, hasta la puerta misma 
de su casa. L,a novia finge que no comprende la superchería, y va 
oprimiendo el brazo de su amante y escuchando cómo llueven las 
gotas sobre la seda del paraguas, y cómo desgrana el amor sus co- 
llares de perlas. Pero, al cabo, la novia tiene que llegar á casa, como 
el ángel tenía que llegar á Venias. Y llegaron, y Théo, impaciente, 
saltó á la concha nácar que sirve de embarcación en esos mares, y 
el ángel quedó tri.ste, como Pablo al seguir con la vista el barco en 
que iba Virginia. 



¿Cuántos días, cuántos me.ses, cuántos años, pasó Théo en aquel 
planeta? El duende que me ha referido todos estos pormenores y 
detalles, no me supo decir la cifra exacta. De e.sto y de sus curiosas 
aventuras en la estrella del amor, hablaré con más datos cuando lle- 
gue el caso. 

En Venus no hay más que un solo teatro: los Bufos. Y un solo 
músico: Offenbach. De allí bajaron á la tierra Hortensia Schneider 
y Judie. De allí también nos vino Mme. Théo. Pero ¿de qué ma- 
nera? Es muy sencillo. Cuentan los duendes, que, hace pocos me- 



MANUEL GUTIÉRREZ NÁJERA 191 

ses, los diarios del planeta, instruidos en los achaques astronómicos, 
anunciaron el paso de Venus por el disco del sol. La noticia era fide- 
digna. Solo de escucharla corrían gruesas gotas de sudor por el 
cuerpo de las hermosas afroditas. Figuraos que Venus es una tie- 
rra muy caliente de por sí, y que, á medida que se acerca al sol, au- 
menta la elevación de su temperatura. En e.sa estrella, Mlle. Blain- 
ville se habría convertido en una nubécula de vapor. 

Al solo anuncio de ese paso tremendo, Mme. Théo sintió que se 
liquidaba como la perla de Cleopatra. Vivía á sus anchas, es ver- 
dad; pero los horrores de ese insólito verano, no eran muy de su 
agrado que digamos. Afortunadamente los telegramas que del Ban- 
co Franco Egipcio recibían las afroc itas, les indicaban un medio ho- 
nesto de ponerse en salvo. Ramón Guzmán había intentado una 
de esas empresas colosales que harán época en los anales de la his- 
toria. Aprovechando los descubrimientos astronómicos del señor 
Zúñiga Miranda, Ramón Guzmán había resuelto utilizar el come- 
ta para hacer viajes de recreo en el mundo de los astros. 

No hacía falta el vapor, porque, según la ciencia, las colas de los 
cometas están compuestas de vapores. Para alumbrar el interior de 
los wagones contaba con la cabellera, que es gaseosa. Por modo que, 
en un abrir y cerrar de ojos, el cometa se transformó en un gran 
convoy, con carros de dormir, cocina, tocadores, salas de billar, y 
wagones de pockart para los aficionados. El cometa, además, debía 
servir para hacer viajes de la tierra al sol, con escalas en todos los 
planetas. Como era de esperar, el príncipe de Gales tomó un bo- 
leto para Mercurio, de ida y vuelta. 

Mary Vallot y Mlle. Boisson, que habían nacido en Venus, su- 
pieron anticipadamente la noticia. Comunicáronla á Théo, y las 
tres juntas, burlando la vigilancia de las otras afroditas, tomaron 
el tren en la estación más próxima. 



De esta manera peregrina é inaudita, vino al mundo la encanta- 
dora artista de opereta que hoy aplaudimos en el teatro Nacional. 
Los biógrafos dirán que no es asi; pero los biógrafos sesudos se equi- 
vocan. 



192 MANUEL GUTIÉRREZ NÁJERA 



LA VIDA EN MÉXICO. 



Marzo 18 de 1883. 



Se escuchan ya, cercanos y pesados, los pasos de la Semana Santa. 
La multitud se refugia en los templos, como una ban Jada de pollue- 
los bajo el ala de la madre. lyos predicadores se esfuerzan por lograr 
sus últimas victorias, y cada tarde, al concluir la plática, aguardan 
pacientes en el confesonario á las ovejas descarriadas, para darles el 
perdón, ese rocío del cielo. Velos obscuros cubren los altares. Los 
cirios amarillos chispean solemnemente en torno de la imagen del 
Crucificado, Quitémonos, pues, ceremoniosamente los sombreros, 
y abramos paso á los últimos días de la cuaresma. 



*** 

A riesgo de que los críticos hagan mofa de mí y se burlen, acaso 
con justicia, de mi egoísmo, estoy poco dispuesto al arrepentimiento 
y reincido, á sabiendas, en el pecado. No sé escribir de otro modo. 

Para hablar de los días solemnes, santificados por la tradición, no 
quiero recurrir á mis pobres libros ni á mis cortísimos saberes. La 
ciencia es fría como el mármol de un monumento sepulcral. Pre- 
fiero recorrer con la memoria el camino que dejo atrás, y hablar con 
el corazón. Todos tenemos en nuestro cofre de recuerdos una reli- 
quia religiosa y en nuestro corazón una fibra que se estremece en 
la quietud solemne de los templos . Arrastrados sin tregua ni des- 
canso por el rápido torbellino de la vida, hemos casi olvidado el ca- 
mino que lleva al corazón. Hoy, venturosamente, las faenas diarias 
cesan y el ánima se esparce en el sosiego: busquemos, pues, esavía 
dolorosa, ese camino. 



MANUEL GUTIÉRREZ NÁJERA 1 93 



*** 



Todavía me parece estar muy cerca de esos años felices en que 
yo le ayudaba la misa al señor cura, preparaba el misal con sus lar- 
gos listones, y hasta solía lavar las vinajeras, cuidando de tomarme, 
sorbo á sorbo, el vino que en ocasiones les quedaba. Muchas cosas 
se olvidan en esta larga caminata que llamamos vida; pero el pri- 
mer sacerdote que nos confesó y la primera novia que tuvimos, no 
se borran jamás de la memoria. Por eso cada vez que la Santa Se- 
mana llega y el velo cubre los altares, mientras suenan las carracas 
en las calles y reverbera el sol su roja lumbre, como dice Carpió, 
distraemos el pensamiento con la contemplación de hechos pasados, 
y vivimos en plena fe la vida paradisiaca de la infancia. 

Una noche— era yo muy niño todavía, — lleváronme á la iglesia 
donde se conmemoraba con sermones y cuadros alegóricos el pren- 
dimiento de Jesús en el sagrado huerto. La iglesia estaba á obscu- 
ras, ó poco menos; la única parte iluminada era el altar, sin blan- 
dones ni imágenes, todo cubierto por una gran cortina obscura que 
el viento estremecía pausadamente. La llama roja de los cirios, os- 
cilante como la lengüeta de una víbora, alumbraba una imagen de 
la Virgen dolorosa — única que había quedado en el altar — quebran- 
do sus resplandores en el áureo pomo del puñal que atravesaba el 
pecho de la santa Madre y resbalando por el lustroso terciopelo de su 
manto. En las mejillas de la Virgen corrían dos lagrimones de cris- 
tal. He dicho que corrían, y no retiro la palabra; porque, ora fuese 
á causa del fulgor oscilante de los cirios, ora por influjo de mi exal- 
tada fantasía, la verdad es que yo veía correr aquellas lágrimas cual 
si brotasen de una fuente inagotable. Los piadosos feligreses reza- 
ban agrupados en la nave, y al terminar cada misterio del Rosario, 
sonaba la severa voz del órgano acompañada del canto religioso. 

Pero lo que atraía mi vista con más fuerza, era el cuadro dispues- 
to en una de las capillas laterales. En la solemne obscuridad del 
templo, esa capilla, toda colgada de terciopelo púrpura, con sus ca- 
torce cirios encendidos, se destacaba como un horno luminoso. Allí 
estaba una imagen del Señor, guardada para ocasiones semejantes. 
Vestía Jesús su túnica violeta, y de rodillas, apoyado en la peña de 
cartón, oraba al Padre. No podía vérsele el rostro, que tenía oculto 
en las sagradas manos, y solo se miraba su cabellera de color cas- 
taño y el nacimiento de las blancas sienes. En el ángulo opuesto, 
serios y ceñudos, se destacaban los soldados del pretor con sus lu- 
cientes picas y sus barbas negras. Aquellos hombres me inspiraban 
aversión y miedo: sin darme cuenta de ello, por instinto, yo me acer- 
qué á mi madre, cubriéndome la mitad del cuerpo con sus ropas. 

25 



194 MANUEL GUTIÉRREZ NÁJERA 

El señor cura comenzó su piadoso sermón, y el auditorio, reco- 
gido, no se atrevía á moverse para no perder una sola de esas frases 
inspiradas. 

El señor cura, como era uso, había tomado por la tarde, en casa 
de mis padres, el chocolate de las cuatro; su voz, sin embargo, me 
infundió pavor. No, no era el mismo que solía darme tirones de oreja 
y hasta jugar conmigo á la raqueta. Era el austero pastor de almas, 
el viejo de cabellos plateados, narrando con acento conmovido la 
suprema tragedia del Calvario. Yo, de ordinario retozón é inquieto, 
no osaba murmurar una palabra ni moverme del sitio en que mi ma- 
dre oraba. La voz del señor cura sonaba tristemente en mis oídos, 
como los dobles de la campana el día de Muertos. El drama augus- 
to desenvolvía ante mí, en la obscuridad, sus desgarradores episo- 
dios. La noche que pesó con su negrura inmensa sobre la cabeza 
del Redentor, pesaba también .sobre mí. Miraba á los apóstoles dor- 
midos; y, á la distancia de un tiro de piedra, contemplaba á Jesu- 
cristo hablando con su Padre, que le oía desde los cielos, y pidién- 
dole que apartara de sus pálidos labios el amargo cáliz. No había 
estrellas en el cielo. ¿Qué estrellas habrían podido ver á un Dios 
sufriendo? El Nazareno comenzaba su martirio, y en el silencio au- 
gusto de ese bosque, lejos de los hombres que ya habían comenzado 
á abandonarle, sentía pavor, miedo y congoja. No le arredraba 
aquel suplicio horrendo ni aquella penosísima agonía; mas con los 
ojos del espíritu, con la infinita previsión divina, contemplaba la 
procesión interminable de los siglos. ¿A cuántos aprovecharía la re- 
dención? ¿Cuántos de aquellos hijos por quienes aceptaba el cáliz 
del martirio, iban á desconocerle y á negarle? Y el alma del Profeta 
se oprimía, y de su noble pecho, hinchado por los sollozos, salían 
quejas amarguísimas. De improviso, rompe la obscuridad nocturna 
súbito resplandor de hachones y linternas. Con grande vocerío, 
blasfemando, riendo á carcajadas, se acercan los durísimos solda- 
dos. Y llegan todos en tropel, le insultan, y uno de ellos pone la 
recia mano en el rostro divino del Maestro .... 

En llegando á este punto, rompieron los sollozos su clausura ,yel 
devoto auditorio comenzó á llorar. La conmovida voz del señor cu- 
ra narraba lentamente aquella escena desgarradora. Yo, de rodillas, 
clavaba con espanto la mirada en el doliente rostro de la Virgen. 



*** 

He asistido después á muchos templos y he escuchado á los gran- 
des oradores. ¿Por qué ninguno sabe conmoverme como aquel ig- 
norante pastor de las almas? No era profundo teólogo ni polemista 
experto, ni elocuente, en el sentido humano de esta palabra. No 



MANUEL GUTIÉRREZ NÁJERA 195 



argumentaba con gran máquina de raciocinios, ni recurría á las ar- 
mas de la filosofía batalladora. Era manso y humilde, recto de co- 
razón y amplio de espíritu. No hablaba con el entendimiento; ha- 
blaba con el alma. Diré mejor, para expresar con claridad mi pen- 
samiento: No hablaba él; dejaba hablar á Jesucristo. 

De ese humilde predicador y de la azul mañana en que hice la 
primera comunión, jamás podrá olvidarse mi memoria. Cerrando 
los ojos para no mirar los seres y cosas que nos rodean, y explo- 
rando con la imaginación el campo del pasado, parece que la vida, 
como un inmenso panorama, va pasando ante nosotros en su infi- 
nita variedad de cuadros. Pasan los días lluviosos, obscurecidos por 
densas y apretadas nublazones ; las noches en que retumba el trueno 
y los ríos desbordados salen de su cauce, las mañanas serenas en 
que el cielo está azul, la tierra fi-esca, y limpia el agua de las fuen- 
tes. Esas mañanas son las mañanas de la infancia. Las bocanadas 
de aire traen á nuestro olfato el sano olor de los trigales, y á nues- 
tro oído el repique de las campanas que volteaban alegremente en 
la parroquia. La atmósfera está tan limpia y transparente que po- 
dría distinguirse el vuelo de los ángeles; la luz es virgen todavía; 
Dios está contento. 

Así es la mañana de la primera comunión. Todavía, al recordar- 
la, siento una vaga sensación de frescura: me parece que entro á 
un estanque rugado por el ala del cisne y que el agua fresca penetra 
por todos mis poros. Bien hacen al escoger para esta santa comu- 
nión una mañana de Abril, toda claridad, toda perfume. El invier- 
no es la estación de los entierros; y la primavera es la estación de 
las resurrecciones. La primera comunión sería triste en Diciembre, 
se iría al templo por callejas cubiertas de hojas amarillas, entre ár- 
boles desnudos y fuentes heladas. No; Dios debe entrar al alma 
cuando la savia renueva las ramas, cuando el perfume sale de la flor 
y los pájaros salen de sus nidos. El ruiseñor, cantando por la noche, 
enseña á orar. La luz, entrando por los ojos, lava el alma. 

Conservo aún la cinta de raso blanco que llevé anudada en el 
brazo. El tiempo la ha amarilleado un tanto cuanto: está como los 
encajes que guardan en su baúl nuestras abuelas y que sirvieron 
para su matrimonio. 

La víspera de ese día inolvidable me acosté algo más tarde que 
de costumbre. Junto á mi cama estaba ya dispuesta la ropa que iba 
á vestir, nueva y lustrosa. Pasé la velada oyendo las máximas se- 
veras de un libro piadoso que leía mi padre. Una inmensa alegría 
llenaba mi alma. Antes de recogerme abrí la puerta de mi ventana 
y contemplé la noche: todas las estrellas me veían con sus pupilas 
de oro. Me arrodillé después ante la imagen de la Virgen; la Vir- 
gen, la santa Virgen me sonreía. Algo como un ligero movimiento 
de alas sonaba en torno mío. Esa noche pensé que eran las alas de 



196 MANUEL GUTIÉRREZ NÁJERA 



los ángeles. Ahora reflexiono que debió de ser la brisa moviendo las 
altas ramas de los árboles. 

Dormí poco. A las cuatro de la madrugada me despertaron; co- 
mencé á vestirme rezando á media voz mis oraciones. Estaba ale- 
gre aún ; pero mezclábase á mi alegría un vago temor. Casi puedo 
decir que tenía miedo. ¿Miedo de qué? Había hecho la confesión 
de mis pecados; la absolución había purificado mi espíritu, y no 
obstante, me parecía que no estaba aún suficientemente apercibido 
para aquel acto solemne. 

Tan abstraído estaba, que no me detuve á admirar la ropa nue- 
va, los pantalones con bolsas, el chaleco blanco, y la cinta que iba 
á anudarse coquetamente en torno de mi brazo. Tenía miedo. La 
calma de la noche me imponía. Mas apenas pude salir al corredor 
y contemplar el cielo, huyeron desvanecidos mis temores. Las es- 
trellas no estaban ya doradas y lucientes como pocas horas antes. 
En ese instante parecían de plata. Los gallos cacareaban en el co- 
rral vecino. La luz, tímida y como algodonosa, comenzaba á .subir 
por el Oriente. El agua tartamudeaba en su taza de piedra. Yo en 
aquella hora del alba, me creí virgen de pecado. La brisa rozaba 
con sus alas húmedas la corola de las flores. La naturaleza habla- 
ba con Dios. 

Poco á poco se fueron apagando los luceros; poco á poco la cla- 
ridad invadió el cielo; ya se escuchaba más continuo y más sonoro 
el repique de las campanas; los luceros fueron quedando en el obs- 
curo cofre de la noche, como diamantes engarzados en antigua plata: 
la franja de oro que precede al sol, apareció en los horizontes, y los 
pájaros que dormían aún dentro de sus pequeñas jaulas, comenza- 
ron á cantar. 

Yo no quería hablar, no quería oír. Cuidaba mi corazón y mi con- 
ciencia, como se cuida el vaso lleno de agua que se lleva en la ma- 
no, temiendo que se derrame sobre las alfombras. Con la apaci- 
ble claridad del día, la calma entraba en mi espíritu. Los compa- 
ñeros me aguardaban ya, y partimos á la iglesia. Ver me parece 
aún la nave; las flores que caían á nuestro paso desde las altas cor- 
nisas; creo oir la voz grave del órgano y el ruido de nuestros pasos 
en el suelo hueco. Llegamos hasta la escalinata del presbiterio, y 
allí nos pusimos de rodillas. Los niños de coro balanceaban sus do- 
rados incensarios. Gotas de cera derretida caían en la arandela que 
defendía mi mano recortando el cirio blanco. Se oía la alegre voz 
de las campanas, y nuestros corazones infantiles también, como las 
campanas repicaban. 



MANUEL GUTIÉRREZ NÁJERA 197 



*** 

¡Oh, santa iglesia que escondiste mis primeras alegrías, humilde 
templo sin áureos candelabros ni ornamentos realzados con brillan- 
tes ! Tú me viste en tarde obscura y nebulosa mucho tiempo des- 
pués de aquella azul mañana, entrar en busca de santo amor y de 
consuelo. I^as hojas de rosa no caían, como menuda lluvia, sobre 
mi cabeza. El órgano estaba mudo, y mi memoria no encontraba ya 
oraciones. En el desnudo altar se alzaba la santa imagen del Cru- 
cificado. Mis pasos resonaron en la bóveda tristemente; las campa- 
nas doblaban en la torre, y mi corazón doblaba también, como las 
campanas! ¡Oh, santa iglesia que escondiste mis primeras alegrías! 
Cuando mi pobre espíritu zozobra como la barca débil de los pes- 
cadores en el revuelto mar de Tiberiades, yo te evoco y te miro re- 
flejada en el cristal opaco del recuerdo. ¡Tú eres la calma, tú eres 
la verdad, tú eres la vida! 



Mayo 6 de 1883 



Si queréis dudar de la Primavera, id esta tarde al árido cauchal 
de Peral villo . Ni un árbol desmedrado ofrece su hospedadora som- 
bra á los pájaros, ni un breve hilo de agua refresca las arenas incan- 
descentes. Aquel es el terreno de la desolación; el sitio en donde, 
por haberse cometido algún horrible crimen, sembraron sal en signo 
de tristeza; la tierra estéril é infecunda, cuyo polvo blanco se formó 
con los huesos de Caín. Ahondad un poco y encontraréis el cadá- 
ver de Judas. 

Para creer en la hermosa Primavera estando en esos páramos ar- 
dientes, es necesario convertir los ojos á las tribunas y ver las bocas 
mujeriles que se entreabren. La luz del hipódromo no favorece cier- 
tamente al rostro. lya reverberación de los rayos solares comunica 
á todos los semblantes un color de horno, y el polvo, prendiéndose 
en los rizos negros, y en los bucles rubios, quita una parte de su 
gracia á los tocados. I^a mujer que es hermosa, á tal hora y en tal 
sitio, puede enorgullecerse, y con razón, de sus encantos 

Para luchar con este polvo pegajoso que no respeta condición ni 
edad, las señoras debieran escoger telas ligeras de color muy claro. 
El sol y el polvo son los crudos enemigos con quienes combatimos 
sin descanso. 



198 MANUEL GUTIÉRREZ NÁJERA 



Yo pensaba el domingo, en cierto biombo que había en casa de 
mis abuelos, con pinturas alegóricas, tan malas y desatinadas como 
todas las que se deben al pincel de los grandes artistas que vivían 
de pintar biombos. En cada una de las mamparas se distingue un 
jinete en algún potro de largas zancas y pescuezo flaco, á un bi- 
zarro caballero vestido á usanza cortesana, con la tizona á un lado 
y el sombrero de pluma hundido hasta las cejas. Cada uno de esos 
personajes, dispuesto como para entrar á un torneo, tenía un rótulo 
abajo, que decía así. sobre poco más ó menos: El alto y poderoso Se- 
ñor D. X. de X. mantenedor del Elemento tal. L,os elementos eran 
la tierra, el aire, el agua, y el fuego. 

Ya ahora no hay torneos ni justas en que se dispute la primacía 
de un elemento; los cuatro elementos que figuraban en el biombo, ya 
ni elementos son: yo, sin embargo, los recuerdo aún, y cuando el 
polvo cierra mis ojos en el hipódromo, digo para mí. . . . ¡Dios mió! 
¡Si habrá también aquí mantenedores de los elementos; si estaremos 
presenciando una terrible competencia entre las fuerzas ciegas de la 
Naturaleza! 

Ayer, tierra y aire se concertaban para molestarnos: hoy cae el 
agua, convirtiendo en un extenso lodazal los llanos, : solo falta el 
fuego, ya aparezca por bajo de la tierra, haciendo una explosión ni- 
hilista, ó llueva como en Sodoma ó en Gomorra! ¡Dios nos tenga 
de su mano! 

— Te equivocas — me contestaba entonces un amigo — el fuego to- 
mó ya parte en las carreras: revolotea con alas escarlatas en la at- 
mósfera, á la hora en que, con la última gota de café en los labios, 
nos dirigimos al hipódromo; tiñe de encarnado las pequeñitas bocas 
de frambuesa y esconde sus agudos dardos en los ojos negros. 



El regreso de las carreras es tan triste como animada y bulliciosa 
fué la ida. Enciéndense los faroles de los coches y el desfile empie- 
za. Muchos regresan con semblante arisco: son los que perdieron. 
Otros piensan en el gomoso impertinente que despertó sus celos. 
Los más consideran, compungidos y contritos, la repentina estenua- 
ción de sus bolsillos. ¡Así es la vida! I^a vejez es el traje que se lle- 
nó de polvo en las carreras y que no vuelve ya á servir. Las ilusio- 
nes son las monedas que se perdieron. Todos regresan pensativos 
y cansados. Los más felices y dichosos se esconden en el fondo del 
carruaje para seguir la interrumpida siesta. 

Así, tan triste y mudamente vuelven á su hogar las pobres gen- 
tes que acuden á los fuegos de artificio . Coppée ha descrito admira- 
blemente esa tristeza de las fiestas que concluyen: 



MANUEL GUTIÉRREZ NÁJERA 199 



Quand sont finis le feu d' artífice et la féte, 
Morne comme une armée aprés une defaite, 
La foule se disperse: Avez-vous remarqué, 
Comme est silencieux ce peuple fatígue? 
Hors on vont tous, portant de lourds enfants qui geignant, 
Tandis que' en infectant les lampions s'eteignant 
On si entend que le rhytme inquietant des pas; 
Le ciel est rouge; et c'est sinistre n'est-ce pas? 
Ce fourmillenient noir dans ees etroites rúes 
Qu'assombrit le regret des splendeurs disparues. 

Observad el aspecto de las calles, cuando acaban los fuegos de 
artificios. L,os pobres vuelven cargando á sus hijos ó estirando pe- 
nosamente de la mano á los chicuelos soñolientos. No se oyen más 
que refunfuños y regaños. L,a madre piensa en los desgarrones de 
su vestido, y el pobre viejo que trabaja durante la semana para ga- 
nar el pan de su familia, considera el desequilibrio que produce en 
el presupuesto de la quincena, el dcvspilfarro de unos cuantos reales. 
Momentos antes la tristeza no abatía su ánimo ni los traviesos chi- 
cuelos se dormían. El cielo no estaba tan obscuro. Enormes flores 
escarlatas .se deshojaban en el aire y las bombas subían desgranan- 
do en el espacio su collar de notas triunfales. Ahora la noche pa- 
rece más negra, porque los ojos guardan todavía el deslumbramien- 
to de los artificios pirotécnicos. Ya es hora de volver á la casa, en 
donde aguarda la pobreza. Allí pavesea el velón de sebo puesto 
en un ladrillo. Ya no rasgan los ágiles cohetes el velo denso de la 
sombra; solo en lontananza, destacándose en medio de un círculo 
rojo, .se levantan enhiestas las torres de la Catedral, como los es- 
combros de un castillo incendiado. 



Este espectáculo es uno de los más peregrinos y curiosos que ofre- 
cen nuestras fiestas nacionales; y tal vez bastaría á reconciliarme 
con ellas, á no ser por la salva matinal que bruscamente me arre- 
bata el sueño. Y hay otro cuadro aún que me interesa tanto como 
éste: el desfile de las tropas. 

El sol quiebra sus flechas de oro en el latón de las carmañolas 
y en la punta de las bayonetas; suena el redoble del tambor, y los 
soldados marchan en compactos batallones, entre una doble fila de 
gallardetes y banderas. 

«¡Música!— ¡Qué aliento dan 
Y qué esperanzas sin fin. 
El re-tin-tin del clarín. 
Del tambor el ra-taplán. 
¡Ya aproximándose van ! 



200 MANUEL GUTIÉRREZ NAJERA 



¡Tambor y clarín resuenen! 
¡Cuál la esperanza entretienen! 
¡Cómo el corazón abrasan 
¡Estas músicas que pasan! 
¡Qué alegres son cuando vienen! 

Los niños palmetean en los balcones y asoman sus cabecitas rubias 
para ver el desfile. Yo también contemplé con esa infantil curiosi- 
dad y esa ingenua admiración, los batallones que en este instante 
pasan por mi calle. Era muy niño y aun me acuerdo del regocijo 
con que al acostarme por la noche, el 15 de Septiembre, después de 
oir la salva y los repiques, pensaba en los soldados que podría con- 
templar al día siguiente, y en las dianas alegres que me desperta- 
rían al amanecer. ¡Cómo alegraban mi alma las músicas militares! 
En la noche, pegado el rostro á los cristales del balcón, aguardaba 
con impaciencia los disparos y repiques. A cada rato, volteaba para 
ver la muestra del reloj, que iba entonces muy lento, como camina 
ahora cuando estoy alegre. — ¿No quieies acostarte! — me decían. Y 
yo, muerto de sueño, me obstinaba en permanecer junto al balcón, 
hasta que una llamarada lívida rasgaba el seno de la obscuridad, 
y temblaban estremecidas las vidrieras, al estruendo sonoro del ca- 
ñón. Iba contando entonces los disparos, y cuando el último .sona- 
ba, me recogía en mi pequeña alcoba, saboreando con la imagina- 
ción los placeres que al día siguiente gozaría. Dormía, temeroso de 
que las salvas, dianas y repiques no me despertaran. Yo no quería 
perder una .sola nota de las bandas militares, ni un solo sacudimien- 
to de la artillería. Por modo que, apenas abría el alba sus azules 
ojos, ya estaba despierto en mi cama esperando con an.sia el estam- 
pido de los cañones y la regocijada voz de las campanas. Recuerdo 
que á esa hora, estaba casi siempre paveseando la lámpara de aceite. 
De improviso el bronco estrépito se propagaba en las ondas de la 
atmó.sfera y rompía el clamoreo de las campanas. Yo, entonces, in- 
corporándome en mi lecho, contaba los disparos uno á uno, como 
el avaro cuenta sus monedas. Las dianas militares se iban acercan- 
do y una inmensa alegría llenaba mi alma. 

¡Cómo ha corrido el tiempo! Hoy me enfada y me enoja esa in- 
sensata salva que viene á despertarnos bruscamente; huyo lo más 
que puedo del bullicio y procuro no recorrer las calles en que las 
tropas van á desfilar! En aquel tiempo, estaba toda la mañana en el 
balcón y allí tomaba el desayuno, para no perder ni una .sola de las 
maniobras militares. Y cuando la fiesta terminaba y volvía de los 
fuegos triste y pen.sativo, contaba los meses que faltaban para el 
Cinco de Mayo y me dormía pensando en los esplendores del ejér- 
cito. ¡ Ser soldado ! vestir esos trajes tan llenos de colores y bordados, 
pasear con la espada desnuda al frente de un batallón, mirando có- 
mo se coronan de mujeres los balcones. . . . ! ¡qué gran sueño! 



MANUEL GUTIÉRREZ NÁJERA 20I 



*** 

Las mujeres y los niños aman á los soldados. Shakespeare dice 
en «Ótelo,» que la coraza bruñida de un guerrero es el mejor espejo 
en que se mira una mujer. Yo me explico esto por una ley empí- 
rica que tengo establecida para mi uso particular y que llamo la 
(dey de los complementos. » Cada cual busca fuera de sí aquello que 
no tiene ni posee. Por eso las mujeres y los niños, seres débiles, 
buscan y aman al batallador, que es símbolo de la fuerza. 

En mis primeros años, el soldado se me aparecía en su deslum- 
bradora forma de parada. Yo le miraba bajo su aspecto escénico y 
teatral; como las damas ven á los tenores de ópera y á los galanes 
de comedia. En esos trajes cepillados, limpios y brillantes, no ha- 
bía para mí ninguna mancha de sangre. Eran ellos los grandes ven- 
cedores que corren el mundo conquistando naciones y mujeres. La 
visión dramática del soldado me vino más tarde; no en una de estas 
fiestas en que la pólvora sirve para espantar á los gorriones y en- 
ardecer la sangre de los comerciantes, sino en las tortuosas y retor- 
cidas calles de una aldea, diezmada por la guerra civil. Muchas ve- 
ces me complazco en hacer mentalmente el parangón de estas dos 
visiones, tan disímbolas, y en comparar el entusiasmo con que oía 
las músicas y las dianas militares desde mi cama, que era casi cuna, 
con el terror y la compasión que sentí años adelante en esa pobre 
y miserable aldea. También entonces pasaron los soldados junto á 
mi ventana; pero no sonaban los clarines ni redoblaban los tambo- 
res. Iban todos silenciosos, procurando apagar el ruido de sus pa- 
sos, por entre la negrura inmensa de la noche. Se oía el pesado mo- 
vimiento de cañones y cureñas; y despertados bruscamente por el 
paso de este ejército en campaña, asomábanse los vecinos á las puer- 
tas de sus casas. Algunos salían á medio vestir, con la palmatoria 
de barro en una mano y el nudoso garrote en la otra. ¡ Adonde iban 
los soldados? La madre se estremecía pensando en su hijo que es- 
taba con los pronunciados y que iba tal vez á morir aquella misma 
noche. ¡Qué frías brillaban las estrellas en el cielo! 

Los soldados pasaron dejando como una estela de tristeza. Vol- 
vieron á cerrarse las ventanas; se apagaron las luces y el pesado 
rodar de los cañones se fué desvaneciendo en el espacio. Entonces 
yo pensé en aquellos héroes de parada que tanto me habían entu- 
siasmado cuando niño y cuya gloria deseaba compartir. Ya no iban 
vestidos de gala, bajo lluvia de flores, ni entre músicas alegres: iban 
tristes y mustios, casi muertos de fatiga, con los pies desangrados, 
en medio de la noche triste y negra. ¡ Pobres .soldados! Avanzaban, 
avanzaban en la obscuridad, pensando acaso en una madre de cabe- 

26 



202 MANUEL GUTIÉRREZ NAJERA 



líos blancos que tal vez no verán más, en una novia que les aguar- 
da vanamente ó en los hijos que van á quedar desamparados, y que 
mendigarán en los caminos reales. 

A poco, oí un lejano tiroteo, que se fué aproximando lentamente. 
Luego, dominando el estruendo nutrido de la fusilería, sonaba la 
voz ronca del cañón; de ese mismo cañón cuyos disparos escuchaba 
lleno de alegría en nuestras fiestas nacionales. Incorporándome en 
el lecho, pensaba en esos infelices, que momentos antes, había vis- 
to pasar llenos de vida, y cuyos cuerpos iban á ser pasto de los bui- 
tres y de los lobos. I^os vecinos del piieblo, llenos de terror, atran- 
caban las puertas de su casa. I^as madres gemían; y tendiendo la 
vista por la abierta ventana, miré al cura que de rodillas, junto á 
su cama, oraba por los matadores y los muertos. Así pasaron cerca 
de tres horas. Poco antes del amanecer paró el fuego. Los pronun- 
ciados quedaban batidos; pero las tropas del Gobierno habían su- 
frido muchas pérdidas. Apenas empezó á clarear, llegaron al pueblo 
los carros de la ambulancia, llenos de heridos. Los muertos queda- 
ban en el campo. De esos carros salían voces dolientes y quejidos 
agudísimos. Se improvisó un pequeño hospital en la casa del ten- 
dero más rico y allí vaciaron los heridos, como se vacía un canasto 
de verdura. Una hora después, era imposible pasar á cien varas de 
aquella casa, sin oír los quejidos y blasfemias de aquellos infelices- 
tasajeados por la cuchilla de los cirujanos. 



*** 

Por eso ahora, cuando miro el desfile de los batallones, y observo 
el entusiasmo con que aplauden los niños desde las ventanas, pien- 
so también en esa horrible madrugada que vi morir á tantos com- 
batientes, y pido al cielo que sigamos gastando la pólvora en salvas 
y nuestro dinero en fuegos de artificio. 



Mayo 27 de 1883. 

¡Abuelita, abuelita, la de cabellos blancos y anteojos de oro en 
caja de marfil! ¡abuelita, abuelita, bien hace Dios en no querer que 
salga Ud. de ese rincón pacífico y obscuro en que maulla el gato y 
lee Ud. vidas de santos; bien hace Dios en tenerla sujeta con un 
hilo de algodón á la mesilla donde una lámpara de aceite alumbra 
el gancho y los tejidos comenzados: ¡abuelita, abuelita, ya no hay 
frailes, ya no hay procesiones, ya no hay Corpus! Ya me parece 
ver cómo, al oír estas palabras, cae de sus manos la enorme bola 



MANUEL GUTIÉRREZ NÁJERA 203 



de hilo^ blanco y hasta el Año Cristiano, desencuadernado. El gato 
juega á la pelota con el hilo, y araña con su garra volteriana las 
páginas amarillas del devoto libro. Ud. no mira nada: abre los ojos 
espantados y murmura en voz baja: ¡Ya no hay Corpus! 

Y es verdad: he recorrido las calles principales, que antes cubría 
el espeso toldo blanco y que ahora calienta el sol con dardos infla- 
mados; he atravesado de una acera á otra, con grave riesgo de mo- 
rir bajo las pezuñas de un caballo, y no he visto esos talares hábi- 
tos del fraile que antes formaban toda mi delicia, ni he escuchado 
el redoble marcial de los tambores que cerraban la marcha de la 
procesión. ¡Abuelita, abuelita, ya no hay Corpus! 

Mientras Ud. leía «Vidas de Santos» el mundo cambió como se 
cambian los telones en el escenario. ¡ Ah, si pudiera Ud. salir de su 
rincón, aunque el gato egoísta se enojara, y ver las calles cómo es- 
tán ahora! , . . . — ¡Ahí viene la procesión— exclamaría Ud. miran- 
do una larga hilera de carruajes. — No, abuelita. En esos coches 
van unas señoras que Ud. no conocerá probablemente y que están 
esperando, como los santos padres en el limbo, á un hombre que 
les dé algunas moiiedas ¿No ve Ud. cómo sacan las caras por la por- 
tezuela? Dicen: «aquí vamos;» y allí van en efecto. Muchos ociosos 
apoyan los aparadores de cantinas y tercenas; muchos borrachos 
se embriagan á la vista de todos, para que nadie los crea hipócri- 
tas. . . . ¡Abuelita, abuelita, ya no hay Corpus! 

Todavía recuerdo aquella fiesta religiosa á que asistimos en el 
pueblo. Ud. se había puesto su mantilla negra, que era el gran lu- 
jo de las solemnidades en que repican mucho las campanas. Yo me 
corté las uñas. Desde el alba abandoné mi catre, mi colchón y el 
sueño, para sufrir de grado esos tormentos á que Ud. con dolor me 
condenaba. ¡Y cuan presentes tengo aún esos suplicios! ¡El agua 
fría de aquella enorme palangana en que cabía holgadamente me- 
dio cuerpo; el almidón de la camisa limpia; el peine de carey para 
quitar la caspa, que me quitaba á mí las ganas de peinarme; los bo- 
tines nuevos, y sobre todo, aquella esponja dura que me dejaba el 
cutis relumbroso y colorado, como la bola mingo del billar! 

En ese inolvidable día de Corpus, estrené aquel reloj con tapa 
de oro que me dio Ud. por ser día de mi santo. Yo no sé que se oía 
más: el tic tac del reloj ó los latidos de mi corazón. Esa emoción 
incomparable solo se siente dos ocasiones en la vida: el día en que 
oímos el aleteo de la impaciente mosca que se oculta tras la cerra- 
da tapa del reloj , y la noche en que, aprovechando algún descuido, 
un poquito de sombra y mucho amor, besamos en la boca á la pri- 
mera novia, i Ay abuelita! Yo he sentido ya esas dos enormes sen- 
saciones. No volveré á gozar esas delicias, hasta que escuche el rezo 
de las letanías en torno de mi lecho funerario. Ese es el último rui- 
do que emociona. 



204 MANUEL GUTIÉRREZ NÁJERA 



Aquel reloj me acompañó en la procesión del Corpus. Grandes 
enramadas cubrían las calles del villorrio y por debajo de ellas íba- 
mos marchando, vela en mano. Me acuerdo que, inclinando un po- 
co el cirio, dibujé, con la cera derretida que goteaba, una vía láctea 
en los faldones del señor alcalde. L,as casullas resplandecían, heri- 
das por el sol, como ascuas de oro. El incienso se enroscaba en el 
aire y los cohetes subían por el espacio azul. En todas las venta- 
nas había cortinas y colgajos. Algunas se engalanaban con sobre- 
camas de viejo damasco rameado ó con la gran carpeta de una mesa 
redonda Todos los santos esculpidos ó pintados salían á los balco- 
nes para ver la procesión. Hasta los animales de la casa, el gato 
marrullero, el perrito lanudo, los canarios y los loros, tomaban par- 
te en la solemnidad, para que la bendición de Dios les alcanzara. 
Unas mujeres caminaban en la procesión con el perro en brazos y la 
jaula colgada de la mano. Otros se contentaban con sacar los ani- 
males á las puertas de la casa y levantarlos por lo alto cuando pa- 
saban las imágenes milagrosas. De cuando en cuando maullaban 
los gatos, prorrumpían los perros en agudos ladridos y los gallos 
cacareaban. 

I/OS niños iban siempre por delante: atrás, iban las andas con los 
santos. Recuerdo aún que por no dar la espalda á la Custodia, ca- 
minaban las imágenes para atrás. 

Cerrando la procesión, bajo el palio azul bordado de oro y soste- 
nido por varillas gruesas de latón dorado, iba el cura con gran ca- 
pa pluvial, apoyando contra su pecho la custodia en cuyo centro se 
veía la hostia blanca. Un rumor de oraciones rodeaba el palio, que 
pasaba por sobre la muchedumbre arrodillada Se oía el son argen- 
tino de las cadenas de los incensarios, que describiendo medio cír- 
culo en el aire, relampagueaban, dejando como estela blanca un lar- 
go rastro de humo perfumado. La procesión duró más de una hora. 
Yo saqué ochenta veces el reloj. 

Por la tarde asistimos á la iglesia, que olía mucho á incienso y á 
rosas de Castilla. Los niños cantaban en el coro los ofrecimientos 
del Rosario. Yo me dormí en la banca. El ruido monótono de las 
Ave Marías rezadas en común, me arrullaba. Poco á poco la tarde 
fué cayendo y el aire fresco del crepúsculo me despertó. Todos los 
cirios ardían ya: me arrodillé. Las ruedas de campanas que había 
en el altar mayor, giraron, aturdiendo con su cascada de repiques. 
El señor cura, vuelto al pueblo, le bendecía con la custodia. En ese 
instante muchos pájaros cantaron. Por aquel entonces, creía yo que 
era éste un hossana de las aves al Creador. Más tarde supe, que los 
sacristanes tenían las jaulas ya dispuestas, y á la hora precisa, las 
sacaban por las ventanas de la cúpula. 

Las claridades mortecinas del crepúsculo, quebraban sus crista- 
les fríos en las ventanas cuando salíamos de la iglesia: había caído 



MANUEL GUTIÉRREZ NÁJERA. 205 



ya la noche. El órgano cantaba aún, llenando con su voz la an- 
gosta nave. Entre el cancel y la puerta había mucha sombra. Allí 
los novios al pa.sar se apretaban la mano! 



MEMORIAS DE UN PARAGUAS. 

Junio 3 de 1883. 

Nací en una fábrica francesa, de más padres, padrinos y patrones 
que el hijo que achacaban á Quevedo. Mis hermanos eran tantos 
y tan idénticos á mí en color y forma, que hasta no separarme de 
sus filas y vivir solitario, como hoy vivo, no adquirí la conciencia 
de mi individualidad. Antes, en mi concepto, no era un todo ni 
una unidad distinta de las otras: me sucedía lo que á ciertos galle- 
gos que usaban medias de un color igual y no podían ponerse en 
pie, cuando sé acostaban juntos, porque no sabían cuáles eran sus 
piernas. Más tarde, j^a instruido por los viajes, extrañé que no ocu- 
rriera un fenómeno semejante á los chinos, de quienes dice Guiller- 
mo Prieto con mucho gracia, que vienen al mundo por millares, 
como los alfileres, siendo tan difícil distinguir á un chino de otro 
chino, como un alfiler de otro alfiler. Por aquel tiempo no medita- 
ba en tales sutilezas, y si ahora caigo en la cuenta de que debí ha- 
ber sido en esos días tan panteista como el judío Spinoza, es por- 
que vine á manos de un letrado, cuyos trabajos me dejaban ocios 
suficientes para esparcir mi alma en el estudio. 

Ignoro si me pusieron algún nombre; aunque tengo entendido 
que la mayoría de mis congéneres no disfruta de este envidiable pri- 
vilegio, reservado exclusivamente para los machos y las hembras 
racionales. Tampoco me bautizaron, ni había para qué, dado el hú- 
medo oficio á que me destinaban. Solo supe que era uno de los no- 
vecientos mil quinientos veintitrés millones que habían salido á luz 
en aquel año. Por lo tanto, carecí desde niño, de los solícitos cui- 
dados de la familia. Ustedes, los que tienen padre y madre, herma- 
nos, tíos, sobrinos y parientes, no pueden colegir cuánta amargura 
encierra e.ste abandono lastimoso. Nada más los hijos de las muje- 
res malas pueden comprenderme. Suponed que os han hecho á pe- 
dacitos, agregando los brazos á los hombros y los menudos dientes 
á la encía; imaginad que cada uno de los miembros que componen 
vuestro cuerpo es obra de un artífice distinto, y tendréis una idea, 
vaga y remota, de los suplicios á que estuve condenado. Para col- 
mo de males, nací sensible y blando de carácter. Es muy cierto que 
tengo el alma dura y qué mis brazos son de acero bien templado; 



2o6 MANUEL GUTIÉRREZ NÁJERA 



pero, en cambio, es de seda mi epidermis y tan delgada, tenue y 
transparente, que puede verse el cielo á través de ella. Además, soy 
tan frágil como las mujeres. Si me abren bruscamente rindo el alma. 

A poco de nacido, en vez de atarme con pañales ricos, me redu- 
jeron á la más ínfima expresión para meterme dentro de una funda, 
en la que estaba tan estrecho y tan molesto como suelen estar los pa- 
sajeros en los wagones de Ramón Guzmán. Esa envoltura me daba 
cierto parecido con los muchachos elegantes y con las flautas; pero 
esta consideración no disminuía mis sufrimientos. Solo Dios sabe 
lo que yo sufrí dentro del tubo, sacando nada más pies y cabeza en- 
tre congojas y opresiones indecibles. Los verdugos me condenaron 
á la sombra, encerrándome duramente en una caja con noventa y 
nueve hermanos míos. Nada volví á saber de mí, envuelto como 
estaba en la obscuridad más impenetrable, si no es que me llevaban 
y traían, ya en hombros, ya en carretas, ya en wagones, ya, por úl- 
timo, en barcos de vapor. Una tarde, por fin, miré la luz, en los 
almacenes de una gran casa de comercio. No podía quejarme. Mi 
nueva instalación era magnífica. Grandes salones llenos de grade- 
rías y corredores, guardaban en vistosa muchedumbre un número 
incalculable de mercancías: tapetes de finísimo tejido, colgados de 
los altos barandales; hules brillantes de distintos dibujos y colores 
cubriendo una gran parte de los muros; grandes rollos de alfombras, 
en forma de pirámides y torres; y en vidrieras, aparadores y ana- 
queles, multitud de paraguas y sombrillas, preciosas cajas policro- 
mas, encerrando corbatas, guantes finos, medias de seda, cintas y 
pañuelos. Solo para contar, enumerándolas, todas aquellas lindas 
chucherías, tendría yo que escribir grandes volúmenes. Los mismos 
dependientes ignoraban la extensión é importancia de los almace- 
nes, y eso que, sin pararse á descansar, ya subían por las escaleras 
de caracol para bajar cargando gruesos fardos, ya desenrollaban so- 
bre el enorme mostrador los hules, las alfombras y los paños ó abrían 
las cajas de cartón henchidas de sedas, blondas, lino, cabritilla, ju- 
guetes de transparente porcelana y botes de cristal, guardadores de 
esencias y perfumes. 

A mí rae colocaron, con mucho miramiento y atención, en uno de 
los estantes más lujosos. La picara distinción de castas y de clases, 
que trae tan preocupados á los pobres, existe entre los paraguas 
y sombrillas. Hay paraguas de algodón y paraguas de seda, como 
hay hombres que se visten en los Sepulcros de Santo Domingo, 
y caballeros cuyo traje está cortado por la tijera diestra de Chau- 
veau. En cuanto á las sombrillas, es todavía mayor la diferencia: 
hay feas y bonitas, ricas, pobres, de condición mediana, blancas, 
negra.s, de mil colores, de mil formas y tamaños. Yo desde luego 
conocí que había nacido en buena cuna y que la suerte me asigna- 
ba un puesto entre la aristocracia paragüil. Esta feliz observación, 



MANUEL GUTIÉRREZ NÁJERA 207 

lisonjeó grandemente mi amor propio. Tuve lástima de aquellos 
paraguas pobres y raquíticos, que irían, probablemente á manos de 
algún cura, escribiente, tendero ó pensionista. La suerte me reser- 
vaba otros halagos: el roce de la cabritilla, el contacto del raso, la 
vivienda en alcobas elegantes y en armarios de rosa, el bullicio de 
las reuniones elegantes y el esplendor de los espectáculos teatrales. 
Después pude advertir con desconsuelo que la lluvia cae de la mis- 
ma suerte para todos; que los pobres cuidan con más esmero su pa- 
raguas, y que el destino de los muebles elegantes es vivir menos 
tiempo y peor tratados que los otros. 

En aquel tiempo no filosofaba como ahora: me aturdía el ir y ve- 
nir de los carruajes, la animación de compradores y empleados; pen- 
sé que era muy superior á los paraguas de algodón y á los paraguas 
blancos con forro verde; repasé con orgullo mis títulos de nobleza, 
y no previ, con tentó y satisfecho, los decaimientos inevitables de la 
suerte. Muchas veces me llevaron al mostrador y otras tantas me 
despreciaron. Esto prueba que no era yo el mejor ni el más lujoso. 
Por fin, un caballero, de buen porte, después de abrirme y de trans- 
parentarme con cuidado, se resignó á pagar seis pesos fuertes por 
mi graciosa y linda personita. Apenas salí del almacén, dieron prin- 
cipio mis suplicios y congojas. El caballero aquel tenía y tiene la 
costumbre de remolinear su bastón ó su paraguas, con gran susto 
de los transeúntes distraídos. Yo comencé á sentir, á poco rato, los 
síntomas espantosos del mareo. Se me iba la cabeza, giraban á mis 
ojos los objetos, y Dios sabe cuál habría sido el fin del vértigo, si 
un fuerte golpe, recibido en la mitad del cráneo, no hubiera termi- 
nado mis congojas. El golpe fué recio; yo creí que los sesos se me 
deshacían; pero, con todo, preferí ese tormento momentáneo al su- 
plicio interminable de la rueda. Sucedió lo que había de suceder; 
quedé con la cabeza desportillada, y no era ciertamente para menos 
el trastazo que di contra la esquina. Mi dueño, sin lamentar ese des- 
perfecto, entró en la peluquería de Micoló. Allí estaban reunidos 
muchos jóvenes, amigos todos de mi atarantado propietario. 

Me dejaron caer sobre un periódico, cuyo contenido pude tran- 
quilamente recorrer. ¡La prensa! Yo me había formado una idea 
muy distinta de .su influjo. El periódico, leído de un extremo á otro, 
en la peluquería de Micoló, me descorazonó completamente. Era in- 
útil buscar noticias frescas, ni crímenes dramáticos y originales. 
Los periódicos, conforme al color político que tienen, alaban ó cen- 
suran la conducta del Gobierno; llenan sus columnas con recortes 
de publicaciones extranjeras, y andan á la greña por diferencias 
nimias ó ridiculas. En cuanto á noticias, poco hay que decir. La ga- 
cetilla se surte con los chismes de provincia ó con las eternas depre- 
caciones al Ayuntamiento. Sabemos, por ejemplo, que ya no gru- 
ñen los cerdos frente á las casas consistoriales de Ciudad Victoria, 



208 MANUEL GUTIÉRREZ NAJERA 



que plantaron media docena de eucaliptus en el atrio de tal ó cual 
parroquia, que pasó á mejor vida el hijo de un boticario en Piedras 
Negras; que faltan losas en las calles de San Luis y que empapela- 
ron de nuevo la oficina telegráfica de Amecameca. Todo eso será 
muy digno de mención; pero no tiene mucha gracia que digamos. 
Las ocurrencias de la población tienen la misma insignificancia y 
monotonía. Los revisteros de teatro encomian el garbo y elegancia 
de la Srita. Moñones; se registran las defunciones, que no andan, 
por cierto, muy escasas; se habla del hedor espantoso de los min- 
gitorios, de los perros rabiosos, de los gendarmes que se duermen, 
y para fin y postre, se publica un boletín del Observatorio Meteo- 
rológico, anunciando lo que ya todos saben, que el calor es mucho 
y que ha llovido dentro y fuera de garitas. Mejor sería anunciar 
que va á llover, para que aquellos que carecen de barómetro, sepan 
á qué atenerse y arreglen convenientemente sus asuntos. 

Dicho está: La prensa no me entretiene ni me enseña. Para sa- 
ber las novedades, hay que oír á los asiduos y elegantes concurren- 
tes de la peluquería de Micoló. Yo abrí bien mis oídos, deseoso de 
la agradable comidilla del escándalo- Pero las novedades escasean 
grandemente, por lo visto. Un empresario desgraciado, á quien lla- 
man, si bien recuerdo, Défíbssez, ha puesto pies en polvorosa, fal- 
tando á sus compromisos con el público. Las tertulias semanarias 
del Sr. Martuscelli se han suspendido por el mal tiempo. Algunos 
miembros del Jockey Club se proponen traer en comandita caballos 
de carrera para la temporada de Otoño, con lo cual demuestran que, 
siendo muy devotos del sport, andan poco sobrados de dinero ó no 
quieren gastarlo en lances hípicos. Las calenturas perniciosas y las 
fiebres, traen inquieta y desazonada á la población, exceptuando á 
los boticarios y á los médicos cuya fortuna crece en épocas de ex- 
terminio y de epidemia. En los teatros nada ocurre que sea digno 
de contarse y una gran parte de la aristocracia emigra á las pobla- 
ciones comarcanas, más ricas en oxígeno y frescura. 

No hay remedio. He caído en una ciudad que se fastidia y voy 
á aburrirme soberanamente. No hay remedio. 



*** 

A tal punto llegaba de mis reflexiones, cuando el dueño que me 
había deparado mi destino, ciñéndome la cintura con su mano, sa- 
lió de la peluquería. No tardé mucho tiempo en recibir nuevos des- 
calabros, ni en sentir, por primera vez, la humedad de la lluvia. 
Los paraguas, no vemos el cielo sino cubierto y obscurecido por las 
nubes. Para otros es el espectáculo hermosísimo del firmamento 
estrellado. Para nosotros, el terrible cuadro de las nubes que sur- 



MANUEL GUTIÉRREZ NÁJERA 209 



can los relámpagos. Poco á poco, una tristeza inmensa é infinita 
se fué apoderando de mí. Eché de menos la antiíí^ua monotonía de 
mi existencia; la calma de los baúles y anaqueles; el bullicio de la 
tienda y el abrigo caliente de mi funda. La lluvia penetraba mi 
epidermis helándome con su húmedo contacto. Fui á una visita; 
pero me dejaron en el patio, junto á un paraguas algo entrado en 
años, y un par de chanclos sucios y caducos. ¡Cuántas noches he 
pasado después en ese sitio, oyendo cómo golpean los caballos con 
sus duros cascos, las losas del pavimento y derramando lágrimas 
de pena, junto al caliente cuarto del portero! Hs verdad que he asis- 
tido algunas ocasiones al teatro, beneficio de que no habría disfru- 
tado en Europa; porque allí los paraguas y bastones, proscritos de 
las reuniones elegantes, quedan siempre en el guardarropa ó en la 
puerta. Pero ¿qué valen estas diversiones, comparatlas con los tor- 
mentos que padezco? He oído una zarzuela cuyo título es: «.Mantos 
y Capas;" pero ni la zarzuela me enamora ni estoy de humor para 
narraros su argumento. Un paraguas, que pertenece á un perio- 
dista y que concurre liabitualmente ai teatro desde que estuvo en 
México la Sontang. me ha dicho que no es nueva esta zarzuela y que 
tampoco son desconocidos los artistas. Para mí todo es igual, y sin 
embargo, soy el único que no escucha, como quien oye llover, los 
versos de las zarzuelas españolas. 

En el teatro he trabado amistades con otros individuos de mi raza, 
y entre ellos con un gran paraguas blanco, cuyo dueño, según pa- 
rece, e.stá en San Ángel. Muchas veces, arrinconadt)en el comedor 
de alguna casa, ó tendido en el suelo y puesto en cruz, he hecho 
las siguientes reflexiones: ¡Ah! ¡Si yo fuera de algodón, humilde y 
pol)re como aquellos paraguas que .solía mirar con menosprecio! Por 
lo menos, no me tratarían con tanto desenfado. al)riéndome y ce- 
rrándome sin piedad. Saldría poco: de la oficina á la ca.sa y de la 
casa á la oficina. La .solícita esposa de mi dueño, me guardaría coa 
mucho esmero y mucho mimo en la paito más honda del armario. 
Cuidarían de que el aire me orease, enjugando las gotas de la llu- 
via, antes de enrollarme, como hoy lo hacen ttjrciendo impíamente 
mis varillas. No a.sistiría á teatros ni á tertulias; pero ¿de qué me 
sirve oír zarzuelas malas ó quedarme á la puerta de las ca.^as en 
unión de las botas y los chanclos? No, la felicidad, no está en el oro. 
Yo valgo siete pesos; soy de .seda; mi puño es elegante y bien la- 
brado; pero á pesar de la opulencia que me cerca, sufro como los 
pobres y más que ello.s? No. la felicidad no consiste en la riqueza: 
preguntadlo á esas damas cuyo lujo os maravilla, y que á .solas, tn 
el silencio del hogar, lloran el abandono del e.spo.so Los pobres cui- 
dan más de sus paraguas y aman más á sus mujeres. Si yo fuera 
parai;uas de algodón ! 

¡Ó"si á lo menos, pudiera convertirme en un coqueto parasol de 

27 



2IO MANUEIv GUTIÉRREZ NAJERA 

lino, como esos que distingo algunas veces cuando voy de parranda 
por los campos! Entonces vería el cielo siempre azul, en vez de ha- 
llarle triste y entoldado por negras y apretadas nublazones. ¡Con 
qué ansia suspiro interiormente por la apacible vida de los campos! 
Él parasol no mancha su vestido con el pegajoso lodo de las calles. 
El parasol, recibe las caricias de la luz y aspira los perfumes de las 
flores. El parasol lleva una vida higiénica; no se moja, no va á los 
bailes, no trasnocha. Muy de mañana, sale por el campo bajo el 
calado toldo de los árboles, entretenido en observar atentamente 
el caprichoso vuelo de los pájaros, la majestad altiva de los bueyes 
6 el galope sonoro del caballo. El parasol no vive en esta atmós- 
fera cargada de perniciosas, de bronquitis y de tifos. El parasol re- 
corre alegremente el pintoresco lomerío de Tacubaya, los floridos 
jardines de Mixcoac ó los agrestes vericuetos de San Ángel. En 
esos sitios veranea actualmente una gran parte de la aristocracia. 
Y el parasol concurre, blanco y limpio, á las alegres giras matinales; 
ve cómo travesea la blanca espuma en el colmado tarro de la leche, 
descansa con molicie sobre el césped y admira el panorama del Ca- 
brío. Hoy en el campo las flores han perdido su dominio, cedién- 
dolo dócilmente á la mujer. Las violetas murmuran enfadadas, re- 
catándose tras el verde de las hojas, como se esconden las .sultanas 
tras el velo, las rosas están rojas de coraje; los lirios viven pálidos de 
envidia , y el color amarilllo de la bilis, tiñe los pétalos de las marga- 
ritas. Nadie piensa en las flores y todos ven á las mujeres. Ved có- 
mo salen, jugueteando, de las casas, desprovistas de encajes y de 
blondas. El rebozo, pegado á sus cuerpos como si todo fuera labios, 
las ciñe dibujando sus contornos y de.scendiendo airo.samente por 
la espalda. Una sonrisa retozona abre sus bocas, más escarlatas y 
jugosas que los mirtos. Van en bandadas, como las golondrinas, 
riendo del grave concejal que descansa tranquilamente en la botica, 
del cura que va leyendo su breviario, de los enamorados que las si- 
guen y de los sustos y travesuras que proyectan. Bajan al portalón 
del paradero; se sientan en los bancos, y allí aguardan la bulliciosa 
entrada de los trenes. Eas casadas esperan á sus maridos; las sol- 
teras á sus novios. Llega el wagón y bajan los pasajeros muy car- 
gados de bolsas, y de cajas, y de líos. 

Uno lleva el capote de hule que sacó en la mañana por miedo del 
chubasco respectivo; otro, los cucuruchos de golosinas para el niño; 
éste, los libros que han de leerse por las noches en las gratas vela- 
das de familia; aquel una botella de vino para la esposa enferma, ó 
un tablero de ajedrez. 

Los enamorados que, despreciando sus quehaceres, han venido, 
asoman la cara por el ventanillo, buscando con los ojos otros ojos, 
negros ó azules, grandes ó pequeños, que correspondan con amor 
á sus miradas. Muchos, apenas llegan cuando vuelven, y por ver 



MANUEL GUTIÉRREZ NÁJERA 211 

nada más breves instantes á la mujer habitadora de sus sueños, ha- 
cen tres horas largas de camino. En la discreta obscuridad de la 
estación, suelen cambiarse algunas cartas bien dobladas, algunas 
flores ya marchitas, algunas almas que se ligan para siempre. De 
improviso, la campanilla suena y el tren parte. Hasta mañana. Los 
amantes se esfuerzan en seguir con la mirada, un vestido de muse- 
lina blanca que se borra, la estación que se aleja, el caserío que se 
desvanece poco á poco en el opaco fondo del crepúsculo. Un grupo 
de muchachas atrevidas, que, paseando, habían avanzado por la 
via, se dispersa en tumulto halaraquiento para dejar el paso á los 
wagones. 

Más allá corren otras, temerosas del pacífico toro que las mira 
con sus ojos muy grandes y serenos. El tren huye: los enamorados 
alimentan sus ilusiones y sus sueños con la lectura de una carta pe- 
queñita; y el boletero, triste y aburrido, cuenta en la plataforma sus 
billetes. En la estación se quedan, cuchicheando, las amigas. Al- 
gunas, pensativas, trazan en la arena con la vara elegante de sus 
sombrillas, un nombre, ó una cifra ó una flor. Los casados que se 
aman vuelven al hogar, contándose el empleo de aquellas horas, 
pasadas en la ciudad y en los negocios. Van muy juntos, del brazo; 
la mamá refiere las travesuras de los niños, sus agudezas y donai- 
res, mientras ellos saborean las golosinas ó corren tras la elástica 
pelota. 

¡Cómo se envidian esos goces inefables! Cuando la noche cierre, 
acabe la velada, y llegue la hora del amor y del descanso, la mujer 
apoyará, cansada, su cabeza, en el hombro que guarda siempre su 
períume; los niños estarán dormidos en la cuna y las estrellas muy 
despiertas en el cielo! 

*** 

Parasol, parasol: tú puedes admirar esos cuadros idílicos y cas- 
tos. Tú vives la honesta vida de los campos. Yo estoy lleno de lodo 
y derramando gruesas lágrimas en los rincones salitrosos de los pa- 
tios. Sin embargo, también he conseguido cobijar aventuras amo- 
rosas. Una tarde, llevábame consigo un joven que es amigo de mi 
dueño. Comenzaba á llover y pasaban, apresurando el paso, cerca 
de nosotros, las costureras que salían de su obrador. Nada hay más 
voluptuoso ni sonoro que el martilleo de los tacones femeniles en el 
embanquetado de las calles. Parece que van diciendo:— ¡Sigue! ¡Si- 
gue! Sin embargo, el apuesto joven con quien iba, no pensaba en 
seguir á las grisetas, ni acometer empresas amorosas. Ya habrán 
adivinado ustedes al leer esto, que no estaba mi compañero enamo- 
rado. De repente, al volver una esquina, encontramos á una mu- 



213 MANUEL GUTIÉRREZ NAJERA 

chacha linda y pizpireta que corría temerosa del chubasco. Verla 
mi amigo y ofrecerme, todo fué uno. Rehusar un paraguas ofrecido 
con tanta cortesía, hubiera sido falta imperdonable; pero dejar, ex- 
puesto á la intemperie, á tan galán y apuesto caballero, era tam- 
bién crueldad é ingratitud La joven se decidió á aceptar el brazo 
de mi amigo. Uu poeta lo ha dicho: 

«La humedad y el calor 

Siempre son en la ardiente primavera 

Cómplices del amor.» 

Yo miraba el rubor de la muchacha y la creciente turbación del 
compañero. Poco á poco su conversación se fué animando. Vivía 
lejos y era preciso que atravesáramos muchas calles para llegar h;is- 
ta la puerta de su casa. La niña menudeaba sus pasos, muy aprisa, 
para acortar la caminata; y el amante, dejando descubierto su som- 
brero, procuraba abrigarla y defenderla de la lluvia. Esta iba arre- 
ciando por instantes. Parecía que en cada átomo del aire venía 
montada una gota de agua. Yo aseguro que la muchacha no quería 
apoyarse en el brazo de su compañero ni acortar la distancia que 
mediaba entre sus cuerpos. Pero ¿qué hacer en trance tan horrible? 
Primero apoyó la mano y luego la muñeca 3' luego el brazo; hasta 
que fueron caminando muy junlitos. como Pablo y Virginia en la 
montaña. Muchas veces el aire desalmado empujaba los rizos de 
la niña hasta la misma boca de su amante. Los dos temblaban co- 
mo las ht)jas de los árboles. Hubo un instante en que, para evitar 
la inminente coli.sión de dos paraguas, ambos á un propio tiempo 
se inclinaron hasta tocar mejilla con mfjüla. P^lla iba encendida 
como grana; pero riendo para e.^panlar el miedo y la congoja. Una 
señora anciana, viéndolos pasar, dijo en voz alta al viejo que la cu- 
bría con su paraguas: 

— iQué satisfechos van los casaditos! 

Ella sintió que se escapaba de sus labios una sonrisa llena de ru- 
bor. ¡Casados! ¡Recien casados! ¿Por qué no? Y la amorosa confe- 
sión que había detenido en muchas ocasiones el respeto, la timidez 
ó el mismo amor, .salió, por fiu, temblando y balbuciente, de :os ar- 
dientes labios de mi amigo. 



*** 

Ya tú ves. parasol, si justamente me enorgullezco de mis buenas 
obras. E.sas memorias, lisonjeras y risueñas, son las que me distraen 
en mi abandono, ¿Cuál será mi destino? Apenas llevo una .semana 
de ejercicio y ya estoy viejo. Pronto pasaré al hospital con los iu- 



MANUEL GUTIÉRREZ NÁJERA 213 



válidos, ó caeré en manos de los criados, yendo enfermo y caduco 
á los mercados- Después de pavonearme por las calles, cubriendo 
gorritos de paja y sombreros de seda, voy á cubrir canastos de ver- 
dura. Ya verás si hay razón para que llore en los rincones salitro- 
sos de los patios. 



Junio 10 de 1S83. 



¡Cuan caprichosa en sus mudanzas y coincidencias es la suerte! 
En la propia semana y en el mismo día, abriéronse, hace poco, las 
mohosas cancelas de una iglesia y las puertas profanas de un billar. 
El templo había servido en muchos años para guardar las pacas de 
algodón almacenadas por un rico comerciante; y el billar, hoy cu- 
bierto de vistosísimos tapices, fué, en lo antiguo, parte privilegiada 
de un gran templo y del adusto monasterio franciscano. Sería una 
empresa poética y curiosa la de narrar la historia de esos grandes 
edificios— hoy caídos bajo la azada del obrero ó transformados por 
las necesidades de la época— reconstruyendo con estricto respeto á 
la verdad, el orden interior de los conventos y los pormenores de la 
vida monástica. Kn España ha habido un muy ameno y agradable 
historiador de los conventos: Balaguer. Bien recuerdo con cuánta 
complacencia leía yo sus brillantes descripciones y las extrañas y 
románticas leyendas que con tanto primor sabe contar: ya eran los 
funerales de Carlos V en Yuste; ya los misterios y austeridades de 
aquel huraño Juan Guarín á quien Satanás se apareció en forma de 
penitente anacoreta, ya los amores espeluznantes de Raneé ó la rus- 
tica historia de la Virgen del Cántaro. En cada roca de Monserrate, 
en cada piedra de Poblet, en cada ermita del desierto de las Palmas 
y en cada hoja de los huertos del Parral, ocúltase una historia de pe- 
nitencias y amoríos, la tradición de crudelísimas venganzas y de 
arrepentimientos .sobrehumanos. La obra de Balaguer abunda en 
narraciones exquisitas; pero es vaga, incompleta, poco mnmciosa, 
en cuanto atañe á la historia real de los conventos, á su fundación, 
á sus desarrollos y progresos, á la importancia ingente de cada uno 
en la hi.storia de la civilización española, al examen de sus tesoros 
artísticos y al inventario de sus grandiosísimas riquezas. Yo " o pen- 
saba ni hacia tales objeciones, cuando leí los dos volúmenes de ü. 
Víctor Balaguer: bastábame alimentar mi fantasía con los cuentos 
de aparecidos y fantasmas, soñando con la favorita del rey 'noro, 
con la negruzca torre de la Renegada ó con las penitencias de S. Bru- 
no. Sin embargo, ya entonces como ahora, echaba de menos la exis- 
tencia de un libro como éste en donde se narrase, por menor, la üis- 



214 MANUEL GUTIÉRREZ NÁJERA 

toria de los conventos mexicanos, recogiendo las tradiciones de cada 
uno y estudiando sus galerías y sus archivos. 

Hay un libro, es verdad, escrito con muy buenas intenciones y 
que encierra detalles curiosísimos acerca de nuestros monasterios 
más famosos; pero es tan incompleto y está escrito en estilo tan po- 
bre y tan vulgar, que el lector, descorazonado y aburrido, no halla 
encanto ninguno en su lectura. Yo confieso que los conventos me- 
xicanos no dan al historiador ni al novelista, campos tan amplios, 
ricos y fecundos como los monasterios españoles; pero ¡cuántas pre- 
ciosidades y rarezas podrían entresacar los eruditos de entre tantos 
balduques empolvados ! ¡cuántas leyendas y piadosas tradiciones ha- 
llaría el poeta en la mohosa chapa de una celda, en las rejas obs- 
curas de los locutorios y en la calada sillería del coro! Un viajero 
decía, resumiendo en una forma pictórica sus recuerdos: 

— El Oriente es un palacio; Francia, un castillo; Italia, un jardín; 
y España, un claustro. 

Y lo que este viajero decía de España, pudo aplicarse, en cierto 
modo, á México. Durante la época virreinal y en los primeros años 
de nuestra existencia independiente, la historia de sayal y de cogu- 
lla, habitaba en el fondo de una celda; no obstante esto, son po- 
cos los que han sacado algún provecho de los ricos archivos conven- 
tuales. Riva Palacio sí conoce una gran parte de los papeles de la 
Inquisición. Yo tengo en mi poder una comedia manuscrita, de au- 
tor anónimo, hallada por el Sr. Riva Palacio en los mismos archivos 
de la Inquisición. Esta comedia, cuyo título es: «Al fin se canta la 
Gloria,» fué prohibida en 1618, y es notable, porque siendo anterior 
al «Tan largo me lo fiáis» de Tirso, tiene en embrión la propia idea, 
y su protagonista se asemeja grandemente al tipo legendario de Don 
Juan. ¡Cuántos documentos tan peregrinos y curiosos como éste se 
hallan di.spersos en las bibliotecas particulares ó comidos de polilla 
en los estantes del Gobierno! Eos conventos no existen, los datos 
para escribir su historia se han perdido en gran parte; las leyendas se 
desvanecen y se borran; ningún historiador, ningún novelista, nin- 
gún poeta, ataja el paso de esa triste bandada de gorriones que ani- 
daba en las hornacinas de los claustros y que se esfuma lentamente 
en el espacio! Los eruditos capaces de allegar todos los datos, pro- 
porcionando los materiales de la obra, se ocupan en empresas dife- 
lentes: Chavero traduce en buen español lo que escribieron en mal 
francés los libretistas de «Carmen,» Riva Palacio lee la «Biblioteca 
Internacional,» dejando que .sus versos tan hermosos, tan rubios y 
tan blancos mueran de frío como los niños vagabundos, en el um- 
bral de una puerta; Pimentel lleva á cabo con mucha ciencia y mu- 
cho tino, el ardua empresa de historiar nuestra literatura; y García 
Icazbalceta, sentado en la poltrona presidencial de la Academia, 
vende azúcar. Solo Pancho Sosa, con incansable laboriosidad da 



MANUEL GUTIÉRREZ NÁJERA 215 



sepultura á los difuntos. Todos ellos podrían desenterrar los ma- 
nuscritos empolvados y escribir la historia verídica y circunstancia- 
da de los conventos. 

Pero ¿quién recogería las leyendas y las piadosas tradiciones? 
Cual más, cual menos, todos ellos carecen de esa fe zahori que descu- 
bre tesoros de ternura en la sencilla narración de los amores místi- 
cos; en la historia de aquella monja recoleta á cuyas manos bajaban 
á comer las golondrinas; en la devota vida de aquel fraile que con- 
fesó á un cadáver, y, desde ese día, no volvió á cubrirse la cabeza; 
en el relato de esas penitencias que ahora juzgamos falsas é impo- 
sibles. Icazbalceta es creyente; pero siendo tan erudito como es, no 
posee el sentimiento del color y de la línea. Es un ateo de la forma. 
El único capaz de recoger esas piadosas tradiciones y de engarzar- 
las en el oro puro de su estilo, es Chucho Cuevas. Su fantasía, co- 
mo ciertas aves, se complace en vivir bajo las bóvedas austeras de 
los claustros en la calada aguja de la torre, junto á la lámpara que 
arde en la capilla del Sacramento. Tiene el ascetismo de la idea y 
la brillantez del colorido; la unción del creyente y el entusiasmo del 
poeta. En la poética vida de Sor Juana, escrita con muchísima ele- 
gancia, ha trazado ya á grandes rasgos el cuadro de la vida monacal. 
Pero Cuevas se ha detenido, como muchos, á escuchar las cancio- 
nes de esa ave que escuchó ensimismado el monje Alfeo; ó ha tor- 
cido su senda por el pagano laberinto del teatro. ¡Cuánto más le 
valdría resucitar, en una forma poética y brillante, la vida de esos 
frailes y esas monjas que ahora se presentan á mis ojos con la fría 
rigidez de las estatuas yacentes! Ya no se oye en el silencio de la 
media noche, el son de la campana que congregaba á las capuchi- 
nas en el coro; ya no cruzan los frailes, cirio en mano, los claustros 
de San Fernando, ni la joven novicia deja sus trenzas y sus joyas 
y sus flores en las gradas del altar; todo ese mundo cuyas postrime- 
rías apenas alcanzamos, se desvanece en el obscuro lienzo de los si- 
glos, y baja por la pendiente del olvido, como una larga procesión 
nocturna, cada vez más distante de nosotros, de la que solo se perci- 
be ya el rojo llamear de los hachones, el murmullo confuso de los re- 
zos y las pisadas de los descalzos penitentes. Nadie recoge las últi- 
mas palabras de ese agonizante, ni encierra en un piadoso relicario 
sus recuerdos. La polilla es la única lectora de esos dramas que duer- 
men olvidados bajo las telarañas de un archivo. Eos poetas, esos 
eternos enamorados de las cosas que mueren y de las cosas que na- 
cen, son los únicos que podrían volver los ojos á los claustros, y 
preguntar á sus ruinosos paredones el secreto de muchas vidas y de 
muchas almas. Pero los poetas también se van, como los frailes. 
Son los que componen el batallón de los desertores. No van en fu- 
neraria procesión ni cirio en mano, por largos y tenebrosos pasadi- 
zos: son los tripulantes de una góndola de marfil con velas de rosa: 



2l6 MANUEL GUTIÉRREZ NÁJERA 



la góndola se desliza sobre el agua y se pierde también, como la par- 
da hilera de los monjes; solo se oye el golpear de los remos y el cru- 
jir de los tablones: las violas y las almas vau dormidas. 



*** 

Para sentir la honda tristeza que produce el aspecto de un claus- 
tro abandonado, hay que ver los conventos pobres y lejanos. Sin 
embargo, en plena ciudad y en plena vida, he encontrado un cruce- 
ro conventual, tan austero, tan triste y tan sombrío cmo era cuando 
los frailes le habitaban. Hay en la calle de la Independencia, fren- 
te á Gante, cierta casa que ocupa una extensión considerable de te- 
rreno y llega hasta el jardín de San Francisco. Para dar luz á la 
escalera y al pequeño patio, no hicieron los propietarios más que 
echar á tierra la parte superior del muro principal, convirtiendo la 
fachada en algo que pudiera llamarse un arco boca arriba. Desde 
la calle se ven las escaleras por donde suben y bajan los vecinos y 
en cuyos barandales tienden la miserable y sucia ropa. Subi<l por 
curiosidad esa escalera, internaos por el obscuro pasadizo en que ter- 
mina, y os hallaréis de pronto en el centro de un claustro francis- 
cano. Nada ha cambiado allí: graneles cruces azules que parecen 
teñidas con añil, .se destacan én la pared; las puertas de las celdas 
son muy viejas; hay horneras vacías en cada claustro, como si las 
imágenes devotas que antes las ocupaban, hubieran ido á coro con 
los frailes; entra apenas la luz por las remotas claraboyas, y ha>ta 
cree percibirse ese olor de madera apolillada y cuero viejo que .se 
percibe en las .sacristías y en los conventos. Es un convento .sin frai- 
les. El dueño ha hecho de cada celda inia vivienda más ó menos 
incómoda y ol;scura. La celda precisamente en que yo entré, ayudó 
por extraña casualidad á mi ilusión. Vivía en ella un francés que 
ha visitado muchas tierras y guarda como reliquias de sus viajes un 
número muy grande de ídolos aztecas, de vasijas antiguas, piedras 
raras, armas, y calaveras y esqueletos. Este museo no está á la vis- 
ta: guárdalo el propietario en grandes cajas y en estantes cubiertos 
con un velo. Lo que sí e.stá á la vista, recordando la vida monacal, 
son grandes lienzos con pintuias místicas que fueron propiedad de 
otros conventos. Cuando .salí de aquella celda, obscurecía. No he 
visto vecindario más pacífico que el de aquella casa. Los claustros 
estaban solitarios y cerradas las puertas de las celdas. Si en aque- 
llos momentos y á las inciertas claridades del crepúsculo hubiera 
distinguido junto á mí la luenga barba y el adusto continente de los 
trapenses que actualmente están en México, confieso que habría co- 
rrido como un niño hasta no dar con la escalera y con la puerta. 

Aquella casa es la única que conserva todavía el aspecto del con- 



MANUEL GUTIÉRREZ NÁJERA 217 



vento. En los demás edificios y en las otras fábricas, exceptuando 
los templos protestantes, quedan muy pocos rastros de loque hubo 
en otro tiempo. Yo no sé, por ejemplo, qué había en el sitio que 
ocupan hoy los nuevos billares. Pertenecía, tal vez, á la capilla de 
los Servitas ó formaba parte del camposanto. La construcción de 
San Francisco era por todo extremo sólida y resistente; ved si no 
el trabajo y dinero que ha costado á los dueños del billar destruir 
las paredes y tender los arcos. Llegué á creer que aquella obra era 
interminable, y que si el diablo no la concluía, como acabó la ca- 
tedral de Strasburgo, tal vez ni nuestros nietos disfrutarían de tan 
ameno sitio de recreo. Por fortuna no fué así: se allanaron los obs- 
táculos, se vencieron las dificultades, y el lujoso billar abrió sus 
puertas, no muy preciosas y elegantes todavía, pero bastantes para 
dar entrada á una turba festiva y hnlaraquienta. Kl mejor gusto 
dirigió la colocación de los muebles y tapices; y las mesas, de finísi- 
mas maderas, llenas de incrustaciones y labiados, son lujosas y ver- 
daderas obras de arte. ¡ Cuan distantes están estos billares de aque- 
llos en que jugaron nuestros padres! Rn los pueblos se encuentran 
aún algunas mesas de aquella época, anchas, enormes, de barandas 
pétreas, pesadas como las viejas construcciones españolas. Esas me- 
sas me rec lerdan, por una extraña asociación de ideas, el colegio de 
las Vizcaínas. Me parece que están hundidas ó van á hundirse, ente- 
rrando sus patas en el suelo. Las bolas tenían dimensiones colosa- 
les. Los fabricantes de esas grandes bolas, pudieron imitar á aquel 
famoso constructor de pianos que, para dar al público una idea de 
la importancia de su comercio, y de las grandes cantidades de marfil 
que empleaba en los teclados puso un rótulo que decía como sigue: 
/?ia?i Zepeda consume dos elefantes por semana. En los billares de 
otro tiempo se consumían también dos elefantes. Hoy jugamos con 
bolas tan pequeñitas y esbeltas como Luisa Théo; que obedecen los 
caprichos de nuestra voluntad y van corriendo sobre el paño verde 
á manera de duendes enjaulados que buscan la salida de su cárcel. 
Yo encuentro mucha gracia y mucha belleza en las ebúrneas bolas 
del billar. Recuerdan los hombros blancos y torneados, de una mu- 
chacha de veinte años. La bola roja es la que buscan y persiguen 
las otras dos. Por eso está ruborizada. Anda de prisa como las cos- 
tureras honraditas, cuando vuelven á su casa á la hora en que se 
encienden los faroles. Y las bolas rivales van tras ella, dándose á 
veces golpes y encontrones. 

En la guerra de pina, el drama es diferente. Las treinta bolas, 
juntas y compactas, aguardan la acometida del contrario. El ene- 
migo es uno, pero inmortal, como la muerte. Acaso, acaso sea la 
muerte misma. Al primer golpe, las bolas se desagregan y dividen, 
huyendo en diferentes direcciones. Unas se pegan á la baranda, 
como mujeres miedosas que oyendo pasos en la alcoba obscura, bus- 

28 



2l8 MANUEL GUTIÉRREZ NÁJERA 

can el apoyo de la pared, para defender su espalda. Otras, más arro- 
jadas y bizarras, esperan en el centro de la mesa. Algunas, inocentes 
é inexpertas, van á ponerse junto á las buchacas. Estas son las pri- 
meras que caen. La bola roja, teñida con la sangre de sus víctimas 
ó marcada con grandes líneas negras, no para ni descansa un solo 
instante. Y las pequeñas bolas de marfiil, bruscamente impelidas 
por el monstruo, van á perderse en la obscuridad de las buchacas. 
Hu)'en, combaten, se refugian en los rincones más obscuros; pero 
de nada sirven sus astucias: son treinta esclavas circasianas ence- 
rradas en una jaula con el sátiro. 

En vano ocultan, unas tras otras, sus desnudos cuerpos, como si 
las hubieran sorprendido al salir del baño. El sátiro las besa, las 
posee y las arroja al agujero obscuro que no se llena ni se sacia nun- 
ca. De aquella tumba no saldrán jamás los fuegos fatuos ni los es- 
píritus en pena. El marfil no es espiritista. Van cayendo las bolas 
una á una, y solo se oye el golpe seco de los cuerpos cuando llegan 
al fondo de la tumba. Nada más peregrino y más feroz que el úl- 
timo combate. De aquellas treinta vírgenes hermosas que corretea- 
ron esquivando al sátiro, han muerto veintinueve y queda una, 
¿Cómo logró salvarse? Agazapándose, huyendo como una liebre, 
sorteando las asechanzas del tirano y saltando más ágil que una cor- 
za de dos años, por encima de los abismos y barrancas. Pero sus 
compañeras han caído una tras otra y ya solo ella queda en el es- 
tadio. Es fuerza que sucumba. El monstruo brinca, y disparado 
como un dardo, va á su f:ncuentro. Pero la virgen se defiende, pug- 
na, brega y logra prolongar su resistencia por medio de asechanzas 
y de ardides. Este combate, cuerpo á cuerpo, es formidable. A ve- 
ces, cediendo á la fuerza, la virg.n va á caer en la buchaca. Pero 
se agarra con las manos y los pies á los obscuros labios del preci- 
picio y de nuevo se empeña en el combate. Esta es la Eucrecia de 
las bolas, Tarquino, enardecido por la resistencia, y por la agita- 
ción de la carrera, golpea las barandas, como un león los barrotes 
de su jaula. A veces, ciego y desatentado, se precipita en el abis- 
mo. Pero la muerte es inmortal. La bola virgen no encuentra pa- 
rapetos que la escuden ni astucias que la salven. El monstruo la 
aprieta formidablemente entre sus brazos y la empuja al abierto pre- 
cipicio. La guerra de pina es como algunas tragedias de Shakes- 
peare: un solo personaje queda vivo. 

Cuando la bola vencedora queda dueña del campo, me parece 
una imagen perfecta de la muerte. Todos, llegando á cierta edad, 
decimos como los aventureros de la «Leyenda de los siglos:» 

En partant du golfe d'Outrante 

Nous etions trente; 
Mais en arrivant á Cádiz 

Nous etions dix. 



MANUEL GUTIÉRREZ NÁ.JERA 219 



Partimos de la adolescencia en turba bulliciosa, como niños que 
en la mañana del domingo, se van á perseguir las mariposas. Era- 
mos muchos; todos jóvenes, todos entusiastas, todos ambiciosos. 
Después, la vida nos dispersó en diversas rutas. Y cuando la vejez 
llama con los nudillos á la puerta y volvemos la vista á lo pasado, 
ya no queda ninguno, ó quedan pocos de aquellos bulliciosos com- 
pañeros. 

Uno, murió, el primero, peleando contra los enemigos de la pa- 
tria; otro, bajó á la tumba, cuando la vida murmuraba á sus oídos, 
ciñéndole amorosamente con los brazos, la frase de Julieta á su Ro- 
meo: ('No te vayas, no es tiempo todavía;» ese, quedó tendido bajo 
un árbol, en el sitio del duelo, atravesado por la espada del contra- 
rio; aquel halló la muerte en unas cuantas gotas de fría lluvia, caí- 
das sobre otras gotas de sudor, al salir impaciente de algún baile; 
ese otro puso fin á su existencia; todos han emprendido el viaje eter- 
no, y la muerte, reclinada en el sauce de la tumba, canta para ellos 
las melancólicas estrofas de Espronceda: 

Soy la virgen misteriosa 
De los últimos amores 

Y ofrezco un lecho de flores 
Sin espinas ni dolor; 

Y amante doy mi cariño, 
Sin vanidad ni falsía; 
No doy placer ni alegría, 
Pero es eterno mi amor. 

Cuando nos vemos solos y buscamos inútilmente con los ojos á 
los alegres compañeros de otros días, oímos las pisadas de la mtterte 
que nos busca y nos acorrala poco á poco. Ya no queda más que 
una bola en el billar. La humedad del sepulcro entumece anticipa- 
damente nuestros miembros, y la edad nos empuja hacia la fosa. 
Algunos, los estoicos, aguardan sosegados y tranquilos! 

La tumba es al lecho igual; 
Pero bien sabido ten, 
Que en éste se duerme mal 

Y en la otra se duerme bien. 



Esa lucha del hombre con la muerte y de la última bola del bi- 
llar con el mingo que la persigue y que la empuja, es parecida á la 
lucha de «Carmen» con su amante, cuando é.ste, desnudando su na- 
vaja la cerca y le cierra el paso hasta matarla. ¿No recordáis con 
qué extremado arte representaba Capoul esta escena? Parecía una 



220 MANUEL GUTIÉRREZ NAJERA 



fiera girando en torno de su víctima, antes de hincar las garras en 
su carne y de sorber su sangre por la nuca. Capoul es ciertamente 
quien mejor ha representado ese papel. Tournié era más brusco, 
más violento, más feroz; pero también menos artista y elegante. 

La «Carmen,» traducida hábilmente al español por Alfredo Cha- 
vero, ha sido la novedad de esta semana; no perdonó la empresa gas- 
to alguno para montarla con mucha propiedad y mucho lujo. La 
decoración del primer acto y la plaza de toros en que se desenlaza 
la tragedia están pintadas con muchísima fortuna. Como corrida 
de toros, «Carmen)) ha sido un éxito completo. Los trajes son muy 
vistosos y muy projños. especialmente los uniformes militares y los 
que lucen los toreros. La Srita. Morlones posee la ciencia de vestir- 
se bien y de terciar con mucho garbo su mantilla. Hay. pues, (jue 
ir al teatro aun cuando no sea más qne por verla, por oir la delicio- 
sa música de Bizet y por presenciar el vistoso desfile de la cuadrilla. 
Los soldados parten la plaza; los alcaldes, de v^ara alta, van á ocu- 
par sus palcos presidiendo la fiesta: salen los picadores á caballo, 
y capas, banderillas y ayudantes, llenan el redondel todavía limpio. 
Las muías que han de arrastrar al toro muerto repican sus sonoros 
cascabeles. Los caballos caracolean en torno de la plaza, y los es- 
pectadores echan al aire sus sombreros y pañuelos. El cuadro no 
puede ser más animado ni visto.so. Francamente, por los cuarenta 
y un centavos y dos tercios que cuesta cada función de abono, no 
puede exigirse nada más. 

«Carmen,)) en español, continúa siendo una obra esencialmente 
francesa. La misma E.spaña de toreros y bandidos, con trajes más 
lujosos y más propios; pero con la misma fal.sedad de caracteres y 
de observación; la misma España de Dumás y de Gautier; el mis- 
mo torero cantando andantes italianos; los mismos trabucos y la 
misma promiscua confusión de capitanes y tenientes, de majas, de 
bandoleros y de gente honrada. Yo no concibo ese cuadro español 
en el que no hay un solo personaje generoso. La tensión dramáti- 
ca es muy grande; el carácter de Carmen sorprende, aunque no en- 
canta, por su energía salvaje y por la fuerza indómita de sus in.stin- 
tos; pero aquellos gitanos y esas majas son figuras de Goya anima- 
das por un espíritu artificial. Esa es la España de exportación y 
nada más; los muñecos de trapo representando indios salvajes, cha- 
rros y aguadores, que llevan los extranjeros á sus casas, para decir 
á sus amigos: «¡Así es México!» El único per.sonaje noblt y gene- 
roso que hay en «Carmen» es Micaela. Pero Micaela nada tiene tam- 
poco de española. Es una pastora de ópera cómica, una niña román- 
tica que pregunta á las margaritas si su amante la quiere, es Gret- 
chen. ó Cordelia. ó la Caperucita Roja ó Cendrillón. 

Cuando oigo hablar á «Carmen» en español, le digo: «no me en- 
gañas, yo te conozco bien, eres francesa,» como al pasar por el nue- 



MANUEL GUTIÉRREZ NÁJERA 221 



vo templo del Corazón de Jesús lo reconozco á pesar del flux de 
cuadros que le han puesto, y exclamo para mis adentros: ¡Santa 
Inés! 



(A Marihtta.) 

Julio 22 de 1883. 



' Me preguntabas, entornando sabiamente tus párpados de satín 
color de rosa, el significado de esta palabra Qyióúciv.fl ir taitón. Eres 
curiosa, y como el diccionario es indiscreto, no lo han puesto tus 
padres en la pequeña biblioteca que posees. En este caso, sin em- 
bargo, te hui)iera síiUj enteramenie inútil. La palabra es novísima 
y ha entrado á nuestra lengua por la frontera de Inglaterra. Si tú 
quieres, empleando los omnímodos poderes que yo mismo me he 
otorgado, le daremos su carta de ciudadanía y su barniz de legali- 
dad, llamándola simplementeiy^/r/aíww. Al fin y al cabo, ni yo pre- 
tendo entrar en la Academia, ni tú me has de reñir con iracundia 
por inocentes pecadillos de lenguaje. 

La flirtachón es muy difícil de explicar. No puedo recurrir para 
esta empresa al sabio método objetivo; primero, porque no se flirta 
entre nosotros, y después, porque tienes aún muy pc;cos años para 
que yo te entere, sin peligro, de ciertos vicios más ó menos solapa- 
dos. Tú me has oído ese vocablo típico y lo has hallado en no pocas 
revi.stas europeas. La extrañeza del término excita vivamente tu 
curiosidad, y desearías profundizar en poco tiempo .su sentido re- 
cóndito y oculto. Voy, pues, á procurar, en breves líneas, satisfa- 
cer en parte tus antojos. 

Alguien ha dicho, no sé si con razón ó neciamente, que la amistad 
entre mujer y hombre no ha existido; debe de ser calumniosa e.sta 
aserción, porque ya tú lo ves — somos amigos, y no te he dicho aún 
lo que hasta el mismo e.spejo inanimado te dice siempre que lo con- 
sultas: «eres bella.» Yo .sí creo que las amistades de e.se género son 
algo desabridas y muy .sosas: pueden compararse al agua de Seltz 
tomada á pasto. Por experiencia propia te lo digo: es muy difícil 
estar junto á una muier, joven y hermo.sa. sin decirle, bajo distin- 
tas formas, que la amamos. Tenemos la pasión á flor de cutis: el 
más leve contacto es suficiente para que .s:ilga y hable .sin reparo. 
¡Vamos! con decirte que yo conozco á un caballero que tiene nece- 
sidad de contenerse para no requebrar á su suegra! ¡Este es el col- 
mo! Nuestro amor no está hecho de una pieza, ni permanece quieto 
en .su lugar. Nos retoza en el cuerpo; culebrea por nuestras venas; 
y se a.soma á las niñas de los ojos, como esas niñas perezosas y mun- 
danas que se pasan los días en el balcón. Puedes llamarle en cual- 



222 MANUEL GUTIÉRREZ NAJERA 



quier día y á la hora que te plazca: siempre estaré listo y alerta, 
como debían estar los mozos del hotel. Somos politeístas en materia 
de cariño y cada corazón pudiera compararse á esas iglesias que tie- 
nen varias capillas y niuchísimos altares, cada uno con su imagen 
respectiva. Los más serios solemos tener un altar mayor; pero aun 
la santa misma que ocupa el sitio preferente, á veces tiene que ce- 
der el sitio á otras, como los santos de quita y pon, que ocupan el 
altar mayor de una parroquia, según la fiesta que señala el calen- 
dario. ¡Qué quieres! Como dicen los franceses, esto es más fuerte 
que nosotros. 

L,a conversación, pues, ó se encierra en los límites de la frialdad, 
más absoluta, ó merodea por las floridas quiebras del amor. Pero 
eso sí, luego que la conversación llega á ese punto y se enteran los 
padres ó tutores del carácter que ha tomado, intervienen con celo 
y vigilancia, para evitar hasta la sombra de un conflicto. Entonces 
tienen que ocurrir los novios á lo que llaman los españoles «pelar 
la pava.j) El nombre es muy prosaico y muy grosero; pero bastante, 
significativo. Y además, si la frase es española, el hecho á que se 
aplica es universal. Eos amores de Romeo y Julieta, no eran más 
que amores de balcón. 

Pelar la pava, con capa ó sin ella, es un placer corriente y, en el 
fondo, bastante inocentón. Disfrutan de él los habitantes de los pue- 
blos chicos: en las grandes ciudades ya va siendo imposible. Den- 
tro de algunos años, los únicos que podrán pelar la pava con las 
muchachas bonitas, .son los ángeles. Eas casas van subiendo que 
da miedo, las mismas torres nos parecen bajas de estatura, y el gas, 
la gasolina y la luz eléctrica, disipando la encubridora sombra de 
las calles, quitan todo el encanto y la ternura á esos pueriles diá- 
logos de amor. En los cortijos y poblaciones cortas, sí se pela la 
pava todavía. Allí hay ventanas bajas y candilejos moribundos que, 
por una rareza incomprensible, dan más sombra que luz. Eos no- 
vios se dicen mil ternezas, entre las ocho y nueve de la noche, mien- 
tras el padre juega á la malilla con el cura. En México no se dis- 
fruta de ese placer más que en los barrios y en esa faja privilegiada 
que .se entiende desde el Jardín de San Fernando hasta San Cosme. 

La flirtación, cuj'o significado me preguntas, no se parece á las 
inocentes conversaciones de los novios, ni equivalen á lo que llama- 
mos pelar la pava. Primeramente, no se flirta del balcón á la calle. 
Para flirtar .se necesita el palco de un teatro, el canapé de un gabi- 
nete de confianza ó la rústica banca de un jardín. Es necesario estar 
cómodo, bien vestido ; la flirtación es un vicio elegante como la 
sportmanía en el hombre y como la morfina en la mujer. No es ab- 
solutamente indispensable que la mujer con quien .se flirta .sea muy 
bella; pero sí se requiere que tenga alguna inteligencia y mucho 
mundo. Casi, puede asegurarse que una mujer no logra flirtar bien 



MANUEI. GUTIÉRREZ NÁJERA 223 



hasta que no se casa y hace un viaje. I^as jóvenes de veinte años 
tienen la preocupación del novio y la preocupación de los listones. 
Piensan mucho en vestirse y en casarse. Esto quita á la flirtación 
una parte considerable de su gracia. El hofnbre que flirta no es ja- 
más un novio, ni mucho menos un aspirante á marido. Si lo fuera, 
sería tan amartelado y tan cargado como todos los novios de la tie- 
rra. El hombre que flirta, se mantiene siempre en los límites de la 
admiración estética y del amor respetuoso. Cuando á mucho se atre- 
ve, besa la extremidad de un guante ó la sedosa punta de los bucles. 
Pero jamás pasa de allí: el hombre que flirta es un amante de eti- 
queta que no se quita nunca el frac, que habla siempre de usted y 
que no pasa de la sala. 

Dudo que me comprendas, porque estas medias tintas amorosas 
no pueden explicarse fácilmente. ¿Sabes tú á qué huele el agua y 
de qué color es el aire? Pues la flirtación es como el agua y como 
el aire. Flirtar es querer á una mujer y decírselo en formas elegan- 
tes, sin pedirle su corazón ni sus favores. Pero en esto también me 
explico mal, porque el hombre que flirta no quiere ni desea: gusta 
de la mujer y nada más. La flirtación es un platonismo encanallado. 

I^a mujer puede amar al hombre con quien flirta; pero nunca se 
lo dice. Es más aún: desde el momento en que el amor germina en 
ella, la flirtación pierde su novedad y su belleza. La verdadera y 
genuina, nada tiene que ver con el amor. Es un placer de epider- 
mis, un juego de raqueta, en que las palabras hacen veces de vo- 
lantes, un amor que es todo superficie y á cuyo fondo no pueden 
descender los corazones, porque están huecos. El hombre y la mu- 
jer se a.soman al barranco sin .sentir vértigos; andan por las cornisas 
del amor, como los gatos van por los tejados sin caerse. Cambian 
miradas y requiebros y ternezas; pero apenas se separan, olvidan 
las palabras y los besos mentales. Flirtar es bordar flores con la 
mirada y con los labios. Es un medio que han inventado las muje- 
res que no aman, para hacerse la ilusión de que están engañando á 
sus maridos. 

Lo que más se asemeja á la flirtación es el 7narivandage de los 
franceses. Pero el marivandage es una flirtación de chaquira; un 
bordado minucioso; uno de esos globitos calados que fabrican los 
chinos y que van unos embutidos dentro de otros. En el marivan- 
dage se habla de amor descaradamente, rebuscando las frases, re- 
dondeándolas con el único fin de parecer discreto é ingenioso. Es 
el lenguaje vestido de pasión. Para que una mujer se dedique con 
buen éxito á pintar estos arabescos en el aire, es necesario que ha- 
ya leído muchos versos y que conozca todos los repliegues del idio- 
ma. U\mar¿va7idage equivale á los versos con consonantes forzados. 
Ya ha pasado de moda; su tiempo fué el de las preciosas ridiculas 
del Hotel Rambouillet. Es un amor de caramelo que empalaga. 



224 MANUEI. GUTIÉRREZ NAJERA 



La flirtación es más sobria y más original. ¿Has visto á esos gas- 
trónomos que padecen del estómago y no pudiendo saborear sus 
manjares predilectos, se conforman con verlos en la mesa? V o co- 
nocí á un obispo que iba al Tívoli, y hacía que sirvieran á sus la- 
cayos un opíparo banquete para verlos comer. PufS así son los flir- 
tadores. Conocen los peligros del amor, saben que daña, como las 
frutas verdes, )■ se conforman con disfrutarlo desde lejos. Ks la pa- 
sión de los saciados y los hartos. 

La flirtación, pura y sin mezcla, no puede existir más que en su 
patria: en Inglaterra. En los países latinos degenera inmediatamen- 
te en el amor ó en el deseo. Los ingleses son precavidos y pastosos. 
Aquí, los cañones .se disparan solos, y las botellas de Champagne 
despiden espontáneamente sus tapones. Aquí el amor es una vela 
que pavesea sobre la tapa de mi barril de pólvora. Sin embargo, ya 
en México se flirta: ob.serva algunos palcos del teatro y algunos rin- 
cones del salón dtl baile. Tenemos tres ó cuatro señoras y .señori- 
tas norteamericanas cine nos inician en los misterios de la flirtación. 
Debo advertirte, sin embargo, que la flirtación yankee es mucho 
más grue.sa y burda que la inglesa. Está pintada con pluma de ave. 

Por desgracia tú no podrás hacer e.stas observaciones fácilmente. 
No concurres á las fiestas del nunulo internacional, y tienes el buen 
juicio de no asistir á las representaciones de la «Guerra Santa.» Yo 
te hablaré en una de mis próximas revistas de ese mundo interna- 
cional que no conoces y que empieza á formarse en México. Habría 
querido, por ejemplo, que asistieras al baile del 14 de Julio. 



*** 

Quien no haya vi.sto la alegría que reina en e.stas fiestas, nada 
sabe de regocijos ni entusiasmos. El francés despilfarra en una no- 
che el capital de alegría que nosotros gastamos en un año. Deja el 
comercio, olvida los negocios, adorna con banderolas y cortinas los 
balcones de su casa; canta, bebe, rie, va al baile decidido á moverse 
como se mueven las girándulas, y almacena recuerdos en su memo- 
ria, para gozar con ellos en las horas largas del trabajo. 

Nosotros paseamos las cuadrillas, moviéndonos acompasadamen- 
te con grandes pausas y profundas reverencias, lista es la cuadrilla 
diplomática, la cuadrilla de las espinas dorsales inflexiJíles y de 
las pérfidas .sonrisas. Los hombres parecen figuras decorativas, y las 
mujeres andan con la solemnidad de un buque de guerra. Las ma- 
nos .se tocan apenas y los pies .siguen siempre la línea recta, como 
los ferrocarriles. Generalmente bailan las cuadrillas lodos los hom- 
bres que no deberían bailar nada, las matronas que conocieron el 



MANUEL GUTIÉRREZ NÁJERA 225 

Parían, y los hombres políticos que, por lo común, nunca han bai- 
lado. Bailada así, parece una dan/.a de camposanto. 

No.sotros concurrimos á los bailes como vamos á los entierros: 
graves, cejijuntos, dispuestos á tener un duelo si alguien tiene la 
inadvertencia de colocar su pie sobre el nuestro; los franceses van 
resueltos á descubrir el fondo de la copa y á bailar con la primer 
mujer que encuentran disponible, sea vieja ó moza, fea ó bonita . . . 
¡nada importa! La alegría rebosa en ellosy les sale por ojos, boca, 
oídos y nariz. Parece que hablan con las manos. 

Sin estos bailes que interrumpen de cuando en cuando la mono- 
tonía de nuestra vida, no sabría qué hacer. Los teatros no ofrecen 
ancho campo á las revistas ni á los juicios críticos. El que se crea 
con fuerzas suficientes para escribir un juicio crítico de la «Venus 
Negra», es de seguro el hombre más espiritual que calienta el sol. 
Yo hubiera preferido escribir como D. Leandro Fernández de Mo- 
ratín, una oda «al capitán que mandó hacer un plantío de árboles 
en Valencia» ó una anacreóntica á «Lesbia tocando el arpa,» ó un 
soneto «á la risa de Cloris.« Pero, indudablemente, aunque me pon- 
gan un puñal al pecho, no hablaré de la «Venus Negra» ni de los 
«Sobrinos del Capitán Grant.» Es una empresa que no acometo. 
Hércules limpió las caballerizas del rey Augías; pero no hizo el jui- 
cio crítico de la «Venus Negra.» 

Algunas noches hace, mientras los recomendables actores del tea- 
tro Arbeu luchaban con las dificultades de esa obra magna de su 
repertorio, proponía á mi devota consideración este problema: ¿po- 
dré amar alguna vez á una Venus Negra? Un habitante de Mozam- 
bique habría dicho precisamente lo contrario: ¿amaré alguna vez á 
una Venus Blanca? El criterio con que se aprecia la belleza, cam- 
bia segián los climas y regiones. Lo que es verdad aquí, no es ver- 
dad en el centro del África. Lo que es bello en China, es horrible 
en Europa. Los negros dicen que el diablo es blanco. 

Si un conquistador africano entrara triunfante en la ciudad de Ro- 
ma, mandaría que untasen de betún las grandes estatuas. Los ojos 
de ese hombre no son, pues, iguales á los míos; su cerebro está con- 
formado de una manera distinta: no es mi semejante. 

Pero el criterio se modifica y se tran.sforma. Hay flores que trans- 
plantadas cambian de color. Hay cerebros que no piensan lo mismo 
en el Ecuador que en el estrecho de Behring: Un negro arrebatado 
de Hokanga y puesto en el Boulevard de los Italianos, reforma su 
criterio con el tiempo. Si lo ponen en Londres, acaba por enamo- 
rarse de una rubia muy rubia, ó de una albina. No he visto sapos 
que miren el sol; pero sí he visto negros enamorados de mujeres 
blancas. 

Ahora bien, ¿ocurriría lo mismo con nosotros si nos aprisionaran 
en el centro de África? ¿Llegaríamos á apreciar la hermosura em- 

29 



ZZ6 MANUEL GUTIÉRREZ NÁJERA 



betunada, como aprecian los negros la hermosura rubia? Verdad 
es que nosotros ocupamos un lugar más alto en la escala ascendente 
de la humanidad. Nuestra raza es la eflorescencia de la tierra. Te- 
nemos datos para presumir que nuestro criterio vale más que el de 
los negros. Pero bien miradas las cosas, ellos dirán lo mismo que 
nosotros. Aurelien Sclioll decía con .sobradísima justicia, que el más 
insignificante diputado no trocaría su importancia por la de un jefe 
de tribu, como el jefe de tribu, á su vez, se negaría á cambiar su 
posición por la de un uiputado. 

Hace pocos días que he comprado una esfera terrestre con ánimo 
de abarcar bajo mis dedos todos los puntos del globo en que la hu- 
manidad se agita. El in.strumento geográfico campea sobre su zó- 
calo, en medio de mi despacho, ostentando el fondo azul, donde se 
destacan los festoneados continentes y las islas marcadas por pun- 
tos casi imperceptibles. 

Arriba se ve la pequeña Europa, la extendida Asia y el busto de 
América. En la otra mitad la dilatada África, la Australia y la Amé- 
rica, desde la cintura hasta los pies. Este último es el mayor de los 
continentes: divide el mar en dos partes, y recorre el planeta casi 
de uno á otro polo. Y sin embargo, este gran continente es el úl- 
timo que ha sido descubierto. Parece, por razón natural, que Amé- 
rica debía haber sido la destinada á descubrir á Europa. , . . ¡y ha 
sucedido lo contrario! En esto, como en otras muchas cosas, lo más 
pequeño se ha llevado la palma. 

Desde que la esfera me pertenece y tengo la totalidad de la tie- 
rra en mi gabinete, mis ideas se modifican. Mido el mar equinoc- 
cial, desde Sumatra hasta Guayaquil, y me pregunto qué papel 
representaría el más opulento y altivo personaje de Europa .si le co- 
locaran en uno de aquellos bajíos, y en qué vendría á parar el orgu- 
llo nobiliario de algunas gentes, siendo abandonadas en un témpano, 
en un ice-berg al Norte del mar de Baffin. Me imagino en la tierra 
de la Desolación á los ricos banqueros de las ciudades más comer- 
ciales de Europa, buscando mariscos con que .saciar su apetito, y 
concluyendo por devorarse mutuamente. 

En aquellas latitudes, los personajes más robustos y orondos adel- 
gazarían, hasta el punto de no tener más que la piel sobre los hue- 
sos; y los que acostumbran pagar al sastre cantidades anuales de 
dos mil pesos, .se consolarían allí fácilmente con una mezquina piel 
de carnero. 

*** 

Dejemos que el orgullo de los hombres les haga presumir que son 
iguales á los dioses, y resignémonos á escribir revistas insensatias. 
Quizá el domingo entrante podamos conversar algo menos mono- 



MANUEL GUTIÉRREZ NÁJERA 22.7 

tono y cansado. En ocho días puede cambiar la faz del mundo. Por 
ahora los teatros están mudos, los salones desiertos y las velas apa- 
gadas. El piano duerme bajo su funda de lienzo, y las bugías vír- 
genes lucen su traje de novia en los dorados candelabros. Los guan- 
tes, aprisionados en su caja de ébano, suelen sacar un dedo de cuan- 
do en cuando, como si preguntaran: ¿no servimos para nada? El 
carnet de marfil reposa en el escenario, con su delgado lápiz color 
de rosa pendiente de un listón azul de cielo. Todo calla. Solo se 
escucha el agudo silbato del escenógrafo, que enseña al público los 
telones del «Siglo que viene, w 

Parece que nos hemos puesto todos un gorro de dormir. 

Ha llegado la hora del reposo. Nuestros párpados se cierran: lee- 
mos un número de la Revue des deux inondes y nos dormimos. ¡ Bue- 
nas noches! 

Tú me dices ¡oh rubia amiga! que estás triste y yo no puedo re- 
ferirte nada que disipe las sombras del fastidio. Afortunadamente 
esa tristeza pasa pronto. No se puede confiar ni en el dolor. El ni- 
ño llora en su cuna porque no pueden descolgarle un lucero que ti- 
tila en el espacio. Pero un momento después ríe y retoza olvidando 
sus lágrimas. El hombre es un niño que tiene necesidad de rasu- 
rarse. El corazón es un piano que suena según la mano que lo toca. 

Déjale abierto y el dolor tocará en él sonatas fúnebres, romanzas 
elegiacas y misereres; pero que llegue una mozuela de ojos negros, 
azules ó castaños y verás cómo brincan las notas acariciadas por su 
mano de princesa, y cómo las severas armonías .se truecan en una 
mazurka de Chapí ó en una galopa de Oífenbach. Tú estás en la 
hora de las sonatas serias y de la música solemne. Deja que vuel- 
va la alegría como esas aves que regresan á sus nidos cuando pasa 
el invierno. 

Agosto 12 de 1883. 

Confieso mi crimen: después de leer cincuenta páginas de Miche- 
let, he asi-stido puntual á tres corridas. He asistido tres veces á ese 
sangriento drama que termina invariablemente, como las tragedias 
clásicas, con la muerte del protagonista. Perteneciendo á una so- 
ciedad protectora de los animales, he visto tropezar los caballos con 
sus propias entrañas, salpicando de sangre á los jinetes. Confieso 
mi delito: he ido á los toros. 

Lo primero que se experimenta al encaramarse trabajosamente 
!por las tendidas gradas de la plaza, es un secreto movimiento de 
terror. Aquella muchedumbre que vocifera, gesticula, patea, ahuUa, 
formando una especie de gran concierto norteamericano, impoufi 
hondísimo respeto. Parece que el tendido va á desquebrajarse y que 



228 MANUEL GUTIÉRREZ NAJERA 



la apiñada masa humana va á caer entre gritos y lamentos. Los 
hombres beben cerveza y las señoras mueven sus abanicos precipi- 
tadamente. Nadie se está quedo: algunos montan en la valla y re- 
tozan, haciendo gala de su fuerza. Los más se ponen en pie para 
ayudar con sus con.sejos al torero. Todos toman ima parte activa 
en la diversión. Todos son entendidos en la tauromaquia; saben 
cuándo se debe retirar la pica y cuál es el momento oportuno para 
poner las banderillas. De repente suena una gran tormenta de sil- 
bidos. Luego, aquella multitud ruge y se indigna contra el primer 
espada que.no logra matar á la fiera, y hasta contra el toro que, lleno 
de heridas y desgarrones, no acomete. Sale el verdugo, el cachetero. 
Un gran chubasco de injurias é improperios acoge á este personaje 
vergonzante, que desempeña los papeles de traidor. El toro, heri- 
do en la nuca, arroja un ahuUido desgarrador, vuelve los grandes 
ojos CTi torno de la plaza y muere entre los sones de la música, co- 
mo Ótelo. 

La tragedia del toreo, esa tragedia de capa y espada, tiene tres 
actos invariablemente: la pica, las banderillas y la muerte; la ex- 
posición, la trama y el desenlace. La música preludia la marcha de 
los toreros en «Carmen» y aparece la cuadrilla. Picadores, chulos, 
banderilleros, espadas, se dispersan y colocan en sus respectivos 
sitios. Los picadores, firmes en los estribos, se acercan á la puerta 
del toril embrazando su pica fuertemente. Los capeadores y ban- 
derilleros maripo.sean por todas paites, agitando sus capas verdes, 
azules ó Color de rosa. El primer espada se mantiene distante del 
redondel, dirigiendo esa lucha que debe terminar con un horrible 
duelo. El sol dora las lentejuelas de los trajes, vibrantes y vivas 
como las luciérnagas. Deslumhran los vestidos, acariciados por la 
luz, como el vientre lu.stroso de los'peces. Entre un hormigueo con- 
fuso de oro y plata, el ojo deslumbrado percibe vagamente cuerpos 
varoniles y rostros cuyo cutis tiene el color obscuro del cuero cor- 
dobés. Estos actores no usan pinturas ni cosméticos. Su coldcream 
es la .sangre. Los chulos, con .sus capas bajo el brazo, avanzan so- 
segadamente, luciendo sus arreos de Fígaro y su traje donaircso: 
la media roja que sube del zapato bajo, el calzón ajustado, el cha- 
leco y la chaqueta de colores vivos, con tantos bordados, agujetas, 
franjas, lentejuelas, filigranas, plata y oro. que apena'^ puede per- 
cibirse la chillante tela; los picadores, con .su pantalón de búfalo, 
revestido de hierro interiormente, y su chaqueta tan llena de bor- 
dados metálicos, que pesa más que una coraza, y puede, si es pre- 
ciso, amortiguar los golpes y cornadas- Los chulos forman la tropa 
ligera de estas luchas; los picadores son los hoplithas. Reciben sin 
moverse el primer empuje del enemigo, sin poder escapar ni per- 
seguirlo. 

El gran capitán de este pequeño ejército, es el primer espada. Es 



I 



MANUEL GUTIÉRREZ NÁJERA. 229 



un hombre alto y nervudo, de piernas ágiles y puño vigoroso. Su ros- 
tro no se demuda cuando la fiera le acomete y, sin espanto ni con- 
goja tiende la estocada. Como Pedro Romero, á quien Goya pintó 
en su tauromaquia, podría matar el toro sentado, con grilletes en 
los pies y sin otra muleta que el sombrero. Clava las banderillas á 
caballo y .salta por encima del toro, cuando le arremete. Parece que 
una Compañía de Seguros le ha garantizado la vida por el período 
de cien años y que en e.sta confianza puede lanzarse á las más pe- 
ligrosas aventuras. Cada vez que emprende alguna hazaña, los es- 
pectadores le animan con sus gritos entusiastas, y las señoras se 
cubren la cara con el abanico. 



*** 

La concurrencia que asiste á las sangrientas lides no puede ser 
mayor. Para apreciarla, hay que detener el caballo ó el carruaje á 
la salida de la plaza. Los pobres que por amor á la tauromaquia, 
han resistido durante largas horas las caricias del sol, se alejan en 
tumulto mostrando sus camisas desgarradas, sus guiñapos polvosos 
y sus sombreros de petate. Algunos .se permiten el lujo oriental de 
emprender su camino en carretones. Van como los antiguos come- 
diantes, apiñados y de pie, brincando en cada piedra del camino, y 
con peligro de quebrarse las co.stillas en un probable vuelco. ¡ Pobres 
gentes! Solo el amor de los toros puede hacer llevadero este supli- 
cio. Los más marchan á pie, cansados y molidos, pero contentos 
por haber visto una corrida. Se alejan formando enormes caravanas, 
con la canción en los labios y la vistosa banderilla en el .sombrero; 
se diría que esos gritos lanzados en la plaza, ese espectáculo terri- 
ble en que se juega la vida, han desahogado sus instintos malos, 
dando escape á los arranques de esa bestia, que la educación suele 
domar, pero que se halla siempre en el fondo pecaminoso de todo 
hombre. 

La concurrencia elegante empieza su desfile. Ahí van los jinetes, 
escarnio del calor, haciendo caracolear sus potros jerezanos entre 
los ómnibus repletos y la compacta muchedumbre. No se oye más 
que el chasquido de los látigos, el ruido de las portezuelas que se 
cierran y el rodar de los carruajes. Pesadas diligencias van saltando 
en las quiebras del camino, envueltas en una nube de polvo, como 
los héroes de la Iliada. Coches antiguos, de e.sos que servían para 
ir á Puebla, cuando .se empleaban tres jornadas en el viaje, van ti- 
rados por cuatro rocinantes flacos que. como los pobres inválidos 
del Montepío, están pidiendo á voces el descanso. No hay vehículo 
alguno que no esté representado en este gran desfile. Algunos de 
ellos se quedarán á la mitad del camino. Los caballos se arman, 



230 MANUEL GUTIÉRREZ NAJERA 



los ejes se rompen y las ruedas se desgranan. Quién pide por amor 
de Dios un puesto humilde en el pescante de algún coche, quién se 
encarama al toldo de una diligencia, quien se resigna á emprender 
su caminata á pie hasta Chapultepec, envidiando al famoso Pulgar- 
cito cuyas botas salvaban siete leguas. Los muchachos desharra- 
pados y halaraquientos se asen á la tablita de los coches. El polvo 
del camino, colocándose en gruesas nubes por las portezuelas, me 
hace creer que voy atravesando alguna calle de Atenas, la ciudad 
más polvosa de la tierra. El sol no vierte ya sus cucharadas de plo- 
mo derretido, pero el calor es sofocante. A la luz opalina del cre- 
púsculo distingo los carruajes elegantes, que huyen á todo correr 
por las calzadas, el lando majestuoso y aristócrata, el faetón de ca- 
rrera, el boggy elegante y el trois guarís ligero. 

La tarde va muriendo. El viento se recoge y se sosiega en brazos 
de la noche, como un niño travieso que fatigado de correr y de tris- 
car por la montaña, se duerme en el regazo de la madre. La sombra 
baja lentamente, y la pesada arquería del acueducto oculta en la 
obscuridad sus columnas musgosas y sus negruzcas piedras. A lo 
lejos, se miran los faroles encendidos y la mezquina claridad de las 
calles. Ya se perfilan las estatuas del Paseo y queda atrás el Cas- 
tillo con sus paredes blancas y sus enanas torres. Ya solo queda en 
mi imaginación el cuadro de las peripecias trágicas ocurridas en el 
sangriento redondel, y en mi cabeza el vago aturdimiento que dejan 
las reuniones bulliciosas, las jornadas largas y las fiestas nacionales. 



Por fortuna, en las corridas á que yo asistí no me tocó mirar tra- 
gedia tan horrible como la de Feíícitos Mejía. Celebraba su bene- 
ficio hace ocho días y enebriado por los aplausos de la plebe, que- 
riendo exceder en menosprecio de la vida, y en arrojo á todos sus 
compañeros, intentó clavar las banderillas con la boca. El toro le 
ensartó desgarrándole, con sus astas, las entrañas. 

No ha sido esta la única desgracia de la semana. Una furiosa tem- 
pestad descargó el jueves, ocasionando tres ó cuatro muertos. Uil 
rayo arrebató á la torre de San Juan su cruz de hierro, que lanzada 
con fuerza incontrastable fué á clavarse junto á la fragua de un he- 
rrero. Ya el día anterior había caído un rayo en la casa que forma 
esquina de Vergara. ¿Tendremos que batirnos con el cielo y sopor- 
tar las tempestades en la atmósfera después de haberlas soportado 
en el teatro? Todavía ahora veo los cielos entoldados y escucho el 
estallido de los truenos. 

Esta crónica se debe leer con pararrayos. Mientras escribo reto- 



MANUEI< GUTIÉRREZ NÁJERA 23 1 



zan las enormes nubes tempestuosas, asaltando en tumulto el fir- 
mamento. 

He abierto la ventana para mirar los rayos cara á cara. El cielo, 
tan azul lia pocas horas, se ha puesto pardo, casi negro, como si los 
ángeles se hubieran vestido de luto. Las golondrinas, rastreando 
el suelo, parece que solicitan esconderse en las entrañas protectoras 
de la tierra. No veis aquellas nubecitas blancas, que limitando un 
diminuto lago azul, tiemblan en el confín del horizonte? Las sor- 
prendieron, al salir del baño, esos negros gigantes abisinios, que 
vienen del Oriente: por eso agrupan .sus cuerpos blancos y entume- 
cidos como si quisieran ocultarse unas tras otras. A poco, los mons- 
truos llegan y las devoran. 

Ya no hay lagos azules, ni nubecillas blancas en el cielo. Algu- 
nos nimbus huyen con estrépito, como carros de guerra en la con- 
fusión de la derrota. Despéñanse las montañas de la atmósfera; 
combaten brazo á brazo los Hércules deformes, y las delgadas cla- 
ridades que rasgan la obscuridad de cuando en cuando, son como 
el brillo de las espadas gigantescas que se chocan. 

Asistimos á una batalla de africanos. Aquellos, aguardan en so- 
lemne actitud, la acometida del ejército enemigo. Este, avanza vior 
lento, atropellando cuanto encuentra al paso. ¿No csucháis el rodar 
de las cureñas y el galope de los caballos? Ya vienen; ya se acerca 
el tiroteo. Torres enormes, .sostenidas por elefantes de espanto.sas 
proporciones, avanzan por la atmósfera; y de las claraboyas de esas 
torres brotan dardos fulmíneos, despedidos por colosales arcos de 
ébano. Hasta los mismos montes del espacio cobran vida, arráncanse 
de cuajo, y animados de fuerza incontrastable se precipitan, como 
alud sombrío, sobre el ejército contrario. A ratos, centellean los bru- 
ñidos petos y los cascos; escúchase el resoplido atronador de los 
mon.struosos elefantes; rompen los tigres sus recias cárceles de hie- 
rro para lanzarse sobre el enemigo, y .sus ojos como de sangre lumi- 
nosa, alumbran el espacio. Montañas, fieras y gigantes se atropellan; 
enarcan los elefantes sus espaldas; caen desplomadas las enhiestas 
torres; revientan los peñascos; los muros de granito negro .se des- 
granan, y bregan los guerreros cuerpo á cuerpo enroscándose como 
víboras, en el aire. 

De improviso, júntanse todos y reunidos avanzan sobre la tierra- 
Las montañas aguardan impasibles; pero los árboles, «sobrecogidos 
de pavor, se mueven, como si pugnaran por desenraizarse de la tie- 
rra para huir.» Todos quisieran sacudir en un momento la invenci- 
ble fatalidad de su destino: los peces piden alas y las aves envidian 
á los topos que pueden esconderse en tenebrosas oquedades. Las 
olas aspiran á .ser montes y diríase que el cielo quiere cambiar de 
sitio con la tierra. 

Solo Magda permanece impasible en su balcón. Gruesas gotas 



232 MANUEL GUTIÉRREZ NÁJERA 

comienzan á caer: pero ella, absorta en la contemplación del infi- 
nito, deja que mojen sus cabellos negros. Y Magda tiene miedo. 
A cada relámpago, su alma se persigna. No quisiera mirar; pero 
se obstinan sus pupilas en seguir clavadas en el cielo. En la mujer, 
la curiosidad domina el miedo. Tal le parece que las nubes tem- 
pestuosas vienen directamente á su balcón y que los sagitarios del 
espacio la escogen para blanco de sus tiros. Pero no aparta la mi- 
rada ni se esconde. Convirtiendo los ojos á la calle, podría mirar á 
los transeúntes azorados que buscan un refugio ó un abrigo. Aque- 
lla costurera corre y corre, como si la tempestad quisiera darla un 
beso. Ese gomoso pobre, á juzgar por la traza, parece que lleva alas 
en los pies; su sombrero de copa alta, presintiendo el chubasco, tie- 
ne el pelo erizado. Pero Magda no advierte nada; ve las nubes y se 
pregunta con deliciosa candidez: ¿para qué serán las tempestades? 

Si yo pudiera estar donde ella está, satisfaciendo sus curiosida- 
des le diría: 

— Tempestad y pasión .son dos trastornos parecidos. El cielo siem- 
pre azul y la mujer siempre inocente, cansarían. Es preciso que 
brote el rayo de las nubes y el amor de la mujer. Y el amor, como 
el rayo, da la muerte. ¿Crees tú que estas tormentas pavorosas no 
traen más que la muerte y el espanto? Pues te engañas. La tera- 
pe.stad deja en el .seno de la tierra el nitro que las plantas necesitan, 
y absorbe las impurezas de la atmósfera, conviniendo el oxígeno en 
ozono. El rayo da la muerte y da la vida. Es el fuego que purifica 
y que devora. Y el amor ¿no es así? También tiene tinieblas que 
entoldan el horizonte de la vida y centellas que matan; pero tam- 
bién es necesario para la perpetuidad de las especies, también crea, 
también purifica. El rayo nace del choque de dos electricidades con- 
trarias, como el amor de los dos sexos en contacto. Los dos alum- 
bran, los dos queman, los dos matan; pero los dos son necesarios á 
la vida. 

*** 

Pero ni Magda me oye ni .se aparta su vista de las nubes. Tam- 
bién anoche tuvo un miedo horrible. Soñó que estaba en medio de 
un diluvio. Pero el agua no descendía de las nubes: brotaba de la 
tierra é iba subiendo, subiendo en láminas compactas, tan obscuras 
que apenas podían di.stinguirse en las tinieblas de la noche. Magda, 
azorada, se asía á los barandales del balcón, que era muy alto. Des- 
de allí contemplaba la horrible escena. K\ rumor que escuchó prime- 
ro, había cesado. La invasión del océano ascendente se verificaba 
con lentitud y en medio del silencio. Primero, la capa negra se ten- 
dió .sobre las calles, sin arrugas ni pliegues. Sobre esa tersa obscu- 
ridad, como puntos luminosos, repartidos en hilera, los reverberos 



MANUEL GUTIÉRREZ NÁJERA 233 

del gas brillaban tristemente. El monstruo negro se incorporó otro 
poco, y los faroles más altos parecieron, por su proximidad al agua, 
linternas de invisibles góndolas inmóviles. Entre cada movimiento 
del agua mediaba el espacio de algunos minutos. Nada se oía: el 
seno de pquel obscuro mar cerraba el paso á todo rumor y á toda 
luz. Subió el agua otm poco y los faroles se perdieron, apagándose, 
como luciérnagas arrojadas á un estanque. Entonces la tiniebla fué 
absoluta. La noche descendía del cielo y brotaba de la tierra. Magda 
iba á ser aplastada entre esas dos enormes láminas de una prensa ne- 
gra, como un ratón entre la puerta y la pared. El mar subía con me- 
nos lentitud. Ya se miraban en la capa tenebrosa algunos pliegues, 
que eran las oleadas silenciosas. Magda sintió que el agua le bañaba 
los pies y, loca de terror, se encaramó sobre los barandales del bal- 
cón. Pero el agua subía, y entonces ella, agarrando con ambas ma- 
nos una canal delgada de hojalata, quedó suspensa en el vacío. La 
canal se iba doblando poco á poco. Un momento más y se quebraba. 
Ella, haciendo un supremo esfuerzo, logró subir á la cornisa, en 
donde se agrupaban, maullando y deteniéndose con las uñas, mu- 
chos gatos. Estaba defendiendo su vida instante por instante. ¡Todo 
inútil! El agua continuaba subiendo é iba ya á devorarla. Los gatos 
se quejaban como niños, y arañaban la cara de Magda. En ese mo- 
mento, algo muy blanco, flotó sobre la densa obscuridad del agua. 
Era unavela. ¿Quién puso aquella barca milagrosa sobre el agua? Lo 
urgente era entraren ella. Magda, tendiendo con angustia las dos ma- 
nos, logró detenerla. Pero los gatos, más ágiles y elásticos que ella, 
habían entrado ya, no dejando lugar para otro cuerpo. Entonces co- 
menzó una lucha horrible. Magda combatía con aquellos demonios 
que maullaban y describían rombos terribles en el aire, encajándole 
sus agudas uñas en el cuello. Por fin, logró vencer. Cupo, como una 
cuña, entre los cuerpo sblandos de los rabiosos animales, que frotán- 
dose entre sí, despedían chispas de fuego. La barca siguió flotando 
sobre el agua. Pero ¿adonde iba? El agua continuaba su marcha as- 
cendente i Si pudieran llegar al cielo, ó cuando menos á una estrella! 
Así pasaron muchas horas de congoja. De improviso. Magda sintió 
que la barca se hundía. Todo estaba perdido. Lanzó un grito y se 
arrojó á las aguas, que estaban tan frías, como si fueran de nieve lí- 
quida. Se resignó á morir; pero, arrojado por las velas, su cuerpo fue 
á chocar con la cruz de piedra que coronaba una altísima torre, ya su- 
mergida en el océano. Aquella cruz era el único punto firme que las 
aguas no habían tragado aún. Magda se puso de pie en ella. Ape- 
nas cabían las plantas de sus pies en los angostos brazos de la cruz. 
Pero Magda, por una maravilla de equilibrio, se conservaba fir- 
me y sin moverse. Así pasó una hora. Las aguas ya no subían: 
comenzaban á bajar. Magda no moriría ahogada; pero conio era 
imposible que se mantuviera en esa posición durante muchas horas, 

30 



234 MANUEL GUTIÉRREZ N AJERA 

caería por fin, rompiéndose la cabeza con las piedras. Mientras el 
agua cerraba herméticamente la ciudad, como una tapa, podría 
permanecer sobre la cruz. Mas luego que el vacío se fuera ahondan- 
do, en torno de ella, el vértigo .se apoderaría de su cerebro, precipi- 
tándola al abismo. ¿En dónde estaba? A enorme altura, incuestiona- 
blemente. Hsa cruz era el único punto respetado por las aguas. Poco 
á poco se fueron descubriendo las torres, las chimeneas y los tejados. 
Las agujas de los templos perforaban el manto de las aguas. El abús- 
mo crecía de arriba para abajo. El océano se retiraba dejándola sola, 
á doscientas varas de la tierra. Y por una rareza, que Magda no 
podía explicarse, á medida que las pérfidas ondas descendían, se 
iban iluminando las claraboyas de las casas, las ventanas, los bal- 
cones, hasta que aparecieron por fin los reverberos y los faroles mo- 
vedizos de los coches. ¿Qué. . . . ? ¿No había perecido la ciudad? 
¿Ella sola iba á ser la víctima? ¿Por qué no hizo lo que todos y se 
dejó tragar por aquella agua que no ahogaba y por aquella boca sin 
colmillos? Un vapor de oro subía de la ciudad, rodeándola como si 
fuera una neblina hecha con hilos de cabellos rubios. 

La vida bullía abajo, y esa vida en que iba á precipitarse fatal- 
mente, era para ella el seno de la muerte. ¡Qué agudas le parecían 
las cúpulas y qué afiladas las cornisas! ¡Y gritaba, gritaba; perouo 
podían oiría. Únicamente las lechuzas, de ojos amarillos, comen- 
zaron á revolotear en torno de ella. De pronto un cuervo de torcido 
pico y semejante al ave Rock que hal)ita el Himalaya, le arrancó 
las pupilas á mordidas. No pudo ya ver nada: sus piernas ñaquea- 
ron, dobló el cuerpo y cayó de cabeza sobre una aguja de granito. 



*** 

Y entretanto que Magda, contemplando el cielo, recordaba su 
.sueño de la víspera, la tempestad había pasado. El cielo estaba azul, 
como si lo hubiesen tejido los ángeles con pétalos de no me olvides 
y con los ojos de las rubias que se han muerto. Las golondrinas cu- 
chicheaban alegremente en los alambres del telégrafo. Magda ce- 
rró el balcón y yo también. 

Agosto 26 de 1883. 

No sé si lo que voy á referir es un hecho real, ó si el café, cuya 
rica esencia había tomado, lo dibujó en el cristal de mi imaginación. 
La distancia que separa un suceso de un sueño, es insignificante: la 
diferencia estriba únicamente en que el suceso puede verse á todas 
horas y el sueño se percibe nada más en medio de las sombras y cou 
los ojos cerrados. 



MANUEL GUTIÉRREZ NÁJERA. 235 

El caso es que ayer noche erraba meditabundo por las calles, cu- 
yo aspecto cuando la luz eléctrica se apaga, es el de un ataúd negro 
y sin tapa. Sin objeto determinado ni prefijo derrotero iba á merced 
de mi capricho, pensando en muchas cosas que han pasado y en 
otras que todavía no han sucedido, esto es, viviendo por la raíz y 
por la copa, por el recuerdo y por la previsión, pero no en el pre- 
sente ni en el medio. Ya casi todos los cafés habían cerrado sus 
puertas. Nada más los billares permanecían iluminados, siendo co- 
mo son el último refugio de trasnochados y noctámbulos. En la 
Concordia, algunos mozos regaban y barrían el suelo, mientras con- 
taban otros las propinas de la noche: arriba, en dos cerrados gabi- 
netes, brillaba aún la luz del gas y se oían retazos de palabras, ruido 
de vajilla y hasta bostezos de cansancio y de fastidio. A tales horas 
no se encuentra en las calles ánima viviente, á no ser el gendarme 
que ronca en el portal de alguna tienda ó el cochero que va dormido 
en el pescante, dejando á las flacas muías el cuidado de conducirle 
á la carrocería. El rumor de los pasos crece en fuerza, como si algu- 
nos duendes fueran remedando á los transeúntes, por debajo de la 
acera. Todo calla y entre la sombra obscura de la noche, á ras del 
suelo, se distingue la hilera de esas linternillas que los gendarmes 
ponen en las bocacalles, sin que ninguno sepa á punto fijo para qué. 
Tan profundo silencio y soledad tan grande, entristecen al menos 
melancólico. De ningún edificio, casa ó fonda, salen rayos de luz 
ni ruido humano. Parece que están ciega la luz y muertos los so- 
nidos, ó que, entretanto reinan las tinieblas, la vida, como el sol, 
se ha ido á otra parte. 

Quien se obstina en pasear á tales horas, ó aguarda el codiciado 
instante de una cita, ó no encuentra su casa porque el vino se ha 
encaprichado en escondérsela, ó está á dos pasos de volverse loco. 
Yo, que no me encontraba, á la sazón, en ninguna de estas circuns- 
tancias, encomendé mi alma al inspector de policía, mi cuerpo á 
los hermanos Gayosso y apretando el paso, volví tranquilamente 
á mi vivienda. 

— Pues señor, dirá tal vez algún meticuloso, si nada extraño, sor- 
prendente ni sobrenatural le pasó á usted ¿á qué sacarnos de nues- 
tras casas respectivas para dar un paseo por e.sas calles? Hubiera 
comenzado su leyenda en el sitio que requiere el argumento y ha- 
bríase ahorrado gasto de papel, sin merma de la paciencia con que 
le escuchamos. 

Y es verdad: mis lectores, habituados á que les trate con llaneza 
y desparpajo, pudieron suponer que les llevaba á una casa de juego, 
á una tertulia, al cubil de los monederos falsos ó á la reja en que 
ansiosa me esperaba una chica, tan tierna como guapa. Siento mu- 
cho haber defraudado sus esperanzas; pero ni soy concurrente de las 
timbas, ni tengo la honra de contar entre mis amigos á ningún mOr 



236 MANUEL GUTIÉRREZ NÁJERA 



nedero falso, ni hay quien me espere, á la madrugada, en el balcón. 
El preámbulo anterior sirve únicamente para disponer el ánimo de 
mis lectores á la audición de lo maravilloso. Es como si, tratando 
de contarles un cuento de aparecidos y fantasmas, apagase la vela 
previamente. Por lo demás, quien crea en conciencia que es inútil, 
puede hacer lo que yo: no volver á leerlo. 

Digo, pues, que regresé á mi casa: abrí la puerta, iluminé mis 
pasos con un fósforo y di con mis pobres huesos en la cama. Un 
cuepo extraño se interpuso entre mi espalda y el colchón, produ- 
ciendo, al quedar aplastado entre mis costillas, un rumor semejante 
al que producen la lija y el papel de vidrio cuando alguno los pisa 
6 los estruja. Al propio tiempo sentí en la piel el impaciente corre- 
tear de unas patas fibrosas y menudas que se prendían como alfi- 
leres en mi cuerpo. Me incorporé más que de prisa, encendí la vela, 
y á su tímida luz, pude mirar sobre la blanca sábana el repugnante 
cuerpo de una de e.sas cucarachas ó bacterias que rondan al rededor 
de los focos eléctricos. ¿Cómo había entrado hasta mi cuarto! En 
mi cama no hay ninguna luz, ni eléctrica, ni de gas, ni de petróleo. 
¿Con qué pretexto se instaló bajo mis colchas, para darme un bro- 
mazo tan solemne? La insolente, más muerta que viva, se estaba 
queda en el colchón, patas arriba, moviendo sus tentáculos delga- 
dos, en la postrera convulsión de la agonía. No tuvevalor para co- 
gerla con los dedos, y valiéndome de un bastón que tiene ya dos 
años de servicio, la arrojé del lugar que había usurpado. La bacteria 
cayó dentro de un pantuflo, rompiéndose dos piernas cuando menos. 
No obstante esto, cobrando fuerza nueva con el golpe, como Anteo 
la adquiría al tocar la tierra, y animada por un espíritu diabólico, 
lanzóse contra mí violentamente, en tal manera, que á no esquivar 
la cara tan á tiempo, me habría encajado sus minúsculas patas en 
los ojos. No pudo contenerse, y disparada como piedra que par- 
te de la honda, fué á estrellarse de nuevo en la pared. Pero el 
monstruo infernal, tenía probablemente duro el casco y rehacía la 
vida; cayó al suelo; fuese arrastrando, herido y tambaleando, por 
la alfombra; mas cuando iba á aplastarlo con el pie, saltando de 
improvi.so, evitó el golpe, dejándome burlado é iracundo. Había 
que exterminarlo ó perecer en el combate: defendíase con bríos inu- 
sitados, girando al rededor de mi cabeza y queriendo por fuerza 
entrar.se adentro de mi boca. Una vez llegué á sentir el áspero con- 
tacto de sus alas en el sensible cutis de mis labios. En la brega, 
rompí los vidrios del balcón, la veladora y hasta la palangana del 
lavabo. Aquella cucaracha era espartana. Por fortuna, un tajo dado 
á tiempo y con esfuerzo redoblado, la tendió á mis pies, ya exáni- 
me, postrada y moribunda. Pude entonces aplastarla bajo la suela 
de mi bota, mas no quise: la enormidad de su delito, el encono de 
su defensa y los vidrios que yo había roto por su culpa, requerían 



MANUEL GUTIÉRREZ NÁJERA a.-?; 



un castigo más terrible. En la hoguera, quemada á fuego lento, 
así perecería la muy infame. 

Tómela, pues, con unas pinzas, la aproximé á la llama de la vela, 
y entretenido on observar los esfuerzos titánicos que hacía por es- 
caparse de entre la tenaza, pude sentir las delicias y espasmos que 
sentía, .según cuentan, Torquemada, presenciando los autos de fe 
ó asistiendo á la sala del tormento. — ( ¡Descastada! — decía yo como 
si pudiera comprenderme. — ¡Ahora vas á pagar los vidrios rotos!» 
— lya cucaracha se tostaba y retostaba, poniendo unos ojos que solo 
para vistos. Las piernas que, semejando hilos de estambre, le que- 
daban, á poco se convirtieron en cenizas. Sus duras alas se par- 
tieron, estallando en pedazos, como las negras uñas del demonio. 
Nada más los ojos, pequeñitos y casi imperceptibles, resistían á la 
combustión y hasta se agrandaban, al parecer, con el contacto de 
la llama. Llegó un momento en que la cucaracha fué toda ojos. De 
improviso, sin escapar á la presión de la tenaza, ni caer, hecha pol- 
vo, en la palmatoria de metal, fuese alargando, alargando á modo 
de e.sos grandes anteojos cuyos tubos se embuten unos dentro de 
otros. Era la ballena saliendo de Jonás: hubiérase creído que el pa- 
dre Fischer salía de la cucaracha, .salía, salía y no acababa de salir. 
Lo más extraño y peregrino era que aquellas alas extendidas y alar- 
gadas, parecían las dos piernas de un pantalón negro, tan angosto 
como el que usan hoy nuestros gomosos. Continuaron creciendo y 
se trocó su parte .superior en un par de faldones, con sus bolsas, co- 
sidos y ribetes. ¡Qué más!— y aquí lo espeto en una frase para no 
prolongar mi narración — de aquel monstruo carbonizado entre las 
pinzas, salió un perfecto caballero, con corbata, reloj, sombrero y 
todo. No volvía de mi asombro; los músculos del brazo se afloja- 
ron, dejé caer las pinzas que detenían por el tacón á tan extraño 
personaje, y é.ste, poniéndose de pie en un periquete, sin trazas de 
la más ligera quemadura, después de hacerme tres ó cuatro cata- 
vanas que ni Spencer Saint Jhon haría con tanta gracia, me dirigió 
la palabra en e.stos términos. 

— Tenga usted la bondad de no alarmarse. Comprendo que mi 
presentación ha sido brusca. . . . 

— Hombre, sobre todo, e.so de haberse metido en mi cama. . . ! 

— Mil perdones: estaba cansadísimo. Imagínese u.sted: tengo amo- 
res con cinco focos eléctricos y no descanso. Hoy, por ejemplo, an- 
duve de parranda. Tomé bastante jugo de eucaliptus, y ahí tiene 
usted que el picaro licor me trastornó un tantico la cabeza. Quise 
volver á ca.sa, pero, desatinado perdí el rumbo y me he colado, sin 
saber cómo ni cuando, en la propia recámara de usted. Le .suplico, 
por consiguiente, que me excu.se. Ya sabe u.sted lo que es el vi- 
no. .. . usted se habrá embriagado muchas veces. . . . 

. — No señor. 



Í238 MANUEL GUTIÉRREZ NÁJERA 

— ^Pues. hombre, á mí las hembras y el alcohol me traen sin jui- 
cio. Aquí donde usted me ve, yo era un hombre de arraigo, sin 
brizna de hechicero ni de mago. Estuve empleado en varias ofici- 
nas; pero, al caer D. Sebastián, quedé cesante, y aguza que te aguzas 
el ingenio, estudiando la cabala y la alquimia, llegué á adquirir co- 
nocimientos tan profundos, que le doy quince y falta al más pinta- 
do. Por desgracia, para todo se ha menester un poco de oro. Con 
unos cuantos sacos de ese horrible metal que trae revuelto el mundo, 
yo habría sido un lucero, un faisán, un lepidóptero, ¡vamos! lo más 
gentil, hermoso, bueno y grande que puede imaginar la fantasía. 
Pero ¡qué quiere usted! un mago pobre tiene que conformarse con 
su suerte. He sido perro, gato, burro, perico de una cómica, go- 
rrión, en fin, todo lo que hay que ser en las escalas inferiores de la 
vida. Pero amigo, los gatos están dados á los perros; los pericos 
suelen vivir muy bien cuidados, pero andan, por lo común, con gen- 
te mala, y yo, en achaques de moral, no cejo un paso; los burros, 
á pesar de su mansedumbre y su bondad, no tienen vida con esos 
desalmados tiranuelos que les rasgan la carne á latigazos; y en cuan- 
to á los falderos y mastines, nada le diga á usted, porque hasta en- 
tre ellos hay, no obstante la democracia y la igualdad, sus castas, 
sus privilegios y sus feudos; de manera que mientras unos viven 
regalados, comiendo sopas en leche y terrones de azúcar, otros su- 
dan el quilo por hallarse un mal hueso que roer, vagan sin domi- 
cilio fijo, por las calles, y expiran sin que nadie les a3'ude á bien 
morir, envenenados por los picaros gendarmes. ¡Y luego quieren 
que no estén rabiosos! Nada; no hay vida más perra que la del pe- 
rro callejero! Ya ni huesos hay, porque todos los aprovechan en las 
fondas, y cuando les conceden su retiro, los almacenan en canastos 
y cajones para sacar de ellos yo no sé qué terrífica mixtura, que sir- 
ve para hermo.sear á las mujeres. Hoy por hoy, solo existe una ver- 
dadera canongía; ser caballo de carrera. Pero, viejo, los animales 
pobrecitos no aspiramos á empleos tan lucrativos. Y hasta para eso 
es conveniente haber nacido allende el mar. Los extranjeros nos lo 
quitan todo. Yo, y eso tirando mucho de la cuerda, habría logrado 
ser caballo de tiro, con residencia fija en algún sitio de mala muerte. 
Por lo tanto, he preferido ser algo que vuele, y cambiar cada cinco 
meses de figura, aunque, según ha dicho Campoamor: 

.... El cambiar de destino 
Solo es cambiar de dolor, 

— Pero, señor mió, le dije ya repuesto de mi asombro — la forma 
en que usted andaba ha pocas horas, no es de las más graciosas y 
gallardas. 

— jCá! ¡Patrañas! ¿También usted participa de la insensata re- 



MANUEL GUTIÉRREZ NÁJERA 239 



pugnancia con que el vulgo nos ve? Yo no niego que los coleópte- 
ros de mi traza, andamos mal vestidos. Pero ¿qué significan el traje 
y los femeniles atavíos, para un hombre de corazón é inteligencia? 
¿Piensa usted que Homero andaba mejor de ropa? Poetas muy in- 
signes y doctores muy famosos van por esas calles en tal figura, que 
da grima verles. A nosotros no nos viste Sarre, ni nos perfuma Mi- 
coló; pero tenemos mucho corazón y somos muy amigos de las lu- 
ces, i Que nacemos en un pantano. . . . ! Bueno ¿y qué? Sixto V na- 
ció en una zahúrda. Ni la humildad de la cuna, ni la pobreza en 
el vestir, estorban el crecimiento intelectual, ni embarazan el des- 
arrollo del espíritu, Hay cucarachas apreciabilísimas como hay pen- 
sionistas del Erario, más honradas, inteligentes y virtuosas que las 
damitas de la aristocracia. Nos calumnian, nos befan y maltratan 
sin motivo, sobre todo, nadie compréndelas excelencias de nuestra 
condición. ¿Quiere usted transformarse por algunos momentos en 
coleóptero? ¿Qué es usted? 
— Periodista. 

— Y ¿qué papeles .son los que miro dispersos en la mesa? 
— Las primeras cuartillas de «La Vida en México.» 
— ¡Periodista! ¡y escribe usted «La Vida en México! ¡y no me lo 
ha dicho todavía! ¿Qué colaborador más entendido y diligente que 
un coleóptero de mi casta! Venga usted. 

Azorado, sentí que mi volumen dismiimía y que mi levita engrosa- 
ba como si una callosidad de cuerpo entero la rodease. Me hice peque- 
ñito, tan pequeño que pude sin dificultad entrar en el cielo y hasta 
meterme por el ojo de una aguja. Sentí que no pesaba ni un adarme, 
como acontece comunmente á mi chaleco los días catorce y último 
del mes. Y después. . . . ¡nada, que volé! sí señor, volé tranquila- 
mente por los aires, hendiendo aquella atmósfera nocturna, como 
un pez que nadara en el Mar Negro ó en el océano de la Reina de 
las tintas. Por desgracia, no podíamos subir á grande altura, ni 
competir con los campaneros ó las águilas. Pero estábamos libres 
de caer en esas trampas de venados y de zorros, abiertas por el ilus- 
tre Ayuntamiento en muchas de nuestras calles principales. P^xtin- 
tos ya los focos de la luz, no corría el peligro de que mi compañero 
se descalabrase, dejándome en penoso desamparo. 

—¿A dónde quieres ir? me dijo á media voz, pegándome los bi- 
gotes al oído 

—A donde tú me lleves, contesté. ¡Pues no me tuteaba ya el muy 
Insolente! Y Volando, volando recorrimos las calles principales, que 
estaban tan desiertas y tan mudas como las de un extenso campo- 
santo. ¿A dónde se puede ir á tales horas? De buen grado habría 
ido á tomar alguna cosa para alentarme y calentar mi sangre; pero 
pasada ya la media noche, el único café que permanece abierto, es 
el café terrible del Barómetro, y ni aun transformado en cucaracha 



240 MANUE;. GUTIÉRREZ NÁJERA 

se puede entrar en esa taberna escandalosa. Además, el temor muy 
racional de que acabasen con nosotros á porrazos, me detenía á cier- 
ta distancia de las gentes. En esto comenzó á clarear el día. ¡Santos 
benditos! Estábamos muy lejos de mi casa y no era posible que 
regresáramos á ella, antes de que la luz nos descubriese. ¡ Fuerte 
apuro! Como yo tenía la conciencia de que nú yo permanecía inmu- 
table y de que era siempre el Duque Job, pen.sé que todos iban á 
reconocerme. Esto mi.smo les pasa á todos los mozuelos que salen 
disfrazados por primera vez. Ño se atreven á hablar, por miedo de 
que les miren y conozcan. ¡Y cuidado que no sería ligera la bro- 
mita con que me hablasen luego los amigos. Además ¿han visto 
ustedes nunca coleópteros de nuestra casta á plena luz? ¡ No señor! 
Estos desconocidos animales, cuya existencia ni siquiera sospechá- 
bamos antes de que la luz eléctrica viniese, salen de noche y nada 
más ¡Y qué penosa fué mi compunción, cuando pasando por en- 
cima de Palacio, vi centenares de bacterias muertas! También mi 
compañero no las tenía todas consigo. Detuvímonos, pues, en las 
hojas de un eucaliptus. Allí hemos pasado todo el día. A cada rato 
la hoja angosta y larga, en que estábamos parados, se inclinaba y 
mecía como la canal de que estuvo pendiente Claudio Frollo. Vi 
pasar á los oficinistas que se dirigían al ministerio, á las damas que 
iban á misa, á las niñeras y á los ministros sin cartera que van á 
leer el Monitor en las bancas de la Plaza, aguardando á que pase 
un usurero. Por fin, llegó el anochecer. 

— ¡A casa! ¡á casa! — exclamé ya molido y con deseos vehementes 
de sacudir aquella deforme envoltura. 

— ¡Pues no faltaba más! Ahora comienza lo verdaderamente en- 
tretenido. La breve lluvia que ha rociado nuestras alas, nos permi- 
te volar con más soltura y ligereza. La humedad es indispensable 
para nosotros: por eso observarás como caemos al pie de los focos 
de la luz eléctrica. El calor evapora el agua y nos quita la fuerza. 
Entonces, la infame luz nos menosprecia y morimos postrados á sus 
plantas. Mientras mis alas tengan humedad y dinero tus bolsillos, 
seremos adorados. Pero la luz ab.sorbe el agua y la mujer la plata. 
Entonces la cucaracha va arrastrándose, baldada, enferma y pobre, 
hasta que muere; y el hombre, con el vestido y los botines rotos, 
va á tocar á la puerta del manicomio. 

Y diciendo y volando llegamos al balcón de una casita, cuyo nú- 
mero sé, aunque no lo digo. Adentro, una muchacha que ustedes 
conocen. . . , ¡apuesto á que saben 3'a quién es! — se preparaba para 
asistir á una tertulia. ¿Iría al Casino? ¿al Club? Sus brazos blancos 
se alzaban como las asas de una ánfora. Su pelo suelto bajaba ha.'^ta 
besarle la cintura. Y entretanto, el espejo no le quitaba la mirada, 
los alfileres se disputaban á estocadas el honor de prender sus blon- 



MANUEL GUTIÉRREZ NÁJERA 24T 



dos rizos, y cada flor, con su delgada vocecita, le decía cariñosa: 
«¿No me quieres? Yo moriré contenta en tu tocado." 

Y luego, abandonando aquel balcón, espiamos por los cristales 
del Casino, los grandes preparativos de la fiesta. Las notas se esta- 
ban vistiendo en el aire, y como entran los cómicos al teatro, antes 
de que comience la función, se metían á la caja del violín, al tubo de 
la flauta, y los agujeros del clarinete. En ese instante busqué la 
invitación en el bolsillo de mi frac, y ni frac ni boletos encontré. 

— ¡A casa! ¡á casa! 

Mas, de paso, nos detuvimos donde yo me sé. Marietta, arrodi- 
llada en el muelle cojín de su reclinatorio, oraba antes de entregarse 
al sueño. ¡Y rezaba por mí! Perdiendo el tino, quise beber las cla- 
ridades de sus ojos, y me rompí el bautismo en los cristales. ¡Así 
pasan las glorias de este mundo! 



3« 



242 MANUEL GUTIÉRREZ NÁJERA 



CRÓNICAS DESHILVANADAS. 



Abril 6 de 1884. 



Los cirios resplandecen; el incienso sube enroscándose, como una 
columna salomónica; los niños de coro se agrupan con sus vistosas 
túnicas rojas entre las negras sotanas de los sacerdotes; el órgano 
acompaña con su voz severa el canto de los chantres, y abajo, en 
el espacio holgado de la nave, bulle la devota muchedumbre, cla- 
vando los ojos en el tabernáculo y batiendo las palmas verde y oro. 
El obispo, vestido de pontifical, con su gran mitra ornada de pe- 
drería, el báculo de oro macizo y la capa pluvial que deslumhra los 
ojos, reflejando la llama de los cirios, avanza precedido de los jóvenes 
seminaristas que, compungidos, con los ojos bajos, cruzan los brazos 
sobre el blanco sobrepelliz encañonado, y miran, al andar, la relu- 
ciente hebilla del zapato bajo. Junto al obispo, sosteniendo las pun- 
tas de su manto, van dos altas dignidades del Cabildo; atrás, de dos 
en dos, con severo ademán caminan los canónigos. Ya sube la comi- 
tiva por la pequeña gradería del presbiterio. El turiferario, vesti- 
do con su túnica violácea, se arrodilla en el último escalón, irguiendo 
su torre de plata. El obispo se sienta bajo el dosel de púrpura, en 
el regio sillón que ostenta, bordadas en el terciopelo y esculpidas 
en la madera, las armas de la Iglesia: dos grandes llaves coronadas 
por la tiara. 

La procesión comienza á organizarse; se oye el rumor enorme de 
las palmas agitadas que orean la atmósfera con sus verdes abanicos. 
La inmensa nave verdea con la infinita profusión de ramos; quiere 
acercarse el pueblo junto á la crugía para que caiga sobre las cabe- 
zas el rocío bendito, y los que ya no pueden acercarse, levantan sus 
palmas, que crujen y .se doblan, y el obispo, elevando la voz sono- 
ramente, toma el hisopo, pronuncia la fórmula sagrada y rocía las 
cabezas de los fieles. «¡Hossana, hossana al hijo de David! ¡Ben- 
dito el que viene en el nombre del Señor!» 

La procesión desfila majestuosamente. «Hijos de Sion, regoci- 
jaos: Jerusalem, mostrad vuestra alegría. He aquí vuestro Rey que 



MANUEL GUTIÉRREZ NÁJERA ^43 



viene hacia vosotros; hele aquí, Rey justo }'■ bueno, viene pobre, 
montado sobre una asna.» 

«¡Salvadnos, Señor! ¡Señor, Señor, miradnos favorablemente I 
¡Bendito sea el que viene en vuestro nombre!» 

«El Señor es el verdadero Dios, que ha hecho lucir sobre noso- 
tros una nueva luz.» Haced este día grande y solemne y conducid 
á la víctima hasta el pie del altar. 

«Algunos de los fariseos dijeron á Jesús: Haced, Maestro, callar 
á vuestros discípulos.» 

«Mas Jesús respondía: En verdad os lo digo, si ellos callasen, las 
piedras hablarían.» 

«Y cuando Jesús estuvo cerca de Jerusalem, se detuvo mirando 
la ciudad y lloró diciendo: ¡oh Jerusalem si á lo menos .supieseis en 
este día que se os da lo qué puede asegurar la paz! ¡Empero no, 
ahora .se oculta todo á vuestros ojos.» 

La procesión sigue avanzando: el sacerdote que representa á Je- 
sucristo, sale de la iglesia con una cruz y dos ciriales. Cierran las 
puertas y él llama por tres veces con el mango de la cruz: «i Abrios, 
abrios, puertas eternas, para que entre el Rey de la Gloria!» 

«¿Cuál es ese Rey de la Gloria?» 

«¡ Es el Señor Fuerte y Poderoso, el Señor terrible, invencible en 
los combates! ¡Abrios, abrios, puertas eternas! j Abrios para que 
entre el Rev de la Gloria!» 

Tres veces .se repite el diálogo .severo, á la tercera vez la pe.sada 
puerta de madera vieja, con salientes y clavos de metal, voltea so- 
bre .sus goznes y entra el .séquito: 

«¡Hossana. hossana al hijo de David! ¡Vos, Señor, hacéis pro- 
clamar vuestras glorias por boca de los niños, aun por aquellos que 
maman todavía el seno de sus madres!» 

La augusta solemnidad del canto llano se pierde en las altas bó- 
vedas; las notas graves abren sus pesadas alas, y comienza frente al 
altar, cubierto por un velo; la lectura de la Pasión. La tragedia 
cruenta lleva el pavor á todos los espíritus. Los fieles leen con de- 
voto continente sus devocionarios. De cuando en cuando el coro 
mezcla sus voces turbulentas y las notas metálicas^ de la orquesta 
á la severa voz del sacerdote y de los diáconos. Esa es la tumul- 




muchedumbre. Parece que se escucha el ruido seco de la Cruz ca- 
yendo en el hoyo abierto en roca dura. 

Cuando la misa acaba, los piadosos cristianos se retiran, agitando 
las palmas ya benditas. Solo queda en el severo altar la Cruz cu- 
bierta por un velo. 



244 MANüEIv GUTIÉRREZ NÁJERA 



*** 

jOli santa palma, bendita palma que velaste á la cabecera de mi 
cama! Mi buen padre te llevó cuando eras Vcrde aún, á la devota 
procesión del día solemne. Después te desmenuzaron en pequeños 
fragmentos. Kl más grande .se enredó en los barrotes del balcón 
para que nos librara de los rayos. Kl más pequeño fué á adornar 
la blanca fuente de agua bendita que coronaba mi cuna. Allí tus 
verdes y delgadas hojas comenzaron á amarillear. Mi santa madre, 
en las mañanas, humedecía la extremidad de tus humildes ramas 
en la mente y rociaba mi sien de niño con el agua bendita y per- 
fumada. 

Tú apartabas de mí los espíritus malignos y congregabas á mi 
alrededor los ángeles guardianes. Una noche, tus hojas aparecie- 
ron todavía más amarillas. Yo estaba próximo á morir. La ciencia 
humana me había ya desamparado: mis ojos se apagaban lentamen- 
te; con los párpados entornados, miraba, atónito, la congoja de mis 
padres y la luz oscilante de los blancos cirios. Solo mi madre, fuer- 
te con su fe, te humedecía en el agua de la .santa fuente y te acer- 
caba á mis delgados labios, secos por la fiebre. Tú me di.ste la vida, 
¡oh santa palma! 

Cuando muera, el sacerdote que rece las oraciones de los agoni- 
zantes cerca de mi lecho, te arrancará de la cabecera para bendecir- 
me. Cuando me lleven á enterrar y mi cuerpo descanse en el ataúd, 
te pondrán con el Crucifijo entre mis manos. ¡ Bendita seas, oh sant^ 
palma ! 

*** 

En estos días de la Santa Semana, mil recuerdos se agolpan en la 
memoria. Cada paseo, cada ceremonia, trae para mí el perfume de 
los días felices, como la paloma del arca llevó á Noé el ramo de 
líliva. 

El Viernes de Dolores es el día que las madres escogen general- 
mente para la primera comunión de sus hijos. En las naciones ca- 
tólicas de Europa, los niños no comulgan hasta los catorce ó quince 
años; aquí las madres, asustadas por su precocidad, les llevan cuan- 
do apenas comienza á clarear en sus entendimientos la luz de la 
razón, y procuran, como ellas dicen con una frase gráfica, que Dios 
entre en los corazones antes que el diablo. Los primitivos cri.stianos 
daban la comunión á los recien nacidos, después de bautizarles. 
Esta costumbre era muy tierna y conmovedora. ¿Por qué las almas 



MANUEL GUTIÉRREZ NÁJERA 245 



de los pequeñuelos, que son las más puras, no han de vivir en co- 
munión con Dios? 

Entre nosotros, la primera comunión tiene un carácter muy so- 
lemne. La época del año escogida para esta fiesta contribuye, y no 
poco, á su esplendor. L,a tierra recibe el beso del sol, las flores re- 
ciben el perfume, el nido recibe las aves, y los corazones reciben á 
Dios. Para que pase Dios y llegue hasta las almas de los pequeñitos, 
la tierra se ha puesto un vestido de flores todo nuevo, y la orquesta 
del bosque ha aprendido mejores armonías; los ángeles destapan á 
toda prisa los botes de esencias que tienen almacenados en el pa- 
raíso, y por las noches dejan caer algunas gotas en los cálices; el 
cielo resplandece muy azul; diríase que está más cerca de nosotros; 
la tierra, antes llana y lisa como una sábana de nieve, estalla en 
explosión de flores y de hojas: parece que intentó subir, de un solo 
brinco, á juntarse con las estrellas, y jadeante, destrenzada su obs- 
cura cabellera, cayó luego. Cada clavel es el beso mental que da la 
tierra al sol. Los cuchicheos de las ondas son las murmuraciones 
detrás del abanico. La onda es fría, y al ver los espasmos voluptuo- 
sos de la gran morena, refunfuña entre dientes: ¡Descarada! Apli- 
cando el oído, escucharéis la respiración de la hermosa durmiente 
que sueña con su rubio enamorado. Su seno .se hincha lleno de fe- 
cundidad. La luz, como una mirada magnética, penetra por todos 
sus poros. La blanca virgen .se convierte en madre. 

En estos días de resurrección couuilgan por primera vez los pe- 
queñitos. No comprenden aún la enérgica hermosura de estos ins- 
tantes. Para comprenderla, es preciso haber amado á una mujer. 
Pero sienten el blando influjo de la Primavera, como la savia siente 
el .sol, sin verlo. Una .serenidad de alba se apodera de sus espíritus. 
Van al confesonario, escondido en una capilla obscura de la parro- 
quia, como van las ovejas, triscando y balando, á la orilla del río. 
El cura, de cabellos blancos y bordón nudo.so, perdona á éste las 
uvas que robó del emparrado ajeno; á ese, los caramelos saboreados 
á hurtadillas: á aquel, el arañazo, que por disputar una canica, dio 
á su hermano. Las almas de esos niños están limpias; pero también 
lo está el coqueto saloncito en que Juana recibe á su novio, y. s^in 
embargo, cuando éste va á llegar, la enamorada quita hasta el úl- 
timo átomo de polvo, ha.sta la brizna de paja, ha.sta la pluma apenas 
perceptible que, cuando volvía de la calle, se desprendió de su go- 
rrito; abre el balcón, arregla las cortinas, pone un ramo de flores 
en el piano y una gota de esencia en el cojín. Y esto que Juana suele 
hacer en su salita, hace el cura en el alma de los niños. No quita 
ya pecados: pone flores. No lava sus conciencias: las perfuma. 

Algunas veces, el sacerdote .suele hallarse con niños vicio.sos, de 
raalalndole, perversos. Hay arrapiezos de nueve años que fuman, 
iuegan, roban y blasfeman. Pero estos no son niños, son enanos. 



246 MANüEI. GUTIÉRREZ NÁJERA 



Comunmente son producto de la ciudad. La madre no puede cuidar 
de ellos porque su tocado, las visitas y el teatro, absorben todo su 
tiempo. El padre lo es únicamente en el sentido brutal de esta pa- 
labra. El niño, pues, vive entregado á las niñeras y á los lacayos. 
El estiércol de las caballerizas les contagia. El hollín de la cocina 
ensucia su alma. Ese niño es un hombre que todavía no llega á los 
labios de una mujer; pero que ya sabe subir encima de las sillas. 
No quiero hablaros de esas pobres criaturas. Me refiero al niño 
cuyos únicos é inocentes pecadillos son todos contra el quinto man- 
damiento. La idea de la propiedad no nace con nosotros, ni entra 
por sí sola en niiestro entendimiento. Nos la clavan. De chiquillos 
tenemos invencible propensión á apropiarnos aquello que nos gusta 
6 nos conviene. Por eso el niño que por primera vez se acerca al 
tribunal de la Penitencia, .se acusa siempre de haber robado alguua 
cosa. El que menos, ha sido un buen pickpocket de los árboles. 



*** 

La noche anterior al día en que van á comulgar, es la noche más 
solemne para ellos. Solo hay otra tan grande en la vida: la noche 
que precede al día de las bodas. La buena madre acuesta al niño 
muy temprano, para que no se impaciente, para que no dispute con 
sus hermanitos, para que no peque. Antes de acostarlo le enjuagan 
bien la boca con agua perfumada, le ponen de rodillas en el colchón, 
y hacen que rece más que de ordinario. Generalmente la madre in- 
venta al último una de esas oraciones que .solo .saben inventar las 
madres, y que tienen más elocuencia, mucha más elocuencia que 
todos los devocionarios reunidos. El niño se duerme entre gozoso 
y asustado. No puede aún determinar en toda su grandeza la idea 
del sacramento que se dispone á recibir, pero sabe que Dios entra- 
rá en su alma. 

Además, .se considera ya hombrecito. Hasta le causa extraneza 
que no haya crecido en pocas horas su estatura. Y entre sueños sien- 
te la tibia respiración de su ángel guardián, y ve el cirio que ha de 
llevar á la iglesia, la cinta que le pondrán en el brazo izquierdo y 
las flores con que cubrirán la mesa del comedor, para que tome, 
cuando vuelva, el chocolate. 

La madre está hondamente enternecida. La enorgullece el pen- 
samiento de que su hijo va á recibir á Dios; pero tiembla pensando 
en lo porvenir. Esa primera comunión es la vida que empieza pa- 
ra el niño. Y la madre medita: ¿será bueno? ¿le arrancarán en las 
escuelas y en el mundo las ideas religiosas que le inculco? ¡ Madre 
santa! ¡que .sea muy bueno! ¡que te ame! Sino, llévatelo mañana, 
I que se muera! 



MANUEL GUTIÉRREZ NÁJERA 247 



*** 

¡Oh recuerdos de la primera comunión! Él templo está muj' lu- 
minoso y muy alegre. El aire todo huele á flores. Los niños, bien 
lavados, bien peinados, con sus vestiditos nuevos, y sus velas de ce- 
ra, oyen la misa. Los pájaros cantan en las ventanas, suena la mú- 
sica en el coro. Cuando llega el momento de la comunión, se oye 
el rumor de una gran parvada de gorriones. Las cabecitas rubia.S 
se aproximan al altar. Algunos comulgan de pie, porque la baran- 
dilla es demasiado alta para ellos. En seguida van todos á arrodi- 
llarse frente á la santa imagen de la Virgen. El padre les dirige 
una pequeña arenga. Las madres lloran junto á las columnas. 

Y mientras las agudas campanillas repican en el alto presbiterio 
y gorjean muchas aves en la cvípula, yo medito: ¿á dónde van las 
débiles barquillas que se alejan ahora de la playa? La vela latina 
de raso blanco, hinchada por la brisa más suave, las lleva como un 
ángel misterioso de quien .solo se mira una ala nivea. El cielo está 
muy azul y sopla la iDrisa más blanda. Allí van esas niñas sonrien- 
tes, como una bandada de golondrinas blancas; allí van los alegres 
pequeñitos, entretenidos en admirarar sus guantes de cabritilla. To- 
dos piensan en la casa que les espera con aspecto de fiesta; en el co- 
medor cuya mesa está cubierta de amapolas y de rosas, en los besos 
y abrazos de la madre, en los juguetes que habrá comprado su papá. 
Los niños .se creen hombres y las niñas mujeres, cuando están más 
distantes de la humanidad, cuando son ángeles. 

Tal vez mañana, esto es, dentro de quince ó veinte años, dos de 
esos rubios chiquitines cuyas únicas manchas son de cera blanca, 
cruzarán sus floretes en el bosque por disputarse el corazón de aque- 
lla ó esta niña. ¡La vida. . • . . ! ¡qué obscura es! ¡Con ra/ón las 
madres oprimen á sus hijos contra el pecho, y no quieren dejarles 
sin amparo en este mundo, en esta .sombra, en esta selva! Hay mu- 
chos abismos que tapa el follaje; muchas fieras que habitan las ca- 
vernas; muchos bandidos que se ocultan tras los árboles! Pero la 
vida, como una ola que se encrespa, les arrebatará de aquellos bra- 
zos. Las madres se van y el hombre queda .solo, i Cuántos, mañana, 
cuando la vergüenza tina su rostro, ó el dolor se enrosque^ en sus 
almas, exclamarán desesperados: ¡madre! ¡madre! ¿por qué no me 
llevaste á la tumba? ¿por qué no duermo contigo en tu .sepulcro, 
como dormía de niño, cuando el miedo me acosaba, en tu lecho ca- 
liente y amoroso? 



248 MANUEL GUTIÉRREZ NÁJERA 



*** 

j Guardad, oh niños, el lazo azul y blanco que llevasteis el día de 
la primera comunión! Guardad ¡oh adolescentes! el dorado ramo 
que os puso vuestro padre en la mano para asistir á la procesión de 
las palmas. Con qué alborozo alzan y columpian esos ramos los im- 
pacientes escolares, que en las solemnes fiestas religiosas dejan las 
paredes desnudas del colegio por el terciopelo de la catedral, y los 
libros ajados y polvosos por el misal de estampas policromas! Allí 
están los catecúmenos, vestidos de blanco y desfilando, con el cán- 
tico en los labios, ante el anillo de oro del obispo. Allí están los 
vasos de oro llenos de agua y las casullas y dalmáticas vistosas. Eu 
esos cálices se bebe el vino sagrado del ideal, el licor fortificante de 
la fe. 

Algunos, en las zarzas de la vida han dejado sus creencias mís- 
ticas. Si asisten á las panatheneas de los cristianos, solo atienden 
á su parte decorativa y pintoresca. Sin embargo, éstos mismos se 
conmueven en las suntuosas ceremonias de la Iglesia. La voz del 
órgano les habla de un ausente á quien amaron. La religión es para 
ellos, como esas hadas que la superstición del pueblo cree mirar 
arra.strando la blanca vestidura en la seca hojarasca de los bosques. 
Y cuando piensan, contristados, en su infancia, en la madre que 
les enseñó el catecismo, en el anciano de cabello cano que les dio 
la primera comunión, á manera de un viático sagrado que se da á 
los que empiezan el camino, el soplo de una fe remota orea sus al- 
mas, como el aroma que arrebata el céfiro á las flores para llevarlo 
á los lugares secos en donde solo medran tristes cardos. 

La religión ya no es entonces la madre tierna y joven que nos 
sienta en sus rodillas. Su rostro tiene la serenidad inalterable y la 
belleza trágica de los cadáveres. Es la madre tendida entre cuatro 
cirios. Todavía no la llevan á enterrar; y todavía, para sus hijos, 
está hermosa. ¿Oí.s? En lo recóndito del pecho, lloran descon.sola- 
dos unos pobres pequeñitos. A la luz oscilante de los cirios, vemos 
sus trajes negros, sus ojeras y sus lágrimas. Son los ideales huér- 
fanos. 



MANUEL GUTIÉRREZ nAjERA 249 



UN BAILE EN CHAPULTEPEC. 



— ¿Cómo? ¿Una fiesta campestre, al aire libre, en pleno invierno? 
¿Una fiesta que ha de empezar cuando el sol dore todavía las cres- 
tas de los árboles, y concluir á la hora en que el alba envuelve sus 
formas blancas en flotante gasa azAil? ¡Una fiesta nocturna en el 

mes de Knero y en un bosque ! — Así exclamará Ud. al leer mi 

carta ¡oh hermosa Miss Catherine, la de ojos azules que siempre 
tiene frío; la de rizos que siempre tienen sol! Así exclamará Ud. en 
su brumoso Londres, en la (f Babilonia negra, « que dice Víctor Hu- 
go. Y la noticia de esta fiesta le causará la misma impresión de 
frío que se experimenta al leer el primer capítulo del «Rene,» é ima- 
ginarse á la infeliz criaturita, que cubierta de nieve, parecería uu 
ángel de azúcar candi. 

Piedad y compasión ha de sentir mi rubia amiga cuando lea esta 
carta. Pensará en esa joven española de quien se habla en las 
«Orientales» y que murió al salir de un baile. 

Mais helas! U fallait quand l'aube était venue 
Partir, attendre au senil le mantean de satin, 
C'est alors que souvent la danseuse ingénue 
Sentit en frisonnant sur son épanle nue 

Glisser le soufle du matiu ! 

Unas gotas de lluvia sobre otras gotas de sudor, «esa es la muer- 
te!— decía Teófilo Gauthier. La muerte espera en la puerta de los 
palacios á la joven que sale de madrugada y pone sus labios azules 
en el hombro desnudo, antes de que la gentil bailadora haya abo- 
tonado bien su abrigo, ó la toca al pasar por la escalera de mármol, 
i'j oprime su zapatilla de raso blanco en el estribo del cupé. «No 
llevéis á vuestra hija al baile, decía Víctor Hugo, ¡he visto morir 
tantas!» Y eso, hablando de los salones bien calientes, de las mu- 
jeres que van entre almohadones y cubiertas de pieles! Pero uu 

baile en invierno, á campo raso ¡qué impiedad! 

32 



á50 MANUEL GUTIÉRREZ NÁJERA 



Y nuestro baile, Catherine, nuestro baile en invierno, nuestro 
baile en el bosque, ha sido el «Sueño de una noche de verano,» las 
bodas de Oberon y de Titania, ó las nupcias del Príncipe de Atenas! 
Vos, que también habéis leído á vuestro Shakespeare, rOS acordáis 
de su Midssicmnicr nighV s dreaní? Era aquella una noche extraor- 
dinaria de amores y misterios, «la noche del año en que con nia> or 
actividad j^ennina la madre Naturaleza, la ví-'pt-ra de la alborada 
en que debían cümplinse peculiares y caprichosos ritos, como en- 
cender piras propiciatorias, corlar las ramas del sagrado olivo y las 
del mirto: noche en que .se aguardaban apariciones amorosas y en 
la que hadas, espíritus y trasgos vagalian por el aire libremente 
para favorecer á galanes emprendedores y á doncellas enamoradas!» 
Eso fué nuestra fiesta de Chapultepec: el «Sueño de una noche de 
verano!» 

La organizó la confederación mercantil y el comercio de México 
en obsequio del Sr. Presidente de la Repúlílica, y entre los festejos 
que en honor suyo se han celebrado últimamente, éste, sin duda, 
fué el más suntuoso y elegante. Desde luego el lugar era propicio. 
¿Hay algo más bello que nuestro bosque de Chapultepec, parecido 
á una .selva sagrada dispuesta acaso por la naturaleza para servir 
de refugio á las divinidades aztecas? El castillo lo corona en .señal 
de dominio, como la feudal morada del conquistador. Pero en los 
troncos de los árboles seculares deben vivir ocultos los dio.ses des- 
conocidos. Esos árboles son como héroes de Homero. Están viejos; 
conocieron á Esquilo, vieron las luchas de los semidioses con los 
hombres, acompañaron á Hércules en sus empresas, .son los tita- 
nes que intentaron escalar el cielo y que e.stán enraizados en ca.sti- 
go de su osadía. Aquel bosque tiene la maje.stad de un canto del 
Ramayana. En él si puedo bien decirse contemplándola luna que 
se eleva: «este es el templo y esa es la Hostia.» El heno que cuelga 
de las ramas, da á los aliueliuetes gigantescos el aspecto de ancia- 
nos y enormes patriarcas. La Biblia liabla en esa gran basílica. 

¿De dónde ha venido ese bosque? Porque los bosques andan, los 
bosques caminan, los bosques viajan, como dice Valmiki. Suben 
al monte, como los .^^acerdotes suben en coro al pre.sliiterio, ó bajan 
al río. Y el camino porque ha venido este bo.sque, no se ve. Está 
en medio del valle, en ese espacioso valle de México en el quecabe 
tanto cielo. Está aislado é imponente como pn.stor gigante que cui- 
da un rebaño de ovejitas blancas. Está muy lejos de sus hermanos, 
como si de improviso hubiera brotado de las entrañas de la tierra. 
Parece que medita en co.sas idas. Dijérase que espía á la ciudad, 
como el padre que ve á su hija bailar y la observa y vigila desde 
lejos. Porque creían que había .saltado de algún punto distante y 
caído en el valle, le llamaban los indios chapulín, chapultepec. Pero 
Iqué salto! Brincó acaso desde cima muy alta, y tal fué la caída, 



MANUEL GUTIÉRREZ NÁJERA 251 

que rocas y árboles se enterraron en el suelo. Tal vez el cerro y los 
árboles que vemos, son más j^randes: tal vez no sacan afuera más 
que medio cuerpo. Y ya no puede huir; allí está preso. Ha enve- 
jecido, está muy cano. Tiene su nieve como los volcanes, y esa 
nieve es el heno. Ha sufrido, y por eso quéjase en las noches, cuan- 
do el aire pnsa por sus colosales liras de ébano. Ha visto caer al 
pie de sus árboles á niños mártires, asesinados por balas enemigas. 
Por eso los árboles, cuando el viento despierta en ellos la ira. .se 
agitan como si dijeran: — ¡también nosotros tenemos brazos y cla- 
vas de Hércules para luchar coa los contrarios! 

Hoy el bosque está contento, risueño, delante de .su viejo abuelo 
el Popocatepetl , y de su abuela «la mujer dormida» ¡Dormido! 
¿Por qué? ¡Acaso muerta! Tal vez el Popocatepetl es el viudo de 
cabellos blancos que cuida el .sepulcro de la mujer que amó. 

El Bosque está contento y está ufano. Tiene arriba á una hada, 
«á la buena amiga de los niños y los pobres.» ¿Carmen, qué? Car- 
men Sylva, creo. Mi memoria es casa inhospitalaria para nom- 
bres. Pero recuerdo haber leído en Pierre Loti una página que em- 
pieza así: 

«En el transcurso de mi vida errante, acontecióme cierta vez de- 
tenerme en un castillo encantado, en el castillo de una hada.» 

«El toque lejano del cuerno de caza, cuando suena eii el bosque, 
tiene el poder de evocar en mi alma ese recuerdo.» 

«Y es que el castillo de la hada está situado en la mitad de un 
bosque muy profundo, cuj'os ámbitos puebla, casi á la continua, el 
son de las cornetas militares que se hablan y responden desde 
lejos.» 

«Esa hada, cuya voz es una música, cuya mirada es una bondad, 
cuya sonri.sa es vma dádiva de dicha, adema'-: de hada, es unaieina. 
Para los políticos, su majestad la reina de Rumania. Para los poe- 
tas, Su Majestad Carmen Sylva.» 

«¿Verdad que tengo razón de equivocarme? Un bosque muy her- 
moso; no muy lejos; el son de las trompetas militares; en el bo.sque 
un castillo y en el castillo una hada buena. ¿No es nuestro Bo.sque 
de Chapultepec? Y esa Bondad que pasa sonriendo, ¿no es Carmen? 
¡Sí. sí es Carmen Sylva!» , . _ c 

«De.sde que el Bosque la guarda avaro, aparece mas risueño. Sue- 
nan en él clarines militares; pero también las violas de la danza. 
Y el follaje es más espeso y más tupido, como si los árboles— ¡bue- 
nos viejos!— quisieran impedir, con un abrigo de hojas verdes y 
armiño blanco bien cerrado, que el aire dañe á la buena amiga de 
los niños y los pobres.» , 

Nupca el severo Bosque fué más bueno para con nosotros que la 
noche del sábado! Tal vez haría frío en la ciudad; pero los an- 
cianos árboles, formando una guardia palatina de gigantes, no le 



353 MANUEL GUTIÉRREZ NÁJERA 



permitían la entrada. La fiesta comenzó desde las cuatro de la tar- 
de: de modo que á ella fueron invitados el Señor Sol y la Señora 
lyuna. Al Sol — ¡varón al fin! — se le impusieron ciertas restriccio- 
nes. El papel del Sol, su deber, su encargo, su empleo, su comisión, 
consistía únicamente en alumbrar el Valle; en esparcir lentejuelas 
de oro en el follaje; en besar la nieve de los volcanes, para que la nie- 
ve se ruborizara como una mejilla de virgen; en pintar el telón de 
fondo y los bastidores del escenario! ¡Y qué escenario! En Cliapul- 
tepec la tarde dura más porque no quiere irse. También la tarde 
quiere ver el Valle, y cuando se va, no es que se va, no es que se 
duerme, no es que cierre los ojos azules tras las pestañas rubias, es 
que vSe desvanece de placer. No comprendo cómo los muertos que 
están en el cementerio de Dolores (cuyos árboles se divisan desde los 
corredores de Chapultepec), no se levanten para gozar de este cre- 
púsculo. La resurrección debe ser una mentira. ¡Qué indolentes! 
¡qué flojos sotí los muertos! ¿Cómo han de sacudir la pereza para 
levantarse cuando suene la trompeta del ángel exterminador, sino 
se alzan de sus tumbas cuando la luz dice, dame el último beso, ¡ya 
me voy! 

Imaginaos, Catlierine, el crepúsculo más bello: Una tarde que 
no cae, sino que se deja caer: delante del Bosque una amplia cal- 
zada, una vía romana, llena de carruajes con los faroles encendidos, 
no porque sea tiempo ya de que se enciendan, sino porque los fa- 
roles son los ojos de los coches, y hasta á los coches les brillan los 
ojos de placer. Todos esos negritos de ojos vivos corriendo hacia 
el Bosque. Ya en éste está la noche, como que la noche es una 
señora muy de su casa, muy honrada, y el Bosque en su casa. Los 
negritos suben atropellándose por la rampa, hasta el castillo que se 

ha puesto un collar, un toisón de luces. ¿Atropellándose ? Eso 

quisieran los impacientes! Pero ahí están los gendarmes para im- 
pedir que .se atropellen, y muy en orden, muy sujetos á la consig- 
na van subiendo. El Sol ya hizo lo que pudo; ya pintó las decora- 
ciones; ya enseñó al valle de Mé.xico escotado; ya dijo á M. Coque- 
lín: — ¡esta es mi tierra! — 5^a salpicó de oro las alfombras de hojas, 
y ya se va porque no lo dejaron entrar al baile de la tarde. La 
noche viene, como una hermosa enlutada, luciendo su mejores al- 
hajas. Después vendrá la blanca Luna, la casta Diana, pero ahora 
no es oportuno todavía, porque la Luna es la que roba alhajas á 
la noche, la que le arranca, pálida de envidia, todas sus estrellas. 
Los organizadores de la fiesta con toda la aquiescencia de todas las 
fuerzas naturales, ordenaron al Invierno que .se quedara en casa 
para que no atrapara un constipado, y se propusieron maravillarnos 
con el espectáculo del másriente panorama, iluminado por el Sol; con 
el espectáculo de la noche, cubierta de brillantes, y con el de la Lu- 
na á quien se citó para más tarde. 



MANUEL GUTIÉRREZ NÁJERA 253 

El Bosque es un anciano venerable. En la cabeza del Bosque 
está un canastillo de flores: el jardín. Sobre las flores, miriadasde 
luciérnagas: las luces. Abajo habrá hechiceras, brujas, marmitas, 
palos de escoba: arriba hay hadas. 

Vos, Miss Catherine, sabéis de matrimonios desiguales, de vie- 
jos nmy viejos que se casan con jóvenes muy jóvenes. Pero no sa- 
béis de ini inatrimonio que sólo en México se ha realizado />¿Tr 
dévant M . le Afairc, del matrimonio del invierno con la primavera. 
Venid á Chapultepec. En el Bosque los árboles ostentan toda su 
fronda, pero esto no es raro. Esos árboles están muy viejos, y sería 
una crueldad despojarles de sus hopalandas de follaje. Inspiran 
respeto y merecen toda consideración. Pero arriba, en los corre- 
dores del ca.stillo, aquí donde es el baile, hay una multitud de 
flores; y de flores acabadas de nacer, no flores de la primavera 
pasada, flores pollitas que todavía se ruborizan cuando alguien las 
ve, como las ro.sas; flores que todavía se ponen pálidas cuando su 
novio las toca, como las azucenas; flores que todavía no tienen ex- 
periencia y dan el alma al primero que se acerca á ellas, porque su 
alma es el perfume. 

Desde la escalera que conduce á los corredores del Castillo, em- 
pieza á notarse este derroche, esta inundación de flores. El már- 
mol de los peldaños está blanco de cólera porque no lo dejan ser 
visto. Las flores están contentas porque tienen muchos espejos en 
que verse; y las flores al cabo .son mujeres. Grecas, frisas, colum- 
nas, bóvedas, lienzos, medallones, frescos, paisajes de incontables 
flores, ofrece á la vista esta mansión de hadas. Y las traviesas, 
manchan el peliuhe rojo de los pedestales con su humedad de ro- 
cío; .se enroscan en las armaduras de las estatuas; se queman, como 
deslumhradas mariposas, en las bujías de los candelabros; llueven, 
desprendiéndose del artesonado. 

Pétalos de rosa blanca, pétalos de gardenia, pétalos de lirio, plu- 
mas de paloma, ¡esa es nuestra nieve! 

Yo vi por los salones á M. Coquelín, el incomparable actor, 
maravillado de que en México la Primavera dé recepciones en In- 
vierno. También es que en México las mujeres .son muy hermosas 
y muy buenas y por eso las flores no .se van. 

¡Cuántas mariposas entre aquellas flores porque la mujer es 

mariposa cuando baila. El jardín recordaba aquellos tradicionales 
jardines de Versalles en los que tan á gusto vivió el amor. Tenía 
bastante sombra para que brillaran bien los ojos, y bastante luz 
para que los trajes lucieran. El tocador era un hermoso .santuario 
de la coquetería. Allí las flores habían dejado .su alma en los botes 
de perfumes, la pelucilla de sus pétalos, en las polveras de cristal. 
El marfil de los peines y cepillos brillaba .sobre el raso azul de las 
cajas acolchonadas. No entraban las señoras al tocador para ata- 



254 MANUEL GUTIÉRREZ NAJERA 



viarse, sino para que los espejos les dijeran lo que ya antes les ha- 
bían dicho los galanes: —¡sois muj' bellas! 

El comedor oficial era una obra maestra de buen gusto. Y en 
dos extensas galerías estaba la mesa, de trescientos cubiertos, para 
uso de los que no somos ministros ni representantes de naciones 
extranjeras. La mejor sociedad de México asistió á la fiesta: los 
nombres que más brillan y los nombres que más suenan figurarán 
en las listas que publiquen las crónicas de salón. Yo no me atrevo 
á acometer este trabajo de entomologista. Escribir el nombre de 
una mujer y el color del traje que llevaba, es clavar una maripo.sa 
traspasada por un alfiler, en el cartón. ¡ No, mariposas, volad libres 
y gallardas: no he de clavaros impíamente en esta hoja! 

De la fiesta de Chapultepec .sólo quiero fijar en esta carta su as- 
pecto pintoresco y casi mágico: los árboles, llenos de globos mul- 
ticolores, parecidos á pájaros de lu/ que se hubieran posado en 
cada rama; la música, retozona y l)uriiciosa. cantando siempre, sin 
respetar el sueño de los viejos árboles que cabeceaban en el Bosque; 
los cabellos rubios, vistos á través de una copa de Champagne; los 

labios rojos humedecidos por el Borgoña y en lo espeso del 

arbolado, los focos eléctricos, como lunas viejas, como lunas que 
cayeron del cielo y .se quedaron enredadas en las hebras de heno! 
Esto es, Miss Catherine, lo que quiero hacer pasar á vuestros ojcs. 
Y luego, el cuadro del bosque iluminado por la luna, el cielo .sin 
nubes, la atmósfera color de plata virgen, los secreteos de las hojas 
y las maledicencias del agua que se burla de todos en la fuente! 

Que cenamos opíparamente, que bailamos mucho, que había 
mujeres encantadoras y elegantes trajes, e^o os dirán por menor 
otros cronistas. Yo no escribo. Miss Catherine, despierto del «Sue- 
ño en una noche de verano.» 



MANUEL GUTIÉRREZ NÁJERA 255 



EL CRUCIFIJO. 



De todos, los misterios que forman la teología cristiana, el más 
desj^arrador, el más patético, el que de más poderosa suerte nos con- 
mueve, es. sin gé-ero de duda, el misterio sublime del Calvario. 
Yo siento que mis fner/as se debilitan y extenúan, que mi ánimo 
se postra y desf.iUece. siempre que con esta pluma, indigna por ser 
mía. (juiero enarrar aquel maravilloí-.o cuadro: mi corazón se sobre- 
coge de mudo asombro, de pavor nunca sentido, de soberano espan- 
to, como si tibias gotas de la divina sangre le cayeran; convierto 
las pupilas, anubladas por el llanto, á la sublime imagen del Cru- 
cificado, evoco aquella cima escarpadí.sima del Gólgota, herida por 
los rayos del sol de Palestina y por ios rayos más ardientes todavía 
de la esperanza mesiánica; miro alzarse las tres cruces; allí Dimas, 
allá el mal ladrón, en medio Jesucristo, pálido con la palidez exan- 
güe de la muerte, chorreando sangre por las heridas rudamente 
abiertas, coronado de espinas, caliente lágrima brotando de los ojos 
como el perdón brotaba de sus labios- ¡ Ah! ¡ Yo lo miro como si hu- 
biera presenciado aquel suplicio, como si el rayo del remordimiento 
lo hubiera grabado eternamente en mi conciencia, y ante aquel es- 
pectáculo pavorosamente sublime exclamo como Jerónimo en su cel- 
da: «Ciega mi entendimiento. Señor, si así lo quieres, pero dilata 
mi entendimiento para que pueda amarte!» Y es que mejor que or- 
gullosa inteligencia, se ha menester respeto amorosísimo para poder 
hablar de esta agonía: que la torpe y rebelde razón humana nunca 
será bastante á comprenderla, mientras, .soliviado de la dura carga 
de sus pasiones y enardecido por el amor divino, siento á maravilla 
todos los dolores, todas las angustias de este Viernes Santo. Por 
eso en todos los desfallecimientos del espíritu, en todos los cansan- 
ciosdel entendimiento, cuando la ráfaga de la realidad sopla mi fren- 
te desvaneciendo el pol illo dorado de los sueños; en medio de estas 
estrecheces, de estas mezquindades, de estas angustias de la vida 
diaria, sediento de beber la luz clarísima que de.^piden las creen- 
cia-; religio.sas, no voy á hundirme en las revueltas bibliotecas, ni 
á buscar fe en las disputas escolásticas de los siglos medios, ni á ar- 



256 MANUEI^ GUTIÉRREZ NÁJERA 



güir sobre la naturaleza del Verbo con los filósofos antiguos; no; 
basta poner mi razón en religioso recogimiento, absorberme en la 
contemplación del Crucifijo, y perdido en el éxtasis de la divina 
hermosura, dejar que mi pensamiento recorra á su sabor esas esfe- 
ras en que se cree, se ama, se espera, se contempla, y en que mi es- 
píritu, á manera de la mariposa de Abril, toma allí alas para vol- 
ver á su patria: lo infinito. 

Comprendo que el alma, purificada por las maceraciones y la pe- 
nitencia, libre de la herrumbre del pecado, quieta con el apacible 
sosiego de los que esperan firmemente, llegue á enamorarse de la 
pasión de Cristo, como se enamoró Santa Teresa, como se enamo- 
ró San Juan, como se enamoró Francisco de Asís: porque, eviden- 
temente, si Jehová es la fe y el Mesías es la esperanza, Jesús es el 
amor; amor tan fuerte, que basta llevar una vida pasada en éxta- 
sis y en efusiones inefables; en tal manera, que sin este amor tierna 
y ardentísimamente sentido, yo no concibo la vida claustral, mien- 
tras que, con su ayuda, todos los padecimientos, todos los terrores, 
de que puebla las celdas nuestra fantasía, huyen y se desvanecen, de- 
jándonos adivinar la calma, no interrumpida jamás, deesa existencia 
pasada al son del órgano, en el coro, escuchando el clamoreo de las 
campanas, esas aves gigantescas de las torres; el murmullo déla 
oración que se alza al cielo, los cánticos religiosos, semejantes á los 
arrobamientos melodiosos de los querubines y que ruedan por las na- 
ves, dilátanse en la bóveda, suben y se pierden en la cúpula, por 
cuyos cristales de colores se recoge la claridad del día, la ciernen, 
la suavizan y la esparcen, se filtran las doradas hebras de luz, solas, 
bajando, como las miradas del Señor, sobre la Iglesia. 

Yo me figuro cuando leo las páginas hondamente tristes, pero 
también hondamente consoladoras de la vida de Raneé, ver á este 
viril batallador en las porfías reñidas del espíritu; á este mundano 
que de improviso trueca el afeite y los arreos de la corte por el sa- 
yal y las sandalias del cartujo hundido allá en el fondo de su celda, 
en las altas horas de la noche, cuando todo parece recogerse y las 
urnas de todos los espíritus se abren, á la escasa luz que esparce 
pobre mechón de aceite colocado sobre ruinosa mesa de madera, 
sentado en humilde sillón de cuero, fijar las miradas en el viejo per- 
gamino que le pone en comunicación con algún gran defensor del 
monaquismo; ya me lo figuro y creo mirar cómo de súbito aquella 
faz se enrojece, se animan aquellos ojos con fuego inusitado; aque- 
llos dedos estrujan y comprimen las cuentas de larguísimo rosario; 
busca la boca trémula el pequeño Crucifijo, bésalo, mas el enjam- 
bre de tentadores deseos que revolotean en torno del cartujo, esas 
mundanas fantasmas que van tras él, le signen y le aguijonean ; esos 
recuerdos impuros, todo en aquelarre de visiones que vienen á ator- 
mentarlo hasta en el claustro, lejos de huir, se afianza caia vez más 



MANUEL GUTIÉRREZ NÁJERA 257 



á SU memoria, golpea las paredes del cerebro, con ímpetu más vi- 
goroso aún, le acosa, le cerca, le atenacea, le martiriza, le asesina; 
¡ah! y entonces, el cartujo se levanta, abre la herrada puerta de su 
celda, cálase la capucha, huye á todo correr por los desiertos claus- 
tros, mal alumbrados por agonizantes lamparillas que de trecho en 
trecho cuelgan, no le hiela el frío, no le detiene el viento, corre, 
corre, creyérase que era un fraile desprendido de los frescos colosa- 
les trazados en el claustro .... Llega, por fin, al coro; el órgano 
está mudo, vacíos están los cincelados y altísimos asientos; abajo, 
la nave de la iglesia cubierta por obscuridad profunda; pero, al fren- 
te, el altar alumbrado por la luz de la lámpara, y encima del altar, 
el Cristo, destacándose el cuerpo de marmórea blancura sobre la 
cruz de ébano, hermoso con la hermosura pálida del sufrimiento, 
los brazos abiertos, chorreando sangre por la abierta llaga, los la- 
bios separados como si los moviese el soplo de la oración, y las pu- 
pilas clavadas con efusión amorosísima en el cielo. El monje hin- 
ca sus huesosas rodillas en el mármol, afiánzase á los barrotes de 
hierro que limitan el coro, ve al Cristo largo rato, reza, golpea con 
su cabeza el pavimento, se absorbe en mística meditación, y cuan- 
do se levanta, ya el enjambre tentador .se ha disipado, la gracia ha 
descendido como rocío celeste sobre su alma, pierde su rostro el rudo 
fruncimiento, y con tranquilo paso emprende el camino de su celda, 
mientras las notas duermen en el órgano y el Cristo continúa inmó- 
vil sobre su cruz de ébano. 

Con razón aquel Raneé, tan combatido por las tentaciones, pre- 
sa tantas veces de la fiebre devoradora de los recuerdos mundanos, 
exclamaba: «Tu pasión, Señor, ha sido mi amparo, mi guía, mi es- 
cudo, mi guardián y mi defensa. Tu imagen ¡oh Crucificado! ha 
.sido más poderosa para sostenerme que todas las lucubraciones de 
los sabios; porque Tú eres amor, y mi alma está sedienta de terne- 
• zas; porque Tú eres perdón, y yo he menester, JesUvS, que me per- 
dones.» Clavad los ojos en el Crucifijo: ahí está la clave de esa vida 
monástica que no comprendemos; ahí e.stá el .secreto de esas abne- 
gaciones, de esos sacrificios, de esas vidas que corren paralelas con 
la muerte, de esas muertes que más bien .se asemejan á un comienzo 
de vida; si os maravillan los martirios de los primitivos cristianos, 
clavad también los ojos en el Cristo, que ahí está el .secreto de su 
valor y de su fuerza. El ha sido el sostén de los mártires, la fe dé 
los apóstoles, la esperanza de los buenos, el amor de las vírgenes, 
la inspiración de los artistas: Beato Angélico, aquel pintor mara- 
villoso en cuya frente se condensaron las últimas espiritualidades 
de la Edad Media, iba á besar sus llagas antes de tomar el pincel 
entre los dedos: Teresa de Jesús le veía desprenderse del madero, 
atravesar el templo, é ir como prometido esposo á visitarla: clava- 
das las pupilas en su Sagrado Cuerpo han muerto todos esos san- 

33 



258 MANUEL GUTIÉRREZ NÁJERA 

tos que componen la Legión de honor de la Iglesia católica; San 
Pablo le invocaba para que diese fuego á su palabra, y en el san- 
griento estadio del circo romano, en esa orgía de sangre que salpicó 
para siempre el rostro de los Césares, entre los gritos de los iictores, 
las vociferaciones de la muchedumbre, el estruendo de la música, 
Él también era quien infundía valor á aquellos mártires, que se 
acercaban con la sonrisa en los labios, cual si vinieran á festín sa- 
brosísimo; Él quien acudía á su socorro, cuando les veía empeñados 
en la pelea cruenta, humeando la sangre, destrozados los miembros 
por las fieras, enredando su cuerpo con el de los tigres de Hircania, 
retorciéndose con dolores infinitos, en el estertor de una agonía epi- 
léptica; Él quien les daba vigor para sufrir la muerte en medio de 
un pueblo quepalmotea, que aulla, que prorrumpe en gritos de jú- 
bilo, que hincha su pecho y dilata su nariz para aspirar ese pun- 
zante olor de sangre fresca: Él, pobre Nazareno, hijo de los judíos, 
de los esclavos, de esa raza agobiada por la persecución de los gen- 
tiles; hijo de un obscuro, de un pobre, de un humilde carpintero 
de Judea; visto con menosprecio por el profundo Tácito, ridiculiza- 
do por Apuleyo, en sus apólogos, hecho objeto de mofa y de escar- 
nio por los sacerdotes; Él, que á pesar de todos estos grandes paga- 
nos, arrancó al dios Pan el caramillo con que llenaba de melodías 
los bosques, echó por tierra en un momento, pero en un momento 
supremo, los dioses que inspiraron el arte de Virgilio, que dieron 
valor á Escipión en las llanuras de Cartago y fuerza á Mario en los 
campos púnicos; Él. advenedizo de la religión, desconocido rey de 
la conciencia, que para nada se sirvió de las armas y derrotó ejér- 
citos con sus ideas, que riñó batallas crudelísimas con su palabra, 
y que, proscrito, perseguido, puesto en un patíbulo afrentoso, vio 
estrellarse á sus plantas, como una ola de espuma, la carcajada clá- 
sica de Luciano. 

Cristo, Tú eres el bien. Tú eres la verdad, Tú eres el amor, Tú 
eres la vida. Mentira que tu religión es la religión de los opresores, 
porque es la religión de los oprimidos; mentira que con tu sangre 
se pueda ungir la tiranía; mentira que tus brazos no estén abiertos 
para los que corren una vida de dolores Tú eres amor, y el amor 
es fecundísimo de suyo; por eso vamos en tu seguimiento como van 
las ovejas tras el pastor que las encamina y las defiende; que tu au- 
xilio todo es hacedero, todo es llano, porque en Tí están juntos to- 
dos los saberes y unidas entre sí todas las cosas; nuestro amor á Tí 
es una sed que nada aplaca, una hambre sin hartura; libértanos del 
cautiverio de la culpa; pon en olvido nuestras faltas, no desencade- 
nes tus furores contra estos menospreciables gusanillos que se han 
alzado en rebeldía, sectarios que combaten y vilipendian tu doctri- 
na en nombre de no sé qué religión de misericordia, cuando el cato- 
licismo es la verdadera religión del amor y la misericordia; en nom- 



MANUEL GUTIÉRREZ NÁJERA 259 



bre de la libertad, de la igualdad y la fraternidad humanas, cuando 
Tii fuiste el más augusto mártir de esta idea en aquella espantosa 
tragedia que, con miedo del sol y temblor de la tierra en todos sus 
miembros, se representó en el Gólgota; en nombre de los hambrien- 
tos, cuando tu religión es, Señor, la religión de los pobres, de los me- 
nesteroso'-, de los proletarios, de todos aquellos que padecen hambre. 

Los venideros no creerán— decía el marqués de Valdegamas — 
que se ha levantado un día en el horizonte del mundo en que esta 
religión divina, toda de misericordia y de amor, ha sido entregada 
á la execración de las gentes por bárbaras y hambrientas muche- 
dumbres, necesitadas de amor y de misericordia. Los venideros no 
creerán en los insensatos furores de aquellos que, siendo pobres, se 
han levantado en tumulto contra la única religión que tiene entra- 
ñas para los menesterosos, que estando desheredados han puesto su 
boca, sus manos y sus pies -en la religión santa que les ofrece un rei- 
no por herencia; que no teniendo padre, se han aliado en rebeldía 
contra su único padre que está en los cielos y les dice: 

(íNo podéis subir hasta donde está mi gloria. Yo, que soy el Se- 
ñor de los prodigios, haré el mayor de los prodigios por vosotros, 
y tendré toda mi gloria donde vosotros estéis. ¿No tenéis conciencia 
para conocerme? Creed en Mí, y tendréis más ciencia que los que 
más me conocen. ¿No tenéis ni ingenio ni letras para convertir á 
Mí la muchedumbre de las gentes? Desead que todas las almas se 
conviertan á Mí, y Yo os daré las palmas de la predicación y del 
apostolado. ¿No tenéis agua para los que tienen sed, ni pan para los 
que tienen hambre? No importa; pedidme á Mí que los sedientos 
beban y los hambrientos coman, y el pan que aplaque su hambre y 
el agua que temple su .sed, os serán imputados en el cielo. ¿Estáis 
cargados de tolerancias y de días, y os faltan fuerzas para las buenas 
obras? Desead obrarlas, y tened por cierto que ya las habéis obra- 
do. Envidiáis á los que tuvieron la gran dicha de padecer por Mí 
el martirio? Desead padecerlo, y tened por cierto que vuestra .será 
la gloria de los mártires. ¿No podéis ser misericordiosos? Sed pa- 
cientes, y tened por cierto que seréis tan grandes ante Mí por vues- 
tra paciencia, como los otros por su misericordia. ¿No podéis levan- 
tar á Mí vuestras manos, cargadas de hierros y puestas en prisiones? 
Levantad vuestra voz, y vuestra plegaria será escrita en el cielo, 
como si hubierais levantado á Mí juntamente la voz y las manos. 

"¿Sois mudos? No importa, levantad vuestro espíritu á Mí, que yo 
oigo la voz de los espíritus. ¿No sabéis qué cosa pedirme? No im- 
porta, porque Yo sé lo que os conviene. ¿No sabéis por ventura 
amar? Pues si sabéis amar, lo sabéis todo, porque me sabéis á Mí, 
y lo tenéis todo porque me tenéis á Mí, que soy habitante de los 
corazones que me arann. ¿No recordáis cuando anduve por el mun- 
do? Hubo entonces una mujer adúltera, que era ludibrio de las gen- 



26o MANUEL GUTIÉRREZ NÁJERA 



tes; sus manos estaban vacías de buenas obras, su alma abrumada 
de pecados; no entendía cosa de plegarias ni de oraciones; pero Yo 
la miré y se enamoró de Mí; y se puso calladamente á mis pies; y 
allí puesta se convirtieron sus ojos en fuentes de lágrimas, y lloró 
tanto, que los cielos mismos admiraron su dolor. Nada me ofrecía 
sino ella sola; nada me pedía sino á Mí; y con esto solo, su corazón 
contrito y humillado se revistió de resplandeciente y más angélica 
hermosura; y con esto solo, si hubieran podido envidiarla, la hu- 
bieran envidiado todos los coros de mis ángeles y de mis serafines, 
porque me enamoré de ella y la hice mía, y santifiqué con mi pre- 
sencia el corazón conturbado de la arrepentida pecadora. ¿No soy 
el que llevé conmigo al Paraíso el alma de aquel famosísimo ladrón, 
en la sangrienta tragedia del Calvario? ¿Quién fué jamás ni más 
culpable ni menos menesteroso que él? Pero al rendir su espíritu 
lo puso en mis manos, como 3'0 puse el mío en las manos de mi Pa- 
dre, y así como mi Padre lo recibió, yo le recibí. El océano de su 
amor había pasado por la cumbre de mis culpas. 

«Yo soy Aquel que antes de dejarme ver de los reyes, me dejé 
ver de los pastores; que antes de llamar á Mí á los abastecidos, lla- 
mé á los necesitados. Yo soy Aquel que andando por el mundo di 
salud á \oh dolientes, lumbre á los ciegos, limpieza á los leprosos, 
movimiento á los paralíticos, vida á los muertos. Yo soy Aquel que, 
para dar de beber á los sedientos, hice brotar las aguas de las rocas, 
y para dar de comer á los hambrientos envié el maná y multipliqué 
los panes. Yo soy Aquel que puesto entre los pobres y los ricos, los 
ignorantes y los sabios, entre los arrogantes y los humildes, pasé 
sin decir nada junto á los ricos, entre los arrogantes y los sabios, 
llamé con tierna voz á unos pobres ignorantes y humildes pescado- 
res, y me hice todo suyo, y les lavé los pies, y les di mi Cuerpo por 
manjar y mi Sangre por bebida: que tanta fué mi querencia. 

«Nada amé tanto como la pobreza y vuestro amor después de la 
gloria de mi Padre. Siendo Soberano Señor de todas las cosas me 
despojé de todas ellas para ser uno de vosotros. A uno de vosotros 
que á ningún príncipe del mundo, di la gobernación de mi iglesia 
sacratísima; y para conferirle aquella suma potestad, no le pregun- 
té lo que tenía ni lo que sabía, sino lo que amaba. No le examiné 
de doctor, sino de amante. Yo mismo dejé mi vestidura de rey y 
tomé la de siervo. Una mujer fué mi madre, un establo mi aposento, 
un pesebre mi cuna; pasé mi infancia en desnudez y en obediencia, 
viví atribulado; comí el pan de la caridad; no tuve un día de reposo; 
llenáronme de vituperios y afrentas; mis profetas me llamaron va- 
rón de dolores; escogí por trono una cruz, descansé en un sepulcro 
ajeno: al entregar mi espíritu á mi Padre, os llamé á todos á Mí. 
Y desde entonces no me canso de llamaros: ved cómo tengo la cruz, 
para recibiros á todos entre ambos brazos tendidos.» 



MANUEL GUTIÉRREZ NÁJERA 261 



DOLOROSA. 



¿En qué linfa serena, en qué onda transparente empaparé, Seño- 
ra, el pensamiento mío, para que pueda comprender tus excelencias? 
¿Cómo domar la incurable torpeza de esta palabra, flaca y miserable, 
que se arrastra como escamosa sierpe por la tierra, sin tener alas para 
alzar el vuelo? ¡ Ay! bien lo sabes: soy menesteroso y pobre; nada 
puedo por mí; vivo penosa vida de congojas, y los huracanados 
vientos del espíritu han desquiciado mi inteligencia, que solo debió 
ser bruñido espejo que reflejara tu celeste imagen. ¿En qué lengua, 
Señora, y con qué voces podré hablarte, si no hay en mí cosa nin- 
guna virgen de pecado, y he abierto mi alma á todas las pasiones? 
Fuérame dado remontar el curso de los años, volver á la apacible 
edad de la inocencia, y entonces, desatando mi entusiasmo, mi len- 
gua cantaría tus alabanzas. 

Mas encuéntrome ahora cjmo el niño descarriado que sale al cla- 
rear el alba de la quieta heredad donde duermen sus padres, y dis- 
curriendo desatinadamente por los campos, correteando tras la ga- 
llarda mariposa que se aleja y se aleja como el ideal; inquiriendo 
la breñosa espesura de los bosques para coger los nidos de las aves, 
y abrevando su ardiente sed con la agua del arroyo, tomada con la 
palma de la mano, no advierte el raudo vuelo de las horas, no me- 
dita en las amantes inquietudes de sus padres, y cuando el hambre 
le hace cobrar de nuevo la memoria, y quiere volver á la heredad, 
piensa que está muy lejos de la casa, en lo más intrincado de la 
selva, donde no se percibe otro ruido que no sea el del agua corriendo 
blandamente y el del aire que agita las nerviosas ramas; y recorre 
el boscoso laberinto, y busca la salida, y no la encuentra; y cada 
vez el sol despide de su carcax más vivos rayos; y cada vez el bos- 
que angosta más sus fúnebres callejas; ya los pies desangrados bro- 
tan sangre, y los hinchados ojos brotan lágrimas; ya el pequeñuelo 
cuerpo no resiste la fatiga, y á cada paso que el rapaz avanza, agui- 
joneado por el miedo, piérdese más en vez de hallar camino; el sol 
le abruma, las espinas destrozan su calzado, las erizas ramas de los 
árboles desgarran su vestido en mil pedazo.s: ¿amina el sol, las auras 



202 MANUEI. GUTIÉRREZ NÁJERA 



de la tarde refrescan la atmósfera y comienza á caer menuda lluvia; 
el niño corre, corre: y declina la tarde, las aves vuelven piando á 
sus nidos que están ocultos en la fronda; cada pino guarda un coro 
de pájaros cantores que se despiden de la luz, traspasan poco á poco 
el ópalo del cielo las agujas doradas de las estrellas; la sombra co- 
mienza á subir como una marea obscura por la vertiente de los mon- 
tes, y el niño, despavorido, sin aliento, sigue su correría vertiginosa, 
apenas se detiene para tomar resuello, sigue, sigue; el viento sopla, 
las encinas tienen solemnes diálogos entre sí; los sauces sacuden 
sus cabelleras trágicas; \ anse apagando todos los rumores, cierra la 
noche cada vez más densa, se horadan más y ahondan las quiebras 
y aberturas del camino, todos los seres mudos y eternamente enca- 
denados que avara guarda la Naturaleza, el tronco descuajado, el 
pino enhiesto, la oquedad rugosa de la encina, y la peña gigante de 
granito, se animan con la monstruosa vida de la sombra; cruje la ra- 
ma, chasca la hojarasca, el árbol tiende brazos musculosos, y aguar- 
da el peñón inmoble, como atleta fatigado; el niño oye esas voces 
solemnes de las cosas, esquiva el brazo de los cedros, sortea los 
abismos, huye, corre, á cada paso cree mirar, brillando como car- 
bunclos en lo negruzco de las hojas, las pupilas sanguinolentas de 
los lobos; trotan, galopan en su memoria los horribles cuentos que 
su vieja nodriza le narraba, y ya sin fuerzas para seguir su cami- 
nata, ni para estremecer el aire con sus gritos, ni para derramar 
mares de llanto, cae por fin desfallecido, como un cuerpo muerto, 
mientras el viento se retuerce entre los cedros y las nubes escalan 
el espacio. 

Yo también, como el niño descarriado, seguí sendas torcidas y 
me perdí en la soledad del bosque: yo también, como aquel, sentí 
fatiga, miedo, vi caer la noche, cerrarse el manto de la sombra y 
aparecer las fieras alimañas, que medran á favor de las tinieblas; 
yo también, desmayado, caí en tierra, con el cuerpo inerme, difun- 
ta ya la voluntad, y no fui, cual debiera, pasto de los lobos, porque 
Tú me amparaste, ¡oh gran Señora! Ha pasado la noche; un leña- 
dor piadoso que se apiada del abandono en que fallezco, parte con- 
migo el pan de la mañana, enjuga mis lágrimas, ata con dura venda 
mis pies que sangran todavía, me echa sobre sus hombros y me lleva 
á la quieta heredad donde mis padres llorarán seguramente. 

El cielo está más puro y transparente; los endriagos y seres de- 
moniacos que trazaban su rombo tétrico en la noche, no mueven 
ya las alas de murciélago. 

Dios ha vi.sto la tierra, y su mirada, que es luz y calor, pinta de 
azul el infinito espacio, de blanco las nubes, y de color de rosa los 
espíritus; el agua tartamudea como una niña en su cuna, y se alza 
de los trigales y las .sementeras el rumor confortante de la vida: ya 
vamos llegando á la heredad; allí está el pueblo con su parroquia 



MANUEL GUTIÉRREZ NÁJERA 263 

parda coronada por un ángel de bronce qne, extendidas las alas, 
fija la planta inmóvil en el campanario: allá está el camposanto, 
con sus tapias verdosa y agrietailas: los muertos cuyas almas no 
han subido aún al cielo y penan bajo la cruz de tosco palo, cuentan 
su tristeza al ciprés para que éste la cuente á las aves, las aves á la 
luz, la luz al cielo: ya alcanzo á columbrar los muros de mi casa, 
ya escucho el cacareo de las gallinas y el relinchar de los caballos 
en el patio; miro el polvo dorado que circunda como auréola celestial 
el círculo negruzco de la era; distingo el viejo fresno que sombrea 
la puerta, y miro abajo el banco de piedra donde mi padre reposa 
blandamente por las tardes, y cuenta las cabezas del ganado; pero 
¡ay! que también ahora siento miedo, y vSe acongoja mi corazón y 
se enturbian mis ojos: veo el rostro huraño de mi padre, á quien 
causé dolor tan grande con mi ausencia; escucho las palabras duras 
y agrias con que habrá de reconvenirme y reprenderme; temo su 
ira, y llena mi alma de mortal espanto, espío por la ventana, pene- 
tro de puntillas á la casa, enderezo mis pasos á la habitación donde 
mi madre llora, me arrojo sollozando á sus brazos, oculto el rostro 
entre los pliegues de su traje, y lloro allí, hasta que el sueño, el ham- 
bre y la fatiga cierran mis párpados y dan fin á mis congojas. 

Heme aquí que regreso, ¡oh Santa Madre! ¡seca tu llanto, abre 
tus brazos y perdona ! 

*** 

Cuando la carraca voltea graznando en la torre del templo, y el 
sol de Viernes Santo caldea la arena enardecida, entro en la iglesia 
llena de frescura y calma, aspiro el sosiego iinnenso de las naveS, 
y buscando consuelo á mis tristezas, fijo la mirada, no en el altar 
que resplandece como el antiguo tabernáculo judío, con los enor- 
mes candelabros de oro, donde la luz se quiebra traspasando las 
nubes del incienso, sino en la capilla humilde y perfumada, en el 
severo altar, tendido todo de luctuosos paños, donde se alza la ima- 
gen de María. Hasta la luz parece respetar los supremos dolores 
de la Madre, y deteniéndose en la cornisa de la bóveda, lanza ape- 
nas un tímido fulgor que llega tenuemente hasta la imagen, culebrea 
por los pliegues de la túnica, é ilumina las lágrimas augustas que 
en silencio discurren por su rostro. Jamás la antigüedad pudo crear 
figura tan doliente y tan hermosa: los antiguos, que no veían más 
que por los ojos de la carne, crearon esa Venus hermosísima, ro- 
deada de pichones y palomas, que pasca en su carroza de marfil por 
las ondas azules del espacio, ó visita en su concha de lustroso ná- 
car el seno turbulento de las aguas. Pero Venus era, en verdad, la 
suprema hermosura que sonríe, la belleza que encanta, la mujer en 
la asombrosa plenitud de sus encantos físicos. En torno suyo se cou- 



264 MANUEL GUTIÉRREZ NÁJERA 



gregaban sacerdotizas halagüeñas, que iban al templo llevadas por 
sus esclavos en literas, cubiertas de brazaletes y de joyas, circuidas 
de perfumadores, cuya altiva estatura revelaba un origen extran- 
jero, salpicados los rizos de oro en polvo, que hacía resaltar más sus 
ojos negros, y reuniendo en su rostro soberanamente las facciones 
marmóreas de la mujer germana y el fuego divino de las orientales. 
La imagen más casta que pudo crear la antigüedad es la imagen 
de Diana, escondiendo en los bosques su hermosura. Venus es la 
pasión, y Diana el sueño. Antes del Cristianismo eran las vírgenes 
como el viviente símbolo de la prolífica naturaleza: nada más: lo 
mismo Nari, que es la virgen india; Isis, la egipcia; Astaroth, la 
hebraica; Astarté, la siria; Afrodita- Anadyómene, la griega; Vesta, 
la romana; Luonnoter, que es la virgen de Finlandia; Herta, ado- 
rada por los escandinavos y germanos; Dea, la diosa de los galos; 
Ina, la virgen madre de Oceanía; y la blanda Iza, virgen japonesa. 
Todas, con formas varias y diversos nombres, son la madre univer- 
sal, la matriz de oro, el germen de las cosas, la brillante y eterna 
imagen de la Naturaleza. 

Esas eran las vírgenes y diosas de los abastecidos y felices: la es- 
cultura de aquellos tiempos no sabía expresar la angustia, ni la 
tristeza, ni el abatimiento, ni el dolor. Los ojos de las estatuas son 
eternamente ciegos: no tienen luz, vista, ni lágrimas. La elocuencia 
de Venus reside toda en sus labios y habla por los abiertos poros de 
su cutis. El cuerpo escultural se baña en la dorada luz de los es- 
pacios: adentro no resplandece el resplandor interno de las almas. 
Es un vaso precioso que no encierra esencia alguna, un mar sereno 
que no guarda perlas, un cielo azul sin astros, un cuerpo blanco sin 
espíritu. Venus no es madre; crea por una fatalidad de su organis- 
mo: como la luz, alumbra; como el sol, calienta; como el gua, corre; 
como la nube, se deshace en lluvia; pero esa maternidad que comu- 
nica al hijo, no nada más la sangre de sus venas, sino la savia de 
su vida y el alma de su alma, no le era conocida, ni aun siquiera 
sospechada. Los poetas no pusieron jamás en boca de la diosa una 
sola palabra de ternura: era quieta, impasible, imperturbable, como 
la gran Naturaleza muda. El dolor no tenía entonces una madre, 
y los desheredados eran huérfanos. Las diosas, como los honores, 
como la riqueza, como los placeres, pertenecían á los abastecidos. 
El pobre de aquellos tiempos estaba solo en la tierra, solo en el se- 
pulcro, solo en el cielo. Los dioses, no conociendo el dolor, tam- 
poco conocían la caridad. 

Yo me figuro á los desheredados de aquel tiempo en la forma de 
esa fuente de la Samaritana, que está en las catacumbas de Roma. 
Abajo de una escalera regular, tallada en roca dura, hay una fuente 
límpida, incrustada como un diamante sin facetas, en un cerco de 
piedra blanca y fría. Esta agua, cuya sosegada superficie no rugó 



MANUEL GUTIÉRREZ NÁJERA 26 = 



jamás el aire, es de tal modo transparente y quieta, que parece me- 
jor trozo compacto de cristal de roca. Diríase que está soñando con 
el cielo. ¡Oh triste y dulce ninfa, asentada á las puertas del Krebo! 
Regaste con tus lágrimas amigos despojos; mas tu llanto se exten- 
dió poco á poco en la urna pétrea y hoy parece solo una ancha gota 
del Letheo ! Ser viviente alguno se mueve en esas ondas; el día no se 
mira jamás en ese espejo; nunca calienta el sol aquellas aguas con 
sus rayos amorosos, ni la hierba se inclina sobre su imperturbable 
superficie; ni una flor la corona, ni una estrella le envía sus titilan- 
tes resplandores. Los gusanos dolientes que buscan esa capa de 
cristal para abrevar su sed, marchan á ciegas sin que rumor alguno 
les indique su camino; se abrazan en la sombra sin reconocerse, 
porque la fuente no refleja nunca ni la menor partícula de luz, y 
siendo inmortal, tiene también la espantosa quietud de los cadá- 
veres. 

Así, así era la humanidad en la época gentílica. Aquella ánfora 
delicada no guardaba esencia alguna; aquellos ojos no veían; aquel 
cuerpo de Venus no encerraba el alma. Medid la di.stancia enorme 
que separa á Venus de María; pues bien, esa distancia es la que 
media entre la religión pagana y la doctrina predicada por Jesús. 
No; el gentilismo no puede crear ese admirable tipo de mujer á 
quien rendimos nuestra devota reverencia; el gentilismo no com- 
prendía más que la belleza grosera que hiere directamente los sen- 
tidos, no esa hermosura augusta del espíritu, que es como la trans- 
parencia de una luz en la pared delgada del jarrón chinesco. La 
materia no tiene aquí su apoteosis: el alma, el alma solo, esparce 
su perfume delicado y derrama su luz esplendorosa: Considerad, 
si lo queréis, la condición humana de María. Es pobre, para que 
todos los agobiados y menesterosos miren en ella á la doliente Ma- 
dre; es Virgen, para que puedan impetrar su amparo las doncellas 
más ca.stas y sencillas; es Madre, para oír las plegarias de los que 
piden arrodillados por sus hijos; sufre mucho, para que puedan los 
humanos que padecen contarle confiadamente sus congojas y pe- 
dirle el consuelo sacrosanto que solo saben dar los que han sufrido 
y han llorado. Esta exaltación del dolor, es una idea cri.stiana que 
apenas pudo columbrar el mundo antiguo. Para éste, los dioses de- 
bían ser seres perfectos, no sujetos á las miserias de la carne ni á 
los suplicios de la vida; por eso los pintaba en el pleno equilibrio 
de sus facultades, y en el completo desarrollo de sus formas, confor- 
mes en todo al ideal de hermosura física y bienandanza material 
que concebían. Su epidermis es blanca y sonrosada; su cuerpo ar- 
monioso; la salud colorea su rostro con graciosos tintes; el uno pue- 
de soportar en sus fornidos hombros todo el peso de la tierra; el otro 
puede discurrir un día entero por los campos, sin cansancio ni fa- 
tiga; ésta, es cifra y compendio de la belleza plástica; aquella posee 

34 



266 MANUEL GUTIÉRREZ NAJERA 



los secretos todos de la ciencia; ninguna diosa, empero, es madre, 
en el sentido moral de e.->ta palabra. 

Por manera que, de la santa doctrina de Jesús, que destruía y 
que echaba por tierra aquellos vanos ídolos, surge una civilización 
distinta y separada, en la que ya la mujer tiene otro empleo. Se 
inicia la predicación del Cristianismo, y al momento levántanse y 
agrúpanse las mujeres como si formaran un .solo pueblo; toman parte 
en la vida de Jesús, le siguen y le acompañan en sus viajes, oyen 
sus palabras, y suben luego con el Hombre Dios hasta la dura cima 
del Calvario. Muerto Jesús, se adhieren á sus discípulos y apósto- 
les; forman cuerpo en la asamblea, profetizan, bautizan.' propagan 
con entusiasmo el Evangelio. San Pal)lo recomienda á Timoteo con 
encarecimiento á las mujeres que le ayudaron en la santa empresa. 
La Iglesia honra y ampa:a á algunas cuyo nombre era desconocido 
antes del Cristianismo; las viudas propiamente tales. ^ ¿Quién es la 
hermo-sa joven que ínterin defendían los Tertulianos el pretorio y 
los Sinforianos en el circo la santa causa de Jesús, va y toma asiento 
junto de ellos en la cárcel ob.scura de los mártires? Esa mujer no 
pertenece ya á la misma estirpe ni á la misma raza que esa .sensual 
y muelle esclava de Asia, ó aquella cortesana impúdica de Grecia. 
Va á las fieras con guirnaldas y rosas y risas de contento, como iban 
las romanas al festín. Aquellos seres que la antigüedad declaró in- 
hábiles para atestiguar un testamento, son testigos aquí, no de obra 
humana, .sino de la obra santa de Jesús. Perpetua y Felicitas^ .son 
condenadas sanguinariamente á luchar con un toro indómito y fu- 
rioso: una de ellas acaba de dar á luz al hijo de su vida, y la otra 
está criando aún; mas nada importa; desnudas y envueltas en una 
red, las llevan á la arena; la muchedumbre aulla en las vi.stosas gra- 
derías, y el sol reverbera en el palenque, regado de azafrán, de minio 
y polvo de oro; las fieras rugen de hambre y de coraje, en compe- 
tencia con los brutales asistentes que quieren olfatear la sangre fres- 
ca y ver los miembros despedazados de los mártires; sin embargo, 
aquella tumulluoísa multitud no ha perdido tan por completo el co- 
razón y .se estremece á la vista de aquellas madres jóvenes de cu- 
yo seno fluían aún gotas de leche; y conmovido exige á gritos que 
les devuelvan sus vestidos; transládanlas por ende, á la barrera, y 
momentos después. Perpetua entra de nuevo, ya cubierta por una 
túnica flotante que azuza á la bestia: empieza, pues, la pugna do- 
loro.sa, embiste el toro y revuelca á Perpetua ensangrentada; que 
poseída de valor supremo, se levanta, no pira huir ni para defender- 
se, sino para poner arreglo en .su vestido desgarrado y para anudar 
sus ya de.shechas trenzas; y en tal arreo, porque sentaba mal que 



1 Epístola de .San Pablo. Passim. 

2 San Pablo. Epístola á Timoteo, capítulo 6. 

3 Actas (le los mártires. Ruinart. 



MANUEL GUTIÉRREZ NÁJERA 267 

el mártir en su día de triunfo tuviera cubierto el rostro como en 
día de luto,* toma á su compañera de la mano, y abrazadas, espe- 
ran ambas la acometida de la fiera, que no tarda en acometerlas y 
acabarlas; ¡ejemplo edificante que demuestra cuánto se equivocaba 
San Jeróinmo al asegurar que <das mujeres igualaron á los hombres 
en el tiempí de los mártire-^;» cosa falsa, porque lo fueron, y con 
mucho, snperiores, puesto que, sujetas como nosotros todos á las 
miserias y flaquezas de la carne, sufrían todavía más por la inso- 
lencia con que atentaban los verdugos á sus cualidades morales, á 
su pudor precioso y soberano; por manera que muchas ocasiones el 
procónsul, buscando suplicios raros y desconocidos, conmutaba la 
pena de muerte que caía sobre una virgen, por la de ser expuesta 
desvestida en una plaza pública, juntamente con las rameras; y un 
implacable juez, viendo que los suplicios más horribles no bastaban 
á arrancar una queja del cuerpo magullado de la virgen, enviaba á 
traer un soldado ebrio para entregársela, y decía: «puesto que tie- 
nes alma solamente, habré de martirizarla á mi sabor; á falta de 
flaquezas, quedante virtudes:» crimen espantoso que hace temblar 
de horror hasta las piedras, más compasivas que el corazón de los 
perseguidores. 

No hay cuadro más sublime y admirable que el que ofrece esa 
cohorte de mujeres cristianas, en parangón con las matronas co- 
rrompidas: hubo una cortesana que se hacía llevar en lujosísima 
litera, cuyo precio pudo apenas pagar una generación, y Paula atra- 
vesó la Palestina en un asno;^ una patricia consagraba á Venus qui- 
nientos esclavos para el culto de la prostitución** y una virgen, Me- 
lania, mantiene á cinco mil propagadores de la fe;' las descendientes 
de Popea van seguidas por recuas de borricas,** cuando viajan para 
bañarse en su espumosa leche, y la nieta de Fabio, Fabiola, se pre- 
senta en Roma llevando pobres á cuestas, cubiertos de lepra y ex- 
tenuados por el hambre, para acogerlos en el hospital que había 
fundado. Melania se disfraza de esclava para llevar víveres á los 
cristianos prisioneros; Paula vende todo para darlo á los pobres, y 
pide prestado para poder prestar: «Ten cuidado, le escribe San Je- 
rónimo—Jesucristo ha dicho que la que tenga dos vestidos dé uno 
¡y tú das tres!»— ¿Qué importa -responde ella— que me vea redu- 
cida á mendigar, ó que pida prestado? Mi familia, sin duda, pagara 
mi crédito y me dará un pedazo de pan; mas si rechazo al pobre y 
muere de hambre, ¿quién será responsable de su muerte? ¡ Finalmen- 
te, María la egipcia, María la cortesana, tuvo un arrepentimiento tal, 

4 Actas de los mártires. Ruinart. 

5 San Jerónimo. — Vida de Sania. 

6 Strat)ón. t. S9, Fleury, Historia Eclesiástica. Lib. I. 

7 Fleury, Hist. Ecless. 

8 Plinio, lib. II. 41. 



268 MANUEIv GUTIÉRREZ NÁJERA 



que desgarró su traje y fué corriendo á sepultarse eu el desierto, y 
durante treinta años vivió sola, y desnuda, y alimentándose con 
hierbas que pastaba en vez de cogerlas; paseando bajo un sol ardiente 
su cuerpo ennegrecido, y sus largos y canos cabellos que la cubrían 
como mortaja." 

¿Quién alentaba á esas mujeres en las penalidades, y en el mar- 
tirio y en la muerte? El amor á Jesús y el amor á esa Madre sacra- 
tísima, que fué casta como el albor de la mañana, y que miró morir 
á su divino Hijo en el patíbulo afrentoso de la Cruz. El sufrimiento 
las acercaba, como una ala inmensa, á esa Mujer exaltada sobre 
todas las demás; y en el paroxismo de sus dolores la veían, no ro- 
deada de ángeles en la bienaventuranza, sino en la cumbre arisca 
de ese monte Gólgotha, herido por el sol de Mediodía; al pie de la 
desnuda Cruz donde expiraba el Mártir; contemplando sus ojos ex- 
traviados por el dolor; el cuerpo donde se podían contar todos los 
huesos; las llagas, duramente abiertas que brotaban sangre; las 
manos y los pies taladrados por los clavos, las hebras de la rubia 
cabellera pegadas por los coágulos de sangre á las divinas sienes; 
la boca que se abría, no para demandar misericordia ni para proferir 
queja ninguna, sino para hacer al Padre, que está en los cielos, una 
súplica por esos desapiadados martirizadores; para perdonar á los 
verdugos, para encomendarle á ella, que sufría como jamás mujer 
alguna habrá sufrido, el amparo de esta doliente humanidad, que 
aun era huérfana, y desde aquel momento tuvo madre. 

¡ Ay, es verdad, oh Santa Madre! Todos te hemos ofendido, todos 
pusimos en tí manos sacrilegas; tu corazón fué traspasado muchas 
veces, y los puñales fueron esgrimidos por nosotros; pero el caudal 
de tu misericordia no se agota, y corre juntamente con tus lágrimas; 
tú sabes perdonar y á tí acudimos, acongojado el corazón, y sin 
fuerzas ya para seguir luchando; abre tus brazos para recibirnos; 
caiga sobre nosotros una gota siquiera de tu llanto, que ésta será 
bastante á redimirnos, y escuchemos de nuevo aquella voz suprema 
que decía entre los desfallecimientos de la muerte: ¡Madre, he ahí 
á tu hijo: hijo, he ahí á tu Madre! 



9 Legouvé;-~«Historia Moral de las Mujeres.» 



Notas de Viaje 



MANUEL GUTIÉRREZ N^JERA. 269 



VIAJES EXTRAORDINARIOS 

DE SIR JOB, DUQUE. 



EN WAGÓN. — VERACRUZ DE DÍA Y DE NOCHE. —PASEOS EN BOTE. 
VIAJE AL REDEDOR DE I.AS VERACRUZANAS. — BAILES Y BAN- 
QUETES. — A BORDO DEL «TAMAULIPAS. » 



EN WAGÓN. 

A JESOS Valenzuela. 

Ya amanece. — El sol y los volcanes. — ¿Quiénes vamos? —Los llanos de Apam. 
Tomen ustedes cognac- — En Esperanza — Las cumbres. — Escenas de túnel 
y otras. —Mortis imago. — Orizaba y Córdoba. — ¿En dónde dormiremos? — 
¡Ecco apparir Jeriisalem .si vedé!-- ¡Buenas noches! 

La mañana es tan blanca, rubia y delicada como un bebé inglés 
de buena casa. Está primero dormidita en su colchón azul, con es- 
trellas de plata; luego, entorna los párpados, se mueve, deja ver sus 
pupilas de «no me olvides,» alza el brazo y abre muy poco á poco 
las cortinas de su cuna, hechas con ese encaje de Bru.selas al que 
llama neblina Mariano Barcena, y con el que hacen mantillas las mo- 
distas del cielo. Cuando las vírgenes quieren vestirse de andaluzas. 
L,as estrellas, que en las solemnes horas de la noche tienen la cla- 
ridad del oro pulido, en la madrugada parecen diamantes engasta- 
dos en arillos de plata, como las alhajas de nuestros abuelos. Gra- 
dualmente, la quietud nocturna se va rompiendo aquí y allá para 
abrir pa.so á los sonidos, á manera de un río negro á cuya superficie 
van saliendo muchos peces. Por allá rompe la atmósfera, como un 
dardo puntiagudo, el quiquiriquí de los gallos; acullá gorjean los 
pájaros, pidiendo su desayuno. Durante las horas graves de la noche, 
hasta los árboles están dormidos. Es preciso que sople un viento 



270 MANUEL GUTIÉRREZ NÁJERA 



fuerte para que agiten sus brazos y lancen voces ó quejidos: enton- 
ces tienen pesadilla. Mas. si ninguna ráfaga tempestuosa les sacude, 
duermen de pie y solo se escucha la amplia respiración de sus pul- 
moTies. Es necesario que comience á clarear, para que recobren sus 
apariencias de vida. Kntonces baja de la montaña un aire fresco: 
es el paje que viene á despertarles, llega cantando, cosquillea las 
ramas y al punto se estremecen los árboles, aspiran el rocío de la 
mañana, y dejan que los pájaros se escapen de su fronda, como una 
turba de sueños, huyendo despavorida del cerebro- 

Ya la cima de los montes 
El sol baña con sus rayos, 
Y ya resonar se escucha 
La esquila de los ganados. 
¡Oh mi bier.! ¡mi corderilla! 
¡Mi sol, mi amor y mi encanto! 
¡Cuánto por mirar daría 
Otra vez tus ojos claros! 

Yo con atención inquieta 
Los tristes ojos levanto: 
¡Adiós, niña de mi vida 
Ya <le este país me marcho! 
¡Vana esperanza! no veo 
En las rejas de tu cuarto 
Blanco visillo correrse 
Sobre los cristales claros. 
Ella reposa; le presta 
Kl sueño dulce descanso; 
Probablemente sonríe 
Con mis amores soñando. 



*** 

En la Ciudad tiene la madrugada aspecto diferente. En las prime- 
ras páginas de «M. de Camors» describe Octavio de Feuillet á ma- 
ravilla el despertar de Paris. Yo no intentaré la mi.sma empresa. 
Unos volviendo de las cenas y los bailes, otros encaminándose al em- 
barcadero de un ferrocarril, ó yendo de caza con la escopeta al hom- 
bro, hemos asi.stido al curioso espectáculo del amanecer. La cam- 
pana de Santa Tere.sa llama á la primera mi.sa que se celebra en las 
iglesias de México. Algunas cantinas y tendajos de ínfima clase 
abren la puerta, dejando ver las mesas de palo blanco en donde hu- 
mea el café. Los barrenderos limpian las aceras, presididos por el 
gendarme que, con la capucha calada, pre.sencia desde la esquina 
Sus maniobras. 

Allí va el carro del lechero, despertando á los vecinos de sueño 
frágil con el sonido de sus tarros de hojalata. Algimos zaguanes 
se entornan: aquella señora de tápalo pardo, va á la primera misa; 



MANUEL GUTIÉRREZ NÁJERA 271 



ése que lleva á cuestas su maleta, se dirige á Buenavista ó á San 
Lázaro. Los cocheros se desayunan en torno de las mesas que se 
sitúan en los portales. Varios fiacres, con los faroles encendidos, 
corren al embarcadero de los, ferrocarriles. Por los barrios y aun 
por algunas calles céntricas pasan mugiendo las vacas que condu- 
cen á la ordeña. No es remoto que encontremos á algún ebrio tam- 
baleando en las aceras; mas en cambio, devotos y devotas aguar- 
dan, en la puerta de la iglesia, á que abra la cancela el sacristán. 
Entrad en el templo. Casimiro Collado ha descrito admirablemente 
el aspecto de la casa de oración en tales horas. 

Sombrío el templo está; del alba luchan 
Los rayos con la lámpara oscilante 

Que ilumina el altar; 
Y entre el silencio lúgubre se escuchan 
Los pasos (le un anciano vacilante 

Que madruga á rezar. 
Poco á poco la luz por las ojivas 
Ventanas entra; cae y resplandece 

Ofr-l templo en la extensión; 
Repliéganse las sombras fugitivas, 
La bóveda profunda se estremece 

Del bronce sacro al son. 
Huye azorado el pájarro nocturno. 
Por la luz y el estruendo sorprendido 

Donde sacia su sed; 
Mientras otro volátil, taciturno. 
De la gran puerta al áspero ruido 

Salta por la pared. 
Ya con solemne lentitud arrastra 
Un sacerdote el fúnebre ropaje 

l'or la nave al cruzar; 
Ya de hinojos al pie de una pilastra 
Mírase envuelto en desgarrado traje 

A un mendigo temblar. 



P ira completar el cuadro de la madrugada hay que asistir al pa- 
radero de una vía férrea Allí es mayor el movimiento. Los coches 
llegan cargados de maletas y equipajes. Una turba de pilluelos se 
agolpa á las portezuelas disputando los bultos que han de llevarse 
á los wagones. Los papeleros vocean la (f Libertad» y el «Monitor.» 
En la oficina de equipajes, alumbrada todavía con luz artificial, se 
pesan continuamente baúles, mundos y maletas. La romana gruñe, 
y los pa.^ajeros temero.sos de que salga el tren sin ellos, se empujan, 
se codean y .se magullan. Por fin, con el saco de viaje en la mano, 
pa.sa usted la rejilla yentra en el andén Allí son de ver el hormigtieo 
de los mozos cargados de fardos, sacos y mundos; la confusión ba- 



272 MANUEL GUTIERRKZ NAJERA 



bélica de gritos, saludos, despedidas, campanadas, silbidos, interro- 
gaciones é interjecciones; las escenas grotescas ó dramáticas de fa- 
milias que se disgregan é incompletan con los viajes; ios encargos 
de á última hora, y las conversaciones desde el ventanillo. La lo- 
comotora, el negro caballo del imperio del hierro, se dirige á su be- 
bedero para saciar su sed y refrescar sus entrañas hirvientes. L,os wa- 
gones abren sus puertas para tragarse, como antropófagos, á los 
pasajeros; de repente, ligera como una pluma, 3^ pesada como una 
montaña, pónese en movimiento la serpiente de hierro; la locomo- 
tora hace un esfuerzo, mueve sus patas circulares, lanza resoplidos 
y surtidores de vapor, arranca los pesados carrnajes de su inercia, 
separa manos que se estrechan con efusión, rompe los hilos de dia- 
mante que unen tantos corazones, y se pierde á lo lejos, mientras 
sacuden los viajeros sus pañuelos a'^omados á los angostos venta- 
nillos. ¡Qué triste es tal instante cuando se va al extranjero, sin 
saber el día del regreso! Los que se van permanecen mudos y som- 
bríos hasta perder de vista la estación ; los que se quedan vuelven 
á sus casas, enjugándose el llanto, y sin hablar una palabra, en el 
obscuro fondo del carruaje. 



Por fortuna, ni voy desterrado ni me apena la incertidumbre del 
regreso. Con dos amigos de buen humor subo al wagón y procuro 
ganaime un buen asiento, i A Veracruz! ¡ A Veracruz! ¿Por qué no 
tomo el tren oficial? En este punto, permítanme ustedes que guarde 
el secreto. Alguna vez, aun siendo periodista, he de observar escru- 
pulosa discreción. Al cabo y fin, no era por todo extremo intere- 
sante que describiera menudamente los hechizos de ochenta ó cien 
barbudos, famosos en la política y las letras. 

Los convoyes oficiales son idénticos. ¿Vieron ustedes uno? Pues 
han visto todos. Además, aquí vamos con señoras, lo cual nunca 
es de menospreciarse, sobre todo, cuando se trata de pasar catorce 
hores en wagón. No puedo darme cuenta aún de quiénes vamos. 
Hasta ahora, solo sé que hemos entrado Pancho Garay, Octavio 
Baz, una botella de vino del Rhin, dos de cognac, un «páté de foi 
gra.ss» y yo. Con la venia de ustedes, cubro mi cabeza con el go- 
rro de camino, me envuelvo en el amarillo guardapolvo, dejo á 
mis pies el protector zarape que en tantas correrías me ha acom- 
pañado, y tomo el primer sorbo de cognac. ¡Jesús! ¡Qué ven mis 
ojos! ¡Valenzuela! Caí en sus brazos, aunque hubiera preferido caer 
en los de algvma mujer guapa, y lo estreché con íntima efusión. 
¡Bien empezaba el viaje, cuando tan agradable compañero iba á mi 
lado! Con Valenzuela puede irse al fin del mundo; primero, porque 



MANUEL GUTIÉRREZ NÁJERA 273 



la buena estrella del joven diputado es un indicio de bonanza; y 
segundo, porque mozo tan decidor, franco y resuelto, no se halla 
ni buscado con linterna. Juntos hicimos las primeras armasen las 
columnas de este mismo diario, que entonces no era tan jíigantesco 
como ahora, y juntos hemos de estar en el Congreso si Dios, el pue- 
blo y el Gobierno lo permiten. Iba con Valen/.uela un doctor en 
ciernes, muy simpático por más señas, y que se apellida Prieto 5-0 
no sé por qué. Llevábamos, pues, un médico de cámara muy capaz 
de salvarnos de cualquiera enfermedad, y más particularmente del 
vómito prieto: que por ser homónimo suyo, debe guardarle ciertas 
consideraciones. Hicimos un grupo aparte; y merced á tan buenos 
compañeros, guardé los libros y la baraja francesa, que para dis- 
traer el tedio del camino había llevado. 

Nada más triste, en verdad, que esos interminables llanos de 
Apam. Allí las j^rimeras horas de la mañana, no tienen el color ni 
la frescura con que yo las pintaba algunas líneas más arriba. Etv 
cambio, son más solemnes é imponentes. En los amplios horizontes^ 
se espacía la vista, y ningún bosque, ningiín pueblo, ningún árbol- 
la estorba en su carrera á las montañas. Estas, con el color azul 
que les da la distancia, se extienden formando curvas y ondulacio- 
nes caprichosas. Unas parecen los hinchados senos de una mujer 
azul; otras, la joroba de un monstruo marino. Entre todas, destá- 
canse majestuosos y triunfantes los dos volcanes: el «Popocatepetl» 
y el «Ixtlaccihuatl;» la «Montaña que humea,» y la «Mujer Blan- 
ca » A ciertas horas, el «Ixtlaccihuatl» parece una colosal estatua 
yacente. Aumentad extraordinariamente la idea que despiertan ios 
siguientes versos de Becquer, y podréis figuraros el volcán: 

En la imponente nave 
Del templo bizantino. 
Vi la gótica tumba á la indecisa 
Luz que temblaba en los pintados vidrios 

Las manos sobre el pecho 
Y en las manos un libro, 
Una mujer hermosa reposaba 
Sobre la urna del cincel prodigio. 

Hay tina hora, sin embargo, en que el volcán tiene otro aspecto: 
la hora del amanecer. El sol be.sa la nieve con sus rayos, y la Mu- 
jer Blanca se ruboriza. I'arece una recien casada aguardando en el 
lecho á que su espeso venga á darle el saludo de la mañana. Las 
colchas blancas cubren todo su cuerpo y cierran castamente debajo 
de la barba; pero dibujando el suave contorno de una rodilla redon- 
da y la graciosa curva de los senos. El Popocatepletl es más severo. 
También muda de color y .se enrojece cuando nace el sol. Está ce- 
loso, y la cólera calienta y agita .su sangre. El Popocatepetl es el 
marido de la Mujer Blanca; el sol es el amante. Cuando veáis que 

35 



274 MANUEL GUTIÉRREZ NÁJERA 



las nubes envuelven á los esposos gigantescos, es que han corrido 
los cadentes cortinajes para que ni los astros ni los hombres presen- 
cien sus fantásticos amores. 



*** 

El viajero poeta va embebecido en la contemplación de los vol- 
canes. El paisaje, como he dicho, no tiene accidentes ni detalles. 
Gautier decía que los árboles impiden ver el campo; por consiguien- 
te, los monótonos llanos que se extienden desde México hasta Es- 
peranza, le habrían enamorado y sorprendido. 

En el wagón en que nosotros íbamos, estaban la señora de Man- 
terola, cuya amabilidad y distinción son extremadas; la hechicera 
señorita María Ramírez, algunas otras damas cuyos nombres no 
supe, D. Juan de Dios Arias con su distinguida familia, el diputa- 
do Herrera, Alberto Morales Manso, que es un excelentísimo com- 
pañero de viaje, los tres Rubín, los Escandón, Tomás Moran y 
Manuel y Javier Algara. En el otro wagón y en un departamento 
reservado, iban Roberto A. Esteva y Fernando Trueba con sus se- 
ñoras. La señora Ruiz de Trueba está recién casada: iba, pues, á 
hacer el viaje de bodas y á vivir en la contemplación de dos inmen- 
sidades: la inmensidad del mar y la imnensidad del amor. Isabel, la 
señora de Roberto, llevaba un elegante traje de camino y un precio- 
so sombrero de ala tendida á la Enrique III. Su rostro de duquesa 
de la época de Luis XV, foimaba con el sombrero Montpeusier uu 
delicioso anacronismo. 



*** 

Ya fortalecidos por un mediano almuerzo, continuamos el cami- 
no. Ya podía ver y admirar á mi sabor el «Pico de cristal del Ori- 
zaba,» como dice gallardamente Juan de Dios Peza- De cristal, es 
verdad, cristal opaco. A medida que se avanza en el camino, el Pico 
va cambiando de formas y colores. Es como una mujer que no se 
entrega sino con resistencias y pudores: Primero, alza su manga 
para que admiremos la redondez pulida del brazo, después, levanta 
la enagua y deja á descubierto el breve pie; ya desnuda la morbidez 
de la garganta y suelta en largas hebras el cabello rubio; ya vuelve 
á recatarse y encubrirse, como una virgen friolenta al salir del baño. 
Cuando, por fin, se muestra en todo el esplendor de su blancura, los 
ojos quedan sorprendidos y admirados. ¿Recordáis la «Sinfonía en 
blanco mayor)) de Teófilo Gautier? Siento no traducirla, porque es 
intraducibie, para aplicarla al Pico de Drizaba. 



MANUEL GUTIÉRREZ NÁJERA 275 



Spliinx enterré par ravalanche, 
Gardien des glaciers étoilés 
Et qui, sous sa poitrine blanche 
Cache de blancs secrets gelés. 

La parte interesante del camino á Veracruz, comienza en Boca 
del Monte. Desde allí todo es «horriblemente hermoso, » como decía 
Alfredo Bablot. No es un camino de hombres sino un camino de 
águilas. 

Los rieles van estrechando, en un abrazo ascendente, el cuerpo 
colosal de la montaña. Nada más atrevido ni más pintoresco. La 
vegetación es exuberante y enmarañada. Diríase qnz los pinos se 
preguntan, en el colmo del estupor, cómo han podido los hombres 
penetrar hasta su recóndito secreto. A ratos, el tren se columpia 
sobre un abismo, en cuyo fondo las casas parecen manchas de cal, 
y los árboles diminutos puntos negros. Yo pasé toda aquella parte 
del camino en la plataforma del wagón, y con una chica muy gua- 
pa que .se llama Luz; pero de buena gana me habría atado al ba- 
randal de hierro, como Ulises al mástil del navio. El vértigo se apo- 
dera de uno, y se siente la invencible necesidad de arrojarse al vacío. 
Los puentes suceden á los puentes, y los túneles á los túneles. A 
cada rato una boca negra, desdentada por fortuna, traga el convoy. 
Reina la obscuridad durante algunos momentos; y al salir de ella, 
los novios repiten desconsolados aquel cantar de Campoamor: 

Con tanto placer crnzamos 
El túnel de Elda los dos, 
One al salir de él exclamamos: 
¿No habrá otro túnel, gran Dios? 

Al llegar á Orizaba, el camino se suaviza. Comienza la admi- 
rable vegetación de la Tierra Caliente; los platanares, los cafetos, 
la caña de azúcar. Toda esa parte del camino debe pasarse leyendo 
la oda de D. Andrés Bello á la «Agricultura de la Zona Tórrida.» 
Quedan atrás las espantosas barrancas, los atrevidos puentes y los 
negros túneles. Parece que se torna á la vida. De cuando en cuando 
vuelve á pasarse algún minuto de terror; pero éstos .son ya más ra- 
ros y menos agudos. Por desgracia, en Córdoba comienza á obscu- 
recer, y el manto negro de la noche cubre las bellezas del camino. 
Los párpados fatigados se cierran; el cuerpo busca una po.stura 
cómoda, y en esta guisa se llega á Veracruz. ¡Santo Dios! ¡si uoS 
habrán guardado alojamiento! .... 



276 MANUEL GUTIÉRREZ NÁJERA 

II 

VERACRUZ DE DÍA Y DE NOCHE. 



Veracruz no tiene el tristísimo aspecto que suelen darle. Sus ca- 
lles son aseadas, rectas y anchas; en casi todas hay edificios amplios 
y de fachadas elegantes, construidos conforme á las exigencias del 
clima y á las tradiciones de la arquitectura española, esto es, con 
grandes patios y volados corredores, por donde el aire pnede circu- 
lar holgadamente, refrescando la atmósfera de las piezas. Las torres, 
con viviendas en que habitan aglomerados los vecinos de las prin- 
cipales ciudades europeas, serían imposibles en Veracruz. Allí es 
preciso que cada uno esté á sus anchas, y que tenga el espacio su- 
ficiente para que su respiración no vicie el aire de la alcoba. Los 
techos altos son indispensables. En pleno Diciembre se siente en 
Veracruz el mismo calor que nosotros sentimos durante los meses 
de Abril y Mayo: solo que, aquí no se transpira ni hay brisa que 
atempere la atmósfera. Cuando nosotros llegamos al puerto acaba- 
ban de .soplar muy fuertes nortes, y la temperatura estaba fresca. 
No obstante esto, tuvimos uno ó dos días de fuerte calor. 

Enfrascados como estábamos, pa.sando de los banquetes á los bai- 
les, y de los botes al «Tamaulipas» ó al «City of Puebla,» era difícil, 
si no imposible, que visitáramos minuciosamente la ciudad. No vi, 
por ejemplo, el Hospicio, que según me cuentan, es uno de los edi- 
ficios mas notables; pasé, sin detenerme, frente á la Biblioteca, en 
cuyo fondo está el retrato de Hernández y Hernández. Volví sin vi- 
sitar las oficinas y los almacenes de la Aduana, ni el Hospital, ni 
el Camposanto, ni los colegios y las escuelas del Estado, tan impor- 
tantes para el viajero observador. Por con.siguiente, cuanto diga 
aquí de Veracruz será superficial, vago é indeterminado. Contaré 
lo que vi en calles y plazas, limitándome á escribir con lápiz y eu 
las hojas de mi cartera algunas ob.servaciones hechas al paso, sin 
detención ni minuciosidad ni trascendencia. 



*** 

Lo primero que sorprende en las calles de Veracruz son los zopi- 
lotes. Pasean tranquila y gravemente, como los diputados en nues- 
tras calles de Plateros. Algunas personas de buena educación les 
ceden la acera. Nadie los molesta. Son tan sagrados y venerables 
como los gatos en Egipto. Para los asesinos de estos inviolables no 
hay procesos, ni moratorias, ni jurados. Si alguien, por eutreteui- 



MANUEL GUTIÉRREZ NÁJERA 277 

miento, ó por enojo, me clava su puñal en el pecho, la policía tar- 
da algún tiempo en aprehenderlo; los jueces se demoran muchos 
años en instruir su causa, y los jurados, en atención á esto ó lo otro, 
proiumcian un veredicto absolutorio. No pasa así con los matado- 
res de zopilotes. Para éstos hay una ley tan expeditiva como la de 
salteadores y plagiarios. Sin formación de causa, se les impone una 
multa de cincuenta pesos; ¡pena grave, que, en ciertas y determi- 
nadas condiciones, puede ser más cruel que una sentencia de muerte! 
Kl zopilote, pues, goza de más prerrogativas que nosotros. Basta 
observar su continente gravedoso, la seriedad con que censura la 
conducta del Gobierno desde aleros y azoteas, el corte irreprochable 
de su traje negro, que le permite siempre ir de visita, para caer en 
cuenta de que no se le ocultan los privilegios de su estado y de que 
anda orgulloso de sí mismo. Comuimiente desdeña caminar por las 
aceras y se va por en medio del arroyo, tal como Lerdo atravesaba 
en su victoria por entre los carruajes del Paseo. Lo que nunca aban- 
dona es la formalidad. Yo no vi reir á ninguno, aun cuando se le- 
yeran en voz alta las «Cartas de Junius.» El zopilote es serio: parece 
que está discurriendo siempre sobre el níquel. Como los sabios, calla 
mucho, jamás externa su opinión, y anda despacio. Muchas veces 
temí que alguno de ellos se acercara á pedirme la lumbre; pero el 
zopilote no fuma; es muy probable que tome rapé francés, pero tam- 
poco me atrevo á asegurarlo. Su aspecto adusto y .su vestido negro, 
inspiran profundísimo respeto. Parecen padrinos de duelo ó agen- 
tes de la Hmpressa Gayosso. 

Por las eternas injusticias del destino, el zopilote no desempeña 
en Veracruz las altas funciones á que está llamado. No apadrina 
los duelos, ni imparte justicia, ni expide leyes, ni perora sobre la 
filosofía de lo inconsciente: el zopilote, respetado y todo, hace la po- 
licía de la ciudad. Cuando las calles están .sucias, el ('Ferrocarril» 
ó el «Diario Comercial» no interpelan al Ayuntamiento sino á los 
zopilotes. Estos, como si fueran regidores, no contestan. Menos- 
precian las furias de la prensa, y, armados de su inviolabilidad, pasan 
con talante de.sdeñoso junto á los infelices gacetilleros. Estos ani- 
males—continúo hablando de los zopilotes— descorazonan y entris- 
tecen al viajero. Causan repugnancia y miedo, como los perros de 
Constantinopla. En las primeras noches .se sueña con los graves 
pajarracos y con el doctor Garmendia. Este es, en opinión de mu- 
chos médicos, el enemigo más formal que tiene el vómito. Pero tal 
consideración no satisface, y el simple encuentro con un hombre á 
quien jamás quisiéramos tener á nuestra cabecera, compunge el 
ánimo y acorta los bríos de la fogosa juventud. Los medrosos sue- 
ñan que el doctor Garmendia (no obstante su .saber), les deja en 
brazos de la muerte, y que una turba de espantosos zopilotes devora 
en breve rato sus cadáveres. 



278 MANUEL GUTIÉRREZ NÁJERA 



*** 

Contrastando con las obscuras gallinazas, ora asomados á za- 
guanes y balcones, ora en tiendas y almacenes, se ven hombres en 
pechos de camisa. La camisa es el lujo del veracruzano. Aquí la 
llevamos escondida. El saco inglés apenas deja ver el cuello — que 
comunmente es postizo — y los puños, también de quita y pon. En 
Veracruz sucede lo contrario. Casi puede decirse que andnr en man- 
gas de camisa constituye el traje de etiqueta. Es un país de gorja 
para las lavanderas: bien es verdad que, como decía un amigo tonto, 
allí el lavado debe ser barato, porque nadie puede negar que abunda 
el agua. 

Los almacenes presentan un aspecto muy curioso. En cada es- 
critorio ve usted una camisa blanca con dos mangas y un cuello, á 
cuya extremidad superior está pegada la cabeza de un alemán. Una 
de las mangas se mueve continuamente y su aditamento carnoso, 
armado de la pluma infatigable, traza en la blanca superficie del pa- 
pel ó en las páginas de enormes libros, número incalculable de pe- 
queñas cifras que representan lo que comemos, lo que vestimos, lo 
que bebemos y lo que gastamos. En esos libros están marcadas las 
pulsaciones de la República. En esas cifras está el microbio del de- 
lirium tremens, del adulterio, del peculado y de la estafa. Leed los 
rubros de esas hojas: «vinos, joyas, sedas:» es decir, inteligencias 
que .se pierden, mujeres que se venden, hombres que se levantan 
la tapa de los sesos ante un océano de facturas. 

En Veracruz todos hacen cuentas: allí el con.sonante de ocho es 
diez y seis. Dicen, sin embargo, que está hoy el comercio decaído 
por la falta de compradores arribeños. La animación es menos gran- 
de; pero imposible que pierda nunca la ciudad su carácter esencial- 
mente mercantil. Id á la plaza del muelle, en donde sirven de postes 
los cañones tomados al almirante Bandín y al príncipe de Joinville; 
la hallaréis atestada de enormes fardos, y si no andáis con vigilan- 
cia y tiento, un mozo de cordel os descalabra, una carreta os atro- 
pella, ó quedáis apla.stados bajo un bulto gigantesco. Por las calles 
circula poca gente. Todos e.stán en los almacenes ó en las casas. Es- 
tas, por las condiciones del clima, se prestan poco al lujo. Los ajuares 
de bejuco y las coquetas mecederas no faltan nunca en las casas 
elegantes, y la tertulia— particularmente entre hombres solos — sue- 
le hacerse en el zaguán. 

Las familias veracruzanas almuerzan á las diez, comen á las cuatro 
y no acostumbran cenar. En las fondas se come bien y muy ba- 
rato. Por ejemplo, en el hotel de Diligencias, que es de los princi- 
pales, y al que asistí muy repetidas veces, nos cobraban diez reales 
por un buen almuerzo, con vino rojo á discreción. Lo mismo se 



MANUEL GUTIÉRREZ NÁJERA 279 



paga en el hotel de Galatoir. En otras partes, como en el Casino y 
en la Lonja, sirven «á la carta,» como se dice en la moderna galipar- 
la. En la primera de estas fondas, el pan se paga aparte y es muy 
malo. 

De buena gana haría un examen minucioso de la cocina vera- 
cruzana; un hombre culto está obligado á ser gastrónomo. Des- 
venturadamente el exceso de arribeños desorientó á los fondistas. 
Agotábanse los mariscos muy temprano, tomábamos las mesas por 
asalto, corrían despavoridos los sirvientes, y en estas condiciones 
anormales, no era posible formar un juicio exacto ni del servicio ni 
del cocinero. Lo que sí digo en tesis general, es, que en Veracruz 
se come bien. La leche es magnífica. No así el agua, que tiene un 
sabor dulzón muy pronunciado. 

En los portales del hotel de Diligencias y del Casino Español, 
hay muchas mesas de madera y fierro, en que .se sirven desayunos 
y refrescos. Allí se .saborea el café por las mañanas y el «mintjulep)» 
por la tarde. Mientras el pasajero desayuna, algún granuja de esos 
que andan, como en Nueva York, provi.stos de una caja de betún 
y de un cepillo, da lu.stre á í>n calzado. Estos granujas son, por lo 
común, muy insolentes y desvergonzados. El pueblo de Veracruz, 
como el de casi todos los puertos, no es respetuoso ni escatima los 
juramentos y los ternos. En cambio, es mucho más culto y despe- 
jado que el de México. 

Las galerías del teatro se llenan de boteros y cargadores que pre- 
sencian con interés el espectáculo. Este teatro es ba.stante amplio 
y bonito, pero mal ventilado. Cuando yo asi-stí se representaba el 
«Duque Job,» de León Laya, arreglado á la escena española por Ta- 
mayo y Baus, con el título de «Lo Positivo.» Veracruz me recibía 
poniéndome en escena. Por de.'^gracia, cuando llegué al teatro ha- 
bía pasado ya la representación de una loa en verso, escrita en pocas 
horas y con motivo de las fiestas, por el extremado poeta D. Rafaet 
de Zayas Enríquez. Dicho está que no la vi; pero estoy cierto de que 
ha de ser tan correcta y elegante, como todo cuanto cincela con su, 
pluma el muy amable vate tropical. La compañía dramática es ma-t 
lísima, y ya .sea por e.sta consideración, ó ya por la temperatura so- 
focante que agoliia á los espectadores, acude al teatro muy escasa 
concurrencia. En donde se paseaban muchas damas, era en el jardín 
de la plaza, que allá, más disparatadamente que aquí, se llama Zó- 
calo. En e.ste paseo, lo más digno de mencionar es el embanquetado 
de mármol, cuya amplitud y limpieza son notables. Tiene también 
cuatro hermosísimas palmeras, que cautivan á todos los mexicanos. 

Muchos hombres pasan la velada en el café ó en los salones de 
la Lonja, que .son buenos.- El salón del Casino Español es elegan- 
tísimo, y está admirablemente decorado. Mucho me habían dicho 
de la prostitución que reina en Veracruz; pero en esto, como en 



28o MANUEL GUTIÉRREZ NÁJERA. 



otras muchas cosas, se exag^era. Los que más escandalizan en Ve- 
racruz son los mexicanos. A fuer de pasajeros y desconocidos, per- 
mítense éstos toda clase de libertinajes. Sucede allí lo mismo que 
en París, donde los extranjeros son los que dan princijiahnente la 
función (¡Vaya otro galicismo y de buen calibre!). Sería tal vez 
porque los veracruzanos no quisieron competir en desvergüenza con 
nosotros; pero el hecho es que durante mi permanencia en el puerto 
no observé más desórdenes y orgías, que los desórdenes y orgías 
de mis paisanos; ni vi más princesas rusas, que las ya conocidas en 
la capital, y en la calle de Lamparillos, de la Habana. 

Cierta noche tomé una carretela para pasear por lo que llaman 
«Extramuros.» No supe lo que cuesta aquel vehículo, porque lo 
pagó mi buen amigo el joven y distinguido poeta Luchichí. Largo 
rato estuvimos conversando de versos y proyectos literarios, hasta 
llegar á una especie de infecto portalón, frontero á la laguna de los 
Cocos. A los acordes de una mala murga, danzaban en promiscua 
algarabía, negros, mulatas, marineros, cargadores, princesas de pe- 
tate, y tres ó cuatro gomositos mexicanos. Una tranvía llega ha.sta 
aquellos sitios y hace viajes hasta las altas horas de la noche. El 
cuadro no puede ser más repugnante. Huele mal, se toma en la 
cantina una cerveza detestable, y los danzones atarantan y marean. 
Lo que me extraña es que no haya nunca en esos bailes, en los del 
«Recreo» y en otros menos groseros algún muerto ó herido. La po- 
licía no interviene; todos beben; suele haber pleitos en que se oyen 
lindezas y piropos como no .se oyen en ninguna parte; veces hay 
en que se arrojan los cacharros á la cara; mas, desahogada así la 
ira de un modo verdaderamente inofensivo, todos quedan tan ami- 
gos como antes y se van de bracero á la cantina. Por menos pala- 
brotas se acuchillan y se desuellan nuestros léperos. 

Satisfecha mi curio.sidad y vistas de cerca las costumbres popu- 
lares, salimos del infecto portalón, en el que apenas permanecimos 
un momento. Las noches en Veracruz son deliciosas. Refresca la 
atmósfera y puede pasearse sin temor á una apopleg'a fulminante. 
Por .supuesto, no hay carruajes cerrados ni es posible que los haya. 
La carretela es el .solo vehículo aceptable. Luchichí, que es un joven 
muy simpático, me iba recitando versos de Salvador Díaz Mirón: 
tal .se rocía un pañuelo con esencia para pa.sar los muladares y pan- 
tanos. Salvador es el poeta por excelencia de Veracruz; más aún, 
es uno de los poetas más inspirados de la República. Con ansia 
espero algunos de .sus versos, para hablar de él con la extensión y 
detenimiento que merece. 



MANUEL GUTIÉRREZ NÍJERA. 28 1 



*** 

De regreso, pasamos frente á algunas iglesias. ¿Hay iglesias en 
Veracru/.? Yo había visto la catedral por fuera; pero imaginaba que 
era á modo de la soberbia biblioteca que tiene cierto pedante amigo 
mió: una serie de cartones figurando lomos de volúmenes emp.is- 
tados: nada más. No he visto .sotanas negras en las calles, ni oído 
llamar á misa. Los templos están en Veracruz para cubrir el expe- 
diente. La Catedral legítima es la Aduana. 

Sigue, cíochero; pa.sa la Alameda: 5-3 es tiempo de tenderse y des- 
can.sar. Llego á casa, abro el balcón, y me preparo á dormir con el 
tranquilo sueño de los justos. A cada quince minutos dan la hora 
los .<^erenos. no con gritos ni con pitazos, sino á palos. Doce garro- 
tazos indican las doce de la noche. Esta manera de dar la hora, 
tiene mucho parecido con las palizas. 

Fatigado, me recuesto en el catre, sin colchón. Una sábana ba.sta 
para cubrirse, y aun presumo que .sobra. Lo interesante es el mos- 
quitero. Una vez adentro de esa torre cuadrada de cortinas blancas, 
cree uno e.^tar en el sepulcro de Doña Inés, ó e^ : /edio de una pieza 
montada de azúcar candi. Ustedes sabrán qu^i^ duermo con puro; 
por lo tanto, pen.sé que no saldría de Veracrliz sin causar un in- 
cendio. Lo iniico que me consolaba era la proximidad del mar. ¡El 
mar! ¡ El mar! ¡Ya hablaremos de él mañana! Ahora los ojos se me 
cierran; baja el sueño, y comienzan á cruzar por mi fantasía los zo- 
pilotes y los hombres eu camisa, que forman el claro obscuro de 
Veracruz. 



ni 

PASEOS EN BOTE. 

Es necesario tener una imaginación muy mezquina para no figu- 
rarse el mar tal como es. Puede perfectamente comparársele á una 
de esas personas á quienes saludamos sin saber su nombre, seguros 
de haberlas visto en otra parte. El mar es un antiguo conocido. Le 
hemos visto en los lienzos de la Academia, en las decoraciones del 
teatro, en los grabados de los periódicos europeos, en todas partes. 
Es una inmensidad de vasos de agua. 

Lo único que sorprende es su color. Los que no lo conocen pien- 
san que es azul como lo que llamamos cielo. Y, en efecto, la franja 
que recorta el horizonte es de un azul muy tenue y apacible: diría.se 
que es un cielo desteñido, Pero el agua más próxima á nosotros, 

36 



282 MANUEI. GUTIÉRREZ NÁJERA 



la que impele el bote en que vamos, ó se quiebra á nuestros pies, 
no tiene la transparencia ni el color que le atribuimos. Es aceitosa 
y de un verde obscuro como el vidrio malo. Kn esas ondas no pue- 
de haber más sirenas que las voraces tintoreras. Hablando con exac- 
ta propiedad, el mar no tiene color propio. Cambia y muda como 
el corazón de una coqueta. Según la hora, varía su aspecto. Ya se 
azulea, se tornasola ó se ennegrece; ya se ruboriza como la mejilla 
recien besada de una virgen; ya corre en anchas cintas plateadas ó 
se dora como si el sol tendiera sobre el agua las rubias hebras de su 
cabellera. Por de contado, el mar no es uno en todas partes. El 
Atlántico no es igual al Pacífico, ni el Pacífico al Mediterráneo. 
En alta mar el agua se ve distinta que en el Golfo. Las ondas de éste 
son muy turbias y espesas, exceptuando los .sitios en que la corrien- 
te equinoccial introduce las aguas límpidas del mar Caribe. Ade- 
más, contemplando desde el muelle, el mar se ve canalla y trafican- 
te. Hay que mirarlo á solas, frente á frente, sin barcas noruegas 
que lo afeen, ni mozos de cordel cuyas imprecaciones destempladas 
atajen el sereno vuelo del espíritu. Ya no es entonces el esclavo 
nubio que trae y lleva mercancías, .sino el titán cuyos gigantes bra- 
zos rodean el cuerpo de la tierra. Allí está Dios. 



*** 

Casi todos, no experimentan al mirar el Golfo la sensación in- 
tensa que aguardaban. Parece, al pronto, que se está frente á una 
decoración de teatro. Pero internaos en ligero bote por la móvil lla- 
nura; que se pierda de vista el pobre muelle con sus linternas ver- 
des ó encarnadas; que escuchéis el arrullo de las olas en la solemne 
inmensidad, y, entonces sentiréis, asombrados y suspensos, un re- 
pentino crecimiento de alma. 

Sin cepillar mis ropas de camino, en horas avanzadas de la no- 
che, salté á la barca de un humilde marinero. Iba á salir la luna, 
pero reinaba aún la obscuridad. En lontananza se veían fijas y tris- 
tes, las lucecillas de unos cuantos buques. ¡Qué negro y qué tran- 
quilo estaba el mar! Era algo como el cuerpo de la sombra, tendido 
boca abajo sobre el suelo. «¡Aguarda! — me decían los compañeros 
—descansemos, y luego que amanezca iremos á espaciarnos en el 
mar.« Pero la onda tranquila me llamaba, como llama la novia al 
tardo amante que vacila en subir por la escala de seda. Ansia infi- 
nita de hender el agua y poseerla con los ojos, espoleaba mi espí- 
ritu. Sin detenerme bajé la escalinata y entré al bote. Poco á poco 
la tierra, con sus casas y sus ventanas débilmente iluminadas, .se 
fué esfumando en lontananza. Pasamos junto á los grandes barcos, 
cuyos cuerpos enormes adquieren á tal hora un aspecto fantástico 



MANUEL GUTIÉRREZ NÁJERA 283 



y extraño. Diríase que un ejército de endriagos y de monstruos fa- 
bulosos espiaba el momenco favorable para lanzarse sobre la ciudad. 
Breve rato después, solo veíamos á lo lejos el faro giratorio de Ulúa, 
con sus luces de múltiples cambiantes. 

Los remeros bogaban poco á poco, por temor á las boyas y á los 
bajos. La mar estaba quieta. ¡Con qué ahinco me hubiera hundido 
en sus serenas ondas para sentir más cerca sus abrazos! El hombre, 
descontento de su suerte, quisiera ser águila en la cumbre de los 
montes, y ágil pez en los mares. Los dos abismos le atraen con in- 
vencible fuerza: son como dos amigos que le llaman. Arriba están 
la luz y el armonioso coro de los astros: abajo, la fantasía finge y 
desea mucha frescura, mucho silencio y mucha sombra. 

¡Sueño vano! La mar es un incesante laboratorio en que la vida 
se prepara y se renueva. El gran trabajo no se para nunca, y el 
combate terrible por la vida .se empeña hasta en los abismos del 
océano. Monstruos deformes habitan los palacios submarinos, que 
las amables fábulas de Grecia poblaban de sirenas y de dioses. El 
voraz tiburón .sale á flor de agua, husmeando la carne fresca del 
atrevido nadador. Y pocas playas son tan funestas y peligrosas co- 
mo las playas de Veracruz. El tiburón acecha, siempre alerta, y 
devora al incauto que menosprecia su poder. Es el huraño rondador, 
nuuca saciado; el tigre de las aguas frías y verdes. 



ínterin deslizábase la barca, la luna, como un disco de plata bru- 
ñido, se fué alzando de las aguas. 

La luna, como hostia santa, 

Lentamente se levanta 

De entre las ondas del mar. 

Nada más grandioso que este espectáculo. Yo creo que contern- 
plándolo en las risueñas playas del Mediterráneo, fingió la fantasía 
helénica la fábula de Venus Afrodita surgiendo majestuo.samente 
de la espuma. La concha negra de la noche se entreabre, y aparece 
la reina del espacio castamente desnuda, como Diana. El ritmo de 
las olas es más suave; una inmensa quietud penetra hasta los hú- 
medos abismos; corren los monstruos á ocultarse de la luz, y la brisa 
que sopla es como el aliento de una mujer invisible pasando sobre 
el cuerpo del amante dormido. Las olas dejan de ser negras; se qui- 
tan su vestido de luto, y ciñen la coraza de plata que ceñían las 
amazonas. Y parece que corren ó galopan para acercarse á la luna 
y asir la fimbria de su túnica brillante. Pero la luna, esquiva, va 



284 MANUEL GUTIÉRREZ NÁJERA 



ascendiendo. Parece que el cielo es un océano que confina con el 
otro: surge de éste la luna, y luego boga por la tersa superficie del 
más alto. Ya no es plateada sino de oro. Las aguas se contentan 
con retratarla; y ella, pródiga de luz, enriquece las olas con sus ra- 
yos. El mar parece un gigantesco estanque en el que bullen todos 
los metales en fusión. Se cree que el agua está á la temperatura de 
la plata fundida, y la mano no se atreve á tocarla. Pero no; el mar 
es en aquellos instajites un hervidero congelado. 

I Qué rumor tan solemne el de las ondas! Aun cuando esté dor- 
mido y sosegado, el mar revela su fuerza: es Hércules hilando con 
el huso á las plantas de Oufalia. Los navios se dibujan en el lienzo 
opalino del fondo, sobre el tinte metálico del mar; la luz aisla los 
cordajes y los mástiles, como una áurea tijera recortando papel ne- 
gro; y á lo lejos la superficie azul sin límite visible, cierra el cuadro 
con una línea incomparable. 

Bajo la luz serena de la luna 
Como el oro en fusión, el mar riela, 
Resplandor que la luz del claro día 
Con la molicie de la noche mezcla, 
La vasta playa misterioso alumbra 
Y en el azul del cielo sin estrellas 
Vajían las blancas nubes como estatuas 
De diosas colosales y siniestras, 
Talladas por la mano del acaso 
En las entrañas de brillante piedra. 



*** 

Yo he visto el mar cuando la luna brota, y cuando el sol, como 
un guerrero fatigado, va en busca de frescura y de silencio. Pero 
la puesta del sol no debe contemplarse en Veracruz. Allí hasta el 
sol es calavera y va á pasar la noche en la ciudad. Describiendo una 
curva soberana, cae tras los edificios apiñados, como un globo enor- 
me de goma roja, cuyo gas se va escapando lentamente. 

A esa hora el agua adquiere tintes muy apacibles y risueños. Se 
diría que debajo de las ondas hay una inmensa gestación de rosas. 
Pero á esa hora también tiene el océano un rival poderoso, que es 
el cielo. Los que habéis visto nada más el firmamento urbano de 
las calles, no podéis figuraros cómo impone y asombra en plena 
mar. Las casas 5' los árboles le estorban: como las mujeres hermo- 
sas, necesita uti espejo en que mirarse cuando se adorna con luceros 
y con nubes. Está en su tocador. Aquellos nimbus son los encages 
blancos que han de bajar hasta la enorme cauda desde el anillo es- 
cultural de la cintura. Esas nubes forman la enagua de seda color 
de rosa: ese pedazo azul es su corpino de terciopelo. Una mano in- 



MANUEL GUTIÉRREZ NÁJERA 285 



visible entreabre los cofres de ébano incrustados de marfil, y apa- 
recen, sobre cojines de raso pálido, los collares de estrellas que van 
á titilar en torno de su cuello. Ya el sol se oculta, envuelto en su 
lujosa clámide escarlata. Es el sultán que se despide del harem. 
Ivibre y .soberbia la noche, se prepara á los festines. 

El mar es el espejo que le sirve para ataviarse: espejo negro, por- 
que también retrata sus pupilas. 

En la mañana y en las primeras horas de la tarde, ni el mar ni 
el cielo tienen e.se carácter majestuo.so. En cambio, su extensión pa- 
rece más ilimitada todavía. Sobre el azul del cielo se perfilan los na- 
vios, como dibujados con tinta de China. Las oleadas, al romperse 
en los bajos, forman un blanco giste, y— vistas á distancia — borre- 
gueau, brincando como un rebaño juguetón* 

Tranquila está la mar: un pececillo 
Agítase en las ondas: 
Calienta el sol su cabecita de oro 

Y alegre el agua bate con su cola. 
Pintretanto, anhelante la gaviota 
Rápida sobre el pez cae desde el viento, 

Y en el pico la presa palpitante. 
Alegre se remonta hasta los cielos! 



Nada más donairoso ni gallardo que las velas latinas. Observad 
con qué altivez cruzan contitmamente la bahía. Son aves que no 
tienen más que una ala, y carecen de cuerpo. Las grandes embar- 
caciones modernas tienen la hermosura de las reinas; las velas la- 
tinas poseen la gracia de los efebos. 



*** 

¡Cuan absorto y ensimi.smado pasaría las horas en la muda con- 
templación del océano! El mar enseña y alecciona, dilata los hori- 
zontes del espíritu y da alas poderosas á la inspiración. Los poetas 
menores cantan la tierra con sus bosques y montañas; los grandes 
poetas son los enamorados de la mar. Sin ella, Victor Hugo habría 
.sido incompleto. Viendo cómo azotaba los peñascos, escribió los 
«Castigos.» Cada estrofa de ese pequeño libro, es una ola, El con- 
junto es como una tempestad. 

En sus primeras obras, Víctor Hugo travesea como un duende 
jugueTón, ora en los camarines orientales, ora en losjardines de Ver- 
salles ó en las cornisas de las catedrales góticas. Vuela como las 
golondrinas y canta como los ruiseñores. Es el paje tocando la guzla 
morisca, eu las rodillas de una reina enamorada. Pero que el viento 



286 MANUEL GüTlÉRRHZ NÁJERA 



de la adversidad le arroje á las abruptas rocas de la playa: entonces 
volará como las águilas y cantará como los huracanes. Solo sobre 
un peñasco formidable, batido constantemente por las olas, pudo 
escribirse la «Leyenda de los Siglos,» Leed los «Trabajadores de la 
Mar:» es á manera de esas cuevas muy profundas en donde interna 
el océano tumultuoso sus recias oleadas de agua verde. Desde en- 
tonces el genio del poeta tendrá sus tempestades y sus calmas, sus 
«Castigos» y sus «Contemplaciones.» Pero de la obra toda oiréis bro- 
tar el murmullo grandio.so de los mares. Ya no es el lago quieto 
en que nadan los cisnes de alas blancas. Las guirnaldas de flores 
que entreteje están hechas con flores submarinas. Los bancos en 
que descansa son bancos de perlas; y los bosques por donde pasea 
son bo.sques de coral. Su poesía traga y devora como los abismos. 
Las flechas de su aljaba juvenil se truecan en tridentes y en arpo- 
nes. ¡Imposible engañarse un solo instante! Ese poeta vuelve de 
la mar, como Dante volvía de los infiernos. 

¡ Ah! No es posible concebir cuadro más vasto, ni espectáculo al- 
guno más grandioso. Mil veces, con sed inapagable de infinito, trepé 
á la cumbre arisca de los montes; 

Mas nada ¡olí sacro mar! ¡nada ansié tanto 
Como espaciarme en tu anchuroso seno! 

He sentido cómo encorvas tu gigantesco dorso bajo la quilla de 
mi bote, tal como potro dócil y sumiso que se inclina para que lo 
monte su señor. Te he visto palpitar como el pecho de una virgen 
cuando aguarda en la alcoba al joven desposado. Y ansia infinita 
de mirarte embravecido acongoja mi alma. Quiero sentir cómo te 
revuelves en tu lecho, y verte en los instantes de tu cólera. Dido 
llorando en una peña es melancólica; Medea, iracunda, es tan her- 
mosa como tú. Deja, pues, tu pesada somnolencia. Te azoto con mi 
remo, como clava el jinete sus espuelas en el vientre de su caba- 
llo corredor. Levántate furioso á contestarme, para que sienta en 
los desnudos brazos y en la cara, los verdes espumarajos de tu rabia. 
Embraza, al fin, tu escudo coruscante, y vibra con tus manos de 
Titán la clava de los Hércules marinos. Estamos solos. Una mu- 
jer que no te conocía viene á mi lado trémula de espanto. Te ve 
dormido y tiembla pusilánime. Va á reírse de tí cuando volvamos. 
Álzate, pues, y muestra tu fiereza: alza, para que pueda defenderla. 
¡Alza, Goliath borracho: estamos solos! 

Pero el mar es la mar en este instante. Hay algo femenino en .su 
dulzura. Sabe que bastaría una simple ola para arrojarnos afabis- 
mo negro, y desprecia riendo mis insultos. — Amad — nos dice — esta 
es la hora sagrada en que los ángeles se cubren «los ojos con las ma- 
nos.» Barca ninguna cruza la bahía. Las estrellas se están burlando 



MANUEL GUTIÉRREZ NÁJERA 287 

de vosotros. ¿No veis cómo la playa se ha perdido? Pues amad re- 
costados en mi espalda, hasta que llegue el alba delatora. La noche 
se abre como un negro túnel, propicio al impaciente enamorado. 
Esa franja de plata que ciñe el Oriente, como si fuera una diadema, 
indica que la luna va á salir. Amad, no soy el ogro que devora. 
Mis olas arrullarán vuestro sueño, Os llevo en brazos, como la no- 
driza que calienta á dos niños en su seno. — 

Y la luna brotó, ya no robusta y majestuosa como la vimos la 
primera noche, sino en forma de un arco pequeñito. — Boga — diji- 
mos, y el ligero bote se deslizó sobre las ondas argentadas, ceñido 
per el encage de la espuma. Súbita calma apaciguó mis sentimien- 
tos. Como Heine, quise arrojar al seno de las aguas los espectros 
que me persiguen y atormentan, aligerar mi espíritu del lastre de 
dolores con que va navegando por la tierra. 

Queda b^o las aguas, 
Queda por siempre allí, sueño implacable 
Que mi pecho otras uoches 
Con tus fingidas dichas flagelaste. 



Queda en el fondo obscuro de la mar, tú, sombra tetra que vienes 
á sentarte pensativa junto á la cabecera de mi lecho. Baja al abis- 
mo, amigo desleal que arteramente me enterraste la daga por la 
espalda. Húndete en esas ondas misteriosas, pobre niña que lloras 
por mi causa y aun esperas de codos en el puente al novio que jamás 
ha de volver porque no es digno de que tú le ames. ¡ Una bala de hie- 
rro ! ¡ Duras cuerdas para amarrar este cadáver insepulto y arrojarlo 
después al océano ! Es el de una mujer joven y hermosa, i Pronto! Que 
baje rauda al negro abismo. Todavía flota su cabello, ¡ Pronto! ¡pron- 
to! Que baje, mar, á tus obscuras cuevas y que no salga nunca de 
tu seno. » 



*** 

La luna, como una góndola de oro, seguía surcando el firmamen- 
to. Aligerado ya de mis remordimientos y dolores, me recosté en 
el fondo de la barca. Entonces creí ver, rumbo al Oriente, una luz 
como de alba celestial. Por allí aparecía una larga procesión de efe- 
bos tiernos, con palmas murmurantes en las manos y túnicas de lino 
inmaculado. Iban andando poco á poco sobre el agua, como sobre 
una lámina de acero. Bajaban del cielo por un pórtico de luz, y co- 
mo el cielo se junta con el mar; no había necesidad de puente alguno 
para que descendieran al océano. Un hombre de barba nazarena 
presidía la nevada procesión. E iba tranquilamente sobre el agua, 



288 MANUEL GUTIÉRREZ NÁJERA 



como Jesús en el lago de Tiberiades. Y todos los efebos eran rubios 
y traían destrenzado su cabello, largo y sedoso como el de las mu- 
jeres circasianas. 

A su aspecto, los monstruos de la mar y los endriagos del ensueño 
se disipan. Ya nada mueve el seno de las ondas, ni agita mi con- 
ciencia: todo calla. Mi compañera se ha dormido en mis rodillas. 
Boga, remero, boga todavía. 



IV 
VIAJE AL REDEDOR DE LAS VERACRUZANAS. 

Ayer hablamos del mar. Hablemos hoy de la mujer. «Pérfida co- 
mo las ondas» — decía Shakespeare. íermosa como ellas, digo yo. 

Desventuradamente carezco de los datos necesarios. Mi condición 
de viajero, la premura del tiempo y la continua fiesta en que vivi- 
mos durante nuestra permanencia en Veracruz. me impidieron for- 
mar un juicio exacto acerca de las hermosísimas costeñas. Ignoro 
muchos nombres y se confunden en mi memoria las fisonomías. To- 
davía el wals no acaba, y entreveo como apariciones fugitivas, mu- 
jeres de belleza singular ricamente prendidas y ataviadas ¿Quiénes 
son? Para mí, forman un grupo tan hermoso, tan desconocido y tan 
compacto, como ese grupo de soles al que llaman los astrónomos 
Vía Láctea. Juzgo imposible individualizar tales bellezas, resignóme 
á forzada discreción, y de nuevo, mirando el bello cuadro, copiado 
en el cri.stal de mi memoria, admiro á las hermosas de la costa, como 
admiraban los pastores de Caldea á los astros, sin conocer sus pa- 
ralajes ni sus nombres. 

Inútil fué que recurriera, en busca de |y)rmenores minuciosos, á 
los discretos periódicos de Veracrnz. Ninguno trata circunstancia- 
damente de las fiestas, ni nombra á las señoritas que asistieron. ¿No 
habrá flores en el puerto? Michelet dice que «en los tenenos próxi- 
mos al mar las plantas son raquíticas, entecas y enfermizas. Reve- 
lan en su aspecto la vecindad del gran tirano y la opresión de su 
aliento. Si no las detuviesen las raíces, correrían. Encórvanse afli- 
gidas hacia el suelo, vuelven la espalda al enemigo; .se diría que 
están prontas á huir desmelenadas y en derrota. « Sin duda esto 
acontece en Veracruz. Por dicha nues-tra, estamos á una altura res- 
petable, y quedan todavía cerca de México jardines tan amenos y 
tientes como los de San Ángel y Mixcoac. Apercibidme, pues, un 
breve cesto, tejido con los mimbres más sutiles, y llenadlo de flores 
olorosas. Que apoye el heliotropo sus morailas volutas en los neva- 
dos pétalos del nardo; que el «no me olvides» acurruque su cuerpo 



MANUEL GUTIÉRREZ NÁJERA 289 



azul en el seno purpúreo de una rosa, como Eros juguetón se acu- 
rrucaba en el regazo de Afrodita; que la azalia, coqueta y presu- 
mida, luzca su aristocrática hermosura: las flores, como ayer fuimos 
nosotros, van mañana temprano á Veracruz. 



*** 

Muchos poetas, en bellísimas estrofas, han celebrado la hermosura 
de las veracruzanas. Sin embargo, para que prevalezca en este artí- 
culo la fría verdad, no siempre cortesana, debo decir que las mujeres 
de Jalapa disfrutan de una fama todavía mayor. Yo, por desgracia, 
no puedo establecer comparaciones. Te:!Ía ya la maleta prt'pnrada 
para ir á Jalapa con Cerdán. que es un amigo tan galante como es- 
pléndido; pero el hombre propone y Dios dispone. Un motín sin 
valor ni trascendencia, más parecido á riña de mercado que á mo- 
vimiento popular, hizo que inopinadamente regre.sara pronto á mo- 
rir, no por la libertad de Grecia, como Byron, sino por las monedas 
de á centavo. No hay mal que por bien no venga, dice el adagio: 
tal vez yo, que salí sano y salvo de las cumbres vertiginosas de 
Maltrata, y de los senos ávidos del mar, habría caído en ese abismo 
que llaman las mujeres corazón, ó en el océano de unos ojos negros. 
Para tales naufragios, no hay botes salvavidas: el más feliz, á fuerza 
de nadar llega á la isla inhospitalaria del olvido. 

Ya admiraré alas bellas jalapeñas, cuando Dios, Agustín Cerdán 
y mi suerte menguada lo permitan. Por ahora, no hay más diosa 
que la mujer veracruzana, y Mercedes A.scorve es su profeta. 

Haré, no obstante, algunas salvedades. En Veracruz no abunda 
la frescura del color, ni la morvidez de los contornos. Podría de- 
cirse á las veracruzanas lo que decía cierto poeta malo á un tal Be- 
launzarán, de antigua fama: 

«¡Belaunzarán. Belaunzarán, 
Se te sale la casa 

Por el zacjuán!» 



A las mujeres veracruzanas se les sale la cara y casi todo el cuer- 
po por los ojos. En esas pupilas se nada, y se nada sin llegar nunca 
al párpado. Echad la sonda, no hallaréis el fondo. ¡Cuántos y cuán- 
tos pobrecitos habrán caído en ese abismo negro! Y el que cae una 
vez, no sale nunca. Si sois prudentes, no os asoméis jamás á tales 
ojos: el abismo atrae, la cabeza .se pierde, y— de improviso— .se pre- 
cipita el hombre desde lo alto, como Safo desde la roca de Léuca- 
des. Precavido, siempre que estuve en Veracruz con una dama, 

37 



290 MANUEI, GUTIÉRREZ NAJERA 

supliqué á mis amigos de confianza que me detuvieran por los fal- 
dones de mi frac. 

Hay ojos negros que no dicen nada. Cuando mucho, preguntan 
si hace frío. A e.stos inofensivos sordomudos, puede acercarse el más 
medroso y pusilánime. No importa que sean grandes: en todo caso, 
servirán para que el novio ó el marido se haga la barba sin necesidad 
de espejo. Yo conozco unos ojos muy hermosos, que no saben leer 
ni escribir. Al pronto, engañan: pudiera compararlos á ciertos per- 
sonajes muy grandotes que suele uno encontrar en la calle de Plate- 
ros. Involinitariamente se les cede la acera diciendo interiormente: 
«ese caballero debe de ser gobernador de algún Estado, ó Ministro de 
México en Berlín, ó jefe de una zona militar.» Y resulta que el am- 
puloso personaje no pertenece á la política, ni al ejército, ni tiene 
un cuarto. Así, ni más ni menos, .son los ojos de que hablo. La ven- 
tana es muy grande y muy Vjonita; la pieza está profundamente 
ob.scura; ¿qué habrá adentro? Algún sabio que medita, un cadáver 
sin cirios ni blandones, ó una mujer hermosa recostada y dormida 
en el diván. Encienda usted un fósforo. No haj' nadie. 

Muy otras son las húmedas pupilas que he admirado en Vera- 
cruz. Como la mar, jamás están calladas ni tranqnilas. Se pregun- 
tan y .se responden, hablan .solas, piden la lumbre 3' bailan el can 
can. Son pupilas poliglotas: franceses, jankees y alemanes las com- 
prenden. Bien es verdad que en este bajo mundo solo hay tres idio- 
mas universales: el de los ojos, el de el dinero y el de los palos. Por 
una precaución de la Providencia, en Veracruz no hay muchos ojos 
claros. En las pupilas azules se ve el fondo: en las negras, no. Guar- 
dan avaras los cadáveres de almas, pequeñitos como e.sos insectos 
cuyas grandas ciudades ó repúblicas perecen bajo una gota de rocío. 
¡Qué descastados y perversos .son! La mirada sale rápida de su obs- 
curo seno, como una flecha despedida por un arco de ébano. Los 
hay también como el color del Golfo, ojos oceánicos, cjos de sirena, 
ojos que están .siempre preguntando por dónde está la puerta del 
infierno. En esos ojos debe de haber tiburones micro.scópicos. Y todos, 
sin distinción de colores, gritan ¡fuego! piden el inmediato auxilio 
de las bombas: si no llegan á tiempo los socorros, se incendia hasta 
el depósito de pólvora. 

Estas armas de fuego que las veracruzanas llevan sin expreso 
perniLsodel alcalde, no constituyen su único encanto. Dije algo más 
arriba, que no abundaban en el puerto ni las encarnaciones vigo- 
ro.sas ni los tonos frescos. Con efecto, para unos ojos habituados á 
admirar la hermosura robusta que han inmortalizado los pintores 
flamencos, la belleza de las veracruzanas es una disonancia. Ni sus 
formas son amplias, ni la leche y la rosa compiten en .sus cutis: no 
puede dar.se nada más distinto de las mujeres que pintaba Rnbens. 
Esta no es ciertamente la hermosura que ataviamos con los arreos 



MANUEL GUTIÉRREZ NÁJERA 29T 

de una sultana y ponemos bajo la sombra de la higuera sobre un 
tapiz pérsico; es la belleza de la hamaca: huele á coco. Un inglés 
ó un alemán creería que las señoritas de Veracruz están siempre 
desveladas. Más que de mármol blanco ó alabastro, parecen figuras 
de terracota. Si fuera lícito compararlas con los libros diiía, que es- 
tán impresas en papel de lino. Hay más vida y hay más amor en 
esas epidermis de calentura. Yo creo que el agua se evapora al caer 
en ellas. 

Tampoco tienen las veracruzanas líneas esculturales ni correctas. 
Su belleza está compuesta de una serie de anillos, como la belleza 
de las culebras; y de una serie de ondulaciones, como la belleza de 
las olas. Algunos creen con mucho fundamento, que son primas 
hermanas de las palmas. Buscad todo lo que ondula y todo lo que 
se cimbra; lo más elástico y lo más flexible; lo que se escurre entre 
los dedos como un pez, y lo que salta como el chupamirto; todo lo 
que hierve, y todo lo que culebrea; la forma curva de las sirenas 
y el caprichoso enroscamiento de las boas; reunid esas líneas de 
arabesco ó de friso de la Alhambra, esas agilidades de goma elás- 
tica, y esas gracio.sas esbelteces de bambú; j untadlo, y conoceréis 
los elementos con que formó la naturaleza á las costeñas. Un amigo 
decía que su epidermis no es de carne ni de yesca. Yo digo que está 
tejida con relámpagos. 



292 MANUEI. GUTIÉRREZ NÁJERA 



DEL ''LIBRO DE MIS VIAJES." 



CUERNAVACA. 



«¿Por qué has creado el infierno, 'Allab? ¿No habían creado ya 
Chamd?)) — exclaman los afghaneses. Yo, imitando á los indígenas 
de aquella abrasadora comarca, modifico la frase y digo en buen 
cristiano: — ¿Por qué has creado el infierno, Dios mío? ¿no habías 
creado Cuernavaca? 

Bien sé que puede sudarse más en otras partes; bien sé que el 
inmenso desierto extendido, como un arco de círculo, entre las is- 
las del Cabo Verde y la gran muralla de la China, el I-íste y el 
Norte del Sahara, el pie del Himalaya. el valle del Sagrado Gan- 
ges y las estepas sin fin del Atapanistan y la Bukaria, son los hor- 
nos de la tierra. 

Sé también que sin salir de México podría sufrir la temperatura 
de Iguala y los chorros de plomo derretido que vierte el sol de Te- 
xas. Pero mi carne es flaca, y yo no quiero enflaquecerla más. Pa- 
ra mis pecados pobretones y vulgares, con un infierno como Cuer- 
navaca, basta. 

No me arrepiento, sin embargo, de haber venido á este Siida- 
iormm con honores de ciudad. Abro el balcón y admiro extasiado 
el horizonte incomparable de nuestra tierra caliente. 

Cuando se baja á Cuernavaca por la rápida cuesta de Huitzilac, 
este cielo cuyas últimas líneas color de ópalo van á perderse en 
las montañas donde empieza la gran Sierra del Sur, produce en el 
ánimo una sensación parecida á la que causa la contemplación del 
mar en la hora del alba. Hay algo de Mediterráneo en ese azul 
finido. 

Es el mar como le soiíamos antes de conocerlo, el mar de los dio- 
ses griegos, el mar de Anfitrite. Kn esas ondas se rcultan las sire- 
nas que oyó Ulises. Si de súbito surgiera en esa quieta superficie 



MANUEL GUTIÉRREZ NÁJERA 293 



una vela latina, sin duda nos parecería un hecho tan común y na- 
tural como la aparición de una ave ó de una nube. 

La inmensidad es una como Dios. Ya la admiremos en el mar, 
ya en el desierto, ya en el cielo, produce siempre en nuestro espí- 
ritu el mismo sentimiento de dilatación. Por eso, desde el rústico 
hasta el sabio, todos comparan al desierto con un mar, y ven el 
cielo como tni océano superior, surcado por la góndola de plata.» 
Kste sentimiento no lo determina el color, sino la extensión. 

El horizonte que tengo ahora ante mis ojos, puede parecerse al 
mar que inventa la fantasía; al mar que canta en los versos de Ho- 
mero; al mar que pintan con vago colorido los pintores transparen- 
iistas. Pero el mar verdadero no es así. VA azul que le damos solo 
puede encontrarse en ciertas aguas, y en la cinta donde confinan 
con el cielo. El mar es verde acá. negruzco allí, gris en aquellas 
vastas lontananzas, aceitoso, pesado y duro en todas partes. Es 
grave, adusto: es el Titán, insomne, agobiado por un inmenso re- 
mordimiento. 

En las ondas de azul purísimo, de ópalo finido y de ámbar en 
fusión, que tengo ahora sobre mi cabeza, deben de navegar los ánge- 
les en góndolas de pluma. Si no fuera un absurdo, diría que la mi- 
rada siente, al perderse en esas olas de luz, lá sensación de bien- 
estar que dan al cuerpo los baños orientales. 



*** 

Cuernavaca es la reina de este infierno que .se llama la tierra ca- 
liente: es Proserpina. Se ha detenido al borde del inmenso caldero 
como la joven que, encontrando hirviente el agua de su baño, en- 
coge la pierna que iba ya á sumergir en la ancha tina de alabas- 
tro. El vapor del agua en ebullición, se cuaja en .su rostro. Es la 
sultana á quien sumiso esclavo núbio, abanica con plumas de fai- 
sán. El esclavo núbio que mueve el abanico de Cuernavaca, es 
Huitzilac. 

Allí está el monte obscuro, coronado de pinos silvestres, pensati- 
vo y triste como el esclavo que ama sin esperanza á la mórbida 
reina del harem. Sus celos se llaman tempestades. Junta las nubes 
negras, las enreda en las torcidas ramas de sus árboles, las agrupa 
en terribles escuadrones, y con impulso formidable las arroja .so- 
bre el valle Pero, á poco, su cólera se extingue; el pino enhiesto 
que pugnó en vano por desenraizarse y correr á la llanura, yace 
en tierra: los rabio.sos alaridos del titán desahogaron su pecho: 
triste y dócil, sigue el núbio agitando su abanico, mientras duer- 
me en silencio la sultana. 



294 MANUEL GUTIÉRREZ NÁJERA 



Un pino se alza en la cumbre 
De un monte del Norte helado, 
Sueña. La nieve y el hielo 
Lo envuelven con su sudario. 

Sueña con una palmera 
Que en el Oriente lejano 
Se alza solitaria y triste 
Sobre un peñón abrasado. 



*** 

Apartando la vista del frío norte, partamos «de cara al so1,m como 
el Byron de Núñez de Arce. Antes de examinar la población, mi- 
remos á vuelo de pájaro los campos amenísimos que la rodean. 
Podéis subir á la torre de la vieja iglesia de franciscanos ó al mi- 
rador del antiguo palacio de Coi tés. Desde la torre tended la vista 
hacia el Poniente. Bajo tupidos bosques de guayabos se oculta el 
caserío desparramado de San Antonio. No pueden ver.se las casi- 
tas. Diría.se que están desnudas y que se ocultan pudorosas detrás 
de los árboles. Solo la iglesia empina su torre por encima de los 
guayabos, como para mirar si el ca/.ador que sorprendió en su 
blanca desnudez á las traviesas campesinas, se ha alejado. 

Podéis poner la escena de un idilio en ese pintoresco pueblecito. 
Lo habitarán, sin duda, sticias indias; mas no penséis en los .senos 
colgantes de esas hijas enfermas, de una raza degradada; ni en el ra- 
paz canijo que toma sol, revuelto con los cerdos, en la puerta de 
su casucha; poblad de labradoras ideales ese lugar poético y tran- 
quilo; allí puede bailar Rosaura al son de alegre tamboril; allí los 
novios se esconderán tras de la puerta claveteada, mientras el cura 
pasa, camino de la choza miserable en donde está la viejecita eu- 
feíma. 

Cuando esos árboles estén en fruto, un aroma embriagador se es- 
parcirá en la atmósfera. Eti e.se lugarcillo es sin duda 

Donde en lechos y arriates opulentos, 
Que recuerdan las fábulas idalias, 
Asoman con rubor los pensamientos, 
Se esponjan de placer las tristes dalias. 

Allí se exclama con Virgilio: Ofortunatus 7timium sita si bona 
norint a(rricolas! 

El paisaje que .se descubre desde el palacio de Cortés, exige en 
el artista que se proponga describirlo, el colorido, lleno de sol, de 
Eugenio Fromentín. Los campos de caíía ostentan su verde claro, 
intenso, deslumbrante, en los últimos planos del paisaje. Parecen 



MANUEL GUTIÉRREZ NÁJERA 295 



tersos, sin arrugas y sin pliegues, como si gigantes invisibles se en- 
tretuvieran en restirarlos durante la noche. En primer término, 
bosquecillos de plátanos mueven sus largas hojas ¡los ceñido- 
res de la rubia Eva ! Al Noreste los cerros se aproximan á la ciu- 
dad, y al Sur la vista se pierde en la extensión de los campos sem- 
brados, cuyo término apenas se columbra. Los severos bueyes, 
las grandes víctimas del Clyhunno, no aparecen en la llanura. Nin- 
gún tropiezo encuentra la mirada en el cuadro tranquilo que reco- 
rre. Las cimas de las montañas remotas parecen de lapizlázuli. 
Una cinta de singular y armónico colorido une la tierra y el cielo, 
por gradación casi insensible de colores. 

Inconscientemente, ante el grandioso cuadro que ilumina una 
luz fuerte, intensa como la que alumbra los paisajes de Claudio 
Lorena, se recuerdan las grandes perspectivas de la bahía de Ñá- 
peles con sus riberas bordadas de naranjos, las montañas de la 
Apulla, la isla de Caprea y la costa de Pausílypo. El espíritu en- 
cuentra el parecido, sin poder precisar en donde está. Un vapor 
violeta rodea las colinas distantes. El verde claro de aquellos gran- 
des llanos, bebe luz. 

¡Cuan grandioso es el espectáculo de la puesta del sol en este si- 
tio! Indecible sentimiento de inquietud se apodera del espíritu. 
En los montes boscosos, el crepúsculo es trágico. Los árboles co- 
bran vida y voz humanas. Las montañas .se calan sus capuchas 
colosales. El venado huye, y en las ondas del viento suenan las 
voces y las escobas de las brujas. 

Aquí, el crepúsculo es la muerte, sin dolores, de una niña cuya 
alma se va al cielo. La naturaleza no se ennegrece, se duerme. 
Dulce melancolía nos rodea con .sus ga.sas, y pensando en la celeri- 
dad de la existencia, recordamos el Carpe diem de Horacio; el Te 
spectem suprema inihicum venerit hora de Tibulo, y el admirable 
Invalidasqiie tibi tendes, ken! non, tva^ pahuas de Virgilio. 

La muerte en este sitio y á tal hora, debe parecemos menos du- 
ra. Así murió Sócrates, contemplando la iinnensidad del océano 
en cuyas ondas los rayos del .sol poniente iluminaban la popa do- 
rada de la tehoría que regresaba de la isla de Délos, en tanto que 
bajaban los rebaños de las cimas del Taygetes y el Citceron nada- 
ba en un mar de oro. 

¡Cuántas veces pasaría pensativo Hernán Cortés por este mira- 
dor de paredes desnudas 3^ anchos arcos! Sentado aquí, podía ad- 
mirar en todo su esplendor la tierra prometida á su codicia. Y 
cuando fatigado de ambiciones .se entregaba en los brazos del amor, 
¿qué sitio más hermoso para desatar voluptuo.somente las trenzas 
negras de la joven india, mientras el valle duerme, el .sol se oculta 
y llena el aire de sonidos metálicos el coro de las chicharras invi- 
sibles? La campana que da el toque de oraciones apenas suena. 



296 MANUEL GUTIÉRREZ NÁJERA 



Las ondas sonoras pasan muy arriba, y el sonido, enervado por el 
calor y la pereza, cae á plomo. La luna brota, y su claridad ama- 
lillenta se difunde en el aire. Blancas nubes simulan en las cres- 
tas de los montes diademas de nieve y en el zenit rebaños gigan- 
tescos. Ln una noche como esta, escribió acaso Heine e.stos ver- 
sos henchidos de paz y de creencia: 



De Jesucristo la imagen 
Aparece ante mi vista, 
De blanca túnica suelta 
Va con majestad vestida. 

Es í^rande como un gigante, 

Y silencioso camina 
Sobre la fecunda tierra 

Y sobre la mar tranquila. 
Toca su caljezM al cielo, 

Con las manos extendidas 
Bendice tierras y mares, 

Y cual corazón que brilla, 
Dentro de su pecho lleva 

El sol que el mundo ilumina: 

Y este corazón ardiente. 
Hogar de amor y de vida, 

Derrama de sus fulgores 
La luz brillante y purísima 
Sobre la fecunda tierra 

Y sobre la mar tranquila. 



TOLUCA, 



Toluca no es precisamente hermosa. No la abraza el mar ena- 
morado, ni los bosques bajan ó ascienden para verla; no la vigilan 
de cerca esos eimucos etiopes que se llaman montes, ni la abanican, 
mientras duerme, las esclavas montañas; ninguna gran sombra hi.s- 
tórica la habita; ninguna catedral yergue sus toires macizas, ó lan- 
za, á guisa de flechas, sus agujas góticas, en el centro de la plaza. 
Sobre Cuantía planea, como águila, Morelos; en Puebla, dominan- 
do la suntuosa basílica, á ."^u vez dominadora de templos corpulen- 
tos que componen su guardia palatina, álzase el Cerro de Guada- 
lupe, porta-estandarte del glorioso pabellón, teñido en púrpura por 
el sol de Mayo y heraldo de la victoria el 2 de Abril; Querétaro, 
la triste, la enlutada, semeja el féretro de Maximiliano, ajusticiado 



MANUEL GUTIÉRREZ NÁJERA 297 



por la República; en Cuernavaca. la naturaleza canta un himno; la 
cascada de San Antonio entona un salmo, y el aire que viene des- 
pedido por los obscuros árboles del Huitzilac, y todavía caliente co- 
mo la mejilla del siervo recién abofeteada por el amo, habla en voz 
baja de aventuras y empresas de Cortés, de los sueños románticos 
del pálido Archiduque, 5' de las tristezas agoreras, funestas agore- 
ras, de la altiva Carlota; en las olas altas de Mazatlán surge la fi- 
gura gallardísima de aquel aventurero que se llamó Raousset de 
Boulbón; Tampico parece la amada de los peces, la del hermoso 
río, la de las náyades desnudas, Guadalajara es andaluza, tiene ojos 
negros y mantilla blanca, y navaja en la liga para herir á los ene- 
migos de la libertad; Mérida, la opulenta señora del henequén, la 
ricahembra, tiene su estruendoso, alegre carnaval, como Venecia, 
y sus grandes poetas como la antigua Florencia; Tlaxcala es una 
tumba; Guanajuato una mina, la caverna deslumbradora de Ala- 
dino; San Luis trabaja con buen humor y primorosamente viste los 
domingos; Chilpancingo es montaña, la cúspide inaccesible de Gue- 
rrero; Monterrey y San Cristóbal son vigías, centinelas avanzados; 
en Morelia palpita el corazón de la insurgencia; es Veracruz como 
la gran ventana abierta por donde asoma una linda mujer mirando 
á Europa, mientras cantan las mandolinas, hierve el Borgoña en 
las copas, y se oye el ruido de:,los chorros de oro; Jalapa es jardín; 
Oaxaca, nido de condores: Toluca es simpática. 

¡Y con qué irresistible simpatía! Coquetea la traviesa y ríe de sus 
enamorados. Su risa de muchacha, cortejada por brillantes legio- 
nes de donceles, es la que vemos hecha espuma al pasar por el Mon- 
te de las Cruces, la que escuchamos cuando salta el agua en la sel- 
vosa cumbre, como nietezuela que retoza en las rodillas del abuelo. 
Tenemos que llegar á ella subiendo, primero, cual si trepando por 
el tronco y las ramas de frondoso cedro nos encaramáramos hasta 
el balcón de la garrida castellana; y, en llegando á la cima hay que 
bajar, así como se arrodilla el trovador ante la dama del alcázar 
escalado. Kl prólogo del viaje es tan hermoso como el prólogo de 
todos los amores. Figura incienso el humo de la locomotora; ves- 
tido de novia, cuajado de encajes, la espuma frufruante de las aguas; 
el cedro, candelabro gigantesco; y catedral, dispuesta para nuestras 
nupcias, la montaña. Vamos á Toluca aprisa, como se va, cuando 
mucho se ama, á la casa de la novia. Llegamos, y desde luego nos 
hechiza el aspecto de la ciudad. No es monumental, no es arcaica; 
es joven. Tiene la frescura, la sonriente mocedad de una mucha- 
cha que sabe ataviarse y vestirse con mu.selina, con percal, con lis- 
tones vistosos, con claveles en el pelo. No .'^e la ve rica; se la ve muy 
bonita. Ningún convento la ensombrece; ninguna iglesia pesada la 
magulla; toda ella e.stá flamante y nuevecita. 

Otras ciudades recuerdan la dominación española, el virreinato: 

38 



298 MANUEL GUTIÉRREZ NÁJERA 



se ve en ellas más adusta la piedra; más gravedosa la torre; más 
torvo el muro, apenas alegrado, á trechos, por el azulejo: Toluca 
es alegre. No podemos llamarla rústica ó campesina. O.stenta flo- 
res, pero en el prendido, como doncella hermosa que va al teatro. 
Gusto europeo y moderno revelan sus construcciones, todas limpias, 
todas elegantes. 

¡ Parece imposible que en casas tan alegres vivan personas tan re- 
traídas! ¡Parece imposible que esos zaguanes de labrado cedro, es 
abran sólo cuando llaman á misa en los templos! E.sos balcones de 
cincelados barandales, e.stán continuamente como tiestos .sin flores. 

Se compadece el carácter esquivo y huraño con los tri.stes ca.se- 
rones de fábrica española. Por el zaguán casi negro y claveteado 
que rechina gruñendo, cuando la mohosa y larga llave giía en la 
cerradura; por el zaguán ancho y alto en el que suenan los golpes 
del aldabón, como los toques que daba el convidado de piedra ala 
puerta de Don Juan, puede salir la dueña quintañona, el hidalgo 
embozado, el libro de misa forrado en pergamino, el manojo de lla- 
ves tomadas de orín, y la camándula. Pero de estas casas que traen 
á la memoria á algunas de las ciudades italianas; de e.stas que no 
han oído la queda ni visto pasar la ronda, ha de salirse para el tea- 
tro, para el baile, con vestido de raso y antifaz de terciopelo. Pare- 
ce, al verlas tan cerradas, que cuelga de sus barandales, no una es- 
cala sino un escapulario. 

En las poblaciones que podríamos llamar .solariegas no resalta el 
contra.ste entre las fachadas de las casas y las costumbres de sus 
moradores tanto como en Toluca. Hay balcones que parecen hechos 
para estar cerrados, y otros para estar abiertos. Hl corredor en To- 
luca es como una terraza florentina. Ha.sta las macetas, que son por 
lo común de barro obscuro, allí se acicalan, .se visten de fiesta y se 
pintan. 

Hace frío, es verdad; pero esto da á Toluca nuevo encanto: el pla- 
cer voluptuoso de abrochar la capota de pieles á una bella adorada 
cuando sale del baile. Se piensa, al sentir ese frío, en las castañas 
que brincan, en la Noche Buena que viene, en el villancico, y en la 
cama que espera como buena esposa. Y e.se frío calienta las meji- 
llas de las toluqueñas, á juzgar por el fresco, encendido color que 
las hermo.'íea. Pero ¿por qué las impide salir á la calle á la hora en 
que los luceros asoman para verlas, y no cuando, con húmeda gasa 
de plata, viene el alba, y está tan fría la campana que llama á mi- 
sa? ¿Por qué el tápalo y el manto? ¿Por qué tan lindos claveles en el 
tiesto y no en las negras cabelleras? ¿Son celo.sos los maridos? ¿Son 
los tutores como el de Rosina? 

¡Canta, Fígaro! Entona la serenata, ¡oh bizarro Almaviva! 



MANUEI. GUTIÉRREZ NÁJERA 299 



JALAPA. 



Me gusta llegar de noche á nna ciudad desconocida para mí; to- 
mar, luego que liego al paradero del ferrocarril, el tranvía ó el 
coche que han de llevarme hasta mi alojamiento; encerrarme en el 
cuarto; tenderme en la cama á buena hora, y descansar allí del 
viaje, libre de importunos, con la botella, de viejo O' Porto en el 
buró, lui buen libro junto á la botella y abierta la aromosa caja de 
tabacos. Kn las capitales, en los grandes centros de población, di- 
fícil, si no imposible, es tal sosiego: la calle nos llama, el bullicio 
nos provoca, cedemos á las tentaciones de la luz, y echamos á an- 
dar sin rumbo fijo, como revolotean algunas aves marinas en torno 
de los faros. En esas ciudades la vida nocturna es intensa, atrae, 
fascina, tiene hechizos irresistibles de mujer: no así en los pueblos 
pequeños que se recogen temprano y cuyos faroles de aceite cabe- 
cean, soñolientos, desde las ocho de la noche. 

A Jalapa llegué bastante después del obscurecer; de modo que 
pude entregarme á la voluptuo.sidad de adivinarla y de sentirla 
antes de verla; á ese placer delicado que tanto se parece al de estar, 
á obscuras, cerca de una hermosa que duerme. Para los que buscan 
lo exquisito en el sentimiento, nada más atractivo que el misterio. 
— El placer aumenta en razón directa del trabajo que nos cuesta 
disfrutarlo, y por lo mismo nos parece más bella la mujer que se 
recata, y más precioso favor el que nos concede, cuando permite 
que nuestra mano le alce el velo. La sombra de las capillas, la más 
espesa todavía de los viejos confesionarios, la celosía cerrada, el 
tenebro.so pasadizo en donde suenan besos de meninas y de pajes; 
la tortuosa calleja iluminada por el candil de algún retablo, dan á 
los inimitables «Cuentos de España é Italia,» narrados por Alfredo 
de Musset, .secreto y prestigioso encanto. 

Viajando, .solemos sufrir grandes desengaños, sobre todo si he- 
mos leído antes lo que otros escribieron acerca de los parajes que 
vamos á conocer. Un esos libros aparecen el lugar, el campo, el 
paisaje, la marina, la ciudad, el pueblo, el villorrio, el monumento 
artístico, no tales como son, sino tal como los sz//üo el tempera- 
mento del viajero. Así, por ejemplo, el último libro de Paul Bour- 
get, titulado con tanto acierto «Sensaciones de Italia,» no es, pro- 
piamente, una descripción de las ciudades que recorre el viajador, 
sino la colección de hojas sueltas en que fué fijando algunos de los 
estados de su alma. No .serán así los frescos de Perugino, los del 
Pintirruchio, no será así Volterra, ni Orvieto, ni la Umbría; no 



300 MANUElv GUTIÉRREZ NÁJERA 

despertará en todos las mismas ideas, hermosamente tristes, que 
despertó en Bourget la contemplación de Asís; pero así vio él fres- 
cos, pinturas, catedrales y paisajes. La belleza que percibimos es 
un triángulo cuyas tres líneas componentes son: el objeto mismo, 
el que lo mira y el instante en que lo mira. 

Antes de conocer á Jalapa tal como es, quise volver á verla co- 
mo la había soñado, como la había visto descrita en prosa y verso; 
y, arropada en la cama, trasegaba en los desvanes de mi atestada 
memoria, ya gozoso con el hallazgo de un bonito verso, ya ufano 
si descubría entre montones de periódicos, alados con gro.seros 
balduques, algún artículo de Altamirano, ya tarareando alguna 
romanza ó villancico de Juan Peza. ó haciendo poderíos por recons- 
truir lindas estrofas de Roa Barcena, tramadas por él con esplen- 
dentes hilos de damasco y descosidas en mi recuerdo por el tiem- 
po, que manosea y desgarra todo. ¿Son de Roa estos versos? 

De cuanto he visto no hay cosa 
' Que así me halague y sonría, 

Como mi ciudad natía, 
Como Jalapa la hermosa? 



¿Describió esta hermosa tierra en aquella adorable poesía, tan 
candidos como vellón de cordero que sale del baño, titulada: La 
Primera Cojniiniótif En los repliegues de la memoria se me ocul- 
tan, riendo de mi torpeza, los traviesos recuerdos; y como no ten- 
go libros á mano para hacer el recuento de los primores que he 
leído, inspirados por Jalapa, me resigno á dejar que corretee la 
turba juguetona, sin preguntar á cada chicuelín cómo se llama ni 
quienes son sus padres, ya que mis viejas, entumecidas piernas, no 
me permiten dar alcance á esos ágiles versos, siempre mozos. Re- 
cordando cree uno á veces estar á orillas de un lago: la onda llega 
retozona hasta tocar nuestros pies, y tal parece, por lo saltarina, 
aro de fino acero lanzado por la mano de una niña; mas, al inten- 
tar pararla, con sesgo inesperado burla nuestro intento, y huye, 
reidora, de las rocas. Una garza alza el cuello, y se chapuza antes 
de que nuestra escopeta haya disparado; los peces vestidos de seda 
y pedrerías, como príncipes de Oriente, hienden el agua, se aproxi- 
man airosos á la ribera, pero aunque lleguemos con júbilo á sentir 
el frescor de sus escamas, escurridizos se nos escapan de las manos. 

En ocasiones, una palabra, un lugar, un color, un perfume, así 
como asusta el tiro de una arma de fuego á los pájaros que .se hos- 
pedan en el árbol, hacen que bullan nuestras memorias y en ban- 
dadas se dispersen. No sabíamos que anidaban en la encina ó el 
haya de que salieron; las teníamos olvidadas, y casi al punto que 



MANUEI, GUTIÉRREZ NÁJERA 301 



las vemos, desaparecen. Otras veces sucede que la memoria nos 
devuelve cuerpos de náufragos, ideas, sentimientos que creíamos 
perdidos para siempre en el oscuro piélago, y que de improviso 
reaparecen traídos por la marejada. No es posible hacer el inven- 
tario de lo que guarda ese caserón de la memoria, lleno de escon- 
drijos, pasadizos, puertas de escape, cómodas con cajones de cien 
tretas, baúles de doble fondo, bodegas subterráneas, y tapancos 
polvosos velados por cortinajes de telarañas. Todos los días entran 
nuevos huéspedes á esa posada, y no sabemos — ¡tantos son! — los 
números de los cuartos que ocupan, ni si en ellos están ó si han 
salido; pero es de notarse que jamás se ocultan ó pierden para 
siempre, y cuando menos lo esperábamos, abren las puertas de sus 
cuartos, salen á encontrarnos, ó de súbito saltan como esos muñe- 
cos de goma elástica que, en tres dobleces, guardan algunas cajas 
de cartón. 

Así, mientras reposaba, aparecían, en mi memoria, comiO á mo- 
do de mamparas que, dando pa.so á la luz, se abren y cierran luego 
en el corredor de algún hotel, versos, retazos de oriental' prosa, 
inspirados por Jalapa. Eran como caras de viejos conocidos, cuyos 
nombres recordaba con esfuerzo, si recordarlos podía. Algo de Don 
Pepe Esteva, algo de Roa, algo del Maestro Prieto, una pincelada 
esplendente de Nacho Altamirano, una serenata de Bablot, una 
cavatina de Peza; y, todo junto, la Jalapa de la poesía, la Jalapa 
que sintieron y me hicieron sentir artistas proceres. ¿Sería así, tan 
cuajada de flores, tan rica de color? ¿La envolvería la neblina como 
blanca mantilla de andaluza? Ella dormía con sosiego de madre 
joven, cuyos sanos y hermosos hijos ya están soñando con golosi- 
nas, besos y juguetes. Ea oía dormir y la esperaba. El alba iba á 
alumbrar .su primera sonrisa. 

ínterin Jalapa despertaba, entregábame al placer de sentirme 
fuera de la ciudad gomosa, que con tenazas de pulpo nos aprieta. 
Esta sensación de alivio y descanso es la que experimentamos al 
salir de las estufas que chorrean sudor en el baño turco y recibir 

la ducha de agua tibia. Ya e.stoy lejos ¿Lejos de qué? ¡Tal vez 

de mí! Un muelle entorpecimiento de los sentidos, un sueño de 
todo el cuerpo, algo así como que se hace el mneiio en el río de la 
vida, es lo que uno siente. Respiramos con libertad, el aire nos 
pesa menos; una desconocida que, por breves instantes, se parece 
á la dicha, nos sonríe. Ah! Mañana no repicará la campanilla del 
portón; mañana dará el alba cuando yo haya descansado; mañana 

veré algo hermoso, lo no visto aún que es lo único hermoso. 

Precisamente, mientras venía el sueño mentiro.so á hablar con- 
migo, hojeaba uno de los últimos libros de Guy de Maupassant: 

Sur Vean. De los últimos sí ¡tal vez no e.'-criba otros! Y 

en ese libro hallaba el análisis de mi propio estado de alma. Ya 



302 MANUEL GUTIÉRREZ NÁJERA 

hablaré, en estas «motas,» de ese libro que él escribió con todos sus 
nervios y que yo oí como si todos mis poros fueran oídos. Dice 
Maupassant: 

«Siento la calma, el tibio y blando sosiego de una mañana pri- 
maveral en el Mediodía, y hasta me imagino que semanas, meses, 
años ha, dejé á las gentes que hablan y se agitan. Siento que me 
entra la embriaguez de estar solo; la embriaguez apacible del re- 
poso que nada turbará, ni blanca esquela, ni mensaje azul, ni el 
timbre de mi puerta, ni el ladrido de mi perro. Ya no me llamarán 
ya no me invitarán, ya no me arrastrarán oprimiéndome con son- 
risas, acosándome con cortesías. Estoy solo, verdaderamente solo, 
verdaderamente libre Quince días sin hablar, ¡qué alegría! 

¡Oh, pobre Maupassant, que estabas solo! Ya 

Tu alma es un castillo solitario 
Que habitan losfatitasiiias. . . / 

Pero Homo palpita en esas breves líneas el tedhnn vitoe, el anhelo 
de aislarse, emanciparse y vivir uno para sí y para los suyos! 

En el libro de Bourget, citado antes, y que tenía también en mi 
buró, se ve asimismo la tristeza, pero menos agudamente nervio- 
sa que la de Maupassant, y más rayana en la pía resignación de 
Ernesto Renán. Los dos grandes artistas iban, uno á Italia, el otro 
al mar, á vivir solos. Eos dos huían. 

Mató mi luz el sueño. ¿Cómo será Jalapa? 



IL 

En Jalapa la luz es perezosa. Tarda mucho en salir de sus col- 
chas de nubes, y sin duda para no despertarla, para que ningún 
ruido turbe su reposo, las campanas no dan el toque de alba. Ex- 
traña e.ste silencio de las torres, sobre todo cuando la víspera se ha 
amanecido en la tórrida Puebla. En Puebla no descansan las cam- 
panas. Parece que todas á la vez entonan la letanía, y ya una con 
penetrante retintín llama á misa, ya otra con grave entonación de 
abad convoca al coro; grita ésta, canta aquélla, gruñe la de más 
allá; y el aire se llena de rumores metálicos, que chocan como es- 
cudos de combatientes en la brega, que corren como carros de 
aurigas, que majan comolos mazos en el yunque. En Jalapa los 
pájaros son los que reciben al nuevo día. Despierta uno porque el 
sueño se despide, no porque un campanazo lo haga huir espantado. 

Apenas hubo luz, salía la calle. ¿Luz ? Sí, pero como luz 



MANUEI. GUTIÉRREZ NÁJERA 303 



de veladora vista al través de porcelana blanca y diáfana. La ne- 
blina, envolviendo la cara de la luz, asemejábala á esas majas que, 
por coquetería provocativa, se tapan el rostro con la mantilla, de- 
jando sólo ver los ojos. Salía del baile e.sa luz toda cubierta de 
encajes. 

No puedo decir que hiciera frío. Hacía frescor. Sentí al salir lo 
que se siente en un baño tibio cuando el agua empieza á enfriarse: 
la sensación voluptuosa que produce el calor cuando se va poco 
á poco, ó la boca amada cuando se desprende lentamente de la 
nuestra. 

La neblina de Londres ha de ser bruma, turbia, como de color 
de remolino. La que se alza del lago] mi buena y triste conocida, 
es casi azul y tan delgadita que parece convaleciente. Cuando la 
besa el .sol .se le enrojecen los pómulos, como á las tísicas. Esta 
neblina de Jalapa es blanca, blanca; parece, de veras, el velo coa 
que va cubierta la sultana, cuando en palanquín, vuelve del baño. 
Se adivina que detrás de ese velo hay un cuerpo hecho de rosas y 
húmedo todavía. Se sienten deseos de morder esa gasa parj^Megar 
al brazo. '* 

De cerca no la sentimos, no la vemos. Es como la dicha! Pero, 
allí está, á pocos pa.sos, como la dicha también! En donde aparece 
más blanca y más hermosa es en el fondo de esas hondonadas que 
llaman calles en Jalapa: por ejemplo, en el camino que va al Dique. 
Se espesa, se agrupa para subir hasta la iglesia, cual numeroso coro 
de novicias. 

Entre la niebla, siente uno que las ropas se le mojan; y, en la 
cara, como si con pulverizadores la rociaran. Pero, ¿llueve en rea- 
lidad? Yo veía puntitas de aguja atravesar .sesgadamente el aire; 
pero me fijaba en el agua quieta de la fuente, y ninguna gota la 
hería: tan sutiles son así las briznas de agua que salpica esa llo- 
vizna. Parecíame que estaba dentro de una gran pompa de jabón. 

Y nada mejor que esa neblina me dio la imagen de las tristezas 
muy calladas. ¿No os ha ocurrido al hablar con un amigo, al leer 
algún libro, .sentiros empapados en vapor de lágrimas? Y los ojos 
del amigo estén pensativos; pero no lloran. El libro habla de flo- 
res, de poesías, tal vez de bailes. Pero no, no nos engañamos; .se 

ha mojado en llanto nuestra alma sale vapor de lágrimas de 

esa boca, de ese libro! 

Mirando, en mañana de niebla, esa bajada al Dique, releí la 
Sinfonía en blanco mayor de Theófilo Gautier. ¡Que deslumbrante 
blancura la de ese trozo pentélico! Pero, en verdad, vi defraudado 
mi propósito. No se compadecía con la niebla esa blancura. La 
celebrada por el apolíneo Theo es la mate, la humana, la marmó- 
rea, la que puede palparse; y esta de la neblina, es tenue, incor- 
pórea, inmaterial. No la podía cantar el gran pagano, amador de 



304 MANUEL GUTIÉRREZ NÁJERA 



la forma; el artista supremo de quien paso, equivocadamente, por 
devoto ferventísimo. No: la poesía de Gautier es el paraíso de mis 
ojos; pero cuando cierro éstos para recordar, para soñar, para oir 
las voces de mi espíritu, busco á los poetas que han sufrido y lian 
amado, y á los que hablarme saben de esperanzas. 

La poesía de la niebla, ó es lamartiniana ó es fantástica, á ma- 
nera de la de Uhland. En esas gasas de vapor se envuelve la ima- 
ginación muy á su gusto. Y como esa inmensa red de encaje vue- 
la allá, con ella va la fantasía. 

¿Veis como se confabulan esas nubes, de luengos trajes talares, 
en la cumbre del Cofre? Abajo, trepa, azuleando, el humo de la 
fogata prendida por el leñador que hace carbón. Arriba, las viejas 
nubes hacen niebla. 

Vinieron ellas del Citlaltepetl que alza su pico de cisne olímpico 
para coger una estrella; vinieron de la nieve; trayendo á cuestas 
grandes témpanos, y diligentes hilanderas, tejen niebla. 

El que era trozo informe de hielo, 5'a es carrete de hilo muy del- 
gad(||||„que ellas van desenredando. Caen las hebras sutilísimas, 
levántalas el aire, enró.scanse en espiras, úñense en guedejas, flo- 
tan en el aire, espumean, vSe condensan, se enmarañan; y los husos 
de las nubes siguen girando con rapidez vertigino.sa, y la rueca no 
para, y se enreda la atmósfera en las mallas de esa impalpable, 
aerea, blonda, blanca. 

¡ Ah, viejos árboles de Pacho..! No gustan de viejos verdes las ho- 
nestas nubes. Ya os pusieron canas! Va la niebla llegando como un 
soplo que apaga, pero que al apagar no hace lo negro, hace lo blanco. 

¿Y vosotros, oh altos liquidámbares? Hl invierno os desvistió y 

tendéis los rugosos brazos desnudos, pidiendo hojas Ya van á 

envolveros en limpias sábanas de baño. 

La niebla, todavía dispersa, corretea en sueltas bandadas. To- 
davía está en el campamento, vivaqueando, antes de formarse en 
batallones para la batalla. En las copas de los árboles parece corte 
de palomas. Y cuando la vemos en la cuenca, en la hondonada, 
en la barranca, pensamos en las lavanderas cuyos brazos están cua- 
jados de lejía, ó en las que trepan ágiles y airosas*por la loma, 
llevando en la cabeza los lebrillos que rebosan ropa blanca. 

Luego la niebla cae y vence y cierra. Sentimos la humedad y 
abrimos el paraguas; pero el vapor de agua se nos sube á las bar- 
bas. Para esta lluvia chicuclina y brincadora no haj' jjuerta cerra- 
da, no hay rendija estrecha, no hay abrigo, no hay defensa. 

Esa humedad que nunca llega á .ser visible, que no mancha ni 
descascara la pared, ^le no enferma, que no huele, está en todas 
partes. La dfjamos en la calle y la encontramos en la alcoba. Nos 
vestimos, 3' queda adentro del vestido. Nos metemos en la cama, 
y está escondida calentándose en las sábanas. 



MANUEL GUTIÉRREZ NÁJERA 305 



¿Para qué guarecernos en la casa? Quédese el gato apelotonado 
en el sillón. Nosotros á la calle. A la calle; á sentir ese beso fresco 
de mujer que sale del baño. 

La blancura impalpable nos rodea. Abrid los ojos para no ver 
más que un color. Sentios dentro de un pomo de polvo de arroz. 
¿Que no veis nada? ¡ Ah, entonces el arte no ha dicho aún á vues- 
tros ojos: Abrios! Coppee sí puede ver, puesto que ha dicho: 

Et partout on voi neiger 
Des plumes de tourtourelles! 



Estáis arrebujados en la falda nivea de una novia. ¿Sabéis lo que 
flota en la atmósfera? Aroma de azahares. Hay nupcias en el aire. 

Arriba de los tejados danzan bayaderas; ondulan túnicas de gasa; 
brilla una zapatilla de cristal cuando algún rayo de sol llega furtivo, 
culebreando, á asomar su pupila de oro por la rejita más abierta del 
encaje. Están celebrando con gran fiesta á la Santa preferida de la 
inmortalmente blanca Madame Recamier: á Santa Muselina. 

Enfrente, en la azotea del palacio de la señora marquesa, un baile. 
Todas van peinadas de polvo. Las golas de los abates no tienen una 
sola mancha. Hay armiño en vez de alfombra. Y cuando el sol espía 
y huye para que no le atrapen, brilla el oro en el tisú lentejueleado 
de los caballeros. 

Más allá, bajando, en esa planicie que apenas divisamos porque 
la cubre una tela que parece de vaho, marcha la caravana de los 
árabes. El aire agita sus alquiceles. Y en el lado opuesto al Norte, 
alean los mares de la niebla pálida, los de ondas frías, los de inde- 
cisos horizontes que ha pintado con espíritus de colores, con refle- 
jos de nieve, el admirable Fierre Loti. 

En medio está el templo con su toga blanca. Tal parece Araón 
en la montaña. Y, más cerca de nosotros . . . ¿no miráis? ¿Quién 
es ese caballero enharinado que parece salir de los brazos d^la her- 
mosa panadera que tenía muchos escudos? Parecióme, al pronto, el 
Comendador, el convidado de piedra, pero al acercarme vi que no era. 

Un pantalón ... un frac . . . una barba aguzada . , . una 
nariz zorra . . . un ojo de águila . . . una calva de genio . . . 
¡él mismo! ¡Lerdo! 

La magia de la niebla habíame hecho olvidar, y despierto en el 
parque de Jalapa, No os he contado aún cómo es la linda perfumis- 
ta que ama y sueña, abanicada por los liquidámbares. La neblina 
pasó ya por mi mano su jabón de coco para que escriba de Jalapa. 
Os hablaré de ella el jueves; y el domingo, desayuno en el Dique; 
almuerzo en el Molino. 

39 



306 MANUEL GUTIÉRREZ NÁJERA 



PUEBLA 



También la catedral está de buen humor, y en las torres loquean 
las campanas. Adentro yo no sé lo que dirán los señores canóni- 
gos en el salón de los hermosos gobelinos; pero afuera, el repúque 
vocea la buena y grata nueva, esparciendo alegría. Ya es la ma- 
ñana del trabajo ó del paseo urbano; la mañana de la vida social, 
no la fresca del campo humedecida por el alba ni la caliente y mo- 
dorra de la alcoba. El alto funcionario llama á su barbero; el em- 
pleado de poco sueldo y poca ropa, luciendo su lustroso traje negro 
— desmanchado la víspera — corre á la barbería. Esa señora, que 
ya dejó lavados y vestidos á los chicos, entra á misa. Esos mucha- 
chos que hoy no van á la escuela, se dispersan, como canicas de 
una caja volcada en el jardín. El cura se desaj'una. El yankee 
almuerza. Estudiante, enciende el puro. Cantinero, prepara mu- 
chos sandwichs. Diputado á la Legislatura, ya es hora de que pro- 
teste gobernante nuevo. 

En la Compañía ¡cosa rara! — hay pocos devotos. Como repi- 
can tanto las campanas grandes, no se oye la voz temblorosa de 
las campanitas que llaman al divino sacrificio. Desbórdase la gente 
por las calles que están ahora con primor engalanadas. Cerró el 
comercio sus tiendas porque así lo quiso y no porque ninguno lo 
ordenara. Perdió un día de ventas, pero ganó un buen gobernador. 
Hay cortinas, hay flámulas, banderas, en todos los balcones. Los 
colores de Francia, los de España, los de Alemania, los de Italia, 
los de Suiza, los de Bélgica, forman espléndido cinturón á la ciu- 
dad. Las calles de Mercaderes, tan limpias, tan alegres y elegan- 
tes, parece que se abren paso con dificultad entre dos hileras de 
barcos empavesados. En la plaza, colgando de los árboles, faroles 
venecianos, forman arcos de triunfo para que pase por debajo de 
ellos, con altivez y brillo de victoria, tu mirada ¡oh Augusta! ¡Oh 
Hermosura! 

Casi es imposible penetrar en el salón de la ley. Los soldados es- 
tán donde es su sitio, abajo, de guardianes. Arriba aguardan los re- 
presentantes del pueblo en sala abovedada que semeja galería de 
templo egipcio. Llega el gobernador: tipo militar; de veterano, 
pero no de viejo; varonil, pero no duro; valiente, pero no fanfarrón 
ni petulante. Su mirada es inteligente y recta; pasa sobre las ca- 
bezas como acero de general que da, á caballo, una señal de man- 
do. Y no por eso es soberbia ni despótica: baja también y se de- 



MANUEL GUTIÉRREZ NÁJERA 307 



tiene con cariño en el soldado raso, en el herido. Revela al jefe y 
al afectuoso camarada. Manda á tiempo. 

El presidente de la Legislatura, joven y distinguido, lee un dis- 
curso bien pensado y bien escrito. El gobernador contesta en otro 
de alma honrada y de forma serena. Eo pronuncia con voz clara, 
vibrante; pero á veces se emociona y su voz tiembla, como la ma- 
no del sacerdote ferviente al ir á tocar el ara santa. Esa palabra 
tiene buen corazón. 

Después protestan los insaculados, y la comitiva oficial dirígese 
á Palacio, hendiendo la compacta multitud. No es Palacio ese que 
tiene el Ejecutivo de Puebla. Es una gran vivienda. En el salón, 
decorado sin lujo, reciben los nuevos felicitaciones y oyen lo que 
dicen las esperanzas balbucientes. Noto sinceridad en aquellas, y 
trasluzco en éstas mucha fe en el porvenir. No tienen miedo; con- 
fían en el hombre que escogieron. 

Euego se va al banquete y éste es -en el Colegio del Estado, edi- 
ficio que honra á América y también á sus fundadores los jesuítas. 
En el aula mayor, de tallada y solemne sillería; frente á lienzos 
descoloridos por el tiempo, que representan á obispos y á proceres 
benefactores de la institución; vacante la presidencia porque ya el 
teólogo amarillo y de corva nariz no está en la cátedra, tendieron 
sobre mesa muy larga los manteles blancos. ¡ Cómo contrasta la 
«pieza montada,» esbelta y modernísima, con la madera, adusta 
y venerable, de la viuda sillería! ¿Qué dirán las almas de doctores y 
maestros si por acaso viven ocultas en los tallados y vetustos asien- 
tos, al oir los disparos del Champagne? Eso sí: brindis no oyeron. 
Muy cuerdamente los desterraron, como á poetas, como á pernicio- 
sos, quienes con tino y buen gusto dispusieron el festín. 

Termina éste, y ciento cincuenta invitados se derraman conver- 
sando alegremente, por las amplias crujías, por corredores y salo- 
nes, ó salen á recorrer las calles vestidas de fiesta. 

En la noche, hay serenata. Sube el cohete vestido de máscara, 
con cerrado, estrecho dominó de luto, y cuando ya no podemos 
alcanzarle, quítase el antifaz, lanza un grito burlón, y para más 
mofarse de nosotros, el espléndido, el loco, el príncipe magnífico, 
sacude su escarcela y deja caer piedras preciosas, que no llegan á 
nuestras manos, ya tendidas y abiertas, porque se pierden jugue- 
tonas en el aire. Las estrellas, esas estrellas de Puebla que brillan 
tanto y que ven con tanto amor, miran enredarse en el cuello núbio 
de la Noche, sartas orientales de oro y de diamantes, de rubíes y de 
zafiros. ¡Y qué hermoso está el parque y cuan hermosas las que en 
él pasean! ¿Esas pupilas cayeron también de esas estrellas? 

Poco á poco el .silencio va cayendo y la sombra se va ahondan- 
do. Dijo bien el poeta: «Muy tristes, muy tristes son las músicas 
que se van!» La catedral se ha cubierto, de la cabeza á los pies. 



308 MANUEL GUTIÉRREZ NÁJERA 



con su velo de Madre Superiora. Habla de cuando en cuando; mas 
con voz pausada, lenta, grave. Alza un oremus ó gime el Eheu 
fugaces. Se ven luces dispersas: son las de las monjas vigilantes 
que rondan el silencioso dormitorio. 

Volvamos al hotel. Allá espera la llama azul del ponche, que es 
la última que se apaga. I^levo un buen recuerdo más. 



MORELIA. 



No intento describir esta ciudad ni traer á cuento los innumera- 
bles recuerdos históricos que encierra. He titulado mi artículo 
«Morelia,^) porque pensando en ella, viendo con la imaginación sus 
fértiles campiñas, su paseo de San Pedro, su humbrosa y melan- 
cólica calzada, .sus viejos templos de fábrica española, sus amenos 
jardines y sus ruinosos monasterios, he empezado á escribirlo. Me 
parece estar en la loma de Santa María, coronada por lo que llaman 
y llamó la piedad cristiana de nuestros padres, el Calvario; en ese 
pueblecito, todo lleno de flores que se me figura un Mixcoac subido 
en hombros de indios á la cúspide del cerro. Desde allí es en- 
cantador el aspecto de Morelia: habrá otras ciudades más bellas; 
pero no conozco ninguna más simpática. Verla por primera vez 
desde ese punto ó desde la Loma del Zapote, y desear bajar para 
mirarla más de cerca, para refugiarse en sus nidos blancos, todo es 
uno. Se ve larga, como acostada y dormida en suave colina. Las 
torres de su catedral son muy esbeltas y pocos metros menos altas 
que las torres de la nuestra. Muchas otras torrecillas y cúpulas de 
capillitas, empínause como a.somadas á las espaciosas azoteas de 
las casas. No hay ningún río caudaloso en que Morelia pueda ver- 
se, porque no es coqueta ni presumida, sino humilde. Está acosta- 
da cuan larga es, á semejanza de una segadora rendida por el can- 
sancio, y sólo las torres de su catedral son las que se alzan sobre 
las puntas de los pies, las que no duermen, para cuidarla, velando 
el sueño en que reposa, para espiar y ver de lejos si se acerca al- 
giin peligro. En todo el espacio que separa á Morelia de Santa 
María, falta la inmensa sombra, la sombra luminosa, porque el hé- 
roe hasta á su sombra comunica luz, del gran Morelos. En la ciu- 
dad está Ocampo: aquí, planea Morelos. 



MANUEL GUTIÉRREZ NÁJERA 309 

Y por cierto — dicho sea, al pasar — que ni Morelos ni Ocampo 
tienen todavía un monumento digno de su gloria en lo que fué Va- 
lladolid. Hay dos estatuas de Morelos en la ciudad. Una, la primi- 
tiva, ha mudado de sitios varias veces. Parece que los morelianos 
quieren despedirla y despacharla á México. Ha poco la dejaron cerca 
de la antigua garita por donde entraban las diligencias en aquel en- 
tonces. Ahora se viene á México por otro rumbo, y los morelianos, 
siempre corteses, la acompañaron hasta la plazoleta más próxima 
al paradero del ferrocarril. Allí se está. No es una estatua, es un 
muñeco puesto en el remate de una columna muy delgada y muy 
alta, como figura tallada en el puño de un bastón, extremadamente 
larga. Conocí á ese muñeco cuando tenía color de bronce; luego lo 
vi verde, ahora está blanco. 

Otro Morelos hay en uno de los jardines de la plaza mayor; pero 
este Morelos es muy bajo de cuerpo, bastante gordo, y como tiene 
un papel en la mano izquierda y cierto aspecto de bondad cando- 
rosa, más bien parece un respetable miembro del Ayuntamiento 
leyendo su discurso de diez y seis de Septiembre. 

El Ocampo que está en el centro del otro jardín, en uno de los cos- 
tados de la Catedral, parece más buen hombre todavía que el cura de 
Tarácuaro. Está de frac, y así, frente al palacio, tiene el a.specto 
de un diputado á la legislatura y de estar aguardando á que se abran 
las puertas para entrar al baile. Su pantalón y su frac no hacen ni 
una arruga. Son de corte irreprochable. Por eso dice una muy in- 
teligente amiga mía, que el autor de esa estatua erró la vocación: 
debió haber sido sastre. 

Ahora, puesto que á la plaza hemos bajado, podemos discurrir 
por la ciudad. L,a Catedral es, hermosa; la rodea un buen enverja- 
do de hierro; y el interior del templo, de orden dórico, está dividido 
en tres naves majestuosas. ¡Hubierais visto sus torres, como yo 
las vi, iluminadas por millares de candilejas, á guisa de festones 
luminosos enredados en ellas! En los costados de la Catedral hay 
dos jardines que bien quisiéramos en México, por frondosos, lim- 
pios y esmeradamente culti vacíos. También hubo en esos jardines, 
durante las noches de la fiesta, pintoresca iluminación veneciana; 
pero esta iluminación, dispuesta con el mayor arte, tenía un carác- 
ter que nos es más familiar: el de todas las iluminaciones patrióti- 
cas. Globos verdes y blancos y encarnados, prendidos en las ramas 
de los árboles, á manera de frutos fabulosos de algún nuevo jar- 
dín de las Hespérides; formando arcos aquí, guirnaldas acullá, y en 
conjunto, una gran bandera tricolor. 

En el centro de estos dos estandartes deslumbrantes, erguían.se 
las torres del templo, todas vestidas de luz, pero de luz uniforme, 
color de oro pálido. Diríase que todos los cirios de los altares, de 
los candiles y del coro, habían salido á las cornisas para ver la fies- 



3IO MANUEI^ GUTIÉRREZ NÁ.JERA. 

ta. No se miraban sus cuerpos blancos, como si estuvieran ellos en- 
terrados en la piedra y sólo sacaran afuera las curiosas é inquietas 
cabecitas. Tampoco á los ángeles que vemos en algunos lienzos 
místicos se les mira el cuerpo. Y allí estaban, en las cornisas, en 
las horneras, en los calados, en los frisos, muy juntos, muy unidos, 
muy despiertos, hablándose con esos parpadeos que parecen cu- 
chicheos, sonrisas maliciosas de la luz; moviendo sus cabecitas de 
fuego, como se mueven las cabezas de los niños, con los ojos muy 
abiertos y muy sueltos los finos rizos rubios, en las gradas de al- 
gún teatrillo de Guignol. 

Esas travesuras de la luz me recordaron otras semejantes que vi 
en el bosque de San Pedro. 

El bosque de San Pedro es el paseo más hermoso de Morelia. 
Por eso mismo son muy pocos los que van á él. Mi erudito amigo 
D. Juan de la Torre calcula que hay en él veintidós mil árboles, 
Para formarse, pues, aproximada idea de él. debe tenerse en cuen- 
ta que los árboles de nuestra Alameda de México, en la actualidad, 
no llegan á dos mil. El bosque de San Pedro es majestuoso, impo- 
nente, hermosamente triste. Más que paseo, se me figura aquél un 
enorme monasterio de árboles. Tienen éstos, en ese sitio de medi- 
tación y de quietud, no sé qué aspecto cenobítico. Cuando el vien- 
to agita sus hojas, se escucha como colosal murmullo de oración, 
como un salmo cantado á media voz por innúmero de monjes en 
algún coro gigantesco, cuya sillería nos imaginamos que es de éba- 
no. ¡Qué felices son los morelianos, puesto que tienen la soledad tan 
cerca de ellos! Todo en ese bosque, es intrincado, enmarañado; y 
todo en él está inculto. He pasado allí las últimas horas de la tar- 
de, y llegué á creer que la noche no bajaba á aquel sitio agreste, 
sino que salía de él, como una hamadriada sale de la hendida en- 
cina para ir á la ciudad. Algunas de sus grandes calles, de sus 
grandes bóvedas, parecen túneles de hojas: en el fondo se vé un 

pequeño arco azul es la luz que se va, y antes de irse se asoma 

para ver quién queda adentro del bosque. 

Aquí y allá se encuentra una que otra banca de piedra, no he- 
chas para rozar la falda leve de una muchacha enamorada, sino la 
burda estameña de algún hábito monacal. Instintivamente se bus- 
ca el convento que ha de estar no lejos, y se espera el encuentro 
con algún fraile pensativo que pasee, breviario en mano y camán- 
dula al cinto. Cae la noche y obsérvase entonces el efecto de luz 
que recordé al contemplar las torres iluminadas de la catedral: 
incontables luciérnagas culebrean, mariposean ó se fijan y mueren 
en la 5-erba. Nada más bonito que estos volantes 7io me olvides. 
En algunos trechos, parece el campo alfombrado con hojas de vio- 
leta que se transparentan iluminadas por abajo. Se diría que mu- 
chos duendes retozones, por pasatiempo, se ocupan en encender 



MANUEL GUTIÉRREZ NÁJERA 31 1 

átomos de aire y en apagarlos, apenas encendidos. Otras veces, es- 
tán lasluciérnagas paradas momentáneamente en las obscuras hojas, 
y tal creemos que nos ven las hojas. Y tiene algo de beso esa mi- 
rada que dura! Hay mucha sombia; no se ve nada; pero vemos lu- 
ciérnagas, es decir, vemos el aire. 

Así me figuro el limbo de que hablan los místicos: una atmósfe- 
ra hecha de luciérnagas! 

Saliendo del bosque de San Pedro, se entra á lo que llaman la cal- 
zada. Más de quinientos metros tiene esta calzada, que es una larga 
calle de fresnos. A ambos lados tiene hileras de bancos ó lunetas de 
piedras. Atrás de esas bancas y á poca distancia de ellas están las 
casas á donde van á veranear las familias acomodadas de Morelia. 

Se respira con amplitud y fuerza en aquella frondosa nave. De 
cuando en cuando pasa el tranvía, y ese nos lleva, material y mo- 
ralmente, á la ciudad. Menos nos habla de civilización y de cultu- 
ra urbanas, la luz eléctrica con que alumbran la calzada, porque al 
cabo y al fin la luz eléctrica tiene mucho de fantástico. Los focos, 
suspendidos de los árboles, pueden hacernos creer que aquel lugar 
está alumbrado con las lunas viejas que envejecieron y fueron da- 
das de baja en el año. 

En un extremo de la calzada está la plazuela de Villalongín: se 
llamaba antes «de las Animas,» y lleva ahora el nombre dicho an- 
tes, en memoria de un hecho insigne. — «Hubo un tiempo — dice el 
Sr. de la Torre— en que la iglesia de las Animas, después de cerrada 
al culto, se destinó á reclusión de señoras, y la espesa del insur- 
gente Villalongín, perseguido por el gobierno español, fué encerra- 
da en aquella, con la mira de obligar por este medio á su marido, 
á que depusiese las armas; el jefe Villalongín, lejos de desistir de sus 
patrióticos propósitos, acompañado de su asistente penetró un día 
á la ciudad, salvando los puestos militares y extrajo de la reclusión á 
su esposa, con gran sorpresa de los guardias y de la población en- 
tera.» 

¡Cuántos otros serían capaces de ejecutar el propio acto de he- 
roísmo, para dejar en reclusión á sus mujeres! 

En esta plaza de Villalongín .ó de las Animas, nos abocamos á 
la ciudad. Ya está allí la gran arteria de Morelia; se ven las luces 
de las tiendas, los escasos transeúntes; mas, sin medio de evitarlo, 
volvemos la vista atrás, buscando al monje que debe de acompa- 
ñarnos. Allá, en el otro término de la calzada, está el santuario 
de Guadalupe, y aunque cerca de él se ve el lindo jardín azteca, 
modernísimo, elegante, trazado y hecho durante el Gobierno del 
Sr. Jiménez, no podemos sacudirnos la impresión monacal que lle- 
vamos encima. Por añadidura pasan al lado nuestro — voy con Ud., 
lector— hombres envueltos en anchas capas y que, ó son sacerdotes, 
ó lo fueron, ó van á serlo. 



312 MANUEL GUTIÉRREZ NAJERA 



Todo en Morelia, y á pesar de la estatua de Ocampo, es clerical. 
Y allí sin duda el clero fué muy rico y aun conserva restos de su 
opulencia. Lo dicen los treinta templos — entre templos propiamen- 
te dichos y capillas— que existen todavía, amén délos extinguidos; 
lo dicen las ruinas de esos conventos tan grandes como las del Car- 
men; y las suntuosas fábricas levantadas allí por jesuítas ó por 
frailes. Lo que es ahora Escuela de Artes — y por cierto, hermosí- 
simo edificio, — fué antaño colegio de jesuítas Lo que es ahora pa- 
lacio de Gobierno, fué Seminario, y en él se educó Ocampo- Y para 
no intrincarnos ni hacer referencia á otros grandes conventos como 
el de San Francisco y muchos más, básteme citar las construccio- 
nes nuevas emprendidas recientemente por el clero: el soberbio 
Seminario y el Colegio de Guadalupe destinado á la enseñanza de 
las niñas. 

Pero estas instituciones eclesiásticas, así como las civiles ú ofi- 
ciales, merecen capítulo aparte. 

El lector ha de estar cansado; y ¿cómo no, si yo que me quiero 
más y me oigo más que él á mí, lo estoy también? 



Humoradas DominiGales 



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1 



MANUEL GUTIÉRREZ NÁJERA 315 



|MUY BUEN VIAJE! 



Cortesmente os acompañamos, queridos enemigos nuestroh, hasta 
el umbral de la casa, ha cuadrilla, compuesta de doce respetables 
caballeros, que ha venido á robarnos y nos ha robado un año de 
existencia, amén de muchas ilusiones y de algunas verdades, se des- 
pide ahora, ó, lo que es lo mismo, cambia de nombres y de trajes 
para continuar cometiendo las mismas fechorías. 

Esos doce señores tienen casi todos la propia estatura, pulgada 
más, pulgada menos. Solo uno, el travieso, el medio loco, es un 
poco más bajo. Cada cuatro años crece como si se empinara para 
ver quién es el mero piesidente, pero en seguida recobra su habitual 
tamaño. Este chiquitín parece i:n cascabel. 

Antes de que se alejen esas doce personas, que ya están con el 
sombrero en la mano, debemos saludarlas con respeto como se salu- 
da generalmente á los ladrones. Véamoslas por última vez, pero no 
tales como son, porque á nadie es bueno ver tal como es, sino como 
las disfraza nuestra fantasía, como las pinta la memoria. No iguales, 
no uniformadas, no con sus treinta ó treinta y un casillas de tablero 
invariable, .sino distintas, individualizadas como las vemos al tra- 
vés de los recuerdos. 

¿Qué es Enero? Es un niño; pero no un niño recién nacido, sino 
un niño que ya come dulces, compra juguetes, pide dinero á su papá 
y empaña con su vaho el cri.stal de los aparadores. Le gustan todos 
los colores a.sí como de joven le gustarán todas las bonitas. Salta 
como la pelota, corre como el aro, gira como el trompo. A veces es 
ya un verdadero general, la prueba es que maltrata á sus soldados. 
A ratos deja la espada por la prestidigitación, por la caja de suertes 
6 de escamoteos, y se convierte en hombre político; color de rosa es 



3l6 MANUKL GUTIÉRREZ NÁJERA 



SU cutis, porque Enero no come pan como nosotros sino merengues, 
caramelos y cerezas. 

Este mes no existía antes. Es francés. Hay quien opina que vino 
con su tambor flamante y su corneta de brillantísimo latón cuando 
vinieron los zuavos. Pero él lo niega. Asegura que llegó en un baúl 
de una cantatriz d^ ópera bufa. Poco á poco fué recibiendo su equi- 
paje: las bolsas de dulces, las capitas de raso acolchonado, los mu- 
ñecos que dicen sí como los diputados, las muñecas que cuestan 
mucho como las mujeres, los ferrocarriles de hojalata, las casitas de 
madera. Antes no había más que un niño de porcelana, el Niño 
Dios. Desde que vino el francesito Enero hay muchos rorros. 

Tras de Bebé llega Cascabel. 

Es el más rehilete que no cesa de moverse. Ya ese no es niño.... 
¡qué ha de ser! Cierra el rector la puerta del colegio, apaga los fa- 
roles de los claustros, ronda las celdas con paso cauteloso, espía por 
los agujeros de las cerraduras: todos duermen. Tranquilo, pues, re- 
tírase á su cuarto. Pero apenas ha abierto el viejo rector su libro de 
pergamino, apenas se ha sentado en el sillón de cuero, cuando Fe- 
brero, que se fingió dormido, entorna la puerta de su celda, atra- 
viesa de puntillas los pa.sadizos, y los corredores, baja las escaleras 
sin hacer ruido, como baja una bolita de azogue por el plano incli- 
nado de un espejo. . . . Salta las tapias de la huerta. ... ¡y allá va 
por la calle obscura rumbo al teatro! ¡Qué colegial! ¡Qué alegre y 
decidor es Cascabel! ¡Qué bien sabe arrancar una careta. . . . con 
los labios! ¡Y cómo duerme en Marzo el chiquitín desudado I 

I Ah ! Marzo es triste. Es el regaño después de la travesura. La 
mamá se pone seria. Cascabel le anda huyendo el cuerpo; pero al 
cabo la entrevista es inevitable. Inútil fué que Cascabel se quedara 
á fumar con una tía, inútil que llegara á su casa después de media 
noche: la señora espera. Y fué preciso oírla. 

¿Cómo paga Febrero su estudiantil escapatoria? Pues como la pa- 
gan todos los hijos de padres católicos antes de cumplir los quince 
años, yendo hipócritamente compungidos á la sacristía de alguna 
iglesia en donde los aguarda el confesor de la mamá. Mes de Cua- 
resma. 

Ea rosa .se quita su corsé. La violeta abre los ojos. El agua no 
es lluvia aún, es rocío. El pájaro sale de la escuela. Y en la atmós- 
fera azul, cantando bras dessoiis bras dessus, corren Abril y Mayo 
por los campos. Abril es hombre; mujer, Mayo. ¿Qué si se casaron? 
Creo que sí, pero no lo aseguro. En todo caso .se casarían ayer: to- 
davía se aman mucho. Muy lindo es el sombrerito que lleva ella. 
Muy elegante la corbata de él. Están contentos de la vida los dos 
novios. Y ni él conoce á ella ni ella á él. 

En llegando al último día del mes risueño, comienza el año á 
entri.stecerse. Ya va de bajada. Junio y Julio no están tristes habi- 



MANUEL GUTIÉRREZ NÁJERA 31 7 

tualmente, pero sí de mal humor. Riñen con sus mujeres, padecen 
reumas de cuando en cuando. ¿Veis á ese caballero de paletot de 
hule, sombrero hongo y de paraguas inglés que se dirige al teatro, 
al club ó á algún café en noche lluviosa? Ese caballero es Junio que 
se aburre en su casa. ¿Y aquel otro que va á la casa de una amiga? 
¡Ese es Julio! 

Agosto reconcilia á los esposos mal avenidos. Trae un niño rubio 

para ellos y para otros un puñado de oro. Por algún tiempo 

recobra el año su alegría; pero ya no es amor el que lo anima: es 
la ambición, es el deseo de gloria, es la lucha por conquistar el ve- 
llocino de oro. 

¡Qué ruido hace Septiembre! Tambores, clarines, disparos de ca- 
ñón. . . . ¡seré fuerte! ¡seré poderoso! ¡seré rey! ¡Es el hombre en 
plena virilidad corriendo en pos de la fortuna ó de la gloria! Pero 
á poco el delirio se apacigua: ¡allí está Octubre! El crepúsculo azul 
envuelve el alma, se siente uno cansado; se desea, no la muerte, pe- 
ro sí el sueño. Después de todo, la gloria es vana. Mejor es la dicha 
del hogar. Mejor es llevar á los niños de paseo en esas tardes que 
comienzan á ser largas para que los papáes puedan ir á la calzada 
con sus hijos. Mejor proveerse de pieles para el invierno. Ya tene- 
mos nuestra casa, nuestra mujer, nuestra familia: ¿para qué ir en 
busca de aventuras? 

Pero la vida no perdona. El apuntador llama á otro personaje y 
éste se presenta: es Noviembre. Las campanas se estremecen cuan- 
do él llega. La naturaleza encógese aterida y la noche comienza á 
ser muy larga, como para acostumbrarnos á la muerte. 

Noviembre es blanco, pero no como el traje de las novias; no co- 
mo el azahar; como la cera. El nos enseña lo que Renán llama la 
última ciencia: la resignación al olvido. 

Y ya en Diciembre todavía vivimos; pero no en nosotros sino en 
nuestros hijos. Es el mes niño y no el mes viejo como lo pintan los 
artistas que no saben verlo. Por eso Jesús quiso nacer en él, y por 
eso vemos cómo se alegran todos los niños en Diciembre. Es el mes 
de los cohetes y de las zamponas, de los panderos y de los rabeles, 
el mes en que hasta el mismo Dios es niño. 

No.sotros vemos jugar á nuestros hijos y vamos cerrando los ojos 
poco á poco. 

Llega San Silvestre, reza las oraciones de los agonizantes, y mien- 
tras los niños dejan sus botincitos en la chimenea para ver qué 
deja en ellos el nuevo año, nosotros nos vamos por no estorbar y se- 
guros de que nada trae ya para nosotros. 



3l8 MANUEL GUTIÉRREZ NÁJERA 



OBERTURA DE PRIMAVERA 



Este, según cuentan los que saben de esas cosas, es el mes de las 
golondrinas. En él vuelven las muy egoístas, las que se van cuando 
tenemos frío; las que no cenan con nosotros en la Noche Buena; las 
que no quieren acompañarnos á visitar los sepulcros de nuestros 

muertecitos en Noviembre ¿Por qué he dicho muertecitos 

? ¡Ah, sí, ya entiendo: porque todos los seres queridos de 

nuestra alma que se han muerto, nos parecenniños, criaturas, hijos 

nuestros que se han ido y que ya nunca, nirnca volverán! Y 

les decimos muertecitos para igualar el cariño, el amor que les te- 
nemos, con el cariño, con el amor que sentimos por los más amados: 
por los hijos. 

Ya vuelven las revoltosas golondrinas! Pero ¿de dónde vuelven? 

Dicen algunos que de África Yo no puedo creerlo. ¿Qué han de 

ir á hacer esas inocentes entre tanto negro? Tal las quiero, que no 
me resigno á suponerlas ingratas ni egoístas; no me imagino que 
se van para no acompañarnos en las tristezas del invierno: creo que se 
mueren en una azul tarde de Octubre, y que al venir la Primavera 
resucitan. ¿Morir no es dormir? ¿Nacer no es despertar? Y me confir- 
ma en esta opinión el observar que nunca vienen golondrinas nue- 
vas. Como ustedes habrán observado, siempre son las mismas. Y 
hasta regresan á la misma casa, al mismo nido que antes ocupaban, 
y que, en su ausencia, no se alquila á nadie. Si se fueran de viaje, 
unas se quedarían allá, otras se casarían con algún pájaro rico de 
los Estados Unidos; naufragarían tal vez algunas; morirían otras 

y nada de eso pasa! Las golondrinas que vienen siempre son 

las mismas y vestidas lo mismo como buenas hermanas. 

Un sabio — para mí los grandes poetas son los sabios — dijo de no 
sé cuáles golondrinas: — ¡Esas no volverán! A semejanza de Platón, 
Gustavo Adolfo Becquer desterró de la repííblica de la atmósfera 



MANUEL GUTIÉRREZ NÁJERA 319 



á SUS poetas, á las golondrinas. Pero el tirano Becquer se engañó: 
esas golondrinas, sentenciadas por él á ostracismo perpetuo, sí vol- 
vieron nada más que ya á él no lo encontraron. L,as golon- 
drinas vuelven, tan frescas y tan alegres como de costumbre. I^os 
que ya no volvemos cuando nos vamos, somos nosotros. Y ¿cuándo 
nos vamos? Algunos creen que cuando nos morimos; cuando cerra- 
mos los ojos; cuando ya no hablamos. Pero no es así; entonces se 
va uno el último el capitán del barco que en caso de naufra- 
gio es el postrero en salir de la nave que se hunde Pero ya antes 
hanse ido muchos. 

Porque uno no es uno sino muchos. ¿Soy yo acaso el mismo que 
hace diez años? ¡Nó, ese ya se fué! No nos despedimos de nosotros 
mismos, porque somos de casa y nos tratamos con muchísima con- 
fianza. La ciencia misma prueba claramente que este cuerpo nuestro 
de hoy, no es nuestro cuerpo de ayer ni .será nuestro cuerpo de ma- 
ñana. Las moléculas viajan eternamente. ¡Quién sabe en dónde es- 
tarán las partículas que formaban mi mano derecha cuando escribí 
con ella, hace doce años, mi primer artículo! 

El cuerpo, el yo material, es una casa de huéspedes un ho- 
tel. ¡Y el alma ! ¡Oh, el alma, muda mucho más! Diríase que 

no paga la casa y que á menudo la despide el propietario. Primero 
vive en un templo; luego entra de interna en un colegio; después 
pone casa, para quitarla á poco; y así va de mudanza en mudanza, 
hasta que el cuerpo se fatiga, .se echa en tierra, y el alma, lanzada 
por el último casero, se va á esconder en no sabemos qué lugar, sin 
dejar á nadie su dirección. ¿Es usted acaso, señora, la misma mu- 
jer que escribió la primera carta al primer novio, y que quiso morir 
cuando recibió la última de él? No, ¿verdad? La prueba es que esa 
quería morirse y usted vive. Esa era señorita y usted es señora. ¡ Aque- 
lla pobre joven se murió! 

La vida es una estación de ferrocarril en la que todos vamos á 
despedirnos diariamente de nosotros mismos. El yo de hoy le da en 

esa estación un abrazo muy estrecho al yo de ayer y .se queda 

esperando al de mañana. 

Por algunas horas está haciendo recuerdos del ausente; pero cuan- 
do llega el otro, sube para irse al wagón mismo en que éste vino, 
¡y así siempre! ¿Qué es el pretérito en gramática? Es un epitafio. 
Es un Hicjacet. Casi siempre cuando decimos «dije,» lo que quere- 
mos decir es «ya no lo digo. » Arrepentirse es enterrar á un muerto, 

es vestirse de luto por uno mismo. Yo creí Yo esperé 

Yo amé ¿Qué significa todo esto? Que ya no existe el que 

creía; que ya no existe el que esperaba; que ya no vive al que amó. 
Ese yo es un intruso, es un entrometido. Es un deudo de alguien 
que murió y que desea, impíamente, haceise pasar por el difunto. 
Es en resumen, un suplantador. 



320 MANUEL GUTIÉRREZ NÁJERA 

Todos morimos muchas veces. En una misma persona se muere 
el niño, se muere el joven, se muere el pensador, se muere el poeta, 

se muere á veces el hombre honrado y así hasta que se va el 

último tren. Por eso creo que se equivoca Becquer: las golondrinas 
vuelven siempre. Pero ya. no nos encuentran. ¡Ya nos fuimos! 

Las golondrinas que «aprendieron nuestros nombres, « como decía 
Becquer refiriéndose al nombre de él y al de su amada, regresan y se 
acuerdan de ellos; pero los nombres son los que han cambiado. Ellas 

se acuerdan y puede ser que nosotros no nos acordemos. I^a 

ventana no se ha movido; el beso suena siempre lo mismo; siempre 
es beso; el «yo te amo» tiene ho}^ las mismas sílabas que ayer; pero 
á la ventana asoma otra mujer; el beso va á posarse en otros labios, 
y el «yo te amo» va á esconderse en otro oído. 

Las golondrinas vuelven y se visten de pardo porque están de 

medio luto por la mitad de nosotros que murió. Las que no 

vuelven son las otras golondrinas: los seres amados á quienes per- 
demos. Jesús resucitaba; pero Jesús ya se murió. Y cuando se pien- 
sa en estos ausentes — y se piensa en ellos siempre — dice uno hablan- 
do con ese eterno interlocutor nuestro — que ha de existir, porque 
si no existiera no tendríamos jamás con quien hablar — Señor, no 
resucites á los muertos que yo amo; pero resucita mi alma para que 
espere y crea volver á unirse á ellos. Resucita á los vivos que están 
muertos! — Y después en voz baja, se le dice también: ¡Y tampoco 
te lleves ¡oh Dios mío! á estas pequeñas golondrinas que anidan en 
nuestra casa, que alegran nuestro hogar, que purifican nuestra vi- 
da porque esas golondrinas sí no vuelven! 



MANUEIv GUTIÉRREZ NÁJERA 321 



FLORES Y ENTIERROS 



La Primavera sonríe, y como las hermosas coquetuelas, mata. 
Contrasta el azul del cielo, la limpidez de la atmósfera, la greguería 
de las aves, el olor de las flores recién abiertas con el color tétrico 
y el aspecto tristísimo de esos ataúdes que en las primeras horas de 
la mañana y á la hora voluptuosa de la siesta atraviesan la ciudad. 
¿Porqué matas, Primavera? ¿También tú usas, en la liga, reluciente 
navaja, como las de esas andaluzas de mantilla blanca, negro cabe- 
llo y clavel en el cabello, que danzan y que beben manzanilla en el 
barrio de Triana? 

IvOS ataúdes negros suelen encontrarse con las parvadas de golon- 
drinas blancas que van á ofrecer flores á la virgen. Parece que esas 
niñas llevan las alas plegadas, como los cisnes. Van riendo, van ju- 
gando, entran al templo como si entraran á su casa . . . y en ver- 
dad el templo es casa de ellas. Todas las palpitaciones de la vida 
que empieza, de la vida que retoza, de la vida que canta, se oyen, 
se ven en esas niñas que semejan lirios y que agrupadas forman como 
guirnaldas de gardenias. El cirio está hecho como para sus manos, 
la hostia como para su boca, la dicha como para ellas. 

Pero ¡qué tristeza ver cómo se encuentran esas golondrinas blan- 
cas con los ataúdes negros? Pues que, ¿también se morirán esos que- 
rubines? También caerá la tapa negra sobre esas blancuras? 

Detenido cerca del templo á donde acaban de entrar las pequeñas 
canéforas, miro pasar algunos cortejos fúnebres. El primero es sun- 
tuoso: queda mucho dinero en la tierra y se hunde mucha vanidad 
en el sepulcro. Hasta los caballos del carruaje empenachado fingen 
que van tristes. Parecen dolientes altos, corpulentos, gravedosos que 
abren la marcha con solemne paso. El séquito de wagones es muy 

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322 MANUEL GUTIÉRREZ NÁJERA 



largo. ¡ Cuántos amigos tienen los ricos cuando los entierran! Todos 
dispútanse el honor de acompañar el cadáver hasta el cementerio, 
porque la asistencia á funerales como esos, es una patente de buen 
tono, una manera de exhibirse como miembro, de número ó snob, de 
la alta sociedad, un pretexto para encontrarse con tal ó cual banque- 
ro y arreglar algún negocio. Kstos entierros siempre van despacio, 
majestuosamente. 

En cambio, ¡qué aprisa van los de los pobres! Podría creerse que 
hasta después de muertos esos infelices corren y corren tras del peso 
diario. Van á escape, como criados solícitos á quienes manda el amo 
á alguna parte. Las muías del carro fúnebre qnieren llegar pronto. 
El cochero va alegre, azotándolas á cada in.stante con el látigo, como 
el gomoso azota los caballos de su biiggy. Ya la ciudad está ansiosa 
de que salga aprisa fuera de garitas e.sa basura humana. No despide 
esos cadáveres; los dispara. L,os vecinos temen contagiarse, porque 
las enfermedades de que mueren los pobres siempre son contagiosas. 
Y por eso el carro va á todo correr y cruza lo más temprano posi- 
ble por las calles, cuando están menos frecuentadas, cuando todavía 
uo se levantan las personas decentes, para que los transeúntes no 
renieguen del difunto. 

También el muerto, si aun pudiera tener voluntad, querría ir apri- 
sa. ¡Pronto fuera de la vida, pronto lejos del ca.sero, pronto tapie la 
tierra e.sos ojos para que ya no lloren y vean lástimas! 

Atrás va un wagón verde. En él — circunstancia que no observaréis 
nunca en los wagones de entierros elegantes — van mujeres. ¡Qué 
mal corazón tienen las mujeres de los mu}^ pobres! Acompañan á 
sus esposos y á sus hijos hasta que los echan en la fosa! 

A los verdaderos dolientes, á los que lloran de veras, .se juntan 
otras personas de la vecindad, por buen corazón algunas y otras por- 
que no conocen el Panteón de Dolores, porque desean ver desde su 
plataforma los volcanes y el castillo de Chapultepec. De manera que 
esos wagones verdes siempre van atestados. Y como para esos co- 
ches no hay cortinas blancas ni persianas, porque el duelo de los 
pobres es enteramente descarado, podemos ver á todos los que tris- 
tes ó curiosos van siguiendo al difunto y azuzándolo para que salga 
aprisa de la ciudad, antes de que lo atrape algún gendarme. Eos 
pobres, aunque .sean honrados, siempre tienen miedo, y con justicia, 
á los gendarmes. 

Es im pasatiempo melancólico para las fantasías enfermas y las 
curiosidades pálidas, el de fingir.se lafigura, la vida, la familia, lacasa 
del desconocido á quien llevan á enterrar. Se equivoca uno las más 
veces; pero como no lo sabe, como solo por rara coincidencia puede 
uno descubrir su error, queda el placer de imaginar que se ha adi- 
vinado. Cada .soñador — se requiere ser soñador y un mucho vaga- 
bundo para disfrutar de esos placeres — da nombre, cuerpo y alma 



MANUEL GUTIÉRREZ NÁJERA 323 



distintos, según el temperamento que tenga, á los muertos desco- 
nocidos que ve pasar encajonados. 

Pasa un carro fúnebre cubierto de rosas blancas. El cajón es largo. 
En él caben veinte años. El sonador romántico ve, en esas rosas, 
estériles madres que no pudieron dar á luz á sus risueños hijos lospe- 
queñitos azahares. En el ataúd va durmiendo la hermosa novia que 
soñaba en vida. ¡Qué blanca y pálida ha de estar entre azules coji- 
nes! Iba á casarse; era blonda; fué á un baile, abotonó mal su capota 
al salir del salón cuando iba á amanecer; lloviznaba ... y «unas 
gotas de lluvia sobre otras gotas de sudor, ¡eso es la muerte!» 

El soñador pesimista mira pasar el propio carro y casi se alegra. 
Murió joven, antes de ser más desgraciada de lo que ya era. No dio 
la vida á seres infelices. Fué inútil, fué infecunda para el eterno 
dolor. Una criatura menos, la desaparición de una molécula de amar- 
gura humana. Habría emponzoñado la vida de uno ó muchos hom- 
bres; habría engendrado por egoísmo, por placer, .seres desventura- 
dos. Hizo un menor mal, porque no vivió más. La humanidad está 
de plácemes. 

Y tal vez ambos curio.sos se equivocan . Acaso era la muerta una 
vieja solterona á quien la vanidad cubrió de rosas blancas. 

Ataúdes tristísimos son los pequeños, esos que parecen juguetes, 
esos que son blancos, esos que parecen hechos para encerrar un co- 
razón. En ellos van las que no pudieron ofrecer flores, porque las 
suyas no rompían sus botones aún, y van á dormir bajo las rosas 
que no llegaron á sus manecitas. ¡Qué angustia, qué congoja da 
pensar que esas criaturas débiles, medrosas, van á lo negro, á lo 
hondo de la tierra! Y se van á millares, como bandadas de pájaros; 
pero no se van como éstos, para arriba, por el aire, para la luz; sino 
que se filtran como interminable chorro de agua clara en la arena 
obscura y sedienta siempre. ¿Por qué, Señor, no truecas esos cuer- 
pecitos en aromas que se evaporen? 

¿Por qué no arden y se consumen y extinguen como los cirios? 
¿Acaso entierran á las violetas? Quién sabe adonde se las lleva el 
viento; pero no les echan nunca encima paletadas de tierra. Las 
mariposas no mueren: se borran. Yo no he visto jamás la tumba 
de una alondra. 

Deja la tumba para el hueso amarillo del anciano. Deja el lecho 
recóndito para el viajante que ha merecido descansar. Pero haz con 
los niños lo que haces con las mariposas, con las aves, con las flores, 
con todo eso que no va al sepulcro, que no aplastan con una lápida. 
Las palomas no tienen camposantos. Y mira á esas niñitas que 
ahora salen de la iglesia ... ¿no parecen palomas? ¡Un columba- 
rio para ellas, algo que las convierta en un haz de plumas albas que 
pueda erguirse y conservarse en tiesto de alabastro! 



324 MANUEL GUTIÉRREZ NAJERA 



Primavera, dicen que necesitas ponerte tu capote de hule y abrir 
tu paraguas, para no matar. Cuentan que tus primeras flores y tus 
primeros frutos envenenan. Las lluvias son las que te ablandan así, 
como el llanto hace piadoso al hombre. Igual á nosotros, necesitas 
sufrir para ser buena. 

Sufre, pues, Primavera, y da tus primeras flores, no á los cemen- 
terios, sino á las manos de las niñas blancas para que se las lleven 
á la Virgen. 



MANUEL GUTIÉRREZ NÁJERA 325 



EL CRIMEN DE LA PROFESA. 



Hay semanas color de sangre y la que acaba de pasar (¿acaban las 
semanas en sábado?) es una de ellas. Desde el lunes hasta el día de 
hoy sólo se ha hablado de puñales, cuchillos, cordeles para liar á 
la víctima de un odioso homicidio, reparto de alhajas robadas, he- 
cho en la caverna de una antigua prostituta, quejidos de anciano 
agonizíaote, muerto á puntillazos, rostros pavoridos, sangre y ester- 
tor. Digna de tomarse en consideración es la circunstancia de que 
todos los presuntos reos de este crimen, habían estado ya en la cár- 
cel, aunque por delitos relativamente mínimos. A excepción de Co- 
leta, que nunca estuvo en la cárcel, sino en peores lugares, los acu- 
sados han sido todos huéspedes de lo que en Belén pudiera llamarse 
el cajón de la basura moral. Fueron á él por robos, por estafas, por 
homicidios perpetrados en riña, por delitos que infaman, pero que 
no tronchan la cabeza de un hombre. Y ahora han ganado un ascen- 
so en su carrera, han subido, han trepado brutalmente á las gradas 
del cadalso. Ya están á la altura en que pueden ser vistos por toda 
la nación. 

El crimen en sí es un crimen vulgar; homicidio por robo. No de- 
nuncia la bestialidad del Chalequero y de la Bejarano, quienes si se 
ayuntaran como macho y hembra engendrarían unos monstruos. 
No: .se desprende del proceso que esos hombres querían beber copas 
de tequila, vasos de pulque; querían ir á la casa de juego; querían 
llevar dinero á prostitutas; y para alimentar esos vicios, no para sa- 
tisfacer necesidades, se decidieron al robo, y éste los condujo fatal- 
mente al cobarde asesinato. 

Ninguna madre hambrienta, ninguna esposa en la indigencia les 
aguardaba en el hogar. Del lecho manchado en sangre, del lecho 
en que yacía el cadáver, á la cantina, ala sacristía de la tienda, al 
jergón de la perdida. Salieron del figón, pasaron por la pulquería, 
fueron al homicidio y regresaron á la cantina. 

Entristece el alma pensando en las madres de e.sos desventurados. 
Ellas no les pedían nada: ellas vivían quién sabe cómo; pero sin es- 
perar el auxilio de sus hijos que pernoctaban fuera de la casa ó lie- 



326 MANUEI^ GUTIÉRREZ NÁJERA 



vaban vida de Periquillos y de aventureros; ni amor filial, ni cariño 
conyugal, ni el ingente, apremiante deber de llevar pan á los hijos 
expirantes de hambre, intervinieron en este delito. L,a prostituta, 
el figón, el alcohol, el pulque, el coche de bandera amarilla, el em- 
peño, la baraja, he aquí lo que se ve pasar en este proceso vulga- 
rísimo. Ni siquiera la locura aparece excusando á los reos y pidiendo 
compasión para ellos. Todos son cuerdos. El único algo desequi- 
librado es Ñevraumont. Pero este desequilibrio que se nota en la 
manera con que mira, en el modo con que acciona, parece un dese- 
quilibrio de delirium tremens TreíFcl conserva suficiente sangre fría 
para alegar como abogado, y como abogado muy hábil. Es el médico 
de su deshonra, y procura aliviarla. La cara moral de Sousa, me 
parece una de esas caras empalidecidas por muchas noches de pa- 
rranda. Me figuro sus ojos del color del tapete verde. Caballero, es 
vulgar, de los que riñen junto al puesto de enchiladas de una pul- 
quería. Huele á hojas con catalán. Reyero es gris; Martínez, negro. 

No conozco á ninguno de ellos; pero doy la impresión que de sus 
fisonomías internas me ha dejado la lectura del proceso. Los tres 
que van apareciendo como autores principales del delito, además de 
Martínez, que fué el brazo, el cuchillo, habían recibido buena edu- 
cación y eran aptos para la lucha por la vida. Treffel sirvió como 
soldado á su nación; es vivo, sagaz, mañoso y de voluntad enérgi- 
ca y emprendedora. Ñevraumont tiene talento, virilidad y astucia. 
Sousa es listo. Pudieron medrar honradamente, poniendo en acti- 
vidad sus aptitudes; pero el vicio pasó sobre estas cualidades su 
esponja empapada en alcohol, y las borró. Se quejan sin razón de 
la sociedad y de la suerte esas personas que desperdician sus ele- 
mentos de trabajo, que llegan á no inspirar confianza y entonces 
piden protección y apoyo. Si con los ojos irritados por la embria- 
guez de la víspera; si en la puerta de la casa de la querida, al que 
conoce sus desórdenes y el desamparo en que dejan á sus familias, 
van á pedir ayuda generosa, ¿qué de extraño tiene el que la niegue? 
¿Cómo ha de merecer trabajo ni socorro quien es capaz de robar y 
de ser cómplice en un homicidio, no por pasión, no por hambre, 
sino por vicioso? La sociedad suele ser injusta, pero casi siempre 
es previ.sora, y se defiende. 

Lo que también aflije al leer esta causa, es la edad de algunos 
de los reos. ¡Qué triste primavera de la vida! ¡Por qué resbaladiza 
pendiente han ido rodando al abismo! ¡Ah, si los padres hablan- 
do, no fueran los abnegados encubridores de tantos crímenes ocul- 
tos . . . ! Primero el hurto doméstico, el platón de China que se 
perdió, el Diccionario que no parece, la quincena que en la calle le 
robaron al hijo, la cuenta del sastre que es preciso pagar, el reloj 
empeñado, la criada despedida porque entró á la recámara cuando 
el ropero estaba abierto y después vieron que faltaba en él uu billete 



MANUEL GUTIÉRREZ NÁJERA 327 



de diez pesos; luego, la noche en que la madre espera ansiosa y llo- 
rando, en el balcón, al hijo que no viene; la madrugada en que ba- 
ja á abrirle el zaguán y lo halla tambaleándose y tiene que subirlo 
casi en brazos; las náuseas del borracho al día siguiente, el cuida- 
do para ocultarlo á los ojos de los criados; los amores con la porte- 
ra en el tapanco de la pobre buharda; y á fuera de la casa, como esce- 
nario de la depravación callejera, el billar, la cantina, la ventana 
abierta impúdicamente en algún callejón, la vivienda sucia adonde 
van como á resumidero el sueldo y la salud del aspirante á crimi- 
nal, el jefe de' la oficina que se queja de su vicioso subalterno, el 
zapatero que cobra, la riña con el gendarme y la primera entrada 
á la Comisaría. 

¡Cuántos dramas encubren la sombra de la noche y el silencio de 
las madres! • 

Partiendo de la Comisaría, el descenso es más rápido. Se pide 
dinero pre-^^tado á los amigos del padre; se saca algo fiado en nom- 
bre suyo, en cualquiera casa de comercio; se va el escribiente fuera 
de la oficina porque el jefe lo echó; los robos domésticos dejan de 
ser domésticos; se pillea, .se estafa, se vive con la querida hambro- 
na que estimula y explota los huí tos de su amante; se contrae amús- 
tad con otros ladrones; .se juega, se bebe, ya no en la cantina ni en 
la tienda, sino en el figón; se comparece ante mi Juez Correccio- 
nal ... y el mejor día, quiero decir, la peor noche, se encuentra 
el joven en una relojería, frente á un cadáver, y se ve al mes siguien- 
te en el banquillo de los asesinos. 

Obsérvese el escenario en que .se mueven los autores y cómplices 
del homicidio á que aludo. El fonducho de Reyero, la taberna de 
San Felipe, la cantina de la «India,» la tienda de Tacuba, las car- 
nitas, el pulque, la casa de Coleta: todos se embriagan, todos pe- 
gan, todos huelen mal, ¡todo sucio! Ni un ápice de pasión; ni un 
grito verdadero de necesidad; ¡todo vicio! 

Martínez mata con la inconsciencia y brutalidad de nuestros /<?/»<?- 
ros. Es la bestia humana. Caballero, que había proyectado el robo, 
deja la dirección de éste á Nevraumont, por el encogimiento con que 
el trigueño ve al blanco, y el respeto rencoroso con que á pesar suyo, 
ve el hombre del pueblo á aquel de clase superior á quien está habi- 
tuado á obedecer. Sonsa no entra porque es más débil. La virili- 
dad de Nevramont le ha arrancado la dirección de lo que llamaban 
su negocio. TreíFf 1 y Nevramont son los que, compitiendo en astucia, 
habilidad y codicia, .se disputan la mejor parte del robo. Martínez 
es el indio desconfiado, cabiloso y cruel que mata para que no lo 
roben los dos blancos. 

Coleta espera las alhajas para ir á tomar un ponche á la cantina. 

Ni emoción, ni pasión, ni novedad, ni destreza hay en este cri- 
men vulgarísimo que sugiere tan tristes reflexiones. 



328 MANUEL GUTIÉRREZ NÁJERA 



DESPUÉS DEL CRIMEN 



Hablar todavía del crimen de la Profesa es una falta de educa- 
ción. La copa de tequila que pidió Nevraumont; los zapatos que se 
propone hacer Sonsa; la magnanimidad de TreíFel que devolvió á 
la familia del que había robado las alhajas que no tuvo tiempo de 
vender; la demencia del infeliz Martínez y los sustos de la señorita 
Coleta que — según el juez — tuvo bastantes novios, han pasado á la 
historia y casi ya se borran de la memoria ingrata de los hombres. 
Para perpetuar tales hechos, para grabarlos en lámina de oro, se 
proponen Sousa y Nevraumont — al decir de la prensa — hacer una 
comedia. Este será otro crimen que perdonará también el público, 
por curiosidad. Lo que se ignora aún es si algún músico desocupa- 
do y de genio no comprendido convertirá en zarzuela esa comedia. 

Ya que, después de la sentencia, no puede influir ninguna opi- 
nión en la suerte de los reos, puedo hablar con franqueza. De lo que 
han escrito y publicado los reporters, resulta que todos los asaltan- 
tes de la relojería eran hijos excelentes, ciudadanos ilustres, y per- 
sonas instruidas. Todos hablan de la mamá 5'- del cariño que le tie- 
nen. No las alimentaban, no las mantenían, estaban siempre lejos 
de ellas; pero ¡eso sí! ¡las querían mucho! Treífel no habla de la 
mamá; pero es patriota. El se batió en la guerra del 70 y 71. Tal 
vez merezca pertenecer á la Legión de Honor. 

De pasada ese insigne y preclaro defensor de su patria, insulta á 
las autoridades mexicanas. Se le olvidó que Alsacia pertenecía jus- 
tamente á Francia, cuando quiso refugiarse en la Legación de Ale- 
mania; pero cuando quiso halagar á los franceses, el alsaciano-ale- 
mán se hizo francés. Vio que sus paisanos no eran tan fácilmente 
corruptibles ni tan dóciles á la presión de la alabanza, y entonces 
injurió á los barcelonetas que son tan franceses como los alsacianos. 



MANUEL GUTIÉRREZ NÁJERA 329 



Tragediantes primero, y comediantes después, han sido los hé- 
roes de este famoso crimen de la Profesa. 

¿Qué dicen ustedes de ese cinismo con que Nevraumont habló á 
un repórter del Universal, diciéndole que se había regocijado, al 
ser aprehendido en Túxpara, porque así se veía obligado á no salir 
de su patria? ¿Y qué de la dedicatoria puesta en el retrato que Mar- 
tínez envió á su infeliz madre, á ella, que probablemente no sabrá 
leer, le habla de ósculos y emplea vocablos parecidos, casi para ex- 
hibirse como literato. Una lágrima de ese desventurado Martínez, 
que no sabe escribir, habría sido más elocuente que la verbosa de- 
dicatoria escrita por Nevraumont. 

Sonsa es un ser débil, que desde luego reniega de sus compañeros 
y se propone hacer zapatos en la cárcel para que — 3'a cuenta con la 
próxima salida — cuando vuelva á tropezar con otros foragidos, de- 
cirse á sí mismo: ¡Zapatero á tus zapatos! Este caballerete cifra la 
honradez en el calzado y por eso la tiene en los pies. 

El más caballero, es Caballero. Será porque no habla; pero es el 
que resulta lógico en el proceso. 

Con motivo también de este celebérrimo jurado, se .suscita e.sta 
cuestión: ¿es más criminal el hombre culto como Nevraumont, que 
el hombre semisalvaje como Martínez? 

Aquí voy á alegar algo en disculpa de los mismos á quienes he 
atacado, porque ya los sentenció el tribunal del pueblo, y mi voz 
nada puede influir en su provecho ni en su daiio. 

Es verdad que el hombre de cierto talento y de cierta instrucción 
puede medirla responsabilidad de sus actos, prever las con.secuen- 
cias de ellos y darse anticipadamente cuenta exacta de los riesgos 
á que se expone. Es verdad que esas mismas dotes intelectuales que 
posee, le dan medios ó recursos para luchar por la existencia, agra- 
vando, por consiguiente, el delito que comete, cuando acude á re- 
cursos criminosos. Pero téngase presente el medio en que se mueven 
esos tipos del mundo intermedio, entre la clase acomodada y la plebe, 
entre la inteligencia cultivada y la bestialidad humana. 

Ese medio saturado de alcohol y de perfumes, salidos del tocador 
de alguna prostituta, envenena, emponzoña, más que el de esa 
zahúrda en que se revuelcan los cerdos de la criminalidad. Esos se- 
ñoritos, que han heredado vicios de ricos, tienen necesidades arti- 
ficiales que no sienten los hombres del pueblo como Martínez. El 
vicio les forma fatalmente una atmósfera que va enervándoles poco 
á poco. El salvaje, la bestia humana, mata cuando tiene hambre, 
cuando tiene .sed, ó cuando tiene ganas de matar, cediendo á los 
impulsos de su temperamento. En él se reconcentra el egoísmo; no 
vive para la sociedad ni sabe .si ésta existe ó no: por eso no legiti- 
ma sus amores, ni cuida de sus hijos, ni busca al médico cuando 
se enferma. Pero en cambio, saciados sus bestiales apetitos, queda 

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530 MANUEL GUTIÉRREZ NAJERA 

harto. No tiene las necesidades complicadas y mííltiples del que 
procede de una raza que ha ido paso á paso pervirtiéndose y dege- 
nerando; pero que fué, en algún tiempo, afortunada y próspera. 

Por los cerebros de esos infelices, desmedrados vastagos de un 
árbol antes frondoso, ahora seco, anda la locura. Ya sus antepasa- 
dos les dieron necesidades artificiales, pero siempre imperiosas, co- 
mo es la de la morfina para la mujer acostumbrada á ella, y como 
es la del aguardiente para el ebrio. La satisfacción de esas necesi- 
dades se les impone fatalmente. Necesitan comprar wnjacguei, co- 
mo el indio necesita comprar una tortilla con chile verde ó un ta- 
mal; necesitan ir á las tandas, como su portero necesita una vela de 
cera para llevarla á la Villa; necesitan no parecer pobres, y como 
sus vicios les impiden ganar el dinero suficiente, como en la misma 
sangre de ellos va corriendo el veneno, apelan á medios criminales 
para satisfacer todas esas necesidades artificiales, que no por ser arti- 
ficiales dejan de ser necesidades. Como el agua, buscan su nivel; 
quieren subir hasta la altura de donde bajaron; y ya está conver- 
tida en lodo la que fué agua limpia. Porque el lodo no sube; pero 
se acuerda de que fué agua. 

Dan lástima estos hombres que ruedan en la escalera de la vida. 
Pero hasta su cinismo, como el de Nevraumont, es una manera, 
aunque torpe, de vestirse con elegancia moralmente. Treífel se vis- 
te de soldado; Nevraumont de hijo; Sonsa de zapatero. Nada más 
Martínez se presenta desnudo para que le hagan la autopsia. 

Y pidiendo perdón por haber hablado del proceso célebre — sabe 
Dios por qué — protestando olvidar hasta los nombres de los reos, 
quedo en espera de la compañía Roncoroni para ver crímenes en la 
escena y ensalzar á los criminales en la prensa. 



MANUEI* GUTIÉRREZ NÁJERA 331 



EL SUICIDIO DE NEVRAUMONT. 



Laclasemediatienesuespiimacomoelpopiilaclio;espumagrasosa 
y mal oliente que es preciso quitar con el cucharón de palo, como 
se quita la del puchero rebosante. La espuma del barrio, la hez que, 
removido el vaso de barro, sube en burbujas nauseabundas á la su- 
perficie, es más repugnante á la simple vista y al olfato que la espu- 
ma de la clase media; pero ésta contiene tantos gérmenes morbosos, 
tantos baccilos como aquella. Pasad á ciertas horas de la tarde — par- 
ticularmente en sábado — por la puerta de alguna pulquería; espiad 
por las ventanas en la noche, el interior de los figones: en esos sitios 
se aglomeran los fermentos de las enfermedades sociales. Si pudié- 
ramos encerrarlos en tubos, en redomas, en matraces, como se encie- 
rran para que el hombre de ciencia los estudie, los gérmenes de la 
viruela y de la tisis, de la fiebre puerperal y de la escarlatina, vería- 
mos en nuestro laboratorio de bacteorologia psico-fisiológica, los 
microbios, los corpúsculos de vida, las inverosimilitudes de veneno 
que producen el robo, el asesinato y el suicidio. En un aeroscopio 
recogeríamos los gérmenes que pueblan la atmósfera 5' aislados, fe- 
cundando con ellos un líquido alcalino, según el procedimiento de 
cultivo, observaríamos cómo se reproducen, cómo la bacteridia se 
multiplica en proporción geométrica, y cómo el microbio inoculado 
al abuelo, ya es legión en la sangre del nieto delincuente. 

El gran trabajo de la educación consiste en esterilizar esa sangre 
viciada, en aplicar á la cañería que nos comunica con los miasmas 
del albañal, una bujía Chanberland. 

La espuma de la clase media — clase tan mal estudiada por nues- 
tros pensadores y de la que han visto los novelistas coterráneos la 
faz ridicula y la línea caricaturesca — no pulula en tabernas hedion- 
das ni en figones pringosos; comienza en los billares vergonzantes, 



332 MANUEL GUTIÉRREZ N AJERA 



codeándose con el coime; se enturbia en las trastiendas; gasta levita 
y grasa en la levita; suele copiar oficios con mano temblorosa por el 
alcoholismo en alguna oficina pública; á menudo entra al empeño, 
las más veces con prendas ajenas, mañosamente hurtadas á la ma- 
dre viuda ó al tío que no la pasa mal; compra billetes de la lotería; 
rifa alhajitas falsas; va á la casa de juego á poner á una carta ó á 
alguna combinación de la ruleta las monedas que saca al novio de 
la hermana; en el garito, la toma al vértigo; si gana, corre á la casa 
de tolerancia, al tívoli de mala fama, á la ventila del teatro; si pierde, 
baja á la calle con ojos buscones, encandilados por la fiebre, para 
asaltar al primer desconocido que pasa, mintiéndole honradas mi- 
serias para pedirle una peseta; y en esa pendiente, untada de ja- 
bón, va descendiendo hasta ser traficante de carne de familia y llave 
falsa de la propia casa; hasta el cubil de la mujer con quien entron- 
ca, hasta el delito, hasta el banquillo, hasta el presidio, hasta el 
cadalso. 

De esa espuma nació Nevraumont: espuma de puchero en cuyo 
fondo hay lonjas de buena carne, gajos de pollo, hilachas de sus- 
tancias nutritivas; pero espuma, al fin, que burbujea en la superficie, 
apesta, y que es preciso quitar con la cuchara de palo para echarla 
al caño. A él le vi una vez en la prisión de Ulúa. Su mirada for- 
jada por un herrero tosco, dura y mellada por la suerte, me siguió 
largo trecho, sin penetrarme, porque no era aguda, pero sí terca é 
insistente. Tenía el brillo obscuro de la brasa humeante. A través 
de esa obscuridad caliente, aunque á la vista fría; en el fondo de 
aquellas cuencas; en las lejanías de esa existencia torcida por el 
brazo del vicio, me parecía ver retratados rostros pálidos, figuras 
espectrales; los brazos blancos de la madre, ya empezando á ama- 
rillear, en el instante de suspender al cuello de .su hijo el escapula- 
rio de la virgen del Carmen; la almohadilla forrada de verde, y cla- 
veteada de agujas cuyas puntas tantas veces hirieron las yemas de 
pobrecitos dedos muy trabajadores; el tápalo negro para ir á misa; 
el rosario colgado en el respaldo del catre; la silla que rompió el 
hijo — el que sabía mucho, el que tenía muchos amigos malos — al 
volver borracho á casa. ... un cuadro honesto de miseria arañado 
por el vicio que gatea. Atrás, más atrás, veía hombres de talento, 
hombres ricos, mujeres que asistían á bailes, jóvenes disipados, ca- 
laveras, que iban envenenando la sangre de la raza. Y frente á mí, 
el coeficiente de esas fuerzas, de esas aspiraciones nobles, de esos 
orgullos atávicos, de esos vicios crecidos que no pudo la mano feme- 
nina detener; la miseria irresignada que se rebeló y vestida ya con 
la infamante blusa azul del presidiario. 

Ese infeliz había indudablemente leído algo, en desorden, sin re- 
ñexión y sin paciencia, novelas de aventuras, luego cuentos porno- 
gráficos, ver.sos de Plaza, boletines de periódicos; ese hombre había 



MANUEL GUTIÉRREZ NÁJERA 333 



oído distantes voces que, saliendo de las raíces de la familia, le ha- 
blaban de dinero y de placeres: ese infeliz, degenerado por el vicio, 
aborrecía el trabajo, y estaba, por lo mismo, fuera de la única ley 
de redención. En esos cerebros se cristaliza la idea de sociedad en 
una forma monstruosa. La sociedad les parece la enemi.ua, la que 
les retiene sin justicia las monedas que necesitan para embriagarse, 
para pagar mujerzuelas, para jugar, para ser ricos, para ser lo que 
fueron seres á ellos vinculados en las generaciones anteriores. Les 
queda el hipo de la riqueza, y su boca hambrienta muerde. Instin- 
tivamente huyen del trabajo como de una degradación. Prefieren 
perder.se en la gran masa, en la gran podredumbre, en la canalla, 
como cerrando ccn su vida un círculo. Hombres de alas rotas, se 
arrastran .sorbiendo por los poros del vientre las malas emanaciones 
de la tierra. Y al fin el líquido vi.scoso del pantano los pega á él, 
como prende una gota de goma las patas de una mosca. Dios no 
desaparece de esas conciencias; queda en ellas como cubierto con 
un vidrio grueso y verde. Al través de él míranle deforme ó como 
encubridor de la .sociedad-fiera, ó como cómplice de ellos. Es un 
dios vuelto al revés; bueno, cuando el plan malvado se realiza sin 
obstáculo; malo, cuando el juez fulmina la sentencia. De nociones 
dispensas, de frases truncas, de plintos de ideas, se forman una re- 
ligión para uso exclusivo de los criminales. El orgullo, como una 
copa de aceite, flota en la superficie del vaso nauseabundo. No son 
ellos comunmente el brazo del delito; pero sí la inteligencia caute- 
losa que lo coordina, y la lengua que azuza. No son el brazo, por- 
que el ser degenerado es por naturaleza cobarde, no brutal; y tiene 
miedo al amigo, miedo á la madre, miedo al gendarme, miedo al 
juez, miedo á la muerte, miedo al infierno. Suponen que escondidos 
detrás de otro, no son vistos por nadie. Por eso buscan al irracional, 
al bruto, al macho. La naturaleza débil, pobre, enferma, gotea, co- 
mo Lady Macbeth, su ponzoña, en la energía que ha de con.sumar 
el crimen. 

En hombres así, cuando se les reduce al trabajo, cuando se les cla- 
va en el presidio, el suicidio es una consecuencia lógica, la última 
expresión de su cobardía, la única manera de evadirse que conci- 
ben. Carentes de tenacidad; repeliendo por naturaleza toda forma 
de trabajo; imaginando siempre que su nombre suena mucho, con 
vestigios de lecturas novelescas en la memoria, apelan al recurso 
teatral para morir. La religión y la superstición no les detienen, 
porque de toda religión y de toda ley social han suprimido la pena- 
lidad. La madre no les ataja, porque á la madre ya la han matado 
desde antes. 

El criminal en bruto, raras veces se .suicida. No razona su creen- 
cia ni la siente; pero es supersticioso. Y en algo sí cree, cree en el 
milagro; cree en la revolución que le va á abrir las puertas de la 



334 MANUEL GUTIÉRREZ NÁJERA 



cárcel; cree en el centinela que deja matar; cree en el clavo con que 
hace pacientemente un agujero en su mazmorra. Tiene miedo vago 
al infierno, porque el infierno es un pozo lleno de fuego. Quiere vol- 
ver á abrazar á su madre, á <fsu vieja» á sus cachorros, porque nin- 
guno de estos seres se avergüenza de él y han de llevarle el jarro 
de pulque, la canasta con frutas, el escapulario bendito. Para él, 
que se ha embriagado al son de la guitarra en los velorios, la Capi- 
lla no tiene el pavoroso aspecto que tiene para otros. Es el último 
velorio. Ya que no le ha sido posible quedarse en este mundo, ro- 
bando y matando gente, se irá al cielo. Saborea con apetito la últi- 
ma comida, el último desayuno, el último cigarro. Puede ser que 
no lo maten. . . . puede ser que se fugue en el camino. ... ¡se dan 
casos! 

Y si lo fusilan, ¡al cabo había de morirse alguna vez! La vida del 
pobre es mala y arrastrada. También á su compadre lo mataron ! 

En Belén, en Ulúa, en el patio de la prisión, en el calabozo, se 
divierte. Está en su medio: sale de la canalla suelta y entra en la 
canalla enjaulada, pero siempre en la canalla. No hay en él instin- 
tos heredados, que, siquier á ratos, le hagan ver con repugnancia 
la podredumbre hambrienta de esos sitios. Tampoco siente ese odio 
invencible al trabajo. Este le es antipático, pero no aborrecible. Y 
él es el indio casi irracional, el ser impulsivo, el que muerde cuan- 
do le pegan muy recio, y solo gruñe cuando le apalean y azotan sis- 
temadamente. 

Para recurrir al suicidio se requiere ser, en los más casos, de la 
casta de criminales á que Nevraumont perteneció. TreíFel no se ma- 
tará: de raza más vigorosa y más apta, perseguirá tenaz y sigilosa- 
mente algún proyecto de evasión. Y más dúctil también, ajustará 
su vida al medio en que hoy está, procurando utilizarlo. Nevrau- 
mont había caído come corpo niorto cade. Era la copa ya vacía. Una 
racha de viento la volcó, y la hez postrera, negada antes al fondo, 
fué á perderse en las salobres ondas del mar. 



MANUEL GUTIÉRREZ NÁJERA 335 



HECHICERA Y HECHIZADOR 



La galantería francesa acaba de cometer un acto de injusticia, 
condenando á Gabriela Bompard á veinte años de trabajos forzados. 
Eso es injusto, muy injusto; merecía que la ahorcaran. 

Eyraud va á sufrir la pena de muerte. Y ese pobre hombre no 
ha sido más que una víctima de la desvergonzada mujerzuela, que 
por vestirse de pieles no hizo ascos á la piel humana. En resumen, 
lo que hizo Eyraud fué comprar á la Gabriela un vestido de piel 
de Gouffé. que él va á pagar con su pellejo. 

Yo disculpo á ese canalla que ni siquiera es un gran criminal. 
1,0 considero incapaz de sentir el placer del crimen. Un hombre 
que mata porque le gusta la sangre, es más disculpable que el que 
mata porque le gusta el dinero. En Eyraud todo es bajo: sale del 
alcohol, del fango, de las enaguas sucias. Dobla el cuerpo de Gou- 
ffé, y lo mete, arrugado y hediondo en la maleta, de igual modo 
que dobla y guarda la camisa usada. Asesina por llevar un trapo 
á esa perdida y por beber algunas copas de cognac. No es hermo- 
samente malvado; no es artista, no es inventor ni original como 
homicida. Se le debe pinchar, como á pingajo, con el gancho del 
trapero. Su cabeza estará mejor en el canasto de la ba.sura que en 
el cesto de la guillotina. 

Pero ese hombre enlodado; ese hombre cuyo ser moral sale del 
proceso, como salen de la atarjea los que limpian albañales; ese 
huérfano de la vergüenza, á quien mató al nacer, tiene una discul- 
pa en su favor: amó á Gabriela. 

j:^Me horroriza haber estampado esta verdad asquerosa pero, 

es verdad Amó á Gabriela! La vendía, la entregaba, se pros- 
tituía con ella; pero la vendía para comprarla; la entregaba para 
que no se le fuera; se prostituía con ella para hacerse amar de esa 



336 MANUEL GUTIÉRREZ NÁJERA 

prostituida. ¿Y esto es amor? A primera vista repugna llamarlo 
así. Es como si á un sapo lo llamáramos Romero. Pero es amor, 
es amor en el sentido bestial de la palabra. Así aman los cerdos en 
la piara. Poco importaba á Eyraud que esa mujer perteneciera á 
todos, con tal que entre esos todos estuviera él. Se habían confun- 
dido esos dos cuerpos en una misma inmundicia y tenían el color 
del mismo estercolero. Iban, no abrazados voluptuosamente como 
Paolo y Francesca, sino abrazados brutalmente, á veces como quien 
besa y á veces como quien muerde, por los círculos tabernosos de 
su infierno. 

Ya había consentido él en que ella no tuviera vergüenza, con tal 
de que toda su desvergüenza fuera suya, á ratos. Ya habían cele- 
brado un pacto para robar juntos y gastar lo robado en compañía. 
Pero con esta cláusula: Gabriela robaba para sí, y en circunstancias 
apretadas para él: Eyraud robaba siempre para ella, y á veces pa- 
ra él. 

Repito que da asco llamar amor á este ayuntarse de dos enamo- 
rados impudores. Pero no hay otra palabra que exprese la inven- 
cible tendencia de un ser á otro .ser. 

Veamos ahora cuál de esos dos amores tuvo un minuto de ser 
amor, dentro del mismo fango. Cuando Eyraud mata á Gouífé obe- 
dece á su hembra, la complace, le lleva el puñado de monedas que 
le pide y le entrega su vida. Es un monstruo; pero es un monstruo 
que monstruosamente qiciere.... me resi.sto siempre á decir amar.... 
Eyraud comete un homicidio por Gabriela. Gabriela no fué capaz 
siquiera de callar para salvar al hombre á quien había perdido. De 
ese bellaco hizo ella un asesino. Y cuando él no tenía ya nada que 
darle, tiró su cabeza al canasto, como se tira un sombrero viejo al 
cajón de la basura. No obró por celos; no por arrepentimiento, ni 
por venganza. Quiso exhibir su desfachatez y .su descaro en el ban- 
quillo de la justicia, como antes lo había exhibido en la butaca del 
teatro. 

¿Cómo ha de tener excusa esa mujer? Por mujer, le perdonan la 
vida los jurados. Y porque pertenece al .sexo femenino, porque es 
hembra, la considero más culpable. No habría pedido la pena de 
muerte para ella, porque no la pido para nadie: pero sí habría deman- 
dado que .se le impusiera, cuando menos, pena igual á la de Eyraud. 
Este fué su perro de presa; ella, la que le dijo: Sus! á él! 

¿Cuándo fué mujer, verdaderamente mujer, esa Gabriela? Toda 
mujer agradece que la amen ó que la soliciten, á menos que odie á 
quien la .solicita. Gabriela no odiaba á Goufíe. L,o cita, lo llama, 
lo ve llegar convulso de pasión, y en los momentos en que toda mu- 
jer es mujer, ella es hiena. Todo lo ha preparado, como haciendo 
un guiso. Ya está la salsa, y solo falta el pavo para torcerle el pes- 
cuezo. Lava ella sus brazos para que sea más corredizo el nudo. 



MANUEI. GUTIÉRREZ NÁJERA 337 



En el momento oportuno, llama al mozo — á su amante — para que la 
ayude; y luego vuelve á lavarse, con absoluta naturalidad, como 
la mujer que vuelve de hacer en la cocina una ommelctte soiifflé. 
Ni siquiera es supersticiosa esa mujer, como lo son generalmente 
las mujeres; ni siquiera es cobarde. Duerme cerca del cadáver co- 
mo cerca de un ebrio. Y luego ayuda á plegarlo en tres dobleces, 
lo ata y lía como si fuera almohada, hace con su cabeza lo que haría 
con una capota para hacerla caber en la sombrerera; cierra la maleta, 
y marcha al paradero del ferrocarril cantando coplas de la última 
opereta. 

¿Esto es mujer? Cuando más me ha repugnado es cuando la he 
visto desde aquí sonreír y hacer la comedia en el jurado. ¡Enga- 
ñando hasta el fin, para i>er consecuente consigo misma! ¡Siempre 
novelera, siempre usando de embustes y trapacerías, siempre en 
busca de aplausos y miradas! ¿A qué apeló? A decir que había sido 
hipnotizada, y que durante la hipnosis Eyraud le sugirió la idea del 
crimen. Casi, casi, intenta presentarse como una víctima de la cien- 
cia ó como una sensitiva. 

Por supuesto que en este asunto hay un hipnotizado; pero el hip- 
notizado es Eyraud. Todos cual más, cual menos, estamos hipno- 
tizados por alguno ó por algunos, y, sobre todo, por alguna ó por 
algunas. No es nuevo que hagamos muchas veces la voluntad aje- 
na, ni necesito decirlo en griego para que lo crean; a.sí como las coci- 
neras no necesitan conocer la ley económica de la oferta y la deman- 
da, para saber que cuando en el mercado hay muchos chícharos, los 
chícharos valen menos. Todo hombre enamorado es un fenómeno 
de hipnotismo. Todo hombre nace con la sugestión de conseguir di- 
nero. Los honrados trabajan, y los picaros roban. Y como Eyraud 
es un miserable, y como quería á Gabriela bestialmente, cuando ésta 
le pedía dinero, él lo robaba. Hubo un momento en que para robar- 
lo necesitó matar, y asesinó. 

i Medrados quedaríamos con esta irresponsabilidad de los crimi- 
nales, que, en defensa de la Bompard, ha proclamado la escuela de 
Naccy ! Esa doctrina debe haber sido sugerida por algún criminal. 
Pero si un hombre sugiere á otro que cometa un crimen, la socie- 
dad sugiere á los jueces que castiguen á ambos criminales. 

En todo caso, como ya lo dije, si en este caso hay un hipnotizado, 
naturalmente hipnotizado, ese es Eyraud. El tiene una disculpa: 
amó á su modo, como el bruto. Su hembra nunca amó. 



43 



338 MANUEL GUTIÉRREZ NÁJERA 



PUESTAS DE SOL 



¿Habéis visto la puesta del sol en las últimas tardes? Necesitaría 
el colorido hermoso y caliente de Eugenio Froraentin para descri- 
birla. Necesitaría palabras color de fuego, palabras color de ámbar, 
palabras color de oro. Necesitaría que unas frases resplandecieran 
é irradiaran; y que ocultas en otras, como fronda murmurante, can- 
taran las ideas á semejanza de los pájaros á la caída de la tarde. 

El sol, como los grandes trágicos, sabe morir de muchas maneras. 
Lo he visto caer al Océano . . . caer como un enorme escudo de oro 
arrojado por titán iracundo, desde la cúspide más alta. Lo he visto 
hundirse en esas mismas ondas con la augusta majestad de un So- 
berano. Expira, á veces, lánguido y despidiéndose de todos poco á 
poco, como un poeta enamorado y joven. Entonces el cielo es como 
un lago azul, y son las nubes como encajes blancos y como cendales 
amarillos que flotan sobre las olas adormidas. En otras tardes muere 
herido, desangrándose, en revuelto océano tinto en púrpura. A oca- 
siones se suicida, se echa al mar sin vacilación, en un instante. A 
ocasiones su agonía es lenta y tranquila. Suele morir contemplando 
amorosamente á la pálida luna que, vestida de blanco, sube por el 
cielo, y suele morir también como corrido, como escondiéndose en 
los montes, para no ver los gigantes negros que, con espada de re- 
lámpago, trepan, rugiendo, por Oriente. Son los titanes que van á 
robar el fuego del cielo: son sus enemigos! 

Cuando le place, no permite que nadie lo vea expirar. Ciega al 
osado que clava en él la vista. Pero en estas tardes ha permitido 
que los mortales lo veamos; ha recogido sus rayos y los ha envuelto 
en una tela de goma opaca. 

Miradlo: no parece que va á caer, sino que va á subir. Es un her- 
moso globo rojo cuyo hilo tiene algún niño príncipe en la terraza 



MANUEL GUTIÉRREZ NÁJERA 339 

4 
del castillo. Pero, de repente, el gas de ese globo comienza á esca- 
parse ... el globo se desinfla poco á poco y cae lentamente sobre 
los árboles del bosque. ¡Ya va á llegar! ¡ Ya va á enredarse entre las 
hojas! ¡ Ya se quedó prendido y apagado y roto en las ramas de aquel 
ahuehuete! Las estrellas, que son muy inocentes y que se entretie- 
nen muchísimo con los globos de goma, sobre todo cuando son tan 
grandes como el sol, asómanse, anhelantes, y con los ojos de pestañas 
rubias, muy abiertos . . . pero ¡ya se rompió el globo; ya no está! 



*** 

Pasead á esas horas por la calzada de la Reforma, si no podéis 
alejaros más de la ciudad. ¿No habéis observado cómo las ciudades 
marchan rumbo á Occidente? Porque las ciudades andan, emigran 
y hasta salen á mudar de aires. Y México, como todas las ciudades, 
camina hacia el Oeste: observadlo en París. Ha dos mil años, París 
estaba en la vertiente Noroeste de la montaña de Santa Genoveva, 
en donde todavía se miran hoy las Thermas de Juliano. Y ha ido 
bajando, siguiendo la misma ruta que el sol sigue en el cielo; llegó 
por fin al bosque de Bologne, y ya se extiende paulatinamente rumbo 
á Saint-Cloud. Y lo mismo han hecho Londres y San Petersburgo, 
Berlín y Viena, Lieja y Turín, todas las grandes ciudades moder- 
nas, así como lo hicieron las antiguas. Si queréis un ejemplo de la 
antigüedad, ahí está Pompsya. 

¿Por qué esta marcha hacia Occidente? De París podría decirse 
que sigue el curso del Sena; pero el Támesis de Londres sigue pre- 
cisamente un curso inverso. Más justo parece lo que dice Flamma- 
rión; que las ciudades son atraídas por la luz. La vida sigue al astro 
rey, al que es su padre. El la ha enseñado á caminar en cierta di- 
rección, y ella, obediente, lo acompaña adonde va. Rumbo áOriente 
quédanse los pobres, los tristes, los esclavos del trabajo, los que no 
ven más nubes que de las grandes chimeneas. Los ricos, los felices, 
los desocupados, los favorecidos de la suerte, van camino de Occi- 
dente. Porque son ricos, tienen títulos de nobleza y pertenecen á la 
corte del sol; lo van siguiendo. Allá, al Poniente, están los hermosos 
paseos, los sitios de recreo. La vida y la civilización caminan como 
guiadas por el sol. 

México parece como irse desprendiendo y alejando del lugar en 
donde lo dejaron los conquistadores. Va para allá en donde presume, 
y con justicia, que debió de haber sido su asiento. Y rumbo al Po- 
niente, la flor parece más hermosa, como vestida de paseo; el agua 
salta en chorros límpidos, como diciendo al aire que se muere de 
calor: ¡toma, refréscate! — La calle es más amplia significando que 



340 MANUEL GUTIÉRREZ NÁJERA 



es el cauce para un río humano ya más caudaloso; atrás se quedan 
los callejones tortuosos, los que se hicieron para los retablos, para los 
asaltos nocturnos, los que parecen embozados, los construidos adre- 
de para obligar á creer que los faroles de aceite ó las mechas ali- 
mentadas con grasa, alumbran de verdad: atrás se quedan esas casas 
que parecen prisiones, habitadas por enfermedades, las fachadas 
amarillentas de hictericia, las puertas verdinegras que dan entrada 
á obscuros pasadizos, las azoteas que todavía están armadas de ca- 
nales por horror al agua, por horror á la limpieza, ó por fingir que 
tienen carabinas y mosquetes y amenazan con ellos á los indios ene- 
migos: atrás se queda la accesoria que parece A, una tortillera senta- 
da en cuclillas, y la vivienda chaparra de un solo balcón que parece 
olla ; y allá, por donde el sol pasea en las tardes, las casas, aunque no 
sean ricas, están bien vestidas de percal y muselina, pero de muse- 
linas y percales que respiran frescura; á sus azoteas sube el agua, 
para bajar presa en angostos tubos, á la tina del baño; en sus vi- 
drieras hay persianas y en los barandales de sus balcones hay cam- 
pánulas; el árbol, que cuandollega á viejo es viejo verde, se aproxima 
á esas muchachas, las corteja, y no piensa en buscar á las solteronas 
gordas y cacarizas del Oriente; la luz se despide más tarde de esas 
.salas en donde prolonga su visita porque está muy á gusto y . . . 
¡para allá la civilización, para allá va la luz, para allá va la vida! 

¡ Cómo brotan casas en esa Calzada de la Reforma ! ¡ Cómo va de- 
jando la ciudad á los pobres, parecida á la dama elegante que percibe 
un olor y recoge su falda de sedaysale aprisa de la iglesia. La lechuga 
vive en la Merced, la flor en San Cosjne: lo que en los barrios del 
Oriente es canasta, es cesto en los del Poniente. Pronto, sin duda, 
México se unirá á Tacubaya, que lo espera como una novia espera 
al novio, con prendido de flores y con una rosa en el corpino. Ya no 
sólo van los carruajes elegantes, camino del Oeste: también se van 
las estatuas, se va el arte, como huyendo de la Academia de San 
Carlos, que está muy al Oriente ; pero muy al Oriente! 

Id á disfrutar de estas hermosas puestas de sol en la Reforma, ó 
id de mañana, cuando el calor no habla aún en voz alta. En la ma- 
ñana los alemanes, los franceses, los yankees, son los que más fre- 
cuentan la Calzada. Allá va el comerciante en su caballo, haciendo 
provisión de oxígeno para no asfixiarse en laobscuridad del almacén. 

Allá va el diplomático en su faetón ó en su bnggy de ruedas colo- 
radas. Allá va la amazona con su largo vestido negro ó gris y su 
lazo de seda azul en el sombrero ... El noble perro de casa rica, 
con su collar y su cadena de luciente acero . . . Las que vuelven 
de la alberca, frescas, risueñas, con el pelo suelto ... La Miss re- 
cien llegada, con su enorme ramo de botones de rosa sobre el pecho 
. . . Un viejo inglés leyendo en ima banca su periódico ... Y 
en medio de la calzada el carro que lleva un gran barril acostado, 



MANUEL GUTIÉRREZ NÁJERA 341 



porque se bebió á sí mismo y está ebrio, dando un baño de regadera 
á la reseca tierra. 

Por las tardes, esa pequeña faja trazada por el café de Zepeda, 
parece como desprendida 'ie parisiense boulevard. Los últimos rayos 
del sol, como tomando las últimas copas para irse á dormir de buen 
humor, se disputan los vasos, y pagan, convirtiendo en topacio la 
cerveza, en oro el cognac, el absinto en esmeralda, y la grosella, 
la más inocente de las bebidas, en rubor. 

¿Por qué no bajan las señoras de sus coches? ¿Por qué algunos 
hombres van solos en los suyos? ¿Van á que los veamos? No que- 
remos ¿No tienen amigos? ¿Quieren ir á solas con su vanidad? Si 
son poetas, soñadores, en busca de soledad y de silencio, que se va- 
yan al bosque! 

Y en los landos, en las duquesas, y victorias, pasa la hermosura 
envuelta en polv^o de oro . . . Hasta que el globo rojo del sol que- 
da enredado entre las ramas de los ahuehuetes, y las pupilas se apa- 
gan y los focos de luz eléctrica se encienden. 



342 MANUEL GUTIÉRREZ NAJERA 



EL CZAR ESTÁ PÁLIDO. 



Aceptando por buena la antigua definición de tragedia, podría- 
mos bien decir que la tragedia más perfecta es la que hoy se está 
representando en el mundo. El infortunio de los reyes es epidémico, 
igualmente que la grippe. Todo el antiguo régimen tose, estornu- 
da y se queja de dolor en los huesos. Unos aseguran que el Papa 
ha muerto; otros dicen que vive, pero, en todo caso, ya .se duda de 
la existencia real y positiva del Pontífice. Don Pedro del Brasil — 
el noble y generoso anciano que pensó haber vencido por amor — 
anda expulsado de la casa en que vivía y hospedándose en otras 
casas que se están cayendo. Se teme que muera la reina Victoria, 
y si creemos todavía que vive, es porque ya hace muchos años que 
lo están diciendo. Pero en realidad el vivo es Gladstone. El Czar 
de Rusia se pa.sea en coche, muy pálido, como el Miedo coronado. 
Cuentan que está loco. Un niño reina en España: por manera que 
allí la monarquía necesita encerrarse en la alcoba para que el aire 
no le dé. El más vigoroso de los reyes es el joven Guillermo, de 
Alemania. Pero Guillermo el rey, monta á caballomuyá menudo 
y del caballo puede uno caerse. En el trono de Austria aparece un 
padre infeliz que ya casi está muerto. En Portugal expira el sobe- 
rano y su heredero llega con temor y susto, en medio de las com- 
plicaciones más enmarañadas. La democracia sube en Italia como 
invencible marea. En Oriente todo se pudre, todo se disuelve, Y 
como manadas de lobos hambrientos, ya vecinas, rugen, al rededor 
de los cadáveres disyectos, los nihilistas, los socialistas, los apósto- 
les frenéticos del desquite universal. 

En pocos años ¡cuántos dramas en los regios alcázares! Reyes 
suicidas, reyes dementes, reyes prófugos; éste que rinde el último 
aliento en la flor de la juventud; ese que en una noche de luna se 



MANUEIv GUTIÉRREZ NÁJERA 343 



echa al río; aquel que ciñe á sus sienes la corona en el postrer es- 
tertor de la agonía; un Werther que se arranca la vida por amor 
cuando iba á ser el soberano; un autócrata, un semidiós asesinado; 
Hamlet paseando melancólico por la plataforma de Elsenor, vien- 
do el fantasma de su padre muerto; brillo de puñales; desaparición 
brusca de personajes que se hunden; el festín de los reyes terminan- 
do entre carcajadas y entre besos, y una Borgia vestida de negro 
que abre de súbito la puerta y que les dice: «¡Todos estáis envene- 
nados!» 

Muy melancólico y muy bello es el libro de Daudet los «Reyes 
en el Destierro.» Allí aparecen, enfermos unos, degradados otros, 
dignos pocos, tristes todos; esos viejos actores que representaron 
antes con aplauso una comedia que no gusta ya, la comedia del de- 
recho divino. El galán joven, yamuy viejo y mal vestido, pide dine- 
ro prestado á .sus antiguos compañeros ó se los roba cuando 

puede. El barba, más precavido y más prudente, ahorró algunos 
cuartos y los presta en la plaza al doce y medio por ciento á la se- 
mana. La dama — ¡pobre ex-hermosa! — vende ha.stael anillo de oro 
que le dio su primero y tímido amante; hasta las coronas de plata que 
arrojó á sus pies el entusiasmo del público en noches inolvidables 
para ella. ... ¡Y todos ellos representaron papeles de reyes y de 

príncipes; pero se cerró el teatro; ya están viejos y ahora no 

gustan las comedias de capa y espada. . . . Canta la Theo y el pú- 
blico se va á la ópera bufa! 

Podría escribirse sin embargo, un libro más trágico que el de Al- 
fonso Daudet. En menos de un cuarto de siglo, desde que el archi- 
duque de Austria muere en nuestro Cerro de las Campanas hasta 
que Don Pedro del Brasil sale desterrado de su reino, ¡qué terribles 
escenas en las cortes! ¡Ah! aquella «Gran Duquesa,» aquella des- 
vergonzada que hacía reír, en París, á casi todos los soberanos eu- 
ropeos, mientras Bismarck gruñía en Berlín, aquella cínica y des- 
cocada bailarina, iba á pisotear muchas coronas! Apoco, enloque- 
ce Carlota; Napoleón el último rinde su espada humildemente; su 
hijo perece en trágica aventura; múda.se el Papa de Europa y llega 
para los reyes todos la hora de morir. ¿Por quién doblan esas cam- 
panas? Por vosotros. 

Un gran poeta, un gran poeta como Shakespeare, podía simbo- 
lizar, en figura gigantesca, esta vejez, esta decrepitud, esta agonía 
de la reyedad. Pero ¡Qué digo! ya la simbolizó Shakespeare en el 
¡Rey Lear! Todos los reyes modernos están en el ¡Rey Lear! Allá 
va abrumado de años, de fatigas, de experiencia, de dolores; en mi- 
tad de la noche, perdido en bosque espeso é intrincado; desnudo casi, 
con las carnes desgarradas por las zarzas; azotado por las violentas 
ráfagas del viento, por las rachas de la lluvia, por el granizo, por 
la nieve; allá va solo y encorvado, buscando para guarecerse la ca- 



344 MANUElv GUTIÉRREZ NAJERA 



verna del lobo ó la madriguera del leopardo; allá va en busca de 
una Cordelia que no existe, porque Cordelia era la fidelidad y la fi- 
delidad murió de frío! 

¡Cuánto más cautos y felices los que, como ese duque de Aosta 
que acaba de morir, cercado de cariños, supieron arrojar desdeño- 
samente la corona por el balcón de sus palacios! Amadeo, como el 
archiduque Maximiliano, pensó que iba en caballeresca aventura, 
á despertar á una princesa encantada. Pero Amadeo vio que lo ha- 
bían engañado; que las leyendas son leyendas y que la fíintástica 
princesa era una manóla que abría ya la navaja para herirlo. , , . 
y entonces, con menosprecio y noblemente, tiró la corona para que 
la levantara el que quisiera. 

Y es buen ejemplo el de Don Amadeo I de Saboya. El ex-empe- 
rador del Brasil escribía hace poco al cantante Stagno. El reinado 
de usted ha durado más que el mío. Y es verdad. L,a voz de un te- 
nor dura hoy más que un imperio. 

En Inglaterra la monarquía e.stá nniy vieja. En España está muy 
niña y los niños se mueren fácilmente. En Alemania puede morir 
de congestión. En Rusia va á morir de frío. ... ya lo oísteis: ¡el 
Czar está muy pálido! 



M \NUEL GUTIÉRREZ NÁJERA 345 



PERROLLAZ ESTÁ PÁLIDO. 



Recuerdo haber escrito cierta vez un artículo titulado «El Czar 
está pálido.» Y no lo dije porque lo vi, sino porque el Sr. Lee-Kook 
que está, como Dios, en todas partes, lo había dicho. 

Esa palidez preocupó mucho á las cancillerías europeas, de lo que 
infiero que la paz del viejo continente, depende de que el Czar esté 
muy colorado. 

Ahora bien; la paz de las familias en las presentes circunstancias 
depende, á mi entender, de que el Sr. Perrollaz esté ó no pálido. 

Hay quien crea que la rifa zoológica e.stá subvencionada por Gua- 
temala con el ñn de que pase inadvertido el conflicto centroameri- 
cano. Y con efecto, nadie se preocupa de que haya salido el General 
Menéndez del poder y de este mundo. Lo que nos interesa es saber 
si mañana saldrá pato. Los animales siguen teniendo muchos par- 
tidarios. 

El rey de los animales — dígolo sin mal fin— no es es el león, co- 
mo habían convenido nuestros padres. No, señor, es Perrollaz. Es- 
te buen amigo mío, que ya no va pareciéndome tan bueno desde 
que se niega á confiarme sus secretos, es hoy por hoy el verdadero 
autócrata de México. Hemos tenido tres imperios; el de Iturbide, 
el de Maximiliano, el de Perrollaz. Y dos intervenciones funestas: 
la de los franceses y la de los animales. Su Majestad Perrollaz se 
apoya no en las bayonetas pero sí en el número: en los brutos. Y 
cuando quiere, vuela, y cuando quiere, nada; y cuando se le an- 
toja anda en cuatro patas. El hace los peces que nadan en el aire y 
las aves que vuelan en las aguas. 

No.sotros, fatigados al fin ¡gracias á Dios! de luchas y banderías 
políticas, hemos dado á nuestra actividad incurable empleo, más no- 
ble en las partidas zoológicas beligerantes. Ya no hay juaristas, ni 

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346 MANUEL GUTIÉRREZ NÁJERA 



lerdistas ni imperialistas: ahora hay patistas, gatistas y perristas. 
No queremos que salga tal ó cual presidente, sino este ó ese animal. 
Hay personas que darían la vida por un pavo. 

En esta revolución no corre sangre, no! Ya lo hemos dicho en 
prosa — creo que ya lo dije en verso — que el acero de las espadas se 
había convertido en rieles de ferrocarril. Y ustedes se convencerán 
de que eso es cierto, si observan lo delgaduchos y frágiles que están 
los rails de muchas líneas férreas. A esta innovación en el uso del 
acero, debía corresponder otra en el uso de la sangre. Hoy la sangre 
ya no se usa: lo que .se usa es la plata, y ésta es la que está corrien- 
do á mares en la guerra zoológica. 

Ni la de tres años ha causado más estragos que ésta de tres me- 
ses. Conozco á un individuo muy honrado, muy bueno, muy pa- 
triota, muy partidario del conejo, que ha sacrificado su haber y el 
porvenir de su familia, á la causa de ese nobilísimo animal. Eso se 
llama ser leal, abnegado y útil á la patria. 

Hay personas también que llevan setenta y nueve días de estar 
derramando su sangre, ó sea su plata, por .sacar de la cárcel en que 
e.stán encerrados con notoria injusticia, al sabio pato y á la inocen- 
tísima serpiente. La caja de madera que verán ustedes en la Plaza 
de San Juan, es la bastilla moderna, es la bastilla de los animales. 

¿Que el Sr. Pérez está en prisión, después de averiguada su ino- 
sencia? . . . ¡Bueno, pues e.sté! al cabo es muy hombre. Lo que 
nos importa es que no esté encerrado el elefante, que es muy ani- 
mal. Y los esfuerzos denodados de la prensa, los del pueblo, los de 
México entero, tienden á ese fin. 

Antes se preguntaba: — ¿Qué santo es mañana? — Ahora se pre- 
gunta: — ¿Qué animal .saldrá mañana? — Antes le llevaba uno á su 
familia un pavo asado envuelto en papeles. Ahora se le lleva á la 
misma respetable y numerosa enemiga de nuestro reposo, un pape- 
lito que dice pavo, y que no tiene pavo adentro. Pasa lo que con el 
acero, lo que con la sangre; todo cambia: hoy no comemos pavos, 
pero compramos sus retratos. Ninguna intervención ha sido tan 
efectiva como esta. Y conste que no me atrevo á llamarla interven- 
ción extranjera, porque se trata de animales y no quiero ofender á 
la Sociedad protectora de los mismos. Esta intervención no solo ha 
revolucionado la República, sino también los hogares. 

Un condiscípulo mío, que jamás ha estado en ninguna escuela ni 
en ningún colegio, aunque sí frecuenta otros malos lugares, se di- 
vorció ayer de su señora, por incompatibilidad zoológica. A él le 
gusta el gallo y á ella el toro; naturalmente han tenido que sostener, 
por principios políticos, una lucha encarnizada. Y como salió toro, 
el señor se ha indignado. 

Los padres están en guerra con sus hijos; el burro abre un abis- 
mo infranqueable entre los hermanos, como en la época de Caín y 



MANUEL GUTIÉRREZ NÁJERA 347 



Abel ; y hasta se ha dado el caso de que las suegras voten con los 
yernos á favor del gato. 

Hemos tenido guerras internacionales y guerras civiles; hasta 
ahora tenemos, merced á la intervención de los animales, una gue- 
rra doméstica. 

Y el Sr. Perrollaz es la causa de las causas, la que desconfiaron 
de encontrar Augusto Comte, Littré, Spencer y cien otros. Es el 
primer principio. Más atrevido que Hernán Cortés, conquistó á Mé- 
xico con veinticinco animales. Se llevó él los tesoros de Cuahutemoc 
Se ha encontrado la piedra filosofal en la cabeza de los mexicanos. 

Nada de extraño tiene, en consecuencia, que todos lo persigan 
y lo busquen y lo admiren. El está en el secreto: sabe si al tercer 
día ha de resucitar el guajolote. Por la mañana — creo que á las 
siete en punto — escoge al animal que ha de hacernos animales á 
todos. Y en seguida . . . ¿qué sucede en seguida con el Sr. Pe- 
rrollaz? Yo creo que desaparece, que se va al Paraíso en un carro 
de fuego como Elias, ó que se hunde por un escotillón como los per- 
sonajes de las magias. Vi alguna vez en mi vida á Perrollaz. Pero 
creo que ya no volveré á verlo ni mucho menos á hablarle. Tal vez 
solo existe de siete á siete y media de la mañana y de seis á seis 
y cuarto de la tarde. Después se borra como si la humanidad fue- 
ra una pizarra, y él una cifra escrita en ella. Se encuentra á Saint- 
Saens, se encuentra á Eyraud, .se encuentra á los que robaron á 
Brillanti, álos que robaron á Phillipp . , . no se encuentra á Pe- 
rrollaz. 

Cuando menos, debe de ser un troglodita, ó para hablar en cris- 
tiano, habitante de cavernas. Y hace bien. Si el Sr. Perrollaz tu- 
viera forma corporal como nosotros y si pagara casa como nosotros, 
veríase en graves aprietos. No podría dormir, por temor de hablar 
en sueños revelando el nombre del animal que se propone encerrar 
al día siguiente. No podría contestar á su cocinera, sin inmutarse 
cuando ésta le preguntara si hacía costillas de carnero ó patas de 
puerco. ¡Borrego ó marrano! / That is the question! Todos lo invi- 
tarían á comer, á tomar copas, con la esperanza de volverlo expan- 
sivo, hablador, agradecido. ¿Y amar . . . ? ¡Oh, qué difícil le sería 
amar! 

— ¡ Una prueba ! ¡ Una sola prueba de cariño ! ¿Es conejo ó es perro? 

He aquí el problema! 

Hay, sin embargo, algunos mortales venturosos que han visto al 
Sr. Perrollaz, cuando no está oficiando. Y uno de^llos echó de ver 
que se había puesto pálido cuando alguien dijo: 

— Hoy sale mariposa. 

Y cuentan los testigos de la escena qiie, en efecto, el Sr. Perro- 
llaz se puso pálido. 

— ¡A comprar mariposa! — se dijeron todos — ¡y salió jaguar! 



348 MANUEL GUTIÉRREZ NÁJERA 



Aquí tienen ustedes por qué ya no creo ni en la mismísima pali- 
dez de Perrollaz. 

Y conste que no lo llamo amigo mío, ápesar de que amigos hemos 
sido, y de que en mucho aprecio su talento. Desde el momento en 
que desconfía de mí, en que me oculta algo, aunque ese algo sea 
animal, y no me dice, en el seno de la amistad, lo que él sabe y á 
mí me interesa saber, ya no es mi amigo. Sin embargo, puede vol- 
ver á serlo cuando guste. 



MANUEL GUTIÉRREZ NÁJERA 349 



EL CIELO ESTÁ MUY AZUL. 



El cielo está implacablemente azul. Cuando sale uno del baño 
matinal, azotado por el chorro de agua fría que, á manera de látigo, 
nos azuza para que corramos, el calor aún tibio de la atmósfera, 
parece voluptuoso; la tersa limpidez de las capas superiores cautiva 
la mirada, y ese sol refulgente que parece salir de caza levantando 
nubes de polvo en su camino, semeja gallardo, altivo, triunfador. 
Ni una nube en las crestas de las montañas: los blancos rebaños que 
Eolo cuida, no aparecen. Ni franjas color de rosa ni cintas color de 
ámbar en el horizonte. Todo azul. 

Sin embargo, fijándonos un poco echamos de ver que ese azul está 
un tantico sucio. No se ha lavado todavía con agua fresca y para 
disimular el desaseo se ha puesto polvo de arroz en la cara. Es un 
azul deslabazado, que no ha dormido bien y conserva la fiebre del 
insomnio. Otras veces lo vemos profundo, intenso, enérgico. Ahora 
no: está desleído. 

Como las almas, el cielo necesita la lucha para resplandecer. Si 
triunfa de las cerradas nublazones, de los negros nimbus, esplende. 
La calma prolongada le deja soñoliento, pálido. Alzo hoy los ojos 
para verle y se me figura que es un desierto. Ninguna caravana de 
árabes, envueltos en sus blancos alquiceles, cruza por esa extensión; 
no se presenta ningíin camello amarillo y giboso en el horizonte; no 
se columbra al mercader que de Damasco viene con su muía car- 
gada de telas color de escarlata, ni se presume que puede haber, en 
donde los montes lindan con el cielo, un oasis, una cisterna, un si- 
tio húmedo y sombroso: no hay una sola nube en el espacio. 

A medida que el día avanza, aumenta el calor. Cae sueño sobre 
la naturaleza. Las acacias que al .soplo de la bri.sa ríen moviendo 
sus calados abanicos, están ahora inmóviles. El árbol no sacude 



350 MANUEL GUTIÉRREZ NÁJERA 



SUS hojas, y parece pintado con lápiz verde sobre fondo azul pálido. 
Tiene la vegetación ese color brillante, mas sin vida, de los tibores 
japoneses. El agua anda despacio y sin tararear ninguna de sus 
canciones favoritas. La tierra está echada. 

Bn otras ocasiones tal parece que la tierra se mueve y hace fies- 
tas. Ora bebe agua, ora deja que el aire haga danzar la arena; ya 
hace cosquillas á las espigas, que se retuercen riendo; ya dice no 
sé qué palabras á las rosas, y las ruboriza. Pero bajo esta atmós- 
fera pesada, ni el menor movimiento se percibe en ella. Camina el 
buey con rnayor lentitud; no ladra el can; las ovejas salen á pastar 
con el cansancio y el desgano del oficinista que vuelve al interrum- 
pido trabajo por la tarde; los pastores se tienden sobre la yerba con 
la cara hacia el suelo, y ni el gallo animoso cacarea. Es la siesta; 
pero la siesta sin esperanza. ¡Ni una sola nube! 

No es piadoso este cielo. Es como esos espíritus monótona y egois- 
tamente buenos, que viviendo vida contemplativa, no ejercitan la 
caridad. Prefiero el cielo apasionado, el iracundo, el que, como Don 
Juan, anda á estocadas con alguaciles y cuadrilleros de la Santa 
Hermandad, el que se emboza y desenvaina el rayo; ese cielo que 
tenante blasfema y que fecunda la naturaleza. Bueno es que la in- 
mensidad azul tenga sus días de campo, sus días en que vista de 
muselina vaporosa, y sus noches de fiesta, en las que luzca sus alha- 
jas. Pero ha de pasar también, para que sea completamente her- 
mosa, por crisis de amor y celos; han de relampaguear sus ojos por 
la pasión encendidos para eso, más feliz que diosas y mu- 
jeres, tiene pupilas color de cielo ó profundamente negras, á su 
antojo. 

La tierra quemada y reseca tiene sed. El río corre furtivo y ver- 
gonzante, por lo hondo, para que no le vea ella y tenga que decirla: 
nada tengo. Y cuando miro la sedienta mazorca, delgaducha, ama- 
rilla, que se empina á modo de chicuela que no alcanza con sus 
manos el brocal del pozo, pienso en las criaturas indigentes que no 
tendrán acaso alimento mañana. Entonces ese cielo azul me parece 
de acero, frío, cruel. 

La sequía destruye nuestras sementeras. El sol las asaetea. La 
tierra no tiene j^a jugo que dar, y ha de sufrir lo que la madre cuando 
ve enjutos sus senos y mira hambriento al hijo. Parece desmayada 
la naturaleza. Hay agua para nosotros, agua para nuestro vino, 
agua para nuestro baño sibarítico, agua para la magnolia que se 
ostenta en jarrón de porcelana, pero no hay agua para el pan del 
pobre. 

El especulador se regocij a y acapara cereales. Para ese el hambre 
es una Celestina. Esa le lleva á las vírgenes, le corrompe á las es- 
posas, le vende á vil precio los humildes muebles del obrero. Para 
ese la sequía es fecunda y pródiga. Come él hambre ajena. 



MANUEIv GUTIÉRREZ NÁJERA 35 1 



¡Son hermosos los trigales cuando la lluvia los alienta á tiempo! 
Los segadores emprenden, cantando, su tarea, porque el buen trigo 
no se queja de que lo corten con la hoz: no le duele, y quiere con- 
vertirse en blanca harina. El trigo es apacible, manso, rubio. En 
sus campos se aman castamente Ruth y Booz. Es el oro en la edad 
de la inocencia. Es el oro que tiene blanca el alma. Tanto lo amó 
Jesús que quiso perpetuamente unirse á él. La hostia es suya. 

Rebosa el granero; viene chirriando la carreta, abrumada por el 
peso de los haces; rodea la era un nimbo místico; la hoz brilla como 
la mirada de una joven que acaba de hacer alguna buena obra. . . . 
¡qué alegría en los campos! ¡qué olor de cuerpo sano despide la na- 
turaleza! El grave, noble buey, está contento de sí mismo. 

Más tarde la blanca, leve harina, saldrá como purificada del mo- 
lino para ir al horno, en donde, por amor al hombre, se convierte 
en alimento. Fué rubia, fué blanca; luego es buena. Salva al niño 
enfermito; sirve de apo5'o al achacoso anciano. Es la contestación 
que manda Dios á los que le piden el pan de cada día- 

Pero ahora, pensando en la sequía que aniquila el maíz, como por 
reflejo, esos trigales, esas ondulantes sábanas de oro, transformán- 
dose en mi imaginación, se me presentan en distinta forma. Veo el 
petate agujereado en donde duerme el indigente; veo la luz amari- 
lla de la vela de sebo pegada á la tarima; y la transparente amarillez 
del niño hambriento, y hasta las flores tristes color de ocre, que los 
pobres les llevan á sus muertos. 

Esas noticias pidiendo agua que nos transmite el telégrafo; esas 
cifras que, secas aparecen en las cotizaciones de la bolsa, señalan 
un hecho desconsolador: la sed está haciendo hambre. El maíz se 
pierde; la tortilla, ese único viático que recibe el indio para su ca- 
minata por la tierra, encarecerá dentro de poco; el frijol sube de pre- 
cio, y la cazuela del peón ya no va llena al campo de labranza. . . . 
la caridad abre sus ojos asustados y se prepara á tender la mano 
suplicante. 

Vuelvo la vista al cielo y está azul, muy azul, sin una nube. To- 
das las nubes .se agruparon en los obscuros horizontes de la vida. 



f52 MANURL GUTIÉRREZ NAJERA 



LOS NIÑOS TRISTES. 



No hay itn cansancio que tanto me conduela como el prematuro 
cansancio de la vida. Esos jóvenes pálidos que andan trabajosamen- 
te, arrastrándose á sí mismos, y de los que muchos podrían decir lo 
que Musset dijo de su enlutado é inseparable compañero, en la <f No- 
che de Octubre:» «se parecía á mí como un hermano.» Esos, en cuyos 
ojos parece ya soñolienta la rnirada; esos sonámbulos despiertos; 
esos monólogos transeúntes, avivan la curiosidad del psicólogo, en- 
sombrecen las tristezas del poeta. ¿Qué llora en esas almas? ¿Qué 
callan esos taciturnos? ¿Qué buenos sentimientos muertos, como ci- 
rios recien apagados en un templo, despiden ese humo que les en- 
vuelve en una atmósfera opaca y que casi siempre huele mal? 

Quisiera uno penetrar en esos espíritus, como se penetra en una 
gruta, ó sacudirlos para ver qué chispas, qué ayes, qué blasfemias 
salían de ellos. 

Pero hay algo que causa dolor más hondo: el niño triste. El joven 
melancólico se cansó, pero ya anduvo. Por dura que la suerte haya 
sido para él, es seguro que en esa misma lucha han tenido empleo 
sus actividades y que ha logrado breves triunfos. Ese, conoció la 
esperanza. Ese, conquistó una efímera sonrisa, sonrisa de la vida, 
por desdeñosa que ésta con él fuera. Ese, amó acaso y creyó ser ama- 
do. Ese, ya supo que la madre le quería, que el amigo le amparaba. 
Tuvo la conciencia de su fuerza. Probablemente cometió alguna ma- 
la acción. 

¡ Pero el niño . . . ! Pues qué, ¿la risa no nace de sus labios, no 
.se hizo para ellos? Pues qué, ¿no son sus voces las que han de repi- 
car, á modo de argentinas campanitas? 

Ellos no comprenden todavía el amor de los padres. Lo sienten 
como el calor de un nido nada más. Y muchos niesecalorcito sienten, 



MANUEL GUTIÉRREZ NAJERA 353 



porque — esta monstruosidad existe — hay padres malos. Están como 
más desnudos de todo. Para luchar con las enfermedades apenas tie- 
nen fuerzas. Para vivir son impotentes, si no se les auxilia. Ningún 
daño han hecho, y ya han llorado. 

El llanto del chiquitín dichoso es á manera de un aprendizaje dis- 
puesto por la naturaleza para que se enseñen á desahogar el sufri- 
miento. Mas el llanto que no puede salir, ese que no tiene fuerzas; 
ese que se ve empalideciendo 3^ apagando los ojos del niño pobre, 
enfermo, triste, es el que enternece más intensamente. 

Cuando tiene uno hij os y puede darles lo que necesitan , lo supérfluo, 
teñirles de color de rosa la existencia, el encuentro con una de esas 
criaturas desvalidas nos desgarra el alma. Gastamos, derrochamos, 
y al salir de una juguetería, al entrar al circo no vemos esos ojos 
suplicantes de los niños tristes. 

Para ellos sí son verdaderas fiestas estas de la patria. Ven el desfile 
de las tropas, agita la circulación de su sangre el estruendo de las 
músicas militares, deslumhra y hechiza sus miradas el esplendor de 
los cohetes, y no olvidan porque nada tienen que olvidar, no esperan 
porque la esperanza es desconocida para ellos; pero viven, vibran 
un instante. Acaban los fuegos artificiales, cesa el redoble de los 
tambores, y esos niños tristes vuelven á la sombra con el único ami- 
go que Dios les ha deparado, con el sueño. 

¿Verdad que hay miradas que piden limo.sna? Yo percibí una de 
esas en la noche del dieciseis, cuando llovían estrellas de púrpura 
y ondulantes vívoras de oro culebreaban en el cielo. Era de una mu- 
jer, casi de un cadáver, que iba cargando á una criaturita como de 
seis meses. El cadáver de su marido se había quedado á obscuras en 
la casa. ¡No; no mentía! Era de carne aquel dolor. Ea niña apenas 
era de carne. Ya, tras largo contacto con los dolores humanos, se 
aprende por desdicha á conocerlos. Esa era madre. Iba, con su pe- 
dacito de vida entre los brazos, á buscar en las calles próximas á 
la plaza, en los sitios por donde pasa la alegría, una limosna para 
enterrar al muerto, y para la huérfana cuya única dicha consistía en 
110 saber su orfandad y en estar próxima á la muerte. Di una pese- 
ta á esa infeliz y me pasé de largo. 

Pero, andando, andando, fuéronse como abriendo mis ideas, y sen- 
tí remordimiento. ¿Cómo acababa de gastar en fruslerías y en va- 
nidades, dejaba á mi hija muy ufana, muy satisfecha de vivir, y le 
daba yo á esa mujer nada más veinticinco centavos? Desande lo an- 
dado,' quise encontrar á la huérfana y á la madre, darles lo que .lle- 
vara en el bolsillo, hacer la felicidad una vez en mi vida, puesto que 
la felicidad algunas ocasiones se hace con diez, con cinco pesos; pero 
ya mi limosnera, mi acreedora, había desaparecido. Ese dolor .se per- 
dió en la muchedumbre de los dolores humanos; e.sa indigencia, en 
el mar de la miseria; y mi egoísmo quedó embebido en la reseca pie- 

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354 MANUEL GUTIÉRREZ NÁJERA 

dra que no tocan las alas blancas de la caridad. Fui malo, si, fui cri- 
minal. 

En mis pesquisas, al torcer una esquina, salióme al paso una chi- 
quilla de once á doce años, vivaracha, rubia, de ojos grandes. Pa- 
recía hija de francés. Su mirada no pedía limosna, pero ella sí me la 
pidió. Se la negué .... me fué siguiendo, y me repugna es- 
cribir lo que me propuso .... no lo escribo! 

Esa es más huérfana que la otra, y más infortunada porque tiene 
más vida. ¡Santo cielo! Hay algo todavía más triste que ver á uua 
niña huérfana y á una madre hambrienta! 



MANUEL GUTIÉRREZ NÁJERA 355 



A LOS AUSENTES. 



En los primeros días del año es costumbre — y costumbre simpá- 
tica por cierto — la de enviar tarjetas, cartas^ ú obsequios á las perso- 
nas más queridas, á todos los amigos y hasta á los simples conocidos. 
El recuerdo envía un buen deseo más ó menos cariñoso, espontáneo 
6 interesado, sincero ó ñcticio, á aquellos con quienes algún víncu- 
lo nos une. A los que bien se quiere, parece decírseles: — todavía 
vivimos; ¡todavía os queremos! — Se responde — ¡Presente! — á la 
amistad que pasa lista. 

Pero hay algunos seres bien amados cuyo paradero, cuya residen- 
cia ignoramos. Al paso que vivimos, vamos viendo más y más que 
este mundo es muy grande, no tanto por el espacio que ocupa, sino 
por la distancia que separa á unos de otros. Estamos lejos hasta de 
muchas gentes bien queridas que viven á pocas varas de nuestra 
casa. Cada año observa uno que ha tenido más dispersos en el ba- 
tallón de los suyos: los muertos, los heridos, los que se quedaron 
rezagados por cansancio, los que se ignora á dónde fueron. La espo- 
sa de un amigo suele robarnos al amigo; el vicio — ¡infame! — nos 
arrebata á otro; el trabajo, implacable, nos aparta, nos aisla de los 
nuestros; no podemos visitar, no podemos escribir; á unos, por ricos 
ellos, les huímos; á muchos, por indolencia ó tedio, les perdemos 
de vista; quién marchó á tierras extrañas y viaja sin que sepamos 
con certeza cuál es la ciudad, el punto en que se halla; quién se 
oculta deliberadamente á nuestro afecto por recónditas razones; pe- 
ro siempre el alma, sagaz y adivinadora, siente, cuando no ha per- 
dido esos cariños, volar en torno suyo los buenos deseos que no se 
expresan, las palabras dulcemente mudas, ese latir de corazones 
muy distantes pero nunca ausentes del nuestro, y que venciendo 



35^ MANUEL GUTIÉRREZ MÁJERA 



el tiempo y el espacio se unen y forman el hogar caliente del es- 
píritu. 

A esos ausentes, más bien dicho, á esos lejanos me dirijo. Bec- 
quer dijo en un verso brumoso y como al despertar de un sueño: 



Solo sé que conozco á muchas gentes 
A quienes no conozco. 



Pues bien, j'o digo — y esta es mi gloria y es mi orgullo: — solo sé 
que tengo muchos amigos á quienes nunca he visto, que no me co- 
nocen y que jamás me conocerán. Lo último no es mi gloria ni mi 
orgullo: es mi desgracia, es mi tristeza. 

En la vida literaria, tan llena de sinsabores, encuentra el espíritu 
dichas, alegrías inesperadas; y de ellas, la más intensa, la más viva, 
es la de .saber que se ha despertado una simpatía en alguien, ó que se 
ha fijado en uno la mirada de alguno de esos genios proceres, á quie- 
nes jamás habríamos osado, sin previo llamamiento, aproximarnos. 
¡Ah! se está muy á obscuras, se liene mucho frío, se tiene mucho 
miedo; y de improviso se abre la ventana que da al sol, la ancha, 
la grande, y entra la luz, entra el calor, ¡entra la vida! ¡Eso, e.so 
se siente cuando nos escribe, halagándonos, un gran poeta; cuando 
recibimos el libro que nos manda para nosotros, con su firma, con 
la sombra de .su pensamiento en la primera página — un escritor ad- 
mirado; cuando nos dice un ser desconocido:— No te conozco, pero 
quiero conocerte. 

Eso, eso se siente. ¡No estoy solo! Fué mi nombre en el aire, co- 
mo arrancada hoja de árbol, y no cayó en el mar ni en pozo ente- 
nebrido: ¡hubo una mano que la recogió! No se extinguió como el 
sonido, no .se apagó como la luz; le abrigaron, le infundieron alien- 
to, y vive aún ! Pobre es el mío; pero .sería blasfemo si .se quejara de 
la .suerte: sería ingrato si no ama.se á los que, apiadados de la des- 
nudez en que le vieron, hanle ataviado con las regias galas de 
ellos. 

Y, sin embargo — lealmente lo confieso — he sido ingrato. Ingrato 
con Liona el de la admirable Odisea del alma, el de la Noche de do- 
lor en la montaña, el de los Caballeros del Apocalipsis, el que ha sal- 
picado la púrpura de la poesía americana, como si hubiera deshe- 
cho el collar más rico de una reina, con deslumbradores diamantes, 
que llama él .sonetos, el admirado por Víctor Hugo, el que sujeta 
á ritmo la palabra .solenme de los bosques; he sido ingrato con Jor- 
ge I.'íaacs. á quien admira América, y más todavía, le ama: ingrato 
con Rafael Obligado, artista excelso, poeta altísimo; ingrato con 
Rafael Pombo, el que nunca morirá porque dio vida á la muerte en 



MANUEL GUTIÉRREZ NÁJERA 357 



elegía inolvidable; ingrato con Rubén Darío, el fastuoso, el prín- 
cipe, el magnífico, el de Venecia, el de Oriente, el de la luz; y con 
Calixto Oyuela, bien querido de la musa helénica; y con Ricardo 
Palma, el de los frisos en que retozan las figuras; y con Pérez Bo- 
nalde que ya se murió; y contigo, mi Julián del Casal, que me en- 
nobleces llamándome tu hermano; contigo que»te arrodillas junto 
á mí en la capillita de alabastro donde se oye la «sinfonía en blanco 
mayor» de Teófilo Gauthier; y contigo también Ismael Enrique Ar- 
ciniegas, enamorado feliz de la belleza, maestro en refinamientos y 
elegancias; con Quesada, el de las deleitosas Crónicas Polosinas, el 
diplomático subamericano más conspicuo después de Zorrilla San 
Martín, porque éste es genio; con el maestro Miguel Antonio Caro; 
y. . . . ¡pasad, ya mudos, mis remordimientos! Fuera la procesión 
interminable para los ojos de mi vergüenza que se asoma á verla. 
Casi la enormidad de mi delito es su disculpa: con todos he sido 
ingrato. 

Por eso, y aunque sea repugnante el egotismo, hablo hoy y en 
público de mí á esos ausentes tan admirados, tan queridos, para de- 
cirles: ingrato el escritor, no ingrato el hombre. Al escritor lo atan, 
lo prenden, lo sujetan, lo enclavan. El hombre siente inmenso ca- 
riño para los que son con él tan buenos, tan generosos y tan pró- 
digos. Cada uno de esos magnates ha derramado felicidad en mi 
vida. Que esa felicidad y toda la mía vaya con ellos. 

Hay también para quien está en diaria y continua comunicación 
con muchedumbre desconocida, amigas y amigos á quienes no pue- 
de enviar .su recuerdo de año nuevo porque. . . . porque no sabe có- 
mo se llaman. . . . porque no sabe en dónde están. Pero existen. . . . 
e.stán en alguna parte. ... yo lo siento, y eso es lo que me anima. 
El encuentro con una de esas simpatías que andaban en la sombra, 
me recuerda por lo hermoso, por lo vivificador, el encuentro de Dan- 
te con Beatriz. Entonces, hasta las lágrimas salen para ver ese ca- 
riño. Hay almas afines, separadas por el espacio ó por distancias 
morales, que suelen reconocerse, hablarse en un instante. Ese ins- 
tante se llama claridad. De la momentánea conjunción de esos es- 
píritus siempre nace algo inmortal. Y al despedirse las dos almas, 
se dan una cita misteriosa, tristemente bella. ¿Para cuándo? Tal vez 
para mañana. Siempre para .siempre. 

Si se descubre que ha vibrado algo nuestro en otro ser, que he- 
mos traducido, sin saberlo, ajenos dolores, ajenas esperanzas; que 
durante un minuto fuimos el amigo de la desconocida ó el descono- 
cido, que ya quedó nuestro recuerdo en alguien, aun cuando sea 
como queda un niño muerto en su cajoncito de raso, diríase que un 
baño de luna, pálidamente, nos rejuvenece. Sí; .se alzan los sueños, 
á modo de hojas .secas al parecer revividas por la ráfaga de aire que 
gimiendo las levanta; se cree, cerrando los ojos, en la bondad de la 



358 MANUEL GUTIÉRREZ NÁJERA 



vida; se espera en el siempre cariñoso y siempre remoto inespera- 
ble. Hay luz, aunque sea la silente claridad que cae de las estrellas, 
en el alma. Hay otras vidas deteniendo á la que por instinto, más 
que por cansancio, anhela irse. Ya somos más — dicen en casa — esto 
es, en el corazón. Y se trabaja con más ahinco, porque se trabaja 
para otros más. Se ausentarán de esa casa, de ese corazón, algunos, 
porque así es la existencia; pero sus cuerpos son los que se alejan; 
seguimos pensando en los que se fueron, y con la eterna, mentirosa 
esperanza de que vuelvan. 

A esas simpatías tan buenas, envío flores. 



MANUEI. GUTIÉRREZ NÁJERA 359 



AL MAESTRO 



l>TE]Sri-iE 



Quem virum aut heroa lyrá, vel acri 
Tibia sumes celebrare, Cliof 
¿Quem Dcutnf 

Horacio. 

Arrojo mi dolor á lo íntimo de mi alma; se cierran los ojos tur- 
bios de mi cuerpo, y quedan abiertos, fijos, deslumbrados, los que 
jamás húmedo soplo apagará: miro. Maestro, circuida tu frente por 
luz de soberano apoteosis, y de mis labios que no sintieron la frial- 
dad de tu cadáver, surge el canto. 

¿Por qué enlutada la solemne vsede? ¡Volcad cestas de flores! Ayer, 
ciñendo á tus sienes lauros frescos, te miramos partir, y al padre 
Océano con instante súplica pedimos respeto para tí: hoy, hijo de 
Horacio, coronado de rosas y de pámpanos, entras augusto á la in- 
mortalidad. ¡ No paños luctuosos, no tocas de viudez, no plañideras! 
¡Esa mesa es la mesa del festín! Ven, vate griego, levanta tú la 
crátera espumante, y oye el epitalamio que cantamos en tus supre- 
mas nupcias con la gloria. 

No van á tu sepulcro las Choéphoras, portadoras de libaciones, 
ni Kermes, «habitador de lo profundo,» viene por tu alma. No pre- 
side Electra, sombría y pálida, el coro de las esclavas, cuyos cabe- 
llos caen, cual si lloraran, sobre las urnas funerales; ni te acompaña 
doliente séquito de Panatheneas, que nunca olvidan. Son tus nin- 
fas. Maestro, las que, ufanas, van precediendo el carro de victoria 
en que te alzas. ¡Lémures y larvas, lívidos espectros que rondáis 



I Elegía pronunciada en la velada fúnebre que el «Iviceo Mexicano» cele- 
bró en honor del Maestro Altamirano. 



360 MANUEL GUTIÉRREZ NÁJERA 



en la noche, para vosotros está cerrado este recinto! ¡Muerte, ha- 
blamos al inmortal: aquí no tienes tú creyentes! 

San Remo es la población riente y coquetuela que, entre Niza y 
Genova, parece una canasta de camelias caída y olvidada en el ca- 
mino. Arriba del alegre caserío está la ermita de San Rómulo, sur- 
giendo de entre un enorme ramillete de palmas. Y de e.sas palmas, 
obedeciendo á tradicional costumbre, cortan á millares las que on- 
dulan y se cimbran gráciles en Roma el Domingo de Ramos. Luego, 
esas mismas flámulas de triunfo, reducidas á pavesa, van á fijarse 
el Miércoles de Ceniza en la frente de los católicos, advirtiéndoles 
que todo lo humano es efímero, todo es polvo, todo es nada. 

No era el Maestro extraño en esa tierra: sin haberlo visto cono- 
cíale aquel cielo, como conocía á Byron, antes de haberle contem- 
plado, de pie sobre las ondas, el mar que llega voluptuoso á las 
costas de Grecia. Italia, alma mater, pudo al fin dar un beso largo 
y i'iltimo á su hijo. Tampoco las palmas de San Remo le descono- 
cían: eran para él «recuerdo vago de las florestas donde nació,» sím- 
bolo de sus triunfos, y se llamaban como una de las hijas de su co- 
razón. Aquellas palmas se inclinaron, como arrodillándose, el día 
en que ese maestro entró á la eterna Jerusalem. Aquellas palmas, en 
triste Miércoles de Ceniza, vinieron, hechas pavesa, por el aire, á 
posarse enlutadas en las frentes nuestras. 

Fué esa ascensión en día funesto: el trece. En el catorce de igual 
mes asesinaron al semidiós de Altamirano, al gran Guerrero. Pun- 
tual á la cita, y para no dejar vacío su asiento en el banquete con- 
memorativo, partió el Maestroy dijo á los inmortales: ¡Heme aquí! 

También, señores, — y sigamos eslabonando la misteriosa cadena 
de la fatalidad cuyos extremos serán siempre invisibles — la fecha 
en que nos congregamos para cantar al Ausente, es una fecha sa- 
grada. 

Los latinos, en fiesta colectiva, celebraban á sus dioses Manes el 
veintiuno de Febrero. Al aniversario de la muerte llamaban ;^¿rrí;/- 
tatio\ y esta solemnidad de hoy, entusiasta y no fúnebre, la Fera- 
lia ó la Caristia. Y eran los dioses Manes, almas de progenitores 
divinizadas por la muerte. «Dad á los Manes — dice Cicerón — lo que 
suyo es: son hombres que dejaron la existencia, y tenedles por se- 
res ya divinos.» El Maestro es imo de nuestros primeros dioses Ma- 
nes. Celebremos fervientes su Caristia. 

Pero aquellos Antiguos, que serán siempre jóvenes para el artista, 
daban á la muerte una vida aterradora que nosotros no le damos. 
En el .sepulcro encerraban cuerpo y alma. Preso en el fúnebre mo- 
numento, .sentía el muerto hambre, .sed, odio y amor. Agamenón 
en su tumba pedía venganza. Y esa tumba, en la Orestia de H.squilo, 
es un verdadero personaje con el cual conversan Electra, Orestesy 
el Coro. 



MANUEL GUTIÉRREZ NÁJERA 361 

Aquí no hay sepulcro; aquí no hay túmulo. De tu forma corpó- 
rea, Maestro excelso, nada queda. Acaso, á haber expirado entre 
nosotros, habría sido imposible para tí hurtarnos tu cadáver vene- 
rando: le reclamaba la tierra necesitada de savia, de calor, de ener- 
gía. Era del barro mexicano, del que formó la figura épica de More- 
los, y al acervo común habría calladamente reingresado. Tus hijos, 
creyendo en tí, y esperando el milagro, hubiéramos guardado, fieles 
y celosos, todo lo humano que en tí hubo. Pero moriste lejos de tu 
hogar; y nada tuyo, esto es, nada de tuj/¿» palpable, á los extraños 
les dejaste. Nadie secuestra lo que nos pertenece, porque tal fué tu 
voluntad; el fuego te arrebató, cual á Rémulo, en su carro; y con- 
vertido en tenue, leve incienso, subiste al Sol ¡oh esclarecido hijo 
del Sol! Gracias, gracias de nuevo, buen Maestro! 

Hay navidad en las montañas del Olimpo. Ya jamás, contendor 
hecho á lides que glorifica la epopeya, te miraremos braceando, nu- 
do y sudoroso, en el mar de la existencia; ya nunca, nunca sentirán 
tus plantas las arenas quemantes del desierto humano; ya no la fa- 
tigosa labor diaria encorvará, al atardecer, tu espíritu; ya no, para 
los tuyos, buscarás con esfuerzo el pan y la esperanza; ya eres her- 
moso, ya eres todo luz, ya eres Inmortal. De tí no queda la mate- 
ria torpe; y, límpida tu alma, entra radiante y vencedora á la región 
en donde cantan los ruidos, á la vida sin sombras y perpetuamente 
diáfana. 

¡Salve, feliz amado de la Gloria! Ovidio, en la elegía tercera de 
sus Tristes, exclamaba: «Guardad en modesta urna mis cenizas y 
llevadlas á Roma. Así, después de muerto, no estaré en exilio.» 
Ese de cierto fué tu último voto, buen Maestro, y juramos cum- 
plirlo. Pero en este instante estás aquí, reencarnas en nuestro pen- 
samiento, y reverentes, pálidos, te presentamos el cáliz de la boda. 
Entona el himno. 

Como Orestes en la e.squiliana trilogía, 3^0 te digo: 

— Aquí estoy, y te llamo. Padre, escúchame. 



46 



363 MANUEL GUTIÉRREZ NÁJERA 



MAÑANAS DE ABRIL Y MAYO. 



En estas mañanas que parecen salir del horno, he releído un libro 
que para mí no es libro sino remordimiento, porque aún nada he 
dicho de él; y tan delicioso es el libro cuanto amigo mío el autor: 
las Tradiciones y Leyendas Michoacanas de Eduardo Ruiz. Y es el 
caso que con tal lectura mi ánimo se refresca, porque también el ca- 
lor agovia los espíritus. He vuelto á gozar, en alma, de esa sensa- 
ción de frescura que oreó mi pensamiento y mi cuerpo en el lago de 
Pátzcuaro. He recordado bonito. 

No puedo comparar la sensación que en mí produce el recuerdo 
del lago, sino con la que me causa la poesía de Lamartine: es una 
sensación azul. ¿Por qué no atribuir color á las sensaciones, si el 
color es lo que pinta, lo que habla en voz más alta á los ojos, y, por 
los ojos, al espíritu? Y siento color de rosa cuando recuerdo mi pri- 
mera mañana en la tierra caliente, la salida del sol contemplada 
desde el mirador del palacio de Cortés; siento color de plata cuan- 
do recuerdo mi noche de luna en el mar, y siento color azul, cuando 
vuelvo á ver en mi memoria el lago de Pátzcuaro. Y no, no era azul 
cuando lo vi. La mañana estaba fría y lluviosa. El chubasco arre- 
ció cuando .salimos del hotel, y corriendo, resbalando aquí, escurrién- 
donos allá en la tierra húmeda, cubiertos por la manta de viaje, atra- 
vesábamos el campo como muchachos que salen á mojarse cuando 
llueve, y ríen, y cantan, no porque el aguacero les alegre, sino por- 
que están alegres de vivir. Para llegar al barco tuvimos que pasar 
uno tras otro, por angostas vigas que ya casi flotaban en el agua. 
¡Qué agradable es tener miedo no teniéndolo, y asu.star á la com- 
pañera á quien se ama, empujándola para detenerla y jugando así 
á salvarla de riesgos que no hay! 

Una vez dentro del barco, pusimos á secar nuestros abrigos 



MANUEL GUTIÉRREZ NÁJERA 363 



de camino, en la caldera. El sitio en que viajaban los pasajeros de 
primera clase, era la toldilla, porque no tenía aquel buquecito ya 
perdido, más camarote que el del capitán, íbamos, por consiguien- 
te, á la intemperie, con los pies metidos en el agua, que entraba 
por todas partes: apenas encontrábamos refugio junto al tosco y pri- 
mitivo timón que manejaba y dirigía un más tosco y más primiti- 
vo timonel. 

Lo apremiante era poner á salvo de la lluvia y de la inundación 
los canastos que contenían nuestras provisiones para el almuerzo; 
abrigar bien la gallina con las servilletas; envolver el pan en perió- 
dicos, como se envuelve en sus pañales á un muchacho; poner so- 
bre todo esto los platos boca abajo, y no dejar afuera más que las 
puntas de los cuchillos, los dientes de los tenedores, como bayone- 
tas ó marrazos de centinelas, y el cuello de las botellas que se em- 
pinaban para no sofocarse. Ya terminada esta faena laboriosa, pu- 
de volver los ojos á mirar el lago. íbamos solos en el vapor. ¿Quié- 
nes otros se hubieran atrevido á navegar por gusto en medio de tan 
recio temporal? La luz del sol, velada por densas nublazones que 
cubrían todo el cielo, parecía la luz de una veladora de porcelana 
blanca. El lago turbio, inquieto, formado como de nieve derretida; 
el sol triste, amarillo, como muy lejos, como enfermo, detrás del 
nublado; las crudas ráfagas de viento que amorataban nuestras ca- 
ras; el aire sin aves; los horizontes sin montañas; todos blancos; la 
atmósfera sin ruidos, recordábanme las cristalinas descripciones que 
hace Fierre Loti de los mares de Islandia. 

—¿Aclarará, capitán? 

— Es bien difícil: muy mal día tendremos! 

El capitán era un canadense, joven de no mal talante y ya algo 
versado en el español. Parecía de buena familia y regular instruc- 
ción. En el cuartito ó agujero del timonel, sentada en un banco de 
palo, pálida, con los ojos bajos, co.siendo maquinalmente y como 
perdida la imaginación en remotas tierras, iba la mujer del capitán, 
joven también, no fea, pero como enfriada, como nevada en su san- 
gre por la pobreza y los afanes de la vida. Estaba recién casada .... 
¡qué luna de miel tan triste! Pasará los días en Ibarra esa mujer 
— pensaba yo — contemplando desde la ventana el lago, el cerro de 
Iguatzio que divide el lago, y las chalupas que lo surcan como hue- 
cas flechas de madera, sin oir más que el cacareo de los gallos en 
el corral ó el gruñido de los cerdos; no hablará con ninguno por- 
que no conoce nuestro idioma; comerá sola en la desierta y desman- 
telada fonda, cerca del arriero que allí almuerza; y cuando caiga la 
tarde, cuando se enciendan las estrellas en el cielo, y escasas lumi- 
narias en las próximas islitas, irá á aguardar á su marido para ce- 
nar y dormir, hasta que los cascabeles de las muías que llevan el 
guayín de Ibarra al paradero de los trenes, la despierten y le indi- 



364 MANUEL GUTIÉRREZ NÁJERA 



quen que es hora ya de levantarse. En la cena, por la noche, en 
los patios y corredores del hotel, verá pasajeros ufanos y felices; 
novios que hacen su viaje de bodas, y para ella no hay más que so- 
ledad, reclusión, silencio y pobreza, ó la monotonía de navegar con- 
tinuamente en aquel barco sucio y tiznado de hollín, que siempre 
se detiene en los mismos puntos para recoger balsas cargadas de 
madera y remolcarlas! Bajo aquel cielo gris, dentro de aquella at- 
mósfera de vapor de agua, la mujer del capitán me parecía una pa- 
lidez y un frío más. 

Raras canoitas atravesaban el lago, que estaba muy alborotado. 
Pero ¡qué delgadas, qué angostas y qué esbeltas son estas canoitas 
que hienden, de verdad, el agua como flechas! Vistas de lejos, seme- 
jan pajaritos negros que se bañan volando. Ya de cerca, simulan 
anguilas largas. Se aproximan, y vemos que lo primero que nos pa- 
reció sombra de ala, es una diminuta embarcación en cuya caja 
oblonga apenas cabe la india, porque la india es flaca, ó el mucha- 
chito que lleva á vender al mercado los pescados blancos. Se cree- 
ría que son palos de escobas montados por enanas brujas acuáticas. 
No navegan, andan estos pescadores. Y la embarcación forma co- 
mo parte de ellos mismos. Vemos moverse las palitas de los remos, 
y pescador y chalupa se nos figuran un palmípedo que chapotea 
zabullido en el agua. 

Otras canoas .son más grandes y cuentan con varios remos. Pe- 
ro la mayor, á cierta distancia, tiene el aspecto de una araña que 
anda á brincos sobre las ondas. Cuando el vapor .silba, pensamos 
que se van asustar y que van á volar ó á zabullirse más todos 
esos animalitos. ¡Cómo respeta el oleaje esas débiles embarcacio- 
nes! En las primeras horas de aquella mañana el viento levantaba 
verdaderas olas. El lago, cansado de su eterna mansedumbre, se 
revolvía iracundo, molesto por la lluvia impertinente. Inclinado 
sobre el barandal de la toldilla, entreteníame en ver salir el agua 
hirviente por encima de la rueda del barco, como túnica de encaje 
hecha girones y estrujada. Esa es el agua coléiica, la que echa es- 
puma por la boca. La azotan; á golpes la traen á la caldera; la 
queman; le cierran el paso con leños carbonizados, y cuando al fin 
logra escapar, sale furiosa, con su vestido de blonda blanca destro- 
zado por las brutales manos de sátiros infernales. Y se echa de ca- 
beza al lago, para refrescarse, para bañarse, porque también hay 
agua en que se baña el agua. 

Pues qué, ¿creéis que el agua es una misma? ¿No veis que hay 
una azul, y otra verde, y otra color de rosa, y otra color de oro. y 
otra plomiza, y otra blanca, y una que canta y otra que .se queja, 
y una que salta al cielo como dardo de plata y otra que se echa en 
la tierra como un monstruo can.sado? No sabemos distinguirlas; 
nuestra vista no es bastante perspicaz para apreciar sus diferencias; 



MANUEL GUTIÉRREZ NÁJERA 365 



pero cada gota de agua es distinta de las otras. Se juntan porque 
se aman, y son las únicas que realizan el ideal, para nosotros ina- 
sequible, del amor: fundirse uno en otro. ¿Veis una ola? Pues es 
el ejército de una nación de gotas que se echa encima de otra para 
conquistarla. El agua vive. Cuando llueve, el agua bebe; cuando 
besa las plantas y las flores de la orilla, el agua come; cuando se 
filtra en las entrañas de la tierra, el agua entra á trabajar en las la- 
bores de sus minas; cuando sube en nubes tenues de vapor, el agua 
manda á Dios su incienso místico. ¿Que es la neblina? Es su ora- 
ción de la mañana! ¿Qué son las nubes? Son los titanes del agua 
que intentan escalar el cielo y caen despeñados, en castigo de su 
osadía. ¿Que es el arroyo? Es el agua campesina que apacienta re- 
baños. No veis las espumas triscadoras del arroyo? Pues es el ha- 
cendado que recorre majestuosamente sus dominios. Entrad en una 
gruta: ese es un claustro, ese es un monasterio para el agua ere- 
mita. Tomad las estalactitas: .son las urnascinerarias del agua muer- 
ta. Venid ahora á este lago: este es el lugar apartado, misterioso 
y tranquilo, en donde el agua pasa su luna de miel y duerme y mi- 
ra el cielo! 



Ahora que el cielo en las noches sólo alumbra con relámpagos 
nubes enfermas de las que no puede caer aún la lluvia, pienso con 
delicia en esa mañana húmeda, ya tan lejos de mi vida. 



366 MANUEL GUTIÉRREZ NÁJERA 



LA BANDERA. 



La bandera no es un símbolo sin alma. La bandera vive. La ama 
de amor el buen soldado, y de amor que reúne todos los amores. 
Cifra en ella el cariño á los ausentes ó ya muertos padres; á la novia 
que espera ó que tal vez olvida, á la casita cuyo pardo humillo se 
levanta en abrupto rincón de la montaña. La ama sin celos en los 
días de paz, porque, siendo muy suya, pertenece á todos, y mientras 
más la quieren otros, más se ufana. La ama sin celos en los días de 
guerra, porque la bandera no traiciona cual mujer: si el enemigo la 
arrebata, se la lleva destrozada, y no para quererla, no para rendirle 
culto, sino para ofenderla y pisotearla. Por eso la defiende como león 
herido, la escuda con su cuerpo, la levanta dejándose descubierto 
el noble pecho, y si le hiere el plomo y media entre vida y muerte 
un instante de tránsito, la pasa al camarada sin dolor de que otro 
la posea. 

¡Oh bandera, bandera de mi patria, y cuan gallarda luces tu her- 
mosura á la cabeza de apretados batallones! ¡ Cómo saltan los cora- 
zones cuando avisan los ojos que tú pasas! ¡Cómo te sigue, con 
rumor de triunfante muchedumbre, la robusta armonía de trompas 
y clarines! Ya no somos nosotros, al mirarte los egoístas y encla- 
vados en la propia existencia que antes éramos; nuestro ser se con- 
funde en el océano de las vidas, nuestra alma en el Alma Mater 
inmortal! Moléculas, sentimos, y con júbilo, empuje de torbellino 
que nos alza; quédase abajo toda nuestra escoria, y asciende, puri- 
ficado, leve y blanco, lo que no muere, lo que nunca morirá! Cre- 
cemos, al subir, en esa comunión, y el contacto de ajenos entusias- 
mos estimula y aviva el propio nuestro. La chispa se une á la chis- 
pa, y es la llama; la llama se prende á la llama, y es la antorcha; la 
antorcha abraza el haz de antorchas, y es la hoguera. Antes bri- 
llaban lejos unos de otros, como astros aventados al cielo en granos 
de oro, los ideales de ánimos distantes; pero llegan, y corren y se 



MANUEL GUTIÉRREZ NÁJERA 367 



buscan y se compenetran y se funden, como las claridades de la noche 
cuando forman la totalidad suprema de la luz. Por eso eres unión, 
paz, y arraonia. 

Surges, bandera de la patria, y ya más no pensamos en quejum- 
brosas penas de la vida; sin que nos demos cuenta exacta de ello, 
sentimos lo contingente de todo eso; de la cruz se desclavan nues- 
tros brazos para tenderse á tí con toda el alma; la plenitud del ser 
encuentra oscura y estrechísima la corpórea prisión, y nos hincha 
las venas y se nos sale por los ojos en un vaho de lágrimas. ¡Cómo 
unificas y enardeces los espíritus! ¡Cómo hablas, bandera muda, y 
cómo cantas! 

¿Cabe la envidia en donde e.stá la bandera? 

¿Por qué sentimos la increíble tristeza de ser jóvenes al ver á 
nuestros viejos veteranos? Ni una gota de nuestra sangre hay en tu 
púrpura! Uno de tus colores no nos pertenece 

¡Ay, y sacrilego fuera todo anhelo de renovar las luchas épicas! 
¡ V para que tú seas nuestra, toda nuestra, se ha menester que tor- 
ne la desgracia y que te enlutes por los hijos ya sin vida! 

¿Qué somos, oh bandera? ¿Qué hemos hecho? Tú no puedes sa- 
ber lo que te amamos. De otros oíste el grito de combate. De no- 
sotros, el verso. Otros fueron contigo á la pelea, al abismo, á la 
muerte; te sostuvieron herida; los envolviste cuando muertos. Cada 
palmo de tierra mexicana sepulta azañas y proezas. 

Los árboles te dieron sus ramas y los hombres sus brazos y sus 
vidas. Caían estos cual las mieses que agavilla el sembrador. Y tíí, 
para no perderlos, para vivir siempre unida á ellos, te empapaste 
en su sangre recogiendo la esencia de esos héroes. Son nuestros 
padres; son tus predilectos. 

*** 

La bandera vive. La bandera ama. Cuando nos alejamos de la 
playa y el mar va poco á poco separándonos de ese pedazo de tie- 
rra que se llama patria, como que nos saluda la bandera, erguida 
en el torreón más alto de la fortaleza. Diríase que procura exten- 
derse para mirarnos un instante más; que aun tiene la remota es- 
peranza de que á ella volvamos. Luego .... luego desalentada y 
tri.ste cae, abrazando el mástil que se queja. ¿No os parece una ma- 
dre al despedirse de la hija que se casa, de la hija que pierde? Adi- 
vina que vamos á olvidarla mucho rato; que el amor encendido por 
ella en nuestro espíritu, brillará mientras dure la ausencia, como 
lámpara débil olvidada en la capilla .... A poco bracear en la co- 
rriente de la vida, el cansancio, el dolor, nos la recuerdan. Escu- 
chamos los sones entusiásticos de un himno; pero ese himno no es 
el nuestro. Los demás se conmueven al oírle, les corre aprisa la san- 



368 MANUEL GUTIÉRREZ NÁJERA 



gre, cantan, grican. Y nosotros sentimos una tristeza que nos sube 
de muy hondo, que nos coge todo, qu2 nos enturbia la vista y no se 
va con nuestras lágrimas. ¿Por qué se agitan esas gentes? ¿Por qué 
se encienden esos rostros? ¿Qué tier.e ese himno para ellos? 

Estamos en el bullicio de un café. La más alegre música retoza, 
cosquilleándonos el cuerpo. Besa. Ríe. Bebe champagne. Y al pron- 
to la música liviana nos hechiza. Es como encantadora de serpien- 
tes que adormecen las víboras del alma. Estamos muy contentos. . . 

sí es verdad pero contentos por manera extraña 

como estando contentos para fuera. El tedio cae, la noche avanza, 
salimos con inconfeso aburrimiento del café, y, al volver una esqui- 
na, oímos algo que nos para la vida, que nos suspende el alma toda. 
¿Qué e.s?. . . .Un organillo: toca mal, pero muy mal, un (fsonecito» 
de la tierra nuestra, uno de tsos que acá escuchamos distraídos, cuan- 
do no molestos, como si oyéramos algún relato de nodriza vieja. 

Y el sonecito aquel se nos va entrando, como .si entrara por su 
casa, echa de adentro á todos los extraños; pone flores fragantes en 
los tiestos, y pájaros canores en las jaulas; adereza la mesa; escancia 
el té; .siéntase al piano, y dulce, dulcemente, en lengua amada, nos 
da noticia de la tierra y del hogar, del amigo querido, de todo lo 
que ingratos olvidábamos .... .Y entonces vuelve el .ser á dilatar- 
se, vuelve á latir el corazón con fuerza, vemos pasar ¡oh patria¡ tu 
bandera, y el llanto nos desahoga y nos consuela. 

*** 

La bandera vive. La bandera ama. Preguntadlo á los extranje- 
ros que recorren nuestras calles en tal día como éste, preguntadles 
si no les da un brinco el corazón cuando v^en ondear sus pabellones. 
Allí está la luz que vieran ellos por primera vez. La bandera on- 
dula y parece que les llama. Entre cien, mil y más, descubrirá la 
suya cada uno. Se tiene nada más lina bandera, como se tiene una 
madre nada más. 

Observad qué fácilmente se enlazan unas á otras. No han nacido 
para vivir odiándose. El aire mismo, el alma de lo voluble, las aproxi- 
ma para que se abracen. ¿No están todos los colores en el iris, en 
ese lazo suelto de la eterna bandera? 

Enlazaos, amantes pabellones que flotáis en nuestra atmósfera. 
El aire y las miradas por igual con.spirau á juntaros. Bebed luz; ¡mi 
cielo es rico! 

Tú estas ahí, bandera de mi patria. Reinas hoy, y donde tú apa- 
reces, vienen las demás como opulentas damas de tu corte. Brilla! 
¡Canta! 

Nuestra bandera vive; nuestra bandera ama; nuestra bandera tie- 
ne alma. 



MANUKI, GUTIÉRREZ NÁJERA 369 



LAS BOXITAS DE ANO NUEVO. 



Lámpara que me has acompañado durante largos años en las no- 
ches de tedio, y en las noches de trabajo; lámpara anciana de cofia 
blanca y gafas verdes; enfermera callada y diligente; tú, la que no 
haces ni el menor ruido; veladora; oye el tic-tac monótono, ince- 
sante, de aquel cucú colgado en la pared ; pronto va á abrirse la puer- 
tecilla de nogal, para dar paso al abierto pico, á los ojos rojizos y 
á la cresta del gallo que á medio día y á media noche da el alerta á 
las horas vigilantes. Lámpara, no consientas que te apaguen las 
vírgenes lecas, porque hele ahí que esta a la puerta y llama. 
. Es el mismo; pero se llama de otro modo. Los años se parecen 
á los enfermos de los hospitales y á los presidiarios, en que sólo el 
número que llevan los singulariza. No tienen nombre, y ¡desdicha- 
do el que lo tiene! A ese, de seguro, la desgracia se lo dio. Porque 
habréis oído decir el «año de la peste,» el «año de la guerra,» el «año 
del hambre;» pero nunca el año de la dicha, el año del amor, el año 
de la gloria! Sólo el dolor suele llamar á los años: ¡hijos míos! 

¡Cuántas noches de San Silvestre ¡oh buena lámpara! hemos pa- 
sado en esta muda espera! Ni tú ni yo creemos en los años nuevos: 
el tiempo no interrumpe su marcha ni un segundo. . . . continúa 
indivisible, como infinita línea recta que no sabemos de dónde arranca 
ni si termina en algún punto; pero, á pesar de ello, supersticioso 
sentimiento se apodera de nosotros en la última noche de Diciem- 
bre, como si ésta fuese en realidad la última noche de una vida. Ay ! 
Lo sólo cierto es, que en cada una de esas noches nos encontramos 
más y más cercanos á la última noche sin orillas! 

A tí, lámpara, nunca te he visto palidecer sino cuando clarea el 
día; tu luz. como el cariño de los buenos padres, siempre es la misma: 
te enturbió mi aliento; te dejó expirante mi descuido, como á los 

47 



$70 MANUEL GUTIÉRREZ NÁJERA 



buenos padres les empaña la vida y les enferma el desamor ó el sus- 
piro de los hijos; pero, jamás diste señales de cansancio, y ni espe- 
raste ni temiste. 

¡ Mi hermana de la Caridad, Sor Marcelina, la hermana á quien 
Alfredo de Musset dijo expirante: «Dormir .... por fin voy á dor- 
mir!» Veladora de cofia blanca, viejecita: tú la que no rae viste ni 
una sola vez en los festines, y siempre, siempre en todas las triste- 
zas: tú, la que me acompañas en todo lo obscuro de la vida, en el 
estudio, en el trabajo, en las enfermedades, en las penas, y te que- 
das sola y apagada cuando voy al amor, á los placeres, al ruido: 
tú, la que haces brillar en el papel los enlutados signos de mi pen- 
samiento, y sabes que, á menudo, son lágrimas las gotas que crédula 
benevolencia llama, á veces, diamantes: tú, á cuya luz ha nacido, lo 
único mío que acaso vivirá: lámpara buena, ¿qué nos trae el nue- 
vo año? 

Por devoción á religiosa y poética leyenda, los niños que tienen 
padres, y padres cariñosos, dejan esta noche sus zapatitos en la mesa 
que está junto á la cama, y dentro de esos zapatitos hallan, al si- 
guiente día, la golosina y el juguete prometidos. Voy á escribir ¡oh 
lámpara! para que tú la leas antes que nadie, la historia de los bre- 
ves zapatitos. Cendrillón, que se parece mucho á tí, me la contó. 



PapX-Enero — el de la barba florida, como la del emperador Car- 
lomagno — viene al mundo en cuanto San Silvestre se cala su capu- 
cha y hace la noche sobre la tierra. Buen cómico — el diablo sabe 
más por viejo que por diablo — no entra jamás en escena antes de 
tiempo; aguarda á que el reloj -apuntador dé las doce llamadas, é 
ínterin suenan éstas, conversa con el anciano San Silvestre, quien, 
á fuerza de haberse muerto tantas veces, ya muere tan sencilla y 
mansamente, como quien dice ¡buenas noches! y se duerme. 

— Papá-Rnero — dice el Santo — ¿por qué buscas, mimas y pre- 
fieres los zapatitos de los niños? 

— Santo padre, no soy yo el que los busca; ellos tienen la boca 
siempre abierta y piden .... piden! Tanto los he tratado, tanto 
conozco sus secretos, que los amo. Cada zapato tiene su secreto. 
Unos son felices, huelen á taloncitos color de rosa, á medias de seda. 
Otros, han sufrido mucho. 

En mi armario de ébano chapeado guardo muchos. Cada uno es- 
tá para mí, lleno de recuerdos. Hay uno color de rosa que parece 
de carne. Está hecho para pisar flores, para que las alfombras lo 
acaricien, para que las manos de una camarera guapa lo desaboto- 
nen, i Y si supieras que, á pesar de su lujo, tiene en el alma un gran 



MANUEIv GUTIÉRREZ NÁJERA 371 



vacío! Era de una mujer rica y muy bella. Por mirarlo habrían da- 
do, los galanes de la época, años felices de sus mocedades. Por obte- 
nerlo, prometió uno dar la vida. Y ese lo consiguió, porque era 
apuesto, joven y valiente. Iva hermosa enmorada, al fin rendida, de- 
jó al salir del baile, en la diestra del doncel un guante perfumado. 
Y en el guante esta esquela: 

¿Vendrás?. . . .Inquieta en el jardín espero. 

Quiero ser tuya con el alma toda ! 

¡ El lucero del alba es el lucero 

Que alumbrará temblando nuestra boda! 



Las rosas del jardín saben el secreto y cuchichean. En el bosque- 
cilio de naranjos suspiran los olvidados azahares. . . . 

Al apuntar el día, la amada huyó del amado. Tal corría, que de- 
jó en la arena del jardín, por no detenerse, la ruborizada zapatilla 
color de rosa. . . . ¡la zapatilla que durante dos minutos nada más 
oprimió el pié breve de la ninfa! 

Desde entonces está vacía. . . . esperando siempre. El amante se 
la llevó como reliquia; pero de él huyó el amor, como antes había 
huido la gentil enamorada. Yo, que entiendo el idioma en que .se 
expresa el escarpín de raso, sé que dice: 

— Soy el que tú besaste con ternura . Soy el que espera en vano 
que lo llenes tú con un recuerdo. Sé que mi dueña te esperó mu- 
chas noches, muchos meses, muchos años, y que ahora está tendi- 
da sobre el desnudo mármol de la tumba, como yo sobre el mármol 
de la chimenea. ¡ Ni ella ni yo tendremos año nuevo ! Para tí anu- 
daba mi señora sus cabellos rubios, mirándose en el espejo de Ve- 
necia. No podía venir á tí, porque su planta descalza, punzada por 
tos cardos del camino, habría manchado de sangre tus alfombras. 
Te esperó. L,e habías prometido darle la vida y le diste unas horas. 
Con ansia aguardó que tú me ataras á su pie. Y ha muerto, y no 
se atreve la infeliz á entrar ne el cielo, porque se avergüenza de tener 
el pie desnudo 



Este otro botincito— prosiguió Papa-Eñero— este roto, de sue- 
la claveteada, es el de un niño que nunca tuvo juguetes porque su 
padre era muy rico y la madre era muy pobre. Anduvo mucho, lo 
agujerearon las piedras, lo cubrió el lodo, por todas partes le entra- 
ba el agua. El niño que lo llevaba era mendigo, pedía limosna para 
su mamá, y una vez pidió por amor de Dios á un desconocido que 



372 MANUEL GUTIÉRREZ NÁJERA 



era sn padre, y éste nada le dio porque era Noche Buena, soplaba 
aire muy frío, y no quiso desabotonarse su gabán. . . . Una última 
noche de Diciembre, el cielo echó más frío que nunca dentro de ese 
zapatito. Y esa vez fué la única en que el pobrecito pordiosero tuvo 
su regalo de año nuevo: aquella noche se murió. 



Mira ahora, padre santo, todos los botincitos'que me esperan. ¿Có- 
mo no he de quererlos, si son tan pequeñuelos y graciosos? Hay entre 
ellos muchos que son pobres. Por ejemplo, la punta de aquel pa- 
rece boca de negrito limpia-botas: por la rajadura que tiene ha de 
asomarse la carne de los dedos regordetes, como una encía muy co- 
lorada. Ese otro está cansado de tanto ir á la escuela, y sus resortes 
flojos dicen: ¡ya no vamos! El de más allá — ¡glotonsísimo! — se ha 
comido los tacones. Pero todos esperan algo, pues aunque pobres, 
son dichosos, porque nadie es enteramente pobre ni enteramente 
desgraciado mientras tiene padres. 

Los zapatitos de los niños ricos, esos tan cucos y tan monos, na- 
da me preocupan, no les hago falta. ¡A esos les caen juguetes todo 
el año! Los que costaron mucho al pobre papá, por más que sean 
de los más baratos; los que se acaban muy pronto porque solo duran 
medio año; los que conocen á los remendones, esos son los que miro 
con cariño, los que llenaría de diamantes esta noche para que los 
padres compraran muchas canicas á sus hijos. 

Sin embargo, también los otros, los de los ricos, me hunden en 
serias reflexiones. ¿A dónde irán esos pequeños pies que ahora es- 
tán muy abrigados en las colchas? ¿De qué serán los zapatos que 
usen mañana? 

Atiza el fuego de tu chimenea, mi viejo amigo San Silvestre: me 
da frío pensar en los niños descalzos! 

No sabes cómo quiero á los muchachos! Y cómo río al oir lo que 
me dicen. ¿Sabes lo que me pidió ese chicuelo que apenas sabe ha- 
blar? ¡ Me pidió una hennanita! Cada año me hacen más encargos. 
¡Y cada año estoy más viejo! 



Lámpara: ya asoma la eriza cresta del gallo en el cucú. Alum- 
bra á mi fantasía para que deje sobre el mármol su zapatito de cris- 
tal. Es el de Cenicienta la trabajadora, humilde y pobre. Toma tú 
tu año nuevo; toma otro poco de mi vida. ¿No me das toda la tuya? 
Aun brillas; aun oigo alegres risas en mi hogar; aun canta algo en 
lo íntimo de mi alma. No es hora de dormir. Velemos todavía. 



PRIMERA G;UARESMA 



DUQUE JOB 



MANUEL GUTIÉRREZ NÁJERA 375 



DOMINGO DE LA TENTACIÓN. 



¿Recordáis haber visto en nuestra Academia de Bellas Artes un 
cuadro que representa la tentación de Jesús? El demonio muestra al 
hijo de Dios varias bandejas llenas de frutas y de flores 5' sostenidas 
por las manos de unos ángeles, que no sé si son hombres ó mujeres, 
porque los ángeles no tienen sexo. Y parece decirle: — Si me obe- 
deces, si te entregas á mí, te comerás todas esas uvas, todos esos 
melocotones, todas esas peras! — ¿Recordáis haber visto el cuadro 
aquél? Pues bien, así no fué la tentación de Jesucristo. 

Hay otro lienzo -¡vaya si es otro!— que tiene el mismo asunto. 
Es de Ary Scheffer, y recuerdo haberlo contemplado en un artículo 
maravilloso de Renán .... suprimid el adjetivo «maravilloso» por 
inútil y la frase no perderá nada de su fuerza: en un artículo de Re- 
nán. El demonio allí es hermoso — ¡Por qué hemos de hacerlo feo, 
cuando Dios lo hizo bello? ¿por qué hemos de ponerle cuernos, si 
no .somos sus mujeres? ¿por qué hemos de imaginarlo repugnante, 
si á todos, por desgracia, nos simpatiza tanto? — y en actitud gallar- 
da, altivo ofrece á Jesús el señorío y dominio de la tierra. Dan ga- 
nas de decirle: — te estás equivocando; ese humilde esenio puede más 
que tú; ese es Dios. — Y dan ganas también de decir á Jesús: — aquí 
ya no eres Jehová, que eres Jesús; desengaña á ese truhán buen 
mozo y perdónalo, porque hace ya muchos años que sois enemigos! 

La tentación, en ese cuadro, es .seductora: ¡así han de serlas ver- 
daderas tentaciones! La de la serpiente en el Paraíso fué muy ton- 
ta. ¿Qué ofrecía la serpiente? Lo que ofrece cualquiera india en 
cualquiera esquina: ¡una manzana! Por honra de Adán y por honor 
de Eva, puesto que somos, al fin, de su familia, quiero creer que 
esto de la manzana solo es símbolo y que la serpiente, en realidad, 
es ofreció otra cosa. Es más, quiero creer que no hubo tal serpien- 



2,^6 MANUEL GUTIÉRREZ NÁJERA 



te, porque las serpientes no pueden haber sido hechas por Dios ni 
haber estado en el Paraíso; y las mujeres desde la primera hasta la 
última, fueron, son y serán, incapaces de entrar en conferencia con 
animales semejantes. 

De por sí, la tentación es hermosa. Leed la «Tentación de San 
Antonio» escrita por Flaubert. ¿Cómo pudo resistir aquel Santo? 
Ya era cosa de decirle á Dios: — Siempre mejor no voy al cielo ! — 
Pero, como era santo, no lo dijo, é hizo bien. 

La tentación es bella, señoritas, y no solo despliega sus encantos 
para seducir á las que pueden perder á toda la humanidad, como 
Eva; no solo habla en la cima de una montaña; á cada paso, en 
cualquier mostrador, ya ofreciendo un sombrero, ya un vestido, 
ya una joya, habla al oído. En el poema de Goethe, la tentación 
es un cofrecito con alhajas. Fausto, para vencer á Margarita, no 
necesitó la intervención del diablo que le acompañaba: bastábale 
el dinero que el mismo diablo le había dado. Esto, á mi juicio, cons- 
tituye uno de los defectos de la heroína. Margarita no se enamora 
de Fausto por su bravura, como Desdémona de Ótelo; ni por irre- 
sistible simpatía como Julieta de Romeo; ni por su genio, ni por 
su ciencia, ni por su belleza, sino por sus joyas. Fausto se vende 
al diablo y compra á Margarita. Y por eso ni Fausto ni Margarita 
son simpáticos. ¡No son simpáticos y por eso, tal vez, son tan hu- 
manos ! 

La tentación, desde los tiempos más antiguos, ha enamorado á 
la mujer con las ojeadas de la moneda de oro y con los rayos de las 
piedras preciosas. Júpiter, para poseer á Dánae, se convirtió en 
lluvia de oro. Los enemigos del alma son tres : no sé cuántos son 
los enemigos de la mujer, pero uno de ellos, señoras y señoritas, 
es el diamante. 

Yo no tengo motivo alguno de disgusto con esta piedra, acaso 
porque no la conozco íntimamente, sino de vista nada más; pero 
cuando pienso en los males que ha causado, no puedo menos que 
condenarla. Ya Shakespeare había dicho : «El oro y los dones bri- 
llantes tienen una elocuencia muda que mueve el corazón de la 
mujer, muy más que los discursos más hermosos». 

Para poseer honradamente ese pedazo de carbón ennoblecido por 
la luz, la mujer aspira á atrapar un marido rico. Los perjuicios 
que acasiona el caer en esta tentación, serán, vSeñoras y señoritas, 
el tema de mi discurso. 



MANUEL GUTIÉRREZ NÁJERA 377 



*** 

Desde luego debemos entendernos respecto á la palabra marido. 
Un marido viejo no es un marido. Hablo, pues, de los jóvenes, y 
entre éstos aseguro que hay, en México, muy pocos ricos. Se puede 
conseguir un novio hijo de padres ricos, pero un novio que sea rico 
es muy difícil de obtener. Es necesario importarlo. Los pocos que 
hay tienen mucha demanda en el extranjero, y sus familias los ex- 
portan para casarlos en Europa con la depreciación necesaria. Los 
padres acaudalados les mantienen á sus hijos varios caballos, un 
cochero, diversos vicios, la ignorancia y alguna enfermeda,d. Estos 
hijos tienen muchas necesidades artificiales, lo que equivale á tener 
mucha familia, á ser pobres. Aquí el dinero se va acabando como 
se acaba el arbolado de los montes, porque cortan árboles para dur- 
mientes ó para leña, y nada siembran. La progresión descendente 
es ésta: Bisabuelo, millonario; abuelo, rico; padre, acomodado; hijo, 
pobre; nieto, limosnero. No creáis, por consiguiente, que haya ri- 
cos. Esa es una voz que hacemos circular para que nos presten 
dinero en Berlín. Aquí hay algunos que fueron ricos, otros que van 
á ser ricos, pocos que parecen ricos; pero ricos no hay. Se trata de 
construir un ferrocarril, y lo construyen los ingleses ó los america- 
nos; se trata de establecer una industria, y la establecen los espa- 
ñoles; se vende algo, y lo venden los franceses; pide el gobierno 
dinero prestado, y se lo prestan los alemanes. En México hay ca- 
sas, hay haciendas, hay libranzas; pero no hay dinero. El dinero 
de México e.stá en las minas. De allá lo .sacaremos, en bajando, 
pero no tenemos todavía para comprar la escalera. 

Llamaremos, pues, rico á un joven que tenga caballo, por la 
misma razón con que podríamos llamarle caballero. Este joven no 
sabe trabajar, porque nos ha quedado inveterada la hidalguía es- 
pañola y los hidalgos no trabajaban. Todo oficio, menos el de usu- 
rero, está aquí muy mal visto. En la misma clase media se siente 
invencible repugnancia á toda ocupación manual. Los pobres ha- 
cen versos; los ricos se hacen pantalones; pero hacer zapatos, hacer 
velas, hacer cerillos, es cosa de plebeyos y pecheros. De la nobleza, 
que nunca tuvimos, nos ha quedado la ociosidad. Investigad el 
origen de los mayores capitales mexicanos: es el agio ó el contraban- 
do, con excepción de los que derivan de las minas ó del juego. No 
hay, pues, muchos ricos que puedan vanagloriarse de sus ascen- 
dientes. Pero, á pesar de eso, se consideran nobles, y como tales 
nobles, no trabajan. El pobre piensa hacer á su hijo abogado, ó mé- 
dico, ó ingeniero; pero nunca sastre, ni panadero, ni boticario. Si 

48 



378 MANUEL GUTIÉRREZ NÁJERA 



el muchacho no sirve para el estudio y en el examen lo reprueban, 
se hace literato. 

El rico no piensa hacer nada de sus hijos. Antes hacían á uno 
mayorazgo, á otro militar y á otro sacerdote. Ahora á todos los de- 
dican al vicio. No quieren que sigan una carrera, porque en las 
escuelas del Estado se corrompen. Entre la escuela y la cantina 
optan por la cantina. Prefieren que pierdan el honor en un garito, 
á que pierdan la creencia de que San Pa.scual Bailón anuncia con 
tres toques la hora de la muerte. 

El joven rico, en consecuencia, es un hombre que se va á comer 
los huesos que dejó en el plato el padre, al levantarse de la mesa. 
Como no sabe hacer nada, su caudal se extingue. Por el instinto 
de la propia conservación, busca para esposa á una heredera. Y gra- 
cias á estos injertos, tenemos todavía familias acomodadas en Méxi- 
co! Suele acaecer, no obstante, que uno de estos señores que tienen 
caballo y cuenta ilíquida en la sastrería, se case con una pobre. Este 
es el bizarro paladín, el joven príncipe, en que sueñan ustedes ¡oh 
hermosas dormidas! La mujer entonces entra á la misma categoría 
que ocupa el caballo: los padres de su esposo la mantienen. Ella es 
siempre la desdeñada. Tiene que tratar poco á su familia, porque 
ésta hace mala figura en la casa de su marido. Tiene que ser mala, 
porque forzosamente deseará que mueran sus suegros, para ser ella 
algo por sí misma. El marido juega, y sus padres que no supieron 
educarlo, le echan á ella en cara que no haya podido corregirlo. 
Siempre es la advenediza, la postiza en la casa, la agraciada, la fa- 
vorecida. Suele tener brillantes en el cuello; pero tiene también 
muchas lágrimas en los ojos. No tiene; le dan. No vive; le prestan 
la vida y se la cobran diariamente. 

¡Señoras que me oís, decid si esto no es cierto á todas las seño- 
ritas que me escuchan ! 

Se me preguntará si quiero que todos los matrimonios sean los 
de ¡une chautnitre et toyi coeur! en francés, y los de «contigo pan y 
cebolla" en España. ¡No, tampoco! L,os matrimonios los debe hacer 
el amor: á unos les hace bien y á otros les hace mal; pero él debe 
hacerlos. Os aconsejo, sin embargo, que no os caséis con un pobre 
de solemnidad. El amor come, el amor .se viste. Los hambrientos 
y los desnudos se mueren. La miseria es una puerta muy grande, 
por ella entran el tedio, el deshonor, el crimen. Exigid á vuestros 
maridos mucho amor; pero también un poco de dinero. No crean 
ustedes: este es un personaje indispensable; es el apuntador, y si 
él no habla, se le puede olvidar á la esposa su papel. 

Pero no busquéis, señoritas mías, una canastilla de boda, sino un 
esposo que sepa amaros y que pueda manteneros. No os unáis á 
un hombre que se crea superior en rango y casta á vosotras, ó cuya 
familia, al menos, piense así. Si sois ricas, tampoco os caséis con un 



MANUEIv GUTIÉRREZ NÁJERA 379 



pobre, á menos que lo améis inmensamente y él os ame lo mismo 
y estéis ciertas de que lo preferiréis á todo. Un pobre puede dejaros 
con lo que llamaba la madre de los Gracos sus mejores joyas, con 
los hijos, y llevarse las peores joyas: los brillantes. 

Lo que os encarezco es que no busquéis el diamante: esperadlo. 
Cuando cae naturalmente, como el rocío en el pétalo, es hermoso y 
es bueno. 

Hablo ante un auditorio distinguido, de cuya religiosidad y bue- 
na conciencia tengo muestras evidentes, y por eso creo inútil el de- 
ciros que no busquéis el diamante por otros caminos. Pero siempre, 
señoritas. ... no lo busquéis. > 



380 MANUEL GUTIÉRREZ NÁJERA 



SEMANA DEL HIJO PRÓDIGO. 



No fué, en verdad, lastimosa la vida del hijo pródigo, cuyas aven- 
turas nos refiere el Evangelio, porque si bien es cierto que hubo de 
sufrir serios apuros y de pasar por lances apretados, también lo es 
que antes de estos merecidos infortunios se regaló á cuerpo de rey, 
y que después de ellos consiguió el perdón de su padre, y anejó á 
éste la paterna hacienda. Guardad, pues, vuestras lágrimas para 
derramarlas por más justa causa, tanto por lo que llevo dicho, cuan- 
to porque el hijo pródigo no existió y solo figura en el nuevo tes- 
tamento como personaje de parábola, esto es, de ficción romanesca 
que entrañe alguna advertencia moral ó alguna enseñanza religiosa. 
El hijo pródigo es la humanidad que en los tiempos prósperos se 
descarría y olvida de Dios, y en los adversos torna al redil, impe- 
tra la clemencia del Señor y la consigue. Bueno será, á pesar de 
todo, que no fiéis mucho de esa piedad suprema, dándoos, mientras 
la sangre os hierva, á vida alegre, con el propósito de arrepentiros 
en la vejez, porque pudiera acaecer que declararan en suspenso la 
parábola, privándoos de las garantías libérrimas que otorga al ciu- 
dadano, y vuestra conducta en todo caso sería siempre dañosa para 
la sociedad honesta, que prefiere no cometer delitos á llorarlos des- 
pués de cometerlos. No porque San Dímas fué ladrón queráis serlo 
vosotras; ni porque la Magdalena amó mucho, améis demasiado, 
señoras mías; ni porque el hijo pródigo anduvo á salto de mata, 
haciendo fechorías, imitéis su vida truhanesca, esperanzadas en la 
misericordia de Dios. Estos fueron casos raros que no ocurren to- 
dos los días, y la regla general, la que casi siempre está vigente, 
es la de que «quien mal anda, mal acaba » 

Cumpliendo mi propósito de aplicar el Evangelio á las necesida- 
des de la vida moderna y de la industria, voy ahora á hablaros de 
la prodigalidad y de los hijos pródigos. 



MANUEL GUTIÉRREZ NÁJERA 38 1 



*** 

La prodigalidad es para nosotros como las enfermedades son para 
los médicos: malas cuando las tienen ellos, buenas cuando las tie- 
nen oíros. Ser pródigo es un defecto y una recomendación. El ma- 
nirroto que despilfarra su dinero se queda sin él, pero el agraciado 
que lo recibe aumenta su caudal. De modo que nos conviene que 
los demás sean pródigos, siendo nosotros económicos. La prodigali- 
dad, por otra parte, ha merecido honores de la canonización. ¿Qué es 
la caridad, sino una prodigalidad santa? ¿Qué fueron San Vicente de 
Paul, San Juan de Dios y tantos otros, sino grandes pródigos en 
beneficio de la humanidad? La prodigalidad en consecuencia, no es 
un delito en sí: lo pecaminoso es el emplearla malamente. La prue- 
ba es que, en el Evangelio el hijo pródigo aparece perdonado y el 
avaro en los infiernos, porque la avaricia es pecado estéril que no 
redunda en provecho de nadie, é indicio inequívoco de ceguedad de 
corazón. Jesús dijo á un joven rico: «dá todo lo que tienes y sigúe- 
me,» ordenándole así bienhechora y santa prodigalidad. No me can- 
saré, pues, de repetiros que en ese sentido seáis pródigos, porque 
buena falta nos estáis haciendo. Hubo, antaño, generosos ricos, 
homes que fundaban hospicios, hospitales; construían fábricas sun- 
tuosas destinadas á escuelas y colegios; daban trabajo ó pan á los 
menesterosos; y ogaño, los ricos homes envían á sus hijos á las es- 
cuelas del Kstado ó no los mandan á ninguna; protegen á la mu- 
jer desvalida, comprándole por una bicoca sus pulmones y su san- 
gre, gastados en la costura, para enriquecerse con el producto de 
ella ; protegen el comercio y la industria prestando dinero con ex- 
cesiva usura, y en cuanto á proteger las bellas artes se limitan á to- 
mar una subscripción de la «Moda Elegante,» para la señora de la 
casa, á pagar malamente á un mal pintor algún pésimo retrato al 
óleo, 5' á abonarse al teatro, en el primer abono nada más, cuando 
viene alguna compañía de ópera. Esto no impide que, de cuando 
en cuando, se haga lenguas la prensa para loar y enaltecer el nom- 
bre de tal ó cual millonario magnánimo que tuvo la abnegación de 
gastarse cien duros por un.a sola vez, en comprar unas cuantas sá- 
banas para regalarlas al Hospicio. Y cuenta que no hablo de cier- 
tas otras caridades interesadas, caridades de contrato, de « te doy 
para que des,» que también tienen resonancia en los periódicos. Lo 
peregrino es que, tras de ser avaros, gozan esos señores, entre los 
estultos, cuando menos, que son muchos, fama de generosos y ca- 
ritativos. La única explicación que encuentro á esos ditirambos de 
la prensa, es que, siendo ocurrencia extraordinaria la de que uu rico 



382 MANUEL GUTIÉRREZ NÁJERA 



dé algo de su peculio al indigente, hay que echar las campanas á 
vuelo cuando el prodigio se realiza. Porque está probado que en 
México los pobres, los que nada tienen, son los que dan más. Se 
trata de una de esas fiestas que llaman de caridad, no sé porqué, y 
las señoras ricas son las que piden y los hombres pobres somos los 
que damos. Debía ser al revés, pero no lo es. Por de contado que 
exceptúo de mi censura á algunas personas ricas, de esas que no 
tienen «Diario Oficial,» ni gacetillero de cámara, ni pregonero de vir- 
tudes, que hacen el bien por el bien mismo. Pero esto no quita que 
aquí los pobres sean los más caritativos, y que, como los recursos de 
estos son exiguos y como los ricos viven apegados á su tesoro, se 
vea el gobierno obligado á ser muy pródigo, para que los pobres no 
ladren de hambre ni los enfermos mueran en el quicio de cualquie- 
ra puerta, y para que los niños se instruyan, y para que haya ejér- 
cito de empleados que mantenga el comercio, la industria y las be- 
llas artes. 

¡Sed pródigos, pues, ¡oh millonarios ¡para que los pobres podamos 
ser lo mismo! 

Y aquí entraré en consideraciones de otro linaje. Así como el rico 
en México es sobrado avaro, el pobre es extremadamente pródigo. 
Parece que todos llevamos en la bolsa muchos billetes de banco ex- 
pedidos por la Providencia, y que creemos cobrar al día siguiente. 
Mañana. . . . ese es nuestro cajero. ¿Y qnién es mañaftaf Cuando va 
uno á buscarlo siempre es hoy, mañana nunca tiene dinero, mañana 
es un traraposoque se esconde de sus acreedores, . . . dh,fjiañana no 
existe! Se enfada uno con él cuando acudimos, sin hallarle, á una 
cita que él no nos dio. Pero esta es injusticia soberana: mañana cum- 
ple los compromisos que contrae, mañana paga sus deudas; mañana 
existe para el trabajo, para el ahorro, para la previsión, para el pru- 
dente, para el laborioso, para el entendido. Pero mañana no es un 
cajero universal como queremos que lo sea, y no cubre sino los li- 
bramientos de aquellas personas que le dieron sus fondos en depó- 
sito. 

El artesano, por ejemplo, cobra el sábado en la noche su jornal, 
y el domingo lo gasta íntegro en los toros, diciendo para sus aden- 
tros: «¡ya mañana veremos!» ¿Qué ha de ver? Que mañana no paga 
boletos de sol para corridas de toros, que mañana es hoy y, más to- 
davía, que es peor que hoy. ¿En qué confiaba ese artesano? Pues 
confiaba en lo que confía una buena parte de los mexicanos pobres, 
en el milagro. Por esta misma confianza en lo sobrenatural, por es- 
te misticismo exaltado de un pueblo que siempre está esperando al 
cuervo que ha de traerle el alimento en el pico, son perjudiciales las 
loterías. Notad con cuánto desenfado gasta el hombre que lleva en 
su cartera un billete de lotería. Si al desvestirse hecha de ver que 
se quedó sin un centavo, no se apura, y dejando sobre el buró su 



MANUEL GUTIÉRREZ NÁJERA 383 



billete de lotería, dice con mucho aplomo: — mañana temprano man- 
daré cambiar este billete de seiscientos pesos. — De modo que no 
solamente malgastó, al comprar ese entero de á dos reales, un vigé- 
simo de botines para él, sino que al adquirirlo, tomó también un 
enervante del trabajo y un excitante de la prodigalidad. 

Aquí el empleado gasta en una semana su quincena y la tercera 
parte de la otra, que empeña, para equilibrar su presupuesto, á un 
usurero. A medida que nuestros pesos valen menos en Europa, nos- 
otros creemos que valen y duran más. No solo se cree en la inmor- 
talidad del alma, sino en la inmortalidad del peso. Y se giran li- 
branzas y se giran más libranzas contra un señor que ni siquiera 
nos conoce, contra ese mañana fabuloso que jamás está en su casa. 
La experiencia nos enseña que cuando llueve lo que cae es agua, 
para indicarnos que debemos comprar paraguas; pero nunca jamás 
llueve dinero; está probado que solo los ricos se sacan la lotería; 
que nadie se tropieza con un diamante; que ya todos los parientes 
ricos que tenían los mexicanos murieron intestados, antes de que 
nosotros naciéramos; que el que juega, pierde; que no hay herencias; 
que no hay mecenas; que nadie perdona á sus deudores, por más que 
rece todos los días el Padre Nuestro; que no hay milagros, que no 
hay cuervos, que no hay plata; y sin embargo, todos nos conduci- 
mos, como si la Providencia, al nacer nosotros, nos hubiera dicho: 
— ¡Gasta, hijo, que yo pago! — 

Meditad en el Evangelio del día, que es el que os he explicado, 
hermanos míos. 

¡Sed más pródigos, ¡oh ricos! para no correr la desastrada suerte 
del avaro que no encontraba en el infierno quien le diera una gota 
de agua para mitigar su sed! 

¡Sed menos despilfarrados, ¡oh pobres! y no creáis en la parábola 
del hijo pródigo, porque ya se acabaron los padres como el suyo, 
y para vosotros no hay más padres que «muestro padre que está en 
los cielos» y nuestro otro padre Don Francisco Díaz de León, que. 
está en el Asilo de Mendigos! 



384 MANÜEI. GUTIÉRREZ NÁJERA 



SEMANA DE LÁZARO. 



El Evangelio nos refiere, señoras mías, la resurrección de un buen 
hombre llamado Lázaro. En este suceso, vosotras representáis exce- 
lente papel, porque si el Salvador revivió al difunto Lázaro, fué por 
dar gusto y consolar á sus dos aflijidas hermanas. Podéis, pues, 
enorguUeceros de haber contribuido á la resurrección de un hombre, 
ya que de la muerte de tantos otros se os acusa. 

El milagro no se ha repetido. A los muertos los entierran sin re- 
misión, y aun á algunos vivos también. Hay, sin embargo, algu- 
nos muertos que, por exceso de discreción, uo quieren decir que lo 
están; muertos di.sfrazados de vivos que logran escapar á la solicitud 
de los sepultureros, á los tiernos y cariñosos cuidados de los médi- 
cos, á las ventajas que para todo difunto, convicto y confeso, ofrece 
la agencia de inhumaciones. Estos muertos se quedan en la vida 
chasqueados, como viajeros modernos que llegan al andén cuando 
ya han partido los wagones; y por ahí andan sin dirección fija, ha- 
ciendo tiempo que llegue otro tren. Ya no quieren volver á la ciu- 
dad, por no exponerse á regresar de nuevo tardíamente; ya se des- 
pidieron de todos sus amigos, ya guardaron su ropa en la maleta, y 
se quedan en la estación horas enteras, aburridos, callados y estor- 
bando. 

¿No habéis observado cuánta gente sobra en el mundo? Mallhus 
dijo que sobraría; yo digo que sobra. Hay muchas botellas vacías 
en esta gran casa de la humanidad; pero las botellas vacías llénanse 
otra vez con licor nuevo: el hombre, no. Los de mal corazón y buena 
desvergüenza, confesarán que algunas personas les están .sobrando. 
Los más tímidos y de mejores sentimientos dirán, hasta acaso cari- 
tativamente: este señor le está sobrando á este otro. Pero lo indis- 
putable es que muchos sobran, que hay mucha gente inútil y estor- 



MANUEL GUTIÉRREZ NÁJERA 385 



bosa en este extenso paradero, y que, para una gran parte de ella, el 
tren de la muerte es como el tren de ¿aredo, que no se sabe cuando 
llegará. Ninguno vive tanto como un muerto. Conozco á muchos 
de quienes hace largos años, lustros, décadas, estoy diciendo con 
íntimo convencimiento: — ¡ya se van !^— Y helos de pie, viendo par- 
tir á los que, acaso por más jóvenes y ágiles, les toman la delantera 
y suben de un salto al tren obscuro y húmedo que va directo á su 
final destino, sin detenerse nunca, ni jamás desrielarse! 

De esos embalsamados, de esas momias, está llena la mitad del 
mundo. Cuando se habla de ellos, la frase toma la forma de epitafio: 
era, se dice, verbigratia, un literato notable; era apuesto, galán, afor- 
tunado. Y — ¿ahora qué es? — preguntamos nosotros. Pues nada, ya 
no es nada: ya fué! Se quedó con un centavo de cerebro. Todavía de 
cuando en cuando quiere escribir y escribe, pero sus artículos pro- 
ducen el mismo efecto que una vieja desnuda. Se vació la botella 
y ya no sirve sino para que en su cuello coloque el estudiante pobre 
un cabo de vela. El vino que antes contuvo embriagó á la mujer 
hermosa, rió en la copa del potentado, fué alegría en el corazón, idea 
risueiía en la mente de los jóvenes. . . . Pero ahora la botella está 
vacía! ¿Por qué no la arrojan á la basura? Para una botella de Bor- 
goña debe de ser muy penoso y degradante .sentir que luego la llenan 
de petit-blcu y en seguida de aguardiente, y después, de alguna me- 
dicina que huele mal, y por último, le tapan la boca con un cabo 
de vela que la gotea de sucio sebo. Y como la botella, es ese hom- 
bre. Ya está lleno de una poción de botica: pronto le pondrán entre 
los labios la vela de los agonizantes. 

¡Qué triste debe ser acordarse uno de sí mismo como de persona 
extraiía! ¡ Hermosa muerte la del que cae en plena lucha, en plena 
juventud, en pleno vigor! Ese muere, pero no se siente muerto, se 
despide, no lo echan ! ¡ Más hermosa muerte aún la de aquel cuya 
vida fué transformándose sin perder su decoro, y tuvo estaciones 
como la naturaleza; la del que brilló primero con luz propia, como 
el sol. y luego con la luz refleja de sus obras, como la blanca y apa- 
cible luna; la del que supo ser joven y ser viejo; la del que se mira 
revivido y continuado con sus hijos; la del que no huye de la exis- 
tencia como un prófugo, ni .se va de ella arrastrado por la policía 
como un borracho, sino que .se desprende lentamentede la vida, como 
el esposo de los blancos brazos de su mujer que ya .se duerme! 

Pero estos infelices á quienes la mala suerte los saqueó )'■ dejó des- 
nudos; estos que llegan á prematura decrepitud sin talento, sin di- 
nero, sin hijos y con vicios; estos que sobreviven á todo lo bueno 
que tuvieron; e.stos que no .se van porque la enfermedad no quiere 
soltarlos; estos que para hacerse la ilusión de que viven han menes- 
ter de darles la vida artificial de la embriaguez; estos que nos piden 
vergonzautemente una peseta, como si no la pidieran para ellos, sino 

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386 MANUEIv GUTIÉRREZ NÁJERA 



para los deudos indigentes de algún amigo que tuvimos, rico, bri- 
llante y que murió mu)^ joven; estos que nos ven como diciendo: <f¿te 
acuerdas de él?» estos piden á gritos que la muerte los tenga presen- 
tes, que no los olvide como los han olvidado todos; estos sí sobran. 

Y, sin embargo, ¡cuan poderoso debe de ser el sentimiento de la 
propia conservación, cuando vive y no se asfixia ni envenena en este 
pantano de la vida! Esos enfermos le cobran cariño á su cama de 
hospital; esos trasnochadores quieren entrar lo más tarde posible á 
su casa, que es el cementerio: presencian los funerales de su inte- 
ligencia, de su dignidad, de su decoro, y no se van con todo eso que 
era suyo y que los llama, por no separarse de la copa de tequila, de 
la colilla de cigarro, del grasicnto naipe! 

Y miles, y millones más, están sobrando en este valle de lágri- 
mas. Pensad en aquel otro: su mujer lo abandonó; sus hijos han 
desaprendido á quererlo y se han enseñado á despreciarlo; ya no pue- 
de ser nada y cuando 5'a no se puede ser nada, cuando ya no se va 
á ninguna parte, lo mejor á que uno puede aspirar es á ser muerto. 

Este, deshonra con sus desmanes y escándalos á una familia hon- 
rada, aflige á sus padres, y pervierte á sus hijos: está ya muerto para 
la vida, y sobra. Ese le sobra á su mujer. Aquel está empeñado en 
ser hombre político porque fué hombre político, y le sobra al gobier- 
no. El de más allá seca y marchita con sus manos enjutas y arru- 
gadas, los verdes laureles que conquistó en la juventud ... ¡A todos 
estos que ya no pueden volver á su casa, que ya guardaron toda su 
ropa en la maleta y que aguardan en la estación, sin hacer nada, 
llévatelos, Señor! Tú, que resucitaste á Lázaro, acaba de matar á 
estos otros Lázaros, á estos muertos abandonados por la muerte! 

Hay otros, sin embargo, que también están muertos y que sí ne- 
cesitan de resurrección. Hay botellas vacías que no han servido aún 
y cuyo cristal terso aguarda el vino generoso que ha de llenarlas. 
¿Veis este frasquito? Es de Bohemia: su tapón diminuto es de plata. 
Ese frasco fué hecho para guardar algún perfume; pero está vacío. 
Es un niño rico, de buena familia; su padre vive en el club, la mamá 
en los paseos, en los teatros, en los bailes, ó durmiendo. No vive, 
porque vivir, para él, ha de ser estar lleno de amor, y está vacío. 
La madre da primero el cuerpo, y después, beso á beso va derramando 
el alma gota á gota por los labios del niño. Los brazos no son bra- 
zos hasta que no saben cruzarse sobre el pecho. Los ojos no son ojos 
hasta que no saben ver el cielo. Ese niño está en su cuna como en 
coqueto ataúd de raso blanco. Si le ha olvidado la madre, ¿cómo 
la vida no lo ha de olvidar? ¿Veis qué blanco? Parece un cirio apa- 
gado de cera intacta. ¡Señor, llena ese pomo transparente de per- 
fume! A ella le diste un hijo: dale á él una madre. ¡Señor, prende 
una luz en esa vela blanca! ¡Señor, resucita á esos muertecitos que 
no han vivido todavía y que están en sus cunas aguardando almas! 



MANUEI. GUTIÉRREZ NÁJERA 387 

Abrid el ventanillo del wagón, si vais de viaje. ¿Veis en la puerta 
de aquella casucha á un muchachillo de cutis atezado, casi desnudo, 
que casi ladra y casi hopea cuando el tren pasa? L,a india lo hizo 
como hace una tortilla y lo echó al canasto. Por ahora sus hermanos, 
son el perrito, el gallo, el cerdo. No es un frasco de perfume, como 
el otro; pero sí es una vasija de barro, también vacía. ¡Señor, echa, 
aunque sea atole, en ese jarro! Que se funden muchas escuelas. Allí 
se llenan estas oUitas trigueñas, de leche pura y sana! ¡Resucita, Se- 
ñor, á estos muertos tirados en el campo, para que no sean más tarde 
carne de cañón, ni hueso de presidio, ni abono de la tierra, sino hom- 
bres! ¡Entierra á los padres y á los hijos resucita! 

Y no solo resucita á estos niños que nacieron muertos: también 
á los jóvenes, también á los hombres, también á las mujeres, que 
aun son susceptibles de resurrección, devuélveles la vida. Esta joven 
que no tiene ideales, que no siente amor, que compra un traje pa- 
gándolo con ser esposa, en el sentido brutal de esta palabra, y piensa 
en adquirir un coche pagándolo con su deshonra, á esta que está 
muerta, resucítala antes de que sea adúltera, como resucitaste á Mag- 
dalena y como resucitaste á la Samaritana. Si es adúltera, mátala 
ya. A la única mujer á quien no dijiste si la perdonabas, fué á la 
adúltera! 

A todos los que están muertos, porque sus padres no les dieran 
la vida del espíritu, la vida, en fin, revívelos, Señor. Y el avaro que 
está muerto, porque yace enterrado en su dinero inmóvil; al que no 
ama, y está muerto, porque vive sepulto en su egoísmo; á todos esos 
dormidos que parecen muertos en la sombra y silencio de la noche, 
despiértalos con el clarín alegre de la Aurora! 

Hay muchos jóvenes también á quienes puedes todavía resucitar. 
Allí miro á uno que ronca ó gruñe, de codos en la mesa de una can- 
tina. ¿Vive. . . ? no, porque el borracho es un muerto intermitente. 
Cada vez que se va adormir, es que va á morirse de una vez; pero 
la muerte, al sentir el tufo del licor, se echa para atrás y lo deja dor- 
mido. Cuando está en su juicio, cuando parece vivo, es que anda 
prófugo. Es un esclavo que huye escondiéndose, agazapándose en 
lo más intrincado de la selva, porque le queman y le sangran toda- 
vía los latigazos de su amo, el vino. Jura no volver, pero apenas 
ha dado algunos pasos cuando el tirano lo atrapa, y como en la ser- 
vidumbre ha perdido las fuerzas, vuelve á echarse, á manera de pe- 
rro soñoliento, á los pies de su señor. Algunas ideas sobreviven en 
su cerebro, como náufragos bregando entre olas de alcohol. ¡Qué 
asoladora inundación ! Primero la oleada cubre la memoria; luego 
la dignidad; en seguida la inteligencia toda; al último, la vida. El 
hombre cree que bebe la copa, y se engaña, porque la copa lo bebe 
á él. El la vacía primeramente de un solo trago; pero la copa cobra 
lo que perdió y el hombre tiene que llenarla con algo de su enten- 



388 MANUEL GUTIÉRREZ NÁJERA 



dimiento, con algo de sii corazón, con algo de su alma. Parece tan 
estrecho un vaso, ¡y en él, no obstante, se han ahogado tantos hi- 
jos, tantas madres, tantas esposas, tantas vidas! Se arroja alcohol 
al fuego para que éste arda más; y alcohol á la idea para apagarla 1 
El ebrio es muerto, pero si aun no pasan los tres días que Lázaro 
pasó sin vida, resucítalo! Tal vez todavía es joven; tal vez el do- 
lor lo llevó del brazo y le dijo: «¡ven y olvida!» ¡tal vez las ideas, 
enflaquecidas y anémicas de ese hombre, gastadas por un exceso de 
trabajo, no tenían fuerzas ya para salir del cerebro, y era precisa 
que salieran para que le llevasen á la vuelta el pan de cada día, y 
entonces el alcohol, que es fuerte y vigoroso, le dijo: — ¡yo te las 
€mpujaré! — tal vez, de este naufragio, flotan, salvos av'in, en el 
océano, algunos sentimientos buenos, asidos á una lancha, á una 
balsa, á un mástil roto. . . si es así, resucítalo. Señor! 

A estas resurrecciones milagrosas, podéis ayudarnos mucho, se- 
ñoras mías, como ayudasteis á la de Lázaro, en figura de Marta 
y de María. Nada hay que despierte tan pronto, como un beso de 
«mor. La mujer da la vida y puede volverla á dar á los que casi la 
lian perdido. No solo se es madre en los momentos del alumbra- 
miento: se es madre antes y después. Ks madre cuando con un rayo 
de amor crea la mujer sentimientos buenos en el alma de un hom- 
bre, y cuando despierta alguna actividad dormida en su ánimo; e.s 
madre cuando como la Cordelia del «Rey Lear» sostiene al padre 
anciano; es madre siempre que es buena y siempre que ama. Por 
eso, señorita, puede usted, cuando quiera, realizar el prodigio de ser 
Virgen y Madre, como María de Nazareth, 



MANUEL GUTIÉRREZ NÁJERA 389 



SEMANA DE DOLORES. 



Esta es la semana más triste de la Cuaresma, porque en ella se 
hace memoria de la aflicción inmensa de una madre. En los alta- 
res quedan veladas las imágenes, ó diríase que todos los santos se 
van al cielo, para acompañar á Jesús en los solemnes días de la pa- 
sión, ó que se cubren asustados con un velo para no ver las terribles 
escenas del Calvario. 

Nosotros hemos dado al viernes de Dolores un carácter simpático 
y alegre. Es el día en que la hostia blanca baja á los labios del ni- 
ño, y cierra y sella esa cartita, que, cuando el hijo hace su primera 
comunión, le envían todas las madres á la Virgen; es el día en que 
la joven se corona de más flores, el día en que el trigo nace, pa- 
ra adorno del altar, como si también fuera otro hijo rubio de María. 

Pero ¡qué triste, sin embargo, está la Dolorosa! Yo no hablo de 
las grandes Dolorosas que ponen en los templos; hablo de la que co- 
nozco, de la mía, de la que estaba á la cabecera del lecho en que 
nací, de aquella cuyas lágrimas vi yo á través de las primeras mías! 
No la alegran las rojas amapolas, ni las espigas doradas, ni los ci- 
rios blancos con sus rosetas de papel picado, ni las aguas de colores, 
ni las armonías de la orquesta que toca música de Rossini. Para 
una madre que va á perder á su hijo, no hay consuelo! Y eso que 
el Hijo de María iba á resucitar, iba á subir al cielo, como que es 
inmortal, como que es Dios! Pero también iba á sufrir tormentos 
indecibles, y por eso la Madre acongojábase. También iba á sepa- 
rarse de ella, y como la Virgen era mujer y madre al cabo, no se- 
ría extraño que aun sabiendo á ciencia cierta que su hijo era Dios, 
pen.'iara al verle espirar crucificado: — Si se habrá muerto. . . . ! ¡Si 
ya nunca lo veré! - Puede ser que esta .sea una blasfemia; pero yo 
la digo, á reserva de desdecirme, si el obispo, mi superior jerárqui- 
co, me lo ordena. Y lo digo porque todas las madres son medrosas, 



390 MANUEIv GUTIÉRREZ NÁJERA 



y porque á alguna que lloraba á su hijo muerto, dije yo: — Consué- 
lese usted, porque su niño está en el cielo — ¡ y la señora siguió llo- 
rando todavía! 

Son muy buenas las madres, y por lo mismo os encarezco á todos 
que seáis buenos hijos, y de los buenos hijos voy á hablaros. 



* * 

Oigo decir de muchos jóvenes que son buenos hijos. Esta es una 
cualidad que se concede fácilmente. Parece como que no la quere- 
mos, como que no nos causa envidia, como que nos sobra y por eso 
la damos á cualquiera. Llamar á alguien buen escritor, buen mú- 
sico, buen sastre, cuesta trabajo á los escritores, á los músicos y á 
los sastres; pero llamar al mismo buen hijo, ó buen hombre, es cosa 
llana y corriente para los hombres y para los hijos. De modo que 
hay muchos buenos hijos recibidos y titulados. . . . aunque no ejer- 
zan su profesión ; porque entre esos buenos hijos, ¡ cuántos de.salma- 
dos y Caines hay, así como también, muchos de aquellos á quienes 
se apoda con el mote, entre despreciativo y cariñoso de «buen hom- 
bre,» merecen el presidio y hasta la horca! 

Cada vez que se anuncia un parricidio, la sociedad se alarma, la 
indignación se enciende, todos los «buenos hijos» leen con horror y 
espanto la noticia, sacudiendo con mano temblorosa el periódico que 
la publica y que ellos leen al desayunarse. ... si bien es cierto que na 
siempre ese movimiento convulsivo nace de ira justa y noble, sino, 
algunas veces, cuando menos, de los desórdenes y excesos que el 
«buen hijo» comete por las noches. — ¡ Parece imposible que haya al- 
mas tan negras! — exclaman todos. — ¡Que lo ahorquen! — repiten. 
Y al oir tales voces se siente uno satisfecho de sí mismo, de su buen 
corazón, de su ternura, y orgulloso de pertenecer á un mundo en 
el que hay tantas personas excelentes. 

Infortunadamente he perdido esa ilusión, y como aquel que se 
acostumbró al uso de los venenos, hasta el grado de que ya estos 
no le dañaban, yo me he acostumbrado á presenciar parricidios, y 
5'a no me asustan, y me parecen tan vulgares como cualquiera de- 
función de un tifoideo. He llegado á tal punto, que, no solo absuel- 
vo, sino que trato á muchos honorables parricidas. Esto de haber 
matado uno á su padre, con.stituye un pequeño defecto, es como el 
fumar, un vicio muy común y ya aceptado; es, en resumen, una 
pequeña mancha que se lava con derramar sobre ella algunas lágri- 
mas, á la hora en que la víctima está espirando. En cierto modo, 
el parricidio es lógico: ¿no dicen que los padres nos dan la vida? 
Pnes entonces no les quitamos la vida, aunque parezca que se las 
quitemos: nos la dan. 



MANUEL GUTIÉRREZ NÁJERA 39I 



Tan cierto es esto, que la misma sociedad llama á incontables pa- 
rricidas «buenos hijos.» 

La doctrina enseña que hay diversas maneras de matar. De mo- 
do que el asesino, en muchas ocasiones, puede decir á sus jueces: 
— ¿cómo están ustedes, compañeros? — Lo punible en el asesino es la 
brusquedad, el uso de armas cortantes ó de fuego, el matar sin avi- 
so previo y de golpe y porrazo. No tiene licencia de portar armas 
y se le prohibe que compre un veneno en la botica sin exhibir la re- 
ceta del facultativo; pero si respetando estas prudentes taxativas 
se da .sus mañas para matar de otra manera, la ju.sticia no se mete 
con él : es hombre honrado. 

En el hijo es casi natural la propensión á matar á sus padres. Al- 
gunos cumplen pronto su comisión, despachan, á la mayor breve- 
dad po.sible, su trabajo, y en cuanto llegan al mundo, matan á la 
madre. Cuando menos, hacen todo lo posible para conseguirlo. Si 
no lo logran, es porque el médico, un intruso, los saca afuerza antes 
de que cumplan su cometido. 

Las señoras tienen la conciencia de que sus hijos han de ser sus 
asesinos. Por eso desde que el muchacho empieza á andar, le dicen 
á propósito de cualquiera rabieta y de cualquiera travesura : ¡ me 
estás quitando la vida! — Y esto que ellas dicen en broma, porque 
las madres son más ciegas que el amor, es la verdad en muchos ca- 
sos. El muchacho está afilando sus armas, para hacer uso de ellas 
en el momento oportuno. 

De fulano se dice: «tiene muchos defectos; pero es un buen hijo.« 
A mí siempre me ha llamado mucho la atención este elogio. ¿Có- 
mo ha de ser un buen hijo el que es un mal hombre? De sus defec- 
tos tengo pruebas sobradísimas ; se embriaga, juega, deshonra una 
mujer, etc., etc. ¿En qué consiste, entonces, su bondad filial? Si no 
aflijen á la madre, estos vicios y escándalos del hijo, si no la apena 
pensar que él ha de enfermarse, y que será, por fuerza, mal esposo 
y padre peor, entonces y .sin remedio, es una mala madre. Y si es 
buena y si sufre por tales desmanes y deshonras tales, ¿cómo ha de 
ser buen hijo el que la hace sufrir, el que le está abreviando la exis- 
tencia? Aunque lo vea darle de besos á la anciana, aunque le oiga 
hablar de su santa madre, aunque mire cómo respetuosamente la 
acompaña á la iglesia, por complacerla, dos ó tres veces cada año, 
aunque escuche los sollozos y los gritos que lance el día en que acaba 
de matarla, nunca podré creer que es un buen hijo. Pues ¿sabéis qué 
es ser bueno? ¡Es dar bondad! Que me digan en buena hora: — 
¡ Quiero ser un buen hijo; pero no puedo ! — Eso tal vez sea cierto; 
pero no me obliguéis á admitir una moneda falsa ! Le diremos buen 
hijo, porque no somos sus padres, y ellos .se lo dirán y hasta lo cree- 
rán, porque lo .son, y será un buen hijo, para afuera, para la gale- 
ría, para las costureras que leen novelas de Pérez Escrich y lloran 



392 manup:l Gutiérrez najera 



en el «Campanero de San Pablo,» para los que creen en el patriotis- 
mo de ciertos oradores que hablan de la patria; y hasta para noso- 
tros que no tenemos nada que ver con él y que no le daríamos di- 
nero en préstamo, ni á nuestra hija por esposa; mas para Dios, para 
la Verdad suprema, no es ni puede ser buen hijo. 

Y de esos «buenos,» está lleno el mundo. ¿Cómo serán los malos, 
santo cielo? Y los hay á millares que no disfrutan la reputación ni 
la fama de los parricidas, pero por falta de equidad en los juicios 
del mundo y no porque no lo sean. ¿Veis á esa madre? Su esposo 
os dirá que no ha perdido ningún hijo, y ha perdido todos. Porque 
ya no son suyos, porque no la aman como debían amarla, porque se 
fueron, porque se los llevaron, porque ya nunca volverán. Ella los 
aguarda, porque el amor es terco, incrédulo de la muerte; ella les ha- 
bla, como se habla en oración, con el muerto que yace bajo la losa 
del sepulcro. Y cree que la oyen, y que le agradecen las flores que 
les lleva. . . . ¡ pero ya están muertos ! 

¿Sabéis por qué las madres dan á luz á sus hijos con dolor? Pues 
porque la naturaleza se resi.ste á que los dejen ir, y la madre quie- 
re tenerlos dentro ella misma; porque solo allí están seguros; por- 
que solo de allí no se los roban. Algo más tarde, la madre siempre 
tiene miedo de que le hurten á su niño, y por eso se asusta cuando 
no lo ve á su lado, y lo estrecha en sus brazos, como si qui.siera 
volvérselo á meter dentro del seno. Prevee que cuantos la cercan son 
ladrones; el libro de la escuela, la jovencita que sonríe. ... Y esos, 
siquiera, son ladrones generosos, porque al cabo devuelven lo roba- 
do; porque no matan para robar: pero, el garito ! ¡ la mujerzuela in- 
digna. . . . ! ¡el vino. . . . ! 

Si Maiía, con ser madre del Hijo bueno por excelencia, de Jesús, 
sufrió tanto, ¿cómo habrán de sufrir y padecer las desgraciadas que 
tengan hijos malos? 

Señoritas: 

No os asombren los parricidios, porque diariamente se cometen. 

Buen hijo: 

No aguardes á que tu madre muera, para saber que la tuviste. 

Hijos buenos: 

Amad á vuestras madres, por todos los que no aman á las suyas. 

Buenas almas: 

i Orad por todas las madres Dolorosas ! 



MAXüEL GUTlíiRRRZ NÁJERA 393 



DOMINGO DE RAMOS. 



Refiere el Evangelio, hermanas mías, queentró Jesús en Jerusalem 
montado en una pollina, y que el pueblo tendía las capas á su paso 
y agitaba palmas, en muestra de regocijo, y entonaba liossannas. 
Esta triunfal entrada á la ciudad santa, me parece muy semejante, 
en muchos casos, al solemne día del matrimonio. Jerusalem es, por 
ejemplo, Santa Brígida. A la pollina ha reemplazado el lando en 

que llegan los novios. La ciudad digo, la iglesia, está adornada 

y de fiesta. Al observ'ar el infinito número de ñores que hay, ot* 
lando las columnas y tapizando las paredes, se cae en cuenta de 
que para la feliz pareja es aquel su día de Ramos, el principio de su 
Semana Santa. El órgano canta ¡hossannas! como elpueblo de Je- 
rusalem. La multitud se divide en dos grandes masas, para abrir 
calle á los triunfadores, y un murmullo de admiración cortesana se 
alza y se extiende en la majestuosa nave de la iglesia. Ya entraron 
en Jerusalem! Ya comenzó la gran Semana! 

Os hablo, por supuesto, señoritas, de los matrimonios hechos li- 
gera y atolondradamente. Para los que .se hacen como Dios manda, 
Jerusalem es más piadosa y menos tornadiza. Para éstos, al día de 
Ramos siguen la Anunciación, el Nacimiento y otras fiestas simpá- 
ticas y poéticas. Mas para los primeros, en pos del Domingo de 
Ramos vienen indefectiblemente las Tinieblas, el (fpase de mí este 
cáliz,» los azotes, el pésame, y por último, un amigo traidor que 
mete la mano en el plato, un desesperado que se ahorca ó un amor 
muerto y sepultado que nunca, nunca resucitará. 

Para que no paséis por este calvario, voy á haceros algunas ad- 
vertencias. 

Ante todo, caballeros y damas, no entréis en Jerusalem, ó .sea en 
el matrimonio, con él fin de hacer alguna redención. Hay algunos 

50 



394 MANUEL GUTIÉRREZ NÁJERA 



varones, ejemplares 5' magnánimos, que suelen decir á la que va á 
ser su esposa: «yo te perdono porque amaste mucho.» Esto es de 
consecuencias desastrosas. Procuren ustedes, caballeros, que sus 
futuras hayan amado lo menos posible. Nuestro maestro Víctor 
Hugo dijo: No maldigáis á la mujer que cae; pero no dijo que nos 
casáramos con ella. 

Y en cuanto á ustedes, señoritas, ruégoos también que no pen- 
séis en redenciones. Muchas de vosotras aman ó creen amar á un 
botarate, á un perdido, á un jugador, á un ebrio más ó menos ade- 
lantado, Y al pensar en casarse, .se dicen para su coleto: — mi amor 
lo redimirá! — Esto es muy noble, aunque algo andaluz; pero tened 
en cuenta que la tínica redención que se ha realizado fué á expen- 
sas de la vida del Redentor. 

Tampoco, señorita.s — y esto os lo digo para que seáis felices — 
imaginéis que vais á hallaros la felicidad. Sueñan algunas que, al 
casarse, su vida mudará completamente, y que toda será sonrisas, 
mimos, cariñosos halagos de la .suerte, y como la vida siempre es 
vida, como las enfermedades, los pesares, etc., no se guardan con 
el vestido de novia, que ya no vuelve á usar la esposa, el desen- 
canto es lamentable. A mí no me dan lástima los que se quejan de 
no ser dichosos. Esto es quejarse de que no hay .sol por la noche. 
Pues, si no hay, ¿para qué vamos á quejarno.s? Confórmense uste- 
des con obtener los premios chicos, las «aproximaciones» en la lo- 
tería, porque el premio principal solo le toca á uno, y ese uno casi 
siempre es un desconocido á quien nunca llegamos á conocer. 

Alejandro Dumás (hijo), daba estos consejos algo tristes pero al- 
go ciertos, á una muchacha casi tan buena como vosotras, á la Anita 
de Francillón: — «No te diré como tu confesor ó como Hamlet, el pri- 
mero con su fe y el otro con su duda: Entra á un convento. No; tú 
tienes otro destino que cumplir, tan abnegado y útil como el de las 
monjas; pero no pidas al amor más de lo que el amor te puede dar. 
Pídele, por el matrimonio, el medio de cumplir tu natural destino, 
y si te da la maternidad, queda satisfecha. Sé indulgente para con 
el hombre y reconocida para con Dios.» — 

Prefiero, hermanas mías, que entréis en el matrimonio con alguna 
desconfianza y hasta con algún temor, á que entréis con desmedidas 
esperanzas. Pensad que de la pasión, del apóstol traidor, de la 
cruenta agonía, podéis libraros y de seguro os libraréis si obráis 
cuerdamente; pero bueno es que no vayáis enteramente seguras de 
escapar al a5'uno de los días santos y á los azotes más ó menos le- 
ves que la suerte aplica siempre á todos los humanos. Procurad, so- 
bre todo, que vuestro amor no muera, ó que .solo muera aparente- 
mente, como el Salvador, para resucitar á los tres días, y vivir la in- 
mortal y serena vida del espíritu. 

No penséis al casaros, señoritas: — Voy á ser feliz. — Decid: — Va- 



MANUEL GUTIÉRREZ NÁJERA 395 



mos á ser dos, y mis penas y mis alegrías aumentarán, porque su- 
friré con él y gozaré con él. — Y cuando seáis dos, sed tres y. . . . 
cuatro luego. . . . ¡Vaya! hasta cinco, para que podáis ajustar al sis- 
tema decimal; pero. ... no os aconsejo, os deseo que no agreguéis 
muchos sumandos, porque las sumas largas son complicadas y di- 
ficultosas. En fin, sumad, sumad cuanto queráis; pero á medida 
que el esposo vaya aumentando las multiplicaciones en el libro de 
caja. Dividid poco, ó mejor dicho, entre pocos: el amor entre los 
vuestros. Restad menos. 

Yo creo que la felicidad, á pesar 'de lo que antes dije, ó más bien, 
para explicar lo que dije antes, no están difícil de encontrar. Solo 
que, cerno no la conocemos, pasa inadvertida por nosotros y no asi- 
mos su brazo, ni siquiera la .saludamos. Y luego exclama el hom- 
bre: — ¡Ah! ¿conque era aquella. . . . ? — ¡Y sí, aquella. . . . era! 

Nosotros creemos que la felicidad es una señora muy alta, muy 
hermosa, muy rica; y la felicidad es bajita de estatura, algo pálida, 
algo melancólica, que de todo se asusta, que por todo se ruboriza, 
pero muy buena, muy bonita, muy de su casa, muy humilde. Al 
hallarla decimos: — esta ha de ser la hermana menor de la felicidad, 
la hormiga de la casa, la Marta que trabaja. — Y no; es la misma! 
Como no hace ruido, cuesta trabajo saber en dónde está. Como es 
muy vergonzosa, casi siempre está escondida, Pero vosotras, seño- 
ritas, la encontraréis, sin duda alguna, siempre que no la esperéis, 
porque la felicidad está muy ocupada y no puede ir á todas las ca- 
sas en que la aguardan, sino siempre que la busquéis solícita y cari- 
ñosamente. 

Cásense ustedes; ¿no ven que todo lo que vuela tiene dos alas? 
Pero si no os sentís con la prudencia y tino necesarios para saber 
acomodarse con otro carácter, para triunfar de vosotras mismas — 
porque es triunfar el ser vencido por amor, — entonces, no os caséis, 
á menos que no queráis ser asesinos. 

El amor sabe mucho; preguntadle. Y si así lo hiciereis, señori- 
tas, el amor os lo premie; y si no, os lo demande. 



396 MANUEL GUTIÉRREZ NÁJERA 



DOMINGO DE RESURRECCIÓN. 



Hemos llegado al fin de esta cuaresma, y antes de abandonar, 
acaso para siempre, el encarrujado sobrepelliz, la sotana de raso y 
el solideo de seda negra, quiero daros las gracias por la paciencia 
con que os habéis dignado escucharme, ejercitando así, en este tiem- 
po santo, una de las virtudes que más recomienda el apóstol, que 
más recomiendo yo á las casadas que me oyen, y que más necesito 
en esta vida, no obstante que la tengo, y sublimada, en mi nombre, 
ó mal nombre periodístico. Tanta es la excelencia de esta virtud, 
que ni aquel justo Job, patrono mío, llegó á poseerla en toda su 
plenitud, puesto que renegó de la vida y maldijo el instante en que 
nació. 

Como habéis observado, en estas breves pláticas me he dirigido 
más particularmente á vosotras, ya usando para ello el tratamiento 
de Usted, ó ya el de Vos, según estaba de humor, pero excluyendo 
siempre el llano tú, que es el que emplean generalmente, para ha- 
blar entre sí, las gentes que no se quieren. Y para hablar singu- 
larmente con las señoras y las señoritas he tenido varios motivos, 
entre otros, el de que muy más agradable es conversar con las mu- 
jeres que con los varones. Los hombres, además, asisten á los tem- 
plos con menos frecuencia que vosotras; si asisten, es de noche; y 
yo por las noches no predico: voy al teatro. 

Repito, pues, que doy cumplidas gracias, particularmente á mi 
auditorio femenino, y os suplico que seáis indulgentes y me perdo- 
néis las palabras severas, las cariñosas reprensiones que hayan sa- 
lido de mis labios. Como confesor, soy mucho más benévolo, y si 
alguna de las hermosas señoritas que me dispensan en este instante 
su atención quiere decirme sus pecados, tras la calada rejilla del con- 
fesonario, yo la prometo que al bajar del pulpito, á la hora del ere- 



MANUEL GUTIÉRREZ NÁJERA 397 



púsculo, tan propicia para ocultar el natural rubor de las afiijidas 
penitentes, prestaré atento oído á cuanto diga, y le daré cuantos 
consuelos pueda, absolviéndola, al ñn, de todos sus pecados, como 
la Iglesia manda, menos de aquellos cuya remisión está reservada 
á Roma. 

Mas si el deber del confesor es absolver, el deber del predicador 
es fulminar, en caso dado, rayos de ira santa, para que brote en las 
almas el arrepentimiento; y por eso, solo por eso, he sido, á ratos, 
duro con vosotras. 

Ob.servaríais también que uno de los principales fines de mis con- 
ferencias, ha sido el de llevaros al cielo por la vía angosta del ma- 
trimonio, que no es la más directa, pero sí la más frecuentada, la 
más apetecida por las mujeres, para ponerse en camino de la biena- 
venturanza. Yo no os digo, como el terrible Kempis: — sed felices 
en el cielo. — Yo^juiero que ganéis la gloria, un marido en la tie- 
rra, y que seáis tan dichosas como es posible serlo en este valle de 
lágrimas, haciendo partícipes de vuestra dicha á los demás. Para 
lograr tan santo fin os aplicaré, pues, en esta plática, la extrema- 
unción de mis consejos. 



Conmemora hoy la Iglesia el milagro de la Resurrección. Los 
enemigos del Salvador le creían muerto; juzgábanse vencedores de 
aquel á quien algunos llamaban Dios; y, para vergüenza de e.sos 
falsos sabios, para castigo de esos ingratos, acaeció que alzando .sin 
esfuerzo la dura losa del sepulcro, Jesús, inmortal y triunfante, subió 
al cielo. 

Os parecerá extravagante, seíioras mías, que el misterio de la 
Resurrección pueda servir de tema á uno de estos discursos cuyo 
fin principal, como ya he dicho, es el de encaminaros para que séais 
felices en el matrimonio. Veréis, empero, como tal sospecha peca 
de ligereza, porque entre los enemigos de las casadas— y ellos son 
más que los del alma— figura la «resurrección» en primer término. 
Y entiénda.se que no hablo con las viudas, porque de algunas de 
éstas sería enemigo mucho peor. Voy á explicarme. 

No aspiréis, señoritas, á casaros con un hombre que no haya 
amado ó no haya .sido amado nunca. La gramática que yo aprendí 
enseña que la palabra Virgc7i es común de dos; por modo que se 
dice, .«^egún reza la gramática misma, «el virgen Juan». Pero ni la 
gramática, ni nadie, ha dicho nunca «el virgen Pedro, el virgen 
Jorge ó el virgen Ana.stasio. » De modo que San Juan tiene la cul- 
pa de que dicho vocablo sea común de dos, y. muerto él, ya queda 
el virgen exclusivamente relegado al género femenino. | 



39^ MANUEL GUTIÉRREZ NÁJERA 



Tened, por ende, en consideración, que vais á uniros con un hom- 
bre que ha tenido tantas novias cuantas sus años le hayan permi- 
tido. .... y en el género «novia» clasifico á muchas que nada más 
lo fueron en el deseo ó en la imaginación del amador, y á otras, 
también que se pasaron á mayores. No os disgustéis, sino ale- 
graos, de estos antecedentes: no se expide un título profesional al 
que antes no ha cursado sus estudios preparatorios. 

La mujer, generalmente, se encela de la actriz á quien el marido 
visita, de la amiga á quien frecuenta, de aquellas á las que, en 
suma, cree rivales. L,os celos — y e.sta advertencia va de paso, — son 
unos malos cazadores que siempre casi yerran el tiro. La mujer que 
debe inspirar temor á la esposa — á menos que lo sea de un vicioso, 
de un desvergonzado ó de un imbécil, — no es la que conoce, no es 
la que mira: es la desconocida ó es la muerta. 

Pero las muertas — me diréis — ¿qué daño pueden hacernos? — 
Ante todo, hermosas oyentes, os diré que no todos los que se mue- 
ren están muertos, porque hay algunos que lo fingen; ni todos los 
que están muertos siguen siendo, puesto que hoy celebramos la 
fiesta de la resurrección. Hay muertos cesantes. ... ¡la cesantía 
lleva hasta el otro mundo sus estragos ! 

Mas, yo os declaro, que sin vida ó con ella, la mujer solo muere 
cuando deja de vivir en el recuerdo. 

Suponed que vuestro marido adquirió una fosa á perpetuidad para 
cada uno de sus antiguos amores. Parece que en los camposantos 
todo está inseguro: rejas, macetas, candeleros, y hasta lápidas, me- 
nos los huesos de los cadáveres, no codiciados por ninguno. Pues 
bien, señoritas, para vosotras, por desgracia no es así; para vosotras 
hasta los cadáveres se escapan y huyen de sus fosas. El hombre os 
dice: « aquí están todas mis muert.is, » — 3^ tenéis que arrojar — ¡oh 
envidiables sepultureras de sentimientos! — una paletada de tierra 
diaria en esas fosas, para que las pobres muertas se estén quietas. 
Pero esto ¡os es tan fácil! ¿No regáis cada mañana vuestros tiestos 
de flores? 

No es el esposo — sigo suponiéndolo bueno y enamorado de vo- 
sotras al casarse, — el que resucita á esas difuntas: primeramente 
porque, en lo general, no lo merecen; y luego porque el corazón del 
hombre es generoso: olvida á las que le han dicho que lo han olvi- 
dado. 

Pero el peligro, señoritas, está en que vosotras sin sospecharlo, 
resucitáis á esas rivales más terribles, más invencibles que las otras, 
precisamente porque ya no existen y porque las circunda la aureola 
de la muerte. Cada error en que incurráis en vuestra vida íntima, 
liará pensar ó decir á vuestro esposo: aquella otra no hubiera hecho 
lo mismo ! — Y tal vez .sí se habría conducido igualmente ó peor; 
pero ¿cómo probarlo? El hombre se complace en revestir de cuali- 



MANUEL GUTIÉRREZ NÁJERA 399 

dades ideales todo aquello que no conoce y todo aquello que no po- 
see. Tomamos el desquite de los vivos diciendo que los muertos 
eran mejores. Por manera, que de todos vuestros defectos, ¡oh se- 
ñoras! se van formando las virtudes de las otras. Y de una querida 
en presente, de una rival en activo servicio, podéis decir, y las más 
veces casi siempre con justicia: — mira cómo es inferior, en todo, á 
mi; compárala: aquí estamos! — Pero á una que se fué, á una que 
ya no vive, á una que ni siquiera conocisteis y cuyo nombre no 
pronuncia jamás vuestro marido, ¿cómo podéis sujetarla á juicio? 
¡cómo podéis acriminarla? Esa vence, como el Cid muerto, monta- 
da en ese bestia que se llama la imaginación. 

Y lo malo es que la glorificación de esos amores muertos conduce 
insensiblemente á los amores vivos. Y entonces vuestra dicha ya 
no tendrá remedio, ya no tendrá indulto: ya estará entregada al bra- 
zo seglar. 

Dicho se está que lo que acabo de apuntar es también aplicable 
á los hombres, y si no me dirijo á ellos, es por dos razones: la pri- 
mera, porque no han venido á oirme; y la segunda, porque nosotros 
os creemos cuando decís que nunca habéis amado. De modo que 
los varones, en concepto vuestro y bajo la fe de vuestra palabra, 
tenemos menos difuntos ajenos que enterrar. 

Cuando paséis, señoritas, por el día de Ramos, temed el Domin- 
go de Resurrección! Bien sencillo ha de seros no temerlo, siendo 
afectuosas, siendo complacientes, siendo buenas. . . y no siendo otras 
muchas cosas; ó, lo que es igual, amando mucho, pero mucho. . . . 
á uno! No resucitéis con un capricho á las que, más caprichosas 
tal vez que vosotras, duermen el sueño de la muerte en la memoria! 

Ahora solo me falta daros mi bendición y mi mano.... para que 
religiosamente la beséis. Sed felices, como yo lo soy; y que Dios 
os conceda un buen marido que á todas os deseo i 



SEGUNDA CUARESMA 



DUQUE JOB 



5« 



MANUEL GUTIÉRREZ NÁJERA 403 



PRIMER SERMÓN, 



Hace dos años tuve la honra de predicar en esta misma iglesia un 
pequeño cuaresmal, singularmente dedicado á las señoras. En esta 
cuaresma vuelvo al mismo pulpito y con iguales buenas intencio- 
nes. ¡Ponga Dios tiento en mi ánimo y elocuencia en mis labios. 
para que suplan tan eximios dones la pobreza de mi entendimiento! 



*** 

Acabamos de celebrar, señoras mías, el miércoles de ceniza. A los 
buenos católicos nos ponen ese día una cruz en la frente, como an- 
ticipando la que más tarde ó más temprano han de poner en nues- 
tra cristiana sepultura. Se nos recuerda que polvo somos y que en 
polvo hemos de convertirnos; se ofrece á nuestra meditación lo efí- 
mero de la vida, la vanidad de las pompas mundanas y lo inevita- 
ble y terrible de la muerte. Ese día de Ceniza, es un día que amanece 
desvelado, pobre, porque en la noche anterior gastó más de lo que 
podía gastar; enfermo del estómago y nublado el espíritu por penosas 
preocupaciones. La campana que en él repica es la del portón de la 
escalera, anunciando á los acreedores que suben. ¡Y qué acreedo- 
res. . . . ! ¡La salud! ¡El amor! ¡La virtud! ¡La muerte! ¡Dios. . . . ! 

Muy bien pensado fué llamarlo de ceniza; porque ceniza es lo que 
ya ha ardido, lo que ya ha brillado, lo que se acuerda del calor 
que tuvo, como nosotros nos acordamos del amor que sentimos. 
La nieve es más feliz que la ceniza, porque la nieve no fué nunca 
fuego. 

Cuentan los entendidos en achaques eclesiásticos, que la ceniza 
del famoso miércoles es la de las palmas que lucieron en la proce- 



404 MANUEL GUTIÉRREZ NAJERA 



sión del Domingo de Ramos y que después queman los clérigos. 
¡Hermoso símbolo en verdad! ¿Qué ceniza más triste que la de la 
gloria? Primero palmas que, á modo de abanicos, sostienen en el 
aire, agitando éste, himnos de triunfo y cantos de esperanza; des- 
pués, las mismas palmas reducidas á polvo, como las ilusiones que 
mecieron al moverse, y trocadas en signo de vejez ó muerte. La ce- 
niza verdadera, la que más apaga, la que más enfría, es la que ha 
llovido en nuestra alma; la ceniza de las palmas que ceñimos con 
vanidad á nuestras sienes; la ceniza de las cartas de amor, quema- 
das antes de casarnos; la ceniza de los azahares ya marchitos; la 
ceniza de las flores que en otro tiempo nos dieron, ocultando un beso 
entre sus hojas; la ceniza de los versos nuestros que en un tiempo 
nos parecieron tan hermosos; la ceniza de nuestros diplomas ó de 
nuestros títulos honoríficos; y la más triste de todas las cenizas, la 
ceniza del escapulario que nuestra santa madre nos colgó del cuello 
y que nosotros besábamos de niños! 

No es preciso pasar por el martes de Carnestolendas para llegar 
al miércoles de Ceniza. No es necesario salir de la orgía, de la ba- 
canal, para sentir la tristeza de esa desvelada, el cansancio y des- 
aliento de ese miércoles. Hay vidas puras; vidas sin manchas de 
vino; vidas sin labios mordidos por otros labios, y á las que el Des- 
tino pone un día la ceniza en la frente. Salen de la alcoba nupcial, 
salen del hogar paterno, salen del estudio; llevan muchas esperan- 
zas, muchos deseos de hacer bien, muchos recuerdos santos, como 
niñas que llevan flores para ofrecerlas á la Virgen; y la suerte las 
arrodilla y les dice: ¡todo es ceniza! ¡todo es polvo! En ese día .so- 
lemne de la vida, día que es como los días del Génesis porque nadie 
ha fijado aún su duración y lo mismo puede ser de una hora que de 
un año ó muchos años; en ese día no anunciado por el toque dtl alba 
sino por los dobles, unos .se arrojan al agua, otros al alcohol, algu- 
nos á la honradez sin esperanza, muchos á la tristeza .sin amigos. 
Fingios por un in.stante. que las almas se quitan los cuerpos, como 
si se quitaran dóminos. ¡Cuántas almas con la cruz en la frente! 
Esa joven hermo.sa acaba de ca.sarse; amó ó creyó amar; sale de la al- 
coba que todavía huele á azahares; nadie la aguarda porque la creen 
feliz, y á la felicidad se respeta y cuida y rodea de .silencio, como al 
sueño; busca á la madre para besarla y para decirle la más piado.sa 
de todas las mentiras: que es dichosa; y e.sa joven que debe sonreír 
cuando alguien llegue, que debe ruborizarse cuando le hable el pri- 
mer amigo, lleva ya la cruz de ceniza, el todo es miseria y toda es 
vanidad dentro del alma. 

¡Cuántos, llevando la ceniza de sus amores muertos! ¡Cuántos, es- 
condiendo las cenizas de sus creencias! Humo primero; polvo des- 
pués. ... ¡y e.so es todo! 

Pero eso es todo, señoras mías, para el que no sabe vivir con la 



MANUEL GUTIÉRREZ NÁJERA 405 



intensa vida del espíritu; para el que no sabe ir á la muerte limpio 
y bien vestido como quien va á una visita. Lo que nos recuerda el 
Miércoles de Ceniza y lo que en él nos entristece, no es el fin del 
hombre. Esa sería una perogrullada de la Cuaresma. Ya bien sa- 
bemos que liemos de morir. La vejez es peor que la muerte, porque 
dura más que ésta; y la vejez nos recuerda el Miércoles de Ceniza. 
Nos habla de que un día morirán los seres que amamos, y nosotros 
viviremos; de que un día nuestra hija se irá con su esposo, porque 
lo amará más que á los padres, y nosotros viviremos; de que pasado 
el tiempo oirá nuestra vanidad, ya lejano, muy lejano, el estrépito 
del aplauso que hoy oímos tan de cerca, y no.sotros viviremos; nos 
habla en suma de que todo es polvo y se ha de volver polvo, no nos- 
otros. . . . que, al cabo eso no importa. ... el polvo nada siente. . . . 
sino todo lo que más queremos, todo lo que más amamos, todo lo 
nuestro en realidad ó en el deseo. 

Es muy triste ese anuncio de inevitables despedidas; y más triste 
para vosotras, mis hermosas oyentes, porque sois las que con ma- 
yor pena os resignaréis á ser viejas, si es que os resignáis. La belleza 
es para vosotras como una segunda patria, y no queréis dejarla. 
Salís de ella, pero por fuerza, desterradas. 

En verdad os digo, señoras mías, que de esa terquedad depende 
la desdicha de muchas mujeres, dignas de ventura. Ven al espejo, 
como se ve al conductor del ferrocarril cuando está uno comiendo 
en alguna estación, con inquietud y como preguntándole: ¿ya es 
hora? Levantaos de la mesa antes que el conductor; salid de la ju- 
ventud antes que el espejo lo mande, despedios, antes de que os 
despidan. ¿A qué teñir.se las canas ó encubrir con afeites los estra- 
gos del tiempo? Con eso no se engaña á nadie. Los ojos de veinte 
años no se dejan engañar en contrabandos de hermosura. Las que 
tal hacen, se engañan á sí mismas, y cuando .sonrían de satisfacción 
frente al espejo, el espejo, copiando la sonrisa, .se ríe de ellas. 

Resignaos señoras mías, y seréis felices, y .seréis hermosas. Pues 
qué, ¿no tiene su hermosura la vejez? La belleza de ésta es una be- 
lleza blanca, así como la belleza de la juventud es una belleza color 
de ro.sa. Las viejas que no quieren ser viejas son las feas: hacen un 
gesto que las desfigura. Pero las viejas de buena voluntad, las que 
saben vestirse de negro como antes se vestían de azul ó blanco, 
i qué bonitas! 

Saber .ser joven, saber .ser hombre y saber ser viejo, es saber vi- 
vir. Pero no hay que demorarse en la estación dejando partir el 
tren que la vida nos señaló, porque entonces .se hace un papel ri- 
dículo. Entremos en él como entra el año. sin remilgos ni tardanzas, 
á sus cuatro estaciones. Primero es uno feliz por lo que goza; luego 
es feliz por lo que gozan sus hijos, ó los hijos de sus anygos. Pri- 
mero se quiere; después .se acepta. 



406 MANUEL GUTIÉRREZ NÁJERA 



Para que sea bella la vejez, se necesita que tenga una virtud su- 
prema: la indulgencia- El joven es intransigente; el joven exige: 
¡ha vivido tan poco. . . . ! ¡Cree que le deben tanto los demás. . . . ! 
Pero el viejo ya sabe que también él debe mucho; ya sabe que no 
pagan todos los deudores; y se resigna á pedir pequeños abonos de 
gratitud y de cariño á la ingratitud y al desamor humanos. ¿Qué 
ha aprendido viviendo tantos años si no ha aprendido á perdonar, 
para que los otros lo perdonen? 

¿Que se van los hijos. . . . ? Bueno, es decir, malo; pero es natu- 
ral; perversamente natural, pero es así! En cambio vienen los nie- 
tos. ¿Que ya no se besa una boca de quince fresas? Bueno, es decir, 
malo; pero se besa una boquita que todavía no tiene dientes para 
morder fresas. 

Porque queremos ser felices siempre de igual modo, somos des- 
graciados. Se cambia de felicidad, de la felicidad relativa que nos 
llega, así como se cambia de traje. Un viejo que no quiere ser viejo 
siente frió en el alma, como el que se empeñara en salir con traje de 
verano en el invierno.Pero no es culpa del invierno, es culpa de él. 

Por eso yo, señoras mías, al poneros la ceniza en la frente, y al 
deciros que sois polvo — polvo de arroz, por supuesto, y del que j'O 
quisiera muchos pomos, — también os digo que sepáis ser viejas por- 
que así conservaréis vuestra hermosura. 

Y tal es el deseo de vuestro capellán que mucho os ama. 



MANUEI. GUTIÉRREZ NÁJERA 407 



SEGUNDO SERMÓN. 



Como yo, señoras mías, predico los domingos, y el día más solem- 
ne de los días cuaresmales es el viernes, deseo asistir en él á alguna 
iglesia para oír la palabra de Dios, y tomar ejemplo de los grandes 
predicadores que son decoro y gloria de la cátedra sagrada. Pero 
es el caso que múltiples y profanas atenciones me vedan concurrir 
á esas fiestas evangélicas y edificantes, á las que tanto realce da 
vuestra presencia ; y como quiera que es vivísimo el deseo por mí 
alentado, de instruirme en asuntos religiosos, con el único fin de 
perfeccionarme y de perfeccionaros— moralmente, se entiende, por- 
que ya sois perfectas en lo físico y hasta cuentan que en lo quími- 
co, — lo que hago es comprar «El Tiempo» de mañana para leer el 
Evangelio del día, puesto que empiezo á leerlo á las doce en punto 
de la noche. ¡Qué brillantes, qué profundos, qué elocuentísimos 
sermones! ¡Como que en ellos habla el mismo Salvador del mundo 
con la divina unción de su palabra vivificadora! Entre esos discur- 
sos apostólicos y los sermones de muchos respetables sacerdotes, hay 
la misma diferencia que entre decir Jesús y decir Chucho. 

El^ Evangelio del viernes último fué, mis señoras, el del paralíti- 
co. El sabía que bañándose en la piscina (parece que así llamaban 
antes á la alberca Pane), sanaría tal vez; pero como era paralíti- 
co y como los demás eran egoístas, no podía moverse ni echarse al 
agua mucho menos. Se necesitó que pasara por allí Jesús, el Bue- 
no entre los buenos, y que le dijera: — Alza tu catre y anda! — con 
lo cual quedó sucio, puesto que no se bañó, pero quedó curado por 
obra de la Divina Omnipotencia. 

Si yo fuera pesimista — ¡pero qué he de serlo. . . . ! — haría todas 
las noches esta oración al Redentor : — Jesús mío, — es decir, no mío, 
Jesús de todos, — ^Jesús, vuelve á nacer, porque hay muchos paralí- 



4o8 MANUEL GUTIÉRREZ NÁJERA 



ticos, y muchos Lázaros, y muchas Magdalenas, y tú solo curabas, 
resucitabas, perdonabas! Parece que esta gente no se acuerda ya de 
tí. Todos son como esos descastados egoístas, que dejaban abando- 
nado en su jergón al pobre paralítico, sin ayudarlo, sin alzarlo para 
que entrara en el baño milagroso. Por curar, cobran; resucitar, no sa- 
ben; perdonar, no quieren. ¡Señor, vuelve á nacer, por vida tuya! — 

Por fortuna, como arriba apunté, yo no soy pesimista. ¡Qué blas- 
femia decir que ya no existe la Virgen madre María, cuando tene- 
mos una madre buena! ¿Cómo no creer en la eficacia, en la bondad 
presente y activa de la moral predicada por Jesús, cuando resuenan 
todavía, como una música lejana, en nuestro oído, las máximas que 
nos inculcó amoroso y sabio padre? ¡Sí : hay muchos buenos ; yo co- 
nocí á algunos; yo conozco á uno á dos acaso á tres; 

tal vez más tarde conozca á otros; pero ¡hay buenos! Sin embargo, 
son más los paralíticos, y muchos más todavía los que no ayudan á 
los paralíticos. 

El número de esas personas que no pueden moverse, casi es tan 
grande como el de los tontos. Paralíticos de bolsillo, paralíticos de 
corazón, paralíticos de voluntad. .... ¡Cómo abundan los pobres 
paralíticos! Pero no es la parálisis enfermedad irremediable. Ya Je- 
sús lo demostró. Y está probado que la medicina mejor es la que em- 
pleó él: la bondad infinita. Para que esos inmóviles se muevan, hay 
primero que hacerles creer en uno, por medio del amor, y luego ha- 
cerles creer en ellos, en su propia fuerza. Y así curan, y se levantan, 
y caminan. 

¡Cuántas de vosotras, mis señoras, tendréis maridos paralíticos, 
de esos que andan por las cantinas, y por el Jockey, y por las calles de 

Plateros, y por entre bastidores y por otras partes! No lo digo 

por agraviarlos, ni mucho menos por haceros injuria; pero creo que 
esa es la verdad. Son paralíticos los que por herencia, por desencan- 
to, por aburrimiento, se acuestan en el vicio ó se echan sobre el col- 
chón de la pereza. Pero á todos los que están dormidos y no muer- 
tos, se les puede despertar. Al que no puede moverse por sí mismo 
se le carga, aunque pese, para llevarlo á donde le conviene. Cargar, 
señoras, no es oficio exclusivo de los asnos. Ya habréis visto en ima 
de las cancelas del Sagj-ario á San Cristóbal cargando á Jesús. Y 
Jesús cargó á toda la humanidad. ¡Todas las buenas madres saben 
cargar á sus hijitos! Para soportar todo peso moral no se requiere 
mucha fuerza : lo que se necesita es mucho amor. Me diréis, tal vez, 
que San Cristóbal era muy grandote. Concedido ; pero ese gigantón 
solo llevó en hombros á un niño ; y ese mismo niño alzó, para sal- 
varlo, todo un mundo. No: la fuerza, la corpulencia, la recia mus- 
culatura no .son indi.spensables ; lo indispensable es el amor. 

La mujer es lo más débil, y al propio tiempo lo más fuerte. Yo 
conozco á .señoras que .soportan á maridos flacos y canijos, pero que 



MANUEL GUTIÉRREZ NÁJERA 409 



pesan mucho ¡y los soportan! Todas vosotras, en queriendo, 

sois muy fuertes. Tan grande es vuestro poder, que el mismo Dios 
necesitó de una mujer para hacerse hombre y redimir el mundo. Po- 
déis creerlo: si no hubiera mujeres, iio habría hombres. 

Pero, ¿basta con echarse á un marido sobre la espalda y pasearlo 
en tal guisa por las calles? A eso voy: no, no basta. Lo que conviene 
es llevarlo á alguna parte en que se cure. Cargar á los maridos para 
ayudarlos, es muy bueno; cargarlos, por cargarlos, es muy tonto. 

Pero hay muchos, .señoras, que están como el paralítico del Evan- 
gelio, cerca de la piscina, con el deseo de bañarse en sus aguas sa- 
ludables. Y sus nuijeres pasan junto á ellos de igual modo que los 
egoístas fariseos, .sin decirles bien claro: — «puesto que tú no puedes 
yo te llevaré.» 

¿Quién mejor que vosotras para curar á esos enfermos? Paréce- 
me que curar es como cosa propia de mujeres. Los médicos recetan, 
escriben, estudian, dicen cosas en latín; pero las mujeres son las 
que le hablan á la enfermedad en castellano, las que tienen manos 
blandas, las que curan. Una esposa es la mejor medicina, siempre 
que proceda de botica que tenga responsable competente, y siem- 
pre, también, que alguien no la haya adulterado en el camino. 

Curar ¡ese es el oficio de los buenos en la vida! Yo no 

aconsejo á las señoritas que se casen con los paralíticos. No: pa- 
ra ellos hay hospitales. Pero .si ya se casaron con esos tri.stes enfer- 
mos, que procuren curarlos. Y sobre todo, que no los paralicen des- 
pués de casados, que no sean como esos .sacristanes rapa -velas, que 
andan por el altar mayor apagando los cirios cuando acaba la ce- 
remonia cuaresmal. ¿Creéis que os habéis casado para ser felices, 
hermosas oyentes mías? Pues creéis mal. ¿Cómo ha dedar el ma- 
trimonio lo que no da la vida? Os casasteis para ser dos. . . y luego 
más. Pero en ese ser dos y /iieqo más — multiplicando, se entien- 
de, no partiendo, porque hay divisiones que aumentan el hogar, — 
cabe mucha dicha, siempre que los esposos sepan empacarla. Mas 
para conseguirla hay que curar, señoras, curar mucho. Se entiende 
que la curación ha de ser mutua ; pero como, por sus muchas ocu- 
paciones, no han venido á esta iglesia los maridos, con vosotras ha- 
blo solamente. 

Muy acá para entre nosotros, y basado en mi larga práctica de 
confesar, voy á deciros que hay muchos maridos, aun de esos que pa- 
san por muy buenos, queson algo paralíticos, es decir, que aun .siendo 

buenos están algo malos ¿Los conocéis ?¿Sí? i Por supuesto! 

¡ Acaso mucho! Pero os diré — soy optimista — que no son incurables. 
¿Qnién de nosotros no tiene alguna parálisis en alguna parte del al- 
ma? Pero ahora, como ha dicho uno de los más ilustres padres de 
la iglesia mexicana, el Sr. D. Francisco Bulnes. solo mueren de en- 
fermedad los que son tontos. Podéis, pues, bellísimas feligreses, con- 

52 



4IO MANUEL GUTIÉRREZ NÁJERA 



fiar en la curación de vuestros excelentes maridos, que parecen tan 
sanos. Pero es indispensable que apliquéis el medicamento reque- 
rido. Sin médico puede haber curación ; sin enfermera, no. 

No es tan difícil, á mi entender, el tratamiento; pero si pasáis 
junto á los maridos como pasaban los fariseos junto al paralítico, de 
cierto que no se curan. Lo mejor es hacer lo que hizo Jesús: decir- 
les que están sanos. No os aconsejo que les digáis :~alza tu cama y 
anda, — porque pudieran llevársela á otra parte. Pero sí os aconsejo 
que les digáis sencillamente ¡anda! teniendo cuidado de apoyarlos 
si tropiezan al dar el primer paso. 

¿No es algo paralítico el que desconfía de sí mismo, el que no tie- 
ne fe, y por lo mismo no tiene esperanza, y por lo propio se arre- 
piente de haber tenido caridad algunas veces? Pues á ese decidle : 
— ¡anda! ¡Tú puedes ser sabio ó puedes ser ministro! — Llegará á 
gacetillero ó llegará á escribiente ; pero algo es algo. Lo importante 
es decirle: — ¡anda! 

Que crea en sí mismo, que crea en su fuerza, como creyó el para- 
lítico del Evangelio, y ya veréis si se mueve. 

¡ Cuántas parálisis morales se curan de esta suerte ! ¿ Qué es la pa- 
rálisis? Tener dormido el cuerpo. Pero á los que tienen pesado el 
sueño, los despiertan. Y todos, .'^eñoras mías, llevamos algo dormi- 
do dentro del alma. Todos necesitamos un despertador con campa- 
na bien .sonora. Y e.se es el problema al casarse: ¿resultará la es- 
posa despertador ó apagador? 

A algunos se les paraliza el cariño ; hay que decirle á ese cariño: 
— ¡anda! Otros se paralizan en el tapete verde, en el mármol de al- 
guna mesa de café, en el .sofá de la amiga que .sonríe. 

Pero — no todos — algunos se quedan postrados en el tapete, en la 
mesa ó el sofá, porque la mujer, la única redentora posible, no les 
habla como habló Jesús al pobre enfermo : con amor y sin pregun- 
tarle por qué y cómo se enfermó. 

¡Si supierais, señoras, cómo ata una .sonrisa! ¡Si vierais cómo, á 
veces, hasta los malos son buenos, si los quieren bien ! ¡ Si os conven- 
cierais de cómo se aborrece el champagne viendo cabellos rubios, 
6 castaños, ó negros, pero de uno, es decir, de otra persona que es 
de uno! Pero ¡qué digo! vosotras lo sabéis mejor que yo, y hasta 
me diréis que siendo padre, no debiera saberlo. Pero, por lo mismo, 
señoras, por lo mismo. 

Y porque lo .sé, y porque os quiero mucho (con permiso de vues- 
tros esposo.s), deseo que pongáis en práctica mis consejos. Anhelo 
que tengáis la convicción de vuestra fuerza propia, y os digo: ¡an- 
dad! como Jesús al paralítico. 

Asíseréisdichosas, relativamente. Y téngase en cuenta que no pue- 
de ser más desinteresado mi con.sejo, porque me gusta mucho con.solar 
á las desgraciadas que llorarían con ojos muy hermosos, si lloraran. 



MANUEL G.UTIÉRREZ NÁJERA 411 



TERCER SERMÓN. 



Hermosas señoras mías: 

Refiere hoy el Evangelio la curación de un hombre poseído del de- 
monio mudo. Era aquél, délos mudos que no hablan, porque ténga.se 
en cuenta que hoy en día y merced á los adelantos de la ciencia, hay 
mudos que son muy habladores; al paso que personas muchísimas 
conozco que hablan y nada dicen, cual si fueran mudas. Dicho se 
queda, por supuesto, que este mudo era hombre, pues no pocos doc- 
tores y varios sabios de otra especie afirman, que no ha habido ni 
habrá mujeres mudas. El mutismo es masculino. 

Sobre si fué útil ó no, para la .sociedad, la curación de ese indivi- 
duo, nada podré decir, porque el Evangelio no es explícito en loto- 
cante á este milagro; no puntualiza cuál era la condición del poseso 
á quien Jesús curó, para dar muestra ostensible de su gran poder; 
no dice si era tonto ó avisado, ni registra las palabras, frases y dis- 
cursos que pronunció, ya sano, en el transcurso de su vida. La pa- 
labra es un don de Dios, no cabe duda; pero así como Dios hace 
todo bien y permite los males para nuestro ejercicio y mayor corona, 
así concede la palabra á unos para que nos enseñen y cautiven; y á 
otros para que, 03'éndolos hablar, hagamos saludable penitencia. 

Dícese á menudo que la palabra es lo que di.stingue al hombre de 
la bestia; pero abrigo algunas dudas sobre el particular, porque, con 
muchísima frecuencia he oído decir de alguien que habla, y preci- 
samente porque habla: ¡qué animal es e.ste hombre! 

Quédese ello sin averiguación, y hablemos, señoras, de los mu- 
dos. No es culpa mía hablar de tanto enfermo: paralíticos, mudos, 
agonizantes, ciegos y muchos moralmente adoloridos son los que 
presenta á nuestra meditacióu el Evangelio. En él, como en la vida, 



412 MANUEL GUTIÉRREZ NÁJRRA 

hay mny pocos felices, en el sentido netamente humano de la feli- 
cidad. Por lo propio es sublime el Evangelio, porque parece un hos- 
pital, un asilo, una casa de amor en donde vive y sonríe, y cura y 
hace bienes la santa, la divina Caridad. 

Por fuerza mi sermón de hoy ha de tener varios puntos de con- 
tacto con el más reciente. Hace ocho días hablaba de los paralíti- 
cos que andan, y ahora hablaré de muchos mudos que hablan. 

El mutismo es una enfermedad generalísima, si bien, por dicha, 
intermitente. Hasta rae atrevo á asegurar que nadie escapa á e.sta 
dolencia. Todos, de cuando en cuando, enmudecemos. Abrid cual- 
quiera novela — que no sea inmoral— y encontraréis en alguna pá- 
gina esta frase: «F'ulano (ó mengano) enmudeció.» Y vo.sotras mis- 
mas, .señoras mías, sin ir más lejos, sois las que más práctica tenéis 
de hablar con mudos. De jóvenes. . . . digo, de solteras— porque to- 
das vo.sotras .sois muy jóvenes. — veis á un hombre que os simpa- 
tiza. . . . que os gusta. . . . que os conviene. ... y que os quiere. 

Adivináis su cariño, con esa perspicacia femenil que ve el amor 
ajeno casi antes de que nazca; pero el amor recién nacido es como 
todos los recién nacidos: no sabe hablar. . . . nada más llora! ¡Y ahí 
está vuestro trabajo, en enseñarlo á hablar! P)se amor mira, sus- 
pira, pasea á su víctima por la acera que está enfrente de vue.stra 
casa, a.sí como las ayas pasean á los niños para dormirlos; y ¡cosa 
rara! es necesario que ya esté muy bien dormido para que hable. 
Generalmente, á fuerza de paseos, se duerme el novio ó a.spirante á 
novio, y entonces ya no le canta la nodriza: él es quien canta. Si 
el amor es verdadero, cuesta más trabajo que hable. lis de natural 
miedoso, como si temiera lo que va á sucederle. . . . quiero decir, lo 
que le sucediera si vo.sotras no fuerais loque sois: amantes, bellas y 
honradas. Pero, á decir verdad, pocos resisten á vuestro poder, á 
vuestra magia, y en devolver la palabra á mudos, .sois maestras-, re- 
novando á cada momento el milagro que nos refiere el Evangelio. 
Hay personas que decididamente no quieren hablar; que están con- 
formes con ser mudas; que lo son por su gusto; que se tapan la boca 
con la mano, como los chiquillos á quienes dan alguna medicina 
desagradable; y sin embargo, á esos renuentes, á esos tercos, los ha- 
céis hablar y hasta decir lo que jamás habían pensado. No: mien- 
tras haya ojos de mujer como los vuestros, no habrá nunca hombres 
mudos. 

En justo acatamiento á la justicia agregaré que en esa tarea de 
en.señar á hablar, os ayudan con eficacia extrema las mamas. Ma- 
mas hay que sacan un «¡yo te amo!» hasta de alguna piedra 

particularmente si la piedra es preciosa. 

Pero á pesar de vuestro poder y á pe.sar de la experiencia de vues- 
tras mamáes, soléis hallaros con algunos mudos rehacios á quienes 
no se consigue devolver el habla: ¡mudos como tapia! Se os mué- 



MANUEIv GUTIÉRREZ NÁJERA 413 



ren ó cambian de medico algunos de vuestros enfermos, señoritas, 
¡Si supierais lo que se sabe en el confesonario! ¡Cucántas de mis he- 
chiceras penitentes me traen su nuido á la rejilla! Sobre todo, las 
casadas. . . . Por supuesto que no vosotras, no las casadas que me 
oyen, sino las casadas de afuera, las casadas de la calle. E>as tie- 
nen un mudo con quien bailaron un wals, ó que escribió versos en su 
álbum, etc., etc. Kn los más de los casos resulta que ese mudo no 
era mudo, sino que callaba porque no tenía deseos ni humor de ha- 
blar. Otros, proliablemente si hubieran recobrado el uso de la pala- 
bra, habrían dicho alguna gran majadería. Pero como nada dijeron, 
se suponen ellas que tendrían cosas buenas que decir. La voz del 
marido la conocen ellas: es como la de nuichos. Pero la voz de aquél 
mudo. , . . ! Sería tal vez. . . . sería probablemente. , . , indudable- 
mente sería la de Gayarre! 

Lo temible es que de repente, de.'^pués de que hayáis pronunciado 
eji la iglesia, con acompañamiento de música y de amigas, el for- 
midable monosílabo, .se suelta hablandoe.se mudo Porque entonces 
charla como loro y os aturde. Primero, cuando estáis aturdidas— y 
el aturdimiento dura poco, — os parece esa voz la de un tenor asom- 
bro.so. Pero, á poco la oís como es en realidad, como la voz de vues- 
tro esposo, como la de todos; pero con el aditamento de que os im- 
pone miedo, de que os exige la .sumisión, .so pena de la vida; de 
que mañana, por el mandato imperioso de esa misma voz, vuestros 
hijos tendrán que aborreceros. . . . 

Os. . . .vosotras. . . . ¡qué he dicho !La elocuencia arrebata, arras- 
tra. . . . ¡perdonadme! Hablaba con las señoras de allá afuera; no 
con las que vienen á oírme, sino con las que vienen á arrodillarse 
en mi confesonario. 

Porque debo decirlo, aunque no lo creáis, aunque os escandali- 
céis: hay .señoras que tienen ó han tenido amantes. . . . Pocas. . , . 

sí. . . . muy pocas pero algunas. ¡Líbreme Dios de ser duro con 

ellas! La iglesia de que .soy párroco se llama la Indulgencia y la Ima- 
gen más venerada en ella, es la Virgen del Perdón. Para que nosotros 
los .'sacerdotes perdonemos, nos obligan á .ser célibes. Si fuéramos 
casados, habría un pecado que no podríamos perdonar. Pero como 
solo de nombre .somos padres, perclonamos. 

¡Sabe Dios — 5' yo también sé — cuántas de ellas van á otro amor 
porque el marido las echa, como propietario despiadado, del que ha- 
bían escogido para habitarlo, para hogar! ¡Sabe Dios las blasfemias, 
los horrores, las infamias, que dijo e.se ex-mudo. de.spués de proiuni- 
ciarel í/'de'antedel altar! Pero e.ste capítulo de di.sculpas, este juicio 
final, de algmios hombres que no tienen derecho á .ser médicos de su 
honra, porque ellos mi.-mos la enfermaron, será a.sunto de otro ser- 
món, íín el de ahora hablamos .solamente de los mudos. 

También algunas de mis penitentes me hablan de mudos actuales, 



414 MANUEL GUTIÉRREZ NÍJERA 



de los mudos post nuptias, no de los que vagan allá en el alba de la 
virginidad, no del primo tímido, no del poeta soñador, no del guapo 
mozo que bailaba wals, no de los que se fueron, sino de los que vie- 
nen: del que se sienta junto á ellas en el canapé, del que sube al palco 
y les habla de la ópera. ... y nada más de la ópera; de aquél á quien 
las palabras se le .salen por los ojos y no pueden brotarle de los labios. 
¡Qué misterio, señoras mías! Acaso esos mudos, si hablaran, serían 
los amantes menos peligrosos! Hablo, por de contado, en sentido 
mundano, porque ya tengo dicho que soy un sacerdote laico. Y se- 
rían los menos peligrosos, porque esa falta de voz acusa exceso de 
emoción; porque en ese silencio pasa callado el amor; porque respe- 
tan; porque están en el caso del joven inexperto que enamora á una 
soltera y que ronda su calle y que tiembla al escribir la primera carta 
y que desea casarse. . . . con la única y grave diferencia de que la sol- 
tera de ellos ya es casada. 

Y como estos mudos que no hablan continúan callando, llega en- 
tretanto el mudo audaz, el de rápida curación, el que cree que á él 
se le debe todo, el fatuo ó el atrevido ó el casual ó el que paga, y 
ese es el malo, digo, es el más malo, porque e.se siempre desprecia 
y corrompe de seguro. 

En mi opinión, para impedir que algunos mudos hablen tonteras, 
al empezar á hablar, cuando solteros; que otros vuelvan á enmude- 
cer después del matrimonio; y que, no pocos, hablen algún día y en 
mala hora, lo que debe hacerse es hablar mucho. Y para esto voy 
á dar algunos consejos, no á vosotras, sino á vuestras amigas. Hay 
un hablar. ... y otro hablar. Y desde luego os digo que hablar con 
los ojos es muy malo, porque casi siempre se dice ó se oye una men- 
tira ó un disparate. Y también os advierto que hay dos palabras 
temibles en castellano, puntualmente las que por arterías y mañas 
del idioma son las más fáciles de pronunciar: el sí y el no. Las de- 
más son gente menuda. Cuidaos, pues, de ellas, y atendedme. 

La mujer, antes de casarse, cree que ya hizo hablar al mudo desde 
el momento en que éste le envió una carta encabezada por esta pa- 
labra, que suele ser todo el prólogo de un drama: 

«Señorita:» 

Desde esos dos puntos, el novio empieza á hablar hasta por los 
codos y hasta por el balcón y la ventana. La novia hace lo mismo, 
y en verdad, esos dos habladores son dos mudos. Porque hablan 
de la flor, del ramillete, del vestido, del baile, de la amiga, de un 
desconocido ó conocido de vista que se llama el amor, y de otras 
diversas chucherías; pero de lo importante, de lo grave, de lo tras- 
cendental, de sus respectivos caracteres, de sus mutuos sentimien- 



MANUEL GUTIÉRREZ NÁJERA 415 



tos, de cómo viven, de cómo han de vivir, no hablan nada. Es el 
suyo, en resumen , un diálogo de dos mudos, oído por una sorda corta 
de vista: la mamá. Y porque nada hablaron, antes del matrimonio, 
los dos novios, veis á tantos casados que andan por ahí del brazo, 
muy juntitos y con los ojos muy tristones como los bueyes que van 
tirando del arado. 

Tal parece que este contrato de por vida se hace á hurtadillas de 
la verdad y de la moral . Que hablen los prometidos, ¡pero que no se 
digan nada ! Que se vean, ¡pero que no sepan quiénes .son ! Al novio 
le ponen un centinela en la sala, tal vez no para cuidarlo .sino para 
que no .se les escape; y á la novia la sujetan á la vigilancia del con- 
trarresguardo doméstico, para que no introduzca un contrabando. 
Y pasados algunos meses de este jugar á las escondidillas, .se casan 
dos desconocidos, para conocerse, á poco, demasiado. Hay, pues, 
antes del matrimonio, mudos por compromiso y mudos por su volun- 
tad. De los primeros ya hablé: son las víctimas. lyOS otros. . . . sue- 
len ser los verdugos. En el noviazgo, en la escuela preparatoria del 
matrimonio, se enseña á hablar á los mudos, pero nada más les en- 
señan tres palabras, que .son las que consideran fundamentales del 
idioma. Primero: Te amo. Y luego, sí. Entre aquella frase y este 
monosílabo abren un paréntesis que, por lo común se deja en blanco, 
ó se llena con dibujos, con florecitas, con besos y otras monerías. 
Después del matrimonio los mudos empiezan á hablar largo y ten^ 
dido y entonces suelen decirse cosas que no .son para oídas. 

Por lo mi.smo, aconsejo que los novios hablen mucho y en caste- 
llano claro antes de ca.sarse, y por lo mismo, deseo también, muy viva- 
mente, que Dios les devuelva el habla á las mamáes, para que griten 
menos cuando se metan á políticas. 

De.spués del te amo y antes del sí es cuando se les debe de soltar 
la lengua á las futuras cónyuges. 

Respecto á los mudos voluntarios, de ambos .sexos, diré poco, en 
atención á que realmente y por más que predique en la iglesia de 
la Indulgencia, me resisto á perdonarlos. Que un hombre ó una mu- 
jer estafen una vida, es delito imperdonable. Un joven simpático 
dice con verdad ó sin ella á una señorita: quiero d usted. Si la quiere, 
necesita para ser querido á su vez, tener algunas cualidades. Pon- 
gamos que no las tiene: en tal caso se las fabrica, engaña, miente, se 
las roba. Ha comprado con moneda falsa una virginidad, un cuerpo, 
un alma? Qué, el amor es disculpa? No, señoras! También hay po- 
bres á quienes les gustan mucho las piedras preciosas; pero si no 
tienen para adquirirlas y las hurtan con astucia ó engaño, del esca- 
parate, no se les llama pobres enamorados, sino viles ladrones. A 

esos mudos que ya dijeron : Señorita les preguntó la felicidad 

de esa virgen, por dónde iba su camino, y entonces fueron mudos 
los infames. 



41 6 MANUEL GUTIÉRREZ NÁJERA 



Otro joven simpático — pongo ahora por caso, — le conviene á una 
niña casadera. Le conviene porque es buen mozo, porque tiene di- 
nero, porque tiene porvenir (como se dice malamente), ó nada más 
porque desea casarse. Y para que no se vaya, para que crea en ella, 
para uncirlo á su vida, como se unce un buey á la carreta cargada 
de paja, le finge amor, le finge virtudes, le esconde todo lo malo, 
todo lo ruin, todo lo putrefacto que ha de llevarle en dote; le habla 
mucho delante de la mamá, encubridora y cómplice, de su modestia 
de su humildad, de lo malas que son otras mujeres y habla mu- 
cho, habla mucho ¡y qué muda que es esa habladora! 

Ya veis, mis oyentes, cómo la mudez es enfermedad harto común. 
Acompañadme ahora á pedir al Altísimo que muchas hablen y que 
algunas callen. 

Así sea. 



MANUEL GUTIÉRREZ NÁJERA 417 



CUARTO SERMÓN. 



«íEn aquel tiempo: Vino Jesusa una ciudad de Samaría llamada 
de Sicar, vecina á la heredad que Jacob dio á su hijo José. Aquí 
estaba la fuente de Jacob. Jesús, pues, cansado del camino, .sentó- 
se así sobre el brocal de este pozo. Era ya cerca la hora de sexta. 
Vino una mujer saniaritana á sacar agua. Díjole Jesús: Dame de 
beber. (Es de advertir que sus discípulos habían ido á la ciudad 
á comprar que comer). ¿Cómo tú, siendo judío, me pides de beber á 
mí que soy samaritana? (Porque los judíos no comunicaban con los 
samaritanos). Díjole Jesús en respuesta : Si tú conocieras el don de 
Dios, y quién es el que te dice: «Dame de beber;» puede ser que tú 
le hubieras pedido á él, y él te hubiera dado agua viva. Dícele la 
mujer: Señor, tú no tienes con que sacarla, y el pozo es profundo: 
¿Dónde tienes, pues, esa agua viva? ¿Eres tú por ventura mayor 
que nuestro padre Jacob que nos dio este pozo del cual bebió él 
mismo, y sus hijos y sus ganados? Respondióla Jesús: Cualquiera 
que bebe de esta agua, tendrá otra vez sed; pero quien bebiere del 
agua que j'o le daré, nunca jamás volverá á tener sed: antes el agua 
que yo le daré, vendrá á ser dentro de él un manantial de agua que 
manará hasta la vida eterna. La mujer le dijo: Señor, dame de esa 
agua, para que no tenga yo más sed ni haya de venir aquí á sacarla. 
Pero Jesús le dijo: Anda, y llama á tu marido, y vuelve acá. Res- 
pondió la mujer: Yo no tengo marido. Dícele Je.sús: Tienes razón 
en decir que no tienes marido, porque cinco maridos has tenido, y 
el que ahora tienes no es tu marido. En eso la verdad has dicho. 
Díjole la mujer: Señor, ya veo que tú eres un profeta. Nuestros pa- 
dres adoraron en este monte, y vosotros decís que en Jerusalén está 
el lugar donde .se debe adorar. Respondióle Jesús: Mujer, créeme 
á mí: ya llega el tiempo en que ni en este monte ni en Jerusalén 
adoraréis al padre. Vosotros adoráis lo que no conocéis. Pero noso- 

53 



41 8 MANUEL GUTIÉRREZ NÁJERA 



tros adoramos lo que conocemos: porque la salud procede de los 
judíos. Pero ya llega tiempo, ya estamos en el, cuando los verda- 
deros adoradores adorarán al Padre en espíritu y en verdad. Porque 
tales son los adoradores que el Padre busca. Dios es espíritu, y por 
lo mismo los que le adoran, en espíritu y en verdad deben adorarle.» 

Esto, mis señoras, dice el Evangelio que, de seguro, leíst^s el 
viernes último en vuestro devocionario forrado de terciopelo color 
de oro viejo. Eso dijo el mismo Dios, y uno de sus ministros más 
elocuentes (y más amables porque es francés), el padre Didon, dice 
lo que sigue en su flamante y hermoso libro, Jesucristo: 

«Ese encuentro de una mujer en el pozo de Jacob; esa petición 
de un vaso de agua; ese coloquio, esos incidentes tan comunes en 
la vida, dieron á Jesús ocasión de manifestarse tal cual era, en su con- 
movedora y sublime intimidad.» 

«El es el Cristo, el que viene, el que esperan los samaritanos, los 
judíos y toda la humanidad: dícelo á una pecadora á quien trans- 
forma su presencia y á quien inicia su palabra en la verdad eterna; 
á sí propio .se llama el Don de Dios; y promete que á cuantos lo pi- 
dan, comunicará el Espíritu que llama él «agua viva,» tomando este 
símbolo precisamente del agua que pedía la Samaritana.» 

«¿Qué espíritu es éste? ¿De dónde viene? ¿A dónde va? Impe- 
netrable en la sustancia, se muestra solo en los efectos, porque en 
las almas creyentes se transforma en la única fuente abrasadora que 
calma las esperanzas infinitas. Como los manantiales terrestres cu- 
yo punto de término está á la altura de su origen, el agua viva del 
Espíritu nace en las profundidades de Dios, brota en las conciencias 
y en Dios mismo va á perderse. Dar esa agua viva, es la función 
propia del Mesías: El es el verdadero pozo de Jacob, abierto por Dios 
mismo en el sitio en que .se cruzan todos los caminos por donde va 
la caravana humana: El funda así la religión eterna, el culto en es- 
píritu y en verdad. En lo venidero, ya no será Jeru.salén la enemi- 
ga de Garizim: El es el Templo y ese Templo, está en todas las 
almas que habita el Espíritu y que adoran á Dios en ese Espíritu 
de verdad y de amor. Esa es su Iglesia, ese es .su Reino.» 

Otro padre, excomulgado éste, — también los samaritanos, mis 
señoras, estaban excomulgados, — el reverendo y virtuoso sacerdote 
Ernesto Renán, dijo algunos años antes casi lo mismo que el elo- 
cuentísimo predicador á quien acabo de citar y al que todavía no 
han excomulgado. Esto se lee en la Vida de Jesús, con relación al 
coloquio de que hablamos: 

«Aquel día Jesús dijo por primera vez la palabra que había de ser 
la base y el cimiento de la eterna religión; fundó el culto puro, sin 
fecha, sin patria, el que practicarán todas las almas levantadas hasta 
el fin de los tiempos. Y desde ese día memorable no solo fué su re- 
ligión la religión buena de la humanidad, sino la religión absoluta; 



MANUEL GUTIÉRREZ NÁJERA 419 



tanto que si en otros planetas hay habitantes dotados de razón y de 
moralidad, su credo religioso no puede ser diverso del proclamado 
por Jesús, cabe el pozo de Jacob. El hombre no ha podido mante- 
nerse en él porque solo podemos asir el ideal durante brevísimo 
momento. La palabra de Jesús fué un relámpago en noche obscura. 
Mil ochocientos años se han necesitado para que la humanidad — 
¡qué digo. . . . ! ¡ una porción infinitamente pequeña de la humani- 
dad ! — se haya acostumbrado á realizar esa palabra. Pero ese relám- 
pago será la luz algún día, y tras de haber recorrido los tenebrosos 
círculos de los errores, la humanidad convertirá la mirada á esa pa- 
labra como á la expresión suprema é inmortal de su fe y de su es- 
peranza.)) 

¿Verdad, señoras, que el padre Renán y nuestro padre Didon, 
que está en París, se parecen á ratos ? ¿ Verdad que el Amor y el 
Perdón — dos hermanos gemelos — son los que fundaron el Cristia- 
nismo, y los que piden limosna para alimentarlos? ¿Verdad que dar 
agua al sediento y esperanza al que la ha menester, sin preguntarle 
si cree en esto ó en aquello ó si ha cometido algún pecado, siempre 
es muy hermoso? 

Como esta eficaz virtud de la indulgencia es la que me he pro- 
puesto inculcaros en mis sermones cuaresmales, por tenerla en altí- 
simo concepto y creer que de ella depende en mucho vuestra domés- 
tica ventura, no podía dejar que pasara inadvertido el Evangelio del 
perdón más amplio. Ya os he dicho que á la adúltera no la perdonó 
Jesús: á lo menos no consta en los Libros Santos tal perdón. Per- 
donó explícitamente á la Magdalena; pero ésta era pecadora nada 
más y, para que nos entendamos, diré que era una pecadora cató- 
lica y no una pecadora hereje como la Samaritana. Ya sabéis que 
los judíos veían á los samaritanos, como algunos de nosotros mira- 
mos á los 3'ankees. Amén de ello, la Magdalena estaba arrepentida 
de sus culpas y amaba mucho al Salvador: circunstancias ambas que 
hacían el perdón menos difícil. 

Perdón bueno el de la Samaritana, la de los cinco maridos, la 
yankee, la protestante, la que no conocía á Jesús, la que titubeó an- 
tes de darle el vaso de agua, la que no sabemos si era hermosa ó fea. 
Eso es lo que se llama perdonar. 

Algunas señoras —no vosotras que sois todas unas santas, porque 
tenéis la santidad de la belleza y porque yo os canonizo, — suelen 
no imitar el divino ejemplo de Jesús. Para ellas hay dos clases de 
samaritanas: la .samaritana de raza, la yankee, la extranjera, y 
la samaritana de vida. ... la, ... la. ... la que no ha sido tan vir- 
tuosa como algunas mujeres y como vosotras. ¡ Y á ninguna de las 
dos perdonan ! 

Vais á escandalizaros, porque de seguro ni presumíais que se co- 
metieran estas injusticias: hay mujeres que detestan á otras única- 



420 MANUEL GUTIÉRREZ NÁJERA 



mente porque son extranjeras. Y no llamo extranjeras tan solo á 
las que han nacido en otro país. Para la fea, extranjera es la her- 
mosa; para la tonta, extranjera es la inteligente; extranjera es la rica 
para la pobre, y para la mal vestida es extranjera la que gasta bue- 
nos trajes. Ni ellas se resignarían á pedir un vaso de agua á esas 
samaritanas, ni éstas probablemente .se arriesgarían á beber el agua 
que ellas les dieran. Y sin embargo, señoras mías, ¡ganarían tanto 
esas proteccionistas, esas chinas, con decir á las samaritanas: ¡Acer- 
caos ! 

Yo, que no .soy médico, creo que todo es contagioso, hasta la be- 
lleza, hasta el talento. Una mujer rica, de esas extranjeras que se 
visten bien de seda, pueden en.señar á otra pobre á vestirse bien 
de lana. La diferencia consistirá en que un traje será bonito y rico, 
y otro, bonito nada más. Pero á los hombres lo que nos gusta es lo 
bonito. 

L,o necesario en la vida — y sobre todo, en la vida del matrimonio 
— es imitar lo bueno. ¿Para qué inventar, si es más difícil? 

Lo malo es que muchas señoras, lejos de imitar lo bueno en donde 
lo hallen, aunque sea en las .samaritanas, procuran hacer lo contra- 
rio. Cuántas veces va el marido á alguna ca.sa únicamente porque 
en ella preparan bien el café. Al principio no le gusta más que el 
café; pero á fuerza de ir, y á fuerza de que su mujer le diga diaria- 
mente — i ese café ha de .ser pésimo ! — acaba porque le sigue gustan- 
do el café, y, además, la señora que lo sirve. Cuánto más valdría 
que la esposa preguntara á esa que puede .ser su amiga y todavía no 
es .su enemiga:— Señora, ¿cómo hace usted e.se café? 

Por eso digo á las que me oyen. . . . me equivoco ! á las que no 
me oyen: — ¡acercaos! Ya no hay samaritanas ui judías! Ya no hay 
Jeru.salén ni Garizim ! 

Hay encantos, señoras, que se pueden robar honradamente. Ha.s- 
ta las gentes malas pueden en.señarnos. de.sde lejos, algo bueno. La 
lectura de los libros prohibidos puede permitirse á las mujeres ca- 
sadas. . T. Siempre que se limite á algunas páginas. 

Comunmente — y hablo, por supuesto, de aquellas que se ca.san 
con un hombre honrado y que las quiere, — las que se quejan de que 
otra mujer les robó el cariño de su esposo. í^on cómplices en el de- 
lito Cuando menos, por inadvertencia fueron víctimas, y no hay 
que culpar á la policía. . . . digo, al marido- En e.ste mismo pulpito 
predicó ayer otro padre de la Iglesia un .sermón edificante .sobre el 
homicidio del Sr. Hernández. Dijo, y tuvo razón: que. en parte, 
el asesinado tuvo culpa. ¡ Aco.stumbraba estar solo, á obscuras. . . . 
y rodeado de joyas! Naturalmente, la tentación fué poderosa. 

Yo, por lo nii.smo os recomiendo, que no dejéis á vuestros maridos 
solos ni á obscuras, porque todo marido que está .solo busca y en- 
cuentra compañía; y todo marido que está á obscuras. . . . encuentra 



MANUEL GUTIÉRREZ NÁJERA 42 1 



alguna luz, con L mayúscula. Y dejar solo á un marido es no en- 
trar en su vida, es no seguir su pensamiento, es no amar lo que el 
ama y puede amar su esposa. Dejarlo á obscuras es no querer, no 
saber cómo se enciende la luz en el alma con un beso. 

Cvuuido la catástrofe acontece, dicen algunas que las han robado, 
¡ Pero si se han dejado robar, señoras mías. . . . ! ¡Si dejaron, como 
el Sr. Hernández, abierta y á obscuras la joyería. . . . ! 

No me cansaré, pues, de repetiros, que pidáis á las samaritanas, 
á las enemigas de raza, todo lo bueno que puedan daros. Esto á las 
samaritanas que llamo yo «extranjeras. « porque .son de otra belleza 
ó de otra inteligencia. En cuanto á las .samaritauas que. . . . que 
han tenido cinco maridos como la del Evangelio, también tengo 
que acon.sejaros el perdón. No, la amistad, no; pero sí la indulgen- 
cia. Jesús habló con la mujer de Samaría porque era hombre. La 
Virgen Madre, el arque-tipo supremo de la mujer, no habló con ella. 

Pero, oyentes mías, cuando os hablen de esas pobres samaritanas 
. . . . ¡ seguid siendo buenas ! 

No voy á repetiros el verso célebre de Víctor Hugo, porque sería 
eso una vnlgaridad imperdonable; pero ¿qué sabéis? ¿qué se yo? 
¿qué sabemos?. . . . Algunas son malas, porque heredaron la mal- 
dad como se hereda la locura, porque su sangre es como vino adul- 
terado, porque sus instintos y sus pasiones son como los borrachos. 
Pero e.so que lo diga el médico: nosotros no tenemos los datos sufi- 
cientes para hacer el diagnóstico. 

Otras, mis señoras, han tenido cinco maridos como la mujer de Sa- 
maría, porque cuatro fueron malos y el otro acaso lo es ó va á serlo. 

Hay una máxima inmoral que dice: Ha2te rico honradamente si 
puedes, y si no. . . . hazte rico. En el amor, que es la tendencia á ad- 
quirir lo más bueno y lo más bello, esa máxima. . . . continúa siendo 
inmoral, pero es más humana y hasta más perdonable. 

Registra muchos mártires el legendario; pero .son más los que no 
han querido ser mártires. Pues qué, ¿no hay carne? ¿No hay espí- 
ritu? ¿No quiere éste saber de amor, y aquel gu.star de amor? 

¿Qué .sabéis de los desencantos que han sufrido esas mujeres que 
no hallaron nada noble que amar? Disculpad á unas, perdonad á 
otras; compadeced á todas. 

¡ Pobres! ¡ Esas sí que .son pobres. . . . ! ¡ Las que piden amor, por- 
que no tiene que comer su alma, las que están solas cuando están 
con su marido! 

Por las que son malas, de maldad, pedid á Dios misericordia; por 
lasque no son buenas, orad también, pero con más cariño. No ha- 
bléis con ellas, como Jesús con la Samaritana— porque Jesús era 
hombre;— no les pidáis agua, pero dadles, sí, el agua viva de vues- 
tros consejos. 



422 MANUEL GUTIÉRREZ NÁJERA 



QUINTO SERMÓN. 



Te pintaré en un cantar 
La rueda de la existencia: 
Pecar, hacer penitencia, 
Y luego, vuelta á empezar. 

Campoamor. 

«¿Quién hallará una mujer fuerte? Es de mayor estima que todas las precio- 
sidades traídas de lejos y de los últimos términos del mundo. El corazón de 
su marido pone en ella su confianza, y no necesitará de despojos. Ella le aca- 
rrea el bien todos los días de su vida, y nunca el mal. Busca lana y lino, de que 
hace labores con la industria de sus manos. Viene á ser como la nave de un 
comerciante que trae de lejos el sustento. Se levanta antes que amanezca, y 
distribuye las raciones á sus domésticos y el alimento á sus criadas. Puso la 
mira en unas tierras y las compró; y de lo que ganó con sus manos, plantó una 
viña. Revistióse de fortaleza, y esforzó su brazo. Probó y echó de ver que su 
trabajo le fructificaba: por tanto, tendrá encendida la luz toda la noche. Apli- 
ca sus manos á los quehaceres fatigosos, y sus dedos manejan el huso. Abre su 
mano para .socorrer al mendigo, y extiende sus brazos para amparar al nece- 
sitado. No temerá que molesten á los de su ca.sa los fríos ni las nieves, porque 
toda su familia trae vestidos aforrados. Se labró ella misma para sí un vestido 
acolchado, de lino finísimo y de púrpura, es de lo que se viste. Su esposo hará 
un papel brillante entre los jueces cviando se sentare con los senadores del país. 
Ella teje finísimas telas. }• las vende, y entrega también ricos ceñidores á los 
cananeos. I^a fortaleza y el decoro son sus atavíos; y estará risueña en los úl- 
timos días. Abre su boca con sabios discursos, y la ley de la bondad gobierna 
su lengua. Vela sobre los procederes de su fatnilia, y no come ociosa el pan. 
Levantáronse sus hijos y aclamáronla dichosísima, su ntarido también, y la 
alabó. Muchas son las mujeres que han allegado riquezas, pero tú te aventa- 
jaste á todas. Engaño.so es el donaire y vana la hermosura: la mujer que teme 
al Señor, esa será la celebrada. Dadle del fruto de sus manos, y celébren.se sus 
obras en presencia de los jueces. — Capitulo jf de los Proverbios.» 

No extrañéis, hermosas oyentes, que haya tomado como texto de 
mi conferencia, primero el cantar profano de un divino poeta, y luego 
el consejo de la sabiduría, expre.sado por aquél que también fué 
poeta — acasoel primer poeta del amor, — y que singularmente os amó 



MANUEL GUTIÉRREZ NÁJERA 423 



á vosotras en plural. ¿No Salomón, igual que Campoamor, os cono- 
cieron y trataron íntima y tiernamente? ¿No ambos tienen su amoroso 
libro de cantares? Oíd, por ende, las advertencias de los dos, y perdo- 
nadles si alguna vez han sido volubles, si han cometido infidelidades 
á la amada por ser fieles al amor: los dos, señoras, han amado mucho; 
los dos conocen profundamente el eterno femenino, que jamás cono- 
ció, ni mucho menos quiso Wolfang Goethe; los dos, ya que cada 
mujer es un nuevo libro, según cuentan, pueden vanagloriarse de ser 
muy eruditos, porque han leído muchos de esos libros. 

vSalomón, en la epístola que acabo de leeros, dice cómo ha de ser, 
y realza el mérito de la buena esposa: tal parece que ese incansable 
enamorado de la mujer, en todas sus bellas manifestaciones, cuando 
fué al cielo en premio de esta virtvid ó de alguna otra, no quiso go- 
zar las delicias de los ángeles, y previo el permiso del Señor, pre- 
firió voh-er al mundo; tal parece, repito, que está invisible entre 
vosotras, que os conoce, que os ama como yo, y que quiso pintaros, 
al delinear el prototipo de la bella, la honesta y diligente esposa. 

Rl otro Salomón, el que no muere todavía, el que no está en el 
cielo sino en Madrid, deseando hacerse una manta de rizos rubios 
para tendeila sobre un colchón de bucles de morenas, Campoamor, 
ha escrito, como sabio sapientísimo, un Cantar de los Cantares y 
un IJbro de los Proverbios. Ya sabéis que Salomón adquirió el don 
de la sabiduría, como ahora alcanzamos la felicidad: .soñando. Pues 
bien, de igual suerte .se volvió sabio Campoamor: soñando, ó lo que 
vale tanto, haciendo versos. Pero en esos Proverbios que llama él 
Cantares, tan parecidos á los Versículos de la Sabiduría ó del Ecle- 
siastés; en esos cuartetos octosílabos, que á veces parecen avispas 
y otras mariposas, hay tal intención, tal agudeza, y en ocasiones 
tanta verdad condensada, que bien y dignamente pueden .servir de 
texto á morales sermones. No desdeñéis, por su brevedad, esos P7V- 
verbios: Vico llamaba á los proverbios oráculos de Sapiencia, lengua 
de los dioses; preconizaron su empleo los sabios griegos y los poe- 
tas gnómicos; los usó Pitágoras en los Versos Áureos, para exponer 
su doctrina; trazábanlos en los monumentos públicos del Ática, para 
que el pueblo los tuviera presentes, y siente Platón que solo con 
leer esas in.scripciones edigráficas, puede darse el mejor y más aca- 
bado cur.so de moral. 

He aquí por qué, señoras, tras de presentaros el retrato de la buena 
esposa, hecho en Proverbios por el .sabio Salomón (que fué casado 
varias veces), repito el Cantar 6 Proverbio de e.se otro sabio que se 
llama Don Salomón. . . . digo, no, Don Ramón Campoamor y Cam- 

poosorio: 

Te pintaré en un cantar 
La rueda de la existencia: 
Pecar, hacer penitencia 
Y luego, vuelta á empezar. 



424 MANUEL GUTIÉRREZ NAJERA 



Próximamente os confesaréis, y ¡ojalá sea conmigo! Ya están 
cubiertas las imágenes de los Santos, para no veros avergonzadas 
y para no oír lo que digáis al confesor; ya el trigo que sembrasteis 
para los altares de la Virgen, brota en espigas rubias; ya se aproxi- 
ma el día en que para dar ejemplo á vuestras hijas, ó para llevarlas 
vestidas de blanco á la Mesa-Eucarística, tendréis que venir á arro- 
dillaros en esos viejos confesonarios, que son viejos para inspiraros 
más confianza; ya albean los sobrepellices de los infantes, los paños 
de los comulgatorios, las azucenas y la Santa Hostia. lín ese día, de 
antiguo consagrado á la primera Comunión, hay lágrimas de ma- 
dre en la luz y en el aire; en ese día todos sentimos que algunos 
muertos resucitan en nosotros; en ese día hay ateos, hay descreídos, 
que vienen como los niños á la iglesia, no á buscar la fe que deja- 
ron olvidada, porque esa ya se la llevaron, pero sí el perfume de 
las rosas que seuíbró el cariño en la tumba de nuiertos ideales; en 
ese día, algunos desgraciados que ya no creen en Dios, creen en la 
Virgen, y se arrodillan cuando el sacerdote alza la hostia, porque 
ese sacerdote es como el recuerdo de su padre y poique esa hostia 
es toda la blancura de su vida. 

Ya sé que vosotras todas comulgaréis el viernes próximo. Vues- 
tras mamas se han de llamar Dolores. ... yo creo que todas las ma- 
mas se llaman Dolores; pero si llevan otro nombre, comulgaréis 
también, porque el nombre de la Madre por excelencia, no es el que 
dieron los ángeles en Nazareth, sino el que le dio el Dolor, para 
darle con él, por hijos á todos los humanos. Yo sé, os vuelvo á de- 
cir, que comulgaréis, haciendo antes una buena confesión; pero, 
otras de vuestras amigas, mis señoras, otras confesarán. ... y co- 
mulgarán. . . . ¡pero de qué modo! 

A riesgo de escandalizaros, voy á referiros lo que me decía un 
incrédulo á quien no he podido convertir, por más esfuerzos que he 
hecho. — ¿Cuál es la eficacia de vuestra confesión?-- decíame él. — 
Divido á las pecadoras en dos clases: las que .se confiesan y las que 
no se confiesan. Y e.stas últimas, por comparación, me parecen hon- 
radas. Que una pecadora vaya al templo y ore, no me parece re- 
pugnante: irá á pedir fuerza, gracia ó virtud para arrepentirse; irá 
como á decir: no entro ahora porque no tengo traje digno, pero vol- 
veré en cuanto Dios me lo depare. 

Esa, cuando menos, respeta el Sacramento y no lo hace cómplice 
ni encubridor de sus concupiscencias. Se detiene en el patio, habla 
con el portero, le pregunta por la