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Full text of "Obras originales del Conde de Floridablanca, y escritos referentes a su ..."

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BIBLIOTECA 

AUTORES ESPAÑOLES. 



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BIBLIOTECA ^^^^^ 

AUTORES ESPAÑOLES, 

DESDE LA FOBHACION DEL LENGUAJE HASTA NUESTROS DÍAS. 



OBRAS ORIGINALES 

DSL 

CONDE DE FLORIDABLANCA, 

Y ESCRITOS REFERENTES A SO PERSONA. 

COLECCIÓN HECHA É ILUSTRADA 
POR DON ANTONIO FERBER DEL RIO, 

de l3 Rtil Academii Bíiulali. 




MADRID, 

M. RIVADENEYRA- IMPRESOR — EDITOR. 

CALLE hr.I. POODE DK IKVKA , 5. 

<867 



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INTRODUCCIÓN. 



ESTUDIO SOBRE EL CONDE DE FLORIDABLANCA. 



ffiglo fad de regeneracioD el décimoctare pan EapafSk en todo. Apenas terminaba la ^erra ¿e 
fOMsion á la corona, visiblemente comenzó aqni nneva e» de inflnjo civilizador 7 traeoead«ntal A 
loa varios oonocintientoH hnmanos , 7 con especialidad al buen j^obiemo de la monarqnia. Dcm Mekkor 
Bafael de Uacanas ; fray Benito Jerónimo Feijóo bríllaron como dos culminantes antorchas, no 
permitiéndose reposo en la tarea voluntaría , patriótica 7 fecunda de propagar las Inoes , 7 pugnando 
vigorosamente por extirpar añejos abusos , mediante saludables reformas , 7 por sustituir mfTímftB 
sanas i errores vulgares. Bajo los reinados de Felipe Y 7 Femando VI fué su perseverante 7 he- 
roica India , que al primero costó emigración larga 7 prisión estrecha en un castillo, 7 que el segnndo 
pndo sostener libremente desde el monasterio de bonedictinos de Oriedo, contra la preocupación 7 la 
ignorancia. Uno 7 otro se regocijaron de adquirir auxiliares insignes, de hacer prosélitos numerosos 
en las diversas carreras públicas 7 de observar cómo ganaban terreuo sus opiniones , difundidas pro- 
fitsamente en obra» manuscritas ó impresas; ambos alcansaron 7a muj ancianos el tTineito del gran 
Carlos III del trono de Ñápeles al de España é Indias , 7 partícipes fueron de sus mercedee inme- 
diatas ; claro testimonio del rumbo por donde pensaba aquel monarca llevar la nave del Estado. Aun- 
qne hijo de Galicia, Feijóo pasó lo más de en existencia en Asturias, patria de Oampománes; iSt,- 
txiax j UoRuo blasonaron de murcianos , 7 asi tienen hasta este accidental vinculo 7 feliz enlace 
los que avanzaron victoriosos por la senda del prog^so con los que se hablan aplicado fuertes 7 cons- 
tantee á desbroEaria 7 hacerla expedita ó disminuir sus malos pasos. Desde los principios acreditóse 
Cirios III de soberano ilustre, 7 de bien fué en mejor sn reinado, 7 el último período aventajó en 
regnlaridad 7 florecimiento á los anteriores, cuando tuvo A un eepañol de primer secretario del Des- 
pacho, tras de figurar don Ricardo Wall 7 don Jerónimo Grimaldi como tales. Necesario es ahora 
boflqnejar la vida é importancia del ministro famoso, por via de introducción i escritos de sn pluma 
7 concernientes á sn persona. 

Sobre la esclarecida prosapia de pon Josfi MoStHO traen minuciosas noticias el doctor don Juan 
Locano 7 Santa, en los Honore» tepulcralée á la hiena memoria de su sefior padre, 7 don Antonio 
Lopes de Oliver y Medrano, en la dedicatoria que le hizo de la Verdadera idea ds un principe, for- 
tModa de la* Uye» del reino. Como llegó á lo sumo de legitima 7 enridiable fama sin que nadie le 
pidiera la exhibición de su ejecutoria, cuando menos fitera ocióse llenar aquí papel con genealógicos 
apantes. En la mocedad fué soldado sn padre, luego mantuvo honradamente numerosa familia con 
■D hacienda corta 7 la profesión de escribano, 7 i la vejea ordenóse de sacerdote. Nobleza antigua 7 
virtndes cristianas adornaron también A su esposa, 7 asi , bajo patriarcal techo, crióse MoíIiho desde 
qofl TÍDO al mundo, el 21 de Octubre de 1728, en la dudad de Murcia. Bu educación literaria debió 
al célebre colegio de San Fulgencio, donde se antepuso ¿ todos por la aplicación 7 la perspicacia. A 
ICadríd le trajo el anhelo vehemente de adquirir lustre, 7a concluida la carrera de abogado, 7 honra 
7 provecho comenzó á ganar en el foro. Tino mental j aversión á sutilezas y argucias , probidad 7 
rectítnd sin tacha, amor al trabajo y 4 la justicia, comprensión profunda de los múltiples negocios 
pneatoe A su cargo, 7 elocuencia insinuante para esclarecer las cuestiones sobre que habían de fallar 
los jaeces, le valieron crédito á nivel del de Campománes, 7 en recompensa, elevóle Carlos III, p«» 
ú año de 1766, A fiscal del Consto de Castilla. 



IV Google 



tí EL CONDE DE PLOBIDABLANCÁ. 

Sin duda existtuí 7a relacioaea amistosas entre los que tal empezaron á eer compañeros. T7n a&o 
antea babia dado Campománes aa Tratado de la regalía de amortización á la estampa, j ana Carta 
apologética escribió iUofliNO, bajo el psendónimo de don Antonio José Dorre, y aapOBÍéndola rea- 
pneata á otra, en que le preguntaba un religioso cómo fuá recibida la tal obra en la corte, á la par 
qne ponia reparos á ciertos puntos. Doctrina contiene el opúsculo de MoSino tan sólida como sana, 
7 expuesta ademas con desenfado, que á las Tecea toca en donaire. Be muestra sirvan los pirrafoa 
siguientes : 

a Las gentes de la corte, para empezar por aqui, son de diferentes clases, genios, partidos, esta- 
dos 7 conocimientos. ¿Qu¿ quiere vuestra reverencia sacar de esta variedad de voces, sino una desen- 
tonada algazara, semejante i la destemplada música del Mogol? Hay en la corto sabios é ignoran- 
tes, ociosos 7 aplicados , interesados é imparcialea, preaumidos 7 modestos, gentes de profesión 7 sin 
ella, moderados 7 envidiosos... ¿Porécele ¿ vuestra reverencia que en esta caterva puede baber ar- 
monía? Has digo ; ¿podrá eaperaree que todos los de una clase estén conformes con el mérito del 
nuevo tratado?... El estado de nuestras cosos es como vuestra reverencia sabe en materia de litera- 
tura. La noticia de los códigos Gregoriano, Hermogeniono, Toodosiano ; las antigüedades griegas 7 
romanas; la bístoria de sus le7es 7 obras de los jurisconsultos que componen los Digestos ; nuestros 
fueros antiguos , godos 7 españoles ; los concilios generales , nacionales 7 provinciales, en sus fuentes; 
las epístolas decretales íntegras, 7 el discernimiento de las verdaderas 7 apócrifas; los Padres 7 ex- 
positores; la Escritura misma 7 la sagrada tradición, son una jerga inapeable para nuestros moder* 
nos letrados. — E^o es historia — dice alguno que, sin saber por qué, se ha granjeado crédito de 
grande hombre entre loa de au partido. Y ¿qué historia? ¿ Se creerá que es la de Gaiferoa 7 Itfeli- 
aendra? Están persuadidos, padre reverendísimo, estos censores insufribles á que los que saben 
aquella erudición (forzosa para formar un hombre letrado) , ignoran la delicadeza de los sustitucio- 
nes, los primores del derecho de acrecer, la barabúnda de los contratos, la rutina moderna 7 antigu» 
de las fórmnlas de una acción , la casi metafísica de las cesiones , 7 la calificación de los delitos j sus 
pruebas. Faréceles, digo, qne ignoran los letrados eruditos el origen 7 uso de las jurisdicciones, la 
jurisprudencia decimal, beneficial, matrimonial 7 preeminencia!; que no saben dónde paran las es- 
pecies prácticas , amontonadas en los Índices 7 mol digeridas en los Castilloa , Acevedos , Barbosos, 
Gutiérrez 7 otros escritores de eata la7a, 7 que no han estudiado á Molina , Olea 7 Salgado, Gonzá- 
lez , Pagnano 7 Grana. Pero ¿ creerá vueatta reverencia que unos hombres infatigables para buscar 
los escondrijos de lo venerable antigüedad, sufrir el polvo de viejos 7 despedazados pergaminos, 7 
perder la vista en coracláres corcomidos 7 extraños, no tuvieron sufrimiento paro emplear algunas 
horas en la lección descansada de los autores vulgares de la profesión, prácticos 7 teóricos? El hom- 
bre verdaderamente erudito, 7 qne deaea ser sabio, es un hidrópico, que bebe en todas partes , sin sa- 
ciar la sed, con que, no aólo no pierde, sino qne aumenta el discernimiento 7 gusto del caudal que 
lo recrea. Lo verdad es que los letrodos buenos , celosos 7 eruditos , saben toda aquella bulla, 7 sa- 
ben más; esto es, que deben estudiar 7 aprenderlas le7es del reino; que por éstas se han de juzgor 
loa pleitos 7 desatar los dudas , 7 no por opiniones violentas , torcidas ó voluntarías , de glosadores, 
tratadistas 7 consulentes; que, en defecto dele7es modernos, se hade recurrir alas antiguas, mien- 
tras no conste estar derogados; 7 que con bueno conciencia no pueden servir oficios da justicia, ain 
lo noticia universal de las le7es nacionales 7 de su contexto. Yo quisiera imprimir este escrúpulo en 
más de cuatro antagonistas del tratado del Sr. Campománes.» 

Jurisconsulto conaumado 7 escritor hábil 7 de facundia monifeatóae MoiíiKO, al calificar de frivo- 
lidades , nacidas más bien de lo envidia ; de otros molos fines que de omor á la verdad 7 ol bien del 
Estado, las objeciones sobre lo inutilidad de la obra, 7 la tacha de estar su titulo mal puesto, b«- 
codo de muchos libros , con eapecididod de un viejo papelón del aiglo antecedente , 7 de contener 
propoaicionea dnraa, según decires de críticos adocenados é indoctos, contraríoa al dictamen de per- 
sonas sanas é instruidas, que la colmaban de alabanzas. Cual reparos hechos por el religioso, espuso 
los que tenian visos de mo7or fundamento, acerco de haberse detenido mucho Campománes en de- 
mostrar la autorídad del Soberano para imponer tríbutos , pues cargándolos á los bienes de monoa 
muertos , 7a no eran ton precisos las leyes contra su adquisición futora ¡ sobre omitir que Inocen- 
do III hizo derogar ot Emperador de Constantinopla la ley prohibitiva de lo traslación de bienes á 
los iglesios; respecto de citar un canon del tercer concilio de Toledo, cu^l si de amortización bubiO' 
sen tratodo los godos , no hablándose allí sino de los siervos del fisco; 7 por último, sobre no ser las 
Inquisiciones de bienes raices del estodo eclesiástico tan excesivas como se ponderaba sieouire. Coa 

Coogíc 



INTRODUCCIÓN. TO 

solidez j onginalidad satisfizo los reparos todoe , j de sn espirita 7 carácter di¿ idea fiel en «stu 
eignificatÍTas palabras : u Loa que no ven sino la superficie de laa cosas, j los que sólo piensan en 
sí mismoB , en sus adelantamientos y toa do bub hijos , ó en en poltronería 7 comodidad , se burlan d« 
los que tienen amor i. la patria 7 se fatigan por ella. Pero los qne hacen análisis de los hechos im- 
portantes, 7 ven desde lejos las resultas , conocen que «1 servicio de Dios 7 del Rey exige más pro- 
Tidencifts, 7 un continuo trnbojo 7 movimiento para ellas.n De idéntico nodo sentía 7 obraba Cam* 
pománes, pues como ciudadano, creíase en la obligación de desear el bien del reino, 7 de investigar 
las cansas de que dimanaba su estado de entonces , 7 como magistrado, por necesidad tenía qne aten- 
der al bien común 7 á la reforma de abusos , 7 qne reclamar el auxilio de le7es olvidadas , 7 pro- 
poner su renovación ó mejoramiento; sín ocultársele que se expone á mocho el que abiertamente 
combate desórdenes cohonestados con el velo de la religión por el interés mal entendido de pocos, 
bien qne ejerciendo influjo de eficacia mayor en sn alma el convencimiento de qne no t» religión di- 
ñtñular la verdad , ni dejar perecer á la república por el terror pánico del ot^adsmo, ó de la centwa 
de algunot granjero» interesados ; palabras textuales, de qne hizo uso en la dedicatoria del Tratado d» 
la regalía de amortización al Monarca. 

Nutridos ambos fiscales de buenos estudios, conocedores del origen radica] de los abusos qne su- 
mian á España en tenaz atraso, penetradisimos de la urgencia de plantear saludables reformas con 
bríos, para arrostrar las dificultades enormes 7 aun los peligros notorios de la empresa magna , muy 
de sobra se concibe ai golpe que entre HoÑmo 7 Campománes reinara armonía cordial 7 perpetua. 
Sel fantoEo motin contra Esquitache se denvaron ocupaciones gravísimas para uno 7 otro. Aquel mo- 
vimiento estalló en Madrid el 23 de Marzo de 1766, 7 trascendental fué á varias poblacioneE. Secreta 
pesquisa mandóse hacer al Presidente, Conde de Aranda, de los excesos cometidos , de los papeles se- 
diciosos 7 pasquines divulgados , á fin de evitar bu repetición en lo futuro^ 7 la elección de fiscal re- 
cayó en Campománes , para el buen deaempeHo de comisión tan de confianza. Alboroto popular hubo 
también el domingo 6 de Abril en Zaragoza y Cnenca; á esta última ciudad envióse á MoSimo, con 
encargo de hacer las indagaciones judiciales más conducentes al eaclarecimiento de todo. Necesi- 
tando allí quien le llevara la pluma, se le presentaron dos jóvenes pendolistas, don Pedro Julián de 
Titos 7 don Pedro de Lerena; 7 aun cuando escríbia más gallardamente el primero, por más listo 
mereció la preferencia el segundo, que bajo la protección del personaje á quien por acaso vino á ser- 
vir de amanuense, 7 en alas del mérito propio, sucesivamente fué contador en Cnenca de las rentas 
reales , superintendente del canal de Murcia , comisario ordenador de guerra en la expedición á Me- 
norca, asistente de Sevilla 7 secretario del Despacho de Hacienda y Conde; todo en el trascurso 
de veinte aSos. 

Mientras por comisión especial desempeñaba MoSiho con celo ilustrado las funciones de juez in- 
vestigador en Cuenca , bu obispo, don Isidro Carvajal 7 Lancáster, escribía al confesor de Carlos III 
nna grave 7 destemplada carta, afirmando q»e la Iglesia estaba saqueada en sus Henee, ultrajada 
«t tu» ministros y atropellada en su inmunidad, 7 que de aqui provenían los males recientes de la 
nadoD española. Enterado el Monarca del contenido do un documento de tal magnitud, por el direc- 
tor de su conciencia, al prelado animó en tono edificante á que explicase libremente, con recta in- 
tención 7 santa ingenuidad, cuanto pedía esta materia, para des entraft arla bien 7 cumplir por sn 
parte las obligaciones inherentes á la corona. De agresiva en la forma 7 declamatoria en la sustancia 
adoleció la representación del Obispo; tachas demostrativas á todas luces de que espíritus intrigan- 
tes abusaron de su candor 7 celo. No la pudo escribir por si propio, á cansa de tener mal sentado el 
pnlso y delicada la cabeza, 7 se valió del secretario, persona de su ma7or confianza. Todos los pun- 
tos de la representación funesta dilucidó 7 redujo á la nada , como fiscal de lo criminal, dok Jobí Mo- 
SiKO, en una alegación muy notable 7 suficientemente motivada, para traer á la memoria que por 
menor cansa tuvo qne comparecer, de orden de Felipe II, ante el acuerdo de la Real Audiencia , un 
santo arzobispo de Lima, 7 para pedir que el prelado de Cnenca diera satisfacción pública, 7 tal 
qne pudiera precaver 7 reparar las consecuencias de su conducta. Hablando como fiscal de lo civil 
don Pedro Bodrignez Campománes , demandó que el reverendo don Isidro Carvajal 7 Lancáster so 
presentara en el Consejo pleno de Castilla, para ser allí reprendido y avisado de que otra vez se le 
trataría con todo el rigor que las leyes previenen contra los que hablan mal del Re7 y del Gobierno, 
y qu« después de esta intimación , se le notificara su salida de Madrid en el termino de veinte y cua- 
tro horas, sin ir á palacio. Resuelto fué el expediente por el Consejo, según la petición de bug fisca- 
les, 7 la comparecencia tuvo lugar el 22 de Junio de 1768, en la casa del Presidente, con dosapro- 



na EL CONDE DE FLOBIDABLANCA. 

bkcion de ens SHoñtos, por oss acordada, de qae A la sazón se le hizo entrega, y que posteriona«iite 

filé remitida i loa prelados todos. 

Bajo la presidencia del Oonde de Aranda había hecho nn Consejo extraordinario la secreta p«- 
qnisa respecto del origen da los alborotos recientes é incidencias Tirias, y de su consulta derivóM la 
real pragmática de 2 de Abril de 1767 sobre el extrañamiento do los jeenitaa j la ocnpacion d« ans 
temporalidades. Para tratar de qae turieran el mejor destino posible, inmediatamente después ñie- 
ron agregados al mismo Consejo los arzoknspos de Burgos y de Zaragoza, los obispos de Tarazón», 
d« Albarradn j de Orihnela, j también el fiscal don Jobí MoSiko. En nnion de sn compañero Cam- 
pomáuee , sostuTo ¿ate la regalía de la corona para disponer de los bienes ocupados á los ezpnleos, 
en virtud de las lejas fiíndomentales de la nación j de la obserroncia general j continua. Lo alegado 
por los fiscales rmo A ser muy tnégo nnánime consulta , ; en seguida resolución soberana. José I de 
Portugal 7 Luis XV de Francia habíanse anticipado A Carlos III en la expnlsion de loe jesnitas 
de ana dominios respectiToa. Un hijo y nn sobrino camal del monarca espoHol reinaban sobre los tro- 
nos de NApolea j Parma, j ambos propendían á tomar ignal providencia. Bealizacion tuvo en Ña- 
póles, el mismo año que aquí, por Noriembre; en vísperas de seguir tal ejemplo el Dnquede Porma, 
A 80 de Enero de 1768, expedía el papa Clemente XIII un Monitorio en sn contra, por varios de- 
cretos publicados j conoemientea A limitar las adquisiciones de manos mnertas; á imponer tributos 
á loe bienes eclesiásticos adquiridos después del último catastro; A exigir nna magistratura conser- 
vadora d« la jurisdiocion real para cobrar estas contribuciones j desempeñar otros encargos protec- 
tívos y encaminados A mantener la disciplina eclesiástica en observancia rigorosa; á vedar A tus sub- 
ditos seguir litigios en tribunales extranjeros; A mandar qne los beneficias eclesiásticos se adjudica- 
ran únicamente A los naturales , y A snjetar al plácito regio las bnlas y los breves pontíficioe. Como 
de emanación jesuítica miraron las cortes borbónicas el Uonítorio, en que se declaraba ilegitima la 
autoridad de quien procedían aquellos decretos, y se anatematizaba con las censuras contenidas en 
la bula do la Cena A caantos hubiesen intervenido «n sn promulgación , ó los obedecieran en adelan- 
te. Desde luego recogióse por el Consejo de Castilla, y segnn propuesta de sus fiscales, A mano real, 
el Monitorio, y se pidió su revocación á la Bonta Sede sin ^to. £ntre tanto aparecía aqui nn libro 
titulado : Juicio imparctal tobre Itu letra», en forma de breve, que ha publicado la curia romana, en 
que »t intenta derogar ciertos edictoe del eerenieimo tenor Infante Duqw de Parma, y dictarle la 
toberania temporal con eete pretexto. Campománes lo redactó de primera mano, y de resoltas mortifi- 
cAronle grandes amai^;Qras, porque hallaron bastantes mAximos y proposiciones censurables los cinco 
arzobispos y obispos qoe osístion al Consto extraordinario, y A quienes tuvo á bien el Monarca so- 
meter la revisión de obra tan importante. Ko circulara , por cierto, dn intervención oficial de Don 
Jost MoSiNo, cuya discreción j sagacidad halló recursos para salvar los reparos opuestos por los pre- 
lados , y mantener el sólido vigor da las argumentaciones. 

Toda la base de la obra consiste en establecer, según el Evangelio, las epístolas de san Pedro j 
sau Pablo y la autoridad do los Santos Padres , lo mucho que distan entre si la dominación y el ^os- 
tolado, conteniéndose la potestad sacerdotal en el mero y eficaz uso de la palabra santa; no debiendo 
apelar A la violencia ni para corregir los pecados , y careciendo de otro almacén y munición de armas 
qne el sufrimiento y la oración. Aun para vengar las injurias. Asi el fuero, exención é imnanídod de 
los eolesiásticoB en los aenntos temporales no proviene de loe constituciones divinas de ningún modo, 
sino que trae sn raíz de nna merced de los soberanos , á qne les pudo mover la piedad ó reverenda 
al sacerdocio, ó la necesidad y mayor utilidad que resultara de eUa para cumplir los ministerios sa- 
grados. AUf se comprueba A la larga qne los decretos anatematizados versaban sobre asnntos tem- 
porales, y ajenos, por tanto, de la autoridad pontificia. Acerca de la nulidad manifiesta da las censaras, 
dice el libro en sustancia; u Jamas han permitido los soberanos que se traigan las excomuniones A 
Ins cosas civiles, ni las han ñdminado los papas sin preceder amonestaciones esladablee. Ann exis- 
tiendo motivo justo, no puede ser excomulgada la muchedumbre, porque el único arbitrio de los mi- 
nistros de la Iglesia para casos de tal especie es cifra en el mego y en la plegaria; efecto propio de 
una madre tioma, que desea la salud de sns hijos y siempre debe usar de misericordia. Por otra 
parte, ninguna validez tenian censnraa sin mAs ^wyo que la bola de la Cena, resistida por todas las 
naciones cristianas, y cuyos espítalos adicionales emanaban de las opiniones divulgadas por loa je- 
snitas, para debiliter el respeto y valor de las leyes civiles y del poder soberano^ bajo el anpnsfto 
insostenible de que los eclesiásticos no son propiamente subditos de los reyes , y de que san Pedro y 
san Pablo adularon A los emperadores , cuando escribieron que la sumisión A los prinapes ooostitaia 



INTRODUCCIÓN. I» 

nn deb«r de concieDcia. — Ntiei^tros tí«m]ws son 7a bastantemente ilaetradoi , para que se dude de 
los verdaderos términos de k autoridad del sncesor de san Pedro. Ya no pnede pasai de los Alpes 
ni de los mares , que nos separan de Roma , la peligrosa opinión de los que han eneeBado qne el Papa 
pnede privar á otros de sn soberania, y mucho menos del ejercicio de bus funciones, que es, en sus- 
tancia, el objeto del Monitorio.B Tal pasaje lóese en la obra, cual fundamento de la justicia de resis- 
tir A la corte romana cuando usurpa las regalías de la corona. 

Pnnto concreto del Juicio imparcial era qne el Monitorio Be había dictado por influencia de los je- 
snitas, poderosos 7 ¿un predominantes en Roma. Notoriamente se tuvo por seguid q"^ 1& piedad 
acrisoladísima de Carlos III se alannaria ante los anatemas del Papa, sin calcular qne su ilustra- 
ción discemia perfectamente la diferencia enorme entre la canea de la religión católica j la del ins- 
tituto de san Ignacio. Conocida la resistencia inquebrantable de Clemente XIII i revocar lo decre* 
tado contra el Duque de Parma , todos los Borbones se unieron á favor de nn principe de bu familia, 
j por de pronto ocuparon, el rey de Francia á Áriaon, y el de Ñapóles á Benevento, á la par que el 
de España, bajo loa auspicios del Consejo de Castilla, preparaba una resolución eficaz, y formulada 
snBtaacialmente por Campománes y MoSmo de este modo : « Los desórdenes causados por U Com- 
pañfa llamada de Jesús en los dominios españoles, y sus repetidos j ya antiguos excesos contra toda 
autoridad legitima j desafecta i sus intereses , obligaron al Bey Católico, en virtud del poder que h* 
recibido de Dios para castigar y reprimir los delitos, á destruir en sus estados tan continuo foco do 
inquietud^ ; pero si asi ha llenado las oblígaúones de padre de sus pueblos , iun le resta macho por 
hacer como hijo de la Iglesia, protector suyo, de la religión y de la sana doctrina. No cabe hoy po- 
ner en duda la corrupción de la moral especulativa y práctica de estos regulares, diamet raímente 
opuesta i la doctrina de Jesucristo; tampoco hay quien no esté conrencido délos tumultos y atenta- 
dos de que se las acusa, y de la relajación de su gobierno, desde que, perdido de vista el fin propuesto 
por BU santo fundador, se han adherido i un sistema político y mundano, contrario á todas las po- 
testades que Dios ha establecido sobre la tierra, enemigo de las personas qne ejercen la autoridad 
soberana , audaz en inventar y sostener sanguinarias opiniones , perseguidor de los prelados y de los 
hombres virtuosos. Ni aun la Santa Bede se ha visto libre de las persecuciones , calunmias , amena- 
zas y desobediencias de los jesuítas ; y la historia de varios sumos pontífices suministra pruebas 
abundantes de lo mucho que han tenido que sufrir por su culpa, y de lo que deben temer cuantos se 
opongsn 4 sus miras de dominación ó intereses 6 pensamientos. Su pertinacia en estos desórdenes, y 
Ku incapacidad total de enmienda, están igualmente probadas por muchos ejemplares. Con relación 
á los países católicos donde aun existen, se debe suponer su inutilidad en adelante, á consecneucia 
del descrédito en que han caido, ya arrancada, por virtud de testimonios muy seguros, la máscara im- 
postor* con qne seducian al orbe. Mientras existan no habrá posibilidad de atraer al seno de la Igle- 
sia á los principes disidentes, quienes, viendo cómo estos reblares perturban los estados católicos, 
insultan las sacras personas de los reyes, amotinan los pueblos y combaten la autoridad pública, evi- 
tuáu con su alejamiento los peligros de tales infortunios. Movido el Bey Católico de estas rasones, 
harto notorias; penetrado de filial amor hacia la Iglesia; lleno de celo por su exaltación , acrecenta- 
miento y gloria, por la autoridad legitima de la Santa Sede y por la quietud de loa reinos católicos; 
Intimamente persuadido de que nunca se conseguirá la felicidad pdblica mientras continúe este ins- 
tituto; deseando, en fin, cumplir con lo que debe á la religión, al Padre Santo, á si mismo y á sus 
vasallos , suplica con la mayor instancia á su Santidad que extinga abtotnla y totalmente la Corapa- 
Hia llamada d* Jeius , secularizando á todos sus individuos , y sin permitir que formen congregación 
ó comunidad, bajo nii^^n titulo de reforma ó de nuevo instituto, en que se hallen sujetos á otros su- 
periores que los obispos de las diócesis d<mde residan ya secnlarizadoe.» 

Por sanción del Bey fué elevada esta minuta de los fiscales del Consejo de Castilla á Memoria, 
90», como representante espafiol, puso don Tomas Azpnru, el 16 de Enero de 1769; en manos del 
Papa, Otras Memorias análogas le presentaron el cardenal Orsini y el Marqués da Aubeterre , á uom< 
bre de Ñapóles y Francia, inmediatamente después y en sus audiencias sucesivas. Clemente XIII 
limitase á manifestar por de pronto que el negocio era grave y exigía tiempo , y naturalmente se su- 
puso qne no daría ninguna respuesta sin formar una congregación ó reunir á los cardenales en con* 
aiatoiio. Desde los principios tomó Carlos III, entre los Borbones, la iniciativa y dirección de tan im- 
portants demanda , de la cual no esperaba frato inmediato, pues el 81 de Enero decía al Marqués de 
üanaed , en earta de sn puffo : tí Espero saber por el primer correo que nuestros ministros de Roma 
hi^aa presentado al P^a Us Memorias tocante á la extinción de los jesuítas , y ver la respuesta que 



I EL COITOE DE- FLOEIDABLANCA. 

nos dará, que no dndo, ¿deque serA iiegatÍTa,¿ deque sin un concilio no la paedebacer; lo que no 
me importa que sea de un modo ó de otro, pues me basta qne eaté liecha ; subsistente nnestra ins- 
tancia para mejor tiempo que el preeente.H Sin duda aludia al de cefiirse otro snmo pontifiM la 
tiara. No eran trascanidos cuarenta j ocho lioras de trazar Carlos III tales palabras con la pinina, 
cuando la nocbe del 2 de Febrero doblaban i muerto por el anciano Clemente XIII las campanas 
do Boma. 

Desde el 16 da Febrero ánró el cAnclaTe basta el 19 de Majo, y atendido fbé á papa ñvy I/o- 
renzo Qanganelli, con el nombre de Clemente XIT, 7 sin obligarse bajo uingnn concepto i la ex- 
tinción de loe jeanitas, bien que de su grande amor á U pas de la Iglesia fuera de esperar qne aten- 
diese la instancia de los Borbones. Hacho facilitó so elección el apo^o del cardenal arzobispo de 
Sevilla , don FrancisGO de Bolfs 7 Cardona , mny persuadido, i causa de particular j anterior trato 
con aquel franciscano ilustre , de que llenaria las ideas de su monarca ; 7 á la misma opinión atrajo 
4 los demás cardenalea favorables i las coronas ; aunque el francés Benús ; el napolitano Orsini 
pensaban de bien diverso modo. Carlos UI dijo i Tanncci, el SO de Majo : «En este punto tecibo 
la notícia, que ja sabris, de la elección de papa, de la cual quedo muj contento, pues espero todo 
el bien que deseamos»; 7 como aquel ministro napolitano se mostrase poco satisfecho, le hubo de 
escribir, el 13 da Jnnio ; aVoo cuanto también me dices sobre la noticia recibida de la elección de 
papa 7 sn ministerio, 7 ten paciencia que te diga que, aunque siento infinito que no baja caído en 
Tuestro cardenal Bersale, óptimo en todo, no pienso tan melancólicamente como td; pero debemos 
esperar á ver para formar nn justo juicio. 9 

Largas supo dar Clemente XIV durante dos afloa 7 medio al asunto de la instancia de loe Bor- 
bones con sagacidad maravillosa, js ofreciendo sanear por un motu propio todo ¡o obrado contra ja- 
Guitas , ja anunciando qne al mismo tiempo decretaría la extinción de sn instituto j la canonización 
del venerable Palafox 7 Mendoza, ja consiguiendo qne don Tomas Azpuru aflojara en celo como 
representante de España, mediante su elevación al arzobispado de Valencia jla promesa déla púrpura 
cardenalicia, hasta qne, desesperanzado 7 mn7 enfermo, hizo este ministro, en Diciembre de 177S, 
la dimisión de su alto cargo. A sucedería de seguida iba el Conde de Lavafla, hombre de honnules 
7 prudencia; mas no tuvo ocasión de acreditarlas en Roma, pues murió de apoplegia, por Febrero 
de 1772, á medio camino. De resultas, Carlos III escribía á Tanncci, el 30 de Marzo : uMe hallo 
bien embarazado, 7 no me acabo de resolver en quién debo enriar, pues es una miseria cómo se eati 
aquí de sujetos en quienes encontrar las circunstancias precisas para t^ ministerio; paro as preciso 
que vaja uno, 7 Dios me ilnminari, segnn se lo mego, para elegirlo, s Poco duraron sus vacilacio- 
nes, como qne i los catorce dias comunicaba lo siguiente al mismo personaje : — He nombrado pa- 
ra mi ministro interino en Boma á i>om Jost MoSmo, fiscal de mi Consajo de Castilla 7 del extraer^ 
dinorío... bnen regatista, pmdent« 7 de buen modo 7 trato, pero firme li mismo tiempo 7 muj- per- 
suadido da la necesidad de la extinción de los jesuítas, pues, como todo ha pasado por sus manos, 
ha visto cnán peijudiciales son 7 cuan indispensable es el qne se haga; j asi creo qne sa deeampe- 
fiará bien en su comision.n Y el 25 de Abril expresábase de este modo ; «Te agradezco todo lo 
qne ma dices tocanta á mi elección da ministro para Boma, j estoj s^nro de qne no te habrá dis- 
gustado, pnes por ella habrás visto que he tenido presentes las mismas cosas qne me dices ; j espe- 
ro que partirá de oqni del 6 al 6 del mas que viene, pues do ha sido posible qua lo haya ejecutado 
antes. D 

BepetidisímoB pruebas había hecho Molf n;o de jurisconsulto eminente en sus alegodonea sobre la 
demanda interpuesta contra el cabildo de Lérida por el Conde de Fuentes , para la reivindicación 
del dominio del estado de Montaragnt j sn sefiorio 7 vasallaja ; sobre el término para 1» segnuda 
suplicación 7 presidios ; sobre el acopio de trigo para consumo de la corte ; sobra excesos cometidos 
en el reconocimiento de 7agnas extraídas de Andalucía á Valencia ; sobre primicias de Aragón 7 
recursos de nuevos diezmos en Catalufia ; contra los ganaderos trashumantes ; sobre los recogida^ 
del papel 6 discurso titulado Puntot de lUsdplina eeUeíáttica, de don Francisco Alba , 7 de la obra 
Methodica artjurís, de autor desconocido. Compuesto juzgabael discurso más bien para alterar los 
ánimos é ímbnirloB de opiniones peijudicíales 7 falsas que con el recto fin de concordar el sacerdo- 
cio 7 el imperio; respecto da la obra, su atinado juicio resume este notabilísimo pasiya : d Cuán- 
to perturben el orden público 7 los ánimos de la juventud estudiosa escritos tan defectnosos 7 des- 
nudos de critica, excede á toda ponderación. Ello as que, de no haberse atoado al corso de icme- 
jantes trotados, ha resoltado al menospreo» d« U «stotidad raal en estos reÍMi».T«so mismo «X- 

L',,„... -..X/o 



INTRODUCCIOH « 

dt» dignunente la TÍgílancia del Consejo en naestroe tiempoB. Esfos mismoa, qne sbora son &ntores, 
se han imbnido, cntudo ecan cnrsaates, de tales máximas en los decretalistaa é intérpretes nltramon- 
tuoa, qne han corrido impnnemeote en el reino por falta de otros Ubres sólidos, j asi se ha trasmi- 
tido de onoB en otros la preocupación , copiándose , sin snbir, por pereza j falta de emdicion j de 
¿nía, ¿ examinar las cosas en sns fuentes originales ; dimanando todo esto de la poca aplicación á 
la crítica 7 á la cronología en todas estas materias , ; lo qne es más, al reconocimiento de las colec- 
ciones pnras, en qne se hallan las mismas faent«s.n Razón sobrada tenia Carlos III para afirmar do- 
pttno qne era bnen regaliata el fiscal i>otr Josí Mofturo. Sa ultimo trabajo en el Consejo do Oastílla 
refirióse al método de estudios para la universidad de Gíranada, j allí propnso, entre mnj otiles re- 
fomus, la creación de una facultad de letras, ; ademas la de nn rerdadero profesorado, con dotar á 
Im catedráticos de manera más decorosa y capas de bastar á la subsistencia de sns familias. No po- 
na lis maaos en cosa algima, sin atender predilectamente á la propagación de las laces. 



n. 

Desde el 16 de Mayo hasta el 4 de Jnlio dnró su viaje de Uadrid á Boma. Por entonces snpo 
Cidos III que en Yenecia había salido nna estampa del Juicio imirersal , donde fignraba entre los 
ímprobos sn persona augusta, por lo ejecutado contra el instituto de san Ignacio; y á Tanooci escri- 
bía de resaltas : « Dios perdone á los autores de la estampa , como 70, como Cth^los , los perdono ; 
pero como Bey, qne me ha puesto porque ha querido, es precisa 7 absoluta la extinción de los jesui- 
tu.i Don Josfi MoSiKO la habla de obtener con medios suaves ó con amenazas, según textuales 
instracciones , 7 á ellas se atuvo puntualmente del modo qne revelarán diversos pasajes de ana inte- 
lesantisimos despachos. 

Primera audiencia con el Papa, á 13 (Is >7úIto.—<( Luego c^ne me presenté á su Santidad, me hizo 
lu demostraciones más expresivas de amor 7 ternura hacia la persona del Bey 7 sn amada familia ; 
con cnjo motivo entró en largos discursos sobre qne pensaba ver á España 7 á su ahijado (Carlos 
demente, primogénito del Príncipe de Asturias). De aquí pasó sn Santidad á contarme largamente 
1h cansas de sn poca afición 7 desavenencias con los jesuítas, empezando desde que tuvo la roca- 
don de entrar en la orden de san Francisco, de la cual en cierto modo le habia querido disuadir en 
confesor, que era jesuíta. Se detuvo en muchas menudencias , que serla largo referir, y vino á parar 
«1 que por el año de 1743 le prepararon loe jesuítas nna persecución para hacerle salir de Boma, y 
que el gran papa Benedicto XIV le habia salvado de esta tormenta, haciéndole consultor del Santo 
Oficio. De esta 7 otras especies, que vertió sn Santidad, me valí para exponerle con bastante efica- 
cia la necesidad que habia de romper el lazo que nnia á los perseguidores de los papas y de las tes- 
tas coronadas ; añadí que estaba admirado de la detención en nn punto que, con ser importante, era 
de fácil ejecución ; ponderé la utilidad que se seguiría i, la Iglesia 7 á los estados católicos, los incon- 
venientes qne resultarían de lo contrario, 7 la gloria que adquiriria sn Santidad ai calmaba por este 
medio, como yo creia , todaa las desavenencias é inquietados. A estas persuasiones , qne 70 hice coa 
el modo más vigoroso que pude, respondió sn Santidad que todo reqneria tiempo, secreto 7 confian- 
za. Coa este motivo se me qnejó de que se hablan divulgado muchas cosas que se deberían haber 
tenido en el mayor silencio. lUe habló de las conferencias que en otro tiempo habian tenido loe mi- 
Tostros de las cortes que solicitaban la extinción , to.^ pdblicas y frecuentes, que habian dado cansa 
i mnchoB discursos perjudiciales ; me entró en la causa del venerable Palafox , extrañando la deten- 
ción en remitir los docnmentos qne se habian pedido; quejóse amargamente del Dnqne dfi Choisenl, 
porque en el tiempo de su ministerio tuvo una explicación ó aheitnra con el señor Conde de luien- 
tes y con el Nuncio, siendo asi que este último era el mayor jesuíta qne se conocía ; entró, aunque 
con oscuridad, en algunas especies, que me hicieron conocer que por esta corte se habian dado pasos 
para deshacerse de dicho Duque 7 derribarle del ministerio; y finalmente, después de haberme con- 
fesado el Papa qne sobre este punto habla hecho sus ciertas rogativas ó deprecaciones, me dijo que, 
enando vino la noticia de la calda del Dnqne de Choisenl, habia levantado los ojos al cielo y dicho i 
Gratias offimu» TibU Cuando hube recogido todas estas explicaciones, representé i su Santidad 
qie no podía entender cuál era el tiempo oportuno, después de tanto como habia pasado, siendo 
mny bastante para que el mundo entendiese la libertad y maduro examen con que se habia procedido, 
7 que ñ habia ^guna dificultad, creia 70 se podría vencer, siempre que se miúifestaBe con la mvior 



XII EL CONDE DE FLOKIDABLANCA. 

reserra, pnea sin esta franctueen no seria fácil llegar al termino. Dijome el Papa qne no ee podía 
fiar de nadie , ni inn de sob domésticoe. Bepllqaéle que se podia ñar del Bey 7 de los ministros en 
quienes había depositado su real confianza, 7 que asi era preciso entrar en materia 7 comunicarse 
las ideae siempre qne hubiese algna reparo, que 70 no alcanzaba ni en la sustancia ni en el modo. 
A esto me repitió qne uertfo y ctmfiania, preguntándome si me hallaba con secretario de quien tn- 
TÍese estas seguridades ; 7 habiéndole dicho que ei , me aSadió : n Está bien ; pero ahora no quie- 
ro entrar en detalles.» Por el jaieio que entonces formé, concebí qne convenia aprovechar aquel 
momento para explicarme con alguna franqueea. Dije qne no era mi ánimo ni tenia por justo fati- 
garle en mi primera audiencia; pero qne la misma conversación qne él se habia dignado excitarme, 
había encadenado las especies. Sin embargo, le expuse con vehemencia que, aunque 70 habia sido 
fiscal 7 conservaba los principios que habia estudiado, sabia que actualmente era un ministro qa« 
debía tener más de mediador; que amábala paa 7 la moderación; que en beneficio de aquella, era 
mi opinión que se debia alguna vez ceder algo; j qne en esto conoceria que le deí^eaba hablar con la 
Terdad 7 la claridad que correspondía á un hombre de bien 7 religioso, que anhelaba por la tronqni- 
lidad 7 correspondencia más intima de su corte con la ?anta Sede; pero que le hacia presente que 
el Bey, mi amo, al mismo tiempo que era nn príncipe religiosísimo, que veneraba á su Santidad co- 
mo padre y pastor, 7 le amaba tiernamente por su persona, era un monarca dotado de una gran for- 
taleza «n laa cosas que emprendía después de haberlas examinado maduramente, como sucedía en 
el negocie actual ; qne era igualmente sincero, 7 tan amante de la verdad 7 buena fe como enemigo 
de la dobles 7 el engaño; que, mientras no tenia motivo de desconfiar, se prestaba con una efusión 
7 blandura de corazón inimitables , 7 que , por el contrario, sí una vez llegaba á entrar en deecon- 
fianaa, porque se le diese motÍTO para ello, todo estaba perdido. Aqui me habló de su correspon- 
dencia con el Re7 de Espafla, 7 creí me lo dijo como para darme á entender que estaban bu Santi- 
dad 7 el Re7 enterados recíprocamente de sus intenciones. A esto le expuse , arreglándome á la or- 
den de 28 de Junio, qne habia leído todas las cartas de que me hablaba, y que tenia muy presente 
sn contenido. Entóncee ee suspendió, 7 me dijo qne deseaba que loe ministros de las cortes conser- 
vasen el concepto de sus respectivos soberanos, 7 que éste ora au genio y costumbre. Viéndole yo 
que mndaba la especie, y recelando si acaso trataba de ponerme en aprensión, elogié en benignidad ; 
pero le manifesté qne tenía una plenísima seguridad en el Rey, mi amo, quien sabia muy bien la fi- 
delidad y el amor con qne siempre le habia servido, y que, en todo caso, en continuando del mismo 
modo, en cnalquiera parte estaría contento, mucho más en el retiro en que me habia criado, y por 
el cual 70 siempre suspiraba. Pedíle día fijo para andlencia, como acostumbraba á tenerla con los 
ministros de Francia y Ñapóles. Dijotne qne lo haría después que saliese de unos ba&os qne debe- 
ría tomar por nna especie de fuego que lo ha salido á la superficie dol cuerpo; y para comprobarlo, 
tnvo la bondad de mostrarme desnudos los brazos ; pero me dijo que si algo extraordinario ocurría, 
le pidiera andieneía por c^adncto de Buontempi, de quien me hizo elogios. Di muchas gracias á en 
Santidad, y le insinué qne en otra audiencia tendría el honor de presentarle nna carta del concilio 
provincial mejicano, á qne me respondió que en pasando los baSos , y se me explicó con nn ¡gal del 
enal 7 del gesto inferí qne estaba enterado del fin á qne se encaminaba dicha carta, aunque yo no le 
había explicado todavía.» Concerniente á que solicitara Carlos III del Papa la extinción de la 
Gompofila de Jesns era la carta del concilio provisional mejicano. 

Entreviita am el cardenal Mactdonio. — uMe dijo qne coando al Papa en el cónclave se le pre- 
sentó el papel de puntos, qne extendió el Cardenal, entre los onolea se comprendía el de Parma y el 
de extinción do los jesnitas, respondió que en cnanto al primero acreditaría, con el hecho de dar las 
bendiciones nupciales al señor Infante Dnqne, qne no hacia aprecio de lo ocurrido; y en cnanto al 
segundo, qne era meneBt«r á los jesnitaa, ó estingnirloe, ó hacer nna reforma por grados qne impor- 
tase lo mismo, empobreciéndoles, quitándoles el poder, despojándoles de los estudios y cortándoles 
las facultades de admitir novicios. » 

Plática ministerial con ti oardenál de Bemi», tnceaor allí del Marqué» de Ávheterre como repretett- 
tante de Francia. «Habiéndole hablado de est« asunto al cardenal de Bemis, la noche del S de es- 
te mes (Agesto), 7 de la principal causa de que puede ser efecto esta snspension , le di á entender 
qne eataria esperando hasta qne comprobase completamente qne era un efugio para eludir el pro- 
greso délas eosas pendientes, suspendiendo entre tanto mi jnicio, como debia, sin embargo de qu« 
había oído decir qne el Papa pensaría en hacer nn viaje á Asís, oon lo cual se tiraba á cerramos 1a 
pnerta haiia Dieiembre. El Cardenal mo confesó qne parecía nna conducta da síBQa la qne j^beeira- 



KTBODDCCION. Xiii 

bt mU c¿rte, j habi¿n<!ome entrado en el negocio de extincioii, empez¿ i dúcnriír eohn los me- 
dios de estrechar í sa Santidad, iiuinuándome si acoso conTendría que le diésemos noBotros alguna 
íde» de le que se podría hacer, para allanarle las dificultades de la ejecuoioa. Esta especie, cotejad» 
era loa antecedentes en que habiamoe quedado de obligar al Papa i qna se explicase primero j i 
qne diese d plano, como habia ofrecido, me alarmó ; puso en la antigua sospecha de que el Carde- 
nal se entendia ó qoeria también entenderse ahora con el Papa, j qne trataba da descubrir mí modo 
de p^uar, para regularse asi en el de conducirse. Dijele que el proponer nosotros cualquiera idea 6 
proyecto era exponerse á que sobre cada palabra ee formase una disputa y on seminario de dilaoio- 
nea, por lo que jamas entraría en tal prop<3sito; que es cierto que jo tenia nn pensamiento, que po- 
diia abrir la puerta á la negociación, j ejecutado previamente por sn Santidad, le podría poner de 
boana fe con nuestros soberaijos , y dar tiempo & mucbas couas respectiras á la ejecución ; pero que 
so diría i nadie, ni & él mismo, el pensamiento, mientras el Papa no se explicase en tales Úrminos, 
qne en 1» hora se tomase la resolncion , porque 70 no podia ni debía exponer el decoro de tan gran- 
des principes j el nuestro, después de tantos aSos 7 entretenidas , á nnerae contestaciones y burlas ; 
que, oomo le había dicho, estaba esperando comprobar si de propósito se nos diferian las andiea- 
das, lo cual tendría por comprobado si llegaba la mitad de este mes sin qne se usase continnames- 
te este remedio, j si segoía sn Santidad, oomo ahora lo hacia, saliendo todos los dias á paseo i Ti- 
US Patriei, donde se divertía en jugar & las bochas; que en tal caso pediría audiencia extraordina- 
ña todas las semanas, como si la tuviera señalada ordinaríamente , pues, si ee me negaba, seria 
nn testimonio de los designios de esa corte, y si se me concedía , tendría ocasión de hablar claro á 
su Santidad, oomo era absolutamente preciso. Esto le dije, sumamente encendido, porque en realidad 
le estaba y lo requerían las circnnetaacias ; que , sí se pensaba en esta corte que el Rej de Espa&a 
y sos ministros habían de ser el juguete de estas gentes y la diversión de los cafés 7 de las conver- 
saciones , estaban muy engañados los directores de cualquier maniobra, porque, por vida de su ma- 
jestad, qne 70 estimaba en más qne la mía, le juraba que, en cuanta estuviese de mí parte, no lea 
saldría bien tal diversión. Mí objeto en esta tentativa, en que no puedo negar haberme acaloradla 
algo, fué descubrir por una parte si el Cardenal se entendia con el Papa ó sns ministros, 7 por otra, 
que , 6Í esto era como 70 lo pensaba, pudiese el mismo Cardenal, receloso de mi ardor, inclinar al Pa- 
pa á las audiencias 7 á explicarse, con la caríosidad de saber el pensamiento que le indiqué en tér- 
nUBUS misteríosoe, y con el deseo de salir de las inquietudes 7 agitaciones que creo tenga, a 

AdverteiKiaa al padre Inocencio Bwtntempi, reUgioao franciscano de toda la intimidad del Papa. — 
cHe añadió qne las audiencias empezarían en la semana venidera; 7 habiéndole 70 momifestado qne 
me alegraría que no sucediese lo que otras veces, entró en largos discursos para disculpar al Papa 
7 diaealparBe él, dando mncbos segnrídades de uno 7 de otro, 7 prommpíendo contra las bachille- 
rías de esta corte. Yo le dije que me alegraría que saliese falsa la noticia de que ee dispondrían las 
coeas de modo que sólo se tuviese una audiencia antes de que el Papa saliese á la villeggiatura, 
poee ocm esto no habría tiempo de concluir cosa alguna, pasarían Setiembre, Octubre 7 parte da 
Soviembre, 7 entre tanto se vería qué daba de si el tiempo; pero le añadí que no sabia 70 si enton- 
ces se habrían arrepentido aquí 7a de no creerme. Dijomo que dentro de poco tiempo esperaba qne 
no turiese 70 motivo de desagrado. Le respondí que era ja mucho el que había pasado con iguales 
discursos ¡ que no querían conocer qne , aunqne no fuese más que por el ínteres de nú propia repn- 
taeÍMi, le tenia grande en componer estas cosas ; que sabia qne escribían que 70 venia con fiíego & 
aaenasar 7 romper, debiendo considerar que, para hacer una intimación como la qne nn trompeta 
haes á una plaKa para que se rinda, no era menester haber enviado á nn fiscal del Consejo, sacán- 
dole de mncbos objetos importantes; que, por tanto, debían suponer que venia con disposiciones 7 
arbíirios pora tratar las materias ; pero que observaba que, por no prestarse en esta corte á lo que 
lea convenia, estaba 70 haciendo lo que debían el Papa 7 sns ministros, templando 7 manejando 
gantes; qne el Papa, que podia hacerse glorioso 7 feliz, caminaba, no sé si por malos consejos, & 
B«F dsagraciado 7 perder la reputación; y que al padre Buontempi no le tocaría poca parte, porque 
todos sabían que era el influjo, 7 por más qne se intentase justificar, no podría libertarse del concep- 
to de aquellos que te echasen la culpa. Viendo este padre que yo le estrechaba por todas partes, me 
viso eoB la especie de que, si el Papa deseara salir de estas apreturas, lo consegoíría fácilmente só- 
lo OOB nombrar ana oongregacion que se encargase del punto de extinción de jesuítas. A lo que ]« 
rasptmdi ocm mucha prontitud qne me alegraría muchísimo lo hiciese en la hora, pues con esto nos 
lÜMitábaoM de quebraderos de cabeea, 7 estariamos en el término ds la negoñacion, me 70 iaat» 

CiOOOlC 



/.OOglt 



XIV EL CONDE DE PLORIDABLANCA. 

deseaba, para salir de loa chismes j cabalas que producía este punto, puesto que, aegnn mis inS- 
tracciones, en el instante en que so resolviese nombrar tal congregación, entendeñan los soberanos 
haberse quebrantado la palabra dada por sn Santidad mismo con el eecreto f confianza qae sabia; lo 
declararían asf , 7 se habrían de tomar medidas por otro terreno. A esta especie , de qne asé con 
bastante resolncion j desenfado, me dijo con mncha viveza el padre Bnontempi qne ni por eaefios 
pensaba sa Santidad en tal cosa; y como 70 hnbiese insistido en qne jojalá lo hiciese al instantel re- 
pitió machas veces qae no imaginaba el Papa desprenderse por aqael medio de lo ofrecido, 7 qno 
sólo lo habia dicho eBt« padie para manifestar qne en caso de qne el Papa faese capaz de apartarso 
de sas promesas, podia tener este efugio. Entró despnes el padre Buontempí á hablarme del difun- 
to Azpnrn, diciéndome que sn genio le habia acabado, qneríendo darme á eatcnder qne no habia sido 
á propósito para concluir el negocio, 7 lisonjeándome con que ¡ojalá hubiese yo venido dos afios ánr 
tesl — Pido ahora á vuestra excelencia que ana todos estos pasajes en el discurso de tres ó cuatro 
dias, 7 se convencerá de que se han hecho las últimas pruebas para no cumplir lo ofrecido. Deseo 
haberme engañado y qne tengan la mejor intención del mundo. Mi ánimo para obrar consiguiento , 
cargarme de razón 7 evitar que se consnme esta qneja de mis ardores, es no hablar al Papa en es- 
ta audiencia sobre extinción de jesnitas, si su Santidad no me habla de ella. En Ingar de U Memo- 
ria que tengo dispuesta para presentar las cartas del concilio provincial mejicano, pienso entablar 
la pretensión de rodnccion de asilos , aprovechando esta ocasión, 7 después volveré á la cai^a por el 
medio que tenia discurrido antes de experimentar todas estas maniobras.)) 

Audienciai con el Papa desde el 23 de Agosto hasta Ju salida para la mlUggiaíura á finta de Se- 
tiembre. — «Pasó su Santidad á hablarme de los corvinos (asi llama á los jesuítas), 7 me dijo, con 
ignal encargo del secreto, qne iba á quitarles las facultades de recibir novicios, y á cortarles los 
subsidios qne recibian de la Cámara Apostoliea por varios medios, 7 señaladamento el que para ma* 
nntencion de los portugueses habia señalado su antecesor, quien fué más negro qne blanco; aña- 
diéndome qae en esto segnia las pisadas de grandes papas, como Liocencio XIII, que extendió de- 
creto con la misma prohibición de vestir la ropa; pero que le sucedió un fraile doroinico y la levui- 
tó. Lunediatamente dije que los medios paliativos siempre producian iguales consecuencias , 7 que 
mientras no se resolviese esta cura radical , que hablan propuesto los soberanos , se vendría á parar 
en las mismas debilidades. Me respondió el Santo Padro que si él pudiese hacer lo que los reyes, 
que los hablan arrojado de sus dominios, tendría el caso menos dificultades; pero que, habiéndose 
de quedar cdn ellos dentro, era de considerar y temer el gran partido que tenian, sus amenazas, ase- 
chanzas, venenos y otras cosas. Le contesté que todo se debia temer hasta qae diese el último gol- 
pe ; pero que , nn* vez dado, inmediatamente experimentaría qne debían cesar los temores , asi por- 
que faltaba la cansa ó el agente qne daba impulso á toda la máquina, como porque la impresión del 
mismo golpe sorprendía y aturdía, como se habia experímentado en EspaSa con la expulsión. Á to- 
do esto afladi que tendría prontos de parte de su majestad todos los auxilios qne necesitase para ha- 
cerse respetar; á cuya promesa me respondió que estaba pronto á la muerte y á todo; que estas co- 
sas eran como las labores de mosaico, que se componían de muchas piezas, y requerían tiempo para 
ajustarse todas ; qae le dejase hacer 7 qne Teña las resaltos ; que sn modo de conducirse era muy 
disimulado, sobre que me cito vanos ejemplares; y asf que nada creyese hasta que viese los conse- 
cuendas. Con la moyor sagacidad que pude signifiqué á su Santidad que todo esteba bien, como no 
hubiera pasado tanto tiempo, el cual necesaríamento habia de Introducir la desconfianza en las cor- 
tas , como en efecto amenazaba coda dia más esto fatal momento; que el Bey estrechaba ahora con 
tanta más razón, cuanto, habiéndose introducido algunos jesnitas en Espafla, habia motivos para co- 
nocer que comenzaban sus invasiones, siendo absolutamente preciso cortar la rsfz de donde saliao 
las asechanzas... A pesar del fuego, de que aqal me acusan , ninguno pausará con más templanza 
mientras vea que con ella se puede salir con utilidad y decoro... 

sYo, en el instante que en Beatitud se negó á oir mis especies, volvi el papel al bolsillo con mu- 
cha prontitud, sin hacerle la menor instancia, manifestando en mi exteríor sequedad el disgusto que 
me había producido la repulsa. Entonces el Santo Padre , que sin duda lo conoció, dijo qne tenia 
pensado hacer una cosa, á la cual no se podrían oponer los demás principes, 7 su majestad queda- 
ría sumamente contonto.; pero que esto no se podía ejecutar sin algún tiempo. Á esto le respondí 
qne con esta dilación se arriesgaba mucho , 7 que al Bey nada le sosegaría como no fuese la extin- 
ción absoluta; que para sostenerla cada dia con más premura tenia su majestad los motivos qne le 
daba la continua fermentación é inquietud del cuerpo jesuítico, 7 que no podía ménoa de decirle qna 



INTHODÜCCIOH. iv 

lulú ntnclio faego, y mia del que pensftba. A, esta expresión me dijo : — Ya le echaré nn poco de 
agua. — A que le respondí : — Esta agaa se hall& caatrocientas teguas distante del fuego, j asi no 
pnede tener actividad para apagarlo, ni sabemos entre tanto lo que puede suceder. — 8i llegan A ex- 
tingnirse sin bastaiit« precaución, me replicó sn Santidad, habrá qae temerlos más, como despecha- 
dos, j entre tanto estarán quietos, fliictnando entre el temor ; la esperanza. — Nada menos, dije, 
8anto Padre , porqne sacada la raíz de la muela, se acaba el dolor. Yuestra Santidad me crea por las 
entrañas de Jesacrieto, j mire que le habla nn hombro Heno de amor por la pas ; j sobre todo, aSa- 
dl en tono de confianza, tema Tnestra Santidad que mi corte caiga en la cuenta en que han caldo ca- 
si t«dos los principes, de extinguir por nn medio indirecto todos los órdenes religiosos, porque, á vuel- 
ta de ellos, quedará extinguida la Compañía. — ¡Cómo es eso de extinguir? me preguntó. — No 
permitieodo, respondí , en sus estados á aquellos religiosos que no renuncien la exención ; «któnces 
quedarán sujetos á los obispos ; por mano dé éstos podrán los monarcas hacer las supresiones y re- 
ducciones que quieran j conduzcan á la felicidad del Estado, á lo cual contribuirán gustosos todos 
los obispos afectos y justos... Vuestra Santidad debe saber algo de esto, no sólo de Venecia, sino 
de otras partes. — Eso quieren, me dijo, los jesuitas : hacer cansa común con todos, j sé muy bien lo 
que se medita en varias partes sobre órdenes religiosos. — Pues si vuestra Santidad lo sabe, le res- 
pondí, poco importará á los principes que la cansa sea general, una vez que logren ver extinguidos 
á loe que quieren , divididos , reducidos y sujetos los demás á lo que parezca justo 7 conveniente, 
porqne la Santa Sede no puede romper con todos tos principes católicos, j en esta parte puado re- 
celarse que algún dia estén enteramente unidos ; por tanto, traia y« ahora á vuestra Santidad mis 
juntes, llenos de suavidad 7 templanza. — Ya tos oiré, me dijo entonces. — No, Santo Padre, le 
añadi ; no quiero molestar á vuestra Beatitud ; pero le pido que me crea j medite todas las conse~ 
cuencias. — Quedó entonces suspenso, se levantó j me condojo á la puerta, encaigándome que TÍese 
las fajas destinadas al señor Infante, con lo que se acabó la audiencia... 

9 El Santo Padre se me abrió diciendo que las piezas del mosaico, que habían consumido tanto 
tiempo para trabajarse y ajustarse, se iban poniendo en buen estado; que dos años há, poco más ó 
menos , las graves indisposiciones del General de la Compañía, y su temperamento enfermo, habían 
hecho esperar que , faltando este hombre , estuviese hecho lo principal de la obra para su extinción ; 
pero que Dios, cuyos juicios debíamos adorar, habia dispuesto las cosas de otro modo; que los asun- 
tos de Polonia y Francia le hablan estorbado, siendo los nuncios, por sus intereses particulares, los 
mayores enemigos del interés común , y todavía tenia en esto que precaver y recelar ; que si , luágo 
que yo llegué, hubiera tomado algnna providencia, parecería que el temor, y no el examen y la con- 
cienda, le hablan decidido; que habia pensado encargar una operación al cardenal Malvezsti, arzo- 
bispo de Bolonia, y á monseñor Aquaviva, presidente de Urbino, de quien se debia tener gran con- 
fianza en el asunto, para que diesen el primer paso, que debia abrir la puerta á la extinción; y qne 
no sabia qué hacerse con los jesuitas de Itfódena, Toscana, ^gnnos de Alemania 7 otras partes, 
donde tal vez resistirían despojarlos de sus casos 7 colegios, 7 por consiguiente, los efectos de ht 
misma extinción. A esta abertura ó explicación respondí á su. Santidad con las palabras del Evange- 
lio : Percutiam pastorem, et dispergenbir opa. El Santo Padre rió 7 celebró mucho mi salida; 7 
riéndole en esta buena disposición, le dije que 7a le habia insinuado en otra andiencia que tenia al- 
gunos pensamientos relativos á la ejecución que se podía hacer de esta obra; pero, como sn Beatitud 
habia manifestado repugnancia á oírme , no habia querido, ni quería tampoco i^ora, mortificarle con 
ellos ; sin embargo de que también tenia presentes otras palabras del Evangelio, que me enseñaban 
qne Dios revelaba muchas veces á los pequeños lo que, por sus altos juicios, ocultaba á los prudentes 
j sabios. Inmediatamente me dijo el Papa que tenia razón, 7 que asi quería a7udarBe de mi consejo, 
á cuyo fin recibiría cualquiera especie que le diese, porqne verdaderamente ileseaba salir de este ne- 
gocio. Entonces saqué et apunte ó nota italiana, y la puse en manos de su Santidad, advlrtidndole 
antea qne éste era un oficio ds supererogación que 70 hacia , porque mis instrucciones estaban re- 
ducidas á dos puntos : siendo et uno solicitar el cumplimiento de las promesas de extinción por me- 
dios pacíficos , mientras hubiese esperanzas de salir con brevedad por este camino, y el otro, hacer 
Ter á su Beatitud que, en su defecto, estaba et Bey en la resolución de usar de los demás propios 
de BU decoro y poder, á que se creia obligado como protector de la Iglesia católica, turbada por los 
jesuitas, 7 como soberano invadido ahora por este cuerpo rebelde 7 tenaz. Después de esto, procuré 
sosegar algnna agitación que observé en sn Santidad con las insinuaciones más dulces 7 reverentes, 
luciéndole rer que en este paso se interesaban la paz de la Iglesia uníTersal, la Mtiptidad dp U 



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xn EL CONDE DE FLOHIDABLANCA. 

6ant» Beái , 1» tranquilidad y buena correspondeneú de loi estados católicoe , la quietud del misma 
Papa j BQ gloria, sobre cuyo panto, al cual me parece bastante sensible el Santo Padre, procuré de- 
tanenno algo mis. Sobre el mismo ponto de gloria j fama, me pareció conTeDiente tantear á sa 
Beatitud , dicidndole que si estaba detenido en querer facilitar algo sobre los negocios de Beoeren- 
tojr Arifion ó sobre otros, era menester que se explícase; j que, si lobada, 70 entraña en mate- 
ria como hombre privado para ver qu¿ se podi» proponer ó adelantar, siempre que hubiese las segu- 
ridades que exigirian los monarcaa; Kl Papa me dijo con repetición, á estas especies, que él no hacis 
tráfico de eus resoluciones... Finalmente se concluyó la audiencia después de muchas protestas ds 
■u Santidad de querer salir del asunto, 7 de encalcarme el secreto 7 que escribiese á mi corte qna 
había apariencias de abreviarse ese negocio ; aunque sobre esto le expuse que las queria yo mis po- 
sitivas j claras , de modo que enteramente sosegasen al Bey nuestro señor... 

»Ue habló el Santo Padre de la providencia de haber cerrado el Seminario Romano, manifestan- 
do que ya experimentaba los efectos 7 resentimientos de la corte de Toscaua, donde, como en desquite, 
se habla quitado á sus pobres frailes conventuales el convento de Grosseto, con el pretexto de con- 
vertjrlo en hospital, sin esperar providencia ni aprobación del Pontífice. Todo esto, 7 otras cosas 
que se debían esperar de aquella corte, me dijo el Santo Padre que dimanaban tanto de la domina- 
ción que en ella tenia el partido jesuítico cuanto de la conducta de su ministro en Boma, el Barón 
de Saint-Odile. Siguió el Santo Padre hablando de jesnitas; y diciéndome qne los reyes los hablan 
echado de sus reinos, me añadió que él quisiera arrojarlos del mundo, porque cada dia daban ma- 
yores motivos para ser temidos y arruinados; que hablan trabajado una obra destructiva de la reli- 
gión para admitir en el cíelo tanto á los turcos como á los católicos ; que en el Archipiélago, donde 
tenían varios establecimientos , se les había querido remover, 7 nobabian obedecido; qne en la des- 
membración de Polonia habían influido para ganarse la protección del Emperador, lo cual cansaba 
un nuevo embarazo ¡ que en Múdena cataban favorecidos fuertemente , y que en Roma misma na 
cardenal había tenido la frescura de parar su carroza en la calle y de estar en ella más de media 
hora en conversación con el padre Caeali, rector del Seminario Romano, en la misma maSana que 
se había cerrado éste. — Todo esto prueba, continuó el Santo Padre, cuántas cosas es menester pre- 
caver antes de venir á la providencia final ; y asi ahora se les hará otro despojo, 7 por escala ven- 
dremos á la conclusión. — Cuando el Papa finalizó con estas especies, le dije qne todo dependía de sna 
temores 7 tardanzas en arrancar la raíz , y que se desengañase, que mientras no llegara á esta reso- 
lución decisiva y final , todo era perder tiempo, aumentar el daño de la Iglesia, y prepararse los 
riesgos de la corte romana , por la desconfianza en que iban á entrar las cortes. Su Santidad bm 
quiso argüir sobre que no tenia motivo para tal desconfianza, y que cada dia se declararian más ana 
buenas intenciones y las razones con que había obrado, sobre qne pensaba adelantar algo en la pró- 
xima viileggiatwa. Entonces presenté al Suito Padre las cartas del concilio provincial mejicano, j 
las recibió después 4o alguna resistencia, por haber dicho qne no era necesario y qne no queria car- 
garse de papeles. Le volví á instar á que no perdiese el momento, y á qne, después de su salud, 
cuidase ante todas cosas de este negocio en el tiempo de su jomada, porque era sin duda el más 
importante 7 del cnal dependían otros infinitos. Se explioó en tono de llevar esta intención, y se 
concluyó la audiencia... Dije, hablando á Bemis, qne jamas habia salido tan descontento de las au- 
diencias como aquella mañana , porque todo el cúmulo de voces y especies que habia hecho el Papa 
conmigo, me inclinaba á creer que llevaba muy largas sus ideas, y más viendo qne no me habia ha- 
blado del ^uute ó nota qne le entregué; siendo tan corto, con el pretexto de dejarlo para el tiempo 
de la vilUggiatura; y añadi al Cardenal que Iba ratificándome cada dia en qne el Pi^a no cumpliria 
lo qne habia ofrecido, y que estaba á ponto de escribir á mi corte qne si su Santidad, pasado esta 
tien^ de vilUggialwa, no se decidía, yo no tenfa ni sabía más que hacer; y asi que se me exonera- 
se de todo empleo, tomando las curtes las medidas que tuviesen por conveniente, pues ya habrift 
poco 6 nada que esperar... Le ha respondido el Papa con suma extrafiena que 70 no tenia motivo 
para pensar de aquel modo; que no imaginaba llevar 'el asunto tan largo como 70 discnrria; qn« 
sabia que á veces me asaltaba U hípocondria (7 es asi), de la cual podían halver dimanado, 7 no d» 
otra cosa, mis imagmociones; que me asegurase que respondería y resolvería sobre el apunte ó 
nota entregada, pues hubiera sido una niñada entrar en materia y tomarla para no contestar, y qaa 
aa de^^acia estaba en qne todo lo queríamos en el momento, porque no tenemos otra cosa sustancial 
en qne pensar, 7 su Beatitud tenia infinitas... Mi jnicio no estaba muy distante do lo que manifesté 
jd Cardenal de Bemis, pues, auuqne i. aquella explicociou me decidió la política^ filé siii faltar A ]fi% 

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INTBODUCCaON. XTO 

moTÍmientofl internos y ¿ una especia de tacto mental qne sólo M puede adq^aiiir coa la obaemoioD 
inmediata de las personas j de sob dispoeicionea. Oonrengo en qne tal rea estari aqnirocadi», j m 
qne, á pesar de mis conjeturas meluicólicas, me queda nn cierto rajo áe eeperansa, qns abaotuta- 
mente no pnedo extinguir y sofocar dentro de mi mismo; j por tanto, no nescobardué, aunque la 
empresa sea tan ardua 7 difícil como he tocado. Ks cierto qne ya no sé qni hac«r, j asi súlo IM 
ocurre ínsistir'vn lo conTenientea que serán la carta ó cartas de Taeitra excelen<ña y da su majestad 
qne insinúa en mis dos próximas anteriores. > 

Aj^te de preces por España era en Boma don José Nicolás de Azara; mncho mia le predispo- 
nía su genio á la censura qne al apUnso respecto de cuantos hacían fijara, y así tiene gran Aierza 
lo que dijo entonces al ministro de Gracia 7 Justicia, don Mannel de Roda, con estas Uterálee pala- 
bras : a MofiíKO en una de sus audiencias ba adelantado mis qne el trinuTirato clerical en el espado 
de cuarenta meses.» Ko daban paso los dos cardenales representantes de Ñapóles y Francia sino 
bajo la dirección suya, y basta sobre el ministro portngnes había llegado á ejercer grande inüaen- 
eía, no obstante el carácter de este personaje, conocido por el Oomendador Almada, sobre quien de- 
cía UoSiMO al Marqués de Qrimaldi, en sn deepadio de 1." de Octubre : « Es muy desecmflado y r«- 
G«loso, y es menester estar siempre sobre él, para ilnminarte acerca de cnalquier paso que doy 4 tí- 
sita que hago, pues le basta que uno hable con quien tenga opinión de terciario de la Compafila, 
para entrar en desconfianaa, siendo así qne conviene mndio deslumhrar á todos J acercarse para sa- 
ber innumerables cosas. Es del caso, por lo mismo, qne Carballo (el Marqués de Pombal) no se deje 
ahieinar bacía mi, y vuestra excelencia sabe mny bien cuan distante estoy de ser seducido de esta 
tóitt ni de jesuítas. » Por intimidación también sapo atraer al padre Bnontempi á trab^ar en faroT 
de BU instancia. Cuando Clemente XIV toMÓ de la vilUggiatura f jm tenia MoSiho es su poder lae 
eartaa del Bey y del Secretario de Estado , una y otra aprobatorias del yigor dado á la negociación 
contra jesuitas, y de la necesidad irremisible de llerarla de segnida á remate. Nada mejor que 
transcribir oquf pasajes del despacho del miniatro espafiol sobre sn audiencia de 8 de Noviembre. 

tLnégo que me presenté, entregué & sn Beatitud la citada carta, de puño propio del Bey, qne 
mestra excelencia se sirrió remitirme con la suya de 13 de Octubre, acompi^ándola coa una copia 
traducida en italiano, á lo cual me determiné por dos consideraciones : nna pant qne el Papa no to- 
mase ó dijese que había tomado en otro sentido algnnaa expreaionea, teniendo la salida de que no 
entendía perfectamente el idioma espafiol ; y otra para que desde luego comprendiese que me halla- 
ba enterado del contenido de la carta, y se eritase alguna travesura ó mala inteligencia, semejante 
á las que hemos experimentado en otras anteriores. Después qne el Papa leyó la carta de sn majes- 
tad , en cuyo intermedio me contó que en lo respectiTo á asilos , el Conde Yincenti había eacrito al- 
go al Cardenal secretario de Estado, que ignoraba el contexto de aquel breve , dije á su Santidad 
que lo que yo tenia qne representarle con toda confianea era lo qne resultaba de nna orden que se 
me habia comunicado, y babia recibido & mi venida de Ñapóles ; con lo que saqué la otra carta que 
vuestra excelencia me dirigió con fecha de 29 de Setiembre, acompañada de su traduocion, y la puse 
en manos del Santo Padre , diciéndole la estrechez del tiempo en qne debía concluir el asunto d« 
extinción ^ pues , habiendo ya empezado en el Bey los recelos , distaba poco de la liltima descon- 
fianza ; y podía ver su Beatitud la firme reaolucion en que se hallaba su majestad de tomar sus me- 
didas para salir con decoro del empefio. Leyó el Papa casi toda esta carta, y desde luego dejó ver 
en BU semblante la profondíaima impresión que le habia hecho; intentó persuadirme que no había 
las personas mal intencionadas de que la misma carta hace mención, para imputar la culpa de las 
dilaciones ; y conocí qno el objeto del Santo Padre era desviar nuestras aprensiones contra el fraila 
Bwmtempí 7 demac favorecidos de sn Santidad. Entonces aproveché aquel momento de turbación 
pan infundir al Papa el terror, que absolutamente conviene, bien que acompafiado de reflexiones 
j reconvenciones dulces y respetuosas , con lo cual prommpíó el Papa en diferentes desahi^oa... 
Dfjome, pues , sn Santidad que no habia respondido al apunte qne le habia entregado antes de su 
vilUffgiatura , porqne había estudiado 7 estaba estudiando todos loa antecedentes y ejemplares de ex' 
tinciones, mostrándome doe libros que tenía sobre la mesa, y otros en el mismo cuarto, con varios 
registros; que absolutamente no tenia de quién fiarse para extender cualquier trabajo, 7 que á estA 
■e aSadian las ocupaciones de su oficio, de las cnalea me hizo una larga enumeración por días y ho- 
ras. Coando me hubo dicho el Papa todo esto, pasó á ponderarme , como otras veces , las dificnlta^ 
Aei de la ejecncion , contándome varías pequeñas anécdotas de la corte de Viena , para persuadírma 
^ne estaba por los jesuítas. Como á estas especies le hubiese 70 satisfecho, tanto con el empeño 



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xrm EL CONDE DE FL0BIDA6LANCA. 

contraído por 1« misma corte, cnanto con otras reflexioneB, qa« acreditaban ser personal, cundo 
más, la inelinAcion do la Emperatriz respecto de nno ú otro jeBoita , y que , por lo qne mira al cuer- 
po, había pruebas claras de sn oposición, por el ezcesivo poder j por las intrigas con qne se mane- 
jaban en todas partes, me replicó el Santo Padre qne recelaba contar con la contradicción de Ve- 
necia j loscana, donde loa jesnitaa mandaban enteramente; de Oénova, Módena y otras partes, 
dtmde sucedía lo mismo, j qne en Cerdefia, aunque ao podia decir nada positiramente , tal vez se 
TerificOTÍa otro tanto. Repuse á su Beatitud que estas potencias no eran de tanta consideración, qne 
pudiesen y debiesen impedir una proridencia tan justa y necesaria ; que extinguida la Orden , y por 
consiguiente la autoridad del General y demás superiores enbaltemoB , no alcanzaba yo quí podían 
bacer aquellos potentados y repúblicas, pnes cuando más, dejarian en calidad de clérigos nnidos en 
nna misma casa i los jesuítas de sns estados, y finalmente, qne yo no creía, con los antecedentes 
con que me bailaba, que tuviesen empefio alguno en sostener nn cuerpo cuya autoridad babían de- 
bilitado machos de los principes y repúblicas que me citaba... El Papa procuró disculparse de las 
quejas del Oran Dnque, diciendo que en su tiempo no babia becbo instuicia algnna; pero yo le dije 
que, si estaban pendientes cuando sn Beatitud ascendió al pontificado, y sn alteza no tío adelanto 
alguno, pndo creer con fundamento qne se lloraba el mismo sistema, y sobre todo, anadl que éstos 
eran otros negocios, y qne el mío se redncia á esperar de la justificación de su Beatitud nna contes- 
tación positiva i Jas solicitndes del Bey mi amo y de los demás príncipes de la angnsta casa de 
Botbon. De resultas de todo me díjo el Santo Padre que me entregaria una minnta de su pías, 
constitución ó bula de extinción, para que yo la remitiese al Bey, y pudiese sn majestad ponerse de 
acuerdo con las cortes y allanar las dificnltadee que se ofreciesen con Yiena, Yenecia, Toscana, Cer- 
deSa , Gónora y Módena , y que la publicaría en tal caso ex communi prirtcipum coruensu ; éstas fue- 
ron sns palabras. Protesto á vuestra excelencia que no só cómo me pude contener con esta explica- 
ción, pues ya tuve casi en la boca la reconrencion de que también debía afiadir que se obtuviese el 
consentimiento del Oran Turco, del Rey de Congo y de otros príncipes y bajis de África y Ana, 
de la £mperat:-íz do Rusia, el Rey de Prusia, los cantones suizos, los estados generales y otros po- 
tentados y repúblicas de esta laya, supuesto qne casi todos tenían jesuítas en sus dominios. Repito i 
vuestra excelencia qne me contuve porque Dios me ayudó, pues, Inégo qne le hubiese hecbo esta 
reconvención, le habria añadido redondamente que el negocio estaba conclnido, y que no volvería & 
hablar otra palabra sobre éL Sin embargo, en aquel acto instantáneo pude reflexionar que convenía 
manifestar una gran serenidad y confianza, para ver sí podemos coger la tal minuta de extinción, 
cuya prenda nunca podía sernos importuna. Con esta idea dije al Santo Padre que ya le había di- 
cho el concepto qne se podia formar sobre la mal temida oposición de estos principes y repúbli- 
cas, y que, en todo caso, era yo de dictimen que lo que su Santidad hubiese de hacer en esta mate- 
ña, lo hiciese presto, y si pudiese dentro de un mes , porque , según mis conjeturas , ya no habria 
mucho más tiempo para que empezasen á prorumpir las desconfianzas del Bey y las demás cortes. 
Cuando el Papa oyó mis instancias , me dijo que lo baria, pero qne le dejase dar antea los pasos 
preliminares, qne me quería revelar con toda reserva... Me pareció exponer á sn Santidad qne, aun- 
qae pensase en estas cosas por los designios que babia concebido, y yo no alcanzaba, pnesto que 
con la extinción total se salía de todos los embarazos , podia sin retardación comunicar la minnta 
que me había dicho, pnes con esto adelantaría un testimonio más de sus buenos deseos y buena fe, 
y entre tanto que se veía y comunicaba á las cortes unidas, con los reparos que ocurriesen, había 
tiempo para que sn Santidad fuera dando los demás pasos. Unwn faceré et alium non omitiere, San- 
to Padre ; asi dije. No fné posible reducir &I Papa á abrazar este pensamiento, por más reflexiones 
que le hice, bien qne tuve mucho cuidado en ellas de no extraviarle de los pasos que meditaba con- 
tra jesuítas , porque , aunque yo he comprendido que son medios de que ee vale para deslumhrar i 
las cortes y dilatar el último salto, me parece ya preciso, sin aprobárselo, supuesto que está conocí- 
do lo que antes era dudoso, dejarle resbalar, porque al fin con cada paso de éstos se pone en nna 
rampa 6 pendiente tal, que la enemistad de los mismos jesuítas y sus protectores , ó le ha de forzar 
sd último partido, ó le ha de quitar, sí está ligado, como muchos presumen, un grande apoyo para 
hacer frente á las ideas qne pongan en práctica las cortes unidas , en desagravio de la iíalta de cum- 
plimiento de BUS promesas. Entre las reconvenciones qne hice al Santo Padre para lo que llevo dí- 
cho, se le escaparon, para satisfacerme, algunas especies importantes, que conviene qne sepa su ma- 
jestad. Después de haberme repetido el recelo que su Santidad tuvo en otro tiempo de la muerte del 
General de U Compañía, por sns muchos achaques, y que estaba resuelto en este caso á suspender U 

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iutroduccion. xn 

iheáoD, disolTer el Cuerpo j acabar coa U Orden , me ailadió qn« ptra lo miemo babU también 
penudo hacerle cardensL No me atreví A apoyar esta especie, porque puede traer muchos inconra- 
nimUs, eí se consideran lae proporcionas en qoe pondría al padre Ricci ; pero dije al Papa que le 
tiidese arzobispo ú obispo. Áesto me respondió que no aceptaría, y que con el padre Gasali, rector 
del Seminario Roroano, le había sucedido que , proponiéndole por medio de su hermano, el Gober- 
nador de Roma , que se sectilarizase j le daria nn canonicato de San Pedro, dio por respuesta que 
primero se cortaría las piernas. Dejo á la discreción de vuestra excelencia las conjeturas que pneda 
fonur sobre estas consideraciones personales de su Santidad, pues ellas dan i, sospechar que el 
GeMial de la Compañía y loa de su consejo sean deposítanos de algún secreto grande. A5ada 
nutra excelencia qne el Papa me reconvino con grandes agitaciones 7 cuidados sobre que no serla 
justo decii que había hecho alguna promesa , ni que de ella había dependido su elección. A esta es- 
pecie satisfice, diciendo que tenia entendida la discreción con que se babia conducido entonces. Y en 
efecto, GegQu lo que el Cardenal de Bemis me refirió recien venido , el Papa nanea prometió redon- 
dunente la extinción intes de ser elegido , ; sólo respondió al papel de pontos que se le presentó, 
que daría los pasos por escala , hasta llegar al término por las razones que se le diesen , j que es- 
penbs le bicieseu fuerza, según sus antecedentes, para dar gusto A las cortes. He dicho algo de es- 
to i Taeetra excelencia en mis primeras cartas, atribuyéndose al cónclave j sns manejos la raíz d« 
lu diladones. £ato no qnita qne el Papa se baya ligado despnes , como reconoce y confiesa , y de 
ello, no sólo tenemos la prueba nosotros , sino también el Bey Fidelísimo, que conserva una carta 
de piifio propio de su Santidad, en que ofrece y asegura la eitlncíon, como me lo ha revelado el 
Comoidador Almada... Si el Santo Padre dijese qne tenia escrúpulos en la extinción; qne no halla- 
tw eaous ó pruebas; que habia descubierto algunas dificultades nuevas y graves , se podría tener 
ttn^asion á la situación en que se halla; pero un pontífice qne sabe más y habla peor de jesuítas 
qneDosotros; que reconoce la razón para arrojarlos de sus estados y aun del mundo; que confiesa 
el diño que bacen á la religión con sus escritos y conducta; qne no duda de la justicia del Kcy y 
eni pTOTidencíaü, y que apoya con las suyas, en los casos particulares de Roma, el concepto formado 
por loa soberanos; un pontifico, digo, que se explica y obra de este modo, sólo puede estar deteni- 
do por algún renitente que no alcanzamos, y que es preciso quitar de enmedio por decoro y amor 
■1 bien de la Iglesia y de los estados católicos.» 

Hd; contento se mostraba el monarca español de todo lo que decía y hacia su ministro en Roma; 
por la sabiduría y honradez le celebraba Clemente XIV en la vaga contestación á la real carta. Dig- 
no tra DON Josfl MofiíHO de tales elogios. Con las alternativas de teeon y suavidad iba de continuo 
i m objeto, y hábil tocaba cuantos resortes podían mover al Papa, sin faltar á las contemplaciones 
qne le eran debidas, ni perder ocasión de adelantar algo. Un suceso exterior puso de mejor sem- 
blute el asunto de extinción de los jesuítas por entonces. A don José Agustín de Llano hablan he- 
dió primer ministro del Duque de Panna, su tío Carlos III y su suegra Moria Teresa, en reem- 
plazo del Marqués de Felino, y tiempos antes. Por si y ante sí exoneróle ahora el duque Femando, 
'Xija arranque de independencia soberana produjo tal disgusto en las cortes de Madrid y de Viena, 
que el Rey de España previno que sus correos no pasaran por aquel territorio, y suspendió á su 
i^ríno la pensión de infante, d la par qne María Teresa devolvía sin abrir las cartas de su bija , y 
que Be ausentaban de Parma sus representantes y el de Francia. £n la exoneración de aquel minis- 
tro creyeron muchos descubrir la mano de los jesuitaa , pues á la sazón estaban tan desconceptuados, 
qne con más ó menos fundamento se les echaba la culpa do todo. Así que estas noticias empezaron 
i circnlar por la corte romana , anheloso fué el padre Inocencio Boontempi á visitar á lIoSiso, quien 
Je iiiio muy de plano observar la significativa firmeza de la Emperatriz y la indignación legitima de 
m soberano; y á la siguiente audieucia tocó los efectos de la terrible sensación causada al fraile con 
sn» revelaciones , segnn lo explican estas palabras : « Inmediatamente que me presenté á sn Santi- 
dad, lleno de alegría me dijo : Quiero sacaros de vuestra aflicción y desconfianza; estoy resuelto 
desde luego á tomar la providencia de extinción, porque he reilexiouado lo nmcho que ha de tardar 
U visita, visto qne me gastaron año y medio en la del Seminario Romano. He vacilado mucbo sobre 
Upwsona de quien me debería fiar, en que he padecido y padezco grandísimos trabajos; y al fin me 
li« determinado á valerme del cardenal Ncgroni , por la antigua experiencia que tengo de su honra- 
^ , y por la liltima que me dio con el breve de minoración de asilos , del cual no se supo aquí nada 
Wa que vino la noticia de España. Aunque este cardenal se ha sangrado tres reces estos días , está 
Tacaalmena, y en el primer despacho que venga, le daré la orden con la idea para la extensión del 

CiOOgle 



TC EL CONDE DE FLOR ID ABLANO A. 

breve, y le Atié qne s« p<m$;& de acuerdo para las cláusulas con mi earísimo Pepe (aai dijo). Podéis 
tener pronto raestro plano y hablar con ol Cardenal , luego que os avise; pero cuidado con el secre- 
to, y que nadie entienda mia deaignioa. Para las cosas del estado eclesiástico en este punto caento, 
como os he dicho, con el presidente de Urbino, Aquaviva, despuea que será promovido. Me han ser- 
vido infinito las visitas que ae han hecho y los pasos que he dado. Por mi podéis escribirlo todo al 
Rey, por el correo próximo, diciendo que en la primera dominica de adviento, víspera de San An- 
drés, se ha salido de todo esto. iT estad alegre!)! — Con i^radabilisima sorpresa oyeron posterior- 
mente especies igualmente satisfactorias los ministros de las demás cortes interesadas en la extin- 
ción de loa jeanitas. Al mismo despacho, dirigido por MoSino á Grimaldi el 3 de Diciembre, perte- 
nece estotro pasaje,: «No sé é qué atribuir la mutación del Papa; conozco la gran fuerza qne ha 
hecho )a demostración del Bey sobre el saceao de Parma; veo también la aprensión qne ha dado U 
conducta de la Emperatriz- Reina evel mismo asunto; comprendo el ascendiente de Bnontempí, y 
las conmociones qne pude cansarle con mi persuasión; y con todo, no creo que, sin haberse soltado 
algún cabo qne estuviese muy asido, 6 sin nn particularisimo auxilio de la Providencia divina, haya 
podido el Santo Padre decidirse en los términos que lo he tocado.» 

No creyó oportuno Clemente XIV franquearse con el Cardenal Negroni del todo, tras de tantearle 
sagazmente, y de seguida puso la mira en el prelado Zelada, no sin obtener, por conducto del padre 
Bnontempí, la explícita aprobación de Uoüino. Perplejo quedó éste por de pronto, pues juzgaba á 
Zelada como uno de los sujetos más problemáticos de Roma; pero al fin ae avino & sn nombramien- 
to, por no verse enredado en otro nnevo laberinto de dilaciones; y de resultas dijo á su jefe : O Co- 
nozco que es arduo el paso en que estoy metido, por el carácter, inclinación y sagacidad de Zelada ; 
pero estoy resuelto i near con éste de todo el vigor y de las artes que, ai no me engaño, son nece- 
sarias para salir bien. Cuando las cosas llegan á nn momento critico, es menester aventurar algo 
para no perderlas; y más temor tengo de que el Papa no le nombre, que de que, una vez nombrado, 
dejemos de conseguir el fin. Sin embargo, es preciso estar con mucha desconfianza, por las grandes 
astadas, inconsecuencias j debilidades de estas gentes... Veremos ahora lo que se hace con Zelada 
ú otro; yo, asegurado da nnestra razón y de la decisión última, estoy resuelto á entrar en materia 
hasta con el General de la Compañía.» — ^Elegido fué el prelado, y al punto avistóse con MoETmo ; so- 
bre lo cual dijo éste, en despacho de 23 de Diciembre : (( Hice ver á Zelada con tres palabras todo 
cnanto tenfa qne decirle; éstas se redujeron á encargarle el secreto, la armenia y la brevedad, acor- 
dándole la gran carta qne jugaba, y lo mucho qne iba á ganar ó perder en ella. Hecho esto, le leí é 
impuse en la minuta qne yo tenia formada con anticipación para una bula formal, y me parece que 
no le disgustó su contexto. Después de mis explicaciones, le entregué la minuta, y me aseguró qne 
trabajaría, y me veria al fin de la semana.» 

Zelada aplicóse á desvanecer las dudas suscitadas respecto de an proceder honrado; y tras de po- 
ner extendida la bula, el i de Enero, en manoa del Papa, auxiliar eficacísimo fué de MoSuo, aal en 
desvanecer los escrúpulos de Clemente XIV sobro qne pudieran algunos atribuir i algún pacto del 
cónclave lo qne resultara de este negocio, como en detenninarle á qne la extinción se publicara por 
letras en forma de breve. Ya marcharon las cosas de modo que el aoberano español escribía al Mar- 
qnés de Tanucci , con fecha 2 de Marzo : u Deja que, antes de continuar á responderte, te dé la goa- 
toslsima y tan importante noticia, para nnestra santa religión y para toda nuestra familia, de ha- 
berme, en fin, enviado el Papa la minuta de la bula, informa breéis, de la extinción de los jesuítas, 
según bien sabes que yo siempre lo he esperado, y muy á mi satisfacción, pidiéndome que la comu- 
nique al Rey mi muy amado hijo, al de Francia, al de Portugal y á Yiena con el mayor secreto; lo 
que Toy á ejecutar luego que estén sacadas las copias que se neceaitan, como más distintamente ve- 
rás por lo que he mandado á Grimaldi qne te escriba, enviándote nn resumen do ello, para que in- 
formes al Bey, ínterin qne va por el correo siguiente copia idéntica de ella; y demos muy de veras 
los debidas gracias á Dios, pues con esto nos da nuestra quietud ea nuestros reinos y la seguridad 
de muchas personas, que no podía h&ber sin esto.n De Carlos III al mismo personaje son también 
los siguientes párrafos de cartas del 30 de Marzo y de 27 de Abril , sobre el mismo asunto : « Tengo 
el grandísimo gusto de poderte decir que he recibido las resp\iestas de Francia y Portugal, apro- 
bando totalmente, según yo lo deseaba, y sin el menor reparo, la minnta que me envió el Papa, lo 
qne conviene tener con el mayor secreto ; y espero en Dios qne la respuesta de Viena venga también 
según deseo...» U ^e pido que quieras ayudarme á dar ¿ Dios muy particularmente gracias por la rea- 
puesta de Viena , que también he recibido, tocante á la extinción da loa benditos jeeuitaB j cuya copÍA 

Dintiz.ribyGoOglC 



INTRODUCCIÓN. xxi 

le mandado i Gñmaldi qne te envié, paro qne U hagas presente al Rey mi mny amado hijo, gnar- 
iinio el eecreto debido; j verás por ella qne no se opone á lo principal , j qne en lo demás no te 
Iiu engañado en el juicio qne hacías de aquella corte. Y también te dirá las órdenes qne en vista de 
ello envió á UoffiKo; y espero de la infinita misericordia de Dios qne todo se pueda componer, j 
qoe veamos presto la conclusión qne deseamos de este Importantísimo negocio, para bien de nuestra 
leligion, 7 qnietnd y seguridad nnestra.» 

DoT Job£ Hoüiiro habia tenido ocasión de sacar ana copia de la minnta, al consultársela Zelada, 
j d« qne aqnl fiíese conocida antes de que Tiniera de oficio. Mientras llegaron á la capital del orbe 
ciUlico las respuestas de los soberanos, á quienes la habia comunicado el de España, nuevas pme- 
bu recibió nnestro ministro de que Zelada y Buontempi obraban tealmente á tenor de sns miras , 
paes basta le ayudaron á alentar al Padre Santo, melancolizado por agüeros de una muerte inme- 
diata, qne se foijaban á la par qne la «specie de qne el monarca español habia perdido la cabeza. 
Su despacho del 3 de Junio participaba Mofirao que el Cardenal Negroni tenia orden confidencial do 
ertender los breves de extinción de los jesuítas, y de ejecución de la providencia para diez y siete 
6 diez y ocho nuncios y comisionadoa ; todo lo cual equivalía A nn mes de dilación forzosa. Inten- 
□oíada era la qne probó á introducir el Papa, según los siguientes pasajes del mismo despacho, con 
nlidoii á la audiencia de dos días antes : «En efecto, habiendo visto á su Santidad, me significó 
qne Labia sabido la intención de las cortes de restitnir á Benevento y AvíSon. Ynestra excelencia 
luri memoria qne en carta de 13 de Abril me insinuó que podia asegurar á las gentes que rodean 
al Papa el ningún temor que debian tener sobre este asunto ; el Cardenal de Bemis, que tenia igua- 
Itt órdenes, conourrió conmigo á tranquilizar estos ánimos , que se mostraron muy confiados y ea- 
tifechos. Con este antecedente me añadió el Santo Padre que, viniendo antes de la publicación del 
bnrela noticia de mandarse restituir aquellos estados, podría dar nn buen dia á Boma, acreditar 
qns no se habia hecho prenda de ellos para la extinción , ni entraba en parte de pago de esta provi- 
doidt, y preparar los ánimos á publicarla con gusto universal y satisfacción suya. Fundado el San- 
to Padre en estas razones, me dio á entender que estaba resuelto á obrar de este modo, asegurán- 
dome con las mayores protestas que era un punto fenecido y que no se debia dudar de la ejecución de 
éL He añadió su Santidad que estaba conforme en escribir á la Emperatriz- Reina una carta adecua- 
da i los deseos de aqnella princesa , según qne yo le había sugerido, y que asi lo podia avisar. No 
« ficil qae yo pueda escribir á vuestra excelencia In sorpresa con que recibí esta nueva especie del 
Santo Padre, y aunque se amontonaron en mi cabeza las consideraciones qne me ocurrieron sobre 
macltas malas consecuencias y desconfianzas, pude refiexionar qno, si tomaba el partido de oponerme 
«Mertamento, entraña en el Papa el recelo, que tal vez le habrán dado, de que pensábamos coger 
elfiuto de la negociación y no mostrar después nuestra gratitud, y si consentía nn pensamiento tan 
Mtato, el cual puede envolver perversos designios, aventuraba el feliz éxito en el momento preciso 
ie verificarse. En medio de estas agitaciones, tomé el partido de' esforzarme á manifestar al Papa 
ana gran serenidad, y decirle qne en el pensamiento que le había ocurrido no habria inconveniente, si 
so Buitídad con él no se expusiese, como yo creía, á perder su concepto con las cortes, por la in- 
onuecnencía qne encontrarian entre esta idea y las explicaciones antecedentes que me habia hecho 
ii su ánimo ; qne podia acordarse de las muchas veces que me habia dado á entender no queria ha- 
<xi pacto para venir á la extinción, excusándose siempre de entrar en materia sobre Aviñon y Eene- 
TQito; que los enemigos de su Beatitud no perderían la ocasión de pintarle como persona de carác- 
ter artificioso, disimulado é inconsecuente, y de destruir toda la buena semilla que habíamos pro- 
curado sembrar los nünistros sobre eu generosidad , probidad y desinterés, y que , siendo uno de toa 
mejores frutos qne habian de resultar de la ejecución de la providencia la confianza reciproca y la 
amistad de las cortes católicas , tan conveniente para el bien de la religión y decoro de la Santa 
^e, se podría perder todo en un instante con esta ocurrencia. Fué mucho lo qne el Papa se in- 
^nietó y afligió con mis reftexiones, rogándome qne no le angustiase ni le metiese en dudas y te- 
mores; pero con mucho respeto le hice presente la necesidad que tenía nn hombre de bien de ha- 
blar claro, ánn cuando sintiese disgustar, para satisfacer su honor y conciencia... Duró la conversa- 
ron dos horas sin que se concluyese cosa alguna , y yo me retiró con la desazón y pesadumbre que 
vuestra excelencia pnede considerar. He sabido, por cartas de Florencia de este correo, qne el mi- 
nistro inglés publicaba en aqnella corte qne ya la dificultad sobre la extinción no consistía sino en 
deeidir si había de preceder á ella ó no la restitución de Aviñon y Benevento, y aunque puede ser 
cwulidad, todo me da & sospechar de que bar alguna mano oculta, que ha reservado pracisamento 

GooQle 



xxn EL CONDE DE FLOEID ABLANO A. 

esta arma para el último recDreo de dilación, introduciendo en el Papa la desconGanza, y amen- 
tando los temores que son tan propios de bu genio. He hablado con el Cardenal de Zelada, quien 
int«3 de GD despacho del lunes próximo se pondrá de acuerdo conmigo para batir al Santo Padre, j 
creo qne lo hará con eficacia. También lo hará el Cardenal Ecmis, con quien igualmente he habla- 
do ; j eete ministro opina que Giraud es quien habrá movido esta máquina, por loa antecedentes 
que tiene de ea espíritu intrigante j do sus ideas. Mañana, que debe buscarme el confesor de su 
Bantidad, hablaré con él 7 le dispondré, Biendo mi dictamen j el do Bemis que absolutamente con- 
TÍeno usar del tono alto ; fiero, en que no me descuidaré, paca, así como este medio nos ha condu- 
cido al estado en que nos hallamos , debo ser el que nos saque de la última jomado. Separadamente 
estrecharé al Cardenal Kegroni á quo se concluya la extensión de los breves, 7 vuestra excelencia 
puede estar seguro de que, en cuanto penda do mis fuerzas, nada omitiré para terminar este nego- 
cio fastidioso y molesto, 7 evitar que seamos burlados de estas gentes.» 

Confidencialmente decia MoSino ¿ su jefe que necesitaba de toda la asistencia de Dios para no 
desbarrar, 7 que esperaba ganar la palma del martirio, si permanecía mucho en Boma. Al padre finon- 
tompi atacó tan de firme sobre lo de Aviñon 7 Benevento, que le hizo exclamar con vehementísimo 
arranque : ¡Pluguiera 4 Dtoi ywí imnca hubiera nacido tan Ignacio! Aun logrando que desistiera el 
Papa de la previa restitución de Aviñon y do Benevento, en la audiencia del 7 de Junio hallóse con 
qne iba á ocupar ciertos efectos 7 papeles de los jesuítas de Urbino, de Fenno ; de Ferrara, antes de 
dar el paso postrero; sobre lo cual llegaron las alteraciones á un punto muy alto, 7 su Santidad le 
hubo de snfrir las expresiones más ardientes 7 vigorosas, no replicando Clemente XIV sino que 
eúlo podía poner su buena fe en duda á causa de estar hipocondriaco. Poco más ó menos para el 4 de 
Julio, en quo so cumplía un año de la llegada de MoSiso á la capital romana, le ofreció qoe sus de- 
seos llegarían & colmo. Ni por haberle fiado el arduo encargo de correr personalmente con la impre- 
EÍon del breve, que se hizo dentro del mismo palacio de España, sin qne se trasluciera cosa alguna, . 
se aquietaba el espiñtu de Moñino; 7 osl al Marqués de Tanucti dirigía estas frases : u Aun he te- 
nido necesidad de descargar mi arcabuz, cargado con la cnnociila metralla, 7 temo que sea menester 
otra descarga, pues á cada paso nace on tropiezo.» Por fin, á 21 de Juüo do 1773 firmó Clemen- 
te XIV el breve de extinción de los jesuitas. Con ocho días do posterioridad cscribia MoSino al 
Marqués de Grímaldi : uAcaba de estar conmigo el padre Buontempi, y me ha dicho qne su majes- 
tad puede publicar y mondar ejemplares & todas las cortes que quiera, pnesto que nada falta sino 
aguardar tos días proporcionados al arreglo material de estas cosas, y á que nuestro correo esté 
cerca de Madrid... Yo no retardaria divulgar la especie, y í este fin acompa&o algim número de 
ejemplares.)) Hasta el 16 de Agosto no se comunicó á los jesuítas la extinción total de su instituto. 
A tenor de idea concebida por don José MoSino, tan luego como fué conocida la providencia, el in- 
fante Duque de Parma solicitaba testimonios de gratitud de los principes de su familia hacia el Pa- 
dre Santo, y algo después Francia 7 Ñapóles restituían los territorios de Aviñon 7 de Benevento. 
Portugal celebraba la extinción de la Compañía de Jesús con Te Deum 7 luminarias ; España, por 
iniciativa y dirección de su venerado y querido rey, había hecho sentir su infiuencia 7 se gloriaba 
del triunfo. Todos los demás estados católicos so sometieron dóciles á lo mandado. Protegidos por 
una emperatriz cismática y un monarca hereje, en Rusia 7 Prusia desobedecieron los jesuítas al 
Papa, mientras le infamaron otros con libelos, dados principalmente á luz en Colonia y Friburgo, 
ó hicieron por acreditar presagios siniestros en su contra. 

No se concibe figura diplomática más brillante que la do Mo.^ino al dar impulso á negociación 
tan espinosa por esencia, 7 atollada ademas entre regiros dilatorios, 7 al conseguir su feliz término 
á fuerza de solicitud inteligente 7 fecunda en arbitrios para allanar los tropiezos y desvanecer loa 
reparos. Necesariamente habia de patentizar un monarca tan justificado como Carlos III cuan sa- 
tisfecho estaba de la conducta de su ministro en Roma, 7 asi fué su voluntad elevarle á título de 
Castilla, y que el Marqués de Grimaldi lo pusiera en conocimiento del interesado, quien dio la si- 
guiente respuesta el día 23 de Setiembre : uEn lo que toca á la denominación del título con qne el 
Rey quiere honrarme, me parece tomarlo de im pedazo de tierra que posee mi casa, llamado F1.0- 
BiDABLiiNCA ; en esto me acomodo á lo que tal vez agradará á loa míos. A mí me bastará la denomi- 
nación de conde; B07 poco versado en estas cosas.» Todo se hizo á tenor de su gusto. 

Casi un aSo transcurrió desde la extinción de los jesuítas sin que so resintieran la salud ni el 
buen humor del Papa. Al regresar el 28 de Octubre de 1773 de la jomada de Castel-Gandolfo, le 
recibía la multitud con aclamaciones, 7 su salud era perfecta y su humor alegro aun mis qne de coa- 

I,: I, -Google 



INTRODUCCIÓN. Xsm 

tambre. DeEpnes de anonciar, en el consistorio de 14 de Enoro de 177Í, la restltacion do Aviñon y 
de BeneTento, gozoso iba á eu convento de Io9 Santos Apóstoles d entonar el Te Deum en acción de 
gradas ; tras de celebrar al dia siguiente ignol fausto saceso en el Yaticano, ee le yió lloTar ¿ los 
cardenales Bemis j Orsíoi dentro de so carroza, por nmestra de cabal armonía entre la Santa Sede j 
los monarcas. Fot Febrero, segno testimonio de nnestro agente de preces, ya ni se hablaba de jesuitas 
en Roma. Antes de espirar Marzo, y doliéndose do la temprana mnerte del primogénito del Príncipe da 
Asturias, de quien Clemente XIV fué padrino, Flohidablanca escribía i, sn jefe : «En la audiencia 
del domingo 20 di cuenta al Santo Padre de la enfermedad del Infante , templada con la considera- 
ción de que esperábamos su restablecimiento. Su Beatitud oyó tranquilamente esta novedad, y me 
dijo que le encomendaría á Bios en aquel sitio, seBalándome su capilla privada, en que dice misa to- 
dos los dias. Me afladíó qne , asi como Labia esperado y tenido viva fe en que saliese á luz el dia de 
Ban José de Copertino, de qnien bu Santidad era especial deroto, como se verificó, fiaba en la vo- 
luntad de Dios que no se malograse abora el fruto. La mañana de ayer mÍL-rcole8 á las nueve me 
hallé con el papel adjunto del Cardenal de Zelada, en qae refiere la inquietud y aflicción en qne 
había hallado al Papa la noche del martes, por la enfermedad de su alteza, y el encargo que le hizo 
de avisar lo que trajere el correo sobre este importante punto. Lo que yo noto ahora es que el 
correo no llegó hasta ayer á la seis y media de la tarde. ¿Quién, pues, puso al Papa en aquella 
aflicción el dia martes, en que no había noticia alguna, y quién le alteró la serenidad y esperanza 
manifestadas en la noche del domingo? Sé que su Santidad confia sus ahogos á personas de virtud 
extraordinaria, y aunque no soy devoto, y me contentaria con ser buen cristiano, concibo que 1» 
Providencia tiene canales que no conocemos , y que estos mismos pueden servir para consolamoB 
con nneva sucesión. » De resultas de haber cogido al Padre Santo an terrible aguacero , sin que ex- 
perimentase novedad alguna, por el mes de Abril escribía Azara que estaba más fuerte que una car' 
nuca. No se efectuó la evacuación de Aviñon por los franceses hasta el mes de Mayo, y la noticia 
produjo suma alegría al Papa. Flokidabi-anca decía el 16 de Junio : «Aquí no hay novedad, y la 
que habían intentado esparcir de que el Papa no estaba bueno, se ha desvanecido, pnes todo su mal 
ee ha reducido á una pequeña fluxión ¿ la boca. D Luego de noticiar que su Santidad había suspen- 
dido loa despachos y las audiencias, según costumbre, para tomar baños, nuestro ministro escribia 
el 21 de Julio en esta forma : «Entre tanto aquí se prenden profetas y esparcidores de profecías. La 
superstición que reina entre los fanáticos, inclusos muchos de nacimiento y dignidad, esperaba 
el 16 do éste una gran desgracia que amenazaba á la vida del Papa. Gracias á Dios , hemos salido 
de aquel día sin el cumplimiento de estos Tatíciaios. Yo pondría mucha de esta gente on la casa de 
locos. Sin embargo, baceu el gran daño do calentar la imaginación de los ignorantes y perdidos, con 
riesgo de exponerlos & un disparate.» En billete muy afectuoso, de su letra y fechado el 28 de Ju- 
lio, se excusaba el Sumo Pontifico con Bemis de asistir á los funerales do Luis XV por lo excesivo 
de loa calores y la severidad del régimen á que estaba sujeto. Como especial merced recibió privada- 
mente á FLOBinABLANCA la noche del 21 do Agosto , para manifestar su gratitud por el plantea- 
miento del breve relativo & la instalación del tribnnal de la Rota da la nunciatura, á fin de que se 
fenecieran todos los pleitos en España. Nacstro ministro expresóse así en su despacho : «Halló al 
Vapt flaco, torpe y sin la vivacidad y alegría quo le es genial ; se me quejó de un dolor en las rodi- 
llas, y en en semblante noté una suspensión extraordinaria j me dijo que en estos ültinjos dias Is 
había venido la exfogacion al cuerpo y pecho... Eu el discurso de su conversación, qne duró poco 
más de hora y cuarto, se animó el Santo Padre y recobró parte de su alegría, contando con gracia 
algunos chistes. Me encargó que dijese á Bemis si quería ir la noche siguiente de secreto y sin cere- 
monia, y así lo hizo, hallándole en la misma situación que yo. Uno y otro hemos creído que su Bea- 
titud padece en el físico algo que le debilita, y en el moral convinimos que le ¿a entrado el temor y 
la aprensión de que le pueden asesinar, por más que lo disimule y baga el papel de hombre fuerte. 
Yo mismo observé, cnando le di cuenta del suceso del pescador de Ñapóles, que le había hecho una 
impresión extraordinaria, y acaso aquella noticia, unida & las de las demás profecías y libelos, le han 
herido la imaginación y causado alguna ruina. Hemos procurado por todos caminos fortificarla y con- 
solarle, haciéndolo ver que el veneno qne le han dado y dan sus enemigos es el de la aprensión que 
le procuran introducir con arte, y que es demasiado feliz en tener en su mano el preservativo de 
este veneno, que consisto en el desprecio, n Por vea postrera vio ¿ fines de Agosto á dementa XIV 
el CoKDE HE Floridablabca , y en su despacho de 1.° de Setiembre hay este pasaje : « La salnd 
del Papa, qne es el punto importante del dia, me dio grandísimo cuidado el domingo por la noche, 



XXIV EL CONDE DB FLOBIDABLANCA. 

porqna hallé á en Santiiíad con noa debilidad y postración de fuerzas tal, que (eml una Tuina inmi- 
oente. Sin embargo, el lunes siguiente experimentó el Santo Podre ana gran mejoria, de modo qua 
■ hizo su acostumbrado ejercicio, comió j bebió mny bien, j e] Cardenal de Bernis me aseguró haber 
visto el mismo lunes por la noche un hombre distinto del qae babia encontrado el lunes precedente. 
Continúa, según noticias, esta mejoría, j sí no ba; otranoredad, esta semana abrirá el Santo Pa- 
dre el despacho j andiencias de todos sus ministros. Sin embargo, hablamos j acordamos fiemis y 
yo sobre la necesidad de estimular al Papa & que declare la promoción que tiene t'n peetore, par* 
formar nn competente partido en caso de cónclave, pues la baraja con que nos hallamos tiene pocas 
cartas buenas con qne jugar. Yo hago j haré todo lo posible en esta materia.» 

Clemente XIV bajó al sepulcro el 22 de Setiembre , sin declarar la promoción de cardenales , j 
otra vez tnvo que desplegar Floridablakoa las dotes de sn inteligencia privilegiada j de su i^rui 
celo para que no se malograra el froto de la negociación ardna qne había llevado á dichoso remate. 
Insuficientes le parecieron las exclusivas de las coronas j votos, pues la primera sólo alcanzaría 
á evitar que se ciñera la tiara uno ú otro pnrpurado, 7 para qne fuera eficaz la segunda se requería 
tener siempre á favor más de la tercera parte de electores, y asi hubo de recurrir á otro arbitrio, de 
sólido fundamento, aunque atrevido en grado sumo. Según halló en cánones antiguos y bolas primi- 
tivas, á la elección de prelados, y seBaladameute de papas, debia concurrir ol consentimiento del pne- 
blo; por tanto dijo vigorosa y resueltamente qoe, siendo loe monarcas legítimos representantes del 
poeblo cristiano, su consentimiento debia acceder ó preceder i la elección de papa, y que sin este 
requisito se exponían los cardenales i una nulidad redonda, la Iglesia ¿ on cisma, y Roma á mil 
desastres en las circunstancias de obstinación y de encono de los partidos. Su enérgico temple, sa 
activísima diligencia y so sagacidad maravillosa lograron qoe todo el Sacro Colegio adoptara la má- 
xima de concertar entre porporados y embajadores los sujetos elegibles y propios á conservar la 
quietud j armonía de la Santa Sede y los soberanos. No siendo posible hacer qoe recayera la elec- 
ción en persona adicta á las cortes , sis mis qne ta tercera parte de votos, Dumtenida á costa de 
grandes afanes , se hubo de resolver Floridiblanca á fijar los ojos en nno del opuesto bando, qoe , 
por BUS circunstancias personales, y por la noticia ó conocimiento da deber su elección á Espa&a, la 
mirara favorablemente en lo que permitiera la justicia. Trato había tenido con el Cardenal Ángel 
Brascbi en materias de oficio y de confianza, y le consideraba de genio franco, de fidelidad enma en el 
cnmplimiento de las promesas , de erudición y máximas superiores á las de los inmnnistas oidina- 
rioa , y tras de hacer que explorara su ánimo un cardenal adicto á las coronas, por los informes ad- 
qoiridoB, no vaciló en exponer & Carlos III la necesidad absoluta de elevarlo al pontificado, para 
salir del cónclave con utilidad y decoro. Plena aprobación tuvo su pensamiento, y «si le cupo la glo- 
ria de qne se pusieran en bus manos loa representantes de las coronas j los cardenales, y de que 
por su influjo ocupara Tío VI el 15 de Febrero de 1775 la Santa Sede. Cuando la salud de Cle- 
mente XÍV iba á menos de instante en instante, Floridablánga decía terminantemente : « No veo 
sucesor, que nos pueda llenar de mil leguas ¡ hablo de los que tendr&n proporción para ser elegidos... 
Verdaderamente habría mucho que pensar para hallar un sucesor prudente, pacifico y afecto á las 
coronas.» Al mes de elegido el nuevo papa, y manifestando que, al preferirle sobre todos, se había 
propuesto los tres objetos principales de asegurar la supresión de los jesuítas , poner á cubierto las 
regalías combatidas, y procurar que oondescendiara ¿ las instancias prudentes de las cortes, y parti- 
cularmente de la de España, bu lenguaje era en esta forma : « Sin faltar á los estímulos de la propia 
conciencia, no puedo hasta ahora quejarme del Papa, n Un año era transcurrido, y tan normal eia la 
situación como revelan estas palabras suyas : ft En Roma no queda pendiente cosa grave. » 

Mejor qne do fiscal se hallaba Floridab lauca de miniatto español en Roma; poco después de la 
extinción de los jesuítas, de su voluntad fué acto exclusivo no ascender á Gobernador del Consejo; 
mas, como formase píopósito de renunciar á la golilla, se le había radicado en la diplomacia á me- 
dida de su deseo, con lo necesario para sostener el tren y esplendor correspondientes, pnes del Rey 
■alia naturalmente el gasto, no poseyendo caudal propio. Un grave disgusto causóle don Joeé Nicolás 
de Azara, quien escribió el 28 de Abril de 1774 al ministro don Manuel de Boda : «Medio de rebo- 
BO corre por aqni una estampa , mandada hacer por ^tes que usted conoce... la incluyo. Veri usted 
en ella que, después de agotar el diccionario del incienso para cierto sujeto, apenas, apenas se deja 
al Rey el honor de ser principal de su criado, y esto como de limosna. No digo nada de los otros 
reyes, ni de todos los ministros y embajadores del mundo, que, como usted verá, son unos pobres 
hombres, que, si quieren saber algo, han de venir á la escuela de este modelo. Zelada ha catiplado 



bennanos 
el Conde en 



INTHODDCCION. «▼ 

en erto, y d prineipd «isíí. 1. ««tomp» ~mo nn. r.Uqni.. Yo m. e.conderi. en «n. letrina, tote. 
,ne Tenn. elogUdo «1.» Aeere. de este cki.me, Fio«in».i,u.ci deei. á Gnmjdi el 16 de Jnnio : 
.Cnmdo JO f»e.e lan min , ^ne procurue f.bricnTue tde. panegírico, de.me.nr.do. , oreo no tener 
idqiiridn U opinión de m.jndero ó de tontoi y cierUmenle lo ..ria di.pon.endo nna e.tampa qn. 
mmentüe noce.arianmnte el número de mi. émnlo. y .nridio.o» , y oíoilaee lo. eelo. de todo. e.to. 
miniílro., que kan ayndado i la ertinoion, exponiéndome í enajenar .n. ánimo, y á perder el fruto 
do 1. intimidad que he e.tableeido ton ello.. Por olí. parte, vengo í carga con todo el ód.o de lo. 
i«imta. , ra prolectore. y tereiario. , y ert. partido es muy podoro.o y temible, «orno yo sé mejor 
,.e otro, PK. ech.rlo todo .obre li«. e.pddu... Me conocen poco lo. mamo, que td Tez ine yenden 
i mimo tiempo que .fectim tt.tarme con .mi.tad. Vno.tra eieelencia, de cuya hone.tid«i tengo el 
Di. .11» concepto, .e .erviri defendenne, .1 tnriere algo de verdad 1. e.peeie, y poniéndome i lo. 
Vé, del Bey, «e dignará hucerlo presente que .61o .nielo «eguru .n real gr«ii. y bnena opinión d» 
iTñdelidnd y eelo.ii Muy cuc.ta arriba .. bacía á Fionininn«o» dar á Azara por divulgador de la 
«peciota- enmdo ya no tuvo duda ningún., .e m.ni(e.tá propicio á sacrifica .n amor propm y per- 
der I. ofensa, no por eer rigori.U, ni tener b.cbo voto do perfecto, .ino porque, p.r. n»r d« 
bmnanid.d , c.rid.d con el prójimo, 1. b»l.b. ser hombre y cri.liuio. De no bnll.r.e im .fio de.- 
me. .1 .«ente de prece. con lic.nei. en España, también chi.meár. á su modo «.bre haber .«elido 
kciniñijuioí á un eoneierto, en que ee repartió cierta aeronata, compoerta en elogio .uyo por loa 
0«li.rdi. como te.limonio de gratitud á reciento, f.vore.; y quizá omilier. que, puesto 
. en 1. eituneion ridicula de preseneinr su. propin. d.bauza» , y conociendo el .bn.o que ha- 
ca. ... émulos de inoeent«la semejante, no tuvo má. arbitrio que üima i lo. .uto,., do 1. mttoc. 
, leí™, y reconvenirlee «arómenle y del.nle de lodos; tr«i do lo cual, a. retiró do .111 eon enfado. 

A nrincinios de 1776 mortiScó sobromaner. á rio.iniiii.AHOA un. rabotad, furraa de fray Jo^ 
qiiin Het.; en gro.erl.ima carta, donde se mo.tn,b. exuperado, i can., de que la "»■■"»»» í»'» 
Lava del Círpu. ae bubies. becbo en tenue re»nlpt», y no por bula y cerrada y de precepto, aú 
1. de E.V.. y otra.. Por ..le tono fui .1 lenguaje de aquel fraile gilito ; < Yo 1. aseguro que no ha- 
W „dio úsU gola, do sangre... Cuando el Eey me mandó osoribir á u.1. sobre e.^ «lunlo, I. 
IST., mismo'que ,o me r.eel.b. y .hor. voo priotie.mento; e.to os, .e me m»d. p«ir po 
propneal. del eontlr, pues t«ito b.st. p.r. que no se vea p.rfeetamento cumplida la voluntad del 

2 i, «ismo qu. con?. »«.. de 1. ve.er.bl. Agreda, pn.., con babor aeegurado que .1 Ee, no 
n.W. en ella y qn. sólo es omp.ío del confesor, está arrimad, o.f can.., y u. . mano «obro 
^^en", tai falsedades contra .11. en H^cHo. y Gno.t»., y sin dar p»o á I. orden qn, 
3;¿^dol EeTen lo. último, di» del p.p. Clemente XIV. Bien conozco qn. u.I. » reirá de 
tare u«. del Boyen lo. ""■»'',,„„ ..«.fecho con el premio que ..pero 

U .eerolarl. de breve..,Bobro la cao.a do >» °«^'» Xt^^j^'lSio » relrantára de 1. ..- 

*"'r T'fSa'c» rr^tuitr z;:!^^:^!.^^^ ,«. podri. .rr., ó 

pe... do estar faiecida con .1 "'" '*"'"" . ^¿¡„ i, cumplir la. ordene, del Soberano, por 
no eer feliz en Ins •'''¡'''''•■/"'^¿'''¡^^¿^^¿^^tlZ^J^t. que, con 1. IráuquiUdad d. 
«ouclndon truó est» sentida, palabra. . « Mo añora «"•" .„„t¡ito do .n carta, y qno, 

ánimo que corresponde á eu gran carácter, comparo esta ' '"„''j°^™ 1 j. ,. , J l„: 
considerando usía iln.tri.ima la repre.«.tacion qn. q|e»o, ^'" '" " ^"7.11 ' dee.hogo ne- 
.0,. de „ majestad, ^-«« » ™'«- " X""; »" lil . Wnes?:. e.cel.nl .» 
ce.it.ba Fw«inAl,iAS0A . y lo tuvo eon su jefe, en la "8°'" . . ,„„rito .obro octava M 

eopU de r«,p,».t. que doy .1 eonfe»r, en que se »")«'• >^''»^''°"™.¿ ^™„aio parlionl.r d. 
Spu. y madre Agreda. '^^'"■""'•-^'f'^X¡;"f^ZtZ.,^«,. que era má, 

i,:i, , Xioogle 



XxvT EL CONDE DE FLORmABLANCA. 

motivo le han irritado extraordinariamente contra mi ; y cuando me falta ínn & las leyes de la bnena 
crianza tan deacnbtertamente, no puedo lisonjearme qne deje de contribuir á destruirme siempre que 
halle la ocaeion. Esta zozobra contüina no me hará variar el propósito de serrir al Rey con todas mi» 
fuerzas ; pero, á pesar de todo, puede la humanidad quebrantarme en algún lance por una de aquellas 
fatalidades inseparableB de la condición humana, i Por qué, pues, dejarme expuesto & estas contingen- 
cias 7... Yo no pretendo que se haga nada al confesor, pues le perdono de corazón el error en que le han 
metido, y concibo que el remedio seria peor que la enfermedad. Bolo pido nna cosa, en caso que su 
majestad no piense más prudente retirarme, como yo entiendo, para trabajar por otra ida en su re&l 
servicio, y es, que se tengan siempre & la visto, en cualquier acnsacion que se me haga, las peligro- 
sas enemistades qne me han adquirido loa negocios, y la razón con qne debo desear se me comuni- 
que coalquíer sospecha para dar explicación ; aunque lo mejor me pareceria siempre poner aqui per- 
Todas las aspiraciones de Floeidablamcá por entonces se reducían avenir á su plaza del Consejo 
de Castilla con cídula de pTeeminencias, como las que se daban á los ministros viejos y achacosos. 
Por de pronto el Marqués de Qrimaldi templóle el arrebato do la grave desazón padecida ; á los po- 
cos meses le avisó que estaba elegido por Carlos III para ocupar la secretaria del despacho nniver- 
fial de Estado. Su nombramiento le produjo natural sorpresa, y movió sa alma á los sentimientos de 
«mor, gratitnd y temara, á la par que le afligió la ninguna proporción de sus fuerzas para el nnero 
empleo; y sin hacer el hipócrita, rogó á su protector constante qne le pusiera ¿ los piós dol Boy, J 
le anticipara las excusas por los errores iuTolmitariús en que iocuiríria do seguro. 

HL 

Diñcilmente so puede hoy concebir qne un cambio ministerial era suceso de hulto, y ánn especie 
de fenómeno por entonces. Desde el aSo de 1762 figuraba el Marqués de Grimaldi al frente de 1* 
secretaria de Estado, tras de negociar, como embajador en Paris, el funesto pacto de familia. Alguna 
demostración popnlar hnbo en su contra, por la calidad de extranjero, al tiempo del motin de Es- 
qnilache. De español eran sus procederes, y asi la ojeriza turo carácter de transitoria. Bu crédito 
experimentó vaivén grande con motivo de la cuestión suscitada por Inglaterra, al ocupar el capitán 
general de Buenos Aires las islas Maluinas, qne aquella nación llamaba de Falkland, y tenía por 
suyas. Aun presidia el Conde de Aranda el Consejo de Castilla y regia las armas de Castilla la 
Nueva, y por la guerra inmediata opinó cu luminosísimos informes; Grimaldi se sobrepuso á su in- 
fluencia, dando tan mal sesgo al asunto, qne la desaprobación oficial del Capitau General fué nn hecho. 
Se las desavenencias entre Aranda y Grimaldi se derivaron loa partidos opuestos de aragonetes y go- 
lillas; sin duda tomaron el nombre de la patria de Aranda y del epíteto que eolia dar á los fiscales, 
como en despique de que á menudo le coartaran las prcrogativas , con apoyo de las prácticas y de 
las leyes; pero sustancial mente entre el poder civil y el militar era la pronunciadiEima lacha. De ella 
salió Grimaldi victorioso, pues se deshizo de Aranda, que á Paria fué en clase de embajador, i los 
siete aSos de ser traido de la capitanía general de Valencia á Madrid con las más elevadas funcio- 
nes. Trascendental fué á la opinión de Grimaldi la desgraciada expedición á Argel del aBo de 1775 
en sumo grado, y casi toda la responsabilidad se le echó encima. No le eran adictos sus compañeros; 
también le achacaron sus enemigos la publicación de la pragmática de matrimonios desiguales, por 
cuya virtud el infante don Luís fuó esposo de doña Maria Teresa Vallabriga, y que pareció novedad 
censurable y aun dolorosa. Bajo todos conceptos eran los ánimos hostiles al Ministro de Estado. Du- 
rante la jomada de Ban Ddefonso de 1776, se le acrecentaron los desabrimientos, no pasando día 
tin que le llegaran papeles anónimos y llenos de insultos y amenazas; sn casa de Madrid quisieron 
incendiar una noche; cuantas sátiras salieron sobre la expedición de Argel iban á parar á sus ma- 
nos; todas las maSanas aparecían pasquines en su contra. Por más que aparentara serenidad de es- 
píritu á los principios, sin fuerza ya para disimulos, hasta en el semblante se le conocían las desa- 
Kones. — Eato ya et menester dtjarh... Ettoy firmemente resuelto á dQar ¿i ministerio y á retirarme i 
Sonta, porqvi creo q%í« allí he de vivir aun diez 6 doce años; frases eran éstas qne repetía á me- 
nudo en el seno de la confianza. Un incidente de ninguna significación esencial vino á producir el 
final desenlace. Como protector de la Academia de Nobles Artes de San Femando, Grimaldi ex- 
tendió el nombramiento de persona tan Idónea como don Antonio Ponz , en calidad de sectetuio; 



V Google 



INTRODUCCIÓN. xxTn 

pero ]■ corporación ofendióse de que se hubiera hecho sin propuesta anja; j esto dio margen i 
contestocioDeE j réplicas mn^ vivas, y campo de' oposición TÍo¡entÍBÍma proporcionaron las juntas, 
áqne asistierou con desosada puntualidad y como consiliarios muchos grandes de España, delibe- 
ndamenfe unidos para atizar el fuego de U discordia. Ya entonces resolTÍ¿ae Grimaldi á abandonar 
n pnesto, j de modo, que Carlos III le hubo de admitir la renuncia con mucho sentimiento, qne- 
dindo muy satisfecho de sns servicioB, j haciéndoselo ver al mundo del modo qne estaba á so al- 
cance, pues nombróle embajador en la curte romana. 

Hasta en la caida salió Orimaldi victorioso de sns enemigos , con obtener que Fl,ori da blanca le 
nuxdiera en el mando, como sn legítima hechura. Sin haberle visto en la vida, ni conocerle más qne 
por sus prodncciones impresas y sn bien ganado renombre, se le propuso al Monarca, para qne lo- 
gjín de Clemente XIV la extinción de los jesnitae ; después influjo mnj espontineamente en que 
K le hicieran galardones , y siempre le mantuvo á salvo de las malas voluntades , que tiraron á per- 
derle en la gracia del Soberano. Por entendidos se dieron los contrarios del ministro saliente de que 
le debía su ascenso el entrante, una sátira circuló titulada ; Junta amial general de la locitdad atiti- 
kitpana, celebrada el dia de Inocente» de 1776, ¡/ fin de fiesta en el cuarta dd Marqués ás Gri:náldi; 
; m BQ boca poniaee alU el sígnente pasaje ; 

Peto no lea salió como peofaban. 
Porque les he pegado el gran petardo 
De desbacer Bns máquinas é intrigas. 
Poniendo en mi lugar un hombre bajo, 
Do coraion torcido, ; tan perverso. 
Que apaienta candor ; encubre rayos, 

Goieralmeiite iai aplandidisima la elevación del Condb de Floris ablano a al ministerio, por la 
lepotacion grande que se había adqnirido de fino tacto y capacidad suma en todos los n^ocioa fiados 
i en desempeíio. Cabeza del partido aragonés era el Conde de Aranda; como sucesor de Grimaldi, 
M le había designado en conversaciones y hasta en pasqnínes ; sin embargo, á Floridablasca feli- 
ciU de seguida , con la marcial franqueza y característico desenfado que resultan de carta suya , fe- 
cbsdi en Farfs el 25 de Noviembre : «Vaya ésta á la suerte de hallar ó no á usía ilustrisima aún en 
Boma, de donde se la enviarán, si acaso hubiese ya salido para la nueva silla que trueca. Por el úl- 
timo ordinario he tenido aviso de oficio de la nominación de usía ilustrisima para la secretaria de 
Estado. Si le doy la enhorabuena, que es el cumplido común, hago lo que á todos impone la esta- 
blecida y justa atención del mundo; pero no me contento con eso, y paso á desear á osia ilustrisima 
toda felicidad en sn desempeño, por sa persona y por bien de la monarquía. Por ambas razones se le 
Isiá creíble á usía ilustrisima: por la primera, á causa de habernos tratado reciprocamente sín inter- 
nijHnon y sin objeto de fines particulares; por la segunda, pues sabe usia ilustrisima mi ciego amor 
lia patria, mi pasión por la gloria y estabilidad do la monarquía, y mi modo de servir al Bey, des- 
prendido de todo impulso de ínteres ó miras personales. Sea nsia ilustrisima tan dichoso como yo se 
b deseo. Majara te vocant, y el talento de usia ilustrisima tiene ensanches para todo. Sea buen ea- 
psSol, que asi será buen servidor del Bey, y las historias le harán justicia, inmortalizándole. Un 
buen corazón ofrezco é, usia Uastrisima, qne es todo mi caudal, y la seguridad de que ninguno obe- 
decerá sns preceptos con voluntad más fina.» — No menos cordialmente le respondió Florid ablano a 
el 18 de Diciembre eu esta forma : uDe vuelta de Ñapóles recibo la estimable de vuestra escelencia, 
cnyss expresiones agradezco en el alma, porque las creo sinceras. Siempre hemos tenido una especie 
de genio reciproco, á pesar del petegotismo (pase la voz italiana) de nuestros pasados encargos. He re- 
cibido la noticia de mi promoción con aflicción de ánimo, por la desproporción de mis fuerzas con el 
peso de los grandes objetos á que ta Providencia y la bondad del Rey me han querido destinar. Del 
celo y de la actividad no dude vuestra excelencia , como ni del amor á mi patria y á la gloria del Bey 
f de la nación ; pero minimus ínter amnes , | qué podré hacer para arribar al colmo de mis buenos 
deseos! £n fin, yo me conformo, pues que asilo quiere el amo, y voy á partir, esperando en Espafia 
los preceptos de vuestra excelencia.))^ A los cinco dias de besar la mano de Carlos III, en el real 
titio del Fardo, Floridablakca decía, el 24 de Febrero de 1777, á Aranda: u Cuasi acabo de llegar, 
7 he comenzado desde luego á ejercer el oficio. Dios quiera qne vaya bien; pero para ello es preciso 
Werel noviciado, en que estoy muy expuesto á muchos errores.» — Sobre igual tema, Aranda escri- 
bía, pocos meses después , á Flobidablakoa : u Veo que vuestra excelencia trata los negocios oob 

dqIc 



l^iOOglt 



xxvm EL CONDE DE FLOEroABLANCA. 

habilidad y piofondidad, de qne careciam cnantos han pasado poi bus manos desde qae Uef(né i este 
- cérte, malográndose varios por la superficialidad j ligereza con que venian diepnestos , y por el poco 
apego de que ee ensceptible el que no pnede pnmnnciar bien cuerno, cebolla j ajo. Gracias á Dios qtia 
todos somos nnos, y vuestra excelencia irá cosiendo los asuntos.» No le podia FLoaiDABi. anca seguir 
por este último tono, pnes á Grimaldi estaba mny agradecido; y do ello lo dio inequívoca maestra, 
con pedir y obtener en el primer despacho que el Eey le hiciera duque y grande do Espaüa , coyft 
noticia envióle diligente y gozoso i, Medina del Oampo, adonde se habia ido á despedir del Mar- 
qués de la Ensenada, antiguo amigo snyo. 

Foco ventoroBO faé el reinado de Carlos III bajo el aspecto de las relaciones exterioTea dnniDto 
sn primer periodo; en el segundo brilló con más lastre, desde que todo el ministerio ee com- 
paso no mis qne de espaBoles, Bu primer paso ministerial dio Flokidablakoa en el sendero de la 
gloría, mediante el tratado qne puso á las cortes de España y Portugal en perfecta armonía , ¿ la 
par que adquirimos en el Bío de la Plata la disputada posesión de la colonia del Sacramento, y las 
islas de Femando Po y Annobon junto á las costas añicanas. Más complicada cuestión era la de la 
América del Norte, ya luchando heroicamente por su independencia. Sobre la base de que todo el 
mundo se previene en bu casa si hay fdego en las inmediaciones , Floridablakoa propuso que á la 
deshilada se enviasen buques franceses á la isla de Santo Domingo y españoles á la de Cuba, no 
con ánimo de promover la guerra, sino de estar á todas las eventualidades , y en aptitnd propia de . 
conseguir ventajas, ora quedasen al fin sometidas ó independientes las colonias. Mal pareció' á loB 
consejeros de Lnis XVI tal propuesta, y no se habló más del asunto. Poco después lograban comi- 
sionados americanos qne por ellos se declarase Francia, y entonces vino aquella corte á halagar á la 
nuestra, para que procediese de igual modo, y la respuesta fué negativa, después de hacer que la es- 
perasen allí largo tiempo; sobre lo cnal escribía Aranda el año de 1776 ¿ 7 de Marzo : «Habrá tres 
dias que, furioso Vergennee sobre qne no venia respuesta al correo de 31 de Enero, no pudo conte- 
nerse y me dijo : «Estaos U tercera jomada de los aciertos de EspaQa : primera la de Argel, para 
gastar sn dinero, perder millares de hombres, ser rechazada por unos bárbaros, y venir después á 
la Francia para que interviniese con los argelinos ; segunda la de Buenos Aires , para consamir 
millones, favorecerla Dios sin perder un hombro en ocupar los puntos qne podía desear, y después 
hacer con Portugal nn tratado que no podia soñar, pero con macho misterio en conducirlo de modo 
que cnalqnier arbitro que hubiese mediado hnhiera tenido vergüenza de proponerlo á la Espafia ; 
tercera la presente , en que por escrúpulos ó irresoluciones llegará tarde para las ideas que se for- 
maron.» Flobidablakoa respondió sabiamente y sin demora : «Vergennes... se queja de qne no res- 
pondemos á unas resoluciones qne no piden respuesta, sino obediencia y conformidad; éste parece el 
eistenla actual de esa corte, mny consecuente á sus antiguas máximas. Nos ridiculizan sobre nues- 
tro tratado con Portugal, al mismo tiempo que nos sugirieron é influyeron para hacerlo en termines 
mucho menos ventajosos, de que tengo las praebas en mi poder, autorizadas por la respetable firma 
de sn excelencia. Llaman tercera jomada de nuestros aciertos la de la presente comedia; dígales 
vuestra excelencia que no es sino la cuarta, porque la primera ñié la pérdida de la Habana j de 
las riqueeas del Sur en la HermioTta, quedando después sin la Florida y con nuestros enemigos en 
el Seno Mejicano, para no poder entrar ni salir en nuestra casa siu su intervención ; ésta fué la pri- 
mera jomada de aciertos'. Incluya vuestra excelencia la de Portugal por consejo y auxilio de esos 
señorea, que nos desprecian, y hacen bien si continnamos en creerles y seguirles. AI fin, si no se 
conquistó Argel , y después los buscamos para componemos , no perdimos tierras ni navios , ni he- 
mos necesitado el que nos compongan ; si gastamos en Buenos Aires , hemos tomado el fresco, sin 
perder un hombre ni un pedazo de tierra ; si ahora no acertamos, vendremos á parar, á lo menos, en 
gobemamcB sin tutores, y no quejamos de otros qne de nosotros mismos, sintiendo sólo el tiempo 
qne hemos perdido en planes , preguntas, respuestas y altercaciones, para concluir en no haoer nada, 
hasta la hora precisa en que se le antojó á esa corte dictar la ley y tomar su partido para lo que 
crea conveniente, sin contar con nuestm dafio ni provecho... Parece qne nuestra conducta política 
debe ser semejante á la militar que ahí proponen ; esto es, obrar separadot, sin d^ar de ter amigo».., 
Vnelvo i declamar por España, la cual estará bien cuando mire por el, j mny mal cnando sea es- 
clava de otro poder, sea el que fuere.n Aranda estuvo por la guerra desde los principios; Florida- 
blakoa inclinóse á sacar fmto por la via de las negociaciones , y de esta suerte obtuvo para Espafia 
el gran papel de mediadora. No pndo reducir las voluntades á qne las cuestiones pendientes se ventí- 
lársoí pacificamente en nn congreso, y al fin España declaróse potencia beligerante el afii> da 1779 

lmi,.-. .. Cooglc 



ntntODÜCCION mx 

por et mea de Jonio, á canea de loe desprecios y las sltatierías de üiglaternt ánrante los tratos , no 
■nuiándose á niugan acomodo, á la par qae ¿ Dnestro pabellón hacia insiiltos, j saqne&ba nueatroi 
bq'elea , 7 i los indios movia en nnestro daño al rededor de la La^iania j de Honduras. 

Como guerra se tnvo de nacional decoro, y asi notóse aqai grande entusiasmo y se multiplicaron 
ios donativos. Cuatro años duraron las hostilidades; en América obiavieron may eeSalados triunfos 
el Presidente de Guatemala y los gobernadores de la Luisiana y de Campeche ; nn gran convoy 
^nesó nnestra eseaadn & la altura de las Azores por hábil combinación de Pixirid&blakoa; dne- 
fioa nos hicimos de Menorca, y próxima estnvo i ondear sobre el peSon de Gibraltar unestr* ban- 
dera. Sólo faltó este reqoiaito á la paz gloriosa, y asi y todo, desde la subsiguiente á la victoria 
de San QointiD, jamas llegó España, tras de porfiadísimas luchas, tan brillantomente «1 reposo. Ya 
SDtónces hobiera dejado Flor idab lauca el ministerio por su gusto; no consintió en su retiro (A So- 
beruo, y el carácter personal de éste y la gran suñciencia de su primer ministro realzaron conside- 
nbiemente el Instre de España : entre eos íiifantes y los de Portugal se celebraron doblee bodas tm 
bien de los vlncnlos tradicionales de ambas naciones; paz hubo fructuosa con las regencias berbe> 
tiecM; nn embajador extraordinario vino aqni de la Snblime Puerta, y Austria, Francia, Rusia, 
Inglaterra, Pmsia, Dinamarca, Suecia y la misma Turquía acordaron consultar á Carlos III sobra 
los arbitrios para la pacificación general de Europa , turbada por la cuestión de Oriente i los lUti- 
mes de su reinado, l Qué gloria para et Conde de Flobidablanca , verdadera alma de la politíoa de 
sotanees! 

Prol^D fuera, y hasta ocioso, detenerse á enumerar cuanto bizo varón tan ilustre en los asuntos in- 
teriores, para difondir las luces y acrecer la prosperidad en todos los ramos, y velar por los meses- 
termos. Ademas de que su Iiutmccion á la Junta de Estado contiene la suma de las ideas adqmri- 
du y la norma para el mejor gobierno de Espofia, nn Memorial presentó á Carlos III y reprodujo 
i Cirios lY, en que se compendian fielmente sus serricios relevantes. Ambos escritos forman part« 
del tomo qne ahora se da í la estampa. Redactado fué el último de estos documentos inapreciables 
oon motivo de qne es necesario dar noticia. Sus altibajos hablan tenido las relaciones amistosas de 
nuestro embajador en París y del Ministro de Estado. Siempre la agresión provino de Aronda, que- 
joso de que no se siguieran sus planes , ó de que se le ocultaran secretos ; Floridablanca no hizo 
más qne parar los golpes en actitud muy decorosa y meramente defensiva. Por muestra hay que 
tnnscribir trozos de sus cartas confidenciales. Aranda á Flobidablabca : «Yo celebraré qne la Es- 
paña saque BU partido, sea por el lado qne fnere; yo no sueño sino en España, España, Espafia; 
dsrtamente qne i vuestra excelencia le sucede lo mismo; y seria un fatal destino qne ni á rio re- 
Toelto hubiera ganancia de pescadores para nosotros. Las cosas estrechan ; no hay njás tiempo que 
pan mirar i las tajadas ; con que, asi, señor excelentísimo, echar el ojo á las mejores. » Florida- 
busca A Anuda: «Vuestra excelencia predica por España, y yo quiero responderle predicándole 
por la misma. Espafia y su bien es nuestro objeto único, y por él dejemos á un lado las sugestiones 
á» nuestro amor propio y las perspectivas romancescas con qne quiere lisonjear nuestra vanidad. 
Crea vuestra excelencia qne nada se puede aventurar, conformáodose , explicándose y obrando se- 
gan las santas y admirables intenciones del Rey, y que hay grandísimos riesgos en lo contrario. Vnes- 
tn excelencia es Tmo de los mejores españoles, y como tal será uno de sus mejores ministros, ya que 
Dios le ha hecho nacer en la clase de los mejores vasallos. B En despacho de oficio, con objeto de 
qne el Bey lo viera por sus ojos , se aventuró á decir Aranda que arcanos y desconfianzas no le eran 
wportable». Flobi das lauca escribió en respuesta : «No quiero ocnitar á vuestra excelencia, porque 
no se queje más de ocultaciones, qne su carta de 11 de estemes nos ha pnesto de muy mal humor; 
tupongo que vuestra excelencia lo baria con esta intención , porque conozco su modo de divertirse ó 
desenfadarse. To podría haber contribuido á poner á vuestra excelencia de peor humor, si mi alma 
no faeee mis grande que los burlas ó los agravios que se me pueden hacer, aunque mi condición 
sea pequeña. Saa embargo, no estreche vuestra excelencia demasiado á los hombres , que conoce y 
utbe qne, aunque son honrados y modestos, no han sido en otro tiempo muy sufridos... Démonoa 
por buenos, trabajemos por el servicio del amo y bien de la patria, y dejemos los chismes y lasca- 
TÜaciones para las mujeres y los hombres de poco esplritn. A estos objetos contribuiré con todas 
BÓs fuenias, como lo he hecho hasta ahora, aunque sin la fortuna de que vuestra excelencia me ha- 
ga justicia; pero, sin cansarme en continuar, pienso no volver & entrar en respuestas ni contesta- 
wmet sobre Tectmvenciones personales, porque no me lo permiten ni mi salud, ni el tiempo, ni mis 
princi pi o». B Ámdaá Flosidablaxoa : «Nonos amontonemos, sefioi excelentísimo; «admtMnM 

X.OOQ le 



lOOglt 



xrr EL CONDE DE FLORIDÁBLANCA, 

hombrea parK entendemoB recIpTocamente ; no se me acoja vuestra excelencia al sagrado del amO, 
cajo nombre eoIo es ima barrera para nú respeto. Y laégo, ¿qnián podría distinguir lo qne hubiors 
salido de sn mota propio y lo qne hubiere sido proposición de sus ministros y sólo condescendencia 
suya, Bcgnn lo babian pintado? Pero si vuestra excelencia, sacerdote del oricnlo, no quiere admitir- 
me ni ana por sacristán , pues tengo toe de chantre y de capiscol , déjeme á lo menos entonar algu- 
na vez las letanías.» He dicho vinas veces qna yo no abonaba á este ministerio en sos cordiales in- 
tenciones de corte & corte , pues si una vez ha ido derecho, se ha torcido otras , y lo mismo digo á 
Tnestra excelencia, como dicen, al paño, que pienso de nnestro gabinete con éste, y áon, si cabe, con 
más conocimiento, pues si i las gentes propias, como yo eoy, se han interpolado roñas j tretas, mí- 
rese qué será con las ajenas... Yo sé que he sido buen embajador del Rey, dando mil vaeltas á to- 
dos loe asuntos j obedeciendo su voluntad decisiva ; sé también qne he procnrado ayudar á vuestra 
excelencia con cuantas especies se podian suscitar, y qne con caramelos me hubiera vneEtra exce- 
lencia llevado por las orejas; pero azote encima, señor excelentísimo, suele causar que los nlQos 
hagan novillos. Yo no los pnedo dar á vuestra excelencia, porque soy quien est¿ en la escuela, j 
vuestra excelencia, al contrario, regenta la clase y tiene en roanos la férula del maestro, hoc t»t wrmen 
Allisñmi; mas, como ya no tengo padre ni madre, ni tutor, por haber cumplido la edad, pnedo 
tomar la carrera de las armas, y haciéndome soldado, qnedar á la buena vida de ellos para servir al 
Estado y al Bey contra sns enemigos, n Flobidablanca á Aranda : u Ahora , excelentisimo señor, 
yo no pretendo que vuestra excelencia me confiese la razón , pues me contento con qne da botones 
adentro conozca que tengo algunas disculpas ; tampoco quiero exigir de vuestra excdencia qne di- 
ga que no tuvo motivo de quejarse, porque eso va en los genios más ó menos delicados, j en los 
acddentes que se cruzan con la astucia de las cortes y el momento de nuestras vivezas; lo que si 
pretendo, ee qne vuestra excelencia no tiene razón de qnejarse eu los términos que lo ha hecho con- 
migo, porque ni yo he maltratado á vuestra excelencia, ni le he desconceptuado con el Bey, ni le be 
ocultado de propósito cosa alguna para desairarle con ese ministerio, ni le be puesto una sola orden 
de desaprobación , reconvención, extroñeza ú otra expresión qne pudiera en lo más mfnimo mortifi- 
carle. Una cosa qne se calló á vnestra excelencia, en los principios de la guerra, fné, hablemos claros, 
no sólo por el bien del negocio, sino por vuestra excelencia mismo; el Bey mandó callar sobre esto, 
y no es justo qne removamos caldos ; las demás ocultaciones que se nos atribuyen han sido apreu- 
Bioues ó casualidades , pequeneces ó equivocaciones. En cambio de esto, vuestra excelencia me trata ' 
de hombre qne no cumple con eu obligación; que faltará á la verdad, atribnyendo al Bey cosas quo 
no habrá hecho ni dicho; que pintará á su majestad las cosas como quiero; que usa de roñas y de 
tretas ; que tiene otras mil cosas ó defectos... Lea vuestra excelencia sn borrador y esta confidencial 
á sangre fría, y vea si resulta de ella todo esto, y si puesto en mi lugar, ni en otro alguno, lo sufri- 
ría. 6tn embargo, yo, por reverencia á la majestad del Bey, á quien be de leer esta carta, no sólo me 
abstengo de otras expresiones, sino que le pido que atienda á las buenas cualidades qne hay en 
vuestra excelencia y á bu celo y actividad, qne le be elogiado repetidas veces; qne no rebajaré en 
nada el concepto de vuestra excelencia por el paso que acaba de dar, excitado de su genio nimia- 
mente delicado y pundonoroso... También pido á vuestra excelencia dos cosas : primera, que no tne 
vuelva á escribir en términos iguales, y se compadezca de mis trabajos, salud y situación, para no 
exponerme á una imprudencia... Segunda, que no se ponga siempre de parte de las disculpas de esa 
corte , 7 qne alcance su equidad alguna vez á los disculpas de la nuestra, aunque sea entre nos- 
otros mismos.n Nuevo motivo tuvo Floridablakca, á los pocos meses, para escribir á Aranda y re- 
tratarse de este modo: «Soy el mismo qne he sido siempre, á saber: hombre de bien, agradecido, 
venerador de la persona de vuestro excelencia y deseoso del acierto; si yerro, es porque no alcanzo 
más. Confieso que soy vivo y poco sufrido; pero el temperamento del país en que nací me puede 
disculpar. En fin, hagamos por la patria cnanto se pueda, y chismes á un lodo.» Afectnosísima era 
la correspondencia de los condes, al dejar el de Aranda en 1787 ta embajada, por estar casado en 
segundas nupcias y no avenirse á la ausencia de en esposo, á la cual fué el clima de París muy des- 
favorable. 

Clamores se alzaron de los descontentos y ambiciosos en contra de Floridablasci, de resultas de 
la creación de la Junta de Estado, so color de que asi aspiraba al ministerial despotismo. Como jefa 
de la oposición vino á figurar el Conde de Aranda, que se creia para más qne otro alguno de sns 
compatriotas. Bueno es afirmar que la Junta de Estado no era más ni menos qne el Consejo de Hi- 
nistros, según se celebra actualmente. Un real decreto de 23 de Mayo de I78S aobrs honores mili' 



Cooglc 



INTRODüCCIOIÍ, ixn 

Utm determinó de plano la actitud boetil del antigao Freaidente de Castilla, representando con vi- 
Tacidad extraordinaria en contra por el Ministerio de la Onerra, j no siendo Terosünilmente extraño 
i la diTulgacion de nna sátira sobre el mismo osonto, bajo el epígrafe de Convertacion qvt tuvienm 
¡ot eondís d« Floridablanea y de Campontáne» el 20 de Jumo de 1788 y con hacinamiento de calnm- 
nias para arrainar al primer ministro en la gracia del Soberano. Por aquellofl mismos días pablicóEe 
ot el Diario de Madríd la fábula siguiente : 



EL RAPOSO. 



Do Tin león poderoBO 

Uiuistro principal era Tin raposo; 

Fot lo Bogaz 7 iiiitato. 

Orgullo como el hombre tiene cl bntof 

Y aat, de ni príTanEa envanecido, 
Irat&ba con orgullo desmedido 
Hasta á loa mismos tigres 7 los osos. 
Todos lo» animales. 

Oran dea, pequeños, monaos y fniioao^ 

Eran para él iguales ; 

Con rigor loa trataba y aspcrcía, 

Y despreciaba fuerzas 7 grandeza. 
En cato, del favor una muilanza 
Caer hizo al visir de la príranza, 

T apénaa del señor perdiú el aprecio^ 
Objeto fué dc-l general desprecio. 



Ion el mis Infeliee le acomete, 

T lea grandes del reino por jagnetc^ 

Ko queriendo tomarse más trabaja 

Qae tal cual arañaio de ligero. 

Como por agasajo, 

Tal martirio le dieran y tan fiero, 

Y se lo contiDuoron de tal sacrte, 

Qne, cacado de llagas 7 de afrenta) 

Tino i, sufrir la muerte, 

Penosa tanto más cnanto más lenta. 

jPoi qué para estos caaos 
Buscamos en los brutos ejemplares, 
Si de iguales fracasos 
Kos ofrecen loa hombres o 
Cuando el poder usaron con eio 
;Y U soberbia cesará por esol 



Batirá y fábnla so jnzgaron generalmente enderezadas contra el mismo personaje , anuqne la 
primera esturiese clara 7 la segunda en cifra. Diligencias se empezaron á practicar por los alen- 
des de casa j corte en averignacion de todo. A la sazón estaba el Rey de jomada en San Ddefonso, 
coa] de costumbre dnrante los meses estírales. Diversas copias de la sátira se remitieron á Flori- 
DiBLAvcA, y entre ellas le pareció ver una de cierta señora perteneciente á la grandeza j qne le de- 
bía «tenciones ; sobre lo cual dcsahogóae con personas allegadas, no sin hablar de la soma benigni- 
dad con qae le trataba el Soberano 7 le favorecian de continuo los principes sus hijos ¡ y como lo 
eipresaba á menudo, sin venir á cuento, 7 le observaran taciturno y ensimismado, y sabian lo de la 
copia de letra conocida , se llegaron á persuadir de que había concebido recelos de los Orondea de 
EiptSa. A muy probables conjeturas indojerou las averiguaciones oficiales de provenir la sátira y 
■D divulgación primera de militares condecorados. Respecto de la fábula se supo con evidencia por 
don Pílix Maria de Samaniego que el autor era un joven amigo suyo, residente en Bilbao, llama- 
do don José Agustín Iboñez de la Rentería, no ocultándoselo á nadie, por ser del todo ¡nocente su 
obra. Algunos tenientes generales y maríscales de campo fneron alejados de Madrid con varias co- 
súiioncs, por consecuencia de la sátira divulgado. Evidentemente se renovaba, como en loe tiempos 
deOrímaldi, la agitación del partido aragonés contra el de los golillas; sólo qne entonces el punto 
departida de la oposición ero un desastre como el esperímentado en las playas de Argel, por mola 
combinación de la empresa, 7 le daba apoyo el Principe de Asturias, anbeloso de ser admitido i loa 
juntas qne se celebraran por el Consejo de Estado, 7 ohoro, sobre no tener mejor fundamento qne 
el decreto de honores militares, coyas consecuencias, de más ó menos bulto, admitían el remedio fa- 
riliiimo de una plumada, el primogénito de Carlos III estaba de parte del Ministro, pues bobia lo- 
grado el grao golpe do política de que se le admitiera á todos los despachos y se le dispensara nna 
confianza en los negocios de que no babia memoria en los fastos de la monorqnia, ni ejemplo en las 
demás naciones. Con todo, Floridablanba se propuso abandonar el ministerio, 7 paro impetrar es- 
ta gracia del Soberano fué su Memorial consabido, resumen de tos sucesos de su época 7 de los ade- 
Untos de España, sin omitir la honorífica mención 7 el justo y legitimo elogio de cnantoe habian 
contribuido á su lustre. Lo acabó de escribir el 10 de Octubre; casi de igual fecho es otra sátiro en 
tn contra, y titulada : Carta de un huevero de Fuencarral á un ahogado de Madrid, tohre el libre co- 
«aw de lot hueiiog : acre censuro era del comercio libre entre España é Indias, y pobre alegato á fovor 
dd utigno sistema ; asi esta nneva sátira ni desazonó & los amigos , ni regocijó á los contrarios. 

Plobioablakoa olvidó sus amargnras ante las del Monarca, el cnal oia gustosísimo la lectura del 
Mtmoriai en los (tespaclios de su ministro predil«cto, cuando vio enfermar j morir i bu j^ner* do^ 

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XOrt EL CONDE DE FLOIlIt» A BLANCA. 

fia María Ana Tíctoria, á gn nieto Carlos José 7 á bq hijo el iofante don Gftbríel, en el breve espado 
de diez y ocho dias. A pesar de sn resignación cristiana, Carlos III era hombre, y no se podo so- 
breponer á tantas penas , y asi exclamaba, transido de angustia : / Gabriel ha muerto, yo It aegMxré 
prontol Sng hijos rodeáronte de contemplaciones y ¡e suplicaron que TÍnicra á Madrid sin deíaora; 
por encargo de ellos inteipaso Flobidablanca para lo mismo sas ardientes instancias , con la sen- 
tida pintnra del temple desapacible de oqacl sitio, de los eílnvios Tirolentoa qne ragneaban por todo 
el palacio y de la tristeza funeral de sus babitacionee ; ¿ todo lo cual repuso el Monarca, en tono de 
presentimiento : Déjate de eao, Moñino. Pues ¡qué! ¿no sé yo que dentro de poco» diae me han de traer 
para hacer una jomada mucho más larga entre estas cuatro paredes? Cual de costombre, hasta el 
1." de Diciembre duró la jomada; por vez primera no hizo Carlos III la ylspera de la Concepción 
de la Virgen la función de los mantos desde la creación de sn Orden de caballeria, pues ya estaba 
enfermo de calentura inflamatoria. De tres años atrás, y á consecuencia de la muerte de don Manuel 
de Roda, también desempefiaba Flobidablanca el ministerio de Gracia y Justicia, ademas del de 
Estado. Como notario mayor de los reinos entró & que firmara su t«stameQto el Monarca , sumamen- 
te afligido y saltándosele las lágrimas de los ojos , de forma que le dijo el augusto paciente : ¿ Que 
creiagp ¿que yo había de ser eterno? Ee preciso que paguemos todos el debido tributo. Carlos lU finó de la 
manera más ejemplar á la madrugada del 14 de Diciembre, recomendando á su hijo y sncesor qne 
conservara en su puesto al primer Secretario del Despacho, Mejor le estuviera á Floridablanoa 
soltar á todo trance sn cartera ministerial sobre el féretro del monarca difunto. Ya habia cumplido 
sesenta afios y ganado perpetua fama; sus grandes trabajos pedían reposo, su salud quebrantada lo 
necesitaba de veras; mas por veneración á la alta memoria de su Bey amado, aun se sacrificó i sn 
voluntad soberana, como si no yaciera en la tumba. De tan profundo acatamiento se derivaron part 
el espíritu y el corazón de este varón preclaro inuy terribles y hondas tribulaciones. 

No hubo alteración alguna en el nuevo reinado acerca de las jomadas á los sitioa , y en la de Aran- 
juez hallábase la corte, cuando el 12 do Mayo de 1769 se remitieron desde Madrid dos paquetes 
con un papel anónimo al guardia de corps dotl Manuel Qodoy y al jefe del guardaropa don Car- 
los Ruta, á fin de que lo pusieran en manos de la Reina el uno, y del Bey el otro. Nueva sátira 
era bajo el epígrafe siguiente : Conjeeion general del Conde de Floridablanca ; copia de un papel qtu 
se cayó de Ut manga al padre comisario general de los franciscos, vulgo observantes. Sus autores 
tiraban á desconceptuar y destruir al Conde, mediante el uso de las armas del ridiculo y de la inju- 
ria y la calnmnia, y descargándolas igualmente sobre supuestos actos de su vida pública y privada. 
Pero, á vueltas de esta primordial idea, no perdonaban á ningún secretario del Despacho, ni á los 
Bubalteraoe de las secretarías, ni á los tribunales supremos y sus ministros, ni á otra mnltitad de 
personas condecoradas. Asimismo vertían particulares especies sobre resentimientos de los embajado- 
res y ministros extranjeros y de sas cortes, y amenazaban con la venganza de Francia, de Ingla- 
terra y de los Estados Unidos, y con el derramamiento de la sangre de Flobidablanca , y con la 
divulgación del anónimo dentro y fuera de España, para escarnecer y difamar al Gohiemo. Por úl- 
timo, injuriaban torpfsimamente al monarca difunto, en términos de que, á pesar de su elevado mé- 
rito, y de los elogios y ol amor de sus vasallos y de toda la Europa, se le pintaba como un hombre 
pasivo, inerte, estúpido é insensible; y hasta predecían conmociones, sí continuaba el despotismo del 
personaje contra quien asestaban principalmente dardos tan llenos de ponzoSa, Puntualmente cum- 
plieron don Carlos Buta y don Manuel de Godoy el deseo de loa encubiertos autores, cuyo papel 
subversivo llegó á manos de Carlos IV y de María Luisa. 

Ambos príncipes leyéronlo de seguida en todo ó en parte; y por el mismo Bnta llamaron cero 
del mediodía á Floriuablakoa de la secretaria de Estado, y le dieron los dos ejemplares del libelo, 
con alguna idea á la par de sus especies malignas y calumniosas. Bien dijo don Josó Antonio de Aj- 
mona, corregidor de Madrid por entonces, y varón de gran seso y pulso, qne «para un lance asi, 
estando á los pies del Bobcrano, ante quien se hace la acusación, se necesita todo un hombre, pues 
acaso no alcanza de pronto el interior consuelo de la inocencia, y se requieren los auxilios de Dios 
y gran fortaleza de espíritu para uo caer en tierra ó muerto ó desmayado.» Verdad es qne hubo de 
mitigar sobremanera su disgusto la urgencia con que los reyes le encargaron la averiguación y cas- 
tigo del autor ó de los autores del anónimo infamatorio. Según el mismo Armona, escritor de vera- 
cidad suma, «la osadía del estilo, suponiendo errores sobre la justicia del rey difunto; las calum- 
nias tn¿B atroces y los hechos que se vertían contra el ministro en favor, dieron mucho sentímien- 
to al Bey, porque el amor TeTereocial (ine siempis numifestó á bq padre, la» fábitB lepcioiiw d« 

I,: I, . CiOOglC 



INTEODÜCCIOIÍ. xxxni 

¿obieroo qne recibió de él , uociftdo por tontos años á sus deapftclioB , los negocios mismos qae se 
despachaban con sq noticia, estaban mnj presentes en en felis memoria; j lUtimamente, el conoci- 
miento qne tenia su majestad det Ministro j el crédito de ene talentos le hicieron concebir el hor- 
ror, que se acreditó aquellos días en su semblante, contra el autor de los papeles; 7 en la Reina se 
notaba la núsm» desazón; pero el antor 6 los autores de la negra trama no eran conocidos, ni ee po- 
dían sospechar entonces, 7 asi duró bastantes días la taciturnidad 7 el sentimiento, bien conocida 
de toda la córte.H Por cartas interceptadas ee adquirieron snficientes indicios para expedir auto de 
prisión contra don Manuel Delitala, marqués de Manca, don Yicente Salucci, don Luis Tímouí y 
don Juan del Turco. Oriundo era el primera de Cerdeña 7 nacido por casualidad en España, y los 
demás venian de extranjera cuna. 

Al Marqués de Manca había fallado el Ministro de Estado de segnndo introductor de enbajado- 
TCB, 7 le trató con distinción y agasajo 7 hasta con propensión farorable, por las noticias anteriores 
qne tenis de en talento, sin posibilidad alguna de proporcionarle adelantos en la carrera, ni recnr- 
BOB para satisfacer sus deudas contraidas en Copenhague, á causa de la notable 7 absoluta repugnan- 
cia de Carlos III á manifestaciones en tal sentido. Por la corte de Toscana Tino recomendado á Flo- 
iiDABi^MCÁ don Vicente Salucci, en materia de restitución de la fragata Téli», apresada por nnos 
corsarios españoles, durante la última guerra contra la Gran BretaSa; buena fuá declarada la tal 
piesa, por sentencia del Consejo de la Querrá, confirmada en definitiva é interTÍniendo magistrados 
de tos consejos de Castilla 7 de Indias; alguna indemnización solicitó, por vía de equidad, el intere- 
sado, 7 Flobi DA BLANCA propuso á CárloB III que se le cedieran varias acciones de las pertenecien- 
tes á la real hacienda en la compañía de Filipinas, á to cnol negóse el Monarca de un modo rotnn- 
do; sobre Salucci, dice Armona que estaba en Madrid por negocioe muy enredadoe y ruidosos, y 
que te habia hecho harto veUi-ano por tgdaí sus calles. A don Luis Timoni conocía Flor idabl anca, 
de acompañar algunas veces al embajador turco Vassi Effendi, cuyo idioma habia aprendido en 
Conetantinopla, y á quien trasmitió no muy buenas impresionee respecto de la corte de España, al 
decir de uno de los intérpretes del otomano. Jamas habia tratado ni visto á don Juan del Turco, si 
bien por el genoves Marqués Yiale 7 algún otro, le constaban especies de ser toscano, y ano de los 
extranjeros que vienen á España por objetos pretextados ó indefinidos, sin que el Estado gane cosa 
alguna con su venida. Como superintendente general de policia formó don Mariano Colon el proce- 
so, del cual resultaron los cuatro reos convictos , bien que Manca y Balncci en mayor grado, pues los 
dos ejemplares de la sátira y las cartas á Godoy 7 Ruta eran indudablemente de su letra, y las de- 
claraciones de los criados les acriminaron de nn modo irrefragable, y las demos diligencias practica- 
das pusieron tan claro el delito como exigen las leyes para aplicar las penas. 

Según todos los datos ,' grandemente hubo de preocupar este asunto i Floridablanca , pnesto 
qne, sin levantar mano, y asi que en Madrid se celebraron las fiestas suntuosos por lo exaltación de 
Cirios IV al trono, y las cortes pora la jura, de la corta jomada de San Ildefonso en aquel afio, 7 de 
los primeros dios de la de San Lorenzo, se aprovechó anhelosamente paro extender un largo escrito 
por demás interesante, y con el epígrafe en esta forma ; Observaciones sobre el papel intitulado Con- 
fesión del Conde de Fioñdablanca , las cuales se desea tengan presentes los smores jueces que lo sean 
en la causa pendiente con los que se presumen autores. Ademos oplicóse á trazar una representación 
de cortos dimensiones y comprensiva de loa actos gubernativos del nuevo reinado, como adición á la 
qae sobre todo su ministerio había Icido en gran parte al monarca diñinto. Ya que había oido Car- 
los IV atostignar i su augusto padre los hechos allí consignados, hasta donde alcanzó lo lectura, 
con las btpcrbólícos y enérgicos frases de que eran el Evangelio, ahora le rogaba su primer secreta- 
rio del Despocho qne se dignara completar lo obro, y decir ol mundo ai le constaban como exactos 
en cuanto había presenciado y sabido por si propio. No aspiraba á otro galardón por sns servicios, 
para preservar su fama 7 la de su familia de las groseras y crueles calumnias con que le perseguían 
sus enemigos; y s¡ alcanzaba esto ejecutoria de la boca 7 pluma del Soberano, ya no pedio más que 
BU condescendencia á que gozara de un honesto retiro fuera del tropel de los negocios, «1 que es- 
taba expuesto á acabar de perder la salud 7 la vida, sin perjuicio de qne allí le empleara en algunos 
trabajos propios de su profesión y experiencias. De 29 de Marzo de 1790 es el real decreto en que 
sauúonó Carlos IV como ciertos los hechos todos contenidos en el Memorial y en el papel de Obser- 
WKionts. Tras de haber declarado tan solemnemento el Monarca, en documento escrito de su puSo 7 
letra, cuan gratos leeron los leales y fecundos servidos de Floridablamca, mal podía acceder á sus 
dsieoB continuos de obandonor el ministorio; pero le cumplió la palabra, emanada por bu wigustQ 

. Cooglc 



xmr EL CONDE DE FLORIDABLANCA. 

padre, de &IÍTÍarIe sobremanera de trabajo, mediante el arreglo de secretarias, de forma qne 7a sólo 
quedó con la de Estado 3 las agregaciones de la saperintendencia general de correos 7 postas, de 
pósitos de todo el reino, de academias y de policía. Mu7 contento manifestóse Flobidabujica de 
esta reforma , obra especial saya, y de que no tuvieron la noción más lere sus compañeros hasta qae 
estuvo decret&da. Asi descargóse de la secretarla de Gracia y Justicia, y también d^aron de correr 
por an mano los asuntos de la real casa 7 patrimonio. Desde entonces yarió el plan de vida, no yendo 
cotidianamente i palacio, según su antigua costumbre, sino los dias de sus despachos, ¿ no ser i^ne 
le llamaran los re7es, ó riniera algún correo extraordinario de las cortes de Europa. 

Bien que no se hallara todavía sustanciado el proceso contra los autores de la sátira atroz y basta 
indecente, sobrado explícitas eran las declaraciones del Soberano para sosegar á Flobidablanca, 
vivamente agitado por los ataques á su honra, con acusaciones de robos, de deslealtad al Reyy ilft 
patria, y de todo género de inmoralidades. Poco le duraron las recientes satisfacciones. A los diez de 
la mañana del 18 de Junio recibió dos puñaladas en la espaldilla izquierda, á la puerta del cuarto 
del infante don Antonio, y alli quedara sin vida , á no ser por el auxilio de sus lacayos , uno de los 
cuales derribó al agresor en tierra, impidiéndole que se matara con la misma arma. Para honra de 
nuestro pais 7 consuelo del Ministro de Estado, también era extranjero este hombre alevoso, qne 
al grito de ¡Miitre, traidor! le quiso postrar sin aliento. Natural de nn pueblo inmediato á la capital 
de Francia, como cirujano charlatán rodaba Juan Pablo Peret por el mundo; un dia ¿ntes habia en- 
tregado un memorial á la Reina, tirándole del vestido con ademan osado, para que se detuviera á 
oírle algunas frases, despreciadas en la creencia de ser un toco; y al Ministro de la Giuerra, Conde 
de Campo Alange, se esforzó por ver en su secretaria de noche. Todos estos antecedentes difundie- 
ron por Aranjuez grande y rápida alarma. Al herido se hizo la primera cura en la próxima secreta- 
rla de Estado, 7 luego se le trasladó en su berlina á su casa, donde nn cirujano de cámara fué á asis- 
tirle, por orden especial de sus majestades. Ko eran de gravedad las heridas, 7 al paciente sirvió de 
saludable consuelo el sumo interés de la real familia y de todas las clases de la corte y del reino por 
verle sano. Personas eclesiásticas y seglares de la primera jerarquía volaron de Madrid á Aranjnez 
para saber de su salud y acompañarle junto al lecho; «testimonio publico, dado i su vista y ala de 
BUS amigos y enemigos, según Armona, que podia borrar para siempre todos los sentimientos ante- 
riores.)) Al mismo tiempo, misas cantadas, acciones de gracias con sermones, oraciones de comuni- 
dades religiosas y sujetos conocidos , por todos partes manifcstaroD la estimación de su persona 7 el 
concepto general y la gratitud que so tributaban á su ministerio 7 á su amor á la patria; y finalmente, 
en el primor despacho con don Antonio Voldés, ministro de Marina, Carlos IV concedió cuatrocien- 
tos ducados de pensión á cada uno de los dos lacayos qne le salvaron la existencia y prendieron al de- 
lincuente. Pasados ocho dias, ya pudo el Conde salir á misa y presentarse en palacio, con el fin de 
agradecer los reales favores. Cabalmente al mismo tiempo lo real odministracion da. arbitrios piado- 
sos celebraba una solemne acción de gracias en el convento de San Hermenegildo, de carmelitas des- 
calzos, de esta corte, por la especial protección con que Dios preservó la vida al Conde ns Florida- 
blanca. Alli pronunció el padre maestro fray Froncisco Sánchez un sermón de bastante nota, qne 
se insertará en lugar oportuno, 7 cuya idea está comprendida en las dos proposiciones siguientes : 
La misericordia con los pobres es recompensada con las felicidades temporales; i^ahnente lo será con 
los licTtes eternos. 

Afortunadomente la tentativa de Peret no tenia relación alguna con las intrigas hostües & Flori- 
DABLANCA, 7 de las diligencias judiciales sacóse tan sólo en limpio que el reo era un monstruo bajo 
figura de hombre. Ante la sala de alcaldes vióse ¿ puerto abierta la causo, resultando Peret conde- 
nado á morir en la horca. De curas y frailes burlóse dentro de la capilla, no dando el menor testi- 
monio de amor á Dios ni de obligaciones cristionas, y tampoco de arrepentimiento, y negándose i 
fijar los ojos en un Crucifijo quo le pusieron delante. Hasta el suplicio llevó su bárbara entereza; ya 
con el dogal á la garganta, por uaa breve detención del ejecutor do la justicia, tal vez creyó que lo 
iba á dirigir alguna frase en caridad cristiana; j ¡arre! gritó con aire de impaciencia, tras de lo cnal 
hizo el verdugo su triste oficio. Por la noche se le dio sepultura junto al Arro7o Abroñigol , 7 en un 
lineen distante de los pasos más trillados. Peret murió en la horca á 18 de Agosto, siendo el pri- 
mer ejecutado en la Plazuela de la Cebada, pues desde dos dias atrás ardian los edificios de la Plaza 
Hayor en todo su ángulo de Sur á Poniente , desde el arco de la calle de Toledo, y asi hubo que al- 
terar la costumbre de levantar olí i el cadalso. 

A fines del propio mes do Agosto se empezó á ver en el Consejo de Castilla la causa fotmada 

Cooglc 



INTBODUCXÜON. ixxv 

contra el UarqnJs de Manoft y consortes, haciendo de relator el SnpeTmtendente de Policía, No ee 
dio principio á U votación haeta el dia 13 de Diciembre, j debates hnbo mny empeñados , como que 
el proceso era político de todo punto, j ¿un cuuido estaba sometido al tribunal mis reípetable del 
nÍDo, lo componían hombres , no exentos , por tanto, de parcialidad hacia detenuinadM inftnenciu, 
j particnlarmente hacia las de algún personaje ya coaocidfsimo por su animosidad contra Flobida- 
SLUCA, y ansioso de sucederle en el ministerio, y ¿un de arrastrarle á total mina. Diez dias prolon- 
gi)« la discusión acalorada, y al cabo de ellos se dividieron los votos de forma, que once eeflores 
títnrieran por la absolución de los acusados, y trece por sn condena i varios castigos. Meses pasa- 
na antes de que se pudiera formalizar la consulta , puesta directamente en las reales manos , el dia 24 
di Marzo, por Campománea. Carlos IV leyóla toda sin concurrencia de FlobidábiiAHOA , á quien 
dijo luego sobre el asunto : No me parece que ka etlado el Coiuejo muy rigoroso. — Su primer secre- 
tario del Despacho tuvo ocasión de acreditar ana vez mis la elevación de su espirita con estas pa- 
lérae : Pase ni aun la pena que impone d los reo» ha de aprobar tmeetra majestad; estamos en Se- 
miia Santa y tiempo de perdonar; y ajt hágalo vuestra majestad por Dios, paos yo, que soy el prin- 
ciptl agraviado, ee lo pido. — Consecuente fuá la real detenninacion, expedida por la secretaría de 
Gruía y Justicia, ¿la instancia de Floridas lauca; y de resultas, A los tres extranjeros, don Vi- 
cente Sslocci, don Luis Timoni y don Juan del Turco, no se impuso mis pena que la de salir del 
reino en el término de treinta días ; al español Marqués de Manca sólo se le obligó á morar en una 
dudad de elección suya, & treinta leguas de la corte y los sitios reales; todo con expresión de ha- 
bértelo pedido al Soberano el principal agraviado en loe papeles de esta canea, y por las razones que 
t«ala pira creer animados de igual sentimiento á loe demás injuriados, y especialmente i los em- 
picados ea su servicio, de cuya conducta estaba muy satisfecho. 

Seis años había acreditado Flobioablahga su inquebrantable rectitud y sn privilegiada enficien- 
da, (mBo fiscal del Consejo de Castilla; cuatro en calidad de Tepresentaute eepa&ol cerca de la 
6mta Sede ; quince llevaba de figurar como cabal dechado de gobernantes , en la primera secretaria 
d« Estado. Ministro de sus cualidades y reyes ¿ lo Carlos III perpetuaran la existencia de las mo- 
nuquías absolutas en las naciones, pues toda la ciencia del gobierno se cifra en promover el bien 
público sin descanso, y en anticiparse ¿ las reformas exigidas por la opinión ¡lastrada, y Carlos III 
j ID primer secretario del Despacho nunca tuvieron otros miras ni marcharon por otras sendas. Bajo 
«1 iiD«To rein&do empezóse de seguida á relajar hasta La regularidad de costumbres en la misma cor- 
te, y ion dentro de la regia morada; ala par los desmanes de la naciente revolución francesa no 
permiÜsQ holgadamente proseguir aquí el curso vivificante de la política expansiva. Todos eran es- 
tímalos poderosos para avivar el anhelo de Floridablanoa por dejar sus cargos, según había pe- 
dido nna vez j otra, cuando estaba en el mayor aoje, con salud rais entera y eapfntn minos fatiga- 
do, j sin enemistades tan sañudas. Ningún halago podía ya tener el mando á sus ojos; brillante- 
mente había consumado sa larga y difícil carrera; y m¿s y más acrisolada sn honra, deepnes de 
pneata en tela do juicio, con un solemne fallo y las declaraciones soberanos, ¿que puso remate, el 28 
de Febrero de 1791, lo concesión del Toisón de Oro, yo parecía llegado el caso de que accediera Cir- 
ios IV ¿ la instancia que, ¿ lo último de su Memorial notable, le hobia hecho Flobidablakoa, sd 
esta forma : « Sí he trabajado, vuestra majestad lo ha visto, y si mi solod lo podece, vuestra majes- 
tad lo sabe; elrvase vuestra majestad acceder ¿ mis megos y dejarme en nn honesto retiro; si en ól 
quiere vuestra majestad emplearme en algunos trabajos propios de mí profesión y experiencias , allí 
podré hacerlo con más tranquilidad, m&s tiempo y menos riesgo de errar. Pero, señor, líbreme vues- 
tra majestad de la inquietud continua de los negocios; de pensar y proponer personas para empleos, 
dignidades, gracias y honores; de la frecuente ocasión de equivocar el concepto en estas y otras co- 
sas, y del peligro de acabar de perder lo salud y la vida en la confusión y el atropell amiento que me 
rodea. Hágalo vuestra majestad por quien ea, por los servicios que le he hecho, por el amor que le 
te tenido y le tendré hasta el líttimo instante, y sobre todo, por Dios, nuestro Señor, qne guorde esa 
preciosa vida los machos y felices nüos que le pido de todo mi corazón,» Así escribiólo para el Rey 
padre; mas no le pndo escachar sino su hijo y sucesor en el trono, bien que paro no acceder ¿ sus 
vivas y sinceras instancias. 

No es, por consiguiente, justificable que el %8 de Febrero de 1792 se le exonerara de improrito 
Ít\ ministerio, con orden apremiante de salir para su país nativo sin demora. Aun cuando no vjvÍA 
eoo lujo, nunca dejó de tener atrasos , porque ¿ su corazón benéfico no bastaban los crecidos emola- 
puntos de BUS diversos cargos de oficio ante menesterosos , que le debion el pan cotidiano, J hombntf 



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xxxvi EL CONDE DE FLORID ABLANO A. 

aplicados 7 sin recaraos, que alcutzftbam aa protección de lleno. Por eue manos habían puado cnan- 
tioBOB cándales, y siempre manejútos con tal desinterés y pureza, qae bobo de pedir prestadas T^inte 
onzaa de oro á an antiguo majrordomo Canosa para cumplir de seguida el real precepto de empren- 
der la marcha hicia Mnrcia. Sobremanera le afectó el golpe inesperado, á pesar de poseer gran co- 
razón j snblime resignación cristiana; salida anhelaba j merecia honrosa, no violentísima 7 para 
destierro arbitrario. Cuando la historia tiene que registrar hechos de esta clase, mal volviera por los 
venerandísimos fueros de la verdad 7 de la jnetícia , ai al decantado principio de autoridad tributara 
acatamiento servil 7 afrentoso, pues la autoridad no es respetable más que distribuyendo segan ley 
7 razón los premios 7 los castigos , 7 dando í cada nno su derecho, 7 eobreponiéndose & laa mslaa 
pasiones, 7 no obrando en nada por meig antojo. 



Siempre qno ocurren cudsa súbitw é inexplicables como la de FLORinABLAKCA, involuntariamente 
ae fijan los ojos del público en el personaje qne asciende al mando, para designarle como agente ma7 
principal del trastorno; ahora lo fué el septuagenario 7 célebre don Pedro Pablo Abarca de Bolea, 
conde de Aranda. Tan fugazmente pasó por la esfera del poder, qne sn nombre no figura en una sola 
Ovia defonuttro» como secretario del despacho de Estado. Pronto demostró el curso de los snce- 
sos que el victorioso magnate no había sido más qne instrumento de maquinaciones únicamente en- 
derezadas á preparar la elevación de otro personaje, apenas tuviera la edad requerida por las le7es 
para administrar la hacienda propia. Desde 28 de Febrero hasta 15 de Noviembre de 1792 estuvo 
Aranda á la cabeza del ministerio; 7 como si previera la corta duración de su mando, se apresuró 
sañudo á desencadenar todos los elementos hostiles i. Florida blanca. Este ministro respetable, aun- 
que privado de sus papeles, como que al tiempo de la destitución se le recogieron las llaves de to- 
dos, con la aoijoi buena fe del mundo, no aguardó á concluir el viaje, para enterar al sncesor del 
Estado de los negocios casi innumerables que habla tenido á su cargo; 7 desde las posadas lo hizo de 
memoria con su ejercitadísima pluma, anteponiendo el buen serrício al preciso reposo. Grande bubo 
de ser su sorpresa á las tres de la madrugada del 11 de Julio, hora en que el alcalde de corte don 
Domingo Codina 7 el corregidor de Hellin cercaron de soldados su casa; tras de lo cual fueron i en 
alcoba, 7 sólo para vestirse de prisa le dieron tiempo, 7 de seguida le sacaron camino de la cindadela 
de Pamplona, donde se le puso en prisión de cruel estrechara, con guardia, yun oficial ¿ la vista j 
centinelas á las puertas 7 rejas , 7 tomando las más rígidas precauciones para qne no pudiera hablar 
ni escribir á nadie. Del Viiey de Navarra turo que solicitar licencia basta para recnrrir al Monarca 
7 sn ministro, 7 por de pronto se le otorgó con la limitación de hacerlo por conducto de aquel fnn- 
ñonario 7 del Qobemador del Consejo de Castilla, alta dignidad con que no estaba ya revestido el 
venerable Campománes. Posteriormente vedósele también este arbitrio, y no fná dueBo sino de remi- 
tír por igual via las instrucciones 7 cartas abiertas para sus apoderados , con prohibición absoluta de 
gnüdar copias ni borradores. 

¿Por qué se trataba de ton desapiadado modo al dignísimo Cosde de Flobidablahca 7 Entre las 
calumnias forjadas por los autores del libelo infamatorio, se contaba la de que el canal de Aragón le 
suministraba cómodos é inagotables medios de acuñar moneda sin metales, sirriíndoie como de vo- 
lante el tesorero de la Junta , i cn70 cargo corrían las obras. Don Juan Dantinta Condom se llamaba 
este banquero, según el lenguaje de actual uso, 7 de más de veinte aüos atrás cooperaba á las empre- 
sas de ntílidad pública en vasta escala con sus caudales, su inteligencia y sus relaciones. Efectiva- 
mente constaba que en rales ó dinero había recibido más de cuarenta millones de reates de la testa- 
mentaría del infante don Gabriel, de la junta de la Acequia imperial y de la diputación de los Qre* 
míos, á tenor de reales órdenes, firmadas por Flohi dab lauca , sin otro fin que el de asegurar los 
tUtimOB fondos , indispensables para que las grandiosas obras del canal Je Aragón llegasen al coro* 
namiento deseado. Por decreto de i de Julio de 1792 se previno al Cunde de la Cañada que sobre 
este asunto se formara proceso. No es creíble qne magistrado tan ilustre expidiera auto de prisión 
al golpe contra Flori d ablano a , sin orden expresa de Aranda, su enconado y mortal enemigo. 

Dos excelentes informes redactó el esclarecido preso desde la cindadela de Pamplona, dando pon- 
tool 7 satisfactoria explicación á los cargos formulados por el Conde de la Cañada, 7 sobre cnanto 



Cooglc 



INTRODUCCIÓN. ixjtvn 

recnltsbft del somarío. Tan desprendido en punto & intercsea como codicioso de bnena fama, sin ra- 
dtacionee pidió qae se le coasiderase libre de dolo, malicia ó frande, j de la criminalidad más re- 
moU, j qae la piedad del Soberano le concediera salir del arresto, pues nada se probaría jamas en 
contra de sn pnreza acrisolada, ni de qae fuera capaz de confabularse j comunicar especies para que 
no se averiguase la certeza de cnalquier engaño. Ademas hizo declaración de sus ya secuestrados 
bienes, así como de sus sneldos j hasta de bus libros j también de sus deudas, con la súplica, ver- 
daderame&te conmoTedora, de qne, pagados sus acreedores , en caso de duda racional j medianamente 
fondada, se adjudicara al Rey todo lo de su pertenencia, j quedaría contentísimo de salir asi de los 
mia müiimos escrúpulos, 7 se ceñiría á la consignación que su majestad se dignara reservarle de loe 
Eneldos qne gozaba por ens servicios, debiendo esperar qne no se le abandonara en el último tercio 
de la vida; bien qne de todos modos, aspirando ano malograrlos auxilios que Dios le habia conce- 
dido en sus desgracias , se confonnaria gustoso con no tener nada y vivir á merced de los qne le qni- 
lieran asistir con socorros. Su espirita magnánimo le inspiraba tan edificante lenguaje; pero no al- 
canzó á impedir qne su honor acendrado se pusiera en tela de juicio, ni con dar explicaciones satis- 
fictorías, ai con invocar la piedad del Soberano, ni con resignarse á vivir de limosna, ni con proponer 
oportonamente medios eficaces de reintegrar al canal de Aragón por completo de los fondos antici- 
ptdos al tesorero de la Jonta, sin embargo del mal semblante de los negocios de este banquero ac- 
tivo j desafortunado. 

Para desconceptuar á Flosidablanca 7 perderle del todo, nada omitia Aranda. Apenas llevaba 
nnmes de ministro, cuando el Marqués de Manca, desde Burgos, 7 don Vicente 3a1ncci, don Lnis 
Timoni j don Jaau del Torco, desde el extranjero, por sn conducto y mediante confabulación posi- 
tiva, solicitaban la revisión de la causa que se les había formado como autores del libelo infamato- 
rio. Ko se hubo de atrever Aranda por de pronto á dar el escándalo de que se volviera á abrir na 
expediente, ejecutoriado en virtud de la consulta de uno de los tribunales más respetables de Europa 
y de la resolución soberana; pero ya que tuvo & su enemigo en la cindadela de Pamplona, como de- 
lincuente presunto de abuso de autoridad por malversación de caudales , no se anduvo con miramien- 
tos, j dio curso libre á sus odios personales. Sin atender á qne de orden expresa del Rey se habia 
mandado al Superintendente de Policía formar el proceso 7 dar cuenta sucesiva de las actuaciones, 
ni i que el decreto para que lo fallase el Consejo de Castilla estaba de real pnfio 7 letra, ni á que 
por d había recibido y examinado Carlos IV la consulta, sin otra intervención del principal agra- 
viado qne para suavizar los castigos, Aranda comunicó al mismo Consejo la resolución favorable á 
U instancia del Marqués de Manca 7 consortes el dia S3 de Julio, y en términos desdorantes para 
sa fama, pues hasta suscitan dudas sobre su celo por el real decoro. Como esta acusación pasa de 
grave, menester es justificarla con las sigaientes frases del tal ducnmento : <( La seosibilidad de bu 
majestad no ha podido menos de penetrarse de un vivo dolorj al considerar las circunstancias que 
han mediado en la actuación del proceso archivado, particularmente al observar la irregular conducta 
de loe ministros, que resultan más 6 menos comprometidos por sus nombres 7 deslices; sorprendién- 
dole más en el primer tribunal de la corona por el mal ejemplo, trascendental á los otros subalter- 
nos. Con todo, su real benigna consideración se limita á que en su propio senado se vean desapro- 
bados; con cuyo triste ejemplo se abstengan en lo sucesivo de iguales procedimientos. Pueden 7 de- 
ben loa magistrados opinar libremente, según sus conceptos; mas hacen mal en excederse, según se 
descubre, arriesgando en sus personas los vicios 7 sospechas de guiarse por parcialidad, contempla- 
ción ó premios.» 

Ampliamente satisfizo Aranda el deseo de los demandantes, al disponer qne el Consejo citara j 
emplazara á Flobidablanca , sí lo juzgaba correspondiente, 7 al acompañar á esta real orden mal 
concebida nn extracto de los papeles que se lo hablan recogido sobre el asunto, 7 consistentes Iob 
más en comunicaciones del Superintendente de Policía, á fin de informar de bs trámites judiciales, 
1070 extracto se hizo diminuto, 7 se remitió exornado con glosas, que sonaban á acusación violen- 
tamente apasionada'. — En igual dia comunicó Aranda á Manca la noticia de estar autorizado para 
venir á sostener sa demanda á la corte, lo mismo que Salucci, Timoni y Turco. A tenor de lo ins- 
pirado por Aranda, y contra ta opinión de la mayoría del Consejo, después entrégaseles el extracto 
susodicho con los autos, á la par que se negaba á Flosidablahoa la solicitud racionalísima de que 
á loa autos fuese unida la consulta elevada al Soberano, 7 sobre la cual habla recaído la mitigación 
de las penas impuestas á loe autores de la sátira abominable. Tan desatentada y parcial conducta in- 
dnee á sospechar si Aranda habria estimulado bajo cnerda i Manca y consortes al delito de qne lea 

VsTe 



ixxvni EL CONDE DE PLOBIDABLANCA. 

^aeria ahont sacar indemnes, atropellando por todo j azozindoloe como á mastines contra sn eno- 

migo, relegado á nn encierro de la cindadela de Pamplona. 

AUl escribió Flobidabluica, sobre los expedientes promOTÍdoa en en contra, dos luminosas é in- 
teresantfaínias^e^tMiM UgaUa, que en este volumen se publicarán por vez primera. Una y otra eoa 
posteriores á la caída edbita del Conde de Aranda del ministerio de Estado, tras de amenguar sn 
anterior lustre con procederes mezquinos i injastos. A sn genio cuadraba la jactancia de creerse 
afianeado en el poder hasta la tnmba, y de consumar obras capaces de inmortalizarle & los ojos de 
las generaciones venideras; j no hizo m¿s que serrir de puente á don Mannel Godof j Álvarex de 
Faria, jóren á la sazón dereinte jcíiico affos , 7a capitán general 7 dnque de la Alcudia, consejero 
de Estado j caballero de la insigne orden del Toisón de Oro, ahora primer ministro, príncipe de la 
Faa mnj luego, j sucesivamente generalísimo 7 almirante, con el tratamiento de alteza , distingnién- 
doee de los demás perBonajes elevados á la gradnacion superior de la milicia, por el color azul de la 
faja. Mu7 después afirmó el gran favorito de Cirios lY 7 Üarla Luisa «que uno de sos primeros actos 
hé el de levantar su destierro al Coin>i db FLOninABLANOA , y volverle al pleno goce de sus rentas 
7 honores.» Prisión, 7 no destierro, snfria el Comob ub FLOninASLANOA, 7 coa la subida del nnevo 
ministro no cesaron de pronto sus peraecnciones 7 desventuras; mas no maeve i extraSeca que se 
hallara trascordado quien las padecía ma7ores 7 de duración sumamente larga. Como ¿ los dos afios 
se Tolvian los tomas , Aranda salia confinado para la Alhambra, 7 Flobidablanoa pasaba libremente 
á Hetlin i hacer vida de campo; algo m¿s adelante Aranda obtenia licencia para acabar en el rin- 
eon.de Épila sns días, 7 Flobidablanoa se retiraba.de voluntad propia á una humilde celda del 
convento de franciscanos de Uurcia, i practicar obras de caridad 7 ejercicios piadosos, 7 A meditar 
7 iun i escribir sobre la insnbsistencia de las venturas terrenales 7 la inefabilidad de los goees 
eternos. 

Allí esturo hasta qne los sucesos públicos trajeron consigo la caida del Principe de la Fas, y la 
abdicación por Carlos IV de su corona, 7 la jomada heroica del Dos de Ma70, 7 las renuncias de 
Bayona, 7 el levantamiento de todas las provincias de España por su libertad i independencia, seg^ 
pintaron á maravilla don Mannel Josd Quintana 7 don Juan Nicasio Gallego en sus célebres é in- 
mortales cantos, 7 el Conde de Toreno en so estimabilisima historia de la vivificante revolución 7 
la magna lucha de entonces. No fué Murcia de las postreras provincias en lanzar el grito nacional 
de todas, ni menos anduvo en vacilaciones sobre la persona más c^az de autorizar y dirigir aquel 
movinñento glorioso. A las puertas del convento de Ban Francisco agolpóse la exaltada muchedum- 
bre; trinnfalmente sacó de aill al anciano Condb ub Floridablahca , y opinión acorde le puso i la 
oabeea de la Junta. Próximo estaba á cumplir los ochenta años ; pero sn corazón ardía en patriotis- 
mo, 7 la indignación centra el 7ugo extranjero aun avivó por cortos meses sus fuerzas mny debili- 
tadas. De Flobidablanoa fué la idea fecnnda de centralizar el poder sin demora, á fin de que los 
extraordinarios sacrificios de la nación resultaran más eficaces. Ujifsono eco tuvo la propuesta bene- 
ficiosa, 7 cuando, á consecuencia del inmarcesible triunfo de Bailen, se bobo de alejar de Madrid el 
Te7 intruso, al paUcío de Aronjnez se vino á instalar de seguida la Junta suprema Central guberna- 
tiva del reino, con Flobidablanoa por sn presidente. 

Pasados eran ya los tiempos de este célebre personaje, abstraído ademas de todo casi veinte aBos 
durante los cuales habíanse propagado otras ideas que las suyas, con el triunfo de la revoinoioa de 
Fraacia; ideas sostenidas por muchos, que ansiaban á todo trance imposibilitar la reproducción de 
privanzas con» la de Godo7 en la monarquía española. Circunstancias tan de bulto 7 el curso natu- 
ral de las cosas hacian que entonces al regalismo se empezara á mirar como antigualla, y al libe- 
ralismo como fórmula más fecunda 7 mejor de progreso, que don Gaspar Melchor de Jovellanos re- 
presentaba en aquella junta. Sin embargo, Flobidablanoa atemperóse á firmar el Manifieilo de 26 
de Octubre, destinado á describir el cuadro fiel de los sucesos , á promover arbitrios vigorosos i inme- 
diatos de lucha 7 victoria, 7 á dar esperanzas de que se mejorarian para lo sucesivo nuestras insti- 
tuciones. Poco después acercábase á Madrid, con ejército formidablemente reforzado, el Emperador 
délos franceses , 7 la Junta Central se hubo de retirar á Sevilla, donde murió Flobidablamca el SO 
de Diciembre, de más de ochenta años , sin dejar á sns herederos más riquezas qne su buen nombre 
■eguB consignóki en preciosísimos ApunU», bien qne disfrutando el tratamiento de alteza, 7 siendo 
sepultado en el panteón real con honores de infante, 7 cabalmente debajo de la urna donde se ve- 
nera el cuerpo del santo re7 Femando. 

^n epitafio testifica las pasiones del tiempo alas claras; pues ¿«oitiniiMioade dabaaní juitíll'' 

L,í:h. . XiOOQlC 



lOOglt 



INTBODUCCIOH. Ttxa 

mas al nron emínento 7 «levado por an sabídarüi j sus Ttrtadss á 1» etmbr» da lo* honoies j laa 
dignidadu, ae dice (¡a^ fité am^ado d« m ptuito por la envidia de un infmne eorteeuno. Obra podo 
mnj bien bst de persona de gran oonfam y ¿tm de entra&ae piadoeas , á peear de la furibonda im- 
placabilidad y el desentono horrible de semejanta concepto sobre la Upid& de nn sepalcro. Inmedia- 
tamente deepnes se publicaba el Elogio histérico del lermiiiwto atMor Conde de Floridablanca , preei- 
denU de la mpretna Junta de España é India» , por autor conocido j respetado, ministro de pac come 
sacerdote, raron de carioter benérolo 7 dolce, maestro insigne de casi toda la flor 7 nata de la jn- 
Tentad espafiola durante doce lustros, incapaz de hacer ni desear el mal de nadie, autorizado pre- 
cqntiata sobre todos loe ramos de )a literatura, mn7 al tanto de las dotes que deben adornar á loa 
qoe escriben historia , 7 bajo el influjo de la atmósfera de ent^ncee , siii mis que dar libre cono i la 
pluma, ee desató en denuestoe contra el 7a caldo privado, 7 estampó frases que desdicen de toda 
caridad cristiana. Al Principe de la Paz llamó atros visir, malvado seductor, bárbaro favorito, in- 
digno valido, el más vil 7 el mis despreciable de los intrigantes, hombre condenado por su carácter 
al desprecio, 7 por en incapacidad á la nulidad más absoluta, déspota 7 tirano, fiera 7 monstruo de 
España. Ademas dijo que todas las artes de dañar puao en ejercicio tan Inégo como subió át mando; 
qne la ignorancia más insolente 7 la mis sórdida avaricia constitu7eron eu ministerio; que desde el 
primer momento del atroz reinado de Qodo7 se dejó sentir la funesta influencia de bu negra alma; 
qos de casi todos loe ramoe de la administración pública se s^Kideró súbitamente el espíritu de rapi- 
ña, 7 que en su misma raisfaé sofocado el gármen de las ciencias naturales 7 políticas, 7 de las ar- 
tes útitee 7 agradables. Iodo esto expresaba el señor don Alberto Lista, 7a no joven irreflexivo é 
inpetuoao, como que pasaba de treinta afios, 7 después de insinuar la conveniencia de correr un velo 
«obre las vilezas 7 perfidias de que se valió aquel personaje para robar el afecto del Monarca 7 apo- 
derarse del gobierno, por no exacerbar Uu erveU» herida» que no podían tonar el tiempo ni la mitma 
vénganla. Asd escribía Lista cuando la nación española alzaba su alntída frente 7 aostenia impla- 
caUe Incha c<Mitr» los soldados mis aguerridos del orbe, 7 eco era de la opínim pública sin duda, lo 
mimo en las manifestaciones de 4dio al favorito, precipitado i extrema mina, que en las del entu- 
siaoBo por la canea nacional de la independencia, 7 en las del hondo sentimiento por la muerte de 
Flosidablinci , de ca7as amadas cenizas dijo qne hablaban al corazón de los españ(des , 7 que mu- 
damente les infundían el odio i los tiranos, el amor de la. patria 7 el ardor por la gloría del nombre 
Smto. 

Seis años de gnerra sin reposo 7 el final trionfo jnetífioaron de plano la confianza legitima de 
Flobidabláxoa en el noble tesón de sns compatñotas. Tiempos mn7 después daba i luz el Conde 
de Toreno en Historia del levantamiento, guerra y revolución de España , donde Flo&idaxlakoa apa- 
rece dignamente ensalzado, 7 donde el Principe de la Fas signe deprimido, bien qne juzgado en 
tono ménoH acre. A la sazón se ocupaba este personaje en escribir sus Memorias. No se había sapa- 
rsdo de Cirios IV 7 María Luisa mis qne algunos meses, Indgo de restablecido Femando YII ex 
el treno, por atribuírsele designios de invalidar la abdicación de Aranjuez con otra presentada a] 
Congreso de Viesa. Beclamoeioncs hizo de resultas la córt« de Madrid i la de Boma, 7 temporal- 
mente filé desterrado el Principe de la Paz al limite d« los Estado* Poñtifioios; más adelante pude 
volver junto i sus re7es, 7 por Enero de 1819, 7 sin mis intervalo que el de diez 7 siete días, les 
cerró loe ojos. Leal i las exhortaciones de ambos , míóntras vivió el re7 Femando, en h^o, se abs- 
tuvo bosta de la propia defensa ante loa numerosos escritos de todas clases , dados á la estampa en 
su eontr». Ann después de cumplidos todos los plazos , no dejaba de abrigar dudas acerca de si ha- 
bla aguardado lo bastante, 7 por fin decidióse á publicar sus Memoria* , por loe eonsideracioiMe po- 
derodeimae de ser 7a viejo, 7 de tener ascendientes ilustres 7 ademas hijos, 7 de estar obügado á 
naponder de su honra á unos 7 otros. Bolo dos tomos llevaba impresos, cuando la nneva generados 
eepaBola habló por órgano de nn critico 7a mu7 distinguido, sobre el personaje i quien la genera- 
don Ulterior habia sucesivamente levantado i las nubes 7 hnndido en el polvo; 7 lo hizo de manera 
de interpretar con fidelidad los sentimientos de cuantos eran jóvenes entonces 7 comenzaban á hacer 
Ggtua. Mn7 elocuentemente dijo el célebre don José Mariano de Larra : 

«Cuando »e medita qne aquel magnate, que llegó i absorber en si mismo el poder de vn rej; 
qne rió bullir eu tomo de sus pórticos 7 antecámaras una corte, compuesta de lo mejor de España; 
que «1 hoi^re qne solió de un cuartel para hollar con sus botas de montar las regias alfombras 
qne ent^nzabab los esoalones del trono ; cuando se reflexiona que aqnel guardia, i quien aacewUó 
i fu lecho usa nieta de Luie XI Y i la faz de una corte aristocrática ; que aquel nibaltento, i qaíea 



Cooglc 



XL EL CONDE DE FLOEIDABLAITCA. 

el genio del siglo pensó colocdr ea na trono, es el mismo qae en el dia, apeaao de sus bríllimtes 
trenes , lanzado de su propio palado, desnndado de ene galas 7 veneras, arrojado por la fnerza de 1« 
opinión i las márgenes de un río extranjero, se presenta á las puertas de la patria en modesto traje, 
con UQ humilde sombrero redondo en aqaella cabera qne cubrieron corona* ducales, j con unos cua- 
dernos impresos en la mano , no ya para rescatar las perdidas grandezas, sino para reconquistar el 
nombre de ciudadano español , qne catorce millones de hombree poseen sin esñierzo alguno, para 
demandar jnsticia, para hacerse simplemente escuchar; cuando se reflexiona en tan espantosa peri- 
pecia, es imposible negarse al deseo, ¿ la curiosidad de oir, y sólo entonces ae concibe el interés ex- 
traordinario que deben inspirar al público las Memorias de ese hombre, todavia más extraordinario, 
asi por BU eleTacion como por su caida. Y decimos extraordinario por su caída, porque, conocido el 
corason bnmano, es preciso confesar que don ÁWaro de Luna, perdiendo en uno vida j prírauEa, 
es menos digno de lástima que aquel que fuá condenado por el destino é, sobreviTir á su desgracia 7 
á verso privado de todo, despnes de haberlo gozado todo. Mero canal por donde las grandezas 7 los 
tesoros han pasado, sin dejar en sus paredes más que el desengaño; desengaño mny semejante al 
cieno que [>osa el agua al recorrer el cauce que su corriente socava. El antiguo Príncipe de la Fas, 
.arbitro de España, 7 don Mannel Godoy, extranjero y particular en París, es la personificación del 
alma destinada i ver el cuerpo crecer, robustecerse, llegar á sn apogeo, 7 sucumbir á la ley común 
de la decrepitad y la decadencia; don Mpnuel Oodo7, condenado á ser espectador del Principe de la 
Faz caído, es el hombre á quien se le concediera el funesto privilegio de contemplarse á si mismo 
después de muerto... Nosotros ansiamos la conclusión de la publicación de estas interesantes Memo- 
rias, que tanta luz van i dar á la historia del reinado de Carlos IV, poco conocido 7 mal apreciado; 
7 en el Ínterin, sin prejnzgar nada acerca de la culpabilidad del acusado; sin negar la perniciosa in- 
fluencia que semejantes elevaciones colosales tienen en la moral de un pueblo; sin decir qne el Prínci- 
pe de la Paz fuese on grande hombre, antes creyéndole inferior á las diñciles circnnstanciaB al 
frente de las cuales se halló; nosotros, sin embargo, aconsejamos á nuestros lectores qne lean sus 
Memoria» antes de confirmar ó de alterar sns juicios. El derecho de ser oido lo tiene todo el mun- 
do; acordémonos generosamente de que ése es el único de que la suerte no ha podido despojarle. 
Triste resto de la grandeza pasada; miserable derecho, cuando no hay otro, 7 terrible ejemplo ds 
las vicisitudes humanas.» 

Leídas fueron las Memorias del Príncipe de la Paz con interés sumo, aunque no por el critico 00- 
table, recomendador de su lectura, pues á los pocos meses quitóse arrebatado la vida; y el antiguo 
privado da Carlos IV rehabilitó completamente su honra, bajo el aspecto de no haber hecho jamas 
traición á sn patria, lo cual era ya muy bastante para qne morieran á compasión viva sns largas é 
imponderables desventuras ; para que se viera claramente que en la época de su privanza no todos 
fueron escándalos y desaciertos, ni el mérito estuvo desatendido, aun cuando el favor se hollara en 
boga, 7 para qne al cabo la opinión pública pidiera jnsticia respecto del que ni misericordia habia 
alcanzada hasta entonces desde su estruendoso desastre. Asi pudieron los señores ministros don 
Joaquín Francisco Pacheco, don Florencio Bodrignez Vahamonde, don Uanuel de Uazarredo, don 
Juan de Dios Bótelo, don Antonio Benarides, don José de Salamanca 7 don Nicomedes Pastor Díaz 
elevar el SI de Ma70 de 1847 ana exposición por demás notable t la corona. Animados del mAs vi- 
To deseo de que se extinguieran los rencores, prodncto de nuestras discordias intestinas, 7 de que 
volvieran á sus antiguos hilares todos los españoles arrojados politicamente de ellos en el turbu- 
lento periodo, que debía cerrar su majestad con un reinado pacifico y justo , no habían podido ménoa 
de fijar la atención en la persona que arrastraba sn existencia lejos del suelo español desde más an- 
tiguo, en don Manuel Gbdoy Alvarez de Paria, arrebatado y ausente de nuestra península desde 1» 
revolución de 1SQ8, 7 desconocido ya á la mayor parte de sns conciudadanos. Su vida 7 sns hechos 
eran únicamente del dominio 7 jurisdicción de la historia. Extra&a la generación presente á unos 
acontecimientos ya tan remotos , no miraba ni calificaba á Godoy como persona que tuviese relación 
con BUS intereses y pasiones actuales, sino como á monumento de otra edad y á resto escapado á la 
universal destmccion pasada sobre la España del último siglo, tan lejana de la España de nuestros 
tiempos. Ademas la expulsión 7 proscripción de don Manuel Oodoy fueron actos revolucionarios, 
grandes, si se quiero, 7 aun oportunos, pero jamas actos de gobernación 7 jnsticia, pues ninguna 
sentencia pronunció su destierro, ni le condenó tribunal alguno á la pérdida de sus bienes y de sus 
honores. Asi el Consejo de Ministros juzgaba qne no existía razón alguna por la cual debiera adn 
estarle prohibida la vuelta i su patria, 7 negada la posesión de aquellos honores no incompatibles 

Cooglc 



INTBODUCCIOlí. SLt 

coa lu jerarquías ordinarias de la nobleza española, ó con la organización de nneetros ejércitos de 
maxj tierra, y la de bus bienes, qne no habían podido menos de cotrer la snerte consigniente á 
una confiscación de hecho y prolongada por treinta 7 nueve años. Para cerrar xm proceso, en el qne 
no debía escribir mis la generación presente, j cñyo fallo sólo tocaba á las venideras, 7 para qne pn- 
dieee Tolver á Tirir en el seno de sn patria nn anciano 7a inofensivo y tremendo ejemplo de la ins- 
tabilidad y mudanza de la fortuna, por real decreto se antoriaó )a vuelta & España do don Manuel 
Godoy como grande de primera clase^duque de la Alcudia, caballero de la insigne orden del ToÍ- 
lOD de Oro, gran cruz -de la real y distinguida de Carlos III y capitán general de los ejér- 
citos nacionales , 7 se previno qne dentro el término de un mes se formara un consejo de arbitros, da 
cQatro individuos nombrados por el Ministro de Hacienda y el interesado, y otro por loe ya elegidos, 
en caso de discordia, á fin de resolver dentro de seis meses todas les cuestiones relatiTas á devo- 
tninon ó indemnización de los bienes sayos, y de presentar el dictamen que estimasen en conciencia, 
transigiendo todos loa puntos necesarios ; cuyo dictamen ejecutaria sin contradicción el Gobierno 
Iluta donde alcanzaran sus facultades, y acerca de lo demás presentarla & las Cortes el oportuno 
proyecto de ley en la primera legislatura. 

Cuatro años sobrevivió el antiguo Principe de la Paz á esta reparación de pura justicia, aun 
mando, por la frecuente variación de ministerios, no tuvo eficaz virtud más que para nutrir su aba- 
tido espíritu de esperanzas, qne no se cumplieron al cabo. Favorables eran las primaveras 7 otoños 
para el alivio de sus achaques , 7 resuelto se hallaba á exponer la vida á trueque de respirar corto 
tiempo en su amada patria; lo sabe quien escribe estos renglones por cartas de su puño y letra, con 
que le honró en sus ültimos años ; pero la escasez de medios imposibilitó el viaje, 7 i principios de 
Octubre de 1851 descendió á la tumba, cuando acariciaba en su mente el designio de tomar á sus 
lirw por aquel otoño templado, según palabras euvae, poco anteriores : Si el señar Ministro Prai- 
(fcaí* U abría camino, tomando alguna providencia aobre nu negocios, tan pronto y bien como lo espe- 
taba de fu rectitud y justicia. 

Emigrado vívia en París también i la sazón el señor don Pedro Gómez Havela, que por en títu- 
lo ds marqués de Labrador foé más conocido; deseoso estaba de venir á acabar sus ya breves diaa 
m España, no efectuándolo nunca por el tesón de resistirse á jurar á la Reina 7 las instituciones; 
lUi publicó en 1850 sus Memorias, y á ellas corresponde el siguiente pasaje : «El señor de Labra- 
dor le ha «nvanecido siempre do ser español , pero no oculta los defectos de su nación. £1 mayor de 
éstos te la envidia, que en lo general tienen todos á aqnel de sus compatriotas que se distingue. Se 
podrá recorrer i Esp^a de un extremo á otro, 7 no se hallará ningún monumento erigido en honor 
de m grande hombre, á no ser una estatua de Cervantes, costeada por el comisario general de Crn- 
Etda, Yolera. Despnes de haber atravesado España en todas direcciones, se diria que Colon no des- 
fxibnó laa Américas en honra 7 provecho de esta nación; qne el Gran Capitán no fué español; qne 
don Juan de Austria era extraño á nuestra patria; que Cortés , Pizarro 7 tantos otros héroes 7 
conquistadores pertenecían á otras regiones, pues no hay un solo monumento erigido en su memo- 
ria. No hay uno en honor del Duque de Alba, que cometió el gran pecado de vencer i todos loa 
enemigos de España, de conquistar el Portugal en el corto espacio de un mes, 7 de ser, en fin, 
constuitemente calnomiado por los extranjeros, ya que no pudieron jamas vencerle.» Sobrada razón 
tenia el Marqués de Labrador para tronar contra este defecto notorio , pero derivado radicalmente 
del sistema político é infecundo en bienes 7 expansiones, á cnya defensa consagró una voluntad muy 
vigorosa y la mayor parte de sus ochenta 7 más años. Dichosamente ya va España convaleciendo 
poco á poco de ese vicio, cual do otros muchos. Hoy pudiera el Marqués de Labrador ver en Gue- 
taría la estatua de Sebastian el Cano , en Sevilla la de Bartolomé Bstébsn Murillo , en Motrico la 
del marino don Cosme Chnrmca, en Cádiz la del obispo don Domingo de Silos Moreno, en Zara- 
goza ladel canónigo don Ramón Pignatelli, en Vích la del presbítero don Jaime Balmes, en el jar- 
din botánico de esta corte las de nuestros más célebres naturalistas , inclusa la del contemporáneo 
don Mariano Lagasca; modeladas viera asimismo la del cardenal Jiménez de Cisneros en la sala 
rectoral de la Unirersidad Central, la de Tirso de Molina en la Academia Española, la de fray 
Benito Jerónimo Feijóo en la escalera principal de la Biblioteca; ademas sabria las fútiles razones 
por las cuales no se alza aquí la de don Juan Alvarez y Mendizábal en la plaza del Progreso, desda 
hace dos lustros, sin embargo de qne una suscricion nacional produjo lo necesario para ea coste; 
antes de mucho asistirla á la erección de la del maestro fray Luis de León en Salamanca, j sobre 
todo, ñ se hallara al tanto de lo aqnl acontecido, cabalmente mientras preparabt la üqpreswn Ú» 

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XiOOgll 



XLll EL CONDE DE FLOBIDABLANCA. 

Bue Moaoriat, bien pndien en ellas hacer una excepción mu7 hoarosa, j relatíya al perBonaje qae 

es objeto del presente eetadio. 

Antes de que el Príncipe de U Pas fuese restituido en sus títulos ; honores, desde el 12 de Ene- 
ro de 1617, ya tenia acordado por uninime aclamación el a;pintamiento de la ciudad de Uurcia ren- 
dir homenaje de admiración k la ñuna, j perpetuar monumentalmente la memoria de sn hijo ilustre 
el CoNDB DK Flobidablanca. Por el alcalde constitucional don Salvador Marín Baldo filé iniciada 
la idea patriótica de lerantarle una estatua en la plaza principal del jardin y paseo publico de cona- 
tmccion reciente, j se llevó k cabo, sin mas tardania que la naturalmente exigida por la ejecución 
délas obras de arte. Con fecha de 19 de Noviembre de 1849 celebróse la solemnisima ceremonia. Á 
los gritos / Viva la Reinal ¡Murcia al Conde de Floridablancaí dados respectivamente por el -Jefe 
Político 7 el Alcalde, ambos tiraron de dos cordones, y de pronto se rasgó j abatió el velo que ca- 
bria la estatua del preclaro ministro, vestido de consejero de Estado, oon la capa caída i la espalda 
j sostenida sobre el hombro derecho. Saludada fué por el pueblo todo con aplauso general j con las 
mneettas más expresivas de entusiasmo, entre el marcial sonido de la música j el alegre repique de 
las campanas. A merecer la mejor y mde universal reputación aspiró durante sn vida, y el fallo de U 
posteridad ha declarado que sus dese9a vehementes llegaron á colmo. 



Con tul virtudet ha» excedido la fimo. T la fama de m mmhre crecía todoi to» diaa, y ande^ «o- 
lando por la» boca» de todoe. Textos de los libros de loe Paraíipomeno» j de Eiter son éstos, c^rtn- 
namente aplicados á Floridablahoa, j qne fignnm al pid de retratos suyos de buril distinto. Uno 
al óleo poeee el señor Uarqnís de Miradores, pintado por el cólebre don Francisco Ooya, á qnien 
se ve en segundo término con el no menos famoso arquitecto don Juan Villanneva, cual por nm«fl- 
tr» de su liberal protección á las artes. Allí se ve al vivo la sinceridad noble de quien decia i, don 
JoBé Antonio de Armona, asegurándole qne recomendaria al Soberano mía instancia suya en la 
ocasión primera : Yo soy hombre de bien, y á guien no quiero servir nunca le doy palabra. A vueltas 
de la gravedad nataral de su persona, también se trasluce la abertura de nn corazón generoso j la 
e:q)ansion de un genio afable , qne animaban á don Leandro Femandes Moratin á dedicarle roman- 
ces en tono festivo y con buen fruto; despnes de contemplar su fisonomía j apostura, muy bisK ee 
comprende que sobre las reglas sólidas y religiosas de sn gran política dijera don Antonio de OUtw 
y Mediano sin lisonja: «No son estas reglas aquellos principios de política tan conocidoa de loe 
hombres estudiosos, y de qne abundan las historias antignae y modernas , de las cuales han tratado 
muchos célebres autores; sino unas reglas qne exceden la esfera de estos preceptos comunes, ana- 
nadas de aqnel fondo original de sabiduría y talento, que por especial privilegio disticgae ¿ ciertas 
almas y vincula los aciertos en el gobierno de un estado y en la decisión de los Cegocios. La soa- 
vidad, la atención, el arte de ganar los corazones, el conocimiento de los diferentes caracteres de 
los knnbres , j el trato de gentes, son otras tantas cualidades que distinguen á vuestra excetend», y 
forman una idea natural para llenar sn alto ministerio ¡ y al beneficio de estos príncipios logra ya la 
nación el bnen orden en el Estado, el mejor arreglo en la sociedad y una observancia exacta en las 
leyes, la más buena y perfecta policía, nn estado floreciente y opulento, formidable en si mismo y 
respetable i los extraSos. » 

Cartas órígínales é inéditas de Floridáblákoá se tienen & la vista, que le don á conocer má« á 
fondo. Propuesta suya lué la de crear en Madrid el año de 1782 nna c^'a para reducir á metilioo 
los vales reales, que tenian una pérdida de diez por ciento, y á su compañero don Miguel de Mnz- 
qniz y Qoyenecbe, ministro de Hacienda, se lahisoel 10 de Agosto, no sin autorizarle para qne la 
consultara á quienes fuera de su agrado. Entre otras cosas, d^ole Muzquiz por respuesta: «Vea Td. el 
pensamiento que me comunica Cabarms en la representación adjunta, de unir al Banco los fondos de 
la Compañía de los cinco Gremios y de otras ; y dígame Vd. su parecer, pues yo opino que no con- 
viene usar del poder para ello, y qne para hacerlo es menester de otro modo entablar una negociación, 
que pide mis habilidad que la mia.» Una tras otra le escribía Floridablanca, el 14 y el 16 de Agos- 
to, las dos signientes cartas : i Esta proposición es por una parte nna debilidad , y por otra una pre- 
potencia : es lo primero, porque es dejar el Banco, reconocer qne no hay disposición de eatableeerlo, 
pemsise en manos de los que lo repugnan, y querer chocar coa gran parta de U aamaif^qaa akof 

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DÍTHODDCCION. xun 

rece á los gremios; es lo Begnndo, porque es ir á violentar en Algan& manera la libertad j el neo de 
los ftHidos de los mismos gremios j de las compaSlas ; 7 jo entiendo qae sólo á la fnerza lo harían 
nnos j otros. Aonque Gabarras cree poder sgenciai j arreglar este panto, está mny eqairocado. 
Sepa Vd. para sn gobierno qne Gabarras empieza á ser aborrecido de nn modo que llega á darme 
cuidado. La cosa va tomando mucho cuerpo. El celo j actividad de este hombre, sns comisiones, la for- 
tuna qne ;a le suponen, 7 sus vivezas , le han formado un partido de oposición 7 de enemistad gran- 
de ; 7 como, por otra parte, escasea el dinero, que él ha buscado con tanta ansia para nuestras ne- 
ceeidadeB, le figuran autor del mal 7 propagan especies diabólicas, suponiendo que n>ba7 ayuda i 
robar á otros, sin que nadie esté libre de estas malignidades. Bajo este etipuesto, digo á Vd., como 
ti eetoviera para morirme, que la caja provisional de reducciones es de absoluta necesidad , j que no 
pus del mes sn establecimiento, echando desde luego la voz de que se va & establecer. Digo mis : 
qae est» caja eerá para Yd. un recurso el ma7or que puede imaginar, porqne en ella pnede aumentar 
lodos loa signos menores con los billetes de reducción, los cuales no ganarán intereses , 7 dejarán á 
beneficio de Vd. todos loe de los vales qne se lleven á redncir, 7 los que vajan, tomando, como to- 
nurin , la cuarta parte en dinero, 7 confiando en ser reducibles , cuando vuelvan las otras tres cuar- 
tas purtes sucesivamente , que tomarán en billetes , darán á éstos tanta estimación como al dinero. 
Este pensamiento tiene máa alma qne la que puede percibir Gabarms ni otros calculistas, 7 asi no 
Bi^añ&ré qne no le adopte , porque su fin será el de contentar desde luego al comercio 7 formar una 
gnu masa é ¡dea de ostentación. Esto es imposible en el dia, 7 curando Vd. la aprensión del menor 
público, establecerá Vd. luego los pagos en papel como quiera, 7 en seguida respirará el mismo co- 
mercio en la mayor parte. Digo, en fin , que absolutamente no conviene qne Gabarrus suene en la 
c^a interina, por las voces 7 rumores que hay ya contra él, 7 que acabo de citar. Precisamente de- 
be hacerlo el Ee7 por amor á sus vasallos, 7 en los términos que explicaré en el decreto, si se acep- 
ta la idea. ¿ Qné dicen los del Consejo particular, 7a qne ellos impidieron ó dilataron mi proyecto 
de reducción? Amigo, hablemos claros : ó t«niar este partido, ó dejarme, por Dios, cuidar de mis ne- 
gocios extranjeros, sin preguntarme nada de lo demás.» u A pesar de mis propósitos, el amor al bien 
general 7 á mis amigos no me deja sosegar. Lea Vd. coa reflexión 7 pausadamente ese pequeSo pa- 
pel, 7 verá en pocos renglones 7 con claridad las utilidades de mi idea y los diferentes medios de f^'e- 
catarla. No se amontone Vd., tómelo á sangre fría, 7 hallará que es un camino llano, fáeil 7 que le 
ucará de mil laberintos. Dios nos ilumine y guarde i Vd., como desea su amigo de véraa.n Car- 
petas puso Mnzquiz á las cartas de Floridablanca , y en ellas escribió sucesivamente de su pnfio : 
vCaborrns está desacreditado ya de modo, que no puede repararle su crédito el Ministerío; pero es 
preciso buscar en su lugar cinco ó seis cosas de comercio de las más acreditadas de Madrid 7 Cádiz, 
y tan los mismos Gremios, para acreditar los vales reales. Para nada de esto valgo 70; si no me 
ibor recen las gentes , me aborrezco yo á términos de desear mi muerte. Esto basta para mudar de 
mi mano, consultando su majestad con su compasión, 7 no con mi mérito, la reeolacion propia de 
so clemencia. » « Son muchas las cosas qne comprende el papel del sbSor MoSino, para qne se en- 
«entre en mi la resolución que se requiere para superarlas. Yo no puedo cobrar brío; ya me con- 
lúlero mnsrto; el Bey 7 el reííob MoSiko pueden contar con la necesidad de buscar otro que haga 
frente á estas obligaciones de la corona.» Persuasiva 7 afectuosamente animóle Florioablasoa , 7 
superada fué la crisis del todo, y aun pudo por fortuna dedicarse algún tiempo más á fomentar la 
agricultura, la industria 7 el comercio; de suerte que era poputarisimo á los diez 7 nueve aBos de 
tener el ministerio de Hacienda á bu cargo, 7 de que el Soberano hubiera de recompensar en los hi- 
jos la íntegra conducta del padre. Sn última enfermedad fué aqui asunto por Enero de 1785 de to- 
das las conversaciones ; desvanecidas algunas leves esperanzas de su alivio, de súbito el abatimiento 
pint^ en todos loe semblantes, é innumerables personas de alta alcurnia 7 de todas las carreras 7 
del pueblo acompañaron sn cadáver al templo de Santo Tomas con dolor en el corazón 7 llanto en 
los ojos. A1H se conserva su mausoleo entre los altares del Descendimiento 7 de Nuestra Sefiora 
del Bosarío- 

A la vista se tienen cartas escritas por Garlos III en Julio 7 Agosto de 1786 al Condb db Flo> 
itDABLAKCA, imposibilitado, como enfermo, de acompañarle á la jornada de San Ildefonso. Frases de 
(lias son las siguientes : u Hazme saber noticias tuyas , mientras tengo el gusto de verte conmigo. 
Amque tengo el mayor gusto en eaber qne continúas bien en tu convalecencia, siento mucho que la 
debilidad de la cabeza no te permita marchar, 7 no dudo del amor que sé que me tienes, que ven- 
arás luego que puedas , 7 no ceio de pedir á Dios tpi« t« ponga totalmente bueno, pero no t« atnn 



XLI7 EL CONDE DE FLORIDABLANCA. 

pellefl. Siento infinito el nnevo insalto que has t«DÍdo, y espero en Dios qne luego ee te cortari con 
1*1 ijaiua, y qae no tendrá nuevas con secn encías. Deseo tener el gusto de verte cuanto antes, bien 
entendido qne no qniero que te apresures y te haga daño. Aqui está más templado, y te restablece- 
rás enteramente , para lo cual puedes estar seguro de que te daré todas las treguas que qnieraa , 
pues no deseo sino que estés muy bueno, n Con tan solicita bondad trataba aquel gran monarca á en 
primer secretario del Despacho j á cuantos vivian á inmediación de sa augusta persona. 

Sobre la alta suficiencia, y la rectitud acrisolada , 7 el noble patriotismo, j la hombría de bien á 
toda prueba, y la infatigable aplicación al trabajo, Florida blanca tuvo la singular fortuna, que 
logran muy pocos, de llegar á tiempo á regir los negocios públicos desde las esferas del mando. 
Su paisano don Melchor Rafael de Macanaz había propuesto, en el Memorial de lo» cincuenta y cinco 
pdrrafoB y en los Auxilios para bien gobernar una monarquía católica , í Felipe V lo qne bajo bq 
hijo Cirios se puso en planta. Ardoroso promovió reformas fecundas ; no era aún sazón de que frue- 
tificasen por desdicha; más pudieron los apegados á rancios abusos, y sin embargo de tener al Bey 
de BU parte, no menos de treinta j cuatro años de emigración en Francia y diez de encierro en el 
castillo de San Antón de la Coruña le costaron su patriótico celo y su afán por difundir las luces y 
fomentar á España. Florida blahca pudo holgadamente cultivar la semilla esparcida por sn pre- 
cursor 7 paisano, ya arrancada mucha parte de la maleza qne no permitía el cabal desarrollo, 7 la 
TÍÓ dia tras dia granar y florecer pomposa, al amparo de un monarca ilastrado, qne tenia voluntad 
7 medios eficaces de mantener en sus puestos á las personas de en elección feliz contra todo género 
de tramas. Si á la escena política babiera llegado posteriormente, con las mismas dotes no repre- 
sentara papel tan brillante, pues no acabaron con su vida los españoles ilustres, buenos patriotas y 
muy capaces de llevar por venturoso derrotero la nave del Estado, mas si los tiempos de qne al ti- 
món pudiesen durar años y años como pilotos. 

Una gloria nacional es el Cokde de Flobidablanca á todas luces , y sumo interés ofrecerian sos 
Memorias, A ellas equivale el tomo que ahora se da á la estampa. Ya que por si no las dejó escri- 
tas, oportunamente se reúne aqui todo lo que respecto de su carrera trozó en pluma. Pora que este 
Tolúmen tenga el mayor colorido posible de Memorias de Floridabtanca , de propósito se ha como 
empedrado la Introducción de pasajes suyos, y con particularidad respecto del importante negocio 
qne agenció en Roma, Bu alegación fiscal en el Expediente del Obispo de Cuenca va acompañad» de 
la de Campománes y de los documentos más importantes del Memorial ajustado. A continuación se 
publica el /uicio imparcial sobre el monitorio contra Parma, á causa de haber tenido circulación li- 
bre sólo porque don Jobí MoíIino lo modificó oportunamente. Por orden de fechas va luógo la Ora- 
ción Junebre de su señor padre. Después toca el tumo á la famosa Instrucción reservada para la Jun- 
ta de Estado. Indispensable es la inserción de las Tres sátiras en contra de Floridablakca , no 
impresas hasta ahora, porque dieron margen al Memorial de sus servicios y á sus importantisimu 
Observaciones contra la Última de ellas ; todo lo cual se pone de seguida. También merece aquí un 
lugar el sermón predicado en la función de acción de gracias del Carmen Descalzo, con el motÍTO de 
que se habló antes. Bastante curiosa es nna estampa con el retrato de Flobid ablano a , y descripción 
fiel se hace de ella. Asimismo se dan á conocer por primera vez sns dos Defensas legales en las cau- 
sas relativos al canal de Aragón y al Marqués de Manca y consortes. Omisión imperdonable serla 
no reproducir el único Manifiesto de la Junta Central bajo su presidencia. Hasta con edificación se 
leerá sin duda lo que dejó escrito bajo titulo en esta forma : Puntos que pueden servir para que ha- 
gan reflexiones mis pobre» herederos, sobrinos, parientes y amigos, á quienes no dejo otras riquezas 
que las del buen nombre. A la letra copiase ademas su Epitafio. Cabida natural tiene de igual mo- 
do el Elogio histórico del serenísimo señor don José Moñino, conde de Floridablanca , por don Alber- 
to Lista. Y corona el iodo la Descripción hecha psr la ciudad de Murcia de la inauguración del 
monumento erigido allí en honor suyo. 

Cualesquiera que faesen las aficiones de Floridadlanoa, jamos tuvo tiempo de profesar la litera 
turo, aunque si ocasión de acreditar sn anhelo de protegerla sin tasa, por depender de su secretaria 
las academias todas, en cuyas actas hay frecuentes y bien escritas comnnicacioucs del eminente mi- 
nistro, i^ue aplaudió y fomentaba, i nombre del Rey, sus varios pensamientos, y facilitaba sus tareas 
'fecundas, y se desvivió por su mayor oage con eicponsion y hasta entusiasmo. Voluntariamente no 
manejó la pluma sino para componer la Carta apologética del Tratado de la Regalía de Amortiza' 
don de Campománes; todo lo demás fué producido en el ejercicio de sus diversas funciones, 6 por 
^ect« de las circunstancias y paia vindicor sn honr&, Cnondo pudo, al fia, vinr «xento da cnídadoi 

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INTRODUCCIÓN. XLV 

j libre de peraccnciones , ja le ag^obíaban 1» rejez j Ib fatiga, y no eeatia apego á nada del mundo, 
tras de haber aspirado noblemente ; con fnito i inmortalizar an ilnetre nombre. Sin embargo de todo, 
ánn bajo el concepto de eBcrítor hace buena figura en la Biblioteca db AnroRsa EbpaSolbs, por lo 
natural j propio de an lenguaje, siempre claro j jamas difaeo, lejano de ampulosidades, 7 no TÍciado 
ni por asomos de extranjerísmoe. Respecto de la importancia de sos producciones 7 de las referentes 
i BU persona, inéditas tas más hasta el dJa y concernientes á la historia de nuestra patria, todo en- 
carecimiento pecana de ocioso. Floridablahca tiene en Murcia mía estatua; bu nombre llera en 
Madrid una calle; también el presente Toliimen es monumento consagrado á su Ínclita fama, que 
por BU legitimidad y solidez sobreTirirá á todas las vicisitudes ; mudanzas que en el desarrollo <Íe 
SD clTÍUzacion y por las viae del progreso experimenta la nación española. 

Madrid, 22 d» Feirero da 1867. 

AnroHTo Fkrssk dbi. Rio. 



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OBRAS ORIGINALES 

DEL 

CONDE DE ILORIDABLANCA, 

Y ESCItlTOS REFERENTES A SU PERSONA. 



EXPEDIENTE DEL OBISPO DE CUENCA. 



Mial órdm tupedida por ti Sterttario átt Detpa- 
Ao de Orada $ Jvétieia alPruidmU Gmde d» 

EiSLEirTfsiKO'HKflOB: £1 reverendo Obispo de 
Ciwnoi Mcnbió il padre confesor del Rey U carta 
cuya copia es la adiaota. Su majestad, á quien did 
cocdU de ella, le eacríbiú á dicho reverendo Obis- 
pa, por carta firmada de sa real mano, de qne 
igulmente incluyo copia, que le explicase libre- 
mente y con «anta ingenaidad en qué consistía la 
p^ttOKiim dt la Iglttia , taqueada «n nu bimei, 
iiitajadaanH*miiii*tro»y atropellada tn «u tnmu- 
fidad, de qne se quejaba y á qae atribula la mina 
yperdiciondeEopafia; puea sn majestad de ningnn 
timbre se gloria mia que de el de católico, precián- 
dote de hijo primogénito de la Iglesia, y está pron- 
to i derramar U aangre de sos venas por maute- 
nfflo. 

Prometid el reverendo Obispo responder lo más 
pronto qne pudiese y le permitiesen aos accidentes 
habitaalea, y después lo ejecntú en la carta y re- 
preaentacioD á sn majestad qne acompaño orígi- 
naleí, y remitíú á su majestad reservadamente por 
mi mano. Y habiéndolo puesto todo en la de sn 
majestad , y considerando sn piedad loa diferentes 
graves aanntoB que contiene , ha querido su majes- 
tad, para la mayor segnrídad de so conciencia, el 
mig acertado gobierno de sus reinos y felicidad de 
•DI vasallos, eclesiásticos y seculares, que vea y 
(lamine el Consejo, con la madurez y reflexión 
•)ae acostumbra , todo lo qne el reverendo Obispo 
re6ere haberse procedido y ejecutado de su real 
Meo, y por los ministros y tribunales suyos, en 
perjuicio de la sagrada inmonidad del astado «ole- 

r-B. ^ 



•Uatico y de sus bienes y derechos ¡ tomuiao el 
Consejo para este fin los informes qne fucreu ne- 
ceurios de todos los asuntos qne no faubiereu de- 
pendido de sn inspección, para asegurarse de las 
dudas qne se citan y sientan ; y después de visto 
y examinado, le consulte el Consejo sobre todo lo 
qne se le ofreciere y pareciere. Lo que prevengo á 
vuecencia de su real orden, para su inteligencia y 
cumplimiento. Dios gnarde á vuecencia muchos 
aDos. Aran juez , 10 de Junio de 1766. — ManDkl DB 
BoDA& — i^eñor Conde de Arando. 

Carta del reverendo Obitpo de Cuenta al eor^wr 
real, fray Joagmn Eletp. 

MtTT BiSoB Hio T DI m iilToit NTiMACiox: Aun- 
que rendido á la cama por mis accidentes, no me 
permite mi antiguo afecto suspender mis la pluma 
para hacer saber á usia la especial memoria que 
me ha debido su favor, que nunca se aparta de 
ella. No sé si el tumulto de negocios, ordinarios y 
extraordinarios, qne ocupan á usía habrán dado tu- 
gará que 16 acuerde delospron^fítcotmíoi, yaem- 
pexadoe á cumplir; por lo que me resuelvo á insi- 
nuarlos sin la extensión qne llevaron. Dije en uno 
que Eipaña eorria áeu ruina, fundándolo en ra- 
zones bastantemente sólidas ; atiadiendo en el se- 
gundo, cuando se hieo el depósito de trigo en San 
Clemente, para conducirlo á Madrid por las cuatro 
provincias sefialadas, que ya no eúlo eorria, tino 
volaba, probándolo con la perdición presente de 
ellas , y seliales fijas de las demás ; y finalmente, 
dije en la tercera que ya eelaba perdido el reino «i'n 
remedio Xumano, en mi dictamen ; alladiendo en ésta 
lo que se hablaba hasta en es» córte^dojide deciai 



>, donde decían 



EL CONDE DE FLORIDA BLANCA. 



muy alto ; El reino eM perdido por laperiKucion 
de la Ighiia; i qui hace el padre confeior t A ésta 
mo respondió usía, conoedieodo el antecedente y 
negando la consecuencia, 6 de otro modo, conce' 
diendo el efecto y negando la causa. No es mí in- 
tento probarlo, aunqne me fuera fácil con sucesos 
de historias sagradas y aun profanas , j la verdad 
infalible de que nuestro Dios bh inmutable; aClo 
quiero acordar ¿ usía que no fueron mis temores 
tan mal fundados como lian parecido quizás á mu- 
chos, á quienes he procurado lleguen, aunque ala 
fruto ; digo esto para que sepa usía que no ha sido 
solo el conducto por donde he procurado que lle- 
gue la luz al Bey, no sólo por el vm míAf guia tacrti, 
que está sonando siempre en los oidos de los que 
debemos hablar, sino para compasión de nuestro 
soberano, á quien debo singulares honras, sobre la 
obligación de fiel vasallo; pero la desgracia del 
piadoso Monarca ha consistido en no encontrarle 
mis desvelos, por estar en la triste situación que llo- 
raba Jeremías cuando decía : In íenebroiít eolloca- 
vií me, quañ mortitoa tempilemo» conclutit eia» meai 
lapidibut quadrit; sin tener la felicidad que logró el 
impío rey Achah en Michean , de cuya booa oía las 
verdades que despreciaba, creyendo las falsedades 
con que adulaban su gusto los falsos profetas. No 
digo en esto disgusta la verdad i nuestro católico 
Monarca, cuya rectitud y piedad es notoria i 
todo el reino, y en mi juicio. Inseparable do su co- 
razón cristiano ; ni digo tampoco le falte un Mi- 
cheas, teniendo á usía i su lado¡ pero lo dicen 
otros, y lo oigo con dolor, habiendo llegado elnom- 
bre de vueitra iluttrííima al extremo de mái aborre- 
cible que el de Squiíocí; porque dicen no hubiera 
éste perdido á España y á los Indios , si son ciertas 
las tristes vocea que corren , si el podre confesor 
cumpliera con su obligación , dcsengafiando al Rey; 
y si alguno quiere contener este concepto genera), 
se expone á quedar sin habla , por no tener solu- 
4Íon. No hé tres dios me sucedid con la réplica que 
ol. Fué el caso: siendo el cardonal Baronio confe- 
sor del Papa, que excomulgó al Rey de Francia, en- 
terado el Cardenol que era tiempo de absolverlo, 
encontró al santísimo Padre muy firme en no Iia- 
cerlo; pero el fiel ministro de Dios, revestido de la 
autoridad que su Majestad le dio, dijo al Papa muy 
resuelto : uO vuestra Santidad absuelva al Bey de 
Francia de la censuro, ó busque confesor que le 
absuelva de sus pecados; que yo no puedo. i ¿Qué 
podriu yo responder ¿ tal caso, leído por mi en su 
Vida, y traído tan á tiempo ? En fin, Espafia murió, 
■i Dios no hace un milagro, y ¿cómo podremos es- 
perarlo, sí es BU espado justiciera quien descorga el 
golpe mortal? Harto despacio ha caído, gracias á 
nuestra soberana Patrona, qne la ha detenido tanto, 
esperando nuestra enmienda; pero, como ésta no 
llega, que es el único remedio, ni puede llegar 
mientras duron las tinieblas, que no dejan ver el 



pecado que la causa , no hay remedio. Los que esta- 
mos, cómelos israelitas, de la parte de afuera ve- 
mos claramente que es lo persecución de la Iglesia, 
soqueoda en sus bienes , ultrajada en sus minístroa 
y atropellada en so inmunidad; pero en lacórtA 
nadase ve, porque falta la luz,y sin ella corren im- 
punes en Oaeeta* y Mercurioi, que pueden leer los 
más rústicos, las blasfemias más execrablesque vo- 
mita el abismo por los enemigos de la santo Igle- 
sio, sin perdonar i su cabeza visible, no sólo la 
vivo, sino la que vive y reino en la patria celes- 
tial; y aunque el Santo Tribunal ba puesto el re- 
medio que debe en uno de estas piezas, han paaodo 
otras , en que lo hubíero ejecutado también si las 
hubieran delatado ; pero lo más lastimoso es, que no 
les faltan patronos en nuestro católico reino, qne 
ha sido siempre el hijo primogénito de la Iglesia y 
el qne se ha distinguido sobre todos en la aimiisiOQ 
y respeto á sn cabeza. Pudieron estos libcrtinoB sa- 
crilegos tomar ejemplo de nuestro católico Ho- 
norco, cuyas palabras, obras y aun J-espirociones 
están llenas de religión , de piedad y de venera- 
ción í la Iglesío, mereciendo de justicia ser el hijo 
primogénito de eeta bueno modre. No puedo prose- 
guir, ni fuera fácil sin mojar el papel con lágrimas, 
considerando el estado en que se hallan madre y 
hijo; pero concluyo diciendo que Dios está muy 
atento alas quejas amorosos con que, enplnma de 
Jeremioa, recurre í su Majostod su esposa escogida. 
la Iglesia, diciendo: Vide,Domhie,etoontideras*io- 
niam facía tura viltt ; y habiéndola formado y her- 
moseado con su divina sangre, de infinito valor, 
no puede dejar sin oastigo á los atrevidos que la 
insultan. 

Me he dilatado macho á mis débiles fuerzas en 
materia que pedia muchísimo más , pero por me^ 
plumo. Dios sabe los motivos justos que me obli- 
gan á ello , y usf a me hará el favor de creer es une 
elafecto ontignoque le profeso, ymi continuo deaeo 
de su eterna felfcidod. Bi ésto se pierde, guidpro- 
deithomiai, ti utúverttm mundvm luereturf Beta 
verdad gronde, que uslo sabe muy bien, y no so- 
nará en sus oídos, por la multitud de aduladores 
que, en lugor de ella, le incensarán para sus fines 
terrenos, se la acuerdo yo, que nada quiero, sino 
qne nos veamos juntos en la presenoia de Dios por 
toda la eternidad. Su Majestad divina es di^e 
hacerlo por en infinita misericordia. AnUrt, Cuenca, 
á Id de Abril de 1767. Reverendísimo padre. Besa 
las manos de nsia su más afecto servidor, — Isidbo, 
obispo de Cuenca. — Severmutítimo padre frag 
Joaquin de Otma, 

Seal Cédula de tu vu^ettod oí reverendo Obitpo 

de Cuenca, 

El Rey. — Reverendo en Cristo, podre Obispo de 

Cuenca, de mí Consejo. Mi confesor, para descargo 

de BU conciencia y de la n^-, me ba confiado la 



i niia-, m< 



EXPEDIENTE DEL OBISPO DE CUENCA. 



esri» que le habeie eecríto, llevado de vuestro celo. 
Gn ella decía que eate reino está perdido por la per- 
■eeacion de la Igleria; que babets predicbo eata 
ruma, y qne no ha llegado i mis oidoa la verdad, 
mnqne no ha udo mi confesor boIo el conducto do 
quB OB habéis valido para dánnelo á erteader. Oa 
ueguro qne todas las desgracias del raundo que 
pudieran sucederme, serían menos sensibles á mi 
conzoD, que la infelicidad de mis vasallos, que 
Dios me ha encomendado, á quienes amo como hi- 
jos, y nada anhelo con mayor ansia qne su bien, 
ilivio y consuelo ; pero sobre todo, lo que más me 
aflige es que digáis á mi confesor que en mis ca- 
tiilicos dominios padece peraecncion la Iglesia, sa 
qneada en sus bienes, ultrajada en sus ministros y 
atropellada en sd inmunidad. Ue precio de hijo 
primogénito de tan santa y buena madre ; de nin- 
Snn timbre hago más gloría qne del de Catdliooj 
eatoj pronto á derramar la esngre de mis venas por 
mantenerlo. Pero, ya qne decis que no ha llegado á 
mis ojos I« luz , ni la verdad á mis oidos, quisiera 
qae me explicaseis en qné consiste esta peraeca- 
eioD de la Iglesia, que ignoro. ¿Qué saqueos, qué 
ultrajes, qué atropellamientos se han causado á 
na bienes, & sus ministros y á sn sagrada inmuni- 
dad? ¿De qué medios os habois valido, demás de 
mi confeaor, pora iluminarme ? Y ¿qué motivos tan 
justos, como insinuáis, son los que os obligan é, 
escribir? T podéis explicar con vuestra recta in- 
tención y santa ingenuidad, libremente, todo lo mu- 
cho que decís pedia esta grave materia, paradesen- 
triHarlabien, y cumplir yo con la debida obliga- 
ción en que Dios me ha puesto. Espero del amor 
qae me tenéis y del celo que os mueve, queme di- 
réis en particular los agravios , las faltas de pie- 
dad y religión, y los perjuicios que haya causado 
i la Iglesia mi gobierno, pues nada deseo mis que 
«lacteitoen mis resoluciones, y el respeto y vono- 
noion qne ss debe A la Iglesia de Dios y á sus mi- 
niitzoa. D« Aranjaes, i 9 de Hayo de 1766.— Yo 
aBiT. — Mantul de Roda. 

Akgaeion dtl fitcál don Joti Mtmino contra el In- 
forme elevado á tu majettad por el reverendo 
Obüpo de Cuenca, en 23 de Mayo. 

Bfiscal délo criminal, don José Hofiino,ha visto 
la* representaciones del reverendo Obispo de Cuen- 
ca, dirigidas á su majestad , carta escrita al padre 
oonfesDT, y demás papeles, informes y documentos 
que se han traído ¿ este expediente ; y con aten- 
faim i lo qne resulta de ellos, y A lo que previene la 
real orden comunicada al Consejo en 10 de Junio 
de 1766, dioe : Qne, según el contecto de la misma 
real érden, quiere su majestad, para la mayor segu- 
ridad de sn conciencia, el más acertado gobierno 
denu reinos y felicidad de sos vasallos, eclesiáe- 
ticM y teoulares, qne vsa y examine el Consejo con 



la madurez y reflexión que acostumbra, todo lo que 
el reverendo Obispo refíere haberse procedido y eje- 
cutado de sn real orden , y por los ministros y tri- 
bunales suyos, en perjuicio da la sagrada inmuni- 
dad del estado eclesiástico y de sus bienes y dere- 
chos, tomando el Consejo los informes necesarios; 
y que, después de visto y examinado, consulte el 
Consejo lo que se le ofreciere y pareciere. 

La inimitable justificación y piedad del Sey, que 
brilla en las expresiones de la citada orden , empeña 
la confianza y celo del Consejo, para que en asun- 
tos tan graves y delicados como los que se tocan 
en las representaciones del reverendo Obispo, acre- 
dite el esmero, integridad y verdad con que ha sa- 
bido distinguirse el primor tribunal del reino en 
sus dictámenes y resoluciones. 

Los mismos motivos, y las estrechas obligacio- 
nes do sn oficio, empeñan también al Fiscal que res- 
ponde, en nn negocio en que ciertamente le os sen- 
sible tomar la pluma, para examinar las quejas y 
la conducta en ellas de un prelado , con quien guar- 
dó la mejor correspondencia en los asantes que tuvo 
qne tratar con él en el tiempo que residió en la 
ciudad de Cuenca. 

El compendio de las quejas del reverendo Obis- 
po se reduce á que la Iglaia teta saqueada «n ntt 
bieite», uUrqjada en «lí minittro» y atropellada en 
tu inmanidad. Esto dice el reverendo Obispo que, á 
su parecer, es la raíz y causa de todos los males 
que acumula después, y refiere padecer la monar 
qula; y éste viene á ser el tema, proposición 6 ar- 
gumento de su representación. 

El examen justo y puntual que el Fiscal debe ha- 
cer de los hechos y rcflcxiimes en que se funda el 
reverendo Obispo, exige que ae vayan reconocien 
do separadamente por el 6rdcn mismo con que los 
propone. 

La administración de la gracia del excusado for- 
ma el primer objeto de las quejaa del reverendo 
Obispo. Dice este prelado que cuando se pidiú su 
prorogacion última, y se obtuvo hasta que se eata- 
bleciese la única contribución , se persuade á que se 
hicieron cuentas muy justificadas del valor de lo que 
el clero pagaba por esta y otras gracias \ que en vir- 
tud de estas cuentas se pidi6 la continuación; que 
el excusado estaba cntúnces concordado, como lo 
estuvo siempre antes; que, por tanto, hnbo de ha- 
cerse la cuenta por la concordia, y que de aquí in- 
fiere haber concedido el Papa la gracia, bajo del 
supuesto de! valor que rendia por la misma concor- 
dia, y no por el aumento i que se le ha hecho cre- 
cer per la administración en qne se ha puesto. 

Aun sin esta reflexión, aBade el reverendo Obis- 
po que los prelados y cabildos han creído que la 
observancia de la concordia desde la primera con- 
cesión de esta gracia, es prueba de que la voluntad 
ds los papas ha sido concederla como concordada, 
para evitar los excesos qne se experimentan, y que 



siendo a«(, padece la Igli 

mo en la a<bninÍBtracion , por la diferencia que haj 
deide dos míllonei y medio, con que eontribni» en 
tiempo de concordial, hasta once millones y mis, 
que ahora recibe su majestad do los arrendadores, 
sin las ganancias que tendrán. 

En estos hechos padece el reverendo Obispo al- 
gunas equivocaciones, que es jueto deshacer. La 
materia es de mucha importancia para el real era- 
rio, y de mucho gravamen pata el clero si fueran 
ciertas la queja y razones del reverendo Obispo. Se 
intenta impugnar en BU rais lagrscia del excusado, 
y subir de punto el perjuicio de las iglesias, figu- 
rando una exacción injusta de once millones ; y así, 
no deberá extraSarse que el Fiscal se dilate como 
lo requiere el asunto. 

La bula de que trata el reverendo Obispo es la 
espedida en 6 de Setiembre de 1757 , para compren- 
der al clero secular y regular en la única contribu- 
ción. En ella no se prorogA el excusado, como dice 
«1 reverendo Obispo, hasta que se estableciese la 
misma contribución. La prorogacion interina y res- 
pectiva al nuevo método de oontriboir, y sus valo- 
res, pudiera producir alguna de las reflexiones que 
propone el reverendo Obispo, aunque, para ser só- 
lidas, serian precisas otras explican ion es en la bula. 

Este rescripto ponti&cio contuvo dos objetos ó 
ooncesiones realmente distintas : la una fui, que el 
clero secular y regular pagase como los legos la 
nueva contribución que se deseaba establecer, se- 
gún la cuota, rata 6 tanto por ciento que corres- 
pondería á sus bienes j rentas. Pora el caso en que 
tuTÍeee efecto sata idea, anuló, irritó ó extinguió 
BU Santidad las gracias de millones, subsidio j ex- 
cusado. 

Pero, como ni en todos las provinciaa de Espalla 
se trataba de introducir la contribución nueva, ni 
«n las de Castilla y León , en que se habia proyec- 
tado, eraseguro y cierto su establecimiento, per- 
petuó su Santidad las gracias del subsidio y excu- 
sado, y quiso que permaneciuen d» tu/uena para 
los reinos y casos en que no se estableciese la única 
contribución ; y éste fué el otro objeto ú concesión 
de la bula. 

Este hecho indubitable y literal en la bula qti* 
ettáeneltí^edietUe, descubre con claridad que la 
prorogacion no fué ni pudo ser sobre el supuesto, 
ni con respecto á el valor de las concordias, como 
pretende el reverendo Obispo. Las tasas y regula- 
ciones de bienes, reutas y tributos sólo se habiau 
hecho en los reinos de Castilla j León. Asi se hizo 
presente al Papa, y lo expresa una de las cláusulas 
de la bula. En los demos reinos de esta corona, ni 
se hablan hecho tales operaciones, ni la única con- 
tribución se había de establecer bajo los reglas y 
tasa 6 cantidad acordada. Sin embargo, bu Santidad 
prorogú indistintamente paro los mismos reinos y 
provincias la gracia del excusado, y en ellos bien 



EL CONDE DB FLORIDA BLANCA. 

peiguicio gravlsi- cierto es que no pudo tener consíderaeion al yálor 
de sus coDcordiaa, que no se eomprendió en los 
cuentas y regulaciones, ni era del caso. 

Lo letra de la prorogacion dice que hablan de 
quedar en toda gufuena la* eoneetUmn del subsi- 
dio, excusado y millones, donde jí en*í eaao queno 
se estableciese lo única contribución. La misma 
bula cita que aquellas eonceñoMt eran la del sub- 
sidio, expedida por Pío IV, á 6 de las nonas de Marzo 
de 1561; la del excusado, acordada por san Pío V, 
en 21 de Hayo de 1571 ; y la de millones, librada 
por Gregorio XIV, en 16 de Agosto de 1591. 

Habiendo, pues, de quedar en su fuerzo lo bola 
y concesión del excusado, expedida por san Pío V, 
y no trotíndose, ni pudiendo tratar en ello de oon- 
cordisB, como que se hicieron después de su muer- 
te, es evidente que ninguna atención se tuvo áéatoa 
«n la tÜtima prorogacion , y que sólo se perpetua lo 
concesión primitiva y original. 

Lo costumbre y continuación con que los papan 
habiau prorogado llanamente la gracia del excu- 
sado por cerco de doscientos afios, y la permanen- 
cia de las causas de guerra contra infieles, y empo- 
brecimiento de la corona dimanado de ellas, pres- 
taban un fundamento de justicia pora que sin ana 
especie de injuria no se negase á los reyes de Bs- 
poSo lo continuaciom omnfmoda y absoluta de la 
misma gracia. 

Es verdad que paro regular lo cantidad á que 
debía subir el equivalente de lo única contribución, 
se hicieron cuentos y overiguac iones de bieuM de 
legos y eclesiásticos, de sus réditos y cargas, y de 
loa tributos y subsidios con que contribuian- 

Iguolmante supone elFisool que en lo averigua- 
ción de los subsidios y contribuciones de eclesiás- 
ticos se comprendió lo que pagaban por la grooia 
del excusado, aunque no consta en el expediente 
sí se reguló su producto 6 no por el valor de con- 
cordia , ni se hizo mención en la bula. 

Pero, cuando así sea, sólo resultará que poro lo 
rato 6 tasa del equivalente de única contribución á 
que conspiraron sus cuentas y averiguaciones, que- 
dó muy aliviado el clero por este medio 

Los ministros del Rey acaso creyeron, ai obraron 
de este modo, que en la hipótesi de establecerse la 
Única contribución , podio compensarse lo grocio 
que hacían al clero , regulando el excusodo por «I 
producto de concordias, con lo mayor extensión y 
seguridad que entendían dar á lo cobranza del 
nuevo equivalente en todo género de bienes ecle- 
siásticos, sin distinción alguna. Pudo haber otras 
consideroc iones, 6 algún error, que no es necesario 
apurar. 

Lo que puede colegirse de aquí es, que el Papa 
adhirió á la nueva y única contribución respecto del 
clero, sobre algún presupuesto de valores, bien que 
sin ceSírse ni limitarse á ellos, por suponer su va- 
riación eventual ; mos, para el coso de so estable- 



EXPEDIENTE DEL 
evK tai conínftficion , queriendo, como quiso e! 
mismo Papa, quedoMit como Antes y en ta/uerza 
lu tntignoR concMtonM, es visto qae sólo se refirió 
ie11u,7que psM nada conducía el presupuesto. 

Loe papas habian prorogado la gracia del excQ- 
udo, sin supneGtos ni regulaciones de productos. 
E] mismo Benedicto XIV, que expidió la bala de 
qae se trata en 1757, prorogó el excusado, por breva 
de 8 de Marzo de 1766, para el quinquenio que de- 
bii empezar ¿ correr, sin tratar de cuota, rata ni 
r^adoD que ae le hubiese hecho preeente. Este 
en el estilo de prorogar aquella gracia, y el mismo 
wsigaió en la bula de úniea contribueitm para el 
ciao de no eet«blecerse , sin más noredad que per- 
petuar la concesión, para quitar la inútil repetición 
y molestia de bulos quinquenales. 

Todo-lo expuesto persuade que la voluntad de 
1h papas no ha sido conceder la gracia del exen- 
tado como concordada; si asi lo creen los cabildos 
j obispos, como representa el de Cuenca , eatin sin 
dwU equivocados. Ni en el breve de prorogacion 
d« Benedicto SIV, ya citado, ni en los anteriores, 
ni m la bula de única contrihneion, hay nna eola 
palabra que nombre las concordias. Todos loa bre- 
TM nficren y prorogan el de san Pío V, de 21 de 
Hayo de 1671 , y en él sólo <e tratd de conceder al 
tetor Felipe II los frutos de la casa mayor dez- 
mera de las parroquias de estos reinos ; esto es lo 
qne ae mandó administrar de cuenta de su majes- 
tad; y asi, por esta parte es imposible probar que 

La observancia ó continuación de las concordias 
qae propone el reverendo Obispo, ni ea cierta y 
gCDera), ni pnede probar que la gracia del excusado 
se ha prorogado como concordada. Han tenido las 
cencordias ras interrupciones, porque en algunos 
tiempos Be hn intentado administrar, y administra- 
do efectivamente, el excusado, aunque la deferen- 
tiahaya suspendido después la administración. 

Para no recurrir i tiempos más antiguos, hay 
dmoderoo ejemplar, ocurrido en el ado de 1761, en 
qnela majestad del sefior Femando VI mandó se 
administrase el excusado, y tuvo efecto esta provi- 
díDcia por algunos meses. 

El araobiepado de Valencia y diezmos que lla- 
m*ii de legos de Tortoaa han estado casi siempre 
m administración : ea an hecho notorio y evidente. 
Mal pudiera haberse ejecutado en esta forma la 
gracia del excusado , si sólo se hubiese concedido 
como concordada. Loe partícipes en diezmos de 
aquél arzobispado, qne son, sin exageración, loa 
aé» ricos de Bspsfia, no hubieran dejado de recla- 
mar el exceso de la ejecución. 

Loa mismos cabildos de las iglesias han pactado 
iacoDcnsamente, en nna condición de sns concor- 
dias de excDsado, que se habían de impetrar breves 
de su Santidad qne las corfirmase ; y efectivamente, 
ae han obtenido desde la santidad do Uregorio XIII, 



OBISPO DE CUENCA. 8 

que expidió la aprobación de la primera concordia 
en 4 de Enero de 1573. ¿ A qaé fin esta confirma- 
ción pontificia, si loe cabildos creían qne las pro- 
rogaoiones de la gracia del excusado recaían aohre 
ella como concordada ? j No prueba este hecho todo 
lo contrarío, y qne los mismos cabildos conocían y 
confesaban ser cosas distintas la concesión y pro- 
rogacion, y las concordias? 

Ni podían menos de proceder asi los oabildns. La 
concesión del excusado y las concordias contonian 
cosas muy diferentes en la sustancia y en el modo. 
Por las concesiones y prorogaciones no constaba 
qne eatDvieeen comprendidas las primicias en loa 
fmtoB aplicados á su majestad por la casa mayor 
dezmera. Por el contrario, en las concordias do 
Castilla y Aragón, aunque no en la de Catalufla, no 
salo se pactó que habían do gravarse los frutos de- 
oimalea, sino también los primicialee. 

Este fué sin duda el motivo' por qne dudándose, 
casi i loB primerea pesos de la administración, si 
las primicias de In primera casa dezmera qoe eli- 
giese su majestad estaban comprendidas en la con- 
cesión del excusado , se declaró que no, en la reso- 
lución ai punto sexto del real decreto de 14 de 
Enero de 1762, expedido para aclarar las dudas 
ocorrídaa en el modo de administrar. Los minietros 
que compusieron la junta en qne se consultó á su 
majestad la resolución de aquellas dudas, compren- 
dieron que eran cosas muy distintas la concesión y 
las concordias ; y que, aunque en éstas se gravasen 
tas primicias, no se debia tomar de aquí argumenta 
para dicha concesión. 

Ea constante también qne en virtud de las con- 
cesiones y prorogaciones del excusado, sólo queda- 
ban gravados con este subsidio los peroept^rea de 
diezmos que tuviesen interés en los qne adeudase 
la primera casa elegida por su majestad, y asi las 
personas que percibiesen otros diezmos de terreno 
& fmtoa determinados, que no cultivase el mayor 
dezmero, oo snfrian gravamen alguno ; pero por 
las concordias se gravó á todo llevador de frutos 
decimales indistintamente. 

Las oonoordias se dirigían á nn repartimiento 
pecuniario en cantidad determinada é inalterable 
entre los perceptores de diezmos y primicias ; cnan- 
do, por el contrario, la concesión del axcneadoy tus 
prorogaciones sólo comprendieron los diezmoa de 
la primera casa, cuya pertenencia y valores inclu- 
yen necesariamente la diversidad y alteración que 
se deja considerar, 

La instrucción para administrar el excusado 
se formó con acuerdo y asistencia del comisario 
general de Cruzada, ejecutor único por entonces de 
aquella gracia, como itifoTma íl mütno. Este autori- 
zado eclesiistico, á quien elogia tanto el reverendo 
Obispa, y qnien sin dnda está instruido masque otro 
del espíritu de la concesión y sus prorogaciones, no 
podía justamente acceder á dar reglas de admints- 



EL CONDE DE FLORIDABLANCA. 



tracioD , BÍ el escusodo BÓlo ee hiibie»e prorogado 
con respecto á 1m concordias. Bl fiecal de U miBnw 
gracia, don Femando Gil da la Cuesta, que con- 
cnrri6 al establecimiento de la administración, tam- 
bién era eclesiástico docto. 

En la junta que i>e ha citado antes para resolver 
las dudas de la administración, ademas de los se- 
flores don Pedro Colon, don Francisco Cepeda, Mar- 
qués de Somerueloe y Conde de Troncoao, ministros 
seonlarea, concurrieron los sefiores Obispo Qob^a- 
dor del Consejo , el citado comisario general y don 
Manuel Ventura de Figueroa, todos eclesiásticos 
del primer orden, y el fiscal fué también el citado 
don Fernando Gil. ¡ Será justo creer que todos se 
aluoinaron; que ninguno entendiú el espíritu de la 
bula, de cnyas dudas se trataba, y que con error 
dieron por supuesta la facultad del Bey para admi- 
nistrar el excusado en toda su extemioa ? 

Por otra parte, ¿podrá haber motivo prudente 
de queja contra el Rey y an gobierno, que puso en 
una porción de las más preeminentes del clero la di- 
rección y consejo acerca del uso de eos reales de- 
rechos? 

Es cosa digna de reflexión, que siempre la pie- 
dad y religión de su majestad ba comprendido en 
el número de miaistros selialados para buscar dic- 
tamen en materias del interés del clero, los eclesiás- 
ticos que sirven en sns tribunales, y aun fuera de 
ellos; prefiriendo la circunspección, moderación y 
honestidad del examen, á los recelos de cualquier 
adhesión 6 prcocnpacion. 

Asi se ve quo en la junta nombrada para exami- 
nar si á nombre de su majestad se podia elegir por 
mayor dezmero el que tuviese más patrimonio, con' 
currieron cinco eclesiiisticos, á saber: los seQorea 
Obispo Gobernador, el comisario general de Cru- 
zada y don Uanual Ventura de Figueroa, don Fer- 
nando Gil de la Cuesta y don Isidro do Soto y Agui- 
lar. Fué la consulta contraria á el interés de la Real 
Hacienda, y con todo Be conformú su majestad lla- 
namente. 

Para la jonta destinada al examen de la bula de 
Novales , su extensión y modo de ejecutarla , nom- 
bró también BU majestad, con otros ministros, A 
los seDores Figaeroa y don José García Herreros, 
añicos eclesiásticos que servias en este Consejo. 
Tampoco fué favorable & los reales intereses la con- 
sulta, y el religioso coiazon del Roy se conformó 
y decretó activamente la reintegración del clero, 
deque después se tratará. 

Pudieran aQ adirse otros casos notorios; pero, co- 
mo formarían una digresión demasiado larga, se 
ha cellido el Fiscal á los insinuados, para no des- 
viarse de los mismos puntos en qne el reverendo 
Obispo ha propuesto sus quejas. 

Ahora se ve qne si la administración del excu- 
sado ha hecho crecer esta renta , como se explica 
el reverendo Obispo , desde dos millones y medio 



hasta los once y más qne pagan tos arrendadores, 
no ha sido por este lado con exceso á las faculta- 
des de la concesión, ni el clero snfre el perjuicio 
gravísimo que se exagera oo la extensión atribuida 
á las prorogaciones. 

Pero, para decir la verdad, tampoco os cierto, ní 
quo el clero 6 iglesias pagasen dos millones y me- 
dio antes de la administración, ni que haya cre- 
cido el producto de esta gracia con exceao al es- 
píritu y valor de la primera concordia, que se ha 
continuado, ni que el rendimiento líquido y efec- 
tivo del dia grave i el clero en los once millonea 
y más qne pagan los arrendadores. 

El clero antea de la administración concordó con 
variedad. En las provincias de Castilla y León con- 
cordaron el excusado loa cabildos, ya unidos con 
el de Toledo, y ya separándose algunos , que se 
unieron con el de Sevilla, formando diversas con- 

Es cierto que de uno ú otro modo , nunca pacta~ 
ron estos cabildos pagar por el ezoofiado más qna 
doscientos cincuenta mil ducados an cada año, y 
asi sólo se puede decir que las iglesias de Castill» 
contribuían únicamente con dos millones y medio, 
como afirma el reverendo Obispo ; pero, como en 
estos contratos no se comprendían los iglesias déla 
corona de Aragón, que hacían sus concordias sepa- 
radas y pagaban otrassumas, dividiéndose en pro- 
vinciaa Cesaraugnstana y Tarraconense, es visto 
que el producto del excusado no era sólo de dos 
millones y medio en lo universal de EspsDa, que 
es por lo que de presente pagan los arrendatarios 
más de once millones. 

Pero se ha de reflexionar que la primera con- 
cordia, en que se pactó el pa^ de los veinticinco 
mil ducados que se han continuado después, con 
las modificaciones que se dirán , se biso en 1672, 
y se aprobó por la santidad de Gregorio XIII, en 4 
de Enero de 1673. Es muy necesario combinar las 
cirounstancias de aquel tiempo con el presente, para 
sacar consecuencias sólidas y legitimas. 

La estimación del dinero en el aQo de 1672 era 
mucho mayor qne ahora, y se puede afirmar sin hi- 
pérbole que los doscientos cincuenta mil ducados da 
la primer concordia eran para el Boy tanto ó máa 
quo lo qne actualmente recibe del clero de Castilla. 
Quien tenga algún conocimiento de nuestro go- 
bierno, leyes, costumbres y comercio en los tres úl- 
timos siglos , confesará precisamente ser evidento 
la proposición. 

Los intereses del dinero son un barómetro, cuya 
baja ó subida demuestra la estimación legitima de 
la moneda, su valor ó envilecimiento. B^a preci~ 
sámente el rédito de ana alhaja, si ella se deteriora 
ó envilece. Más vale lo que más produce , y por el 
contrario. Estos son axiomas, y así no es menester 
recurrir á las muchas pruebes de autoridad «xtrin- 
seca qne pudieran dañe par* cqnclair qne U «laa 
lmi,.-. .. CiOOglC 



EXPEDIENTE DEL 
y bajk <I«I interés ael dinero demuestrim con evi- 
doicik el estado de su valor. 

El ínteres del dinero Labia crecido tanto en el si- 
glo SV1 , qne A petición de las c6rtea de Madrid del 
ato de 1634, las de Toledo de 1639 7 las de VsUa- 
dolid de 1548, ee mand¿ qae ningua cambiador, 
mercader 6 tratante llevase por causa de contrata- 
ct<» permitida, mis que á razón de diez por ciento 
por alio, 7 de estas resoluciones se formd la ley 9.*, 
tit«lo zvni, libro v de la SMOpilacúm. 

Para los cenaos, cuyo rédito ha sido siempre 
más moderado, por la seguridad que prestan las 
fincas, y por no exponerse ol capital á la contin- 
geaeia de las negociaciones , se pidió por las cur- 
ies d9 Madrid del a&o de 1563, y se mandó por la 
ley 6.', titulo sv, libro v de la Recopiíaeion, que no 
re pudiesen imponerni vender i meaos precio qne 
al de catorce mil el millar, que cquit'ale i algo 
mía de nn siete por ciento. Hasta el afio de 160S, y 
mis generalmente hasta el de 1621 , no se sabio el 
precio de los censos á razón de á veinte , qne cor- 
responde á el cinco por ciento, come es de ver en 
Us leyes última y penúltima del citado titulo xv. 
La tasa, que contuvieron las primeras rcsolucio- 
Dta, prueba concluyentcmente la grande estima- 
ción del dinero en el siglo xvi, supuesto que hubo 
neceaidad de dar precio i los c^itales, prohibir 
que faeae menor, y moderar los intereses. 

Pnes compárese con aquel valor antiguo ol que 
actualmente se experimenta , y se verá la baja pro- 
digiosa que ba tenido la estimación del dinero. 
Aunque la prag:máticB de reducción de censos del 
■fio de 1705 fijó el rédito en un tres por ciento, y el 
pr«cio de BUS capitales en treinta y tres y un ter- 
cio al millar, se toca materialmente qne hay fre- 
casDtM imposiciones i el dos por ciento , y las mis 
ahai i el dos y medio. Por esta regla correspon- 
den los precios de los capitales i cincuenta mil el 
nílltr, y loe más bajos á cuarenta mil. 

Ed las negociaciones, ya se sabe qne hallan los 
gremios de Madrid cuanto dinero quieren á tres 
por ciento, y i menos, y ánn se lo van á ofrecer 
todos los dios. 

De todo resulta que si atendemos á los censos, 
<oloBaflo»del5T2y 15T3,enque se bizoy aprobó 
la primer concordia con eidero, valia un capital de 
catorce tanto como lo que ahora vale uno do cin- 
cnestaúdecuarenta, cuando menos; y si miramos 
el dinero de negociaciones, valia una porción de 
diez lo que ahora vale una de treinta y tres , 6 algo 

Por ct rédito se descubre lo mismo, porque cien 
ducados en los censos producían mis de siete, y 
ahora producen menos de dos y medio, y en las 
negociaciones rendion dies: de intereKes en lugar 
de tres, con que ahora ae contenta el capitalista. 

Una regla clara y moderada de proporción des- 
cubre que, sin exagerar la materia, tenia el dinero 



OBISPO DE CDEMCA. 7 

algo más de dos terceras partee de mayor estima- 
ción onando se cejebró la primer concordia que en 
el tiempo presente ¡ y de aquí sale que doscientos 
cincuenta mil ducados, ú dos millones y mediu de 
reales, en ol afio da 1672 , valias lo que ahora pue- 
den valer ochocientoemil ducados, ú ocho millonea 
de reales, con poca diferencia. 

Las antiguas tasas de granos, y su cotejo con los 
valoree actuales, prestan igualmente una prud» 
perentoria de lo que ha decaido la estimación del 
dinero desde el siglo zvi hasta el prsflsnte, y la 
proporción de su mayor valor en aquel tiempo. 

En el afio de 1571, que fué el mismo en que so 
concedió el excusado, se expidió pragmática de 
tosa, regulando el precio del trigo á once reales, 
Is cebada se habia tasado á medio duoado en el 
oDo de 1566, y el centeno á doeoientos maravedi- 
ses desde el afio de 1558. Aat consU de las leyes 1.*, 
3.» y 4.', titulo XXV, libro v de la flecopiiocíoíi. Este 
valor tenían los frutos más considerable* de los 
poroeptores de diezmos , y éste era el que podian 
conseguir en los de las casos mayores dezmeras 
qne concordaron. Ya se ve que no todos los afios 
venderian al precio de la tasa , y que en loa abun- 
dantes y medianos se contentarían con mucho mi- 
nos , como siempre ha sucedido. Con esto queda 
prevenida alguna objeción que ae querrá hacer. 

La tasa, que llamamos moderna, del afio de 1699 
fijó loa precios de loa granos á veinte y ocho rea- 
lea el trigo, trece la cebada y diee y 4iete el cen- 
teno. La experiencia de los d^os que ocasionaban 
estas bajas regulaciones dieron motivo i permitir 
la libertad de precios en varios afios del presente 
siglo,áqnenose observase los establecidos en los 
reinos de Andalacía, Murcia y Castilla la Nuevo, 
y últimamente á que la sabiduría y penetración del 
Consejo consultase á su majeatad la general aboli- 
ción de las tasas , y que un príncipe tan ilustrado 
y amante del bien do sus vaBalIoa, como Carlos III, 
dejase libre lo venta y comercio de loa granos, por 
una pragmática, que bien ejecutada y entendido, 
puede hacer la época feliz de la nación. 

Por estas providenciasy variaciones, que el tiem- 
po ha cansado, y por la correspondencia precisa 
de las especies venales con la mayor 6 menor esti- 
mación del dinero, han venido los frutoa á tener 
un precio que excede en más de dos terceras par- 
tes i el del siglo XVI. 

De aquf es que los diezmos de las primeras ca- 
sas, que en 1571 ee venderían á seis, ocho y once 
reales , cuando más , se venden en el dio á veinte, 
veinte y aeis, treinta y ocho y másrealee, según 
la diversidad de las provincias y la oalidad de los 

Los perceptores de diezmos gozan en aua propios 
frutoa de estas ventajas, y asi loa de Castilla y León, 
que en 1571 tuvieron por moderado y regular el gra- 
vamen de doscientos cincuentamil ducados, pacto- 



EL CONDE DE FLORIDABLANCA. 



do en la primer concordia , como equivalente del 
escnsado, no pueden juetamente reputar por exce- 
sivo y exorbitante que la administración del Rey 
proilnzoaalgomAe de dos terceras partee deanmen- 
to, que flon los ocho millones de reales que con poca 
diferencia pueden verdaderamente rendir loe obis- 
pados de Castillo. 

Si loe reverendos obispos y cabildos hacen re- 
bezion sobre el aumento que han tenido los valo- 
res de ene rentos en estos últimos tiempos , y si 
atienden á la mayoría de precios que han ezperi- 
mentodo en todos loe géneros del uso y consumo 
del hombre, reconocerán la verdad indubitable de 
cnanto el Fiscol ha expuesto. La correspondencia de 
la especie comerciable con el dinero obra necesa- 
riamente que cuanto éste se envilezca más 6 pier- 
da su estimación , sea preciso mayor número de 
moneda poro adquirir la especie con que se permu- 
ta. Es menester reconocerlo osi con buena fe, y abs- 
tenerse de clamores y quejaa inmoderadas, mientras 
no se penetre hasta lo intimo el fondo de las coses. 
Todavía pudiera el Fiscal persuadir loque ha pro- 
pnesto por otro medio , como es el anmento y pre- 
mios de la moneda. Desde el afio de 1602 fué au- 
mentándose tanto el vellón, y do tan mala calidad, 
que envilociéndoee precipitadamente , fué preciso 
repetir pragmática» por todo el siglo posado para 
fijar los premios de las rednccionea y pogoa en esta 
especie. Ün ciocuento por ciento, sefiolado en los 
cídnlaa y pragmáticas de 1651 , 1630 y 1686, no 
basUi para dar punto á los premioe, y no Labia 
cosa más freonente que abonarse á los asentistas 
del Bey, en virtud de sus contrates, el premio de 
-sesenta , setenta y ¿un ochenta por ciento. 

Iio baja del vellón á la mitod de su estimación, 
qnesedecretóeováriae resoluciones, forzosamente 
babia de crecer les premios. Ya se pensoba y de- 
terminaba la extinción de esta moneda , ya se qne- 
rio oumentor el valor intrfnseco de la plata y oro 
y el numeral , y parece qne deslumhrado el Qo- 
bierao, no atinaba con el remediode los dañoe. 

Continnáronse las providencias en el presente si- 
glo hasta lo pragmática del aflo de 1737, en qne se 
fijó la moneda de oro y plata en el valor que tiene 
«ctaalmente. 

Quien sepa algo de estas cosos, sabrá que en el 
ofio de 1672 se consideraban al morco de plata 
amonedada sesenta y siete reales, aunque verda- 
deramente BÚIo tenia sesenta y cinco, y en el dio 
•e sacan de él ochenta y un reales de plata provin- 
cial; cada real de plata de aquellos sesenta y 
siete no valia más que treinta y cuatro marave- 
dises, porque no se habian inventado loe premioe 
de reducciones, ni el vellón habia comenzado á 
envilecerse ni viciorse; y cade real de plata de 
ahora de los óchente y uno del morco vale , por la 
citada última pragmática de 1737, eesentey ocho 
maravediseB, que son dos reales de veJloii. 



Asi pues , el morco de plou en aquel tiempo v* 
lia en cualquier moneda dos mil doscientos setenta 
y ocho maravedises , y ahora vate en vellón cinoo 
mil quinientos ocho , que vienen í ser tres quint«a 
partee más, y no mucho menos de dos terceras. 
Afládase ahora lo menor estimación de lo plato 
con respecto á los frutos 6 especies venales, por- 
que b6!o ha crecido su valor respecto del vellón por 
el envilecimiento de éste, y ee concluirá que los 
doscientos cincnente mil ducados de lo primer con- 
cordia del clero de Costilla aran mucho más esti- 
mables que de presente ochocientos mil. 

Pero lo cierto es, qne tampoco ahora loa cabil- 
dos é iglesias de Espafio sufren el total de los onoe 
millones seiscientos cincuenta mil reales quepo^on 
los arrendadores, qne fué lo áltJmo qne propuso ol 
Fiscal. 

Para esto sehadetener presente, lo primero, que 
por la condición séptima de los asientos paetoron los 
urendadores que en los obiapodo* que se hablan 
administrado de cuenta de la Beal Hacienda en el 
cuodrienio anterior, no se habían de deducir de las 
casas excusodoe los diezmos y tercias qne pertene- 
ciesen á su majestad ; y siendo los obispados más 
pingüe* los que se odministroron , como Toledo, 
Cuenca , Sigfienza , Córdoba , Plasenoia , Joen , San- 
tiago , Burgos y otros que se nombren en los cite- 
dos asientos, es visto que el valor de estas tercias 
y diezmos, qne su majestad recogia libremente en 
tiempo de concordias, y que eran suyos antes de la 
gracia del excusado , son menos producto de ¿ete, 
y disminuyen la carga de las iglesias de Castillo 
en lo respectivo á lo que les toqne de los once mi- 
llones del arrendamiento. 

Lo segundo, que en el contrato se hon compren- 
dido los excusados de encomiendas de los órdenes, 
qne son de mucha consideración, y á éotos se las 
repartía separadamente la cuete de este gracia en 
tiempo de concordias ; ademas da que sus percep- 
tores no componen el cnerpo del clero, á ooyo 
nombre se proponen las quejo*. 

Lo tercero, que por la resolueion al punto dies 
del real decreto de 14 de Enero de 1762, ya oitedo, 
se declararon comprendidos todos los dieimoB de 
legos de estos reinos, y sobre qne en ellos no ee 
gravado el clero, hay la circunstancia de qne en 
algunos partea, y sefialadomente en Cotelnfia, no 
contribuían loe legos en tiempo de concordias; de 
que dimana la demando pueete por ellos, que ci- 
tan loa arrendadores en su Informe, ol número U. 

Lo cuarto, que los orrendodores poetaron , en la 
condición sczte, que de los ventaa de frutos del 
excusado no hobian de pagar alcabala de las pri- 
moraa ventos, ni otra contribución de la* esteble- 
cidaa 6 que se estebleciese, y el valor da este li- 
bertad, qne es muy estimable, y no la tenían por 
las concordias los arrendadores de las iglesias ul 
loe legos perceptores de diesmos , aumente al pr«- 



EXPEDIENTE DEL 
do de] Arrendara lento sin graTámen del clero, aun- 
i¡m á coeta de loe derechos reales. 

Lo quinto, que las congraas de párrocos, oon- 
ng&acioii«a de fibrioas y reparos de igleeias dis- 
niniiyen de preaente el producto , y pueden acaso 
minorarlo más en adelante. 

YIo sexto, qneenel valor del arrendamiento en- 
tcan varios derechos titigiosos, que serán también 
inénoB prodncto, si en ellos vencieren las iglesias. 

Por estaa y otras consideraciones, que pudieran 
afisdine, es fácil conocer que de los once millones 
j medio que produce el excusado, segmi los pliegos 
remitidos por los arrendadores, no tocan ni gravan 
al clero los cantidades qae se abultan j exageran. 

Para docir la verdad con la franqnesa que el Fis- 
cal acoatnmbrs, y debe por su ministerio, no pnede 
Dmitir qne, «n sn dictamen, las quejas y extrafleza 
de algnnos ¡Ddiriduos del clero acerca del produe- 
lo actual del excusado, dimanan en mucha parte 
ya de no haber hecho todas las reflexiones que pide 
lanuteria, y ya deeetar acostumbrados á no con- 
triboir por las concordias últimss cosa que tuviese 
proporción con lo que contiene la gracia con- 
cordada. 

De modo que en los últimos quinquenios per- 
donaban los selSores reyes al clero de Castilla la 
quinta parte de los doscientos cincaenta mil du- 
cado*; ademas de esto, le concedían la reserva de 
asDatas, descueatoe y valimientos de juros basta 
en la cantidad de cien mfl ducados al afio , pndien- 
de valerse do juros de obras pías que administra- 
bao, ñn más obligación de legitimarlos que pre- 
««Btar el título de pertenencia. 

Ln¿go se pactaba qne la contribución se había 
de pagar en vellón , remitiéndose la obligación de 
hacerlo en plata, y el premio do veinte por ciento 
de su cnarta parto, qne se había acostumbrado en 
otras tiempoe. 

Agregúense ahora á estas crecidas sumas y uti- 
lidades las cantidadee que pagaban por concordias 
los poseedores legce de diezmos y tercias, enaje- 
nada* sin libertad de excusado, y las remÍHones 
que loa sefioret reyes hacían i, diferentes comuni- 
dades y lugares pios , las cuales se abonaban al 
dero; y resultará, por una combinación y ajuste 
llano y facilisimo , qne el valor de concordias era 
de puro sonido. 

El Fiscal ya entiende que el vasallo implore la 
demencia del Rey para que le suavice 6 remita el 
tributo, aunque sea justísimo, y que lo consiga; pero 
no alcanza que de aquí pueda tomar aliento para 
impugnar las facultades y derechos del Príncipe, y 
para quejarse del uso de ellos como de uu exceso 
cuando no le continúa la remisión. 

El reverendo Obispo se queja también de que no 
se graTO á los frutos del excusado con el equivalen- 
te del subsidio de cuatrocientos veinte mil duca- 
do*, en que dice contribuye el clero, 6 de que no se 



OBISPO DE CUENCA. 9 

rebaje áéste lo que corresponda á aquellos frutos. 

En primer lugar, se debe tener presente que en 
la concordia de subsidio perdona el Key al clero 
la quinta parte, que sube á ochenta y cuatro mil 
dncados al aOo ; y asi , los cuatrocientos veinte mil 
quedan reducidos á trescientos treinta y seis mil ; 
con que ya no se manda ni permite , como dice el 
reverendo Obispo , que el clero pague lodo el valor 
de eeta gracia. 

Después de esto, en virtud de la concordia de 
subsidio, goza el clero la reserva de cien mil duca- 
dos de juros y el beneficio del pago en vellón, sin 
el premio del veinte por ciento de la paga en pla- 
ta, en la misma forma que antes se dijo del excusa- 
do. Todo junto puede importar muy cerca de dichos 
cien mil ducados ; por lo que será bueno creer que 
la cantidad del subsidio queda en algo más de la 
mitad de su concesión. 

Ademas, parece al Fiscal que loa firutos del cx- 
cnaado no deben ser gravados con el subsidio. Aun- 
que el escusado se concediese diez años después, 
fué eustanoialmente otro subsidio añadido al pri- 
mero ; cuyo producto se crey5 necesario para com- 
pensar en alguna parte los enormes gastos que el 
seCor rey Felipe II hizo en la famosa expediciou 
de ta Liga contra el Turco , que con la gloriosa ba- 
talla de Lepanto libsrtú á Italia de su ruina, y con 
ella, á la capital del orbe cristiano. 

La bula misma del Excusado, expedida en el día 
siguiente á el en que se firmd la Liga, hace mención 
de esta causa y de otras muchas en las innumera- 
blee guerras que por la religión mantuvieron aquel 
príncipe y su augusto padre, dentro y fuera de Eu- 
ropa, sosteniendo la autoridad de la Iglesia ro- 

De aquellos principios vienen las crecidísimas y 
casi intolerables enajenaciones de alcabalas, ter- 
cias y jurisdiciones que perdió la corona ; las ven- 
tas de bienes de maestrazgos , encomiendas y va- 
sallos de iglesias, en que se gravd el erario con 
jnros para recompensar á todos. 

De allí provino agotarse tanto los tesoros de esta 
formidable monarquía y sus recursos, qne cuando 
en 1590 se formó el designio de la expedición de 
Inglaterra, también áimpulso de la corte do Boma, 
fui preciso inventar la sisa de los millones, en 
que recibieron los vasallos una crecida contribu- 
ciOD, aumentada á loa legos con repetidos y nue- 
vos impuestos por todo el siglo pasado, y conti- 
nuada basta nuestros días, ein esperanza ya de sa- 
cudirla, á no dejar indotada la corona. 

¿Podrá creerse, á vista de esto, que el producto 
del excusado se did para disminuirlo con el subsi- 
dio anterior? ¡Es posible que se había de gravar 
el subsidio nuevo con el antiguo á favor de un 
mismo concesionario? ¿No sería engañar áel Bey, 
darle todos los diezmos de un excueado en cada 
parroquia como recompensa necesaria, y minorar- 



10 



EL CONDE DE FLOBIDABLANCA. 



Bclos al mismo tiempo, dejando en elloa U carga 
del subsidio? 

Eb verdad que el clero tondria ménoa diezmos 
mediante la concesión del excusado, pero sin duda 
se quiso gravar toa que le quedaban con el subsi- 
dio integro. Asi lo ha canouisado la observancia 
de las proTOgacionea del subsidio' posteriores ti 
excusado; pues, sin embargo do esto, y de que, en 
eu virtud, se debían suponer desmembrados dol cle- 
ro los diezmos de la primera casa, se han concedi- 
do i el Rey los mismos cuatrocientos veinte mil 
ducados del primer subsidio. 

Has, como quier» qne sea, ¿quién ha quitado á 
el clero que acuda á pedir en justicia la rebaja del 
Buljsidio por la minoración de frutos que le causa 
el excusado? 

Ya consta del expediente qne en 6 de Julio de 
1763 ocurrieron las iglesias de Castilla y León á 
la comissríageneral de Grasada á pedir, entre otras 
cosas, qne se les mandase dar relaciones de los fru- 
tos del excusado , para cargar sobre todos ellos el 
Bubsidio. £!b cierto que en la comisaria se mandó 
que las iglesias acudiesen ¿ su majestad ; pero no 
se sabe si lo han hecho. El Comisario, dice el reve~ 
rendo Obispo qne es un eclesiástico docto y justi- 
ficado ; pues ¿ cúmo no admitió 7 decretó la instan- 
cia de las iglesias, ola suatancid en la forma regu- 
lar? Ni ¿quién le quita qne lo haga de nuevo, si se 
suplica de su resolución? 

Mas bien conocen las iglesias y el Comisario la 
dureza de esta instancia, y qne recibiendo de la 
piedad de el Boy el perdón de la quinta parte de el 
subsidio y las demás utilidades que contiene su 
concordia, se aventura demasiado en promover una 
pretensión tan poco fundada. 

Sigue el reverendo Obispo diciendo que los fru- 
tos del cicusado están obligados á los reparos de 
las iglesias y gastos del culto, como carga inhe- 
rente á los diezmos, y qne no se ha cargado hasta 
ahora cantidad alguna para estos fines á so majes- 
tad, por no haberse atrevido el clero i reclamar el 
agravio. 

De la certificación dada por el escribano de cá- 
mara del excusado, puesta en el expediente, cons- 
ta que BU majestad consignó, 01 19 de Diciembre 
do 1765, cierta cantidad de reales de vellón ¿ el 
año para la fábrica de la iglesia del Congosto, en 
el obispado de Cuenca. Véase c6mo á el reverendo 
Obispo no le han instruido cabalmente de lo que 
pasa en este punto dentro de su misma diócesis. 
También hay consignaciones á las fábricas do la 
colegial de Baeza y parroquial de Villafruela, en 
el obispado de Falencia. Bi otras hubieran acudido 
con igual razón, y por via de gracia, como éstas, 
habrían experimentado también la piedad religio- 
sa de nuestro amable Soberano, r 

No es cierto que el clero no se baya atrevido i 
reclamar este punto. El Fiscal que responde, dejó. 



al tiempo de su ausencia, ft la oomisioD en que ha 
entendido, despachado un expediente, formado i 
instancia de la iglesia de Toledo, sobre que se sa- 
casen las quintas partes de los excusados de mucho 
número de parroquias, para reparos de su fábrica 
material. Los arrendadores tienen capitulado que 
han de sufrir las diminuciones que provengan de 
la naturaleza do la misma gracia; pero es justo 
oirloB, y saber si las doduociones Bon justas, si ei 
excusado está sujeto á ellas, y si las fábricas oe- 
cesitan de estos auxilios. 

Esto pide' un examen de jueticia, para el que hay 
un tiibunal eclesiástico que debe administrarla. Si 
se busca gracia, ya se ha dicho y resulta qae el 
Rey las ha hecho sin detención , y el Fiscal ha con- 
tribuido, como es notorio, á que se atiendan Ua 
necesidades de la Iglesia. 

No trata el Fiscal ahora de impugnar la raspón* 
sabilidad del excusado á los reparos de fábricas y i 
las congruas de párrocos, de que trata despnea el 
reverendo Obispo, por haber mandado sn majes- 
tad en cuanto á éetas, por orden de 16 de Julio de 
17G1, que se hiciesen ciertas averiguaciones ins- 
tructivas para asignarlas. 

Si el Fiscal quisiera hacer esta impugnación, ha- 
llarla apoyo en lo que escribió don Antonio Josef 
de Angos, eclesiástico y doctoral de una iglesia de 
estos reinos, que afirmó que para la carga del ex- 
cusado DO se debia deducir la congrua, y que de 
htcho no se deducía, cuando el clero tenia concor- 
dada esta gracia. En efecto, el Fiscal vio repetida- 
mente, en los muchos expedientes de congruas qne 
despachó sirviendo la fiscalía del Excusado, qne 
siempre el clero cargaba alguna cosa por esta gra- 
cia i los curas que constaba estar incongruos en 
tiempo de concordias. 

Mucho más vio el Fiscal ; pues tuvo en su poder 
elidiente y documento en que constaba que el 
Obispo y cabildo de Pamplona, sin embargo de ser 
perceptores universales de dieimos en cierta cuota, 
litigaron antes de administrarse el excusado, y ob- 
tuvieron ejecutoriales en la Rota Romana, dodsran- 
do que no debían suplir la congrua á loa párrocos, 
no obstante qne los más de ellos Bon pobrlsimos, y 
que para completar algunos la congrua precisa de 
órdenes han tenido que fundar patrimonios. 

Conmovióse el Fiscal que responde con estos he- 
chos; propuso y pidió lo que tuvo por conveniente 
para su enmienda, sin perjuicio de proveer á la ne- 
cesidad ; y en efecto , el Rey, á consulta del tribu- 
nal del £xcusado,cooperando el FÍ30sI,hÍ3o varias 
consignacioDes ¿ los curas del obispado de Pam- 
plona, que exceden de noventa y seis mil reales, y 
consta de las certifioaaionee puestos en el expedien- 
te. Hágase ahora un justo paralelo de la conducta 
del Principe, tribunales y ministros regios, con I» 
de los eclesiásticos. 

Estos pasajes, y otros qnejraodtioe elisnedien- 

Ci oog le 



EXPEDIBNTE DEL 
te, manifiestan U equÍToeaciou qae se lu hecho 
padeoer & el reverendo Obispo , pora proponei en iu 
refMwentaeion casi como impoBÍble la ejecución del 
decreto de oongroas, 7 para exagerar que habrá di- 
licioDea y pasarán afioe; que los^bco^ opondrán 
Irntei ^fieuüadtt, qae no podrán vencerse pot los 
ciuaa; que éstos careoerán de instrucción 7 dinero 
para las instancias j gastos ; que sufrirán los per- 
}nidoa, como ha experimentado en sn obispado, 
donde ha aocorrido algunos párrocos ; que en Qali- 
cís , Asturias , León y las Uontafias serán los daCos 
msTores; que sabe qae sus obispos han repre- 
sentado 1» diminución del culto, y haber faltado 
eo algunas iglesias para la luminaria del Santísi- 
mo, j oera para celebrar \ que s« persuade á que 
IM pocos Uu co(ijrnt(Mqueaehandado;y que sien- 
do por la tasa sinodal, se hace un grande perjui- 
cio á loa párrocos, como acreedores á mayor do- 

Por más qae el Fisoal qae responde se haya pro- 
puesto firmemente nsar do una moderación acaso 
excesiva en la materia, por lo que reverencia la 
dignidad del Obispo, apenas ha podido tolerar ver 
acumuladas tantas especies de pnrs oonjetura, equi- 
vocadas, sin apoyo de hecho , y poco piadosas hacia 
lot fiscales del Bey y su integridad. 

No efilo no ha sido difícil la ejecución del de- 
creto de congruas, sino que por las certificaciones 
puestas en el expediente de la tesorería general y 
escríbanla do cámara del Excusado, consta las mu- 
cbss que se han dado , y que llegan á cerca de sete- 
cjestas las que se pueden contar entre ellas ; sien- 
do mochas las que no se especifican por menor, 
porque s4ílo se nombran los curas de un partido. 

Importan cerca de doscientos mil reales á el aflo 
Iu consignaciones con que se ha gravado la Keal 
Hacienda, sin lasque están consultadas áau majes- 
tad ; y ademas resulta de la certificación de la te- 
soteria general, que para que los curas no padez- 
can las dilaciones, molsstiaa y gastos de la dietaa- 
cia, se les ha destinado el pago en las adminis- 
tiadoaes y tesorerías ds sus respectivas provin- 

Tambien consta de la misma certificación que á 
algunos curas, á quienes ha cesado la consignación 
SD todo 6 en parte, se los han conferido y unido 
beneficios, privándose su majestad y sus ministros 
de la regalía y facultades de su presentación. 

Igualmente resulta á el fin de la certificación de 
la escribanía de cámara, que los expedientes de 
congruas s« han despachado de oficio y sin dere- 
chos ; y el Fiscal puede asegurar de propia experien- 
cia, que una simple carta <S memorial de cualquie- 
ra cura se ha tenido por bastante para remitirle 6 
estregarle el despacho impreso , que está en el ex- 
pediente, para hacer sus diligencias. 

Asimismo resulta que entre los curas á quienes 
N ha hecho cojuignacion, están los de Yüla-Ru- 



OBISPO DE CUENCA. H 

hio y Santiago de ta Torre, en «1 obitpado dt Cuen- 
ca. Véase cúmo no han ignorado las providencias, 
ni han dejado de conseguir sn efecto los que han 
acudido. Los que no han hecho pretensión tienen 
contra si la presunción de hallarse oon la congrua 
suficiente. 

La regulación de las congruos no se ha hecho 
por la tasa sinodal de órdenes, como recela el re- 
verendo Obispo. En el despacho impreso, para jus- 
tificar la lucoQgTuidod se dice que se copien los 
capítulos del último sínodo que traten de congrua, 
eegun ¡a* rli/ereniet calidadet de lot beneficiot. Los 
ministros del Rey y sus fiscales no podion ignorar 
sin torpeza la vulgar distinción que hay entre la 
congrua del párroco y la simple beneficial. 

Asi pues, como informa el Comisario general, 
eo ha visto para seDalar la congrua si el sínodo 
seflalaba la de los párrocos. El se&alamisnto de la 
congrua de ¿rdanes simple beneficial, en singan 
sínodo falta. Donde no habia regla sinodal respec- 
tiva i los párrocos, se ha buscado la costumbre. 
La lástima ha sido , que en algunos obispados no 
BO ha encontrado costumbre de dar congrua á loe 
párrocos; y asi, en en defecto, se ha procedido con 
atención á equidad y á Isa circunstancias. 

En los mismas certificaciones que se han citado, 
se ve que hay curatos á los cuales se han consig- 
nado doscientos y más ducados. Ya se sabe que 
esta, consignación sólo puede ser respectiva á el 
perjuicio que les pudo causar la extracción de la 
casa mayor dezmera , y que debia ademas quedar á 
los curas la porte que tuviesen en otros diezmod, 
primicias y obvenciones que produjese la restan- 
te masa oomun de la parroquia ; y como no hay 
obispado en Eapalia en que la congrua simple bene- 
ficial exceda, ni aun llegue, á cien dmiados, se deja 
ver la consideración con que so ha procedido en 
estas materias. 

En Asturias, Navarra, Montañas y Galicia, cons- 
ta que se han oonsignado varias y muchas cantida- 
des á los párrocos y beneficiados que han ocurrido. 
Tan prolijo, exacto 6 escrupuloso ha sido el mi- 
nisterio del Rey, que la más minima cantidad que 
baya resultado perjudicar á la congrua, la ha man- 
dado consignar. Ha habido cura que ha pedido 
cincuenta reales, y se le han consignado. 

En Asturias y MoDtafias han sido curtas las cos' 
signaoiones, aunque muchas en número, por la pe- 
quefia utilidad de las casos dezmeras; por lo mis- 
mo, allí es de menor perjuicio la exacción del ex- 
cnsado. La división de lo agricultura en aquellos 
países entre mucho número de colonos y propie- 
torioB, hace de poco entidad el producto de los 
diezmos de cada nno. 

Sin embargo , el Rey ha consignodo todo lo que 
el excusado quítabo á los curas incongruos en su 
parroquia; y con ser tan poco lo que les perjudi- 
caba en aquellas provincias, lo han pedido asa 



12 EL CONDE DB 

majestad, eienda asi que estando mnchoB ain con- 
grua antee de U adroiniítraciou , especialmente en 
el obispado de Oviedo, todos pagaban alguna can- 
tidad por excusado en tiempo de concordias ; j raro 
6 ning^uno pidiú el suplemento de congrua á los 
demás partícipes en diezmos. 

Es verdad que algunos coras, y otros poco reflexi- 
vos, segun noticias que llegaron al Fiscal, creían 
que su majestad les habia de dar toda la congura, 
aunque sólo les perjudicase el excusado en nnape- 
qneBa parte. Ya se ve que esta persuasión era hi- 
ja de un error intolerable; porque no podian pre- 
tender del Sej justamente más qne quitarles todo 
gravamen , y contribuir al suplemento de congrua 
en aquello que la perjudicaba el excusado. 

Si ha babido, pues, obispos que hau exagerado 
la falta del culto y congrua en los países de Mon- 
tafia 7 otros, aunque no consta, no habrán produ- 
cido justificación alguna para obtener iguales con- 
eignacionee, como las qne resulta haberse hecho. 
Tales pruebas bou siempre necesarias para regular 
la necesidad, la cuota y el fondo del excusado en 
la parroquia sobre qne recae la pretensión; pero, 
como es mis fácil declamar con ponderaciones que 
probar, no todos los que han hecho lo primero ha- 
brán podido desempeOar lo segundo. 

Parece ya que no han sido ni serán tantas las 
dificultades que han opuesto y opondrán los fisca- 
les para dejar sin efecto el decreto de congruas, 
como ha recelado el reverendo Obispo, El Fiscal 
que responde es propiamente el acusado en estas 
expresiones, por ser el que servia la fiscalía de 
Excusado cuando se hizo la representación. 

Sin embargo, puede el Fiscal asegurar que tra- 
bajó infinito en arreglar estos puntos de congrua, 
y facilitarlos , reconocer y ¿un formar las liquida- 
ciones y planes en muchos expedientes, en que Sb 
omitieron por impericia; absteniéndose de toda 
contradicción en lo qne no faese muy clara la fal- 
ta de juBtieia ú de prueba, por creerlo conforme á 
las piadosas intenciones del Bey; y así, serán muy 
raros los curas qne pidieron congrua, y no fneron 
consolados. 

El tono enfático de aquellas tontos áifievltada 
que los fiscales opondrían, supone á éstos como 
á unos defensores cavilosos y apasionados, que, 
abandonando los sentimientos que debe inspirarles 
el honor de su ministerio y la propia conciencia, 
antepondrían sus caprichos ó el interés del erario 
al alivio de unos curas necesitados é infelices. No 
alcanza el Fiscal que este modo de juzgar del. más 
miserable prójimo, antes de certificarse de su con- 
ducta, sea muy conforme ¿ la moral de Jesucristo. 

Finalmente, el reverendo Obispo concluyo este 
punto de excusado, representando los excesos de los 
subalternos ; el crecido número de pleitos, que sólo 
en su iglesia, dice, pasan de ciento ; qne por su di- 
lación y costas serán eternos los perjuicios ; que 



FLOBIDABLANCA. 

siempre será perjadicial ta administración , por 1» 
desigualdad inherente á la misma gracia , y que asf 
continuará si no se establece la titttea eonlribucion. 

Los excesos de los subalternos habrán sido algu- 
nos, 6 tal vex mncbos. Esta fatalidad sucede ea 
todo gobierno eclesiástico y secular. Lo que toca al 
ministerio superior es dar reglas y tomar las pro- 
videncias y precauciones que dicta la prudencia 
humana, para evitar ó castigar los desórdenes. 

Los ministros del Rey, concurriendo los ecleeiás- 
tícos que antes se han citado, contribuyeron á que 
so formase instrucción, á que se resolviesen dudas, 
y á que se eligiese un tribunal colegiado, eoleBiás- 
tíco, donde con madurez y examen se reaolvicsen 
estos puntos. Allf, pues, tiene el clero llano el re- 
curso .para el desagravio, y cuando no lo consi- 
guiera, que no puede creerse, no serla culpa del 
Gobierno ni de los ministros seculares. 

Es cierto que son muchos los pleitos ; pero no son 
más de ciento los de la iglesia de Cuenca, como re- 
fiere el reverendo Obispo, sino treinta y nueve, co- 
mo consta de la certificación de la escribanía de 
cámara del Excusado. De éstos, no todos son de 
gravamen perpetuo, ni á instancia do !a Iglesia, y 
casi todi>s están, ó recibidos á justificación, ó hecha 
la prueba, 6 en estado de sentencia; y el do los cu- 
ras áe la ciudad de Cuenca, que cita el reverendo 
Obispo, está determinado y ejecutado en vista ásu 

Los arrendadores, en su Informe, contestan igual- 
mente la multitud de pleitos ; pero en mucha parte 
lo atribuyen á que las iglesias, en cuyo poderhan de 
parar precisamente los documentos para aclarar la 
verdad, no los franquean sinceramente y desde el 
principio. 

Sea como quiera, de estas especies, que pneden 
no ser absolutamente inciertas, sabe el Fiscal, por 
la experiencia que adquirió en la comisión de Ex- 
cusado, que efectivamente hay muchos pleitos por 
las diferentes especies suscitadas en nna materia, 
alparecernueva, y entiende que para cortar la ma- 
yor parte, en caso de continuarse la administra- 
ción, seria muy conveniente aDadir algunos expli- 
caciones á la primera instrucción, decidiendo, por 
regla general , varios puntos que ha excitado U 
ocurrencia de ios casos. 

Todas las cosas no se pudieron tener presentes 
cuando se formó dicha instrucción. El ministro de 
más luces y de mejor intención es hombre, y ha de 
ser precisamente limitado. El tiempo y sus varia- 
ciones descubren dudas y circunstancias, que no 
pueden prevenirse sin el don profético. 

Asf pues , para continuar la administración , se- 
ria muy aoertado,y asf se puede consultar, que con- 
formándose ol clero y los arrendadores, para evitar 
cavilaciones sobre el derecho adquirido en los plei- 
toR pendientes, se nombrasen ministros experimen- 
tados y celosos, que arreglasen nueva instrucción, 



EXPEDIEHTE DBL OBISPO DE CDENCA. 



diciendo loapuntoa generales quese oontroyierten, 
qne por la mayor parte se reducen á anexiones de 
iglesias y exenciones ; 7 en su defecto, ee podria 
mandar qne el tribunal de Ezcuaado es taviese to- 
dos loa días, para facilitar el despacho, aunqne fue- 
te con alg^m aumento de dotación. 

Lo qne el Fiscal reconoce con la buena fe qoe 
detw, es la desigaaldad inherente á la naturaleza 
delexcnsado. Gn esto son ciertas las reflexiones del 
leverendo Obispo ; pero debia también confesar 
qne la deaigoaldad, dimanada de la naturaleza del 
privilegio, no produce mérito para oponerse á los 
titoloa del Rey, ni quejaree de su gobierno. Si aquí 
caliera la qneja, más debia tenerse del conccdente 
qne del conceeionario, si cual ^mti la recompensa 
que le dieron. 

Es, sia duda, eierto que no contribuye el clero 
con proporción & el haber respectivo de sus indi- 
viduos. En esta parta, los decimadorea particulares 
de cada parroquia, en que entran el clero inferior, 
lu fábricas y los legos, sufren un gravamen dee- 
igoal respecto de los decimadorea universales, co- 
ma regularmente son los obispos y cabildos. 

Q perceptor de una sola parroquia, si le separan 
imdeanero de crecidos frutos, padece una dimiau- 
doD considerable , sin tener compensación en otra. 
El llevador universal repara la diminución que le 
caossel rico excusado de una iglesia, con lapeque- 
Ss detracción que le hace en otra nn dezmero de 
pocos haberes. 

Entre los partícipes particulares hay también 
desigualdad notable. Donde los dezroeros son mu- 
chos y de fortunaa medianas, es corto el gravamen 
■ de loa perceptores de la parroquia, aunque tengan 
ana renta muy crecida. Asi sucede en el arzobispa- 
do de Valencia, que, con ser sus rentas eclesiásticas 
1h mayores de toda Espafia, produce el excusado 
noy corta cantidad, por la multitud y medianía de 
loi dezmeros. 

Por el contrario, donde s61o hay uno 6 dos dez- 
meros gruesos, aunque el perceptor particular de la 
parroquia goce de una renta moderada, lleva sobre 
si ana contribución crecida, separilndole la cosa 
nujOT. 

Loe obispados tampoco son iguales en el número 
de parroquias, y suelen sacarse más excusados en 
na obispado de medianas rentas, quo en el que son 
niDj grandes. 

Estas consideraciones, y otras que pudieran aüa- 
dirse, pueden inclinar el piadoso corazón del Rey 
i qne se busque y tome un temperamento pruden- 
te, que reduciendo las cosas á la igualdad posible, 
proporcione loa alivios del clero, sin detrimento 
grave de los derechos del Bey. 

El reverendo Obispo propone que se establezca 
taica contribución; pero el Fiscal, después de mu- 
chas reflexiones, hechas con deseo de acertar, se ha 
detenido en que para aquel eat*bIecimiento deben 



13 
muchos puntos, averiguarse yrecono- 
ceree inoamerables hechos respectivos á todos los 
vasallos del reino, qne no son del expediente ni 
constan de £1. Sería muy arrieegado, sin estas ins- 
trucciones y otras experiencias, aventurar un dic- 
tamen, qne,no sólo se ceDíriaá el excusado, sino qne 
seria trascendental á las demaa contribuciones 6 
rentas que llaman provinciales, cuya alteración 
pide mucho pulso y otros conocimientos. 

Por tanto, dejando la única contribución á los 
ministros encargados de su establecimiento, parece 
al Fiscal qnerebajándosedelos arrendamientos ac- 
tuales lo que se considerase por el haber de tercias 
en los obispados en qne están comprendidas, lo 
consignado por razón de congruas , algo por los de- 
rechos que subsisten litigiosos, y lo domas que no 
fuese claro y verdadero producto del exornado, 
según lo notado en otra parte, se proratease el re 
siduo de valores entre los obispados de Espafia, 
según lo que producen de presente para esta renta, 
y constara do las relaciones qne han debido pre- 
sentar los arrendadores. 

Hecho este repartimiento, se podría concordar 
con cada iglesia el pago de su haber, y ánn tratar 
con ella que para facilitar la cobranza, y hacerla 
con una igtialdad exactisima, y sin los perjuicios á 
qne están expuestos loa repartimientos particula- 
res, se cargase en una cuota determinada de fru- 
tos, como de nn noveno mis 6 menos, según cor- 
respondióse i los diezmos de cada obispado, el cual 
podria arrendar la misma iglesia, 6 administrarlo 
su majestad, incorporado con sus reales tercias, 
donde las goce, sin nuevos gasCoa de administra- 

La igleaia qne no quisiese acceder i este medio, 
se sabría que no quería igualdad, y que deseaba su- 
jetarse á nna administración rigorosa. 

La igualdad matemática en estas materias es po- 
co menos que imposible, y con todo, si puede haber 
alguna proporcionada á la obligación de contribuir, 
ha de ser por el medio insinuado. 

En el primer repartimiento de concordias había 
también muchas desigualdades. Las tasas antiguas 
de los obispados y beneflcioe, la varíacion de sus 
valoree, y otras cansas bien sabidas, producían bas- 
tantes agravios y muchas quejas, especialmente del 
inferior clero. 

E! medio propuesto no debe ser en perjuicio del 
actual arrendamiento, mientras no intervenga con- 
sentimiento de los interesados ó recompensa pro- 
porcionada. La buena fe pide que se guarden reli- 
giosamente los contratos. Cuando alguna conside- 
ración pública dé lugar á su moderación ó rescisión, 
debe preceder el buen cambio, oomo se explica ana 
tay de Partida en caso muy semejante. 

Si el clero se obstina en no concordar sino es por 
el precio y condiciones antiguas, ya ve por las da- 
mostraciones de esta respuesta y pw-las reflezio- 

T.oogTc 



14 



EL CONDE DE FLORIDABLANCA. 



tíos qae puede hacer, qüo no tendri razón. Ea me- 
nester dar ¿ las cosas un pnnto de joaticia y equi- 
dad, y el Fiscal cree (sin emnlocioa ciertamen- 
te del clero , & quien profesa veneracton y amor) 
que el precio y condiciones de lat últimas conoor- 
dias eran lesivos enormemente á la corona. 

Evacuados los particulares de excusado, ee con- 
trae el reverendo Obispo i tratar difusamente de 
loa perjuicios que cansaba la extensión que se ha- 
bía dado á la gracia de diezmos novales; sobre este 
particular se extiende bastante aquel prelado, pro- 
poniendo losdaDos,y combatiendo la inteligencia 
que se intentaba dar á la bula de la concesión. 

Como éste es nn punto decidido 7a por el real 
decreto que precediú á la provisión del Consejo, 
librada en 21 de Junio de 1766, se abstiene el Fiscal 
de entrar en materia sobre él , aunque tal voz no 
faltaria qos decir. 

Pero no se puedo dejar de admirar la liberalidad 
del Bey, su soberana justicia y su real propensión 
i favorecer al clero. No sólo mandó su majestad, 
por el citado decreto, reponer todo lo que se pudie- 
ra creer ejecutado con exceso en la comisión do No- 
vales, sino que ha dejado por ahora suspendido en 
mucha parte el uso de esta gracia, aun en la limi- 
tada comprensión que se le ha declarado. 

Lo que conviene tener presento, es que el exa- 
men que se hizo de esta materia, á el cual se debe 
todo el suceso, fué propuesto y promovido por un 
fiscal del Rey, el señor don Pedro Rodríguez Cam- 
pomdnes, en respuesta de 18 de Octubre de 1765,- 
que se copia en la real provisión ya citada, para 
que se vea que los fiscales más celosos saben aten- 
der las instancias del clero cuando creen ser justas. 

Este hecho debía ser notorio á los obispos, como 
también que en 31 de Enero de 1766 había el Bey 
nombrado una junta, comprendiendo en ella á los 
dos ministros eclesiásticos que habia en el Consejo, 
para examinar los procedimientos del subdelegado 
y sus subalternos. 
' Era dernaaiado el interés de las igleaias, y de mu- 
cha expectación el asunto, para que en Cuenca no 
se supiese todo. Efectivamente, el reverendo Obia- 
po se hace cargo de que habia una junta, y de que 
esperaba que su majestad fuese mejor informado 
por ella. 

Parece que sería justo, con tales noticias y espe- 
ranzas, haber aguardado la resolución de la misma 
junta y de su'majestad, especialmente estando tan 
prúiimo, en 23 de Mayo, cuya fecha tiene la repre- 
sentación del reverendo Obispo, qne no podion me- 
nos de haberlo percibido las iglesias. 

Sería también justo qne en una representación y 
en unoB papeles que tanto acriminan á los fiscales 
y ministros regios , do se suprímieee nn paso como 
el que había dado un fiscal para proporcionar los 
desagravios del clero. 

Sería, finalmente, conforme i reglaa de pmden- 



ia, haber antkap«Io j dirigido al Bey las qtiejaa 
contra los ejecutores de la gracia de novales otma- 
do lo hicieron otfas iglesias, y acaso la mi«aft 
de Cuenca, supuesto que babia junta para exami- 
narlas, y no haber esperado ¿ una ocasión ímé, 
crítica como la que presentaban las tnrbacionea 
ocurridas, en que, sin aprovechar, como no aprove- 
chó ya, Ib representación para la reaolucíon, qne y* 
estaba concebida, habia el riesgo deque, divulgán- 
dose estos papelea, como en efecto se han divulga- 
do, recibiese el ignorante pueblo alguna impresión 
poco favorable á la piadosa y justificada conduct* 
del Bey y de sus tribunales. 

Otro asunto ú objeto de las quejas del rererendo 
Obispo es el modo con que se ha ejecutado el ar- 
ticulo 8.° del concordato celebrado entre esta cor- 
te y la de Boma en 1787; y á este fin, representa 
varios agravios que dice contener la real instruc- 
ción, expedida en 29 de Junio de 1760, para su eje- 

A la verdad, bien examinado este concordato, 
se hallará que apenas contiene algo favorable i 
esta monarquía; y que, por el contrarío, en lo qne 
envuelve y supone, sí no se interpreta con gran 
tino y justicia, y sino hubiera sobrevenido el con- 
cordato último de 1752, podía y puede perjudicar 
mucho á los derechos, máximas y leyes fundamen- 
tales de la corona. 

Asi se reconoció cuando, en la exaltación á el tro- 
no del señor Femando VI el Justo, se vio que el es- 
zobispo de Nacianzo, nuncio de sa Santidad, soli- 
citaba apresuradamente que su majestad observase 
y confirmase el concordato, y ministros muy celo- 
sos dijeron y fundaron con solidez qne no coa- 
Examinado ahora con esta prevención cada uno 
de los agravios que propone el reverendo Obispo, 
es el primero decir que por la citada instrucción se 
mandó cargar el servicio ordinario y extraordina- 
rio i los bienes adquiridos por manos muertas de 
lego pechero ; que esto tributo no es precisa carga 
real de laa haciendas; que le pagan solamente los 
plebeyos; que están exentos los nobles, á cuya clase 
se comparan las iglesias y aua ministros ; que tiene 
cierta especie de repugnancia hacerlos tributarias 
en la colecta ínfima ; y últimamente, que no so en- 
tiende que el concordato quiso privarlas del privi- 
legio y exención que tenían, ademas de la inmuni- 
dad, pudiendo verificarse en los demás tributos 

Beconoce el Fiscal que si no se examina radical- 
mente esta materia, pueden hacer impresión algu- 
nas de las antecedentes reflexiones. Conduce á 
esforzar esto concepto la real orden de 18 de Octu- 
bre de 1760, comunicada á el Consto de Hacienda 
por el Uarqués de Sqnilace, en que previno su ma- 
jestad que no venia en que á los bienes, cuando 
estaban en poder de manos muertas, se les cargase 
el servicio ordinario y extraordinario ¡ porque esta 



EXPEDIENTE DEL 
«ontribncion se impoiiia por razón de la pereona en 
calidad de pechero, 7 estaban esentoe de olla loa 
•oblea, y todo el clero y comnnidad ecleeiástica. 

Sd ambargo, loe fiscales del Consejo de Haoienda 
pidieron, cooformea, que se representase á su ma- 
jestad sobre este panto, y asi lo hizo el mismo Con- 
iejo;yá]A verdad, las consideraciones de aque- 
UoB doctos defensores del fisco, las que arroja 
U consulta de 14 de Octubre de 1760, en que se 
refieren, y otras muchas que prodaceo, eM el con- 
cordato, como nuestras lejea, costombresygobier- 
no, han dejado euteramente convencido & el que 
responde, deque en justiciaso hay (rravimen con- 
tra las manoe mnertaa en esta parte. 

La instrucción formada por el propio Consejo 
pleno de Hacienda, y dirigida á el sefior Felipe V, 
ea coDsalta de 19 de Agosto de 1745, con la cnal se 
cmktDrmó va majestad , contenía ignal capitulo que 
li instraccíon moderna de 1760, acerca do que se 
cargase el servicio ordinario y extraordinario i las 
BWDoa nmertas, por los bienes adquiridos do lego 
pechero. Blsefior Femando VI mandó guardar tam- 
bién aqnella prímeT iustniccion; 7 asi, este gran 
peso de autoridad debe inclinar cualquier dictamen 
i lo resuelto. 

H concordato dice espresamente qne los bienes 
qnepot cualquiera título cayesen en manos muer- 
tas, qnedaseu perpetuamente sujetos, desde el dia 
que se firmase aquella convención, d todo» los im- 
psMtúB 7 tributos regios qne lo* legot pagaban. No 
qnedarían anjetoa á lodo» los tributos, si se excep- 
tuasen del servicio ordinario y extraordinario. 

Eata sola consideración pnode persuadir que se 
ba hecho á las manos muertas bastante gracia en 
Iñnitai la paga del servicio i el coso en que adquie- 
no de pechero. 

Aonqae el noble que enajena bienes en mano 
muerta no pagase antee el servicio, estaban los mis- 
mos bienes en disposición de ser repetidamente 
transferidos en pechero, que contribuyese por 
ellos. 

Loa bienes siempre se presumen tributarios como 
el Tisallo, y la exención es cualidad accidental y 
penonal del poseedor, que no altera la sustancia de 
lucoaas. 

El concordato miró á proveer ú establecer una 
indemnidad perpetua y absoluta de los derechos del 
Rey y de los vasallos legos, y ésta no queda bien 
Mamada en la adquisición que hace la mano muer- 
ta del noble 6 exento. 

No qnieredecir al Fiscal que no subsista lo deter- 
minado en la instrucción ; sólo quiere dar á enten- 
der que sueste punto esmásfavorsble que gravosa. 

Aunque el servicio no fneee precisa oarga real de 
bu haátitdat, como dice el reverendo Obispo, no 
páresete debería excluir de la general compren- 
non di (odof lo* itHpHettot y tníutoa que explica el 
tOBcordato. Esta convenio no dice que las manos 



OBISPO DE CUENCA. 15 

muertas paguen precisamente lot íribuíotqutleaiun 
lúi bieitei, ó con gu« telaban realmeaU gravado», sino 
todot h» qtte pagaban lo* lego*. Para carga* reale» 
precita* de la* kacitnda* no necesitábamos de con- 
cordatos, y el privilegio 6 contrato debe interpre- 
tarse de modo qne obre algún efecto. 

La ley de (üuadalajara del seOor rey don Juan el 
Primero, qne ea la 11 del titulo 111, libro i de la Reno- 
pilaeion, previene gue A» heredad que *ea tributaria, 
en gue eea el tributo apropiado á la heredad, que lo* 
clérigo* yue compraren tale» htrtdade* tributaria*, 
que pechen aquel Iribulo que e* apropiado y anejo á 
la* tales heredad**. 

Ea de notar que aunque esta ley, y los cortes en 
que se hiío, celebradas en 1390, parece que no ha- 
blaron de todos los pechos, resulta de las mismas 
cortes que fué el ánimo y decisión de ellas que los 
clérigos los pagasen todos por las heredades que 
comprasen , en dos caeos ; uno, cuando por la com- 
pra >e r*mata*epeeho, que serla el efecto de la trans- 
lación á mano muerta si quedase libre ; y otro, cuan- 
do el clérigo comprase afumo muerto todas las he- 
redades de un pechero. Es justo tenar presente que 
á aquellas cortes concurrió el estado eclesiástico del 
reino, que en otros puntos supo exponer y ponde- 
rar varios quejas. 

Pero lo cierto es que en los tributos que se han 
distinguido en Bspaila con nombre de pechos, y 
se han contribuido por el estado llano, siempre se 
ha tenido consideración para su paga á los bienes 
y fortunas de los vasallos ; y por tanto, ha depen- 
dido de la autoridad de los reyes que se transfiera 
ú no la carga antigua á los exentos que han adqui- 
rido los tatea bienes de mano de pecheros. 

Esto prueban con evidencia varias leyes de nues- 
tro derecho real. Por la ley 55, título VI, partida 1, 
se decidió que ti por oceníura la Igle*Ía cómprate 
alguna» híredade», ó ge la» diesen orne* que fuetea 
pecheros á el Reg, tenudos eran lo* clérigo» de le 
facer aquellos pechos i aquello* derecho* que habian 
á euToplirpoT ellas aquello» de quien la* obieron. 

No parece sino que se cortó por esta ley el capi- 
tulo de las instrucciones reales que tratan del asun- 
to, y aun el mismo capitulo ViII del concordato. 
M¿B debe valer para cualquier dictamen la inter- 
pretación tomada de una ley del reino, que la opi 
nion voluntaria 6 el capricho de muchos escritores. 
Las leyes se hocen siempre con mucho exornen y 
acuerdo, y son el santuario civil , que esíge toda la 
veneración de los buenos subditos. 

En Isa Reate* ordenanza* de Caeíilla, al título III, 
libro I, ley 13, se refiere también lo qua habían 
mondado sobro este asunto loa sefiores reyes don 
Enrique II y don Juan el Primero, y se colige la oh- . 
servancia que tenia la ley departida: Eotroeíman- 
damo* (dice la ley del Ordenamiento) que lo» cléri- 
got,por lasheredadee qtte compraren, paguen el alca- 
bala í tributo*, *egua que lo ordenó, el rey don J 



°^c 



16 EL CONDE DB 

qué II m Burgo», f el rey don Juan I en Segovia. 

El sefioT rey don Juwj el Segnndo, por prag- 
máticas hechas «n Toledo j Zamora, años de 1422 
y 1431, habia mandado generalmente que cual- 
quiera peraona qne comprase tñenet de pechero», 
péchate por ellos. Aunque el mismo seBor Rey, y su 
hijo el seflor Enrique IV, aegun la ley 12, titulo ir, 
libTO trdel Ordenamiento, que es laley 14, títnlo xiv, 
libro TI de U Reci^ñlaeúm, mandaron despaes sus- 
pender Im citadas pragmáticas , para que los bienes 
qne comproBva de pechero los hidalgos ó exentos, no 
pasasen con *u eafya d* pecho; siempre resalta de 
aqnf qne U autoridad del Príncipe ha sido la que 
en Espa&a ha arreglado estas materiofi y promnl- 
gado leyes como ha tenido por convenicato. 

Ni esto tenía nada de particolar 6 exorbitante; 
porque, prescindiendo de que la exención de tribu- 
tos concedida al clero dimana de la potestad tem- 
poral, como podria fundarse, si ahora fuese del ca- 
so, con las escrituras canónicas, decisiones conci- 
liares, leyes civiles, realesy eclesiásticas, autoridad 
de los padres y opinión de juristas y teólogos gra- 
vísimos, en que se comprende el angélico doctor 
santo Tomos; prescindiendo, pues, de todo esto, 
aunque sólo se atiendan los vulgares colecciones 
del derecho canónico, está literalmente decidido y, 
preservado en ellas el derecho de los principes álos 
pechos y servicio» que les hacían y pagaban los le- 
gos jior ht hiena que adquirieten de ello» lat igle- 
liat, excepto sus casas contiguas y oficinas, y el 
manso ó dotación. 

Puede verse en el decreto de Graciano una deci' 
sion que los correctores romanos atribuyen a! ca- 
non L del concilio de Vórmes, en que literalmente se 
dice ; ftSe baila establecido que á cada iglesia se 
atribuya ó aplique un manso Integro sin algún »er- 
vício, y loa presbíteros constituidos en ellas, ni de 
los diezmos y oblaciones de los fieles, ni délas 
casas, atrios ó huertos eontigaos á la igleña, ni del 
referido manto, hagan algún tervieio fuera del ecle- 
siástico ; pero ti algo mdt btoieren, paguen 6 presten 
á sus mayores el debido eervicio.» 

Esta misma decisión se comprendió en la colec- 
ción de las Decretales de Gregorio IX, sin más di- 
ferencia que en lugar de la expresión de mayores, 
á quienes se habia de prestar el debido servicio, se 
pnso la de «tu stores, dicha en el estilo de aquel 
tiempo, y ésta es la lección verdadera. 

El monje y colector Graciano, en el texto de la 
cansa en que iba hablando , y para cuyo apoyo 
adaptó la decisión conciliar citada, aunque la d¡6 
alguna extensión que ella no tiene, afirmó qne de 
aquellas cosas «{ue la Iglesia comprase de atates- 
guiera, ó recibiete por donacionet de los vivos (ha- 
bia él atribuido libertad á lo qne se dejaba pro &«- 
n^^cto tepttlttira), debía los obsequios acostumbra- 
dos á los principes, t^aio para pagarlet los anuales 
tribuios, cuanto para acudir á la ^erra en la con- 



FLOSIDABLANCA. 

vocación de ejército ; bien que esto Altimo (la asi* 
tencia á la gnerra) no se debia hacer sin consenti- 
miento del Pontífice romano, i Pasó después Gra- 
ciano á comprobar con otras decisiones la prohibi- 
ción de que los obispos concurriesen por sus peisooaa 
& el servicio militar. 

Las glosas de aquellos textos comprueban lo mis- 
mo, y en ello convienen los más doctos decretaliotas, 
proponiendo, y con rason, qne en estos decisiones 
eclesiásticas se conformaron los cánones con loa le- 
yes capitulares de Carlomagno y Lndovioo Pió, 
qne establecieron la translación del pecho ó tribu- 
to con la hacienda adquirida por las iglesias. 

Si se consideran bien los determinaeionea más 
modernas, que se comprendieron en los cuerpos ó 
Colecciones Últimas de lo que llamamos Derecho 
Canónico, se verá qne la exención de cargas del cle- 
ro, 6 se dirigió á libertarle de los exacciones qne 
intentaban hacer algunos pueblos ó comunidades 
que carecían de la autoridad suprema, ó miró á 
preservarlo de tallas y colectas puramente perso- 
nales, ú de imposiciones nuevas, inventada* con- 
tra los eclesiásticos en odio suyo, ó para retraerlos 
de adquirir bienes. 

De eeta clase son los decisiones del oonoilia Latc- 
ranense tercero, celebrado en 1179, en tiempo de 
Alejandro III, y del Lateranense cuarto, distingui- 
do en las decretales con el nombre de concilio ge- 
neral, y celebrado en el pontificado de Inocen- 
cio III, aSo de 1215;yyasaben todos qaeáestas de- 
cisiones redujo la santidad de Clemente V la famosa 
constitución de Bonifacio VII, qne reformó; y así, 
de los capítulos ó pasajes de ella , comprendidos <n 
la colección de este pontífice, llamado el Sexto, no 
se puede sacar argumento sólido, por estar refor- 

Pero decisión eclesiástico (no se habla de opi- 
niones poco fundadas) qne con claridad releve á el 
clero de cargas á Mbutos antiguos, ya establecido* y 
pagados por legot con rttpeeto á tue hienet, ettando 
los adquieren de ésto* los eeletiátticot, 6 no la hay 
en las colecciones del Derecho Canónico, ó tiene e) 
Fiscal que responde la desgracia de no haberla 

Por el contrario, en la córte de Roma era nn sa- 
pnesto fijo en el tiempo de las mayores y más an- 
tiguas controversias con nuestra corona sobre pun- 
tos de inmunidad, que los bienes tranaferidos en los 
iglesias quedaban afectos á las cargos y tributos 
qne pagabon los legos caando los poseían. 

Algunos historiadores eclesiásticos que escribie- 
ron dentro de Roma, copian la instrucción secreta 
que dio el papa Nicolao III, por el afio de 1279, á el 
obispo Reatino, su legado A Espada, paro manejar- 
se en los diferentes puntos de qne se quejaba aque- 
lla corte, como agravios del clero por varias dispo- 
siciones del sefior rey don Alonso el Sabio; y en- 
tre ellos hay un capitulo respectivo á reclamar gas 



EXPEDlEiriB DBL 
dundo paaabui i lu iglesiu poaeBioiiea ya exenia» 
intee a fiteo et regalilm$, m lea oargasea tributos 
di meco; pero en lu Bujetas á los pQchoi del Rey, 
ai ánn vino á la imagÍDaciou el proponer agravio 
algaDO. Cualquiera sabe que esto era mnjr poste- 
rior á el concilio general de Letrau ya citado 

En esta parte, mayor arcnimento ae pudiera ha- 
cer con la ley del reÍDi ^, titulo ziv, libro vi déla 
JlMoptlaeim, citada arriba, enqueae saspendieron 
Ua pragmáticas anteriores, que mandaron pasar 
ton BU carga de pecbo loa bienes que compraaen de 
pecharos los hidalgos 6 exentos. 

Sin embargo, como esta ley no nombra i loa clé- 
rigo* 6 iglesias, como acostumbraban laa leyes que 
trataban de ellas, y se han indicado anteriormente, 
etmuy verisímil entender que aquellos «centoi eran 
los diferentes que Itabia ea el reino, distintos de los 
hidalgos, como los caballeroH de cuantía, loa de 
alarde, loa excnsados que teuian Ub mieoias igle- 
bíu, y otros muchoa, de que eatán llenas nuestras 
\tjte reales. Como era personal y temporal aquella 
eimcion, era de menos perjuicio á la corona que 
la de loe bienes qne se iban á sepultar perpetua- 
mente en las manos muertas ; y aea como fuero, 
aiempro se descubre el origen del gravamen y la 
eiencioD, qne es la autoridad y piedad del Prin- 
ápa legislador, i qne se lia agregado en el día, 
púa remover todo escrúpulo, la fuerza del con- 
cordato. 

£1 servido ordinario y extraordinario no es car- 
ga Hilo de loa pecheroa porque sea puramente per- 
seiial, ni éete ea el motivo por que no le pagan los 
uoblea. 

Cnalqníera qne haya leido algo de las costumbres 
S leyea antiguas espaAolas , sabrá que todos los tri- 
butos interiorea del reino eran cargas de loa pecha- 
ros, y qoe los nobles a6\o prestaban el aervicio mi- 
litar, con varios gravámenes. 

En el servicio de lanzas se ve una imagen de la 
Teaponaabilidad de los nobles del primer urden á el 
servicio militar, por loa bienes y honores que hi 
biu recibido de la corona. No preteoderá justa- 
mente ningún eclesiástico que adquiera un titulo 
Ubertarse de aquel servicio, hallándose hoy co 
tido en tributo pecuniario. Lo que en los ricos hom- 
bres era obligación de concurrir con cierto nú 
de lanzas i el servicio militar, es ahora una 
tribucion equivalente en los que representan aqnC' 
llad¡gnidad,dequeno se libertan los eclesiásticos. 

Los nobles de la menor clase sólo tenian la obli- 
gación de coDCurrir á la guerra por sus personas, y 
este aervicio distinguía su exención, así eli lo que 
llamaban devengar quinientos aneldos, como en las 
preeminencias personales, y laa de su caballo y ar- 
mas que debía mantener. 

El pechero pagaba losservicíoa pecuniarios ; pero 
«DÉste y loa demás dimanaban las obligaciones de 
U afección con que recibieron los bienes y los re- 



0BI8P0 DE CUENCA, 17 

partimientos de ellos, distribuyen doso el gravamen 
á proporción de las clases. 

Todo esto venía de las costumbres godas, en cuyo 
tiempo ae hacia distinción entre los miamoa cléri- 
goa , para que loa que fuesen noblea 6 ingennoa no 
ae comprendieaen en los trabajos é indicciones pú- 
blicas, como ae VB en el canon xlvii del concilio 
cuarto de Toledo, celebrado en la era de 671, y rei- 
nado de Siaenando. 

Eatas coBtombree eran también propias, ó casi ge- 
nerales, de laademaa nacionea septentrionales que 
inundaron lo mejor de Europa; y así, las decisiones 
oanúnicas, laa capitularea de los emperadores y ka 
leyes antiguas del reino, que establecían la tras- 
lación del pecho 6 tervício con los bienes transferi 
dos en la Iglesia, no podían entenderse, en cnanto 
á tributos, sino de los que pagaban los pecheros, 
porque solos ellos los satisfacían. 

De aquí es qne el pecho llamado servicio no es 
una colecta Ínfima perHonal, inventada para poner 
el sello de la bajeza á los buenos hombres llanos, 
qne es lo que se puede colegir de la representación. 
En el estado llano 6 general hay sus distinciones y 
honores, que no confunden al labrador y á el ciu- 
dadano ó burgués honrado con la ínfima plebe, y 
todos pagan pechos y servicios. 

El pecho 6 servicio, como los demás tributos an- 
tiguos, es nu reconocimiento del vasallaje, debido 
con respecto á los bienes de cada vasallo, para laa 
cargas inherentes i la corona, y todos le deben, 
mientras no prueben exención, subrogándose en loa 
noblea el aervicio militar. 

Laa leyes del reino acreditan que para el repar- 
timiento de loa servicios se ha de tener conaidera- 
ciou á laa haciendas, frntoa y uegociacionea de loe 
vasallos, y así los pagan los forasteros en los pue- 
blos donde tienen sus bienes, aunque no residan 
por sus personas. 

El capitulo III de la instrucción del afio de 172S 
respectiva á la cobranza de haberes realea, pre- 
viene también que ae atienda á loa bienes, tratos y 
negociaciones para el repartimiento del servicio, y 
que no se cobre de los pobres ni jornaleros ; y en 
cuanto áestoa últimos, si la colecta fuera puramen- 
te personal, no habia motivo para dejar de gravar- 
los, aunque aúlo fuese con un maravedí, para llenar 
el espíritu del gravamen. 

Este era el estado de la contribución del servicio 
cuando sobrevino el concordato, en que ya con toda 
propiedad era carga real de los bienes, y por este 
motivo irrecusable en pago de las nuevas adquisi- 
ciones. 

En el sentido que habla la representación, pro- 
baria demasiado au argumento acerca de que et ser- 
vicio no eepreeita carga real d« lai hacieadat ; por- 
que ae podría decir que no lo aon los millones y sus 
nnevoB impueatoa , porque los paga el consumidor, 



IS 



GL COm)B DE FLORIDABLANCA. 



Ui j oientoB 80n cargt de los predios, cuando sdlo 
te venden loa frutos, y qne no lo bod Iob demás 
tributos 6 iropnestoa que se pagui en Espilla , de 
que saldria, por conaecnencia, la iontilidad del con- 
cordato y de naeatras leyes. 

Las manos mnertos, por esta translación de la 
carga del servicio, no pierden los distintivos de su 
exención, quedándoles otras muchas libertades ; 
prerogativas, de que carecen los pecheros. Los bie- 
nes de primera fundación y los eolesiisticoa serán 
Ubres del tributo temporal. Alojamientos, cargas 
conoejiles, y otros muchos gravámenes personales, 
aeran sólo carga de los rasallos seglares, y bu li- 
bertad es poT si tan estimable, que la tomarían los 
legosá costa de cualquier anmento de contribución. 

Así, pues, no se puede deoir que el noble que 
entraría en una comunidad religiosa, perderla sn 
privilegio. Siempre quedaría distinguido por las 
preeminencias de su nuevo estado, y la paga que 
hiciese la comunidad de sus nuevas adquisiciones, 
nada diamínuiriala estimación y exenciones de ella. 

No se ha de confundir la indemnidad del daño 
qne cansa al Príncipe la adquisición de ta mano 
muerta, con la exención de lae personas del clerd. 
Débese reflexionar muy bien esta distinción ; y asf, 
no ee justo dar ¿ la exacción del Rorvicio el nombre 
odioso de colecta inflma, dirigida á scfialar los ple- 
beyos, é indecente al estado clerical. 

Iios dieemos debidos i. la Iglesia son un tributo 
personal j>ro reíui, cansado por la admiuistracion 
délos sacramentos á las personas, sin obligación 
precisa y real de las bacíendss, y si sdlo de loe 
frutos; y asi so estimó en la junta qne ee citó en 
otra parte , para qne la elección del mayor dezmero 
en la administración del excusado, no la hiciese su 
majestad con respecto á la mayor hacienda 6 patrí- 

Sin embargo, las leyes canónicas preservaron el 
dafio qne podrían recibir las iglesias, trasfiríéndosa 
los haciendas en personas qne no debiesen diezmos, 
y mandaron que los pagasen los judíos, sarracenos 
y exentos, y para los regulares, que tenían exen- 
ciones amplísimas sobre las disposiciones de dere- 
cho común, hay decisión déla congregación del 
concilio, aprobada por bula de Inocencio X, expe- 
dida en 2t de Diciembre da 1646, con motivo de 
controversias ocurrídas en el reino de Polonia. 

En los beneficios amortizados por uniones perpe- 
tuas , ha cuidado la Curia Romana de establecer y 
cobrar quindenios, para indemnizarse de las ana- 
tas qne perdia en sus provisiones, aunque este de- 
recho no fuese, como no era, carga real del bene- 
ficio, ni muy conforme á la disciplina canónica. 

Esta misma indemnidad es la que quiso la Igle- 
sia para los tributos de los príncipes ; porque, como 
cultora de la justicia y amantísima de ta eqnidad, 
no quiere el detrimento del estado temporal, ni que 
•ea tratado desigualmente. 



Snaimeate , de que se trata , no as de 
tonta incomodidad, que deba rehusarse. En los pue- 
blos principales del reino hay arbitrios paia mi 
pago ; en los cortos cederá en beneñcio da los po- 
bres labradores lo qne contribuyan las manos muer- 
tas; porque el Rey no quiere lo qne paguen pora 
aumento de ana rentos, sino para aliviar á loa de- 
mas vasallos, como está prevenido en la mismo íub- 
truccion. Así que, no hay bastante motivo paro ol- 
terarla en este punto, y asi se debe estimar y con- 
anltar. 

El reverendo Obispo propone otro agravio con- 
tra lo resuelto en el número 3 del capitulo ii de la 
instrucción citada, acerca de que no se han de se- 
parar 6 quedar librea de contribuciones los bienes 
que detpuM del concordato se hayan eulquirido por 
lubrogacion ó con el precio de los adquirido* ántet 
del concordato , aunqae faeitn de anlerioret funda- 
cionet , de qtte no te habla m él. 

Examinado este punto con la debida reflexión, 
parece al Fiscal que responde que en él son conve- 
nientes, y aun precisas, otras explicaciones, mode- 
rando la instrucción en lo que se dirá. 

El citado capitulo de la instrucción previene que 
tiayau de quedar libres los bienes que se adquirie- 
sen por permuta ó con el precio de los pertenecien- 
tes á fundaciones posteriores á el concordato. No 
parece que hay motivos más relevantes para que 
00 preserven loa bienes subrogados de fundaciones 
nuevas, que los que se subroguen de las autignas. 

Aunque en el concordato no se hable de funda- 
ciones antiguas, se habla de adquisiciones, y no se 
pueden llamar adquiridos en el rigor legal loa bie- 
nes subrogados. 

Tampoco habló el concordato de aubrogoclonei 
de bienes pertenecientes á fundaciones posterioras, 
y con todo, la instrucción los preservó, siguiendo 
las reglas ordinarias. 

Quedando fuera de la comprensión del concordato 
esta clase de bienes, habría de recurrírse para gra- 
varlos á las disposiciones legales, reales y canóni- 
cas; y conforme á la mente de ellas, está ya visto 
que los bienes de fundación deben tener libertod. 

La ley que ya so ha citado, 65, titulo vi, parti- 
da t , dice expresamente : E otrort de ¡a» heredadet 
que dan loe reyes, i los otros hornee á Ut* igleéia* 
qitando lae facen de naeoo 6 qnando loe consagran, 
non deben por ellas pechar. 

También exceptúa la misma ley de los pechos las 
heredades qne se dan por lae eepullvrai, confor- 
mándose sin duda con la extensión que di6 Qra- 
ciano al canon que se citó en otra parte. Igual- 
mente liberta la ley los donadíos que loa empera- 
dores í los reyes dieron ¿ las iglesias, diciendo jue 
non deben por sitas pechar ¡os clérigo» ninguna eo»a. 

Esta disposición real, que apoya y aun aumenta 
las canónicas á favor del clero , da motivo para que 
así como la exención pactada mx el concordato para 



EXPEDIENTE DEL 
lu fandactoDe* posfenorea á ál influya en los bie- 
vM subrogados, también tenga igual influjo la 
eiencion que concedía á los bienes anterioresel de- 
techo del reino, mientras no se derogue fonnal- 

Es verdad que pneden hacerse algunas conside- 
raciones á favor del capltob de instrucción arriba 
citulo, interpretando las reglas de subrogación j 
U disposición de la lej real y can^Snica, con ciertas 
restricciones ; pero en estas materias es lo mejor y 
lo mis conforme ¿ las intenciones de nuestro re- 
lifioso 7 amable príncipe, que resplandeces la 
piedtd. 

Sin embargo , cada caso 7 cada subrogación se 
poede vestir con diferentes hecboa y circnnstan- 
ciu. Pudieran los vasallos legos privarse de bienes 
SDJetos i tributos, y no adquirir los equivalentes 
para llevar las cargas ; siendo asi que el conservar- 
los con el vigor necesario para ello, fué el fin qae 
t4vo el con^rdato. 

Los fraudes pudieran también ser muchos, si se 
dejtse ea las manos de unas justicias rústicas gra- 
dntf la calidad de los bienes ; su exención; es justo 
qTw todo se examine, y entre tanto funda sn ma- 
jeitsd en la disposición de las leyes y del concor- 
<lito la exacción del tributo de toda hacienda nue- 
Tuoente adqttirida por cualquiera titulo. 

Poi tanto, pues, para ocurrir á todo, y con aten- 
cioB 1 las reflesiones que contiene en este punto la 
representación del reverendo Obispo, parece al Fis- 
cil que responde que el citado número y capitulo 
de la instrucción se podria extender en esta forma : 
tQae se separen de la contribución y queden libres 
por ahora, y sin petjuieio de ¡at regallai de «u no- 
jeiiaá, los bienes que sean de primera fundación, 
hecha después del concordato , y que si por las ma- 
DM muertas se pretendiere que otros bienes que 
hnbieseo adquirido 6 adquiriesen después del mis- 
mo, deban también ser librea por haberse subro- 
gado en lugar de otros pertenecientes á fundacio- 
nes antig^nas 6 modernas, ú exentos por otra via, 
biysn de acudir á acreditarlo á la superintendencia 
del partido 6 al Consejo de Hacienda, donde con 
ladiencia instructiva de las justicias y de los fisca- 
les, se resuelva, 6 la sujeccion i los tributos, 6 la 
libertad, si constase la exención de los bienes, en 
cayo lugar se hayan subrogado otros ; la verdad é 
igualdad de la subrogación , y que por ella han re- 
cibido los vasallos contribuyentes, en los bienes 
de que se desprendan las manos muertas , un equi- 
valente de igual naturaleza ¿ los subrogados; sin 
qne entre tanto se suspenda el repartimiento y la 
cobranza, para evitar fraudes, ámenos que la mis- 
ma superintendencia 6 el Consejo no dé alguna pro- 
ridencia para la suspensión , según la notoriedad 6 
jsstificacion pronta del hecho y el derecho. » 

Pasa adelante el reverendo Obispo en el recouo- 
cinueato de la iaatruocion, y se queja de que en el 



OBISPO DE CUENCA. 19 

capitulo 111 se encargue á los obispos que deleguen 
en loB curas para los apremios ; y que si no los des- 
pacharen dentro de tres dias,S despachados, no 
fueren efectivos dentro de otros tres, procedan las 
jaBticias,(íeian(ía tatva* Ioé perionat y piuttoi ecle- 
»iáitieo$, i hacer por sí efectiva la cobranza en loa 
bienes y efectos sujetos á la contribución 

El reverendo Obispo dice, lo primero, que no 
puede delegar en los curas por punto general, ni 
obligarles i que en tres dias bagan efectivos los 
apremios, porqne no son ministros de su tribunal, 
ni inteligentes en diligencias judiciales, ni puede 
evacuarse un juicio en tiempo tan limitado. 

ADade el reverendo Obispo que habiendo man- 
dado el Papa que los obispos y sus ministros, y no 
los tribunales seglares, obliguen á las manos muer- 
tas i la satisfacción de su contingente, no puede 
concederse que el mandato del Pontifico se frustre 
con haber hecho al juez eclesiástico mero ejecutor 
con tan corto término, y que en sn defecto, haga la 
exacción el juez lego ; y esto, sin embargo del auto 
de presidentes, y de la opinión que concede fa- 
cultad á la potestad laica para cobrar loa tributos 
que deben pagar los eclesiásticos; porque aquel 
auto salo comprendió á los negociadores, y la opi- 
nión se destruyó por el concordato, á cuya obser- 
vancia , por contener fuerza de pacto que liga á los 
que le otorgan, condescendió el sefior Felipe V con 
su aceptación. 

Para entender bien este punto se debe tener pre- 
sente que en el capitulo Viit del concordato no se 
pactó qne el conocimiento de la contribución, su 
repartimiento, desagravio y cobranza había de per- 
tenecer & los obispos; ni esto podia ser sin perjui- 
cio gravísimo de la real jnrisdicion , y un trastor- 
no del buen urden y de la facilidad de exigir los 
tributos. 

6ÓI0 se pacUS en el concordato que el apremio 
había de ser propio de los obispos, y no de los tri- 
bunales legos ; y en dictamen del qne responde, es 
clarísimo que se trató únicamente del apremio per- 
sonal ó de algún modo inherente á las personas, y 
no de la exacción dirigida & los bienes sujetos á el 
tributo. 

Para conocerlo así,eB muy conveniente observar 
las palabras del texto italiano del concordato, que 
son las que propiamente explicaron la mente de en 
Santidad y sus ministros ; porque la traducción cas- 
tellana no guarda en algunas voces la debida pre- 
cisión y propiedad. 

E chs non jnutano (asi dice la letra italiana) i 
IrilnínaH laiei forzare gli eclki á pagare i' tudetH 
ptei, ma che dehbaiu) eüfart i vetcobi. 

En lugar de la voz/orzare, que denota la tiiotan- 
eia, compresión ó compultüín personal, sustituyó la 
traducción castellana la palabra obligar, que no 
es tan restricta, y para la que tiene el idioma itv 
liano el verbo obligar». 



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fio 



EL CONDE DE FLORIDA BLANCA. 



Ve aquí por la letra rigorosa del concordato li- 
mitado el conocimiento de los obispos á el apremio 
perBonal: uY que no puedan (ésta ea U traducción 
literal) los tribunales legos/onroró violentar i loa 
ítfíífiáííicos i pagar los sobredichos tributos , sino 
que deban hacer eib> toa obispos.* 

Nada se habló de bienes de loa mismos ectesiis- 
ticos, del conocimiento, judicial ni eitrajudicial, de 
la contribución y su repartimiento ; y no son los 
romanos tan defectuosos de frases y locuciones, ni 
tan ignorantes de las consecuencias de aquel con- 
trato y de los derechos del fisco regio, para exigir 
sna tributos de cualesquiera bienes qua loa deban, 
que por inadvertencia dejasen de pactar el conoci- 
miento del juez eclesiástico para la exacción. 

Este conocimiento en el juez seglar no ae funda 
sólo en el auto de presidentes ertendido para los 
casos de negociaciones, ni en puras opiniones, como 
insinúa el reverendo Obiapo. 

La potestad real, para exigir el tributo ú derecho 
de los bienes que los deben cuando se transfieren 
en eclesiásticos, tiene el apoyo de las disposicio- 
nes regias y de las canónicas. 

La ley de Partida que ya se ha citado, después do 
establecer que los clérigos estén obligados á cum- 
plir aquellos pechos y derechos que pagarían loa 
legos pecheros al Bey cuando de ellos adquieren 
alguna heredad, afiade: tPero si la Iglesia esto- 
biese en alguna sazón que non ficiese el fuero que 
debía facer por razón de tales heredados, non debe 
por eso perder el señorío de ellas, como quier que 
los seQores puedan apremiar á los clérigos que las 
tobieren, prendándolo» fasta que lo cumplan.* 

Por la ley 8.*, titulo xviii, libro ix de la Recopi- 
lación, se previene que no pudiendo ser habido el 
qae vendió bienes á iglesias, monoaterios ú otros 
exentos para el pago de la alcabala, se proceda i 
la cobranza contra loa bienes vendidos. 

Gl eefior temporal del feudo es juez competente 
y propio de los derechos feudales y controvereios 
de los vasallos sobre ellos, aunque sean ecleaídstí- 
cos ; y esto se baila comprobado por diferentes epís- 
tolas decretales de los papas. 

De mucho más valor y efecto es la preeminencia 
real en los bienes de los vasallos inmediatos, qae 
la del seflor del feudo en los feudales; y la fideli- 
dad ofrecida por el poseedor 6 poseedores de loa 
bienes que se infeudan, no es menor que laque 
debe y ha jurado al Rey el cuerpo del clero, repre- 
sentado por sus prelados. Asi que, supuesto el dé- 
bito de los tributos por los bienes adquiridos , es su 
pago consecuencia de la sujeción, del homenaje y 
de la fidelidad, como en loa feudos. 

Ésta es la razón por que en cédula del seflor C^- 
lofl V, que se cita á el número 28 de las remisiones 
á el título III, libro i de la AeeqpiTodcm, se declaró 
que pertenecía í los tribunales reales, tiendo acto- 
ru ó Moi loi eclttiátHeo», el conocimiento de los 



pleitos de jurisdiciones, vasallos, villas y lugo— 
res, y demat eotatqnt tocan á la preemineima real. 
No puede justamente negarae que toca á la real 
preeminencia la materia de Jos tributos. 

De todo lo diobo se aigoe que no sólo no es vio- 
lento entender que por el concordato quedó el jues 
eclesiástico mero ejecutor para la exacción, sino que, 
aegun en letra, combinada con la potestad regia, 
fundada en la disposición de arabos derechos, lo 
que a ustanci símente se pactó en aquella conven- 
ción, fuá un auxilio do parte de los obispos para la 
exacción y apremio de Isa peraonaa, y cuando más, 
de los bienes á que podia trascender y comunicarse 
su exención y privilegio, pero no para los sujetos 
á el tributo ; y esto fué lo que no habían de hacer 
los tribunales ssglares sin aquel auxilio, y alo que 
justamente puede entenderse que se ligó el príncipe 
contratante. 

Por tanto, no puede con fundamento decirse que 
se frustra el mandato del Pontifico, ni conduce que 
los curas sean ó no ministros del tribunal del reve- 
rendo Obiapo, inteligentes en diligenciaa judicia- 
les, ni que el tiempo de tres días, seAaladb en la 
instmccion para los apremios, sea limitado para 
evacuar un juicio, como se expone en la reprMen- 

Para la exaocion de qne se trata, no ea menester 
entablar un juicio, ni más diligencias que las del 
apremio, ni corresponde otra cosa conforme á dere- 
cho. El repartimiento ea máa que ejecutivo ; y ai se 
diera lugar á la formación de juicios en esta mate- 
ria, cada cdbranza costaría un pleito, y se haría 
inútil el concordato en cata parte. 

Para evitar perjuicioa i'las manos muertas, pre- 
viene la instrucción que se les oigan los agravios 
qne tavieren que exponer, y se modere ó reforme 
lo que sea justo. Ademas de esta precaución , hay 
Ib general , establecida por la instrucción del alio 
do 1725, para que el repartimiento que hacen los 
pueblos se remita para su aprobación ó reforma á 
la superitendencia del partido. Después de todo, y 
aun de la paga, queda á las manos muertas el re- 
curso á la superintendencia y al Consejo de Hacien- 
da, como previene la misma instrucción de 1760. 

De estas cosas nunca pudieran conocer los jueoea 
eclesiásticos sin dificultades insuperables, porque 
les faltarían las noticias, oficinas, repartimientos 
y papeles conducentes para examinar la igualdad 
de la contribución, la legitimidad de su cuota, la 
proporción con el contingente de los demás ve- 
cinos, el rendimiento de los puestos públicos, los 
reglas, órdenes y antecedentes ocurridos en flt re- 
partimiento y contribución de cada pueblo; y ai 
todo esto, y mucho más, se hubiese de llevar al jnez 
eclesiástico, seria menester formar una intendencia 
en el juzgado de cada uno para el cortísimo repar>- 
ti miento de laa manca muertas. 

Es de creer que todo se tuvojtresente en el coa- 

Cooglc 



EXPEDIENTE DEL 
tord&to, para no exigir los mÍDÍBtros de su Santi- 
dad de los del Key, más que la compulsión de los 
clérigos á favor del tribnnal eclesiástico para el acto 
de la cobranza. 

El método que las iglesias han observado comun- 
iDentc para la cobranza de los subsidios que han 
ptgado á BU majestad, prueba qne nada tiene de 
eitrafia la delegación en los curas y la compulsión 
6 apremio. 

Begnlarmeote daban los jueces eclesiásticos sus 
df^iacbos, cometidos i cualquier cura, clérigo ó 
Kcetor, para exigir con censuras la cantidad del 
tobcidio repartido con término Hmitadfsimo ; y á la 
miileve omiaion del pago, se seguía el apremio 
por la cantidad repartida, y los costas de un ejecu- 
tor, sin qae hubiese precedido audiencia alguna 
instnictiTa para el desagravio. 

No monda tonto la instrucción del Bey, porque 
deja libre lo exposición de agravios, antes y des- 
poes de la cobranza ; no grava á las manos muer- 
tes con ejecutores, y el plazo que les da es de doce 
diu, contados desde el aviso que se les comunique 
del repartimiento: tros pora proponer agravios, 
otros tres para disolverlos, tres para el pago, y otros 
trw para el apremio. Asi se dobia referir el con- 
texto de la jnirtniccion para evitar todo oscuridad. 

También está la inirtriiccinn mucho más modera- 
da tpit el «uto de presidentes ; porque en éste, que 
se inserto én el primero, titulo xvii], libro ix de los 
Acordados, no sólo se mondó que las justicias de- 
Imiat» 6 ^eetttateit euaietquier bUnt* ó /rula» qur 
hi ee¡aaá»IÍeoi huhieten vendido y contratado, tino 
tan&icK los dona» hiene» qtte tapieatn propio» de *a* 
iimjKÍo»,d^aiuIort»ervada»»u«pfrtonat;y la ins- 
trucción silo decreta que por lo morosidad en el 
efecto del apremio del juez eclesiástico, se hiciese 
eftctiva lo cobranza «n hi bient» y ^eclo» tujeloi á 



El reverendo Obispo insiste en que no se pueden 
hacer snbdelegociones en los curas, porque no bas- 
tan k poríGcaí' los excesos experimentados en al- 
gonas JDsticias, que gobernadas por los libros de 
Soler y Hartjnez, qne suponen sujetos i todos los 
eclesiásticos ¿ los tributos regios por sus nuevas 
adquisiciones, y de Arden es circulares, expedidas 
por óiganos corregidores, poro que los miemos 
edesUstícoe den relaciones de los bienes adquiri- 
dm bajo de igual supuesto, incluyen á todos los 
olérigoe indistintamente en los repartimientos ¡ y 
ademas los jueces se desentienden de las censaras 
en que incurren. 

Para mia comprobar esta especie, expone el re- 
Tstendo Otñspo que habiendo en provisor citado 
ionot minietros seglares poro desagraviar á la Igle- 
ña por haber cargado todas las contribnciones á 
los eclesiisticos, y declarado por excomulgados á 
ua alcalde y escribano, que hicieron el reparti- 
>iü«nto, y di6 por nulo el consejo, se le encargó, 



OBISPO DE CUENCA. 21 

de orden de éste, qne los dejase libros, y disimula- 
se como si fuera arbitro de loa censuras, duran- 
do el mal ejemplo , por no haber pedido la abso- 
lución. 

Examinados los teetimonioe que ha remitido el 
reverendo Obispo, y los demos hechos del expe- 
diente, no se encuentra alguno qne compruebe ha- 
ber expedido los corregidores los órdenes circula- 
res que se enuncian en la representación. Aunque 
se suponga la veracidad intencional del reverendo 
Obispo, no se puede negar que estando en muchos 
cosas sujeto al informe ajeno , se lo pueden haber 
fingido ó equivocado. 

Cuando los órdenes fueran ciertas, podían diri- 
girse á discernirlos bienes de los eclesiásticos, para 
saber en los que podia haber negociocioa, loa que 
pertenecian á mano muerta, y los que no fuesen de 
ninguna de estaa clases; y en todo caso, no cons- 
to que cuolquier equivocación de aquellas órdenes 
haya producido los agravios ó excesos que pinto 
la representación, con la extensión que de ello se 

Porque los casos que resultan de los testimonios 
remitidos por el reverendo Obispo, en que se pue- 
da decir que las justicias han incluido en los con- 
tribuciones todos los bienes de loe clérigos, sor 
dos, uno acaecido en lo villa de Villargordo del 
Marquesado, y otro en la de PedroBeros. 

En el primero sólo consto que los alcaldes re- 
partieron cierta cantidad á don Crisanto Fernandes 
de Lizono, presbítero, y le embargaron y tomaron 
unos granos para el pago; y habiéndose quejado 
aquel, poTEnerode176<, ante el Provisor, éste, por 
BU sentencio , mondó que se le restituyesen , rete- 
niendo la* justicia» sólo el importe do lo correspon- 
diente atributos de ventas de ÍT«to« producido» en 
tierra» de conducaon rigorosa, y por la» de vino ven- 
dido de uva comprada. 

Por esta sentencio se descubre que se trataba 
de negociación y gronjerfo; y aunque el abogodo 
que defendió á lo justicia se fundó en el concordó- 
lo y en la instrucción, en cuanto prevenio el gra- 
vamen de los bienes que adquiriesen los eclesiásti- 
cos, ésto fué una equivococion ó iguorancia, qne 
en el concepto del mismo Provisor no mereció más 
demostración que prevenir ol abogodo y á la parte 
que consultoseu bu conciencia. 

En el segundo caso de la villa de Pedrofleraa, 
acaecido en et ofio de 1762 (aunque sólo resulto do 
nn testimonio en relación, en que no es fácil dis- 
cernir los hechos con lo debida claridad), parece 
que las justicias reportieron é intentaron cobrar 
las contribuciones á los eclesiásticos por los bienes 
adquiridos, sin lo distinción correspondiente de lo 
qne fuese negociación, y de lo entrado en manos 
muertas. 

El Consejo de Hacienda, á quien se remitieron loa 
oDtOB, de resultas da los procedimientos del ^^ 



EL CONDE DE FLOEID A BLANCA. 



visor contra las justicias, eetimó que éatu do ha- 
bían ejecutado debidamente j con todo conoci- 
miento laa diligencias, y que pro venian de igno- 
rancia 6 falta de inteligencia de la instrucción, y 
por lo mismo lee dio regla para sn modo de obrar 
en el aeunto, 7 tir¿ á cortar el negocio, escribien- 
do para ello al reverendo Obispo, en 23 de Marzo 
de 1763. 

Aunque el reverendo Obispo contestfi al Consejo 
en disposición de contribuir i el establecimiento 
del concordato, y i el efecto del auto de presiden- 
tes, se experimenta qne el Provisor continuaba 
■na procedimientos contra la jnsticia para compa- 
recería y seguir la declaración de censuras ; y con 
esta noticia, repitió el Consejo otra 6rden al mismo 
ProTisor, en S de Julio, extraSando los prooedi- 
mientoa de la causa, encargándole que diaimnlsse 
la pasada ignorancia de las justicias , y previnien- 
do que cuando éstas se hiciesen dignas de castigo, 
ee representase al Consejo. 

Éste es el hecho que eustancíalmente se colige 
del testimonio ; ton sin consecuencia y tan atrasa- 
do, como ocurrido en 1762, sin que por entonces 
Be quejase el reverendo Obispo de lo resuelto ; y 
viene i resultar qne todos los casos en que las 
justicias han comprendido indistintamente i los 
eclesiásticos por sus nuevas adquisiciones, están 
reducidos á uno solo, y en él estimó el Consejo de 
Hacienda que había dimanado de ignorancia. 

Si había en los autos (como es de creer, cuando 
lo estimó un tribunal tan antorizado como aquel 
consejo) motivos para atribuir i ignorancia el pro- 
cedimiento de la justicia de PedroSeras, nada te- 
nia de extrafio que el mismo Consejo tratase de 
cortar la causa, y encargase á el Provisor que di- 
simulase la ignorancia de las justicias. Las censu- 
ras no pueden incurrirse sin pecado grave, y á este 
debe preceder la advertencia y libertad sobre el con- 
sentimiento y la materia prohibida. 

Era también una grave irreverencia á la autori- 
dad de aquel Consejo, y aun á el mismo reverendo 
Obispo, qne había contestado á sus intenciones, 
volver á entablar procedimientos para la declara- 
ción de censuras; y esto sobre la dureza que tiene 
la facilidad de imponerlas á las personas que ejer- 
cen la real jurísdícion, de qne tratará después el 
Fisoal. 

También ha remitido el reverendo Obispo un tes- 
timonio, de que resulta que al sacristán lego del 
lugar del Villar de Domingo Garcia le cargaron 
los alcaldes las reales contribuciones por el salario 
que le daba !a iglesia, siendo asi que do los diez- 
mos de ella se pagaba el subsidio. 

Los alcaldes hicieron lo que debían ; porque el 
eacñstan no tiene exención de tributos, y el salario 
desprendido del dominio de la iglesia, y transferido 
en un lego, está sujeto á las cargas que éste debe 
sufrir, sin que la pega del subsidio anterior sea del 



caso ni pueda eximirle. Si esto valiera, todos loa 
criados de eclesiásticos, sus dependientes, artesa- 
nos y mercaderes, qne recibiesen dinero por soel- 
dos, graneros ó manufacturas, estañan exentos 
del tributo respectivo á estas cantidades, porqne 
provenían de personas y bianea que babian pagado 
subsidio. 

Es cierto que los libros de Soler y Martínez , tra- 
tando de la fuerza del concordato, nombran á ei 
estado eclesiástico como comprendido en la reapon- 
sabilídad á los tributos por sns nuevas adquisi- 
ciones ; pero, como ellos mismos copian el capítulo 
del concordato, la bula expedida en sn virtud, y 
las instrucciones, es visto que hablan del «atado 
eelasíástíco según la sujeta materia, por ser el que 
posee los bienes que llamamos de mano muarta. 

El mismo reverendo Obispo ha incurrido en ha- 
blar en esta generalidad del clero y estado eol«- 
siáatíco, cuando trata en varios pasaje* de sn re- 
presentación de la ley de amortización , y ánn d« 
los tributos que sólo pueden contraeree á manoa 
muertas. Asi que, no ea tan digno de acusación «1 
modo de explicarse aquellos autores , ni parece que 
oorreepondia el énfasis con que se culpa á esta tri- 
bunal supremo y justificado , cuando hablando de 
los libros de dichos autores, nota la representación 
que se hayan dado á el público, con licencia del Con- 
sejo, en lengua vulgar. 

Parece, pues, que todos los motivos' que se don 
pora rehusar la subdelegacion en los curas, no son 
de bastante consideración. Ningunos como elloa, 
estando á la vista de los pueblos y de tas justicias, 
lo que no sncede á los provisores fuera de laa ca- 
pitales, podrán tener presente su condacta en las 
operaciones del repartimiento ; y el reverendo Obis- 
po no puede justamente desconfiar de unas perso- 
nas qne él mismo ha propuesto ó destinado para el 
ministerio más grave y que requiere mayores la- 
ces, celo y experiencias. 

Loe interesados, como ya se ha dicho, tienen 
abiertos los recursos para pedir los desagravios 
antes y después del repartimiento ; y asi no hay 
necesidad de un tribunal eclesiástico, formado para 
purificar los excesos de cada pueblo. 

Lo que si parece al Fiscal en este punto de .os 
apremios, por el espfritn piadoso y de equidad 
con qne ha pensado exponer bu dictamen, es, que 
el capítulo Til de la instrucción se explique en tér- 
minos, que se advierta á las justicias que el pro- 
cedimiento contra las manos muertas ha de ser por 
los plazos de oada tercio, en la misma forma qne 
se pagan por los legos contribuyentes, para qne no 
parezca que se trata á aquellaa con la designaldad 
de cobrar todo el repartimiento de una vez, cuan- 
do á el vecino más acomodado sólo se exige por t«r- 
cios, conforme á la instrucción de 1726. 

También se queja el reverendo Obispo de queso 
carguen alcabalas y ciento» por la industria U^ta 



EXPEDIENTE DEL 
i que 1* Iglesia pennite i el clérigo, y 
por los frutos de loa bienes que recibe en arreiida- 
raiento para labrarlos ó admíniatrarlos, fundándo- 
se en qne por los cánones j ley del reino, sólo es 
negociador el qne se Muplea en negocios por na de 
comercio j granjeria, y que los olárigos, parla 
cortedad de las coognuta sinodales, necesitan ade- 
mas de alguna decente ocupación, pora no rnendi- 
A^ 7 mantener sus familias. 

Como el reverendo Obispo en la clase de indus- 
tria lícita y necesaria al clérigo pobre no séllala ea- 
pecificamente alguna , y sólo nombra ol caso de to- 
mar bienes en arreadaioiento, es preciso contraer 
el «Umen á esta eepecie, dejando de tratar do 
obvs casos de industria, para cuando se diga loe 
qne han de gozar exención. 

SI Birendaniiento 6 eomluceíon de bienes de eo- 
glarcM, A SD procnraciou, está seSalado como nego- 
cio prohibido ¿ los clérigos, en un canon del con- 
cilio Magontino, inserto en el caerpo de las Decre- 
tales de Gregorio IX. 

En las constitncionee ainodalea del obispado de 
Cuenca ha podido ver so reverendo Obispo las pa- 
labras eignientes; MaB^araos que ningún clérigo 
toa^m ó venda por pía de trato ni negoaaeion, ni ar- 
ritmie tierrat , rentai ó diatitút, para tratar ¡/ ven- 
der Ío*/mtot que no /iteren paírímomaUíé de reala 



En el anto de presidentes, qus ya se ha citado, 
se manda expresamente que los clérigos, de loi vi- 
aos, caldo» 6 motto» que procedieren de viña* que 
eonttáre kaber arrendado, con fruto 6 tmíl, paguen 
akabala. Nadie ignora que aquel auto se extendió 
por loa mayores hombres que tenia el ministerio 
espaflol en 1598; presidentes del Consejo, délos 
de Indias y Hacienda , y ministros del de la C¿- 

Las leyes del reino , lejos de favorecer la liber- 
tad de este género de industria de la paga de tri- 
butos, suponen, cuando hablan de los que tienen 
privile^o de exención do alcabalas, que ae en- 
tienda de las ventas de frutos de su propio patri- 

De la cria de seda, que es una especie de indus- 
tria y beneficio del fruto, nc deben los derechos 
p(v los eclesiisticoe, conforme á la ley 9.', condi- 
ción 31, titulo zxx, libro IX de la Recopilacioa. 

Aun cuando se dudase ai en el clérigo pobre es- 
taba 6 no prohibido el negocio de arrendar los bie- 
Boa para mantenerse, por lo que He puede inferir 
de una ley de Partida, nunca se le podriajosts- 
ment« libertar del tributo respectivo ú el fruto de 
los miamos bieues, por la hipoteca y Hfecciou de 
éatos á los derechos regios, como pertenecí eu tes A 
loe legos, y por la indemnidad del Príncipe, que de 
oüo modo perderla ei tributo de bienes que le es- 
tán BUJetOH. 

Lm leyes ecleetáeticas han seguido estas ruonei 



OBISPO DE CUENCA. 33 

para declarar que son debidos los diezmos á sus 
perceptores cuando los predios son conducidos ó 
arrendados por comunidades ó personas exentas 
de pagarlos. Y eete ejemplo persuade que no de- 
ben ser tratados desigualmente los derechos del 
Soberano. 

Bi las congruas sinodales son bajas, hay en los 
obispos facultad para subirlas, convocando sínodos 
conforme á el sagrado concilio de Trento, excepto 
en los patrimonios que resistió el mismo concilio, 
menos en casos muy raros; y por este medio, y 
una distribución más igual de les rentas ecle- 
siásticos que laque se experimenta, en que pue- 
de haber influido la variación de los tiempos, se 
ocurrirá más bien y niás honestamente á la decen- 
te dotación del clero, que permitiéndole negocios 
temporalea, siempre ajenos de bu venerable es- 

ABade á todo esto el reverendo Obispo el agravio 
de que á los eclesiásticos se les carga por la ciudad 
de Cuenca ocho reales en arroba de aguardiente 
que consumen y destilan de sus diezmos y frutos; 
que presume se haga lo mismo en otros pueblos; 
y que en las sisas no les observan todo el derecho 
de su inmunidad, ni lee abonan la refacción equi- 
valente. 

La ciudad de Cuenca, y el adminiutrador gene- 
ral de rentas de su provincia, á quienes se pidió 
informe sobre estos puntos, acreditan con docu- 
mentos qne el aguardiente se grava en la intro- 
ducción y consumo por equivalente de su estan- 
co, en que subrogó á los pueblos el seDor Fernan- 
do VI, por su real decreto de 21 de Marzo de 1747, 
y que á loa eclesiásticos se les abonaban 6 dejaban 
de cobrar en loa especies de carne, vinagre y acei- 
te , sujetas á la contribución de millones , las can- 
tidades respectivas á nuevos impuestos y demás en 
que no contribuyen , por laB limitaciones de los bre- 
ves apostólicos, de que acompofian certificaciones 
puntuales. 

Ademas resulta que su majestad , por orden de 7 
de Febrero de este afio, comunicada por la via de 
Hacienda , se ha servido mandaí' que en la ciudad 
de Cuenca se reduzca la cobranza de los derechos 
de millonea en los carnes, vinagre y aceite, á lo 
mismo que contribuyen los eclesiásticos ; de for- 
ma que quedaudo éstos iguales con los del estado 
secular, y no cobrándose loa demaa servicios de que 
son exceptuados los primeros, ccaeu tas refacciones 
que por ellos se abonaban. 

También ha resuelto el Itey que en la iniauía 
ciudad subaiata la exacción do loa derechos del vi- 
no como antea, y para los edcBiáatícos se regule, 
seguu la calidad de su peraoua y rentas, la refac- 
ción que deba gozar cada uno, abonándoaela en di- 
nero y contribuyendo en su entrada como los le- 
gOH, para quitar el abuso experimentado de que á 
la sombra de unclérigo,hija de familias ó extraño, 



24 EL CONDE DE 

dejen de contribuir muchossegUreipudientet,ooino 
hft aacedido. 

Estos dooumentoB acreditan todo lo contrarío de 
lo que representa el revereado Obispo por lo que 
mira á la ciudad de Cuenca; y en cuanto ó otros 
puebloB que no especifica, no puede sin esta cir- 
cunstancia examinarse el agracio. 

Los breves y condiciones de millones, de que el 
reverendo Obispo trata, y la libertad de los ecle- 
siásticos para el conanroo de las eepecies de sus co- 
sechas, DO Eon adaptables al uso y entrada del 
aguardiente, en que se queja del gravamen. 

En esta especie , cuando se admÍDistraba de cuen- 
ta de la Beal Hacienda, se consideraba la paga del 
octavo á loB cosecheros, que inmutaban el vino y 
lo destilaban, de qne eran libres los eclesiásticos, 
por acuerdo del reino , celebrado en 3 de Octubre 
de 1663, y real cédula expedida en 1." de Abril 
de 1664 ; y ademas babia el aumento de precio 
que ocasionaba la regaifa y derecho de estanco, de 
que nadie podia estar exento. 

El establecimiento 6 permisión de estancos 6 
nopolios es derecho privativo del Príncipe,! 
forme á una ley expresa do Partida, y en las ei 
cíes no necesarias para la conservación del hom- 
bre ni de BU común uso, como no lo es el aguar- 
diente , cesa todo motivo de parte del olero para 
reclamar la rcgalia 6 el gravamen. 

Por tanto, el señor Femando VI el Justo deci- 
di6, en el citado decreto de 21 de Marzo de 1747: 
Qtte reeptelo de tubrogarse loi pueblo» en lot dere- 
cho» de la Seal Saci&ida , por la caola 6 equiva- 
lente de aguardiente que te les reparta , dehian ■usar 
de loe privilegio» de ettanco , sin exehteion de perso~ 
«a , de iMalqtiier estado g calidad que fuese, para la 
cahranza de esta contribución. 

No hay razón para que lo que no ae impugnaría 
ni se impugnó en tiempo de la administración de 
la Beal Hacienda, ni de aquel príncipe religioaf- 
simo, se reclame ahora contra la ciudad de Cuenca, 
subrogada en sus derechos, y contra su majestad 
reinante, como un exceso en perjuicio de la in- 
munidad. 

Aunque en la instrucción para ejecutar el ar- 
ticulo ocho del concordato , se dijese que se había 
de cargar á las manos muertas, por sus nuevas ad- 
quisiciones, el equivalente de la cuota de aguar- 
diente, no es porqne donde usen los pueblos del 
derecho de eatanoo estén libres loa eclesiásticos de 
eata regaifa , aanque lo estén del octavo que adeu- 
dan los cosecheros. La instrucción trata de loe ca- 
sos en que loa pueblos cobren la cuota del aguar- 
diente por repartimiento , en qne hay la diferen- 
cia de sujetar ála contribución, tanto al consumi- 
dor como al que no lo ea , sobre que el citado real 
decreto dejó esta materia á el arbitrio de los pue- 

Las dudas podriñ ser si la ciudad de Cuenca car- 



FLOBIDABLANCA. 

ga por el derecho de estanco cantidades excerivas; 
si son correspondientes, no sólo á esta regalía, 
sino á la concesión del octavo , y si en ello debe 
haber alguna modoracionó alteración para loa ecle- 
siásticos cosecheros que no vendan sus aguardien- 
tes ¡pero estos puntos requieren examen de justi- 
cia y audiencia de la ciudad , y corresponden á el 
Consejo de Hacienda, donde podrá recurrir el ecle- 
siástico qne quiaiere promover estas especioe , para 
que, según loa hechos que ae justifiquen, las contu- 
siones del reino, las extensiones qne tuvieee el de- 
recho de estanco cuando lo usaba la Real Hacienda, 
la mente de los reales decretos de su extensioT) y 
subrogación á loa pueblos, y las facultades que en 
ellos so lea concedieron,-so deolare ó decida lo con- 
veniente, y esto ea lo que se puede consultar. 

Después de todas estas espeoioa, se introduce el 
reverendo Obispo á impugnar la loy de amortiza- 
ción, de cuyo establecimiento se estaba tratando 
en el Consejo para consultar á su majestad , cuando 
hizo BU representación ; y refiriendo el cuidado do 
alguno de los fiscalca en este punto , las alegacio- 
nes escrítas sobre él, y particularea autoridades, y 
ejemplos en que se fundaban , dice que aunque do 
lo afligon estas notíciaa por los intereses paconia- 
ríos, le llena de opresión y sentimiento ver qUe ea- 
tos discuTBOs se fundan en supuestos voluntarioa, 
que no tienen vigor en el estado actual, y que ae 
dirigen á deprimir la libertad de la Iglesia y á di- 
fundir en el pueblo de Dios las malas resultas qne 
no puede dejar do tener la amortieacion , y clama 
á BU majestad por el remedio de este y otros daños. 

Sobre ese principio ae dilata el reverendo Obis- 
po, haciendo varias reflexiones , interpretando el 
auto acordado y el concordato , proponiendo qne 
el número de eclesiásticos no es tan excesivo ahora 
como en otros tiempos, representando el buen uso 
y destino de laa rentaa eclsiásticaa y obras pfaa, y 
la pobreza de laa iglesias por la reducción de sos 
censos y juros, y dando por origen de los malea 
del reino el ocio, vicio y otras causas; por lo qne 
concluya que cuanto más tributos se cobran del 
clero y más sele prive de bienes, más perjuicio se 
hace al Estado, y que no siendo tu áiUmo qfender ni 
menoscabar «a linea alguna la suprema autoridad 
del Rey , asegura que no te conveniente oí reino ¡a 
ley de amorOeaeion. 

Como en este punto han trabajado tantos otros 
doctos fiscales del Bey, y la sabidurfa del Conaejo 
y sus miuístroB particulares tiene oonsultado á su 
majestad lo que ha juzgado ser oportuno, soda 
temeridad det que responde querer introducirse á 
tratar esta materia de propósito , ni liaonjearae que 
podría adelantar luces algunas para so decisión. 

Sin embargo, observa el Fiscal, por lo que ha 
visto de estos antecedentes, qne todos convienen 
en la potestad del Rey para la ley de qne se trata, 
y aun el reverendo Obispo no se aparta entera- 



EXPEDIENTE DEL OBISPO DE CÜEKOA. 



meóte de este principio. A la verdad la legisla- 
cioD tempo»! eo todo lo necesario 6 conveniente 
i el reino, an conservación j aumento, es cuali- 
Hadtan e«encial de la eoberauía, que eería deatro- 
urla 81 se intentase diaminnir en lo mis minimo. 
Ahora M ba de cousiderar que iaa leyes , no sólo 
•o hacen para remediardafloe, sino principalmente 
ptra precaverlos. Seria imperfectÍBÍma la provi- 
dencia del gobierno civil y bu constitución, si para 
li pablicaciOD de nna ley que mirase á precaver 
tlgoDoe perJDÍcioB del Estado, hubiese de esperar i 
pideeerloe. 

El seHor Govaniibiae, eclesiástico doctísim», 
nbiqKi, padre de un concilio general, jefe de este 
Ctineejo y varón de inculpable vida, sólo requiere 
qne sea conveniente á la república bu régimen y 
tutela, el eelatuto que impida la adquisición de 
cierto género de bienes i las iglesias para ser lí- 
cito, y lo apoya con la opinión de otros autores 
grsves. 

En Ift medicina del cuerpo político, como en la 
d«l cuerpo humano, no sólo se ha de tratar de la 
curación de la enfermedad actual, sino del régí- 
mcD , y de precaver la futura ó la inminente. 

Lo qne conviene examinar es , qné cosas se de- 
ben apartar 6. precaver para conservar la salud pú- 
blica y evitar bus detrimentos. La experiencia de 
lo que dtíls y aprovecha es la maestra que enscfia 
lo que se ha de hacer y prohibir, y cuando las pre. 
canciones suaves y paliativas no bastan i estable- 
cer el régimen , bay necesidad y obligación de usar 
de meilioe fnert«s y radioalep. 

Todo esto oondnce para discernir cuál ha de ser 
tqoella necesidad grave y urgentísima 6 extrema 
qne requeren algunos dictámenes para la ley do 
UDortizaoion , saponiendo en este caso la potestad 
del Príncipe para establecerla. 

8i la necesidad ha de ser, cuando ya las manos 
noertas hayan adquirido tantos bienes, que flaco, 
débil y casi exánime el cuerpo del Estado, esté prú- 
ximo i BU deetracciou , la ley entonces , cuando más, 
podri dejarle en aquella constitución arriesgada y 
eníenna en que le encuentre ; pero no podrá res- 
tituirte el vigor sin nuevas sustancias que le for- 
tifiquen y restablezcan. 

Ia extracción de estas sustancias no podria ha- 
cerse sino despojando á las manos muertas qne las 
hibrian adquirido , y en tal caso seria mucho más 
violento y odioso el remedio. 

Los miembros y familias destruidas hasta espe- 
rar la última necesidad, entendida de este modo, 
tampoco se podrían reponer, y la convalecencia del 
&tado aerla oasi imposible , exponiendo entre tanto 
i HT la victima indefensa de sus enemigos. 

Por tanto, entiende el qne responde, que para 
estimar la necesidad por gravisima, no ee ba de 
•tender á que el cuerpo político esté ya deaabnciado 
nno á que verdaderamente haya enfermedad grave 



yhabitual, ó riesgo que pueda llevarle á el extre- 
mo, y que para contenerle no haya bastado género 
alguno de remedio* y providencias. 

Ko es lo mismo lo extremo y gravísimo de la 
enfermedad que de la necesidad del remedio. Ne- 
cesidad extrema y gravísima de nn remedio fuerte 
la hay, cuando otros ningunos han bastado,y cuan- 
do, sin embargo de ellos, subsiste el mal con riesgo 
de agravarse y destruirse el cuerpo. No es metafl- 
sica esta precisión, sino palpable, material y do 
bulto, en lo moral y en lo físico. 

¿Quién podrá negar que hay enfermedad en la 
materia de que se trata ; que es antigua y arriesga- 
da, y qne no han bastado innumerables remedios 
para contenerla ? 

Lo qne consta de lae leyes antiguas de Eepafia 
y de sos fueros particulares; lo qne han dicho y 
clamado las Cortee; lo que han escrito personas 
doctas y graves , seculares , eclesiásticas y religio- 
sas ; lo que se halla establecido en casi todos los 
reinos y repúblicas de la Europa, está ya muy pon- 
derado en las alegaciones y escritos fiscales, que se 
han extendido oon singular ingenio, erodioioo y 
doctrina. 

Pero el Fiscal que responde, ha obeervado que 
en las mismas leyes eclesiásticas, y en la conduc* 
ta del clero hacia las manos muertas, está compro- 
bado el daflo, y que nS han bastado, ni los reme- 
dios qne se coligen de las disposiciones oanúnioas, 
ni los qne han promovido la potestad temporal. 

Seiscientos afios h¿ que el papa Alejandro III 
exhortaba á los monjes del Císter se abstuviesen de 
varias adquisiciones, contentándose sus casas con 
los términos que les estaban constituidos; y su 
epístola decretal está recopilada en la colección 
vulgar del derecho canúnico. 

En otra decretal del mismo Papa, excitado de 
las quejas frecuentes que se daban por diferentes 
personas eclesiásticas contra aquellos monjes por 
BUS adquisiciones, y por la exención de diezmos 
que pretendían de ellas, se lea mandó pagar 6 tran- 
sigir ; dando por razón , que cuando la Iglesia ro- 
mana les habia concedido sus privilegios, eran tan 
raras y pobres las abadías de su orden , que de ello 
no pedia resultar escándalo ¡ pero que ya se habian 
aumentado y enriquecido tanto con posesiones, qne 
muchos varones eclesiásticos no cesaban de que- 

Las quejas continuaron de modo, qne los mis- 
moB religiosos del Cister, amonestados de Inocen- 
cio III, hicieron la famosa Constitución , aproba- 
da en el concilio general de Letran del afio de 1216, 
en que se prohibieron comprar poeesiones de que 
antes se pagaban dieEmos i las iglesias , excepto 
para nnevas fundaciones; y esto con sujeción á el 
pago de dichos diezmos; constitución que el con- 
cilio extendió á los demás órdenes rdigiosos, pata 
evitar igual daflo, Ci O O Q I C 



EL CONDE DE FLORIDABLANCA. 



No parecid á «1 concilio qne bastaban estos re- 
medios, y so tomó el de prohibir qae en adelante 
Be fundasen más órdenes religiosas que las que 
eziatisn, anpueeto que en ellas podía cualquiera 
lograr el efecto de su vocación. 

Todavía no baaUS esta prohibición conciliar, 7 
fué preciso repetirla en el segundo concilio gene- 
ral de Leen, celebrado en tiempo de Gregorio X, 
afio de 1274, revocando la detm\frenada multitud 
de ordene» religiaia* (son palabras de esta sagrada 
y general asamblea de la Iglesia) que se hablan 
introducido, dejando sólo esistentas las cuatro men- 
dicantea , y prohibiendo que las qne se trataban de 
extinguir adquiriesen casas y posesiones , ni reci- 
biesen f¡ admitiesen á la profesión religiosa i per- 
sona alguna. 

Sin embargo , continuaron las quejas del clero, 
pues con motivo de la libre elección de sepultura, 
concedida & los fieles en las iglesias de los exentos, 
y la facultad de éstos para administrar el sacra- 
mento de la penitencia, precedida la licencia de 
los ordinarioB,BO experimentó qne los legados píos, 
y otras utilidades y adquisiciones, se dejaban co- 
munmente á este género de manos muertas ; y de 
aqui dimanó que al fin del siglo xui se expidiese 
por Bonifacio VIH una constitución, en que man- 
dó se sacase para los presbíteros parroquiales la 
cuarta ó porción canónica de cualesquiera cosas 
que se dejasen i los regulares, y fuesen donadas 
en la enfermedad de que muriese el donante, di- 
recta ó indirectamente, para cualesquiera naos, 
aunque faeten de h» qn* htufa entonce* no m Auíií»- 
te exigido ó debido exigir por derecho ó eoitumbt^ lal 
poraon, alterando con esto ta exención que de ella 
tenian loe legados para fábrica, culto y otros. 

No sólo fué confirmada y renovada esta consti- 
tución por Clemente V, en el concilio de Viena, 
sino que también se mondó en él á los exentos quo 
cuando asistiesen á ta confección de testamentos, 
no retrajeeen á los testadores de las restituciones 
debidas, ni de las mondas á sus iglesias matri- 
ces, ni procúrate» que á ethe ú tul convento» , en per- 
juicio de otro», t» lee hicieten legado», ó aplicasen 
los débitos ó restituciones inciertas. 

Beiterironse estos providencias en el concilio 
general de Constancia, entrado el siglo xv, con 
motivo de la repetición de quejas del clero, que 
representó, entre otras, que alguuos regulares su- 
gerían á los testadores secretamente que hiciesen 
legados á ellos, 7 no á los curas, y se sepultaaen 
en BUS conventos. 

El mismo concilio prohibió ú los mendicautos que 
en particular ó en común retuviesen los bienes in- 
muebles qne se experimentaba tener muchos de 
ellos, y mandó que los vendiesen, viviendo con- 
forme á su instituto. 

Asi continuaron las cosas, siendo el clero y sus 
prelodos más ilustres los que hacion frente á lo ex- 



tensión y adquisiciones de este género de manos 
muertas ; y en nuestra Espada, aquel ornamente de 
la nación, el gran cardenal don Pedro González de 
Mendoza, A el fin del citado siglo xv, se negd ab- 
solutamente á conceder licencias para fundar mo- 
nasterios, defendiéndose 00a qne había mnohas 
fundaciones en todas partes, daOotai á lo» pueblo», 
que la» taiíenlaban. 

En el siglo xvi el santo concilio de Trento, síti 
embargo de que estimó ser conveniente conceder ó 
pormitir á las religiones que poseyesen bienes raf- 
ees, con la calidad de sefialar en cado monasterio 
aquel número de personas solamente que se pudie- 
sen mantener con sus propios réditos 6 limosnas 
acostumbradas, según sus diferentes institutos, re- 
conoció también que había doBo en las adquisicio- 
nes; y para evitarlo, no sólo ciñó la facultad de 
hacer tas renuncias á los dos meses inmediatos á 
la profesión, sino qne ánt«s de ella prohibió i> loa 
padres, parientes y curadores de los novicios dar 
alguna cosa de sus bienes á los monasterios, fuer» 
de la comida y vestido, in^Mniendo eeniurai á lo* 
qae dicten y recibiesen alguna cota. 

El clero español (pora no recurrir í tiempos más 
antiguos), en el mismo siglo xvi , en que se celebró 
el Trídentino, impulsó al sefior emperador Carlos V 
para obtener de la santidad de Paulo III bula, ex- 
pedida en 1541 , para reducir las eTencionee de lo* 
diezmos do los regulares en el reino de Granado i 
la disposición de derecha común, ocurriendo por 
este medio al perjuicio que se experimentaba con 
la extensión de sus adquisiciones. 

Por todo aquel siglo y el pasado repitió el cle- 
ro sus precauciones y súplicas á loa papas y á loa 
reyes, para contener los daBos que recibía coa la 
eftension y adquisiciones de los exentos ; y de aqui 
provino moderor Gregorio XIII los privilegios de 
los mendicantes ; repetir Paulo V, en 1609 , prece- 
diendo oficios del eeSor Felipe III , lo mandado 
por Paulo III para el reino de Granada ; derogar 
Clemente VIII la exención de diezmos qne preten- 
dían las beatas y terceras de las órdenes , y loe ca- 
balleros del Thao de San Juan ; reformar León XI 
y Urbano VIII igual exención de loe jesDltas ; y 
alterar otros muchos papos, en ambos sigloe xvi 
y xvti, los privilegios exentívos de las ctarisaa. 

Los espedientes , así generales como particula- 
res , que el clero de Espada lis promovido en la 
congregación del concilio , para moderar las exen- 
ciones de diezmos , fundándose en el daOo que oca- 
sionaban los adquisiciones excesivas, son notorios ¡ 
y en nuestros dias han obtenido algunas íglesios 
bulas de moderación, entre las cuales merecen aten- 
ción las expedidas i instancia del clero de Pam- 
plona, y de Borbastro, en el reino de Aragón. 

Lo congregación general del clero de estos rei- 
nos, tenida desde el aflo de 1664 hasta el de 166S, 
acordó en diferentes sesioneB reclamar en Boma loa 



EXPEDIENTE DEL 
piÍTÍtegios de ei«ncTOn , pidiendo aa revocncion en 
nombra de todo el «lUdo eclesiástico , por ti *xet- 
wpti ptrjmieio que «autaban , y lot crteido» eaudaUt 
qte taüfm adquirido ean tilo» la» religione», y di- 
MMKÚm da hu ren/cu deeirnafa. 

En las coDcordiH de subsidio y excusado últi- 
mu , pactó el clero , como en otros anterioies, ique 
«n msjeatad intcrpniiese sai oficios con su Santi- 
dsd, para que tu religiones, que ademRS de las 
poseeioDea de su erección j dotación , han adquirí- 
de mucha» kaeiendaí en ««fot reino», y la* vtm ad- 
quiñtado d« dia tn día, mande sr¡ Santidad qne de- 
li«n pagar loe diesmoa de todas las que nneTamsn- 
te hobieren adquirido.* 

Pndiera fonasree on largntsimo catálogo de re- 
rnnoe j quejas del clero, j de sus providencias so- 
bre estoe puntos, ai no fneae ya demasiado prolija 
j futidioM esta respuesta ; pero , para comprobar 
ti dictamen del mismo clero y de sos prelados en 
tftoa siglos úttimoa, no bay más que reconocer los 
ánodos de cada diúcesi, donde se hallarin ateati- 
goidoa loa dafloa, y tomadas viriae precsnciones 
púa el remedio. 

Bn loa alnodoa de Cuenca, psra no omitir alguna 
taptciScBcion , tendrá presente el reverendo Obis- 
do qne en 1531 se hizo constitución por don Diego 
Bamitca, y se repitió en aqnel siglo y en el pasado 
por (tu luceaores don Bernardo Fresneda j don 
Enrique Pimentel, en que se refieren los privile- 
gia de exención de diezmos y las posesiones y he- 
ndsdeaque adquirían loa exentos: T porque, ti cato 
yatoK att (aoD palabras de la constitución), vendría 
tiempo enqiM la» parroguia» quedaten detpojadat de 
BU üetMO», y no hubie»» renta alffuna para lo» eu- 
ntf benefieiadoi que ttrven la» igleiia», ¡/ dental tn- 
kniadot, se declaró que pagasen el diezmo como 
iotas, Isa heredades decimales. 

En Boma se ha penaado también del mismo modo 
(cerca de) exceso de las adquisiciones, y para no 
repetir lo qne ya eati escrito, basta leer lo que á 
fines del pasado siglo escribía el Cardenal de ¿uca, 
Instigo irrecusable en estas materias, por el lugar 
ie «u nacimiento y educación , doctrina , dignidad 
y afección i los principioB del foro romano. Paro 
probar este eecritor tn lensu neriíatit la justicia de 
nna decisión de la Bots, pronunciada á favor de los 
pari«ites del fundador de un fideicomiso contra 
loa mano muerta, propuso por fundamento final y 
coDcInyente, que por la» adquiíicione» nimiamenU 
éilalada» que haeiaa lo» lugartí pío» irrevocable- 
niMtí, ü uto de lo» tribattalt» había inCrodaeido con 
nuon á/avor de la república, que in dubio te débia 
pn/Huneiar oonira ¡ale» mano» muerta*. 

S étta ha sido Is conducta del clero hacia las 
nanos muertas haata el tiempo presente, cuando se 
ha tratado de sus intereses, ¿cómo se puede justa- 
Rtnte deoir que los disoursos de loa fiscales en 
manto á amortisacion y preaervacion del estado 



OBISPO DB CUENCA. 2'. 

temporal se fundan en supuestos voluntarioa, y que 
no tienen vigor en el estado actual de las oosaa? 
I Acaso no continúan en el actual estado lai quejas 
y paetoa det clero en Isa ooncordiaa del subsidio, 
y en otros recursos sobre paga de diezmos ? 

¿Cómo tampoco se puede afirmar qne aquellos 
discútaos se dirigen á deprimir la libertad de la 
Iglesia, y á difundir en el pueblo de Dioa las ma- 
las resultas de la amortización? ¿Asi se juzga da 
la intención de unos ministros del Rey tan autori- 
zados, porque proponen y defienden lo que creen 
conveniente al Estado, en oumpümiento de aue es- 
trechas obligaciones? 

8i se dijese qne loe fiscales se equivocaban, ya 
ae pudiera tolerar, porque son hombres; poro atri- 
buirles que sus discursos »t dirigen á deprimir las 
libertades eclesiásticas , ea introducirse demasiado 
en el seno Intimo de las intenciones, contra laa re- 
glas de la aaua moral. 

El Fiscsl que responde sabe de al que á nadie 
cede en la veneración y en el amor á loa institutos 
religiosos, i los qne loe profesan, y al cuerpo é in- 
dividuos del clero; aabc la excelencia y necesidad 
del ministerio aacerdotal , los aervicioa hechos A la 
Iglesia por los regulares, y la razón que hay para 
queest¿n dotados; y con todo, después de haber 
hecho innumerables reflexiones, cree muy conve- 
niente poner limite á las adouiaiciones de manos 
muertas. 

No es menester para esto entrar en averiguacio- 
nes odiosas; basta examinar ai alcanzan al reme- 
dio las constituciones pontificiaa y conciliares que 
se han referido; si con ellas se ha diaminuido el 
número de las fundaciones, ó ii desde los tiempos de 
Alejandro III y de loa concilios do Letntn y de 
León ae han aumentado tanto, que apénis puede 
calcularse la diferencia, ¿ qué diria Alejandro III, 
á quien parecían muchas y muy ricas las abadías 
del Cister seiscientos afios há, ai yivieae en eston 
tiempoa ? 

¿Han bastado tampoco laa precaacíonea de la 
potestad temporal? ¿Bastaron acaso laa leyes de 
Partida, las det Ordenamiento, la del Estilo, la del 
aetior don Juan el Segundo, para exigir la quinta 
parte de lo qne ae tranafiriese & manos muertas , 
las condiciones de millonea para que no ae hicie- 
aen nuevas fundaciones, el anto acordado det aña 
de 1713 para anular lo que so dejase á laa igteains 
de los que confesaban en la última enfermedad, ni 
otraa providencian particulares de este Consejo? 

Quien quisiere proceder de buena fe , reconocerá 
que todas eataa leyes, y las providencias y recursos 
det clero, no se han observado exactamente, ni pro- 
ducido los efectos que se debian desear. 

En los pocos meses que el Fiscal qne responda 
tiene el honor de asistir á este supremo Consejo, ha 
visto en él varías quejas de disposiciones soapeclio- 
aas y de extensión de adquisiciones í favor de ma- 



28 EL CONDE DE 

nos mneitu : doa en obU cdrte, un» de Córdoba, otra 
de la úlft do León, otm de Barcelona, otra de Fuen- 
te el Maestre, otra de Talamaoca, otra de un Ingir 
del obispado de Segovia, otra de Mwrriedro y las 
resultas de Arganda; ¿cuántas no habrá en las es- 
críbanlas de cámara del Consejo, qoe no han llega- 
do á la noticia del Fiscal ? ¿ cuántas no estarán pen- 
dientes en las chañe illerf as, audiencias y demsa 
tribunales del reino? ¿cuántas habrán dejado de 
reclamarse por no haber apariencia de nulidad ni 
presunción de fraude, 6 fuerzas para litigar? 

También ha visto el Fiscal, con motivo de otro ex- 
pediente, que por el catastro de la ciudad de Zara- 
goza del alio de 1725 consta que tres mil soiscien- 
tas noventa y nueve personas eclesiásticas disfro- 
taban ochocientos treinta tres mil ciento sesenta y 
tres reales de plata de renta annal en bienes rai- 
ces, y qne veinte y cuatro mil cuarenta y dos legos 
sfilo gozaban de trescientos treinta y tres mil seis- 
cientos caarenta y seis reales de la misma moneda. 
I Pasma ver tan enorme desigualdad I Esto sucede 
en la capital de Aragón, en cuyo reino hubo ley que 
prohibid la amortización, aunque no se haya ob- 
servado. 

Hay muchos motivos para las entradas en manos 
muertas, sin recurrir á medios viciosos. Aquel prin- 
cipio de que cuanto adquiere el monje lo adquiere 
para el monasterio, y de que éste representa los 
derechos del hijo, facilita inculpablemente muchas 
adquisiciones. 

La devoción de los que van i profesar á el ins- 
tituto que abrazan , es preciso que les incline á con- 
siderar los monasterios en sus renoncias. 

Las repetidas é incesantes dotes de las religio- 
sas se han de emplear de algún modo y aumentar 
las entradas. 

Los fieles, qne han creido justamente ser medio 
para la expiación de sus culpas las mandas y lega- 
dos píos, no suelen tener toda la discreción nece- 
saria para el modo de manejarse en ellos, y como 
estas disposiciones más dependen de la voluntad 
que del entendimiento, se aumentan y han de se- 
guir las entradas por este camino. 

El término final de los mayorazgos y otras snce- 
sienes perpetuas viene á ser rogutannente el lla- 
mamiento de nna mano muerta, de qne el Fiscal ha 
visto mucho en las diferentes fundaciones de casi 
todas las provincias de Espafia , que ha reconocido 
en la carrera de su profesión para la defensa de 
varías sucesiones. 

Las ríquezas de América, adquiridas bien 6 mal 
por los que pasan á buscarlas en aquellas remotas 
regiones , vienen todos loa dias para emplearse á 
beneficio de todo género de obras pias; y en el 
Consejo hay por incidencia algunas disputas res- 
pectivas á eBt« punto. 

Finalmente, hay tantos caminos para la entrada, 
áon sin reconir á la compra, el negocio , la suges- 



FLORIDABLANCA. 

tion y el fraude, que b6\o podrá desconocerlos quien 
carezca de luces ú de experiencias 6 se preocupe 
tenazmente. 

Para la salida no hay más puerta que la de la 
necesidad urgentisimaí porque la de utilidad evi- 
dente no despoja i la mano muerta de igual ó ma- 
yor adquisición, y para uno y otro son precisas 
tantas licencias y formalidades, que son mu^ r&ros 
los casos en que los bienes amortiíados recobran su 
libertad. 

¿Qué importará, á vista de todo esto, qno sobre 
las operaciones de única contribución se hagan 
cuentas de proporción altasó bajas para regular el 
exceso de las adquisiciones de manos muertas? 
¿Han cesado éstas, ni han do cesar con aquellas 
operaciones ? ¿ Y si no cesan, ni cierran 6 estrechan 
loa caminos, dejará de aumentarse la enfermedad 
y el peligro, y seguirse la ruina? 

¿Puede tampoco reputarse por un plan demoa- 
trntivo el do la única contribución ? A el Fiscal qne 
responde, cuando no desconfiaba de ella, ooofesA 
un eclesiástico qno en su iglesia, qne es de las me- 
nores, se había conseguido deslumbrar al juez qno 
entendía en la operación del catastro; ¿será extra- 
no que en otras haya sucedido lo mismo! 

Aunque las rentas eclesiásticas y obras pías se 
distribuyan bien entre nccesilados, como dice el 
reverendo Obispo, y lo cree el Fiscal, ¿será justo 
por esto aumentar las necesidades? ¿Será justo ha- 
cer pobres para fundar hospitales y obras pia- 
dosas? 

Reconoce el Fiscal que en algunas iglesias , cau- 
sas pías y otras manos muertas se habrán mioora- 
do sus rentas, como dice el reverendo Obisfto, no 
silo por las reducciones de juros y censos, sino 
también por negligencias y malas adrainistraoio- 
nes; pero en equivalencia de éstas, ¿cuántas se han 
aumentado y fundado de nuevo? 

Por otra parte, la misma deterioración de laa fin- 
cas de capellanías y obras pias, que propone el re- 
verendo Obispo, ea un perjuicio gravísimo del Et- 

Miranse con fastidio las fincas gravadas. El ad- 
ministrador de la obra pia y el poseedor de cape- 
llaniaa buscan la utilidad interina y personal, aun- 
que se deterioren los efectos 6 bienes. 

Carecen de reparo tas casas , no se mejoran las 
haciendas , dejan de repararse las vifias y arbola- 
dos, no se reedifican molinos y otros artefactos ; y 
asi perece la industria, sin poder salir de prisión 
perpetua aquellos bienes, y transferirse á manos 
más ricas, qne los restaursn. 

Estos son perjuicios también transcendentales á 
los mayorazgos, en que desearla el Fiscal se hicie- 
se nn examen, cual requiere la necesidad, y e«p«ra 
proponerlo al Consejo. 

Ademas, ¿quién quita alas manos muertas ne- 
cesitadas qne adquieran, con la correspondiente U- 



EXPEDIESTB DEL 
eenda 7 conocimiento de bu estado j neceaidod? 
¡Htn d^ado acaso de adquirir en Valencia 7 Ma- 
llorca, porque se baile establecida la )e7 de amor- 
tiucioii? 

El espíritu de esta Uy no ba de «er quitar la li- 
bertad omnímoda de adquirir á las manos mnertas, 
ni privarlaa de lo necesario 7 conveniente para su 
■nanutencioD. En esto, ciertamente, se ofenderia la 
imnoDÍdad eclesidatica, 7 ningún ministro pío, jus- 
tificado y leligioso lo ba aconsejado ni lo aconae- 

La ley sólo se ba de dirigir á preservar el estado 
temporal , conservándole bus fnerzas en los bienes 
inmnebles6 raicea, que BOn la snbstancia principal 
del raiallo. 

Aon en cnanto á estos bienes, la amortización, 
entendida radicalmente, se dirige á que el vaaallu 
no enajene sin licencia regia en las manos muer- 
tu, 7 que en otra forma la enajenación contenga 
el vicio de nnlidad, 6 en la translación 6 en la re- 
tención. 

ánnqne caalqnicra vasallo tenga nn arbitrio, á 
«I parecer ilimitado, para disponer de sus bienes, 
como importa á la república contener el abuso do 
ntt libertad, puede el Principe limitarla en los ca- 
tas que sea dañosa. 

Asi lo ba practicado el derecbo, limitando la f a- 
cdtad de los padres para disponer entre los hijos, 
la de tos descendientes entre los ascendientes, la 
de loi menores por acto entre vivos, cnando no se 
Tcríllca utilidad ni precede el conocimiento 7 de- 
creto judicial, sin que convalide las disposiciones 
el qas se bagan á favor de causas pias. 

Los fueros 6 estatutos de bienes troncales se fun- 
dan sobre iguales principios ; sobre los mismos 
pudiera el Príncipe proceder para limitar las din- 
ponciones testamentarías i la eucesion de los pa- 
lieates basta el cuarto 7 aun hasta el décimo grado; 
V esta misma antoridad podria ceñir la sucesión y 
enajenación A los conciudadanos de todas ú de 
ciertaa clases. 

Hecho méuos que todo esto es imponer la nece- 
sidad de la licencia para que el vasallo amortice 
les bienes, y por medio de ella quedan, el Gobier- 
no en disposición de examinar 7 contener los abu- 
sos, 7 las manos muertas en la de adquirir con co- 
nocimiento de causa. 

Ei pacto de sociedad, con que sin duda se for- 
maron las repúblicas j monarquías, dio A el socio 
director, jefe ó soberaca del Estado, la facultad de 
diiponer 7 gravar los bienes de loe subditos iS so- 
eiw inferiores, en los casos de necesidad ó utilidad 
piblica. 

Esto, que los publicistas llaman dominio alto 6 
eminente, es por lo menos una administración libre 
J absoluta, que para aquellos casos ha conferido la 
•ociedad á m director. 

Si un particular 6 «us administradores, con facul- 



OBISPO DE CUENCA. 29 

tad libre de disponer, pueden en la enajenaeion del 
dominio útil imponer el gravamen de la licencia 7 
la prohibición de amortizar los bienes, ¿porqué 
no podrá la sociedad del reino bacer lo mismo por 
medio de su administrador absoluto, director 6 so- 
berano ? 

No es cierto que en el concordato so reconociese 
el seBor Felipe V aia facultades para probibir se- 
mejantes enajenaciones. Entdaces so buscd el i 
dio de evitar el perjuicio de los tributos ; pero bí< 
do notorio que éste no basta para sostener los va 
UoB, si van perdiendo la sustancia de sus patrimo- 
nios, hay necesidad de recurrir á otras 'providen- 
cias más efectivBsy radicales. 

Que e! número de eclesiásticos sea excesivo ac- 
tualmente, por más que al reverendo Obispo parez- 
ca otra cosa, está confesado por todo el clero en las 
últimas concordias de subsidio y excusado; pues en 
ellas dijo «quédelas drdenes conferidas á título de 
patrimonio se originaba el excttivo número de eete- 
tiátlieot que hay en ettoí reino», ordenándose mu- 
chos por sólo el fuero, con baciendas supuestas, 
propias solo en el nombre, 7 formando un tercer 
género de ellas, que para las contribuciones reales 
son eclesiásticas, y para las gracias eclesiásticas se 
eximen como seculares; con que en todos fueros son 
las más privilegiadas, en perjuicio grave de la re- 
publica, porque recargan en h» pobre» la» carga» de 
que eüo» »e libran; que pide pronto y tfeetiwi re- 
Será cierto que, sin embargo del excesivo núme- 
ro, se baya visto precisado el reverendo Obispo A 
dar licencia para reiterar la misa á algunos sacer- 
dotes, 7 que falte quien asista á algunos pueblos; 
pero si el mismo reverendo Obispo se acerca á nu- 
merar los cUrigoa de su diúcesi, verá que la falta 
no consiste en que no ba7a muchos eclesiásticos, 
sino en el repartimiento 7 destino de ellos, 7 en la 
desigualdad de las dotaciones ; 7 en este sentido se 
puede con verdad decir que los operarios son po- 
cos 7 la mies mucha. 

La curte, las capitales 7 los pueblos grandes 
abundan de clérigos. Los ben eñe ios pingües tienen 
innumerables pretendientes, y el servicio, excepto 
eu los curados, es como todos saben. 

Una distribución más igual de las rentas benefi- 
cíales, 7 la renovación de la disciplina en las resi- 
dencias, evitarían todos estos inconvenientes, aun- 
qae se disminuyesen Ise personas eclesiásticas. 

Menos clérigos había cuando los cánones manda- 
ron numerar 7 titular los beneficios, prohibiendo 
conferir las órdenes á quien no se confiriese tam- 
bién el titulo del beneficio. 

La distribución igual 7 la disciplina, no sólo ba- 
ria floreciente al clero 7 respetable, sino que atrae- 
rla á las iglesias lo necesario, 7 ánn lo abundante 
para el culto. 

Aunque haya constituciones conciliares y ponti- 



Difi ti: 



V, Google 



EL CONDE DE FLOR IDABL ANCA. 



Gcias pan arreglar el número del clero regular, 
como insinúa el reverendo Obispo, esto no quita 
que la protección que el Bey debe i U Iglesia y á 
an disciptina, promueva nn asunto tan importante, 
como le promovieron los seDores Beyes Católicos, á 
instancia del cardenal Jiménez, varón de inmortal 
memoria, y el sefior Felipe II, ¿ representación de 
personas santas y doctas. 

No puede el Fiscal dejar de persuadirse á que la 
parte sana del clero secular y regular coincide con 
el dictamen de los ministros del Rey en estos pun- 
tos. Si no lo creyesen así ambos, los cleros desco- 
nocerian sus verdaderos y síilidos intereses. 

ün clero moderado, laboríosoy ejemplar se atrae- 
rá la veneración de loa pueblos y el respeto que echa 
menos el reverendo Obispo. 

La devoción y piedad de los fieles concurrirá á 
porfía á los ministros del altar con abundada, 
cuando se aparten los motivos de emulación y des- 
precio que en las personas poco iloatradas engen- 
dran las adquiei Clones, la relajación de costumbres 
y la mnltitnd de personas eclesiásticas, vulgarizán- 
dose el más santo y alto juinisterio que hay en la 
tierra. 

Aquellos monasterios en que brilla la perfección 
religiosa y la observancia de la vida común expe- 
rimentan la devoción y la abundancia. 

Si algunas comunidades carecen de competentes 
bienes para su manutención, tendrán mayores en- 
tradas cuando cosen las de otras que estén sobra- 
das y no dejen de adquirir; y en una palabra, el 
recogimiento del claustro, la minoración de indi- 
viduos y la vida común cortarán todas las neceai- 

Los prelados seculares y regulares, oinéndose el 
número de los subditos y de las admisiones, ten- 
drán más pretendientes en quienes escoger y dis- 
cernir las vocaciones, y se libertarán de muchas 
fatigas y pesadumbres que reciben de loa que en- 

Aunque el reverendo Obispo, continuando en sos 
especies sobre este punto, dice que consentirá que 
el Estado se reintegre de todos los b i enoa tempo- 
rales que posee la Iglesia, con tal que sedevoelvan 
& ella loa diezmos poseídos por legos, no se sabe 
si querrán hacer igual allanamiento todas las igle- 
sias, monasterios, hospitales, capellanías, aniver- 
sarios, nniveraidades y otras fundaciones piadosas 
de Espafia. 

De las tercias del Bey se sabe que mncbisímas 
paran en iglesias y monasterios, nniverBidadcs y 
otras obras piaa. Pudiera el Fiscal, recurriendo so- 
lamente á la memoria que conserva, scBalar mu- 
chas de estas enajenaciones, como también muchos 
obispados donde no se cobran las tercias. 

También sucede lo mismo en muchos diezmos 
que se concedieron á legos, y para los que perma- 
necen en poder de éstos hay , entre otros títulos, loa 



de recompensa por langre derramada en l« glo- 
riosa conquista de estos reinos y restablecimiento 
de la verdadera religión. 

Estas quejas son antiguas , porque en !aa cartea 
de Quadalajara del aflo de 1390 se propusieron por 
el clero, y los poseedores de diezmos dieron tales 
razonesy se examinaron tan radicalmente, que fué 
preciso reconocer sujusticia. Sin embargo, asi como 
en aquellas cortes se propuso que el clero hicíeBO 
la dimisión que ahora ofrece el reverendo Obiapo, 
no tendria el Fiscal reparo en aceptarla , quedando 
de cuenta del «lero substituir todas las recompan- 
sas legitimas, y dotar con equivalencia átodo el 
clero español, seculary regular, y á todo género do 
fundaciones y obras pías. 

El ocio, lujo y otras causas que el reverendo 
Obispo eetSala como raiz de los malea del reino,>OD 
sin duda enformedades que padece, y que el Q-o- 
biemo desea remediar; pero esto no quita qaa la 
amortización continua de los bienes no sea nn dnJio 
gravísimo, digno también de remedio. 

Así pues, concluye el Fiscal este punto, en «gne 
se ha dilatado más de lo que pensaba, diciendo 
que venerando, como venera, cuanto el Conaejo 
haya discurrido y acordado en él, no puede me- 
nos de exponer que una ley prudente y equitativa 
para contener la amortización es conven ienUaima 
y aun necesaria al Estado y & la mejor disciplina 
eclesiástica. 

Otra queja del reverendo Obispo es que el Mar- 
qués de Squiiace di6 Arden al Intendente de Cuenca, 
en 29 de Abril de 1765, para que á las conducciones 
de granos á esta corte, por la estrechez y neceaidad 
que se babia concebido, concurriesen las caballe- 
rías de los eclesiásticos. 

Aunque resulta del expediente ser cierta esta 
<}rden, también consta que el Intendente para eje- 
cutarla pidió auxilio al reverendo Obispo; que éate 
se excusó i darlo; que el Intendente lo representó 
así, suspendiendo comunicar la urden á los pueblos 
de BU provincia; y que no habiéndosele repetido 
otra para que la llevase i efecto, se quedaron las 
cosas en este estado. 

El reverendo Obispo dice que en consecuencia 
de esto obligaron las justicias de los puebloa A mu- 
chos eclesiásticos, con citaciones personalea y re- 
gistros, á que hiciesen la conducción. 

Sobre este punto sólo resulta de los testimonios 
remitidos por el reverendo Obispo, que en conse- 
cuencia de una orden del Corregidor de San Cle- 
mente, para que concurrieeen á las conduccionca 
las caballerías de labradores , acabada la semente- 
ra, BÍn distinción de clases ni estados, el Corre^- 
dor de Sisante mandó fijar edicto con igual expre- 
sión, y que á loa áúlinguidoi le dieie recado político. 

En efecto, consta que se formó lista de los que 
podían concurrir á la conducción, y entre ellos le 
expresaron varios eclesiáaticos, á qnienea da fe el 

Google 



GXPEDIBNTB DEL 
Hciibuio, qne dio el rteado político que le mandá- 
is, f fue quedaron enterado» y pronlo* á hacer el 

También consta, j éita m otra qneja del reve- 
rendo Obispo, qne el corregidor interino do Utiel, 
^n José González, pnblicú bando para qne toda 
persona, liniÜBtiDcioD de eBtadi»,cODeurrieBe con 
tiu caballerías & la citada conducción , apercibien- 
do á loa del e«tado eclesiáatico, en caso de no con- 
tnrrir, con cuatro afioa de estarminio de eatoB rei' 
noa ; tíendo dd real agrado de «u majttiad. 

Este miamo corregidor, con noticia de que el 
Obi^Ki procedía contra él por la publicación del 
«dicto, le dirigid una carta muy reverente y sumisa, 
en qne procar£ disculparse con la necesidad, di- 
ciendo que no precisó ni requiriú á eclesiástico al- 
gttDO para la conducción ; qne, por tanto, nnoa en- 
nsrDB so* cabolleriae y otros no; qne no babia sido 
an iuimo ofender al estado, y que ií al reverendo 
Obispo le parecía conforme otro efecto de sn obe- 
diencia, se lo mandase. 

Ko pretende el Fiscal disculpar el error de este 
corregidor ; pero sí es de considerar que su pronto 
rtcoDocimiento y un oficio de tanta snmision como 
el que pasó i el reverendo Obispo, era acreedor á 
qne con él se dilatasen las benignidades de un pre- 
lado de la Iglesia. 

Sn embargo de todo, y aunque este corregidor 
DO babiese hecho procedimiento judicial con loa 
eclesUsticoa , fué comparecido á el tribunal del 
Obiipo , eicomnlgado, arrastrado i el tribvoal de 
U Nunciatnrs y á )« corto de Boma para tener sus- 
penrion y absolución de las censuras, y finalmente, 
habiendo conseguido rescripto para ser absuelto, so 
dieron con tanta restricción por el reverendo Obispo 
lu comisiones para absolverlo , que no consta si 
basta ahora ha logrado salir de su aflicción. 

Rste ee el juez que dice el reverendo Obispo que 
no biU)ia hecho constar la absolución; porque, á la 
verdad, cuando hizo su representación no estaba 
reqoerido con el rescripto de Roma. El Fiscal deja 
para después decir lo que ee le ofrece sobre este 
nodo de decretar las censuras, y s£1o ha puesto 
delante estos dos casos ; porque siendo únicamente 
loa qne constan de justicias que ejecutasen i loa 
clérigos ¿ la conducción de granos, esaniine y re- 
melva el Consejo cuil de las dos jurisdicciones, 
eclesiástica 6 secular, ha sido la más agraviada. 

Tampoco pretende el Fiscal detenerse en la apo- 
logía de los derechos de) Bey para valerse de las 
caballerías de eclesiásticos en casos de calamidad 
; necesidad pública, y en que no bastan las de los 
legos para socorrer y alimentar sn corte. Sabe el 
Fiícat que autores muy graven defienden y afirman 
qne puede hacerse, y parece que lo persuaden la 
razón, la caridad y el pacto social que envuelve la 
idmiaion del clero en el Estado. 

Con todo, ha visto el Fiscal en el expediente 



OBISPO DB CUENCA. 81 

que habiéndose movido igual disputa entre d In- 
tendente y Juez eclesiástico de Valencia, sin em- 
bargo del fuero de aquel reino, en qne son grava- 
dos los eclesiásticos con todo género de cargas pú- 
blicas por loa bienes que adquieren, se sirvifi la 
piedad del Bey mandar que no ae les obligase á la 
conducción de granos. 

Lo más notable en aquel recurso fué que el Fis- 
cal del Consejo de Hacienda estuvo por la libertad 
del clero, aunqne el mismo Consejo fué de costra- 
rio dictamen, fundado en los fueros. 

El padre confesor de sn majestad informfi tam- 
bién por la libertad de loa ecleBiáaticoa, y estos he- 
chos por sí solos descubren á el mundo, sin necesi- 
dad de otra apología, el modo de pensar de los fis- 
cales del Bey y del padre confesor en los puntos 
de inmunidad, aunque dudosos, para que ae vea si 
merecen el tratamiento que reciben en las cartaay 
representación es del reverendo Obispo. 

Éste otisde á la queja antecedente que el Mar- 
qués de Squilace comunicó Úrdenee para que laa 
justicias Bo valiesen de los granos que Iob partíci- 
pes de diezmos tenían sin dividir en laa tercias 6 
cillas ; que con este motivo pusieron llaves eo ellas 
yertrajeron Iob granos; que se resistieron i qne 
los mayordomos del Obispo y prebendados remi- 
tiesen á Cuenca el trigo que necesitaban para su 
alimento y la limosna de tres mil pobres, obligan- 
do con amenazas y alborotos á los arrieros á que 
Be volviesen con las recua« vacias, teniendo que 
pagarles el porte, y que se fija el edicto en algún 
pueblo para que vecinos y forasteros no comprasen 
el trigo de la Iglesia, 

En los hechos del expediente y testimonios re- 
mitidos por el reverendo Obispo no constan las or- 
denes del Marqués de Squilace para valerse de los 
granos decimales. Es poeible que las hubiese, me- 
diante la calamidad y carestía que ee padecieron 
en los a&OB de 764 y 765, y en casos tan estrechos, 
ii¡ la inmunidad ni las oorcordias pueden impedir 
que las iglesias contribuyan á el socorro de los in- 
felices pueblos, aunijae por las mismas concordias 
ae requieran ciertas formalidades. 

Lo que ei resulta del expediente por los testimo- 
nios del reverendo Obispo es, que el Corregidor de 
San Clemente, en l.'do Diciembre de 1764, bailán- 
dose sin recuriiO alguno para mantener las cahalle- 
rfss que debían hacer la conducción de granos, y 
estrechado de la necesidad, libré despacho á las jus- 
ticias de Sisante y otros para qne dentro de veinte 
y cuatro horas tomaien raam de la cebada , cetUato, 
avena y eteaña que hubiese en las cillas decima- 
les, se la pasasen á el instante, y entretanto retu- 
viesen eatOB granos, sin permitir su extracción, y 
no habiendo satisfacion de los mayordomos ó ter- 
ceros, pusiesen sobrellave, acordándote por va me- 
dio polUico entre tanto que le tacaba el pemÜQ dt 
guien conocieie de ellot. 



Google 



EL CONDE DE FLORIDABLANCA. 



Oon eatedeapaclio fué requerido el Corregidor de 
Im viÜBS de Sisante ; Vara de Bey, quien lo cum- 
plimentó, y paBÓ recado político al Vicario ecle- 
BÍi«tÍco y mayordomo de la cilla, para qne it tir- 
vUttik) ptrmitirla extracción dñ aquellos granoten- 
tre Umto que « frovideneíate el permiio corrapon- 
dientepara tu entrega, ti llegase este cato, y para 
que ditt» el certificado gut te pedia de la existencia. 

IgaeH recado y providencia so hizo saber á el 
mayordomo de Vara de Bey, que es substituto 6 
vicetercero del de Sisante, quien dio la certifica- 
ción y se puso sobrellave. 

En el mismo pueblo de Vara de Bey fué donde, 
según una certificación del tal vicetercero , babien- 
do pasado arrieros con libramiento del arcediano de 
Alarcon y del cnra de San Juan de la misma villa, 
sólo se l^ permitió sacar el trigo, guijas y garban- 
zos que contenia la libranza, y se volvieron sin la 
cebada y demás comuDas que estaban detenidas. 

En el lugar de Atalaya , se díoe también que el 
Alcalde pidió las llaves de la cilla al tercero, y las 
retuvo sigua tiempo sin medir los granos, y esto 
ea todo lo que consta en este punto de embargos 
de granos, de resulta de las órdenes generales que 
cita el reverendo Obispo. 

Sin embargo, éste dio comisión á el Vicario de 
Sisante y Yara de Bey para hacer averiguación, y 
no consta que la causa haya tenido otro progreso. 
Es de creer que no habría otros casos, cuando no se 
han probado, ni el reverendo Obispo disimularía 
alguno á vista de la atención que te merecieron 

Ahora queda á la justificación del Consejo com- 
parar el hecho con los clamores de la representa- 
ción, para reconocer dúnde está la generalidad de 
embargos, aquel tropel de extraer los granos y po- 
ner sobrellaves, y aquella resistencia para que se 
remitiese á Cnenca el trigo ueces&rio pora el ali- 
mento del Obispo y prebendados, y limosna de los 
pobres. 

El edicto que dice el reverendo Obispo se puso 
en algún Ingai para que nadie comprase los gra- 
nos de la Iglesia, es cosa separada, que no tiene 
conexión con las órdenes del Marqués de Squílace 
qne se citan. 

Este hecho se reduce á que en la villa de Ve- 
Uisca, por el mismo afio de 764, tuvieron los alcal- 
des y el cura varías altercaciones sobre que habia 
de vender el trigo para el abasto del pueblo, y so- 
bre su precio. De resulta de diferentes pasajes y 
recados con el cura, mandaron loa alcaldes poner 
sobrellave á la panera de la iglesia. El provisor de 
Cuenca, i qnien se llevó la queja, despachó un 
comparendo al Alcalde por el estado noble. Enton- 
ces la justicia fijú una cédula , diciendo que por la 
urgente necesidad del pueblo, ninguna persona, tin 
licencia de loe alcaldes, comprase ni un almud de 
iL'igu de la panera de Is iglesia ni de casa del cura. 



Sobre estos procedimieutos se ocurrió al Con- 
sejo, donde se tomaron informes y se formalúA el 
expediente , y de él aparece que está para resolver, 
con respuesta del sefior fiscal , don Pedro Campo- 
manes, en qne, culpando la conducta do loe alcal- 
des , propone que se proceda contra ellos i dife- 
rentes reintegraciones , y á oir las personas que pi- 
dieren loa perjuicios que hubieren causado. 

Parece, pues, que en este asunto no hay más que 
hacer sino determinar el expediente, teniendoiMV- 
seute el mérito del testimonio últimamente remi- 
tido por el reverendo Obispo, para qne recaiga ao- 
bre los alcaldes el castigo que justamente merecen. 

En lo demaa es cierto que se deben guardar las 
concordias con el clero para no embargare! pan en 
el acerbo comuu, y para las formalidades que se 
han de observar en los casos de hambre y calami- 
dad pública; pero si estrecha tanto la necesidad, que 
hubiere peligro en la tardanza , justo y fundado 
temor de que. se extravien los granos del montón 
común antes de fonualizarse las diligencias, no 
deberá tenerse por exceso que las justicias acuer- 
den con los mismos eclesiásticos y terceros la de- 
terminación ds los granos, y qne de hecho los do- 
tengan, con la protesta y calidad de evacuar des- 
pués las formalidades, qne fué lo que hicíeroo los 
corregidores de San Clemente y Sisante. 

Después de todo esto, se queja el reverendo Obis- 
po de que á los acólitos y sacristanes solteros de la 
catedral de Cuenca y de las parroquias, sin em- 
bargo de tener titulo y salario fijo , se tes incluyó 
en las quintas, siguiéndose 6 tas iglesias el detri- 
mento de carecer de aquellos i quienes tocó la 
suerte, y que lo mismo se practicó con los algua- 
ciles fisoalea de vara, que cuidan en los pueblos de 
evitar escándalos é irreverencias en las igleaiaa. 

Por los testimonios y documentos que hay en el 
expediente, remitidos por el reverendo Obispo y 
por el Intendente de Cuenca, sólo consta que en 
aquella se incluyeron en el sorteo para ts quinta 
ejecutada en el aCo de 1762 A dos acólitos ó mona- 
guillos de la catedral y i un salmista, pero á lún- 
guno tocó la suerte ; con qne ya no se siguió el de- 
trimento de carecer las iglesiss de estos ministros, 
como se propone. 

La ordenanza publicada en 12 de Junio de 762 
parala quinta practicada entonces, se arregló pora 
las exenciones de ella, en lo respectivo á las per- 
sonas y miujstroa eclesiásticos, á lo dispuesto por 
el santo concilio de Trente, y todoa saben que en 
éate { ánn para gozar del fuero loa tonsurados y 
clérigos de menores órdenes, se requieren varias 
calidades, que uo tienen los sacristanes, monogai- 
tlos y fiscales legos, que llaman de vara. 

Annqne en ta misma ordenanza no se habló es- 
pecíficamente de esta clase de sirvientes de las igle- 
sias, se comunicó orden por don Ricardo Wall, 
en 21 de Junio de dicho año Úfi 1762, p/evinieudo 

Cioog le 



EXPEDIBNTE DEL 
•1 latendente , que había propuesto algunas diidaa, 
qoe no se exceptuaban loa saorístanec solteros. 

Ko puede con fundamento afirmarse que en es* 
U* providencias se ofendió la inmuDÍdad, por no 
goui de la persona] loa dependientes qne seBala el 
rerarendo Obispo. 

Aunque el aefior Felipe V eximiese da quinta á 
los fiscales de vara, á instancia del cardenal Be- 
Unga, como el reverendo Obispo expone , esto sólo 
pnieba qas depende de la real voluntad conceder 
i revocar estas exeocioDea, según las circuuitan- 
ciss, Um urgencias del servicio y el estado de los 
poeblot, como se ha practicado con los síndicos de 
Us religiones, dependientes de cruzada, minisUfis 
de rentas, fabricantes j otras personas. 

Bl miamo sefior Felipe V, por resolocioa de 26 
de Octubre, eximió también del sorteo de milicias 
i los ascristanra y dependientes de las iglesias que 
gosssen salario ; pero esta providencia no fué una 
lejr irrevocable , ni aun trascendental á la urgencia 
de las quintas. 

Iab ígleaias tienen el arbitrio de servirse de per- 
BonsB que manifiesten vocación al estado eclesiás- 
tico, j qne se tonsuren para disponerse ¿ las drdenes 
msfores ; y enUnces, estando, como estarán , oca- 
ptdu en ministerios necesarios y convenientesá el 
eeivicio de la Iglesia, gozarán sin disputa de loa 
eimciones que Les conceden el santo concilio y las 
leyes del reino. 

Por tanto, repit« el Fiscal qne en esta materia 
dcpmd« todo de la real voluntad, de la cual será 
maj propio atender piadosamente por algún tiem- 
po para la exención i aquellos empleados en qníe- 
Mise requiere cierta industria y aptitud para el 
■erricio de la Iglesia, qne no se puede verificar en 
lodo género de personas ni adquirirse de repente, 
como los salmistas, músicos y sacristanes asala- 
riados, y esto por las mismas y superiores constdo- 
ncionea qne sn majestad ha eximido los escribien- 
tes precisos de abogados, procuradores y escri- 

En loe alguaciles fiscales de vara cesa todo mo- 
tivo de congruencia para estas exenciones, y aun 
pUB so nombramiento. El celar loa escándalos y 
pecados públicos es propio de los curas y de los 
justicias. A los mismos tocaprecavery auxiliar pa- 
ra evitar aquellos desórdenes y las irreverencias en 
los templos. Los toles alguaciles, según el concep- 
to comnn de los pueblos, sólo sirven de aumentar 
el número de los holgazanes, y algunas veces de 
cutsor inquietudes y excitar ó hacer público el mo- 
1ÍT0 de los escándalos. 

Loe jueces eclesiásticos pueden y deben impartir 
el loxilio de las justicias, conforme á la ley del 
reino, sin necesidad de este género de familia laica; 
J cuando encontraren repugnancia injusta para ser 
iniiliodos, si don cuenta á su majestad, á el Conse- 
jo i tribonal superior del territoixj, conseguirán 
?-B. 



OBISPO TfE CUENCA. »» 

efectos más útiles con la demostración y severidad 
de qne se nsará con las mismas justicias, que oonal 
nombramiento de fiscales de vara. 

Asi , no hay que extraBar que las justicias no an- 
xilien á este género de fiscales, de que también se 
queja el reverendo Obispo. Bl auxilio no puede pe- 
dirse por los fiscales de vara, de su autoridad y sin 
otro mandato, porque carecen de toda jurisdicion 
para proceder é impartirlo. 

Tampoco debe extrafiarso que las justicias casti- 
guen á estos fiscales cuando cometieren excesos 
qne lo merezcan. A el expediente Ha ha unido el 
formado en el Consejo, con motivo de la resisten- 
cia qne hizo á la justicia un fiscal de vara de la vi- 
lla deUtíel, porque se le quiso prender, hallándole 
de noche con un sable desnudo. Las voces y des- 
compostura del 'fiscal alborotaron el pueblo y le 
expusieron á una conmoción , por lo que el Conse- 
jo, precedidas los correspondientes averiguaciones, 
le condenó en costas, y mandó hacer una preven- 
ción á el cara por medio del reverendo Obispo, para 
que no diese quejas sin fundamento. 

Éste es el caso único que resulta del expediente 
haber habido con fiscales de vara en aquel obis- 
pado, aunque el reverendo Obispo expone en so 
representación que las justicias los amenazan y 
oprimen con prisiones, conminación as y multas. 

También dice el reverendo Obispo que ha habido 
corrogidor que de muio armada quitó sus ¿rdenes 
y providencias á un propio que las conducía á si 
cora y fiscal de uno de los pueblos de su diócesi. 

£1 caso que puede adaptarse á esta especie, se- 
gún lo que arroja un testimonio remitido por el re- 
verendo Obispo, que también tiene antecedentes en 
el Consejo, se reduce á qne en 3 de Junio de 1765, 
habiendo encontrado el Corregidor de Utiel, acom- 
pasado de su escribano y un ministro, á un hom- 
bre á pié en las cercanías da aquel pueblo, y pre- 
guntado por el ministro de adonde venta, respondió 
que de la aldea de Fuente de Bobles ; que habién- 
dole dejado pasar, y dicho el escribano que parecía 
el propio que el Vicario había enviado á Cuenca, le 
volvieron á llamar y preguntar que de dónde ve- 
nia, á que respondió, sorprendido é inmutado, que 
de Aldea da las Cuevas ; que reconvenido con la 
variedad de las respuestas, manifestó que venia de 
Cuenca con un pliego del Obispo; qne reconocido el 
hombre, lo hallaron una carta para el Vicario ; que 
asi porta sospecha que inducía la alteración y va- 
riedad del sujeto, como por venir la carta sin la 
formalidad correspondiente y prevenida en el ca- 
pitulo II de la Ordenaiuui de CoTreo$, le mandó el 
Corregidor presentar en la cárcel; que al dia sl- 
gniente remitió el mismo Corregidor la carta cerra- 
da al Vicario, y éste no quiso recibirla ; que al hom- 
bre se le estrechó la prisión , porque no quiso con- 
cluir ni firmar una declaración que se le tomó, y á 
los seis días le soltó el Corregidor, imponiéudolsil» 
8 '§C 



EL CONDB M FLOBIDABLANCA. 



multa de un ducado ¡ qne el reverendo Obispo dio 
comisión para formar sumaria ; que el comiiionédo, 
después de haber mandado entregar el pliego, como 
se hizo, sin aefial, indicio 6 argumento de haberse 
abierto, hizo notiñoar al juez j escribano que se 
presentasen ante el reverendo Obispo, conminán- 
doles con censuras, y que el mismo Obispo las sus- 
pendióíein haber espedido otro decreto. 

Éete ea el hecho que resulta, y no parece que ea 
menester mis que tenerio presente y compararlo 
con lo que representa el reverendo Obispo, para 
formar juicio del cuerpo que se le ha intentado dar. 

El reverendo Obispo se dilata en atribuir A las 
justicias 7 sus parciales que son los que más ilu- 
den la jurísdicion eclesiástica, estando muchas ve- 
cea enredados en amancebamientos y otros pecados 
públicos ¡ que no tienen respeto á tos templos y 
sacerdotes ¡ que trabajan , compran y venden en las 
fiestas , permiten y defienden los bailes disolutos, 
borracheras y otras indecencias populares en los 
días más clásicos. 

De estas generales acusaciones no hay en el ex- 
pediente justiñcacion alguna, aunque se previno al 
reverendo Obispo que la remitiese; con que ni el 
Fiscal puede exponer au dictamen , ni recaer pro- 
videncia particular, pues para evitar en lo general 
este género de desfirdenes tienen las leyes del reino 
prevenido todo lo que se puede apetecer, y bastará 
cuidar de su observancia. Luego pasa el reverendo 
Obispa á especiRcar algunos eaaoa, en que atribuye 
exccsoa & laa juaticíaa y ministros reales, y en éstos 
irá proponiendo el Fiscal lo que se dice y resulta. 

Un caso es , decir que ha habido juez que se ha 
Introducido á actuar aolemuemente en la iglesia 
negocios civiles , y lo que resulta de testimonio re- 
mitido por el reverendo Obispo ea que en nn plei- 
to Bobre pertenencia de un patronato, se presentó 
nn testimonio de que el poseedor de nn vínculo pi- 
di6, y se le mandó dar, y dio posesión por el aOo 
de 1749, en virtud de auto del alcalde mayor de 
Cuenca, del patronato y capilla del convento de 
religiosas de San Lorenzo Jnstiniauo de aquella 
ciudad ; y annqne se dice que no consta del testi- 
monio se exhortase para ello al juez eclesiástico, no 
M sabe si aal resultará del proceao y diligencias de 
posesión. 

También hay titro testimonio de autos segnidos 
A instancia del ayuntamiento de la villa de Valde- 
moro contra el cura, para que exhibiese la funda- 
ción de una capellania,y habiendo mandado el pro- 
visor de Cuenca que lo biciese dentro de seis dina, y 
qae pasados se le publicase por excomulgado, dice 
el notario qae da el testimonio, hacer memoria, por 
no tener los autos en BU poder y existir en lachau- 
eillerla, que uno de los alcaldes puso auto para que 
el escribano pasase áraconocer, como lo hizo, si el 
cura estaba en la tablilla, y ae averiguase si había 
celebrado misas. 



Este caso y el antecedente son los Añicos que 
pueden ^tlicarse á la queja del reverendo Obispo 
de que se han actuado iotemnenurtío negocios civi- 
les en la iglesia ¡y el Consejo, según el modo y 
cirounstancias con que se prueban y acaecieron, 
formará el juicio que merecen. 

Otro caso óexceeo es, decir el reverendo Obispo 
que ha habido juez que mandó que se trabajase en 
laa fiestas, cuando lo resistía el cura, y que impi- 
dió que lo hiciesen los que tenian licencia de éste; 
y sobre este punto hay testimonio de un notario, 
que relacionando unos autos seguidos por el Provi- 
sor contra Josef Palomar, alcalde de Vellisca, re- 
mitidos en apelación á la Nunciatura, expresa hacer 
ntemoria ae formaron por haber mandado dicho Pa- 
lomar que se trabajase en laa fiestas que él diese li- 
cencia, y no en laa que lo permitía el cura. Sobre 
esta casta de certificaciones de memoria, y sin la 
resultancia de los autos, es imposible fonnsr dic- 
támenes fundados. 

Otra especie es, decir el reverendo Obispo ha- 
bérsele informado qne uno de loa fiscalea de an m*- 
jeatad respondió á unos seglares qne en cumplien- 
do con el precepto anual, no temiesen 6 no hicie- 
sen caso en lo demás de los jueces ecleaiásticoa; y 
deaqol nace el desprecio de sus providencias y de 
las censuras, y el recurso frecuente de laa fneiza^; 
pues hay ejemplarcnsuaudiencia de que un lego la 
introdujo de la ejecución de lo determinado por la 
Chancilleria en un recurso de esta clase, permAne- 
cíendo excomulgado antes y después con mnoha 
quietud. 

El cuentecUlo que se atribuye i uno de los fis- 
cales de su majestad es impropio, por no decir iii' 
digno de la gravedad de une representación dirigi- 
da á el Monarca. Esto presenta Qu testimonio de lo 
que se abusa del candor del reverendo Obispo, quien 
si hubiese hecho la reflexión correspondiente, ha- 
bría cerrado los oídos á este género de hablillas y 
rumores contrarios ¿ la caridad, con qne se pre- 
tenden insinuar y adquirir la gracia de los superio- 
res incautos y o^dnlos las personas oscuras, des- 
contentas y detractoras del Gobierno y minirtroa 
regios. Se ha visto que en otros hechos han altera- 
do la verdad á el reverendo Obispo ; y a*f , no aera 
extraSo que en este informe volante le haya ance- 
dido lo mismo. 

En cuanto á la fnerza introducida de la ejeonolon 
de otra declaración de fuerza que cita el reverendo 
Obispo, no halla el Fiscal en el expediente caoo al* 
guno que adaptarle, aunque no seria extrallo, si hu- 
biese exceao apelable en la ejecución. 

Otro exceso de los que ae proponen ea , que á los 
clérigos tonaurados con las calidades del concillo y 
leyes del reino los tratan las justicias como legos, 
incluyéndolos 6 intentándolos incluir en las cargas 
de república y en las quintas, negándose á reconi>- 
cer loa títulos de órdenes y la colación beneficio) 



EXPEDIENTE DEL 
qH lea piwentab&a , deapuee de constarles an aar- 
TÍeio en la iglesia. 

En ciuaito ¿ este agravio no hay prueba algana, 
j eúlo resulta que el reverendo Obispo, en carta 
de 30 de Enero de este alio, contestando ¿ «1 infor- 
me f especificación de casos, qae se le pidió de or- 
len del Consejo, para cumplir lo que su majestad 
mudaba, dijo que tenía remitida justificación i la 
cdne de que i dos tonsurados de la villa de Buen- 
üí se les incluyó en la quinta del afic de 1762, ne- 
gándose el Corregidor á reconocer los títulos, ade- 
mM de qoe te constaban bub calidades. 

Aooque puede ser cierto lo que propone el reve- 
rendo Obispo, DO podrá negar qne en este género 
<ie jnstiScacionea es preciso proceder con el debi- 
do examen de los hechos, porque no hay cosa máa 
frecaente que turbarse sus verdaderas circnnstau- 
áiB, j iuD falsificarse. En otros muchos casos que 
íiti el reverendo Obispo en su representación, se 
ve. comparándolos «on los testimonios que él mis- 
mo ha remitido, cüán diferente semblante tienen 
dd que presentan laa qaejas. ¿ Qué extrafio seri que 
íacedi lo propio en el caso de Buendis? El reve- 
rendo ObÍBpo, Be conoce que no ha visto por sí mis- 
mo, ni era f¿cil , todos los lances y justificaciones; 
j uf, no debe extraüar que se suspenda el asenso 
en Lo que resulte no comprobado. 

&t cumplirlos tonsurados las calidades preveni- 
duporelsanto concilio deTrentobay mucboa tra- 
bijos, y gI Consejo se ha visto últímamante en la 
necesidad de encargar ¿ los prelados diocesanos, 
por sa acordada de 12 de Febrero de este afio, el 
midado en este punto. 

Eo la admisión de laa congruas hay también mu- 
rboe artificios, con qne los prelados pueden ser en- 
~athdos. Aunque p>or la bula.j4j>osíoíict mittitíeríi, 
del «fio de 1723, solicitada por el seflor Felipe V y 
por las instancias del muy reverendo cardenal Be- 
lliiga y otros obispos, se mandaron reducir ¿ me- 
morias laicales laa capellanías qne do llegasen á la 
tercera parte de la congrua, se experimentan mu- 
<:hoe frandes en crecerles el valor, de que se podrán 
fortificar los mismos obispos, si examinan radtcat- 
mente este punto. De aqnl dimana que pasen por 
<^l¿rígoB beneficiados loa tonsurados que no lo son 
verdaderamente, y todo se debe averiguar cuando 
« trate de fuero. 

También dice el reverendo Obispo, y éste es otro 
exceso qne se atribuye i las justicias, que éstas 
prenden y llevan & los tonsurados cou la corona y 
hiiiito clerical, de dia, á prisión y calabozo de los 
milhechores, sin permitirles comunicación, ni qUe 
ti confesor y médico entren í auxiliarlos. 

Sobre este punto cita el reverendo Obispo en su 
infcime el caso de Juan Bafael Montero, clérigo 
tonsurado de Sau Clemente, que el Consejo ha vis- 
to viñas veces, tomando diferentes providencias, y 
Y" tanto, no re^neria particular detención. 



OBISPO DE CUENCA. S5 - 

Pero, sin embargo da ello , no será de propósito 
tener presente que por información de diez 7 nue- 
ve testigos, hecha por el alcalde mayor de San Cle- 
mente, y relacionada en testimonio remitido por el 
provisor da Cuenca, consta que dicho Montero no 
usaba de hábito clerical ni corona abierta de diez 
meses í aquella parte, aunque ¿ntes lo habían visto 
asistir i la igleaiaí qne trataba y negociaba, ha- 
biendo arrendado el voto de Santiago y compra- 
do nn oficio de procurador, lo que constaba en 
testimonio de laa escrituras ¡ que había practicado 
el aprendizaje del oficio de cerero; que estaba amo- 
nestado para contraer matrimonio, y que era qui- 
merista y de genio inquieto, dando de palos, usan- 
do de espada y saliendo de ronda con otros mozos. 

Au nque también resulta que dicho Montero poseia 
una capellanía, de qnese le hizo colación, propuso 
el alcalde mayor que su renta no excedia de diez 
ducados ; y verificada que fuese esta narrativa, no 
hay duda que conforme á la bula Apottolici, ya ci- 
tada, no podia esta pieza colocarse nt reputarse por 
beneficio. 

También resulta de loa autos del Consejo que el 
motivo de haber preso al referido Montero con há- 
bitos clericales, fué porque habiéndole mandado 
presentar en la cárcel el alcalde mayor, por indicia* 
do en unas heridas, en tiempo en que no usaba de 
distinción ni sefisl alguna de clérigo , se vistió de 
repente la ropa talar, y se presentó al mismo alcal- 
de en este traje, para eludir su providencia. 

Aunque llevado este negocio por vía de fuerza 
da conocer y proceder á lo Chancillería, se declaró 
que no la hacia ol Provisor, sin duda porque deór- 
den de éste se habían examinado seis testigos ecle- 
siásticos , que depusieron lo contrario que los exa- 
minados por el juez seglar, y también por el último 
estado de la colación beneficial , todo esto no quita 
que el alcalde mayor hubiese tenido muy justos 
motivos para proceder. 

Por tanto, aunque el provisor, en consecuencia 
del auto de fuerza, pudiese reclamar la entrega del 
roo y autos respectivos á él, 6 pedir testimonio de 
BU resultancia, en caso de dirigirse también ¿ la 
averiguación de otroe autores ó cómplices, si el al- 
calde mayor quisiese continuar la defensa de la 
jnrisdicion real, adelantando las justiflcseiones, de- 
bía oírle formalmente , y asi se lo encargó el Con- 
sejo por repelidas órdenea. 

Igualmente ea cierto que habiendo tenido el al- 
calde uiayoT justos y probables motivos de obrar y 
proceder, no se debía haber pasado á declararle in- 
curso en censuras con el rigor que arrojan los autos 
del Consejo, ni á procesarle y mandarle compare- 
cer como sí fuese violador notorio déla inmunidad 
eclesiástica, dando lugar á que le cogiese la enfer- 
medad de la muerte en esta situación tristisímo, y 
que sólo por este peligro consignieM el beneficio 
de la absolución. ^-> ■ 

I,: I, ., Google 



Loa jaeces eclealáaticoB, según lo que arroja la. 
experiencia de muchoa casos, creen con equivoca- 
ción que lo mismo es decidirse una competencia 
de jurisdicion á so favor, que estar violada la in- 
munidad por cualquier procedimiento del juez lego, 
y esto produce discordias, recursos y desavenencias 
ciertamente lastimosas 7 dignas de remedio. 

Convendría que todos tuviesen present* lo que 
lamentaba en este punto el Cardenal de Luca, autor 
nada apasionado á la jurisdicion real , comentando 
el capitulo del Tridentino que recomienda )a so- 
briedad de las censuras. 

Porque t iun supuesta la jurisdicion 6 competen- 
cia del juez eclesiástico (asi se explica el Laca), 
puede verificarse el abuso en esta especie por la 
mala interpretación de las lejes, de que dimanan 
las censuras, especialmente cuando se trata de uaür- 
pacion ú ocupación de bienes y derechos de la Igle- 
sia, ó de violación d« la iamimidad y juriidicion; 
puM {TU te trate de euetlion prohahlemenie dudoea de 
eompéíeneia de fuero, ya de que se nieguen é loa 
eclesiásticos algunaa franquicias por probable cot- 
tambre, privilegio» apoetólieo* ó concordia», ya de 
otras (las refiere Luca por menor) , se procede de 
hecbo por algunos obispos y otros que tienen esta 
pstestad i la declaración da aquellas censuras que 
se contienes en el concilio, en la bula de la Cena 6 
en otras constituciones apostólicas, que tratan de 
poñtíoo» y poderoto» ocnpadores y usurpadores de 
bienes y derechos de la Iglesia, 6 violadores de 

la inmunidad y jurisdicion y en aio «xperíms»^ 

tamo» u» ahito frecuente y eaii eotidiatu, de qa» re- 
tultan lo» vilipendio» de la» miinta» ceiuvra», que ion 
lo» qne producen can lodo» lo» mole» ÍÍitcowenitiUe*,v 

Ahora se pueden cotejar estas graves y senten- 
ciosas palabras con el caso de Juan Rafael Monte- 
ro, de que se queja el reverendo Obispo, y ¿un con 
los demás que se hallan en el expediente. 

Allade también el reverendo Obispo que á un 
sacerdote conocido, i quien aquel tribunal eclesiis- 
tico cometió la ejocncioa de un negocio suyo, lo 
quiso prender el juez lego porque como & parte le 
intimó un auto ; y lo hubiera ejecutado con el es- 
trépito é inquietud que movió, si el sacerdote no 
se hubiese retirado precipitadamente y con precau- 
ción á la iglesia. 

Acerca de este caso, no hay mde prueba que pue- 
da adaptársele que lo que arroja un testimonio 
remitido por el reverendo Obispo, de que resulta 
que en la sede vacante última de aquella diócesi, 
se dio comisión por el Vicario general á un recetor 
lego para pasar i la villa de Osa de la Vega á 
practicar unas diligencias respectivas ¿cierta cansa 
matrimonial. 

El recetor quiso hacer un requerimiento a! al- 
calde, don Esteban del Coso, sin exhibir el despa-- 
cho, y por elto le mandú prender, aunque no tuvo 
efecto, por haberse retirado é, la iglesia. 



■EL CONDE OE FLORIDABLANCA. 



De aquí dimanó requerir el recetor á el presbí- 
tero don Julián de Alcarria, y áste de hecho eje- 
cutó la tropelía de prender i el alcalde con auxilio 
militar, y ponerle recluso en la sacristía de 1» 
iglesia. 

A el tiempo que se condacía á el alcalde preso, 
con escándalo precisamente del vecindario, gritó 
pidiendo favor al Rey; pero ni hubo quien se 1» 
diese, ni él dejó de ser encerrado por el tal jaes in- 
tmso de comisión. 

Et mismo Vicario general de la sede vacante dea- 
aprobó eete atentado, y ésta es toda la historia de la 
prisión del sacerdote. Clama tanto este hecho por 
sí solo en defensa de la real jurisdicion, y por el 
remedio de tas increíbles atrope llam lentos, que no 
requiere que el Fiscal se detenga á ponderarlo. 

Dice todavía el reverendo Obispo que las justi- 
cias, sin temor á el desprecio de la Iglesia y de las 
censuras, violan la inmunidad local, se entran de 
mano armada en los temploa, y con irreverencia y 
estrépito sacan de ellos á los refugiados, sin joBti- 
ficacion ni aun indicio de que los delitos sean ex- 
ceptuados, poniéndolos en la cárcel con el mayor 
rigor; no obedecen las censuras para restituirlo», y 
preparan recursos de fuerza, que no se pueden de- 
terminar sin muchas dilaciones. 

En cuanto á estos puntos hay dos casos : el a.no 
ocurrido en la villa de Montalvo por el afio de 17¿2, 
eú que celando el Alcalde que mientras se ejecuta- 
ba una pública y devota procesión no estuviesen 
las gentes en la taberna, encontró resistencia en un 
hombre, que descargó un palo en la cabeza á el Al- 
calde, de que rosultú herido. 

Befngióae el reo á la iglesia, y la sinceridad del 
Alcalde se dirigió ¿ el cura que presidia la proce- 
sión, preguntándole si en aquellas circunstancias 
gozaba de inmunidad, y habiindoh retpofidido el 
cura gue no, se entró en el templo, donde continuó 
resistiéndose el reo, de que provino bastante ea- 
cándalo é irreverencia, hasta que fué preso. 

Aunque la ignorancia y sencillez del Alcalde fué 
tonta como se deja ver, fuá comparecido por el 
Provisor y multado con otros que concurrieron i el 
lance ; pero no consta que á el cura ni al reo se les 
dijese cosa alguna. 

El otro caso es de un desertor del regimiento do 
León, extraído de la iglesia de Enguidanos, en 16 
de Marzo de 1763. Por la deserción saben todos que 
sólo podría valer la inmunidad para libertarle de 
la pena, pero no para eximirle de la obligación de 
oontinuar el servicio por el tiempo que se empafló. 

La pretensión de inmunidad no se introdujo hasta 
Junio de 1764, casi un afio después de la extrac- 
ción, y entonces parece que estaba preso el deser- 
tor por otros delitos que no se especifican. Puede 
colegirse del modo oscuro con que está concebido 
el testimonio en que se cita este caso, que la pre- 
tensa inmunidad era propiamente una reclamación 



EXPEDIENTE DEL 
Je igbtlaJHa , reprob&da por derecho j por el oon- 
cordito del «So de 1737. Bin embargo, decretó el 
Jim ecleiiástico 1» restitución á el sagrado, j la 
compiló la jasticú real. 

A esto Be redncen las pmebaa de todos loi exoe- 
goa que el rcTerendo Obiapo atribuye i laa jastioiaa 
Kcnlarea. Aimqae el Teverendo Obispo dice que son 
DPtCffioa lofl demaa caaos que cítacoo gweralidad, 
TÜtas tas equivocaciones que le han becbo padecer 
CD loa mismos docomentOBqne ha remitido, es pre- 
nso qoe sean majores en lo qne no se h« probado 
tn ü expediente. 

El Consejo ha visto qne casi todos los caaos tie- 
nes diferente semblante qae el que se les ha dado 
en la representación del reverendo Obispo. Tam- 
bién ha visto el Consejo que para haber de llenar 
eriía praebas , ha aido menester recurrir i oasoa qne 
tieoen sn origen en los afios de 1747 y 1749, á el 
tiempo de la vacante del obispado, y i otros mny 
uteriorea en algnnoe afloa á I» repreaentacion. 

Teda eato qnerría decir poco, si en los mismos 
caeos no se viese la facilidad ooo qne han sido atro- 
pelladas Isa justicias reales, oompareoidaa perso- 
nslmente i loa tribunales eoleeiiaticos, y conmina- 
dee «i declaradas en las cenenraa de la bal» I» ama 
Dntai. 

La comparecencia personal de las justicias debe 
conteMna y pide on gran remedio. La real joris- 
dici'oo j sn ejercicio pierden sn avtoridad, j se per- 
jiulic* mucho á los vasallos oon este modo de eus- 
tiitciar loa pleitos 6 recorsos de inmunidad ó com- 
petencia de jnriadicion. 

A este fin parece á el Fiscal se eacriban acorda- 
des á loe reverendos obispos y demae prelados, para 
qat Be abstengan de molestar i las justicias con ee- 
mejanlea comparendos, y procedas en los casos de 
inmunidad, oompetenoia de jorísdicion ú exceso 
de lu miamas justioioa conforme á derecho, y pre- 
cediendo la correspondiente aodiencia, y que den 
cuenta é au majeatad , á el Consejo ó á la Audiencia 
í cliancillerla del territorio, de cualquier agravio 
i exceso qne merezca personal castigo, con la jus- 
tificación oeceearia, para que en caso de ser pre- 
dea alguna demoBtracion, se proven de remedio, y 
á Is administración de justicia en el pueblo en qne 
ocurriere el exceso ; sobre que se hará particular 
encargo á los tribuualea superiores de cada terri- 
torio, para que no permitan contravención algnna. 

Por lo qne mira ¿la declaración de censuras, 
Mti también juato encargar en la acordada á los 
jueces edeúásticos procedan con la eobriedad , for- 
malidad y circunspección qne manda ol concilio de 
Tnfflto. 

T en cnanto i usar de las censuras de la bula Zfl 
anw Donini, oonvendria abreviar la vista y resolu- 
ción del expediente que sobre este punto esti for- 
mado en el Consejo, como el Fiscal tiene entendido. 

En ocasión qne san Fio V quiso publicar aquella 



OBISPO DE CUENCA. 87 

bula en Espafia, se opnso el sefior Felipe H, pasan- 
do tan fuertes oficios por medio de don Luis da 
Beqnesens, su embajador en Boma, que el Santo 
Padre hubo de ceder. 

En Francia, Alemania, Venecia, los estados del 
aríobispo elector de Maguncia, y casi toda la Eu- 
ropa, se opusieron también loa príncipes á la pu- 
blicación. 

La ley del reino manifiesta el ímpetu y medios 
impropios con qne se intentaba publicar la bula, y 
amique algunos autores digan que sólo está supli- 
cada en cnanto á fuerzas y retenciones, la verdad 
es, que jamas se ha permitido su publicación so- 
lemne, y que son tantos loa puntos en qne ofendo 
la potestad real , que todo bueno y celoso ministro, 
y aun simple vasallo, debe dolerse de los abusos y 
negligencias qne ha habido en este punto , y tra- 
bajar para su remedio por una estrecha obligación 
de conciencia, justicia y honor. 

Después pasa el reverendo Obispo i quejarse de 
qne en las Gaceta» y Iferewrío» se han impreso pro- 
pOBÍciones capciosas, equivocas, escandalosas y de- 
presivaa de la autoridad pontificia y eclesidstica, 
disimuladas con máximas contrarías i la religión 
y i el Estado, con noticias en parte falsas y teme- 
rarias ; y qne aunque ae ha prohibido por la Inqui- 
aicioD uno de estos Sftrcurioa, corren libremente 
otros, y algunos papeles públicos que contienen no- 
ticias de mucho escándalo y tratamientos injurio- 
sos á el instituto de la Compafiia, y poco favorables 
á otras religionea. 

Propone que aunque haya muchos eclesiástioos 
que niáa sirven de ruina qne de edificación, depende, 
máa qne de su número y riquezas, de la fragilidad 
humana; y que el modo de reprimir los abusos y 
renovar la disciplina es celebrar sfnodos diocesa- 
nos y provinciales, y aun alguno nacional, que pro- 
mueva la autoridad del Rey. 

Atribuye las desgracias de Espafia, quo recopila, 
en estos seis afios, á que los fiscales y ministros 
han buscado arbitrios para gravar el clero ; citando 
que el sefior Felipe IV pidi6 absolución á la santi- 
dad de Urbano VIII por haber cobrado algún tiem- 
po los millones sin bula. 

Recuerda á el Bey que habiéndole hecho creer 
lo que contiene la pragmática do 18 de Enero 
de 1762 sobre presentación de bulas, en que con 
errada inteligencia; dioe, se citaba una constitución 
de Benedicto XIV, no sólo la revocó ea majestad, 
sino que la mandó recoger. 

Y concluyo el reverendo Obispo con exhortado 
nee, manifestando que aunque empezó á escribir de 
su mano, le faé preciso valerse de su secretario, que 
era de toda satisfacción y secreto ; por lo que espera 
de la piedad del Boy que se dignará perdonarle. 

En cuanto á las noticias de Qaceia* y Mercttriot, 
podían haber avisado á el reverendo Obispo los qne 
lo hubieren suministrado las especies, qua el queso 



EL CONDE DE FLOBIDABLANCA. 



reoogitt, fttí detenido de urden de su toajeaUd, cayik 
leligion y piedad hizo 1& democtmoioa do mudar 
de tradactor, inapendiendo U pensión qti« gocaba 
el que acaso inocentemaDte redaje á nuestro idio- 
ma el MeiiMrio de la Hikjra. 

Ésta es la conducta de nuestro monarca 7 su go- 
bierno por el descuido con qne se tradujeron las 
controTereias que saben todos hubo entre el santo 
papa Gregorio Vil y el emperador Enrique III, 
aceros de pantos que sin dada herían la potestad 
temporal. Ast se maneja el religiosísimo Cirios III, 
para evitar toda censura y iun 1* menor sombra de 
tibieza hacia el respeto de los papas en materias en 
que puede interesarse la soberanía. 

Las demás proposiciones de GaceUu y ifereurior, 
y algunos papetM públicos qae generalmente cita 
y censura el reverendo Obispo, no se pueden exa- 
minar sin sellalarse eapecíSoament«. Las noticias 
histéricas, como sean de hechos públicos, instruyen 
é interesan á todos los hombrea, y con sa narración 
DO se puede causar injuria á nadie. 

La historia del Evangelio y de la Iglesia, no sólo 
es historia de las virtudes y de los progresos de la 
religión, sino de las caldas de los mayores santos^ 
de las herejías y de los des&denes en todos los es- 
tados. El escándalo nace muchas veces en el cora- 
zón de los que leen, sin culpa de los que escriben. 

Lo que conviene es, que las noticias públicas se 
divulguen sin falsedad y sin sátira; y en esto bien 
se ve y M notorio que el Gobierno va tomando todas 
las precauciones. | Ojalá que los papeles sediciosos, 
coplas y otras declamaciones contra el Gobierno , 
ánn desde puestos muy sagrados, se hubiesen con- 
tenido por los que deben tener delante de si el es- 
píritu de snbordinacion y caridad que manda nues- 
tra santísima religión , y que se halla tan recomen- 
dado en los libres canónicos y en los santos doc- 
tores de la Iglesia 1 

Bien reconoce el reverendo Obispo que hay ecle- 
siásticos qoe más sirven de ruina que de edifica- 
ción. No es de extrafiar, porque en todos tiempos 
ha sucedido lo mismo, sin qne, por tanto, deje de 
merecer toda nuestra veneración la dignidad de su 
estado y la vida ejemplar de muchos qne han ilus- 
trado la Iglesia y la nación. 

Pero si el reverendo Obispo atribuye con razón 
& la fragilidad hamana las faltas de algunos indi- 
viduos del clero, ¿por qcé no imputará á el mismo 
principio los des6rdenes del estado secular? ¿Acaso 
para qne haya excesos y desórdenes es preciso que 
exista nn pripcipio de persecución hacia tos ecle- 
siásticos? ¿Ni será imperfección del Gobierno la 
conducta reprensible de tmo ú otro ministro in- 

Si el reverendo Obispo cree renovar la disciplina 
con los sínodos, debe esforzarse á promoverlos por 
si y con sus hermanos en el ministerio pastoral. El 
nnto ooncllio de Trsnto previene el modo y tiem- 



[Ki de celebrarse, y los seSores reyes dé Espftte le 
han acordado su proteecioa y decretado la obaer- 

Bajo de este supuesto , estima e) Fiscal qne va 
este punto puede su majestad desde luego excitar 
la celebración de sínodos, en conformidad de lo 
dispuesto por el santo concilio ; pero será justo qne 
los prelados escuchen las insinuaciones del Prin- 
cipal y QIO **i re^' autoridad intervenga por los 
medios corespond lentes para proteger la tranquili- 
dad de estas asambleas y evitar incoDveniento ; 
siguiendo el ejemplo de lo que practicaron sieonpte 
los sínodos ecum^icoa, y los nacionales y provin- 
ciales de EspaQa, «n cuya convocación y d«cisio- 
nes tuvieron tanta parte los gloriosos reyes de esta 
monarquía, como consta de sus actas y contextos. 

Las desgracias de Bspatla en estos afios, que el 
reverendo Obispo atribuye á los arbitrios buscados 
por los fiscales para gravar al clero, pToced«ii sin 
duda de cansas moy distintas. Ya se ha visto que 
los fiscales no han buscado tales arbitrios, ni re- 
sulta que se haya impuesto á el clero gravámm 
nuevo alguno. 

Las gracias de excusado y novales, y sus últimas 
prorogaciouee, pactos del concordato y reglas de 
su ejecución , son muy anteriores á el anuble go- 
bierno ds nuestro monarca actual. 

La ley de amortiíacion estuvo en uso en tiampo 
de san Femando, como lo da por constante el auto 
acordado ; y el mismo reverendo Obispo reconoce y 
pondera las felicidades temporales de la mon«rquía 
en tiempo de aquel glorioso principe. 

La presentación de las Inilas de Boma púa su 
reconocimieoto , que también nota e) reverendo 
Obispo, se decretó en Eqiafis en el felicíaiino rei- 
nado de los seSores Beyes Católicos, sin qne por 
esto dejasen de ser los restauradores ide la neoion 
y de su gloria. 

Es de notar cuál fué el motivo de aquella reso- 
lución , quién la promovió y por quién se decreta. 

El motivo fné haber ohteiñdo bula un oanónigo 
de Avila para que re le hiciese presente en las ho- 
ras canónicss, ganando los distribuciones en msen- 
cia. Compárese esta causal con la grandeza y gra- 
vedad de las qne tuvo nuestro Bey, y representó 
el Consetjo casi con uniformidad sustancial , en la 
consulta que precedió á la Última pragmática. 

Quien excitó aquella resolución antigua fod el 
cardenal fray Francisco Jiménez de Cisneros, el 
mayor y más excelente varón que ha conocido el 
ministerio de los principes ; dechado de religioaos, 
de prelados y de ministres. 

«Opúsose Jiménez (así lo cuenta Albar Oomev, 
ilustre historiador de aqnel oardenal y honor del 
colegio de Alcalá) á la ejecución de la bula, y es- 
cribió á el Rey los inconvenientes que habían de 
provenir de ella si con tiempo no se precavían. 
Entonces, pues, n expidieron letras regios, mi qne 



EXPEDIENTE DEL 
te mudiS ¿ los prefectos ó jnuticias de laa cindadeH 
qne los-diploroas que te trajesen de Roma se re~ 
mitieBen á el supremo tribimal del Rej.s 

Quien decreta cstAS provideiicías iné Femando 
el Católico, principe el mis afortunado, más roli- 
gioao y más cabal qne han conocido aquel j mn- 
chos siglos. 

Ko se diga, i vista de tales ejemplos, que m hico 
creer al Rey to que contiene la pragmitica. Este 
modo de explicarse la representación ofreoeria 
modios diacorsos si lae soberanas luces del Rej 7 
la integridad de so Consejo no fueeeD tan patentes 
á la vista despejada de los qne eon verdaderamente 
sabios, fieles y bien intencionados. 

La pragmática no se revocó, ni cualquiera equi- 
vocación accidental destrabe la bondad sustancial 
dssn decisión. Hncho convendría que sn majestad 
declarase eos intencionas en este pnnto, como se 
dignd ofrecer ; porque ciertamente es uno de los 
mis importantes i la disciplina ecleaüstioa, su 
eostodia j la preservación del estado temporal. 

Asi que, no parece conducente la especie qne pro- 
pone el reverendo Obispo sobre la oobrauta de los 
mSlonee ña bala , que praotioi el seOor Felipe IV, 
j la sbeolucion que cita concedida por la santidad 
de Urbano VIH. A este hecho se daria toda la sa- 
tiiUccion necesaria, ai fuese del caso, aunque ya 
la diaron en an tiempo loa doctos ministros del 
Guuejo de Hacienda, don Andrés de RíaAo y dM) 
Antonio de Castro , con fundamentos que tienen 
poca respueets. 

Por lo mismo es también iucondnceote el memo- 
ria] 6 manifiesto por la inmunidad eclesiástica, que 
«¡a aquel motivo escribió el venerable prelado don 
Juan de Palafos, de qne se hace mención en laa 
representacJMies del reverendo Obispo. 

Porque el Bey nuestro seDor no ha cobrado mi- 
llenaa , escuaado, novales , contribuciones de manos 
muertas, ni otra alguna, sin bulas ; y siendo esto 
evidente, en nada pueden conducir aquellas espe- 
cie*, como no sea [tara levantar algún vapor, que 
ofusque la vista de los que carecen da perspicacia. 
Finalmente, sí lae deagraoias de España depen- 
diesen de los contribuciones del clero, nunca hu- 
biera sido feliz, porqae éste siempre ha concurrido 
i las necesidades del Estado. Y no fué menos glo- 
ríoeala nación cuando, sin preceder bulas, se esfor- 
saba el celo y patriotismo del clero á socorrer i sus 
monarcas, y cuando éstos hacían loyea á su arbi- 
trio para se&alar los términos de las exenciones y 
de los gravámenes. - 

La verdadera piedad es útil y necesaria á los 
estados. La fariaaica y supersticiosa es el mayor 
dafio qne pueden experimentar. La joatioia admi- 
nistrada con integridad y fortaleza, la subordina- 
ción de todos los subditos, la elección para los 
empleos, sin excepción de personas ni partidos, y 
el castigo de oialoa miuistroH y generales ineptos, 



OBISPO DE CUENCA. 89 

serán los medios de qna en pa> y guerra prospere 
la monarquía. 

Ahora resta reflexionar gi resulta de todo el oom- 
plejo de las quejas del reverendo Obispo, y hechos 
en que se hau apoyado, el argumento de obra qne 
propuso en su representación. Resta igualmente 
saber si el secreto con que dice haber procedido el 
reverendo Obispo, y qne recomienda «n su secre- 
tario, de quien ae valió para extender la represen- 
tación, ha producido los efectoa que debiau es- 
perarse. 

Bl compendio ó argumento de la r^rssentaoion 
fué, que la Iglesia estaba taqueada en $u* biemt, ul- 
tnyada en lus miaiitroB y atropellada en tu inma- 
aüiad. ¿Quién creería que proposiciones tan fuer- 
tes, tan duras no se fundasen sobre hechos crue- 
les, violentos, impíos y casi inauditos? ¿Quiín uo 
recelaría, á vista de exclamaciones tan terribles, 
«[ue en estos aDos podían haber resucitado los Ne- 
rones, los Dioclecianos, los Decios, los Witizas? 
¿Podía acaso decirse más de un Enrique VIII de 
Inglaterra, ni de otros gobiernos, que llenaron el 
colmo.de la impiedad? 

Sin embargo, Be,acaba de ver que la Iglesia está 
laqueada en tm bienet, porque el Bey ha usado da 
la facultad, quo le conceden laa bulas apostólicas, 
para administrar la gracia del excusado, concedida 
en pequelia recompensa de innumerables dispendioa 
y gravámenes de la corona, sufridos en obsequio 
delalgleaia romana y de la religión. 

Porque para esta administración , y evitar todo 
perjuicio, ae han ordenado instrucciones, formado 
juntas y oreado tribunales, compuestos de minis- 
tros y personas eclesiáeticas, que aparten todo re- 
celo del menor exceao. 

Porqueel Rey ha contribuido ¿ cerca de mil con 
grúas de párrocos y otros b«ieflciadoe é iglesias, 
abriendo la puerta de su paternal corazón á todos 
los que han querido acudir á él é implorar bu real 
clemencia. 

Porque.finalmente.lapiedaddalReyBeha pres- 
tado á oir al estado eclesiástico para concordar el 
excusado, expidiendo, deapues que estaba para sa- 
lir esta respuesta, y casi extendida, el real decreto, 
publicado en el Consejo, para qne, finalizado el 
actual arrendamiento, sean admitidas á concordia 
las iglesiae de estos reinos. 

Está la Iglesia eaqueada en tu* bienet, porque se 
intentaron ejecutar las bulas ooncedidas á el Rey, 
(lo los diezmos, novales y de nnovoe regadíos. 

Porque luego quo llegaron al Bey los clamores 
de algunas iglesias acerca de los agravios que se 
cometían en la ejecución, iormñ una junta de mi- 
nistros doctos y algunos eclesiásticos para exami- 
narlos, y no sólo mandó que se repusiese lo ejecu- 
tado, sino que snapendió usar aun de sus legítimos 
derechos. 

Saqueada en mu búMt, sa dice quaeit<Ua4gI^J«i 



EL CONDE DE FLOBIDIBLANOA. 



porque tin oonoordato hecho oon la Sonta Sede 
•n 1737, y deseado ejecntar por los BeBorea reyes 
Felipe y f Femando TI , de caya irdan ae fonna- 
lOD initmccionefl , ao ha intentado llevar á efecto 
con algnn vigor, annqna no han bastado eafuerzoa 
para conseguirlo, cabalmente deapues de treinta 
afioa. 

Porque ae ha mandado examinar á el Coneejo 
Snpreíoo de eatos reinoa ai era conveniente y jneta 
la ley impeditiva de la amortixacíon, sinqaa hasta 
ahor» lo haya resuelto >a majeatad, por mia que 
cada dta ae Tea en el mismo Consejo que no ceaan 
loa recnraos y las quejas de adquisiciones de ma- 
nos muertas. 

La Ig;leeiaeBti ultrqfadaentatm{nitlro$,porqaB 
se inclayd en los sorteos de una quinta i nn músico 
y dos monaguillos, y porque se puso en prisión á 
un tonsurado travieso y díscolo, que más que pro- 
bablemente no debia gozar del privilegio del fue- 
ro, conforme i el santo concilio de Trento. 

Porque unos alcaldes inclnyeron, con ignoran- 
cia, los bienes de algunos olérigos en las contri- 
buciones del concordato , y el Oons^o de Hacienda 
lo mandó reformar. 

£!sti la Iglesia airopeliacki «n i» inmvnidad, por- 
que se han sa(»do un desertor y otro reo de los 
templos, con annenoia del cura, que dijo no goiar 
de inmunidad. 

Porque en las gravísimas calamidades que ha 
padecido el reino en U repetición de aflos estéri- 
les, ha obligado la necesidad, 6 el ooncepto 6 fija 
persuaaion de ella, ibuscarel'auxilio de granos de 
los eclesiásticos y de sdb caballerías para las con- 
ducciones. 

Porqne á este fin se di6 una urden, qne legró sus- 
pender el reverendo Obispo, reformándose después 
en los recunoi del reino de Valencia. 

T finalmente , porqne ana i otra justicia ,^ ú por 
ignorancia, ó por estrechez, 6 por malicia, no baya 
observado todas las formalidades , ó haya cometido 
sigan desorden imposible de precaver absolnts- 
mente mientras que hnbiere mundo. 

¿No es esto lo que resulta del expediente regis- 
trado con tranquilidad de ánimo y sin preocupa- 
ción 7 Pues ¿ dónde están los saqueos , los ultrajes y 
Ice atropellsmientos qne se exageran? ¿Dónde las 
nuevas imposiciones y loa arbitrios inventados por 
los fiscales para gravar al clero? Ni ¿en qud se 
fundan los vaticinios de las desgracias de EspalLa 
7 su minaT 

¿Son éstos los motivos por que debia negarse la 
absolución á el Bey, según lo que manifiesta la 
carta del reverendo Obispo i el padre confesor ? 
¿Son todas éstas las pruebas de qne el Bey ha es- 
tado en tinieblas y con los oidos tapados á pie- 
dra y lodo? ¿T es por esto por lo que se dice qne 
BU majestad ha estado en peor situación qne el im- 
plo reiy Aohab 7 ¿ Asi se trata á un monarca justo, 



religioso y piadoaísimo? ¿Qué es lo qne el Bey no 
ha mandado examinar escrupulosamente , ni lo que 
se ha ocultado á sn soberanía ? 

¿Son éstos también loa motivos por qne se habe- 
cbo el nombre del padre confesor mis aborrecible 
que el de Squilace, como at explica el reverendo 
Obispo ? ¿ Será porque en el excusado estuvo el pa- 
dre confesor haciendo oficios, no sólo de protector, 
sino de agente de las iglesias para que se concor- 
dasen, como resulta délos menudos pasajes quo 
refiere el informe hecho á los fiscales por uno de 
los doctorales de Toledo? 

¿ Será porque el padre confesor dio su dictamen 
para libertar de tas conducciones de granos á loa 
eclesiásticos del reino de Valencia, contra la con- 
anlta del Conseje de Hacienda, fundada en aqua- 
lloe fueros? 

Pero, sea como quiera, ya el Bey vio aquella 
carta escrita á el padre confesor, que tuvo la f or- 
taleea nada común de presentársela. Ya el Bey, no 
sólo toleró BUS expreaionos, aino que, inflamado bd 
real corazón del amor y rendimiento que profesa á 
la Iglesia y ana aagradoB derechoa , escribió á «1 
reverendo Obiapo para qne libremente y cou santa 
ingenuidad explicase los agravios, las faltas de 
piedad y religión, y los perjuicios que sn gobierno 
hubiese causado i la Iglesia. 

Esta carta de Carlos III el Piadoso será á todos 
los siglos el monumento más auténtico de sn gran- 
deea de alma , del amor á aua vasalloa y de sos rea- 
les y excelsas virtudes. 

No sólo lleva ¿ bien el mayor rey de la tierra 
que un vasallo le reconvenga con los desaciertos y 
desgracias que atribuye á su gobierno, sino que s« 
franquea á escucharle más y más todo lo qne le 
diga libremente, descubriéndole la inimitable dis- 
posición de sus piadosfsimas intenciones 

« Os aseguro ( dice oon palabras de oro nuestro 
amabilísimo Bey) qne todas lasdosgraoias del mun- 
do que pudieran sucederme serian menos sensibles 
á mi corazón qne la infelicidad de mis vasallos, que 
Dios me ha encomendado, á quienes amo como á 
hijos, y nada anhelo con mayor ansia quo su bien, 
alivio y consuelo ; pero sobre todo, lo que más me 
aflige es, que digáis á mi confesor que en mis ca- 
tólicos dominios padece persecución la Iglesia, sa- 
queada en sus bienes , ultrajada en sus ministros y 
atropellada en sn inmunidad. He precio de hijo 
primogénito de tan santa y buena madre. De nin- 
gún timbre hago más gloria que de Católico. Ettof/ 
pronto á derramar la laagrt de mU oeaatpor tnatt- 
tenerlo.» 

No se puede proseguir ein lágrimas la narración 
de nn p^el qne bsrá siempre el honor y la gloria 
del mejor de los reyes. 

¿Podría esperarse, avista de tan slngulu demos- 
tración, que se abnsase de la confianza y bondad 
del Soberano 7 ¿ Que no sólo se diese el infonne oon 



EXPEDIENTE DEL 
igui dann que U primera carta , eino que se diese 
logar á que le esparciesen por el mundo nnaa ra- 
prNentacionee qae culpan 7 acriminan con tanto 
ardor el gobierno del Be; y sas miniatros? 

La pnbliciil&d de estos papeles es nn hecho no* 
torio. El Fiscal tiene entendido qae se han remi- 
tido á U oórte de Roma , j no eeri extrafio qne tam- 
bioD bajan pasado i otraa cartea. 

¿Qné idea formarán de onestro gobierno los in- 
cautos, loe Ignorantes , loa mal iotencionados, cuan- 
do xean hablará an obispo eapaSol, de bastante 
<^ÍDÍan , en el tono qae manifiestan sns represen- 
tMtonee 7 cartas ? 

j Era éste el secreto 7 satiefacion qae el reve- 
rtodo Obispo praponia en su representación y que 
npeiaba de las personas de su conHanza? 

Apenas se hacian creibles al Fiscal que respon- 
de, estos hechos, cuando los ha sabido j tocado. 
Pero ello es que la exfreriencia ha ensefiado al qae 
responde, qne im como fuere, se ha faltado ¿ la 
confiauxa del Prfnoipo; que en tiempos peligrosos 
; tubnlentofl ee han divulgado unos papeles que 
sdlo podían servir de encender el fuego de una se- 
dioioQ, si loe vasallos del Rej no estuvieran tan 
experimentados y no fuesen tan amantes de su dal- 
es j suave gobierno ; que en las cortes extranjeras 
Hlualeido estas declamaciones contra el gobierno 
espiflri, 7 qae tal ves se hará prenda de sos ez- 
praiioiies, por más qae se bajan fundado ea hechos 
eqoÍTOCsdas. 

Todo esto olama por ana satisf ación pública, ün 
HDto anobispo de Lima, que tuvo la facilidad de 
atoribir á Roma sin bastante examen, qae tomaban 
posesión de Indias antes de llegar las bulas ; qoe 
n le impedia visitar los hospitales 7 fábricas, 7 
que 00 tenia de donde sustentar el colegio semi- 
urio, faé comparecido y reprendido severamente 
es el aooerdo de la real Audiencia, de drden de Fe- 
lipe II el Prudente. 

Bou dignas de copiarse Isa palabras de la real 
«dnla de aquel monarca, expedida en 29 de Majo 
ie 1593, dirigida al Vire7 del Perú. 

(Para corrección (ari dice) del Arzobispo 7 ^em- 
pb á los otros prelados , porque es bien que sepa j 
entienda la figura con que se ha tomado su deter- 
aoueioii, hamaríitd llamar ai Acuerdo, ]/eaprt- 
tKiadé la AvdieHeia y lu* miniíirot , le daréis á 
■otender cuan indigna cosa ha sido & sa estado j 
ptoftaion haber escrito á Roma cosas semejantes... 
T entendido todo esto, le diréis asimismo qne si 
bien es verdad que fuera justo mandalle llamar á 
■ni o&te para que se tratara de este negocio más de 
propjsito, 6 se hioiera en el caso una gran demos- 
tndon , cual la pide sn exceso, lo he dejado, por lo 
que tu iglesia 7 ovejas podrán sentir en tan larga 
uuencia de su prelado. Pero qne debe sentir mn- 
tfao que sa mal proceder ha7a obligado á satisfa- 
K en Boma, con tanta mengua de su autoridad é 



OBISPO DS CtTENCA. 41 

nota en la eleceion que 70 hice de sn p&soBs, pues 
se deja entender ¡o qttt i« podrá decir y jmgar é« 
rdado» tan incierta, y esto <n fute» ha rtcibido de 
itiftantat mercedety honrat.11 

Otro obispo muj docto refiere este beoho, 7 sin 
embargo de que elogia, con razón, las eminentes 
virtudes del arzobispo reprendido, confiesa que no 
tuvo düeulpa de haber eterüo antee de tener haeUmU 
noticia de la materia, en que padeció muchas equi- 
vocaciones. 

No encuentra el Fiscal comparación entre aquel 
easo y la gravedad del actual. Por lo mismo ape- 
nas baila demostración adaptable á las oirouns- 

Sin Mnbargo, la piedad del Rej, major de lo 
que puede ponderarse,7ladignidsddel Obispo, re- 
ducen al Fiscal á pedir qoe el Cousejo consalte á 
BU majestad qne este prelado debe dar una satie- 
facion publica, seflaláadola tal, que pueda preca- 
ver 7 reparar las consecuencias. 

En lo demás respectivo á los puntos que contie- 
ne la representación del reverendo Obispa, deja el 
Fiscal expuesto sepusdamente en cada uno el dic- 
tamen qne ha formado, 7 lo que se puede resotvM, 
7 asi podrá el Consejo coosultaTlo, ó como tuviere 
por mis justo. Madrid, 12 de Abril de 1767. 

Alegamo» deífiteal don Pedro Sodriguti 
Campománet. 

El fiscal de lo civil, don Pedro Rodrígnsa Cam- 
pománes, ha reconocido este expediente informati- 
vo, remitido al Consejo, en real Arden de 10 de Ju- 
nio del afio pasado, para que sobre el contenido ds 
las representaciones del reverendo obispo de Cuen- 
ca, don Isidro de Carvajal 7 Lancáster, consulta á 
su mtqestad lo qne se 1« ofreciere j pareciere ; 7 
dice que pasado á los fiscales, pidieron, en sn res- 
puesta de 19 de Noviembre, las diligencias qne 
oonsideraron oportunas para la debida instrucción, 
que oon efecto se han ido poniendo sucesivamente 
en dicho expediente, cumpliendo con el encargo 
qoe su majestad hace al Consejo de sn detenido 7 
serio examen, 7 lo qae exige del celo fiscal nn ne- 
gocio de tanta gravedad 7 oonsecaencias para lo 
venidero, 7 de que no haj templar, atendidas las 
oirounstanoías. El por si solo suministra un concep- 
to cabal, 6 sea retrato, del abatimiento en que sa 
tenia á la sazón á la autoridad civil , 7 del riesgo á 
qne ha estado expuesta, si la Providencia hubiese 
abandonado la nación , 7 no hubiese en ella varo- 
nes fuertes 7 nn re7 magnánimo 6 ilustrado. 

Unohot son los especies que comprenden las re* 
presentaciones del reverendo Obispo, de 16 de Abril 
7 23 de Ha70 del afio pasado; 7 como so haoe car- 
go de ellas el sefior fiscal de lo criminal, don Josef 
Hofiino, se dispensará el Fiscal que responde, de 



42 



SL CONDB DE FLORIDABLANCA. 



MBo Be refiere al tenor misroo de las representecío- 
nes, qae deben leerse á la letra en el Consejo, j & 
enanto fondadamente expone mi compaSero, con la 
claridad y orden qne le eon tan familiares. 

Todos los Ttsallos de aa majestad tieoen la acción 
popular de representar al trono enaato orean con- 
dncente al bien de la patria, á la recta administra- 
ción de la justicia 7 ápromover la felicidad públi- 
ca, procediendo con la otnceridad, verdad, mode- 
ración 7 oportonidad qne exige el Príncipe sobera- 
no, á qnien el aeflor don Alonso el Sabio, en sus le- 
jea de Partida, llama Vicario de Dio* en lo tempo- 
ral ; paes por Btt divina disposición reina, gobierna 
á los pncblos, j tiene á sn cargo la protección de la 
Iglesia j da sns ministros, para qne se arreglen á 
la sana disciplina, no debiendo responder en la 
tierra -á potestad alguna de su conducta como rey. 

La *i»»ttridad debe consistir en que los fines de 
laa reprsMntaoionei no conspiren á hacer tal vez 
odiosa, con pretexto de celo, la ántoridad pública 
de los que gobiernan ; porqoe, i la verdad, ei se der- 
raman en el pueblo, j se remiten fuera del reino 
tales r^resestac iones, como ha sucedido con laa 
del reverendo Obispo de Cuenca, más bien se pue- 
de decir qne el objeto de escribírlsa se encaminó 6. 
desacreditar al Soberano y su miniaterio, que k avi- 
sarle de ans pretendidos defectos. 

Aun entre particulares aconsejan tas divinas le- 
tras, y aun la buena crianza, se proceda por amo- 
nestacioD y corrección fraterna, quedando ésta re- 
servada entre los labios del qne prouuncia y los 
oidos del que la eeoucha; porque, si en lugar de 
guardarla en secreto, la propala el qne amonesta, se 
infiere con claridad que el objeto es el descrédito 
del prójimo con apariencias de aviso y de exhor- 
tación. 

No ignora el reverendo Obispo que sns papelea 
■e han confiado á personas psrtioDlarM, que se han 
sacado copias de ellos, y qne entre otroe parajes se 
han remitido á Roma. El Oofaiemo tiene pruebas 
en mano de «eta verdad , de que ea fiel depositario 
el se&or Presidente del Consejo ; y aunque el Fis- 
cal hubiera podido hacerlo constar plenamente, lo 
faa BBBpendido por no implicar á lonchos, reserván- 
dose en Mta parte al Miniaterio el uso qne con- 
venga hacer de dichas proebaa. 

¿Qué podia producir eate cúmnlo de agravio* 
que pretende el reverendo Obispo de Cuenca pade- 
ce el estado eclesiástico en Espsfía, divulgándose 
en el reino, sino presentar en el aspecto m¿4 horri- 
ble á la sagrada persona de su majestad, suponien- 
do á im rey tan penetrante, falto de diacernimien- 
to, motejando á su confesor en la parte más sensi- 
ble de sn encargo, y á los ministros de justicia y 
gobierno como violadores del aantnarío, en un 
tiempo en que loa jesnitaa estaban divulgando 
por el reino una infinidad de impresos anónimos y 
eepeoiea que oonstemaban la piedad de la nactoo, 



abasando de ella loa inoeadiarios, que escribíiut y 
divulgaban estas detestables prodaociones, oomo 
instrumento de ornas rairas bien ajanas de la ainco- 
ridad del sacerdooio? 

Que en cada caso representase el reverendo Obis- 
po lo qne creyese ser oonveniente respecto al clero 
de su diócesis, hubiera sido santo, bueno y-oonT*- 
niente; porque encontrarla, 6 resoluoi^ adeonada 
á sus instancias, si ellas lo eran en st mismaa , 6 una 
prueba, en laa repulsas, de no haber sido atBndido 
ni escuchado de aquellos tribunales y ministros , í 
quienes correspondía proveer sobre los talas recar- 
Boe, y con justificación podia quejarse al Rey da la 
omisión de cualquier ministro, sin salir de loa H- 
mites de bus instancias, & de los hechos que twie- 
se bien averiguados por oondnctoB no vtciadoa. 

Pero excitar voluntar i aAente una declamación 
general, nada menos que deede el gosoao adveni- 
miento del Rey al trono, impngnandocnantas pro- 
videncias ha tomado el Qobiemo desde entiSnces, 
pintándolas con los colores más negros, no iacnm- 
biéndole en mucha parte directa ni Indirectamente . 
BU inspección , ¿ qné otro efecto podia esperar al re- 
vereodo Obispo de su publicación, sino consternar 
los ánimos, hacer aborrecible la autoridad real, y 
comprometer la curia romana con el Oobiemo, me- 
díante las especies alteradas qne habrá laida «n fatt 
cartasé informes del Obispo? ¿cómo podría su San- 
tidad oir sin amargura especies tan congojoaas, si 
fuesen verdaderas? 

. El Fiscal, por mis reflexiones que haga ¿ favor 
del reverendo Obispo , ao puede persuadirse qvu sea 
sincera su conducta, ni ajostadaálos preceptos del 
Evangelio, qne enaefla á respetar al César, ni i loi 
del Decálogo, que encargan mach&se abstengan loa 
fieles de manchar la honra de sus prójimos, tntía- 
dolescomo quisioran ser tratados de ellos. 

¿Teudria por sincera el reverendo Obispa una 
representación al Gobierno de un eclesiástico, y 
mucho menos de un seglar, qtte, sin haber explicá- 
doae antea con aquel prelado, sindioaae toda sm 
conducta desde que entró en el obispado d« Cuen- 
ca , atribuyendo á poca atención tuya los drfeoto* 
del clero, y le arguyese de tenerlo tiranisado, por 
dejarse llevar de sus provÍBores, secretarios, ^m>- 
gados de cámara y condiscEpulos ? 

Aun cuando esto fuese probable, tendría motivo 
el reverendo Obispo para decir qne nna semejaate 
declamación se debía tratar como libelo famoso, y 
castigar severamente á su autor con las penas que 
tas leyes tieD«) establecidas contra los calumnian- 
tes é impostores, porque le infamaba á él y á sos su- 
balternos, haciéndole despreciable delante de ans 
parroquianos. So buena fe , que no miraría como 
sincera y dictada por un verdadero celo semejante 
delación, aun cuando en los hechos bubieae algu- 
nos ciertos. Hasta nn san Pablo estimaba en tanto 
la honra, qne la prateda alarida, y sMnqw saati^ 

lmi,.-. ..Google 



EXPKDIBNTE DEL 
M qatao "íer jaxgmáo de on juez de provincia, y 
■pelé al jnicio del CéBw, por uo faltarse al decoro 
qoe aa Bacimiento le inspiraba. 

¿Cree ef Obispo de Cnenca que so Bey y el mi- 
nMerío «nperior de la naoion están mjetoa i lacen- 
auca pública que qniera imprimir de sa conducta en 
kiaininios de laa ^ntei? ¿Tan apartado «e halla 
del trato de gentes, qae no previú el extravio de 
MU intentos ? 

U¡ verdad de las representaciones del rarerendo 
Obñ^ debia ser otro principio sobre qne descan- 
UMD sae refiexiones. No diida el Fiscal qne perso* 
ntlnente concurra en aquel prelado f an respetable 
cTrcDUttaneia ; pero no la encaentra en loa repre- 
■eotacionos qne de oficio so le han pasado, reduci- 
das á un agregado de especies inconexaa, dictadas, 
romo se veri , por personas de limitada inatrac- 
ciea, pero de nna aTersioD decidida contra el Go- 

Qdími baya reflexionado en mochas eapecies de 
lea tmaaltos del aBo pasado , y vea con atención el 
o^eto da estas representaciones, creerá con ver- 
dad ser mío mismo, y enoaminarss á la mutación 
ytrutono del Gobierno. Por desgracia, ee estaba 
caníbiendo en Caenca la primera carta dé 15 de 
Abril de 1766, dirigida al padre confesor, sobro laa 
ceniíuyllamaadel motín de aqoellacindad. Igna- 
1m i^ostoraa y alteración de eqiecies advierte el 
Píks) en boca de los amotinados y en las cartas 
deJObiqM, i ignal familiaridad en proferirlas; 
perqué, A la rerdad, en un ánimo respetoso y tran- 
quilo, ¿ cdmo podía caber la expresión qne hace al 
padre confesor so dieha carta de 16 de Abril, di- 
ejéadole á rostro firme laa siguientes palabras : Ba- 
himdo Begado el momhr» d» tutu al «Btrmto de dkU 
ai*mcibie gua ti d* BqMaetf 

¿Qué qniere decir la paradoja qne apoya con el 
cardenal Baronio, suponiendo al Rey como en cen- 
sara, y al padre confesor, qae le absolvis no obs- 
tmte? Como ai tuviese inspiración de las confesio- 
nes sacramentales de sn majeatad. 

La tácita apología por los regnlares de la Com- 
pi&U, Quejándose de qne la Gaceta y Mereurio» 
trsiao especies contrarias, qne llama d« la Igleña, 
HDqne no nombra á los rogalares, hacen ver el es- 
pirita qne anima la invectiva contra el confesor de 
sn majestad, puesto á qne tanto aspiraban aquellos 
regulares, para reponerse en nn universal predomi- 
nio, siendo en esta parte también idénticas las vo- 
cea de la carta del reverendo Obispo con las que 
se oyeron en los tnmnltos y leisn enlsasátirasmi- 
MTsblemente esparoidas en toda la inonarqnia, has- 
ta qne el Qobierno las prohibió, en su auto acorda- 
do de 14 de Abril dol aflo pasado, nn día antes qne 
escribiese la soya dicho prelado. 

Bl tema de sn conclusión es el signiettte ; «Los 
qne estamos, como loe israelitas, delapartedeafne- 
IB (el Obispo, aunque devoto, nunca se pone en el 



OBISPO DE CDENCA. 43 

peor paraje) vemos claramente (habla de laa pro- 
videncias del Gobierno) que es la persecución de 
la Iglaaia, saqueada en sus bienes , ultrajada en sus 
ministros y atropellnda en su inmunidad ; pero en 
la oórte nada se ve, porque f nlta la lus, y sin ella 
corren impnnes en Oaeetae y Merewioi, qne pueden 
leer los más rústicos, las blasfemias más execrables 
que vomita el abismo, por los enemigos de la santa 
Iglesia.. 

Gxplica en el informe de 24 deHayo, al pliego 10, 
la siguiente cláusula : oCorreD libremente los Jfer- 
euríoi, que contieocn noticias de mucho escándalo, 
con tratamientos injuriosos á la Santa Sede y al 
instituto de la CompaBia de Jeeus ; cuya tolerancia 
no puede dejar de ser perjudicial á la disciplina 
eclesiástica, ni de causar otras resultas en el reino.» 

La manifestación de heehos, enea verdadero 
sentido, está clara en la respuesta del seflor Fiscal 
de lo criminal, como habrá reconocido el Consejo; 
paesapénas hay alguno que no se halle alterado en 
los dos escritos de este prelado, 6 por m^sinteligen- 
cia suya, 6 por los malos informes con que abusa- 
ron de su credulidad los colaterales que le cercan. 
3éa>e uno ó otro, ai ahora se dosencsdenase el dis- 
ourso, acordando al Obispo el carácter de modera- 
«üm qne debe asistir á i»n prelado , y describe san 
Pablo, con el fin de qne ning^o de los s' 
de los ap{istoles ignore cuál dsbe ser si 
conducta, no mirarla con indiferencia el roverendo 
Obiqro de Cuenca sunejantos personalidades, Hs- 
llaria, con todo eso, contra st la desventaja de haber 
esgrimido voluntariamente, haciéndose acusador ds 
la conducta ds su Soberano y de las personas de sn 
más íntima confianza. 

El Fiscal se atendrá en este delicado expediente * 
A los hechos qne resulten probados, no intentando 
SBT creido sobre sn palabra ; ama la ingenuidad, y 
por esa rason , excusando cMneulaa abultadas , ex- 
pondrá sos reflexiones con el írden posible; no in- 
tentará jamas deducir consecuencias de anteceden- 
tes no fandados, método qne desearla en los que 
llevaron la pluma del reverendo Obispo. A fuerza 
de amontonar especies, procede el informe de 23 de 
Hayo, sin probar el asunto de que se habia hecho 
cargo el reverendo Obispo, oeSido á hacer caer en 
el padre confesor todo lo qne encuentra no satis- 
factorio al clero en e) ministerio, y á probar una 
completa persecución de la Iglesia. El asunto era 
ciertamente dífioil , y no se admira el Fiscal de que 
no se desempeñase, sino de la valentía con qne se 
propuso el Obispo de Cuenca tan eitrafia paradoja 
al tiempo mismo en que manes ocnHas, con pasqui- 
nes, querían mudar el copfeaonario y trastornar 
el gobierno; aaf, las primeras especies, que son la 
caita de 16 de Abril, todas se encaminaron contra 
sn majestad y contra sn confesor. 

Bien notoria es al Consejo, y aun á todo el reino, 
la mtmnnracion excitada con estas cartas del Obis- 



tí 



EL COKDE DE FLOBIDABLANCA. 



pode Cuenca, 7 lumalMimpreiiDneBqne de ellaa 
fio siguieron, asi por la facilidad que bt.j «a creer 
lo que se dice contra los que tienen la confianza dol 
Bef, pueiánn loa que obran muj bien no agra- 
dan itodoe, como porque el oarioter deun prelado, 
el distinguido nacimieato del de Cnenoa y la fama 
de an virtud eran motiToa todoe para creer qne ena 
representacioneB oeturíeaen llenaa de aviaos salu- 
dables y agravios ciertos, no pndiendD creerse ni 
caber en mente algnna que sin un gravísimo mo- 
tivo se acercase al trono á declarar la guerra abier- 
tamente A todo el Gobierno, con la eatiefacion de 
pintarlos á todos engafladofi, profanadores del san- 
taario 7 autores de proyectos contrarios al público 
beneficio; en una palabra, como enemigos de Dioa 
7 de los bombree. 

Hubiera en mucha parte el reverendo Obispo evi- 
tado el mal paeo en qae le poso la fuerza de su me- 
lancólica imaginación, baciíndose inalmir con más 
tiempo 7 exactitud de loe bechos, aconsejándose 
con personas sanas 7 e^ias más afectas á loa dere- 
cboa de la soberanía, los cuales ae tratan con muy 
poco decoro en estas cartas, 7 no se ven pruebas que 
disculpen un método tan contrarío i la aabordina- 
cion que se debe i la autoridad pública 7 á la mo- 
deración 7 urbanidad con que conviene tratar los 
negocios, ánn entre personas de condición inferior. 
Donde reside la ira 7 la aversión, ea incompatible 
lasincaridad ni la moderación. Reprima sos invecti- 
vas el Obispo, vuelva i releer con más serenidad 
sns cartas, 7 él mismo conocerá á qué ezceeos no 
conduce la preocupación en estas materíaa. ¿ Quiere 
booemos persuadir que para ser un prelado digno 
sea medio insultar con avilantes á los qne gobier- 
nan? Fácil seria deaempefiar nn puesto cuya prenda 
relevant« consistíese en Itaonjear su amor propio. 

li» oportunidad em que esto se divnigó no podia 
serpeor. El pueblo se hallaba conmovido enmncliaa 
partes , 7 no era la ciudad de Cuenca la más quieta. 
Allí pudo el reverendo Obispo haber empleado toda 
la vehemencia de BUS discursos para contener aque- 
llos miserables plebeyos qae gritaron en el tumulto, 
maltrataron injustamente las casas del depositario 
del pósito, don Pedro de la Hiruela, 7 se atrajeron 
el castigo ejecutado en las cabezas de motín, con- 
forme á la templada ejecutoria del Consejo, pro- 
Dunciada en aquella causa, obligando á los jueces 
á qne diesen los abastos á un vil precio, conpérdi- 
da inmensa de los cándales comoncs. 

Entonces sí que un prelado celoso, dejándose ver 
en el público, podia proteger al pueblo inocente 
contralos tumultuantes fanáticos, que hablan pues- 
to en estado de ludibrio 7 escarnio las justicias 
que en nombre del Re7 regían aquella ciudad, 
obligándolas á su antojo A cuanto su capricho les 
dictaba. Nadado estose vid en el discurso de aquel 
motín, CU70S sucasoB constan menudamente al Con- 



Todos los esfuerzos del reverendo Obispo se «o- 
caminaron en aquella coyuntnra á solicitar el in- 
dulto de los amotinados, conspirando en tribunal 
eolesiástico ¿ la impunidad por medio de una in- 
munidad fria y figurada á favor de uno de loa prin- 
cipales reos visibles, que oonmovierou á los demaa. 

¿Qué mucho que en aquella ciudad se maltrata- 
se tanto la justicia 7 el respeto á la soberanía, á 
vista de una indisposición tan declarada contra las 
regalías de la corona 7 subordinación al ministe- 
rio, cual se lee en las cartas del Obispo de Cuenca? 
Cuando se han atrevido loe qne han dirigido cetas 
cartas á escríbirlaa tan ain miramiento alguno, 
¿cuáles serían BUS expresiones de palabra? De ellas 
pudiera el Fiscal producir en el Consejo indnbita- 
bles pruebas, si la materia lo necesítaae, 7 no las 
hubiese tan abundantes en el expediente para lo 
que es del caso, 7 su majestad lo remite al Codmjo, 
prescindiendo de estar su examen separado d« este 
expediente. 

Bajo de estas cuatro preliminaTes couÑderacio- 
nes, se hará menudamente cargo el Fiscal de las 
dos cartas del Obispo de Cuenca; 7 viniendo á la pri- 
mera, quo es la que en 15 de Abril eseríbtá al pa- 
dre confesor de su majestad, &a7 Joaquín de Oama, 
la considera el Fiscal como un mero tejido de ca- 
lumnias, con una ilación tan inverosimil como 
querer hacer al confeeor responsable de los asuntos 
de gobierno, qne aun cuando hubiese ido tan mal 
como el Obispo se figura, ya se conoce qne el con- 
fesor de BU majestad no es responsable, porque nin- 
gún ministerio público está anejo á su encargo, 7 
sería más loable su moderación en dejar correr los 
negocios por sus conductores naturales. En sostau- 
cia, la carta se reduce á hacerle culpado de defectos 
ajenos, contra la rúbrica del derecho, que exime en 
cosas personales aun al mismo padre de la respon- 
sion por su hijo, ó al contrarío. 

Es, en una palabra, el argumento de la carta 
ignal á «i e) Fiscal intentase bacer responsable del 
crimen que resulta de su formación contra el Obis- 
po, al confesor, con quien desahoga su conoiencia 
dicho prelado. El ministerio del fuero penitencial 
nada tiene de comnn con el gobierno temporal, sino 
con aquellos que á titulo de devotos quieren mes- 
claree en todo, como hicieron algunos confesores, 
de que dista mucho la moderación del actual y de 
Btt predecesor el padreBolafios. Es ana justicia que 
el Fiscal no les puedo rehusar. 

Al confesor de sn majestad no bosta la clandes- 
tina delación 6 queja del Obispo de Cuenca ni de 
otro, para impresionar el ánimo de su majestad 
contra los ministros 7 tríbnnales ordinsríos, por 
donde corre el despacho de loe públicos negocios. 
Ése serla nn método de tener vacilante el Gobierno, 
7 en desasosiego las personas más respetables del 
Estado. ¿ Quién estaría seguro de aonsaciones dio- 
ladas por la envidia 6 la venganza, dando fe á de- 



EXPEDIESTE DEL 
IwñonM de esta eepecíe, ca^ndo las lejea proceden 
en casos menorea tan eacnipiiloiamente, que ¿un 
hecha la delación por parte legftinm y en tribunal 
competente, no la admiten siit fianza de calumnia 
j previa justificación de los cargoB á costa del de- 
lator? 

Aun el tntsmo Dios , qne sabia el delito de Adán, 
le hiso cargo para oir sus defensas. Bnen ejemplo 
de tato ínconTenienta eetá tocando el reverendo 
Obispo de Cuenca con el cura de Tara de Rey y 
Sinote, al cual delatú por la primera secretaría de 
fistado, implorando el auxilio de bu majestad hasta 
la extremidad de ponerle en et presidio de Ceuta, 
■in otros fondamentoB qne aquellos qae le influ' 
^eron personas cercanas y familiares snjas, con 
deseo tal vez, departe de los instigadores, de ha- 
cer recaer en alguno de ellos este curato, por su 
gnn valor. 

La falsedad de esta delación la ha conocido su 
majestad, la ba tocado el Obispo, la ha declarado 
el metropolitano de Alcalá en contradictorio juicio, 
j la ha oido con admiración la sala segunda de 
pbiemo del Consejo, donde se trajo recientemente 
el negocio por recnrso de fnerza, j se vio por la 
■ala entera, con asistencia del Fiscal. Suceso tau 
notorio por sns circunstancias como digno de que 
«I rererenda Obispo le advirtiese, para desooufiar 
mié de sus colaterales j psniagnadoe. 

De esta misma naturaleza son otras varia» áela- 
aene» hechas á nombre del reverendo Obispo de 
Coeccs contra toda especie de penouas de bu dió- 
ceais, en las cnalea, mejor inetruida la via reaerva- 
da, ha iido preciso reformar las penas impuestas á 
wlicitnd del Obispo, sin audieucis j sin motivo, de 
que hay ejemplares en la gecrelaría de lapreiiden- 
tia del Consejo ; abuso que ha corregido la vigilan- 
cia del Qobiemo actual , para impedir por tales me- 
dios tan repetidas extorsiones de los pueblos. ¿Quién 
creería qne los ecleaiisticoa más rospetables habían 
tomado el oficio de oeuüoi delatore*, reprobado por 
Us leyes , ni que se mezclasen en el gobierno po- 
lítico, solicitando los eclesiásticos la erección de 
okaldííu mayoret en varios pueblos de la ditrcesis 
de Cuenca, en 6dio de loa alealde» ordtaarioi, que 
les pedían las contribuciones debidas, á consecuen- 
cia del concordato de 1737 ? 

Satas instancias sobre erección de alcaldes ma- 
yores, qne se remitieron al Consejo y se sustancia- 
ron con andiencia del Fiscal que responde, hacen 
ver la «Hura y predominio con que en Cuenca y sn 
diiSceais turbaba el clero todo el úrdeu político, abn- 
undo de la confianza y poder que el reverendo 
Obispo tenia en la curte con varias personas, que 
auxiliaban sus planos é informes. Una repetida ex- 
psrienda de lo mucho que abusaban sus paniagua- 
dos del reverendo Obispo, acalorándole en estas 
delaciones, 1e« di¿ ánimo para precipitarle en ésta, 
COiUraea piopio decoro. ^ 



OBISPO DE CUENCA. 45 

Por grande qne sea el celo de este 6 de otro pre- 
lado, jamas puede apartarse de dos principios en 
BUS representaciones, que son: la indubitable cer- 
tera de los hechoB sobre que las forma, y la compe- 
tencia con BU ministerio, por no turbar los ajenos. 

Recuerda en la carta al padre confesor, de 15 de 
Abril, aiíi proiuiíticot, ya empezados á cumplir, se- 
gún dice, aludiendo, al parecer, á los tumultos pa- 
sados; y por la verdad, que esta especie de pronós- 
ticos, con la circunstancia de aprobar las pondera- 
das quejas de los que pudieron influir en tan extra- 
Boa desacatos, no es ima recomendación para ale- 
garla con la confianza que lo hace este prelado, ni 
los vaticinios de tumultoa eo han reputado hasta 
ahora entre loa acciucea heroicas de los santos. 

Lo que expone en la misma carta sobre la con- 
ducción del trigo dt San Clemente, está diminuto y 
alterado, como ae dirá en sn lugar, y se hace una 
grave injuria á bu majestad, que, á consulta de su 
Consejo y con vista de lo que expuso el Fiscal , re- 
medió todos estos desórdenes , no sólo con la real 
pragmática de 11 de Julio de 1765, sino también 
con la provisión acordada de 30 de Octubre del 
mismo aSo, que les puso término final. 

El Consejo , entre otras noticias, pidió informe 
al reverendo Obispo de Cuenca por qué los pueblos 
de aquella diócesis eran de los más afligidos con 
las conducciones forzadas qne se hacían en virtud 
de órdenes del Marqués do Sqnilace y del comisio- 
nado de San Clemente, don Juan de Pifia. 

Es cierto que en esto hubo excesos, pero también 
lo cB que BU majestad los remedió radicalmente, en 
fuerza do las consultas del Consejo citadas, luego 
que sn real ánimo se instruyó de las quejas; de 
modo qne desde Octubre de 1765, cinco meses an- 
tes de los tumahoe pasados, hablan cesado ya, sin 
embargo de la dificultad que costó su remedio, por 
la preocupación de los qne hablan inspirado Isa 
Órdenes. 

Diga enhorabuena que aquellos abusaron de la 
confianza y que hicieron extorsiones; pero ¿cómo 
inculca en esto al podre confesor de sn majestad, 
ni al Soberano, á quien pone el Obispo en paralelo 
con el impío rey Achab, cuando las resoluciones 
existentes en el archivo del Consejo, muy anterio* 
res á los bullicios, como va dicho, demuestran que 
la delicada conciencia de en majestad, apenas supo 
el desorden, cuando puso el remedio, siguiendo el 
nnáníme dictamen de suConsejo pleno, cuyas pro- 
videncias serán un perpetuo monumento de la alta 
penetración de BU majestad? 

Luego no estaba imbuido su real ánimo por el 
confesor en espeoieB opuestas al beneficio de loa 
pueblos , ni negado á entender la voz de la verdad, 
ni menos pueden ser ciertas las ilaciones qne saca 
el reverendo Obispo. 

La tercera cláusula se reduce á la conclusión que 
dedujo este prelado, diciendo: El reino uta ^erdi' 



46 



EL CONDB DE FLORIDA BLANCA. 



do por laptruoueioa de lalgUtia; ¡qui iiaeeelpa- 
are confesor f 

Estos expresiones no dejan de enccrr&r bastauta 
ínfaais, 7 son en todo einónimas con las que se ver* 
tieron generalmente en el reino para coiimov«ile. 
Conociendo loa diestros esparcidores de eataa tii- 
multaoaaH decUmscionea que ninguna voz podía 
ser más eficaz en BspatSa para tocar á arrebato que 
llamar el numen i la scena, gritar que la religión 
estaba perdida, y hacer que estos ecoB saliesen por 
todas partea, abusando haata de la predicación, del 
confesonario 7 de los diacursOB familiares, pareci- 
dos en todo Á la multitud de sátiras con qua se 
inundó y quiso aluciuar al reino. 

Se llamaba hereje» á los que no se querían colo- 
cados ¡ se tomaba el pretexto del Marqués de Squi- 
lace para levantarse los particulares contra el Go- 
bierno; 7 la doctrina del tiranicidio 7 regicidio se 
autorizaba con la pretendida persecución de lalgle- 
sia, en cuyo caso la sostienen sub defenaoreí, 7 se 
creen arbitros para decidir el critico momento de 
cnindo tiene 6 no lugar. 

Preceden en todos los motines snpersticioeas pro- 
fecías, 6 por mejor decir, especies anticipadas de 
los horriblas proyectos que se intentan poner en 
obra, 7 en los incautos pueblos pasan por tales; y 
si algún prelado de candor entra en estas profecias, 
annque ignore el misterio ocnito que las gobierna, 
las cosas se exasperan, y se toman los tumultos por 
actos meritorios. 

Cualquiera que lea esta carta con reflexión j 
coteje los sucesos pasados, que por notorios, no 
necesitan ahora ma7or individualidad, se conven- 
cerá por bI mismo que nada es más arricsgac^o con- 
tra la quietud de un pueblo que semejante espe- 
cie de cartas 6 escritos, que abusando de la reli- 
gión, anuncian infaustos sucesos y revoluciones, 
porque ellos mismos son los que las inducen 7 pro- 
pagan. 

El reverendo Obispo confiesa paladinamente es- 
tas predicciones, y liaberlas becho él, 7 lo que es 
más, las atribuye á la persecución de la Iglesia, 
taqueada en tas bitnet, alírajada m sos minUiroi y 
atropellada en tu inmunidad. 

Esta confesión en boca del reverendo Obispo 
hace la prueba más completa de su modo de obrar 
y de pensar; no es una calumnia que le baya sus- 
citado la emulación, sino una espontánea declara- 
ción, que ha ejecutado por si mismo, de haber ame- 
nazado con tumultos, vanagloriándose de baber 
acertado en sus pronÚsticos, maltratando á su so- 
berano como á un rey Achab, y diciendo áen con- 
fesor que le ocultaba la verdad, y era más aborre- 
cible en EspaDa que el Marqués de Sqoilace. 

Finalmente, autoriza indirectamente de justa to- 
da la turbulencia pasada, que la atribuye á la pre- 
tensa peraecncioa de la Iglesia, y en prueba de la 
tal pretendida persecución, afirma que efectivamen- 



te loe bienes, los ministros da la Iglesia y su íbiiui- 
uidad están atropellados. 

Demos qnebubiese desórdenes; ¿ seria Uaiio,á ti 
tnlo de ellos, excitar motines, seducir los paeblos y 
abusar da la piedad de la nación para traerlo todo 
en confusión y desorden? 

¿ No enaefia sonto Tomas en tales oosoa (muy re- 
motos 7 nunca vistos en Espa&a, donde reía» más 
la superstición que la impiedad, por el poco cni- 
dado de la instrucción de aquellos á cuyo cargo 
corre darla á los fieles) que el remedio es orar i 
invocar la protección del Altísimo para quQ ilumine 
á los que nos gobiernan en au nombra, pueato que 
la autoridad les viene del mismo Dios, que algou 
vez permite desaciertos para mejorajuos? 
' La doctrina contraria, de levantarse los pueblos 
contra los que gobieruan, eatacríltga, porque quiere 
sujetar los ungidos de Dios al juicio de los parti- 
culares, como hizo el pueblo de Inglaterra, guiado 
de la ambición 7 fanatismo de Oliverio Crommoal, 
contra Carlos I. 

Es tedttctivaf pues á título de conciencia, aunque 
errúnea, pone á loa eclesiásticos secuaces de tal 
doctrina el poder inspirar i loa pueblos, aismpre 
que sus intereses particulares se lo dicten, las ideas 
de persecución de la Iglesia, arrogándose los mi- 
nistros de ella, 7 aun los impropios, este nombra, 
como lo pretendían los regulares de la CompaBla 
en sus obras anónimas esparcidas «n el reino, dande 
á entender que en ellos estaba reunido el centro de 
la Iglesia, 7 qua el no adular sus pasiones era per- 
seguirla. Llegó el fanatismo da un eaoritor de U 
Compafiia á afirmar que loa jesuítas eran qnienei 
podian decidir cuándo la Iglesia está perseguida; 
que en sustancia , con rodeo de palabras , es querer 
tomar un pretexto para poder levantarse contra la 
soberanía siempre que las cosas no fuesen á me> 
dida de los deseos de tales fanáticos, no habiendo, 
á la verdad, personas que con más facilidad y me- 
nos riesgo puedan inspirar tales semillas de sedi- 
ción so color de religión y de celo, ni ha habido 
tampoco jamas tumultos entre los católicos, como 
observo el político Antonio Feroz, eo que no haya 
obrado esto mano oculta. 

Es subversiva tal doctiioa y modo de obrar da Is 
sociedad política, reduciendo al juicio de loshooi- 
brea díscolos 7 facciosos ai que depeude del solo 
juicio del Todopoderoso, por quien está puesto y 
colocado sobre los pueblos ; y asi, es oontradiotoría, 
no sólo i las leyes civiles 7 derecho de gentes, 1100 
también á lo ley de Dios. 

Es, finalmente', harétiw 7 absolutamente repro- 
bada semejante doctrina y práctica eontra los po- 
tcatades supremas y gobiernos, como lo declard, en 
la (MUHi 15, el concilio general de Conatuicia, «en- 
tra las aserciones de Juan Petit. 

Es muy cierto que hosU en estos novísimos tiem- 
pos no ha sido común la práctísa en EspaOs dsM- 

. Cooglc 



EXPEDIENTE DEL OBISPO DE CUENCA. 



47 



Mijuitea doctriou oangaiiuuriM, ni ánn conocidas ; 
ptro desde qse el padre Juan de HAtiana )u pu- 
blicd, M httiiTÍsta,poi desgracie , mnctuui reenltas 
de parte de los dogmatizantes de ten perrereas 
mixiinaa, A que incautamente dan oidos varones 
pOT otro lado «jostadoe, pero que no han leido lo 
■nficiento para deaempefiar ns obligaciones y estar 
prerenidoa contra tan depravadas ideas, tanto más 
. tMoíbles, cnanto tienen sn origen en peraonaa cou- 
ngradaa i Dios, j í qnienei el pueblo mira oomo 
Msorácnlofl. 

Bwla ahora qw de la primera carta del reveren- 
da Obispo, «Q qae qneda pronosticado eltumnKo, 
7 fondado á bo modo provenir de la peraeeacion 
de la Iglema, se pase i las praebas de esta decan- 
tada persecncion del cuerpo de ella, de sus bienes, 
de su ministros j de sn inmunidad, que eon las 
miro partea 6 pantos en que eete prelado supone 
afendida Ia esposa de Jesncríeto. 

Esta vida mortal es un cúmulo de miserias 7 de 
relamidadee, j aquellos qne afectan el espíritu de 
piofecia, tienen un campo ancho para sacar de los 
nales Bocesoe nna aplioacion contra el Gobierno, y 
i ÍKor de las miras de algunos individnos del cle- 
to. Haj la fortuna qne no ee éste el modo de opi- 
aa de la masa general de los eoletiástioos en 
Esptfka. 
La benignidad del Rey despacha sn real cédula 

oi ArtajneB, á9 de Hayo, dirigida al reverendo 
Obispo deCaenca,& fin de que informase por menor 
lo qoe con tanta confianza y segundad expuso en 
U carta anterior de 23 de Abril , por mano del pa- 
die confesor, segnn queda expuesto. 

Hholo, con efecto, en 33 de Hayo siguiente, con 
toda Mpecificacion , y sienta en primer lugar haber 
intentado, en el a&o pasado de 1765, que se diese á 
ramajeatad nna compendiosa representación, en que 
«ipamia el estado del reino, y añade la siguiente 
cUaaula: Ferc habiendo eonmlíado eoaptrtontu d« 
¡oda coNifanaa y de igual incUnacion al real lervieio, 
Uifortcié qve por entonce» te lutpenáieae la entrega, 
tqnfamdo qa» la divina Mieerieordia le apiadaría de 
fasto* naU*; con que este resumen no tuvo uso 

I>e tan paladina confeaion se infiere que el reve- 
rendo Obispo no hizo saber i sn laajeetad el estodo 
dsl reino ; sin embargo da que dice lo habia pen- 
isdo y recomido en un papel, cuya copia' cita, y no 
tstá en el espediente ; pero que aconsejado, lo sns- 
pendi¿, dejando obrar á la Providencia, 

ASade consecntivamente : No obttattt» que eedí á 
n dictamen (habla de los que le aconsejaban), he 
froewado quefor otroe medioe Uegaee á noticia da 
vatetramtyeitadelUutítnowetladodelreinOiy tam- 
poco lo he ooneeg%ido. 

Sa cosa muy notable pase en silencio el nombre 
de estas personas de quienes ee valió; habiendo 
prodigado ¿ates tantas eepeoies contra la del padre 



confesor, único 6 principal blanco, al parecer, de las 
irasdel Obispo. La omisión de estosmedios en ocul- 
tar al Rey loa avieos que eupone tan importantee, 
no le parecen nada , y descarga todos sus esfuerEOa 
sobre que erconf esor no se mete en dirigir todoe los 
negocios de la monarquía, en que los ecleaiásticos 
pretenden tener interés, haciendo qoe éstos salgan 
segnn el concepto que el reverendo Obispo y otros 
formen; como si la participación de los eolesiisti- 
cos los sacase de la esfera de oiviles, ó fnese el con- 
fesonario un tribunal que conociese 6 debiese co- 
nocer de ellos. 

Continúa diciendo inmediatamente : « Por lo cual, 
deseando satisfacer de una ves i mi conciencia, y 
hacer i Dios y á vuestra majested el mayor obse- 
quio, escribí al padre confesor la carta que ha he- 
cho presente i vuestra majestad, después de haber 
experimentado que continuaban los excesos, y que 
no habían tenido las resaltas que yo esperaba las 
providentes mias, de qne se remitid testimonio al 
Harqnéi de Sqnilace, ni lo representado por otros 
eclesiisticos.i 

De esto preámbulo resulte qne todo el oelo de 
este prelado se reduce i un resumen del estado de 
la monarquía, que no presentó; i otros medios de 
que se valió para instruir i su majested, que tam- 
poco to hicieron; y finalmente, á nna carte escrite 
al padre confesor, comparando á su majestad con 
el implo rey Achab, y diciándole al mismo confe- 
sor qne su nombre era más aborrecible qne el del 
Harqnía de Squilace. 

En todo este informe, d sea la segunda carta, no 
se ve probada la proposición general de la primera, 
sobre ^ue la IgUeia está perseguida. 'Poiqae , como 
sabe el reverendo Obispo, la Iglesia ee la congre- 
gación de todos los fleloH cristianos, unidos en una 
ortodoja creencia y recíproca caridad, para llevar 
con paciencia las flaquezas y adversidades de nues- 
tros préj irnos. 

No se halla qne el dogma católico, el ejercicio 
libre de la religión, ni el culto exterior hayan sido 
impedidos, para snponer, ni aun remotemente, que 
hay persecución en la Iglesia. 

Esta persecución parece la quiere fundar el Obis- 
po de Cueocaendosmedios, A 1o,que se pnedecon- 
jeturar, sin embargo de lo inmetódico é inconsi- 
guiente de an informe con las aserciones de la pri- 
mera carte. 

El principal medio de prueba le toma de las ve- 
jaciones que atribuye hacerse al olere con excusa- 
do, novales, etc. Y prescindiendo de este pretensa 
vejación , de que ee va á trater menudamente, y sin 
la generalidad que reina en estas cartas del Obie-' 
po, se conoce el error de la aplicación ; porque los 
ministros no son la Iglesia, sino parte y miembros 
de ella, aunque con mayor obligación i manifestar 
moderación y á mantener la caridad y unión coa el 
resto de lo« fieles, ,-— • ■ 

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4S 



EL CONDE DE PLORIDABLANCA. 



Pudiera también decirse qae la Iglesia era perse- 
guídaai ¿ los mÍDÍatroa salea impidiesen BU8 verda- 
deras funciones de 1» predicacioD , administración 
de loe santos sacramentos y .demás actos propios de 
eu ministerio pastoral 6 parroquial, como sucede 
«n los países de herejes, donde est¿ interrumpido 
el Terdadero culto, ó no se permite público. 

De forma que en la Iglesia no se han conocido 
más que dos especies de persecuciones : una de par- 
te de los infieles contra todo el cuerpo de los cristia- 
nos, no habiendo sido menos constantes los segla- 
res que los eclesiásticos en testiñcar la fe con su 
martirio; j la otra es la que queda insinuada de los 
berejea contra los coIjíIÍcob en ciertos puntos del 
dogma ó de la híersrquia. 

Ningnna de estas dos persecnciDnsB hay, por la 
misericordia dÍTÍna,entre nosotros. Con que, es fal- 
sa la proposición de que la Iglesia está perseguida, 
y una mera calumnia, tanto mia atroí, cnanto es 
productiva de funestísimas consecuencias, para in- 
disponer al pueblo sencillo contra el Qobiemo, j 
no ardid astuto y diabólico para escandalizar á los 
párvulos , de que hay gran, número, ádn de los que 
■e creen muy advertidos y tienen el suficiente amor 
propio para tenerse por mejores que tos demás, é in- 
sultar á los buenos y celosos con tachas que, aun- 
que inciertas, según la doctrina de Haqniabelo, 
siempre surten el mal efecto que se desea entre los 
Tulgorea. 

El segundo medio de prueba oon que el reveren- 
do Obispo parece quiere hooer persuadir esta pre- 
tendida persecución, se toma de las noticias de Oa- 
Míai y Merearioé, afectando ignorar que por un 
descuido que se observó en el Mercurio de Diciem- 
bre de 1765, el Gobierno hizo por si mismo corre- 
girle, y tomó precauciones para que el Inquisidor 
general reviese estas piezas, como se hace, habien- 
do sido posterior á la providencia enunciada la del 
Santo Oficio acerca de la eláutula justamente ex- 
purgada. 

Déjase traslncir da las expresiones del reverendo 
Obispo que toda esta dectamacion recae sobre que 
loi Mercurio» ctmliertea noticia* de mucho eícándalo, 
con tratamiento» ii^wioeo» ai inttiluta de la Oimpa- 
nía de Jettta. 

Bl público está bien instruido que loe Mercurio» 
y Gaceta» no contuvieron sino las piezas auténti- 
cas de las sentencias y decretos que en Portugal, 
en Francia y ¿un en otros países salieron oontra 
los regulares de la Compaflla del nombre de Jesús, 
jr no se sabe por qná en Blspafia se debia vivir con 
ignorancia de unos sucesos que podian dispertar al 
Gobierno y á la nación del letargo que padecía en 
esta parte, no ignorando el Fiscal las máquinas y 
artificios de dichos regulares, pora impedir que en 
las noticias públicas de Espafia se insertasen las de 
«sta clase, con el fin & ellos salndable de sostener 
la facción, el fanatismo, las doctrinas sediciosas y 



sanguinarias, la laxitud en las costumbres, y «n 
una palabra, la ignorancia en los buenos estudios, 
única fuente de que nace la decadenciay miserable 
situación en que halló su majestad la monarquía. 

Bien se conoce el empeflo con que se movió el 
reverendo Obispo para declamar contra Mereuriú» 
y Qaeelat; pues se extiende á decir que eran perju- 
diciales á otra* reUgiotu», como si entre nosotros 
hubiese más religión que la de Jesucristo, titulan- 
do con este dictado i las domas órdenes regulares, 
á quienes inútilmente traía á una querella, en que 
nadatenian de común con loa regulares de laCom- 
paQia. Pero et fin del Obispo era hacer gente ó can- 
sa común y tocar al arma, porque ya en el proemio 
de su informe deja expuesto que no sólo él habia 
representado, sino otro* ecle»iáitieo» ; palabras que, 
aunque prefiadas y oscuras, arguyen liga y facción. 

La real pragmática de 2 de Abril de este aDo ha- 
brá desengaQado al reverendo Obispo de que los 
noticias de las Gaceta» y Mercurio» no se ponion 
por casualidad, ni con el fin depropagar la libertad, , 
la disolución y detobediencia á lo» íuperiore* , del- 
concertando la um'o» y bxten orden del cuerpo político 
y eele»iá*tico, en que cotui»te la tranquilidad ¡r eoa- 
tervacion de la monarquía, como el reverendo Obii- 
po dice; sino que han contribuido á conocer loe que 
conspiraban afines muy contrarios, comoae deduce 
de dicha real pragmática. 

No es, por lo mismo, violento conjeturar qniínn 
bacian hablar de esta forma al reverendo Obispo, 
encaminándole á sus fines bajo de una niebla de 
pretendidos agravios quesuponion padecer el clero 
en Espafia de parte del Gobierno. Y aal, sin saberse 
por qué ni cómo, se mete el Obiapo con Gacela» j 
Mercurios, y concluye haciendo oon en majestad, á 
favor de los regulares do la CompaOia, la signiente 
instancia, «upre««onomin«.- Convieae mucho que tme»- 
tra metalad »e tirva mandar que en adelante «o « 
publiquen iguale» noticia», y quepara latpaaada» « 
dé la providencia oportuna. Esto, en sustancia, quie- 
ra decir : vuelva la oscuridad ; cállense en Espafia 
las providencias tomados con loa regalares de la 
Compaliia ; prohíbanse los Mercurio», en qne se coa- 
tienen tas tomadas en Francia, Portugal y otras 
partes, y empléese la autoridad del Soberano y del 
Qobiemo en estas prepotencias, persiguiendo i 
cuantos no sigan las banderas del instituto, y ten- 
gan carta de hermandad, como ha sucedido en to- 
dos tiempos, á inflnjo de la Compaflla, respecto i 
los varones más doctos, sobresalientes y honrados 
de lanooion. Esto es loque conviene, según el con- 
cepto qne se dedoce del informe del reverendo 
Obispo, hablando desde eu privada habitación ; y 
esto, por el contrario, es lo qne no conviene, según 
la práctica é inteligencia del Fiscal, guiado, no de 
impresiones privadas, sino de providencias toma- 
das á la vista del universo. 

Todo lo contiario á lo que dige el Obispo de Cneoí 



EXPEDIENTE DEL 
et, obraran loa ragnluM de la Compa&ia coutra el 
gobierno de Fisdoís y Portugtd, sm respetar Aque- 
llo* trUitiDft1e«, ni átm A laa testas coronadas ; paee 
hidwon divulgar en todo el ámbito de esta monar- 
quía de Espafla é Indios una multitud do libólos en 
tono de opolo^fo, impresos sin lioencia, jh en im- 
prantas interiores y domésticas , 7» en otru de apa- 
sionados suyos, en desprecio de las leyes de estos 
Tcioos. Pero, í pesar de bu diligencia en ocultarlo, 
todo esto se ba hecho iustnmioatalmente patente 
il Oobiemo, annqne no pado atajarse tan en tiem- 
po, que no habieaea surtido los efectos qne se han 
tvlo las especies resultantes de dichas impresiones 
clandestinas. 

De lo dicho se infiere qae los obispos, no estan- 
do sncargsdoe del régimen político, carecen de las 
Ihcss y noticias necesarias para estar impuestos 
fsndsmentalmente en lo qne pasa, 7 que, por con- 
■igniente, deben proceder oon mucha circunspec- 
ción y tiento para no arrojar palabras inconaidera- 
du, ni meter lamano en el tacramerUo dtl Seg,ca- 
f« providencias ion la Escritura misma aconseja 
hsj ocasiones en qne es preciso recatarlas, para 
eritsr otros inconvenientes. El Obispo, de esta re- 
flaiiva condncta habría sacado á lo menos el fruto, 
conteniéndose en su deber, de que no se le ooneide- 
lua oomo sugerido de gentes nada afectas al Oo- 
bimo 7 i la persona augusta de su majestad, que 
procoraban pintar las acciones públicas general- 
nenie con los colores de hervía y tiranía; voces 
fiToritas en sus libelos, que no eran pocos, j quo 
tal coal vas las osa también el reverendo Obispo en 
e«Us dot earUu, cuyo análisis hace el objeto de la 
presente exposición fiscal. 

De la aparentada persecncion diocleciana de la 
Iglesia OD general, discurriendo sobre su palabra, 
pasa el reverenda Obispa al qae denomina laqato 
de los hiena d» la Igltña, que en otro tiempo oon 
mis propiedad se llamaban asi ; porque, no sólo los 
ilisfrataban los mmUtrot de ella para la sola con- 
graa Bustoutacion, sino también \otfiele» necesits- 
dos y menesterosos en común. En estas declamacio- 
nes del reverendo Obispo se atribuye el nombre de 
/ftuia áloe ministras, 7 de hitnttde tlla,ao sfAo á 
loe que les pertenecen segnn el estado presente, 
lino también á las deCbtecwatM de excusado, subsi- 
dio, diezmos, novales y contribuciones debidas al 
erario por las naevas adquisiciones posteriores al 
concordato de 1737. 

Cualquiera conoce que asi como no corresponde 
el itombre dé Igltña á ios ministros, sino de miem- 
lin* de la misma Iglesia, annqne mny respetables, 
especialmente si cumplen bien con sus encargos, 
Umpoco conviene ni cuadra el nombre de hUne» de 
la Iglala & la eaia dexmera, porque está segregada 
de ella en virtud de las concesiones pontificias, 
aceptadas por el Soberano y reconocidas por el cle- 
ro de siglos á esta parte. 



OBISPO DE CDENOA. tí 

Por la misma rasan , las tereiat 6 doi noveno» de 
los frutos decimales no son bienes de la Iglesia, 
porque están sscularieadas á favor de la corona 6 
sos donatarios , que poseen tuwuns regio, y annqoe 
sean personas 6 comunidades eclesiásticas, conocen 
de ellas los tribunales reales par esta razón, como 
elegantemente lo prueba el sefior obispo dan Diego 
de Covarrabias, con el común de nuestros escrito- 
res 7 estilo de los tribunales, que van conformes. 

No son tampoco bienes de la Iglesia el importe 
del tubmdio, porque es una deuda y contribución 
perteneciente al erario, con iguales titulas que el 
excusado. 

Tampoco son bienes de la Iglesia los dieimot no- 
valét 6 de super(ir««c«ncta de riego y nusoa euUara, 
porque pertenecen por entero á la corona, en vir- 
tud de iguales concesiones, que son bien notorias, 
7 de qne se hace cargo con mucha propiedad y so- 
lidez el se&or Fiscal de lo criminal, en que ningún 
agravio se causaálos partícipes, porque les qnedan 
los diezmos antiguos de tierras labrantías y man- 
sas de «onfÍRtMMÍa cultura. 

Tampoco son bienes de la Iglesia los Iribato» á 
que qnedan sujetas las tierras y haciendas de rali 
que adquieren las manos muertas desde 1737, por 
estar asi eetipnlado y pasar con esta carga afecta á 
las mismas tierrss , por evitar que con injusticia se 
sobrecargasen en las demás deseglares, no obstan- 
te que se disminuyesen de sns patrimonios. 

NoBon tampoco bienes de la Iglesia las hacien- 
das tributarias que se subrogan en lugar de otras 
fincas, que no se reduzcan á recompensar ig^nal tri- 
buto, asi porque el concordato no distingue, como 
porque su mente está clara, para impedir que el 
erario decaiga de sus derechas en las adquisioio- 

Los réditos que un dneño de tierras debe pagar 
á su acreedor censualista no pertenecen al dendor, 
sino al acreodor, que hasta en la concurrente can- 
tidad le reputan los derechos y escritores como 
condámino 6 dueño parciario. Y en este caso se ha- 
lla el erario real respecto 6 la casa dezmera, al sub- 
sidia, álos diezmos, novales, á contribución de ad- 
quisiciones nuevas y á la indemnización de subro- 
gaciones. 

Si el censualista no hace injuria en pedir sus ré- 
ditos, en apremiar el dendor morosa, en perseguir 
la hipoteca, ¿dúnde está este decantado saqneo de 
los bienes de la Iglesia, cuando el Bey pide lo que 
es suyo ? Saqneo seria del erario negarse el clero 
i contribuir lo que le toca 7 debe. 

Quisiera el reverendo Obispo que la casa dezma- 
ra 80 concordase como antes ¡ la Beal Hacienda 
quiere administrarla, usando de su derecho. Hace 
lo que puede, y en ello no irroga injuria á nadie. 

Serla cosa graciosa qne al reverendo Obispo se le 
formase un pleito por loa arrendadores de diezmos 
d9 su obispado, quejándose éstos de que no les ds- 

* >gle 



EL CONDE DE FLORIDABLAKCA. 



jaba ganar, j que pretendiesen coutinaar el arren- 
damiento, embarazándola administración el prela- 
do si la tuviese por mis ventajosa. Esas aolioitades 
se logran con ruegos , con razones , con servicios, 
pero no con gritos j turbulencias. 

Declama contra los párrocos incongruos ; 7 por 
la relación auténtica del tesorero general consta 
que el erario real esti abierto para inplir los de- 
fectos de congnia, según lo que estiman los jaeces 
del excusado, que son eclesiásticos, y todos los re- 
cursos del obispadodeCnenoa están reducidos Alos 
curas de ViUarvhio j Bamtiago de la Torre, que al 
uno aeleasignarontrescientos veinteyseisrealei, 
y al otro quinientos ; pero esta incongroidad no ha 
recaído en el Obispo ni en loa canónigos de Cuen- 
ca, y con todo, no son los párrocos los qae gritan. 

Quéjase de la ejecución de la graoia, y nada faa 
hecho el Rey por sf , sino con consulta de los ecle- 
siásticoH más graduados de la cdrte,y no son fisca- 
les ni ministros reales. Con todo eso , la batería de 
las cartas del Obispo se encamina contra estos úl- 

Bl Ministerio se actu<í de las diferencias entre 
don Andrés de Cerezo y Nieva, comisario general 
de las trea gracias, y don Fernando G-il de la Cues- 
ta, juez in curia, en calidad fiscal del juzgado de 
este ramo. Con presencia de ambos, y ¿ vista de 
cuanto expusieron de palabra j por escrito en nna 
junta, se arreglÚ lo que ae juzgó ser justo y conve- 
niente. Asi se hizo Hucesivaménte sobre otras ocur- 
rencias; de modo que todo camina por jueces 7 
personas eclesiásticas en lo contencioao, en quienes 
reside la competente autoridad para redncir á lo 
justo las controversias. Este es el modo de acertar, 
y no se ve propuesto otro más seguro en las decla- 
maciones del Obispo de Cuenca. 

Vanamente, pues, clama contra el Gobierno, que- 
dando solamente exceptuado de eetn vocinglería el 
Comisario general de Cruzada , siendo cabeu del 
tribunal del Excusado, y de cuya mano depende en 
mucho la ejecución, fundada en un rescripto pon- 

Se hace el reverendo Obispo procurador de las 
iglesias de las Montafias, Asturias, León y Galicia, 
porque sin duda no las conoce, respecto á qne loa 
diezmos están en mucha parte secularizadoa, igual- 
mente que en CataluOa y Mallorca, en patronos 
laicos, y ésos son tos que en sustancia contribu- 
yen y padecen el decantado saqneo. La agricultu- 
ra, por otro lado, está más bien repartida entre los 
colonos ó foreros de dichas provincias, y asi es 
menos desigual la exacción, á pesar de la esterili- 
dad de BU terreno. 

Es verdad que han representado reposición de 
congrua algunos párrocos ; pero las mismas parti- 
das aaiguadas hacen ver cuan corto es el valor de 
la casa dezmera. La carona debe retener la exac- 
ción de la casa dezmera como una finca suya muy 



segura, y es fácil arreglar los perjnicioa qne pades- 
can algnnos partidos. 

Beanmido todo, se ve que las amarguras del re- 
verendo Obispo versan sobre intereses pecuniarios, 
y sns raaonee conspiran á impugnar la gracia del 
excusado, loque serla muy provechoso al reveren- 
do Obispo, pero muy perjudicial á loa jostos fines 
de la defensa da la religión católica y conserva- 
ción da la monarquía ; y no son ciertamente estas 
causas ajenas del espíritu de la Igleaia. 

Pida que informe el Colector general sobre el ex- 
cusado, y ya lo ha hecho , no apareciendo fundado 
lo qne el reverendo Obispo pretende, sino atgnnas 
disputas de jurisdicion, facultades y oposición, qne 
mediaron con don Femando Oit da la Cuesta, Ua 
cuales ya se terminaron á consulta de varías juntas, 
y la muerte las dirimid. Finalmente, dice sobre ex- 
cusado, que hay más de «en pleitos pendientes del 
obispado de Cuenca en el tribunal de esta gracia; 
parola oertificacioadel4deEnerode eeteafio,dads 
por et escribano de cámara don Josef Faustino de 
Medina, prueba ser únicamente trtímta ¡/ nti«n los 
pleitos , y se reducen i exenciones de diezmar, í 
nulidad de elecciones de casa dezmera, disputan- 
do la cualidad de anejo, y algunos pleitos son con 
las órdenes regulares, y otrosestán abandonados par 
loa interesados. 

Con qne, no hay la moltitnd de pleitos que con 
confianza sienta el reverendo Obispo en sn carta d* 
informe, quejándose con generalidad , sal vo del qne 
rige el tribunal de excusado ; pues á pesar de lis 
alabanzas del reverendo Obispo, sugilando á tedw 
los demás, es si único que puede abreviar su deci- 
sión', comoqnelepreaíde, ó proponer loe mediosde 
lograrlo. 

Es esto en tanto grado cierto, que sería muy pro- 
pio del Consejo proponer á su majestad separase U 
graciado] excusado de las demos, y estableciese nn 
tribunal diario y totalmente diverso, qne desps 
chase y terminase los pleitos y negocios de est* 
clase, prefiriendo siempre loa de asignaciones de 
congruas. 

El rraaitir á las mismas diócesis estos negocios, 
como el reverendo Obispo propone , no deja d» te- 
ner bien clardB inconvenientes , pues ¿ qué jueces 
se hallarian en ellaa, qne no fuesen interesados j 
parciales del clero contra la ejecución de la gracis? 
Por esa razón misma serian sospechosos, pues qn» 
nadie es buen juez en causa propia, y ánn ese de- 
fecto tiene lo que á título de informe representa el 
reverendo Obispo de Cuenca; porque no se le va 
empeBarse en todo sn discurso en otro, que exage- 
rar las pretendidas exenciones del clero y abatir Iss 
regalías del trono, sin pensar en la nación, dele 
cual se contenta con llamarla jMraeo»a, como se «r» 
en su lugar. 

Contrayendo todo lo antecedente al padre confe- 
sor, es digno de tenerse á la vista el í^*'*"'**'^ 
L^nh..d.,. Google 



EXPEDIENTE DEL 
rtd» de 18 de DíoÍ«mbT« de 1766, el cuaI pcniude 
loi aficacea oficioi que paaó oon el H&rqnée de Squi- 
laee en beneficio del clero, siendo el sujeto que le 
haee, por en osricter j U calidad de diputado, 
penoaa qae m halla perfeotamente inatntida de loe 
lieehoa,]r califica la falta de noticiu oon que pnv 
cede es bus oortaa el reverendo Obispo , disimula- 
ble en una privada y secreta conTeraacíon, pero 
mij leprenaible en aentai de oficio becboe noto- 
riiBUnte aheradoe, de qne debid asegurarse, p<w 
no atropellar la verdad y al concepto de las prime- 
nspersoiua del Betado. 

Su majeeiad, oon mucho acierto, para evitar que 
el reverendo Obispo de Coenca ni otro alguno, ba- 
ciaado causa común, nuoita quejas generales, ba 
tonudo la resolacion , fenecido al presente airen' 
dimieoto del excusado, de que 1m santaa iglesias 
cimsq»araciou,7 cadannadepor sf, vengan A eon- 
«todar, por ser tote d medio mis proporcionado 
panqué la justa piedad del Bey pueda dispensar 
ns gracias i cada di6oe«is , según so necesidad y 
mírilos. Entonces «1 reverendo OlMapo podrá, sin 
psljadjcar los intereses de la Real Hacienda ni del 
clero, limitar el celo ásn propia diócesis, sin arro- 
giise, oamo ahora lo hace , la von general de todas, 
ña proponer conclusión determinada j con quejas 
iadafinidas de todo j de todos. 

Lo qoe recuerda el Obispo de Cuenca sobre única 
eaitribncion ee enperfioial , que nada ooncluye sino 
el deseo de en establecimiento, porque oon ella cree 
se baria mis favorable la condición del clero. Y el 
Fiscal afiado qne en el modo que eetá concebida y 
proyectada, la entiende como muy perjudicial al 
<«tsdo socalar, j expone á los pueblos A la contri- 
bución arbitraria, de que se quejan en otros rei- 
nos donde eetienuso la talla, cuyos politicos, para 
evitar este datlo, recurrieron i la décima real de 
los prodnctOB, como ee lee en el Plan del maris- 
ctl de Vanbon, sobre cuyo medio sería máa fácil 
la exacción , y enUecea, pagando una décima parte 
de los diesmos el clero ó otro equivalente , veodria 
i salir el excusado con ana rejiarticion más igual. 

Lo qne te dice sobre novales es ooioeo , respecto 
■ qoe su majestad, movido de lo expuesto por el 
Piscal y consultado por el Consejo, tuvo á bien 
formar una junta de ministros para examinar la 
conducta de los ejecutores de la gracia del excu- 
udo, la cual fué perpetuada y obtenida en el rei- 
nado antecedente. EntAuces se dieron iMprintenu 
iulrvceionet y ocurrieron las conocidas altercacio- 
nes del clero de Valencia. Todo eato lo disimnls 
el reverendo Obispo, porque su objeto se encami- 
naba á desacreditar el reinado presente. 

No cabe duda qne en el ministerio anterior del 
Haiqnés de Squilace excedieron los ejecutores de 
losUmitee y fiues de la concesión ; que procedieron 
con desarreglo, despojando á las iglesias y partíci- 
PW eclesiásticos y seculares de muchos diezmos 



OBISPO DE CUENCA. £1 

que no eran novales ; qne les impedían los recur- 
sos, y aun el ejecutor tuvo el desacierto de querer 
contradecir hasta los protectivos de fuerza qne in- 
trodujeron en el Consejo las iglesias de Halaga y 
Tortosa, sustrayendo los autos y abroquelándose 
en el Ministerio ; sobre qne el Fiscal expuso, cou 
aquella franqueea y sinceridad que debe , lo que 
estimó en el modo y en la sustancia , de que pro- 
vino la consulta hecha por el Conseja en 23 de No> 
viembre de 1765, para contener estos excesos en la 
gracia de novales. 

Todo esto fué muy anterior á las decantadas 
representaciones del Obispo de Caeuoa. Informado 
sn majestad délo justo por medio de su Consejo y 
de la junta formada á este fin , repuso las cosas en 
el orden que hoy tienen , radicando este negocio en 
el Consejo, con lo que aseguran la regalía, y Isa 
santas iglesias conservadas en sus derechos, se- 
gún lo están tocando y califica la real provisión 
acordada de 21 de Junio de 1766. 

De lo antecedente se infiere qne no es cierta la 
generalidad del reverendo Obispo respecto á los 
magistrados politicos, á quienes los considera in- 
fensoe á las iglesiss, como ó les resultase benéfi- 
oio de perjudicarlas en sus legítimos derechos, 6 
estuviesen olvidados de su propia reputación y 

El Fiscal se persuade que todo el capitulo de 
novales lo incluyó en eu segunda carta el reverendo 
Obispo para exornar su informe y engrosarle á 
vueltas de este agravio, cierto de parte del Minis- 
terio de Hacienda, pero ya reclamado por el Con- 
sejo, y puesto á examen de una junta de ministros, 
de cuya justificación no se pedia esperar sino el 
acierto, ni menos de la real benignidad que está pro- 
duciendo dicha real provisión. 

Tampoco puedo autorizar sus profeciat oon este 
ponto do novales, que la imponderable clemencia 
del Bey, en vista de la consuHa del Consejo, tenía 
pnesto en deliberación mucho antes de los bulli- 
cios pasados , de qne constaba i todo el clero de 
Espafia, mediante las vivas diligencias de don Pe- 
dro de Castro, canónigo y diputado de la santa igle- 
sia de Málaga. 

El tercer fundamento del protendido taqueo de 
la IgleÉÍa le deduce este prelado de la exacción de 
tributos de las nuevas adquisiciones de las manos 
muertas desde el aDo de 1737. Su empeOo, á lo que 
se ve , ee buscar medios para que el clero nada pa- 
gue; que sea parte civil de la república para el 
provecho , y que jamas se considere como tal para 
lo gravoso. Y en una palabra, con el nombre de la 
Iglesia, mal aplicado, desconoce el precepto for- 
mal del Evangelio, que manda dar al César lo que 
le pertenece, y seQaladamente los tributos, T por 
ser 8u paga conforme al derecho divino, los ecle- 
siásticos no tienen inmunidad ó exención origina- 
ria, oue no sea dimuiada de loa privilegios de Jos 

igíc 



62 



EL CONDE DE PL0RIDABLANÍ3A. 



reyea , como lo aieuta por doctrina catálica y cons- 
tante santo Tomas , lumbrera de la Iglesia , y si Is 
hubiera consultado el reverendo Obispo, habriare- 
ducido i principios más sanos lo que discurre tiin 
ellos, abundando en sn particular sentido. 

FuDda agravio en que la real cédula de 29 de 
Junio de 1T60 imponga ta obligación del tervieio 
ordoiario y exiraúrdmario á los bieoes que las igle- 
sias adquiriesen depeclieros, y también le disuena 
que si dentro de tres días el ordinario eclesiietico 
no compele al pago, lo haya de ejecutar el jues 
real ; porque de ese modo conoce que el pago será 
efectivo, y es lo que siente. 

Udo y otro está decidido en la ley &5, titulo vi, 
parte i , la cual supone que las heredades deben pa- 
sar á la Iglesia con sus cargas, y que los imore» 
puedan apremiar á loi clérigo» gae la» tovierea, pren- 
dándolo» fasta que lo eumplan, porque esta com- 
pulsión no mira á las personoii, sino á las tempora- 
lidades, que nunca salieron en esta parte del dere- 
cho de la soberanía. 

De otro modo se incidiria en que, negándose con 
pretextos, que nnnca faltan para dejar de hacer lo 
que no se desea, ios ordinarios é, despachar los 
apremio», quedaria ilusoria enteramente la contri' 
bucion de manos muertas, porque no habría quien 
supliese su negligencia. 

Alégase por el reverendo Obispo que los nobles 
é hidalgos no pagan el servicio ordinario, y que es 
por esa razón gravoso cargarle & las manos muer- 
tas; pero no advierte que los noblefl están obliga- 
dos al servicio militar y á otras cargas , en cuya re- 
compensa gozan en algunas provincias esta inmn- 
nidad, aunque en las más pingües de Espafia pa- 
gan como los pecheros, por estar á fuero de be- 
hetría. 

Las manos muertas con en adquisición extin- 
guirían este tributo, si la providencia del afio 
de 1737, perjtunon deerneendi, no hubiese indem- 
nizado al erario para que las adquisiciones pasen 
con todas las mismas cargas que tenían al tiempo 
de adquirir las haciendas de raíz. Lo deroas seria 
un juego de palabras, y el erarlo se iria menosca- 
bando, contra la intención de lo pactado en aquel 
concordato, sin que esta providencia afecte en nada 
las personas de los eclesiásticos, por estar dirigida 
únicamente á loa raices que adquieren bajo de esta 
precisa condición, estándolee prohibido adquirir- 
las de otro modo, y con la libertad que anhela el 
Obispo de Cuenca, quien para llevar adelante bu 
sistema no se detiene en ninguna dispoBÍcion. 

Lo qne se dice sobre subrogaciones por el mismo 
prelado no tiene apoyo, porque éstas son adquisi- 
ciones nuevas, y la^ley no distingue, antes se do- 
ria con ellas ocasión á muchos fraudes, porque á 
titulo de fundaciones nuevas y subrogaciones que- 
daria vana la providencia, y es á lo que se tira, 
BO habiendo en la realidad medio de atajar este 



y confusión de especies, sino et establecer 
la ley de amortización. Porque reducidas las ma- 
nos muertas alas adquisiciones necesarias, cesa- 
rían loa motivos de estas qnejas , y tas cosas írAo 
con urden y claridad ; importaría menos qoe su ma- 
jestad renunciase al concordato, cuyo provecho, 
cou estas disputas, cuesta más pleitos á los segU- 
res, que les produce de beneficios. 

Si una comunidad tione censos, ¿se llamará su- 
brogación emplear sus capitales en bienes raices, 
quitando al Principe y al erario los tributos que 
el peohero pagaba sobre estos bienes, hasta que la 
venta aniquila la cosa de este pechero, antes con- 
tribuyente? 

Para la comunidad es subrogación , pero snbro- 
gacion muy ventajosa, al paso que reapecto »1 era- 
rio es una adquisición nueva gravosísima. 

Cuando la adquisición fuese de una misma espe- 
cie, esto es, trasmutando unas tierras por otras, 
quedando las anteriores subrogadas en ignal tri- 
buto, entonces seria indiferente al erario cobrarle 
de la una ó de ta otra ; pero el caso es que la tierra 
que deja la Iglesia no es pechera para el servicio 
ordinario y extraordinario, y la que se adquiere de 
nuevo quiere el reverendo Obispo venga sin esta 
carga. Con que, venimos á parar en que éste ee un 
juego de palabras mil veces repetidas para frus- 
trar lo concordado, en que han hecho los eclesiás- 
ticos gastar tanto á los paeblos y los han molestado 
con tantos pleitos y recursos, qne en realidad el 
Fiscal no halla gran provecho en el concordato 
de 1737, pues don Francisco Vázquez Uenchaca, 
celoso ministro y que se hallú en el concilio Tri- 
dentino, afirma con invencibles fundamentos qne 
la autoridad real por sí sola puede y debe imponer 
á las tierras de seculares el tributo , para que no pa- 
sen sin esta carga á manos muertas ; lo que es con- 
forme i nuestras leyes, y propia de los magistra- 
dos reales la jurisdicción para exigirle de los mis- 
mas temporalidades. . 

En aquel concordata nada se ganó qne fuese de 
consecuencia, y aun en esto qne está claro, sin dar 
lugar á los ambajes y sutilezas qne repite el Obispo 
de Cuenca , al cabo de treinta aBon que han corrí' 
do, se están disputando las primeras nociones. Esta 
expei^encía debe servir de desengafio at Miois- 
tro y al Consejo, para no acudir jamos en cosas 
temporales y de gobierno á otra potestad que á la 
del Soberano, sin que sea necesario detenerse más 
en cuanto á la jnrisdicion, ni en la impugnación 
que hace el reverendo Obispo de un auto del Gon- 
sejo de Hacienda, en qne le mandó levantar las 
censuras á un alcalde y escribano excomulgados 
por su provisor ; porque ee de creer, sin hacer gran 
favor á aquel superior tribunal, qne lo entendiese y 
mirase mejor que el provisor deCuonca, qne, como 
eclesiástico é imbuido de las máximas de su prela- 
do, no seria el más afecto á la regalía en esta porte. 



EXPEDIENTli DEL 

lias manoi maeriAS paeden erit&r estas alterca- 
cionee pagando debnoDS fe, j consultando los du- 
das si CoDsejo de Hacienda, por donde corren los 
negocioe dei r«al patrimonio y erario público, para 
que lee advierta lo que conviene hacer. Pero ei ee 
eicman á pagar, y los provieorea excomulgan á loe 
alcaldes 7 escribanos, serla fatuidad reprenaibleao- 
licitar qne loa miniatros rcaloa estuviesen con las 
ntanoe cruzadas, y qne las manos muertas repor- 
tason lucro de su propio desorden. En tal caso, más 
brere ea impugnarlo todo de uoa vez y quitarse la 
mascarills , metiéndolo í bulla con el especioso tí- 
tulo de ÍDmunidad ; j entre tanto, que el Bey 7 el 
pDsblo secular piensen en llevar las cargas del Es- 
tado, 7 loa que sostienen tales absurdos, en disfru- 
tar sus rentas con reposo. 

Por impugnarlo todo, también se extiende et re- 
verendo Obispo á contradecir la cuota da sesenta 
cscados romanos, prescrita en el capitulo v del 
citado concordato de 1T3T, para deducir una ceu- 
gma indefinida, mediante la cual, ¿titulo depatri- 
monio, aaqnen indemneslos privilegiados todas sus 
graojerfas. 

El Fiac«l cree firmemente conviene qne tas con- 
gmisgean suficientes, 7 que no haya más clérigos 
qns los necesarios con destinos á las parroquias 7 
ciu« de almas ; perc también está persuadido que 
toda granjeria tes es prohibida en las reglaa canú- 
aicu, de cualquiera calidad 7 condición que sea , 7 
qne una congrua indefinida nunca pnede hacer If- 
ütas las granjeria* de los eclesiásticos, ni inmunes 
ds gabelas; porque tales negociaciones repugnan 
al espíritu de los cánones, establecidos en loe ccn- 
dlioa, 7 no eximen de contribuir como bienea de 
tegoe, seg^uD el anto de presidentes. 

Fije, pues, el reverendo Obispo el número de los 
clérigos neceaaríoa; establezca, como debe, semi- 
nario del concilio en sn didceais; no permita cléri- 
gos ó capellanes sncltOB sin estar adictos á la Igle- 
Ma,é idóneos para desempeSar 7 ayudar la cura de 
almas ; el Fiscal protegerá con mucha complacencia 
semejantes establecimientos 7 providencias cuanto 
es de sa parte , 7 no dnda ejecute to mismo el Con- 
sejo, en comptimiento de lo que los leyes disponen. 
Ataje el reverendo Obispo las granjerias, 7 enton- 
ces podrá establecer las congruas , no á costa del 
patrimonio de los seglares, qne eso no le debe 
permitir, sino invirtiendo en ello las rentas ecle- 
siásticas, que consnmen tantos eclesiásticos ociosos 
i sobrantes, contra la mente de la sana disciplina. 
Beforme , en una palabra , et reverendo Obispo su 
clero, haga observar á los regulares sus constitu- 
ciones, usando de los facultades delegadas del santo 
concilio, 7 ocupará más provechosamente el tiem- 
po, con más edificación de sus parroquianos 7 con 
mia sosiego do su concienca. Puesto que el ma7or 
mérito está en que cada uno haga su oficio, 7 no 
se ingiera en los ajenos, porque de semejantes di«- 



OBISPO DE CUENCA. 58 

tracciones nace la confusión y el desorden. La ri- 
queza del clero consiste en la perfección ; las con- 
veniencias temporales vendrán de aDadidnra, no 
á fuerza de privilegios destructivos de la sociedad 
civil, sino por la buena distribución de las rentas 
eclesiásticaa 7 las voluntarias oblaciones de los 
fieles. Asi ha sucedido en los siglos más inmedia- 
tos á la tradición, 7 ahora, que nos apartamos de 
ella, no caben algunos eclesiiettcos en el mundo: 
tanta es la alteración de la simplicidad evangelios 
que actualmente se advierte. Deben los eclesiásti- 
cos hablar poco de haciendas 7 granjerias; dejen 
estas disputas al cuidado de los publican os. 

Lo que el reverendo Obispo trata en punto al es- 
tanco de aguardiente no merece la pena, porque 
en todos los monopolios autorizados por el Estado, 
6 sean estancos , deben contribuir del mismo modo 
los eclesiásticos que loa seglares. Así se ha estilado 
en tiempo que la Real Hacienda administraba este 
ramo, y eso mismo previene el real decreto del 
seDor Fernando VI, de augusta memoria, dado en 
BuenBetiro, á21 de Marzo de 1747, qne se halla en 
el proceso, en que se subroga, por una especie de 
encabezamiento perpetuo, á los pueblos en el uso de 
este estanco, con la carga de pagar la cuota equi- 
valente i la Real Hacienda. En él no ae exceptúa á 
persona, de cualquier estado 7 calidad que sea, para 
la cobranza de esta contribución ; todas general- 
mente quedan sujetas á ella. 

Estos decretos no son del presente reinado, á que 
tanta aversión manifiesta aquel prelado, 7 por otro 
lado, si quieren aprovecharae los eclesiásticos del 
permiso qne la subrogación les da de destilar bus 
vinos para convertirles en aguardientes, no lo pue- 
den hacer sino como vecinos 7 subrogados en el 
derecho de estanco. Para poder vender á otros de- 
ben pagar BU prorata de contribución, no siendo 
ellos en realidad quien la paga, sino el consumi- 
dor; asi como el eclesiástico que hace tabemear su 
vino, debe el tributa de millones por entero, poi^ 
que te cobra del consumidor, 7 el dejar de pagarle 
seria levantarse injustamente con los tributos del 
Re7, exigidos de tos consumidores. Asi la práctica 
inconcusa está á favor de los pueblos, y seBalada- 
mente del de Cuenca; gozando el clero, como el 
seglar, del beneficio de la subrogación del estanco, 
con todas sus cualidades activas 7 pasivas, según 
se acredita de toda la pieza sexta de estos autos, A 
vista, ciencia 7 noticia del mismo prelado 7 de sus 
antecesores. Con todo, el actual se cree suficiente- 
mente autorizado para Impugnar con generalidades 
al Be7 7 á los pueblos los derechos más bien es- 
tablecidos 7 clarea Si esta conducta es prudente, 
justa 7 arreglada, lo podrá fácilmente estimar el 
Conaejo, porque siendo tan barato 7 fácil el abul- 
tar y declamar sobre su palabra, sin dar pruebas 
concluyentes, un ejemplo de esta especie impunido 
autorizaría á otros para caer en iguales inconside. 



Coogl 



e 



54 



EL CONDE DE rLOBIDABLAHCA. 



rociones, nntritÍ7as de discordia é indaotivaa de 
ininbordiDOcioD al Ooblerno 7 sus tribonalea, i 
qnienea las legres mandan obedezcan los prelados 
j vengan á lua mandamientos como & los del So- 
berano. 

Uno de loa más justos y estrechos juramentos 
qne deben prestar los obispos al tiempo de entrar 
en BU obispado, j qne no debe baber olvidado el de 
Onenca, ee el de no ocupar ni impedir la cobranza 
de loe tributos é impuestos realee. El reverendo 
Obispo , no e61o se contesta con la impugnación de 
laa mía autorizadas exacciones, sino que la extien- 
de con generalidad, j amenaza con la disposición 
de laa censuras de la que llama íntUa ia Cama Do- 
ffliní, sin advertir que este proceso 6 monitorio, en 
cnanto se opone & las regaifas de la corona, está 
suplicado y retenido en estos reinos, como ee no- 
torio y lo tiene el Fiscal fundado en el eipedionte 
separado ; habiendo cesado ja entre laa gentes la 
opinión establecida en los mis infelices tiempos de 
la Iglesia, de que la potestad civil en el uso de sus 
funcione», aun respecto al clero como parte del 
Estado, pueda ser impedida por 1a espiritual, del 
modo incompetente á este fin. 

El punto de amortización ocupa al Obispo algu- 
nas hojas y tiempo en este informe. Puede concep- 
tnarse cuanto se dice en él como una apelación á 
futuro gravamtne, porque eiendo éata todavía una 
materia pendiente, consultiva y reservada, podía 
muy bien este prelado haberse dispensado de abul- 
tar con ella an informa, pronosticando también con 
Mto gravámenes futuros. 

Honra á la nación con el dictado de estar dedi- 
cada al ocio, sin hacerse cargo qne loe actuales 
ocioBoe son en gran parte aquellos á quienes Isa 
manos muertas han ido despojando desús bienea y 
raices, y mantienen adictos ¿ las timoBuas ottíaiim, 
qne son mis bien ostentación de quienes las dan, 
que utilidad de los que laa reciben. La limosna de 
un cuarto diario trae quinientas personas i laa puer- 
tas de nu obispo 6 comunidad, y quedan en la mis- 
ma miseria con eate débil recurso. Hejor estarían 
en sus hogares cultivando las tierras de qne se les 
deapojú, para hacer pompa de una caridad, á lo qne 
cree el Fiscal, perniciosa. 

Procura disminnir en su contexto el perjuicio de 
las adquisiciones privilegiadas, para adormecer el 
mat ; dando de este modo lugar i qne la gangrena 
inficione sin recurso el cuerpo del estado político, 
sin reparar en qne, venida la gangrena, seria con- 
vnlaivo el remedio, poesto que nada violento pue- 
de durar ein hacer una explosión niinoaa. Híllanse, 
por la verdad, en estado de violencia laa adquisi- 
ciones indefinidas de los eclesiástícoe. 

Se hace cargo qne desde 1591 ha ido en decaden- 
cia el reino , y lo atribuye á laa contribuciones que 
paga el clero en fuerza de laa concesiones pontifi- 
cias, porque cuando le viene i su propósito, ningu- 



na autoridad le es req>etahla ; modo fAoil , aonqne 
no conclnyente, de aparentar qne sale de las difi- 
cultades. 

Si este prelado hubiese reflexionado oon sereni- 
dad la materia, habria podido sacar dos ilacione* 
más naturales, más ciertas y mis reapetuosas á las 
autoridades real y pontificia. 

La primera, que ya en 1691 las adquiaíciooM y 
exenciones eran tales, que las fuerzas delossegls^ 
r^B no bastaban para soportar laa cargas del Esta- 
do, y habia llegado el caso indispensable y precisa 
de obligar al clero secular y regular á ayudar i 
esta común obligación, por la utilidad que le resul- 
ta al clero, como miembro civil, de la prosperidad 
pública y conservación del reino. En tales eircnns- 
tanoiaa, salvo el Obispo de Cuenca, convienen inn 
loa eclesiásticos más preocupados de su exenoion 
en que loa príncipea tienen derecho j titulo justo 
para exigir de loa privilegiados bu prorata de con- 
tribución ; porque el privilegio dimanado de la au- 
toridad civil se ha vuelto ruinoso 7 perjudicial. 

De esta primera ilación habria sacado el conven- 
cimiento provechoso de que las concesiones pon- 
tificiaa deade 1591 han sido justas 7 necesarias ; no 
pudiendo, por lo mismo, de unos actos irreprensibles 
resultar las desgracias que ha experimentado la 
monarquía; porque da una causa buena nunca pue- 
den derivarse efectos malos. Es inaplicable lo qne 
atribuye al venerable don Juan de Palafox, qna 
jamas disputó estas concesiones , y sn celo lo redu- 
jo á qne los millones no se cobrasen sin ellas, si- 
guiendo la doctrina del canónigo Juan OntierreE, 
contra la cual escribió el seflor don Jnan del Casti- 
llo y Sotomayor, varón doctísimo, en cnya compro- 
bación hay mucho qne decir, 7 se omite por do 
entrarse en digresiones inútiles, como lo es para 
el pnnto de amortÍEacion la cita del venerable Obis- 
po de Cama. 

Pero, i falta de buenos y sdlidos fundamento! 
inmediatos, ee snelen mezclar otros asuntos dife- 
rentes para distraer al lector del hilo y serie de la 
materia, ofuscándole en ella con especies extrafisa; 
arbitrio, aunque no muy retórico, demasiado común 
en aquellas cuestiones en que obra más el empefto 
qne la persuasión del que escribe ; y asi, prosegnirl 
el Fiscal huyendo de caer en igual nota. 

La segunda ilación es, que aun contribuyendo 
las manos muertas con millonea , subsidio 7 excu- 
sado, la fuerza de la monarquía no ee ha recobrado, 
antes la despoblación y la debilidad van en aumen- 
to. A esta progresiva pérdida de fuerza nacional 
es consiguiente la inferioridad en loa combates, j 
que la victoria se ponga de parte de nuestros ene- 
migos, pues por lo común favorece á los más fuertes 
y poderosos. Antes de la época qne seBala el reveren- 
do Obispo habia empezado ya á declinar la monar- 
quía, y su declinación ha seguido constantemente 
y cada vez con impalao mis v^edpHado; cm que 
I,: I, . COOglC 



EXPEDIENTE DEL 
e« sefial cIb» de que snbeiato la oanu que la pro- 
duce. La fueraa de un estado está en la agrícnitn- 
n, porque ella ee la que aumenta la población, la 
■lienta, produce materias para 1«a aitea y da Ho- 
brantee que expcrtar del reino, para ganar en la 
balaasa mercantil con otras naciones ; atrae las ar- 
tes, porque loe víveres son mis baratos, y saflcien- 
tee jornalee mis cortos para mantener i loa aite- 
«anoB. 

De modo qne en nu estado paede encarecerse 
todo por el demasiado cúmulo de riqueza, envlle- 
ñéndoM la moneda, signo común de las mercan- 
das. Eata decadencia amenau i los muy prósperos. 

El otro medio de decadencia resulta de qne la 
faha de mercaderías y producciones extrae fuera el 
cigDO oomnn ¡ y esta sitaacion decadente es la que 
4girta el Estado y lo pone en su languidez ; la cual 
jamas paede verificarle en loe pueblos donde flo- 
rece la agricultura y las tierras permanecen en los 
seglares ; pero es muy común donde las mauoa 
tnnertas poseen las tierras , cultivan las mejores de 
NI cuenta, y aprovechan en sus usos el producto, 
eibayendo mucho de él fuera del reino, ya sea 
i disposición de los superiores extranjeros, ya sea 
por lujo 6 vestuario' de bayetas, añascóles, paBos, 
que en gran parte vienen de fuera, comidas cun- 
dragtaimales, gastos en capítulos y en la curia 
romana, etc. 

So puede negarse qne mientras la agricultura 
eilaba pujante en tiempo de los Reyes Católicos 
; de Carlos I, nuestras manufacturas surtían i las 
Indias, á la Espalla misma y á gran parte de Eu- 
ropa y África, y los caudales de aquellos países ve- 
nían irecompensor la industria de nuestros labra- 
dor» y artesanos. Las tropas, sacadas de entre los 
robustos labradores, eran irreslstíblee en todas las 
partw del mundo, y seis mil hombree, como dice 
IVajano Bocalini, hechos i vencer en cualquier 
combate, hacían temblar á sne enemigos en todos 
los ángulos de la tierra. 

Las cortes de Valladolid de 1545 teetiScan que 
nuestros fabricantes hallaban tanto despacho de 
■os manufacturas , y era tan activo el comercio de 
la nación , que algunos de ellos tenian ajustados 
con anticipación de seis affos los géneros de sus fá- 

La agricnltura ha decaído, las glorias de la na- 
den se han oscurecido. Pregunta ahora el Fiscal 
si esto nace de ser la nación perezosa, como dice 
el reverendo Obispo, 6 de otro vicio interno que la 
ha hecho enfermar. Si ahora es perezosa, como sn- 
pone,¿por qué no lo era en tiempo de los Beyes 
Citólicos y de Carlos I, puesto qne el clima no ha 
mudado ni la naturaleza ha degenerado ? 

La verdadera causa consiste en qne las tierras 
han ido cayendo en las manos muertas ; las f ami- 
liu seculares se han vuelto jornaleras y labran ya 
«HM mereeearias, porqne al fin no labran para si ; 



OBISPO DE CUENCA. 66 

y i otras no lea ha quedado qué labrar, porque las 
comunidades y la Hesta, que tanto alaba el reve- 
rendo Obispo, por ir en todo contra el sistema pú- 
blico, bao reducido á dehesas y habitación de bes- 
tias los qne antes hablan sido campos labrantíos 6 
de pasto y labor ; reduciéndose i mendigos los qne 
en el tiempo floreciente les cultivaban como la- 
bivdores , porque se les quitaron las tierras en qne 
•e empleaban, luego que las comunidades, en 
quienm recayeron por fundaciones , herencias y 
compras en afios calamitosos , las redujeron á puro 
pasto. HA más de siglo y medio que el reino, junto 
en cortes , está gritando contra la Mestaj los pue- 
blos , las provincias enteras están llenas de las mis- 
mos quejas, y con la desgracia de tener preocupa- 
dos á muchos, en quienes reside la autoridad para 
remediarlo. 

Las Cortea claman desde el reinado del soQor 
Carlos I contra las adquisicionea de manes muer- 
tas, anunciando la próxima destrucción del reino 
si no se atajaba, poniéndolas prohibición absoluta 
de adqnirir y &nn obligándolas á vender i seglares 
los bienes raices sobrantes, reduciendo en los claus- 
tros á un justo número sus individuos. £1 remedio 
no se puso, antes en tiempo de Felipe II se multi- 
plicaron los conventos á título de reformas, Iss 
fundaciones y las capellanías ; y todo esto, á modo 
de una segur arraeadora, fué arrancando de sus ho- 
gares considerable número d« vecinos pobladores, 
qne se habrían conservado en ellos si , en lugar de 
dejar las tierras á las comunidades los fundadores 
y dotadores de éstas, las hubiesen ellos heredado 
de ens cercanos parientes, deudos y amigos, como 
la Escritura y los Santos Padres lo aconsejan. 

I Cnántas fundaciones se han hecho por sugestión 
en las confesiones y vias que en el siglo no son 
licitas, y mucho menos en el fuero interior ! El abu- 
so de adquirir por todos caminos las manos muer- 
tas ha producido que las comunidades , que habían 
renunciado al mundo, se convirtieron en casas de 
labranza, y loa vecinos en casas de mendicantes; 
viniendo las cosas, por nn orden inverso, á volverse 
contra su propia institución; esto ee, rico el que 
profesa pobreza, y pobre aquel qne necesita bienes 
para mantener su familia , propagar la especie hu- 
mana y sufrir las cargas de la república. Diga lo 
qne quiera en contra el Obispo, el estado inverso 
actual, ni es conforme i la perfección, ni conve- 
niente al reino. 

No será posible persuadir al reverendo Obispo, 
por más que el Fiscal se esfuerce en ello ; pues que 
hasta en sostener abusos cree este prelado versar 
la inmunidad, como si fuese tamimidad dejar ani- 
quilar loe vasallos seculares sin provecho de las 
iglesias ; mas do puede dispensarse de recordar lo 
qne Diego Arredondo Agüero, contador de resultas 
de su majestad y de los reinos de Castilla, propuso 
entre otras cosas, i principios del reinado de Feli- 



66 



EL CONDE DE FLORID ABLANO A. 



pe IV, en nn diteitr»o qae estampú sobre el reata- 
bleoimiento de la monarqufa, acerca del orecimien- 
to del estado eoleeiástioo. 

« El estado eoleaiástico j religiones {lOHpaUtbreu 
de eiU eieritor) ha crecido de algunos afioe i esta 
parte en núniero de personas, fundaciones de igle- 
sias j monasterios, capellanías 7 dotaciones de 
obras pías , posesiones de bienes rafees, jaroe y ren- 
tas ; de manera que en gente es mu; numeroso res- 
pecto al estado seglar, quo en los mismos aSos se 
ha dísminnido, y en sustancia de hacienda tiene la 
mejor parte del reino. Y al paso que lleva por man- 
das y fundaoiones de obras pías, que tanto se man, 
y por meterse en las religiones los hijos y bijas de 
hombres rióos, y llevar sus legitimas ; si no se le 
pone lfmite,regalando cuarenta altos Tenideros por 
otros tantos pasados en ellos, vendrán i ser bienes 
eolesiisticos y se convertirán en espirituales los 
rafees que pneden ser de proveobo, j los juros y 
rentas que no estuvieren incorporados en mayoraz- 
gos, oon que jamas saldrán de este estado. T puesta 
en 41 7 en loe mayorazgos la hacienda y sustancia 
del reino, se estrechará y disminuirá el pneblo, 
nervio y principal alimento de la república; de 
suerte que se dificultará mucho bu reparo, y muchos 
hombres, con el aprieto de la necesidad , por no te- 
ner haciendaa propias en que vivir y sustentarse, 
dejan sos tierras y Datnralezas, lo que ne harían 
si las taviesen ; que el amor de ellas los detendri» 
en sn crianza y labranza, con beneficio general del 

■ Para cuyo remedio, sin alterar lo pasado, se 
podría mandar que en ninguna parte de él se pue- 
da fundar ninguna iglesia, capellanía, monasterio 
ni otra obra pia, ni pasar á las dichas fundaoiones y 
obras pias por herencia, compra ni donación, nin- 
gunos bienes rafees, jaros ni rentas, sin licencia de 
la junta; la cual habiendo entendido las religiones 
y sacerdotes qoe hubiere en el lugar donde se tra- 
tare de hacer fundación, y la necesidad de ella 
respecto á su vecindad, y los bienes y rentas que 
son menester, asi para las nuevas fnndacionee 
como para aumento de las antiguas, proveerá lo 
que convenga al servicio de nuestro seDor y de su 
majestad 7 á la conservación del reino ; con que no 
se quita ni impide el aumento de las cosas sagra- 
das y eclesiásticas donde conviniere le tenga, y 
se previene á los da&os que pneden resultar de que 
el estado eclesiástico y seglar no anden en el peeo 
debido i la igualdad que deben tener, respetando 
las necesidades y obligaciones de cada uno de ellos, 
y de to contrario se seguirán los efectos que cau- 
san en un cuerpo la desigualdad de humores. T 
siendo el de esta república compuesto de los dos 
estados, á entrambos lee conviene guudar entre sf 
reciproca correspondencia y uniformidad que loa 
conserve. T si el tiempo mostrare necesidad de 
apretar mia eota materia, baltindola ea este limite, 



tendrá fácil disposición el hacerlo. T serb mny 
conveniente subrogar algunos obras piaa en otras, 
como son dotaciones para casar donoellas hnérfs' 
ñas y pobres honradas, hospitales de niños expAei- 
tos y huérfanos, y otros para sustentar soldados 
viejos impedidos, que después de haber servido á 
sn majestad pormnchosaDOB, padecen grandes ne- 
oeeidades, y viejos honrados pobres, que hay mu- 
chos que por no se abatir á pedir mueren de nec«- 

>E1 daSo que habla de cansar en estos reinos el 
aumento de los bienes que se iban incorporando en 
el estado eclesiástico, se advirtió más há de cien 
ofioa, estando el reino junto en cortes, en las que se 
juntaron en Valladolid el alio do 1523, en las da 
Toledo de 1525, en las de Madríd de 1528, en las 
de Segovía que tuvo la serenísima Emperatriz 
de 1532, 7 continuadas en Madrid por el Empera- 
dor en 1534, en loa de 1579 7 1588. Habiéndose 
reparado de cien afios á esta parte en daflo tan per- 
judicial, sin haberse ejecutado ninguno de loB re- 
medios que se han propuesto en tan largo tiempo, se 
puede considerar cuánto ha crecido la enajenación 
de laa haciendas que han salido del estado seglar 
y pasado al estado eclesiástico; y como los de él 
las benefician, mirando sólo á su aprovechamiento, 
á los seglares que se las arriendan y adminiatrsD 
no les queda útil considerable; de que procede el 
dejar sus patrias y darse á mendigar.» 

Este testimonio, tan autoriíado, antiguo y con- 
cluyente, hace ver que no ee invención del dia el 
establecimiento de ley de amortización an EspaQa, 
y que sin exponer su honor 7 fidelidad, no puede 
dispensarse el Fiscal de insistir y clamar sin cesar 
al Consejo y al Trono , para que se acabe de ponbr 
límite á estos adquisiciones, tan opuestas á la cons- 
titución sólida del Estado, y para que no se toleren 
sin licencia y noticia del Qobierno; pues, por más 
que se esfuerce el reverendo Obispo en decir lo con- 
trario, la capacidad de adquirir y de poseer tierras 
en el reino, 7 el derecho de permanecer en la so- 
ciedad civil de él, todo depende de la autoridad 
real. Asi lo confiesa paladinamente san Agustín, 
reprendiendo lo temeridad de los clérigos que in- 
tentaron en sn tiempo decir lo controrio ; y á Is 
verdad , que un testimonio como el de este santo 
doctor, de san Ambrosio, de sonto Tomas y otros 
muchos, merece bien ser respetado del obispo de 
Cuenca y de otro cualquiera eclesiástico de estos 
reinos, por satisfecho que se halle de sus luces 6 
de su celo. Si los Santos Padres, ni el Evongelio, que 
claramente dice que el reino espiritual no es de 
este mundo, son insuficientes á convencerá los qn« 
dictaron el informe del Obispo, vanamente el Fio- 
cal intentarlo ser más felÍE en esta persuasión 

La conducción y surtimiento de granos haca 
otro artículo 6 sección del informe del referido 
-prelado. Eo él conviene proceder oon mii distin- 



EXPEDIENTE DEL 
din y método del que observa dicho inf onne , por 
oú confundir la materia con eepeciea trocadas. 

E^ los aSos de 1764 y I76S se introdujo tngo 
ihiuojuiíio para el sortimíento de la corte, diri- 
giendo estaa providenoias et ministerio de Hacieu- 
íi, que coma al oargo del Harqnés de Squilace. 

Na Tienen con estos autos Us úrdeues dada* en 
ette uimto, no obstante qne son notorias y los fis- 
cales Im pidieron ; pero se deducen bastantemente 
del eipediente Tunítido de la -vía reservada respec- 
to 1 los edeoiástioos de Valencia, y hay noticia de 
cUu en el Consejo , donde en el afio de 1765 se trat¿ 
enTiriu consultas esta materia, siendo de dictá- 
ncD este supremo tribunal do qne las oondnccio- 
its fuñadas hacian la mina de los pueblos de Va- 
lecda, HuToia y Mancha, situados en la ourera 
Iiot donde se conducía el trigo desembarcado en 
jUicanle. 

Estas trdenoa ocasionaron graTÍeimas eitorsio- 
Hiilos vasallos de su majestad, por la dureza 
qge bnbo en esta parte, llevándose á mal las repre- 
lattciones del Consejo, y extraviando al de Ha- 
denda, sin competirle la inspección de estos uego- 
ñot de policía <I« granos, encomendados al Consejo 
por 1^ fundamental de su dotación. 

Bl propio extravio se biso de la famosa causa 
entre don Francisco Peros de Arce y el corregidor 
daUamuica don Felipe de Cifueutes, sobre eitrac- 
donM^icopioA de granos ¡habiendo padecido este 
ilümo gravisimos perjuicios, que el Fiscal entien- 
de no k le han resarcido aún del todo. Estos dallos 
le* ptdecieion los seglares , y de eso poco concepto 
fonut el Obispo. 

No consta qne los ecleaiisticos de Cuenca acu- 
diesen con sus oaballerias y mozos á portear el tri- 
go altniíiaríno á la corte ; antes se enuncia en di- 
do eq»edieDte de Valencia, por el fiscal da Ha- 
'¡mím, que en virtad de representación del reve- 
Rsdo Obiqw de Cnenca, se euspendiú por el Minis- 
terio la ítden, 6 A lo menos no se insisti6 en elta 
nipecte i loa eclesiásticos ; pero los vasallos secu- 
Uns nifrieron todo el peso de esta denama, y fue- 
ron insnditas las extorsiones; y si alguno de los 
«Icñfaticos se comprendió en etlsa, el agravio es 
mdnbitable, y responsables de él laa personas que 
le uuiliaron y aconsejaron. 

Sn dicho expediente de Valencia viene el extrac- 
to de una consulta de Octubre de 1765, ejecutada 
por d Consejo de Hacienda, sobre si aquellos ecle- 
i'<tíoaB estaban 6 no obligados & la conducción ; 
el coal se remitió, en 26 del mismo mee, á informe 
del padre confesor, quien, en 31 del mismo, fué de 
^loUnun de no deberse obligar á los eclesiásticos 
i ella, por el ningún interés qne les resultaba del 
"■rtiniiento de la córie ; y «si lo resolvió sn majes- 
tad, en 16 de Noviembre , posteriormente i la pro- 
'üiou acordada de 30 de Octubre , expedida por el 
Coniejo en consecnencia de las reaolncionea á sus 



OBISPO DE CUENCA, 57 

reiteradas consultas sobre esta materia. Sobre ella 
nada hubo que vencer en el real ánimo, no por in- 
munidad del clero, que ninguna tiene cuando versa 
necesidad, sino porque se conceptuaron las órde- 
nea del Ministerio y sus comisionados excedente 
y poco convenientes al pAblico; dimanando en 
gran parte este desorden del trastorno de sacar 
arbitrariamente, como entonces se hizo, estas ma- 
terias de su centro, y llevarlas aun tribunal donde 
podian tener más mano é inflnenoia los que mane- 
jaban acopios y conducciones. Este fué el verda- 
dero origen de talee desórdenes, ayudando í ellos 
el tribunal eolesiástico con las censaras impuestas 
en Utiel , Vellisca y otras partes. 

Queda, pues, en claro que la inmunidad nada 
padeció en Cuenca luego que repreeentó el Obispo ; 
que BU majestad no quiso adherir A los dictámenes 
del Consejo de Hacienda, ai á las máximas adop- 
tadas por el Ministerio en lo tocante á los eolesiáa- 
ticos de Valencia, ateniéndose al dictamen de su 
confesor. Este evidente hecbo oalifica la ligeroza 
con que este prelado inculca el piadoso real ánimo 
y la rectitud del confesor. 

No pide ahora el Fiscal que parezcan las órdenes 
sobre conducciones de granos; que se examinen los 
autores de ellas, se justifiquen losdaflos padecidos 
por los vasallos, y se condene en sn resarcimiento 
¿ los verdaderos causantes, porque no ha venido el 
expediente al Consejo* pero en esta parte hallarla 
más difiouttad el Fiscal en indemnizar á algunas 
personas de la inveieion en extraviar la policía de 
granos de los tribunales nativos; siendo loable la 
piadosa benignidad del Bey en estos asuntos, que 
defirió en todo ¿ cuanto le representó el Consejo, 
como lo testifican las resoluciones y consultas, que 
están en el archivo. 

El Obispo de Cnenca en punto de surtimiento 
público de granos no se halla fuera de exceso, por- 
que él mismo confiesa impuso censuras reservadas 
m Orna DonÚMi al Corregidor de Utiel, sólo porque 
ejecutaba las órdenes del Ministerio , relativaa á la 
conducción , que nunca pueden rozarse con la in- 
munidad ; pues cuando fuesen obligados á ella los 
seculares por necesidad pública , también lo son los 
eclesiásticos, como oindadanos y miembros de la 
república; y el calificar, cuando llega el caso, toca 
al Oobiemo, y no al Obispo. 

El corregidor de Utiel, don Josef González, no 
daba eetasórdenes á nombre propio, sino oomo eje- 
cutor de las qne á nombre de su majestad te oomu- 
nicaba el Marqués de Squilaoe, no estando en su 
mano suspenderlas sin desacato á la soberanía. 

Ni aun cuando fuesen gravosas, era parte el re- 
verendo Obispo de Cuenca y su provisor para im- 
pedir el uso de su jurisdicción con las censuras fa- 
voritas Hi Cana Dommi al Corregidor, que no está 
sujeto, en materias de gobierno y económicas, A res- 
ponder al Obispo. T asi, tan lejos estuvo de hal| 



> 



EL OONDE DE PLORIDABLANCA. 



■ido agresor diolio Corregidor de ütiel, que antes 
bien ha sido el verdadero ofendido j maltratado, 
7 agreiores 6 ofenaoreí el Obispo j ra provisor, 
qne desquitaban en eete magistrado la daaaf eccion 
hiciael Ministerio, por donde corria entonces la 
poticia de granos, Taliéndose de un arbitrio, que 
indnce nn pemioioso ejemplar j escindió, cnal 
fné obligarle é aondir A Roma á solicitar la ab«o- 
lueion de nnaa oensnraa titaladas m Orna Domini, 
qne no pndo imponer el tribunal eclesiástico ein 
ofenderlas regaifas; haciéndose risible en Roma 
misma la debilidad de nuestro gobierno, que deja 
vulnerar asi sn decoro. Fveron nnlaa j atentadas 
semejantes censaras; pero, no contento con haberse 
salido con cnanto qniso el Obispo, viene haciendo 
jactancia de sne providencias, y le falta poco para 
pedir satisfacción , i vista de la confianza con qne 
habla desde Caeuco. 

¿Qnién habrá de aqol adelante en ütiel qne sos- 
tenga la jurisdicción real, i vista de este ejemplar, 
j del que también le pasú en Sao Clemente oí al- 
calde ma^OT, don Femando Buis Montoya, por la 
canea qne fulminó contra Juan Montero, qne en 
traje de lego hirió, la noche del dia 16 de Abril del 
oBo pasado, á Jnon Aparicio ; habiéndole obligado 
el provisor de Cnenoa á poner en libertad á dioho 
Montero, j declarado incnrso en censuras al Al- 
calda major si no comparecía en su tribunal en 
calidad de reo ? Fueron tales las extorsiones, que 
de resultas de ellas falleció dicho Alcalde mayor, 
el escribano de la cansa se vio prófugo, el reo se 
pasea con libertad, y la justicia quedó ultrajada y 
sin poder para administrarla. Esto Uams inmunidad 
el reverendo Obispo, y con más propiedad entteuda 
el Fiscal qne es imptmidad de {«toinerosos. Sin em- 
bargo, el Obispo de Cnouca quiere abrigar con el 
respetable nombre d« la Tgleña estos delincuentes, 
haciendo cueva de malhechores la qne, debe ser 
congregación de varones jnstos. Semejantes animo- 
sidades son las que atraen las oalamidades sobre 
los pueblos; porque no pneden florecer aquellos 
entre loe coalas se desprecio, á la sombra del ftma- 
tismo, la justicia, j i los que con rectitud y forta- 
leía la administran. 

Lo que trata en el informe este prelado sobre 
acólitos y sacristanes, en razón de si deben eer 
comprendidos en las quintas y levos, no parece 
materia ton recomendable como el reverendo Obis- 
po la oree, para perder el tiempo en cosas vacías, 
ni detenerse en si remitió á lavia reservada, como 
dice, una representación ¿ favor de la exención 
pretensa de ooólitos y sacristanes; admirándose de 
que abogados y procnradores tengan más conside- 
ración que sus sacristanes. Verdaderamente que son 
risibles delante del trono unos ineiuuacionee de 
esta naturaleza, impugnando una real instrucción 
solemne, pnblicad» sobre quintas j levas , aprobada 
con oonsulta del Consejo de Guerra, cuyos 



j fiscal habrían leído muy bien si sonto conoillo 
de Trente, conforme al cual no gcson de fuero ni 
aun le tienen loe secretarios, notarios, procurado- 
res, pajes, ni otros familiares de los reverendos 
obispos en calidad de tales, como lo demostró fon- 
damentalmente el ssfior don Manuel Arredondo 
Carmeno, en nna doctísima alegación qne escribió 
siendo fiscal de la real ohancilleria de Valladolid. 
Sabría mny bien el Consejo de Guerra y el Hmü- 
terio los abusos que en fraude de quintas se oome- 
ten ; y como materia sujeta A la soberanía, estable- 
ció los medios de evitar estos fraudes, sin qne ne- 
cesitase, en uno regla general, contestar al reveren- 
do Obispo, qne no debe mirar sns reprMenAMTñnM* 
con tonto amor propia, que las considere como ín- 
foliblee ; antes debe contentarse con exponer su pa- 
recer, sometiéndose á la decisión de los tribunales 
competentes, ámenos que quiera hacer el suyo una 
aduana general de las providencias del Gobierno. 

Lo que expone sobre alguaciles de varo es otra 
Qsnrpaoion conocida de la autoridad real; porqne 
las leyes del reino prohiben que los eolesiástícos 
puedan hacer por s( prisiones algias, ni exigir 
multas, y excluyes toda exención en los fomiliares 
6 ministros de los obispos, como se puede ver en 
la remisión al titulo iii, libro i de la Beeopilaeion, 
y en el libro Til, titulo X de los Ordenanzas de la 
chancilleria de Valladolid, en que literalmente ae 
excluye esto pretendida exención. 

Los bailes, comediasy diversiones pfiblicsa, ni 
alguno de los delitos extemos que con este motilo 
■e cometan, no son del fuero eclesiástico, ni nece- 
sita 6 puede poner celadores de ellos el Obispo sin 
caer en la noto de usurpar la jurisdicción real, y 
tnrbar la repúblico, metiendo lo hos en adíe ajen». 

De ahi es que no sólo las justicias hacen bien eo 
no onxiliar estos alguaciles de vara, sino qne no 
se debe permitir su creación y eristencia; y hace 
memoria el Fiscal, en uno A otro caso, de haber el 
Consejo mandado reooger sus títulos, y serio con- 
veniente se mandase por punto general ; porqne los 
obispos, y generalmente los eclesiástícos, de cual- 
quier dignidad que sean, como tales, carecen de 
territorio y no pueden tener familia armada, depen- 
diendo enteramente del auxilio; y en eso fundón 
muchos escritores cordatos la regalia del pote 6 am- 
guoAír, de que se tratará luego. 

El trotodo qne se cito del muy reverendo carde- 
no] Bellugo, siendo obispo de Cartagena, debe re- 
cogerse, por ser nno compilación de los hechos más 
oontruios á la jurisdicción real. Bro mny digno 
aquel prelado por sn persona, por su fldelfdad i 
Felipe V, angosto padre de su majestad, y por sus 
virtudes ; pero el libro ó trotado qne salló á aa nom- 
bro, y no puede el Fiscal persuadirss sea parto suyo, 
es un cúmulo ds especies indigestas, contraríoálsa 
leyes fundamentales de la monarquía y alas sanas 
reglas conánicos, habíraide tomado sns dootrtnss 



ZXPBDIBNTB DBL 
k iqnBlloi oacoTM kntona y librejo» miaeT*bI«i 
qn tutlo reprueba et Mfiot doD FranciBOO Ramos. 

D« Ii minna uatiiralWB M otro tratado, también 
lubn Im bulet, qne el reyorendo Obispo da Teruel, 
ta Fnnoiaco Peres de Pndo, dio i Ins oon motivo 
jt n MHBp«teDGÍa ood don Joaaf Torrero, lieudo 
lobcnitdor de aqnelU ciudad. Como ute aBirnto 
atím obvio, y qns ambas alegaoiones m eecri- 
Iwsn con calor y paaion para eoBanchar la jurie- 
iitám «cleaiAotica en aenntos de policía, juzga el 
FiMtl por niperflao y excusado molestar al Coo- 
«¡o; j uj rednoo iu instancia á que se dé una pro- 
Tidencí» general para hacer cesar estos alguacilsa 
da Tut «o las pocaa diócesis donde existen , porque 
juatt creíble qne en la ilustración presente le 
rtiiMvMi per los eclesiáatioos tas pretensiones de 
Eoeííwíd TUI en materia d« inrifldiocioa, asi por 
y)alit reprobado Clemente V, en sucesor, con un 
toBcilio general , que toé el de Viena del Delfina- 
(lo,«Mno pweet novedades snbveraivaa de la au- 
; tundid tivil, intolerables en país alguno. 

i lo foe se dioe sobre tonsurados , tiene el Cou- 
Kjo Kcrdada una providencia circular reoiente- 
nmte, an tac dA la protección al concilio, para qne 
Inigu hábito clerical y asciendan á las írdenes 
Eigndu dentro del tiempo prefinido. Eeta circular 
seUlxípaiteriDnnente del informe del reverendo 
Otñipo, j no dada el Fiscal de gu oelo le dedicará 
iponerlten ejecaciou. Coa esta justa obediencia 
entwá d disfraz de los clérigos, y viviendo estos 
u ■ propia traje, tendrán mejores compafliaa y 
modilN, sin dv ocaaion á loa jaeces reales para 
qng kn prendan , como paeden y deben hacerlo en 
twcioiBiay en justicia, siempre que les encnen- 
hfa leHnqniendo 6 en forma sospechosa, para re- 
aitírloi deepuea á sos saperiorea é informarse del 
wtiga que les dan , en que se nota un descuido in- 
tolenblede parte do muchos superiores eoleaiásti- 
«t. El raverwido Obispo deberia ser más benigno 
; pauv mejor en esta parte de los magistrados 
^n^M, lot cnales pecan más de indulgentes que de 
TÍaUdoree de la verdadera inmunidad clerical; sien- 
do lie m caigo impedir los delitos donde quiera que 
l««ncQentren, y la exención no alcanza á impedir 
t^to. No cabe, puea, haoor responsables á los ma- 
^lAisdoi de la omisión dal mismo Obispo y sus 
'o'iihemM en no contener á los tonsurados , como 
■KcediÓ con si de Ban Clemente , que dio lugar i la 
"widiloaa competencia y procedimiento contra 
eI áloalda mayor, victima do la justicia, paia de- 
ju ifflpcne á noa especie de kontioida. 

Ce la inmnuidad local trata iooidentomente el 
''^^'raido (Aíspo , y no quisiwa que sobre ella se 
■ipñewn recursos de fnerta ; y ése seria on medio 
^nbatraer del castigo á los mayores delincueittes, 
cnaolo Intenta su provisor actual con el llamado 
SkU, «bo de loa cabexaa de motín de Coenca, 
Ti^idMb le v^üase ona inmuúdad fria y afectada. 



Traído, i instancia det Fiseal que responde, por 
recurso el negocio, el Consejo declaró bacer fuen» 
en conocer y proceder dicho provisor; y á no haber 
mediado este recurso proteotivo, el reo se hubiera 
quedado burlando de la jostioia, después de haber 
alborotado la ciudad. Para qne asi no suceda, ni 
excedan los ordinarios eclesiásticos de sn limitada 
potestad, ejerce el Bey, poi medio de sus tribona- 
les supremos, esta autoridad mayeatática, protecti- 
va y eminente. Su objeto se dirige i impedir el 
abuso da la jurisdicción eolesiástioa ; y asi, dioe el 
s^or Oovarmbias que lo mismo serla quitar estos 
recursos protectivoe de la Iglesia, que arroinar de 
todo punto la república, y no es de creer qne el re- 
verendo Obispo de Ouesoa pretenda ejercer su au- 
toridad sin llmitea, con tanto riesgo del Estado. 

La inmunidad local tiene muchas dificultades en 
su origen, porque no hay decieion oandnioa que la 
establezca en los primeros siglos , puesto que todas 
sus pruebas se fundan en las concesiones de los 
emperadores y príncipes, á imitación de la que ha- 
bía entre loa romanos sieudo aún gentiles. 

Adoptada por la Iglesia, ha sido nooesorio mo- 
derar el uso, por la impunidad que atribuye á los 
delincuentes rauohaa veoes. En Valencia son pocos 
las iglesias de oonfugio. En Ñapóles y CerdeHa 
está moderado el uso por convenio, y on EspaAa se 
trató, el aflo do 1747, con Benedicto llV, de ex- 
tender la práctica de Valencia á todo el reino, ha- 
biendo escrito al propio fin un parecer fondado á 
este propósito, el inquisidor general, Obispo de Te- 
ruel , que para original en la secretaria de Estado, 
y es punto digno de no perderse de vista, por los 
grandes delitoe que quedui sin castigo por una ex- 
tensión indebida de la Inmunidad local. 

Ta queda puesta en ta verdadero aspecto lo qne 
inmediatamente al punto de inmunidad local toca 
el reverendo Obispo, sobre las noticias de OaeeUu 
y Merouriút y los verdaderos fines de tan impor- 
tuna instancia, cuando ni estas obras periódicas se 
publican dentro de sn diócesis, ni, como materias 
puramente temporales y de estado, debiera mesclar- 

Reouerda la celebración de concilios provinoia- 
les,yáun la necesidad de queso congregase al- 
gmio nacional. En el afio da 1721 se dieron órdenes 
ciroulares para en celebración ; poro ésta no tnvo 
efecto alguno. No es difícil de averiguar la oausa, 
si se lee la carta del muy reverendo cardenal Qui- 
roga, escrita, en 15 de Noviembre de 1564, al car- 
denal Felipe de Boncompagno, prefecto do la con- 
gregación del Concilio, en defensa de la regaifa, 
sobre que ea los concilios provincialesy nacionales 
hubiese nno qne, á nombre de sn majestad y como 
enviado suyo, interviniese en ellos; práctica que 
aun se observa en loa tarrooonenseo. 

La curia romana queria impedir una regaifa tan 
inconcusa y aatígna au Eepafia como la corona miS: 



í^lc 



ÉL CONDE DE FLOBIDABLANCA. 



in*,7qnonborra8e,6¿loinénoino se imprímisae, 
!& MÍst«ncÍA del Marqués de Velada, en Dorobre de 
Felipe II, al ooocilio proTÍocial Toledano, celebra- 
do el afio de 1682, habieodo interpuesto con el car- 
denal Qairoga los maforeB ruegoa i e8t« fin. Y tam- 
bién ha solicitado aquella enría, con novedad, re- 
conocer tos mismos concilios para Bn corrección j 
aprobación por medio de la. congregación que lla- 
man deí OaneiUo. 

"El famoso don Juan Bautista Pérez, canitnigc y 
bibliotecario de la santa iglesia de Toledo, secre- 
tario del concilio, despuos obispo de Segorbe, com- 
prob¿coD irrefragables monumentos la precisa in- 
tervención del Boj 6 del euTÍado suyo i los con- 
cilios, probindolo con las actas casi de cuantos 
se celebraron en Eapafla. Está tan clara j patente 
esta reg;alfa en loa conoilios y en el ordo etUbrandi 
coacíííHin, qne nada so podia hacer sin asenso j 
cédala real en ellos, ni ae ha hecho jamas. 

La novedad de que tales oonctlios se remitiesen 
2 la rsTision de la congregación del Concilio se 
encaminaba í impedir i loe metropolitanos 7 sos 
en£rag¿neos é Iglesia de España el poder qne de 
antiguo tenian y han tenido independientemente 
para decretar y estatuir en sus concilios, sin ne- 
cesidad de otra concurrencia, en todo lo que no 
repugnase A la verdadera piedad , y contribuyese á 
nuuit«ner fa pureza del dogma y A mejorar la dis- 
ciplina. Pues acabadas las actas de nuestros conci- 
lios nacionales 6 provinciales, se presentaban al 
Rey, que hacia publicar su contenido en virtud de 
ana ley 6 edicto m cot^rmationem emeiUi, en que 
iban extractados ana oinones. 

Estos anteoedentes indubitables descubren los 
manejos que ha habido para impedir la celebración 
de concilios j para que cuando no pueda, seau del 
todo dependientes de la curia romana. De ese modo 
no queda arbitrio en el clero é Iglesia de Espafia 
para poner la disciplina en vigor, ni para que los 
obispos reoobrea muchas de sus autoridades nati- 
vas, eclipsadas por la infrecuencia de celebrarse 
estos ooncilioa. 

El presente tiempo todavía no es el conveniente 
para restablecer en esta parte la disciplino. Es ne- 
cesaria mayor instrucción en el comnn de la nación ; 
que las univeraidades mejoreu su eniefianza, ha- 
ciéndose ésta por las fuentes canónicas, separando 
las decretales apócrifas y las producciones de los 
siglos de ignoranoia; que el clero piense como debe 
en BUS nativas autoridades en lo eclesiástico, en lu- 
gar de turbar uno ó otro prelado al gobierno civil 
en sus mejores planes. La concurrencia de los obis- 
pos i los concilios provinciales 6 nocionales es nti- 
lisima cuando todos se hallan despejados de pro- 
ocnpaoionea y libres de sugestiones. Esfuércese, 
pues, el Obispo de Cuenca A promover el restable- 
cimiento del episcopado en Espafia, i instruir al 
clero, i reformar los abusos de las exenciones , 7 



tendrá un campo fértil en que bscer brillar su eeld, 
huyendo de los asuntos de gobierno, de que está 
muy distant«. 

Concluye, finalmente, el reverendo Obispo in- 
calcándose en la real prag^átiua de 18 de Ekiero 
de 1762, sobre el pa*e ¡r pmmiacioit de breve* y dea 
paehoi de ¡a evria romaiM antes de publicarse 7 eje- 
cutarse en el reino, 7 también declama contra la 
cédula tocaateálaS|>roAí6ict(me« ¿8 üfrros que hoce 
la Inquisición, 7 salió oon ignal data. 

No se sabe á qné fin traiga esta noticia ; paea afla- 
de so bailan recogidas estas providencias y suspen- 
sa su ejecncion, sino es pora difundir la falsa po- 
tioia de las censuras úi Catna Domini, qne sapone 
haber incnrrido el seDor Felipe IV, 7 de qoe dice 
le mandó absolver Urbano VIII, recibiendo la pe- 
nitencia qne le impusiese su confesor. Con esta es- 
pecie decae en la pragmática y cédulas qne van 
citadas, y tiene la avilantes de poner la sigai^nte 
cláusula: Tetligo ei vueilra m<yetladde la taüma 
verdad; esto es, álc que puede entenderse, de ha- 
ber incurrido en iguales censuras 7 recibido la mis- 
ma penitencia. 

Con igual ilegalidad supone revocadas las de- 
tenninaciones del citado día 16 de Enero de 1762, 
cuando el real decreto de 5 de Julio de 1763 pre- 
vino únicamente se recogiese la pragmática, ín- 
terin en majestad explicaba sus reales intencio- 
nes; cosa del todo diferente, y que, como se deja 
entender, está pendiente para la explicación ds 
algunas cláusulas, qne miraban más al modo que 
á la sustancia, especialmente de ai convendria 
en los rescriptos de particulares que no traje- 
sen oonsecnencia sujetarles genéricamente al exe- 
quátur. 

Jamas dudó el Consejo, en so consulta de 30 de 
Octubre de 1761, en la potestad de su majestad para 
establecerle, porque apenas hay estado católico 
donde no se bolle en práctica, y es, por otro lado, 
más conveniente y respet«BO impedir la ejecacíon 
de los breves que puedan producir escándalo 6 per- 
juicio antes de publicarse, qneesperar el dofio para 
poner remedio. Y asi se lee en dicha consulta Is 
siguiente cláusula: «Por todo lo expuesto, 7 pro- 
cediendo el Consejo á manifestar con separación 
so dictamen, le parece, en cuanto áfacultades, que 
vuestro majestad tiene autoridad 7 potestad de 
mandar, por regla general, se presenten 7 tonaen 
de cualquiera mono todas cuantas bulas, breves 6 
rescriptos vengan de Boma, de cualquiera clase 7 
natnralezo que lean.i 

En esta presentación previa paro obtener el ere- 
quatur, no se trata de lo justicia ó iujnaticia de ta- 
les rescriptos , sino únicamente de reparar si en sus 
cláusulas y materiid sonido se trastornan las leyes; 
asoaycostumbresde la nación, ó la disciplina reci- 
bida en el reino, 7 autoridad nativa de los superio- 
tea eclesiásticos •stableci^M.en el niño oon U dis- 

i,:h C^odglc 



EXPKDIElíTB ©EL 
¿fSat monástica, d d ae introdacen novedades 
^ pnedfto traer eaolndalo. 

Ea Diw p*Ubr*, loa mÍBmoa f undantentoH qne «er- 
as pan loa recoraoa proteoti voa de reteDoioa, obran 
pv» It preeeataciOD previ* 7 aprenajon general 
iniDO real de tos breves y despachos de la curia 
roDuu; porque, do siendo reteniblea, m indiS' 
pemible k devolncion, y si lo son, ae introduce 
li retancioD en 1« forma ordinaria, con audiencia 
de bi paites, y declara ai aon de retener 6 de Tol- 
Tcr para ser ejeontadoa. 

En KipolBSBOStaToeata regalía el famoao Dnque 
di Álcali dorante el reinado del seflor Felipe IT, 
Ujn de n aprobación y la de ana oonaejoa, habién- 
dcseiqnietado á Ba ejecución, mejor informado, nn 
I«{«tin respetable entre otroa como aan Pío V. 

Con et mismo vigor se soatuTO en Flándes , en 
tiaipo de Cirios II, este mismo derecho mayes- 
tiÉea, qae allí llaman pUeito rigió, cuya justicia, 
D Bida ofensiva de la inmunidad , demueatra, con 
«tna mnchoa , el sefior don Pedro de Salcedo, doc- 
tJBDN fiscal j ministro del Consejo. Nadie pensd, 
bSa el Obispo de Cuenca, que pudiera haber leído 
íiOstPí ríjía del padre Enriqoez.que en defen- 
dtr ntu regalías de unas provincias de la monar- 
qú «paflola , cayesen los aoberauoa ni sua minis- 
tra ra Mmejaute tacha 6 pretensas censuras llama- 
dtidelaGBiia, ó por mejor decir, del monitorio ín 
OnaAmínt, por estar retenidas 7 suplicadas en 
bptdtkdesde Felipe II, en cnanto ofenden laa re- 
gilÍM, 7 ion en el resto del orbe católico, según que 
WDináieiteustoii lo demostró el Fiscal eu el expe- 
dieit» coDBDltivo, que pende en el Consejo, sobre 
•ptvdel curso canónico del padre Muríllo el rao- 
litono ñ Cbna Ztotnim , estampado en él indebida- 
'oeule, ccn agravio de la regalía. 

Ea, poi lo miamo, f alaa la incuraion de semejan- 
tea ceanraa, ni eu el presente caso ni en el del se- 
tor Felipe IV, y una auposicioa gratuita del Obis- 
¡u. pira consternar 6 intimidar á personas simples, 
?M cwecen de instrucción 7 lectura. 

Valides para impresionar de la critica situación 
™ ÍU M hallaban las cosas en el reino al tiempo 
°°*l<i«<Mrib¡a, consideró también que entre tanta 
ooW de especies inconexas y espantadizas, corre- 
U ^ impunemeote , 7 en lo sucesivo se miraría 
como ana verdad infalible, atestiguada nada menos 
<fK poT tin obispo, que tomaba en si la vos de todo 
el clero de Espafia. 

Fuá ni deaengafio debió advertir este prelado 
d« coHi : la primera, que todo el Consejo, ntmine 
'""'^nit, convino en la potestad real para eata- 
ntcer regla general sobre la presentación previa 
debrevesydaspachosde la curia romana , para ob- 
'^BT el patt iQt«a de su publicación , según la uti- 
l'M 6 necesidad lo dictara. 
^ HBot Harqoés de Monterreal, siendo fiscal 
W Coniíjo, defendió solidiaimamente loa derechos 



OBISPO DE CUENCA. 61 

de la soberanía para establecer semejante ley, que 
en resolución, á consulta del Consejo pleno de 12 
de Bnero de 1751 , manifestó el sefior Femando VI, 
de augusta memoria, deseaba se practicase en es- 
tos reinos, á imitación de los de Indias, por loa in- 
convenientes que observaba de lo contrario. Toda 
la dificultad de este docto ministro se cifró en si 
sería embarazosa al despacho la universal y gene- 
ral presentación indefinida, por su multitud y no 
versar en los particularee 7 acostumbrados rescrip- 
tos igual necesidad que en los geueralea. No es, 
pues, invención del presente reinado la necesidad 
de establecer pragmática , ni diidar en la necesidad 
de ella. Laa palabras de la real reaoluoion del se- 
ftor Femando VI en esta parte dicen ; t Asimiamo 
me informará el Consejo ai convendrá ae ponga 
en práctica eu estos reinos lo qne se observa en el 
Consejo de Indias con laa bulas, brevea i rescrip- 
tos expedidos para aquellos dominios, y espero de 
su celo 7 actividad continúe en contener loa abu- 
sos que en estos asuntos se ofrezcan , 7 en propo- 
nerme lo que considerare puede conducir para sn 
remedio. • 

El Consejo, con la misma uniformidad , convino, 
como queda visto, en el principio cierto de ser pro- 
pio de la soberanía el establecimiento de semejante 
ley, y la discordancia de los votos estuvo en ate- 
nerse unos á que la presentación de rescriptos re- 
cayese sobre los generales ó que trajesen incon- 
veniente grave, j haber extendfdose otros á mayor 
número do despachos ; pero sin que en la sustan- 
cia del exequátur quedase duda en la potestad re- 
gia ; porque si todos convenían en lo más , claro ea 
que la dada no podía recaer en lo ménoa, que eran 
tos rescriptos de particulares, porque no mudan de 
especie. 

Lo que af muda es la alteración de hechos 7 la 
escasa noticia da principios que se descubre en todo 
este informe del reverendo Obispo, el onal, á modo 
de oráculo, quiere ser creído sobre sn palabra. Si 
hubiese consultado al doctísimo obispo Jaoobo Be- 
nigno de Bosnet, encontraria todo lo ueceaario 
para desengaOarse, porque el primer principio de 
la instrucción ha de nacer de tenerla en grado emi- 
nente el que quiere darla nada menos que á un 
reino entero. 

El cardenal y arzobispo don fray Francisco de 
CisneroB es nn varón al cual no podrá poner tacha 
el Obispo de Cuenca, y esto mismo aconsejó á don 
Femando el Católico, con motivo de ciertas bulas 
subrepticias, dirigidas á la iglesia de Avila, se die- 
sen provisiones 7 órdenes generales para que no 
se cumpliesen en el reino los despachos , bulas 7 
brevea de la curia romana, sis preceder la previa 
presentación 7 obtener el pctte. Asi se determinó 7 
mandó, como lo tostifioa Alvar Oomez, en la vida 
de este cardenal. Vea aqui el reverendo Obispa 
cuan antigua es esta regalía, que ni iun el misma i 



m, CONDB DB FLOSIDABLAKC&. 



doctísimo papa Benedicto XIT isteiitú impugnar, 
antes la coasiotió al 'Rey de Cerdefia; y eBcríbi6 á 
favor de ella estando m minoribiu j aiendo tan 
gran letrado. 

PoT esa razón está extendida con macho paleo 
la resolncion de Femando TI á la citada conanlta 
de 12 de Enero de 17S1 , porqne la promalgaeion 
de la pragmática da 18 de Enero de 1762 tío es una 
lejr nnera, sino nna renoTacion de la prOTideocia 
t«mada desde los Reyea Católicos por regla gene- 
ral , usada segnn el espirita del gobierno 6 la ne- 
cesidad ds los caaos. No son diferentes los princi- 
pioB ni la utilidad respecto á Indias de los que ver- 
san en estos reinos. Si alH no hieren en un ápice la 
Inmunidad, ¿no sevaqne es declamación volnnta- 
ria cnanto sobre esto hablan personas interesadas, 
pora intimidar con ponderaciones, á falta de sólidos 
conocimientos? 

A loe reyes pertenece velar aobre la policía ex- 
terna de la Iglesia , en la esoota observación de los 
cánones y concilios y en qne nada de esto se re- 
l^e. Esta verdad y máxima fundamental no la po- 
drá negar el reverendo Obispo , porque loa miemos 
concilios , y sefialadamente el de Trento, exhortan á 
los reyes y príncipes soberanos, implorando su 
protección augusta para la observancia de las re- 
gios conijnicas. 

¿Cómo podrán conocer si estos disposiciones ca- 
ndnicaa recibidas y útiles á la Iglesia de Eapafia se 
quebrantan 6 relajuí 6 dispensan por importuni- 
dad de preces, 6 se establecen cosas contrarias á 
los cánones en fneraa de nn poder arbitrario , si 
por medio del pote 6 exequátur no se instruye el 
real ánimo de las novedades qae se intentan intro- 
ducir en perjuicio de los ordinarios ii de las rega- 
lías? Que el ministerio y cnrialea de Boma procnro- 
aen oponerse con toda su actividad y refinada po- 
Uttca,vertÍendo escrúpulos afectados ala real prag- 
mática de 18 de Enero de 1762 , ya lo comprende el 
Fiscal , porqne su interés es obrar sin límite : cer- 
cenar los autoridades nativas de los obispios , man- 
tenerles en inacción y hacerse arbitros de dispen- 
sarlo todo por el interés y valimiento que de ello 
l«s resulta. Fué, por lo mismo, consiguiente movie- 
sen á la santidad de Clemente XIII á que despa- 
chase su breve snplicstorio al Rey para la revo- 
cación 6 moderación de dicha real pragmática. 
Pero que un obispo, qne en calidad de tal es vasa- 
llo del Reyy de so Consejo, impugne la autoridad 
del Soberano y sus leyes, encaminadas principal- 
mente á conservar ilesos en EspaDa los derechos 
del episcopado , é impedir que los curíales los tras- 
tornen con sus dispensas y novedades, no alcanza 
i comprenderlo el Fiscal, ni tiene que atribuirlo 
sino á qne esta prelado no se halla bien instruido 
del negocio, ni aun de sus más obvios y comunes 
principioe , y qne discurre en él por lo qne ha oido 
Aforsonas vulgares, ajenas de sfilida instrucción 



canónica y mny remotos de las regalías. Hubiera 
sido-bueno que las tales personas leyesen nneatros 
concilios espafioles antiguos, y hallarían qu« an 
convocación , la indicación de los osnntos qne se 
debían tratar y lo intimación de los mismos cano- , 
nes se hacia, precedido el exequatw 6 edicto i4gio. 
Los miamoq papos para la publicación de loa con- 
cilios generóles en el reino han solicitado el exe- 
9tMUw, como lo híso León 11 con el rey Ervigio, 
sin referir otros casos. 

Los nuncios de su santidad obtienen el pimi 6 . 
exequátur de sus facultades , y antes que áe dé por 
el Consejo no asan de ellos, y si lo intentasen ha- 
cer, so bario reponer cuanto obrasen pK>r atentado, 
como sucedió con el Awobispo de Domiata. En el 
acto mismo de extended esta respuesta se le nca- 
ban deposor al Fiscal las facultades del reverendo 
arzobispo de Nicea, don César Albricio Lucini, paro '■ 
ña reconocimiento, antea que entre á suceder en la 
nnnciatnra ol mny reverendo cordenal don LAaaro 
Opicio Palavicini. 

El mismo reverendo Obispo de Cnonco presentó 
en lo Cámara sus bulas, y se lo díó elffOM, oido el '. 
fiscal de sn majestad, y libró para el cumplinnien- 
to el ejecutorial de estilo. 

Preguntase ohoro sí está íncurso dicho Obispo , 
en ana pretensos censaras tn Cterut Domini por ha 
ber acudido á la potestad real á solicitar el patr 
de sos bulas que confirman sn nombramiento al 
obispado. 

Dirá que no, porque su reconocimiento en la 
Cámara versa en inspeccionar si contienen algo ds 
nuevo eu diminución de las regalías y patronato 
real, de las facultados nativas del Obispo, ó en tras- 
tomo de los cánones y disciplina recibida en el 

Loa príncipes y los tribunales han usado masó 
menos de esta regalía, según tas oircungtanciax Ó 
la ilustración lo han pedido, como materia entera- 
mente dependiente de su soberanía. La real prag- 
mática quiso fijarla, y sn majestad, permaneciendo 
en estamisma máxima, reservó explicar aas reales ¡ 
intenciones para darle la última mano y hacerla más ' 
practicable. Todo lo que expone el Fiscal es con- 
forme álos hechos, y no encuentra algunos que dis- 
culpen los injuriosas especies estampadas sobreesté 
porticnlar por el reverendo Obispo, con envileci- 
miento de la dignidad y decoro real; siendo tales, 
que el Fiscal no podrá dejar de clamar á este Su- 
premo Tribunal hasta que se d£ completa satisfa- 
cion al Gobierno. 

No es menos eztraordinorio lo qne en punto á la 
cédula del mismo dia 18 de Enero de 1762, tocante 
á prescribir regla á lo Inquisición sobre la prohibi- 
ción de libros, amontona en pocas lineas el Obispo. 

Supone que su majestad revocó esto cédula, y es 
hecho incierto y alterado, porque et real decreto 
de 6 de Joiio de 1763 , weaoindiendo de qne no 



EXPEDIENTE DEL OBISPO DE CUENCA 



nrooS k BmI pragmática, no habla ana palabra 
k1i da esta cédula. 

b duacato decir qae con errada inteligCDoia m 
gfdji ta una constitución do Benedicto XIV, de 
usta memoria, cuando la mente, aat de la cooati- 
tocien eomo de la cédula , es qae se oiga i los an- 
Ura íbU» de prohibir ana obras 6 condenar eiw 
prapovciones. 

bti proTidencia, por otro lado, ea tan jntta, que 
m cundo no faobiera tal conatitaoion , pide la 
equidad y la jnaticia se oiga al autor antes de pro- 
ngaeUistiitencia ; porque, como más bien enterado 
qoe nadie del sentido en que se explica j de los 
ftadimenlos de bq raciocinio, se halla en estado 
de dwimpiesíonar tal ves á los encargados del ex- 
pirgitúrío de libros, de algnn siniestro 6 apasio- 
DidD concepto qne hayan formado, como sucede 
DO rara res por Mte defecto de audiencia. La ver- 
bd de este concepto se manifesté en la práctica 
ncwTS i dicha real cédula con las obras del pa- 
I driRodrigues, monjeciitorcieuse de Lemela, por 
' TÍitnd de haberle oido. Bste caso, como notorio, no 
Ma pusrlo en ailencio et reverendo Obispo; 
pon, pceacindieiMlo de otros, persuade la utilidad 
iilowtsblecido en la cédula. 

b Tardad qne las cédalas también se recogieron 
fliii mijcitndea indirectas, j tal voz en ellas había 
juM EQotiTO, porque daban al Inquisidor general 
nujom fscnltodes de las que convenia, respecto 
i loa brBVM qua viniesen de Roma sobre conde- 
iMOBM de obras y escritos, porqne^el pase 6 re- 
tncÍDn [tféTÍa de estos breves, como asunto ma- 
;atltico,Docabiau en las facultades de la Inqni- 
■iiniMi, y pertenecia propiamente al Consejo real, 
Bel depotitarío de tan alta regalía. 

W que extendieron la cédula tuvieron presente 
ta Mto acordado, ó aea resolución del sellor Fe- 
lipe IT, i consulta del Consejo, que apoya la letra 
deis real cédula, y su respetable contexto poneá 
íobiBrto BU honor y probidad, quedando reservado 
ti Gobierno reducir i términos más convenientes 
■o «ipr«aion. 

Lt prohibición 6 permisión de libros es asunto 
it ngalla, como se ve en la pragmática de 1502, 
q« M la fundamental. 

Lafotmaoion del Expi^gatorio 6 ifenwrial, co- 
mo le llaman nuestras leyes, so delegó por sutori- 
^ rtal al SMtto Oficio, según se lee en ellas mia- 
»w- ¿De qné se admira, pues , el reverendo Obis- 
po qns esta mioma potestad delegante ponga l{- 
■nits y prescriba términos correspondientes al abu- 
N qM se nota en las prohibiciones, y á la desidia 
en Im sipurgaciones, no por culpa de los inqnisi- 
dorts, DDO por ojerizas y empefios algunas veces 
it eicaelss , y las más por poca 
cilifieadores, que por lo común están 
wn Its regalías y jurisdicion real ? De este abuso 
iwlta quitar de entre las manos ¿ tos estudiosos 



libros útilísimos, con dafio universal de la nación 
y atraso lastimoso de la instrucción piíblica. 

Las naciones vecinas y católicas dieron grandes 
alabanzas á estas dos determinaciones de su majes- 
tad, expedidas en 18 de Enero de 1762, como se 
puede leer en el famoso tratado de Justino Febro- 
nit>, en qne están puestas las regalías del Soberano 
y la autoridad de los obispos en su debido lugar, 
con testimonios irrefragables de antigQedad ecle- 
siástica. I Ojalá qne los que rodean al reverendo 
Obispo acudiesen á los Padres, áoonsnltar los con- 
cilios y las leyes, antes de arrojarse á tocar unas 
materias muy superiores á su inetrncoioo y cono- 
cimiento I 

Es de la gloria de su majertad el haber mandado 
recoger la real pragmática para explicaria según 
sus reales intenciones ; pero también m halla em- 
pellado el decoro y reputación del Gobierno en de- 
clarar los limites de estas regaifas , hacerlas obser- 
var con vigor y restablecer la pragmática y cédnla, 
hechas las convenientes declaraciones 

A causa de esta suspensión se eiperimentao gra- 
ves perjuicios é inconvenientes, como el de haberse 
atrevido va clérigo mallorquín , en fines del afio 
pasado de 1766, en faena de despachos de la curia 
romano, á poner por excomulgado al reverendo 
Obispo de Hallorca,pre1adodetantas prendas, vir- 
tud y letras, fijándose en Menorca los cedulones, 
con escándalo, mengua y oprobio de nuestro go- 
bieno, como resulta de los autos que penden en éi 
Consejo y están en poder de los fiscales. Vea ahora 
el Obispo de Cuenca si la regalía del extquatttr es 
necesaria para conservar á los obispos mismos en 
el libre uso de sus funciones pastorales, y á cada 
nno en sus límites. 

No contento el Obispo de Cuenca con inspirar 
en ens cartas especies tan sediciosos contra el 6o- 
biemo en las materias eclesiásticas , capacea de in- 
ducir á rebelión los pueblos, vuelve á sus favori- 
tas especies de excusado y novales , atribnyendo á 
ellas la escasez de granos, que con más pnrexay 
verdad podria achacar á la deterioración de la agri- 
cultura por las muchas tierras que los comunida- 
des y manos muertas han reducido á dehesas 

Dice, como si estuviera inspirado, qne de ahí 
dimanó la pérdida de la Habano ; constando al uni- 
verso el proceso instruido contra los que no la de- 
fendieron bien, como era de sn obligación, expo- 
niéndose hasta el último trance por ta patria. 

Habla de la pérdida de la escuadra sin obrar, y 
disimnlahallarse complicados en el mismo proceso 
sns jefes, y la omisión de no habérseles pasado los 
órdenfes 6 noticias para incorporarse con la escua- 
dra de nuestros aliados. 

Atribuye á la misma cansa haberse disipado sin 
bafallos nuestro ejército, aludiendo al de Portugal. 
¿Qné sabemos si habrá dependido de inacción en 
algunos , de poco surtimiento en U hospitalidad, jc 






C4 



EL CONDE DK ÍLOBID A BLANCA. 



de otr» circunstancJw aaturalea , bíq acudir preci- 
samente i las oobrenatnrales? La victoria tiene bob 
antecedentes necMarios ; es por lo coman el fruto 
de la actividad, de la boena disciplina y Bubordi- 
uacion de laa tropas, y de la robustez de ellas , me- 
diante BU baena cnracion y asistencia. Es tan na- 
tural qna vensan ajércitoB bien disciplioAdoi y asis- 
tidos, como el qae se dÍBipen loa que carecen de tan 
precisos auxilios y calidades. 

A la misma cansa atribuye el Prelado los albo- 
rotos de loe pueblos é insolencias de U plebe en los 
bullicios |>asados. Es mis natural deducirlaB del 
descontento y malas doctrinas que ae inspiraron , y 
á la verdad que estos papeles del reverendo Obispo 
no habrán sido misiones muy provechosas. 

Finalmente, dice que todos los mates dimanan 
de la opíwwn de ¡a Iglesia, entendiendo la Iglesia 
en el modo que va dicho, y como la entendian los 
monjes y Patriarca de Constantinopla , que á titulo 
de devoción se metian en el gobierno, concitaban 
los pueblos contra los magistrados y aun contra 
'los emperadoras. De aqui nacían continuos tumul- 
'tos y las rebeliones contra aquellos principes. Lie- 
'g6 la estupidez y superstición, en el imperio orie 
tal, i tener ocupados los soldados en construir 
templo de Sonta Sofía , miéntraB los torcos in» 
dian los confines del imperio, ocupaban las provin- 
cias y cautivaban Iob crietianos, como si el hei 
Bsar una catedral ó templo debiese prevalecer á la 
conservación del cristianismo en todas aquellas re- 
La Providencia divina redujo la iglesia oriental 
á cautiverio , cayó en cisma, y el orgulloso Patriar- 
ca y monjes , que deponían los emperadores y mi- 
nietros, están ahora en dependencia servil de los 
mabometanofl. 

lia Iglesia está dentro del Estado, oomo advierte 
bien Optato Milevitano, y el Estado no puede per- 
manecer si los eclesiásticos se introducen á turbar 
el gobierno, porque son materias del todo ajenas 
de su conocimiento y competencia; y por otro lado, 
el vulgo ignorante se deja preocupar cada vez más. 
Los eclesUsticos, en la última época de los reyes 
godos , se ingerían en las elecciones reales y hasta 
«n las conspiraciones y deposiciones do sus prin- 
cipes. El poder soberano llegó i hacerse vacilante 
ypracarioy A perder su fuerza, sometiéndose todo 
el reino bajo del poder arbitrario del clero. Basta 
leer nuestros concilios para demostrar esta verdad. 
Las consecnencias foeron iguales en Espafia 
en el siglo viii, á las que en el siglo xv experi- 
mentó el imperio oriental. Por lo mismo deben 
tener cuantoe gobiernan muy á la vista el conseju 
de Antonio Pérez y de fray Joan Márquez , y los 
gobiernos recelor mucho de que el clero, á titulo de 
piedad mal entendida, se apodere del mando, y de 
que el fanatismo se introduzca en los pueblos en 
lugar de la ilustración y verdadura piedad. Tam- 



poco debe tolerar que loe ministros se quieran arro- 
gar el nombre de la Iglesia ; porque en tal caso todo 
está perdido. Las letras, las utes, la agricultura, 
el comercio, la navegación, la milicia se abatea en 
países snpersticiosos , y al fin se pierden, como su- 
cedió cuando los árabes vinieron á Espalla , qae oi 
aun armas tenían nuestros mayores para defend«rae 
de ellos, y recurrieron por toda defensa á la natu- 
ral de los ásperas montofias de Asturias. 

DistintM son los derechos del santaario de loe 
del imperio, y nadie ha autorizado á los eclesiásti- 
cos para meterse en éstos, ni impedir el oso de la 
protección y vigilancia exterior que el Qobiono 
debe tener sobre la conducta del clero en cnanto 
miembro del Estado, y en que cumpla tus funcio- 
nes , sin salir de sus limites. Tribunales tiene el 
Rey, donde pueden recurrir los eclesiásticos en ins 
pretendidos agravios. El alterar estos subordina- 
dos recursos, el declamar contra sus providenciaa 
con generalidad, y conmover con este fin, ea en 
sustancia inducir á sedición , y por decirlo de ana 
vez, es faltar al juramento que el clero presta al 
Bey por medio de los obispos. 

Se ha difundido el Fiscal, porque en tono de 
triunfo se han traido de mano en mano las carta* 
del Obispo , y se han querido cubrir con ellos tas 
execrables maldades de loa bullicios pasados ¿ in- 
fundir en los simples fanatismo. 

Pudiera el Fiscal pedir que se tratase al reve- 
rendo Obispo como á reo de Estado, porque pone su 
boca , como dice la Escritura , contra su principa j 
contra su gobierno, tirando á hacerle malquisto 
con sns vasallos. 

Se dirá qne el Obispo es bueno y que obra mal 
aconsejado ¡ que es de una familia esclarecida y 
que no pueda tener mala intención en lo que dice; 
y qne al fin , si esto no basta, se le perdona , puei 
que el Rey con tanta generosidad ha perdonado y 
sobrellevado tanto, y se ha portado con una benig- 
nidad inimitable con quienes debiera osar de tanto ' 
rigor. 

Podría el Fiscal pedir que, atento las especies qne 
en ene escritos manifiesta est« prelado, y su genio 
averso álapotestad real, se le echase de estos rei- 
nos, quedando el régimen de sn obispado en mano* 
más afectas al Bey, al ministerio y á la pública 
tranquilidad. 

A eso dirían sus valedores (que no le faltan al- : 
gunos) qne una providenciado esta especio tiraba 
á deshacerse de este prelado, por ser un varón cons- 
tante y firme ; que también el fanatismo tiene sos 
mártires, y ningunos ceden con mayor dificnhod 
que aquellos en quienes ae han impreso ideas ae- 
mejantes á las que ha recopilado el reverendo Obis- 
po, y lisonjean el amor propio de algunas peraonu 
eclesiásticas, que se creen eximidas de toda auto- 
ridad pública. 
Otros dirán; ii¿Qué se hade.hocer con nn obn- 

Google 



EXPBDIENTE DSL 
po?) Cubo d por Mrlo tcTiesa cutA blanca pan 
mttf á Oobiemo j deucreditarlt. 

S lu ofensas fuMen hechas & persona* iiof^a- 
M príTadamente , cada ano es dns&o de pensar ¿ 
n nodo ; aa aaí ciuBdo volaotañamento j en pú- 
Uieo H declara la guerra al Gobierno, porqoe éate 
ta\t tachado de díbil 6 perdería an repatacion, y 
ñu ella qatidaría inoapas de hacer accionea gran- 
de 7 dignas. 

Lm papelea del Obispo, oontrajéndoM el Fiscal 
■I dtlilo y al escarmiento de Iob diaa 15 de Abríl y 
H i» Mafo, son tibeloa f amosoa , Henos de falw- 
liiiks, injnriaa j snpoaicionea, con el deprarado 
fin de tnrbat el reino, aprovechándose de U Opor- 
tonidad qae le prestaban los bullicios paaados ; 7 
ni, pide el Fiscal qne el original de dichos papeles 
ui tnjdo al Consejo f remitido 4 la aala, para qne 
átt á TM de pregonero le baga qnemar por mono 
del ejecutor de la joiticia en la forma ordinaria, 7 
ée*Uo remita testimonio al Consejo. 

Pide tsimiimo el Fiscal ae mande por el Ckinaejo 
il raTBraado Obispo oompamca en esta o^rte , j 
((u tetaado el Consejo pleno, ae le reprenda públi- 
cMunto de sn atreTÍmiento 6 imposturas , 7 se le 
b^» Mber judicialmente qne si en adelante ín- 
cmrween semojantsa ezcetos ú otros equivolen- 
tM,Nl« tratará con el rigor qne las leyes pterie- 
nm ontn los qne hablan mal del Bey y de «n 
gatímo; y hecha esta intimación , le le notifíqae 
nigí dentro de veinte y cnatro horoi á continaar 
R rwiduicia, sin permitirte se presente en palacio. 
Erto <■ lo que, cumpliendo con sn obligación, 
proponey pide el Fiscal , y qne el Consejo, sin per- 
juicio deponerlo en ejeouoion, di noticia á su ma- 
jottd en conaalta qne se acuerde i este fin. Ha- 
diid j Julio 16 de 1767. 

ContuUa M Cotudo plem. 



bi ti Conaejo pleno , señor, ae ha risto todo este 
iptdiente con aquella seriedad, reflexión y dete- 
nido ciimen qne pide de snyo el contenido de las 
°utenai qne encierran las cartas del reverendo 
Obigpo de Cnenca, don Isidro de Carvajal y Lan- 
cina. 

Ka pudo menos de enternecerse el CoDsejo al 
leerla real cédula qne vuestra majestad se dignó 
"pedir al mismo prelado, Iñigo qna llegó á noti- 
ñ» át vuestra majestad la primera carta qne con 
^kW de 16 de Abril escribió el Obispo al podra 
wnthsor, fray Joaqnin de Osma; pues, en Ingor de 
^■n* por ofendido el real ánimo de la durase i 
■■oportunidad de las expresiones , manifostd un co- 
'uon verdaderamente constante y piadoso, alia- 
i^dofe í oir en qué consistian los supuestos agre- 
^ det clero y de laa iglesias, cuyos ministros 
tiponia el reverendo Obispo hallarse atropellados, 

win«*do« los bienes ecleaiiaticos 7 ofendida la 
P-B. 



OBISPO DK CniKOA. U 

inmunidad de los templos , mediante las prariden- 
cías tomadas en el glorioso raioado de vuestra ma- 
jestad, comparado con el del impfo rey Achab; sin- 
gularisándoea aquel prelado en declamar abierta- 
mente contra el Oobiemo, tomándose una repm- 
sentacion qne por modo alguno le pertenece. 

Háoese cargo el Consejo de la mola coyuntura 
en que se hocian é vuestra majestad presentes es- 
tas especies, después de unos bullicios que hubie- 
ran consternado á un ánimo que no estuviese dota- 
do de la magnanimidad y grandeza qae el de vues- 
tra majestad. 

Bn vea de darse por ofendido de una deelamaeion 
de este género, ae dignó vuestra majestad expedir 
la referida cédula, llena de olánsnla* piadosas y 
dignas de un Cirios III, qne merecían escribinw 
en letras de oro , para que sirviesen de dechado á 
los venideros. 

Explicó en 23 de Hayo el Obispo de Caenoa los 
pretendidoe agravios de las personas, á los bienes 
y á laa Iglesias, con vaticinios funestosymelancó- 
lieos ; increpándolo todo con un tono no correepon- 
diente al asunto ni á la augusta persona de vues- 
tra majestad, á quien se dirigía. 

Continuando vuestra majestad en dar ejemplo de 
rectitud y de nn verdadero deseo del acierto y pros- 
peridad pública, tuvo i bien remitir, en 10 de Junio 
del mismo aOo, al Consejo todo este negocio ¡ some- 
tiendo laa principales accionós de sn reinado á la 
censura y juicio del primer tribunal de la nación, 
y para darle todo ensanche en el qne formase, or- 
dena vuestra majestad al Consejo pidiese los expe- 
dientes y órdenes que se hubiesen causado sobre 
los pimtos qne toca en sus cartas el Obispo, aacán- 
doae de cnalcsquiera oficiaos 6 parajes donde se 
hallasen. 

Correspondió el Consejo á loe jastifioadas y an- 
gnatas intenciones de vuestra majestad, abriendo 
sobre todos loa puntos una especie de aadíencia 
instructiva é instrumentaL Trajéronse loe expe- 
dientes originales, pidiéronse todos los informes 
que deciael reverenJo Obispo, y ánn otros mis, 
para completar el examen ; y sobre todo, se mandó 
informar y oir de nuevo al mismo reverendo Obis- 
po, con encargo de que produjese los documentos 
auténticos, en comprobación de sus aserciones, que 
tuviese 'por convenientes j habiendo ejecotado este 
segundo informe, después de algunoa recuerdos que 
en el asunto se le dieron. De manera que ni ha pe- 
dido mayor inetroccion aquel prelado, ni puede 
quejarse de qne el Consejo se haya dejado de fran- 
quear i oirle plenamente, y averignar la verdad 
por cuantos medios y conductos podía adquirirse 
BU conocimiento , á pesar de la muchedumbre y di- 
versidad de especies que hscian prolijo el expe- 
diente. 

Los fiscales de vuestra majestad, por el orden 



oon qne el reverendo Obispo toca tas materias, bui 
6 ole 



EL CONDE DE ÍXORIDABLANOA. 



pitetto «n m debid» oUricUd lot hsohoa, j trai¿<> á 
BU geDnÍDO sentido loa reglsa del derecho público, 
cítÍI 7 eclesüstioo, para oonvesoet da iaciertae, 
calnmnioaaa é insubaiateutea las qaejas y declama- 
ciones del reveíando Obispo de Cnenoa, «puntadas 
por mayoi en sa carta da Ifi de Abril, y extendi- 
das poi meoor en la de 23 de Hayo, ratiñotedoae 
en lo que aateriomiBUte tenia expuesto. 

Créese, seDor, el Consejo dispensado de repetir 
las especies, porque seria nn trabajo largo, fasti- 
dioso á inútil, respecto á ir colocadas por sn orden 
en el cuerpo de la conenlta,y haber hecbe de todos 
un análisis fundado los fiscales de Tneetra majes- 
tad , cotejadas sus respuestas con lo resultante del 
proceso, de que se ha actuado por menor el Consejo 
en los muchos dias que ocupj su vista. 

De su contexto resulta evidentemente compro- 
bado que son inciertos j afectados loa agravios 
que se euponen irrogados i las iglesias ó al clero 
en el augusto reinado de vuestra majestad, ni en 
el modo ni en la sustancia. 

En todos los puntos oonata que vnestra majestad 
ha procedido con consultas de tribunales y perso- 
nas graves, escediendo en labenignidad y piedad, 
y que si en algún caso se ha advertido desorden, 
vnestra majestad lo ha remediado al punto que llegó 
á su noticia, con una justificación que no ha sido 
muy común en otros tiempos. 

El Obispo de Cuenca en sus escritos se ha dejado 
llevar de impresiones vulgares y mal examinadas, 
y ha adoptado opiniones reprobadas por las leyes, 
por tos escritores y por los gobiernos mis ilustra- 
dos , y se ha enardecido demasiado, haciendo auysa 
tales preocupaciones. 

De aqnf deduce el Consejo dos consecnencias 
ciertas y necesarias, para recaer en el dictdmen que 
ha formado de este negocio. 

La primera, que estando desfigurados los hechos, 
y adoptadas en los escritos del Obispo máximas 
contrarias á la regalía de vuestra majestad y del 
Estado, y pintado el Oobiemo en un aspecto que le 
hace odioso i los subditos, dejando correr estas 
cartas impunemente , su contacto seria capaz de in- 
fundir escrúpulos gravísimos en los ánimos de una 
Dación de suyo piadosa, y oomprometer las auto- 
ridades civil y eolesiáetioa, lo que siempre induce 
perturbaciones y desorden. 

La segunda, que induciendo estoa escritos, ya por 
el modo, ya por la sustancia, nua injuria tan cono- 
cida al católico corazón de vuestra majestad y al 
padre confesor, cuyos oficios hacia las iglesias han 
sido tan determinados, y respecto á otras personas 
del Gobierno, es indispensable quo á éste se le dé 
una pública satisfacción de parte del Obispo ; pues 
si un particular es acreedor á ella para conservar 
BU fama, que le es útil y precisa, con mayor razón 
versa esto respecto á la suprema cabeza del Estado 
y á las personas públicas ofendidas que entienden 



la general gobernación, para la cual se haríao 
insuficientes arrancándoseles su opinión de witxe 
las gentes. 

En el supuesto firme de que al Consejo enoneii- 
tra desvanecidas las reciiminaciones del reverendo 
Obispo, falsificados loa hechos en que las funda, y 
de que debió instruirse antes de escribir al pUre 
confesor, y mncho más después de que vuestra nu- 
jestad y el Consejo le mandaron respectivament» 
informar, y que,por consiguiente, debe qnedar tran- 
quilo el recto corazón de vuestra majestad, qne li- 
gera é intempestivamente intentó sorprender y pudo 
oontristar el Obispo de Cuenca, abusando de su 
oficio pastoral é ingiriéndose en el gobierno polí- 
tico de estos reinos, ha ponderado por una y otra 
parte las circunstancias, pora fijarse en el dictámeu 
que debe consultar, en cumplimiento de la real ur- 
den de 10 de Junio del afio pasado ; y todo liieoí re- 
flexionado, es de parecer que las cartas del Obispo 
de Cuenca de 15 de Abril y 23 de Mayo se deben 
archivar en su original, recogiendo todas las copias 
que se hayan divulgado, para qne queden también 
archivadas en el Consejo. 

Que el reverendo Obispo debe comparecer en la 
corte, y estándolo i presencia del Consejo pleno, 
que se junte en la posada del Presidente, sea re- 
prendido por la suposición de los hechos y especie* 
sediciosas que contienen sus cartas, y advertirle 
que si en adelante incurriere en desacatos de esta 
especie, experimentará toda la severidad que el 
Oobiemo puede poner en uso contra los que turban 
la debida armenia é inteligencia eutre el impsrio 
y el sacerdocio. 

Que en el mismo acto se le entregue acordada, 
firmada del escribano de gobierno del Consejo, en 
la cual se desaprueban los escritos del Obispo, avi- 
sando íste de su recibo desde su obispado , adonde 
se restituirá iumediatomente, sin detenerse ea la 
oórte ui entrar en sitios reales. 

Finalmente, que para reparación de las malas 
ideas que estas cartas habrán inf undido eu algunos 
eclesiásticos, se remita dicha acordada (cuya mi- 
nuta ooompafia para la aprobación de vuestra ma- 
jestad), con expresión de la providencia, á todos los 
prelados eclesiásticos de estos reinos para que les 
consten estas determinaciones, y á vista de ellas, 
nivelar sus procedimientos en asuntos da eata na- 
turaleío. 

Esto es, ee&or, lo que al Consejo pleno se le 
ofrece, bien pesadas las circunstancias en negocio 
tan delicado, cumpliendo con la confianza, fideli- 
dad y amor que debe á vnestra majestad. 

RetoltKion dt tu mqjeitad. 

He conformo en todo con lo que el Consejo rae 
propone ; y para qne conste eu el expediente qne 
motivó dicha eonsnlta, firmo la presente en Madrid, 



KXPÜDIENTB DEL 
iSdeOctnlvede mil Mt«ci«iitos «cBenU j- liete. 
-Iniíao DI HiatBiDA. 

Aetrdada dirigida á todo» hi anohÍÉpoi y olitpo* 
dd reino. 

El Teverendo Obispo de CoeDoa escribió 4] padre 
«Müfeaor de «n majesUd , en 16 de Abril det afio 
pririmo puado, una carta llena de ardieates qne- 
jtt contra el ^bíerno del Re^ y sa minUterio, 7 
MDtn el mismo padre coufeeor. 

Aunque aquel projado no exprésale por menor 
liKigranos en que podia fundar las rehementes 
ilKlmacionea de sn carta, manifestá en compen- 
dio eonsistia en que la Iglesia estaba saqueada en 
sm biene», ultrajada en las personas de sns minís- 
Im f atropellada en sn ínmonldad. 

El padre confesor praseotó A sn majestad esta 
nrtt, para qne , ínstmido de sa contexto, pudiese 
•cordsr para el remedio j desagravio las proriden- 
OH im dobian esperarse de la soberana justi&ca- 
iHogdriBer. 

Iiflunado el religioso oomon de sn majestad del 
Mwry Teneracion qne profoaa A la Iglesia y sus 
ngrtdos derechos, penetrado de dolor con la noti- 
cis i* qne contra ella se ejecutasen tales saqueos, 
■(■•iftllaBiientos 7 nltrajes, y poseído de aquella 
t(nvtptl«mal con que ama A todos sus tbsaHos, 
dwd hép) enterarse indiTÍdnalmente de los agra- 
rm qu hnbieswk dado motivo i quejas tan amar- 
SM,jteitefin ve dignó sn majestad dirigir al re- 
T^nda Obispo para qne los explicase la cédnla 
(nji copia acompafio á nsted). 

Q rererendo Obispo respondió á su majestad, en 
Mrttdg23de Mayo, repitiendo las tres propoii- 
cioocs del compendio de sus quejas , 7 fundándolas 
«n Tinas «speci es de hecho y de derecho, relativas á 
lu grsciaa de czcosado 7 novales, concordato del 
^ de 1T3T con la corte de Boma, Ie7 de amorti- 
zadoD,ÍDcInsiou délas caballerías de eclesiásticos 
'¡^ 1h conducciones públicos de granos, 7 otros 
pintoi y excesos de las justicias ordinarias de los 
pnebloa con los ecleaiásticos de sn diócesi 7 con la 
lanmúdid de los templos. 

Eh majestad se sirvió remitir estos papelea al 
Cousjo, con orden de 10 de Junio, mandando que 
pus la mayor seguridad de su conciencia, y el más 
ic«ttsda gobierno de sus reinos y felicidad de sus 
'ittUoB eolesiisticos 7 seculares, viese y exami- 
na» el Consejo, con la madores 7 reflexión que 
*'^°*tninbra, cnanto el reverendo Obispo referia 
libeise procedido y ejecntado de sn real orden, 7 
porlosministroBy tribunales suyos, en perjuicio de 
iiugrada inmunidad detestado eclesiástico 7 de 
Ella bienes y derechos, tomando el Consejo los iu- 
lonues necesarios para saegurarBe de la verdad de 
™ hechos, y que después de visto y examinado, 
WMtltue lo que se le ofreciese y pareciese. 



OBISPO OB CUENCA. "(7 

Para d«s«npeftar al Oonaeje dignamente sn obli- 
gación y la cOMiaitCB d«l Bey, pidió los informas, 
doennentos 7 jastifioaoiones corrtspoDdientea al 
reverendo Olnspo, al Comisivic general de Cranda 
7 á todos loa tribanalea, paisonas 7 oficinas en qne 
podían constar los hechos y existir las notisÍBa pon- 
tnales 7 verdaderas de lo ocurrido en ellos. 

Instruido asi el expediente 7 visto en Conseja 
pleoo, oon lo que a^rusisrou loa seflores fiscales SO- 
bretodo,hs reoonocido este Sapremo Tribunal, des- 
paet de uB prolijo y maduro examen, qne lo repn- 
seotado por el reverendo Obispo está mny distante 
de la verdad de los hachos. 

Qne éstos se hallan alterados en la reprMcntaoien 
de este prelado, 7 extendidos en un aspecto mn7 
criminal 7 diferente del que realmente tienen. 

Pnes en eaante áoontribuciones, sabeidios 7 gra- 
vámenes del clero, ha nudo el Rey de sus deredios 
logftúnoe, oonanltando escrupulosamente las dudas 
i loa tribnnales pn^ios 7 i parsonaa eclesiásticas 
del primer orden ; 7 u en algnn caso se ha recla- 
mado algan exoeso, ha rfde conuguiente el examen 
7 efectiva la reposición. 

T en los demás puntos respectivos i las personas 
de los ecleeiástiooH á inmunidad de los templos, 
bien Idjos de haber ofensa en los términos qne ha 
prepaesto el Obispo, resulta de los mismos docn- 
mentna remitidas por éste, que la jarisdiccion real 
ordinaria ha sido la ofendida verdaderamente en 
muehos casos por los dependientes 7 subditos del 
mismo Obispo, con atrop el lamiente de las justicias 
seglares. 

El Consejo, después de haber conocido 7 califi- 
cado la poca raxon del reverendo Obispo en la sus- 
tancia 7 en el modo con que dirigid sus quejas al 
trono, no ha podido ver con indiferencia que la 
sagrada y augusta persona del Bey sea tratada con 
las irreverentes 7 animosas expresiones qne se leen 
en las cartas de este prelado ; expresiones que, bien 
reflexionadas, debían llenar de rubor á quien las 
dictó, habiendo parecido jnsto suprimirlas, 7 aun 
convendria borrarlas de la memoria de los hombros. 
Tampoco ha podido entender el Consejo sin una 
justa indignación que las mismas cartas se ha7an 
confiado por el reverendo Obispo, dando cansa i 
que tan crueles invectivas se hayan derramado 7 
esparcido por machas manos, pasando á las curtes 
extranjeras , en agravio de la reputación 7 autori- 
dad del Qohienio, 7 en descrédito del mismo Obis- 
po 7 de la nación. 

También ha considerado el Consejo que en el 
aspecto que representaban las turbaciones ocurridas 
al tiempo de escribirse y divulgarse estos papeles, 
eráoste hecho muy reprensible, aun cuando súlo 
previniese de una credulidad indiscreta 6 poco ex> 
perímentada 7 reflexiva. 

Por todo, pnes, el Consejo pleno, visto 7 consul- 
tado con su majestad lo conveniente par« repanr 

CiOOgle 



XL OOIDE DS FEOBmABLANCA. 



1u eonwcnenclu, y pnoam Ignalea atanUdoi á 
U Boberaafn, bien 7 trmnqniliiUd del raino ; despaes 
d« haber renelto qae «1 reverendo Obiipo debia 
ter Iluntdo 7 oompuecido á U preMncÍA del Con- 
Mjo, congregado en la poatda del eefior Presiden- 
te, para aer advertido de lo que conviene y merece 
en este panto, oomo se ha hecho con otros prelados 
en caaos de mnoha menor consideración, ha acor' 
dado qne se eaoriba cironlarmente á tos reverendos 
anobitpoa , obispos y demás preladoe saperiorea de 
ettoa leinot, par* qne tengan entendido el mal 
nao qoe el de Cuenoa ha hecho en esta ocasión de 
las proporciones de sn ministerio, 7 de la conflan- 
ca qoe ha merecido i la piedad dal Be7, manifea- 
táudoles qne asi como espera el Consejo qoe coaoc- 
can j desaprueben nn paso tan inconsiderado, pue- 
den asegurarse de las rectas intenciones de en 
Jestad, 7 de qne se franqueará i oirlea benigna- 
mente cnalqniora queja ó agravio qne en caaos par- 
ticnlares tnvieren por conveniente representar , ha- 
ciéndolo con U instraeoion, verdad, moderación 7 
respeto qne es propio de sn carácter 7 mansedum- 
bre episcopal, de su amor, fidelidad al Soberano, y 
de sn celo por el bien del Estado y gloria de la 
nación. 

Lo que prevengo i, V. de jrden del Consejo, 7 
espero qne se sirva darme aviso de quedar en esta 
inteligencia , para trasladarlo i su superior noticia. 

Dios guarde á V. muchos aOos. Madrid, 22 de 
Octubre de 1767.— Don loNicio EerisiN si HiOA- 



Om^areetaeia del merendó Oü^o dt C^tmea. 

Estando rannido el Consejo pleno, i 14 de Janio 
de 1768, en la caaa del Conde de Aranda, allí ■« 
presentó el obispo don Isidro de Carvajal 7 Lan- 
cáster, 7 ocnpA on taburete al fin de la sala, si bien 
tuvo que oir de pié eetas palabras del Presidente: 
1 Vuestra seOoria itustrísima comparece delante del 
Consejo para entender el real desagrado por loa 
motivos qne han precedido, y no repito, pomo ig- 
norarlos vuestra selSorla ilnstrlsima; el escribano 
de cimara y gobierno del Consejo entregará t 
vuestra se&oria ilostrísima nna acordada, á la qne 
contestará desde su residencia Inégo que haya re- 
gresado á ella.1 Deapnes de recibir la acordada, 
manifesté el Obispo qne siendo su ma7or dolor 
haber inflamado el desagrado de sn majeatad, laA- 
go qne le supo se apresuró á expresar por conducto 
del padre confesor sn sentimiento; qne lo habis re- 
petido por representación puesta en las reales mi- 
nos , aBadteado al Consejo, con quien signiá siem- 
pre el discurso: 1 Ahora que vuestra altéis en «ate 
acordada me prescribe lo que debo hacer, procu- 
raré arreglar á ella en lo sucesivo mi oondnct* y 
reepetnosa obediencia.* El Presidente contestó qoe 
pondría el contenida d« su respuesta en oonod- 
miento del Boberano; 7 haciendo el Obispo reve- 
rencia , aalíó 7 tomó el coche, 7 en aeguida se le- 
vantó el Conaeio. 



IV Google 



JUICIO IMPARCIAL 



UTBAS, E VHm DE BBITt, Qd lA POBUCADO LA CDItU BOMiM, 

n ODI SE nmNTAR DSB06AK CIBBTOS EDIGTO& UL SOnríSDIO VtílOh IHPAHTK OOQIII m PiUU, 
T DIVDTABU U SOBBItAÜÍA TEMPOBAL OON BTX FflRIXTO. 



ntndpw nocnll iioniiqinqiuun tutn eccleaiam potcatatia adepto cnlmin* teneut, nt per <>finiiflin potMtatem 

üiapünBín eoctesíMtiom mnaiuit. CseUrCuD, intra eoOlcoüm PotestalaioMeaMkiiaiioiieauDt, nwlat quodnon 
pamdet Sacerdoi effla^tre peí doctrina BermaDem, Foteatu tiooiiapleatpeidi«eipliiuBterrDretii.5»pé peiTcgnnm 
tnrensm omlcate i^anm proficit, nt qnj intis eoclesism pañti oontn fidem et ^sciplinam cccleaiae agoat, rigOt« 
Pikdpnm cotit«rftnt«t, ipsamqne dücipUnun, quam eccl«sia homiUtac exeioeM non pneralet , oervidbna bd~ 
pEtkñm Foteetaa piincipalia imponat, et nt reneratioiiem mereMiiT, TÍrtntem potMtatii Impettiat. Cognosoant 
Ptincipes BMcnli Deo debei« le ratlonan ledden propter ecclniam, qnatii á Obrlato tnendün maoipiíuit. Nam 
dn angemtiii pax et düciplia* eccleslv peí fldelea Principes, bítb calTatni; illa ab eia rationein exigct, qni eonuQ 
pgtatatí mam eocleaiam ondidit, 

<D, iBiDOB., Ub. m, Satítit, it aimm. htm., ei^. ialJ 



INTRODUCCIÓN. 

Oe^ues de la toleraocia con que el Rey nuestro señor disinauld al nÜDÍsterío pontificio la hos- 
tilidad que se hizo en Civitavecchia á su pabellón, impidiendo el desembarco de los regalares 
de ta Compañía, y la protección de que éstos abusan , para indisponer, por medio de sus parcia- 
les, eláDimo pontificio de la santidad de Clemente XIU, no parecía regular segunda hostilidad 
abierta, hecha coa el Uonitorio de 30 de Enero de este año, no sólo al serenísimo señor infante 
deEspaBa don Fernando, duque soberano de Parma, Plasencia y Guastala, sino también A to- 
dos tos principes catiilícos, y con particularidad á los de la augusta casa de Borbon. 

Eq el Monitorio se empezó por ¡a ofensa de lanzar las pretensas censuras contra un principe 
soberano, constituido en una edad tierna, y que, á excepción del edicto de 16 del mismo mes de 
Eaero, no publicó ninguno; porque todos los demás vienen del tiempo de su glorioso padre, el se- 
ñor infonte don Felipe, cuya piedad es bien notoria; tratan de materias temporales, y se enca- 
minan á hacer florecer aquellos estados y proteger la disciplina. 

Sin atender la corle de Roma al solemne tratado de Aquisgrán, de 1748, niá los -títulos de que 
n halla asistido el señor Infante , empieza el Monitorio con la cláusula de apropiarse el Papa la 
■oberania de Parma y Plasencia. Esta usurpación, junto con absolver á los vasallos del juramento 
de fidelidad que deben & su legitimo soberano, no sólo ofende la justicia, sino también al decora 
de todos los soberanos de la r^ sangre de Borbon, y loque es más, á cuantos potentados ínter- 
Tioiecon en la paz de Aquisgrán. Con esta odiosidad empieza y concluye el Monitorio. 

Desconfiando del efecto de este príuier medio, se desciende al segundo, que es fuhninar anate- 
ma contra el ministerio y los estados de Parma; haciendo dos supuestos, aunque con la desgnt- 
ót de estar tan desnudos de razón y justicia. 

Dintiz.r^byGOOgle 



70 EL CONDE DE FLORmABLANCA. 

El primero se reduce á afirmar que la corte de Parma rompid la negociacioD que tenfa con la 
de Roma; habiendo acreditado el ministerio de Parma, en el manifiesto publicado, haber sido 
el cardenal Torreggiant quien did una abierta repulsa á cuanto se trataba, con una altanería nada 
conveotentc á él ni á Roma misma. 

El segundo supuesto estriba en querer persuadir que los edictos ofeeaden la inmunidad eclesiás- 
tica, ; se toma esto por pretoxto para fijar los cedulones ó Honilorío con nulidad é incompeten- 
cia, haciendo la peraecucion del Príncipe de Purma con unas expresiones á la verdad nada de- 
centes, aun entre Ínfimos particulares. 

La casualidad puso estas letras en nuestras manos. Es excusada la persuasión de sos nulida- 
des para con el mundo erudito, que no puede extr^ar h conducta del mÍDÍsterio de Roma , ni 
ignora que el seiicH' In&nle-Duque tenfa á la mano la respuesta que dio un rey Cristiaoisimo á 
aquella curia en caso de ¡guales desaciertos : Deprecanles vos (habla con el papa Adriano 11) m 
Omnipolenlis Dei honore, et Sanetorum Apotíolorum veneratíone, ut tales inhorotationis nottra epis- 
tolas, taliaquemajtdata, sicut hactenUs ex nomine vettro tuscepima$ , nobisetRegni nostri Episco- 
pis ac Primoribus de catero naii mandetis , el non compellaüs nos mándala et epístolas vestras inho- 
tiorandas conlemnere, et missos vestros dekonorare (i). Hemos creído un obsequio de los soberanos 
y de la razón emplear nuestras reflexiones en dar á conocer de las personas que no son ilustra- 
das la nulidad notoria de este breve, retenido en Parma, suplicado de muchos, y eu parta al- 
guna aceptado. 

No pretendemos ser creídos sobre nuestra palabra. De cualquiera de nuestras proposiciones se- 
rán inseparables el apoyo y la autoridad ; y el discurso se acomodará al mismo breve, siguién- 
dole en todas partea, como un fiel comentario. Por lo mismo, no debe el lector esperar oí temor 
la dulzura ni el eng^o de la elocuencia ; y sólo podrá tal vez resarcirse de la molestia en la copia 
de la doctrina, que sujetamos siempre al mejor juicio; habiendo guiado el nuestro con perfecta 
imparcialidad, sin disimular las objeciones de los curiales. 

(1) Cuolu CtlTna. GiUta Raí, la Erltt. *d ÁirUmtmlI. EiM faltr fpltMÍM aincniíf te CtUot. SImíKilea, aui. O. 



IV Google 



SECCIÓN PRIMERA. 



TÍTULO DEL BREVE: 
SS. B. y. CLBM. PP. Xlll. LmmM QVIBVS ABROGÁXTÜR, m. 



5 1- 

Lt glorioM portadft del breye romano rnpone 
<!iK en loe papas rende la «apTeiDa potestad Ingis- 
litira de loe docados de Panna y Plaeenoía, á lo 
máMwen determinadoe casca. Para descubrírsi ba; 
tigo d« Terdad en esta mi posición, se deben consi- 
dnt en el Pontlfioe dos repTeaentacionea : noa, de 
prtBoipe temporal , que tiene la loberaDla iadepen- 
dieota de eatoa eetadoa por atgnno de los legfti- 
moa Biedioa de adquirirla; y otra, de vioarto de 
Grilla j cabeza visible de la Igleaia. 

&1« primera de estaa oonaideraoionea, el mia- 
wi btCTe nos concederá en adelante logar más 
opoitrao; j la aegonda, qne por aigloa «ntaros es 
elsDipeAo de las naoionsa sAbias, solamente nos 
xespui en e«t« pnnto, en que procederemos oon 
ingtDtiidad y sencillez, sin qne nos mueva la va- 
Mgloriade producir novedades, ni otro reepeto hu- 
■uno qne el de esclarecer nna verdad oscnreoida, 
41N úgaB dia debe triunfar del embarazo del tiem- 
po i de la preocripeion : Hoe exigit venías, ati we- 
w pnueñbBre potut, non tpaüum (emporum, non 
fiilnemiap«rwoitantm,iionprii>i¡tgitiinngi<mttm{l). 

iigaaot escritores, qne han pretendido hacerse 
Hambre por el camino de la adulación, ren en el 
FoDtiGce romano nna potestad sin Itmitea para dts- 
poD«r de todas las cosas espirituales y temporales, 
ion de los cetros y de las coronas (2). Suma por 
cinto y venerable sobremanera debe ser A los ver- 
daderos hijos de la Iglesia la dignidad del sacer- 
dote grande, del principe de los obispos, i quien 
^ le viene corto el elogio de ean Bernardo (3); 
pwo legoramente qne si no goza titulo mis legi- 
timo para las inmensas facultades que le atribuye 
UigDoranta lieonja de los citados autores, nada le 
■pirta tanto del dominio de las oosos como ol con- 
cepto de sucesor de san Pedro (4). 

(I) TmWL, Di Yílaat. Virg., In piinc. 
A Clldli. Bdlirm., Bt Polal. PtnHf. í* lemftrtííit. Fm- 
r'KuSum,laIX/Mf. FUaCMoÜe. tánnuAtvl—- Aior (I 



En los primeros tiempos de la Iglesia se redu- 
oian los fasoes pontificios Ala cátedra y al púlpit«. 
Retirados entonces los somos pastores A las cuevas 
y A los lagares solitarios, instruían y fortalecían A 
los aeles, que se congregaban de todas partes, en la 
verdadera doctrina y en la ley, con amor y con 
dulznra, y en sola la poderosa fuerza de el ejemplo 
y de la persuasión tenían cifrado todo su imperio. 
Nada de fausto, nada penal ni nada coercitivo i¡e 
dejó ver en estas santas oongregaciones, aunque en 
el tiempo desu duración no faltasen transgresores; 
y este gobierno paternal y puramente directivo 
labró la oonstancia de toe mArtires, qne hizotrinn- 
fante A la Iglesia de las persecuciones y del co- 
chillo. 

Esta ooadnota de los inmediatos sucesores de 
los apóstoles no era un aoomodamiento A la nece- 
sidad , A que forzase la tiranía de loe cesares, como 
piensan algunos, poco instruidos da las antigOeda- 
des eclesiásticas ; era la pnntual y formalísima ob- 
servancia del precepto divino : Bege* gentium do- 
mtnontur eorumi va autem no» *ic (6) ; en que se 
les prohibió toda sombra de potestad y jurisdicion 
contenciosa. A no ser por el cumplimiento de este 
mandato, su celo santo, que no pedia reprimirse 
por respetos humanos, en alguna ocasión que pi- 
diese el ejeroioio de la potestad ooeroitiva ó la con- 
tienda dd jttíoionoB hubiera dejado algunas seDss. 

La misma extrafleza tenia en la ley escrita el 
samo sacerdocio en orden á las publicas controver- 
sias judiciales 7 A la coaocion da los preceptos, 
conteniéndose únicamente la potestad sacerdotal en 
las apacibles márgenes del consejo y de la exhor- 
tación (6). Y aunque se quiera argüir lo contrario 
algún ejemplar del AtUigw) TMtamento, que 
manifieste el uso poteetstivo del gladio en manos 
de algún sacerdote, ó la unión del imperio ú pon- 
líScado (7), los casos particulares que se pueden 
alegar, sólo prueban un abuso y la profanación del 
ministerio del sacerdocio, qne se hacia imitando al 

(5) «iIlliBl.SOiLncx,». 

(6) D. CrTWUlOD. , tu htmil. 1, i» frrta ¡itlte: Rsil comniíM 
nnL cerpón, ticenlaU iiiiiiis; Xeimiul» eorpoiom mnlnit, 
MctrdosmiciilaipKcitDniíii; lile cogii, hie hortatnr: Ulcsects- 



i41It. Beil.DraifAC 



(1) Utk D. Itllor rehrlnr, la up. CUm, 



"«iSoogle 



g«DtilÍ0mo, acostDBibr&do á 
dignidades. 

PoT eBt« razón, el reformador de la ley escrita 
puao especial cuidado en prohibir y defender 4 soa 
diacipuloa esta mtion, yen explicarles y darles & en- 
tender que las funciones del apostolado distaban 
tanto de la jndicatura y del neo de la jurisdicion 
temporal, qne aun Tolnntariamente prorogada, no 
la debían admitir , siguiendo el divino ejemplo qne 
les dejú en la respuesta i aquel de los dos herma- 
nos qae imploraba de nuestro SeSoí Jesucristo la 
partí ja de au herencia (1). 

No obstante la ciaridad con que los textos di- 
TÍnoB niegan i los eoleailstícos la juriadicion con- 
tenciosa y coactiva, y ¿ pesar de la diligencia 
con que los apústoles por todas partea enscDaron 
queenlaprediosoionae encerrábanlas annaadesn 
ministerio (2), sin que les debiesen la menor aten- 
ción lae cosas del siglo (3), como qne militaban 
bajo la verdadera bandera de sn Setlor , qne tenia 
declarado qne su reino no era de este mundo, se 
han buscado diligentemente interpretaciones que 
disculpen el olvido con qne Temos tanto tiempo 
hace que los ecIesíAsticos pasan sin embarazo del 
altar al tribunal , y usan promiec ñamante de la to- 
ga y de la estola con sólo la ficit investidura de 
mudar el titula y nombrar la cansa eclesiástica. 

En Ja curte de Roma es donde se han inventado 
los satilezaa posibles para eludir loe divinos decre- 
tos qne prohiben al clero e) principado y la domi- 
nación, y todos sns esfuerzos vienen á parar en 
qne afilo se les ha negado ta forma y la semejanza 
de la jnrísdicion secular en el fanato y en el es- 
plendor de qne ésta se adorna; pero no la faena 
del principado y de la potestad en qne consiste 
(segnn otros de estos interpretadores) la república 
ecleeiiatica, que se distingue tambian déla secalor 
en el 6rden y modo de la subordinación (4). 

Prescindimos de si hubiera sido mejor obser- 
vado el precepto de Jesucristo qne dnicamente se 
dirigiera á reformar el brillante porte exterior de 
la juriadicion eclesiástica; y annqne tan miaerablea 
efugios no han menester refutación, acordaremos 
brevemente al miniaterío y curia romana la qne 
tienen dada los padres de la Iglesia á la cavilación 
de sns defensorea. 

En el dictamen de san Bernardo es tan expresa 
y positiva la prohibición i toda especie de potes- 
tad exteriory contcncioBa, que al mismo Pontifica, 
á qnien dirigió su elogio, no sólo le hizo presente 



(t) Am* ■llltla DDtlr» nos iinl 

(3) NCBO bUIuii Uta la^lcal 
1ta..t,4. 

(4) Ciidls. Ottt, ftf Jt«a. Ptitlf. ii>M*ril.,laB. m.llk. m. 



Et CONDE BE FLOBIDABLANCA. 
7 jnntor ambos la incompatible diferencia que hay de la domina- 
ción al apostolado, sino qne no dudó en advertir- 
le que pretender unirlos era el medio de pfttder 
ambos (5). 

San Pedro Damiano explicó la diferencia del 
reino al sacerdocio, fijando la potestad sacerdotal 
en el mero y eficaz uso de la palabra de DÍoa , y ad- 
virtiendo enérgicamente las barreras inaccesiblea 
que distinguen les dos oficios (6). 

8an Juan Crtsústomo, tratando precisamente de 
la dignidad sacerdotal , plenamente afirma qne ra 
potestad sólo consiste en la libre y saludable amo- 
nestación , por haber negado Isa leyes toda especie 
de coacción y violencia, aun para corregir loa pe- 
cados (7). Y el gran Osio, el presidente del conci- 
lio de Nicea, y uno de los más celosos defensorea de 
loe verdaderos derechos de la Iglesia, abimiamente 
confiesa al emperador Constancio que no es licito á 
loa sacerdotes el imperio (8) ; san Agustín j son Je- 
rónimo nos dan la misma doctrina, de que se tras- 
ladó el canon antiguo de la coleccicn de QraciAne. 

Tal como nos la representan los aantoe Padrea, 
es la jurisdicion que confirió Oisto i la Iglesia (9), 
ajena é incapaz de toda temporalidad, hasta tel 
punto , qne se prohibe la mezcla y la intervención 
de los prelados en el mismo concilio qne celebra- 
ron loa apóstoles (10), aiá aparato de tribunal ni de 
audiencia, como en ningnna manera neoesario al 
pacifico y beniguo ejercicio del sacerdocio (11), y 
sin otro almacén ni munición de armas, ánn para 



(S) D. Bentrd. . Ilb. n Di CtiuHeril. ti Ef-, up. n. Ett* si 

lili qBicnmqKntioDaboe Ubi tIdiUcm, icdnoniiMilollcojBre; 
DM lile iPitnil Ubi din, 4BDil nos h»iili, polall; i|ia<kabaU, 
boe dedil; ullitliudlnca, nidiii. iopr-rtctlMiii. HDiiKiaid doal- 
miloDCri. Audi Ipiom: Km Amimala, Inqoit, i» etirr, tttftr- 
wti fttti frttit. Et ne íiclom salí hmaliluie pal», non tñ*m 
nrtule; nw Dfmal at tu Estattlii , rt/a fetílum itmimmtm 

(flj Ctcdli. D. Petra* Dimiin., Ilb. it, epU. •, ti OUeriemm 
Flrm. Epfiof. iDicr npiam «I uurdotim praprli tsjasqa* 
dltUafiniBr tlttí*, al el reí ttUtsr amli «Beall H ueertw 
■udaniar ilidlo iplhiiu, qni cst lerbim Del. El iifrt; Aurlii 
Reí, qili DurdaUle aiarpai onicliin, leprt perfaBdlnr: ct ti 
ueerdo* irai eorrlplt , qnid merelarT 

(1) D. Chrjtou.,DtDtpriltliitcmli>ita,i\b.n,ttf. Ri. loier 
cbriiUini» noa liul ailqai viainter pecuu corrlgere; aiai fai 
[urli muí ¡aúitn biiIíedoi, qaaiqge can tobdideriat lejlbu 
aileadanllnliiplgilninipaieiuieiii, rliniiloi kprloraa iioraM 
pntlUta MmptKDBl; <B eeeietli nrb, bsb cniMaii, *ed le- 
qaieiceDtMO uporui td aieilan toi'ertl; qali aecBoblik \tgi- 
boi diti e>l lilli polesui, ii aictorílite leBienLln (oblbeipiBi 
bonian > dcllcUi. 

(8) EfM. ti Ctiultatimt Imp. (áe fU Albiniilni triil. ti mü- 
Itriei), Ubi Deit coamlull lapeNon; PDblí Eede*lta MOert- 
dldll; Bl qaeibidinndaiii qal (dddi Inperinai miligals oooLlt olr- 
pll , canlndiclt ordlaillonl ditiie , Ib et U uie, bb fie lait 
EccItilB Id le Irabena , aittBO criaiiil obaDilai lii. DiIb, lerip- 
Uneil,4iii!!gat Cei>rltCBuri,aiqme Del Dm. ne^aa 1(1- 
tar, r>i eii lablí la terili IsperlaM teaen; leqaa U ttiialiB*- 
ISBi , el Mcraran pMeuitea kibei Ispenier. 

[«I Accipe tlam Eccletlc. DiodciDqae llpteri», ale. 

m Bplieopu, iBlpimbiter, lal dluasBaMcatireteantoaa 
taKlpIM; illoqai depssllar. Caws. iptti. rtt Clmttl mafat. 

(ll)NallaBrora>leflbBi,Kd aadlenHiB , el lathiBeB ds»- 
Uut Le(. e, ««p. Dt Efltoff. M curie. 



JUICIO IMPAECIAL SOBBE 
ymgtx ans injoriu, que el itafrimieiito y U ora- 

Ed Mto« términos umtod d« la potestad de 1* 
Igicais los primeros padres , velando cada uno en 
n rebaBo j en distribnirle el pasto j la corrección 
itpirítiíal sin la menor negligencia , y en la misma 
oaofomudad se ejercitó el venerable ministerio del 
^■ottolado por el largo espaeio de nueve riglos 
qM la Iglesia íaé gobernada por mi sistema liga- 
ramneate aríst4>crdtico, qne es la natnral forma f 
TArdaderaconstitncion de BU régimen, como se evi- 
denda en ana reciente j erudita obra que tiene 
wte objeto (2). 

Aigoaoe han creido qae esta opinión ha ñdo 
mj singular ea todos tiempos , 7 ion no han ce- 
ndo de admirar el indulto de la citada obra con 
qie ha vuelto de los remotos términos donde la ha- 
bía desterrado la curia de Boma. A la verdad, el 
ntanero de estos admiradores debe ser mny corto; 
poiqoB, como para sa desengafio no es necesaria 
ou vasta 7 noticiosa emdicioa , sino la lectura de 
iHosoonistas mis conocidos, no pudiera ninguno 
i» ]m profesores manifestar su extraffesa acerca 
dd ugooiento de la obra del Febrotúo sin confesar 
n igsoiancia. 

Llegando el doctor navarro Martin de Azpil- 
(wUifocar este punto 7 t^examinar á quién ha- 
bía ñíoeoncedida la potestad de la Iglesia, se oon- 
UbU con referimos que según los romanos , sólo 
(U ítito había sido el único heredero ; pero que 
I* ««cáela universal de los parisiense* sostenia que 
todoa loe apóstoles habían participado igualmente 
de ell», 7 recibido de Jesucristo el gobierno de su 
IgUsia en las partea que se les encomendaron, abs- 
toiiíndaea nuestro insigne 7 piadoso escritor de 
pnferír tu juicio en este disidió, por las herejiae 
deAlenunia, que entonces hacían sus más rtipidos 
is progresos (3) ; miramiento 7 oircnns- 



01 Done bideu tatniü filuenl Dcldesieiitli, elehTltU*- 
Hna UdujiiU; con hoa loldaí cDnin petMcuioren hiberem 
natllu. nailiiii., Onl. it Juaamm. D. CbrrioilOBiiii, ho- 
aU- 1, ta rttim Uaim. Poilqum igUur arpijuel lácenlas, reí 
■lUa DM eeuiíel, icd irmí moveret, loiqna nterelor polaD- 
BLlN.-ucerdoaDei, eeoq'e'ei'ollcllmiilpnuUIlfnaD am- 
flnfoiHa iKcarrere sicrrdotio. 

(4 lauta. Febron., Ot SialM Eaicti», tt ItgUim* ftutW» 

S\ la np. KnU. tt Jai¡tí¡i, noüi. 3. DecImonoDO infennr, 
nait ruiiiB eaae la deOnliloBe poieiuila eccleiliillrc lerbua 
Wkli, loca lUoniii Terbaram ctllatt tpmliilíi. etc., poilkinim 
Kiett. CeriMikl igpcl: Ion qnla lonfe allnd cal, Insilinere 
■llfOB palctbina; elallnd , lllin tonrcrre, aelndcre allcnl... 
la* aa Be opaRcTB dcllnlre, cnl piiscipallH illa fnerli k Chrlito 
HlUH.aa E«dcsic MU, la tero Ipal Peiro! Qaod nsa Mt eonal- 
llaa beere la pncMiUi, propter mtiiduní dlteerdlam Roaiano- 
'OíO PiriiIestUB; lili leacst Peini , el eucceitorlbu dtbig 
taa ittt potealaiíM, atifac Ideo Papam eoDclllo eaae taparlo- 
"■; UfKO, qalbaí adbrrel Ccrsol, lolan dilam etae toU Be- 
^'^ Ueel euneuUm per ubddi ; atqoe adeo, lalIeDi in allqnod 
o*«a Madlla* eite aopn Pipim. Qiunlin illa.acllleelRo- 
■laona, «idetar placolsie S. Tbom., i, i, qnetl 11, mic lell, 
^ OSiL 1, aitlc Dlltnií. Tbom. k Vio , In eiadeo irUe. el In 
*r*l>f il firt, cap. I, DM alUn amalbu, et pmtandlBs lio« 



EL MONITORIO DE BOMA. 73 

peocion religiosa, que al mismo tiempo qué nos 
recomienda la piedad de este doctísimo varón, nos 
hace ooaoQw qne estaba mu7 distante de adoptar 
la sentencia de los curíalistas, que no hubiera de- 
jado de promover en obsequio de los sumos ponti* 
fices, sí no hubiera hallado á la contraria con me- 
jorea fundamentos , como manifiesta la expresión 
de que entre nosotros era la m¿a frecuente 7 la 
más seguida, sin que permita duda de su inalina- 
oion el mismo contexto con que refiere ambas opi- 
niones. 

Pocos olios antes que pereciesen A la luz pública 
las obras del doctor navarro, había dirigido al se- 
fior re7 don Carlos I, emperador, su célebre tratado 
el doctor Alfonso Guerrero , sobre el modo 7 for- 
ma que se debia observar en la celebración del 
oonoilio general, 7 acerca de la reformación de la 
Iglesia (4). 

Ea esta obra, sepultada en el olvido quizá por- 
que sus especies nunca pueden ser agradables i la 
curia, llevado el autor del oeto de la religión 7 del 
servicio de Dios , sefiala por varios oapttuloa las 
cosas que en su juicio necesitaban de enmienda 7 
de reforma en la Iglesia , 7 en el capitulo xv, que 
dediod, entre otras cosas, á descubrir el origen de 
las potestadea imperial 7 pontiflcia, se explica so- 
bre el punto en cuestión de eata manera : 

■ T es de notar que antea de la mnerte de nues- 
tro SeAor Jesnoristo prometió á san Podro el poder 
7 autoridad de ligar7 absolver, 7 le dijo que i él 
daña loa llaves del reino de toe cíeloa , como lo •»• 
cribe san Mateo, en el capitulo zvi; 7 despueaeete 
poder 7 autoridad le dio ú todos los ^»óstolea an- 
tes de su mnerte, diciendo : Quoáetimqiié Uganaritit 
uiper Mrram, eto., como parece en el capitulo zvín 
de san Mateo ; 7 también digo que los primeros 
apóstoles que Cristo tomó fueron san Andrea 7 san 
Pedro 7 aan Juan 7 Santiago, 7 lea dijo igualmente 
á todos cuatro: Andad acá, f haetrot he peteadoret 
dt lo» It/omibrtt. Asi lo dice san Hateo au el capitu- 
lo III; 7 también, habiendo ya cumplido el número 
da los doce apóstoles, los envió á predicar de dos 
en dos, 7 les dio ignal autoridad 7 poder para ha- 
cer milagros, aomo esoribe san Mateo, en el capl- 
tttlox;7 también, previniendo ilos apóstoles, que 
estaban en pensamiento quién era entre ellos el 
ma7ai, lee dijo: El qu» p\«nia entr» vowtro» {vs «« 
in«nor,M el mojfor. Así lo dice san Lúeas, en el oa- 



caialtir. Altera Toro placnll PaDomit. qsl pro Parí 
I, Id cap. SipúfeaU tt EíteL, el in tncl, 8w<r 
rUne, qnem frsqBeDllaa soitrl aeqanBlar, nt Iradlt 
DeelDi.eooill. IK, i(iian morJicDB tiictar Jacob. Alaaln.bSDrbe- 
Di Iheolo(Ba , qil reapoadll Tbema b Vio , llbtllo )aalo, el loas. 
Hajor, qnllBcip. m Svpr. JtaUl., IdeB Ticlt, iJeacRom» ne- 
Blnl peminl leaeN PartaleaMam, elPasani. aentestlao; neo 
rarau, acadealaa Ulan PirUlea. patl sieoBlrariauaenlarls 
ea: qaotaai iirtqae «Idetir rspllcsiie Tbom. b Tío Indicia <!;«- 



BiensIbbB 



Google 



U EL CONDB DE 

pltnlo IX. T despooa do la puion y TeenTreooion, t 
todos loa póstales dio igual poderlo y antoridkd, 
dioiendo : Acemite Spirtíum Sanetam, como eaoribe 
tan Jvaa, en el capitulo xx. Hm para demostrar 
que á san Pedro hacia cabeza, le djjo apunadamen- 
te : Piuee iwm tnea»,aoasoia escribe son Juan, en 
el capjtnio último; 7 despnee de la pasión y re- 
■nrreocioii, el poder qne había prometido á los após- 
toles, mandó que lo fuesen i ejecutar, como escribe 
san Hateo, en el capitulo último; j despaes da su- 
bido i loa cielos, el día de PentccoBtés confinnó en 
los apastóles el Espirita Banto ; de manera que 
edifioó la Iglesia sobre san Pedro, j asi sobre uno 
solo, para manifestar nntdad , 7 quiso que el ori- 
gen de unidad tqTÍese principio de uno solo ; mas 
lo mismo eran los otros apístolea que san Pedro 
on aonsorcío y honra j dignidad. Mas el exordio de 
anidad príncip i ú por demostrar que unaeralalgle- 
sia de Dios ; de donde oonclnjo que el poder que 
tenían loe apóstoles eeti hoy en la Iglesia univer- 
sal, que ee el general concilio, y en el Papa, como 
cabeza de la Iglesia , se representa la unidad de la 
Igleaía, como se nota, etc., en el capitulo ¿ogttttitr, 
cans. XIV, quaaL i, etc. 11 

En el concilio de Trente ee propuso la gran cues- 
tión sobre el origen de la autoridad de loa obispos, 
y dos espafiolet sostavieron la disputa, cada uno 
por su parte. El insigne Pedro de Soto, que murió 
U«ito de gloria intee de finalizarse las sesioneB, 
defendió qne la potestad episcopal descendía de 
derecho divino 7 de la institución del mismo Cris- 
to ; 7 Diego Lainez, general de la OompaOia 7 ce- 
lebrado defensor de los intereses de la caria ro- 
mana , 7a qae no pado alcanzar el trinnf o sobre sa 
Gontoario, logró que se encerrase la cuestión en el 

Desde aquel tiempo se puede decir que ha vi- 
vido solamente en Francia la controversia que el 
conoilia dejó indecisa, 7 entre laa demás naciones 
cat¿lieaa han sido muy pocos toe esoritores, hasta 
el AbroMio, qae has tomado la pluma para com- 
batir el espirita de la monarquía en la Iglesia. 

A «ate moderno antor se le podrá culpar la ex- 
quisita erudición con qne ha recogido tos abun- 
dantes materiales de los autores que le han prece- 
dido en su empreaa , ó el método con que la ha dado 
nueva luz ; pero el cargo de inventor de una nove- 
dad (^e se le haga, será sin duda muy injusto. 

El genio de los curialistas ha sido siempre muy 
celoso en la conservación de sus pretendidos dere- 
chos. Ya notó el erudito padre Antonio Pereira 
que si babiera tenido en los principes imitación, 
estuviera en mejor estado su causa (1). No sólo ha 
aprovechado todas las ooasionea favorables á el 
ejeroicio de la pretendida monarquía espiritual. 



IIORIDABLANCA 

sino de refutar las opiniones ccntrarltiB, oponiendo 
con prontitud otros autores á loa qne las han pro- 
movido. Y ai en esta celosa diligencia se les pueda 
notar de algún descuido, es oiertament« respecto 
de la obra del ilnstrisimo Boaeaet (2) , tal vez poi- 
que fué preoiao eaporar á que el tiempo produjese 
en el cardenal Orsi un digno conapetidor, y oonai- 
guientemente no se podia eeperar qne la obrsfe- 
broniana corriese mucho tiempo sin impngnacioa. 

Con efecto, hemos visto dos libros con este pre- 
ciso argumento . El primero de ana autores nos bi 
ocultado sa nombre, sin dada por humildad ; pero 
á los eruditos ee lea dará á conocer la circunstancia 
de sor el mismo qne escribe los hechos de loa pon- 
tífices , que es el motivo qne ee explica en el pro- 
logo del editor para escribir sa obra en lengua da 
aquel pafa (3). 

El segundo es Iray Ladislao Sapell , y su obr», 
que es la última en la materia quo ha llegado i 
nuestras manos, examina todos los capitulas del 
Febronio quo pueden perjudicar á las proteDsiciies 
ultramontanas, y á la antipatía que en ellos encutn- 
tra está arreglada la indulgenciad la severidad ds 
las exclamaciones del impugnador (4). 

No nos toca juzgar del mérito de eetaa inipng- 
naciones que se hacen derechamente al sistema del 
régimen espiritual de la Iglesia que establece ti 
FébTúnio. Nuestras noticias sólo ee dirigen i dar 
ana idea déla dignidad pontifioi», aaslitigiosj 
variedad de opiniones acerca de ella, para desea- 
brir si puede tener alguu ejercicio en las materiu 
temporales , y así esta empresa pertenece á loe qm 
defienden la cansa de loa obispos. 

Ni se pudiera hacer una justa crítica de loa m- 
critoB del Febronio y ena impugnadores, sin tner 
al medio á cada paso cuestiones prolijas sobre Iw 
hechos de los concilios, inteligenoia de los pasajes 
de los Santos Padrea , de la Escritura Basta y de 1* 
historia, que hará eterna la sutileza con que saeleD 
reducirse á mero arbitrio laa interpretaciones. 

A cualquiera ae le hará notable la prodigios* 
variedad con qne ee explican loa defensores de I* 
absoluta potestad del Papa, para ponerse á cubier- 
to de loa textos del Evangelio, que noa ofrecen i 1m 
apóstoles, primeros ministros de la Iglesia, perfec- 
tamente iguales en poder y en dignidad. 

Como no puede negarse que si son euceeores loa 
obispos de los apústolee, les correeponde la univer- 
sal solicitud en la Iglesia y su gobierno, que afirma 
san Pablo (5), 7 que es incompatible con el eal»- 
blecimiento de la monarqnía espiritual, se han di- 

11) /■ áefftiubme átctarMhnU Clert at'Uenl , 4«tt. 

IS| Bills Ítalo íílla Chlaa.iletiaaa polola ielmmmP*- 
Ulíei , Dli- Libro Ápolefetleo, eoln il maia liiinH iabtítl^ 
t» Glnsllno Febronla J. C. En Ventcli, (766. 

MI Dt SlahíEeelala.aSmmift'ieUdtrolaUlteeil'éJl'- 
«mm FífÍRijiruii. Litcr. lioflatit. AngiijlB VindelleoT, I''/- 

|5) Inalantii aei, qniiilíKM ulUciUda omaüm ***"*" 
nm. u,Ctrto<t.,ll,18. 



Cooglc 



JUICIO IMPABCIAL SOBBE 
Tidido loa nUrsmontanoB de tat enerte, que sa 
uoudtn muy poco Bobre este ponto, que ea cier- 
Umeote de donde depende la averigaacion de la 
Tudidera oonatitncion del gobierno do la Iglesia, 
UnM niegan absolutamente qoe la autoridad de 
loi «pjoUiIefl ni de loe obispos sea de dirina insti- 
tDCÍoa,j sostienen qne dimanó meramente de la 
disponcion de san Pedro, y despaes deán sQoesor; 
j Ntt opioioD qoÍBO promover Fraocieco Antonio 
jeSimeonibns, refntador de LuisDupin; annqne 
¿«pues, conociendo la debilidad de eos fondamen- 
tM, M aplicó á la opinión más comnn entro los ni- 
tmnnituios, que dicen qae los obispos tienen sn 
poitsUd iomediatamente del Sumo Pontífice, j por 
nte medio, de Dios, qne se la confirió, con la ley 
dt que la recibiesen de san Pedio y de ana suceso- 

»(í). 

Otroasatoree criados en aquellas metafísicas abs- 
tiKiiaoa con que separan los conceptos de las co- 
tuccmomia bien lea acomoda, han becho déla 
digüdtd episcopal una de estas {¿oiles y mentales 
■natomits con qae la distingaea en común ó en si 
misDs de la peisonal de cada obispo ; y en la pri- 
mn connderacion conceden qae desciende de de- 
r^diD diTtQO, afirmando qne en la segnnda depen- 
de del meio arbitrio del PootiSce el instituir & este 
6ieltitioiDJeto obispo (2). Modo de pensar des- 
Uvoicciie entre loa mismos cnrialistas, y qne ssf 
comali primera opinión qne hemos referido, pa- 
itüt el ibsotdo de que los que fueren de este dic- 
timen h rerán precisados á defender qne en los 
niichoa tiglcs en qne los papas no instituyeron 
cbiipotlgono, excepto en las diócesis suburvica- 
li», cwmíó la Ig;lena de verdaderos ministros. 

En EapKüa le sabe muy bien qne todevia en el 
tiglo mi oneatroB obispos eran elegidos canónioa- 
noite por tas cabUdoe y confirmados por sus me- 
tiopoliUnofl , sin que necesitasen recurrir ¿ Roma ; 
T de elle dan teetimoiiio laa leyes de Partida (8) y 
del Ordenamiento, onya práctica Inconcusa se em- 
V^itiíenr en el siglo ZIT, trasladada la sitia 
pontülcia i AtíBoh. 

Q HiÓnimD qne impugna al Febroiüo signe otxo 
nonbo. Este autor descubre dos potestades y dos 
^gniÍAdec en los apóstoles : la primera, soma y 



L», B<iwnMt PenÜfeitinUdtiU pemtatt, Ion. 
''OF- <i> ll-AdChrliun esln reCerapria maorlus ul, q»B 
IK erlKO(li ei tettDel, el k Petr» IUib icclperenl. 

A lonut Cdali , la S tnleal., dlsL 15, qinil. 1. 

A Lq U, tu. t, pirL I. AiUpe coslKBbre fat de BipiBl, í 
JirtMnta, t iin bsTdli.qaeciandagnielOliitpo deil- 
f'P'iTulo Ficei Mlterel deán é loi cíodetioi il tttj por 
"iiaalerM áe li tflnti e«D arte del dein.ídeleabildo 
"""*'•'• mpettad»,* qae le piden purmeieed qae le ple- 
^^*llupi«daih(«riit elección desembargailioinite, t qae 
• tMMeeüi Im binei ds li tfietít ; 4 el Reí débemela olor- 
P¡|U akie ae dice n la lej a, ttt. ni, del Orierntrnietío, pn- 
■*™""*tt jorel leflordauAlfftntoXl.VíiielMaiianí, 
"b Ikt ii Ei^di, llb. ti, etp. i, aabre [a elección de don 
■llbofiei, anoblipo de Toledo, etecnladi par el Cabildo 

■■■«aa ^ pmcilbn lu lerw eludía. 



EL HONITOBIO DE BOHA. T5 

absoluta, que oonsístia, como primeros predioado- 
res y fundadores de la Iglesia, en las funciones del 
apostolado y annnciar el Eívangelio al universo; y 
la otra episcopal , reducida á regir y gobernar loa 
rebaDos de los fieles qne á cada ano le fnó seflala- , 
do. En la primera de eataa potestades sostiene qae 
loa apóstoles no tuvieron sucesor alguno, y qae m- 
lamonte han heredado los obiapoa el limitado po- 
der de la aeganda (4). Y de esta suerte enouentra 
fácil la respuesta & tas autoridadea de lea Santos 
Padres, y procura librarse de los argomentos qoe 
le Bon contrarios. 

En este modo de diaonrrir están bullendo sis ce- 
sar las dificultades. 8i en el mero cargo de la pre- 
dicación consiste la amna y extraordinaria potes- 
t«d del apostolado, difícilmente se pnede compren- 
der qne no hayan sucedido loa obispos en esta po- 
testad, oomun á todoB loa miniatroa de la inferior 
jerarquía de la Igleaia; y qae, segno el santo con- 
cilio de Trente, de tal anorte es imprescindible é 
inseparable del oñclo episcopal, que no la pueden 
omitir sin hacerse rwpousables á Jesucristo (fi). 

Qne no sea licito á los obispos ejercer aa autori- 
dad y la predicacioo en laa dióoeeia ajenaa, qae es 
todo el fundamento de este autor, ea un ofreci- 
miento bien ridicnlo y despreciable, porque acerca 
de esto no hay prohibición algnna en las divinaa 
letraa, y es un mero establecimiento eolesiáatico, 
conforme á el ejemplo de loe apóstoles, qne sa abs- 
tuvieron también de predicar en las regiones que 
habían tooado á otros, sin ofensa de la igual y suma 
potestad que el autor los reconoce ; ademas de que, 
i los Santos Padres y á loe concilios lea ba sido des- 
conocida la separación de las dignidades aposUHí- 
ca y episcopal. 

Otros confiesan ingenuamente que el sagrado 
orden de los obispos fuá instituido inmediatamente 
por Jesucristo en las personas de los apóstoles, y 
Juan Cabssucio, escritor más afecto qne los de an 
nación á la curia, lo sienta como una cosa indubi- 
table para todos los fieles, sosteniendo, no obstante, 
la abaolnU potestad del Pontífice (6). 



{1} Anonrnna, Bella llal» iitl* CUeu, cap. t, nnn. tS. A fll 
apoeteli eonrerrlG. C. bdi lornaa poicstbnelli chleaa: «iiosal 
poieta p» qieslo dire etae piMir doieaae per aic«GStloDe: «te. SI 
«M. IT. Dne poteitk per taaio *1 ceBaíderaiano ne |ll «poalAll, 
lea con nu la pleneía per nglone de el apoalalato : t quata 
en In eul straordlDirla , iie paiMr datera Inileta ■• «BMesoTl 
Lallre en eplaeopale, aeparaU dall apOfloblo, eqietta non en 
eella pleaeía dclla poiutt epato ne lacwiori.elobiel VeHotl, 
qaaodo donqae alemi padri dieono cba I VckotI aoio IMCW- 
inri de lll apoitoll, comes. Cipriano, 8. Cirolaao, B. AfoMI- 
ao , S. Greforlo . cío deie inlendenl che laeesdoBO b (li BpoK*- 
II cene Vaauíl, non cone apotloll 

{S) CMd;iamiIat,ua(.14;I>«R</tinM(.,eap. IT. PnedUe- 
tloBla piiiniit, quod epiíeoporaa pneclpnan eai eapleai aaniti 

ie)CibatDe.,n(«rf«(i^tift^.CmHiM.llb.iT,«ap.i,Dnaa.l. 
Onolbes Idellboa IndvbiUtaiB eit rslne itetan epi>e«f aran on 
dlDtm Immeiliiie b JtiBcliilalo lailllntan In penoali apoaUfo- 
raa; feibat <Uill, Joan ». Sicat siitli nePalu, efe 






76 



EL CONDE DE FLORIDABLANCA. 



Estft Opinión defiende el mcHlorno impugnador 
de Febromo, fray Ladislao Sapoll, que no dada qae 
los obispot ROO verdaderos vicarios de Cristo en bu 
Iglesia por inmediata partioipacion, como herede- 
ros y sucesores de los apóstoles (1). El lector podrá 
juzgar de la violencia qae tiene el riguroso con- 
eepto de monarqui», con una opinión que concedo 
por dirins institución muchos asociados de igual 
potestad al que tiene el imperio. 

Con esta discordia sobre un punto eaencialfsimo 
é iropreeoindible de la disputa, entran todos estos 
autores en el empeflo de persuadir la monarquía 
espiritual de los papas j su plena y absoluta potes- 
tad. Las pruebas positivas de que se eirven unos 7 
otros son puntualmente las mismas, y sin que en 
esta parte hayan adelantado loa modernos la menor 
oosa áloe antiguos; aquellas expresiones de Cristo 
issn Pedro, Tibi dabo elaett Eccletia, patee ove» 
•MU, »go oraba pro U, ut non d^iat fde* tita, et 
te aUqvando eonveriui confirma Jratreí tvot, han 
venido & ser, de las divinae letras, Isa que mis veces 
•e han esorito y mis se han ponderado. 

En estos sagrados textos no encuentran los que 
defienden los derechos de los obispos, que se comu- 
nioase á san Pedro mis plenitud de potestad que i 
los demás apóstoles en otros parajes de la Esoritnra 
BsDta que alegan ; ni oreen que se puede oonclnir 
de la singularidad que tanto se pondera, otra cosa 
que la suprema priuiacia que reconocen todos los 
fieles al Pontífice romano , y que le constituye ca- 
beea visible de la Iglesia, padre y doctor universal 
de los cristianos. 

No es menos esoabroso para los factores de la 
monarquía eclesiiatica el camino de la tradición. 
Su ingenio revuelve los fragmentos de la venera- 
ble antigüedad que el tiempo ha perdonado, y su 
diligencia procura deducir de expresiones oscuras 
y alusivas i tiempos y oircnnstancias que siempre 
nos seriu ignoradas, reconocimientos de los pri- 
meros padres do la Iglesia, auténticos y formales 
de la monárquica potestad de los papas. A pesar de 
todo, los autores del partido opuesto notan que la 
mayor parte de sus testimonios son sacados de 
recursos que hicieron & la silla romana obispos 
depuestos en concilios nacionales; é interesados 
sumamente en levantar la potestad pontificia, ob- 
servan que inn en estos actos, las partes del Pon- 
tífice no fueron otras que las de un respetable me- 
diador, que interpuso su autoridad i favor de aque- 
llos prelados castigados injustamente ¡ unas veces 
para que se viese mejor su causa, y otras dando 
deade luego en su dictamen un testimonio de la 
inocenoia, siempre apreciable, 7 singularmeute en 
la materia de fe, por haber sido en todos tiempos 
la silla de Roma la pauta de la verdadera creeu- 

El ipoitolo* at- n. Aitcsdlu tsbltet ssInriD fnfi, In ^no 
TM SfUtlB» Sincli) poHlU «pltMpDl Kttn Bcelcilin Del. 
(1) StpsU, Bt SlMl% BtelaUi, pin. i, | i, bbd. T. 



oía; y últimamente, oponen un número dilatado A 
establecimientos de los primeros concilios, eootz« 
rioa i la pretendida monarquía, y do confeaione 
de grandes papas que desvanecen toda la obra 
fuera de las expresas decisiones de los concilioB 
que no dan poco que hacer i aquellos escritoroa. 

Cuando la fatiga erudita de los promovedores di 
la dignidad pontificia fuera mis feliz, tampoct 
probaria, en el juicio do los de la otra opinión, mái 
que el positivo establecimiento do la Iglesia, qni 
prefiriendo para su régimen el gobierno monárqui' 
co, por más perfecto ó por más conveniente , le hu- 
biese colocado en el Papa, y siempre vendría i 
quedar triunfante la proposición con que el su- 
blime BosBuet, descartando vanos razonamientos, 
les provoca al campo ds la Sagrada Escritura, 7 
loa niega que se haya reconocido en ella obo mo- 
narca eclesiástico que A Jesucristo (2). 

A este gran prelado francés, que fuá capaz, per 
su autoridad, de hacer titubear á los mismos ultrof 
montanos sobre este punto, podemos dar nn fiador 
bien abonado en el eminentísimo cardonal Begi- 
naldo Polo. Este varón verdaderamente apostólico, 
elevado á la púrpura i fuerza de sus virtudes, y en 
todo muy superior i nuestro elogio , trazó la norma 
que se debia seguir en el concilio de Trento , sobre 
las líneas del primitivo que celebraron los epósto- 
les en Jerusalen; y en este tratado, dirigido i los 
cardenales legados del Papa, se da una idea,qnizi 
la mis justa, de loa derechos de la primacía qos 
tiene en la Iglesia el sucesor de san Pedro ; se ex- 
plica la autoridad de los concilios, la representa- 
ción que tienen en ellos los padres, y Is verdaden 
cualidad de la potestad eclesiástica , no por meros 
discursos de los hombres, que siempre son falibles, 
sino por una sincera confrontación con el ejemplar 
que nos han dejado los discípulos iluminados de la 
misma verdad. 

Conforme i la sólida doctrina del eminentleiiuo 
autor, la Iglesia es estado do un solo principe, j 
por consiguiente, rigurosamente monárquico ; pero 
su forma do gobierno, extremamente distante de 
estas monarquías, que deben su principio al eon- 
eentimiento que pudo sugerir á las gentes la eon- 
veniencia ó la necesidad. En estas obras imperfec- 
tas de los humanos tiene el sumo imperio un hom- 
bre, que forzosamente le ha do traspasar nn dia á 
otro por herencia ó por elección, sucediendo unos 
i otros. Cada príncipe manda en su propio nombre, 
sus acciones recuerdan 6 hacen olvidar le memo- 
ria de sus predecesores, 7 su autoridad á veces 
suele ser mu7 superior i la del príncipe que echó 
los primeros oimientos al imperio que ejercita En 

Itl BoUDci, Di Ptmi. Eetíetlm, llb. un, ttf. n. Ros a 
proprto urebro, nnlt^s* nUoriDiUosIbss ébriatttsB nlM^l- 
ue farmm eílDsnidssi ctts; ud Scrlplsrlt, ei irallUoslbst 
femoutnsdsBi cccletliiilctm siosareblssi isk CtriiUi praeípi* 
e«M,i|no4 tÉltluiHosi Mt. 



XDICIO IMPARCUL SOBRE 
IimoiurqTifa criBtíuianMlsdeeetoaticede;e1fnD- 
didoi vive eternamente, no esnn poro hombre, ee 
Terdtdero Díob al mismo tiempo, 7 eete monarca 
oiDDÍpotente no ha cedido el mando, ni tuvo nece- 
nd»d de nombrar enoeaor, y aSlo para el régimen 
de *a Iglesia ha puesto pastorea que en su divino 
nombre rijan y apacienten el rebafio de los fieles, 
j DO por propia representación (1). 

Eate modo de pensar, qne encierra Terdadee á 
que ningún católico ptiode oponerse, 7 qne signien- 
do fielmente el concepto del establecimiento de la 
Igleiia , deshace la ignorante presunción con que 
leraelen regnlor las disposiciones divinas por loa 
prindpioa humanos, de que estamos imbuidos, der- 
riba al mismo tiempo la estatua de los mouarqnlas 
edeaiistícaa que han visto los ultramontanos, y 
minifieata qne siendo única, eterna í inalterable 
ID Jeincristo, ciertamente deben limitarse las pre* 
torionee de loa enríales á solicitar que el Papa sea 
no de los rectores que bs dejado para sn gobierno 
el mis superior en dignidad 6 facultades. 

Bien ha conocido el anánimo que impugna al 
Fánaü, qna apnradas las cosas, toda 1» cuestión 
tíou i redncirse í averiguar los verdaderos dere- 
^M de la prinuda del Pontífice , 7 por esta rozón 
BodadaafinnaT que ambas opiniones podian oon- 
wiUiH,si el Fehranio no esttechára tanto la dig- 
tidid de primado, que la dejase en términos de 
I><tn liDDor 7 de mera dignidad. El qne lea al Fe- 
fnMw Kbre este punto advertirá 3Í tiene fnnda- 
>>K»to esta atribución, 7 nosotros silo notaremos 
V lo* defensores de los derechos de loa obispos 
}*nuu podtin aceptar el ajuste que propone el uuS- 
tÚQo, porque sin dada se excede en la explicación 
i» U totoridod de primado, que reside en el Papa, 
J U idoraa de todos los efectos qne pudieron oon- 
itait i tm verdadero monarca. 

lUi ücil se ofrece, en nuestro juiáo, la concor- 
di4 con el padre Sapell. I>a monarquía que descri- 
be de loe papM os tan templada y con tales limi- 
tKÍ<niM,qiie pndiera admitirse sin reparo, si la 
•¡niii romana pndiera habilitar una fianza segura 
de qoe nnocD excederia sns límites. En repetidos 
pwijes de lu obra afirma el antor qne el Papa no 
tiene el ejercicio de esta potestad monárquica , 7 
poritivunente ensefia qne no puede torbar lo jo- 
rí*dicioa ordinaria de los obispos, que son sos coad- 
jobns , 7 también vicarios de Cristo, sin una grave 



11 Oritotl. ÜFflTiiM. Pal. , Dt Cntint rí liwt. Siih »r*»- 
*ta IHíní. .Sfui , qiijj»l.í.AB il pWM retlsr»* . « pitlo- 
t*Mí^l D<i jnm.iae %\t\anii, rl wluidl In cundiili e>li, rto. 
br>iBi. Abill. PrlDtrp» tniía líntloin.rle. Eil fcrnllllBt Ec- 
l*xi> iilji iirlndpli ilaluí , qDem Gmi Uatnirchum ii>cinl ; 
>•■ l»u iil iliaml*lilinpennll<,qaalessualnonirchÍ>ah 
kgaiiibu ÍDit>UI*i •i'il Bnipi IM rt boniols, iinl ni Cbrítln* 
'tal'n bbpIdb BoilrDm, qDrm Dcu iiiUt posait upsl luptr 
MKBEnlniíB, Ib qoi Ipic rrciores.tl pHloreí |iainit,i|Bl 
"■ iritrtDl.FI piuereni nomine rjui. aun isa Ipiurum, II la 
wpnUí tUDiu ai. tiqae etlan Ib rc|la ■<■». 



EL MOHlTOBtO DB BOMA. 77 

7 urgentísima cansa (S) ; 7 en vista de esto, nos 
parece qne búIo en su sefiolamiento podría consis- 
tir el ajuste de estos opiniones , 6 en la descripción 
de las voces , dando con mis propiedad á los obis- 
pos la de compa&eros 7 bennonos, de qne no se 
desdeüan los mismos papas en sus rescriptos. 

Ahora lo que no puede perdonane al padre Sa- 
pell ea , que coloque en la negra galería qoe ha 
compuesto de loa autores de que se vale el f «frro- 
njb, al insigne chandllel de Francia, Juan Oer- 
Bon, varón doctísimo, citado con veneración de loa 
primeros hombres de la Iglesia , 7 ol pío 7 religio- 
sísimo prelado Andrés Magorense, con título de 
cismáticos 7 de implacables enemigos de la Igle- 
Bía romano (3). El autor no tiene otro motivo para 
faltar ol respeto de estos venerables padres qne ha- 
ber sido de opinión oontroría en una cuestión qne 
se sufre entre católicos sin censura alguna de la 
Iglesia, 7 para proceder con más circunspección, 
no debió perder de vista el tratamiento honorable 
de reverendísimo 7 religiosísimo que loe antiguos 
padres de lo Iglesia, juntos en on concilio, dieron 
al mismo Nestorío, al tiempo qne anatematiiaron 
tus errores 7 herejías , teniendo atención ol carác- 
ter de la dignidad episcopal (4). 

En lo demás, estos autores proceden oon más 
moderación que aquellos canonistas que inconsi- 
deradamente han procurado defender el despotismo 
ds los papas en todas materias. Confiesan la falsa 
suposición de las decretales Isidorianas, que pro- 
curan disculpar oon la pnrexa de la doctrina qne 
contienen, 7 de esta suerte se mantiene una con- 
troversia, qne será interminable, 7 de que nos ha 
parecido instruir al lector, aunque sea á costa de 
la distracción que hemos padecido. 

Volviendo, pues, á seguir el hilo de las primiti- 
vas costumbres eclesiásticas, que dejamos inter- 
rumpido , es constante que á toda lo Iglesia , junto 
en concilio general & nacional , pertenecía el esto* 
blecimiento de las le7ee que regulasen el culto y la 
obligocion de sos ministros; 7 en una palabra, la 
disciplino eclesiástica, lo exposición de los dogmas, 
lo materio de los socromentos, era propia de es- 
tos cuerpos, legítimos depositarios de la infalibili- 
dad (5) 7 del derecho <^ loa emperadores ó principes 

<« Sipen, A* SíttH SteltOm.fttl. iti, 1 10, nin. H, tL pirt. t, 
I i , BD«. 7. IwA Bt de (ccnUii poWiuu uccmi , neqge eplici»- 
poi S. PoBiílex I1 rcíimine lairam dliBctiDo, nlil BiiBifni* 
atJMIM, iBt cent neceuluí, U eilpl, Inpedlre, M Urb*re 

r*iMi. 

a, Uta, D* SUIm SrtMm, pBKi,J.i,ii«. I Ab bob Ib- 
ri-BilulB» romiiB Eululc hoil» , el banelBci KbliBBiltai ia 
adem ilbl IFrbroBloipn.iacer* plienit HelclilDrenGaldaitrBV, 
JnliiBBm CaiariBBB, PíiUiw , AidrBtM Mfom- 

jr., tom. ni. p>|. 413. UlojBi epIteopB* UtUíI» íl. 

Ib ormodDu ftde dliunili mbiiu Nnlorll rtHilMl^ 

lii, qBBledi UBI cautil: qairt el tp ■Diibea*' 

if.Wleipir- 4W' 



5< JvitlD. Fcbcoo.. 1» Sftt S 



V, Google 



78 



EL CONDE DE PLORIDABLANCA. 



«DprttnoB y BoberanoB de las tíerraa eo que se teniao 
7 oelebrabui; era la oonvocaciou de loe conoilioa, 
i que regulanoeDte saistian por si, 6 por los ma- 
gistrados qae destmabao, para proteger su cete- 
bracion , «orno coDsta de los proemios j de la ao- 
cionde graciassl príncipe decuyalirden se habían 
juntado, con que finaliaaban los padres sos le- 
B ion es. 

Al principio de este gobierno, el porte exterior 
de tos obispos era la estrecha profesión de la hu- 
mildad, que fué la divisa de los apóstoles ; se glo- 
riaban con el titulo de »Uroo indigao, sin que usa- 
sen en sus cartas de otros mea pomposos (1) ; pero 
«ninentado después el número de los verdaderos 
creyentes, por un efecto de la humana flaqueza se 
dejaron engreír, é inflados de la reverencia que 
justamente infunde la dignidad episcopal, se ador- 
naron de los 'altos y respetables títulos de sumos 
pontífices (2), de papas y de santísimos (3). 

Sin duda que estos epttectofl, annqne tan extran- 
jeros de la Iglesia primitiva, é ignorados de los 
apístolea , no pueden ser reprensibles ni dignos de 
murmuración; porque, aunque la modestia de los 
prelados loa rehusase, se loe pudo prohijar la reve- 
rencia de loa fieles, y i la verdad sin escrúpulo de 
ezceBO ni franqueza, particularmente en EspaQa, 
donde han merecido siempre de nuestros augustos 
soberanos el tierno y respetuoso tratamiento de 
padree, desde una antigüedad que casi iguala al 
establecimiento de la monarquía (4). 

Has razón han tenido algunos para notar en los 
prelados el exoesivo fausto de sus familias, el lujo 
profano de piedras, adornos ydelos demás encan- 
tos que tanto aprecia el mundo ; pues, sin detener- 
nos en la enumeración de estos excesos, que se ha- 
lla en los autores, llegó hasta usurpar el uso de la 
púrpura, reservado á los principes supremos, y 
para bu remedio fuá precisa la promulgación de 
una ley eclesiástica (5). Y no contentándose la sed 
de honores mundanos, que consumía bus corazo- 
nes, con la ruidosa celebración de loB días de bu 
nacimiento, que en muchas provincias se hacia con 
profuiiones y regocijoa públicos, ni con los demás 
que se pueden ver en los autorea abajo citados (6), 

\i) Bt\sua. , In un. tí SguBi. Csrihag. Theodor. Hopinf . , Di 
lurtiwdfnam.ctf, iin, ti ddhi. 18. 

As Ul consUl « Coacil, Tolft. IV, In przfal. Conven Le Dli bu* 
■obti hispan la run . Gillixqa» ponllliclbus sninmis, A¡a¡heai X', 
cap. lili. InviurI per melrapolitanom id ordlnlliODein Somml 
Faitiacis, 

(3) D. Ferdln. d« Nsadua, in nolli it Cmcil. IllUrríl., m 
HnplDf. mprt. 

(4i KoKiL Tflel. ¡V. Bmetrau. ¡. in ProiBin. Smedn, b 
Ctm. GtOe. , up. iin. 

ISl Co*cil. Harima., can. i. Hoe repiliriler deAnilum eü: al 
nnllil (lericorniB icilinenla pirpnrca Indnal , qns ad jactacUan 
^rtiaenl mundanalcni . non ad rcliginua dignlli[cni, nt tlcnl dc- 
YoUa ifl mcnle. iia aslcndilvr In torporsi qnla purpnri naiimí 
lalcorDH poietlale pnedllls dobemr , non rcliBlnsis. 

I») Aoonim., üút. PetUfcm. lib. im. cap. peí al I., fol. 838. 
¡Aaimtut, O» Vtteri CUríca Mímtela, Ilb. ui, up. ti), rol. tíl. 



inventó la superticioBa práctica de celiiiBe y aeax- 
brar sus vestiduras de las reliquias de los mártúrea 
mis venerables al pueblo : y pora sa enmienda, el 
celo catúlico del rey Ubamba mandó jontar, en 675, 
el concilio Bracarense, de que son bien notablea 
las palabras (7). 

Los mismos hechoa do la historia qne noa pre- 
sentan la relajacioa de loa obispos en su condacta 
personal, nos hacen ver el conatanto arreglo i loa 
preceptos divinos con que mantuvieron su gobier- 
no, sin confundir jomas el báculo con el oetio, y 
reconociendo distintoa é incompatibles al saoerdio- 
cio y al principado. Al mismo tiempo qa« con in- 
trépido ¿nimo sostenían contra el poder de loa 
emperadores la potestad sacerdotal que heredaroo 
de los apósteles, y que representaban vivamente 
la desproporción que hay en que los negocios de 
la fe 7 puramente concernientes al bien espirítoAl 
de las almaa se traten en el fuero secular (8) , (M>n- 
fesaron con candor qne les estaba prohibido el oo- 
Docimiento de tos asuntos temporales, remitían •! 
juicio de los magiatradoB seculares oquelloa, aun- 
que fuesen de personas eclesiáaticaa, que no faabi» 
bastado á terminar su gubernativa direcoioa, re- 
conociendo en todos ocasioues aumiaamenta la su- 
jeción y la obediencia qne deben á los que tien«n 
por don de Dios la auprema poteatad en la tierra, 
de que noi contentaremos con dar algunos testi- 
monios respectivos á varios tiempos de loa infioi- 
toB que ofrece la amenidad de la materia (9). 



fli OnuU. Brarttrau, III, tin. fl. Baia faldeni rea ed, dhtii 
■acerdallbaí conlreclan njulerla; sed cinndoD lald* eM, se 
boc quisque )4 üsdoi pnillalli snx Inlorqneat, ande mil Dp« de 
bono coasclcnllx placeré debuent. Scriplnm eslcnlm; Ve tia, 
fsi /ariniil itpai Daiaiiil fraiultiimUt il deiliSoit: ni enlm ^do- 
rumdaa eplieoporam detealindi prctampUo nuiln le eetai tn- 
iDlil dlrimenda. afooilmos qnosdam de epiícopii, qnod ta so- 
lemnilalibus martjrum , ad Ecdcilara proeressnri, rdiqniai eolia 
ino icipananl, el nt majaría bilis apnd homiOFt gloria Intnirt- 
(il ¡qualiplislntrellqnianiii irtaj LolUe atblí indoll la etila- 
lis eos depnrlant. Qnx delrilanda prasninptlo abra|iri per ob- 
nia ietlfl, iie íob saocülatli specíe slmalila, *anilaii sola pr«- 
taleal, il modiim snuní nnimcDJvjqne ordinli reierenlli non »|- 
nosFil; et raro anllqna In bac pane, el solemnli eounelada icr- 
labluir, ni in teuís qDíbusqus ircim Dei cpm rtliqsííanoi rpit- 
copi, sti ]tinx gfslpsl iu bumeris. quibus el In releri Icfi 

eplsMpui reliquias per *e depórtale eleterJl, non tpie b dlaco- 
Dibni In cellnlíi n'clabltar; led polia* p«diaeqno eo, nna eaa 
popuiis progrrssiune proredtnie, ad coii>eniicn1a tanctana tt- 
cleilanm sancls Del ríliqlls perenndem eplscopninpartabnn- 
lur. Jim ipro qüí tice intttlnta tcleado nlinplere dlalalea^ 
quamdía in huc vilia Tueríl. a sacrllIcandD ce&sabtl. 

|S) amad temjB.e.diil. 96. Cnm ad lenm (enlUM «M, lltn 
ilbi ncc iinperalor Jura poslidialsí arripnil: nee ponlifei nann 
Imperalarium nsurpavll; quoniam Idom nedlitor Del, el homl- 
num, homo Cbrislns, lie aclibut proprili, et dlgnllalli dtillne- 
tls ataclii potesiaura nirinsqae disrrevit, ele. Greiorias II ad 
Leogem liiiirjcBD , In Aclii ¡tplhta Synei. IdcírcA praftcü lanl 
ponlIBees ecrle&iis, i reípoblir» negaliiiibtlinenleí, nt ispa- 

i9) D,GreKor.,IÍb. ii, eplii. 61. Egojnsslonl snbjeciis e»deM 
legcm per diterua (errargm parles innsmliio. Ubiqae (rge qne 
dcbui eisolvl. qui el linperaiorl obrdicnIJam prxbnl, el pm Veo, 
qnod tensl, ninlmí lacul. Gelasiui piM ti Auiíu. ímf. Pniíll 



Cooglc 



JUICIO mPABCUL BOBEE 



SU 

fií Im tiempo* de Comrtantino el Orande , époc& 
qu n llama de U pu de la Igleaia, se ven los 
pnmenM enunohee de su jnríadiclon , y los obi>- 
p(M ampenkron á conocer de las cansas tooantefl i 
iMpcncnaa, las coeaa y loe dereohoa de loa cléri- 
gos, tratadas hasta allí ante los jaeces seglares. La 
pwdtd de este emperador, tf porque creyó mis pro- 
pio de loe eclesiáaticos este conocimiento, A por- 
qn los cmdadoa del imperio no le permitían la 
eipedicion de en prolija mnohednmbre, lea conce- 
£t qoe por el mismos juzgasen 7 dirimiesen sns 
negocios (1) , seg^nn nn capitulo, que reoogid Ora- 
ciiiK),con el error de atribuirla al papa Helchia- 
ii«,moa'to anteriormente al reinado de Constan- 
tÍM, como notó el sefior presidente, don Diego 
' CoTutnbias (2). 

No hsj dnda qne en tfrden al mando, toda la di- 
SmlUd consiste en el principio Aa sa adquisición. 
Li gnciaconstantiniana (de cnyo valor y sentido 
tutumos inmediatamente) no la miró el clero 
nEu afecto de la liberalidad de aqael príncipe, 
ñgo como la reoiocion de nn impedimento qne les 
pnnii en estado de recuperar por nn derecbo de 
poiUiiüiuo la exención é independenoia de la po- 
teritj Mralar, qne pretende derivar de las divinas 
WMmiiee, y esto pensamiento ha producido 1» 
ettnu controversia sobre este particular, qne em- 
t«» i los doctores. 

limqae on diacurso es campo mny estrecho para 
asinrto de eete tsmaDo, no podriamoa dejar el exa- 
men del origen de esta exención ain faltar i nues- 
tra! promesas ; pero Antes de resolver lajiuestion, 
debemoa sentar que sin detenemos en la certeza do 
la coacesion de Constantino , principe sacnlar, i 
[[lüen el clero reconocía su enjeciou en el mismo 
beebo da las qnerellafl qne le presentaron contra 

Itüelst ii ttinpanllbiia debeal tibí omneiil nbcdleDlIaní, e( r»- 
"tmcni l>Hris>>i 'Ibl do mina Dtl cate (■llalam. He» 
■K Vi, ti miat. Loflbu loli Ipil qocipie fuasi nliflDnli 
"IsUUl CncU. Cktteiin. hi aeUn. i, tpM. Easeb. eplseop. 
DoriL tí Imf. Vtltml. ti MTl¡4t. Ptoposilno esl cleneotl^ ves- 
'"^ nlitnli qaldta illil inbditls profJdere, pneclpuí Umen 
'■Nruibti lucidollo; ndiiDEi lealnii piFUltm •DppIleaDlíi 
¡"muía inureri. CmcíI. TbUI. IV, un. 3¡. Dom conípkispl 
Mt«, (I poletuiei pinprrnm oppreisoríifilstere, pr¡u( eoi 
■>(s<«nil idnoiiLIone redirgaiDl, el jl conlempseriDl emendi- 
^ MriB InuLeDlitin Kgli larlbnj IiiiíiikdI, ui qntii siccrdou- 
'1 HaoilUo nm aecUl Id ]»lillam, re|ilís poletuí ab Impro- 
*iWí CMceaaL Tíím. yi, un. ií. iSefas esl fii[o in dnDiDm do- 
'lEtn tjBi pouitiUiB, eul anDism tubeniallo icpemo «miUl 
«•itlin JaJido. ftritau., ins. 839, tam. 11. Cnc, eip. mi. Pu- 
'f>^ ntiU, nm nomlal k Dea ordiBala »I, bamllilerUqoe 
W'lttemtípimtdibeiil.Ctp. «mH.ii, fie.f. 7. Noaillii' 
u>K<nlt[ illqiid eflnu, et In labdtloi juilB le|la Inoileí 
wcaiwmbiDai.iutro, ac Dliioram Teaiiomn ciicit toId- 
Uiiandiriladlcio. 
Wi Cap. Fihrm, ni, qiaKt. 1. Voi k seoiaejidlcula polwUi, ' 
MdnHaiDtijndlriaifKnimlnl. 



EL HOHITOBIO DE BOUA. 70 

los obíspoe, y qne presidia personalmente aqnel 
oonoilío, sn privilegio no lea atriboia bu pretendi- 
da ezenoion. Ademas de qne, loa sucesores de Cons- 
tantino mantuvieron la misma autoridad é imperio 
sobre los clérigos que Antea , como consta de loa 
reglamentos qne hicieron para sn gobierno (3) en 
qne se debe notar qne en aquellos tiempos Aon era 
de derecho común el conocimiento de los magia- 
tradoa secularea en los pleitos de los eolesiAsticoa, 
estA explicada la inteligencia, valor y aentido de 
aquella gracia oon las tres notables reatricoíones 
de qne hubiese de acceder el consentimiento volun- 
tario de las partes, fuese la materia civilypor me- 
dio de arbitraje (A) ; franqueza que no tenian que 
envidiar loa domas subditos de los emperadores, y 
en qne, bien considerada la materia, lo qne el olere 
vino á lograr fué ta habilitación para erigir entre al 
Arbitros, especie de judicatura, que también lea 
está prohibida por derecho divino (6). 

Descubierta la debilidad del privilegio de Cons- 
tantino, y an verdadera inteligencia, no oreemoa 
necesaria la advertencia de qne el punto en cues- 
tión no procede acerca de las materias espirituales, 
en que tiene el clero una inmunidad tan bien guar- 
dada, como que no hemos oído hasta ahora que la 
curia romana haya acusado A ningún principe cris- 
tiano de haberse ingerido A reglar los negocios de 
la fe ni la materia de eaoramentos. 

Esto supuesto, nuestra proposición es, que el 
fuero, exención é inmunidad qne gozan personal- 
mente los eclesiAsticos en los asnntos temporalea, 
no desciende en modo alguno de los constitncio- 
nes divinas, y que, cualquiera que ella sea, segim 
la diversidad de las costumbres de los reinos y de 
loa territorios, es una merced de sus reepecÜTOi 
soberanos , á que sólo les ha podido mover sn pie- 
dad y su reverencia al sacerdocio, 6 la necesidad y 
mayor utilidad que resultase de ella para cumplir 
con los ministerios sagrados. 

La prueba de esta proposición eitA A la vista de 
cualquiera en los sagrados libros. Por mAs que se 
revuelvan los capítulos déla divina legislación, no 



SI Honor. tX Kmi.. Ilb. 1, di. Tkitá. ít Reñt. QpdIIm de 
reWgione agllur. eplscopsi contealt iiilare; CBleni Ttro ciiuai, 
qux ad oiJlnaiios cognlior», tcI ad DianJailipDblldpEnlDen:, 
Legibns oporlel iirrl. frivill Valentai. Ill, Llt. iii, Di Eplttap.j». 
d¡c, el ii'tri. nefot, Quoniacn conslat episcopoi, el pr(ibjlíro) ia- 
cum leEíbus non hiber«, nec de altii capsii, leconduai Arcadil, el 
HoDoril diíalla contTitDla, qns Tbeodaslioum corpns oilendil, 
pneler relieioiieiii poue coinoscere ; 1) ambo ejosdcm dUcLI llli- 
(iLorít natlot, tcJ alunwr, (fint pubUcli leilbaí, *l Jsre 
comninnl. 

{i\ Leg. 51 ful. 8, Bt epüeer. milaiL C*é. Titti. SI 4«1 0. 
contenía apnd aacra leili ■nliilllen] llllfira Tolntrlst, ntn leta- 
buninr, ted eipericoior llllus, li clTilL dniiuuine(aili>, laor* 
arbllii tponle reildenll] Jndicluni. 

(S| Epiíl. D. Pelrl ti Cle«ieiU.,ianr.UpiUem,il,\.i.m 
Dmnes vlin hnjoi nccupaiJoDea abjicereni, ne la alta prona* oc- 
capallone iaTeplrenler mnodlall* ncfelll ocailoie perpleii, 
oe prcro«all praiteDlibu bomlanoi cnrU, nos pwMBI leilM M 



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80 



EL CONDIS DE FLORIDABLAHCA. 



M hallará el pretendido privilegio que exima á loa 
ecIesiisticoB de U potestad MCnlar, como, aegan laa 
regios comunes, indispensablemente necesita cnal- 
qniera que se aapone privilegiado. Al contrarío, lo 
qne se encuentra en boca de la cabeza de la Igle- 
sia , del sncesor de Jesucristo, es un precepto estre- 
ehfiimo, dirigido inmediatamente A loi obispos de 
Ponto, Galaoia, Capadocia y Bithinia , de la fiel su- 
jeción que deben tenor í loa royes y ¿ bus ministros, 
conformeilaTotuDtaddeDio«(l); que repitió san 
Pablo ilosromanosen particular con inmocuidadc, 
para que no quedase duda de que esta ley divina 
oomprendia en el Oriente y Occideute al mando 
todo (2), y que conñrmó con su ejemplo el santo 
Apóstol, presentindoae al tribunal secular, como 
el competente (3). 

No sólo en la doctrina de las dos columnas prin- 
cipales de la Iglesia , en qne habla et Espíritu San- 
to, está declarada la Bujecioa del clero í los prin- 
cipes temporales, sino qne la misma Verdad, el 
duefio de todos las jnrisdiciones , en al acto rign- 
rOHO de un juicio, en qne era cuestión de esta potes- 
tad secular, la reconoció al más inicuo de los ma- 
gistrados, afiadiendo el divino origen de que des- 
ciende (4); que es el sagrado ejemplar con que 
reconviene san Bernardo el orgullo de los ecle- 
siásticos inobedientes y despreci adores de la se- 
Gularidad (6). 

A estos cloros y fieles testimonios de la Escri- 
tura Santa ha procurado obscurecer la cervicosa ca- 
vitación, diciendo qne no contienen otra cosa qne 
nn mandato general de lo obediencia, por el cual 
se somete el inferior al superior dentro de sn orden 
y clase, esto es, el eclesiástico al eclesiástico, el 
seonlar ol secular, el siervo al seflor, el discípulo al 
maestro, etc. ; porque todos loa snperioridadea di- 
manan del establecimiento de Dios. Pero ¿qnién 
no re la resistencia que tiene esto interpretación 
en la letra de loa textos que expresamente dispo- 
nen la obediencia y la aumision det sacerdocio á 
loe principes y magistrados? 

Otros autores qne se han dejado arrastrar más de 



II) It, Peir., Mp. mi. Gcnai ekclim, npleiiccrdollnm, «le. 
Sb^kH ntDle OBni crotnia hnminepropUrDeim, iliercgL 
■ dDdbm, (imqDiDl (b ea miiiii ti tík- 
I, ]tDd(m Tero baoBnim, faliiUeiiTolnií- 



(1) Ui. riDl., Áé. I7(. Adnonc Jtluí prlnclplbv*, el pqteilitl- 
kuiubdllM (Mc, dlcln abtdlrD. ídem, ^dilMi.,c>p, iiii.Oaiiici 
iBlB* poInllUbM iDbLlmloribDi labdili til : non rsl Mlm po- 
Mti« Bill bDeo. EiiM/i-t.-Ü'i rnltili pDtfitiU, Del ordlBailúnl 
rdiUll. 

IS) Iden, ieitr., U. Ad Irlbinil cniarliito: \i\ ■« oportti 
jidiotl. 

(4) J itn., 19. Nexli, ful! ptlMtatra bibra inciafcrc u, » 
taUtitUTB bibeo dimilurc (e! llMpoDdií Jeim : Nob bibercí pa- 
iciMlHl, nlsi libl diUD ciMI dctviwr. 

15} D. Beniti; tplst. tt, Áé AitU'frta^. Sr»m. Sctnllrlli- 
Ua UBtcBDiliiT Sed uecnlirior Brao i'llilo. tnl doBiInos idsli- 
Ht ludiuBdai... Üicllo. li aldclii . (ni pnesulli ordinallonrm 
Mwire, enn ronanl pwildlt potMaiea nper m Cbrlílsi Me- 
ntir MilItBataliMertlBiUB. 



■n empetlo ó de la vanagloria , no se 
on decir que estos preceptos súlo producen una 
obligación tenporal y transitoria, aligada á loa 
principios de la fe y de la Iglesia , qne no podía 
qercer entonces tu autoridad ni disfrutar sos tmx- 
qnezas, y que, por oonsiguiente, debia acabar, «x- 
tendido el cristianismo. Satisfacción presuntuoca, 
en qne , destruida la perpetuidad de loa eatablsci* 
mientOB divinos que sostienen la Iglesia, se ofende 
hasta lo sumo la sinoera ensefíanza de los opAstO' 
les, porque se podria inferir que hablan conocido 
la baja polftica da acomodarse ol tiempo, y de)ado 
sobre este asunto un precepto que, según estos in- 
terpretadorea, viene á ser de que obedeciOMu mien- 
tras no pudiesen otra cosa. 

Bien distintamente entienden los Santos Padrea 
el precepto apostólico, y particularmente Tratu- 
liano y san Agustín, elevados uno al sacerdocio y 
otro al episcopado, cuando la Iglesia había salido 
de sn infancia , que roconocen la obligación qne 
les impone de obedecer i los principes en las coaas 
temporales (6), fuera de que, lo obediencia que el 
Apóstol encarga es á las potestades más sublimes, 
qne es decir á las secnlares, buenas 6 moloa, qne 
son las palabras de la glosa (7) , en qne ae com- 
prenden los principes inBelea é idólatras, á quienes 
legítimamente se les debe todo honor, obsequio y 
obediencia en los cosos temporales , y cuya anjecion 
no pueden rehusar los eclesiásticos sin faltar al re- 
conocimiento y sumisión qne exige el podar qae 
ba puesto en su mano el Todopoderoso (S) ; con lo 
cual está descubierta la repugnancia de restringir 
el texto á los superiores eclesiáaticoa qne no podían 
ser infieles. 

No hay, pues, en toda la Sagrada Escritor» pa- 
saje de donde se pueda concluir la pretendida in- 
munidad personal de loe clérigos. Todos los textos 
qne con menos violencia se pueden emplear A este 
fia, los trajo al medio nuestro doctiaimo presidente, 
el seBor Covarrubias (9) ; y advirtiendo sn iusafi- 
ciencia, eatahleció en la aegundo concluaioD qn« 
el clero Bolamente era exento de la jurisdicion se- 
cular por un derecho humano, respecto da no ha- < 
liarse en las divinas letras el claro privilogio qne 

16) Terlflll., Ilb. Dt fallí., cap. it. OdihI ittlnel éi toaom 
Tefam, eL inpcnioniB latli piKjcriptDiii habemna, ia oaai ^ 
cequlo MSB noi oporlere, ifruBdan aposloM pneuptaa, ubdt- 
tiw Biagistralibus. ti priatl^lbaí, ct potPsIatibDi, D. Aifitüi.. 
In E|Vt(. «i fítmn. tsm *uiBia_ransMmDi, et cnrpom, qsndlB. 
Id ha. tIu Icmponll (inpa, Opartel BOa. ei e> parte, qtc «I 
baflc Tliaa perliuvl, aubdlta'esKpoIrtUtlbfla; Metí, kMBlsl- 
bni m haninas cini aliqpo boBore ■dpilDiiiraBiibis. 

(7| C/M. lnltr,ltrtrú. IViletlBlIbB) inblingiarib», id ni. I» 
eoliribua, boiis, *el Bali*. 

IS) AbnIcB., tB IV, ¡Ugm» , up. ili. q. 10. F1I*cb* tnAtir 
hoBonre regeBí ItnH; aim ^DiiB^uia rsttt idolam bsb iniítr- 
bal rsic m IcfilIDí, el (rueb^nior onmri de Itrael ubrdira flbl, 
qoantiiB Jd ea, las macuñi <'bj>il rríalrm dl|niiiieiB, rl reflan 
rcRol, dim BOB pcnlBrreBí aliqvo awdo id id«lllrUa^ IM !«■ 



a l>el. 
(3l /■ Fntlick, up. US 



V, Google 



JUICIO ntPAROUL SOBBE 
(nseoflurio, an ^eaendA de loa textM que le n- 
jetMu á U poteotad de loa rey» 7 de loa prbioipea, 
j i Tiats de lu hnmildes confeaionea con que loe 
Padrea 7 loe concilioa reconocen aa dominio. 

& Ttfdad qae eate gran jnríaoonanlto, por sn ea- 
tidd j por U general prevención qae habían «em- 
bndo loa obreroa de la curia romana en el tiempo 
ea qne eacríbió «carca de laa facnlUdea pontifldBa, 
a In aignientes ooncliiaionea afirmó que el Pqw 
podiadispenaaral clero cata gracia, 7 qneloaprfn- 
áft€ aaoalwee no podían derogarla ¡ pero haiis 
grande agravio A la aabidurla 7 doctrina de tan aa- 
bio ¡oelado oOAlqniera qne eatendteae an aaercioa 
OÍ otro amtido que el de pedir la rereisnoia de 
1m prüíeipea crietianoa para qne se confiímaaaa en 
nataUdoaloa establecimientos pontifioioa, miián- 
iaion»! el coacepto de nna inatancia qne ae debe 
iiea logar en en amor 7 liberalidad para con la 
Igleii*. Otra cos& seria deatmir laa snmaa poteat»- 
lieiteniporalBB, 7 colocar en el Pontífice la univer- 
■1 majestad de la tierra, ooncediéndole la potes- 
tad legÍElatÍT« en todos reinoa. Pensamiento mn7 
ajoM del aeDor Covatrabias , qne atinqne tocado de 
In funestos principias de «sta doctrina, era de 
nsf nperíorea taleutoa para afirmarla en talea 
Itfminoa. 

bu explicaoion, debida á tan grande hombre, 
abnml cualquiera qne oonaidere qne nadie ha 
dsdado ménoa qne este antor, qne loa oléñgoa es- 
Ub njatos i la jnriadicien aeonlar en laa materíaa 
oiminalea. No sólo funda esta ooncluaion respecto 
& ioi de primera tonsura (1) , sino qne abierta- 
Dcnta defiende qne el juez real ordinario psede 
Mitigar i cualquiera clérigo constituido en orden 
■acra, ám sin preceder la degradación , acto en 
quloiecleaüatícos juzgan reservada sn inmuni- 
dad, f sin dietincioa de caeos ni delitos, cuando 
■OH «troces 6 en gran número, 6 fuese incorregi- 
ble (S) ; f nn defensor como ésta de la regia potes- 
tad no ae puede presumir que la degradase, des- 
ngdindola de su mda precioaa prerogativa con tan- 
tafudlidad 7tan destituido de fundamente. 

Toda el recurso de loa eclesiásticos para aostener 
quein inmunidad desciende de derecho divino es 
álMcoacilios. Se citan en gran número antiguos 7 
<^°damoB, en que se pretende declarada fotmalisi- 
<UBwDte esta derivación. Seriamos inmensos en 
frtí eacrito, si hubiéramos de entrar en el prolijo 
uimen de las palabras de cada uno. Eate trabajo 
•• tomé Onillermo Barcla70 (3) , 7 lo poco que 
deji que sBadir, lo anplid dichosamente Juan Bar- 
^fe, SQ hijo, en la apología (4) que ÍnstitU7Ú 



U IMra.igB. 1. Secindoadnouidnn est.elctmBlnasctli 
'"■"(■lu, íil iimw ill nth iDcarrlil billa, poils tbi^iii alia 
^■niiUoie imlrl pgr]idlceDiiKcilarcD,ct naB.ieq.Ijil- 



eifcPtKif.Pídr^ 

\*)tttamn.citrMr. 

Í-B, 



EL MONITOBIO DB BOMA. «1 

para vengar la piadosa memoria paterna de laa in- 
vectivas del cardenal Belarmino. 

Los concilios antiguos qne se alegan son el Car- 
taginense III, el de Calcedonia , el de Hacon I 7 
el Toledano III. Cumplidamente responde Barcla- 
70 que la intención de loa padres qne se juntaron 
en estos sínodos no fué de ninguna manera pri- 
var á Ice jueoM seglares del justo poder que ejer- 
eian sobre los ecleaiásticos, 7 asi en sus cánones no 
se lea hace la menor prohibición de tomar conoci- 
miento en laa causas de loa clérigos , ni pudieran 
despojar de estos derechos álos principes, de quie- 
nes eran sAbditoe. El reglamento de estos conci- 
lios (meramente gubernativo 7 en forma de poli- 
cía, como era oompetente i la jntiedicion eclesiás- 
tica) fné prohibir á los mismos clérigos que acu- 
diesen á tratar sos diferencias 7 cuestiones i los 
tribunales seglares, jnsgando que era mu7 mal 
visto que las hubiese entre ellos, 7 contemplando 
más propio de su carácter que en caso de tenerlas, 
las terminasen por nna composición amigable, ó 
las remitiesen al arbitrio del Obispo, que llevar el 
camino contencioso de la jnrisdicion seglar. Satis- 
facion que no admite fácil impugnación, por aer 
sus fiadoras tas mismas palabraa conciliarea qne 
prohiben á los clérigos acudir á tos tribunales se- 
glarea, pero no que loa puedan llevar; áque se 
puede añadir qne el Toledana lo qne lea defiende 
es la agencia, la aolicitacion 7 su personal en los 
negocios contenciosos , á excepción de aquellos en 
qne fuese el interesado viuda 6 menor. 

Las palabras qne se alegan del Constancíenae, 
del Lateranense, bajo León X, 7 del Tridentino, 
aon máa al caso, porque parece que positivamente 
declaran qne las franquezas 7 exenciones de los 
eclesiásticos provienen de derecho divino (6); poro 
si ae ven en los originales, se hallarán desnudaa 
del tono decisiva en que, no sin artificio, anclen 
ponderarse. En ninguna de laa ocaaiones en que se 
dijeron estas palaliras se propuso ni se agitd la 
cuestión como era necesario, para qne sobre ella 
hubiese recaído una disposición conciliar. En el 
concilio de Constancia, la contienda entre el Obis- 
po de Ast 7 el Conde de Vertus sobre la dirección 
del obispado de Barcelona , á qne ambos se creian 
con derecho , era el asunto qne se trataba ; en el 
Lateranense la reforma de corte 7 las excnsaa de los 
prelados franceses , 7 en el de Trento no era otro 
el punto qne recomendar á los re7es 7 príncipes 
soberanos los derechos de la Iglesia 7 *ns franque- 
zas ; 7 en todos estos puntos son las expresiones da 
los concilios unas simples 7 meras palabras prétu- 
poaitiva* 7 enunciativas , de que todos los legistas 

(S) CíHMicíaw. D. ¡y. >M. SI. Ulcl nitlita in cltrlcoi Jorli- 
dleilastB, ist psInUicD bibeot. Ulimtni. D., lea. 9. Caía 
k Jort laa dliiio, qum bonaso, lilcli poteiUt nnlla in cul»- 
ilitlieaa rcrieaai aluibata ill. TrUal..%tt. M.ca;. u. Kccltile, 
et pcrMursa rcdailaatluniM Imasailsa Del «rdtnaUoae, «( 
cuesleia HDcUasitH ImUIM* sal. 



Xftooglc 



EL COSDB DE FLOBIDABLANCA. 



uoa dirán qae no tíenen valor slguoo Bino va 
cnanto al acto á qae sa dirigen , j qne nada prue- 
ban bí sobre sn enunciación se mneve dispnta (1); 
y si se consulta á loe canonistas , t^idrémos la ea- 
peoifica respuesta de que las exenciones eclesiás- 
ticas no pueden probarse por referencias ni narra- 
tivas, séase en el instrumento que se quiera (S). 

La más fuerte batería que se puede dirigir 
contra la natnral sujeción del olera en los nego- 
cios temporales i la potestad seglar, consiste en 
loe varios decretos, bulas j oonetitucionee de tos 
pontífices, en que, diciendo el derecho en su causa, 
se han declarado exentos. Ciertamente que su con- 
texto es clarisimo, 7 que es perdida nnestra causa 
si se ha de estar á esta regla ; pero no sabemos qué 
potestad puede haber en los papas para derogar el 
derecho divino, que somete tan expresamente al 
poder temporal á los eclesiásticos, ni contravenir 
y destruir las solemnes confesiones de sus prede- 
cesores y de los mismos concilios. 

Las constituciones más expresas de las preten- 
didas inmunidades del clero son las decretales de 
Bonifacio VIH, que revocó Clemente V, en suce- 
sor (3); pero no era necesaria esta oironnstancia 
para su invalidación, como tampoco es menester 
para la nulidad de las de Inocencio III, oponién- 
dose tan manifiestamente nnas y otras á los oáno- 
nes antiguos , á la doctrina de los Santos Padres y 
á la aseveración de los primeros papas, conforme 
á la advertencia que hace el mismo Graciano, al 
tiempo de recomendar la obediencia de los decre- 
tos pontificios (4). 

Los reyes han sido los dispensadores de U fran- 
queza y exención personal de los clérigos 7 de to- 
das las demás que disfrutan, iun por confesión de 
Alfonso Salmerón, jeeuita, que no se extendM á 
más que ú fundar en la equidad natural estas gra- 
cias 7 concesiones reales (6) , y entre las demás 
pruebas positivas qus ofrecerá el todo de nuestro 
discurso, basta para deaengaSar á los que preten- 
den hallarlas un principio divino, el caviloso ejem- 

II) Lc(. (4, Offla*», C. dtCnlrtieaá. el cammít. tlif»¡- Ri*l 
qnM4 •«lldluten auui, qiul príncipiUur (crítar. AaiJun. SI 
ftii !■ tllqiiti, C. de Eini. Non mitin li ite Ipso eaiinüala mo- 
icalar qa»ilo; Wút rain tt tiiilrm probinl. 

(1) Cap. I, SI PaT", Oi PrkUes., lo S. SI Papa la tüqaa prt?l- 
lt|io, id Kripira, noD facU prlnti|iallici isptr italiana, id ku- 
ttnlla ciempiiiinls, srn eiiam NbertalU, ailqianí Ecelíslim id 
]us, «1 proprieictm roñan» Bccleiia i>«rUDtre, icl coniimllii 
Tfibi sarní; nos propiciei tlllna Etdciia eienptlo cst probala. 

(3) /* Cltntm., lib. IT, lil 1)11, eip. nnie. 

Ui GrailaBDi posiqnaa dlsl. 19, cía. 7, camneadii obrdica- 
liim toDslilallonlbgs PooMBfIi, aJl tipnsit: Roe bmea intelll. 
ftedan 01, de lllii aiactiauibns, tfI dnrcULibaí tplrloli», la 
qnilins Bcc prstcdeillan palnm dccrcUi, nee aiuftlicli pm- 
Mpii> «llqnid conlrarlniB iiicaltiif. 

<S) Silmeron, io Erof . , ion. n, Intl. W. Alia aii nllo prln- 
clpam ddclÉBDi, alia ialddiuaii qaia enla la lafidelJi nalloB 
Jai bibet Eccicili, Ideu eecleslaitlcl debtal illit aabjcoilonea], et 
lia anbjMUonb Jara, qaandla In illonn dliioilbaitliiai, aliad 
Mt prindpibni adclLb», qiaram eonc«aalDnc declcl laaia lai- 
niailatcoi In aalnrale zquilale raa'lalam babcal. 



piar del cardenal Delsrmlno, este insigne defs&oor 
de los derechos de la curia, que oprimido de 1a 
fuersa de la verdad, tnvo que recurrir, barrenando 
el concepto de las coeas, con risa de los sabios , &! 
fingimiento de un derecho divino similitudin^o 
& impropio para sostener semejante empello (6). 

Es cierto que con nadie se debe dejar ver la re&l 
magnificencia más liberal y generosa qne con los 
qne por su ministerio están íntimamente unidos al 
altar ,- pero por la misma razón se harán reos eatoa 
dignos agraciados del vergonzoso delito de la in- 
gratitud, si intentan referirá otro principio bub 
inmunidades, 7 nunca se les podrá tolerar qne le 
[Hulearen convertir en una absoluta y cervieoMi 
Independencia de los soberanos, que jamas boa te- 
nido, ni bajo los reyes, ni bajo loe emperadore*. 

En el eepacio de los ciento veinte 7 siete afios 
que mediaron desde 313 , en qne el gran Constan- 
tino abrasó la religión catdlica, hasta al a&odB438, 
va que Teodosio el Menor restableció la jnri^m- 
dencia romana , que la mnltitnd de libros 7 1* falaa 
severidad de los jurisconsultos babian ofnscado. 
fneron en bastante número las Ie7ea ecleeUsticas 
promulgadas por los dies 7 seis emperadores cris- 
tianos que reinaron en este tiempo , de qne, por la 
falta de orden 7 conocida antinomia , que ayudó á 
turbar la cienoia (7) de lo justo y de lo injoeto, 
BÓlo se comprendieron algunos en el sexto y últi- 
mo libro del Cúdigo Teodosiano, qne tratA Integra- 
mente de los negocios eclesiásticos, y manifiesta 
el uso y ejercicio de la potestad imperial. 

En el tiempo de Jastiniano se descubre con la 
misma claridad la disposición absoluta de los ce- 
sares en todos los asuntos temporalee de lot ecle- 
siásticos; aun era propia de loa emperadores la io- 
veetidura del sumo Pontífice (8), y la remiñm del 
derecho 6 tributo que cobraban con el nombra ds 
miñUa* ae refiere á tiempos muy posteriorea (9). 
La legislación que hizo á este emperador tan cono- 
cido 7 venerable á la posteridad, no oontien« más 
que testimonios irrefragables de sn potestad aobre 
las cosos de la Iglesia. En sus celebradas NovtíM 
se ve la facultad imperial de erigir sillas ^taco- 
pales 7 metropolitanos (10) ¡ que á la misma sni^e- 

(t) Bellaniin. , D< EímpUane Cterfcmna, tap. 1, prop. S. Ptr 
Jai diilnnn aoa latclllgioaa prEcipiiiB Del praprlt dlolsB, fttá 
■telexprut iBuiris liitrtiai led qnod ib txesiplla, itl WMBaalla 
TeiiamcaU Vtterli, id Noti, pcrquindaia tlalliíadiasa drdatl 

(7) tildor. Hlipal., Iib. y, Orí;., cap. i. 

(Rj Um «altn ide» Jatllalaaiim, tel ei e|a* aoctoriule Tí(UIíb 
papan) iDttiini&sr, crcdcadam csi.iiii[npcnioruna*ia>«i,de 
coadiUonlbla noii pontiDcli, cujai ism nailmi rsM aaetortut 
uBpcral, ImpcniDirbna praitcnlu litlU abstaUbui, m aiifat 
pOBiilee faciioio, wtl Impctaiarii boiie orJlcata, arb), el lialia 
ik Impfnlore.aen ib oriental! Imparto dclccnt. Oasphr., i' 
Ptitr- "■ 

(9) Cap. Afttkt., dlillnil. «3,lbl: Agalbo, aitloi* alcalaa-. 
ble itacepli ab illa [bmfmttrt) diíalem . Hcaadtii laaB psMa- 
lallancD, per qsam rdevaia cal qaBnU(ai,qBcaollla«caldaTl 
pro oidlaalioae pon II Ocla faclendi. 

>tOr HoTCllal, ficni^iKcn 



■■'enogí 



c 



JXnCIO IMPARCIAL 80BBB 
mt di^idad estaba reservado el recamo de apelft- 
don en lo* negocios civiles eclesiásticos (1) ; que 
It pertenecía privativuneute el conocimiento de 
1m crimiDales , y es tnny de notar la constitución 
it este príucipe acerca del abnsQ de las censaras, 
7 lu penas qae en ella establece conba los ecle- 
liltticos que procedan inconsideradamente en este 
delicsdo ponto (2). 

CoD la mina del imperio tomó el estado ecleaiás- 
t™ lis vinas formas da gobierno de las naciones 
de la cristiandad ; pero en Espafla , antes ds esta 
ípoet,ya era muy diversa sn sitoaeion de la qne 
m¡ maniGests el derecho de Jnstiniano. La misma 
mino vencedora que había arrancado el yngo ro- 
muto del cuello espallol , borró enteramente todas 
lu leyes, naos y costombras de la larga domina- 
donde los emperadores, y no obstante el gran 
nédttoy aplauso qne gozaban en el mnndo, la pro- 
tridid de los godos las hallA poco á propósito para 
DDgitbiemo feliz, y nada exentasdelainjariay del 
<™(3). 

Desde su establecimiento fné nnestr» monarqnt» 
eicBta i independiente del trono de los casares. 
Luego qae la laz de la fe alnmbrú á loe príncipes 
godos, ns fundadores, se aplicaron á proteger la 
pnnude 1m dogmas de la verdadera creencia y 
la dJKÍ^lina eclesiástioa con la misma f ortaleea 
que lu cesas del siglo, por medio de oonoilios pro- 
viadiles y nacionales , que haoian convocar, pre- 
ndiendo el temo regio; gobierno que duii sin 
iirtvntpcion hasta la innadacion de loe sarrcenos. 
b todas estas asambleas , qne ban producido los 
niitfeimog cánones y reglas eclesiásticas qne ve- 
len la Iglesia , no tuvieron métela ni intervención 
'naediata loe pontífioes romanos , y stilo se hizo 
■UBcJOD, para darle por la primera ves el nom- 
^ de papa, hasta entonces desconocido, s^iin 
otaemoQ historiador eclesiástico (4). La antori- 
d*d res] fné el eficaz m^U y el espíritu de todos 
"iix eetableoi mientes , y nuestros mcaarcas se 
n la misma obligación para cniáar 



MI HbíIIj tS, nli. títier. apti rrup. epltcep. «wm.. collal. 8. 
^ intltr aatm Mlnnn , Ht ^oiii4>n Torlt dinieaiUUm nos 
lunL Kuibile it «lOabili epiíiapo ilecldtre Degolláis, Iddc II- 
tniitB tai li (ivllcí Índices pergcrc. Infrl : Ib «imlulbns >a- 
iSciiiltliaiiirxiiilesprDTlDtiirain iln I Jodien. 

It) Nnd, 118, (9p, u, Ibl: Omnlbas epLscaplí, elprubficri* 
lilttdlrlBit ufren'c >!)qD«n > »tr> commoníone, iileqnim 
°iu aoiiireisr, preptcr qam itncls regule hoc Beri JnbeiK, 
^UBBinll pEDl: qgi veri) illqueni prcler hoc i tiacta COD- 
■■■ItBt H|»|9rc prEiinipierii, modli omnlbaí > ticeHols, 
I* qHEOiuiíiiDi ni, icpinliUiir i eonniiBiaiie. qniniD lem' 
Nilllcpmpnetil.ilqnodlsjDilt feíil , jnsK imiloeat, 

A U(. g, til. 1. lib. ii,P«rt Jadié. BKi lofrlnai. t bien qic- 
"*<•. ^e aií wa bmaiie upi I» Ec;ei it los eittinn por >a 
í'b:'!! Ululo ti de loi pleylot jiitgir , deríndíioollo i cuotn- 
|<ilaollo , que lii DDn naen ; que mignet que ) haja buínis p)- 
^>ni, Udiili bir Buchu gnicdanibrtii mi* porque ibondi 
f licu ¡giUrtí liiKlonel, é )i« pilibrai, ¿ lis lejei que >od 
'"biidis en ewe libro, é nin qnertinni qai de iqvt idelisle 
Hn nxiu lii lejr,, romiiiii, ni lii exinll». 

f) Fletri , autf. Metíu, a «mc, Ttlttn., US. W. 



EL MONITORIO DE ROMA. 83 

y promover los negocios seculares y ecleaiisticos, 
de qne es bnena prueba el diacnreo ejemplarisimo 
con qne e! católico Becaredo abrió las sesiones del 
tercer concilio Toledano, en el alto de 585, que he- 
moB querido traducir, por estar lleno de celo y de 
piedad , ^ porqne nada deja qne desear en la ma- 
teria (S) , para conocer las regaifas. Mis adelante 
llegará ocasión de tratar del recurso á el Bey en 
los negocios eclesiásticos, de que hablan los con- 
cilios IX y Xni Toledanos. 

Hada dispusieron los padres en estos sinodos, 
sin llevar á la frente el nombre real , de quien era 
propia la indicación y la propneata, del mismo 
modo que la convocación y ^infirmación de los de- 
cretos, para intimarlos al pueblo por medio de ley 
6 edicto real (6). En sus cánones se ezpresabas- 
tantemente que los particulares de los pleitos y 
causas de los clérigos se decidían en el fuero se- 
cular, cuando no miraban á fines puramente espi- 
rituales (7). 

En una carta que dirigieron los padree del pri- 

{S) CmcH. Teletan. III. Regli cnrt qiqie, ele. El cnldado áé 
~ ' 1 qoe COD ruadameilD J ■ctenelí u 



(Btlcida I* Tcrdid, pontai 
bimanii la gloria de li pomud real , líalo Dia;or debe 
proTídencii en el bien de las proTjnclai que goblerea, Y (t: 
UslBsa sicerdotej , lo idlo dim parece obligarlon nutsln i 
I» slenelos pira qne loa paeblosqnéeiltD debajo denoeil 
míalo gocen de lis fellciilades 



ender, c 



I el fa'Oi 



1*9 , comen iCHleí al gobierno esplrllnil de noeslroa Deles lasa- 
lloa; ponide, si ei ogclo nnedro componer con li p*lesud realla* 
coslnmbres bumaoie j reTrenar la ImoleDcla de los alreildus. et- 
tableclenüo la pai j sosiego póbllco , mncbo mis debemoi coidar 
de I» coiBi divinas, ; sjplrat i las superiores, para qne, dipnea* 
tóalos errores, goeen loa p«eblai déla lereos lúdela <rerdad^ 
Ko etlo M bi de ocspar qsied deiei ser romBDendo de Dios cod 
dgpllcados honores, ba desdo encola que por él se dlieron aque- 
llas pilibras: ÍJ> jtt It eifsrtarea.nelí le mtiiftri tmimella. 
Bspnesto fi qoe nesln caridad bs iMSBlaidn noesin proTeeiOB 
de la (e, ; la qne limbien ban becbo los etíeailsllooa i los gnu- 
des aegiirea , pireee neceairio qae para Bmcii de la fe catolici, 
y l> nneía conversión i ella de iineitros vasallos, se ordene con 
Blettn aelofldtd qne, en eaaíoniidid de la eorUBibre deloipt- 
dret oileatsles, k dip en lodas lis Iglesias de Kspali j de lat 
Caliasconcordcmenur en clara voi.ollienipo de la con nn ion del 
eaerpo t sangre de CKslo, el símbolo sacralisimo de la (e; con 
qne loa pueblos, eonresinda primero la qne ttcea.j puridcidos 
sns eoniosrs en la fe, llegneo mis dtpamenle 1 recibir el cuer- 
po aanllilDO de Críalo ¡ f gairdi adose iailolablenenle en la Igle- 
sia de Dios este eslllo , se conSrmsrl la creencia de los fieles J se 
canfnndlrí la perfdla de los berejes; porqne ficilmnle se laell- 
nan los hoabru i lo que repetldimenle baa conocido j becbo di- 
versas Teces , sin fne nlp la eicosa de ignorancia i quien por 
la boea de lodos sabe lo que llene ; cree la Iglesia catdllcl ; ; asi. 
por reticencia j Bmni de la sagrada fe, aBadlrf rnesln Sanll- 
dad i los elnones eclesllsileos qae ordealra. esia eoiifeslon del 
símbolo , qoe por loiplracion diilnt ha propuesta aueslrs sereni- 
dad. En calilo 1 la coneccioD de las eosiombre* estragadas, con- 
desciende nieilra cJeBencla en q« con srnlenclae J penas ríga- 
roaia ; Uriñes eslabtctcalt lo qae se debe prohibir, j coa decM- 
tot consianies ilrineis lo que tonviniere obieriac 

(G) CeneU. Teltim. til, canon. 8. Jobeóle lutcm, alqie consen- 
tlcnie domino pllsslsio Hecaredo Rege, Id pneeipll sicerdoule 

O) lelelan. VI, canon. I 

e)nspoteaui«ni,<nl onnln 
U Jadiéis, 



Google 



EL CONDE DE FLORIDABLANCA. 



mer concilio de SoTÍlla (0117U actos dob h« rob«do 
el tiempo) al obispo Pegasio, te den noticie del 
desorden de BlgnnoflotérigOB, que se eennan de mu- 
jeres, contra las prohibiciones coacilisreí; en qne 
confiesan debia la justicia real poner el remedio, 
que no habla bastado á conaegnir sn saludable amo- 
neetacion (1), Hecho en qne eeti muy A la Tista 
qne en aqnel tiempo la potestad eclesíáaticB no era 
propiamente coercitiva ni contenciosa, j sí exhor- 
tatoria, penitencial 7 paternal, yes la qne ejercitó 
la Iglesia primitiva. 

La acción de gracias de los padres <tet concilio de 
Uérída al rey Becearinto fué mi breve j expre* 
sivo elogio de la vigilancia de so gobierno, qne 
brillaba inn mis en el régimen de loa coeoe ecle- 
siásticas. El demde Serenitñmo, ae PiUtimo, el Or- 
thodoxo Viro, GUnientitiimo Domino Recetvinto regi 
gratia7nimpmd¡mrit,opeciy'itimgikmtim»liaeiilaria 
ngit cum ulililate nimmá , et techiiaitíca phniiU, di- 
«tntíiii liH tapieittiá eonee$»a (2) ; expresión que 
noB excasa de hacer mis detención en este asunto. 
En el mismo concilio se hizo, aclaró j arregló la 
demarcación de los obispos y el seflatamiento de 
las diócesie, que después se repitió por disposición 
del rey Ubamba en el de Braga (3). Estaba indi- 
cada ya la presentación á los reyes an el segundo 
concilio Toledano, como han advertido con sama 
diligencia nuestros escritores (4), buscando el an- 
tiquísimo origen de esta regalía, igualment« in- 
contestable que el patronato universal de todas las 
prebendas, piezas y beneficios ecIesUsttcos. En 
tiempos mucho más recientes, cnal es el de den 
Alonso IX de Leen, eegnn se deduce claramente 
del privilegio concedido por el rey don Alonso á 
la villa de C&ceree (6) , bien que respecto de algu- 
nas parroquias é iglesias menores jamas fuá in- 
terrumpida la posesión del patronato de nnestroi 
soberanos (6). 

También tenemos en loe sfnodoe de la nación el 
famoso decreto con que el rey Onndemaro terminó 
las diferencias de los obispos de Cartagena y la Car- 
pentanía sobre la primacía de Toledo, de qne pre- 
di EplU. ?alTum Cndia prim. Buiulen. ti Ptfuhm. SI pre*- 
bfitri, iliconl, ni elcrld eoniorila eilnnciriim toalDirnm, 
Tcl >ntlll>raii fimUlirlIilm p«r uccrdoUi iil idnoaitleneig a 
u minos cernoTcrlnli ueeull Jadieos eaiden nnlicreicDniolBt- 
Ulc, ti permlun «pl&copt comprehcm» In mlt lueii*. ntorpeil; 
m tillan boc , don Hccrdoi Inhiliere pon pranlit, poMUí Jl- 
dlciilis comeil; dito timen ib tlidem jndlcibB) iicnncnla eplt- 
CDpo, aie»c1crlclsnalli(TtereiillD(Dt. 
<I) Ctndfiíni Enfiltm.. ctnoo 13. 
(3| Ctnc. firnetami. ¡It. 

ÍU Cení. Tolel. II, canoa. 6. Archleplieoiini Loajia, intin 
iUiUrillm. Vidrodn* D. Fnnclicn* Rinsí del MtntiBO, Van». 
, Muí Mire JDi aHipaiot it Petltfsl, fol. )7, idU 1 el 1, « Anonl- 
BDS, Ib Bitlorit Jurüdief. r—Ofcia, llb. n, cap. n, iin. 10. 

(S)iPr2[«n> tolo qeod damnsclcricl, fulKcleilit dsCic«. 
tea de mana nea unDcrtnl, Ideai hibeal ciitiD , qnod el pali- 
UBnl neim hibel.» Addaenclsr terba bula* prlTiregli D.Peiro 
de tllloa. <iMii.i»ntiUiutTUiM*ttf9n»S*irétH.{a\ IM 
noli KM. 
I^J Ltt- i. li'- 1, llb. ], lítíífiM. 



tendían eximirse los cariiaginesee ; en qne el mo- 
narca impuso á los tranagresores de su reglamento 
severisimas penas, que no d^an duda acerca de 1» 
potestad real en loe asuntos eclesiisticos (7). 

Deapnes de la bárbara avenida de loe moroa ae 
mejoró la constitución de la monarquía , y el trono 
se hizo hereditario , advirtiendo la prudencia y «1 
valor de loe qne emprendieron la gran obra d« la 
restanracion qne para el suceso era menester des- 
terrar las discordias inseparables de toda elección, 
y ponerse bajo la conducta de un caudillo soberano 
é independiente; pero en todo lo demai del go- 
bierno se conservaron intactos laa leyes y costum- 
bres godas. 

En aquellos tiempos goerreros quedó poco lu- 
gar poro loe reglamentOB poUtícos, seculares ni 
eclesiásticos. Es natural que el valeroeo don Pe- 
layo y sns sucesoiee no celebrasen mis juntoa qne 
las frecuentes qne tiene un general i lo vieta del 
enemigo , y que sola la expedición y el efecto fue- 
se la escritura y ertension de sus acuerdos. Ni tam- 
poco te debe desear sin inconsideración la noticia 
de las cosas eoleeiástioas en un tiempo en qne el 
corto y reducido clero que pndtese haber debia ci- 
frar su ministerio en animar i los guerreros espa- 
ñoles, para que i costa de sangre y de sudor adqui- 
riesen terreno, en que se pudiesen fundar loe dió- 
cesis y los parroqnias. 

Cuando ya llegó i merecer la reconquista el 
nombre de reino, debieron suceder i los sínodos y 
los concilios los cortes generales. Estas son unas 
juntas y unos cuerpos que nosotros no alcanzamos 
á distinguir de los antiguos concilios espafloles 
más que en la diversidad del nombre. En unce y 
otros no se conoce más autoridad que la det Bey. 
Los vocales venian á ser los mismos, la convoca- 
ción dependiente del real arbitrio, y el cuerpo por 
al solo desnudo de todo derecho, y sin más benito- 
des que los de la súplica y la conferencia. En nnos 
y otros se trataron promiscuamente los negocios 
seculares y ecleaUsticoe, y asi vemos la sncenon 
fundamental del reino y las leyes contra loa delin- 
cuentes en la majestad , publicados ootiguomente ' 
en concilios (8), de suerte que, en nuestro juicio, . 
aunque primitivamente ee distinguiesen estas asam- 
bleas por el escrúpulo del clero en intervenir á los 
negocios seculares, y pora reglar la disciplina ecle- 
siástica se tuviesen separadamente con el nombre 
do concilios , después indistintamente todos los 
negocios públicos se tratoron en ellos, y «e hiio 
este nombre univoco y adaptable i toda clase de 
asuntos , qne deapuee «e trocó al de cortes ; en lo 
qne parece que no dejo duda nuestra primitiva le- 
gislación, promulgada en estos actos, como expre- 
samente ee previene en ella (9). 

(7) CetU. TiUln. nt GuxteMtn, aniio 6ia 

IB) C«d/. Telti. itítMiteS». 

m Lt(. I, UL I, llb. ii,r#rtAtf.B»iMllulejti 



JUTOIO IMPARCUL BOBSE 

Por eat* ruon estamos en la oreeDcia de que la 
erección de las sillaH epiocopslea, que hizo el rey 
don Ordofio II , la de Compo«teU del rey don Al- 
fonao el Gasto , y de las demaa, de qne nos da no- 
ticia la htatorís con bastante «soases en esta parte, 
*e celebramn en los solemnes congresos de la na- 
ción, del mismo modo qne los demás reglamentos 
de la disciplina ecleeUstica ¡ pero por desgracia 
tu> ha llegado á nosobos más qne la noticia de las 
círtes qae tenian los reyes de Oviedo y de León; 
bien qne en estas misnas relaciones reluce la gran 
DMno de lúe reyes en loe negocios eclesiásticos, de 
qoe es bnena prueba el concilio de Oviedo del alto 
de 901 (1) , que llamaremos cortes con mis propie- 
dad, en el cual asistió el rey don Alfonso III con 
la BeiuA, y fué erigida en metrópoli la iglesia de 
Oviedo, y nombrado su obispo Hermenegildo para 
el restablecimiento de la disciplina eolesiástioa. 

Sn que en esta jnata de 1* nación , convocada y 
Htorízadft con la presencia real , como en las de- 
mas qne se tuvieron en los reinados posteriores, 
M tarbas« la jerarqnia. Posteriormente el legado 
pontiñcio, ei se hallaba en el reino, asistía á los 
roncilioa, como se vi6 en el de Valladolid cele- 
bndo en 1322, á qne concurrió el cardenal Qni- 
llenoo Ootin (2), y el de Falencia de 1386, en qne 
lotué el cardenal don Pedro de Luna, celebrado 
bqo la real protección del rey don Juan el Prime- 
ro, j de sn orden y consentimiento y con sn ssis- 
teDcia(3). 

Lo cierto es, qne en todo lo contencioso y en la 
celebración de concilios mentnvo nuestra Iglesia 
de Eq>afta sn autoridad ilesa ; conservó á la Santa 
Sede U unión de la primacía. El rito romano fuá 
dcaoonocido hasta el siglo XI , subsistiendo el gó- 
tico ó muzárabe. Tampoco se puede negar que la 
piedad de los reyes concedió al clero las ezenoio- 
DGB individnalizadas en las leyes de Partida (4), 
qae desde entonces aoi se han aumentado consi- 
derablemente. Pero no se han desnudado nnestros 
monarcas, por sns omplistmos gracias y concesio- 
nes i los eclesiisticoB, de la snprema autoridad qne 
les compete para hacer reglamentos potiticos, aun- 
que en ellos sea preciso moderarlas i beneficio 
comim. 

Si se consultan nuestros crónicas, no se hallará 
otra cosa qne monumentos de lajnriRdioionreaI,ó 
se* protección en negocios eclesiásticos, oaai desde 
loa primeros reyes deLeon.OrdoDo II expuso al ar- 
zobispo de Compostela, Ataúlfo, á la furia de un toro 

fu til» , lii taileí cDUndeBOi qve fueroa fecbu intlciiiii»- 
te Kr teraio, 6 parqae Jaifd tí aatitia padre iii1ud«, 6 ^ne 
■h por penar li» mairechoresi j tttldlnoi coa ttM olía* lejea, 
1H 101 Iclemoi con loi oblspoi de Dios , t con loi niTorea ie 
■itatra tínt, é coa otorpialento de) pneblo. 

H) Ton. a Cmfü., pag. 4ti, edlUonlB VaneUe, qnl itlmar. 

(1) T<mi. n Canea., pa|. 1630. 

(^ Toa. a CMdi., pa|. 1IM8. 

(4 Le(. 50^ H •> K%., Ut. n, panit. b 



EL líONITOBIO DB ROUA. 85 

en castigo del pecado nefando, de qae había sido 
falsamente acusado, y la inocencia del Prelado, 
que testificó el respeto de la fiera, mereció de aquel 
principe, en desagravio, particnlares mercedes y 
privilegios (5). La radesa de los üempos toleraba 
tal especie de paute. 

Don Ramiro el Primero , rey de León, dirimid la 
famosa onestíon de precedencia entre el clero seca- 
lar y regular, y el rey don Alonso eLSexto de Cas- 
tilla dio forma á la reftida controversia del Obispo 
de Astorga con en cabildo, del modo que refiere 
don fray Prudencio de Sandoval, admirándose de 
qae habióse valor pora disputar á los reyes de Ee- 
pofia la interposición en los materias eclesiásticos, 
de que usan en el dia con tal moderación para el 
bnen gobierno de su reino (6). 

Otro historiador nuestro nos ha conservado la 
sentencia que dio el rey don Alonso el Octavo en 
el proceso y cansa qne se siguió contra fray Lope, 
abad del monasterio de Nájera, i instancia del 
obispo de Calahorra, don Rodrigo ; en que privó al 
abad de todo cargo y oficio eclesiástíco, y le desna- 
turaliEÓ de estos reinos , con el notable apercibi- 
miento de que en coso de quebrantar esta pena, 
faese Ucho áonalqniera afrentarle y despojarle de 
sos bienes, qne por ser notable damos abajo (7). 

Acercándonos á tiempos más modernos , vemos 
qne el rey don Jnan el Segundo sentenció el pleito 
qne hubo entre el Aríobispo de Toledo y Obispo de 
Burgos, sobre pretender, el primero, por virtud de 
sn primacía, entrar en la diócesis del segundo con 
cruz delante (8) ; que los Reyes Católicos termina- 
ron las diferencias del cardenal fray Fancisco Ji- 
ménez de Cisneroe, arzobispo de Toledo, con el 
cabildo y prebendados, sobre inquisición de vida 
y oostombres (9) ; qne el sefior don Felipe II regl6 
la precedencia de la iglesia catedral y el convento 
de Son Benito, de Valladolid, en nna procesión 
general , y el sefior don Felipe IV dirimió otra com- 
petencia semejante entre sus capellanes de honor y 



CH Hartas., BliL it EifiU, llb. ii, ptg. e. 

(6) SandDTal.ln HUIar. ilrlU*tíYI,eTt tiU, tal tA,jcoada' 
Tsaaf: 'Qoeea bien noUble pan conocer el prtvlieil o t gnade- 
u de lo> tenores reíos de Eapifla en lia malerlaB eclctllsilcas, 
enaade bibia mis lantos es ella, para no eipanune de lo pou 
qoe boj qileren eonaenar pira el bnen lobleroo de ans reinos.» 

■Jl Alpboniis Del frlUí , Ret Tolefl , Caslcii», el In partibu» 
EilremalDr», etc. Unlirersl) in regno noilro conitllolis ad qnos- 
enmqi* tlUere lila deienerlDl, sainlem. Notim Herí TolDmns, 
qnod ptlorem dictan Diiertnsem, per tlnoDlsm, ni omnibue p>- 
tet, booa snv eeeiesits dlmionenlen, eiosnm hsbeiini, el cai- 
pls snii iiaairetlls eilfentibui, lollns idmlnlitralloDls ecciesias- 
ticK cora In recno noitro prlianni; ipmnqne a Balbas Doitrls 
elinloail praelpimns. SI lerA contra boc edldoDa diapensaiorle 
agere prasompseril. enm InboaoraaJDm el oninibiii bonliespo- 
llandan cnncUs eipoiimaa. Spnllalores qnoqne lamDna.qun 
eplicopi noalrl, utiioi olamnlK InaiDnei «se Hncimu. Tniti- 
inr a Gifibaj, lo Ctmpni. BiiioHtL, cap. xii, llb. un. 

(8) Harlina , D» Bei— SUpta., llb. u, cap. m, In In. 

(9) AlTir Gonet , Di Riha fttHt t earüiui. Frmtíie» Ximato, 



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EL CONDE DE FLOBIDADLANCA. 



TeligioHOB del convento de 8»ti Jerónimo, y aon 
innumerables loa ejemplos. 

En 1m materias oriminales , i cada paso se en- 
onentran en las bietorías procedimientos de nnes' 
tros soberanos par» reprimir los exceso* de los 
obispos menos atentos á la majestad, j Tedncirlos 
i la obediencia y fidelidad qne tienen jarada. Es 
tuuj conocida la prisión del arzobispo de Toledo, 
don Pedro Tenorio, y de loa demás eolsnAstiooi, 
qne msndú hacer el rey don Enrique III, por la 
disipación de svs reales rentas, qne habia redncido 
la grandeza del Monarca á la vergonzoia pobreza 
qne noB refieren los hietoriadores (1). 

Es bien notorio el procedimiento del rey don 
Juan el Segando contra el obispo de Falencia, don 
Ontierre Gómez de Toledo (2), y pocos pueden ig- 
norar la prisión del obispo de Badajoz, don Alfonso 
Hanriqoe, qne hizo Franoiaco de Lajan , corregi- 
dor de las cuatro tíUss , de orden del rey don Fer- 
ikando V , el Catfilico , conduciéndole al castillo da 
Atienza (3) , y las providencias del mismo moiuroa 
para contener el orgullo nada tranquilo del arzo- 
bispo de Toledo, don Alfonso Carrillo (i). 

Todos estos y semejantes casos persuaden el 
(gercicio de la potestad real inmediata qne tiene 
el Bey sobre loa eclesiásticos , ooondo olTÍdándoes 
de su alto ministerio, perturban con su coadacta 
la paz y quietud de los pueblos, y la prueban tan 
admirablemente nnestros autores (5). 

Bi están tan i la mano loe documento* históri- 
cos de la sujeción de los clérigos, en las materia* 
de que trata el Monitoria, al poder real, aun omi- 
tiendo las acciones de algunos otros reyea de Es- 
paAa , que acalorados de la justicia, se excedieron 
en el castigo de algunos obispos, como el rey don 
Jaime de Aragón con el Obispo de Qeroua, 6 don 
Jnan el Tercero , rey de Portugal , con Miguel de 
Silva; deles ministros del emperador C¿rloe Vcon 
el Obispo du Zamora, ¿cuántos no pudiera recoger 
la diligencia de loe archivos del Bey y de los tribu- 
nales para descubrir que en ningún tiempo se han 
desprendido nuestros soberanos de la potestad qne 
les pertenece sobre loe eclesiásticos? 

A pesar de todo, na solamente se ba querido pin- 
tar la inmnnidad del clero independiente de la con- 
cesión real , HÍno que se ha puesto en cuestión la 
Boberanio, y áon to ha qnerido someter á los reyes 
á el arbitrio de la curia con el principio y funda- 
mentos que vamos á intOcor. 



(l)llirlnt,1lb.Ti.(iMm. 

(I) CMrtnUt Rtf. Jtm. II, ili 
(S) ZirlU, ion. n, jMmühi, lil 
(i) AMonlu H«bri»uali,llb. 



9in. 



I. 31, ctp. xtn, fol. US. 



I, iet»L 1. H»ri*B*, 



(5) O. Ealced., S* Ut. pfUU., Ub. i, ttf- ". « "b. n, eif. xn. 
Tictar., D« Piuiui. tceUtlaUte., mM. 6, ama. i. D. S^d., D« 



El siglo zi Mtaba sumergido en grandísima* ti' 
nieblas. La colección de la* decrétale* ^>Acrif as 
iba cundiendo, y disminuyendo de dia en dia las 
autoridades nativas de los ordinario* y de tos me- 
trcpolitanoa. Los privilegio* que desde enUbice* 
se fueron concediendo para varias exenciones ocAi- 
aionaron graves peijniclos. Dieron motivo á la 
creación de conservadores, y 4 la evocación de 
gran número de causas á la enría romana, y se vino 
á erigir nn foro de causas, reparable al mismo aan 
Bernardo, que lo escríbifi por aquellos tiempos á 
Eugenio III. 

Otro motivo de atraer á la curia ánn k lo* mis- 
mos soberanos se tomó de las inmunidades de los 
eclesiásticos en cosas temporalea. Obscurecióse sn 
origen, emanado de tos principes , y i la cnria, to- 
mando en al la defensa contra los pretendidas in- 
vasiones de los principes , no le costó mucho traba- 
jo convertir en un mando abeolato en lo temporal 
la dirección universal ó Buperintendencia qne no 
se puede negar i los sucesores de san Pedro an to- 
dos los asuntos espirituales , y qne eorreapondan i 
la primada que tienen respecto de los demás obis- 
pos (6). 

Es una cosa sentada qne el clero tiene más á me- 
nos ezenoionea, según la diferencia de loe eetadce 
y regiones. Estas ezeacionea ae han soatenido por 
gracia y benignidad de los soberanos, sin iteceai- 
dad de establecer, á titulo de inmnnidad original- 
mente civil, eapecie de dominación en 1» Iglesia; 
cosa qne expresamente tenia prohibido el boD«ilia 
Cartaginense, qne por lo mismo preaoribiA qne 
usase solamente del nombre de obispo el de U pri- 
mera silla (7). 

Es muy conveliente para decidir estas cneMio- 
oes, acercarse i los crigene* eclesiásticos. AUi se 
verá el respeto á loe concilioa ecuménicos, 1« do- 
cilidad á eus resolncione*, que l« Santa Sede laa rea- 
petaba y se arreglaba á aa decisión y juicio ioía- 
lible en los casos ocurrentes ¡ qne las causas m ter- 
minaban en las provincias, ain permitiree Ia avo- 
cación á la curia ; yfinalmente, se verán obaarva- 
das las eleccicne* oandnioas , como se practica to- 
davía en Alemania, y guarda oon*taatement« la 
Santa Sedo. La alteración de eata disciplina faé el 
efecto de las falsa* decretales ; sus principios die- 
ron ocasión á los rasgoa de dominación ó monar- 
quía en lo ecleaiáatico, y la curia se apropió gran 
porte de ella ; dominio que muitiene y que han re- 
conocido por varias cansos á veces loe miamos 
principes. Los curiales, para asegurar el poder io- 
directo en los reyes, y no tener barrera en los con- 



JDICIO IMPABCIAL SOBRE 
dlio«, procuraron «poyar la «uperioridKd absoluta 
por medio de Mciitorea afectos, definléndoae lo 
contrario en loa concilios da Constancia y de Ba- 
filea (1). 

No i^oramoa qne la resolocion de los onrialee 
para mantoaer loa derechos que se apropian, ha 
Uceado al punto de atacar la legitimidad de ambos 
coacilios.y áan qne derribadaan autoridad, se in- 
cidiría en otros inconvenientes contraríoa á la le- 
gitima Btioeaion pontificia ; los escritores de la ci]~ 
risla han partido admirablemente, de modo que 
no tangán valor alguno las decinioues de estos sf- 
Dodoa , que son contrarias á sus ideas. Has la de- 
boaaque han hallado siempre en aquellos hombrea 
grandes , incapac«s de sacrificar la verdad si tob- 
|)eto,al interés nii la lisonja, han inutilizado huh 
Esfaersoe en esta parte. Los doctos eooritos del 
gran Gerson, del abad Panonnitano y del Especu- 
lador previnieron en Francia de tal suerte loe in- 
tento* de loa romanos, qne casi ahogaron la cues- 
tión en BB principio. Ignal triunfo lograron en Es- 
piBa Isa obras del gran Hagorense y del doctísimo 
Alfonso Tostado, y se puede afinnar con buenas 
probas qne la superioridad de los concilios ge- 
■ecalee respecto á la curia, i lo ménoa en oiertos 
«Hos, pasó por una evidencia entre nUBStroa anti- 
goM canonistas ; y fué la opinión comunmente re- 
cibida, intes que la inundación de loa escritores 
putidsrioe oonsigniese casi borrar la memoria de 

Todas las naciones miraron la convocación del 
cuDcilio de Trente oomo el punto felicisimo del 
rMtabtecimiento de la Iglesia. No solamente eq>e- 
nban ver confirmados y fortalecidos los dogmas 
de 1« verdadera fe contra las impíos sectas da los 
mcdenios heresiarcas, sino enmendados, en esta 
santísima y gMieral congregación de la Igleaio, los 
abusos y los deaírdenes que le ambición, peste de 
los humanos, de tal suerte habia arraigado en la 
curia romana, que ya los contaban en calidad da 
deiechoa. A la verdad qne si se pudiera prescindir 
d« U preferencia qne debemos i nuestros intereses 
espiritnalea, era bien difícil determinar cuál de loa 
dos objetos pedia con más urgencia la congraga- 
don universal de la Iglesia. 

La qaeja de los fieles acerca de loa exaccionea 
peconiarÍM y pretensiones de los curiales era tan 
antigua y general, qne Juan Salisberiense, escritor 
de! siglo XIV, la refiere como un desorden harto 
■ovejecido en sus tiempos. E!s digna de leerse la 
conversación de cate prelado con el papa Adriano 
•óbrela materia. La curiosidad del Pontifico quiso 
enterarse, por un conducto ton limpio, del grado y 
shnra que tenia el crédito de la euria entre las na- 
doñee católicas, y después de haber oido de la 
boca del Obispo que en el concepto coman la Igle- 



EL MONITORIO DE BOMA. 87 

sia romana habia trocado los tiernos oficios da 
madre amorosa en estas exenciones y en los avo- 
caciones ontijerárqnioos, pasó hasta el ponto de 
preguntarle el propio dictamen del ñel informan- 
te, y sin otro rodeo ni protesta que la de explicar 
con aquellas palabras Angmtia *unt mihi undí- 
que, etc. , etc., la apretura en qne la dignidad pon- 
tificia y la fuerza déla verdad, cada una de su 
lodo.ponian áaste inaigne varón, tuvo la franqueza 
de decir al Papa que él pensaba del mismo modo 
en el asunto (2). 

Paulo ni no pudo ver sin estremecimiento la 
pintura horrorosa de los desórdenes de la curia, 
qne le pusieron delante y que le explicaron con 
bastante vivesa los eminentísimos cardenales que 
reñera Natal Alejandro (3), y ae puede creer que 
la queja y el clunor de todoa los fieles , vnlgariiodo 
hasta el punto que da á conocer el dístico de fray 
Juan Bautista Espanoli, dominicano y poeta más 
verdadero que excelente (4) : 
9i ¥li... éHeetiü Rtmt, 



obligd al Popa é pensar aériamente en el remedio, 
y á abandonar loa rozones de pura pclitioo, que ha- 
bían detenido en tiempo de sus antecesores las 
congregaciones generales de la Iglesia. 

Los padres espofioles que concurrieron i este 
gran concilio desde su abertura nos han dejado 
ilustres testimonios de su celo por la reformación 
do las costumbres y de la disciplina eclesiástica, y 
de su modo de pensar acerca de la autoridad de la 
Iglesia universal. En la sentencia de estos gran- 
des prelados era suma é independiente de los pon- 
tífices ia potestad del concilio para todas las ma- 
terias y asuntos que en él debían tratarse ¡ en esta 
conformidad, no reconocieron en Paulo III bastan- 
tea facultades para transferir el sínodo i Bolonia, 
y no obstante la intemperie de Trente, que fué la 
honesta cfusa qne se dio de la translación, perma- 
necieron en aqucllaciudod, sin obedecer al mota 
propio del Pontífice, ni al decreto expedido, en su 
virtud, en la sesión 8.*, que se celebró en 11 de Marzo 
de 1547. 

Este hecho, qne ea una prueba real en el asunto, 
no sólo consta de las relaciones históricas de las 
actas del concilio, que, por más fidedignas que 
sean, no pueden librarse de los tachos que los ro- 
manos oponen á sus autoras, sino por el medio irre- 
fragable de la carta circular que el sefior rey em- 
perador Cirios T espidió para que los obispos es- 
paDoles concurríeseu á Trente , luego que, á sus vi- 
vas ¿ incesantes instancias, restituyó Julio III el 

a¡ Polkralio., De Htfú Ctrial. tí rmltf. PUhnflur., Ui. n, 

(3) NiUI. Aiei., Kii. Eccif; lili. <nii, mcvI. xt, ftg. tfO. 

(4) BieüMMir* it$ f*m tí 

llb. i.Psrii.nei. 



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EL CONDE DE FLOBIDABLANCA. 



concítio i wa primitíTO Ingkr ; U cual faé de Mt« 
tenor: 

S0BBE8CBIT0. 

FOB IL SR. 

AI m^n/ itvermdo M Crüto padre ti anoli^ A^ 

EL BE7. 

iMny ravetendo padra araobiipo A., del nuestro 
iCooBejo : Ta teneíi entendido I» iustancU que 
> continuamente twbemo» hecho por U celebración 
n del concilio general , conforme á la gran neceei- 
idadqneen lalglesiahabiade aemejante remedio; 
■7 cómo, á nnestra mpticacion, la eantidad del papa 
íPaulo, difunto, le comenzó en Trento, como lu- 
t gar más cómodo y á propósito, y tratado y concer- 
■tado asi para satisfacer i los estados de la G«r- 
«mania, que siempre bon pretendida que ,pneB se 
■congregaba principalmente por las neoesidadea 
ide sn provincia, se habia de elegir logar de la 
smisma nación. T aprobando la co&vooacion en el 
■dicho lugar, He han sometido á la determinación 
«del dicho concilio que en íl se celebrase. Donde, 
■como Habéis, se continuó por algnn tiempo , hasta 
B quo por loa renpeotos y oBoaas qne entonces se o&e- 

■ cieron , ee anduvo tratando de la translación , qne 
■ha sido á oausa de tan larga soepenaion, sin qne 

■ se pudiese en tiempo del dicho papa Panlo (aun- 
■que lo procnramos con ta instancia 7 diligencia 
>qae fuó posible) dar en ello ning^ remedio. 7 
■porque, despuea de tan grandea trabajoa 7 gaetoa 

■ como habernos padecido, 7 os son notorios, para 
II reducir i los deeriadOB de la fe Ala sumisión 7 de- 
itermínacion del dicho concilio; 7 habiéndose oh - 
■tenido que loa de la Gennania se hayan sometido 
■al qne eaconrooado en Trento, se ha instado siem- 
■pre, por nuestra parte, por la persecución de él 
1 en el dioho lugar. T la santidad del papa Julio III, 
imovido por el celo del aerrício de Dios y bien de 
■sn nniversal Iglesia, cuya ea la cansa; 7 cono- 
■ciendo sefioladamente cuanto importa al remedio 
■de la Qermania, ha subvenido k la dicha neceai- 
■dad. Habiéndose dado en la dicha ciudad de 
■Trento, 7 expedldoae ya la bnla de la redacción 
■7 proaecuoíon de él, siendo necesario que para 

■ l.'de Hayo del afio eiguiente de 5fil, qne, como 
iveréia por el ttaalado de la dicha bula , ea el dia 
■en ella aeHalado para comenzar á proseguir el di- 
■cho concilio, todos loa prelados de la cristiandad 
■que son obligados á comparecer de derecho ó 
■costumbre, se hallen allí juntos y congregados, 

■ mayormente aquellos en qnien coucuiren las le- 
•tras 7 cualidades que en vuestra persona, como 
«quiera que sabiendo vo» mismo la obligación que 
■paraella teneÍ8,por vuestra dignidad yofioio, no 
idudamoa que os hallaréis preaente, todavía con 
>el celo y deaeo qne tenemos de que esta tan bnena 



■ 7 santa obra haya afecto, 7 que por ningnna omM- 
«sa se defieran] impida, noa ha parecido encarga- 
tros, como por la preaente os encargamos, qne dú- 
iponiéndooB para ello, 7 comenzando desde laígr» i 

■ aparejaros, os partáis 7 pongáis en camino para 
■Trente en tiempo que podáis aeralU para princi- 
■pio,ó alo ménoa mediado el mea de Abiíi, sin qne 
len ello ha7a excusa ni dilación, como lo confia- 
amos. Procurando de traer entre los que hubieren 
ide venir en vuestra compasla personaa de letras 
ly bnena vida 7 ejemplo. Certificándoos qne bol- 
■garémoa mncho que loapreladoa denueetroa reí- 
«nos sean los primeros qne allí comparezcan, eomo 
«(ontUen lo han tUlo tolo$ «n In atitteaeia y eonU- 
■mta residencia da ZVmto dende el día d» la eompa- 
trieion y aptricion de dicho concilio tuula dpre- 
utatU; que demás de cumplir con lo qne sois obli- 
■gado, noa haréis en ello muy acepto aerricio, 7 en 
■qne noa aviséis de cómo lo ponéis en obra. De 
«Augusta, i XXriI do Diciembre M.D.L. (1). 

Bestituido el concilio k Trento, nada lea qnedó 
que hacer k nuestroa obispos para lograr la gran 
obra de la reformación de la Igleaia en sn cabera 
7 miembros, 7 restablecer la disciplina, que llora- 
ba miserablemente corrompida, k un pié, conforme 
al Evangelio. Loa padrea franceaea acaloraron la 
empresa,y nnoa7otroBOODOCÍanqne en eate punto 
venia i conaistir caai principalmente la renníon de 
los errados alemanes , 7 la extirpación de ana secta 
de oiegoa aacramentarios , que mis debia sn prin- 
cipio i un espíritu de odio 7 de venganza qne & Is 
fnem del error, opresora de los entendiroíeatoa 
humanos. 

Para conseguir tan importante objeto era me- 
nester fijar sólidamente la autoridad de los conci- 
lios y declarar loa Ifmitea natnrales déla dignidad 
pontificia ¡ aln esta basa, ni se podia alzar edificio 
seguro de los embates de la curia , ni satisfacer al 
esorúpulo de los protestantes, qne exigían eate pre- 
liminar, como preciao para entrar en la controver- 
sia. Por lo menos, en la elocuente oración de los 
embajadores del duque Mauricio de Sajonia al con- 
cilio, que tuvo el argumento de persuadir la liber- 
tad de los votos, 7 el deqirendimiento de todo otro 
respeto que el de la verdad 7 el servicio de Dios, 
propusieron qne ante todas cosas se debian confir- 
mar laa constitnoionea de loa conoilioa de Constan- 

(1) S« b*tla CfU c*rU en 1» icin ítl Cmuilig i€ IVcaft, impt- 
nianAleill.enlSSi, ooncitelllalo: Gaura¡tO>aciliimTtUa- 
flm MofHím taMt , fas at </u ridietim per JuUmm III. Pm. 
Hlleem mtximtm , «tfM ad pntm I» te lait nal; j le icnjlts M 
tiM de AUnuJo Sileedo- A li urli coplidi precede el epl|nl< 
7 pnienclan deJ edllor litiLenle : LiUerimn eopli, qui loprn- 
lar omnlbu pnelUU liaran reparam lerlptll, «albu Bosrbit 
tmti CoDeiilaB TridenltaaB pralclici : qia qaldeía litlera aisal 
tnii Mpl* halla redaetloali cjnidua coaeilll , per pgkheiii ■«- 
lirlDm eorim leiilbna prfuautn faeraai aiDintli ; qg» obiIi 
JBun InptnlarU ale uM »*nL Sad gala Ipn IlUers Tulisri t*t- 
■OM bltpina tcrlrut faere, so qüd ad ttmMii* re(iHiB«B 
Hiipinl» eiMat <e*lUab», Idae «w hUfue unaoaa af peaita 
rtinaiaat, 



. Coogl 



e 



JUICIO IMPARCIAL SOBRE 
. ti* 7 d« Basilea, qne expresamente deolaran la 
sujacion de loa pontífices al concilio general en las 
cuMS de fe 7 las qoe miran ásua penonas,; tam- 
hiea hicieron presente []ne para asegurar ana de- 
cíiion ímparcial j perfectamente libre é indepon- 
ííente, debían aer absaeltos los prelados y demás 
Njetos qae interriniesen en el concilio, de loe par- 
titulares jnranientos con qoe se faubiesen obligado 
al Pipa en firden á todaa las cansas que debían tra- 
tarse. Estas fueron BUS formales palabras: Quarto 
low T^erre, el m memoriam revotare debemat vtt- 
, tíi mpUnimú dignitatibas et praitanÜU , qvod 
arSaiÜíxntrovertiam habenletjtdemnoitram Chrit- 
timum, et aliqui eorum Pontifieem eoncermeU. Cum 
niemjara et Concilia tam CoattanHeme Biuilíeiu» 
aprtm corutituerint -■ quod in eawis fidei , et gtut 
ipBBWjMt Pontíficem eontingunt Ponl^fex coneilia 
itbjicliu, et cojieüiun eupra PmUifieem e$te debeat 
tenmene faerit illud hoe »Ham ñt loco omnino ila 
I mm, «tonta omnia cor^rmare, tieuti in Beui- 
I ÜÍM) lyiKxfo/iictUM eet ; at in geeuTida iestiúne ^ut- 
^iaietar,et qjiod per hoc pneCali , ac reliqui ia 
OMolÍD ettjuteutnque grada» , ae ordinis faeriat á 
utijimaiuatU,quilnuponíificiob§trictieran¿(_qiiam- 
tmmUad eoTieiUum , eicotwat in eo Iraclandae per- 
tma) liben eint (1). 
No ntwiante el clamor nniversal por la enmienda 
d«ladÍKÍp]jna eclesiástica, todo el mundo sabe el 
«rto «delantamionto qne tuvo este asunto en los 
doa tfioe qne doraron lu sesiones del concilio des- 
lié n restitución ¿ Trente, fuese por la prevencioD 
Jelo» padrea italianos, Bnperiores en el número al 
nao de las demás naciones, fnese por ta incooe- 
'ukU de los protestantes, 5fuese,fina]mente, por- 
que ámnchos padres les parecía en la realidad que 
reglir la conducta de los curislM era deprimir la 
tstoridad pontificia y favorecer la causa de los he- 
™j«,talvei por no alcanzar la snma diferencia 
qie intírviene entre la religión y las costnmbres, 
«™» ponderó Antonio Florebelo en su elocnente 
oncioa contra los luteranos (2). Lo cierto ee, que 
It propoesta declaración acerca de loa coocilios ge- 



ni M CMdOt rrUtnm ■> <!fit rtAuttme ftr Mfm Ut, eM. 

Q h mMUU Eoclttlm e¿ cerOulem nioleltm. LB(dl- 

'('■< ■lili uniploi Bicerdolnm mintt rrprehíndere. allud le- 
K oplaii iDiiiifltre, dlDd tonta •lum , qsl leílbns mlnlme 
ffu, tínftnrt i iMDd drnlqa* pomilcain, iligool raminorncí, 
Vi rutüu i Chrliia pemil» roniuo illqniuila iboil loot, 
'»><■ bnura. BaeuMrDl, dlsltnsotqDC oporUl; qao miDimfe 
<no>t^lciitir, ic señala fs» reprcbcDilone, el correcUoiie dif- 
■>■<•(, lalwuiMiBidtertl t niR,uictliiiiprobirenlgilmet¡ 
— Mim, il i^tUliüm tnimerem latlIlBU, qna mitnim, pc- 
yt oailio lijniuin, ueirdolnm ordlnl InTldlim condiverput; 
ibru KhntDltr k Ora «pUodam oí, st corHKcndt ta cerdo- 
j" íWplIiu , bee pin rfipiibiloe ebriiüiuj; agn eunTilettíl ; 
Mul D» Imnl*. boDli >dnItcaLibD> , minniin tsie nialoili 
■Wnííiií etl : ion enlm bine nuniin , ti dlKlpllnx eorrep- 
•HtB •'nnirUmiiliTcrboeniigtlipliqEimopliinEiqiiliqaa 



EL HOmrOBIO DE ROHA. 89 

aérales no tavo efecto, y que en 2i de Abril de 1552 
ee intimóá los padres, en la iglesia catedral de San 
Tigilio de aquella cindad, el famoso decreto de 
suspensión por dos altos, con las cualidades y ctr- 
cnnstancias que en él se refieren. 

Esta novedad sorprendió los ánimos d« nuestros 
celosos obispos. Sn pmdencia temía qne en este de- 
cretóse diefrazabalaabsolnta disolución de un con- 
cilio en que se babiau juntado todos los padres del 
Occidente, venciendo los innumerables escollos y 
dificultades qne i cada paso se bsbian opuesto. 

La guerra de Alemania, qne era el buen pretex- 
to de esta inesperada resolución , no lea pareció que 
podía obligar á tal extremo.Yeian bien provista su 
seguridad en el valor j la fortuna de las tropas de 
Oírlos V , 7 la ausencia de sos iglesias no les pa~ 
recio qne instaba tanto, ni qne podian remediarse 
los males qne hubiese cansado con la vista pasa- 
jera qne podian hacer en dos afios que hablan de 

No hallando, pues, motivo razonable qne preci- 
sase i interrumpir et gran concilio de la Iglesia, 
todos nuestros obispos reclamaron el decreto qne 
i este fin se les intimó por los legados del Pontí- 
fice en el día domingo 24 de Abril de 1S62, indi- 
cien 10, 7 sólo consintieron qne se prorogasen las 
sesiones por algnn corto tiempo, sin separarse loa 
padres do Trente, i excepción de don Juan Ber- 
nardo Díaz de Lngo, obispo de Calahorra, qne ab- 
solntamente lo contradijo; 7 en el mismo acto en- 
tregaron por escrito el instrumento de sa protesta 
formal, con las razones que la justificaban, que con- 
cluye de este modo : Qita qaidem omtíia ita , et non 
aliterjieripetimntproteetamiirque; HHCHtJlat,iuil- 
btm nobie , nee tancta tynodo pratfudieivm fiert qvo- 
vi* tempere , prúpler htfjut decreti nupentionit paNi- 
eationem , gvam ob g^uemcmngtte edium aetum/ae- 
tura, vel/aeienditm,atieittatttm,veIalteatandtimpBr 
qwucumque pereottat contra h^}ttl eeevmeníñ eonei- 
lii emetoritatem, et potestatem amciliorum eteume- 
nicorum oiímium; como consta del testimonio au- 
téntico que obtuvieron (8). 

En la tarde del mismo día los ilnstrísimos don 
Juan de Fonseca, obispo de Castelmar, don Alvaro 
Cuadra, obispo de Venosa, don Alvaro Moscoso, 
obispo de Pamplona, 7 don Pedro Ponce de León, 
obispo de Ciudad-Rodrigo, 6 desesperanzados de 
obtener el testimonio de la protesta qne habían he- 
cho, por la maSana, con loe demás padres eepaSo- 



(3) BtteimtnmciilD.remltldaaluliorrejrdDB Felipe n,iepir- 
dt cilre IM niPDMriUi d« li oileb» blblf bleet de Sil Lomiia H 
Real. Loi ponbreí de 1m llatirfilnaB oblipoi qie proleiliron el 
decrete de aitapeiiiloi ion loi tlfsleaiei: Jwi. F«nt*«*, Ep. 
CialelmariB; Jdid. Salanr, Bp. UiBeieaesi.; Frts«|a«n* Ninm, 
Ep. P«oeiie.; Albaní Q^tdn , Ep. Vcnarain.; Micbíel Pvi|, Bp. • 
ElBeni.; ]iuii. MUIu, Ep. Tsdeai- ; Minis. Pem A71U, Ep, 
CudlieDi-i Peina AeiDi, Ep. Atlsrleeil.; Albín* MedcOM, 
Ep. PanpQoíena.'.PetriB Ponce de Lean, Bp.ClTtUMi.jJoia, 
Benvdu DlM de Lifs , Ep. CilifOiitUBU. o\c 



M 



EL CONDE DE FLORIDA BLANCA. 



1«B , 6 no BAtÍBÍecíioB coa aqaella diligencia , 1a re- 
pitieron ante Diego de Cúrdenas, presbítero nota- 
rio, oontradiciondo «nteramente el decreto qae m 
lea habift intimado, j todo acto de prorogacion ó 
■aspeneion, ain limitación alguna (1). 

En Mtoa inatrumentos auténticoa, que no ae su- 
jetan á lai dudaa ni A las interpretacionea , cnat- 
qoíera pnede tot quenueatroe Ten«rabloa prelados 
■o reconocían en al Papa la potestad do auapender 
ni diiolver aiquiera por tiempo determinado los 
concilioB generales legítimamente congregados ; y 
en la extrafleza que lea oauaiS la intimación det de- 
creto pontificio, ; las ranunes con que combatieron 
loa pretextos dé la guerra y de la ausencia en que 
asBostenian, fácilmente ae percibe que el embarazo 
que cansaba ¿ loa romanos el punto sobre la auto- 
ridad de loa cODcilioa que ae trataba, y el temor de 
que se declarase conformo A los de Constancia y de 
Bosilea, fueron las verdaderas cauaas del decreto 
de auapension. 

Por los tiempos de esta protesta se pnblicó en 
España la obra del iluatrÍBÍmo don Diego de Ala^a 
y Eaquibel, obispo que fué de Astorga, y despnes 
arzobispo de Oranada, dedicada por au autor al 
aefioT don Felipe II (2). Este doctísimo varón, que 
se halló á loa principios dol concilio, y que vino 
llamado del Re; pora informar i su majestad de su 
estado secreto é interior, emplea toda la segunda 
porte de su tratado en descubrir los males en loa 
desórdeuea que necesitaban de remedio en la Igle- 
sia de Dios. Su plan principia por el sumo Pontí- 
fice, sigue por et sacro colegio áp cardenales, y 
discnrre por los demaa (irdenea de ta jerarquía ecle- 
siástica, llevando siempre por norte los constitu- 
ciones del ainodo de Bosilea en loe puntos más 
principales. 

Según el dicUmen de este insigne prelado, nada 
debe influir tanto en el restablecimiento de la Igle- 
sia, como la reducción del número de cardenales al 
que prescribían los decretos de loe concilios de Ba- 
silea y de Constancia, eligiéndose para la sublime 
dignidad de la púrpura personas de todas las pro- 
vincias cristianas coa una proporcionada igualdad. 
De este modo, en su juicio, se conseguia que hu- 
biese cerca del Papa quien le pudiese informar con 
conocimiento de las particulares coatumbres de las 
naciones, se lograba la instrucción necesaria en 
los negocios de la curia, y se podía con mis madu- 
rez deliberar en cnalquiera causa que aconteciese, 
oon otras ventajas (3). 

H) El I) mltm> biblloieca u biDi d iniltnnieTito oMeIdiI tt 
tiU (eiEXi'i potcili , llriiiidi dt los [Dilro prelados que li b[- 
clcran, T nlrtaiiti ton im sellos. 

(S| ít*el. it Comil. ünlttrial. ae ie hit, fiac ai relIginU ti 
riifiiUiea diriitlma riformainntett ¡Mtlilaaái ndoUnr. Gnni- 
tKjKll 

a) De eam. Cirdlnil. leism eil sepiíiimb li concllili iilrer- 
■allbu, preienin in concillo coDsuiitienai, et aflade ii bisl- 
llntl.lbl dtuctBii «lUt, se<|rdÍDilliuinunenim vlijliiliqnli- 



Dando á este pensamiento toda extensión, pro- 
pone quede España, Francia, Alemania é Italia 
deberían ser elevados ala dignidad cardenalicio, 
seis sujetos de cada nación ; uno de Portugal , In - 
glaterra, Hungría, Bohemia y Escocia, y dos de 
Polonia, que todos vienen á componer eloiímerode 
treinta. Establece la regla que se debía observar 
en la elección de los electores del sumo Pontífice, 
é insinúa el modo de hallar personas dignaa de 
este alto derecho (4). 

Los perjuicios que han prevalecido contra los c&- 
nonea en la tolerada pluralidad de beneficios ; loa 
daSos que introdace la facilidad de las dispensas 
en la disciplina eclesiástica; las perniciosas conse- 
cuencias de las exenciones del clero secular y re- 
gular respecto de aus prelados diocesanas; loe íd- 
convenientes del nombramiento de jueces cnrialce, 
las más veces de la parcialidad del más poderoso 
de loe litigantes; los insufribles gastos de los ape- 
laciones que omaso medio iban á la curia; las íd- 
quietudes de lae competencias con los magistrados 
y justicias seculares, que hacían frecuentes loa clé- 
rigos de menores, y la inconsiderada ampliación 
del fuero ecleaiástico á personas que no debían par- 
ticiparle, y finalmente, otros abusos que se come- 
ten por los diocesanos, están explicados en este 
tratado con alguna más extensión que lo habia he- 
cho Aifonao Guerrero pocos aflos antes, y de uno 
y otro se colige la antigüedad con que, no obstante 
la enmienda qae hizo el santo concilio do Trento, 
se llora en el dia de hoy la mayor parte. 

En cuanto á la superioridad del concilio genero] 
sobre loe papas, le pareciú al religiosísimo Obispo 
á propósito no proferir su juicio, y ain aprobar ni 
refutar ana ní otra opinión, pasó por encimo de la 
cuestión, que era tan propia de la maten* de en 
tratado, contentándose con enunciarla, y creyendo 
que no podía haber necesidad de su reaolucioD sin 
un estado de calamidad en la Iglesia (5). 

No obstante que esta expresión descubre boston- 
t«raent« la sentencia del autor en este particular, 
sn silencio rompiíí un poco más abajo la clausura 



t iit>ad«it iille ultcB 



Iior «uedil : itqnl Ídem moda reptil n 

qaod Bunerai Irigiou urdlnilinin imn. ....,, ,„- 

qBMem (trdiBtlet MigeieBlar ei onBibm cbiJUlMli praiindlt 
iaipeelí penoplrun luiillate ; id cdíh prtidMwl mnlUm lé nt- 
Eolloniin coniBlliiiaaeu, ni riciiior cuet tpod pBgiK sciBtaK 
(DKBilio rtrgn . passebifle nuinriBi tdiuni MibenUa Mjiuita- 
qae coDilBiteaiti ciuss. Ditu bftcití., piri. a, f i, M. se. 

'i| Ctlcratg hic BumrrDt (Ordinal.) pouel per iDoaam IN»- 
liOcem Inbuiie.iiilllmileiB Biodvm dlttrlbnl, oliu •lifemnt 
cirdlnalet ei tola Geroiinla , la. Hispuit totidcB, ei Gallli ¡tea 
■lil lei , ei IttUa sex, ei LuiII*d[> dbui , ei Aiigllt oau , n Ui- 
garia el Bohemia dúo . ei Potouia iidiii , ei Scotia Has. 

iS) licm prxaertlm Ulan qBfilloiiem qnin liieMiibaMttH- 
MblBiut: An coaciliam sil iDpn Papam -jtt, Ipie rumuas Paui- 
feí jil concillo DolTersaK luperlorT EleBlm ipsom Ckrlsnni Je- 
som pia menie precimar, oe gsqDam permlUai P«rl r»I«bi«b, 
«JBi sponsim Eccletiim, iia nnctibat diuesslonaa, «cftiajutia 
iBTbarl, et aflud , Dtoport«it U haac IscUerg uUbiuicdi, qia 
noi *d hanc dlspiUUoDeB Impellal. tHcU tte», i pwt., laf . u. 



JUICIO IMPABCIAL SOBRE 
Je U piedad, y tratando déla aama utilidad de Im 
wDgregacionee generales de loa concilios para di- 
rimir laa controTensiaa de U fe , nos dijo franca- 
mmte qne la autoridad del Pontifíce era inferior ¿ 
Is de la Iglesia nnÍTersal , juntando el incontrasta- 
bls taadamento de qne, á no estar en esta creencia, 
ta ftoo habrían tomado los papas j los emperado- 
res el inútil trabajo de congregar los concilios ge- 
gnles (1). 

Coo minos rodeo se explicó el doctor Guerrero 
tnrca de la snperíoridad de los concitins respecto 

, ti Papa, en estos términos ; T étia et la cauta que el 
Msls ameilio Oarutaacietue declaró qu* en aquellas 
emtqat tocaren álafef/á detimir ehirmaty á la 
rtftrmañon de la IgUtia, así en ¡a eaheia comú e» 
ktmemhnn, el eoneilio sea tobit el Papa; de ma- 
siraqKe ¡a tentmcia y juicio del concilio, como de 
jado mperior, ge ha de preferir en loe tree cota* ya 

< £Au, aljvieio del Papa. Así lo dice el Abad en su 

' elcgintisimo tratado del concilio de Basilea, en la 

I pimera duda (2). 

i At mismo pontifice Panlo III, con la propia oca- 
tion, aparece dedicado un Diálogo sobre las cir- 
cnutaDciaa j requisitos del concilio, que lleva el 
nombra de Jíarco Mantua Bonavito, jurísconsulto 
dePadna(3).Eatre otras cnriosidades, que tal vez 
nn Mtlu íngrataa á los eruditos , se propone el au- 
tor d« trta obra la duda de si debe prevalecer la 
seotoicia del Papa i la del concilio, en caso de opo- 
nerH entre sí, jr resnelve á favor del concilio legf- 
túnamuite con^egado, en boca del jurisconsulto 
boloDee, con gr&vliimos y sólidos fundamentos (4), 
7 m adelante explica en quá casos puede bacerse 

[I) Blu nnt ci allii en*li dlicnilt . biclntt ib Inltl» Icfli 
"uidlat jadiutuB hit, anlTcrullaai Kimtonm uiifrc|tlio- 
M. aulml itmttt fnlsie namcnU ; el allUUIli , id dirlncRdis, 
HUIltiduIilM, ic ualraierslis, qna deOdí aaleDl In thcis^lant 
Mi(ioM uiUaiera : qgod il UnU esiel inlluí romioi Ponliacli 
iKUriai, fiinli totim EccIniZ Dníiemlii, tnuin IidU soltl- 
<>Mt, lutuq«e Ulwr Ib casgrcgaiiilli ijDodií iuil<er3illbiu t 
ukUi iMUitibii, ü ulhollcii Itnpcntiiriliiii tnmcrttur. Dict» 
'H-,r)R.i,up. ul, Bsm.V. 

% ÍNL UCuai. , cap. TU, pt|. IS. 

itl l«b«tw Bonitíl, Diekg., Hl- <tf ■'! ■ Credcrcn «(o con- 
dlii leuntiiB (uc pnalcreadim. qaandaiildeiB, nlproxiat dl- 
okH, U IpMB SplrlM Sinclo cosptrinie amtnttW , el tala 
■rnull llalli modo llpal (Ploi pilmlcoacillamcrlebnrDEtiBUa- 
lian , Jiitl aoi. la Cm. Secmnett, diit. Vti, eaai Petra $U- 
'■*)»>, twaqiaB Ipiam al ctpBt, etianimaní ponUOcem ba- 
WnH, d IttlUT aei., i, 6, el iS, ibl : Kalblu lo locnm Jads 
(Mü M, el poiiea SieptiiiiBi, el allí id loileodaia pbiruxo- 
iBKáltlaiM.eiqao allqal eoianí diccbínl, adbac (Ircamelde- 
Kiflan; eoaildenado qooqae lal arebtí. IniíDil pirlter, ¡a 
"^ tinHiitii, IS d](t.| perlcalossm fon Idd uniam nalai 
^>^>li Jldido ralla ijatre , can maiimt peccire patsU,DtlD 
'id- oa. Jaaidu. ín concillo, el aalienall Bccleili qnemidmi)- 
'n HpradlclBD fall, aoa considerablle; el pldl, qnia ChrlslDi 
vüi tttn tuBtii Ipil per pilai poteslalem Doa dedil. >cd om- 
oht i^lolli eonmualler. gaando dliii : jíaipiu Spirimn Som;- 
^1 •! ia cía. tta Deslnu, 19 diiL el ralloal esl eUim coaso* 
xa, tta lideaal plai (al eal Id prOTErblo) «ail qaim ocbIdi, 
Hluqie dljadltlaa plarinuiraai aenleuUa coauprabaiaai. Cap. I 
<'n<Mi«, 4» Olfe. Dtkft... iiHeiWu^tt flaúetlmt Mplex Ü- 



EL MONITORIO BE ROMA. 91 

lugar la plenitud de potestad atribuida & los ro- 
manos pontl6ces. 

Si fuera licito extender una digresión qne sólo 
se ha instituido con el ánimo de .dar alguna noti- 
cia de la opinión de nuestros antiguos espaOoIes, 
serla ficil negocio juntar aquí mi número dilata- 
do de testimonios de santos pontiñces que senci- 
llamente se han coikfesado sujetos á la religiosa 
observancia de los oánones délos conoilios, que 
aegnramente no se compadecen oon la ploiútud de 
potestad j superioridad á los sínodos, que incon- 
sideradamente le Buelen atribuir los mis canoais* 
tas nttiramontanoB. 

Entre la muchedumbre de estas confesiones qna 
se pudieran alegar, es muy notable para omitida 
la del papa san Agapeto. No eúlo se oon'>oia este 
santo pontifico sin facultades para enajenar los 
bienes 7 los derechos de la Iglesia, por la prohi- 
bición de las venerables constituciones canioi- 
cas, sino que previniendo estas deetiraciadas suti- 
lezas con que el espíritu de parcial'dad sabe os- 
curecer las cosas mis claras, aDade qne su exacto 
cumplimiento i las constituciones canónicas no 
nacía ni de la afectada severidad ni de un humano 
interés, ni de otro respeto que el de la autoridad 
de los santos concilios, que le precisa i su inviola- 
ble observancia (S). 

Oprimido un erudito defensor de la Silla Apostó- 
lica de la fuerza de estos testimonios, confesó la 
sujeción de los papas respecto da aquellos cino- 
nes que confirman la ley de Dios y de la natura- 
leza , fijando la cuestión solamente en los que mi- 
ran i la disciplina edesiistica (6). 

Cualquiera puede juzgar del fruto qne puede ta- 
ñer la oficiosa piedad de este escritor en presencia 
del testimonio de san Agapeto. El asunto de que se 
trataba en este pasaje pertenece meramente i la 
disciplina y es puramente temporal , y sobre él ex- 
pone el santo Pontiflce que no le ora lícito por 
ninguna ocasión violar las prohtbioiones eanónioas 
de enajenar los bienes de lalgleeia; egresión qne 
sale al paso i la sutileza de este escritor, y loa de 
BU partido interpretan el defecto de facultad sohn 
los cánones que de sí mismos confiesan los pontí- 
fices romanos, en el caso en que no intervenga 
justa causa para la dispensa 6 la derogación. 

No se puede negar que en los papas residen al- 
gunas veces facultadea para dispensar las leyea 

(5) Reíocial aai lenenada pitnmi oaaireiUMlma eaailltsla, 
qolbnsprohlbeninrpTxdlijariiBceieBi«,eDÍaoafliiaipaieaaDeBi 
prEísse conminli, qgotibel Iluta ad alleoí jan Iraniferra. Qna 
In re («(roí qnoqne aaplentiB eredtiBnt e*ae KraliulmaB, qaod 
la nnlla coaln prljcie deOniUDals codiIIIdu, tel re[sl>t pro qai- 
lilMi iKcailone, tel >ab cDjaieaniiiDa penosa Tcapecia, tanlra 
prcsaminai. Nee lenicllili» iladlo , aat lecalaila alliilalll Mail, 
taoc lacere dos eredgtia;iaddlTlnlaoaildBraUaDaJadicllBMe«ab 
aobia esl, qaldqde uncu Srnodalls dearaili sneloritai, InildUbl- 
]IUt cnitodlra. CeBeel. C««., tom. IT, p. 1796, IIL Á. 

(6) Prana. A]lt.daSlnaoalb.,J)<^a«aB(P»B^ld<fMUa>4sM■ 
tala», tam.i.cap.Tui.ll. 



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» 



EL CONDE DE FLOBIDABLANOA. 



Cftaónicu ; pero Lnís de HaiuliaTgo, que apuró bien 
Mta materia, sostiene que eataa facultadee aúlo sa 
pueden reconocer en loa cmoh pennitidos por loa 
miamoa oánonea (1) ; y cuando eata aentencia no 
fuese constante, lo cierto es que no ae puede in- 
ferir U aaperioridad del Papa í loa oonoilioB, de la 
poteatad de dispensar en los cinonea , porque ésta 
es ana concesión de la misma Iglesia, nntj corree- 
pondiente á la aoma preeminencia del romano Pon- 
tífice , que Isa Tariacionee de toa tíempoe j Isa cir- 
cunstancias hacen indispensable, no siendo fácil 
la congregación de on concilio general para cada 
nnade las necesidades que pueden ocurrir; pero 
cata facultad de dispensar con justa causa es co- 
mnn j trascendente & los demás arzobispos y 
obispos. 

Finalmente, entre nosotros, después de la cele- 
bración del santo concilio de Trente, está ejecuto- 
riada la impotencia de la curie romana para alte- 
rar las leyes que dictó la Iglesia en este sínodo ge- 
neral sobre el reglame^ito de la disciplina eclesi^- 
tics. La suma veneración con que se han recibido, 
y la eepeciol protección que corresponda al Rey, y 
prometió Felipe 11 enelafiodel564,altíempodesu 
aceptación , boa hecho que la contrariedad A opo- 
sición i sus aantoa reglamentos sea nna justa causa 
para retener an el Consejo los breves 6 dispensas 
de Boma qne la contengan , sin que, en el común 
sentir de los autores , deban correr ni tener efecto 
porqne el Papa derogue especifica y expresamente 
los oinones i qne se oponen (2). 

Volviendo ya de nuestra digreaíon á sefialar el 
principio que han tenido las tentativas de la curia 
romana contra el poder de los príncipes, no se pue- 
de negar qne al mismo tiempo que el santo pontí- 
fice Qregorío VII hacía sus conquistas espirí- 
tnale8,no se descuidaba en aspirara! dominio tem- 
poral de todo el orbe. Aun no hacia ocho dias que 
estaba sentado en la silla de san Pedro, y ya re- 
convino i nueatros monarcas sobre los derechos de 
la silla de Boma (3) al trono de losBepaflas, en un 
breve qne les dirigiú i los grandes del reino, en 
qne les pedia un servicio, que suponía acostum- 
brado y solamente interrumpido por la ocupación 
de los sarracenos. 

La respuesta qne se dio á sus oficios debió de 
ensenar & Gregorio VII otro camino más fácil de 
Uegoráladominacion absolutaáqne aspiraba. Bn 
el título de sucesor de san Pedro creyó, influido de 
los curíales, hallar facultades bastantes para juz- 
gar ¿ los reyes, deponer loa emperadores y des- 
atar, si fnese necesario, el vinculo y juramento de 



()) Nllobir., SfilUf. ti prenvitL 4t tEíñte ii Rmu, ptf . ill. 

n D. Silfiil,, Be Rtteu., pgit. :i,up. i, per loe CetilLoi, 
D« C«fi«. p<r ■•dm ■Itímtfc, lo Prol., Dam, 151, et illii Loeli. 
Acercl. , Ib le(. I, Ul. n, Uk. i, htet/. Pii, li Pru., iob. [[, pra- 
IH. S, aen. 10. 

^)^mA,Hltrtlttrt*auUtrtln«tati$ rEirgpc.cbap. i, 
I ^ U IttWnB Bratli tniliitar t Bans., id un. 107S. 



fidelidad que liga indisolublemente á los subditos 
á la obediencia de sna soberanos, y con efecto en- 
sayó esta potestad con el emperador Enrique IV, & 
quien privó del reino que gozaba, y que Dios I« 
había dado libre de toda dependencia humana. No 
contentándose con dar al mundo nn ejemplo que 
produjo tonto escándalo, empnüó por 1« primer» 
vez, eegun Belarmino (4), el rayo de la anatema 
contra la persona del mismo Emperador con la fór- 
mula, también nueva y abusiva, de la sentencia Aa 
Jesucristo : Mi reino no tí de ale nuiído, de nna alo- 
cución al apóstol son Pedro, en qne le sient* la 
potestad que el mismo Gregorio VTI ae habia arro- 
gado en el uso que Con novedad acababa de baoer 
de ella (5). 

Nadie ignora las funestas consecuencias d« la 
inconsideración de este paso de la ouria romaoa, 
la sangre derramada con este motivo, y la confu- 
sión en que puso á la Iglesia esta novedad, reproba- 
da generalmente. El Emperador, en desquite, cayó 
en no menor inconsecuencia para sostener sa ce- 
tro. Jnntó el concilio Vormociense, qne declaró la 
elección de Ildebrando nula é ilegítima; declara- 
ción que se confirmó en otros posteriores (6). Des- 
pués, vencidos los favorecedores del Papa y deshe- 
chas las fuerzas do la condesa Matilde, ciegamente 
adicta al partido romano, fué cercado en Roma 
el mismo Gregorio VII , do que se libró por el fa- 
vor del principe de Apulia, Guiscando Bomano (7). 
Sobre las circunstancias de este suceso, la legiti- 
midad de tos concilios Germánicos, que condena- 
ron al papa Gregorio VII, y sobre la jnstific&cion 
de los procedimientos que mediaron entre la corte 
imperial y la caria romana , se escribieron apolo- 
gías de parte á parte, cuyos hechos están recogi- 
dos en la Dienta de tot Bivemot coutra lo» docto- 
TU de Lovaina (8). 

Ul BellartPin., Di fautttU Petar., e*P- ii, JH- Vfí, iW : L((e 

«I releí», raniniinim re|nm, el impentorsa imi. el inauB 
loTeulo qaemqoíiD Inperauraia. inle hiae, I raminlt poDtitel- 
biii eieammonlcilDm, >el reino prlnina. Oibo Frlili|,, nb. ti ; 
Üm»., cip. uiv. Ipie primal est Ister omau Imptraloreí k Pipi 
depaiitiB. Clent LmUmlt, epitL *dter$iu PaieieM FP. ieertL 
Hlldtlinndaí pipa, qul mctor eti bajni ontelll ubimiiu. el 
phmni lenilt Iidccib ueerdoiilem eonin dladeoí ret<i, fAmb 
Indlscreit Heorito FiTemei eicoromanlUTli, eto. 

15| Elibeiiir ipnil BiroD., id ino. lOTS, inm. B. 

(6) Caneil. VormaUm., isao 1075. Qnia erio IdItoIIbi Isf» 
Unlli peijnrlls ialiliiuieii.elEecleiii Del pfr ibaileaen aorl- 
Ulin ninfln Um inii teoipeilile perídttdic, Me. Cmeil. Pa- 
pini., iin. I<m. MonitaM., mi. 1079. Br\xlau., 1080. 4JM 
JTofixtlm., IDD. 1083. fíem*»»m, 10«9. Kipala. n* Drtmt H. 

|7) Sliebtn., Id Ckrn., id ana. 1183. HLtdebnndil ptpi, qil 
el Creí. Vil, ipiid Siiemiii eioliot morltnr ; de boc lu tertplaa 
reperl : (olnmai to> Mire, qil euleiliilicc can: loUlclU esdi, 
qgod dsnlsu) >po(UllEiii Hildebnndai. idpc In otrenli petfui 
■d i< TOeitll hhbd de 11 Cardlnalíbas, quem pne canerli dlllie- 
bat, el eonressDi e(t Deo, lancia Petro, el (olí Ecdeila;, te nidk 
peuiEie in piíiorall cin, qu> el ad refciduD coaiali» ant, rt 
iDadenie dlabolo eoaln haminsEí lenu, Inm ci odlnn esa- 

<S) nUenier. Rcnaul. emira Luitntnia, pan. n, Mp. ni¡ et- 
ttt un. lii dei Drelli il SttrUt it rB/Oit Ctllettt. 



JUICIO IHPARCIAL SOBRE 
¿mqae foeM criminOBa Is condnota del Empe- 
itdOT, el joicio era priratÍTO del Omnipotente, y 
é procedimiento del Pontífice no puede Boatenerse 
Bi ciunto á la falminacion de anatemas contraía 
«besa del imperio. Esta censara es de los Santo» 
Fidres y de Iob hombres grandes , de qne pudiéra- 
mos referir los imtmnerables testimonios qne junta 
li citada D^erua de loi ffivemot (1). 

No es nuestro ánimo derogar en lo demás las 
TÍitades ni el talento de este papa. En puntos de 
jurísdicion , ánn el mejor celo suele dar algunos 
puot no bien meditados. Las sugestiones de los 
«ríales y otras importunidades suelen prevenir 
ti inimo pontificio, como ya lo observó san Ber- 
tiiido,en BUS Comiáeraeionet á Eugenio III, avi- 
■iidole de loe tropiezos en qne la ambición de los 
ciriales habia puesto ¿sus antecesores, y en que 

Gregorio Vn dejíi el ejemplo de en virtud en 
tolerar con paciencia las consecuencias en que 
usbd la csrrerB de so vida, llena de amargara. Ja- 
lou se ha llegado en la Iglesia al abuso de las 
caiBoras contra los príncipes sin ocasionar graves 
wciiidalos , y iun daños ¿ los qne las aconsejan y 
promneven, violando el decoro é inmunidad de- 
bida il César , cuyos derechos están recomendados 
en «I Evangelio á todos los cristianos para que no 
lotTinleu. De la obligación á cumplir estos pre- 
oeptn no está «xeuto el Papa ni la curia. 

Auiqae fueron tan secos los laureles que los au- 
toKsdel sistema de la monarquía universal reco- 
gisnni entonces, quedó muy arraigada en la curia 
uta máxima. Bonifacio VIII se propuso la misma 
iJea, y no dud£ tratarse como soberano de los reyes 
ra U imperiosa carta qne dirigió al rey Felipe IV 
de Francia, llamado el Hermoto; y aunque la viva 
mpnesla de este monarca dejó bastantemente des- 
linda la autoridad que Bonifacio se tomó (2), no 
deiiitió éste, sin ombargo,desuempefio, y procuró 
llersrls adelante por medio de negociaciones y 
■uujos sordos. 

Iiss decretales de Bonifacio, tocantes á la mo- 
tavfá» eclesiástica, fueron revocadas , asi por opo- 

tll DUnpi., pHt. ui, np. iT, 8, ) ct 3. 

9i Ultra Bnlf. PP. ¥111. Bnlf. Efltcep. Stmu Stner. Bei. 
Nti^ Frnetnm St/i. Onm tiae, tt mtoitt» t¡at obMnt ; 
■(kc ii ToIsBBi, qsod Id iplrllBillbns, elIcnponlibM noblí 
^itl; kutldoniB, et ptcbtiiilinim idU collalio nulla tiftt- 
'». tM iIlqEDmm nunllnm (Ditodlain hibeii fracUi earom 
>r»iior¡bu KscriM ; ttti qne conlsIJBtl , eolliiionem biija*- 
"^i Irrttia deuralnuí, ct qniDlum de ficto pcoeeiseril tooci- 
■■i.illid »icB ETcdcolM bznliují rcpotimns. 

'tií/r-D. G. Frt»eenm Hit, Bonif. te lernü ;iri ttmma 
fMfcl uiutm mcáíctm, nf nJím. Sclil Mi miilmt filBllii 
!■ Mronlibu BDutJ cnlQon iDbeisc; eeelMlinm, le prcbcid)- 
nmnuilliiBcDiliiioiicni H íoijnre reglo pertincM, «ifrntias 
una iMlm fictrc , callilioDct lulein k noblí hcUi, ct ficleii- 
*>■ rore Tililu ]t prcIcittDm, ct nunruoi, el cinii poneulonei 
°>Hn g»H mt tlriUUr tocrt , «¡tu iDlem eredrotc), ritsai, ti 
WBtM repgUBu. Btbcnmi loo. di iu LtUriii 4t rBflkt 
McM.tbip. tu. 



EL MOmrOBIO DE BOHA. 9ft 

nerse á los cánones antiguos como por ser intolera- 
bles á los reyes. Clemente V, su sucesor, lo declaró 
así, para preservar ilesos los derechos de la corona 
de Francia, en la cleroentina Mentit de Privileg., 
coya declaración fué á favor de los demás sobera- 
nos por militar identidad de razón, y no haber sido 
necesario nombrarles, porque las disputas sólo se 
trataron con el rey Felipe de Francia, contra quien 
Bonifacio conmovió otros principes. 

La decretal de Bonifacio en que quiso estable- 
cer esta monarquía eclesiástica y absoluta empieza: 
ünam eanetam, que muchos incautamente citan, 
por no advertir en la revocación de la clementina 
Meruit 

Ni puede tacharse esta doctrina canonizada por 
la decisión de un papa como Clemente T é inserta 
en el cuerpo del derecho canónico. 

No obstante que el consentimiento común de los 
jurisconsultos y canonistas ilustrados ha firmado, á 
fuerza de tantas y tan expresas declaraciones di- 
vinas, que al Pontífice no le compete potestad al- 
guna en las materias y asuntos temporalee (3) , se 
descubrid por escritores apasionados de la curia el 
secreto admirable de la habilitación con sólo el fá- 
cil rodeo de concederle un poder indirecto para dis- 
poner de los reinos, de sus leyes, de sos costnm- 
bree, de sus derechos y de los propios soberanos, 
siempre que sea necesario para un asunto eclesiás- 
tico ó que se nombre tal ; y esta potestad, aunque 
no monos absoluta ni de distinta naturaleza que la 
que está negada á los superiores eclesiásticos en 
los divinos decretos, se halló muy conforme para 
sostener con menos escándalo el sistema de la cons- 
titución ünam nmctam , suponiéndola conexa con 
el supremo ejercicio de la jnrtsdicion espiritual. 

Este proyecto, que Inocencio III (4) templó, 
viendo los riesgos del anterior do Gregorio VH, 
corrió con major fortuna, y en breve se vio la curia 
casi en posesión pacífica del dominio del orbe cris- 
tiano, decidiendo los papas de la suerte de los im- 
perios en las diferencias de tos principes ; pero des- 
de Clemente V ya no puede alegarse ni la potes- 
tad indirecta, sin oponerae al espíritu de su decla- 
ración absoluta á favor del temporal de los reyes, 
digan lo que quieran los doctores transalpinos y 



Ye, se habria desterrado de la memoria de toa 
hombres el sistema de la potestad indirecta , si loB 
autores de las doctrinas sanguinarias y tiranlcidas 
no hubiesen vuelto á resucitar este espantajo para 
poner ¿ su arbitrio los cetroe. Ha sido mucho el 
descuido con que se han dejado correr las obras 
en que tales máximas se sostenían, por el vali- 
miento de los regularet d« la Ompañia, priootpa- 

(3) ütTldBral[ettipndS«linlcr,/RÍv.C«uml«.,llb.i,tnol.S, 
ap. II, |S, nsn. iU. 

m la cip. litad, Di HalirrU. a Oh/., ay vsxf, B* ClMt, ^ 
(ip. TI , Bt r*to SI Ytü nUmft, 



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EL CONDE DE FLOBIDABLANCA. 



les patronos j propagadores de ellM , hasta qne 
el Consejo, por sn real proTisioQ de 23 de Mayo 
de 1767, siguiendo las decisiones del concillo de 
Constancia, ha dastorrado tan perniciosas opisiO' 
nos do nuestras nuiversidadea y estndios. 

Un suceso inopinado disipú estas tinieblas en el 
siglo posado, 7 abrió í los monarcas los ojos para 
la conservación de sus regalías. En las ruidosas 
diferencias que tuvo la república de Tenecia con 
Paulo T, los escritoree venecianos pusieron en 
claro esta materia, apoyados en doctrinas del chan- 
ciller Juan Qerson y de otros grandes doctores, 
ensetUndo á distinguir el báculo del cetro , y las 
inaccesibles barreras que separan al principado del 
régimen espiritual. 

La publicación de esta verdad fué bien costosa 
al descubridor j á los que le ayudaron en esta obra, 
como Juan Barclayo, Edmundo Richer y algunos 
otros. Sn memoria, deepues de una fuerte perseco- 
cion, se procuró infamar oon el dicterio de herejía, 
cisma 7 otros, de que tes ba vengado la posteri- 
dad imparoial. 

Loe curiales se pusieron en la mayor consterna- 
ción con la firmeza y luz de los venecianos, que 
jaman qnisieron reconocer el monitorio de Paulo V, 
dí úun recibir la espontánea absolncion que se les 
ofrecia, considerando nulo el acto por defecto de 
jurisdicion y las censuras. Conocian que se les 
iba de entre las manos el imaginado seDorió del 
universo ; idea bien diatante de la mansedumbre 
apostólica de los papas; y para libertarse de ha- 
cer una pérdida de esta magnitud, llamaron las 
fnerzas auxiliares de la Gimpaaia, fecunda invon- 
tora de trazos y arbitrios. No tomaron ellos la de- 
fensa do los curiales por defender á Koma, antes 
la metían con sus promesas en estos empefios para 
sacar partido. La república necesitó entóoces arro- 
jarles de su Estado, para libertarse de la insurreo- 
cion que preparaban eu los ánimos. 

A nadie interesaba tanto la causa como á estos 
regulare!, que liabian de tener la principal parte en 
Ib victoria. Sa secreto inetítato ó sistema de ambi- 
ción casi no les prescribía más que el modo de re- 
ducir toda la especie de potestades qne conocen los 
hombres sobre la tierra, á un punto que entregase 
totalmente el uso de ellas á sn impulso y á su 
dirección. Por otro lado, no era muy fácil el hallaz- 
go de operarios más háhiles y atrevidos , ni que 
alcanzasen con más primor el arte de sorprender 
la religión de las principes j de los pueblas con la 
fervorosa apariencia de celo apostólico; arbitrio 
torrible, cnando farisaicamente se abusa de él; 
pero que se ha puesto en práctica : prostitución 
abominable, reprendida desde los tiempos de i 
Hilario con tales fines (1). 



Parecieron al público sncesiv&mente las obras 
del cardenal Boberto Belarmino, de Francisco Sna- 
rez y de Antonio Santarell, y otras , en que á aqne- 
líos regulare» nada les quedó qne hacer para intro- 
ducir en los pocos instruidos, como un dogm* re- 
velado , qne la curia romana era arbitra de los 
reyes ; qne les podia deponer de mis reinos, y abaol- 
ver á los subditos del sagrado vinculo de fidelidad 
ea uso de su suprema jorisdicion espiritual , siem- 
pre que lo considerase oportuno ó conveniente á 
un fin cubierto con velo de religión. Los parla- 
. mentes de Francia condenaron estos pemicioeot 
escritos, destructivos de la soberanía, y los hicieron 
quemar públicamente p>or mano del ejecutor de la 
justicia, con la censura que merecían ; y en Ejspafia, 
aunque no Be hizo tan gran demostración , ei obis- 
po don Juan Caramnel, á pesar de sn afecto al 
probabiliamo y á las opiniones nuevas de los je- 
suítas, testifica que nuestros soberanos loe miraron 
con indignación, como injuriosos ala majestad, 
sediciosos y perturbativos á la quietud de loa pue- 
blos (2). 

No obstante , la Francia tuvo qne llorar ilostres 
víctimas de esta doctrina seductora, y en Espafia 
cundió demasiadamente. Ea lástima ver en algunos 
de nuestros más apreciables libros atonnentarse 
sus autores en buscar un sentido menos violento i 
las disposiciones divinas, para sostener estas fal- 
sas y peijudiciales máximas. 

Un hombre tan grande como el doctor Martin de 
Azpilcueta,que supo distinguir claramente en mu- 
chos casos los distantes y separados límites de una 
y otra potestad, y que con diligencia hace ver que 
el Pontífice en este concepto es incapaz de la tem- 
poral en loa estados ajenos , incurrió en el error de 
creer que por oso de sus facultades espirituales po- 
dia hacer la deposición de loa reyes , sin advertir 
que este uao y ejercicio so le atribuyen los casuis- 
tas y decretalistas modernos en calidad de papa. 
Por consiguiente , todos sus discursos y desvelos 
venían á parar en conceder de un modo la misma 
potestad que negaba en otro á la curia romana, 
haciendo nn juego de palabras lastimoso (3). 

El señor don Diego de Covarrubias siguió fiel- 
mente las pisadas de su maestro, y estos doe in- 
signes y piadosos varones , que se dedicaron A im- 
pugnar la pretendida monarquía anivereal de los 
emperadores, como contraría á los derechos divi- 
no, natural y de gentes, no tuvieron reparo en 



(t) Canmnel , In TAtebit. Fiaitmaltli, nnm. !09l, ibi : I^s- 
cipes, «ab qulbu» tivimoj, nnn ciibolid tinlum, srd pli svaX, et 
■ibi Bnminin injvrijii llerl pDUnl, cum icmpanrla, Jma lí(ei 
cidodIus dijiillcaiaiis, et giltl qni chrlsiliDiiiíiai iini, «t Euk- 
■ic rominK prlmoiCBiil , nuns mincipij pablleK»¡i «cnlíeem 
ippellinii Igni nindini qnoicNmque llbroi, qal docent i*(tiis 
Icmponli rcrsm gnberMlinnt tobtlic ecclesbíllcli cibobU)Bl 

l3) D. Hinr., is capll. Salí, de Jniicti; natiblJ. 3, 



JUICIO IMPAECIAL SOBRE 
trtableceren el Papa U obra que detestaban, aúlo 
porque variaba ea el nombre y algún tanto en el 
modo (1). 9a diBCemimiento BDperíor no pndo con 
FOB opiniones paasr de una atención obaeqaioia i 
ImbeEA de la Iglesia. Al contrario do loa qaa in- 
fiiDaban i los defcnaorea del buen partido con el 
nombre de herejes, siempre dijeron qne sin seine- 
jute tacha se podia defender la absoluta incapa- 
cidad del Papa en loa negocios temporalea (2) , 7 
rnotro Ingar nuestro Covarrabiaa confesó ingenua- 
mente qne había discurrido asi porque se pudiese 
Mender en alguna manera la opinión que favore- 
m al Papa (3). 

Desde los tiempos del seOor Covarmbias, casi to- 
ÍM QDeetros canonistas juraron tan ciegamente so- 
bre la opinión de los curiales, que nada les ha fal- 
Udt) para reputar la contraria por un delito de lesa 
mijeitad divina. El desengaño de estos doctorea, 
con qmenes suele ser más poderoso et número de 
Im hw defienden nna sentencia que la rason mia- 
ña, d«be librarse á las divinas letras. En una cau- 
n «nqae son interesados los reyes j la curia, no 
pii«deQ ciertamente admitirse las deoiaíonea de las 
putei, qne «on la obra de los litigantes. NoHOtroe, 
iimqne con la brevedad que pide un discurso, he- 
moedado los texlofl divinos que,eeguu )a fiel inter- 
pretación de los Santos Padres 7 de las columnas 
deUIg:1(a)B, niegan á loa eclesiáaticoH (sin ezcep- 
toar al Papa) absolutamente todo conocimiento en 
lu nutcrias tetuporates 7 todo imperio y coacción, 
7 ptrt libertamos de la nota de que abrazamos ein- 
goliridadei extranjeras, finalizaremos este asunto 
ora el testimonio de nuestro Alfonso Querrero, es- 
pilol doctísimo 7 celoso de la exacta disciplina 7 
oUervaDcia eclesiástica. 

Erte Mcrítor hablé, como 7a hemos dicho, en el 
«pitnlo tr de BU Tratado tobre la forma del eoncilio, 
con butante extensión sobre ambas potestades. 
8*1*14 el origen de nna y otra, 7 aunque preveni- 
doi favor de la dignidad imperial, no eximió de 
n njecion eu lo temporal otros reinos que los de 
%ialia. Finalmente , concluye en que al Papa no le 
ti licito por ningún caso tocar estos límites, con 
Punzones; 

<Ko puede el Papa hacer capitán de la Iglesia, 
pWísa eadestmir 7 quebrantar los decretOB7 tradi- 
traneadolosSantos Padres, porque el Emperador «o 
lluua vicario de Orúlo en la tierra en las cosas tempo- 



ni Cíiimili., hi op. ffuiltm. ie Htfl Jw., In fl. I». 

A"», >M proiiaí, niB.'.fn In, Hirlenuitnln sil e«^ 
'niiticconlrDienia EccIesJi cilholi» drOnLilt, pniptenjuae 
'ítpililioil luBi til ibtiiDC Dlli ttEreseca msiiieiane. Nmr , 
■tiiipr., Din. H. Neqn* In eicris llltrrls, neqne ab EcctMla 
<"«Biniii eii; alioqnla achili turiiieitia coainrioD non do- 



•™*W'. fraeilaUM o^lnkincm prokire eon»!! in 
^ Rlniodim «jM etsinl id boat ftnen, al ec 
™*li!lqii»pictoialtil. 



EL HONITOBIO DE BOMA. 96 

rales. Asi lo dice Baldo en la Ie7 1.*, en el Oidigo, 
en el tit. Dejaré atir. auntil., y el Emperador es se- 
fior de todo el mundo, para en to que tooaá lajuris- 
dicion 7 á la protección. Así lo dice la gloea en ti 
principio de lo» Digeetot; 7 también se dice el Empe- 
rador padre común de los hombres, después de Díoa. 
Aaf lo dice el texto mi el aatmU. Nequ* «imm, 00- 
llat. 6; de manera que el Papa no administrará gla- 
dio temporal en prejudieio de la imperial potestad; 
porque á san Pedro te fué dicho, después que le 
fué dada la potestad : Mete el guehilh aa la domui; 
que tanto fué como si le dijera Cristo: No admi- 
nietret, Pedro, gtmhillo temporal; y aan Bernardo 
escribe al papa Eugenio III estas palabras: Quid 
uturpare gladium tenia», qiteraiemeljvteatetmittert 
tn vaginam, aggredere tnbdito» verbo, non /acto. 
Y la razón por que el Papa no ha de administrar 
gladio temporal es, porque el Sacramento del altar 
representa la unidad de Cristo á la Iglesia 7 del 
ánima al cuerpo ; 7 el ministro de Cristo 7 de la 
Iglesia, como es el Papa, no ha de administrar 
guchillo, con el cual el ánima se aparta dsl cuerpo. 
Asi lo dice santo Tomas, en la cnadragéuma de- 
suso allegada ; 7 que Cristo no diú gladio temporal 
k san Pedro paresce á la clara, porque respondien- 
do Cristo á Pílate, como san Juan escribo en el oa- 
pítulo XVIII, Ai^a : Regnummeiunnon ettdthotimm- 
do. Asi que, no es de crear que el gnchillo temporal, 
que él no habia querido ni quiso administrar, lo die- 
se á san Pedro ; 7 para corroboración de esto, etc.a 
En el juicio del cardenal Beginaldo Polo, no aólo 
deriva el César de Dios la potestad absoluta á inde- 
pendiente en las materias temporales, sino que 
también es vicario del Todopoderoso en los nego- 
cios de la Iglesia, 7 en esta calidad debe intervenir 
á los concilios generales, sin que por esto se ofen- 
da la autortdad pontificia, porque en la sentencia 
de este purpurado no se puede dudar que el supre- 
mo re7 7 sacerdote, Jesucristo, duefio de toda la 
potestad del cielo y tierra, tiene sus vicarios por 
ambos respetos, 7 la representación de cabeza sa- 
cerdotal , que corresponde al Papa en el concilio 
general, no exclu7e la concurrencia del vicaria de 
Cristo, rey (4). 

(4i CardlBil. rnU D<CMClí.,q. 75. OnotnodoCcsirtltaeol- 
cillli lenenllt» ChriMI tlurlis partea ictre, tdqic Dw Ipao 
jllienla, dlcli, si eiadeni propríti ronasl Pontllcli eM«. oddí*, 
qos hictcD» do ejm anetorlLsl* In Euleaia dliiall , condnnant ; 
conseBllentlb» cvm ttrlpUrli, im ralracnlli, qnibna Deit isam 
«olnnlilfiD In hie ra declaradl. Reireíala. Non qnideo ilc pro- 
prian dliisu roninl Pooilldi tIcuIib CkrdU partea Id tñicl- 
llls agare, al omnei Ipin CtirisU pirleí In Ecdeila owupet, nil- 
lii, ■lili TcIhiqDii: lamo eom BDliti ilt la Cteleali, qnlao* il(> 
qnod aibi mnnai k Den aui|iiiBa hihnti Me «■■■ MMabla 
olioia In ea Deni eoDiliInJl, qnlleníi qnlaqna ia ino lagpMe 
qnldquld ficil Id Del honnrepi referí; ñamo lutcB Iniao qoM- 
qiin, aed omaea In Bonlne Donlnl oaala aisil; b»« «nt« 
ibrliliina refala dscel, Hleoo) UUrliU Doslal HcaHaapirtsa, 
cijni (Iriaie oanli, quceaaqae Den Pitri init (rila , enm (eren 
recM dicemni. lu PoDiltei qaldem roainis, al upnl aacerdoUla 
Hutiai Cütliti Ter^nplili partea lertt, rtil^ il «ce, B nlMIt 

(qTc 



EL COHDE DE FLOBIDABLAHCÁ. 



TodA esU doctríDk habla de Iob príncipes sobe- 
ranoB é independientee , que en nada aa distinguea 
del Emperador en poteatad, honor ; dignidad. Cada 
ano en bq reino ea verdadero Ticariu de Dios, como 
noe dice el sabio monarca j legislador don Alf onao 
el Décimo con esta expreaiou : Vicario» de Dio* ton 
loirq/et cada uno «n ta reino, ptUÉloi tobre iat gen- 
te» para fuantenerla» tnjuiíieia i e» verdad cuanto 
tnlo temporal, iieHoeí aaao el Emperador en mínt- 
ptrio (I). Y basta para desterrar laa contrarías adu' 
latoriu opiniones qne bui pretendido apoyar loa 
curíaleayaaB HecuaceB,¿ fuerza de sofiaterias y ro- 
deos, para hallar casos en que loa eclesiásticos sean 
superiores de Jesucrbto i los soberanos que dejó 
en este mnndo con sus respectivas facaltadee. 

Por fortuna parece que en nuestros días se dejan 
ver mis propicias las lucos del desengsfio acerca 
del poder de los príncipes. Ya oimos con guato i 
uno de los empeDados defeosorea de la autoridad 
eclesiástica distinguir al únperío del sacerdocio, y 
afirmar, onuque con alguna restricción , que no 
le ea licito al Papa perturbar loa derechos de loa 
re^ea (2). Espeíamos que no vuelvan i parecer las 

neiibnj tlDeEirCD, ilei|iiil ngile CbjliU, eUim Tlariti ptr- 
IM tftn nOt diure pduamot; B«qae cnLm iJopln potetUí 
Chriita f>Jt dili ; leá ni Htcrdoi, ile tUm reí dlcíbilar... Om- 
Mi felalMi miUm ai aUI ú emle et ia ttrrt. KtUh., 18. IB 
■Inqie e^pnieililc, quIasDDsCkrlitBiTluriaahabeit, Inbi- 
un BOU pounniBi ; ilurl» lulcm Chrisll rtfii ftfítt la conti- 
liii (eaenllJ)»* td Ceurem pertlnata dldmai. 

(I) LerS.Ut.1, parta. 

(1) Sap«ll., part. i, 1 1, bbb. fl. Porrú mum asiBBoraiii pNscl- 
pBtt Jan Bcrt umparatia, aiBaqw corBoi ladltrarasum. Id cal, 
boBO Euleal» fraTltar noB oflcloBtea] larbirc: atqia iubiibo 
PoaUlcl Ilciin> ea, ene non dt n« refum, el itmiiM iMúnte- 
tam; Hd lacerdos aaccrdoian, eicapul Ecdeaiaiailiollca; Id 
•fi, per aBlieiara orbMB iiHat*. Unde ci aaMtdoUo, ei Inpe- 



ouastiones que sobre este ponto inventa la astncia 
de un ínteres particular , j últimamente, que nsdie 
dado, á vista de la imigen de la potestad ecleeiái- 
tica, qne han copiado los Santos Padrea del origi- 
nal del Evangelio, qne al Papo, por loa venerablea 
títulos de cabeza visible de la Iglesia, auoeaoi d* 
san Pedro, padre y maestro universal de toa fieles, 
no le puede pertenecer facultad alguna para anu- 
lar ni derogar los edictos, leyes ó coottitacione* qna 
para el rdgimen temporal se publicasen en Parms 
6 en otro cualquiera estado 6 reioo , aun cuando loi 
tales edictos comprendan á loa eolesiisticos, con» 
ciudadanos j miembro* det Estado, 6 proteja la 
disciplina extema de la Iglesia para no permitir 
abusoa contrarios i ella. 

Con toda esta ilastracion , ya general , edunn 
los curíales el áltimo reato en el monitorio 6 trina 
de 30 de Enero de 1768 contra Parma. T aooqna 
no es de esperar ya en el mondo una producción da 
esta clase, por la general ofensa de la soberanía 
que eavnelve, ha parecido del caso poner «n clare 
la insnbsistencia de loa motivos qne alegan loa en- 
ríales para determinarse á on acto que tanto detri- 
mento ha cansado á la enría y á los oculto* pro- 
movedores de tal producción , deseosos de onvolnr 
en cansa con la de la curia, como hicieron tambin 
en Veneoia , annque con risa y desprecio de I* re- 
pública, qne jamas incluyó á los^'«nH(a««ilsie- 
conciliación con Boma. 



tío i«l linHei auanUeiiitadlendIaiintinamcDnatliM 
cria lltronilUl; neqae Papa libi poteaulen (»taliraa,> 
qBaalsn ab ipalanel prlacipibaí apante per dDPailoiM.BiH 



SECCIÓN SEGUNDA. 



AUtt$ ad Apoiíolaía$ twitri mütíam non tíne gravi ontrnt nostri moleslia pervmit, 'n On'^ 
nottro Parmená et Plaeentino á taculari illegitima potestate EdiOa quísdam contra EetUat 
jura, etc., ek. 



81. 

Las ezpreaionee lisonjeras con qae en el proe- 
mio de sus letras se atribuye la corte de Boma el 
dominio y la propiedad de unos estados de que la 
Europa no la ha conocido jamos derecho, ni ella 
le pueda producir, precisa i examinar con breve- 
dad ootiee pnedan ser laa miraa del Pontífice ro- 
mano, en calidad de príncipe temporal, para d^ar 
C«ei wta oUuauU en el bieve ooa novedad. 



En la opinión de loa políticos, es coaa bien lí«ti- 
moaa hablar de aquellos derechos rancios qo* == 
han aido reconocidos después del sólido regUmento 
de una pacificación general. Semejantes intsntw, 
fuera de sazón y en ofensa de un soberano coo 
quien se vive en paz , son el alimento de van» am- 
bición y de loa celos recíprocoa da laa potencia*, 
con la diferencia de que á los poderosos «ríen d» 
oohoneator sus empteeaa, y á loa feblee de eitrin- 



seca denominación. Parees quie •• consoiTi 



rantsU 



. ÍLiOOglí 



^^^' o* tirt SelB el PM., Itp. n, 1 1. S«qiil Tldelir «i- 
'^luoHMlu itumtroxniaderefBii.TrfDoniiiqiiel- 
"w iiDo un» teapon eiUnpiitar, qrúd non Uatan id 
'"^"^'h ■titena «ntMiw, «i Mlt lanidi ru>iu> : •*■' <> 
""•"■"•llMMumlftpipÉt 

D( Ar) BtOi ti PtOt, llb. I, af. ID, M «OHHuKei 



JUICIO IMPABOIAL SOBBB 
meneria por recalo d« qao U tranquilidad públi» 
peda fttguDA vea tan «ólidamente establecido, qne 
ll^e á faltar asooto de querellas entre los donii- 
sidortg de ta tierra (1). ¡Qné feliz serla el orbe 
cundo babieae alcanzado tai eqnilibiio, y todas las 
competeiicias se redujesen á empellarse los seno- 
n del mundo en bacer mis felices i los mortales I 

Si ¿sta e« 1& obligacioa ion eutro los sucesores 
de Tiberio, ¿con cuánta mis razou los córtales de- 
berían coidadosamente apartar de la boca del suca- 
NT de MU Pedro un lenguaje tan poco conveniente 
i li gravedad de los escritcs iiue se autoriisaa con 
ti reqwtable nombre del Vaticano ? 

Al Papa >e le ha reconocido de mucho tiempo 
ui (do hablo da Constantino) por soberano en 
ida b1 t«rritorio qne ae llama patrimonio de tan 
Fthv, qoizi contra su voluntad. La posesión de 
ata Htsdo, continuada por muchos siglos, j el 
coueatímiento de las demás potencias de Europa, 
l^iliman sn soberanía. Si este titnio posesorio no 
e> bartiQte, ; so desM el original , ¿ ninguno con 
mil taxon qno Boma sofriria por ventura el nom- 
ine d« potestad ilegítima? ¿Qué tienen de común 
Ui ctMitroversias de Parma y Roma para mezclar 
ei doníniD temporal del Estado con las cueatioues 
^pnt«ai» inmunidad j jurbdicion eclesiástica? 

Et nu axioma vulgar de que quien mal pleiio 
iim,Itiwfa (f eocM. Eso es lo qne han hecho loa 
cnríaleí, ingiriendo la clánsnla in wslro dueatu sin 
cportonidad , sin cansa, y lo qne es mis, con dado 
(k li misma corte de Boma. De aquí se inñere la 
wpwa con qn« procedió el «rtensor del breve. 

S M eleva el discurso i este género da peBqnitias 
ntuneote, nn volver á la memoria la incapacidad 
iá derecho de la muerta y de la vida, y de los de- 
'ui pTcrogativaa esenciales á la potestad del si- 
glo, f nn detenemos en las otras repugnancias que 
tiene con el miniatario apostólico , lo cierto es qne 
^todoi los medios legítimos de adquirir la su- 
pruu potestad que conocen loe publicistas (2), 
»luiente la pretendida donación del emperador 
(^(QttintíDO ea el titnio con qne se puede defender 
i> loe antignos derechos que tiene deducidos el 
"■ferio romano auna parte del territorio de en do- 
«ÚMcion, y en que estuvo colocada su capital. 

^ e«ta donación de Constantino, fundamento 
<lel principado da los papas, no ae halla memoria 
« loe bistoriodores que eeoribieron so vida, ni hay 
"tro instnnnento auténtico de au certeza, que la 
'"'P^boBa variedad con qne se refiere y no seprue- 



EL MONITOBIO DE BOMA J7 

ha (3). No puede menos de advertirse la extraSeza 
de poner sn referencia en boca del papa Helchia- 
dea, muerto antes del pretendido emperador donan- 
te; 7 con este fundamento la creyó la buena fe ó 
faltado critica de mncbos, aunque loa juiciosos 
siempre la tuvieron por fingida y como una fábula 
de ios curíales (4). 

Cuando no tuviésemoa dificultad en vencer nues- 
tra credulidad al punto de dar asenso á la pretensa 
liberalidad del Céaar.siempre hallaremos gravísimo 
embarazo, 6 por mejor decir, impoaibilidad, en de- 
fender BU valor, si la causa se hubiese de decidir 
en la formalidad de un juicio y por las reglas de 
derecho. Lo primero, es constante qne en un es- 
tado electivo (cual ora el imperio en tiempo de 
Constantino) no se percibe facultades en aquel 
principe para enajenar la metrópoli de au imperio 
ain conaentimiento del Senado y dal pueblo, y sin- 
gularmente de la misma capital, que se iba á trans- 
ferir á la soberanía de otro ; porque, siendo la so- 
ciedad un cuerpo qne formó un contrato libre y 
voluntario, no se puede separar ningnna de las por- 
tee sin su expresa voluntad , utilidad y absoluta 
necesidad (5). 

Cuando hubiera tenido el emperador Constanti- 
no facultades para segregar esta porción de la su- 
prema potestad imp^'ial, tampoco tiene duda que 
los efectosdesn donación sólo pudieran haber dis- 
currido hasta los tiempoe en que el valor y la for- 
tuna de Oárlomagno, rey de Francia, adquirió el 
supremo sefiorio de esta parte de la Italia. Es cons- 
tante que en este coso acabó por uno de los medios 
más reales y efectivos la soberanía de Constantino, 
de sus sucesores y del donatario (6). Da este fun- 
dador del nuevo imperio de Occidente seria neoe- 
aaria otra donación, que sólo existe en el boen 
deseo de la curia romana, y siempre estaba sujeta, 
siendo cierta, i las mismas dificultades sobre su 
validación y subsistencia. 

Fuera de estos reparos de derecho, ae ofrecen 
otros de suma consideración en el hecho, que no ae 
compadecen con la legitima adquisición de este ter- 
ritorio de la liberalidad de los emperadores; porque 
vemos en los snccsores de Constantino ejercitados 
los derechos de la majestad en Boma y eus depen- 



(3) Cip. Can aá renm, ti, dl«L 96; up. fktartm, lO, fSBtL i, 
of. ñmiam. it EIeel.,\a6. 

H) Dulel Olt., /ir. P.. tap. it, fol. 81 

(5) Grat., llb. II , c(p. n, 1 4, Ibi : Sitji hbh ta popatoo taa- 
sensiMe, pIbí *Uu> pin ilinanda toDicDliit: aam qyi Id eliiía- 
tea coeosl, ioclclaum ^aandan canlrabntperpcIiiaiB, ellmmar- 
UlfBi rallóse parUlB, ql* lDte(Tanles dltoatir; Unde tequltar 
btl parte* Bon Ha eue isb corpore, al annt parui corporla nalB- 
nlla, qua alna corporli ilta tItsk non poaiBnl ; el Ideo Id uton 
earpnrii nat ibaeladnalic: huc enlm eorpui, de qno ti^moB, al- 
lerlni eil iCDcrli TitlgnUle scilleíl coalraclan, ac propUiea Jai 
(jai In partea ei prineía lalsDlale nelieodnm «al, qn« mlalnb 
credJ dcbei lalli tBÍiie,ntjnB<Heicorpailpane**btclsdetek 
se, el allí lo dlUaseai daré. 

(Q Greu, D$ ]wt Beü. €l Pte., llb. m, cap. n, ni 



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EL CONDE DE FLORIDABLANCA. 



denciaa, en el Teconocimíonto real de tributos, ea I« 
legiBluúon j en laa demaa Afecciones esenciales i 
la suma potestad, á que se pueden nnii todos loa 
demás en que el imperio funda bus pretensiones^ 
qne se pueden ver en los autores que lae han pro- 
moTÍdo (1). 

Bien examinada la materia, difícilmente encon- 
trará la curia romana otro medio de sostener la le- 
gitimidad de ta soberanía en el territorio eclesiia- 
tico, que el de la tolerancia j prescripción, que in- 
duce la larga duración; pero eato, aunque es un 
modo legítimo de adquirirse entre las personas pri- 
vadas los dominios de las cosas, ea may oscuro y 
opinable de principe i príncipe, y eiU desterrado 
de entre los rayes y los paobtos libres, como mera- 
mente introducido por el derecho positivo ciril y 
opuesto al natural (2). T sólo se admite en las lar- 
gas posesiones una especie da dereliccion, en fuer- 
ea de la cual se presume renunciada la potestad 
por el due&o anterior ; y aunque á otros publicistas 
les parece meramente de voz la cuestión, por pro- 
ducir los mismos efectos (3) , convienen todos en 
qne siempre es necesaria la posesión inmemorial, j 
que accedan loe requisitos de qne el antiguo dneSo 
se aquiete, sin haber hecho, pudieodo, niognn acto 
de reclamación; circunstancias que no se pueden 
verificar respecto del imperio j de sus pretensionea 
al patrimonio eclesiástico. 

Si de esta snerte titubea el dominio temporal de 
la curia romana en el territorio que posee siglos 
hace, ¿qué juicio se podrá hacer respecto de aque- 
llos estados de que no tiene la posesión, y diafm- 
tan principes reconocidos por el imperto y por todo 
el universo? ¿Qué cosa más natural, que deber tro- 
tst á los demás como Roma misma querrá ser tra* 
tada, siguiéndola regla del derecho? (4): QmmI 
giHSIus jurit in alUriim ttattterU, uf ipte eodtmjar» 



5 11. 

No era menester llevar más adelanto nuestra 
consideración para manifestar la jactanciosa hin- 
chasen del extensor del cedulón do 30 de Enero de 
esta alio, si el objeto de esto discurso no se enca- 
minase á impedir se alucine á las gentes sencillas 
qne creen todo lo que viene de Boma, aunque sea 
en asuntos temporalea, como un articula esencial 
de nuestra creencia. 

Vamos, pues, aunque con brevedad, á apurar el 
fundamento con qne la curia romana se apropia loa 
ducados de Parma y Plasencia. Insinuaremos bre- 
vemente la serie da los soberanos bajo de los oua- 

(I) Hslit., Orrift U Ttmrin ttr I* fUrimlM it tS$at*. 
(1) P. F«i4ls.Keactaio,,IZtatCMlrvf.,lt¿.ii, Mp.UiBDB. n. 
SiIImIiI., B« Hit». CkrUt^ fuL iii, ■«!. i, 1 10, iiai. S. 
|S) EUu, la Mtliíat Pv/I^Ar., Ilb. ii, uf . in, |g. 
(4) ¿Hf Mv., llk. u, U(. u, psr loU 



les ha discurrido el dominio de estos dos estados, 
hasta el eeflor Infante, que es al actúa]. 

Sin ocupamos en la oligarquía feudal qne diri- 
di6 la Dombardia, y que fué arreglada en los moa 
7 leyes de los feudos derivados de los longohsrdM, 
ni detenemos tampoco en las parcialidades ds Im 
gflelfos y gibelinos, tomaremos el origen de aquel 
tiempo en que quedA ta soberanía de Parma y Pla- 
sencia en la casa de Sforcia, como depend«nc¡u 
del ducado de Milán, al principio en calidad de 
«icarios del imperio, y después como príncipes is- 
dependientea. 

En la sucesión de la casa de Sforcia caotinmi 
el ducado de Hilan, hasta qne Luis Sforcia aa^ 
á apoderarse del gobierno, que tonta en calidad de 
tutor del duque Francisco Sforcia, sn sobrino. Pro- 
enró alcanzar per todos los medios posibles legiti- 
mar en si el poder que regentaba á nombre ajoia: 
y para asegurarse del rey don Alonso de Arsgaii. 
cuyo poder recelaba, introdujo en Italia Isi srniu 
de Francia por medio do la alianza que ajoiU con 
et rey Carlos VIII, pretendiente al reino de HípD- 
les. Poco después, arrepentido, atrajo sobre si el 
enojo de esto príncipe y de loa reyes Cristiuiíi- 
mos, aos sucesores, que, hecha liga con Is rspúbli- 
ca de Venecia, le despojaron del estado de Hilví, 
quedando en poder de Luís XII hasta el ti» 
de 1612, que con la famosa batalla de Bavsus tti 
precisado á evacuarlos. 

El fin de esta liga era restituir en estosdominioa 
á Hazimiltann Sforcia, primogénito de LndoTico; 
pero no tuvo efecto, ni tampoco la expnision de ka 
franceses de Italia, porque el legado del Pipi f^ 
mantuvo con la ocupación de algunas ciudades, y 
seDaladamento de las de Parma y Plaseocis, do oU- 
tante los reconvenciones qne le hicieron loi minií- 
trosdeBspafiaydel imperio; para que dejase libra 
aquella» ciudades pertonecientosal estado dellilin, 
yáqnonotonla título, acción ni derecboaigonel* 
oórto de Boma, ni jamas las había poseído, hiei^- 
dole presento qne en la liga sólo se había capitnli- 
do amparar al papa Julio II en la posesión de Bo- 
lonia y Ferrara y otras tierraa de la Iglesia. 

La muerto de Julio II, sucedida en 10 de Febre- 
ro de 1&13, abrió al duque Maximiliano Sforcia li 
puerta para tomar la posesión de su estado, qne le 
dió el virey de Ñapóles, don Bamon de Cardosa,»» 
reconocimiento universal del pueblo, que le preiU 
la obediencia, disculpando con la necesidad Isqoe 
habian dado al Papa, León X, que socedidáJs- 
lio líenla silla de san Pedro y en el espirítagne^ 
rero, sintió extremamente la reintegración delds- 
quB Maximiliano, y en particular de las ciodadee 
de Parma y Plasencia, que deseaba agregar si pa- 
trimonio de la Iglesia ; y bajo el pretexto ds que 
•a le había deapojado violentamente de eriat bie- 
nes en la sede vacante, empleó las armas esijir^- 
lea délas censuraa eontraHKximiliano SfDr«ih4"* 



. Cooglc 



JUICIO IMPABCUL SOBBE 
por el estado dé loa cosu y predominio de U cniia 
Tino por fin á ceder, aunque bajo viriaa protestas. 
Deapuea, con U entrada de Francisco I, rey de 
Francia, en la Italia, mndó todo de semblante: 
Hazimiiiano ee retiró A Franciit, y León Xcedió al 
nj Crístianlaimo formalmente siu derechoa ypre- 
teniíonea á las ciudades de Parma y Plaaencia. 
Abindonada por loe franceses la Italia despuea de 
la batalla de Pavía, ganada por los espa&oles, »e 
puso fin á la guerra. El rey Franoiaco, en la oapi- 
lolacioD qne hizo con Carlos V para recobrar ña 
libertad, por el oapftnlo l hiio ezpreea cesión de 
todos los derechos qne podía tener al estado deHi- 
lan, y especialmente d loe que le pndieaen pertene- 
cer por la cesión qne habia hecho en au favor 
l«on X, ai alg;nno tenía áaqnel territorio ysnsde- 

Por maerte de León Z entró en la cátedra de snn 
Pedro el pontiGce Adriano VI, y en su tiempo fué 
rertitnido al dacado de Milán tranquilamente Fran- 
cisco Sforcis, que el 1530 obturo la investidnra del 
¡«aor emperador y rey Carlos V, gobemmdo paci- 
Eeunente hasta el aDo de 1635, que muriú sin suce- 
■ioD, y nombró llanamente por su heredero y su- 
cesor en los estados de Milán y en todas sus depen- 
dencias y pertenencias al mismo sefior rey y em- 
perador don Carlos, que con las armas y tesoros de 
EapaSahabia reintegrado i la casa Sforcia, con- 
BiBtiéEdolo el rey Cristianísimo por dicha capitu- 
lación, y el papa Adriano. 

E) ieOor Emperador y Bey, por su diploma, dado 
en Bnieélas, á 11 de Octubre de 1540, invistió al se- 
fior Felipe II, sn hijo, en los estados de Milán y 
ros dependencias, que se contínnó sin interrupción 
«n todos los reyes de Espafla, hasta el aeDor Fe- 
lipe V. 

Al tiempo qne obtuvo el seDor rey don Felipe IT 
la investidura del ducado de Hilan , Paulo III pro- 
curaba adelantar los intereses de lafamilia Fame- 
se, y por medio de la permuta de otros estados ad- 
quiríA al daque Pedro Luía la soberanía de Panna 
j Plasencia. 

Huerto este príncipe en las discordias intestinas 
qne turbaron á aquellos pueblos, i^cionados en 
extremo al gobierno milanés, el duque Octavio, su 
Ujo, obtuvo del sefior Felipe II, qne habia sido 
reconocido pací6ca y generalmente soberano de 
Milán en 1651, la infeudacion de Plaaencia, su ter- 
ritorio y parte del Parmesano, bajo el derecbo de 
reversión ¿ la carona de Espafia en defecto de au- 
Msion masculina, y con la condición de mantener 
tu el castillo guarnición espaOola; y accediendo á 
wtas capitulaciones el consentimiento deJulio III, 
«taedó el Duque en la quieta posesión de aquellos 
estados. 

Desde aquel tiempo se h* continnodo en la fa- 
milia Farneee, sin más novedad qne haber mejora- 
da «1 feudo la liberalidad del seQor Cirios II , que 



EL MONITORIO DE ROMA. 89 

la relevó de la obligación del juramento del costo- 
llano de Plasencia, y la hizo graciosa donación de 
varíoa pueblos de las jurisdiciones de Lodi y de 
Casal. Y las novedades que posteriormente han 
ocurrido sobre la sucesión en estos estados son 
muy recientes y uotoriaa para qne nos ocnpemoa 
en au relación. 

La serie de estos hechos conviene en la sustancia 
con el extracto circunstanciado que hace un gran 
político de los historiadores fidedignos que cite (1), 
y no discrepa más que en la conciBiqn de las rela- 
ciones justificadas qne nos dan los autores espafio- 
les que han escrito particularmente del aaunto(2}; 
y cualquiera advertirá por sola su inspección qne 
es muy estéril para fundar las pretensiones de la 
corte de Romo. 

Para no detenemos en inútiles contestaciones, la 
prueba mejor que puede ofrecerse es el manifiesto 
qne publicó la curia romana en apoyo i^c 'oo p>a- 
tendidos derechos (9). El autor, entre ana oscura i 
indigesta implezion de especies , de qne no es fácil 
alcanzar la conducencia que puedan tener al aaon- 
to, reduce todas sus fuerzas á persuadir en los pa- 
pas el dominio alto y feudal de aquellos estados, 
por la rason de la transeúnte ocupación bélica de 
Julio II, y poeteriores actos, que llama posesorios. 

EIs verdad (como pondera grandemente el autor 
del Manifiesto) que la guerra es uno de los medios 
de adquirir los reinos y los imperios. No tuvo otros 
titnlos Romaparasusconquistas,ni ios godos pera 
sujetar á la dominadora dol universo; y puede ser 
que en el tiempo de los primeros mortales , en que, 
por la limitación de sus deseos, eran ocioaoa las le- 
gislaciones, los premios y los penas, algunas domi- 
naciones y potestades debiesen su principio á 1» 
fuerza y la ambición (4). 

Oreemos mis noble, justo y paciGco e) primiti- 
vo origen de los imperios; na obstante, sentamos 
desde luego que la guerra justa y solemne es uno 
de los medios de adquirir la suprema potestad ; pero, 
como la corte de Boma no ha justificado hasta aho- 
ra el justo y legitimo motivo de la ocapacion de 
aquellos estados que hicieron los armas de Julio II; 
mientras no nos altimbre con este reqitieito, no la 
podremos distinguir de aquellas violentas y codi- 
ciosas ocupaciones que llama san Agnstin grandes 
latrocinios (5). 

(II noBtMl, Ui IjtlertU prnm tu fuiMitea ic FEutf*, 
tlb. i.chip. ii.i.Ti. 

(!) B. iDin lie LiKni», Camffiíe Ifltleritl, ti n eo D. Hlfnel 
Entenia Mutoi , Cltri» ii ít Hulla , na, iii, cestb. i, tena.i. 

lS| Hitietor ipgil Rnouel, nbl inpra. 

(i Tieil.,lib. III, Jm*J., cip. ivi. VctBilissIsii nnrbilnm. Dal- 
la idmc mil) llblillae, ilne |irobr.> sf riere, roiiae tine pcrní, 
>Bl Ulírclltoitiba) iiitb'nl ; iiri|<ie píxniiii opps emi, fdri bniii'S- 
lal t*i|ite lifeBio prlerniliir, el ybi libil contra norrin rnfeirut, 
nihll per meMni leldbiiiiDr. Al posiiimín eiuii qulil». el ptu nm- 
lesUi , te padorc inbíliv, rl vli Ini IJeluí, provcncre dumiiijiio- 
1», nal Ib q<i« >pad potiDluí clrrnam minsere. 

(B) D. ADgnitia., lib. ii, Da CaUtii ¡iti, up. ii. In One: Infere 
bella InlUmii, et lade In t«ler> precedare, u popalot iiU eaa 



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100 



GL OONDB DE FLOltIDA BLANCA. 



El recnTBo & que aqaellos eatadoa fnerou parte 
de] Biarcado , se contradice sbiertanieute por todoa 
lofl Butorea qoe han e»crito aobre esta materí» (1). 
'En el citado manifieato no ae toma en boca, j el 
pretexto de que hemos viato que m sirvió Julio II 
para su ocupación tiene mnjrpoca consonancia con 
ceta penaamiento. 

Paera de eatas considorac iones, la declamada 
ocupación, que dnró súlo cuatro aDoa, es demaaia- 
dameote momentánea j pasajera para constituir 
nn derecho legítimo, j mucho menos fui capaz de 
hacer que el coneentimieuto del paeblo convirtiese 
la invasión en poaeeion legítima, conforme á la 
Bentencla de algunos publicistas, aunque menos fa- 
vorecida (2). 

La posesión, que también alega la curte de Roma, 
M de la misma naturaleza ; y lejos de ser continua- 
da sin reclamación ni el menor acto perturbativo 
por otra puiDu^;», aomn «n requiere par» oonrti- 
tair nu titulo y adquisición legítima de aquella so- 
beranía, dando lugar á que el duefio 6 el pueblo 
pierda la esperanza de recuperar an antiguo esta- 
do (3), la vemos interrumpida en an mismo prin- 
cipio por las armas espafiolas en la mayor parte, 
en an progreso con tantea actos en que han ejer- 
citado nueatroB monarcas el dominio feudal, conce- 
diendo las investiduras á los duquea de Panna, y 
61^ todoB tiempos contradicha y reclamada por par- 
te del imperio. 

Mejor aemblante ofrecía el derecho déla corona 
de Espafia, que promueven nuestros autores (4), 

niDlesloi , loli regnl eopldiliU umlBrírs , ctiakders, qildillai 
qiam innde liiraclilini. saniliiindnia en. 

(IJ Videndi ipod RaaiiM, ubi loprl. 

(1) HarDlni, De CitUtu, llb. u, op, n, 1 3, noH. 7. Inpcrinm, 
qaod iDiaiar tccepu coniensii popnll , saa ■rlpnli papólo, ud a 
Dm in popolnm «cceplt: qood tX mtiUcndDH roistDes, eijaa 
Indalin hibei r«ddcr< tenarctar. 

(3) CroUm, ILb. m, e*p. ti, i 1, ono. S. 

W Latuii et Mnflu, sbt inprl. 



ademai del titulo hereditario qae concede el testa- 
mento del duque Francisco Sforcia, qne hace efec- 
tiva la natural ¿ independicnt« soberanía de aque- 
llos estados en la primitiva adquisición de loi 
Sforciaa. Si los papas hubiesen tenido el derecha 
habitual é incontestable, que se han procurado 
atribnir, no tiene duda que se habria transferido 
¿ naestroi reyes por la cesión de León S ¿ los r»- 
yes Cristianísimos, y la que hizo Francisco I al em- 
perador Carlos V, rey de Espnfia, de qne no puede 
dudarse. 

A este fin haríamos con gusto alguna estancis, 
si no fuera del todo ociosa. La causa esti boy de- 
cidida i favor de la soberanía independiente d« 
Panna. Por el capitulo i, articulo v del trataioái 
Lóndm de 1718, llamado déla Cttádruple áümií, 
se califica que al Papa ninguna intervención h 
di6 en el arreglo sobre la suceeton de Parma j Pla- 
aencia; antes se estableció entre los altos contri- 
tantea lo qne pareció entonces conveniente. Des- 
pués, por el tratado de Aquisgrán de 1748, que 
concilló 'á las cortea de Madrid y Viena, se radíoi 
como un fruto de la paz el dominio supremo en la 
casa real de Parma, con un reconocimiento gene- 
ral de toda la Europa, que Roma no puede dudar 
sin contradecirse. De aquí es que el procedimien- 
to de la curia romana no puede disculparse con 
sus frias protestas; porque, aunque con los armai 
en la mano se olviden á reces entre loa principM 
soberanos las convenciones más solemnes, en d Ín- 
terin ninguno niega la autoridad á los tratados, qw, 
por el consentimiento de las nociones, son sin duda 
las leyea pábliaas de la sociedad general , qns de- 
ban obligar á todas las potencias políticas que la 
forman (6). 



SECCIÓN TERCERA. 



tn qiwrom altero edito Pantue die ítt Octobris anm 1764 sub gravibus pcenis proAtóeÉoíur : tií <¡ua 
cujusatmque status, gradús, et eondüimis aliquem fundum, census, loca monfium, bona. tm 
immobilia eum mobilia, peeuniam, jura, et acliones i» Ecclesiat, coetus eeclesiastioos, oliaque 
¡ocapia, gtuE nomine di mari-hohtk nuncupantur, etc. 



51. 
Por nn efecto de aquel espíritu qne ha introdn- 
oldo las facciones en el ptJs de las tetraa, se ha 
querido hacer ahora nn problema de las facultades 
de los soberanos para el establecimiento de la ley 
^ue prohiba la traslación de los bienes raices á loa 



iglesias, monasterios y demás lugares píos; qniero 
decir, en estos cnerpos eternos de lá sociedad ci- 
vil , conocidos comunmente con el nombre de nm- 
noinuieríat. 

No obstante qne el pacto social, en coalquier* 
sistema de gobierno, ha reservado al arbitrio del 
que ejercita la soberanía el juicio de la necesidad, 

L,,: I,.. ..Google 



jrnCIO fflPARCIAL SOBRB 
utilidad y cosveníencU de los eetabtecimieiitM quo 
K dirigen i la felicidad pública j equilibrio de las 
poMeionM de todas Us claaea de oiudodaDoa , ha 
lajaido al ozámen y á la controversia la curta ro- 
muía un punto en qae parece ja temeridad j ea- 
críl^io político anscitar cuestiones, cuando el ma- 
yor escrúpulo debe estar en tolerar unas adquiei- 
ciones indefinidas, que destrnj&D el patrimonio y 
Nrtanci» de los seculares , y que al mismo tiempo 
ntffren la autoridad y el erario del Soberano. 

En 17&1, el seflor infante don Felipe promulgó 
en Ptnna esta ley prohibitiva de las desmedidas 
adquisiciones de los exentos, impelido de la nece- 
ódsd que manifiesta la entrada de su edicto con 
etti expresión: aEzigiendo el bien público que se 
punga remedio ¿ la ilimitada afluencia de bienes 
que adquieren las manos muertas, las cuales, parti- 
ralaniient« de un siglo ¿ esta parte, se han hecho 
dadas de una prodigiosa cantidad de los mejores 
y mis fértiles terrenos de estos estados , ademM de 
iqneUos que en cantidad increíble estaban dispoea- 
lot i deferirse por las disposiciones ya hechas y 
pendientes á su favor ■ después de un maduro eiá- 
mui sobre on objeto en que tanto se interesa el 
bien público, hemos determinado n, etc. (1). 

8i la curia romana reconociese al soltor Infante 
It Miberaofa de aquellos estados, ciertamente que 
no hibia menester el edicto otra justificación ; por- 
que la suma potestad civil formalisimamente no 
coDsiite en otra cosa que en ordenar y dirigir las 
sccionea de los subditos á la utilidad pública. Este 
« su fin f ésta es su definición (2). 

Todas las obligaciones de los rejes en la legisla- 
doD,en la conservación de las costumbres 6 los 
fueros , en la elección de los magistrados , en la paz, 
en la guerra y en el comercio , que explican los pu- 
blicistas (3), vienen á cifrarse en el cuidado de mi- 
nr en todas sus acciones por el cuerpo de la repú- 
blica en comun, para evitar qne cuando promue- 
ven nna parte, las otras queden desatendidas (4). 

El conocimiento del estado de la salud pública 
tes M privativo á los soberanos, con el consejo de 
los tribunales é independcocia de los subditos y 
de toda ajen» y extraDa voluntad (5), Y si se hu- 

(IjBxc lie hibernar «psd D. CaiB¡i<iatíit%, Tnel.it la Btt'l>' 
IclBfrrUicúii, cap. i', asm. g, luli Itllera ;. 

tS D. liam.. Di Regimhu Prtocf^,, cip. ii. RcfiDiiiiDn sit 
nw Httm, tti rri propter reinsm ; qati id b«« Deai protl- 
itlie re|ibiu,Dl retniíni rfgiDlitqao suberaenl, ti anDmqien- 
1M ii im Jire Eonterieat; el hlc rilUnii regimLiila¡ ble Dnlin- 
lii at, it reglBCD piotprreier, el bominei cunsenrentar per re- 
tes, el haicbíbei eammnDB boanii eiiJDslIbel prlneipiui per- 
liiipulgecB dilles boniuiti ; el eieai Deni , cnjai linate princl- 
rntaperael, doi reiil, el jubernat propter eoslnm Mlateni; lU 
ti ni», •) ilil reroD donlnl ficere dcbenl. 

¡h PalItiH., De Jar. ntl., lib. irii, up. ii. 

[ti Clcer., Ilb. i , Ofíltí^r. Qal relpobiicx pra-frclnrí IDnl, dno 
nilialiprzuptaleiioDl, utquidqald epatad eim rererael, abli- 
licoBBOdotamiEoreiB; atlerem, ni (olum eorpns reipebllM te- 
iBt; u dam pirlem tllqnam tuenlnr, reliquaa deaennl. 

mTeKH. apnd Tacita*, llb.TiidiM(.,Mp.«iii,S.non«il 



EL MONITOBIO DE BOMA. 101 

biese de juzgar por alguna otra potestad civil ¿ es- 
piritual de la justicia de las causas que mueven 
BUS resoluciones, vendrían á ejercer los príncipes 
seculares la magistratura inferior , y la curia roma- 
na la suprema potestad civil, & titulo de- tener in- 
terés directo ó indirecto los eolesiiaticos 6 manos 
muertas. 

Si el miniaterío de la soberanía no admite tal 
asociación sin ser destruido, ¿eúmo se podrá dis- 
putar al que está revestido de este supremo carác- 
ter la autoridad en un establecimiento á que le fuer- 
za el remedio de un dallo público que experimenta 
en sus dominios? 

En Boma debs ignorarse la situación que tienen 
las cosas en Parma , y ¿ su soberano incumbe so- 
lamente el cuidado de remediar loa daOos públicos, 
como que los conoce. 

n man , pálreBiqte ferct; 



No obstante, á petar de todo, la curia de Boma, 
sin negar la certeza del motivo, impugna el eeta- 
bleoiraiento de esta ley, y por desgracia no falta- 
rá alguno qne disculpe su procedimiento, valién- 
dose de la controversia que la pretendida inmuni- 
dad de los eclesiásticos opone & los príncipes. 

A nosotros no nos es dable entrar de intento en 
una cuestión que es dilatada. Por otro lado , al pú' 
blico espaQol nada se le puede decir de nnev' 
ella; en un solo libro (6) que tiene entre las 
nos, ha visto casi todo lo que se ha escrito antigua 
y modernamente en esta matería en todos loa paf' 
sea. Bl ilustrísimo autor, no contento con haber 
cordado nuestras leyes primitivas, los que hoy dia 
nos gobiernan, las costumbres generales de la 
cion en todas edades, el fuero viejo y general de 
Castilla, las leyes de Valencia y Mallorca, los par- 
ticulares fueros de Sepúlveda, Cuenca, Cáceres, 
Córdoba, Sevilla, Toledo, población de Oranada 
y las curtes generales de Nájera y Benavente; 
psaa á loe reinos eitraños, refiere sus leyes y estatu- 
tos ; ai mismo fin examina con juiciosa crítica lae 
opinionea de los autores y sus fundamentos , y de 
todo hace ver al que no esté dominado de pasión 
que nada puede haber más digno de un monarca 
que se desvela por la felicidad do sus vaaallos, que 
el establecimiento de una ley que impida el insen- 
sible desaguadero que agota loe haciendas y pa- 
trimonios legos, que han de servir en el cuerpo de 
loa seglares para la conservación del público. 



aaiunm vttlinire ipirin lapra csleret, el qoibee de ctnils eilol- 
laa: Ubi eBDHnoai renm Jadlclom dil dedere, aobia obieqnH 
(loria relicta est 

ífi) TrtUiB de ¡m ¡tígaH» ie ArntrÜnKlM M ilBtttítimo ttUr 
D. Pedro Rodrjfnet Campomieei, lieal del CeaieJoT Cámara ¡ 



tBprssaeDl7es,atrdl. 



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EL CONDE DE PLORIDABLATTCA. 



No Búlo estó demostrada en «ata eniditisimí 
obra la armonía que tiene con todos derechos U 
ley de ímortizocion, eino que, por lo que hace á 
nuestra Espada , convence qno no se trata ni pnede 
ser el asunto que ocupa el celo de nuestros raagis- 
tradoa, más que sobre dar íigor y observancia d 
las leyesse que han propuesto, siglos há,t»n salu- 
dable fin. 

De esta clase fué la diatribacion de la famosa 
ley 8.', titulo I del f^iero Viejo: íEI departimiento 
que ye foche de las tierras é de los monte* entre 
los godos i loe romanos, en ninguna manera non 
debe seer quebrantado, pues que podier ser proba- 
do; nin los romanos non deben tomar nin deman- 
dar nada de las duas partes de loa godos, nin los 
godos de la tercia de los romanos, senon cuanto 
les nos dieñtoB, é los departimientoa qnc fecieren 
los padres, sos filloa nen so linaje non lo deben 
quebrantar.! 

En esta constitución , los fundadores de ia mo- 
narquía espafiola, ajustándose en parte al regla- 
mento con que puso el mismo Dios al pueblo esoo- 
gido en posesión de la tierra de la abundancia que 
le habia seflalado (I), aaegoraron un orden cierto 
y permanente de las posesiones particulares en la 
república, que ha sido el objeto de todos los políti- 
cos para evitar los dahos imponderables que causa 
el amontonamiento de las riqnezas en una clase 
privilegiada (2). 

Pero DO nos detengamos en las reflexiones que 
nos ofrecía la amenísima emdicion de este trata- 
do ; reservemos i aus lectores este g^to , insinuan- 
do con la brevedad posible las leyes modernas que 
pmeban el uso de la regalía de amortización en 
Castilla. 

Es terminante la ley 231 del Eitilo, cuyo con- 
texto damos abajo (3) , que prohibe i los eclesiás- 
ticos adquirir de los pecheros 6 de loa hijosdalgo 
que viviaa en behetría, que por esta razón no se 
distinguían de aquellos, sin licencia del Rey; per- 
mitiéndoles idamente á los hijosdalgo, porque en 
manos de éstos en aquellos tiempos eran las here- 
dades exentas, redncíéndoae sos contribuciones á 
seguir el pendón real á su costa en la guerra, que 
por BU frecuencia y continnacion era una carga 



ID D. SbuBs-, )lb. I 



I. Tiu , Da Prim*it»U», i 



(3) •Olroil, íMde 4>e fif ordegido nlit Ciirtci, qns raerwi 
tebiiCB C>[Ü11i en Hitm:é Dlroil,qaera»ronfec<iiicniler- 
T* d« L«on BD BatinU, íaé tiUbKciiia bb lu Cdn«a M Bef 4« 
Le4B , qns re>leii(<i no piM 1 ibidenio ; pero los bijoidilio, la 
qnc obtejío «a sni ilemí , * lo que no fuese reilengo, qne foe- 
u miD, fui eiUtilKido qs« lo padlteen lender i lia drieies é il 
tiiiaga, miiier Ui úrdeuei na bi;in prlill«ilo, qns poedin 
cani|ii*r, dqneleipnedi ler d>da;mii DÍBiDUoolro qseaoiei 
hiJodiliA, it qnf lei i BJadalgo lo qne Dbler* en el retleiga. no 
lo pnedi Tender! ikgdenia, bí eampnrlo el ab>den|o,ulvoil 
DO obieie elabadenio, qne lopaeda conpnr,<t que leiF«edt 
■er dido; j elle pr[>l1e|ia qne §tt canlnudo deipnu díloi 
OLHM k;». > Uj m del £ftU>, 



qne aun no se compensaba realmente con aquelli 
franqueza. 

No pretendemos persuadir en las leyes del Ertib 
más autoridad que la de un derecho consuetudiní- 
rio, que en la opinión común, cuando está en vigor, 
por ir siempre acompaBado de la autoridad del 
prfncipe y de la aprobación y consentimiento del 
pueblo, es eficacísimo (4) ; y habiendo sido en Es- 
paDa general esta costumbre, en su restableci- 
miento no Be puede recelar inconveniente algnno. 

La ley 55, título ti de la partid» i es decisÍTa 
para el asunto con efltsa palabras ; % Mas si por 
aventura la Eglesia comprase algunas beredadeií 
ge las diesen homes que fuesen pecheros al Bcv, 
tenudoB Bon los clérigos de le facer aquellos pechiis 
é aquellos derechos que habían á complir por ellM 
aquellos de quien las hubieron ; en esta maner» 
puede dar cada uno de lo suyo á la Eglesia cumto 
quisiere, salvo si el Rey lo hobicse defendido por 
BUB privilegios 6 sus cartas.» 

Esta facultad de prohibir inn lai enajcDscicirM 
qne se hacían A la Iglesia por cualquier títalo, no 
obstante de ser con ia condición de sufrir laa mi«- 
mas cargas reales y personales al tiempo dslu 
enajenaciones , es formalls ¡mam ente la rtgaiíaii 
amortüacion. Y aunque el aeEior Gregorio Lopeí, 
en la misma ley, entiende la prohibición de Ibb do- 
naciones que el Rey hiciese, ya se conocaqnese 
resiste este pensamiento al contexto literal de la 
ley, y qne sin ofensa de la inmunidad eclesí^ci, 
puede el Rey impedir la traslación de los bienes 
existentes en manos de legos á las manos maota)- 

Por fin , ¿ qué otra cosa es qne si efecto ds nnt 
rigorosa regalía de amortización, lo dispuesto «d el 
auto acordado del Consejo, 3.*, titulo z del libro v, 
qne dispone, para evitar las seducciones qus luti- 
mosamente se han experimeatado oon algunos bcIí- 
siáaticos, que no tengan valor ni efecto algono lu 
mandas y legados que se hicieren en las Ütimsi 
enfermedades á favor de los confesores de losmo- 
ribundos, 6 de ana comunidades y religionMiifi"" 
ren regulares? Si esto es aaf, si por nn moti™ 
justo se priva á estos determinados eclesHslico* 
de la adquisición efectiva en este caso , y la iomn- 
nidad eclesiástica lo oye y lo ve observar sin '"' 
quietud ni alteración, ¿por qué se ha de ofender 
tan lamentablemente de nna ley que, según ta ee- 
piritu, no les prohibe abeolntament* la adqnieíííon, 
y Búlo se encamina á mantener el buen <Srdea da la 
sociedad? 

ÍD Pelrní Snrd., eonili. TS, llil ; Conineindinem, nao ho"'"" 
Inienioia , led tim, el lemporli imlllim, eeie non eireptuí"" 
UiidLoe, lerrore. el sieln, sed ei Tolsourio (onwMn ""i ■"■" 
promlicnim piuliUn prodnH», aune In diei nllllali» nU'"'* 
perU. ¡Umlreí . Di t«#. rifta, | IB, Bom. 6. Coiiseniin» pni 
faenini in laMdo qním lejei, Ideoqn» ii prtneipn P»'*"' ,," 
innl, Bl dlubil Bildaí, nec perllnentad lefem «•"■■': V 
|i'i K«plro, iBperlaqne letnitioreí eiiiioni. Uf. ». " 
lit. iBTeler»» coBsielnda pr« le|« bou ÍDUnotilí (M»""'' " 
bee tac Ju, ^lod dldtu aoiibu totaHidUM- 



JDiaO IMPARCIAL SOBRE 
AdetDH de eflta obra, en que al público aftd& le 
qnedA que desear, acaba de recibir del eeSor don 
joMfHofiino, fiscal del Consejo por lo crlmÍDal, 
un respuesta qne basta para desengAÜsr i loa más 
pT«ocapados en esta materia, y que ee digna de la 
niblime literatura qne todos le conocemos (I). 

A eeU docto ministro no lo pareci<i ya necesario 
futMT tiempo en fundar la potestad de loa prfnci- j 
peí para el establecimiento de este género de le- 
jei. Tenis á an vista Is obra del ilnEtrfsimo seSor 
Campománes , qne desempaña este punto con tanta 
felicidad ; Babia que al Consejo, en el examen del 
eipediwite que aun pende sobra este asunto, ni si- 
quiera se le ofreció duda acerca de! poder del so- 
iertDo; Bolamente, según nos testifica el MDor 
Hotlino, consistid el reparo que tuvo el pmdentbi- 
DO jaicio del tribunal sapremo de la nación, en 
eufflinar los medios de contener el daüo de tas ad- 
qiiisicioneB indefinidas. 

A la verdad^ Hería enormísima la imperfección de 
Is potestad le^slatira, si no se hubiese de «jerci- 
tir «Q las leyee preservativos de los dafios posibles 
contra el equilibrio de las adquisiciones, y hubiese 
ís tener la triste paciencia de experimentar el ex- 
tnmodelos abusos y de los da&os, antes de pro- 
nalgar la ley qne los remedie. 

?nngue ente seBor Fiscal , después de otras ob- 
temciones iguales á la antecedente, y dichoaa- 
míDt* descubre por testimonios irrefragables U 
«Otigfledad q^ue tienen los clamores del público, 
peí ver pasar incesantemente A las iglesias y á los 
monaateiios las heredades más fractiferos del rei- 
ni, tiendo !»« mejores testigos que produce en esta 
cuiu, los textos canónicos (2) y los mismos ecle- 
tifaticos, qne en sus más solemnes funcionessehan 
quejado reciamente de la diminución que padecen 
nu rentas decimales, por la continua transmigra- 
ción de las poseaiones A las manos mnertas privi- 
legiadas. 

A vista de loa ¡Instrnciones qne logra el público 
icercade la materia de la amoríixaeion, seria muy 
temeraria la presunción de adelantarlas. Pero no 
podremos dejar al lector sobre este asunto, sin de- 
ciiona palabra sobra la libertad eclesiástica, que 
tuto ha embarazado el pnnto. 

Los autores que han tenido el valor de desem- 
balar este fantasma, no han hallado otra cosa que 
una arauzon de vagas (t infundadas declamacio- 
>M, encaminadas A ocultar los tristes efectos del 
í»ío y Boscitar vanoa temores para impedir el re- 
medio. A la verdad, la e^iritualidad del clericato 
pertenece á otra sociedad muy diferente de la ci- 



>» VMnt, pl|. 103, niin. GSl. 

niCtp. SiI/mm», iKSídii. vaielireprcKtbcloi deliDl- 
lUulai (utnl del reino de VS de Febrero de ll66, eolocadi iii 
dmu t, HDD. t9B. plK,SSlllg.d«llí(il>«neIMO*lf|ii>^ 
IWi, ilpuL nnn. 81, ^. S7. 



EL MONITORIO DE ROMA. IOS 

vil; mas en los asuntos temporales de adquirir, 
como miembros de la república, ninguna inmuni- 
dad ni franqueas 6 diferencia les puede comunicar 
su alto ministerio. 

Fuera de las pruebas qne ofrece el proemio de 
nuestro discurso, y oon que hemos visto que el de- 
techo divino tes ha impuesto en el cuerpo político 
de la república, páralos asuntos temporales, la 
misma indisoluble sujeción qne á los demás ciuda- 
danos, en adelante vendrA aún ocasión de confir- 
mar esta verdad por distinto capítulo. En el ínte- 
rin, para satisfacer & los que, faltos de instrucción, 
quieran censurar el dictamen de que les publique- 
mos subditos da las potestades supremas A los que 
gozan el sublime carácter del sacerdocio, produci- 
remos el notable testimonio de nn tan gran prela- 
do cual fué san Juan Crisdstomo, qne nos ha pre- 
cedido BU el intento (3). 

SI dominio de los particulares se debe templar 
al tono que quiera darle el arbitrio del Soberano, 
y esencialmente no pide otro ejercicio que el de 
las acciones qne el legislador le permita. La roEOn 
BB, porque como la naturaleza no ha conocido otras 
adquisiciones que la sobria pcsesion de un fruto 
que baste A satisfacer al apetito y á la pensión de 
la vida, y como el derecho divino prescinde ente- 
ramente de estoE afanes del mundo, sólo al dere- 
cho civil y al legislador toca reglar este punto pu- 
ramente temporal y profano, y limitar 6 ampliar 
los medios de adquirir como viere que conviene 
más á la salnd y felicidad pública (4). 

De aqui se infiere que la prohibición da enaje- 
nar en manos muertas, mientras no intervenga la 
licencia real, es una limitación del dominio priva- 
do, que se hace sin la menor injuria, y en la misma 
oonformidad qne las leyes han coartado laa dispo- 
siciones testamentarias, las donaciones, los contra- 
tos, y otros octoB en que se ejercita el dominio par- 
ticular, y en que vemos por la historia de la legis- 
lación las mndansas qne inevitablemente ha intro- 
ducido la instabilidad de las cosas. 



§11. 

Respecto de los eclesiásticos, es todavía más ino- 
cente la ley de amortización. Sólo lea puede privar 
de la libertad de adquirir bienes superfinos, que no 
han menester sino para el cuidado y para el dis- 
traimiento qne es forzoso para sn ci 



(3) 111 Inpentor omilbiii, el ucerdetlbis, el ■enieliii nal m- 

llil uccBliribiii, Id qaad lUlliB In Ipio eiordlo declinl can di- 
cil: Oiuii alna pDteiWiMí iwfiratiiuitlilrunUils ill, elliia 
il iposlolns, si eTiPiellsU, if praplicu, s\n qiliqDli lindcm fse- 
ril; neqse ealiB pletale> *iibiettll lu labjecllo. D, Ch^aoil., In 
EpUI. D. Pnl. *i BiHB., bDDll 13, up. [, plg. 40S; lom. ii, edil. 
Roboretens-, nfll. 

lil Pnfrenil., Dt 3w. ti., e. t, j 3, Uarntas, BeCMI., Ilb. »ii, 
etp.ii,l»,naii.B«iB. 



Cooglc 



lOi 



EL CONDE DE FLOBIDABLAMCA. 



otra conformidad siempre loa qneda una puerta 
muy franca para las adqnisioionea, hasta el punto 
feliz de no tener de nada necesidad, partiaalaT- 
mente en nn reino donde es tan atenta y generosa 
la piedad, y que gobierna nn aoberano que rennc 
en su amor y estimación ¿ los eclesiásticos, toda la 
virtud, con que sus gloriosos predecesores convir- 
tieron en erigir iglesias y monasterios casi todo el 
fruto de sus largas y penosas conquistas, y nos- 
otros no alcanzamos ¿ distinguir una ley de esta 
naturaleza, de las instmociones que dejd el legis- 
lador divino al clero para su porte en este mundo. 
Estas liberalidades de nuestros antiguos monar- 
cas nos hacen acordar la prodigiosa diferencia que 
tiene la conducta exterior del clero secular y regu- 
lar de aquellos tiempos á la de los nuestros. Ocu- 
pados entúcces casi todos los espa&oles en una 
guerra continuada, que ya era bu oficio universal, 
el uso de la ^pada dejaba pocas manos libres para 
ol arado, y quizi era más que una sabia política 
agregar territorios y conceder montes y yermos i 
los pacíficos eclosiásticos. Según la historia, cuan- 
do más relucen estas donaciones en un corto nú- 
mero de habitadores, consistían loe estados que 
fueron en adelante reinos de Costilla y de Leen. 
Las úrdenos religiosas que se conocían, eran agri- 
cnltoras por su instituto, que, después de encomen- 
dar áDios en el coro el prospero sucoso de las hues- 
tes católicas, se retiraban al campo á proveerlas do 
Bubsistenciae. El clero socolar, 6 seguía los pendo- 
nes , 6 no desdeOaba el honesto ejercicio de la la- 
branza (1). tTno y otro contríbnia al Bey por va- 
rios títulos, y sus riquezas venían á ser el único 
fondo del Estado de que depeodia su mannten- 
cíoq; y en tales circunstancias, y oon las mismas 
condiciones, por necesidad 6 por conveniencia, á 
ninguno de los seglares se les ofrecerá reparo en 
entregar á los clérigos sus posesiones. 



(1) SI M iHli uiii aUadoD lii coDiUlsdaDei d« [ii drdeiM 
■oBitiIcs. rccogidis poT lAtn Uotilcnlo a el Codtz Refáltnm, 
H halLirl qas la labrania j los oDdoi enn la ocspiuon de lo* 
Bonjei; j lambleii ae hallar! cu la> 'icpoilcloiea muiliai, qoe 
egla labiama era dentro de lascerunlis del manailerlo; pera oo 
n innjas panlcDlarcí ei qae no bnblese ¿omunldidti rumiadas, 
por eiilat el IniMno j lllierliiia]e de TlTlendig pHiidi.', ^9t ex- 
pilca con eilai pillbni la lej 31, IIC. jn, pací. i-. •Cranjaat en- 
coBnlendaí llenen los rellflosoa de loi ndaaiierlot por nuidido 
deMamaioru; ílliiTece>bi;i)gaiiasdeelloi,qnepoieBn- 
Bo del diablo, tt [í alead olai , illciu bibet de liirenuada 
aqielloi logirs). é dMamparan loi monasterloa, i •■dad detolie- 
dleBlBi por el natia, t por lai cdrtet de lo* rejei, d en lií eatia 
da los dlroB unes bonndos ; i porfue sind B(1esl> enleodld de 
la naldad de eitos Uleí que podrí» naieer scanditos deqae Ter- 
gian maehoa rerroa, nro por bien sintaBilesla qne losobla- 
poi en cDTOt obispados andOTieien de eit> nauera, qae los iio»- 
nesiasen qne le toraasen Isni monasierloi; é aquel biber qge 
lea riUeaes, qae lo metlesea en prú de aquellos logares ocde lo 
loairDn, legui teileron por bien ins abadea d loa majorales qae 
T obieie. B si por so amoDesUmlenM bo lo qilileien facet, qae 
iDt obispoi los «iilaieD ) tas nnjonle», qse le« apremlaien de 
Bsser», porque obieaen de lomar 1 sis ctaoalras. B li estos na- 
lorales no lo) qolslesen spiemiai de esia forma, que los oblapoi 
ID» Tiedín de ollcio t de beneñclo tuii qne lomen 1 » drd«i. 



Cualquiera puede cotejar la diversa oonatitucíon 
de los tiempos en que vivimos. Ni el clero vi i la 
guerra, ni es laborioso, ni las úrdcnes religiosu, 
aumentadas con tanto exceso, cultivan con su 
manos los campos contiguos á sus monasterios. 

Al contrario, los granjeros viven en poblada y 
se valen de seglares en cuanto lo pide su intuci; 
no contribuyen casi nada ¿ proporción de las car- 
gas que sufren los seglares, ni sobra otra cosail 
Estado que ciudadanos miserables por falta de pD' 
seer haciendas de raíz. Pues ¿qué razón hal»'& para 
que no se trate de conservar en sus manos Iss he- 
redades y posesiones donde se empleen, para que 
con BU falta no crezca la miseria ? A f e que las do- 
naciones de los reyes á los eclesiásticos se iban 
reduciendo i proporción qne se extendían Isa con- 
quistas y que el reino se engrandeció. Menos fre- 
cuentes y más moderados fueron los de los reyes 
de Castilla que las de los de León ; y ai se obserra 
con cuidado, se verá qne los adquisiciones de lu 
órdenes más modernas provienen en gran paite de 
la sospechoso generosidad de un moribundo paiti- 
cnlar, ó de lo prevención de uno fundadora pom 
instruida, de que pueden ser buen ejemplar loa re- 
giUare* de la Compañía. La ley dei Fawn Vi^oit 
Cíutilla impedia que los enfermos de graves do- 
lencias pudiesen hacer otras mandas que Iobdsm- 
sarios sufragios (2) , y i ella es alusiva la qae se 
ha establecido poco faá en Portugal. 

Cuando la ley de cuyo establecimiento setnts 
no fuera tan benigna pora con los eclesiásticos, j 
ton conforme al espíritu de sus funciones espiri- 
tuales, es conatonte que la libertad de adquirir que 
les puede corresponder en la pura representsciim 
de miembros 6 parte de la república, no es más qno 
una esperanza lúbrica y falas, y un derecho imper- 
fecto, fundado principalmente en la posivs apti- 
tud. Y á nadie le ha venido al peneaniisnto pwv 
en cuestión que el Soberano, sin causa ni motÍTO 
alguno, puede privar á stis subditos de esta cuto de 
derechos , ni de la de inhabilitarlos cuando le p*- 
rezca, sin Bombro de injtiriaé injnsticio (3), te- 
niendo en mira noda menos que la entera cooser- 
vocion del Estado. 

Semejantes derechos miran á una esperanza nw- 
ramente posible, que el Príncipe sin injuria de loi 
subditos puede frustrar y reservarse, en uso de as 
dominio universal y eminente. Por una rozón ge- 
nera del bien público, preferente á las consideía- 

m Las palabras del nure Vitjt j tl*r« di Fiulsi. aseada id 

eddlce antlpio, qse esUba en la librería de Penad Perat,ial«' 
desaires, jreeoBOCid Ambrosio de Xoralea, I ramuelEap.ii>< 
dicen aih'Eite ei fnen) de CaiUolla, qne alapa boas éai*u 
dedollenieteibeía-alado, nos poededarnli mandar BlBfiMtM 
dela*itfoiBladelqninu;aa*al>itiere<l« lo trajeres ei « 
rarle i cobmJo 6 i fserta de l^la, t son irejere IMa alsA "■ 
)o qae dijere.! 

(3} Cnüt%,DtJtreBtll.afte.,Uk.a,'*t-'^l^^'''^'' 
De Hrit. Utint. , Ub, n, «p, in, 1 1 



JUICIO raPARCIAL SOBHE 
eigoM d« «I libre dominio, está privada la adqaiii- 
don de los monteB, de las selvas , de laa Isgunu, de 
los inÍD«r«]es 7 de los tesoroa á los mismoa inven- 
tures (1). Y anoque comprenden á tos ocleBÍáaticos 
Mtaa prohibicionea, jamaa han dudado de su justi- 
cia, Di laa han creido contrarías ¿ la que llaman 
libertad ecteaiiatica, y lo mismo sucede en laa rea- 
tiicciimes de loa estancos. 

His cierta 7 de mejor naturaleza es la esperanza 
dfl adquirir por medio del uso de la caza 7 de ta 
pssca. A la verdad, el suceso no está pendiente del 
tfbitrio ajeno ; la propia industria basta para ha- 
certe efectivo 7 aeguro, 7 no obstante que aon tan- 
Kt los estatutos 7 las le7es que le prohiben en cÍor- 
mtíempos, 7 abaolatamente en muchos sitios (2), 
■in excepción de loa eclesiásticos, nunca se lea ba 
ofrecido que tales providencias peijudicsn i sus 
ininnDidados. 

S todos estos reglamentos, 7 los demás que li- 
mitan «1 dominio de los particulares del modo que 
hi parecido conveniente al legislador para oonse- 
goir la utilidad pública, único móvil de ana reso- 
Ineiones, loa mira con quietud ta exención de los 
dirigos,jqué razou puede tener para llevará mal 
Doa limitación más , igualmente potestativa en el 
SeUnnO] que súlo se distingue de las referidas en 
■nioajor benignidad 7 en uo ser absoluta prohibi- 
ción M derecho de adquirir? 

Coaodo interviene la utilidad común, como m- 
ceda en Parma,no puede el Príncipe omitir lale7 
de imortizacion aiu abandonar aa obligación na- 
tnral (3). A esta gran voz cesan loa privilegios más 
eliroi de loa eclesiásticos , según las confeaionea 
de Im mismas decretales ds Bonifacio VIII (4). 
Pero no es asta la razón que hace expedito en tal 
eaio este negocio , sino porqne entóaoes se verí- 
Gca el motivo que inseparablemente debe acompa- 
Asrá todas laa acciones de soberano, 7 logra el 
ia qne requiere la justicia de laa leyes (6). 

Sata es la mente del seflor presidente Covarrn- 
bisa 7 de don Fernando Meacbaca cuando para su 
josts promulgación exigen este requisito (6). A es- 
tos dos grandes hombres no les asustaba ta inmn- 



III D. Cenmb-, in Rii- Pecctttm, ttrt. a 
>., lib. 11 



» «UUUIU derellctlo 



lom. U. 

lamí Mt. Clcer., 



Ilj Ct^ gtn mimti, n, el cip. AéttriU, tu; Di ImmatiMeEe- 
dMr., la 6. 

n Ocec., llk. I, ¡>4hnntioM, IM: Ex netlclni sUaponelps- 
BninleUei, nlil 41104 idl toifarli etllltaum ipectal, qnovltm 
(Ju ora ttt ídsüuu : lic k Icfitm biI conieDll •rblirtrt, nlil 
Vti reipobllca cindncil praeclKi, qoenlam bJu uují lont 

WD. Csnmk., in Bclteüe». , af. Ptuiuar. it Reia¡. Jur., 
íl i, Hrt. 11, niiB. 8, len. 3. D. Fcrdls. Vi iqDci Henchí», De 
SKta. trail. , lib. m, | 21, noDi. 180, U>1 : luqne il Ulli lUiliil* 
luí ti UOH se onen irlbouinim , piH sqni) oleren liitoi, 
lifiiB trmUt esrtlB id ecdetlu, tul BcclnliiUeai penoeu 
CMltebul, tctIw el xqslu Mse ildeler, al nieiil; il modo 
tul 1 ui reeofioMe»" inperlcirea, ne Ecdeil» dlitiiir ran 
paitl lalMtiu. 



EL MONITORIO DB ROUA. 105 

nidad eclesiástica, que tenían bien entendida; sa- 
bían que la que merece atención 7 reverencia es 
de otro iSrden mu7 superior, 7 diferente de los asun- 
tos temporales, como explioó con toda claridad el 
doctor Navarro (7) , 7 sólo desearon la necesidad, 
como uno de tos constitutivos de la Ie7 justa, la 
cual se mide en cada caso para petmitir 6 contrade- 
cir las adquisiciones privilegiadas , según el estado 
de la mano muerta adquirente. De aquí es que la 
necesidad no es relativa á la totalidad 7 paralelo 
de las haciendas de seglares 7 manos muertas re- 
ducidas á una masa, sino de lo superfluo 6 suficien- 
te de la mano muerta para cerrar la puerta, si in- 
tentase adquirir, por faltarle cauaa justa, dala ver- 
dadera falta para abrirla misma puerta con justicia. 
Si no se distingue esto bien, podria caerse en error 
contra el bien público 7 eu un mal irremediable. 

De esta inteligencia es un fiador abonado el 
doctor Juan Gutiérrez, eclesiástico celoso con ex- ■ 
ceso del favor de los privilegios de su estado en 
punto á millones. Este escritor justiEca el fuero de 
Viscaya, que prohibe la traslación de los bitnet que 
llaman de raü en aquella tierra, á las manos muer- 
tas ; pues expresamente afirma que no se opone en 
modo alguno á la libertad eclesiástica, é invoca la 
respetable autoridad det soOor Covarrubías pata 
crédito de su proposición (8). 

La inmunidad eclesiástica, si no se distingue eu 
su origen, es oiertaments un nombre vano 7 des- 
tituido de sentido en la sociedad civil , se pone en 
medio con mucha impropiedad, de la cual ha na- 
cido sin duda la cuestión 7 la oscuridad en esta 
materia, no porque los eclesiásticos no tengan pri- 
vilegios en la república, sino porque se debe dis- 
cernir al privilegiado del privilegio. 8¡ se quiere 
entender rectamente so naturaleza, no se ha de to- 
mar la denominación de tas gracias del carácter 
del sujeto que las disfruta, sino de la mano qnelas 
dispensa, 7 siendo meras concesiones de los re7es 
todos las que gozan los eclesiásticos en el orden 
temporal, pide el agradecimiento 7 la propiedad 
que nombren á sus exenciones 7 tas agradezcan á 
nuestros augustos soberanos con el titulo de rtale*. 

No ignoramos la repugnancia del clero, y mucho 

<T) D. NtTtrr., Ib Mntul., up. iinr, nsn. 130, qniiU (íecli- 
niloj:Qnad>iainera, nlBesio lendil tai pnedli el, qilsoBtoa- 
fert Id commulii Ttclliilli, non »t ei se conln liberUlemot- 
closlisticam. £1 ilcU cap., Dum. 113. Unde non dLcItar quod tU- 
tsers H blcl caqdaot, aolliBi, leiTciidnl cleilclipiDcm ene 
conln Ubeitttem Bceicsia ¡ tfd qaod pnetuallar ast, qili per le 
non UD|lt KideíliaiqailciiiueilEccleiliiScdqualenDsetlcog- 
greEiUo boBlDum, Bi iBbl sUe, qiod eti liujnlire dlcinn Ci- 

iBj GnUerrel , lib. 111 ; Pneac, qixil. Ig, nnm. ^^l, Ibl : El «lo 
pro opio, DoclonB dictDliBm iilerelcKem, perquam loblbclnc, 
Be boDi Imnobilii Irmirennlur Id EccIesUm, aul la plan cib- 
■•D , doBi laD» sibuli allquod moUmni railDDiblls.propter 
quod hoe ila itiluanl ; qaam opiflioDfsi Icnseninl ordlml., doh. 
iU.dn-.itft^'UiHiMí, lAivl, col.U. U(. HUiu/'oaUüt. IT, 
DeLft; I, el ilil, deqB'bn«perD.ConnBb.,lnA(fs(.fMWM«r., 
S p., I i, iBD. tí. Ot rtftí. ¡tr,, ifl S. 



: Google 



IW 



EL CONDE DE FLORIDABLANCA. 



mía At tt corta Je Poma, para adoptar estas Tsr- 
dadaa ; ira interés es mu7 conocido para rendirse 
volnntariainente á este recoDOcimieoto ; pero ello 
es que lo asegura nnestra lejr de Partida en estoa 
térmfnoa (1): iFraDquezas muchas han los cléri- 
go! mis que otros hornea, también en las perso- 
nas como en sna cosas; éetaa las dieron los empe- 
radorea 6 los reyes , é los otros seQores de la tierra, 
por honra 6 rsTorencia A la aanta Egleeia, é es 
grande derecho que las hayan.i T lo mis conside- 
rable, qae si se niegan i recibirlos de la piedad de 
los principes, irremediablemente se deberían en tal 
caso considerar, en punto de privilegios tempora- 
les, como destituidos de ellos, porque ninguna po- 
testad espiritual ea competente para habilitarles. 
No hay otro distribuidor de las gracias oítíIm 
qae la mano poderosa j benéfica del Soberano. Loe 
cánones que se bao hecho despnes que los princi- 
pes, por on devoción j amotfllial i la Iglesia, lle- 
naron de franquezas á sos miniatroe, no tienen 
efecto nifuerza alguna, ni la curia romana ni todo 
el alero junto tiene potestad de hacer estableci- 
mientos temporales (2), La qne Dios le ha confiado 
es de la Unea espiritual y dirigida á la salvación 
de los hombres, como se h» visto al principio, j del 
todo incompetente j ajena de este conocimiento. 
Esta asunto se trató, con motivo de las contro- 
versias de Venecia j Paulo V, magistralmente. La 
omía romana se viú precisada á abandonar el cam- 
po de batalla. No es materia que debe docidirao por 
opiniones de los curiales y sus adherentes. Los bie- 
nes qne se sujetan áestaley son delegos, jseglares 
también los poseedores; ¿otimo puede negarse al 
prinoipe temporal «1 derecho de establecer la ley 
■nOciente á mantener el justo equilibrio entre los 
seglares y las manos mnertas? Los mis apasiona- 
dos sdlo censaran la prohibición onaado es indefi- 
nida 6 en odio ; luego dicen lo contrario cuando ee 
templada y con el recto fin del sostenimiento del 
Estado , que son los términos de los estatutos 6 le- 
yes de PaiTna. Este es el verdadero espíritu de loe 
escritores áim mis «oérrimos, leidos con critica y 
diecemimlento. 

Nuestros mismos autores ecleBiisticoa mis res- 
petables por su sabiduria y por sus costumbres se 
quejan dolorosameots de la lisonja qns con al bo- 
breescríto de una falsa piedad apropia al Papa mis 
de lo justo en punto da potestad. 

El doctor Hartin de Azpilcneta, tan beuemirito 
A la Silla Apostólica, tiene esta qneja (3) , y el se- 



(i)Ut. aa,iK.Ti,piniLi. 

(QLeMlMHr., Jr-tcí. tt Utirt EecUtIv GtlBe»i»,taf.m, 
tbi: Ite^a pip*, icfii loui oanlna clenii ]■■ hib«i d« olli ra 
t«Bparall lUUendl. 

(S) Nanrr,, la eip. ffm Hettí, ÍtSfíian¡ertCBr..t3,lbl: 
AdM qildsB a\ áio Tlrl d»etiulml «(tbiIi lirtatc illoqul rradl- 
U illcr thwlopí, iller cinoaUíi, quorom nsntli* Uia boiorli 
tiuo pobtlck dacBsml eu dlcencei m icccpnta irl libanter 
mai* k«MleU rapl, ti ea pipi eU uuTenit. Qniid hiu. tel 



Oor obispo y presidente, don Diego CovamibÍH,U 
repite (4). 

Jamas se ha ignorado en Bspalla la iocompeUn- 
cia del Pontífice para disponer de las cosas tempo- 
rales. El ilnstrisimc don fray Melchor Cauo, quí 
conoció la facilidad con que loa cnriales se fabri- 
can derechos y facultades; llevaba i mal qaoKrt- 
curriese i Roma á solicitar indultos para oootribii' 
cienos de los clérigos, y otros actos qne son pro- 
pios y potestativos de la autoridad soberana. Entn 
otros capítulos del célebre parecer da soU gran 
prelado al rey don Felipe II, se explicó de mU 
suerte, conociendo que estos ejemplares, hijoidtlt 
suma veneración de noestros monarcas , podían sa 
perniciosos algún dia i la potestad suprema, ji¡m 
siempre eran daOosos i la misma Iglesia, por lu 
razones que da este insigney docto dominicano en 
los testimonios qne produciremos adelante. 

Tratindose en el Consejo de Hacienda dehsctf 
efectivo el indulto pontiScio que obtuvo el seSor nj 
y emperador Cirios V para la venta de los vau- 
Uos de las iglesias , se opusieron fray Jnso de Be- 
bías y el abad de Sahagun, fray Francisco Rnii it 
Valladolid, fundando con la autoridad de grsiiitM 
doctores que el Papa no tiene ningún dominio m 
los bienes temporalea de las iglesias ni de los eclo 
siistioos, según refiere el obispe don fray Prndsn- 
cio do Sandoval (6) , que es digno de ccpiaisa u 
este paraje. 

aSn el aSo de 1544 volvieron en el Consejo de 
Hacienda i tratar de lo mismo, y que le qnituen 
los vasallos i la Iglesia, pnea habla facultad pin 
ello; y fray Jnan de Robles, varón insignernobli. 
y de los mayores predicadores qne hubo en ni titm- 
po, y fray Francisco Ruiz de Valladolid, slnd di 
Sahagun, suplicaron de ello, como intee lo hibiin 
hecho ; y el Emperador quiso que fray Jnsn de Bo- 
bles le diese por escrito lo qne había dicho eo toi, 
y fué , que los bienes eclesiisticos son en slpí» 
manera del Papa, pero no de todas partes ptrs po- 
der hacer de ellos absolutamente lo que qaiiiert, 
según la doctrina de santo Tomss, en al 4d« lu 
Sentencia», dist. SO, cuest S, art 3; porque el do- 
minio de los bienes temporales que poseen loa ecle- 
BÍieticosnoesdelPapa, sino deellosú denuig'^ 
siaa, y así no puede el Papa transferir en nadie d 
dominio que no tiene, por lo que tienen todo* I"* 
teólogos que el Papa puede incurrir en el peoW" 
de simonía como los demás hombres, lo cdsIix' 
seria asi si fuese sefior de los bienes de h !;!*>■*< 

a») ilmillt rDirail Ib ana ^od teL record. Plu V ■D''**^ 
dlierit jDrlieoatnlM» aollWi usa plat uUi potobOi t:'»*^ 
Pape, ct\ bdBllller reipoadi ana oaaei Id ftcen: "^^^ 
BiHiam ittnitt*; aed nedla aadem^se recU tIi Jan uW^ 
>l dlilaa caá liBBiaii concillando, n»lBcUiadiv,fU<f^ 
BlbaajBilaitriBsqna profetaorlb» pernaam IH, fu» a**** 



Jomo IMPARCIAL SOBBB 
fnnio lo BOQ loa segUrea de loe bieoea que poaeea; 
porqne, si bien ea deapeusero mayor , ti fio ea dea- 
pmaero, y no abaolato aeñor; qna el doctísimo Joan 
Genon deeliva muy bien eo qué modo eea el Papa 
•dlor de los bienea eclealáaticoa, en el tratado que 
hizo de 1s PolMlad tcUtiástica, en la conaidera- 
cion 12 ; y Guillermo Okan , doctor famoao, en el 
Intado que hizo De potatate fumnti Pontifieü, ca- 
pftiilo vil, olegMido otroB doctorea en Is opinión 
qoe eigae. i 

Qnedan, pues, como una mera merced de los 
principea attpremoa loa privilegioa y frsnquesaa 
qae gtnut el clero en el 6rden civil. T asf como na- 
da ea más digno de un monarca católico que am- 
pliarlaa con aquel temperamento qne pide la deli- 
cada concesión de privilegioa, y que recomienda 
It ley de Partida O), 'por eao babo menester tem- 
peramento para facer bien do conviene, como y 
cuando*; nada le inata más en en conciencia qne la 
derogación de cualquiera que pudiera tener el clero, 
; qae el tiempo le hubiese vuelto intolerable , ex- 
ceaivo y perjudicial ; porque el Bey ha de dar cuen- 
ta de la administración del público, qne tiene á BU 

10 l<«t. 3, Ol I, puat. I. 



IX MONirOHlO DE BOltA, toy 

cargo , y delante de Dios no podría Justificar Ta con- 
cesión exhorbitanta qne hiciese , como con elegan- 
cia ponderó don Femando de Mendoza (2). 

Por esa razón, en los bienes de loatemplarids Qa 
la urden de Montegaudio, y en Xas temporsliAi- 
des ocnpadaa á personas privilegiadas, htin uskdo 
nueatrosBoberanoadeau regaifa, por la devolüdon 
que ee causa al cetro y orfgen de loa dominios, 
qoeeael Soberano, como cabeza de la república 

Si es tan clara sn autoridad en el derecho adqui- 
rido, mayor, por cierto, y más clara se tnanilitMa 
para poner regla y modo en unos derechos qne loa 
manos muertas no poseen aún, ni ninguna 4a «lias 
tiene determinado derecho á poseer. 

(tt D. Ferdtaaad. de Hendou , llfc. I, D« PsM., «f. f , aSH. S, 
Ibl: SInilcBlmDeiDi|ii);Dll,ie1 ciiililii «ccaBODOi poMiuiem 
bibcni ad IracUndi, el idmiaisinndi ejus baiit, li Injnrii, vel li- 
aortnil) , lei ; nii iDinnuic iliígBid ib ofllelo «Ibl etftfaha alia- 
nnm fecerll; Jrrlnoi cit, el Inine. Sl« euiai ft\tt»ft, qiela ib«- 

imm Mríplun Sd^enAe, cip . ti, cmn poicílatem habealk Deo, ad 
beat, el bealt legendliD, el ejoa nlltluien eomnaneu Imlilelen- 
da», lan anUD diulpaadaa , al baaa pMaauuB eiceltl l>l«*U 
lepiai qioad n, ni tüat niUlioM.at ^radliap'l'llefionBi 
coDceuloDD ficlom fao«, Mqae apnd Deum, el popslan rtlnjb uta 
potett, ani debel. 



SECCIÓN CUARTA. 



Prakrea m eodtm Edicto prcBcipiebatur, <ptod omnes gui in alUpio regidari orditie convenía , mo- 
nuterio, attt eongregaUone. religiosam professionem emitUre voluiaient, omntim bonorum suo- 
nm M jurimn abdieativam remmciationem facen teneretOur, vel ñ non fücta , etc., tíe. 



S dmco. 

imi DO aalía la naturaleza humana de un número 
muy limitado de individuos, y ya habia hombres 
que, conociéndose peregrinos sobre la tierra, re- 
DDUciaban á loa placeres y comodidades de la vida 
que facilita la sociedad, por ir á buscar en los de- 
aiertos un Ingor menos expuesto á los acometi- 
mientos de las pasionae, donde no lea ocupase otro 
imidado que el de pensar seriamente en su arribo á 
la patria. 

Da éstos hombres, abatraidoa de loa vanidades 
terrénaa y totalmente dedicados á Dios, de que 
hace derivar el sollor obispo Caramuel (1) loa ins- 
titutos religiosos en au concepto general, jamas 
han faltado en el mundo. En la ley escrita, loa na- 



zarenos, los hijos de los profetas, qiie hab!fá1Übn 
juntos en comunidad, sin otra ocupación que ala- 
bar á Dios y estudiar la ley para la étíseSanza del 
pueblo, eran sin duda una clase de religiosos que 
se tenían justamente en sumo honor y considéra- 

Consumada la ley, pasaron en todo las soníhráa 
ala realidad, y en los Pablos, los AntoniOa, los 
Hilariones y los Macarios tuvo principio la Vida 
ascética y contemplativa; despuoa se perfeccioniS 
la vida monástica con los reglamentos que les han 
dado, ya loa obispoa , como aan Basilio, aan Agus- 
tiu , san Fructuoso, arzobispo de Braga, san laido- 
ro, aríMibispo de Sevilla, y son Leandro, póih laa 
monjas ; ya eus f undadorea, hombres deátinadós por 
Dios para servir de gula y de luz en al camino ds 
la perfección evangélica. 

A medida que se refriaba en el olfiFo el íervor 
de BUS obligacioileB, Éé'multlpHcG eleítádoKl^o- 



108 EL CONDE DE 

so, oOD el fin de ayudarle en sua funciouea; de suer- 
te que vino á componer el monacato dos clases dis- 
tÍDguidas, con el titulo de monaealeí j mendietm- 
te»! nna y otr» de grande provecho y utilidad á la 
Iglesia. Las exenoioaes de la aatorídad episcopal 
en mucbos puntos, y la adquisición demasiada de 
bienes temporales, han sido los dos escollos en qne 
prinoipalmente se ha tropezado ; pero en este últí- 
mo pQDto con bastante diferencia. 

Lo« monacales, qoe no quieren distinguirse del 
clero secular sino en la profesión de nua regla más 
Mtrecho, y que pretenden , no sin fundamento, qne 
era entonces promiscua la opción, á imitación de 
la disciplina de la Iglesia oriental, de los oficios 
del claustro A loa de la catedral (1), pueden poseer 
toda especie de bienee y de riquezas para mantener 
sos iudinduoi sin ofensa de la pobreea religioso, 
que por un voto solemne cada uno abrazó. 

Es verdad qne las haciendas de los que entraban 
en el claustro á profesar la vida monistica, 6 que- 
daban á los parientes, 6 se vendían para darsu 
importe de limosna ¿ los pobres. Los bienes rafees 
qne poseían loa monasterios estaban oolocadoa, 
como ellos, en desierto, y atli los monjes, con sdb 
propias manos, se cultivaban el alimento, sin ha- 
cer granjeria ni tráfico alguno de sus cosechas. 
Bate retiro y desinterés eran la divisa del monaca- 
to. Aun hoy estas comunidades, en lo general, se 
contentan con los bienes de su primitiva funda- 
ción. 

Al principio, los mendicantes , en común y en 
particular, sn primitivo instituto los hacia inca- 
paces absolutamente de los bienes raices, y sola- 
mente libraban sn snbaistencia en el fondo ina- 
gotable de la limosna y de la piedad. Fero en el 
concilio de Trente lograron la dispensación para 
que sin pérdida de sus privilegios ni del subsidio 
de la caridad , pediesen adquirir raices hasta la cuo- 
ta necesaria para mantener sos individuoa y comu- 
nidades respectivas , con la limitación y variedad 
qne les prescriben sus peculiares estatutos (2) y 
pactos de fundación. 

De esta suerte, en Is realidad mudó de sentido 
el nombre de mendicantes ; ae han enriquecido al- 
gunas trdenes religiosas que tienen este primitivo 
instituto en todo sn rigor, y la imitación exacta de 
la conducta temporal de los apóstoles quedó reser- 
vada á los hijoB de san Francisco. 

No hemos traído al medio por suscitar envidia 
una noticia que nadie ignora ; sólo nos ha movido 
i este recuerdo la renuncia cxtintiva y abdicativa 
que el gobierno de Parma impuso en este capitulo 
de su edicto á los que van á profesar en las órdenes 
religiosas , porqne con la confrontación se pueda 
juzgar de la conformidad que tiene esta ley con la 



FLORIDABLANCA. 

sistemática constitución de loa órdenes, y que eo 
laa mondicantea la diapenaocioa de la absoluta iu- 
capacidad de adquirir, otorgada por el concilio, 
fué muy restricta, y jamos con el fin de impedir I 
los principes el derecho de arregl&r las renunciu 
y odquisicionei como materia puramente tem- 
poral. 

La consideración «ola del instituto regalar b 
bastó al emperador Leen para reputar por indigw 
del desinterés de los religiosos, la opinión de que 
el monasterio, por cabeza y titulo de sos indivi- 
duos, debia percibir sua bienes. No hallaba cudíc» 
este monarca del Oriente por donde se pudieee cou' 
poner qne abrazasen esta doctrina los que haciao 
profesión del desprecio de las riquezas, ni méoM 
entendia cómo podían dejar de ser responsables áli 
humanidad los queolvidabanal pariente ó al amigv 
menesteroso en la disposición de su herencia, pot 
transferirla i los monasterios, y «ómoles podía kt 
á éstos decorosa su aceptación; repugnancia qoe 
elegantemente ponderó el Patriarca de Conataali- 
«opl. (3). 

La adquiaicion de herencias á los monaateríiMH 
opone á la perfección evangélica, que recomiend» 
la atención á los paricntea, mirando como étnica 
ó gentil al que los olvida ; y en su defecto, subro- 
ga á los pobres para que en ellos se distríbaytli 
propiedad délas haciendas vendidas, no por el nm- 
nasterio, sino de orden del que se retira det muido. 

De aquí ea que el derecho divino no autoriza li 
máxima de los tiempos oscuros, de qne monattt- 
rium habetur locofilii; antes de él se deduce sbisr- 
tamente todo lo contrario, ánn gaberníndoseperel 
literal sonido de las palabras , cuando la euUti 
con los parientes, y suceslTamente con loa verda- 
deros pobres, no fuese de una excelencia pttSe- 

Ee, sin dada, conforme at dasinteree de b pro^ 
sion monástica, que no ae pueden proponer los tá- 
mitentea, sin delito de simonía en la admlaioo d« 
un individno , otro interés ni otra esperanza qoe li 
de ganar á Dios un siervo más , y á la Iglesia un 
operario. Pero cuando les fuera licito otro penu- 
miento, la ley es justísima en sn raiz, conforme al 
Evangelio, y en nada agravíala libertad Ópretea- 
dida inmunidad eoleaiástica; pretexto general da 
los curialiatBS y del cedulón de cenauros de 30 da 

El que va á entrar en religión está precisado i 
desnudarse enteramente da los bienes, qne y* pw 
su profesión no puede retener, oomc incapai i» 
peculio; debe disponer de ellos con lasnprem» vo- 
luntad que cualquiera qne lo ejecuta en loa últi- 
mos períodos de la vida ; porqne en profesión «a 
una muerte civil, la cual en lo forense no ti«is 
menos eficacia qne la natural pu» quitarle !• *■' 



(3) VonSL a, BvffWIsMü^ 



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JUICIO IMPABCIAL SOBBE 
ptriniidfl Tolver i entrar en elIoB y extinguir bu 
dominio. A estm cIms de teatadorea, que sólo se 
dútingaeii de loi demaa en la fortunada Ber testi- 
go del camplimieuto de ana disposiciones, le pae- 
je nEikr un heredero la suprema potestad ci- 
T¡I,bijo de la cual existe absolutamente áutes de 
Iiprofeeion solemne, y excluir de su herencia á 
Im i;ae le parezca que conviene, sin cansar é, oadie 
injiuit, áan en la opinión délos que hacen deacen- 
der lu facultades testamentarias del derecho na- 
tiinl(l). 

U iciiiabilitecion de los comunidades para su- 
ttia «D loi bienes de soa individuos ex te$tammto 
isi ñittlato, es un establecimiento que no ee in- 
ttodice en Adío ni por perjuicio del estado regu- 
lu, tino puramente en favor de los parientes y de 
hnmnrracion de los bienes dentro de las fami- 
Uu; Musa qne, como se ha visto, tíene declarada 
lipraferencia en el derecho divino (2), y qne las 
demulegialaciones también han antepuesto y pre- 
fírído constantemente ¿las iglesias y álos monas- 
toioi, porque al fin el derecho de la sangre tiene 
■ misTorlanatnraleza y la Escritura; la comnni- 
did «fio ana epique ja de derecho positivo en sub- 
ddia ; falta de los qne por tantos títulos son 
Kstedorce i retener en la familia estas haciendas 
de loi qua van á dedicarse con perpetuidad i la 
vidtMnsun. 

Nnestn derecho espafiol siempre ha sido con- 
tnrioilas lejea de Justiniano, que daban ce- 
undo tnmucla, ¿ los monaaterioa la prelacion en 
InbJeaeade sus individuos (3). Los rielares go- 
ubu entre loa godos la libertad de hacer testa- 
iinhi f dieponer de sus bienes como les parecía, y 
•ílo eo defecto de parientes hasta el séptimo grado, 
en heredero el monasterio ab iaUétalo, coiao ex- 
pn« IHerslmente la ley del Fuero Jiago (í): »Los 
clérígog i loB monjes é las monjías, que non han 
tendido basta séptimo grado, é non mandan nada 
^ Na coias , la Eglesia , i quien servien, lo debe 
libet todo.» 

K>tc texto, ion en el final , puede entenderse de 
^le el derecho de sucesión subsidiaria de las igle- 
"^iTeraa en los bienes adquiridos intuiia Eceletia, 

IDAltii., D< tnaHemttx n<rli,lib. nr.cip. Kl.Diini. 3. 



i( 1. Pili. , Epiu. I , Id TlrntH. , ah t , lb< ; Qai *soniB Mt< 
HWlneiiiEoraia nnB mu itlni, Bdem BcnTll. at esl iildaH 
'"aiar. Iu(c, up. unn, Ibl: Can Tléerit ladiiii, aperl «mi, 
■> unta íam m detpaierl*. D. Thooi., 1, 1, ^iiMt W, iri. 8. 
^- tiiui., um. ¡ge, aam. 5, Dt Vita ClerkoTmm, rclilm la cip. 
<'<ú»fw, luí, tiu. n, 4BXII. i, Ibi : Onlcaaq» tbIi eibare- 
taU IJit, hKKdcB fietre EecLeiliDi , laxnl iilcniín qal mui- 
Itu. Mn A>|iiilDni, íab Dea praplllo aeiilnHi InieDlcl. D, 
'■trwtit, lib. 1, Ofptíar.. cap. luii, Ibl : Beaeíoleotli b iomtt- 
Ui plaiB ptgfecU penonii , \i tU k lilli, pireniibui, fntrl- 
w m MDjDnellaDan irado* In d'lunii pcnenil ubllim, el 
*■ RiMu <iK(u nudim repliTlt. 

Si Mlnst. líftíut. Caá. ie SS. Btelttiit. 

I^m 11, Ul. n. Hb. iT, 4«l A«r* Ai(*. 



EL UONITOBIO DE BOMA. 106 

según la expreaion, la Egletia, ásmmtervim, y 
qne loa patrimoniales 6 familiares no están en este 

Cuando el Urden de verdadera oaridad, el impul- 
so de la sangre y todas las demás razones qnehan 
juntado los que han escrito sobre la preferencia qiw 
debe tener la parentela, jinn loapobrea, respecto 
de las iglesias, no hicieran esta ley tan justa 7 pia- 
dosa, bastaría para cortar radicalmente los pretex- 
tos de una falpa piedad, la razón de oonmiaeracion, 
qne da la ley de Partida (6) : iCa ai algunoa qni- 
aieren dar por Dioa alguna cosa, qne tovieaen parien- 
tes pobres, antes lo deben dar á alloB que no & otros 
extrafios, et non por sabor qne hayan de facerlos 
ríeos, mas por darles con qné pnedan vivir é qoa 
non hayan de facer mal ; oa más vale que sean ayu- 
dados de sos parientes, que non que anden con gran 
verg&enza pidiendo 6 los extrafios.» 

En el interés reciproco de los que ha unido entra 
si la naturaleza, está envuelta la utilidad de la pa- 
tria, primera obligación de los soberanos, y á que 
deben sacrificar ana derechos los particnlarea; por- 
que, proveídas las familias, ae aaegnra la prosperi- 
dad pública del Catado, qne depende de distribuir 
los bienes entre los vasallos, de modo qne la mi- 
seria no los oprima, para enriquecer superfina- 
mente á unas comunidades, áquienes dalla la abun- 
dancia de haciendas y es causa de en relajación, 
distrayéndose ens individnos, oon esta ocasión, en 
pleitos y negocios seculares. 

Es verdad que algunos escritores eclesiásticos, 
favorecidos de los constituciones de Justiniano, 
han querido poner en controversia la justicia del 
estatuto que prohibe la sucesión de la< comunida- 
des regulares en los bienes de los que profesan en 
ellas, capitulándole de repugnante al derecho divi- 
no y á la religión, y de que aparta á los hombrea 
de abrazar la vida religiosa. 

A estos escritores apasionados ha satisfecho muy 
porticutarmeote el célebre Josef Lorenzo Cosa Ee- 
gis, manif catando la calumnia de sn sensación en 
todas sos partes, y con especialidad haciéndoles 
ver qne no puede influir en el desvio de la vida 
monástica el pensamiento de los bienes tempora- 
les ; debiendo por so inspiración abandonar toda la 
idea sobre este punto el que ee determina á elegir 
la mejor parte, pues por al se enajena, con la pro- 
fesión, de toda esperanza de poseer (6), y le ea in- 

(B) Leg. 7, til. Mili, pirtiL 1. 

(S) C»t Refta , ad SlaM. Imun, tt Sweuilm. i* («bM., 

t Maailu ti faoKU; dob. t. Atuncn la Jnrvnoitro lii«abilileni 
MI; ui enlrtrU tpni aei (mila IrtHatU», tertf^tiem, ti 
prlnrlpeí imieoí rtetfl* eiU Uta, reíolnl. 1, lan. IS. liem, la 
nmrle. ílcW. j Uuixbu u Pítiina, Dnm, 11. AUaaíB ei probabl- 
llorl jaailiqiie recepto forenilam unsa iiU ntio eoaililerablll* 
DOii ea(, gionlim qoB aplrllu Del aiUDlar, ib aDjDBDOdl lemp»- 
nllbaí non pendeiit, aeqoe Illa, qnl ex dlrlm Iniplnlloae aei to- 
ciUos* haac melloKin parten tlÍEír« delen]iloal,relrib(nla)Ml 
t MflIiUOK hoJaimDili te>ponUlalDm, i qolbae omnibs* *U«- 
aan lu le rtddit, earaoiiBa Ucapaceo le 



, Google 



lio 



EL CX)in}Q DE FLORIDABLANCA. 



diferente dejar Ub^ancU ^lap^^ei^teli^á loa po- 
bref 6 iaj^ &^%. q^niimidad.. 
Este iniBino aator hace ver qae la Bota romana 

en s<^, ijl^te^Eniu^ioaea lia reconocido por piadoal- 
sima s S^ti^ justific^o el edicto de que ae trato. 
El dpiiü^joa Ziegero Van Spen , qae ba tratado la 
mat^i^de raiz, bien distante de haber hallado qae 
pudiese perjudict^ á la inmunidad ecleai¿atica ae- 
tneja^t^ ley 6 ^atatnto, que antes bien tiene i au 
ivyox 1^ letcaa aagraisa j el 6rden natural de la 
caridAiiL, C(»icluye coq la expresión de que no ha- 
bi(f ^f^bido. que iflguno hubteae preeamido acaaar 
e^(^))qte ley de ofenaiva á laa exencionea ecleatás- 
tiat(fl (I); puee que, coufo ae ha visto, niogunae 
hay que no ciean contrarias i la idea de loa inmu- 
niza. Tan lÚjoB, pues, neta el edicto de Pannade 
ofender la inmunidad, que antea ea abuso de ella 
y de laa divinaa letras querer posponer la cauaa 
de loa parientes 7 del qomun á loa intereses burai- 
ticoB dg 1^ msnos muerta^ 

^1 q^ue alega inrounidj^d, la ha de probar deter- 
minada y especificapaente. El concilio Turonense 
mira, como sinioniaco todo lo que se recibe con pre- 
texto de admisión al mouasterio.j Donde está, pnea, 
la inmunidad pretendida? 

El que desea profesar está bajo la autoridad civil 
en U testamentifaccion. ¿Quién podrá disputar al 
Soberano el derecho de establecer la regla directi- 
va de las instituciones con preferencia á la fami- 
lia? ¿Con qué cara se puede tachar de contrario á 
)a inmunidad de la Iglesia lo que es conforme á la 
doctrina apostólica? Esta doctrina inmutable no está 
sujeta al capricho de los inmunistas y curiales. 

Es muy cumplida la justicia y seguridad que tie- 
ne el edicto de Panna en el coneeutimiento gene- 
ral de tod^ 1^ naciones, para que nos ocnpe m¿8 
tiempo ¡ siilo se debe notar que si la suprema ley 
de la salud pública esig;e que los adquisiciones de 
los regalares so coarten y se limiten , no se po- 
drid omitir la circunstaucia de inhabilitar á las co- 
munidades á la sucesión testada ó intestada do sus 
individuos; porque abierto este camino, que es el 
más frecuente y regular que traslada los bienes en 
las manos muertas, se inutilizarían loa demás re- 



st proprlDin, icd comniiiiiliiili lel rcliiloiil*, m 
llcit urdlbal. dcLau, De Lt$llima, ük.ÍS, nnm. 10, eU-, ele. 
(1) Vía Spcn , Jnr. wtlter: leclaitiL iimerut. i* Peni. rtU- 
fintt., tul, n, Mp. u, I flBil., por I«l 



glomentoa que pueden tomarse sobre consemr an 
las familias las haciendas y caudales. 

Heria muy imperfecta la potestad del Soberuo 
ñ ae le negase la autoridad de poder mandar por 
ley lo que el novicio puede hacer en su caso. El no- 
vicio puede sxclnir al monasterio, i^andoápi- 
rientes ó extraños sus bienes , y al Principe qniercn 
los curiales negarle la facultad que tiene el puti- 
pular. Si la pretensa inmunidad (voz en este oso 
vacia de sentido) estuviese á favor de el iponute- 
rio, el que profesa la viol^a institnyende i pa- 
riente d extrafio. I^a verdades de suyo sencilUj 
se funda siempre en la equidad. ¿Cdmo cabe, pue, 
sostener por privilegio é inmonidad lo que es Un 
claro á la verdad y máximas esenciales del criatia- 
nismo, y aun déla conservación del Estado? 

No puede menos de causar eztrt^esa que 1^ co- 
rta romyía haga ahora alto sobre un punto qae, 
habiendo sido una de las resoluciones que tumi If 
república de Venecia en 1605, al tiempo de ftwi- 
tarse las diferencias con Paulo V, no se hizo ei- 
t^Dcea el menor reparo ni atención sobre eft« par- 
ticular, ni, por consiguiente, infiuyí enlad^l^' 
cion de la curia y del Senado (1). 

Dejamos al juicio del lector decidir si h ^ cootn- 
ried&d de principios. Los soberanos, desde el naci- 
miento de la Iglesia, están en pos^ion de a^^glu 
estas disposiciones, y no se lee otra que autúric4Í 
los curiales para arrojarseárevocarlss,nÍ%ip<n 
contradecirlas. 

Las Órdenes religiosas se aquietan tranqnilamo)- 
te á estas l^es, como que conocen la joiticil J Is 
necesidad; y la curia, sin saberse por qué, liesdod 
asunto temporal, excita los vasallos de Panatílt 
inobediencia de lo que manda su soberano. Oi 
témpora, oh mores/ ¿Qué dirian san Dinuw, mi 
León y san Gregorio, que leion los leyes impe- 
les en la iglesia romana, y los comunicaban Aloi 
eclesiásticos, contentándose con represen Ur 1 loi 
emperadores si algo encontraban digno de ei[pie- 
sion? Produzcan los curiales ejemplo de iBtM«- 
dnlones ó monitorios en la antigüedad y traili- 
cion constante de la Iglesia. ¿Por ventara ba «n 
peorado de condición la soberanía en sds preemi- 
nencias, por estar dividía en más príncipes, i f" 
tener también soberanía el sucesor de son Pedie «» 
BUS estados? 

m D. CtapOBlau, Dt U rt$tSt i» ámtiUtttit», Vt- ^ 



IV Google 



JUICIO IHFABCLAL SOBRO W¡ MOKIflORIO DE BOUA. 



SECCIÓN QUINTA. 



btJleroquie» Edicto dieiZJamtañiannUlQli Pamue similHer promulgato, jvhtbaiur, vtotmia 
Um, fima in potíremis generalibus eatailris Parma, et Plasentia. vel Giuatalla exáraíit, sub 
¡iiiairKm nomine deteripla reperiebantur. atqve proptereá ómnibus, tám ordinariit Quám extraor- 
fyeriit eolkctia et oiteribus de eo tempore siáqiciebantar, iitiiem pariter dártcep* ferent ob- 



5L 

U poteatftd de exigir tríbutoi j contribnoionM 
de !m bieuea de eiu BÜbditoa ea ain dnds ano de 
Im KtarnoB más distis^idos en la majestad, y en 
<^ MniiBte lu reconocimieoto ; pero apenas se de- 
jiÍTtT ea la c<trte de Roma el proyecto de adquirir 
tlihiolnto dominio temporal, y la pamicioaa doc- 
tiiu qne le favorece echó algunas raices, cuando 
■e ipaderi de los corazones de algunos inmnnistaB 
ficapirita de independencia. Con el tiempo, hasta 
tlmwior da sns individuos, no sólo se creyó exen- 
to, por príTÜegio divino, de todas las obligacio- 
DH cpit nos impone la sociedad civil, sino de la 
nijecim i concurrir en lo que interesa al Bey y á 
li patria 

No contentos con romper el nndo de la inbordi- 
ucion cD cnanto i sns personas, los antores do tan 
mru j antievacgélicas máximas pasaron á co- 
lKii«l Ídolo de sa pretensa inmnnidad en sos bie- 
w, reatíi y posesiones; y el nombre de gabela, 
[«cLo i tributo se hizo tan horroroso á los scle- 
•üetiwB, ¡jae ya no le podían oir sin conmoción, 
j ñu m levantado grito de qne el eantnario iba 
i nolme en lo más intimo , y el arca á derribarBe 
porÜBrra. 

b otros reÍDOs y provincias faera de Eapafta es 
^i* M arraigó más este fanatismo. No son crei- 
^^ff lu interpretad onea que han empleado los in- 
Doniítu para sustraer por todos respetos, reales 
y petionales, de la dominación de su soberano á 
Im Mleñiaticoi, sin perdonar momento ni oca- 
Bon qii« pndisM ser &vorsbIe para fijar su ente- 
n iüdepondencio. 8e pueden ver cronológicamente, 
poi Id tocante á Francia, en la Colección hUtóri- 
" qti» te ha poblicado da estos hechos (1), en qne 
u ménot de admirar el calor que hacia por sn inte- 
'^1 qoB el celo y la constancia con qne sostnvie- 
ron loi magigtrados sns providencias para maote- 
^ >n ligor loe derechos de la real dignidad y del 
E««do. 

KnMn clero e^tafiol pnede haber oido con gns- 

II) tytAMH ia ftiü, fwi tmifattmt I» titUm* it 
'•VlnitifutMtftiiattfitftrmíUtUtm 
""*•*<« UttMt" twn-Uii if Tv%, aU-, 17». 



to la lisonjera doctrina que exime en un todo i 
los eclesiásticos de la natural snjeoion que deben 
á su soberano ; pero su porte y oonducta ha sido 
diatinta. Le harianios una gravísima injuaticía si 
no confeaáramoa qne ánn en sns pretendidas exen- 
ciones ha relucido siempre el amor á su soberano 
y el reconocimiento á sn monarca. 

En EspaBa, los más de los obispos, abades á igle- 
sias tienen del Bey en feudo diferentes tierras y 
señoríos, qne les impone la especial enjecion d^l va- 
aatlaje, que se extiende á contribuir al Bey en la 
poi y en la guerra, y i las demos obligacione* que 
explica Femando [II el Santo con estas palabras, 
en un privilegio concedido al Obispo de Tny, en la 
era de 1288, j1. G. 1250: < Y el Obispo es mi vasa- 
llo por la ciudad de Tuj, j fizóme pleito y home- 
naje, y puso las manos entre laa nnestraa ante mi 
corte , y ba de facerme guerra y paz, y darme mo- 
neda y conducho, como lo hicieron los obispos pa- 
sados en tiempo de mi padre» (2). Y no podían se- 
guir el sistemade independencia, imaginado en otros 
paiscB, sin olvidar el vinculo del homenaje, ton sa- 
grado en todos tiempos, y á que ha sustituido el ju- 
ramento qne generalmente hacen boy día todos loa 
obispos ántesdeentrarátomar posesión de su silla, 
en estos reinos y tos de las Indias, conforme á la 
ley 3.*, titulo iii del libro i del Ordenamieato, qna 
promulgó el sefior rey don Alonso XI, y que des- 
pués confirmaron los Reyes Católicos en las cortee 
de Toledo de 1480, que es la ley 13, título iii, li- 
bro I de la Recopilación. 

Este respeto, que les liga tan fuerte í irkdisola- 
blemeote á la obediencia del Soberano, fué el qne 
empetió á sus predecesores á distingairee en el ser- 
vicio de los reyes, del modo que nos lo representa 
la historia. La prontitud con que en todas ocasiones 
acudieron al real servicio con sns personas y ha- 
ciendas , movió la piedad de los monarcas á que les 
considerasen , y á todo el clero , como á una bnena y 
distinguida parte de los demás subditos, que l^QS 
de pensar en inmunidades imaginarias 6 excesfraa 
(porque no se excInyMi las templadas y justas), 



dhv Google 



112 EL COHDS DE 

hací&n tui» lioiirad« vanidad de bu injeoion y reco- 
nocimiento al trono. 

Creemos que el dia de hoy hay poco qne fatigar 
en EspaDa el discurso, donde el bien público, el 
respeto al Soberano y á la prosperidad oomun ha- 
cen loa TotoB comunes de toda la nación, asi de 
eclesiásticos como de aeculerea. Este rBCOnocimien- 
to está patente, no sólo en nuestras crónicas y le- 
yes, aino también en Us mismas deoretales (1). 
Por estas considaraoiouea juzgamos mny distantes 
i los individuos del clero secular y regnUr de Ea- 
paHa, de adoptar la especie de inmunidad real que 
patrocinan los curiales de Roma en sus letras 6 oe- 
dalon, que da motivo á este discurso. 

Se debe, en primer logar, para desarmar el aparato 
de voces del monitorio, correr el misterioso velo 
con que cubren loa curíales sus pretendidas exen- 
ciones. Nada les es mis familiar que poner el res- 
petable sello de cosas sagradas á las poesiiones y 
bienes da mano muerta, que se quieren someter al 
p«clio y ¿ la oontríbuoion. En los libros , en sus de- 
fensas y en toda suerte de escritos las nombran bie- 
nes y patrimonio de la Iglesia, y al instante ade- 
lantan (como en el brere de la curia romane) qoo 
se quiere hacer esclava á la esposa de Jesucriato. 
Esta es nna ponderación grosera, que han inventa- 
do pora sorprender, contra el precepto de Jesn- 
oristo ; BeddiU gwe *un( Ocetarit Ceuari; 6 Dad al 
Rey lo que U toca. Importa mucho desengaflar al 
público en esta materia, para que los corialea no 
abnsen de él, ni se exciten ii 



La Iglesia se puede considerar 6 física 6 real- 
mente en si misma, 6 bajo de aquella abstracción 
con que distinguen los juristas el coerpo de sus 
miembros y la universidad do todos sos indivi- 
duos, y por ninguno de estos conceptos disfruta 
otros bienes ni gosa otro patrimonio que el reino 
de los cíelos. En el primer aspecto sólo es nn cuer- 
po aetaffsioo, que no tiene movimiento ni acción 
que DO sea espiritual, y en el segundo sólo es la 
congregación de los fieles, que militan ¿ bub pro- 
pias expensas, para adquirir la herencia celestial, 
sin qne nada temporal les pertenezca, en común 
ni en particular, por razón do hijos de tan santa 
madre. Si esto no fuera así, y la Iglesia gozara pa- 
trimonio terreno, todos fuéramos acreedores áél por 
nuestra legitima proporcional. Sólo los limosnas y 
oblaciones adventicias eran en tos primeros tiempos 
el patrimonio de ios ministros de altar y de los po- 
bres, para coya distribución fueron creados los 
diáconos por los apéeteles. 

La adquisición de bienes raíces ó temporales con 
qne dotar los ministroa dependió de la liberalidad 
de los emperadores y reyes, permitiendo á las igle- 
sias su adquisicioD, luego que por sua edictos y 



FLOEIDABLAÜCA. 

leyes la consideraron como cuerpo licito mi el in 
perío, abrazado el oristionismo guatosameoite « 
él. Lo mismo hicieron tos godos en sus leyOB, res 
pirando esta habilitación secular un reconocinuen 
te constante en las iglesias por mnchos siglos 
favor del trono inconcusamente, sin que Iob enría 
lea turbasen ¿ nación alguna ni i soberano en esta 
interíoree disposiciones de gobierno; antee los pa 
pos mismos publicaban, de orden de los emperftdo 
res, las leyes que puaieron limite al desorden qa 
aun en los primeros tiempos ae observaba reepect 
si uso de los privilegios de adquirir, oencsdidos ( 
las igleaiaa. 

En une congregación religiosa como Is Iglssia 
que tiene por objeto formar al hombre intMÍor, M 
fasbia necesidad de fondos ni de bienes del mnndo 
El oro y la plata, estos codioiados metales, sólc 
sirven de embarazo, y se deben abandonsr para 
buscar el tesoro de los cieloa (2). 

Ea verdad qne en la Igleaia debe habar minis- 
tros que sirvan al altar y que cniden de 1a predi- 
cación y de la administración de loe saorsnieiitos, 
que es el dote inestimable qne la dejó Jeenarísto «n 
la tierra; pero no ae deben confundir loa derechos 
de todo el cuerpo n del templo con los del Moer- 
docio, ni eata porción escogida ae ha de jnagsr qne 
es el todo. 

Pora esclarecer este punt«, en qne ha Motltrada 
más equivocaciones el interés que la ignorancia, y ' 
llegar á conocer con claridad los derechos de U 
Iglesia y los de sus ministros, conviene reflexíontr 
su esencia y constitución. Este cuerpo, todo espiri- 
tual , que se compuso de individuos de las aécisdi- 
des civiles, perfectamente constituidas, tiene ob- 
jeto máa superior que los afanes de la tierra. Sa 
fundamento consiste solamente en la unión de la 
fe, que es el único fin que se propone; i e«t« cen- 
tro se dirigen y al mismo vuelven todos las reglas 
de sn gobierno exterior; todo lo demás que no es 
do esta linea es ajeno de su inspección. El mismo ' 
divino fundador da la Iglesia declaró expresa- 
mente que no venia ¿ tomar conocimiento d« Isa 
legislaciones del mundo, ni á otra cosa que áU 
obra de an Balvacion (3). 

Con la misma indiferencia que la oatoralesa 
mira la riqueza y la pobreza y loa demás órdenes 
de la jerarquía civil, la gran excelencia de noeatr* 
sagrada religión consiste en ser compatible coa 
cualquiera de Iob sistemas justos con qne se go- 
biernan los hombrea, sin introducir la mis lere 
novedad y alteración en loa estadoa. En una país- ' 
bra, la ley del Evangelio ea una ley que no nos 
impone vinculo ni obligación aino en las cosos to- 

(1) SI tt» perfMiat me, ní«, tt»tt qns Inbei, el Ím HSH'^ 
bni , ct lubrbii thciuras In «elg : el Teai, Mqiere na. Ili 
up. m, 1. «. 

a) Nos Misil !>«■■ Filias «ass Id añadan, Bt latkclnao 
sed al ulTeior nanda* per Ipias. Jmd., up. ui, i, ti. 



Juicio ibípaecial sobre 

eaitM i la ulnd eterna ¡ dejando todo lo demu i 
k libre diipoeicioD de los eoberaaos , qae por oon- 
ttnon diviiift tienen este encargo, como admirable- 
nste explica ianto Tomas (t). 

En U Miciedad espiritual de la Iglesia, al clero 
<i,imdnda, la porción escogida 7 el urden santi- 
{indo, qnetiene sobre loa legoB,qne forman el pue- 
blo cTÍftiuio, !a eminencia y la distinción (2) , no 
mno quiera, sino qne al mismo urden está oonoe- 
éida el gobierno j el miniateño de todo el cuerpo , 
isgciiictereatinnida la autoridad para dirigirá 
1« fieln por el medio dulce 7 amable de la persaa- 
lion.Biaiombra de faerza ni de poder .coactivo, 
«Dio,ip«aar de las pretensiones de loa coriales, 
aplica un Jnan CriaiSBtomo con tal claridad , qne 
H psede tergiversarse ánn por aquellas sntileías 
utifincas con qne se snele oscurecer la verdad (3). 

imqneen la sociedad espiritual son tales los 
piirilegÍDS, las prerogaüvas y autoridad del ele- 
>ida caricter del sacerdocio en el clero ¡ con todo, 
njiecto del cuerpo político de la sociedad cirit, 
M let pneden corresponder otros qne aquellos qne 
Id bjt dispensado la reveranoia j benignidad de 
Ici que tienen la dirección de este mismo cuerpo 
política, qne son los reyes 7 emperadores, vicarioB 
de I^M en lo temporal é iadopendientea en las 
fuucionM de esta línea. 

Ial|lM¡s, que por su esencia y oonatitncion re- 
pogu n vTogarae lo que es del César, como he- 
mwTtrio.Brto es, toda disposición en la témpora- 

iIiPriM>r)UUilt|1»aoiBest Knüi Spliílit Sineü : ailerion 
W. iHi tul Indacentii ad tnllinit al iicnmeili luBoil lege 
'ntaií'. lUi, tiB procedan I > palia, qBirna qacdim habaat 



?el 



!l canlnrleuieai enn Illa , 11 tn>- 
iptri, IDE aon hibenl ae- 
iD ad Ídem per dilec- 
SuoftnalcB, Mulla «periaon saal Inaon leíairetepij, 
•H Krtiuu et tpi) príni Lefli iDiiiioUase¡ led relicta iodi k 
■■tiiliUrt, Klllttl Ctirtala, aiiical(|iie >eciindam qiod allgaii all- 
tqniíruiereredibel: elsieanltsiqDe libermaesUlreí talla 
'""■luir, gild ilbl eipediat ratera , id Tllare; et enleDcoqpe 
y^ita ctrcí lalii oidloare iiti aabilllli, qnid al( tn tilibua 
'uxMía, Td Tllindini ; ande eliam quanliíai id hoc dlcllir leí 
'»>t<lii Leí littTlttít; tflSx Don arclal noj id faeienda , lel iU 
iHiillfu, 1I1I qan de le ranl. Til ifceuarla, lel rcíEfnaalU 
■>lidi,|Uudaal lob pracepM, tcI probiblilane ledt. D. Ttaon., 
i.'M-I«,w.i. 

'^< Dineitoiiam laier Drdinem , el plcbeo eonciliBll Euleilx 
xusrtiai.ci boiar per ordlDíi concisian uacitOeaUa. TerlilUa- 
■'V up. Ti<, fit EiJiorfdfwu CtrM. Vldendna Marca, diiiert. D< 
""ra. Oaittr. el Uictr. 

't llUe (iJH DedlcJax , ac taraUonit aaielplendx ficollat om- 
">> Haiito, 1)11 BCdlcIniD idhlbei, aed la tu, qol laboni, 
Nsiu (tt. Oiad ena adairandn» Piilii inlellliereí, ale corln- 
. ''«sitlaqallgr: Ksafwd dsnianwr «cHt »om»tfUei. ChrliUa- 
'üoIb ucerdolibos bídíibI oaintum licel peceíatluna lipius i\ 
^'^ineililEnan lim ifíecie, ced saadere taQlüm nporlet. Neiae 
"■ ublí (kdIUi UnU i leilbui djli eil id delinqoeDlet coer- 
'"^-n-.ittt, (1 dau faiuel, biberemas sbi vtm bojiuBodi. po- 
'oiitXK eiercera pauíUDiii , eem Chriiliit eoi «lemi tciool 
'w^ Hi qil eoitU, led qal certa aalml proposllo k peccalU iba- 
M.lCaa(lqgiiin(tB>,ae llgatii eil coatamleller reililercl, 
■ ala peí le, la la poteti, milain tttK; neqae enlm eit ble qai 
'^•Kenl, lal ntí cante laTllDD poailt. O. ChriMll.,[B£rlit. 
•■f«iiá (bML, hMÜl. n, cap. 1, p>|. m, Wsi. n, tul. Ho- 
wfleu., 1181. 



EL MONITOBIO DB BOMA. 115 

lidad, no se le puede haber dado. El mismo Jesn- 
cristo, cnando mivia i sus apóstoles á cumplir el 
ministerio en qne el clero ha sncedido expresa- 
mente, le prohibe toda posesión y propiedail (4). 

No ignoramos la manera con que loa curiales 7 
transalpinoa dividen este divino reglamento. Súlo 
en la misión conocen nn precepto, 7 en el despren- 
dimiento de los bienes temporales no hallan mis 
que un consejo, que aunque sea el mejor, no obli* 
gueásn observancia. Efectivamente, en práctica 
se ha dejado wSlo á las iSrdenes mendicantes, here- 
deros de la pobreza apost£IÍca, aonque con esta 
herencia no se les ha transferido la autoridad de 
la misión , de donde deriva el clero jerárquico et 
régimen espiritual de la Iglesia. 

También ea verdad qne el clero, por sn ministe- 
rio, no ha renunciado á la vida. Separado entera- 
mente, por sn adhesión al altar, por su carácter 7 
por sn santidad, de las adquisiciones industríales, 
la equidad ezigia que se proveyese á su subsisten- 
cia, y qne se sustentasen de los frutos de la vifia 
que caltivan. 

Este es un precepto divino, 7 una justa retribu- 
ción que deben todos los fieles á loa qoe están em- 
pleados en sn provecho espiritual (5) ; pero de aquí 
no se deduce título alguno de propiedad en laa co- 
sas bnmanas, ni otro derecho qne el de !a natural 
conservación de la vida. 

En el principio de la Iglesia cumplían los fieles 
esta obligación por medio de ofrendas voluntarias 
7 graciosas, que depositadas en manos de los diá- 
conos bajo de la antoridad eclesiástica, se distri- 
buían á voluntad de los ap6stoIee (6) , en cu7a dis- 
tribución sucedieron los obispos. Con el producto 
de esta misma liberalidad, repartido próvidamen- 
te, ee hacian los gastos del culto, sin que en los 
primeros aígloH tuviese la Iglesia ni el clero bienes 
ni rentas fijas algunas. 

Después que el im[>erio abrazó el oristianismoi 
como se ba dicho, 7 que laa aiUas episcopales fun- 
dadas por loa afióstoles fueron establecidas, pare- 
ció á loa fieles más conforme 7 más razonable se- 
Balar á sus pastores una renta fija; 7 con efecto, 
les consignaron por nn derecho positivo, en qne 
también intervino la anuencia de los soberanot, 
especialmente en Espafia, según se califica de loa 
diplomas 7 cédulaa reales, la décima parte de sua 

(4) Baate* aatem przdlcale dieeglet; Qnli appropInqntTlt leg- 
nan c(^aniii:lnlmOi cania: paUi leecplilia, gratladala; 10- 
lile pauldere aaran . neqoe aigcDlsni : ia loati leslris noa f^ 
ran in >U . aeqae daai loDiras , ueqoe cileeimeala, aeqae Tir- 
gim : dliaai cal enlD aperarias eibo ano. Maub,, 10. 1. 1. 

(5) Namqold bol hibenuí polesUIen nindncandl , el blbendlt 
Dala mllilat inli ilipendiil Daquam? Qola pluul iídcib, eláe 
rmcín ^ai nan edlit ete. S. Paal., 1, Ai Cariilh. , tap. a, 1. i 

|6i Naa d iplritaallMi «oraH pacdclpai facH Mal lentilea : de- 

hetl et la unalibaialnlilnre lilla. Hoe l(iiar c*- 

Tcm el aiiliaaTero eli frauam bañe: p« 
luiaa. D. Nal., i^ Aaa-, 19, 1. « «t M 



ííoogle 



114 



fratoa, qae parecía enficienU pwa qne, sin necesi- 
dad de distraerse & loe ufanea indiapeiisableB de la 
peregrlD&cion qae hocemos en el mundo, se dedi- 
casen tranqoiloH al ejercicio de sn ministerio. 

En esta propia época tuvieroD principio laa do- 
naciones mortú cauta para el templo, hasta enton- 
ces entredichas y prohibidas (1) ; loa cuales, ani- 
das á loB bienes que había adquirido la bnena ad- 
ministración y Qso que hicieron los obispos de la 
porción de laa ofrendas que tocaba á la Iglesia, 
fonnaron el caudal que verdaderamente es el pa- 
trimonio de los pobres, en cuyo alivio le distríbuia 
san Agustín, según Posidio (2). 

Este es el derecho del clero, y en los límites de 
esta dotación debiera sin duda encerrar todas sns 
pretensiones temporalee; pero se engaña grande- 
mente quien piensa que gozan efectos raleas ó tem- 
porales las manos muertas por el tí.ulo de minis- 
tros de la iglesia. Por este respecto, nada temporal 
tonta que esperar un cuerpo apartado por en esencia 
y por su constitución de todoa los caidados terres- 
tres, ni los fieles que le componen pudieran tener 
la obligación de dotar á sus ministros con bienes 
independientes de su unión espiritual, y que pora 
nada en ella se tienen en consideración. S61o la so- 
ciedad civil se la ha concedido en la precisa aten- 
ción de ser unos hombrea que deben vivir, y que 
ttabtgon inccaantementA á au provecho en la linea 
espiritual. 

No obstante, preacindamos, para no oscurecer el 
punto de los diezmos oon que se ha dotado ¿ los 
ministros del altar en la mayor parte de los países 
católicos. A la sociedad civil , obligada & su manu- 
tención, la debe ser indiferente el examen de la 
exención de loa bienes decimales. Por cualquiera 
respecto que sea, viene A ser ésta una congrua sus- 
- tentación, libre de toda oarga que no sea dimana- 
da del asenso eclesiástico, por lo mismo qne tiene 
cota determinada ; respecto de qne, de disminnirse, 
seria, 6 no cumplir la obligación, 6 arrepentirse de 
BU liberalidad. 

Beduzcaroos s¿lo la cuestión á las posesiones qne 
el oleto ha adquirido, ademas de la dotación deci- 
mal, primicias y oblaciones oon que SB contenta. 
Seguramente que las propiedades , rentas y efectos 
temporales que disfrutan, no los pneden tener por 
derecho divino, que claramente limita á la comida 
el derecho del operario. Asegurada la manutención, 
todo lo demás lo tiene el clero en virtud de un ti- 
tulo puramente hnmano, y seg^un las leyes y esti- 
los de los países en que posee. 

La propiedad y la posesión de las cosas del 
mundo es la obra de la ley civil que desconoció el 
derecho natural. Conforme i la naturaleza, todos los 



ET. CONDE DX FLORtDABT^NCA. 

frutos y todaa las cosas qne se ptieden apropiar á las 
oomodidades de la vida pertenecen al hombre por 
un nsttfruto momentáneo y pasajero, qne debía es- 
pirar apagada la necesidad, y que dependía de bu di- 
ligencia que fuese efectivo. El derecho divino tam- 
poco regla laa calidades , poseedores ni propieta- 
rios que han sido constituidos con las sociedades 
por conveniencia 6 por necesidad ; y por estas mis- 
mas vias reglaron loa hombres la distribución de 
las posesiones, y so dejó ver por la primera vez 
como una consecuencia el dominio particular. 

San Agustín, que penetraba bien á fondo estas 
verdades, no podia sufrir la queja que formaron 
los donatistas de que se les había despojado de sus 
biene#en fuerza de las leyes ú rescriptos de loe 
príncipes de la tierra (3). Para desengafiar á estos 
sectarios, preocupados á favor del dominio de sns 
posesiones, instituyó en otro lugar el enérgico ra- 
zonamiento con que lea convence que su poaesioo 
no podía descender del derecho divino, sino súlo 
de la ley de loa emperadores, á que siempre debiae 
estar sujetos (4). 

De la misma doctrina se servia Hiucmaro , ano- 
bispo de Bems, para convencer á los obispos sus 
contemporáneos sobre qne por ningún medio so 
podían excusar i prestar obsequio y contribuir & 
los reyes por sus poacsionea temporales (6). 

El clero ba recibido por ministerio de laa leyei 
fundamentales da la sociedad, como cualquiera 
otro ciudadano, las posesiones qne goza ; pero no hi 
aido con un dominio despótico, ni con una indepen- 
dencia absoluta, sino con las condiciones y laa re- 
servas, tácitas 6 expresos, que el director de la mÍ9- 
ma sociedad civil le ha impuesto 6 deba imponer 
á beneficio general de la aociedad en que estinsi- 
tas las tales haciendas. 

En los reinos patrimoniales , que inventó Qrocío, 
y los publicistas recientes no admiten, el principe 
solamente es el verdadero duefio de los bienea j da 
las personas de los miamos ciudadanos ¡ es el úni- 



<l) Lcf. I, Cti. ii Si 



! ; Umsqiiltqpe Sinelbil 



T«HnMllfa«WDelllo4l*«deM,benar«m,qa»d orUiertIpouK 
relinqoíra. 
(1) D. ARb, Mure», Bk( urA. 



(3) Rm TMini hliA •ppelItBU), qs» icemdnii tetes rcn* 
lerrcnoraio iniíien Jnisl esUs. Abk,. epist. tu, Cntr. Ptmiiii. 

U) Ould neblí prvponiiiii i)oiiiiliie,iianliiTeDieiiiuqiild4l- 
eint: lill» VDBlrii lalemDl, faidoi lostrns luleniDli proftml 
tMUmíDU hDoilniiin. Qaa Jare deíendli lillas! Divino ni tamx- 
ao T Reipondeil , diiinsmjD] Id icrlplarii babenu: hoaiiu 
]«*Id ret°n l*gibn>,indbiiDÍii]iiOpas>idet qnDripoiIIdd.Ksi- 
ne Jan hnmiDo ; nim tare diiiao domiiil est ierra ti pleuludo 
cjDs pMpereí ti Otiles Dtna de limo ftcll, el pinptrts, el dirilet 
niti itrra «oportit. Jan iimti humano dicii b*x Ttili dm mi. 
b«c doma nei, hit stnininieus esl, Jnre er|o hanioo, jnrtla- 
penletnoi qoire! Qili Ipsa Jara baoiin) ptr Inprratorls el np* 
MCnll Deoa diilribuil genttl banina ; Tatlii legimna ief K iope- 
nlartm, el MemidnBi Ipus agimos de ilUIs; si Inrebasiao 
»1llt pOMldere. reellenni lenes luperalorom ; Tldeanii i1 
quid Tolutrlnl ib herelieis possidere. D. Angasiin. , ItjfL S. la 
Jotiaum, up. i.nDDi.Ki, loD. Ul, part. u, pag. 310, edlL P"i- 
ilens., 16S9. 

(5) SI per Jira rtfnn poieidenhir paste sai eoea, non poiteit, 
nt re|1 de ecelnltidils possesalonlbns abseqniniii non eihlbaai. 
slcnl anUcettaK* m«l «ni* laleeeMorlbn eibibaeraat. Diatnir., 



Googl 



e- 



JUICIO IMFARCIAL 60BKE 
eo propietario, j goaa, no búIo la potaetad propia 
de aa anpremo cargo , aino aquella qna tiaoe un pa- 
An d« familiaa en en patrimonio , ain que en loa 
(ñodadanoa teeida máa derecho qne ai de una po- 
»»ion precaria y revocable 4 n arbitrio, qne se 
distingoe en muy poco del derecho con que en otro 
tiempo gozaban loa ñervos en Boma ana peen- 
líos (1>. 

En loa demás estados, oomo loa monirquicos pa- 
temoa , sea la qne qniora en constitución 7 los prí- 
vilegioe qne se hayan reaerrado los cindadanos i 
£iT0T de ana propiedades y dominios, no se puede 
n^ar al qne ejercita la soberanía , esto ea, al -piia- 
cipe 6 cabeu de la sodedad , toda la potestad neoe- 
nria que exijan la salnd y utilidad pública, para 
ten^lar la traalscion de loa bienes de loe subditos 
de nnaa en otras clases , á fin de qne éstas do pier- 
dan entre ef el eqniUbrio. Porqne aunque los qne 
constitoyeron la sooiedad eatableoieron reglas so- 
bre la propiedad de ene bienes, ea constante qne 
no pudieron erigirla ain dejar sujetos los bienes á 
U diipoeicion arquitectónica y paterna de la po- 
testad civil, reglada por la exigencia pública (2), 
para recibir las modificaciones convenientes. 

En oso pnee de este dominio absoluto, eminente, 
atqnhectánico y paterno, pertenece al Soberano 
reglar el orden de transmitirles, y cargar á laapo- 
teñoncs de unos en otros los impuestos y tributos 
que fon necesarios á la conservación del Estado, 
nmdarios y alterarlos conforme pidiesen U necesi- 
dad y las circnnstancias (3). Estas cargos son rea- 
Im é inherentes á los bienes de los subditos por la 
legla fundamental constitutiva de la sociedad, y 
ra ueoeearia sujeción, qne constituye una hipoteca 
expresa desde que 1« sociedad política fui consti- 
tuida, j no necesita reserva expresa lo qne vie- 
ne por nstnralsEB y unión de la sociedad misma. 

Ahorabien, si el clero tiene sus posesiones por au- 
toridad de la sociedad civil, ¿cúmo podrá negar las 
condiciones geueralee, expresado virtuales, con que 
las ha recibido? ¿Con qué títolo disputará al So- 
bnano la potestad de imponer los tributos que exi- 
ja la conservación del Estado ó de la república 
doode están sitos los bienes? Ni ¿cómo puede me- 
nos de reconocer la obligación hipotecaria con que 
se sojetaron estas mismas heredades á sufrir los 
impuestos? Por más qne ae desvelen en buscar los 
cansíes esfuerzos y pretextos para eludir la fuerza 
de estos principios públicos, será vana su diligen- 
cia é impotente su esfuerzo. 
Nosotros queremos conceder por solo un instan- 

(II Psircid., ¡>t Jure StL, llb. T1I^ af. 1, % i. 

(SGrailti, De Jtre hela ti pat. ,Mb. i. ei)i. 1, |«,et lib. n, 
of. UT, I 7, ««M *eM'> ** °*fi. ™. I <l- Canrrab., llb. iii, Vt- 
rir raaU., cap. ti, ssb. B. Xlseliica, J'ihi(r. antro»., Ub. i, 
th T, siB. IS. Uluei, Dt DfMíi., lam. 1, llb. 11, cap. ti, k 
Ha. 19. 

QlParreal., tib. nn, tsp. t, |I«l4.D.Tb«M.,Ub. m, D« 
S<(l>.i>Mu^.,(a;. 11. 



EL MONITOBIO DE HOMA. 116 

te , y en obaeqaio da la claridad , la hipóteai 6 en- 
posición de qne loa ectesiásticos no aeon subditos 
ni individuos de la sociedad. Aunque esto fuera 
asi, su exención personal no era comunicable á las 
posesiones de rala qne faan bansmigrado á sos mo- 
nos y están enclavadas dentro de la sociedad, ni el 
público pudiera perder por esta raaon el derecho 
qne tiene adquirido para qne estas poseaiones ayu- 
den á las demás á sc^ortar las cargas qne se ofre- 
owi, conforme al pacto social en que están com- 
prendidas , y los eolesiáatioos en calidad de terrate- 
nientes. Semejante extensión de privilegios perso- 
nales á las haciendas seria hacer al público de 
peor condición que á cualquiera particular, qne 
siempre tiene el derecho de repetir su hipoteco. 
En una palabra, aería ¿«fraudar al caudal púbtioo 
de una parte de sns fondos y fincas; violencia qne 
el Soberuio no paede menos de defender y apor- 
tar, como perjudicial y destructiva del resto d» la 
sociedad. , 

Enhorabnena qne estas posesiones las baya trans- 
ferido al clero la piedad de los fundadores de be- 
neficios, iglesias 6 oapellanlas. Está mny bien qne 
hayan destinado sns líqnidos productos al culto; 
que h^an querido que fuesen libres de toda ga- 
bela y contribución cuando eran pocas estas ha- 
ciendas, y que las leyes mismas hayan favorecido 
tales fundaciones y liberalidades. Todo esto no es 
capaz de eximir á las tierras y propiedades nueva- 
mente adquiridas con exceso del gravamen primi- 
tivo qne contrajeron en el principio de su distribu- 
ción i favor de lo misma sociedad. La voluntad de 
los generosoa dotadorea no puede prevalecer á la 
ley fundamental de la sociedad, sin dar á ésta por 
el pió, é introducir todos los mates de una ciega 
anarquía. El destino de estos bienes ot cujto uo 
puede entenderse en aquella parte dedicado desde 
su mismo origen á la conservación y á las necesi- 
dades del Estado, de cuyas regolíns y derechos su- 
preuos, en ningún sentido ni monero, ero duefto 
el fundador, ni pudo trosladarlea en la mano muer- 
to, ni perjudicar i lo soberanía con sus pactos 6 
hechos privados. 

Si las leyes han favorecido estas fundacionos, es 
sin perjuicio de loa derechos del público, loa cuales 
son incontestable 1 é impreecindiblee, y nunca ae 
pueden interpretar por los eclesiásticos, poro dedu- 
cir un privilegio eterno de exención de las cargas 
públicas, que conforme á los vulgares principios, 
siempre debia expreesne. Fuera de que, es tan de- 
licada y perjudicial la exención de los tributos, 
porque recarga su importe en los no exentos, que 
ávn expresamente concedida, se necesita que seo 
de levísima consideración en uno ú otro individuo 
para qne no peligre su sustancio (4) ; pues ademas 
de que el director supremo de la república debe 



II) Ai mi-, ín Mf . 



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116 



EL CONDE DE FLORIDABLANCA. 



proceder con el temperamento 7 con la atención 
de que en esta materia la libertad de on individao 
ee sobrepone á loe demás conciodadanos ; como la 
sociedad se compone de personas j de cosas, toda 
exención viene á ser nna enajenación parcial de la 
soma potestad que el libre slbedrio del Soberano 
no debe hacer contra el coasentimiento general qne 
Be la ha concedido (I). Las exenciones, pues, qae 
exceden este modo y este temperamento, no sólo 
son inútiles, sino que para volver á loe subditos ó 
i las cosas eximidas i sa antigua anjecion, se pue- 
den emplear todos loa medios eficaces (2). 

Estas oonsideracionea nos ponen en catado de 
combatir á los inmunistas con sm mismas armas; 
porque, ai laa decretales roooaoosa qae loa bienes 
y posesiones pasan á podtr de los eclesiásticos con 
aquellas cargas j grav&menes reales que las impu- 
so el pacto 6 la obligación de los particulares (3), 
con superior razón lee precisa i confesor la suje- 
ción i, aquellas cargas reales que contrajeron laa 
posesiones desde su origen y au institución , como 
son los pechos 7 laa contribuciones por ley fun- 
damental de la sociedad , ora vengan de antigua 
imposición, ora ee subroguen en otra, 6 se au- 
mente y establezca da nuevo, según los casos lo 
pidan. 

Todos los derechos de que han usado las nacio- 
nes caltas, como que tienen por basa la regla pri- 
mordial de la erección de las sociedades, han dis- 
puesto que laa cargas que introduce la utilidad pú- 
blica las deben soportar todos indistintamente, sin 
excepción ni privilegio. Los romanos, que han te- 
nido la gloria de que se adopten sns te7es por tan- 
tos pueblos, áaa despnes de extingnido sn nombre 
y sn imperio , no eximian de eeta clase de cargas 
aun á los exentos de las concejiles (4). 

El derecho real de Espsfia no ha dejado en esta ma- 
teria lugar é. la duda ni á la cuestión. En la ley 66, 
titulo VI, partida 1, se expone expresamente que, 
de las donaciones qne hicieron loe vasallos peche- 
ros á los eclesiástioos, contribuyan éstos con los 
mismos pechos y tributos que acostumbraban aque- 
llos. «Has si por aventura la Eglesia comprase al- 
gunos heredades , ó se las diesen humes que fuesen 
pecheros al Key, tenudos son los clérigos de le £a- 

(II Grot., Uti. I, ap. in,|13, nnn. 1. 

(!) Mcnebici , Ubatrtl. Cotinr., Ub. ir, coBtrOT. 81, nnm. 19. 
Eu el reina hiT Tlrlia leyn r putos pdbllcoi, que prohiben la 
eDajcnicloD de lii regaliis del pilrimonio t de li jnrlcdidon, ais 
Decrsíriid de recirrlr 1 prineipfi» gmenies, cají eipreilos m 
enlte por aer bien caoDcidu tileí digposlclonei. 

(j| C)p. £z ¡íltetii, it Plguiirii. Cam ellim boDi viri millerl 
tinl pro dolo Uúit oblliali, el cdid luo oiere tmalcrinl td 
^denilibel pnlildenlem : quid dfeis, ti lilboUriam pncdlim Ee- 
tleiix doielnr, namqnld leietor Eulesia ad irlbolanT dlc, qsod 
lie. qiila reí iranili enm ooere tno. 

Hl Lef.S, Cud. ite Mmtrii. ralrimonítl., tbl;Qal isiiiniiitilcni 
■BiiDfraii pnblicoraiti eonseqanU hdI, osera palrlaoslonm ina- 
linere debeot, la quibni caniia, el boípitei reclpiendi toit. Ltf. i, 
Cad. tei. III. K un era, que pilriniosllt faiüaB mlliliUa unsa in- 
dnesDlir, ab cmniliui asbeaida topt. 



cor aquellos pechos j aquellos derechos que ha- 
bían ¿ complir por ellas aquellos de qnieu las ho- 
bieíon.* Y teniendo atención el legislador á la raiz 
y origen de los pechos, y A eu inherencia real alas 
mismas posesiones, previno que ánn en el caso de 
que, en deifecto de parientes, aucediese la iglesia 
(temase aquí la voz por el templo), por el derecho 
de herencia de algiin clérigo, pecbaso por ella en 
la misma conformidad , si antes era do hombre que 
lo debiese hacer (5) ; apero ei acsesciese que «Igun 
clárígo muriese sin facer testamento é manda de 
sns cosas, é non hubiese parientes que heredasen 
sus bienes, débelos heredar la Eglesia, en tal ma- 
nera, que ai aquella heredad habia seido de homes 
que pechaban al Bey por ella, la Eglesia sea tenu- 
da de facer al Bey aquellos fueros i aquellos de- 
rechos que facían aquellos cuya fuera eu ante , é 
de darla ¿ tales bomes que lo fagan.p 

Diaposicion que debe entenderse de los pechos y 
servicios personales qne pagaban en aquellos tiem- 
pos todas las clases contribuyentes del pueblo, y á 
que se sujetaban los clérigos en esta especie de ad- 
quisiciones ; y por eso se les manda poner en per- 
sonas que pudiesen prestar estos servicios. La 
exención de los clérigos era meramente personal, 
como menudamente explica la ley 51 del mismo ti- 
tulo y partida, y el señor Gregorio López, en la 
gloBA, verbo: Por ratón de m*pertonai;AouA^ fun- 
da la sujeción á los pechos y contribuciones reales 
inherentes, con disposición privada 6 de el prínci- 
pe ¿ las mismas cosas. 

Las leyes reales posteriores imponen á lOs clé- 
rigos la misma obligación en cuanto i la paga de 
los tributos anexos é inherentes á las heredades que 
compraren ; ley 11, título IIi de la Recopilaeion. La 
ley 2.*, titulo iv, libro i: »E otrosí, de heredad que 
sea tributaria, en que sea el tributo apropiado ala 
heredad, qne los clérigos qae compraren tales he- 
redades tributarias, que paguen aquel tributo qne 
es apropiado y anexo á tales heredades, i Y lo mis- 
mo dispone, con especifica expresión de la alcaba- 
la, la ley 3.', titulo iii, libro i del Ordenamimio. 
Y para cerrar la pnerta á discursos é interpretacio- 
nes, está declarado que el derecho de la alcabala 
es un gravamen real, anexo é inseparable á los he- 
redamientos, que donde quiera que fuesen le ha de 
seguir, por la ley 7.', titulo n, libro v del Ordtaa- 
miento; o Y desde agora apropiamos, anexamos é 
imponemos el dicho tribtilo il los heredamientos.) 
Bien qne en Espafia no era necesaria esta declara- 
ción ; porque las contribuciones de alcabalas, cien- 
tos y millones, y todas las demás, á excepción de 
las cargas concejiles, que son puramente perso- 
nales, son inherentes á las haciendas; y por esta 
razón no se reparten á los pobres y jornaleros, co- 
mo está prevenido en las reglas que da para su 
branza la instmccion del afio de 1725. 
Lej 53 dei iPiMia Utulo j paitidí;." ,-, ,-, q [ ,-. 



JUICIO IMPABCIAL SOBBE 



§11- 

B amor que al público profe«&mofi no puede 
menos de escitamos el dolor de ver que, estando 
declarada por tan innamerableB lejes j titnloa la 
carga real de los tributos j contribuciones reales 
pobre todos los heredamientos, tierras y posesio- 
Dcfl del reino , 3^ qne cuando no lo estuviera, des- 
ciende esta SQjecioD do la esencia constitutiva de 
U sociedad , qaeden libres f borras de contribair á 
la manutención del Elatado 7 de la oorona los in- 
mensoa bienes j haciendas de c apel lanías j funda- 
done* moderoaa que poseen los eclesiásticos, j que 
diariamente se aumentarán recayendo el gravo peso, 
por la mayor parte, en la industria y en el afán de 
noestra flaca y miserable agricultura. 

Loa concordatos no dan á los curiales parte en 
etta legialacion , y son nnoa temperamentos para 
evitar muchas veces disputas ; mas la verdad es, 
qas todos en estas cosas temporales son una bre- 
cha contra la autoridad real 7 un medicamento 
imperfecto. 

Por fin, se debe tener á la vista qne esta am- 
pliúma exención en cosas temporales , y las de- 
más que goza de ignal naturaleza en estos reinos 
y en los do la Europa católica, son verdaderos 
efectos de la piedad de los soberanos, qne, por re- 
Temoia al alto ministerio en que ee ocnpa el cle- 
ro, w las han dispensado con imponderable gene- 
rtoidad. 

Sin este recurso, quedariaa reducidos á sufrir en 
la república y sociedad civil muchas derramas de 
Uc que contribuye cualquiera otro ciudadano. Bu 
tHo ministerio no les saca de la sujeoion A todas 
lu leyes instituidas para el bien y la felicidad de 
1» república, como prueba muy al intento el aefior 
Salcedo (1). El sacerdocio, que es de la linea pnra- 
mente ««piritual en la Iglesia, no oontrodioe ni re- 
pngna á la sociedad civil y temporal ; en aquella 
lea comunica las altas prerogativoa y distinoionM 
nw exigen ol respeto de los fieles, para aplicarse 
ña embarazo al cargo de la predicación, á la ense- 
Hm»^ y á la administración de los sacramentos, 
que forman el ministerio sacerdotal. 

A no ser por la piedad de los principes, ee man- 
tendrían a^ los eclesiásticos en el estado de la 
Iglesia primitiva, en que continuaron por muohoa 
nglos, y en que se reconocían destituidos deñiero 
riril en sus personas, como arriba hemos visto. En 
ounto á los tributos, no sdlo los pagaban con la ma- 

(1) DcLít-reBí., Ilb. i,up. ir. Namionfrann eil, olqulenlls 
Eini mi eltrlcl [lüDS teipublíM, cniellit el dlreué illli lilcli 
Itfibu leiieinlDr, licDt et cxlerl cItcs: el cdhi alix legetnon 
oliuii Id TluiD dirige edim lecngilao fellclutem polUleam, tc- 
Hulir tili, nee posíunt ib hie otalIfiUone Mpmrl, i eCleUi 
Uclf ujB anltmn corpai wnlelial la llti repnbllel perfectum ei 
NneloUu commaBllalle, pncIpDt eum tei etcletUitIc* aoD 
eOiai, lee panlt, dltpaaei» lo miteri* clvUl. 



EL HONTTOBIO DE ROMA. 117 

yor prontitud (2), sino que eran, en verdad, agen- 
tes de su recaudación , exhortando con se ejemplo 
y con su consejo á que los pagasen loe demás, no 
obstante la pobreza del clero en aquellos tiem- 
pos (3). 

Se hallarian en la misma condición que tenian 
en EspaSa en tiampo del rey Recaredo, en qne no 
ee ascendia al clericato sin que precediese la licen- 
cia del Rey, y en que continuaban la paga de los 
pechos reales y personales, sí eran de esta condi- 
clon (4). 

El derecho divino, por sus constituciones expre- 
sas y terminantes, bien entendidas y recomendadas 
de los Santos Padres, impuso al clero la sujeción 
civil á las potestades de la tierra en todo lo tem- 
poral. En cuanto á los tributos, no puede eer más 
literal au disposición (5), pues no oontentindose el 
divino Legislador con su mandato, por eílo acos- 
tumbrarlo con BU ejemplo áel cumplimiento, lepagd 
ál mismo, con lo que arguya su terquedad A los re- 
fractarios el derecho canónico (6). 

No ee puede oir sin estremecimiento la respuesta 
que dan algunos eclesiásticos á estos textos. Dicen 
que la sujeción de que hablan , ee sólo respecto da 
los príncipes gentiles. Estos idiotas deben de pen- 
sar qne el cristianismo degrada á la majestad de 
sus derechos ; pensamiento desacertado, qne no pue- 
de tolerar la Iglesia de Dios, y máxima que se opo- 
ne abiertamente á los aumentos de la religión, pues 
¿ qué principe gentil querrá abrazarla, si ha de sa- 
crificar el sumo imperio que Dios le ha confiado? 
Confunden los distintos respectos de principe y da 
cristiano que concurren en los soberanos católicos, 
sin hacerse cargo de que, aunque por esta privada 
representación estén sujetos á las leyes espiritua- 
les, que son el fundamento de la Iglesia, por el 
primero son independientes, y sólo reconocen al 
Todopoderoso por su superior. 

Los textos del derecho divino, en que pretenden 
fundar la BoBada inmunidad de sus poeeeionea, se 
reducen i algunos capitules del Oéitetit, qne exi- 
men la tierra sacerdotal de la paga de tributos, 7 
que en au misma letra nos dicen que eete privile- 
gio es por concesión real (7), y en tas decretales de 

(1) Cip. SI trlhOim, eiiM tt. iWM. t. SI Iilbilim pWll Impe- 

ntor lOB neiiioaa, agrl Etcletis lalYíiiii Irlbonai. 

(3) D. Iildor., \\b.n,trltttí,ÁilEpatalKmSacer¡lttem,tÍ- 
dncMI k D. CmpOiDMei, Trat. ii ¡a regaüa it la aumtiutín, 
etp. I, nsm. U. 

14 CMdl. Ttlttt». ¡ti, Mnen 8. JabenU inlem , ilqiie eonien- 
Uenle, damlna pllMlmo Reuredo Rege Id prceepll ucerdotile 
(oDclllaiD, itderlcoseiriiiillli Uiel astln) tndeat t prlDcLpe dó- 
nalos eipelere, led, reddliooplll tul tribgio, Eeeleifc Del , cnl 
lonl alllíiU, nsqie dan títeiI itgitarlter adnlclabeot. 

{&) Beddite qnod ett CKiirli Ceaari... coi irllinlDni , IrlbntiiiB, 
en) vecllgal., lecUiil. Wallbsj, «p. 1111 , t, ti, el BpM ai fl»., 
cap. II 



d) GtM*., t*t- 1^™, T. n el 



"•"^ft 



113 



EL CONDE DE FLOBIDABLAKCA. 



Bonifacio VIH, ea que ite afinna poaítiT amenté la 
exención real de loe eclasiásticoa. 

Con ana distinción se aclara que la inmunidad 
ecleaiáatica, ea cuanto ¿ la administraeion de los 
miniíteríoB espirituales, ae debe respetar como de 
derecho divino, sin que en^modo alguno se extien- 
da á los tributos y cargas públicas, puesto que las 
constituciones de Bonifacio YIII están revocadas 
por Clemente V, an sucesor. Los curíales ninguna 
autotidad tienen «n el derecho civil ni enlas cosas 
temporales para dar al clero este privilegio. Si ea 
de derecho divino , como refieren , le deben produ- 
cir y demostrar de nn modo que no está sujeto á 
contestaciones, poique de otra suerte funda de dó- 
relo la sociedad. 

Hemos hablado indistintamente de todos los 
bienes redituables de los eclesiásticos , porque todos 
ellos, por el orden 7 por la esencia de las ooaas, 
están sujetos al pago de tributos 7 contribuciones, 
7 no tienen otra exención que la que los príncipes 
los han concedido ; 7 es buena pmeha de esta pro- 
posicionla opinión del seIlorCovarrubiaa,conquien 
oonouerdan los mis de los canonistas. Este sabio 
presidente defiende que los bienes patrimoniales 
de los clérigos, aunque estén ordenados á título de 
ellos, no son libres de loa pechos ni de las contri- 
buciones, 7 aunque goce los privilegios del cle- 
ricato, reconoce que éstos son de otra clase 7 linea 
mn7 distinta, 7 que pertenecen á la espirituali- 
dad, sin que la consignación del patrimonio obre 
otra cosa que satisfacer 4 los cánones, que previe- 
nen que el que haya de ser elevado al sacerdocio 
esté suficientemente proveído en la sociedad civil 



para no sujetarse á la mendicidad (1). T sí esto m- 
cede así, ¿por qná razón lo deberán ser todos los 
demás bienes de £nndaoiones, que con el mismo 
preciso motivo de la indispensahle sustentación ae 
les han dado, 7 las adqoisioiones que han hecho tan 
esta necesidad? 

6i los eclesiásticos, oomo se ha visto, no gozut 
por derecho divino exención personal de tributo*, 
bien claro se ofrece que el edicto de Parma no pue- 
de aer infraooion de sus inmunidades •apirítnal«% 
oomo el Monitorio romano estima. T si aunque las 
gozasen, es constante que no se pueden excnaar & la 
satisfacción de las cargas reales que pasan á ana 
manos, ¿quá agravio sa les hace en ezigirlea los 
derechos de las posesiones adquiridas despoes del 
lUtimo catastro en qne fueron incluidas, 7 en que, 
por hacerse intolerable el goce de ulteriores exen- 
ciones, se sujetaron expresa 7 realmente las ha- 
ciendas al pago de tributos ? 

Últimamente, Adriano YI, Clemente VII 7 Paa- 
loIII han prestado, á ma7or abundamiento, sn aasu- 
so en aquellos estados, para qne pasen con sa car- 
ga laa posesiones á las manos muertas ; 7 esta sola 
oonsideracion bastaba en esta parte para juzgar del 
espíritu con que se han expedido las letraa de la 
oárte de Boma. Si fuese de derecho divino sata in- 
definida exención de tributos en los manos mner- 
tas,en parte alguna las pagarían, ni la curia misma 
podría asentir á su pago. Juzgue el imparoialsi en ' 
la conducta de los curiales se guarda consecnflnoia 
con la cjrte de Parma. 



(II Llb. I, Ttritr. rmhl., af. IT, SDIS. t. I 
ne nlhll atlait opcrarí »3l|nilloncai lllim pilrlBODil , al «j» ti- 
tulo tienen uerls ordlnibni Inslínfitpr, qaais qnoí uU>a«t ptt 
eua cnaolliu. (ttlBeallbui nemlacii id ucroi aNlaet fr«Bi>- 
Tcidim esM, niil i: halieil ^irlmoDiun, « (|sa tileit shtfii 
mendlciUle illraenu libl mlalstnre; uüde Ule palrínoBlsB «i 
b)i u9lgD)tione ni» snieltir Bceleilittlcssi. 



SECCIÓN SEXTA. 



Vt auüm ejmmodi Edicta et omnia, qtue in eis erant disposita promftiiu et celeriia txeoitUmi 
derMmdarenlur per quamdam notíficaiionem edilam die 8 Februarii antU ejiadem 176S, staíutum 
est, ut aiiertus quídam Magistratus iuper conscrvalione Regia, iU voeaití iwisdictionis, ele. 



8L 

En esta parte hace macho alto el breve sobre 
que en Parma se ha7a erigido un tribunal que cui- 
de de conservar la real jnrisdician 7 la ejecución 
de los edictos; mirando esta providencia por otra 
infracción de los privilegias ecleeiástioos, 7 como 
una novedad inaudita. 

No ha; ocu más natoral t^ne establece; un tri- 



bimal superior en unos dominios que se están arre- 
glando de nuevo, para sacarles de la infeliz situa- 
ción en que les puso laseríe de las gaeriss por ma- 
chos siglos. Esta protección , debida á los oánonM 
7 al equilibrio del estado eclesiástico respecto al 
secular, en parte alguna puede estar mejor deposi- 
tada que en un tribunal supwior 7 colateral del 
Principe de Parma. Si 00 se Ie7ese, pareoe diftcil 
creer que loa curiales quieran disputar i nn sobe- 



JUICIO IMPABCIAL SOBRE 
rano indepeodiento hut& la facultad de orear tn- 

St) iB«j(»&ría de cfmdicioD al motivo alegado 
jMrqaa estetribanalentendieBe también en la exac- 
ción de lo que toque pagar á taa manoB maertas del 

Eata eneetion eatáeaimciadadeidemayuítígao, 
7 decidida á favor de toa magiitradoB reales, como 
opinión oomon. Bl eefior Gregorio Lopes la funda 
coa la aatoridad de Bartolo j de Baldo, por la na- 
tural razón que dan estos juriaconsultos , de que el 
jim seglar en este caso únicamente reconviene i 
iMmismaa poBestonee sujetas á su jnñsdioion pa- 
ra el pago de los tributos i qae están afectas (1), 
y DO se puede estimar que ofenda sus privilegias, 
cnaleaqniers que fuesen ; onya sentencia auscriben 
loe autorea que citamos abajo (2). 

Para Eapafia, atendidas sns leyes y la opinión i 
fsror de los magistrados , no admite controversia. 
La ley 4* del titulo IV, libro vi del Ordenamiento 
Smil declaró i todos los clérigos ÍndÍBtintMnenl« 
njetoa al pago de loe tríbatos de las alcabalas, con 
«ata notable sanoton:<Y no lo faciendo asf, por el 
míimo becho sea tal como aquel que deniega & su 
rey j seHor natural su tributo j seDorío.i 

En la ley 1.*, titulo u del libro ix de la Rteopila- 
datt erii tambiw declarado el oonocimiento de las 
josticiss reales para la cobranza de contribuciones, 
toa estas p^abraa: tOtrosi, en onanto toca á los 
inecea eclesiásticos, qne impiden y embarazan las 
«ibiansas de las nuestras rentas, queriendo eximir ó 
uceptnar alguna 6 algunas personas de la pagade 
ellu, 6 en otra alguna manera, ( que se entreme- 
ten i conocer de lo que toca i las dichas rentas, no 
Im pertsnsciendo, y proceden contra los nuestros 
jnecea de rentas, en la dicha contadoria mayor se 
duán y despacharán las cédulas nuestras que se 
«wtumbran para qoe no conosoan, ni procedan, 
ni embaracen, la dicha cobranza , ni se entremetan 
u lo á esto tooante.i T lo mismo dispooe la ley 6.*, 
titulo inn, libro ix de la Recopilaoion, concordan- 
te con la ley 65, titulo VI, partida 1.*, que atribuye 
i loa seglares el derecho de prendar á los clérigos 
por los tributos que adeudan. 

Con más expresión, las ordenanzas de la chan- 
dlleria de Vallsdolid del alio de 156fi, en qae nu- 
nmando las cosas en que tiene el Rey fundada sn 
intención, cuenta entra ellas la jurisdicción en loa 
«cleaiásticoe sobre cobranza de las rentas y dere- 
choa reates, y dice estas palabras : sPorqne setas 
cosas tocan á nuestra preeminencia real , de que 
liempre los reyes , nuestros predecssoree, de glorio- 
ai memoria, y Nos, y nuestros oficiales y jnaüoias 

|l)hle(.S1, flt.tl, psnlLl, ifíba Per raiim te na pmnu. 

a AcnHo, ei la lif 11, UL in da la ñetvpilaáai. Baiidlll), 
Ut. a, tf. «DI, DBB. m. Florea da Hcia, lib. u, da lii rériu, 
iffO. H, anm. «L Cirond*, Da GmHOÍi, part. tu, inn. », e> 
)HMiiuaa«rladdacil. 



EL MONITORIO DE ROMA. 119 

acostumbramos á conocer, aunque sea contra clé- 
rigos, frailes y religiosos yérdenes, sin que otro se 
haya de entremeter ni entremeta en ello, ni se le 
haya de dar ni dé parte alguna de elIo.D Lo mismo 
se espresa en las ordenanzas de la chancillerla de 
Granada, del alio de 1507, y nadie duda del vigor y 
eficacia que concede á las ordenanzas de las cban- 
cillerias y audiencias la pragmática con que prin- 
cipia la recopilación de nuestras teyes. 

El doctor Juan Qutierrez, eclesiástico (que no 
pensariaen dejar perderninguna de las más dudo- 
sas preeminencias de su estado, como lo calificó en 
la controversia de los millones con el seDor don 
Juan del Castillo Sotomayor), sienta como la más 
verdadera y comnn opinión, que el clérigo puede 
ser reconvenido por la justicia seglar sobre el pago 
de las contribuciones que adeudase (3). Después 
de haber alegado parte de las disposiciones que 
van citadas, refiere, en sn comprobación, que la 
junta que tuvo el clero en Madrid, en 1567, y en 
que él mismo fué vocal por la iglesia de Ciudad 
Rodrigo, de que era prebendado, dirigid al seDor 
rey don Felipe II foanoT^l, quejándose con moti- 
vo de un pleito muy ruidoso, que pendía en el Con- 
sejo, entre el clero y la ciudad de Jerez, sobre 
quién habia de compeler á los clérigos tratantes en 
vino al pago de la alcabala. Y por haber su majes- 
tad cometido la decisión del negocio á varios seflo- 
res presidentes y algunos consejeros, trae á la letra 
el auto acordado, que por esta razón se llama co- 
munmente d» PreHdmU* (4). Reglé los casos en 
que los clérigos deben pagar alcabalas , y á nuestro 
propósito dice : a T si asi no lo hicieren y pagaren, 
las justicias les compelan á ello, deteniendo ú ex- 
ceptando los dichos bienes, 6 otros cualesquiera 
bienes ó frutos que hayan vendido é contratado, y 
los demás bienes que tuvieren propios 6 de sus be- 
neficios, dejando reservadas sns personas.! 

En loe términos específicos de formar un tribu- 
nal particular para el privativo conocimiento de 
los contribuciones de las manos muertas, expi- 
dieron nuestros soberanos sus reales cédulas en 
distintos tiempos, en cuya virtud se erigieron tri- 
bunales de amortización gm Valencia y Mallorca, 
donde saludablemente tiene vigor y observancia 
el uso de esta regaifa. T por lo que hace á Mallorca, 
se decretó por el sefior don Felipe V, en 24 de Ju- 
lio de 1717, la nueva forma de este tribunal (5), 
con sujeción ambos á la Cámara. 

En un punto de esta clase nos contentaremos 
'con satisfacer á la queja que forma la curia ro- 
mana contra la corte de Parma, con la enérgica y 
sencilla respuesta que nos dejó el papa Inocen- 
te) Gailemí, B> Gattaii, 11b. nr, quni. U. 
(4) El el i,Ui. XTiii, 11b. iidiliAnú, Reeof., Utm.m. Tim- 
blan baca menelaa , j copla parla dal Anlo de PreMaitn ierlnl- 
sia da Canlloi el el InUdo De CtfnU. ftr títm tMaaix. 
p) Anta aKirdado 11, UL ii, lUi. ui de li Rfr^fWadM. | _, 



120 EL CONDE DE V 

üio m, qne penetraba mejor que loa curíalea mo- 
deraoa el urden de Im cobsb (1). No debe doecono- 
oei al jaez real el qne goza tae posesiones con real 
permiso, en sentencia de este gran pontifice, y si 
los curíales actuales llegaran ¿ descifrarla en toda 
sn extensión , creeríamos qne les bubiera quedado 
muy poco que extraDar en los edictos tocant«a á 
regalías temporales , aunque en ellos tengan inte- 
rés los eclesiásticos, como miembros de la repú- 
blica i cuya promulgación ha hecbo. indispensable 
la conservación j el bien de aquellos estados. 

Esta reflexión nos excusaría de repetir que la 
república civil es en si bastante, y ha recibido de 
Dios lodo el poder necesario para la eiecuoion de 
floa providencias , sin neoesidad de recurrir & otra 
alguna autorídad. 

No pueden alegar los enríales autoridad anfi- 
ciente contra la regalía, ai se exceptúan algunos 
actos que el artificio y el ínteres propio les ha fran- 
queado, en premio' de su arte para negociar. 

Los tríbnnaleíi superiores usan dejurüdieú/n en 
los casos de tu competencia, y de la protección en 
los que corresponde, según bu naturaleza. Y así, en 
Milán acaba de erigirse un tribunal de esta natu- 
raleza para atender i idénticos asuntos. El On- 
sejo conoce de ellos, y es un uso general del orbe. 
Pues ¿qué debe decir el imparcial juicio avista de 
la odiosa distinción contra el ministorío de Parma? 
Aprendan los demaa príncipes , para romper unas 
cadenas que impotentemente los curiales trazan 
contra la potestad temporal, en una edad ilustra- 
da, que recurre i la Escritura, á la tradición de loe 
Padree y A los concilios, y 6un á las mismas con- 
fesiones de los papas, para acertar en tales ocur- 
rencias. 

§n. 

El nombramiento da conservadores y comisa- 
rios que h¡?o el gobierno de Parma para que ce- 
lase la ejecución de los edictos públicos, es nno 
de los cargos más ponderados quo se leen en los 
cedulones de 30 de enero. La extensión qne tiene 
el encargo de estos jueces ¿fin de velar sobre el 
número de regulares de ambos sexos, ai reglamen- 
to de los dotes de las monjas, y al temperamento 
que debe haber en los minosos gastos que se hacen 
al tiempo de su entrada en el monasterio, punza 
muy agudamente la delicada condición de loa cu- 
riales ; Bostioneu que en estas providencias se ofen- 
de en lo mis intimo la inmunidad eclesiástica , de 
quien hacen privativas tales inspecciones, y pon- 
deran un enorme abuso del poder secular, con la 
ordinaria exclamación de que se ingiere á dar la 
ley al santuario . 

No será muy molesto el disonrso en el examen de 



LORIUABLANCA. 
este capitulo, por mia qne convide bd amenidad i 
decir mucho. La naturaleza purunents temporal 
del encargo de aquellos jueces oonserTodores en lo 
temporal, es propia y de mera protección y econo- 
mía en los asuntos eclesiáetioos. 

Con esta distinción fácilmente ae deaarmaa Is« 
declaaiacionea dislocadas de loa cnrialea, y qneda 
en claro la jnrisdicion 6 protección , eegnn la va- 
riedad de casos de los magistrados , y U sujeción 
del clero i las leyes civiles públicas, eoowimicaí t 
suntuarias. 

Por mis de once siglos faé tan redocido el iif- 
mero de monjes, que sus adquiaicionee ni sos per- 
sonas no perjudicaba ai servicio del Bey y ds li 
patria, y congregado únicamente para hacer ana 
vida solitaria , se hacia muy estimado en el pueblo 
el tltnlo de monjes (2) , porque no experimentaba 
dafioea multiplicación el Estado. 

La nueva fundación de drdanee regularas dii! i 
conocer bastantes incoa v en ientea. Notorias sos, 
acerca de este punto , las diapoeic iones de lot coii- 
cilios generales de Letran y León, y también te 
sabe que por desgracia, fruatrado en gran partera 
efecto, quedaron reducidas á perpetuar el cihimí- 
miento de los datios de la multiplicación 

Las mismas quejas j clamorea ae llevaron il 
santo concilio de Trente. Atados loa padrea l<s 
eran mny conocidos los malea qne la prodigicu 
multitud de regalares originaba á loa pueblos. Bl 
doctor Alfonso Guerrero y don Diego de jtlavaj 
Esquibel los explicaron mny particularmente en sna 
respectivos tratados sobre los pontos qne dsbian 
llevar la atención del concilio. Loe Padres creje- 
roD que sería un remedio bastantemente eficsc im- 
poner áloa superiores y comunidades nnaettiB- 
cha prohibición de que admitiesen sólo los indivi- 
duos que se pudiesen sustentar con las rentas pro- 
pias del monasterio 6 oon el piadoso oootingen- 
te de las limosnas ordinarias de los fieles (3). tu 
esta buena inteligencia, omitiendo otras eacM- 
les que pudieron tal vez mediar, se contentaron con 
aquel reglamento. La confrontación del número i» 
conventOH que tenían los regulares en aquel tiem- 
po, con el puntual estado de loa que msntiensa el 
día de hoy , descubrirá el cumplimiento que ha ta- 
ñido, sin salir de Espalla y en otras partes, la pro- 
videncia dot santo concilio, y basta qué grado h» 
debido subir forzosamente las contribucionea 4a 
los seglares que se necesitan para el sustento de 
tanto número de religiosos , y ¿un de úrdenea coe- 

Ut. III, Up. l.llDia. t, MClD. D. IldcpbODI. ClCBOM'**^'**' I 

ICfil, Dt Cmeeri. Ftilarél., pin. i, eip. iii. aia. 11. 

13! Con«U. TOdenl., Mi. », af. iii, Dt KtttlMrU. W'-lt 
prcdlcU* aaiem moHiIeclli, c( doaibii, Ua Tirona, m** 
mulicrna baní IniaobiJIi pouidCDtiliai.iti ii<h> poMUnlHi; 
it UDiim noaerai cBiuiLIttiliir, le la poUtcna coawTWWt.ff 
Tci n reddliibDi propillt Bosiilcrleraa, ni «i <•■>•«<'**'**' 



BMjali MD>no4t fi 



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JUICIO IMPARCIAL SOBBE 
tánaM 6 poateríoTM ti concilio. Sus mperiorea han 
debido cuidar da atemperar el Diimwo, j acaban 
ai ICapaBa loa generales de san Francisco, ianto 
Doinín^o 7 otroB de dar ejemplo de au celo. 

Si se reflexiona ou inatanto sobre loa mnohoe me- 
dioa con qne entre nosotros se impiden indireota- 
mente loa casamientos, j lo mismo en otros paisea, 
como Pamut, combatido de guerras eontínnaa, no 
podrá menos de conocerse la necesidad de prori- 
dencia. Ia inmensa multitud de regalares, de ca- 
pellanías, de mayorazgos , substrae al matrimonio 
una gran parte de losjóvenea qne debían renovar y 
umentar la nación, tío entrorémoa ahora en eataa 
oonrideracitmea de intento ; eu Espafia las conocen 
1m raperíorea de las <irdenes, y como boenos va- 
nUoa del Rey, & la menor insinuación del Consejo, 
en nao de la protección del concilio y de los cáno- 
nes, aplican va «sfaeizo al remedio, cumpliendo 
con lo que sos reglas y el concilio disponen. Es 
usa JDsticia qne no les podemos rehusar. El amor 
al bien público se reúne actnalmente en todas las 
partas de la monarquía, imitando el ejemplo de 
Duestra angosto monarca Carlos III. Todas las da- 
tes del Estado caminan á competencia para refor- 
mane por sí mismas. El sefior infante don Fer- 
nando, daqne de Parma, logra en bus vasallos las 
nñsmas disposiciones. Cuanto sale de un justo nú- 
niero y medida deja de ser cabal ; asi á las úrdenes 
regnlarea importa fijarae en nn moderado pié. 

I Quiín podri aoitener en Parma , como punto de 
¡nmunidad, on número de regulares ezceairo, gra- 
Toeo al Estado y contrario á las disposiciones de la 
IglMia? 

Biso diferente seria el modo de pensar de mu- 
dioi padres de familias acerca del destino de sus 
hiJDi, ai fuera menos amplia la libertad de profe- 
ui-laTJda religiosa y hubiese de preceder, como 
an tiempo de los godoa , la licencia del Sey para 
ttcender al aacerdocio. Destituido enUSnces el po- 
■Mderdel mayorazgo del recnrao que halla en los 
mousterios, bnsoaria otros caminos de acomodar 
1h ramas de su familia, sin forear tal vez la voca- 
ción. El profesor del artífice, variando de sn actual 
conducta, convertiría en adelante todos sna cuida- 
dos en bacer herederos de so habilidad ásns hijos; 
so una palabra , se oonoiliaria el interés de loa re- 
gnlsres en admitir los escogidos, y no se olvida- 
ñu los intereses de la patria en llenar los claus- 
tioa de los no precisos ni convenientes en ellos. 

Fot esta razón no puede un gobierno atento y 
vigilante omitir la ñjaoion del número de los clé- 
rigotyde los regulares en aquel punto proporcio- 
na! que exige la armonía y el equilibrio que debe 
luber entre los miembros de nn mismo cuerpo aso- 
ciado, para mantener su acertada constitución. El 
ncaidocio, la milicia, la agricultura, el comercio, 
lu artes tienen relación entre sí , en cnanto indivi- 
duo! da la sociedad ¡ su eqailibno es necesario en 



EL UOKITOBIO DE BOMA. 121 

cada uno de estos órdenes para que su fomento no 
destruya los demás. Si todos noa alistásemos en las 
banderas, jquién servirá al culto? ¿y quién defen- 
derá la patria si nos ocupásemos únicamente en el 
sacríficio y en la oración? 

Casi no consiste en otra cosa el arte difioultoso 
de regir los hombres que en hallar el medio justo 
de la correepondanoia que deben guardar entre sf 
las varias clases de qne se compone la república; el 
exceso en cualquiera es una deformidad, que oca- 
sionará su ruina, y el eiborbitante número del clero 
secular y regular, si no se templa en los estados ca- 
tólicos, la aceleraria, como se vio en el Norte 

Pudiéramoa valemos, para esclarecer esta ver- 
dad , de los excelentes discursos qne nos han dado 
muchos políticos extranjeros; pero noa contenta- 
remos con el testimonio de dos ilustres espaOoles : 
uno es don fray Ángel Manrique , obispo de Bada- 
joz, que há máa de nn siglo clamaba sobre la mi- 
noración del número de eclesiásticos, en nna obra 
escrita de intento con el titulo de Socorro, Otro es 
don Mateo López Bravo, que persuadía por el mis- 
mo tiempo la necesidad que hay de poner limites 
en Espafia al clero secular y regular y á toda clase 
de celíbatismo, con una elocuencia qne no es muy 

Este sabio ministro conocía qne el verdadero 
poder de loa reyes y de loa ímperioa consiste en el 
gran número de losaúbditos, y se admiraba de que 
los turcos, librea para su multiplicación , no hubie- 
sen inundado ya el orbe , como debía suceder, en sn 
concepto, algnn día (I). Loa protestantes se hallan 
en el mismo caso, y con más proporción , por lo que 
excede su gobierno al de los otomanos. 

Prosiguiendo en BU discurso, sostenía que la pro- 
pia conservación del sacerdocio pedia con instan- 
cia que ae limitase sn número; porque mante- 
niéndose del trabajo del pueblo, no le podría ser 
indiferente en decadencia, y vendría á faltar la re- 
ciproca dependencia que entre ai tienen el pueblo 
y los sacerdotes ; y clamaba con ahinco por una 
providencia que, desterrando las varias fonnasde 
celibatos que nos rodean, sólo so admitiesen á el aa- 
cerdocio aquellos sujetos qus bicieae recomendables 
elmérito de sn virtud, prudencia y literatura (2). 



III D. Hint. Lopeí BraiD, D< Btit , ti rt/oM T»an§, llb. m, 
pig. 1, Ital: In smlUladlng popoli <U|iilU( regí), In pmeiuu pls- 
bii liDonliia princlpií. Nauja hoe Hebrcii «reíoiiai, noa ijuio- 
Ud RomiDli, Sinerila, et lirdi nollulsiaiii. Llcet hii, qsii 
poumi ilere, «ioki dvure. Totnapill) íiMindiu, asila cl«u- 
■re, uurdoUo, inl icUbllD ■lcrlleioib«M iasniltntnMdBleci; 
SOB iDSDdau Blror. 

(tj ídem Lopeí BriTo, ibl piDiliit: Popan tibor illt iiecrdn- 
Uam: deScItt ntmuiqitc, ti iDeremenlDaí lili mignoKIlnitltll ds- 
erencnto. Sánele Ule: NeepepuliH iJns ttetrislihii, ttitciri^ 
te» tíni poimlii aie fttnnl. Tot iieb niilriDioDll Itrore unonei 
otln ib Etcleila dccrell, plureiqne bodie. ti regim precibaí el 
Ipdoi Eccieaie alllltile (qao)d reUglo pallilur) deceraesdl. Tol- 
^t» cltatlrtí, lol alne elaisiro uesrdotila, (ot aloe «teerdollo a^- 
Ubtuí aindeniib» UdIm, lilbu »•• cqBtlDeut uilpuMi 



U2 



Bit CONDS DE FL0RIDA6LANCA. 



AtWTAfiqni duda oftbe en qoe eatoa onidados 
oorapoten prirativamente á loa qae Dioa ha puesto 
en la tiem p«r& al régimen y gobierno de la socie- 
dad civil, oomo vicariog anyoe en lo temporal? 
Mncboi veces hemos repetido que el oScio de loa 
reyes se cifra en la vigilancia de mantener loa or- 
denes de la república en el debido temperamento. 
Aunque las estra&as protensionee de los curiales 
aftrmen otra cosa, á pocos persuadirán, y eólo pue- 
den ser oídas de loa que ignoran loe límites do las 
potestades. Si loa gobiernoa no se ocupan en regla- 
mentOB de esta especie, deberían quedar vacíos los 
tronos, y serian ooioaos los tribunales en el orbe 
catúlico. 

£1 rey don Fernando el Magno, en la era 1089 
(afio de Cristo 1051), con oonsejo de loa grandes y 
preladoa, estableció varios reglamentos de disci- 
plina, y entre ellos, síganos tocantes á la monás- 
tica (1). 

Es verdad qne los regulares en otro tiempo de- 
bieron, por su honor y por su propia conveniencia, 
haber excusado á los príncipes y al Gobierno la 
providencia de celar en la reducción de in número, 
para evitar la desestimación qne trae la mnltitnd 

Bien al contrario de ser ofensivo en Farma ni 
en otra parte alguna la reducción de los regulares 
á número fijo, les restituirá sin duda todo el res- 
peto que se merecen en la república cristiana los 
que, ademas de sn carácter, con sus virtudes y ejem- 
plo ensenan i los demás el camino de la perfec- 
ción. Si «Ignnos se han alistado huyendo de la mi- 
seria, no serán por cierto loa qne den tales ejem- 
plos. 

El cardenal Roberto Belarmino copió estas ver- 
dades de la doctrina de san Agnstin , en aquella 
edad madura, en que suele aflojar la fuerza do las 
pasiones. A la consideración de este autor se te 
ofrecían los regularos como aqael extremado fruto 
de las higueras de Jeremías , qne no tenia medio 
entre lo sumo de lo bueno ó de lo malo (2). Veía 
perfectos religioaoa, dignos verdaderamente del 
elogio que hacen loa Santos Padres da aquellos 
qne supieron poblar de ángeles los desiertos; con- 
templaba otros de vida tan estragada y licencio- 

Mdn|iie !■(* oriistar, nt tlUa iDfDlrcDditm. □iiulrl id obteqnla 
KMNoUtqsB id álfslUteil Mi Uatam, qoo* tlrlus, pndentii, 
■critupw- uutratnn iDilpU coBnisdirlot, idmiuig. 

(1) Bl oblipoSudonl,fiJt<. itO. Aítue Ví/,up. U11, eacl 
eipIMlo qiB inu del poder qoe Id* reres d« Espifli bao icnldo 
■s tu liletiM j bieiM jp«»oBud»en»,pl|. «IjIht;, in« 
iHdsUuolpiUluditibleddiucii Cay»u, que es elirUtola; 
sspost j mitt* fut re|l* l> tijítíon de los regolirea i lai obls- 
r»l, Ikl: S ki tUie* é Itt thttaa em m cnTotlet iin tte- 
tíaOf i — vHipat. Esia mimo te lee es nDeslroi conclllai re- 
ptlidiBcnle, concarflesda li aBioridid re*i 1 retubleeci ; »■• 
tettw un unli disciplina. 

(1) Cirdlul. Robert. Bellamln., De Geailf* eehimtte, llb.n, 
wp. n, psi. IS(k Ibl : Refaliret cbIb ilaille* u» ildenldr Oca- 
boa lertmlc, <DlecqDU,tiua busv eiul, enol boue laldí; et 
qaviulntiulnitldb. 



sa, que no hallaba en el siglo hombrea ni más 
perdidos ni más criminales ; y buscando el ori- 
gen de cata monstruosa diferencia entre hombre* 
que han abrazado el mismo género de vida, no 
halM otra causa qne la muchedumbre, oompneata 
en gran parte de gente pobre y miserable, qoe in- 
tentaba disfrutar sin trabajo en el daostro las oo- 
modidades que en el siglo les habla negado sn in- 
habilidad 6 su pereza (3). T hablando en otro pa- 
raje del remedio que necesitaba este desúrdmi, 
afirma que ninguno podía ser bastantemente eficaz, 
ai no se desterraba para siempre de loa monaato- 
ríos la propiedad de bienes y haciendas, origen 
fatal de la relajación que habia llorado (4). 

La fijación de los regulares en sn número no 
debe llamarse por ningún título reforma. Esta es 
una voz que justamente les debo ser odiosa, oomo 
que supoue la relajación y el distraimiento. La 
primera sólo ea una mera providencia política, qae 
hace preciaa la conaervacion del Estado para en 
adelante, ain tocar directa ni indirectamente en la 
conducta de los regulares, ni en la observancia de 
sus institutos. 

Importa mucho no confundir estas dos cosas da 
rtdaeeionj reforma í porque sin duda, cuando se 
trata de las reformaciones de la disciplina regular, 
y de tomar medidas para sn perfecta observanma, 
debe intervenir la autoridad espirituaL 

Por fortuna , no ae está en este caso en Panna ni 
en los dominica de Espafia, deapnea de las provi- 
dencias tomadas con unos incímodos vecinos. To- 
das las drdeuea regulares que hay hoy en loa domi- 
nios del Bey, no se duda que cumplen sus instita- 
tos muy exactamente. Pero si en alguna, con el 
tiempo (que no se espera), sucediese lo contrario, 
tampoco pueden los principes desatender fA encar- 
go que les ha hecho la Iglesia sobre este particn- 
lar (5) por boca de los concilios, conociendo la oa- 

(I) Idm, loco cll., pa|. va. Utti citiDí dldlar iBalUtDdo bo- 
paebomm vlsu esse In valle profundl el hIíkíoosI, i|>ii malUn- 
do ei mouU ptrFecUonla eetidlt ad Tallem proíoiidini nimia rela- 
iiUoiil*, eomflanMeoseilItliieeDeiitii; nm enladuit e*aite- 
lli >d pneieplnm ChrliU; idesi.non iniit eai iIíiíd> tociUo ad 
bamllilalesi Chrlsll cetUndiiD , led ciniills sensns, qol dchUb 
nriciit, dsill llloi. lel id Tilam coniEíodiDreiii, cam euesi pía- 
peres; >e1 ad honores ambicndos In reli|ioBe, eam Ib iBcnlo bod 
iotealreiit, qaa lii posseBt i*c«Bdere: letalloallqaacaiiiilio 






Dt, sed m 



(4i Idím, De Gcmila eelamha, !lb. ni, cap. ti, pig.Sg4. Qnare 
tltul reliiaUa uorli esl In Eionaiterlls, cundo pmptletu Ib- 
(reiB eti ; lie oporlet. Si rerormiiio mn lerl debut, i( proprle- 
Us penlUis arcolnr. Esla pmpitdti es el domlDÍo panlcolareB 
los reüelDios coa iflnlo de pecsUa, ji lodo lo qae u opoul la 
■Jiíe comwt: sobre qne eoivleie leer 1 Vas Spen, qns loinb asf 
de lnl»Io;pneB lií rentas necesarias r n« eicedeolei no ealna 
en eala censara. No sdoptimoí oíros pasajes de Belaralso, Pir 
conlnrlo i lodis las drdenes gne no Tueien l« inja. 

|S) Cnuil. TrUat., Ms. II, Up. Uit, O* ««««/Brit. Uorutar 
eilam nucía ifBodas oBsea re(es, el principes. respabUcis, el 
Mallstralna ¡ el In ilrlnu sanclx obedlentl» pnetlpll, ni lelllnl, 
pizdlclis eplscopi*, abbatlbns, »e íenerlllbos, el CBleria prvfeo- 
Ui InsBperíiu conlesM rerorBallonlteiNBUoBesBBBisiUlBa, 
■I ancMiiUlen lalerponere i «loUe* iMtUt revltil'i ai »la« sU* 



JUICIO IHPARCIAL SOBRE 
CMÍdad del aasilio y protección del br&zo real. 

Sida tiene de espiritual ni de oomtm con la re- 
tiyna» de regnlareH U vigilancia sobre cefiir an 
nimero á an panto josto. Sólo al pensarniento de 
loa cnrt&lea se ha podida ofrecer la especie de que 
coire^Mnde á U potestad eclesiástica nn regla-- 
mentó meramente temporal de la república. Pero 
finjamoa un momento qae con efecto faeae asi ; ¿un 
en esta aapoiicioa , no se puede reprender el proce ■ 
dimiento del gobierno de Panna, sin olvidarae de 
que el coDoilio de Trento tiene limitado el número 
de los regalares al de los rCntas 6 limosnas ordina- 
rias; porqae, ademas de que loa principes 7 los re- 
j-es son protectores por derecho para la ejecución 
de los cánones, áan en la opinión de autores que 
bu hablado en el tono que les han dictado los in- 
orases de la cniia (I) , el mismo concilio de Trento 
Iw ha hecho este especial encargo (2). T asi no 
puede la curia, ni la Santa Sede, que lo ha aproba- 
do, oponerse sin caer en contradi oi on ; los jneces 
«Huwvodorea de Parma no disponen de nuevo , y 
c«Un externamente sobre poner en literal obser- 
nncia lo mismo que ha diapneato el concilio. 

No nos detenemos en el reglamento de los gas- 
tos de lu entradas de loa monjas , como oosa pura- 
mente temporal, ni en la fijación de los vitalicios 6 
dotes de las monjas 7 religiosos. Lo mismo hacen 
& cid* poso los aoberouos en laa bodas, annqne el 
matrimonio sea sacramento, i cuando moderan los 
lotos j fonorales. Estos reglamentos suntuarios non 
matos temporales, 7 la moderación de la eupor- 
íoidsd que paede haber en eUos, á nadie incumbe 
ÑD «1 gobierno político, como advierte coalquie- 
n tin necesidad de persuasiones ni discnraos fun- 
dos. Nuestros libros j leyes están llcnoa de eatoa 
regiomentos, j ámilos autores adictoa áloaintere- 
•et d« los cniioles reconocen paladinamente que en 
uda ae rozan con la inmunidad, á menos qaa cai- 
gu «Q el absurdo de llamar mmimidaá la toleran- 
ña del deaórden ; jo la llamo impunidad. En este 
VoDitorio, ¿ faeiza de amontoDar especies, se de- 

■WflMata pntBtn, reelt ncqniatir »i luden Detoaml- 

(I) FnidiB. Antoa. Je Slmeonlb., Dt Rumaiti Ptnlifió. Juiídi- 
rtt^MnOM, toa. 11, up. 1X1,1 l,pi(. 137, U>1: C«Ilio)lclOninH 
ii NcoaTniant principe! IFicndi HemliDeHils vertít olor] K- 
detiutkonB canonam euqBVloreí eMB, aoo conáJtam, uon 

n> Cmeii. TriiaU., let. 18, ia Dtcnlii napaulnlt, Ibl : late- 
Manaeidennneu Sínodo* eitortainr anací prlaelpetchrli- 
niSM, at anaes pnilitai, al obienCDl, el reip«ellTt iiiiatenDi ad 
M ipeetii, obterraro helMt In íbLi regula, domlnlli, et eeeleaili 
■nía et itaplt, tn« per bMitcram OEcDiBeDJciim eoncltlaia 
el loereli. Et lei. W, Mp. u, D( fteftr- 



t,i>taill 



EL MONITOBIO DE BOMA- 13B 

bilita más y más en la progresión sa fuerzo. ¿Qui 
gobierno civil podria existir entre los católicos, sí 
para estos asuntos temporales dependiesen de el ar- 
bitrio de los curiales? 

Do aqui dimana la conclusión Srme de que en 
los materias espirituales tocantes á la administra- 
ción de sacramentos, la potestad eclesiástica es pre- 
ferente; pero al contrarío, en los cosas temporales 
6 tocantes al gobierno civil , todos loe eclesiásticos, 
hasta el Papa, deben atemperarse á la decisión d« 
los reyes (3), como lo confiesa el papa León 17 al 
emperador Ludo vico. 

Digan los curiales actuales si ha mndodo el sis- 
tema de ta disciplina de la Iglesia, para que ellos 
contradigan, abusando del respetable nombre de 
Clemente XIII, á lo qne el papa León IV sentó 
como máxima fundamental de la Santa Sede roma- 
na. Dejamos al juicio imparcial de los sabios la de- 
cisión de este problema, si tal debe llamarse el de- 
recho de los principes sobre velar en la policía ex- 
tema de los eclesiásticos; derecho que les han re- 
conocido los concilios, inclusos los cuatro prime- 
ros ecuménicos, y laa mismas decretales pontíficios. 

San Bernardo, en sos libros de Contideraeion al 
papa Eugenio III, le deoia con mucha fuerza que 
ningunos ofeodian más á la Santa Sede que aque- 
llos que confundían lo eclesiástico y lo profano, 
haciéndola odiosa con mezclarse en lo que no le 
pertenecía. Las epístolas de los papas más insignes 
están llenan de sinceros reconocimientos de la se- 
paración inaccesible de ambas potestades; y entre 
los testimonios que pudiéramos juntar á los ante- 
riores, en comprobación de esta verdad, es singula- 
rísimo el de Gelasio I, que de intento persuade el 
objeto de todo nuestro discurso (4) con admirable 
energía y claridad. 

(3) Pelni de Hiro, Cttcart. Stceri. tí faji., lib. n, mp. 1, 
lert. 1, leiL eleiiDi in un. ¡ioi iilnempe¡tnitr,it,taBi.i, 
qncií. 7, lbl:^0IIl Incompeienier aHqold aglDoi, eiliinbdiiii 



(1) Gelitll PP. I. . in IncL De Áiuattuai fimeala. tON. t, Ctl- 
Itct. Laiie, pi(. 358. Sed cnn >d TOcnn Tenían eil enadem ra- 
lem, tliiiift ponliBrem nlln ilbl lee Impentot ponlIBd non» 
ImpoiDlt. nee pODUfFi regale raillglum ilndlcitll. Qoimili enln 
mcmbra ipslaa. Id e>l veri reil», lUjiia pDDlJfi(i), tocnndoB pirlk 
clpillanem nilone nagnillct alramqae In ucra geoeroillale lomp' 
ilise dlcanlar, al ilmiil regale genug, et licerdoUle BnbiliUit: 
Allimen Cbrlsini memor rragilluili bumaoc, qnod ■aoroiE laluU 
eongmeret, dlspeiiailone mafnlllci temperan!, ile lelionlbaí 
propril», ÁfDlUtibaaqia dlsllnclla órlela potetlatli alrlaíqa* 
dlKreTlt, snoa tolens medlclnatl hnmllllale laliarl, nan baiaaaa 
■nperbii ranas Iclercipl. ut et ehrlillanl Imperalorea proetemí 
Tita poBilIcIboa ladíiereni, el ponliBcei pro temponU cana ■»■ 
rsm, Imperiillbu dlípoalticiilbw stenolu. 



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EL CONDE DE FLOBIDABLANCA. 



SECCIÓN SÉPTIMA. 



Nam subdie i6 labentis hujus mensis Jamiarij Parme prodit ediclum, ín primtí quidem eontu- 
meliosum...i... In eo enim prmcipilur, ne subditi Parmeiisis, et Placenlini, tiecnon Gumlaüee 
Dueatuum, quicumque Uli sint, sceculares aut ecclesiaslici , universilates , convenlus, religÍos€E 
domus,tam virorum. quam mulienim, nemine excepto , suas lites etiam ecclesiasticas , innuüo 
«artero Tribunali videlkét, ñeque m Metropolitanis Curiis, ñeque apad Aposlolicam Sedem, etc. 



5 1- 

Aun no ooaociwi lai gentes laa leyes escritM , j 
jtt les era natnral, no sólo el aborrecimiento de Iub 
JDÍoios exirsujeros, Bino el anhelo de que dentro 
deens propios hogarei les juzgasen m8gistr»d08 
compatriotas suyos, elegidos á au satisfacción (1). 
Esta costumbre, que refiere Tácito de los antiguos 
germanos, se halla observada en todas las naciO' 
nes, consultadas sus historias. 

Antes qne reprobasen en asta parte los corialea 
de Boma el establecimiento de una costumbre deri- 
vada de la ntilidad de las nociones, debieron adver- 
tir que la equidad , esta hija primogénita de la ley 
de la razón, impresa en los corazones de los hom- 
brea, pide con mncho ahinco qne á la triste con- 
dición de nn litigante , que con tanta razón compa- 
decen los sabios, no se apriete con la dura sobre- 
carga de precisarles, con abandono de sus familias 
y con sacrificio de sus intoresee, i peregrinar en 
busca del oráculo de la justicia, que sin misterios, 
sin dificultades ni melindres, se les debe ofrecer 
patente á la puerta de sus casas. 

También han debido considerar que este edicto 
jnstisimo á imprescindible de un soberano que de- 
sea la felicidad de sus subditos , en nada ofende la 
superioridad ó derechos justos de la curia. El lugar 
del juicio ea sin duda circunstancia muy mate- 
rial al ejercicio de la jurisdicion , y bastante satis- 
facción de sus ideas es ejercitarla en otros territo- 
rios que los suburvicorios, por medio de delegacio- 
nes y rescriptos, que al mismo tiempo que la con- 
serven, no pierdan de vista la utilidad j beneficio 
público. 

No es difícil de percibir el estímulo que hace ol- 
vidar i los enríales la suma distancia que hay del 
reconocimiento de la superioridad de la Santa Sede 
de Boma, ¿ la precisión de presentarse en el fuero 
raraano los litigantes al seguimiento de las causas 
eclesiásticas; gravamen que, en el sentir de nn 
autor, es.tan eztrofio é intolerable, que ¿un la 
«xencion de los regulares , y sn inmediata sujeción 



al romano Pontífice, se interpreta de modo qn« do 
se entienda que están precisados á aparecer en el 
fuero romano , sino para que por rescriptos contro- 
viertan sus oaosas ante jueces delegados naciona- 
les, evacuados antes los recursos ordinarios á eos 
Buperiores, residentes en sus patrias ó domicilio (2). 

Es un derecho incontestable de todos los pueblos 
terminar sus juicios dentro de su propio país y ter- 
ritorio; y esta verdad, qne ataca el Cednion 6 Mo- 
nitorio de 30 de Enero, con la insinuación de qne 
loa tribunales de Boma no pueden juzgarse extran- 
jeros 4 ninguno délos cristianos, demostraremos 
que no sdlo es conforme á la primitiva disciplina 
eclesiástica, sino que está confirmada en los ciño- ¡ 
nes de los mayores concilios, y con decretos y los i 
ejemplares de los mismos papas. 

En el concilio Niceno, venerable fuente da la 
legislación eclesiástica, donde, según san Le<Mi, se 
dictaron aquellas reglas perpetuas que han de per- 
manecer bosta el fin del mundo (3), se determinA 
expresamente que los negocios eclesiásticos se fe- 
neciesen en las provincias mismas donde tenían su 
nacimiento. La certeza y justicia de esta ley viene 
por el conducto más inocente é imparciat, pues la 
ascgnra el papa Adriano I con el elogie que se me- 
rece, en las reglas que estableció contra los falso* 
acusadores (4). 

En el sínodo Sordicense, en que se transcribi«roD 
muchos cánones del Niceno, según Qraoiano, tra- 
tándose de las provocaciones á apelaciones de al- i 
gunos obispos después que habían sido juzgados 
en sínodo por sus comprovinciales, se estafalecii 
que perteneciese en honor de la Silla Apostólica, en ! 
esta única especie de causas, pues no se habla ds 

(Q Cbopln., Al Stcra Paul., lib. u, e*p. [t, ann. S, Ibl: AUnl 
esl romiDim lídcm igooscerc npMioreis, illni ronnnDii torna 
ídiiB Wníri niiDiiIerlarum, t\ euleslarun tunpiioBtt btBO 
sempcr bibnctanl imerprelilloiiem, gt IJcel pttillDrt romiio poi- 
liflcL labesseDl, dod Umen In arbe forum lorlltcnlor, tti a pss- 
tíBcio Kscriplo ipid patrio», st prodnciilei Jollcu umsas lui 
disccpiireiiL 

[i) EfUI. ad Piücherint Aiítiatm,Cinca.,^K.n.CalUa.Ltt- 
ti. |))|. ECS, Ibi : VenenbjiM ille pitres ninianí uqac td Íimi 
nundl legci ecelejlMilcanm cmodiii condidetnitl. 

(i) CinoDc 11 PradcnüuimbjMtlMintiiBeNlwnt.Miirri- 
um decreta dalnleniil , qoBCBMmu oeioUa in Mis locU, aM 
ortí Caerim, Huleada. 



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JUICIO niPARCIAL 80BBE 
otTM, al rom&Do Pontífice BeDalar jaeces qne joz- 
guen iMpartibu*, mas no que avocaMn la cansa i 
Boma (1). 

Este mismo orden se refiere en el concilio Carta- 
ginense YI, en la controversia áe las iglesias de 
África con el papa Z<ScÍmo, en qne ae boscó el con- 
texto de la einodo Nicena, p»ra sTerignar la regla 
que se decía por los legados pontificios haberse es- 
tablecido en él sobre los jnicios transmarinos (2). 

La decisión de los cánones sardicenses, hecha 
por celo del gran obispo de Cdrdoba Osio, no 
qnedd oniverBalmente reconocida en cnanto á en- 
viar legados la Banta Sede iapartibui, para coD- 
caTTÍr i decidir oon los concüios provinciales de la 
prorincia mía cercana tos cansas de obispos; an- 
tes la iglesia de África, janta en concilio, la tn- 
TD como nna novedad, de que no encontraba sefias 
« los mis verdaderos códices del concilio Nice- 
Bo (3), qne hizo bnscar en todas las sillas patriar- 
cales con soma dUigencia. 

Ademas de la inerte contradioion de los obis- 
pos africanos sobre las apelaciones transmarinas 
en las cauaas de obispos , no está destituida de de- 
fensor la opinión qfle sostiene que la mente del 
concilio Sardicense sólo fnó conceder al romano 
Pontífice nn derecho para examinar si tas circuns- 
tancias de la causa pedian revisión y nneva aber- 
tura del juicio ; pero que no inducen nn recurso de 
apelicton, en quepndiese decidir de la justicia ori- 
gioil (4). En estas causas, el concilio Tridentino ha 
fijado fa la regla, j en ellas ha sido grande y 
útil la antoridad atribuida en Sárdica á la Santa 
Sede. 

La sotOTÍdad del concilio Niceno no neceeita 
ponderarse; sos dispaBiciones se han tenido siem- 
|ii« en tanta veneración en los negocios eclesiásti- 
cae , asi de doctrina como de disciplino, que los mis- 
moi pontificas romanos han declarado ingenua- 
mente sin vigor algnno cualquiera disposición con- 
truia á las de aquel célebre y general congreso, en 
qu6 por la asistencia del Espíritu Santo se confir- 
mó U verdadera creencia y jerarquía (6). 



II) Cap. TU. Elhocpliciill,alslepluopDiaccataU9 facrlt, c\ 
aDBnjDdioieriDl conircpU cptiropi rFíionis Ipsii». rt de gra- 
itaa »n dtjfurlm; si iprelliTcrll, qsl rl«iu> TldeiDr,el 
uoriiitTllid iKiliulBum nmiax EecleiixepiacopDiii.et loloc- 
til ic »dlri , si Inilgm pnliTCiil, at renoielar (ilmeD, tcribEre 
kUtplscop[sdlfiielirromJnDi»plícopiis. qal iu Dnitimí , clpro- 
M^il iltcfl provlncil hdI, il Ipii diLl|ciiIer omnla lequiranl, 
HjiiU Iden T«rltit1s dcflaiim ; fliod il is qal rngit mdudi snini 
uña indlrl , depTMilioDe sDl noifril tplicopom romanDin, ni 
fchlnt ISO presbítero» BilUt.erlt i» poCcslilelpiliu qaU «cl- 

di íip. m. 

«I í^il. ai QeleiHiaa PP. Ct ilitral timqnim t las unetiu- 
Ui laltre mlItiitlDr sDlII toxnliiiiis pilnni EfnodD consItlntuDí ¡ 
lili luid quDd per eoeplscopan naitrnm FaDilinam.limqDamei 
ptru eoDcHii Dloenl. lude iransmlulslls; lo concllili ttrlarlbu ei 
uUinlico mluls non potnimiis rcperlni. 

(I¡ Ftbnn., De Sitia EcdtHs, cip. », | S. 

(S S. Lfo Pjp.. ípl«. Sí. »i UvOamn AfiUm ,\oia. rr. Ctl- 
ÍM. Ctvxl LíMí, pig. 1190. «III «Bit-, ní8. PriillegU »bí« 



EL MONITORIO DE ROMA. 126 

En las cansas criminales, que casi eran las únicas 
en la antigua disciplina, son muy aborrecidas la* 
evocaciones á los tribunales forasteros. Por esta ra- 
zón , Adriano I, en los cánones que contra los falsos 
acusadores juntd da la pura doctrina de los escritos 
y cánones antiguos, según demnestra el eruditísimo 
don Antonio Agustín, en las anotaeionet con qne 
ilustra estos cánones, expresamente establece que 
las acnsaciones no salgan de la provincia, y que se 
hayan de terminar dentro de ella con los obispos 
comproviucialefl , y generalmente dispuso qne nin- 
gún obispo fnese enjuiciado fuera de su provincia. 
Por el respeto inviolable de los primitivos cáno- 
nes, se han abstenido loa pontífices romanos de 
atraer á tos tribunales de Boma las causas eole- 
siáaticaa qne no fuesen de las ciudades enbnrvica- 
rias, contentándose con sefialar jueces que dirimie- 
sen en el mismo país las que tocaban á depKiBi- 
cion 6 acusación de obispos, ti áltímamente, en- 
viando personas que conociesen de ellas junto con 
el sínodo provincial. En las demás cansas, la anti- 
gOedad no conoció otra autoridad que la inmedia- 
ta de los obispos y de los metropolitanos ó con- 

En nuestra Espafisseve claramente qne los jui- 
cios peregrinos no eran conocidos, y qne aun las 
cansas de deposiciones de obispos se terminaban 
por loB concilios , ora fuese obispo d arzobispo el 
acusado y depuesto, de que es buen testimonio la 
causa de Sisberto, arzobispo de Toledo, que en el 
concilio XVI Toledana, que fué nacional, canon 8.*, 
fué depuesto por sentencia de loa padres que le cele- 
braron con noticia del roy Egica, á causa de haber 
conspirado contra el Rey y la patria. 

La causa de Basflides y Marcial se terminó con- 
sultándose con los obispos de África por mora me- 
diación, y es la única que se hubiese oido fuera 
del reino en loa ocho primeros siglos, hasta que 
con la inundación mahometana todo se fué tras- 
tornando, y en tiempo de don Alonso VI se Tsn<i 
nuestra liturgia muzárabe, y adoptamos otra, da 
qne hacen memoria nuestros anales (6). 



Eedeiianm íiDctomm Pitmm canaaibas Inslllili, el icnonbllit 
nluenx lyiodl fita decrells, ealtl possial Improbltile eonitlll, 
DDlId noTllile matarl ; íd quo opere iniillsnu Chriilo Bdcllltr eio- 
qnendo oecciie cit, me perseverintem eibibere famalilam; quiw 
niiiD diipemilii) islhi credila ctl, tí ad meam Uodil reatuEO, al 
palemanim rc^iiilx lancliDnom, qss lo sínodo aXcsat ad loliw 
Ecclesls régimen gplilln l'el Itslrafule saiil condlUe, me qnod 
tbsil eganiíenle, rlulenlnr. ídem. episL 61 , Ai SnuÚ. Ctleein., 
tom. IV, dlcL CiUecl. Laite, pag. 18», «I io Colltcl. Bbtii, lom. in, 
pig. 'jf>l , edlcl. PirlslnBs., 163T. De cnilodiendii qoeqoe ssnelo- 
rnis PilniDiii ilalulís , qn» In sínodo nicsna Inilolablllbus tnnl 
b) decieUs, dbsernDtlam mim sancllMU idmonto, ni Jar* ee- 
cleiiaroin, ilcnl sb lilis trecentl decem el ocle palribu dlvUiliu 
iDsplraUs tnnl otdlnala, pe manea ni. 

(Gi Bergacia, lom. ii, In .l;fndlc.,paí. S6S, eoL 1. Enloilni- 
lessiudoidellibrodela Kilendi deBorKos 1 )i en M.C.XVI, 
■no de Grillo 1017 , se lee lo siguiente : Eri ¡íCXVI InlrnU n- 
«m Icx ÍD Slipnla. Ello tat de resallas del deiario del alio ac 
terior, lebre enll de lis lllarilai debía prevalecer, si la sntJEna 
(dllM, i U tOBina, qne de naevp se lilenUbs Inirodatlr por l( 



128 



EL CONDE DE FLORIDA BLANCA. 



Eu las dtidM do^áticas , los concil ios españoles 
decitlian la loaterís con toda discusión 7 examen, 
onal es de rer en la célebre alteración con el pspa 
Bttnedicto II, en el concilio XV Toledano, al cual 
Temitió el rey Egica et breve pontificio, para qoe 
en diclio sínodo se estableciese la sentencia qne de- 
bía seguirse ; y en efecto , aquellos celosos prelados 
dieron testiiuoDÍo de su doctrina, del concepto en 
qne tenian la antorídad del concilio, y de la vene- 
ración qae la iglesia de España conservaba á la 
doctrina sana de san Agustín. 

La iglesia de Francia suministra testimonios au- 
ténticos de la inteligencia genuina de lo estableci- 
do en el coneilio Sardiconse. El papa Adriano IX, 
enlafamoaa causa del obispo Hincmaro, se aquie- 
tó á la respuesta que diú el arzobispo de Rems á las 
letras en que el Papa le previno que remitiese ¿ 
Roma el prelado acusado ; pues le biso presente la 
imposibilidad de cumplir semejante mandato, tan- 
to por oponerse i loa cánones, como porque sin 
espresa licencia del Rej el mismo arzobispo no 
podía salir de los limites del reino (1). Sosegada 
aquella ruidosa contienda, en la carta qoe dirigid el 
mismo papa Adriano II al rey de Francia Carlos el 
Calvo, después de asegurar qne nada intentarla que 
te opusiese á las reglas establecidas en el concilio 
Hiceno 7 en los otros cinco generales, promete que 
si el intereeado se creia aún agraviado, elegiría 
jueces que volviesen á ver lacausa,ólosdeputaria 
d latere, delegando su autoridad de modo, que el 
negocio se concluyese canúnicamente en la misma 
provincia donde había empezado (2). 

Otro ejemplar oportuno ofrece la misma iglesia 
de Rems en la deposición del obispo Amulfo, por- 
que queriendo conocer de esta causa nuevamente, 
■e le respondía qne por la memoria de san Pedro 
siempre serian obedecidos los decretos de ios ro- 
manos pontífices , excepto en cuanto se opneicBen 
á las constituciones nicenas, que había venerada 
siempre la misma Iglesia romana (3). 

Esta misma costumbre observaron loa pontifices, 
aun en aquellas acusaciones propuestas derecha- 
mente en su misma curia. San Julio I delegú la 

dlllfíiicli de GrríorlD Vlt, qne halii» (ido legado en EipiOi cod 
el nombre de Hlldebnndo. 

(I) EpiM. 11 , Inler US Hlncairi : Vfitn iclil inclorítis, qoli 
ncc pnedidDin HIirmirDin , ncqoe tilam qneinlibet episeopnruní 
Bist domlnoi m hli pneeeperil, Omim, >el íd ilíqum pirleni ipm 
commendiUo ne nll'endl biito polcslilem, nec ipse ego nlira O- 
Besi3i regni ibsqní illlus eclentii prugredl vileo. 

Ill Rp]>(. !7. Da bis pII luderaas Jodicare qood possll niceno 
(ODCIlia. (I qitini)iiii eileroram eooclllnrnm rtgnlls, tel dccrel)) 
nofttroruD aDieceuarum ohviare. el poH/opoiL Si idbpcja^tjni 
fataverll hlbere prodaipilloiieiD, assereni ef fnjsttb dnmnalDii. 
Ihm elftHjindldbpí, aat n Itlere noilro direelis can ancwriute 
D«tln rerrltcntnr , nvx ftHi innl, el DcgoUi, ia qgl orU mal 
proiiieil. oooníeí IccminenlDr, 

<Jl Koi Tero romanin Etcleilim propler beiU patri ueinorlam 
unper bnionndan decteTimni, pecdrcrells nunasaran poniil- 
eilii obilire can ten di mis; aalil lamen auclontale niueni eonci- 
lii , qaod eadem ronaní Erfirsli íemper leneraii «t. RomimI, 
Ib Oubir. SceUtuilic. Jvliikl., ¡ib. 11, t./. tu, pag. 3U. 



causa de san Atanasio, que s« había traído A la 
S^tnta Sede romana, á loa obispos de la provincia. 
Lo mismo hizo el papa can Bonifacio en la de 
Miximo, obispo valentino, acusado delante del Pon- 
tífice de varios delitos 7 del de la herejía, r«nu- 
tiéndole al juicio de los prelados de so provincia 
en Francia (4). El papa Agapeto, en vista de «na 
apelación introducida por cierto obispo de Fran- 
cia, depuesto por sentencia sinodal, resp<Hidid que 
él delegaría jueces que conociesen de su causa (5). 
Pero es ocioso malgastar el tiempo en la ref«P0D- 
cia do delegaciones particulares , de queeaUta lle- 
nos las decrelalee. Era costumbre religiommoite 
observada constituir en tas provincias jnex parti- 
cular, delegando sus veces á alguno de loa obispoa 
Hilario I día sus veces al Obispo de Arlea (6); Ma 
Gregorio Magno siguió su ejemplo, confiriéndose- 
las al obispo da la misma silla (7); san Leen el 
Grande afirma que los obispos de TesaUnioa fna- 
ron siempre vicarios de la silla apoatólioa en el 
Oriente (8). En España Cenon y Salostio, anobts- 
poB de Sevilla, y Juan, obispo de Elche 6 ilicitano, 
fueron vicarios apoetúlioos, pero no para tomaroc- 
nocimíento de cansos contenaiosas ni perjudicar i 
lea metropolitanos. Hace memoria del vicaríatode 
Cenon, arzobispo de Sevilla, el docto Pedro dallar, 
ca (9). En este eacritor se puede ver la duración d* 
tal costumbre, 7 el origen que tuvieron tales vica- 
rios 6 legados , sus vejaciones en las provinciat i 
inconvenientes. Los curiales en aquellas edades 
tenian poca influencia, y los papas, no se pnede ne- 
gar que eran observantiaimos de las reglas qne ha- 
bía prescrlte la Iglesia en los concilioa, 7 Aun les 
juntarían del Occidente para los casos graves, eos 
asenso de los soberanos. Lejos de intentar ensan- 
char sus facultades en perjuicio de la soberanía, ní 
aun en el de los obispos metropolitanos 7 patriar- 



cal Cid. Deterali**», 10, uní 
tn proilnciam es» Jadlclnm, 
Kiilr* darán Novembrium. 

151 Epist. 7, AffiípeU, IDm. 11, 

(S) EplK. 8, miar. , lom. 111, 
Ltite, lom. T, pa(. G6. 

(7) ¡l.íing.,fp\Bt.ie,Adiaiíl 
lom. n. pig. 783, edil. Piristen 
laeludiDem apportuní 



:i¡lli)ítpUair.,líb.'i,íDiitX. il, 
1705. SeeniidiiDi iitiqaiD cav 
penpeiimn) Id eccleilii, fac »b 
repo Cbtldebertl regii tgpl, Vigilia irtliieicli clvIUlia epitcsri 
ilcei noslras irlbuere, al si iDlir fralreí soili-oi coiucerdela 
aliqqa ereneril lorlt contenli», iiclonlallB inx vÍ(on ilcibu 
Dfnpeirdls ipoilolIcB fniirlai covpeiuL— Se TeqatetlM liti- 
rlalai nlrabaD i Inlerrtnlren iai cidsíí contra loa ohlipta qat 
pidleien turbar la Iraoqailtdad j pii de la< Igleilu. 

lBi S. Leo. eplil. 81. 

19} Marca, l.oacúri. Sattrd. el laiptrli . lib. *, tap. 111, per M- 
IBIP. Eiui panlralireacomislonei del papa !^íDpllclai traoi.r 
del papa Homiidaí É Saluslio , imlioi anoblip» de SeiÜIa, a- 
presamenle preseciaa loi derribos de loa oielrnpolitanoa, ; U 
alrlbujen jnrlsdicloB alguoi cootenduia. El fondameslodeulil- 
nrialn rs claro jlernlnanlecoDln la avocad aa i RoDia: Dlprt- 
ríacía laxa lonfitiiaUaU iiiiimelU \ii Béllu j LuslDnlai, rf aw- 
Iram poiiU tiMitirt ptninitia, it ftlnim rtiala tikiktrt aulf- 
fiatn. ti mitmo papi llo'^misdjs dice lo propio i Joan, oblifo ét 
Elche : lentli» frailrgiu mtlrtftlilaianim. 



JUICIO IHPARCIAL SOBRE 
nt, procnrabu uarlM con la moderación spoetd- 
lic», fin faciliUr diapensas ni causar incomodiJ»- 
d«eo las proyinoias, y sin dostniir los piÍTÍle- 
gio8, regularidad de la ierorqala y costambres de 
k» pneblos. Jsmaa ae contrapnaieron á la celebra- 
don libra de los conoilioa piovinciales 6 uacio- 
uite. 

No obstaate el corto trecbo qae divide á los si- 
ciliuioa del continente de Italia , le paració á son 
Oregom Dn dilatado espacio pan precisar aque- 
llos Datnralea á qne pareciesen en el fnero romano 
IcoDtrciTertir saa caneas de poco memento j cCin- 
uderacioD ; i este Sn constituyó vicario al obispo 
dsSirumsB par» sn decisión, y del mismo origen 
dimíiió el célebre tribanal de lamwwrjttfaáejSíci- 
lúitan combatido de Clemente XI (1). 

Ia coDsideraciou do los muchos gastos qne in- 
(ritti)lemente origina nn juicio en pai« ramoto, los 
(digrot de sacriBcar la justicia á la quietud 6 al 
cnidado doméstico, 6 el de ceder ¿ la mejor fortu- 
ntixl coDtrario, movió á Inocencio III y al conci- 
lio ÍV Lateranonse á refrenar el abueo de avocación 
d4 los procesos que el insia de los curiales babia 
introdocido en aquel siglo xtii, contra laa reglas de 
la Iglesia primitiva; estableciendo que 4 ninguno 
te lo padieBB tr&er á juicio más allá de dos dietas ó 
jonudw de bu diócesÍB (2); constitución que es- 
trecbi mis Bonifacio VIU , restringiendo á una. 
Eolt dieta la distancia qne hubiese de haber para 
!fa cualquiera estuviese obligado á parecer en jui- 
dofnerade sn propia diócesis (3). Estas declara- 
cionei de los papas demuestran el gran abnso de 
1n curíales desde el siglo xi, animados con la ig- 
DRaocia de los pueblos y espíritu militar de Isa 
craudas. 

Li disciplina mis antigua es sin duda verdade- 
r> J legitima hija de la tradición. Gn EspaQa, del 
Obiipo M apelaba al metropolitano propio, y en 
Uictrt instancia al metropolitano más cercano, y 
por tí» de recurso protectivo al Consejo ó andien- 
ük id Rey. Este era el norte y el progreso de las 
cimMecleaiást¡cas,comoBe Ice en el concilio XIII 
Toledano, que fue plcnsrio nacional y presidido de 
nu Julián, arzobispo de Toledo (4), en el aflo 



<l) Outnti tí» non ilt nerriiirlam poli hsc pro pimli) >d 
waiKi. tnrt msils spilii tnntmeinda, pencnire. 

* C»p. KfflBwífi, imii, l>t Piiaipla: Ne qol» oUrj ínií ais- 
la, ron toiB diteccilm per liltens iposlolleai id jditlclaní inhl 
HMt, M rtai tillgilos libortbm, el eipeoiLl Jüt eedcro, lel 
la^ngluun irloris rcdimere compellitor, 

>S Cip. Slahltm , ii, Di ReíaipL Xa 6. Siideolf nltlIUIe, le 
V^iHn nnn Üxlan i loe ina dinecsi* iikil (onieolrl. 

Ili Cndl. 2111 Telit., un. 13, ibi: OiiiMiiii<|a« ei clrHcli, 
WboucIiL) oxiD coDUi proprliiDi cplMopso ílampere leea- 
■XHliuneOí JcJiínfiiIirní babeos, >dniítroi>oliliiioin sana 
diwiinii KtnMrtl.Don ime Orkel a proprlo (ptjcopo cicommu- 
■fcillHl] mdMiIII prEdtmplri, iDleqoím per JDdlcinn melriv 
MilHiHi. giniB dl{DD3 Ficommonlcalionc bibrilor, pn&>lt >g- 
■oul. Qai>diiiiicjndlcliim, qafseplicopnriD lo lillom perso- 



EL MONITORIO DE BOMA. 121 

cuarto delre;Ervigio,era721,^. C683. No po- 
drá citarse ni un ejemplar, en loa primeros ocho li- 
gios, de juicio alguno contencioso de la iglesia de 
EspaBa ventilado en la c6rte de Boma. Volvamos 
á seguir el contasto de los cedulones para cotejar 
su eztraflesa. 

No solamente pasa el breve, en la censura que 
bace del edicto en que el soberano de Parma pre- 
serva á sus subditos de los lastimosos efectos de los 
juicios peregrinos, por encima de las constituciones 
de la Iglesia primitiva, qne reconoce inviolables la 
Silla romana acerca de la costumbre de delegar en 
laa cansas mayores, según el concilio de Bárdica, 
que eran las de obispos, 4nicament« reservadas por 
diligencia de Osío, obispo de Córdoba, y de los re- 
glamentos que ban hecho en este particular los pa- 
paa más sefialados, sino qne ae olvida de los privi- 
legios é indultos recientes, que la misma Silla h» 
dispensado. 

Paulo III concedió al estado de Parma, en el aflo 
de 1567, guiado de estos principios, la preeminen- 
cia de que todos los pleitos eclesiásticos se fenecie- 
sen en su recinto ; delegando á este fin en el arci- 
preste de aquella catedral las veces apostólicas y 
la facultad de cometer. Esta privilegio se pasa en 
todo el Monitorio en profundo silencio, sin que se 
haga de él la especifica mención que sería necesa- 
ria, según las reglas de las mismas decretales, para 
evitar los vicios de obrepción y subrepción olara. 
Ni tampoco está en mano de los curíales derogar 
estas concesiones, fundadas en razón por las so- 
lemnes protestas de los papas en sus decretales, en 
que declaran que siempre es su intención conser- 
var ilesoB tos privilegios de tas iglesias , de las na- 
ciones y do los príncipes, asi como la coría quiere 
defender los suyos (6). 

Ademas de oponerse la pretendida avocación da 
los curiales á los antiguos generales estableoimien- 



(Hii ibulsiii, la K illun m 



il retorqoerl lenlniUaB 



ÍUwB*" i I* til'' 
Jmlall Qaod ella 
prxgrayilni qnls 
melropolilannE 



lolMli: 



Hur al* iielrt— ilttu 

er nctropolltiiii» comeoil obunarl, il 
lo neiropoKuno ad ilierim prOTJocl» 
e acooieeDdaai latnltrll: 



InandllDS a dnníiui melropolUinls, id rofl» 
liafaaprolilDroiiccruerd.elob boe eicoDagnlulloala Jagulooi 
1 proprlo eplicopo lili videanr Inllgl. Hostameii eiiobsernpdDa, 
ni ti prlTi) ODuntoDcmiiii» eieom moni cali oí tm coDU|irit loice- 
plíse, anlequaD a proprlo eplteapo id allnm perlranilreli laodii 
eicamomnlralnt apad eDm.cojiii Judlciompclllt, babtalor, qnag- 
dlii eicominDBleilorli tol objecllbEt, Dlrsm Jutlt ao Inlult allt- 
laloi all, agooMilur. Asila o«iil t¡ «boa conellltr, el nli noli- 
ble qoe paedo leerte en todi li dlulplloi ecleallatla ; lleno de 
equidad, jeiarlslnio pan deoojlnrqiie en BipaBa do teilau Ik- 
(ir Íosjilcln)pete|r<ao(,Tqaeei lo logar is debe aiardelre- 
eono j proleuioi al Principe tonln la fnena j •lulenelí, á qne 
llami t/rtan el eoneillo, O jinetnrm. 

|5) Hilar. ri>., eplil. 1; CMdA, lam.miCol&rí. Biill, pif.STI; 
el Cetlcel. Ltiit, lom. T, pif, SI. NolaiiDi oaaq» ecclnlirom 
pniilcf^i, qitB lenper lonl lernoda, coBfODdli qelaper boc ion 
dIod> Ib unclorom tndiUoDDm delliqallgr uicllones, qaan l> 
Inioriioi Iptint domlnl prasilllar. Cam eipetlallo soilrl nlnlile 
rll, neo ju latiiudine TeKtoDi.ni, <ed adqoiiiUone ponitirinl 



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EL CONDE M PLOB IDA BLANCA. 



toB de 1& Iglesia , i las decÍBÍones de los miamos pa- 
pas, la pretensión actual de I» curia, solicitando 
STOcar arbitrariamente las oanaas eclesiáoticas de 
Panna contra principios tan notorios y solemnes, 
es nn género de despotismo, qno aun se les ofre- 
ció á los antiguos romanos, gente ocnpada duran- 
te la república 7 sus ofinsnloH del furor de domi- 
nar i los mortales. Una de las cansas da haber 
ooDsegnido la república el engrandecimiento del 
dominio de todo el orbe, en que llegó á verse, es el 
respeto con que miró las costumbres de los pue- 
blos TOncidos, conserrindolaa en su vigor. Ningu- 
na ee más antigua y natural que la eatisfacion da 
ser juzgados por sus compatriotas y nacionales, 
enterados de en lengua, de sus leyes y de sus cos- 
tumbres. 

Los godos , vencedores de gran parta de la Eu- 
ropa, observaron también la miama regla de equi- 
dad, remitiendo la discusión de los negocios á 
las provincias, para no arrancar, con pretexto del 
juicio, á los ciudadanos da sus casas y bogares (1). 
En Iss causas, tanto civiles como criminslef, 
siempre juzgó el derecho de los romanos por inju- 
ria intolerable de los naturales el abuso de juicios 
forasteros, como demuestra la constitución del em- 
perador Graciano (2). JuHtiniano, ademas de haber 
establecido que los delitos se debían juzgar don- 
de se cometían , como se puede ver en todo el titu- 
lo del código Uhi de crimine agi oporUat, quiso 
que ésta fuese una ley universal, que comprendiese 
al mundo entero y á todo género de cansas (3). 
No sólo, pues, ha desterrado la equidad del dere- 
cho la transmigración de los juicios á provincias 
estrafias, sino qne los ha ligado á los miamos do- 
micilios y fueros patricios; naciendo de aquí el 
axioma legal de que el juicio debe acabarse don- 
de tuvo BU principio. Respecto de los labradores, 
clamaba Cicerón, fundado en la ley rupilia, que era 
contra todo derecho desaforarlos (4) ; y en Espa- 
fia se les guarda tan inviolablemente este privile- 
gio, qne aun no se estima por válida ni tolera su 
expresa renuncia. Todos los pleitos civiles y crimi- 



(1) Caiiod., In FonaltBtatríi Prí)tÍt¡eOl:(iaa\abftaili¥ét- 
creiil inliiialri* ad proilncl» milll , ns poiiil id noi leiiicBda, 
mxIlDcríUi stavirl. Los oilroggdoi de llalli M todo eaníftnnS' 
bin cap loi wísogodos de EipiSi , pnei eria uní miama nación 
orlilBiriimeRlc. 

(á Ltg.lO.lU. t,0<ilemi(. ef lntcrlp/lm., nb. K. C TAeod., 
laiB. III, p>(. 15, edíL ll«DlD9,17il. Ullrk provinrlz icminos 
accaundl liunlla bou progrediilar ; oportci nlm Hile criaiinoni 
f ndlcia aifliari , ubi fuimí» dkatar adnlsinni : peregrina tuiem 
Jadíela pneieniibDt leglbss toerccmni. 

|3) Nofdl. S9. Prociplens amuibns In univena dillnoe , tt qnii 
aicendcnleni videl. el qn» occldentem utlen, cl qae ei nlroqnc 
talere.Dl Bnnsquicqiie, in qni proTincla delinquil, lul In qnl pe- 
cuniaroiB, aal trlmiixim reus sil, iUlc tila m J orí lablaceit. No- 
teit. M, 111. IT. ü¡ iifítralet ÍKtlCíi,Vl\\*t.^, cap. SI uroconü- 
frn(, edil. Goto rrpd., Ibl: El farma drlDrjasiiii»le|ibasiigecoB- 
>ealeB>, al non cogantnr aostti tabjecii, propter'^-' 
■ai recedcre \ prnpria palrla. 

(I) Oinlri jura omnla, conlnqne Iriccm ropillim e 
nn ladlmnniíin pr.miitere itricvlii. Clur., ¡a Vtrr. 



nales terminan en el distrito de 1» audieada 6 
chancilleria respectiva. Las leyes civiles, qna pro- 
hiben los juicios forasteros, deben ser á lof onrit- 
les de Roma muy respetables, singulannetit* Ue 
do las Novelas, que guardó la Iglesia romana,/ á 
cuyas disposiciones ee ajustó en la ocarrencia de 
los caaos particulares (6) ; y generalmente debe aer 
buen ejemplar la disposición del derecho civil á la 
Iglesia, qne, como madre de toda piedad y manse- 
dumbre , no debe proceder en la admisión de los 
juicios con nns crueldad que ha parecido inhu- 
mana á loB legieladores del siglo, comose estable- 
ció en el concilio Niceno , según afirma Julio I (fi), 
aunque el papa Ensebio refiere qne desde tiempo 
de los apostóles trae origen esta observancia ; bien 
qne entonces no habia fuero contencioso enloaJnJ- 
cioB eclesiásticos (7). 

El edicto de Panna, que aquí reprueba el Uonito- 
rio, sustancial mente se reduce á la cODGtitndon 
universal d« todos los estados cristianos, qne no 
pudieran consentir la perjudicial avocación de las 
causas al fuero romano sin exponer i sus vasallos 
á ser la victima de estos litigios peregrinos é inter- 
minables. Loe portugueses no los toleran, bajo de 
graves penas, y en Indias se acaban las cansas ecle- 
siásticas en aquellas regiones por su distancia. En 
Bspafia hay expresa dispoBÍciou, que prohibe ex- 
traer los vasallos á litigar fuera del reino en virtud 
de letras apostólicas (3). Esta ley, que refiere el 
se&or don Francisco Salgado á la letra (9), se ex- 
tiende á los regulares, A quienes se les prohibe, 
y con mucha razón , que lleven sus negocios delan- 
te de los jueces conservadores que solían tener fue- 
ra del reino. T no sólo están prohibidos los juicios 
extranjeros, sino que todos los jueces eclesiásticos 
tienen la obligación de delegar dentro de las mis- 
mas provincias, para que no salgan de una á otra 
las causas (10). En cuanto á los IcgoB, todavia es 
más estrecha la prohibición de sacarlos á litigar 
fuera de sns propias casas ; pues ni ánn es permiti- 
do á los jueces eclesiásticos citarlos á la cabeza del 
obispado, con el fin saludable de que no sean dis- 



(S) Ibo Camolont., splsl. SO, Ibl : DIcsdI InsliiDla Notellaras, 

Sil caamtndal, el untit ronaua Eccl«(l*. Ditna Crcfor., epjtt 
. Aú JeM. Dttaaotem rmtem ia Bitfmie , ¡ib. iiii, Indict. 6, 
loa. n, pa(. IISI, dieis edil. Pariilen*., ibl: Depcriana pmbj- 
leri hoc alWDdeadaia ea-, qni* <l taosaBí babBii, bdb aballóle 
nerl, led epls'opum ipilos adire debnli, üeni Norclia coisiltsil* 
iDinKettai, qn» loqallur de saBcllBilmla el Deo amabllibaí clerl- 



16) Juila I, epiíl. t. Ai Orietítlet Epltetp,, Ibl ; Ib Nlcxna Sf- 
lado corcordller tlaloum «sse aecDMloret, n lernitliuEM, 
101) liícgil Uttt DOD admlllDBl, 1 neocdutili londltAt adyetti 



(7) Cid. S, cania3,qiie$l.6,lht:ScilDlealeBpoilapoMalBn« 
in liie íintu nrbe lervalaal este, BunsilDres el accDiallon», 
qnai cxleratam coniEetodinum leges non aacliennl, a clericsnia 
aCCBUdOBlbl» «nbiBOl». 

{81 Aaio acordado 3, UI. Tin, llb. 1, Itnülm. BtttfO, 

(9) D. SalRj I., De SuppScti. U £&, t»a. n, Wf. n. 

(H))Le(.33,liUui- 



.Google 



JUICIO IMPARCIAL SOBUK 
tnido* de bu cacgoa, UbmiEu, oficios y minute- 
rioB (1). Por lo qne hace á los reinos de IndiM, 
Gregorio XIIl concedió so breve, A último de Fe- 
brero de 1578, i inítencia de Felipe II, par» qoa 
1m pleitos eolesiisticoe se fenezcan en aquellos 
palaea, nn ssc&rlos á otra parte ; que fué nna decía- 
ncion de lo qoe disponen los cinonee, mea bien 
qoe mía concesión ó privilegio considerable. 

Y como no se puede llamar privilegio lo qne es 
confonn» í derecho commi, usando de la protec- 
ción debida á loa cinonM, han recomendado an to- 
dos tiempos nuestros soberanos so cumplimiento, 
j por ello se hace eapecialisimo encargo i la* rea- 
les aadienoias j tríbnnalea de aquellas provincias 
nltramarinas, en la lej 10, títnio ix, libro i de la Bti- 
eofUaeioH de I»dia$, qne tiene inviolable 7 pnn- 
toal observancia. 

Se ha llevado tan mal siempre en nnestra Espa* 
ta la avocación de caneas á la curia romana, como 
contraria á loe decretos conciliares y í los derechos 
del reino, qne el Sey Católico, igualmente reve- 
nóte bi]'o de la Iglesia qne celoso defensor de las 
regalías de sn corona, qne le confió el Todopode- 
roso, habiendo entendido, en el alio de U91, que 
ciertos oidores de la real chancilleria de Vallado- 
lid, con an presidente, admitieron una apelación 
pan la Rota en ana cansa de que el conocimiento 
era propio de la jorisdicion real, loe depuso de 
sui empleos, 7 nombró en BU lugar otros qne mira- 
sen mejor por la conservación de los reales dere- 
chos (2). 

Lee franceses, nación tenacísima de la primiti- 
va disciplina eclesiástica, que á fuerza de constan- 
cit 7 de la ilustración que siempre ha resplandeci- 
do en sos tribunales, conserva, con el nombre de 
franquezas de la Iglesia galicana, el vigor de los 
antignoa cánones contra las innovaciones moder- 
nu de loe curiales, jamas ha consentido la avoca- 
cion de sna procesos al fuero romano , 7 siempre ha 
ioaiitido con buen suceso en qne se cometa el co- 
nocíniiento qne deba la Santa Sede tener en las cau- 
sas eclesiásticas á los prelados de las iglesias den- 
tro de la propia diócesis del litigante. T si alguna 
v«s ae ha quebrantado esta saludable práctica, la 
bu remediado los parlamentos, 7 ho7 generalmen- 
te se interpone la apelación que llaman de abuio 6 
Tmmo de/ttena , para ante los magistrados secula- 
res, á fin de reprimir toda infracción. 

Del reino de Portugal, el mismo seBor Salgado 
noa refiere literalmente la constitución que resiste 
■Tocación de los negocios eclesiásticos á Rotna. El 
re; Hatias de Hungría prohibió también á todos sus 
vimUos la salida á litigar al fuero romano (3). En 
BorgoSa se proveyó de remedio al mismo abuso 



BL MONITORIO DE ROMA. 129 

que hoy intenta la curia de Boma respecto de Par* 
ma, por un antiguo y particular edicto (4), de 
qne testifican el vigor 7 la observancia los autorea 
de aquel pala (5). La Inglaterra católica disfruta 
los mismos privilegios por derechos del reino 7 
concesiones de los papas. Los estados de FUndes 
tienen innumerables couetitaoionee A tete fin, casi 
ilesde el tiempo en qne empezaron á conocer el 
derecho eaoríto , qne han mantenido siempre con 
loable firmeza, 7 renovado nuestros Reyes Cató- 
licos en el tiempo qne estos estados fneron de la 
dominación espafiola. Los venecianos, aunqne me- 
nos apartados de Roma, han prohibido severisi- 
mamente á lua subditos parecer an sus tribuna- 
lee (6). 

De suerte que se impugna en la pretendida avo- 
cación de los curíales la ley eclesiástica que es- 
tableció la Iglesia, 7 reconoció el concilio do Sar- 
dio en la asamblea qne más han venerado los 
romanos pontífices, y los propios reglamentos que 
dictó la rason 7 la equidad ; y va este cedulón ó 
monitorio á destruir en cabeza del soDor infante, 
duque de Parma, don Femando, las leyes qne los 
aoberanoB de toda la cristiandad han dictado de 
tiempo en tiempo para la felicidad da loa pueblos, 
y los costumbres patricias, en que por mucho tiem- 
po han vivido los parmesanos con espresa annencia 
de la misma curia romana 7 declaración de Pau- 
lo III. 

Este procedimiento de parte de los curiales , aun- 
que no puede llevar el nombre de novedad, por ha- 
berse intentado muchas veces para tentar el sufri- 
miento de laa naciones al duro yugo de los avoca- 
ciones, nunca puedeseragradableáningunadelas 
provincias cristianas (7), ni tolerable al estado de 
Parma, qne, no sólo en reglas generales, sino en 
muy particulares titules, funda su justicia. Diga 
el imparcial si esta conducta es equitativa ó justa 
de parte de los curiales. 

61 no lo es, ¿por qué Roma debe llevar á mal 
qne el aeflor Infante, con <ax edicto, sostenga los 
privilegios de sus vasallos, y seDaladamente éste, 
de que se le intentaba despojar, contra lo mismo 
que Paulo III había declarado en 1547? Al Sobe- 
rano toca mantener en vigor á loa obispos 7 á los 
vasallos sus facultades y derechos, para que haya 
concordia, decía san León (8), y librarles del des- 
pojo que Roma causó con sus procedimientos, á 



ái la Ffmlu Cana, 11b, tt, let- s, inso It77. 

(Sj Gritclllni, DecU. PvJom 30, vam. 16. Ab iBllqno lellIiM 
cit, BoltBnib» edlilii DatUaran p'lncl. am snbdlloi diimbcn, 
El tzO* pnjTlaciam »d lillpndam locire , >íti¡ coniu eceleiliiU- 
co, «iTt Mrim lilM. >«t alio qdOFnoiiiio jgdJce. 

(ej Ul referí Gilcbard-, Riibir. HtHa, lib. xm. 

{■¡) Ptlrio* Moret M«iellei« nbliua («aUisi ■erarlim bib«- 
tir. ArltL, 11b. R iftlvrlcar. 4d Alatni. 

[«I S. Lm, Ad IVtUriam Attul., ep, a , SmmÍ. erimtm i» 

entaütm <■ nofaiiU rec^lim, Ibl : QaonLiii m hinns ill- 

wr tata ei» non poMuni. nlil que té Jliluagí «..nfeesloneM p«N 

' Uicst, al rtfla et uccrdoielii dekndit iMIorlMt. 



Cfoogle 



130 



EL CONDE DE FLOBIDABLANCÁ. 



protezto da ua Ul EMalout, «n cierto plaito ma- 
trímonúL 

QuéJBM oí contexto del Monitorio qae BoDut es 
tratada como cxtraOa con eet« impedimento de 
avocación de cansM á sa foro inm»iíi»t>niantff 

Eb enast» 4 la nsíAd de la fe, U I^MÚe* una 
y no conoce dirtinoioade paÍMS, como obaerra Vi- 
centa d« Letrina. En esta parte do tienen Ingar los 
privile^oB de nÍD^nna nación ni iglesia para en- 
sordecer á laa amoneatacionea del nioeaor da aan 
Pedro. 

En cnanto al fnero oontencioao, no stioede del 
miamo modo. Loa apretóles, en an repartimiento, 
anunciaron el Evangelio j fundaron U Igleais, di- 
Tidiéndoae laa metrópolis bajo de laa cnalea debia 
regiree la policía 7 jerarqnia externa de las pro- 
▼inciaa, imitando la que proporcioualmente tenfa 
el fuero civil en el imperio. 

Asi la iglesia de África, sin apartarse de la ani- 
dad de la fe con la Santa Sede, no quiso reconocer 
los jnicios transmarinos 4 peregrinosá la curia ro- 
mana en el punto de causas de obispos ; antes esta- 
bleció canon 6 regla de en disciplino, prohibiéndo- 
loe expresamente (1). 



(1) Candi. Ctrlitf. foUemiiMim Bnwrü XII el Tkeoitt. TIII, 
■SD. Ckrlili lis, un. 8, Lbi : QDod il tb elt lEplscuplí) prarauD- 
dsia piUTcrlnt, dod fimtKtnt ti inotintrii» tndlcii, tei id prl- 
■ilM turom pratLBdarnm, mi aaittnaLs coicIUdd, dcnt el di 



San Cipriano, que fné qnieu nUa vigor msnifw 
tó á favor de U libertad de la iglaaia africana, tara 
la constancia de teatifioar la fe con sn maiiiii», 
bajo de los emperadoraa Valeriaao 7 Oalicas, «I 
el aJU) 258 de la era criatia&a, y oonanlAdo de Fot-, 
00 y Baaao. 

San Bernardo (2), qne no tenia intereses psrtj- 
cnlares que disputar con la curia, declamó foerle- ' 
mente contra el abuso de laa avocaciones, manifu- 
tsndo al papa Eugenio III loa gravee inconvenicn- . 
tes qne de ellaa ae seguían i la Iglesia. 

¿De qné ae admira, pnea, el extensor de los w- 
dulonea, de que la corte de Parma quiera maoteoer 
una regalía da que ae la va i despojar contra el 
sentido de los oinonea y contra nna declsrtdoa 
solemne de Paulo III7 Jibguelo también elimpu- 
cial con serenidad de ánimo. 

cplscopls I2;« MUtilalllDl ta. Ad tmimiriiu titea qi! ptt- 
reril ippellindBni , i oiiIId latra Afrícam id caoinuníinen Hxr 
pi>!Dr. Codti CiDOD, AFricaiior. apud CiUtopIísium Julellea, li 
Btiima. JibU CohM, ion. [, p)(. 311, edil. Ptrltleu., IHl. 

(1) D. Si riiti.,]\i. \a, Dt C*mi4ertl. éaSfem., af.ii,l*m.>. 
O/tr. etrt MiiMh»., pif. 43t, edil. Venei., liSD. Oetd na Ihv 
mu, al id lirocallonem inl noniials, appnssl elTgfiíiil, nnili 
■ni refnilaiit! Qild e regloBe Itm pentniítt , Km recU iIIhis, 
■I l«leiar, quf sMicfeiit, etqil isUtlBinllerriUpieif !>»•■>- 
nlHlmt non morerii erp bnafsm, cnl lllilx lojorls, IoB■l■l^ 
re dotaren. «I lebor iUnerli et dimni eiptnigraa. Slalri: 
Qnoiiqne miirninr niireriK teme , ait dlstliniilti, anl aai U- 
lertlit QiDiiaqae darmilatT QDOiiaqiie non erlfllil etuf4fl>- 
lÍD iDt ad UBtim appellail idd cDitutiDieD , aiqsc akailma' 



SECCIÓN OCTAVA. 



Statuitur etiam Beneficia ecelesiasHca, etiam Consislorialia, peiuionea, abbatias, commendat, Üi- 
nüates, et muñera, jurisdiclionem annexam habenlia, quceeumque illa sint, et qudcumque ^ledaS 
appellatUme commemoranda forent, non ab alii$, pralerquam it siMilis amsequi posse, tte. 



9 úmoo. 

En el examen de la justificación de este edicto 
debemos detenemos muy poco. El público ha visto 
ya demostrado que laa leyea fundamentales del 
reino favorecen los edictos de Parma. La exclusión 
de loa extranjeros de les beoeficioa eclesiásticos 
es la ley de todas laa naciones, y la costumbre que 
nnivoraalmente se observa en loa estados de la 
cristiandad, y solamente puede dar asunto esta 
eeccioD para que no acabemos de admirar baatan- 
toiiiente la inconsideración con que loa curíales 
censuran un establecimiento y precaución de que 
apenas bay canonista, á lo menos entre loa espafic- 
Ics, qne no baga el mayor elogio. 

Los cánones reconocen abiertamente la preferen- 
cia que tienen loa naturales y dioceaBnos respecto 



de loa extraaos, para obtener los beneficios, 7 por 
no poder sin agravio de la conciencia dasateeder 
eate derecho, positivamente excluyen loa «dren»- 
dixos de las iglosiaa que ha dotado y mastieiw t> 
sudor nacional (1). 

El derecho civil de los romanos tiene lamina* 
atención á los naturales en la provisión da las pie- 
zas eclesiásticas, y éste fué el derecho comiui f 
primitivo que observaba la Iglesia romana (2). E" 
la Escritura Sagrada se «prueban estas máúnu, 

(1) Cap. EurltmtT, nn, dtti. 71. Eeeleillt 1 mH' """^ 
alíBDds lenieni eferícsa nos Mtclplilir: cap. Asm, n, f <■- '' 
Pum/iA fmlal. Non polenmuí mItI oonttLeiiltl, eldem EífloH 
Inilli persona , lynm de reno CeprlBoriflieB ducerrt.'*'' 
iratptoiyere, necTelleBsi el prt)loere;et cap. ffoiMa'."*'- 
'1% eap. mUno, D» Cterio, ^npr. 

iti Leí. 1, Al Efc/oiJi.Ciid. <«fi>iMV.ri Cbnr.L«l- •■-<''■ 
Sn líitrt UHIa mclrtftl. 



Ciooglc 



JUICIO IMPABOIAL SOBBE 
B— da eqnldkd virtoalmente, oauído M ofraoe 
dtmo an oonraelo y nat, grttcia la elovMiion á» nn 
prafota entre bqí hermanoa (1). 

^fneatro derecho real m todarla mi* celoio en 
moMrru' á loa Datnralea del reino la priTatíra po- 
HnoD de loa beneficio! eoUiidstkoa. No idlo está 
•acorada ea laa leyes 14 j 26, titulo iii, libro i de 
la StcepilatAm, qae por aabidaa j obaerradH in- 
riol^riemeate no coptamoa, sino que laa bnlaa de 
Boma que ooDCMhuí cualquiera eapecie de bettefl- 
no, reata 6 peniiun eclesíArttca i los extranjeros, 
M débea {X'eaentar previamente, y ae retienen in- 
ameaaamMita en el Conaejo, como contrarias i loa 
dttaeho« de la nación por Tirtnd de lai miarnaa le- 
ym(V),y ti impetrante ae le aecneatran loa fratoa 
dal beneficio, ademaa de otras graves penas im- 
¡HiMtaa. 

Lo* fnndamentoa que consideran loa doctorea i 
£tTor de eataa jnstiainia* leyea son muohoe para 
poderlea rennir en nn extracto. El doctor Alfonso 
de Acevedo, en el comentario de estas dos acerta- 
dkttaas layes , deapnes de haber conclnido eon mi' 
ehoB taxtoB y razones, qne no hay nación de la 
eriitiwadad conocida qne admita á los extranjeros 
ala obtención de los beneficioa eelesiistioos, dia- 
cone largamente sobre las raaones justificativas de 
estesatablecimiento; ss funda en la fundación y 
principio de las iglesias, en el destino qne deben 
tañer sna rentas, en el interés del wino, en la obli- 
gidon y oficio de tos mismos provistos, y en el ea- 
téuUo i inoonvenientefl qne prodncin'a lo contra- 
ño; BOBieiB hasta catorce, qne exhoma con baa- 
tute erudición, y justifican estas diqwaioionM 
tcnqMralee de la soberania, y las preoaneiones to- 
naása para su pontnal é inviolable observancia (3). 

OlHia autores, cayo principal iaatitato ha sido el 
wárncsi de la inaticis con que se corta el paso an 
miestras leyes A los reaoriptos graciosos que la co- 
rit dispaiMase en peijnicio de el derecho de los na- 
nosalea, han fondado el remedio de la retención 
en la otilidad pública y en lossantos fines iqueae 
dirige la exclusión de toa extranjeros , haciéndose 
cargo latanenta de los eaoiudalos é inconvenien- 
tes qne de lo contrario se aeguirian (4). 

Batos rescriptos, qne empezaron á parecer en el 
úglo III, y da qne no hay aefioa algunas en los an- 
Ugaoa eáoanee de la colección de Graciano (5), ni 
«n los concilios nacionales i genéreles, en sn ori- 



III Praptttaa «aultibo de (udlo fnlrnii ii 






nía Silfid., »t StrfUet., fit. I, ap. n. D. Canmb., 
tttrben., op. n», naa. S. D. Stleed., Dt t-tf. flU., up. ti. 

Oí AEdtdo, la dlct. le(. ion. T, lb[ : El qnlbot omifbu) nUh 
■f^atur aaUiki inKBm , niiiíak in hoc ntan, illealpHi p*u« 
•bbcre bantlcU Ntleiiiiliu. Omiiníi lUeniliii. 

* a K»liií., B< Sar/Uft, p»rL i, eif. i", per Iota». D. Sil- 
ola, te Ltf. WUL, cip. X, et lenanliUr, qnl dabicBUcrii 
Mpim. 

^ Con., la r^. 8. Csa«., ilM. I, pnan. i*n. W. 



EL MONTTOBIO DE BOMA. 131 

gen no fueron mds qne unas buenos recomendacio- 
nes que daban los pontffioes romanos, ¿ favor da al- 
gunas personas beneméritas, para loa obiapos dioce- 
sanos, en forma de raego. 

También había otros qne llevaban el piadoso ob- 
jeto de dotar congruamente á loa qne atn este re- 
quisito babian sido ordenados, y ae llamaban man- 
dato* de providtndo. En tiempo de Inocencio III 
empenS la onría á tntrodnoirse en estos dos medios 
de rtoommdaeion 6 mandato d« providmdo. 

Bonifacio VIII se arrogd U provisioD de los be- 
neficios vacantes tn curia, por la oonfineneia de 
peraonas qne las crasadas traian i Roma. 

Juan XXII impuso laa medias anatas, eon qne 
allegó ana gran snma, y de este modo abríiS el ca- 
mino i las reservas qne biso Etenedicto Xlt, su en- 
oesor, estando la curia sn Aviflon. 

Temi ende la nota y censnra, estas reservas fue- 
ron temporales durante la vida del papa reawvan- 
te, estableciendo para ello las reglas con que se 
debían deepaohar por la cancillería las bulas 6 
despachos de provisión , y de aquf les vino el nom- 
bre de rtgla» de caneilltria; derecho ambulatorio 
y variable en cada pontificado. 

En estaa mismas reglas hay la de idiomaU, qne 
en algnn modo coincide con la exclusión de loe 
aUatigma» para loa beneficios (6). 

Las naciones reclamaron nna intrusión tan gra- 
veen lo beneficial de parte de la curia, y también 
los eipolioa y laa vacantes, qne insensiblemente ae 
fueron estableciendo, con trastorno de U disciplina, 
pues en an origen la colación de beneficios fué siem- 
pre del diocesano, y la presentación del pueblo, 6 
del Soberano, como cabeza de él , donde no media- 
ba particular fundación ó dotación. 

De aqnf se signe que en lo primitivo eran loa 
diocesanos preferidos, y súlo desde que la cnriaen 
el siglo xiT introdujo las reservas, empezaron los 
Toy^i i oponerse ¿ la provisión en extranjeros, 
pnea llegaba el desorden ¿ conferirse i una misma 
persona beneficios en Alemania, Inglaterra y Fran- 
cia, con incompatibilidad de lugares y sin enten- 
der el idioma. 

De manera qne los mandatos de providendo y re- 
comendaciones vinieron á t«ner fnerza de una in- 
violable ejecutorío, habiéndose conducido la curia 
por estos grados, según pneden observar los cu- 
riosos. Quedú de esta suerte, en el siglo xiv, en ma- 
nos del Papa la absoluta y suprema potestad en 
punto de provisión de beneficios con novedad. Sí- 

(S) Rr[. W. CnetH. ii Idlimfe . ibi : ríen TOliit, qsod li ron- 
Hntal um li curii . qoim eilri aUcDl prnonc de pirackljll re- 
elcíln , T(l fxnil )ll« benrflclu nírclitum coras (Dlmiriiin |nn>- 
dilinoruB qaomodallbct hibi'Dle pioviiirri; niil lp-> pennna lu- 
lilUaal, M InUllisiMIIMr l«|ol ichl UIIdd» loei. uM fctíeti*. vd 
bentldanhBjainodlMHlBiJi.provJiln, «ca Bimliígni, ri ara- 
\l¡ deiapcr qaoíd pinitblilen «ecleilan, lel bearllciail Hu*- 
nadl, nulliu ttnl rgbnrii Trl mgisenU, Y.á. Kilantl, Mi. it, 
pi(. ÍS9, idiU Cmaa. Allobta|. 



.Google 



132 



EL CONDE BE PLOHIDABLAKCA. 



gnidaels ftdulEtcion de loa comentadoraa de las re- 
glas de canciUeria; unoa estiman por un derecho 
inseparable de la dignidad pontificia cata nniver- 
eal colación ; pero otros la cenBoTan como una di- 
minncion perjudicial del derecho nativo de los 
obispos,. deaceudiente de la natural inheaion del 
beneficio al orden, de que pacificamente gozaroD 
aun en los trece primeros siglos, corriendo la pre- 
sentación al cargo del pueblo, 6 de los soberanos, 
como cabezas sujas ; 7 asi , hasta las reservas no se 
conocían extranjeros en las iglesias. 

Como qniera que se funde el poder del Papa en 
la materia benefioiat, para Gapafia han cesado ja 
estos prolijos debates, que dieron lugar ámuchosj 
buenos escritos (1). Los alemanes, en tiempo de 
Nicolao y, edujeron esta materia i concordato, los 
franceses en el pontificado de León X, j nosotros 
en el de Benedicto XIV. Un asunto tan gravoso no 
podía correr con tanto dafio de les naciones, luego 
qveístas abriesen los ojos y llegasen i conocer sus 
intereses 7 los derechos nativos de los coladores 
ordinarias, altamente ofendidos en las reservas. 
Por esta racon tenemos la fortuna de mirar como 
superfina la copia de doctrina 7 de fundamentos 
que traen los autores & favor de nuestras lejres, que 
afianzan en los naturales privativamente la obten- 
ción j capacidad de laa rentas eclesiisticas. Pero 
todas son aplicables á la justificación del edicto de 
P&rma. 

La justa desconfianza que todos tos gobiernos 
advertidos conciben de aquellos extranjeros que 
son de paises sospechosos por sus derechos ó por 
su disposición, debe estar muj viva 7 presente en 
la atención del gobierno de Panna. Laa pretensio- 
nes de la Silla Apostólica á aquellos estados son, 
aunque muy débiles, bastantemente vociferadas en 
el cedulón de 30 de Enero. Las suciptaa expresio- 
nes del mismo breve, in noilro dueato Parma ei 
Plaemlia, confirman con demaaia que nunca se 
pueden perder de vista en Parma estos sólidos prin- 
cipios 7 precauciones, sabiéndose cuánta ea la in- 
fluencia del clero en el pueblo. 

Esta reflexión sola pudo tanto en la prudencia 7 
advertida política del scflor re7 don Femando V, 
llamado por renombre el Católico, que so negó i ad- 
mitir un nuncio del Papa, por ser natural de Flo- 
rencia, país afecto entonces á sus enemigos 7 que 
seguia su partido (2). 

No es eata desconfianza una política meramente 
especulativa. Las inquietudes 7 turbaciones que 
pueden recelarse en Parma de la admisión de los 



(I) Rcferectat aitiDUSsIm ( D. Peiro it ülloi . In IlhatrallMe 
U Fanm SelnrUx (Dotí 68). 

<t) Znriii, AtttI. ie Ái-tgM, Jlb. n, cip. ti. T porque el Riy Ci- 
nata no quiso reelblril Obispo de Árcelo, qne venli i Espina 
por in annclu, ion filo ocislon que cr> Aorciilina. Véiie i Nat- 
eiso de Penlb, Tmlaá. ie la PsUtUi lecalar tn ¡01 tclttUil., 
í*f. II, qne >l niin. 1 me este ciso del Obispo de Aretio. 



•xtraOos á los beneficios, sin notioía del Sohanno 
7 su previo asenso, son lecciones de los eecamúea- 
tos 7 de tristes experiencias. 

Es, pues, no sdlo justa, sino necesaria, la provi- 
dencia de la corte de Parma, 7 ia testifica laei- 
presión dennestra ley 14 con esta indi vidnalidsd: 
«Es muy cierto 7 conocido que caando las digni- 
dades y beneficios de nuestros reinos se dan i Im 
extranjeros, resultan de ellos muchoa inconveuicD- 
tes. t Y más abajo : u Y como quiera que antes de 
agora velamos y sentíamos esta injuria 7 diEoa 
que nos 7 nuestros naturales recibian, eB;teciil' 
mente del aüo de 64 á esta parte, que se comenu. 
ron los movimientos 7 turbaciones en noestroa ni. 
nosn, etc. Lo que largamente explican noestroa 
historiadores de aquellos tiempos. ¿Y cuáles no 
deberá temer el gobierno de Parma de la coría ta- 
maña, émula conocida de su soberanía, que es neo 
de libres facultades acerca de provisión de benefi. 
cios, podria brevemente inundar aquellos vttdo» 
de eclesiásticos de an devoción, llenoa de miiimu 
opuestas á los intereses de la casa real de Paras? 

Aun cuando fuera posible q-ne los principea m. 
culares perdieaon de vista la utilidad pública jis 
tranquilidad del Estado, no permitiría el intere* 
de la misma Iglesia y el buen orden en su discipli. 
na y régimen espiritual, que el extrafio fuese pre- 
ferido al diocesano y patrimonial. ¿Qoí cdIIíto 
dará á la heredad el que no la conoce ? T el que 
ignora las costumbres y aun el lenguaje del psia, 
i qué servicio puede hacer al altar, que sea fitu- 
tuoso 7 útil i los feligreses ? Es cierto que con el 
tiempo, á costa de descuidos 7 de faltas en el enm- 
plimiento de su obligación, llegará á imponerse j 
á ser lütil á la Iglesia, cuando ya la naturale»; !• 
edad le dispensen, 7 aun le saquen enteramentede 
la posibilidad de satisfacer á las cargas mal fm- 
das de su ministerio espiritual. 

Podían tanto estas consideraciones en el jai«o 
del seDor presidente don Diego Covarrubiss, 'P' 
ain recurrir á concesión de los pontífices romaoci, 
ni á la fnerza de una costumbre inmemorial del 
reino, veía justificado este reglamento en la utili- 
dad ecleaiáutic a y en el servicio de Díoa; y porwr 
tantas las calamidades que padecería el cuite y " 
gobierno espiritual deis práctica contraria, se I'e^ 
suaüia la piedad do cate gran prelado que'si '* 
Santa Sode llegase á tener cierta noticia, no podría 
méiins, por bu encargo pastoral , por su justicis, pe' 
su integridad y por el celo del culto divino, de po- 
ner remedio. Sin duda que no podia aer otro qne el 
contenido en el edicto de Parma (3), qne no qoil*. 



(3) D. CoiTírr., Prurí., eip. wi», num. 5. SctBíd» ilaaUíii* 
ísljqi hot, qnoit osUllaiKii ble principaras, ei reila ob""' ¡^ 
poblica, ne dfnliir euleslisUii benrOrl» exurli.'o' <*' 
lirocííere ) concisslone romaiiDntm ponlieesm pneltrlfllo". 
asa Iramennrialis... sed el a Diai<ita,«l evidcoll "Ii"''" "*' 
rilnilis, et euleslaillci Bullíale, l(i qoideni, al (i "■"""' " ' 



JtncrO IMPABOAL SOBRE 
lotes tolera i U enría los derechos de reservas, j 
lira i aaegaroT la utilidad en los provistos. 

Ko sAlo es ajustado el reglamento que oscluje 
i los extrafios en cada estado de obtener beneficios, 
íino qne, como deseaba el mismo sefior Covami- 
biu, se deberia estrechar basta el punto de que 
fuesen patrimoniales i lo menos los beneficios cu- 
rados, sin qne se admitan los de una provincia ni 
!os de nna diócesis i otra, sino solamente los orí- 
ginarioa de cada obispado, como «e observa en al- 
gunos obispados de Espatia, aunque la patrimonia- 
lidad debe ser común á toda la diócesis, j no limi- 
tada á loe pilongos de una parroquia 6 feligresía. 

Esta especie, que con tanto g^usto y aplauso 07o 
el concilio Tridentino , como afirma el mismo sefior 
Covarrubias por testimonio del maestro Soto (I), 
DO era introducir unanovedad, sino poner en vigor 
la observancia de las primitivas Icjes eclesiásticos, 
qne no admitían á clérigo que fuesf» da otra igle- 
lia, aino en defecto do persona apta é idónea (2), 
Con esta doctrina consuena el estatuto de la igle- 
■ia de Plsaencia en Bspafla, que con tanta razón 
celebra el miamo Alfonso de Acevedo (3). 

En fin , ¿qué confirmación joéa oportuna de todas 
las constituciones de esta especie , j del sumo in- 
terés que tiene la Iglesia en qne sus ministros so 
crien entre el gobierno particular de cada uno de 
lea templos, qne el establecimiento de loa semina- 
rios diocesanos , que tan apretadamente ae encarga 
pac el mismo concilio Tridentino, señalando desde 
lotgo loa fondos que deben servir á sn dote y fun- 
dación, para qne de esta manera no falten jóvenea 
ingtraidoe en el servicio de la Iglesia, y pueda pro- 
veerte jeta de útiles ministros ? (4). 

Ademas del objeto de este edicto, importantísimo 
iUpotríaji )a Iglesia, no alcanzamos por qué 
camino pueda herir á la curte romana sn publica- 
do! ni sn cumplimiento efectivo. Sus facnitados, 
prescindiendo ahora del origen do las reservas, 

M Fml rlarea (nnUnpDl eulesiarmii minlttcKo ealiniUU*, 
quna il ccrtiDi babnarlt igminiis Chritli tictrlni entuUlOBtt», 
'lUo jiroigl pra llliui miiKriDe dipllilit, qnaní iDmmii lulim 
EctlMla rM>'>'', el redor obUnet, Inlegrltile , jHtIUa, eldiitil 
nHautftianlli, et lolnillt medetia ■dhibebil. 

(I| U. üonrrnb., ubi snprí: Ilude iaDcliuiBum raiet, elrel- 
nWfx unaliJtiImDD . nvti lammii* Ercletfe posUfei, ibi 
Sciaeilu ipiodaí •iDElrel, niomnia caJmcaaiqiiedliiKealibe- 
■ddi, ulun cuna aDÍDiniiii bibenUa, plIrlBoDialla tütttm- 
iit, iiquBanrtoipereiinr, bIiI cliei , tcI qil lnd<:>iiiloilnDdl. 
Oiol li coDcUlo IrldentlDO íanmo ounlnia CDnieiiii CDiulla- 
>>B liMe, leiUa utDaminicu Soto, llb. in, Bt Jnl. el Jm:, 
ÍUM. t, irt. a, p. IS«. 



31 Acntd., Id le(*a li M IS, 1 



, lib. I de li R«M^., 



{i| Cimai. TrUad., «M. B, D« fltftnMI-, e*p. inti. Cntál. lY 
W, taf. laa. cittU. Afáitrt»., up. ciu>. Cowtíl. LtUrt- 
•«..nt Lm X, H*. 9, Dt Kifar». Cvir. ti tOtnm. 



EL MONTTOBIO DE ROMA. I33 

ton perjudiciales á las nativas autoridades de los 
obispos en la colación de beneficios, quedan esp»- 
ditassin la menor novedad,y coa bastante extensión 
en los natnráles de Parma, para templarse mediante 
un uso 7 ejercicio máa conforme & las circunstan- 
ciae que desean los cánones en los provistos. Últi- 
mamente, Ignoramos que estos estatutos, costum- 
bres ó derechos de los reinos se puedan reprobar 
por las leyes eclesiásticas; antes bien, los mismos 
autores mis adictos á las máximas de la curia nos 
aseguran lo contrario (5). Limitan, i la verdad, los 
arbitrios de los curíales que quisieran gozar bene- 
ficios en Parma ; mas no se signe de oquf ofensa de 
los derechos del santuario, antee las provisiones 
eclesiásticas se acercan por este medio á la primi- 
tiva observancia de la Iglesia. 

La circunstancia que contiene este edicto, de 
qne proceda indispensablemente , para impetrar en 
Roma los subditos de Parma cualquiera especie de 
beneficio, noticia del Soberano, tampoco ofende 
los derechos que pretenda tener la Silla Apostólica 
en este punto. 

Es una prevención oportunísima para libertar á 
la misma Santa Sede de molestas y falsas relacio- 
nes, y en una palabra, de todos los artificios que 
sabe nsa el afán de adquirir y pretender en algu- 
nos. Bien so dejan entender loa males que inevita- 
blemente reciben las iglesias cuando por otros me- 
dios reprobados logran tas personas faltas de mé- 
rito ocupar las rentos que deben servir al premio 
de la virtud y del servicio de la Iglesia. Estos fi- 
nes, como tan justos, no los puede llevar á mol su 
suprema cabeza en manera alguna (6). Mejor y 
mis útil es que loa beneficios se confieran con agra- 
do 7 noticia del Soberano, que dar lugar ala reten- 
ción de laa bulas qne vengan sin este reqnisito. La 
retención ae puede hacer, aunque los provistos sean 
obispos, siéndole sospechosos, como lo sientan 
gravísimos doctorea y lo tiene admitido la práctica 
diaria (7). 

15) Aior, Ib AtUMM*. Hcnl., pttL u , lib. v:, up. n, qiMt. 
15, lerj. DtMif etM Ml¡ait'»a, 1b1: Hlno eit qnod lUiBili, el 
Jeiibna prJDcIpim el tegvm eiierl, et ■Uenltenn pealiti eidi- 
diDlar ■ beneStiia In reino, proilncli, lel arbe InillliUi.qtH 
le|M jare unanleo pemlUnitir, nec ImprobaDinr. 

(6| D. Sallado, fie StpplUúL , part 1, cap. it, ann. 70, et Inna- 
nerUallti lóela. 

(T) Rirelao dePeralia, diel. iy«(., cap. 11, ilgi. nan. 8. D. 
Salfido, De Sif/I. td SmKlU., etf. 11, parí 1, aan. W, tbi: Re*. 
It tondienil lUI onnn doclorat, ilDC eantradlcHone probtilet, 
poaae prlDCipem sscnlirem QOb admtRere b Sedeipoalollea, ill- 
ler sk pioitsum, ten elecUm. tí sit peraovailbliaípecligda 
q«a nao poisll conHere, le forte meleladienailii arcana, et 
aecreU loi ragil. Br(o abl codcditII limlUs lili easM Jula contri 
relpnbUcx oUliiiieía, aot cum aoniIato.llloniB liuerc prOTl- 
■loBla llclib (rc'erenur tames) rellierl poagtni. 



QifiitispdbvGoot^le 



EL oonra: de plobidablaiioa. 



SECCIÓN NOVENA. 



nndem ne quat^ leriptura , mandatum , epístola , tetUentia , decretum , inlla , breve . taU <Iíd 
proviaio, qua ab apottolied Sede emanaverít exeijui ullo podo potsit in eiidem Ducatíbut, ntri 
in^etrato Exequátur, ut vocant, a Kemlari pote$íate. 



8L 

El genio de 1* ■oberenl* «■ Mcrnpatoso : ni «d- 
niit« eompa&fa MipreiiMi en el mando, ni debe per- 
mitir «cto externo en el reino, qaa no examine y 
leoonoscB. Qualquien omisión en eete aeunto eerla, 
6 BB ocmprometimiwto de le aoberwia autoridad, 
6 vu descuido, que pudiese produoir la ruina ó la 
turbación del Estado, cuando aénos m pensase, ai 
en mano* de loe oariales eatuTÍese introducir pro- 
Tidenciae, monitorios é innoTaoionee, tín ser TÍstaa 
entes en nn tribuna acreedor de 1* confiania del 
Soberano. 

Por eata raaioii, loa princlpee, celosos de la potes- 
tad que han recibido del Omnipotente, no ban con- 
sentido jamas (no obstante su rcTerencía i la BilU 
Apostólica) la publicación de bnlas , rescriptos 6 
breves, de cualquier género que sean, sin que pri- 
mero se examinen por sus magiatnidos con aque- 
llos formalidades que piden las leyes de cada país. 

Disputar á el sefior Infante duque de Parma esta 
regatia, es hacer i las claras ofensa isu soberanía. 

Bastaba traer al medio el dictamen oniTsrsal de 
los gentes sobre este asunto, para convencer el de- 
recho de los soberanos sobre qne sin en noticia no 
•e divalguen ni pobliqnea en sos dominios loa ac- 
tos de otra potestad. Con razón juzgaba Cicerón que 
el 000 sentimiento universa de las gentes forma 
nna especie de \oj natural, secundaria i lo me- 
nos (1). A la verdad, no puede negarse que la voz 
casi común de los vivientes forma un cuerpo ge- 
nM«l de sus leyes, y la sentencia de muchos pue- 
blos siempre es digna de veneración. 

Ho obstante que de esta materia', con la sola 
variedad en el nombre de paf,piáoiéo, «aegMaftir, 
íe(nu(hper«alt« 7 otros semejantes, eati arreglada 
entre las naciones la publicación de los rescriptos 
de la odrte de Roma, y que están llenos de raxonea 
á en favor los libros, no seri importuno referir por 
mayor las leyes y reglas mis notables de los rei- 
nos cristianos sobre este particnlar, y los escrtto- 
ree que han fundado eete derecho de la soberanía, 
donde podrá el lector satisfacerse radicalmente. 

En nuestra Eepafia, desde la antigfiedad se deja 



HUra rstaM M. 



ver el uso del pUcilo rtgü cono «n* dramutsa- 
cia precisa á la pnbtioaciwi de loa rfisoríptoi, do 
sólo de la curte de Boma, sino también de las setu 
délos concilios generales, que es inn másLEatl 
principio uno mismo en todo, para qne lal^í 
regla general no se intime, sin reconocer ántei n 
en algo ofende los derecho^ del Seberas», del co- 
mún 6 partioolar, ó introduce novedad gratoai 1 



Avwiguar este hecho de antemane es precsa- 
ci«i necesaria de un buen gobierno, oon f^rasl» 
claras para abreviar U indagracion y ÍMÍliUrU. 
Sin la presentaoioB previa de loa despachos d« 
Soma, ¿cjmo ae lograria anticipada y ciertaOssls 
saber su contenido 7 

Esta presentación previa de los reooriptos «ct»- 
siásticos ea tan antigoa en Espa&a como Is no- 
narqula. 

En los cuatro primeros siglos de la era triitisBi, 
^ne estaba bajo de los emperadores U EqísAa, m 
bien reconocida la regalía cod qne piocediso «a 1h 
materias eclesiásticas, publiotodose todos leid*- 
cretce en los concilios con la intervención, netící* 
y asenso de los emperadores. 

Los reyes godos guardaron esempnlosaineiitt 
esta regalía, y la reconocieren los papal, codum 
ve en la epfstola de León II , escrita al rey Errigie, 
para qne pennitiese U publicación de las actsi M 
la sexta sínodo general 6 concilio Constantinopo- 
lituio segundo, en que se cotidMi4 la bsrsjis i* 
los monotelitas y la memoria de los qae hiliiU' 
sostenido sus errores, cuales fueron Sergio, Fino 
y Honorio, papa, enga&ado por aquellos hsrsúi- 
caa<2). 

Con la misma igualdad y sinceridad de áoiuw 
qne reconocían los ptqws á nuestros antignes sebe- 
ranos el uso de esta regolfa, inseparable dehn*' 



(S) B]fyL Lf». P»r. II ti Ertliim, nttm Aqf^s. ^ 
Ut4, Is Ctliacl. CémtU. Gird. Jktutrrt.Um.n.tit-iOt,'*''- 
ron., 1151, Ikl : litínd al tsiui críiUiBl rers> r'llfi" "^ 
ptttMii utuMi, qDMesH bn D»ik)> 9ei ctdMUt s^mIími, 
uMriotfbs*. «tcrMí, Mrap^k,sálaBáe»Dflri«Mrtnp>- 
qne rcfnl iltkillMe, mea hIm •bsUm umiiimi. UM»-' 
Ui pH. et eoscordli Is eetlMlli Dd isslrl Mkllali Kfil ■<"'*' 
ritsi De» Eonudcsu. >*ilriqi« chrlttiisltiu (t«"l» "^¡^ 
el ■aseii; si qst ndrsM talaos npire áUfOitliH»*'^'^ 
killuu (sksliiM, cosceáii per risrim taaiMtin'f'''* 
(lU f laeiit (canltna fttitm dUiMHrs. 



Google 



JUICIO IMPARCIAt, SOBRE 
jestid , 1«e vieran por muchos rigloa disponer j 
re^v los Hercios eoleeidaticoB en U congreg»- 
cionde concilioB, división de obiap&dos, pcrcep- 
áSB de diezmos , decisión de pleitoa, 7 en un» ps- 
hbn, en caai todog loa ostrntos eztemoe j tempo- 
nlee de laa igle«iaa. 

El mitmo poder que tuvieron los godos en lu 
materias eclesiáetioas, pasó paofficameote j en to- 
da ni latitnd i los rejes t«atBtii«dores de la mo- 
URids. Bu la larga seríe de hecboa históricos é 
imindablee , que jantó k este Sn el obiapo don fiajr 
Mdonoio de Swidov»! , pnede ver onslqniera la 
otNiaioB de la aolteranfa de naestros monaroaa 
mlaa cosas tocantes á loa eclesiásticos. Y en las 
nBsxionea qae hace este prelado pwa descubrir el 
origfi] de las reales facultades sobre este panto se 
froebe muy bien sn insto titulo, y que pretender 
itríbnirlaa i un efecto de la fnerxa A de la igno- 
meia, os pensamiento muy libre, que no cabe ni 
«I la moderación de tan gloriosos monarcas , ana 
mil ilostree por so piedad y religión que por ana 
íílebree victorias y «onqoietaa, ni en el celo y la 
doctrina de loe santos y sabios preladas qne flore- 
ÓMOB en sqnellos tiempos , y que bien instruidos 
de loe verdaderos derechos de la Iglesia, no hnbie- 
m permitido su peijuicio ni dejado de advertirle 
i los reyes (1). 

Esta práctica de qne las leyee eclesiásticas oon< 
ciliareí no se promulgasen sin el pase y asenso real 
M ebserTA ineoncnsamente es los demaa coocilioB 
ammínieos, como snoediú en l&M con el concilio 
i* Trento, conclnido en el afio anterior de 1563, 
T Mipe n , con acuerdo de su Consejo, libró su cé- 
dilaejecntoriál del pase para qne tuviesen cnmpli- 
nitBtoBDB disposiciones, y lo mismo se practicó, 
ND algunas reservas , en Flándes y ITápoles. 

De toa concilios nacionales y provinciales cele- 
)^o) en Gapafia aon testigoa iudubitablea sus ae- 
1*9, pnes ni se juntaban ain preceder nna cédula 
'eil,1luasdabTi»or^^to, en que al mismo tiempo se 
1m indicaba & los religiosísimos obispos y arzobia- 

III D- Frii Pnideoclo de Smdovgl , Ctinict iel Hey D. ilfan- 
" ni(J B*ftrtá»r, np. iin, pl|. 171 , dice lal ; De lae las re- 
rairrltut liiieuii poder n liiifleilisj mlniílrai de eUei, 
■ii Mnocer il Papi eoaio TieirJo que es de CriMo j ubeía de 
lii|ltili,iohijqse reparar, pnes erm beri-jei, qae uegiban li 
INslM de CrOlo J a'ni toiía qae li Igleili r.aldlles rerriide- 
nanu Eoileti. 

Ij lidi hU en el poder ; maso que loa Rejes Caullcos ban 
Italia n la l|lnta de EipaDa , cdd padlca posealon en baa j 
W iuao dicta) de loa sumoa ponlTlees , iln que sepimoa ddnde 
*opfnctpia,tie. 

^lise el iiiiH. j relere Dnclios acioi qec coaipneban I1 
HMiIntaalarliliddelMreiesen tastosasdeta Iflesii.y des- 
ntt ti MU nlieloe , toaclan a>l . tH- lIS- 

•TIo^HBtiabvaa eaie lieiliaes,qaeBiachoa de iDirereiqne 
'■1° btlin, (raí calAUeoa, crlsllaelsíBloi 1 lenidot por >aaloa , j 
'^ Wwi Mpitde presumir qae lo bicietea pomlllela ni por 
<l>enaeli, ij podertbaoiiito,pr<nclpiinenlehall9Bd<>seen c»- 
■n tnúlloiDD. santlslBoa, eotBo S. Leandro, S. Isidoro, S. FdI- 
I^'°, S. Fnenoso reíros nuelios obispos 7 abades de slnp- 
»W Miai j tdalada crltUandad, 



EL MONITORIO DE ROMA- 136 

pos loa asmitos precieoB que debiau tratar; asistias 
los ilustres varones palatinos y firmaban las ac- 
tas, como ee ve, entre otros, en el concilio X To- 
ledano. Inútilmente se individual izaña esta ver- 
dad, bastando la lectura de la* actaa, al fin de las 
cuales hay siempre nsa ley i edicto, en qne se re- 
sumen loa cánones establecidos, y se nuindan por 
el Rey intimar en todo el reino, y guardar á todos 
los vasallos eclesiásticos y seculares. El docto le- 
trado Jerónimo de Cevallos (2) se hace muy bien 
cargo de esta regalía, y extracta las actaa conci- 
liares para la más fácil inteligencia. 

De aqní ha dimanado qne las sotas de concilios 
provinciales y constituciones sinodales se remitan 
al Consejo para su reconocimiento y examen , oído 
el aeflor Fiscal , asistiendo un ministro real, á nom- 
bre de su majestad, encargado de velar que nada 
pase contrarío á las regalías , derechos de los vasa- 
llos 6 del írden público (3). Las leyes de Indias 

(t Ceiallos, De Ctgall, per fias tiel., la Proem., cap. 11, per 

lOl., el (lOU. a, BIBl. S. 

(3) Es declsha al aannto la real eddnla de II de Meno de 1T18, 
conslielenieiloapriDciptasdelt refalli, qnedieeasl: <E1Rer- 
Reretendo ea Cristo padre. Obispo de CeroTí) , de mi Consejo: 
Ta libela qae , par caria de 13 de Ditlenbre príiime pasado, no 
babeii dado taeula de que, coe ni real beneplldlo, j como obli- 
po mis snUino de rsi provincia, babeti Junlido j celebrado eo 
«a clndad el concilio protlnrial Tameosenee, considerando cata 
oecoaarloera.detpaesdeiiBa larga pietra, para el reslab[eci míen- 
lo de la disciplina de la I|lesla, j ejeeeur rirlas dliposlclonei 
del sanio concilio deTrenlo i bulas apestúticaí, pira cnjo efecto 
habla dispnealo los decretos ; clnones que reailUs idjDDtos ; no 
dndindo qoe ai piadoso conioa se dlgnarl aprobar el An qae se 
lia propneilo en etloa, j qne mi eaidlico celo lomarl bijo íd pro- 
tección ealaa disposiciones i decreloa, qno hallándole fundados 
ta el mlaao concillo deTrealo, parece Uenen mB;orderecbo pira 
uplrar 1 mi aoberane palrodnla, qne e* el qne dnicameaia ha de 
dai la Fnena i estas lejos Tasegorarsn cao pll miento. Tea tar- 
ta de II del referido mes, escrita i doa Josef Rodriio, mi secre- 
tarlo de Salado j del despacho nnlrerail, representasteis qae los 
deeieloa ú consIlUelones O estaintos qae se bleleron en los pasa- 
dos coBclUoi pratlneliles Tarraconensea ae hablan pabllcado é 
Impreso sli preceder licencia alcana do los ilreres y ladlencla 
de Catalaba , por lo qne espersba el Cénselo qne el Harqnts de 
Caatel-Bodrlio I la Andiencía no hallarisn reparo en qne se coa- 
Unnaae lo mismo , mtTonienle habiendo ofrecido hacer TOr los dl- 
■hos decretos al Hlolslro qae ae hablare deaÜDada, ihaberjo 
mmdado, parpante geaenl.qaeen laa materias eclesllsllcaa no 
se hicleie noiedad . J lenldo en panlenlar i permitir se celebrase 
el eoicUio , (lardiadoaele todoi sas esiUos ; obiertanclas. Pero 
qne, ala ea>b*r|| desalo, el referido Karqves de Cattel-Hodrlio 
j I* Aidleacls, fuadidot eo aaa real cMola, qne prohibe la impre- 
•loa deeialqolei (Añero de libros sin licencia de loa del mi Canie- 
ja, no hahlaa qnendoeonrenireu qae se le conüanite al Concilla 
el anilino estilo de qae >e podlisea imprimir sns decretos j lejes 
ala aeeeailar de llcñela para la impresión ; ; qie, aoaqne tos nt 
el Coaellla ao leaele reparo aliaao en hacer patenlesj nponer 
1 los ojo* de lodo el mando lea decretos qne aa has hecho en di, 
deiedn el Concillo se le condaaase na derecho qne parece no se 
le paede dispntar, d se allende qae 1 loa coaellloa proilacliiea 
lea dene la anloridad de hacer lejea da la mia anll|ii dladpllna 
de la l(leali ; j qae esperaba el Coneillo rneae aenldo conceder 
■ai real permiso para qae esioa decivtoi ae impriman j pibllqaen 
cnanto lates, sin qieae neetille acndir al mi Consejo por la 11- 
eencis en la conformidad qit de toda anllfledad se ha pnellca- 
de ean aqnella proilnola ccleallstiea. Y listo por los del mi 
Corito, TcoaanHádomeaobre ello, he remella deciros qne loa 
rereridoa decrttos r eonsUtaeioMs del concillo proTlndai Arn- 
otfaepaa, oeMMdo *« e*ia dadtd de Gerona, el aSo ptdilaio pa- 



.138 



EL CONDE DE FLOR ID ABL ANCA. 



disponen lo mÍEmo, y ul ee prtLctic» ; de maners qae 
los concilíoa ni lu oonetitucioneB «¡nodales no se 
paeden publiou sin presmUne antea en «1 Con- 
■ejo (1). 

Por la miama raion 1m órdenes , en comnn ni en 
particular, no se establecen en el reino, ni admiten 
ana pecaliares estatotos, sin preceder el pase y no- 
ticia del Rey y de ea Consejo ; sobre qne es notable 
la condición cuarenta y cinco de milloues , y !o qae 
con macha doctrina escribe el seDor presidente don 
Francisco Kamos del Manzano (2) , y de aqui nace 
estimarse como de pacto las fundaciones de coron- 

Ndo , ion tifon i» dI mi i^robiclei j troicwioD ; f » >■ con- 
tteaentíi, be lenldo en qie m leí it el piu. t tn de que ; 
hacerlit riblicir élaptlBlr •(■ preudeiotni nli tuleí 
des ni nqniílioi; ten eoi eilldid que del deereio it mmIíIucIod 
dd lümera léplliia , en qae Inoitido ; ruinado 1> dlspoileian 
del Kindo concille de Tremo , ; li bola la C.a*t Oamitl, qae 
filmlni eiCDmDniíia conlrt loi niarpidurai de bienes, cenloi, 
derecho* j jaritdietoiei de los emsIomeDiot de lai igleilit, be- 
neieio* j logares plo«, estalu;e ; ordena que dlch» dispoiklo- 
aetdelConcUlo f déla bila Cene se pabliqnea ledas loa aBos en 
liseiiedrates, TqielosordiBariaieelealliilMi tniden de deda- 
nrT<Í"iUrlatcensir»Tpciia9delDs e«ntraientores ; la qal- 
te ; dele de publicar é Imprlalr la ellninla n» praltrlt n- 
fnoM , tel tUu : pgei denaa de no consldcrane necesaria ni 
úlU eiti eiprcsloo, sin ella >e reitere adeenidinienle el proemia 
de dlcbo detreu 1 la dliposlctan concillar del Trldentino... T 
que isinlBUD le qnlte j deje de pibllcar ¿ imprimii la cllninla 
qae al In del decreto d eonalilnciou del admero Irlgéilaio dice: 
Mtbimmit talen fumoiifM eeruM dicUi ctfellanh eitrtíltmt, 
ia iitetmíu loea txiiInHim üínlraienifmaai faral , liia- 
eetlaríenflMainrelalaU.nlrrirllefla.ntfeeliiítumftt- 
flBa la Hielan jr eanseeaeDcia qoe se saca acero ite loi iialijiio- 
nios de loi loldadoa, eataodo ea aelaal expedición j tampali coa 
el ejtrctlo; pnea na ileoda el inlenlo del Coaelllo c«Dcl<lrolri 
cou qae eitilnir j ordenar u obterren !■« declaracloaet qie 
elli de la Sagrada Conrre|aeion , ea etta maierli baira referiilii, 
aln sacar cDaaecaeuclas é Iliciones de ellas, qno pneden aer mar 
■ikItis ; j qne en los taplmlos d decrelos de Ini ndmeroa deel- 
■oséplIOH) j iil|tslm(wla>o, locanlcí i loa adnlaiitradores de ea- 
(» plai, ea que ae establece que ecloa idailnlalndiires, cnales- 
qnler qne sean, eidi iHt den sns cnenlaa al propio ardliirlo ede- 
jlliUco. ; depnllen ri relicnato ea ilgna deposilarlo pdbllco del 
prlnelpado, [o coil ae cpnae j per]ndlca ea cierta nodo 1 n>l real 
jQrltdlclon , porque la qoe loca i eilo es de misto fnero, j tiene 
Inpr la prevención róese principado; se aliadi en les referidos 
doi decretos la dínsula: Salra lamen re/íc jtrttiMimu nltii 
cttitaa, pnracon dli se subuní este dereelo; ; os encarfo qae, 
samo prealdente qae bibrls sido de dicbo canclllo, hsgtjsie 

' ejenle en eiU nlima conrirmidid , dando I este Un las drdeoes 
T proTideadis qne os parecieran conveníenlea. T por lo qne toca 
t lo lenidero, he qaerldo prerenlrúa qno eualetqoler decretal 6 
conslilndanet qne ae bideren en el coneiiio upTiaclal Tarraco- 
nente, cosió lambiea lai sinodales de ans obispos inhiglneoa, 
Inleí de piblictrse t Imprimirse ic bajan j deban preieatar en 
«I ail Contejo , I In de rer y eiaminir si bij cosa eantnria j 
peijadlclal i nía reií-llas, Jatlsdlelon j derechos reales, d al pue- 
den tener algnn otro iaeonienlenie; lenleado entendido qae no 
biblíndole, leles dirl el piu rejecstorli, pan «ae llbreaieata 
*e paedin publicar t Imprioalr alo neceiilac de lai llcenclii, for- 
malidadei ) denu reqnlsltoi qne preteribea lu lejei de cito* 
lelnoi respecto de loa llbrosTeaerltoiien cn;i Intetigenda dli- 
pondrtla sa tenp preieata asta al reaolBelaa en loa tlnpoa f 
eaio) qne connaga pan id nta pnalnal obsemoela ; ql« laf ei 
ni TDtantad.- Dada en Madrid, i dleí j siete días dd aiei de Hino 
de Dll aeiecieolos dleí r ech^ aüoi.—TouRiT.— Por mandado dd 
Bej, naesiro sellor. Den Jntm Milita it Artfau. 

D. Salcedo, A«£«f. ^üf, llb.i.cap.iii,|Bale.,per luLCa- 
lallOI, OiCi>nil'i>néfertitmtÍQltaeK,i\a.ÍtíM.i,t»-a.Si. 

. (1) Les- G, lit. mi, llb. 1, Ríoef. Ini. 

|t) D. ftiMW, Ai Ur. iiái. tí Pop., llb. in, op. ui*, ftt lot. 



nidadas religiosas, para no permitir en ellas nere- 
dades ni alteraoiones sin asenso rottl y del Con- 
aejo (3). 

El ejercicio da asta regalía de los soberanos acer- 
ca de laa nuevas erecciones de monasterioa que 
reconoce la Iglesia (4) , jamas sa ha interrumpido 
en Eepafia. Loe preciosos documentas de machoi 
siglos & esta parte desoabren la inTÍolable obser- 
vancia qne siempre ha tenido, y todoa uaestros 
autores ponderan con rason las utilidades que de 
ella se signen. 

San Bernardo, por sus cartas á la infanta io6t 
Banoba , hermana del rey don Alonso TI el Empe- 
rador, solicitaba la interposición de esta princeu 
para obtener la real licencia qne indispensablemeD- 
te necesitaba la erección y reunión del monasterio 
de Tóldanos , que procuraba este santo (6), j a¡ 
que experimentaba la oposición de ciertos monjei. 

El autor que escribía, mAa hace de seiscientos aSot^ 
la historia de la traslación del cnerpo del bien- 
aventurado san Félix de la capilla ó sscrístis del 
corto pueblo de Bambola , 6 ya sea Calataynd, don- 
de hasta enUSnces se había venerado, al moDaitarío 
de San Emiliano, afirma que no podía perfeccio- 
narse esta obra justa y pacíficamente sin que ioler- 
viuiese la autoridad y permiso rea), como ineicti; 
sable requisito (6). 

Aquel espíritu de obediencia y stmtision i lia 
potestades que tienen confiado de Dios el gobierno 
de los hombree, tan sobresaliente en los dos gran- 
des patriarcas santo Domingo y san EVancisco, j 
qoe han heredado sus hijos, nos ba dejado distís- 
guidas pruebas de )a antigfiedad y observancia qne 
ha tenido en Espafla la presentación de laa bnliif 
breves apostólicos á los reyeay á bus supremos tri- 
bunales para sa reconocimiento. El primer paso f» 
dieron estos dos santos fundadores para la obra 
útilísima de establecer en Elspatla sus religiosas £i- 
niilia8,fi]é presentar al santo rey Femttndo III Im 
bulas apostólicas de aprobación de sos ínstilstoa, 
y pedir reverentemente la licencia para fondsr cu 
este reino, en uso de ellas ¡ hecho constante, no silu 
por la fidedigna y uniforme aseveración denaes- 
tros historiadores (7), sino por el eterno monO' 
mentó de la inscripción de la piedra que se ve i lu 
puertas de la santa iglesia catedrtJ de BArgot; 
ejemplo respetable, que deben imitar los impetran- 

(3) D. Solotiano, IX M. Gatentt.. llb.iii, up. iiiii<< ■■■-'' 
etaeq. 

M) CtteU. Mtfal. I, tat Lteat III, cap. U, UauUL la «h 
Ctr/irt, iianí; Dt CntecrtU. dial, i, Ibl: Corpora «ineun" 
de loco Id loenm aaUas tnailerre piwnmat alee eosiiJl» r^»- 
eipl>- ^ 

|5) D. Bernird., ErM. 301 , ad SawílBi, ííiww í***™ 

(8) SiBd'i».,niiiiaí. Ifwíiíer. a. «<»«*«..ip»r'-. i» '""''!'■ 
S. Sadi., pat. 31, ibl: Quam aoa potiUie jnil*. d sW W"*- 
Indine omnl oompleri abiqae lauoriiila el peraits* '■I'''- 

(1) Hadan., llb . ui, cap. nii. CelaMir., SW. S*t»-> *»■ ^ 
ja.Fetdla.cagtttts.InAdf.S.ifP^Ut.ii 



.Goog 



sT 



JUICIO IMPARCIAL SOBHE 
tti de loe breveí pontilioios, y qaa los escropuloBoa 
iiiBiiiiii>taa debeo considerar deepacio ; pues van 
pnctio&do el oso del plácito regio por loe miamos 
que Teñéramos en los altaras. 

En el examen particular de fundaciones de firde- 
ses Kgularas m interesa grandemente el estado 
ecleaiáatico para qne la mnchedombra no perjudi- 
que i laa antiguas j decaiga por falta de dotación 
U disciplina regular; la república tiene aún ms- 
7or interea para prevenir que la multitud de con- 
TcntoB, con pretexto de una falsa piedad, reduzca 
i los ciudadanos qne han de soportar las cargas del 
Estado á la impotencia qne produce la miseria, 
ocaaiooando su número j sus riqueías «nales mis 
conocidog qne remediados en todos tiempos, pero 
ponderados baatontemente por el seKor presidente 
don Francisco Ramos del Manzano (1). 

Sobre las bnlae y despachos de la curia romana 
H)D mny antiguas las quejas, luego que en los úl- 
timos siglos empezaron á expedirse en Roma nego- 
cios particnlaree, contra la práctica de la venerable 
uitigüedad, enviando embajadas solemnes j re- 
cocaos, como en tiempo de don Juan el Segundo, 
de los Reyes Catúlicos por el doctor Palacios Ru- 
bios,; de Felipe rv por el seDor don Juan de Chu- 
macero, del Consejo y Cámara, y don fray Do- 
mbgo Pimentel, obispo de Córdoba, sin entrar en 
eCias muchas. 

Como no banbastado jamas las representaciones, 
ni iunlas retenciones, paraevitar los inconvenien- 
tes, el rey Católico Femando ¥, en 1314, hizo ex- 
pedir, con acuerdo de su Consejo, pro visión ,circu- 
lu para su presentación previa en él, ¿ntes de pu- 
blicarse ni ejecutarse (2). 

Cblos I estableció para seis caeos la misma pre- 
•salación previa, con las gravlsimaB penas conte- 
Didaa en la ley que publio6 en el alLo de 1543 por 
pragmática (3). 

Kaestroe escritores, i quienes sigue el seDor Sal- 
cedo (4), fundan qne tal regalía, como de pura pre- 
uncion, y ánn do respeto i la Santa Sede para de- 
Usat con tiempo cualquier escándalo, ni necesita 
pririlegio ni costumbre , pnes tiene fundamento en 



01 D. HiBu del Ninuio, Ai Ltt- M- ti f<v., Ilb. in. 
ap. lur, sim. i!i. El ne qildem coilra EcdetiE Ipiim snuiBi, 

■■nli rngdiiiDDlbiii pneJiilicelDr all[i Inleresie hibenllbaí ib 

'Wqie nc iiglIiplieeDliir Donigterfa taa dctrimeolD illDcnm 
Mitmz doUllanli el regoliiii disclpllDK , el non teme] icioda- 
leriD, el turt>ilIoD[i, qnod llem (oaln Eceleslx seniom euel. El 
liín, agn. (U ibl: Tindem at sapri modum exetattau- tt miit 
líUeib) moDiEterlna numero, nec snfDcleDllbos eis subillnfn- 
hRfBoroBi clTlbiiü, >ii|DeapibDt, relpnbUcB deiUtnoDlur iliii 
a (tribu: qiod unb regUinrliic mnnerli, etpollUea ptorldea- 
Usetf. 

It| Alnr Conei , De Sehu r»rlt rraoriid XliwaH, 11b. t, fol- 
■01 Ul Ibl: Tue per nfiit Utltn* laiil inuí Urblnin PnereeU. 
iiilplOBuia qne n.ni3 jíreneslir, id «uprenim regís UUtanai 
aiatreBlar. 

(Si LejrlS, tft. -Ji, Ilb. :, Jlíiwp. 

W D. Sik«<i>, Dt ttft ft^tca, Ilb. D, «ap. m, TfttUtl, 



EL MONirORIO DE BOMA. IST 

el decoro de la soberanfa y en la atención debida 
al Rey y á su Consejo, deqnenadapste sin su noti- 
cia, para acudir con tiempo á cualquier perjuicio 
que por la distancia de la curia romana, poca noti- 
cia de las cosas del reino, ó por falsas preces, pue- 
da establecerse contra loa derechos públicos ó par- 
ticulares, ó en daflo de la tranquilidad, con el abuso 
de monitorios á de las máximas adoptadas á la 
sombra del proceso anual de censuras, llamado tn 
Cana Doniim. 

Ya en el aDo de 1537, en el reinado de Carlos I, 
eran intolerables en Espafia las citaciones y avoca- 
cionea á Roma de que se quejaron las Cortes re- 
petidas veces. Con este motivo, clamaba el doctor 
Alfonso Guerrero al Rey por la perfecta ejecución 
de la pres>3ntaoion de los despachos de la curia ro- 
mana, estatuyéndose ley para que no se pueda ha- 
cer intimación de Roma sin que fuese vista en el 
Consejo (5), confesando en el Rey la autoridad y 
la necesidad de mandarlo. 

Deapnee de Carlos I, mandó Felipe II, su hijo (6), 
)o mismo respecto álos reecriptos opoestos al san- 
to Concilio, paro que ae trajesen al Consejo para 
ver ai en algo se infringían sna diaposiciones (7); 
y en cuanto á indulgenciaa, está proveída la mis- 
ma presentación (S). 

Los concordatos atribuyen nuevo motivo á la 
presentación, pues siendo un derecho correspectivo 
y recíproco, no eatá en arbitrio de la onria au dero- 
gación, ni de la disciplina monástica recibida en el 
reino con asenso público (9). 

De aqui es que en EspaBa, no salo por uso, sino 
por reglas generales, ea clara esta regaifa, y no es 
necesario recurrir á las declaraciones generales 
delT09, 1718 y 1736, que fueron precauciouales con 



(S) Gmt., Trst. de la aleirteio» ie CíhcíI., up, in.alll: 
•Maí etlo (amblen podría cesar raelllsi mínente, porque eslau- 
Tendo Tnesln majetUd en üspaBa una le; qne an st padlase iill- 
mar clUelon de Roma eln qne róese vlsia en el Cornejo de Casu- 
lla, y en Anjion en el Consejo de Aragón (lAnri eiUn unlilDtl, 
InígD no bibrla mis clliclon por vía de molestar, ; ansí bar nn 
esuinta en el reino de Hipóles; de minera qne al nni cllaclon 
del Papa la eo el reino de Klpolea, el qne li lleía li presenta en 
el Consejo de >ocslri majestad ; T si al Consejo le parece cosa 
Insta, luígo manda qne se Inttmeí qulema; loenal es toaa ntile, 
j por donde se obilin las malicias de michoi , que so calor da 
elérlgos son gemejanle* I lobos bambrlenlos en li aiirítla do ad- 
quirir beoeOeios i diestro j slnleiuo.» Uista aqnl el Dr. Gaerre- 
ro, que eooUaúa probando la obligación del Pipa i fttritr f le- 
ner en o*fír«iiíí« s reierencit ¡ai derechin nlntsiiei ptr ¡ai i«h- 
|gi pttJrcí, Éej/nit filadot per gracia del Eiptríhi Stntc. Lntgo 
signe dednelendo, por lo qne ínles ba probado, que al Ktj Mfw 
f emtení* iuíar y preaa-tr el He» tmtertal de la eriilíanjad, ftr 
ter a^iií de le lemperal, 

(6| Leg. a, III, III. Ilb. I, Recopll. 

(7) Lej CO j 6i, cap. p, III. i<, tib. n, Hieaf. 

(8) Leg. li, Ut. I, llh. I, ñeeepll. 

(9) Estl asi resuello, i consulta del Conseja de S de Bacro 
de ITes. pBblleada en 11 de Febrero del mismo alo, j prohibido 
también al NnDCto en la concordia llamada Oe FaeUnem; j attaai- 
aeate se preiiene ea si ari. ir ée i) nuera pngmltica-uaclH 
de 18 de Julo de ITBS, Sttrt A frtitnlieie» it Ma* «a tí 



Digili; 



IV Google 



EL CONDE DE FLOBIDABLAHCA- 



moÜTO de los dlsgoatoe de ambu oórtea, y teniui 
otru extensionw, da que «hora no se traU. 

Femando VI, ea 1761, mandó al Consejo eocribir 
cirovlarments á loe prelados de eatoa reíaos, para 
qm remítieseo á él cualquier resoriptoa 6 despa- 
dioa de la enría, oonoeraientea á retenciones intro- 
daoidas, jr lo mismo previno en los despachos bene- 
ficialea para n presentación en la cámara. 

Ha Bido muy aplaudida da loa sabios más acre- 
ditados de fuera (1) la pragmátioa-sanoioa de Car- 
los HI, d« 21 de Enero de 1762, que prescribe la 
regla que en eato se debe observar, y que la escm- 
pnlosa exactitud y religioso celo de eu majestad ha 
explicado, y reducido á la forma más practicable 
en la nnevareid pragmática de 16 de Junio de 1768. 
8n oontexto, por sí eolo, baoe evidenoia de la nece- 
sidad de esta precisa defensa de la regalía, y loa 
apoyos qite tiene en las leyea aoteriorea y coatum- 
brea del reino, y en la esencia constitutiva de la 
Boberanta, onyo es el terrítorio. 

Queda, pues, en claro la forma con que en Bspa- 
Ba se deben pablicar las leyes ecleaiástioas, annqne 
dimanen de loe conotlioa generales, púa ligar á la 
observancia y constar debidamente; y por oponer- 
se á esta justa práctica el monitorio tn Ocma Dtmi- 
ní, en cnanto á en publicación, prescindiendo del 
contenido de sus capítulos abasivos, se ba reela- 
mado en todo tiempo por nnestros Boberanos y sus 
tribunales inconcusamente , si se exceptúa uno ú 
otro oaao clandestino y artificioeo. 

Del mismo origen y regalía dimana la ley esta- 
blecida pora las ludias por Carlos I, eu virtud de 
ta cual todos los rescriptos tocantes á Indias , sin 
excepción, se presentan para obtener el pase (2), y 
se deben solicitar con el real beneplácito. 

En Francia son repetidas los edictos, cédulas 
reales, arrestos 6 decretos de los parlamentos, que 
en todos tiempos se han publicado pora qne ao 
muestren y exhiban todas las bulas y despachos de 
la corte de Boma, para ver si contienen cosa qae 
sea perjudicial á las regalías 6 á loa cánones reci- 
bidos. CreemoR que nos podrá dispensar de menoio- 
norles por notorio, y de traer otro testimonio que 
la relación misma del capítulo Lxxvii de las fran- 
qneeas de la iglesia galicana (3), tan conocidas al 
mundo, 



(1) tulln. Fekros., Di Sití. Ecela., cip. i:i, 1 8, nmii. 11. Sla- 
kn, Dtite. AmU., diili. 3, ana. 54, pirt. ii. 

(1) I.eg. 1, tlL II. rib. I, SKgp. im., T oLns macliH ilfnlciilca, 
tBtít l«l Milei. Ii le; 9 del mlsno llliilo J libro ftob¡ht eiprcsi- 
HWM t lod) cLiie de penan» li Imptlncloii de breiei j res- 
erlpUu locaatei 1 iqiifllai reiao), 1 eicepcJon de loa qoe pidiere 
tiOal*ie,ihi:lfuilraEmit^éiiir,qtietiflurenh nrít ro- 
mm*,t lu ^M atn Ifr aUÜert», taiartrüaiv aaiaáe 4e 
f u w U bKpelri catt tlfiu, /*er* iela^t la eitriííéremei por 
mmlTeCaM4iitI*4i*i,TBritvifn»rmnt, ele. 

(3) Ton. ta. Dei liitrUt Ü tEfUtí GtlUeme, al prlDcIp. Esta 
rreienticloK prtila (on» el cap. Luní da a» Trufuta. nra- 
pllalia por Pedro PilliDi,qae dleeaii^ lEn aegudd lagar, ob- 
•«rrando cnldad«>aiiieDte qae lodas la« Inlii j despaebot dima- 



En Portugal habla sido siempre sagrada la eo»- 
tnmbre de que el chanciller del reino y el oapellat 
mayor del Bey reconoxoan las bnlas poDtificiuj 
todos los mandatos eclesiásticos de Boma, lin que 
tengan efecto alguno mientras no conste qoe ni 
contenían perjuicio á la real autoridad ; y siempra 
se ha observado tan puntualmente que, aaoqoe 
Inocencio YIII hizo mnchaa instancias, en el aSo 
del486,alrey don Juan el Segundo paraqueresug- 
ciase esta antigua joya de su corona, se opnsieroii 
fuertemente los grandes y tos magiatradoa de Por- 
tugal, sosteniendo qne no era Uoita al Be; (4) la 
abdicación de una regalía qne miraba á la cammi 
ntilidad y tranquilidad de los pueblos, y en nadi 
ofendía los derechos de la Silla AposbSIica, conu) 
constantemente refiere uno de los historiadores de 
aqnel reino (6). 

Del dncado de fo^j^o, unido hoy á la corona da 
Francia, afirma lo mismo elantor delafiíatoria Jí 
la jwi»diaon pontificia (6). De Saboya también ea 
buen testigo el célebre Antonia Fabro, ptesidnite 
de aquella provincia (7), 

En Ñapóles tampoco se admiten las bnlu rom- 
naa sin el consentimiento real 6 exeqvabtr. De esU 
costnmbre es un iluatre testimonio la carta qneea- 
cribiiS Fernanda el Catdltco, en 1508, al vin; de 
aquel reino, reprendiéndole gravemente porque se 
había portado remisamente en la conserrocioD de 
esta regalía. No podemos privar al lector de b»M 
monumento, para que vea en boca de un soberuo, 
tan distinguido hijo de la Iglesia, y quetaotodiJi- 
WS el kombre de Jesucristo entre las nacioneibir- 
baras, sostenida con firmeza la dignidad real y j<u- 
tificada au defensa, y aal la damos á la letra. 

sadoa de !a edrle de nona faeien reeonitcldoi > pan oitt i H 
etloa hlj alguna cos> qne casic peijafcl», es caá Iq alen niacn 
quo roete, i lat itntíiosj libertades de li i^lrela pllitaaiilb 
iQlerldad del Bej , de qae hif tai ordenaaia ttvttt i6tri 
Luii XI, leguldi por loi condes de Fliadei j Barfotí, I Mbb- 
dameole pur el emperador D. Cirios en vía prafmiUU dili» 
Madrid, aDo de IBU, prielieada enEipaDBiolroipi1itilen> 
donlRloa con nia Ti(or ; mtain eondesteadenciai facía M 
reion.i(E«eldB Franela del qne babla. Víiiet Hr. DapDi.ead 
CmuMirlai itle Mp., ion. i, pif.iiiilj ISSelteq., donde recsr- 
re tanbJen i las lereí de EspaBí j PorUfal F * 1» ■<■ '"l'l'*"' 
alendo lodaria ealdllea.) 

(1) Ad leil.. In cap. InUUtcU), it Jarei^r. JMcf UpaWW, 
ea 1TG5, una prttmlllu i iostaneia del lual d proc arador launl 
de la corona de Pnrtogal, reiubletlendo la regalía de la pmnU' 
tion de bnlai, j recobrando nna regil'» losepanble 'fl ""•■ 

15) Aann- Kanacl, Bhiiir. Jtan. U. lib. ít, P>í- l^* " 'jj; 

16| Antón. Roossel, Hiiler. Jar. Pflíf., llb. i, cap. n, ail; W- 
IruiDll BriUonix dnccaí, enb pteni rorporli elcondsuUoai'M- 
nann. ne balls qaxcnmqie In pDblicnn dncilatial prodirt»' 
anleqnaoi eiimlnatia in sno eonslsiorio ipie innieret 

II) Antouins Faber, Ái íií. CbÍ. te ÁpptlM. .1 ato», ddall.» 
014. Bre™ apoaullcl qsamTla »qniHinU,»l Incanaallo""" 
hcli sil líMíWwl irpellsrl UDqoam aii alflsn foUU, " í™ ¡¡^ 
Jarisdlcllo ioport eonlempla lidealoi. PertJoel eoWií'*'' 
■uclorltalem, al proTÍdeel Pe quid ab eilraneo "Uü pn"'"M!: 
qnod lel principia dlgniuteía , lel pabiioas »•—»■'•■ 



IV Google 



JUICIO TMPABfllAL SOBBB 

Owútidrtjfí'm'itmido V, Oanudo k. Católico, á 
M virtf da SápoUt, 

«ÜBibv 7 rarerendo Conde j OuteHan da Am- 
ipoüi, iMiMtrt) mnj mro aobrino, -ñrvj y logar- 

ilraiwitng.iiifiiil Tiiiinn li I ln iiiiiiiliil 

ipnaante, j la oart* cUt& y la cifra A qne Tog oa 
MWrtJadM, «I qno decís qne dob eioribladet lar- 
tganMnte el oaso del brere que el cnnor del Papa 
ipnMnU á TOS j 4 Im de nneebo Oomqo , que 
loon TDB reeideii; debiera quedar por olvido, por- 
iqne BO ▼ioo aoi ; pero por lo que eaeríbij micer 
tSan^A, «tendimoa todo el dicho oaao, 7 también 
ib> qM p«a¿ aobre lo de la Cava. Da todo la ona) 
•bemca reeebido grande alteraoioo, enojo y seuti- 
imieBdo, y eatamo* maj maravillados 7 mal oon- 
itentoade Toa, viendo de cninta importancia 7 per- 
•jaicBO nneetro 7 de nuestras preeminencias 7 dig- 
lülad realera el antoqaefiío el coisor ^>ost61ioo, 
>iB«7«nn0nte siendo anto de fecho 7 oontra dere- 
idlia, 7 no be visto facer en nuestra memoria i 
laiagm t«j ni rÍBore7 de mi reino, porqne vosno 
ifiditee también d« hecho, mandando Jorcar al 
■cncaer qne vos lo preaenUS ; qne claro esti qne no 
iMiUm«Qte en eae reino, si el P^>a sabe qne en 
tBipafia T Francia