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OBRAS 



DE 



D. F. SARMIENTO 






OBRAS 



DE 



D. F. SARMIENTO 



PUBLICADAS BAJO LOS AUSPICIOS DEL GOBIERNO 
ARGENTINO 



TOMO XL-lll 



FRANCISCO J. MUÑIZ 



HORACIO MANN 



BUENOS AIRES 






o 5% 
a3 



7356 — Imprenta y LitograQa u Mariano Moreno n, Corrientes «aft 
iSOO 



EDITOR 
A. BELIN SARMIENTO 



INTRODUCCIÓN 



Las. páginas que siguen, poniendo orden en los pape- 
les que los hijos del Dr. D. Francisco Javier Muñiz con- 
servan como precioso legado de familia, tienen en mira, 
dándolas á luz, perpetuar la grata memoria del ciudadano 
que les dio nombre y ser; y que fué constante objeto, du- 
rante medio siglo, de la gratitud de aquellos cuya sangre 
restañó como cirujano en campos de batalla, y cuyas 
dolencias mitigó en los hospitales, y de las ardientes 
simpatías de los patriotas, á cuyos oídos llegó su nombre, 
unido á los recuerdos gloriosos de Ituzaingó y de Cepeda; 
pues fué por tan largo tiempo cirujano de ejército en 
campamentos apartados y en campañas laboriosas. En- 
trando en la vida pública casi niño aun, atravesado de 
una bala en el asalto de la ciudad de Buenos Aires por 
los Ingleses en 1807, y saliendo de ella en la edad ma- 
dura empujado por la lanza enemiga, mientras entre el 
rumor de las armas y el estampido del cañón vendaba 
en el campo da batalla de Cepeda, las heridas que el 
hierro ó el plomo abrían á los combatientes, su nombre 
se liga á los grandes acontecimientos de nuestra historia. 

Al registrar y recorrer sus papeles, diplomas, escritos y 
correspondencias, empero, encuéntrase otra cosa que un 
cirujano, siquiera fuese notable, alzándose y como des- 
pojándose de los sudarios mortuorios una alma elevada, 
y la figura de un carácter nuevo ó de rara ocurrencia 
todavía en esta América, algo como el espíritu de una 
nación que va á condensarse sobre alguno de los grandes 
girones en que se despedazó el regio manto de la España, 
al alborear este siglo de las independencias y emanci- 



6 OBRAS DE SARMIENTO 

paciones coloniales; entrando en la vida, asombrada de 
verse llamada de improviso á tan grandes destinos; li- 
brada á sí misma sobre país inexplorado y sin límites 
conocidos, divisando en lontananza los toldos del indio 
salvaje con quien ha de disputar palmo á palmo el de- 
recho á la tierra, y trabar día á día la lucha por la 
existencia. 

En la dilatada llanura vagaban con el hombre manadas 
de caballos baguales, jaurías de perros cimarrones, y gana- 
dos alzados que iban volviendo á las formas primitivas 
del urus paterno. 

El hombre mismo se venía haciendo solitario y errante, 
siguiendo acaso la tradición de don Quijote que vive en 
su sangre, desnudaba el alfanje donde quiera que alguno 
pretendiese poner en duda su valor ó disputarle la moza 
que arrebató de ajeno hogar. Para mas desconcertarlo, 
donde los arroyos se han labrado cauces profundos, se 
descubren embutidos en la barranca, osamentas gigantes- 
cas, que hacen vislumbrar á las miradas atónitas, mundos 
anteriores, en que vivieron elefantes ó mas grandes anima- 
les, descubriéndose á veces huesos de caballos ó zebras, y 
mandíbulas de fieras que llevan un arsenal de incisivos, 
colmillos y espadas de dos filos, para labrar de un solo re- 
vés tajadas de carne de una vara, en aquellas moles que se 
llaman megatherium, es decir animal grande, por no saber 
como lo llamaría Adam al dar nombre á sus comundanos, 
pues parece evidente que no acudieron con el toxodon, el 
milodon, y las nueve variedades de clyptodones al llamado 
de Noé, para salvarlos del diluvio. Acaso el Ñandú es ave 
escapada de aquella creación, como las de su especie en 
Nueva Zelanda, bípedo con alas para no volar, desmintiendo 
así la teoría de las causas finales. Entre estas contradiccio- 
nes y fenómenos de una naturaleza primitiva ó embriona- 
ria, se agitaba una sociedad en germen también, que no 
acababa de tomar asiento, como agua turbia, por falta de 
tiempo, de tradiciones, de historia, de prácticas de go- 
bierno, creando, ó intentando crearse uno propio, y andán- 
dole el tiempo escaso, dándose contra las paredes á causa 
de su inexperiencia, y de su prisa, dividiéndose entre sí la 
familia, tomando, á fuerza de no entenderse, cada uno por 
su lado, encarándose en seguida, combatiendo, desgarran- 



INTRODUCCIÓN 7 

dose entre sí, sin saber á las claras á donde iban, ni porqué 
tanta saña. 

Tal ha debido ser la situación de espíritu de nuestros 
padres al tomar posesión del suelo de que querían re- 
construir una Patria. 

Parécerae que mi tarea sería también reconstruir un 
nombre, ya que el Dr. Muñiz, tan estimado personalmente 
de sus contemporáneos, no es conocido sino por sus servi- 
cios con tanta abnegación prestados en los ejércitos, y al- 
gunos aciertos brillantes como médico y cirujano, cuyo 
agradecido recuerdo, la verdad sea dicha, pasa con la 
generación que los presenció cuando no se llega á ser un 
Dupuytren ó un Bichat. Pero dominado por el temor de 
incurrir en la tacha que imputan á los biógrafos de hacer 
siempre un héroe del objeto de su estudio, he adoptado 
un sistema nuevo de exposición que llamaría jugar á 
cartas vistas, presentando las diversas piezas justificativas, 
y provocando con ellas al lector benévolo á ayudarme á 
poner de pie esta figura que de simpática pasará á ser 
venerada, y sin perder estas cualidades acabaría por 
ocupar un lugar prominente entre nuestros mas esclare- 
cidos varones. 

Como se verá por los documentos que nos sirven de 
guía, Muñiz tenía todas las intuiciones de las ideas que 
empiezan á agitar al mundo moderno. Practica la medi- 
cina y la cirujía por profesión; pero en la Universidad in- 
troduce y enseña las clases de obstetricia y la de patología 
infantil, mostrando al inaugurarlas el sentimiento del mas 
alto respeto por la mujer, que ha principiado ya en otros 
países á reclamar la igualdad civil de los sexos, y á poco 
obtendrá el sufragio político. Muñiz preludia en ese cami- 
no. En el ejército introduce la alimentación vegetal y 
reclama los hospitales ambulantes, que son la última 
orden del día de los ejércitos modernos. En las ciencias 
naturales sigue las huellas de Darwin, continuando su 
obra y preparando materiales para el trabajo de clasifica- 
ción que hará con mas tecnicismo Burmeister, que lo reco- 
noce uno de los estudiantes serios de la paleontología 
pampeana, desde aquellos tiempos. Llégale hoy su época, 
digámoslo así, al avestruz que entra bajo la éjida protec- 
tora del hombre civilizado, resguardándolo de la extinción 



8 OBRAS DE SARMIENTO 

con que lo amenazaba la diaria persecución del salvaje. 
Muñiz le tenía ya preparada su monografía. 

Llama indistintamente su atención cuanto es peculiar al 
pais que habita, y basta leer los encabezamientos de sus 
apuntes para dejar entrever que con él comienza en el país 
un movimiento científico y literario que tiene por objeto 
el estudio de nosotros mismos y el del país en que vivi- 
mos. Es curioso ver que al mismo tiempo dos escritores 
argentinos, acaso por los mismos años, sino en el mismo 
año, se ocupan de trazar la fisonomía del gaucho, como la 
del paisano argentino, y sin conocerse, repiten casi á la 
letra las mismas historias, y le atribuyen los mismos ras- 
gos. «El gaucho, dice Muñiz, en uno de sus manuscritos 
inéditos, con el mate en la mano que no deja de chupar, 
refiere en estilo parabólico y fanfarrón, sus aventuras; 
cuántos tajos ha dado en sus pendencias desaforadas; la 
burla que hizo á la justicia; el baile en que trozó las cuer- 
das de la guitarra; y como habiendo ganado la puerta, fa- 
cón en mano, impuso pena de la vida al que intentara 
salir del fandango.» El mismo rasgo característico distin- 
gue al gaucho cantor en Civilización y Barbarie. « Anda de 
pago en pago, de tapera en galpón», cantando sus héroes 
de la Pampa, perseguidos de la justicia: los llantos de la 
viuda, á quien los indios arrebataron sus hijos en un re- 
ciente malón. Desgraciadamente el cantor con ser el bardo 
argentino no está libre de tener que habérselas con la jus- 
ticia también, por sendas puñaladas que ha distribuido. 
Tenía uno azorado y divertido á su auditorio con la larga y 
animada historia de sus aventuras. Había ya contado lo 
del rapto de la querida; lo de la desgracia (una muerte), y la 
disputa que la motivó: estaba refiriendo su encuentro con 
la partida, y las puñaladas que en su defensa dio, cuando 
el tropel y grito de los soldados le avisaron que esta vez 
está cercado . . . . » (Civilización y Barbarie), 

¿Cuál de los dos autores es el plagiario? 

Es que el tipo existió, y acaso Muñiz acierta haciendo de 
los instintos vagabundos y pendencieros del gaucho, una 
degeneración y transmigración de Don Quijote, el ingenioso 
hidalgo en la Mancha española buscando aventuras, y em- 
peñado en mostrar que es el paladín sin rival, tendiendo el 
poncho y armando gresca á cuantos encuentra de su pelaje. 



INTRODUCCIÓN 9 

La fama de los versos y fechorías de Santos Vega, se dila- 
taba por la inmensa pampa y llegaba á los confines del 
virreinato, por un telégrafo, cuyos hilos están rotos ya para 
no volver á reanudarse jamás: la tropa de muías ó de carre- 
tas que viajaba de un extremo á otro, y en cuyos rodeos y 
al rededor del improvisado fogón, se referían estas histo- 
rias de que venía impregnada la atmósfera de las pam- 
pas. 

Abre la serie de comprobantes la larga lista de decretos 
gubernativos, despachos, diplomas, y referencias que cons- 
tituyen la foja de servicios, diremos así, del cirujano mili- 
tar, abrazando cuarenta años largos, y con lo que se traza la 
historia del país mismo, pues todos los gobiernos que se 
suceden han puesto su sello en aquellos documentos. 

Con tales datos la tarea del que escribe se allana mucho, 
reduciéndose á ligar unos acontecimientos con ctros, acaso 
á señalar en los movimientos al parecer espontáneos del 
espíritu, la marcha que seguirán las ideas, ensanchando el 
camino apenas trazado por los primeros exploradores. Mu- 
ñiz es uno de ellos, y muchos de los que hoy cultivan las 
letras ó se inician en las ciencias naturales, las costumbres 
y la naturaleza americana, tendrán que reconocerse discí- 
pulos de su escuela; que pudiera llamarse naturalista como 
pretende ser el arte moderna, puesto que los objetivos de 
estudio son los que suministra nuestro propio suelo, fósiles, 
entre los animales extintos, aberraciones como la vaca 
ñata y el ñandú entre los vivos. ¿Quien habría preten- 
dido manejar con garbo la pluma descendiendo á describir 
las boleadoras, y definirlas con su medida y su tecnología? 
¿Quien antes ni después de Muñiz ha hecho un diccionario 
de voces usuales en América, y sugeridas por la necesidad 
ó las costumbres locales? 

Fué saludable práctica de nuestros gobiernos patrios 
mandar á los acantonamientos de frontera cirujanos y 
practicantes que en el desierto prestan el auxilio de su cien- 
cia al soldado, á quien las privaciones mas bien que la chu- 
za del indio postran, y el joven Muñiz principia su vida pa- 
sando por años de un campamento á otro y viviendo la vida 
del soldado, del paisano, del gaucho, y diria la del indio, tan 
corta es la distancia que las separa. Desde entonces acá, 
y ahora mas que nunca por abundar los facultativos, se 



10 OBRA.S DE SARMIENTO 

mandan médicos jóvenes á la frontera, si bien sori escasos 
ios recuerdos que nos dejan del empleo de sus largos ocios. 

Este es el mérito sin igual del Dr. Muñiz. Su primera 
estadía es en Patagones y Ciíascomús en 1825; y sus prime- 
ros descubrimientos de clyptodones fósiles datan de en- 
tonces. El cirujano de la estación ha tropezado con huesos 
de formas extrañas y no ha pasado adelante sin examinar- 
los; y para darse cuenta de su valor ha debido buscarlos 
recientes rastros que en Patagonia ha dejado Darwin, ini- 
ciándose por ellos en las ciencias naturales modernas. Re- 
side quince años en Lujan como cirujano de frontera, y 
estudia el suelo de un Departamento central, continúa las 
excavaciones que aun se conservaban de donde se extra- 
jo el primer megatherium completo mandado al Gabinete 
de Historia Natural de Madrid, y enriquece los de Suecia, 
de Francia, de Buenos Aires y de España, con colecciones 
valiosísimas de los fósiles variados que desentierra. 

Todo lo que cae bajo su observación como parte de nues- 
tra manera de ser, es objeto de su estudio, sin excluir la 
construcción y manejo de las boleadoras, las palabras que 
el uso de los campos ha agregado á la lengua, al tipo ori- 
ginal del gaucho, la monografía del avestruz, y otras parti- 
cularidades de nuestro país. Hemos tenido escritores, sa- 
bios, estadistas y poetas que han escrito poemas épicos. 
Poco habría perdido el mundo con la pérdida de sus traba- 
jos, aunque algo perdiéramos nosotros por ser copias, aun- 
que pálidas, de los grandes modelos clásicos ó artísticos que 
sobreabundan en Europa. Nadie empero lia descripto, casi 
científicamente, las boleadoras de cazar avestruces y ma- 
niatar caballos, arma terrible argentina hoy, por haberla 
heredado de los indios de la Pampa, únicos que la poseen 
en el mundo, pues es para la Pampa sin árboles que las 
detengan en sus jiros, sin piedras, lo que obliga á conser- 
varen ellas, las ya habidas. El icommerang de la Australia 
esotro instrumento primitivo y privativo, y el wommerangy 
las boleadoras están en vísperas de desaparecer ante la civi- 
lización que los hace inútiles. El que las haya descripto (los 
extranjeros no lo entienden) habrá prestado gran servicio 
á la historia del desarrollo humano, conservando la mues- 
tra del injenio que las inventó, dada la naturaleza del 
terreno . 



INTRODUCCIÓN 11 

En carta que el Dr. Muñiz escribía en 1861 al General 
Don José M. Reyes de Montevideo, acusándole recibo de 
una obra suya geográfica con datos geológicos y estadís- 
ticos de esa República, le recuerda «aquellos floridos años 
« en que prosiguiendo sus estudios científicos, de cuyo 
« aprovechamiento era muestra clásica el libro citado, épo- 
« ca en que á mansalva y sin pensar mas que en el momen- 
« to, reíamos, escribíamos fútilísimas cartas amatorias y ar- 
« tículos de diarios sazonados con el buen humor ó con la 
« amarga crítica, y cuando mas tarde sufríamos como nues- 
« tros bravos compañeros de campaña, ó el sol estival en los 
« vastos llanos orientales». « Ha sido Vd. mas feliz que yo, 
« le dice, pues deja un rastro luminoso y estable en su pa- 
« saje sobre el planeta que habitamos unos instantes. Sus 
« hijos y los venideros recordarán muchas veces su nombre. 
«• Aquellos por amor filial y con justo orgullo, y los otros 
« con el respeto y gratitud que inspiran los frutos maduros 
« de la experiencia y del estudio perseverante y tan útil 
« para las ciencias económicas y naturales. Feliz mil veces 
« Vd. que para conseguir fines tan patrióticos y laudables 
« ha podido vencer los obstáculos que habrán surgido tan- 
« tas veces en oposición á sus designios. 

« Yo también movido por los mismos motivos que us- 
« ted » 

(El borrador que tenemos á la vista no concluye la frase). 

Nosotros la concluiremos; sus hijos recordando su nombre 
también por amor filial y con justo orgullo, y nosotros con 
el respeto y gratitud que inspiran las virtudes cívicas, el 
estudio perseverante de nuestras cosas y de nosotros mis- 
mes, el nosce te ipswn de los antiguos. 

Sinos falta aptitud para constituirnos sus ejecutores tes- 
tamentarios, podemos garantir que nos sobra, á mas de 
buena voluntad, la convicción de que vamos por la misma 
huella que recorrió Muñiz, cuando del gaucho, de la des- 
cripción de la Pampa Argentina y de las bellas cosas que 
encierra, se trata. 



FRANCISCO J. MUNIZ 



SÚMULA 

De los nombramientos, despachos, diplomas, títulos y menciones honorables acorda- 
dos AL DOCTOR DON Fr.\NCISCO JaVIER MüÑIZ, SUSCRITOS POR LOS PERSONAJES HISTÓRICOS 
QUE DESEMPEÑARON FUNCIONES DE MANDO DURANTE CUARENTA AÑOS. 



Í821, Setiembre 24. « . . . . Se ha nombrado facultativo para 
, el destino de Patagones á Don Celedonio Fuentes, á 

quien deberá Vd. acompañar en clase de segundo » 

1824. « El Gobierno ha nombrado á Vd. para que en 

clase de cirujano marche al punto de Kakel, en donde 
se halla un cantón de tropas, con la dotación que se- 
ñala la ley, ...» 

Miguel Soler. 

1824. « El Gobierno ha aprobado el nombramiento 

hecho en Vd., para que marche al Fuerte de la Inde- 
pendencia » 

Cosme Argerich. 

1825. « que marche Vd. en clase de Cirujano al Can- 
tón de Chascomús » 

Mariano Soler. 

1825. « He venido en nombrarle Cirujano del Cantón 

de tropas de Chascomús » 

Juan Gregorio de las Heras. 

1825. « Certifico que el Cirujano Muñiz se presentó el 

6 de Febrero del presente año en Chascomús » 

Juan La valle. 



14 OBRAS OE SARMIENTO 

1826. « El Presidente de la República de las Provin- 

vincias Unidas del Rio de la Plata; ha venido en con- 
ferirle el empleo de Médico y Cirujano principal del 
Ejército » 

Bernardino Rivadavia. 
Carlos Alvear. 

1827. « Nombrado Catedrático de teórica y practicada 

partos, enfermedades de niños y de recien paridas, y 
medicina legal, con obligación de desempeñar el ser- 
vicio de facultativo del Hospital de Mujeres....» 

Julián Segundo de Agüero. 

1827, « El esmero y actividad con que han sido asis- 
tidos en la batalla de Ituzaingó los enfermos, así como 
durante toda la campaña, hace el mas bello elogio 
del Cuerpo de Cirujía. El Coronel Ribero, Cirujano 
Mayor, y el Teniente Coronel Muñiz, Médico y Ciruja- 
no principal, han desplegado su genio y actividad. — 
Isla de Guavica, 11 de Abril de 1827. — General, Jefe 
de Estado Mayor. — (Extracto de la «Gaceta Mercan- 
til» del 3 de Mayo de 1827....» 

LUCIO Mansilla. 

1827. « Pasa á la Capital con licencia del Señor Capi- 
tán General » 

J. M. Paz. 

1827. « El Presidente Provisorio de las Repúblicas de 

las Provincias Unidas del Rio de la Plata. 

Se le espide el decreto de Catedrático (ut supra) » 

Vicente López. 
Tomás M. Anchorena. 

1827. « Pide la habilitación necesaria para usar el 

uniforme competente á la graduación que obtuvo co- 
mo Médico y Cirujano Principal del Ejército, para que 
se le declare comprendido en las gracias que fueron 
acordadas al ejército y á los individuos que se halla- 
ron en la batalla de Ruzaingó por el Congreso Cons- 
tituyente » 

(Al márjen) Como se pide. 

Alvear. 



FRANCISCO J. MUÑIZ 15 

1828. « Ha venido en nombrarlo por tal, Médico deí 

Departamento de Lujan. — Buenos Aires, 2 de Setiem- 
bre de 1828....» 

Manuel Borrego. 

1829. « Los mismos facultativos conservarán las con- 
decoraciones militares que obtienen como una justa 
recompensa, del buen servicio que han prestado á la 
República. ...» 

Brown. 
/. M. Paz. 

1830. « Ha venido en conferirle el empleo de Cirujano- 

del Regimiento N° 2 de Milicia de caballería » 

Juan M. de Rosas. 
Juan R. de Balcarce. 



I Viva la Confederación Argentina! 
I Mueran los salvajes unitarios t 



El Presidente del 
Tribunal de Medicina. 



Buenos Aires, Abrii 12 de Í844. Año 40 de la LibertacF 
34 de la Independencia, 7 de la Confederación Argentina.. 

1849. «. . . . Queda nombrado para desempeñar el cargo de 
conjuez en el Tribunal de Medicina, por decreto que 
se comunicó » 

Francisco P. Almeira. 

1850. « Se hace necesario que el 1° de Febrero entre 

en el ejercicio de la Cátedra de Partos, si su nom- 
bramiento no ha sido revocado » 

J. M. Reybaud. 
Secretario de la Universidad. 

1852. « El Grobierno ha nombrado á Vd. Catedrático 

de partos (ut supra) » 

Vicente F. López. 

1854. «.... Acéptanse los servicios que espontáneamente 
ofrece, nómbrasele Cirujano Principal, con retención de 
su empleo de Presidente de la Facultad de Medicina ...» 

Pastor Obligado. 

1855. « El Gobierno ha admitido la renuncia del cargo 

de Médico de la Casa de Expósitos. ...» 

Ireneo Pórtela. 
1860. «. . . . El 29 de Octubre de 1859, se halló en la batalla 
de Cepeda, donde fué gravemente herido, cuando pres- 



16 OBRAS DE SARMIENTO 

taba á los heridos de ambos ejércitos los benéficos 

auxilios de su profesión. 

Bartolomé Mitre. 
General en Gefe del Ejército. 

1860. « Confirmando el anterior informe, declaro que 

como Gefe de Estado Mayor he sido testigo del celo é 
inteligencia de este profesor en la dirección del Cuerpo 
Médico del Ejército á su cargo, la organización del 
Hospital Central de San Nicolás y íimbulancia. ...» 

W. Paunero. 

1860. «.... Vio lo peligroso de la situación, sin embargo, 
manteniéndose á la altura de la posición que ocupaba 
como Cirujano Mayor, olvidó el peligro y se le vio acu- 
dir á socorrer á los heridos » 

Emilio Conesa. 

1860. «.... Los cuerpos se ocuparon en recojer los heridos, 
á quienes los cirujanos del Ejército, dieron sobre el 
campo de batalla el alivio que era posible en aquellas 
circunstancias, teniendo el sentimiento de que faltase á, 
su cabeza el Cirujano Principal del Ejército (Muñiz), 
que se había distinguido por su contracción é inteli- 
gencia en la dirección de los hospitales, y quedó prisio- 
nero y herido después de haber sido el que prodigó 
sus cuidados á los prisioneros heridos. ...» — (Extracto 
del parte de batalla, hecho por la Comandancia de 
Armas á pedido del interesado. ) 

Enrique Martínez. 

1860, « Habiéndose hecho cargo el Gobierno de los 

documentos que acreditan sus largos servicios y ha- 
biendo sido herido en la batalla de Cepeda, el Gobierno 
viene en acordar el despacho de Coronel honorario. ...» 

Mitre 

Gobernador. 

Jican A. Oelly y Obes. 

1860. « Se encontró en dos acciones de guerra contra 

los indios en 1837 en Cortaderas y Pueblos Grandes. 
Suministró medicinas á. los soldados y sus familias 
gratis por 19 años. 

Era, al mismo tiempo que desempeñaba funciones 
militares, Médico de Policía y Administrador de vacuna 



FHANCISCO J. MUÑIZ 17 

del Departamento del Centro, habiendo descubierto eu 

este partido la vacuna natural en la vaca » 

Julián C. Sosa. 

1860. « En vista de los antecedentes honorables que 

constituyen la foja de servicios, declarada legitima por 
la Comisión Militar, la reconoce como un timbre de 
gloria para el interesado. .. .» 

General Enrique Martínez, 

1864. « Nos Carlos, por la gracia de Dios, Rey de Sue- 

cia, Noruega, Gothe y Benden, hacemos saber que 
como un honor de nuestra real gracia y estima, hemos 
querido nombrar á Francisco J. Muñiz, Caballero de 
nuestra Orden de Wasa, de la cual somos Gran Maes- 
tre: Por lo tanto, queda reconocido como tal » 

Palacio Real de Stockolmo á 21 de Mayo de 1864. 

G. A. Sparre 
Canciller de la Orden. 



Tomo xun. — 2 



VIDA Y ESCRITOS DEL CORONEL FRANCISCO J- MUÑIZ 



CAPITULO PRIMERO 

PROFESIÓN científica Y ESCRITOS PROFESIONALES 

Francisco Xavier, Thomas de la Concepción Muñiz, na- 
ció en 21 de Diciembre de 1795, en el Partido de la costa 
de San Isidro, pago del Monte Grande, según lo acredita su 
fe de bautismo, siendo hijo de don Alberto Muñiz y de doña 
Bernardina Frutos, ambos de familias de viso. El almana- 
que resa el nombre del Apóstol Santo Thomas el día del na- 
cimiento del niño, siendo entonces regla dar al recien na- 
cido el nombre del santo que la Iglesia conmemora ese 
día. En los primitivos tiempos de la conquista, las ciuda- 
des nuevamente trazadas seguían la misma regla, como 
San Juan, San Felipe, á no ser que recordasen el nombre 
del fundador, que entonces se las bautizaba con el nombre 
de su santo. 

Los jesuítas en sus misiones llevaron al exceso esta no- 
menclatura cristiana y jesuítica; ademas prevaleció hasta 
1795 en la familia de Muñiz el nombre de Francisco Javier, 
Santo de la Compañía, que nada tenía que ver al parecer 
con las fechas de nacimiento ni de baustimo, lo que prueba 
que provino la preferencia de una devoción de familia. 
Estas predilecciones sirven para demostrar la corriente de 
las ideas prevalentes en ciertas épocas, como entre los Is- 
realistas se encuentra la terminación el, en Manuel, Ra- 
fael, Ismael, Samuel que recuerda con veneración un atri- 
buto del Dios Eloi, cuyo nombre se conserva en el árabe 
Allá, Dios. San Francisco Javier era Santo Jesuíta de mas 
prestigio por entonces, que el Apóstol Santo Tomás, ó era á 



20 OBKAS DIS SAKMIKNTO 

causa de haber sido espulsados los Jesuítas de América 
veinte años antes; lo que hacia conservar los nombres de 
sus santos á guisa de protesta. 

Todavía es mas forzado el tercer nombre de la Concepción, 
que de ordinario no se aplica á varones. Pero era empresa 
de la Compañía elevarla á dogma de la Iglesia, enseñando 
el Bendito alabado (en sustitución de la Oración Dominical) 
á creer en la Inmaculada Concepción, recien ahora de- 
clarada dogma por la Iglesia, aunque de antiguo viniese 
reconocida como doctrina piadosa. Si se tiene presente 
que los padres Jesuítas espulsos de la América eran mas 
de cinco mil y no mayor número el de familias de viso de 
sangre española, entre las cuales se reclutaba la Orden, 
se concebirá cuan pocas de ellas pudieron ser indiferen- 
tes á aquella amputación que se hizo de la parte mas in- 
teligente de la juventud Sud Americana. 

El escudo de armas de la Orden tallado en el marco 
de las puertas de calles particulares, como signo de no- 
bleza, muestra que tenían á honor las familias estarle afi- 
liadas. En la de la casa abolenga de mi familia se con- 
servó el emblema de la Orden, lo que me indujo á ocu- 
parme de indagar el paradero de la Historia de la Provin- 
cia de Cuyo, escrita, dice ciábate Molina, otro jesuíta, por 
el padre Morales de Cuyo. Andando el tiempo y encon- 
trándose ahora poco en Roma los papeles y manuscritos 
que habían servido al abate Molina para escribir su His- 
toria de Chile, hizo de ellos adquisición el Gobierno de 
aquella República, encontrándose entre estos, seis cartas 
anónimas descriptivas de la Provincia de Cuyo, en donde 
se encuentran las palabras citadas por el abate Molina, 
sobre las piedras pintadas del Valle de Zonda, lo que de- 
muestra su filiación. 

Menciona el padre Morales las tres palmas africanas que 
se levantan en la ciudad de San Juan, sin decir es ver- 
dad, que una de ellas está en su propia casa; y cosa sin- 
gular! en Recuerdos de Provincia, un siglo después, autor san- 
juanino, las menciona igualmente para mejor caracterizar 
el aspecto de la ciudad. 

Poco de interés se sabe sobre la infancia del joven Fran- 
cisco Javier, del que vamos á ocuparnos, si no es lo que el 
General Britos del Pino dice al dar testimonio de haber 



FRANCISCO J. MUXIZ 21 

tomado parte en la defensa de Buenos Aires como Cadete, 
en 1807, lo que le da doce años de edad. A saber, «que el 
año 1807 el señor Muñiz era Cadete del Regimiento de An- 
daluces en Buenos Aires, del cual era Jefe el Coronel don 
José Merlo, y aunque en la corta edad que tenía no le obli- 
gaban á hacer el servicio con la severidad con que la Or- 
denanza prescribe, pues se le permitía continuar sus estu- 
dios, él sin embargo animado del patriotismo que ya le 
distinguía, acompañó á su Cuerpo que unido al resto del 
Ejército, marchó en la tarde del 1° de Julio de 1807 al 
puente de Barracas, con el intento de buscar y batir al ene- 
migo quejhabia desembarcado días antes, en la Ensenada 
de Barragan. 

«El Regimiento de Andaluces, que formaba en la ala de- 
recha, vanguardia del Ejército, se encontró el dos, inme- 
diatamente después, de su regreso de Barracas, en la acción 
de los Corrales de Miserere. El Cadete Muñiz se encontró 
en esa función; y estando en la noche de ese día, la Plaza 
Mayor, (hoy de la Victoria), guarnecida principalmente 
por soldados de la legión de Patricios, Muñiz se reunió á 
ellos, y asistió ala defensa del Cuartel de los batallones le- 
gionarios, y se agregó á las guerrillas que ya desde el tres 
salieron en distintas direcciones por las calles de la 
Ciudad. 

«Habiéndose incorporado el 5 á una de esas guerrillas, 
que se dirigiójporria calle de las Torres (hoy Rivadavia), 
ocu[)ó con ella y otros soldados de distintos cuerpos, una 
.azotea, á espaldas de la Iglesia de San Miguel. 

«Una columna enemiga, desprendida del Retiro pene- 
tró hasta un cuarto de cuadra de la misma manzana 
de la Iglesia por aquella calle, á pesar de ser hostili- 
zada de todas las alturas y desde la torre de aquel 
templo. 

«En estas circunstancias el joven Muñiz bajó con otros 
de las azoteas, y abriendo la puerta de la casa en que 
estaban, salieron imprudentemente á la calle á disparar 
sus armas, á menos de media cuadra del enemigo. Una 
bala de fusil le hirió, entonces, en la corva derecha. 

«Al siguiente día fué conducido á San Francisco y co- 
locado en un claustro entre otros muchos heridos, tanto 
ingleses como de los defensores de la ciudad. Extraída 



22 OBRAS DE SARMIENTO 

que fué la bala, la curación se hizo todavía esperar por 
algún tiempo. 

«Y siendo, como es verdad lo que acabo de relacionar, 
doy este certificado á los fines que importen al intere- 
sado, en Montevideo á 29 de Mayo de 1865. — Britos del 
Pino.)) 

Sería difícil determinar, si dejó el servicio militar in- 
mediatamente después de licenciados los tercios de mi- 
licias urbanas que ayudaron en la resistencia contra la 
invasión inglesa, ni cuál era la clase de estudios que le 
permitían continuar durante su servicio. 

Por un incidente citado en el elogio que hizo el mismo 
Muñiz del Canónigo D. José León Banegas. Catedrático 
antiguo del Colegio de San Carlos, llamándose «discípulo 
y amigo suyo» se conoce este hecho. Fué nombrado, el 
Dr. Banegas, «uno de los doce ciudadanos que formaron 
« en 1812 la Sociedad Patriótica Literaria. Su nombra- 
« miento fué — socio de voto — y en calidad de tal, firmó 
« el célebre manifiesto en que se invitaba á las Provin- 
« cias que componían entonces el Virreinato, á declararse 
« independientes del Gobierno Metropolitano, como se 
« verificó cuatro años después. Las ideas que suministró el 
« Dr. Banegas para aquel importantísimo y memorable 
« documento fueron escritas por el que traza estos renglones.» 
El joven Muñiz pues, era hasta 1812 discípulo predilecto del 
Dr. Banegas, de quien dice en seguida que después de haber 
desempeñado las Cátedras de Latin y Filosofía por opo- 
sición, «se consagraba en el silencio y en el retiro que 
« amaba por vocación, al estudio de las letras y de las 
« ciencias, particularmente á las morales y sagradas, sin 
« descuidar la física, su ramo favorito (esto en entre líneas 
« agregado después), con cuyos descubrimientos y apli- 
« caciones mas recientes, ilustraba y aumentaba los co- 
« nocimientos ya adquiridos.» 

Esta añadidura es muy significativa. 

Como en Europa, siguiendo el plan de educación tra- 
zado por Rousseau en su «Emilio», los nobles aprendían 
un oficio manual, así en América, secularizados los es- 
tudios universitarios, los jóvenes aprendían ciencias físicas 
y naturales, é idiomas modernos que no entraban en los 
estudios antiguos. Don Vicente López, el Dr. Velez, y 



FRANCISCO J. MUÑIZ 23 

otros, estudiaron Astronomía, Cosmografía y Matemáticas. 
Hanegas se tenía al corriente de los recientes progresos 
de la Física. 

Es de inferir que en esa fuente bebió Muñiz los co- 
nocimientos que lo llevaron á la profesión de médico y 
cirujano que lo vemos ejerciendo, reconocido como tal en 
1821 por el Gobierno, nombrándolo médico segundo en la 
guarnición de Patagones. Sus sucesivos nombramientos 
ocupan ocho páginas en la Introducción como se ha 
visto. En 1825 el Greneral D. Miguel Soler le ordena que 
marche en clase de cirujano al Cantón de Chascomús, y 
muy digno de notarse es que en ese mismo año 1825, 
consta que hizo conocer restos del daysipiis jiganteus y 
otras especies fósiles desenterradas por él, de las orillas 
y puntos mas próximos de la laguna de Chascomús, y de 
la de «Bílet» ( ^ ). 

Confírmale el mismo nombramiento el Gobierno de D. 
Juan Gregorio de las Heras; y en 1826 le dá el despacho 
de Médico y Cirujano principal, el Presidente de las Pro- 
vincias Unidas del Río de la Plata, D. Bernardino Ri- 
vadavia. 

Fúndase durante dicha Presidencia la Escuela de Me- 
dicina, bajo la dirección del Dr. Ribero, siendo legítimo 
suponer que Muñiz se asociaba á Ribero en la iniciativa, 
pues que eran los dos cirujanos patricios mas altamente, 
colocados en la jerarquía oficial, como se les vé asocia- 
dos á ambos á la cabeza del cuerpo médico en la batalla 
de Ituzaingó, como debió ser de la propia iniciativa del 
Dr. Muñiz la creación de la Cátedra de Teórica y práctica 
de partos, enfermedades de niños y de recien paridas, y medicina 
legal; «con la obligación de desempeñar el servicio de Fa- 
cultativo del Hospital de mujeres». 

Cúpole al Dr. Muñiz el honor de presidirla apertura de 
la Clase, que conservó hasta cerrarla el Gobierno por 
incuria, pues que en 1850 el Secretario de la Universidad, 
Don J. M. Reybeaud, le comunica, «que se hace necesario 
que el 1° de Febrero entre al ejercicio de la Cátedra de 
Partos, si su nombramiento no ha sido revocador); hasta que 



H) Gaceta Mercantil, 18 de Enero 1847. 



24 OBRAS DE SARMIENTO 

después de la caída del tirano, el Ministro de Instrucción 
Pública Dr. D. Vicente Fidel López, se apresurara á rea- 
brir la clase, y renovar su antiguo nombramiento de Ca- 
tedrático al Dr. Muñiz. 

Su discurso al entrar en funciones en 1826, está con- 
sagrado al estudio de las nobles funciones de la mujer 
en la conservación de la sociedad. Con palpitaciones del 
corazón debieron escuchar al simpático Catedrático, hacer 
el cuadro comparativo que traza con mano maestra las 
cualidades físicas y morales que distinguen los sexos, y 
de cuya belleza puede formarse una idea por el trozo 
siguiente: 

«La mujer se distingue del varón en el orden físico ó 
natural; asi es que ella tiene la cabeza respectivamente 
pequeña, y contiene tres ó cuatro onzas menos de sus- 
tancia que el hombre: sus huesos son mas delgados y 
cortos, su pulso mas pequeño y mas rápido; la sangre se 
dirije á la cavidad pelviana y al vientre; el cuerpo del 
hombre es mas ancho arriba que abajo, y se parece á 
una pirámide trastornada. En la mujer, al contrario, 
las espaldas y el pecho son pequeños; el cuello mas fino 
y largo, mientras que la pelvis, las nalgas y los muslos 
mas amplios le dan una talla esbelta, flexible, ligera y 
graciosa. Asi su cuerpo termina pudiera decirse en punta. 

«La voz de la mujer es una octava mas aguda Que la 
del hombre. La palabra alta y gruesa en este, es tierna 
y dulce en la mujer. Entre los pájaros solo los machos 
cantan; las hembras espresan sus afectos por gritos. La 
piel de aquella es blanda y delicada, desprovista de bello, 
sino después de ciertas funciones. Entre los cuadrúpedos 
y las aves, los pelos y las plumas tienen un tinte mas 
pálido, una contestura mas blanda en las hembras que 
en los adultos. Las mujeres conservan la librea de la 
juventud, con la timidez, la delicadeza, la sensibilidad natu- 
ral de la primera edad. Aun se ha observado que la mujer 
tenía frecuentemente menos número de dientes que el hom- 
bre, es decir, de los molares de la sabiduría. La mujer come 
menos; prefiere los alimentos dulces y sacarinos, mientras 
que el hombre ejercitando mucho sus fuerzas y desplegando 
mas vigor está obligado á nutrirse mas sustancialmente. 
El hombre es activo, la mujer pasiva. El uno es cálido y 



FRANCISCO J. MUÑIZ 25 

seco, ardiente por constitución, la otra es nnas húmeda y 
mas fria. El primero manda y triunfa, la segunda sucum- 
be y suplica; pero es tal la compensación de estas relacio- 
nes, que el mas débil reina en efecto sobre el mas fuerte. 
El hombre vende su protección al precio del placer, la 
mujer compra el poder del fuerte, abandonándosele, sin 
que deje de haber en esto su medida, porque si el amor se 
inflama por los obstáculos, él se estingue por los goces, 
multiplicándose. El hombre obra y piensa; la mujer ama 
y cuida. El uno es la cabeza y el brazo de la familia; la 
otra el corazón y la encargada de proporcionar los mas 
tiernos consuelos. El hombre vive mas al exterior por el 
vigor de sus músculos y la estension de sus relaciones, la 
mujer vive dentro de sí por sus sentimientos y su tierna 
solicitud. 

«La mujer es mas húmeda que el hombre; tiene mas lí- 
quidos que sólidos, lo que conviene para aumentar y nu- 
trir la prole, sea en el útero por la sangre, sea con los pe- 
chos por la leche. En el orden moral esa misma mujer 
es mas pronta, mas fácil y móvil; tiene mas habilidad y 
destreza en todos sus actos, sean naturales de la vida, sean 
voluntarios ó estemos. La mujer por un resultado de su 
muelle y flexible organización, tiene una sensibilidad mas 
viva y delicada, que la hace eminentemente propia para 
interesarse por la infancia, y que la sobrepone á las penas 
maternales por los tiernos sentimientos de la piedad, al 
mismo tiempo que la adapta para los detalles y cuidados 
domésticos. Su constitución que está maravillosamente 
formada para esas funciones, la predispone auna vida mue- 
lle' y mas sedentaria que la nuestra. La naturaleza le ha 
dado la necesidad de la maternidad, mas poderosa que la 
vida. Ella se arrojará por su hijo lo mismo á las ondas, 
que á las llamas; desafiará por él todos los infortunios. 

«El amor, esa pasión universal que anima todas las exis- 
tencias, que organiza, que embellece, que exalta la vida, 
es masque de nadie el reino de la mujer, que es la deposi- 
tarla de los gérmenes. Este sentimiento caracteriza el des- 
tino del sexo, que es la fuente de la reproducción. 

«La necesidad de amar es de la esencia misma de la 
mujer, sea que por su debilidad se adhiera al mas fuerte, 
sea que los deberes de la maternidad desenvuelvan en su 



26 OBRA.S DE SARMIENTO 

seno nuevos productos, sea que ella vele con ternura á la 
educación y acrecentamiento de las criaturas que emanan 
de ella misma. Su pudor, su coquetería ¡..o son sino ele- 
mentos necesarios de ese sentimiento reproductor, el mas 
sagrado, el mas respetable de la naturaleza, y al mismo 
tiempo el mas ardiente y el mas delicioso para todas las 
criaturas organizadas ». 

Este trozo de elocuencia científica, diremos así, estará 
bien en todas partes por la elevación de las ideas, y la 
exactitud de los conceptos, vertidos en el lenguaje del cora- 
zón. Con motivo de las discusiones que ha suscitado la 
pretensión de la mujer á la comunidad de derechos civiles 
y políticos, se han hecho estudios recientes sobre las dife- 
rencias esenciales de organización de ambos sexos, pesan- 
do cien cerebros de hombre y otros tantos de mujer para 
encontrar el término medio y la proporción; otro tanto con 
la cavidad craneana, el tamaño y peso de los huesos, líqui- 
dos, etc.; pero todo lo que hemos leído del género, es del do- 
minio de la aritmética, de la pesantez, ó de la acción de* los 
líquidos, los gases ó las acciones y reacciones químicas; pe- 
ro el cuadro que precede vive, está animado, y solo la defi- 
nición del útero dada por Platón y citada por Muñiz puede 
comparársele, «una especie de animal vivo que tiene sus 
« caprichos, sus afecciones, sus deseos, que gobierna al 
c( cuerpo, que comunica sus influencias en todas partes, de 
« manera que es por él, por decirlo aaí, la raíz de la mu- 
« jer, su tronco vital orijinario». 

Suministraron á la ciencia las campañas militares que 
terminaron en Majenta y Solferino, datos que habían en las 
guerras napoleónicas pasado desapercibidos, como que la 
estratejiade las combinaciones matemáticas, basada sobre 
la mensura del espacio á compás y del tiempo á reloj, no da- 
ba cabida á los sentimientos humanos. 

Observóse, por ejemplo, que el número de bajas en el 
ejército francés por causa de enfermedades en una campa- 
ña, era el doble del que causaban las balas en los campos 
de batalla; y si los estragos del hierro y del plomo no po- 
dían disminuirse, aun atendiendo oportunamente á los he- 
ridos, loque no sucedía siempre, á fin de asegurar los fru- 
tos de la victoria por la rápida persecución del enemigo, 
podría, ahorrando privaciones innecesarias, hacerse menos 



FRANCISCO J. MUÑIZ 87 

destructiva la campaña, con proveer de mas abrigo ó de 
mejores alimentos al soldado, y á ello se contrajo la admi- 
nistración militar en Europa, pudiéndose ver en la campa- 
ña de la Crimea los felices resultados de la caridad aplicada 
á la guerra. Sobresalieron los norteamericanos en la or- 
ganización de ambulancias, hospitales, y Asociaciones de 
Caridad para disminuir los suñ'imientos del soldado, que- 
dando modelos de organización de aquellos servicios que 
todas las naciones han adoptado. Nuestra guerra del Pa- 
raguay comenzaba cuando concluía la de secesión, llegán- 
donos apenas por los diarios nociones generales sobre su 
creación mas que de su funcionamiento; y es grato ver por 
los documentos de entonces, que el Cirujano Mayor está 
al corriente de las nuevas ideas, dando impulso á su intro- 
ducción y práctica en nuestros ejércitos. En Dota suya di- 
rijida al Ministro de la Guerra dice así: « En cuanto á la hi- 
ce giene preventiva, es de creer que el Estado Mayor facul- 
« tativo del Ejército haya cuidado de establecerla del modo 
« que la ciencia enseña, y es de presumir que se haya des- 
ee viado de aquella rutina que solo se ocupa del soldado en- 
te fermo, sin buscar los medios de conservar la salud, para 
te que hay^ menos dolencias. 

ee En un pais cálido como el que pisa, y el que atravesa- 
ee rá el ejército, bajo la influencia patojénica de la estación 
et en que hay fiebre, y las disenterias pueden aumentarla 
ee letalidad donde el soldado tiene por todo alimento una 
ee mala carne de ternera, no obstante la naturaleza geoló- 
ee gica del terreno (fuera de esteros y bajos), y la edadju- 
ee venil de la mayor parte de nuestros soldados, de temer es 
ce que se desarrolle alguna enfermedad endémica ó de ca- 
ee rácter maligno. 

ce Es por eso y por evitar un evento tan formidable, que 
ee me permito indicar, suponiendo la provisión necesaria de 
ee elementos medicinales, la remisión al ejército de legum- 
ee bresy frutas secas, de menestras, papas, vinagre y otros 
ee ácidos vejetales, en abundancia, y vino carlon, que mez- 
ee ciado con agua es un sano y poderoso desalterante que 
<í restaura las fuerzas. 

ee Pabellones de hospitales portátiles de madera, de regu- 
ee lar magnitud rendirían importantes servicios á los heridos 
ee y enfermos. 



28 OHHAS 1)K ¡SAHMIENTO 

« Si los alimentos de todo género reunidos por la Comisión 
« Sanitaria, se unieran inmediatamente in integrum, como 
« debía haberse hecho ya, con las generosas ofrendas del 
« pueblo argentino, tendrían su mas noble y verdadera apli- 
« cacion. Y si la Comisión Sanitaria por no tener en el ejer- 
ce cito agentes comisarios ó relaciones con el cuerpo médico 
« militar, no hace desde luego ese envío, el gobierno que 
« atiende con tanta solicitud á las necesidades del ejército, 
« y que sabe á quién pertenecen esos ausilios caritativos, 
« podria.por si destinarlos al grande objeto para que fue- 
ce ron donados. Cuando mas abunden los recursos de ropa, 
ce cuanto mas mejoren las condiciones higiénicas y terapéu- 
cc ticas del soldado, tanto mas se alejarán las enfermeda- 
« des del campamento, tantas menos bajas tendrá el ejer- 
ce cito argentino.» 

El General en Jefe del Ejército del Estado de Buenos 
Aires, en 1860, para completar la foja de servicios del Te- 
niente Coronel y Cirujano principal don Francisco Javier 
Muñiz, certifica que ce siendo Presidente de la Facultad 
Medicina, puesto que le aseguraba una posición suelta y 
cómoda, sin embargo de esto ofreció sus servicios en 
campaña y esto, gratuitamente, movido por un espíritu 
de humanidad y patriotismo: que el Gobierno aceptando 
sus servicios y no sus sacrificios, le nombró Cirujano 
principal del Ejército de operaciones con fecha 4 de Ju- 
nio de 1859, á consecuencia de lo cual se trasladó sin 
demora al ejército para entrar en el desempeño de sus 
funciones.» 

ce En San Nicolás de los Arroyos donde se estableció prime- 
ramente la infantería del Ejército, dirigió un hospital que 
se estableció para su servicio, prestando su asistencia todo 
el tiempo que las tropas permanecieron allí, dictándole en el 
intervalo algunos reglamentos para su organización, la del 
cuerpo médico, ambulancia y otros puntos con sus institu- 
tos, todos los que fueron aprobados por mí, reconociendo en 
todos ellos que el doctor Muñiz es un profesor que tiene inte- 
ligencia y experiencia de lo que son y deben ser los hospi- 
tales militares en campaña. 

ce A principios de Setiembre, marchó con la columna de in- 
fantería que salió de San Nicolás para efectuar en Cepeda la 
reconcentración general del Ejército y allí dio la competente 



FüANOISCO J. MUÑIZ 29 

orgcinizaciüii á los hospitales del campamento, vigilando so- 
bre la higiene, dando personalmente asistencia á los heridos 
y distinguiéndose por su asiduidad y constancia en el des- 
empeño de su deber. 

«El 23 de Octubre de 1859 se halló en la batalla de Ce- 
peda, donde fué gravemente herido en el mismo campo, 
cuando prestaba á los heridos de ambos ejércitos los bené- 
ficos auxilios de su profesión, quedando prisionero y co- 
rriendo varias veces el peligro de ser asesinado, por todo 
lo cual lo recomendé en el parte detallado de la batalla que 
pasé al S-upremo Gobierno con fecha 8 de Noviembre del 
pasado año, del cual puede segregarse en copia legalizada 
la parte que le corresponde para completar su foja de ser- 
vicios. En fe de todo lo cual lo firmo en Buenos Aires á 5 
de Febrero de 1860. 

«Bartolomé Mitre.» 

Con tales antecedentes le fué concedido el título de Coro- 
nel graduado honorario y firmádosele despachos el 19 de 
Junio de 1869. El General don Juan A. Gelly y Obes 
certifica _^ que «ofrecidos y aceptados sus servicios sin 
remuneración al abrirse la campaña del Paraguay en 
1865, marchó al Paso de los Libres de Corrientes, donde 
recibieron la primera asistencia los heridos del Yatay, 
habiendo asistido también á la rendición de la Urugua- 
yana. » 

«Dispuesto por el General en Jefe quedase en la ciudad 
de Corrientes hecho cargo de todos los hospitales estable- 
cidos, permaneció allí hasta el 17 de Octubre de 1868, «aten- 
diendo á su administración y á la asistencia de los valientes 
soldados argentinos, con contracción digna de todo elogio, 
por lo que el General en Jefe del Ejército por mas de una 
vez le significó su reconocimiento, trasmitiendo al Superior 
Gobierno Nacional, la comportacion de tan distinguido ser- 
vidor de la patria.» 

Hace pocos años que se ha creado en la Escuela de Me- 
dicina de Buenos Aires una clase de Higiene, que cuenta 
ya profesores jubilados, aunqu« ramo tan nuevo en nuestra 
enseñanza. El doctor Muñiz traía preparada desde 1842, 
la base de toda' enseñanza higiénica, en sus aplicaciones 
prácticas á país determinado, con el Estudio topográfico del 



30 OBRAS DE SARMIENTO 

Departamento del centro de la Provincia de Buenos Aires, y para 
mostrar que no es una deducción nuestra atribuirle tan 
levantado designio, bástenos citar la declaración formal 
que al frente de aquel escrito de carácter físico hace en 
propios términos. 

«Como es imposible, dice, trazar la historia médica de un 
país, ni aun dar un bosquejo sobre ella, cual intentamos (ci- 
ñéndonos al Departamento del centro de la Provincia), sin 
haber estudiado su historia física, es decir, sin conocer el 
estenso catálogo de los fenómenos atmosféricos propios del 
lugar, la dirección de los vientos, la naturaleza y caudal 
de sus aguas corrientes y detenidas, la configuración del 
terreno y su composición interior, sus producciones, pobla- 
ción etc.; y aun sin haber penetrado previamente la inmen- 
sa subdivisión de estos fenómenos, justo es ante todo hacer 
una breve reseña, que con el preciso y estenso carácter 
de una monografía topográfica del Departamento permita 
apercibir el medio elemental en que viven sus habitantes, 
para de ahí deducir en general el conocimiento de las 
dolencias á que están espuestos, su diagnóstico y tera- 
péutica.» 

Los estudiantes no solo, sino los profesores de higiene 
encontrarán en este estudio datos necesarios para una opor- 
tuna aplicación á los hechos prácticos de las nociones gene- 
rales adquiridas, pues ya ha sucedido que por no tener 
estos conocimientos, se han lanzado en la tribuna parla- 
mentaria clasificaciones de terrenos, como anti-higiénicos 
que no ha justificado la experiencia diaria durante veinte 
ó treinta años, ni autorizaba la formación geológica del 
suelo. 

Bajo el nombre de Departamento del Centro consagra el autor 
un estudio especial del país, en aquella parte del territorio de 
la Provincia de Buenos Aires, estudio que comienza por ser 
geológico y topográfico y acaba por el examen de las condi- 
ciones higiénicas de la atmósfera, dado el género de alimen- 
tación de sus habitantes, con la designación de las pocas en- 
fermedades reinantes, entre las cuales ocurre el grano malo, 
el carbunclo, cuyo microbio ha encontrado M. Pasteur: y co- 
mo el estudio interesantísimo de aquella parte de nuestra 
campaña, la mas antiguamente poblada hasta la Guardia 
de Lujan, Arrecifes, Areco, etc., se halla en las mismas 



FRANCISCO J. MUÑIZ 31 

condiciones que el resto de la Provincia, por carecer toda 
ella de bosques ó de grandes aglomeraciones de aguas es- 
tancadas, resulta que el estudio del Departamento del Cen- 
tro suministra á los jóvenes estudiantes un caudal de ob- 
servaciones aplicables á toda la campaña y que les ayudará 
poderosamente al acierto de sus trabajos como médicos, 
geólogos ó naturalistas. 

Damos á continuación preferente lugar á los Apuntes 
Topográficos del territorio y adyacencias del Departa- 
mento del Centro, como base de todo tratamiento higié- 
nico, por poner al lector en posesión de los datos necesa- 
rios para darse cuenta de las exploraciones y hallazgos en 
fósiles con que enriqueció nuestro Museo y varios de 
Europa. Su residencia durante largos años en Lujan, da 
á sus asertos en cuanto á la composición del suelo que re- 
movió constantemente, muy grande autoridad, Darv^in 
repite la misma observación de Muñiz, sobre la posición 
de los esqueletos de los fósiles, casi siempre las cabezas 
y parte delantera mas alta que el cuarto trasero, lo que re- 
vela que han perecido empantanados, y seguro que este 
no lo tomaba de aquel, puesto que el Viaje del natu- 
ralista, no era conocido en español ni en francés por en- 
tonces. 

Sucede otro tanto, con respecto á sus otros trabajos, que 
tienen por teatro de observación las dilatadas campañas de 
Buenos Aires. 



CAPITULO II 

APUNTES TOPOGRÁFICOS 

del territorio y adyacencias del departamento del centro de la provincia de 
buenos aires, con algunas referencias á los demás de su campaña, por francisco 
Javier Moñiz. 

«El Departamento del Centro creado en 1832, como los 
otros dos en que se dividió la Provincia, no ha sido hasta 
ahora mensurado. Su figura sumamente irregular, mas 
que todo por el ángulo entrante que por su costado Sur 
hace el Partido de Navarro que se clava con él, pudiera, sin 
embargo, asemejarse á un trapecio. El mas corto de sus 
lados, medido sobre el Paraná desde el ángulo que forma 
el Partido del Baradero con el de la Exaltación de la Cruz, 
en el rincón de Cabrera, hasta el paralelo de la Iglesia de 
Flores, tiene aproximadamente veinte y ocho leguas. El 
lado opuesto, de mucha mas longitud, se pierde en el de- 
sierto en la jurisdicción de Chivilcoy, hasta ahora sin lími- 
tes por aquella parte. Los otros dos lados, mas ó menos 
paralelos y desiguales tienen una longitud varia hasta 
las últimas chacras de aquel Partido, poblado seis ó siete 
leguas al Sud del Salado. El lado Oeste del trapecio, con- 
siderado desde el Paraná hasta este punto, suponemos no 
tenga menos de cuarenta y cinco leguas. 

«Componen el Departamento los pueblos siguientes, que 
dan su nombre á otros tantos Partidos: Villa de Lujan, 
cuyo extinguido Cabildo fué creado en 1756, y residen- 
cia de los primeros jefes militares, cabeza de distrito de- 
partamental. Está situada en la margen oriental del río 
de aquel nombre á 16 leguas al Oeste-Sud-Oeste de Buenos 
Aires; Guardia de Lujan (en este pueblo reside actual- 
mente el Jefe militar del Departamento): Villa de Morón; 



FRANCISCO J. MUÑIZ 33 

•San José de Flores; Pilar; Exaltación de la Cruz; G-iles; 
€hivilcoy; San Antonio de Areco, antes pueblo del Depar- 
tamento, le fué segregado el año anterior de 1846. Aunque 
desprovisto de registros estadísticos para determinar con 
la exactitud posible el número de habitantes del territo- 
rio departamental, él no baja, por un cálculo racional, de 
25.000. 

«El Paraná limita por el Norte los Partidos de la Exalta- 
ción de la Cruz y del Pilar. A éste le deslinda del de San 
Fernando y al de la Villa de Lujan y del de Morón, por el 
Este el rio Márquez. El Salado cruza de Norte á Sur el de 
€hivilcoy, en cuya jurisdicción se hallan en el todo ó en 
parte, la Cañada de este nombre, la de Antonio, las Sala- 
das, etc. 

«El rio de Lujan, de aguas absolutamente salobres 
corre como 21 leguas del S. O. al N. O. desde Leones, 
Partido de la Guardia de Lujan, hasta su desembarque 
en el Paraná. Sus principales tributarios por su margen 
oriental son el Lavallen, Colman, Lobo, etc. Por la Occi- 
dental, Rocha, las Flores y otros. 

CALIDAD DE LAS AGUAS 

«El rio Márquez, cuyas aguas son de la misma natura- 
leza que el anterior, corre, el mismo rumbo que éste, aunque 
menos distancia, desde la confluencia de la Choza y del 
Durazno, que lo forman, hasta entrar en el Paraná con el 
nombre del río Conchas. 

.«Los afluentes de estos ríos, así como los arroyos Sauce, 
Cañada de la Cruz y otros que circulan por el Departa- 
mento son de aguas dulces y saludables. Los puertos de 
éste sobre el Paraná son Campana, Zarate, Las Palmas, 
San Antonio, Garandumba en la boca del arroyo Cañada 
de la Cruz y otros. 

«Si se indagara la causa de tener los afluentes de estos 
ríos que giran por el mismo terreno, sus aguas dulces y 
puras, y aun serlo mas ó menos los manantiales ó fonte- 
zuelas abiertas en sus orillas, podría encontrarse en que 
iios arroyos de cauce menos profundo dilatan sus aguas por 
un terreno superior al que contiene abundantemente mu- 

Toiio ^uir. — 3 



34 OBRAS DE SARMIENTO 

riatos y sulfates de sosa, sustancias que impregnan las- 
aguas de los ríos y les comunican sus propiedades. La 
disolución será tanto mas abundante cuando el caudal 
fluviátil sea mas copioso, y en proporción que él corra por 
una linea mas profunda y estensa. 

«Entonces las aguas dulces importadas no solo son insu- 
ficientes para comunicar al recipiente común su grato 
sabor, sino que ellas mismas lo pierden al confundirse con 
él. Esto, sin embargo, no sucede sin que la mezcla haya 
disminuido en algo lo salobre de las aguas de ríos de poca 
madre. 

« Se ha observado en las grandes secas que experimentó 
la Provincia en períodos no muy lejanos entre sí (las últi- 
mas en 1770 y 71, en 1805, 1830 y 31) cuando los arroyos se 
agotan del todo ó merman en gran parte sus aguas, que la 
de los ríos aumenta su salumbre, á punto de hacerse impo- 
table á las bestias, á cuyo resultado contribuirá también 
la evaporación de los principios mas tenues de sus aguas 
propias. 

« Los manantiales mas profundamente escavados en las 
márgenes de los ríos tienen, respecto á los de menor fondo, 
agua de un color blanco mas mate, mas pesada y mas 
cargada de sales calcáreas, como lo prueba la precipitación 
de estas sustancias por el carbonato de potasa. 

«Es mas que probable que sí á esos mismos manantiales 
se les diese la profundidad de los ríos inmediatos, y sus 
aguas se estendieran por cierto espacio, ellas adquirirían 
proporcionalmente las cualidades salinas del resto. 

« Es, pues, un hecho que las aguas mas superficiales, en 
el Departamento, lo mismo que en otros puntos de la Pro- 
vincia, son frías y excelentes, como las que estraen las 
nutrias {M lístela lutr a) délas orillas de los arroyos y rios. 
Esta agua la contiene la capa de marga amarilla (marga 
flavescens) que subyace en los bajíos á la tierra blanca, 
especie de creta pulverulenta. Ella proviene de la filtra- 
ción del agua pluvial que desciende de los terrenos altos 
ó de loma que circundan estos lugares. 

« En confirmación de tal origen se advierte que en las 
grandes secas ó largas temporadas en que no llueve, per- 
diendo esas aguas mas y mas de su nivel, escasean su 
tributo á los reservarlos, que al fin se esterilizan por falta 



FRANCISCO J. MUÑIZ 35 

de paralelismo entre su fondo y los hilos subterráneos cada 
vez mas bajos que antes las alimentaban. Es, pues, de 
creerse que estas primeras capas no contienen ni sustan- 
cias terrosas ni salinas capaces de alterar la pureza del 
agua; y que aun el amoniaco, proveniente de la descom- 
posición de los animales que mueren, se deposita mas 
abajo. 

« Las aguas que se estacionan en la capa de marga rojiza, 
inferior á la amarilla {marga rubescens) son también regula- 
res, aun cuando ya se note en ellas, y mucho mas en cier- 
tos puntos, un principio selenitoso. 

«Lasque surjen de la inmensa y al parecer insondable 
masa de creta {térra primogenia, de Henekel) la cual forma 
como el corazón de las Pampas, está sobre cargada de sus- 
tancias terrosas y calcáreas. Estas aguas asi conscritas 
contienen también, carbonato de amoniaco que se advierte 
en el residuo negro que resulta de la evaporación. El 
sulfato del cal y otras sustancias estrañas propenden á que 
se corte el jabón, y á que no se cuezan las miniestras, que 
mas bien se endurecen en ella. La mazamorra de maiz, 
manjar tan usado en la campaña, se cuece con dificultad 
y necesita mas fuego en estas aguas. Fria esta sustancia 
se corta, ó el agua se separa del maíz. 

«El Departamento carece de grandes saladares. El 
maj'or que conocemos es el de las Saladas, en el Partido 
de Chivilcoy, cuyo terreno, cuando queda al descubierto, 
deja ver en su superficie eflorescencias salinas de algún 
espesor. 

.«Tampoco contiene depósitos de aguas muertas. Los 
bañados del río Conchas, del Lujan y del Salado; las caña- 
das Chivilcoy, la Rica, la Grande, la de Antonio, etc., se 
secan en parte ó completamente en el vBrano. En cual- 
quier caso, la parte enjuta disecándose de todo punto, no 
deja lugar á la corrupción y descomposición de sustancias 
orgánicas como miriades ú otros insectos que hace nacer 
el calor y la humedad. 

«Al Sud del Salado en el Partido de Chivilcoy, lo mismo 
que en otros puntos de esa inmensa banda, la tierra vejetal 
está mezclada de arena viva. En muchas partes forma 
montículos ó médanos alineados {dunes) elevados en parte, 
5 ó 6 varas. 



36 OBRAS DE SA.KM1ENT0 

« La vejetacion que los cubre los ha fijado, al parecer, de 
un modo permanente. La naturaleza ha hecho allí lo que 
la industria del hombre ha conseguido en otras partes, solo 
con la plantación de pinos marítimos. 

« Sin eso las dunas del Golfo de Gascuña, habiendo des- 
truido en su marcha de esterminio varias aldeas y caceríos, 
llegarían á su paso de 60 á 70 pies por año, hasta Burdeos 
en 2.000 mas, según los cálculos admitidos. Las aguas plu- 
viales que se detienen en los espacios que dejan entre sí 
los médanos, perfectamente depuradas al filtrarse por la 
arena, son dulcísimas y delicadas, 

«Estos médanos, estas arenas abundantes y desligadas 
que se estienden horizontalmente al Suddel Salado indican 
(fuera de otros indicios tomados ya sobre la costa del mar, 
ya en el interior) que este se enseñoreó, en alguna época, 
de esos terrenos, siendo ellos los últimos tal vez que, dentro 
del país, dejó en seco. Su poca elevación y su textura 
particular hacen presumir que ellos deben su formación al 
limo y otros sedimentos acarreados por las aguas. Recu- 
bierto después el todo por la tierra vegetal, sus produccio- 
nes, fomentadas con la humedad del agua dulce próxima á 
la superficie, son opimas, 

« Pudiera decirse que esos fértilísimos y privilegiados 
campos, constituyen un continuado é inestinguible navazo 
natural. 

« En muchos lugares, como sucede en el Fuerte Fede- 
ración, y en sus cercanías, es tan profunda la capa de 
arena, que los pozos de agua ó fonte foráminas se derrum- 
ban con la mayor facilidad. Sin embargo, ¡qué diferencia 
entre la feracidad extraordinaria de ese terreno arenoso 
y la penuria de las llanuras, también arenosas, pero ele- 
vadas, de la Tartaria y del Thibet ! 

« Lejos de obligar aquí la pobreza del terreno á la vida 
nómade del cafre ó del kalmuko; en lugar de las yerbas 
secas y espinosas de los arenales de Biteduljerio, único 
alimento de los animales de aquellas pobres regiones, el 
hacendado de Buenos Aires encuentra siempre pastos fres- 
cos, finos y abundantes con que apacentar sus ganados. 
Si allá el hombre, está condenado por la naturaleza á una 
continua migración, aquí, por el contrario, ella misma le 
fija á una tierra que exuberantemente le fructifica, que 



FRANCISCO J. MUfÑ'IZ 37 

le produce mas de lo necesario para existir con como- 
didad y ser dichoso. 

« El Departamento carece de bosques. Solo sobre las 
costas del Paraná, se encuentran algunas especies de ár- 
boles silvestres. Parece que antiguamente se estendieron 
á alguna distancias de las costas; pero la población, en 
su aumento, los ha destruido poco á poco. No hay que 
estrañar esa falta, sin embargo, pues nuestra particular 
latitud no se adapta á este género de producción espon- 
tánea. 

« Entre los 30 y 40 grados al Sud de la Equinocial, crece 
gran multitud de vegetales, y aun aquellos que corres- 
ponden en la zona Tórrida á terrenos elevados hasta 900 
toezas sobre el nivel del mar; pero los herbáceos forman 
los nueve décimos de esta enorme producción vejetal, 
mientras la proporción en que están los árboles es me- 
nos de siete. 

«Por si pudiera conducir la comparación entre dos pun- 
tos extremos de la América Meridional á algún resultado 
útil, pues tratando de la superficie del Departamento, 
comprendemos la de la Provincia en general, informare- 
mos que nuestras llanuras no son tan uniformemente 
niveladas como las de la Zona Equinoccial, ofreciendo al 
Sud del Salado inflecciones y hondonadas de alguna con- 
sideración. Al Norte de aquel río los campos son mas 
planos. Las mesas de tierra ó lomadas convexas y lon- 
gitudinales se repiten mas y mas en las proximidades 
del Plata y Paraná. Ellas corren en distintas direcciones, 
mas generalmente del Norte al Sud y del Oeste al Este, 
y distribuyen las aguas llovidas á las cañadas y arroyos 
que las conducen á los rios. 

« A pesar de eso, existen innegables analogías entre el 
eslabonamiento de esas mismas mesas ó lomas y sus 
usos; entre la superficie plana, ondeada y baja de la Pro- 
vincia (aunque en este último accidente ella lo sea mas) 
y las mismas condiciones del terreno al Sud de la Equi- 
noccial, en Curraná, Calabozo, el Apuré, el interior del 
Meta. 



38 OUKAS l)K SAHMIKNTO 



COMPOSICIÓN DEL SUELO, SECAS 



« Volviendo á entrar en la peculiar superficie del De- 
partamento, se presenta en primer término la capa de 
tierra vejetal de un pié ó mas de espesor, compuesta de 
alúmina, materia calcárea, sílice y humus. Ella constituye 
una tierra de plantío y labrantía superior por excelencia. 
Su testura blanda y suelta permite el esparcimiento de 
las radículas de las plantas en todas direcciones. En al- 
gunas partes es mas viscosa que en otras, y es tanto mas 
móvil y lijera cuanto mas superficial. Por su color oscuro 
ó gris ceniciento absorbe mucho calor, y siendo tan es- 
ponjosa se impregna fácilmente de humedad, lo que le 
da cualidades singularmente fecundas. No es de extra- 
ñar, sin embargo, que faltando las lluvias y los rocíos, 
por algún tiempo, se diseque y esterilice la vejetacion. 
La tierra mas pingüe, como la de Chivilcoy y otros pun- 
tos, conserva por mas tiempo la humedad. La mezcla de 
este manto está sostenida por las inferiores de marga y 
de greda, en cuyo interior se vivifican y humedecen las 
raíces de los árboles, siendo ellas las depositarías de las 
aguas pluviales. Las gramíneas, de que tanto abundan 
estos terrenos, alimentan el inmenso número de ganado, 
que aun contiene el Departamento, y aun muchos milla- 
res mas que tuviera. Los varios años de seca consecu- 
tiva; han destruido las tres cuartas partes del número 
total de ganados antes existentes en él, 

« Hoy tienen, aproximadamente, 580,000 cabezas vacu- 
nas; 164,000 caballar, 465,000 ovejas. Esta especie ha su- 
frido estraordinariamente en los dos años anteriores y 
en el que jira, por la hidátida del cerebro {thenia cerebralis) 
depositada en los senos frontales, y lo que es rarísimo, 
en las células óseas de la base de los cuernos, donde se 
han encontrado en número de seis, ocho ó mas en cada 
uno, y por una especie de stronjilus, plano, redondo y 
franjeado que también ataca al vacuno, enquistado en 
considerable número en el hígado esquirroso, otras veces 
cartilajinoso, y lo que no deja de ser extraño, sembrado 



FRANCISCO J. MUÑIZ 39 

«n una y otra especie de cálculos color aceituna de di- 
ferentes figuras y tamaños. 

« La vesícula felea es también depositaría de estos in- 
sectos. El primero de los dos parece esporo francamente 
desenvuelto como sucede al hombre con los que se le for- 
man en los senos frontales. Nada hay que indique, como 
alguna vez en este, su introducción hasta aquel lugar. 

« Antes de la espantosa seca del 30, 31 y parte del 32, 
que desvastó el Departamento, como todo el Norte de la 
Provincia, solo el Partido de la Villa de Lujan contenía 
en la especie vacuna 350,000 cabezas, de las que salva- 
ron á penas las pocas que se sacaron en invernadas sobre 
el Salado. 

« No incluimos en este cálculo la variada especie de 
•cerdos ó cochinos (sus) cuyo número fué inmenso en el 
Departamento, y el cual, aunque muy disminuido, no deja 
aun, de ser considerable. 

« Se ha supuesto, como en otros países respecto del 
acrecimiento de los terremotos, que entre estos ominosos 
acaecimientos las grandes secas en la Provincia, median 
treinta años poco mas ó menos. 

Ha dado, tal vez, existencia á esta opinión, la especie de 
regularidad en el número de años intermediarios entre 1770 
y 71, 1805 y 1830 y 31, en que el país fué afligido de esa cala- 
midad y de las terribles polvaredas que constantemente la 
acompañaron. Este último fenómeno es digno de que se le 
-conozca por una descripción ex-profeso, no solo por sus 
efectos sobre la vida animal y vegetal, sino por otras singu- 
laridades no menos importantes y curiosas, y porque él es 
peculiar de los grandes llanos del medio día de la América. 
También se ha pretendido encontrar un período de quince 
años, con corta diferencia, en el retorno de la plaga de lan- 
gosta. Pero sin la historia de semejantes acontecimientos 
en lo antiguo, tendríamos que abandonar la inquisición de 
este asunto á los que puedan reunir datos y observaciones 
de que nosotros carecemos. De todos modos, no encontra- 
mos apoyado este juicio en la correlación de otras operacio- 
nes naturales; pues no está hasta ahora demostrado que 
las mismas causas necesitan determinado lapso de tiempo 
para producir iguales fenómenos; principalmente si estos, 



40' OBRAS Dt SARMIENTO 

como los de que tratamos, son de una naturaleza, al pare- 
cer, supremamente adventicia. (1) 

«Es atribuible, en la Provincia, la falta de lluvias, en al- 
gunas épocas, á la carencia de montañas, donde se acumu- 
len las nubes, y de donde rompan en tempestades y copiosos 
aguaceros. Sabido es que los dos recintos extremos de esta 
América son llanos y desprovistos de árboles, cuando la 
parte central es alta, montañosa y áspera. Es por eso que 
ambos puntos están espuestos á la misma fatalidad. Por 
lo demás, es un hecho constante, que después de las 
grandes secas sobrevienen continuas y abundantes lluvias. 

«Mientras estas no aparecen, el agua de los arroyos y ríos 
interiores se altera, y aún se corrompe por el número in- 
menso de animales empantanados y muertos en sus már- 
genes. Nosotros hemos visto estos resultados en las dos 
desoladoras secas de este siglo. Ellos fueron idénticos en la 
de 1770 y 71, á la cual sobrevino por colmo de desgracia, la 
de la langosta, que arruinó la vegetación naciente. Con re- 
ferencia á aquella, dice el Sindico Procurador de la ciudad- 
de Buenos Aires, en su vista de 4 de Diciembre de 1773, 
sobre el abasto exclusivo de carne á la Capital.... «que 
faltos los ganados de pastos y agua, se veían los campos 
solo poblados de animales muertos, víctimas de aquella 
necesidad, etc.» 

«Felizmente á la seca de 1830 y 31, como á las anteriores^ 
no sucedió ninguna enfermedad epidémica. La pústula 
maligna, efecto del desuello de animales inficionados del 
principio carbonoso, fué la única dolencia que la acom- 
pañó. La carne de mala calidad, la escasez de otros ali- 
mentos, ni los miasmas insalubres provenientes de muchos 
millares de cadáveres de brutos descompuestos al aire, 
bastaron á perturbar la pureza de una atmósfera libre é 
instantáneamente conmovida por todos ios vientos de la 
tierra. 

En el Otoño del año 33, que subsiguió á lluvias abundan- 
tísimas, cundió por el Departamento y aun por toda la 



(1) En las observaciones metereologicas hechas en la Provincia de Buenos Aires, 
el sabio Profesor Gould ha creído encontrar relaciones, entre los movimientos de 
la atmósfera y las manchas del sol que parecen sujetas á ciclos ó periodos de 
repetición. Véanse aquellos importantes estudios. {N. del autor). 



FRANCISCO J. MUÑIZ 41 

campaña de la Provincia una plaga de ratoncillos (mus 
musculus), en tal abundancia, que con los que se introduje- 
ron en las habitaciones abandonadas ó en otras partes por 
descuido, se colmaron medidas de cuartilla. El campo 
estaba enjambrado, y en las poblaciones solo se liberta- 
ron de ser infestadas las piezas de umbrales altos de 
un pié. 

«La advocación de San Bonifacio (patrono de los ratones), 
que existe en Buenos Aires, parece indicar la preexisten- 
cia de semejante incómoda y aun nociva muchedumbre de 
seres. Podríamos, con tal motivo, hacernos la cuestión si- 
guiente y por mera curiosidad. ¿Necesitaba acaso la tierra 
de esa extraordinaria impregnación acuosa para producir 
tal diluvio de pequeños vivientes? ¿Será verdad, como lo 
han creído algunos físicos, que el clima haga, y en nuestro 
caso hiciera en la particular constitución de aquella esta- 
ción, germinar á la tierra especies positivamente autócto- 
nas, que sería imposible existiesen bajo otras condiciones 
climatéricas ó estacionales? No lo sabemos, pero en el día 
es insostenible la opinión de los gérmenes ó su esparci- 
miento por todo el globo; exceptuando algunos animálculos 
infusorios* comunes á todas sus regiones. Sin embargo, 
estamos muy distantes de sentir con Lucrecio, que la 
tierra, semejante á una mujer envejecida, se ha esteriliza- 
do en fuerza de tanto producir. 

«Después de la tierra vegetal, como decíamos, se encuen- 
tra, pues, en las cañadas y bajos, solamente, la creta blanca 
de mas de dos pies de densidad. 

«Por todo, menos por donde las corrientes han arreba- 
tado aquella tierra, se le encuentra debajo de aquella en 
esos lugares, 

«Parece que su formación fuese debida al limo arrastrado 
en un largo período por las aguas dulces. Quizá los despo- 
jos de cuerpos orgánicos y el detritus de juncos y de otras 
plantas acuáticas, le han dado á esa tierra la materia cal- 
cárea en que abunda y sus otras propiedades. Ella se usa 
en reboques de paredes, en la fabricación de adoves y aun 
en enlucir las casas de la gente pobre. 

«En el partido de Chivilcoy, donde es mas plana la tierra, 
menos al Norte del Salado que hacia la costa del Paraná, 
esa tierra se encuentra en vetas. Pudiera ser qiae obser- 



42 OBRAS DB S\KMIENTO 

vando atentamente su posición general ó el yacimiento en 
que ellas se encuentran, aun en puntos distintos, resulta- 
ran estar esas bandas á un mismo nivel y aun que hoy 
recubiertas y hasta cierto punto alteradas, en todo ó en 
parte, por la tierra vegetal. 

TEBRENO FOSILÍFERO 

«La capa de marga amarillenta {/lavescens) que sigue, de 
cinco ó mas pies de espesor, depositaría de los restos fósiles 
de cuadrúpedos de especies estinguidas, preserva en su 
parte inferior un lecho de guijo, como de un pie, interpuesto 
de arena gruesa. Un depósito de caracoles en espiral, de 
mas de un pié, ocupa el asiento de esta capa, inmedia- 
tamente sobre el guijarro. No se ven despojos de esta 
especie que hicieran presumir la sucesión de varias gene- 
raciones destruidas, lo que permite suponer que el líquido 
en cuyo seno se formaron esos cuerpos, no subsistió por 
largos años imperturbable. 

«El expesor del lecho eoquillier y su nivelación prueban 
que precisamente en aquel lugar se hizo el depósito ó que 
fué en él el criadero. Parece que una alteración posterior- 
mente acaecida en el vehículo acuoso obligó á salir de ma- 
dre á los caracoles mayores, pues se halla el mayor nú- 
mero de ellos incrustado en las partes superiores de esa 
banda margosa. Pudo suceder que la mezcla repentina 
de moléculas calcáreas y otras que les fuesen ofensivas, 
bastara para su aniquilamiento, y aun para el de los mis- 
mos cuadrúpedos antes de ser del todo recubiertos por la 
inmensa masa de sedimentos que los ocultó después. ¿Sa- 
bemos, acaso, lo que otro orden de combinaciones puede 
producir sobre la vida particular ó las existencias en gene- 
ral, de un mundo que pisamos unos instantes, sin siquiera 
conocer los primeros átomos de su economía? 

«Las sustancias suspendidas, una vez concretadas, fijaron 
esos cuerpos sin comprimirlos demasiado, donde hoy los 
vemos servir de doble causa. 

«La disolución de ese material terroso duró mas ó me- 
nos tiempo, el necesario, al menos para después de ma- 
ceradas y destruidas las carnes y los tegumentos de los 
animales, penetrar todos los conductos óseos, los agujeros 



FRANCISCO J. MUÑIZ 43 

vertebrales, é insinuarse y rellenar los cráneos á que ha 
servido, después de duro, de molde perfecto. Esta 
misma disposición de las sustancias se comprueba por 
la postura de los esqueletos, cuyos dueños parecen lucha- 
ron con la irresistible causa de su anonadamiento. 

«Ellos hicieron probablemente, los posibles esfuerzos 
para desenterrarse del lodazal ó de la masa fangosa que 
los circundaba, y que poco á poco la absorbía. La dispo- 
sición respectiva de los miembros indica este azaroso con- 
flicto. Las estremidades posteriores se encuentran mas 
bajas, mas hundidas en la tierra. El tronco, las manos y 
la cola á mayor altura; el cuello y la cabeza mas elevados 
aun, que las otras partes. Esta particular colocación, que 
hemos encontrado en las osamentas fósiles en varios 
puntos, la adquieren los animales que se encenagan al ve- 
nir á beber en arroyos ó ríos de márgenes fangosas. En la 
intensidad de los movimientos que ejecutan para safar 
del peligro, afirman, como es natural, las extremidades 
posteriores, mientras se empinan y manotean. De este 
inútil afán resulta que tanto mas abisman aquellas partes, 
cuando m§is activos y repetidos son los conatos por desa- 
tollarse. 

«Agotadas las fuerzas y rendido el animal, si suponemos 
al cieno tal cual consistente, natural es que los miembros 
anteriores que remueve en alto hasta lo último, y princi- 
palmente la cabeza que la erije cuanto es posible para res- 
pirar y prolongar la agonía; natural es, decimos, que esos 
miembros queden mas supinos que los otros después de la 
muerte. 

«Entre otros casos que pudiéramos citar, sea el de un 
esqueleto de Megatherium que se encontró en una de 
nuestras excavaciones. El todo aparecía como ladeado 
sobre un plano rápidamente inclinado. El cuello tendido 
lo que es natural; la cabeza mas alta que el resto del cuerpo 
descansaba sobre la mandíbula inferior, la cual se apo- 
yaba en una superficie aun mas ascendente que aquella 
en que reposaban los huesos de la cerviz. El esqueleto de 
un caballo ó de un animal del mismo género, en una po- 
sición casi vertical sobre las patas, yacía poco menos que 
debajo del Megatherium, y casi sobre este los despojos 
•de otra especie distinta. De modo que, mientras perecían 



44 OBRAS DE SARMIENTO 

ciertos animales, las corrientes atraían y depositaban otros 
sobre ó en las inmediaciones de los ya aniquilados. 

«La banda inferior á la amarilla, de marga ferruginosa, 
de una densidad poco mayor que aquella, encubre otro- 
lecho quijoso semejante al antecedente. Ambos preser- 
van el guijarro desligado y en mezcolanza con la arena 
grosera. 

«Estos dos lechos de guijarro y las dos capas margosas 
no se encuentran por todo. Nos ha parecido que solo exis- 
ten en las cañadas ú hondonadas, y que se apoyan lateral 
é inferiormente sobre la greda que forma las lomadas la- 
terales. Cavando en estas no se registra el guijo encar- 
nado y rodado, ni otra tierra que no sea pura greda, des- 
pués de la vegetal. Esta falta de estension en las bandas 
de marga y su posición (sino nos engañamos en ello) de- 
muestran no solo el efecto de corrientes parciales, sino lo 
moderno de su formación, respectivamente á la de la 
greda. 

«Si los restos fósiles de cuadrúpedos análogos ó los que se 
hallan en el Departamento, recogidos de varios puntos déla 
costa Sud de la Provincia por el ilustre Mr. Darv^in y otros 
naturalistas; si los que ofrecen las llanadas inmediatas y las 
costas del rio Tercero, del Carcarañá,etc., se comprendieran 
siempre, como se dice, en la misma faja que envuelve á los 
nuestros; si ella se presentara, por lo general, mas baja con 
relación á los terrenos adyacentes (aunque no siempre lo 
fuera) si nuevas observaciones produjeran el mismo resul- 
tado, quedaría plenamente demostrada la comunidad de 
origen en esa formación, y la anterioridad en estos llanos^ 
de la greda sobre ella. 

«En lugares bajos, después del humus vegetal, suele pre- 
sentarse una greda blanca cenicienta, colorida de rojo 
en muchas partes. Su superfície es áspera, dura, se raja 
al sol y se derrumba, cuando seca, en las escavaciones. 

«Algunas bandas de greda negra, sumamente dura, par- 
ticularmente en los bajos, suelen presentarse arriba ó muy 
someras. 

«La tierra vegetal se encuentra, como las venas de un 
mineral, insinuada en su masa, adonde penetró por ren- 
dijas abiertas por cualquier causa. Inmediatamente en 
muchos lugares y en otros á bastante profundidad se de- 



FRANCISCO J. MUÑIZ 45 

posita la greda verde, la caal es útil para piezas de alfare- 
ría 5' para reboques de chimenea, pues siendo tan untuosa 
impide la adherencia del hollín. La gran masa cretácea 
contiene grandes cuerpos de arena suelta que reventando 
al interior de algunos pozos abiertos casualmente á sus 
orillas, dejan grandes cavernas en el seno de la tierra. 
En la perforación de un pozo, en el Partido de Morón, sur- 
gió, á la profundidad de diez varas, un borbollón de agua 
sulfurosa en tan alta temperatura que producía vapor. El 
ácido carbónico que se desprendía excitaba una especie 
de ebulición á la superficie de aquel líquido cargado de 
principios minerales. 

«Ignoramos se hayan encontrado despojos fósiles en 
esta gran capa; los fragmentos de una mandíbula y los 
de tibia, que se extrajeron á doce y medio pies de profun- 
didad, de una especie del género canis, si ya no fuesen 
de la misma, aunque incrustados de greda endurecida, 
pudieron ser allí precipitados en tiempos remotos, siendo 
aquel lugar habitado ciento cincuenta años ha. 

« Esta inmensa capa de greda ha debido cambiar la faz 
de estos terrenos, y probablemente la de otras partes del 
globo donde también se encuentra. Cubriendo, por su ex- 
cesivo espesor, aún muchos puntos culminantes de la su- 
perficie anterior á su existencia; rellenando los valles y to- 
dos los vacíos, debió dar un aspecto de novedad importan- 
te á la costra entonces de la tierra, 

« ¿ Pero resulta el -nivel actual del Departamento, asi co- 
mo el de las Pampas, del rellenamiento por inmensos se- 
dimentos arrastrados y depositados por las aguas (acaso en 
el período cretáceo establecido en otras partes) ó proviene 
del alzamiento que elevara la costa Occidental del Conti- 
nente? Si la sublevación parece indudable, respecto á su 
parte montañosa, á juzgar por los depósitos marinos descu- 
biertos en las cordilleras de Bolivia, Chile, Quito y aunen 
la República Oriental del Uruguay ¿se dudará de ella en 
el territorio de la Confederación, después de estos mismos 
fósiles observados por tantos naturalistas, desde los jesuí- 
tas Quiroga y Cardiel, sobre la costa Patagónica hasta el 
Estrecho Magallánico, en el rio Negro y aun en las barran- 
cas del Paraná cerca de la Capital de la Provincia de Entre 
Ríos, en muchas partes aun bajas inmediatamente á la 



46 OBRAS DK SARMIENTO 

costa oceánica del Plata y Paraná? ¿Se admitirá la supo- 
sición que la gran cuenca ó recipiente de las Pampas fué 
solo henchido de substancias cretáceas, mientras una cau- 
sa particular sublevó antes ó después, en sus inmediacio- 
nes, los terrenos donde actualmente se patentizan los ban- 
cos de otros y otros despojos? 

« Si nos fuera permitido aventurar una hipótesis sobre 
aquel movimiento, que dio forma y su actualidad á las 
Pampas, diríamos que levantándose el mar, en épocas re- 
motas, á una cierta altura por efecto de una atracción soli- 
lunar ó por una convulsión terrráquea sumergió la superfi- 
cie sobre que hoy reposa la Provincia de Buenos Aires, la 
de alguna de las confederadas y quizá una gran parte de 
este continente. La inundación no se efectuó, parece, con 
grande y espantosa rapidez. El mar se avanzó sobre la tie- 
rra é hizo flutuar el promontorio de sus ondas, mas ó menos 
entumecidas, de un modo manso y gradual. La corriente 
entonces, precipitándose sin el fuerte impulso de un to- 
rrente, ó sin la fuerza destructora de un raudo desborda- 
miento, envolvió y llevó consigo el humus, las arenas y en 
general las substancias desligables y tenues que encontró 
á su paso. Así luchando consigo mismo y revolviendo el lí- 
quido elemento las sustancias suspendidas; amontonando 
en todas partes y mucho mas en aquellas de un nivel infe- 
rior, el inmenso cúmulo de tierras arrastradas y despren- 
didas; convirtiendo en fango, de mayor ó menor espesor, 
aun la misma costra de la tierra anegada; formándose de 
tantos sedimentos, en fin, un gran lecho desde luego limo- 
so y blando, quedaron formadas las entrañas ó centro cre- 
táceo de las Pampas y de los demás puntos del Estado Argen- 
tino. Uno ú otro acaecimiento (cuya naturaleza no nos 
atrevemos á determinar, sin un nuevo y detenido examen 
de los mismos lugares que no pudimos observar el tiempo 
suficiente para formar una idea correcta), sepultó en el os- 
curo recinto de un denso pozo margoso á las especies ya 
existentes y que fueron testigos igualmente que víctimas 
de la imponente catástrofe. Si su enterramiento ó fijación 
no se efectuó en el mismo sitio donde hoy encontramos sus 
reliquias, su remoción se verificó bajo radios poco estensos 
como se infiere de la normalidad de las superficies óseas 
mas delicadas, como ya anunciamos. 



FRANCISCO J MUÑIZ 47 

«En ese manto de muerte para tantas y multiplicadas 
especies de cuadrúpedos y aun de anfibios, se observan las 
leyes de la precipitación y de la gravedad de los cuerpos 
suspendidos en las aguas. Los esqueletos, el guijo y la arena 
gruesa ocupan siempre, en sucesión respectiva, el plan del 
lecho, cuanto mas arriba las mismas moléculas terreas son 
mas finas. 

« La carencia en estos lechos terciarios de la mezcla infor- 
me quegresulta del violento arrastramiento de sustancias 
heterogéneas; de grandes masas de piedra, de troncos de ár- 
boles, de una completa confusión en el todo, previene, des- 
de luego, contra la hipótesis de un inmenso deshielo, ó de 
un aluvión de aguas pluviales de ríos (inexistentes hoy como 
antes) que arrebataran copiosos materiales de centenares 
de leguas, ó como alguno creerá quizá, de la misma alta y 
lejana región de las nieves. El sistema hidrográfico del 
país, su configuración y aun su misma disposición geográ- 
fica actual, la falta absoluta de vestigios que lo hicieran 
presumible, se opone á esas conjeturas, como á la idea de 
un inmenso delta (opinión de algunos) con mas fuerza aun 
que ál impetuoso derramamiento de las aguas oceánicas, 
por las causas celestes ya espresadas, ó al levantarse la 
cadena Andina con sus ramificaciones en la inmensa 
ostensión que ella abraza, como creen algunos natura- 
listas. 

«La poca elevación del Departamento y aun de las Pam- 
pas sobre el nivel del mar, es otra prueba, aunque negativa, 
de nuestro sentir, no obstante que la demasiada altura de 
otros lugares no les haya libertado de las submerciones 
que ha sufrido el globo, al menos sucesiva y parcialmente. 
Ignoramos que se haya tomado, hasta ahora, medida alguna 
barométrica de la Provincia; pero según una tal operación 
hecha con Jaén de Bracamoros, por el eximio sabio barón 
de Humboldt, si las aguas del Atlántico se elevaban 50 
toesasen la embocadura del Orinoco y 208 en la del Ama- 
zonas, la alta marea cubriría mas de la mitad de la Amé- 
rica meridional, y la falda oriental de los Andes, probla- 
blemente la misma capital de Cuyo vendría á ser una playa 
batida por las olas. 

Las aguas medias del Orinoco, según aquel científico 
viajero, están solo mas altas IQ-A toesas sobre el nivel del 



48 OBRAS DE SARMIENTO 

mar, cuando aquel majestuoso río sale de las Cordilleras. 
Sin embargo, las llanuras intermedias, cubiertas de bosques 
son todavía cinco veces mas altas que las Pampas. De 
manera que pocos esfuerzos de elevación serían necesarios 
para que el mar se sobrepusiera á la actual superficie de 
las Provincias Argentinas, y no menos un fuerte é insólito 
sacudimiento terráqueo, que una poderosa atracción de los 
agentes celestes, como dijimos, sobre el Océano, ocasio- 
naría una inundación inevitable y general de su territo- 
rio (1). 

«En cuanto á la formación de la tosca que se encuentra 
en varias partes, y que hemos tenido particular encargo de 
clasificarla en cierta ocasión, preciso es reconocer á la 
humedad como su primer elemento. Obrando ella cons- 
tantemente sobre el fondo de los ríos y arroyos y en sus 
márgenes, penetrando hasta cierta profundidad, llega á 
constituir con las arenas que traen las aguas y con la por- 
ción mas tenue de la greda suficientemente diluida, aquella 
sustancia que guarda un medio entre lo duradero de la 
piedra y la inconsistencia de la greda pura. El cemento 
que une y dá cuerpo al todo, es un limo calcáreo mas ó 
menos mezclado de partículas silicosas. Cuando se llalla 
en seco aquella concreción terro-arenosa, formando estrac- 
tos mas ó menos gruesos y estensos, debe su existencia á 
antiguas y estinguidas corrientes que surcaron por aque- 
llos lugares. 

«Los arroyuelos que recien se ahondan, muestran en su 
fondo esa formación incipiente, la cual se puede fácilmente 
examinar en aquellas partes que quedan en seco cuando 
faltan las lluvias. A veces se vé que depuesta la primer 
-capa, los mismos elementos entran en la composición de 
la segunda, de una tercera ó de mas. No apareciendo estos 
estractos en la tierra vejetal ni en la blanca, parece indis- 
pensable para su creación cierta condición de superficie, y 
que esta se encuentre en las margas ó en la gran capa 
gredosa. 

«Se descubren en esta y aun en aquellas, filones perpen- 



(1 ) Darwin describe árboles petrificados en las serranías de üspallata que cre- 
cieron á orillas del Océano que llegaba hasta alli.— ('Voto «iíí ilitíor). 



FRANCISCO J. MUÑIZ 49 

diculares de tosca de una pulgada de espesor por lo regular. 
Ellos se internan mas ó menos, y afectan varias fisuras y 
direcciones. Son los mismos principios que organizan esa 
formación en otras partes los que insinuándose por fisuras 
abiertas en esas capas, han llegado á tomar consistencia. 

ATMÓSFERA 

«En cuanto á la constitución atmosférica actual parece 
haber sufrido cierta modificación en su temperatura hasta 
treinta leguas hacia el interior de las costas, donde la 
población está mas apiñada, mas animada la agricultura, 
donde es mas abundante la plantación de árboles y mas 
considerable el número de haciendas de toda especie. De 
alli afuera, estimamos ser hoy la temperatura atmosférica 
la misma que fué en su estado primitivo. El Ranquel, el 
Pampa, el Patagón de ahora dos mil años, si volvieran al 
lugar en que nacieron, donde respiraron sus mas remotos 
progenitores y adonde dejaron unos y otros para siempre 
sus huesos, encontrarían el mismo grado de calor ó de frío 
que entoníies; el mismo orden en las estaciones; idénticas 
enfermedades; igualdad en el modo de vivir y en las cos- 
tumbres de sus descendientes, todo lo encontrarían como 
lo dejaron, pues el clima no ha variado, ni el hombre con 
él, ni las producciones naturales de la tierra. Solo extra- 
ñaría al caballo y al buey, algún utensilio, unaú otra incon- 
siderable sustancia alimenticia que no conocieron y el 
alcohol de Europa que los enerva y destruye. Las sombras 
de -esos aboríjenes volverían á su- silencioso reposo satis- 
fechas de la escrupulosa imitación de sus sucesores. Tal 
debería suceder, pues que la civilización no habría disipado 
entre ellos las tinieblas de la barbarie primitiva, ni propa- 
gado sus vicios, ni los gérmenes de multiplicadas y terri- 
bles dolencias con el refinamiento del lujo y la enervación 
de las costumbres. 

« El Departamento, como la parte poblada de la Pro- 
vincia, preserva una temperatura media distante de los 
estreñios. Un terreno herbáceo necesita mayor cantidad 
de calórico para elevarse á la misma temperatura que 
uno cretáceo ó pedregoso; lo que forma una causa de 

Tomo xiui.— 4 



50 OUHAS l>K SAUMIENTO 

refrigeración comparativa en el verano. En el invierno 
absorbe mayor cantidad de calórico, pues tiene mas ca- 
pacidad para contenerle; y veáse ahí un principio del 
calentamiento de las capas inferiores del aire. Asi, á 
pesar de faltar el abrigo que procuran las florestas y 
bosques en el invierno, y su sombra protectora en el 
verano, no es tan frió ni tan caliente (siguiendo el pa- 
ralelo) como otro arenisco, pedregoso ó ^cretáceo. 

« El calor y el frió no tienen otra graduación en él que 
la que resulta de la particular latitud de las zonas en 
que pudiera dividirse transversalmente ó del Este á Oeste: 
porque como ya se hizo entender, no puede encontrarse 
en su territorio la diversa temperatura que resulta de la 
distinta esposicion de los lugares á los rayos de sol, de 
la diferente dirección de los vientos, á causa de grandes 
depresiones, curbatura del suelo, etc., de que carece el 
Departamento. 

« Eu cuanto á las cuatro condiciones primeras de los 
vientos, su humedad ó sequedad, su frigidez ó calorifica- 
ción ejercen aquí, como en todas partes, una influencia 
directa sobre los cuerpos. Colocamos en primera línea al 
Norte por su acción tan general como conocida sobre 
nuestros órganos. 

« Este viento que procede en su curso por el Paraguay 
y el interior del Chaco es caliente, y aun enfermizo, so- 
bre todo en verano cuando se carga de humedad al atra- 
vezar el estuario del Plata y sus tributarios. Saturándose 
de ese principio en proporción que eleva su temperatura, 
y en razón de la mayor superficie que presenta el agua 
cada vez mas dividida, centrificándose y aumentando su 
gravedad específica con nuevas adiciones, llega al fin á 
pasar de fluido elástico al estado de líquido, á formar 
nieblas y aun á precipitarse en lluvias, si el aire pierde 
su capacidad para contenerla. 

(( Si en este estado de la atmósfera sobrevienen corrien- 
tes de aire frío, condensándose los vapores en nubes, 
estas se resuelven en copiosos aguaceros. Quizás estos 
no tengan lugar á cien leguas de las costas, habiendo 
perdido el viento su humedad en gran parte á esa dis- 
tancia, si es que no la renueva con la evaporación de 
los lugares por donde pasa. 



FRANCISCO J. MUÑIZ 51 

c( En esos dias de norte caliente y húmedo, el aire está 
brumoso y pesado, por la razón contraria: porque es claro 
y hermoso cuando seco, como cuando sopla el Oeste, ó 
cuando hiela. Los cuerpos muy tersos y bruñidos, los 
inabsorventes ó impermeables se cubren de humedad y 
aun de gotículas. La gran especie de exhalaciones que 
«1 calor mantiene, como queda dicho, en estado de flui- 
dez, reuniéndose mas y mas, por las leyes de la atracción, 
llegan á liquidarse y hacerse visibles. 

« Se observa que el Norte en este estado irrita el sis- 
tema nervioso de aquellas personas en quienes predomina 
sobre los demás. Se ve en la Capital, pues en la campaña 
son casi desconocidas estas afecciones, que los accesos 
histéricos, los hipocondriacos, la manía, ciertas neural- 
gias, son como provocadas por este viento. Las personas 
móviles y débiles, los convalecientes sienten lacsitudes, 
opresión de pecho, un malestar general. Entonces apare- 
ce el clavo histérico ó cefalaljia nerviosa, así como en 
Europa se manifiestan estas molestias con el Oeste y el 
viento del Mediodía. En la campaña es muy común en 
los hombrgs que después de comer continúan al sol sus 
rudos trabajos de siega y otros, la cefalaljia gástrica, la 
hemorragia sanguínea y aun las apoplegías después de 
una larga insolación. 

«El Norte húmedo y caliente excita la irrascibilidad en 
los individuos de temperamento nervioso ó hepático. La 
experiencia ha demostrado que los crímenes mas atro- 
ces, aquellos que se cometen por la exaltación de una 
pasión del momento, por la furiosa explosión de] un senti- 
miento cruel y sanguinario, tienen lugar en su mayor 
número, reinando el Norte, mucho mas si ha sido por va- 
rios días consecutivos. En el antiguo hemisferio es el 
Oeste, principalmente en la estación autumnal, y en Ingla- 
terra, donde crea una disposición inminente al suicidio, y 
lo que es notable allí como aquí, los resultados de ambos 
vientos son enérgicos cuando obran en distintas partes del 
globo, hay entre ellos consensus actionum, en cuanto el Oeste 
entre nosotros, y el Norte en Europa activan el juego de 
de los órganos, entonan todas las fibras y armonizan mas 
bien que perturbar las funciones del sensorio con las accio- 
nes físicas. 



52 OBRAS DE SARMIENTO 

«El Norte frío y húmedo en el invierno, entorpeciendo la 
potencia nerviosa, disminuyendo su actividad, causando 
una sedación en sus pro{)iedades, excita ó predispone á 
los afectos nerviosos ya enunciados. Al mismo tiempo 
que relaja y comprime la toracidad de las fibras, debilita 
la epidermis y la energía de la vida exterior, haciendo 
muy sensibles los cuerpos. Entonces acaecen los afectos 
reumatismales, los dolores sobre varias partes, etc. 

«El Sur, viento polar que nos llega después de haber 
atravezado el mar, es frío y húmedo. 

«El acarrea gruesas y pesadas nubes, lluvias frígidas y 
el granizo. Cuando ha hecho mal tiempo, antes de des- 
pejar el cielo de nubes, produce generalmente lloviznas 
frías. Este viento causa los efectos morbosos que nacen 
del frío combinados con la humedad. 

«El Oeste, andino ó de serranía, es seco, tónico y frío^ 
Aclara y purifica la atmósfera, fortifica las fibras é imprime 
movilidad. Este viento es sano por exelencia. 

«El Este, que como el Norte, pudiera llamarse en nues- 
tra latitud, viento ecuatorial, atraviesa el Océano, es hú- 
medo y fresco, y trae nubes pluviales si sopla por varios 
días. 

«El Sur Este que pasa sobre el mar es lluvioso y hú- 
medo. Corre con fuerza en los esquinoccios cuando su- 
bleva fuertemente las aguas del Plata, haciéndolas crecer 
extraordinariamente, al mismo tiempo que origina los 
mas recios temporales. Este viento y el anterior no tie- 
nen otra influencia en la salud que la que les comu- 
nica la humedad (siempre nociva) que lleva consigo. 

«Respecto á los fenómenos eléctricos, en general, parece 
que ellos se hacen sentir en mayor escala á campo raso que 
en las poblaciones. Creemos que los heridos del raya 
son, proporcionalmente al número de habitantes, mas en 
la campaña que en la ciudad. De ordinario, cada tempes- 
tad fuerte destruye algunos animales de los que pastan 
por los campos, y no es extraño que el hombre participe 
de igual desgracia, ya en la soledad del desierto, ya refu- 
giado bajo su humilde y honrada techumbre pajiza. 

«No habiendo, pues, particularidad topográfica en la su- 
perficie del Departamento; siendo las ocupaciones gana- 
deras y agriculturas las que entretienen á sus habitantes^ 



FRANCISCO J. MUÑIZ 53 

con cortas exepciones; estando sugetos á las influencias 
(siempre correspondientes entre sí) de la tierra con la 
atmósfera y de esta con la tierra; siendo por estas causas 
y por la igualdad en su modo de vivir muy semejantes en 
temperamento, lo son también en sus dolencias. 

«Afortunadamente éstas, por esos mismos antecedentes, 
son pocas y simples. No se descubre influencia patoló- 
gica especial ni en la naturaleza del suelo ni en la délas 
aguas, ni podría hallarse en las condiciones del aire, pues 
no hay bosques que interrumpan su curso, ni balsas ó es- 
tanques de aguas corruptas que alteren su pureza y vivi- 
ficante oxigenación. 

«Es fuera de duda que la uniformidad del alimento en 
toda estación y su sencillez contribuyen á la salud cons- 
tante que disfrutan estos habitantes. El maíz, la carne de 
vaca y la de oveja, forman los elementos de su dieta en 
toda estación. La manteca, el queso y la leche, no siendo, 
como en otros países, su nutrimento exclusivo, no los ex- 
pone á las enfermedades que él produce. De modo que la 
disposición habitual de sus cuerpos es con corta diferencia 
la misma^n las varias épocas del año, de donde resulta 
una natural homogeneidad en sus dolencias. Foresto, en 
aquellas que son propias de cada estación, se advierten 
las soluciones menos esperadas, las cuales se verifican con 
admirable facilidad. Tanto es mas de estrañar este resul- 
tado, cuando que él se verifica en una atmósfera ya en 
calma, ya agitada, ya en una ú otra temperatura. En me- 
dio de este que pudiera llamarse desorden atmosférico, las 
dolencias no conservan siempre un tipo fijo; aquel carácter 
de marcha inalterable que debería imprimirles una tempe- 
ratura uniforme. 

«A.pesar de transiciones tan bruscas y repentinas, de la 
inconstancia de los elementos, las terminaciones son, con 
la n'.ayor sorpresa, singularmente favorables. Pudiera 
avanzarse que, así como sirve de preservativo á los habi- 
tantes de la zona ecuatorial la uniformidad de la atmósfera 
en que viven, contra enfermedades que hace numerosas 
victimas en la zona templada (la fiebre amarilla por ejem- 
plo) del mismo modo, por una razón que debe buscarse en 
el influjo del clima, no son causa de enfermedad entre los 
hombres de quienes tratamos, como parece deberían serlo. 



54 OBKAS DE ÜAKMIBNTO 

los sacudimientos y alteraciones diarias á cuya sensación 
están habituados desde el nacer. 

« Su sensibilidad, aunque no tan superlativamente des- 
arrollada, como en el muelle y delicado ciudadano, como 
aquellos en quienes domina el sistema nervioso, conserva, 
sin embargo, la fuerza suficiente para comunicar á sus 
pasiones un alto grado de energía, y de vivacidad inculta. 
Esta concentración de la sensibilidad produce en ellos 
un poder remarcable en las funciones de la vida in- 
terna. 

« Un apetito voraz y una digestión pronta y fácil de cual- 
quier sustancia por refractaria que parezca á la acción gás- 
trica, no es la dote esclusiva de los montañeses y serra- 
nos, pues los habitantes del Departamento, como todos los 
de las Pampas, pudiera asegurarse que esperimentan una 
continua bulimia. 

« Despliegan, sobre todo, esos dos elementos de salud y de 
fuerza cuando, ocupados de sus faenas de estancia ó de la- 
branza, y en las largas camperías á que los compele el cui- 
dado y atención de sus ganados. Entonces, y mucho mas 
si un frió moderado aumenta la potencia muscular, gozan 
de una alacritud bulliciosa y se encuentran mas contrácti- 
les y móviles que cuando el sol estival, estimulando su sen- 
sibilidad, los hiere á pique en medio de los llanos despro- 
vistos de sombra. 

« Por lo general, esa vida activa y esos trabajos saluda- 
bles y uniformes, influyen en que el sistema muscular y el 
nervioso ejerzan sus respectivas funciones con orden y ar- 
monía. 

« Estas mismas causas y el goce de las dos primeras con- 
diciones de salubridad; la influencia de los rayos del sol y 
el beneficio de una ventilación continua; y el no estar, por 
otra parte, comprimidas sus facultades por un frío excesivo, 
ni disipadas por un calor enervante, deben cooperar y coo- 
peran efectivamente en la fecundidad tan notable de sus 
matrimonios. 

« Contrayéndonos, ahora, á ciertas particularidades de or- 
ganización, que servirán á, ilustrar el reducido cuadro pato- 
lójico á que nos dirijimos, insinuaremos que los habitantes 
del Departamento, como todos los de la campaña de la 
Provincia, sonde una constitución fuerte, sanos, sufridos y 



FKANCISCO J. MUÑIZ 55 

valerosos. Su talla es proporcionada, sus brazos robustos 
como sus espaldas. Estos miembros, sin embargo, así co- 
mo las nalgas, no son carnosos. Su cintura es delgada, el 
vientre poco ó nada saliente. Están dotados de mucha agi- 
lidad y soltura, y se parecen mas en temperamento al ha- 
bitante seco, nervioso y presto de las montañas, que al la- 
xo, grueso y pesado de los valles. 

« Su carácter sumiso con el superior, con el hombre de 
mando, es fiero y altivo con el que le ofende sin derecho, 
mucho mas si carece de prestigio y de autoridad. Poseen 
una sutileza natural de es{)íritu, debida en gran parte al 
temperamento medio y agradable en que viven, que los in- 
clina sin disimulo, á la desconfianza y á la socarronería. 
Son amigos de chistes, de narraciones exajeradas y de 
aventuras, aunque se muestran silenciosos y reservados 
delante del hombre superior en rango y en fortuna. Nove- 
lescos y de ideas caballerescas, concebidas á su modo en el 
amor, idólatras de una pasión del momento, son veleidosos 
y duros de ordinario después que poseyeron. Sus contesta- 
ciones son morosas ó ilusorias, por intención ó por costum- 
bre, ó portel temor de errar, y finjen muchas veces no en- 
tender lo que se les dice. Esos medios términos les pro- 
porcionan, en algunos lances, ventajas sobre el hombre 
que, partiendo de pronto, abarca y atiende lo grande de la 
dificultad ó del negocio, y que desprecia ó no se fija en los 
detalles, que ellos no pierden de vista jamás. Cuando titu- 
bean al dar una contestación, porque no quieren compro- 
meterse con ella, apagan la voz aun mas de lo que tienen 
de costumbre. Esa voz baja proviene, no de que carezcan 
de la larinje y de pulmón de estentor, sino de no abrir bien 
la boca, de no desplegar suficientemente los labios para 
• larles los movimientos genuinos y necesarios á una pro- 
nunciación distinta. 

«Podn'i, pues, inferirse de este breve bosquejo la relación 
que existe entre la parte física de esta comarca y las prime- 
ras cualidades de sus habitantes. Por lo demás, conocemos 
cuan difusa es y fecunda en observaciones una información 
sobre la atmósfera y los varios agentes que obran en ella; 
y el clima, ó lo que incumbe á la serie de novedades, de al- 
teraciones y de cambios que se verifican en la superficie; la 
historia, en fin, del medio ambiente ó de cuanto nos rodea ó 



5fi OHKAS DK .SAKMIKNTO 

influye sobre nuestros órganos, por ceñida que sea á lo ele- 
mental, como lo está la que acabamos de delinear super- 
ficialmente. 

ENFERMEDADES EXTERNAS 

« El forúnculo, que repite con frecuencia. 

« La zona ó zoster en el verano y en el otoño. Esta erup- 
ción, sea discreta ó confluente, siempre es benigna, y la 
producen, en general, los desarreglos de la vía digestiva, 

« El carbunclo y con mas frecuencia la pústula maligna, 
que emana del contacto inmediato de la carne ó sangre, ó 
con la faz interna del cuero de animales muertos del fuego 
pérsico. 

«En la epizootia que sobrevino en el Departamento á con- 
secuencia de la seca extraordinaria de 1830-31 y parte del 
33, los animales vacunos morían, los unos en completa con- 
sunción, otros atacados del tifus y no pocos de la afección 
carbonosa. 

« La pústula se halló siempre en la garganta. La san- 
gre alterada ó el humor gangrenoso contenido en una vesí- 
cula mas ó menos extensa, rodeada de otras del mismo 
carácter, insinuaba su base ulcerosa bien profundamente. 
Esta era dilatada, ademas, y cubierta de una escara negra. 
El velo del paladar y la garganta sufrían una hinchazón 
flegmonosa. Las manchas de gangrena se dilataban por 
el esófago, estómago é intestinos. La piel del animal en- 
fermo crepita bajo los dedos; se desprende en muchas par- 
tes al menor esfuerzo, está como enfisematosa, y parece, á, 
veces, que fermentara. El sol fuerte eleva sobre ella, á vis- 
ta del espectador, flictenas acá y allá. Atribuimos esta te- 
rrible dolencia á falta absoluta de forraje, á la tierra que 
tragaban los animales en la rebusca de tronquitos insucu- 
lentos y de mala calidad; ala corruqcion de las aguas que 
bebían, y á los animalículos que absorbían con ella, algu- 
nos quizá venenosos; á la suma aridez de la tierra; al polvo 
que respiraban noche y día y al excesivo ardor del sol que 
se unía á esas causas morbosas en el verano. Un conside- 
rable número de masas terrosas, mas ó menos orbiculares, 
ocupaba los estómagos y obstruía los intestinos. 

« La experiencia que tenemos de la pústula maligna en 



FRANCUSCO J. MUÑIZ 57 

mas de trescientos enfermos que hemos asistido en nuestra 
larga permanencia en la Campaña, nos autoriza para decir 
que ella en su estado de simplicidad ó por si, rarísima vez 
compromete la vida del enfermo. Hemos tenido alguno 
hasta con cuatro pústulas á la vez; dos en la cara y las 
otras dos en el antebrazo y en la mano. Así mismo, la pér- 
dida ha sido de uno por cada ciento cincuenta pacientes. 
Cuando la constitución sufre una infección general, ó el 
principio carbonoso parece circular de antemano con la 
sangre, entonces la muerte es segura; todo tratamiento se 
hace inútil é insuficiente. 

ENFERMEDADES INTERNAS 

« La gastritis. 

« La fiebre anjistínica ó sanguínea. 

«La hepatitis, no tan frecuente como en los países cálidos, 
ni como en el septentrión de la Europa. Las bebidas espi- 
rituosas; la repentina supresión de la traspiración por beber 
agua fría ó mojarse, estando el cuerpo en sudor cuando 
los trabajos ordinarios de campo, son las causas que, con 
mas frecuencia, dan origen á esta enfermedad en personas 
que pasan de cuarenta años, porio regular se puede contar 
un hombre de semejante dolencia sobre veinte mujeres 
que no la sufren. 

«El tétano traumático agudo, principalmente en el Otoño 
y en el invierno ó cuando es muy desigual la estación. Esta 
terrible enfermedad es mas común en el Estado Oriental 
del Uruguay que entre nosotros, según nuestra observación 
sobre heridos accidentalmente ó en acciones de guerra, 
puestos en igualdad de circunstancias. 

«En el Otoño, si es húmedo, y en el invierno, aparecen al 
menos, entre soldados que hacen el servicio al raso, flegma- 
sías musculares y articulares; afecciones anginosas y cata- 
rrales, puntadas de costado, todas afecciones benignas. 

«Reinando el Norte ó Sud en el inviei'no, aun mas que 
con el viento del Oeste, suceden espasmos á la vejiga y aun 
tensión al vientre y á la espalda. Pero estos y aquellos 
efectos morbosos son debidos, menos á la acción del frío, 
sobre hombres acostumbrados al rigor de las estaciones, que 
al desabrigo en que viven, á la falta de calzado, por dormir 



58 OBRAS DK SARMIENTO 

sobre la tierra húmeda y á cielo raso, de no mudarse des- 
pués de calados de agua. 

((Siguiendo la regla general, la terminación de las fiebres 
se verifica en ellos por sudores ó vómitos, en el invierno, y 
en el verano por epístasis ó diarreas. 

«Como nuestros cuerpos conservan el sello de la estación 
anterior, según lo notó ya el padre de la Medicina, las va- 
rias dolencias internas que hemos enumerado, muestran 
haber sido modificadas por un influjo. Asi es que después 
de un verano húmedo, como el de 1846, fué preciso usar 
con mucha reserva en las inflamaciones autumnales del 
método rigurosamente antiflojístico. A.I contrario ha de- 
bido suceder después del verano muy seco y cálido del año 
1847 presente. A la inversa de lo que se vé en las ciuda- 
des, la mortalidad en la campaña es mayor en verano que 
en invierno. Y ciertamente no es comparable la de los 
viejos reagravados en sus dolencias por el frío y las de los 
que sucumben á las enfermedades propias de la estación, 
con las defunciones ocurridas á consecuencia de las fiebres 
gástricas, biliosas ó inflamatoria, tratadas por métodos 
absurdos y empíricos; por las apoplegiasy golpes de sangre 
que matan súbitamente á hombres que pasan en rudas 
fatigas días enteros al sol, ó por grandes y repentinos 
espasmos internos que acometen por beber abundante- 
mente el agua fría cuando agitados en medio de los mas 
duros trabajos rurales. 

«Las muertes subitáneas que acaecen, por lo general, en 
estaciones calientes y húmedas ó húmedas y frias, aunque 
no numerosas, no dejan por eso de llamar la atención del 
médico que debe avocarse todas las causas de enfermedad, 
examinar estas hasta en sus últimos detalles y pesar en 
su juicio cuanto concierna á su remedio. Encontramos 
que las cansas probables, aunque algunas remotas de 
esta calamidad, que á veces se repite en mas de un in- 
dividuo, son las caídas del caballo que ocasionan dilata- 
ciones inminentes en los vasos y conmociones peligrosas 
sobre las visceras, cuyos resultados son desórdenes orgá- 
nicos de distinta gravedad; las insolaciones prolongadas 
y ciertas faenas fatigosas y fuertes en que la sangre se 
rareface hasta el grado de causar asfixia ó sofocación. 
Nuestros campesinos no tienen la costumbre de sangrar- 



FRANCISCO J. MUÑIZ 59 

se, como los de otros países: la falta de esta evacuación, 
quizá necesaria en algunos tan atléticos y sanguíneos, 
es probable dé origen á accidentes terriblemente fulmi- 
nantes. Deben tomarse también en cuenta las enferme- 
dades crónicas abandonadas por su dolencia, hasta el 
momento de una esplosion. Verdad es que la indigencia 
muchas veces no permite atender sus males al infeliz; 
porque si un pobre ciudadano tiene un hospital donde 
ir á exhalar su último aliento, el campesino muere ago- 
viado de su mal y de sus penas, quizá á campo abierto, 
tras el hato que conduce y apacenta. 

«Puede asentarse, que las dolencias mas comunes en 
el Departamento son las espasmódicas y las flegmasías 
externas é internas, unas y otras de admirable inocuidad, 

«Prescindiendo del influjo de estaciones extraordinarias, 
se puede aproximadamente calcular un enfermo por cada 
150 individuos, y uno grave sobre 25 de aquellos. En 
Europa se admite un enfermo por cada 20 sanos y uno 
grave entre 100 dolientes. 

«La proporción entre los graves y los demás enfermos 
entre nosotros, no está en relación con los mismos en 
Europa. Circunstancia, que es posible derive, á mas de la 
fortaleza que podría ser común entre unos y otros cam- 
pestres, de la natural indiferencia ó singular apatía con 
que los nuestros miran sus dolencias. Ellos solo declaran 
que están enfermos cuando no pueden mas moverse, 
cuando pisan tal vez los helados umbrales del sepulcro. 

«No hay hernianos en el Departamento, como parece 
dabería acontecer en hombres que andan siempre á ca- 
ballo; que hacen esfuerzos considerables en la doma de 
potros, con el lazo y en otros ejercicios. — (Villa de Lujan, 
Agosto 26 de 1847.) 



III 

LA. VACUNA INDÍGENA 

Bástenos agregar los documentos que comprueban el he- 
cho, para dar completa idea de su importancia, por cuanto 
puede sobrevenir el caso de agotarse ó desvirtuarse el virus 
procedente de Europa, y encontrársele de nuevo en nuestras 
vacas, para renovarlo. 

Omitimos en este capítulo consagrado á la medicina, 
incluir un opúsculo del doctor Muñiz de ochenta páginas 
sobre la escarlatina, de grande servicio en la época de su 
publicación, pero que hoy, gracias á los progresos de la 
ciencia ofrecería poco interés. En cambio conservamos el 
relato de una extracción del húmero practicada en un 
niño que es hombre hoy, y conserva la acción de su brazo 
deshuesado, y hace alarde de dar fuertes puñetazos á ami- 
gos y enemigos, de chanza ó de veras, según el caso, echan- 
do su brazo al hombro, cuando está de humor y quiere ha- 
cer alarde de su flexibilidad. 

En el artículo Correspondencia extranjera, de la noticia 
anual que publica la Real Sociedad Jenneriana é institu- 
ción de la vacuna de Londres, se registran en la del año 
anterior, después de una nota á su Secretario del señor don 
Manuel Moreno, Enviado Extraordinario y Ministro Pleni- 
potenciario de la Confederación Argentina cerca de S. M. B. 
las comunicaciones que se transcriben á continuación, 
á las que dice referencia la precitada nota del Ministro 
argentino. 

«El abajo firmado tiene el honor de trasmitir al señor 
Secretario el estado anual de los individuos de ambos sexos 
vacunados en esta capital y su campaña, desde el 1° de 
Enero hasta el 31 de Diciembre de 1841, el que asciende en 
su totalidad al número de 1877. 



FRANCISCO J. MUÑIZ 61 

«La terrible seca que nos ha afligido este año, ha priva- 
do á los encargados de la vacuna de los medios de trans- 
porte, y ha impedido igualmente á los habitantes, concu- 
rrirá las estaciones ó depósitos de vacuna, cuyo desgraciado 
suceso ha sido causa de no haberse vacunado un mayor 
número. 

«Cuando la viruela es combatida con vigor apenas se 
muestra; hasta que vuelve á acometernos de algunos de los 
pueblos del interior. 

«Un suceso el mas afortunado ha venido á recompensar 
el infatigable celo del doctor don Francisco Javier Muñiz, 
administrador de la estación auxiliar de vacuna en el De- 
partamento de Lujan, habiendo descubierto la vacuna en 
una vaca perteneciente á la hacienda de don Juan Gual- 
berto Muñoz, con la cual vacunó varios niños con el mas 
feliz resultado, como aparece de las actas solemnes exten- 
didas en el Partido de la Exaltación de la Cruz en 24 de 
Diciembre, y en la Villa de Lujan el 26 de Setiembre del año 
próximo pasado. 

«Siento el mas vivo placer en certificar, que yo también 
he tenido la buena fortuna de hacer varios experimentos 
en este Departamento Central, con materia original que me 
fué remitida por dicho doctor Muñiz, con la cual fueron va- 
cunados ocho niños con resultados los mas expléndidos 
en todos los casos, y yo continúo propagándola de persona 
en persona. 

«Saludo á usted con la mas distinguida consideración y 
respeto, y quedo su affmo. servidor Q. B. S. M. 

«Justo García Valdézy) . 
Presidente del Tribunal de Medicina y Administración 
de la Vacuna 

«Llamamos encarecidamente la atención de todos los 
interesados en la vacuna, al siguiente valioso documento 
que demuestra que la vacuna original existe en la Amé- 
rica del Sur. El presenta también una hermosa evidencia 
corroborativa, (respecto á la descripción de la vacuna se- 
gún se ha presentado en Buenos Aires) de la perfección de 
la descripción de Jenner: y ofrece ademas el hecho, que 
la Vejiguilla Vacuna, como toda composición química, 
tiene la misma constitución atómica, el mismo carac- 



62 



OBRAS DK SAKMIKNTO 



ter, en cualquier parte del mundo' que se haya pre- 
sentado. 

«J. Epps» 
«Médico Director» 



El Tribunal de Medicina. 



Excelentísimo Señor 



Buenos Aires, Setiembre 20 de ^8^4. 



El Tribunal de Medicina encargado hoy de la adminis- 
trocion de la Casa Central de Vacuna, tuvo el sentimiento 
de anunciar á V. E. en el mes próximo pasado que, apesar 
del empeño y esmero que se poma en práctica, para obte- 
nerse vacuna de brazo, no había podido conseguirlo,sin duda 
por que las costras que había encontrado en dicho Esta- 
blecimiento eran viejas y desvirtuadas, sucediendo lo mis- 
mo con dos remesas de costras que se recibieron de Londres 
por conducto del Exmo. señor Ministro de Relaciones Ex- 
teriores. — El Tribunal puso también en conocimiento de 
V. E. que se había escrito al Médico de Lujan, encargado 
de la vacuna de ese distrito doctor don Francisco Muñiz, y 
este mandó algunas costras sacadas el 9 de Setiembre, de 
que no se hizo uso, por haber llegado el mismo doctor 
Muñiz, y con una hija de meses, depositaría de una ex- 
celente vacuna, la que fué puesta á disposición del Presi- 
dente de este Tribunal, y de mutuo acuerdo llevada el 
Viernes 12 del corriente á la casa central de vacuna, en don- 
de se vacunaron veinte y tantas personas, cuyo resultado ha 
corres[)ondido á los sacrificios que ha hecho el doctor don 
Francisco Muñiz transportando parte de su famiha con el 
solo objeto de dar un paso mas de beneficencia y huma- 
nidad, y que el Tribunal no puede menos que hacérselo pre- 
sente á V. E. 

Dios guarde á V. E. muchos años. 
Excmo. Señor: 

Dr. Francisco P. Almeyra. — Matías 
Rivero. — Dr. Juan José Fontana. — 
Dr. Eugenio Perex, Secretario Inte- 
rino. 



FRANCISCO J. MUÑIZ 63 



Octubre 7 de 1844. 



Contéstese al Tribunal de Medicina, manifieste al doctor 
don Francisco Javier Muñiz lo satisfactorio que le ha sido 
al Gobierno su proceder en el particular, y publíquese. 
Rúbrica de S. E. 

Garrigós. 

«Provincia de Buenos Aires, Villa de Lujan, Enero 20 de 1842. 

«Al señor Médico Director de la Real Sociedad Je nneriana é insti- 
tución de Vacuna de Londres, D. Juan Epps. 

Señor : 

« Tengo el honor de informar á Vd. que la vacuna origi- 
nal, ó sea la pústula de la vaca preservativa de la viruela 
en nuestra especie, ha sido extraída de uno de estos ani- 
males dentro del Departamento, en el cual soy Adminis- 
trador de Vacuna. Los documentos justificativos de la 
extracción y de la aplicación del humor genuino á 46 per- 
sonas de distintos partidos, de edad, de sexo y tempera- 
mentos contrarios, se han sometido á la consideración del 
Señor Administrador General de Vacuna en la Capital. 

« La pústula que se me permitirá llamar secundaria ó de 
trasmisión, aquel signo libertador del contagio variólico, ha 
demostrado en todos los vacunados sus peculiaridades 
naturales: sin embargo, en los tres cuartos del número 
total de estos fué notable la erupción de pústulas en varias 
partes del cuerpo, lo adolorido de los miembros, el aumento 
en los síntomas febriles, la tumefacción de las glándulas 
de la axila y aun de las cervicales. 

«Las pruebas, señor, se han multiplicado. El Adminis- 
trador General que con tanto celo preside el Departamento 
Central ha hecho experimentos con costras originales y 
secundarias que tuve la satisfacción de remitirle. Allí, lo 
mismo que en todas partes, los ensayos produjeron el resul- 
tado mas feliz y completo. 

« Ya es, pues, un hecho que el cow-pox de las vacas de 
Glocester, teatro glorioso de las operaciones descubridoras 
del inmortal Jenner, existe también en las de este país. 
Pero si tal descubrimiento no es exclusivo de aqueKCondado 



64 OBRAS DE SARMIENTO 

en el antiguo hemisferio, ni exclusivo tampoco de la cam- 
paña perteneciente á la Capital de la Confederación Argen- 
tina en el hemisferio de Colon, habiéndose realizado en 
algún punto de la América equinoccial; sin embargo parece 
que nadie hasta ahora ha reconocido experimental y repe- 
tidamente entre nosotros, ni en ninguna otra Sección de 
este Continente, aquella extraordinaria propiedad de los 
granos vacunos. A lo menos si así ha sucedido, el ensayo 
no se ha acompañado de ningún género de solemnidad, ni 
revistió la notoriedad de pruebas, la irrefragable autenti- 
cidad de que sobreabunda el presente. 

«Como hace ya veinte años que contrajimos nuestras 
investigaciones (aunque sin el fruto que en la última ten- 
tativa) sobre la erupción variólica en la vaca, podemos 
asegurar tal vez contra la opinión del hombre memorable 
y digno del respeto universal que la descubrió, que ella 
no es necesaria y precisamente provenida del humor ver- 
tido de la ranilla (caux aux jambes de los Franceses; arestín 
de los Españoles) enfermedad caballar conocida entre nos- 
otros con el nombre genérico mal del vaso, pues compren- 
demos en esta denominación también la ulceración lla- 
mada aguajas. 

(K Si el cow-pox ó la viruela en la vaca, como algunos 
aseguran, no se desarrolla sino por el contacto de las 
manos de aquellos que las llevan, al ordeñar, impregna- 
das del humor ó serosidad producida por aquella enfer- 
medad equina (siendo intrasmisible la erupción variólica 
mediante los efluvios ó emanaciones de vaca á vaca) re- 
sultaría que el coiv-pox sería extraño á esta Provincia, 
quizá á toda la América, y probablemente á una máxima 
parte del globo. En casi todo él, como entre nosotros, y 
en el resto del Mediodía de la América, el ordenamiento 
de las vacas está exclusivamente confiado á las mujeres, 
quienes como es sabido, jamás tocan á los caballos de 
presa la afección indicada. En este país, además no hay 
albeitares: por consiguiente aquella dolencia, en cortísi- 
mas excepciones, se abandona á la naturaleza, y se puede 
afirmar, que uno ú otro charlatán que se ocupara de 
algún remedio empírico contra la ranilla, no ordeña ja- 
más una vaca. 

« Por otra parte, en cinco casos de observación sobre 



FRANCISCO J. MUXIZ 65 

-el cow-})oXf en ninguno se ha ni sospechado el contagio 
por aquella causa. Con el intento de romover todo escrú- 
pulo en el particular, se escudriñó menuda y atentamente 
el estado de los caballos pertenecientes á la lechería ó 
tambo, ó fuese en otros casos hacienda, donde existían 
las vacas atacadas. Se hizo mas; se exploró el ganado 
yeguarizo á los alrededores, para no sentir ni la mas re- 
mota aprehensión de un contacto fortuito y singular, y 
nada se pudo descubrir de semejante y mucho menos la 
dolencia eaux aux jambes. 

« Confesamos con franqueza que creemos no sin pena 
(aunque esté admitido por escritores estimables) que aquel 
humor acre de las manos del caballo en contacto mo- 
mentáneo con las tetas de la vaca, se observa en medio 
del torrente de la circulación, por órganos como estos 
espuestos al ambiente, y envueltos en un tejido eréctil 
poco penetrado respectivamente de vasos linfáticos y san- 
guíneos. La dificultad al ascenso aumenta todavía algunos 
grados cuando se considera, que para que el fluido va- 
cuno tomado del racional produzca el cow-pox es necesario 
insinuar sobre la teta la lanceta preparada algo mas que 
en aquel ouando se intenta comunicarle el contagio va- 
ccínico. Únicamente de este modo se logra la infección 
sobre el bruto, cuyo producto, como preservativo de la 
viruela, es preferido por algunos vacunadores, ó por al- 
gunos que desean ser vacunados. 

«Nos parece oportuno observar, que si la humedad del 
terreno y la frescura de la yerba son condiciones reque- 
ridas para la manifestación del cow-pox en Inglaterra, país 
sino de su primer descubrimiento, donde él aseguró á lo 
menos un triunfo glorioso y cosmopolita para los siglos 
futuros, — en esta Provincia esto, absolutamente hablando, 
no se verifica con el mismo vigor. El año presente cuya 
sequedad y sus efectos están visibles para todos (no habien- 
do caído desde primero de Mayo, época en que principian 
las aguas del invierno, hasta últimos de Setiembre sino 
seis aguaceros no abundantes) hemos tenido la agradable 
satisfacción de encontrar la viruela en la vaca dentro de 
este partido. En 1831, año de los mas secos que recuerda 
ia historia del país; año funesto á su riqueza pastoril y á 

Tomo xuii— 5 



66 OBRAS DE SARMIKINTO 

SU ganadería, habiéndose perdido por aquella causa, solo 
en el Norte de la Provincia de Buenos Aires mas de dos 
millones de vacuno y sin cuento en el lanar, el coiv-pox fué 
sin embargo reconocido por nosotros en el mes de Enero. 
Cuando nos preparábamos á la extracción de las costras, 
desgraciadamente bandas inmensas, columnas impene- 
trables de polvo, flotantes en la atmósfera á merced de los 
vientos, ofuscando el luminar casi sin interrupción por dos 
días consecutivos, paralizaron nuestro propósito. La vaca 
de la observación desapareció con otras á favor de aquellas 
sofocantes tinieblas, y nosotros vimos con dolor perdido el 
fruto interesante de nuestros continuados desvelos. 

«En cuanto ala estación mas favorable á la aparición ó 
desenvolvimiento de la viruela en la vaca, creemos que 
cualquiera de las del año lo es indistintamente; pero parti- 
cularmente lo son (y esto consta de nuestras particulares 
in(juisiciones) los meses de Agosto, Setiembre y Octubre, 
meses de primavera, y en los que es general también la 
parición del ganado vacuno, 

«No habiéndonos sido posible observar el primer período 
llamado de infección, nos valimos para reconocerlo y des- 
cribirlo (después de principiado el segundo) de los signos 
conmemorativos ó antecedentes á este estado. Nuestros 
recuerdos sobre ellos nos muestran al animal en aquella 
época, taciturno y sin apetito; que disminuye en él la secre- 
ción lactífera; que preserva los ojos como vidriosos y encen- 
didos. Huye la sociedad de los demás animales, y ejecuta 
un ruido sordo (especie de musitación) con la lengua y los 
labios. Este período dura apenas cuatro días. 

«En el segundo que es el eruptivo, aparecen varias pus- 
tulillas en línea circular sobre el límite de la teta ó sea en 
su conjunción con la piel vellosa que envuelve la ubre. Su 
número varía de dos á tres en cada una, y quizá ellas no se 
descubren siempre en todas las cuatro tetas. En el espacio 
que las separa, y rara vez sobre su mismo cuerpo, salen 
algunos granos, los que suelen también aparecer sobre el 
ámbito total de la ubre. Aquellas se entumecen, se hin- 
chan y aparentan cierta disminución de longitud . La ubre 
presenta distintos puntos endurecidos y dolorosos, que son 
otras tantas glándulas sobre-irritadas. La figura de las 
costras es redonda, achatada y tiene un hundimiento umbi- 



FRANCISCO J. MUÑIZ 67 

lical en su promedio. Una línea color púrpura, que au- 
menta en^estension hasta principiar la maturación, cuando 
forma un verdadero disco, circuye las costras. 

«Desde que se inicia este período, el animal entra y per- 
manece en un continuo esceso de irritabilidad. No permite 
á su cria la lactación. Si la traban para emulgirla, patea 
y se agita estraordinariamente, y procura cuando siente la 
ruda mano de la ordeñadora, desasirse de las ligaduras. 
Entonces, en el lenguaje de estas, la vaca se enloquece, y 
es menester soltarla — que equivale á decir, no volver á 
ordeñarla hasta pasado aquel estado febril y doloroso. 

« Regularmente al cuarto día <3e principiada, termina la 
erupción. E! animal que estaba antes taciturno y sombrío, 
aparece ahora mas alegre y apetitoso, como si se hallara 
menos oprimido de aquella aflicción que antes lo molestara. 

« La maturación de las pústulas que constituyen el tercer 
período, principia el cuarto ó quinta día, contando del en 
que empieza el eruptivo. A este tiempo las vesículas han 
adquirido todo su volumen; el líquido que contienen de 
trasparente pasa á blanco mate ó argentado. 

«Entre tanto la vaca, aunque en alivio de la revolución 
que ha e^erimentado en su constitución al depurar de un 
virus elaborado específicamente en sus propios órganos (esta es 
nuestra opinión) ó ¡ti sufrir su acción si es proyectado en 
la circulación general i)or causas esternas, la vaca, decía- 
mos, conserva todavía una viva sensibilidad sobre las 
mamas y aun sobre la ubre entera. 

« En el cuarto período de disecación, el humor que llena 
las pústulas pierde su limpidez, pasa á gris amarillento, 
adquiere en seguida un tinte rosáceo, y queda en perfecta 
condensación al duodécimo dia. 

('Las costras que conservaban un color plúmbeo, princi- 
pian en esta época á oscurecerse y á perder de su forma 
celulosa en proporción que avanzan en densidad. Estre- 
chan algo su diámetro en la misma progresión en que se 
concreta el humor que contienen. Su superficie no es tan 
lisa y suave, como la de la vacuna humana: es rugosa y 
áspera, aunque conserva en toda circunstancia la depresión 
central característica de este género de erupción. 

«El animal, hasta el completo desprendimiento de las 
costras, que acaece del catorceno dia en adelante, rehusa el 



68 OBRAS DE SARMIENTO 

lactífero sustento al becerrillo. Basta la mas leve presión 
sobre aquellos endurecidos tubérculos para escitar un esce- 
sivo dolor, que lo hace conocer por su violenta inquietud, 
por sus embestidas y propensión á dañar con los cuernos. 

Estrajimos las costras de nuestra última observación, 
temiendo perderlas, al décimo tercio día cuando estaban 
firmemente adheridas aun. Profundas cicatrices quedaron 
en el sitio de su implantación. 

«Hemos concluido, Señor, nuestras observaciones sobre 
la vacuna natural: si insuficientes, si conducidas sin el 
debido tino, si defectuosas en sus pormenores, son, sin 
embargo, dignas de indulgencia. Nadie ha debido esperar 
quizá ni exigir mas orden, precisión, claridad ni talento 
de un pobre médico de aldea. Y si nos fuera permitido 
concebir alguna satisfacción en la materia de que trata- 
mos, esta sería la de habernos empeñado tanto cuanto nos 
fué posible, en rendir un servicio á la práctica de la vacuna. 
Si algún día ella llegara, por fatalidad, á faltar ó á des- 
naturalizarse, la belleza de una ó mas generaciones nada 
tendría que temer de la devastación variólica, desde que 
existe en este territorio la costra vacuna indígena (i). 

« Los médicos en situación mas afortunada que la que 
nos ha cabido á nosotros podrán mas adelante contraerse 
á ampliar y perfeccionar un trabajo tan digno de sus 
miras filantrópicas, como él es interesante á la salud pú- 
blica de la cual son, y deben ser ellos los fieles y vigi- 
lantes custodios. 

« Al terminar esta comunicación solo nos resta suplicar 
á Vd. se digne elevar al conocimiento de la Real Sociedad 
Jenneriana, lo principal de su contenido. Siendo este ya 
un paso honroso para nosotros, esperaríamos sumisos el 
juicio que ella formara sobre nuestros ensayos. Entonces 
ellos podrían valorarse aunque no como el mas digno, al 
menos como el mas justo tributo de gratitud á la noble 
generosidad con que en 1832 se sirvió premiar, inscri- 
biéndonos en el número de sns miembros, otra de nues- 
tras inmeritorias tareas. 



(1) Este párrafo y el siguiente han sido suprimidos por el Dr. Epps en la im- 
presión de la carta del Sr. Muñiz, pero existen en la del mismo tenor que dirigió 
al Sr García Valdez, Administrador General de Vacuna. 



FRANCISCO J. MUÑIZ 69 

« Desea que Dios Guarde á Vd. su importante vida mu- 
chos años, señor Director: 

Francisco J. Mimiz. 

Médico de Policía y Administrador de Vacuna de Deparlamento 

en la Provincia de Buenos Aires. 

CONTESTACIÓN 

Casa Central de la Vacuna, calle de 
la Providence, núm. 18, Plaza de 
Finsbury. 

Londres, Junio 3 de 1842. 

A D. Francisco Javier Muñiz, M. D. Profesor de Medicina y 
vacunador de Departamento en Buenos Aires. 

« Querido señor: 

« La Comisión de Directores de la Real Sociedad Jen- 
neriana é institución de Vacuna de Londres, dá á Vd. las 
mas sinceras gracias por la valiosa comunicación con q«e 
Vd. se ha dignado favorecer á dicha institución. 

(c Los servicios que Vd. ha prestado á la buena causa, 
deben kaber sido con frecuencia un motivo de mucha 
satisfacción para Vd. al paso que han sido acompañados 
de grandes beneficios para el público; y la Comisión cree, 
que los hechos que Vd. cita, tienden á establecer que la 
Vacuna original existe en las vacas de ese País — hecho 
de alta importancia. 

«La Comisión estimará se sirva Vd . favorecerle con 
cualesquier otros hechos, que pueda Vd. en adelante ad- 
quirir sobre este punto. 

« Los miembros que compunen dicha Comisión se com- 
placen en tener un tan celoso, tan activo amigo de la 
vacuna en un país tan distante; y todos anhelan porque 
viva Vd. muchos años para consuelo del vecindario y 
País donde Vd. reside. 

« A nombre de la Comisión nos subscribimos, 
Querido Señor, 

de Vd. obedientes servidores, 

Juan Epps, 

Médico Director. 

Carlos Cliantry, 

Secretario. 



70 ' OKKA.S l»K SAKMIKMÜ 



CIRUJI.l 



DESCRIPCIÓN ABREVIADA DE LA EXTRACCIÓN Y REGENERACIÓN DEL 
HÚMERO NECROSIADO; ESCRITA Á PETICIÓN DEL DOCTOR MORRIS, 
DE LONDRES. 

« El niño Pedro Muñoz, del partido de Villa de Lujan, 
en la campaña de Buenos Aires; sano, de constitución 
sanguínea; nacido de padres robustos, tenía 42 meses de 
edad, cuando á consecuencia de violencia esterna sobre 
el brazo derecho, suñ'ió una fuerte inflamación en toda 
la estremidad. Disipada esta afección del omóplato y del 
antebrazo, quedó íija en el brazo, terminando á los 10 dias 
por punto con su[)uracion formado en el tercio sui)erior 
y esterno del húmero, y al rededor de la estremidad in- 
ferior de este hueso. La evacuación subsecuente de pus 
desengurgitó la parte, y, con alternativas en su cantidad 
y calidad solo cesó á los nueve meses, uno después de 
la extracción del secuestro, cuando las aberturas fistulo- 
sas cicatrizaron perfectamente. 

« Durante la tumefacción inflamatorio del brazo, cuyo 
proceso parece haber sido del periostio al interior del 
hueso, sobrevino fiebre y diarrea, novedades morbosas que 
desaparecieron al iniciarse la sui)uracion. Algún tiempo 
después de establecida ésta, acaeció la carie; primero, so- 
bre la estremidad superior del húmero, inmediatamente 
sobre la inferior. Era natural, que estos puntos fueran 
de preferencia invadidos cuando ellos son en virtud do 
los muchos vasos sanguíneos que los penetran y la coa- 
siguiente exuberancia de vida que disfrutan, los menos 
susceptibles de la inauguración necrosa. 

« La supuración atrajo, esquirlas trabajadas por la ero- 
sión en su faz interna, tanto mas carcomidas cuanto que 
mas demorada su espulsion. Se puso entonces el cuidado 
mas esmerado en dirigirlas, en precaución que produjeran 
punción ú otros daños sobre el periostio y partes blandas, 
hacia las aberturas fistulosas, si la naturaleza no las en- 
caminara allí prestamente. 

« Las cosas en este estado, hizo presentir la necrosis, 
■el dolor constantemente profundo causado por el padecí j 



FitANCl>;CO .1. MUÑIZ 71 

miento de todo el espesor del hueso, á consecuencia de 
la inflamación mas pronunciada interior que esteriormen- 
te y su inciiiiente denudación, averiguada por la esplo- 
racion del dedo y por la sonda, dio á conocer mas ade- 
lante su funesta subsistencia. 

«Creemos que esta desolante afección atacó casi al mismo 
tiempo las extremidades y la cavidad medular, y última- 
mente la totalidad del hueso. Era de esperar que ella 
principiara sus estragos, allí donde le precediei'on los de 
la caries; y que fueran primero aniquiladas la sustancia 
medular y la esponjosa del cilindro, habiéndose interrum- 
pido en estas, antes que en otras partes, toda relación entre 
el [)erióstio y el hueso. Algunos abcesos interpuestos en- 
tre estas sustancias se iniciaron; y la supuración subse- 
cuente terminó á la larga la separacioo de aquella mem- 
brana, causa esclusiva de la mortificación del húmero. 
Quizá pudo evitarse este fatal accidente evacuando con 
tiempo los depósitos humorales inmediatos á este hueso. 
Pero desgraciadamente, el niño estuvo entonces, como en 
otro, periodo de la enfermedad distante de nosotros; cir- 
cunstancia que le privó de losausilios oportunos, y ¿nos- 
otros la observación de varios fenómenos relativos á la su- 
puración y á] la afección ósea. 

«A pesar de ser dudoso el carácter de las esquirlas ne- 
crosas comparadas con lasque sepárala sola caries; como 
lo es también la apariencia de las carnes en los bordes de 
las aberturas fistulosas, la calidad y cantidad de la supura- 
ción de ambas afecciones nos pareció, sin embargo, un 
signo de su coexistencia; la particular aspereza, la desi- 
gualdad, la corrosión y negrura de las esquirlas entonces 
emitidas. 

«Aunque se observa, principalmente sobre huesos super- 
ficiales, que el periostio se suelve, aun sin efectuarse la 
esfoliacion, se anticipó aquí este acto á la divulsion á este 
evento patológico que infiere al hueso muerte irremisible, 
como la infirió en este caso, sin comprometer los tejidos 
blandos adherentes, á la mas poderosa de las estremidades 
superiores del hombre. 

«Las aberturas que dieron salida al humor, que fué cons- 
tantemente amarillento y mas ó menos eruginoso, persis- 
tieron hasta cicatrizarse, fistulosas; y como sucede tantas 



72 OBRAS DE SARMIENTO 

veces, antes de arrojar las partes muertas, se cerraron, se 
hincharon y volvieron á abrirse. 

«Persuadidos de la no esistencia de alteración en Ios- 
fluidos, ó si se quiere de complicación humoral; fija de todo 
punto la dolencia sobre aquel solo hueso; ayudados pode- 
rosamente de una constitución robusta de los inmensos 
recursos que desplega la naturaleza en casos semejantes, 
considerando que el mal es por su misma índole, de larga 
duración, restringimos el proceder medicamentoso mien- 
tras la lucha entre la acción morbosa y la reacción natu- 
ral duraba, entre la influencia destructora de la vida del 
hueso y el esfuerzo unísono de la vida general por coartarla 
y preservar las demás partes, solo á evitar nuevas colec- 
ciones purulentas, y dar á las esistentes y á las esquirlas 
un curso fácil y oportuno. 

«El esamen del hueso secuestrado ha puesto de mani- 
tiesto, que la caries debió continuar. La apariencia desi- 
gual y delgada de los bordes lesionados, unida á la conti- 
nuidad de esas láminas con el cuerpo del hueso, suponen 
la no fijación y el progreso consiguiente de la enfer- 
medad. 

«La sal calcárea distribuida por la trama ósea, casi des- 
apareció de toda la porción cariada, principalmente hacia 
las orillas. De ahila semitraspariencia de las celdillas ó 
intersticios que aquella materia terrosa debió llenar, de ahí 
la potencia de las fibras del hueso en ambas extremidades 
evertidas por la carie. 

«Mientras que lasu[)uracion arrastraba al esterior varios 
fragmentos, y que otros eran atraídos artificialmente, el 
gran secuestro adquiría una movilidad siempre creciente. 
Desprendido en su totalidad del periostio, y obrando en- 
tonces en la perniciosa calidad de cuerpo estraño, su ex- 
tracción llegó á ser una necesidad urgente é imperiosa; 
que era necesario satisfacer cuanto antes. Llegado el mo- 
mento; ligeras suficientes y sucesivas tracciones del brazo: 
movimientos de conveniente torsión y suspensión sobre 
él, prepararon la mejor posición y la dirección requisita 
del secuestio. El agrandamiento de una fístula sita en el 
.tercio superior esterno del brazo facilitó la introducción de 
los dedos, que obraron con ventaja y en cierto modo con 
esclusion sobre la pinza, en el apoderamiento del hueso y 



FRANCI.SCO J. MUÑIZ 73 

en su estraccion. Esta se efectuó sin dolor ni dificultad, y 
sin pérdida de sangre. 

«En el instante la calma se restableció en el brazo, y la 
supuración fué en disminución hasta la completa cicatri- 
zación, que acaeció pasado treinta días. 

Dimensiones del secuestro 

Pulgadas Longitud 

Longitud del cilindro en absoluta preserva- 
ción, si se ésceptúa la sustancia ctibosa... . . 2 6 

Longitud de la lámina superior mas ó menos 

carcomida 1 

Longitud de la inferior 1 2 

Longitud total del secuestro....: 4 8 

«La faz esterna ó costra ósea del cilindro preserva su 
forma normal, su pulimento y demás atributos de superfi- 
cie. Como queda dicho, el diafasis criboso fué completa- 
mente disuelto, las porciones cariadas se adelgazaron, sobre 
todo, hacia sus bordes dentellados. El parénquima reticu- 
lar, habiéndose absorbido la tierra calcárea que da consis- 
tencia á los huesos, quedó trasparente sobre las lánimas 
alteradas de ambas estremidades. Debe decirse que el 
hueso sufrió menos por el desprendimiento de las esquirlas, 
que de la disolución de su sustancia. El número de aque- 
llas y su masa fueron desproporcionadas, con la pérdida 
efectiva de esta. 

«Algunos días después de la estraccion del secuestro, la 
aparición de granulaciones firmes de color rojo anuncia- 
ron la cicatrización, que se realizó en el término ya anun- 
ciado. Un borde alto y rugoso, cubierto de una película 
tenue y blanquizca, señaló pronto é indeleblemente los 
puntos cicatrizados. 

«Entre tanto la pérdida iel hueso que da solidez, y que 
fija la longitud de aquella porción de la estremidad, la sol- 
tura ó inadherencia consiguiente de los músculos: produje- 
ron la retracción del miembro y la falta no solo de los mo- 
vimientos que le son peculiares, sino aun de aquellos que 
resultan de su combinación con los del antebrazo y omó- 
plato. Así el brazo que nada perdió de su color natural ni 



74 OURA.S DK SARMIENTO 

a[)aientemeiite de robustez, se convirtió en una masa de 
carnes fácil de retorcerse, tanto cuanto lo permite la elas- 
ticidad de las fibras musculares y tendinosas que lo com- 
ponen. Tomando con la mano la del niño, ó bien el ante- 
brazo por la muñeca, y volviéndolo en cualquier sentido, se 
efectúa en la izarte inferior del brazo ó sobre el codo la tor- 
cion corres[)ondiente de las carnes, á [)unt > de operarse 
una especie de giro ó rotación sobre el eje o centro inmóvil 
representado antes por la escápula y ahora por la estremi- 
dad inferior al hueso regenerado. Todo esto tiene lugar 
sin que afecte al niño la incomodidad mas leve. 

« La extremidad entera goza de su vida propia y la par- 
te sana ejecuta, y ha ejecutado siempre los movimientos 
que le son privativos, y que absolutamente no dependen 
del esfuerzo y acción de la porción superior. El niño que 
l)retendió desde el principio dar movimiento á la estremi- 
dad defectuosa (que es hoy dos pulgadas y media mas cor- 
ta que la opuesta) inició ya lijeros ensayos. Repitiéndolos 
amenudo, facilitó el aprendizaje, dando sucesiva flexibili- 
dad y aun cierta fijeza á los movimientos. La cooperación 
al fin de distintos motores ó la acción reunida de los mús- 
culos del antebrazo, del brazo y de las escápulas comuni- 
có á todo el estremo, bajo el imperio de la voluntaii, con- 
tracciones y aun oscilaciones, una especie de movimiento 
])éndulo, que creciendo con la i'eiteracion de pruebas, aca- 
baron por izarle violentamente y con estraordinaria rapi- 
dez. En este movimiento de arrebatada ascención, lama- 
no es llevada con celeridad increíble sobre el occipucio ó á 
la cabeza, según se desee. El niño sostiene esa postura, 
el tiempo que quiere, y el brazo al descender trae el a[)lo- 
mo, no de un cuerpo inerte, sino de aquel á quien en parte 
falta la armonía y concordancia entre los poderes regulado- 
res de sus acciones pi'opias. En el caso se echa menos, el 
entero y libre ejercicio de los músculos estensores y pro- 
nadores de la estremidad. 

« Pasados algunos meses de la cicatrización se hizo notar 
un cuerpo consistente del grosor poco mas de una nuez en 
el sitio que corresponde á la cabeza del húmero. Y este 
acto íisiolójico, aunque no siem{)re sin contestación entre 
los hombres del arte, se hizo cada día mas conspicuo, cre- 
ciendo paulatinamente el producto, el cual asumió desde 



FKAN CISCO J. MUMZ 7o 

luego la figura del hueso estinguido. Su mensura longi- 
tudinal es hoy de tres pulgadas, con un grosor equivalente 
al igual del brazo opuesto. La estremidad inferior la for- 
ma una masa orbicular cartilaginosa de un diámetro algo 
mayor que el del cuerpo del hueso regenerado. Este, cu_ 
ya dirección descendente es la natural, y cuyo crecimiento 
en longitud y grosor se ha efectuado casi á la vista de ojo, 
aparenta una consistencia, puede decirse, pétrea. ' 

« Apareciendo siempre en su extremo aquella especie de 
botón, al modo dei que se forma en los renuevos de las 
plantas cuando principia el invierno, no dimite como ellas 
su creciente, sino que abraza, y deja tras si, en la conti- 
nuación de su desarrollo, un cuerpo formado como se insi- 
nuó por la norma natural. Pudiera decirse que, como en 
alguna tamilia de vegetales, el crecimiento en grosor [¡re- 
cede al crecimiento de longitud. En una palabra, el primer 
carácter de la vida del producto resalta en zonas circulares, 
el segundo término de su existencia consiste en el estira- 
miento longitudinal de sus fibras. 

« Cuando el niño toma con su izquierda la mano de la 
estremidad Í4nperfecta, ó eleva la escápula de este lado, si 
se esfuerza al mismo tiempo en separar el brazo del cuer- 
po, la estremidad inferior del hueso restituido empuja ha- 
ca afuera con violencia las carnes de la parte esterna del 
brazo, como si quisiera romperlas. Entonces, haciéndose 
patente todo él, se permite reconocer con facilidad su exce- 
siva solidez, y exactamente su forma y longitud. Cesando 
el esfuerzo y cayendo el brazo vertical, el hueso recobra su 
posición. 

«La cicatriz de estraccion ó la abertura por donde se 
removió el secuestra parece firmemente adherida al 
hueso reciente, como lo están en toda probabilidad, los 
músculos que le circuyen. 

«El nuevo hueso dista apenas de la epífisis, que lo 
guarda, dos pulgadas, ocho lineas; y habiéndose prolongado 
las tres que enunciamos en algo menos de tres años, es 
de suponer que el niño que cuenta hoy seis y medio 
tendrá, al cumplir los nueve, mas ó meno;*, en perfecta 
unión el húmero con el cubito. 

«Si algo es capaz de retardar esta feliz ocurrencia, ó 
destruir para siempre las mas fundadas esperanzas, sería 



76 OBRAS I>E SAltMlKNTO 

el que movimientos inadecuados llegaran á imprimir al 
callo una dirección viciosa. La sustiincia blanda ó la 
nueva osificación sin punto de apoyo inferiormente, tirada 
y empujada acá y allá por los músculos y tendones cir- 
cundantes corre el inminente riesgo de la desviación, y 
aun el de la suspensión de la secreción gelatinosa y 
calcárea, que debiera conducirle á su término natural (1). 
Observamos, sin embargo, que la naturaleza por una 
sabia previsión, no acumula ostensiblemente los jugos 
reparadores, sino desi)ues de haber adquirido regular con- 
sistencia aquellos puntos últimamente formados. 

«No es ciertamente una novedad en los fastos de la 
cirugía, la reproducción parcial de un hueso, siendo la 
necrosis una enfermedad muy común: pero no deja de 
ser un hecho curioso y poco generalizado la sustitución 
absoluta de un hueso de los mas largos del cuerpo, como 
debemos presuntiva ó moral mente esperarlo de la acción 
sostenida y consonante de la providente naturaleza. 

«A.hora, en cuanto al agente esencialmente necesario á 
la formación del hueso deficiente, aquel elemento sin 
cuya asistencia la creación no habría podido efectuarse, 
ni el miembro adquirir su posible perfección; no duda- 
mos sea el periostio. La conservación de esta membrana, 
por el especial cuidado con que se le sustrajo á los per- 
niciosos efectos de la supuración, en el largo período que 
esta contaminó el miembro, y la subsistencia (ie sus ata- 
duras á las epífisis sujetas por los tendones y ligamentos; 
dio lugar, en ausencia de distintas causas morbosas, que 
hubieran impedido la secreción, á una mas copiosa de 
los principios componentes de los huesos. Condensándose 



(1) Al reproducir este escrito del autor, como hubiéramos de antemano pedido 
algunos datos sobre el estado actual del brazo á D. Pedro Muñoz, quien vive 
actualmente en Manantiales, Partido del Pergamino, en carta de Noviembre 12, 
que tenemos á la vista, comunica al Dr. José María el hecho siguiente: «El Dr. 
Muñiz me hizo la operación, como Vd. sabe, de sacarme el hueso entero del 
antebrazo de las dos coyunturas. El hueso renació nuevamente, faltando una pul- 
gada para llegar al codo; y no dudo se hubiese completado todo, á no haberse 
aflojado las tablillas. El doctor me entablilló perfectamente, y encargó que con- 
servara bien fuertes estas tablillas, lo que no sucedió, pues como muchacho me 
descuidé y se aflojaron sin decir nada. En cuanto al hueso hasta ahora cinco 
años lo conservaba uno de mis hermanos: pero creo que se na extraviado. El brazo 
ha quedado un poco mas corto que el otro, pero conservo las fuerzas en él.» 

{Pedro Muñoz) 



FRANCISCO J. MUiÑIZ 77 

^stos materiales, primero en masa cartailaginosa, y adqui- 
riendo sucesivamente mayor dureza, llegaron á constituir 
un cuerpo mas consistente que el hueso primitivo, como 
la experiencia lo ha hecho conocer en casos análogos. 

«En el presente, no es permitido suponer que la decre- 
cion de esas sustancias se verificara sobre los planos 
musculares, que mas inmediatamente rodean al periostio, 
como lo admiten eminentes cirujanos. Por el contrario, 
el hecho de ser todo el cuerpo del primero atacado de 
necrosis, justifica la conjetura de ser aquella membrana 
la exclusivamente osificada, y patentiza, que en su inte- 
rior se virtiera, y adquiriera Lodo su incremento la materia 
rudimental ó primitiva del tmevo y apreciable producto. 
En la Villa de Lujan, á 7 de Mayo de 1846. 

Francisco Javier Muñjz 
Médico de Policía de Departamento. 

MEDICINA LEGAL 

Cuando se fundó la cátedra de partos y enfermedades 
de niños, venia afecta á esta misma repartición la enseñan- 
za de la meiiicina legal, asignada al mismo profesor; y sien- 
<lo el doctor Muñiz el que fundó la clase, á él le cupo en- 
señar también este ramo. 

Es de grande importancia como se colije, el juicio del 
médico sobre ciertos casos, como que de él está pendiente 
puede decirse la vida del hombre ó de la mujer acusado de 
un crimen, y los mas célebres médicos se honran con ser 
llamados á dar opinión sobre la gravedad de heridas ola efi- 
cacia de venenos, si de tales incidentes se trata. 

Consérvase un dictamen del doctor Muñiz, que tiene hoy 
la recomendación de haber sido publicado con encomio 
por el joven abogado don Benjamín Gorostiaga, hoy el 
Presidente de la Suprema Corte, lo que aumenta su mérito, 
por la distinción del abogado, bajo cuyos auspicios vio la 
luz pública en su tiempo, y con cuya firma lo presentare- 
mos medio siglo después al severo Justicia Mayor. 

Señor editor de «La Gaceta Mercantih. 

«Creo que hará usted un servicio al público, insertando 
os adjuntos documentos. Por la prolijidad en los deta- 



78 OBRAS DK SARMIENTO 

lies:, por el buen sentido en las observaciones, por la cir- 
cunspección en los asertos, por la conveniencia en la forma, 
y por la claridad y cultura en el estilo, ellos deben servir 
de norma á nuestros jóvenes médicos y cirujanos para ex- 
pedirse en esta clase de certificados, que ejercen un influjo 
tan eficaz en el resultado de las causas criminales, y por 
consecuencia en la fortuna, honor y vida de los reos. Los 
adjuntos son expedidos, como se vé, por uno de nuestros 
mas apreciables compatriotas, por el señor don Francisco 
J. Muñiz, que en el modesto empleo de médico de policía 
de la sección de Lujan, ha llamado mas de una vez, por 
los vuelos de su ingenio, la atención de las principales aca- 
demias científicas de Europa, y una de ellas se ha apresu- 
rado á darle un solemne testimonio de su estimación, remi- 
tiéndole los diplomas de socio. 

El caso que dio lugar á estos reconocimientos fué haberse 
hallado al amanecer del 6 de Julio del año anterior, en la 
cocina de una chacra del partido de la Villa de Lujan, el 
cadáver de un desconocido, maniatado, desnudo y apuña- 
leado. En aquella casa solo existía un matrimonio, que 
por su constante honradez repelía toda sospecha de compli- 
cidad en este horrendo homicidio. De las prolijas inda- 
gaciones que después se han practicado, ha resultado el 
conocimiento de la persona del muerto é indicios del ma- 
tador. 

Soy de Vd. atento servidor. 

Benjamín Gorostiaga. 

NÚMERO 1 

El Médico de Policía de la Sección. 

Lujan, 6 de Julio de 1833. 

Al Señor Comisario Interino de la Sección^ D. Juan Antonio Garda. 

He reconocido el cadáver que está bajo los pórticos del 
Cabildo, el cual tiene dos gi'andes heridas hechas con ins- 
trumento punzante y cortante. La una (por la cual ha sido 
<iegol!ado) divide completamente los órganos de la respi- 
ración, el esófago (ó tragadero) las arterias y venas princi- 
pales que suben del pecho á la cabeza, y tiene cinco pulga- 
das y media de longitud y cuatro de profundidad. La otra he- 



FRANCISCO J. MUÑIZ 79 

rida está en la parte media y lateral Izquierda del pecho en- 
tre la tercera y cuarta costilla verdadera. El instrumento ha 
penetrado profundamente en la cavidad, y ha dividido una 
gran porción de la substancia pulmonar y algunos vasos san- 
guíneos. Esta herida tiene de profundidad cinco pulgadas 
y cuatro de longitud. 

Ambas heridas las considero esencialmente mortales 
y la primera debió serlo en el acto mismo de hacerse. 

Dios guarde áVd. muchos años. 

Francisco J. Muñn. 

NÚMERO 2 

El Médico de Policía de la Sección. 

Villa de Lujan, 26 de Julio de 1S33. 

.4/ Señor Juez de Paz, Don Asencio Lescano. 

« El infrascripto en virtud de oficio de Vd. datado ayer pa- 
ra que pasara á la chacra al cargo de Cristóbal Martínez, 
donde se encontró el cadáver de un hombre asesinado, de 
cuyas heridas certificó el que firma, y haga un prolijo reco- 
nocimiento de la dicha chacra, como del sitio donde el refe- 
rido Martínez asegura hallarse una chaqueta y un chaleco y 
como vestigios de sangre, y certifique el lugar en que deba 
haber sido perpetrado el asesinato: dice que en la chacra al 
cargo de Martínez, ha visto en la parte exterior de la pared 
y en contigüidad con el marco de la puerta como á vara y 
media del suelo, unas manchas de sangre que aparentan 
la forma de la extremidad de los dedos de una mano y de 
una parte de esta. La impresión sanguinolenta es igual- 
mente clara y superficial en toda su extensión: no aparecen 
ni goteras ni mas cargado al borde inferior de las manchas 
lo que manifiesta que ni la mano ni los dedos estuvieron 
empapados de sangre en el momento del contacto. 

« En el suelo de la cocina de la predicha chacra y en el 
mismo sitio en que se encontró tendido el cadáver, se ven 
en dos partes, una que probablemente corresponde frente á 
la herida del cuello, y la otra ala del costado; señales bien 
perceptibles de sangre. La primer mancha que se encuen- 
tra á la derecha entrando en la cocina (donde se dice tuvo 



80 OKKAí! UK SAKMIENTO 

el cadáver la cabeza) es de cerca de una cuarta de longitud, 
é irregular en toda su circunferencia, tiene apenas transver- 
saimente la mitad de aquella dimensión. La segunda 
mancha es mas reducida y tan superficial como la pri- 
mera. 

«A.unque no es dado al infrascripto determinar con 
exactitud la cantidad de sangre que contuvieron primi- 
tivamente las dos manchas existentes en la cocina, sia 
í^mbargo por los diámetros que se les observaron al 
tiempo del reconocimiento, apenas se les puede suponer 
á las dos, capacidad para una ó dos libras de sangre, 
contando con la que aproximadamente absorberían am- 
bas superficies. Esta cantidad de sangre no solo es 
menospreciable en nuestro caso, sino que lo seria también 
respecto de una herida ordinaria, si al hacerla se hu- 
biese dividido un vaso no mas que de un regular calibre 
y dejádose sin reparación. ¿Cuanto mas insignificante 
no es un derrame de esta naturaleza en un hombre á 
quien se le dividen con un pulmón los vasos que distri- 
buyen la sangre en una mitad del cuerpo, y por la he- 
rida con que se le degüella se le vierte toda la que envía 
el corazón á la cabeza, y la que de este órgano refluye 
al pecho? No es exagerado asegurar que el pequeño 
cuarto en que se encontró el cadáver debía quedar inun- 
dado con muchas libras de sangre. 

«Todavía hay mas á este respecto. Con aquella señal 
del asesinato en la cocina, falta también la que debía 
suministrar la sangre salpicada por las paredes. Nada 
mas natural que un hombre joven, á cuya vida se atenta, 
hiciera después de atado, y si se quiere también aun 
después de herido, esfuerzos ó por defenderse, ó para 
llamar en su auxilio á Martínez, de quien lo separaba 
un débil quincho de viznaga. Esfuerzos naturales y de- 
liberados en el principio del conflicto, y que seguidos de 
las violentas convulsiones que acompañan á aquel género 
de muerte, forman una doble causa para hacer efectivo 
aquel resultado. 

«Falta solo añadir para complementar la demostración 
<i'- este punto, que aunque no descubiertos en la cocina 
aquellos signos del asesinato que se derivan de la pre- 
sencia de la sangre derramada: ellos, hablan lo en rigor, 



FRANCISCO J. MUÑIZ 81 

110 escluyen (aun faltando), la posibilidad del hecho en 
aquel mismo sitio. En nueve días que transcursaron desde 
aquel en que se hizo el asesinato hasta el quince en que 
se reconoció la chácara, hubo tiempo de sustraer todo 
aquello que hiciera presumible allí la ejecución del cri- 
men. Esto es fácil, principalmente en un piso de tierra y 
en unas paredes del mismo material. Nadie estrañaría 
ver removida la superficie de un suelo semejante, cuando 
esto sucede al barrer todos los días; ni por consiguiente 
el que por este modo desapareciera la sangre que sobre 
él pudo verterse. No sucede lo mismo en un piso enla- 
drillado, y cuando las paredes son encaladas. 

«Estos son los únicos vestigios de sangre que en la 
chácara al cargo de Martínez ha encontrado el que firma, 
después de verificado un examen prolijo de las tres habi- 
taciones de que consta, del patio y sus alrededores. En un 
postigo de la puerta principal del rancho, ha oído decir 
que se vieron también manchas de sangre: pero habién- 
dose estraído la puerta antes que se hiciera el reconoci- 
miento de la casa, no puede el infrascripto certificar sobi'e 
su existencia. 

«De la chácara se le condujo al lugar en que aseguró Mar- 
tínez hallarse rastros de sangre, una chaqueta y un chaleco. 
Allí se encontraron efectivamente estas prendas, y á dis- 
tancia de cuatro ó cinco varas de ellas y en un diámetro 
de media vara, señales inequívocas de sangre. El trébol y 
el cardo contenidos en esta superficie estaban teñidos real- 
mente, pero fué solo sobre las hojas mas esteriores que se 
notaron las manchas. Las hojas inferiores, los tronquitos 
de estas yerbas, y sus pequeños vastagos manifestaban su 
color natural. Y si una superficie tan estrecha como la de 
media vara, hubiera recibido una copia tan considerable 
de sangre como la que debieron arrojar ambas heridas, 
¿cómo es que los pastos que fueron apenas teñidos, no se 
empaparon en su totalidad, teniendo tan solo de dos á tres 
pulgadas de elevación? ¿Y la tierra no ofrecería en aquel 
caso grandes incrustaciones sanguíneas, resultado infalible 
de su contacto con aquel líquido? Por el contrario su faz 
compacta, conservando su color y unidad, indicaba no haber 
>sido con nada humedecida. 

Tomo xlih.-6 



82 OBUAS DE SARMIENTO 

«Será justo observar, que siendo el piso de la cocina igual 
al del campo (por ser ambos de tierra), hay sin embargo 
entre uno y otro la diferencia que en aquel se pudo borrar 
impunemente cualquier signo de sangre, por la razón que 
se apuntó mas arriba, y en el campo sería imposible con- 
seguirlo sin destruir aquellos caracteres naturales de la 
tierra que se hallaron ilesos. Por otra parte, estando aquel 
lugar rodeado de espacios totalmente desnudos de pastos, 
ninguna señal de sangre se descubrió en ellos, como era 
regular en la suposición de haberse cometido allí el asesi- 
nato, y ser necesario trasladar el cadáver á otra parte. 

«La chaqueta y el chaleco no suministran el mas re- 
moto indicio para juzgar que el individuo á quienes per- 
tenecieron haya sido (si se le supone vestido con aquellas 
piezas) degollado, ni aun herido levemente; al menos en 
el tronco y estremidades superiores. Esta aserción se 
p.rueba con el hecho de no estar abierto el chaleco ni la 
chaqueta en el lugar por donde penetró el cuchillo en el 
costado; lo que no pudo dejar de haber sucedido atendiendo 
á la altura en que fué hecha la herida. No obsta por el 
mismo motivo el suponer que el finado en aquel acto es- 
tuvo remangado, pues no es presumible (á no ser que se 
hiciese de propósito) que lo estuviera hasta el nivel de la 
tercera costilla verdadera donde fué la herida: mucho mas 
cuando esta se inclinó del centro del costado hacia la parte 
superior. A mas de esto ninguna señal de sangre, de que 
la hubiera habido, de que fuese lavada ó quitada de otro 
cualquier modo del chaleco ó chaqueta, ofreció la in- 
vestigación escrupulosa que se hizo de ambas piezas. 

«Esto es, señor Juez, el resultado del reconocimiento fa- 
cultativo, practicado en la chácara al cargo de Cristóbal 
Martínez, y del lugar en que él aseguró hallarse una cha- 
queta y un chaleco, y como vestigios de sangre. Certificar 
sobre el sitio en que fué perpetrado el asesinato, es el otro 
estremo del oficio que resta por contestar. Y es ciertamente 
doloroso no poder satisfacer este punto con la certeza y 
precisión que es de desear. Pero faltando las pruebas 
sobre el hecho que quiere averiguar el Juzgado, no presen- 
tando los datos que se han podido recojer, ni materia para 
conjeturar cual sea el sitio donde se ejecutó aquel delito 
enorme; el infrascripto se ve en la imposibilidad de comu- 



FKANCISCO J. MUÑIZ 83 

nicar al Juzgado la luz necesaria para ilustrar su concien- 
cia, y ofrecerle libre de los azares de la duda una declara- 
ción segura y decisiva sobre un hecho de tanta trascenden- 
cia en el proceso. 

« Reasumiendo pues cuanto se ha espuesto en este cer- 
tificado, resultan las conclusiones siguientes. 

1» En la cocina de la chacra al cargo de Cristóbal Mar- 
tínez, no aparecen señales de haber sido asesinado el 
hombre cuyo cadáver, se encontró allí la mañana del seis 
del corriente. 

2* Tampoco se descubren en el lugar que señaló Martí- 
nez en el campo; á pesar de haberse hallado en él vestigios 
de sangre. 

3* Si se prueba judicialmente que la chaqueta y el cha- 
leco hallados cerca del mismo lugar pertenecieron al ase- 
sinado, este lo fué precisamente estando sin estas prendas. 

4* El individuo después de herido, de ninguna distancia 
pudo llegar por si á la cocina. 

« Al cerrar este certificado no debe omitir el infrascrito 
una circunstancia que observó en el cadáver. Tal fué la 
de no tener manchadas con sangre las estremidades in- 
feriores, ni señales de haber sido lavadas estas partes. 
Los pies principalmente cubiertos de polvo, y en muchos 
puntos con lodo seco persuadían con evidencia no haberlo 
sido. 

« Si estos miembros no estuvieron estrechamente vesti- 
dos en el acto del asesinato (como parece no lo fueron 
al menos los pies) fué forzoso quedasen envueltos en la 
sangre de las heridas. El no estarlo induce vehemente- 
mente á suponer que el asesinato se consumó estando el 
individuo en una posición horizontal. 

Dios guarde á Vd. muchos años. 

Francisco J. Muñiz. 



CAPITULO IV 

HISTORIA NATURAL 

EL ÑANDÚ Ó AVESTRUZ PAMPEANO 

El doctor Muñiz publicó hace años en varios números de 
La Gaceta Mercantil una monografía del ñandú ó avestruz 
americano, que es uno de sus mas acabados estudios de las 
peculiares facciones de nuestro país. Su observación per- 
sonal le permite rectificar no pocos errores de Buffon. en su 
famosa historia natural, guiado á veces por similitudes 
que cree existen con el avestruz de África, ó bien repitiendo 
errores de viajeros, que recojen al paso tradiciones y conse- 
jas populares sobre las costumbres de los animales nota- 
bles de América; y hace cierta gracia encontrar que Muñiz 
desde esta parte de América sobre el ñandú, como Audu- 
bon desde el otro estremo con respecto á las costumbres 
del pavo, tiene que habérselas con Buffon, pudiendo aquel 
como éste esclamar, « que me ha de decir M. de Buffon sobre 
el pavo á mí, que he vivido con ellos años enteros en los 
bosques, estudiando sus hábitos y costumbres?» Muñiz vivió 
veinte años entre ellos en las Pampas. 

Hoy ha tomado una grande importancia el avestruz, como 
conquista nueva que la industria hace, sometiendo á la 
domesticidad el ave que provee de plumas de ornato, y 
conviene que nuestros hacendados conozcan la historia y 
costumbres de este productivo animal, que hace poco 
tiempo forma parte del ganado que puebla las estancias y 
embellece y anima el paisaje con su presencia hasta acabar 
por domesticarse, desde que el hombre lo ha tomado bajo 
su protección, en cambio de sus plumas variadas, y en gran 
demanda, á medida que el bienestar y la moda las hacen 
codiciar como adorno de todas las femeniles cabezas, envi- 



FRANCISCO J. MUÑÍ 85 

diosas de los cardenales y picaflores que ostentan pena- 
chos de colores brillantes. 

Amenazaban los indios estirpar la raza en sus boleadas, 
para obtener su escasa provisión de carne y plumas, cuan- 
do la idea de protegerlos en el país cristiano, vino á algu- 
nos de los depositarios de la suma del poder público, no sabe- 
mos si Rosas ó Urquiza; pero de seguro Urquiza los acogió 
en sus estancias del Entre Rios; y tan seguros se mostraban 
de tan alta protección que se les veía acercarse á los ca- 
minos, y detenerse á mirar á los transeúntes, con el desden 
que inspira la conciencia del derecho. Por poco no dan en 
incomodar á los pasajeros, que se guardaban de echar 
sobre ellos, ni por hacerse la mano, un tirito de bolas; y 
sea dicho en mengua de las ideas liberales de que blazo- 
namos, y de la hidalguía que nos atribuimos los del habla 
castellana, que asesinado alevosamente por sus propios 
protejidos el amo, los que se pretendieron con ello libres, 
la emprendieron con los avestruces, ya sin protector; y 
por poco no acaban en unos cuantos meses con ellos, don- 
de quiera que no estuvieran las armas nacionales para ga- 
rantirles la exjstencia. 

Felizmente el impulso estaba dado, y el ensayo de Urqui- 
za no fué estéril. Los estancieros gustaron de verlos aso-« 
mar sus cuellos en el paisaje, la industria halló su cuenta, 
en propagarlos; é imitando el ejemplo de los boers y de los 
ingleses del Cabo de Buena Esperanza, el ñandú forma 
parte hoy del dominio del hombre, domesticado como el 
camello en Asia, la llama y la alpaca en América. Ya el 
de África mas corpulento se aplica con éxito al tiro de ca- 
rruajes, imitando sin duda las palomas que tiraban el carro 
de Venus. (Vayase lo vigoroso del impulso por Ui falta de 
elegancia). 

El Dr. Muñiz, después de haber agotado la materia en la 
descripción del ñandú, concluye por darnos una completa 
idea de una ftoíearfa de avestruces según las buenas reglas 
del sport indígena; y es fortuna que quede este directorio, 
porque aunque ya desaparecen con el predominio de la 
Pampa, que ejerció por siglos el caballo, antes y después del 
diluvio, cediendo su puesto á la herrada, fatídica y estupi- 
da locomotora, no es de perderla esperanza de que salva- 
da la raza de los avestruces, por la domesticidad, multipli- 



86 OBRAS DE SARMIENTO 

cades estos por reclamar el mayor aseo sus plumas en 
plumeros, y el mayor ornato en plumajes, el sport cuando 
deje de ser pura importación bretona, y se encarne argen- 
tino, tengamos el cutTe del avestruz en nuestras dilatadas 
Pampas, sobre magnificos alazanes de raza, cabalgados por 
nuestra juventud, brillante entonces de ánimo y de saludí 
tras bandadas de avestruces, boleando ñanduces, al correr de 
los corceles. Boleando! ¿Por qué nó ? Ya pudieran los 
gringos, mas «que aguantarse un par de corcobos», rebo- 
lear sobre sus rubias cabezas los libes, y de dos vueltas pren- 
dérselos al ave mañera (que á un potro serían palabras 
maj'ores) como ya la caracteriza Muñiz, que se tiende de 
costado, en la rapidez de la fuga, y avanzando el ala con 
inimitable arte y gracia, sale en ángulo recto, desviándose 
de la dirección que llevaba, y dejando á mi gringo que vaya 
á sujetar, á una cuadra de distancia, el pingo indócil al 
bocado como no lo es un flete de la Pampa al freno mular 
que no se anda con chicas. Gracias á que cabalgará un 
mestizo, que de su madre la yegua criolla traerá el instinto 
de tenderse igualmente hacia el lado y en el ángulo que des- 
cribe el fugaz avestruz. Es lástima que los Casteces, los 
Castro, y tantos otros campeones de la vieja escuela de 
equitación argentina vayan llegando á la época del desen- 
canto, sucedíéndoles una generación de dandys y cox conib^ 
de á pié, ó de carruaje, sino los grandes juegos hípicos, las 
boleadas de sus buenos tiempos, serian todavía el orgullo 
de nuestros jinetes, con lo que tendríamos la adopción por 
completo de los usos británicos, cuyos gentlemen corren, es 
verdad, salvando cercas y saltando zanjas, tras de un zorro 
de cartón, ó cosa parecida, pues estando á punto de estin- 
guirse la raza en las isla que ha visto estinguirse los lobos, 
conservan en las mansiones señoriales un zorro doméstico, 
y que después deservir para una cacería, lo guardan á fin 
de que vuelva á servir en otras sucesivas. 

Y para que el diablo no se ria de la mentira, y porque 
no habrá de repetirse de nuevo la hazaña, ni habrá en ade- 
lante ocasión de traerla á cuento, consignaré aquí un caso 
ocurrido recientemente en A.ustralia, donde como en Ingla- 
terra hay día designado para abrirse la caza. Habíase dado 
cita una banda de jóvenes en una pequeña aldea, para de 
allí lanzarse al día siguiente á la caza, en los vecinos cam- 



FKANCCSCO J. MUÑIZ 87 

pos. Ya enjaezados con los arreos de gala peculiares á 
aquel sport, cargaban sus escopetas, ajustaban sus botines 
y polainas, cuando entra desalado el mozo del hotel, di- 
ciendo: una liebre! y señalando hacia el lado donde la 
dejaba. Esto si que era salirles la liebre al atajo! Corren 
todos los novicios cazadores, y tanta prisa se dan por te- 
ner el honor de ponerla patas arriba, que ningún tiro 
le aciertan, y la liebre se deja estar tranquila contemplán- 
dolos con la mayor indiferencia. Míranse los unos á los 
otros, asombrados de tan inusitado proceder entre liebres, 
«uando acercándose uno de los cazadores á distancia poco 
respetuosa, la liebre indignada saca una pistola, le desa- 
rraja el tiro á boca de jarro, y acaso por la emoción tampoco 
le acierta, lo que evitó felizmente efusión de sangre de 
una y otra parte; y hubiéranse dado las manos y quedados 
tan amigos como de antes, si la liebre por razones que 
no se dignó esponer, no hubiese preferido tomar el por- 
tante. 

El hecho es auténtico é histórico; y siendo como es de 
suponer el asunto del día en el teatro de tan singular su- 
ceso, dióse al fin con la esplicacion del fenómeno. Una 
compañía *d9 prestidigitadores pasaba á lazazon, y el Her- 
mann que la dirigía había adiestrado una liebre, entre otros 
animales savants, á disparar en las tablas, un tiro, proba- 
blemente vestido de militar (él ó ella), y el mozo del hotel 
se la había procurado para hacerles aquella mala pasada 
á los jóvenes nemrods cuidando de sacar á la carga de las ca- 
rabinas todo misil mortífero. 

Así poco mas ó menos es' por cierto la caza del zorro 
manso de Inglaterra, desprovista de la gracia de la de! 
avestruz, con sus gambetas, sus tendidas de alas, cambios 
de rumbos, y astucias. Porque aun en esto viene errada la 
tradición que siguió M. Buffon, acreditando el estúpido 
cuento árabe de que viéndose perdido el avestruz, en la 
persecución, entierra el pico en la arena, creyendo con no 
ver él, que no lo ven á él los otros. Esto lo hacemos nos- 
otros, en política sobre todo, de donde viene el decir, «es- 
conde la pata que se te ve!», que le están diciendo los dia- 
rios todos los días al gobierno, en materia de elecciones 
y otros enredos. 

Por el contrario el ñandú si encuentra delante de si 



OBRAS DE SARMIENTO 



un médano y logra distanciar á sus adversarios, lo sube, y 
por poco que encuentre pajonales altos del lado opuesto, 
se desvia, siguiéndolos de soslayo para esconderse; de tal 
manera que si ofrece bajada el médano hacia el mismo 
lado de donde viene la corrida, lo rodea y va á salir en di- 
rección opuesta al lado á donde van, dejando burlados y 
sin rumbo á los perseguidores. 

De la gracia infinita de los movimientos circunflejos á 
que ayuda el uso de las largas alas como velamen ó timón, 
he presenciado escenas de que Muñiz no pudo tener idea, 
por no haber ñandiies en grande escala domesticados en 
su tieíTipo. En la comisión recibida de la Sociedad Protec- 
tora de los Animales para gestionar en Santa Fe, el cumpli- 
miento de nuestras antiguas leyes prohibitivas de corridas 
de toros, llenado satisfactoriamente el objeto, y teniendo 
algunos días por delante hube de aceptar gustosísimo la 
amistosa invitación de los señores Casado y Leguizamon 
para visitar sus respectivas colonias. El señor Leguiza- 
mon tenía en su estancia cría de avestruces, y como en las 
cabras de Córdoba, la esperiencia aconseja tener reunidos 
los polluelos en rededor de las casas, á fin sin duda de 
precaverlos de accidentes. Había reunidos mas de sesenta 
polluelos grandulones, listos, y bien emplumados ya, y 
sea que les causase novedad la presencia de un estranjero, 
ó que estuviesen de buen humor, noté que principió de un 
lado y se comunicó al rededor mío á todo el chiquero (de 
chico) un furor de correr y de hacer gambetas y tendidas 
de alas para girar en círculo, que mostraba una especie de 
locos ó de histericados, de tenerme absorto, alucinado con 
espectáculo tan bello. Duró casi media hora, y creo que 
animal ninguno, ni los cabritillos, ni las bailarinas de la 
Opera, sean capaces de desplegar tanta gracia de movi- 
mientos; tendiendo los cuellos y sentando de golpe la ca- 
rrera, mediante una ala tendida para equilibrarse y sa- 
liendo á escape en dirección opuesta. Sus plumas alboro- 
tadas y desparpajadas parecían espuma de agua que hierve 
á borbotones, ó velas que estiende la maniobra, ó pañuelos 
en los bailecitos americanos para recogerse de nuevo cual 
mariposas que suprimen ó dilatan sus brillantes alas. 

Esta salameria me trajo á la memoria la fantasía árabe, 
lengua que nos ha dejado la palabra, aunque la cosa ha 



FRANCISCO J. MUÑIZ 89 

desaparecido. La fantasía es la recepción que los ginetes 
de un aduar ó de una tienda árabe hacen en el desierto á 
la persona á quien quieren dar la bienvenida. Salen á re- 
cibirla á caballo los varones á cierta distancia, y la saludan 
con disparos de sus largas escopetas, rayándolos caballos» 
saliendo á escape mientras cargan de nuevo, para volver 
corriendo á disparar nuevos tiros casi alas orejas del ca- 
ballo que monta el favorecido. Cuando los ginetes son nu- 
merosos se deja comprender la novedad y ei brillo del 
espectáculo, pues á cada revuelta y durante la carrera, los 
albornoces blancos se estienden al aire, inflados como ve- 
las latinas ó juanetes de goletas^ mientras que el humo, 
las detonaciones, el polvo y los aleluyas ó ayuyu de bienve- 
nida hacen escenas, que con el peligro de las caídas, llega 
á ser impresiva. 

¿No habrán tomado de los avestruces los árabes la fanta- 
sía, pues yo la he visto original como la describo? La imi- 
tación de la naturaleza es nuestra dote á veces civilizadora, 
testigo los vestidos de cola de nuestras damas, que son imi- 
tación del magnífico aditamento del pavo real, lo que nada 
quita á su majestad y á la elegancia de los movimientos 
verdaderarftente regios que el llevarla provoca en nuestras 
pavitas. 

Perdimos con los árabes la fantasia como gimnástica, pero 
quedó por estos pasados siglos en América, su tradición 
con el juego de tirar al pato, que también ha desaparecido, 
ó va camino de estinguirse en la molicie de nuestras mo- 
dernas costumbres. Dábanse cita los mas bien cabalgados 
caballeros y mejores ginetes para ostentar su destreza y 
elegancia en el manejo del caballo, y llevando uno un pato 
tomado de las patas, corriendo en círculo, seguíanle otros 
diez ó doce á un tiempo para arrebatárselo. Fórmese idea 
el que pueda sin haberlo visto, del peligro de las volcadas, 
del terror de los encuentros, de rodar unos sobre otros gi- 
netes, con caballo y todo, y de la destreza y corage para 
dejarlos á todos burlados el campeón, rayando brusca- 
mente el caballo para dejar pasar á los perseguidores, y 
rebrousser chemin, si ese era el giro indicado. 

Oh! restablezcamos las corridas de avestruces en las 
estancias como las de Unzué, Cano, Luro, Pereira, Muñiz, 
en campos como los vecinos de la Mar del Plata, ó las 



^0 OBRAS DE SAUMIEN'IO 

Lagunas de Gómez, y otros lugares pintorescos, y nues- 
tras costumbres recuperarán su antigua bizarría. No la 
echemos de civilizados, nada mas que por ser gomosos 
(léase poltrones), pues hasta las naciones sucumben, 
cuando las facultades físicas no se desarrollan á la par 
de las intelectuales. 

LAS BOLEADORAS 

Tiene un particular interés la conservación del uso de 
las bolas, como misel entre nosotros, y mayormente apli- 
cado á la caza del avestruz ó ñandú, que quiero hacer 
notar aquí. 

Las boleadoras, el avestruz y la Pampa, tienen entre si 
tan íntima relación, que suprimido uno de estos factores 
quedan suprimidos los otros dos. 

Si la Pampa estuviese cubierta de bosques, aun mato- 
rral, el ejercicio franco dei tiro sería perdido. Esta in- 
vención del hombre prehistórico es esclusiva de la Pampa, 
como el womerang lo es de la Australia. La primitiva 
embarcación es un tronco que flota y desciende los ríos, 
sobre el cual se asientan pájaros. Cada región ó raza 
humana tiene su embarcación especial, lo que prueba que 
es local la invención. Sin embargo, en las costas del 
Pacífico la piragua se compone de dos bolsas de lobo 
sopladas y pareadas. El arco y la flecha son armas uni- 
versales en América, Asia, África y Europa; la pagalla, ó el 
dardo arrojadizo es de todos los países; pero aun así no 
son armas primitivas, ni aun las piedras como armas 
arrojadizas, pues cuesta mucho estudio á los niños ai»ren- 
der á dirigirlas. Desgraciada aquella de nuestras dami- 
selas que contase salvar de una agresión con arrojarle 
una piedra al agresor, le saldría el tiro hacia un lado, 
infaliblemente, 

Y bien, las boleadoras ó los libes son invención de nues- 
tros antecesores prehistóricos, impuesta por la necesidad, 
•cuando ya el hombre se habría adiestrado á arrojar piedras 
á los animales ó á sus enemigos. 

Los (juerandis, indiada de estas pampas, usaban las 
bolas en los días de la conquista, descrii)tas por Ramírez 
<íomo «globos de piedra redondos y del tamaño de un 



FRANCISCO J. MUÑIZ 91 

puño, atados á una cuerda que los guía, los lanzan con 
tanta seguridad que jamás erran (Citado por Ameghino). 
El padre Lozano estiende su uso, á la Banda Oriental, 
y cosa rara y significativa, Azara niega el hecho. «Ni les 
hacían ventaja los avestruces, dice Lozano, para cuya caza 
usaban las bolas de piedra, no solo para enredarlos y dete- 
nerlos, sino para herirlos en la cabe::a, en que son tan 
certeros, que poniéndoseles á competente distancia no erra- 
ban tiro». Confunde instrumentos distintos. 

Pero es el caso que no hay piedras en la pampa; y solo 
pudo el habitante de esta dilatada planicie procurárselas, 
por el comercio, ó de las sierras de Córdoba ó de la Venta- 
na, y debió ingeniarse para recojer la piedra misma que 
tiró, desmintiendo el adagio «piedra suelta no tiene 
vuelta». En este país todo tiene vuelta, hasta las palabras. 
La bola solitaria que el indio maneja para quebrar el crá- 
neo, conservándola en su poder por medio de una cuerda, 
pertenece á la misma familia. Los instrumentos que de 
piedras se labraron los hombres primitivos, los proveía el 
silex ó pedernal, y otras piedras duras como la obsidiana. 
El señor Ameghino que posee el mas rico arsenal de armas 
y de instrumentos de pedernal de nuestros indios, nos 
hacía notar la pequenez de los instrumentos, cuchillos, ras- 
padores, agujereadores, etc., debido, decía, á la escasez de 
la materia prima, pues han tenido que procurarse de Mon- 
tevideo ó Entre-Ríos los ñ'agmentos de pedernal en que las 
han tallado. Los señores Zavalla, afincados á la orilla de 
la Mar Chiquita, debiendo procurarse arena para proveer 
á las obras de ferro-carriles, tuvieron la escelente idea de 
encargar á los trabajadores apartasen los fragmentos de 
roca que encontrasen, ú otros objetos del arte humano. 
Pobrísima y poco variada es la cosecha de pedernales obte- 
nidos de las orillas del lago. Una libra de los que nos 
cedieron como muestra la componen pequeños fragmentos 
de cuarzo blanco sin escepcion, la mayor parte tallados 
en forma de dardo de flecha, alcanzando poquísimos á una 
pulgada y el resto sin formas, y como desechos del mismo 
pedernal, pero que parecen conservados como cosa preciosa. 
Supongo que sea muy reciente la mansión de indios, por 
ser como se cree, moderna la aglomeración de aguas que 
ha formado aquella gran laguna; pero en todo caso es de 



93 OBRAS UK SAHMiKMO 

laQientar la escasez de instrumentos de aquellas indiadas, 
pues no se descubren otros utensilios que aquellas dimi- 
nutas puntas de pedernal. 

El señor Ameghino, oriundo de las poblaciones del país 
clásico de los fósiles, cuya fauna ha emprendido clasiñcar,^ 
ha coleccionado un grande arsenal de instrumentos de los 
indios primitivos, con lo que tendremos la historia de su& 
artes y de sus progresos. Suya es la esplicacion del por 
qué de las boleadoras, como misil, como es nuestra su 
adaptación especial á las condiciones de la Pampa, equivo- 
cándose á nuestro juicio en querer generalizarlas á otros 
pueblos, pues ni en Chile se usaron ni se usan boleadoras 
á causa del bosque y la abundancia de piedras. 

El uso de las boleadoras requiere, como las armas mas 
civilizadas, prolongado ejercicio, para hacer certero el misil. 
La esgrima robustece la musculatura y dá rapidez á la 
mirada, y el ejercicio de bolear produce el mismo resultado 
á mayores distancias, y sin peligro de efusión de sangre. 
Los niños en las campañas se adiestran diariamente en el 
manejo de esta arma verdaderamente nacional, y aun en 
las ciudades era practicado su ejercicio, sirviéndose de un 
palenque para blanco, pues no es así no mas que el poco 
ejercitado ha de lograr desde distancia adecuada envolverlo 
con las bolas. 

En el interior se hacia la caza de huanacos y vicuñas con 
libes mas pequeños, y los niños de las ciudades, llegado el 
invierno, construyen en moldes de greda que ellos mismos 
saben construirlo que llaman bolitas, y es un cono de plomo 
á guisa de campánula, perforado por el centro, para asirlo- 
á las torcidas de crin que las unen entre sí, con una tira de- 
paño lacre en el centro para descubrir su paradero cuando 
han sido lanzadas á la distancia. Prestábanse al ejercicio 
del arte, bandadas de cuervos que dejaban acercarse á los. 
que los espantaban y era alarde de los rapaces cortarles- 
ai vuelo una ala con la cuerda de las bolas y ver caer ala 
y cuervo á sus pié?, amen de teruteros, loros, íbiñas y otros 
pájaros aunque en ocasiones mas raras. Dábanse cita los 
jueves por la tarde los niños de escuela en un potrero para 
revolear^ justa en que alguno lanzaba las bolas al aire, y los 
demás debían cazarlas con las suyas, sucediendo no pocas 
veces que cuatro pares se cruzaban con las mantenedoras y 



FRANCIOCO J. MUÑIZ 93 

■caían echas el nudo gordiano, tan enredadas entre sí, que 
era mejor sacrificar las bellas torcidas de crin, antes que 
<.iesenmarañar el enredo. 

La Pampa no se se cubrirá de árboles en siglos y los 
avestruces abundarán siempre, porque se les cuida y con- 
serva. Faltará solo el ginete que revolee las boleadoras y 
persiga á través de los campos, la esquiva y artera tropiya 
de ñanduces, gambeteando y tendiendo las alas para esca- 
par al tiro. 

En los Hipódromos queda el ancho espacio que guarda 
por el interior la cancha ovalada. La del Parque de Pa- 
lermo es espaciosa, y si quiera por verlo una vez para 
mostrarles á los misteques una corrida de avestruces, po- 
drían obtenerse cincuenta, y lanzarlos en aquella magnífi- 
ca plaza! 

Todavía me temo que las corridas de toros se introduz- 
can entre nosotros por los poltrones que se divierten á 
bragas enjutas. 

Las de avestruces por lo menos son nobles, y manten- 
drán la destreza y gallardía del ginete, sin sangre ni 
brutalidades. 

Vereríios que ventajas obtiene la España en la guerra 
con Alemania de poseer valientes y diestros chulos y to- 
reros! ¿Van á ponerle dos buenas á un prusiano? 

Cosa singular! las boleadoras manejadas por hábiles 
tiradores han figurado en la historia argentina, retardando 
tres veces los progresos de la ocupación cristiana, ó ha- 
ciendo prevalecer las resistencias indígenas contra un ma- 
j'or grado de cultura, como todo lo que es criollitol El 
fundador de la ciudad de Buenos Aires, el General Men- 
doza fué capturado, según lo trae el doctor Muñiz, por los 
indios salvajes, maniatándole el caballo durante el combate 
y dándole muerte. 

La tradición no olvida la memoria del célebre coronel 
Hauch, alemán, que al mando de sus húsares, no contento 
con rechazar á los indios del territorio cristiano, se trasla- 
daba á sus tolderías á imponerles terrible castigo por sus 
depredaciones, rescatando los cautivos. Rauch, el temible 
y movible guardián de la frontera fué boleado por monto- 
neras de gauchos é indios, y murió asesinado después de 



94 OBRAS DE SARMIENTO 

caído, y liarlo con los libes, los que no se habrían atre- 
vido á mirarlo cara á cara en sus tiempos gloriosos. 

Pero el hecho mas extraordinario producido por este 
misil pampeano, ocurrió en Córdoba en 1831, dejando esté- 
riles tres victorias anteriores del General Paz, en el acto de 
emprender con escelentes tropas, su campaña final contra 
el gobierno de caudillos que solo quedaba en Santa Fé y 
Buenos Aires, estando toda la República organizada ya y 
pronta á reconstituir el gobierno nacional, bajo institucio- 
nes regulares, de conformidad con los principios y prácticas 
de las- naciones civilizadas. 

Causa tan noble estaba confiada al General mas hábil y 
científico que las guerras de la Independencia y del Brasil 
nos habían legado; y los que estuvieron mas tarde en su 
intimidad como el que esto escribe, oyeron de sus propios 
labios que tenía la mas completa confianza en el éxito final 
de la campaña, dados los elementos de guerra que había 
reunido y el valor moral de sus soldados. Un tiro de bolas 
bastó empero para prolongar veinte años mas la guerra 
civil, dando tiempo á que se desenvolviese el sistema de 
sangre y de crímenes que desoló al país, hasta que en Case- 
ros vi.no á remediarse el estrago causado por aquel singular 
accidente de la vida argentina. 

Hecho tan notable, y tan contra las buenas reglas que 
preservan al general en jefe de percances fortuitos, debe 
recordarse, y aquí tiene su lugar el relato, ya que hablamos 
del instrumento mismo. 

Avanzaba el ejército del General Paz en orden regular, 
cuando se tuvo noticia de la j)roximidad de montoneras de 
Santa Fé, hacia el frente, y pudiera ser emanados de cen- 
tros que quedarían al Este, y por tanto incomodando por el 
flanco al ejército en marcha hacia Buenos Aires. Las monto- 
neras de Santa Fé acaudilladas por López desde los prime- 
ros tiempos de la revolución, eran un factor muy principal 
en la campaña, y el General en Jefe se propuso examinar á 
fondo su número y carácter. Al efecto, y esto esplica todo 
el misterio, había hecho disfrazar de gauchos una partida 
de soldados de línea que debían con jefe entendido ir á la 
descubierta, sin alarmar desde lejos á los montoneros, que 
disciernen de á leguas el porte especial del soldado de línea, 
sucediéndonos en las calles de Santiago de Chile en 1842 



FRANCISCO J. MUÑIZ 95 

reconocer en ginetes, desde la distancia, antiguos oficiales 
retirados del ejército de los Andes, y señalarlos. 

El General Paz se había trasladado á la vanguardia á es- 
perar el regreso de sus emisarios, cuando se vio venir una 
partida de montoneros en la dirección que él ocupaba. Su 
ayudante que no estaba en el secreto, le dijo, señor, son 
enemigos, de lo que el General se desentendió, creyéndose 
mejor informado; repitióle la misma admonición el ayu- 
dante, cuando estuviera cerca, y el General no volvió de su 
error, sino cuando los tenía encima. El ejército estaba em- 
pero á algunos cientos de pasos á retaguardia y podía oirse 
el rumor de los soldados. Otro incidente del terreno produjo 
nuevo error irreparable, origen de la catástrofe. Un monte- 
cillo de chañares ó algarrobos acababa en punta en el lugar 
de la escena, lo que los paisanos llaman una ceja de monte. 
El General tratando de huir tomó el lado de afuera de dicha 
ceja, sin reparar que era en forma de cuña, de manera que 
cuanto mas avanzaba mas se separaba del campamento, sin 
poder atravezar el bosque, una vez conocido el error. 

El mismo orden de plantación, diremos así, estorbó que 
un vapor de doble quilla que trasportaba un escuadrón de. 
caballería con sus caballos, y medio batallón de infantería 
tomase á López Jordán en el puerto de Hernandarias, á 
donde había venido con una escolta, en procura de un pro- 
metido armamento. La espedicion desembarcó á la cabe- 
cera de un monte, del lado opuesto á la entrada, por pre- 
caución y cautela; pero como el bosque asumía la forma de 
cuña, perdieron la noche en andar y desandar, y el golpe 
se malogró. 

¿Qué son pues las boleadores que tan singulares efecto» 
han producido? ¿Sabémoslo nosotros mismos ni el público 
en general? ni encontraría el escritor europeo, un autor 
que le describa este instrumento único en su género, pues 
como lo hemos demostrado es invención pampeana, suje- 
rida por la escasez de piedras. El Coronel Muñiz en las 
notas con que ha aclarado el testo de su estudio sobre la 
vaca ñata les consagra un capítulo, y no he de ser yo quien 
lo suprima, admirando por el contrario esta prolijidad de 
conservar por lo escrito, la descripción de las cosas vulgares 
hoy de la Pampa; pero que pueden tener un valor histórico' 
ó tradicional, como sucede en efecto con las bolas. 



96 OBRAS DK SARMIENTO 

«Bolas de potro» dice, son tres piedras gruesas como el 
puño, forradas en cuero, y atadas á un centro común, con 
fuertes cuerdas de lo mismo, de mas de una vara. Las usan 
tomando lamas pequeña, que llaman manija; y haciendo 
girar sobre la cabeza las otras dos voladoras las despiden á 
las patas del caballo ó vaca que quieren enredar. Debe 
existir cierta relación entre el peso de la manija, y el ma- 
yor de las voladoras que deben ser iguales entre sí, sin esta 
circunstancia al arrojar las bolas, las voladoras arrastrarían 
sin contrapeso á la manija, lo que perjudicaría á la seguri- 
dad y buen efecto del tiro El lado de la manija es un 

poco mas corto que las voladoras, peso de éstas; seis á ©cho 
onzas, según la fuerza del brazo. 

«Los tiros de bolas se distinguen en tiro de tres vueltas 
que es el mas largo que puede hacer un hombre, probable- 
mente á la distancia de veinte varas. Un tiro mas largo es 
un tiro de azar. El de dos vueltas es el regular de quince 
varas mas ó menos. El de una vuelta que comprende la 
mitad de este tiro, y todavía se puede llamar tiro de media 
vuelta aquel en que se pilla tan cerca el animal que poco 
hay que revolear para enredarlo con las bolas. Esto se lla- 
ma tomar el animal bajo el freno. (Las bolas que han de 
usarse para avestruces, ciervos, guanacos, pueden ser de 
menos peso, si se quiere evitar fracturas con el golpe de la 
bola. En este caso pueden ser de plomo).» 

Últimamente, y para completar las notables observacio- 
nes de Muñiz, debe tenerse presente que es difícil salvar al 
caballo de la acción de las bolas, cuando vienen lanzadas 
por mano hábil. Hemos visto maniatar á un sargento, 
tomándolo del costado de su mitad, ligando en un terrible 
nudo la tercerola que tenía en la mano, el cuerpo, los 
brazos y la rienda del caballo, de manera que quedándose 
este parado, el cazador de hombre pudo, desmontándose, 
bajarlo del caballo como á un manequí, quitarle de la cin- 
tura el sable, y desprenderle la carabina antes de desenvol- 
verlo del lío. Los mas afamados gauchos al decir de Muñiz 
tienden el poncho estendido hacia atrás del caballo, tomán- 
dole de una punta, tendiéndose ellos en la fuga á todo es- 
cape, sobre el anca del caballo, de espaldas, á fin de alejar 
mas y mas el poncho para que las bolas se enrienden en élt 
antes de tocar al animal. En la retirada de la dispersa 



FRANCISCO J. MUÑIZ 97 

•caballería después de Cepeda, los mayordomos que acom- 
pañaban al rico estanciero Cascallares, venían en pos, re- 
voleando los lazos, con el mismo fin de detener las bolas al 
paso, pero no llegaron los enemigos á ponerse á tiro de 
lanzarlas. 

La domesticación del avestruz es ya un hecho conquista- 
do, y sería gloria argentina esclusiva el haber añadido un 
animal mas puesto al servicio del hombre, si al mismo 
tiempo y con mas producto no hubiese sido sometido el 
avestruz de África, que ya se propaga entre nosotros con el 
uso de la incubadora artificial. 

Hay ya propietarios que poseen dos mil cabezas de aves- 
truz nuestro, y en menos cantidad siempre creciente se les 
ve en los terrenos alambrados regocijando á los pasajeros 
al pasar los trenes. 

Al pasar el que viene de la ciudad de La Plata por la 
estancia de Pereira, una tropilla de veinte avestruces acertó 
á estar al paso. Gustóles la gracia, y se echaron á correr 
con el tren, levantadas las cuarenta alas al aire, gambe- 
teando, hasta darse por vencidos, con el aplauso de los 
pasajeros, ajBomados por las ventanillas. 

Cuando la producción de huevos exceda á la demanda 
para aumentarlas crías, se venderán por millares en nues- 
tro marcado para proveer á fritangas y tortillas monstruos. 

Sin eso ya hemos enriquecido con un nuevo animal 
doméstico al mundo, para proveer de un nuevo comestible 
al hombre. 

Llámale Cabiay el «.Anuario Científico Industrial» por 1864, 
al que nosotros llamamos Carpincho, pues que dice que 
se le encuentra en Buenos Aires. 

«La domesticación, dice, sería á lo que parece una esce- 
« lente adquisición para las estancias y casas de campo, 
« pues no demanda mas cuidados que un conejo, y puede 
« suministrar tanta carne como un cordero. 

« Su forma es la del cerdo, piel rosada, cubierta de pelos 
« gruesos color canela. Y aunque no tenga los pies pai- 
te meados nada bastante bien, manteniendo el hocico fuera 
« del agua. No es acuático sin embargo, y solo se echa al 
« agua para defenderse de sus enemigos.» Don Marcos 
.Sastre, crió uno en su casa de San Fernando, que se daba 

Tomo xliu.— 7 



98 OBRAS DE SARMIENTO 

mucho con los niños y jugaba con ellos. Una vez robado, 
se escapó y volvió á su casa. La carne es escelente, y en 
una fiesta veneciana tenida en el Carapachay todo el 
High-Life, gustó en general de un enorme carpincho asado, 
chupándose los dedos las damas que no sabían que era 
carpincho, y relamiéndose los bigotes lo> machos que lo 
sabían. 

El Parque 3 de Febrero, tiene actualmente un cazal de 
hermosos carpinchos enteramente domesticados, y tanto 
que tienen tres cachorros, ó lechones, en estado y edad de 
ir al horno, si no fuera que va á ensayarse la cria regular 
y propagación de tan útil y sabroso producto. A.caso sean 
las islas del Paraná su patria, escelente terreno acuático 
para establecer estancias de Carpinchos, y que el chasco y 
sorpresa de la no olvidada fiesta veneciana de las Islas, á 
que asistió el Presidente, haya llevado la fama de su sabor 
á jardines de aclimatación de Europa, con la noticia dada 
por el Anuario citado. La ménagerie de Buenos Aires lo ha 
ensayado con el mayor éxito, como lo ven los millares que 
visitan el Parque 3 de Febrero, donde ya ha empezado 
la cria. 

Otras adquisiciones podemos hacer como hemos ya hecho 
la del ñandú y la del carpincho. La pampa se puebla de 
árboles con dificultad á causa de la abundancia de las hor- 
migas que los persiguen y destruyen. 

Dios creó el mundo, y las hormigas el humus, que cubre 
de una tercia la superficie de la tierra. Sin hormigas no 
hay agricultura ni civilización. Tiene este reino animal 
moderadores, leones y tigres que contienen á los herbí- 
voros de apoderarse del suelo. No hay enemigo chico! 

El oso hormiguero encargado de la policía de las hor- 
migas, su boca contiene una espada flexible, elástica, 
cubierta de un pavón viscoso que mete en los hormigue- 
ros, y recogiendo el instrumento se trae consigo un hormi- 
guero entero. Hoy está relegado á los bosques del Chaco, 
tanto lo han perseguido los conquistadores del suelo. Cada 
estancia debe llamar á estos proscriptos al seno de la patria 
común. 

Todavía queda otro animal útilísimo y mandado hacer í^o; 
profeso para mantener la mecánica animal. Deshonra y 
envilece nuestra horticultura, la multiplicación del gusano 



FRANCISCO J. MUÑIZ 99 

de canasto, bicho indecente que hace el invierno en la ca- 
nícula, despojando la vegetación de su mas bello ornato, 
las hojas.. El caatí ú oso lavandero tiene la vocación es- 
pecial de almorzarse, yendo de rama en rama, en un san- 
tiamén, todos los gusanos que contienen los cestos de uno 
ó dos naranjos infestados; y así de suíte con todos los árboles 
de una finca. Abunda en Corrientes y le llaman los na- 
turalistas lavandero por su innata propensión de lavarse 
la cola. Lo hemos visto hacer esta operación con jabón, 
la mano de oso de su familia aunque pequeña se presta 
para manejarlo. 

Otro animal doméstico tiene anunciado la fauna de la 
pampa al mundo gastrónomo para el siglo veinte. No ha 
ensayado la naturaleza forma tan jigantesca como la de 
los clyptodones que pudieron llevar el peso de seis hom- 
bres sobre sus lorigas, ni reducídolas al pichiciego supervi- 
viente que cabe en el hueco de la mano, mediando arma- 
dillo, peludos, quirquincho y mataco, nad¿^ mas que para 
que se admire con la boca abierta su inventiva de formas* 
estrañas, sin comérnoslos. 

Si aun kubiere reyes en el siglo venidero comerán muli- 
tas en sus mesas fastuosas, criadas en vivares como los 
conejos. Es una esperiencia que está por hacerse. 

D. Augusto Belin Sarmiento llevó un cazal al jardín de 
plantas de Paris para su propagación; y los que dan de 
almorzar á estranjeros transeúntes deben propinarle una 
mulita asada en la cascara y pedirles que nos den des 
nouvelles. La jente culterana de Buenos Aires, porque eso 
de culto no es de prodigarlo, no come mulita por refina 
miento, pues que M. Charpentier no las ha reconocido 
cultas, él, que sirve rana á los franceses, y no diremos 
que gato por liebre á sus parroquianos. 

El pavo es continjente con que la América del Norte 
contribuyó al regalo de la mesa del hombre. ¿Por qué la 
del Sud, no proveería el mas delicado manjar que la raza 
de los edentados produce, ya que descendida de las colosa- 
les dimensiones del clyptodon, se reproduce sin limitación 
en nuestros campos? 

El Parque Tres de Febrero, ó la menagerie de Palermo 
podrían ensayar su domesticación. 



EL ÑANDÚ Ó AVESTRUZ AMERICANO 

Sumario: Exterioridad déla especie.— Descripción de ua Ñandú adulto; sus senti- 
dos y principales órganos internos.— Paralelo entre el Ñandú y el Avestruz 
Africano; excelencia de aquel en velocidad y fortaleza.— Alimentación del Ñan- 
dú; pec\i\iairiá3ideíi de su sistema digestivo.— Generación, proceso incubativo; 
saca y cria; enemigos de la especie; sagacidad del padre y sus recursos en pro- 
tección de la prole.— Antecedentes de una campería en las Pampas de Buenos 
Aires; libertad y posibilidad de cualquiera para emprenderla; provisiones; úni- 
cos medios de ejecución, el caballo y las bolas; su manejo; cerco y mal juego 
en él; estratagemas é instinto del Ñandú para eludir el peligro; medios natu- 
rales con que lo consigue; perros cazadores.— Naturaleza de la carne del Ñan- 
dú; su salubridad; distintas preparaciones que recibe, y las que dan á los hue- 
vos; conducción de estos á la distancia; plumas; toldos ó reparo contra la 
intemperie.— Domesticidad del Ñandú; modo de conducirla; su ineptitud para 
el vuelo; su facultad natatoria; su voz: aprensiones de los gauchos á campo de- 
sierto.— Conclusión. 

EL ÑANDÚ, CHURÍ Ó AVESTRUZ AMERICANO 

{Struthio Americanus de Linneo . Rhoea Tuyuyú de Brisson) 
«Hemos inquirido con el mas vivo interés la historia 
completa de esta ave singulai% sin que nuestro empeño fue- 
se hasta hoy gratificado con el deseado suceso. El mismo 
señor de Azara fiel y juicioso historiador de nuestros ani- 
males y de los del Paraguay, no trae sino nociones muy 
suscintas sobre ella. El artículo que consagra á esta espe- 
cie la Biblioteca Americana (tomo 1°, página 162) es una com- 
pilación, como di^en sus sabios autores, en cuanto á los 
caráteres del orden, familia y género, de lo que han escrito 
sobre ella Cuvier (Régne animal), Sannini (Nouveaudiction. d'liist. 
nat.\ Rammer [Aun. diimiis, de hist.nat.), Azara {Hist.de las aves 
del Paraguay. Los redactores de la Biblioteca Americana 
hicieron también uso de noticias comunicadas por perso- 
nas intelijentes. 

«Apesar de tanta información, la historia que hacen del 
J/andú, es compendiosa y en muchas partes inexacta. La 



FRANCISCO J. muñí 101 

estampa que insertan copiada de la de Hammer, con una 
leve alteración en el pico, es incorrecta á pesar de los defec- 
tos que advirtieron en la de Azara, en la del nuevo diccio- 
nario, en la de la edición de Buffon por Lacépéde, en la de 
Shaw. La de la Biblioteca Americana^ que en lo demás es 
natural, tiene de imperfecto una especie de mechón de 
plumas demasiado abultado y largo en el sitio donde la 
rabadilla apenas cubierta de plumas cortas sobresale muy 
poco á las extremidades alares, que superiormente la ocul- 
tan; el pico menos convexo y mas prolongado; las esca- 
mas délos tarsos de su mitad abajo, siendo asi que los 
cubren casi completamente en su parte anterior en núme- 
ro de cincuenta ó mas, y posteriormente en sus dos tercios 
superiores y no el inferior como representa la lámina. 
Por esta causa nos hemos resuelto á hacer la presente des- 
cripción, si mas detallada de loque debiera serlo en una 
obra de historia natural, no por eso redundante ni tan di- 
fusa, cuando su objeto es privado y su destino pudiera 
decirse informativo también de ciertos usos, que no es im- 
propio denominarlos nacionales. 

« Si el ilustre M. Buffon dá minuciosos detalles del AveS' 
truz Africano, de cuanto concierne á su caza, propensida- 
des, etc. ¿omitiremos nosotros, aunque desprovistos de la 
aventajada elocuencia y del inmenso saber de aquel gran- 
de hombre, aquellas esplicacíones tendentes á ilustrar con 
regular variedad y estension el conocimiento de esta inte- 
resante especie Americana? 

« M. Cuvier {Elein. de la hist. nat. de los animales) adopta el 
nombre Tuyú con el cual M. Buffon distingue á esta especie; 
tanto por conocerla con él, dice este sabio en la Guyana, 
cuanto por la analojía que le supone con la voz de esta 
grande ave terrestre. 

« Pero Tuyú, palabra compuesta, significa en guaraní, dice 
el 'Sr. de Azara, barro amarillo. Los guaraníes designan 
con ella la familia de las Cigüeñas, que no tienen la menor 
relación con el J/andú ó Chui% nombres que aunque distin- 
tos, representan en su idioma al Avestriix. 

Los Brasileros le llaman Erna en sentir de M. Buffon erra- 
damente, porque este nombre corresponde, dice, al Casoar. 

« En las Repúblicas del Plata le apellidan indistintamente 
JVandú ó Avestruz. En Chile, donde según este^ escritor, le 



102 OBRA.S DE SARMIENTO 

denominan Suri, no sabemos exista al presente. Algunos 
que se ven en la ciudad de Concepción y en otras partes^ 
son trasportados del lado Oriental de los Andes, ó de las 
quebradas ó valles sitos en las faldas de esas montañas. 

« De los varios cognomenes que los naturalistas impu- 
sieron á esta especie; como: Avestruz bastardo, Grulla ferrívo- 
vora. Casoar gris coa pico de Avestruz, Avestru: de Magallanes, 
etc., ninguno parece mas impropio que el latino Rhcea 
(nombre de Cibeles con su torre en la cabeza) con relación 
sin duda á un casco como el del Casoar que el J^andú no tie- 
ne; ni otro tan racionalmente aplicado como el de Avestruz 
de Occidente. 

« El célebre Barón Cuvier adapta, con impropiedad, en la 
obra predicha, al Casoar los nombres de Mandú-Churi, que 
aim cuando alterado el primero, solo se refieren al Jiandú ó 
Avestruz Americano. 

f¿^« Este no debería enumerarse entre los breripennes ó alicor- 
tos de Guvier; primera familia del orden gralatorias ó porta 
mancas {gralloe Linnei; échassiers de los franceses). Ese nombre 
se impuso á aquellas aves, porque la brevedad de sus alas 
las inutiliza para el vuelo. Las del Jiandú, de cerca de tres 
pies no deben reputarse tan pequeñas aun para el cuerpo 
ponderoso de esta grande ave. Ellas no le favorecen, en 
verdad, para elevarse en los aires; pero es la naturaleza de 
las plumas, su particular colocación, la deficiencia de cier- 
tas partes y la inadecuada disposición de otras lo que influ- 
ye, mas que su brevedad, en aquel resultado. El mismo 
observaríamos, si subsistentes los mismos inconvenientes 
naturales, concediéramos á las alas,ó ellas tuvieran una 
dimensión dúplice ó cuadrupla. 

« Per otra parte, los brevipennes tienen sumamente débi- 
les los músculos que mueven las alas. Su esternón chato y 
de corta ostensión, no presenta superficie bastante á la in- 
serción de los músculos que ajitan las alas; pero los hume- 
rales y sus tendones en el JVandú son en'estremo vigorosos 
y robustos, y están dotados proporcionalmente de la misma 
fortaleza casi, que los de los miembros inferiores. Su es- 
ternón, siendo tan amplio no necesita de la quilla ó cresta 
indispensable á las aves de vuelo para proporcionar puntos 
de implantación á las fibras de sus poderosos músculos escá- 
pulo — braquiales y braquio — esternales. 



FRANCISCO J. MUÑIZ 103 

«A no formarse, pues, del Avestruz Americano un carácter 
i'micOt una especie sui generis, creemos que la colocación que 
le asignó Lineo entre los gallináceos por su pesantez, por su 
réjimen, y por la configuración de su pico, es la que con- 
vendría conservar como mas natural individualizante. 

Esterioridad de la especie 

«Sus individuos interesan á cuantos les ven, por su pe- 
culiar hermosura, por su índole inocente, apacible y can- 
dida. Su cuerpo ovoide, cónico posteriormente es esbelto. 
Su marcha, cuando tranquilos, llevando el cuello enhiesto, 
es grave y mesurada. Son graciosísimos cuando corren; y 
hay que admirar en ellos la soltura y ajilidad de sus movi- 
mientos tan varios como vivos. No es fácil distinguir á 
primera vista el macho de la hembra, á no verlos juntos. 
Sin embargo, el mayor volumen del cuerpo, el del grosor 
de las estremidades; el negro sino mas subido, mucho mas 
estenso en las plumas del escapulario en el macho; la mayor 
prolongación de su anca (1) comparada con la de la hem- 
bra que la tiene redondeada, hacen reconocer el sexo á 
aquellos, que han visto muchas de estas grandes aves. 

«Su cabeza, lejos de ser pequeña^ es muy proporcionada 
al tamaño del cuerpo. Si tal aparece á la distancia, es en 
virtud de la gran mole de este y por estar montada sobre 
un cuello tan prolongado. No es por tanto verdadera la 
pequenez en que inculca M. Buffon y otros que le siguen. 
A ser mayor aquel miembro, se asemejaría mas que al 
natural de las aves, al de algunos grandes reptiles; y en- 
tonces perdiendo su hermosa apariencia, tomaría el aspecto 
estraordinario de un animal hórrido y dañoso. De cual- 
quier modo, su peso de mas de ocho onzas, cuando fresca, 
no obstante la gravedad del pico y de la lengua, se oponen 
al concepto de una exigüidad desñgurativa. 

«Ella no es aguda como la de las demás aves, ni necesita 
esa disposición, pues privada la especie del vuelo; sin tener, 
por consiguiente, sus individuos que hender los aires, se 



(1) Forma diferencial en la estructura del Ñandú que ha dado motivo á que los 
campesinos llamen anca de avestruz ala del caballo, cuando ella es comprimida y 
mas proyectada que de ordinario. 



104 OBRAS 1>K SARMIENTO 

concilia perfectamente con su destinación pedestre, la 
organización obtusa de aquella parte. La pluma que la 
reviste es espesa, áspera y cerdosa: la negra que cubre su 
parte superior, forma una especie de medallón, en cuyo 
promedio se observa en los machos adultos y aun en las 
hembras, en la misma edad, un filoncito plumoso á manera 
de cresta inclinado hacia atrás. 

«Como continuación, desciende desde allí por detrás una 
faja negruzca, que ensanchándose y haciéndose mas rara 
sobre el dorso, se estiende hasta la última vértebra. La 
parte inferior y las laterales del cuello están pobladas de 
plumas blanquisco cenicientas. Circuye su base y baja 
hasta el pecho una golilla de pluma negra mas ancha en 
el macho que en la hembra. Dos porciones triangulares 
de pluma mora, que caen por ambos lados hasta tocarse 
inferiormente por un ángulo, sirven de opérculo ó sobre- 
vesta al corbatín negro, el cual queda mas visible sobre la 
pechuga que por todo otro lugar. 

«La de la grupa que cuelga ligeramente por los lados y 
por detrás, y la del vientre son absolutamente blancas. 
La de los muslos y piernas es mora y tupida como la de la 
cabeza y cuello; alcanza anteriormente hasta una pulgada 
mas arriba del talón ó vulgarmente rodilla, llegando por 
los lados y por detrás algo mas abajo. 

«De las plumas largas de las alas, que son de ciento 
treinta á ciento cuarenta en cada una, las mayores tienen 
dos pies de largo, y son blancas de la raíz hasta su mi- 
tad y en el resto grises ó cenizo plúmbeas. Su distribu- 
ción es en rangos paralelos de cinco plumas uno, intercep- 
tados de espacios de una pulgada enteramente limpios. 
Las del húmero ó primer hueso son mas cortas que 
las de los segundos (el cúbico y el radio) y aun tam- 
bién que las del cuerpo. Su dirección es hacia arriba 
y atrás. 

«Las del carpo que son como veinte en línea, fuera de 
ocho muy hermosas absolutamente blancas que orillan su 
primer hueso, sirven de movible apertura al ano. El pul- 
gar tiene diez plumas de color común; estas como las del 
carpo inclinadas atrás. El espolón ó cornezuelo curvo y 
deprimido, de una pulgada de largo y aun mayor en el 



FRANCISCO J. MUÑIZ 105 

J^andú viejo, tiene su articulación en las estremidades de 
aquel dedo. En el nuevo es plumoso, pasa después á cór- 
neo, y adquiere finalmente el aspecto y la consistencia ó 
sea en la edad in'ovecta. 

«Todas estas plumas son filamentosas, secas, blandas, 
desprendidas unas de otras, y sus barbillas sin la menor 
adherencia entre si. Se asemejan á las del pavo real en 
estas condiciones, aunque sus hastiles sean mucho mas en- 
debles. Todas ellas son inútiles ya para dirigir ya para 
sostener el vuelo. 

«Las alas del Jlandú en flecciun tienen una apariencia 
singular cornparada con las de las otras aves en igual si- 
tuación. Estas, incluso el Avestruz Africano cuando las ple- 
gan, dejan el dorso descubierto; aquel le cubre entera- 
mente, alcanzando á envolver con ellas, como con un manto, 
todo su cuerpo. Cuando las levanta por cualquier motivo 
en bóveda (lo auehace frecuentemente) ó las estiende; en- 
tonces queda patente el ano, manifestándose él y la grupa 
solo resguardados por las cortas plumas blancas y no gri- 
ses, como dice M. Buffon, de que naturalmente está ves- 
tido. 

«Este insigne naturalista informa que el Tuyú tiene sobre 
el dorso y en contorno de la rabadilla largas plumas, que 
cayendo hacia atrás ocultan el ano. Pero estas partes están 
apenas cubiertas por plumas que no pasan, en un J/andú 
adulto, de cuatro pulgadas. Una sola propia de aquellos 
lugares no desciende en limbo ó cenefa aun para servir de 
diáfano tegumento al ano, que dista dos pulgadas del uro- 
pigio ó rabadilla cónico convexa, pelada y callosa ademas 
en una pulgada de circunferencia. Son las alas cruzando 
sus plumas estremas, cuando recogidas, las que celan con 
ellas al mismo tiempo que el dorso, aquel conducto escre- 
torio de las heces intestinales. 

«En la especie del Ñandú no hay individuos entera- 
mente negros, como dice Molina haberlos visto, aunque 
los hayan blancos, pues originalmente son de un mismo 
color. 



106 OBRAS 1)K SARMlKNTü 

DESCRIPCIÓN DE UN ÑANDÚ ADULTO 

Sus sentidos y principales órganos internos 

Pies pulgadas lineas 

Longitud de la cabeza con el pico 7 8 

De este hasta su ángulo ó comisara 5 3 

Ee esta parte hasta las prinaeras plumas de 

la cabeza 3 6 

Mayor espesor del cráneo 4 

Longitud de la rama superior del pico 3 

De la inferior 6 6 

De las de la mandíbula hasta el oido 6 6 

Del hueso inferior del pico hasta su porción 

ahorquillada 2 

De la estremidad del pico á la de la lengua. 3 
Término medio de la prolongación del cue- 
llo, siendo susceptible de una mayor al 

arbitrio del animal 2 3 

Longitud del tronco 2 2 

Total longitud del pico á la rabadilla 5 8 

Medida circular sobre la grupa 2 4 

Sobre el arqueo del dorso 2 8 

Sobre lo mas grueso del muslo 1 8 

Sobre la rodilla 10 

Sobre el tarso cerca de la pata 7 ¿ 

De la estremidad de la uña á la crucera. . . 3 6 
El dedo de en medio, inclusa la uña de 
una y dos tercios de pulgada, que tiene 

de largo 6 

El esterior, con la uña de una pulgada y un 

cuarto 3 ¿ 

El interno la misma dimensión . 

Ancho de la pata 2 

Su grosor de arriba abajo ' 1 

Longitud del muslo 9 ^ 

De la pierna 11 

Del tarso 1 2^ 



FRANCISCO J. MUÑIZ 107 

«Este tiene anteriormente como cincuenta escamas par- 
duscas, y cubren posteriomnente sus dos tercios superiores. 
Todas están sobrepuestas. 

«La rama superior del pico tiene cinco puntitas; la infe- 
rior tres, que obran á modo de dientes. Peso de un Ñandú 
adulto y bien portante, sesenta á setenta y cinco libras. 

«Bordean los párpados, por pestañas, plumitas finísimas, 
duras y rectas. Se asemejan á las cerdas, siendo del todo 
peladas, particularmente hacia la estremidad. Son mas 
numerosas en el párpado superior que en el inferior. Un 
espacio limpio de pluma, cubierto de piel fina color plomo, 
rodea el ojo, y se estiende hasta el pico. No tiene cejas, 
como dicen los autores de la Biblioteca Americana y otros. 

« El ojo está solo resguardado superiormente por una 
menbrana fuerte y tirante como el pergamino de un tambor 
que es continuación del pericráneo. Ella está revestida de 
una piel gruesa cubierta de pluma bien tupida. Ambas 
cierran el espacio semilunar que dejan de aquel lado los 
huesos que componen la órbita. 

«El párpado superior que cayendo algo sobre el ojo le 
quita en parte la redondez, és absolutamente inmóvil, y no 
móvil como el del Avestruz Africano, según M. Buffon. Ese 
(fescenso del párpado si resguarda al ojo en la parte que le 
cubre, no le permite ver hacia arriba, si no es ladeando 
algo la cabeza. Por el contrario, la depresión posterior de la 
órbita permite descubrir los objetos situados detrás; dispo- 
sición que favorece las niiradas á retaguardia tan necesa- 
rias al Á^andú cuando huye perseguido. 

« El no pestañea propiamente, sino que vela el ojo con 
la membrana transparente clignotante que le sirve de pár- 
pado interno, descorriéndola da arriba abajo y de delante 
atrás con celeridad suma. Un músculo elevador y otro 
depresor adheridos á cada estremo de la membrana movi- 
ble^ facilitan ese acción casi simultánea. 

« Aun cuando el ojo del J^andü somero ó á flor de la ca- 
beza, esteriormente redondo, de una pulgada de diámetro, 
de un pardo despejado y transparente, con una pupila ne- 
gra, y orbicular, de una inocente brillantez, se asemeja al 
del hombre, como dice M. Buffon; sin embargo, privada en 
sus actos esta especie, como todos los animales, de la espre- 
sion que reflectan las pasiones sobre las del gefe de lacrea- 



108 OBRAS DE SARMIENTO 

cion terrena, que son como el espejo füsivo de sus emocio- 
nes internas, pierden los del -Á^rt/írf?( mucho en la compara- 
ción, apareciendo, después de heclio, siempre indiferente y 
uniformes, jamas en una actitud crítica, embarazosa ó con- 
movida. 

« La órbita ni es cónica ni tan profunda como en el racio- 
nal. Sus dimensiones son casi iguales en todo sentido, 
siendo tan grande su capacidad, que si á una de estas ca- 
vidades se añadiese el cuarto de la otra, se tendría el equi- 
valente del hueco del cráneo ó del espacio que ocupa la 
masa cerebral entera. 

(( Un tejido fibroso bastante tenaz y fuerte, músculos fir- 
memente adheridos á la esclerótica, y un par que acompa- 
ña al nervio óptico desde su entrada en la órbita, afirman 
el ojo á las paredes de la cuenca, y le inmovilizan absolu- 
tamente. Cierta porción de gordura amarillenta tapiza á 
llena su fondo. 

« Los conductos que dan paso al nervio predicho son re- 
dondos, y los separa un septo membranoso muy fuerte. 

« Desprendido el ojo de la órbita en el Avestruz de África 
toma por si mismo, dice Ramby citado por M. Buffon, la 
forma triangular. En el ojo del Americano se observa esa 
misma figura, no porque la adquiera después de su estrac- 
cion, sino porque la tiene naturalmente, como nos lo mos- 
traron repetidas pruebas. El vértice de ese triángulo im- 
perfecto corresponde al ángulo interno del ojo debajo del 
oríjen ó arranque del párpado interno. Esa salida obtusa 
es ocasionada por el humor acuoso, que estiende de aquel 
lado las membranas, haciendo perder al ojo su forma es- 
férica. 

« El diámetro ántero-posterior del globo, de pulgada y 
media, es mayor que el vertical, á causa de la configura- 
ción espresada. Por consiguiente el ojo de esagrande ave, 
que no es por poca cosa globular, no entra ó no puede alo- 
jarse en la órbita humana. Cuando mucho esta le abarca- 
rla en su diámetro transversal, y eso solo en su entrada. 
Imposible sería hacerle penetrar mas allá, en virtud del es- 
trechamiento gradual ó conoide que asume de adelante 
atrás la órbita de la especie racional. 

« Aunque los humores del ojo proyectan la pupila hacia 
adelante, dándole no poca prominencia, sin embargo, no 



FRANCISCO J. MUÑIZ 109 

se forma idea por ella, del volumen del órgano encerrado en 
ia cavidad visual, que es mucho mas grande, que loque es- 
tei'iormente se muestra. 

« La esclerótica es semi-opaca, dura, al parecer inorgánica. 
La cubre interiormente una membrana negra, lustrosa por 
ambas faces, floja en su testura, que se desprende, y arro- 
lla fácilmente. En el modo de separarse, en el color y lus- 
tre se asemeja á la cuticola que cubre inferiormente á cier- 
ta variedad de hongos. Al estenderse sobre los anillos 
óseos, que rodean la pupila (mucho mas fuertes cuando le 
son mas próximos) se esparce en tenuísimos filamentos pa- 
ralelos, que remedan á un haz ó manojo de partes simétri- 
€as, ó á los dientes de un peine fino, como es general en las 
aves. 

« La cornea es fibrosa y tenaz. 

« El cristalino, de dos granos de peso, de una diafani- 
dad tan pura como lúcida, apesar de la adhesibilidad de sus 
partículas, es esférico, y parece mas convexo anterior que 
posteriormente, al contrario que en el hombre. Su cápsu- 
la, aunque de una perfecta trasparencia es mas densa an- 
teriormente que en el resto de su estension. 

« El humor vitreo, de cuatro granos de peso, es de forma 
e*sférica. El ocupa el cuarto anterior del globo del ojo, al 
contrario que en el hombre. El es semejante, como el de 
este, al vidrio fundido ó á una goma trasparente y pegajosa. 
La tenacidad intestina de sus moléculas no le permite re- 
frinjirse ó perder su cohesión, cuando se le suspende. Está, 
como el humano, dividido en celdillas de igual tamaño por 
una membrana tan fina como la lujaloides. Se le nota una 
depresión para alojar al cristalino. 

«El humor ac¿¿oso claro y trasparente existe en tanta ó 
mayor copia que en el hombre, pues no baja su peso de 
ocho á diez granos. El surje con ímpetu cuando se pene- 
tran las membranas del ojo. La que particularmente le 
contiene es de testura sumamente delicada. 

« El nervio óptico se introduce en el globo ocular, en- 
vuelto en una fuerte membrana, por el promedio de su por- 
ción lateral interna. El resto del ojo está conformado co- 
mo en las demás aves. 

« Si los de los mayores cuadrúpedos son pequeños en 
proporción de su tamaño, los de la mayor ave de nuestro 



lio OBKAS l)\& «AKMIKINTO 

continente son grandes en el sentido de su tamaño. Aun- 
que según el eminente M Cuvier los ojos mayores son en 
los animales los mejor adoptados para ver en las tinieblas, 
el J/andú, así como la familia entera de los gallináceos, y 
aun otras aves de ojos no pequeños, vé poco en la noche. 
De día, por el contrario, descubre los objetos á gran distan- 
cia, y los registra, siendo la dirección de sus ojos hacia ade- 
lante, con entrambos á un tiempo. 

«Pesa el ojo, recien estraido, siete dracmas ó quinientos 
cuatro granos. El cerebro cuatro dracmas ó media onza. 

« El conducto auricular, de una pulgada de diámetro, se 
abre detras del ojo y del ángulo de unión de las dos man- 
díbulas. Corresponde á la parte posterior y menos ancha 
de la bóveda del cráneo, y se muestra dentro do un espacio 
de pluma ceniza, rodeado de otro que la tiene negra. 

« Aunque la finísima que con apariencia de cerdas duras 
rodea la apertura del oido, esté dispuesta en perfecto circu- 
lo, su entrada, sin embargo, es oblonga y algo mas ancha 
adelante y abajo que en lo demás. Contribuye á darle esta 
forma en la parte posterior un repliegue de la membrana 
esterna de color plomo, y superiormente un borde de los 
huesos de la bóveda del cráneo. 

« La estructura interna del oido, tanto en las piezas óseas 
como en el todo de su conformación, se confunde con la de 
las otras aves. 

« El sentido del tacto es obtuso y mucho mas que en otras 
aves, por la grosura callosa de la piel de sus dedos y patas, 
por las fuertes escamas de los tarsos, la consistencia cór- 
nea del pico, y el plumón abundante y espeso que cubre 
muchas partes de su cuerpo. La piel es gruesa en propor- 
ción de la magnitud del ave, principalmente sobre ciertas 
partes, lo que contribuirá á embotar mas el sentimiento, 
Pero nunca podrá ella ser útil para corazas ó cotas de malla 
como la del Avestruz africano, según escribe, con verdad ó 
sin ella, M. Buffon. 

« Una tapita carnosa cubre las ventanas de la nariz, y un 
repliegue longitudinal de su membrana interna, que es 
continuación de la del pico y de la de las fauces, forma 
una especie de ternilla blanda, que parece debiera producir 
cierta modificación en el aire que se respira. Ella es 
incompleta, no constituye tabique, y es probable que vibre 



FRANCISCO J. MUÑIZ 111 

en las grandes inspiraciones y en el canto. Mirando por la 
parte superior de los conductos se descubren las ternillas 
en forma de membranas tirantes. Los conductos nasales 
tienen unas grandes aberturas de comunicación al paladar; 
lo que proporciona la entrada y salida de una considerable 
porción de aire, en un tiempo dado, lo que es ventajosí- 
simo, y mas necesario en esta especie que en otras. 

«A pesar de una estructura algo complicada, el olfato 
debe ser quizá obtuso cuando la especie traga de todo y aun 
sustancias de olor ingrato y algunas nocivas á la existencia 
del hombre. Esto es acomodando ese sentido en la especie 
del Ñandú á la impresionabilidad del nuestro; manía que 
no basta á destruir la presencia de seres distintos en pro- 
piedades y en formas, y que siendo de diferente naturaleza 
á la nuestra ejercen funciones primitivas, que, en relación 
con sus atributos, discordan estrañamente de las cualidades 
inherentes al hombre. 

«Tal vez la especie carezca de nervios olfatorios ó al 

menos no encontramos los cuerpos acanalados de donde 

ellos proceden, ni las eminencias piramidales de donde 

toman origen aquellos cuerpos; defecto que se observa, por 

^una rara coincidencia, en varios cetáceos. 

«Puede también influir en la disminución de ese sentido 
como en la del siguiente, la brevedad del pico y el aplana. 
miento de la cabeza, circunstancias que minorando la 
estension de los conductos nasales y de la lengua, deprimen 
en proporción la energía de sus funciones propias. 

«Respecto al sentido del gusto, él parece igualmente 
entorpecido. La lengua semi-cartilajinosa y cubierta de 
una piel aunque apretada y densa, muy húmeda, como lo 
es todo el interior de la boca y fauces, no presenta ni ves- 
tigios de papilas nerviosas. Ella representa una elipse de 
base semilunar montada sobre un hyoides cuyas alas ó 
ramas, de dos pulgadas, delgadas y agudas, depasan infe- 
riormente la abertura de la glotis. Tiene de diez líneas á 
una pulgada de largo y otro tanto de ancho en su base. El 
repliegue membranoso que forma el frenillo, le deja libre 
desde la mitad de su longitud. Igualmente lo están hasta 
su base los bordes laterales y aun parte del posterior. En 
lo demás está este órgano adherido á los tejidos subyacen- 



112 OBRAS DE SARMIENTO 

tes, no obstante que puede elevarse, deprimirse, y aun 
ejercer ciertos movimientos laterales aunque oscuros. 

«La entrada del esófago es grande y sumamente dilata- 
ble. Tiene regularmente dos pies y cinco ó mas pulgadas 
de longitud hasta una sobre el ventrículo. Allí se encuen- 
tra, en rededor de aquel conducto, una glándula conglome- 
rada de tres pulgadas de largo y una y media de espesor. 
La forman numerosos cuerpecillos lobulares ó sean simples 
glándulas sin comunicación entre sí. Compónese su sus- 
tancia de la reunión de granos carnosos semejantes á los 
que constituyen en el hombre el thymus^ los cuales resultan 
del lacis ó red de vasos ó de nervios. De cada folículo ó 
cripta nace un conducto, el cual reunido á otros de la mis- 
ma procedencia, llegan á originar conductos mayores, los 
cuales se abren al esófago rodeados de un esfínter. 

«El ventrículo, largo do ocho á nueve pulgadas, pesa 
aproximadamente, en su plenitud, algo mas de tres libras. 
Una epidermis áspera y coriácea, perforada en varias par- 
tes, arrugada ó inorgánica, le cubre interiormente. Se le 
sobrepone una membrana tendinosa, casi cartilaginosa, 
blanca, gruesa y dura, cuya faz interna está sembrada de 
mamelones, que insinuándose por los foránimes ó agujeros 
de la túnica interna, pudieran desempeñar el rol de ins- 
trumentos de la sensibilidad y de despertadores de la ac- 
ción muscular del ventrículo. 

«Al esterior de esa membrana se adhieren espesos mano- 
jos ó dijitaciones carnosas, que al converjer sobre el cardias 
ó boca del estómago, dejan libre (como el centro frénico ó 
aponeurótico del diafragma en el hombre) el espacio de una 
pulgada por donde aquella se descubre en su genuina tes- 
tura. Tanto ella como la epidermis coriácea están honda- 
mente surcadas en el sentido lonjitudinal del ventrículo 
que es el que guardan los haces musculares. Estos obran 
sobre estas partes en las fuertes y continuas contrac- 
ciones que necesariamente ejecutan durante el trabajo 
dijestivo. 

«Siendo improbable que para su cumplimiento segre- 
guen las membranas propias del ventrículo los jugos in- 
dispensables, es presumible que ellos se elaboren en el 
parénquima ó cuerpo de la gran glándula esofájica, que 
arriba mencionamos. En efecto, el interior de las glandu- 



FRANCISCO J, MUÑIZ 113 

iilhis, cuya conglobación forma aquel gran cuerpo, está 
impregnado de una linfa ó humor viscoso, insípido, coagu- 
lable por el alcohol. Escitada su secreción por el contacto 
de las sustancias alimenticias con sus orificios esofájicos, 
y aun simpáticamente después de residir en el estómago, 
es de creer se derrame en la copia necesaria al per- 
fecto acabamiento de aquella función eminentemente re- 
paradora. 

«La estructura de esta entraña en el ñandú ofrece carac- 
teres de notable singularidad, mucho mas si se compara 
con la dtil Avestruz Africano. Ella se distingue de la de las 
aves en que carece de la molleja ó del ventrículo succentu- 
riado de estas, de los rumiantes y de otros cuadrúpedos en 
no tener aquella viscera múltiple ó de cuatro cavidades. 
El Africano tiene, dice M. Buffon, molleja y muchos estó- 
magos é intestinos que por su capacidad y composición 
corresponden, parte á los rumiantes y parte á los otros 
cuadrúpedos. 

«Sin duda, que un mecanismo tan complicado y esa es- 
traordinaria organización, que parece destinada en la 
especie á fines opuestos, al ejercicio de funciones contra- 
dictorias, es supremamente distinto del simple aunque vigo- 
roso aparato del Avestruz Americano. 

« La válvula del píloro, ó intestinal, es robusta y redon- 
deada. 

« Los intestinos delgados, carnosos, blanquiscos, uniformes 
en grosor, sembrados de válvulas conniventes tienen de 
lonjitud seis pies cinco pulgadas á corta diferencia. Los 
ciegos un pié tres pulgadas. Estos son dos que situados 
uno á cada lado de los intestinos delgados se unen á ellos, 
así como los apéndices vermiformes, que son su continua- 
€ion, con un tejido celular flojo con algunos vasos y gordu- 
ra. La válvula íleo secal es redonda, firme y carnosa. El 
colon, de la misma estructura y de mayor amplitud que los 
delgados, tiene un pié dos pulgadas de lonjitud. El j^ecto, 
que no se ha podido observar libre de escrementos, forma 
cuando ocupado por ellos, un recipiente casi oricular de 
cinco á seis pulgadas de diámetro, es una verdadera cloaca 
continente de las sustancias escrementicias sólidas y liqui- 
■das. Este intestino y los ciegos siempre llenos y distensos 

Tomo xuii.— 8 



114 OBRAS DE SARMIENTO 

por uno ó ambos de estos materiales, tienen sus paredes, 
delgadas y trasparentes. Apenas se ven serpentear por ellas 
algunos diminutísimos vasos sanguíneos. 

«Como se observa en los herviboros, la división de los in- 
testinos delgados con los gruesos es muy sensible, é in- 
mensa la diferencia entre aquellos, los ciegos y el recto. 
Por otra parte, la naturaleza ha suplido en esta especie el 
defecto de lonjitud intestinal por una liberal concesión en 
amplitud y grosor. Pudiera ser, que nos le ofreciera asi dis- 
puesta, por tener ella propensidades omnívoras, y por co- 
locarJe mas ó menos á igual distancia de los herbívoros que 
de los carnívoros. 

«.hos apéndices vermiformes son escesivamente largos, pues 
no teniendo los del hombre mas de tres ó cuatro traveces 
de dedo, los del MrtMíM miden la enormidad de un pié dos 
pulgadas. En el sitio de unión con los ciegos forman cin- 
tura, y siguen decrecierrdo en diámetro hasta terminar en 
punta aguda. Su testura es igual á lá de los intestinos del- 
gados, y su interior está cubierto de válvulas piramidales. 
Están distribuidas en dos líneas, de manera que al inter- 
medio de dos de una línea, corresponde otra de la late- 
ral; su distribución es cruzada y hay una pulgada de una 
á la otra. 

El destino de estas válvulas parece ser el oponerse al pa- 
saje de las materias fecales de los ciegos á la cavidad da 
los apéndices y el de sus criptas ó folículos mucosos el 
segregar un fluido que vertido en los ciegos sirva á hume- 
decer y lubrificar sus paredes, y á impedir el resecamiento 
de las heces ventrales, mezclándose con ellas. 

«El hígado, de dos lóbulos, pesa quince onzas. La vesícula 
félea tiene dos pulgadas de largo. Los conductos biliarios,, 
casi capilares, son dos de nueve pulgadas cada uno, y entran 
en el duodeno á cinco del píloro. 

«La larinje de figura oblonga, mas abierta anterior que 
posteriormente, tiene una pulgada de largo. La glotis óseo- 
cartilajinosa se estrecha, se cierra y se ensancha considera- 
blemente. Sus bordes están posteriormente sueltos. Cuan- 
do el ave está ajitada, ó se le comprime el cuello, la 
avertura larínjea toma una espansion circular de mas 
de una pulgada y media de diámetro. Carece de epi- 
glotis. 



FRANCISCO J. MUXIZ 115 

«La tráquea del diámetro de una pulgada y como de 
dos pies de longitud, tiene sus anillos cartilaginosos y en- 
teros. El inmediato á su bifurcación comprende media 
pulgada de ancho, y los bronquios, que se dividen deiras 
del borde superior del corazón, tres de largo. Sus anillos 
membrano-cartilaginosos están diversamente configura- 
dos. 

((Los pulmones, divididos en cinco lóbulos, tienen de 
longitud seis pulgadas y media, y diez y seis onzas de peso. 
Están como en las demás aves firmemente adheridos á 
las costillas y á la columna vertebral. Su sustancia está del 
todo penetrada de conductos, los primeros ó mas próximos á 
los canales brónquicos son cuatro en lineaj del grosor 
del cañón de una pluma de ganzo; nueve mas, casi tan 
grandes, se descubren alineados hacia las costillas; y asi en 
sucesión decreciente, se presentan hasta el infinito micros- 
cópico subdivisiones de subdivisiones de aquellos con- 
ductos aéreos. Los pulmones están envueltos por una 
membrana particular tenuísima, producción de la pleura. 

((El corazón que es la primer entraña que se ofrece de- 
bajo del esternón, está cubierto por una membrana [iropia, 
y pesa doce onzas. Su base se aloja entre los lóbulos 
del hígado, y tiene las mismas cavidades, y el mismo sis- 
tema de vasos sanguíneos de las demás aves, á escepcion 
de su calibre que es mucho mayor que en ninguna otra 
especie. 

((El páncreas, como en toda la clase alada, es larguísimo, no 
mide menos de diez y ocho pulgadas, y está penetrado de 
varios conductos. 

((El bazo, muy pequeño, se halla como al centro del mesen- 
terio. 

((Del ?-mo/í, que tiene de cuatro á cinco pulgadas de lon- 
gitud, salen los uréteres, que como en las demás aves, van 
al recto. 

«El ovidiictus tiene de largo, desde el racimo ú ovario hasta 
su terminación en el ano, doce pulgadas. 

«Los testículos colocados, en uniformidad con las demás 
aves, sobre el riñon asi como el ovario, miden tres pulgadas 
de longitud. 

«K\ pene cdmosOf blanquisco, deforma espiral ó de caracol 



116 OBRAS DE SARMIENTO 

como el del pato, tiene como ocho ó nueve pulgadas y ter- 
mina en punta lisa. 

«La hembra, á diferencia de la africana, que dice Buffon 
tenerlo, carece de clítoris. 

PARALELO ENTRE EL ÑANDÚ Y EL AVESTRUZ AFRICANO; ESCELENCIA 
DE AQUEL EN VELOCIDAD Y FORTALEZA 

«Pretende M. Buffon que ambas especies se asemejan 
en la pequenez de la cabeza, en lo aplanado del pico y en 
el largor del cuello; pero que en las demás partes el ñandú 
se parece al Casoar. M. Cuvier, en la obra citada, dice 
exactamente lo mismo, y hasta usa de las mismas palabras 
de Buífon. 

«Semejantes, en verdad, por esos signos las dos especies, 
preservan todavía algunas relaciones mas de uniformidad 
esterior ya en la forma de los ojos, y en el corte del cuerpo 
en forma de huevo superiormente y horizontal por debajo, 
ya en la colocación y testuras de las plumas, en varios de 
sus hábitos, etc. 

«Los caracteres estemos que, entre otros, los diversifican 
consisten, en ser pénita ó con cola la Africana, cuando la 
de la América carece absolutamente de ella; en la desnu- 
dez del cuello y de los muslos de aquella, siendo en la 
última de estas partes, aunque diga M. Buffon lo contra- 
rio, perfectamente emplumada. A mas, la placa que 
resguarda el cráneo del Avestruz de África, no la tiene el 
otro. 

«Pero el signo diferencial mas importante y sobresaliente 
entre ellas resulta, de la desigualdad numérica de dedos. 
Esta circunstancia á mas de ser distintiva, ejerce una in- 
fluencia trascendental sobre la mas estraordinaria propie- 
dad de estas especies, la velocidad en la carrera. En efecto 
el Avestruz de las tórridas arenas del África bisulcado ó 
con dos dedos, se muestra por esta sola causa menos re- 
sistente, presto y seguro en el ejercicio de aquella facultad 
que el ñandú trífido ó parecido por la peculiaridad de sus 
tres dedos á las aves no trepadoras, ó á los gallináceos, si 
fuera permitido contar por uno de mas el tubérculo calloso 
de sus patas. 

«La adaptabilidad ó adherencia con la superficie es la 



FRANCISCO J. MUÑIZ 117 

misma en las dos especies siendo plantigradosóque asien- 
tan toda la pata. La diferencia proviene del distinto apoyo 
que prestan en la carrera tres dedos contra dos. En efecto, 
una especie esencialmente corredora y velocísima, que 
modifica de mil modos sus peligrosas evoluciones, princi- 
palmente en la carrera de costado, en la cual efectúa cam- 
bios los mas rápidos y excéntricos, es indudable, que en- 
cuentre una mas firme sustentación, si proporciona en lo 
que es dable, esa indefinida volubilidad de pies con el 
mayor diámetro transversal que estos tuvieran. Como la 
abscripcion de un dedo en el ñandú dilata la línea trans- 
versa de ese miembro con notable ventaja sobre el de 
África, como es de suponer, por robusto que él se suponga 
en esta, resulta, siguiendo la ley que proporciona á los 
cuerpos en movimiento un mayor apoyo en razón del 
crecimiento de la base de sustentación, no solo mayor 
seguridad en el aplomo del cuerpo cuanto vertical, sino 
también, y con necesidad absoluta, en las distintas in- 
clinaciones que él adoptara en sus indescribibles movi- 
mientos. 

«Aquella base representada en la carrera del ñandú por 
la pata entera, ó solo posada sobre las últimas falanges, 
como en el hombre cuando corre, es en cualquier caso 
mas estensa y mucho mas firme en él que en el otro, des- 
cansado el centro de gravedad sobre un basamento mas 
lato. Este mayor ensanche es de una alta importancia 
para un bípedo, cuya disposición corpórea es horizontal y 
no vertical como lo es en el hombre. Este, por esa razón, 
en su estación y aun corriendo permanece naturalmente 
aplomado sobre sus pies, el ñandú, de cuerpo horizontal 
como los cuadrúpedos, tiende por el contrario á desequili- 
brarse en las multiplicadas evoluciones de su carrera. Y 
al considerarla velocidad y tortuosidad con que la ejecuta, 
la pesantez y volumen de su cuerpo, la prolongación, sin 
igual en la clase entera de su línea horizontal, no puede 
desconocerse la sabia liberalidad de la naturaleza, en esa 
ampliación de base con que la agració, sin mengua de la 
celeridad que le fué acordada como primer dote, y como 
único medio de defensa. 

«Quizá sea cierto que la pata del Avestruz bidígito puede 
en un riguroso cálculo mecánico, ofrecer un momento de 



118 OBRAS DE .SA.KMIENTO 

ligereza, suponiéndole una mas pronta separación del 
suelo, que la del tridáctilo ó de tres dedos. Pero esta ven- 
taja, si lo fuera, seria casi efímera en sí misma, encontrán- 
dose disminuida por un menor diámetro latitudinal que 
espone á vacilaciones en la carrera, ó á perder el equili- 
brio al menor vaivén de un cuerpo mas pesado y volumi- 
noso que el del Ñandú, y empujado por potencias cuyo 
ejercicio es tan rápido. 

«Por otra parte, la escelencia de un par de músculos en 
cada estremed idad del Ñandú, le proporciona un nuevo 
grado de ajilidad y de resistencia en la carrera, y le hace 
superior al de los eriales y tostados desiertos del África, 
deficiente de ese poderoso resorte de progresión. La adi- 
ción de un tercer dedo supone la existencia de una otra 
polea en la estremidad inferior del tarso. El de Áfri- 
ca solo tiene dos para recibir igual número de dedos. 
Este aumento de poleas influye en la estension del tarso 
y en la robustez consiguiente al ensanche de la pata. Asi 
es como el Avestruz Americano privilejiado con un nuevo 
elemento de resistencia y de celeridad decursiva, debe 
sobrepujar en estas cualidades al de África. En una pa- 
labra, dotadas ambas especies de un tórax ó pecho vigo- 
roso (lo que conviene no á la presteza sino al aguante 
de la decursion) no lo están empero de igual modo en 
las potencias locomóviles. 

«Esto no es decir que falte en la formación del último la 
proporción necesaria á sus fines naturales. Eso no, porque 
una gran familia no puede haber sido creada imperfecta. 
Pero la naturaleza misma dispuso, pues le concedió para 
ello medios de conocida escelencia, que en igualdad de cir- 
cunstancias, sobrepasara el uno al otro en lijereza y resis- 
tencia, en firmeza también y seguridad en los tortuosos 
jiros de su célere carrera. 

«Respecto á las diferencias osteolójicas ó de estructura 
ósea, existen varias (de las cuales nos permitiremos enu- 
merar algunas) á mas de los dedos y del sobrecasco, citadas 
como únicas en los naturalistas que hemos consultado. 

«Según Buffon, el Avestnix Africano tiene diez y siete 
vértebras cervicales. El Ñandú solo trece, contando por una 
la en que se articula el primer par de falsas costillas 
anteriores, á las que llamaremos cervicales por no estar 



FIIANCISCO J. MUÑXZ 119 

precisamente comprendidas en la cavidad del tórax ó del 
pecho. 

«Las vértebras dorsales del primero son siete; la del se- 
gundo seis. 

«A las del Africano se articulan cinco pares de costillas 
verdaderas y dos de falsas. Un tercer par de estas sirve 
de claviculas. 

«A la primer vértebra cervical de aquel se articula el se- 
gundo par de costillas falsas anteriores. A las cuatro si- 
guientes igual número de pares verdaderas, y á la sesta el 
primero postei'ior de falsas, el cual podría denominarse 
lumbar, como los dos siguientes, que están sólidamente 
unidos entre sí, y que parecen mera continuación del sacro. 

«En resumen, el Avest7'ux Africano tiene en su totalidad 
ocho pares dé costillas, cinco verdaderas y tres falsas. 
El Ñandú nueve pares, cuatro de las primeras y cinco 
de las segundas. Las ocho costillas verdaderas firme- 
mente unidas al esternón por largos apéndices óseo car- 
tilajinosos. 

«Las costillas verdaderas del Africano son dobles en su 
oríjen, en el de América lo son todas, y todas están articu- 
ladas hacia eu mitad, ausilío poderoso para aumentar la 
capacidad del pecho. 

«El primer par de apéndices costales ó costillas falsas 
anteriores del JVandú tiene dos pulgadas de largo, y las 
clasificamos de cervicales por no entrar en la estructura 
del pecho. Siendo este tan abierto y sólido, y su fuerza 
de dilatación y contracción tan grande en la carrera, ne- 
cesitando del mas fuerte apoyo la base de una tan larga 
cerviz, esas adiciones óseas avanzadas á la entrada de la 
cavidad sagrada como para resguardarla y fortificarla 
mas, como para protejerla ocultándola, comunican tam- 
bién un considerable aumento á los puntos de enlace y 
de implantación de los tejidos musculares, tendinosos, etc. 

« El segundo por falso costal se insinúa en el espacio 
torácico inmediatamente por debajo de la articulación hú- 
mero escapular, y se dirije hacia la estremidad esternal 
de la primera costilla verdadera, de la cual dista dos pul- 
gadas escasas. Fuertes ataduras membranosas ligan esos 
huesos á la escápula. Ellos están evidentemente dispues- 
tos y colocados asi por la naturaleza, para dar á ella el 



120 OBRAS DE SARMIENTO 

mas firme apoyo, la elasticidad y fuerza competente en el 
desempeño del continuado vigoroso movimiento á que está 
destinado aquel miembro en esta especie. 

« Los tres pares de costillas falsas posteriores tienen la 
curbatura hacia adelante al contrario de las verdaderas. 

«La columna vertebral de las aves es inmóvil: pero la 
del Ñandú tiene cierto movimiento necesario á los fines de 
su destino pedestre, como lo es la disposición contraria en 
las aves de vuelo para poderlo dirigir con precisión y fijeza 
en rumbo determinado. 

«Gomo el sacro se eleva en su articulación con la última 
vértebra mas que en ninguna otra ave, se forma en la línea 
sacro dorsal una eminencia la cual cubierta de gordura, 
aumenta estrañamente su altura. De aquí la forma ovoide 
del dorso. 

« La cola del Avestruz de África, consta de siete vérte- 
bras semejantes según Buffon á las humanas. El cocsis del 
J^andú se compone solo de seis, pero en proporción menos 
anchas y planas que las de las demás aves. 

« Las claviculas se forman en el Avestruz de África, dice 
aquel naturalista, 5e un tercer par de costillas falsas; pera 
las de JVandú son en sí mismas clavículas verdaderas. Fal- 
tando el tenedor, hueso ahorquillado que se encuentra en 
las demás aves, ellas ejercen solas las funciones propias de 
estas partes, funciones que son en él estensísimas. 

« Está cada uno de estos huesos como dividido en los 
cuerpos con alguna similitud á los de las demás aves. El 
inferior se articula á la parte anterior del esternón por un 
borde mas ó menos ancho de dos pulgadas de largo. Su 
figura es plana y bastante estendida, y tiene la estremidad 
mas ancha para abajo, la porción mas estrecha para arriba. 
El cuerpo superior es parecido á una costilla, su convecsi- 
dad hacia arriba se adhiere á las tres primeras verdaderas 
inmediatamente á su articulación dorsal. Kn el sitio en que se 
estrecha la clavícula para adquirir la forma costal, el hueso 
se hace mas grueso y compacto, presentando allí la cavidad 
articular que recibe la cabeza del húmero ó primer hueso 
del ala. Son varias y muy fuertes las ataduras que unen 
la clavícula al esternón, á las costillas y á las vértebras. 
El espacio esternal que queda en medio de la articulación 
de ambas clavículas es cóncavo semilunar. 



FRANCISCO J. MUÑIZ 121 

« En cuanto á la semejanza del JVandú con el Casoar ó Emú 
de las Indias Orientales, la suponemos dudosa aun en aque- 
llas partes que dicen tenerla mas, Buffon y Cuvier. Funda- 
mos nuestra opinión en la descripción que hacen ellos 
mismos de esa especie, y en el conocimiento que tenemos 
del Ñandú. Y en verdad, que después de la igualdad nu- 
mérica de dedos entre las dos, no descubrimos otra identi- 
dad que las relacionen esteriormente. Leyendo la historia 
que dá M. Buffon del Casoar se advertirá la inmensa dife- 
rencia que existe entre dos especies, reunidas quizá con 
impropiedad en un mismo género. 

«La analojia que han creido encontrar algunos natura- 
listas entre el Avestruz de África y el Camello, exagerada 
hasta el punto de imponerle el nombre de Struthio Camellas, 
analojia que en ese violento modo de ver podría compren- 
der al JVaiulú, por su semejanza con el Africano en alguna 
de sus partes, nos parece ser en su verdadero análisis otra 
cosa, que un juego de la imaginación, ó llámese la sustitu- 
ción de un sentimiento especulativo al resultado matemá- 
tico (como debiera ser) de una operación comparativa é 
imparcial del juicio. 

«Esa especie tiene, verdad es, dos dedos como el pesuño 
hendido de aquel cuadrúpedo y aun como el de otros ru- 
miantes: mas eso no es semejanza, sino igualdad de parti- 
ción en el pié; pero igualdad de partición de objetos deseme- 
jantes esterior é interiormente. Son dedos en ambas, si se 
quiere, pero aun á mayor distancia distintiva que lo están 
los cuernos del toro de los del Reno polar. Por otra parte, 
ninguna de las especies aladas tiene dos jibas de grasa 
como el Camello. El arqueo de la columna vertebral en am- 
bas es gracioso y regular, y lejos de afearles como la jiba 
á aquel, les imprime por el contrario un bombeo ó convexi- 
dad agradable. Ningún individuo de esas especies tiene el 
pico abierto en correspondencia del labio superior del Ca- 
mello; y lejos de ser ellos desairadísimos como este animal, 
de tener tolondrones en las rodillas y en el pecho, son 
bellos; majestuosos y llenos de donaire. Ni el de África ni 
el Americano son susceptibles de carga, ni poseen la so- 
briedad proverbial de los Camellos. Estos no corren, aun que 
son grandes andadores al trote, aquellos no comen yerbas 
duras por elección, ni tienen depósitos para el agua-provi- 



122 OBRAS Db SARMIENTO 

sion ó surtido que basta á los Camellos para que no beban á 
menudo, como lo hace el^andú, y no porque, como lo creen 
algunos, pueda pasarse sin agua muchos dias aquel útilí- 
simo cuadrúpedo. 

ALIMENTACIÓN DEL ÑANDÚ 

Peculiaridades de su sistema digestivo 

«Según Marcgrave él se sustenta de carnes y de frutas. 
M. Buffpn dice: que si se le hubiera observado, se sabría 
cuál de estos alimentos prefiere. Conjetura este autor, que 
la especie es frujivora, y le atribuye el instinto del Avestruz 
de África que traga piedras, hierro y otros cuerpos duros. 

«Equivoca Marcgrave al ñandú esclavo y sujeto á los pre- 
ceptos del hombre, con el que libre y entregado á su 
instinto recorre las vastas llanuras de las Pampas y otros 
grandes espacios inhabitados de la América Meridional. El 
hombre, aunque incapaz de desnaturalizar las especies, ni 
de variar su tipo orgánico aun por el cambio sucesivo de 
climas (como lo ha sentido tal vez algún naturalista), obli- 
ga, sin embargo, á los animales sujetos á su tiránico domi- 
nio á modificaciones estraordinarias en su réjimen y en 
las sustancias con que entretiene su dieta. 

«Esta especie, como el caballo, el perro, el gato, el buey, 
el cerdo, etc., cuando domésticos sus individuos, comen lo 
que les dan. Y así debe ser, no teniendo elección entre 
Ijerecer de hambre ó tomar el sustento que el hombre les 
proporciona, ó que la casualidad les depara, para satisfa- 
cerla. Entonces traga en gran copia piedras, monedas de 
cualquier metal, trapos, clavos, vidrio, etc. Engullen tam- 
bién pollos pequeños de gallina y de otras aves de corral, 
duraznos y otras frutas. Encontramos enclavadas en las 
paredes del ventrículo de una de estas aves una horquilla 
de prenderse el pelo las señoras, todavía con el moño de 
cinta punzó que ella atravesaba. 

«Pudiera decirse, que no en virtud de una ley de la 
naturaleza para la especie, sino en uso de la fuerza des- 
componente y de combinación propia de su estómago in- 
jiere, en defecto de alimentos asimilables, sustancias 
nocivas para el hombre é insuculentes para ella misma 



FRANCISCO J. MUNIZ 123 

estraidas de cualquiera de los tres reinos naturales. Por 
esta razón debería considerársele no solo herbívora sino 
granívora, insectívora y aun carnívora á !a vez; raras dotes 
que constituyen á la especie del J^andú omnívora sobre 
cuantos lo son! 

«El sustento del JVandú de las Pampas hasta el Estrecho 
de Magallanes, el del que habita en la Provincia del Pa- 
raguay, la República Oriental del Uruguay y del Brasil, es 
esencialmente herbáceo. Pican con predilección los tallos 
y las hojas de las gramíneas tiernas prefiriendo sobre 
todas á la verdolaga. Entre las frutas silvestres de las 
Pampas toma el camambú, la del arazá, etc., y las semillas 
de muchas plantas de aquella familia, siendo estas y los 
frutos las partes que agradan mas á los herbívoros, por 
contener la fécula y el mucílago, principios los mas sabro- 
sos y nutrientes de los vejetales. 

«Sobradamente se opone á la opinión de ser frujívora la 
especie, el estar privada del vuelo. Asida, por decirlo asi, á 
la tierra, tiene por necesidad que conformarse con lo que 
ella produce sobre su superficie. Sin facultades para guin- 
darse como las aves trepadoras y algunos cuadrúpedos, sin 
el poder de elevarse sobre las altas ramas como las demás 
aves, la misma naturaleza le interdijo el uso de las frutas 
arborescentes, como alimento de primera necesidad. Aun 
en las rej iones ecuatoriales de la América donde estas 
abundan al infinito, no le serían de provecho cuando caen 
de maduras, pues el Ñandú no penetra en la espesura, ni 
aun instigado por el hambre. 

«Podría preguntarse ¿obedece esta especie á su instinto, 
cuando traga en mayor cantidad sustancias inasimilables 
á su constitución, y algunas que al parecer le son nocivas? 
Racional es suponer que ese principio sensiente y volente 
en los seres que nos place llamar brutos, el instinto, es 
para ellos en cuanto á su preservación y en el ejercicio de 
sus funciones animales, casi lo que la razón con todos sus 
atributos para el hombre. Por tanto, nos permitiremos 
asignar como causa de esa aberración apetitiva, la necesi- 
dad de volumen que llene, que amplíe, en defecto de ali- 
mentos, el ventrículo, de lo contrario susceptible de grandes 
sufrimientos. En esa especie, como en otras dotadas de 
gran poder dijestivo, la vacuidad del estómago parece ori- 



124 OBRAS DK SARMIENTO 

jinar una sensación altamente penible, que á veces auie- 
nazara hasta con la desorganización. Calmar entonces la 
impresión dolorosa, la oscitación intolerable que produjo la 
acritud y exuberancia de los sucos estomacales sobre las 
paredes casi en contacto de la entraña, dilatarla injirien- 
do, á no haber otras, materias inertes, aliviar el famélico 
sentimiento por cualquier medio, es el grito una y otra 
vez repetido de la misma naturaleza. El hombre en presa 
á los rigores del hambre, el polífago, el homófago ó crudi- 
boro, el desgraciado náufrago, devoran cuanto encuentran; 
y lo que espanta á la naturaleza, se convierte en furioso 
enemigo de su especie, en antropófago sediento de su 
misma carne y sangre, de la sustancia viva y palpitante 
que le dá forma y existencia. 

«Conviene distinguir el desgaste de los metales y de otros 
cuerpos duros en el estómago del J/andú, su supuesta diso- 
lubilidad también del elemento nutriente y provechoso que 
cree Vallisnieri se estrae de ellas. Este autor escribe, 
que el hierro disuelto por el jugo de las glándulas esto- 
máquicas, entrando como principio útil en la dijestion 
acarrea entre otros bienes, un aumento de fuerza en los 
sólidos. Supone que atenuado por ácidos convenientes se 
volatiliza y tiende á vejetar, adquiriendo formas análogas 
á las plantas, etc. 

«Pero estas suposiciones arbitrarias é inexactas son in- 
sostenibles. ¿Quién se atreverá á garantir un resultado que 
exije ensayos repetidos, comparación de pruebas y esperi- 
mentos bien dirijidos y estudiados en sus mas menudos 
detalles? De que el hierro entre en la composición de los 
seres vivientes, no se sigue ni la posibilidad de su dilusion 
cuando sólido en el ventrículo del Avestrux, ni mucho menos 
las pretensas ventajas de su absorción á la masa humoral. 
Es una ley inmutable en los animales, que solo les nutre 
aquello que es susceptible de trasformarse en quilo. Los 
leños, las piedras y los metales, no son por cierto poseedo- 
res de una calidad tan noble y privilejiada. 

«El desgaste de esas sustancias en el buche del JVandú es 
innegable, como lo es en el de varios gallináceos el de mo- 
nedas, tachuelas, etc. Tal resultado parece provenir menos 
de un menstruo acumulado con anticipación en el ven- 
trículo ó vertido de pronto en él, que del incesante y fuerte 



FRANCISCO J MUÑIZ 125 

movimiento muscular de sus paredes. Es de suponer, que 
cuanto ellas sean mas refractarias y menos afines por su 
naturaleza con la organización del animal, escitando ma- 
yor estímulo, promoverán una abundante secreción de 
jugos. Hasta aquí puede conducirnos una racional conje- 
tura, quedando inescrutables el modo y trámites, si otros 
existieran, de la dirrupcion y gastamiento; como nos lo son 
en la economía humana la mutación ejercida por los 
humores gástricos sobre el quimo; ó el rol que desempe- 
ñan en la quilificacion la secreción pancreática y la biliar. 
Palpamos casi los efectos, pero sus causas nos son del todo 
impenetrables. 

«En el buche del Avestruz de las Pampas solo se encuentra 
pasto y rara vez alguna piedrecilla, aunque las haya en el 
lugar donde existe. Las aves de corral en quienes se su- 
pone natural la propensión de picar cuerpos duros, no lo 
hacen sin embargo á no estar mal alimentadas. No pue- 
de concebirse, que la naturaleza inspirara el gusto ó el 
deseo de sustancias contrarias á la existencia, por despro- 
vistas de olfato que se suponga á esas especies, comparadas 
con otras. Esto equivaldría á liaberlas dotado de medios 
adecuados á su aniquilamiento ú opuestos al fin principal 
de la propia conservación. 

«Pero asi como en la economía del Universo, todo está 
admirablemente eslabonado y sujeto á principios invaria- 
bles y en determinada dependencia unos de otros, así en 
la animal se observan estrechas relaciones en la distribu- 
ción y forma de ciertos órganos íntimamente ligados en 
sus funciones naturales. Es por esta regla, que para re- 
solver definitivamente el problema de la alimentación 
propia del JVandú; es necesario fijarse á falta de cóndilos 
mandibulares y de dientes, en su aparato dijestivo. En 
él debe buscarse, y se hallará la inclinación ó propensidad 
dietética que domina á la especie entera. 

«La estension délos intestinos del Avestruz Americano es 
menor que la del de África, si esta es, como dice, Buffon, 
trece veces mayor que la del Casoar, que solo tiene cuatro 
pies ocho pulgadas de longitud, según él mismo. La del 
tubo intestinal en el JVandú es de ocho pies cuatro pulgadas 
desde el buche hasta el ano. Esta dimensión proporcio- 
nada á la longura del tronco, intermediaria entre la de 



120 OBRAS DE SARMIENTO 

los herbívoros y la de los carnívoros parece, sin embargo, 
menor que la requisita en la condición de aquellos. Pero 
esta contracción está suficientemente compensada con la 
energía y desarrollo muscular de esos órganos. 

«La excedente prolongación que tienen los de los prime- 
ros sobre los otros, nace de que los vejetales de que se 
alimentan, se prestan menos fácilmente á la asimilación 
que las materias animales de que se nutren los últimos, de 
que un volumen dado de aquel material contiene menor 
porción de masa reparadora, de que detediéndose mas largo 
tiempo el alimento en el interior de los herbívoros, preciso 
es que para efectuarse la separación de la parte quilosa y 
fecal, recorran aquellos una línea mas dilatada, ó que pasen 
por sucesivos y numerosos puntos de elaboración. En 
cuanto al Ñandú basta fijarse en la robustez y espesor de 
la sustancia muscular que envuelve el ventrículo, y exa- 
minar la testura coriácea de su membrana interior, basta 
observar la copia probablemente de jugos dijestivos, que 
segrega la gran glándula supraestomática, suficientes á pe- 
netrar el inmenso contenido de alimentos, para persuadirse 
de la gian fuerza mecánica y del extraordinario podei'» 
disolvente de su sistema dijestivo. 

«Cuánta y cuan poderosa sea la compulsión de estos 
agentes, cuál su fuerza incidente y su influencia altaratriz 
y asimilativa sobre las semillas y las yerbas, bien lo de- 
muestra el gastamiento de las piedras, del vidrio, del 
metal y de la madera que tragan, mas ó exclusivamente 
en su estado doméstico y de penuria los individuos de esta 
especie, como se ha dicho. 

«El movimiento de esas fibras musculares que en círculos 
concéntricos muy espesos rodean al ventrículo debe ser 
acelerado; pues no es pi'esumible que el de todos los haces 
se haga parcialmente ó á diferentes tiempos. Si como es 
natural, él fuese colectivo, la velocidad de contracción de 
los manojos mas distantes debe ser considerable, para 
igualará la de los menos estensos ó mas próximos al núcleo 
ó centro común. 

«Por otra parte, la acción intestinal complementaria de 
aquella importante función, fuerte en sí misma como lo 
indican la tensión y robustez de las numerosas fibras car- 
nosas que se distribuyen en todo el aparato, que le dan 



FRANCISCO J. MUÑIZ 127 

tan excesivo espesor y consistencia, contribuye á mas de 
esa perfección digestiva, á que no se eche de menos una 
mayor estension, innecesaria hasta cierto punto, como ya 
se dijo. 

«M. Buffon informa, que el avetruz de África no bebe 
agua, y es lástima que el señor de Azara sienta lo mismo 
del Americano, fundándose en que esta especie suele habi- 
tar lugares secos. No es estraño, que á la Africana, que 
en otras cosas la han asemejado al camello, la invistieran 
por referirle una otra semejanza con este cuadrúpedo, de esa 
propensión preternatural, no porque el camello deje de beber 
sino por que lo hace pocas veces, teniendo en sí mismo el 
reservarlo de donde provee su necesidad de líquido. 

«La especie Americana no está esenta de la ley general, 
que prescribe á los animales de sangre roja y caliente el 
uso del agua, con mas razón á los muy movibles, y que 
deben sufrir, como el J/andú, dobles pérdidas. Este la bebe 
muchas veces al dia con especialidad si hace calor, lo hace 
por picotadas aceleradas, luego eleva algo la cabeza como 
para permitir al líquido que descienda. Podrá suceder 
que el doméstico beba mas y mas á menudo que el silves- 
tre, por la naturaleza estimulante y complicada de los ali- 
mentos de que se sustenta. 

«Esta especie es gran cazadora de langostas, de moscas 
y de algunos otros insectos. En este ejercicio se conducen 
sus individuos con cierta gracia, y descubren en él un 
grado de astucia y viveza, que contrasta con su habitual 
gravedad. Parado el J/andú á una proporcionada distancia 
de la presa en que medita, dirije la vista á otra parte, apa- 
rentando no hacer alto en ella. Mientras simula distrac- 
ción y embelesamiento atisba de reojo, y encorva algo su 
esbelto y flexible cuello hacia el punto que ocupa el anima- 
lito amenazado. Llega el instante, y vivo y sin saber como, 
de entre las yerbas, cae en un abrir y cerrar de ojos al 
ávido buche del perspicaz y presto gallináceo. 

«A diferencia de la especie Africana, que dice M. Buffon, 
no tenerlas, la de América cría lombrices intestinales á 
veces en abundancia. Del mismo modo pululan sobre la 
piel de algunos individuos piojos inofensivos al hombre, 
los cuales si se adhieren á sus ropas, caen luego de suyo. 



128 OBRAS DE SAKMIENTO 



jeneracion; proceso incubativo 

Saca y cria; enemigo de la especie; sagacidad del padre y sus 
recursos en protección de la prole 

«El modo de la misión jenerativa se ha creído hasta hoy 
inaveriguado, porque resolver el problema por la observa- 
ción del Jyandü salvaje pareció rayar en lo imposible, y 
una dificultad casi insuperable el obtenerla en el doméstico, 
mucho mas si esa función perpetuadora de las especies 
tiene lugar en la noche. 

«Hace probable esta conjetura el desplume y alguna vez 
los rasguños sobre el arranque del cuello que se advierten 
en la hembra doméstica al amanecer. Tanto esa descom- 
postura del plumaje como la rozadura, á veces sangrienta, 
que se renueva varias veces en período copulativo, que no 
se infirió de día, ni á la cual puédesele asignar otra causa, 
es presumible que provenga del estro venéreo. El penoso 
esfuerzo del mucho para equilibrarse, proceso mas difícil 
y tardío, cuanto es mayor el volumen y el peso de las aves, 
és mas que suficiente para producir aquellos accidentes. 

« Estos, si faltaran otros datos y aun pruebas, corrobora- 
rían las presunciones sobre el modo de la promiscuidad 
sexual en esta rara especie. El pavo y aun el pato menos 
ponderosos, de uñas menos fuertes y agudas, gravitando 
sobre partes mejor defendidas por las plumas, lisian en 
aquel mismo lugar á la hembra, que ha muerto alguna vez 
por la larga presión y violencia del acceso. A esta causa, 
en ciertos casos lesiva, se atribuyó, en ausencia de otro 
ájente aun remoto, la muerte de una J^andú doméstica. 
Fácil es adivinar, por qué sea sensible este daño en la 
hembra connubial, é inobservado hasta ahora en las que 
reúne en el desierto el Avestruz polígamo. 

« Oppien, citado por Buffon, admite una posición reversa, 
de imi)Osible ejecución en las aves. Al presente se conoce 
con precisión y certeza, cual es la recíproca disposición 
durante la actuación prolífica. En los campos del Arroyo 
Grande (República Oriental del Uruguay) la casualidad nos 
la hizo ver en la observación, por mas ele una hora, de dos 
bandadas en lo mas caluroso de un día de Noviembre de 



FRANCISCO 3-. MTJÑIZ 129 

1826. La colocación actuativa es la misma que entre los 
pavos, por consiguiente sin la inoculación animal que se 
nota en los patos, el gallo, etc. Para conservar el equili- 
brio evidentemente difícil, por esa falta de apoyo ó de asi- 
miento, el macho está obligado á pisotear y maltratar á la 
hembra entre las alas. 

« En nuestra latitud y varios grados al Sur ó al Norte de 
ella principia la época de los amores para esta especie y 
sus simpáticas evocaciones matinales á últimos de Julio. 
Solitario hasta entonces el macho, si no fuera padre que 
«olícito de su prole la mantuviera en custodia hasta su 
emancipación (que sucede en esa coyuntura), retozón y 
alegre principalmente en los cambios del tiempo y á las 
madrugadas, indiferente hasta la frijidez con el otro sexo, 
aparece en esta ocasión como desnudo de su selvática mi- 
santropía, atractivo y amador ardoroso de la otra porción 
que solicita con ansia y valor encarnizado. Influido de un 
estímulo desconocido prorrumpe en voces de una armonía 
hiriente y tal vez afectuosa, cuyo eco despierta y excita 
impresiones de igual naturaleza. 

« La bandada que reúne al fin, despojo quizá de una ó 
mas victorias, rara vez baja de seis ú ocho hembras, y no 
-es estraño que pase de doce. Pocas veces se vé un solo 
casal en los campos, durante este período. 

« Los machos tienen en él, como se nota en todas las 
especies, mas enerjía y fogosidad. Exaltados por la pre- 
sencia de una potencia nueva y arrojada, no solo aspiran 
conservar á todo trance las hembras congregadas al influjo 
de su voz, sino que se debaten por apoderarse de la comiti- 
va concubinaria, que otro capitanea. La lucha entre los 
dos es entonces sin tregua, y no termina sino con el ven- 
cimiento ó huida de uno de los contendores, que oculta la 
vergüenza de su derrota, y evita la tenaz persecución de su 
enemigo en un matorral ó escondrijo. 

« Para combatir trenzan los cuellos como los patos, no 
precisamente poniéndose de lado ó apareándose como estos, 
sino de frente. En esta disposición, retorcidos los cuellos 
fuertemente, se tiran hacia atrás, se alzan, se revuelven, se 
apechugan y golpean crudamente con las alas y sus espolo- 
nes, hasta que el mayor vigor decide el triunfo, que jamás 

Tomo xuir.— 9 



130 OBRAS DB SARMIENTO 

se alcanza, sin que se sostenga una porfiada refriega. Crece 
á tal grado la intensidad furiosa de la lid, que alguna vez 
ha casi llegado el hombre hasta los mismas combatientes, 
sin que ellos mostraran apercibirlo. 

«El doméstico encerrado en un corral suele en ese tiempo 
de bravura, atacar al hombre desconocido, que se introduce 
en él. Le embiste acercándose oblicuo, erizada la pluma 
del cuello, de los muslos y la de todo el cuerpo. Espon- 
jando las alas y balanceándose en cierto modo, parte de 
una proporcionada distancia, y choca tan reciamente con 
el pecho, que no fuera estraño derribara á un hombre des- 
prevenido ó prevenido quizá. Al mismo tiempo que ape- 
chuga llevando por delante, si puede, al acometido, le agarra 
ó le muerde, podria decirse con mas propiedad, no que le 
pica; y apretando cuanto le es posible el pico sobre los ves- 
tidos ó la carne, pretende, alzando el cuello con toda su 
fuerza, suspenderle. A los perros grandes mansos cuando 
no le embisten, porque entonces huiría de ellos, y á los 
pequeños incapaces de ofenderle, los ataca del mismo modo. 
Estos últimos si no escapan tan pronto, los derriba; pasa, y 
repasa sobre ellos batiéndolos con las patas al mismo tiem- 
po que les imprime sendos y risibles mordiscos. 

« Se eluden sus ataques desviando el cuerpo, y se le con- 
tiene asiéndole del cuello ó de las alas. Principalmente al 
intentar tenderle ó después de tendido patalea fuertemente, 
no por ofender ni defenderse, sino en el forcejeo natural 
con que resiste la agresión. Entonces sería imprudente 
esponerse á los duros golpes de la calcitracion ó acocea- 
miento y á los mortificantes rasguños, que son consi- 
guientes. 

En esa época de incitamiento ó en su oestus libidinis suele 
elJVandúi en las horas mas calurosas del día, arrojar fuera 
el pene ó el genitale membrum. Le acompaña el panículo car- 
noso, especie de ampolla oval que le rodea por su base en 
forma de gollete, compuesto de todo género de vasos y de 
tejido celular. El está cubierto de folículos mucosos, que 
le lubrifican y humedecen abundantemente. Mientras dura 
la espulsion, ejecuta con el ano un ruido particular, resul- 
tante de las repetidas contracciones de su esfinter; ruido 
que se oye distintamente á quince y mas varas. 

«En aquellos momentos de eretismo jenital no siempre 



FRANCISCO J. MUÑIZ 131 

está el macho inmediato á la hembra; pero es general, que 
la corteje entonces insinuativo y como afectuoso. La arrulla 
al parecer, con vehemencia apasionada, el cuello encojido y 
erizado, bajas y semiabiertas las alas. Así majestuosamente 
empavesado le hace arremetidas de un garbo peculiar, do- 
blando algo las piernas; pero no rodea á su compañera con 
el ahinco fastidioso y necia repetición, con que circuye 
el pavo, tontamente hinchado, indeciso é importuno, á la 
suya. 

« A pesar de lo exacerbado de aquella situación, del evi- 
dente órgano que ajita al macho, él no se dirije jamás al 
ayuntamiento, como parece debería esperarse. Este acto 
es impedido probablemente en los domésticos por la pre- 
sencia de seres y de objetos estraños aglomerados á su al- 
rededor, y especialmente por la vista del hombre. El J^andu 
mas contenido que los demás individuos de su clase, se 
limita á efectuar repuntes festejosos, y sin otra espansion 
apreciable termina paciblemente aquella escena de eviden- 
te afectuosa excitación. 

« Impregnadas ya las hembras, cuando el instinto previe- 
ne al macho que está próxima la postura, elije el lugar 
más á propósito para la fabricación del nido. Lo forma 
siempre en sitio despejado, fuera y á alguna distancia de 
todo matorral ó escondite desde el cual el hombre y varios 
animales, sus enemigos, pudieran fácilmente atacarle y 
sorprenderle. Lo configura circularmente, y le da algo mas 
de un pié de radio ó poco mas de dos pies de diámetro. 
Primero corta con el pico el pasto de aquel lugar, si es tan 
alto que le impida la operación, y le arroja á cierta distan- 
cia de ambos lados. La cabeza aparenta sobre el cuello, en 
el lanzamiento ó yaculacion de las yerbas, un movimiento 
parecido al de la mano del hombre cuando ase y despide 
rápida y sucesivamente algo, con solo los dedos. 

«Se cree generalmente, que redondea el nido, y que le 
pulimenta con el espacio calloso y limpio de pluma (grano 
del- pecho de los campesinos) que tiene en el promedio ó 
punta mas sobresaliente del esternón. Estos, dicen, e/^vt?5- 
truxse hurgonea, significando con esta espresion las vueltas 
que da aplastado contra la tierra mientras forma el nido. 
Pero lo que hace entonces, es escavar á la redonda, do- 
blando, como cuando se echa, los tarsos hacia adelante» 



132 OBRAS DE SARMIENTO 

Ínterin profundiza con las uñas, y remueve la tierra del 
centro á la circunferencia. De aquí resulta la configura- 
ción aguisa de embudo del nido ó su ahondamiento en el 
medio. 

« Dispuesto así (y no por encontrar una cavidad en la 
tierra, que solo perfecciona, como dice el señor de Azara), 
dispuesto así aquel recinto, de una futura y numerosa ni- 
dada, cubre el todo coa cardo seco, pajitas y otras yerbas, 
distribuyéndolas con nivelación proporcionada. Cuando 
doméstico, trae al nido hojas de árboles, que caen ó que él 
arranca; plumas, lana ó cualquier otro cuerpo blando. Co- 
mo en la cluequera pierde las plumas del pecho, del vien- 
tre, de los costados, entran estos despojos en la materiali- 
dad del nido. Si por"creerlo conveniente se erije artificial 
en sitio frecuentado por el J\tandú, él resiste tenazmente di- 
rijir á él la hembra. Si el que fabricó fué destruido le re- 
construye una ó mas veces, siempre en lugar disthito. Hay 
probabilidades, que el silvestre levanta su nido en las cer- 
canías del punto que ocupó el del año anterior. 

« Concluido este no ee aleja de él ni la cuadrilla, que re- 
punta hasta sus inmediaciones varias veces al dia, como si 
intentara con esto, que las hembras le reconocieran y ad- 
virtieran cual es su situación. Lo mismo hace el domés- 
tico con su compañera, la cual se obstina á veces en poner 
fuera de él, apesar de los pechugones con que por fuerza 
la conduce el macho hasta su proximidad. Hay hembras 
que se acostumbran á poner dentro de las habitaciones, so- 
bre un cuero ó tela tendida, ó bien en la tierra desnuda. Se 
observa en otras, que en los momentos antecedentes á la 
exovacion,se restregan apresuradamente contra las perso- 
nas, siendo general que pujen en aquel acto, como oprimi- 
das de violenta ansiedad. 

« Cuando el J/and^ hace marchar delante de sí á su co- 
mitiva, momento de una solemnidad imperativa y apa- 
sionada, adopta una forma espansiva, que lo hermosea, y 
que le da nueva importancia. Recojido el cuello, crispa las 
plumas que le cubren, é inclina hacia atrás la cabeza: abre 
al mismo tiempo las alas, las estiende, y aun arrastra en- 
corvando los tarsos. Chasquea fuerte y agitad amenté el 
pico, camina con grave mesura, y así agradablemente trans- 
formado, rodea y conduce de una á otra parte al nume- 



FRANCISCO J. MUÑIZ 133 

roso Ó Único cortejo. Con tales ademanes parece signifi- 
cara el galante centinela de las Pampas, el despótico y so- 
berano dominio de un Sultán sobre las cautivas beldades 
de su harem. 

«La época de la postura en esta especie, dice M. Buffon, 
depende del clima; ella se verifica, añade, cerca del sols- 
ticio de verano ó en Julio en la América Septentrional y 
en Diciembre en la Meridional. Es decir, esa función tiene 
lugar en aquellas regiones, cuando la tierra ocupa los pun- 
tos estremos del eje mayor de su órbita ó sus ápsides. Pero 
la del Ñandú de las Pampas, la del de las Provincias Argen- 
tinas que baña el Paraná y el Uruguay, la del que habita los 
campos de la República Oriental del Uruguay, se verifica en 
distinta época del año. Es á fines de Agosto que aparecen 
en esas comarcas los primeros huevos, y su mayor abun- 
dancia es en Setiembre y Octubre. Esto demuestra que 
la postura se realiza en esas varias secciones de la Amé- 
rica Meridional hacia el equinoccio de primavera, ó cuando 
el sol en el Ecuador se halla en el primer punto de 
Libra. 

«Los pollos mas tempranos nacen á fines de Noviem- 
bre y su mayor número en Diciembre, época del año en 
que principia la postura según M. Buffon, en la África Me- 
ridional, ó sea en aquella gran división terráquea ali- 
neada ó correspondiente en latitud á nuestro hemisferio. 
Siendo esto así, el producto debe, en esta porción de 
África, salir á luz por Marzo ó cerca del equinoccio d^ 
Otoño. 

«No hay dificultad en admitir, que las cosas pasen de 
ese modo en la África intertropical; mas si el Avestruz se se- 
para, según aquel celebrado naturalista, hasta treinta y 
cinco grados de la equinoccial en ambos hemisferios; si llega 
hasta el Cabo de Buena Esperanza, treinta y cuatro grados al 
Sur de la línea y mas de diez fuera del Trópico, latitud ex- 
tratropical, en la cual se comprende una gran parte de las 
Regiones Americanas, que arriba enumeramos; la saca se 
efectúa en la África Meridional en un tiempo extraordina- 
rio ó sobre el invierno. Rara escepcion sin duda (si ella 
fuese cierta), entre todos los animales cuyos hijos nacen, y 
es razonable que nazcan, á principios del verano, Escep- 
cion mas contra natura que la flloprojenitura en el ñandú 



134 OBRAS DE SARMIENTO 

Aquí, aunque cambiado el rol de los sexos es sin menos- 
cabo ó perjuicio de la especie; allí queda la tierna prole 
bajo la inclemencia de una mortal estación. 

«A esos pocos huevos depositados en uno ú otro punto 
del campo antes ó después de la formación del nido, les 
llaman los campecinos guachos, por cuyo nombre dan á en- 
tender su colocación estraviada. 

«La particular posición del huevo guacho suele tomarse 
por signo indicativo del sitio que ocupa el nido. En efecto, 
siendo su estremidad mas delgada la exovada última- 
mente, resulta, que si al caer á tierra el producto ó después 
no varía su natural proyección, el vértice del cono que con 
aproximación representa, podrá indicar, así la línea que 
indiferentemente traía la hembra en su marcha, como 
aquella que instintivamente la encaminaba á su nido. 

«La hora de la postura es desde las diez hasta lastres de 
la tarde, esto cuando el calores mas fuerte y el campo está 
mas solo. Los boleadores de Avestruces saben por espe- 
riencia que la mejor hora para ellos es por la mañana 
temprano, pues entonces llevan las hembras sus huevos 
todavía, razón porque están mas pesadas. Ellos suelen ani- 
marse mutuamente, diciendo: «á ellas muchachos que esta 
es la hora de sacar los amarillos». 

«El macho que pasta mas ó menos cercano al nido, 
llama á él á la cuadrilla por repetidos bramidos ó gritos, á 
cuya señal se aproxima ésta, hasta deponer cada una de 
las que deben hacerlo aquel día. La ñandú no se detiene 
un instante después del alumbramiento, sino que sale del 
nido inmediatamente, en dirección contraria á la que en- 
tró en él. Algunas exovan fuera, ó porque ocupaba el nido 
otra parturienta, ó porque la necesidad de librar le sor- 
prendió antes de alcanzarle. Entre tanto, el macho ó ma- 
chos que espectan fríamente el proceso parturitivo, pican 
las yerbas en las inmediaciones, bramando el jefe de cuando 
en cuando, según se dijo. 

«La hembra en esta especie como en alguna otra, no ne- 
cesita de macho para impregnarse y poner huevos. Su 
fuerza profilitica como se ha notado varias veces en las 
célibes encerradas en un corral, es suficiente á producirlas. 
Pero estos huevos como aquellos, si perfectos en su forma 
y sustancia, son sin embargo, infecundos, y no darán exis- 



FRANCISCO .1. MUÑIZ 135 

tencia á un animal semejante al que les dio la luz. Des- 
prendidos del pedículo que los mantienen en el racimo ó 
cáliz común, ellos recorren en progresivo desarrollo el 
oviductuSj y al fin se muestran en sus formas naturales. 
Pero la yema carece del esperma ó galladura, que tiene 
el huevo de la hembra, que comunicó con el macho. A 
esta clase de productos estériles ó hypenémicos llama el 
vulgo huevos del aire. 

í<La ñandú no pone todos los días: por lo regular lo veri- 
fica cada dos ó tres, pasándose á veces cuatro y aun hasta 
seis ]sin que lo realice. Esta varia intermitencia, que se 
observa también en otras aves, debe naturalmente ser mas 
larga en esta especie, necesitando el particular espesor 
de su cascara de mas tiempo para consolidarse. En los 
domésticos se ha notado una interrupción de ocho á diez 
días hacia el medio de la postura — circunstancia que pa- 
rece marcara dos tiempos en la edición ovativa. 

«Parece cierto que los huevos de los pollos mas delgados 
ó cuya figura es mas conoide, contienen el jérmen del pro- 
ducto macho. Esto miíaio se advierte en los huevos de 
gallina y en otros. 

«Los que con la cascara ya formada se estraen de las 
hembras recien muertas son muy amarillos. El contacto 
del aire disipa insensiblemente ese color, y hace que al 
fin blanqueen. Estos huevos se destinan para regalo por 
su hermoso amarillo fino subido: algunos los llevan dentro 
del mismo oviductus para que de este modo lo conserven 
por mas tiempo. 

«El número de huevos que pone cada hembra varía de 
diez y seis á treinta y aun mas, siendo lo común que no 
pasen de veinte ó veinte y dos. No pudiendo contener el 
nido ni cubrirle el Ñandú sino cierta porción, es de supo- 
ner que no todas las hembras que componen una ban- 
dada extensa, ponen en un solo nido. Por eso se ve que 
las nidadas mayores constan de cincuenta ó sesenta huevos 
y algunas aun de mas: sin embargo, esta cantidad no es sino 
una mínima parte de la aovacíon de una cuadrilla, que solo 
contara cinco ó seis hembras de postura. 

«Se encuentra en algunos nidos un huevo pequeño, que 
ocupa la parte central ya sobre ó entre los demás, ó quizá 
enterrado. A este huevo le llaman los campesinos— de kt 



136 OBRAS DE SARMIENTO 

fortuna — conservándose la creencia entre ellos, que comu- 
nica al que lo trae la dote de facilitar el hallazgo de las 
nidadas. Este huevo es por consiguiente sagrado — no se 
come, ni se enajena: debe conservarse el amuleto supers- 
ticioso, cuya virtud es tan singularmente favorable al que 
lo posee. 

«La producción de los últimos huevos es mas tardía, que- 
la de los primeros, intercalándose un mayor número de dias 
en su respectiva deposición. Esto consta al menos de dos 
Jíandús domésticas en postura. 

«A los principios de esta, mientras el nidal contiene un 
corto número de huevos el macho los cubre con pajitas y 
yerbas secas, como hace el ave fria ó Teru de nuestros 
campos (fringa vanellus). 

«Es opinión de varios naturalistas y de algunos escritores, 
que elJiatidú deja fuera del nido uno, dos y hasta la tercera 
parte de los huevos, con el designio que atraigan, después 
de rotos por él, insectos, á mas de los que enjendra la 
corrupción, que sirvan de alimento á los recien nacidos. 
Pero esta noción que reúne en su favor algunos votos tra- 
dicionales casi todos, es empero inexacta. 

«Los hombres acostumbrados á cacerías anuales de Aves- 
truces; aquellos hacendados que tienen en sus campos cua- 
drillas de ellos; los que han visto en diferentes puntos de 
las Pampas nidadas por docenas, estrañan que se les inte- 
rrogue en aquel sentido, y se admiran si oyen afirmar como 
un hecho el supuesto universal apartamiento de huevos. 
Nosotros que cuando jóvenes asistimos á varias de estaa 
agradables y jamás olvidadas diversiones, no vimos tales 
huevos ex-profeso secuestrados. 

«El erudito redactor del /wsínícíor, periódico de tan vasta 
circulación entre nosotros, admite como una verdad confir- 
mada por su propia observación, la separación- de huevos 
en cada nido con aquel objeto. Si es digno de entera fe 
el aserto de aquel respetable y sabio escritor (á quien per- 
sonalmente conocimos en este país) tanto mas cuanto ase- 
gura, que el Avestruz le fué familiar, no por eso admitimos 
la generalidad del hecho, ni el fin ó determinación que se 
reconoce en él. 

«Cosas hay, que aunque de poco momento, requieren 
para su elucidación, á mas de circunspección y buen juicio, 



FRANCISCO J. MUÑIZ 187 

cierto grado también de escepticismo para desoír y sobre- 
ponerse á testimonios dudosos ó equívocos. — En todo caso 
necesario es en materias como la presente, multiplicar las 
observaciones, sujetar las pruebas á un examen contradic- 
torio, con mucha mas razón si el hecho es singular y con- 
trario sobre todo á las leyes generales de la naturaleza. 

« No basta que algún habitante de las Pampas que vio ó 
pudo ver nidadas, que oyera también hablar de ellas, con- 
viniese en la existencia de tales huevos separados del nido. 
Semejantes hombres por lo regular de abstracto y oscuro 
criterio en la trasmisión de noticias — ni tienen interés en 
perfeccionar el examen de ese supuesto hecho, ni aun de 
otros muchos que les interesan, y que en realidad lo son — 
ni se toman la pena de comparar sus vistas, que no obser- 
vaciones, entre sí, ni con la de otros. Oculos habent, el non 
videbunt. Nosotros mismos que curiosos é infatigables 
investigadores, tratamos é inquirimos los hombres mas 
inteligentes en este asunto, que repetimos tantas veces la 
disquisición: que dilucidamos, por la comparación, las infor- 
maciones que recibíamos de todas partes, se nos ofreció 
no poco trabajo (abstracción hecha de nuestras propias 
especulaciones) para establecer sobre este particular el 
verdadero corolario. ¿Qué deberá suceder á un viajero que 
vé todo de paso, que aun cuando entienda el idioma, no 
entiende el peculiar de los campesinos, en contestación á 
las mas serias interrogaciones, mucho mas si el que las 
hace es estranjero? 

«Los huevos que se encuentran fuera del nido, antes ó 
después de la saca, ó fueron desalojados por el ñandú al 
huir con precipitación del hombre, ó de los animales sus 
enemigos: quizá también por haberlos esparcido otros cam- 
peros encontrándolos empollados ó, como aquellos dicen, 
dormidos: ó por que los desbarató el Avestniz en su enojo, 
si los tocaron ó removieron en su ausencia; lo que jamás 
deja de conocer por artificioso y semejante que sea el nue- 
vo acomodo de la nidada. 

«Es posible que haya contribuido en muchos casos á dar 
estension y aun existencia á la opinión de esos huevos des- 
tinados al banquete de los chicuelos el quebrantamiento 
por el macho de las cascaras que quedan desocupadas. 
Este que quiere proporcionar algo que picar á su prole en 



138 OÜRAS DE SARMIENTO 

-el momento de nacer, suele fraccionarlas en menudas par- 
tículas que deposita en contorno de la cuna natal. Como 
no se verifica esto siempre, es creíble que influya en su 
acaecimiento unacausa eventual, como lademasiadademora 
en la saca sucesiva de los poUuelos, lo que dilata su perma- 
nencia en el nido con molestia tal vez de los que primero 
nacieron, etc. 

«En resumen — existen, aunque rio siempre, esos huevos 
segregados no en virtud de un precepto instintivo sino por 
una causa fortuita, y esta es la razón porque no se encuen- 
tran sino en uno ú otro nido. Como obra del instinto tal 
secuestración sería indefectible y general — sin escepcion. 
Por otra parte justo es y natural el reconocer en esta espe- 
cie como en las demás, ya aladas ya cuadrúpedas, un sen- 
timiento que les aleja de aquella antropofájia saturnal, que 
degrada al hombre, y que degradó á aquellos pueblos 
execrables, que depravaron á ese punto su apetito. Al 
menos ese acceso horrible contra la naturaleza si sucede 
en ellas alguna vez, es á consecuencia de una necesidad gra- 
vísima y nunca voluntariamente, ni aun como caso escep- 
cional de una aberración cannival premeditada. 

«Esos huevos eliminados están por lo general hueros, ó 
se ha aniquilado en ellos el jérmén de vida: accidente pro- 
venido de una ú otra causa antes de la jignicion ó produc- 
ción de los incumbitos ó empollados. Cuando fueron dañados 
los huevos mas centrales, como sucede de ordinario, es 
presumible que, siendo los primeros puestos, sufrieron com- 
parativamente mas que los otros de las vicisitudes atmos- 
féricas, por la probable mas frecuente interrupción en el 
calor incubativo, ó por la casual concentración del agua 
pluvial en las grandes tempestades. Si fueran acaso los 
mas estemos, podría atribuirse su alteración á mas de atri- 
buirlo á ajentes inaveriguables, á que quedaron menos res- 
guardados que los otros. Iguales causas influyen en la pér- 
dida de los huevos de las demás aves. 

«Pero sea el que se quiera el origen de corrupción en 
los del ñandú, ellos aparecen constantemente dentro del 
nido toda vez que una causa mas ó menos presunta no los 
arrojara de él. Entonces como en la situación contraria con- 
servan el albumen y la yema sin otra disminución que la 
producida por un derrame fortuito; ó lo que es general, sin 



FRANCISCO J. MUÑIZ 139 

otra deficiencia que la que originara la evaporación de las 
partes mas líquidas y tenues. 

« Concluida la postura, y antes, algunas veces, se echa 
el macho. Coloca los huevos en la posible concentración, 
aunque no precisamente de punta: les da un apoyo late- 
ral entre si y el aplomo necesario sobre una superficie in- 
clinada déla circunferencia al centro. Sea mas ó menos 
estensa la bandada, los huevos depositados, aunque en 
parte sobrepuestos, guardan siempre relación con la capa- 
cidad del nido. 

« Es un error, que alcanza hasta nosotros, y en el cual 
inciden los naturalistas, apesar de lo que escribió el señor 
de Azara á principio de este siglo, el dudar todavía ó el ne- 
gar — que sea el macho el esclusivamente encargado de la 
incubación, saca y cría. Disculpado está el ilustre Buffon 
al hablar de su Titi/u ó Avestruz Americano, pues confiesa 
que se condujo por una especie de adivinación al discurrir 
sobre lo que se había escrito hasta entonces de esta es- 
pecie. 

« Los viajeros y naturalistas que posteriormente lo hi- 
cieron, cuando la América ha sido cruzada en todas direc- 
ciones y la especie reconocida á placer, han debido ilus- 
trar este punto y presentarlo con el esplendor de la verdad. 
Sin embargo (y esto prueba lo difícil de que un estranjero 
escriba con propiedad las cosas de otro país) se repite do- 
lorosamente ahora lo que entonces, y se cree lo que se creía 
un siglo há. 

« Supone aquel gran naturalista como oríjen de la equi- 
vocación, cuando se atribuye al macho la filoprojenitura, la 
posibilidad de haberse encontrado en hembras anidadas 
testículos^ y pudiera ser también una apariencia de pene, 
como se vé en la hembra Africana. De aquí, añade el cita- 
do naturalista, de haberse creído con derecho para concluir, 
que eran otros tantos machos. Pero tan chocante mues- 
tra de hermafroditismo no existe en la especie americana, 
ni se descubre razón alguna natural para conceder á la 
hembra una disposición innecesaria, estravagante y opues- 
ta á las leyes del organismo. Este modo de discurrir por 
comparación y sin otros antecedentes, podría clasificarse 
de efujio para salir bien ó mal de una dificultad de imposi- 
ble solución. 



140 OBRAS DE SA.KMIBNTO 

« Aun cuando se prescindiera de la diversidad de formas» 
de prominencia y de dimensiones de la correlación orgáni- 
ca y de tejido entre el todo y una parte de la estructura 
sexual ¿bastaría para infundir no masque ilusión un sim- 
ple repliegue, una membrana de tal ó cual modo dispues- 
ta ó conformada, aun en el caso de aparente similitud en- 
tre los órganos generativos del macho con los de la hem- 
bra? ¿La semejanza de un objeto en anatomía (que tal y 
nada mas debería considerarse eso de los testículos y pene 
en la hembra africana) representará nunca á los ojos de 
un inteligente el mismo objeto, ni valdrá lo que él en su 
íntima, especial y perfecta contestura? 

« Se echa, pues, el macho, y permanece seis semanas en 
indiscontinuada incubación. Se enclueca y enflaquece, co- 
mo sucede alas hembras de las otras especies, y se pone 
como ellos violento é irritado. Pierde naturalmente mu- 
chas plumas del vientre, del pecho y de debajo de las alas, 
fuera de las que se arranca con el pico. 

«El es tanto mas celoso del nido, cuanto está rnas ade- 
lantada la incubación. Ya queda dicho, que si se removieron 
ó manosearon los huevos, lo que él conoce al momento, 
los desparrama y rompe con las patas, cuyo acto reputan 
los campesinos ser emanado de soberbia. Pero cierto es, 
que si pierde estos objetos de desvelo y cuidados, el sacrifi- 
cio tal vez le importa su preservación. Sabedores los ene- 
migos que tiene (una vez descubierto el nido) del lugar 
donde podrán encontrarle, ya de noche ya de día, le ataca- 
rían de improviso, y le darían, á no sentirlos, irremisible y 
pronta muerte. No hay animal mas gaucho que el avestruz di- 
cen los mismos gauchos — con cuya frase espresan cuan avi- 
sado es este alerta centinela de nuestros campos. 

«El doméstico defiende el nido, hasta sacudir, abrazán- 
dolo con el pico, el bastón con que se le amenaza ó inco- 
moda estando en él. Hemos visto á uno saliendo del recinto 
de una pequeña quinta correr al encuentro de los descono- 
cidos que pasaban cerca á caballo, y embestirles en las pos- 
turas mas á propósito para asombrar á estos. Como conoce 
á los de la familia, especialmente al encargado de darle el 
alimento, permite, aunque de mala gana que este se le acer- 
que, y aun que le recoja los huevos si se echó con antici- 
pación. Esto suele hacerse para ennidarlos todos á un tiem- 



FRANCISCO J. MUÑIZ 141 

po, en precaución de que algunos se pierdan sufriendo la 
acción prolongada y nociva de la intemperie. Pero el macho 
no solo rehusa siempre, cubrir estas nidadas artificiales, 
sino que las rompe y disemina. 

«La bandada que permaneció algunos días todavía en las 
inmediaciones del nido, después de echado el macho, se 
aleja poco á poco, hasta que desaparece capitaneada por el 
que le sucedió en valor y fortuna. Los gauchos dicen — el 
mas taita lleva la cuadriya. — Es probable, que pasando esta 
de seis se forme nuevo nido donde termine tal vez la exo- 
vacion. 

«Se ha visto al macho en las horas mas calurosas del 
día erigirse sobre el nido sin salir de él, abrir las alas, plu- 
mearlas y permanecer en aquella actitud mas ó menos 
tiempo, hasta que refrescado y desentumido, al parecer, 
vuelve á echarse. 

Para efectuarlo dirijo los tarsos hacia adelante, apoyán- 
dose al mismo tiempo que en ellos y en las patas, en las 
«stremidades fuertes de las tibias y el talón. Esta disposi- 
ción quieren significar los campesinos cuande dicen: «el 
Avestruz está hincado,© se hincó de rodillas.» 

«Algunas veces sale del nido por buscar á la lijera, el 
sustento, por estirarse de lo que muestra tener necesidad, 
pues se nota que eleva entonces el cuerpo, y que ejecuta 
repetidas pandiculaciones ó desperezamientos con las alas. 
El del desierto es también instado á dejar el nido, por pro- 
porciones descubiertas ala redonda, particularmente cuan- 
do ha sentido algún rumor. 

«Al fin de seis semanas, poco mas ó menos, nacen los po- 
lluelos, rompiendo ellos y no el padre, como algunos suponen 
la cascara, mediante el tuberculillo (general en las aves) 
que traen en la extremidad del pico, el cual como es sabido 
cae después. Terminada la saca descansan todavía unas 
cuantas noches en aquel habitáculo ó nidal, que abrigó pri- 
mero al embrión encerrado dentro de la cascara y que sir- 
vió después de cuna natal á la numerosa projenie. 

«M. Buffon dice: que la Avestruz Africana abandona los 
chicuelos asi que nacen, porque encontrando desde luego 
el alimento propio y el calor necesario, los cuidados mater- 
nos le son inútiles. Podrá ser: pero el clima en África no 
es igual por todas partes; fuera de esto, faltándoles desde 



142 OBRAS DB SARMIENTO 

entonces la vijilancia maternal, ¿quien habrá de protejerles 
contra los bruscos y peligrosos ataques de las aves de ra- 
piña y de otros enemigos no menos temibles? Nadie duda 
que el instinto de conservación de los hijos es el mas natu- 
ral, el mejor desenvuelto de todos, y el mas sólidamente 
dibujado, en todas las especies. Es verdad que en la incu- 
bación, saca y cria se invierte el orden natural, desempe- 
ñando esas funciones el macho en la especie americana. 
Pero esta anomalía es en el fondo de ningún momento, 
pues lejos de comprometerse la especie por ella, se preser- 
va cuando menos tan bien como del otro modo, estando 
confiada su guarda al macho, inspirado por los afectos 
paternales mas solícitos. Poco importa que sea el macho 
ó la hembra los encargados de vijilar la prole — el voto de 
la naturaleza está satisfecho, desde que ella logra preser- 
varse, y ponerse á cubierto de los peligros inherentes á una 
edad tierna y desvalida. 

«Cuando se halla una nidada ya muy adelantada en la 
formación del embrión ó producto, puede este lograrse co- 
locando los huevos dentro de lanas ó telas de abrigo, cui- 
dando de esponerlos prudentemente al calor del sol ó del 
fuego. Esta es una nueva prueba de que el feto á término 
rompe la cascara y no el padre. Muchas veces se oye el 
blando y afanoso golpear del nonato deseoso de ver la luz. 

«El J/andú pequeño es muy gracioso. La pluma de un 
amarillo oscuro aparece con rayitas ó listas negras (vesti- 
dito de Santiagueño, dicen los campesinos). Sus movimien- 
tos sueltos, su apostura tan gallarda, la flexible lijereza 
de sus largas piernas, lo umbroso y movible de su estensa 
cerviz, forman un conjunto de perspectiva singularmente 
agradable. 

«A pesar de la inocencia de estos animalitos, ellos, no 
están libres de la persecución de crueles enemigos. Fuera 
de las aves de rapiña que los devoran en su tierna edad, 
tienen que temer á enemigos mas formidables cuando 
adultos. El Aguarachay ó Raposo — el Aguará de distinta 
especie que este (no descripto hasta ahora, pero conocido 
con este nombre en la Provincia y en las de la Confede- 
ración, donde él existe) — al Puma ó León de nuestros cam- 
pos {FcbHs discolor) — y aun al mismo feroz y forcejudo Tigre. 

«El Zorro tan sutil y mañoso, atisba, ocultando rampante 



FRANCISCO J. MUÑIZ 143 

SUS movimientos á los charabones (nombre con el cual 
distinguen los campesinos al Ñandú pequeño), que aleján- 
dose incautos de su guardián, se aproximan á las pajas 
ó matorrales. Si logra matar á alguno, le arrastra á su 
cueva si está cercana, y en ella se proporciona un manjar 
regalado; ó si huye del Ñandú padre, siendo descubierto, 
logra la misma utilidad, asi que se avista la asustada y 
andariega cuadrilla. No obstante la astucia y variados 
ardides del Aguarachay rara vez logra su designio san- 
griento, siendo el Avestruz muy vijilante con su familia, 
de cuya vista y lado en pocas ocasiones se separa. 

«Descubierto el Zorro en su avance ó retirada es aco- 
metido en el momento y con intrepidez por aquel. Si es 
alcanzado, se tiende inmediatamente poniendo el dorso con- 
tra la tierra. Su adversario procura herirle en el vientre 
con sus cortantes uñas, y pisotearle fuertemente pasando y 
repasando con increíble rapidez sobre él. El Zorro pro- 
cura, gritando incesantemente su fastidioso — guacia — morder 
al ñandii(\\xe va y viene, lijero como el pensamiento; gol- 
peando crudamente al carnívoro asesino pillado infran« 
ganti. La refriega dura mas ó menos tiempo, hasta que 
reconocida la intención del cobarde agresor de retirarse, y 
requerido el ofendido padre por el silbo repetido de los 
polluelos, vuelve á ellos gozoso de haber sacudido al arti- 
ficioso Aguarachay, que si ahora se dirigió contra ellos, otras 
veces destruye nidadas enteras. 

«Estas lo son también, en ausencia del ñandú por el Ya- 
guana, comunmente llamado Iguana, déla familia de los La- 
gartos. El rompe á colazos los huevos, y sorbe en seguida 
su sustancia. Si el ñandú lo sorprende, se bate en reti- 
rada oponiendo sus recios colazos á las pisotadas y rasgu- 
ños de aquel, que salta por sobre el Lagarto, y le escaramu- 
cea para evitar los rudos golpes de su fornida y anudada 
cola. 

« En otras dos especies del género felis — el Tigre y el Puma 
ó Lean — y el Aguará del canis, asaltan del mismo modo á los 
charabones que á los adultos. Astutos, crueles, lijerosy fuer- 
tes se agazapan y rastrean en las tinieblas al Ñandú dirijidos 
unas veces por el olfate, otras por el canto en que este pro- 



144 OBHAS DE SA.HMIBNTO 

rumpe á las madrugadas en ciertas épocas del año. La 
marcha de asalto lenta y silenciosa se hace siempre llevan- 
do el sotavento, y desplegan supositivamente, y es necesa- 
rio que despleguen en ella todo el amaño y sutileza de que 
estas especies están dotadas. Y ciertamente deben poseer 
tales cualidades en alto grado, para llegar hasta e\ Ñandú 
alerta siempre, y cuya vista, aunque escasa de noche, le 
basta sin embargo para huir (ya avisado por el oido) tan ve- 
loz como de día, por la tierra llana y despejada de las 
Pampas. 

«Dan testimonio de estos lances sangrientos, las heridas 
que se- han visto en aquellos Avestruces, que felizmente es- 
caparon de las garras depredadoras de esas especies car- 
nívoras. Se han encontrado algunos resientemente ó poco 
ha heridos y hasta mutilados de una ala — signos de violen- 
cia esterna que nadie pudo perpetrar en la soledad de los 
campos, sino uno ú otro de esos cuadrúpedos mas ó menos 
audaces y feroces. 

« Mas claramente demuestran la posibilidad del hecho 
ó el hecho mismo, el hallazgo de cadáveres de Ñandú des- 
trozados y ocultos bajo pajas ú otras yerbas. Avisan de la 
existencia de estos restos, de otro modo solo de casual 
descubrimiento, el revoleteo, el ascender y descender de 
las aves carnívoras en determinado lugar. Los campesi- 
nos saben muy bien la significación de estos movimientos: 
pero ellos se engañan atribuyendo al Tigre el escondite de 
las sobras de un brutal hartazgo. Esta fiera no oculta ja- 
más ninguna clase de residuos: tal propiedad concierne al 
Guazuará ó León y tal vez participe de ella el Aguará siguien- 
do el instinto de algunas especies del género canis á que 
pertenece. 

«Al caer la tarde ó mas temprano, si el tiempo es frío, 
los chicuelos silban en señal de la necesidad que tienen 
de abrigo. El condescendiente nodriz ocurre entonces, y 
los cubre sin comprimirlos, doblando los tarsos y fijando en 
tierra las macizas estremidades de las tibias. Es posible 
que al echarse pise algún polluelo, y que aun sea indife- 
rente á sus chillidos de lo que, como sucede en los pavos, 
pudiera en virtud de una larga presión, resultar grave daño 
y aun la misma muerte. 



FRANCISCO J. MUÑIZ 145 

«La desigualdad de tamaño de los pichones proviene 
tanto de anticipación en el nacimiento y del sexo, cuanto 
de la reunión de dos ó quizá mas crias. Cuando se en- 
cuentran dos machos, que las tienen, riñen á no poder mas^ 
y el que triunfa se constituye jefe de la masa entera. El 
vencido, en su penoso resentimiento, se retira á cierta dis- 
tancia en observación (mangrullando dicen los campesi- 
nos) de su cria y de su conquistador por si descuidándole 
pudiera recobrarla en el todo ó en parte. También acon- 
tece que encontrándose (topándose) dos padres con pollos, 
no se atacarán, imponiéndose mutuo respeto. 

(íEl macho, tan astuto y cauteloso, vela noche y día la 
alegre y piona cuadrilla: cuando se aleja, la llama ejecu- 
tando una especie de castañeteo con el pico, al cual con- 
testan los charabones con un silbo peculiar. Si acierta á 
pasar un jinete cerca de ellos se ocultan todos entre la 
maleza. Si teme el padre, que serán al fin descubiertos ó 
si efectivamente lo fuesen, marcha luego al encuentro del 
descuidado é inapercibido transeúnte, que será muy sin 
ventura, si monta un caballo arisco. Tal es el ruido que 
hace con el pico y con las patas, mientras embiste con 
denuedo y gambeteando, alongadas las alas cuanto puede, 
arqueando y recojiendo el erizado cuello, que no hay freno 
ni jáquima que contengan al caballo, que ya desbocado y 
despavorido trae tras de sí y á quema ropa aquella máquina 
tormentosa tan estrañamente empavezada. Feliz el jinete 
si en la huida no cae el caballo atravesando á escape y sin 
vista cualquier mal paso; ó si no corcovea, y desgraciada- 
mente lo derriba. 

«Cuando un jinete ó jinetes en caballos mansos ó prác- 
ticos en este jénero de cacería, se dirijen contra un Ñandú 
con pollos; desde luego los echa este por delante y á fin de 
dejarles tiempo para que se oculten; él en su pos hace los 
últimos esfuerzos por detener á los agresores. Para con- 
seguirlo, adopta partes y situaciones las mas estrañas y 
asombradizas de que es capaz. Acosado al fin de todos 
lados, sin esperanza de salvación, á pesar de haber prodi- 
gado su vida largo rato por libertar su cria,— solo la aban- 
dona en la última estremidad, cuando la defensa es de[ 
iodo inútil. 

To5so XLill.— 10 



146 



UBKAM UK SAKMIKISTU 



«Pasado el peligro, con voz bien entendida de los picho- 
nes, convoca á los que quedaron, los reúne, y los pone de 
nuevo bajo su bien probada protección. Estos silbos de 
aviso, ó voces de alarma, emitidos por el jefe de la cuadri- 
lla, la previene oportunamente del riesgo que la amenaza. 
En circunstancias tan azarosas, al oirías, remolinea precipi- 
tadamente en evidente confusión; en seguida huyen todos, 
aunque lo hacen, por lo general las hembras primero que 
los machos. 

ANTECEDENTES DE UNA CAMPERÍA EN LAS PAMPAS DE BUENOS AIRES 



Libertad y posibilidad de cualquiera para emprenderla. — Provisiones. — Únicos 
medios de ejecución: el caballo y las bolas. — Su manejo. — Cerco y mal juego 
en él. — Estratajemas é instinto del Ñandú para eludir el peligro. — Medios 
naturales con que lo consigue. — Perros cazadores. 

«Se convocan desde dos hasta diez, quince ó mas hombres 
para una entrada ó camperia en el desierto. (Introducimos 
la voz camperia como significativa del inmenso espacio inter- 
minable donde la diversión se ejecuta, y la preferimos al 
de cacería, que se dirijo simultáneamente á varias especies, 
y con mas fundados motivos al de cetrería y monieriá). Hay 
hombres de arrojo y que conocen el campo, que viviendo 
no muy distantes de los parajes frecuentados por los Ñan- 
dús, se internan solos ó cuando mas acompañados de sus 
perros. Al primero que concibió el proyecto de la escursion, 
cuando se reúnen muchos, ó que primero invitó á ello, se le 
presta cierta consideración de mera cortesía ó de amistoso 
miramiento. Suélese condecorar con el vdngo de puntero en 
los cercos, y aun parece corresponderle este puesto directivo 
de derecho. 

«Una de estas camperia» recreativa y varonil al mismo 
tiempo, reúne atractivos los mas seductores para los paisa- 
nos ú hombres del campo, cuya imajinacion exalta el solo 
recuerdo del caballo y de cuanto puede emprenderse de 
atrevido y pintoresco sobre este jeneroso bruto, cuyo manejo 
les es tan familiar como fácil. El objeto que se proponen 
en ellos es: bolear Avestruces, sacar la pluma, comer su carne 
y sus huevos, traer de estos consigo cuantos mas se puedan 
de paso bolear potros ó caballos alzados (baguales)» 
gamas etc. 



FRANCISCO J. MUÑIZ 147 

«Al menos en SUS principales detalles este nuevo jénero 
de cabalgata, pudiera decirse peculiar de las Pampas de 
Buenos Aires, no ofreciendo á las movibles y dilatadas 
operaciones ecuestres que constituyen esa diversión, el 
terreno quebrado, pedregoso y de montaña del Estado 
Oriental del Uruguay, el de las Provincias Arjentinas, de 
Entre-Ríos y Paraguay, y varios puntos del Brasil etc., — 
las ventajas que aquellos campos en orden á la igualdad y 
limpieza de una superficie indefinida y tan singularmente 
rica en la especie del Ñandú. 

Salir al campo llaman á esta festejosa escursion los mis- 
mos habitantes de los campos, que parecerían á un europeo 
recien llegado el non plus de los desiertos; y á un morador 
de los Andes ó de otras montañas, un mar sin limites de 
tierra llana. Se intenta designar, y se designa efectiva- 
mente con esa espresion la campaña absolutamente yerma 
— las pampas del todo inhabitadas. Se les llama también 
campos de afuera y campos de tierra adentro: términos 
contradictorios para un estranjero; pero que los naturales 
entienden y descifran perfectamente. 

«Los halcones y perdigueros, los proyectiles que matan de 
considerable distancia son aquí inútiles. El trabajo de 
peones ó de criados que espanten la caza, es innecesario, no 
habiendo ojeadores y cazadores: todos son de este número, 
no miran unos mientras algunos privilegiados se divierten. 
Solo la fortuna ó la mayor destreza establece alguna dife- 
rencia entre los asociados. Por lo demás todos gozan del 
mismo derecho y aun con mas igualdad que en el antiguo 
juego ecuestre y americano llamado Pato. Si en ambos es 
indispensable el mismo arte y habilidad para rejir el caba- 
llo, dominar todos sus movimientos é impulsarlos de mil 
modos y siempre con un fin preciso y determinado, en el 
Pato es esclusiva la victoria de el que, contando con un 
buen caballo posee un mas alto grado de fuerza corporal, 
sin lo cual á diferencia de la cacería de Avestruces, no hay 
triunfo. 

«La facilidad con que se alcanza esta diversión os otro de 
los motivos porque ella es tan agradable al paisanaje de la 
Provincia de Buenos Aires, Un par de caballos ó mas si se 
quiere, si no todos alguno de ellos manso y lijero, no faltan 
al mas infeliz campesino, y cuando menos quien se los 



148 OBRAS DK SARMIENTO 

facilite. Por manera, que este es un entretenimiento popu- 
lar por escelencia, pues no hay quien no pueda participar 
de él sabiendo manejar regularmente el caballo, y en 
nuestra campaña no hay quien lo ignore. El rico como el 
pobre son libres para penetrar en las Pampas; cada uno 
pone su continjente de trabajo y de industria, siendo de 
cada cual aquello que esclusivamente adquiere. 

«El pobre de América goza en esta parte, como en otras 
cosas de una noble franquicia desconocida del proletario 
europeo, que lleva hasta los pies de los nobles el Conejo, 
la Liebre ó el Jabalí, para que les hieran los hombres de 
raza nobiliaria. 

«Aplazada la salida de ella se em[)rende desde el punto 
de reunión, sin el boato y estrépito lujoso de una montería 
en Europa: sin que haya que correr en la camperia de las 
Pampas los riesgos que ofrece la caza de animales feroces 
en la India: sin que prometa los estimables despojos de la 
de Elefantes en la Asia y África: sin embargo, ella no carece 
de peligros, ni deja de ser gratificativa en alto grado. Pres- 
cindiendo del encuentro casual con un tigre, los tiene y 
grandes en el mismo bruto, que se cabalga, y con el cual 
hay que hacer pruebas espuestas, movimientos improvisa- 
dos, admirables y los mas difíciles de equitación; muchas 
veces sobre un terreno hoyoso, escabroso y cubierto de 
malezas, y á inmensa distancia de todo el humano recurso, 
en caso de desgracia. 

«Los bastimentos ó víveres allá en la simplicidad primi- 
tiva de estas cornplacientes escursiones se reducían á sal, 
ají, y maís blanco tostado, y como instrumento: una ollita, 
caldera, mate y bombilla. Ahora el lujo que cunde por 
todas partes, ha añadido (y aun en ellos se conocerá la sen- 
cillez dietética de nuestros paisanos, cuan poco necesita el 
hombre para vivir sano, alegre y robusto) alguna cebolla si 
la hay en el punto de partida, grasa que se usa mientras 
no se matan Ñandús gordos. Si van hacendados acomoda- 
dos, agregan biscocho, azúcar, alguna botella de aguardien- 
te, y por colmo de reíinamiento gastronómico, un poco de 
té ó café. 

«Estos son los bastimentos; ahora los vicio» (espresion sin 
equivalente en el diccionario de la Real Academia), consis- 
ten en yerba mate, tabaco y papel. 



FRANCISCO J. MUÑIZ 149 

«Concluido el apresto bucal se arreglan y se engrasan 
perfectamente todos los arreos, como maneas, maneadores, 
bozales, lazos etc., cuyas piezas en precaución de que no 
falten, suelen duplicarse. Entre las caronas se acomoda- 
rán las cubiertas ó mantas de abrigo para de noche; 
porque en las Pampas al dia mas caluroso sucede una 
noche fría, aunque mucho menos hiímeda, si no fuese 
con mal tiempo, que en la parte equinoccional del con- 
tinente. 

«La bondad y lijereza de ios caballos que se llevan (á 
veces una corta tropilla con su yegua madrina) están ya 
reconocidos en anteriores correrías de gamas ó de ñandús. 
Asi ensayan los campesinos y los indios los caballos nue- 
vos. Ajándose con esmerada exactitud en su respectiva 
velocidad y aguante. En estas pruebas y para fijarse mas 
á fondo del grado en que poseen tan estimadas cualidades, 
no les dan rienda sino poco á poco ó no les permiten de 
pronto todo su correr. Entonces dicen los campesinos en 
su lenguaje oriental. Es preciso sujetar al mancarrón, pues no 
conviene que le demos tan de pronto golosina. 

«Siendo estos animales el primer elemento de aquellas 
espediciones esencialmente móviles, es necesario asegurar- 
los cuanto es posible. Por esta causa se manean en la 
noche, ó solo la yegua si fuesen mansos y atropillados. Así 
se evita, el que disparen lejos, si son asustados por el Tigre, 
el Puma ó por cualquier rumor. El caballo que se ha de 
ensillar al dia siguiente se ata á soga y aun también se 
manea; el que se destina para correr, pasa la noche á ma- 
nea larga para que no amanezca entumido. El cencerro 
de la yegua avisa oportunamente en la noche, si los caba- 
llos se alejan ó alborotan. 

«Después de ellos, las bolas son el instrumento mas im- 
portante de la Camperia. Cada jinete lleva tres ó cuatro 
pares envueltos en la cintura, y uno ó dos de potro cuyas 
soguillas plegadas se aseguran á la cabeza anterior del 
lomillo ó recado. La ligadura es tan sencilla, que puede 
desatarse, en caso necesario, con una sola mano. Amas de 
su principal destino contra baguales ó potros alzados en la 
soledad de las Pampas, se usan en defecto de las propias 
también contra el Ñandú. El lazo se acomoda á la anca 
en circuios iguales, menos unos ó mas que suelen con 



150 OBRAS DE SARMIENTO 

gracia é intencionalmente dejar caer algunos gauchitos 
presumidos por sobre el tronco ó muslo de la cola. El se 
apresa con tiento á ambos costados de la cabezada poste- 
rior del lomillo. 

«Las bolas aunque varían en grandor, según el gusto de 
cada cual y la fuerza del brazo que ha de manejarlas, tie- 
nen por lo regular el peso de tres ó cuatro onzas, y se hacen 
de plomo ó de piedra. Suelen elejir por molde para las de 
tres la cascara de un huevo de Teru. La bola manijera ó 
que se empuña, es algo mas pequeña, que las boladoras ó 
boleadoras. Se cubre con cuero fino de potro (retobar) y 
se unen por soguillas (tientos) sencillas ó dobles, de poco 
mas de dos varas en el todo. Los campesinos miden una 
toesa ó brazada y sobre ella aumentan lo que va de la 
mano al codo: estension que corresponde á la lonjitud total 
de las soguillas. Estas se aseguran á un anillo del mismo 
retobo ó cubierta, ó á una anca de alambre, que se colocó 
es-profeso al fundirse las bolas. El tiento de la manijera 
es algo mas corto que los de las boleadoras. 

«Los Pampas y los Ranqueles usan en soguillas^ los tendones 
de las piernas del JVandú: pero sean ellas de este ó del otro 
material, deben estar perfectamente engrasadas y flexibles. 
El señor de Azara equivoca las bolas de potro con las de 
Avestrux, cuando en su artículo sobre el J/andü, les da á 
estas la magnitud del puño. 

«Aunque de un uso jeneral las bolas de tres, los indios y 
los cristianos mas diestros en dispararlas, prefieren las de 
dos por creer mas cierto el tiro con ellas. Otros las dese- 
chan por que al caer son mas saltonas. Se llevan varios 
pares, como ya dijimos — perdido un tiro se hacen sucesi- 
vamente aquellos que permite el número de pares á la 
cintura, entrando en cuenta aun las de potro. Toda la ma- 
niobra se ejecuta sin dejar un instante de correr: por su- 
puesto, que una buena vista y la fuerza del brazo son 
requisitos necesarios para el acierto. 

«Como liay que volver á recojer las bolas, se hace necesa- 
rio señalar con algún objeto el lugar donde quedaron. A 
este fin, se arroja en una parte el sombrero, en la otra el 
poncho, el chiripá, etc., y no es estraño ver boleadores casi 
desnudos por esta causa. 

«Al emprendeírla batida si el caballo montado va bueno. 



FRANCISCO J. MUÑIZ 151 

<3 si, como dicen los campesinos — lo malician, en él corren, ó 
•en su lenguaje enfático en él pelean al Avestruz. Proceden 
de ese modo con mas confianza, si el caballo de compaña 
en aquel día, está enseñado á correr suelto á la par del 
■ensillado. Algunos son tan maestros (baqueanos) que em- 
bozalados y con el cabestro envuelto al cuello, á todo correr 
á la par del montado, se dejan saltar del jinete cuando 
aquel se rinde, ó bien cuando marchando en descubierta, 
y fatigado ya el que se cabalga, se levanta de improviso un 
Ñandú oculto. Lo regular es, llevar del diestro el de re- 
serva y á la vista de los Avestruces que con las cabezas levan- 
tadas — como lanzeria dicen los gauchos, todo lo esploran, 
mudar el de refresco, maneando el que se ensillaba. 

« Perseguido el ñaudiX desde distante, suele agazaparse 
éntrela maleza. Para descubrirlo y asegurar el tiro, llega- 
do el boleador próximamente al lugar del escondite, se apea 
acaso, y le busca atento y silencioso las bolas preparadas. 
Aquel, que cojido con la tierra ve acercarse de sí al hom- 
bre, que al fin debe reconocerle; ó huye, ó se precipita sobre 
él con presteza increíble. Sorprendido el racional de lo ino- 
pinado y pronto del movimiento, y conmovido por el pe- 
chugón da tal vez consigo en tierra, sin hab'ír tenido tiem- 
po ni aun de resistir. Un hombre tuvo una rodilla disloca- 
da á consecuencia de un porrazo en uno de estos lances. 

« Puesto el boleailor á cierta distancia del Avestruz, cuan- 
do este espera, ejecuta á su alrededor tornos ó vueltas re- 
dondas, que estrecha sucesivamente, en todo semejantes á 
lasque sedan en circunferencia de la perdiz. Cuando es 
nuevo, ó que nunca fué corrido, no es posible la aproxima- 
ción hasta cierto grado; pero si lo fué, ó está actualmente 
asustado, entonces menester es usar de ardides los mas es- 
quisitos para ponerse á tiro. Si faltan las estratajemas no 
queda mas arbitrio, que correrlo sin intermisión, y si hay 
elementos y la bandada interesa, cercarla. 

« No es tan sencillo como á primera vista aparece el bo- 
lear ^yes^z-wc^s; menos por las dificultades en la ejecución, 
aunque no son pocas, que por el ardid y astucia que deben 
emplearse contra esas mismas calidades que el Ñandú os- 
tenta en protección de su vida y de su libertad. Esta espe- 
cie es, á no dudarlo, incomparablemente mas inteligente y 
esperta cuando defiende tan inestimables objetos que la 



152 OBRAS DE SAKMIENTO 

Africana, á juzgar de loque es esta por la historia que ha- 
ce de ella, el elocuente M. Buffon. 

« El tiro mas seguro que llaman de dos vueltas se hace 
regularmente á la distancia de treinta ó cuarenta varas; el 
de tres hasta de sesenta. De ahí arriba el tiro es perdido 
para los que no tengan mucha fuerza en el brazo ó que no 
sean muy diestros. El tiro de una vuelta es el mas corto, y 
acaece que por disparar de tan cerca, encontrándose con 
ímpetu la soguilla de las bolas coa el cuello del ñandú lo 
divida absolutamente, como pudiera hacerlo una arma cor- 
tante. 

« Las vueltas se enumeran, no por los jiros que se dan á 
las bolas sobre la cabeza antes de dispararlas, como creen 
algunos, sino por las que ellas dan en el aire, después de 
arrojadas. 

« Es una distancia proporcionada la de ciento ó ciento 
cincuenta varas para partir sobre el ñandú ó para mandar- 
le el caballo, en espresion campestre. Mas apartado ó á ma- 
yor intervalo se requiere un caballo superior en lijereza y 
aunen aguante, si va muy aventajado, para darle caza. Si 
se le ha visto echar á lo lejos, será posible atropellarlo de 
cierta distancia, si se dá con él. 

« El tiro con dos bolas, es mas largo que el que se hace 
con tres, tanto por su menor peso, cuanto por ser mas débil 
la resistencia que les opone la atmósfera. Es también mas 
seguro, pu<iiéndose dirijir mas rectamente al objeto, en ra- 
zón de la mas simple combinación del equilibrio. Los bue- 
nos boleadores usan bolas de dos, mientras ios chambones 
confiados en la ventaja que dan tres contra dos usan 
aquellas, por si la casualidad hace con la bola impar, lo 
que un brazo ejercitado haría casi con perfecta seguridad, 
con solo dos. Ya se sabe — que el único cañón de una esco- 
peta hace, y vale mas en manos de un buen tirador, que dos 
en las de un bisoño. 

« Las bolas se arrojan al tronco ó á lo mas grueso del cue- 
llo. Sofocado el animal por la ligadura, mas que agobiado 
por el peso se detiene y rinde. Si las bolas que tocasen á 
la parte superior del cuello, no se envolvieran con pronti- 
tud, las despide luego el ñandú por los sacudimientos de 
cabeza, y por los movimientos de contracción instantánea 
y repetida que imprime á su linda y prolongada cerviz. No 



FRANCISCO J. MUÑIZ 153 

fuera estraño, que en los esfuerzos violentos y apresura- 
dos que hace parándose y sentándose alternativamente pa- 
ra levantarse de la opresiva ligadura, poniendo para conse- 
guirlo en juego los dedos de una y otra pata; se abriese el 
cuello inferiormente de abajo á arriba con el agudo corte 
de sus uñas. Los bordes de la herida que resulta son tan 
iguales como abiertos por un arma de finísimo corte. 

« Aun cuando las bolas rodeen el cuerpo del ñandú, él 
sigue sin aparente novedad su huida, no obstante que ellas 
sean de potro; es decir, de ocho onzas ó quizá una libra de 
peso cada una. Una ala envuelta, disminuiría, es verdad, 
la velocidad y soltura de la carrera: pero asimismo podría 
escapar, como ha sucedido muchas veces. El peligro está' 
entonces, en que se le envolvieran en las patas, ó en que 
una bola suelta golpeando y chocando de continuo cual- 
quier punto de la estremidad, produjera, como es consi- 
guiente, la fractura del hueso. 

«El Avestruz no qued'A boleado de las piernas del mismo 
modo que el vacuno ó caballar cuyos estremos ligados 
quedan juntos, y aun en fuerza delajusteza déla cuerda, 
antepuesto, casi siempre, y no apareado el uno al otro. 
Los del ñandú restan algo separados, y si no son manea- 
dos por los muslos ó piernas (lo que los inmovilizaría) y si 
lo fuesen por los tarsos ó porción escamosa, es factible que 
se desligara en el zapateo en que entra, por alcanzarlo. Es 
tal su apuro cuando se encuentra de cualquier modo impe- 
dido, y tal su empeño en correr, que él mismo cayendo y 
levantando se supedita y enreda mas y mas, arrollándose 
las bolas para arriba. Caminan zungando — dicen los campe- 
sinos; — es decir, recojiendo cuanto pueden las piernas, ó 
doblando los tarsos muy altos sobre ellas. 

« Los indios construyen las bolas ordinariamente de pie- 
dras perfectamente pulimentadas y configuradas; pero de 
mayor peso que las de los cristianos. 

«Es un antiguo error, y que el tiempo no ha destruido 
aun, el creer que el ñandú corre siempre en zic-zac ó por 
semi-circulos. Pero no es esto, lo que hemos visto mu- 
chas veces en el campo, ni lo han observado los boleadores 
de Avestruces hasta ahora. Cuando descubren á cierta dis- 
tancia un ginete que se dirige contra ellos, corren por una 
línea, si no recta, mas ó menos oblicua en contraposición 



154 OBRAS DE SARMIENTO 

é la que trae aquel. El instinto les dicta entonces, que 
pierden terreno, y lo gana su enemigo, si describen curvas, 
arcos de círculos ó espirales cuyo eje si lo siguiera el ca- 
ballo, pronto se encontraría con ellos. Por lo mismo llevan 
una progresión opuesta á la línea que traza su perseguidor. 
Esto es natural. 

«Mas si se halla comprometido el ñandú por la proximi- 
dad del ginete, entonces desplega con increíble habilidad 
ese singular sistema de tornos, vueltas y carreras retró- 
gradas, que divierten, tanto como ellas admiran por la agi- 
lidad, gracia y tino con que practica estos diversos actos. 
Se hace una /mz, dicen los gauchos, mwei^e lacolalo mismo que 
la mueve el gallo. Frases hiperbólicas, pero que demuestran 
lo sumo de la velocidad, la repetición é instantaneidad de 
tan varios movimientos. 

«Si se le acomete cuando echado en el nido ó| en su es- 
condite, sin dar un paso adelante, huye hacia atrás. Por 
esta rara anomalía locomóvil se hace forzoso cargarlo de 
frente, pues habiendo de huir á retaguardia de su posición, 
presenta la posibilidad de bolearlo corriéndolo por la es- 
palda. Sin embargo, no es tan fácil lograrlo, siendo un 
tiempo casi indivisible el levantarse y desaparecer. Repite 
entonces movimientos tan verticosos y de tal tortuosidad, 
escondiendo el cuello delante de sí mismo, que es necesa- 
ria mucha ejecución y práctica, y que el boleador sea, 
como dicen los gauchos, hijito para hacerle tiro. Asi que 
ha corrido cierta distancia en esa estraña apariencia eleva 
la cabeza, estirando por supuesto el cuello, y adopta un 
andar mas recto. Este momento es propio al boleador, el 
cual debe apurar su caballo que había suspendido para 
que el ñandú abandonara cuanto antes, no viéndose per- 
seguido de cerca, la actitud embarazosa en que mar- 
chaba. 

«Si escapa á las primeras arremetidas, habrá que ha- 
cerle una larga persecución para pillarlo á tiro. Por esa 
causa prefieren muchos el caballo corredor al lijero sola- 
mente. Una de sus estratajemas favoritas, cuando le apu- 
ran, es venirse sobre el ginete con maravillosa rapidez y 
como de costillas; las alas tendidas y de tal modo agaza- 
pado, con el cuello recogido y la cabeza metida entre el 
arranque de las alas, que casi es imposible envolverle con 



FRANCISCO J. MUÑÍZ 155 

las bolas. El hombre nuevo en este negocio que se halla 
acometido en esa singular y como estudiada perspectiva, 
no atina con el modo mas ventajoso de emplear sus bolas 
porque el J/andú que asocia á la vista mas perspicaz, de 
día, la mayor lijereza y la elasticidad de cuerpo mas asom- 
brosa, pone á prueba entonces, como pocas veces, estas sus 
dotes. Conoce, que su salvación en aquel momento cri- 
tico depende de inutilizar, pegándose al caballo como mas 
puede, el disparo que se le hiciera. Mientras tanto llega 
pudiera tirársele, como dicen los gauchos, á matar: pero se 
perdería el lance porque chocando las bolas contra el 
suelo, por arrojarse tan de cerca y venir tan bajo el 
Nandú no se le envolverían ó embramarían, como ellos 
dicen. 

«Así encogido y aplastado, cubriéndose los tarsos con las 
alas que mueve con mágica presteza, desaparece de de- 
lante del ginete que embelesado gira todavía las bolas para 
lanzarlasá su frente cuando e\ J^andú, rk-p'ido como el pen- 
samiento ha pasado á retaguardia rosando con el caballo. 
Al cruzar por debajo de las riendas ha sucedido, que un 
boleador de pulso y buena vista lo mate de golpe con 
las bolas, y aun que le hiciera tiro por sobre el hombro, 
si el caballo fuese maestro y de rienda, y el Ñandú pasara, 
como se espresan los inteligentes apartadito. 

«Ha acaecido también, que al correrse para atrás, saque 
con su cuerpo el estribo del pie del ginete, sin que fuera 
posible á este ofenderle. Por eso dicen con razón los 
campesinos. — Del estribo se defiende el Ñayidü. — En otras cir- 
cunstancias esclaman: No hay animal de mas malicia; no pisa 
el campo ninguno tan facultativo como él. 

«Cuando, según ellos se espresan, le persiguen encalle ole 
hacen medio dos ginetes, si el que monta mejor caballo está 
próximo á darle caza, entonces se dirige de flanco hacia 
donde la persecución es menos viva. Pero si llega á ser 
inminente el peligro de aquella parte, cambia segunda 
vez de rumbo, y se precipita con celeridad sorpren- 
dente sobre el primero, por si logra forzar el paso y 
salvarse á retaguardia ó por donde pueda, saliéndose al 
^ampo. 

«El encontrarle cuando se echa, sería mas difícil que á la 
perdiz, que en esa disposición eleva algo la cabeza, si no 



156 OBRAS DE SAKMIENTÜ 

fuera el mayor volumen del cuerpo y el color moro ceni- 
ciento de la pluma, que resalta principalmente sobre las 
yerbas verdes. Con las piernas estiradas, el cuerpo y las 
alas cocidas con la tierra, unas veces mete la cabeza entre 
estas, asomándola solo hasta los ojos, y formando su vér- 
tice con la convexidad del dorso un plano perfecto, otras 
alarga horizontalmente todo el cuello, elevando la cabeza 
todo lo necesario apenas para examinar loque pasa á sus 
alrededores. 

«Si transitando tan cerca de él el ginete, presume que 
será descubierto, no se pone en huida hasta que aquel hubo 
pasado adelante. Si en verificarlo de cualquier modo ad- 
vierte grave peligro, no se moverá aun amagado por las 
bolas que aquel torna indiscontinuadamente mientras le 
roiea, y espera atento á que se enderece. Inútil sería dis- 
pararle antes, pues en la frase vulgar: cuando echado, no se le 
halla cuerpo. Tranquilo, al parecer, espera que las manos del 
caballo le caigan casi encima y que esté á quema ropa el 
enemigo para erigirse con la celeridad acostumbrada. Si 
es acometido de frente como debe ser, procura burlar todos 
los esfuerzos para embromavU , por tendidas, cambios instan- 
táneos, carreras retrógradas ó guiñadas, como llaman los 
campesinos. 

«Mediante la asombrosa elasticidad de su cuello corre 
con la cabeza de través en observación de los movimientos 
del ginete, cuyo tiros evita por un vivísimo giro en sentido 
opuesto. El corredor ve de lejos el ojo, que brilla á los 
rayos del sol con particular refulgencia. El juego de sus 
alas, mucho mas visible cuando no va tan apurado, oculta 
hasta cierto punto el movimiento del cuerpo, el cual por 
una verdadera ilusión de óptica, parece inmóvil en medio 
del alternado y presto subir y bajar de aquellos grandes y 
plumosos remos. Se creería que algunas veces los suelta y 
recoje en seguida; otras afloja las dos alas á un tiempo. Al 
elevarse muestra las plumas blancas, que cubren los cua- 
driles y la grupa, ó enseña calzoncillos, como dicen los gau- 
chos. 

«Adanson asegura, que el Avestruz Africano es mas lijero 
que el caballo, y que este corre mas largo espacio. Sea 
esto cierto ó no en aquella región, la observación produce 
un resultado distinto entre nosotros. Es tal la ventaja de 



FRANCrSCO J. MUÑIZ 157 

la velocidad del caballo sobre el ñandú, que en la atrope- 
Hada ó primera impulsión y aun en el proceso de la carrera 
un ginete diestro hallándose sin bolas puede enlazarlo, si 
como dicen los gauchos en su ordinaria locución metafórica: 
Si se le ve pescuezo. 

«Estos, en cuyas manos el lazo es un instrumento de gran 
poder, cuando encarecen la necesidad de apurar el caballo 
acostumbran decir: como ni Cristo ni hombre nacido podia alcan- 
zarlo, le busqué la berija (hijares) al mancarrón— que quiso, que no 
quiso, me le dormi con el rebenque hasta agarrarlo bajo el freno. A hijo 
una el Ñandú, infame, maireraxo como el Diablo; lijerón mas que los 
vientos! 

«Pero si el caballo es mas veloz que el Ñandú dentro de 
su tiro ó en su mayor correr, él es vencido á la larga, ó como 
se espresan los campestres: lo quiebra el Ñandú, lo despide. 
Solo en caballos sobresalientes, perdidos los primeros tiros 
podrían, en una carrera indiscontinuada, hacerse los últi- 
timos, ó como dicen aquellos — pelenrlo ó rebentarlo en la dis- 
tancia. Pero pasado el primer impulso, difícil es conse- 
guirlo á no ser el caballo muy corredor, ó que el Avestruz 
sufra algún accidente, porque siendo este mas sufrido en 
la carrera, se agita menos, al parecer, en ella. — Pudiera 
decirse que la velocidad en ambos es casi recíproca con 
relación á sus masas: pero que la fuerza de la potencia cede á 
la larga á la resistencia del mayor peso. 

«Reconocido está que entre los varios modos de persecu- 
ción empleados contra el Ñandú, ninguno es mas severo, 
que un cerco. Pero es por tanto allí donde, como en propor- 
ción del riesgo, despliega este toda su orijinal ajilidad; don- 
de hace ostentación de la finura de su instinto y del variado 
poder locomotivo de que está dotado. Amenazado de todas 
partes dentro de aquel sitio de muerte, conoce que es mas 
que nunca difícil salvar la vida, y lo mas urjente y perento- 
rio no dejar nada que hacer por defenderla. 

«El cerco es proporcionado al número de boleadores y lo 
forman — los punteros, los de los costados y los culaieros. Los 
primeros marchan al frente, y son como la llave ó el esla- 
bón mas importante. Ese rango se adscribe, por lo común, 
ó es privativo del que ó de los que invitaron á la campe- 
ría. Los culateros son como el punto de arranque de las alas, 
que parten mas ó menos abiertas, según el círculo que se 



158 OBRAS UK SARMIENTO 

intenta describir. Ellas avanzan por grados trazando aproxi- 
madamente un arco de círculo, y cuidando de apostar de 
trecho en trecho un hombre. Cuando cada uno de esto& 
calcula, que el total del ala á que pertenece está distri- 
buido, marcha en dirección al centro. Claro está que el 
movimiento recíproco de una y otra ala los concentra cada 
vez mas hasta darse vista. 

«Mientras ellos se aproximan, los culaitros, que constitu- 
yen el punto cardinal ó primitivo del círculo, se adelantan 
Irdvd. cerrarle por el frente ó segmento que le corresponde. 
Sucede principalmente cuando el cerco abraza una grande 
área, que los culateros por estravío, por impedimentos im- 
previstos ú otros accidentes, no llegan á debido tiempo á 
su posición. Si mientras no la ocupan, se alborota la Aves- 
iruxada ó la ocasión de obrar apremia, los de las alas y los 
punteros no escrupulizan, después de circulados, en dar prin- 
cipio por sí solos á la batida. Si el cerco es muy grande y 
el campo desconocido y de mucho matorral, los punteros se 
convienen, temiendo salirse demasiado afuera ó empam- 
parse, en incendiar el campo. Sirviendo entonces el humo 
de signo telegráfico, visible muy de lejos, advierte el estre- 
mo de la curva donde existe el puntero, que se desea encon- 
trar. Cuando tiene lugar esta maniobra conflagrativa, 
dicen los campesinos, en su acostumbrada hinchazón de 
estilo, y como para dar desusada importancia á las opera- 
ciones del día, la ñanduseria alxadaque es herejia; al cerco no se le 
vido fin; los hombres pa no perderse prendieron el campo, y lo serraron 
debajo de quemaxon. El barlovento es en el cerco la colocación 
mas ventajosa; siendo natural en el Ñandú correr en esa 
dirección. 

«Como siempre es estenso el espacio, que incluye la ban- 
danda ó bandadas, los Ñandús corren amagando forzar la 
línea de circunvalación ya hacia una ya hacia otra parte. 
La cabeza erguida y el cuello mas en alto que jamás, pro- 
curan descubrir por miradas rápidas, variadas y penetran- 
tes, el punto vulnerable del temible recinto. Con tal intento 
se aproximan á la circunferencia, escrutan apresurada- 
mente, y con azorada curiosidad, la colocación del enemigo 
que la guarnece; luego recalcitran, y vuelven á examinar 
el todo del fatal término, el cual no afrontan hasta después 
de haberle lo mejor posible reconocido y como estudiado. 



FRANCISCO /. MÜÑIZ 159 

Ahora sus movimientos son á la carrera como los de la 
gama en igual conflicto. Durante estos movimientos ó fal- 
sos ataques, los ginetes amagan aisladamente acá y allá, 
aun cuando algún impaciente de la espera, acometa de- 
cidido. 

«El cerco cada vez mas ceñido no pierden de vista los ase- 
diados su principal y mas importante designio — el romper 
el bloqueo después de engañifas y multiplicadas tentativas. 
Desde el principio sus sobresaltadas miradas se fijan, y 
sus corridas se dirijen hacia donde los hombres son mas 
ralos, ó donde se hallan situados muchachos que acompa- 
ñaron á sus padres, ó que van allí por otros motivos. En- 
tonces, como cuando los corren en calle ó técnicamente 
les hacen medio un hombre y un chico, se inclinan del lado 
de este, como si penetraran de cual lado es mas débil el 
esfuerzo, de cual la ofensa es menos temible. 

«Elevada siempre y en movimiento continuo la cabeza 
mientras corren acá y allá, descubren al fin el claro por 
donde pudieran franquear el cordón formidable. No hay 
duda que les esperan grandes peligros, que no es fácil su- 
perar, porque los de la cabalgata echan el resto en esa 
estremidad, en que es necesario y es un punto de honor 
el lucir cada uno, á la vista de todos la lijereza y maestría 
de los brutos que montan, y su individual habilidad en este 
enérjico y hermoso juego americano. 

«Muchos de los sitiados perecen haciendo increíbles es- 
fuerzos de maña y astucia por salvarse; otros que logran 
cruzar el mortal asedio, remiten la carrera cuando ya libres 
de peligro. Cuando ocurre esta contracción ó disminución 
moviliaria esclaman los campesinos — el JVandú levantó ya 
su cabayito. — Al riesgo inminente que él corre al atravesar 
el cerco, aluden aquellos, cuando para significar los esco- 
llos de una empresa, ó su casi insuperable ejecución dicen 
delque la conduce: e/ pobre hombre vá boleao; vá como Avesiru» 
contra el cerco. 

«Sustraído una vez á los primeros embates del caballo, 
no por la suma escedente de su velocidad sino por el modo 
anfractuoso de su carrera, anda mas sufrida y largamente 
que aquel cuadrúpedo. Sin embargo del énfasis con que 
dicen los gauchos — del cavayo tolo se escapan las aves qice vuelan ;^ 
de ahi abajo iodo vicho muere en sus manos; sin embargo, él na 



160 OBRAS üK SAHMIlfiNTO 

corre como aquel un día entero, mucho mas si el tiempo 
fuese fresco; ni se encuentra al siguiente, como dicen del 
JJandú'. buino no mas. 

«Perseguido sin intermisión no deja de huir hasta que 
muere de fatiga. Su cuerpo queda entonces rijido como el 
de un tetánico, lo que arranca de los gauchos, que lo con- 
templan con disgusto por no haberlo boleado esta ó seme- 
jante esclamacion: A diancho, no te hagas el chancho rengo, y de 
repente adiosito, si te vide no me acuerdo. Mire amigo no le afloje 
(al que se apeó y lo tiene agarrado) no lo afloje, no lo largue 
por su madre ¡bien aiga el animal ladino y de senda! Le dá lisio- 
nes, y lo tira lejos al mismo Zorro, que es el Padre de todas las 
cábulas. 

« Si encuentran algún obstáculo elevado detienen la ca- 
rrera; pero si es una enramada ó cerco débil, forcejea por 
vencerle, mediante repetidos empujones ó pechugadas. Si 
el impedimento es resistente y bajo y no advierte, siendo 
la impulsión y peso del cuerpo tan considerables, se frac- 
tura los tarsos chocando contra él. En su marcha ordinaria 
ó tranquilla, un vallado ó cerca de una vara de alto lo de- 
tiene, lo mismo que una zanja de cuatro ó seis cuartas 
de boca; pero si le acosan, salva esos óbices con gran 
facilidad. 

«Volviendo al cerco diremos que algunos boleadores sue- 
len quedar fuera de él, apeados de los caballos ó echados 
sobre los pescuezos en espera de los Ñandus, que logren 
atravesarlo. Rendidos ya estos por tanto correr, aflojan de 
su anterior celeridad, y se hace mas fácil pillarlos á tiro. 

«Aquellos aunque asociados como buenos conmilitones 
se adunan particularmente de á dos, tomando desde el 
primer día el nombre de compañeros. Estos tienen por 
objeto ayudarse mas íntimamente, partir y disponer entre 
ellos el producto de la caza, aun cuando este sea por punto 
general partible al menos la carne. En ciertos lances aque- 
llos que no son compañeros á pesar de la loable simpatía 
que los une en común, acordándose que son hombres suelen 
tentarse de ambición y hacerse lo que ellos llaman mal juego. 

« Se reputa tal, como embistiendo el Ñandú, al claro entre 
<los sitiadores no compañeros, [)ica su caballo, el que lo es 
de uno de ellos, y lo conduce por una línea intermedia 
entre la grande ave y el no comi)añero. El objeto de este 



FRANCISCO J. MUÑIZ 161 

TOOvimiento es el separarla de este cuanto i)ueda ser, em- 
barazando disimulada y artificiosamente sus operaciones 
para que no le haga tiro. 

« Ai desviar asi al botin vivo y andante que se disputa 
del no iniciado cargándole sobre el socio, se procura que 
no retroceda el animal, mandándole el caballo con la po- 
sible fuerza. Entonces obran ambos del modo mas conve- 
niente, y quizá abren claro, como para el Ñandú se dirija 
campo afuera, ó adonde vea mas lux, como ello dicen. Es 
verosímil, que apurado entre dos fuegos, si escapa de los 
tiros del uno, sucumba sin remedio á los del otro. 

« Otro mal juego consiste, en que cuando uno ó mas hom- 
bres corren un Ñandú en línea mas ó menos recta á un 
jinete, el cual puesto en conveniente movimiento le arro- 
jaría sobre los que le persiguen, éste lejos de obrar de ese 
modo vuelve la anca de su caballo á los corredores y al 
^v<?Aír?í2, y permanece inmóvil, ó galopa hacia afuera, pro- 
curando alinearse con este, al frente, ó bien seguirle en 
paralelo hasta la oportunidad de cargarle. A esta acción 
llaman los campesinos en su idioma rústico: juyióle al Aves- 
truz presentándole la cola ó poniéndole el caballo de punta. Fatigados 
los de los perseguidores y fresco el del juyidor, tiene este la 
mas propicia ocasión de aprovechar al menor cosió, un tiro 
de bolas. Se vengan de la bellaquería de este mal compa- 
ñero sacándole el T/awííw, siempre que pueden, de junto al 
caballo, ó como ellos se espresan: sentándoselo del estribo. 

«Algunas veces consigue el Avestruz después de una mas 
ó menos dilatada carrera, ganar terreno, ó en dialecto cam- 
pestre: tirar lejos á los boleadores. Si nos figuramos que en su 
fuga trepa (distantes aun estos) una loma, y que al descen- 
derla les queda oculto por la misma altura, entonces pone 
en práctica un ardid estratéjico bien singular. Si el sitio 
ofrece pajas altas ó matas donde hacerse invisible, cambia 
el rumbo que traía al subir — ya á la derecha ya á la izquier- 
da según aquellas le brinden mejor protección. Si el bajío 
ó sus ramales rodean por acaso la cuesta, {)osibie es que 
marche en sentido absolutamente inverso; y que desande 
<íircuyéndola agazapado entre el matorral, el camino que 
hubiera hecho. Ejecuta lo mismo sobre un llano, si logra 
encontrar aparente escondite. El jinete perplejo por no 

Tomo iuii.— It 



162 OBRAS DE SARMIENTO 

hallarle en la dirección en que subiera, ó en la que penetr6 
el escondrijo sobre el llano, desiste de perseguir, ó marcha 
maquinal é inútilmente cierta distancia en la proyección 
que trajera el astuto JVandú cuando se perdió de vista. 

«Los individuos de esta especie no ocultan jamás la ca- 
beza con la esperanza de salvar la vida como el de África, 
ni la introducen dentro de agujeros por defender, como 
dice M. Buffon de aquel, un órgano tan importante como 
débil. Solóse ocultan en caso de peligro en los lances ya 
espresados, cuando obran como discursivamente y no con 
estupidez como el Africano en su ocultación de cabeza, 
mientras abandona el cuerpo á discreción de sus enemigos. 
Se esconde en tales casos por las razones y del modo que 
lo haría el racional : pero si dan con él, ó si lo teme, se 
levanta en el acto, y echa de nuevo á correr, cuanto le es 
posible. 

«Él rara vez cae, y cuando tal desgracia le acontece, es 
casi indivisible aquel instante, del en que se erije, apoyán- 
dose sobre una de las alas. Dice Buffon, que se atribuye al 
tubérculo escamoso que le sirve de talón, la dificultad con 
que se sostiene en un terreno resbaloso. Parécenos por el 
contrario, que esa tuberosidad callosa y fuerte, no redonda 
sino lonjitudinal y semiconvexa lo sostiene y afirma en la 
carrera, sobre cualquier terreno. Al menos es mas que 
verosímil, que le sirva de ausiliar poderosísimo para no 
caer hacia atrás en las vueltas y sentadas que da á menudo 
en muchas de las cuales dobla los tarsos hasta asentar en 
tierra con las tibias ó vulgarmente garrones. Sin esa protu- 
berancia, al nivel de los dedos, que le sirve entonces de 
especial apoyo, seríale difícil ejecutar sus rapidísimas con- 
versiones, y se espondría á deslices peligrosísimos. 

«Cierto es que el Ñandú, de cuerpo tan grave y sin dedos 
detrás, no podría correr sobre un terreno escurridizo sin 
deslizarse, así como las aves que tampoco los tienen, á 
pesar de valerse de sus alas para equilibrarse, en lo posi- 
ble. Pero lejos de precipitarle la escresencia tuberculosa 
de la planta, ella le favorece cuanto es dable, sirviéndole 
de ayuda y descanso, como si representara casi el firme 
asidero de un cuarto dedo. El tubérculo duro y escamoso 
tiene la mas apropiada disposición de superficie para sus- 
tentarle y detenerle mucho mejor que si él fuera liso. A 



FRANCCSCO J. MUÑIZ] 163 

pesar de la membrana coriácea que lo envuelve aparece 
ensangrentado cuando el Ñandú ha corrido gran distancia 
con mas motivo si lo hizo por terrenos ásperos. 

«En ninguna circunstancia se convierte este hermoso é 
inocente animal contra el que lo persigue. Todo lo que se 
ha escrito de las piedras que tira cuando corre y cosas 
semejantes, son mal urdidas patrañas. Si el es indiferente 
á las caricias, y evita, zafando el cuerpo, que le manoseen 
ó le paren, por manso que sea, tampoco daña sino en la 
época del celo por defender el nido á los pollos, y eso solo 
con el pico ó á pechugones. 

«Si se le quiere degollar ó manipular con otro intento 
después de boleado, es necesario que le asegure del cuello 
por su raiz, ó que se le pise fuertemente entre los alones. 
Sin esta precaución despedaza los vestidos, hiere las car- 
nes con las uñas, y aun pudiera de un golpe con la pata 
romper la pierna de un hombre. Aquellas no son coces, 
como impropiamente lo creen algunos, semejantes á los 
cuadrúpedos en pie; son únicamente fuertes movimientos 
de contracción y estension, grandes sacudimientos de toda 
la estremidad, como los de aquellos cuando se derriban y 
se mantienen tendidos por fuerza. Aun irritado contra un 
perrillo ú otro cuadrúpedo pequeño, solo lo pisotea yendo 
y viniendo por sobre él. Mas bien estruja á estos peque- 
ños animalillos, que los acocea. 

«Especificando M. Buffon los varios medios de que se 
valen los Árabes para pillar el Avestruz, dice, que para mas 
fácilmente lograrlo, lo conducen, cuanto pueden, contra 
el viento. 

«El Americano corre espontánea é instintamente en este 
sentido y procura cuando obligado á contrariar esta di- 
rección, recobrarla inmediatamente. Los aficionados á esta 
gallarda y briosa correría ponen el mayor empeño en sota- 
ventarlos, pues saben por una constante esperiencia, que el 
Ñandú se rinde mucho mas pronto perdiendo el barlovento. 
Es proverbial entre los gauchos. — El avestruz corre cojno los 
baguales contra el viento. Por esta natural propensidad que 
observan hasta en su marcha ordinaria, penetran ellos 
hacia las costas del mar, del Plata y Paraná en las grandes 
suestadas, ó cuando reinan impetuosos, y por varios días 
seguidos, el Este y el Norte. Los gauchos fronterisos con 



164 OBRA.S DE SARMIENTO 

el desierto creyendo entonces indefectible la entrada se 
aprontan para recibir huéspedes tan deveras deseados. 

«Lo que prueba sin contestación, continúa el ilustre na- 
turalista arriba citado, que el Avestruz no levanta las alas 
para acelerar su movinaiento, es que las eleva aun contra 
el viento, en cuyo caso ellas importan un verdadero obs- 
táculo.» Verdad es, que el movimiento de las alas no 
acelera la carrera pero él es esencialmente necesario á su 
continuación. Ese alternado ascenso y descenso tiene el 
principal objeto de sostenerla y auxiliarla dando á los 
movimientos del cuerpo el aplomo necesario para evitar 
caídas peligrosas. Sin ese despliegue de alas la carrera ni 
sería tan veloz, ni tan segura. El Ñandú de cuerpo tan 
pesado, á quien dio la naturaleza por única defensa la 
carrera, debió reunir á los elementos propios de esa fun- 
ción, otra potencia, que pudiera llamarse reguladores del 
centro de gravedad, que le siguiera siempre, y le prestara 
protección en las varias y distintas situaciones que adquie- 
re el cuerpo en las tortuosidades de la carrera. 

«Las alas tan fuertemente unidas á las escápulas, provis- 
tas de robustos músculos elevadores y depresores indican 
físicamente á mas de las pruebas que suministra la observa- 
ción, capacidad suficiente para servir como de contrapeso 
ó sosten cuando el Ñandú á todo su correr, ejecuta cambios 
de conversión los mas extraordinarios. 

«Esos miembros son singularmente comparables, en 
cuanto á sus usos en la carrera, con los brazos del hombre 
en igual situación. Según los alza ó los baja, según los 
adelanta ó atrasa, muda el cuerpo su centro de gravedad, 
sin que pierda la perpendicularidad, cuyo nivel preserva, 
en virtud de la mutua y acordada acción de esos remos ó 
palancas. Si al hombre como al Ñandú (ambos bípedos) 
se les ligaran ó inutilizaran de otro modo resultarían la 
disminución de velocidad y vacilación mas clara y espuesta. 
Los campesinos atan por diversión las estremidades de las 
alas por sobre el dorso del Ñandú, y en esa disposición lo 
sueltan al campo. El ave rey de la progresión descursiva 
sobre la tierra, queda entonces convertida en juguete 
hasta de los muchachos, que la insultan arrojándole bolas 
de carne. 

Aquí resalta visiblemente un principio de conveniencia 



FRANCISCO J. MUÑIZ 165 

preservativa que depende, ó que está intimamente ligado 
con un principio ó ley de la organización, en virtud de la 
cual son llamados ciertos órganos á uniformarse y corres- 
ponderse mutuamente, sin que alcancemos á conocer la 
causa de este misterioso fenómeno. Asi, por ejemplo, el 
caballo que apura cuanto puede su carrera voltea sus orejas 
hacia atrás, las plega sobre el pectorejo, ó como dicen los 
gauchos, las pegaal cogote. Lo mismo hace el entero, cuando 
estirado el cuello, moviendo la cabeza de un lado á otro, 
y el hocico casi por tierra repunta severo y zeloso su 
manada. 

«En todo caso mas natural es recurrir á estas reflexiones 
supositivas, que el admitir con Marcgrave, que el Ñandú 
se sirve de sus alas como de una vela para tomar viento 
—con Nieremberg para hacer este contrario á los perros, 
que le persiguen — con Pisón y Klein para cambiar á menu- 
do la dirección de su carrera, y evitar las hechas de los 
salvajes — y con otros que dicen excitarse á correr mas de 
prisa picándose con el aguijón de sus alas, según citaciones 
que hace M. Buffon de estas distintas opiniones. 

«Ese movimiento tiene su objeto natural y de extrema 
necesidad. Siendo la carrera rapidísima, no podría ser 
muy larga sin un medio de refrijeracion, sin ventilar el 
tronco ó la caja, que encierra los órganos vitales. La carre- 
ra sería pronto interrumpida si doblara sobre el cuerpo ese 
colchen de plumas sedosas, espesas y calientes de que 
constan las alas. Con tanta mas razón debe suponerse 
esto, así, cuanto ¡se ve, que el Ñandú estando quedo abre las 
alas como para airearse, durante el mayor calor de los 
días estivales, las bate también suave y tranquilamente, 
pero con mas fuerza y tesón que lo hacen los demás galli- 
náceos. 

«El levantar, por otra parte, y el abatir de esos remos plu- 
mosos mientras corre contra el viento, no es causa de 
obstáculo, como pretende aquel respetable naturalista. La 
naturaleza que privilejióá esta especie con la carrera y que 
le dio el instinto de hacerla contra el viento, no pudo debi- 
litar por un elemento opuesto aquella dote: lo contrario 
sería una obra monstruosa é investida de cualidades equí- 
vocas. Esas plumas inadherentes, disgregadas y sin con- 
sistencia que forman las alas, no presentan por su ralura 



166 OBRAS UE SAKMIBNTO 

y falta de regularidad en sus planes la menor resistencia 
al viento. Flotantes los alones, revestidos de hebras sin 
cohesión, hilachosas y finísimas, tampoco tienen casi peso. 

«Mas todavía: ese movimieuto de alas no es maquinal ni 
ejecutado por un ciego instinto y á destiempo. Nada de 
eso. El ave se sirve de ellas, si nos es permitida la compa- 
ración, con la necesidad y casi con el grado de intelijencia 
con que se sirve del timón un esperimentado marino, nave- 
gando con el viento de proa. El Ñandú hace sus jiros, 
como la nave dá bordadas, cuando precisa ganar terreno. 
En esas vueltas que son brevísimas y al infinito repetidas 
en una viva persecución, el movimiento de las alas es ince- 
sante, ya de uno ya de otro lado, y tan presto que C()mo 
dicen casi con propiedad los campesinos — no se le ve cuerpo — 
en otra frase — hace andar la visia. 

íiKxi cuanto á la caza del Avesirux Africano, Diódoro asegu- 
ra, que se hace clavando puntas aceradas en rededor del 
nido. La madre que viene á este de prisa, pasándose con 
ellas queda de todo punto sujeta. Mas este peregrino arbi- 
trio ya se vé que solo obra contra las hembras, que deben 
ser estúpidas y ciegas y por añadidura insensibles hasta 
apresarse por si mismas y poco á poco en las puntas ace- 
radas. Nuevo jénero, sin duda, de magnetismo entre un 
animal y los metales, cuyo conocimiento no pasaría mas 
allá de las creederas de Diódoro, como pasó hasta nosotros, 
desde antes de Orfeo y para siempre la dirección del imán 
ó su polaridad y la de una aguja magnetizada. Buffon 
agrega, que los Árabes inquietan á los Avestruces lo bastante 
para que no coman, pero sin apurarlos demasiado. Cuando 
los han fatigado y los tienen hambrientos, durante uno ó 
dos dias aguardan la oportunidad; caen sobre ellos al gran 
galope conduciéndolos contra el viento cuanto es posible, 
para fatigarlos mas en breve, y los matan por último á palos 
para que la sangre no manche el albor de sus plumas. 

«De otro ardid usaban los Struthophagos ó comedores de 
Avestruces, según aquel naturalista. Se cubrían bonitamente 
los bellacos con la piel de un Avesirux, y pasando los brazos 
por el cuello hacían todos los movimientos (atención) que 
ejecuta con esta parte el ^ves^rw*. Así disfrazados (también 
la mas simple y estravagante bonomía suele alojarse en el 
cerebro de los sabios), asi disfrazados los pilluelos y sagaces 



FRANCISCO J. MUÑIZ 167 

Struthophagos se aproximaban á los Avestmcea y les echaban 
garra. «Es así, prosigue concienzudamente aquel autor, 
como los salvajes de América se simulan cabras para 
aprender las cabras.» 

«Pero como ya hemos hecho conocer, el pillar asi tan 
ahinas al Ñandú y aun á las cabras de nuestras sierras, no 
es granjeria de cualquier chambón en el oficio, y como 
dicen los gauchos — se necesita comer anies mucho pan y maxa- 
morra. Para el Ñandú no hay sutilezas, engañifas ni dis- 
fraces que valgan. Buen caballo, ser jinete y diestro en 
en el manejo de las bolas, son requisitos sin los cuales un 
árabe andaría toda su vida al gran galope con su garrote 
en la mano, muriendo antes él y su caballo de fatiga y de 
sed, que dar al alcance, ni aun vista á este velocísimo 
bípedo alado. 

«Isuestros campesinos miran en el perro un compañero 
útil para la caza de los Avestruces. A mas del servicio im- 
portante que les prestan, defendiéndoles del tigre, les pro- 
porcionan sin costo abundante cosecha de mulitas, peludos, 
perdices, etc. Por eso dicen: el perro es el mejor compañero 
del pobre. Donde dentra el cristiano, denira el perro. Y como 
acostumbra ir subiendo de punto en los elojios, y son afec- 
tos, por otra parte, á la especie canina, llegan al máximun 
haciendo al perro el último favor, pues le anteponen á sí 
mismos. Por eso añade: Cuando no fuesen mis bolas, mis pe- 
rros me darán de comer, porque sin eyos no somos naide en el campo. 

«Esos animales de olfato naturalmente fino rastrean al 
Avestruz oculto, y han llegado, siendo enseñados, hasta dar 
con él en el nido. Si lo alcanzan, evita mientras puede los 
afanosos mordiscos de sus perseguidores, por sentadas y 
tendidas rapidísimas: el perro pasa do largo, porque en la 
espresion impropia de nuestros campesinos — el perro es duro 
deboca — como siserijiera con freno ó por aquella parte, 
como los caballos. 

«El llevar perros consigo cuando se va á una boleada de 
Avestruces en grande no está jeneral mente bien recibido: 
pero son casi infaltables cuando la empresa es de uno solo 
ó si consta de pocos. Los perros en el primer caso suelen 
estorbar á los boleadores, y el que los llevase, encontraría 
con dificultad quien quisiera hacer medio con él, ó quien se 
le asociara en las corridas. Siendo ley del juego que el 



168 OBRAS DE SARMIENTO 

Ñandú, aprehendido por los perros, pertenece al dueño de 
estos, es una doble ventaja el llevarlos: pero ventaja mas 
que de chambones de egoístas, pues que siendo igual el 
trabajo en todos, su producto, sin embargo, declina en 
favor de individuos determinados. El boleador que des- 
pués de inauditos esfuerzos en un día ó mañana de in- 
cesante corretaje ha conseguido ponerse á tiro, y que 
próxima la presa á caer ya en sus manos, ve que se la 
arrebata un jadeante y encarnizado perro, denuesta y 
maldice furioso al pobre animal, y pasa sin escrúpulo y 
tal vez con razón mucho mas adelante. 



NATURALEZA DE LA CARNE DEL NANDÚ 

Su salubridad.— Distintas preparaciones que recibe, y las que dan á los huevos. — 
Conducción de estos á la distancia.— Plunaas.— Toldos ó reparos contra la 
intemperie. ^ 

«Los boleadores de Avesiritces utilizan, ya asadas, ya coci- 
das, en guiso ó fiambre casi todas sus partes. El alón, 
la picana (carne de la grupa) y el ventrículo ó estómago 
son presas preferentes. A este se le despoja de su mem- 
brana interna coriácea, á la cual llaman los campesinos 
cascara y le anteponen á la misma lengua de vaca: por 
flaco que esté el Avestruz no dejan de comerlo, como su- 
cede con aquella por magro que parezca el vacuno. Apro- 
vechan todas las entrañas, el bandujo ó intestinos gruesos 
al último de los cuales, que denominan ocote, por su anilla 
ó esfínter, le decortican ó separan su membrana interior 
para comerle. Comprenden bajo el nombre tripas gordas á 
estos intestinos, y á los delgados con el de amargas; sin em- 
bargo, son estos los que toman á pesar de su amargor que 
se lo quitan lavándolos, porque de los primeros solo es co- 
mible el colon y el esfínter del recto, siendo este intestino 
y los ciegos casi del todo membranosos. 

«Particularmente al volver de lacampería, en precaución 
de que no les falte la carne, traen (alzan) todas las postas ó 
tajadas asadas ó sancochadas en aguas y sal. Asi las tras- 
portan fiambres, pendientes del cuello del caballo ó entre 
las caronas, como hacen con la carne da vaca con cuero 6 
sin él. Cuando la alzan cruda elijen los alones y el grano 



FRANCISCO J. MUÑIZ 169 

del pecho (á cuyas presas como á las entrañas llaman 
achuras) porque el resto es fácilmente corruptible por el 
calor. 

«La carne del Ñandú joven es naturalmente mas tierna 
y agradable que la del viejo, y no tiene en igual grado que 
la de este aquel olor fuerte que la hace repugnante á un 
olfato y paladar medianamente impresionables. Los pai- 
sanos la toman con indudable complacencia durante la 
camperin, y aun la estiman en mucho después de estar en 
sus casas. La reputan como manjar no solo muy sustan- 
cioso y sano, sino hasta inofensivo á aquellos sentidos. 
Pero esos hombres aun cuando los tienen muy finos, no 
esperimentan el menor disgusto por estar como familiari- 
zados con el olor, tan semejante á este, de la grasa del 
potro y de la yegua. 

«Habituados á esa impresión olfativa desde pequeños ya 
en la estraccion de la grasa de esos animales (graseadas) ; 
ya en la saca de sus pieles (cuereadas); usando de ese pin- 
guedo ó enjundia en dias de yerra ó de marcación de gana- 
dos, y aun de continuo para refrescar y mantener flexibles 
los lazos, maneadores, bozales, correas de la montura, etc., 
no estrañan, como los marineros el olor del alquitrán, el 
que exhala la carne y especialmente la adiposidad ó gordu- 
ra del Ñandú. 

«Por otra parte haciendo su carneada, asando y guisando 
á campo raso en medio de un desierto inmenso, es evidente 
que se pierden en una atmósfera pura y sin límites las 
emanaciones, que quizás serían molestas para ellos mismos 
dentro de un recinto poco estenso. Es tal lo incómodo y 
penetrante de ese olor, que personas no acostumbradas á 
él, tienen que ventilar sus ropas, si estuvieron en una pieza, 
donde se asara esa carne. 

« Pero la poderosa eficacia del aire del campo, el apetito 
que produce el ejercicio, el entusiasmo del mismo entrete- 
nimiento que enjendra el vivo deseo de disfrutar el produc- 
to de un día de no poca fatiga, la privación al fin que hace 
contentadizos y sobrios, tienen tal poderío sobre el hombre, 
que echando á un lado melindres, si se encontró chocado 
el olfato y el paladar el primer día, lo es menos en el se- 
gundo y así sucesivamente hasta perderse con la primera 
ingrata sensación, la repugnancia á la carne del Ñandú, y 



170 



OBRAS DE SARMIENTO 



parecer ; oh poder del hábito y de la necesidad! no solo 
pasa ble, sino escelente. 

«Los campesinos tienen la opinión de que la estraida del 
Ñandú al norte del Salado preserva un color mas oscuro y 
un olor mas fuerte y característico, que la de la banda Sur* 
Lo mismo se persuaden respecto al color de la carne y de 
la grasa del Quirquincho ó Tatú peludo. En esta especie su- 
ponen todavía haber diferencia dentro de la zona interna ó 
Norte, según pasten sus individuos en lomas ó en terrenos 
bajos ó cañadas. Pero tal diversidad en el color de la carne 
y de la gordura de esos pequeños lorigados cuadrúpedos, 
que es á la verdad efectiva, probable es que provenga en 
mucho del influjo de la edad ó de dos variedades hasta hoy 
indeterminadas. Por lo demás, esas modificaciones de olor 
y de sabor en la carne del Ñandú y en la de otros animales, 
así como las que se observan en alguna de esas cualidades 
de su leche, parece debieran atribuirse á la naturaleza de 
los alimentos, de que ellos se nutren. El esparto de sobre 
el Salado y de otros puntos comunica su olor y sabor á la 
carne y leche del vacuno. El bulbo de la familia de los 
asfodeles de los campos de San Isidro, imprime á este líquido, 
en esa especie, el olor y el gusto de la cebolla (allium cepa). 
El trébol y la caña del cardo, ambos secos, producen una 
carne del todo insípida — Esos vejetales aun frescos y la 
gramilla de los campos internos ó costaneros de la Provin- 
cia crian mucho sebo en el vacuno; y los pastos llamados 
fuertes de los campos al Sur del Salado, hacen por el con- 
trario, abundar la grasa, etc. 

«Es indudable, que la carne del Ñandú de un olor positi- 
vamente lepugnante, semejante al de la de potro, lo pierde 
en parte cuando asada y algo mas en el salcocho ó después 
de hervida. Infiérese, pues, que ese olor desagradable se 
acompaña, ó reside en la materia estractiva ó en el osmazo- 
ma, y que se evapora ó atenúa destilándose en esas prepa- 
raciones. Cuando asada deja ver su color oscuro ó al menos 
el del jugo que le contiene, y en la decocción se disuelve 
ese principio y se mezcla con el caldo. La costra ó cubierta 
tostada que se forma á la superficie, y la cual contiene 
€omo en toda carne asada un elemento eminentemente 
sápido, impide probablemente la instilación ó fluxión total 
del osmazoma; y he ahí la razón porque retiene la carne 



FRANCISCO J. MUÑIZ 171 

en ese estado, una parte de su olor primitivo, mucho mas 
perceptible que cuando absolutamente penetrada por el 
agua abundante y mas disolvente en la concoccion. 

«Los campesinos reputan muy saludable la carne del 
Ñandú y en verdad, que ni la abundante y casi pasmosa 
indisjestion de ella, ni las grandes tajadas de gordura que 
toman de la grupa ó picana les daña jamás, y eso cuando 
no le asocian otro alimento que el mais tostado, alguna 
vez, ni otra bebida que el agua pura y cristalina de los 
arroyos ó lagunas. Ellos creen, que esta carnees fresca, 
lo que no repugna cuando el Ñandú no es flaco ó viejo, 
siendo cargada de gelatina. Esto contribuye naturalmente, 
á que no se efectúe un grande desprendimiento de calor, y 
á que la asimilación sea breve y fácil. 

«La del doméstico mejoraría indudablemente en olor y 
sabor á juzgar analójicamente por lo que se observa en la 
de los gallináceos silvestres que pasan á nuestros corrales. 
Aun en este estado la carne del Ñandú es tierna, y parece 
impregnada de sustancias muy solubles. La jelatina inter- 
puesta no se pierde del todo al fuego directo ni por la 
decocción — aplicaciones poco intensas en las camperías, por 
la naturaleza débil del combustible usado en ellas. La 
tenacidad de las fibras que aun en los viejos no son coriá- 
ceas, están como relajadas por la grasa y jugos jelatinosos, 
lo que produce un alimento soluble y dijerible para estó- 
magos robustos. Para el de los campesinos toda sustancia 
es indiferente, pues dijieren con la mayor facilidad por- 
ciones considerables de carnes mas sólidas, como la de la 
gama, la de la liebre, del vacuno, etc. Ellos ni conocen, ni 
aun sospechan la delicadeza de los sibaritas ciudadanos 
respecto á la diferencia que la edad y aun el sexo impri- 
men á la carne del Avesírux como á la de los demás ani- 
males. Con tal que este no sea muy flaco, poco les importa 
su filiación, y aun cuando lo fuese, aprovechan ciertas 
partes, con mucha mas razón — si la avestrusada anda escasona 
bastante — como ellos dicen. 

«Pero aquella carne tomada en abundancia, compro- 
metería un estómago delicado por lo mismo que está 
penetrada de una gordura redundante ó verdadero aceite 
animal. Respecto á su color ellajocupa el medio entre las 
llamadas coloradas y las salvajinas, como la de liebre, de 



172 OBRAS DE SARMIENTO 

cabra, de jabalí que son brunas ó casi negras. No sería 
estraño que su peculiar olor se relacionara ó estuviera en 
conformidad con su color mas ó menos oscuro. 

«Los prácticos en las camperías contra Avestruces^ conocen 
desde distante el gordo del que no lo es. La señal de gra- 
situd la toman del color mas blanco de las plumas de la 
grupa. Y es exacto, que cuanto es mas nítida su albura, 
mayor es la obesidad del ave. 

«Los huevos forman una vianda apetecida de los campe- 
ros, que los asan y los fríen. Hacen lo primero de varios 
modos todos breves y sencillos. Los agujerean por una 
estremidad, y por allí derraman no todo el albumen, como 
algunos han escrito, y muchos creen, quizá suponiendo 
indijerible esta sustancia ó de mal paladar, sino solo aque- 
lla porción que había de verterse mientras la asadura. 
Introducen luego un poco de grasa y de cebolla picada, 
ponen el huevo junto al fuego, y revolviendo el todo con 
un palito le dan vueltas presentando ya un lado ya otro al 
calor, hasta que queda perfectamente cocido. Si el dema- 
siado viento incomoda la operación, abren un hoyo en la 
tierra, y se conducen del mismo modo, encendiendo en él 
una pequeña hoguera. 

«Cuando el hambre apura y no es posible demorarse en 
preparativos, ponen inmediatamente fuego á las pajas del 
nido, y con alguna otra chamarasca de las cercanías medio 
asan los huevos, y así entre fríos y calientes se saborean 
con ellos saliendo satisfechos del apremiante conflicto. 

«Acostumbran también perforar el huevo de uno de sus 
polos al otro, é introducir después de derramar cierta por- 
ción de albumen, un palito que le atraviese al modo de 
eje. Suspendido á él el huevo, cuyos agujeros deben ajus- 
tar todo lo posible al atravesaño, se le torna ya de un lado 
ya del otro dentro de la llama de la fogata hasta que queda 
mas ó menos asado. Ellos son útiles de igual modo para 
todos los compuestos en que entran los huevos de gallina, 
como tortillas, para vizcochos, rosquetes, etc. 

«Muerta una hembra que tenga yemas las estraen con 
cuidado en fárgara ó envueltas en su propia película y si 
las han de conducir hasta el real, las embolsan enXdLchuspa 
ligándole ambas estremidades. En esta disposición las 
asan en conjunto ó por separados en el rescoldo, y las toman 



FRANCISCO J. MUÑIZ 173 

<5uando revientan la capsulilla que las envuelve ó antes. 
El manjar que resulta, sin otro ingrediente que sal, es deli- 
cado, no solo comparándole con las otras preparaciones 
usuales en las camperias, sino aun las mas sabrosas y deli- 
cadas del arte culinario en la vida civil. El es suavísimo y 
dulce y sin duda uno de los mas gratificativos al paladar. 
Se han encontrado mas de cincuenta yemas entre grandes 
y chicas en un ovario. En tiempo de la postura hay siem- 
pre tres ó cuatro cuyo grandor que va aumentándose en 
escala, corresponde á los huevos, que primero saldrán 
á luz. 

« Las yemas puestas al fuego dentro del ventrículo, sir- 
viéndoles de vasija el esternón ó hueso del pecho (mate de 
los campesinos) componen con su involucro ó envoltorio 
un plato regalado al cual llaman ellos adobo. A falta de 
olla, y aun teniéndola, hace veces de tálese hueso. Su ca- 
pacidad, su forma ahuecada y su fuerte testura permiten 
«1 freir maíz blanco en él, á espensas de la misma grasitud 
que esuda, la cual le comunica un sabor peculiar y 
grato. 

La carne se guisa, y los huesos se fríen en este recipien- 
te singular. El resiste al fuego de los tiernos combusti- 
bles de las Pampas, sosteniéndole por cierto tiempo la mis- 
ma abundante gordura que ocupa los intersticios del hue- 
so, hasta que se carboniza. Présteme la oyita amigo, si ya 
acabó dicen los gauchos, cuando sentados al rededor de la 
hoguera guisan y asan, rien y ponderan á un tiempo las 
aventuras del día. Calientan también agua en la oUita 
avestrúsica para tomar mate, en defecto de la caldera; lo 
que aun se hace estando ya mondado el hueso y purgado 
en parte de la grasa que le impregna, no deja de dar á co- 
nocer el duro paladar y fuerte estómago de nuestros paisa- 
nos de la campaña. 

« Entre los aprovechamientos del Ñandú debe contarse la 
masa cerebral de la cual se sirven para flexibilizar las so- 
guillas de las bolas. Esta substancia tan delicada y man- 
tecosa las penetra y suavisa superlativamente mas que 
ningún otro cuerpo untuoso. También estraen la lámina 
esterna ó la epidermis de todo el cuello incluso el buche, 
de la cual con el nombre de chuspa forman una bolsa, co- 
siéndole su estremidad mas ancha, útil para guardar di- 



174 OBRAS ÜE SARMIENTO 

ñero, avíos de encender, tabaco, etc. Esa membrana seca 
inorgánica como la del hombre, se desprende al modo que 
la piel en los cuadrúpedos; y como la epidermis de aquel, 
se halla perforada de agujeros oblicuos por los cuales pasan 
las plumas implantadas en la dermis, especie de membrana 
mucosa subyacente. 

« Los huevos se transportan á la distancia en árganas ó 
serones de cuero al cuello de los caballos figurando pretal, 
ó al anca en sarta que cae por ambos lados. Colocados en 
línea sobre un poncho, jerga ú otra tela, se rodea esta una 
y otra vez sobre ellos, al mismo tiempo que se comprimen 
lo necesario. Puédese si se quiere, colocar un segundo 
cordón de huevos paralelo al primero, apareando ó igua- 
lando los de ambos órdenes. Un tiento ó hilo fuerte que 
ciñe circularmente la tela entre huevo y huevo, si el cor- 
don es sencillo, ó por entre cada dos, si la línea es doble, 
los fija separadamente, y evita, inmovilizándolos, el que se 
choquen. De este modo se conducen en perfecta seguridad 
y á galope muchas leguas. La sarta del anca se ata á ca- 
da lado de la cabezada posterior del recado é inferiormen- 
te á la cincha ó las puntas de la carona de vaca la cual se 
ojala de intento. Cuando desgraciadamente rodó ó se re- 
volcó el caballo conductor del precioso depósito signi- 
fican los gauchos el azar ó desgracia del dueño de las 
cascaras que antes fueron huevos, diciendo — quedó el po- 
hrecito enteramente á la desdicha^piasititos, mirubiquitas se le hixo 
too el cargamento. El propietario, aun cuando cediendo á la 
primer impresión eche ternos ya redondos ya angulosos 
á no poder serlo mas contra el maldecido carguero, 
olvida pronto su infortunio y entra á considerarlo con esa 
peculiar impasibilidad con que los Americanos (á imita- 
ción de los aborígenes) soportan con enérgica firmeza, y 
tanto mejor cuanto menos conocen los hábitos europeos, 
los reveces mas crueles de la aciaga fortuna. 

«Las plumas podrían llegar á ser un ramo no de tan 
corto interés, ya empleándolas en el consumo interior, ya 
esportándolas. No sería difícil realizar este negocio con 
algunas ventajas, para los pobres al menos, si en vez 
de haber casi estinguido esta apreciable familia de los 
campos habitados y de perseguirla á muerte, casi sin pro- 
vecho y de ordinario solo por diversión hasta en el de- 



FRANCIOCO J. MUÑIZ 175 

sierto, se procurara crearla de nuevo y conservarla dán- 
dole aquel grado de domesticidad de que ella es suscep- 
tible. 

«Estas plumas, aun cuando en su totalidad no tengan el 
mérito de las del Avestruz Africano por carecer las mas lar- 
gas del hermoso albor que dicen tienen las de éste, y de la 
finura que atribuye don Luis déla Cruz (viaje de Chile á 
Buenos Aires) alas del Avestruz áe la cordillera, son útiles 
sin embargo en aplicaciones de labor y trenzado. Y es 
probable, que si abundaran, representarían sino un objeto 
de primera importancia al genio fabril de los manufature- 
ros, el estimado material de una nueva, simple y curiosa 
elaboración, 

«Como tienen ellas la propiedad de fijar los colores, se 
tiñen variadamente, para aprovechar el todo ó solo el has- 
til ó parte trasparente y fistulosa, ya dividido, ya entero. 
Se utilizan del primer modo en bordados sobre riendas, 
chicotes, estriberas, maneas y botones de maneador, en 
cestillas, etc. Teñidas de punzó las plumas enteras de la 
grupa, las de su contorno y las del pecho; se usan en co- 
leras y testeras — vistoso adorno de montura que se estila 
en las Provincias Argentinas, después de establecido en 
ellas el régimen federativo. 

«Con las alares mas largas ornamentan, d^sde tiempo 
inmemorial, varias tribus de indios sus cinturones, los cin- 
tillos con que se rodean las cabezas, y sus mujeres atavían 
con ellas las vaticolas de los caballos que montan. Los qui- 
tasoles construidos con este material en Chile en y algunas 
Provinciasde la Confederación no podrían ser, aunque ni de 
lujo, ni vistos, ni mas frescos, ni mas lijeros cómodos y 
aun duraderos. 

«No hay pluma comparable á esta para la confección de 
plumeros, pues sus hebras sueltas, finísimas y largas arro- 
jan el polvo y otras basuras hasta de los mas pequeños 
resquicios de los muebles. La fabricación de plumeros es 
vasta entre nosotros, donde no hay casi casa donde no haya 
uno ó mas — otros se esportan á Bolivia, España, Italia, 
Inglaterra, etc. Las plumas medianas han hecho en to- 
dos tiempos el mas estimado adorno de los Guerreros Guay- 
cuní y de las otras naciones indias, que las han colocado en 



176 übHA« DE SARMIENTO 

SUS morriones, como el primer distintivo de su valerosa 
profesión. 

«Las plumas blancas cortas pueden rizarse para varios or- 
namentos, y las largas, también blancas de las alas, que 
son hermosas, se usan en sombreros ó gorras de señoras, en 
turbantes, morriones ó sombreros militares. 

«Respecto á la vida de los camperos, aun cuando ella 
es móvil, y aun cuando su permanencia en un lugar de- 
penda de la abundancia de Ñandús en él; sin embargo, 
ai sitio que ocupan momentáneamente ó por pocos días, 
le llaman pomposamente el real. En él después del co- 
cinado dicho y del de la carne de otros animales silvestres 
que se pillaron, cada uno hace referencias alegres y de 
ordinario exaj eradas sobre los pasajes del día. Se venti- 
la la superioridad respectiva de los caballos, tanto en lije- 
reza y maestría como en orden á la fortaleza de algunos en 
la cruz — que es el punto donde se afirma una mano al dis- 
parar las bolas con la otra, momento crítico en el cual si el 
caballo afloja al cargarse en un tiro distante, mucho mas 
si el jinete es corpulento puede hocicar y perder pié con no 
poco riesgo. 

«Para abrigarse de un temporal llevan entre las caronas 
un cuero de potro desgarrado (hijar). Guando llueve sise 
hallan entre pajas altas, atan las sumidades de las que es- 
tan paralelas, ya una con las otras, ya con las plumas lar- 
gas alares del Ñandú. Estirando después el hijar sobre la 
frájil bóveda con el pelo para arriba, á fin de que no se re- 
cale, lo aseguran del mejor modo. 

«Si el campo tiene duraznillo, rama negra, ú otros arbus- 
tos flexibles forman puntas alas varillas que cortan, y las 
clavan en dos líneas correspondientes á regular distancia. 
Doblan luego unas hacia las otras las extremidades al aire 
y las afianza con aquel des{)OJo del Ñandú — cubriendo des- 
pués aquel arco prolongado ó bóveda con el hijar, queda se- 
mejante al toldo de una carreta. Cuando es chilca la ma- 
dera de construcción atraviesan de un costado á otro varitas 
que sostienen perfectamente al hijar. 

«Si este no alcanza á preservar los costados, se abre con 
el cuchillo una zanjita por defuera, en aquellos terrenos de 
suyo blandos, la cual se rellena de paja parada en forma de 
pared. De este modo queda en el posible resguardo el 



FKANCISCO J. MUÑIZ 177 

interior del toldo, con cuyo nombre se designa y reconoce 
aquel habitáculo digno de la sencillez primitiva de las tri- 
bus errantes de ambos hemisferios. 



«DOMESTICIDAD DEL ÑANDÚ 

Modo de conducirlo— Su ineptitud para el vuelo— Su facultad natatoria— Su voz- 
Aprensiones de los gauchos al campo desierto— Conclusión. 

«En opinión del ilustre Buffon el Avestrux debió servir en 
lo antiguo de alimento general, pues el lejislador de ios in- 
dios prohibió su carne como inmunda. Refiere también, 
que el Emperador Heliogábalo hizo servir un solo dia en su 
mesa el cerebro de seiscientos. Por supuesto que. los he- 
breos comían los de su propio país, cuando los Romanos los 
importaban de otros muy distantes. De modo que pare- 
ce destinada esa especie á servidumbres estraordinarias 
entre los magnates de aquellos tiempos remotos. Tan pron- 
to convertidos en jaca real conducen sobre su dorso al es- 
típtico tirano Firmius — caprichoso domador de aves terres- 
tres — tan pronto el cerebro de seiscientos por una idea 
gastronómica la mas estravagante y caprichosa que ocurrió 
jamás, satisface la voracidad de los convivios de un buitre 
humano, coronado como en escarnio de su especie. 

«Pero si esos pueblos merecieron con mejor título que 
nuestros gauchos y campesinos, que corren también el 
Ñandú, el nombre de Struthophagos, por el uso mas estenso 
que hicieron de un tal manjar, debían ser bien estraños los 
medios que adoptaran para criar y conservar esa especie 
en crecido número. ¿Pero puede existir acaso no un pue- 
blo civilizado, que esto es posible, pero una tribu salvaje 
tan pobre, tan falta de industria, de tan trabajosa mísera 
existencia, de cálculos tan precarios y eventuales, que hi- 
ciera depender su subsistencia de la carne del Avestruz, si 
pasable en los poUuelos, bien repugnante, sin duda, en los 
adultos? Pero lo que no deja de ser atendible, en los me- 
dios de caza que indica el citado naturalista, no se descu- 
bre la posibilidad, como ya lo hicimos notar, de abastecer 
de ese alimento no ya á un pueblo, pero ni á un reducido 
aduar beduino — ni la continua y molesta vijilancia, ni el 

Tomo xlmi.— 12 



178 OBRAS DK SARMIENTO 

dispendio de tiempo, ni el esfuerzo que esos mismos me- 
dios exijen, serían reemplazados por el producto de la carne 
y de las plumas. 

«En cuanto á la proclividad del Ñandú á la vida doméstica» 
M. Buffon se la concede al grado de poderse formar ban- 
dadas de ellos como se forman de pavos. El señor de 
Azara dice, que llevados los poUuelosá las casas se domes- 
tican de tal modo, que andan por todo el pueblo, y 
que alejándose hasta una legua, vuelven por sí mismos, aun 
cuando sean adultos. Sin embargo de este aserto, pre- 
ciso es reconocer que la especie sin ser del todo selvática 
tiene un apego innato á la indepedencia, á la vida de los 
campos, teatro esclusivo de sus combates, de sus amores 
y de sus conquistas. Principalmente en la época turbu- 
lenta del zelo pudiera considerársele como el representa- 
tivo de una continuada perambulancia, siendo entonces 
bien difícil contenerle. Los individuos de ambos sexos 
sintiéndose en ese tiempo agitados de un estimulo pode- 
roso y secreto, buscan la sociedad de sus semejantes, y en 
virtud de ese estraño incitamento que les conmueve é 
irrita, se hacen mas que nunca andariegos. El macho, pú- 
ber ya á los dos años, brama á las horas acostumbradas, y 
tanto él como la hembra procuran sustraerse á toda domi- 
nación marchándose á gozar, en la soledad de los campos 
de libertad completa en sus recíprocas solicitaciones repro- 
ductivas. 

«Sin embargo, él resiste la presencia del hombre, pues 
gambetea á su alrededor, y aun pasa por entre sus piernas, 
si se le enseñó ese juguete ó retozo; le embiste, aun le 
agarra con el pico sin mostrar intento de dañarle. Si le 
teme, si huye su cercanía, es porque el racional le mal- 
trata, constituyéndose en todas partes su encarnizado es- 
terminador. Pero por manso que sea el ñandú, aun 
cuando se detenga delante de las puertas de las habita- 
ciones mirando con ademan curioso, y penetre dentro de 
ellas, él no permite que le manoseen, que le levanten las 
alas, ni le corten el paso, pues entonces araña y forcejea 
no irritado y por ofender sino solo por evadirse. Esa ex- 
cesiva susceptibilidad y casi indiferencia absoluta á toda 
clase de halagos le confunde con las demás aves, en quie- 
nes se advierte una idéntica propensión. Tampoco tiene 



FRANCISCO J. MUÑIZ 179 

antipatía por el caballo, como dice M. Buffon tenérsela el 
de África. Al contrario, él vive en pacífica compañía con 
aquel bruto, como con los demás que el hombre cria y 
apacienta. 

«¿ Pero la especie ñandúsica se puede criar y man- 
tener por mero gusto, ó bien por aprovecharse de su 
carne y de sus plumas? Ciertamente que sí. En co- 
rrales ó en espacios circunscritos ó estrechos sería 
difícil, necesitando de grande estension para su mul- 
tiplico y subsistencia. Nuestros establecimientos ru- 
rales, y mucho mas aquellos de una área estensa, 
son muy á propósito para la cría y preservación de 
esta especie toda vez que gozaran en ellos de protección y 
seguridad. Ya dice el Sr. de Azara, que suel.en aproxi- 
marse hasta los corrales de las estancias, que distan por 
lo jeneral, menos de una cuadra de las casas. Esto es 
cierto, y cuando no son batidos y acosados miran con 
indiferencia la cercanía de un jinete, en una distancia 
mucho mas corta que la necesaria para hacer un tiro de 
bolas. 

«No es de dudar que volverían á repoblarse los campos 
internos de la Provincia hasta abundar en ellos, como en lo 
antiguo, sise observara una conducta opuesta á la presente. 
En los campos del 8r. Brigadier General D. Juan Manuel de Eosas, 
ilustre Gobernador y Gupitan General de la Provincia, donde es- 
tuvo siempre justa y racionalmente inhibida toda correría 
de Avestruces, son numerosas las bandadas que se ven y en 
proporción las nidadas que ellos cubren. Si ejemplo tan 
laudable de un sentimiento cuerdo y digno de imitación, 
por el gusto y conveniencia de poseer cuantiosa y cerca de 
nosotros esta noble y preciosa especie americana, fuera 
universalmente seguido (como principia á serlo en los cam- 
pos donde existen invernadas vacunas ó caballares del 
Estado y en alguna otra estancia) quedaría ella restablecida 
á nuestras puertas; siendo entonces útil aun para recrea- 
ciones ecuestres en cierto tiempo del año, bajo prudentes 
y equitativas limitaciones. 

«Pero no es sin violencia que se ha intentado deducir de 
la propensión ó facilidad del Avestruz Africano á la domesti- 
cidad, la del Ñandú. Debió antes considerarse, que asi 
como difieren ambas especies en punto de estructura, se 



180 OBRAS DE SARMIENTO 

adistancian igualmente en varios de sus naultiplicados ac- 
tos físicos. A la verdad, aun cuando sea mansa la ameri- 
cana en los campos donde mora tranquila, no por eso es 
susceptible de la pasible dependencia, que según Buffon, 
caracteriza á la de África. Si por aprovechar la carne ó 
plumas ó con otro designio, se molestara con bolas ó de 
otro modo á ese mismo Ñandú doméstico; él se mostraría 
mas esquivo que el silvestre, y sería preciso emplear contra 
él- mas sagacidad é industria que contra el otro. 

«De esas distintas cualidades y varia organización en 
ambas especies, resulta que sería disparatada la pretensión 
de hacer del Ñandú un vehículo de traslación, como suce- 
de con el de África, sino es fabuloso el testimonio de algu- 
nos viajeros. M. Moore encontró en África á un caballero y 
muy apuesto y á sus anchas como el que mas, sobre un 
Avestruz tan de silla como lo fué el inmortal Rocinante. 
El historiador, con sentimiento de la posteridad, descuidó 
el informarnos cual portante agradaba mas á aquel estra- 
vagante personaje, ni de qué medio se valían él y Finnius, 
tirano de Egipto, para dar dirección al zancudo susten- 
táculo. De Finnius pase; porque siendo rey y sobre todo 
tirano no le faltarían lacayos ó escuderos, que condujeran 
á la alada cabalgadura poco á poco, ni aparejo adecuado 
para posarse sobre él con tal cual cómoda seguridad, 
mucho mas si fuera el tirano raquítico ó pigmeo como 
pudo ser. 

«Adamson, que es citado como autoridad, vio no en sueño 
sino con la luz del medio día y muy concienzudamente 
Avestruces tan mansos y tan de carga, que sufría el uno la 
de dos negrillos, y el otro la de uno bien crecido. Y no se 
crea, que andaban mesuradas ni cortas distancias, como 
es presumible que anduviera el estrambótico alambrado 
tiranuelo Finnius, nada de eso. Los Avestruces que vio con 
tamaños ojos el buen Adamson montados por los negros 
no los alcanzaría, en su sentir, el caballo inglés mas 
lijero en las varias vueltas que dieron al rededor del 
pueblo. El Instructor, periódico tan conocido entre noso- 
tros, rejistra una lámina (N° 10, Octubre 1844) con refe- 
rencia á este pasaje; y parece que su ilustrado redactor 
admite el hecho. 

«Por lo que hace á nosotros, pedimos perdón á la memo- 



FRA.NCISCO J. MUÑIZ 181 

ria de Adamson, y se nos permitirá que nos mostremos 
incrédulos á su aseveración como á las de aquellos que 
opinan como él. Es tan violenta la postura del negro jinete 
en aquella lámina, sentado en el arranque del cuello, con 
el muslo derecho levantado y doblada la pierna de un lado, 
teniendo algo mas baja y estirada la izquierda, tocando 
apenas con la estremidad de los dedos de la mano de este 
lado el cuerpo, cerca del nacimiento del ala; que no puede 
deducirse de esa situación preternatural y chocante otra 
cosa que un esfuerzo de la imajinacion en producir una 
apariencia sin antecedente real. 

«El aguantarse en tal postura ó en cualquiera otra que 
se adopte sobre el Avestruz en plumas, seria un prodigio de 
equilibrio aun solo dando algunos pasos acompasados. 
Sostenerse en ella cuando lo mas veloz de la carrera y 
mientras los jiros y tornos acostumbrados, es finjírse una 
quimera, que podrían únicamente no creerla tal aquellos 
que no conocen lo resbaladizo de las plumas, la figura 
ovoide del cuerpo que tanto dificulta la sustentación, y la 
carencia del menor asidero para manos y piernas. 

«Podría suceder, que un muchacho con la habitud de 
montar un Avestruz doméstico, y este ya insensiblemente 
acostumbrado á la carga, sufriera cabalgado el tranco pau- 
sado, mucho ma^ si se sentara sobre una especie de mon- 
tura dispuesta al intento. Pero sostenerse con montura ó 
sin ella cuando el Avestruz parte como una exhalación, y 
con las alas estendidas hace de las suyas; y mantenerse 
cabalgado mientras daba vueltas al pueblo de ese modo, 
es una conseja inventada para divertir una noche de vela- 
da. Desplegadas las alas y á todo correr el Avesirux de Podor 
¿qué espacio quedaba al jinete para ceñir las piernas, 
dónde las ceñiría para equilibrarse, dónde fijaría el todo ó 
una parte de ellas para no caer en los variados y continuos 
movimientos de aquel? Las piernas en el aire como se ven 
en la figura del Instructor, sin ningún apoyo en el asiento; 
lejos de eso siendo este empinado y resbaladizo en estremo, 
no es posible, en medio de tanta causa de inevitable desliz, 
mantenerse inebranlable ó incomovido sin la asistencia de 
un poder sobrenatural. 

«No hay situación alguna en !a que sea posible sostenerse 
sobre el Avestruz á la carrera La única, pero insuficiente 



182 OBaAS UK SAttailENTO 

seria el sentarse hacia la parte posterior del dorso y ade- 
lantando las piernas, cruzarlas por delante del pecho y por 
debajo de los alones, que quedarían en forma de guarda- 
montes. Pero como esta posición sería insubsistente por la 
inclinación del dorso, la casi nulidad de base de sustenta- 
ción y lo deslizable de la pluma, preciso sería asirse de las 
alas hacia su arranque. 

«Esto es cuanto se puede concebir, aun [)ara dar una 
efímera seguridad al jinete, no le sustraería de caídas en 
la carrera, si el ave pudiera correr entonces. Pero claro 
está, que esto le es imposible, desde que no puede usar de 
sus piernas trabadas ó ceñidas por delante con las del jine- 
te, ni de las alas apresadas igualmente por sus manos. 
Asi impedidos los instrumentos de la locomoción, no solo 
no podría el Ñandú marchar adelante sino que necesaria- 
mente se empinaría y caería hacia atrás, no teniendo sino 
dos patas. 

« Los que saben cuan difícil es sostenerse en un potro, á 
pesar de ensillado, de la seguridad que prestan las riendas, 
la compresión de los muslos y de las espuelas sujetas en 
las caronas, sobre todo cuando el potro corcobea de las 
costillas, conocerán á fondo la imposibilidad de mantener- 
se sobre el Avestruz cuando corre de lado. Muchas veces 
cree el jinete, que el potro en esas difíciles corvetas va á 
bolearse (tirarse atrás) y se prepara á salir parado abrien- 
do las piernas. Pero engañado en su preparación y habien- 
do perdido al tomarla la fijeza en el lomillo — descompuestos e 
dicen los domadores — es arrojado á tierra, cuando menos lo 
esperaba. A este violento lanzamiento llaman ellos — 
sacarlo sólito . — Si caen de pié, dicen con engreimiento, si- 
mulando veracidad en el todo de la frase — Al mandarme le 
pisé la oreja al mancarrón y sin largar el cabresto melé paré de- 
lante. En esas tendidas suele tocarse la tierra con el pié, 
lo que significan los domadores con su voz técnica — Sacar 
tierra can el estribo. — ¿Qué debería, pues, suceder al jinete 
del Avestruz falto de toda seguridad, que en esos frecuentes 
tumbos y costaladas sin comparación mas rápidas, difíci- 
les y aterradas que las del potro? 

« Ya dijimos que atando la estremidad de las alas por so- 
bre el dorso no le queda libertad al Ñandú para correr, 
por consiguiente este es un modo de conducirle con fací- 



FRANCISCO J. MUÑIZ 183 

lidad á cualquier parte. De otro arbitrio usan los campe- 
sinos para manejarle ó sujetarle, y es el mismo de que se 
sirven en otras partes para transportar al Búfalo — le atra- 
viesan de un conducto nasal al otro una pluma; y sea por 
la esquisita sensibilidad de esta parte, por la obstrucción 
de los canales, que impide el paso á un volumen de aire 
necesario á la respiración, ó por la sola oposición de un 
cuerpo estraño que incomoda, como á Pascal la mosca 
imajinaria sobre su nariz — resulta que la velocidad natu- 
ral del Ñandú, queda reducida á un trote apenas acele- 
rado. 

« Como se observa en los cuadrúpedos domésticos y en 
otros animales, el Ñandú tiene una instintiva predilección 
por el campo donde libre y contento vio primero la luz del 
sol. Se ha notado que pasado el peligro que lo alejara, 
regresa al campo nativo; lo que prueba reminiscencia y 
una instigación secreta de asilo, allí donde reinó para él 
en mejores días paz y perfecta seguridad. 

(í La estructura de esta ave indica á primera vista su in- 
capacidad natural para el vuelo. Su gran mole no está en 
rigurosa relación ni con el grosor y solidez, por grandes que 
sean, de los huesos de sus alas, ni con las de los músculos 
qué las mueven, y sobre todo con sus plumas alares lanuji- 
nosas, inadherentes entre sí y de barbas disgregadas. La 
falta de cola para sostener el vuelo, la amplitud y el aplas- 
tamiento de su cabeza; el esternón obtuso y excesivamen- 
te ancho; sin sacos que contuvieran el aire en el pecho y 
en el vientre, etc., anuncian, que el destino que señalóla 
naturaleza k esa ave ponderosa es el marchar sobre la tie- 
rra como los cuadrúpedos, envidiosa, quizá, de las que á 
su capricho miden el éter, y sin resistencia le cortan en to- 
das direcciones. 

« En cuanto á la facultad natatoria ella le está contraria- 
da por la inserción adelantada de las piernas, por su largor 
y grosor; por tener los tarsos redondos, y no palmeados los 
dedos; por ser los huesos tan poco fistulosos, lo que pro- 
duce su gran solidez; por la carencia de aquellos sacos aé- 
reos cuya existencia sería casi tan útil á la especie para na- 
dar como lo sería para el vuelo. También dificulta, ó hace 
defectuoso el ejercicio de esa función la sequedad de la 
pluma, faltándole al Ñandú la secreción aceitosa que abun- 



184 OBRAS DE SARMIENTO 

da principalmente en las aves nadadoras, y cuyo producto 
convenientemente distribuido con el pico hace impermea- 
bles las plumas. 

« Advertido por el instinto de su mala disposición natato- 
ria huye cuanto puede del agua, y los gauchos que le acu- 
san de — lerdo para navegar — procuran por su interés, que sin 
embarcarse navegue, este desgraciado navegador. No obs- 
tante sus desventajas naturales, corta regularmente las 
aguas corrientes porque las estancadas ó de balsa le ofre- 
cen visible dificultad. De cualquier modo, él atraviesa 
ríos y arroyos de treinta, cincuenta ó mas varas, y aun lagu- 
nas de varias cuadras de ancho. Como en la agua muerta 
nada con lentitud, los gauchos y otros que se entretienen 
en bolear, ios hacen entrar (azotar) á lagunas de poca pro- 
fundidad donde los pillan mas fácilmente que á punta de 
caballo, particularmente si flotan enredaderas ú otras yer- 
bas acuáticas, que los detienen. 

«Para nadar levantan las alas en forma de bóveda, de 
modo que no se mojan sino las estremidades, pues á empa- 
parse todas las plumas que las componen, se sumerjiria 
sin remedio. A vista del arqueado alzamiento alar, y del 
nadar veloz en circunstancias favorables, gritan los campe- 
sinos — A diasque tan ladino y tan satírico; ya te pusiste los mates, 
agora qué pingo te alcansará — con alusión á los mates ó cala- 
bazas que se ponen debajo de los brazos para sostenerse, 
los aprendices de la natación. 

« El nombre de Tuyú con que M. Buffon denomina al 
Ñandú por parecerle semejante á su canto ó voz, le es muy 
impropiamente aplicado, porque no existe la menor analo- 
jía entre esta y el nombre impuesto. La voz del Ñandú es 
inarticulable, y no hay combinación alfabética que la repre- 
sente bien ó mal: de donde resulta ser indescriptible. Sin 
embargo, el hombre puede remedarla aunque en tono mu- 
cho mas bajo, mediante un sonido gutural, precisamente 
formado con la boca cerrada y durante la espiración. 

Ella se divide en dos tiempos continuos y de casi igual en- 
tonación, mas largo el primero que el segundo. La tráquea 
toda se infla, y la porción larinjea adquiere una considera- 
ble dilatación mayor en el segundo tiempo, cuando hace el 
ave un mas evidente esfuerzo espiratorio. Parece que la 
voz no principiara en la larinje inferior como en muchas 



FRANCISCO J. muñí 185 

aves, y que fuera del to'io compuesta hacia la parte supe- 
rior de la tráquea y naturalmente en la alta larinje. Los 
anillos cartilajinosos mas próximos á esta parte están muy 
separados, y no sería estraño que después de la estension 
que visiblemente adquiere aquella porción del conducto 
aéreo mientras el canto, y especialmente el segundo tiem- 
po, se formaran vantrículos ó senos en la membrana inter- 
cartilajinosa (muy dilatable) y se produjera, con una ligera 
modificación en los bordes de la glotis, ese sonido sin térmi- 
nos ni modulaciones, que con una apenas perceptible in- 
fleccion, constituye la voz del Ñandú. 

«Choca á primera vista, el que ella se proyecte con el 
pico cerrado (razón porque ella es toda gutural é inarticu- 
lable) y que el aire violentamente espelido no tenga otra sa- 
lida, que los conductos nasales. Pero no podía ser de otro 
modo, desde que no se emplea la lengua demasiado corta, 
dura, de bordes ternillosos, adherida en su mayor parte al 
fondo de la boca, y desde que para dar mas efusión y fuer- 
za á la voz en esa entonación uniforme y sui generis, el aire 
que sube precipitadamente, y que no puede tluir sino poco 
á poco por la nariz, llena completamente el espacio bucal 
el cual si fuera abierto, orijinaria un sonido mas automático 
que animal, mas el eco inanimado y confuso de un pro- 
ducto artístico, que el armonioso resultado de la organiza- 
ción bajo el imperio de leyes vitales inimitablemente con- 
certadas. 

«Ese canto alto, hueco, de una sonoridad obtusa, lo hemos 
oído á tres ó mas cuadras en el silencio de los campos, 
principalmente al caer la tarde ó en las madrugadas. El 
no tiene semejanza con la voz de otra ave, ni con la de 
ningún cuadrúpedo, aunque la intente uniformar el señor 
Azara con el mujido del toro; cotejo tan disonante é im- 
propio como el Tuyú por la razón que M. Buffon lo 
aplica. 

«Entre todos los sonidos que conocemos, aquel al cual 
pudiera con alguna aproximación compararse el canto del 
Ñandú es el emitido por la contra de un órgano — mas remo- 
tamente, al de una. bramadera puesta en acción — y en. térmi- 
no mucho mas lejano y solo para espresar golpes ó frac- 
ciones de él — al ruido ó particular susurro que ocasiona el 
aire al precipitarse por la boca de un barril vacío. Mas 



186 OBRAS DB SARMIENTO 

desgraciada el ave rey en velocidad pedestre que otros 
animales cuya voz encuentra palabras imitativas ó que es 
factible inventarlas en su remedo — inferior en esta parte á 
la rana fangosa y despreciable, que tiene el honor de estar 
bautizada con el nombre griego coaa;, que es representativo 
de su fastidioso y nocturno canto, tiene que conformarse 
con ese capricho del destino, que le priva de un cogno- 
mento, que relacionado con una propiedad natural, con un 
acento de su organización, le designará peculiar é inequí- 
vocamente entre todos los moradores del aire y de la 
tierra. 

«Por último, y reasumiendo lo anteriormente espuesto, 
diremos: que el Avestruz Americano carece de las estraordi- 
narias cualidades corpóreas, que M. Buffon prodiga al de 
África. El no es mas que una ave de gran tamaño, de 
cuerpo poco plumoso, y con ciertas particularidades de es- 
tructura que le constituyen absolutamente inadaptado para 
el vuelo y para una larga natación. A concederle lo que es 
justo, formará él el eslabón intermedio entre la gran clase ala- 
da y los cuadrúpedos, como lo forman el murciélago entre aque- 
llos y los mamíferos. Por consiguiente en nada participa la 
especie americana del misterioso y nuevo androjismo orgá- 
nico, ó mas correctamente de la reunión sino monstruosa 
estravagante de partes semejantes á las de los cuadrúpe- 
dos y á las de las aves, como informa el celebrado M. Buffon, 
que se alian en el Avestruz africano. El de América no pre- 
senta vestijios de tan maravilloso y al mismo tiempo cho- 
cante organización. 

«Sus patas como todo su esterior son netamente de ave. 
Su estómago es único y no multiplico, como dicen serlo en 
aquel y como lo es en varios cuadrúpedos. Sus intestinos 
nada tienen de ambiguo; su particular lonjitud y sobre todo 
la exacta demarcación ó división de los delgados con los 
gruesos indican su pertenencia á un herbívoro. 

«En orden á la fecundidad de esta especie cierto es, que 
ella está en oposición con lo que se nota en los cuadrúpe- 
dos, en quienes la producción es en razón inversa de su 
tamaño. Pero esa demasía no debió sorprender á M. Bu- 
ffon, pues la regla es invariable en ellas, no tiene aplicación 
en las aves. El pavo, el pato, la gallina y otras especies 



FRANCISCO J. MUÑIZ 187 

mayores son considerablemente mas multiplicativas que 
otras pequeñas. 

«A-l poner término á este trabajo, creemos oportuno infor- 
mar, que los gauchos aunque tan apasionados á las cam- 
perias en solicitud del ñandú predilecto, de gamas ó de 
baguales, manifiestan, sin embargo, como los campesinos 
en jeneral, aprehensiones al campo yermo, donde se ocu- 
pan con tanto gusto en esas bizarras y alegres escursio- 
nes. Prevenidos por la impresión fantástica é imponente 
queorijina de suyo el aspecto de un desierto inmenso, so- 
lemne y misterioso; ó influidos mas bien por los desastres 
sucedidos á varios camperos, muestran cuando discurren 
sin el entusiasmo que por lo regular los domina al tratar 
este asunto, cierto respeto supersticioso por el mismo cam- 
po que forma sus delicias, cuando le recorren montados en 
briosos caballos, cuando mientras se sirve por docenas el 
mate amargo ó cimarrón en contorno de la fogata, refieren 
con agudeza cuentos galantes y festivos, celebrando en tér- 
minos inflados y ostentosos sus bellaquerías y sus hazañas 
increíbles á veces — ó cuando hacen crujir entre sus blan- 
cos y fuertes dientes, largas y jugosas tajadas del humeante 
asado que abrasa los dedos y escuece la boca. 

En aquellos momentos de concentración mística ó malicio- 
sa tal vez (porque de todo tienen ellos) esclaman con ade- 
man formal, afectando un rostro contemplativo y jesticu- 
lador, mucho mas si se hablan con personas de otra esfera 
social: 

«.Mire eñor el campo es lindo, el campo da hambre, da 
sueño y da se. Está cubierto de flores que incauta, y que 
son una maraviya; tiene agua en los médanos y lagunas, que 
cuanto mas se bebe de eyas da mas se: en el campo se pue- 
de decir, que no encomodan el frío ni el calor ni los insestos. 
¡Al pastisales Yirjen Santísima! en cuatro las se ponen po- 
tentes los mancarrones, gordazos é capaúra. Va uno trom- 
pesando en cerriyos lindos pa mangruyar (observar de 
oculto) á los indios toita la via enemigos de los cristianos; 
si paese que el eñor echo su bendision sobre aqueyos cam- 
pos, pa ricriasion de sus creaturas. Agora bastimentos pa 
que es platicar, hai que es barbaria: hai (y se señalan su- 
cesivamente ios dedos de la mano) mulitas, peluos, gamas, 
quirquinchos, venaos, liones, perdices — güevos y pichones 



188 l)HKAS DIO SAKMIKNTO 

de toos los pájaros en las lagunas, en los guaicos y entre 
las pajas, en ñn de too bicho, Bagualaa hai que da mieo: 
avestruzaa he pucha! (y levantan las dos manos semiar- 
queando los brazos en señal de admiración) avestruzaa 
hasta esir basta, se divisa como buraa. En los campos toos 
los achaques se curan, hasta la tis (enfermedad es la tisis 
á la cual, sin saber lo que es, tienen terror pánico los gau- 
chos). En eyos naides ha visto májicas ni cosas malas- 
solo en la sierra isen los antiguos, que había salamancas y 
músicas toitas las noches, pero ni eso hai agora siquiera. 
E día el campo es de uno, y e noche no hay cosa mas lin- 
da, que dormirse sobre las caronas al ruito e las pajas. En 
fin no se le haga faula (y este es el superlatieo en las exa- 
jeraciones de un gaucho) no se le haga faula: en los de- 
siertos olvida el hombre hasta la ingratitú y mala corres- 
pondiensia e las mujeres.» 

«Pero eñor; no hay que fiarse en toos esos halagos, 
porque el campo es también engañoso como la Sirena. El 
atrai al hombre, lo encanta y lo aquerencia, pero al fin él 
se lo come. El mas gaucho viene por último á dejar sus 
guesos blanquiando entre las pajas ó á oriyas de una lagu- 
na.» Y aquí lanzan un hondo suspiro, se entiende por cos- 
tumbre y no porque les afecten las tarascadas dadas de vez 
en cuando por los tigres, ó el aplastamiento, que hace per- 
der en los porrazos del caballo lo bueno y lo malo de la 
prístina figura á los desventurados que lo recibieran. Sus- 
piran, sin que les toque al pelo del poncho el sentimiento 
que aparentan; y sin embargo ese desagradable presenti- 
miento, ese suspiro tradicional tienen su fundamento. 

«En el lenguaje figurativo en que pintan con exajera- 
cion la hermosura natural del campo y los atractivos de 
la vida libre y móvil que hacen en el desierto, introduce 
con mucha razón esa refleccion lúgubre, aunque menos 
ponderada que lo es en el cuadro la perspectiva al reverso, 
que tanto los seduce. En efecto esas camperías traen el pe- 
ligro, como ya se dijo, de una rodada, en la que pudiera ser 
un hombre hecho pedazos, estropeado ó fracturado á una 
distancia considerable de cualquier ausilio. El encuentro 
con un enorme tigre capaz de hacer desaparecer á un hom- 
bre en un momento. También es posible quedarse á pié á 
pesar de todas las precauciones; ya porque los caballos 



FRANCISCO J. MUÑIZ 189 

huyeron asustados por el tigre ó por un ruido estraño, ó á 
la simple vista de una bagualada que los atrajo: ya tam- 
bién por un casual estravío ó separación de los compañeros 
en llanuras que carecen de señales ó valizas para el que 
no los conoce ex-profeso: Aquel suspiro luctuoso que tam- 
bién pudiera referirse al peligroso golpe de una bola que 
se cortó al darla vuelo un jinete cercano: con aquella triste 
consideración — que el campo come al fin al hombre mas gaucho — 
dan á entender el grave riesgo que corren aquellos que 
reiteran las camperías, y la probabilidad de que á la larga 
sucumban á una de esas desgracias de acceso tan posible. 
El mejor nadador es del agua, dicen los marineros con re- 
ferencia al término ordinario de los que frecuentan el mar- 
«Hemos concluido nuestra tarea: si hicimos lo que pu- 
dimos por perfeccionarla, no creemos por eso haberlo con- 
seguido, pues como dicen en su idioma rústico, pero no tan 
significativo los gauchos. — El argumento del Avestruz es muy 
largo — y aun cuando esta descripción lo sea igualmente, ni 
lo dijimos todo en ella, ni habremos acertado siempre, ni 
evitado el error en lo que espusimos. Los venideros revin- 
dicarán esas faltas, siendo menos concisos y mas exactos 
que los naturalistas, que han tratado hasta hoy sobre el 
Ñandú. Ellos reconocerán en este trabajo, el corto estudio 
que hicimos de la hermosa familia ñandúsica, y nos es li- 
sonjero esperar que valorarán una parte, aunque mínima, 
del que emprendimos sobre el jenio y habitudes de nues- 
tros apreciados compatriotas de la campaña. 

Francisco Javier Muñiz. 



CAPÍTULO V 



NATA OXEN 



Tal es el curioso nombre que Darwin da á una variedad 
de la vaca, que se había producido y al parecer fijado en 
Buenos Aires, de que le dio noticia el Dr. Muñiz en un es- 
tudio especial que le remitió, y cuyo borrador se encuentra 
entre sus papeles bajo el nombre de «Contestación á las siete 
cuestiones que en consulta se ha servido dirijir al infrascripto el 
Señor Don Enrique Lumb sobre la vaca ñata.» 

La teoría de la formación de las especies, por selección 
natural, ha debido por aquella época haberse estado incu- 
bando en la mente del audaz innovador, pues del Viaje de 
un Naturalista, consta que en su visita á estos paises, la 
Patagonia, las Islas de los Galápagos, etc., recibió las pri- 
meras sujestiones, «Muy interesante para mí, dice Darwin 
del estudio sobre la vaca ñata, y le recomienda con ese 
motivo le comunique los nuevos hechos que observe, en 
caballos, cerdos, y sobre todo, si los hijos de cimarrones 
vueltos á la vida civilizada se muestran reacios contra la 
domesticidad.» 

Carecería de interés hoy la lectura de aquel interrogato- 
rio sobre la existencia y posterior estincion de una clase de 
vacas que se había propagado en las estancias de Buenos 
Aires, si el hecho no se ligase con la teoría evolucionista 
que tanta celebridad ha adquirido después, y la memoria 
del Dr. Muñiz no contuviese varias noticias, á mas de la 
parte de dicha memoria á que se refiere Darwin y cita en 
su ((Viaje de un Naturalista.» 

Las vacas ñatas habían sido introducidas en las estancias 
por los indios, que las traían en cambalache de las merca- 
derías de que se proveían en Buenos Aires. «Antes de la 
revolución, asegura el Dr. Muñiz, eran los cristianos los que 



FRANCISCO J. MUÑIZ 191 

frecuentaban en tiempo de paz, las tolderías. No les era 
permitido á los infieles introducirse al interior de la fron- 
tera, sino bajo ciertas restricciones que aunque simples en 
sí mismas, debían ser mas mortificantes para el hombre 
de la naturaleza, que las gabelas y los resguardos serían 
onerosos al comercio entre hombres civilizados.» 

«A mas de las mantas, jergas, plumas de avestruces, 
riendas, botas de potro, sal, ceñidores, tejidos, etc., que los 
Indios cambiaban por tabaco, aguardiente, bayeta, espue- 
las, frenos y otras piezas de montura, cuchillos, etc., daban 
también ganado. Rara vez pequeño ó en cria, lo mas ge- 
neral grande y gordo como lo exigían los cambalachistas. 
Por este medio el ganado ñato que componía según la uná- 
nime deposición de los antiguos hacendados de la Provincia 
(negociadores con los bárbaros) una gran parte sino la ma- 
yor de sus rodeos, se introdujo primero en los partidos mas 
en contacto, por el comercio con los indíjenas. Así fué que 
del Pergamino, Rojas, Areco, Guardia de Lujan, Navarro se 
propagó el ganado ñato al Sur, al Norte y hasta el interior 
de la campaña de Buenos Aires. 

Preferimos la citación que hace en el Viaje de un Natura- 
lisia, en propios términos de la descripción de la vaca ñata 
citando á Muñiz, y adoptando sus ideas, por cuanto en la 
pluma de Darwln llevan ya el sello de aceptación cien- 
tífica, 

«Encontré, dice dos veces, en esta provincia (Buenos 
Aires), toros pertenecientes á una raza muy curiosa que 
llaman ñata ó niata. Tiene con los otros toros la misma re- 
lación que el buldogo con los otros perros. Su frente es 
muy deprimida, y muy ancha, la estremidad de las narices 
está levantada, el labio superior se recoje para atrás, la 
mandíbula inferior se avanza mas que la superior y se 
encorva también de abajo para arriba, de tal manera que 
los dientes quedan siempre descubiertos. Los ojos se pro- 
yectan hacia adelante. Cuando marchan llevan la cabeza 
muy abajo, las patas de atrás son un poco mas largas, 
comparadas con las de adelante. . . Don F. Muñiz, de Lujan 
ha tenido la bondad de recojer para remitírmelos, todos los 
datos relativos á esta raza; según estas notas, parece que 
ahora ochenta ó noventa años esta raza era muy rara, y 
que en Buenos Aires la consideraban como una curiosidad. 



192 OBRAS DE SARMIENTO 

Se cree jeneralmente que ha surjido en el territorio indio 
del Sud de la Plata, y que ha venido á ser la raza mas 
común de estas rejiones- Hoy mismo los animales creados 
al Sud, prueban por su aspecto salvaje que tienen un origen 
menos civilizado que los ganados ordinarios. La vaca 
abandona su primer ternero, si la molestan demasiado. El 
Dr. Falcon me señala un hecho muy singular, y es que 
una conformación anormal análoga á la conformación 
anormal de la raza íiíVíííí, caracteriza al grande rumiante 
estinto de la India el Sivateciim.» Todo lo anteriormente 
dicho es palabra por palabra tomado de las preguntas y 
respuestas dadas por Muñíz á Lumb. 

Con efecto, estos rasgos jenerales traen á la memoria del 
naturalista ó del simple viajero la imajen del bizonte, que 
los tratadistas de cría artificial del ganado vacuno, ponen 
entre los antecesores de nuestra vaca europea. Darwin ha 
llamado atavismo la propensión contraria á la que produce 
variabilidad de los individuos de una especie, que hace 
reaparecer de vez en cuando el tipo primitivo de los ante- 
cesores, como en las cintas horizontales de las patas del 
potrillo en las Pampas arjentinas creyó ver recuerdos de 
la zebras, antecesores según él del caballo. La aparición 
de una forma de ganado doméstico en estas mismas pampas 
con cuello mas corto, con nariz mas prominente, con cabe- 
za mas inclinada que el ganado europeo, inducirla á la 
teoría del atavismo, abandono, como la perfección de las 
razas frutas y de las flores se obtiene por el esmero cultivo 
y el asiduo cuidado de propagar los mas perfectos tipos. 

En el caso de la vaca ñata, que degradó la forma del ga- 
nado vacuno en la campaña de Buenos Aires hasta ser 
ñato la mayor parte del ganado, no hay término ni factor 
oscuro ó dudoso alguno. El ganado había sido introducido 
en América por los conquistadores españoles. Este ganado 
por lo jeneral overo, según el color predominante de sus 
actuales descendientes, era de origen holandés, á estar á la 
opinión de don Leonardo Pereira. Su aptitud para producir 
leche apoyaría esta conjetura. Como hoy tenemos tipos 
puros de la raza holandesa, podemos asegurar que todas las 
deficiencias del ganado criollo actual, son dejeneraciones 
adquiridas gradualmente, á causa del abandono del ganado 
á sus propios instintos, en la dilatada estensionde laspam- 



FRANCISCO J. MUÑIZ 193 

pas sin límites, en cercado, ni redil. Visitando el mercado de 
ganados que se estableció en 1867 en las cercanías de Chi- 
cago, pedíanme los ganaderos que les dijera como era el 
ganado de las Pampas. Ruda tarea para quien poco se 
entiende en achaque de cría; pero haciendo un esfuerzo, 
empezaba á decir: «cabeza enorme, cuernos grandes, patas 
largas, huesos prominentes... como aquel que viene ahí, 
me interrumpí. .. como aquel otro y aquel». .. La risa je- 
neral confirmó la exactitud de mi descripción. Spanisli catle 
gritó uno. Era en efecto una punta de ganado de Texas, 
donde no se fabricaba mantequilla, y se manejaba á caballo 
el ganado con lazo, por rancheros ó gauchos, como en la 
República Arjentina. 

Sobre esta dejeneracion común al ganado abandonado á 
si mismo en toda la América española, los indios introdu- 
jeron otra mayor dejeneracion en las vacas que un siglo 
antes había librado á vida mas salvaje todavía que el ga- 
nado tambero ó criollo de la Pampa, tirando ya á recuperar 
la forma mas característica del encorvado bizonte. Las 
pruebas las suministra aun sin proponérselo el Dr. Muniz. 
«Ahora setenta ú ochenta años, dice en 1822, era suma- 
mente rara aquella variedad en las estancias de Buenos 
Aires.- Posteriormente, cuando la comunicación de los 
cristianos con los Indios Pampas y Ranqueles, principió á 
ser mas libre y segura, el comercio de permuta facilitó la 
introducción de aquella clase de ganado.» De que era 
una simple dejeneracion obrada por la incuria del salvaje, 
se encuentran indicios sobrados en la narración de Muñiz. 
Se ha reconocido, dice, en cuanto á la índole ser mas arisco 
que el común. La vaca huye y deja el ternero cuando 
un peón se le acerca demasiado, costando mucho hacércelo 
tomar de nuevo.» «No siendo la cría ñata ni tan corpulenta 
ni tan fuerte, como la común, y teniendo por el contrario 
una fisonomía desventajosa y una apariencia contraída y 
como raquítica, se reputa en el país, como inferior á la 
común. Por tanto, lejos de fomentarse, solo se sostiene 
por el gusto particular de uno ú otro hacendado. Es dese- 
chada del mercado por defecto en el cuero, siendo la cabeza 
tan corta en estos animales, el cuero sale redondo y corto 
en las quijadas, haciéndolo perder su valor.» 

Tomo xuii.— It 



1Q4 OBRA.S DB SARMIENTO 

Otra dejeracion en el ganado europeo, ya un tanto deje- 
nerado, la constituyó el ganado mocho, contemporáneo del 
ñato, «ganado también inferior al común, pues á mas de 
« carecer de cuernos que tienen siempre su valor, no son 
« útiles para bueyes, ni casi para lecheras, siendo difícil 
« manejarlos del cuello para estos servicios.» «Es cons- 
tante que en las haciendas pampas de aquellos tiempos, 
estos animales y los ñatos eraw mas numerosos que loseomunes.r> 

Esta aserción dos veces repetidas, por observador tan 
discreto como el Dr. Muñiz, por tan largos años residente 
en las campañas al principio de este siglo, y refiriéndose 
á testimonios que alcanzan á setenta y ochenta años antes, 
es decir á los principios del siglo XVIII, prueban hasta la 
evidencia que la ganadería en Buenos Aires descendió en 
el pasado siglo al último estado de degradación y barbarie, 
siendo los indios salvajes los importadores de razas nuevas 
dejeneradas en que viene reapareciendo el toro salvaje, el 
bisonte, el auroch, como podría en los perros cimarrones 
de la pampa reaparecer el tipo del lobo, parándoseles y 
agusándose las orejas, bien así como los perros de las calles 
de Constantinopla y el Cairo, afectan las formas del chacal 
su vecino y projenitor, presunto. En este sentido son muy 
instructivos estos apuntes del Dr. Muñiz, que de mucho 
han podido servir á Darwin, y de mucho mas debieran ser- 
virnos á nosotros, que derivamos de la cría del ganado, 
nuestra principal riqueza. 

Hoy es mas que nunca interesante llamar la atención 
sobre defectos en la cria del ganado, que hacen precario 
su valor, y acabarán por perderlo del todo, si no se apre- 
suran los hacendados á correjir la dejeneracion por aban- 
dono del ganado español, introducido eñ América desde 
hace cuatro siglos, y dejado á sí mismo sin los cuidados 
prolijos del hombre. 

Como la clase de vejetacion gramínea de las Pampas 
determinó la cria del ganado para aprovecharla, puede 
decirse de estos países que son esencialmente ganaderos; 
pero siendo la producción del ganado superior á la demanda 
para el consumo de la población relativamente reducida, 
ha sido como industria hasta hoy un negocio fallido, por 
cuanto la carne no ha podido ser esportada, sino en condi- 
ciones y en cantidad en estremo reducidas. Pudiera de- 



FRANCISCO J. MUÑIZ 195 

-eirse que si hubiese habido en algunos países del mundo 
crias en grande de perros, la industria arjentina habria 
llegado á ser la primera para proveerles de carne; pues que 
•la carne tasajo que producen nuestros saladeros solo era 
consumida por los esclavos del Brasil y de la Habana, los 
cuales empiezan á desecharla desde que se levantan brisas 
•de dignidad por la abolición de la esclavitud. Data de este 
año, 1885, la apertura de todos los mercados del mundo 
para las carnes refrijeradas, y de fácil y económico tras- 
porte; pero tenemos por delante, lo que el estanciero igno- 
raba hasta hoy, y es que el ganado que reproduce está 
dejenerado, ó bien por falta de cultivo especial, es poco 
adaptable á la producción de carne para los mercados 
europeos. Un animal vacuno es un conjunto de huesos, 
músculos, envueltos en un cuero como preservativo. En 
clima duro y en la vida á campo abierto creará un cuero 
grueso, fuerte y consistente: si tiene el campo por suyo 
adquirirá una osamenta reforzada y grande: si no tiene 
alimentación constante y necesidad de esfuerzos la muscu- 
latura se reducirá al mínimun y así como por un efecto 
contrario se desenvuelve en los bueyes por el trabajo. El 
ganado arjentino no es adecuado para la esportacion como 
materia alimenticia, pues se trasportan con él inútilmente 
millares de toneladas de huesos, de poco valor y relativa- 
mente una reducida cantidad de materia fibrosa, pues para 
sesenta arrobas de carne corresponden tres osaturas. Te- 
rreno mal gastado, pastos mal aprovechados, fletes exor- 
bitantes para encontrar repulsión en los mercados europeos 
donde nuestras carnes hacen el mismo papel que las vacas 
ñatas en otros tiempos, y nuestra carne tasajo actual, pues 
las jentes cultas de Londres, los habitantes del Eastend no 
aceptan tales carnes, reservándola los vendedores por lo 
ínfimo del precio para alimentar á las muchedumbres 
populares del barrio opuesto Westend, como ya sucede 
con las carnes de nuestros merinos que no son por cierto 
tan ínfimas como las de los ganados vacunos, aunque sean 
inferiores á las de Inglaterra misma, las del Continente 
Europeo y las de Australia que con recorrer triple distan- 
4im que las nuestras se llevan la preferencia. 

Una viajera argentina en carta de Londres nos dice: 
«El mercado de carnes es magnífico. Buscamos la de 



196 OBRAS DE SARMIENTO 

nuestro Buenos Aires, sin encontrarla, lo que fué una buena 
suerte para ella, porque no puede sostener comparación 
con casi ninguna de las que se conocen, pues las hay de 
diversos países, y cada tienda de carne lleva el de su pro- 
cedencia United States, Australia, England, Continent, 
Rusie, etc.» 

Tenemos sin embargo el remedio á la mano, y solo falta 
aplicarlo con asiduidad y plan determinado para asegurar 
por siempre el producto de los campos arjentinos. La cria 
del ganado Durliam, en lugar de la vaca ñata, de la mocha 
y de la holandesa dej enerada nos abre de par en par, y d© 
preferencia los mercados del mundo. Los criaderos ó caba- 
nas existen ya por fortuna, en calidad y cantidad suficiente 
para operar en pocos años la necesaria desaparición del 
antiguo tipo dejenerado, ó no adaptado para la alimen- 
tación. Como la oveja Rambouillet ha exaj erado por la 
selección la cantidad de lana, en detrimento de otros pro- 
ductos, la vaca Durham es una artificial exajeracion de la 
parte carnosa del animal en detrimento de huesos, de astas, 
de cabeza, siendo reducidas á su menor espresion. Una 
razón mas hay para cambiar el sistema de cria de ganado, 
aun después de estar cercados los potreros, y esta la encon- 
tramos en el estudio del doctor Muñiz. «Cuando en las 
grandes sequías queesperimenta esta Provincia, dice, como 
fueron en este siglo la mortífera del año 6, y la de los años 
30 y 31 en que perecieron mas de dos millones de vacuno por 
la absoluta falta del pasto mas que del agua, entonces el 
ganado se sirve de los labios para rastrillar como el caballo 
las ramitas mas pequeñas, y cualquier pajita que por insu- 
culenta y terrosa que sea le pueda procurar una miserable 
refacción.» 

Eljeólogo Bravard, esplicando la formación del terreno 
pampeano la atribuye á las secas que desde ab inicio han 
asolado el país, depositándose polvos que trae el pampero, 
lo que se demuestra en la parte que cubre los esqueletos 
de los fósiles, los cuales están en el lugar donde murieron, 
sin fracturas, ni señales de haber sido arrastrados ó dislo- 
cados, hallándose la hembra cerca del macho, lo que 
demuestra que provenía de inanición, falta de agua ó de 
alimento. El mismo fenómeno se ha producido en Ceará 
del Brasil hace pocos años, y se reproducirá aqui, sin que 



FRANCISCO J. MUÑIZ 197 

podamos levantar empréstitos de lluvia en el mercado de 
Londres, á pagarlos nuestros descendientes. Puede pues 
perecer el ganado todo en uno ó dos años de seca; y solo el 
sistema de emparvar pastos de reserva que ya observan 
los criadores intelijentes de ganados finos puede salvar de 
aquel Dies irae la fortuna de todos, reduciendo la ganadería 
á unos cuantos animales salvados en circunstancias escep- 
cionales. 

Todavía y para mostrar las aberraciones del gusto, ó la 
indiferencia en cuanto á las dejeneraciones que la vuelta á 
la vida salvaje puede venir produciendo en los animales 
domésticos, cierto autor cita de paso, como un hecho mas 
reciente «la importación de la celebrada cria de ovejas 
pampas». Pues han celebrado cosas muy indignas los 
estancieros de aquellos tiempos! sabemos que hubieron va- 
cas petizas en abundancia, acaso multiplicadas para recreo 
de la vista, siendo de poca cuenta ó la cantidad de carne, ó 
el valor del cuero, celebramos ahora sucesivamente las 
crias de ovejas merino, negrete, rambouillet, cabeza negra, 
Lincoln, por sus productos obra de la intelijenoia y de la 
civilización, en recompensa del trabajo, y con aplicación á 
las necesidades del hombre, pudiendo olvidarnos de aque- 
llas dejeneraciones que nos venían para nuestra vergüenza 
de los salvajes, y adoptaban sin criterio ni propósito. 



CAPITULO VI 

PALEONTOLOGÍA ARGENTINA 

Hánnos faltado ojos durante tres siglos ó mas, para ver 
las cosas que nos rodean en América, á donde vinieron 
nuestros padres mal preparados para el estudio de la natu- 
raleza nueva que se les presentaba con formas estrañas, 
grandiosas ó bellas. Linneo y Buffon no habían todavía 
dado forma científica á la masa de conocimientos que otras 
naciones que la nuestra habían venido acumulando. Asi 
es que Azara, al querer poner orden á la enorme colección 
de animales que había cazado en el Paraguay y las Misio- 
nes, tuvo que inventar un método de clasificación, que por 
fortuna se acercaba al de Linneo. Al fin abierta la Amé- 
rica por la Independencia de las antes colonias á todas las 
investigaciones, y espuesta á todas los miradas, el sabio 
mas grande de los tiempos modernos Humboldt recorrién- 
dola, descubrió un mundo viejo, en el nuevo mundo, lo que 
le indujo á escribir el Cosmos, la Historia de la creación del 
Universo, que hoy se cree es el Evangelio de una nueva 
teoría ó idea de la existencia, que aun no muestra to- 
davía sus consecuencias en la moral, la política y la filo- 
sofía. 

A este nuevo Colon han seguido, por lo que hace á estos 
países, descubridores parciales cual Gabotos, Pizarros y 
Corteses, fundando reinos nuevos en la ciencia ó ensan- 
chando los antiguos hasta tener que reconocerlos imperio. 
Este es el gran rol de la América en la reconstrucción ge- 
nesiaca que se viene operando. El día que se exhumó 
del río Lujan el jigantesco Megatherium, puestos de pies sus 
huesos, casi completos en el Gabinete de Historia Natural 
de Madrid, se abrió un nuevo capitulo á la Historia de la 
creación, como se recuperaron, aunque medio borradas 



FRANCISCO J. MUÑIZ 199 

muchas páginas de la Historia Humana, cuando se descu- 
brieron los pedernales labrados que sirvieron de armas á 
pueblos que han cubierto toda la tierra aun el hoy desierto 
de Sahara, donde encontráronse amontonadas astillas de 
pedernales de las fábricas de útiles y desechos como se 
encontrarían depósitos de recortes de latas, indicando la 
vecindad de hojalateros, si el hierro no cediese tan pronto 
á la naturaleza sus elementos, para otros trabajos y com- 
binaciones, porque el pedernal es materia mas duradera 
para dar testimonio que los oxidables metales. Mediante 
aquellas exhumaciones es que el doctor Muñiz ha sido ini- 
ciado desde temprano en el secreto de los grandes aconte- 
cimientos científicos; la existencia de distintos animales 
formados, flotan en la atmósfera de una época sin conden- 
sarse una creación pampeana que ha dejado sembradas sus 
osamentas en la dilatada estension de las llanuras. En 
1825 descubre en Chaseomús huesos fósiles de varios ani- 
males; y mas tarde, trasladando su residencia á Lujan, 
enriquece al mundo con repetidos ejemplares de la fauna 
que el llama antidiluviana. El viaje, hoy tan célebre de 
Darwinen la Beagle que da origen á una teoría que intenta 
servir de vínculo entre las faunas antiguas y modernas y 
abraza un período desde 1832 á 1837. Muñiz siguiendo 
sus huellas redobla de actividad en busca de fósiles, 
anunciando en 1842 que ha vuelto á trabajar en este 
campo. 

Parece, pues, que su interés por aquellos restos lo des- 
pertó la abundancia de fósiles que encierra el río Lujan, 
cuyas barrancas parecen un osario de las razas estintas, y 
donde aun se conservan las hondas escavaciones practica- 
das para desenterrar el megaterium enviado á Madrid en 
1789. La acción de Darwin debió reavivar su celo, empren- 
diendo con sus escasos recursos, y debemos en su honor 
decirlo, con incompletos conocimientos en ciencia tan nueva, 
enriquece el museo de Buenos Aires con varias especies, 
y mas que todo con un esqueleto casi completo del caballo 
fósil, de que Darwin había encontrado un diente en Pata- 
gonia, y después de Darwin un /eíia; jigantesco, con cuchi- 
llos de cortar á mas de incisivos y de muelas. Con estos 
trabajos Muñiz es el primer americano que se alista en el 
cuerpo de esploradores, obrando por su propio impulso, y 



200 OBRAS UK SARMIENTO 

con el propósito de contribuir al progreso de las cien- 
cias modernas. Este es á mi juicio un hecho conside- 
rable. 

No es fácil para hombres instruidos, á la manera y para 
los fines que se educó nuestra juventud, recibiendo grados 
de doctores en derecho ó teología, emprender después de 
llegados á la edad adulta, rehacer su educación, y apren- 
der desde la cartilla, digámoslo asi, los diversos ramos de 
las ciencias naturales; pero en estos últimos tiempos se han 
abierto nuevos senderos á la inteligencia humana, que no 
requieren por de pronto gran bagaje, pudiendo el apren- 
dizaje principiar por el fin. La antropología pertenece á 
este género, en lo que respecta á esta parte de América: la 
antigüedad del hombre en la tierra sin historia, se ha de- 
ducido del hallazgo de pedernales labrados de cierto modo 
en diversos países del mundo. Los menos aptos para re- 
conocerlos eran los sabios, que con Cuvier hasta su muerte, 
y con Lyell veinte años, solo opusieron resistencia y me- 
nosprecio, en cuanto pruebas de una existencia humana 
antes del uso de metales, esto es antes de la Historia, y la 
del hombre fósil, como muchos otros animales, cuyos res- 
tos se encontraban por todas partes. El vuelco operado 
en la ciencia, en estos últimos años, este comenzar de nuevo 
la cuenta, digámoslo asi, ha permitido que la juventud 
sudamericana tan mal preparada para los estudios cien- 
tíficos que parecía no importarle nada, se haya agregado 
á la caravana de los esploradores cuando no mas sea que 
para reunir materiales, como conocedores del terreno y 
ayudar á la grande obra. La antropología, por ejemplo, 
suscita ya en toda la América, estudios y descubrimientos 
originales, con el hallazgo y colección de cráneos huma- 
nos, de tiestos de barro ó hachas de pedernal bruto ó pu- 
lido que revelan los diversos grados de civilización y las 
razas de los pueblos primitivos trasformados en Europa, 
sobreviviendo en América. Las huacas peruanas y los 
túmulos mejicanos suministran documentos que no se 
tuvieron presente para formar la Historia de la civilización 
antigua; pues Palenque y las construcciones piramidales, 
la última de las que medidas ha dado mil doscientos 
pies de costado y setecientos de alto, amenazan de- 
jar modernas relativamente á las pirámides de Egipto. 



FRANCISCO J. MUÑIZ 201 

Cuanto no deberá, pues, el progreso á los infatigables co- 
leccionistas, ya sea de fósiles, ya de restos de arte y cons- 
trucciones primitivas del hombre, que suministran al sabio 
materia para sus investigaciones, ó pábulo á su curiosidad. 
El Doctor Muñiz figura en primera linea en esta nueva 
jeneracion de adeptos, y sus esfuerzos han tenido el mas 
cumplido éxito, como lo muestra el catálogo de las piezas 
que suministra con abundancia á los museos de Historia 
Natural de varias naciones. 

Prueba de su celo fué la rica colección de fósiles que con- 
tenidos en once cajas puso en 1842 á disposición del 
Gobierno de la Provincia, el cual estaba ocupado por enton- 
ces de preferencia en esterminar salvajes unitarios, lejos 
de dar importancia á esta especie de chafalonía de huesos, 
cuyo valor y significado el público de entonces no com- 
prendía. Apresuróse Don Juan Manuel de Rosas, á desha- 
cerse de ellos, haciendo donación al almirante Dupotel del 
embarazo, no quedándole al país sino la factura publicada 
entonces en la «Gaceta», sin que el donador primitivo que 
veía representado en aquellos huesos fósiles el trabajo per- 
sonal de años en catear, husmear y desenterrar huesos 
á veces por una especie de adivinación que poseen los 
esploradores, haya podido averiguar si fueron depositados 
en el Museo del Jardín botánico de París, según se vé en 
muchas de sus cartas posteriores, ofreciendo á M. Geoffroy 
Saint Hilaire, ó al secretario del Gabinete de Historia Na- 
tural de Madrid y al de cirujanos de Londres, continuar los 
envíos, si le instruyen del paradero de aquel primero 
valiosísimo. 

En carta al Sr. Don M. R. Trelles, secretario en 1857 de la 
Comisión del Museo, remitiéndole una rica colección de 
fósiles, que encuentra diminuta la muestra «á causa del 
largo tiempo en que cesaron sus pesquisas en busca de 
fósiles», y lamenta aquella primera «que circunstancias 
azarosas apartaron de su poder, y llevaron fuera del país 
colecciones valiosas que destinaba al Museo de su patria». 

Esta pérdida, que no lo fué para la ciencia sin duda, 
fué sucesivamente subsanada por donaciones valiosísimas, 
de cuyo valor da testimonio el Dr. Burmeister, que repa- 
rando el desfalco traído por la ignorancia de Rosas, ha 



202 OBRAS DE SARMIENTO 

logrado hacer del Museo Nacional de Buenos Aires, el ma» 
rico Museo paleontolójico del mundo. 

Y para no apartarnos de los documentos, ya que poco 
importa el catálogo de los once cajones enviados á Francia, 
tomaremos de la carta dirijida al señor Treiles la lista de 
fósiles que envía al Museo en 1857: «Figuran, dice, entre los 
fósiles orgánicos que he puesto en el Museo, la magnífica 
cabeza del Toxodon platense, y otros huesos de este ma- 
mífero. Una de las estremidades posteriores del Clyptodon 
y varias de sus vértebras caudales. Otra estremidad se- 
mejante del pesado Meghaterium: el brazo poderoso y la 
terrible mano unguicolada de aquel jigante de nuestros 
antiguos terrenos, con algunas de sus vértebras y costillas; 
el esternón, clavícula é istillar, etc., etc. Una mandíbula 
del Mastodonte, cuyas muelas conservan el esmalte. Un 
colmillo ó canino del Mahamouth, especie de elefante, que 
aunque deficiente en su estremidad mandibular, mide no 
obstante, cuatro pies seis pulgadas de largo, reteniendo 
hasta la punta el esmalte natural. Un piéde Milodon, ani- 
mal de formas tan estraordinarias, como lo son las de 
aquellas otras especies. Varios huesos del caballo fósil, etc. 

El caballo fósil, de paso nombrado aquí, ocupa lugar 
muy prominente en la distribución de los seres creados. 
Como se vé, es contemporáneo del Megatherium y con 
él estinguido, mientras que en Asia y Europa sobrevivió 
á las catástrofes que lo sepultaron en América, sirviendo 
allá al hombre del Asia central con los centauros, los 
escitas, para unir á las tribus humanas, destruir y re- 
hacer naciones con Genjiskan, Atila, Artigas y los bárbaros 
de á caballo. 

El Dr. Burmeister para hacer figurar dignamente el 
Museo Paleontolójico de Buenos Aires en la Exposición 
Universal de Filadelfia, obtuvo del Gobierno provincial, 
imprimir una monografía suya De los caballos fósiles de la 
República Arjentina, ilustrada con ocho láminas, en gran 
folio, en castellano y alemán, siendo el estudio mas com- 
pleto que se hubiese hasta entonces hecho sobre el ca- 
ballo fósil de América, á que referimos al lector curioso. 

Para los fines de este trabajo, bástenos repetir que según 
el Dr. Burmeister, «la primera vista del esqueleto armado 
del fósil, demuestra ya evidentemente, que el animal ha 



FRANCISCO J. MUÑIZ 203 

sido un caballo de figura particular, acercándose mas al 
Burro y la Zebra, que al Caballo doméstico. Pertenecen á 
estas particularidades principalmente, la construcción mas 
fina del tronco y los miembros mas cortos, que se relacio- 
nan mucho á las dimensiones del burro, en comparación 
con la cabeza, no solo relativamente mas grande que la del 
caballo, sino también absolutamente.» 

Y haciendo la historia del caballo fósil, se espresa asi 
mas adelante: 

«Entrando en la administración del Museo Público de 
Buenos Aires, al principio del año 1862, encontré en este 
establecimiento restos de un caballo fósil, recojidos por el 
Dr. D. Francisco X. Muñiz, 20 años antes, cerca de la 
Villa de Lujan, en sociedad con el esqueleto del Mega- 
therium, igualmente conservados sus restos en el Museo 
Público. Desgraciadamente por la obra inmensa de sacar 
estos dos esqueletos enteros de la tierra, con prontitud, 
sin asistencia de ayudantes útiles, el hábil descubridor se 
vio obligado á trabajar sin la precaución necesaria, rom- 
piéndose por esto los dos cráneos y conservando comple- 
tos solamente los fuertes huesos de los miembros; los que 
son aun actualmente adorno de nuestro Museo. Del cráneo 
del caballo el Dr. Muñiz me mostró un hueso delgado de 23 
centímetros de largo, por solo 2 centímetros de ancho al 
estremo superior y con un centímetro al estremo inferior, 
que él me señaló como una porción del hueso de la nariz. 
Comparando este hueso con los huesos nasales del caballa 
actual, encontré una diferencia tan grande, que me he visto 
obligado á dudar de la exactitud de la observación y por 
esta razón no he hablado del hueso particular, cuando des- 
cribí los restos del caballo fósil, conservados en el Museo 
Público (véase: Anales del Museo Público de Buenos Aires, tomo I, 
pagina 238 siguiente, 1867. 4"). Hoy sé que la determina- 
ción del Dr. Muñiz ha sido exacta; el caballo fósil de la 
Pampa Argentina ha tenido un hueso nasal con punta libre 
sobresaliente, no solamente de 23 centímetros sino de 28, 
cuyo hueso ha medido en su base libre 2.5 centímetros de 
largo y se prolongaba hacia atrás en una porción mas an- 
cha de 5 centímetros de largo y 10 centímetros de ancho, 
uniéndose con los huesos de la frente, de la mandíbula 
superior y con el hueso intermaxilar en un modo corres- 



204 OBRAS DE SARMIENTO 

pendiente como en el caballo doméstico. Esta configura- 
ción particular del hueso de la nariz distingue claramente 
el caballo fósil de la pampa del caballo doméstico, como 
género aparte á primera vista. He dado entonces solamente 
una descripción de los huesos de las estremidades, fundan- 
do en la diferencia de las muelas dos especies, que he cla- 
sificado, no muy bien en este modo: 

1. Equus curvidens. Owen. 

— principalis. Lund. 

— neogaeus. Gervais. 

2. Equus neogaeus. Lund. 

— Devillei. Gervais. 

Para mas abundamiento en la página 13, repite la misma 
observación : 

«Fué esta porción delgada que me mostraba ya el doctor 
don Francisco X. Muñiz como el hueso nasal del caballo 
fósil, 23 centímetros de largo, deponiéndola en el Museo 
Público: pero la figura completamente singular de este 
objeto me hizo dudar de la exactitud de su interpretación, 
aunque no podía imajinarme la colocación que hubiera 
tenido un hueso tan singular en el esqueleto de un caballo,» 
y aun pajina 20. «Tenemos en el Museo Público un segun- 
do ejemplar del atlas (vértebra del cuello), perteneciente 
al esqueleto recojido por el doctor don Francisco X. Muñiz.» 

Por la contestación dada por el Presidente de la Acade- 
mia de Ciencias de Stokolmo al señor Profesor Muñiz de 
Buenos Aires, puede juzgarse de su conato en difundir por 
el mundo sabio los elementos de las nuevas ideas sobre la 
naturaleza : 

«La Academia de Ciencias de Stokolmo, á la cual ha 
■querido Vd. hacer, por el intermedio de M. Bellberg, el 
precioso obsequio de una colección de osamentas fósiles 
de esos países, ha oido en su Asamblea General el Informe 
sobre el gran valor de este don, hecho por el abajo firmado 
director del Museo de Jeolojía. Los miembros de la Acade- 
mia, igualmente interesados en la Paleontolojía han tenido 
ocasión de admirar el estado de perfecta conservación en 
que se encuentra la cabeza de su muñifelis bonaerensis que 
hace parte de ella. Felicitándose de ver enriquecido el 



FRANCISCO J. MUÑIZ 205 

Museo con tan preciosa colección, la Academia ha deseado 
manifestar á Vd. su alta consideración y su vivo reconoci- 
miento, presentándole la adjunta medalla de Berjelius.» 
En nombre de la Academia. 

Stokolmo, Abril 5 de 1861. 

Carl Swundeall. 

Director. 

Dres. Magnus Huss. — W. Berg. 

Inspectores, del Museo de Zoolojía. 

Lejos de darse pretensiosamente los aires de un consu- 
mado naturalista, hace valer solo como lo escribe á M. 
Geoffroy de Saint Hiiaire «el empeño con que á dos mil 
leguas del centro de la civilización, ha procurado, sin esti- 
mulo, sin dirección, aun sin los conocimientos teóricos, y 
el gusto que comunican los buenos autores á recojer aque- 
llos restos para encaminarlos al emporio del saber 

« Faltando escuelas donde estudiar la diversa organiza- 
ción de los animales, y donde adquirir instrucción sobre 
anatomía comparada, estoy lejos de trazar una descripción 
ilustrada y provechosa de los esqueletos ó huesos fósiles 
que encuentro.» 

Ante tal franqueza y tan levantados propósitos se desar- 
ma la crítica, si alguna vez cometiese error en las denomi- 
naciones dadas á las especies atribuidas á los fósiles que 
iba encontrando. El sabio Burmeister, se complace en re- 
petir que era uno de los hombres mas sinceramente estu- 
diosos; y Darwin en su carta que insertamos á continuación 
se asombra de que persevere en sus trabajos^ sin recursos, 
y sin el apoyo de la opinión pública. Una carta de Darwin 
como un testimonio de Burmeister son credenciales bas- 
tantes para asegurar el título de sabio colaborador, á aque- 
llos á quien benévolamente van dirijidos. 

Preocupólo mucho durante sus últimos años la idea de 
haber descubierto una fiera fósil, á la cual llamó nmñifelix 
bonaerense, dando cuenta de tan valioso hallazgo á los sabios 
de la época, á Darwin, á Geoffroy Saint Hiiaire, y á los se- 
cretarios de varios museos, notando que su hallazgo era 
posterior á la espedicion de Darwin y de los demás jeólogos 
que visitaron el país, inquiriendo después del señor Trelles 



206 OBRAS DE SAKMIENTO 

si M. Bravard, que solo poseía una cabeza del fósil felino se 
daba por descubridor. Sin necesidad de ayudar al testi- 
monio requerido, podemos decir que M. Bravard nos mostró 
aquella cabeza, haciendo valer su importancia, con decir 
que hacia falta encontrar un carnívoro, porque toda fauna 
reclamaba un moderador que pusiese coto á la excesiva 
multiplicación de las especies individuales que se mantie- 
nen de vejetales. 

El felino encontrado se conserva en el Museo Nacional de 
Buenos Aires, y es una de sus mas importantes adquisicio- 
nes. Darwin á quien Muñiz describía las terribles armas de 
que venía dotado, sujiere que debe ser un Machaerodo, de 
que ya se habían encontrado dientes y muelas. El doctor 
Muñiz ya mas versado en la clasificación de los fósiles, y 
con el ausilio de la famosa obra de Cuvier sobre Anatomía 
comparada que sobre una muela hallada permite recons- 
truir el animal entero, determinando' su jénero, especie, 
alimentación, emprendió dar la descripción de su hallazgo 
favorito. 



«Pueblo Bajo de Farnborough, Febrero 26 de i847. 
Condado de Kent. 



<íSr. Dr. D. Francisco Xavier Muñiz. 
«Respetable señor: 

«La carta del 30 de Agosto, con los papeles que tuvo Vd. 
la bondad de mandarme, llegó á mis manos hace muy poco 
tiempo, debido á la enfermedad y ausencia de Londres de 
Mr. Morris por quien fueron dirijidos. 

«He oido recientemente á Mr. Morris que Vd. deseaba des- 
hacerse de sus restos fósiles por medio de algún arreglo 
pecuniario, lo cual no he podido comprender bien en la 
carta que Vd. me escribió. He dado á Mr. Morris mi opinión 
sobre este punto, así es que no la repetiré aquí. 

«Pero diré solamente que el único plan practicable creo 
sería el que Vd. mandase sus fósiles aquí, á algún ájente 
para que disponga de ellos. 

«Su specimen sobre el Muñiz-feliz debe ser horrible. Sos- 
pecho que será un Machaerodus del cual hay algunos 



FRANCISCO J. MUÑIZ 207 

fragmentos en el Museo Británico, procediendo de las 
Pampas, 

«Procuraré hacer traducir su escrito y publicarlo en algún 
periódico científico. 

«La relación de Vd. sobre el terremoto en las Pampas me 
sorprendió; nunca había oído de ninguno, en parte alguna 
al Este de la Cordillera, á no ser en Córdoba. 

«Si Vd. quiere informarme ai lee el inglés, seré feliz en 
mandarle una copia de mis observaciones jeológicas en Sur 
América, recientemente publicadas, indicándome un con- 
ducto para hacerlo. Creo que no valdría la pena de man- 
dárselo sin saber si Vd. lee el inglés. 

«Presentaré su tratado sobre la Fiebre Escarlatina ai 
Real Cuerpo Médico de Cirujanos. 

«No puedo adecuadamente espresar cuánto admiro el 
continuado celo de Vd., colocado, como lo está, sin los 
medios de proseguir sus estudios científicos y sin que nadie 
simpatice con Vd., en los progresos de la Historia Natural. 
«Confío que el gusto de seguir sus tareas le proporcione 
algún premio para tantos esfuerzos. 

«Hace algún tiempo que Vd., tuvo la fineza de mandarme 
por Mr. E. Lumb, algunos informes muy curiosos, y para mi 
de mucho valor sobre la vaca Ñata. 

«Agradeceré cualquiera otra información sobre cual- 
<iuiera de los animales domésticos de la Plata, como el orijen 
de algunas razas de ;ives, chanchos, perros, ganados, etc. 
-etcétera. 

«También estoy muy interesado en tener una breve des- 
cripción de las costumbres y formas ó hechuras de los 
chanchos, perros, etc., etc., en su estado silvestre y particu- 
larmente sobre las crias silvestres, cuando se toman los 
animales jóvenes para criarlos. 

«¿Será tan manso un cachorro de perro cimarrón si es 
criado con cuidado, como cualquier otro perro doméstico? 

«Algunas informaciones sobre todos estos puntos me 
serían muy útiles; y siempre que Vd. tenga tiempo de escri- 
birme, se servirá Vd. dirijir sus cartas á donde indica el 
encabezamiento de esta. 

«Sinceramente deseo á Vd. prosperidad en sus admirables 



208 OBRAS Dt SARMIENTO 

labores, y si en algún tiempo puedo servir á Vd. de algo, 
me será grato hacerlo. 
«Con el mayor respeto quedo de Vd. S. S. 

Charles Dartoin.» 



«P. S* — Había omitido mencionar que el profesor Owen 
ha oido decir que una colección de huesos ha llegado á 
Paris, hace algún tiempo de Buenos Aires.» 

Igual novedad que la del Machaerodus, causó al doctor 
Muñiz haber encontrado un árbol fósil en la Pampa, anun- 
ciando por cartas la feliz nueva á varios naturalistas y 
Museos, como acontecimiento muy raro y de que no tenía 
antecedente. Darwin había encontrado en Villavicencio, 
montaña escarpada enfrente de Mendoza, camino de Us- 
pallata á siete mil pies sobre el nivel del mar, un grupo 
de árboles petrificados, once convertidos en sílice, y 
treinta ó mas en espato calcáreo groseramente caracte- 
rizado. 

La impresión de la cascara en la roca los coloca en- 
tre las araucarias que existen al Sud en las faldas an- 
dinas. 

Para suministrar un punto de comparación, á fin de 
computar la antigüedad relativa del terreno de los fósi- 
les que se encuentran en la Pampa, tomaremos del cé- 
lebre jeólogo el pasaje de sus viajes que habla de la ma- 
teria. 

«No se necesitan, dice, profundos conocimientos en geo- 
logía para comprender los hechos maravillosos que indica 
esta escena; y sin embargo, lo confieso, tal fué la sorpresa 
que desde luego esperimenté, que no quería creer á las 
pruebas mas evidentes. Encontrábame en un lugar en 
donde un grupo de bellos árboles estendieron sus ramas 
sobre las costas del Atlánco, cuando aquel océano, recha- 
zado hoy á 700 millas de distancia, venía á bañar los pies 
de la Cordillera. Estos árboles habían brotado sobre un 
suelo volcánico levantado sobre el nivel del mar: des- 
pués esta tierra con los, árboles que en ella crecían se había 
hundido en las profundidades del océano. En estas pro- 
fundidades del mar, aquella tierra que antes estuvo seca, se 
había cubierto de una capa de sedimentos, después estos á 



FKANCISCO J. MUÑIZ 209 

SU turno lo habían sido por enormes derrames de lavas 
submarinas: uno de ellos tiene mil pies de espesor; ahora 
estos diluvios de piedras en fusión, y aquellos depósitos 
acuosos se habían reproducido cinco veces cansecutiva- 
mente. El océano que se había tragado masas tan colosa- 
les debía ser muy profundo; en seguida las fuerzas sub- 
terráneas habían ejercido su potencia nuevamente, y yo 
veía ahora el lecho de este océano formando una cadena 
de montañas que tienen mas de 7.000 pies de alto. Por 
otra parte, las fuerzas siempre en acción que modifican 
constantemente la superficie de la tierra, habían también 
ejercido su imperio, porque aquellas inmensas acumula- 
ciones de capas se encuentran al presente cortadas por 
valles profundos, y los árboles petrificados salen hoy día 
del suelo cambiado en roca, allí donde en otro tiempo ele- 
vaban sus verdes copas (familia araucarias según Mr. Ro- 
bert Brown que los analizó). Ahora todo está desierto en 
este lugar; los liqúenes mismos no pueden adherirse á estas 
petrificaciones que representan árboles de otros tiempos. 
Y sin embargo, por inmensos, por incomprensibles que 
estos cambios hayan de parecer, todos se han producido 
en un período reciente, si se le compara con la Historia 
de la Cordillera, y la Cordillera misma es absolutamente 
moderna comparativamente á muchas capas fosilíferas de la 
Europa y de la América.» 

Según esta modernísima cronología, los Megaterios á su- 
perficie de tierra casi son creación de ayer, relativamente á 
nosotros mismos y el pequeño crustáceo y el molusco en- 
contrados en el terreno laurenciano en Norte América y 
Canadá por donde corre el San Lorenzo, precede á las arau- 
carias de Villavicencio de unos pocos millones de años. Oca- 
sión es de repetir la esclamacion del estanciero: «las cosas 
de don Carlos!» 

No es ocioso prevenir aquí, ya que de aquellas famosas 
petrificaciones se habla, que el señor Moreno, director del 
Museo de La Plata ha tenido la escelente idea de subir á 
la montaña de Uspallata, al lugar designado por Darwin, 
y desprender de la roca troncos y cortezas de aquellos tes- 
tigos de los movimientos terrestres, como si hubiera inten- 
tado traerlos al lugar ideal que ocuparon antes á las már- 

TOMO XLIII. — 14 



210 ÜHKAS DIC SAHMlKNTü 

jenes del mar que ha dejado la conchilla, ó en el que an- 
tes dejó las ostras del Paraná. Podemos, pues, sin ir á Vi- 
llavicencio, ver estos prodigios de lajeología. 

Tiene para mi un particular interés el Machaerodo. De las 
fábulas griegas, entre ellas las doce hazañas de Hércules, no 
es la menor haber estirpado el león que asolaba las campa- 
ñasdeNemea, y entre los fósiles encontrados en Grecia, á 
mas de seis variedades de monos, fósiles cuya posibilidad 
negaba Cuvier años antes, se encontró un terrible carnívoro 
fósil con dientes, incisivos, muelas y uñas formidables^ 
dotado ademas de cuchillos tajantes á guisa de espadas 
de dos filos que debieron servirle para hacer tajadas de la 
carne que los otros instrumentos de aquel arsenal le pro- 
curaban. Este debió ser el espantable león Ñemeo, estir- 
pado [)or Hércules, acaso por haber dado como Muñiz con 
sus huesos fósiles mas tarde. 

El Dr, Burmeister ha consignado en el primer tomo de 
los Anales del Museo de Buenos Aires, á cuya formación 
contribuyó mucho el Dr. Muñiz, enriqueciéndolo sucesiva- 
mente con sus mas valiosas adquisiciones, el recuerdo de 
varias de las donaciones hechas por este grande aficionado; 
y si le niega ser el primer descubridor del Macbaerodo en 
el mundo es porque Cuvier ya había errado confundiendo 
restos de este animal con los de otro, y sucesivamente en- 
contrándose dientes ú otros fragmentos en diversas partes 
del mundo: pero ninguno tan completo como el que osten- 
ta el Museo de Buenos Aires, y cuyos cuchillos son los 
mas grandes que se conservan. Pero Muñiz ha sido el des- 
cubridor del Machaerodo en el Río de la Plata, y él tenia 
derecho á reclamar el honor de su hallazgo. 

Recientemente ha montado elDr. Burmeister una cabeza 
de mastodonte que había obsequiado al Museo el Dr. Mu- 
ñiz y de cuya posesión se engríe el jeólogo, Que una vez 
nos anunciaba de regreso de [Córdoba, como el descubri- 
miento m^as feliz de su viaje, y un verdadero progreso pa- 
ra la ciencia el hallazgo. jOli rara fortuna! de una novena 
variedad de gly[)todon. Lo trae Vd. todo entero? — No, es 
una vértebra de la cola lo que he encontrado; pero eso bas- 
ta para caracterizarlo»! 

« El terreno, dice el Dr. Burmeister, entre las dos villas 
de Lujan y de Mercedes, es probablemente el depósito mas 



FRANCISCO J. MUÑIZ 211 

rico de huesos fósiles en nuestra provincia; es el misnao lu- 
gar en donde se encontró el año 1789, ei esqueleto entero 
del Megaterio hoy el objeto mas valioso del Museo de Ma- 
drid, y que ha llamado tanto la atención de los sabios na- 
turalistas, después de su descubrimiento, hasta nuestros 
días: como también el esqueleto completo del Mylodon 
Grasilis, que se presenta en nuestro Museo. Forma aquí el 
suelo un bajío muy insensiblemente inclinado, en el centro 
del cual corre el riachuelo del mismo nombre, en una di- 
rección general del Oeste al Este, cambiando bajo la Villa 
de Lujan el curso directamente al Norte, para unirse al río 
Paraná, pero no le alcanza; la barranca alta del terreno mas 
elevado, que acompaña al río Paraná del lado Sudoeste, se 
retira de este punto mas al Suci, y dálugar al río de Lujan 
para adquirir su camino propio hasta la boca ancha del Río 
de la Plata, en la cual entra como siete leguas al Norte de 
Buenos Aires. 

«Es allí donde se forman entre los dos ríos esas islas 
fértiles, provistas de una vejetacion rica de sauces de todos 
tamaños, que la fantasía poética de algunos escritores del 
país ha comparado con el célebre Valle de Tempe en Te- 
salia. . 

« Parece que la desviación del Riachuelo de su curso en 
el paraje cerca de la Villa de Lujan, indica un impedimen- 
to en la continuación de su marcha directa, algunos obstá- 
culos naturales, y que estos obstáculos han causado antes 
una gran acumulación de agua en la hondura de las Villas 
de Lujan y Mercedes, en la que han muerto y han que- 
dado sepultados animales innumerables, cuyos esqueletos 
se encuentran hoy bajo las tierras depositadas por las mis- 
mas aguas. Los restos de carnívoros son muy escasos en- 
tre los huesos fósiles de dicho terreno. iTenemos en el Mu- 
seo Público solamente huesos fósiles de cuatro clases de 
carnívoros, que pronto describiremos, después del Machae- 
rodus. 

« Respecto al conocimiento primero del animal, del cual 
vamos á dar razón, no fué el Dr. Muñiz su primer descu- 
bridor, porque largo tiempo antes de su publicación en la 
Gaceta Mercantil ya. se habían encontrado restos de animales 
muy parecidos en otros países. Fué el Dr. Kaup, quien en 
el año 1833, fundó sobre el colmillo largo en forma de hoz, su 



212 OBKAS DK SAKMIKNTÜ 

género Machaerodus, y en este género debe entrar por su 
naturaleza totalmente igual también el Muñifelis bonaeren- 
sis. El célebre Cuvier ya había conocido ese diente y dado 
una descripción corta en su obra del año de 1824; pero como 
ese diente se ha encontrado con el Oso, Cuvier ha identifica- 
do los dosdiferentes animales, llamándoles Ursus Cultridens, 
Bravard (1828) fué el primero que encontró, cuatro años 
después, un cráneo completo que manifestaba una grande 
similitud del animal con los gatos, cambiándole, entonces, 
su nombre en Felis Cultriden. 

«Pero el Dr, Kaup, cinco años después (1833), probaba que 
no es un verdadero gato aquel animal, sino un género parti- 
cular por la construcción diferente de su colmillo, llamándole 
Machaerodus. El autor ha conocido de este animal sola- 
mente tres dientes, el colmillo largo superior, otro colmillo 
mucho mas chico inferior y el diente molar inferior. No 
sospechando que estos dos dientes fueran del mismo ani- 
mal, he fundado en ellos otro nuevo género, llamándole 
Agnotherium. 

«Algunos años después (1846) el célebre Owen describió 
un colmillo muy semejante con el nombre Machaerodus 
iatidens en su obra sobre los cuadrúpedos antidiluvianos 
de Inglaterra, avisando al mismo tiempo al lector, que ha- 
bía visto dientes de un animal semejante, también en la 
colección de huesos fósiles, mandada por los señores Falco- 
ner y Cautley de lagran India. Así ha sucedido, que casi 
contemporáneamente con la publicación del doctor Muñiz 
ya fueron conocidas cuatro especies del jénero Machaero- 
dus, del antiguo mundo. En el nuevo mundo, el primer 
descubridor de una especie del mismo género, fué el doc- 
tor Lund, que ha examinado con tanto éxito las cuevas na- 
turales de Minas Geraes en el Brasil, para encontrar en 
ellas huesos fósiles. Este hábil naturalista encontró al- 
gunos dientes chicos y huesos del pie, pertenecientes al 
Machaerodus; pero sin conocimiento del animal entero, los 
aplicó á una especie de Hyaena, llamando el animal H. 
neognea {[Jlnsiüutu VII, 125, 1839). Sin embargo, después, 
como ha encontrado también el colmillo largo en forma de 
hoz, ha comprendido fácilmente, que el animal no había 
sido una Hyaena, llamándole entonces Sinilodon populator. 
{Act. Acad. Dinam, de Copenhague Glass física IX, 1842). No hay 



FRANCISCO J. MUÑIZ 213 

que dudar que el autor fundando este nuevo jénero no 
conoció la obra de Kaup [Oisem fóssile Darmstadt, 1833, 4°), 
en la cual se ven las formas del colmillo de M ichaerodus, 
mu}' parecidas á las del doctor Lund en dichas actas de la 
Academia de Copenhague; pero como su primera publica- 
ción es seis años anterior á la descripción del doctor Mu- 
ñiz, no puede conservarse en la ciencia el nombre Muñife- 
iis bonaerensis con preferencia á la primera denominación 
del doctor Lund con el nombre del doctor Kaup, es decir: 
Machaerodm neogaeus. Se conocían de este animal que 
aquí describiré sumariamente, antes de la publicación del 
doctor Muñiz, solamente las ¡¡artes descriptas por el doctor 
Lund, pero prueba su descripción, como las figuras acompa- 
ñadas, que es idéntica su especie con la nuestra. Mas 
tarde ha dado Blainville, el sucesor de Cuvier en la cátedra 
del Jardin de las Plantas en Paris, una figura de un crá- 
neo casi completo en su obra 0>.7éo^m///i¿íí géner. Felis, pl. 20; 
bajo el nombre de F. Smilodon {Snuloiion Blaiiwilli, Desmarest, 
expl. de la planche.) 

«Tenemos en el establecimiento un esqueleto imperfecto 
que el doctor don Francisco Javier Muñiz ha recogido en 
el año 1837, cerca de la Villa de Lujan, y regalado al Mu- 
seo, Desgraciadamente, faltan algunas partes muy nece- 
sarias para su reconstrucción, y por esta razón no se puede 
ejecutar su exhibición. Esperamos que nuevos descubri- 
mientos vengan á completar pronto los restos ya obtenidos 
para dar al público la vista sorprendente del esqueleto de 
este animal maravilloso. 

«De la cabeza tenemos en el Museo la mandíbula infe- 
rior y el hueso incisivo superior con algunos otros pedazos 
del cráneo. Las siete vértebras del cuello, aunque muy 
rotas, también se poseen. 

«De las diez y sus dorsales tenemos once, y entre ellas la 
primera y última. Es muy digno de notar que la diferen- 
cia en el tamaño del cuerpo vertebral de la primera y la úl- 
tima vértebra dorsal es muy grande y mayor que en ningún 
otro animal conocido. 

«Tenemos en el Museo Público muchos huesos de un es- 
queleto de caballo fósil, que el doctor Francisco Javier 
Muñiz, ha encontrado cerca de la Villa de Lujan, bajo el es- 
queleto de un Megaterio, también recogido por él mismo. 



214 OBRAS UK SAKMIKNTO 

Los dos esqueletos estavieroii íntegros, pero lo grande obra 
de sacarlos, sobrepasando la fuerza de una sola persona» 
ha impedido la conservación, perfecta de las dos. Así 
falta del esqueleto del caballo como del Megaterio el crá- 
neo, los omóplatos, la pelvis y muchos huesos del 
tronco, conservándose completo solamente los de los miem- 
bros. 

«Por la pérdida del cráneo con todos los dientes, no es 
posible saber á cual de las dos especies ha pertenecido 
el esqueleto; pero como todos los huesos son mas pe- 
queños y finos que los del caballo actual de tamaño regu- 
lar, no puede haber duda, de que aquel caballo fósil argen- 
tino, fué de tamaño inferior en su cuerpo, pero probable- 
mente de cabeza mas grande y gruesa que el caballo domés- 
tico.» 



CAPITULO VII 



ESCENAS MILITARES 



En qué se distinguen los cirujanos de ejército de los de- 
mas jefes que concurren á una batalla? Son en verdad 
parte del Estado Mayor, y esponen su vida á la par del úl- 
timo soldado, sufriendo en los hospitales de sangre, un 
terrible recargo de servicio. No bien cicatrizadas las he- 
ridas que recibió en Cepeda, el Cirujano Principal doctor 
Muñiz que «fué invalidado, mientras su mano benéfica se 
ocupaba de atender á los heridos de los dos ejércitos», 
con su foja de servicios ya autorizada, pidió al Gobierno 
ser raconocido jefe militar en el ejército del Estado de 
Buenos Aires, obteniendo el título honorario de Coronel, 
por decreto del Grobernador de la Provincia don Bartolomé 
Mitre, á la edad de sesenta y cinco años. Débese á la 
comprobación de tales servicios que se haya conservado el 
recuerdo de su participación en la defensa de Buenos Ai- 
res contra el ejército inglés en 1807. Del mismo espe- 
diente consta que en 1826 asistió á dos encuentros con 
los indios, de los coraceros que mandaba el Coronel 
don Juan Lavalle, y el parte de la batalla de Ituzaingó 
lo recomienda como cirujano principal del ejército na- 
cional. 

La serie de sus nombramientos de cirujano de varios 
cuerpos en campaña lo constituyen militar por los há- 
bitos contraídos, y por la frecuencia de aquellos que se 
sienten dominados por el espíritu y las tradiciones mili- 
tares. 

La crítica del vivac en pos de los hechos de armas que 
ocurren en una campaña, fué siempre la academia de estra- 
tegia de nuestros soldados y oficiales. 

La victoria es un comprobante del acierto de las opera- 



216 OBRAS DE SARMIENTO 

ciones previas, y la derrota no ocurre sino por culpa de 
alguien, ya sea negligencia, imprevisión, cobardía ó impe- 
ricia de los jefes. 

La verdad llega al fin á ponerse en claro, y tenerse sus 
admoniciones en cuenta para lo sucesivo. 

Pero en la época en que era cirujano de frontera Mu- 
ñiz, con jefe de la talla de Lavalle, no solo en los campa- 
mentos, sino en el seno de la sociedad civil misma se 
respiraba la atmósfera belicosa de la Independencia. Go- 
biernan la Provincia Soler, que ha decidido la batalla de 
Chacabuco, Las Heras que restableció en Maipo el poder de 
nuestras armas quebrantado en la dispersión de Cancha 
Rayada. 

Mandan simples acantonamientos de frontera jefes como 
Lavalle que era el Cid Campeador de los patriotas en Chile, 
Perú y Ecuador. La Historia se está haciendo todavía, y 
como asuntos del díase discuten las operaciones de los ejér- 
citos en campaña, bajo jefes como San Martin, Bolívar, Su- 
cre, Paez, Belgrano. 

Aun después de pasado el ruido de aquellos grandes 
hechos, la conversación de los veteranos se resiente de los 
hábitos y pasión de las armas. 

Cuanta instrucción pudieron obtener los jóvenes, aun 
con propósitos de conocer la historia, del trato respetuo- 
samente familiar de Jenerales como Las Heras, con Ca- 
pitanes como San Martin, sobre las batallas de aquellos 
tiempos! El Mariscal Bugeaud, hablando dos dias sobre 
la guerra de montoneras con un oficial americano que la 
estudiaba, hacía un curso completo de estratejia, aplica- 
ble á las guerras americanas como á las de árabes y 
cabiles en Argel. 

El joven cirujano Muñiz en los acantonamientos fronteri- 
zos, en su residencia en Chascomús, donde el coronel Lava- 
lle mandaba un rej ¡miento de coraceros, debió obtener 
muchos de esos conocimientos militares, que se trasmiten 
por la conversación en el contacto diario con los jefes. 

Muñiz venia ademas iniciado militar desde niño, con su 
presencia en la defensa gloriosa de 1807, sin que la profe- 
sión de cirujano que de adulto abrazó, lo alejase de aquel 
terreno, ni lo sustrajese á la preocupación dominante de la 
época, pues era cirujano de ejército, haciendo la campaña 



FRANCISCO J. MUXIZ 217 

del Brasil como segundo jefe, con el carácter de cirujano 
principal, de un brillante Estado Mayor de jóvenes médicos 
y cirujanos, que con su jefe el Dr. Riberos, concurrieron á 
la batalla de Ituzaingó. 

Con estas predilecciones desde el momento de abrirse la 
campaña, el cirujano Muñiz, naturalista ademas, y gran co- 
lector de fósiles y de minerales, concibe la idea de tomar 
una piedra ú otro objeto, de cada lugar donde ocurra algún 
suceso digno de recuerdo; y á medida que las recoje, á guisa 
de carátula, las envuelve en una narración del suceso que 
debe conmemorar, con el ánimo sin duda de depositarlas 
en el Museo. 

Alcanzó á reunir diez y nueve piedras de otros tantos lu- 
gares en que fué testigo ó actor de un hecho de armas, ó de 
algún otro considerable; y si bien las piedras conmemora- 
tivas han desaparecido, como ocurre de ordinario con los 
monumentos perecederos de mármol ó bronce, no se ha 
perdido la que para gloria de la inteligencia humana, casi 
siempre se salva en frájiles hojas de papel: el pensamiento 
y gloria del hecho conmemorado. El manuscrito lleva por 
título: Noticia histórica y brevemente con memora t ir ((, relatira al 
ejército argentino, destinado á la guerra del Brasil, en su gloriosa 
campaña de 1826 á Í827, físicamente representada en diez y 
nueve piedras, tomadas de los lugares en que ocurrieron los acon- 
tecimientos; y que el que suscribe dirije al señor Secretario de la 
asociación de amigos de la historia natural del Plata, para los ob- 
jetos que le comunica en carta de esta fecha. 

Estas notas servirán al futuro historiador de aquella 
grande guerra, como de columnas miliarias que lo guíen 
ó como faros luminosos que le sirvan de epígrafe á sus 
capítulos. 

Están escritas con el lenguaje pertinente de la profesión 
de las armas, y abundan en observaciones propias que es- 
clarecen puntos dudosos de la historia. Háse creído que el 
heroico Brandzen fué inmolado inútilmente, por la petu- 
lancia del Jeneral en jefe ante el jénio centauro del valor 
arjentino, que pone en primera línea la lanza del jinete de 
las Pampas, principiando y acabando el combate por cargas 
de caballería. Tan frecuente ha sido en efecto este plan de 
batalla en nuestras guerras civiles, donde mas se muestra 
el jenio nacional, que gran número se han decidido sin dar 



218 



OBKAS UK SAHMIENTO 



ocasión á la infantería de disparar un tiro, viéndose mu- 
chas veces vencida sin haber visto del enemigo otra cosa 
que polvaredas. ¿Pues no le ocurrió á Facundo Quiroga 
dejar en Córdoba su infantería, mas de seiscientos hom- 
bres, y lanzarse á cuerpo jentil y lanza en ristre sobre el 
Jeneral Paz que lo esperaba en la Tablada con las cuatro 
armas de que disponía, siendo lamas formidable la cuarta, 
su íntelijencia? Y sin embargo, en esa infantería que de- 
jaba desdeñosamente en la ciudad de Córdoba, estaban los 
restos del número uno de los Andes y de los Dragones que 
él había nueve años antes recojido al atravesar los Llanos, 
desmoralizados aquellos cuerpos sublevados, por Corro y 
otros intrigantes. 

Muñiz sale á la defensa del jeneral Alvear, dando razones 
de un valor estratéjico innegable, para justificar la orden 
de echarse sableen mano sóbrelos batallones alemanes y 
brasileros. El error del jeneral en jefe estuvo, según Mu- 
ñiz, en haber abandonado el campo de batalla escojido el 
día anterior; por ceder á la seducción de un charlatán, 
avanzando un dia mas hasta Ituzaingó. Cuando se empe- 
zaba á tomar posiciones en el nuevo campo, aparecían en 
el próximo horizonte las fuerzas brasileras, sin dar tiempo 
á que los batallones nuestros en marcha entrasen en linea 
ó se estableciesen las baterías de artillería. En caso tan 
apurado, el jeneral impartió órdenes á los coroneles Brand- 
zen y Paz se echasen encima de las tropas de infantería 
para paralizar su avance, y dar media hora que se necesi- 
taba para terminar el orden de batalla. 

Nada mas usual y común en la guerra. Dos días ó 
tres trajo importunados la caballería americana á los es- 
pañoles que se dirijían á Santiago á marchas forzadas des- 
pués de la dispersión de Cancha Rayada, con el objeto de 
ganar tiempo y reconcentrar las fuerzas en Maipo, donde 
se dio la batalla. 

Atribúyense diez y nueve cargas sucesivas dadas por los 
Granaderos á caballo, después de la derrota de Moquegua, 
á fin de que el ejército en desastrosa retirada, ganase horas 
para rehacer sus cuerpos desorganizados. Habiéndose en 
la guerra de Crimea resuelto tomar á todo trance la torre de 
Malakoff, el jeneral Trochu, provocó por proclamación qui- 
nientos voluntarios que debían inmolarse, sufriendo á 



FRANCISCO J. MUXIZ 219 

descubierto la descarga de metralla, mientras avanzaba 
una segunda línea á la carrera á tomar los cañones que 
estarían cargando de nuevo. La orden de mantener un 
punto á todo trance importa la pérdida consumada de los 
dos tercios del comando. 

Nada, pues, había de vituperable en la orden dada por el 
Jeneral en jefe. 

La manera de iniciarse la campaña, según la piedra nií- 
mero 2, es característica del jefe de vanguardia y del sol- 
dado arjentino. A. la menor observación del oficial que 
manda la guerrilla descubridora, el coronel Lavalle manda 
á un sarjento que se avance con oeho hombres y cargue al 
enemigo que se presente á su frente; y aunque le sigan 
inmediatamente cuarenta hombres mas, y el mismo 
Jefe vaya á medirse (de lanza!) con el enemigo, arrolla- 
do este en las jactanciosas roraseadds del vivac, queda 
establecido que ocho soldados nuestros arriaron como 
carneros á una división de caballería brasilera que no se 
levantó mas de la inferioridad de opinión qne la oprime 
durante toda la campaña, inferioridad que sin esto era 
real, aunque fuesen tan buenos pinches los fárrapas que 
los gauchos arjentinos, cosa que no estaban preparados á 
conceder. 

Es indecible la cantidad de ridiculo que se consumió du- 
rante aquella memorable campaña en que estuvieron con 
Olavarria, Lavalle, Paz, Brandzen, Alvear, Mansilla presen- 
tes las mas activas y las mas gloriosas espadas de la guerra 
de la Independencia. 

La lengua de Camoens parece á nuestros paisanos dialec- 
to del español, ó un español hablado por niños. ¿Como va á 
creer que el que le dice fillio ú diabo, nieu paes, mía mao; está 
hablando como persona grande? Si la echa de guapo, lo 
estigmatizará en su propia lengua, llamándole fanfurriña, 
como se burlará de su alimento la fariña; y sin embargo 
esta preocupación del ridículo que cree notar en las pala- 
bras y actos del brasilero, es independiente de él, y solo 
herencia que le viene del Portugal en sus relaciones con 
la España. 

Los españoles peninsulares son los inventores de todas las 
anécdotas ridiculizantes, en que la víctima inmolada es un 
portugués, y por lo tanto un brasilero. 



220 OBKAS DE SAKMlENTü 

La exageración hiperbólica que se les atribuye llamando 
á un buque O terror do mondo, apenas alcanza en ampu- 
losidad á las hazañas del andalú; pero aun así la exa- 
geración de la frase portuguesa tenía un orijen noble y 
aun estratéjico. 

Cuan pequeño territorio es el Portugal, vino á ser uno de 
los reinos mas gloriosos á principios de la época moderna; 
y cuan reducida fuere su población, supo mantener su 
independencia contra la corona de España, é imponer 
su autoridad á millones de hombres en Asia, África y 
América. 

Pero con todo esto, el Portugal se quedaba un punto en 
el mapa, cual si fuera una factoría ó un campamento. En 
tales condiciones, el carácter y el lenguaje y aun los; jestos 
del portugués han debido inflarse, para parecer grande de 
cuerpo, ya que de espíritu, inteligencia y empresa, era teni- 
do por uno de los primeros pueblos de Europa, en sus bue. 
nos tiempos. ¿Como decir á su rey el Greneral que daba el 
parte de una batalla dada á algún principe de la India, que 
la caballería fuerte de mil hombres, dio una carga al ene- 
migo que tenia en línea diez mil? Diciendo cuatro mil pa- 
tas de caballo, en lugar de mil caballos, con loque la cosa 
muda de aspecto, siendo en sustancia la misma. Hasta el 
contar por coníos de veis (millones) parece ado{)tado, á fin 
de hacer subir á millones el monto de sus gastos pú- 
blicos. 

Los l)i-asileros sufrían de esta desventaja de opinión, y 
hasta Caseros se sentían oprimidos por el juicio desfavora- 
ble de sus aliados. 

El General Osorio obtuvo á duras penas que el General 
en gefe. Centauro como niiiguno, admitiese en la vanguar- 
dia que el mismo General mandaría (luinieiilos riogranden- 
ses tan de á caballo como el mas bien plantado argentino. 
Cuando esa vanguardia de once mil hombres de caballería 
hubo agotado la remonta de caballos para trasladarse del 
Rosario á Buenos Aires, fué necesario tomar potros, po- 
trancas y yeguas chucaras y dar á los regimientos. Uno 
de riograndenses parecía en la marcha una procesión de 
saltapericos, teniéndose tiesos, y en medio de las corcobe- 
tas y corcobos de las improvisadas monturas, conservando 
la formación en columna por cuatro, y las armas en sus 



FRANCISCO J. MUÑIZ 221 

puestos. ¿Coiiiu se han portado los brasileros? preguntaba 
sobre el campo de batalla de Caseros el General Osorio al 
Comandante Sarmiento, con quien se encontraba antes de 
la recrudecencia del fuego del Palomar. 

— Perfectamente bien. General. Los muertos que he en- 
contrado en el campo son brasileros. 

— ¿Podría darme por escrito su testimonio para mandár- 
selo al Emperador que gozará mucho de tenerlo de boca 
de usted? 

— Con el mayor gusto, General 

Los que lean los apuntes inéditos del cirujano Muñiz, 
escritos en los lugares mismos en que ocurrió algo memo- 
rable, notarán el espíritu con que están concebidos, y ese 
sentimiento de superioridad y de triunfo que garante la 
exactitud de los hechos narrados. Los brasileros, como 
todo enemigo vencido, pero no anonadado, nos disputan el 
triunfo de Ituzaingó, como los habitantes de la Provincia de 
Buenos Aires se apropiaron la batalla de Cepeda tan cues- 
tionable en sus resultados como la otra. Una ocurrencia 
de buen gusto dio ocasión una vez á manifestarse en las 
altas regiones aquella pretensión postuma. Asistían á las 
carreras del Hipódromo de Palermo, el conde de Río Bran- 
co, y un personaje argentino, por honrar al alto huésped. 
Hubo de correrse una carrera en que figuraba un caballo 
llamado Ituzaingó. Voy al Ituzaingó, dijo el Ministro brasi- 
lero. — ¿Qué no escarmientan todavía? — Qué gracia! replicó, 
si nosotros ganamos la batalla. — No es este el lugar de dis- 
cutir con un Ministro brasilero, esta cuestión, cuando feliz- 
mente dura todavía la alianza. — ¿Quiere usted que la corra- 
mos de nuevo? — Para darle á usted esa revancha, aceptara 
con mucho gusto; pero como yo no tengo duda me guardaría 
de volver á jugarla de nuevo. — Usted parece necesitarlo, 
para estar tranquilo. 

La carrera se corrió, y ganó el Ituzaingó, de loque Paranhos 
se mostraba ufano. 

— Como le decía á su Señoría, nosotros ganamos la batalla 
de Ituzaingó. 

— Como le insinuaba á su Señoría. Es nuestro huésped, y, 
habría sido faltar á la cortesía, ganarle la carrera también. 
El caballo Ituzaingó es demasiado culto para no comprome- 
ter á su gobierno. 



222 OBHAS DE SAKMIENTO 

Oigamos ahora al doctor Muñiz, dejando á un lado las 
piedras que acompañaban la narración. 

ARROYO GRANDE 

El ejército argentino al mando del Brigadier General don 
Carlos M. de Alvear, campó durante cuarenta días en el 
Arroyo Grande, Provincia de Montevideo, desde donde abrió 
la campaña sobre el Brasil el 26 de Diciembre de 1820, 
después de haber perfeccionado su disciplina en las diarias 
maniobras y en los ejercicios generales ó de línea, y concluí- 
do el equipo y montaje jeneral. 

BACARAY 

En las inmediaciones de San Gabriel el Coronel Lavalle 
batió el 13 de Febrero de 1827 la división Bentos Manuel, 
matándole 30 hombres. 

Este fué el primer encuentro que tuvieron las tropas re- 
publicanas con las imperiales. La senda quedó abierta 
desde aquel día á los triunfos que sucesivamente obtuvo 
el ejército arjentino mientras encontró enemigos que escar- 
mentar. En aquel combate tuvo el Coronel Lavalle atrave- 
sado de una bala el poncho que vestía; su caballo recibió 
un balazo en el cuello, y otra bala se implantó en el [¡uño 
del sable, prendido en alto á la cintura. Feliz circunstan- 
cia que le libertó de una heritla grave y probablemente 
mortal. Una lanza fué el arma que empuñó aquel día: 
con ella mató de un bote á un oficial brasilero en los mo- 
mentos de la descarga á quema ropa que hizo el enemigo á 
los republicanos. 

Un lance de aquel día pondrá de relieve el carácter y la 
conducta guerrera de aquel distinguido veterano. Un Co- 
ronel, cuyo nombre debemos omitir, dio parte á Lavalle, 
cuando se interponía entre los dos una elevada cuchilla, 
que se aproximaba el enemigo dando muestras de atacarlo. 
Lavalle contestó al ayundante: diga Vd. á su Coronel que no 
espere á que lo ataque el enemigo, para atacarlo él: pero 
si antes fuere acometido que lo bata y lo aniquile. A pocos 
instantes y á media rienda regresó el mismo ayudante^ 
señor, dijo á Lavalle, mi Coronel manda decir á V. S., que 



FRANCISCO J. MUÑIZ 223 

tiene orden del Jeneral en Jefe de observar al enemigo, y 
de retirarse hacia el cuartel jeneral antes de comprome- 
ter un hecho de armas. Lavalle miró de arriba á bajo 
al ayudante á quien contestó secamente: diga V. á su Coro- 
nel que es como V. un buen mozo, que busque un par de 
polleras, y que se presente con ellas en el cuartel jeneral, 
que yo voy con 40 hombres á acuchillar á esos miserables. 
Sarjento, gritó con voz firme é imponente, á uno cuyo valor 
le era reconocido, tome V. ocho hombres y sable en mano y 
carabina á la espalda, sin disparar un tiro, en el acto y á 
galope, cargue V. después de subir esa cuchilla, al enemi- 
go. Apenas se desprendió el sarjento de la división ordenó 
al ayudante Danel, que tomando 40 hombres cargara en 
protección del sarjento. La orden se efectuó en el acto, y 
cuando Danel subió á la cima de la cuchilla, al mismo 
tiempo llegaba á ella el enemigo Lavalle se encontra- 
ba al lado de aquel oficial, tocándose con las filas contra- 
rias. Entonces fué cuando recibió los balazos que se han 
dicho. 

En Ituzaingó, antes de atacar y desbaratar la ala dere- 
cha del enemigo fuerte de 1500 hombres de caballería con- 
tinental, dos cañones, 100 infantes y un escuadrón de lan- 
ceros polacos, mandó á su ayudante Danel á pedir órdenes 
particulares al Jeneral en Jefe, y digale V., añadió, que 
este bravo rejimiento, señalando al suj^o, que jamás reci- 
birá un balazo por la espalda, ansia el momento de sablear 
y destruir al enemigo, que tiene á su frente. En la per- 
secución que hacia al enemigo, le alcanzó una orden del 
Jeneral en Jefe para que regresara al campo de batalla. 

Entonces solicitó permiso del Jeneral, por el ayudante 
don Benito Arauz, de atacar la infantería enemiga, que 
principiaba á retirarse, sin esponer, decía él, á sus soldados. 
El Jeneral contestó que esa empresa no era oportuna; que 
el enemigo se rendiría á discreción! 

o:m B ú 

Fué donde las tropas republicanas, á las órdenes del 
Jeneral Mansilla, acuchillaron la división reorganizada y en 
número de 900 hombres del coronel Bentos Manuel el 15 de 
Febrero de 1827. 



224 



OliKAS I)K .SARMIENTO 



La división arjentina en igual número á la del enemigo, 
la formaban soldados del 8 de Zaupiategui, del 16 de 01a- 
varria, de Medina, del 1° de caballería mandados por el 
comandante Cortina, y de 100 hombres del 2** á las órdenes 
dalos capitanes señor Ma)tin y Albarracín. 



Arroyo casiquí 

Fué á donde llegó el ejército el 16 de Febrero, cuatro 
días antes de la batalla, permaneciendo en él hasta el 18, 
cuando marchó en la noche, después de quedar á la balija 
abandonando ó despedazando los objetos que no eran abso- 
lutamente necesarios y fácilmente portátiles al individuo. 

El general dijo, al dar esa orden, si ganamos todo lo ten- 
dremos, y si perdiésemos todo nos sobrará. 

Los 32 carros cubiertos, de cuatro ruedas, que llevaba el 
ejército para recibir heridos, y cuya mayor parte se habían 
distribuido entre los jefes, se pusieron á disposición del 
médico y cirujano Muñiz principal del ejército, para servir 
al objeto á que era destinados. 

El Jeneral tuvo la idea de esperar alli al enemigo, que 
marchaba al encuentro de los republicanos desde San 
Gabriel, donde entró el 17 quedando á distancia de 5 leguas. 
El ejército permaneció en Casiquí, distando el 18 tres leguas 
de las imperiales, que habían marchado dos leguas aquel 
día. El Jeneral elijió un campo escelente para dar en él 
la batalla, y aun mandó se levantara un plano de su su- 
perficie, en la que resaltaban tres hermosos mamelones y 
la estension de llanura suficiente para las maniobras. Una 
de las ventajas de ese campo, situado á la izquierda del 
paso, era la de poder apoyar el ejército una de sus alas 
sobre el monte, impenetrable por aquella parte ó encontrar 
en ese fuerte obstáculo la seguridad de su retaguardia. 

El Jeneral, en presencia de varios jefes, de los jenerales 
é injenieros que los acompañaban, figuró con la lucidez de 
estilo y vivacidad de palabras que le eran naturales, y 
mostrando un jenio superior en los detalles, después de 
examinar todos los accidentes de la localidad, y de sus in- 



FRANCISCO J. MUÑIZ 225 

'mediaciones, el plan de la batalla bajo todas las combina- 
ciones posibles, y los medios de ataque ó de mera resis- 
tencia según la conveniencia y oportunidad del momento. 
Fué sorprendente en el sentir de los hombres competentes 
que le escuchaban, la propiedad con que describió las ma- 
niobras convenientes en conformidad con abstractas ó 
posibles y determinadas eventualidades. Señaló su coloca- 
43ion á las tres armas, designándole á cada una sus movi- 
mientos, tomando por base su fuerza y acción respectiva 
y aquellas ocurrencias sujetas al cálculo. 

El Jeneral Alvear se mostró aquel día, grande hombre de 
guerra, buen estratéjico y modelo de creaciones teóricas 
intimamente relacionadas con lo práctico en las batallas. 
Pero inconstante en sus relaciones ó con poca confianza en 
las inspiraciones de su jenio fecundo y poderoso, abandonó 
con sentimiento de todos, su acertado proyecto, y adoptó 
la opinión de un jeneral necio y charlatán, el cual le per- 
suadió, que el campo fronterizo al paso del Rosario en el 
Santa María, reunía mayores ventajas para las maniobras 
que el de Casiquí. 

PASO DEL ROSARIO 

Está en el Santa María, adonde llegó el ejército arjentino 
á las doce del 19 de Febrero, víspera de la batalla, y de 
-donde salió á las cinco de la tarde del mismo día, en direc- 
ción al de Ituzaingó. El jeneral en jefe convocó una junta 
de jenerales y de algunos jefes, en la que fué resuelto salir 
cuanto antes de un campo sembrado de matorrales firmes 
y espesos, terreno que impedía á la caballería todo movi- 
miento y que hacía difíciles para la infantería aun las mas 
simples maniobras. 

Los Coroneles Garzón y Alegre pidieron al jeneral ha- 
blarle privadamente. Ellos le espusieron aun ignorando la 
opinión de la junta de guerra, que el ejército podía ser 
fusilado impunemente por el enemigo desde las alturas, 
•que dominaban el inmenso bañado seco y cubierto de altos 

Tomo xlii/.— 15 



226 OBRAS DE SARMIENTO 

y fétidos hormigueros, y que se atrevían á proponer la 
elección inmediata de un campo mas á propósito. Bien 
pronto el tambor y la corneta, tocaban marcha. 

ZANJEADO 

En las barrancas del Santa María á 20 cuadras del paso 
del Rosario, el 5° de infantería al mando del sereno y va- 
liente Coronel Olazaba!, el jefe de una batería, y el bizarro 
Comandante Pacheco del tres de caballería, tuvieron orden 
de estacionarse en aquel punto en protección de la reta- 
guardia del ejército, que iba tomando posiciones sobre el 
paso y á lo largo de la ceja del monte. El enemigo que se 
avistaba por el flanco derecho del ejército republicanoy 
podía caer sobre él por una maniobra rápida atrevida. 

Aquella mañana el Comandante Pacheco, separado des- 
pués de abierta la campaña del mando del 3, fué honorable 
y justamente repuesto. En aquellos momentos críticos, en 
vísperas de una batalla campal, este suceso hizo el mas 
alto honor al Comandante. Ningún militar de su dignidad, 
y tan ambicioso de gloria como él, pudo exijir de su jeneral 
una mas honorífica y cumplida satisfacción del agravio, si 
hubo injusticia, y si se faltó, ninguna condenación mas 
lisonjera en los graves y premiosos instantes en que se le 
imponían los serios compromisos del mando en una función 
próxima de guerra, ningún galardón mas estimado, que el 
de derramar quizá su sangre al frente de su rejimiento, 
dentro de pocas horas. 

SANTA MARÍA É ITÜZAINGÓ 

El ejército republicano vivaqueó allí puesto sobre las 
armas, la noche que precedió al 20 de Febrero, día de la 
batalla. Las divisiones Paz y Brandzen formaban á reta- 
guardia del ejército. En aquellos momentos solemnes, el 
silencio profundo de 6.000 hombres bien dispuestos y cui- 
dadosos, era tan imponente, como al siguiente día lo fueron 
los golpes y el fragor de sus terribles armas. 



FRANCISCO J. MUÑIZ 227 



batería del capitán CHILAVERT 

El fuego certero de esa batería, cuyas granadas y balas 
penetraban en las masas de la infantería enemiga, abriendo 
en ellas claros visibles, no contribuyó en poco para conte- 
ner, con los otros elementos de acción, vigorosa y oportu- 
namente empleados, el rápido avance de aquella fuerte 
columna y de su artillería, mandada con intelijencia y deci- 
sión por el Mayor General Brown. 

MUERTE DEL CORONEL BRANDZEN 

El Jeneral Alvear ha sido acusado como culpable de las 
pérdidas que esperimentó la división que mandaba ese 
Coronel, como de la que estaba á las órdenes del Coronel 
Paz en cargas desesperadas contra la infantería, teniendo 
esta sus fusiles secos, como se dice, ó sin descargarse 
cuando no había sido desunida ó despedazada por el cañón 
ó la fusilería. Pero este es un cargo injusto y á la vez ca- 
lumnioso. Esas cargas efectuadas cuando el 6^ de infante- 
ría, que traía la vanguardia, resistía solo el choque de toda 
la infantería imperial, ausiliada por sus baterías de fuego 
bien nutridas, hacen el mas cumplido y honroso elojio del 
tacto militar y del jenio del jeneral republicano. 

En aquellos momentos de inminente peligro para el ejér- 
cito, teniendo delante un enemigo, que manifestó en la 
celeridad de sus movimientos de frente, actividad y pericia, 
era urjentísimo detenerlo por un golpe audaz, aunque fuera 
con sacrificio, mientras llegaban las baterías á la línea y 
los batallones, que marchaban precipitadamente á sus po- 
siciones. El remedio era violento, pero el único, si algo de 
este género hay violento en día de batalla cuando se atra- 
viesan los intereses, la gloria y el porvenir de una nación 
guerrera y pundonorosa. Posible era, mucho mas antes de 
la dispersión total de la caballería enemiga, que batido el 5° 
es decir, muertos todos los hombres, único arbitrio de triun- 
far de aquellos soldados indomables; posible era, que al- 
canzados los otros batallones en sucesión, antes de ocupar 
su colocación en la línea, fueran desechos por fuerzas tan 
superiores. Este fatal resultado es el que se quizo evitar,, 



228 OBRAS DE SARMIENTO 

y el que se evitó mediante las impetuosas é imponentes 
cargas de aquellas masas de caballeiia perfectamente orga- 
nizada, y al mando de hombres que reunían á la ciencia en 
la guerra, un valor probado en muchas batallas. 

El mismo Jeneral en Jefe, espada en mano, acompañó á 
Brandzen al principiar su carga, cuando convirtiéndose 
aquel bravo Coronel hacia el Jeneral le dijo: Jeneral este 
es mi día, no me quite V. E. la gloria del triunfo, yo mando 
el 1° (era su rejimiento), y yo soy el Jeneral y mando el 
ejército, le contestó Alvear, adelante! 

EL COMANDANTE VEGA Y EL CORONEL OLAVARRIA DERROTAN UN 
CUERPO DE CABALLERÍA ALEMANA 

La ala izquierda del enemigo en persecución de Ja mili- 
cia oriental, se estrelló contra la masa compacta semejante 
en firmeza á un muro, que representaba el 16 de lanceros 
al mando de Olavarria. 

A pesar de su superioridad numérica, los imperiales ce- 
dieron ante la disciplina y el coraje de soldados fogueados, 
dirijidos por jefes amaestrados en la larga y cruda guerra 
de la Independencia. El cuerpo de alemanes que hizo frente 
con decisión, fué completamente destrozado, no escapan 
do de la muerte sino aquellos que se refujiaron en el 
cuadro. 

El que escribe estos renglones contó 63 de esos solda- 
dos muertos á lanza, y cuyos cadáveres estaban como 
alineados. 



TERREMO INMEDIATO AL PUNTO EN QUE MURIÓ EL ALFÉREZ 
IGNACIO LAVALLE 

Este brioso joven que tanto prometía, en quien fundaban 
las mas brillantes esperanzas los militares esperimentados 
que le trataban, al principiar la batalla dijo á su capitán 
Rodríguez (hoy coronel) al brindarle un trago de licor. — No 
mi capitán, hoy es día de beber agua fría, y no aguardiente. 
Este valiente oficial cayó con otros de su clase en la carga 
del primero. Su pérdida causó una sensación jeneral de 
dolor, pues aunque joven y en una graduación inferior era 



[francisco j. muñiz 229 

justamente apreciado por su mérito, y por sus excelentes 
cualidades. 



SIERRA CAMAGUA 

Donde una división argentina mandada por el Jeneral en 
Jefe, sableó otra enemiga compuesta de las tres armas, 
fuerte de 1,600 hombres, el 23 de Abril de 1827. El enemigo 
perdió 53 hombres, algún armamento, caballos, etc. El 
triunfo habría sido completo, á no ser sentidos los repu- 
blicanos, cuando empeñados en desfiladeros difíciles mar- 
chaban en medio de las asperezas de la serranía. 

CAMPO DE ITUZAINGÓ 

Donde el 5°, mandado por el coronel Don Féhz Olazabal, 
y su segundo Diaz (Don Antonio) resistió solo, en el princi- 
pio de la batalla, á la infantería enemiga; arrostrando su 
mortífero fuego y el de sus cañones. En este lugar remar- 
cable recibió Olazabal de mano del Jeneral en Jefe la ban- 
dera del ejército, acompañando esta valiosísima entrega de 
algunas palabras de honor y de confianza hacia aquel ague- 
rrido batallón. El Jeneral terminó su breve discurso con 
la siguiente lacónica y terminante orden: «Coronel Olaza- 
bal, en este punto hágase Vd. matar.» El coronel entusias- 
mado y conmovido y con el sombrero en la mano contestó • 
«muy bien mi Jeneral, he recibido la orden, y mi sangre y 
la de estos valientes se derramará toda por cumplirla.» 

El coronel proclamó en seguida al batallón, engreído mas 
todavía con la prueba de distinción á su valor y de justicia 
á su nombre, que acababa de recibir del Jeneral, lo procla- 
mó, como decía Olazabal, en el lenguaje de soldado para 
soldados; y estos los mas de la guerra de la Independencia 
entre los que había una compañía entera de tatitos del vir- 
tuoso ejército de Belgrano, exaltados á la vista del espec- 
táculo que se desplegaba á su frente, y á la voz simpática 
de aquel jefe tan bondadoso y paternal con ellos, como era 
imponente y fiero por su aire marcial y su valor en los 
combates; levantando en alto y ajitando sus fusiles, y los 
oficiales sus morriones, gritando á una voz, que derrama- 
rían todos su sangre en torno del pabellón nacional, por 



230 OKHAS UK SAKMIKNTO 

la gloria de la República, y por defender cada uno con la 
suya, la vida de su coronel. 

El bravo batallón no desmintió sus promesas. Desple- 
gado, una parte, en guerrillas, dando y recibiendo la muer- 
te, logró contener y dispersar las del enemigo, mientras el 
resto amenazaba, por hábiles maniobras, el flanco derecho. 
El objeto de estos movimientos sucesivos, sin abandonar 
el terreno que fué ordenado guardar, el fin táctico era des- 
concertar al enemigo y ganar tiempo: mostrando práctica- 
mente, sin pretenderlo, la importancia en la guerra del 
arte de evolucionar con tino y sangre tria. Sucedieron, sin 
embargo, momentos de grave conflicto para aquel orgullo- 
so batallón; conflictos que solo pudieron disipar la inteli- 
gencia y presencia de ánimo de sus jefes, y la subordina- 
ción y pericia de aquellos viejos soldados. 

El coronel Olazabal por una rara coincidencia, detenía 
con su afamado número 2 del Perú á media falda del Pi- 
chincha, al ejército español el 24 de Mayo de 1822 y el 20 
de Febrero de 1827, puso á raya, en Ituzaingó, al ejército 
brasilero con su bravo número 5. Felizmente aquí, no apu- 
ró como allí sus municiones; ni tuvo necesidad de ordenar 
á sus soldados, levantaran la tapa de las cartucheras en 
prueba que cesaba el fuego por la absoluta falta de mu- 
niciones. 

SOBRE EL BACARAY 

El ejército republicano se puso en orden de batalla el 9 
de Febrero de 1827 á consecuencia de la falsa alarma que 
produjo el primer cuerpo, á las órdenes del General Lavalle- 
ja. Esa fuerza llevábala vanguardia del ejército; el cami- 
no que debía traer al regreso de la comisión que se le en- 
cargó era opuesto á el que se descubrieron grandes y es- 
tensas polvaredas. Siendo esa dirección en la que estaba 
el ejército enemigo, se hizo alto, y todo se preparó como 
para recibirlo, si se presentaba. 

Entre tanto se mandaron reconocer las columnas, que 
principiaron á aparecer por aquellos lugares tan fragosos. 
El ejercito mostró un inmenso regocijo á la noticia de que 
se aproximaba el enemigo. Los jefes y oficiales se unifor- 
maron á prisa de parada, y los soldados dándose la enho- 



FRANCISCO J. MUÑIZ 231 

rabuena, recorrían cuidadosamente los filos de sus aguza- 
das bayonetas. 

ANTIGUA FORTALEZA ESPAÑOLA DE SaNTA TeRESA 

Hoy territorio brasilero, donde campó el ejército republi- 
cano la noche del 31 de Enero de 1827. El ejército contem- 
pló con gusto mezclado de sorpresa aquellas ruinas, que 
en otro tiempo guarnecieron, cuando erijida en fortín fron- 
terizo, sus antepasados en clase de milicianos de la Pro- 
vincia de Montevido, donde flameó el pabellón español y 
donde tremolará al presente el republicano á no n'.ediar 
una flagrante usurpación y las fatales discordias civiles que 
la han en cierto modo afianzado. 

ARROYO Corrales 

Aquí permaneció algunos días el ejército republicano re- 
parando sus caballos en pastos abundantes y recomponien- 
do sus atalajes y monturas, al mismo tiempo que se revis- 
taban y arreglaban los armamentos y fornituras. 

SIERRA YERBAL 

Es el lugar donde fué herido el General Juan La valle el 
25 de Mayo de 1827, en un encuentro con la fuerza de Cal- 
derón (tránsfuga oriental) estando á 14 leguas del ejército, 
acampado aquel día en las puntas del Yagua ron. 

La caballería del General La valle emprendió un tiroteo 
con aquella tropa esparcida en las quebradas y fragosida- 
das de la sierra. La posición de los soldados de Calderón 
-era ventajosísima, pues disparaban á pié parapetados de 
grandes piedras, y ocultos en las sinuosidades. En ella 
eran inatacables por la caballería, sola arma de que se 
componía la división republicana. 

Sin embargo, donde el terreno lo permitía, pié á tierra y 
carabina á la cara, no solo se contestaba al fuego enemigo, 
sino que se perseguía áeste hasta donde era posible, en- 
tre las asperezas. 

Pero era necesario y prudente abandonar un enemigo á 
veces invencible entre las breñas, cuyas salidas y entradas 



232 OBRAS l>E SARMIENTO 

él solo conocía: un enemigo que sin batirse en forma, elejía 
el terreno para ocultarse de la persecución, y de su escon- 
dite dañar á mansalva. 

Por esto y por estar terminada la operación encomenda- 
da á aquella división, el General resolvió atravesar el Can- 
dióte por el paso de los carros el 26 á la vista del enemigo. 
El rió estaba en su máxima creciente, á consecuencia de 
copiosas lluvias; por lo que fué inevitable la pérdida, en 
una corriente rapidísima, de algunos objetos de montura y 
otros artículos. 

El General hizo la travesía en una especie de balsa tol- 
dada de follaje conducida por esceíentes nadadores. En 
seguida vadeó la división el Yaguaron á nado por el paso 
del Sauce y campó á legua y media mas arriba de este 
punto. 

El General Lavalle no había sido herido en acción de 
guerra, á pesar de sus campañas en el sitio de Montevideo, 
en Chile, en el bajo Perú y en el Ecuador y de su arrojo ca- 
racterístico. La susceptibilidad militar del General, era 
esa susceptibilidad que nace de la fortuna en la guerra, del 
engreimiento que dá la superioridad del mando absoluto, 
cuyos quilates solo se conocen y aprecian ,en los campa- 
mentos, siendo soldado y viviendo entre ellos. Esa sus- 
ceptibilidad debió naturalmente afectarse al contacto de 
la bala del miliciano, que viniera á destruir la inmuni- 
dad prestijiosa de su persona en su larga y brillante carre- 
ra. Y no podía ser de otro modo. El feliz y renombrado 
sableador en aquellas memorables campañas, el que con 96 
granaderos acuchilló en los suburbios de Río Bamba á 4 
escuadrones realistas con 420 hombres hasta el pié de sus 
columnas de infantería, que vomitaban fuego; el que en la 
segunda carga que dieron esos escuadrones, vueltos á re- 
hacerse, los persiguió á sablazos hasta donde lo permitió 
el terreno; ese afortunado soldado, á quien en todas par- 
tes lo respetó el plomo y la lanza de los enemigos, debió 
irritarse al ver su herida abierta, tal vez ni por un solda- 
do, en un combate insignificante y para él á la verdad sin 
gloria. 

La bala atravesó la parte superior de la pierna izquierda, 
tocando lijeramente uno de sus huesos por cuyo promedio 
pasó. Al chocar el proyectil el Jeneral sintió, lo que es- 



FRAMCISCO J. MUÑIZ 233" 

frecuente, un vahído, que le inclinó, sobre el pescuezo del 
caballo. Su ayudante Allendes le hizo notar entonces, que 
corría la sangre sobre la bota, cuando él aun no había 
apercibídose de su herida. 

EL YAGUARON 

A legtca y media del paso del Sauce 

Donde encontró herido al Jeneral Lavalle el 30 de Mayo 
de 1827, el Médico y Cirujano principal del Ejército, á quien 
pidió viniera D. Francisco Muñiz á asistirle desde el Ejér- 
cito á 14 leguas de distancia. Al llegar el 26 á las 7 de la 
noche, la noticia al Cuartel Jeneral que Lavalle había 
sido herido el dia anterior en la Sierra Yerbal, el Jefe 
de Estado Mayor, Jeneral Paz, previno de orden del Je- 
neral en Jefe, al Médico y Cirujano principal del Ejér- 
cito, marchara cerca del Jeneral Lavalle quien le esperaba 
en la Casa Blanca ó de la Viuda en la falda de aquella 
sierra. 

El facultativo y su comitiva partieron á las 8 de la noche 
del mismo 26. Diluviaba: los campos bajos estaban inun- 
dados y el Gandióte y el Yaguaron muy crecidos y corren- 
tosos. Desde el 26 en la noche hasta el 30 á las 3 de la 
tarde en que se dio con la división, el pequeño séquito que 
avistaba ya de uno ya de otro lado piquetes enemigos, an- 
duvo y desanduvo camino por evitar su encuentro, pasó y 
repasó el Candióte y el Yaguaron por distintos pasos, atra- 
vesó las estensas cañadas paralelas á una de las márjenes 
de esos ríos, poniéndose al fin. Candióte de por medio, frente 
á la Casa Blanca. Pero esta estaba ya ocupada por el ene- 
migo, habiéndola abandonado el Jeneral Lavalle el 26. En 
lugar de los uniformes argentinos, se descubrieron bien 
patentes de entre la arboleda del Candióte los grandes 
ponchos y los sombreros inmensamente alados de los con- 
tinentales. 

Retrocedió entonces la comitiva de 6 hombres, perseguida 
de cerca poruña partida de 9, perfectamente montados, que 
salieron repentinamente de entre el monte. 

El encuentro feliz del porta Dorrego, del 16, que se dirijía 
al ejército en solicitud de caballos, dio á saber el punto 



234 OBRAS UB 8AKMIBNTO 

•donde acampaba la división Lavalle. El 30 á las 3 de la 
tarde, llegó el Teniente Coronel Médico y Cirujano principal 
al campo del Jeneral, el cual al descubrirlo á la entrada de 
sus angarillas paramentada de mimbres y de ramas, oscla- 
mó con el acento de la amistad, tiernamente conmovido: 
«Amigo querido, lo hacía á Vd. prisionero; grande es mi re- 
gocijo al verlo sano y bueno». 

PUENTE SOBRE EL RIO CHUY 

Echado un poco mas ahajo del Cerro Largo 

El objeto fué facilitar por su medio la comunicación del 
ejército, situado en la población, con el parque colocado á 
la otra banda del rio, hacer fácil el trasporte de cualquier 
material, mucho mas en el caso aunque remoto ó improba- 
ble, que el enemigo concentrando su ejército en el Cerrito, 
donde tenía algunas fuerzas, intentara atacar al republica- 
no, en sus posiciones. De todos modos, se considera como 
un recurso estratéjico, para casos dados y posibles, la for- 
mación de un puente en aquel lugar, siendo el rio caudaloso 
y de gran corriente, de pasos precisos, y con barrancas 
blandas y fácilmente deleznables. 

Hasta aquí alcanzan las escenas militares. 

Terminaremos estaparte de la vida del Coronel cirujano, 
con las cartas de sus jefes militares aceptando sus servi- 
cios, cuando en cada crisis que atravesaba el pais los 
ofrecía como cirujano, ó bien cuando sentían la necesi- 
dad de reconocer el celo que desplegaba en la dirección 
de los hospitales de sangre, ó de las ambulancias car- 
gadas de heridos hasta recibir lanzadas en el campo de 
batalla. 

«Arroyo Dulce, Setiembre 3 de 1861. 

«Sr. Dr. D. Francisco J. Muñiz 

«Estimado amigo: 

«He tenido el gusto de recibir su muy apreciable de 31 de 
Agosto último, y le agradezco los benévolos conceptos con 
que en ella me favorece. 



FRANCISCO J. MUÑIZ 235 

«Los sentimientos jenerosos que Vd. manifiesta en pre- 
sencia de los sucesos porque estamos pasando, honran áVd. 
sobremanera y puede Vd. estar seguro de que yo los com- 
parto, lisonjeándome de haber dado pruebas de ello en los 
esfuerzos de todo jénero que he hecho en favor de la paz. 
Los triunfos militares y la gloria personal que puede ser su 
consecuencia no me ciegan, porque sobre ellos está la con- 
sideración mas alta del bien público y del porvenir de los 
pueblos que solo se funda en las instituciones benéficas 
que se radican á la sombra de la paz. Sin embargo, debo 
decir á Vd. francamente, que la esperanza de una solución 
pacífica se ha desvanecido en mi de una manera comple- 
ta, convencido, como estoy, de que nuestros enemigos no 
quieren la paz. Veo por consiguiente muy próximo el de- 
senlace definitivo de una cuestión que Buenos Aires no ha 
traído, y voy á ese desenlace con firmeza, con rapidez y 
con fé. 

«Después de haber hecho todo por la paz, confío en la 
fuerza y en el derecho de Buenos Aires; y creo que la 
Providencia, que dispone de sus destinos, no negará á sus 
armas una victoria que será el triunfo de sus institu- 
ciones en la República Arjentina. Crea Vd. que si ese 
triunfo hubiera podido obtenerse sin sangre, habría llenado 
yo la mas cara de mis aspiraciones. Pero los hombres á 
quienes ciega Dios, sin duda para perderlos, lo han dis- 
puesto de otro modo. 

«Mientras tanto y cualquiera que fuese el éxito de esta 
lucha, y si la victoria corona la causa de Buenos Aires, pue- 
de Vd. tener la satisfacción de haber derramado ya su 
sangre por los principios que va á sostener en esta nueva 
lucha, á la cual, si Vd. no concurre, no es porque dejara 
de haber ofrecido con jeneroso patriotismo, su intelijencia 
y su vida al emprenderse esta campaña. 

«Sin mas le saluda su affmo. amigo y S. S. 

«.Bartolomé Mitre.y> 



236 OBRAS DE SAHMIENTO 

«Cuartel General, Paso de los Libres, Octubre 1» de 1865, 
« Sr. Dt\ D. Francisco Javier Muñix. 

« Estimado amigo : 

«No quiero que Vd. se ausente de este punto sin manifes- 
tarle mi estimación y agradecimiento tanto en nombre del 
Ejército, como en el mío por el patriotismo y consagración 
á sus nobles deberes que Vd. ha acreditado una vez mas en 
su larga y honrosa carrera. 

«Fué Vd. uno de los primeros que se me presentó eo 
Buenos Aires, para acompañar al Ejército como cirujano, y 
aun cuando entonces no acepté su jenerosa oferta por no 
ser absolutamente indispensable, ha sido sin embargo uno 
de los primeros que se me ha presentado en la ocasión en 
que podían ser útiles sus servicios profesionales, trasladán- 
dose espontáneamente desde la Capital á este punto. 

« Es una felicidad para todos que Vd, no haya tenido 
aquí el trabajo que creía encontrar si la guarnición de 
Uruguayana hubiese sido rendida á sangre y fuego, pero 
no ha faltado á su celo y á su ciencia en que ejercitarse 
en los hospitales de la Concordia, como en los establecidos 
en este punto, ausiliando modesta y eficazmente al Ciru- 
jano Mayor, y al cuerpo médico del Ejército. 

«Cumplo, pues, con el mas grato deber manifestando á 
Vd. en nombre del Ejército su mas profundo agradecimien- 
to por tan digna conducta y tan recomendables servicios^ 
y quiera Vd. aceptar al mismo tiempo la espresion de mi 
gratitud y estimación, honrándome en repetirme á Vd. su. 
afectísimo amigo y S. S. 

« Bartolomé Mitre . » 

« Cuartel General, Octubre 12 d» 1866. 
«Sr. Dr. Don Francisco J. Muñiz. 

«Estimado Doctor y amigo: 

«Remito á Vd. dos bultos de hilas hechas por mi Señora 
y por mis hijas, para que Vd. las aplique sobre las heridas 
de nuestros valientes soldados. 



FRANCISCO J, MUÑIZ 237 

«Aprovecho esta oportunidad para dar á Vd. las gracias 
«n nombre de la humanidad y del país por su consagración 
á nuestros heridos, y por el celo, intelijencia y actividad 
x^ue ha desplegado en su cuidado. 

«Sírvase Vd. trasmitir estos agradecimientos á los dignos 
facultativos que le han ausiliado en tan noble tarea, no 
obstante haberlo hecho ya oficialmente tanto con Vd. como 
con ellos. 

«Cuando el Ejército Argentino haga batir medallas en 
señal de gratitud y en honor de su Cuerpo Médico, que en 
tan corto número ha sido su Providencia en esta campaña, 
el nombre de Vd. figurará entre los facultativos que mejor 
han servido; y para mayor gloria, como no son muchos 
-esos nombres, todos ellos podrán ser grabados en letras 
bien claras en el círculo de esa medalla pequeña! 

«Muy suyo siempre, . 

«. Bartolomé Mitre.)) 

« Cuartel General, Tuyuty, Setiembre 6 de 1866. 
«Sr. Dr. D. Francisco Javier Muñiz. 

« Estimado doctor : 

« He tenido la satisfacción de recibir su apreciable carta 
del 31 del próximo pasado. 

«El ofrecimiento que Vd. hace en ella es digno de su pa- 
triotismo acreditado repetidas veces en otras ocasiones, y 
se lo agradezco sinceramente en nombre del Ejército. 

« Por ahora conceptúo sus servicios sumamente impor- 
tantes en el puesto que desempeña, y espero que continúe 
prestándolos con el mismo celo con que lo ha hecho hasta 
el presente: sin embargo, quizá pueda ser aquí también 
bastante útil y en tal caso se lo avisaré oportunamente, y 
debe Vd. creer que nada me será mas agradable que tener- 
lo á mi lado en un día de gloria para la patria en que Vd. 
pueda prestar sus meritorios servicios á nuestros compa- 
ñeros de armas. 

« Me es grato con este motivo repetirme su afectísimo 
-amigo. 

«Bartolomé Mitre.)) 



CAPITULO VIH 

VOCABLOS Y AMERICANISMOS 

La actividad intelectual de este hombre no podía conte- 
nerse en los límites ya estensos en que se ejercitaba, como 
médico, como paleontólogo, como militar por incidente. 
Su larga residencia en las campañas, su contacto con la 
vida del campo, la cria del ganado y los gauchos errantes, 
que son como un complemento de aquella existencia 
intermediaria entre la civilización y la vida del todo salvaje, 
le hace notar las palabras que se ha inventado el paisano, 
el criador de ganado, el jinete de la Pampa para represen- 
tar nuevos objetos, nuevas necesidades y actos, que no trae 
el diccionario de la lengua castellana. 

Estas palabras las repetimos todos, rodeo, manguera, toldo, 
madrina, sin parar mientes en que enriquecen ó alteran la 
lengua de los conquistadores, y afectan nuestro modo de 
pensar. No encontraba el hablista cubano Mantilla gali- 
cismos como se pretendía en el Facundo que debía reim- 
primir, pero sí modismos antiguos ó anticuados de la 
lengua y americanismos que no podían suprimirse, como 
bagual, gaucho, vaqueano, sin alterar el sentido. Los modis- 
mos resultaron venir en línea recta desde los tiempos de 
la conquista hasta los presentes, en poblaciones aisladas, 
dejadas en puntos apartados, y cuyo reposo no alteraron 
en dos siglos los hechos esteriores. Los ingleses han 
tenido que admitir las palabras yankees en su diccionario, 
como Salva incorporó en el de la lengua castellana muchas 
palabras americanas. 

Muñiz había ido reuniendo las palabras nuevas creadas 
en la Pampa ó en la cria del ganado, y formó de ellas un 
apéndice al diccionario, como el padre Sarmiento, añadió 
uno de voces árabes castellanizadas que es el único tratado 



FRANCISCO J. MUÑIZ 239 

etimolójico de la lengua que nos haya llegado, y en 1848 
ya tiene Muñiz en orden alfabético las Voces usadas con 
jeneralidad en las Repúblicas del Plata, la Argentina, y la Oriental 
del Uruguay, y principia así: 

Abajera. — Tela burda de lana, ó solamente cueros de 
carnero sobados, y sin lana que se ponen debajo de las 
caronas como sudadero. 

Apartes. — Salir varios peones de una estancia con el 
dueño de ella ó capataz, con tropilla á pedir rodeo en las 
estancias en donde saben que hay hacienda propia.... 

Bagual. — Caballo silvestre ó cimarrón que solía andar en 
tropillas en las Pampas de Buenos Aires, ó en los campos 
de Montevideo, en mayor número antes de la emancipa- 
ción de estos parajes que al presente (hoy completamente 
estinguidos) Cuando en 1580 Don Juan de Garay, con 
ochenta paraguayos hubo repoblado la ciudad de Buenos 
Aires, encontraron ya caballos con aquel nombre de bagua- 
les ó de bagualadas entre los indios querandíes, hoy pampas, 
para designar el yeguarizo silvestre, que orijinaba de cinco 
yeguas y siete caballos abandonados en 1535 en la precipi- 
tada fuga del resto de la población, y que conducidos por el 
malogrado Don Pedro de Mendoza, se estendian ya en con- 
siderable número por las campañas que forman actual- 
mente la Provincia de Buenos Aires. 

Domingo Martínez Irala compró el año de 1551 en el Para- 
guay á Alonso Parejo un morcillo, pié de cabalgar calzado 
y algo blanco en la frente por cuatro mil pesos de oro, de 
450 maravedís cada uno, pagaderos de los propios bienes 
que produjese la conquista. Salió fiador el capitán Nulp de 
Chaves según consta de escrituras que existen en la Asun- 
ción del Paraguay. El año de 1557 en que murió Irala 
contaba ya 24 cabezas caballares. 

Bolearse. — Enderezarse el potro sobre las patas, tirándose 
en seguida para atrás. Esta corveta violenta la mas peli- 
grosa, la mas temida, por los domadores de caballos en la 
República del Plata, donde solo el amansamiento y adiestro 
délos potros se hace precisamente jineteándolos. Es muy 
común, sin embargo ver á aquellos salir de pié en una 
boleada con el cabestro y rienda en la mano. 

Lazo. — Cuerda trensada de cuatro tientos de cuero vacuno 
del grosor del pulgar, muy fuerte con una argolla de hierro 



240 OBRAS DE SARMIENTO 

eti la punta para hacerlo corredizo; tiene de largo de veinte 
á treinta varas, haciendo una lazada de bastante diámetro 
y recojiéndola en otra mano de la de la argolla del resto 
del lazo se arroja para pillar el caballo que se quiera y se 
sujeta á la cincha del caballo montado, estando por una 
presilla ojalada prendida á un botón fuerte. Por eso se 
llama el lado derecho del caballo el lado de enlazar. El 
lazo chileno se forma de una sola lonja de cuero vacuno 
torcido. (En la arriería se llama reata.) 

Con él pillan el caballo ó toro que se quiera, se casa un 
tigre, perro cimarrón ú otro animal, se hace una lazada de 
mayor diámetro y otras menores en la que entra la mayor 
parte del lazo y de esta disposición reheleando ó jirando el 
lazo sobre su cabeza, se arroja al animal á distancia de ocho 
ó diez varas. 

Madrina. — La yegua que con un cencerro al cuello se 
pone entre un número de caballos, de ocho á diez, y toma 
hasta cincuenta. A esta reunión de animales se le da el 
nombre de tropilla, y cuando los caballos conocen y siguen 
bien á la yegua se le da el nombre de tropilla entablada ó 
amadrinada. Este es un grande auxilio en países despo- 
blados, cuando hay que emprender largos viajes, pues 
echando la tropilla por delante, se anda con brevedad, y se 
descansa seguro de que los caballos no se moverán una 
vez maneada la yegua. También los ladrones ó abíjeos se 
aprovechan de esta circunstancia, pues arreando la yegua 
son dueños de la tropilla. Se asegura que los caballos se 
amadrinan mejor si la yegua tiene cria. 

Payar- Improvisar entre dos cualquier asunto, cantán- 
dolo en verso al son de la guitarra. La dificultad principal 
para ambos vates consiste en la prontitud inmediata de la 
realización, en el deber casi forzoso de contestar con ma- 
teria siempre alusiva á la espuesta por el contrario, en la 
necesidad de servirse al consonante del último verso ó 
aquel del antagonista, que es para ambas partes por lo 
regular un cuarteto. La abundancia y facilidad inagota- 
ble que se emplea en la composición y conversión metó- 
dica de esta especie de trova, ó arte sui generis; lo picante 
del asunto y el modo gracioso, claro y espresivo con que 
se cante, son y deben ser entre los gauchos únicos posee- 
dores de esta ciencia, cualidades de la mas estimable 



FRANCISCO J. MUÑIZ 241 

escelencia y que atraen infaliblemente sobre el que las 
posee el mas esclarecido prestigio y la mas alta nom- 
bradla. 

Por consiguiente estos cantores afortunados tienen el pri- 
mer lugar en los bailes y reuniones de los gauchos, acata- 
dos en las tabernas con francas y abundantes pociones es- 
pirituosas, recogiendo de paso entusiásticos y acalurados 
aplausos báquicos; y cosa sobre todas envidiable, entre ellos 
se concillan estos hijos desheredados de la Musa, cierto 
amartelamiento y predilección respetuosa del otro sexo, 
que le es conjénere en educación, inclinación y recibi- 
mientos. 

Pelota. — Jénero particular de transporte para las aguas 
usado en el Paraguay y las Repúblicas del Plata, construido 
de un cuero seco de toro ó novillo y con el cual se pasan ríos, 
de una milla ó mas anchos. 

Para hacerla Pelota se recorta el cuero en circunferen- 
cia de modo que resulte un espacio central plano y semi- 
cóncavo. 

Entra el pasajero nuevo y desconfiado á desafilar el temi- 
ble elemento en tan frágil embarcación; acomoda su mon- 
tura, ropa ó balija; se sienta luego, y procura equilibrarse 
cuanto puede con la carga. El nadador se echa al agua y 
prueba en la orilla el fiel contrapeso de la singular y frá- 
gil barquilla confiada á su inteligencia. Nada, y la arras- 
tra sobre la plateada superficie, mediante una soguilla 
que del borde de la pelota va á apretarse entre sus dientes 
A veces este mudo conductor revela al nadador intrépido el 
miedo que sobrecoge al de la Pelota, cuando el tremor de 
sus miembros conmoviéndola, se trasmite por él hasta sus 
dientes. Si el pasajero es un poco animoso toma su ca- 
ballo (porque en las Repúblicas del Plata casi todos los 
viandantes son ecuestres) el cabresto maneador ó soga 
que lleva al cuello y así lo conduce. A veces esta opera- 
ción es espuesta, porque arrimándose demasiado el ca- 
ballo á la Pelota, cosa que no siempre se puede evitar, 
mucho mas si el río es ancho é impetuosa la corriente, es 
posible que la agitación ondulatoria que produce la na- 
tación ó una manotada hagan zozobrar. Se mejora la es- 
tructora de esta remedando con ella un bote sin quilla. 

Tomo xlim.— 16 



242 OBKAS DB SARMIENTO 

Las curbas son de una madera llamada tala, flexible 
cuando verde y la borda se figura arqueando una vara de 
lo mismo asegurada á la orilla del cuero, con tirilla de 
este material. La Pelota construida de este modo admite 
remos ó simplemente ramas de árbol que azotándolas so- 
bre el agua comunican el impulso necesario á la progre- 
sión. Hemos pasado en los campos de Montevideo du- 
rante la guerra de los argentinos con los brasileros en 1826, 
27 y 28 el Río Negro, el Yi, el Tacuarembó y otros ríos 
caudalosos en invierno, en esta especie de botes que 
contenían á la vez 4 hombres, sus armas, monturas y ba- 
lijas. 

A falta de un cuero entero, se forma la Pelota, por su- 
puesto mucho mas reducida, de la carona de vaca que lleva 
el jinete bajo el recado y que es común en la Provincia de 
Buenos Aires y en la campaña de Montevideo. 

Rodeo. — Reunir el ganado de la Estancia en el rodeo, á 
petición de algún hacendado, para separar aquel que de su 
marca que se ha mezclado con el otro. 

Rodeo, pedir. — Derecho del hacendado colindante. Parar 
rodeo, el acto de presentar reunido el ganado. Figurado 
dicho y ofrecimiento de un gaucho, como entre jente culta 
presentar su tarjeta. «Dondequiera le he de parar rodeo,» 
es decir cuando Vd., me busque (camorra) me ha de en- 
contrar. 

Tapera. — Lugar antiguamente poblado de una casa, choza 
ó solamente de un zanjeado, que resguardó algunos días 
al nómade poblador, lo cual al presente abandonada y cu- 
bierta de altas malezas no presenta sino oscuros rastros ó 
equívocos vestijios, de lo que el hombre planteó con afán 
é inmenso trabajo. 

Yaguané. — Bella variedad de color en el vacuno, que con- 
siste en una faja blanca que principiando en la reunión de 
la espalda y cuello se continúa por el espinazo, se ensancha 
en las ancas, y cubriendo el vientre termina en la papada. 
Varios anillos del mismo color ocupan lo alto de las cuatro 
piernas. El resto del pelo es siempre negro, y rara vez 
rojizo ó castaño. 

Recado. — Montura cubierta enteramente de zuela, con 
faldas de lo mismo, labradas con mas ó menos primor. El 
asiento lo forman los bastos de junco bien apretado, termi» 



FKANCIOCO J. MUÑIZ 243 

nadas en dos cabezadas semi circulares las que suelen 
llevar superpuestas chapas de plata, formado interiormente 
de madera fuerte. Una tira de zuela fuerte de cuatro dedos 
de ancho y media vara de largo, cruzada y cosida á la parte 
anterior del asiento y ojalada en sus estremos, soporta las 
estriveras. 

Lomillo, es lo mismo que recado. 

Sirvan de spécimen las palabras y definiciones anteriores; 
y aunque muchas otras parecen prolijas, vulgares y super- 
finas, no ha de olvidarse que con el cambio de las costum- 
bres y los progresos de la cultura, van desapareciendo los 
objetos á que dieron nombre y cayendo en desuso las pala- 
bras, de manera que nuestros hijos en veinte años, y los 
estranjeros desde ahora no podrán saber de qué forma y 
sustancia eran las bolas, qué es chuspa, y cómo se llevaba 
el chiripá en tiempo de entonces. 

En una ojilla suelta se conserva el catálogo de las pala- 
bras definidas, con números algunas, como si fueran las 
del orden alfabético que habrían de llevar. Voy á consig- 
narla aquí para memoria y porque no se pierda el trabajo 
del colector: — Abajera. — Amadrinarse. — Aparte. — Bagual. — Batea 
— Bocado. — Bolas — Boleada. — Cascarrias. — Chapín. — Charque — 
Chiripá. — Rodeo. — Tapera. — Gaucho. —Gauchipolitico. — Horquilla. 
— Madrina. — Manga. — Mangrullo. — Orejano. — Ovejero. — Pajarero. 
— Palanque. — Palo á pique. — Pajarero . — Payar. — Pelota. — Rancho. 
— Recado. — Redomón. — Rodeo. — Tambo. — Tapera. — Tirador. — Tien- 
tos. — Trajinar. — Vichador. — Zaloma. — Viscachera. — Yaguané. — 
Botas de potro. 

Me complazco en hacer estos resúmenes, porque ellos mues- 
tran observación, estudio y deseo de ser útil, dándose cuen- 
ta razonada de hechos al parecer insignificantes. Nadie 
que sepamos ha dejado apuntes sobre las costumbres del 
gaucho; y si obedeciendo al mismo sentimiento no los hu- 
biéramos hecho del Rastreador de Cuyo y la Rioja, el mun- 
do habría ignorado que la observación del hombre pueda 
llegar á distinguir la impresión que deja la uña de un caba- 
llo en la tierra, de entre cien impresiones de otros iguales, 
dos y quince días después. 

El hecho en toda su lucidez, fué verificado en 1862 por 
el cónsul chileno en San Juan; pero es posible que des- 
aparezca aquella adquisición, desde que las personas se 



244 OBRAS UB SARMIENTO 

trasportan en dilijencia, y personas y mercaderías en ferro- 
carriles. 

iQué interés llevaría á seguir el rastro de los animales 
desde la infancia hasta la edad viril, á punto de poder 
decir al caer á un camino real: «aquí va una mulita mo- 
ra; móntala el capataz; es la tropa de N... que vuelve de 
Buenos Aires; hace ya ocho días que pasó.» Y esto sin lla- 
mar la atención de nadie, porque saben que va leyendo 
de corrido lo que ha dejado escrito y cuando pasó la 
tropa de muías de un arriero de que fué peón el preopi- 
nante. 

En la descripción de la caza del avestruz, que el doctor 
Muñiz llama camperia, siguiendo la mas lata idea que los 
paisanos dan á una simple caza, pues tiene por teatro una 
estension ilimitada de leguas, ha reunido todas las frases 
creadas por el uso, para pintar las diversas situaciones que 
ocupan los actores, los sentimientos que despiertan, todas 
con un colorido local y olor al terruño, traído por las bri- 
sas de la Pampa, siendo por este lado de un grande interés 
la monografía del ñandú. Los paisanos dicen «azotarse 
al agua» porque así parece que cayera el cuerpo echado 
de la barranca al agua de un río, Bolearse el caballo, es 
echarse atrás después de parado en las patas traseras: salir 
sólito, cuando el caballo rueda, es salvar de la caída corrien- 
do hacia adelante; y la jactancia del buen éxito puede ir 
hasta asegurar que al lanzarse todavía adelante, quedando 
por un segundo tendido á lo largo el caballo, le ha pisado 
la oreja. 

Hemos visto en una rodada salir el jinete adelante y se- 
guir el caballo dándose tres tumbos consecutivos de la 
cabeza al anca, de manera de alcanzarlo con esta á riesgo 
de aplastarlo. 

Estas voces de campaña forman un tecnicismo como el 
de la plaza de toros, ó la venadería; pero hay ademas mues- 
tras en el libro de Muñiz de un ensayo de reproducir las 
frases y las síncopas de sílabas, que usa el rústico; lo que 
la lengua castellana se resiste por una especie de cultera- 
nismo sostenido principalmente por Cervantes, haciendo 
hablar á Sancho Panza, y á los Cabreros lenguaje tan co- 
rrecto y castizo como á Don Quijote que se precia de enten- 
dido en libros y achaques de andantes caballerías. 



FKANCCSCO J. MUÑIZ 245 

Este estiramiento académico ha dañado enormemente á 
la literatura castellana, quitándole el recurso de fotografiar 
en la palabra misma, en el hablar del interlocutor su proce- 
dencia, su rango social y hasta la campaña que habita. Wal- 
ter Scott ha familiarizado al mundo con el dialecto escocés, 
y Dickens con la lengua del pueblo inglés que á veces 
llega á ser el slang ó caló de la jente ordinaria. Quizo sacar 
un gran partido de esta lengua ó media lengua del paisano, 
Bret Harte el famoso novelista californiano que hace uso 
con frecuencia de las estrañas^-íormas, de las síncopes, y 
barbarismos y de la pintorezca retórica del Far West, ó de 
los squatters, ó rayanos fronterizos, que acudieron desde los 
primeros tiempos á la fama de las pepitas de oro de los 
placeres. «War's the boys?» dijo el viejo y le contestan: 
Gone up the cañón on a little pasear. «They er comin brack 
« for me in a minit, ¿in waitin round for em. What are 

ccyou starin at oíd Man ? En otra parte y entre otras 

«jentes, «Mop, indeed,» dijo Sal, It's well that many folks 
« is of many mind's and selfpoin is open disgrace, but 
« when a man like Lawyer Maxwell sex to me only yes- 
«terday, sitin, at Thi's very table, lockin's kinder up on 
« you, Suc, as you was passin's soup, un conicion like, and 
« ene o them braid droppin, dounand fest missin's the 
« píate when Lawyer Maxwell sez to me, Sal, thar's many 
«afine lady in Frisco ez would give her pile to heve Su- 
« san Maskle's hair.» 

Frisco es San Francisco, dar su pila, quiere decir dar 
toda la plata que el jugador tiene en pilas para apuntar 
al monte. 

Un poeta Rubí andaluz citado por mi en la Memoria de 
ortografía ensayó con cierto éxito mostrar como hablaban 
los manólos y jitanos; y nuestro Ascasubi, y Anastasio el 
Pollo, de querida é inolvidable memoria ambos, ensayaron 
con sus versos de poesías gauchas este lenguaje de pa fuera, 
con mayor ó menor éxito, según que era mas ó menos arti- 
ficial, pues nuestros gauchos no han estropeado tanto la 
lengua como lo hicieron ellos por dar en sus escritos una 
mejor idea del slang argentino, porque caló sería mal dicho. 
Era en el diálogo con paisanos y jente baja que convendría 
salirse de los limites trazados por Cervantes al habla vul- 
gar, que no es pintoresca cuando no lleva el acento que le 



246 OBRAS DE SA-RMIENTO 

imprime la misma limitación de ideas y de roce del hombre 
de los campos. Muñiz nos ha dado una descripción de la 
Pampa y sus escelencias hechas por un gaucho, con las 
imájenes que él saca de la vida misma de privaciones y 
de vagar al correr de los caballos que lleva en la Pampa; 
y aunque está ya dada en la camperia del Ñandú, repro- 
ducimosla aquí, para que sirva de cuadro y de escenario 
al protagonista de la Pampa, el Gaucho que luego vamos 
á presentar: 

«En aquellos momentos de concentración mística ó ma- 
liciosa tal vez (porque de todo tienen ellos) esclaman con 
ademan formal, afectando un rostro contemplativo y jesti- 
culador, mucho mas si hablan con personas de otra esfera 
social: ((Mire eñor el campo es lindo, el campo da ham- 
bre, da sueño y da se. Está cubierto de flores que incauta, 
y que son una maraviya; tiene agua en los médanos y 
lagunas, que cuanto mas se bebe de eyas da mas se: en 
el campo se puede decir, que no incomodan el frió ni el 
calor ni los insestos. ¡A pastisales Virjen Santísima! en 
cuatro ias se ponen potentes los mancarrones, gordazos é 
é capaúra. Va uno trompesando en cerriyos lindos pa 
mangruyár (observar de oculto) á los indios toita la via 
enemigos de los cristianos; si paese que el eñor echó su 
bendision sobre aqueyos campos, pa ricriasion de sus cria- 
turas. Agora bastimentos pa que es platicar, hai que es 
barbaría: hai (y se señalan sucesivamente los dedos de la 
manos) mulitas, peluos, gamas, quirquinchos, venaos, lio- 
nes, perdices — guevos y pichones de toos los pájaros en las 
lagunas, en los guaicos y entre las pajas, en fin en too bi- 
cho. Bagualaa hai que da mieo: avestruzaa he pucha! (y 
levantan las dos manos semiarqueando los brazos en se- 
ñal de admiración) avestruzaa hasta esir basta, se divisa 
como buras. En los campos toos los achaques se curan, 
hasta la tis (enfermedad es la tisis á la cual, sin saber lo 
que es, tienen terror pánico los gauchos). En eyos naides 
ha visto májicas ni cosas malas: solo en la sierra isen los 
antiguos, que había salamancas y músicas toitaslas noches, 
pero ni eso hai agora siquiera. E día el campo es de uno 
y e noche no hay cosa mas linda, que dormirse sobre las 
caronas al ruido e las pajas. En fin no se le haga faula (y 
este es el superlativo en las exajeraciones de un gaucho) no 



FRANCISCO J. MUÑIZ 247 

se le haga faula: en los desiertos olvida el hombre hasta la 
ingratitud y mala correspondensia e las mujeres)». 

« Pero eñor: no hay que fiarse en toos esos halagos, por- 
que el campo es también engañoso como la Sirena. El 
atrai al hombre, lo encanta y lo aquerencia, pero al fin él 
se lo come. El mas gaucho viene por último á dejar sus 
guasos blanquiando entre las pajas ó á oriyas de una la- 
guna.» 

Vése que el castellano ha sufrido menos que el inglés, y 
perdido menos letras al galope del caballo que entre los 
bosques norteamericanos. 

Viene aquí la bella descripción que Muñiz hace del pai- 
sano á caballo: 

EL GAUCHO 

Hombres errantes, sueltos y sin domicilio, cuyo ejercicio 
es andar de pago en pago, en las hierras, carreras y en las 
casas ó tabernas de juego, montando siempre en los mejo- 
res caballos que no teniéndolos propios, los toman á lazo ó 
con las bolas en las manadas que pastan por los campos. 

El primero y mas esencial artículo del catecismo gaucho, 
es el tle traer siempre una mujer á las ancas. Esta jamás 
es propia, sino como ellos dicen, robada, circunstancia muy 
importante y que es mirada por ellos como muy honrosa y 
necesaria; tal como lo era, por ejemplo, en el siglo del fa- 
moso caballero, Don Quijote. 

Aunque alguna vez sucede el difícil hurto mujeril de al- 
guna estancia solitaria, ó por sorpresa, yendo la moza á la- 
var en el arroyo, ó con el hermano ó su familia á algún 
baile lejano, lo mas general es que la rolliza robada se va 
por gusto ó por antojo con el amante sin amor, ó fugada de 
la casa paterna, ó bien huida del enojoso lazo marital. 

Cuando un gaucho valiente se halla sin mujer, y le agra- 
da laque posee otro gaucho, se hace un punto de honor en 
arrebatársela por fuerza de armas. La pelea es, por de 
contado, á muerte y victorioso, si no es muerto el agresor, 
se lleva en buena conciencia la prenda disputada que, por 
lo común, es una adquisición detestable. Los gauchos todos 
son ó deben ser, ó ellos se empeñan en hacerse pasar por 



248 OBRAS UB 8A.KMIl£lSTO 

enamorados, como lo eran y debían ser los caballeros an- 
dantes de la edad media. 

Al que de ellos no le dá para traer su charque ( espresion 
técnica de su catecismo) á las ancas y que no es del todo un 
pelafustán, tiene á gala dejar en los ranchos donde hay 
mozas, acá y allá, prendas de su vestido, ó lo que ellos 
llaman muda de hato. Esta muda se compone de una mala 
camisa, y de un raido calzoncillo, que alguna vez es crivado 
con gusto en el estremo de las piernas, si el dueño es, como 
dicen, mozo de prendas. 

Cuando el dueño de ellas se aparece en el rancho favori- 
to, lo que sucede, por lo común, de noche, pues no hay casi 
uno áque no persiga, por sus fechorías, la justicia, lo prime- 
ro que practica la querida es presentarle su ropa limpia y 
tal vez por esquisito favor, un pañuelo de taparse ella para 
que lo ponga de chiripá; con estos arreos el recien venido 
se muda en el acto; si la noche no está muy fria afuera del 
rancho, al reparo, por lo jeneral, del mojinete. Entra des- 
pués orgulloso y resquebrajando el cuerpo, en la cocina, y 
si hay guitarra que, aunque sucia, no suele faltar, se le hace 
el obsequio de una décima, oficio que desempeña con gusto, 
por lo regular, la doncella predilecta. Mientras hierve la 
mazamorra, ó se tuesta el asado para la cena, el gaucho 
con el mate cimarrón (sin azúcar) que no cesa de chupar, 
refiere en su estilo fanfarrón y parabólico sus aventuras 
durante la ausencia. Cuenta hiperbólicamente cuantos 
tajos ha dado en sus pendencias desaforadas; la burla que 
hizo de la justicia; y tomando con irónica mansedumbre 
permiso de las damas presentes, refiere el caso en que, por 
desleal, castigó á una mujer cortándole el pelo; al que por 
buscar camorra ó por desquitarse del tocador que le arreba- 
taba las miradas ó los aplausos de alguna de las asistentas 
de que se había él de paso enamorado; el baile en que trozó 
las cuerdas y el susto que recibieron los concurrentes 
cuando, habiendo apagado las velas, ganó la puerta con el 
facón en la mano é impuso pena de la vida al que atravesa- 
ra los umbrales del fandango. 

Sigue la cena, que es frugal en número de platos y en su 
calidad, pero que en cantidad escede un regular guarismo 
de libras; y concluida tiende él su recado para dormir sobre 
las caronas y jergas, húmedas aun por el sudor del caballo. 



FRANCISCO J. MUÑIZ 249 

La enamorada suele añadir al duro lecho, en las noches de 
invierno, un poncho ó frazada, de suyo señal de distinción 
que se agradece en frases mas bien jesticulativas que es- 
presas, ye apelotonan, para dormir, los de la familia, chico» 
y grandes, padres é hijos en cama común; algún gato 6 
perro, en que abunda la casa, se asocia por honor á la tran- 
quila compañía durmiente. Se apaga, á poco rato, el negro 
y humoso candil; iiuyen, cou la oscuridad, los temores, los 
fútiles respetos y los molestos escrúpulos sobre la propie- 
dad; y en las tinieblas de aquel rancho tan semejante á la 
tienda del tostado beduino, plantada en el desierto; parece 
que revivieran las libertades de la ley patriarcal y que se 
restituyera al mundo la comunidad de bienes, personas y 
propiedades. 

El vijilante huésped deja el lecho al amanecer; echa un 
ojo atento y examinador, ayudado aún del crepúsculo, sobre 
el campo en que pudiera ocultarse alguna soldadesca en 
su busca; toma mate y ensilla su caballo para descubrir 
mas horizonte ó marcharse si anda de prisa. Cuando ha 
de permanecer arranchado por algunos dias, si teme alguna 
sorpresa, no aleja, ni aun de dia su caballo de las casas, y 
de noche no lo aleja de si dejándolo ensillado, ó al menos 
con él freno puesto. En circunstancias tan peligrosas é 
inseguras, él mismo duerme ora solo, ora acompañado de 
la constante y curtida compañera, á campo raso. Antes de 
partir, revista menudamente su apero, por si es preciso re- 
mudar alguna pieza, como una abajera, un tiento, etc. Sobre 
todo llaman su atención el lazo y las bolas, las cuales re- 
para con el mayor cuidado y prolijidad. El facón aunque 
siempre cortante y aguzado, lo afila por precaución, si en la 
casa hay buena piedra. 

Si es gaucho alzado y que no puede llegar sino á casas de 
su confianza, porque haya cometido algún gran desaguiza- 
do, como dar muerte á alguno, en justa ó injusta lucha, 
haber peleado á la justicia, y quizá despachado al otro mun- 
do al Alcalde que le perseguía; si es gaucho de este jaez, 
excita desde luego, mas que en otro caso, la simpatía del 
dueño de casa, é interesa y mueve, sobre todo, la tierna 
sensibilidad de las damiselas, sino semihombrunas, fragan- 
tes á humo y requesón, que han admirado con vivo entu- 
siasmo sus ponderadas hazañas. 



250 OBRAS DE SARMIENTO 

Estas piadosas mujeres le hacen, con un mal encubierto 
rubor, sus presentes á la despedida. Esta noble y jenerosa 
demostración aumenta, como es de presumir, la gratitud 
del héroe, que con estudiada melancolía se ausenta de 
ellas. Le piden afanadas unas, la rugosa chuspa para sur- 
tirla de tabaco. Supuesto que son poco melindrosas como 
Maritornes la doncella del castillo encantado, enamorada 
perdida por D. Quijote, son fumadoras de oficio. Otras les 
proveen de yezca, hecha de algodón ó de retazos de alguna 
enagua hilachosa, cuya memoria la acepta como un favor 
distinguido y como un confortativo de su virtud y flaca 
fidelidad del ntarrajo y aventurero gaucho. Le aprovisionan 
la maleta con alguna yerba mate, papel para cigarros, al- 
gún fiambre asado, etc. y creciendo, con la proximidad de 
la separación, las sensaciones penosas en las dueñas dolo- 
ridas, el apasionado andante abrevia el crítico momento. 
Se despide en ronca, semicontristada y desapacible voz 
afectando un dolor que no siente; promete volver á verlas 
pronto y presentarles los despojos de algún vencido caba- 
llero; y encarga, por último, le alisten la muda de ropa que 
í^eja, y que no den noticias de él si preguntaren el alcalde 
ó los corchetes por su persona. Parte, y las tristes acui- 
tadas y sin pudor doncellas hacen fervientes votos porque 
la justicia no le encuentre, ó porque antes que tal des- 
gracia acontesca acuchille su favorecido, sin piedad y sin 
menoscabo, y haga pasar de este al otro mundo, en 
buena ó mala hora, á todos los alcaldes, esbirros y justicias 
de la tierra. 

Cuando el gaucho tiene que pelear en medio del campo, 
porque tropiece allí con su adversario ó porque salga de 
los ranchos en desafío por la misma ú otra causa, lo que 
sucede comunmente por disputa en el juego ó por querer 
apropiarse, de grado ó por fuerza de una ruin mujer, lo pri- 
mero que hace es manear bien su caballo, de modo que 
quede en completa seguridad y dirijiéndose al punto del 
combate envuelve el poncho en el brazo izquierdo y el 
facón desnudo en la mano derecha, preludia la pelea con 
algunos denuestos de los que ellos usan, cuando irritados. 
Escaramucean algún tiempo y luego unen de frente el pié 
que avanzan sobre el del contrario á lo que llaman pelear 
pié con pié. Principia la riña echándose atrás el sombrero 



FRANCISCO J. MUÑIZ 251 

Ó bonete por golpes de corte que prefieren por lo regular, á 
la estocada. Su destreza en abroquelarse con el poncho ó 
parar las cuchilladas con el arma igual, bajo este último 
respecto á la del mejor espadachin europeo. 

Acontece muchas veces, que llegan á un estremado can- 
sancio y hasta acordarse mutuamente treguas, sin haber 
llegado á herirse, tío obstante, que el poncho esté cribado y 
la arma señalada en mil partes por la del contrario. Si uno 
de los combatientes cae penetrado de una estocada, su con- 
trario suele perdonarle la vida, aunque no es estraño que 
en vez de usar con él esta noble jenerosidad, le ultime de- 
sapiadamente rendido. 

El gaucho en sus peleas ordinarias, cuando un gran 
motivo de rencor ó un ciego rapto de cólera no le pone 
las armas en la mano y le decide á matar, cuando solo 
riñe por ebriedad ó por otras causas á la vez, se vana- 
gloria, ó como se dice entre ellos hace gala de herir en 
la cara á su contendor. Su designio no es seguramente el 
destruir la hermosura facial de aquel — como pretendía 
César cuando recomendaba á sus soldados de herir en la 
cara á los de Pompeyo, sino el imprimir en su rostro 
detestable, la marca de su valentía. 

Si es en efecto satisfactorio y honroso para estos perdo- 
navidas el inferir literalmente estas defigurativas señales, 
el recibirlas es una mengua y el llevarlas un signo de 
menosprecio. Para evitar en lo posible tamaño baldón, y 
agilitarse en los quites y manejo de la arma blanca, corta, 
se ejercitan desde la edad de 8 á 10 años, en lo que llaman 
barajar, algunas veces con la mano limpia pero lo mas 
común y ya desde el principio con el cuchillo. 

Por esta práctica continuada con esmero y asiduidad, 
adquieren una gran facilidad y soltura; mucha ejecución 
y una flexibilidad pasmosa en la cintura, que es el eje de 
toda su acción y movimientos. De aquí resulta el proverbio 
de cuerpo de gato para designar entre ellos un hombre muy 
ágil y suelto de cuerpo. 

En realidad uno de estos cuerpo de gato batiéndose contra 
una espada ó un florete sería un enemigo respetable. El 
poncho que por una parte garantiza el cuerpo del que lo 
lleva, puede contribuir por otra parte para separar la arma 
que es larga, preparando un golpe mortal al que la maneja. 



252 OBRA^ DE SARMIENTO 

Los gauchos que son generalmente de mucha vista, lijereza^ 
y que saben perfectamente el manejo del poncho, suelen 
teniéndolo asido por una punta arrojarlo de súbito y con 
fuerza á la cara de su contendiente, y clavar en aquel 
instante indivisible, el cuchillo dando muerte con él. Esta 
arma es también en igualdad de circunstancias menos 
embarazosa, de mayor celeridad ofensiva; teniendo mayor 
seguridad en la dirección que se le dé sobre la parte de 
herir, y hasta puede usarse en un lugar estrecho, mejor 
que otra arma de mayores dimensiones. 



CAPITULO IX 

ORTOGRAFÍA Y PROSODIA 

De Ortografía como de Paleontología, se ha ocupado el 
doctor Muñiz, y no seré yo el que deje á un lado por su- 
perflua la comunicación dirigida al célebre literato espa- 
ñol Martínez de la Roza, Presidente por entonces de la 
Academia de la Lengua, reprobando la obstinación en con- 
servar el signo X, en los casos que enumera. 

Las cuestiones ortográficas, preocupan hoy al mundo in- 
glés y alemán, porque se ligan á la cultura de las grandes 
masas humanas, para las que es condición esencial de la 
vida moderna saber leer y escribir, y conviene para leer 
fácilmente las palabras escritas ellas digan los sonidos que 
repetirá la voz humana, y que para escribir sin dar que 
reír, el pobre peón ó lavandera que hace su lista de 
ropa, no tengan necesidad de diploma de la Univer- 
sidad. 

La otra circunstancia que debe consultar la escritura es 
la economía de tiempo en escribir. Un octava parte de las 
letras del inglés escrito no se pronuncian, y un vigésimo de 
tiempo se pierde con muchísimo fastidio en volver atrás á 
poner acentos superfluos en el castellano. ¿Qué significa 
sino que es gente ociosa y sin larga vista, la que ha acon- 
sejado ahora poner acento en razón, corazón, acción, can- 
ción, noción, etc.? 

Todas las lenguas tienen esta terminación y á nadie le ha 
ocurrido poner un signo, como en las Estaciones una señal 
roja, avisando que hay peligro, no sea que el lector desca- 
rrile, encontrando peroración, vaya á leer, si es español, 
peroración ó peroración! 

No hace mucho que un sabio prusiano, descendiente de 
.francés, propuso crear para el alemán que lo hay alto y 



254 OBRAS DE SARMIENTO 

bajo, popular de hablar y clásico de escribir, una Academia 
de la Lengua, idea que fué unánimente rechazada, mos- 
trando que tales corporaciones son una remora y un obs- 
táculo: y que su ociosidad misma las induce por hacer sen- 
tir su presencia á estar creando preceptos ridículos y con- 
trarios por lo general, al espíritu de la época y los progresos 
de la lingüística. 

La Academia de la lengua castellana, perteneciente á un 
sistema de gobierno que pasó, defendiendo dogmas, conde- 
nando heregías, sigue haciendo que hace algo; y no sa- 
biendo que hacer, está inventando acentos, ó reteniendo 
letras que se van, se caen de las palabras, como es de la 
índole de todas las lenguas que buscan abreviar sus modos 
y conjugaciones, eliminar cacofonías, y simplificar su gra- 
mática. En tiempo de Cervantes se escribía, como se pro- 
nuncia hoy y escriben y pronuncian las demás naciones, 
della, y otros síncopes como l^cwenir del francés, el nella del 
italiano. 

¿Porqué reforzar la lengua ó decir de ella, que le cuesta 
infinito? 

No entraré muy adentro en esta cuestión ortográfica, 
de que me ocupé desde mi juventud en la Universidad de 
Chile, avanzando un poco mas el sistema de reformas que 
traía la lengua, obteniendo con el caloroso y erudito apoyo 
del literato y miembro de la Academia de la Lengua, An- 
drés Bello, regularizarlas irregularidades de la ¿/griega, la 
g en ge g*i y poco mas. 

Movíanos á ello el deseo de ahorrar trabajo inútil á los 
niños, y tiempo perdido á los adultos. A los que en Amé- 
rica pugnan por tender la cerviz al yugo de la Academia es- 
pañola en la incultas é ignaras adulteraciones de la ortogra- 
fía, les informaré de algo muy práctico que puede preve- 
nirles contra los prestigios de lo lejano, de lo tradicional, 
de lo europeo. 

Don Andrés Bello, que hasta su muerte persistía en la 
utilidad y necesidad de las simplificaciones de la ortografía 
racional, había intentado en Londres para la América con 
muchos otros españoles peninsulares, entre ellos Puig 
Blanc, estas mismas reformas, popularizadas por medio de 
las numerosas publicaciones" de Ackerman. Desques fué 
nombrado miembro de la Academia, con Baral y otros 



FRANCISCO J. MUÑIZ 255 

americanos, pues no había por entonces, muchos Martínez, 
de la Rosa, ni literato alguno de nota en el seno de la Aca- 
demia, que por la autoridad de sus escritos, mereciese el 
título de hablista. Cuando estuve en Madrid en 1846, tuve 
ocasión de hablar, pues se mostraban escandalizados, con 
varios miembros de la Academia de la Lengua, recordando 
hoy los nombres de don J. Joaquín de Mora, de Hartsem- 
buch, de Aribau, de Salva, de algunos de los cuales conservo 
autógrafos y composiciones en mi álbum de viajes, y todos, 
todos, sin encontrarse uno solo, concluían una discusión so- 
bre las razones que habían prevalecido en la Facultad de 
Humanidades de Chile, presidida por el hablista y lenguista 
Bello, con decir: «yo no me he ocupado de estas cuestio- 
nes, etc.» Así son las Academias. Uno diserta, los otros 
hallan excelente y votan, como en las Cámaras hechas por 
Gobernadores y Presidentes. Era la verdad que nadie 
mostraba saber que la ortografía ha seguido en las diver- 
sas naciones europeas rumbos distintos, é influencias his- 
tóricas, tales como la incorporación del griego en el cu- 
rriculode la enseñanza en Alemia, Inglaterra y Francia, su 
ausencia en Italia y España, y por tanto la supresión de 
las letras que representaron sonidos en griego como phthysiSi 
psichülogía, geograph, chimera, etc. Que hay ortografías 
tradicionales, etimológicas, paralíticas, jeroglíficas, mien- 
tras que las hay ó fónicas como el italiano, ó mistas ten- 
diendo á fónicas como la castellana; pero que todo está re- 
gido por los recientes estudios que han llevado á crear una 
ciencia del lenguaje, que descompone las palabras para en- 
contrar las raíces comunes á muchas lenguas, y la razón 
porque se usaron ciertas combinaciones de letras como ph, 
de donde salen filisteos y Palestina. 

La cuestión suscitada por Muñiz está todavía pendiente 
en la lengua castellana, y hoy la Academia, compuesta me 
lo temo de haraganes políticos, como nuestro Consejo 
de Educación Nacional que ya también ha metido su cu- 
chara puerca en el plato, tiende á mantener el uso de 
la X hasta en ausilio, y ahora vemos en Xuarez, Mé- 
xico, etc. 

Yo he intentado en Conflictos y armonías de las razas en Amé- 
ricat y apoyado en ello por mi amigo don Clodomiro Quiro- 
ga que es un hablista argentino, desterrar absolutamente 



256 OBKAS DE SAKMIENTO 

la X de la ortografía española. Hágolo en beneficio de mis 
niños, y de los pobres de solemnidad en materia de etimo- 
lojías, los nuevecientos noventa y nueve mil entre diez 
mil americanos y españoles, que no > nos embro- 
men. 

La traslación al castellano del sonido s y sus afines ha 
costado gran trabajo, pues resístelo la índole de la lengua. 
No puede decirse en castellano scipion, sciencia, spectdculo, y 
ha sido necesario ó una e para liquidarla Escipion ó supri- 
mirla como ciencia, etc. 

Viene enseguida su combinación con e (qu) — ec-sperien- 
cia, ec-samen. Y aquí principian las sutilezas. ¿Debe decirse 
ecsamen ó egsámen? El canónigo Borrego (que carnero y 
no borrego debía ser) tronaba contra los que pervertían la 
belleza de su lengua y pronunciaban, como cualquier tío 
estrangero en lugar de ex-ecs-tranjero, ex-ecs-periencia, ex- 
cs-tremo. 

¿Cuáles son las tendencias de la lengua? 

Basta estudiarla en la traducción del latín. 

Las palabras terminadas en us dejeneran en o, menos 
esfuerzo. Acutus-agudos; la c se hace g, porque es menos 
preciso el movimiento; por la misma causa la í latina pasa 
á ser d, mas suave ó menos precisa en castellano; la p 
se traduce en b, como de lupus, lobo, mas floja la b, mas 
floja la u suprimida la s final, que el italiano suprime en 
todos los casos. Es tal la repugnancia del castellano á los 
sonidos fuertes, consonantes y determinados, que ha cam- 
biado las letras y hecho vocales de consonantes, toda vez 
que el pueblo tiene que manosear ciertas palabras. Asi de 
afecto ha hecho afeuto; de actos autos; de lectus lecho; direc- 
tus, derecho; de baptismo bautismo, dejando anabaptista, de 
relox re/o, de complot compló. 

Así se esplica como es egsáinen y no ec-samen la pronun- 
ciación del ex latino según quieren los educados, como el 
Chacho decía los decentes, para cuyo alojamiento tenia una 
mediana (Academia), al lado de su rancho. Sucede lo mis- 
mo con guevo, gueso, y el diptongo, tenga ó no tenga hache, 
pues la g la produce la posición anterior de la boca, antes 
de hacer la forma déla u, para producir we, que no puede 
sin pararse un momento desligar de los sonidos anterio- 



FRANCISCO J. MUÑIZ 257 

res. Ya nos había ocupado en Chile esta ociosa cuestión, 
y resuéltola con don Andrés Bello, aunque no con la jenera- 
lidad que yo he querido en mi práctica. 

Buenos Aires, 20 de Abril de 1845. 
Galle del Perú n» 7. 

Al Extno. Sr. Don Francisco Martínez de la Rosa^ Director de la Real 
Academia Española, etc. 

Excelentísimo Señor. 

Prevalido de la franqueza jenial y noble índole con que 
la fama, hasta en estos países remotos, caracteriza á V. E., 
me atrevo señor, no á censurar, (porque esto seria un es- 
candaloso é irremisible atentado) sino á observar á esponer 
dudas sobre el contesto del 4° y 5° párrafo del prólogo 
de la 8* edición del Diccionario de la lengua castellana. 

Se trata en el primero de estos párrafos de desechar la 
sílaba es que escriben por ^¿r algunos impresores, poniendo 
en su virtud estraño por extraño, pretesto por pretexto, etc. 
Dicen los Señores Académicos, que no es jeneral esta alte- 
ración, y que se confunden por ella varias voces de dife- 
rente significado como espiar con expiar, y que en vez de 
suavizarse la pronunciación de aquella se afemina así el 
idioma, y se le priva de su noble y varonil robustez. 

Observaré aunque con el mayor respeto á tan alta autori- 
dad, que los innovadores escribirán el segundo verbo con 
es en lugar de x para distinguirlo en la escritura y pro- 
nunciación del primero. Fácil es conocer entonces la 
diversidad de pronunciación al espirar la sílaba es de espiar, 
llevando la lengua horizontal contra los dientes, y cuando 
se contrae ligeramente presentando su convexidad al pala- 
dar, para articular la silaba ees de expiar. De este modo la 
escritura conviene exactamente con la pronunciación y no 
se advierte el guturalismo de la x tan aproximado al de 
las lenguas consonantes del Norte de Europa. 

Hasta ahora nadie ha pensado en la imperfección ó debi- 
litación de tantas voces, que se escriben con la sílaba es, 
fuera de aquellas en que suplen los innovadores con ella 
«1 ex, que menciona la ilustre Academia. En la sustitución 

Tomo iliii.— 17 



258 OBRAS DB SARMIENTO 

del es por el ex se regulariza la pronunciación, y se hace 
mas clara, fija y fácil. No hay quien no pronuncie distinta 
y exactamente aun los niños, espuesto, estender ó espiar, por 
purificarse, pues es cierto, que no todos pronunciarán con 
la debida precisión, expiar, expresar^ extender, siendo fácil 
dar á la ¿c el sonido de la g ó j. 

En el segundo párrafo de los que observo, dice la ilustre 
Academia: que ninguna razón justifica, ni se sigue la mas 
leve utilidad ó ahorro en la repugnante manía de escribir 
con es las sílabas xa, xen, xi como en examen, exento, eximio 
poniendo en su lugar ecsamen, ecsento, ecsimio. Desterrada, 
prosigue la noble Academia, la x de las voces en que repre- 
sentaba el sonido de la j, su pronunciación es fija, conocida 
y uniforme, sin que en ningún caso ofresca duda ni ambi- 
güedad. ¿Qué razón hay, pues, para echarla del alfabeto? 
Aún cuando su sonido fuese idéntico, continúa, al de es 
que no lo es en rigor, pues mas se acerca al de gs ¿qué 
economía ó ventaja trae al amanuense ó al impresor el 
emplear dos letras en lugar de una sola? Esto sobreño 
representar con exactitud, añade, la verdadera pronuncia- 
ción de la X complica la escritura en vez de simplificarla, y 
de tal modo desfigura las palabras españolas, que parecen 
de alguno de los idiomas septentrionales. 

Parece en primer lugar, que si el sonido de la x, se acerca 
mas al de gs que al es se pronunciaría ó aproximadamente: 
egsito, egsaminador, egsótico, egsimir, etc. ¿Pero quién podrá 
sufrir un guturalismo tan estravagante, y tan contrario á 
la suave y elegante dicción del idioma? Lo que á nadie 
disgustaría de oír, lo mas conforme á la seria pureza y 
sencillez del lenguaje sería en vez de aquella la siguiente 
escritura y su adecuada pronunciación, ecsitOf ecsaminador, 
ecsótico, ecsimir sonando la x del modo que espresa la noble 
Academia, en vez de evitar, como se pretende con la x el 
septentrionalismo, se incide perentoriamente en él. El 
sonido de las consonantes gs unidas es fuerte, desapacible 
y gutural, escitándose sobre la úvula ó campanilla cierta 
vibración, al producirle. La pronunciación de la c s es como 
natural y sin esfuerzo, consiste en la epinalacion, apenas 
modificada, del aire pulmonar: su sonido es grato y suave 
por consiguiente. 

La varonil é indestructible robustez del castellano estriba. 



FRAJÍCISCO J. MUÑIZ 259 

no en una ú otra sílaba escrita de tal ó cual modo, sino en 
la sublimidad, en la arrogante valentía y variedad de sus 
conceptos y frases; en la facilidad de alocución que permite 
su abundancia y su inconcebible flecsibilidad, en la tras- 
posición ó cambio de espresion y vehemencia en el racioci- 
cio, á lo que propende la multitud de sus figuras y de 
acepciones metafóricas, etc. 

Por otra parte, las palabras citadas y otras que se escri- 
ben con X derivan del latin, y en este idioma es evidente 
la equivalencia de c s que se da á aquella letra, en la pro- 
nunciación. 

Además, aquel modo de escritura es, si no me engaño, 
deficiente en nuestro idioma, pues á pesar de cuanto se 
diga, siempre será forzado ó convencional el sonido, que en 
aquellas voces se dé á la x. Al contrario parecen natural y 
conforme al genio del idioma, que es escribir como pro- 
nunciamos poner ecspiar por purificarse ó borrar nuestras 
culpas. La misma lengua encuentra y declara cómoda y 
llanamente las letras, que entran en el silabeo; sin echarse 
á buscar otras supletorias y cuya acepción de sonido, en 
cuanto representa lo que se habla, es como queda dicho, 
preternatural ó de puro precepto. 

Se emplean dos letras, verdad es, en lugar de una sola, 
pero no se complica por eso la escritura. Escribiendo 
como se habla, es necesario representar las palabras con 
las letras requisitas á una cabal pronunciación. Si se es- 
cribiese V. g. ecsonerur de este modo, que es como realmente 
se pronuncia, hay dos letras por una, á escribirse con x, por 
ser dos letras necesarias; sin ellas la escritura y la pro- 
nunciación serían imperfectas. 

Ni lo necesito, ni es mi intento apoyarme en varios ejem- 
plos de duplicidad de letras inútiles, porque no se pronun- 
cian: y sin embargo admitidas en la escritura actual : como 
la h en exhumar, exhortar^ exheredar^ exhibición, etc. Los ama- 
nuenses ó impresores (si es, que debe consultarse su co- 
modidad tratándose de una ortografía mas perfecta) au- 
mentarán sí, su quehacer escribiendo en estas y otras voces 
letras superfinas, lo que no sucederá figurando aquellas 
indispensables ó que invierten como es el mismo tiempo 
que una x trazada de este modo, y mucho menos si esta 
letra se figura de este a*, que es lo mas usual. 



260 OBRA.S DE SARMIENTO 

Que la X se conserve enhorabuena, ya que es necesaria: 
porque sea en los casos, que como dice la célebre Academia 
su pronunciación es fija, conocida y uniforme, cuando no 
ofrezca duda ni ambigüedad, ni ofenda la suavidad del 
idioma que muchas naciones quisieran en el suyo, y que 
envidian del español. 

Bien me hago cargo, que luego se tropieza con el uso, la 
antigüedad siempre venerable, la posesión de largos años. 
Pero todo esto ¿qué importa, cuando se trata de pulir ó 
rectificar ciertas voces, descartando letras inútiles ó mu- 
dando en conveniencia de la pronunciación, unas por otras, 
con el objeto de desestranjerizar el idioma haciéndolo mas 
vocal, mas suave y armonioso ? 

Es verdad, que los buenos autores debieran ser los mo- 
delos deescri tura en todas las lenguas. ¿Pero lo son 
siempre? El hombre de jenio, absorbido en si mismo, se 
ocupa mas del fuego de la inspiración, del impulso que 
lleva su espíritu á rejiones ignoradas, para averiguar la 
inmensidad del Universo y la sublime grandeza de la poten- 
cia creatriz, que de las letras y el modo como se escriben 
las ideas profundas, los pensamientos atrevidos con que 
interpreta las soberanas leyes de la naturaleza. Escrito- 
res habrá también que por no ser los primeros en saltar 
la valla, dejen correr ciertas palabras de escrituras imper- 
fectas, aun cuanto pudieran contribuir á su mejora, por la 
suma corrección en sus escritos. 

Por último la Real Academia es la rectora natural del 
idioma castellano, es el conducto por medio del cual la 
Nación Española y las demás que hablan su lengua, espe- 
ran se les trasmitan las reformas ó innovaciones necesa- 
rias, en la escritura y pronunciación. ¿Por qué necesidad 
deberá aguardarse, á que tomen la iniciativa, siempre 
espuesta, uno ó mas escritores destituidos de competente 
autoridad, por valioso que fuese su prestijio, por grande 
intruccion que tuvieran en el idioma? Convendrá que la 
Academia, guardián y esclusivo conservador, asi como el 
primer responsable de la pureza y propiedad de la lengua, 
reunión de sabios eminentes constituidos en aquel carácter, 
por el Gobierno de la Nación, se detenga, por circunspecta 
que sea en sus pasos, en espera de que la costumbre ó el 



FRANCISCO J. MUÑIZ 261 

USO, antes que su autoridad varien ó modifiquen aquello, 
suceptible de alteración? 

Si es probable, que llegue á jeneralizarse, tarde ó tem- 
prano, las innovacionos que apunta la ilustre Academia, y 
aun otras (como sobre la h en las voces en que esta letra 
es innecesaria). ¿No seria conveniente y oportuno, preve- 
nir el movimiento, ponerse al frente de la insurrección 
ortográfica, dirijirla y terminarla, evitando así la incerti- 
dumbre, la anarquía y confusión inherentes y cualquier 
cambio, que no se apoya sobre una base respetable y 
conocida? 

Suspendo, señor mis observaciones, traídas quizá á des- 
propósito, dirijiéndome á un sabio, cuyo vuelo audaz le ha 
proporcionado mensurar, desde los espacios, sobre el gran 
teatro del Universo, el espíritu de las pasadas y de la época 
actual, y cuyos escritos, llenos de la gloria de su genio, 
iluminando á su patria y al orbe, franquearán los límites 
del tiempo, para introducir á su autor en los fastos de la 
inmortalidad, tan pocas veces abiertas. 

Exmo. Señor Director. 

F. /. Muñix. 



CAPÍTULO X 

EL TERREMOTO DE 1845— DISCURSO EN HONOR DE LaVALLE 

« El autor lamentaba no haber conocido la descripción del 
terremoto de 1845, mencionado en los papeles del Dr. Muñiz 
y publicada después en el tomo 2°, página 300 de \b. Revista 
Pairióticade Buenos Aires (1888). Agregamos esta valiosa pie- 
za con el comentario de aquella revista. 

«El Dr. Muñiz fué nombrado por decreto fecha Enero 18 
de 1861 por el Gobierno, en compañía del Dr. Hilario Almei- 
ra, para trasladar á la urna en que hoy descansan, los res- 
restos del General Lavalle y pronunció un discurso cuya 
lectura complementará la hermosa figura del Dr. Muñiz y 
que agregamos á esta publicación, seguros de que Sarmien- 
to lo hubiera hecho. 

(El Editor). 

OPORTUNO RECUERDO DE UN SABIO ARGINTINO 

Con motivo del temblor experimentado en el litoral del Plata, en la noche del 4 
al S de Junio del corriente año, se han producido diversos juicios, mas o menos 
interesantes, procurando manifestar las causas productoras del fenómeno; pero 
en ninguno de los escritos que al respecto han visto la luz pública, al menos de 
los que han llegado á nuestro conocimiento, se ha hecho referencia í fenómeno 
alguno semejante, producido antes, sino en el mismo litoral, en comarca muy 
inmediata de nuestro suelo. 

Nos referimos al que tuvo lugar el día 19 de Octubre de 1845, en la campaña de 
Buenos Aires, de que da noticia el escrito que insertamos á continuación, debido á 
la científica pluma de nuestro benemérito por sus servicios, á la vez que sabio com- 
patriota doctor don Francisco Javier Muñiz. 

La preciosa descripción del fenómeno, é interesante teoría sobre las causss 
que pudieron concurrirá producirlo, no dudamos que llamarán la atención de los 
hombres de ciencia que estudian el suelo de nuestro país. 

Por nuestra parte cumplimos con el grato deber de recordar ese estudio olvi- 
dado en la oportunidad última á que nos hemos referido, y que, aunque lo recor- 
dó, no lo pudo encontrar el compilador d« los escritos cientíñcos de nuestro ve 



FRA.NCÍSCO /. MÜÑIZ 263 

nerable sabio, para incorporarlo, como correspondía, al libro intitulado «Vida y 
escritos del coronel don Francisco J. Muñíz», según el mismo compilador maní- 
flesta en la página 361. 

«Se ba perdido, dice, la descripcicn que bizo el doctor Muñiz de un temblor de 
tierra esperimentado á lo que parece entonces en Buenos Aires, y de que escribió 
á varias sociedades y aun á Darwin, según se lee en su carta». 

Se vé, pues, que ignoraba el compilador que el principal escrito referente al fe- 
nómeno, había visto la luz pública en el número 6716 de la Gaceta Mercantil de 
Buenos Aires, correspondiente al 26 de Febrero de 1846, del cual lo trascribimos. 

Parece indiscutiblemente justifleada esta reproducción en nuestra Revista, tan- 
to por la circunstancia indicada de creerse perdida la descripción, como porque 
no es de buena ley el olvido de los becbos pasados junto con la memoria de quie- 
nes los fijaron perdurablemente en nuestros anales. 

¡damiel Ricardo Trelles. 



DESCRIPCIÓN DEL FENÓMENO Y TEORÍA RELATIVA 

«Señor Editor. — Esperamos se sirva usted admitir en las 
columnas de su apreciable diario la siguiente noticia de 
un extraordinario fenómeno de nuestras Pampas. 

«Como haya llamado la atención y excitado la curiosidad 
y aun el asombro entre los habitantes de los partidos de 
Navarro, Lobos, Chivilcoy y costa del Salado. 

«Como podría servir algún día de apéndice á la Historia 
física del país (*) ó bien interese bajo otros respectos la re- 
ferencia de este fenómeno terrestre, hasta ahora inoido 
entre nosotros: daremos de él la noticia mejor circunstan- 
ciada, que nos fuera posible. 

«A las 4 de la tarde del 19 de Octubre último, estando la 
atmósfera serena, el cielo despejado, elevada la temperatura, 
se hizo repentinamente sentir en una línea observada 
desde la laguna del Socorro, seis leguas al Oeste del Salado, 
y siete á ocho del cantón militar Mulitas hasta el promedio 
de los partidos lindantes de Lobos y Navarro, un ruido 
subterráneo asimilable á la ruptura de una nube que uni- 
forme en estrépito, se propagara en trueno prolongado de 



(1 ) Nuestra Historia meteórica ha recibido un lustre distinguido por el estudio 
y observación, que han hectio los últimos cometas, que aparecieron sobre nuestro 
horizonte, dos ciudadanos ilustrados, amigos celosos del progreso de las ciencias 
naturales; el señor Felipe Senillosa y el venerable patriota y acrisolado magistrado 
doctor don Vicente López. {Nota de la Revista Patriótica). 



264 OUKA.« UK ¡SAKMIKNTO 

Este á Oeste, y perdiera al fin, su decreciente estallido de 
una remota lontonanza. 

«El Norte que reinaba aquel día, movía apenas las pajas 
del desierto. El 18 y 20 el viento fué el mismo en fuerza» 
y el calor en los tres días el del verano. 

«Del 16 que sopló el Sur hasta el 22 que saltó sucesiva- 
mente al Oeste, al Sur y al Norte y al Noroeste, el termó- 
metro no varió apreciablemente. 

«Solo cuando en la noche del 20 sobrevino un huracán del 
Oeste, seguido de una lluvia de 4 horas, la temperatura re- 
frescó en mas de un parado. 

«En el largo trayecto de 15 ó mas leguas que se cuentan 
entre los extremos indicados (el Socorro y Navarro) no se 
notó la presencia de una causa activa exterior. El aire, 
como queda dicho, conservó allí una apacible circulación, 
y algo oscuro como cuando, por estar puro y seco en dema- 
sía, la luz se difunde menos, no ofreció sobre el horizonte 
visual vapor vermicular ú otro vestigio que ofendiera al 
bello azul de los cielos. 

«Como no parece probable que aquel estallido se efectuara 
bajo radios equidistantes de un centro común (condición 
que no se observa ni en aquellos fenómenos provenidos de 
la actividad redoblada de un foco ígneo permanente, ó de 
causas operantes por comunicaciones subterráneas de una 
alta antigüedad) es de presumir estando probada la latitud 
del tronido en diez ó mas leguas, que su proyección longi- 
tudinal fuera mas allá de las quince y que se internara to- 
davía en el desierto. 

«Siendo del Socorro en adelante yerma la campaña si se 
exceptúa Palantelen, punto aislado pocas leguas mas 
afuera; no es posible recoger dato alguno de propagación 
sonora hacia aquella parte. 

«La irradiación transversal ó sea la percepción del trueno 
en ese sentido está comprobada en aquel número de leguas 
tomando la Cañada Rica chacra de los hermanos Julianez 
por extremo Norte, y por Sur el punto denominado Va- 
rrangot, hoy poblado por don Esteban Noriega. Este y 
aquellos señores testigos del fragor que fué allí bien sen- 
sible, y debió naturalmente serlo mas allá. 

«A lo largo cruzó el Salado, según se pudo calcular de su 
mayor fuerza y aparente centralización por aquella parte^ 



FRANCISCO J. MUÑIZ 265 

en la inmediación al paso ancho, no distante de las piedras, 
y cerca de la chacra Romero. Continuando hacia el Este, 
con inconcebible velocidad, se perdió para el oido en el in- 
termedio mas ó menos de aquellas dos jurisdicciones. 

«Varios peones de las provincias, acostumbrados á la fre- 
cuencia de los temblores, recogían el ganado del estable- 
cimiento del capitán don Miguel Casal, sito en las Encade- 
nadas, 4 leguas al Oeste del Salado y 5 á 6 de Mulitas, 
donde también fué perceptible el traquido. Ellos uná- 
nimemente aseguran, lo mismo que otros individuos, que 
la tierra osciló sensiblemente. Los caballos que montaban 
sobrecogidos de susto, ó como avisados de inminente peli- 
gro, hicieron esfuerzos por huir opuestamente al rumbo por 
donde se creyó pasara el ruido. El que cabalgaba el dueño 
de la hacienda, aunque muy manso, entró en viva agita- 
ción, é hizo movimientos violentos y desusados por correr 
á escape. 

«El ganado que conducían al rodeo se dispersó á la ca- 
rrera, y los redomones atados al palenque en la estancia, 
cortaron los cabestros y dispararon al campo. 

«Parece que el trueno precedió muy inmediato, sino fué 
por la misma cerrillada ó cordón de médanos, que en fila 
de Oriente á Poniente, 16 cuadras al Norte de aquellas la- 
gunas, y de cuya cercanía se apartaba entonces el ganado. 
El se sostuvo en igual grado de fuerzas diez minutos: dis- 
minuyendo entonces gradualmente de intensidad terminó 
á los quince, por un zumbido parecido al que produce un 
trompo en movimiento. 

«Los campesinos comparan aquel estruendo sorprendente 
al que ocasiona el disparo de una yeguada numesosa; no- 
vedad de la cual no puede, en cuanto á la particular con- 
cusión que suscita en la tierra, formarse justa idea aquel 
que no la presenciara, y que no hubiera temido ser vícti- 
ma quizá de estos animales, que corren á veces por mi- 
llares y en masa cerrada por las pampas ó sábanas, en 
otras regiones de América. 

«La credulidad que acoje todo género de invenciones, ó 
sea el deseo de hacer mas señalados ó célebres aconte- 
cimientos como el presente, propalaron — que el aire subte- 
rráneo hizo explosión cerca de la laguna del Socorro, res- 
quebrajando la tierra en aquella parte. Las investigaciones 



266 



OBRAS DB SARMIENTO 



del intelijente y activo capitán Casal á cuya bondad debemos 
algunos detalles del caso han desmentido aquel aserto. 

«Sensación, pues, tan nueva como importante, no podía 
menos que conmover á los habitantes, quienes absortos ó 
ignorando la superveniencia, en otra época, de igual acae- 
cimiento, aguardaron en profunda agitación, el desenlace 
de aquel evento singularmente depresivo. 

«Ciertamente que su aparición en los países sujetos á 
temblores habría esparcido la mas cruel y desesperante 
zozobra, pues preceden alguna vez á terribles sacudimien- 
tos. El memorable y mas espantoso terremoto de Caracas, 
en 1811, fué antecedido por un trueno y zumbido seme- 
jantes. 

«¿Pero hubo positivamente, en el caso que referimos, al- 
gún extremecimiento del suelo? 

«Nosotros suspendemos el asenso á la afirmación exhibi- 
da por varias personas contestes en el particular. Que hubo 
algo de extraordinario y afectante en él, distinto en poder y 
en efecto del trueno tempestuoso, no lo dudamos. La cons- 
ternación se apoderó extrañamente de los hombres y de 
los brutos: improvisados aquellos por el sentimiento impul- 
sivo de conservación, se lanzaron de sus casas al cielo 
abierto, y tal como si fueran amenazados por una catás- 
trofe inexperimentada y peculiarmente imprevista, son 
dominados primeros de la irreflexión, y cuando mas en cal- 
ma, sin conciencia de lo ocurrido, se preguntaban todavía: 
¿Qué ruido desconocido fué aquel que terrificó tan fuerte- 
mente el corazón y que sobresaltara tan vivamente á los 
sentidos? Los irracionales intimados igualmente pero guia- 
dos por aquella secreta inteligencia, por aquel principio 
innato y primitivo que regala sus operaciones, procuran: 
si en sujeción romper sus atadura; si en libertad, huir pres- 
tamente hacia donde el racional supone mas remoto el pe- 
ligro. 

«Esto es algo mas de lo que vemos en las mas recias tro- 
nadas; cuando las nubes fulminantes conminan de muerte 
á los débiles y míseros habitantes de la tierra. 

«El hombre teme y palpita; mas no huye al raso: quiere 
ocultar su pavor en el sitio mas recóndito; busca á preser- 
varse por medios mas ó menos fútiles y alucinantes. El 
bruto se encoge y tiembla ó contempla con admiración es- 



FRANCISCO J. MUÑIZ 267 

tupida los imponentes meteoros; que restituyen el equilibrio 
á la naturaleza. Pocos de ellos se alejan del pasaje en 
donde ha roto, con estrepido formidable la nube eléctrica. 
Mundos en trémulos y desconocido silencio se petrifican 
unos y otros ante la ira desencadenada de los agentes que 
vagan en la atmósfera. 

«Ahora, por el contrario se clamorea, se inquiere una 
incierta protección, no en los rincones de las casas sino en 
la intemperie y fuera del benigno techo de los hogares. 

«¿Qué significan, pues, este proceder sin ejemplo, esta 
simultánea, indeliberada y violenta impresión? ¿No enun- 
ciará un choque de nueva especie sobre el espíritu, la pro- 
funda y delicada expresión de un sentimiento desacostum- 
brado? 

«¿No se explica suficientemente y con propiedad la acción 
percuciente de la causa, en la unánime equiparación que 
se hace de su efecto con el estruendo de multitud de ani- 
males que recorriendo en tropel batieron y extremecieron 
la tierra? 

«La analogía que se advierte entre el trueno en cuestión 
y aquellos que preludian alguna vez las convulsiones terrá- 
queas en los países minados y en frecuente agitación por 
los fuegos subterráneos ¿no supone la probabilidad, apesar 
de no ser una misma la agencia, ni en igual escala el resul- 
tado á su esfuerzo, que la tierra vibrara algo en el caso 
presente? Esta consideración importa mas todavía, si se 
reflecciona que un trueno, como el del 19 uniforme en es- 
tampido y terminando en ronco y obtuso estri<ior; si se 
exceptúan pocos casos, presagia sacudimientos débiles. 
Los son igualmente en los mismos países (con relación á 
las montañas ó pisos de rocas) los que suceden en las lla- 
nuras, donde exista una gran masa de terreno terciarios y 
de aluvión tales como los que componen las extremidanes 
de este continente; siendo la austral, ó el cabo que ella 
forma una prolongación natural de las pampas de Buenos 
Aires. 

«Véanse aquí dos circunstancias, que podrían entrar en 
balanza, aquellos que admiten en este accidente alguna 
conmoción de la superficie. 

«La ligereza de los ranchos de la campaña, su lejana si- 
tuación unos de otros, y la textura poco resistente de ios 



268 OBRAS DK SARMIENTO 

copos del terreno, la dificultad de conocer un temblor cuan- 
do se siente por primera vez, sino subleba la tierra; ni tras- 
torna los edificios; dan, en rigor, sobrado motivo de una 
ondulación suave é instantánea como, si acaeció, parece 
seria en el fenómeno de Octubre. Pudo contribuir al 
mismo efecto, la acción combinada de la causa motriz con 
la disposición de la tierra en aquel lugar, cuando concurrie- 
ran, ó ceñir sobre una zona poco ó nada poblada, lo mas 
fuerte de la agitación. Así se concentra, alguna vez, por 
el lomo ó falda de una cordillera y dilata longitudinal- 
mente por allí su mayor fuerza un sacudimiento, enviando 
sus temblorosos y mas impotentes rayos laterales á menos 
distancia. 

cíPero en caso que no se conociera la tierra en la dura- 
ción de aquel terreno. ¿Puede concillarse su tranquidad 
exterior y lo apacible de la atmósfera con cualquier revolu- 
ción del suelo en el mismo sitio? Esto es lo que precisa- 
mente ha mostrado la experiencia á los físicos, mientras 
ondulaba la tierra eveniencia cuando no general, acaecible 
empero. Esta particular y curiosa circunstancia se ha ejem- 
plificado antes de ahora, con lo que se observa entre el 
calor del mar que varía de mil modos, y la perseverancia 
de la atmósfera en el mismo estado, hay sucesivos cambios 
en el calor aparente de aquél, y quietud perfecta en los 
elementos de ésta. 

«Sin embargo, suele notarse que, por vehemente y repe- 
tido que sea el traquido subterráneo, y por extenso su 
curso, no siempre le acompaña oxcilacion de la costra del 
globo. 

«Otras veces, y lo diremos por vía de ilustración, ó no se 
efectúa en explosión al exterior, ó sobreviene un eructo 
(hablamos de terrenos volcánicos) mas ó menos copioso, 
por un cráter distante, tal vez cientos de leguas del punto 
en que se sintió el estrépito. Es también difícil distinguir, 
aunque en nuestro caso parece no solo, si es la tierra ó el 
aire, el vehículo estridulo de trasmisión; y tan grave es 
esta dificultad, que hombres y poblaciones enteras de este 
hemisferio, con la habitud de estos espantosos tronidos, 
los han equivocado con los de artillería enemiga, que dis- 
para remotamente; y se han preparado á la defensa de la 
ciudad, tomando las armas. 



FRANUISCO J. MUNIZ 269 

«Por otra parte es inadmisible que el estrépito del 19 de 
Octubre fuese mera continuación de una crepitación vol- 
cánica; por cierto que sea, que el estruendo de los estupendos 
elaboratorios y el de las horrorísimas fraguas terrestes se 
propague á mas largas distancias por la misma tierra que 
por el aire. La erupción del Catopaxi, en 1774, se sin — 
tió sobre el Magdalena, á 150 leguas de distancia y otras 
hasta 200. 

«Pero aqui la misma naturaleza contraria aquella suposi- 
ción. La inmensa distancia á que estamos de todo volcan 
activo, la extensión prodigiosa de las Pampas desnudas de 
montañas y serranías, si se hace abstracción de remotas 
ramificaciones, son obstáculos invencibles, que arredrarían 
al calculador mas atrevido y paradójico. A la verdad, que 
chocha admitir el curso del sonido por tal via y agrandes 
profundidades, como es indispensablemente que lo fuera, 
para alcanzarnos desde el apartado y frió corazón de los 
Andes. 

«No siento, pues, netamente meteórico'aquel trueno, pues 
prescindiendo de accidentes negativos, no se vio relámpago 
ni sobre el área sonora, ni sobre otro punto del horizonte, 
ni el efecto de conflagración volcánica; buscar se le debe 
un origen mas natural, y que ligue, bajo ciertas probabili- 
dades y aun en concordancia con analogías físicas, los pre- 
cedentes y los accesorios en el principal carácter del fenó- 
meno que consideramos. 

«Ya se observó: que el viento era la sazón débilísimo, al 
menos en las bajas regiones de la atmósfera; que ésta no 
contenía partículas terrosas ó pulverulentas en ascención, 
ni aun vapores visibles; que el trueno fué suave, sin redo- 
blamientos ni interrupciones; que no hubo explosión ni 
lluvia eléctrica. 

«En tal estado de cosas no nos parece absolutamente vago 
elsu[)oner, que las exalaciones acuosas elevadas por un 
sol ardiente de los reservarlos ó grandes lagunas de las 
Pampas, siendo los conductores de la electricidad atmos- 
férica, la relacionaran desigualmente con el constante 
estado eléctrico de la tierra: que en virtud de este simple 
antecedente ó por la acumulación eléctrica, favorecida en 
algún punto ó puntos del espacio repercutido ó retumbante, 
á mas de por causas incógnitas, por la ausencia de truenos 



270 OBRAS DB SARMIENTO 

y por la humectación pluvial de los meses anteriores; suce- 
diera (por incompleta é insuficiente la comunicación entre 
la electricidad atmosférica y la terrestre) la descarga es- 
trepitosa. No en la atmósfera, sino dentro de la tierra mas 
electrizada, y donde una antigua y prolongada sinuosidad 
ó un paso abierto de pronto, sirvieran de conducto ó galería 
al estallido eléctrico, y quizá también á los gases inflama- 
bles puestos en ruidosa combustión. 

«El equilibrio de la electricidad, que es el gran resultado 
de las esplosiones atmosféricas, ¿no se restablecerá acaso 
de este modo, especialmente en ciertas condiciones del 
fluido, y según la estension ó diferencia de la comunicación 
entre ambas electricidades? En este último caso, cuando 
no se verifica, por defecto de particii)acion, la descarga ab- 
soluta (ocurrencia que ocasiona el trueno) ¿es de rigor 
absoluto, es un canon dictado por la naturaleza, que para 
obtener el equilibrio, las nubes se rompan, que detonen, 
que la atmósfera sea el teatro esclusivo en donde se con- 
sumen aparentemente todos los actos, cuan grandes y su- 
blimes son, del fluido eléctrico que envuelve, y penetra 
misteriosamente todos los cuerpos del Universo. 

«Sea cual fuere el valor é importancia, que tengan estas 
conjeturas, nos inclinamos á creer: que la sola dilatación 
de los fluidos elásticos por las hendeduras é intersticios de 
la tierra y su progreso acelerado mas y mas por nuevas 
adiciones de la causa espansiva, (el calórico ó ya sea, en 
otra hipótesis, la afluencia del aire frió y denso que, por 
una ley dinámica ó de gravitación, tiende á precipitarse 
sobre ellos, y cuyo impulso poderoso hace correr un hura- 
cán sobre 50 metros por segundo en nuestra atmósfera) 
esplícitamente señala, con preferencia á todo otro ájente,, 
los que pudieran orijinar en el seno de aquella proyección 
el trueno subterráneo del 19 de Octubre del año próximo 
pasado. 

«Es ciertamente sensible no haber observado el barómetro 
ni la aguja sobre el espacio resonante. Siendo la presión 
de la atmósfera relativa á su densidad ó rarefacción y con- 
forme con ella el efecto sobre la columna barométrica, la 
diferencia de altura entre el momento precedente al fenó- 
meno y aquel en que éste tuvo lugar, habría marcado la 
alteración del aire y creado resultados de grande y positivo 



FRANCISCO J. MUÑIZ 271 

interés. Las variaciones accidentales en que pudo entrar 
la aguja (como sucede en la apariencia de varios meteo- 
ros y en los movimientos concusivos ó ondulatorios de la 
tierra) hasta cierto punto mostrarían la conexión directa á 
indirecta, con el magnetismo del globo, del principio ocul- 
to, cuyo eco rujíente y enigmático hirió de estupefaciente 
pavor á cuantos le percibieron en aquel memorable dia. 



Villa de Lujan, 8 de Febrero de i846. 



Francisco Javier Muñiz, 
Médico de Policía del Departamento. 



DISCURSO DEL DOCTOR MUNIZ 

AL REPATRIAR LOS RESTOS DEL GENERAL LA VALLE 

«¿Qué significado tiene, señores, este concurso inmenso 
y silencioso, que rinde los últimos honores con tan extra- 
ordinaria solemnidad, á las cenizas de un soldado ilustre; 
que derrama lágrimas de dolor sobre la urna, que encierra 
sus preciosos restos? ¿No es, señores, que un pueblo 
libre, religioso y agradecido, celebra la apoteosis de su 
gloria entera, en el día consagrado á depositar en el 
suelo de su patria los despojos de un afamado proscripto? 

«Si, señores: y vuestro duelo profundo y la aclamación 
unánime de dos generaciones, forman el mas grande y 
tierno elogio á la memoria del preclaro General Lavalle, 
cuya vida atravesó gloriosa por entre los intereses encon- 
trados de las pasiones revolucionarias y de partido, luchan- 
do siempre ó por conquistar la Independencia de la patria 
ó por darle y asegurar la libertad. 

« Si me fuera permitido el epílogo de hechos grandiosos 
en este recinto, donde el silencio y la nada aniquilan para 
siempre las quimeras de la vida: Si permitido me fuera 
aquí, ponderar el valor de un defensor impertérrito de la 
independencia de este continente; los sacrificios de un 
mártir que consagró á la libertad sus votos, sus pensa- 
mientos y el destino de su vida; cantar al guerrero mas 
animoso é infatigable en los combates contra la tiranía; 
señalar á la gratitud de la posteridad al hombre mas 
firme en los reveses, al mas modesto en los días prósperos: 



272 OBKAS I>K SAKMUfiJNTO 

sin pronunciar el nombre del héroe, sin mostrar sus ropas 
ensangrentadas, todas las miradas se fijarían en esa urna 
cineraria, cuyo interesante depósito simbolizando todas esas 
virtudes, concita los respetos y la admiración de cuantos la 
contemplan. 

« Ni podía ser de otra manera ; pues cuando el país al 
grito eléctrico de independencia se ensayaba apenas á 
conquistarla, iniciando una lucha tan encarnizada como 
gloriosa; el General Lavalle, imberbe todavía, se alistó de 
ios primeros en las filas del ejército destinado á sostener 
la gran causa de la emancipación americana. Desde ese 
día principió el título imperecedero de honor y de ilustra- 
ción, que lo acompañó, exclarecido con sucesivos timbres, 
hasta su infausta muerte. 

«Soldado sin ambición, de notable constancia, idólatra 
de la gloria militar en cuanto ella permite servir al interés 
de la patria, inauguró ante los muros de Montevideo su 
proverbial nombradla, la cual adquirió espléndidas creces 
en las campañas de Chile y del Perú, en las del Ecuador 
y del Brasil, mostrándose en todas, el coraje, la inteligencia 
y la presencia de espíritu que hacen á un jefe á propósito 
para el mando. 

« Veterano del honor, orló sus sienes con las coronas 
votadas por el ejército y los pueblos libertados, en premio 
á sus hazañas desde los desfiladeros de las Agrupayas hasta 
la memorable retirada de Maqueguá y la célebre batalla de 
Pichincha, cuyas pesadas bóvedas se estremecieron, el 23 
de Mayo de 1822, en presencia de su audacia, y á los golpes 
de su sable terrible. 

«Depositario de treinta años de gloria, pisó triunfante 
las nieves de los Andes, las arenas ardientes de las costas 
del Pacifico, las solitarias asperezas de la Sierra, en el Perú, 
las de Ituzaingó y del Bacacay, en el Brasil, defendiendo en 
todas partes ó la independencia ó la libertad, en proporción 
de los medios en acción para encadenarlos. 

«Con tan gloriosos antecedentes, aquel soldado ilustre, 
tan pródigo de valor como de patriotismo, estuvo pronto á 
ocupar su puesto peligroso y difícil, cuando mas tarde apa- 
gadas las antorchas de la libertad por el mortífero ambiente 
de la tiranía, necesitaron de un soplo vivificador, salido de 
un pecho lleno de savia y fortaleza. 



FRANCISCO J. MUÑIZ 273 

«No pudo el General Lavalle á la altura de uno de los 
primeros guerreros de la Anaórica del Sud y siendo uno de 
sus libertadores, no pudo asistir impasible al sacrificio de 
la libertad, ignominiosamente uncida al carro sangriento 
de la tiranía, ni desoír el clamor de las víctimas que de 
todos los ángulos de la República le pedían, rompiera el 
yugo insoportable de bárbara opresión. 

Recordad, Señores, aquella época ominosa en que el cri- 
men era una especie de epidemia, cuando los altares de la 
patria tenían por ministros, sacrilegos profanadores; cuan- 
do hordas esterminadoras desgarraban con manos convul- 
sas de furor, el seno de la patria de Rivadavia y Belgrano. 
Época en la cual las furias sacudieron sobre ella sus teas 
incendiarias, y á cuya pálida luz se descubrió el espectro, 
que con la hoz del crimen ensangrentada, derribaba milla- 
res de cabezas, al grito frenético de las pasiones mas ren- 
corosas y brutales. 

« En esos momentos de supremo peligro, creyó aquel 
guerrero escuchar al genio de la patria, que le ordenaba 
reunir las chispas de la libertad, dispersas en medio de los 
pueblos oprimidos por la tiranía, y encender con ellas la 
divina pira de 1810, extinguida bajo las ruinas sagradas. 
A su luz vivificante suscitó el General Lavalle, primero en 
el Entre Ríos, después sobre el temible asiento del déspota, 
el gran movimiento reaccionario, que llenando de estupor 
á este y á sus satélites, agitó con vehemencia el yerto ca- 
dáver de la patria. 

« El indomable adalid en tantos combates, sin nada de- 
tenerle, desplegó animoso la bandera de los libres, y rea- 
nimando á los que gemían en la agonía de un suplicio 
indescribible, inflamó á la juventud, mostrándole la tortura 
y la profanación de la patria, y cuales eran sus sagrados 
deberes para con ella. 

«En tan inminente crisis, la guerra que es el peligro de 
todos los derechos, vino á ser el medio único de defender- 
los bajo el estandarte de la libertad. Entonces atacar el 
tirano en sus guaridas, sin otros elementos que el patriotis- 
mo de unos pocos, libres de las cadenas: si fué la atrevida 
obra de un civismo ejemplar, representó también el hecho 

Tone SLUi.— il 



274 OBRA.S DK SARMIBNTO 

mas estupendo de un espíritu superior en fuerzas á las de 
la humanidad, pudiera decirse. 

«En este costoso ensayo contra la tiranía el inteligente 
capitán, después de haber batido en todas direcciones las 
huestes opresoras, se detuvo, merced i la estrella de ia 
libertad, que se eclipsaba, cercado de obstáculos insupera- 
bles á la vista ya del Capitolio. El hado no permitió que el 
éxito correspondiera á los mas grandes y valiosos sacrifi- 
cios, que la obra del patriotismo y del valor llegara con 
felicidad á su término. 

«Y no os admire, Señores, ese aciago incidente. Ante 
un destino fatal, inútil es poseer una alta reputación y las 
mas eminentes cualidades; ser el ídolo del ejército, y abra- 
zar hasta en sus extremidades la estrategia y la táctica del 
siglo. Inútil es renovar las proezas de los antiguos gue- 
rreros, por que hay algo en los asuntos y en las operaciones 
humanas superior á todos los esfuerzos, algo que domina 
en habilidad al genio mismo. 

«Sin embargo, señores, aquella empresa hercúlea se hará 
servir algún día, de modelo y de estímulo en la vida moral 
del pueblo, y la fama anunciará en el porvenir, de acuerdo 
con la historia, que el guerrero esforzado que se estrelló 
contra el poder del arbitro de los recursos de la nación, sin 
otra mira que el triunfo de la libertad, ó el sacrificio glo- 
rioso sobre sus aras, que ese genio del heroísmo sobrada- 
mente merece los votos de la humanidad, y que su memo- 
ria sea reverenciada en el sentimiento público. 

«Si, Señores, valiente cruzado, grande en la prosperidad 
mas grande en la desgracia, se retira hasta Jujuy, pero ni 
capitula, ni se rinde. Combate con mas audacia que jamás, 
renovando cada día los prodigios. En aquella retirada, mas 
admirable y tan gloriosa como la de los 10,000 griegos de 
Xenofonte, el escuadrón sagrado batallando y adelante se 
preocupa, como su General, de aquel sublime sentimiento, 
qne entona himnos de triunfo, avanzando ó retrocediendo, 
venciendo ó siendo vencido al morir dignamente por la 
patria. 

« Señores, la posteridad, en su justa admiración, lo creerá 
apenas, cuando caen mas que nunca las cabezas por toda 
la República entre torrentes de sangre, ante el fantasma 
enrojecido y pavoroso de la patria, cuando el puñal de los 



FRANCISCO J. MUNIZ 



275 



asesinos mas afilado y terrible, era el arma favorita del 
Gobierno contra pacíficos y honrados ciudadanos: los sol- 
dados de la libertad, aunque horriblemente mutilados, 
lidiaban todavía, y siempre con valor tranquilo, contra 
enjambres siempre crecientes de caníbales. Lidiaban to- 
davía, y morían contentos y con gloria aquellos valien- 
tes, mientras el implacable tirano y sus seides, anegados 
en su noble sangre, no podían, castigados por las Parcas, 
saciar sus instintos ni su sed felina de mas sangre ino- 
cente. 

«Imposible fuera. Señores, señalar un teatro donde suce- 
dieran escenas mas grandiosas de bravura y de virtud; 
donde se disputara con mas ahinco la gloria de morir el 
primero en holocausto á la libertad, ni donde los sufri- 
mientos y los desastres se toleraran con mas estoicismo, 
ni mas fria resignación. Dispensadme, Señores, porque no 
basta, que esté inspirado por él y las simpatías; eso no 
basta para que pueda enumerar, aun si fuera oportuno^ 
acontecimientos que por sorprendentes, perderían de su 
mérito é interés, abreviando sus detalles. La historia des- 
empeñará esa augusta misión: y la autoridad de las edades 
hará justicia como hoy la hacemos á aquel puñado de 
hombres animosos, por su heroísmo y por su sangre de- 
rramada en nombre de la patria y la libertad. 

«Y la posteridad y la historia invocarán con respetuoso 
entusiasmo el nombre del capitán que condujo la cruzada 
gloriosa; que luchó diez años con la tiranía, peleando vale- 
rosamente y sin tregua desde las márgenes orientales del 
Plata y Paraná hasta las frías regiones de los Andes: al que 
de pié ante la estatua de la libertad la defendió con su genio 
y con su espada, abroquelándola con su pecho y con sus 
nerviosos brazos, al soldado magnánimo que arrebatado por 
un sentimiento patriótico de alta trascendencia, penetró 
solo en el campo contrario, y se entregó tranquilamente al 
sueño en la tienda de su mortal enemigo, y en medio de 
su numeroso y vandálico ejército. 

«Pero, Señores, jay! ese oráculo y promotor de la libertad, 
el valiente como Temístocles, el republicano austero y 
TÍrtuoso como Arístides murió como había vivido, murió 
con las armas en la mano en defensa de la misma causa y 
de los mismos principios. Aquella vida preciosa que res- 



DE SARMIENTO 



petó en tantos combates la metralla enemiga, terminó al 
golpe inesperado de un asesino incógnito, legándonos su 
grandeza colosal y el magnifico cuadro de sus eminentes 
y desinteresados servicios. 

«Sus compañeros de glorias y de infortunios, afligidos 
ante el altar de la libertad, cubiertos de crespón fatídico; sus 
nobles compañeros, mandados por el leal y bizarro general 
Pedernera, los condujeron hasta la tierra hospitalaria de 
Bolivia, oprimidos por el mas justo dolor. Aquellos bravos 
compañeros del mártir, endurecidos por la intemperie y las 
fatigas, fraternizados por el mismo sentirniento de libertad 
ó muerte, bautizados con el mismo fuego que vertió en 
común su inapreciable sangre; Veteranos, para quienes la 
memoria del General Lavalle era todavía una potencia, y 
sus estimables reliquias un objeto de culto, los salvaron 
del escarnio insolente de los bárbaros, que degollaban los 
vivos y profanaban estúpidamente los yertos cadáveres de 
los que morían cubiertos de cicatrices y de gloria. 

oSeñores: lo habéis oído. El huracán tronchó desgracia- 
damente el árbol de luz y de esperanza. El plomo asesino 
hirió al coloso que espantaba la tiranía, trémula de pavor 
á su solo nombre: pero al vehemente grito: — libertad! que 
exhaló de su pecho fuerte y generoso, y que repercutió en 
el de todos los argentinos honrados, la deidad propicia 
inoculó sus gérmenes indestructibles en el corazón del 
pueblo; esos gérmenes divinos, que en su desarrollo, pos- 
traron doce años mas tarde al maldecido representante de 
la violencia y del terror. 

«Señores: Pues que es una deuda de gratitud y de jus- 
ticia, permitidme satisfacerla en este solemne momento: 
permitidme la evocación piadosa de algunos de los es- 
forzados que batallaron con el insigne campeón ¡Vega¡ 
jMaciel! Videla! Méndez! Rico! y tantos otros famosos pala- 
dines de la memorable y santa cruzada. Símiles perfectos 
de aquella milicia que valerosamente moría fusilada antes 
que rendirse — amigos que me escucháis desde vuestros 
asientos de bienaventuranza, vuestros nombres resonaron 
con tanto honor, en las ciudades como en los campos y 
sobre las montañas; doquiera flameara el hermoso pabe- 
llón blanco y celeste. Vuestros nombres escelsos se con- 
servarán burilados sobre el mármol ó sobre el bronce. 



FRANCISCO J. MUÑlZ 277 

como el mas honroso ejemplo, como la mas estimable 
y rica herencia de la valiente descendencia argen- 
tina. 

«¡Nombre oprimido por el peso de tanta gloria!!! Nom- 
bre del ínclito guerrero, que compañeros de aquellos Tortísi- 
mos varones en las luchas de la Independencia los comandó 
en las de la libertad!!! ¡nombre inscrito en el glorioso pa- 
trimonio del pueblo porteño!!! Nos quedáis representado 
para siempre en una imagen, cuyos colores son los mismos 
que los del original. Bastará pronunciaros, y desplegarla 
entusiasta bandera de Mayo á cuya sombra vivió el héroe 
y en cuya defensa alcanzó el martirio — bastará pronuncia- 
ros, para concitar el patriotismo en favor de los principios 
salvadores de la civilización; para vencer ó morir por los de- 
rechos y libertad de la patria. 

«¡Restos venerados! ¡restos que formabais al virtuoso y 
esclarecido mártir de la libertad argentina! volvéis, una 
vez terminado el destierro de tantas glorias contemporá- 
neas, volvéis desunidos y secos al suelo de la Patria: pero el 
pueblo en su oración religiosa yi sentimental, humedecién- 
doos con sus lágrimas, os cubre también con sus coronas 
y os recomienda, reconstituidos, al respeto de la posteridad. 
Descansad en paz huesos preciosos, pertenecéis á esta 
tierra amiga — sois para nosotros, y seréis para las genera- 
ciones venideras, un monumento sagrado que triunfará 
del olvido. Representáis un nombre inmortal, que vive en 
nuestros corazones, que vivirá sempiterno en fastos gran- 
diosos de la mas luminosa y pura gloria». 



APÉNDICE 



El Coronel don Francisco J. Muñiz había obtenido su jubi- 
lación como cirujano del ejército en constante servicio de 
campaña ó de hospitales, catedrático y Presidente de la 
Facultad de Medicina durante cuarenta y cuatro años, 
sobrando este pico á lo que exije la ley en todas las nacio- 
nes para la jubilación de empleados que hoy se obtiene 
aqui con solo aquel pico de años, amen de dos gloriosas 
heridas recibidas en grandes batallas que contribuyeron á 
asegurar la existencia misma de la República; heridas que 
se recibirá ¡cosa singular! con mas de medio siglo de 
intervalo: defensa de Buenos Aires en 1807 y batalla de Ce- 
peda, en 1859. 

La Legislatura de Buenos Aires votó por aclamación en 
1869 esa jubilación, de lo cual instruyen los siguientes docu- 
mentos. 

A la H. Cámara de Diputados: 

Vuestra comisión de peticiones ha tomado en considera- 
ción la solicitud del Dr. Don Francisco J. Muñiz en que 
pide su jubilación, y después de haber estudiado deteni- 
damente los antecedentes que acompaña para acreditar los 
servicios que le hacen acreedor á ella, aconseja la sanción 
del adjunto proyecto de decreto. 

La comisión ha creído conveniente transcribir á V. H. la 
enumeración de los servicios del recurrente, que le han 
servido de base para formar su juicio. 



280 OBRAS DE SARMIENTO 

El Senado y Cámara de Diputados: 

Art. 1° — Acuérdase al Dr. Francisco J. Muñiz su jubila- 
ción con el sueldo ínregro como catedrático y médico del 
Hospital. 

Art. 2° — Comuniqúese, etc. 

Madero. — Sumbland. — Costa. 

« Sr. Ocantos — Propongo á mis honorables colegas que 
no discutamos el dictamen de la Comisión. 

« El Dr. Muñiz es un hombre de notoria importancia en 
nuestro pais. 

« Ostenta en su cuerpo las heridas que recibió en cambio 
de su consagración á la patria, y en su vida profesional, le 
hemos visto inspirarse en la piedad cristiana que ejerció en 
alivio de los aflijidos. 

«La carrera esclarecida de este venerable anciano en se- 
senta años de labor continua reclama un acto de justicia 
de los representantes del país que tenemos el derecho de 
administrarla en casos dados; y la justicia dice que cerre- 
mos la brillante foja de servicios del Dr. Muñiz con una 
pajina de honor que bien ha conquistado al través de los 
tiempos y de las vicisitudes de su vida. 

«La justicia manda que aclamemos sus méritos, su gloria 
y sus virtudes cívicas. 

«La justicia exija que al pié de sus ojas de servicios lean 
sus compatriotas y sus hijos estas palabras: Los Represen- 
tantes de Buenos Aires reconocieron por aclamación los servicios 
hechos al país por el Dr. Muñiz. 

«Os propongo, pues, que no le discutamos y que ponién- 
donos todos de pie aclamemos el dictamen de la Comisión, 
dando así al Dr. Muñiz algo mas de lo que viene á pedirnos 
y que sin duda le será mas caro: la aclamación de sus 
conciudadanos en premio á los méritos que ha contraído 
para con la patria, y con la humanidad. » 

Fué practicada la votación en el sentido propuesto. 

(Sesión de 16 de Agosto de 1869.) 

Fué así sancionado el proyecto que proponían los seño- 
res Sunblad, madero y Costa. 



FRANCISCO J. MUNIZ 281 

En vida tan llena, á desbordar, gran copia de estudios, de 
verdaderas monografías en su profesión de médico y ciru- 
jano han debido aparecer, ya sea dando al público instruc- 
ciones para combatir las epidemias, ya comunicando al 
cuerpo médico sus esperiencias, su práctica y sus operacio- 
nes quirúrjicas. 

La fiebre escarlatina fué materia de su particular estudio, 
habiendo publicado un tratado especial sobre sus síntomas 
y la manera de combatirla. Debió prestar muy buenos y 
muy oportunos servicios en su tiempo, un trabajo concien- 
zudo sobre esta ñebre. Para el lector común su lectura 
hoy carecería de interés, y para la ciencia, ahora que tan 
agigantados pasos ha dado en el tratamiento de las epide- 
mias, sus datos serían datos que ya tiene atesorados y veri- 
ficados. Debe tenerse presente que sobre esta materia mé- 
dica hay escritos en todas las lenguas cuatrocientos mil 
libros, revistas, panfletos y disertaciones y es conveniente 
no recargar innecesariamente, catálogo tan abultado. 

La introducción de la eterización como ausiliar anestési- 
co y que tantos dolores y sufrimientos ha ahorrado á la hu- 
manidad fué materia de un estudio especial. La estraccion 
de uu feto, y la aplicación de la vacuna con éxito á una 
fea y glutinosa tina forman parte de su práctica médica y 
quirúrjica. 

La Gaceta Mercantil re]\stró varias piezas que á jeolojía se 
refieran, tales como los diversos fósiles que contenían once 
cajas dadas al Almirante Dupotet, y de cuyo arribo á su 
destino dio noticia á Darwin, el célebre jeólogo Owen. 

Hay una descripción del machaerodus publicada en la Ga- 
ceta, y que tiene de útil que compara hueso por hueso del 
fósil con el tipo del felino que presenta Cuvier, en su Ana- 
tomía Comparada, de que el Dr. Muñíz se sirve; pero resul- 
tando por estudios posteriores mas completos que no es un 
felino precisamente, basta hoy tomar como lo hemos hecho 
de Burmeister, los rasgos esenciales en que se diferencia 
el fósil del animal viviente. Tal podemos decir del estudio 
completo de la vaca ñata, curiosidad entonces, hoy inútil 
como dejeneracion, aunque sirviese oportunamente á Dar- 
win para sus estudios. 



282 



OBRAS DB SARMIENTO 



Se ha perdido yes lástima (*), la descripción que hizo el 
Doctor Muñiz de un temblor de tierra, esperimeutado á 
lo que parece por entonces en Buenos Aires, y de que 
escribió á varias sociedades y aun á Darwin según se lee 
en su carta. Son rarísimos los temblores aquí; pero ya 
se repitió otro en 1858. Notaron los relojeros que se pa- 
raron los relojes que estaban en movimiento, y en al- 
guna casa se observó que los caireles de una lámpara se 
ajitaban. 

El que este escribe atribuyólo á un gran temblor en Chile, 
como uno que arruinó á Chillan, y se sintió en Copiapó, 
trescientas leguas, por vahídos de cabeza en algunos, por 
mareo en otros, por descompostura de estómago, según se 
comunicaban las jentes al encontrarse después. Era á la 
hora misma del temblor, según se supo después, movimien- 
to de la tierra tan debilitado ya por la distancia del foco, 
que no se le sentía sino por sus efectos en el cuerpo. Ocho 
<iias después se supo en Buenos Aires, que no era en Chile, 
sino de este lado de la Cordillera, en Mendoza, que había 
sido destruida sepultando quince mil de sus habitantes 
bajo sus ruinas. 

Cuánto importa, sin embargo, para la felicidad de los 
pueblos, ó para ahorrarse males, que no son imprevistos, 
sino que no se han tenido presentes ocurrencias anterio- 
res, podrá verse no ya por esta repetición de temblores ob- 
servados en Buenos Aires, sino por fenómenos que nos 
tocan mas de cerca. Al lado esterior de la casa que ocupó 
por largos años elDr. Muñiz en Lujan, existen aun, tres ta- 
blillas aseguradas á la muralla que él fijó allí como me- 
mento, para que se recordasen siempre las tres alturas á 
que habían subido las crecientes del rio Lujan en 1838. 
Esta medida ha recibido el nombre de Nilómetro en memo- 
ria de los medidores graduados que los ejipcios tenían en 
el Nilo dará anotar las creces fecundantes y distribuir las 
aguas por los diversos canales. Lujan estuvo entonces 
tres dias bajo el agua. La población joven de Lujan se 



(1) Entre otros importantes escritos se estraviaron las Descripciones de las pol 
voredas de 183S é inundaciones del pueblo de Lujan en 1838; Discursos, biografían 
cólera, fiebre amarilla, etc. etc. La descripción del terremoto la <liemos inserto 
pág. 262. (Nota del E). 



FRANCISCO J. MUÑIZ 283 

persuadiría difícilmente .al ver aquellas marcas, que el 
pequeño riacho cuyas aguas corren apenas por el fondo del 
cauce barrancoso distante como trescientos metros de aque- 
lla casa, hubieran podido remontarse á tanta altura, si las 
recientes inundaciones de Setiembre de 1884 y de Febrero 
de 1885, no hubieran venido á superar como de una vara 
las señales que dejó el Dr. Muñiz. 

Si al trazar el feíro-carril y echar el puente sobre el Lu- 
jan, los injenieros hubieran tenido presente aquel docu- 
mento conmemorativo, habrían elevado mas las bases del 
puente que fué cubierto por las útimas crecientes deterio- 
rándolo é impidiendo el tránsito de los trenes. 

Si los actuales habitantes de Lujan, olvidaron tan pronto 
los avisos que para su bien les dejó, no es justo olvidarse 
de que sus contemporáneos, le espresaron por una nota 
colectiva al venirse definitivamente de Lujan, la gratitud y 
estimación en que le tenían por sus servicios como médico, 
estendiendo á la población entera los cuidados como médi- 
co de guarnición. 

La salud del Dr. Muñiz venia quebrantada mas que por 
los años por achaques contraidos en tan dilatados servicios. 
Había ido con su familia á pasar el verano en Morón, cuan- 
do estalló la fiebre amarilla en la ciudad de Buenos Aires 
en 1871. 

Como siempre quiso esta vez dar ejemplo de abnegación 
y abandonando su retiro voló á tomar su puesto de comba- 
te, á luchar con la epidemia brazo á brazo hasta caer venci- 
do por ella para siempre. 

Así se estinguió aquella existencia fecunda y jenerosa. 
Si al Dr. Muñiz le hubiera sido dado en vida elejir su jé- 
ñero de muerte, no habría muerto de otro modo. Como el 
soldado en la batalla, él murió como médico al pié de la 
bandera de la caridad y fiel á los deberes que rijieron siem- 
pre los actos de su vida: fué un mártir de su profesión. 

La Municipalidad de Buenos Aires mandó grabar su nom- 
bre en el monumento que elevó en el Cementerio del Sud 
á los médicos que murieron luchando con tan aciaga epi- 
demia. 

La Facultad de Medicina acordó colocar su retrato al óleo 
en el salón de grados, donde hoy se ostenta. 

Concluía el Dr. Muñiz la biografía de su maestro el Ca- 



284 OBRAS DE SARMIENTO 

nónigo Dr, Banegas observando: «que la vida es la muerte 
á pesar de su oríjen divino, ya en nuestro planeta, ya en 
todos los sistemas que constituyen el Universo». Sabia 
que siendo él «un soplo, un grano imperceptible, no podía 
resistir por mas tiempo á las causas de destrucción que 
instantáneamente le impelían hacia el dominio de la 
muerte. » 

«Cumplióse, pues, con él mismo, la ley de la naturaleza, 
«la ley que ordena que al río de la vida nadie eche el an- 
cla de salvación.» Sonó la hora final en el reloj del des- 
tino, y su eco repercutido en la materia, se tradujo en la 
sonrisa del justo, en la calma de la buena conciencia.» 

«Fué un cántico de gloria, para él que vivió para su patria, 
para la humanidad doliente, y para la ciencia, y cuya fe en 
la piedad divina le permitió creer, y esperar que al des- 
atarse de su ropaje terrenal, volaría su espíritu á unirse 
eternalmente con su Creador.» 

Esta debió ser su oración de moribundo ya que debía con- 
servarla escrita en su corazón, tal como la había concebi- 
do y sentido para entregar á las posteridad la memoria de 
su maestro y amigo. 

Los diarios de la época mencionan esta pérdida sensible, 
y La Nación Argentina bajo el epígrafe Tributo de la ciencia 
nos ha conservado con las lamentaciones públicas algunos 
detalles del trance final. 



«El anciano Dr. Muñiz, que llevaba sus canas á los cam- 
pamentos y vendaba con sus manos ya trémulas las heri- 
das del campo de batalla, tampoco se arredra ante esta 
tremenda batalla que nos dá un poder formidable y des- 
conocido. Abandona su residencia de campo en Morón y 
volando á asistir á, los suyos y á los estraños, aspira el ve- 
neno que nos circunda y cae postrado para siempre. 

«Al lado de esta abnegación de la ciencia, no es posible 
olvidar la abnegación de la amistad. 

«La familia de López Torres había perecido. 

«El se encontraba aspirando los miasmas de un foco¿de 
infección terrible y sentía los síntomas de la atroz fiebre 
amarilla. 

«José María Muñiz, que estaba solo en su casa, loglleva 
á este en un carruaje. 



FRANCISCO J. MUÑIZ 285 

«Allí murió López Torres; pero el jeneroso joven cayó á 
•su turno enfermo, no queriendo Dios que tanta abnega- 
ción se pagase con la muerte, aunque el anciano Dr. Mu- 
ñiz no pudiera escapar al golpe mortal del flajelo.» 

El Dr. Muñiz murió el 8 de Abril y fué inhumado el 9 en 
el Cementerio del Sud, día en que mayor número de vícti- 
mas hizo la ñebre amarilla. 

El ex-Comisario Munilla, encargado del Cementerio dio 
al cadáver del Dr. Muñiz un sitio de preferencia, á su entra- 
da, donde hoy se vé un mármol con el nombre del filántro- 
po y del patriota. 

Sus hijos le preparan actualmente un sepulcro en el Ce- 
menterio del Norte, á donde en breve serán trasladados 
sus restos. 

Un nombre que el lector encontrará asociado á Recuer- 
dos de Provincia, aparece inopinadamente en la narración de 
lo que se refiere al Coronel Muñiz, y no queremos dejarlo 
pasar inapercibido. 

Don Domingo de Oro, se halla al lado del General Pau- 
nero, y de su boca como de la del General Mitre, como el ru- 
mor del campamento ha debido hacérselo llegar, oye el 
nombre de Muñiz, acompañado de los mas altos elojios, y 
en aquella alma poco sensible á las impresiones comunes 
de la vida, de que se muestra desde temprano hastiado, él 
que conoce tanto á los hombres, y que tantos actos intere- 
sados ó culpables ha presenciado, se deja arrastrar por la 
contemplación de un hombre virtuoso por disposición na- 
tural á practicar el bien, á servir á la humanidad y la pa- 
tria, hasta escribirle una carta sin conocerle, sin otro objeto 
que rendir homenaje á aquella virtud preclara. 

jQue le sirva de nuestra oración fúnebre ya que no había 
tenido lugar marcado en las diversas faces que presenta su 
dtil y laboriosa vida! 

Buenos Aires. 17 de Abril de 1868. 

Al Sr. Dr. D. Francisco Javier Muñiz. 

Señor de mi aprecio: 

Una casualidad ha hecho que sirva de amanuense á 
nuestro respetable amigo el Sr. General Paunero al contes- 
iar dos cartas confidenciales de Vd. y el contenido de ellas 



286 OBRAS DE SARMIENTO 

me ha escitado en tales términos que no puedo resistir al 
deseo de espresarle la estimación, el respeto (permítame 
que lo diga todo), la veneración que me inspira su persona 
y su elevada y honrosísima conducta. 

Sabía yo lo que Vd. había hecho en otros tiempos y lo 
que hacía ahora á pesar de sus años; pero ignoraba cuán- 
tas contrariedades y amarguras devoraba solo por hacer 
bien, cuando ya no es el deber sino su voluntad y su patrio- 
tismo y humanidad lo que le impone obligaciones de que 
por cualquiera otro principio está esento por sus servicios 
y por su edad. Es bueno y muy honroso cumplir uno con 
su deber, pero imponerse privaciones, incomodidades y pe- 
ligros por hacer mucho mas que cumplir el deber, es rasgo 
de virtud elevada. Tales rasgos honran la humanidad: los 
que los practican son escepciones de la jeneralidad que 
consuelan y alientan, y es justo que les rindamos el ho- 
menaje de nuestro simpático respeto y gratitud. 

No me ha intimidado nunca mi insignificancia para cum- 
plir este deber para con los hombres escepcionales que 
he conocido, y lo cumplo ahora para con Vd. Acéptelo, 
Doctor, seguro de que es sincero y cordial, y no me pro- 
pongo en ello mas fin que asociarme en cierto modo á su 
virtuosa conducta, atestiguándole los sentimientos que me 
inspira y la gratitud que por ella le consagro como hombre 
y como arj entino. 

He tenido el honor de conocer á Vd. en la juventud, 
aunque no el de tratarlo de cerca, cosa que quizás no le 
recuerde ya su memoria. Cualquiera que sea, me atribuyo 
el honor de contarme entre sus mas ardientes admiradores, 
y le ruego me dispense el de mirarme como uno de sus mas 
afectuosos y humildes servidores. 

Domingo de Oro. 



FRANCISCO J. MUÑIZ 287 

Cubren el féretro de los nobles varones las armas herál- 
dicas, y sobre la tumba de los héroes reposa la espada de 

sus hazañas. 

He aquí la lista de las victorias, condecoraciones, me- 
dallas y diplomas del Coronel y Dr. D. Francisco Javier 

Muñiz: 

Tribunal de Medicina en Buenos Aires: Titulo de Médico y 
Cirujano; Marzo 3 de 1824. 

Universidad de Buenos Aires: Diploma de Doctor en Medicina; 
Setiembre 17 de 1841. 

Real Sociedad Jenneriana de Londres: Miembro Honorario; 
Diciembre 3 de 1832. 

Academia de Medicina y Cirujía de Zaragoza: Socio Corres- 
ponsal; Noviembre 8 de 1845. 

Academia de Medicina y Cirujia de Barcelona: Socio Corres- 
ponsal; Setiembre 7 de 1846. 

Instituto Histórico y Geográfico do Brazil; Miembro corres- 
ponsal; Diciembre 9 de 1849. 

Academia Quirúrgica Matritense: Socio corresponsal; Diciem- 
bre 31 de 1852. 

Academia Quirúrgica Matritense: Socio de Mérito; Diciembre 
30 de 1851. 

Instituto Histórico y Geográfico del Río de la Plata: Miembro 
de número; Junio 8 de 1856. 

Sociedad Médica de Suecia: Titulo de Socio; Junio 2 de 1857. 

Real Sociedad de Escritura antigua de Noruega, presi- 
dida por el Rey Federico: Socio efectivo; Mayo 13 de 
1860. 

Crux de Caballero de la Orden de Wasa: dada por el Rey de 
Suecia; Mayo I" de 1860. 

Medalla de plata de Ber%elius, acordada por la Sociedad Módica 
de Suecia. 

Asociación Farmacéutica Bonaerense: Miembro Honorario; 
Junio 15 de 1861. 

Sociedad de Farmacia Nacional Arjentina: Miembro Honora- 
rio; Marzo 19 de 1863. 



288 OBRAS DE SARMIENTO 

Gobierno de la Nación Argentina: Cordonen y escudos de ItU' 
xaingo; 1827. 

Diputado por Buenos Aires al Congreso del Paraná, 1860. 

Diputado y Senador á la legislatura de Buenos Aires. 

Presidente por muchos años de la Facultad de Medi- 
cina. 



bibliografía 

EL DOCTOR MUÑIZ, SU VIDA, SUS ESCRITOS Y SU BIÓGRAFO 

Acaba de publicarse por la acreditada casa editora La- 
jouane de Buenos Aires, un volumen en 8° de 358 páginas, 
elegantemente impreso en las prensas de Coni, que lleva 
el siguiente título: «Vida y escritos del coronel D. Fran- 
cisco J. Muñiz, etc. Por Domingo Faustino Sarmiento.» 

Es una biografía y una monografía científico-literaria, á 
la vez que un libro escrito y pensado sobre documentos 
inéditos en su mayor parte, sobre la historia física y civil 
del país, que en el cuadro de la vida y de los escritos de un 
hombre bosqueja una obra simultáneamente individual y 
colectiva refundiendo estos dos elementos componentes en 
una idea sintética que le da su unidad y le imprime el sello 
de la doble originalidad. 

Los ingleses, que han desenvuelto en el mundo moderno, 
el sentimiento de la individualidad consciente y responsa- 
ble, como los bárbaros introdujeron en el mundo antiguo 
el de la independencia de cada hombre en el círculo de su 
acción propia, tienen por costumbre confeccionar extensas 
biografías de todo personaje notable cuando la muerte ha 
puesto término á su tarea. Al efecto, utilizan sus escritos 
postumos y su correspondencia, correlacionando sus accio- 
nes con el moTÍmiento general de la sociedad, y le asignan 
así un puesto en la labor común, determinando su acción 
en su medio y en su tiempo, á la par que acumulan por 
este método analítico y sintético al mismo tiempo, el con- 
tingente suministrado al progreso general por la unidad 
activa ó pensante extinta, á su espíritu se incorpora dila- 



FRANCISCO J. MUÑIZ 289 

tándose, cuando el vaso de barro que lo encerraba se ha 
roto . 

A este género pertenece en su medida el nuevo libro del 
Sr. Sarmiento, escrito en presencia de los papeles que con- 
serva la familia del Dr. Muñiz, en que, como él lo dice, ha 
encontrado otra cosa que un cirujano notable: «una figura 
típica, un carácter nuevo, algo como el espíritu de una na- 
ción que va á condensarse sobre algunos de los grandes 
girones en que se despedazó el regio manto de la España, 
al arborear en los comienzos del siglo las independencias y 
emancipaciones coloniales; entrando en la vida, asombrada 
de verse llamada de improviso agrandes destinos; librada 
á si misma sobre país inexplorado, y sin límites conocidos, 
divisando en lontananza los toldos del indio salvaje con 
quien ha de disputar palmo á palmo el derecho á la tierra, 
y trabar dia á día la lucha por la existencia.» 

El nombre del Dr. Muñiz se liga accidentalmente, por un 
encadenamiento cronológico, á los grandes acontecimientos 
de la historia contemporánea del pueblo argentino en el 
curso de mas de medio siglo, pero su acción eficiente en el 
progreso nacional, y especialmente en lo que se relaciona 
-con el desarrollo de las ciencias físicas por iniciativa é im- 
pulso propio, no era bien conocida y estimada todavía, y 
yacía latente encerrada en sus papeles postumos. 

A.SÍ, la publicación de parte de esos papeles, arreglados 
según un plan metódico, competentemente comentados, 
con espíritu ilustrado, «jugando á cartas vistas», como dice 
su biógrafo, «al presentar las piezas justificativas de los 
juicios que se emiten, y provocando con ellas al lector be- 
névolo á poner de pié esa figura simpática», ponen de re- 
lieve sus méritos reales y le asignan su puesto en la labor 
científica, sin exagerar su magnitud, y nos dan una revela- 
ción verídica copiada del natural. 

La vida del Dr, Muñiz, consagrada al servicio público, al 
alivio de la humanidad y al adelanto de la ciencia en los 
dominios de lo ignoto, ha trazado un surco imborrable en 
el campo de la labor común del pueblo argentino, y á este 
titulo merece ser recordada y perpetuada como ejemplo, 
como lección y como caudal utilizable. 

Soldado militar en 1807, cuando apenas contaba trece 

Tomo iuii.— 19 



290 ()HKA8 DK SA.KM1ISNT0 

años de edad, se batió como tal contra la segunda invasión 
inglesa al Rio de la Plata, hallándose en la jornada del 
puente de Barracas, y fué herido en la heroica defensa que 
hizo la ciudad de Buenos Aires en esa época. 

Soldado civil en el curso de la gran revolución de Mayo, 
tocóle redactar en 1812 uno de los primeros documentos 
en que se invitaba á las provincias argentinas á declarar 
su independencia, bajo las inspiraciones de su sabio maes- 
tro el Dr. Banegas. 

Cirujano de frontera en los comienzos de su carrera, en 
los lindes del desierto, donde tuvo la primera intuición de 
su vocación científica como naturalista, hallóse después 
en la memorable batalla de Ituzaingó formando parte del 
cuerpo médico del ejército republicano, cuya historia ha 
escrito científica y militarmente. 

Miembro de la escuela de medicina fundada por Rivada- 
via, fué durante toda su vida catedrático, creando por ini- 
ciativa propia útiles instituciones que le han sobrevivido, 
con largas proyecciones que se adelantaban á su tiempo. 

Hallóse como cirujano en la batalla de Cepeda, donde fué 
herido de un lanzaso en circunstancias en que, sobre el 
mismo campo vendaba las heridas de los combatientes de 
los dos ejércitos; y posteriormente, durante la guerra del 
Paraguay, organizó sus hospitales de sangre, según un plan 
acreditadopor la ciencia y la experiencia, prestando volun- 
tariamente sus servicios profesionales á los soldados en 
Uruguayana, en Corrientes y en la capital de la República. 

El generalísimo de los ejércitos aliados, le dirigió en 1865 
una carta, en que decía:- «Cuando el ejército argentino 
haga batir medallas en señal de gratitud y en honor de su 
cuerpo médico,queen tan corto número ha sido su providen- 
cia en esta campaña, el nombre de Vd. figurará entre los 
facultativos que mejor lo han servido; y para mayor gloria, 
como no son muchos esos nombres, todos ellos podrán ser 
grabados en letras bien clarasen el círculo de una pequeña 
medalla». 

Murió como mártir al pié de la bandera de la caridad en 
medio del flájelo de la fiebre amarilla que asoló á Buenos 
Aires en 1871, cumpliendo con valentía y abnegación su 
deber de hombre y de médico. En memoria de este sacri- 
ficio generoso en pro de la humanidad doliente, la munici- 



FRANCISCO J. MUÑIZ 2Í>1 

palidad mandó grabar su nombre en el monumento con- 
memorativo délos médicos que sucumbieron en su puesta 
luchando contra la epidemia, y á la vez la facultad de 
medicina hizo colocar su retrato en el salón de grados en 
memoria de sus servicios. 

Pero estos, no son sino los lineamientos generales en la 
vida de un hombre bueno y útil, que cumplió con su deber 
movido por el impulso moral que llevaba en sí, y que solo 
incidentalmente incorporó su nombre al movimiento gene- 
ral de tres épocas. Dentro de ese marco, se destaca otra 
figura mas grande en su medida, mas original, mas eficiente 
en su acción contemporánea y postuma, que representa 
un cúmulo de trabajos iniciales, de conocimientos y no- 
ciones nuevas, que ha legado á su posteridad como 
herencia. 

El Dr. Muñiz fué ademas de todo eso, un hombre de cien- 
cia en el vasto campo de exploración de lo desconocido, 
que suministró contingente nuevo al tesoro de los conoci- 
mientos humanos: fué el iniciador, el precusor de los 
estudios paleontológicos en el suelo argentino. Él fué el 
primero, que precediendo á Darwin, quien le honró con 
sus comunicaciones después, empezó á excavar el terreno 
cuaternario de la pampa, descubriendo en él los tipos 
extraordinarios de seres extintos que acompañaron la apa- 
rición del hombre en el planeta, y completaban el plan 
de la Creación desde sus orígenes, no solo por la casuali- 
dad ciega, sino guiado por un espíritu crítico y un genio 
observador, de que todos sus estudios llevan el sello. 

Como todos los precusores que estudian sobre los hechos, 
buscando y descubriendo la verdad, como lo había hecho 
su gran predecesor Azara en sus formas primitivas, él fué 
maestro de si mismo, inventando sus métodos de investi- 
gación y clasificación, para lo cual estudiaba en el gran 
libro de la naturaleza, cuyos documentos originales leía é 
interpretaba directamente, desenterrándolos. 

Guiado por ese instinto, formó la primera y mas rica 
colección paleontolójica del suelo arjentino hasta entonces 
conocida, y puede decirse que él es el descubridor del ca- 
ballo fósil arjentino, pues determinó con la penetración de 
Cuvier su estructura y sus costumbres, imponiendo su so- 
lución á los grandes sabios del mundo, que en un principio 



292 OBRAS DE SARMIENTO 

dudaron de la exactitud de su interpretación; y merecería 
llevar el nombre que él le dio, el muñiz-felix-bonaerense, el 
tigre antidiluviano, como él lo llamaba, que figura en nues- 
tro museo, también encontrado por él, fiera que, según la 
idea preconcebida de Bravard, debía existir en los tiem- 
pos prehistóricos como moderador destructor de las espe- 
cies animales. 

Fué también un geólogo, un naturalista, un escritor y 
un hablista, y de todos estos estudios ha dejado muestras 
en sus apuntes sobre el territorio de la provincia de Bue- 
nos Aires, en su interesante monografía sobre el avestruz 
en que predijo sus destinos domésticos y comerciales, sus 
observaciones sobre un tipo de nuestro ganado vacuno que 
se ligan con la teoría evolucionista, sus opúsculos médicos, 
sus memorias militares, sus ensayos sobre americanismos 
y ortografía y prosodia, de todo lo cual dan testimonio los 
abundantes estractos de que están llenas las pajinas del li- 
bro que nos ocupa. 

El biógrafo mezcla su propia personalidad con la vida de 
su héroe, confundiendo en una misma corriente las ideas 
de uno y otro, las cuales en su combinación se complemen- 
tan y producen un precipitado nuevo con orijinales con- 
trastes de puntos de vista y estilo y rasgos humorísticos 
que se destacan del fondo del asunto, de manera que puede 
decirse, que es un libro escrito con la colaboración postuma 
del personaje que se retrata en sus pajinas. 

Así, el autor de Civilización y Barbarie hace un pararelo al 
señalar las coincidencias de ambos en la pintura socioló- 
gica que hacen del gaucho argentino; el reformador de la 
ortografía en Chile, recuerda sus tentativas en el sentido de 
su simplificación, al ilustrar el punto tratado por el Dr. 
Muñiz; hablando de las boleadas de avestruces, admirable- 
mente descritas en su monografía, sujiere la idea de un 
nuevo sport indíjena, un curre arjentino, de los jinetes cul- 
tos del porvenir, manejando las boleadoras, compitiendo 
á su manera con la corrida del zorro de los ingleses. 

Con este motivo trae el siguiente corolario: «La caza del 



FRANCISCO J. MUNIZ 



293 



zorro manso de Inglaterra está desprovista de la gracia de 
la del avestruz, con sus gambetas, sus tendidas de alas, 
cambios de rumbos y astucias. Aun en esto viene errada 
la tradición que siguió Buffon, acreditándose el estúpido 
cuento árabe: de que viéndose perdido el avestruz, en la 
persecución entierra el pico en la arena, creyendo con no 
ver él, que no lo ven á él los otros. Esto lo hacemos nos- 
otros en política, sobre todo, de donde viene el decir: «es- 
conde la pata que se te vé!» que le están diciendo los dia- 
rios todos los días al gobierno, en materia de elecciones y 
otros enredos.» 

Sus ilustraciones al capítulo relativo á la paleontología 
argentina, complementan el asunto poniendo los trabajos 
de Muñiz en contraste con la última palabra de la ciencia* 
Su disertación histórico — etnológica sobre las boleadoras, — 
técnicamente errado é incompleto, — tiene intención, se dis- 
tingue por brillantes rasgos de estilo descriptivo, y es suma- 
mente curioso por sus ejemplos, que históricamente podrían 
ser mas desarrollados. En general, su filosofía y su criterio 
se mantienen al nivel de su asunto y de la última palabra 
de las ciencias morales y físicas. 

La literatura argentina se ha enriquecido, pues, con un 
libro doblemente original, escrito por el biógrafo al margen 
de los papeles del héroe, ilustrando el asunto de que tratan. 
A la vez la galería de hombres notables de la República Ar- 
gentina se ha enriquecido con ei tipo simpático de una figu- 
ra completa, que se destaca del bulto por sus propias obras 
y se recomienda á la estimación y á la gratitud de la poste- 
ridad por su labor fecunda y por las sanas y generosas 
inspiraciones que dirijieron sus acciones morales y sus tra- 
bajos científicos en la vida. 

El libro da nueva vida al hombre que lo ha inspirado y 
ha cooperado á su confección desde la tumba, y ambos vi- 
virán, porque marcan un paso hacia adelante, dado en el 
sentido de la originalidad de un pueblo nuevo, que se estu- 
dia á si mismo, obedeciendo á su índole nativa, en teatro 



394 0BKA8 OB SARMIENTO 

inexplorado y vasto, donde busca su camino, guiado por 
las luces de los que lo precedieron en él. 

Bartolomé Mitre. 



BUSTi-ÜRA-CION DE UN HOMBRE ARGENTINO ILUSTRE 

Buenos Aires, Enero 30 de 1896. 
Señor don Félix Lajouane. 

Muy apreciable señor y amigo: 

He recibido la nueva obra del General Sarmiento «Vida 
y escritos del Coronel Francisco J. Muñiz», déla que es usted 
editor. Al agradecer á usted dicho envío, debo confesad e 
que, después de haberla leído, tuve los mayores deseos de 
escribir un estudio crítico sobre ella, mas me arredré ante 
las dificultades que presenta el examea de una obra en la 
que la sucesión de capítulos es una sucesión de temas so- 
bre ciencias distintas, precedidos á menudo de chispeantes 
é ingeniosos comentarios del viejo General, quien pre- 
senta uno de esos raros ejemplos de doble evolución, por 
reincorporación y por eliminación, citados en mi Filogenia 
(pág. 283). ¿Cómo hacer las críticas de las críticas de Sar- 
miento? Sería de mi parte ridículo intentarlo. ¿Ni cómo 
podría tampoco examinar los escritos de Muñiz sobre te- 
mas tan distintos y variados? 

Pero fué Muñiz una figura que honra á la República — 
una personalidad que tuvo en el desarrollo de ciertas cien- 
cias una fuerza mayor de la que sin antecedentes es dado 
exponer. El se ocupó de las mismas ciencias que consti- 
tuyen mis estudios predilectos, vivió 15 años en donde yo 
pasé mi niñez, y explotó los mismos yacimientos fosilíferos 
que yo debía remover treinta años después... y los recuer- 
dos de sus hallazgos, vueltos populares en Lujan, no con- 
tribuyeron poco áque me lanzara tras de él á las mismas 
investigaciones. No puedo, pues, permanecer indiferente 
ante la publicación de su vida y sus escritos, y así, aunque 
sea en forma de carta, voy á comunicar á usted lo que 



FRANCISCO J. MÜÑIZ 295 

pienso sobre la parte de los trabajos del doctor Muñiz que 
se relaciona con mis estudios. 

La descripción del avestruz déla Pampa, en lo que con- 
cierne á sus caracteres externos y á sus costumbres, es lo 
mejor que hasta ahora ha aparecido, y bastaría para dar á 
su autor reputación como zoólogo, y aun como escritor. 

En cuanto á sus trabajos sobre paleontología argentina, 
debo observar que no tan solo es él el primer descubri- 
dor en estas regiones del famoso felino con caminos en 
forma de puñales denticulados, sino también que está muy 
lejos de estar probado de un modo definitivo, que el Mu- 
ñiz felis ó Sur ilodon sea. idéntico -di Machaerodus, y para pro- 
barlo, haciendo abstracción de mis escritos, me contentaré 
con citar las comunicaciones de Gervais al Instituto de 
Francia (1878) y el trabajo mas reciente de Cope, actual- 
mente la primera autoridad en la materia, On the extinet 
Cats of. América (Fiiadelfia 1880)- 

Pero, aparte de esto, á Müñiz le cabe la gloria de ser el 
primer descubridor de otra fiera aun mas extraordinaria, 
el Aretotherium, el mas gigantesco de los carnívoros hasta 
ahora conocidas. Kazon tiene Sarmiento para creer que 
la primera colección Muñiz no debe haberse perdido para 
la ciencia. En la introducción á mi obra Los mamíferos fósiles 
déla America del Sud he mencionado el destino que tuvo la 
colección de que Rosas despojó á su patria. Sobre piezas 
de esa colección clasificó Gekvais, la gigantesca fiera men- 
cionada, como también el Lestodon, del que Muñiz fué igual- 
mente primer descubridor, edentado con caninos y de talla 
casi tan gigantesca como el Megatherium, lo mismo que otros 
animales extinguidos que me parece supérfluo enumerar. 

La misma forma de caballo fósil de que se ocupa Sak- 
MiENTO transcribiendo lo que de ella dice Burmeister, fué 
primeramente descubierta por Muñiz y no por Darwin; éste 
había encontrado una muela de una especie congénere de 
los caballos actuales, mientras que el animal descubierto 
por MuNiz es un género muy distinto que se proponía 
Burmeister designar con el nombre de Rhinippus antes de 
saber que ya Owen le había aplicado el de Hippidium. 

Entre las piezas mas importante de la colección paleon- 
tológica del Museo de Buenos Aires, figuran todavía entre 
ias mas notables las descubiertas por MuÑiz figurando entre 



296 OBRA-S DE SARMIENTO 

ellas una cabeza de Toxodon, quizás la mas completa que 
hasta ahora se conoce, depositada en el Museo por MuÑiz, 
el año 57, de una especie entonces desconocida y clasifica- 
da luego por BiEBEL sobre restos remitidos de Buenos 
Aires por el hijo del Dr. Burmeister dedicándola al ilustre 
sabio su antiguo maestro, quien á su vez describió el cráneo 
regalado por MuÑiz con el mencionado nombre de Toxodon 
Burmeister, como puede verse en los e-tantes del Museo, sin 
que, cosa singular, se encuentra una sola de las piezas allí 
expuestas que lleve en la clasificación, á lo menos como 
recuerdo de quien tantas donaciones hizo al establecimien- 
to, el nombre de MuÑiz como distintivo de una especie. 
Este olvido traté de reparar en mi Formación pampeana, de- 
dicando á MuÑiz una nueva especie de Cliptodon, que por 
desgracia, se cuenta entre las que aun no he podido des- 
cribir de un modo completo por causas absolutamente aje- 
nas á mi voluntad; — pobre homenaje de mi parte que 
espero me sea dado algún día reemplazar por otro mas 
duradero. 

Aunque esta es ya demasiado larga, deseo agregar aun 
unas cuantas palabras respecto al trabajo de Muñiz sobre la 
geología de una parte considerable de la provincia de Bue- 
nos Aires. Para esa época casi todo lo que encierra ese 
trabajo hubiera sido novedad, y no titubeo en decir que en 
lo que concierne á la formación pampeana, vale lo que de 
ella dijeron Darwin y D'Orbigny. El distinguió ya en esa 
época el post-pampeano lacustre y su oríjen al que llama creta 
blanca, y e\ pampeano lacustre que dexiomma. terreno fosilifero 
ó marga amarillenta, formaciones que distingue perfectamen- 
mente del terreno pampeano rojo, lo que no hizo ninguno de 
los autores que me precedieron en el estudio de la geo- 
logía de estos terrenos. Mis descripciones demostrando 
que los mamíferos extinguidos quedaron sepultados en el 
barro de antiguas lagunas, parecen copiadas de Muñiz. 
Es que ambos, aunque con 40 años de intervalo, hemos 
escrito sobre el terreno, con el cuerpo del delito á la 
vista, que dá siempre una idea distinta de la que se hace 
el sabio que todo lo estudia desde el bufete. En el mismo 
caso se encuentran muchas otras observaciones de Muñiz,, 
exactísimas, pero que solo se conocen desde hace un cor- 
tísimo número de años, tanto que prefieren ponerlas en 



FRANCISCO J. MUÑIZ 297 

cuarentena algunos que estarían en el deber de compro- 
barlas, sin darse cuenta de que van quedando rezagados. 

Esto demuestra que Muñiz, como observador exacto y de 
penetración pudo ser rival de Darwin, y como hombre de 
ciencia tuvo los conocimientos que se podían adquirir en el 
pais entonces, y aun mas. Solo dedicaba á la ciencia las 
horas que sustraía á las necesidades de la lucha por la 
vida, contrariado por el medio en que vivía, que no lo com- 
prendía. El Gobierno de Rosas tenía sumido el país en la 
barbarie y sus hijos mas esclarecidos que podían estimular 
á Muñiz como iniciador de un gran movimiento científico 
en su patria, estaban expatriados y harto ocupados en com- 
batir la tiranía. Muñiz vivió en su patria precediendo su 
época de medio siglo. Si fuera de nuestra jeneracion al- 
canzaría ó estaría en vía de conquistarse un nombre pro- 
minente en la ciencia universal. Pero no importa — su 
figura como representante de las ciencias naturales en su 
época y en su país, es la única que se destaca del fondo de 
las mediocridades, y el jeneral Sarmiento al sacarla del 
olvido y ponerla de relieve, ha prestado un servicio al país,.* 
y también á la ciencia, patrimonio de la humanidad. 

De Vd. siempre afectísimo servidor y amigo. 

Florentino Ameghino. 



VIDA DE HORACIO MANN (') 



INAUGURACIÓN DE SU ESTATUA 

La siguiente correspondencia, vertida á nuestro idioma 
esplica mejor el objeto é intento que hemos tenido en vista 
a\ emprender este trabajo; y le damos un lugar aquí como 
la mas apropiada introducción de la vida de este eminente 
hombre. 

Nueva York, 8 de Julio i865. 
Señora María Mann. — Concord. 

Mi estimada señora: He visto en los diarios que se ha 
levantado una estatua á la memoria del finado señor Ho- 
racio Mann en el patio de la Casa de Grobierno (State House), 
y al frente de la otra erigida á Daniel Webster, como un 
testimonio de la gratitud del pueblo de Massachusetts al 
ilustre esposo de usted. 

Si lo hubiera sabido á tiempo, habría corrido ó mejor 
dicho, habría volado á unir mis aplausos con los de la 
multitud, cuando estaban rindiendo á aquel gran hom- 
bre este solemne tributo de justicia. 

Habiéndome sido negado este placer^ permítame usted 
manifestarle por esta carta la mas profunda veneración 
que siempre he profesado á Mr. Mann y congratular á usted 
por la legítima satisfacción que este acto debió procurarle 

Tal vez usted haya olvidado por este tiempo mi nombre 



(1) Publicada en 1866 en él volumen «Las Escuelas base de la prosperidad y de 
Ja República en los Estados Unidos». (Nota del Editor). 



300 OBRAS UE SAKMIENTO 

mas si el apreciar á Mr. Mann fuese un título para merecer 
la estimación de usted puedo asegurarle que nadie puede 
tener un mas alto aprecio de su carácter y servicios. En 
1847 tuve el honor de ser presentado á él en su casa en 
West Newton; y si mal no me acuerdo, usted misma, nos 
sirvió de intérprete durante nuestras largas conferencias 
sobre asuntos de educación, y tuvo ademas la bondad de 
darme á conocer las costumbres y peculiaridades del pue- 
blo en que vivían. 

Mr. Mann me presentó también al Gobernador y autori- 
dades del Estado, quienes me obsequiaron generosamente 
un ejemplar completo del «Common School Report and 
Journal» (Diario é Informe de la Educación Pública), así 
como una serie del «A.bstract of School Returns» (Resumen 
de los informes de Escuelas), hechos al Consejo de Edu- 
cación por Mr. Mann, que era entonces su Secretario y Su- 
perintendente de las Escuelas Públicas. 

Armado de estos documentos y de una colección de sus 
lecturas, informes y discursos, y nutrido con su instruc- 
ción oral, volví á la América del Sur, y durante estos úl- 
timos años no he hecho mas que seguir sus huellas, to- 
mando por modelo sus grandes trabajos para organizar la 
educación en Massachusets. 

Mi mejor y mas segura guía fueron el digesto de leyes 
y reglamentos que regulan aquel bello sisterqa de escue- 
las, que son la mas rica herencia legada por Mr. Mann á 
sus compatriotas. 

Recuerdo á usted estos hechos, para mostrarle que Mr, 
Mann, sin saberlo, como sucede á menudo á hombres de 
su gran genio, estaba estendiendo la esfera de sus servi- 
cios mas allá de su propio Estado y nación, y contribuyendo 
á la mejora de países remotos, donde sus talentos y virtu- 
des eran debidamente apreciados, habiéndosele rendido un 
merecido tributo al saberse su justamente lamentable fa- 
llecimiento. 

En una comunicación que precede á mi Informe diri- 
gido al Gobierno de Chile, dándole cuenta de la comisión 
que me confió para examinar y estudiar los sistemas de 
instrucción pública en Europa, y aludiendo á su obra titu- 
lada: «Viaje Educacional», que conocí, por primera vezan 
Inglaterra, decía lo siguiente: 



VIDA DE HORACIO MANN 301 

«Mr. Mann, partiendo desde el Norte de América, y guiado 
por los mismos motivos, me precedía dos años en la misma 
empresa que yo había acometido desde el Sur del Conti- 
nente; y salvo las diferencias que las peculiaridades de 
nuestros respectivos idiomas establecen, habíamos reco- 
rrido los mismos países, y examinado las mismas escuelas, 
de manera que sus observaciones corroboraban las mías. 
Desde que este importante escrito cayó en mis manos, tuve 
ya un punto fijo á donde dirigirme en los Estados Unidos; y 
poco después de mi arribo se me proporcionó la satisfacion 
de tratar personalmente á este noble promotor de la edu- 
cación, recogiendo en la intimidad que establecían nuestras 
simpatías comunes, mil informaciones útiles de que he 
sacado gran provecho.» 

De aquí inferirá usted que el nombre Mr. Mann fué para 
mi, durante todos mis trabajos y esfuerzos por la educación 
lo que las obras de San Agustín para los predicadores. 

Aunque á riesgo de renovar recuerdos tristes en su ánimo, 
me permito incluir á usted algunos estractos de un ar- 
tículo que publiqué en los Anales de la Educación Común 
de Buenos Aires, cuando me llegó la noticia de su 
muerte. 

La estatua inaugurada en honor de Mr. Mann, pocos años 
después de haber salido de su laboriosa vida, forma época 
en la gran revolución porque están pasando las naciones 
libres en sus objetos de adoración; y es ciertamente un 
motivo de orgullo legitimo para mi, el haber anticipado 
diezy ocho años el juicio emitido tan solemnemente en esta 
ocasión por la Atenas de la América. Puedo decir así con én- 
fasis, que adiviné entonces su pensamiento. 

Habiendo llegado á este país con una misión diplomática 
de la República Argentina, mi propia patria, en la cual 
están incluidos en una gran parte el estudio de todas las 
mejoras y los adelantos de la educación, mi estimado amigo, 
el señor Eduardo F. Davison, nuestro Cónsul en esta ciudad, 
que conocía mi entusiasta veneración por Mr. Mann, me 
obsequió un ejemplar de su «Vida», el cual he leído con el 
doble interés que inspiran el objeto de mi especial admi- 
ración, y el estar escrita por usted, á quien creo haber te- 
nido el honor de conocer antes en West Newton. 

Tengo el pensamiento de acometer la traducción de este 



302 OBRAS 1>IB SARMIKNTO 

libro al español, adaptándolo á las ideas y necesidades de 
la América del Sud; y aprovecho de esta ocasión para soli- 
citar de la autora el permiso de abrir á los ojos de mis pai- 
sanos los tesoros que contiene en sus pajinas. 

La historia de la América del Sur carece de buenos ejem- 
plos y modelos, de modo que, intentando practicar las ins- 
tituciones libres, se encuentra con que la libertad es un 
instrumento con doble filo, que demanda una destreza par- 
ticular para manejarlo sin peligro de sí misma; mas aunque 
ensangrentada y herida por su propia mano, no desespera 
todavía de adquirir un dia la precisa rehabilitación para 
seguir el camino que le están abriendo los Estados Unidos. 

La educación del pueblo es la primera necesidad de la 
América del Sur, y entre sus Estados hay algunos que han 
hecho esfuerzos considerables para difundir la educación en 
todas las clases. La «Vida de Horacio Mann,» la relación 
de sus triunfos en Massachusetts, de su dedicación y sacri- 
ficios, puesta al alcance de todos, y coronada como fué por 
este elocuente testimonio de la gratitud de un pueblo, al 
levantar esta estatua á su benefactor — una tal obra no po- 
dría dejar de encontrar imitadores en todas partes, como 
las Vidas de Plutarco han estimulado hechos heroicos é 
inspirado nobles actos en los pechos de la juventud; así 
como la Vida de Washington iluminó la oscura senda de 
Mr. Lincoln por las selvas; como la de Franklin ha servido 
de ejemplo á tantos de sus ilustres compatriotas para ven- 
cer los embarazos que trababan los primeros pasos de su 
carrera. 

Kl anche io de \os artistas está escrito visiblemente en la 
vida de centenares de hombres grandes formados por sí 
mismos de que abunda la historia de las ciencias, de las 
artes, de la política, etc., en los Estados Unidos. La Vida 
de Mr. Mann será una poderosa palanca para levantar al- 
gunos corazones generosos, y dar una dirección útil á sus 
filantrópicas aspiraciones. 

Esperando tener pronto la oportunidad de presentar á 
usted en persona mis respetos, y la espresion de la alta 
consideración que me merece, quedo de usted, mi esti- 
mada señora, su afectísimo y humilde servidor. 

D. F. Sarmiento. 



VIDA DE HORACIO MANN 303 

CoNCORD, 13 de Julio de 1865. 
Si. D. F. Sarmibíto, Nueva York. 

Mi querido Señor: He tenido el placer de recibir hoy su- 
muy agradable carta, á la cual me apresuro á contestar, 
para significarle la gran satisfacción que naturalmente ha 
producido en mi un tributo tan cumplido como el que usted 
paga en ella á la memoria de mi lamentado esposo. 

Recuerdo muy bian la muy agradable visita que nos hizo 
usted en West Newton, y lo que sentí que mi parlanza 
francesa estuviese tan enmohecida; pero á despecho de todo 
eso, usted nos suministró tantos conocimientos y nos causó 
tal impresión por su empeño y devoción á los mas altos in- 
tereses de su patria, que muchas veces hablábamos de us- 
ted., pues nadie interesaba tanto á mi amado esposo, como 
aquellos que tenían miras tan elevadas y filatrópicas para 
comprender y sentir, que solo mediante el cultivo de la na- 
turaleza entera del hombre, y habilitándolo para disponer 
de «sus derechos inalienables», la sociedad puede alcanzar 
el destino marcado á la humanidad por su Creador. Por 
esto recibimos con tanto gusto el libro de usted., y espero 
que recibiría el debido acuse que le hicimos de él. 

La estatua fué dedicada el 4 de Julio, á consecuencia de 
una súbita resolución de la comisión encargada de este 
asunto por razones especiales. Muchos amigos que habrían 
venido gustosamente, deploraron igualmente este contra- 
tiempo. Mas era una ocasión muy apropiada para ello;^ 
pues que este monumento era inaugurado el primer aniversa- 
rio de nuestra indepeudencia, en que nos pudiéramos honro- 
samente proclamar una nación de libres, y al hombre que 
tan reciamente había trabajado por esta causa; y esto 
acontecía en Massachusets, que había sido el esforzada 
campeón de la libertad de todos los hombres. ¿Quién du- 
dará entonces que el espíritu invocado en aquel instante 
no haya visitado de nuevo la tierra y mezclado su goce con 
el de nosotros pobres mortales, que andamos aun á tientas 
en las tinieblas, deseando, aunque temblando de miedo, que 
todo saldrá bien al fin, y que no perderemos todo lo que 
hemos ganado en esta guerra de purificación, si se niega 
el derecho de sufragio á la raza recien emancipada? 



304 OBRAS OK. SARMIKNTO 

Enviaré á usted sus discursos en contra de la esclavitud 
pronunciados en el Congreso. Tengo esperanza de publi- 
car toda la colección en una edición uniforme con la «Me- 
nnoria.» Su grata proposición de traducir este bosquejo 
imperfecto de su noble vida, la acepto mas bien con gra- 
titud. Remitiré á usted un párrafo que debió haberse im- 
preso en la «Memoria» inmediatamente después de su 
oración al recibirse de bachiller, con que se cierra el primer 
volumen. Si realiza su propósito de traducirla al español, le 
ruego que lo añada. 

Le envío otro bosquejo de su vida escrito algunos años 
ha por un abogado, y publicado en una obra titulada: «Re- 
tratos de distinguidos Americanos», por el señor Juan Li- 
vingston. Se encuentra en él la estadística completa de 
su vida y trabajos, que por esta razón yo no he querido 
repetirán mi «Memoria», queme fué preciso reducir mucho 
para llenar los deseos del editor. También envío á usted 
otra edición de la misma antedicha biografía, hecha por el 
doctor Enrique Barnard, de Connecticut, en su «Diario de 
la Educación», en que van añadidos otros asuntos relativos 
á educación. Tal vez le convenga á usted mejor traducir 
•estos bosquejos en lugar de mi mas voluminosa «Me- 
moria.» 

Solo después de haber publicado su duodécimo Informe 
anual, se vino á apercibir el Consejo de Educación de la 
magnitud de las tareas de Mr. Mann, que eran al'menos el 
doble de lo que aquel le había indicado ó autorizado, y que 
en muchos casos eran gratuitas y á su propia costa. Había 
sido todo su empeño desde un principio, el hacer lo menos 
costoso posible al Estado esta gran reforma, para no dar 
con ello asidero al partido democrático, que gobernaba 
durante una parte del tiempo en que él desempeñó la 
Secretaría del Consejo. Y aquí es preciso advertir á usted 
que lo que llamaríamos la democracia ideal, nunca fué 
representada por el partido titulado democrático, que á 
menudo esquivaba la luz de las reformas. Por esta razón 
jamás dio á conocer la necesidad en que se encontraba de 



TIDA 0E HORACIO MA.NN 305 

un ayudante ó secretario privado, y en aquellos dias de 
embarazos pecuniarios tuvo que sufrir mucho por esta 
causa. Mas cuando renunció su puesto, hizo presente esta 
falta absoluta, para que su sucesor no careciese de este 
indispensable auxilio. 

Vd. se equivoca al suponer que Mr. Mann creó entonces 
el empleo de Secretario. El fué nombrado para este destino 
por el Honorable Eduardo Everett, que era Gobernador de 
Massachusetts. Sin duda que por su manera de desempe- 
ñarlo dio á esta oficina una importancia, que no habría 
tenido en manos de otro menos interesado por la causa, 
para quien tal vez habría sido de poco valor. 

Al séptimo año de estar en la Secretaría, fué á Europa 
enteramente á su costa, y el Informe en que dio cuenta 
de sus estudios sobre Educación, no se publicó á beneficio 
suyo, sino como ocupando el lugar de un Informe Anual. 

El «Diario de la Educación Común,» un periódico dedi- 
cado á la causa y mejora de la educación y redactado por 
Mr. Mann, sin subvención pecuniaria de nadie, no contaba 
con un número suficiente de suscritores para hacerlo pro- 
ductivo, á menos que no fuese para los editores. Por diez 
años redactó esta publicación sin compensación alguna y 
con gran dispendio de tiempo y trabajo; y el editor la con- 
tinuó después unos pocos años mas. 

El Reverendo Carlos Brooks fué el primero que indicó la 
formación de Escuelas Normales en este país. Debería 
conocer Vd. á este digno caballero que se portó con mucha 
enerjia y perseverancia en hacer prevalecer este ramo de 
la educación, que Mr. Mann y su escelente cuerpo de maes- 
tros han elevado á tan alto grado de esplendor; y continúa 
mejorándose aun y ensanchando cada día mas su plan de 
estudios. 

Perdóneme Vd. si le escribo una carta demasiado larga 
sobre un asunto de tanto ínteres para mí. 

Con todo respeto, me suscribo de Vd. su amiga, 

Mary Mann. 
Tomo xliii.— 20 



306 0BKA8 UK ^JAKMIKNTO 

He aquí el artículo de los Anales de la Educación (N" 10, 
Vol. I, páj. 298) aludido en la correspondencia anterior: 

«La quincena pasada ha sido fecunda en fallecimientos 
de personas notables. Entre estos debo notar al elocuente 
campeón de la educación popular, Mr. Horacio Mann, á 
quien tanto cita el señor Sarmiento.... Estaba dotado de 
fuerza de carácter, celo y un entusiasmo abrasador por la 
causa educacional, y sus esfuerzos contribuyeron á propa- 
gar, en el pueblo de Massachusetts principalmente, las 
semillas que hoy están produciendo tan abundantes fru- 
tos.» — Correspondencia de Nueva York al Mercurio de Valparaíso. 

«En estos términos nos llega la noticia de la muerte de 
uno de los hombres mas modestos, y del carácter mas 
honorable que hayamos tenido la fortuna de conocer y 
estimar. 

«Un día va á llegar en la historia de la especie humana» 
que por haber sido precedido por un largo crepúsculo, no 
herirá tan vivamente el ánimo de los contemporáneos con 
su esplendor, como fascina desde ahora su espectacion. 

«¿Qué es, qué fué el pueblo, la masa de la humanidad, 
desde la vida salvaje hasta que el Ejipto, la Grecia, Roma 
y la Edad Media se elevaron por la cultura de una casta 
sacerdotal, ó de patricios ó nobles? Si la Revelación y la 
dignidad del hombre no nubieran fijado nuestras ideas á 
este respecto, podríamos preguntarnos si hay alma en el 
salvaje, que dijiere en el torpor del embrutecimiento, du- 
rante dias de silenciosa inmovilidad, el fruto de las rapiñas 
que obtuvo por el esfuerzo combinado de la tribu, saquean- 
do, degollando cuanto cae bajo su dominio. ¿El águila que 
desciende de las nubes para arrebatar su presa, el tigre que 
sacia inocentemente su hambre, sea hombre ó bestia lo que 
devora, no tendrán alma también? ¿Quiere mas á sus 
hijuelos la india que la gata? 

«Y, sin embargo, las manifestaciones son en ambos casos 
las mismas. Pero tales son los comienzos del hombre; la 
idea de Dios, de un sistema moral, de responsabilidad, no 
han nacido en la tribu del desierto, por masque se lo hayan 
persuadido así los que la tienen heredada; sino que con el 
trascurso de los siglos, y por la trasmisión del pensamiento 
humano, á medida que avanza con la civilización, ha venido 
creándose una razón en el animal, que por la especialidad 



VIDA DE HORACIO MANN 307 

de SU cerebro era capaz de refleccion, y por la singular con- 
formación de su lengua era susceptible de significar en 
palabras las ideas y trasmitirlas. 

Menos aparente que en los salvajes, ha sido en la masa 
común de la humanidad, en las diversas naciones civiliza- 
das hasta ahora poco, estaorijinal bestialidad del hombre. 
Las naciones cultas fueron siempre civilizadas por una 
clase privilejiada, por un sacerdocio, ó una nobleza, ó una 
casta que ejercía el poder, poseía riquezas y cultivaba la 
intelijencia. Las naciones modernas mismas participan de 
este carácter. La Francia, la Inglaterra, la Italia y otras 
descuellan por sus adelantos en las ciencias; y, sin embargo 
en aquellos países la masa común es en parte mas pobre, 
á veces mas degradada, casi siempre mas ruda, ignorante 
y preocupada, que en los pueblos al parecer menos ade- 
lantados. 

Si, pues, llegase un día en que todos los habitantes de un 
país, hombres y mujeres, ancianos y jóvenes, pobres y 
ricos, poseyeren una cierta suma de conocimientos, y la 
aptitud de adquirir cuantos hubiesen menester para su 
elevación y bienestar; todas esas masas (que así se llaman, 
masas, para indicar por la palabra misma su afinidad con 
la materia bruta, su estado de inacción), se dispersarían 
en individuos aptos, de manera que no hubiera masas, por 
no haber punto mas elevado en la humanidad desde donde 
contemplarlas. Cuando esto suceda, el país donde se rea- 
lize presentará un fenómeno desconocido en la historia del 
mundo: un pueblo de sacerdotes, de patricios y de nobles, 
y de sabios á la vez, sin plebe, sin masas, sin grei; un tea- 
tro de acción cuyo centro estará en todas partes; un poder 
público, sin formas, sin compulsión como sin obediencia; 
porque todos obedecerán instintivamente á las leyes de la 
razón, camo sucede ya entre las clases educadas y morales, 
en que el robo á mano armada y el homicidio, que era una 
virtud esclusiva de los nobles de la Edad Media, ha desa- 
parecido. 

Y si la humanidad pudiese, cuando esa feliz época llegue, 
buscar en sus tradiciones históricas el nombre de los hom- 
bres que produjeron ese cambio profundo en la condición 
de la humanidad, encontraría el de Lutero como iniciador 
del movimiento, sin previsión de los resultados y sin inten- 



308 UBKA8 OiC SAKMIKNTU 

cion de producirlos; y á Mr. Horacio Mann de Massachusetts 
como el realizador de la innovación, con plena conciencia 
de su obra, con el ardor del Apóstol de las Jentes, que 
reduce á ciencia el sentimiento, con la terca persuacion de 
Colon que completa la jeografia del globo, desde que se 
sabe á ciencia cierta que es globo el planeta que habitamos. 

Tal es mi repuesta á la observación del corresponsal de 
Nueva York que halla un tanto exajerada nuestra profun- 
da veneración por Mr. Horacio Mann, á quien conocimos y 
tratamos en su humilde morada de West Newton, en los 
alrededores de Boston, viviendo pobre de un salario escaso, 
y siguiendo con perseverancia la obra que había comenza- 
do en 1837, cuando fué nombrado Secretario del Consejo de 
Educación de Massachusetts, compuesto de sectarios, es- 
pecie de policía relijiosa, pero sin iniciativa ni capacidad 
en sus miembros para la obra de que era Mr. Mann el 
único operario. 

Es que el autor de aquellas observaciones no tiene mo- 
tivo de conocer la literatura, diremos así de.la educación 
popular, ignorando, por tanto, que en Europa y en América 
eran raros antes de Mr. Maun, y no abundan todavía, los 
hombres que descollaban en este ramo; pues M. Cousin 
que había descrito las escuelas y universidades de Prusia 
y otros puntos de la Alemania, desempeña en ello una 
comisión, no habiendo ni antes ni después prestado aten- 
ción á este asunto. Podríamos nombrar uno por uno los 
educacionistas del mundo, y darle á cada uno su prez, se- 
ñalando la parte lejítima que le corresponde en la grande 
transformación de la especie humana, y en la destrucción 
de la masa popular, habilitando á toda raza para adquirir 
y legar sus títulos de nobleza por la igualdad de la educa- 
ción. 

Mr. Horacio Mann solicitó y obtuvo del Grobierno de Mas- 
sachusetts una escasa asignación para visitar la Prusia y 
otros Estados europeos, donde alboreaba ya un sistema de 
educación universal; y poco debió servirle á satisfacer esta 
curiosidad, según aparece de los datos contenidos en la 
obrita que publicó á su regreso, si no es para revestir su 
í'iOmbre y sus propias ideas del prestijio de que carecen 
siempre las ideas entre los contemporáneos, vieja enferme- 
dad notada por Jesucrito en la aldea de su nacimiento, que 



YIDA. DE HORACIO MANN 309 

le negaba el carácter de profeta. Thales y los sabios de 
la Grecia tenían la costumbre de viajar al Ejipto y confe- 
renciar con sus prestijiosos sacerdotes, acaso mas ignoran- 
tes que ellos, á fin de que sus lecciones pudiesen ser oidas 
sin desden por sus compatriotas, ya que no venían de uno 
de ellos, sino como trasmisión del pensamiento ajeno. 
Continuó ejerciendo su influencia casi decisiva en el gran 
movimiento de desarrollo de la educación común, esten- 
diendo y mejorando las famosas leyes dictadas por los Pe- 
regrinos desde 1660; ora ocultándose á la sombra del Con- 
sejo de Educación, ora haciendo que fuesen nombrados 
capitanes y pilotos de la nave los hombres prominentes 
en la sociedad, reservándose el manejo del timón. 

El Secretario debía pasará la Lejislatura todos los años 
un Informe del estado de la educación en Massachussets, 
redactar un periódico y recorrer el Estado, con facultad de 
reunir el vecindario de cada localidad para dirijirle la pa- 
labra sobre los intereses de la educación. 

Esta es la obra que desempeñó Mr. Mann durante doce 
años, obra sin precedente en el mundo, la predicación de 
un nuevo evanjelio por la prensa, y la oración hablada 
ante el pueblo para convencerlo ante la Lejislatura, para 
convertir en ley cada progreso de la conciencia! pública; 
logrando al fin formar en la jeneralidad de los habitantes 
de Massachussetts un sentimiento que el resto de la huma- 
nidad no posee todavía sobre la degradación de la ignoran- 
cia. La doctrina de Mr. Mann, ya consignada en las leyes 
de ese país y hondamente arraigada en la conciencia del 
pueblo, puede reducirse á unas cuantas sentencias: 

— El hombre que no ha desenvuelto su razón con el au- 
xilio de los conocimientos que habilitan su recto ejercicio, 
no es hombre en la plenitud y dignidad de la acepción. 

— La ignorancia es un casi delito; pues que presupone la 
infracción de las leyes morales y sociales. 

— La asociación de los hombres tiene por objeto la eleva- 
ción moral de todos, y el auxilio mutuo para asegurarse su 
quietud y su felicidad. 

— La propiedad particular debe proveer á la educación de 
todos los habitantes del país, como garantía de su conser- 
vación, como elemento de su desarrollo, y como restitución 



310 



OBKAS DK SAllMIENTü 



en cambio de los dones de la naturaleza que son la base de 
la propiedad. 

— La libertad supone la razón colectiva del pueblo. 

— La producción es obra de la intelijencia. 

Estas doctrinas por avanzadas y metafísicas que parez- 
can, están convertidas en leyes, con el apoyo del pueblo 
que cree en ellas, como cree en los dogmas morales y re- 
lijiosos. 

El estado de Massachussetts, con poco mas de un millón 
de habitantes, contribuye voluntaria y espontáneamente 
con mas de dos millones y medio de duros anuales para la 
educación común, lo que prueba en cuanto la estima; sus 
leyes persiguen la ignorancia como la borrachera, habien- 
do jueces para oir la acusación de ignorancia interpuesta 
contra el niño, que empleados policiales toman en las calles, 
pudiendo condenarlo á ser educado por el Estado, en casas 
de reforma ó de corrección, si sus padres no diesen garan- 
tías morales suficientes de que comprenden y respetan sus 
deberes de padre. 

Esta nueva creencia de que solo Massachusetts está uni- 
versalmente poseído, ha tenido tiempo de producir sus 
resultados durante los dias de Mr. Mann. Pocos son y muy 
buscados los niños que en trescientos municipios rurales 
se sustraigan al deber legal de recibir cuanta educación 
puede atesorarse desde cuatro á diez y seis años de edad, 
mientras que la riqueza del Estado, la cifra de la produc- 
ción media que toca á cada hombre, ha triplicado preci- 
samente desde 1837, en que Mr. Mann desenvolvió su 
sistema, haciendo en efecto cada adolescente que se pre- 
sentaba por la educación, preparado á entrar en la vida, 
como un obrero creador de riquezas, la obra de sus ma- 
nos, de su intelijencia, y de la elevación de su alma. 

Un hecho domina la sociabilidad americana. El año 
pasado se han dado patente de privilejio á tres mil máqui- 
nas de invención nacional, y pedídose este privilejio para 
cinco mil, las cuales sumadas con patentes espedidas en 
años anteriores, dan mas de veinte mil máquinas agrega- 
das al capital productor de la humanidad. La Inglaterra 
sigue, ya que no inspira, el injenio de sus hijos; y el antiguo 
mundo tiene que presentarse en masa, sin distinción de 
naciones, para comparar sus cifras con las del pueblo ame- 



VIDA DE HORACW MANN 311 

ricano en máquinas, en ferro-carriles, en telégrafos, en 
buques y en producción. 

¿Cuál es la causa jeneradora de esta estraordinaria po- 
tencia? La mas sencilla del mundo. La A.mérica encierra 
mayor número de intelijencias cultivadas que la Europa, 
por mas que sus posiciones respectivas sean tan diferentes. 
La educación común esplica estos fenómenos, y Mr. Mann está 
al frente de esa revolución social que va á cambiar la faz 
del mundo, trayendo el dia para la acumulación de la 
riqueza, para el sosten de la libertad, del orden y del 
progreso á novecientos millones de seres humanos de los 
que pueblan la tierra, y que por su ignorancia y degrada- 
ción, son obstáculos ó remora á la libertad, á la riqueza y 
al progreso. 

Horacio Mann, concluida su grande obra, abandonó á 
sus discípulos la continuación y mantenimiento del siste- 
ma, y la Lejislatura de Massachusetts, en 1854, le enco- 
mendó recopilar las leyes sobre Educación y esplicar el 
sistema de educación común del Estado de Massachusetts. 
¿Qué estraño es, pues, que un educacionista de Sur-Amé- 
rica, en 1847, se enamorase de este gran carácter y de este 
pensador, cuyos escritos é ideas en materia de educación 
son hoy parte de la ley de su patria, como ha sucedido con 
los grandes comentadores y espositores de la lejislacion 
común, y los deseos y aspiraciones suyas el íin que se 
proponen alcanzar los que siguen sus huellas? 

Aparte de estos honores que se limitan á aprovechar de 
sus ideas hasta en las últimas concepciones, Mr. Mann ha 
debido morir pobre, y relativamente oscuro; pues en la 
intimidad de sus confidencias le oimos en 1847 lamentarse 
de su angustiada situación. 

Sus discursos en los meelings municipales, y sus informes 
á la Lejislatura tienen en efecto tal elevación de ideas, sus 
argumentos en favor de la difusión de la educación están 
tan llenos de la unción relijiosa que da la contemplación de 
la grandeza humana, de los designios de la Providencia, y 
de las grandes leyes morales que rijen la sociedad y presi- 
den á nuestros destinos, que bien pudiera tachársele de 
metafísico, si esa metafísica no hubiese producido los re- 
sultados prácticos que dejamos apuntados. 

El Estado de Massachusetts va á la cabeza de la huma- 



312 OBKAS DB SARMIENTO 

nidad en este movimiento, y un millón de habitantes, pa- 
dres é hijos, disciplinados por aquel nuevo Moisés, pueden 
decir que y^ han entrado en la tierra de promisión á que 
van encaminándose los otros pueblos, pudiéndoseles clasi- 
ficar en este orden : 

Massachusetts, Maine, Connecticut, Nueva York, Ohio, los 
Estados Unidos y el Canadá en jeneral; 

Prusia y Alemania en su totalidad; 

Francia, Inglaterra, Italia, Rusia, etc.; 

Y España, y nosotros sus hijos, venimos á la retaguardia 
envueltos en el polvo de nuestra degradación moral, mise- 
ria é ignorancia. 

Por fin, vienen las naciones del Asia, los salvajes del 
África, los indios de las islas y pampas de la América. 

D. F. Sarmiento. 



DEDICACIÓN DE LA ESTATUA DE HORACIO MANN EN LA PLAZA 
PRINCIPAL DE BOSTON, 4 DE JULIO DE 1865 



Esta estatua fué erijida para perpetuar la memoria de 
Horacio Mann, el primer Secretario del Consejo de Educa- 
ción del Estado de Massachusetts, fundador de la primera 
Escuela Normal de Preceptores, cuyo celo y elocuencia han 
hecho mas por las escuelas comunes, que ninguno otro en el 
país; cuya vida está esmaltada de bellas acciones: á Hora- 
cio Mann, el Maestro y el Filántropo, no al hombre político, 
ha sido erijido este monumento. 

La estatua, que es de bronce, de cerca de nueve pies de 
alto, ha sido ejecutada en Roma, por la Señorita Stebbins, 
y vaciada en Munich al costo de cinco mil pesos. Está colo- 
cada sobre un pedestal de piedra gris de dimensiones pro- 
porcionadas. No es el menos interesante de los hechos 
ligados con este monumento, la circunstancia de haber 
contribuido las clases menos acomodadas con la mayor 
parte del capital necesario para su realización. Los niños 
de todas las escuelas públicas de la República contribuye- 
ron con veinte y cinco centavos cada uno, y los maestros 
con un peso fuerte; y esta vino á ser la base del fondo 



VIDA DE HORACIO MANN 313 

nacional levantado con tan digno objeto. El costo del pe- 
destal, que llegó á unos quince mil pesos, fué sufragado 
por una apropiación hecha al efecto por la Lejislatura de 
Massachusetts. 

El día de la inauguración, la estatua estaba cubierta con 
un velo, y este no se descorrió hasta que el Dr. Howe, Pre- 
sidente de la Comisión encargada de la obra, no hubo pro- 
nunciado su discurso. Los espectadores estaban reunidos 
en torno, ocupando el pórtico de la Casa de Gobierno, todas 
las estensas gradas por donde se sube á este grandioso 
edificio, y todo el espacioso frente del celebrado Commoii 
de Boston (especie de parque público en el centro de la 
ciudad). 

Las ceremonias del caso comenzaron por el siguiente 
discurso del Dr. Howe: 

« Conciudadanos y amigos : Los instintos de la especie hu- 
mana la han llevado en todos tiempos á erijir alguna clase 
de monumentos para perpetuar la memoria de aquellos 
individuos, que en grado eminente descubrieron las cuali- 
dades tenidas en mas alta estima durante sus dias. Los 
salvajes amontonan piedras sobre la sepultura de sus mas 
fuertes y astutos jefes: los bárbaros levantan monumentos 
á los grandes destructores. Algunos pueblos civilizados 
erijen estatuas á los grandes jenerales; las democracias á 
los grandes oradores; las aristocracias á reyes y régulos. 
Dados los monumentos de un pueblo, ó de una clase de 
hombres, puede decirse quienes son esos pueblos ó esos 
hombres. 

«En todas las edades las bellas artes se han consagrado 
á celebrar y perpetuaren látela, el marmol, ó el bronce, 
las virtudes de aquellos á quienes el pueblo tenia en mas 
alta estimación. Hasta ahora esos honores habían sido 
monopolizados por los grandes batalladores, por los gran- 
des escritores, y por los grandes oradores. Hoy dedicamos 
una estatua al hombre cuya grandeza consistía en su amor 
por sus semejantes, en su confianza en la innata bondad 
del hombre, y en su capacidad de mejoramiento; y en su 
ardiente celo, en fin, por elevar y mejorar la condición del 
pueblo. Amaba al pueblo, vivió y trabajó para el pueblo^ 
mas aun, murió por el pueblo, en cuanto su prematura 
muerte fué acarreada por esceso do celo y de labor en la 



314 OBRAS DE SARMIENTO 

causa de la educación del pueblo. Era, conciudadanos, 
digno deque un Estado conno el de Massachusetts elevase 
un monumento á hombre semejante; porque es al propio 
tiempo la prueba de la grandeza y bondad del uno, de la 
intelijencia y virtud del otro. Y es el pueblo de Massachu- 
setts quien lo levanta; porque los medios de elevar esta 
estatua han sido suministrados por el pueblo en jeneral y 
no por los ricos. Unos pocos ricos dieri^n de su abundancia: 
pero muchos mas dieron de su pobreza. El muestro de 
escuela que solo podía economizar un peso; la maestra 
cincuenta centavos; los niños y niñas de las escuelas, que 
solo tenían un céntimo, todos han contribuido á esta obra ; 
y el Estado de Massachusetts mismo, para ponerle el sello 
de su aprobación, por medio de un voto de su Lejislatura, 
costeó el pedestal. La obra misma ha sido hecha por una 
mujer: mujer de jenio artístico; mujer que fué inspirada 
por el mas noble de los asuntos, y cuya ejercitada mano ha 
modelado el bronce que descubro ante vosotros: la estatua. 
DE Horacio Mann.» 

En medio de los aplausos de la multitud y las sonatas de 
la música, una niñita subió á la plataforma, y colocó una 
corona de laureles sobre la cabeza de la estatua, la que 
atrajo una nueva tormenta de aplausos. Después de los 
oficios relijiosos celebrados por el Rev. Dr. Watterson, Su 
Exelencia el Señor Gobernador Andrew fué introducido, y 
se dirijió de este modo á la concurrencia: 

« El 17 de Junio, aniversario de la batalla de Bunker Hill, 
dedicamos, á orillas del Merrimac, una columna votiva á la 
memoria de los que cayeron, como los primeros mártires 
en la gran rebelión. Hoy, 4 de Julio, cerca de las playas de 
la bahía de Massachusetts, inauguramos esta estatua de 
perdurable bronce, para preservar en la memoria y tras- 
mitir á las futuras jeneraciones, las formas y facciones de 
un sabio, cuya vida contribuyó á hacer de aquellos simples 
ciudadanos, soldados heroicos, y á hacer posible el triunfo 
de la libertad y de la humanidad, de que son dignos ma- 
nifiestos la fausta celebración de este día por todo el conti- 
nente. 

oc Jóvenes eran, llevaban las armas de la guerra, cuando 
cayeron. El era de edad provecta y no conoció otra arma 
que su palabra y su pluma. Ellos obedecían á la voz de la 



VIDA DE HORACIO MAJÍN 315 

Patria, desde que oyeron su llamado. Él fué electo desde 
que entró en la virilidad, cuando al recibir grados en el 
Colejio disertó sobre el carácter progresivo de la raxa humana. 
El de aquellos fué un breve y rudo combate: el suyo fué el 
combate y el trabajo de la mayor parte de su vida. Minado 
por la escesiva d'ttiicacion á su obra, él, como los que caye- 
ron en el campo de batalla, murió antes de tiempo, según se 
presume. 

« En Mayo de 1796 nació Horacio Mann en el Estado de 
Massachusetts, lecibió sus gradus en la Universidad de 
Rhode Island, en la que después fué profesor de griego y 
de latin; en 1823 era miembro del foro de Norfolk. Al año 
siguiente, hace de ello cuarenta años hoy, pronunció un 
discurso sobre la Independencia americana. Tres años 
después fué electo representante por Dedham á la Lej isla- 
tura de esta República. En 1836 era Presidente del Senado, 
creado Senador por Suffolk, á donde había trasladabo su 
residencia, y héchose ciudadano de Boston. 

« Cuando presidia el Senado vi por la vez primera este 
hombre verdaderamente eminente, que aunque ya entrado 
en años, maduro de espíritu, y rico de esperiencia en los 
negocios públicos, apenas iiabía echado por entonces ios 
cimientos visibles de su subsiguiente y perdurable fama. 
Un año después vino á ser Secretario del Consejo de Edu- 
cación, y en aquella nueva posición, que él creó mas bien 
que desempeñó, se elevó por un raro jenio y trabajo á ser 
un bienhechor de la Humanidad, á la duradera grandeza 
que le está reconocida. Él pr<jbó como, en la vida de un 
solo hombre, podían combinarse y hacer resaltar la eleva- 
ción del pensamiento, las grandes ideas, el saber profundo 
y exacto, con las concepciones poéticas, con la cuidadosa y 
molesta elaboración de los mas humildes detalles, y con la 
enerjia y la fe mas viva. 

« No seria muclio aíirmar, que en los once años de sus 
servicios, como Jefe del sistema de educación popularen 
Massachusetts, lenvantó !a causa misma á una tal eminen- 
cia y altura en la estimación pública, cual no se liabia 
conocido, hasta entonces; reformó el sistema mismo, dán- 
dole nueva vida; y de este modo hasta esta hora, ha dado 
■á todos los hombres suficiente estímulo, para esforzarse 



316 OBRAS DE SARMIENTO 

por mantener en alto el estandarte que él levantó casp 
solo. 

« La muerte de Quincy Adams, hizo volver los ojos del 
pueblo hacia Horacio Mann para ocupar su asiento en el 
Congreso como su sucesor. Obedeciendo á su llamado, en 
1848 subía las gradas del Capitolio, para revestir el manto 
de aquel asombroso anciano. Después que su carrera 
pública estaba al parecer terminada ya, y había contri- 
buido mas á la fama permanente de Massachusetts y á la 
libertad americana, que lo que habían hecho todos sus 
contemporáneos en el servicio público de su comunidad, 
nativa. 

« En el Congreso, en el meeting, en los tribunales, 
cuando defendía á Drayton y Sayres, bajo un código feroz 
de esclavitud, puede con verdad declararse, que Horacio 
Mann hizo, por medio de su maravillosa dialéctica, su 
absoluta abnegación, su fortaleza en el trabajo, su inje- 
niosa y fértil versatilidad de intelijencia, todo lo que habría 
podido esperarse de un hombre, cuya vida anterior hubie- 
se sido dedicada solo á la política como una profesión. 
Aun mas todavía, por doce años consecutivos abandonó 
el foro, para cuyas tareas había sido educado; y retirándose 
de la vida pública para la cual tanta aptitud había mos- 
trado, puesto alma, vida y corazón en la única tarea, con el 
firme empeño de elevar la escuela de distrito, y mejorar 
los sistemas de enseñar á los pequeñuelos mas simples 
rudimientos y mas vulgares nociones. 

« En 1853 aceptó el Rectorado del Colejio de Antioquía» 
en Ohio, y allí gastó los últimos seis años de la vida mas 
laboriosa y activa, memorable como ejemplo de consagración 
al deber. En cuanta obra emprendida quedaba estampado 
el sello de superioridad. Do quiera permanecía la imájen 
de su poderosa voluntad, de sus altas concepciones, su sin- 
gular independencia, su fiel integridad; y estas obras, para 
la mejora de la condición del hombre, y de que la humani- 
dad le es deudora, son los verdaderos monumentos come- 
morativos de un tal carácter y de una tal vida. 

« Por tanto, no por él, sino por nosotros, y por nuestros 
hijos, en nombre de Massachusetts, y á beneficio de su 
pueblo, de la sagrada causa del saber y de la santa causa 
de la libertad. Yo, inauguro esta efijie monumental de 



VIDA DE HORACIO MANN 317 

Horacio Mann. Estará ahí, muda pero elocuente, al sol y 
á la lluvia. En la Cumbre de Beacon Hill, en frente del 
Capitolio dala República, juntas las estatuas de Webster 
y de Mann, atraerán la mirada de las jeneraciones futuras, 
desafiando la acción destructora de el tiempo, mucho 
tiempo después que los hombres y las mujeres que se en- 
cuentran presentes á esta ceremonia, hayan ido á reunirse 
con sus padres en el seno de la tierra. 

« A un lado está la estatua de Webster, el gran jurista 
el grande hombre de Estado, el grande Americano. Del 
otro está la estatua de Horacio Mann, el maestro de Filoso- 
fía en sus aplicaciones á la política y á la instrucción popu- 
lar, teniendo por alumnos á toda la humanidad. El sol 
naciente de la mañana volverá del purpúreo Oriente para 
saludar su frente; y cuando su dorada órbita ascienda al 
zenit lanzado sus rayos desde lo alto de los cielos, los envol- 
verá y calentará en jeneroso abrazo con su acariciador 
amor y gloria; y hacia su ocaso, debajo del horizonte, sus 
espirantes rayos se detendrán todavía sobre la frente de 
Webster». 

Estas finales observaciones del Gobernador fueron sin 
duda inspiración del momento, por que precisamente al 
concluir su discurso, habiendo ya la luz del sol naciente 
envuelto la estatua de Mann, apenas empezaba á iluminar 
la cabeza de la estatua de Webster. El sol poniente pro- 
duciría el efecto contrario. M. J. P. Philbrick, Superinten- 
dente de las Escuelas Públicas de Boston, fué en seguida 
introducido. Observó que miraba como una felicidad tomar 
parte en la solemnidad del día, honrando al mas grande 
abogado de la educación popular en la mas auspiciosa 
mañana del aniversario nacional. El mismo era un repre- 
sentante humilde de aquella clase de operarios, para 
quienes y por quienes vivió, trabajó y murió. Aquellos 
que tienen inmediato encargo de la educación de los 
niños de esta tierra. Mr. Mann tenía muchos títulos á 
nuestra consideración y respeto; pero el monumento fué 
erijido principalmente por haberse consagrado á la 
educación, como su modo especial de hacer bien á la huma- 
nidad. Decía á alguno de sus amigos, que todos sus casti- 
llos en el aire cuando niño, se referían á hacer algún bien 
é. la humanidad; y en alguna forma tenía desde temprano 



318 0BRA8 DK SARMIENTO 

la convicción de que la instrucción era el instrumento reque- 
rido para obtenerlo. Vio que la mejora de su propia alma 
y corazón, el cultivo de su propio carácter, con la mira de 
aplicar sus talentos al beneficio de la humanidad, era el 
verdadero y lejitimo fin de toda aspiración. Llegó á com- 
prender naturalmente que la mas grande tarea que podía 
imponerse al hombre, era la de difundir entre sus seme- 
jantes los conocimientos y la virtud. Llegó á persuadirse 
de que el único medio para la preservación y perpetuación 
de nuestras instituciones libres, y las bendiciones que de 
ellas emanan, estaba en la inteligencia y moralidad del 
pueblo, que habla de obtenerse por el intermedio de las 
escuelas públicas. Él se elevó así de escalón en escalón á 
la altura del grande argumento de la educación universal, 
como medio de libertad, como medio de prosperidad y 
felicidad nacional. Fué mas adelante, declarando que es el 
indudable derecho de todo niño que viene al mundo reci- 
bir educación, y que es el deber del Estado proveer de 
aquella educación á todos los niños. 

En seguida el Superintendente de Escuelas habló de los 
esfuerzos de Mr. Mann como Secretario del Consejo de 
Educación para el fomento y adecuada compensación de 
maestros competentes; y concluyó espresando la idea de 
que no había uno en aquella República que no fuese mejor 
educado, á causa de los trabajos de Mr. Mann, y ninguno 
que no lo fuese mejor por haber Mr. Mann vivido y trabaja- 
do en esta República. 

Tomó en seguida la palabra el Rev. Rector de la Univer- 
sidad de Harvard, y dijo: 

«No hemos erijido esta estatua, conciudadanos, solo á la 
memoria de aquel cuya presencia corporal tan fielmente 
recuerda, sino también á aquellos grandes principios á los 
cuales, con tanto celo, energía y buen éxito se consagró, 
pnncipalmente en los doce años que fué Secretario del 
Consejo de Educación. Mientras subsista aquí sobre su fir- 
me pedestal, recordará perpetuamente al pueblo de esta 
República y á sus representantes en esas salas de su Le- 
jislatura, que Massachusetts por su nombramiento, ahora 
veinte y ocho años, el jueves pasado, se comprometió á 
conducir á aquellos Estados, que toman un propio interés 
por la educación de sus conciudadanos. Noblemente lu- 



VIDA. DE HORACIO MANN 315 

chó la República bajo su guía para cumplir aquel empeño. 
El jénio del escultor ha dotado aquellos labios inmóviles 
coa su habitual espresion de ternura mezclada de severi- 
dad, de estoica abnegación propia, y de inflexible consagra- 
ción á la tarea emprendida; y si Massachusetts presta el oi- 
do, no dejará de oir en su silenciosa elocuencia: — No me 
honréis á mí; sino honrad los principios por los cuales me 
disteis ocasión de trabajar; recordad que es el derecho y el 
deber de un Estado dar á cada uno de sus hijos aquella su- 
ma y aquella clase de educación, que ha de habilitarlos 
para servir al progreso de la humanidad. 

«Escuchemos esta doctrina porque es la verdadera. Lo 
que San Pablo dice de la Iglesia, aplícase también á una 
nación. Somos todos un cuerpo, y miembros en particu- 
lar. Cada miembro individual de el cuerpo político sirve 
mejor sus propios intereses, sirviendo los intereses del to" 
do, y la nación sirve mejora los intereses del todo, guardan- 
do cuidadosamente los intereses y derechos de cada indi- 
viduo. Los miembros menos honorables son á veces los 
mas útiles y mas dignos de especial cuidado. En esta na- 
ción recientemente rejenerada, no habrá ni Sur ni Norte, 
ni Este ni Oeste, ni Celta, ni Anglo-sajon, ni Teutón, ni afri- 
cano, esclavo ó libre, sino el ciudadano americano, que se- 
rá todo en todos; asegurando á cada hombre igual cuidado, 
igual protección, igual oportunidad para adquirir aquella 
suma, y aquella clase de educación que los unirá mas es- 
trechamente á la nación. Pero si el pueblo americano no 
hubiese de llegar rápidamente á esta plena estatura de hu- 
manidad, en todo caso la República de Massachusetts ha- 
brá mostrado lamas unánime consagración á las mas altas 
aspiraciones. Que no haya aquí celos entre las costas y las 
montañas, entre el labrador y el manufacturero, sino que to- 
dos se unan en sosten del honor y los intereses del Estado,, 
bien seguros de que los intereses de todas las secciones y 
de todas las clases, han de mostrarse á la larga idénticos. 

«Vuestras Escuelas Comunes llegarán á ser un día supe- 
riores á las de todos los Estados del continente; pero Nue- 
va York y los Estados del Oeste, mas completamente sobre 
aviso, mas libres de las trabas de la rutina, mostrándose 
mas jenerosos en proporción desús medios para proveerá 
los gastos, pronto os dejarán atrás sino renováis vuestros 



320 OBRAS DK SARMIENTO 

-esfuerzos. Vuestros Colegios y vuestras Universidades al- 
canzaron en un tiempo una orgullosa preenainencia sobre 
los de los Estados hermanos; pero otros Estados de muchos 
años á esta parte han estado imitando con feliz éxito vues- 
tros anteriores pasos; y en pocos años mas, si no os dais 
prisa á llevarles la delantera siempre, poseerán institutos 
mas comprensivos de la mas alta educación, mas ricamen- 
te dotados, y mejor organizados que los vuestros. Que Mas- 
sachusetts rescate y aumente su antigua gloria. No olvi- 
demos, mientras esta santa imájen recuerde al fiel é infa- 
tigable Secretario del Consejo de Educación, que es dere- 
cho y deber del Estado proveer á cada niño con aquella su- 
ma y aquella clase de educación que mas seguramente lo 
prepararán, según la medida de sus talentos, á ser mas útil 
á su raza. Nuestras escuelas comunes son todavía suscep- 
tibles de mejora en cuanto á los medios de hacer á la socie- 
dad intelijente y celosa colaboradora en la obra de mejo- 
rar la gran masa del pueblo. Las escuelas de nuestro Es- 
tado, aunque útiles, están muy lejos todavía de habilitar á 
todos los niños que lo deseen, para obtener la educación del 
Colejio. 

«La República debe sacar el mayor partido de todos los 
talentos de todos sus hijos, y cuanto mas grande el talento 
sea, mayor es la necesidad de utilizarlo. Por tanto, aque- 
llos que querrían proseguir mas larga carrera en las letras, 
en las ciencias, en las artes, ó se hiciesen maestros de la 
filosofía, la economía política, la jurisprudencia, ó la ciencia 
de hombre de estado, y de este modo llegasen á hacerse ca- 
paces de prestar los mas altos servicios al Estado, debían 
ser gratuitamente ayudados por la República de Massachu- 
set, y no dejarlos dependientes de la fortuna particular, ni 
forzados á buscar ayuda en las Universidades de tierras es- 
trañas. Que el Estado abra asi de par en par las puertas á 
la educación, atrayendo mas bien aquí la juventud de otras 
partes. 

«Horacio Mann en su juventud proclamó el verdadero pro- 
greso de un Estado. Que esta estatua no señale el día en 
que este Estado dejó de avanzar, y se dio por satisfecho con 
sus imperfectos progresos: antes bien, honremos su nombre, 
entregándonos de corazón á los altos fines de la humanidad» 



VIDA DE HORACIO MANN 321 

y á la grande causa de la Educación, que con él estaba 
identificada, y en la que ganó nombre mas durable que el 
bronce, y se plantó en el afectuoso recuerdo del pueblo con 
mas solidez que obra alguna de mano de hombre, puede 
quedar sobre estos cimientos». 

La solemnidad terminó con los cánticos de los niños en 
<joro; ejecutando el «A.mérica», seguida de la bendición del 
Rev. Dr. Stebbins. 



Tomo xun.— 21 



VIDA DE HORACIO MANN 



su EDUCACIÓN Y SUS PRIMEROS ANOS 



Horacio Mann nació en el pueblo de Frankíin, condado 
de Norfolk, Estado de Massachusetts, el 4 de Mayo de 1796. 
Su padre, M. Tomas Mann, sostenía su familia con el pro- 
ducto de una pequeña chacra (farm), y murió cuando el 
niño Horacio entraba en los trece años de edad, dejándole 
solo en herencia el ejemplo de una vida sin tacha, y 
una sed ardiente por el saber. La única hermana que 
le sobrevive, corona hoy una existencia de virtudes, con- 
sagrándose, punto menos que gratuitamente, á la edu- 
cación de los niños pobres de color en una escuela de 
Providencia, en Rhode Island, de la cual es directora. 

Los escasos recursos del padre no bastaban á proporcio- 
nar una educación competente á sus hijos. Estos obtuvie- 
ron asi la muy limitada que se podía procurar en la escuela 
pública del distrito, que su mala estrella quiso fuese este 
unode los mas reducidos, y la mas pobre en edificio y ma- 
estros; pues que la pobreza y lo esparso del lugar no permi- 
tían mas. Es bien sabido, cuanto interés ó importancia 
daba á la arquitectura de estas casas de la educación, 
cuando en años posteriores este oscuro alumno de aquella 
oscura escuela, llegó á ser el Secretario del Consejo de 
Educación de Massachusetts; y con que pinceladas ha de- 
jado trazadas las condiciones de comodidad, economia, sa- 
lubridad y ornato de que deben estar dotadas estas estruc- 
turas, tal cual nunca hablan existido en realidad. Sin duda 



324 OKKAüi l>K «íakmiemtu 

alguna estas pinturas le eran sugeridas, menos por la ima- 
ginación, que por recuerdo de aquella vetusta escuela dila- 
pidada por la intemperie y con sus mamparas rotas, 
sin vidrios ni celocias; y aun á veces no teniendo siquiera 
ventanas ni otra especie de ventilación, que la que podría- 
mos llamar pr^/^r/míMra/. «Los toscos y encumbrados asien- 
tos, que hacían literalmente activo el verbo sentarse». «La 
chimenea de holgado caño, que daba una intensidad tro- 
pical al calor en torno del hogar, mientras á diez pies de 
distancia estaba congelado el aire», suministrando con esto 
«una esplicacion muy gráfica de las diversas temperaturas 
del globo; pues con andar siete pasos se recorrían las cinco 
zonas» . El hecho de conjelarse la pluma en el invierno, le 
trajo el recuerdo del niño que se disculpaba de no presen- 
tar su composición, porque aunque sus ideas corrían, la 
tinta no. En el verano la escuela de aldea era para él la 
cueva del hermitaño, colocada fuera del alcance ú oido de 
de los mismos árboles entre sí. 

Otras veces ha descrito una escuela «con techo á guisa de 
arteza, en cuyos lados inclinados se divisaba un anchuroso 
agujero, cual si fuera un embudo para verter dentro el 
agua, y hacer un depósito ó algibe de la escuela. Al prin- 
cipio creí que fuera un pluviómetro en grande escala. Lla- 
mea la preceptora y la pregunté si no se habían ahogado 
allí algunos chicuelos. — Bien fácil habría sido, me contestó, 
si no fuera que el suelo absorve ó chupa tanta agua como 
el techo de que se surte». 

Su padre gozó de poca salud, y murió últimamente tísico. 
Horacio heredó sus débiles pulmones, y desde los veinte 
á treinta años anduvo orillando las fatales riberas de 
aquellas misma enfermedad. Con esta hereditaria fla- 
queza iba aparejado un temparamento nervioso, que una 
imperfecta educación no hizo mas que agravar, imprimién- 
dole una tal sensibilidad é impaciencia, que solo su gran 
fuerza mental logró dominar. Como buen apóstol de la 
educación, él sabía disimular á los maestros una debilidad 
que él mismo había esperimentado. Por aquel tiempo, po- 
cas eran las familias educadas conforme á los modernos 
principios de la Fisiología. Si había algunos que observa- 
sen las leyes de la naturaleza y de la higiene, esto sería 
mas bien la obra de una feliz casualidad que de la aplica- 



VIDA DE HORACIO MANN 325 

cion de la ciencia. Las terribles consecuencias de esta 
universal ignorancia han quedado estampadas hasta hoy 
en la fisonomía general de la sociedad. El censo nacional 
podria solo revelarnos el número de sus víctimas. Tanto ha 
menoscabado esta mala educación las condiciones sanita- 
rias, que se ha hecho una rareza dar con una persona que 
disfrute de una robusta salud. 

La madre de Mr. Mann estaba dotada de una fuerza de ca- 
rácter de inteligencia superiores á la generalidad. La in- 
tuición se había anticipado en ella al raciocinio; y los resul- 
tados iban en armonía con sus predicciones. Era una 
verdadera madre. En el orden de los deberes, sus hijos 
ocupaban el primer lugar: el mundo y ella misma venían 
en seguida. Escaso era el saber que podía comunicar; pero 
ejecutó una obra mas grande, al inculcar á sus hijos los 
principios que guían á todos los conocimientos. Los pri- 
meros años del joven Mann se pasaron en un distrito rural 
en una oscura aldea, sin movimiento ni objetos ú ocasio- 
nes de distracción. En una carta escrita mas tarde á un 
amigo, le decía: «Considero como un» irreparable des- 
gracia no haber disfrutado durante mi niñez. Dotado na- 
turalmente de un genio espansivo y vivaracho, la pobreza 
de mis padres no me permitió desahogos ni diversiones. 
Convengo que el trabajo sea la nodriza del hombre; pero 
á mí me nutrió demasiado con su amarga leche. En el in- 
vierno, mis quehaceres dentro de la casa eran de un gé- 
nero tan sedentario, que me condenaban á la inmovilidad; 
mientras que en el verano las labores del campo eran tan 
recias, que muchas veces no alcanzaba aun á satisfacer el 
sueño. Ni memoria conservo del tiempo en que comencé 
á trabajar. Los días de recreo (no días, que jamas disfru- 
té uno, sino horas de recreo) me costaban una redoblada 
tarea, á fin de darme un rato de ocio en que jugar con mis 
compañeros. Mis padres pecaban por ignorancia; mas Dios 
castiga con mano pareja tanto al que viola sus leyes pre- 
meditadamente, como al pecador ignorante. La única 
distinción viene del remordimiento que sufre el infractor 
advertido. 

«Permitidme ahora, añadía, daros un consejo gratuito, 
aunque me costó mas que todos los diamantes el adqui- 
rirlo. Acostumbrad vuestros hijos al|trabajo, pero que este 



326 ÜBKAS DK «AKMIIGNTO 

110 sea duro; y á menos quesean linfáticos, dejadlos dor- 
mir cuanto gusten. El rigor de mi suerte ha sido compen- 
sado en parte con los hábitos de actividad y de trabajo, que 
han llegado á ser en mí una segunda naturaleza; y á tal 
grado que apuraría el caletre de un fisiolojista, para dis- 
cernir su punto de contacto. Merced á ello, el trabajo es 
para mí como el agua para el pescado. Mil veces me Jia 
sorprendido oir decir á algunos: «Este negocio no me 
agrada, y quisiera cambiarlo por otro». En cuanto á mí, 
cuando tengo algo que hacer, acometo la obra como un fa- 
talista, sin. determe á considerar su peso; y de seguro que 
antes de ponerse el sol estaba concluida. 

«Lo que se llamaba amor al saber, estaba limitado en mi 
tiempo á la pasión de los libros, pues no se conocía la ins- 
trucción oral. Muy pocos eran los libros destinados para la 
lectura de los niños, y los que habían, pobres de materia é 
inadecuados. Mis maestros eran muy buena gente, pero 
muy malos preceptores. De la escuela en que mis compa- 
ñeros y yo aprendimos, no se podría decir como Virgilio: — 
O fortúnalos nimium siia si bona norint. Niego aquello del 
bona. Rodeados del universo infinito, dispuesto para ser 
daguerrotipeado en nuestras almas, no se nos colocaba en 
el foco propio para recibir sus gloriosas imágenes. Yo 
estaba inspirado por una pasión natural á lo bello, ora 
estuviese expresado en la naturaleza, ora en las bellas ar- 
tes. Si «se perdió un poeta en Murray», como se dice, en 
mi se perdió al menos un aficionado á poeta, sino un artis- 
ta. ¡Cuántas veces, si«ndo niño, no me detuve, como el 
cervatillo de Akenside, para contemplar la caída del sol, ó 
me recostaba de espalda por la noche á mirar las estrellas! 
Con todo, y á pesar de la avidez de nuestros sentidos y fa- 
cultades retentivas, qué poco senos enseñaba! ó mejor di- 
cho, cuánto embarazo no se interponía entre nosotros y las 
sublimes lecciones de la natura! No se acostumbraba á 
los ojos á distinguir las formas y los colores. Nuestros oídos 
quedaban estraños ala música. Lejos de enseñársenos el 
arte de dibujar, que es de por sí un precioso idioma, me 
acuerdo muy bien que no pudiendo á veces contener un 
fuerte impulso de espresar por la pintura lo que no podía 
espresar con las palabras, de tal modo que me daba come- 
zón en los dedos, como dice Cowper, el maestro me pegaba 



VIDA DB HORACIO MANN 327 

un reglazo por las coyunturas, ó con un diciplinazo conver- 
tía en real aquella comezón artificial. Nuestro único maes- 
tro de danza era aquella pueril vivacidad que ninguna 
severidad basta á reprimir. De entre las facultades, solo 
la memoria se creía digna de cultivo. Las generalizacio- 
nes abstractas, en vez de los hechos con que se forman, 
nos eran presentadas solamente. Todas las ideas que no 
estuvieran en el libro eran artículos de contrabando, que 
el preceptor confiscaba para sí, ó tal vez los echaba al agua. 
Oh! mientras no se dé grato y saludable empleo á aquella 
ardiente é intensa actividad de las facultades, nunca los 
padres podrán quejarse de la pretendida inclinación del 
niño á la maldad. Hasta entonces los niños llevan el pleito 
perdido ante sus jueces. 

«A despecho de estos contrastes, nada podia contener mi 
pasión por el estudio. Una voz interna alzábase en mi pe- 
cho, lamentándose siempre de no hallar algo mejor y mas 
noble; y si mis padres carecían de los medios de abrevar 
esta sed de conocimientos, estimulaban al menos su ardor. 
Constantemente estaban hablando de la sabiduría y de los 
sabios con entusiasmo y aun reverencia. Se me recomen- 
daba el cuidado de los pocos libros que teníamos, como si 
hubiera algo de sagrado en ellos. Me acuerdo que, siendo 
muy niño todavía, vino á visitarnos una señorita, que se 
decía haber estudiado el latin. Yo la contemplaba como 
una especie de diosa. Algunos años después, la idea de que 
yo pudiera también aprender el latin, vino á agitarme con 
el asombro y aturdimiento de una revelación. Hasta la 
edad de quince años nunca había estado en la escuela por 
mas de ocho ó diez semanas en el año. 

«He dicho que solo tenía unos pocos libros. El pueblo 
era dueño, empero, de una pequeña biblioteca. Guando se 
organizó esta, se la bautizó con el nombre del Dr. Franklin, 
cuya reputación no solo había llegado á su zenit por en- 
tonces, sino que, como el sol al mandato de Gedeon, se 
había parado sobre él. En retorno de este honor, él ofre- 
ció al pueblo una campana para su iglesia; pero informado 
mas tarde de la índole de sus habitantes, dijo que estos 
preferían mas bien el sentido al sonido, y les envió por tanto 
una biblioteca. Aunque esta se componía de historias an. 
tiguas y tratados de teología, que eran probablemente muy 



328 



OBRAS DE SARMIENTO 



del gusto de sus padres conscriptos, se adaptaban muy mal at 
de los niños proscriptos; y sin embargo, gasté mi ardor juve- 
nil en sus marciales pajinas, aprendiendo en ellas á glo- 
rificar la guerra, que mi razón y mi conciencia me han 
enseñado mas tarde á mirar como un crimen en casi to- 
dos los casos. Ohl ¿cuándo aprenderán los hombres á re- 
dimir en su prole aquella niñez perdida para ellos! Vijila- 
mos con ansia la semilla sembrada en nuestros campos, y 
nos esforzamos en promover su crecimiento; pero descui- 
damos el alma hasta que viene el estío ó el otoño de la vida, 
y todo e\ actimismo del solveranalde la juventud ha des- 
aparecido. Me he esforzado por remediaren algo este defec- 
to. Si estuviera en mi, derramaría libros por toda la tierra, 
como el labrador desparrama el trigo en los prados. 



«En cuanto á mis primeras costumbres, cualesquiera que 
hubiesen sido mis caldas, puedo decir, con todo, que no es- 
taban contaminadas con los vicios comunes. Nunca me he 
embriagado en mi vida, sino tal vez con los humos del pla- 
cer ó la cólera. Jamas renegué; y el lenguaje profano me 
fué siempre disgustante y repulsivo. Tampoco he usado el 
tabaco en forma alguna. Temprano me resolví á no ser 
esclavo de ningún vicio. Por lo demás mi vida pública es 
tan conocida de todos como de mí mismo; y como aconte- 
ce de ordinario á los hombres públicos, otros comprenden mu- 
cho mejor mis motivos."» 

Después de la muerte de su padre, Mr. Mann permaneció 
aliado de su madre trabajando en el fundo hasta la edad 
de veinte años. Por entonces su ansiedad de estudiar se 
hizo irresistible, «No sé como, decía á un amigo, mis as- 
piraciones jamas iban encaminadas á la riqueza ó á la 
fama. Hay un instinto que nos arrastra al saber, como el 
que impele á las aves á emigar al norte, asi que asoma la 
primavera. Todos mis castillos en el aire, cuando mucha- 
cho, se reducían á hacer algo en beneficio de la humani- 
dad. Tal fué la dirección que dieron á mis ideas los 
preceptos de benevolencia inculcados por mis padres. Te- 
nía la convicción de que el estudio era solo lo que me 
faltaba.» 

Un accidente casual vino á favorecer y dar desarrollo á 
esta pasión. Un preceptor ambulante, llamado Samue 



VIDA DE HORACIO MANN 329 

Barret, abrió una escuela en la vecindad. Era este un 
hombre verdaderamente excéntrico en su conducta y ra- 
zón. Por seis meses se contraía á enseñar estimulado sola- 
mente con la bebida del té; pero los otros seis meses del 
año los pasaba casi completamente borracho, viajando de 
puerta en puerta, pidiendo un trago de cidra ú otro licor 
embriagante, y durmiendo en las granjas y desvanes, que 
podia haber á las manos. Al cabo de este tiempo volvía 
de este paroxismo, mudaba de traje, y se iba á solicitar el 
empleo de maestro de escuela. 

La especialidad de Mr. Barret era la gramática inglesa, 
el griego y el latín. En estos idiomas antiguos, aunque 
sabía bastante, él se daba los aires de saberlo todo. Toda 
su sabiduría estaba guardada en la memoria. Nunca to- 
maba uu libro para una traducción de Cicerón, Virjilio, el 
Testamento griego y demás libros clásicos, que se traducían 
entonces para prepararse á entrar en el Colejio. No solo 
el significado, sino las sentencias, el orden de colocación 
de las palabras, todo era tan familiar á su memoria como 
el A, B, C; y mas fácil le habría sido olvidar una letra del 
alfabeto, que una sola partícula de la frase leída. Cuando 
el niño estropeaba en la traducción una sentencia de Cice- 
rón ó de Arquelao, que era su poeta favorito, daba gusto 
realmente oírsela repetir con un acento dulce y maternal, 
cual si quisiera vendar el defecto y reponer los miembros 
dislocados y maltratados por el alumno. Otras veces se 
ponía á leer pajinas tras pajinas de estos autores con la 
delicia con que se saborea un manjar regalado, que él solo, 
como hombre bien gordo que era, podía disfrutar á sus 
anchas. A él sin duda se referia Mr. Mann, cuando en su 
famosa controversia con los «Treinta y un maestros de 
Boston», hablaba del efecto inspirador que causa la ense- 
ñanza del maestro en sus discípulos. «Me consta, decía, 
que esta clase de habilidad le granjeó al menos el respeto 
de uno de sus alumnos, á quien inspiró algunos bellos con- 
ceptos y un ardor de saber, tal cual no le habrían procura- 
do una mejor y mas costosa instrucción, y una buena felpa 
de azotes por añadidura. Recuerdo que cuando me encon- 
traba con alguna dificultad en la sintaxis ó la traducción, 
que desesperaba de poder vencer, se me ocurría la idea de 



330 OBRAS DB SARMIENTO 

¡O fácil que esto sería á mi maestro, y me reanimaba y me 
abria las potencias para acometerla de nuevo y triunfar.» 

Este hábil profesor Barret era fuerte solo en los dichos 
idiomas. Para la aritmética era una especie de idiota. 
Jamas pudo aprender de memoria la tabla de multiplicar; 
ni aun sabía lo bastante para fechar una carta ó decir la 
hora del reloj . 

En esta improvisada escuela abrió Mr. Mann por primera 
vez una gramática latina; pero fué el veni, vidi^ vinci de 
César. Habiendo obtenido el consentimiento de su tutor, 
aunque de mala gana, para hacer los estudios preparato- 
rios para entrar en el Golejio, en seis meses había apren- 
dido la Gramática y leído las fábulas de Esopo, la Eneida 
y parte de las Geórgicas y de las Bucólicas; y en el griego, 
los cuatro Evanjelios y una porción de las Epístolas y de 
los Greca Majora y Minora. Después de pasar estos exáme- 
nes, entró á la primera clase de humanidades de la Uni- 
versidad de Brown, en Providencia, en setiembre de 1816. 

Con una preparación tan somera no era posible que po- 
seyera aquel conocimiento crítico de la sintaxis y estudio 
detenido de los clásicos, sin el cual el aprendizaje de los 
idiomas antiguos apenas producirá otro resultado que el 
aumentar el caudal de voces y mejorar un poco la dicción. 
No preveía que mas tarde se le presentaría (como se le 
presentó luego) la ocasión de remediar estas imperfec- 
ciones. 

El joven Mann se apresuró á sacar todo el partido posible 
de esta oportunidad, consagrándose á subsanar estos de- 
fectos. Dedicóse á em[)render un estudio estraordinario 
durante los ocios, que le permitían el desempeño de sus 
tareas regulares. Este recargo de trabajo, estimulado por 
el ardor con que proseguía los estudios, á medida que se 
le iban abriendo nuevos horizontes, le impidió calcular sus 
fuerzas físicas; y apenas había cumplido el primer periodo 
escolar, cayó postrado por una grave enfermedad, que ni el 
vigor recuperativo de una naturaleza juvenil, ni las precau- 
ciones compatibles con su laboriosa vida, que adoptó mas 
tarde, bastaron á restablecerlo al pié de su robustez normal. 

Una mediana salud es todo lo que pudo salvar de aquel 
naufrajio. ¡Cuan triste es la suerte de los estudiantes de 
colejios, alejados de la dirección y cuidados paterna- 



VIDA DE HORACIO MANN 331 

les, de un lado espuestos á las tentaciones del vicio, é 
impelidos de la ambición por el otro, disfrutando es ver- 
dad, de los placeres de las ciencias, menos el consejo, 
menos la guía, menos la posesión del arte de las artes — 
el arte de vivir — que siempre les falta! ¡Cuántas veces los 
propensos al vicio se hunden en el vicio, mientras los que 
ceden á ambiciosas aspiraciones arruinan su salud en sus 
esfuerzos por llegar al saber! Así sucede que en ocasiones 
NÍiquellas naturaleziis francas y jenerosas dejeneran hasta 
la corru[)CÍon; mientras que aquellos que poseen una alma 
elevada y pundonorosa se esfuerzan hasta arruinar la 
salud. 

A causa de esta enfermedad Mr. Mann se vio forzado á 
abandonar la clase por algún tiempo; y en el invierno vol- 
vió á separarse para abrir una escuela, con cuyos rendi- 
mientos y economías pudiese subvenir á los gastos de colejio 
para el periodo entrante; aunque estos son muy exiguos. 
Sin embargo, al rendir su clase los exámenes de 1819, se le 
acordó el puesto de honor pov el voto unánime de la facultad 
y de sus concolegas. El tema de la oración que el laureado 
acostumbra pronunciar en esta ocasión, cuando su clase 
recibe el diploma respectivo, fué sobre el mismo asunto 
que predominó en toda su vida: el carácter progresivo de la 
raza humana. Con juvenil entusiasmo diseñó á lo vívq el 
estado de la sociedad humana, así que la educación haya 
desenvuelto en toda su latitud la virtud y el saber; cuando 
la filantropía socorra las necesidades y mitigue los males 
del espíritu de raza, y cuando las instituciones libres hayan 
abolido el despotismo y la guei-ra, que han sido hasta 
aquí los tropiezos, que han estorbado á las naciones ascen- 
der al reinado de la grandeza y de la ventura. Aum^ue 
oscuro todavía, y apenas conocido por los méritos contrai- 
dos en las aulas, esta composición produjo un brillante 
efecto, é hizo concebir grandes esperanzas del joven estu- 
diante. 

Las pronunciadas y naturales propensiones del hombre 
aparecen á menudo durante su juventud, y antes (j[ue la 
esperiencia haya venido á enseñarnos á proceder con cau- 
tela. Los que conocieron á Mr. Mann en el colejio } lo han 
conocido después, encontrarán muy aplicable á él esta 
refleccion. Se distinguía entre sus camaradas, y será nota- 



332 OBRAS DE SARMIENTO 

ble y recordado siempre, por aquellos rasgos peculiares de- 
siempre; es decir: primeramente, como un pensador orijinal 
y atrevido, que lo hacía investigar por si mismo todas las 
materias, sin miramiento á nadie, atendiendo solo á la ver- 
dad y al derecho que asiste en ello; y segundo, el horror que 
le inspiraba toda impostura é hipocrecia, aborreciendo por 
esto hi inventiva y la sátira, por proceder de motivos egoís- 
tas, según decía. 

La osadía y fuerza con que manifestó estos dos caracte- 
res distintivos, han velado á los ojos del vulgo una tercera 
cualidad que le era también muy peculiar, á saber, el 
ardor y actividad del sentimiento relijioso. De aquí viene 
que muchos no lo tomaran por un hombre relijioso, en el 
sentido técnico de la palabra, aunque lo era verdadera 
y eminentemente en su significación mas elevada. Inves- 
tigando siempre las leyes del universo moral y físico, y 
atribuyéndolas á Dios solo, cuando las ha encontrado, 
rinde á ellas y á su autor el justo homenaje de la obe- 
diencia y de la veneración; y esto lo hacía en todas oca- 
siones y hasta en los mas mínimos asuntos. No solo 
acata los Diez Mandamientos, sino diez mil mas. Este es 
el origen de aquel delicado sentimiento moral, de su firme 
y ríjida pureza, de la guerra sin tregua que siempre hizo 
á toda clase de impiedad, de quien quiera que proce- 
diese. 

Pasados los exámenes y recibido su diploma de bachiller 
en humanidades, como nosotros diriamos, fué admitido 
como practicante al estudio de abogado S. S. Fiske. En 
realidad se anticipó seis semanas para entrar en el escri- 
torio, á fin de llenar las exijencias de la ley, que requería 
entonces tres años de esta práctica para ser recibido de 
abogado. Al cabo de unos seis meses, fué llamado á 
desempeñar el profesorado de latín y griego en la misma 
Universidad de Brown. Era una necesidad para él aceptar 
esta propuesta por las deudas que había contraído en 
la prosecución de sus estudios; y en segundo lugar, para 
completar y perfeccionar sus conocimientos clásicos; pues 
es bien sabido que, en condiciones iguales, un profesor 
estudioso aprende lo que enseña con mas profundidad que 
el mas empeñoso con sus discípulos. 

Aunque de ordinario condescendiente con su clase, era 



VIDA DE HORACIO MANN 333 

inecsorable en exijirles las lecciones con toda la correc- 
ción posible; pues los alumnos decían, que por mas trabajo 
<\ue esto costara, era el menor de los males. Preguntado una 
vez el portero por un estudiante qué llevaba en su mano; 
aquel le respondió que era una bebida para dar un sudor á 
Fulano que estaba enfermo. Si es asi, le contestó el cole- 
jial, mándelo á nuestra clase sin saber la lección, y le ase- 
guro sudará bastante. 

Mr. Mann sobresalió siempre en el Colejio por sus ade- 
lantos en las ciencias naturales. También perfeccionó 
mucho sus estudios clásicos. La comparación de estos 
dos jéneros de conocimientos, le hizo comprender al ins- 
tante, cuan infinitamente superior era la ciencia moderna, 
no solo como adquisición útil, sino como disciplina mental^ 
respecto á la mitolojía antigua; siendo esta última mas 
que un pacto con la imajinacion del hombre, y la primera 
la obra de las manos mismas del Creador. 

A fines de 1821, habiendo dejado su cátedra entró en la 
Escuela de Leyes de Litchfield, en Connecticut, que estaba 
entonces en el apojeo de su reputación, y era dirijida por el 
célebre jurisconsulto, Mr. Gould. Permaneció allí por mas 
de un año, consagrado con gran ahinco al estudio del 
derecho, bajo la dirección de tan hábil maestro; y después 
de practicar un poco mas tiempo en el escritorio de otro 
abogado, fué admitido al foro de Norfolk en 1823. 

Sucedióle lo que á todo abogado novel, que se encuentra 
íil principio con poca ó ninguna clientela; pero Mr. Mann 
aprovechó el tiempo que le habrían quitado los pleitos, 
dedicándose á estudiar mas profundamente los principios 
fundamentales de aquella profesión, merced á lo cual 
sobresalió mas tarde en el arte de deslindar y definir con 
gran precisión los puntos de una controversia. Este reposo 
no fué largo. Los talentos del joven abogado fueron reco- 
nocidos de todos; y pronto se vio recargado de tareas, á 
punto de no poder complacer á tanto cliente como acudía 
al ruido de su fama. Tenemos la autoridad de un antiguo 
y muy respetado vecino de Boston, el venenerable Jorja 
Emerson, para asegurar, que por el tiempo en que Mr. Mann 
dejó su profesión, en 1837, para aceptar el mal retribuido 
puesto de Secretario del Consejo de Educación, era el mas 
prominente y mejor patrocinado de todos los abogados; y 



334 OBRAS DB SARMIENTO 

estaba por consiguiente, en posición de elevarse á los ma» 
altos destinos públicos, y formarse una de las mas grandes 
fortunas en aquel rico emporio del comercio y de la indus-^ 
tria del Norte. 



su VIDA PUBLICA 



En 1824 los ciudadanos de Deeham, donde habia^ fijado 
por entonces su residencia, lo invitaron á pronunciar la 
oración de costumbre en honor de la Independencia, el 4 
de Julio: una especie de rostro modesto á que los amigos 
de la juventud en este país se complacen en elevar á 
aquellos que se distinguen por sus talentos, á fin de que 
tengan una ocasión de medir sus fuerzas intelectuales. 
En 1826 fué nombrado para pronunciar el elojio fúnebre de 
los ex-Presidentes Adams y Jefferson, que, como se sabe» 
murieron el 4 de Julio de aquel año, ó mas bien dicho vivie- 
ron hasta aquel día; pues si el aniversario nacional hubiera 
ocurrido uno ó dos días antes, es casi seguro que su muerte 
habría sido anticipada igualmente. Tan cierto es que la vida 
misma está á veces sujeta á la voluntad directa del hombre, 
como lo manifestaron en esta ocasión estos preclaros 
varones. 

En 1830 Mr. Mann casó con una de las hijas de Mr. Messer, 
que fué por largos años Rector de la Universidad de Brown» 
Su temprana muerte, en 1832, le causó el dolor que debía 
esperarse de un corazón tan afectuoso y de sobresalientes 
prendas morales de la joven esposa, que se dice era un 
tipo de belleza digno del pincel y de la estatuaria. 

Diez años trascurrieron sin que M. Mann volviese á 
tomar estado, hasta que en 1843 contrajo matrimonio con 
la señorita María Peabody, en quien encontró no solo una 
compañera afectuosa y tierna, sino una persona de notable 
talento é instrucción, y una colaboradora ardiente y deci- 
dida en sus tareas en favor de la educación. 

Hemos hablado de Mr. Mann como abogado, mas desde 
su entrada en el mundo manifestó tan variadas disposi- 
ciones y una habilidad tan sorprendente en los diversos 
campos de la labor á que dirijiera sus facultades, que 



YIDA DE HORACIO MANN 335 

nos sería preciso escribir varias biografías, es decir, volver 
sobre los pasos de su vida para clasificar los diversos he- 
chos bajo un solo capítulo. 

En 1827 fué elejido representante á la Legislatura de 
Massachusetts por el Condado de Dedham. Debemos 
observar una vez por todas, que Mr. Mann no era hombre 
de partido. Gustaba mas de la verdad que de la política. 
No vino á estar en edad de votar hasta los tiempos de paz 
de la administración de Monroe. 

La primera vez que ejerció sus derechos políticos, fué en 
la elección de Adams para Presidente, en 1824, cuya can- 
didatura abrazó con calor, defendiéndole contra los ataques 
de cohecho y corrupción tan en voga entonces, y que el 
tiempo ha demostrado eran tan absurdos como frivolos. 
Aunque afiliado desde aquel instante con el partido de los 
Whigs, ó sea los republicanos nacionales, no adoptó du- 
rante toda su vida pública el carácter de estricto partida- 
rio; y antes se reservó siempre el derecho de aceptar y 
abogar solo por aquellas medidas que él consideraba fun- 
dadas en la justicia. Es muy digno de notarse, á este res- 
pecto, que en ninguno de sus escritos ni discursos, que 
versan sobre casi todos los puntos de moral, política y eco- ' 
nomía social, se divisa ningún espíritu de bandería. Su ele- 
vado entendimiento y jeneroso pecho se revelaban contra 
todo lo que era sectario y servil. 

Como el vuelo que iba tomando su reputación demanda- 
se un teatro mas ensanchado para sus talentos, se traslada 
á Boston; y apenas se había establecido en aquella brillan- 
te capital de la Nueva Inglaterra, fué elejido para su di- 
putado en la Lejislatura de Massachusetts. Su primer en- 
sayo oratorio en aquel cuerpo fué un discurso en favor de 
la libertad relijiosa. La lejislacion del Estado, las decisio- 
nes de su Corte Suprema; y una enmienda en su Constitu- 
ción, llevaban una tendencia marcada á poner todas las 
creencias relijiosas bajo un pié de absoluta igualdad. A 
pesar de esto, se había propuesto un bilí en que se estable- 
cía una especie de manos muertas, desde que se reconocía 
la existencia legal de una corporación de síndicos, cuyos 
miembros eranelejidos por ellos mismos, y estaban en po- 
sesión de estensas propiedades raices con el producto de 
cuales debía sostenerse esclusivamente una cierta secta re- 



336 OBRAS DE SARMIENTO 

ligiosa. Mr. Mann conocía demasiado la Historia de Euro- 
pa, y principalmente la de Inglaterra, para no comprender 
que se trataba de introducir descaradamente en pleno si- 
glo XIX una de las institucianes de la época mas oscura de 
la Edad Media. Era él uno de los mas jóvenes miembros 
de aquella Lejislatura, y estaba en su primer período de 
diputado á ella. Vinculaciones semejantes habían sido 
concedidas ya dos ó tres años antes; de otras había infor- 
mado favorablemente la comisión respectiva sin desenti- 
miento alguno, ni indicios de oposición en todo aquel 
cuerpo. 

Parecía temerario tratar de contrarestar una tal medida 
apoyada y sostenida por una de las mas influyentes y po- 
derosas corporaciones relijiosas del Estado; y para aquella 
clase déjente que anda con el día, hubiera sido mirado co- 
mo un acto de estéril y petulante osadía. Mas para el hom- 
bre honrado, firme en las convicciones de su propia con- 
ciencia, y que seguía por los dictados de la moral y de la 
justicia, es cosa fácil embestir contra estos aparentes obs- 
táculos al triunfo de la verdad. Creemos que se hace de- 
masiado honor á los hombres honrados por el valor mo- 
ral que desplegan en ciertas ocasiones; pues que para el 
hombre verdaderamente íntegro, esto es natural y muy fá- 
cil. Lo duro para ellos seria obrar mal. Asi que se puso 
el bilí en discusión, Mr. Mann tomó la palabra con no poca 
sorpresa de todos; y en un tono apasionado y elocuente es- 
puso los altos principios sobre que reposa la libertad é 
igualdad relijiosas, y demostróla injusticia de vincular un 
pedazo de tierra, ó sea solo la propiedad de ella, por medio 
de una ley que determina que con el fruto de ella vaya á 
proveerse y mantenerse una cierta secta relijiosa. Probó 
así mismo con los hechos, que era de la esencia misma del 
fanatismo en todas las naciones del mundo, el pretender pa- 
rar, ó como él decía, petrificar el progreso de las opiniones 
relijiosas en el punto en que las han encontrado. El triun- 
fo fué decisivo. No solo fué rechazado el bilí, sino que des- 
de entonces no se ha vuelto á intentar en Massachusets la 
adopción de semejantes proyectos. 

Su segundo esfuerzo oratorio fué en favor de los ferroca- 
rriles. Este discurso se imprimió en los diarios de Boston, 
y creemos aun que fuera el primero á que se diera tal pu- 



TIDA DE HORACIO MANN 337 

blicidad de los pronunciados en las salas lejislativas de los 
Estados Unidos en apoyo de una política, que ha producido 
tales maravillas en todo el país en jeneral, y obtenido pa- 
ra su Estado natal la mitad por lo menos de su población 
actual, y sin duda alguna la mitad de la riqueza que hoy 
posee. Un vecino de Dedham, que no participaba de las 
opiniones de Mr. Mann, se puso á combatirlas en una serie 
de artículos, en que se proponía demostrar que los ferro- 
carriles iban á arruinarlas pequeñas poblaciones en torno 
de Boston. Si aquel caballero, después de esto, hubiera 
dejado á Dedham y regresado en estos días, habría queda- 
do muy asombrado del gran crecimiento operado en su 
desarrollo industrial y de todas clases, á consecuencia del 
sistema que él impugnaba y Mr. Mann proponía. 

Estos triunfos oratorios de Mr. Mann le granjearon desde 
luego la posición de jefe de partido en la Legislatura, 
siendo nombrado para las principales comisiones, y to- 
mando una parte activa en los debates de las cuestiones 
mas importantes; y muy en particular en todas aquellas en 
que estaban envueltos los principios de libertad civil y 
religiosa, que de seguro encontraban en él su mas ardiente 
y esforzado campeón. Su voz se alzaba siempre en favor 
de las clases pobres, ignorantes y desvalidas. Siempre 
abogó en favor de las leyes que tendían á promover la edu- 
cación pública; y mas que ningún otro contribuyó al pasaje 
de la ley llamada de los «quince galones», para suprimir el 
abuso de los licores espirituosos, una ley que hubiera ope- 
rado la reforma tan deseada en Massachusetts, sino hu- 
biera sido por la defección de algunos de sus afiliados, que 
sacrificaron la causa de la moral al interés de los par- 
tidos. 

Como miembro de la comisión dio el informe y presentó 
las resoluciones que trajeron por resultado la codificación 
de los Estatutos de Massachusetts. Igualmente tomó una 
parte muy principal en la redacción y adopción de la ley, 
que acabó con el juego de la lotería pública, en virtud de las 
severas penas impuestas á los infractores. Pero el acto 
por que se distinguió mas su carrera legislativa, fué quiza 
la fundación del Hospital de locos en Worcester. Esta 
benévola empresa fué concebida, proyectada y sostenida 

éi^ Tomo xliii.— as 



338 OBRAS DK SAKMIBNTO 

por él solo contra la apatía'é indiferencia de muchos, y la 
directa oposición de varios|hombres prominentes. El pro- 
puso el nombramiento de una comisión para investigar el 
asunto, él redactó el|informe reconociendo su necesidad y 
aconsejando su fundación, y suyo fué también el único dis- 
curso pronunciado en su favor. 

Uno de los miembros de la Sala había califícado de entu- 
siasmo pueril á este proyecto, cuando se presentó por pri- 
mera vez. Los argumentos de Mr. Mann no tenían réplica, 
empero. La oposición se calló. Desde su origen hasta su 
organización final, esta pudo nominarse la obra de Mr. Mann. 
El era el presidente de la comisión encargada de hacer 
las investigaciones preliminares; él hizo parte de la comi- 
sión encargada de contratar y ejecutar la erección del 
hospital, después que fué adoptada la ley; él presidió la 
corporación de síndicos á quienes se encomendó la tarea de 
formar la administración interior, así que el edificio estuvo 
terminado, en 1833; y permaneció ocupando esta posición 
hasta que llegó su turno de ser relevado conforme á la ley 
misma. 

Con la realización de esta obra, Mr. Mann puso de mani- 
fiesto, de un moiio muy relevante, sus cualidades de hom- 
bre enérgico y práctico. La] falta de esperiencia en esta 
clase de trabajos totalmente nuevos en el país, y la para 
aquel tiempo enorme suma que se iba á invertir, hacían, 
muy arriesgado todo cálculo. Se llevó á cabo, empero, sin 
el mas mínimo error en los presupuestos. La primera re- 
gla establecida para los operarios por el director, fué una 
completa abstinencia de licores espirituosos. Merced á esta 
circunstancia no ocurrió desgracia alguna durante la cons- 
trucción de este gran edificio. La acertada elección que 
hizo del doctor Woodward para dirigirlo, fué otra prueba 
de su sagacidad y conocimiento de la naturaleza hu- 
mana. 

El brillante éxito que obtuvo este establecimiento, des- 
pués de mas de veinte años de esperiencia, lo ha hecho 
servir de modelo para instituciones semejantes en otros 
Estados y naciones; pues han sido tales los benéficos efec- 
tos que el plan y sistema adoptado en él han producido, 
quede todas partes han venido á estudiarlo los que se pro- 
ponían fundar otros. 



"VIDA DE HOKACIO MANN 33d 

Mr. Mann continuó representando el pueblo de Dedham 
en la Legislatura, hasta que se trasladó á Boston y abrió 
allí su bufete de abogado. Sin embargo, no iba á descan- 
sar con eso de sus tareas legislativas, porque en la pri- 
mera elección que sobrevino á su traslación á la capital, 
fué elegido Senador por el Condado de Suffolk, que com- 
prende á Boston y todos sus alrededores. Por cuatro años 
continuó siendo miembro de aquel augusto cuerpo por elec- 
ciones sucesivas; y en 1836 fué llamado á presidirlo por el 
voto de sus colegas. Cada año siguiente era elevado á la 
misma categoría, y fué su Presidente hasta que se retiró 
de la vida pública. 

En el Senado, como antes lo habla sido en la Asamblea 
Legislativa, su nombre está asociado con toda medida y 
reforma destinada á aliviar y mejorar la condición de las 
masas. En 1835 la Comisión encargada de codificar las 
leyes de Massachusetts presentó su informe; pero antes de 
resolverse sobre él, se creyó conveniente someterlo al dic- 
tamen de una comisión mixta de ambas ramas de la Legis- 
latura, de la cual Mr. Mann fué hecho Presidente; y como 
miembro de ella propuso varias modificaciones á la obra. 
Tal fué en particular la que establece una distinción entre 
el deudor desgraciado y el fraudalento. Sostuvo esta pro- 
posición en un acabado informe, en que se fijaban reglas 
seguras para decrimentar entre el deudor honrado y el 
doloso, castigando debidamente al segundo, y protogiendo 
al otro contra el acreedor. 

A su iniciativa y esfuerzos débese también la sanción de 
la ley que impone un castigo á «toda persona que se haga 
reo del crimen de la embriaguez por el uso voluntario de 
licores embriagantes;» y la que prohibió la ejecución pú- 
blica de los condenados á muerte. Creemos que esta ha 
sido la primera vez que se haya colocado la embriaguez 
entre los crímenes, tanto en Inglaterra como en la América 
inglesa. Adoptado y sancionado este código, ó sea los Es- 
tatutos Revisados de Massachusetts, Mr. Mann y el Juez 
Montcalf, fueron nombrados por la Lejislatura para aten- 
der á su impresión; preparando el segundo el índice de la 
obra, y el primero las notas del márjen y las referencias á 
las decisiones judiciales. 
El proyecto de ley para ensanchar el Hospital de Worces- 



340 - OBRAS DE SABMIBNTO 

ter, la incorporación de la Compañía del Ferro Carril del 
Oeste, para cuya ejecución debía contribuir el Estado con 
su crédito, y la ley para mejorar las escuelas, aumentando 
la contribución destinada para su sosten, fueron todas, 
sino obras propias, actos á que al menos contribuyó pode- 
rosamente con su elocuente y prestijiosa palabra, para lo 
cual hubo de dejar momentáneamente la silla presidencial. 

En 1837 Mr. Mann abandonó la vida política y su profe- 
sión de abogado, para consagrarse á una nueva y mas con- 
jenial carrera. Mas al cerrar esta parte de su historia 
debemos hacer una observación que habla mas alto que 
todo acerca de la posición que se había ganado Mr. Mann 
en la política. Aunque hizo parte de muchas comisiones, 
casi siempre como presidente de ellas, en las cuales se 
iniciaron varios proyectos tendentes á reformar las leyesen 
favor de la prosperidad material y mejora jeneral de la 
sociedad, no hubo una sola de estas medidas que no fuese 
al fin adoptada. El veía los efectos en las causas; y una 
vez lanzada una idea en el campo de la discusión, la im- 
pulsaba y llevaba á su deseado resultado con el apoyo de 
su elocuencia y enerjía. 

Siendo miembro de la Lejislatura, ejerció también el 
cargo de Auditor, ó de juez-abogado, como se dice aquí, de 
la Milicia. Recordamos solo esta circunstancia, por haber 
desempeñado con este motivo un papel muy notable en la 
famosa causa del Teniente-Coronel Whindtroop. El proce- 
so, que duró unos treinta días, se publicó en un grueso 
volumen, que contiene varios dictámenes de Mr. Mann 
sobre puntos legales y constitucionales de mucho mérito 
para la edad del abogado. 



sus SERVICIOS A LA CAUSA DE LA EDUCACIÓN 



Al bosquejar la carrera política de Mr. Mann solo hemos 
tocado por incidencia lo que á la causa de la temperancia 
y de la educación se refiere. Habiéndose criado en un 
lugar donde los licores espirituosos eran usados como be- 
bida, y jeneralmente estimados como un lujo, se le oía 
decir con frecuencia, «que él y sus compañeros habían. 



TIDA DE HORACIO MANN 341 

sido educados para borrachos. Muchos de ellos añadía, 
lo fueron; y tal fué la inminencia de mi propio peligro, 
que cuando vuelvo los ojos hacia mi primera juventud, 
siento lo que el soldado después de la batalla, que se 
palpa con las manos la cabeza para ver si está en su 
lugar.» 

Cuando comenzó la vida de estudiante, encontró que los 
licores, aunque tomados en cantidad moderada, y mucho 
menos de lo que la costumbre permitía á un hombre so- 
brio, dañaban la facultad de aplicación mental. Mirólo 
esto como un aviso que le venía del cielo por medio de las 
leyes de su organización, y se abstuvo desde entonces. Por 
un número de años tomó vino accidentalmente, mas nunca 
como un hábito; pero de muchos años á esta parte abando- 
nó el uso no solo del vino, sino del té y del café, usando 
solo del puro elemento del cielo, con incalculable prove- 
cho de su fortaleza como hombre de trabajo y de su vida 
como un ejemplo. ¿No habrán estos hechos sujerídole este 
pasaje de su lectura á los jóvenes? Dice así: 

«Un joven moderado reverencia la divina sabiduría por 
la cual ha sido tan asombrosamente hecha su constitución 
física, y la conserva pura y limpia, como templo adecuado 
para la mansión de Dios. Por cada concesión hecha á los ape- 
titos que enervarían el cuerpo, ó aletargarían la vivacidad de los 
sentidos, ó anublarían el luminoso cerebro, él tiene un «vade retro:» 
tan duro y tan profundo, que el Satanás de la tentación, se quitaría 
de su presencia lleno de vergüenza y desesperación.» 

Después de haberse establecido en Dedham, sus ciuda- 
danos formaron una grande y respetable Sociedad de la 
Temperancia. Electo Presidente, escribió un vigoroso dis- 
curso en apoyo del propósito. Cuando fué nombrado por 
la primera vez Representante á laLejislatura, él interrum- 
pió la costumbre hasta entonces uniforme en aquella po- 
blación de servir bebida á los electores; pero temeroso de 
que se atribuyese su conducta á motivos interesados, dio 
para un objeto de caridad suma mayor que la que el feste- 
jo hubiera costado. 

Así, por diversos medios, y en todas las ocasiones opor- 
tunas, manifestó su celo por la causa de la mejora moral 
del hombre, en una época en que defenderla acarreaba 
reproches, y la pérdida de clientela profesional; y cuando 



342 OBRA.S ÜB SARMIENTO 

en junio de 1837, aceptó el empleo de Secretario del Conse- 
jo de Educación, era miembro del Consejo de la Sociedad 
de Temperancia de Massachusetts, y Presidente de la de 
Suffolk. A estas atenciones renunció á fin de poder, des- 
embarazado de toda atención, llevar el peso que se echaba 
sobre sus hombros, y blandir las armas en la nueva guerra 
que emprendía. 

Creo que con respecto á los hombres que se han distin- 
guido en un ramo particular, todos convendrán en que 
desde temprano han dado indicaciones de su futura carre- 
ra. En lo moral como en el mundo material, el fruto no 
viene sin que le preceda la flor y el brote. Un impulso 
emanado de la naturaleza, de la educación, germina y 
crece en los profundos senos del alma. Por un tiempo se 
nutrirán en secreto, dando de vez en cuando signos de su 
fuerza creciente. Pero cuando llegan el tiempo y la oca- 
sión, estallan completamente desenvueltos, con el yelmo 
en la cabeza, espada en mano, ansiando por la batalla. 

Tal parece haber ocurrido á Mr. Mann con respecto á 
educación popular. Desde el primer día en que sus accio- 
nes atrajeron la atención pública, la educación universal 
por medio de las escuelas públicas fué recomendada por 
sus palabras, y promovida por sus actos. Su defensa era 
el hilo de oro mezclado en la tela de todos sus escritos y 
de toda la vida. Uno de sus primeros discursos fué diri- 
gido á una asociación de maestros, todos de mayor edad 
que él, y muchos que habrían podido ser sus abuelos. Des- 
pués de haber entrado en la profesión de abogado, fué su 
práctica invariable dar dictámenes y preparar escritos lega- 
les gratuitamente en toda materia que perteneciese á la edu- 
cación pública. 

Antes de ser nombrado Secretario del Consejo de Edu- 
cación, había sido una especie de Procurador General de 
Estado, con respecto á la ley de escuelas; y tan numerosas 
eran las solicitudes que le venían para consejero legal en 
aquel oficio, que, á haber cobrado honorarios, como aboga- 
do, habría reunido una suma considerable. Mientras otros 
jóvenes aspirantes escribían artículos políticos en los dia- 
rios, él los escribía sobre educación. Ayudaba á los pobres 
á adquirir conocimientos, prestábales libros y dinero, con- 
tando con que en adelante se hallarían en aptitud de pa- 



VIKA DE HORACIO MANN 343 

garle. Cuando las circunstancias lo permitían, daba ins- 
trucción gratuita. Tan pronto como tuvo las cualidades 
para ser electo, fué nombrado miembro de la Comisión de 
Escuelas deDedham, y continuó desempeñando el cargo 
hasta que dejó el lugar; encargo laborioso en una ciudad 
grande, sin reembolso aun de los gastos indispensables. 
Etitonces principió sus lecciones en el arte difícil de ha- 
blar ante los niños. 

Con todos sus conocimientos, cuando se dirijía á los ni- 
ños, él se hacia «uno de ellos.» De aquí provenía su buen 
éxito ante los jóvenes, que, para los que lo han oído, 
era mas notable que su facultad de hablar ante los hom- 
bres. 

En la Legislatura estuvo siempre del lado de las escue- 
las, abogando por ellas en el debate, y mas activamente 
buscando ocasiones de hablar con sus miembros, é infiltrar 
sus ideas en su espíritu. Poco le importaba quien tu- 
viera el mérito de promover la medida, con tal que fuese 
adoptada. 

En su réplica á los «Treinta y un maestros de Boston,» 
escrita en 1844, da la siguiente|relacion del establecimiento 
del Consejo de Educación, y que preferimos copiar aqui, 
porque ya ha pasado á la historia, sin que su exactitud haya 
sido disputada. 

«Iba por este punto de mi historia personal, dice, cuando 
se proyectó el establecimiento del Consejo de Educación, 
tal como existe hoy. Después de muchas conferencias con 
mi amigo Mr. Dwight, que desde entonces había mostrado 
su adhesión á la causa, se convocó un meeting en su casa, 
en el invierno de 1837, para? considerar el asunto de un 
Consejo de Educación de Estado. Escusado es entrar en 
detalles. El Consejo de Educación fué establecido por ley 
del 20 de A.bril de aquel año. Ni antes ni en aquel tiempo 
se me hizo indicación, ni se me pasó por la mente, que yo 
sería nombrado al puesto que ahora desempeño. Cuando 
se mellizo la propuesta, aunque todas las propensiones de 
mi naturaleza me inclinasen á ello, creí que me lo impe- 
dirían insuperables circunstancias; pero al organizarse el 
Consejo en 29 de Junio, fui nombrado Secretario. . y hu- 
mildemente creí que mientras otros amigos de la causa 



344 OBRAS DE SARMIENTO 

contribuían con su abundancia, yo podía de este modo, echar 
mi óbolo en el tesoro del Señor.» 

Mr, Mann ha dejado un diario en que estampaba las impre- 
siones que le causaban las incidentes, á medida que ocurrían. 
y del cual ha publicado su señora algunos fragmentos. 
De la importancia que por entonces se daba á su nuevo 
empleo, y de la que él mismo le daba, puede formarse idea 
por lo anotado el 13 de julio. «Un nuevo caso ha llegado 
á mi conocimiento, de quien yo tenía toda razón de esperar 
que supiese apreciar la dignidad de mi nuevo empleo, espre- 
sando su sorpresa de que por él yo dejase otras esperanzas, 
y sintiendo que su título no indicase mejor los deberes que 
me toca desempeñar. Si Dios me ayuda en esta grande 
obra, espero convencer á esa persona de su error; y en 
cuanto al título, ¿qué importa? Si por ahora no es sufi- 
cientemente honorable, tócame á mí elevarlo; y mas bien 
quiero ser acreedor, que no deudor al título.» 

Con fecha 16 de julio escribía así á su hermana. «Mi 
cara hermana: No será poca tu sorpresa al saber el cambio 
en mi manera de vivir, ocurrido después de la última vez 
que nos vimos. He aceptado el empleo de Secretario del 
Consejo de Educación, y como sus deberes me quitarán 
todo el tiempo, por necesidad he debido renunciar á mi 
profesión, á ñn de consagrarles toda mi atención. Si estu- 
viera seguro de que el éxito coronaria mis esfuerzos en este 
nuevo campo de labor, diría que no habría ocupación mas 
agradable para mí, ni que mas cuadre con mis gustos y 
sentimientos.... Muchos me desaprueban el que deje mi 
profesión en la que hasta hoy me ha ido tan bien, como 
podía esperarlo ; otros piensan que mi posición política no 
era para abandonada, prefiriéndole un puesto, cuyos frutos 
solo verá otra jeneracion; y que mi presente posición en el 
Senado, era preferible á andar de condado en condado cui- 
dando de la felicidad de los niños, que nunca saben de 
donde les viene el beneficio, y arrostrando los celos, preo- 
cupaciones y mala intelijencia de sus padres. Pero ¿no es 
mejor hacer el bien que el ser elojiado por ello? Si no hu- 
biera de sembrarse otra semilla que aquellas que aseguran 
en vida una buena cosecha, la especie humana hubiera 
vuelto á la barbarie. Si yo logro encontrar cuáles son los 
medios mejores de construir buenas escuelas, cuáles son 



VIDA DE HORACIO MANN 345" 

los mejores libros, cuál es el mejor arreglo de los estudios, 
y cuáles son los mejores método de instrucción ; si yo llego 
á descubrir qué resortes seguros se pueden tocar para que 
de un niño que no piensa, que no reflexiona, que no habla, 
se haga un noble ciudadano, pronto á defender sus dere- 
chos, y á morir por la justicia; si solo consiguiera obtener 
y difundir en este Estado algunas buenas ideas y cosas se- 
mejantes, ¿no habré de lisonjearme de que mi ministerio 
no haya sido del todo vano? Apenas son hoy mejores las 
leyes que rijen nuestro sistema de escuelas públicas, que 
lo que eran ahora ciento cincuenta años. Si algo han me- 
jorado las escuelas, no ha sido á consecuencia del impulsa 
dado por el gobierno. . . . Pienso ir á Franklin, etc.» 

La verdad es que echando la vista en busca de un Secre- 
tario, el Consejo pudo convencerse de que pocos habrían 
que aceptasen empleo tan mal retribuido, siendo mil pesos 
su primera asignación, (*) y que tan poco se prometía de 
la gratitud pública. En la primera elección hubo otro can- 
didato; pero durante los once años subsiguientes fué re- 
electo por unanimidad de votos. Su competidor era sin 
embargo digno de la elección. Mr. Dwight se había mostra- 
do desde temprano jeneroso amigo y protector de la causa. 
En 1845 dio 10,000 pesos para la fundación de la primera 
Escuela Normal; y después 1,000 pesos para hacer frente á 
los gastos del primer Instituto ó asamblea de Maestros, que 
hasta entonces se hubiere reunido en Massachusetts, cuyo 
resultado fué tan satisfactorio que la Lejislatura decretó 
fondos para continuarlos hasta la fecha. E! corazón y la 
bolsa de Mr. Dwight estuvieron siempre abiertos para fo- 
mentar la educación. 

En despecho pues de la oposición de sus amigos, de sus 
sostenedores en la vida pública, y aun de los consejos de 
los jueces que lo veían en camino de llegar á la mas alta 
fama por los trabajos del foro, Mr. Mann aceptó el empleo 



(1) Una de las manifestaciones del estado de la opinión pública sobre la im- 
portancia de los diversos ramos de la educación, suele encontrarse en los sueldos 
que se asignan á los que ios profesan. Cuando conocimos á Mr. Mann, eníl847, le oimos 
lamentarse con resignación de sus estrechas circunstancias; y cuando su honorario- 
fué solo aumentado con 500 pesos, escribió en su diario la espresion de una nobl 
venganza: «les daré, dice, diez veces mas» (Nota del autor.) 



346 OBRAS DB SARMIENTO 

que se le brindaba. Un propósito que viene tanto del cora- 
zón como de la intelijencia, es una voz profética. Cuando 
esta voz es clara, las disuasiones, las amenazas, los incen- 
tivos en otra dirección nos llegan como sonidos de otra 
lengua, que el corazón inspirado no acierta á comprender. 
Vio que la obra que iba á emprender encerraba en sí todos 
los elementos de futura grandeza. La educación era la 
condición previa de la humana felicidad. Es el elemento 
vital sin el cual no hay vida. La dignidad y poder de los 
individuos, la grandeza de las naciones, en cuanto pro- 
venga de la ajénela humana, no tienen otra base duradera. 
Sin educación no pueden conocerse los atributos de Dios, 
y por tanto aspirar á ellos; las infinitas cualidades del mal 
no pueden ser medidas, y por tanto mitigadas; la degra- 
dante servidumbre de la superstición no puede ser pesada, 
y por tanto su reino nunca sería abolido. Vio en la edu- 
cación paz, gloria, vida, y la única atmósfera en que el 
cristianismo puede florecer. Confió en que la luz que vemos 
brillar en lo futuro, calentaría é iluminaría todas las horas 
de la presente oscuridad y tribulación. 

Un solo hombre, entre todas sus relaciones, hubo que 
apreciara completamente sus motivos, y le dirigiese las 
mas ardientes congratulaciones, como se ve en la carta 
que publicó después en sus propias memorias. 



Nueva York, Agosto 19 de 1837. 

«Estimado Señor: acabo de saber que Vd. se ha consa- 
grado á la causa de la educación en nuestra república. Me 
huelgo de ello. Nada podía causarme mayor placer. Por 
largo tiempo he deseado que alguno que reuniese todas 
las aptitudes de Vd. se consagrase á esta obra. No pudiera 
Vd. encontrar puesto mejor; ni el gobierno tiene uno mas 
noble que dar. Vd. me permitirá trabajar bajo su dirección 
según pueda. Si hay algo en que pueda ayudarlo, no ne- 
cesita mas que indicármelo, y siempre tendré gusto en 
conversar con Vd. sobre sus operaciones. ¿Cuándo cesarán 
las degradantes querellas de partido en nuestro país, con- 
trayéndose los espíritus elevados á ver lo que puede hacerse 



VIDA. DE HORA.CIO MANN 347 

por unajenerosa y sustancial mejora del modo de ser de 
la comunidad? «Mi oido está acongojado, mi alma misma 
está enferma» con el desabrido, aunque furioso clamor 
sobre medio circulante, bancos, etc., mientras que á los 
intereses espirituales de la comunidad, parece que apenas 
se les reconoce tener realidad. Si solo lográramos enca- 
minar por canal mas recto la asombrosa enerjia de este 
pueblo, ¡qué paraíso terrenal vendría á ser nuestro país! 
Y yo no desespero. Su prontitud en poner mano á la obra 
es un feliz presajio. No está Vd. solo, ni es una rara escep- 
cion por el tiempo que corre. Muchos debe haber que 
puedan ser tocados por las mismas verdades que lo han 
movido á Vd. Tengo toda esperanza en que la prosecución 
de la obra le dará á Vd. mayor vigor y salud. Si os tenéis 
firme en lo esterior, nada temo de parte del espíritu. Es- 
cribo de prisa, porque no me siento muy fuerte, y todo 
esfuerzo me postra; pero necesitaba manifestar á Vd. mis 
simpatías y desearle la ayuda de Dios en su camino. 

Su sincero amigo, 

W. E. Channing.» 



Los deberes del Secretario no fueron definidos con clari- 
<iad en el acta que creó este empleo, ni podían serlo tam- 
poco. Podían en horabuena la Legislatura ó el Consejo 
decir que el Secretario reuniría Convenciones en cada 
condado del Estado; ¿pero asistiría á las convenciones 
como «cabeza sin vida,» ó como «lengua de fuego?» Podían 
decir que reuniera periódicamente á los maestros en ins- 
titutos de instrucción; ¿pero los enseñaría é inspiraría con 
fuerza irresistible, cuando reunido ó simplemente presi- 
diaría c\ acto, encargando á otros la ejecución de la obra? 
Podían decir, que preparara «extractos de los informes de 
las comisiones de escuelas;» ¿pero se deducía de ahí que 
había de estudiar el conjunto, y presentarlo en un libro de 
cuatrocientas á quinientas pajinas, ó tomaría á la ventura, 
treinta ó cincuenta cortos estractos, poniéndoles el debido 
encabezamiento? Podian requerir de él que cada año pre- 
sentase un informe; pero un cohete produce el mismo so- 



348 OBRAS DE SARMIENTO 

nido que un cañón. En fin, no estaba al alcance de la lejr 
estorbar que el empleo se convirtiese en una prebenda. 
Nada sino es la conciencia del deber y el entusiasmo del 
designado podían asegurar la mayor cantidad y la mejor 
calidad en la obra. 

Ningún miembro del Consejo era rentado, ni sus funcio- 
nes les imponían trabajo material. Su incumbencia era 
aconsejar é indicar antes, y, en cuanto fuese practicable, 
ratificar y sancionar después. Guando alguno le preguntó, 
si no era él el factótum del Consejo, Mr. Mann contestó: soy 
el fac, pero no' el totum. 

Inmediatamente después de haber aceptado el empleo, 
transfirió sus asuntos de abogado, declinó ser reelecto al 
Senado, y lo que mas debia costarle, renunció su activa 
participación en las sociedades de temperancia. Sastrájose 
enteramente á los partidos políticos, y durante doce años 
no asistió á convención alguna. Quería ser mirado y co- 
nocido solamente como educacionista. Aunque simpatiza- 
ba corrió siempre con las reformas del día, no se le ocultaba 
cuan mal recibidas son por aquellas clases á que él se pro- 
ponía conducir por el camino del bien; y como no podia ha- 
cerlo todo á la vez, trató de hacer las cosas mejores, y aque- 
llas que mejor cuadraban con su propósito primero. El ánimo 
de las jentes también se mostraba tan encendido con el 
fuego de los partidos en varios asuntos, que existían gran- 
des recelos de que, so color de interés por la educación, no 
se favoreciesen los intereses de alguno de los partidos. Ni 
era dado al vulgo comprender, porqué un hombre descen- 
día de posiciones honorables á una comparativa oscuridad, 
dejando entradas abundantes, por lo que no pasaba de un 
vivir, á menos que no estuviese imbuido por motivos tan 
vulgares como los suyos. Los hechos posteriores vinieron 
á probar la cordura de su conducta. El Consejo fué el 
blanco de los ataques de los partidos, de los fanáticos y 
demagogos, y solo la abstención del Secretario de toda ban- 
dería, lo salvó del naufrajio. 

En medio de todas estas dificultades, la resistencia y 
celos de los unos, la tibieza ó indiferencia del mayor 
número, aunque el mas interesado, el Secretario tenía que 
propiciarse los ánimos para plantear un sistema vigo- 
roso, en lugar del decrépito en práctica; sujerir cambios eib 



VIDA DE HORACIO MANN 349 

las leyes; organizar territorios en distritos; construir edifi- 
cios de escuelas; clasificar los alumnos; inspeccionar las 
escuelas; mejorar los testos de enseñanza, y los métodos de 
enseñar, y los motivos y medios de disciplina; clasificar los 
maestros; reunir datos estadísticos; esponer los defectos de 
una mala administración, etc., etc. 

Hombre mas político, ó menos ardoroso habría princi- 
piado por partes, ganándose al público por grados. Mr. 
Mann puso mano á todo á un tiempo; abusos por correjir, 
deficiencia por suplir, reformas por empezar. Su primer 
Informe y su primer discurso, ó Lectura, contiene ya en 
jérmen todo lo que desde entonces se ha realizado. Fue- 
ron ambas producciones tenidas en mucho en su época; 
pero en mucho mas se las tendría ahora, si fueran exa- 
minadas á la luz de diez y siete años de esperiencia. En 
la osadía misma de sus primeros golpes, estuvo su salva- 
ción, y la de su obra. Otro sistema lo hubiera echado á 
perder todo. Algunos intereses especiales tocaron alarma; 
pero la sonora voz de las esperazas que despertó, impuso 
silencio álos descontentos. Se había hecho vibrar una cuer- 
da sagrada del corazón, y la contemplación de los grandes 
principios purificó el alma de todo motivo sórdido. Cuan- 
do el vuelo ascendente del ágila nos hace elevar las mi- 
radas á lo alto del cielo, dejamos de oír el grito de las aves 
subalternas. Mr. Mann prosiguió su victoria; su objeto 
era comprometer al Estado en grandes medidas de 
reforma y progreso antes que viniese el día de la reac- 
ción. Estensos cambios en las leyes fueron propuestos 
y sancionados. Se proveyó de rentas y medios á las 
escuelas. Las Comisiones de Escuelas fueron pagadas. 
Instituyó un sistema de convenciones educacionales de 
condado. Por medio de los «Rejistros de Escuelas,» se 
adoptó un plan de mucho alcance, para examinar con 
microscopio la condición de las escuelas, y saber lo que 
puede llamarse « la estadística vital ». Exijióse á las 
comisiones presentasen informes detallados relativos á los 
inconvenientes y ventajas de sus respectivas escuelas; y 
de todo el cuerpo de estos informes, el Secretario hacia 
un compendio ó abstractos, con inmenso trabajo de su 
parte; pero también con mucho provecho de la causa. 
Estableciéronse sobre todo Escuelas Normales, primero 



350 0BKA8 UU 8AKMIBNTO 

en vía de esperimento; pero antes de que fuesen aban- 
donadas como tales, la buena voluntad del público habíalas 
ya adoptado firmemente por el buen éxito y los bienes 
realizados, quedando desde entonces incorporadas entre 
las mas valiosas é importantes instituciones del Estado. 
Todos estos actos eran otras tantas anclas con que el 
Secretario aseguraba su nave mientras era bonancible; y 
y con las cuales pudo hacer frente á la borrasca, cuando 
estalló la tormenta. Pasado tres ó cuatro años (tiempo 
previsto por el Secretario desde el principio de su carrera) 
los varios antagonistas del progreso, demasiado débiles 
para obrar separadamente, combinaron sus fuerzas, y 
bajo un jefe poco escrupuloso, estuvieron apercibidos para 
dar el asalto. El mísero empezó á sentir literalmente *c b 
que costaba» la marcha del sistema (*). El fabricante de 
libros que había contado con el Consejo y el Secretario para 
su negocio, el sectario que habría querido convertir las 
escuelas en proselitismo de sus dogmas particulares, mos- 
trábanse ofendidos, por sentirse burlados. A todos estos 
se reunía la tribu sin nombre de los que creen que el 
mundo se acaba si no se gobierna según sus propios pla- 
nes, y que concertaron sus fuerzas para el esterminio del 
Consejo. El ataque empezó en la Legislatura de 1840. 
Una mayoría de la Comisión de Educación propuso un 
bilí para abolición del Consejo de Educación, la clausura 
de las Escuelas Normales, y restablecer las cosas al punto 
de que se hallaban tres años antes. El designio era 
ignorado hasta de la minoria de la Comisión, que se com- 
ponía de amigos del Consejo, hasta pocas horas antes de 
presentarse el Informe, Pidieron tiempo para presentar 
un contra-informe y les fué negado, primero por la Comi- 
sión, y en seguida por una mayoría de la sala. El plan 
era evitar la discusión, y sancionar el bilí sin discusión ni 



( 1 ) Con una población de un millón de habitantes, las contribuciones para ei 
sosten de las escuelas reunidas por impuestos que á sí mismas se imponían los 
distritos, villas y ciudades del Estado, é invertidas en edificar y reparar 
escuelas solamente, fué de dos millones dos cientos mil peios. Hoy, creado ya 
todo el material de las escuelas de Massachusetts, las rentas para su sosten ascien- 
den á tres millonet. Es este el mas vasto y mejor dotado sistema de escuelas que 
exista en el mundo, no obstante no pasar su población de un millón y dos cien- 
tos mil babitantes. 



VIDA DE HORACIO MANN 351 

demora. Pero á la primera noticia recibida, el Secretario 
y sus amigos lograron ganar un día; con aquel día ganaron 
una semana; y con esa semana derrotaron á los conjurados. 
¡Cuan diversa habría sido ahora la condición de las escue- 
las públicas, no solamente en Massachusetts, sino en toda 
la Nueva Inglaterra — no solo en la Nueva Inglaterra, sino 
en todo el país — si el éxito hubiese coronado aquella maqui- 
nación ! 

No nos detendremos sobre las dos ó tres formidables 
controversias en que se vio comprometido Mr. Mann en • 
defensa de la causa de la educación, ó en la suya propia, 
como identificado con aquella causa. Mas de acuerdo con 
sus sentimientos estaría poner en {)ráctica el favorito lema 
de Cicerón: Amicitica sempitenice, inimicitioe placabiles, B.mistsi- 
des eternas, enemistades apaciguadas. Los que entonces 
fueron sus adversarios se holgaran hoy si apenas hacemos 
breve mención de la guerra que le hicieron, ó de los golpes 
que les tocó en parte, Mr. Mann no pertenecía sin duda á 
la secta de no resistencia. 

En 1843, bajos los auspicios del Consejo de Educación 
(pero á sus propias expensas), Mr. Mann visitó la Europa, 
con el objeto de examinar las escuelas, y obtener todos 
los datos útiles que pudieran aprovecharse en su país. 
Su sexto informe, hecho á su regreso, presentó los resul- 
tados de este viaje. Probablemente ningún documento 
sobre educación obtuvo tan grande circulación como este 
informe. Una á otra se sucedían las ediciones, no tan 
solo en Massachusetts, sino en los demás Estados, á veces 
por orden de las Legislaturas, otras por particulares. Varias 
ediciones se hicieron en Inglaterra. Los diarios de todas 
partes lo transcribieron. 

¡Cuál no debió ser la sorpresa, por tanto al ver salir de 
las prensas del mismo Boston un escrito en que con el 
título de: «Observaciones sobre el sexto informe de Mr. 
Mann», y firmado por «treinta y un maestros de Escuelas 
de Boston» se trataba de impugnar esta obral La réplica 
de Mr. Mann no se hizo aguardar, y á ella contestaron 
los maestros con otro panfleto, que fué igualmente desba- 
ratado por su contendiente, cerrándose así esta contro- 
versia. 

De los trabajos de Mr. Mann, durante los doce años que 



352 OimAS IJE SAKMIKNTO 

desempeñó la secretaría, apenas puede hacerse mención, 
sin exponerse á ser taciíado de exajeracion. Escribió doce 
largos informes anuales, del último de los cuales, decía 
el Quarterly Review de Edinburgo: «Es este volumen en 
verdad digno monumento de un pueblo civilizado; y si la 
América hubiese de hundirse bajo las olas, quedaría en 
él, el mas bello recuerdo de una República ideal.» De una 
inmensa masa de documentos formaba los informes y 
cuentas de las escuelas de Massachusets, de los que hay 
seis volúmenes. La parte estadística solo absorbía tres 
meses de trabajo. El Diario de las Escuelas Comunes, que él 
redactaba, consiste de diez volúmenes, cuya mayor parte 
se debe á su pluma. Publicó un volumen de sus lecturas 
sobre Educación á pedido del Consejo. Todos los años 
hacía un viaje por todo el Estado para tener Convencio- 
nes ó Institutos de maestros. Por las noches convocaba 
meetings populares á fin de formar los sentimientos y 
aspiraciones de los padres de quienes solo depende que sus 
hijos se eduquen. Su voluminosa correspondencia absorvia 
todo el tiempo que no le tomaban aquellas múltiples aten- 
ciones, sin que dejase de dar consultas legales gratuita- 
mente, como siempre, en todo lo que se refería á la 
educación. 

Presidió á la erección de dos Escuelas Normales de 
Estado, dando planos y direcciones para la construcción 
de centenares de escuelas adaptadas, en cuanto á costos 
y tamaño, á los posibles y necesidades de sus diversas 
localidades. Con frecuencia asistía á meetings sobre edu- 
cación en otros Estados, á fin de propagar la causa ó 
inspirar aliento á sus amigos; considerando como un deber 
oficial suyo recibir á todos los que venían á visitarlo con 
algún motivo que se refiriese á la grande obra, en que esta- 
ba empeñado. Pudo con razón decir, en su informe suple- 
mentario de 1848: «Desde que acepté la Secretaría en 1837 
hasta 1848, en que elevé mi renuncia, he trabajado en esta 
causa por término medio quince horas al día; y desde el 
principio al fin de este período, no tomé un solo día de 
vacaciones, y meses y meses transcurrieron sin dejar el 
trabajo para visitar un amigo. Todo mi tiempo estuvo 
consagrado á la grande obra que se me había confiado; 



VIDA DE HORACIO MANN 353 

y si no puedo decir que con provecho, debo asegurar que 
sin interrupción y con ardor.» 

De los resultados de estos trabajos el mundo educacio- 
nal ha formado ya una opinión clara y unánime. Grande 
fué el trabajo, pero rindió ciento por uno. Comparando 
las escuelas de Massachusetts tales como eran en 1837, 
vése salir el orden del caos, ei vigor sustituido á la debi- 
lidad, y que un alto grado de inteligencia en la manera 
de dirijir la educación ha sucedido á una lamentable 
ignorancia. Ni se han limitado á Massachusestts los resul- 
tados de aquellos trabajos. Muchos de los Estados libres 
han seguido en la marcha de los progresos, y varios de 
los esclavistas tratado de imitarlos; aunque desgraciada- 
mente, esto era imposible con sus instituciones. Muchos 
de los Informes de Mr. Mann han sido reimpresos tanto en 
este país como en Inglaterra. Sus opiniones han sido ci- 
tadas como autoridad en las Legislaturas de la Union, 
como en el Parlamento inglés, y elogiadas en revistas y 
obras notables sobre educación. «Tuve la fortuna, dice el 
Hon. Burlingame en un discurso, de hallarme enGuildhall, 
en Londres, cuando se debatía la cuestión de dar instruc- 
ciones á sus representantes para que favoreciesen un sis- 
tema de educación seglar. Votaron por la negativa; pero 
un caballero tomó la palabra y leyó algunos datos estadís- 
ticos de uno de los Informes de Horacio Mann. Aquel 
estracto cambió el voto del Consejo Municipal de Londres. 
Nunca me sentí mas orgulloso de mi patria». 

Debiera suponerse que hombre dotado, como Mr. Mann, 
de tanta energía y fervor, se aventurase en medidas cuyo 
acierto na fuese confirmado por los resultados; y que en 
algún caso al menos se viese forzado á volver atrás; pero es 
muy notable el hecho que ni en su vida legislativa, que 
abrazó el período de diez años, ni mientras desempeñó la 
Secretaría, que duró doce, jamas propuso medida que no 
fuese completamente adoptada, ó que una vez aceptada y 
puesta á la prueba, fuese necesario abandonarla. Ya fuese 
-aconsejando ó ejecutando el plan de revisar el Código Ci- 
vil del Estado; erigiendo y administrando un hospital para 
locos; ó proyectando un sistema completo de medidas para 
renovar el sistema de escuelas comunes de la República, en 

Tomo lUII.— 2t 



354 OBRA.S DE SAKMIENTO 

cada uno de estos sus esfuerzos fueron coronados por el 
mas completo éxito. Finis coronal opus puede escribirse al 
fin de todas sus obras. 

En una de las mas peligrosas crisis en que se encontró 
per razón de sus funciones de Secretario, se le hicieron 
proposiciones para que aceptase el Rectorado en un Cole- 
gio en el Oeste con el sueldo de $ 3.000. Negóse á ello pe- 
rentoriamente, resuelto á sacrificarlo todo en obsequio á la 
Educación popular, que había emprendido, no admitiendo 
otra alternativa que llevar á cabo su obra, ó sucumbir en la 
demanda. 

En 1848 murió, en la Sala de Representantes de los Es- 
tados Unidos, Juan Quincy Adams, que era diputado del 
distrito congresional en que Mr. Mann residía. Aquella Sala 
había sido por veinte años para el ilustre Adams el teatro 
de sus nobles trabajos en beneficio de la libertad humana. 
¿Dónde encontrar un sucesor digno de llenar el vacío que 
dejaba? Pasando el abismo que mediaba entre el elocuente 
anciano y los políticos adocenados, todos los demás hombres 
parecían correr á parejas. La Convención nombrada para 
proponer á un candidato, se fijó en Mr. Mann, quedando 
solo la duda de si aceptaría tan honroso encargo.-- Admitió, 
sin embargo, después de alguna trepidación, en atención 
á que habiendo el país adquirido una inmensa estension de 
territorio, la gran cuestión de la época era asegurar por 
siempre esos territorios á la libertad, contra las tentativas 
que por entonces se hacían por estender la esclavitud. 
Un estado de verdadera y completa educación del pueblo, 
implicaría el mas alto estado de existencia terrestre: pero 
la libertad debía ser requisito previo de la educa- 
ción. Fué electo por una gran mayoría al primer es- 
crutinio, y tomó inmediatamente su asiento en el Con- 
greso. 

Así que hubo sido electo, presentó su renuncia al Consejo, 
que no aceptaron, encareciéndole retuviese su empleo 
hasta el fin del año. Consintió en ello, y á esto debe la 
educación el capitel de su otra obra, el Informe duodé- 
cimo. 

Aunque anticipemos un poco, cabe recordar aquí que al 
año siguiente la Legislatura de Massachusetts, por resolu- 
ción de ambas Cámaras, le exigió preparara una esposi- 



VIDA DE HORACIO MANN 355 

cion completa del sistema de Escuelas del Estado, tal como 
lo habían establecido las leyes dictadas al efecto, fundado 
sobre la base de su décimo Informe; pero incorporándole las 
leyes posteriores. De esta obra mandó imprimir el Estado 
diez mil ejemplares, para distribuirlos gratuitamente, siendo 
mirada hasta hoy como una obra acabada en todas las ma- 
terias que abraza. 

Tal fué la obra emprendida y con tan grande éxito ejecu- 
tada por Mr. Mann. Gracias á ella, los Estados Unidos pu- 
sieron como base de la República la escuela que prepara al 
ciudadano, y á Massachusetts á la cabeza del movimiento, 
que siguen con mas ó menos rapidez los demás estados 
civilizados. Su nombre quedará por siempre inscrito en 
el monumento que levantó á la dignidad del hombre y al 
progreso humano, sin que sea todavía posible estimar 
en toda su magnitud las consecuencias futuras de su tra- 
bajo. 



LA ABOLICIÓN DE LA ESCLAVITUD 



El discurso de Mr. Mann sobre la esclavitud y la trata de 
esclavos, pronunciado en la Cámara de Representantes de 
los Estados Unidos, en febrero de 1850, fué recibido con 
gran favor en el Norte, y obtuvo una gran circulación en el 
Sur, por el examen filosófico de la cuestión, apoyado en 
datos estadísticos, que sus estudios especiales sobre la edu- 
cación le habían permitido reunir, sobre la condición moral 
é intelectual de los blancos mismos, bajo la influencia de- 
letérea de la esclavitud. De este discurso hemos estractado 
en la introducción los pasajes mas luminosos. 

Un incidente, empero, vino á suscitarle dificultades, de 
donde menos podía esperarlo, en la nueva escena en que 
su espíritu ardiente y filantrópico se había lanzado: tal fué 
la controversia entre Mann y Webster, el célebre orador, 
cuya estatua está hoy, no obstante aquel antagonismo per- 
sonal, frente á frente con la de su contendor en la cuestión 
de esclavitud. 

Sábese que Webster, en la sesión del 7 de Marzo de 1850, 



356 OBRA.S OK SA.RMIBNTO 

pronunció un discurseen el Senado de los Estados Unidos, 
que en manera alguna favorecía el pronunciamiento de la 
opinión en los Estados del Norte contra los avances de los 
esclavistas. Este discurso, de tan popular estadista como 
era Webster en el Norte, le atrajo el descontento jeneral; 
mientras que el Sur, que antes lo detestaba, en proporción, 
empezaba á tributarle las muestras de admiración que an- 
tes le escaseara. Con motivo de las íelicitaciones que le 
hicieron personalmente á Mr. Mann muchos amigos de su 
distrito, aprobando la línea de conducta que había seguido 
en el Congreso, sobre la palpitante cuestión del día, dirijió- 
les en contestación una carta en que impugnaba las ideas 
manifestadas por Mr. Clay, Mr. Cass, Webster y otros; y aun- 
Que el escrito respirase la alta estimación en que el autor 
tenía á Webster, de quien decía, «que de su boca habían 
salido palabras de libertad que hombre viviente no había 
pronunciado jamás, » protestando de su admiración por sus 
talentos, y su gratitud por sus pasados servicios, el hecho 
es que concluía con demostrar el sofisma que ocultaban sus 
argumentos, y la enormidad de las conclusiones á que arri- 
baba. En el estado que se encontraba la opinión pública, 
causó una grande sensación. Webster contestó inmediata- 
mente, y arrastrado por la discusión, y acaso picado en lo 
vivo su amor propio, aventuró algunas frases ofensivas, 
tales como aquella en que decía de Mr. Mann que era «poco 
versado en la constitución de su país.» 

Mann replicó en otra carta sin abandonar la mesura que 
caracterizaba la primera ; pero Webster, á mas de un nuevo 
discurso en el Senado en apoyo de las ideas emitidas en el 
primero, se dirijió á varios caballeros con una carta, acom- 
pañándoles un ejemplar de este discurso, en la cual aludía 
en lenguaje amargo á los escritos de Mr. Mann. La cuestión 
se envenenó como era de esperarse; los partidos tomaron 
parte en ella, y Mr. Mann fué el blanco de apasionadas 
apreciaciones. Mayor intensidad daba á estos disentimien- 
tos la proximidad de las elecciones de Diputados al Congre- 
so. Mr. Mann asistió á varios meetings, en que espuso con 
calma, y dirijiéndose al raciocinio de sus oyentes, los gran- 
des principios de humanidad y de justicia comprometidos 
en la cuestión. El día de las elecciones llegó, y no obstante 
los esfuerzos de Webster, que era á la sazón Secretario de 



VIDA. DE HORACIO MANN 357 

Estado, y había permanecido en Boston algunas semanas 
para organizar sus elementos, Mr. Mann fué reelecto por 
una triunfante mayoría. 

La controversia no paró ahí, sin embargo, entre los dos 
atletas como no podía cesar entre los partidos que sostenían 
sus respectivas ideas. En febrero de 1851 pronunció Mr. 
Mann un nuevo discurso en el Congreso sobre la ley de 
estradicion de los esclavos, y poco después otro en Lancas- 
ter, impugnando el dictamen recientemente dado por el 
Comisario Curtis, en la causa de Tomas Sim, despojado de 
su libertad, y condenado á esclavitud perpetua, sin prece- 
der sentencia de un tribunal, ó el veredicto de un jurado; y 
Mr, Webster, que había adoptado aquel dictamen, no quedó 
á salvo de los rayos de la indignación del elocuente filán- 
tropo, que esta vez se sobrepasaba á sí mismo. Hoy que la 
esclavitud ha sido abolida por la terrible decisión de las 
armas, triunfando los sentimientos y principios de que 
Mr. Mann se hizo tan temprano el órgano mas avanzado, 
su conducta en aquel conflicto queda del todo justificada. 
Si hubo amargura en el debate, ¿qué es esto en compara- 
ción de los horrores de la guerra en que vino á manifestar- 
se lo inconciliable de las opiniones, y lo inútil de buscarles 
acomodo por transacciones, que solo harían mas severo el 
conflicto final ? 

Un año después de haber sido electo Representante al 
Congreso, algunos amigos de la causa de la educación en 
la Legislatura de Massachusetts, habiendo por entonces te- 
nido conocimiento de los sacrificios pecuniarios que Mr. 
Mann había hecho, en sosten del sistema de educación y 
erección de Escuelas Normales, aprovecharon de su au- 
sencia en Washington, para proponer á la Lejislatura la 
medida que adoptó, encomendando á una comisión averi- 
guar el monto de aquellas sumas, con facultad de exami- 
nar personas y documentos. De las declaraciones de va- 
rios individuos resultaron justificadas erogaciones volun- 
tarias hechas por Mr. Mann á fin de llevar á cabo la erec- 
ción de dos Escuelas Normales, que sin ellas no habría 
sido emprendida, pues eran hechas para llenar el déficit 
que resultaba, después de apurados los medios disponibles; 
abundando en el mismo sentido los impresores de los In- 
formes, y del Diario de la Educación Común, á quienes ha- 



358 OBRAS DB SARMIENTO 

bía ocupado durante doce años. Ambas Cámaras, en vir 
tud del Informe de la Comisión, resolvieron destinar una 
suma para resarcirle de aquellas pérdidas, «no proponién- 
dose, como decía el mismo Informe, pagarle, sino dar á sus 
sentimientos una satisfacción que sería mas agradable que 
una remuneración exacta.» 

Las principales obras publicadas por Mr. Mann son die z 
volúmenes de su Diario de las Escuelas Comunes; una com- 
pilación llamada Informes y estados de las escuelas de Massa- 
chusetts; sus doce Informes como Secretario del Consejo de 
Educación; un volumen de lecturas, ó discursos sobre educa- 
ción; sus discursos y cartas sobre la esclavitud; sus escritos 
polémicos, qae son voluminosos; su Pensamientos para los jó 
íjpní?^, que han circulado á veinte mil ejemplai;es. Una Lec- 
tura, á mas de las de temperancia, dirijida «.al pobre ignoran- 
te,» y otra aal rico educado,» y dos escritos sobre las facultades 
y deberes de la mujer; y cuatro folletos conteniendo otras tan- 
tas oraciones en los aniversarios de la Independencia. Di- 
rijió ademas la ejecución de una obra de enseñanza, cuya 
idea había estado meditando muchos años. Era una serie 
de tratados de Aritmética para el uso de las escuelas, basa- 
dos, en cuanto al plan jeneral, en una idea orijinal. En 
lugar de tomar operaciones simplemente de dinero, ó ca- 
jas ó fardos de mercaderías, como materiales para prepa- 
rar las cuestiones de aritmética, pasaba en revista todo el 
círculo de Iris artes, ciencias, estadisti(;a, historia, cronolo- 
jía, biografía, jeografía y cosas asi, y arreglaba sus cuestio' 
nes tomando de aquellas los hechos que eran susceptibles 
de estimación aritmética; de manera que no solo contuvie- 
sen las cuestiones un problema por resolver, sino también 
un interesante y valioso hecho, digno de conservarlo en la 
memoria. Ejecutó esta obra, con la ayuda de Mr. Chase, 
cuyo nombre se lee á su frente asociado al de Mr. Mann. 

En 1853 Mr. Mann fué propuesto para Gobernador de Mas- 
sachusetts por una Convención preparatoria, y aunque no 
resultó electo por la mayoría exijida por la ley, bastaba la 
tentativa para indicar el alto puesto que ocupaba en la opi- 
nión pública. Ese mismo día aceptaba el Rectorado del 
Colejio de Antioquía, en el condado de Greene. en el Esta- 
do de Ohio. Volvía así á la carrera que las disposiciones 
de su. espíritu le tenían trazada — la educación. 



VIDA DK HORACIO MANN 359 

Presentábasele ocasión de poner en práctica algunas re- 
formas que meditaba, tanto en la organización esterna, co- 
mo en los objetos de la enseñanza impartida en los cole- 
jios; siendo una de ellas, y la que mas le halagaba, la de 
dar á las mujeres iguales oportunidades de recibir educa- 
ción, con las variaciones de aplicación, que la que se da á 
los hombres. 

Esta idea ha sido, según me lo escribe Mrs. Mann, realiza- 
da con feliz éxito por Mr. Lewis en un instituto, en que ha 
introducido y jeneralizado ios ejercicios jimnásticos para el 
desarrollo físico, á la par del intelectual. El resultado, sin 
embargo, no correspondió desde luego á sus esperanzas. 
Quejábase de que las niñas que acudieron á sus lecciones, 
sin ser viciosas, carecían de aquel decoro esterior que solo 
puede dar una larga educación social de los sentimientos. 
Mrs. Mann ha hecho una vivísima pintura de las duras 
pruebas por que su esposo debió pasar en un estableci- 
miento que estaba aun por crearse, falto de capital sufi- 
ciente, con escasa vecindad, y esta de familias de paisanos 
pero esta parte, la mas penosa de la vida de Mr. Mann, inte- 
resaría solo á las personas que se ocupan profesionalmente 
de la educación, y estaría por demás aqui. 

Una observación hace la Señora Mann, que queremos 
consignar aquí, porque es de importancia práctica en nues- 
tros mal poblados países de Sud América, donde las habi- 
taciones están en las campañas diseminadas á grandes dis- 
tancias. «Cuando fueron ocupados por la primera vez los 
Estados Occidentales, dice la Señora Mann, fué imposible 
difundir la instrucción superior con bastante estension. 
Los pioneers, ó primeros pobladores, que salen de comuni- 
dades mas adelantadas, aunque de ordinario hombres de 
enerjía, carecen de cultura literaria, y por tanto, la vida 
doméstica se resiente luego de esta falta. La jeneracion 
que les sucede es menos culta, como es natural; y los jó- 
venes de posibles deben ser enviados afuera para obtener 
educación, ó quedarse sin ella. 

No es pues lo que mas interesa, el saber, si convenga 
mejor que la educación se imparta fuera del círculo del 
hogar doméstico, sobre todo entre las mujeres; sino la de 
si hayan ó no de recibir educación alguna. Desde que no 
€S posible tener una Universidad en cada villa, el punto 



360 OBRA8 va SAK&llKNTO 

importante sería suministrar la mejor clase de casas de 
educación, que se pareciesen en cierto modo á familias 
como focos de saber. Tal fué el templo del saber que es- 
taba «ante los ojos del alma de Mr. Manii» que no dudaba 
realizaría, con su poderosa capacidad de dominar las difi- 
cultades y realizar sus grandes propósitos. 

En Junio de 1859 el Colejio fué enajenado, debiendo se- 
pararse Mr. Mann de su dirección. El día mismo de la 
venta del Colejio, rendian exámenes los alumnos, y debían 
otorgarse los diplomas de idoneidad. Mr. Mann compuso 
el discurso que había de pronunciarse en el acto^ y asistió 
á todos los regocijos consiguientes á tales actos, durante 
las doce horas que duraron. Esa noche se sintió grave- 
mente indispuesto, y la enfermedad tomó luego las formas 
de una fiebre cerebral, y por muchos días el enfermo no 
pudo pasar alimento alguno. El médico que vino á asistirlo, 
no dio esperanzas de salvación; y fué preciso prevenirle que 
su fin se acercaba. ¿Cuanto falta? preguntó. — Cuando mas 
tres horas, se le contestó. — No lo siento, pero tengo que 

decir algo: llámenme áB , un estudiante, á quien habló 

con el mayor interés. Hizo llamar sucesivamente á otros, 
y á sus amigos, y durante dos horas derramó su corazón y 
su alma en palabras inspiradas, con voz tan entera, y 
gesticulación tan animada, como no era de esperarse de su 
estado de postración. Muchos pudieron ver el deber bajo 
una nueva luz, oyéndole repetir las palabras: «Hombre, 
deber, Dios!» 

Al fin dijo á Mr. Fay: desearía que me dirijiese á Dios 
una corta oración, humilde, pacífica, agradecida! después 
de lo cual se volvió á los que lo rodeaban, enviando afec- 
tuosos mensajes á los ausentes, — á su hijo, á su hermana, 
á Mr. Craig y otros antiguos amigos, particularizándose con 
el profesor Cary: «Querido Cary, decía, sólido, firme, bien 
balanceado, siempre sabio, siempre recto, siempre firme, 
díganle cuanto lo amaba!» murmurando en seguida, «Bue- 
no, seguro, juicioso, blando, bello Cary». «Y aquellos bue- 
nos jóvenes, Mr. Fay, que siempre cumplieron con su 
deber, cuanto los amo — decidles cuanto los amo. No hay 
palabras que espresen cuanto los amo.» 

Cuando le preguntaron si esto no le fatigaba, dijo: no, me 



VIDA DE HORACIO MANN 361 

alivia. Mas de una vez esclarnó: Oh! mis bellos planes para 
el colejio! Deseo que Mr. Fay se prepare para ser rector 
de este colejio; porque no conozco hombre viviente que 
pueda tomarlo, ni conducirlo como él.» A Mr. Fay, que 
no oía esto, dijo: «Predicad las leyes de Dios, Mr. Fay; 
predicadlas, predicadla.s^^ elevando su voz á medida que re- 
petía estas palabras, con su trémulo brazo levantado en 
alto, como si invocase las bendiciones del cielo sobre él. 
Después dijo: «Oh Dios mió, que les predique la verdad 
hasta que la luz suceda á las tinieblas.» A su hijo añadió: 
«Cuando deseéis saber lo que debéis hacer, preguntaos 
¿qué habría hecho Cristo en las mismas circunstancias?» 

Quiso reposarse y no pudo: las ansias de la muerte so- 
brevinieron, y entre el delirio mostró las duras pruebas por 
que había pasado, y le traían su prematura muerte. A^ 
fin Dios tuvo misericordia de él. 

Según me lo escribe su señora viuda, fué depositado tem- 
poralmente en el cementerio del Colejio, por el cual había 
rendido su vida, y muchos de sus amigos deseaban que sus 
restos quedasen ahí, como que este era el lugar mas apro- 
piado; pero una de las pocas alusiones que á sí mismo hizo 
en sus últimas horas, cuando ya no quedaba tiempo para 
hablar en particular, fué esta observación: «Me pondrás 
donde tú quieras». — Te pondré al lado de Carlota, que fué 
el ánjel tutelar de ambos, le contesté: — «Si tu has de estar 
allí, yo tarhbien quiero estar á tu lado», respondió. 

Sus restos mortales reposan ahora en el cementerio del 
Norte de Providencia, donde fué primero feliz; y sus ami- 
gos, en unión con su familia, han elevado allí sobre su tum- 
ba, el bello obelisco del Vaticano, en sus perfectas propor- 
ciones, como el símbolo del justo. 



CONCLUSIÓN 



No pudiéramos tributar mejor homenaje á la memoria 
del Lejislador de la Educación pública que terminar la na- 
rración de su laboriosa vida transcribiendo uno de sus 
últimos discursos sobre educación, pronunciado ante mas 



362 OBRAS DE SARMIENTO 

•de treinta convenciones ó Asociaciones de Maestros, en sie- 
te diversos Estados de la Union Americana. 

Este discurso dará idea de la riqueza de su lenguaje, 
úe la elevación de sus ideas, y de ese culto que tributan á 
las leyes que rigen el universo moral, y de su creencia y 
de su fe en los altos destinos de la raza humana, desde que 
la educación haya alcanzado á iluminar todas las partes 
que hoy yacen en la oscuridad de la ignorancia, y por ella 
-en la destitución ó el vicio. Tan cerca ha estado de verlo, 
tan jigantescos pasos hizo dar á ese mundo futuro, hacién- 
dolo presente en torno suyo, con solo diez años de solici- 
tarlo, que es permitido esperar por donde quiera que su 
palabra inspirada llegue, suscite en alguno igual fe, é igua- 
les esperanzas. 



MOTIVOS DEL MAESTRO. 

POR HORACIO MANN, 

•EX- SEO RETA RIO DEL CONSEJO DE EDUCACIÓN DE MASSACHUSETTS 

Y RECTOR DEL COLEJIO DE ANTIOQUIA. 



Todo trabajo es delicioso ó molesto; noble ó innoble; justo 
ó injusto ante Dios, según los motivos que á ejecutarlo nos 
inducen. Verdad trivial es que la cualidad moral de una 
acción es siempre determinada por el motivo que la produ- 
jo. Pero no es esto toda la verdad contenida en aquella 
máxima vulgar. La perseverancia, la tenaz y sostenida 
energía con que proseguimos un propósito; el gozo ó la fati- 
ga que dan alas ó ponen un peso de plomo á nuestros pasos, 
^n cualquiera cosa que emprendamos, todo depende de 
los motivos que nos inspiran. Los motivos pueden santi- 
ficar el mas vil, ó envilecer el mas sagrado empleo; pueden 
ennoblecer hasta la piedad, el servil oficio de lavar los pies 
al Salvador, ó profanar hasta la perfidia el derecho de salu- 
darlo con un beso. 

Todos saben que es infinita en estension la escala de los 
motivos. Hacia arriba llega hasta Dios que ocupa el zenit 
moral, hacia abajo desciende hasta los limbos oscuros del 
mal que están en el nadir. Algunos motivos arrancan de la 
naturaleza, por loque se les llama espontáneos, otros son el 
fruto de una inteligencia cultivada, y otros de una educa- 
ción moral y relijiosa. En casos de imperiosa necesidad, la 
naturaleza prepara motivos especiales para especiales exi- 
gencias. En la naturaleza bruta duerme el sentimiento de 
la maternidad hasta que el nacimiento de la prole lo des- 
pierta; pero desde el momento en que esto ocurre, es seguro 
que se encenderá, el ciego, irresistible amor maternal. He 



364 OBRA.S DE SARMIENTO 

visto auna gallina lanzarse al vuelo contra la locomotiva y 
su cauda de trenes, por osar ponérsele en el camino en que 
cuida á sus polluelos. He visto á la mas tímida y montaraz 
de las aves, la perdiz, saltarme á la cara, cuando en un paseo 
solitario por los bosques había accidentalmente encontrá- 
dome con su nidada. Hay algo mas poético, heroico, en los 
graznidos y las arremetidas del águila cuando ve invadido 
su nido, que en su vuelo audaz cuando se remonta en los 
cielos; y la leona lleva en su seno un almacén de cólera que 
la naturaleza ha depositado allí para la defensa de sus ca- 
chorros. Una madre se transfigura cuando su hijo está en 
peligro. Sin miedo escala montañas ó desciende á las pro- 
fundidades del mar. Durante la enfermedad del niño su 
espíritu parece hacer el milagro de abrogar ó suspender las 
leyes del cuerpo. Puede trabajar sin descanso, velar sin 
dormir, subsistir sin alimento. La exaltación del motivo obra 
el milagro. 

Hay otros motivos que existen en cierta estension en to- 
dos los hombres; pero que están combinados con variedad, 
obran con diversos grados de intensidad, y determinan el 
destino de sus poseedores. ¿Qué fué lo que hizo á Colon 
continuar en su curso, mientras que toda su tripulación se 
amotinaba, y mientras que la naturaleza misma, obrando 
por medio de la aguja magnética que le había prestado 
como guía, parecía protestar contra su audacia? ¿Qué fué 
lo que sostuvo á aquellos expatriados voluntarios, los Pa- 
dres Peregrinos de Nueva Inglaterra, cuando de Inglaterra 
emigraban á Leyde, y de Leyde á la Roca de Plymouth, 
si no es un motivo fundado en la Roca de los siglos? En 
fin, los motivos determinan todas las cosas. Producen los 
mismos actos externos, altos ó bajos, alegres ó penosos, sa- 
grados ó profanos. Dan fertilidad á nuestra vida, ó la hieren 
de esterilidad. Hacen que el rey tiemble sobre su trono, ó 
el mártir triunfe sobre su cadalso. 

Antes de considerar los motivos de que debierais como 
maestros estar animados, creo necesario esponer ante 
vuestros ojos mis propios motivos para dirigiros la palabra 
sobre este asunto. 

Vengo ante vosotros, amigos mios, impulsado por un in- 
decible interés por vuestra mejora personal y vuestro éxi- 
to profesional. Si hay una clase de personas hacia la& 



VIDA DE HORACIO MANN 365 

•cuales tienda mi corazón, con una tierna, inmutable, solíci- 
ta afección, es á los maestros de nuestra juventud. Mis 
nervios están entretejidos con sus nervios; mi corazón pal- 
pita con el de ellos; y tan estrecha es la afinidad que por 
ellos siento que su buena ó mala suerte es para mi asun- 
to personal. Si yo tengo alguna ambición terrena, es aque- 
lla que solamente puede satisfacer el buen éxito de ellos; y 
todas las altas esperanzas que confesadamente abrigo de un 
porvenir mas glorioso para la raza humana, reposan sobre 
la elevación de la profesión de maestro, y la mayor exten- 
sión del campo de su útil actividad. 

Cualquiera fundamento para confiar en la perpetuación 
de nuestras libertades civiles y relijiosas; cualquiera es- 
pectativa de la elevación de nuestra raza, cualquiera fe en 
la cristianización del mundo; estas aspiraciones y esta fe 
dependen de los maestros, mas que de todos los otros 
medios de acción de la humanidad unidos. Y si en los 
consejos de Dios existe el misericordioso propósito de res- 
tablecer en la raza humana su borrada imájen, creo que 
eiijirá y unjirá á los maestros de la juventud, entre los mas 
elejidos de sus ministros para la santa obra. Al dirijirme 
pues á los maestros, siento que piso un terreno sagrado, 
porque estoy en la augusta presencia de los mas altos 
intereses, mortales é inmortales, que estoy en medio de 
los eternos principios de la vida moral y de la muerte 
moral. 

No es esta, amigos mios, ocasión de lisonjear á nadie. No 
vengo aquí á festejar corazones amigos de alabanzas con 
sopas de miel, ó susurrar á sus oidos cantarcillos para 
adormecer conciencias perturbadas. Si el gusano roe en 
algún pecho, dejadlo roer hasta que haya comido hasta el 
hueso de la vanidad y el egoísmo; si arde fuego, que no se 
apague, hasta que la escoria se haya separado del oro. Si 
hay maestros de corazones nobles aquí presentes, me echa- 
rían en cara el malgastar la fujitiva hora en magnificar sus 
derechos, olvidándome de sus deberes; si exaltase la dig- 
nidad de su profesión, como si creyese que él la ha creado 
en lugar de serle deudor á ella; ó dijiera que pues tiene el 
instrumento de Salomón en sus manos, debe por tanto 
tener la sabiduría de Salomón en su cabeza. Como es el 
deber del médico sondear la herida hasta el fondo, aun- 



366 OBRAS DE SARMIENTO 

que el enfermo padezca, así es el oficio del fiel amigo desen- 
mascarar todo motivo bajo ó indigno, que se anide en el 
corazón de su amigo. Ojalá que logre desplegar nuestras 
responsabilidades ante la jeneracion que se levanta, y 
nuestros deberes para con el cielo, de manera que cada 
uno de nosotros revista el saco de humildad, y esclame 
desde el fondo de su corazón: «desgraciado de mí, que al 
desempeñar la grande obra que el Señor puso en mis 
manos, he sido servidor tan poco provechoso.» 

Empezaré por los mas bajos al considerar los motivos 
por los cuales debieran ser gobernados los maestros. 

Sostengo que no solo es justo y propio en un maestro, 
sino que es su deber, ademas, aspirar á la recompesa remu- 
nerativa. Hablo de la remuneración pecuniaria^ ó como 
vulgarmente se dice, en pesos y centavos. En esta como en 
toda otra vocación «el obrero es digno de su salario.» Tras- 
ciende á trascendentalismo el decir que á medida que una 
obra está revestida de mas altos y sagrados atributos, debe 
hacerse sin paga. Cuando se haya visto estinguirse uno en 
pos de otro los naturales apetitos del hombre por alimento 
y bebida, según que mas altas sean las funciones á que se 
consagra, entonces habrá prueba suficiente de que pres- 
cindirá de aquellos naturales auxilios de que ya no nece- 
sita. Cuando el ministro del evanjelio pueda subsistir de 
aire, como se creía del camaleón; cuando el misionero 
pueda conservar, sin vestido ó abrigo, su sangre á la tem- 
peratura de 38° en las rejiones Árticas; cuando un apóstol 
ú otro mas grande que un apóstol pueda sustraerse á 
todos los cuidados y ansiedades rhundanas, y consagrar su 
vida á la educación de los niños, y los cuervos le traigan 
alimento y vestido, entonces creeré que todos los maestros 
deben hacer, lo que muchos se ven compelidos á hacer, que 
es trabajar por nada y existir. Pero hasta donde se me 
alcanza, la esperiencia es universal en nuestros tiempos^ 
de que un estómago sano, después de una estricta abstinen- 
cia de doce ó quince horas, por tranquila que la conciencia 
esté, clamará por alimento, ó en otros términos, una con- 
ciencia vacía de reproches no llena un estómago vacío de 
alimento. Así se helará el misionero enviado á Islandia ó 
Spitsberguen, por ardiente que sea su benevolencia; sin 
que la mas exaltada piedad sea cimiento suficientemente 



VIDA DE HORACIO MANN 367 

tenaz para sostener cuerpo y alma, sin un poco de arga- 
masa de alimento animal; ó al menos alguna amalgama- 
ción química, cuyos principales ingredientes sean pan y 
mantequilla. 

Pero mientras sostengo que es de derecho en el maestro 
asegurarse un salario honorable y equitativo, aun así» 
cuando ha convenido deliberadamente en un precio por 
sus servicios, toda consideración pecuniaria debe alejarse 
de su espíritu. Ha contraído desde entonces la mas solem- 
ne obligación de ejecutar cierta cantidad de obra, y la 
mezquindad de la compensación, cuan grande sea, no 
escusará el descuido ^cuán pequeño sea de sus deberes. 
No ha de dormirse el piloto y esponer á naufrajio la nave, 
porque es corto el salario. ¡Qué pensaríamos, pues, del 
maestro que habiéndose asegurado abundante salario, trata 
de restrinjir sus deberes, dentro de límites cada día mas 
estrechos, y de mala gana desempeña aun aquellos que en- 
tran en el contraído círculo? qué emplea las horas del des- 
canso robado á sus deberes en andar á caza de goces, en 
especulaciones pecuniarias, ó sin los mas dignos motivos, 
en la especulación de libros de escuelas? Qué del que 
escatima una media hora de la sesión de la tarde ó de la 
mañana, delito que debiera ser igualado en el código civil 
al de limar la moneda? ¿Qué del que solo lleva el cuerpo 
á la escuela, dejando á su alma que haga la rabona? y que 
de aquel que cuando sus clases están hambrientas y se- 
dientas de alimento espiritual, dales en lugar de pan 
una piedra, en lugar de pescado una culebra, en lugar de 
un huevo un escorpión? 

No hay en la tierra neglijencia mas criminal que la ne- 
glijencia del maestro para con sus discípulos; y el mas 
oscuro calabozo, en los reinos de las tinieblas, estará re- 
servado para los maestros que por fuerza ó distracciones 
terrenas permitan que estos pequeñuelos perezcan. 

Hay otra clase de motivos de un carácter no muy elevado 
ni meritorio, pero que no merecen censura sino cuando 
tocan en los estremos. Me refiero al deseo del maestro de 
aprobación jeneral, y especialmente de parte de aquellos 
que habiendo sido sus alumnos, pueden formar madura y 
correcta opinión. El crédito ó descrédito de un operario al 
hacer bien ó mal su obra, es aceptable motivo de escrupu- 



368 OBRAS DE SARMIENTO 

losidad. Las noticias que se esparcirán á lo lejos sobre la 
buena instrucción literaria ó la condición moral de una 
escuela, al fin del año, deben obrar como estímulo auxiliar 
en todo ánimo que no sea demasiado elevado, para prescin- 
dir de él. No hay artesano ni artista, desde el remendón 
hasta el escultor, que no se sientan abatidos ó exaltados 
por la prevalente opinión del público con respecto á sus 
obras. «Una escuela que progresa,» «una escuela que de- 
cae,» son espresiones de gran peso cuando andan de boca 
en boca en un distrito; cuando las reproduce la comisión 
de escuelas en informes que van á leerse en la ciudad ca- 
becera, ó impresos para que todos los lean. Y si bien mu- 
chas cosas modifican la condición de una escuela, mas que 
toda otra cosa modifícala el carácter del maestro, de donde 
resulta que cualesquiera que sean las impresiones que las 
otras cosas dejan sobre ella, la imájen del maestro es la que 
mas sobresale. En todas las escuelas tenidas largo tiempo 
por el mismo maestro, es él quien determina el número de 
zotes que hay en ella, lo mismo que el de aprovechados y 
caballeros. Un maestro negado hace estúpidos á los discí- 
pulos, de la misma manera que ol mal labrador empobrece 
la tierra fértil. Un maestro que rebaja la jeneral capacidad 
de sus alumnos, se rebaja á sí mismo; y cuantos oyen sus 
detracciones dicen: «qué estraño es, si de tal maestro, tales 
discípulos!» Por otra parte, sábese que un maestro com- 
petente tomará al mas rudo labriego, y mediante constan- 
tes manipulaciones lo desbastará y pulirá en un caballero; 
tomará al miserable de mas duro corazón y mas metálico, 
y colocándolo de manera que sus propias corrientes eléctri- 
cas puedan penetrarlo, llegará al fin á dotarlo de la polari- 
dad celestial. 

Pero es de mas peso todavía la futura y duradera opinión 
que formarán de un maestro sus discípulos mismos. Esa 
opinión se formará y será espresada. Todos recuerdan á su 
maestro de escuela. Casi no hay uno que en la vida adulta 
no se halle en situación de espresar libremente la opinión 
que tiene de sus primeros maestros, sin miedo y sin lisonja. 
Si el maestro ha tenido un gran número confiado á su cui- 
dado por largos años, ha enviado una fuerte compañía para 
que constituyan por sí mismos una formidable opinión pú- 
blica. Estos que fueron discípulos, los reunirán hombres 



VIDA DE HORACIO MANN 369 

ya, ios placeres y los negocios de la vida. Acordándose de 
la infancia, la escuela y el maestro reaparecerán entre los 
mas vivos recuerdos. Los méritos y deméritos serán pesa- 
dos y pronunciado un juicio condenatorio ú honroso. Cuando 
un maestro ha tenido grandes escuelas, y enviado compa- 
ñía tras compañía por años y años, probablemente no pasa 
día ni hora sin que sus exelencias ó sus faltas no sean traí- 
das á colación; y si hubiese algo de cierto en aquella añeja 
preocupación, de que arde la oreja izquierda ó la derecha, 
cuando están hablando mal ó bien de nosotros, todos los 
viejos maestros debieran tener, al menos una, sino ambas 
siempre encendidas y color de llama. 

Reflexionad un poco, amigos mios, sobre estO; porque en 
verdad merece mirarlo con atención. Todos los artesanos 
y todos los cultivadores del suelo, proceden con cuidado y 
cautela con respecto á los productos y artículos que exhi- 
ben en el mercado ó mandan fuera. Los perecederos ma- 
teriales del telar que apenas sobreviven á su manufactura 
un año, los productos del suelo, que mucho duran si alcan- 
zan á la otra cosecha, son mientras duran testimonios del 
saber y lealtad de quienes los produjeron. Pero estos tra- 
bajadores exhiben artículos mudos, cosas que no hablan, 
que no hacen memoria del bien ó del mal pasado, que no 
estallan en manifestaciones de sentida gratitud, ó en mal- 
diciones por los agravios inferidos, al solo nombre de sus 
productores. ¿Pero qué clase de plantas salen de la almá- 
ciga del maestro? Son animales? No se oye hablar mas 
de ellos pasado un año? No está por el contrario en la 
naturaleza de las cosas que para honra ó vergüenza vues- 
tra vivan ellos tanto y mas que vosotros? 

Y todavía si fueran mudos los productos que salen de 
vuestras manos! O hubiesen de esperar á que alguien los 
oiga para proclamar el juicio que ellos mismos forman. Si 
un hombre manda al mercado zapatos ruines, no les pone 
marca de fábrica como obra de sus manos. El solo se 
guarda el secreto, como el falsificador de moneda que 
desea hacer pasar su pieza de baja ley y ocultar su pro- 
cedencia. Pero el misero maestro no puede negar ni 
ocultar sus producciones, si él no las proclama, ellas mis- 
mas se proclamarán. Llevan su marca en el espíritu, tan 

Tomo xuii.— 24 



370 OBRA.S DE SARMIENTO 

fresca como el primer día. Los rejistros llevados por un 
maestro que había permanecido en una misma escuela por 
once años consecutivos en Massachusetts, mostraban que 
de nueve, uno de sus discípulos había sido puesto en la 
cárcel ó en la casa de corrección. Cuando se trata de 
probar quien presidió á la formación de un carácter, el 
maestro no puede alegar la coartada. Hay un hombre á 
quien todos reputan de vil y calumniador fanático; pero 
vos. Señor Archifanático, fuisteis quien falseando los testos 
divinos lo hizo así. Vos enseñasteis al mal levita á odiar 
al buen samaritano. En verdad que toda la subsiguiente 
vida del alumno ha de considerarse como un comentario 
práctico cuyo texto es el maestro. Un alumno puede ser 
un cartel no fijo, sino ambulante de la competencia del 
maestro. La sola esperanza del maestro está en que la 
muerte venga á quitar de la vista al hijo de su espíritu;^ 
pero la muerte probablemente se llevará antes al padre 
que al hijo. No digo que esto sea cierto en todos los casos 
y en todas las circunstancias; pero ha sido y continúa 
siendo cierto, lo bastante para andarse con cautela, y exitar 
■ la alarma entre todos los maestros. Y estos resultados se 
van haciendo cada vez mas ciertos, á medida que mas 
vivimos. En la misma proporción en que las artes y las 
ciencias de la educación avanzan, así también se atribuirá 
el carácter de los individuos mas y mas á las especíale» 
influencias del maestro, bajo cuya influencia fueron edu- 
cados. Primera educación y carácter posterior andarán 
mas y mas como causa y efecto. Cada día se hará mas 
estrecha la unión entre maestro y discípulo, y el carácter 
del uno será deducido de la conducta del otro en muy 
lejibles signos de honor y de vergüenza. 

He dicho que los alumnos se lanzarán en la vida, emi- 
tiendo elojios ó quizá maldiciones sobre sus maestros, donde 
quiera que vayan. Bien puede un discípulo prodigar ala- 
banzas á su maestro y espresar su ardiente gratitud hacia 
él; pero con palabras y movimientos tales, que dan la me- 
dida de la falta de tino de maestro y discípulo. Recuerdo 
haber oído una vez á un hombre entrado en años, diri- 
jiéndose á una intelijente audiencia de mas de mil personas, 
abogar en favor de la emulación entre los alumnos, y el 



VIDA DE HORACIO MANN 371 

dar medallas en las escuelas. Para dar mayor esfuerzo á 
su razonamiento nos dio un capítulo de su propia historia. 
Describiónos la competencia entre los de su clase y él 
mismo por la medalla que había sido ofrecida; como lucha- 
ron y como él ganó; cuan lijero corrían ellos para alcanzar 
la meta, pero como él los pasó á todos; cuan dignos del 
honor eran sus rivales; pero como él los exedió y triunfó 
sobre ellos todos. A fin de prolongar y magnificar su propio 
elojio trajo á colación á su maestro y lo atavió de cumpli- 
mientos estravagantes; porque el maestro había tenido la 
sagacidad de ver que el jactancioso merecía el premio. 
Creo que cuando hubo concluido, no habría una sola per- 
sona intelijente, hombre ó mujer, en tan numerosa concu- 
rrencia que no dijese para sí: ¡Pobre discípulo! ¡Pobre 
maestrol ¡Qué dos locos! Así también sucede que un 
hombre hable mal de su maestro, á causa del mal trato que 
recibió de él. En tal caso, quien tal oye, por poco sagaz 
que sea, dirá á su vez, que el maestro está plenamente jus- 
tificado de haber hecho lo que se le vitupera. Y esto es 
tan cierto en materia de instrucción mental como en la 
dirección moral. Suponeos un hombre que para mostraros 
que clase de lector era su maestro y con que cuidado le 
enseñó según los mas perfectos modelos del arte^ os da 
una disgustante muestra de ultra-heróica declamación de 
teatro, en prueba de su aserción. A medida que el público 
se hace mas capaz de discernimiento en estas materias, se 
va acercando mas y mas á la justa apreciación del mérito 
de los maestros, para encomiarlos ó vituperarlos según sus 
obras. En fin, cada palabra del maestro, dicha á gritos ó al 
oido, despierta un eco que vivirá por siempre. Año tras 
año, mientras vive, año tras año, después de sus días, las 
reverberaciones retrocederán hasta sus oídos, ó los oídos 
de los amigos sobrevivientes en tonos de aprobación ó vitu- 
perio. 

Otro motivo que debiera poderosamente influir en el 
animo de los maestros para llenar cumplidamente sus de- 
beres, es el deseo de elevar la profesión á que pertenecen. 
«Todo hombre», dice Lord Bacon, «es deudor de su profe- 
sión», lo que sino me engaño quiere,decir que todo hombre 
por el mero hecho de pertenecer á una corporación, contrae 



372 OBRAS DE SARMIENTO 

la obligación de prestarla algún- servicio importante. Sin 
duda que se tendría por deshonroso no hacerlo. 

El maestro perfecto no solo hace un importante servi- 
cio á todos sus alumnos, sino que también da lustre á todos 
sus colaboradores y eleva el sentir común de la humanidad 
con respecto á la dignidad del empleo. Haciendo honora- 
ble la profesión, la hace atractiva, arrastrando á espíritus 
de un orden mas elevado, á abrazarla y adorarla. Por 
este medio se pone la profesión del maestro, cada día mas 
fuera del alcance de los ignorantes y de los incompetentes. 
Ni se limitan á esto los buenos servicios que el nuestro 
cumplido puede prestar. Continuamente está mejorando 
los antiguos métodos, é inventando nuevos, para la instruc- 
ción y gobierno de los niños. Estas mejoras permiten á 
todos los maestros ejecutar su obra, mejor y mas fácilmente 
como también hacer mas en el mismo tiempo. Es opinión 
de los mejores maestros que el arte de enseñar está toda- 
vía en su infancia, y que su material é instrumentos 
admiten muchas mejoras, como la navegación ha sido 
mejorada por los vapores, ó los viajes de tierra por ferro- 
carriles. 

Grandes pasos se han dado ya en esta vía, y sin duda 
que en esto como en todas las artes mecánicas, como en 
todas las ciencias, mas decisivos han de seguirlos. La 
pizarra es para una vivida y exacta instrucción, lo que el 
arte de pintar fué para la civilización. Y todavía la pizarra 
no presta la cuarta parte de los servicios que está destinada 
á prestar, cuando el arte de dibujar se haya generalizado. 
La pizarra para el maestro que no conoce el dibujo es 
como una librería para quien no sabe leer. La escuela 
debe ser una exhibición permanente. Lo que Watt y Fulton 
fueron para la máquina de vapor; lo que Fraklin fué para 
la electricidad; Newton para la astronomía; Bacon para 
la filosofía; Colon y Vasco de Gama para el verdadero 
conocimiento del Globo: todos los grandes maestros de la 
humanidad lo han sido para su profesión á sus profesores, 
los Pestalozzis los Wilderspins y los Colburns. 

Otro motivo que debiera obrar fuertemente sobre el ánimo 

del maestro es el deseo de poseer á fondo su negocio. Aquí 

tanto los motivos egoístas como los benevolentes coinciden, 

impeliendo con unida fuerza en la misma dirección. A me- 



VIDA DE HORACIO MANN 373 

dida que uno mejora como maestro, mejora así mismo co- 
mo hombre, y eleva su posición como ciudadano. Considerad 
por un momento, en que terreno tan ventajoso está colocado 
el maestro cumplido, y las adquisiciones que le son indis- 
pensables en sus diarias ocupaciones — si tiene el buen senti- 
do de despojarse de toda pedantería les serán igualmente úti- 
les en sus relaciones con los demás hombres. Consideremos 
este punto con detención, porque temo que hayan maestros 
que no estimen plenamente las ventajas de su posición á 
este respecto. Aun en los mas humildes y mecánicos 
detalles del oficio, la capacidad del maestro es apenas me- 
nos beneficiosa en sus diarias relaciones con el mundo, 
que lo es dentro de la escuela. Cada maestro poseedor de 
las calificaciones exijidas para nuestras mas humildes 
escuelas de distrito, es un modelo de la perfecta pronuncia- 
ción de las palabras comunes de nuestro idioma, como es 
también un buen pendolista, y un buen lector. Como gra- 
mático, puede hablar y escribir correctamente el inglés. 
Como jeógrafo, conoce toda ciudad, montaña, rio ó isla de 
cierta importancia en todo el mundo, como conoce todas 
las divisiones políticas de la tierra; y tiene ademas en la 
punta de los dedos los principales datos estadísticos de 
población, comercio, relijion, educación y demás. Y como 
matemático, puede resolver con facilidad y exactitud, por 
lo menos todas las cuestiones, que de ordinario ocurren en 
las transacciones de la vida. Ahora, en cualquiera círculo ó 
asociación, que un maestro tal se encuentra, sus luces serán 
á cada momento requeridas, y siempre se hallará en apti- 
tud de tomar una respetable parte, sino la mas notable en 
la conversación. El se hallará mejor preparado que mu- 
chos otros, sino es lo que hacen profesión de ello, para 
estender una circular, escribir una nota ó carta, pasar un 
informe, que en su ortografia, gramática, estilo y redacción 
estén sustancialmente y sin falta. Si las noticias del día de 
un ejército ó de los misioneros requieren alguna investiga- 
ción jeográfica, él estará en aptitud de responder á ellas. 
Siéndole familiar la aritmética dará solución á todas las 
cuestiones, y descubrirá á primera vista, uno de los mil 
errores en que caen los menos versados. 
Pero suponeos un maestro que preguntándosele cuanto 



374 OBRAS Dli SARMIENTO 

valdrá una medida de leña, á cinco chelines y seis peni- 
ques el pie cuadrado, la hace subir á trescientos ó cuatro- 
cientos pesos; ó encuentra, co.j pizarra y lápiz en mano, 
que el interés legal de una suma al año, es seis veces 
mayor que el principal; ó que preguntado quien escribió 
las actas de los Apóstoles, os dice que el Apóstol Actas; y 
si le preguntan cuales eran los que antes se consideraban 
como los cuatro elementos, dice tierra, aire, fuego y azu- 
fre; ó para tomar ejemplos do hombres que han estado en 
colejio, declararse que no leerán la Decadencia y Caída del 
Imperio Romano, por Gibbon, hasta leerla en el orijinal la- 
tino; ó lo que es peor que la ignorancia rematada, toman en 
la sociedad los aires de sabiondos, y deciden ex-cátedra las 
cuestiones que se refieren á las Penitenciarias por las reglas 
de sus propias escuelas — que en todos los casos de trans- 
gresión ha de empezarse por los castigos corporales. Supo- 
ned que estos casos y otros parecidos sean ciertos, é imaji- 
naos la posición de maestros asi en la sociedad. Y sin du- 
da que estos ejemplos no los he tomado de Dickens ó Ir- 
ving, sino que son hechos reales, y lo que es mas, ocurridos 
en Massachusetts. 

Estos y otros motivos se refieren en cierto grado á la per- 
sona del maestro. Hay otros de un carácter mas elevado, 
que me propongo examinar. No hace mucho tiempo áque 
visitaba la cárcel penitenciaria de un Estado vecino, em- 
pleando la mayor parte del día en conversación particular 
con varios presos, á fin de conocer la historia de sus ten- 
taciones y de sus caldas. Dos nuevos convictos llegaron á 
la sazón, y me trasladé á la pieza donde se llevan los re- 
jistros. Allí estaban los libros déla prisión en que se ano- 
tan el nombre, edad, ocupación, crimen, años de prisión de 
la sentencia, de todos los que vienen á vivir en aquella 
triste morada. ¡Cómo espresar el penoso interés con que 
recorrí las pajinas del rejistro del crimen y de su condig- 
na penal ¡Cuan sentenciosa era la pajina en que estaba 
escrito: «Por dos años,» «por cinco años,» «por diez años!» 
ujde por vida!» y aquella otra columna que decía: «robo,» 
«salteo,» «conato de muerte,» «asesinato.» jOh! si Dios hu- 
biese mandado en sus primeros años á estos culpables un 
ánjel en forma de un maestro de escuela, ¿habrianse jamás 



VIDA DE HORACIO MA.NN 375 

•escrito estas terribles palabras al lado de sus nombres? ha- 
bríanse rejistrado sus nombres en aquellos libros? 

Decía que había mirado con penoso interés las pajinas 
del libro que ya estaban llenas. Pero es mas indecible to- 
davía la pena con que contempló las que aun estaban en 
blanco. ¿Cuyos serán los nombres que habrán de llenar- 
las? El joven osado, ardiente, inquieto, en cuyas venas 
fermenta el vino nuevo de la vida; pero en cuyo corazón, 
químico alguno no destiló un principio que trasmutase sus 
tendencias al mal en deseos de bien; su nombre ha de es- 
tar aquí. El atolondrado, valiente niño de la escuela, el ca- 
becilla en los juegos y diabluras, que soporta los mas se- 
veros castigos, con el estoicismo que el Indio las quemadu- 
ras; cuya fatal desgracia fué tener padres y maestros bas- 
tante insensatos, que creen que pueden extinguir el férvido 
fuego que en él bulle, y que Dios solo les pedía dirijiesen. 
— Su nombre debe estar aquí. jAy! ¿Quien podrá decir 
que el dulce niño en los brazos de la madre, cerrando aho- 
ra los ojos al sueño, como las flores recejen sus pétalos á la 
caída de la tarde, ó bien aspirando la vida después del sue- 
ño, ó el mismo niño volviendo perfumado de la bendita 
fuente, con el agua del bautismo; quién dirá si ese nombre 
que acaba de recibir, también como consecuencia de los 
mimos, y laxitud de todo reato, no vendrá un día á engro- 
sar el negro catálogo del crimen? ¡Maestro! tú puedes de 
antemano romper este espantoso manuscrito, rasgarlo en 
el alma del niño. No por medio de encantos y talismanes, 
ni amuletos suspendidos al cuello, sino por el cultivo de la 
conciencia, por la viva y soberana eficacia déla palabra de 
Dios escrita sobre el corazón, haréis esta grande obra. 

Pero hemos mirado solo los puntos sombríos de la pintu- 
ra. En nuestras escuelas han de encontrarse los mas gran- 
des elementos de esperanza para nuestro país, y para el 
mundo. Ahí están los brillantes talentos, que hallarán y 
seguirán el rastro de la Divinidad, y nos revelarán mas 
atributos suyos, revelándonos mas de sus maravillosas 
obras. Ahí está el jénio, que hallará nuevas cuerdas en el 
<;orazon humano y las hará vibrar con deleite. Ahí están 
el sentimiento de la benevolencia y del deber, que añadirán 
nuevas huestes á las bandas hoy débiles de los filántropos, 
que presentarán batalla á las iniquidades del mundo con- 



376 OBRAS DE SARMIENTO 

tra sus titánicos pecados de intemperancia y de opresión- 
en todas las formas, contra el espíritu de guerra y contra 
toda superstición. Ahí están los talentos ejecutivos y ad- 
ministrativos, que en bien ó en mal, hallarán bien pronto 
el camino á los Consejos del Estado, ó las mas vastas em- 
presas de la nación. Ahí están todos esos poderes y capa- 
cidades, y no es una licencia poética decir que los tenéis en 
el hueco de la mano. Manos á la obra, pues, como que sois 
los guardianes y los mayordomos de tan grandes intereses. 
Acrecentad vuestra enerjía con las esperanzas que tales re- 
cursos lejitiman. Echad la vista á los gloriosos resultados 
que vuestro fiel desempeño producirá. Sed ante vuestros 
pupilos como Profetas y Vates, y esforzaos en acercar la vi- 
sión que vuestra presciencia revela. Consideraos como 
realmente sois — vice-jerentes de Dios, revestidos de autori- 
dad sobre la mas ricas de sus provincias, y responsables en 
mucha parte de su belleza, engrandecimiento y bienestar 
moral. 

Si estimulado por estos motivos, y empujado por estas es- 
peranzas, hubiese alguno que hable de la tarea molesta de 
instruir niños,ó esté por los golpes, el como medio mas mo- 
ralizador, — y el primer resorte en caso de dificultad, — que 
arroje sus libros y tome el yugo, y no hable de niños sino 
de toros; ó mejor es que tome el combo de hendir granito, 
engañando á su imajinacion con la idea de que los frag- 
mentos de piedra son espaldas de muchachos, como tarea 
mas jenial para sus duros huesos, y su corazón mas duro 
todavía. 

¡Qué necesidad hay de exortar á los maestros á armarse 
de paciencia! Un maestro no tiene mas escusa por aban- 
donarse á la cólera, á causa de los mil casos de olvido, negli- 
gencia y travesura de los niños, que el hortelano, á causa 
de que las frutas están agrias, cuando aun no han madura- 
do. El atolondramiento y lo que Carlisle llama insabidu- 
ría, están en la naturaleza del niño, de la misma manera 
que los ácidos en las frutas destinadas á ser dulces. Fun- 
ción y oficio del maestro es el subministrar las influencias 
correctivas necesarias. Pero esta obra de transformación 
no es la obra de un día. Bajos los oblicuos rayos del sol, 
jermina el trigo, brotan y florecen los árboles, y la viña 



YIDA DE HORACIO MANN 377 

estiende su vides; y sin embargo, para toda esplicacion 
humana todavía son sin valor alguno. Cánsase ó desaní- 
mase ^r eso el sol? Semanas y meses el sol continúa su 
obra, aumentando el ardor de sus rayos; hasta que al fin 
las ricas mieses se mecen saludando al cosechador; el 
huerto se esmalta de frutos con los colores del iris; y en la 
plenitud de su agradecimiento, la viña derrama sus jugos 
nectarinos. Es como el salmo del justo al morir. 

¡Cuánto tarda para mi, sobre todas las cosas, ver lo que 
reyes profetas desarían ver y no verán; y es una gloriosa 
hermandad de maestros, cuyas almas elevadas y grandes 
corazones, estuviesen unidos por su consagración á un ob- 
jeto común,— y este objeto un deseo de reformar el mundo, 
— reimprimir en el corazón del hombre la imagen de su 
Hacedor. Si los maestros se sintieran animados por el es- 
píritu del héroe marcial, unión tal y para tal objelo no se 
dejaría al tiempo, para que otros hombres y otras edades 
mas felices gocen de su espectáculo, sino que nosotros mis- 
mos la contemplaríamos. ¿Y por qué motivo no excitaría 
tan sublime, á mas sublimes esfuerzos? ¿Serían menos 
valientes y decididos los que tienen encargo de mejorar á 
sus semejantes, que aquellos cuyo oficio es destruir á sus 
semejantes? ¿No es la batalla mas digna de darse? ¿Ex- 
citarían sus cantos de triunfo menos regocijo? Sus victo- 
rias serían coronadas por palmas menos inmarcescibles? 
Si tanto nos maravilla el valor de los que hacen la guerra, 
no hay mayor razón para asombrarse de la tibieza é indi- 
ferencia de los que están comprometidos en la santa causa 
de ilustrar y redimir la raza? Recorred las páginas de la 
Historia de dos mil años, y ved lo que han sufrido y hecho 
los que corren tras la gloria militar, cuan triste gloria es^ 
No jefes solo, sino oficiales y soldados razos ejecutan haza- 
ñas de valor que parecen fabulosas. Escalan los fuertes, 
montañas, cuyas murallas á piques semejan precipicios, 
mientras llueven rocas sobre ellos, como granizo. Se lanzan 
al campo donde se siembra la metralla, cuya vendimia es 
sangre: sitiados y sitiadores pelean día á día, sin descanso 
por la noche, bajo el fuego de la máquina nueva de des- 
trucción, que á nada terreno puede compararse sino es á 
volcanes montados en ruedas. Cuando Pablo Jones aco- 
metió al Serapis, recibió las bordadas del enemigo, hasta 



378 OBRAS 1)K SARMIENTO 

que sa propio buque quedó hecho astillas. Como el 
buque se hundiese, el enemigo le intimó rendirse. 
Rendirse! contestó Jomes. Si todavía no he principia- 
do á pelear! Ney después de tener cinco caballos muer- 
tos en Waterloo, descendió del sesto para cargar á la 
bayoneta espada en mano. ¿Dónde están en nuestras 
filas los Jonnes y los Neys, y tantos otros como ellos? 
¿ Donde están entre nosotros, los hombres que harán 
á un lado toda esperanza de distinción mund ma, re- 
nunciarán á sus comodidades, empeñarán sus fortunas, 
sacrificarán la salud, la vida misma si necesario fuere, 
para sostener y llevar adelante la causa de la educación, 
que mas que otra alguna es la causa de Dios y de la huma- 
nidad. 

Si nuestros motivos son mas poderosos que los de los 
derramadores de sangre humana, ¿porqué no serán también 
mas poderosos nuestros brazos y nuestros corazones? ¿Y 
qué conocemos bajo el cielo, que exceda á la alta em- 
presa en que hemos entrado? El mundo debe ser redi- 
mido. Por seis mil años, con escepciones pocas y leja- 
nas, la tierra ha sido la morada de la desgracia. No ha 
pasado una hora desde que fué poblada sin que la gue- 
rra, cual conflagración, haya asolado alguna parte del 
mundo. La idea de la confraternidad humana se ha per- 
dido en la altanería del despotismo, en la bajeza de la 
servidumbre. La política de las mas grandes naciones no 
ha ido mas allá que á castigar los crímenes que ellas ha- 
bían consentido, en lugar de recompensar las virtudes 
que habían preconizado. La masa de la humanidad ha 
vivido con los animales; es decir, en la rejion de los apeti- 
tos animales; y aunque han sido descubiertos reinos mo- 
rales, todavía no han sido sino lijeramente colonizados. 
Pero es impiedad suponer que esta noche de impiedad y 
sangre envolverá por siempre la tierra. Un dia mas bri- 
llante alborea ya, y la educación es la estrella matutina. 
El honor de introducir este dia está reservado á los que 
muestran á la infancia el camino que debe seguir. Por este 
instrumento de invención divina, mas que por otras ajén- 
elas, la noche de la ignorancia y superstición será disipada, 
la espada convertida en arado, rescatados los cautivos, y 



VIDA DE HORACIO MANN 379 

rios de abundancia echados á correr. A esta vista, los ánje- 
les miran y retienen el aliento, ardiendo por mezclarse en 
el conflicto. 

Pero los goces y triunfos de este conflicto no tan solo para 
los ánjeles están reservados en depósito: lo están para 
aquellos maestros, que, en el lenguaje de la escritura los 
tomaran por violencia — es decir, que con ardor santo tal y 
con tan invencible determinación vencerán al tiempo y al 
destino, y llenarán las condiciones, á las cuales solo, tales 
honores pueden ganarse. Y si la voz fuerte del ánjel que 
vuela por los cielos gritando, «desventura, desventura, des- 
ventura» á los habitadores de la tierra, ha de ser acallada, 
lo será por las mas fuertes aclamaciones de aquellos, á 
quienes habrán preparado para el rescate del mundo, entre 
otros benditos y honrados instrumentos — los maestros. 



FIN DEL TOMO XLIII 



índice del tomo xliii 



Páginas 

Introducción 5 

Don Francisco J. Muñiz— Súraula 13 

Vida y escritos del Coronel Francisco J. Muñiz 19 

Apuntes topográficos 32 

La vacuna indígena 60 

Cirujia 70 

Medicina legal 77 

Historia natural 84 

El Ñandú ó Avestruz americano 100 

Ñata Oxen 190 

Paleontología argentina 198 

Escenas militares 215 

Vocablos y americanismos 238 

Ortografía y prosodia 253 

El terremoto de 1845 262 

Discurso del doctor Muñiz en honor de Lavalle 271 

Apéndice 279 

Bibliografía 288 

Vida de Horacio Mann— Inauguración de su estatua 299 

Vida de Horacio Mann— Su educación y sus primeros años 223 

Motivos del maestro, por Horacio Mann 36S 




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