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Full text of "Organización social de las doctrinas guaraníes de la Compañía de Jesús .."

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MISIONES DEL PARAGUAY 

ORGANIZACIÓN 
SOCIAL 

DÉLAS 

DOCTRINAS GUARANÍES 
DE LA COMPAÑÍA DE JESÚS 

OBRA ESCRITA POR EL 

P. PABLO HERNÁNDEZ 

RELIGIOSO DE LA MISMA COMPAÑÍA 






BARCELONA 
GUSTAVO gilí, Editor 

Calle de la Universidad, 45 
MCMXIir 



IMPRIMATUR 



JosEPHUs Barrachina, S. J. 

Praep. Prov. Aragoniae 



Barcelona 15 de Noviembre de 1911 



NIHIL OBSTAT 



Barcelona 30 de Diciembre de 1911 



IMPRÍMASE 



El Censor 
Jaime Pons, S. J. 



EL VICARIO GENERAL 

José Palmarola 



182317 



Por mandado de Su Sria. 
Lie. Salvador Carreras, Pbro. 

Serio. Caite. 



RAZÓN DE LA OBRA Y DE SUS FUENTES 



El intento de la presente obra no ha sido escribir la his- 
toria de las Misiones Guaraníes que fundaron los Jesuítas en 
la cuenca del Río de la Plata. Hállase la historia de estas mi- 
siones englobada en lo antiguo en los libros de los PP. Te- 
cho, Lozano y Charlevoix (1), que son Historias generales 
de la provincia jesuítica del Paraguay, apreciables cada una 
por diversas cualidades: y esta última, sobre todo después de 
completada en la edición del P. Muriel (2), por ser la que 
comprende mayor espacio de tiempo, llegando casi hasta la 
supresión de la Compañía. En los tiempos modernos, se en- 
cierra la misma historia en el Ensayo del deán Funes (3). 
Don José Manuel Estrada tuvo intención de escribir una his- 
toria especial de lo que él llamaba provincia de Misiones^ y 
empezó á reunir materiales para ello: mas abandonó luego 
este trabajo, del cual no han quedado más que un plan y un 
par de capítulos. El mismo intento abrigaba años pasados don 
Ricardo Monner Sans, quien tampoco ha llevado adelante su 
idea. — Y ciertamente que sería de desear se escribiese por 
separado la historia de Misiones tan interesantes en todo el 
mundo, empleando para ello todos los recursos que ofrecen 
los Archivos y Bibliotecas en la época presente. Obra gran- 
de, que pide un hombre dotado de prendas especiales, y con- 
sagrado enteramente á este objeto. 

(1) Véanse estos nombres en la lista de autores citados. 

(2) Ibid. 

(3) Ibid. ^ 



— VI — 

El estudio presente es mucho más modesto, y sólo se pro- 
pone ¡lustrar una parte de dicha historia, la que pertenece á 
las instituciones dadas por los Jesuítas á aquellos indios: el 
modo de vivir la familia, de gobernarse el municipio, de ejer- 
cer el derecho de propiedad: sus artes y ocupaciones: su ins- 
trucción religiosa y prácticas de piedad: la relación que 
guardaban con todos los demás organismos de la sociedad 
colonial española, á la que desde el tiempo de su conversión 
se habían incorporado: y finalmente, el grado de civilización 
que alcanzaron. — Tarea ociosa podrían juzgar algunos esta 
empresa, cuando tanto se ha escrito ya acerca de aquellas fa- 
mosas Misiones, y parecen resueltos cuantos problemas se 
han puesto sobre ellas, sin que logre el nuevo investigador 
hacer más que repetir lo mismo que otros expusieron. Mas 
una leve ojeada al índice de esta obra pondrá de manifiesto 
que ese parecer es un juicio equivocado, pues se hallarán 
quizá cosas nunca sospechadas; y sobre todo se verá que 
no por mucho escribir han quedado más dilucidadas las 
cuestiones, sino que á veces ha sucedido lo contrario, vol- 
viéndose á poner en tela de juicio lo que estaba ya definitiva- 
mente resuelto, y aun había llegado á tener la autoridad de 
cosa juzgada: y otras muchas veces se han tergiversado de 
nuevo los mismos hechos: de suerte que donde se piensa con 
algún fundamento hallar las conclusiones de la sana crítica, 
se tropieza con enormes é increíbles falsedades. Por eso 
urgía hacer un estudio objetivo, y poner la realidad misma 
de las cosas ante los ojos del lector. 

Propuesta la idea al M. R. P. Luis Martín, General de la 
Compañía de Jesús, de buena memoria, no sólo la aprobó, 
sino que alentó en diversas ocasiones al autor á no omitir dili- 
gencia alguna para realizar su plan con la mayor perfección 
posible, y aun le señaló ciertas normas generales que pudie- 
ran guiarle en su tarea. 

Empezóse el trabajo indagando si algo quedaba que 
suministrase auténticas noticias de las antiguas Misiones en 



— vil — 

los Archivos de Buenos Aires y de la Asunción del Para- 
guay, á pesar de que constaba haberse ejecutado la orden de 
transportar á España todos los papeles que se ocuparon á los 
expatriados. La investigación, llevada á cabo por el autor 
con gran prolijidad, dio por fruto algunos hallazgos de no 
escasa importancia: y reveló además la necesidad de visitar 
los Archivos de Río- Janeiro, donde se presumía que debían 
existir todavía muchos papeles de Doctrinas que allá condujo 
D. Pedro de Ángelis hacia 1854, y vendió al gobierno impe- 
rial. Halláronse, en efecto, y se conservan á la fecha bien 
custodiados y ordenados en la sección de MSS. de la Biblio- 
teca nacional de dicha ciudad. 

Verificado este trabajo preliminar en América, restaba 
explorar una copiosa y principalísima fuente en Europa, y 
aprovechar las demás que salieran al paso. La fuente capital 
era sin duda alguna el Archivo del Consejo vSupremo de las 
Indias y de sus dependencias, hoy conservado en Sevilla con 
el nombre de Archivo general de Indias. Hízose, pues, el 
viaje y la investigación, en el espacio de año y medio, con lo 
cual se acopiaron nuevos y preciosos materiales, que perfec- 
cionaban casi todos los capítulos de la Monografía. El cuida- 
do en utiHzar cuanto documento se ofreciera al paso, obhgó 
á hacer un estudio detenido en Madrid en el Archivo históri- 
co nacional, en la sección de MSS. de la Academia de la His- 
toria, y en los MSS. también de la Biblioteca nacional. Con- 
sultado el parecer de sujetos muy conocedores de los respec- 
tivos Archivos y Bibliotecas, se tomó el partido de no hacer 
en París, ni en el Museo Británico de Londres indagación al- 
guna, por la certeza moral qne se adquirió de que había de 
hallarse muy escasa materia para el intento. En Bruselas hubo 
ocasión de examinar la gran biblioteca de los Padres Jesuí- 
tas Bolandistas, y especialmente una de sus secciones que 
lleva el título de Ignaciana, y comprende los libros más ra- 
ros acerca de la Compañía. Exploráronse igualmente los Ar- 
chivos regios y el Archivo de las antiguas provincias belgas 



— VIII 



de la Compañía, hoy en poder del Estado en la Biblioteca lla- 
mada de Borgoña. En Munich, los Archivos del Reino, y las 
secciones de MSS. tanto de la inmensa biblioteca pública, co- 
mo de la biblioteca de la Universidad, suministraron materia- 
les valiosos, si no por su número, ciertamente por su calidad. 
En Roma, además del Archivo del Gesú, se hallaron piezas 
útiles en el Archivo secreto Vaticano y en la sección de 
MSS. de la Biblioteca Vittorio Emmanuele, Fondo gesuiti- 
co. — Hanse examinado igualmente con notable fruto, Archi- 
vos de diversas casas y colegios de la Compañía siempre que 
ha sido posible. Finalmente, los viajes del autor á Chile, Li- 
ma y Sucre, le han puesto en ocasión de utilizar entre otras, 
una valiosa colección de documentos sobre la Compañía de 
Jesús, que, después de haber corrido singulares aventuras, se 
conserva hoy en la sección de MSS. de la Biblioteca nacional 
de Santiago de Chile, constituyendo lo que titulan Archivo 
de los Jesuítas^ en número de casi quinientos volúmenes en 
folio. — Ni aun se omitió un viaje á las ciudades adonde fue- 
ron expatriados los últimos Jesuítas del Paraguay, Faenza, 
Ravenna y Brisighella en Italia, buscando los rastros ó docu- 
mentos que hubiesen quedado de ellos: y aunque documentos 
no aparecieron, se halló en cambio memoria cierta del gran 
crédito de doctrina y virtud que aquellos piadosos desterra- 
dos habían dejado en el país: y entre otros indicios de esto, la 
sepultura del último Provincial, muerto en concepto de santo, 
que hoy se conserva en el centro de la iglesia del Pío Sufra- 
gio en Faenza. — Por complemento de las indagaciones en Ar- 
chivos, se juzgó necesario examinar las ruinas de los treinta 
pueblos de las famosas Misiones, como se hizo en tres viajes 
en los años 1901, 1903 y 1904. — En cuanto á obras impresas 
acerca de esta materia, ha procurado el autor no dejar pasar 
sin verla y estudiarla ninguna de cuantas suelen mencionarse 
y de otras que ha encontrado: las fundamentales se citan en 
el decurso de este trabajo, y pueden verse en la Hsta que irá 
á continuación. 



Á pesar de todas estas diligencias y del cuidado puesto 
en el desempeño de su tarea, se duele el autor de haber que- 
dado muy lejos de la apetecida perfección; persuadido de 
que si la materia que ha tenido á su disposición, hubiese caído 
en otras manos, hubiera dado asunto para una obra clá- 
sica y de especial autoridad. Sed non oninia possinnits om- 
nes. Conténtase con haber aportado su grano de arena para 
restaurar la verdad histórica. El cuadro que de las Misiones 
aparece en el presente estudio es pálido reflejo sin vida, su- 
mamente inferior á la realidad; pero pálido é imperfecto como 
es, servirá, por ser reflejo exacto, para dar á conocer la 
grandeza de la misma realidad. Y aun á los que no encuen- 
tren ajustadas las conclusiones que de su estudio deduce el 
autor, juzga haberles hecho importante servicio con la colec- 
ción de documentos y aclaraciones que va por Apéndice. 

Este es el lugar de recordar, siquiera con una palabra, ya 
que no puede expresarles su agradecimiento como se lo me- 
recen, al Excmo. Sr. D. Marcelino Menéndez y Pelayo, Di- 
rector de Archivos y Bibliotecas en Madrid, al Excmo. señor 
D. Vicente Vignau, Director del Archivo histórico nacional, 
al Sr. D. Antonio Rodríguez Villa, Jefe de la Biblioteca de la 
Academia de la Historia, y al Sr. D. Pedro Torres Lanzas, 
Director del Archivo general de Indias de Sevilla. De los Pa- 
dres de la Compañía que le han favorecido en este trabajo, 
habría de tejer una lista interminable; pero no pueden dejar 
de mencionarse el insigne conocedor de las cosas antiguas de 
la Compañía, P. Bautista van Meurs, el P. Cecilio Gómez 
Rodeles, Director del Monumenta histórica Societatis lesii: 
el muy erudito Padre Alfonso Lallemant en Bruselas: y en 
Roma, el P. Hilario Rinieri, redactor de la Civiltá Cattolica^ 
por cuyo crédito y diligencia se obtuvo el acceso al Archi- 
vo del Gesú. 



ABREVIATURAS USADAS 

AL CITAR LOS ARCHIVOS Y ALGUNOS 

MANUSCRITOS ESPECIALES 



(Asunción: Arch. nac. LXV. 9.) — Archivo nacional de la Asunción del 
Paraguay^: i>oíumen 65, pie^a 9. 

(Buenos Aires: Arch. gen: leg. Misiones I Varios años I 1.) — Buenos 
Aires: Archivo general de la nación: legajo rotulado Misiones / Varios años 
I Nüm. 1 . 

(Buenos Aires: Bibl. nac. Col. Seguróla.)— Buenos Aires: Biblioteca 
nacional: Colección del canónigo D. Saturnino Seguróla. 

(Cardiel, Carta al P. Calatayud.)— Cardiel, P. José: Ca>-ía y Rela- 
ción de las Misiones del Paraguay. — Empieza.: Mi amantísimo Padre y maes- 
tro mío P. Pedro de Calatayud. Acaba: San Javier mi patrono. Fecha en 
Buenos Aires, á 20 de Diciembre de 1747. Comprende 209 números. (Halló- 
se en el archivo del colegio S. I. de San Estanislao en Málaga.) Él P. Car- 
diel fué casi 40 años misionero; y de ellos cerca de 38 entre los indios 
Guaraníes. 

(Calatayud. Tratado del Paraguay)--CALATAYUD, P. Pedro de, S.I., 
Tratado sobre la provincia de la Compañía de Jesús en el Paraguay. (M. S. 
autógrafo, 200 fojas en 4.°) Escrito hacia 1772, teniendo á la vista las me- 
morias de doce ó más Misioneros del Paraguay, que estando con él deste- 
rrados en Italia, se las enviaron á petición suya para suministrarle datos. 

(Chile: Bibl. nac. MSS. Jesuítas / 237,)— Santiago de Chile: Biblio- 
teca nacional: Sección de Manuscritos: Colección titulada «Archivo de Jesuítas': 
volumen 237. 

(Escandón, Transmigración § 19.)— Escandón P. Juan de, Carta en 
forma de tratado sobre la transmigración de los siete pueblos orientales 
del Uruguay con motivo del tratado de límites de 1750. Va dirigida al Pa- 
dre José Pagés, Procurador de la Compañía de Jesús de la provincia de 
Nueva Granada. Fecha en Barcelona, á 15 de Febrero de 1760.— Empieza: 
En la ocasión presente. Acaba: tne mande otra cosa y me encomiende á nuestro 
Señor: y firma al fin del § 25. Luego se añade otro § numerado 26, con tí- 
tulo de Apcjidix. (Madrid, Bibl. nac. Ms. P— 453.) 

(Frutos, Peregrinaciones.)— Frutos, H. Felipe, S. I. Relación sucin- 
ta de las propiedades de los indios mejicanos, que en el discurso de catorce años 
ha observado el h." Felipe Frutos de la Compañía de Jesús, administrándolos 
en las labores del campo. 4.° 48 pp. (1) 

(1) El Hermano Coadjutor Felipe Fkutos, castellano, entró en la Compañía 
siendo oficial militar y Ayudante del Gobernador de la plaza de Tarragona; y lue- 
go pidió ir á Misiones. Después de catorce años (desde 1706 hasta 172U) de gober- 
nar indios mejicanos en la granja de San Borja, del Colegio de Méjico, escribió 
á ruego de otras personas este Tratado en que consigna datos preciosos, adquiri- 
dos con su larga experiencia y gran juicio practico. 



— XI — 

(LoRENZANA, Carta y Relación.) — Lorenzana, P. Marciel dh, S. I. 
Carta y Relación acerca de lo que S. M. manda se le avise y dé cuenta. Res- 
ponde á las preguntas sobre el estado de las misiones del Paraguay en 
1621, y posibilidad de sustituir clérigos seculares en vez de religiosos. 
Fecha en la Asunción, á 6 de Enero de 1621. (Papeles de D. José Manuel 
Estrada: Buenos Aires.) 

(Relación de las Misiones Guaraníes.) M S. Latino sin fecha ni 
nombre de autor, de la colección particular de D. Pascual Gayangos, sig- 
nado Paraguay / Misiones / n. 41 . Empieza: Commodum a me requiris, For- 
túnate: y acaba: mei sis memor ad aras. Vale. [1740-1750]. 20 foj.' 

(Río-Janeiro: Col. Ángelis: XII-7). — Río-Janeiro: Biblioteca nacional 
sección de MSS.: colección Angelis: lata 12, pie-^a 7. 

(Sánchez Labrador, Paraguay Católico.) — Sánchez Labrador, 
P. José, S. I. Paraguay Católico —Parte tercera. Año de 1110 . (Impreso re- 
cientemente en Buenos Aires, 1910.) 

(Sánchez Labrador, Viaje á los Chiquitos). — MS. de col. part. Com- 
prende el viaje de ida, (11 Dic. 1766 á 13 Enero 1767), y el de vuelta, (14 Ju- 
nio á 7 Agosto l7o7).— Con el anterior, impreso en 1910. 

Roma: Archivio di Stato: fondo Gesü. 

(Sepp, P. Antonio, Tratado del Paraguay.) (MS. n.° 275, 4.° Biblioteca 
de la Universidad: Munich.) 

(Sevilla: Arch. de Indias: 122-2-3.)— Sevilla: Archivo de Indias: Es- 
tante 122, Cajón 2, Legajo 3. 

(Simancas, Estado 7434, fol. 12.)— Simancas: Archivo general: sección 
de Estado. Legajo núm. 7434, pie'{a 12. 

Las citas sin designación de localidad ni Archivo indican que el docu- 
mento es de colección particular ó bien que está en poder de la Compañía. 



títulos completos 
de las obras utilizadas en este trabajo 

(No se ponen aquí los títulos de obras que se citan incidentalmente, 
ni el de las que se analizan de propósito al fin del segundo libro, y allí se 
especifican.) 

(Lo incluso entre paréntesis muestra la forma con que suele hacerse 
la cita abreviadamente.) 

(Almeida Coelho, Memoria.)— Almeida Coelho, Manuel Joachim 
DE, Memoria histórica do extiticto regimentó de linha da provincia de Santa Ca- 
tarina. Tipografía catarinense, 1853. Folleto. 

(Alvar Núñez, Comentarios.)— Los Cotnentarios de Alvar Nüñe^ Cabe- 
ra de Vaca, Adelantado y Gobernador del Río de la Plata. \'alladolid, 1555. 

(Alvear, Relación.)— Alvear, D. Diego de, Relación geográfica é 
histórica de la provincia de Misiones. Buenos Aires, 1836. (Colección Án- 
gelis). 

(Alvear, Memorias.) — Informe sóbrela libertad deindios Guaraníes. -In- 
forme sobre los indios tupís. — Informe sobre la población del Chaco. [Nuevo] 



— XII — 

Informe sobre la libertad de los iridios Guaraníes. (Publicados en los Apéndi- 
ces de la Historia de D. Diego de Alvear Ponce de León por D.''^ Sabina de 
Alvear y Ward. Madrid, 1891.) 

(Ambrosetti, l.er viaje.)— Ambrosetti, Juan B. Viaje á las Misiones 
argentinas y brasileras por el alto Uruguay. La Plata, 1894. Folleto. 

(Ambrosetti, 3.er viaje). — Ambrosetti Juan B. Tercer viaje á Misio- 
nes. Buenos Aires, 1896. Folleto. 

(Ángelis, Col.) — Ángelis, Pedro de. Colección de Obras y documen- 
tos relativos á la historia antigua y tJtoderna de las provincias del Rio de la Pia- 
la. Buenos Aires, 1836-37. 6 vol. en fol. 

(Barz.ana, S. i. Carta.)— Barzana, P. Alonso de, Cartasobre las cos- 
tumbres de los indios Guaraníes, fecha en la Asunción, á 8 de Septiembre 
de 1594, y dirigida al Provincial del Perú, P. Juan Sebastián de la Parra. 
(Publicada en las Relaciones geográficas de Indias. Madrid, 1887.) 

(Bauza, Dominación española en el Uruguay.) — Bauza Francisco, 
Historia de la dominación española en el Uruguaya 2.^ ed. Montevideo, 1895- 
97, 3 tomos. 

Ben. XIV De festis Domini nostri Jesu Christi. (Operum tomo. IX, Prati, 
MDCCC-XLIII.) ' 

Benedicti XIV Bullarium. (Operum tomi XV^ XVI, XVII. Prati, 
1846-47.) 

(BoROA, Anua.) — BoROA, P. Diego de. Carta anua de las Reducciones 
en 1636. (En Trelles, Revista del Archivo, IV, pág. 27-95.) 

(Brabo, Atlas.)— Brabo, Francisco Javier, Atlas de cartas geográfi- 
cas de los países de la América meridional en que estuvieron situadas las inás 
importantes misiones de los Jesuítas:— acompañado de varios documentos sobre 
las principales cuestiones sobre España y Portugal [en materia de límites en 
América]. Madrid, 1887. 

(Brabo, Col.)— Brabo, Francisco Javier, Colección de documentos re- 
lativos á la expulsión de los Jesuítas de la República Argentina y del Paraguay. 
Madrid, 1872. 

(Brabo, Inventarios.)— Brabo, Francisco Javier, Inventarios de los 
bienes hallados á la expulsión de los Jesuítas de los pueblos de Misiones. Ma- 
drid, 1872. 

(Calvo, Tratados). — Calvo Carlos, Colección histórica completa de ¡os 
tratados, convencio?ies, capitulaciones y armisticios, cuestiones de limites y otros 
actos diplomáticos y políticos de todos los Estados comprendidos entre el golfo 
de Méjico hasta el cabo de Hornos, desde el año 1493 hasta nuestros días. Pa- 
rís, 1862-1869. 11 tomos. 

(Cardiel, Decl.) — Cardiel, P. José, S. I. Declaración de la verdad. 
Misiones del Paraguay. Buenos Aires, 1900. 

(Cardiel, De moribus.)— Cardiel, P. José, S. I. De moribus Guar.^- 
niorum. Opúsculo en apéndice del Muriel, Historia paraguaiensis. 

(CiVEZZA, P. Marcelino di) Storia genérale delle Missioni francescane. 
8.° mayor, 24 tomos. 

(C0NCILIUM III Límense.)— CoNCiLiUM Límense, celebratum anno i58s 
sub Gregorio XIII Summo Pontífice, auctoriiate Sixti V. Pont. Max. approba- 
tum. Matriti, 1591. 

(Constituciones de la Compañía.)— Constitutiones Societa tis Jesu 



— XIII — 

Latinae et Hispanicae cum earum declakationibus. matriti, M DCCC 
XCII. Fol. mayor. 

(Córdoba, Crónica del Perú.) -Córdoba Salinas, Fray Dihgo, Cró- 
nica de la religiosísima provincia de los doce Apóstoles del Perú, de la Orden 
de N. P. San Francisco. Lima, 1651. Fol. 

(Doblas, Memoria.)— Doblas, D. Gonzalo de, Memoria histórica, geo- 
gráfica, política y económica sobre la provincia de Misiones de indios Guaranís. 
(En ÁNGEL1S, Col. tom. III.) 

(Domínguez, Hist. Arg.)— Domínguez, Luis, Historia Argentina. 4.^ ed. 
Buenos Aires, 1870. 

(Dobrizhoffer, De Abiponibus.)— Dobrizhoffer, P. Martinus. His- 
toria de AbiponibitSy equestri bellicosaque Paraqiiariae naliotie, locupletata co- 
piosis barbararum gentium, urbium, fluminum, ferarum, amphibiorum, inse- 
ctorum, serpentium praecipuorum, piscium, avium, arborum, plantarum, alia- 
riimque eiusdem provinciae proprietatum observationibus. Viennae, 1784. 3 tom. 

(Estrada, Lecciones.) — Estrada, JojíÉ Manuel, Lecciones de Historia 
Argentina. (En la Revista Argentina, 1868.) 

(Funes, Ensayo.)— Funes, Dr. D. Gregorio, Ensayo de la Historia ci- 
vil del Paraguay., Buenos Aires y Tucumán. Buenos Aires, 1816-17. 3 tomos. 

Gambón, Vicente, S. I., A través de las Misiones Guaraníticas. Buenos 
Aires, 1904. Folleto. 

(Gay, Rep. jesuitica.) — Gay, Joao Pedro, Historia da república Jesuiti- 
ca do Paraguay. Río Janeiro, 1863. 

GoTHEiN, Dr. E., Der christlich-sociale Staat der Jesuilen in Paraguay. 
Leipzig, 1883. Folleto, 

(Guevara, Conq.) — Guevara, José, S. I. Historia de la conquista del 
Paraguay, Rio de la Plata y Tucumán. Buenos Aires, 1882. 

(Hans Staden, Costumbres de los Tupinambas.)— Hans Staden de 
Homberg, en Hesse. Relation véridiqíie et precise des mceurs et coutiímes des 
Tupinambas, che\ lesquels j'ai été fait prisontiier et dont le pays esl situé a 24 
degrés au déla de la ligne equinoxiale. Marbourg, 1555. (En Ternaux-Com- 
Pans, Voyages, relations et mémoires originaux pour servir a I' histoire de la 
découverte de P Amérique, 1837-41. vol. III.) 

(Hernaez, Col. de Bulas.)— Hiírnaez, P. Francisco Javier, S. I., 
Colección de Bulas, Breves y otros documentos relativos á la Iglesia de América 
y Filipinas. Bruselas, 1879. 2 tomos. 

Huonder, P. Antón, S. /., Deutsche Jesuiten missionáre des 11 und 18 
Jarhunderts. Freiburg im Breisgau, 1899. Folleto. 

(Jarque, Insignes misioneros.)— Jarque, Dr. D. Francisco, Insignes 
misioneros de la Compañía de Jesús en la provincia del Paraguay: estado pre- 
sente de sus Misiones en Tucumán, Paraguay y Río de la Plata, que comprende 
su distrito. Pamplona, 1687.— Libro I. Vida del P. Simón Mazeta. Libro II. 
Vida del P. Francisco Díaz Taño. Libro III. En que se apunta el estado 
que al presente gozan las Misiones. 

(Jarque, Vida del P. Montoya.)— Jarque, Dr. D. Francisco, Vida 
prodigiosa en lo vario de los sucesos, ejemplar en lo heroico de religiosas virtu- 
des, admirable en los favores del cielo, gloriosa en lo apostólico de sus empleos, 
del venerable Padre Antonio Rui\ de Montoya, religioso profeso.... de ¡a Com- 
pañía de Jesús. Zaragoza, 1662. 



— XIV — 

(KoBLER, P. Pauke.)— KoBLER, A. S. I., P, Florian Baucke, ein Jesiiit 
in Paraguay f 1748- 1766), nach dessen eigetien Aufyeichniuigen. Regensburg, 
1870. 

(Lozano, Conq..)— Lozano, P. Pedro, S. L, Historia de la conquista del 
Paraguay^ Tucumán y Río de la Plata. Buenos Aires, 1872. 5 tomos. 

(Lozano, Hist.) — Lozano, P. Pedro, S. I., Historia de la Compañía de 
Jesús en la provincia del Paraguay. Madrid, 1754-1755. 2 tomos fol. 

(Lozano, Revoluciones.)— Lozano, P. Pedro, S. I., Histoj-ia de las Re- 
voluciones de la provincia del Paraguay en la América meridional desde el año 
1721 hasta el de Í735. Buenos Aires, 1905. 2 tomos. 

(Mastrilli, Annuae.)— Mastrilli Duran, Nicolaus, S. I,, Literae 
annuae provinciac Paraquariae Socielatis Jesu Ann. MDCXX VI et MDCXX VH. 
Antuerpiae. MDCXXXVL 8.". 

(Medina, La imprenta en el Río de la Plata.) — Medina, José Toribio. 
Historia y bibliografía de la imprenta en el antiguo Virreinato del Río de la 
Plata. La Plata, MDCCCXCII. — y.'^ parte: La imprenta en el Paraguay. — 
2.'^ parte: La imprenta en Córdoba.— ^.^ parte: La imprenta en Buenos Aires. 

(Montenegro, Tratado de las virtudes medicinales de las plantas.) — 
Montenegro, H.Pedro, S. 1.. Libro primero y segundo de la propiedad y 
virtudes de los árboles y plantas de las Misiones y provincia del Tucumán., con 
algunos del Brasil y del Oriente. (Publicado con título de Materia médica mi- 
sionera, en Trelles, Revista del pasado patriótico argentino, tom. I. y II. 
Buenos Aires, 1888.) 

(Montenegro, Itinerario.)— Peña Montenegro, Illmo. Sr. D. Alonso 
DE LA, Obispo de Quito, Itinerario para párocos de indios, en que se tratan 
las materias más particulares tocantes á ellos para su buena admi>iistración. 
Madrid, 1662. 

(Montoya, Conq. esp.) — Ruiz de Montoya, P. Antonio, S. I. Con- 
quista espiritual hecha por los religiosos de la Compañía de Jesús en las pi'ovin- 
cias del Paraguay, Paraná, Uruguay y Tape. Madrid, 1639. 

(Montoya, Memorial de 1643).— Ruiz de Montoya, P. Antonio, S. I. 
Memorial sin título ni fecha, dirigido al Rey. Por el contexto se ve que es 
del año 1643. Versa sobre varios puntos de las Misiones del Paraguay. 
(En Trelles, Revista de la Bibl. tom. III. V^éase el Apénd. núm. 52.) 

(Montoya, Tesoro.)— Ruiz de Montoya, P. Antonio, Tesoro de la len- 
gua Guaraní. Madrid, 1639. 

(Moussy, Mem.)— Moussy, Mr. Martin dk, Mémoire historique sur la 
décadence et la ruine des missions des Jésuites dans le bassin de la Plata, Leur 
état actuel. París, 1860. 

(Muratori, Cristianesimo felice.) -Muratori, Lodovico Antonio, // 
Cristianesimo Jelice nelle Missioni de' Padri della Compagnia di Gcsñ nel Para- 
guai. 2 partes, 1743-1749. Venecia. — Este autor, que á algunos pudiera pa- 
recer demasiado lejano de las Misiones para tener autoridad, se lia apro- 
vechado no obstante como fuente principal cuando faltan las inmediatas, 
no sólo por su rectitud crítica, sino por haber tenido presentes materiales 
preciosos de los misioneros para componer su obra, como consta de los que 
en ella misma copia, y de sus cartas publicadas en 1901. (TacchiA'enturi 
Corrispondenza inédita di Lodovico Antonio Muratori con i Padri Con- 
tucci, L>agomarsini, Orosz, della Compagnia di Gesú. — Roma, l'^'Ol.) 



— XV — 

(MuRiEL, Fasti.)— MoRELLi [Muriel], Cyriacus [Dominicus], S. i. 
Fasti Novi Orbis, et Orditiationum Apostolicarum ad Indias pertme?iíium Bre- 
viarium. Venetiis, 1776. 

(Muriel, Hist. paraguai.) — [Muriel, P. Dominicus] S. I. Historia pa- 
raguajensis, Peíri Francísci de Charlevoix, ex gallico latina cuní Animadversio- 
nibiis et Suplemento. Venetiis, 1779. 

(Muriel, Rudimenta iuris.)— Morelli [Muriel], Cyriacus [Domini- 
cus], S. I. Rudimenta iuris naturae et gentiujn: libri dúo. Venetiis. MDCCXCI. 

(NoNELL, El P. Pignatelli.)— Nonell, P. Jaime, S. I. El P. José Pigtia- 
telli y la Compañía de Jesús en su extinción y- restablecñniento. Manresa, 1893- 
94. 3 tomos. 

(Pacheco, Col.)— Pacheco, D. Joaquín F.; Cárdenas, D. Francisco; 
Torres de Mendoza, D. L. y otros: Colección general de documentos inédi- 
tos relativos al descubrimiento, conquista y colonización de las posesiones espa- 
ñolas en América y Oceanía. Madrid, 1866-84. 4'2 tomos. 

(Parodi, Plantas del Paraguay.) — Parodi Domingo, Notas sobre algu- 
nas plantas usuales del Paraguay, de Corrientes v de Misiones. Buenos Aires, 
1886. 

(Parras, Diario y derrotero.)— Parras, P. Fr. Pedro José de. Dia- 
rio y derrotero de los viajes que ha hecho, desde que salió de la ciudad de Zara- 
goza en Aragón, para la Aynérica: con una brevísima relación de lo que perso- 
nalmente ha experimentado en diversos países, y de las cosas más notables que 
en ellos ha visto.— Comprende el viaje desde 22 de Octubre de 1748 hasta 2 
de Febrero de 1751: y otro viaje desde 18 de Julio hasta 25 de Noviembre 
de 1759.— Publicado en Trelle.s, Revista de la Biblioteca, IV— 166-347). 

(Peramás, De admin. guaran.)— Peramás, P. Josephus Emmanuel, 
De administratione guaranica compárate ad rempublicam Platonis Comtnenta- 
rius. (En su obra£)e vita et moribus íredecim virorum Paraguavcorum, Faven- 
tiae, MDCCXCIII, pp. 1-163.) 

(QuEiREL, Misiones).— QuEiREL, JuAN, Misiones. Buenos Aires, 1897. 

(QuEiREL, Las ruinas).— QuEiREL, Juan, Las ruinas de Misiones. Bue- 
nos Aires, 1901. Folleto. 

(R. I.) — Recopilación de leyes de los reinos de las Indias, mandadas im- 
primir y publicar por la Majestad Católica del Rey Don Carlos II. Madrid, 
1681. 4 tomos. 

(René-Moreno, Archivo de Mojos y Chiquitos.) — René-Moreno, Ga- 
briel, Biblioteca Boliviana . — Catálogo del Archivo de Mojos y Chiquitos. San- 
tiago de Chile, 1888. 

(Restivo, Vocab.) — [Restivo, P. Pablo, S. L] Vocabulario de la len- 
gua Guaraní, compuesta por el P. Antonio Rui^ de la Compañía de Jesús, revis- 
to y augmentado por otro religioso de la misma Compañía. En el pueblo de 
Santa María la Mayor. El año de MDCCXXII. 

Revista de Buenos Aires.— Historia Americana, Literatura y 
Derecho. 1863-1871. 24 tomos. 

(Rico, Memorial.)— Rico, P. Juan José. Reparos que se han hecho con- 
tra la buena conducta y gobierno civil de los treinta pueblos de indios Guaranis 
que están á cargo de la Compañía de Jesús del Paraguay; y los deshace, con la 
verdad que sencillamente expone de dicho gobierno el P. etc. (Memorial im- 
preso para el Consejo de Indias. Sin fecha [1743]. 



— XVI — 

(RuYER, Anua.)— RuYER, P. Claudio, S. I. Anua de Sa?ita María de 
lgua¡{ú en 162I . (En Trklles, Revista del Archivo, I, 168-190.) 

([Salvaíre], N.'"^ S.^ de Lujan.)— [Salvaire, Jorje M.], Historia de 
Nuestra Señora de iMJán. Buenos Aires, MDCCCLXXXV. 2 tomos. 

(Sepp, Forsetzung.)— Sepp. P. Aaton, S \. Forset^ung der Beschrei- 
bung deren denhivürdigeri Paraquarischen Sachen. Ingolstadt, 1710. 

(SoLóRZANo, De Indiarum iure.)— Solorzano Pereira, Ioannes de, 
De Indiarum iure, sive de iusta liidiarum occidentalium inquisitione, adquisi- 
tione el reteniione. - Matriti, 16'_9-1639. 2 tomi. 

(SoUTHEY, History of Brazil.) - Southey Robert, History of Bra:{il. 
London, 1810-19. 3 tomos. 

(ScHMÍDEL, Viaje.)— Schmídel, Ulrich, Viaje al Rio déla Plata, i534- 
1554. Buenos Aires, 1903. 

(Techo, Hist.' — del Techo [du Toict] P. Nicolaus, iS. I. //¿s/or/a 
provinciae Paraquariae Societatis lesu. Leodii, 1673. Fol. 

(Trei.les, Anexos.)— Trelles, WIanvki^ KíCardo, Apéndice de docu- 
mentos anexos á su Memor-ia de límites enlre la Argentina y el Paraguay. Bue- 
nas Aires, 18b7. 

(Trelles, Rev. del Arch.) — Trelles, Manuel Ricardo, Revista del 
Archivo general de Buenos Aires. Buenos Aires, 1869 72. 4 tomos. 

(Trelles, Rev, de Bibl.) —Trelles, Manuel Ricardo, Revista de la 
biblioteca pública de Buenos Aires. Buenos Aires, 1879-82. 4 tomos. 

ViLLAGARCiA, P. FÉLIX, S. I. Vida del P. Jaime de Aguilar. Sin lecha 
ni lugar de impresión. 

(VoGT, Civilización de los Guaraníes.) -Vogt, P. Federico, S. V. 
D. Estudios históricos: La civilización de los Guaraníes en los siglos XVI I y 
XVIII. Buenos Aires, 1903. 

Xarque. Vide Jarque. 

(ZiNNY, Gobernantes del Paraguay.)— Zinny, Antonio, Historia de los 
Gobernantes del Paraguay, i5j3-i88y. Buenos Aires, 1887. 



INTRODUCCIÓN 



«Mrf 



BOSQUEJO HISTÓRICO 

DE LAS DOCTRINAS GUARANÍES 
REGIDAS POR LOS JESUÍTAS 



1. La Provincia del Paraguay. — 2. Principios de las Misiones. — 3. Funda- 
ciones en el Paraná y Uruguay. — 4. En el Guayrá. — 5. En el Itatín.— 6. En el 
Tape. — 7. Situación definitiva de las 30 Doctrinas. — 8. Enemigos descubiertos. — 
9. Disturbios del Iltmo. Sr. Cárdenas. — 10. Los encomenderos. — IL Antequera. 
— 12. Tratado de 1750. — 13. Expulsión de los Jesuítas. 



I 

LA PROVINCIA DEL PARAGUAY 

Habiendo de versar el presente estudio sobre las Doctrinas diri- 
gidas por los Padres de la Compañía de Jesús en el Paraguay, será 
bien fijar su exacta situación; con tanto mayor motivo, cuanto es 
frecuente confundir el territorio de la provincia religiosa en que se 
hallaban las Misiones con el de la actual república del Paragua}', 
creyendo que fuera de ésta no se fundó reducción alguna. Ni faltan 
quienes juzguen que todo el territorio de la república del Paraguay 
estuvo debajo de la dirección de los Jesuítas, como si todo él se 
hubiese gobernado por el régimen de Doctrinas antes de pasar á ser 
estado civil. 

Uno y otro concepto son errados: pues, como se echa de ver en 
el adjunto mapa, la provincia religiosa de la Compañía de Jesús lla- 
mada del Paraguay, no estaba encerrada en los límites de la actual 
república, sino que se dilataba quizá diez veces más que ella, siendo 
sensiblemente su extensión la que más tarde abrazó el Virreinato de 



la Plata, que teniendo su capital en Buenos Aires, comprendía en sus 
extremos la Banda Oriental, parte de Bolivia y algunas provincias 
del Brasil. De suerte que más propiamente que en ninguna de las 
demarcaciones modernas, se puede decir que la provincia jesuítica 
del Paraguay estaba situada en la República Argentina. En la Ar- 
gentina, en efecto, tenía su Noviciado de Córdoba con la residencia 
del Provincial, el colegio Máximo de Filosofía y Teología autorizado 
para conferir grados universitarios, y el afamado colegio de internos 
de Monserrat. En Buenos Aires había un colegio más antiguo de 
San Ignacio, llamado g'eneralmente Colegio grande, y otro más re- 
ciente con título de Ntra. Sra. de Belén, cuya iglesia es ho}^ la parro- 
quia de San Telmo: una residencia en Catamarca: y seis colegios 
respectivamente en Santa Fe, Corrientes, Rioja, Salta, Tucumán y 
Santiago del Estero: la mitad de las treinta Doctrinas de Guaraníes 
y casi todas las del Chaco: con más los dos únicos Oficios ó Procura- 
durías de Misiones que había, y estaban uno en Buenos Aires y otro 
en Santa Fe. Mientras que en la actual república del Paraguay sólo 
había un colegio y ocho Reducciones de Guaraníes, con tres nuevas 
que se iban estableciendo al Norte. 

El mismo mapa hará ver también que, lejos de hallarse todas las 
Reducciones en la actual región del Paraguay, había muchas más 
fuera de ella que dentro: pues de treinta que eran, quince caían en 
el territorio actual de la república Argentina: siete en el Estado ac- 
tual de Río Grande do Sul del Brasil, y sólo las ocho restantes en el 
actual Paraguay. Por lo cual estas tres naciones tienen ho}' territo- 
rios propios que denominan Misiones^ á saber: elParagua}', el distrito 
de Misiones {\2° álsirito)] el Brasil, la Comarca de Missóes, ó Sete 
povos (1) y la Argentina, el Territorio Nacional de Misiones. 

Es evidente, pues, que la palabra Paraguay expresa territorios 
muy diversos cuando se dice República del Paraguay, y cuando se 
dice Provincia jesuítica del Paraguay: y la razón de la diversidad 
es que en el momento de entrar los Jesuítas en el Río de la Plata y 
aun mucho tiempo después, toda la región tenía el nombre de Pro- 
vincia civil del Paraguay^ siendo su capital la Asunción: y ese nom- 
bre de Paraguay tomó la provincia religiosa de la Compañía al orga- 
nizarse en 1607. Y como las divisiones eclesiásticas rara vez se alte- 
ran, conservaron los Jesuítas la misma demarcación: mientras que 
los cambios políticos acaecidos en trescientos años, han reducido el 
Paraguay, denominación civil, á una pequeña parte de lo que fué. 

(1) 2." districto eleitoral: antigua Cotnarca jtidiciaria de Missóes. 



— 5 - 

II 
PRINCIPIOS DE LAS MISIONES 

Una casualidad parece que fué la causa determinante de la entra- 
da de los misioneros Jesuítas en las regiones del Paraguay; y fué el 
haberles faltado el maestro que los estaba instruyendo en las lenguas 
lule 3' tonocote (1). Con lo cual, quedándose en Tucumán los Padres 
Ángulo y Barzana, pasaron á trabajar en el Paraguay (conforme á 
los vivos deseos que había mostrado el Illmo. Sr. Guerra Obispo de la 
Asunción) los Padres Juan Saloni, catalán, Manuel de Ortega, por- 
tugués, y Tomás Filds, irlandés, que en el Paragua}^ podían emplear- 
se con fruto entre los indios, por ser los tres peritos en el idioma Gua- 
raní, que es el propio de aquellos indígenas, y viene á ser uno con el 
que los portugueses llamaron lingoa geral, lengua general de los in- 
dios en el Brasil. Fueron recibidos á 11 de Agosto de 1588 con gran re- 
gocijo en la Asunción, donde les dieron casa provisional; y dentro de 
poco, partieron los dos Padres Filds y Ortega para el Guaira, región 
de muchos indios Guaranís, sumamente abandonada en lo espiritual. 

Dos poblaciones comprendía el Guaira, llamado también provin- 
cia de Vera y encerrado entre el río Paraná al oeste, el Tieté 
ó Añembí al norte, el Iguazú al sur, y al este la línea de Tor- 
desillas que pasaba por la parte sur del rio Para de norte á sur. Era 
la población más antigua Ciudad Real del Guaira, establecida en 1554 
al lado del Salto Grande, y transportada tres años más tarde por su 
insalubridad algo más arriba á la boca del Piquiíí. La otra era Villa- 
rica del Espíritu Santo fundada en 1576 de orden de Garay por Ru}' 
Díaz de Melgarejo sobre el Curumbatay, afluente del Ivahy. Pobla- 
ciones tan pequeñas, que Ciudad Real no tenia arriba de cincuenta 
vecinos, y Villa-rica ciento cincuenta. Tan desamparadas en lo espi- 
ritual, que ni en una ni en otra había un solo sacerdote (2). El país 
estaba sumamente poblado de indios, tanto que en 1557 hizo Irala un 
padrón de los que vivían en las inmediaciones de Ciudad-Real, y re- 
sultaron cuarenta y cinco mil familias, que bien suponen doscientas 
mil personas (3). Donde tan abandonados en lo espiritual se hallaban 
los mismos españoles, puede juzgarse cómo estarían los indios. 

Cerca de un año anduvieron los dos misioneros recorriendo el 

(1) Lozano, Hist. de la Prov, del Paraguay, lib. I. cap. XI. núm. 3. 

(2) Id. lib. I. Cap. XIII, núm. 10. 

(3) Lozano, Conquista, lib. III, cap. II. 



- 6 - 

país, consolando con sus ministerios espirituales á los moradores de 
Ciudad Real y Villarrica, y deteniéndose también en los pueblos de 
indios entre los cuales hicieron numerosas conversiones, é instruye- 
ron y enderezaron en la vida cristiana á muchos que 3"a eran bautiza- 
dos, pero que fuera del bautismo apenas tenían cosa alguna en que se 
diferenciasen de los gentiles. 

A fines de 1589 volvieron á la Asunción, donde era bien necesa- 
ria su presencia para auxiliar á los vecinos en la terrible peste que, 
empezando el año antes en Cartagena de Indias, corrió por toda la 
América meridional, propagándose sólo entre los naturales del país, 
y respetando á los nacidos en Europa; y disminuida luego notable- 
mente la peste en la Asunción, volvieron los dos PP. con dilatado viaje 
á Ciudad-Real y Villarrica, adonde se había extendido el mal; y no 
tuvieron poco que hacer en auxiliar también allí á los enfermos de 
raza blanca, y luego á los indios, en quienes todavía se cebaba más el 
contagio. 

Pasada la peste, los vecinos de Villarrica primero, y muy luego 
los de la Asunción, mostraron gran empeño en tener casa fija y 
estable de la Compañía, y lo consiguieron, fundándose la de Villarri- 
ca en 1593, y la de la Asunción en 1594. 

No obstante, hubo un tiempo, desde 1598 á 1602, durante el cual 
estuvieron los Padres á punto de ausentarse de estas regiones y de- 
jar sus casas; y efectivamente, se cerró la de Villarrica en 1599, }• en 
1602 quedó en la Asunción un solo Padre, y ése por juzgársele inca- 
paz .por sus achaques de emprender un viaje de trescientas leguas 
hasta Córdoba (1). La razón de esta tan grande novedad fué una re- 
solución del P. Visitador Esteban Páez, quien juzgaba que casas tan 
apartadas de la Provincia del Perú de la cual dependían, y aun del 
Tucumán, donde estaba el grueso de la Misión, no se habían de poder 
sostener en adelante por falta de sujetos, por la dificultad de las co- 
municaciones, y por el peligro de daños en la observancia regular en 
parajes tan distantes de la acción de los Superiores. 

Felizmente esta resolución, que sintieron mucho y procuraron 
estorbar los habitantes de Villarrica y del Paragua}^ y con más empe- 
ño que todos Hernandarias de Saavedra, entonces Gobernador y re- 
sidente en la Asunción, fué revocada luego, habiéndose enviado del 
Perú mayor número de Jesuítas, oídas las ardorosas representaciones 
de los Cabildos eclesiástico y secular de la Asunción:, y considerando 
mejor las razones que la habían motivado. Sucedió esto en 1605: y 

(1) Lozano, Hist. lib. III, cap. XXI, núm, 2. 



entonces volvieron los Jesuítas al Paragua}' (1). En el entretanto, con 
la ida del P. Diego de Torres Bollo á Roma por Procurador de su 
provincia del Perú, se había determinado el P. General Claudio 
Aquaviva á erigir toda esta demarcación del Tucumán y Río de la 
Plata en Provincia, y así lo decretó en 1604; para lo cual, además de 
los informes especiales que tomó, y que le daban esperanza de 
gran fruto en las almas, y particularmente en las misiones de in- 
dios, es tradición en la Compañía de Jesús que tuvo especial luz del 
cielo. 

Su mandato no se llevó á cabo hasta 1607, año en que vino por 
primer Provincial de la nueva Provincia el mismo P. Diego de To- 
rres; quien se hizo estimar y amar en todas partes y muy especial- 
mente en la Asunción, así por su prudencia consumada y por los 
aciertos de su gobierno, como por la suavidad y virtudes que todos 
observaban en él, junto con una ternísima devoción á la Santísima 
Virgen en su advocación de la Santa Casa de Loreto. 

Coincidía esta fundación con la carta en que el Gobernador Her- 
nandarias representaba al Rey que no había medio de reducir por ar- 
mas los ciento cincuenta mil indios del Guaira exentos de los españo- 
les de Ciudad-Real y Villarrica; pues «aunque acuden... á estos pue- 
blos de paz», pero «sirven como y cuando les parece; porque los 
españoles no tienen fuerza para poderlos conquistar ni sujetar» (2); y 
la respuesta del Monarca, cuyas palabras formales eran: «Y acerca de 
esto ha parecido advertiros, que aun cuando hubiere fuerzas bastan- 
tes para conquistar dichos Indios, no se ha de hacer sino con sola 
la doctrina y predicación del Santo Evangelio, valiéndoos de los 
Religiosos (de la Compañía de Jesús) que han ido para este efec- 
to» (3). 

Por lo cual, en el discurso del año 1609, pidió encarecidamente 
Hernandarias al P. Provincial que destinase misioneros para los in- 
dios, tanto del Guayrá, como del Paraná y los Guaycurúes; y con 
efecto, el P. Diego de Torres envió dos al Guayrá y otros dos á los 
Guaj'curúes; }- más tarde, dos también al Paraná, con el fruto gran- 
de que explican los historiadores, y nosotros en parte veremos 
luego. 

(1) Lozano, Hist. lib. III, cap. XXIL, núm. 17. 

(2) Sevilla, Arch de Indias, 74, 4, 12. 

(3) Arch. de Ind. 74, 4, 1. 



III 

FUNDACIONES EN EL PARANÁ Y URUGUAY 

La primera entre todas las reducciones permanentes que tuvo la 
Compañía de Jesús en la Provincia del Paraguay fué la de San Ig- 
■nacio-guazú (San Ignacio el mayor, así llamada para distinguirla de 
San Ignacio miní, San Ignacio menor, en tiempo, no en número de 
indios, pues fué fundada algo más tarde sobre el río Pirapó en el 
Guaira, conjuntamente con Loreto). Estaba situado San Ignacio-gua- 
zú doce leguas del Paraná á la banda del norte. 

Para establecer esta reducción, el Provincial P. Diego de To- 
rres, á instancias del Gobernador Hernandarias 5^ con la bendición 
del Illmo Sr. Obispo Fray Reginaldo de Lizarraga, envió al P. Mar- 
ciel de Lorenzana, quien gustoso dejó su cargo de Rector del colegio 
de la Asunción, y fué á trabajar en aquella inculta región de infieles, 
llevando por compañero al P. Francisco de San Martín, con las cir- 
cunstancias que refiere el P. Lozano en la Historia de la Compañía, 
lib. V. cap. XVIII. Empezóse la reducción á 29 de diciembre de 1609, 
habiendo acompañado á los dos misioneros, por la devoción y afecto 
que profesaba al P. Lorenzana, un sacerdote de quien tenían mucha 
noticia los indios infieles, llamado el Licenciado Hernando de la Cue- 
va, Cura de Yaguarón, pueblo de indios. Con él fueron algunos 
Caciques de su pueblo, que eran parientes de otros del Paraná y 
podrían darles bien á entender cuan provechoso les había de ser el 
admitir misioneros 3' oir su predicación. La ida de este sacerdote 3^ de 
sus acompañantes fué mu3^ importante para disponer bien los ánimos, 
sobre lo que 3^a lo estaban con las diligencias 3- autoridad del Cacique 
Arapizandú; y pasados 15 días, se volvió el Licenciado Hernando de 
la Cueva con los Caciques á Yaguarón. Algo antes de la mitad del 
año 1610, se mudó la reducción del primer paraje á otro más cómodo 
llamado Yag-MarrtCrtm/g-ííí^ donde definitivamente quedó, pasando por 
las alternativas y graves peligros que en el mismo libro V narra 
el P. Lozano. En 1611 fué de nuevo llamado al Rectorado de la 
Asunción el P. Lorenzana; y le .sustitU3^ó el P. Roque González de 
Santa Cruz como misionero de San Ignacio Guazú. 

Este apostólico varón, no sólo llevó adelante la reducción comen- 
zada, sino que extendió el campo de acción de los misioneros, obe- 
deciendo á las vivas ansias que tenía de convertir á los indomables 
indios del Paraná, y penetrar luego hasta los infieles del Uruguay, 



Jíej'uiíarw a'e Jíu 




ReFereiiciu s 

^iiuuu-io/i ciería. 
SituacwfL probable 
fl^j^utílcu-wn en que tnhsrvmo el 
nuirfirPRcqiije (wmrálfx de S.'f ij-uz 
■' I ^ Paraje cnque Hié máü'itriMi^ eLP. 
Juan del útstüh SJ 
\ FoTtye en que fiíetvn mitrbnxaáoshiPl 
f íiotjUFOíntálezd^SVthurJhitscJiodnfUi^^ S¿> 
^^ñuxyc en que fu£ maeriepcrUn 
luces el P.Viíyo de Jlftiro S.J 



Meruháxrw de Sujbtws Aires 




FUNDACIONES 

— erv — 

ELCUAYRÁ 

^ 1610-1630 í 



adonde nuncíi habían llegado los españoles. Impulsado por este ardo- 
roso celo, no cesó de trabajar en diez y siete años más que corrieron 
hasta su martirio. Fundó en 1615 la nueva reducción de Santa Ana 
en Appupóti ó laguna Ibera: y el mismo año otra en Itapúa. Contri- 
buj'ó con su predicación á ablandar los ánimos de los indios del alto 
Paraná que algo más tarde se redujeron en Corpus, cuando ya el 
P. González había penetrado en sus deseados indios del Uruguay; dis- 
currió como una centella por aquellas regiones infieles, ganando con 
su caridad y afabilidad y con sus fervorosas persuasiones los ánimos 
de los indios, sin darse tregua en sus correrías: y pasando de funda- 
ción en fundación, estableció en 1620 la de Concepción, en 1626 las de 
San Nicolás, San Javier y Yapeyú, en 1628, la de Candelaria del Ibi- 
cuití, haciendo además una excursión en que reconoció la sieri^a del 
Tape y señaló puestos para nuevas reducciones. Vuelto al Uruguay 
entabló la misión de Candelaria del Caazapaminí y la de Asunción 
del lyuí: y la última de todas en 1.° de Noviembre de 1628, la de To- 
dos Santos del Caro, donde quince días después padecía la muerte en 
odio de la fe de Jesucristo Nuestro Señor. — A ejemplo suvo y gober- 
nados por él, trabajaban otros Jesuítas en establecer pueblos en aque- 
lla comarca, como puede verse en la historia del P. Techo. A su tiem- 
po diremos cuáles fueron las reducciones, así de las entabladas por 
el venerable P. González como de las otras, que lograron resistir al 
ímpetu de adversidades con que reciamente fueron combatidas. 



IV 

FUNDACIONES EN EL GUAIRA 

Contemporáneamente con los misioneros que reducían los indios 
del Paraná y Uruguay trabajaban otros Jesuítas en un distrito de la 
provincia distante doscientas leguas, cual era la provincia del Guaira, 
donde había extraordinaria muchedumbre de indios infieles, y algu- 
nos bautizados ó con nombre de cristianos en ciertos pueblos que fre- 
cuentaban los españoles, pero con tales costumbres y supersticiones^ 
que en nada se diferenciaban de los gentiles. Región donde veinte 
años antes habían empezado á evangelizar los PP. Ortega y Filds, 
pero en la que, interrumpidos los trabajos del misionero durante más 
de diez años, habían vuelto á retoñar las espinas y malezas; sin con- 
tar con aquella otra gentilidad que desde los tiempos de Irala y Ca- 



- 10- 

beza de Vaca, sesenta años hacía, en que se mostró obediente y res- 
petuosa, ya no había recibido más en sus tierras al español, mante- 
niendo guerra con él, y viviendo en su infidelidad. 

Salidos de la Asunción para trabajar en aquel campo los PP. José 
Cataldino y Simón Maceta pocos días antes que el P. Lorenzana fuese 
enviado al Paraná, hubieron de emplear mucho más tiempo que este 
último en el dilatado viaje de cien leguas hasta Ciudad-Real, 3" sesenta 
más hasta Villarrica, y en ayudar á los vecinos de una y otra pobla- 
ción tan faltos como siempre de socorro espiritual. A todo lo cual se 
agregó una penosa dolencia de fiebres, muy comunes en aquel territo- 
rio bajo y casi pantanoso de Ciudad-Real, que postraron en cama á en- 
trambos misioneros. Pero al fin, vencidos estos 3' otros inconvenientes 
de nuevos caminos y torcidas voluntades (1), lograron pasada la mitad 
de julio de 1610, dar principio á dos reducciones, Nuestra Señora de 
Loreto en el río Paranapanema 3^ San Ignacio en el río Pirapó. Estas 
fueron las dos primeras de aquella región , 3^ en ellas se reunieron 
hasta cinco mil familias. En los tres años siguientes se lograron fun- 
dar tres reducciones más, cercanas á las principales; pero no pudiendo 
residir en ellas los Padres de continuo, pues sólo había dos misione- 
ros para Loreto, y otros dos que llegaron luego para San Ignacio, y 
habiendo de pasar de una á otra en molestas excursiones para instruir 
á los indios, al fin las cinco vinieron á reducirse á las dos primitivas. 

El celo emprendedor del P. Antonio Ruiz de Montoya, uno de 
los dos Padres últimamente llegados, le impulsó en los años siguien- 
tes á acometer diferentes empresas 3' correría'^ apostólicas, que fue- 
ron coronadas con éxito feliz en la fundación de once pueblos más 
desde 1622 hasta 1629, interviniendo él en todos, al principio como 
misionero, y más tarde como Superior de aquellas Misiones. Fueron 
los pueblos: 1622: San Javier en la comarca de Tayati ó Ibitirimhe- 
td. 1625: Encarnación en el territorio de Nantingiii y posesiones del 
cacique Pindó. 1625: San José, en la provincia ó comarca de Tuciiti, 
entre los ríos Ivahí y Tihagl. 1626: San Miguel en el Ihitiruzú ó 
Ibiangui. 1626: San Pablo sobre el río Iñeay, lindero entre las tie- 
rras de Tayati y las de Tayaoba. 1627: San Antonio en el Ibiticoi, 
adonde se agregaron los indios Camperos. 1627: Concepción en la co- 
marca de los Gnalacos ó Guayanás. 1627: San Pedro en la misma co- 
marca. 1628: Los siete Arcángeles en tierras de Tayaoba. 1628: Santo 
Tomás entre San Pablo y Arcángeles. \(ü'$>\ Jesús María en las se- 
rranías donde tenía su parcialidad el cacique Guiraverá. 

(1) Lozano, Hist. de la Cotnp. lib. V, cap. XV y XVI. 



- 11 - 

La narración de los trabajos, peligros, dificultades y sinsabores 
que trajo consigo la fundación y conservación de estas trece reduc- 
ciones, se encuentra detallada por el principal motor de esta admira- 
ble obra de conversión de infieles, el P. Antonio Ruiz de Montoya, 
en su libro titulado Conquista espiritual del Paraguay ^ que á un 
tiempo es crónica é instrumento fehaciente de los sucesos, escrito por 
un testigo de casi todo lo que refiere. 

Todo auguraba un próspero porvenir, si no se hubiese atrave- 
sado la inhumana práctica de las malocas ó incursiones para hacer 
esclavos, ejercitada por los habitantes de la villa de San Pablo del 
Brasil, por otro nombre denominados mamelucos . Estos incansables 
perseguidores y verdugos de los indios salían de sus casas en nume- 
rosas compañías, bien armados de bocas de fuego y acompañados de 
mayores cuerpos aún de indios tupíes. Internábanse en las vastas re- 
giones de lo interior, caminando meses enteros con extraordinario 
aguante; y en habiendo alcanzado alguna aldea de indios, daban 
sobre ellos, rindiéndolos con su número, con su audacia, con la sor- 
presa y con las superiores armas; y cuando les parecía tener reunida 
suficiente tropa de ellos, regresaban á sus casas, llevando reatados 
como bestias á aquellos infelices, que luego á millares eran vendidos 
por esclavos en la villa de San Pablo y en otras poblaciones del Bra- 
sil, sin contar con otra crecida multitud, que había perecido en los 
asaltos y en los malos tratamientos de los caminos. De nada había 
servido que los reyes de Portugal prohibiesen esclavizar á los indios: 
ni á los paulistas les hacía mella el que aquellos indios estuviesen en 
dominio extraño como era la corona de Castilla: todo lo atropellaban 
por su interés. 

Habían despoblado de este modo muchas comarcas de indios in- 
fieles, como que consta de instrumentos jurídicos no haher sido menos 
de trescientos mil los que cautivaron ó hicieron perecer en pocos años. 
Pero viendo que los infieles no vivían reunidos sino en aldeas peque- 
ñas, y les daban gran trabajo hasta juntar suficiente número para su 
inhumana ganancia, se atrevieron á acometer á los pueblos de indios 
cristianos doctrinados por los Padres de la Compañía, y en sólo dos 
años «desde el año de 1628 hasta el de 1630 habían traído los vecinos 
»de San Pablo más de 60.000 almas de las aldeas de las reducciones de 
»los «Padres de la Compañía del distrito de este gobierno (de Buenos 
»Aires) y del Paraguay» como atestigua el gobernador D. Pedro Es- 
teban de Avila en su informe al Rey Felipe IV (1). Y semejantes in- 

(1) Carta de 12 de Octubre de 1637, en Montoya, conq. esp. § LXXX. 



-12- 

cursiones, deshonra de la humanidad, iban creciendo cada día, ame- 
nazando acabar del todo con aquella florida grey de fieles, y acompa- 
ñadas siempre con el estrago de muertes, incendios, saqueos y 
profanaciones sacrilegas (1). 

Fué necesario que al acabar el año de 1631, los dos últimos pue- 
blos que quedaban, después de destruidos once por aquella furia de 
exterminio^ se resignasen á huir de su suelo nativo, y retirarse á leja- 
nas tierras donde no les pudiese alcanzar la ferocidad de los paulis- 
tas, ya que contra ellos no habían podido encontrar defensa ni en los 
vecinos de la Villa Rica, ni en los de Ciudad-Real, ni en los gober- 
nadores del Paraguay. Los infortunios de esta lastimosa transmi- 
gración, que al cabo de un año había dejado reducidos á 4.000 los 
moradores de los dos pueblos escapados de Loreto y San Ignacio en 
número de 12.000, se hallan relatados con viva y sentida descripción 
de la citada Conquista espiritual del P. Montoya, § § 38, 39. 



V 
FUNDACIONES EN EL ITATÍN 

Entre los 19 y 22 grados de latitud meridional se extiende á la 
izquierda del río Paraguay el distrito ó comarca llamada en otros 
tiempos del Itatin^ que abarca los terrenos en gran parte bajos y 
anegadizos comprendidos entre la sierra de Amambay y el río; y es- 
taba limitada al norte por el río Mbotetey, y al sur por el Jejuí.— No 
tuvo otra población de españoles que la de Jerez: }• aun esa no fué 
durable. Parece, no obstante, que hubo allí antiguamente algún pue- 
blo grande con el mismo nombre de Itatln^ que se aplica á la comarca 
y á los indios de ella. 

Al emprender la dolorosa transmigración del Guayrá á causa de 
la invasión de los mamelucos ;l fines de 1631, el P. Antonio Ruiz de 
Mont03'a, Superior de las Misiones, ordenó á dos Padres misioneros 
que se diriijiesen á trabajar entre los indios del Itatín, donde 3'a desde 
1612 había varios caciques que deseaban tener consigo Padres de la 
Compañía para reducirse á pueblos y abrazai- la religión cristiana. 
Eran los dos Padres designados para emprender esta reducción los 
PP. Diego Ranzonicr y Justo van Surk Mansilla, ambos belgas, <1 los 

(1) Montoya. Conquista espiritual: Xarque, Vida del P. Montoya, Vida del 
P. Taño. Infornnes jurídicos en Madrid y en Roma. 



Meridiarw de Bueiws ^4¿rcs 






FUNDACIONES 

EN 

EL ITATÍN 

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NOTAS 
sobre las vicisitudes expresadas en el mapa del Itatín 

1632. Fúndanse primitivamente cuatro Reducciones: Angeles, San José, San Benito y Natividad, 

!6á3. Invadidas por los Mamelucos, los restos de ellas forman otras dos: Andirapuca y lepoti. 

1634. Concéntranse las dos en una, que se llamó ra/efto. 

1635 á IC47. Dividense nuevamente en dos: Santa María de Fe y San Ignacio de Caaguazu. 

1648. Perseverando en su puesto San Ignacio, trasládase Santa Marta al sur. 

1649. Concéntranse las dos en un sitio, con separación de gentes y de nombre. 

1650. Pasa Nuestra Señora de Fe (que es Santa María) a Aguar anambi. 

1651. Pa%a San Ignacio A Caaguazu á&\sm. ■ a a o..„ t,^., o=fán inc 
1659. Trasládanse las dos al sur del río Tebicuarí, y ocupan los parajes donde aun hoy están los 

pueblos de Santa María y Santiago. 
(Consta de las Cartas anuas del Paraguay). 



Mertíiüuw til' JJuenos Ái 




LIT Bifii- ^uníimei- 2*Ssn. 



^i..- 



-13- 

cuales dentro de poco, vista la buena disposición 3' multitud de los in- 
dios, se agregaron otros dos, que fueron el P. Ignacio Martínez y el 
P. Nicolás Henart. En breve tiempo y antes de pasado medio año, 
lograron ver erigidos cuatro pueblos de indios de doscientas á qui- 
nientas familias cada uno: San José, Santos Angeles, Encarnación y 
Santos Apóstoles Pedro y Pablo. Y lo que más es, los mismos paya- 
guás, aunque tan enemigos de los españoles 3^ reconocidos por mu- 
chas experiencias como pérfidos 3" traidores; ahora por el trato que 
conservaban con los nuarás é itatines, y por las noticias que algunos 
fugitivos les dieron del bien que gozaban las reducciones con el go- 
bierno de los Padres, se movieron á desear para sí el mismo buen or- 
den, y pasaron sus habitaciones hechas de esteras á un punto cercano 
al pueblo de San Pedio y San Pablo, empezando á dirigirse por los 
consejos del Padre; aunque, conforme á su carácter voluble é incons- 
tante, 3" á su vida andariega, mu3^ luego se retiraron y abandonaron 
su buen propósito. 

Pero todas las esperanzas que despertaba la fundación 3^ prospe- 
ridad de aquellas reducciones tan bien entabladas, frustró el asalto 
furioso que dieron también á aquella lejana comaica del Itatín los 
desalmados paulistas, antes de acabarse el año 1632. Los cuatro pue- 
blos quedaron arrasados, y sus habitantes en gran parte hechos es- 
clavos 3' conducidos á San Pablo; mientras otros huían y se despa- 
rramaban por los montes, sin que faltasen en la ocasión presente, 
como antes en el Guaira, las desconfianzas del genio receloso de los 
indios, las calumnias de los mamelucos de haberse los Padres confa- 
bulado con ellos para entregarles los pueblos, y los odios y alguna 
vez malos tratamientos de los mismos indios contra los misioneros 
por esta falsa aprensión. 



VI 6 

FUNDACIONES EN EL TAPE 

Mientras en el Guaira y en el Itatín eran destruidas tan lastimo- 
samente las poblaciones cristianas, fundábanse nuevas reducciones 
ert otra parte del territorio del Plata, á saber, en la comarca del Ta- 
pe, que 3'a entonces pertenecía á la nueva jurisdicción de Buenos 
Aires, constituida en 1617 como provincia civil separada de la del 
Paragua3\ Tape significa en el idioma guaraní gran pueblo ó ciu- 



-14- 

dad (1). Ocupaba la región llamada del Tape el territorio ahora bra- 
silero en que están fundados Río Pardo, Cachoeira, Bagé, en el Es- 
tado de Río Grande del Sur; y se hallaba limitada al noroeste por la 
sierra cuyas elevaciones ocupan Cruz Alta y Passo Fundo, línea di- 
visoria de las aguas que van al Atlántico por el Yacuí y Río Grande 
al este, y las que se derraman en el Uruguay por el poniente. En las 
riberas de aquellos ríos se edificaron las reducciones, por ser aquél el 
paraje más poblado de indios: la parte principal de la cadena de mon- 
tes se llama hoy Sierra de San Martin y Cuchilla Grande; y un ra- 
mal al mediodía ha conservado el nombre de Sierra de los Tapes. 

Después de haber asentado con su ardoroso celo el P. Roque 
González varios pueblos en las riberas del Uruguay, llegó á penetrar 
en el territorio del Tape, donde, con estar dentro de la demarcación 
del Rey de España, jamás habían puesto el pie los guerreros españo- 
les, así por la aspereza del terreno, como por la tenaz resistencia de 
los indios que allí moraban. Mas el P. González consiguió primero de 
ellos que le permitiesen visitar el país; y más tarde sus hermanos en 
religión lograron atraer los indígenas y formar pueblos donde á un 
tiempo los pudiesen instruir en la doctrina y práctica de la religión 
cristiana, y atendiesen á su bienestar temporal. 

Una vez empezada la benéfica tarea, disipados los recelos de los 
infieles, y probadas por experiencia las ventajas de vivir donde los 
colocaban los Padres de la Compañía, se multiplicaron rápidamente 
los pueblos. En sólo dos ó tres años se fundaron hasta diez reduccio- 
nes en la Sierra: 1632, San Miguel, que fué la primera, y sin dud;i por 
eso fué en adelante venerado como patrono de aquella comarca. Fué 
su fundador el P. Cristóbal de Mendoza, mártir poco después. 1632: 
Santo Tomás sobre el Ibicuacuí. 1632: Santa Teresa en las fuentes 
del Yacuí. 1633: Natividad del monte Ararrica en los orígenes del 
Yacuí, al occidente. 1633: Santa Ana en el Yacuí al este, no lejos del 
Río Pardo. 1633: San Joaquín en el Yacuí, algo al sur de Santa Te- 
resa. 1633: San Jo.sé de Itacuatiá sobre el río Toropí. 1634: San Cris- 
tóbal sobre el Río Pardo al oeste. 1633: Santos Cosme y Damián, 
sobre el río Añendá. 1635: Jesús María sobre el río Pardo al oe.ste, 
un poco al norte de San Cristóbal. Vese por lo dicho que al oeste de 
la sierra quedaban San Miguel, Santo Tome, San José y San Cosme, 
fundados sobre afluentes del Ibicuí: y eran reducciones de ultra-cor- 

(1) «Santo Tomk. Este puesto es muy celebrado. Pusiéronle los moradores 
de toda la comarca por antonomasia Tape, que quiere decir la ciudad, por su 
grandeza. De este pueblo toma su denominación toda la provincia, que común- 
mente se dice provincia del Tape.» Montoya, Conq. esp. § LXII. 



— LO — 

dillera los seis restantes pueblos, colocados sobre ramas del Yacuí 
y Río Grande. 

Acababa de establecerse la última' reducción de Jesús María 
cuando el mismo torbellino que cinco años antes había disipado las 
reducciones del Guayrá é Itatín, vino á atajar los pasos á esta nueva 
cristiandad que tan extraordinariamente adelantaba en el Tape. Un 
ejército de mamelucos acometió en 1636 á las poblaciones más cer- 
canas de Jesús María y San Cristóbal, y á pesar de su resistencia, las 
redujo á escombros, y arrastró á los recién convertidos indios á sufrir 
una horrorosa esclavitud en el Biasil, mientras que otros, conforme 
á la acostumbrada ferocidad de los paulistas, perecían quemados en 
hogueras por inútiles, viejos ó enfermos, ó dejaban sus restos morta- 
les en medio de los caminos al rigor de las marchas forzadas y áspe- 
ros tratamientos. 

Repetidos en 1638 estos asaltos hasta destruir la reducción de 
Santa Teresa, y rechazados todos los tapes á la banda Occidental del 
Uruguay, á pesar de la resistencia que opusieron en los encuentros 
del Caro y de Caazapamini (1) túvose consulta sobre lo que debía 
hacerse 3" aunque había sido despachado primero el P. Taño, y des- 
pués el P. Monioya para que alcanzasen en Madrid y en Roma la 
represión que merecían los monstruosos atentados de los mamelucos, 
y también se habían alentado los indios viendo que habían logrado 
escarmentar al enemigo en su retirada; se juzgó que no había otro 
remedio para prevenii" una ruina inmediata, sino la emigración de 
aquellas reducciones á paraje más seguro, como había sido forzoso, 
emprenderla en los pueblos de Loreto y San Ignacio mirí el año 1631. 
Muchos de los indios aquí como allí, retenidos por el amor á su país, 
se quedaron en los montes por el ciego cariño á su patria, y perdie- 
ron con esto patria y libertad, cuando no la vida, cayendo en manos 
de aquellos insaciables perseguidores de los indios. Hubo igualmente 
quienes dieron oído á las absurdas fábulas inventadas y propaladas 
por los mamelucos, quienes para desacreditar á los Jesuítas y alejar 
á los indios de sus reducciones, les persuadían que por convenio que 
tenían hecho mutuamente, juntaban los Padres la multitud en sus pue- 
blos, para que más tarde vinieran ellos y los llevaran á servir á San 
Pablo. 

Así se destruyeron las florecientes misiones del Guaira, del Ita- 
tín y Tape: se despoblaron aquellos territorios, transportando para la 
esclavitud una parte de sus habitantes indígenas y haciendo perecer 

(1) Techo, Hist. lib. XII, cap. XIV, sqq. 



— 16 — 

otra parte mayor; y se perdió para en adelante la posibilidad de de- 
fender y conservar aquellos países, que más tarde hubieran quedado 
como posesión de las naciones hispano-americanas. 



VII 

SITUACIÓN DEFINITIVA DE LAS DOCTRINAS 

Los asaltos al Guayrá, al Itatín y al Tape mostraban que aque- 
llos parajes no podían llegar A ser asiento durable de las misiones, 
dado el carácter tenaz }' agresivo de los paulistas y la facilidad con 
que allí podían penetrar. La última acometida al Tape en 1638 había 
hecho temer que no sólo en la banda oriental del Urugua}^, sino ni 
aún en la occidental, habían de tener seguridad los indios contra tan 
encarnizados enemigos. Provisionalmente, todas las reducciones esta- 
ban retiradas al oeste. Sin embargo, no se había abandonado el terri- 
torio, sino que los cuerpos de indios armados lo recorrían, y se pre- 
venían á resistir al enemigo por cualquier dirección que tomase en su 
venida. Mientras tanto, los Padres daban los pasos convenientes para 
obtener dos cosas: armas de fuego para los indios, y socorro de cabos 
españoles que los guiasen en la pelea, no obstante haber procedido 
hartomal los que asistieron en el primer encuentro deCaazapaminí (1). 
Los socorros se pidieron al Gobernador de Buenos Aires, á cu3^a 
jurisdicción pertenecían el Tape y el Uruguay; pero respondió que le 
era imposible enviarlos. Recurrióse entonces á D. Pedro de Lugo, 
que pasaba á su gobierno del Paraguay con orden expresa de refre- 
nar y castigar las insolencias de los mamelucos; y este caballero 
mandó dar unas pocas armas de fuego á los indios y acudió con su co- 
mitiva de españoles; aunque después procedió muy de diverso modo 
que debía, como se verá en otro lugar. Pero bastó este aliento de las 
armas, á pesar de haber vuelto atrás de su intento de acometer el Go- 
bernador, para que los indios, que estaban en jurisdicción de Buenos 
Aires 3' obraban en legítima defensa, se decidiesen á hacer fícente al 
nuevo ejército de mamelucos y tupíes llegado en 1639, y les hiciesen 
ver en los campos de Caazapaguazú que era ya llegado el tiempo de 
que se pusiera freno á su rapacidad é inhumanidad. Otra tentativa que 
con ejército formado hicieron estos piratas de las comarcas medite- 

(1) Brabo, Atlas, pág. 35: Thcho, XII, 16. 



-17- 

rráneas en 1641, terminó para ellos en el completo desastre del Mbo- 
roré, y desde entonces cesaron de pretender la destrucción de estas 
reducciones con tropas numerosas. 

Puede fijarse, pues, en esta época el establecimiento definitivo de 
las Doctrinas en los parajes que ocuparon hasta la expulsión de los 
Jesuítas. Abandonadas las comarcas apartadas, vinieron á quedar 
agrupadas todas ellas en las márgenes del Paraná y Uruguay, espe- 
cialmente por la parte que más se acercan uno á otro. De esta ma- 
nera formaban todas un cuerpo unido, como puede verse en el mapa 
adjunto (1) 3^ se podían defender reuniéndose con facilidad sus indios 
de guerra; al mismo tiempo que resguardaban la frontera por donde 
tanto empeño habían puesto los paulistas en penetrar. Es verdad que 
fué preciso abandonar otro camino por el Guaira é Itatín, por donde 
ios mamelucos continuaron sus tentativas en busca de oro y de escla- 
vos, sin cesar de inquietar á los Chiquitos, ni de ocupar los territorios 
y minas pertenecientes al rey de España que hoy forman parte de la 
provincia de Mattogrosso; pero los indios no tenían elección, y hubie- 
ron de refugiarse donde la necesidad y la fuerza mayor los obligó. Si 
los vecinos de las ciudades españolas y los gobernadores del Para- 
guay, en vez de aliarse con los paulistas (como se le probó á don 
Luis de Céspedes Jeria, y fué público y notorio de muchos morado- 
res de Ciudad-Real), hubiesen concurrido para defender á los Guara- 
níes, se hubiera formado por la parte del norte en el Guaira un nú- 
cleo de poblaciones de indios como se formó en el Paraná y Uruguay, 
y armados convenientemente como éstos hubieran evitado grandes 
desgracias, usurpaciones de riquísimos territorios, y la destrucción 
de las mismas ciudades españolas. 

Retirados, pues, los indios por necesidad á las márgenes de los 
dos ríos Paraná y Uruguay, quedaban naturalmente divididas las 
Doctrinas en dos grupos que pertenecían respectivamente uno al 
gobierno del Paraguay, otro al de Río de la Plata. El primero lo for- 
maban los pueblos cuyas vertientes daban al Paraná y Paraguay: 
San Ignacio guazú, San Cosme, Itapúa, Candelaria, Santa Ana, Lo- 
reto, San Ignacio miní 3' Corpus, que con los dos de itatines, Santa 
María de Fe y Santiago, colocados algo más tarde al lado de San 
Ignacio guazú, venían á formar por todo diez Doctrinas. El segundo 
lo componían los pueblos cuyas vertientes corrían al Urugua3': San 
José, San Carlos, San Javier, Mártires, Santa María la Ma3^or, Após- 

(1) En el mapa están señaladas también las que años más adelante se funda- 
ron hasta llegar al número de treinta, recobradas ya sus antiguas tierras del 
Uruguay. 

2 Organización social de las doctrinas guaraníes. 



— 18- 

toles, Concepción, Santo Tomé, La Cruz, Yapeyú en la ribera dere- 
cha; San Nicolás y San Miguel en la izquierda: en todo, doce reduc- 
ciones. Estos dos grupos forman las veintidós Doctrinas que única- 
mente había hasta el último tercio del siglo xvii. 

No es posible entrar aquí en los detalles del origen y vicisitudes 
de cada uno de estos pueblos, como ni tampoco en la relación del para- 
dero que tuvieron tantas otras reducciones comenzadas. Objeto es 
esto de algún estudio histórico especial, en el cual se deberán rectifi- 
car muchísimos errores en que ha incurrido Gay (1), quien mezcla lo 
cierto con lo incierto y á veces con lo absurdo; y copia sin discerni- 
miento de Azara, cuya autoridad en esta materia es muy sospechosa. 

Pero bien será decir algo acerca de las dos reducciones que fueron 
denominadas de los itatineSj destruidos en 1632 por los mamelucos, 
como antes se ha explicado (2), los cuatro pueblos fundados en el 
Itatín, los misioneros, con el P. Ranzonier á la cabeza, se esforzaron 
por congregar de nuevo á los que habían logrado escapar de la catás- 
trofe y andaban huidos por los montes. Lográronlo á costa de grandes 
trabajos, y con ellos formaron dos reducciones en distinto paraje de 
las primeras; las cuales, así en los nombres, como en los sucesos y 
mudanzas de asiento, tuvieron gran variedad. Porque primero se dio 
á una el nombre de San Ignacio^ en honor del santo Patriarca fun- 
dador de la Compañía de Jesús, y á otra le impuso el P. Ranzonier 
el de Santa María de Fe, en reverencia del insigne santuario é ima- 
gen de Nuestra Señora de Fe, Nutre Dame de Fni, en Bélgica, su 
patria. Dentro de poco se atribuj^ó á una el nombre de San Benito^ 
como recuerdo de la orden religiosa á que pertenecía el Illmo, Señor 
D. Cristóbal de Aresti, Obispo del Paraguay en aquel tiempo; 3^ á la 
otra el de Satt Martin, por llamarse así el Gobernador Ledesma Val- 
derrama; 3^ debió de ser cuando intentaron poner allí clérigos la pri- 
mera vez. Pasados algunos años, fueron llamadas por los parajes que 
ocupaban, Caaguazú y Aguaranambí. Y al ser transportadas en 1669 
á la comarca del Tebicuarí en las cercanías de San Ignacio guazú, se 
llamó Santiago la que antes había sido denominada San Ignacio, para 
evitar la confusión con San Ignacio guazú y San Ignacio mini que tan 
cerca radicaban; quedándole á la otra su antiguo nombre de Nuestra 
Señora de Fe. — Ni menos varia fué la fortuna. Pues entre las nove- 
dades del tiempo de Valderrama se contó la de pretender poner en 
aquellos pueblos doctrineros seculares, quitando los indios de mano 
de los religiosos que los habían reducido; 3' aunque es verdad que se 

(1) Historia da República jesuitica, cap. XX-XXI y XXII. 

(2) Supra § V. 



-19- 

logró atajar este intento, ordenando la Audiencia de Charcas que 
nada se innovase (1); pero no pudo ser de manera que los indios no 
tuviesen alguna noticia de él; y sospechando, como era la verdad, que 
se trataba de reducirlos á servicio personal, se desbandaron, desam- 
parando las reducciones y huyendo á los montes, de donde no costó 
poco el sacarlos de nuevo. Segunda vez se trató de poner allí clérigos 
seculares en el Episcopado de D. Bernardino de Cárdenas, y en efec- 
to, fueron arrojados de allí los misioneros con mano armada, 3'^ pues- 
tos clérigos doctrineros, que pronto abandonaron los indios y se vol- 
vieron á la Asunción, mientras los indios en gran parte habían huido, 
siempre con el temor fundado de que les querían imponer las enco- 
miendas, y echando menos el trato muy distinto de los misioneros. 
Después de tantas calamidades, todavía volvieron á tener cuidado de 
ellos los Jesuítas; y siendo su doctrinero el P. Lucas Quesa en 1661, 
acudieron á libertar al Gobernador Sarmiento sitiado y puesto en 
peligro de total ruina por los revoltosos de Arecayá, en que dieron 
insignes pruebas de su lealtad, como lo ponderó el mismo Gobernador 
y su Maestre de Campo (2). Finalmente, así por los asaltos de los 
Mamelucos, como por las continuas acometidas de los Mbayás, por 
las que siempre habían de estar con las armas en la mano y no esta- 
ban seguros de vencer, siendo dos pueblos aislados, se tuvo por más 
conveniente y aun necesario, el juntarlos con los otros pueblos Guara- 
níes, como se hizo con acuerdo de la Audiencia de Buenos Aires, 
trasladándolos en 1669 á la comarca del Tebicuarí. 

Las últimas reducciones que se agregaron fueron la del Jesús, 
formada primero en 1687 junto al río Monday con indios silvestres, y 
más adelante trasladada hacia el sur á paraje más cómodo; Santa 
Rosa de Lima, colonia desprendida en 1697 de Santa María de Fe; 
Trinidad, fundada en 1706; y las cinco del Uruguay, San Luis, San 
Borja, San Lorenzo, San Juan 3^ Santo Ángel; la última de las cuales 
se estableció en 1707. Con éstas se completaron las treinta famosas 
Doctrinas de Guaraníes, que con el nombre de Misiones del Para- 
guay tanta materia dieron á la admiración de los católicos y á las 
calumnias de los herejes. De las tres últimas reducciones fundadas 
desde 1746 en adelante en el Tarumá, con el nombre de San Joaquín 
3- San Estanislao, y una en el Itatín, llamada Belén, esta última era 
de Mbayás y no de Guaranís; y las otras dos, ó por estar muy sepa- 
radas de las restantes, ó por no haber cumplido todavía su tiempo de 



(1) Apéndice, n.° 25. 

(2) Lozano, Conquista, lib. III, cap. XIV. 



8 



-20- 

veinte años para tributar, no se contaron como parte del cuerpo 
de las demás, á pesar de que eran de Guaraníes también; y así ni si- 
quiera se mencionan en los documentos oficiales posteriores á los Je- 
suítas. 



VIII 
ENEMIGOS DESCUBIERTOS 

No siendo el intento de esta breve reseña desenvolver la historia 
de las Misiones Guaraníes, sino sólo apuntar los hechos que es preciso 
tener presentes para la exposición del asunto principal; bastará para 
ello recordar los obstáculos más graves con que tropezaron las Doc- 
trinas, y que alguna vez llegaron hasta poner en peligro su exis- 
tencia. 

Fueron éstos en primer lugar como enemigos declarados los ma- 
melucos, 3^ también algunas tribus de infieles, como yarós, minuanes, 
bohanes y charrúas. Alteraron además como graves tribulaciones el 
sosiego de las Doctrinas los disturbios del Illmo. Sr. Cárdenas, las 
vejaciones de los encomenderos, la rebelión de Antequera y el Tra- 
tado de límites de 1750. 

De los mamelucos, poco habrá que añadir sobre lo que antes se 
ha dicho. Sin temor de equivocarse pueden ser tenidos aquellos per- 
petuos expedicionarios andariegos, movidos por el ansia de oro y 
esclavos, como los despobladores de América meridional, enemigos 
y verdugos de la raza indígena. Hicieron el vacío en su región de 
San Pablo, donde los indios eran numerosos, pero donde la esclavitud 
y los malos tratamientos dieron cuenta de ellos. Faltándoles indios 
en su comarca, emprendieron sus malocas á lo que llamaban el ser- 
ian, esto es, la comarca mediterránea, sin pararse en si era nación 
propia ó ajena, ni en que los reyes de Portugal tuviesen prohibida 
la guerra á los indígenas y la esclavitud. Cuando faltaron los indios 
infieles acometieron á los indios cristianos. Ya se ha visto cómo des- 
poblaron el Guaira, el Tape 3' el Itatín. Y á no ser por la firme resis- 
tencia que les opusieron los neófitos una vez armados de armas de 
fuego, no hubiera quedado rastro de la raza Guaraní en la cuenca del 
Plata; pues era un perpetuo consumo 3* destrucción, cautivar indios 
en estas regiones y venderlos luego, no sólo para San Pablo, sino 
para todo el Brasil; sin contar los innumerables que perecían en los 



— 21- 

asaltos y en los caminos. Pero desde el escarmiento del Caazapagua- 
zú, y mucho más desde el desastre de Mbororé en 1641, no se atre- 
vieron ya á asaltar en compañías numerosas y ejércitos aquellos in- 
dios cuya bravura habían experimentado con daño suyo. Hubieron 
de pasar más de cien años para que aquellas tropas de aventureros y 
salteadores se presentasen en ejército formado á combatir á los Gua- 
raníes; como lo hicieron en 1754 incorporados en gran número en el 
ejército de Gomes Freiré; y aun entonces padecieron no pequeños con- 
trastes de los indios, mientras no llegaron á juntarse con el ejército 
español. Pero si esta guerra de exterminio cesó, no cesaron en cam- 
bio las hostilidades y sorpresas con que molestaron siempre á los Gua- 
raníes, acometiéndoles en pequeñas partidas de cuando en cuando, ro- 
bándoles los ganados, hiriéndolos ó matándolos, y en ocasiones 
recibiendo ellos las heridas, y manteniendo perpetua la enemistad 
con ellos. 

Los otros enemigos manifiestos fueron las tribus de yarós, mbo- 
hanes, minuanes y charrúas. El papel de estos indios en el Sur de la 
cuenca del Plata fué algo semejante al que desempeñaron en el río 
Paraguay los pa3'aguás y guaicurús. Voluntariosos, atrevidos, nada 
fieles y tan prontos en mudar de afición, como lo eran en levantar 
los cueros para plantarlos en otra parte en su vida vagabunda y 
aventurera, en un momento y por la más leve causase convertían de 
amigos en enemigos, y no seguían más norma que su interés ó su 
venganza. Juntáronse algunas veces en reducción; pero luego su 
perpetua veleidad les hacía abandonar el pueblo y volver á su vida 
errante. Con su ningún orden, fácilmente se veían acosados del ham- 
bre; y entonces invadían las reducciones Guaraníes para robar. No 
se contentaban con eso; é inventando agravios imaginarios, acome- 
tían á las capillas ó á las estancias donde había pequeño número de 
indios, mataban los varones y se llevaban cautivos niños y mujeres. 
Juntándose á veces tropas numerosas, atacaban aun los mismos pue- 
blos con rápidas sorpresas, que era su modo de combatir; }' no fué 
poco lo que de ellos hubieron de padecer las dos reducciones meridio- 
nales de La Cruz y Yapeyú. Finalmente, ocupaban los caminos en 
bandas como salteadores, robando y matando y haciéndolos intransi- 
tables. Fué necesario en varias ocasiones emprender contra ellos 
verdaderas campañas defensivas para librar á los moradores del país 
desús vejaciones y dejar expeditos los caminos. En tales casos, el 
Gobernador de Buenos Aires daba el decreto y enviaba jefes espa- 
ñoles á los tercios Guaraníes para dirigir sus operaciones. De esta 
clase fué la empresa de 1701, gobernada por el Maestre de campo 



9 



-22- 

Alejandro de Aguirre y aprobada expresamente en Cédula real de 6 
de Noviembre de 1706, cuya narración puede verse en Bauza (1), que 
trae sus comprobantes. Semejante fué la de 1708, referida en carta 
anua por el P. Salvador de Rojas (2): y aun hubo necesidad de nuevas 
defensas en los años 1714 (3) y siguientes (4). En 1701 no sólo proce- 
dieron los infieles por su propio motivo, sino que además fueron ins- 
tigados y ayudados con armas de fuego por los portugueses de la 
Colonia, quienes tenían gran interés en quebrar las fuerzas de los 
indios Guaraníes, por lo mismo que sabían bien cuan resueltos y po- 
derosos defensores de sus posesiones de América tenía en ellos la 
Corona española. 



IX 
DISTURBIOS DEL ILLMO. SR. CÁRDENAS 

Esta fué también una de las tribulaciones graves y peligros por 
la que pasaron las Reducciones. El Illmo. Sr. D. Fray Bernardino de 
Cárdenas, nombrado Obispo de la Asunción, tuvo varios encuentros 
con el Cabildo eclesiástico y con el Gobernador de la provincia, y 
estas reyertas hirieron de rechazo á los Jesuítas y sus misiones. Tan 
larga fué la contienda, que empezada en 1643, todavía se expedían 
en 1661 (casi veinte años más tarde), instrucciones en que se daba á 
entender que aun no estaban aclarados los hechos, y Cédulas Reales 
fundadas en prejuicios contra los Jesuítas, que fueron más adelante 
desautorizadas y anuladas por Felipe V en 1743, como obtenidas en 
virtud de siniestros informes. 

Los indios de las misiones Guaraníes del Paraná y Uruguay ha- 
bían empezado á ser visitados por el Sr. Cárdenas, quien en 1643 
practicó en efecto la visita de la Reducción de San Ignacio guazú, 
deshaciéndose en elogios de ella y de sus Curas, así en el Auto q^ue 
dejó en la reducción, como en la carta que desde allí escribió al Pa- 
dre Rector del Paraguay (5). Pero absorbido por los sucesos de la 



(1) Historia de la dominación española en el Uruguay, tom. I, pÁg. 414. 

(2) Río Janhiro, col. de Angelís, XX-34-35. 

(3) Río [aneiko, col. de Angelís, XIV. 

(4) Ibid." col. AngelisI-20. 

(5) Tom. II. Apénd. n.° 15-16. 



-23- 

ciudad, no pasó adelante; y nunca más visitó las Doctrinas, ni aun 
convidado por el Gobernador Láriz (1). 

Puede decirse que lo recio de la tormenta en estos sucesos des- 
cargó sobre los Padres, y no tanto sobre los indios, por lo mismo que 
no llegaron á introducirse en las Reducciones los que los querían mal. 
Hubo en efecto el plan de quitar los Curas Jesuítas y sustituirlos por 
clérigos seculares, realizando además el antiguo sueño de hacer á 
aquellos indios encomendados. Para lo cual, se logró en Madrid la 
Cédula real de 15 de Junio de 1654; y se intimó de manera que si los 
Jesuítas pusiesen alguna dificultad y no la cumpliesen al punto sin 
observación, fuesen obligados á dejar al momento las Doctrinas; cre- 
yendo que esto era lo que sucedería. Pero el P. Provincial, al recibir 
la intimación, respondió que, siendo clara la voluntad del Rey, y la 
decisión de un punto que hasta entonces era dudoso, la Compañía 
aceptaba 3^ cumplía la Cédula tal como había sido propuesta. Con 
esto se evitó el daño que se preveía como cierto en los indios, á ha- 
berse realizado la mudanza. 

En cambio, 3'a que no les alcanzó lo más fuerte del daño, hubieron 
de soportar las fatigas é inconvenientes de la guerra. Porque rece- 
lando con fundamento el Gobernador Henestrosa algún atropello de 
parte del Prelado y de sus parciales, mandó aprestar y mantener en 
pie continuamente seiscientos Guaraníes armados para imponer res- 
peto á quien se atreviese á intentar alguna revuelta. Y el Gobernador 
que le sucedió, D. Sebastián de León, sacó de las Doctrinas y llevó 
consigo mil soldados Guaraníes, cuando hubo de tomar posesión de 
su gobierno, derrotando con ellos las tropas del Sr. Cárdenas, que 
con la fuerza se le opuso. 

Además de lá pensión de la guerra, hubieron de soportar los Gua- 
raníes de allí adelante más que nunca el odio y las inculpaciones que 
contra ellos mantuvieron siempre los vecinos de la Asunción, á quie- 
nes sobre los antiguos motivos de enojo de no poder tenerlos en 
encomienda por estar encabezados en la Corona real, se agregó el 
despecho de verse vencidos por unos indios, cuando como rebeldes 
habían salido á resistir al Gobernador legítimo enviado por la Au- 
diencia. 

Peor fué todavía el suceso en los dos pueblos llamados de itati- 
nes, Santa María de Fe y San Ignacio. Empeñado el Obispo en que 

(1) Buenos Aires; Arch. gen. Colección de documentos de historia argentina 
ordenada por D. Ricardo Trelles: carta-informe de Láriz al Rey, fecha en 1648; 
ítem Archivo de Indias de Sevilla, 74-6-29: y también Trelles, Revista del Archi- 
vo, I, 359. 



-24- 

había de sacar de allí á los Jesuítas por no ser curas colados según el 
Concilio de Trento, pasó por encima de las provisiones de la Audien- 
cia para que no innovase, y enviando allá una tropa de partidarios 
SUJOS, á ciencia y paciencia del nuevo Gobernador, arrojó los Padres 
á viva fuerza, y puso en su lugar curas seglares, dándoles ó preten- 
diendo darles la institución como él entendía. Alborotáronse los in- 
dios, creyendo, 3^ no se engañaban, que aquellos nuevos curas les 
iban á traer bien pronto los encomenderos y el servicio personal, que 
aborrecían á par de muerte; y la mayor parte se huyeron á los mon- 
tes. Para colmo de desgracias, los nuevos curas, que habían pensado 
encontrar allí unas parroquias donde vivir vida cómoda y regalada, al 
ver las incomodidades que tenían que sufrir, y experimentar tanta po- 
breza, que nada podían sacar de sus feligreses, quienes antes bien les 
pedían á ellos; abandonaron aquellos curatos y se volvieron á la 
Asunción, murmurando de los Jesuítas porque vivían en unas Doctri- 
nas donde se habían de soportar tantas penalidades y donde ni siquiera 
se percibían los derechos de estola. Con este último paso vino la com- 
pleta desolación á aquellas dos reducciones; que sólo después de gran- 
des fatigas y largos años de trabajo se pudieron luego restaurar. 



10 X 

PERSECUCIÓN DE LOS ENCOMENDEROS 

El mayor adversario cuyos rigores hubieron de experimentar los 
Guaraníes de las Doctrinas fué perpetuamente el ansia de los espa- 
ñoles que querían poseerlos en encomiendas. 

Apenas se puede tener idea ho}^, á trescientos años de distancia, 
de la necesidad imperiosa que se habían creado los conquistadores, y 
sus descendientes nacidos en América (unos y otros comprendidos en 
el título de españoles) de tener indios á su servicio: necesidad á que 
se agregaba la vanidad de considerarse rebajados si hubieran tenido 
que ejercer por sus propias personas cualquier ministerio doméstico, 
y aun simplemente si les faltaba número copioso de indios para lucir 
y aparecer como grandes. 

Para proveer á esta necesidad de criados, habían introducido en 
las encomiendas el abuso del servicio personal, al que se debió entre 
otros daños el de consumirse los indios en gran parte, y quedar en in- 
tolerable opresión los sobrevivientes, como más tarde se explicará. 



— 25 — 

Los únicos que en efecto se conservaron inmunes del servicio 
personal fueron los indios de Doctrinas, quienes desde su reducción á 
partir de 1610 habían exigido como condición sin la cual no se con- 
vertirían que se les librase de servir á españoles, y se les había dado 
palabra de ello en nombre del Rey, quedando esto mismo confirmado 
por provisión real de 1633 y Cédulas reales de 1647 y 1661. Los Pa- 
dres de la Compañía lucharon siempre, primero para conseguir, y 
después para mantener incólume }' efectiva esta exención, de la cual 
veían con evidencia que dependía la conservación de la vida tempo- 
ral 3^^ espiritual de aquellos indios; y aunque á costa de inauditos tra- 
bajos y vejaciones, en que también cupo su parte á los Guaraníes, lo- 
graron llevar adelante su propósito. 

Bregaban los encomenderos ansiosos de poseer aquellos indios que 
en las reducciones sabían existir en crecido número; tanto más cuanto 
los que servían á las ciudades españolas iban mermando incesante- 
mente y á vista de ojos, consumidos del servicio personal. Y se puede 
decir con verdad que en todas ó casi todas las turbaciones que pa- 
decieron las Doctrinas intervino este anhelo de reducirlas á enco- 
miendas, ó como causa principal, ó á lo menos como una de las 
causas concomitantes de más importancia. 

En 1636 incitaron los encomenderos de la Asunción al Goberna- 
dor Martín de Ledesma Valderrama para que distribuyese en enco- 
miendas los indios del Paraná. Quísolo hacer así, valiéndose de la 
Visita que como Gobernador emprendió á las Doctrinas; y fueron ta- 
les los atropellos y malos ejemplos de costumbres con que sus acom- 
pañantes escandalizaron y hostigaron á los indios, que poco faltó para 
que éstos se sublevasen, y no les costó poco trabajo á los Padres el 
apaciguarlos. Estuvieron firmes los Jesuítas en que el Gobernador no 
podía formar encomiendas con aquellos indios, que estaban encabe- 
zados en la persona real y exentos de encomiendas por la palabra 
que se les había dado en nombre de S. M. y por la reciente provisión 
del Virre}^ del Perú en 1633. Instó el Cabildo de la Asunción y el Go- 
bernador Valderrama en la Audiencia de Charcas, y en esta ocasión 
comprometió el Gobernador como préstamo una buena suma que des- 
pués no pudo recuperar (1). Pero era tan clara la justicia y derecho 
de los miserables indios, que la ciudad y el Gobernador perdieron el 
pleito. 

Ya para entonces iban juntas dos cosas como si fueran una mis- 
ma: entrar en las Doctrinas los encomenderos á repartirse los indios 

(1) Documentos en Trellrs, Revista del Archivo, tom. III, pág. 100. 



— 26- 

para que les sirvieran; y entrar en las mismas los clérigos seculares 
como curas para aprovecharse de los emolumentos de aquellas que es- 
timaban pingües parroquias. Y por eso la queja perpetua y más so- 
corrida fué siempre que los Jesuítas estorbaban en los indios el vasa- 
llaje que debían á los españoles y lo usurpaban para sí; y que privaban 
á los clérigos de su mantenimiento y de las mejores parroquias de la 
diócesis, que también tenían usurpadas en su provecho. Por lo cual 
el Gobernador no iba sólo coligado con la ciudad, sino también con 
el Obispo; y el procurador Gómez, en Charcas, defendía ante la Au- 
diencia entrambas pretensiones. — No querían advertir los unos que 
los indios debían vasallaje al Rey, no á cada vecino; y eso que debían, 
lo cumplían; y que aquellos indios precisamente estaban relevados 
por el Rey de todo otro servicio y mita; ni atendían los otros á que 
los Jesuítas no habían usurpado parroquias de nadie; sino que con in- 
dios del bosque, reunidos á costa de sus fatigas, y á veces á costa de 
vidas y sangre, habían formado aquellas Reducciones; y en ellas te- 
nían tan pocos emolumentos, que de los indios no sacaban nada, ni 
siquiera los derechos de estola; y del Rey no tenían más sínodo para 
su congrua sustentación, que la cuarta parte de lo que se daba al 
Cura de cualquiera parroquia. 

En su propio lugar se verán otros hechos pertenecientes á este 
ciego proceder de los encomenderos. Aquí basta haber presentado un 
ejemplar, para que se forme idea de este perpetuo contraste y riesgo 
á que estuvieron expuestas las Reducciones; el cual sólo pudieron con- 
jurar los Jesuítas con una constancia igual á la tenacidad de los enco- 
menderos, y con resignarse á cargar en sus personas con toda la 
odiosidad á trueque de conservar los derechos de los pobres indios. 
Arma poderosa fué el anhelo injusto de los encomenderos, de que usó 
el lUmo. Sr. Cárdenas y también muchos años después el Juez Pes- 
quisidor Antequera. 



11 XI 

DISTURBIOS DE ANTEQUERA 

Sabida es la historia de D. José Antcquera y Castro, en quien la 
ambición junta con la codicia pudo tanto, que habiendo sido enviado 
al Paraguay como Juez de pesquisa del Gobernador Reyes, y estan- 
do severamente prohibido que el Juez pesquisidor sucediera al Go- 



-27- 

bernador contra quien se dirigía la pesquisa; se ariogó, no obstante 
-eso, el gobierno, 3' quiso luego mantenerse en él contra todos los 
mandatos del Virrey del Perú, hasta salir con ejército formado con- 
tra el Gobernador legítimo D. Baltasar García Ros, y dar batalla 
contra él en la que le hizo gran número de muertos; con otros atro- 
pellos, cometidos desde 1721 á 1725, que le llevaron á morir en un 
público cadalso en Lima; habiendo dejado en el Paraguay tan detes- 
table semilla, que no cesaron los alborotos, tropelías y desórdenes 
extraordinarios hasta el año 1735. 

En estos catorce años no fué poco lo que hubieron de padecerlas 
reducciones Guaraníes por causa de tales disturbios. Ellas fueron 
las que primero sintieron los efectos de la determinación que había 
tomado Antequera de resistir con la fuerza á quien fuera señalado 
por Gobernador; porque saliendo él á campaña con respetable número 
de paraguayos después de haber hecho correr la voz de que los Gua- 
raníes se habían juntado en ejército paia defender á Reyes, cuando 
todos estaban tranquilos y nadie se había movido de sus pueblos; 
sembró el espanto é inquietud que trae consigo la guerra en las Re- 
ducciones adonde se iba acercando; por más que luego retrocediese 
sin hacer por entonces otro daño. Contra ellas inventó después y puso 
en autos mil calumnias, tachando á los indios de ser de malas cos- 
tumbres, enemigos de toda piedad y religión 3^ ajenos de la fe cató- 
lica; y divulgando hasta hacerlo creer al pueblo de la Asunción una 
especie falsísima, pero que aumentaba el odio contra ellos, á saber, 
que los Guaraníes venían resueltos á matar á todos los paragua3'0S, á 
apoderarse de sus haciendas, y á llevarse sus hijas y esposas 3' obli- 
garlas á ser sus mujeres, y quede esto habían echado bando público 
en el ejército que con autoridad del Virre3' había levantado el Gober- 
nador García Ros en las Doctrinas. Atizada con tan perversas calum- 
nias la saña de los rebeldes que Antequera acaudillaba, se cebaron en 
los míseros Guaraníes en aquella batalla ordenada por las cautelosas 
trazas del Pesquisidor, en la cual mataron los paraguayos á bala más 
de trescientos indios. Y los muchos que quedaron prisioneros, fueron 
maltratados 3' lepartidos en encomiendas, como si no fuesen hacía 
más de cien años perdonas libres y exentas del servicio de los espa- 
ñoles. Más era todavía lo que había prometido Antequera á los enco- 
menderos, pues había asegurado que daría á saco las reducciones 
existentes en el Paraguay 3' reduciría todos sus indios á encomiendas; 
y harto lo temieron los neófitos de los cuatro primeros pueblos donde 
llegó después de la batalla, que se hu3'eron á los montes; aunque 
después no lo ejecutó, no se sabe por qué. De este modo en su tran- 



12 



-28- 

quilidad, en sus personas, en su fama 3' honra de cristianos, 3^ en las 
muchas muertes sufridas hubieron de padecer mientras duró Ante- 
quera en el Paraguay. 

Ni se alivió su suerte luego que él hubo salido, porque el movi- 
miento de desorden y rebelión continuó con los elementos que él ha- 
bía dejado, y con el influjo que seguía ejerciendo aún desde la cárcel 
de Lima por emisarios secretos. Y sin contar con lo que aquel hom- 
bre ciego de soberbia y ambición continuó maltratando é infamando 
á los Guaraníes en sus escritos que divulgaba é imprimía con audacia 
sin igual, hubieron de reunirse en ejército en los años de 33 á 35, y 
estar fijos en campamento, primero en el Tebicuarí y luego en el 
Aguapey, por orden del Gobernador Zavala, comisionado para la pa- 
cificación, hasta que por fin se deshizo el Común en la jornada de 
Tabapí. Cuánto hubieron de padecer en ese tiempo las Reducciones, 
lo conocerá quien reflexione en las molestias é incomodidades de 
situación semejante, habiéndose reunido siete mil indios soldados, 3^ 
pidiendo aún más los Gobernadores; siendo así que nadie les" auxilia- 
ba, sino que ellos se habían de proveer hasta de sustento, sin tener 
sueldo alguno;3^ que llevaban 3'a diez y nueve meses en esta situación 
y hubieron de durar algunos más, con lo que sobrevino el hambre 
con todos sus desastres, sin faltar tampoco la peste. Y mientras tanto, 
sus sementeras estaban abandonadas, 3^ ellos sin poder volver á sus 
pueblos y cuidar de sus familias, con el daño que se deja entender. Y 
como faltando lo temporal, andaba también desatendido lo espiritual 
entre ellos, la guerra trajo consigo también no leves daños en lo mo- 
ral y religioso de las Doctrinas. Quiso Dios que terminase finalmente 
aquella tormenta, y les fuese dado algún respiro para restaurar los 
daños sufridos y prepararse á otra prueba ma3'or. 



XII 

EL TRATADO DE LÍMITES DE 1750 

Quince años más habían pasado en que los Guaraníes habían gozado 
con algún sosiego el premio de su fidelidad debajo del paternal go- 
bierno de Felipe V, que siempre los favoieció, 3^ aun de Fernando VI, 
que en sus primeros años seguía las huellas de su padre; cuando en 
las Misiones se sintió el sacudimiento más terrible que hasta entonces 
hubiese tenido lugar. 



-29- 

No pertenece al presente estudio entrar en pormenores acerca del 
Tratado hecho el año de 1750 entre España y Portugal para fijar deñ- 
nitivamente los límites de sus posesiones en América. El concierto 
cedía en detrimento grave, 3^ aun en ruina de las posesiones españo- 
las: pero sin embargo se arregló merced á la pasión de la reina Doña 
Bárbara de Braganza para con Portugal su patria, y á las oficiosas di- 
ligencias del embajador inglés Keene. La reina empleó el prepotente 
influjo que tenía sobre D. Fernando, y lo decidió á adoptar tratado 
tan ruinoso, dorándolo con el pretexto de conservar la paz, que fué 
la perpetua preocupación de aquel re}'. Resuelta la ejecución, ventilá- 
ronse los artículos en conferencias reservadísimas en Madrid, mflu- 
yendo de una parte el primer ministro Carvajal, y de la otra Rombal. 

Prescindióse en este negocio de los trámites que dicta la misma 
luz natural y estaban autorizados por una sabia costumbre; y siendo 
estilo necesario aun para los menores asuntos de América, como para 
levantar una pobre casa de religiosos, el pedir sus pareceres al 
Obispo de la Diócc^^is, al Gobernador de la provincia, y á cuantas 
personas podían informar sobre la conveniencia ó no conveniencia, y 
elevarlo todo al juicio del Consejo de Indias, sin cuj'O dictamen no se 
daba un paso; sólo en un negocio de la entidad del Tratado de 1750 se 
omitieron estas diligencias. Ni se pidió parecer á nadie de los que, 
por hallarse en los países mismos que se cedían, podían informar con 
acierto, ni se consultó al Consejo de Indias; sino que, ventilado el 
asunto en la sombra, se aprobó y firmó y empezó á querer poner en 
ejecución en América antes que nadie supiese de él en España. Tan 
desaconsejados anduvieron sus autores, que entre los artículos esti- 
pulados hay uno que dice que el tratado debía estar enteramente 
ejecutado por todo el año 1750; siendo así que .los comisarios ejecu- 
tores sólo en 1752 pudieron llegar á América. 

Esto es lo que se sabe de las personas que intervinieron en el Tra- 
tado. Pero los móviles secretos que lo produjeron y sus ocultos insti- 
gadores son más difíciles de rastrear. Además del enorme provecho 
que en el Tratado reportaba Portugal, se pretendió resarcir á Ingla- 
terra de la péi-dida que sufría su comercio por haberse suprimido en 
1747 el privilegio de los buques del Asiento, y ha}^ motivos para creer 
que se quiso realizar el plan de expulsar los Jesuítas de España 
antes que de ninguna otra nación. Hacía ya tiempo que los hombres 
afiliados á las sectas secretas habían resuelto perder y aniquilar á los 
Jesuítas, cuya acción católica les estorbaba sobremanera para sus 
planes de desorden; 3- en aquellos años se proseguía con calor la eje- 
cución de este plan. En 1747 hubo una reunión de estos sectarios en 



-30- 

Roma, y determinaron echar todo el resto para extinguir la Compa- 
ñía de Jesús en todo el mundo, porque se quejaban de no poder vivir 
en paz ni conseguir su fin de arruinar del todo la religión católica y 
la autoridad de los soberanos mientras en el mundo hubiese Jesuítas. 
Y en seguida comunicaron su resolución y los medios de llevarla á 
cabo á muchos de su facción, que estaban esparcidos en toda la Euro- 
pa, y ocupando algunos de ellos los más elevados empleos en las 
cortes (1). Y en el mismo año de 1747 se tuvo en Londres otra junta 
análoga para el mismo intento y alegando iguales razones; y como 
efecto de ella, dice el narrador, muy bien enterado de todo (2): 
«Pusieron multiplicadas las minas en Roma, Viena, Madrid, París, 
»Lisboa, etc.: algunas les han evaporado..., pero otras han dado lum- 
»bre». De estas y otras juntas parecidas que continuaron verificán- 
dose por aquellos años tenía bien noticia aquel francmasón inglés de 
quien refiere Proyart (3) que pasando por Ancona, avisó en 1752 á un 
Padre Jesuíta Raffay, con quien como literato conservaba alguna 
relación, que se asegurase algún modo de subsistir, porque dentro de 
poco, y á más tardar dentro de veinte años, la Compañía estaría 
destruida. Veremos en el artículo siguiente cómo se fueron ejecu- 
tando los planes tramados por parte de los sectarios de España; y 
mientras tanto, bueno será notar que en el Tratado de 1750, á juicio 
del P. Rávago (4), «más que los portugueses, jugaban los ingleses, y 
»gran multitud de judíos ocultos». Y en cuanto á los ingleses, á todos 
llamaron la atención las frecuentes idas y venidas que emprendía de 
Madrid á Lisboa y de Lisboa á Madrid durante todo el tiempo del tra- 
tado, el francmasón sir Benjamín Keene, ministro plenipotenciario de 
Inglaterra, residente hacía 3'a muchos años en España, y que con vul- 
pina sagacidad había penetrado más que nadie el carácter español, y 
con artería y destreza lograba encauzar casi siempre los asuntos á sus 
planes. Nadie atinaba entonces con el objeto de este inusitado mo- 
vimiento, pero la publicación del Tratado vino más tarde á descu- 
brirlo. 

En secreto y por empeño del Rey Fernando VI fueron avisados 
los Padres de la Compañía en el Paraguay por su Superioi" General 
para que preparasen los indios á la transmigración que exigía el Tra- 
tado. Pero por más diligencias que hicieron los Padres, jamás se pudo 
llegar á conseguir una preparación que consistía en disponer aquellos 

(1) Relación ms. del P. \'icente Olcina, copiada en Nonell, El V. P. José Pig- 
natelli y la Compañía de Jesús en su extinción y restablecimiento, lib. I, cap. I. 

(2) Carta de 23 de Septiembre de 1761, ibid. 

(3) Louis XVI détróné avant d'étre Roi, Paris, 1819, pág. 161. 

(4) Carta de 20 de Enero de 1756, Simancas: Estado, 7381, fol. 65. 



-31- 

miserables á que en número de treinta mil abandonasen sus pueblos, 
sus casas, sus iglesias, á los más odiados enemigos que tenían, cuales 
eran los portugueses, y pasando el ríoUruguay,se fuesen á buscar ha- 
cia el Norte, parajes que no se encontraban, que sin pertenecer á nin- 
gún propietario, fueran fértiles y aptos para emprender en ellos de 
nuevo la construcción de sus pueblos. Habían de dejar igualmente 
A los portugueses, sus bosques de hierba mate, que para ellos eran 
fuente de donde sacaban parte de su ordinario sustento y el caudal 
necesario para pagar el tributo al Re}-; y juntamente las estancias ó 
dehesas donde se mantenían sus numerosos rebaños, que ascendían 
á más de medio millón de vacas con otros animales de ganado mayor 
y menor. Dejaban casi por necesidad los bienes muebles: pues, aun- 
que el tratado les concedía que los pudiesen trasladar, la casi impo- 
sibilidad de la traslación, por constar de tan enorme número de vacas, 
muías y caballos, había de hacer que muchos animales pereciesen en 
el camino, otros se quedasen extraviados sin poderlos recoger en los 
montes, y muchos también les robasen los que iban á quedar por due- 
ños y poseedores del terreno. — Y en recompensa de lo que perdían, 
se les ofrecía la irrisoria cantidad de veintiocho mil pesos para todos 
los pueblos; siendo verdad que equivalía á más de seis ó siete millones 
de pesos lo que abandonaban. 

Los Padres de la Compañía representaron á la Audiencia de Char- 
ca, al Virrey de Lima y luego al Rej^ todas estas enormidades, con 
los demás daños que se seguían á la Monarquía; pero en vano. La 
Corte de Madrid cerró los oídos y dio orden de que á todo trance se 
ejecutase lo escrito, y si los indios no quisiesen obedecer de grado, 
fuesen obligados por la fuerza de las armas. Hubo un momento en 
que, merced á extraordinarios esfuerzos de los Padres misioneros, 
estuvieron los indios decididos á transmigrar, aun con las aflictivas 
condiciones á que se veían sujetos. Mas, exasperados luego por la 
prisa que les daban los Comisarios reales, que no quisieron permitir- 
les ni aun el plazo que les había concedido el Rey; rompieron todo 
freno, y se negaron resueltamente á moverse de sus tierras; atrope- 
llando el respeto que siempre habían tenido á sus misioneros; ponién- 
dolos presos y con guardias de vista en sus pueblos con amenazas de 
muerte si los abandonaban; y se prepararon por su cuenta para la 
guerra. Trabóse ésta y en ella se hicieron dos campañas, una el año 
1754 y otra el de 1756; sin más suceso notable que el haber tenido los 
Guaraníes encerrado á Gomes Freiré con su ejército por espacio de 
varios meses en un bosque, de donde no se atrevió á salir sino después 
de firmado un pacto de tregua con los jefes indios y retirados éstos 



13 



-32- 

para sus tierras (1). Ni hubo más encuentros que algunas escaramu- 
zas si se exceptúa el de Caaybaté en 10 de Febrero de 1756, en el que 
se vio patentemente que los Guaraníes desprovistos de caudillos euro- 
peos, como entonces lo estaban, no tanto eran tropas, cuanto una 
multitud indisciplinada de niños que se resistían porfiadamente á 
abandonar sus hogares. Vencidos y deshechos sin haber peleado (2), 
se hizo en ellos una carnicería inhumana en que llegaron á novecientos 
ó mil los muertos, y algunos señalan hasta mil doscientos. Con esto, 
los indios en aquel año y en los tres siguientes hasta acabar el de 59, 
fueron obligados á pasar el Uruguay y dejar sus tierras. — Dos años 
más tarde Carlos III (que siendo Re}' de Ñapóles había reconocido las 
razones de los Jesuítas y protestado contra el tratado de límites), 
elevado ya al trono de España, deshizo lo hecho; y les fueron resti- 
tuidos á los Guaraníes sus pueblos con lo que quedaba de sus bienes 
muebles, pero en el estado en que se puede conjeturar, después de 
haber permanecido en ellos los dos ejércitos español y portugués por 
espacio de seis años. 

Los daños que con este trastorno padecieron las Misiones en to- 
dos sentidos, fueron inmensos. Quedaron los pueblos en la mayor mi- 
seria, sin alcanzar ni aun para su preciso mantenimiento. El número 
de indios disminuyó notablemente, no sólo por los que perecieron du- 
rante la guerra, sino también por los que sucumbieron al rigor de 
las privaciones y enfermedades, por los que buscaron su seguridad 
en los montes y por otros muchos que se llevaron engañados los por- 
tugueses. El espíritu de subordinación y las buenas costumbres se ha- 
bían relajado mucho. Y en conclusión, los PP. Jesuítas, testigos pre- 
senciales de tantos desastres, afirmaban unánimes que hasta entonces 
ninguna persecución ni tribulación había igualado á ésta por su in- 
tensidad y funestas consecuencias. 



XIII 

EXPULSIÓN DE LOS JESUÍTAS 

Necesario es ahora retroceder á los primeros tiempos de la eje- 
cución del Tratado de 1750, y anudar el relato de las tramas urdidas 
para destruir la Compañía de Jesús, que se ha dejado inconcluso en 

(1) EscANDÓN, Transmig^ración, §. 19. 
(2; Cakdihl, Declaración, m'im. 214, 215. 



-33- 

el artículo antecedente, por no complicar la exposición de los infor- 
tunios de los Guaraníes. 

El Tratado de 1750 había sido á un tiempo medio de hacer adquirir 
á Portugal las regiones pertenecientes á España en que moraban los 
indios reducidos, y máquina para perder á los Jesuítas. Previeron sus 
autores que los indios se habían de resistir y que había de ser necesario 
moverles guerra para ejecutar una transmigración tan violenta; y en 
eso mismo encontraron un arma con que combatir á los Jesuítas, ha- 
ciéndolos sospechosos al ánimo de los soberanos con atribuir la resis- 
tencia que estaba en la naturaleza de las cosas, á mala voluntad }' su- 
gestiones de los Jesuítas para rebelarse. Y como lo pensaron, así lo 
hicieron. 

Agregóse á los motivos de odio que tenían los sectarios contra 
la Compañía otro nuevo y vehemente, y fué el haber mostrado el Je- 
suíta P. Francisco de Rábago, confesor de Fernando VI, la seriedad 
del peligro que corría la religión y también el poder temporal de Es- 
paña si no se extirpaba la dañina secta masónica que muj'' aprisa se 
iba propagando; en virtud de lo cual expidió el Rey en 2 de Julio 
de 1751 un decreto que prohibía bajo graves penas la invención de 
los francmasones. Este paso hubo de excitar contra el P. Rábago 
las iras de todos los masones, y en particular del embajador inglés 
Keene, activo propagador de la malvada secta. 

El Comisario español para la ejecución del Tratado, Mar- 
qués de Valdelirios, aparece en las listas de los francmasones (1): 
3' seguía su partido y sus inspiraciones D. Joaquín José de Viana, 
que venía nombrado por Gobernador de Montevideo, el único á 
quien se pidió parecer acerca del Tratado, y lo dio favorable (2). 
Mostróse enconado enemigo de los Jesuítas en cuantas ocasio- 
nes pudo darles disgustos ó hacerles daño, y trabajó sumamente 
unido á Valdelirios. Uno )' otro tenían sus instrucciones de Ma- 
drid, de donde se les avisaba cuáles eran las noticias é informa- 
ciones que habían de enviar (3); y en efecto, las enviaron tales 
cuales allá las deseaban, obteniéndolas por los medios que pueden 
verse en la Declaración de la verdad del Padre Cardiel, núm. 193, 
194. 196 3^ 201. Además, Valdelirios se desvivía por complacer en 
todo á Gomes Freiré y escribía y hablaba lo que éste le inspiraba (4); 

(1) Tirado, La Masonería en España, t. I, pág. 366. 

(2) Rodríguez Villa, Don Zenón de Somodevilla, Marqués de la Ensenada 
página 191. 

(3) EscANDÓN, Transmigración de los siete pueblos. MS. § 20. 

(4) Carta de Toledo, 28 set. 1759 en Nonell, El V. P, Pignatelli lib. I. capítu- 
lo IV, 73 '-°'\ 

3 Orgamzació.v social de las doctrlvas guaraníes. 



-34- 

y Freiré es el autor de las calumniosas aserciones del libelo de la 
Rela^ao abreviada. 

Al tener noticia del Tratado el Marqués de la Ensenada, Minis- 
tro entonces de Marina é Indias, y á quien, sin embargo, se le había 
ocultado absolutamente cuanto se había hecho, conoció la gravedad 
de los perjuicios que se seguían á España. Pero no pudiendo reme- 
diar nada en un Tratado firmado más de un año antes, y en que todos 
en la corte le eran contrarios; tomó el expediente de disimular, mien- 
tras en secreto avisaba á Carlos III, entonces rey de Ñapóles y pre- 
sunto heredero del trono. Este comisionó á su embajador en Madrid, 
el príncipe de Jacci, para que protestase en su nombre de aquel tra- 
tado tan deshonroso y pernicioso para España, como así lo hizo. La 
protesta por entonces no logró sino enfurecer más á los sectarios, en- 
tre los cuales el embajador Keene ya tenía señalado á Ensenada para 
perderle, según lo dice él mismo en su correspondencia, porque no 
se había querido adherir «a ellos»; esto es, porque ni quiso ser masón, 
ni dejar de fomentar la marina española que empezaba á imponer 
respeto y temor á Inglaterra. No pueden leerse sin repugnancia en 
el historiador protestante Coxe (1) las viles tramas con que Keene, 
Wall, recién nombrado ministro de Estado y siempre muy favorecido 
de Ensenada, y el duque de Alba, que también le debía favores, ma- 
quinaron la ruidosa caída del mismo Ensenada, á quien hicieron levan- 
tar á media noche y marchar custodiado de tropa á un destierro en Gra- 
nada, ocupándole todos sus papeles y efectos en 20 de Julio de 1754. 
— Este era paso preliminar para disponer la caída del confesor Jesuíta 
P. Rábago, á quien hicieron que separase el Rey en 1756. «Wall y 
»el duque de Alba, dice D. Vicente Lafuente (2), siguiendo las inspi- 
» raciones de Keene, falsificaron la correspondencia que suponían di- 
»rigida á los jesuítas del Tucumán por su hermano el P. Rábago, 
» confesor del rey. Ellos fueron los que inventaron la patraña de que 
»los Jesuítas querían sublevar las Misiones del Uruguay y del Para- 
»guay, á fin de formar allí una monarquía independiente.» Ni á estas 
maquinaciones contra el Jesuíta confesor fueron extraños Carvallo y 
Aranda (3). 

Llegadas á Lisboa 3^ Madrid las informaciones de los Comisarios 
reales de ejecución del tratado conformes con los puntos del plan de 
antemano trazado, mientras que se impedían los informes de los Je- 

(1) Memorias de los reyes de España de la casa de Borbón, vol. III, cap. 53, 
y nota 266. 

(2) Historia de las sociedades secretas t. I, cap. I^ § XXVIII. 

(3) NoNEi.L, El V. P. Pignatelli, lib. I, cap. IV, pág. 75. 



-35- 

suítas y del Gobernador de Buenos Aires Andonaegui (1); y unidas 
á los demás papeles que habían juntado Keene y Pombal, produjeron 
por efecto, en el ánimo sorprendido del rey, no sólo el de despedir á 
su confesor el P. Rábago, sino el de moverse á declarar traidores y 
reos de lesa majestad á los Jesuítas del Paraguay; y comunicar al Ge- 
neral D. Pedro Antonio Cevallos, que con mil soldados era enviado 
desde España á continuar la guerra, una orden en virtud de la cual 
debía remitir á España bajo partida de registro once Jesuítas que se 
le nombraban. Si Cevallos hubiese tenido los sentimientos y compro- 
misos del Marqués de Valdelirios y de su adherente D. Joaquín de 
Viana Gobernador de Montevideo, no hubiera sido extraño que la lle- 
gada á la península de los once Jesuítas deportados como traidores y 
el envío de nuevos informes calumniosos, junto con las maquinacio- 
nes de los enemigos que manejaban la trama en Madrid, hubieran de- 
cidido en el reinado de Fernando VI la expulsión de la Compañía de 
todos los reinos de España que diez años después tuvo lugar. Pero la 
integridad de Cevallos hizo que ésta fuese una de las minas que «se 
les evaporarony> á los conjurados. Cevallos quiso saber la verdad y 
seguir la justicia; y hallando todos los hechos tan contrarios á los in- 
formes con que Valdelirios los había desfigurado, no se atrevió á eje- 
cutar la orden de deportación fundada sobre inicuas noticias, mien- 
tras no se repitiese después de los informes que debía él enviar. Y fué 
en presencia de Valdelirios y de Viana y de los demás jefes del ejér- 
cito, y en medio de una gran muchedumbre de pueblo congregada en 
la plaza de San Borja, donde interrogó á los cabildos de indios sobre 
los autores de la rebelión y los que los habían incitado á la resisten- 
cia; y donde repetidas veces respondieron á una voz que los Jesuítas 
les habían aconsejado siempre la obediencia y la transmigración, y 
que ellos, cansados de oir sus exhortaciones, los habían tratado como 
enemigos, obstinándose en no .salir de los pueblos por el amor que te- 
nían á su patria y por su mala cabeza. Respuesta que, corriendo de 
boca en boca por todos los indios de que estaba llena la plaza, hizo 
que la confirmasen todos diciendo: ayeté, ayeté, esto es: es verdad, es 
verdad (2). El testimonio del acto de San Borja quedó legalizado y 
con el juramento de los dos intérpretes en manos del P. Antonio Gu- 
tiérrez, Superior de las Misiones, con gran sentimiento y muestras 
de enojo de parte de Valdelirios y Viana, que veían cuan contrario 
era á las falsedades que ellos habían informado á Madrid. Más tarde 



(1) Cardiel, Declaración de la verdad, núm, 187. 

(2) EscANDÓN, Transmigración de los siete pueblos del Uruguay, § 25. 



-36- 

mandó hacer Cevallos una información jurídica sobre la misma 
materia, en la que depusieron al pie de cien testigos; y ésta y las de- 
más noticias que personalmente adquirió de la fidelidad de los Jesuí- 
tas, fueron enviadas á Madrid, donde cambiaron totalmente el pare- 
cer de la Corte. 

La muerte de la reina D.^ Bárbara 3^ la de su esposo D. Fernan- 
do VI, que siguió dentro de un año, y el advenimiento de Carlos III, 
hicieron que por entonces no fuese posible la expulsión de los Jesuí- 
tas. Pero los enemigos que habían jurado la ruina de estos religiosos 
no habían abandonado su proyecto, sino que únicamente lo habían 
aplazado. Continuaron preparándolo cautelosamente, hasta que al fin 
hallaron ocasión y pretexto para realizarlo en el motín de Esquila- 
che. Pueden verse expuestos y documentados estos manejos en la 
obra del P. Jaime Nonell (1); y eran ya conocidos en el siglo ante- 
pasado de los que poseían mejor información, habiéndolos publicado 
en su Diario Cristóbal de Murr, y corriendo por España en el MS. 
que se atribuye al Abate Hermoso y suele llevar el título áe Juicio 
irnparcial^ y en otros de menos notoriedad. 

Como parte de este plan sigiloso de preparar los elementos para 
la ruina deseada, se había tomado la resolución de diseminar por 
todas las provincias Obispos y Gobernadores desafectos y enemigos de 
los Jesuítas. A este plan obedeció el envío á las regiones del Plata de 
dos Obispos y un Gobernador de la calidad que les parecía á los con- 
jurados apta para sus fines. El primer Obispo fué el Illmo. Sr. D.Ma- 
nuel Antonio Latorre, quien primero ocupó la Silla catedral de la 
Asunción, donde ya en varias cosas procuró dar molestia á los Pa- 
dres. Trasladado en 1763 á la Sede de Buenos Aires, tuvo allí serios 
disgustos con D. Pedro Cevallos; y más que en hostilizar á los Jesuí- 
tas, hubo de pensar en su propia persona, pues apareció complicado se- 
riamente en el proceso délos rebeldes de Corrientes. El otro Obispo fué 
el Illmo. Sr. Abad lUana, destinado á la diócesis de Córdoba, imbuido 
también en España de odiosas prevenciones contra los Jesuítas. A pe- 
sar de su prevención, ni el uno ni el otro cometieron contra ellos des- 
afueros ó notorias injusticias, aunque en muchas ocasiones ejercita- 
ron la paciencia de los Padres en cosas menores. A veces, no obstante, 
dieron testimonio del buen celo y loables costumbres de los misio- 
neros y de sus indios. Pero después del decreto de expulsión, manifes- 
taron la enemiga que tenían contra los Jesuítas, llenando sus informes 



(1) El V. P. Pignatelli y la Compañía de Jesús en su extinción y restableci- 
miento, lib. I, per totum. 



-37- 

de falsas acusaciones contra ellos: lamentable ejemplo del influjo de la 
pasión, aun en personas de su elevado carácter. El Gobernador fué 
D. Francisco de Paula Bucareli, lleno de tantos prejuicios y enemis- 
tad contra los Jesuítas, cuanta era la presunción de su propia sabidu- 
ría y valer que abrigaba. Enviáronle á Buenos Aires casi un año an- 
tes de la expulsión, sin duda porque los que urdían la trama en Madrid 
echaron de ver que con D. Pedro Cevallos, que todavía duraba en el 
Gobierno, el asunto no les podía haber salido bien. 

Dejando aparte la ejecución en todas las demás casas y colegios 
de la provincia del Paraguay, que puede verse en el Ensayo del Deán 
Funes, 3^ más completamente estaba expuesta en los manuscritos del 
P, Gaspar Juárez, hoy probablemente perdidos; será conveniente no- 
tar una singularidad extraordinaria en las Misiones Guaraníes. Suele 
decirse cuando se refiere en general la expulsión ordenada por Car- 
los III, que los Jesuítas fueron sorprendidos en todas las ciudades del 
reino y aun en todos los dominios de América, en un mismo día, á una 
misma hora señalada, sin darles tiempo para que pudiesen saber lo 
que se hacía con ellos, etc., etc. En lasDoctrinasno fué así. Los ochenta 
Jesuítas poco más ó menos que residían en las Misiones Guaraníes 
tuvieron un año muy bien cumplido para prepararse á la salida. En 
12 de Julio de 1767 se verificó la prisión de los que vivían en las ciuda- 
des de españoles; y hasta el mes de Agosto de 1768 continuaron tran- 
quilamente en sus Curatos los Misioneros de Doctrinas, teniendo en- 
tre ellos al Provincial P. Manuel Vergara. Muestra clara ó de que el 
plan del conde de Aranda adolecía de una torpeza imperdonable aun 
para lograr sus reprobados fines; ó de que todo cuanto se había dicho 
del ánimo rebelde de los Jesuítas, lo miraban sus propios enemigos 
como una estúpida patraña. Y ciertamente que si hubiesen sido ver- 
dad las mil calumnias que entonces se habían dicho y hoy todavía se 
repiten sobre el intento de los Jesuítas de rebelarse contra el Rey de 
España y erigir un Estado independiente: nadie entre todos los Jesuí- 
tas del Paragua}' se encontraba en mejor estado de realizarlo, que los 
misioneros que tenían el cargo de los Guaraníes. Puédese considerar 
si un Gobierno que hubiera querido mantener la integridad del terri- 
torio, habría permitido que ochenta conspiradores, todos de gran 
partido y de extraordinario influjo en el pueblo, permaneciesen en me- 
dio de unas gentes dóciles á sus insinuaciones, y á las que podían ar- 
mar poniendo en pie de guerra ejércitos á los que no igualaban en 
número todas las tropas juntas del país; ó si más bien los hubiera ase- 
gurado pronto, antes que á cualquiera otro de sus compañeros, ha- 
ciéndolos salir del país para evitar una conflagración universal. Pero 



-38- 

bien sabía Aranda que era impostura y calumnia el atribuirles la re- 
beldía que se alegaba para desterrarlos, y no tuvo reparo en expre- 
sarlo en su instrucción especial (1), diciendo que se combinasen «las 
precauciones y reglas con la decencia y buen trato de los individuos, 
que naturalmente se prestarán con resignación». Y lo que causa 
verdadera extrañeza, instando una y otra vez el Provincial y los Pa- 
dres para que al fin les dejasen seguir la suerte de sus hermanos, Bu- 
careli dejó pasar un año bien cumplido antes de tomar á su cargo el 
proveer sobre la expulsión de los Misioneros. No era de parte de los 
Jesuítas de donde procedía la dificultad. Todo este tiempo fué necesa- 
rio para encontrar quién les sustituj^era en el ministerio parroquial. 
Bucareli buscó primero sacerdotes seculares y no pudo hallar el nú- 
mero que necesitaba. Luego se dirigió á los Prelados de las órdenes 
religiosas, y también allí tropezó con dificultades. Hubo de entregar 
al fin el cuidado espiritual de los indios á religiosos de las tres Ordenes 
de Santo Domingo, San Francisco y la Merced. 

La sustitución de los nuevos Doctrineros y expulsión de los anti- 
guos se verificó en el mes de Agosto de 1768, empleando Bucareli un 
aparato de fuerza innecesario en la realidad, é insuficiente en caso de 
que los Jesuítas ó los indios hubieran resuelto hacerle resistencia; y 
multiplicando en sus relatos y correspondencias á España descripcio- 
nes de soñados riesgos de la empresa, y ponderaciones de su haza- 
ñoso proceder. 

Así fueron separados de los indios Guaraníes los que los habían 
convertido y doctrinado, dándose ejemplo de la más flagrante injusti- 
cia que se vio en el siglo xviii, al ser castigados con gravísimas pe- 
nas aquellos misioneros por crímenes falsos que ni se les habían pro- 
bado ni notificado siquiera: y todo ello con grave detrimento del bien 
espiritual de las misiones. 

Hubo demostraciones de sentimiento, cuyo testimonio ha conser- 
vado el P. Peramás (2), por más que Bucareli procurase ahogar su 
memoria en un calculado silencio y en falsos y artificiosos relatos. 
Los habitantes del pueblo de San Luis presentaron al Gobernador 
una petición para que les conservase sus Padres, la cual dicen que 
alarmó á Bucareli como si fuera señal de una revuelta (3). Y no 
fueron mayores las señales de disgusto ni hubo que lamentar distur- 
bios algunos, gracias á la asiduidad con que los Jesuítas habían estado 

(1) Adiciones por lo tocante á Indias y Filipinas, núm. XIII, Brabo, Colec- 
ción, pág. 12. 

(2) Emmanuel Vergara, CI, CII. 

(3) Publicó el original sir Woodbine Parishen su obra «Buenos Ayres and 
the province of Río de la Plata»: vid. hic tom. II, Apénd. n. 64 



-39- 

durante aquel año preparando los ánimos de los indios á la obediencia 
y resignación (1). «No es fácil, dice un escritor protestante (2), ha- 
llar en la historia heroísmo comparable al acto de gigantesca abnega- 
ción de sí misma, si así puede decirse, en virtud del cual renunció la 
Orden de los Jesuítas, sin un amago de resistencia, á la vasta domi- 
nación que ejercían en el Paraguay, y que sobre bases tan sólidas pa- 
recía descansar.» 

La memoria de los misioneros quedó tan grabada en los ánimos de 
los indígenas, que no han podido borrarla ciento cuarenta años pasa- 
dos desde entonces: y hoy mismo, los pocos Guaraníes que van que- 
dando, descendientes de aquéllos, recuerdan con ternura, enseñados 
por la tradición de sus abuelos, á los Jesuítas violentamente arranca- 
dos de sus pueblos. 

La suerte ulterior de las Doctrinas después de la separación de los 
Jesuítas, hasta quedar enteramente destruidas las Reducciones, se 
expondrá en su propio lugar. 

(1) Peramás, ubi siipra. 

(2) Mansfield, Paraguay, Brazil, etc., pág. 443. 



LIBRO PRIMERO 



LA 

OBRA DE LOS JESUÍTAS 



CAPITULO PRIMERO 
CONCEPTO DEL INDIO 



1. Error primero: duda de si los indios pertenecían á la especie humana. — 
2. Segundo y tercer error, y origen común de los errores por defecto. — 3. Error 
por exceso: el indio capaz de equipararse en breve con el europeo. — 4. Las leyes 
de Indias: condición legal del indio. — 5. La Iglesia. — 6. Dotes del cuerpo y del 
ánimo en los Guaraníes. — 7. Antropofagia. — 8. Borracheras y otros vicios. — 9. 
Una teoría sobre la condición moral de los Guaraníes. — 10. Religión de los Guara- 
níes. — 11. Resumen y conclusión. 

Es de gran importancia formar exacta idea del carácter y cuali- 
dades de los indios en general y de los Guaraníes en particular, si se 
quiere entender y apreciar debidamente la organización social entre 
ellos introducida por los Jesuítas: y á conseguirlo se ordena el capí- 
tulo presente. El examen de los errores extremos que se han defen- 
dido en esta materia hará ver que no es tan fácil empeño como á pri- 
mera vista pudiera parecer el de alcanzar el verdadero concepto del 
indio. 



1 



ERROR PRIMERO: DUDA DE SI LOS INDIOS PERTENECÍAN 
Á LA ESPECIE HUMANA 

Hase afirmado que los españoles llegaron á dudar si los indios eran 
hombres racionales ó más bien bestias privadas de razón: y hasta se 
ha dicho que hubo quienes pasaron más allá de la duda, y los tuvie- 
ron en efecto por animales irracionales. 

Mas no parece que se justifique bastante ninguno de estos dos 
asertos, á lo menos hablando de los españoles antiguos. De los nu- 
merosos textos de varios autores citados por Solórzano (1), ninguno 
afirma claramente lo que se dice. — El P. Fr. Tomás Ortiz, después 

{l) Solórzano, De Indiarum iure, tom. I, lib. 1, cap. VIL 



14 



-44- 

de acumular á los indios toda suerte de excesos y toda barbaridad en 
su modo de vivir, concluye textualmente que jamás crió Dios gente 
más cocida en vicios (1): donde, pues los reconoce por gente, claro 
es que ni duda de que sean hombres, ni mucho menos afirma como 
cierto que sean bestias. Antonio de Herrcia, en el pasaje en que 
habla de la visita de los Padres Jerónimos ordenada por el Cardenal 
Jiménez de Cisneros, dice: Hubo muchos religiosos que tuvieron 
opinión que estos no eran hornbres naturales (2), lo que Solórzano 
traduce al núm. 38, illos veros homines non esse; pero sin dar razón 
del porqué cambia el naturales en veros: siendo así que el decir que 
no eran hombres naturales parece que no permiten los antecedentes 
y consiguientes se explique en otro sentido que en este: eran hom- 
bres, pero no en el estado natural de desarrollo de sus facultades 
que hubiera correspondido á la edad adulta. Y estos son los dos 
testimonios que más apariencia tienen. Los demás que se acopian allí 
para formar número, hablan de la barbarie de los indios, 3' no de su 
naturaleza de bestias que niegue la humana. Y en efecto, para citar- 
los, hubo Solórzano de tratar por junto estas dos cosas, barbarie y 
naturaleza de irracionales, como si fueran una misma: pues de otro 
modo no le servían los textos. En lo cual no parece que procedió con 
acierto; pues por evitar la incomodidad de separar los textos, con- 
fundió las cuestiones. 

Pero si acaso existió la duda ó la creencia de que se trata, no fué 
sino una aberración más entre tantas otras: y no maravillará á quien 
haya penetrado algo en la historia de los errores de la razón humana, 
ni menos á quien sepa que hoy mismo en el siglo xx son tenidos por 
los judíos todos los demás hombres en concepto de animales irracio- 
nales. En efecto, el libro del Talmud (que los judíos tienen como nor- 
ma de doctrina, llamándolo complemento y perfección de la Ley, y 
apreciándolo por tan infalible como la misma Sagrada Escritura), 
afirma que sólo los judíos son hombres, y todas las demás naciones, 
en especial los cristianos, son una variedad de animales, y no pro- 
piamente hombres: que han sido criados para servir día y noche á los 
judíos: y se les ha dado la figura de hombres porque sería indecoroso 
que un príncipe hijo del Rey (cual es el judío), fuese servido por ani- 
males en su misma figura y no en la humana. Y no quedándose úni- 
camente en la región especulativa, que pudiera creerse que sólo es 
apta para apacentar la vanidad y soberbia, deduce las consecuencias 
de que todo cuanto poseen los no judíos pertenece al judío, pues siendo 

(1) Gomara, Historia general de las Indias, cap. 217. 
(-!) Hhrrera, Historia, década 2, lib. 2, cap. 15. 



-45 — 

él únicamente hombre, sólo él es capas de derechos; y ?isi es Vic'iia. 
la usura, el fraude, el hurto y la rapiña, si se ejercen en daño de los 
no judíos: con otras máximas no menos inmorales, que no es del caso 
citar (1). 

El error, si existió, de los antiguos españoles acerca de los indios, 
no pide larga refutación. Porque, reconociéndose en los indios la fi- 
gura y cualidades corporales que corresponden á los hombres; siendo 
indefinidamente fecundo el producto de su cruzamiento con otras 
razas: y ejercitando ellos las funciones racionales, aunque con gran 
imperfección, á todo lo cual se agrega la existencia de su lenguaje 
hablado, únicamente propio del hombre, 3' prueba manifiesta de la 
existencia de conceptos abstractos y universales; es patente que se 
han de contar los indios entre los racionales, 3' son por tanto de la 
especie humana. 

En quien se advierte una extraña opinión que viene á ser igual á 
este primer error, es en Don Félix de Azara, que escribía á fines del 
siglo xviii. Afirma este autor que hubo una duda sobre los america- 
nos casi tan antigua como el descubrimiento. Y al explicar en qué 
consiste, dice que los primeros españoles tuvieron á los indios ó ame- 
ricanos por especie intermedia entre el hombre 3^ los animales (2), y 
no por hombres. Semejante aserto es nuevo é invención de Azara. 
No hubo entre los primeros españoles quién hablase de tal especie 
intermedia, siendo evidente que entre tener razón ó no tenerla no 
hay término medio posible: y en el primer caso se había de decir que 
eran los indios hombres, 3' en el segundo que pertenecían al reino de 
los animales irracionales. 

Lo más curioso es que el viajeio naturalista, mientras protesta 
que no pretende decidir sino indicar algunas de las razones en pro 3' 
en contra, expone las razones de modo que se ve patentemente de 
qué lado se inclina, llegando á negar que la fecundidad continuada 
sea demostración de identidad de especie, dislate en que ningún pe- 
rito en Historia natural incurrirá á no ser por preocupación. Y para 
confirmar su parecer usa de argumentos como el siguiente: «La uni- 
dad de lengua entre los Guaraníes, que ocupan tan vasta extensión de 
país, ventaja que ninguna de las naciones cultas del mundo ha logrado 
obtener, indica igualmente que estos salvajes han tenido el mismo 
maestro de lengua que enseñó á los perros á ladrar de la misma ma- 



fl) Los textos que enuncian los asertos precedentes han sido publicados en 
hebreo íntegramente con su traducción latina, año de 1892, en la obra de I. B. 
Peanaitis, Christianus in Thalmude iudaeorum, edit. Petropoli. 

(2) Azara, \'oyages, chap. XI, tom. II, pág. 86. 



-46- 

nera en todos los países.» Semejantes á ésta son otras razones que 
aduce, ineficaces para convencer de su extraño aserto (1), y que sólo 
muestran el bajo concepto que le merecieron los americanos, y la 
falta de sólido criterio y de filosofía que le hicieron caer en graves 
errores, á pesar de su perspicacia como observador y de su indiscuti- 
ble laboriosidad. 



15 II 

SEGUNDO Y TERCER ERROR 
Y ORIGEN DE LOS ERRORES POR DEFECTO 

El conjunto de cualidades reveladoras de la inferioridad del in- 
dio, que en los últimos artículos se verán más detalladamente ex- 
puestas, no podía menos de causar una impresión de pasmo en los 
conquistadores, que venían de una nacitm civilizada, como hoy mis- 
mo lo causan al viajero que por primera vez los observa. Su rudeza 
é ignorancia, sus bárbaras prácticas y envejecidos vicios, la dificul- 
tad que se halló para doctrinarlos, hicieron que algunos se persua- 
diesen de que por sus cortos alcances eran ineptos para entender la 

(1) Véase la clase de argumentos: «Los indios se parecen á los animales por 
la delicadeza de su oído; por la blancura, limpieza y disposición regular de sus 
dientes; por no hacer uso de la voz sino rarísimas veces; por no reir nunca á 
carcajadas; por unirse los dos sexos sin preámbulos ni ceremonias: por parir las 
mujeres fácilmente y sin ningunas consecuencias molestas: distínguense asimis- 
mo en gozar de completa libertad, no reconociendo superioridad ni autoridad; 
en seguir en cuanto á su conducta, y sin que ellos se hayan obligado ni otros se 
las impongan, ciertas prácticas de cuyo origen y fundamento no saben dar razón; 
en no conocer juegos ni danzas, cantos ni instrumentos de música; en soportar 
pacientemente la intemperie del cielo y el hambre; en no beber sino antes ó des- 
pués de sus comidas; en no usar sino de la lengua para quitar las espinas del pes- 
cado que comen y conservarlas en un rincón de la boca; en que no saben ni lavar- 
se, ni limpiarse, ni coser; en que no dan instrucción alguna á sus hijos, y algunas 
naciones hasta matan á los suyos; en que no se ocupan ni de lo pasado ni délo 
porvenir; en que mueren sin inquietud sobre la suerte de sus mujeres y de sus 
hijos y de cuanto dejan en el mundo; y finalmente, en que no conocen ni religión ni 
divinidad de ninguna especie. Todas estas cualidades parecen aproximarles á los 
cuadrúpedos; y asimismo parecen tener cierta relación con las aves por la fuerza 
y agudeza de su vista> (Voyages, pág. 192, tom. II). «Los indios hablaban mil len- 
guas que no tenían entre sí absolutamente relación alguna: lenguas que parecen 
dictadas por la naturaleza misma cuando enseñó á los perros y á los otros anima- 
les cuadrúpedos á formar sonidos: es decir pobrísimas en expresiones, casi todas 
nasales ó guturales y en cuj'a pronunciación apenas interviene la lengua, y se- 
mejantes en esto al lenguaje de los animales. La unidad de lengua entre los Gua- 
raníes...» (como arriba en el texto.) Varios de estos conceptos son inexactos, par- 
ticularmente aplicándolos á todos los indios, sistema tan favorito de Azara como 
vicioso: y todos son insuficientes para probar su intento, por no decir otra cosa. 



-47- 

predicación de la divina palabra, y por lo mismo incapaces de abra- 
zar nuestra santa fe. 

Ni hay por qué maravillarse de tal error, cuando lo vemos re- 
producido hoy día por algunos autores, que juzgan incapaces de 
profesar la religión cristiana á ios indios, y hacen afirmaciones como 
la siguiente: El cristianismo^ el pleno cristianismo , es sólo para 
los blancos. No se sienten bien con él ni se adaptan d él los /;¿/^r?o- 
;'^s (1). Como si Cristo Nuestro Señor hubiera muerto sólo por los 
blancos, y sólo á los blancos quisiera en el cielo. Pero la verdad es 
que él ha dado sentencia, que no puede faltar, de que sólo los que 
abracen y practiquen lo que enseña la fe cristiana se salvarán: y 
cuanto es de su parte, todos quiere que sean salvos, sin que sea es- 
torbo la cortedad del entendimiento, pues expresamente tiene decla- 
rado que á los humildes y pequeñuelos se les comunican con prefe- 
rencia las verdades del cielo (2). 

De la existencia de este error entre los primeros que trataron á 
los indios, consta por el Informe que sobre la materia dirigió al Papa 
Paulo III hacia 1535 el primer Obispo de Tlascala Fr. Julián Garcés, 
de la Orden de Predicadores: «Ahora, dice, es preciso hablar contra 
aquellos que hemos averiguado que juzgan siniestramente de los in- 
dígenas, y refutar la vanísima opinión de los que los tachan de inca- 
paces y los culpan, afirmando que deben ser arrojados del seno de la 
Iglesia» (3). Consta igualmente, así por el Rescripto del mismo Papa 
al Cardenal de Tavera, como por su Bula Veri tas Ipsa, de que se 
hablará luego, }' en que declara la falsedad de semejante doctrina. 

Habiéndose abierto paso la verdad al través de estos errores, 
merced á las declaraciones de los Pontífices y á las providencias del 
Rey de España, y admitidos sin contradicción los indios á la predica- 
ción, á la profesión de la fe }' al bautismo, y también á la penitencia, 
guardóse con ellos mucho más miramiento en cuanto á la admisión á 
la Eucaristía. Parte por la costumbre, parte por algunas prescripcio- 
nes de sínodos diocesanos, se tardó mucho á hacerlos comulgar. Y 
aunque el Papa Paulo III en una Constitución que cita Fr. Juan de 
Torquemada (4), ordenó que no se negase á los indios la sagrada Co- 
munión; es lo cierto que en 1576, casi cien años después del descubri- 
miento de América, escribía el P. José de Acosta: «Gran dificultad 
hallo en resolver que se haya de juzgar de la costumbre hasta aquí 

(1) René-moreno, Catálogo del Archivo de Mojos y Chiquitos, 1.^ parte, 
Introd. §. XL . 

(2) Matth. XI, 5, 25. 

(3) Herxaez, Colecc. de Bulas, tom. I, trat. 2, secc. 1.^ 

(4) Monarquía indiana, lib, XVI, cap. XX. 



-48- 

observada en esta iglesia de las Indias occidentales, de que á los in- 
dios adultos ya bautizados, y que han confesado debidamente sus pe- 
cados, no se les administre la comunión cada año: y lo que más es, ni 
aun cuando les sobreviene inminente peligro de muerte» (1). Esta 
costumbre, que en algún tiempo y lugar pudo ser una medida de pru- 
dencia en cuanto á la comunión de cada año, pero que como cosa ge- 
neral reprobó la Iglesia, parece que procedió de la opinión de algu- 
nos que decían que los indios tío tienen capacidad para esto, y que 
viven licenciosamente en sus costumbres, y ocupan lo más del 
tiempo en borracheras y otras cosas indecentes (2) . 

Todavía duraba esta práctica y opinión en el Perú en 1583 (3): y 
la misma había en Chile hacia 1597, como lo dice el P. Enrich por las 
siguientes palabras: «Habiendo [ios Padres de la Compañía] determi- 
nado darles [á los indios] la sagrada comunión, se levantó grande 
alarma en esta capital [Santiago de Chile] por ser esto una novedad 
nunca vista, que muchas personas, aun piadosas y de carácter, mira- 
ban como injuriosa á la misma adorable persona de Nuestro Señor 
Jesucristo (P. Olivares, Historia de la Compañía, cap. I, § 6 )» (4). 

En los tres errores enumerados hasta aquí, que deprimían más 
de lo justo la condición del indio, no se puede negar que tuvo su in- 
flujo el espectáculo de las operaciones y modo de proceder de los in-' 
dígenas, tan inferiores en todo á los conquistadores; pero influyó al 
mismo tiempo otra causa, y quizá más poderosa: pues todos ellos na- 
cían de ánimo dominado de pasión. Porque los que expresaron la pri- 
mera opinión (que fué de pocos y por poco tiempo) si es que en reali- 
dad los estimaron por irracionales, como con sus palabras lo decían, 
era porque los trataban como bestias de carga, y pretendían legitimar 
su proceder y perseverar en él. Y de los que tuvieron la segunda, 
de que fuesen racionales, pero en quienes el uso de la razón estaba 
tan trabado, que no eran capaces de entender ni aun lo preciso 
para recibir cualquier sacramento al modo de los adultos, dice el 
lUmo. Garcés ya citado: «Esta es aserción que brota de los labios de 
cristianos avarísimos, cuya codicia es tan grande, que por hartar su 
sed, se empeñan en que son bestias y animales de carga unas criatu- 
ras racionales hechas á imagen de Dios: y todo no por otro fin, sino 
para que aquellos á cuyo cuidado están encomendadas no trabajen 
por librarlas de las rabiosísimas manos de la codicia de ellos, y más 
bien les permitan usar de ellas á su arbitrio... Y si alguna vez, San- 

(1) Agosta, De prociiranda indor. salute, lib. VI, cap. VIII. 

(2) Refiérelo el sínodo de la Paz de 1638, lib. I. tit. V, cap, II. 

(3) Tercer Concil. prov. Lim. Act. 2, cap. 19. 

(4) Enkicii, Historia de la Compañía de Jesús en Chile, lib. I, cap. VIII,, n.° 21. 



-49- 

tísimo Padre, oyere vuestra Santidad que algún varón piadoso se in- 
clina á semejante sentencia, por masque parezca el tal resplandecer 
por su singular integridad de vida, ó por su dignidad, no sirva ésta 
para darle autoridad alguna en este asunto, sino crea certísimamente 
vuestra Santidad que ése poco ó nada ha afanado en convertirlos: y 
examine y hallará cuan poco ha trabajado para aprender su lengua, 
ó averiguar sus costumbres. Pues los que en estas cosas han traba- 
jado con caridad cristiana, no afirmarán que en vano se echan entre 
ellos las redes de la caridad. Mas los que ó solitarios, ó retenidos por 
desidia, á nadie han reducido al servicio de Cristo con su industrioso 
celo, para que no los puedan culpar de que fueron inútiles, atribu3^en 
á defecto de los infieles lo que es vicio de su propio descuido, y de- 
fienden su verdadera desidia con imputar una falsa incapacidad, no 
cometiendo al excusarse menor culpa de la que querían apartar 
de sí.» 

Y de los que tuvieron á los indios por incapaces de recibir la Eu- 
caristía, dice el sínodo diocesano de la Paz, celebrado en 1638 debajo 
del Illmo. Sr. D. Feliciano de Vega: «No sólo hay obligación de dar el 
Santísimo Sacramento de la Eucaristía por la Pascua á los españoles, 
para que cumplan con el precepto de la Iglesia, sino también á los 
indios y otros cualesquier cristianos, como á los hijos de la Iglesia. Y 
porque en cuanto á los indios se ha entendido que ha habido defecto 
en esto, so color de decir que no tienen capacidad para esto, y que vi- 
ven licenciosamente en sus costumbres, y que lo más del tiempo lo 
ocupan en borracheras y otras cosas indecentes, y este daño se puede 
juzgar que procede de la falta de enseñanza, y de no doctrinarles 
sus Curas con la puntualidad que deben para que se aparten de las 
ocasiones, etc.» (1) 



III 16 

ERROR POR EXCESO: EL INDIO 
CAPAZ DE EQUIPARARSE EN BREVE CON EL EUROPEO 

Así como se han dado errores por defecto, negando al indio la 
capacidad y aptitudes que realmente poseía, y hasta la misma natu- 
raleza de hombre; así han existido también errores por exceso, supo- 
niendo en él mayor perfección de la que tiene. 
(1) Lib. I, tít. 5, c. 2. 

4. — Organización' Social de las Doctrinas Guaraníes. 



-50- 

Autores que no han estado en contacto conlos indios, han supuesto 
que, aun tratándose de los habitadores salvajes de América, con 
sólo darles libertad de vivir al modo de los europeos, de gobernarse 
por sí, de adquirir y poseer, comprar y vender, hubieran llegado en 
breve tiempo á tomar los hábitos de las razas europeas, á realizar 
grandes adelantos, y á ponerse al nivel de las naciones civilizadas. 
Cuánto tiempo se necesitase para esa feliz transformación, no lo preci- 
san; aunque si se ha de juzgar por los cálculos que en puntos particu- 
lares echan algunos, no sería temeridad el decir que parecían persua- 
didos de que en una docena, en una veintena de años, y ciertamente 
en un siglo, habían de quedar los indios casi enteramente civilizados. 
De esta opinión parece que era D. José Manuel Estrada, quien 
no solamente ha dicho que los indios tenían aptitud para la civiliza- 
ción, lo cual es una verdad; sino que ha consignado esta otra aseve- 
ración: «Lrt rasa Guaraní era tan buena como todas las rasas-» (1), 
hablando de capacidad perfectiva: y se ha maravillado de que siglo 3' 
medio después de fundadas las Doctrinas no hubieran estado ya civi- 
lizadas, y de que no hubiesen tenido )a fuerza que tuvieron los res- 
tantes pueblos de estirpe europea en el Plata para resistir y conser- 
varse á pesar de la anarquía y desórdenes que se experimentaron en 
la época de la independencia (2). Sentencias que suponen ó expresan 
el error que hemos señalado. 

Esta misma fué la opinión que mostró y expresó en todos los tonos 
Bucareli para desací editar la obra de los Jesuítas. Durante un año 
estuvo asegurando á los treinta Corregidores y treinta caciques prin- 
cipales de los pueblos Guaraníes que había hecho venir á Buenos 
Aires, que los Jesuítas los tenían oprimidos y esclavizados; pero que 
él repartiéndoles las tierras, abriéndoles el comercio y poniéndoles 
estudios públicos, los iba á sacar en breve tiempo de aquel miserable 
estado y conducirlos á una envidiable prosperidad y adelanto. Y lo 
mismo repite á cada paso en su Instrucción, Adición y Ordenanza de 
comercio. 

Por semejante maneía y con más ó menos sinceridad, dieron en 
este error otros varios que ponderaron con cuánta facilidad se podían 
asimilar los Guaraníes la civilización de los europeos por medio de 
sistemas que pintaban como muy halagüeños y hacederos. Este modo 
de discurrir prevalece hoy todavía en algunos que por eso mismo 
tienen por gran desacierto el sistema de los Jesuítas en las Doctri- 
nas, como Gothein, quien del talento manual de los Guaraníes, de la 

(1) Estrada: Lecciones de historia de la República Argentina, lecc. II, § III. 

(2) Ibid. lecc. IV, 8 IV, al (in. 



-51 - 

tenacidad con que en 1752 se negaron á abandonar su país con protes- 
tas y razones bien ponderadas, y del ejemplo de algunos indios de más 
juicio, que no son sino excepciones, pretende concluir que no eran 
los Guaraníes tales como siempre han sido conocidos, en cuanto á im- 
previsión y corta capacidad (1). 

Esta opinión que asienta ser fácil en brev^e espacio de tiempo ele- 
var los indios á un grado de civilización igual ó análoga á la europea, 
cuando no se haya de decir que procede de la pasión, descubre un 
manifiesto desconocimiento de las cosas y sumo desdén de la expe- 
riencia; y en todo caso es un error. No se mudan las costumbres de 
los pueblos á la manera que se hilvana una deslumbrante teoría en 
alguna Revista: no se cambian con tanta facilidad los hábitos de una 
raza: y puestos los hombres al trabajo, se ven forzados á deponerlos 
vuelos de la fantasía, porque tropiezan con la dura realidad. Para los 
fautores de semejantes opiniones, la mejor respuesta sería el exigir- 
les la prueba experimental, y con la condición de que ellos mismos 
fueran los agentes puestos en contacto con los indios. 

Pero sin necesidad de este recurso, á que ciertamente no se habían 
de prestar, está hecha la prueba por una experiencia, no de los diez, 
veinte y aun cien años, sino de más de trescientos, desde que se des- 
cubrió la América; sin que se pueda echar la culpa á este ó aquel 
sistema, á esta ó aquella corporación, ni á este ó al otro gobierno. 
No se puede decir que el no haberse elevado los indios al grado á que 
tan fácilmente creen los autores de esa opinión que habían de llegar, 
sea debido á los Jesuítas, porque más de cincuenta años, y en algunas 
partes más de ciento, estuvieron los Guaraníes sin ser doctrinados por 
Jesuítas. No se puede decir que se deba al sistema de comunidad, por- 
que en unas partes como en el Paraguay, había algo de comunidad: 
en otras, como en Méjico ó el Perú, no la había. Tampoco se puede 
decir que sea debido al gobierno español, porque después de la inde- 
pendencia, se ven indios en todas las repúblicas latinoamericanas, y 
señaladamente Guaraníes en la Argentina, el Paraguay y el Brasil, y 
<3istan mucho de haberse elevado á la civilización europea. La razón, 
pues, de esta inferioridad ha de estar más honda: y es falso que esas 
razas sean fácilmente susceptibles de llegar á la civilización de otras, 
y que ésta sea tarea de poco tiempo. 

(1) GoTHEiN, Der christlich-sociale Staatder Jesuiten in Paraguay, pág. 22, 
ed. 1883. 



-52- 

17 IV 

LAS LEYES DE INDIAS: CONDICIÓN LEGAL DEL INDIO 

Expuestos ya los errores en que sobre la aptitud de los indios con» 
respecto á la civilización han incurrido panegiristas demasiado llenos 
de entusiasmo ó despreciadores interesados, es tiempo de procurar 
establecer el verdadero concepto, que no tropiece en uno ni en otro 
extremo. 

Por cuanto los enemigos de España hayan declamado contra su 
modo de gobernar las colonias, nunca podrán negar la solicitud y 
empeño y la prudencia y generosidad con que procuraron los Re3'es 
acertar en esta administración. Prueba de ello es el establecimiento 
del Consejo de las Indias, Tribunal que se consideraba como de su- 
prema importancia, 3^a que por él habían de pasar las causas de 
parte tan dilatada de la monarquía. Compuesto délos más eminentes 
jurisconsultos y hombres de gobierno, que en gran parte habían en- 
canecido y adquirido su experiencia desempeñando cargos de respon- 
sabilidad en América, en él se ventilaban todos los negocios de alguna 
importancia como en Tribunal supremo: y ninguno era decidido por 
el Rey sin la vista de su Consejo, y puede decirse que ninguno contra 
su parecer. 

El examen y conocimiento que precedía á sus consultas, la madu- 
rez y prudencia de sus resoluciones, hicieron proverbial la sabiduría 
de las leyes promulgadas con acuerdo de aquel Consejo, que son las 
contenidas en la Recopilación de leyes de Indias. 

Según esto, no será pequeña la luz que se derive á la presente 
investigación sobre la índole de los indígenas, del concepto que mere- 
cieron á Reyes tan solícitos y á un cuerpo consultivo de tanta pru- 
dencia y sabiduría, y cuyos miembros estaban tocando con las manos 
los asuntos objeto de sus resoluciones. 

Sobresale en las leyes de Indias el interés especial de compasión- 
con que los Rej'es miraron siempre por el bien, espiritual en primer 
lugar, y después temporal, de los indios, como de personas más desva- 
lidas. Tal solicitud se encuentra retratada al vivo en aquellas pala- 
bras déla Reina Católica Doña Isabel, dignas de ser siempre repeti- 
das, que forman parte de su testamento, y constitu3'eron después la 
ley primera, título diez del libro sexto en la Recopilación de le3'es de 
Indias: «Cuando nos fueron concedidas por la Santa Sede Apostólica 
las islas 3' tierra firme del mar Océano, nuestra principal intención 



-53- 

:fué de procurar inducir y traer los pueblos de ellas y los convertir á 
nuestra santa fe católica, y enviar prelados y religiosos, clérigos y 
otras personas doctas y temerosas de Dios, para instruir los vecinos y 
moradores de ellas, y los convertir á nuestra santa fe católica. Su- 
plico al Rey, mi señor, muy afectuosamente, y encargo y mando á la 
princesa mi hija, que así lo hagan y cumplan, y que éste sea su prin- 
cipal fin, 3^ en ello pongan mucha diligencia, y no consientan ni den 
lugar á que los indios vecinos y moradores de las dichas islas y tierra 
firme, ganados y por ganar, reciban agravio alguno en sus personas 
y bienes: mas manden que sean bien y justamente tratados: y si 
algún agravio han recibido, lo remedien, y provean de manera que 
no se exceda cosa alguna lo que por las letras apostólicas de la dicha 
concesión nos es inyungido y mandado.» Con el mismo sentimiento 
escribía el Rey Felipe IV ciento cincuenta años más tarde al Virrey 
y Audiencia de Méjico las sentencias que como ley se intimaron des- 
pués para toda la i\.mérica: «Quiero que me deis satisfacción á mí y 
al mundo del modo de tratar esos mis vasallos: y de no hacerlo con 
que en respuesta de esta carta vea yo ejecutados ejemplares castigos 
en los que hubieren excedido en esta parte, me daré por deservido: y 
aseguraos que aunque no lo remediéis, lo tengo de remediar y man- 
daros hacer gran castigo de las más leves omisiones en ésto, por ser 
contra Dios y contra mí, y en total ruina y destruición de esos mis 
reinos, cuyos naturales estimo, y quiero que sean tratados como lo 
merecen vasallos que tanto sirven á la monarquía, y tanto la han 
engrandecido.» (1) 

A tenor de esta intención general de los monarcas, fueron las 
demás disposiciones de la legislación. Las leyes de Indias para reme- 
diar el daño que se seguía de la simplicidad de los indios, quienes ha- 
lagados por unos cuantos donecillos ó promesas, se iban tras los es- 
pañoles y se dejaban sacar de sus pueblos, sin advertir que con eso 
quedaban para perpetuos esclavos y criados, excepto en el nombre: 
hubieron de prohibir que se sacasen de sus reducciones indios ó indias, 
ni para llevarlos á España, ni para transportarlos á otras partes de 
América (2). No habían de entrar los encomenderos en los pueblos 
de Indios en que tuvieran encomiendas, para que no oprimiesen á los 
indios á pretexto de la encomienda, como solía suceder (3). Ni aun po- 
dían entrar los negros esclavos de los encomenderos, porque los in- 
dios, como gente de poco ánimo, se dejaban maltratar de ellos tam- 

0) Ley 23, tít. 10, lib. 6 R. I. 

(2) Leyes 16 y 17, tít. I, lib. 6. 

(3) Ley 14, tít. 9, lib. 6. 



-54- 

bién (1). Estaba prohibido á los españoles en general el vivir en pue- 
blos de indios por la misma razón, y porque tanto ellos como los 
mestizos, mulatos y negros, no escandalizasen á los indios con malos 
ejemplos (2). Contra ellos no procedían los Inquisidores, porque no se 
consideraba que alcanzasen á la malicia que encierran los delitos de 
este fuero (3). Desde 1530 se ordenaba que las autoridades españolas 
tuviesen cuidado de hacer trabajar á los indios, en los cuales es pro- 
verbial la innata ociosidad (4). El tributo que habían de pagarse de- 
terminó que lo cobrasen los Oficiales reales del producto de bienes 
comunes, pues de otro modo no había seguridad de que se satisficie- 
ra, atendida la imprevisión del indio, si cada uno personalmente lo 
hubiera de pagar (5). Era preciso andar consumo cuidado con ellos 
para que no se desconcertasen en la bebida, de lo que resultaban gra- 
vísimos excesos (6): y en cuanto á lospueblos mismos de indios, fué ne- 
cesario prohibir que en ellos se introdujese vino ó licores con graves 
penas para los que los introdujeran, y para los gobernantes que no 
fueran bastante celosos en estorbarlo (7). 

Todas estas disposiciones y otras más que se pudieran citar^ 
muestran claramente el concepto que de las cualidades del indio se 
contiene en las le3'es de Indias, y que en ellas se compendia cuando 
se dice que son personas caracterizadas por sit natural simplici- 
dad (8): inclinación d vida ociosa y descuidada {9): ociosidad y 
dejamiento (10). 

Por eso, según la legislación española, quedaron los indios com- 
piendidos en una condición análoga á la de los menores, y con los 
privilegios que suele dar el derecho á los pobres, rústicos y demás 
personas miserables. <íLos indios son personas miserables, y de tan 
débil natural, que fácilmente se hallan molestados y oprimidos: y 
nuestra voluntad es que nopadezcan vejaciones, y tengan el amparo 
y remedio conveniente por cuantas vías sean posibles». Así se 
expresaba Felipe II en Cédula de Lisboa á 17 de Mayo de 1582, y la 
misma prescripción renovaron sus sucesores, y se incorporó en el de- 
recho de Indias (11). Llámanse en el Derecho />^/'vSo;/«s miserables los- 

(1) Ibid. ley 15. 

(2) Céd. real de 12 de Julio de 1600: otra de 1581. 

(3) Ley 35, tít. I, lib. 6. 

(4) Ley 23, tít. 2, lib. 5: Ley l.-'^, tít. 12, lib. 6. 

(5) Ley 13, tít. 4, lib. 6. 

(6) Ley 31, tít. 8, lib. 6. 

(7) Ley 36, tít. I, lib. 6. 
(S) Ley 5, tít. 4, lib. 7. 
(9) Ley L'' tít. 13, lib. 6. 

(10) Ley 1.*'^ tít. 12, lib. 6, 

(11) Ley 13, tít. 7, lib. 1. 



— .^5 — 

que por las miserias que padecen y por la imposibilidad de remediarse 
ellos mismos ó precaver sus daños, excitan naturalmente la com- 
pasión. Tales se juzgan los pobres, que de todos se ven desatendidos, 
sin encontrar valimiento ni aun en prosecución de sus más legítimos 
intereses: las viudas, que faltas de marido que las defienda, fácil- 
mente padecen en sus bienes exteriores fraudes y violencias; las don- 
cellas huérfanas, que privadas de la protección de sus padres, sufren 
igual desamparo: los enfermos continuos, que no pueden atender á su 
defensa: los viejos decrépitos, ya destituidos de la debida discreción. 
—Para semejantes personas hay leyes y privilegios especiales de 
protección y defensa. 

Y verdaderamente los indios han tenido que estimarse, y aun 
hoy mismo deben ser tenidos los que quedan, como más miserables 
que cualesquiera otras personas, pues ha sido tanta su cortedad de al- 
cances y de ánimo, quede todos se veían molestados y vejados. Es muy 
ordinario, dice el Illmo. Montenegro (1) tratar mal con agravios 
y molestias d estos miserables indios, los cuales, siendo libres, pa- 
rece que son esclavos de todos, y mucho más de los esclavos etiopes 
y de la gente ?nds vil, que son negros y mulatos, y estos son los 
que los llevan arrastrando al trabajo: y sobre robarles ó quitarles 
lo que llevan por los caminos ó en las calles y plazas públicas, les 
ponen las manos pesadamente, como lo estamos viendo y tocando 
con las nuinos cada día. 

Como á menores, pues, que no alcanzaban á precaverse y defen- 
derse por sí mismos, comprendía á los indios la restitución in inte- 
grum, por virtud déla cual, si habían sufrido daño notable, podían 
reclamar ante el juez, teniendo obligación los compradores ó nego- 
ciantes que habían tratado con ellos de restablecer las cosas en su es- 
tado primitivo: pues la ley presumía no ser bastante el conocimiento 
del indio, y por tanto, el contrato estaba sujeto á rescisión.— Y en 
general, estaba prohibida cualquier transacción ó contrato que se hi- 
ciese con los indios sin intervención del Protector general de natura- 
les, ó del protector particular que les señalase la Audiencia, ó á falta 
de éstos, de la justicia ordinaria: y si en alguno de estos actos fal- 
taba tal requisito, quedaba destituido de firmeza y validez (2). 

El juez, de ley ordinaria, no podía exigirles juramento. Porque 
por una parte su poco discernimiento no les dejaba alcanzar bien la 
gravedad del perjurio, y así no concebían de él el debido horror: y 

(1) Montenegro. Itinerario, lib. II, trat. I. ses. VIII. 

(2) Cédulas reales de 1540, 1571 y 1572, citadas por Solorzano, De Indianim 
iure,tom. II. lib. I, c. 27, n." 65. 



-56- 

por otra parte no se les conocía amor á la verdad, sino por el contra- 
rio mucha facilidad en mentir: y así atestiguaban lo que creían que 
agradaría más al juez, ó lo que les había sugerido cualquiera que tu- 
viese influjo sobre ellos. Por loque, prohibiendo el derecho natural y 
canónico exigir juramento cuando se ve manifiesto peligro de perju- 
lio, 3' constando por la experiencia continua 3' por la declaración del 
Concilio III límense (1) que este peligro siempre existía en los indios, 
quedaba prohibido al juez civil tomarles juramento, como lo prohibía 
expresamente el mismo Concilio en el caso del juez eclesiástico. — 
Por lo mismo cualquiera testimonio de los indios era reputado por de 
sospechoso valor en los juicios. Y en una ordenanza del Virrey del 
Perú D. Francisco de Toledo, se prescribió que no se admitiese como 
probatorio el testimonio de indios, á no ser que se hallasen seis testi- 
gos contestes, los cuales se podían examinar ó uno á uno como se 
hace con los demás testigos, ó los seis juntos: 3' aun en el caso de con- 
testar los seis, no tuviesen más fuerza que la de un testigo singular. 

En materia de castigos, debía el juez proceder siempre con dis- 
tinto criterio respecto de los indios que respecto de los demás, 
aplicando las penas más como padre que como juez: pues es de dere- 
cho natural que siendo tanta la miseria, rusticidad y simplicidad de 
los indios, y no teniendo por lo mismo sus delitos tanta malicia, no 
estuviese el juez obligado á aplicar el rigor del derecho, sino que tu- 
viese deber de usar de benignidad al infligir unas penas que habían 
sido decretadas para los españoles, no para los indios. Así discurrían 
y resolvían los Doctores, salvo el caso de que hubiese daño de terce- 
ro, que hay estricta obligación de reparar, ó de que fuese atroz el 
delito, con indicios ciertos de que se cometió no con simplicidad sino 
por malicia: 3^ aun en tales casos enseñaban que el mismo ofendido 
debía darse por contento aunque la satisfacción no fuese tan cabal 
como en otros se exigiría, 3' que la pena en algo se debía mitigar, 
pues la falta de conocimiento en el indio disminuye la razón de vo- 
luntario, 3' por tanto hace menor la culpa, aun en el caso de pecar de 
malicia. 

«V si aconteciere que los indios recibiesen agravios de español», 
decía al Virrey del Perú la Cédula real de 29 de Diciembre de 1593, 
«os mando que de aquí en adelante castiguéis con ma3'or rigor á los 
españoles que injuriaren, ofendieren ó maltrataren á los indios, que 
si los mismos delitos se cometiesen contra los españoles: y esto mis- 
mo ordenaréis á todas las justicias del distrito de esa Audiencia». 

(1) Concil. II, limen. Act. 4. c. 6. 



-57- 

Debía también el juez despachar sus causas con brevedad, como 
lo recomendaba el segundo Concilio limense, cu^'as son estas pala- 
bras: «Que las causas y pleitos de los indios, especial pobres, se con- 
cluyan sumariamente y con amor paternal, y no se admita contesta- 
ción de pleitos contra indios en forma, si no fuere en casos gra- 
ves» (1). Y Felipe II en varias Cédulas y Ordenanzas que después 
formaron la \ey 83, tít. 15, lib. 2 en la Recopilación de Indias, pres- 
cribía: «Sean despachados los indios con brevedad... [y las justicias] 
no den lugar que en los pleitos entre indios ó con ellos se hagan pro- 
cesos ordinarios, ni haya dilaciones; sino que sumariamente sean de- 
terminados, guardando sus usos 3' costumbres.» 

Los testamentos de los indios eran válidos por legítima costum- 
bre, aunque no interviniesen en ellos los siete testigos de ley: 
bastando sólo dos, los que cómodamente pudiesen hallarse, hombres 
ó mujeres, y supliendo al escribano un indio de los que suelen desig- 
nar los Gobernadores ó Corregidores indios. 

Esta misma razón de ser personas miserables, hacía que muchas 
de sus causas pertenecieran al fuero mixto, pudiendo por consiguiente 
tramitarse no sólo ante el tribunal civil, sino también ante el ecle- 
siástico de los Obispos y Arzobispos. Y según el decreto del Concilio 
Tridentino que ordena al Obispo «tener paterno cuidado de los po- 
bres y demás personas miserables», tenían obligación los Prelados de 
salir á la defensa de los indios cuando los veían oprimidos y vejados, 
como lo explica el Illmo. Montenegro, particularizando algunos 
casos. 

Igualmente y por ser cierto que los indios, como personas faltas 
de consejo y apocadas de ánimo, no habían de saber acudir á los tri- 
bunales para quejarse ó defender su derecho, se nombraron personas 
con título de Protectores que acudiesen á este oficio, como se dirá á 
su tiempo. 

Todas estas providencias muestran el estado de menores en que 
se hallaban los indios en virtud de las leyes de Indias. Y si se mira en 
Tribunal de tanto peso cuan exento haya estado de pasión desprecia- 
tiva, pues es el mismo que con graves penas persiguió la esclavitud 
3' el servicio personal: 3" que no pudo caber ignorancia en asunto tan 
experimentado por más de trescientos años: aparecerá claro ser el 
juicio que se desprende de las le3'es de Indias el testimonio más 
abonado para conocer la índole 3^ carácter de los indígenas de Amé- 
rica. 

(1) Concil. II limen, part. I, cap. 120. 

(2) CoNc. TRiD. sess. XXIII. c. 1. 



18 



-58- 

V 
LA IGLESIA 

No es de menor importancia, para formar el cabal concepto del 
indio que se pretende, el consultar el juicio de la Iglesia. Trátase 
aquí de la Iglesia docente, esto es, de su cabeza el Sumo Pontífice, y 
de los Obispos, Pastores de cada grey, en cuanto unidos con el Su- 
premo Pastor. La Iglesia así entendida, desde el descubrimiento de 
las Indias tomó con especial interés los asuntos de América, Presen- 
tábase aquí un mundo entero envuelto en las tinieblas del error y mu- 
chas veces de la idolatría, y en condiciones oportunas para ser con- 
vertido á causa del celo y piedad y de las favorables disposiciones de 
los principales que intervenían en el descubrimiento. Por medio de 
sus ministros enviados como misioneros á cumplir el encargo de su 
divino Maestro de enseñar á todas las naciones, no precisamente las 
ciencias humanas, sino el camino del cielo y la ciencia de la salva- 
ción, se puso en contacto desde el primer día con los naturales para 
guiarlos á la fe, y ejercitó con ellos los oficios de amor y protección 
propios de una cariñosa madre: interpuso muchas veces su brazo en- 
tre el castigo del conquistador y la persona del indígena: y más de 
una vez dejó oir su voz, enseñando la verdadera doctrina con autori- 
dad de magisterio infalible, y amonestando con autoridad de gobierno 
á eclesiásticos y seglares para que no excediesen de sus derechos ni 
descuidasen sus obligaciones. 

He aquí ahora lo que testigo tan intachable y tan bien informado 
nos enseña acerca de la condición é índole del indio. — Ante todo, 
abomina de la opinión que pretendió ser los indios incapaces de la fe 
cristiana, y la reprueba declarando que, siendo como eran los indios 
seres racionales, y por tanto capaces de la fe, aquella opinión era un 
puro pretexto para atropellar á los naturales y tratarlos como bestias 
después de haberlos privado de lo que poseían, como libres que eran, 
dueños de sus haberes y no incapaces de poseer. 

Ya se ha visto la santa libertad con que el Obispo de Tlascala 
Fr. Julián Garcés declara al Papa el misterio de aquella sentencia 
tan apartada de razón y humanidad, que todo consistía en la codicia 
sin freno de los que querían oprimir á los indios. Oigámosle deshacer 
con razones tan grosero prejuicio (2): «Predicad, dice el Señor, el 

(1) Matth, XX\ III, 19, 20. 

(2) Hf.knahz, Colección de Bulas de América, tom. I, trat. 2." secc. 1." pág. 57. 



-5Q- 

» Evangelio á toda criatura: el que creyere, etc. De los hombres ha- 
» biaba... sin exceptuar á ningún pueblo, sin excluir á ninguna na- 
»ción... Resta, pues, que á nadie cerremos aquella puerta que vio 
» abierta San Juan en el Apocalipsis... y por tanto, A ningún hombre 
»que con movimiento espontáneo de fe pide el bautismo se ha de ce- 
»rrar la puerta de la Iglesia, conforme á la doctrina de San Agustín, 
» sermón 15... Y ¿quién es el que sin mesura en el ánimo ni vergüenza 
»en la cara se arroja á afirmar que son incapaces de la fe los indios, 
»á quienes estamos viendo ser capacísimos de las artes mecánicas, y 
»que reducidos á nuestro servicio experimentamos dóciles, fieles y 
«diestros?» Con este vigor y nervio los defiende, apo3'ándose en el 
Evangelio y en los Santos Padres, y refiriendo sus buenas cualida- 
des, que prueba con numerosos hechos. 

No se conoce la fecha de esta carta, que es una Información he- 
cha de oficio, pero se atribuye á los principios del pontificado de 
Paulo III, Dentro de poco, á 29 de Mayo de 1537, dirigía este Sumo 
Pontífice una declaración doctrinal confirmatoria de los juicios del 
lUmo. de Tlascala, escribiendo al Cardenal Tavera, Arzobispo de To- 
ledo, el Breve Pastúrale officiimi. «Ha llegado», dice en él «á nues- 
»tra noticia (1), que para reprimir á algunos que agitados de su codi- 
»cia abrigan ánimo inhumano para con el humano linaje, nuestro 
«carísimo hijo en Cristo Carlos, Emperador de Romanos siempre 
«augusto, que juntamente es Rey de Castilla y de León, ha intimado 
»con público decreto á todos sus subditos que nadie presuma reducir 
»á esclavitud los indios occidentales ó meridionales, ni privarlos de 
»sus propios bienes. Nos, pues, en atención á que los indios dichos, 
»por más que se hallen fuera del gremio de la Iglesia, no están, sin 
«embargo privados, ni hay derecho para privarlos de su libertad na- 
»tural ó del dominio de sus haberes; y á que, siendo hombres, y por 
»tanto capaces de la fe y de la salvación, no han de ser destruidos 
»por la servidumbre, sino convidados á la vida espiritual por las pre- 
»dicaciones y buenos ejemplos; deseosos igualmente de reprimir tan 
^abominable osadía de esos impíos hombres, y de prevenir el que 
«exasperados por las injurias y daños recibidos, se hagan más difíci- 
«les para abrazar la Fe de Cristo; encargamos á tu prudencia... y te 
«cometemos por las presentes letras, que por ti ó por otros... asistas 
«ala defensa de los predichos indios... y bajo pena de excomunión 
i>latae sententiae reservcida.... al Romano Pontífice... prohibas á todos 
»}" cada uno... reducir de cualquier modo que sea los predichos indios 
»á esclavitud, ó despojarlos de sus bienes...» 

(1) Heknakz, Colección, tona. I, trat. 2.° seco. 5.^ pág. 101. 



-60- 

Cuatro días después, á 2 de Junio de 1537, y en el mismo tercer 
año de su pontificado, expedía un documento más universal en la Bula 
dirigida á todos los fieles que empieza Veritas ipsa, y en él se expre- 
saba del siguiente modo (1): «La Verdad en persona, que no puede 
»engañarse ni engañar, sabemos que dijo, al tiempo que destinaba 
»los predicadores de la fe al oficio de predicar: Id, y enseñad á todas 
»las gentes. A todas dijo, sin distinción alguna, como que todas son 
» capaces de la doctrina de la fe. Viendo y envidiando esto el enemigo 
»de la humana naturaleza, que siempre se opone á las buenas obras 
»de los hombres para estorbar que se realicen, inventó un ardid hasta 
»ahora inaudito para evitar que se predicase á las naciones la palabra 
»de Dios para que se salvaran, é instigó á ciertos satélites suj'os, 
»quienes, anhelando saciar su codicia, pretextando que los indios 
«occidentales y meridionales, y otras naciones, que en estos tiempos 
»se han descubierto, son incapaces de la fe católica, los tratan como 
ȇ, los mismos brutos animales de que se sirven, Nos, pues, que aun- 
»que indigno, hacemos en la tierra las veces del mismo Señor nuestro, 
»y con todo nuestro afán nos esforzamos por reducir á su prqpio 
«aprisco las ovejas que nos han sido confiadas y se hallan fuera de él; 
»atento que los dichos indios, como verdaderos hombres que son, no 
»sólo son capaces de la fe cristiana, sino que, según sabemos de 
«cierto, corren con suma prontitud á esta fe, y queriendo aplicar á 
»tales daños los oportunos remedios: decidimos y declaramos por las 
«presentes letras, con la autoridad Apostólica, que los precitados 
«indios y todas las demás naciones que en adelante descubriesen los 
«cristianos, por más que carezcan del beneficio de la fe, no están ni 
«pueden ser privados de su libertad y del dominio de sus bienes; sino 
«que por el contrario, libre y lícitamente pueden usar, disfrutar y 
«gozar de esta libertad }' dominio; ni pueden ser reducidos á esclavi- 
«tud, Y que cuanto contra esto se hiciese, será írrito y vano, }' que 
«los dichos indios, y demás gentes han de ser convidados á abrazar la 
»fe de Cristo por la predicación de la palabra de Dios 3^ el ejemplo de 
»la buena vida. Sin que obsten las aserciones prcdichas ni cualesquie- 
»ra otras cosas contrarias.» 

Vese aquí que el error predominante, y cuya falsedad tuvo que 
declarar el Sumo Pontífice, no era, como algunos han dicho, el de 
que los indios fuesen irracionales; que ése, por demasiado grosero, 
no pudo tener crédito sino acaso por breve tiempo y entre pocas per- 
sonas más bastas de ingenio; sino el de que había derecho para escla- 
vizarlos y apoderarse de sus bienes, con otros dos que se alegaban 
(1) HeiíXAKz, Colección, lom. I. trat. 2° secc. 5.'' pAg. 103. 



-61- 

por pretexto; uno el decir que era tanta su rudeza, grosería y prác- 
ticas contra la ley natural, que eran incapaces de recibir la fe de 
Cristo; otro, 3'a que concediesen que eran capaces de la fe, pero que 
al fin, por no tenerla abrazada, no tenían derecho A su libertad y ha- 
cienda, sino que era lícito usurparles lo uno 3^ lo otro. Con razón 
condena el Papa estos artificios y efugios de la avaricia como obras 
propias de satélites del demonio, porque como del demonio es estor- 
bar la salvación de las almas, así era empresa de estos tales el estor- 
bar que los indios se salvasen convirtiéndose y abrazando el único 
camino de salvación, que es la religión católica; y aun los que expre- 
samente no declaraban este intento, de hecho lo realizaban, porque 
los indios cobraban aversión á la religión de hombres que los perse- 
guían para esclavizarlos, tratarlos como bestias, 3' privarlos de sus 
bienes. Y uno y otro documento son una enérgica defensa de la liber- 
tad personal 3" de la propiedad de los indios. 

Así empezaba el Romano Pontífice á escribir en las Indias occi- 
dentales aquella brillante página que continuaron sin interrupción sus 
sucesores, exigiendo, en virtud del derecho divino, respeto al derecho 
humano de los naturales. Y aunque es verdad que no consiguieron 
desde el principio todo el efecto pretendido, especialmente en Portu- 
gal donde se mostró vacilante la conducta de los gobernantes; logra- 
ron sin embargo mucho ya desde luego, 3^ más tarde 3^ poco á poco se 
dejó sentir con ma3'or intensidad su benéfico influjo (1). 

En cuanto á la comunión de los indios, el Concilio Provincial 11 de 
Lima, celebrado en 1567, se expresaba en los siguientes términos (2): 
«Aunque todos los cristianos adultos de uno 3'' otro sexo estén obliga- 
»dos á recibir el Santísimo Sacramento de la Eucaristía cada año, 
»por lo menos en tiempo de Pascua; no obstante, los Prelados de esta 
«provincia, echando de ver que estas naciones de indios eran nuevas 
Ȏ infantiles en la fe, y juzgando esta medida conveniente para el 
»bien espiritual de ellas, establecieron que hasta que perfectamente 
»se hubiesen impuesto en la fe, no recibiesen este divino sacramento, 
»que es manjar de perfectos, á no ser por excepción alguno que pare- 
»ciese bastante idóneo. Mas, puesto que 3'a gran número de los indios 
«entienden mejor la doctrina de la fe cristiana, 3' no solamente desean 
»con devoción recibir este Sacramento divino, sino que lo piden, 3' con 
«importunidad solicitan que se les franquee; ha parecido á esta santa 

(1) V'éanse las Bulas de San Pío V, Gregorio XI V^, Clemente VIII y muy en es- 
pecial la de Urbano VIII en 1639 con ocasión de los paulistas y la de Benedicto XIV 
en 1741: Hernaez, tom. 1.° trat. 2.° seco. 5.^ pág. 104, sqq. 

(2) C. 58. 



-62- 

»Sínodo amonestar, como seriamente amonesta, á todos los párrocos 
»de indios, que pues sin causa no podemos privar á nadie del manjar 
»divino, administren este sustento celestial á aquellos que han oído en 
«confesión y advierten que distinguen el pan del cielo del otro corpo- 
»ral y lo piden y desean con devoción.» Y el concilio III de Lima ce- 
lebrado en 1583, urgió todavía más la obligación que tenían los párro- 
cos así en cuanto al Viático, como en cuanto á la comunión pas- 
cual (1). 

Pero al mismo tiempo que este y otros Concilios posteriores sa- 
lían á lá defensa de los indígenas para que nadie los tuviese ni por in- 
capaces del cristianismo, ni por ineptos para recibir los más altos 
misterios, expresan en sus mismos decretos lo que no podían menos 
de observar cuantos se hallaban en contacto inmediato con los indios. 
Califícanlos siempre como á las que el Derecho WamsL personas mise- 
rables. Así el citado concilio Límense III, sesión 2.''^ cap. 19: Indis ac 
Aethiopíbus, ceterisque personis rniserabilibus; inibecilles animae . 
Y en la sesión 3.^ cap. 3 dice: «A la verdad, la mansedumbre de estas 
«gentes, su perpetua fatiga en el servicio, su natural inclinación á 
«obedecer y sujetarse, debiera mover á cualesquiera personas... Pur 
»lo cual, queriendo este santo Concilio librar de tanto fraude y vio- 
»lencia á estos míseros y débiles indios... » — Dan testimonio de su 
corta capacidad como de niños y rudos, á quienes falta constancia y 
penetración: in has tam fáciles^ et mininie perspicaces indorimi 
gentes (2). Llámanlos bárbaros y poco accesibles á la razón, y que 
por eso necesitan más que otros la corrección corporal: profecto bar- 
bara, et rationi non usque adeo obseqiiois Indoruui natio... qiii- 
bus... niJiil vel pretiosHtn vel vile est, nisi quod ocidis cernitur (3), 
porque no estima ni desprecia sino lo que aprehende por los sentidos. 
Observan que, como era de temer en gente más ruda y menos arre- 
glada, — predominan en ella y le son familiares los vicios de desho- 
nestidad y embriaguez (4): ebriositatis qnoqiie et concnbinatiis satis 
istis fainiliaria vitia. Y por sus cortos alcances, se abstiene la Igle- 
sia de usar con ellos de las penas espirituales y de la excomunión: 
Prndenter novi orbis Antistites... statiierunt in has... niinitne 
perspicaces Indoriini gentes, ab excommunicatiottc , ceterisque cen- 
suris esse abstinendiu)i (5). Por lo mismo ordenan los Concilios, que 
á los indios no se les haga jurar, excepto un caso tal, que no se pueda 

(1) Concil. Lim. III. Act. 2, cap. 19. 

(2) Act. 4, c. 7. 
(.S) Ibid, 

(4) Ibid 

(5) Ibid. 



-63- 

averiguar la verdad sino por medio de ellos, 3' el asunto sea de tal 
gravedad que absolutamente sea preciso investigarla. Y aun enton- 
ces, no sean admitidos al juramento, sin instruirlos antes seriamente 
sobre el enorme pecado que cometerían, si jurasen en falso; teniendo 
prevenidos para los perjuros los castigos que más dolor corporal y 
vergüenza causan entre ellos. Y finalmente, aun después de recibir 
su juramento, ordenan que si la decisión pende de solo el testimonio 
de indios, mire bien el juez si verdaderamente merecen fe y cuánta. 
Que todos son preceptos del tercer Concilio Límense en la sesión 4.^ 
cap. 6.° Y la razón evidente es que indos... fácil e ad peieranduui 
indtici notmn est (1). Es verdad reconocida por experiencia que los 
indios con facilidad son inducidos al perjurio. Su poco discernimiento 
hace que no ponderen la gravedad é infamia del pecado que come- 
ten, y así por una promesa ó una amenaza se resuelven á atropellar 
la ley natural y divina. 

Este mismo conocimiento del corto caudal de los indios es el que 
movió á los Sumos Pontífices á hacer con ellos grandes excepciones 
y concederles insignes privilegios, disminuyéndoles los días de fiesta 
de obligación, dispensándolos en el número de los ayunos y en otros 
puntos, para que más fácilmente pudiesen cumplir sus obligaciones 
de cristianos, á pesar de su flaqueza y abatida condición. 



VI 

DOTES DEL CUERPO Y DEL ÁNIMO 19 

EN LOS GUARANÍES 

Pudiérase continuar esta materia examinando los datos de expe- 
riencia procedentes de testigos particulares intachables, para com- 
probar si el concepto propio de todos los indios de América es en ge- 
neral el mismo que el hasta aquí descrito. Pero dejando á otros esta 
tarea por lo que respecta á los indios del resto de Améi'ica, y concre- 
tando el examen al objeto de este libro, se señalarán ahora los rasgos 
más notables de los indios de raza Guaraní, para agregar la prueba de 
la experiencia á las 3'a enumeradas. 

Extendíase la raza Guaraní por vastas comarcas de la América 
meridional, en una zona de veinte grados de latitud y quince de lon- 
gitud (aunque con varias otras naciones interpuestas) pues desde las 
(1) Conc. Lim. III, act. 4.^ cap. VI in fin. 



-64- 

riberas del río de la Plata hasta llegar casi al gran río Marañón, se 
hallaban esparcidas sus tribus, oyéndose hablar en todo este trecho 
el idioma Guaraní, llamado por ellos abañeé, lengua de los indios. 
Nunca formaron imperio ni reino, sino que vivían separados en pe- 
queñas parcialidades de veinte á treinta familias y aun menos, suje- 
tas á un jefe ó cacique con el nombre de tubichá. 

La estatura de los Guaraníes era mediana, ó más bien, eran pe- 
queños y rollizos. Su complexión, distinta de la del europeo: su cue- 
ro, duro de romper y fácil de soldar. «Tienen el casco de la cabeza 
tan grueso y duro, dice el P. Cardiel (1), que habiéndole dado un ba- 
lazo en la cabeza á un indio en el sitio de la Colonia del Sacramento, 
población de portugueses, quedó la bala en el casco, sin pasar ade- 
lante y aplastada, que es señal que llevaba mucha fuerza.» Y «las 
heridas, por crueles que sean, sanan con gran facilidad, aun sin me- 
dicina alguna: y luego hacen costra y se cierran... Vinieron en una 
ocasión algunos de una función militar. Avisáronme que venía uno 
con una grande herida. Fui á consolarlo y aliviarlo. Hállelo bañán- 
dose en el río como uno muy sano. Hícelo llamar. Registré la herida 
que era en los pechos, un palmo de larga, entre el cuero y los hue- 
sos, con dos bocas. La ma3'or la tenía cerrada con un poco de algo- 
dón, y por la menor purgaba materia y sangre. Parecía bala de fusil 
que había traspasado aquella parte. Los pechos los tenía muy hincha- 
dos: y él sonriéndose como si fuera algún rasguño de juego de niños: 
y sin medicina alguna sanó del todo en breve. En otra ocasión atra- 
vesaron á uno de parte á parte con una lanza por las tripas, aguje- 
reándoselas, como lo manifestaba el que al beber salía parte de la be- 
bida por la herida: y con ser que semejantes heridas las tiene la 
cirugía por incurables, sanó del todo y sin aplicar medicinas». 

Eran los Guaraníes grandes caminadores. 

La vista y el oído tenían muy finos: los demás sentidos, embota- 
dos. «La vista, dice el mismo P. Cardiel (3), muy perspicaz, y tam- 
bién el oído: el olfato, casi ninguno. Cuando los demás no podemos 
sufrir el mal olor sin taparnos las narices, ellos están con mucha se- 
renidad sin muestras de sentirlo: y por eso 3" por el estragado gusto, 
no sienten asco de cosa alguna. Este es tal, que la carne la comen 
cruda casi, sin condimento alguno, ni aun sal: las legumbres, cebada 
y trigo, duras, á medio cocer y sin sal: y lo mismo en todo lo de- 
más... El tacto es poco sensible. Las inclemencias de los tiempos, que 

(1) Cahdiel, Carta al I', Calatayud, núm. 31. 

(2) Ibid. núm. 23. 

(3) Cardiel, Carta de 1747 al V. Calatayud. m'im. 23. 



-65- 

cn nosotros hacen tanta impresión, son para ellos á modo de juguete, 
sin mostrar molestia alguna, antes bien risa y bulla.» 

Eran asimismo muy sufridos para el hambre y la sed. «En no te- 
niendo provisión, dice el P. Lozano (1), toleran el hambre por muchos 
días con gran tesón, aunque muy tristes y taciturnos. Helos visto en 
ocasión sufrir cuatro días el hambre, sin tener cosa de sustancia que 
llevar Á la boca, y con todo eso, remar con bastante brío en tiempo 
de invierno riguroso. Pero, en hallando qué comer, se desquitaron á 
su satisfacción, igualando su alegría á la profunda tristeza que tu- 
vieron los cuatro días trabajosos.» 

Reconocióse en ellos una facilidad extraordinaria para ejercitar 
trabajos mecánicos é imitar con perfección cualquier modelo que se 
les ponía delante. 

La memoria de las cosas era en ellos muy fiel y tenaz. «.Si el in- 
dio Guaraní anda una vez un camino, dice el P. Cardiel (2), de cien 
leguas, y de trescientas, aunque sea escabroso y sin senda alguna, lo 
sabe ya más bien que nosotros después de cursarlo cien veces y nunca 
se perderá. Las cosas que consisten en memoria, como el aprender 
á leer y escribir y oficios mecánicos, y el tomar de memoria cual- 
quier papel en lengua extraña, lo hacen con más facilidad }' presteza 
que nosotros.» 

«Su entendimiento, su capacidad, era y es muy corto, como de ni- 
ño.. ; su discurso, muy débil y defectuoso... Cuando les preguntamos 
una disyuntiva, v. gr. A dónde vas, al pueblo de San Nicolás ó al de 
San Juan? responden: Sí, Padre; sin poder averiguar .sobre cuál de 
las dos partes cae el sí ó el no, si no que se le vuelva á preguntar de 
una parte sola.» — No llegaron á entender que la muerte era cosa na 
tural y necesaria en todos, á pesar de la experiencia tan clara de ca- 
da día: sino que se persuadían que era casual y proveniente siempre 
de violencia de fuera: y con mayor razón atribu3'eron á causa extrín- 
seca las enfermedades, sin admitir ninguna que procediera de mala 
disposición interior del sujeto (3).— Otros ejemplos más presenta el 
P. Cardiel (4), y concluye: «Aun los más capaces, de quienes nos va 
lemos para el gobierno de los pueblos, la capacidad que tienen la lie 
nen á temporadas, y de repente salen con sus dichos y hechos: á la 
manera de los lúcidos intervalos que tienen los locos. Y ellos mismos 
nos suelen decir: Padres, esta nuestra capacidad es distinta de la de 



(1) Lozano, Conquista, lib. I, cap. XVII. pág. 395. 

(2) Cardiel, Carta al P. Calataytid, núm. 24. 

(3) Lozano, Conq. lib. I. cap. XVII. pág. 396. 

(4) Cardiel, Carta al P. Calatayiid, ni'ims. 24 á 32. 

5. — Orgaxiz.'Vcióx Social de las Doctrinas Guaraníes. 



- bo- 
los españoles, porque éstos son constantes en su entendimiento; pero 
nosotros sólo lo tenemos á tiempos» (1). 

Lo más notable es que durante los primeros años parecían pro- 
meter ios niños Guaraníes un feliz desarrollo de todas sus facultades 
por su despejo, docilidad, prontitud en entender y aprender las co- 
sas: mas en adelantando un poco más en edad, se estacionaban 3^ aun 
volvían atrás, tornándose incapaces é ininteligentes como los maj^o- 
res,3' perdiendo también la gracia y prontitud de aprensión, se volvían 
broncos y adquirían la tosquedad de los demás indios. Así resultaban 
frustradas las esperanzas que habían hecho nacer. «Por ver la facili- 
dad con que aprenden cuando niños á leer, escribir, danzas, y la mú- 
sica, y después los oficios mecánicos, dice el P. Cardiel (2), ha pensado 
tal ó cual que la corta racionalidad que muestran sólo consiste en 
falta de crianza, como el rústico europeo, que sacado desde niño de 
su granja, y criado con cultura, puede ser hombre entendido, capaz 
3" político. Pero no es así.» Y luego enuncia la experiencia 3' algunas 
conjeturas de las causas que tal singularidad puede tener . 

A las dotes del entendimiento tenían que corresponder en su modo 
las de la voluntad. Por lo mismo que su capacidad era tan limitada, 
predominaba en ellos notablemente la fantasía; 3' con cualquiera 
sugestión de otros ó aprensión propia, se dejaban llevar 3' cambiaban 
de resolución, siendo noveleros é inconstantes. «La voluntad del in- 
dio, dice el P. Cardiel (3), es tan voluble como el viento: 3'a quiere 
una cosa, 3'a no la quiere: 3'a se muestra amigo, 3' luego al punto por 
una nonada se muestra enemigo: 3^ así es mu3" fácil de volverse á 
cualquier lado en el bien 3' en el mal.» 

De las mismas raíces parece que procedía el ser mu3- embuste- 
ros y fáciles en admitir 3^ sostener embustes inventados por otros. 
Ejemplos abundantes ha3' en los absurdos que de sí mismos fingían 
los hechiceros, 3' en los indios que sirvieron de instrumento contra 
los Jesuítas á los malévolos en la falsa delación de las minas 3' en 
otros asuntos. «Y así, dice el P. Cardiel ^4), los que tratamos mucho 
con ellos, no creemos cosa hasta verla. Si en la averiguación de al- 
gún delito le instan y amenazan para que diga la verdad, confiesa 
contra sí mismo, aunque el delito sea de muerte: 3' después de averi- 
guada su inocencia, si le preguntan por qué cargó sobre sí un tan 
grave delito, estando inocente, responde: ¿Qué había de hacer, si me 



(1) Ibid. m'im. 30. 

(2) Ibid. núm. 31 

(3) Cakdiei-, Carta al P. Calatayud, núm. 32. 

(4) Ibid. núm. 26. 



-67- 

preguntaban tanto?» Y explicando el único medio de averiguar de 
algún modo la verdad por el dicho de indios, se expresa así: «En el 
pueblo, yo los tomé aparte, y pregunté á cada uno de por sí, sin que 
el uno supiese lo que decía el otro, la serie de lo sucedido: que éste 
es el modo de averiguar algo de gente tan pueril, y consiguiente- 
mente tan tímida 3^ mendaz» (1). 

Eran igualmente ociosos é imprevisores. La natural inclinación 
del Guaraní era á pasar el tiempo en fiestas, huyendo del trabajo 
cuanto le era posible. Sobre todo le era odioso el trabajo constante y 
ordenado. Véase en el P. Cardiel (2) cómo los que se huían de las 
Misiones y casaban en ciudades de españoles, pudiendo fácilmente 
lograr hacienda con un poco de trabajo, según la tenían otras perso- 
nas de análoga calidad, mulatos ó negros libres; ellos, con todo, no 
pasaban de ser jornaleros ó pastores á sueldo para guardar vacas: 
«hoy aquí, mañana allá: y ni paran en una ciudad: después de algu- 
nos meses se van á otras, cien ó doscientas leguas distantes... No se 
alquilan continuamente: en trabajando dos ó tres meses, se dan al 
ocio y gastan al punto todo lo que ganaron, en bebida y embriague- 
ces.» — Retrato del proceder actual del trabajador ó peón indígena de 
-aquellas regiones (3). 

Mezclada con esta flojedad andaba la imprevisión y genio des- 
perdiciado. Nada muestra mejor ese carácter que la descripción que 
de él hace el P. Cardiel en su Declaración de la verdad, § 11, desde 
el número 107 al 126, del cual únicamente se trasladarán aquí algu- 
nos rasgos. «iVb hay remedio de hacerles prevenir lo futuro, de que 
guarden el sustento para todo el año: y si esto se consigue en algu- 
nos, apenas son la décima parte del pueblo.-» «^El mayor trabajo es 
hacer que hagan buena sonentera; porque como el pobre iruiio no 
considera lo que lia de durar el afio, y su ánimo es sumamente flo- 
jo, aniñado é inadvertido, con un poco que tenga, ya está más con- 
tento... que Salomón y Creso con todas sus riquezas... Algunos hay 
en cada pueblo de losniás capaces (pero son pocos) que hacen se- 
menteras suficientes para todo el año. Sembrar y coger para el año 
siguiente, no Jiay que esperarlo ni del más capas Corregidor...^ Y 
expone cómo se habían de señalar Alcaldes que visitasen frecuente- 
mente los sembrados para hacer que hiciesen sementera los flojos aun 
después de castigados con el azote: y ni aun bastaban esos vigilantes, 
<¡.porque los Alcaldes al fin son indios, y ó porque son parientes ó 

(1) Cardiel. Decl. núm. 193. 

(2) Ibid. núm. 110. 

(3) QüEiREL, Misiones, cap. XXVII. 



-68- 

aniigos, ó por poquedad de genio, sin más consideración^ esconden 
algunos ó niHchos^\ y así era preciso que saliese muchas veces el 
cura Jesuíta «d velar sobre los sobrestantes y Alcaldes, y á verlo toda 
para su remedio. — No para aquí el trabajo. Porque si Dios les dio 
buena cosecha, no saben guardarla en su casa. La desperdician, sin 
mirar d lo futuro. -i> <íTodo lo pierden luego ó lo acaban sin mirar á 
uiañana. Si le obligan d tener vaca lechera, mata luego la ternera, 
y se la come y se queda sin leche: y d veces nmta luego después la 
lechera; ó si esto no hace, se está sin leche, por \jio tomarse] el corto 
trabajo de ordeñarla, ó la deja perder por no irla d buscar... Sott 
descuidadísimos en la cría y manejo de animales. A pocos días que 
tengan un caballo ó muía, lo ponen en la espina hecho una miseria 
de mataduras y de flaqueza. No cuidan de darle de comer y beber. 
Tiénenlo muchas veces atado uno ó dos días sin comer , por no tener 
el trabajo de cogerlo, ó lo echati al campo.» En cuya materia es no- 
table una pregunta núm. 13 del Infoime ju'ídico hecho el año de 1735 
por el P. Provincial Jaime de Aguilar en las Misiones de Guaraníes, 
que dice así (1): <il3. Si saben que dichos indios, no sólo son de poco 
cuidado é inteligencia para aumentar y conservar los ganados y 
animales, de que carecieron sus antepasados: pero de tan poca con- 
sideración y amor á ellos, generalmente hablando, que en brevísi- 
mo tiempo pierden y destruyen estancias llenas y bien aviadas: los 
bueyes que les dan para arar los matan, y las muías ó caballos los 
maltratan ó dejan perder. y> Las respuestas de los once testigos jura- 
dos, que todos eran Curas 3' Misioneros antiguos de largos años de 
• tiato con los Guaraníes, confirman la pobre idea que hace formar la- 
pregunta en todos sus extremos: y tratando del último, dice el P. An- 
tonio de Rivera, Cura á la sazón de Santiago: «y un año le mataron 
como quinientosT> [bueyes de arar para comérselos] «/)o;' lo cual 
siempre se necesita buscar y comprar toros que amansar para la- 
brar las tierras». El hecho y el número muestran que la cortedad de 
entendimiento y la falta de previsión distaban mucho de ser excep- 
ciones de la regla. — Hallóseles siempre incapaces de ahorrar para en 
adelante. <íNunca guardan lo que ganaron, dice el P. Cardiel (2). 
N^o se encontrará indio que sepa guardar veinte pesos, que los gana 
en menos de tres meses. Y hablando yo sobre esto con los espa- 
ñoles del ejército, que los han tratado mucho en Buefios Aires, y 
las han tenido por jonuilcros, me dicen que ni aun se encuentra 
(¡iiien sepa guardar diez. Nunca se adelanta en este punto.^ 

(1) Río-Janhiko, Col. Ang^elis XlV-2. 
{¿) Cakdihl Decl. núm. 14. 



-69- 

Completa el cuadro de las cualidades morales del indio Guaraní 
^u gran pusilanimidad ante la raza que se le ha impuesto por la vio- 
lencia. Hecho es éste común á todos los indios, que deja pasmados A 
cuantos escriben sobre la materia, y les arranca un grito de admira- 
•ción (1). Ni sólo es propio de los Guaraníes, Peruanos, Mejicanos é in- 
dios sojuzgados y domésticos de los españoles, como con otras cosas 
harto inexactas é impertinentes asienta Azara (2); pues igual abati- 
miento se observó en otras naciones de indios, aun de los más fero- 
ces, cuando fueron seriamente derrotados. Así se echa de ver en la 
sumisión y embajada de los Guaycurúes referida en los Comentarios 
de Alvar Núñez Cabeza de Vaca (3): y otro tanto aún más conster- 
nada 3^ abatida quedó la misma tribu feroz de los Guaycurúes ante los 
Chiquitos cristianos que les habían hecho prisioneros casi trescien- 
tos de sus mejores soldados (4). 

Ni esto era obstáculo para que entre sí conservasen la maj'or 
arrogancia, sin despojarse nunca de su carácter guerrero, que les re- 
conocen todos los historiadores contemporáneos. «Son grandes gue- 
rreros por tierra», dice Schmídel (5). Y el P. Barzana, en carta de 18 
de Septiembre de 1594 desde la Asunción para el P. Juan Sebastián, su 
Provincial, le dice: «La nación que en las fronteras del Pirú... lla- 
man Chirignanas, y aquí llamamos Guaraníes...^ como la española, 
también tienen brío de conquistar las otras naciones, á las cuales 
todas llaman esclavos, y cuando los rinden, se sirven de ellos como 
de tales... Han consumido miichas naciones por las continuas gue- 
rras que les Juicen»... (6) 

Eran igualmente crueles después de la victoria: «Es costumbre 
de los Carlos (Guaranís), cuando guerrean y salett ganando, que 
matan d todos, y no se compadecen de nadies (7). Y tal crueldad la 
conservaron como entrañada en su naturaleza aun después de con- 
vertidos (8): siendo cosa muy observada que no se les podía fiar sin 
cautelas el castigo de cualquier indio, porque aunque fuera de su casa 
ó familia, una vez puestos á castigar, lo despedazaban á azotes. — 

(1) PkSa Montenegro, Itinerario para párrocos de indios, lib. 2, trat. 1 ses. 8; 
Parras, Diario y derrotero, cap. V. § 3, cap. VII. § 2; Gumilla, Orinoco ilustrado 
tora. I. cap. 6; Fkutos, Relación sucinta de las propiedades de los indios meji- 
canos. 

(2) Azara, Descr. cap. X. núm. 61; Voj^ages, cap. X. circa med. 

(3) Alvar Núñez, Comentarios, cap. XXX. 

(4) P. Sánchez Labrador, Vinje á los Chiquitos, á\».% áe¥.nero y en la ad- 
vertencia. 

(5) ScHMÍDEr,, Viaje, cap. XX. 

(6) Publicada en las Relaciones geográficas de Indias. 

(7) ScHMÍuEL, Viaje, cap. XXII. 

(8) tíoKOA, Carta anua de 1636, pág. 52. 



-70- 

N¡ es extraña su crueldad, que además de las continuas guerras, se 
había aumentado con la antropofagia. Pero tsta circunstancia me- 
rece ser tratada aparte. 



VII 
20 ANTROPOFAGIA DE LOS GUARANÍES 

Los Guaraníes, aun al tiempo que los Jesuítas fundaron entre ellos 
sus reducciones, eran antropófagos. Lo eran los del Paraná: y justa- 
mente por eso se negó el lUmo. vSr. Lizarraga á enviarles clérigos, 
respondiendo constantemente á las instancias del Gobernador Her- 
nandarias, que ninguno de sus clérigos había de querer vivir entre 
bárbaros tan señalados por su enemistad contra los españoles, y por 
añadidura, antropófagos. Y poco después, en efecto, habiendo ellos 
aprisionado á unos indios mahomas, amigos del español, comieron á 
varios de los prisioneros, 3'' se jactaron de que bien pronto devorarían 
los demás, y que en ninguna copa beberían su chicha con más gusto 
que en el cráneo del P. Lorenzana, á quien amenazaban que habían 
de hacer manjar de sus banquetes.— Lo eran los del Guayrá, como se 
ve por innumerables testimonios del P. Montoya, entre los cuales 
es digno de reparo el que se cita en la nota (1).— Lo eran los del Igua- 
zú (2), y lo eran también los del Tape (3). 

Así, pues, todos los indios á los que se extendió la acción conver- 
sora de los Jesuítas eran antropófagos. 

Ante los testimonios históricos aducidos, sin contar con otros que 
se les pudieran agregar, es preciso ser escéptico ó haber perdido todo 
sentimiento de la verdad para negar el canibalismo de los Guara- 
níes. No importa que lo haya negado el Dr. Luis Domínguez (4), y 
algunas personas, sin publicarlo por escrito, sean de su opinión: como 
en su tiempo lo negó Azara. Tal juicio es un error voluntario que pre- 
tende forjar la historia conforme á un ideal subjetivo, aunque los 
datos le muestren que es contrario á la realidad. 

Resta averiguar qué clase de antropofagia era la de los Gua- 
raníes. 

(1) Montoya, Conq. esp., S 32. 

(2) RuYER, Carta anua de Igiiazú. 

(3) Montoya, Conq. esp. s§ LXXI. LXXllI. 

Í4) Dr. Luis Domínguez, Prólogo al Schmídel publicado en 1891 por la Socie- 
dad Hakluyt, de Londres, p. XXXVI. 



-71- 

Sabido es que la antropofagia se ha observado en las naciones sal- 
vajes en tres formas diversas: ó por gula, usando la carne humana 
como se suele usar la de otros animales por alimento ordinario: ó por 
enemistad, devorando los cuerpos de los enemigos para satisfacer la 
pasión de la venganza: ó por falsa religión, comiendo las carnes para 
participar del sacrificio humano ofrecido á alguna falsa divinidad. Ni 
se ve qué razón tenga Couto de Magalhaes para excusar del crimen 
de antropofagia á los indios que se comian á sus enemigos impulsa- 
dos por la venganza: pues tan contrario á la ley natural es el devo- 
rarlos por venganza, como devorarlos por alimento voluntario ó por 
pretexto de religión: siendo en todos casos convertir en medio la per- 
sona del hombre, que es fin de las cosas sensibles. 

La antropofagia de los Guaraníes participaba indudablemente de 
la segunda especie. Que devoraban los hombres por enemistad y ven- 
ganza, lo persuaden las demostraciones de odio con que solían comer 
sus prisioneros, de que dan razón los PP. Montoya (1) y Techo (2), y 
más antiguamente Alvar Núñez (3), Schmídel (4) y Hans Staden, que 
estuvo á punto de ser comido de los tupinambás (de idioma y costum- 
bres semejantes á las de los Guaraníes), y ha conservado la respuesta 
de ellos cuando les preguntó la causa de la extraña costumbre que 
tenían de comer los piojos, á que dijeron que siendo enemigos suyos, 
los comian para vengarse de ellos, dándoles el mismo tratamiento que 
daban á sus demás enemigos (5): y consignó también la especie de 
diálogo que se entablaba entre el prisionero y los caníbales que iban 
á devorarle, protestando aquél que en venganza de su muerte y de la 
de los suyos, comería su tribu á todos los guerreros tupinambás que 
cayeran en sus manos (6). 

Que además usaran de la carne humana como de manjar para re- 
galarse con ella, lo muestran los pasajes arriba citados del P. Mon- 
toya: pues usar de la carne humana al modo que los europeos usan 
la de vaca ó cordero (7), distinguir como bocado exquisito las 
pantorrillas (8), andar persiguiendo para comer á los hombres 
cuando faltaba la caza (9), y comerse á los mismos individuos de su 

(1) Montoya, Conq. esp., §§ XXXI, LXXIII y cartas suyas en las Anuas de 
1627, pp. 118, 132. 

(2) Techo, Hist. VII. 5. 

(3) Comentarios, cap. XVI. 

(4) Cap. XX. 

(5) Hans .Staden, Usos y costumbres de los tupinambás, cap. XVI. 

(6) Ibid.,cap. XKVIII. 

(7) Carta del P. Montoya en Jarque, Vida del P. Antonio Ruiz, II, 189, ed. Ma- 
drid, 1900. 

(8) Carta en Anuas de 1627, pág. 147. 

(9) Montoya, Conq. esp., § LXXIII. 



-72- 

tiibu (1), manifiestamente son actos de antropofagia ejercida por 
gula. 

No ha faltado tampoco quien haya atribuido á religión la antropo- 
fagia de los Guaraníes. Hase explicado esto diciendo que los Guara- 
níes creían que el alma del enemigo pasaba á ellos mismos si comían 
el cuerpo; y que con semejante transfusión quedaban más fuertes y 
valientes por incorporárseles el valor del difunto: explicación tan fácil 
de atribuir á los indios por un hombre dotado de imaginación é inven- 
tiva, como difícil de probar, y de la que, en efecto, no se aduce más 
prueba que el decirlo. Otro modo de explicarlo es el que propone 
el Sr. D. Samuel Lafone Quevedo. Afirma que las matanzas en los 
casos en que intervenía antropofagia entre los Guaraníes eran un acto 
religioso, pues siempre que las menciona las designa con el nombre 
de rito (2). Añade que eran un sacrificio (3), y que se hacía á algún 
dios, ó á los manes de los difuntos (4). Ni se ha probado, ni parece que 
haya argumento sólido alguno que convenza que los Guaraníes ado- 
rasen á divinidad determinada, ó que tuvieran por dioses á las almas 
de los difuntos. El llamar rito ó acto religioso á la matanza y comida 
de hombres entre los Guaraníes, no se ve qué fundamento pueda 
tener: como no sea el decir que el banquete se hacía con ciertas cir- 
cunstancias, siempre las mismas, y con gran alegría en asambleas 
públicas. Pero es claro que no todo lo que se hace en pública junta y 
con regocijo y determinada forma, se puede llamar acto religioso. 
Demás de que no siempre acompañaban á la matanza esas circuns- 
tancias, 3' mal se podría atribuir á sacrificio la caza de hombres para 
comer, cuando faltaban peces ó aves, la golosina de ellos como de 
puercos cebados, de que habla Schmídel, ó la matanza de individuos 
de la propia tribu, cuando faltaban enemigos. Por lo cual parece que 
la opinión de la transmigración del valor y la de la antropofagia como 
sacrificio, deben ser desechadas por carecer de fundamento. 

Parecen ideadas estas dos opiniones para disminuir ó excusar en 
algo el horror que causa la feroz costumbre de la antropofagia. Pero 
ni aun admitiendo la hipótesis de la antropofagia ritual, se disminuiría 
un punto la barbarie de la acción. En efecto, la razón que se aduce es 
que se halla más alejada del salvajismo la nación ó raza que devora 
á sus prisionei os para participar del sacrificio oficcido á sus falsas 
divinidades, que la que no tiene esta costumbre: porque para lo pri- 



(1) Anuas de 1627, pág. 129. 

(2) Lafonk, luán Díaz de Solís, pp. 22, 23, 24, 53, 54, ed. B.' A." 1903. 

(3) Ibid., pág. 41. 

(4) Ibid., pág. 53. 



-73- 

mero es necesario haber adquirido varias ideas á que no alcanza la 
segunda raza. Mas esto dista mucho de ser exacto: pues no por haber 
adquirido ideas más difíciles de entender se dirá que se halla una na- 
ción más civilizada, si las tales ideas son falsas y además la inclinan 
á acciones más contrarias á la naturaleza racional. Y eso es justa- 
mente lo que sucede con el sacrificio antropofágico, para el cual se ha 
adquirido la idea de una falsa divinidad que exige culto de sangre 
humana, acción contraria á la naturaleza racional. No ha sido, pues, 
un adelanto, sino un verdadero retroceso y un escalón más, bajado en 
la pendiente de la degradación humana, hasta caer en la idolatría, 
ofreciendo sacrificios humanos á los demonios, y cebándose en las 
carnes de sus semejantes. Si acaso se citara el ejemplo de los incas 
del Perú, que sacrificaban víctimas humanas; ó de los indios mejica- 
nos, que tenían innumerables de estos sacrificios, comiendo en ellos 
de la carne de los hombres sacrificados; es fácil conocer que en eso no 
eran más civilizados, sino más salvajes que sus vecinos que no come- 
tiesen estas maldades y atrocidades. 

Queda, pues, asentado que los Guaraníes eran antropófagos; y en 
cuanto se puede juzgar con buenos fundamentos, su antropofagia era 
motivada parte por la gula, parte por la venganza, y no era antropo- 
fagia religiosa. 



VIH 
BORRACHERAS Y OTROS VICIOS 21 

Común vicio de todos los indios americanos fué la borrachera, 
como se ve por testimonios de toda clase: y no se falsificó esta regla 
general en los Guaraníes. 

Solían los Guaraníes celebrar sus borracheras mu}' á menudo, 
como cuando habían concluido la cosecha, la siembra ú otra operación 
común de agricultura, cuando se había de resolver en junta pública 
algún asunto de interés general, ó declarar la guerra: y en suma, las 
borracheras venían á ser casi continuas. 

Duraban de ordinario tres días con sus noches (l),en el cual tiempo 
andaban de casa en casa vaciando tinajas del brevaje que tenían 
prevenido con abundancia: y así se lee que, en los principios de la re- 

(1) Lozano, Híst. de la Comp.^, líb. V. cap. XIX. n. 6. 



-74- 

ducción de San Ignacio del Paraná vendían al P. Marciel de Loren- 
zana por gran fineza la práctica que empezaban á entablar de no per- 
severar en la embriaguez más que dos días con sus noches, y aun 
reducirse á día y medio ó á un día con su noche (1). 

El licor con que se embriagaban era la chicha ó líquido fermen- 
tado sacado del maíz, de frutillas silvestres, de raíces ó de miel que 
recogían de los bosques. En semejantes celebridades se pintaban el 
cuerpo con colores y rayas que los hacían aparecer horribles y fieros,^ 
añadiendo mayor deformidad á su práctica la estupenda gritería, con- 
fusión y estruendo de bocinas, flautas y atambores que resonaban sin 
cesar mientras duraba la borrachera (2). 

Había dado el P. Diego de Torres en sus Instrucciones á los mi- 
sioneros algunos medios para ir desterrando este asqueroso y perni- 
cioso vicio: y los misioneros los practicaban; pero el efecto se conse- 
guía muy poco á poco. Véase el estado de la sobredicha reducción de 
San Ignacio en 1616, á los seis años después de su fundación, descrito 
por su misionero de aquel tiempo, el P. Diego de Boroa, con los me- 
dios que se tomaron para dar mayor eficacia á la guerra ya movida 
contra la embriaguez. 

<s^Eíi viniendo de algnna cubu ó pesca, y al tiempo de labrar sus 
chácaras, todos se juntaban á beber y emborrachar se , y en acabando 
el vino de una casa, pasan á otra, con muchos plumajes, niny pin- 
tados y embijados, con una fiereza que parecen demonios: lo cual 
también hacían en otras muchas ocasiones. 

» ... Las borracheras han sido más dificultosas de corregir, por 
el mal hábito que tienen desde muchachos, y por ser vicio univer- 
sal, y ansí dificultoso ir á la mano y castigar á los deli¡u'iientes... 
Viendo que no había orden de enmendarse; para tener más fuerza 
para corregirlos, se les afeó muchas veces con diversas compara- 
ciones en los sermones: y un día llanunnos á los alcaldes y caciques 
juntos, y díjeles que quería saber su. sentimiento acerca de la bo- 
rrachera: y también cómo habíamos de corregir y castigar á los 
borrachos, para con esto hacelles también dueíios del negocio. Ha- 
blaron muy bien: y particularmente un cacique de mucha capacidad 
dijo maravillas, afeando el vicio, y que aquello no era ma/uia- 
miento sólo de los Padres: que Dios nuestro Señor les decía aquello 
mismo en sus corazones, y echaban de ver que era malo y pecado 
emborracharse, y otras palabras muy buenas. Con esto y algunos 
castigos que se hicieron, y visitando las casas amenudo, se fueron 

(1) Ibid. 

(2) Ibid., n. 4 y cap. XV. n. 10. 



— /o — 

entnendando notablemente . Y lo que ayudó mucho, fué que, como 
fuese uno de nosotros visitando las casas, y hallase gran cantidad, 
de vino para una borrachera famosa, hizo buscar muchas botijas 
vacias y ponerlas en casa, y luego mandó traer todo el vino para 
dárselo después poco á poco: con que quedaron escarmentados y 
temerosos no les suceda otra ves otro tanto...-» (1) 

No podía andar la borrachera sin su ordinario séquito de vicios y 
desastrosos efectos. En semejantes celebridades, mezclábanse con el 
baile y la embriaguez los odios y enemistades, ejercitándose las ven- 
ganzas privadas y decretándose las guerras y matanzas: terminando 
á veces las mismas juntas en riñas, heridas y asesinatos: á que se 
agregaban los daños de la lujuria. 

He aquí lo que escribe el P. Boroa en la carta arriba citada (2). 

«.El demonio se hace fuerte con ellos, por ser éste (de la embria- 
guez) SIL castillo roquero y la red barredera en que los coge: por- 
que fuera del mal que de suyo tiene, está hermanado con la desho- 
nestidad, como dice San Pablo.-» Y el sínodo primero de la Asunción, 
celebrado por el Illmo. Fr. Martín Ignacio de Loyola, de la Orden de 
San Francisco, año de 1603, se expresa en los siguientes términos (3): 
«6.^ Constitución. Que se quiten las borracheras y supersticiones de 
los indios... — Asimismo encargarnos que procuren evitar en cuanto 
pudieren las borracheras, que son origen de las idolatrías, horri- 
bles incestos, muertes, y otros daños causados por ellas...-» 

Ni será difícil de entender cuánto hubiera de predominar la luju- 
ria en gente que, además de tener el excitante de la borrachera, 
acostumbraban andar totalmente desnudos (4), y vivían en casas 
grandes, chozas ó aduares que, sin división alguna interior, encerra- 
ban todos los sujetos grandes y pequeños, de uno y otro sexo, no sólo 
de una misma familia, sino de varias afines entre sí y aun extrañas: y 
contaban entre sus usos el de la poligamia con otros bien contrarios 
á la honestidad, que pueden verse en los autores. 

Y enumerando los santos (5) como retoños naturales de estas dos 
malas raíces de embriaguez y lujuria, la ceguedad para conocer el 
verdadero bien moral, el embotarse el entendimiento, la precipita- 
ción, la inconstancia, la imprevisión }- todos los vicios opuestos á la 

(1) Carta del P. Diego de Boroa al P. Prov. Pedro de Oñate, desde San Igna- 
cio Guazú, á 10 de Nov. de 1616, inserta en las Anuas de 1616. 

(2) Ibid. 

(3) Traslado de las Constituciones sinodales... de la Asunción en el año de 
1603 (Sevilla, Arch. de Ind. 74. 6. 47>. 

(4) .ScHMÍDEL, Viaje, c. 20. 

(5) S. Gregorio Magno, lib. 31 de los Morales, cap. XVII: Santo Tomás, 2-2, 
qq. 148.152. 



-76- 

prudencia, que la trastornan y consumen: no hay que preguntar de 
dónde procedían estos desastrosos efectos que, como entrañados ya 
en su naturaleza se han visto al examinar las dotes intelectuales y 
morales de los Guaraníes. 



22 IX 

UNA TEORÍA SOBRE LA CONDICIÓN MORAL 
DE LOS GUARANÍES 

Haciéndose cargo del lastimoso embotamiento y ofuscación de la 
mente en los indios, y de sus bárbaras y crueles costumbres, tan aje- 
nas de la racionalidad, en las que persistían en todo ó en parte, á pe- 
sar de hallarse en contacto con la civilización europea, y aun á veces 
después de convertidos al cristianismo; formuló el P. Domingo Mu- 
riel, último Provincial de la antigua provincia jesuítica del Para- 
guay, su teoría de la atenuación de la ley natural entre los indios 
americanos, que explicaría tan enormes aberraciones. 

Con ocasión de haber negado el P. Benito Stattler (1) un hecho 
alegado por Federico Mayer (2), de que los indios americanos andan 
completamente desnudos sin reparar en ello, como sucede con los ni- 
ños; se expresa el P. Muriel en los siguientes términos (3): 

«Lo que de los indios de América escribió Federico Ma3'er no es 
tan falso como Stattler opina. Hay pueblos en América que dejando 
á un lado el pudor y la vergüenza, viven una vida á manera de bes- 
tias. Así, para citar alguno, la nación de los Paj'aguás en la Amé- 
rica del Sur viene á constituir una especie de animal anfibio, que así 
como vive en el agua enteramente desnudo, así tampoco se aver- 
güenza de andar por tierra del mismo modo: lo que es clara prueba 
de estar en ellos oscurecido el derecho natural. Al desembarcar por 
primera vez los españoles en América, no sólo se observó lo que ates- 
tigua el lUmo. Sr. Obispo Ortiz, que eran gentes que no tenían cuenta 
alguna con el pudor; sino lo que también se ofrecía á los ojos de 
los navegantes que saltaban en tierra, y era que acudiendo gran nú- 
mero de personas á ver á los extranjeros, y poniéndose indistinta- 
mente á su alrededor, no se cuidaban de apartarse del concurso ó de 

(1) Stattlf.k, Ethica universa, p. 2. s. 2. cap. 1. 

(2) Mayhh, Philosophia moralis, p. III. 8 698. 

(3; MoHEi Li, Riidimenta inris naturae lib. I. disp. VII. s 3. 



-77- 

la vista, ni siquiera para exonerar el vientre. Aunque ha}^ otras na- 
ciones ó tribus, como la de los Isistines, que en lo demás andan des- 
nudas, pero con un pudor nada exagerado, hacen bajar de la cin- 
tura á las ingles un medio ceñidor (que los españoles americanos 
llaman pampanilla) formado de plumas de varios colores. Tamaño 
desprecio del derecho natural nace del mismo origen que en los ni- 
ños pequeños, con esta diferencia, que los niños obran así por no 
tener todavía desarrollada la razón por la educación: y los bárbaros 
por tener la razón deformada y ofuscada por la costumbre de 
sus antepasados y la suya, que llegan á convertirse en natura- 
leza.» 

Esta misma doctrina con todas sus pruebas y consecuencias des- 
arrolló ampliamente en un tratado destinado á la imprenta con este 
título: De iiire naturae apud indos meridioíiales attenuato: del cual 
no queda otra cosa que la mención que de él hace su biógrafo el Pa- 
dre Francisco Javier Miranda. 

Una consecuencia inmediata de la doctrina es que los indios eran 
en varios casos incapaces de cometer pecado mortal, por falta de su- 
ficiente conocimiento: porque, promulgándose, como es sabido, la le}^ 
natural por medio de la razón, que en ellos faltaba por su corta ca- 
pacidad y ofuscado entendimiento; no estaba en ellos promulgada á 
causa de esta falta, y así en varias materias no les obligaba á pecado 
grave: aunque alcanzándoseles algo de la deformidad del acto, hu- 
biera otra culpa menor. — Ni obsta que la ofuscación de la mente y 
consiguiente falta de capacidad hubiera sido culpable en sus padres 
ó en ellos mismos; porque de esto á lo más se concluirá que eran gra- 
vemente culpables in cansa de los excesos posteriores, si es que los 
habían previsto, mas no que lo fueran en el acto de cometerlos, en 
que ya faltaba el suficiente conocimiento: que es el modo como se 
discurre cuando se trata de las malas acciones ejecutadas por un 
hombre tomado de vino. 

No era nueva la doctrina del P. Muriel, como no sea en cuanto 
á las palabras con que la expone: pues este mismo era el parecer de 
muchos antiguos misioneros de Guaraníes, quienes juzgaban que en 
varias de sus malas acciones, no alcanzaban éstos á la malicia de pe- 
cado mortal por falta de discreción de su corta capacidad: como tam- 
bién que apenas había ninguno de los que morían-en sus pueblos que 
no se salvase, atenta por una parte esta su cortedad natural, y por 
otra la diligencia y buena voluntad con que pedían 3^ recibían los sa- 
cramentos en estando enfermos. 

Es asimismo la doctrina que expone el Illmo. Sr. Peña Montene- 



-78- 

gro. Habiendo enseñado en el libro I de su Itinerario (1) lo que dicen 
los Doctores, «que el uso de razón necesario para que obliguen los 
preceptos naturales, divinos y humanos, no es aquel discurso que los 
muchachos tienen en sus primeros años en cuanto á cosas naturales 
ó artificiales»; sino que se necesita otro conocimiento más claro y 
distinto con que se discierna el mal moial del bien como cosa que nos 
hace perder la amistad de Dios é incurrir en las penas eternas del 
infierno: «porque la experiencia enseña, dice, que muchos de los ni- 
ños buscan la comida ó la hurtan y la guardan para excusar la ham- 
bre, edifican y forman una casa para sus juegos con mucho orden, lo 
cual hacen con discurso: y con tenerlo para estas cosas, no tienen ca- 
pacidad para pecar, porque bien se compadece este discurso con in- 
capacidad de pecar»: propone esta cuestión (2): «Si los indios que 
hoy están conquistados, y tienen doctrineros que los enseñen, pue- 
den tener ignorancia invencible de algunos preceptos divinos, po- 
sitivos y naturales.» Y la resuelve diciendo: «Las razones puestas en 
la cuestión pasada para probar que los indios gentiles, más que otras 
naciones del mundo, tienen ignorancia invencible de algunos precep- 
tos de naturaleza, prueban también que la tienen muchos de los que 
están bautizados... Porque ¿qué diferencia hay de un indio gentil á 
uno que se bautizó en la infancia, y de allí pasó á la chozuela de un 
páramo ó á la cueva de un monte, adonde se cría con la torpeza de 
ingenio heredada de sus padres, y aumentada con la vida agreste con 
manjares groseros, con el mal ejemplo de los mayores, con andar 
desnudo á la destemplanza de los aires; con falta de enseñanza y doc- 
trina, que son las cosas que entorpecen el entendimiento?... Ninguna 
cierto.» Y allí mismo enumera algunas acciones concretas de los in- 
dios, que por falta de este conocimiento se excusan de la malicia de 
pecado grave. 

La doctrina del P. Muriel, que concuerda con la de las autorida- 
des citadas, y no es más sino la aplicación de la enseñanza general 
de los doctores católicos al caso concreto de los indios, no sólo es 
eminentemente práctica para los que tienen que dirigir en lo espiri- 
tual á esta clase de gente, que fué el fin principal que se propusieron 
sus autores; sino que al mismo tiempo ayuda en lo especulativo á for- 
mar el justo concepto de la condición del indio, y del origen de su pa- 
tente inferioridad y degradación en cuanto á las facultades intelec- 
tuales 3' morales. 

(1) Peña Montenegko, Itinerario para párrocos de indios, lib. I, trat. I\', 
ses. VI. p. 85. ed. 1737. 

(2) Montenegro, Itinerario, lib. II, trat. VIII. ses. ÍX. p. 282. 



-79- 

X 
RELIGIÓN DE LOS GUARANÍES 23 

Muy pocos datos ó ningunos suministran los primeros documen- 
tos acerca de la religión de los Guaraníes. 

Entre los que escribieron algo después del tiempo de la conquista, 
se cuenta el P. Alonso de Barzana ó Barcena, misionero antiguo y 
experimentado y grande operario entre los Guaraníes. En carta que 
escribe al P. Provincial del Perú Juan Sebastián, año de 1594, enun- 
cia un hecho importante. «Es toda esta nación [de los Guaraníes] 
muy inclinada á la religión, verdadera ó falsa... Tienen grandísi- 
ma obediencia d los Padres [ó sacerdotes], si los ven de buen ejem- 
plo: y la misma ó mayor d los hechiceros que los engañan en falsa 
religión, tanto que si se lo mandan ellos, no sólo les dan sus ha- 
ciendas, hijos y hijas, y les sirven pecho por tierra; pero ni se me- 
nean sino por su voluntad. Y esta propensión suya d obedecer d 
titulo de religión ha causado que no sólo muchos indios infieles se 
hayan fingido entre ellos hijos de Dios..., pero indios criados en- 
tre los españoles se han huido entre los de guerra, y unos llamá- 
dose papas, otros Uamádose fesucristo.y> (1) — De esto último hay un 
testimonio muy patente en la rebelión acaudillada por el indio Oberá, 
que se refiere en la historia del Río de la Plata. 

Los Guaraníes conocían la inmortalidad del alma, «jy temen mu- 
chor> añade el P. Barcena «las anguerd, que son las almas salidas 
de los cuerpos, y dicen que andan espantando y haciendo mal». 

Tuvieron idea de un Dios, señor 3^ criador de todas las cosas, á 
quien llamaban Tupa: es noticia que da también el P. Barzana. No 
obstante, no consta que le tributasen culto alguno, ni tenían sacrifi- 
cios, ni sacerdotes de este sumo Dios. 

«De dónde tuvieron noticia de Dios, añade el Padre, no se sabe 
cosa cierta: salvo que es vos comiín por tradición de los viejos, 
que vino en los tiempos pasados á predicarles uno que ellos llaman 
Pay Zumé: y cuentan que aquél les enseñó que había Dios.» — Es 
ésta la tradición conservada en varias regiones de América meridio- 
nal, como el Biasil, Río de la Plata y Perú, de un hombre extraordi- 
nario que en tiempos remotos había recorrido estos países, ense- 
ñando la religión 3' señalándose por su predicación 3" milagros, con 

(1) Barzana, Carta al P. Juan Sebastián, fecha en la Asunción, á 8 de Sep- 
tiembre de 1594, en Relaciones geográficas de Indias. 



-80- 

otras circunstancias que pueden verse en los autores que tratan de 
propósito esta materia. Varón que se entendió sería alguno de los 
doce discípulos principales del Señor, y más comúnmente se creyó hu- 
biera sido el Apóstol Santo Tomás. Hallaron viva esta tradición los 
Jesuítas al llegar al Paraguay, junto con la de una profecía del men- 
cionado Varón santo, que había predicho á los Guaraníes que por su 
mala vida olvidarían las verdades que él les enseñaba; pero que con 
el tiempo vendrían unos hombres con cruces en las manos como él, 
los cuales les enseñarían de nuevo el camino del cielo: pronóstico que 
los indios reconocían como cumplido en los Jesuítas, viéndoles en- 
trar á las conversiones con unos báculos terminados en lo alto por 
una cruz (1). La misma tradición habían hallado antes los PP. de 
la Orden de San Francisco en lo que hoy es estado de Santa Cata- 
lina del Brasil (2), hacia 1537. Y aun parece que )'a en 1508 andaba 
impresa la tradición de los brasiles de haber pasado al continente 
sud-americano aquel varón prodigioso en quien se creyó ver al Santo 
Apóstol (3). 

Dice también el P. Barzana que no tenía esta nación ídolos nin- 
gunos que adorase: y da á entender que esto sería lo único que retu- 
vieron de la predicación del Pay Zumé, junto con la creencia de un 
Dios sumo. Y lo mismo atestigua el P. Montoya: «La nación Guaraní 
ha sido limpia de ídolos y adoraciones... como la larga experiencia nos 
lo ha enseñado» (4). Esto no quita que en alguna comarca hubiese algo 
de idolatría, como parece que la hubo en el caso de ciertos indios del 
Uruguay castigados por Dios con peste por el delito de unos pocos de 
ellos hacia 1635: <!~Saliendo cincuenta indios (de Candelaria del Uru- 
guay) á la yerba, en el camino por donde liahlan de pasar está una 
piedra alta que tiene figura de persona, á quien ellos llaman aña- 
VAY^k, frente del diablo. Esta piedra se dice que en su infidelidad 
algunos la adoraban y le ofrecían dones para que les sucediese bien 
en los viajes. Unos indios destos, quedándose atrás^ escondidos de 
los oíros, le fueron á hacer sus ceremonias... r> (5) 

Mas lo que sí es cierto es que, merced á la propensión á obedecer 
á título de religión que se ha notado arriba, los hechiceros ó magos, 
que entre los Guaraníes existieron en gran número, les iban introdu- 

(1) Montoya, Conq. esp. § 24 y también § g 22 á 27. Lozano, Conquista, lib. T 
capítulo XX. NoBRKtiA, Carta del año 1552. 

(2) Carta del P. Fr. Bernardo Armenta, Comisario del Río de la Plata, ;i 1." 
de Mayo de 1538, en VVadincío, Annales, tom. X\'I. ann. IflBS, núm. III 

(3) Galanti, Compendio de historia do Brasil, I. 117 Nota. 

(4) Montoya, Conq. esp., s XXVIII; s XLV. 

(5) BuROA, Anua de Ido'), p{\S- 78 



-81 - 

ciendo toda clase de supersticiones: la idolátrica, la de agorerías }- la 
de vanas observancias, en número y especies increíbles (1). Llegaban 
á fingir con manifiesta desvergüenza que ellos mismos eran divinida- 
des vivientes: que eran el Dios que había criado el mundo y lo podían 
destruir: que eran dueños de las lluvias para darlas á sus amigos y 
devotos: de los rayos para enviarlos sobre quienes les ofendiesen: que 
les obedecían las fieras del bosque, y si los indios no les querían hacer 
caso, mandarían á los tigres que los vengaran: y otras cosas á este 
jaez (2). Los indios, por su extraordinaria cortedad y su inclinación á 
lo maravilloso, se dejaban persuadir tales patrañas, obedecían y cum- 
plían todas sus órdenes y los miraban con extraño temor y venera- 
ción. Tomaban, en efecto, al mago por un dios, }- vez hubo que le 
ofrecieron sacrificios (3): y lo que más es, no sólo le tributaban ado- 
ración en vida, sino aun después de muerto, venerando y dando culto 
como cosa divina á sus huesos: superstición que en algunas ocasiones 
fomentó el demonio, permitiéndolo Dios, con prestigios diabólicos (4). 
Llamaban á estos magos payés, y solían juntamente ser agoreros, y 
muchos de ellos enterradores, con lo cual hacían mayor daño todíi- 
vía (5). Hasta llegaron en cierto tiempo á constituir un remedo de la 
jerarquía católica, teniendo un hechicero mayor á modo de sumo pon- 
tífice, que dominaba en toda la región del Uruguay, otros subalternos 
con autoridad sólo en una comarca á semejanza de los Obispos: y 
otros á quienes fijaban en cada pueblo, limitando su acción á aquella 
localidad: y á estos mismos les ponían sustituto (6). 

Y aunque en materia de apariciones hubo grandes supercherías, 
no parece que pueda dudarse que fueron verdaderos algunos casos en 
que se manifestó el demonio sensiblemente á los Guaraníes, unas 
veces dejándose ver en forma visible, otras con voces y sonidos, y 
siempre para apartarles de la rectitud y de la verdad de la reli- 
gión (7). Así como tampoco puede explicarse por causas naturales, 
sino por posesión diabólica, el hecho indudable de los indios llamados 
apícaírés, es decir, protervos ú hombres sin discurso (8), «gente en- 
demoniada, que reahnente habita en ellos el demonio...: susténtanse 
de casa: y cuando falta ésta (que es muy ordinario), es su sustento 
carne humana. Andan por los campos y montes en manadas, al 

(1) MoNTOYA, Conq. esp. g§ IX-X. 

(2) Ibid., § IX. 

(3) Lozano, Conq. III, cap. X, pág. 223. 

(4) MoNTOYA, Conq. esp., § XXVIll sqq. 

(5) Ibid., § IX. 

(6) Mastrilli, Litt. ann. 1626, 1627, pág. 155. 

(7) MoNTOYA, Conq. esp., SS XVII. XX VI I. 

(8) Ibid., § LXXIII. BoROA, Anuas de 1636, pág. 42. 

Organización social de las Doctkinas Guaraníes.— 6 



-82- 

niodü de rab/osos perros. Entran de repente en los pueblos: y como 
/¡eras acometen al rebaño, y hacen presa en los mucJiachos que pue- 
den para su comida. Suelen, tomados del demonio, andar vagando 
de noche por los campos como borrachos ó locos. Comen brasas de 
fuego como si fueran guindas. Dudoso es de creer: y yo confieso 
que lo tuve por patraña: pero desengañóme la experiencia que uno 
en mi presencia hiso, mascando carbones encendidos como uji 
terrón de azúcar.» Y después de expresar que á veces están en paz, 
pero luego, arrebatados de un furor que ellos mismos ya sosegados 
no saben en qué consiste, toman arco y saetas, claman, tiran, matan y 
ahuyentan, añade: «Uno de éstos tuvimos preso, y se averiguó que 
se había comido á su mujer y dos hijos, y actualtnente le cogieron 
comiéndose á su mismo padre: en las acciones y aspecto parecía Jin 
tigre.» 

De esta manera, las mismas acciones que tenían algún viso de 
religión, venían á ser únicamente detestables supersticiones, fomen- 
tadas por el influjo de los hechiceros, y que constituían otras tantas 
nuevas causas de embrutecimiento de aquella raza sobre las que ya 
tenía en las lamentables condiciones arriba expuestas. 



XI 
24 RESUMEN Y CONCLUSIÓN 

Largamente se ha disertado á veces pintando á los salvajes como 
pueblos primitivos, en el estado de la naturaleza, inofensivos como 
niños, rectos en sus deliberaciones, colocados en el primer estadio 
de la vida, y que por sucesivas evoluciones han de recorrer el camino 
del progreso hasta llegar al ápice de la civilización. 

Los datos recogidos en el presente capítulo harán formar un con- 
cepto bastante diverso: pues muestran que cuanto las le)'es de Indias, 
la Iglesia y la experiencia afirman de los indios en general, de su 
inferioridad, caimiento y nada lisonjeras condiciones morales, otro 
tanto en su género debe afirmarse de los indios Guaraníes en espe- 
cial: que eran un pueblo en estado de decadencia, que cada vez iba 
acercándose más á la degradación que llega á la semejanza con los 
animales irracionales, comparatus est iumentis insipientibus^ et 
similis factus est eis (1): que la lujuria, la borrachera, la antropofa- 

(1) Ps. XLVIIl, 14, 21. 



-83- 

gía, el furor por la guerra y las múltiples supersticiones, causas 
todas que estaban de asiento entre ellos, habían embotado y oscure- 
cido su entendimiento 3' producido en ellos la incapacidad é impre- 
visión que incesantemente iban creciendo A la par de los vicios, 
habiendo ofuscado hasta la luz natural que Dios imprime en el fondo 
del alma para discernir con juicio recto el bien del mal moral, y los 
habían icducido A la condición de no tener entendimiento de hombies 
adultos sino por intervalos. Sólo les quedaba la habilidad para las 
artes mecánicas. 

Proponiéndose ahora la cuestión de la conducta que será bien 
■observar con seres de esta calidad: responden los que tienen el con- 
ceptode ser los indios de facultades intelectuales y morales tan aven- 
tajadas como los de cualquiera otra raza }• tan perfectibles como ellos, 
que bastaría implantar entre los indios la absoluta libertad económica 
del individualismo, y el régimen político del gobierno propio. A juicio 
de los llamantes sabios del siglo xix y principios del xx, y siguiendo 
rigurosamente los principios de Darwin y Spencer, aquella raza indo- 
lente, inconstante, pobrísima en el discurso y llena de vicios, deberá 
ser exterminada de sobre la haz de la tierra para dejar su puesto A 
otrasrazas más aptas. Ni se crea que este parecer sea alguna extre- 
mada exageración del autor: pues además de que es consecuencia 
forzosa de los principios sustentados por dichos profesores del evolu- 
cionismo, se ha formulado ese dictamen en nombre de los sabios en 
toda su crudeza, y no una vez sola. 

El presente libro, sin proponerse rebatir los dos pareceres que 
anteceden (que con sólo enunciarlos quedan juzgados), expondrá lo 
quecon la raza (íuaraní hicieron los Jesuítas, guiados del espíritu de 
su Instituto aprobado como santo y piadoso por la Iglesia católica, 
que es el espíritu de la misma Iglesia y el que inspiró también las 
•leyes españolas para el gobierno de los indios. 



CAPITULO II 



LA FAMILIA 

1. La familia Guaraní en el gentilismo.— 2. La familia Guaraní en las Doctri- 
nas. — 3. Los hijos. — 4. Celebración del matrimonio. — 5. Los trajes, — 6. Habita- 
ciones. 



25 LA FAMILIA GUARANÍ EN EL GENTILISMO 

No siendo intento del presente trabajo describir detalladamente 
las costumbres del pueblo Guaraní primitivo, sólo se dirá en esta 
materia lo que fuere necesario para que se advierta la profunda modi- 
ficación y progreso que en la familia Guaraní introdujo la religión. 

La familia Guaraní, en su infidelidad, padecía de un defecto sus- 
tancial, pues en ella reinaba la poligamia, violándose la unidad que 
como base del matrimonio exige la ley natural. Un indio Guaraní 
podía tener muchas mujeres, llegando en el tuhichá ó cacique el 
número de ellas á veces hasta veinte ó más, cuantas podía mantener: 
y si bien en los indios de inferior condición no era tan frecuente la 
pluralidad, esto no dependía de alguna reverencia al matrimonio, ó 
sentimiento y deseo de la organización de familia prescrita por la ley 
natural, sino de defecto material de medios. De aquí tenía que pro- 
ceder necesariamente, entre otros vicios, la falta de amor y unión 
entre los miembros de la familia: y se daba el caso de que al llegar á 
la tribu un huésped de importancia, le enviase el cacique una ó más 
de sus mujeres para que cohabitase con ellas. Fuera de este caso, la 
infidelidad en las mujeres del cacique era castigada con pena de 
muerte. 

Si la unidad del matrimonio no se guardaba, no era más obser- 
vada la indisolubilidad, que también os esencial en él: Examinada la 
calidad de sus uniones conyugales con todo cuidado y según los 
informes de ellos mismos y los datos de la experiencia, juzgaron 



-85- 

graves teólogos que no eran matrimonios, sino meros concubinatos, 
pues se contraían sólo temporalmente, con ánimo de repudiar á la 
mujer cuando les pareciese, como en efecto lo hacían. Es verdad 
que otros pensaron que había entre ellos matrimonios válidos, pues 
distinguían la mujer principal, que llamaban CJierenibirecó, de las 
otras que decían Cheagiiasá: y así las primeras eran verdaderas 
esposas, y las otras concubinas. Y aun hubo parecer intermedio de 
que no eran válidos los matrimonios de los caciques ó tubichabac , 
pero sí los de los vasallos ó ababoyd, porque éstos parecía que 
contraían con más estabilidad. Expuesto el asunto al Sumo Pon- 
tífice Urbano VIII por el Cardenal de Lugo, se comprobaron los 
siguientes hechos: (1) que estos gentiles... cambian de mujeres como 
los europeos de criadas, y esto hacen por fútiles motivos^ cuales son, 
si la mujer no puede guisar, coser los vestidos, tener cuidado 
de la casa, ó si ha envejecido. Muchas veces se casan con una 
madre y su hija, ó con varias hermanas. En ocasiones regalan 
una concubina á cualquier amigo, ó también á un criado; mas 
si éste se marcha, se la quitan. Hay quien al cambiar de resi- 
dencia, abandona su esposa; y el Papa contestó que, habiendo 
razones probables por entrambas partes, se siguiese el parecer 
más favorable á los indios en cuanto al vínculo después de bauti- 
zados. 

El amor que profesaban á sus hijos tenía mucho de ciego é irra- 
cional. Fuera de acostumbrarlos al manejo de las armas de arco y 
flechas, que habían de serles instrumentos para sustentarse en la paz 
y pelear en la guerra, ningún otro cuidado se tomaban de enseñar- 
les, ni de vigilarles ó refrenar y enderezar sus aviesas inclinaciones, 
ni usaban jamás con ellos de castigo. De aquí nacía un mal graví- 
simo: el niño crecía sin ser educado ni aprender á reprimir sus 
malos instintos: podía cometer todas las faltas y aun insolentarse 
con sus padres sin que esto les pareciese á ellos disonante. Esta 
fué una de las dificultades, y no la menor, con que tropezaron 
los misioneros cuando hubieron de reducirlos á pueblos 3' mante- 
nerlos en orden: por cuanto era menester en cierto modo educar á 
los padres primero que á los niños para que entendiesen lo que 
dicta la regla de la razón: impedimento que duró hasta que los 
mismos indios vieron con gusto introducir la corrección para sus 
hijos. 

Sus habitaciones no podían llamarse propiamente casas^ sino más 

(1) Techo, Hist. Paraguay, lib. X, cap. XV: Muriel, Fasti Novi Orbis, 
Ord. CCCV, pág. 409: Hernaez, Colección de Bulas, tom. I. trat. 2.", secc. 2.=^ 



-86- 

bien aduares 6 galpones. La inclinación natural de los Guaraníes era 
de reunirse cierto número de familias, cuatro ó cinco ó pocas más^ 
construir su rancho común, y vivir en sus chacras, que así llaman 
las sementeras. Cuando se concluían las tasadas provisiones que 
cosechaban de la chacra, emprendían la caza en el bosque ó la pesca 
en el río para sustentarse el resto del año. 

Construían sus moradas cercanas á las del cacique debajo de 
cuya dirección querían vivir y militar: y de esta manera se for- 
maban pueblos ya grandes, 3^a reducidos: aumentándose también á 
veces la magnitud de la vivienda, como que en ocasiones contenía 
cuarenta ó cincuenta familias juntas, sin más distinción de tabiques 
ni aposentos, y podía más bien tomarse por un pueblo que por una 
morada particular (1). Cuando las necesidades de la guerra, ó la 
voluntad del cacique, les hacían mudar el paraje de sus aduares, no 
se necesitaba gran trabajo para levantar en otra parte nuevas 
casas: bastaba cortar los palos y algunas maderas del bosque 
inmediato, y juntar las cañas y paja que les servían de techo, sin la 
molestia de trasladar ni utilizar cosa alguna de la morada antigua. 

Su traje estaba reducido á cubrirse las partes vergonzosas con 
algunas plumas ó con una redecilla que llevaba ensartadas algunas 
cuentas, y dejar lo demás completamente desnudo. Y ni aun todas 
las tribus Guaraníes usaban este rudimento de vestidos: las había 
que andaban del todo en cueros (2). 

Agregúese á todo esto el sombrío tinte de crueldad que sobre 
familia tan inculta esparce la antropofagia, que es indudable que 
practicaron: agregúese la ferocidad que les producía su continuo 
estado de guerra y su carácter vengativo (3): agregúese finalmente 
su lujuria y borracheras, de que ya se ha tratado: y se tendrá idea 
del estado miserable de aquellos indios. 

Tal fué la familia Guaraní en su condición salvaje: y éste fué el 
término de donde hubo de partir la organización que le dieron Ios- 
Jesuítas. 

(1) Thcho, lib. V, cap. VII. 

(2) ScHMÍDEL, cap. XX. 

(3) Alvar Núñez, Comentarios, cap. VI. 



87- 



II 
LA FAMILIA GUARANÍ DE LAS DOCTRINAS 26 

No fué poco lo que costó á los misioneros el separar aquel pueblo 
carnal de la pluralidad de mujeres. Más de una vez, á los principios, 
se produjo algún grave trastorno en las reducciones que se forma- 
ban, estimulando el demonio la desenfrenada liviandad de algunos 
indios para arruinar toda la obra. La reducción de San Ignacio guazú 
estuvo á punto de ser destruida por este motivo en el primer año de 
su fundación (1); y la de Loreto iba á ser invadida y asolada por Ati- 
guayé, sin la providencial resistencia del cacique Maracaná (2). 

Seguían los Padres, en extirpar tan abominable vicio, la regla que 
les inspirábala prudencia cristiana: }' mientras duraba la formación 
de aquellas reducciones, congregadas de familias antes dispersas por 
el bosque, no pudiendo remediar el mal de repente, se veían forzados 
á tolerarlo en el entretanto. Pero tampoco bautizaban á los adultos, 
sino cuando, en caso de muerte, la cercana partida les movía para 
resolverse á abandonar la poligamia: ó cuando el vivo deseo de verse 
hechos hijos de Dios se apoderaba del corazón de alguno de los 
indios; porque entonces, como las obras del Espíritu Santo son per- 
fectas y eficaces, el impulso de su inspiración no les permitía vacilar: 
y prometían y cumplían resueltamente la promesa de vivir en verda- 
dero matrimonio único é indisoluble. Condición que con ser prescri- 
ta, no sólo por la ley evangélica, sino aun por la natural, era para 
ellos ardua é inaudita por su selvática tosquedad y envejecida cos- 
tumbre. Y como estos casos solían suceder en los de más despierto 
ingenio, y á veces en los que ó por sus prendas y hazañas, ó por 
haberlo heredado de sus mayores, eran caciques en la tribu; tales 
hechos constituían un saludable ejemplo, y daban nuevo crédito á la 
divina enseñanza que les proponían los misioneros. 

Cuando, merced á esta paciente labor, habían conseguido los 
Misioneros que todo el pueblo fuese cristiano, no solamente quedaba 
organizada la familia según el único matrimonio verdadero entre 
bautizados, que es el celebrado ante el propio párroco con unidad en 
cuanto á las personas, é indisolubilidad en cuanto al vínculo; sino que 

(1) Lozano, Historia, lib. V, cap. XX, n. 2: Anua de 1613 por el P. Roque 
González. 

(2) MoNTOYA, Conquista § 12. 



-88- 

nacía y se arraigaba en los ánimos de los nuevos cristianos un odio 
de abominación contra todo ultraje de este santo vínculo, un justo 
desprecio de todos los contagiados con el inmundo vicio de la lujuria, 
aunque fuesen españoles ú otros europeos, y una estima 3' respeto 
singular de la castidad. No se toleraban en las reducciones 3'a esta- 
blecidas los amancebamientos, sino que eran perseguidos y casti- 
gados, según lo prescribía la ley civil, que moralizaba el pueblo 
prohibiéndolos y penándolos. 

En cuanto al gran concepto que los neófitos hacían de la casti- 
dad, ninguna cosa lo explica mejor que los dos ejemplos siguientes, 
que tomamos de las Anuas de la Provincia del Paraguay correspon- 
dientes á los años 1626 y 1627, escritas por el P. Provincial Nicolás 
Duran Mastrilli. «Para que conste» dice (1) «que tan repentina con- 
» versión al bien» [de los infieles de Corpus] «ha sido obra que Dios 
»ha querido se atribuyese á Él como á su único autor, determinó 
«emplear los mismos neófitos primeros recién convertidos, como ins- 
»trumento para cambiar la vida de otros de mala en buena. Porque 
» entre ellos había algunos que, esforzando la voz, clamaban á los 
«umbrales de los que sabían estar enredados en los lazos del demo- 
»nio, lamentándose con estas y semejantes razones: ¡Oh ceguedad 3' 
«dureza de vuestro corazón! ¡Oh miserable é infeliz estado délos 
»que moran en esta casa!... ¡Oh hermanos carísimos! ¿qué locura os 
» tiene poseídos? Hé aquí que Dios os ha manifestado su grandeza 3' 
»su le3' por medio de sus ministros. La ley inmaculada de Dios prohi- 
»be toda inmundicia de alma 3' cuerpo... — Sobresalía entre estos 
«predicadores de la palabra divina cierto Cacique principal, bautiza- 
« do con el nombre del Príncipe de los Apóstoles, el cual era tenido 
«de todos por el más elocuente en el idioma Guaraní, lengua elegan- 
«tísima á la verdad. Este se sentía tan inflamado del celo de aumen- 
«tar el honor divino y exterminar la liviandad que abominaba, 
«que, á las altas horas de la noche, tronaba con estentórea voz, di- 
«ciendo: «Ay de los que revolcándose en sus lujurias 3- en el lodazal 
» de sus pecados, se prometen con seguridad el día de mañana. Ea, 
«hermanos, dejad las tinieblas de los vicios: abrid los ojos á la divina 
«luz que ha comenzado á brillar para nosotros. No queráis precipita- 
«rosenlas eternas llamas del infierno, como lo hicieron vuestros 
«antepasados». Tales voces, proferidas con singular energía, y ayu- 
» dadas del espíritu de Dios, y tantas veces repetidas, labraron de tal 
«modo en los ánimos de todos, que en breve espacio de tiempo, 

(I) Litterae anniiae Provinciae Paraqnariac .Societatis Tcsii ad \. R. V. Mii- 
tiiim V'itelleschum &c. Antuerpiac. MDCXXXX'I, pág. 54, sqq. 



-89- 

» dejando las demás mujeres }■ reteniendo únicamente consigo á la 
»que era legítima, se purificaron en las aguas del bautismo.» 

Sea el otro ejemplo (1): «Entre tanta muchedumbre de indios 
»[de San Ignacio Guazú] no se encuentra uno que sea acusado como 
» reo de torpe amistad alguna... Y no sólo han huido de los vicios 
«sino que con piadosas obras procuran también hacer cierta su voca- 
»ción. Los niños todos, para honrar en los viernes la memoria de los 
» tormentos de Cristo, acuden á la iglesia y oyen el ejemplo que les 
«propone el Padre; acabado el cual arman todos su mano de una 
» correa, y con estas armas reportan sangrienta victoria de sí mis- 
»mos... Con maj'or fervor se ejercitan estas piadosas prácticas en el 
«tiempo en que la Iglesia nos propone la memoria de la Pasión de 
»Cristo.» 

Así podían servir estos indios recién convertidos, de ejemplo á 
más de un cristiano antiguo para que entendiese que la santidad del 
hogar doméstico, si ha de conservarse sin mancilla, no sólo requiere 
verdadero amor á la hermosa virtud de la castidad, sino también 
mortificación voluntaria del propio cuerpo. Y ciertamente, no estu- 
viera tan estragada la sociedad doméstica hoy en los pueblos católi- 
cos, si semejante espíritu de penitencia reviviese en lo interior, y 
manasen á lo exterior las obras que de él naturalmente proceden. 

La condición de la mujer mejoró en gran manera. En su infideli- 
dad, la indolencia del indio le hacía echar gran parte de la fatiga del 
trabajo sobre la mujer.— La mujer era vendida como una mercancía 
por su padre, por su marido, 3' aun por su hermano: y el precio era 
cualquier bujería de ningún valor (2). — Y como si no fuera una per- 
sona, sino un ser privado de derechos 5' dignidad, era añadida al 
número de otras muchas concubinas como instrumento de satisfacer 
la lujuria. — Finalmente, su matrimonio era tan instable y precario 
como queda expuesto. 

Tanto deshonor y rebajamiento desapareció con la conversión de 
los Guaraníes al cristianismo, como )'a se ha hecho notar. Restau- 
rada la santidad del matrimonio, diósele el honor que se le debe, 
mucho más siendo matrimonio cristiano, elevado por Nuestro Señor 
Jesucristo á la dignidad de Sacramento. Desterróse de los pueblos la 
liviandad: y la unidad é indisolubilidad del vínculo, corroboradas con 
la sanción exterior de la le}', hicieron que se transformase el aspecto 
de la familia. El trabajo se acomodó á las fuerzas limitadas del sexo 
débil: y fué reconocida su verdadera condición á la mujer, de la cual 

(1) Litt. ann. 1626, pág. 46. 
(,2) ScHMíDEL, cap. XX. 



-90- 

(Jice el Ritual antiguo toledano al entregarla al marido: Compañera 
os damos, que no esclava. 

Con la abolición de la embriaguez, que por fin se logró, se puso 
también término á los abominables vicios que de ella se seguían por 
inevitable consecuencia. 

Por eso mismo temían tanto los Jesuítas ver á los indígenas 
puestos en peligro de huir y retirarse á los montes: }' no perdonaban 
á fatiga ni diligencia para evitar las ofensas de Dios á que tal retrai- 
miento daba lugar. Porque los Guaraníes, separados en los bosques 
de todo cultivo espiritual, y tentados con el ejemplo de los gentiles 
comarcanos, que todavía practicaban aquellas salvajes costumbres; 
seguían como ellos sus malos instintos de tiempos pasados, y volvían 
á caer en sus antiguos desórdenes y á atropellar la ley de Dios posi- 
tiva y natural. 



in 

27 LOS HIJOS 

Dos cosas afirman de los Guaraníes infieles los historiadores y los 
documentos antiguos (1): una es que tenían un cariño extremado á sus 
hijos: otra, que sin embargo de eso, no cuidaban de ellos, reduciéndose 
el amor á condescender con todos sus caprichos, no irles á la mano 
en nada, tolerarles el andar por donde quisieran, nada enseñarles y 
nada prohibirles: «Los padres y madres 7io dan castigo de iii¡ií>ún 
género d sus hijos ó hijas, por cualquier cosa qneellos ¡lagaii.y los 
quieren tayito, que adoran en ellos-» , escribía el P. Ruycr en 1627. 

Todo el tiempo de su reducción no había bastado, á pesar de ser 
instruidos en las obligaciones respecto de sus hijos, para extirpar 
aquella desidia: pues el P. Cardiel, testigo del hecho en 1758, lo des- 
cribe del mismo modo: «5//s padres, annqiie [los hijos] sean de 15 y 
16 años, los tienen ociosos, por no saber cuidar de ellos-» (2).Treinia 
años más tarde, decía Doblas: «^En nada cuidan de ellos, ni pro- 
curan enseñarles la doctrina cristiana, y buenas costumbres, ni el 
alimentarlos y vestirlos. Si no vienen á casa á la hora qne los suel- 
tan sus cuidadores, tampoco los solicitan ni buscan: ni aunque se 
huyan del pueblo, hacen diligencia de buscarlos y traerlos» (3). 

(1) Lozano, Historia, tom. 2, lib. VIII, cap. XVI, ni'im. 11. Ruvek, Anua de 
-Santa María de Iguazú de 1627: Azaha, Descr. cap. X, núrn. 51. 
(2) Cakdikl, Declar. ni'itn. 101. 
(3j Doblas, Memoria, pág. 29. 



-91- 

Difícil parecerá de explicar cómo pudieran conciliarse tanto 
cariño con tanta flojedad y descuido: pero no se hará el hecho tan 
extraño á quien haya visto cuál es el proceder de los padres con sus 
hijos en los países de Sud- América, aun en las mismas familias des- 
cendientes de europeos, acostumbradas ciertamente á otra educación 
más'ordenada y severa: que parece como si el clima cálido ó variable 
hubiese tenido por efecto debilitar toda la actividad y energía, y hacer 
echar en olvido las obligaciones de la autoridad paterna, cifrando el 
amor en satisfacer todos los antojos del hijo: como si esto fuera verda- 
dero amor, y no más bien crueldad que infiere gravísimo daño al niño, 
le priva de la educación, y le acostumbra á ser el juguete de sus 
pasiones, y á pretender hacer juguete de ellas también á los demás. 

No necesitaban ciertamente los Jesuítas de estas especiales cir- 
cunstancias para dedicarse con esmero al cuidado de los niños: sabien- 
do mu}^ bien, como sabían, que la felicidad de cada individuo y de todo 
el pueblo, depende en su mayor parte de la buena educación recibida 
en la niñez. Pero el carácter peculiar de flojedad 3^ abandono en los 
naturales, ios obligó á emplear en esta tarea un trabajo más pesado. 

Los niños ó cumimís de las reducciones, hasta bien adelantados 
en edad, se criaban, parte del tiempo en su casa, para que se acos- 
tumbrasen á obedecer á sus padres, y no quedasen éstos privados del 
gozo y consuelo que trae consigo la presencia de los hijos (1), y parte 
en las escuelas, talleres y ocupaciones públicas. «Al amanecer» 
dice el P. Cardiel (2) «comienzan á tocar en la plaza las cajas ó tambo- 
»riles para convocar los muchachos y muchachas á rezar: y sus 
«sobrestantes, que son indios casados de edad, comienzan á predicar 
»y gritar por las calles: Hermanos^ ya quiere aclarar el día: Dios os 
y> guarde y ayude á todos. Despertad d vuestros hijos é hijas para 
r>que vengan á alabar á Dios, á oir la santa Misa y después al tra- 
^bajo. No os detengáis. No seáis flojos. No os e?tiperecéis. Mirad que 
•»ya están tocando los tamboriles, etc. A estas voces van saliendo los 
«muchachos y muchachas por todas partes. Encamínanse al pórtico 
»de la Iglesia (que son muy grandes), y allí en compañía de sus 
«sobrestantes, los muchachos á un lado y las muchachas á otro, van 
«rezando las oraciones y el catecismo en voz alta, mientras los Padres 
«están en oración mental, y suelen acabar al fin de esta oración. Y 
«ésta acabada, se toca á Misa, á que entren todos cantando el Ben- 
^dito y alabado.., y con ellos mucha gente del pueblo... Después de 
«Misa rezan otra vez los muchachos en el patio principal de casa de 

(1) Peramás, De administr. guaran. § LXTX. 

(2) Cardiel, Declar. núm. 100. 



-92- 

»los Padres, y las muchachas en el cementerio. Acabado esto, van á 
«almorzar á sus casas.» 

«Para que nada de esta fidelidad en rezar la oraciones y el cate- 
»cismo se omita» añade el autor de la Relación de las Misiones {\), 
»hemos de velar nosotros: y así el párroco de tiempo en tiempo apa- 
»rece de improviso entre los coros de los que rezan; otras veces, y con 
«bastante frecuencia, exhorta á los Maestros ó Sobrestantes para que 
»con seriedad se apliquen á esta instrucción religiosa de los niños, y 
»que tengan presente que es de tal importancia este asunto, que tales 
»serán después todos los habitantes del pueblo, cuales hubieren ellos 
«formado á los niños y niñas. — Agrégase á esto casi todos los días 
»una explicación en términos sencillos, pero exacta, de las cosas que 
«pertenecen á la fe y á las cristianas costumbres, acompañada de fre- 
«cuentes preguntas sobre lo mismo... De donde resulta que con este 
«diario ejercicio de recitar las oraciones, aprenden á orar y reciben 
«la instrucción de las cosas que convienen á un cristiano, acostum- 
»brándose á ellas desde sus tiernos años.» 

Después de consagrar á Dios y al interés espiritual de su alma la 
primera hora del día, sigúese la educación práctica en el trabajo. 
«Vuelven á la plaza, dice el P, Cardiel (2) y van juntos los muchachos 
»á un paraje, las muchachas á otro, á varias faenas del común del 
«pueblo, como coger algodón de los algodonales comunes, recoger 
«maíz, y otros ejercicios proporcionados á su edad, que nunca fal- 
«tan.» — «Los niños» dice \a Relación «que no están ocupados en la 
«escuela ó en el aprendizaje de artes 3' oficios, acompañados de sus 
«sobrestantes se dedican á trabajos pertenecientes al cultivo de los 
«campos comunes, limpiando las tierras que primero han removido 
«con el arado los hombres, sembrando, arrancando las hierbas inútiles 
«de los sembrados y algodonales y haciendo lo demás que sea nece- 
«sario para el buen logro de la cosecha, y finalmente recogiendo los 
«frutos 3'a maduros de los campos y con gusto y actividad acuden^ 
«guiados de sus sobrestantes, á cualquier faena, donde los reclame la 
«necesidad del bien común. Del mismo modo, y también en ejercicios 
«agrícolas proporcionados á la debilidad de su sexo y de sus fuerzas, 
»se ocupan las niñas, presididas por sus Censores y Maestros, si no 
«las emplean sus padres en alguna faena particular.» Entre sus ocu- 
paciones cuenta el P. Peramás (3) «algún trabajo menos fatigoso, 
«como era quitar de los arbolillos del algodón los cálices abiertos en 

(\) Relación de las Misiones Guaraníes. MS. latino. 

(2) Declaración núm. 101. 

(3; De Aduiiitistrntione, s LXXI. 



-93- 

»los que está encerrado el vello, ó ahuyentar del campo común con 
»voces y palmadas los loros que los talan con su voracidad, y otras 
»aves que acuden á grandes bandadas.» De este modo, acostumbrados 
desde niños al trabajo, se hacen luego útiles á su familia, y se evita 
en ellos el ocio, semillero de todos los males. «Si no se pone cuidado 
en esto» sigue el P. Cardiel (1), «como todos son de genio flojo y deja- 
do, y sus padres, aunque sean de 15 y 16 años, los tienen ociosos, por 
no saber cuidar de ellos, salen cuando grandes haraganes, andariegos, 
y son la peste del pueblo.» — Y para que este trabajo les fuera más gus- 
toso, llevaban consigo en festiva procesión y entre alegres melodías de 
flautas la estatuita de San Isidro Labrador asentada en su peana, la 
que recibía dos varas para conducirla. En llegando al lugar señalado 
para el trabajo, colocaban la imagen del Santo en paraje descubierto, 
de donde se pudiese ver; y ellos se aplicaban al trabajo señalado (2). 

Este era el estilo ordinario cuando los niños estaban en el pueblo: 
y entonces se les daba de comer en el sitio de su faena. Mas en los seis 
ó siete meses desde Corpus á Navidad poco más ó menos, en que se 
verificaban los trabajos principales de la labranza, los padres de fami- 
lia solían conducirlos á sus sementeras fuera del pueblo y allí cuidaban 
de ellos; y los niños, acostumbrados ya, les a3'udaban en sus faenas. 

Hemos dicho que los niños que acudían al trabajo del campo eran 
los que no estaban ocupados en las escuelas. En efecto, los niños que 
descubrían buena capacidad, y muy en especial los hijos de personas 
con cargo en el pueblo, eran elegidos para la escuela de leer y escri- 
bir; y otros que eran reconocidos aptos para ello, eran destinados para 
el aprendizaje de oficios mecánicos; todo ello con conocimiento y gran 
gusto de sus padres. 

En la escuela, dirigida por un maestro indio, debajo de la inspec- 
ción del Padre, aprendían los niños á leer, escribir y contar (3). La lec- 
tura tenía sus grados: y empezando, como era natural, por aprender á 
leer en su lengua nativa, que era la Guaraní, aprendían luego á leer 
en castellano, y también en latín, con notable corrección. Tenían, en 
cuanto á la escritura, ejercicio de escribir letra de mano, y también 
letra de molde (4), alcanzando muchos una forma tan aventajada de 
escritura, que en nada cedían á la de los mejores calígrafos (5); y 
algunos de los que se ejercitaban en letra de molde, trasladaban un 
libro entero con regularidad no muy desemejante de la de imprenta, 

(1) Declaracióti, núm. 101. 

(2) Ibid. 

(3) Peramás, §§ LXXIII. 

(4) Cardiel, Declaración, núm. 101. 

(5) Peramás, De admin. §§. LXXIII. 



-94 — 

como todavía puede observarse hoy en algunos manuscritos de esta 
clase que se conservan. Ayudábales á esto la innata paciencia de su 
genio espacioso, con la cual copiaban aún sin entenderlo un escrito en 
español ó en latín, más como quien dibuja, que como quien escribe. — 
Finalmente, en la sección de contar se les enseñaba la aritmética y 
los cálculos que pedía la administración de sus pueblos; pues de la 
escuela salían los que más tarde habían de registrar por escrito lo per- 
teneciente á los bienes del pueblo, y no sólo los administradores ó 
mayordomos que llevasen los libros de entradas y salidas de las hacien- 
das del pueblo, sino también los corregidores, alcaldes, secretarios, 
miembros del cabildo, médicos, maestros, cantores y sacristanes (1). 

Fuera de esta escuela de primeras letras, había otra como escuela 
superior, en la cual se enseñaba la música vocal é instrumental, 3' 
también las danzas de cuenta, que servían de adorno y regocijo en 
las fiestas principales (2). Los discípulos de esta escuela se tomaban 
de los que 3^a habían pasado por la primera y sabían leer y escribir. 

Así como se elegían los que habían de ir á la escuela, se elegían 
también los que revelaban aptitud é inclinación para alguna de las 
artes que había en la reducción, que eran muy variadas, de pintura, 
de escultura, etc., ó para algún oficio mecánico de herrero, carpin- 
tero, tejedor ú otros; y de esta manera, dedicándolos con tiempo al 
aprendizaje, salían más adelante diestros oficiales, y se mantenían en 
la reducción los maestros de artes y oficios, tanto más necesarios, 
cuanto más difícil era traerlos de fuera. 

Los más señalados en piedad de entre los niños, eran admitidos á 
la congregación de San Miguel. 

Después de ocupado en esta forma útilmente el día, «á la tarde», 
dice el P. Cardiel (3) «vuelve esta infantería á rezar y á la plática 
«doctrinal... y al Rosario, después del cual rezan las oraciones.» — 
Luego los niños se retiraban á casa con sus padres. 

«Ni se crea», añade el autor de la Relación (4) «que el educar de 
«este modo á los Guaraníes en virtud, cuesta á sus párrocos poco ó 
«ningún trabajo, por pensar que no hacen más que ejecutar lo que con 
»gran acuerdo está ya dispuesto, valiéndose para ello de los maes- 
»tros y sobrestantes: pues si se logra verlo ejecutado, es por estar 
«nosotros totalmente ocupados en visitarlos, llamarlos, avisarlos, 
»y exhortarlos. Que si en esto llegásemos á andar un poco remisos, 



(1) Phramás, De admi. § § LXXIII. 

(2) Cardiki., núm. 101. 

(3) Ibid. 

(4) Parum a priiic. 



-95- 

»la misma desidia cundiría á los Maestros y Sobrestantes de niños y 
»niñas, y lo que con tanta prudencia se halla establecido y en obser- 
»vancia, luego se vería abandonado. Porque ¿qué cosa hay á que más 
>»tienda el hombre que á procurar su propia comodidad, huir del tra- 
»bajo y satisfacer sus caprichos? ¿Quién hay que por naturaleza se 
»sienta movido á empeñarse en procurar el bien común y anteponer 
»á la privada la utilidad pública? No es esto propio de medianos inge- 
»nios, y menos se puede esperar del común de los hombres. Bastante 
»y aun sobrado hacen con dejarse mover y excitar, y siguiendo el 
«consejo del sacerdote, esforzarse en lo que ven que él toma con em- 
»peño, y en seguir sus avisos y exhortaciones repetidas y hechas con 
«calor. De donde fácilmente se entenderá que sin personas idóneas y 
«celosas que lo apliquen, de valde se hubiera ideado y prescrito aquel 
»sabio método, aquellas reglas y cargos.» 

Si era grande el trabajo de los Jesuítas, no era menor el gozo de 
los padres de los niños cuando los veían aprovechar tanto en el cono- 
cimiento de las cosas de Dios, en la docilidad y afabilidad, y en la 
destreza é industria que iban adquiriendo. De las reducciones del 
Guayrá escribe el P. Lozano (1): «Enseñaban todos los días á los pár- 
»vulos de ambos sexos la doctrina cristiana, que aprendían feliz- 
»mente, y aun los niños á leer, escribir y contar, en que les imponía 
»el Padre Maceta, causando tanta envidia á sus padres, que al verlos 
»ejercitarse, así en los diálogos del Catecismo, como en las otras 
»cosas, no se podían contener sin exclamar: /Olif no fuera yo niño 
^ahora^ para poder saber lo que estos lian de aprender, y ser tan 
y>hueno como estos podrán ser con tal enseñanza! ¡Oh Padres muy 
y>aniados, cómo os tardasteis tanto en entrar por nuestras tierras á 

•^traernos tatito bien! Dichosos nuestros hijos, que desde niños 

y> merecen tener quien les enderece por el camino de la salvación, y 
■!>los imponga en vida racional, y policía, en que vivan como 
^hombres...» — Y de las reducciones ya fundadas en el Paraná dice en 
1627 el P. Duran Mastrilli (2j: «Cuando los padres ven á sus hijos leer, 
«escribir, cantar y tocar sus instrumentos, danzar siguiendo el compás, 
»no pueden contener su alegría. Vense en unos correr las lágrimas de 
»puro gozo; otros dan gracias á Dios y á los Misioneros; otros se dan á 
»sí mismos el parabién por la dicha que ha cabido á sus hijos; otros 
^dicen que 3^a no les importa vivir, porque en esta vida mortal ningún 
»otro gozo mayor desean ni esperan. V ciertamente que estos niños 
»son un gran consuelo para sus padres... son en extremo dóciles...» 

(1) Hist. lib. V, cap. XVII, n. 2.— Annuae, pág. 44. 



-95- 

De este diseño de educación que de los mismos antiguos testigos 
hemos podido recoger, se ve que el lugar preferente se atribuyó siem- 
pre, en las Reducciones, á la enseñanza teórica y práctica de la doc- 
trina de nuestro Señor Jesucristo, instrucción y manjar sólido, no sólo 
para la infancia, sino para toda la vida del hombre; fundamento sin 
el cual nada se edifica de verdadero valor para la felicidad ni de las 
personas particulares, ni del pueblo entero; y siguferon los Jesuítas 
en la enseñanza la norma del Apóstol: Que la piedad cristiana es 
útil para todas las circunstancias (1), Cuan acertadamente proce- 
dieron en esto, nos lo dirán más adelante los resultados. 

Síguense también dos consecuencias. La primera es que la tenden- 
cia de la educación era á formar un pueblo agrícola en cada una de 
las Doctrinas, con el agregado de todas las artes y oficios que pudie- 
sen convenirle. Todos los ejercicios eran enderezados ó á los trabajos 
del campo, ó á los oficios mecánicos, ó á las artes que entre ellos 
se podían cultivar. En esto no hicieron los Jesuítas sino lo que acon- 
sejaba la razón y exigía la índole del pueblo que educaban. Siguieron 
el dictamen de la razón, consultando al estado antecedente de aquel 
pueblo que, más ó menos, ya tenía sus cultivos, y á la necesidad de pro- 
veerse por sí mismos de los frutos de la tierra, pues se hallaban en 
regiones en donde no los podían importar; y se acomodaron á la natu- 
raleza, no pretendiendo implantar el estudio de las ciencias donde la 
limitación del entendimiento apenas bastaba más que para aprender 
las cosas necesarias de la religión; mientras que fomentaban las artes, 
para las cuales siempre se ha reconocido aptitud especial en el indio. 

La segunda consecuencia es que los Jesuítas no pusieron el funda- 
mento de la educación en el saber leer, puesto que procuraron educar 
muy bien á todos, y sin embargo no se empeñaron en enseñar á todos 
á leer. Como por otra parte trabajaron por civilizar 3' adelantar á los 
indios, consta igualmente que no pusieron la distinción entre civiliza- 
dos y bárbaros en que los unos sean alfabetos y los otros analfabetos; 
bien persuadidos de que un hombre educado conforme á su condición 
y fundado en religión y temor de Dios, puede saber muy bien, y lo 
que más es, cumplir exactamente sus deberes y ser útilísimo á la 
sociedad, aunque sea analfabeto; y que por el contrario, la instrucción 
no proporcionada al estado, 5^ aun el simple saber leer ha sido para 
muchos causa de ruina. 

Los que han tomado á su cargo las escuelas de los siglos xix y xx 
han juzgado lo contrario: y desterrando de la educación de la clase 

(1) 1. ad. Tim. IV^8. 



_ 97 - 

del pueblo la enseñanza religiosa, han preconizado la omnipotente 
eficacia de la instrucción- La experiencia de los tristes efectos de este 
proceder bastaría para juzgarlo, cuando la razón no lo tuviese repro- 
bado de antemano. 



IV 
CELEBRACIÓN DEL MATRIMONIO 

Hasta llegar al matrimonio se procuraba en las Reducciones la 
separación entre los dos sexos, para evitar con esta prudente vigi- 
lancia el riesgo de la corrupción, A que impele la viciada naturaleza 
humana, mucho más en climas cálidos como los de la América del 
Sur: y más todavía tratándose de tribus recién salidas de la barbarie 
y acostumbradas á toda lujuria en su gentilidad. A este fin respon- 
dían la separación de niños y niñas en el trabajo con sus sobrestantes 
ó censores de madura edad y de toda confianza: las dos puertas de 
entrada y dos sitios diversos en la iglesia: los dos parajes separados 
para rezar las oraciones 3^ catecismo: «los muchachos... en el patio de 
los Padres; y las muchachas en el cementerio» (1). 

Con esta diligencia, y con el gran fundamento de piedad y temor 
de Dios que se procuraba establecer, llegaba la celebración del 
matrimonio sin aquellos daños en las costumbres que siempre son de 
temer, y que tan frecuentemente se lamentan cuando se omiten ó 
descuidan estas cristianas prevenciones. 

Para asegurar más el buen resultado y la felicidad del matrimo- 
nio, que no lleva la dicha y la bendición de Dios consigo, si no se funda 
en pureza y limpieza, procurábase que no se dilatase largo tiempo 
el contraerlo. Los Misioneros inculcaban á los padres 3^ madres de 
familia que, al llegar sus hijos á la edad de 17 años, les buscasen 
esposa digna de ellos: é igualmente procurasen acomodar en matri- 
monio á sus hijas que estuvieran en los 15 años (2). Esta edad pare- 
ció, atentas las circunstancias, la más conveniente para evitar que, 
dilatando más el matrimonio, se pusiesen los jóvenes en ocasión de 
entregarse á la lujuria; y acelerándolo más, naciera de la poca discre- 
ción é inconstante ánimo de los nuevos cónyuges, el trastorno de la 
paz doméstica y del casto matrimonio. Y así, entre las instrucciones 
que para el orden de las Doctrinas tenían los Curas, se cuenta esta: 

(1) Cardiel, Declaración n. 103. 

(2) Peramás, de administr., § LXI. 

Organización Social de las Doctrinas Guaraníes —7 



28 



-98- 

«Los casamientos de los Indios, comúnmente hablando, no se harán 
» hasta que los varones tengan diez y siete años y las Indias quince; si 
»no hubiere cosa que obligue á anticipar el Sacramento á juicio del 
«Superior.» 

Cuando ya los padres de familia, consultando la voluntad de los 
jóvenes, tenían resuelto el casamiento de sus hijos, avisaban al cura, 
quien examinaba aparte al novio y á la novia sobre la libertad de su 
consentimiento, y hacía las proclamas, teniendo explicados oportuna- 
mente los impedimentos que hacen no se pueda contraer matrimonio 
ó por ser nulo, ó por estar prohibido (1). En cuanto á la dote no se 
ofrecía dificultad de ninguna especie, siendo con pequeña diferencia el 
mismo el caudal de uno y otro. Unos cuantos platos, ollas, cántaros y 
vestidos de algodón, la hamaca ó cama colgante y alguna otra cosa 
por el estilo constituían el dote de la novia, y la riqueza que apor- 
taba el novio no era de mucho maj^or precio (2). 

Asistían al frugal convite de bodas los consanguíneos y demás 
parientes: y como en un mismo día solían celebrarse varios matrimo- 
nios; se agregaban de la hacienda común algunos manjares á los que 
cada uno ponía de su casa para solemnizar el convite, que siempre 
venía á contenerse dentro de los límites de una justa alegría y cris- 
tiana moderación. 



V 
29 EL TRAJE 

Hemos dicho arriba (3) ser el traje de los Guaraníes gentiles una 
redecilla ó unas pocas plumas con que se cubrían las partes vergonzo- 
sas. Agregúese á esto que había tribus que ni aun á tanto se exten- 
dían, y andaban enteramente desnudas (4). 

Acostumbráronles los Misioneros á vestirse, pero no fueron ellos 
los inventores del traje, sino que, como era natural, adoptaron para 
ellos el traje ya común entre los indios no salvajes del país, sin más 
que introducir alguna modificación juzgada por conveniente. 

«El vestido del indio es, dice el P. Cardiel (5), camisa, jubón, cal- 
»zoncillos, calzones y su camiseta ó poncho, y alguna montera ó birrete; 

(1) Pf.kamás, de administr., § LXIV. 

(2) Ibid. 

(3) §1. 

(4) P. Duran, Litt. ann. 1627, págf. 44. 

(5) Declaración n. 120. 



-99- 

•»y varios alcanzan sombreros.» E\ Jubón se llamaba la vestidura que 
cubre desde los hombros á la cintura, ajustándose al cuerpo, lo mismo 
que el P. Parras (1) designa por c/iiipa. La <íca}itiseta ó poncho», dice 
el P. Cardiel (2), «es lo que aquí sirve de capa á los indios y á los 
«españoles del campo, y á los de las ciudades en los caminos; y no es 
»otra cosa que una sobremesa (una tela rectangular) de dos varas de 
»ancho y dos 3^ media de largo, con una abertura de media vara en 
• medio, que se pone como una casulla sacerdotal.» 

Andaban descalzos de pie y pierna, cosa que hoy mismo dura allí 
«ntre la gente del campo. Algunos usaban medias, y aun de variedad 
de colores; pero «más», dice el P. Cardiel (3), «por ceremonia que por 
«abrigo.» «Zapatos y medias,» añade, «usan solamente los monacillos 
»en su oficio, los danzantes en su ejercicio, y los cabildantes y todos 
»los oficiales de milicias en la fiesta del patrón del pueblo y otras prin- 
»cipales, y en sus alardes; y entonces usan también casacas... todo á 
»la moda española, y con vestidos de algún precio...» 

Las indias vestían el Tipoy, traje proverbial de las mujeres en las 
familias menos acomodadas del Paraguay. Pero es de advertir que, 
había tipos de diferentes hechuras, de modo que algunos eran como 
hoy lo define la Academia (4), una «especie de camisa larga de lienzo 
»ó algodón, sin cuello ni mangas», que era talar (5); otros consistían en 
«una camisa con mangas hasta el codo, siendo largos hasta la rodi- 
lla» (6); y éstos se usaban sin ceñir y sin ninguna otra vestidura (7). El 
de las Doctrinas formaba, dice el P. Peramás (8), «un manto ó ropa 
«exterior de algodón que llegaba á los pies, de tal hechura que no se 
»veía sino la cara 3^ la garganta: vestidura totalmente honesta 3' que 
»aun en religiosas estaría bien...»; 3' se usaba «encima de otra ropa 
«interior» (9). «Las indias», dice el P. Cardiel (10), «usan el traje con 
»que pintan á Nuestra Señora de Loreto, 3" es una como camisa larga 
»hasta los pies, y encima otra como ropón, que llaman tipoy, m.is 
«cumplida y larga, de algodón las dos.» Este tipoy «tenía mangas (11) 
^v se extendía hasta los pies, á manera de sotana, pero sin ceñir». 

Este traje doble usaban para asistir á la iglesia ó comparecer en 

(1) Diario y derrotero de los viajes, en Trelles, Rev. de la bib!., t. 4.^, pág". 286 

(2) Núm. 120. 

(3) Ibid. 

<4) Ed. de 1899, verbo Tipoy. 

(b) Parras, Diario y derrotero, en Trelles, Rev. de la bibl,, t. 4.", pág. 287. 

(6) MuRATORi, Cristíanesimo felice, cap. IV. 

(7) Parras Y MuRATOKi, loe. cit. 

(8) De adinin. g-uaran., § CCII. 

(9) Ibid. 

(10) Núm. 120. 

(11) MuRATORi, cap. XVIIÍ. 



30 



-100- 

público. Y entonces «llevaban también los cabellos tendidos sobre la 
espalda sin cinta alguna. Mas en casa y en el trabajo del campo 
recogían el cabello en una redecilla alargada, y usaban de vestido 
más sencillo, y más acomodado al trabajo» (1), que era «la camisa de 
algodón.... que llega hasta los pies y se ata hasta la cintura» (2). Y 
esto último confirma también el P. Domingo Muriel testigo ocular, 
quien corrige al P. Charlevoix, afirmando expresamente que ese 
traje para las faenas ordinarias tenía también mangas (3). 



VI 
HABITACIONES 

«Aduares de alárabes montaraces» llamó con mucha razón el 
P. Lozano (4) á las moradas de los indios Guaraníes en su estado 
salvaje; pues en realidad no eran más que unos miserables ranchos 
construidos con los materiales y en la forma que menos trabajo 
exigiera, y por lo mismo no consultaban ni á las necesidades higiéni- 
cas, ni á las exigencias de la moral. Eran unas chozas grandes 
construidas de palos y barro 3' techadas de paja, en las cuales, sin 
separación de tabique alguno intermedio se congregaban multitud 
de familias, hallándose á veces en una sola doscientas personas, 
y alargando el aduar á proporción que crecían los habitantes; 
de suerte que había rancho ó galpón que alcanzaba las dimen- 
siones de un pueblo {5). Su forma era ordinariamente alar- 
gada rectangular, pero alguna vez también las hacían de figura 
redonda (6). 

Semejantes habitaciones no eran exclusivas de los Guaraníes, 
pues las vemos usadas en otros pueblos de esta parte de América 
meridional. De los indios de Marañón dice el P. Américo de 
Novaes (7) que tenían por moradas las «ocas, ó grandes casero- 
nes levantados sobre postes de madera y cubiertos de hojas de la 
palmera llamada pindobd». — De los guaycurúes se sabe por el Ade- 



(1) Peramas, §. CCIl. 

(2) MUKATOKI Cit. 

(3) Muriel, Nota al P. Charlevoix, lib. V. 

(4) Conquista, lib. I. c. XVII. 

(5) Tkcho, Hist. 1. V. c. XVII. 

(6) Techo, Hist. lib. V. c, XVII. 

(7) Conferencias Anchietanas, V Conferencia^ pág. 34, SAa Paulo, 1897. 



-101- 

lantado Alvar-Núñez (1) que fabricaban sus casas de «esteras, de 
juncos 3' de enea, y en un pueblo serían hasta veinte casas levadizas, 
3' cada casa era de quinientos pasos». — Y no parece sino que fueran 
un resto de tales viviendas de indios las construcciones (que no raras 
veces se encuentran en el campo, 3^ alguna vez en las ciudades) de 
casas cu3'os aposentos tienen hasta cuatro puertas, dos que comuni- 
can con los aposentos inmediatos, 3' otras dos que dan á la calle 
ó á corredores ó jardines: sistema propio para que, estando por lo 
común las puertas sin asegurar, sea toda la casa una sola habitación 
común. 

Esforzáronse los misioneros Jesuítas por hacer desaparecer tan 
pronto como les fué posible, esa forma de habitaciones, no menos 
pestilencial para las buenas costumbres, como dañosa al buen orden, 
á la limpieza y á la higiene. Y así, aunque no siempre pudiesen 
lograrlo en los principios de la reducción, porque unos indios se 
querían quedar en la reducción y otros no, 3'' algunos de los ya redu- 
cidos volvían atrás 3^ se ausentaban, 3^ se hubiesen retirado del todo 
urgiéndoles demasiado las cosas contrarias á sus costumbres; no 
obstante, luego que estaba asentada la reducción con alguna solidez, 
cuidaban de este punto como de cosa principal. Así, en la carta anua 
que en 1613 escribió el venerable mártir P. Roque González de 
Santa Cruz al P. Provincial Diego de Torres para darle cuenta de 
los sucesos de aquel año 3' el antecedente 1612 en la reducción de 
san Ignacio del Paraná, después llamada san Ignacio Guazú, le 
dice (2): «Este año, habiendo de hacer Pueblo estos Indios, nos pare- 
»ció lo hiciesen con buen orden, para irles poniendo en policía, 3' 
«quitar muchos inconvenientes, y desventuras, que ha3^ en esas casas 
»largas que tienen los Indios en toda esta tierra; 3^ aunque entendi- 
»mos que no lo tomarían bien por quererles quitar eso tan antiguo 
»de sus antepasados, no fué así: antes lo tomaron mu3^ bien; 3- están 
»mu3^ contentos en sus casas nuevas, á las cuales se pasaron aun 
»antes de estar acabadas, por estar holgados, 3' anchurosos, 3' cantar, 
»como dicen, cada gallo etc.»— Vese por esta noticia que no fué 
allí grande la repugnancia de los indios para mudar la forma de sus 
casas según prudentemente se había temido. Pero si la repugnancia 
no era mucha, no por eso se desarraigaba la inclinación que 3'a 
tenían como connaturalizada de habitar amontonados en habitacio- 
nes comunes. Cada vez que por circunstancias especiales se les pre- 
sentaba ocasión, como por ejemplo, al aumentarse notablemente 

(1) Comentarios, cap. XXV. 

(2) Parum ab init. 



-102- 

algún pueblo, al desprenderse una colonia de un pueblo antiguo, aT 
arruinarse algunas por accidente, volvía á retoñar el instinto del 
indio á la par con su innata pereza: y los dos juntos le incitaban á 
fabricar una vivienda provisional ó usar de la parte que quedaba 
según el estilo primero, juntándose á vivir en común varias fami- 
lias: de suerte que hubo de ser siempre continuado y fatigoso el 
cuidado del misionero para que no se renovase la antigua usanza y 
con ella los antiguos daños. 

Las casas de los indios de Doctrinas se fabricaban de sillería en 
algunos pueblos: en otros era la parte inferior de sillares hasta subir 
una vara del suelo, y lo restante de adobe: otras eran de tapia: y 
otras de palos y barro; sin emplearse en ninguna de estas construc- 
ciones la cal, por no haberse hallado en todo el territorio de Misio- 
nes (1). En los primeros tiempos las casas se techaban con paja, y 
esto, y el abundar en ellas la madera, dieron grande ocasión para 
que fuesen consumidas por el fuego en las invasiones de los mamelu- 
cos: más tarde, )' cuando se pudieron formalizar las Doctrinas, todos 
los pueblos tenían techo de tejas (2). El edificio no tenía más que el 
piso del suelo, y formaba un cuadro de cinco á seis metros de lado. 
Tenía su destino cada casa para una familia, la cual en lo interior 
establecía algunas divisiones para dormitorios, formando los tabiques 
de cañizos, zaizos ó juncos (3). — Preciso es añadir que las casas, aun 
en su último estado, presentaban un defecto notable contra la higiene 
y la comodidad: el de no tener más respiradero que la puerta }' la 
ventana, careciendo de chimenea. No es menester volver siglos atrá.s 
para encontrar esa misma disposición: todas las casas actuales de los 
indios del Perú, y algunas que no son de indios allí y en otras partes 
S2 fabrican así. — Por delante de todas las casas corría un pórtico de 
dos metros y medio de anchura, que resguardaba del sol }' de la 
lluvia: (4) de suerte que se podía en todo tiempo dar la vuelta entera 
á la manzana de casas. 

He aquí los datos que sobre materiales de construcción en Misio- 
nes suministra el agrimensor argentino D. Juan Queirel, como 
resultado del examen de las ruinas de San Ignacio mirí (5): «No he 
encontrado en las ruinas el ladrillo común que entra en todos nues- 
tros edificios. "-En las paredes entra la piedra labrada y sin labrar: las 
lajas, que como se sabe, son naturalmente planas por dos de sus 

(1) Cahdihu, Decl. n. 107. 

(2) Ibid. 

(3) Ibid. 

(4) Phkamás, De administr. Guaran. §. XII. 

(5) QuKiKKi. Las ruinas de Misiones, pág. 29. 



-103- 

lados, 3' se sacan de la cantera por simple separación: y el adobe 
grande de una sola clase, empleado en edificios de menor cuantía.» 

«En cambio, he encontrado tejas, tejuelas y baldosas de barro 
cocido. Las últimas son pentagonales, exagonales ú octogonales: y 
para llenar las soluciones de continuidad se fabricaban otras más 
pequeñas con las formas convenientes.» 

«El piso de la iglesia y el de todos los cuartos tenía esa clase de 
baldosa. En el techo de aquélla, había tejuelas debajo de las tejas: 
pues bajo la tierra y los detritus en el suelo se encuentran mezcladas 
unas y otras.» 

«Creo de más decir que todos los materiales de construcción 
enunciados eran fabricados en los pueblos.» 

«De tres clases son los muros que se encuentran en San Ignacio: 
1.° muro de piedra labrada, empleado en el colegio y casas: 2.° muro 
de piedra sin labrar, empleado en la huerta: 3° muro mixto de piedra 
labrada 3^ lajas, que se ve en el fondo de la iglesia y en el colegio.» 

La aserción deque todo este material de edificación se preparaba 
en las Doctrinas se comprueba por la existencia de canteras hoy 
conocidas en varios de los pueblos, que no se explotan, pero que la 
gente muestra como abiertas en tiempo de los Jesuítas, y que en su 
posición y en la calidad de la piedra manifiestan que de allí se sacó la 
empleada en los edificios. En el pueblo de Concepción ha parecido 
también en el bosque el pisadero, ó paraje donde se pisaba el barro 
para las baldosas. Las baldosas, pa» ticularmente exagonales ú octo- 
gonales, extraídas de entre las ruinas, se aprovechan actualmente en 
gran número, siendo de notar su excelente calidad, resistencia 3- 
buen estado de conservación. También se usan mucho las tejas de 
las antiguas construcciones. Baldosas de piedra se han encontrado 
en el pueblo del Santo Ángel, y se han aprovechado para pavi- 
mento. 

Aun cuando la perfección de las casas descritas no fuera grande, 
3^ á alguno por ventura le parecerán edificios mu3' pobres, es lo 
cierto que en la época en que se constru3'eron, pocos había que se 
imaginasen que los pueblos de Guaraníes tuvieran construcciones 
tan regulares y bien ordenadas, atenta la condición mísera del indio, 
que de su3'o era incapaz de tanta policía, 3- la pobreza de edificios 
que se observaba aun en las poblaciones de españoles. Y esa estruc- 
tura de las habitaciones de los indios fué la que arrancó de los labios 
de D. Joaquín de Viana, Gobernador de Montevideo, luego que hubo 
visto un pueblo de las Doctrinas, aquella conocida expresión: «¿Y 
estos son los pueblos que nos mandan entregar á los portugueses? 



- 104- 

¡Debe estar loca la gente de Madrid para deshacerse de unas pobla- 
ciones que no encuentran rival en ningunas de las del Paraguay!» (1) 
Palabra tanto más digna de reparo, cuanto que proferida en un 
primer movimiento como testimonio á la verdad que se imponía de 
una manera irresistible, era al mismo tiempo condenación de la con- 
ducta del mismo Viana, único Gobernador de estos países que, con- 
forme á ignorados compromisos, había aconsejado y dado por bueno 
el cambio de los siete pueblos por la Colonia (2). 

En lo demás, cuánta verdad fuera la exclamación del brigadier 
Viana, lo entenderá bien quien se haga cargo de que, exceptuando la 
ciudad de Buenos Aires y la de Córdoba, se componían de construc- 
ciones muy rudimentarias no sólo las villas y poblaciones menores 
de españoles, sino las mismas ciudades. «Esta población», decían en 
1730 los vecinos de Santa Fe, «en mucha parte se reduce á sitios 
huecos; y la mayor parte de sus edificios, á ranchos ó casas pajizas 
de poco valor por los materiales de su construcción, pues muchas de 
ellas son unas paredes de barro introducido entre un género de 
tejido de palitroques y varitas ó caftitas: y las mejores son de adobe 
crudo: y los techos de unas 3' otras se componen de varas de sauce 
que producen las islas, en que asegurando á distancias como de una 
cuarta algunas cañas de Córdoba ó algunas varas de aliso de las 
mismas islas, tejen la paja con que cubren la techumbre, sirviendo 
estos pobres albergues de lucidos edificios...» (3) — De la Asunción 
dice el P. Parras (4): «Los edificios de la ciudad son pobres: una ú 
otra casa ha}- muy buena.» Y el limo. Sr. Latorre, en un Informe 
al Consejo de Indias, fechado ocho años después, á 28 de Septiembre 
de 1761 (5), dice: «La continua invasión y robo del río tiene ho}' redu- 
cida la planta de la ciudad á dos trozos de calle en medio de una 
ladera ó loma, siendo necesarias escaleras para la entrada de las 
casas; y toda tan desnivelada 3' llena de zanjones, que con dificultad 
puede andar una carreta, y esto por sólo una calle: 3' añadiéndose lo 
montuoso que la sobrepone, se constitu3'e á la vista una casa de 
campo ó monte todo el agregado de casas, que son de fábrica muy 
liviana, 3' muchas ó las más, techadas de paja.» — «En Corrientes» 
dice el P. Lorenzo Casado en su Descripción de la provincia Jesuí- 
tica del Paraguay, «no había el año de 1745 apenas dos casas de 
teja...; 3' ni aun el colegio lograba tenerlas.» 

(1) Bauza, lib. II, pág. 135. 

(2) Lafuhnth Historia de España, parte III, lib. VII, cap. IV. 

(3) Representación al Virrey en Tkelles, Revista de la Bibl. IV. 430. 

(4) Pakras, Diario cap. 9. 
{5) Arch. Dií indias 123. 2. 14 



CAPITULO III 



EL MUNICIPIO: CABILDO 

1. Traza del pueblo de Misiones. — 2. Composición del Cabildo. — 3. Las 
elecciones. — 4. Atribuciones del Cabildo. — 5. Los caciques. — 6. Policía. — 
7. Corregidores españoles. — 8. Los pleitos. — 9. Los castigos. — 10. Puntos de 
derecho. 

I 

TRAZA DEL PUEBLO DE MISIONES 

El otro organismo social que existió en las Doctrinas fué el mu- 
nicipio, en virtud del cual formaban pueblos de indios inmediatamente 
subordinados á su respectivo Gobernador, según la jurisdicción de 
la provincia en que radicaban. Para conocerlo mejor, será oportuno 
hacerse antes cargo de la traza ó disposición del pueblo de Misiones. 

Un pueblo cualquiera de Doctrinas tenía por centro, no geomé- 
trico, sino vital, la iglesia. Construíase la iglesia en uno de los extre- 
mos: á uno y otro lado estaban el cementerio y la casa de los Misio- 
neros con las dependencias públicas de oficinas y almacén. En edificio 
separado, el cotigiiasú, ó casa de recogidas. El campanario á veces 
estaba separado de la iglesia, á veces junto y pegado con ella. 

Todos estos edificios estaban dispuestos en hilera, y constituían 
uno de los cuatro lados de la gran plaza, generalmente cuadrada, de 
unas 150 varas (128 metros) de lado. En los otros tres lados se edifi- 
caban las casas, ordenándolas en islas ó manzanas, llamadas en el 
país cuadras, de modo que diesen fácilmente acceso á las calles cen- 
trales, y de todas partes se pudiese con brevedad }' expedición acu- 
dir á la iglesia. 

Existía también casa del Cabildo ó Ayuntamiento, pues expresa- 
mente lo dicen las Visitas de Gobernador; y sin duda se hallaba 
situada en la plaza, pero no es fácil precisar su colocación. Lo que 
en el pueblo de Apóstoles y en el de San Nicolás llama la gente casas 
de Cabildo, no parecen haber sido sinol as dos capillas que el Padre 



31 



— 106 — 

Peramás afirma hallarse á la entrada de la plaza. — Igualmente diíícil 
es determinar la situación de la cárcel, siendo como es cierto que 
la había, y que en edificio separado había cárcel para mujeres; hallán- 
dose ésta á veces en la casa del cotiguazú (pero con separación de las 
personas que allí moraban), á veces se hallaba en construcción apar- 
te. — Había finalmente hospedería, llamada con vocablo quichua tam- 
bo^ para las personas que venían de fuera, cuj'o rastro asimismo ha 
desaparecido. 

Cada manzana ó cuadra comprendía seis ó siete casas como se 
han descrito antes, de cinco á seis metros en cuadro, con sus sopor- 
tales de dos y medio metros delante: 3' éstas llevaban á la espalda 
otras tantas de la misma forma, cuyas puertas daban á la calle para- 
lela siguiente. Formadas las primeras hileras, podía aumentarse de 
ordinario el número de casas en el mismo orden al crecer el pueblo, 
por estar la mayor parte de las reducciones situadas en terreno llano 
y despejado. 

En los cuatro ángulos de la plaza había cuatro grandes cruces. 
A los dos lados y á la altura en que desembocaba en la plaza la calle 
de frente á la iglesia, se veían dos oratorios ó capillas. La plaza 
estaba presidida en la Candelaria por una hermosa estatua de la Vir- 
gen, patrona del pueblo; y es creíble que en las demás reducciones 
se ponían también las estatuas de sus patrones. 

Algunas particularidades de la iglesia, cementerio 3' casa de los 
Padres tendrán su explicación más adelante. 

Las cinco plantas adjuntas darán á conocer mejor la disposición 
descrita. La primera representa el pueblo de San Borja como había 
quedado sesenta años después de expulsados los Jesuítas. La segunda 
es del pueblo de San Carlos en igual época. Ambas están tomadas 
de la Memoria histórica do... regimentó de infantería de linha da 
provincia de Santa Catharina, publicada por Manuel Joaquín de 
Almeida Coelho en 1853. La tercera es el plano de las ruinas de San 
Ignacio miní, publicado por el agrimensor D. Juan Queirel en 1899. 
La cuarta, un plano de las ruinas de Trinidad, levantado en 1901 por 
el ingeniero Sr. Otto Waldin. La quinta es el diseño del pueblo de 
Candelaria como estaba á mediados del siglo xviii, y es copia de la 
publicada por el P. Peramás en sus Vidas de trece varones ilustres 
del Paraguay. 



b Iglesüi 

d Colegio 

6 Cimyyanizrtxf 

f (^/ici'nus 

g JñierícL 

h ^jspibií 

i ^Vrui^ana. arriuruicia y 

i¿esAa¿tAn/a 
1 Cuítr^l c/e¿ negünienhi 

portugués 
m úiar/el (¿e/ raimiento 
guu/'cuii 



1 E= 



Plano 

del pueblo i/f Sa/i /j'cryfi 
en M/6 
por 
Manuel -/om/uin dejUmeúia (^bc/Ao 



¡Mili tCTttí 










■i-A 






ffiUírUt 



Plano 

í^/ /.«í-^/^^ ti^ .ÍVirt Carlos, 
r/e /as -Ahsiones oca't/enAt&'s e¿e¿ (Tnufuuy. 
eniíírhcler el ttsaliv de S de .¿t^rití^ MS 



HanusL •foaqaín tL* ^Immíia (ce¿Ao 






"*«♦ 




"•^*«^^nitti dxEp i i i i M i i i i ¡1 *|v ^* 





Plano • 



del i'iLL'Mo de San rgriacio ^iiil 
SHgiíiL sus r-uiíiíis, Lei'txixlcuLi) en /á99 
por el agrimensor 
.TiLcuv QiwireL 



a JJdnUsterio 

D SavrLstia 

C JlcFcdorio 

(i Ppsjpeiwa 1.- sóluno 

e Coíitia 

I Jíuhitaciones de los Padres 

J.l Cuiirh's de Piedra 

l.'l.'l Cuartos de aJol'C 



■H lííÉi'^^VÍ 



a IfflesLcí dc¿ fie/iif'o i/e hs ^resuilus. 
que lui'í/o se arruiuó 

b Ig/íísícL pet/iieriiL f/iie se consiriu/ó 
para, susíiluuj' a la (inHxfiuí: 
hay csicL fam¿»ien (irrutnail(L. 

C Cripta 

(I C'anyturuirio 



Pl ano 

«^ ¿as riziricLs //f' Tr¿/t¿cícL¿L. 
rincL (¿c ¿as 3 O rnisionfs c¿e¿ 

PartLifuay 
set/iirL eL es¿tu¿t> qiíe tenjn en ¿90/ 1 
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-]07 — 

II 

COMPOSICIÓN DEL CABILDO 

Por las Ordenanzas del Licenciado y Oidor Alfaro (1), que des- 
pués se insertaron en el tít. 3.° lib. 6° de la Recopilación de Indias, 
debía formarse en cada pueblo de indios un Cabildo ó Ayuntamiento 
análogo al que existía en las poblaciones de españoles, aunque consti- 
tuido de cabildantes que todos fuesen indios. 

No se crea, sin embargo, que ya desde el principio de las reduc- 
ciones en 1610 se pudiese entablar esta institución. En primer lugar, 
las Ordenanzas se publicaron á fines de 1611 y no fueron confirmadas 
hasta Octubre de 1618. Además, á una organización de este género 
se oponía el carácter y estilo de los indios. Acostumbrados los caci- 
ques á gobernar con absoluto imperio su parcialidad, no se sabían 
avenir fácilmente á estar sujetos á otro en el pueblo, donde sin 
embargo habían de vivir reunidos forzosamente muchos caciques; y 
bien sabida es la dificultad que costó al P. Lorenzana el decidir á sus 
neófitos de San Ignacio guazú á nombrar un capitán que á todos man- 
dase en la batalla inminente, protestando cada cacique que no quería 
reconocer á ningún otro cacique por superior (2). — Previo esta difi- 
cultad el Visitador Alfaro, y por eso únicamente prescribe el Cabildo 
para los pueblos de indios ya cristianos; y para los de infieles ordena 
que se les vaya introduciendo poco á poco el gobierno de los pueblos 
3'a formados (3) . 

Lo que sí parece cierto es que en 1626 est.iban ya formados los 
Cabildos en muchas de las reducciones de los Jesuítas, pues el Padre 
Mastrilli (4), hablando en general de ellas, dice que tenían sus cabe- 
zas, alcaldes, fiscales y demás ministros. 

En 1647 aparecen en los multiplicados autos de Visita de 
Láriz (5) Alcaldes, Alcaldes de la Hermandad y Alguaciles mayores 
ya existentes, cuyos cargos reforma el Gobernador, nombrando 
otros sujetos que los desempeñen. 

Dos oficios se observan en el Cabildo Guaraní, de cuyo origen 
no consta con bastante claridad: el de Corregidor y el de Teniente de 

(1) Tít. De Reducciones, núms. 8, 9: ley 15, tít. 3, lib. 6, R. I. 

(2) Lozano Historia, lib. V, cap. XX, núm. 12. 

(3) Ord. 

(4) Mastrilli, Anua de 1626y 1627, en castellano, Río- Jan, Col.Ángelis,XIX,19. 

(5) Trelles, Anexos, núms. 43, 44, 45, 46. 



32 



33 



-108- 

Corregiíior. Del Teniente dice el P. Cardiel (1) que en todo rigor no 
pertenecía al Cabildo, aunque no explica por qué razón. El Corregi- 
dor no está nombrado en las Ordenanzas (2); pero es cierto que ya 
existía en 1633; pues en el Archivo general de Buenos Aires (3) se 
registran mandatos del Gobernador Ledesma Valderrama con fecha 
13 de Octubre de 1634 dirigidos al Corregidor y Alcaldes del pueblo 
del Corpus 3' al Corregidor y Alcaldes del pueblo de Itapúa, y refi- 
riéndose á otros mandatos del año de 33. — Debió ser costumbre de 
los pueblos de indios de estas provincias que hubiese en ellos un 
Corregidor indio con cargo equivalente al que en Méjico llamaban 
Gobernador , y en Filipinas indiferentemente Gobernadorcillo ó Capi- 
tán. Y en efecto, con nombre de Capitán figuran al parecer los 
Corregidores y sus Tenientes en autos de Láriz (4) y de Robles (5). 

El Cabildo, pues, tal como quedó definitivamente constituido, se 
componía de los siguientes miembros: 

Un Corregidor. 

Un Teniente de Corregidor. 

Dos Alcaldes ordinarios^ uno de primer voto y otro de 
segundo voto. 

Dos Alcaldes de la Hermandad . 

Un Alférez Real. 

Cuatro Regidores. 

Un Alguacil mayor, y á veces dos. — Un Mayordomo.— Un 
Secretario. 

Así aparecen firmados en los autos de inventario al tiempo de la 
expulsión (6): y era necesario que se tomase el mayor número de 
oficios que señalan las Ordenanzas de Alfaro; pues las reduccio- 
nes pasaban todas de ochenta casas con grande exceso. 



III 

LAS ELECCIONES 

Según las prescripciones de la le}^ (7), debían verificarse las 
elecciones de Cabildo anualmente, estando fijados para el desempeño 



(1) Cardihl, Breve relación, cap. 5, núm. 1. 

(2) Ordenanzas, tít. De Reducciones, núm. 8. 

(3) B." A." AucH. Gen- leg. Padres Jestn'tas. Varios años. 

(4) Trelles, Anexos, núm. 46. 

(5) Ibid, núm, 47. 

(6) Brabo, Inventarios, passim. 

(7) Ley 15, tít. 3, lib. 6. R. I. Ordenanzas de Alfaro, núm. 8. 



- 109 - 

de esta función los primeros días del año. El Cabildo nuevo era ele- 
gido por mayoría de votos del saliente. Sólo el oficio de Corregidor 
noera electivo, estando su provisión reservada al Gobernador, quien 
lo nombraba á propuesta del Misionero. Y este cargo parece que era 
vitalicio, á no haber razón extraordinaria para cambiarlo. Alguna 
vez se trató de que sólo durase por cinco años; pero no consta si esto 
se llegó á poner en práctica. 

No eran en manera alguna agitadas las elecciones de que se 
trata, por no ser en gran número los electores, y por hallarse dotados 
de mayor reposo á causa del cargo y de la dignidad de caciques que 
muchos tenían: á lo cual en las Doctrinas, como en todos los pueblos 
de indios, se agregaba la circunstancia requerida por la ley, de que 
hubieran de hacerse en presencia del Cura, es decir, como expresa- 
mente lo declara la Cédula grande de 1743 (1), con consulta del 
Cura . 

Juntábanse, pues, los concejales el día señalado, y deliberaban 
sobre los candidatos capaces de ejercitar los oficios de Cabildo para 
el año entrante: y habido su acuerdo, consultaban al párroco presen- 
tándole la lista que habían adoptado. El Misionero daba su parecer, 
aprobándoles lo resuelto, ó haciéndoles observaciones, que de ordi- 
nario seguían los cabildantes. Con esto quedaba fijada definitiva- 
mente la lista. 

Mas esta elección no era válida y estable hasta que recibiese la 
confirmación del Gobernador dentro de cu\'a jurisdicción estaba 
comprendido el pueblo. Así, pues, de la lista últimamente resuelta se 
levantaba acta autorizada por el Secretario del Cabildo, y los pueblos 
del Uruguay la enviaban al Gobernador de Buenos Aires, y los del 
Paraná al Gobernador del Paragua}', solicitando que la aprobase. 
Obtenida la aprobación, los cargos quedaban firmes para todo el año. 

De todos modos, el día de Año Nuevo se verificaba la toma de 
posesión, la cual se ejecutaba con la solemnidad que puede verse en 
el P. Cardiel (2), y de manera que produjese mayor efecto por san- 
tificarla la religión. Precedía una exhortación del Misionero, enca- 
reciendo la importancia del buen desempeño de los cargos públicos: 
tomaban luego sus insignias y ocupaban su respectivo lugar los cabil- 
dantes, acto celebrado en la plaza mayor á presencia de toda la 
gente, y acompañado de los acordes de la música: y seguía la Misa 
solemne á que asistía todo el pueblo. 



(1) Céd. R. de Buen Retiro á 28 de Diciembre de 1743, punto 5. 

(2) Cardiel, Breve relación, cap. 5, núm. 3: De morib. Guaranior, cap. IV 



34 



-110- 

IV 
ATRIBUCIONES DEL CABILDO 

En el gobierno municipal de las Doctrinas, el Corregidor era la 
autoridad superior civil de la reducción y presidente nato del Cabildo. 
Llamábase en Guaraní Poroqiiaitara (1) (el que dispone lo que se 
ha de hacer). En los documentos públicos que hoy se conservan, aun- 
que estén escritos en Guaraní, se le llama como en castellano Corre- 
gidor; y suelen ir encabezados con la frase Che Corregidor haé Ca- 
bildo (Yo el Corregidor y el Cabildo). 

El Teniente de Corregidor hacía las veces del Corregidor en 
caso de enfermedad ó ausencia de éste. 

Los Alcaldes constituían la segunda autoridad de la reducción. 
Su nombre en Guaraní era Ibirayarit^ií (el primero entre los que 
llevan vara) (2). La autoridad del Alcalde, bien así como la del 
Corregidor, no era meramente de policía y administración local para 
disponer, en unión con los demás del Cabildo, lo que conviniese al bien 
del municipio, y hacerlo ejecutar por medio de órdenes intimadas 
públicamente con apremio de multas y castigos para los transgreso- 
res; sino que participaba también del ramo de justicia en entrambos 
fueros, civil 3' criminal, según la usanza de los reinos de España en 
aquella época. Tenían, por tanto, autoridad para decidir en primera 
instancia los pleitos, para encarcelar los reos y para imponerles cier- 
tas penas: y en las Doctrinas de la Compañía, apartadas cincuenta, 
ciento y doscientas leguas de la autoridad central, era necesariamente 
su jurisdicción ma3'or que la limitada que se atribu^'ó á las reduccio- 
nes de indios cercanas á poblaciones de españoles por la Ordenanza 
9 del Visitador Alfaro. Y así, el Gobernador Láriz, en la Visita de 
Candelaria (3), únicamente exceptúa la pena de muerte, que no 
podrán imponer las autoridades de Doctrinas, sin llevar al reo á tri- 



(1) Peramás, De admin. Guaran, s CCXVI. not. 

(2) MoNTOYA, Tesoro: Restivo, Vocab. de la lenofua Guaraní.— Claro es que 
éste y los demás nombres de magistraturas no eran propios de la lengua Guaraní 
antigua: pues así como antes de estar bajo del dominio español no tuvieron estos 
magistrados, así tampoco tenían nombres con que designarlos; pero llegaron á 
ser vocablos corrientes en el Guaraní de Doctrinas, porque ya desde el principio, 
al establecer los cargos, hubieron de darles los Misioneros nombre acomodado al 
genio de la lengua, ó los mismos indios se lo aplicaron conforme al oficio que 
veían desempeñar á cada uno. 

(3; Trhlles, Anexos, núm. ^'6. 



-111- 

bunal superior para ello. — Esta autoridad de los Alcaldes ordinarios 
se ejercía en el pueblo mismo y en sus cercanías. — Los Alcaldes eran 
dos: Alcalde de primer voto, á quien pertenecía de derecho el primer 
asijnto en Cabildo y la prerrogativa de votar el primero: y Alcalde 
de segundo voto, á quien correspondía votar en segundo lugar. 

Cumplían los Alcaldes con la ley que ordena á las justicias, cui- 
dar de que los indios no sean holgazanes ni vagamundos, haciendo 
que cada uno trabaje en sus propias haciendas ó labranzas y ofi- 
cios: (1) y para esto recorrían el pueblo y su término, visitando no 
sólo las sementeras comunes, sino también las particulares de cada 
indio, y cuando encontraban alguno que abandonaba el trabajo, lo 
amonestaban, y si era preciso, lo sujetaban al castigo (2). 

Los Alcaldes de la hermandad tenían á su cargo desempeñar en 
el campo, ó sea en parajes apartados del pueblo, la misma autoridad 
que los Alcaldes ordinarios ejercían en el pueblo. Pero para evitar 
abusos, no podían dar castigo sin traer los reos al pueblo (3). 

El Alférez Real era el depositario del estandarte real, que sacaba 
en público solemnemente en los días señalados: y según la ley espa- 
ñola (4), tenía voto 3^ asiento inmediatamente después de los Alcaldes 
y antes de los Regidores, gozando de todas las preeminencias de 
regidor, sin que por eso se disminuyese el número de los otros. 

Los Regidores eran los miembros que con los Alcaldes integra- 
ban el Cabildo y concurrían á los acuerdos. Llamábanlos también 
Cahild 01 guara, que suena Capitular ó Cabildante. 

Todos los precedentes miembros de Cabildo se comprendían 
en el nombre de varistas^ porque todos llevaban vara ó bastón, 
insignia de su oficio. Y era tanta la afición de los indios á sustentar 
la honra de su cargo, que rara ves soltaba)! déla mano los Alcaldes 
sus varas y los Regidores sus bastones (5). 

El Mayordomo del pueblo, 6 Procurador, que menciona la 
Cédula magna de 1743 (6), tenía á su cargo el cuidado de los bieneí; 
del Tupambaé, ó sea de comunidad: y como auxiliares suyos había 
indios Contadores, Fiscales, y Almaceneros (7), de que habla la 
misma Cédula. 

El Alguacil mayor, llamado en Guaraní Ibírayara, (8) ó Ibl- 

(1) Ley 23, tít. 2, lib. 5. R. I. 

(2) Cardiel. Decl. núm. 115. 

(3) Trellrs, Anexos, núm. 43. 

(4) Ley 4. tít. 10, lib. 4, R L 

(5) Doblas, Memoria, parte 1.^ prope fin. 

(6) C. R. de 28 Dic, 1743, punto 4." 

(7) Ibid. 

(8, MoNTOYA, Tesoro. 



- 11-- 

rayd (1) el que lleva la vara, estaba encargado de ejecutar las órde- 
nes del Cabildo ó de las justicias. 

El Secretario tenía por oficio redactar los acuerdos, autorizar 
los despachos y llevar el libro del Cabildo; y le llamaban en Guaraní 
Oiiatiáapohara (2) (el que trabaja en los escritos). 

Por ser rarísimas las noticias de las actas capitulares de Doc- 
trinas (no obstante que parece cierto que en todos los pueblos tenían 
libro de Cabildo) se reproduce en el Apéndice un apunte inédito 
hallado en poder de un cacique, en que se refieren varios actos del 
Cabildo de Yapeyú, y se consignan al mismo tiempo datos curiosos 
sobre el establecimiento de las famosas estancias de aquel pueblo. 



V 
35 LOS CACIQUES 

El nombre de cacique no es Guaraní, sino importado por los 
españoles, quienes, habiéndolo hallado en uso en las Antillas para 
significar los que entre los indios ejercían autoridad y tenían subdi- 
tos, lo aplicaron también en la América meridional á los jefes de los 
indígenas. Pero de no ser el nombre originario de estos países, no se 
puede concluir, como lo pretendieron algunos, que la cosa por él 
significada no haya existido en Sud-América. — Porque, en efecto, 
los caciques existieron entre los Guaraníes desde los más remotos 
tiempos. El nombre que entre ellos tenían eia el de tubichá^ que en 
contacto con algún posesivo ó adjetivo se cambia en riibichá por la 
índole fonológica de la lengua. Obtenían la preeminencia de tnbichá, 
que los hacía considerar como nobles y por la cual se adherían á 
ellos otros indios para obedecerles como subditos ó mboyds, aquellos 
indios que se habían señalado por su valor y hechos hazañosos 
en la guerra y por su índole arriscada y emprendedora; ó á veces 
por su elocuencia en el abundante y expresivo idioma Guaraní: 
que de tanta estima era, aun entre estos bárbaros, el don de la 
palabra. 

El cacicazgo pasaba de padres á hijos guardando la línea pri- 
mogénita, fuese hijo ó hija el primer nacido. El que era cacique 
tenía un como título de nobleza y dominio, cu3'as prerrogativas con- 

(1) Rhstivo, Vo. 

(2) Peramás, De admin. Guaraní §. CXXVI. not. 



-113- 

sistían en que sus v^asallos cuidaban de hacerle sementeras para su 
sustento, se dejaban guiar por él y le mantenían subordinación, aca- 
tando su resolución como sentencia decisiva en sus pleitos. Y era 
tanto el atropello de la le}' natural entre estas gentes, que su misma 
deshonra é ignominia no les parecía tal; antes se tenían por honra- 
dos cuando los caciques les tomaban sus hijas para concubinas, según 
la ley de su desenfrenada lujuria. El cacique, por su parte, se com- 
prometía á protegerlos 3' defenderlos y era su caudillo nato en las 
ocasiones de guerra (1). 

Sólo unas pocas familias eran las que solían ponerse bajo déla 
conducta de cada cacique: y de aquí procedía la cortedad de los 
pueblos Guaraníes; pues un cacique era muy celoso de que en su 
distrito ningún otro ejerciese autoridad suprema. Y aun estas cor- 
tas agregaciones no eran estables: pues sucedía que si el cacique 
reprendía á alguno, y éste quedaba disgustado, con facilidad se 
separaba el subdito de la sujeción primera, y se ponía debajo de la 
obediencia de otro. 

La ley 18, título 5, libro 6 de la Recopilación de Indias, excep- 
tuaba á los caciques y sus hijos primogénitos de pagar tributo: más 
aún, Carlos V había decretado (2) que si en algún país había cos- 
tumbre de que los indios contribu3'esen con tributo á sus caciques, 
no se alterase la costumbre. Conservábaseles asimismo la jurisdic- 
ción criminal, con tal que no ejecutasen pena de muerte ó mutilación 
de miembro (3). 

Habiendo sido señalado el Oidor Don Juan Blásquez de Val- 
verde en 1654 para hacer el padrón de los indios tributarios en los 
pueblos de Doctrinas , y pasando á ejecutarlo en 1657 , no quiso 
reconocer la exención de tributo á los caciques Guaraníes, por más 
representaciones que le hicieron los Misioneros: porque decía que 
entre los Guaraníes antiguos no había habido tales caciques: y así 
á los que ahora llamaban caciques no les comprendía el beneficio 
de la ley. 

Procuraron los Padres defender el buen derecho que tenían los 
caciques Guaraníes, así de mantener la honra de su nobleza como de 
disfrutar de los privilegios correspondientes á su estado. Hiciéronse 
rara ello dos informaciones jurídicas de multitud de testigos, que 
hoy existen en el Archivo general de Buenos Aires (4). Por ellas 

(1) Pueden verse las noticias precedentes con otras sobre los caciques en 
MoNTOYA. Conquista § 10 y Techo, v. 7. 

(2) C. K. 18 Enero 1552: ley 8, tít. 7, lib. 6. R. I. 

(3) Ley 13, tít. 7, lib. 6. R. I. 

(4j Papeles coleccionados por Trelles. 

8. — Organización social de las doctrinas gu-\raníes. 



-114- 

constó que desde muy antiguo habían tenido y reconocido los Gua- 
raníes esta dignidad. Agregóse el hecho de haber caciques y con- 
servar su posesión de tales en todos los pueblos de la misma nación 
Guaraní doctrinados por clérigos y por religiosos de San Francisco: 
y lo que más es, conservarse algunos con la dignidad de caciques, 
á pesar de que no les quedaba ya ningún vasallo. Presentóse á mayor 
abundamiento el último auto de Visita del Oidor Don Andrés Gara- 
vito de León expedido antes en 1652, por el cual ordenaba que á los 
tales caciques Guaraníes se les guardasen todas las exenciones y 
prerrogativas que constan en las leyes y Cédulas reales. Además 
de que la Real Audiencia de la Plata había despachado provisión 
para que fuesen conservados conforme á las ordenanzas del Virrey 
Toledo todos los caciques que desde su infidelidad hubieran sido 
tenidos por tales: y en la enumeración incluía la Audiencia expresa- 
mente los de las Reducciones Guaraníes del Paraná y Uruguay. 

Convencido de la verdad el Oidor Blásquez, hizo que se enta- 
blase averiguación sobre quiénes eran en cada reducción los que 
desde su infidelidad habían sido tenidos por caciques, pidiendo se le 
diesen de ello certificaciones juradas por los Curas para señalar 
quiénes estaban libres de tributo; como todo así se ejecutó. 

Acabada su Visita, halló otro hecho que todavía le confirmó 
más la existencia de los caciques desde remotos tiempos: y fué que 
varios españoles le presentaron peticiones para que les adjudicase 
en encomienda indios Guaraníes de las reducciones del Paraná, á los 
cuales pretendían tener derecho: y para ello presentaron títulos en 
número de hasta diez ó doce. En todos ellos se leían las fórmulas 
de hago merced de ¡a encomienda de los caciques N. y N. Con lo 
cual resultaba patente que desde aquellos primeros tiempos en que 
eran infieles, tenían caciques, y no en pequeño número (1). 

Las diligencias de los Misioneros obtuvieron el éxito deseado: y en 
adelante nunca más se puso en litigio la dignidad de los caciques y 
continuó como hasta entonces la distribución de las familias del pue- 
blo en el padrón por cacicazgos. 

Las prerrogativas del cacique en las Doctrinas, además de la 
nobleza aneja á su dignidad, consistían en estar eximido de los tribu- 
tos, nombrarse con el título de Don, y estar ligada la propiedad terri- 
torial en cierto modo, no al individuo ni al pueblo, sino al Cacique 
ó cacicazgo. Cada Cacique tenía su porción del término del pueblo 

(1) Constan las noticias precedentes sobre el asunto de los caciques por un 
apunte autógrafo del P. Francisco Díaz Taño, que intervino en todas las diligen- 
cias, y se conserva en Buenos Aires: Arch. gen. Misiones. Varios años. 



-lis- 
señalado como propia; y en ella tomaban sus 'vasallos campo para la 
sementera y no en otra parte. 

Por Cédula Real de 12 de Marzo de 1697 habían sido declarados 
los caciques de indios iguales en condición á los hidalgos de Castilla, 
pudiendo aspirar á todos los cargos A que esta calidad daba acceso. 
Repitióse la misma disposición en Real Cédula de 21 de Febrero de 
1725; y últimamente la mandó cumplir insertando las dos disposicio- 
nes antecedentes el Rey Carlos III por Cédula Real de 11 de Setiem- 
bre de 1766, que intimó el Gobernador Bucareli á los caciques del 
Paraná y Uruguay. 

Como las Doctrinas se habían formado de la reunión de gran 
número de parcialidades, cada una con su Cacique, era necesario 
efecto que el número de Caciques fuese generalmente crecido en 
todos los pueblos, pues según los padrones que se conservan en el 
Archivo general de Buenos Aires (1), en el pueblo de San Ignacio 
mirí había en 1715 no menos de cincuenta y siete Caciques; y aun 
después de quedar muy mermada la población, eran en el año de 1779 
veintidós los Caciques del pueblo de Santa María de Fe. 

De los Caciques se elegían los Corregidores, siempre que en ellos 
se advirtiesen las dotes necesarias para estar al frente de todo el pue- 
blo, y gran parte de los oficios de jurisdicción, como puede verse en los 
Inventarios de los pueblos de Misiones (2). Estaba, además, ordenado 
que se procurase mantenerlos en honra, auxiliándolos de un modo 
especial, á fin de que conservaran su autoridad, cuando por el corto 
número de sus vasallos, ó por la pobreza del cacique, había éste venido 
á menos (3). Y ya desde muy antiguo (4) se prescribía que si alguna 
vez fuese necesario reprender ó castigar faltas de algún Cacique, esto 
se hiciera en secreto y nunca en público, de manera que no quedase 
dañada con eso la subordinación que sus subditos debían profesarle. 



VI 
POLICÍA 36 

No hay que pensar que los Guaraníes tuviesen un cuerpo organi- 
zado casi militarmente para ejercer las funciones de mantenimiento 

(1) Buenos Aires. Arch. gen. leg. Compañía de Jesús (Paraguay) n. ÍO., 
y leg. Misiones (varios años) 2. 

(2) Bravo, Inventarios, con las firmas de los Cabildantes. 

(3) Circular del P. Provincial Antonio Machoni á 7 de Marzo de 1742. 

(4) Ordenación breve del P. Provincial Diego de Torres [1612-1614], 



-116- 

del orden, cual lo vemos en los países modernos, sea en las ciudades, 
sea en los campos; pero sí era preciso que hubiese vigilancia para 
evitar los inconvenientes y desmanes que en pueblos numerosos son 
inevitables, si no se atajan con tiempo y en su origen. Así se hacía 
en las Doctrinas, teniendo presente que la medicina preventiva es 
siempre preferible á la curativa. 

Para este fin tenían los misioneros algunos de los más fieles indios 
ya de edad y de razón, que estaban encargados de vigilar y advertir 
al Padre si alguna cosa especial ocurriese digna de remedio; y más 
que con atribuciones nuevas que les hiciesen respetar, se hacían lugar 
con la autoridad que les daban sus años y sus oficios, pues como se 
deja entender, solían ser ó caciques ó varistas en ejercicio. Agregá- 
banse á éstos los sobrestantes ó superintendentes señalados para 
cada uno de los oficios mecánicos principales, que á veces se llamaban 
fiscales ó alcaldes de carpinteros, de tejedores, etc.; y los maestros j 
celadores de niños, de niñas, ó de las mujeres, de que habla el Padre 
Cardiel (1), los cuales no sólo daban cuenta del estado de sus minis- 
terios ú oficinas al Padre, una vez á la semana cuando se juntaban el 
domingo después de Misa, sino que le avisaban siempre que ocurría 
particular novedad. 

Los mismos misioneros recorrían diariamente las casas de los 
enfermos, así para llevarles los consuelos espirituales, como para ver si 
estabanbien asistidos, procurando queno les faltase el alimento conve- 
niente á su estado y las medicinas posibles, y á veces también haciendo 
de médicos y enfermeros y aun manejando la lanceta por su mano. 

También cuidaban de salir cada dos ó tres días por el pueblo^ con- 
forme á la instrucción del P. Torres (2), para evitar con la autoridad 
de su presencia y con sus persuasiones las borracheras 3' cualquier 
otro escándalo. 

Uno de los medios que resultaba sumamente útil en las reduccio- 
nes para atajar desórdenes y vicios, era la vigilancia de los niños, 
como lo explica el P. Mastrilli Duran (3): «Son los niños los más fieles 
pesquisidores y descubridores, porque después de haber increpado á 
los delincuentes con sus palabras 3' vituperios, van en seguida á avisar 
al misionero de los pecados, riñas y todas las otras cosas que han 
ocurrido en el pueblo... Todo cuanto llegan á saber lo van á referir 
al punto al misionero.» Y aun á sus propios padres avisaban cuando 
les veían practicar algo que no se debía hacer. 

(1) Cardikl, Breve reí. cap. 5, n. 16. 

(2) ToRRKS, Instrucción 2.», ni'im. 12. ("Apéndice núm. 30i. 

(3) Mastrilli, Anniiae lb261627 , pág. 45. 



-117- 

Ajudaba también al buen orden general la distribución hecha de 
cada pueblo en seis, ocho ó más cuarteles ó barrios, según el número 
de sus habitantes, de modo que cada cuartel comprendiera tres ó, cua- 
tro cacicazgos, y estuviera puesto debajo de la advocación de algún 
santo y de la vigilancia de alguno de los cabildantes. E)e este modo la 
presencia de sus propios caciques contenía á los subditos en el orden 
debido y á ello contribuía el influjo del varista por su maj^or autoridad. 

A cierta hora de la tarde se hacía señal, y desde entonces estaba 
prohibido transitar por las calles; y si alguno era encontrado en ese 
tiempo por los encargados de la vigilancia, era penado. Para que se 
cumpliese esa disposición y otras semejantes, se usaba del arbitrio 
especial referido en las siguientes palabras del Dr. Jarque (2): «Con- 
servan también la honestidad del pueblo algunos ministros secretos 
que el Cura tiene instruidos para que le avisen como á padre de cual- 
quiera desorden ó riesgo del que se reconozca. Y lo que mucho con- 
duce, toda la noche está dividida en tres vigilias (según el uso de los 
romanos cuando su buen gobierno les hizo señores del mundo), y en 
cada vigilia se remudan centinelas que con saetas sentenciosas pene- 
tran el alma, y dan cierta señal ruidosa por la cual todos los morado- 
res puedan conocer en qué tercio y hora están de la noche, sin otro 
reloj que lo publique; sirve también para asegurar de enemigos 
extraños, etc.» Las saetas sentenciosas recuerdan el caso referido en 
el artículo 2, cap. II del cacique Pedro de Itapúa. La señal ruidosa 
era repique con tambores, que tan acostumbrados eran entre los Gua- 
raníes en todas circunstancias; y habiendo de marcar la hora y la 
vigilia, habían de ser tres ó más veces en el transcurso de la noche. — 
Cuan absurdas y ridiculas explicaciones recibió de ciertos observado- 
res superficiales esta costumbre, se verá más adelante. 

Lo que sedesprendede lo dicho en este artículo es que la policía, con 
ser bien necesaria }' ejercitarse con la posible diligencia, tenía siempre 
más depaterna que de oficial, como todo lo que existía en las Doctrinas. 



Vil 

CORREGIDORES ESPAÑOLES 37 

Preciso es ahora reunir y eslabonar una porción de hechos que 
aislados ofrece la historia. 

(1) Jarque, Insignes misioneros, lib. 3, cap. 19, n. 4. 



-118 — 

Las reducciones empezaron por gusto de los indios, quienes de 
propio arbitrio se sometieron á la dirección de los Padres, siendo así 
que habían estado antes rehacios, sin poderles decidir á formar pueblos 
las armas de los conquistadores. Una vez puestos debajo de la con- 
ducta de los religiosos, se cumplió en ellos la Ordenanza del Oidor 
AlEaro que prohibía establecer en pueblo de indios Administrador 
español, á causa de los excesos que de tales funcionarios se habían 
comprobado (1). No quedaba más autoridad que la de los Corregido- 
res y Alcaldes Guaraníes. 

Es cierto que más de una vez se trató de poner Corregidores 
españoles, pero siempre fué forzoso retroceder, vistos los inconve- 
nientes que fundadamente se temían, y alguna vez se experimentaron 
con gran peligro. 

Los tres Corregidores que puso el Gobernador de Buenos Aires- 
Don Francisco de Céspedes, por poco perecieron á manos de los 
indios, irritados de su proceder (2). 

En la reducción del Itá, de Padres franciscanos, siete ú ocho 
leguas de la ciudad de la Asunción, quiso poner Corregidor español 
un Gobernador de la provincia por cierto sentimiento que tuvo. El 
éxito lo refiere el P. Diego de Boroa, escribiendo al Virrey del Perú 
á 13 de Abril de 1653: «De hecho lo envió [al Corregidor]: y los indios 
se alborotaron de manera, negándole aun el sustento necesario, que 
le hubieron de sacar mu}^ apriesa, temiendo mayores daños: y los 
Padres hicieron también muy grande demostración de sentimiento, 
que recurrieron con los caciques á la Real Audiencia [de Charcas], 
que mandó severamente que ningún Gobernador pudiera poner los 
tales Corregidores españoles» (3). 

Otro tanto determinó y proveyó la Audiencia de Buenos Aires 
en 1666, y por haber reconocido los grandes motivos que para ello 
había, mandó al Gobernador D. Juan Diez de Andino que por ningún 
caso pusiese en dichos pueblos de indios Guaraníes sujetos españoles 
que administrasen justicia con nombre de Corregidores, Tenientes, 
ni Jueces de comisión, ni otra forma; sino que la justicia se siguiera 
administrando por los Alcaldes y Corregidores indios, como lo 
refiere el P. Antonio INlachoni en una exposición al Rey en el Con- 
sejo de las Indias (4). 

Nuevamente hubo conatos de introducir Corrcfiidores hacia 1705: 



(1) Ordenanzas DE alfaro, m'im. 13.. 

(2) Techo, Hist. lib. VII, cap. 36. 

(3) Chile: Bibl. Nao. MSS. Iksuítas, vol. 275. 

(4) Ibid. 



-119- 

y consultados por el Consejo varios tribunales de América, dio entre 
otros su parecer la Audiencia de Charcas en carta al Rey á 12 
de Diciembre de 1709, y más tarde en carta de 14 de Noviembre de 
1715(1). Expone en estaailtima primero las razones que persuaden la 
conveniencia de poner Corregidores españoles, lo uno para hacer con 
exactitud el padrón: lo otro para bien administrar la justicia, particu- 
larmente la criminal, de la cual muestra estar con algún cuidado «por 
la poca racionalidad» dice, de los indios «debiendo creerse que son 
muchos los excesos que unos con otros comete su barbaridad» (2). 
Produce luego los motivos para no poner Corregidores: la movilidad 
de los indios, que pueden alborotarse, dándose por agraviados de que 
se les mude su régimen tradicional, instigándoles sus mismos caci- 
ques, alcaldes y corregidores indios desposeídos: los extremos de 
codicia á que se arrojarían los mismos Corregidores españoles en 
parajes tan retirados de tribunal superior, «sin que hubiera providen- 
cia ni remedio humano que los pudiese separar de sus propios intere- 
ses, como aun en los más cercanos lo llora sin remedio la experien- 
cia»: el riesgo que amenazaría á toda la América meridional, de 
alzarse los Guaraníes, «porque estos indios sirven de frontera y 
antemural á estos dominios por aquella parte que se dividen, así con 
los infieles, como con los portugueses de San Pablo ó mamelucos» : 
la pérdida de tantas almas. Concluyendo que no se atreve á decan- 
tarse á una ni á otra parte. El Rey determinó que no se hiciese nove- 
dad en el modo de gobierno de los Guaraníes: y así se ejecutó, 
promulgándose á los indios de Doctrinas esta resolución, como lo 
mandaba la Cédula Real definitiva de 28 de Junio de 1716. 

Todavía propuso el Gobernador del Paraguay Aldunate, en un 
informe de 1720, que se estableciesen Corregidores, pretextando que 
con esta medida se iban á lograr beneficios extraordinarios para la 
Real Hacienda. |Examinado el punto con madura reflexión, vistos 
gran número de informes, y en particular el del Comisionado espe- 
cial D. Juan Vázquez de Agüero, declaró Felipe V en su Cédula 
magna de 1743 (3) no deberse hacer mudanza en esta materia, y que 
se había de seguir observando la práctica que hasta allí había regido. 

De este modo se libraron las Doctrinas Guaraníes, mientras fue- 

(1) Río-Janeiro, Col. Ángelís, XII, 46. 

(2) Este recelo era infundado: pues si algún desorden de importancia hubiera 
habido, no podía menos de trascender á las comarcas vecinas: y por el contra- 
rio, informaba el Cabildo eclesiástico de la Asunción en carta al Rey de 18 de 
Julio de 1711, que en todo el tiempo pasado de más de cien años «>ío se había expe- 
rimetitado la menor inqiiietttd> entre los Guaraníes de Doctri ñas gobernados 
por sus Corregidores indios (Trelles, Anexos, pág. 139). 

(3) Cédula grande de 1743, punto 5," 



- 120 - 

ron dirigidas por los Jesuítas, de la acción de los Corregidores que 
tan desastrosos efectos produjo en otras partes de las Indias espa- 
ñolas. 

Veinticinco años después de la Cédula magna entraron en 
Misiones los Corregidores con título de Tenientes y Administradores, 
en virtud de las Ordenanzas de Bucareli, y produjeron el estrago 
que se dirá en su lugar. 



VIII 
3g LOS PLEITOS 

Desde el principio de las Doctrinas defirieron los Guaraníes la 
decisión final de sus pleitos al juicio de los Misioneros. «Al Padre 
»acuden» dice el P. Mastrilli «como al último tribunal de sus causas, 
»sean éstas civiles, sean criminales» (1). Esto era muy conforme al 
carácter de los indios, quienes, sin indagar muchas razones, se satis- 
facen más que con ninguna otra cosa con la resolución de una persona 
en quien han depositado plenamente su confianza. Era también con- 
secuencia de la costumbre de sujetar todas sus querellas al juicio de 
sus caciques. Ahora veían que sus mismos caciques reconocían volun- 
tariamente la superioridad del misionero, y así no les costaba dificul- 
tad alguna el someterse ellos también á las resoluciones del Padre. 

Esta práctica vino á constituir á los Misioneros como arbitros ó 
arbitradores, elegidos por consentimiento de las partes, de cuya sen- 
tencia nadie apelaba, por más que de derecho y de hecho pudiesen 
apelar, dándoseles facultad para ello, ya que la autoridad superior, 
como ellos sabían muy bien, era el Gobernador de la Provincia; y el 
mismo Gobernador, al pasar la visita anunciaba, públicamente que 
los que tuviesen alguna queja podían acudir á él, 3' expresamente 
preguntaba cuál era el tratamiento que recibían, y si de algo estaban 
quejosos, sin contar con otros informes reservados que tomaba de 
diversas personas. 

Así en la visita del Gobernador D. Jacinto de Láriz á los indios 
del pueblo de Encarnación de Itapúa (2) se lee: «El señor goberna- 
»dor... les respondió... que si alguna persona ó personas les hubieren 
»hecho mal y daño, y algún agravio, ó se hubieren servido de dichos 

(1) Mastkilli, Annuae, pág-. 43. 

(2) Trhlles, Revista del Archivo, tom. II, pág. 51. 



-121 - 

»¡ndios, sin satisfacerles su trabajo y ocupaciones, ó les debieren 
»algo, lo digan y declaren; que el dicho señor gobernador les desagra- 
»viará, y hará pagar y satisfacer lo que les fuere debido con puntua- 
»lidad.» — Y en la visita de Candelaria (1): «... en nombre de S. M... 
»Ies viene á visitar... y á enterarse de su... tratamiento... y á des- 
»agravialles de quienes les hubieren ofendido y hecho malos tra- 
»tamientos, y á que les sea pagado y satisfecho lo que hubieren 
«trabajado y les fuere debido; que lo digan y declaren libremente 
»sin miedo ni recelo alguno; que está presto á hacelles entero cum- 
»plimiento de justicia...» Y la misma intimación se repite en las 
quince visitas restantes. 

Fuera de esto, cada año, y aun más frecuentemente, visitaba los 
pueblos el Superior de las Misiones, y cada tres años hacía su visita 
el Provincial, y á ellos tenían los indios recurso inmediato y acudían 
con confianza, sabiendo la autoridad que ejercían sobre los misione- 
ros locales. Con lo cual había nuevos arbitros en los casos en que los 
indios hubiesen quedado quejosos de alguna resolución antecedente; 
y por medio de la paciencia que tenían en oir y de su prudencia en 
sentenciar, se atajaron á veces notables daños y se sosegaron los áni- 
mos agitados. 

Por otra parte, bien pocos eran los litigios que se podían ofrecer 
entre gentes cuyas riquezas estaban reducidas á la sementera con 
sus frutos, á la casita y á unos pocos muebles dentro de ella. 

Una sola especie de cuestiones parecieron bastante serias y de 
trascendencia en lo sucesivo, para que sobre ellas se estableciesen 
reglas y se nombrasen personas especiales que ejerciesen el oficio de 
arbitradores en la decisión. Fueron éstas las de los límites del terri- 
torio de cada pueblo. 

El Oidor D. Juan Blásquez de Valverde en la Visita del año 1657, 
señaló límites }' dio títulos de sus tierras á varias y quizá á todas las 
reducciones que entonces había en el Paraná y Uruguay (2), que 
eran 19. Estos títulos, juntos con algunos mapas de demarcación que 
se hacían en cada Doctrina, se custodiaban en el Archivo del pueblo; 
y servían de norma cuando ocurría alguna dificultad ó controversia. 

Con el transcurso del tiempo fué necesario señalar algún orden 
fijo en estas materias, cuando los primeros arbitros, que eran los Cu- 
ras de cada Doctrina, no convenían entre sí, para que las cuestiones 
que pudiera haber se terminasen cuanto antes. Para esto había seña- 

(1) Ibid. pág. 52. 

(2) Cartas de los Doctrineros en el Archivo General de B'- A'- legajo «1648. 
Papeles de los Jesuítas, 1648». 



39 



-122- 

lados tres Padres de los más graves y antiguos en las Doctrinas del 
Paraná y otros tres en las del Uruguay, de manera que cuando ocu- 
rría alguna controversia en una de las dos secciones, juzgasen los de 
la otra; y si los pueblos que disputaban eran uno del Paraná y otra 
del Uruguay, diesen el laudo un P. del Paraná, otro del Urugua}', y 
el P. Superior. Si algún nuevo fundamento ó documento favorable á 
una de las partes se descubría, tenía de tiempo dos meses después de 
la sentencia para presentarlo; 5^ entonces se enviaba todo á la deci- 
sión del P. Provincial con su consulta; sin que se hubiera de hacer 
mudanza en lo que allí se había resuelto, á no ser que los fundamen- 
tos fueran tales, que demostrasen, no ya con probabilidad, sino con 
certidumbre, que la sentencia era injusta (1). 

Las sentencias de arbitros dadas de este modo se habían de guar- 
dar en el Archivo del pueblo, para evitar en adelante nuevas 
cuestiones; y en efecto, se conservan todavía algunas de ellas entre 
los papeles de Jesuítas del Archivo general de Buenos Aires (2). 



IX 

LOS CASTIGOS 

Desde sus primeros trabajos en las Misiones, echaron de ver los 
Padres la necesidad que había de establecer penas para restaurar el 
orden violado por los delincuentes, y contener á todos en su obliga- 
ción. Porque si en toda sociedad humana son necesarias las penas para 
refrenar con el temor á los que de otro modo traspasarían la ley, 
mucho más se hacía sentir esta necesidad en aquellos pueblos salva- 
jes todavía, }'■ que más se guiaban por las aprehensiones de los senti- 
dos que por los dictámenes de la razón. Este pensamiento es el que, 
como refiere el P. Lozano (3), traía perplejos á los PP. José Cataldino 
y Simón Mazeta, que estaban entablando las reducciones del Guaj'rá, 
sintiendo por una parte la necesidad de algún freno de temor, y no 
atinando por otra cómo imponer castigo alguno á gentes tan delica- 
das en esta materia como las que estaban doctrinando. Quiso Dios 
sacarlos de tal perplejidad de la manera que allí se dice, y con esto 



(1) Carta del M. R. P. Gen. Francisco Retz fecha 13 Dic, de 1732. Madrid 
Bibl. Nac. MS. 6976, pág. 267. 

(2) Legajo «Misiones /Varios años/ 1; leg. Varios/ 1». 

(3) Lozano, Hist. de la Comp. lib. VII, c. XXII, n. 17. 



-123- 

se adoptó el castigo que ya era usual en todas partes donde había 
indios sujetos. Cosa semejante sucedió al P. Claudio Ruyer mientras 
se estaba empezando la reducción de Santa María del Iguazú (1). Y 
de esta manera quedó introducido para en adelante el más eficaz ins- 
trumento que aseguraba la sanción de los preceptos, pues puede 
decirse que casi no se usó otra pena en las Doctrinas, más que la de 
azotes, en mayor ó menor número según la gravedad de la falta. «Casi 
»no hay otro castigo» dice el P. Cardiel (2) «que el de azotes como á 
»los niños, y de medio cuerpo abajo (como á ellos), que no son capa- 
»ces los indios de más.» 

Siempre, no obstante, resultaba asombroso el ver que chicos y 
grandes, y aun hombres robustos, se sujetasen con tanta prontitud á 
un castigo que hoy por el no uso nos parece tan extraordinario. 
«Estoy viendo al presente en este pueblo», escribía Gomes Freiré á 
la corte de Lisboa desde San Ángel á 26 de junio de 1756 «cómo el 
»Padre Cura manda á los indios que se tiendan en el suelo, y sin m<is 
«ataduras que el respeto que le tienen, reciben veinticinco azotes, y 
«levantándose en seguida, van á darle las gracias, y besarle la mano.» 

Provenía este rendimiento de la reverencia que los Guaraníes 
tenían al sacerdote, y robustecíase con la costumbre de ver como 
cosa ordinaria el castigo de azotes desde la niñez, y mucho más por 
la firme persuasión en que estaban de que el darles azotes, por más 
que les dolieran, era una muestra cierta de cariño. Apenas se creerá 
en la realidad de esta persuasión, y sin embargo, no hay cosa más 
cierta. El P. Parras, en la relación de sus viajes á Corrientes y al 
Paraguay, dice á este propósito: (3) «Han concebido con tanta tena- 
»cidad esto de que el castigo es una señal de amor, que sucede cada 
«instante llegar un indio al cura con grandes quejas porque no le 
«mandaba castigar, y que era señal que no le quería, y verse preci- 
»sado el cura á mandar que le diesen veinte y cinco azotes, los cuales 
«siempre se dan en medio de la plaza.» Pudiéranse traer en compro- 
bación de lo mismo los casos semejantes que de los indios de Méjico 
explica el hermano Felipe Frutos (4), y los azotes que entre ellos 
daban los maridos á sus mujeres, sin los cuales no era durable la paz 
del matrimonio, porque desde el punto que cesaban los azotes sema- 
nales, clamaba la mujer que había cesado el amor que su marido la 
profesaba. 



(1) Carta anua, en Trelles, Rev. de la Bibl. tom. I, pag. 168. 

(2) Declaración, n. 63. 

(3) Diario y derrotero etc. en Trflles, Rev. de la bibl. tom. IV, cap. V § 3.° 

(4) Relación sucinta de las propiedades de los indios mejicanos. 



-124- 

Los azotes se daban en el rollo de la plaza. Llamábase rollo una 
columna de piedra ordinariamente rematada por una cruz, puesta en 
público, y que era insignia de jurisdicción, donde se ataban los que 
habían de sufrir castigo ó ser expuestos á la vergüenza. De él hace 
mención en 1715 el Gobernador del Paraguay D. Gregorio Bazán de 
Pedraza (1). «Tiene este pueblo (de San Ignacio miní) rollo..»; }' tam- 
bién el P. Cardiel (2). — En el campo no se podía dar este castigo por 
los Alcaldes de la hermandad, sino que habían de traer el culpable á la 
plaza (3). Y fué preciso prescribir que no se diese en ningún caso sin 
aprobación del Misionero, atenta la rusticidad de los indios, quienes 
eran tan poco mirados en el castigo, que dejaban maltratado con el 
número 3^ modo al delincuente, sin ningún sentimiento de compasión. 

El mismo padrón del Gobernador Bazán de Pedraza muestra la 
otra ciase de castigo, que fué la cárcel. «Tiene este pueblo rollo y 
»cárcel.» La cárcel tomaba entre los Guaraníes nombre del cepo 
llamado íbtraqiiá, {íbíra, palo, qíia, agujero); y la cárcel se llamaba 
íbíraqiiaróg (ibíraqnd, cepo, ogáj casa), la casa del cepo. Custodiaba 
los presos el alguacil de la cárcel, íbiraqnayá. El rollo era el íbira 
yo poqiiahá (4), (ibíra, palo, qiiá ó quahá, atar, po, mano, palo ó 
columna donde son los hombres atados por las manos). 

Ignoramos en qué tiempo preciso se introdujo la cárcel; pero es 
cierto que ya existía á fines del siglo xvii, pues de ella habla el Re- 
glamento de Doctrinas aprobado por el P. Tirso González (5). 

Algunas personas graves que habían visitado las Doctrinas dieron 
á entender que no parecía bastante el tener azotes y cárcel, cosa que 
era común en los pueblos de indios, sino que para crímenes más gra- 
ves hacía falta añadir la pena de muerte. — Los Padres nunca vinieron 
en ello, y no habiendo intervenido mandato de quien podía imponerlo, 
que hubiera sido el Gobernador, la Audiencia ó el Consejo, por 
haberse mantenido durante ciento cincuenta años las Doctrinas pací- 
ficas, ordenadas y con buenas costumbres; de hecho nunca se ejecutó 
pena de muerte. Suplióse ésta, en algunas circunstancias, con la 
expulsión fuera del territorio de las Doctrinas, acompañada de ignomi- 
nia y precedida de un año de cárcel; este era el castigo de los hechi- 
ceros que habían hecho daño á otras personas con maleficios (6). Otras 

(1) Empadronamiento de S. Ignacio miri; B.' A." Arch. gen. leg. Cotiip.^ de 
Jesús (Paraguay) n. 10. 

(2) Declaración, núm. 269. 

(3) Autos de visita de Láriz en Tkelles, Anexos, núm. 43. 

(4) Rhstivo, Vocab. 

(5) Véase en el Apénd. núm. 43. 

(6) Reglamento cit. 



- 125 - 

veces se empleo para los delitos mayores lo que se llamaba cárcel 
perpetua, que no lo era sino en el concepto de los indios, pues estaba 
mandado que cuando míls pasados los diez años (1) se buscase un 
motivo plausible para indultar al reo, aunque para no disipar el efecto 
que debía producir este castigo, no se había de hacer nada por quitar 
á los indios su juicio de ser cárcel perpetua. 



X 
PUNTOS DE DERECHO 40 

Ofrécese aquí una duda sobre cuál era la potestad en virtud de la 
que reglamentaban los Superiores de la Compañía la decisión de los 
pleitos 3^ la imposición de los castigos. 

En cuanto á lo primero, está suficientemente resuelta la cuestión 
por la naturaleza misma de las relaciones que mediaban entre los 
indios Guaraníes y sus Misioneros. Voluntaria y gustosamente acudían 
los indios á los Padres para que los pusieran en paz, zanjando sus 
diferencias, y se satisfacían con la resolución que ellos les daban; no 
puede darse ejemplo más espontáneo y sencillo del juicio por medio 
de arbitros. Que siendo estos arbitros personas subordinadas, puestas 
allí por sus superiores, recibiesen de éstos normas fijas para que todo 
se hiciese con la debida prudencia, certidumbre de los derechos de 
cada parte y seguridad de evitar ulteriores pleitos, es lo más natural 
y puesto en orden. No necesitaban, pues, ni recibían autoiidad jurí- 
dica de soberano alguno, pues tenían autoridad arbitral plenísima en 
el consentimiento de las partes; á la manera que en la administración 
de bienes lo declaró la Cédula magna de 1743, punto 4.°, diciendo «que 
se continúe lo practicado hasta ahora desde la primera reducción de 
estos indios, con cuyo consentimiento, y con tanto beneficio de ellos 
se han manejado los bienes de comunidad, sirviendo sólo los Curas 
Doctrineros de directores, mediante cuya dirección se embaraza la 
mala distribución y malversación que se experimenta en casi todos 
los pueblos de indios de uno y otro reino». Así también era esta 
intervención arbitral de los Misioneros en los litigios de indios la más 
acomodada á las prescripciones de las leyes españolas, que en todas 
sus páginas claman que los pleitos de los indios se resuelvan breve- 
mente, juzgando de plano, y evitando los gastos de las partes. 

(1) Instrucción del P. Tamburini á 1.° de Mayo de 1716. 



— 126- 

Por lo que hace á la imposición de los castigos, el reparo se 
ofrece en dos cosas: una, que se señalasen castigos especiales 
para los crímenes graves: otra, que en las Doctrinas se abolió 
de hecho la pena de muerte, como ya lo han hecho ^notar varios 
autores. 

Para explicar la legítima potestad que los superiores de los 
Jesuítas tenían de obrar así, debe traerse á la memoria lo arriba 
expuesto (1). Los tribunales Reales de América, el Rey y su Consejo 
de las Indias, informados en cada caso del pro y del contra del esta- 
blecimiento de los Corregidores españoles en las Doctrinas guaraníes 
de los Jesuítas, resolvieron siempre que no convenía su introducción. 
De aquí provino la necesidad de que los Misioneros tomasen algún 
medio para reprimir los delitos de más entidad, que no podían faltar, 
y de hecho no faltaron en aquella gran muchedumbre, compuesta ya 
en 1657 de casi sesenta mil almas. 

Acudiendo el P. Juan Pastor á Roma en 1646 como Procurador de 
la provincia del Paraguay, entre las demás cosas que expone en un 
memorial particular suyo al P. General Vicente Carrafa, es una la 
siguiente: «Duda hay de lo que será bien hacer cuando en nuestras 
reducciones los indios matan á otros, ó cometen algún otro delito 
atroz digno de muerte. Porque en causas criminales no pueden los 
Padres etc.: tener Corregidor español en el pueblo que los castigue, 
tiene muchas y graves dificultades: llevarlos presos á los Goberna- 
dores, también: dejarles sin castigo, parecerá mal: contentarse con 
sólo desterrarlos, es poco, y tomarán otros avilantez para cometer- 
los en daño del bien común y infamia de nuestras reducciones que lo 
sufren: y se desea la dirección de Vuestra Paternidad, advirtiendo 
que han sido los indios muertos á manos de otros diez ó doce; y el 
castigo que han tenido ha sido de treinta á cuarenta azotes.» La 
respuesta del P. General fué que se hiciese una consulta numerosa 
de los Padres más antiguos y experimentados de las Misiones, y se 
practicase lo que en ella se juzgara más á propósito, avisándolo para 
su confirmación. 

Años adelante se hizo la consulta, y se señalaron varios castigos 
según la diversidad de los excesos: y en cuanto á los más graves, 
que en tribunales y delincuentes comunes suelen ser penados de 
muerte, tomaron los Padres de la junta la determinación á que ya 
había mostrado inclinarse el mismo P. Carrafa en su respuesta, de 
que se impusiese al culpado cárcel perpetua con alguna abstinencia 

(1) Art. VII de este capítulo III. 



— 127- 

-en la comida, como todo puede verse en el núm. 53 del Reglamento 
de Doctrinas. Estas disposiciones fueron confirmadas (y parece que 
con alguna adición) (1) por el P. Tirso González, y las modificó el 
P. General Miguel Ángel Tamburini, disponiendo que no se usara 
de cárcel perpetua, sino que, cuando más, se redujera á diez años. 

Cuan necesarios fuesen tales reglamentos, lo penetrará cual- 
quiera, advirtiendo la situación excepcional en que se hallaban cons- 
tituidas las Doctrinas, por voluntad muy deliberada del Rey y de su 
Consejo. Allí no había autoridad seglar que impusiera el temor. Era, 
pues, forzoso que recayera en los Padres el cargo de castigar los 
delitos que se cometieran. Por ser los Guaraníes privilegiados, no 
habían de alcanzar entre ellos impunidad los malhechores: y por 
haber dispuesto el monarca que no tuviesen corregidores españoles 
aquellos indios, no había pretendido que quedaran sin justicia ni 
gobierno. La misma ley natural exigía que se pusiera freno á los des- 
manes de los atrevidos que turbaran gravemente el orden de los 
pueblos, y armaba de toda la autoridad que les fuese necesaria para 
ello á los Misioneros que los dirigían. Por otra parte, los Padres no 
podían imponer pena capital, pues, siendo sacerdotes, les estaba 
vedado por su carácter tomar parte en causas de sangre, como lo 
había hecho reparar el P. Pastor en su memorial. Preciso fué, pues, 
que se aplicasen castigos que sirvieran, no de vindicta en el fuero 
criminal, pero sí de escarmiento de los que los viesen y de seguridad 
común: los azotes, el destierro, la cárcel por tiempo más ó menos 
prolongado. 

Para imponer estas penas ó resolverlas, no se necesitaba auto- 
ridad judicial ni ejercicio de jurisdicción criminal: bastaba la autori- 
dad paterna y de tutor, que era la que el Re}^ y sus gobernadores 
habían confiado á los religiosos de la Compañía, al poner á su cargo 
estas Misiones. Por eso pudo el P. Ruiz de Montoya sin escándalo de 
nadie, antes con mucho aplauso, en la corte y con licencia del Rey 
y de su Consejo publicar el libro de la Conquista espiritual, en que 
expresa que en Doctrinas se señalaba la pena de destierro á los 
amancebados, siendo así que constaba no haber allí más autoridades 
que las justicias indias y los Misioneros (2). Y con saber lo mismo, 
reconocía el Gobernador Láriz en 1647 que se podía aplicar toda 

(1) Déjase esta duda, porque aunque es posible que el catálogfo de castigos 
que llama el expulso Ibáñez aprobado por el P. Tirso (Reino Jesuítico, p. 1. a. 3. 
§. 2.), lo fuese en efecto: no obstante, no aparece rastro de él por ninguna parte: 
5' el autor ha sabido ser infiel, aun en casos en que se presenta como mero trans- 
criptor. 

(2) MoNTOYA, Conquista espiritual, §. 45, 



— 128 - 

suerte de castigos, excepto la pena de muerte (1). Y finalmente, hubo 
Gobernadores que instaron porque se pusiesen los rollos que en todos 
los demás pueblos de indios había y todavía no estaban puestos en las 
Doctrinas (2); y otros que echaban menos la pena de muerte (3). 

Libres quedaban con el reglamento de Misiones los Gobernado- 
res ó sus Tenientes para ejercer allí la jurisdicción criminal según 
su fuero: y en efecto la ejercitó Manuel Cabral ahorcando á los ase- 
sinos del Garó: 3^ otro tanto iban á ejecutar Láriz y el Oidor Blás- 
quez con los falsos delatores, á no haber intercedido por ellos con 
sus ruegos los Misioneros. 

Yerran, pues, algunos autores que concluyen que los Jesuítas 
formaban en Doctrinas un estado independiente (4), por decir que la 
facultad de ejercer el fuero criminal es la señal más demostrativa de 
autonomía. Pero no es extraño que hayan incurrido en tan grosero 
error, habiéndose fiado de guía tan ciego como el expulso Ibáñez, 
de quien copian el cargo y el argumento. A él y á los que le siguen 
rebate con gracejo el P. Muriel en su aclaración sobre el Reino 
jesuítico desencantado en los siguientes términos: «El destierro, las 
cárceles, son penas sin duda alguna. Pero dime ¿cuánto dinero te 
cobró tu maestro por enseñarte que ninguna pena puede infligir 
quien no sea juez? También el padre tiene poder para castigar á sus 
hijos, y el maestro para castigar á sus discípulos, sin salir por eso 
de la esfera de su potestad económica. Y á los indómitos castiga el 
maestro con destierro, arrojando de la escuela á los corruptores de 
los demás. Y si para eso hace falta alguna jurisdicción en Misiones, 
la tiene el Corregidor indio, establecido por el Rey, que es quien 
ejecuta los castigos» (5). 

Si alguna otra cosa se añadió de testigos, indagaciones, etc., todo 
ello no era proceso jurídico criminal, sino diligencias del mismo 

(1) Trelles. Anexos, n. 43. 

(2) Carta del Provincial P. Tomás Donvidas, fecha en San Tg-nacio del Pa- 
raguay á 10 de Diciembre de 1685 (Libro de Ordenes. ^Madrid.— Bibl. Nac, M.S. 
núm. 6976, pág. [132]). 

(3: Ibid, pág. [131]. 

(4) GOTHKIN, Pfotenhaukr. 

(5) Cavila todavía Ibáñez sobre el no entregar el reo á los Gobernadores, 
como si fuera algún misterio que no tenían los Jesuítas obligación de hacer dili- 
gencias positivas para enviar un reo de muerte á cien leguas, con los graves 
inconvenientes que se veían inevitables: bastaba que no estorbasen la acción de 
la justicia y nunca la estorbaron. Añade que el desterrar los hechiceros homici- 
das á país de españoles, era mostrar ruin concepto de éstos: en lo que tuerce 
sofísticamente los verdaderos motivos de tener el reo menos peligro de reincidir, 
que si fuera desterrado á los infieles ó mantenido en Doctrinas, por haber en el 
territorio español justicias que le ponían pena de muerte: tener menos riesgo de 
perder la fe que entre los infieles: y ser menor el daño de la gente, que no se 
dejaría embaucar por un indio. 



-129- 

carácter que los castigos, y dictadas por la prudencia, para que no 
se ejecutase pena alguna, y mucho menos las más graves, aunque 
paternas, sin plena certidumbre de la causa. 

Con esto queda explicado en qué consistió que en las Doctrinas 
fuese abolida de hecho la pena de muerte, no porque los Jesuítas 
negasen el principio en que se funda ó dudasen de él, ni menos por- 
que se arrogasen la autoridad judicial propia del Soberano, sino 
porque procediendo con la reflexión y consultas que inspira la pru- 
dencia, juzgaron que mientras el monarca no pusiera allí jueces 
seglares, era preciso que ellos aplicasen las más fuertes penas que 
cabían en su potestad, para atajar un daño que podía arruinar aque- 
llos pueblos tan bien formados, tan útiles á la nación y tan prove- 
chosos para la salvación de las almas: y A su condición de tutores, 
de padres y de sacerdotes, correspondían los azotes y la cárcel, mas 
no la pena de muerte ni mutilación. Y así, en vez de dirigirles vitu- 
perios, fuera justo indagar los nombres de los que constituyeron 
aquella junta, con el del Provincial que la presidió y el del General 
que la aprobó, para tributarles la acción de gracias y el honor mere- 
cido como bienhechores del género humano, pues sin pena de muerte 
conservaron tranquilas y felices aquellas comarcas del Río de la 
Plata (1). 



(1) Por otros caminos podrá un jurista llegar á establecer la legítima po- 
testad que hubo en Doctrinas para imponer castigos, y aun la misma pena de 
muerte, fundándose en la ley natural y en la epiqueya del derecho positivo, que 
una y otra prorrogaban en aquellas circunstancias la autoridad de las justicias 
existentes; pero se ha preferido la explicación que acaba de darse, porque expresa 
el hecho tal como históricamente fué y tal como se manifiesta en los documentos 
citados. 



9.— Organización social de las doctrinas guaraníes. 



CAPITULO IV 



SUBORDINACIÓN AL GOBERNADOR 

1. Jurisdicción gubernativa á que pertenecía cada Doctrina. — 2. Subordi- 
nación en tiempo de paz. — 3. Obediencia en tiempo de guerra. — 4. Las Visitas. 
Recepción del Gobernador. 

I 

41 JURISDICCIÓN GUBERNATIVA Á QUE PERTENECÍA 

CADA DOCTRINA 

Hanse estudiado en los dos capítulos antecedentes la familia }• el 
municipio, únicos organismos sociales propios de las Misiones del 
Paraguay. En lo demás, las Doctrinas de Guaraníes que dirigían los 
Jesuítas, nunca fueron otra cosa que parte de alguna provincia 
española. 

Al fundarse una reducción cualquiera, quedaba, como es mani- 
fiesto, dependiente del Gobernador en cuyo territorio se hallaba 
enclavada, y de quien se había solicitado la aprobación para que 
fuera reconocida como reducción fija y estable, y gozara de los pri- 
vilegios de tal. 

Mientras los países del Río de la Plata no constituyeron más que 
una sola gobernación, que indiferentemente se denominaba provincia 
del Paraguay ó provincia del Rio de la Plata, no podía ocurrir 
dificultad sobre á quién había de darse la obediencia. Ibanse fundando 
las reducciones todas en territorio español de una misma provincia, 
y con autorización dada á los Misioneros por un solo Gobernador, 
que era el del Paraguay ó Río déla Plata: y por consiguiente, á un solo 
Gobernador quedaban todas subordinadas: el del Paraguay, cuya 
residencia era la ciudad de la Asunción, capital de la provincia. 

Mas, dividida en lbl7 la provincia para formar dos gobernacio 
nes: una que se hubo de denominar Giiayra, y al fin retuvo el primi 
tivo nombre de Paraguay y la antigua capital de la Asunción; otra 
que se distinguió con el nombre de provincia del Rio de la Plata, y 



-131- 

<:uya capital era Buenos Aires; no dejaron de presentarse dudas 
sobre la jurisdicción. Los límites de las dos provincias no se señala- 
ban ni podían señalarse en las Cédulas reales con la precisión que 
más tarde se pudo emplear, cuando el territorio entero se hallaba 
explorado y se trataba de límites internacionales. Por otra pai te, 
Á las seis reducciones ya entabladas por los Jesuítas en el momento 
de la separación (1), y pertenecientes á la provincia del Paraguay, 
no tardaron en agregarse gran número de nuevas fundaciones en el 
Uruguay y en el Tape, que todas caían en la demarcación de Buenos 
Aires. Varias de ellas no pudieron perseverar en el paraje en que 
habían sido fundadas, y á veces ni en la misma comarca: pues obli- 
gados sus habitantes por la experiencia de lo dañoso ó incómodo del 
sitio elegido, ó constreñidos por las asoladoras invasiones de los ma- 
melucos, hubieron de trasladar sus moradas muy lejos, y en ocasio- 
nes á centenares de leguas de su población primitiva: y en tales casos 
no es extraño que se viesen pasar á territorio de jurisdicción diferen- 
te. Sucedía entonces que reclamaban dominio sobre aquellos indios 
entrambos Gobernadores á la vez, el de origen y el de asiento, ale- 
gando el uno ser los indios nativos de su jurisdicción; y el otro, 
hallarse el pueblo situado en su territorio. 

La cuestión pasó por varios estados y resoluciones que no es de 
€ste lugar especificar, pero de que parece necesario hacer mención. 

En 1657, al hacer el padrón de Doctrinas, agregó el Visitador 
Blásquez de Valverde al Paraguay los cuatro pueblos de Santa Ana, 
Candelaria, San Cosme y San José, que hasta entonces habían sido 
tenidos por reducciones de Buenos Aires, y los visitaban el Gober- 
nador y el Obispo del Puerto, como fundados en territorio propio en 
el Tape y transportados á territorio también de Buenos Aires, entre 
los dos ríos de Paraná y Uruguay. No debieron de ser tan claras las 
facultades del Visitador para hacer aquella agregación, pues en 1660 
persistían Gobernador y Obispo en tener aquellos pueblos por suyos, 
y aun tachaban á los Jesuítas de ser parciales é inclinarse del lado 
del Paraguay, cuyos Gobernadores los trataban asimismo con algún 
recelo, acusándolos de parcialidad en favor de Buenos Aires, y mien- 
tras tanto incluían en sus listas las reducciones agregadas. Lo cierto 
es que de las dos partes eran visitados aquellos pueblos, con no 
pequeña molestia de los Doctrineros y de los indios. En todas estas 
competencias procuraron los Misioneros no mostrar parcialidad por 

(1) En 1617 existían San Ignacio giiazú, Loreto, San Ignacio miní, Itapúa, 
Yasocá de los giiaycurúes y Yaguapoha. Las dos últimas hubieron de abando. 
narse más adelante. 



— 132 — 

unos ni por otros, obedeciando á todos, y protestando que se hallaban 
prontos á recibir y cumplir exactamente cualquier resolución que en 
aquella materia tomase finalmente el Rey en su Consejo de las Indias. 
Esta era la conducta que recomendaba en 1660 el Superior de las 
Doctrinas P. Silverio Pastor, diciendo: <íporqne no imaginen somos 
parciales, y que nos llegamos más á la jurisdición del Paraguay^ 
que d la de Buenos Aires, siendo verdad que estamos indiferentes, 
y que el día que el Rey nuestro Señor declare adonde pertenecen 
las reducciones, seguiremos el mandato sin dificultad ninguna» (1), 
Dióse en 1700 una Real Cédula por la cual se declaraba que definiti- 
vamente quedaban sujetos los cuatro pueblos á la jurisdicción del 
Paraguay (2): y parece que se llevó á efecto el cambio de provincia, 
excepto en el pueblo de San José, que siempre quedó por de Buenos 
Aires. 

La distinción de jurisdicciones en dos provincias y la misma 
situación cerca de los ríos, hicieron que viniesen las Doctrinas á for- 
mar como dos distritos diferentes, el del Paraná, que llegó á tener 
trece pueblos, perteneciente á la provincia del Paraguay; y el del 
Uruguay, de la provincia de Buenos Aires, que alcanzó á diez y siete 
pueblos. 

Finalmente, en 1726, de resultas de las muchas vejaciones que 
habían hecho padecer los sublevados del Paraguay á las Doctrinas, 
se pidió y obtuvo que todos los treinta pueblos que ya entonces había 
quedasen sujetos al Gobernador de Buenos Aires: y así lo comunicó 
el Rey en Cédula de 6 de Noviembre de este año (3), á que se dio 
cumplimiento en 1729, bajando además entonces mismo á Buenos 
Aires los Corregidores de los treinta pueblos á dar su obediencia al 
Gobernador. 



II 
42 SUBORDINACIÓN EN TIEMPO DE PAZ 

Las Doctrinas Guaraníes estaban sujetas á los Gobernadores 
como los demás pueblos de indios, excepto sólo el no poderse dar sus 

(1) P. Silverio Pastor, 'Instrucción sobre los PP. del Uruguay que se han de 
presentar para la canónica institución». B." A.' Arch. gen. legajo Varios, 1. 

(2) Trellks, yí/zf-ros, núm. Sf). 

(3) Lozano, Revoluciones del Paraguay, Hb. III, cap. 6, núm. 6. 



-133- 

moradores en encomienda á personas particulares, por cuanto esta- 
ban encabezados en la Corona Real, debiendo pagar su tributo inme- 
diatamente al Re3^ Pero por lo mismo que no habían de servir á 
encomenderos, y, juntamente por la pronta y cumplida obediencia 
que los Jesuítas les enseñaron á prestar al Rey y á las autoridades 
que le representaban; fué su cooperación más provechosa á la causa 
pública. 

En varias cosas se mostraba su dependencia. 

El Cabildo, aunque de elección de los indios, debía recibir la 
aprobación del Gobernador, 3^ mientras no la recibía, eran sólo inte- 
rinos 3^ no firmes los nombramientos. Por eso cada año se enviaban 
las listas de Cabildantes al Gobernador para someterlas á su apro- 
bación: y lo que más es, acudían á presentarse personalmente los 
Alcaldes, aun de reducciones que distaban 40 leguas de la capital (1). 

El Corregidor era de nombramiento del mismo Gobernador; y él 
en efecto era quien los nombraba, sobre consulta de los Padres, 
práctica que el Visitador Agüero había reconocido como útil, porque 
los Misioneros mejor que nadie conocían quiénes eran más á propó- 
sito [2). Con esto, siendo el Corregidor la primera autoridad del pue- 
blo, y los pueblos independientes entre sí, venía á ser el Corregidor 
un Teniente del Gobernador para aquella Doctrina y su distrito, 
como los tenía en Santa Fe 3' Corrientes. Al arribar al puerto de 
Buenos Aires un nuevo Gobernador, bajaban los Corregidores de su 
distrito á darle la bienvenida y la obediencia, como lo acredita la 
certificación del Gobernador Robles en 1674 (3) y lo expresa en 1758 
el Padre Cardiel (4). 

Era además el Gobernador juez nato á quien podían recurrir 
los indios en sus pleitos y quejas: y lo sabían, y se les explicaba 
cuando se practicaba la visita. Y si bien es verdad que no solían acu- 
dir los particulares á la autoridad judicial del Gobernador, por ser 
esta justicia demasiado difícil de tramitar para el indio, y por no tener 
necesidad; en cambio, acudían al Gobernador como á juez los que 
tenían alguna pretensión con respecto á las Doctrinas, y los Misione- 
ros como Protectores nombrados, en favor de los indios ó de sus 
pueblos á quienes representaban; recurriendo en apelación á la 
Audiencia, cuando el Gobernador á su parecer no les hacía justicia. 

Fuera de estos capítulos de dependencia, mostróse la sujeción de 

(1) Información jurídica de 1735: Río Janeiro, Col. Angelis, XIII. 28. 

(2) Cédula real de 28 de Dic. de 1743, punto 5.°. 

(3) Trelles, Anexos, pág. 160. 
{4) Cardiel, núm. 66. 



-134- 

las Doctrinas á los Gobernadores en servicios, que fueron de gran 
utilidad al bien público, así como eran de no pequeño trabajo á Ios- 
indios. 

Una vez que los Guaraníes de las Doctrinas se hubieron librada 
de los dos graves riesgos que corrieron, el de perecer por causa de 
las feroces invasiones y vergonzoso tráfico de los portugueses deV 
Brasil, y el de consumirse lentamente por el servicio personal á los 
encomenderos; se asentaron con estabilidad y sosiego relativo, y em- 
pezó A crecer su población; habiendo encontrado allí el Oidor don 
Juan Blásquez de Valverde el año 1657 hasta cincuenta y ocho m'ú 
personas de toda edad. Representaba esto en aquel entonces una 
población sumamente densa de subditos españoles, atento el estado de 
aquellos países donde no existía sino un corto número de españoles y 
no muchos indios sometidos, en medio de muchas parcialidades de 
indios enemigos; y así los indios Guaraníes casi desde 1640 fueron uno 
de los elementos más poderosos de vida de la colonia. 

Sin hablar ahora de sus servicios militares, que tendrán su lugar 
aparte, los Gobernadores se valieron de ellos como de preciosos 
auxiliares en los trabajos públicos. Es verdad que aquellos eran 
indios realengos y exentos; y por lo mismo ningún particular podía 
hacerlos trabajar para sus granjerias: antes esto fué lo que siempre 
exacerbó el odio de los encomenderos contra ellos y contra los Jesuí- 
tas. Pero al ocurrir graves necesidades públicas, los Gobernadores- 
echaban mano de los Guaraníes, ú obteniendo para ello expresa 
Cédula del Re}', ó cuando el caso era muy urgente, sin autorización 
especial. 

El modo no ofrecía dificultad. Siendo los Corregidores Tenien- 
tes del Gobernador, y estándole el Cabildo sujeto como subdito inme- 
diato, expedía su orden y mandato directo para el Corregidor 3' 
Cabildo. Pero, como no podía esperar el acierto en la ejecución si sólo 
contaba con los indios, en quienes, aunque no faltaba la obediericia^ 
faltaba la capacidad; se dirigía también al Padre Superior de las 
Misiones, ó á los Curas en particular, cuando era necesario, á fin de 
que hiciesen entender á los indios lo que se prescribía, y los encami- 
nasen de modo que se lograra la ejecución deseada. Y en esta misiva 
empleaba los términos de exhortación, ruego y encargo, que fueron. 
siempre los propios de las autoiidades civiles españolas, sin excep- 
tuar el mismo Rey, cuando se dirigían á los Prelados eclesiásticos, 
guardando aun en esto el respeto á la sagrada autoridad de que los 
reconocían investidos. Este modo do intimar sus órdenes puede verse 
aun hoy día en varios documentos conservados en los Archivos de 



- 135 - 

Buenos Aires y de la Asunción, que son las gobernaciones donde 
radicaron las Doctrinas. 

Nunca se negaron los indios ni los Misioneros á semejantes invi- 
taciones: hallando los Gobernadores por este medio brigadas nume- 
rosas de trabajadores por un jornal mínimo, que apenas bastaba para 
lo material de su sustento, y con cualidades excepcionales de sufri- 
miento, laboriosidad y obediencia á toda prueba. La ciudad de Santa 
Fe trasladada al lugar que hoy ocupa, y las diversas fortificaciones y 
castillos que se construyeron para seguridad de Buenos Aires y Mon- 
tevideo son testimonio de la obediencia de los indios al llamamiento 
de los Gobernadores, como lo son del provecho que reportó el país 
de la enseñanza de los indios por los Jesuítas, materia que se tratará 
más adelante. Y de su fiel obediencia y asiduidad al trabajo que les 
era encomendado, están llenos los informes que los Gobernadores 
enviaban al Consejo Real de las Indias. 



III 
OBEDIENCIA EN TIEMPO DE GUERRA 

No se limitaba la dependencia que observaban los Guaraníes de 
los Gobernadores al servicio de mitas, para las que salían de sus pue- 
blos por largas temporadas. Mostrábanse igualmente sujetos cada 
vez que era necesario acudir á funciones militares. 

El país de los Guaraníes era país de guerra. Sabido es cómo 
tuvieron que defenderse constantemente de las incursiones de los 
brasileros de San Pablo, y que en los principios estuvieron á punto de 
perecer totalmente; 3' de hecho un gran número de reducciones que 
pasan de veinte, quedaron asoladas y desiertas, viéndose obligados 
sus moradores á huir á parajes donde lograsen alguna mayor seguri- 
dad con el reparo de las defensas naturales; y aun allí no pudieron 
sosegar hasta que con su destreza en el manejo de las armas de fuego 
y su valor y resolución pusieron temor en los portugueses. Desde 
entonces no se atrevieron éstos á ejecutar de nuevo invasiones foi- 
males; pero siempre volvían en pequeñas partidas á trabar escara- 
muzas 5' ejecutar robos, atropellando á los pastores y produciendo 
continuamente el recelo que nace de la vecindad de un enemigo atre- 
vido é inquieto. Las tribus salvajes que se hallaban alrededoi' de las 
Doctrinas, se les declaraban enemigas algunas veces, y valiéndose 



43 



— 136 — 

de las sorpresas propias de los indios, causaban en haciendas y per- 
sonas estragos considerables. 

Semejante al de los Guaraníes era también el estado de las dos 
gobernaciones de Paraguay y Río de la Plata; y este fué el motivo 
de emplear á los Guaraníes como tropa auxiliar, materia de que será 
preciso hablar más de una vez. 

Asentado el crédito militar de los Guaraníes en sus victorias 
sobre los portugueses mamelucos de San Paulo, no vieron los Gober- 
nadores auxilio más oportuno en las ocasiones de defensa que el de 
las milicias de Doctrinas. Más de cincuenta veces en el espacio de 
cien años se vieron salir de sus tierras estos cuerpos de tropas por 
orden de los Gobernadores en crecido número, y siempre con tanta 
sumisión en su proceder como puntualidad en su obediencia, habiendo 
sido en diversas ocasiones la causa determinante del buen éxito de 
las campañas. 

En cuanto á las diligencias para la convocatoria, bastábale al 
Gobernador un simple aviso, y tenía asegurada la prontitud del soco- 
rro, no mermado, sino íntegro; sin contestaciones ni disgustos de nin- 
gún género, y sin tener que preocuparse más de la ejecución, como 
lo tenía que hacer al convocar otras clases de tropas: porque tratán- 
dose de los Guaraníes, podía descansar plenamente en la obediencia 
de ellos, y en el celo y actividad de sus misioneros. 

He aquí cómo explica todo esto el P. Cardiel (1): «Los señores 
» Gobernadores... cuando quieren mandar algo á los indios, no lo 
«hacen con ellos inmediatamente. Si es cosa de poca monta, escriben 
»al Superior, y éste, por medio de los Curas, se lo intima á los indios, 
»como venido de estos señores. Si es cosa de mucha importancia, 
«escriben al Provincial, éste al Superior, y el Superior se lo hace 
» saber á todos los Curas, encargándoles se lo intimen y hagan ejecu- 
» tar á los indios.» 

»64. Manda, pongo por caso, el Sr. Gobernador que vayan 
» 3.000 indios contra los amotinados del Paraguay, ó al sitio de la Co- 
»lon¡a... Escribe, no á los indios, porque sabe lo que son, sino al Pro- 
» vincial. Este escribe luego al Superior de las Doctrinas el orden del 
«Gobernador. El Superior, como tiene la lista de todos los pueblos, 
»y anda siempre visitándolos, que este es su oficio, y por eso sabe 
«muy bien lo que ha}^, hace su lista en el pueblo en que se halla: se- 
» ñala en ella cuánto número de indios ha de ir de cada pueblo, de unos 
»más, de otros menos, según su número mayor ó menor de familias, 

(1) Declaración de la verdad, § VII, núm. 63 y 64. 



- 137 - 

«hasta completarlos 3.000... En la lista dice cuántos de cada pueblo 
»han de ser de fusil, cuántos de lanza, cuántos de honda, y cuántos 
»de solas flechas, cuánta pólvora ha de llevar cada fusil, cuántos ca- 
»ballos cada soldado, cuántas muías de carga, de yerba y tabaco, y 
«cuántas vacas cada pueblo, y qué día ha de salir; adonde ha de ir 
» para juntarse con los demás, y qué Padres van por capellanes de 
» todos, con los cabos españoles, que siempre se procura vayan diri- 
»giéndolos. Este papel va por todos los pueblos. Cada Cura traslada 
» luego lo que pertenece al su3'0, 3' pasa adelante. Llama luego al Co- 
»rregidor y Alcalde, al Maestro de Campo y demás Oficiales princi- 
» pales. Intímales el orden del Gobernador, que manda en nombre del 
»Rey. Háceles una plática en orden á la obediencia que se debe á los 
«Superiores temporales. Díceles lo que toca á aquel pueblo de solda- 
»dos, armas, víveres, y el día que viene señalado para salir de allí 
«(siempre se avisa días antes para la prudente prevención) 3' dispone 
«luego todo lo necesario: y como entre nosotros, por la gracia de 
«Dios, hay tanta subordinación 3^ obediencia á los Superiores, 3' en 
«este punto procuramos criar los indios al modo nuestro,... luego se 
» ejecuta al pie de la letra: 3' de esta manera queda Dios, el Re3^ 3^ 
«sus Ministros servidos.» 



IV 
LAS VISITAS. RECEPCIÓN DEL GOBERNADOR 44 

Cuando á los Gobernadores les parecía conveniente iban en per- 
sona ó enviaban oficiales con su autoridad á los pueblos de las Doc- 
trinas de Guaraníes, como á cualquiera otro de su jurisdicción. La 
recepción que en tales casos se les hacía manifestaba á un mismo 
tiempo la fidelidad y obediencia de aquellos pueblos, 3' el gozo de que 
su Gobernador los viniese á visitar. 

Los Misioneros tenían instruidos á los Guaraníes de que el Go- 
bernador era el representante del Rey de España, á quien los indios 
profesaban extraordinario respeto y amor por las enseñanzas y 
exhortaciones de los mismos Padres; y que venirlos á visitar el 
Gobernador era como venirlos á visitar el Rey en persona; y así los 
neófitos formaban de aquel magistrado muy alto concepto. 

Preveníanse, pues, para recibirle con todas las muestras de rego- 
cijo y con toda la solemnidad que les era dable. Salían á esperarle 



-138- 

á distancia de varias leguas las tropas de caballería, las cuales, al 
encontrarle, echaban pie á tierra para hacerle su acatamiento, tremo- 
lando sus banderas y dando vivas al Rey y al Gobernador: y luego, 
volviendo á montar á caballo, distribuidos en dos alas á los lados del 
Gobernador, le escoltaban hasta ir acercándose al pueblo. Fuera de 
éste y á buena distancia, esperaba el Corregidor con todo el Cabildo, 
los Oficiales militares y los Misioneros; y hechos sus saludos y dada 
la bienvenida, llegaban á la reducción, donde la primera diligencia, 
como convenía á un gobernante cristiano, era entrar á orar breve- 
mente en la iglesia. El Gobernador convocaba al pueblo, y les anun- 
ciaba el objeto de su venida, dando las disposiciones oportunas para 
que se fuesen evacuando las diligencias necesarias. Al dirigirse al 
alojamiento que le tenían prevenido, hacía todo el pueblo en la plaza 
nuevas demostraciones de aplauso y alegría. A la entrada de su 
posada se veían las armas reales colocadas sobre la puerta y debajo 
de ellas las propias del mismo Gobernador: y mientras atravesaba la 
plaza se hacían salvas de arcabucería y flechería y se abatían las 
banderas á su paso. De esta manera testifica en sus autos de visita el 
Gobernador Láriz haber sido recibido en las diez y nueve reduccio- 
nes que visitó en 1647: «y el mismo recibimiento y demostraciones, 
» salvas y abatimiento de banderas se ha hecho con las demás [reduc- 
»ciones] donde ha entrado y visitado el dicho señor gobernador» (1). 

Deteníase el Gobernador más ó menos según la necesidad, y hacía 
las averiguaciones que juzgaba convenir para su intento; y en todo 
este tiempo le obsequiaban los Guaraníes conforme á su posibilidad; 
hasta que, llenados los fines de su visita, le acompañaban á su partida 
igualmente con aparato militar hasta ponerle en los términos de otro 
pueblo que ya le tenía prevenido su festivo recibimiento; de suerte 
que el paso del Gobernador por las Doctrinas venía á ser un continuo 
triunfo. 

Ni se crea que la ida del Gobcrnadorálas Doctrinas fuese unacaeci- 
miento raro. Apenas hubo Gobernador en el Paraguay que no visitase 
personalmente las Doctrinas de Guaraníes; y eso que las más cercanas 
estaban casi en el extremo de la provincia, distantes de la capital 
cuarenta ó cincuenta leguas de malos caminos. Las visitó Hernanda- 
rias de Saavedra (2); las visitó Manuel de Frías (3); las visitó D. Luis 
de Céspedes Jcria (4); y su sucesor Martín de Lcdesma Valderrama 

(1) Visita de la reducción de S." M. " (Skvili.a: Arch. de Ind. 74. 6. 29: Tre- 
LLEs, Arch, II. 99). 

(2) P. MoNfOYA, Memorial de 1613, ni'im. 12. 

(3) Ihid. 

(4) Ibid. 



-139- 

entró é hizo en ellas el censo (1). Don Pedro de Lugo lo volvió á 
hacer (2). El Gobernador Don Sebastián de León en 1648 entró en 
ellas y personalmente intimó los mandatos para que le acompañasen 
mil Guaraníes (3). Don Andrés de León Garavito en 1652 fué rogado 
con gran instancia con Memorial que le presentó el Provincial Padre 
Juan Pastor para que en su calidad de Visitador y Gobernador 
entrase á visitar por su persona las Doctrinas, y no lo quiso hacer, con 
gran sentimiento de la Compañía (4). El Oidor Don Juan Blásquez 
de Valverde, Gobernador también y Visitador, las visitó, no sólo las 
de la jurisdicción del Paraguay, sino también las otras (5). Las visitó 
el Gobernador Don y\lonso Sarmiento (6); las visitó el Oidor de la 
Audiencia de Buenos Aires Don Pedro de Rojas y Luna (7); y otro 
tanto hizo Don Juan Diez de Andino una vez por sí (8), y otra por su 
comisionado el General Pedro Brizuela y Valdivia, que hizo padrón 
de los Itatines hacia 1668 (9); igualmente las visitaron Don Felipe 
Rege Gorbalán (10); el Fiscal Don Diego Ibáftez de Faria, que hizo en 
ellas el padrón general de 1677 (11); y el Gobernador Don Francisco 
de Monforte (12). Las visitó en 1707 el Gobernador García Ros (13) en 
1715, el Gobernador Don Gregorio de Bazán, que hizo padrón de los 
pueblos (14), y finalmente, en 1721, el Gobernador Don Diego de 
ios Reyes que hizo nuevo padrón (]v5)habiendo entrado todavía en ellas 
el usurpador Antequera (16): y fué éste el último tiempo en que estu- 
vieron sujetas al Paraguay, como arriba queda explicado. 

En los Gobernadores de Buenos Aires concurrieron dos estorbos 
para dificultar seriamente aquellas visitas. Uno fué el hallarse las 
reducciones á distancia de doscientas leguas, y con malos medios de 

(1) MoNTOYA, Memorial de 1643, núm. 12. 

(2) Ibid. 

(3) Roma, Arch. di Stato, Informationum, lib. 37, fol. 223. 

(I) Memorial del P. Juan Pastor, en Xarque, insignes misioneros, lib. II, capí- 
tulo XLVII. 

(5) Blásquez de Valverde, en carta al Consejo, fecha 15 de Enero de 1658. 
(Sevilla, Arch. de Ind. 122. 3. 2. lib. 6). 

(6) Jarque Insignes misioneros, lib. III, cap. VIII, n. 1. 

(7) Ibid. 

(8) Ibid. 

(9) Pedimento del P. Tomás de Baeza á la Audiencia de Buenos Aires en 1672 
(BuHNOs Aires, Arch. gen, legajo Compañía de Jesús /Cédulas reales/ 1. 

(10) Jarque, ubi sup. 

(II) Carta del mismo fiscal Ibáñez á 22 de Octubre de 1677 (Trelles, yl»eA"os, 
número 31). 

(12) Memorial del P. Ignacio de Frías para el Presidente del Consejo de Indias, 
1094. 

(13) García Ros, Informe al Rey en 1." de Octubre de 1707 (Trelles, Anexos). 

(14) Nusdorffer, Información de 1735 (Río Janeiro, Col. Angelis, XIV, 2), 

(15) Ibid. 

(16) Lozano, Revoluciones del Paraguay, lib. II, cap. Vlí. 



-140- 

comunicación. Otro, la necesidad de no abandonar la ciudad capital, la 
más expuesta de todo el territorio á los asaltos de las naciones extran- 
jeras, y la más importante en cuanto á su conservación, á que parece 
se agregó expreso mandato de que el Gobernador no se ausentase de 
la ciudad del Puerto, á fin de que estuviera pronto á la defensa en 
cualquier acaecimiento. Mal podía, pues, emprender una visita que 
forzosamente le había de ocupar varios meses.— Sin embargo de estos 
inconvenientes, fueron visitadas las Doctrinas de la jurisdicción de 
Buenos Aires, unas veces por los mismos Gobernadores, y otras por 
Visitadores nombrados expresamente desde Madrid, que supliesen lo 
que los Gobernadores no podían hacer. Así, el Gobernador Don 
Jacinto de Láriz visitó en 1647, no sólo las Doctrinas sujetas á Buenos 
Aires, sino también las sujetas al Paraguay (1); y en 1657 hizo también 
visita de unas y otras y padrón general el Oidor de Charcas D. Juan 
Blásquez de Valverde (2). Pocos años más tarde entró en las Doctri- 
nas de las dos jurisdicciones y las visitó el Oidor de Buenos Aires Don 
Pedro de Rojas y Luna (3). El P. Provincial Agustín de Aragón instó 
encarecidamente al Gobernador y Presidente de la Audiencia de 
Buenos Aires Salazar para que fuese personalmente á visitarlas; y 
aunque él no lo hizo, pero fué á visitar las de una y otra provincia, é 
hizo en ellas nuevo padrón el Fiscal de la Audiencia Don Diego Ibá- 
ñez de Faria en 1677 (4), y más adelante estuvo en Doctrinas no una 
vez sola Don Bruno Mauricio de Zavala (5), sin contar con los últimos 
Gobernadores Andonaegui y Cevallos, quienes, con ocasión del alza- 
miento de los siete pueblos, residieron en las Doctrinas años enteros. 
Y quizá para suplir la dificultad que tenían los Gobernadores de 
Buenos Aires en acudir personalmente á la visita de las Doctrinas, 
se introdujo la costumbre de bajar los Corregidores á Buenos Aires 
cada vez que llegaba nuevo Gobernador. «Han venido á dar la obe- 
»diencia que acostumbran cada nuevo gobierno», (6) dice el Goberna- 
dor Don Andrés de Robles en 1674. Y el P. Cardiel-(7) refiere en 1758 
que preguntados los Cabildos de Guaraníes públicamente sobre su 
obediencia al Rey «dijeron los indios... que sabían muy bien... que los 
«Gobernadores que venían á Buenos Aires eran enviados por él; j^ 
»por eso en llegando bajaban todos los Corregidores de los treinta 

(1) Autos de Visita de Láriz, (Sevilla, Arch. de Indias, 74. 6, 29). 

(2) Carta de Blásquez referida en Cédula de 18 Nov. 1659 (Sevilla. Arch. de 
Indias, 122. 3. 2. vol. 6). 

(3) Jarquh, ubi sup. 

(4) Carta cit. en la nota 11 de la pág. antee. 

(5) LozArro, Revoluciones lib. VI, cap. XI, n. 8. 

(6) Trelles, Anexos, núm. 47. 

(7) Declaración, núm. 66. 



- 141 - 

«pueblos á rendirle la obediencia por estar en lugar del Rey, como lo 
»veía todo Buenos Aires.» 

De estas frecuentes entradas de los Gobernadores y Ministros 
reales, quienes por ellas tenían bien conocidas las Doctrinas y su 
arreglado proceder, constaba en el Consejo de Indias por sus autos é 
informes; y por lo mismo, después del maduro examen de todos los 
documentos en espacio de tres años, dio testimonio el Rey Felipe V 
de que el buen estado de las Misiones del Paraguay se justificaba 
«por las continuas visitas de los Gobernadores» (1). 

A la verdad, los Misioneros no sólo no ponían dificultad para que 
los Gobernadores visitasen las Doctrinas; sino que, por el contrario, 
instaban para que las visitasen. «Bien sabe vuestro Presidente Don 
»Josef Martínez de Salazar y Don Juan Diez de Andino las instancias 
»que el Padre Provincial hizo para que fuesen á dicha visita, que es 
»señal que los Padres no rehusan, sino lo desean.» dice el P. Baeza, 
hablando con la Real Audiencia de Buenos Aires (2), y añade: «Los 
»Padres Curas obran lo que deben, y así no aborrecen la luz. Reciben 
»como beneficio cualquiera Visita; y ya saben por experiencia que 
»ganan siempre tantos defensores á sus acciones )'' empleos apostó- 
»licos, cuantos visitadores han entrado.» 

(1) Céd. de 28 de dic. de 1743, al fin, 

(2) Memorial en 1672 (Sevilla, Arch. de Ind. 74. 4. 15), 



CAPITULO V 



VASALLAJE AL REY: EL TRIBUTO 



1, Circunstancias del tributo: Cantidad. Personas. Materia. — 2. En qué tiempo 
habían de empezar á tributar las Doctrinas. — 3. Impóneseles el tributo. — 4. Trá- 
mites para ejecutar el decreto de lb49. — 5. La forma de recaudar el tributo. — 6. 
Efectos de la resolución de Blásquez de Valverde. 



Sometidos los indios á la autoridad del Rey de España, sea por las 
armas, sea ofreciéndose voluntariamente á ser vasallos suyos y per- 
tenecer á la sociedad española por persuadirse con las exhortaciones 
de los misioneros y el conocimiento de las ventajas de la vida civil de 
que esto les convenía; era necesario que diesen muestra de su subor- 
dinación sufriendo alguna carga ó prestando algún servicio. Porque 
así como no hubieran creído ser recibidos por tales subditos, si el Rey 
no se hubiese tomado cuidado alguno por su bienestar y defensa, así 
también hubiera parecido una ficción el vasallaje, si á nada efectivo 
hubiesen quedado obligados. Además, en provecho de los indígenas, no 
sólo se tomaban las providencias ordinarias de defensa y gobierno, 
comunes á todas las partes de la monarquía; sino que se hacían ingen- 
tes gastos en conducir desde Europa 3" sustentar en América nume- 
rosas expediciones de misioneros que los doctrinasen, les enseñasen 
vida social y cristiana; y 3'a reducidos A pueblos, los rigiesen en lo 
espiritual y temporal. Razón era, pues, también que contribuyesen 
los indios, cuando 3'a les fué posible, con lo necesario para la decente 
sustentación de sus doctrineros y el culto debido de las iglesias. Estos 
dos, y más principalmente el primero, fueron los fundamentos del 
tributo, cuyas circunstancias se han de examinar, primero en los 
indios en general, y luego en especial en los Guaraníes. 



-143- 

I 
CIRCUNSTANCIAS DEL TRIBUTO 

Cantidad 

El tributo que las Leyes de Indias imponían á los Indios era una 
capitación, ó sea, un tanto por cabeza de cada uno de los vasallos. 

Varió con los tiempos la cantidad del tributo, la calidad de los tri- 
butarios y el modo de cobranza. 

La cantidad estaba tasada por Felipe III en Resolución de Madrid 
de 10 de Octubre de 1618 para estas provincias meridionales de Amé- 
rica en seis pesos huecos por año; por lo que, estimándose un peso 
hueco ó pagado en frutos de la tierra como equivalente á seis reales 
de plata, venían á ser treinta y seis reales de plata, que contados en 
pesos ordinarios de ocho reales, hacían cuatro pesos y medio de plata- 

Esta cantidad fué modificada respecto de los indios Guaraníes de 
las misiones de la Compañía, en razón de los notables servicios á la 
Corona que ya tenían hechos, y del oficio que se les daba de cuerpo 
de guarniciófi de fronteras; y en obedecimiento del encargo del Rey, 
quien en Cédula de 14 de Febrero de 1647 (1), ordenaba al Virrey que 
les diese alivio en los tributos: ha parecido cometeros y encargaros 
pongáis todo cuidado en procurar el alivio de los indios de las 
dichas reducciones (en los tributos que pagaran). Por estos motivos 
les señaló el virrey conde de Salvatierra en Decisión de 21 de Junio 
de 1649 (2) tributos á Su Majestad en reconocimiento de señorío y 
vasallaje un peso de ocho reales por cada un indio, — La misma can- 
tidad se confirmó por Cédula Real de 26 de Octubre de 1661 (3) diri- 
gida á don Juan Blásquez de Valverde, y por otra de 18 de Noviembre 
de 1663 (4). Y así es más extraño que la Audiencia que en 1663 se 
estableció en Buenos Aires decretase con fecha 9 de Junio de 1664 (5) 
que la cantidad fuera <fe a /res /)gsos de á ocho reales por cada un 
año. Pero en la realidad semejante decreto, como opuesto á las con- 
cesiones y voluntad del Rey, no tuvo efecto. La resolución definitiva, 
expresada en Cédula Real de Lerma á 2 de Noviembre de 1679 (6), 
después de recibido el padrón é informes del Oidor don Diego Ibáñez 



legajo Compañía de Jesús, Cédulas reales, 1. 



(1) 


Apéndice, núm. 4. 


(2) 


Apénd. núm. 5. 


Í3) 


Apénd. núm. 6. 


(4) 


B.' A.' Arch. gen. 


(5) 


Ibid. 


(6) 


Apénd. núm. 7. 



-14-1- 

de Faria, fué que la cantidad que tributaren todos los que no están 
exemptos á razón de ocho reales cada uno al año, se entre en mis 
Cajas reales. 

Nuevamente se pretendió en 1705 aumentar el tributo de los Gua- 
raníes, estribando en una Cédula real obtenida con siniestros infor- 
mes; pero representadas las razones por las cuales habían sido privi- 
legiados, y las que posteriormente se habían añadido, (1) resolvió el 
Monarca que no se hiciese novedad, y confirmó sólo el mandato de 
que se remitiesen informes (2); recibidos los cuales, decretó el Rey 
Felipe V, en una Cédula de 1711 (3) que no debían pagar por tributo 
sino el peso anual que tenían impuesto. Resolución que confirmó con 
las razones y términos más eficaces, empeñando su palabra real en 
Cédula de 28 de Junio de 1716 (4), de que «jamás vendré Yo en gravar- 
los en nada más que aquello que según parece contribuyen para la ma- 
nutención de las mismas Misiones y Reducciones»; y mandando que se 
comunicase esta su voluntad á los indios; como lo ejecutó el Goberna- 
dor de Buenos Aires D. Bruno Mauricio de Zavala, que hizo publi- 
car la gracia del Rey á son de tambor en los pueblos Guaraníes (5). 

Esta resolución tuvo efecto siempre en adelante. No se alteró el 
tributo de un peso ni aun con las malévolas informaciones del Gober- 
nador del Paraguay D. ]\Iartín de Barúa en 1730, las cuales fueron 
calificadas por Felipe V, después de maduro examen en el Consejo 
de Indias; con el nombre áe falsas calumnias é imposturas (6). Y sin 
disputa ni oposición siguió fija esta cantidad aun después de expulsa- 
dos los jesuítas desde 1768 hasta 1810. 

Las razones para eximir á los indios Guaraníes del pago de una 
parte del tributo que solían pagar los demás indios, eran muy pode- 
rosas. Los Guaraníes de Misiones, aunque relevados de servicio per- 
sonal por provisión real de la Audiencia de Charcas en 1631 y del 
Virrey del Perú en 1633, que fueron luego confirmadas por Cédu- 
las Reales de 1647 y 1661; aunque exentos de mita por la costumbre 
de otros países, donde no había más mita que la del servicio personal; 
no obstante, en varias ocasiones habían acudido á los trabajos de uti- 
lidad pública, llamados con autoridad del Rey; y con tanto mayor 
provecho y efecto, cuanto por haber crecido mucho en sus pueblos, 

(1) Memoria, al Rey Felipe V en 1708, P. Francisco Bargés. 

(2) Cédula Real de Madrid 30 de Mayo de 1708, con su declaración de 9 Octu- 
bre de 1708. 

(3) Citada en la de 28 de Dicienabre de 1743, pnnto 1.°. 

(4) Tkellks Anexos, n.° 31. 

(5) Céd. de 28 dic, 1743, al principio, § Instruido mi Consejo. 

(6) La misma Céd. al fin. 



- 145- 

libres de las vejaciones de los encomenderos, que mermaban la po- 
blación en otras Misiones, y por estar muy bien disciplinados, proce- 
dían con gran orden, y ejecutaban mucha tarea. Además de esto, el 
oficio que se les señalaba de cuerpo de guarnición para las fronte- 
ras, ó como entonces se decía, presidiarios del presidio y opósito 
de los Portugueses del Brasil (1), no era un título vano ó mera fór- 
mula, sino una realidad; pues perpetuamente fueron los Guaraníes de 
las Misiones jesuíticas la muralla que mantuvo la línea divisoria con- 
tra las invasiones de los portugueses, que pugnaban por arrebatar 
donde quiera que podían á la corona de España vastos territorios y 
los hubieran arrebatado mayores, á no hallar defendiendo sus tierras 
nativas á estos indios, que les llegaron á imponer respeto, y más de 
una vez los escarmentaron seriamente. 

De estas dos materias del servicio en trabajos de edificación y 
obras públicas, y en defensa de las fronteras se ha de volver á tratar 
al evaluar los efectos de la acción de los Misioneros; y así por ahora 
baste notar que sólo por el servicio militar que prestaban, y las haza- 
ñas de guerra en que se señalaron, merecían á juicio de personas 
prudentes, no sólo que se les rebajara el tributo de cuatro pesos y 
medio á un peso, como se hizo; sino el que fueran exentos de todo tri- 
buto, 3^ aun el que se les añadiera recompensa; pues al soldado no le 
cobra el Re}' tributo, sino que le da paga. 

Así lo reconocieron los Monarcas; y por eso Felipe IV dijo en 
1647 (2): ha parecido cometeros y encargaros pongáis todo cuidado 
en procurar por el alivio [de tributos] de los indios de dichas reduc- 
ciones, pites es justo asistirlos, por lo bien que se dice han servido 
defendiéndose de los rebeldes de Portugal. — Y Felipe V en 1743 (3), 
se reconocía que estos Indios, siendo el antemural de aquella Pro- 
vincia, hacían á mi Real Corona un servicio como ningunos otros; 
— Vasallos que le ahorran [á la Corona] la Tropa que se necesitarla, 
y no la hay en aquellos paragcs; [y son para] las Plasas del Para- 
guay y Buenos Aires una defensa inexpugnable de tantos años á 
esta parte. 

Personas 

Los indios tributarios, hablando en general, fueron en un prin- 
cipio todos aquellos que llevasen ya dos años de convertidos y esta- 

(1) Provisión Real del Virrey del Perú conde de Salvatierra, á 21 de Junio 
de 1649. 

(2) Céd. de Madrid á 14 de Febrero de 1647. 

(3) Céd. de 28 de dic. de 1743, poco antes del ]er. punto. 

10 Organización Social de las Doctrinas Guaraníes. 



-146 — 

blecidos sólidamente en reducción, privilegio otorgado por Felipe 11(1) 
en favor de la fe y para fomento de las poblaciones. Este plazo se 
amplió más tarde por Cédula de Felipe III (2) dilatándolo hasta los 
diez primeros años después de establecida la reducción. Las circuns- 
tancias especiales con que se habían convertido los indios del Para- 
guay por la predicación de los Jesuítas, y la generosidad de los Guara- 
níes en doblar sus cervices al yugo del Evangelio, sometiéndose gus- 
tosos á la obediencia del Rey de España por la persuasión de sus 
Misioneros, siendo así que por las armas no habían podido ser rendi- 
dos; movieron á Felipe IV á que hiciese con ellos una excepción, con- 
cediéndoles veinte años después de fundados sus pueblos antes de 
que les empezase á correr el tributo (3): gracia que fué confirmada y 
ampliada á los que en adelante se redujesen en iguales condiciones 
por Cédula de 6 de Marzo de 1687 (4). Después de los veinte años, 
las personas que creyesen tener derecho á encomiendas, debían re- 
clamar ante la Audiencia: y si los indios no eran de encomienda de 
particulares, sino encabezados en la Corona Real, tocaba al Rey ó á 
los Tribunales superiores fijar las circunstancias con que se había de 
entablar el tributo. 

Por razón de su calidad, estaban exentos de tributo los Caciques 
y sus mayorazgos en todas las Indias según Cédula Real de Felipe II 
á 17 de Julio de 1572. Y lo que más es, tenía ordenado Carlos V (5), 
que si en alguna parte hubiese costumbre de que los indios pagaran 
tributo á sus caciques, no se interrumpiera esta práctica. Las Or- 
denanzas exceptuaban además, en las Provincias del Río de la Plata, 
á los corregidores, alcaldes, fiscales y sirvientes de las iglesias (6). 
Las mujeres no pagaban tributo. 

Por razón de edad, eran contados como tributarios solamente los 
indios que tenían cumplidos diez y ocho años y no pasaban de cin- 
cuenta, según Cédula Real de Felipe II á 5 de Julio de 1578. En la 
última decisión acerca del tributo de los Guaraníes de Misiones, con- 
tenida en la Cédula Real de Lerma á 2 de Noviembre de 1679 (7), se 
estableció que sólo empezasen á pagar tributo los que ya hubieran 
cumplido diez y ocho años; y continuasen pagándolo hasta cumplir 
los cincuenta. 



(1) Cédula de 1575; lev 2. tit. 5. lib. 6. R. I. 

(2) Céd. de 1607, Ley 3. tit. 5. lib. 6. R. I. 

(3) Céd. R. de 7 de Abril de 1643. 

(4) R. I. nota á la Ley 3. tit. 5. lib. 6. 

(5) Céd. de 18 Enero 1552: ley 8. tit. 7. lib, 6. R. L 

(6) Céd. de 2 de nov. 1679, núm. 6. 

(7) Apénd. ni'im. 7. 



147 



Materia 

El modo de satisfacer el tributo señalado desde un principio en las 
Lej^es de Indias era que los indios entregasen en especie los frutos 
que en sus tierras cosechaban hasta llegar al valor de la tasa que de- 
bían pagar. Consta así de Cédulas Reales de Carlos V en 1536 (1), y 
de Felipe IV en 1633 (2), de las que se formaron las leyes 21 y 25 ti- 
tulo 5. lib. 6. de la Recopilación de leyes de Indias. Dióseles más ade- 
lante facultad de pagar si querían en plata por Cédula de 1693, pero 
añadiendo que era preferible que lo hiciesen en especie (3). 

El motivo de tanta insistencia de las leyes para que nunca fuesen 
obligados A pagar en plata ni aun aquella corta cantidad que compo- 
nía su tributo, y para inclinarlos á que pagasen más bien en especie, 
era favorecer al indio imprevisor, y facilitarle el pago obligatorio, 
librándole de la diligencia intermedia de la venta de sus productos 
para convertirlos en dinero, que llevaba consigo las más veces tras- 
portes penosos á largas distancias, deterioro de los efectos, falta de 
compradores, y fraudes con que era explotada la simplicidad del in- 
dígena. 

Lo que en esta razón se estableció en desfavor de los Guaraníes, 
merece ser tratado aparte. 



II 



EN QUÉ TIEMPO HABÍAN DE EMPEZAR Á TRIBUTAR 
LAS DOCTRINAS 

Conforme á las precedentes normas, se impuso á los indios el tri- 
buto por parte de los Gobernadores españoles en las reducciones doc- 
trinadas por los Jesuítas. 

El plazo primeramente de diez años y luego de veinte había de 
empezarse á contar desde el día que la reducción era aprobada por 
el Gobernador en nombre del Rey, dándola ya por fundada, que era 
precisamente el requisito exigido por los Oficiales reales para empe- 
gar á contar el sínodo ó limosna para sustento de los misioneros. Por 
consiguiente, si se pudiesen consultar los libros de las Cajas Reales, 

(1) Madrid, 19 de TuHo de 1536. 

(2) 6 de abril de 1633. 

(3) Carlos II, 29 de Junio de 1693, ley 29, tit. 5, lib. 6, R. I. 



-148- 

sabríamos con toda certidumbre el tiempo en que los Guaraníes ha- 
bían de empezar á ser tributarios en rigor de derecho; puesto que- 
tales aprobaciones se trasladaban en copia auténtica á los libros de 
los Oficiales reales, y sólo en virtud de ellas se libraba el sínodo á 
los Misioneros. 

La aprobación no se concedía cuando los Misioneros emprendían' 
la reducción, para no aprobar como fijo y permanente un estableci- 
miento que al día siguiente podía estar deshecho. Porque como al 
principiar á doctrinarlos había indios que querían reducirse, y los ha- 
bía que lo repugnaban: y aun sucedía que después de hallarse redu- 
cidos en gran número, de repente por levísima causa se indisponían 
y se retiraban uno ó muchos, y á veces se desbandaban todos; los Go- 
bernadores andaban muy despacio en aprobar; y así no era raro ver 
pasar varios años entre la primera empresa de los Misioneros, y la 
fundación oficial ó aprobación del Gobernador que en nombre del Rey 
daba por firme y estable la reducción.— Todas estas son observacio- 
nes prácticas del P. Francisco Díaz Taño, quien por haber sido Mi- 
sionero en el Guayrá y más tarde Superior de todas las Misiones, 
Rector de Buenos Aires, Procurador en negocios de Misiones en 
Charcas, en Madrid y en Roma, tuvo experiencia inmediata de cuanto 
afirma (1). De él son también las noticias que se utilizan en este 
párrafo. 

Según esto, aunque falta alguno que otro dato para poder asentar 
con certidumbre el tiempo en que debían empezar á tributar todas 
las doctrinas de Guaianíes, quedan los suficientes para fijarlo en la ge- 
neralidad de ellas. 

Entre las últimas reducciones aprobadas se cuentan las que en 
1647 admitió don Jacinto de Láriz, y eran las de los indios que en 
1638 habían sido acometidos de los portugueses en el Tape, y huyen- 
do de la sierra, vinieron á formar nuevas poblaciones entre el Paraná 
y Uruguay. Eran estas (2) Santo Tomé, San José, San Cosme, San 
Miguel y Santa Ana; y consiguientemente, no les correspondía pagar 
tributo hasta llegar el año de 1667, en que se cumplían los veinte 
años de espera en favor de la fe. 

Pero todavía hubo otras posteriores y fueron las de Santa María 
de Fe y Santiago, formadas primitivamente en la comarca del Itatín, 
y que no fueron aprobadas sino á 7 de Noviembre de 1656, en que las 
recibió como Doctrinas y presentó por Curas de ellas á los Padres 

(I) Advertencias: Archivo general de Buenos Aires legajo rotulado «Misiones- 
Varios años /l/»:]pieza 40. 

(2} Láriz, JAiitos de visita: Skvilla: Arch. de Indias, 74-6-29. 



-149- 

Hisioneros el Oidor don Juan Blásquez de Valverde (1). Cumplían 
éstas su período en 1676. 

De las quince reducciones anteriores á estas siete, he aquí cómo 
discurre el P. Díaz Taño en un Memorial dirigido al Visitador y 
Oidor don Juan Blásquez de V^alverde (2): Los que han cumplido los 
diez primeros años, son los indios de las quince Reducciones di- 
chas...: y los segundos diez años comenzaron desde el día que llegó 
d esta provincia [la Real Cédula de 7 de Abril de 1743], y se pre- 
sentó al señor don Andrés Garavito de León, que fué el año de 
1651, y se pidió ejecución de ella. 

Según esta cuenta, los quince pueblos primeros no debían empezar 
á. tributar hasta cumplida la segunda serie de diez años en 1661. Y 
éste era, en efecto, el privilegio que se les había concedido: qite en 
los que ya hubieren pasado de los diez años primeros, corratt los 
diez que agora se les prorrogan, desde el día que esta mi Cédula 
llegare d aquellas provincias (3). 

De suerte que, enumerando por orden las 22 Doctrinas que en- 
tonces había, vencía el plazo en que se debía exigir el tributo: 

Para las quince Doctrinas primeras: San Ignacio guazú, Loreto, 
San Ignacio miní, Itapúa, Concepción, Corpus, Santa María la Ma- 
yor, San Nicolás, Yapeyú, San Javier, Candelaria, la Cruz, San 
■Carlos, Apóstoles y Mártires: en 1661. 

Para las cinco últimas del Tape, Santo Tomé, San José, Santa 
Ana, San Cosme y San Miguel: en 1667. 

Para las de itatines, Santa María de Fe y Santiago: en 1676, 

No era, pues, ajustado el Informe del Oidor Blásquez de Valver- 
de, cuando á principios de 1658 (4), afirmaba quel privilegio que te- 
nían losdihos indios para dejar de tributar había muclios años que 
£ra cumplido: porque en ninguna de las Doctrinas se había cumplido 
todavía; y en varias de ellas faltaban bastantes años para que se 
-cumpliese. 

En los once pueblos fundados más tarde hasta llegar al número de 
treinta y tres que se contaban en tiempo de la expulsión, se aplicó la 
regla ya fijada después del censo de Ibáñez por la Cédula de 1679, 
<:ontando veinte años desde el día de su aprobación, cuando era de 
indios recién convertidos: y así los tres últimos pueblos, San Joaquín, 
San Estanislao y Belén, aprobados después de 1756, no tuvieron 



(1) Taño, Advertencias cit. 

{2) Río Janeiro, Colección Ángelis, IX-11. 

(3) R. C. de Madrid, 7 de Abril de 1643. Apénd. núm. 3. 

(4) Palabras citadas en la Céd, real de 26 de Octubre de 1661, V. el Apénd. 



-150- 



tiempo de tributar mientras permanecieron en América los Jesuítas, 
pues cumplían sus veinte años después de 1776. 



III 

IMPÓNESE EL TRIBUTO Á LAS DOCTRINAS 

Distaba mucho todavía de cumplirse el plazo de privilegio que el 
Monarca daba á los recién convertidos para no tributar, y ya los 
Jesuítas urgían y suplicaban que se señalara tributo, y se declarase 
el modo cómo lo habían de pagar, para que empezaran á satisfacerlo 
tan luego como estuvieran obligados. Y lo suplicaban con la instancia 
que descubre el Memorial del P. Antonio Ruiz de Monto3^a enviado 
como Procurador de la Provincia del Paraguay á Roma y á Ma- 
drid (1): <íY habiendo ya pasado los diez años... siendo don Pedro 
de Lugo Gobernador .^ le hizo notorio por parte de la Compañía el 
P . Diego de Alfar o, Rector del Colegio de la Asunción^ como habían 
ya cumplido algunos los diez años, pidiéndole diese orden que pa- 
gasen el debido tributo á V. Majestad: y el dicho Gobernador res- 
pondió que no le pertenecía á él eso, sino al Visitador que V. Ma- 
jestad enviase á la visita, y tasa de dichos indios... Consta de me- 
moriales, y de qvinck veces que el suplicante [Padre MontoyaJ etr 
espacio de cuatro años que asiste en esta Corte, entre otras cosas 
ha pedido á V. Majestad que se nombre Visitador cristiano que los 
visite y tase; y mostrándose V. Majestad tan Señor de aquellas In- 
dias, cuanto desinteresado deltas, en tres años no ha querido res- 
ponder d este punto, hasta que instando el suplicante se tasen y 
tributen... V. Majestad se ha servido remitir la visita al Obispo y 
Gobernador , añadiendo con su real benignidad, que los indios, los 
ya convertidos, como los que se convirtieren, no pague ti tributo 
alguno en veinte años. Los hechos que revela este Memorial, que no 
pueden dejar de ser ciertos, pues no puede haber tergiversación ni 
inadvertencia en el suplicante en cosas tan públicas y en materia tan 
reparada como son los tributos, hablando de esta materia con el Rey 
3' con su Consejo de Indias; la instancia del P. Superior Alfaro, el 
repetir quince veces su pedimento el P. Montoya para obtener decla- 
ración del tributo y Visitador que lo entablase; son otras tantas prue- 

(1) Memorial de 1643. V. Apénd. al libro 2.", m'im. 52. 



- 151 - 

bas evidentes de que los Jesuítas del Paraguay hicieron en este punto 
mucho más de lo que era menester para cumplir con suobUgación. 

No es extraño que al visitar cuatro años más tarde el Gobernador 
don Jacinto de Láriz las reducciones del Río de la Plata 3' juntamente 
las del Paraguay, y dar testimonio en su visita de que aquellos pue- 
blos no habían sido aún tasados, es decir, no se les había señalado 
todavía cuánto y en qué especie ó forma habían de satisfacer por 
tributo; encontrase tan prontos los Padres doctrineros á aceptar la 
propuesta que les hizo, de que convendría que aquellos indios, ya 
sosegados después de tantas congojas pasadas y mudanzas de tierras, 
pagasen algún tributo, y con eso aliviasen la Hacienda real, dándole 
como suministrar el sínodo á los Misioneros: Comuniqué y traté con 
los dichos Padres ser rasóii, justo y debido á vuestra Majestad 
reconocerle con algún tributo moderado, sin que les pueda ser car- 
goso á los indios, escusando el pagar más estipendios tan cuantio- 
sos como los que hasta agora se han pagado de la Real liacienda, y 
ayudar con ello d otras situaciones que hay en esta Real Caja, pues 
ya ha pasado más tiempo de diez años, que es el permitido desde 
su conversión. Vitiieron en ello dichos Padres, no encomendándose 
á particulares, sino que queden en la Real Corona, que dichos indios 
estarán cojitentos, y acudirán con voluntad á la satisfacción del tal 
tributo. Este ha parecido se puede señalar de tres pesos de ocho rea- 
les cada indio de los de edad de manejo de armas en cada un año 
desde dies y ocho hasta cincuenta años, según corren las ordenan- 
zas d estas provincias., que les será fácil acudir á dichas tales fac- 
ciones: con este procedido se podrá satisfacer al estipendio de 
dichos padres, que Jiasta agora ha sido de siete mil pesos en cada 
un año, y sobrar cantidad... (1). A la verdad, los que en la Asunción 
desde 1638 y en Madrid en 1639, 40, 41 y 42 habían estado solicitando 
que se señalase y cobrase el tributo, no tenían dificultad alguna en 
1647 en que éste se enterase. En una cosa erraba el Gobernador: y 
es en creerse facultado para imponerlo y señalarlo él por su propia 
autoridad; y en este punto supo mejor el alcance de sus facultades el 
gobernador Lugo, quien contestó al P. Diego de Alfaro que no le 
pertenecía á él eso, sino al visitador que Su Majestad enviase á la 
visita y tasa de dichos indios (2). Pero por ventura el Gobernador 
Láriz estaba empeñado en ver pronto en las Cajas reales de Buenos 
Aires el producido del tributo; y ese deseo no le dejó pensar en la 
competencia de quién lo había de imponer. Ignoraba además que 

(1) Autos de Visita de Láriz (Sevilla Arch. de Indias. 74-6-29). 

(2) MoNTOYA, Memorial de 1642 (Apead). 



-152- 

hacía cuatro años se había librado la Cédula que eximía de tributos á 
los Guaraníes por veinte años, así á los ya convertidos como á los 
que se convirtieren en adelante (1), y que ya la Cédula venía cami- 
nando para estas partes. 

Y en efecto, habiendo llegado las provisiones, y presentadas al 
Gobernador Láriz, para que, como en ellas se prevenía, intimase esta 
merced á los Guaraníes, y pasase á hacer el padrón de ellos, no 
las quiso cumplir: y fué éste uno de los cargos que se le hicieron 
cuando al acabar su gobierno hubo de sufrir el juicio de residencia. 
En este tiempo, dice el P. Taño (2), llegaron las dichas Cédulas al 
Oidor D. Andrés Garabito, como consta de los autos, y él las remi- 
tió al Gobernador de Buenos Aires ^ y Oficiales reales, para que las 
ejecutasen; y el P. Juan Pastor bajó en persona acá desde el Pa- 
raguay, y las intimó, como consta de los autos, que están en las 
Reales Cajas de Buenos Aires; y habiendo llegado en este tiempo 
una Real cédula de 1649 , remitida al dicho Gobernador D. Jacinto 
de Lar i 3 para que matriculase los indios, y ejecutase dichas Rea- 
les cédulas, haciéndoles sabedores de la merced que S. M. les hacia 
y que en razón de la cobranza no innovase /¡asta que el Real Con- 
sejo ordenase otra cosa, el dicho Gobernador no quiso ejecutar di- 
cha Real cédula, ni fué á matricular dichos indios, ni Jiacer las 
tasas de las cosas en que liabian de pagar dicJio tributo, por lo cual 
se le hizo cargo en la residencia que se le tomó, etc . 

Mientras el Gobernador Láriz actuaba en territorio de Misiones, 
adonde le había conducido principalmente el errado asenso á los pro- 
paladores de minas de oro, volvía 3'a de España el P. Antonio Ruiz 
de Montoya, y presentaba ante el Virrey conde de Salvatierra la 
Cédula real por la cual cometía Felipe IV á su Virrey del Perú el 
resolver acerca de la cantidad y modo del tributo de los Guaraníes 
de Doctrinas (3), recomendándole que^ atentos los buenos servicios 
con que se habían seña.\í\áo, pusiera todo cuidado en procurar por 
el alivio de los indios en los tributos que pagaran. Apo3'aba el celoso 
Misionero y defensor de los indios la presentación de la Cédula 
con certificación de los servicios de los Guaraníes y del modo de su 
conversión, acreditado todo esto por un capitán vecino de Córdoba 
del Tucumán y otro testigo vecino de Potosí (4): 3' sugería varios 
medios para facilitar la imposición 3' exacción del tributo, dado que 

(1) Montoya, Memorial de 1642. (Apénd.) 

(2) Taño, advertencias varias. — Circa tributa indoriim, Arch. gen.: legajo 
Mis. / Varios / 1 , pieza iO. 

(3) Cédula de 14 de Febrero de 1647. 

(4) Thellís, Anexos, ni'im. 23, p. 85. 



- 153 - 

absolutamente se hubiera de imponer; pues, como allí discurre, te- 
nían suficientes méritos para ser eximidos de todo tributo. Y adu- 
ciendo ejemplos de otros indios cá quienes el Rey había concedido 
exención absoluta de todo tributo, prueba que eran mayores las razo- 
nes que militaban en favor de los Guaraníes. Respecto de los medios 
que propuso para hacer efectivo el tributo, se hablará más abajo. 

Efecto de la presentación del P. Montoya fué la provisión 
real del Virre}' de Lima conde de Salvatierra á 16 de Marzo 
de 1649 (1), en Acuerdo general de Hacienda, oído el fiscal y el Pro- 
tector de Naturales, en que se decretó que pagasen cada uno de los 
Guaraníes tributarios un peso de ocho reales anualmente en plata y 
no en especie. 



IV 

TRÁMITES PARA EJECUTAR EL DECRETO DE 1649 

La provisión del Virrey conde de Salvatierra de 21 de Junio 
de 1649 es la que, recibida en el Paragua}', presentó el P. Provincial 
Juan Pastor al Oidor D. Andrés Garavito de León, que desde la 
Audiencia de Charcas había sido enviado con facultad directa del 
mismo Virrey para averiguar y sentenciar en las causas de distur- 
bios de aquella provincia. Instaba con eficacia el P. Pastor sobre la 
necesidad que había de que pasase personalmente el Oidor á visitar 
las Doctrinas; y uno de los motivos que alegó entre los otros, era 
para que V. S... les diese forma en todo, de lo que lian de hacer en 
adelante en servicio de S. 31., que los ha tomado bajo de su protec- 
ción. . . con obligación de que cada año paguen de tributo y vasallaje 
á S. M. un peso de plata corriente, como consta de la Cedida, y 
Provisión, que con ésta presento original^ etc. (2); y por consiguien- 
te, pedía de nuevo que se hiciesen las últimas diligencias para enta- 
blar la cobranza del tributo. No se verificó la visita, cosa que sintie- 
ron los Padres de la Compañía, porque era bien necesaria para aca- 
llar las voces de la maledicencia y hubo de hacerse muy pronto por 
otro, de orden del Rey. Tampoco quiso el Visitador entablar el tri- 
buto, diciendo que la provisión hablaba con los Oficiales reales, mas 
no con él. Entonces el Provincial en. persona bajó al Puerto de Bue- 

(1) Apénd. núm. 5. 

(.2) Xarque, Insignes Misioneros del Paraguay, lib. II. cap. XLVII. núm. 5. 



-154- 

nos Aires á intimar la provisión á los Oficiales reales, quienes igual- 
mente se excusaron, alegando hallarse entonces mismo ocupados en 
la residencia y visita de Cajas. Finalmente, llegado á estas provincias 
el Visitador D. Juan Blásquez de Valverde, el P . Provincial Fran- 
cisco Vásqiies de la Mota me ordenó^ dice el P. Francisco Díaz Ta- 
ño, cuyas son todas las precedentes noticias (1), que fuese al Para- 
guay, y llevase la dicha provisión y diligencias que Jiabianios lie- 
cho para que dicho señor Oidor las viese y mandase poner en 
ejecución, como lo hice, y consta de los autos que remitió el dicho 
señor Oidor tocantes al tributo. 

Tanto era el empeño de los Jesuítas en esta materia, que hubiese 
bastado para hacer enmudecer avergonzada la calumnia levantada 
y repetida contra ellos de que estorbaban los tiibutos, si no fuera 
que la calumnia se ceba perpetua é insaciable en la mentira y en la 
fama del inocente. Y fueron tantas las diligencias que lucieron, 
añade el mismo P. Taño, que muchos seculares condenaban d los 
Padres por demasiados en esto (2). 

Hacíanse estos pedimentos en el año de 1652 y siguientes; y en- 
tonces mismo se estaba expidiendo en Madrid una larga instrucción 
para el comisionado Oidor D. Juan Blásquez de Valverde; y en ella, 
con fecha 10 de Junio de 1654, se le ordenaba, para suplir la omisión 
de los antecedentes ministros, que examinase los documentos relati- 
vos á la materia del tributo que se hallasen en la Audiencia de Char- 
cas y su jurisdicción; que expusiera su juicio acerca de la convenien- 
cia de hacer efectivo el tributo, enviando noticia individual de las 
Cédulas reales anteriores tocantes á esta materia, é informando si 
habían pasado ya todos los plazos concedidos por privilegio, á fin de 
tomar resolución definitiva en el asunto: pues la malevolencia de los 
émulos había llegado á tal grado, que los Jesuítas eran sindicados de 
que se oponían á la recaudación de los tributos, y como si quisiesen al- 
zarse con el gobierno de aquellos territorios no querían que los indios 
Guaraníes tuviesen dependencia, y ni consentían que fuesen enco- 
mendados en personas particulares para servir á sus encomenderos, 
ni que reconociesen el vasallaje al Rey, pagando tributo, punto, añade 
la Cédula, tan digno de reparo (3). Hizo en todo su oficio el Oidor 
Valverde, visitando por su persona las Reducciones, levantando el 
primer padrón de los indios en 1657, y enviándolo á la Corte con las 

(1) Arch. gen. de B." A." legajo Misiones / \'arios años/ 1: Apunte autógra- 
fo que empieza. «Respondo á los tres puntos». 

(2) Ibid. 

(3) Apénd. núm. 6. 



-155- 

resultas de sus pesquisas, y certificó en carta de 22 de Marzo de 165S 
que los dichos Religiosos tiutica Juibian resistido que aquellos in- 
dios fuesen encomendados eti la Corona Real, ni exentos del dere- 
cho de la regalía y reconociniieuto del dominio que se debe á S. M. 
y dejasen de pagar en las Cajas Reales^ sino que fuesen relevados 
de ser encomendados en persojias particulares (1). 

Mal dispuestos estaban en Madrid los oídos á donde llegaban es- 
tos informes, y por donde debían pasar á la Real noticia, como se 
colige claramente de las expresiones de la Cédula dirigida á Blásquez 
de Valverde, ya hecho Gobernador del Paragua}' después de su Vi- 
sita. Lleva la fecha de 16 de Octubre de 1661; y aunque por la fuerza 
de la verdad, que justificaba á los Jesuítas, no les son tan contrarias 
las disposiciones sustanciales como anunciaba el tono de la Instruc- 
ción de 1654; no obstante, los juicios desfavorables de la conducta de 
los misioneros resaltan en cada párrafo, hasta llegar á culpar sus in- 
tenciones, ya que en las obras no se pudo hallar mácula; repitiéndose 
la insinuación del estorbar el pago de los tributos; y aun enviando 
el decreto de que no sean Protectores de los indios, basado en los si- 
niestros informes que se admitieron como verdad. Así lo hallamos de- 
clarado en la Cédula de 28 de Diciembre de 1743, punto 4." (2): 1 
aunque por Cédula del año de 661, se nuindó que los Padres no ejer- 
ciesen el cargo de Protectores de los indios,... esta providencia re- 
sultó de haberles sindicado á los Padres Jiaberse introducido en la 
jurisdicción Eclesiástica^ y Secular , y que impedían con el titulo de 
Protectores^ la cobranza de tributos, lo que resulta ser incierto y 
justificádose lo contrario por tantos medios. Y de hecho los tribu- 
nales y Gobernadores, y la misma Corte, obligaron á los Jesuítas en 
adelante, como hasta allí, á que actuasen en cuantos casos se ofre- 
cieron en nombie de los Guaraníes, de quienes de otro modo jamás 
se hubiera conseguido ni la cobranza del tributo, ni los auxilios mili- 
tares, ni ningún oficio semejante, porque no eran de ello capaces los 
indios sin el auxilio de competentes directores. Pero por entonces no 
estaba aún del todo apaciguada la deshecha borrasca por la que aca- 
baban de pasar los Jesuítas del Paraguay; y las frases de la Cédula 
dejan todavía sentir el movimiento de las olas alteradas. 

Por lo que respecta al tributo, ordenábase al Oidor en la Cédula, 
que con los antecedentes de que ya había dado cuenta en 22 de marzo 
y 22 de octubre de 1658, procediese á entablar la cobranza del tributo 
conforme á la Cédula de 1649 dada por el Virrey conde de Salva- 

(1) Ibid. 

(2) Vid. cap. XIII. 



— 156 - 

tierra: dispondréis que se cobre el tributo de cada año de los di- 
chos indios un peso de ocho reales en especie de plata y que esto se 
observe por tiempo de seis años, con declaración de que lo han de pa- 
gar todos los indios que hubiere en las dichas Reducciones desde 
la edad de catorce años hasta cincuenta. Escaso favor hacía la Cé- 
dula á los Guaraníes, pues siendo ley general de Indias que los caci- 
ques y sus primogénitos quedasen exentos de tributos (1), y hallándose 
confirmada por Ordenanzas de estas provincias y por el uso (2), ne- 
gaba la exención: con declaración de que lo han de pagar todos los 
indios que hubiere en las dichas Reducciones: y estando prescrito 
por todas las leyes, excepto la de 1649, que el tributo fuese en especies 
y no en plata para no gravar ;l los indios, y cuando más se dejase á 
los mismos indios la elección entre pagar en dinero ó en especies: la 
Cédula decretaba que precisamente fuese en especie de plata; y fi- 
nalmente, estando los indios en posesión de no tributar hasta los diez 
y ocho años en virtud de las Ordenanzas de Alfaro (3) y uso constan- 
te, incluía á todos los indios Guaraníes desde edad de catorce años. 

La Cédula de 1661 no llegó al Gobernador Blásquez de Valverde, á 
quien iba dirigida en primer lugar, pues le halló ya en Charcas, 
terminado su gobierno: por lo cual se reiteró en 1663 la misma orden 
á Don Juan Diez de Andino (4), sin hacer cuenta de los juicios nada 
benévolos de don Alonso de Mercado Villacorta más que para pedir 
nuevos informes. 

Fundada por entonces la Audiencia de Buenos Aires, debió de re- 
cibir instrucciones especiales acerca del tributo, pues con fecha 9 de 
Junio de 1664 (5) decretó que desde el día 7 de Agosto en que se 
había establecido la Audiencia pagasen cada indio... desde edad de 
diez y ocho años hasta la edad de cincuenta... á rasón de tres pesos 
de d ocho reales por cada año, y que se entienda los han de pagar 
ó en plata ó en frutos de la tierra segi'oi la tasación de las Orde- 
nanzas del señor Don Francisco de Alfaro; y porque hasta aJiora 
no se han hecho los padrones de dichos indios de tasa, pagarán 
solos ocho mil indios, etc. Nuevo auto de la misma Audiencia, fecha 
27 de Junio de 1665, mandó que se cobrase el tributo de los doce rea- 
les señalados por Su Majestad de nueve mil indios (6), disposición 
que se mandó guardar (como ya se hacía) poi" auto de 28 de Abril de 

(1) Felipe II, Céd. de 17 de Julio de 1572. 

(2) Céd. de 2 de Nov. de 1679. 

(3) Ords. 57 y 59. 

(4) Buenos Aires: Arch. gen.: leg. Compañía de Jesús, Cédulas reales, 1. 

(5) Ibid. 

(6) 1572. Expediente sobre cierto informe del Gobernador Rege Gorbalán, 
Buenos Aires, Arch. gen.: leg. Comp." de Jesús, Cédulas reales, 1. 



- 157 - 

1672 sin innovar en ello hasta que venga la resulta que se espera 
en este caso de sn real voluntad !(1). 

Pagábase, en efecto, puntualmente el tributo año por año, á con- 
tar desde el de 1666, como lo refiere la Cédula de 2 de Noviembre de 
1679. 

De la misma Audiencia de Buenos Aires había formado parte un 
nuevo Visitador que señaló el Consejo de Indias para renovar el 
censo é informar sobre el tributo, no ya seis años después del prime- 
ro, como se decía en la Cédula de 1661, sino más de doce años des- 
pués, ya. que la Cédula de su comisión estaba fechada á 6 de Setiem- 
bre de 1673 (2). El nuevo censo se había ordenado por Cédula Real 
de 30 de Abril de 668; pero no se había hecho, sin duda porque era 
asunto arduo para Gobernadores ú Oficiales reales caminar cuatro- 
cientas leguas para esta diligencia, y así fué necesario nombrar V^i- 
sitador expreso para ello. Este fué don Diego Ibáñez de Faria, 
Fiscal en otro tiempo de la Audiencia de Buenos Aires, ya para 
entonces extinguida, y á la sazón Fiscal de la Real Audiencia de 
Guatemala. Encaminóse á las Reducciones, hizo su Visita y padrón, 
y señaló como tributarios á catorce mil cuatrocientos treinta y siete 
indios; pero con la desacertada resolución de incluir en este número 
aun los caciques y sus primogénitos, quienes por todas las leyes de 
Indias habían sido exentos. Reclamó contra esta providencia, y tam- 
bién contra la de hacer tributar á los que tenían de catorce á diez y ocho 
años el Protector de naturales, sosteniendo que la edad del tributo 
debía contarse desde diez y ocho hasta cincuenta años, y no desde 
catorce hasta cincuenta, á tenor de las mercedes que tenían conce- 
didas los Reyes. Con esto el Visitador resolvió que por entonces 
quedase el tributo como estaba, y envió todos los autos al Consejo, 
pidiendo decisión definitiva. Esta se dio en la Cédula de Lerma á 2 
de noviembre de 1679. En ella quedaban exentos los caciques, los 
oficiales, y todos los que no hubiesen cumplido los diez y ocho años; y 
se ejecutó desde el año 1680 en que fué recibida, quedando en virtud 
de las declaraciones de esta Cédula fijado el número de tributarios 
en 10.440. 

Ni la Cédula de Lerma, ni ninguna otra, marcaba el tiempo en 
que se debía renovar el empadronamiento: y así se continuó pagando 
el tributo de la misma manera hasta que el Comisario don Juan 
Vázquez de Agüero hizo nuevo padrón en 1735, aunque no visitó los 

(1) 1572. Expediente sobre cierto informe del Gobernador Rege Gorbalán, 
Buenos Aires, Arch. gen.: leg. Comp.^ de Jesús, Cédulas reales, 1. 

(2) Céd.[de Lerma á 2 de Nov. 1679. (Apénd. n.» 7). 



-158- 

pueblos personalmente, como lo habían hecho Blásquez de Valverde 
é Ibáñez. En este estado sorprendió á los pueblos la guerra de 1754, 
cuyas agitaciones ya no dieron lugar á más empadronamientos, y en 
este se hallaban al tiempo de la expulsión de los Jesuítas; verificán- 
dose siempre, según lo informó el Visitador Agüero, que los tributos 
de los pueblos, desde que se impusieron, anualmente se han entre- 
gado y los perciben las Reales Cafas por mano de los Padres Pro- 
curadores de Misiones (1). Y así, á la calumnia de que no satisfacían 
los indios el tributo, respondió 3'a el Procurador General de la Pro- 
vincia del Paraguay en 1707, presentando instrumentos auténticos 
comprobantes de haberse efectuado año por año el pago hasta el 
momento en que él había salido de Buenos Aires en 1703 (2). 

El estudio de toda esta tramitación pone de manifiesto cuan des- 
pacio se ventilaban los asuntos de Indias, parte por la lejanía del 
Tribunal supremo que habjLa de resolver en último término, parte 
también por la lentitud de los Ministros en América misma. Diez y 
seis años se emplearon desde que se impuso la capitación de un peso 
hasta que se aplicó prácticamente sin gravar ó molestar á los indios 
como lo iban á hacer los primeros Comisarios. Pero eso no maravi- 
llará á quien lea en la misma Cédula de 16 de Octubre de 661 (3) que 
después de haber litigado ardorosamente los encomenderos de la 
Asunción por lograr que se declarase en 1635 en la Audiencia de 
Charcas ser indios de encomienda los guaraníes de Itapúa 3^ Corpus, 
se estuvieron veintidós años sin pedir encomiendas en aquellos pue- 
blos, y de hecho nunca las tuvieron. 



V 

LA FORMA DE RECAUDAR EL TRIBUTO 

Al entablar el P. Antonio Ruiz de Montoya ante el Virrey del 
Perú la petición de que señalase tributo haciendo alguna gracia en 
él á los indios, decía en su Memorial: (4) Se les podría poner de tri- 
buto un peso de odio reales en cada un año á cada indio de los que 
conforme á Ordenanzas deban pagar tributo, y no en especies de 



(1) Céd. de28deDic. de 1743, init. 

(2) BuKGKS, Memorial, núm. 11. (Apénd. núm. 53). 

(3) Apénd. núm. 6. 

(4) Trklles. Anexos, núm. 12. 



— 159- 

sns cosechas. La súplica del Misionero fué atendida; y así como en 
la Provisión de 16 de marzo de 1649 (1) se decretaba que con el tri- 
buto de un peso y la obligación de soldados de guarnición en las 
fronteras, quedasen libres de todo género de mita, como ya lo esta- 
ban de servicio personal; que no los empleasen los Gobernadores en 
sus trajines y ganancias; ni fuesen los Gobernadores quienes los vi- 
sitaran para empadronarlos, sino los Oficiales Reales; que á éstos y 
no á aquéllos pagasen el tributo (cosas todas expresamente pedidas 
por el P. Montoya); así también fué resuelto en cuanto á la forma, 
diciendo: mando.., que asimismo por ahora, paguen solamente tri- 
butos á Su Majestad en reconocimiento de señorío y vasallaje un 
peso de ocho reales por cada un indio, en plata y no en especie. 
Única decisión entre todas las que tratan de América que mandara 
que los indios pagasen en plata. 

Hase visto, en efecto, arriba (2) cómo las leyes de Indias concor- 
des todas habían prohibido pagar el tributo en trabajo, permitiendo 
en lo demás á los indios que lo pagasen como mejor quisieran, ó en 
especies de sus propias cosechas ó en plata; é inclinándose siempre 
la ley á que se hiciera más bien en especies, por justos respetos. Por 
lo mismo no es fácil atinar qué razones pudieron mover al Oidor 
Blásquez de Valverde, que tenía las cosas presentes, y á quien se 
hicieron las oportunas observaciones, para proponer, como lo hizo, 
que el tributo se pagase en plata en unos países en que á los motivos 
comunes en contra se añadía el de no conocerse el numerario y verifi- 
carse todas las transacciones por permuta de géneros y no por estricta 
venta, á causa de esta misma falta de moneda. El decir, como dice 
en su carta de 22 de Marzo de 1658, que los mismos indios lo habían 
pedido, es una razón sin eficacia, porque los indios no alcanzaban á 
ver los inconvenientes que él podía y debía considerar, y los Padres 
le representaron: y además, lo que pidieron los indios era tolerar un 
daño para evitar otro mayor de que les aumentasen el tributo. 

Semejantes á estas son las reflexiones que hace en sus apunta- 
mientos el P. Francisco Díaz Taño hacia 1657 (3), tocando las cosas 
de cerca, al enviar su respuesta á varios puntos, que según parece 
le consultaba el Provincial, juzgando que en todo caso se ha de pro- 
curar que los indios paguen en especie. 

Fúndase primero el P. Taño en las disposiciones del Rey vigentes 
en estas provincias. Y en efecto, la Cédula de 16 de Abril de 

(1) Apénd. núm. 5. 

(2) §1. 

(3) Archivo general de B.' A.' legajo «Misiones. Varios años, 1, pieza 40». 



-160- 

1633 (1) manda que los tributos se paguen en especie de frutos acomo- 
dados á lo que cada tierra produce en el Virreinato del Perú en que 
estaban comprendidas entonces las provincias del Río de la Plata, co- 
metiendo la determinación al Virrey y Gobernadores. La Cédula 7 de 
abril de 1643 ordena lo mismo. Y en la ejecutoria, añade el P. Díaz 
Taño, que yo alcancé en Chuqnisaca sobre este punto, expresamente 
por auto de vista y revista se mandó los pagasen en especies de la 
tierra. 

Fúndase en segundo lugar en varias razones. Una de ellas es que 
en estos países hay años en que no se halla plata para tanto coma 
suben los tributos de los indios. — Otra, que como la plata se ha de 
sacar del valor de las especies de los indios, y para éstas, aun en el 
caso de haber plata, no siempre hay compradores; sucederá por una 
ú otra de estas causas que será imposible pagar con puntualidad los 
tributos. — La tercera razón es que de la venta de estos efectos no se 
han de poder encargar ni los indios ni los misioneros. No los indios, 
así por distar centenares de leguas de los parajes de venta, que son 
Santa Fe y Buenos Aires, como porque aun estando presentes, no son 
capaces de semejante venta, y saldrán defraudados, engañados y sin 
plata. No los religiosos, porque dirán, son palabras del P. Taño, que 
es nuestro, y que con capa de los indios vendernos y tratamos de 
granjerias., y las demás inquietudes que ha de traer esta ocu- 
pado}!. 

Así con su buen discurso y aleccionado por su larga experiencia^ 
anteveía lo futuro con tanto acierto como si lo tuviera presente; y 
por esto concluye resueltamente que no nos conviene entrar en esto, 
y que todo quedaría remediado con que se guarde lo que su Majes- 
tad tiene mandado en diversas Cédulas y demás ordenanzas cita- 
das. — Y haciéndose cargo del ofrecimiento ya mencionado del Padre 
Montoya, que Blásquez de Valverde citaba como prueba de la conve- 
niencia de pagar en plata, añade: no obsta lo que el señor Oidor dice 
de que el P. Antonio Ruis ofreció que el peso había de ser de Plata, 
porque plata es lo que Plata vale, y no reparó en estos inconvenien- 
tes el Padre: y no se podía obligar á lo imposible. — No había rece- 
lado en efecto el santo Misionero la pesada carga que con eso se echaba 
sobre los hombros de sus compañeros los doctrinantes de Guara- 
níes, y el semillero de perpetuas calumnias á que con ello se daba 
lugar. 

Todo esto representaron los Padres á este ministro real; pero des- 

(1) Apénd. núm. 60 bis. 



- 161 - 

pues de todo, 3^ á pesar de todas las razones y Cédulas y decretos pre- 
cedentes, excepto la provisión de 649, la resolución que vino del Con- 
sejo de las Indias, conforme á las cartas de Valverde, fué que el 
tributo se pagase en especie de Plata. Así se impuso á los Guaraníes 
un gravamen que no tenía ningún otro de los indios comprendidos 
como ellos en las dos gobernaciones del Paraguay y Río de la Plata. 



VI 
EFECTOS DE LA RESOLUCIÓN DE VALVERDE 

Desde que los Guaraníes fueron obligados á pagar su tributo en 
plata, se echó sobre los hombros de los Jesuítas una carga pesadísima 
que, aunque tomada por impulso de la caridad cristiana y de la nece- 
sidad espiritual y temporal de los indios, fué sin embargo un manan- 
tial perpetuo de calumnias y acusaciones de tráfico contra los Padres. 

Bajaban los indios sus efectos, para la paga del tributo, desde las 
reducciones á Santa Fe; y fué menester poner un Padre de Procura- 
dor para que recibiese á los indios y cuidase de ellos, redujese los 
géneros á plata 3' pagase á los oficiales reales el tributo, cosas todas 
que eran incapaces de hacer los indios. Pero aun así resultaron los 
daños tanto antes previstos y especificados por el P. Díaz Taño. Vese 
esto en una Consulta particular é informe del P. Cristóbal Gómez 
Provmcial (1), en la cual expresa que siendo el todo del caudal de los 
Guaraníes para su tributo la yerba del Paraguay, no hallan salida, 
ni venta de dicha yerba, por cuanto los mercaderes, que bajan del 
Perú á comprarla^ aunque al principio la pagaban en plata y á buen 
precio, con que dichos indios podían con comodidad pagar su tributo, 
hoy ya [1673] movidos de la ganancia grande que tienen en este 
trato, no la quieren pagar en plata, sino que vie)ien cargados de 
cabos de tiendas y cosas inútiles para los indios, que no les sirven, 
como son buherias, trompos, cascabeles y cuentas, tafetanes de la 
China, cintas, puntas de mantas, y cosas que no han tenido salida 
de ellas, y con éstas quieren comprar la dicha yerba, y no de otra 
suerte; y si acaso les dan alguna Plata, no quieren recibir la yerba 
si no es á un precio tan bajo, que jamás se ha visto, y dichos cabos de 
tiendas á precios tan subidos, que lo que al principio compraban con 

(1) Archivo General de Buenos Aires, legajo nútn. 53 / Misiones I Compañía 
de Jesús / Varios años. 

1 1 Organización Social de las Doctrinas Guaraníes 



-162- 

una arroba de yerba, hoy ni con un quintal se contentan; y luego 
dichos indios no tienen salida de los géneros que les dan, y los dan 
de valde, con que vienen á padecer lesiones no sólo enormes, sino 
enormísimas,., con otros daños que antes y después enumera. 

Esto era por parte del daño de los indios. Lo que sucedía á los 
religiosos se ve en un pedimento del P. Tomás de Baeza, Procurador 
de Provincia, quien recurriendo á la Audiencia de Buenos Aires en 
1672, se expresa en estos términos (1): «La común queja de las com- 
pras y ventas del Procurador de Santa Fe, á quien no sabe lo que 
pasa, se hace reparo; y al que medianamente lo sabe, le parece más 
caridad que delito. Pues lo que pasa es que el Procurador cuida de 
vender aquella yerba para juntar la parte del tributo, porque si 
pasara por otras manos, se menoscabara mucho. El precio se da en 
géneros parte y parte en plata (2). La plata no es bastante para el 
entero, y por eso es necesario vender los géneros, no por negocia- 
ción, sino por la necesidad dicha del tributo..; y es tan sobre nuestras 
tuerzas esta carga, sobre el estar expuesta á tantas censuras y calum- 
nias, que ya los Padres gimen con ella, y han propuesto á su Provin- 
cial los procure aliviar de ella, y dicen que se van haciendo odiosos á 
sus feligreses, obligándolos á subir por el Paraná y Uruguay arriba 
más de cien leguas distantes de sus pueblos para beneficiar la yerba y 
conducirla acuestas muchas leguas de grandes pantanos y espesuras 
hasta ponerla en las balsas y canoas, con riesgo de Indios enemigos y 
de tigres, á cuyas uñas han perecido estos años muchos de los Indios 
por causa de la yerba.» 

«De administrarles su hacienda, añade en la segunda petición (3), 
se ha levantado ciclamor tan repetidode vuestro Gobernador, que dice 
que para sí [no] faltan las balsas [de] yerba que dificultan para otros; 
y de vuestro Corregidor pasado de Santa Fe, que defraudarnos las al- 
cabalas cuando beneficiamos la yerba por nuestros intereses, no 
siendo la yerba nuestra, sino de los Indios. Fuera de eso, incurrimos 
en la tacha de mercaderes...; se juzga que es el Procurador un conti- 
nuo mercader, y que fuera de contravenir á los sagiados cánones, 
defrauda por esta parte también los haberes de vuestras reales alca- 
balas, de que han nacido los libelos infamatorios, los clamores á vues- 



(1) Expediente cit. nota 12 del § 3. 

(2) «Dice el Señor Fiscal que la cantidad es corta, pues es un peso correspon- 
diente á cada indio...; Señor, aunque sea un peso de cada indio, son nueve rail 
pesos de todos; y no hay mercader en Santa Fe que en un año junte otra tanta 
cantidad en plata, porque la mayor parte del precio se paga en ropa, como es 
costumbre, y se probará en caso necesario.» 2." pedimento. 

(3) Pedimento 1." en los Autos citados. 



-163- 

tros Tribunales»... Y expuestos estos males que antes no existían, y 
sólo se vieron desde que se tomó la providencia de hacer pagar el tri- 
buto en plata, obligando á los misioneros á que cuidasen del cumpli- 
miento de ella, concluye con repetir la petición que ya antes había 
formulado: «que se señale la cantidad de yerba necesaria para paga 
del tributo, y para el socorro preciso de las Iglesias y pueblos de aque- 
llos Indios, }■ ésta no más se traerá á Santa Fe, y dése por perdida la 
que excediere..; y que en Santa Fe los Ministros... reciban en especie 
la yerba que los Indios trajeren para enterar su tributo..: y si esto no 
se admite, siendo servida vuestra Alteza, podrá remitir ministros á 
las mismas Doctrinas que cobren el tributo inmediatamente de los 
Indios, á los cuales exhortarán los Padres que le paguen, como á las 
demás obligaciones de cristianos; y así estarán los Padres retirados 
de toda acción política como se les ordena.» 

No se podía dar prueba más convincente del ningún provecho que 
reportaban los Jesuítas en aquellas ventas de yerba con que eran acu- 
sados de que se enriquecían, que el ofrecimiento de que se entablase el 
cobro del tributo en especie y no en plata. Si en las ventas hubiesen 
tenido algún interés, lo natural era que no hubiesen mencionado 
semejante petición, que ninguna circunstancia hacía necesaria. Pero 
como el efecto de aquel modo de tributar no era sino cargar á los Mi- 
sioneros de multitud de cuidados, en hacer que los indios beneficiasen 
la yerba, en aviarlos para que la condujesen á cien leguas de sus pue- 
blos, en reducírsela á plata; y sobre todo ello se agregaba el fingido 
escándalo y las calumnias contra su buen nombre; no tenían dificul- 
tad, sino por el contrario, gran deseo de dejar aquel cargo. V para 
que se vea esto más claramente, el mismo Padre Baeza protestó en 
nombre de todos los misioneros, diciendo: (4) Sólo la obediencia y 
caridad los detiene entre los Indios. Muchas veces ha propuesto la 
Compañía y suplicado en vuestro Real Consejo de las Indias se en- 
cargasen estas Doctrinas d otros y no han sido oídos. Y en prueba 
de esta verdad^ si vuestra Alteza es servido, niande que salgan los 
Padres y sin dilación ni dificultad será obedecido. 

El hecho que ante un Tribunal superior con tanta seguridad alega 
de haber pedido muchas veces los Jesuítas que se encargasen á otros 
aquellas misiones, merece mucha atención por ser tan contrario á la 
opinión de muchos que han aseverado estar empeñados los Doctrine- 
ros en retener aquellos pueblos para sus ganancias, y por lo cierto y 
corriente que se supone ser este hecho en aquella época, pues se enun- 
cia sin que juzgue el suplicante que necesita de prueba alguna: tan 
conocido era de los jueces. Y en cuanto á la repetición de aquel ofre- 



— 164 — 

cimiento, hecha por el Procurador autorizado con poder para- 
representar á los Padres, es innegable, pues está formalmente con- 
tenida en las últimas palabras de esta cláusula. 

La Audiencia otorgó una de las dos peticiones que se le presenta- 
ban, señalando doce mil arrobas de yerba como tasa que podían bajar 
para sacar de ella el importe del tributo y proveerse de lo más nece- 
sario para la conservación de sus iglesias y pueblos; y denegó la otra 
de que se cobrase en especie, ya fuera en Santa Fe, ya en las Doctri- 
nas; y así quedaron de nuevo los Jesuítas sujetos á aquella gravosa 
responsabilidad. V aunque los Padres expusieron sus razones en Ma- 
drid, y lograron que el Consejo de Indias las atendiese y aprobase, lo 
cierto es que la Cédula real de Madrid á 16 de Setiembre de 1679, en 
que se ordenaba que los Oficiales Reales con asistencia del Goberna- 
dor en las provincias del Río de la Plata recibiesen los génei'osy fru- 
tos en que los Indios de dichas Reduciones [Guaraníes del Paraná y 
Urugua}"] pudieren pagar sus tributos... y con la misma interven- 
ción se vendiesen á los tiempos oportunos (1), nunca tuvo su ejecu- 
ción en estos países, sin que se pueda saber el motivo. 

No pasó mucho tiempo desde la resolución de la Audiencia sin que 
volviesen á agitarse las mismas anteriores calumnias en América 3^ 
en España. Y no eran fáciles de desvanecer, porque no nacían de 
equivocación, sino de malicia de la voluntad que se aprovechaba de 
cualquier apariencia para sindicar á los Padres de avaricia 3' usurpa- 
ción. Pero para que no quedaran deslumhrados los incautos, y para 
que constase siempre la rectitud con que procedía la Compañía, hízose 
en 1682 jurídica información en Santa Fe, á donde llegaba toda la 
yerba de las Doctrinas; haciendo que declarasen los testigos sobre á 
quién pertenecía la yerba, qué cantidad de ella bajaban los indios cada 
año, si era esta la causa de la depreciación que aquellos años se notaba^ 
y las demás cosas que propalaban los mal intencionados. Por petición 
del P. Valeriano de Villegas, Procurador de Misiones, declararon 
ante el Alcalde ordinario de Santa Fe, Capitán Don Francisco Luis 
de Cabrera, examinados conforme á este interrogatorio, quince testi- 
gos jurados, personas de respeto y de las más principales, casi todos 
vecinos de la ciudad (2). Y todos depusieron unánimemente constar- 
les que los dueños de la yerba no eran los Padres, ni á beneficio de 
ellos se vendía partida alguna, sino que como propiedad de los indios 
se vendía hasta sacar de ella la plata del tributo, 3^ auxiliar á los pue- 

(1) Buenos AiRKS, Arch. gen.: leg. Comp.' de Jesús / Cédulas reales/ 1. 

(2) BuHNos AiKEs, Arch. gen.: leg. núm. 10/ Misiones/ Compañía de Jesús/ Pa- 
raguay. 



— 165 — 

íjlos en sus necesidades. Que la cantidad nunca había pasado de S9is 
mil A nueve mil arrobas, masa insignificante en comparación de la 
que bajaba de la Asunción, de donde se traía en barcos que cada uno 
cargaba catorce mil arrobas, mientras las embarcaciones de las Doc- 
trinas eran balsas pequeñas de á trescientas ó cuatrocientas arrobas, 
que en todo el año llegaban á unas veinte ó veintidós: y que por 
consiguiente no podía haber provenido el daño ó baja de precio que 
hubiese de la exigua cantidad que traían los indios para pagar su tri- 
buto, sino de otras causas extrínsecas, que con más ó menos acierto 
cada uno conjeturaba. 

Pocos años más habían pasado, y ya se juzgó necesario hacer 
nueva información de testigos, porque las voces calumniadoras 
nunca cesaban. Puede verse la información en el Archivo general de 
Buenos Aires donde hoy se conserva (1). Por ella constó nuevamente 
la integridad con que los misioneros Jesuítas ejercían aquel cargo 
que no les acarreó sino enemistades y sinsabores, como muy bien lo 
habían previsto al procurar declinarlo por cuantos medios prudentes 
estuvieron á su alcance. 

Y todavía, entrado ya el siglo xviii, se hizo en 1722 nueva in- 
formación de testigos (2), de la cual, y de la certificación de los Ofi- 
ciales reales, constó no sólo que los indios Guaraníes no habían exce- 
dido de la cantidad de las do^e mil arrobas que la Audiencia les tenía 
señaladas; sino que nunca ó casi nunca habían llegado á esa cantidad. 

No se hizo en adelante alteración ninguna en la materia del tri- 
buto; pero de tiempo en tiempo la malevolencia de los enemigos de la 
Compañía que igualmente aborrecían á los Guaraníes, volvió á re- 
producir las mismas calumnias de cantidades enormes de yerba, de 
granjerias y negociaciones y otras, á pesar de estar tantas veces 
convencidas de falsedad. Vueltos á examinar en 1739 los anteceden- 
tes de este asunto, con prolija indagación que duró varios años, el 
Rey Felipe V sancionó la misma regia establecida, concluyendo el 
punto I.*' de la Cédula de Buen Retiro á 28 de Diciembre de 1743: 
«He resuelto que no se aumente el tributo establecido de un peso por 
indio: Que en esta conformidad se cobre hasta nuevo Padrón por 
las certificaciones de los Curas Doctrineros...; y si de esta providen- 



(1) «Información /dada por el Reverendo P. Martin García de la Compañia 
de Jesús Procurador general de las Doctrinas/ del Paraná y Vruguay sobre la 
Porción de yerba que baja a esta ciudad de diciías Dotrinas / Juez / el Capitán 
Domingo Carballo vecino feudatario y alcalde ordinario.../... desta ciudad de 
Santa Fe... / año de 1690». — Expediente en veintitrés fojas. — Archivo general de 
Buenos Aires: legajo núm. 10 / Compañia de Jesús (Paraguay. 

(2) Rodero, Hechos de la verdad, núm. 7. 



— 166- 

cia resulta mas o menos cantidad de la que hubiese correspondido aí 
numero fijo de Indios que hubo en los años antecedentes, es mi Real 
ánimo perdonárseles (como la perdono)... Asimismo he resuelto se 
dé orden (como se ejecuta por Despacho de este dia) para que se 
haga luego nuevo Padrón por el Gobernador de Buenos Ayres, po- 
niéndose de acuerdo con los Padres Doctrineros, y que se repita cada 
seis años.., enviando indefectiblemente los Gobernadores copias de 
los Padrones al Consejo; de cuya circunstancia he mandado se les 
prevenga en las instrucciones que se expiden con sus Títulos.» 

Y ésta fué la disposición que continuó rigiendo aun después de 
expulsados los Jesuítas en 1767, hasta llegar al período de la inde- 
pendencia. 



CAPITULO VI 



VASALLAJE AL REY: LA MILICIA 

1. Si los Guaraníes tenían dotes militares. — 2. Las armas. — 3. Las armas 
de fuego. — 4. Razones que hicieron necesarias las armas de fuego. — 5. Los 
ejercicios militares. — 6. Oficiales de milicia. 

No era solamente el tributo de un peso anuo por cabeza lo que 
los Guaraníes pagaban al Rey en señal de vasallaje: pagaban ade- 
más la sangre de sus venas en la milicia. Este fué uno de los gran- 
des méritos en virtud de los cuales fueron aliviados en el tributo; el 
que en diversas ocasiones ahorró numerosas tropas y crecidos gastos 
al Erario y afianzó la seguridad de las ciudades de Buenos Aires y 
de la Asunción; y extendiendo el discurso á los tiempos presentes, el 
que conservó los limites que hoy tienen las Repúblicas sud-america- 
nas, impidiendo grandes pérdidas de territorio. De este tributo de 
sangre se ha de tratar ahora, examinando cuál era la forma en que 
cumplían los Guaraníes con esta obligación contraída.' 



SI LOS GUARANÍES TENÍAN DOTES MILITARES 

Los que trataron á los Guaraníes convertidos y establecidos en 
pueblos por los Misioneros, hallaron que se mostraban afables y 
atentos, dóciles y llenos de respeto delante del español. De aquí han 
nacido muchas descripciones que nos representan aquellos indios 
como si fueran totalmente diferentes en carácter de los demás indios, 
dotados de una índole suave, y dóciles y blandos por condición; y 
otras pinturas, que, aunque no lo dicen expresamente, pero dejan en- 
tender con expresiones equivalentes, que eran incapaces del valor 
militar. De donde proviene una gran perplejidad, pues no se com- 



-168- 

prende cómo pueda combinarse este concepto con el hecho que en to- 
das sus páginas nos pone de manifiesto la historia, de haber sido las 
milicias Guaraníes la fuerza más poderosa que constantemente inter- 
vino en las empresas militares de estos países durante ciento cincuenta 
años. Importa, pues, preguntar si eran ó no capaces del valor guerrero. 

A la verdad, el nombre mismo de Giiaranis, que ó ellos se impu- 
sieron ó las otras tribus les daban, es un indicio de sus inclinaciones 
á la guerra. Guayaiii, en el idioma que ellos usaban, significa guerre- 
ro: y el aplicárselo como nombre distintivo de su nación, muestra 
que su oficio era estar siempre en guerra, y que no les faltaban áni- 
mos ni recursos para hacerla. 

El estado de barbarismo en que se hallaban hacía también que 
en ellos se desarrollasen instintos guerreros. Sabido es que el estado 
salvaje aumenta la susceptibilidad, engrandece las injurias, y hace 
recurrir con suma facilidad á las armas para ventilar el derecho por 
medio de la violencia. Y hallándose rodeados de tribus que también 
eran bárbaras, había otro motivo más que los había de aguijar al 
ejercicio de las armas: y éste era defenderse, cuando más no fuese, 
de los insultos de los demás. 

Hay más. No se contentaron los Guaraníes con asegurar su de- 
fensa, sino que, según las tradiciones que conservaban, ellos habían 
dominado á muchos otros pueblos y en su concepto los otros eran es- 
clavos suyos. Y sea de este hecho lo que quiera, ya que pudo ser 
abultado y aun inventado por la vanidad nacional, lo innegable es, 
no sólo que la raza Guaraní se multiplicó y dilató su habitación mu- 
cho más que otro pueblo cualquiera salvaje, ocupando una tercera 
parte del continente de la América meridional; sino que en todas par- 
tes ocupaba los mejores parajes, junto á los ríos, los campos más fér- 
tiles y las tierras más habitables; cosas que no hubieran podido obte- 
nerse si hubieran sido de ánimo apocado; ni pudieran durar sin el 
ventajoso ejercicio de las armas. 

Viniendo á hechos verificados después de la conquista, es cosa 
averiguada que los indios del Paraná, desde que se sublevaron 
en 1556, no pudieron nunca ser sometidos por las tropas españolas, á 
las que mantuvieron en respeto, hasta que voluntariamente se sujeta- 
ron para recibir á los Jesuítas, con la promesa que se les hizo en 
nombre del Rey de que no habían de ser encomendados. Y los indios 
del Uruguay, no sólo no se sometieron, sino que tomadas las armas, 
resistieron y derrotaron á Hernandarias de Saavedra que acaudillaba 
un ejército de quinientos españoles, el mayor quizá que se había jun- 
tado en estas provincias. Unos y otros eran Guaraníes 3' fueron jus- 



-169- 

taniente los que formaron el núcleo principal de las Misiones de los 
Jesuítas. — Los Guaraníes del Guayrá sabemos por relaciones de tes- 
tigos presenciales tan dignos de fe como lo eran los Misioneros, que 
no sólo vivían en continuas guerras entre sí, y no dejaban penetrar, 
cuanto menos dominar, á los conquistadores en sus tierras; sino que 
eran además antropófagos. Véase si pueden ser exactas las descrip- 
ciones de la índole bondadosa y dócil, y de las costumbres pacíficas y 
ánimo apocado. 

Por otra parte, cuantos jefes los vieron tomar parte en las cam- 
pañas y aun simplemente presentarse para alardes militares, dieron 
aventajado testimonio de sus bríos, de los cuales alguno veremos 
más adelante; y el general portugués Gomes Freiré, que los tuvo por 
enemigos en 1754, aseguró que no sólo eran animosos, sino que peca- 
ban de temerarios. Y para no hablar sino de cosas que tenemos entre 
las manos, todos han admirado el arrojo que mostraron en la guerra 
de 1866 los Paraguayos, entre los cuales había no pocos indios Gua- 
raníes: y en la República Argentina es proverbial el valor de los co- 
rrentinos, que son los que más participan de la raza Guaraní. 

Que comparados con los españoles, quienes se presentaban arma- 
dos de armas superiores, disciplinados y acostumbrados á la guerra 
regular, fuesen los Guaraníes inferiores, no prueba que careciesen de 
valor ni de dotes militares. Y aun en esta comparación, vemos que no 
siempre quedaron inferiores. Que comparados con otras razas de in- 
dios hayan sido menos feroces, tampoco sería prueba en contrario. 
Finalmente, el que sometidos á los españoles, y acostumbrados á 
verse en un estado perpetuo de inferioridad respecto de ellos, ha- 
yan mostrado su docilidad á ellos, no es muestra de ánimo apocado 
ni de índole blanda, sino del efecto que puede producir y produce la 
educación cristiana, la cual ciertamente no extingue la naturaleza, ni 
la extinguía en ellos, sino que la dejaba en su vigor, manifiesto en las 
empresas militares. 

Hase aducido como gran argumento, para probar la falta de áni- 
mos bélicos en los Guaraníes, la conquista de parte de los españoles, 
y el haber perseverado sujetos; y han sido comparados los Guaraníes 
con los indios peruanos y mejicanos que también se sometieron y per- 
severaron en la obediencia; y con los indios de otras razas, como los 
Guaycurús y Araucanos, que nunca se sometieron. No intentamos 
extender cuanto digamos á los indios del Perú y Méjico, porque de 
ellos no tratamos. Pero refiriéndonos á los Guaraníes, hay otras va- 
rias causas que sin duda explicarán satisfactoriamente su sumisión, 
sin recurrir á suponer en ellos un ánimo cobarde, que es contrario á 



-170- 

los hechos y no abonaría gran cosa el valor de los españoles conquis- 
tadores, que al mismo tiempo se ensalza. Los Guaraníes eran agri- 
cultores, con tierras y moradas fijas: las otras tribus que se citan 
eran vagabundas, acostumbradas á vivir de la caza y pesca y repa- 
rarse en los montes ó en cualquier paraje, donde fácilmente coloca- 
ban sus inestables viviendas, más á modo de campamento, que de 
pueblo. Los Guaraníes se convirtieron á la religión católica, y por 
conciencia se mantuvieron obedeciendo á la autoridad del Rey de 
España: en las tribus citadas no se dio esta circunstancia. — Final- 
mente, si se trata de los Guaraníes inmediatos á la ciudad de la Asun- 
ción, su conquista y la estabilidad de su alianza fué debida más á la 
comunicación y parentesco, que á las armas. 

No parece, pues, que haya razón alguna para negar que los Gua- 
raníes fuesen una raza guerrera y apta, en cuanto puede serlo una 
tribu bárbara, para las empresas militares. 



II 
LAS ARJUAS 

Las armas que en sus guerras empleaban los Guaraníes al llegar 
los españoles á América, eran las que solían usar las naciones anti- 
guas europeas: flechas, hondas y mazas; con la particularidad de que 
entre los indios no sólo no era conocida la pólvora, sino que ni aun 
sabían trabajar el hierro. 

La materia, pues, de sus armas eran piedras, madera y espinas 
de peces. 

El arma principal, que era la flecha, era construida de madera 
poco pesada, que las hay muy livianas en el país; y para la punta te- 
nían cuidado de recoger las espinas más duras de los peces. 

De piedra se construían las armas arrojadizas con honda, y las 
bolas. Las primeras eran unas piedrezuelas, no tomadas al acaso, 
sino labradas y contorneadas con asiduidad, sea á fin de que se aco- 
modasen mejor á la honda y se aumentase su velocidad y alcance, sea 
para hacer más dañosa la herida. 

Las bolas, instrumento todavía en uso entre los indios puelches 
y entre los campesinos de la República Argentina, eran arma pro- 
pia de esta región. Eran ordinariamente más de una; á veces una 
sola. El arma compuesta de más de una bola se reduce á dos ó tres 



— 171 — 

piedras toscamente redondeadas y de unos siete centímetros de diá- 
metro cada una, con un surco excavado alrededor para recibir la co- 
rrea de 60 á 70 centímetros que las une. El que usa de esta arma, to 
ma en la mano una de las piedras ó bolas, y hace girar las demás 
como se da vuelta á la honda, hasta que, tomada su puntería, arroja 
las bolas contra el objeto que ha de herir. El efecto se produce, no 
sólo por el golpe, que de suyo es violento, sino porque además la co- 
rrea que une las bolas se arrolla sobre el objeto con quien tropieza; 
de suerte que, si es un hombre ó un animal, le traba los movimien- 
tos, y propiamente le deja atado desde lejos; y si le sorprende en me- 
dio de la carrera ó de la fuga, su mismo movimiento trabado tan de 
improviso, le hace caer derribado en el suelo. — El arma que consta 
de una sola bola, lleva también la piedra con cerco acanalado, y la 
correa para manejarla á guisa de honda; pero su efecto es únicamente 
herir con el golpe; y se le da el nombre de bola perdida. 

De madera fabricaban el arma que tiene por nombre macana, por 
el estilo de la antigua clava. La macana estaba formada de un trozo 
de madera dura y pesada, cuya longitud era de unos siete decímetros, 
y cu3'a forma era adelgazada en el medio y engrosada en los extre- 
mos. El uno de los extremos, no tan grueso, servía de empuñadura, 
y se acomodaba á la mano; el otro más grueso, á modo de porra, era 
(1 destinado á herir: y el golpe de la macana era tan terrible, que 
acertado en la cabeza, bastaba para quitar la vida á un hombre (1). 

Lanzas no parece que usasen hasta que más tarde conocieron los 
caballos. Entonces, así como aprendieron á usar del caballo y resul- 
taron diestrísimos jinetes, se acostumbraron al manejo de las lanzas; 
y tanto para éstas, como para las flechas, procuraron proveerse de 
puntas y moharras de fierro, que habían [legado á conocer por el 
contacto con los españoles. 



III 

LAS ARMAS DE FUEGO 53 

Mientras los Guaraníes no tuvieron que luchar más que con otros 
salvajes, bastaron para defenderse las armas antiguas. Mas luego 
que se encontraron con adversarios que usaban armas de fuego, su 

(1) Xarque, Insignes misioneros, lib. III, cap. IX. 



- 172 - 

situación cambió de aspecto. Las armas de fuego dieron una grandí- 
sima ventaja, aunque no la única, á los europeos, para dominar á las 
tribus indígenas. Y cuando los indios ya sometidos A la dominación 
española, hubieron de defender sus casas, sus pueblos y sus personas 
de otros enemigos europeos, necesitaron armas de fuego. 

Los habitantes de la antigua villa, hoy ciudad, de San Pablo en el 
Brasil, llevados de aquel inquieto y vagabundo espíritu que fué en 
ellos característico; y sin respetar ni la ley natural, ni los preceptos 
)• excomuniones del Papa, ni los multiplicados decretos de los Reyes 
de Portugal, que prohibían hacer esclavos á los indios; se lanzaban 
año tras año á sus expediciones armadas á los países interiores; y 
después de un largo camino á pie con sus auxiliares los tupíes, caían 
sobre las tribus infieles de indios que moraban en territorio del 
Rey de Castilla, las sojuzgaban por su número, por su audacia y 
por el armamento; y atando los cautivos que les parecían convenir, 
emprendían el retorno á San Pablo; y allí, y en Río Janeiro, y 
en las otras poblaciones del Brasil se establecían los mercados 
que los incansables mamelucos se encargaban de proveer de carne 
humana. 

Hacia 1625 hallaron que era tarea demasiado larga el reunir los 
esclavos infieles que tan inicuamente arrastraban al Brasil, parte 
porque las poblaciones de gentiles eran siempre cortas, parte porque 
con sus continuas acometidas, se iban retirando los indios escarmen- 
tados A lo más fragoso de los montes. Hollando todo temor de Dios, 
y desnudándose de todo buen respeto, se decidieron entonces á aco- 
meter y robar para esclavos á los indios ya cristianos que poco á poco 
iban reuniendo en pueblos los Padres Jesuítas en el Guayrá, los que 
antes habían respetado. Los años 1627, 1628, 1629, 30 y 31 fueron 
una serie continua de invasiones en que los atropellos, crueldad, 
inhumanidades y sacrilegios de estos invasores, no tuvieron término. 
El número de indios cautivados desde 1614 á 1638, fué de trescientos 
mil (1): y los que sólo en los años 28, 29, 30 y 31 se vendieron en el 
Brasil alcanzaron á sesenta mil (2). Resultando vana toda represen- 
tación y diligencia de los Padres ante los gobernadores portugueses 
en el Brasil, é inútil ó imposible la resistencia de los Guaraníes con- 
tra las mejores armas defensivas y ofensivas de los mamelucos; hubo 
que pensar en la fuga, salvándose así las destrozadas reliquias de las 
trece reducciones del Guayrá en el penosísimo viaje Paraná abajo 

(1) Céd. de 16 de Set. de 1639. 

(2) Carta del Gobernador D. Esteban Dávila de 11 de Octubre de 1637, (Mon- 
TOYA, Conquista esp. §. 80.) 



-173- 

que refiere el P. Montoya, hasta asegurarse y fundar los dos nuevos 
pueblos de San Ignacio mirí y Loreto. 

Burlados los mamelucos en su intento de cautivar á todos los 
indios del Guajira, emprendieron nueva campaña contra las reduc- 
ciones del Tape. Allí también hubo horribles carnicerías y millares 
de esclavos; y también allí fué preciso decidirse á retirar los indios, 
por más repugnancia que en ellos se encontrase. Pero se vio clara- 
mente que no había esperanza segura de defensa contra tan tenaces 
y rabiosos enemigos, si no se armaban los indios con armas iguales 
á las de los adversarios. 

Acababa de entrar á ejercer su gobernación del Paraguay don 
Pedro de Lugo y Navarra (1636 á 1641), cuando se vio obligado á 
acudir al socorro de las reducciones asaltadas en una de las incesan- 
tes malocas ó incursiones de los paulistas. Llevaba consigo hasta 
setenta españoles, y ordenó también que se distribu^'esen en el ejér- 
cito de los Guaraníes no más que siete armas de fuego. El encuentro 
con los audaces mamelucos fué tan feliz, que no sólo quedaron derro- 
tados, sino que fueron muertos mucho número de los indios tupís sus 
auxiliares, quedando prisioneros 17 de los mismos mamelucos: y les 
fué dada libertad á dos mil indios que habían cautivado. No pertenece 
al presente intento juzgar la conducta que después de esta victoria 
tuvo el Gobernador; pero bastaba aquella prueba para convencer de la 
urgencia de que los indios tuviesen permanentemente armas de fuego. 

Los arcabuces que había concedido el gobernador Lugo fueron 
devueltos en seguida de la batalla. Mas el Procurador de la provincia 
del Paraguay en Europa, cargo para el cual fué nombrado en 1637 
el insigne misionero P. Antonio Ruiz de Montoya, al mismo tiempo 
que presentaba los instrumentos auténticos de los horrendos estragos 
causados por los mamelucos entre los indios, hacía ver con sus razo- 
nes cómo no se podían remediar aquellos daños mientras no se conce- 
diese establemente cantidad de armas de fuego á los pueblos de Gua- 
raníes, ejercitándolos en el manejo de ellas. Y tan grande era la fuerza 
de las razones, que Felipe IV, ya que no lo concedió desde luego, 
ordenó al Virrey del Perú que, examinado el asunto en América, 
donde se podían tomar informaciones más de cerca, y á no atravesarse 
graves inconvenientes, concediese la licencia y entregase las armas de 
fuego á los Guaraníes con las cautelas necesarias. Así lo dispone la 
Cédula Real de 21 de Mayo de 1640 (1). Veíase en efecto la necesidad, 
pero se tropezaba con el grave temor de que los indios, una vez 

(1) Apénd. núm. 8. 



-174 — 

aprendido el manejo délas armas de fue^o, las volviesen contra los 
mismos españoles en algún alzamiento, y merced á su extraordinario 
número, fuesen un peligro para la dominación española en estos países. 

Antes que se llegase á ejecutar esta Cédula, ya le habían nacido 
nuevos y grandes estorbos. Los vecinos de la Asunción, que frecuen- 
temente se mostraron opuestos á los Jesuítas y á los indios de Misio- 
nes, aun con perjuicio propio, habían dirigido al Consejo de Indias 
un Memorial para que no se permitiesen armas de fuego á los Guara- 
níes (1). El Gobernador Lugo, para sincerar su extraña conducta en 
todo este incidente (2), se hizo de! partido de los émulos de la Com- 
pañía, y envió al Consejo de Indias y al Rey informes contra la en- 
trega de armas á los indios (3). Todo esto hizo que se pusiera de 
nuevo en tela de juicio el asunto, y no fué poco el trabajo del Procu- 
rador P. Montoya para acudir á las múltiples diligencias que se hi- 
cieron á fin de esclarecer la verdad y conveniencia, y para satisfacer 
á los reparos propuestos y á otros que se iban ofreciendo. Era el 
negocio espinoso y lleno de sospechas en sí; tanto más que enton- 
ces mismo se acababa de rebelar Portugal, que en efecto 3'a no volvió 
más al dominio de España. El P. Montoya dio Memoriales y respon- 
dió de palabra á lo que se oponía en el Consejo de Indias, además de 
los que había presentado en razón de obtener la Cédula de 1640, que 
ahora estaba en suspenso (4). Hizo el Rey formar una junta particular 
de varios ministros reales únicamente para tratar esta materia: fué 
oído el P. Monto3'a: pero ni aun allí se tomó resolución definitiva. 
Pasó el dictamen á la Junta de Guerra de Indias (5), y al Consejo de 
Estado, y en todos estos cuerpos explicó el misionero la convenien- 
cia y respondió á las objeciones. Fruto de tanta deliberación durante 
dos años enteros fué la Cédula de 21 de Noviembre de 1642 (6), en la 
cual se resuelve lo mismo que ya se había concedido en 1640, que es 
remitirlo al Virre}^ del Perú; insinuando solamente algunas cautelas 
que se podrán tener para que la concesión de armas no sea peligiosa. 

El P. Montoya, en lugar de volver directamente á su provincia 
del Paraguay, hubo de encaminarse á Lima. Desde Noviembre de 
1644 hasta mitad de Enero de 1646 duró el expediente que se hubo 
de tramitar ante el Virrey del Perú (7), en el cual intervino la con- 



(1) Memorial del P. Montoya, núm. 1. (Apénd. núm. 52). 

(2) Ibid. núm. 2. 

(3) Número 3. 

(4) Montoya, Memorial, núm. 4. 

(5) Cédula de 21 Noviembre de 1642. (Apénd. núm. 9). 

(6) Ibid. 

(7) Apénd. núm. 10, sqq. 



-175- 

sulta del mismo dotí Pedro de Lugo y Navarra, muy de otro parecer 
á la sazón (1) de lo que había mostrado antes en su informe al Consejo 
de Indias. La resolución final, cuya ejecutoria se despachó á 19 de 
Enero de 1646, fué que se les concedían armas de fuego á los indios 
Guaraníes; enviando por cuenta del Estado ciento cincuenta bocas de 
fuego con sus correspondientes pertrechos, pólvora y municiones, las 
cuales se habían de custodiar y usar en la forma que suplicaron á 
Su Majestad, esto es, guardándolas en depósito aparte á cargo de los 
Misioneros, y usándolas en la guerra 3^ en los ejercicios doctrinales 
que habían de tener debajo de la dirección de algún hermano Coadju- 
tor que hubiera sido militar. 

Tres años después, en 1649, declaraba el Virrey conde de Salva- 
tierra á los Guaraníes de las misiones por presidiarios del presidio 
y opósito de los Portugueses del Brasil, y en virtud de este oficio 
les reducía el tributo que solían pagar los demás indios, como queda 
dicho (cap. VI)c Establecíase, pues, una guarnición de fronteras que 
corría á lo largo de toda la línea divisoria de los dominios de España 
con los del Brasil: y en todo este dilatado espacio no se ponían tropas 
españolas de defensa, sino que eran declarados por sus custodios los 
Guaraníes de Misiones (2). 

Los efectos de todas estas providencias fueron muy saludables, 
como se hará constar á su tiempo. Contuviéronse los asaltos de los 
portugueses: cobraron sosiego y estabilidad los pueblos de Misiones, 
y los Gobernadores del Paraguay y de Buenos Aires empezaron á 
tener un cuerpo fijo de tropas de que echaban mano á cada paso. 

Pero en este intermedio no se habían dormido aquellos á quienes 
molestaba que los Guaraníes tuviesen tanta potencia para defenderse: 
ni habían vuelto atrás de su primer empeño. Eran estos los tiempos 
de los ruidosos disturbios del Sr. Cárdenas. Y precisamente para re- 
primir los alborotos del Paragua}^ habían echado mano ya dos de 
sus Gobernadores (Henestrosa y don Sebastián de León), de las nue- 
vas tropas recién armadas por las disposiciones del monarca. Los ene- 
migos de los Jesuítas trabajaron con ahinco en Madrid para que se 
quitasen aquellas armas de manos de los Guaraníes, representando 
las antiguas razones del peligro de sublevación de los indios; y lo que 
más es, la misma obediencia y fidelidad de los Guaraníes en seguir 
en la campaña de 1649 al Gobernador y León Zarate, que los había 
convocado en nombre del Rey, quisieron hacer pasar por una rebe- 
ión formal, que iba á traer la ruina de toda la provincia; añadiendo 

(1) Apénd, núm. 11. 

(2) Provisión de 21 de Junio de 1649. (Apénd. núm. 5). 



-176- 

que quien mayor culpa tenía en todo aquel hecho, eran los misione- 
ros, los cuales con él habían quedado convictos de traidores al Re}' 
de España y aliados de los portugueses (1). Tales extravagancias no 
tenían verosimilitud alguna, y los misioneros demostraron su falsedad 
una y otra vez con evidencia (2). Pero á los informes directos de los 
émulos de la Compañía se agregaron los de los Gobernadores de las 
provincias del Río de la Plata, enviados unos sin conocimiento de la 
verdad y aun por instigación de los mismos émulos, como del suyo lo 
testificó el Gobernador D. Pedro de Baigorry (3); procedentes otros 
de siniestras aprensiones, como los de D. Alonso Mercado y Villacor- 
ta, bien así como los que solicitó el mismo de otras personas nada 
afectas á los Jesuítas. En aquellos informes se revolvían de mil modos 
las falsas especies de las minas de oro, del patronazgo, délos religio- 
sos extranjeros, del ser ejercitados los indios en el ejercicio de las 
armas sin capitanes del ejército español, del inmenso poder de los 
Jesuítas; se elevaba el número de las armas «por lo menos á catorce 
mil bocas de fuego-» (4) (eran ochocientas); y se llegaba á afirmacio- 
nes tan desatentadas y perniciosas, como la de que los portugueses 
del Brasil no hacían daño ni eran de peligro, y las alarmas de los Je- 
suítas por sus invasiones eran pretextos para otros fines. Tanto se 
repitieron, aun después de desautorizadas, las falsas sindicaciones, y 
tan prevenidos estaban contra los Jesuítas los jueces, inclusos algunos 
miembros del Consejo de Indias, que el resultado final, después de 
varios años de indagaciones, fué prohibir que los Guaraníes tuviesen 
armas de fuego, ordenando que cuantas se hallasen en las Doctrinas 
fueran entregadas al Gobernador del Paraguay )' quedaran á su dis- 
posición. Estas fueron las prescripciones de una de las Reales Cédu- 
las que el 16 de Octubre de 1661 se dirigieron al Oidor D. Juan Blás- 
quez de Valverde (6) y todas fueron exactamente ejecutadas con la 
visita que practicó en la provincia del Paraguay el P. Andrés de Rada. 
No por haberse retirado las armas cesaron las causas que habían 
motivado su concesión; y representadas nuevamente, se halló que 
para obtener la Cédula prohibitiva de 1661 habían sido acusados los 



(1) Memorial de fr. Juan de San Diego Villalón al Consejo de Indias, 1652. 
(Colección anónima de documentos sobre los Jesuítas, publicada con diversos 
títulos en cuatro tomos. Madrid, 1768. Se citará en estas notas con la abreviatura 
N. Col). 

(2) Pedraza, Memorial 1.° y 2," (Ibid). 

(3) Carta al Key, del año 1655 (Asunción, Arch. Nac. vol. 61, pieza 17). 

(4) Informe de Fr. Gabriel de Valencia, expulso de la Compañía (Simancas, Es- 
tado, 7381). 

(5) Carta del Oidor Bl/isquez de Valverde al Rey á 15 de Enero de 1658. 

(6) Apénd. núm. 45. 



-177- 

Jesiiítas como que de propia autoridad se hubiesen entrometido en la 
jurisdicción temporal, ocultando los acusadores mañosamente la fa- 
cultad que daban á los Padres las Cédulas de 1640 y 1642 y la pro- 
visión Real de 1646; y á causa de esto se ordenó, en Cédula de 30 de 
Abril de 1668, que se formase en Buenos Aires una junta de dos mi- 
sioneros de los más antiguos y dos Oidores, y diesen nuevamente su 
parecer sobre la conveniencia de tener armas de fuego los Gua- 
raníes; y que en el entretanto se restitu3^esen las cosas al estado que 
tenían antes de 1661 (1). La junta no se celebró; la restitución tam- 
poco se hizo; antes por haberla empezado á ejecutar el Gobernador 
don Juan Diez de Andino, recibió el año siguiente una desaprobación 
de la Audiencia de Buenos Aires con orden de recoger de nuevo las 
pocas armas entregadas. Así se hizo efectivamente en 1670, devol- 
viendo al Gobernador todas las armas que había en las Doctrinas, sin 
que quedase ninguna, como lo declaró con juramento el P. Alonso del 
Castillo que hizo la entrega (3). Mas apenas entró en 1671 á la gober- 
nación del Paraguay don Felipe Rege Gorbalán, cuando los perpetuos 
émulos de la Compañía y de los Guaraníes le llenaron los oídos de 
siniestras acusaciones, que él trasmitió como verdaderas á la Au- 
diencia de Buenos Aires; entre las cuales estaba la calumnia de que 
en las Doctrinas todavía quedaban muchos indios armados de bocas 
de fuego; y no costó poco el evitar que, para averiguar cosa tan des- 
tituida de fundamento, decretase la Audiencia medidas propias para 
producir escándalo, atropellar la inmunidad religiosa y manchar el 
buen nombre de los Misioneros, que era lo que pretendían los solapa- 
dos consejeros del Gobernador (4). 

La necesidad fué, por fin, más poderosa que todas las preocupacio- 
nes y á los seis años, el mismo Gobernador Rege Gorbalán, en pre- 
sencia del peligro de los mamelucos, que finalmente llegaron aquel año 
de 1677 á apoderarse de la nueva ciudad de Villa Rica, después que 
ya la habían hecho retirar en 1632 setenta leguas de su primitiva po- 
sición; se determinó á armar de nuevo á los Guaraníes con armas de 
fuego, dándoles pólvora, plomo y cuanto fué necesario; y así lo infor- 
mó al Consejo de Indias en carta de 20 de Octubre de 1677. Esta vez 
se dio en Madrid la providencia definitiva por Cédula de 25 de Julio 
de 1679 (5). En ella se aprueban de nuevo las Cédulas de 1640 y 1642 
y la providencia del marqués de Mancera de 1646; se resuelve que los 

(1) Apéndice, núm. 16. 

(2) Apéndice, núm. 17. 

(3) Memorial 1.° del P. Baeza, § 20, Quinto (Sevilla, Arch. de Indias, 7. 44. 15). 

(4) Autos sobre el informe del Gob. Rege Gorbalán (ibid). 

(5) Apénd. núm. 19. 

12 Organización Social de las Doctrinas Guaraníes 



-178- 

Guaraníes de las Misiones del Paraná y Uruguay puedan tener armas 
de fuego en la forma que ya estaba señalada, custodiándolas los Mi- 
sioneros, y que les sean devueltas las que les habían sido tomadas de 
resultas de la Cédula de 1661. 

Esta fué la última orden, que ya no sufrió alteración hasta ser ex- 
pulsados los Misioneros, ni aun después, porque era lo que exigía la 
necesidad de aquel país. 



IV 



RAZONES QUE HICIERON NECESARIAS LAS ARMAS 

DE FUEGO 

Nadie se persuadirá que el asunto de las armas haya costado cua- 
renta años de deliberaciones, que en él hayan tenido lugar tales mu- 
danzas y que al fin se haya resuelto por la parte que aparentemente 
ya no podía abrigar esperanza; sin que reconozca que en todo este 
negocio intervinieron razones de gran peso. Aquí no haremos sino in- 
dicar las que por una y otra parte se alegaron. 

La razón capital que militaba en contra de la concesión, era el 
justo temor de que se sublevasen los Guaraníes una vez que hubiesen 
llegado á tener aquellas terribles armas, que constituían la ventaja 
indisputable con que las naciones europeas habían podido compensar 
el exceso del número en sus luchas con los indígenas del continente 
americano. El día que el indio pudiera disponer de aquellos formida- 
bles ingenios que á su parecer producían el trueno y lanzaban el rayo, 
ya no quedaría medio de mantenerlo en sujeción.— Tanto más, que 
para una multitud tan grande de Guaraníes, no eran unas cuantas 
bocas de fuego las que había que conceder, sino tanto número, que 
apenas los hombres de guerra de las tres Gobernaciones vecinas to- 
mados por junto, alcanzarían á ser tantos como los indios armados. 
Y en efecto, desde los primeros tiempos en que se les dio licencia, tu- 
vieron los Guaraníes, parte de las que les dio el fisco, parte de las que 
compraron con los fondos de los pueblos, hasta ochocientas bocas de 
fuego. -Poner todo este armamento de mosquetes, arcabuces, pólvora, 
balas y cañones, en poder de los indios y enseñarles á manejarlos, ha- 
bía de ser una perpetua tentación para excitar á unos ánmios, ya de 
suyo inconstantes é inclinados á novedades, á que usasen de todo aquel 
poder contra los mismos gobernantes, á quienes no podían menos de 



— 179- 

reconocer inferiores en el número de las tropas.— Y el día en que tal 
rebelión se verificase, la responsabilidad había de caer sobre el mismo 
gobierno español, que inconsultamente había armado aquellos brazos. 
—Ni solamente se perdían con esto inmensos territorios y tributos 
para la monarquía, y vidas 3^ haciendas de los habitantes españoles de 
América, que esto solo era bastante para negar cualquier facultad 
pedida ó concedida; sino que se comprometía para siempre la salva- 
ción eterna de tantos millones de indios, unos ya convertidos, otros 
aún salvajes, pero á los que alcanzaría el influjo de los Misioneros. 
Porque claro es que, faltando la dominación de España, con ella 
iban á ser desterradas todas las instituciones católicas que la acom- 
pañaban. 

Esta es la razón que verdaderamente pesó en los consejos de los 
Reyes, y la que en mil formas se repitió y detuvo los primeros impul- 
sos de conceder lo que con tanta necesidad al parecer se pedía. Y 
cierto que mostraba que no se debía resolver sin pensarlo madura- 
mente; porque si esta razón hubiese resultado verdad, una vez dado 
el paso, ya no tenía remedio. 

Las demás causales que á ésta se añadieron con el tiempo, eran tan 
ilusorias, que sólo pudieron tener alguna apariencia mientras duró 
la ignorancia, ó mientras maliciosamente se repitió la calumnia y se 
ocultó la verdad. Antes al contrario, bien examinadas, se podía haber 
probado con ellas que era necesario armar con armas de fuego 
á los indios para tener seguridad de los denunciantes de aquellos 
motivos. 

Díjose que los Jesuítas se servirían de las armas para amotinar á 
los indios Guaraníes, entrar á saco en las ciudades de españoles, y 
entregar los indios y el territorio conquistado al Rey de Portugal. A 
tan grosera y calumniosa imputación se le procuró dar color desfigu- 
rando unos hechos, inventando otros, y enviando al Rey los siniestros 
informes de que se ha hablado en el artículo precedente. 

El efecto de estas calumnias, presentadas á enorme distancia, en 
el Consejo de Indias, y por personas que merced á su estado habían 
de ser tenidas en concepto de verídicas, y dando á sus relatos aparien- 
cia de verdad con la multitud de detalles y aun de documentos confir- 
matorios, que al fin se probó ser fingidos; no fué pequeño, y se nece- 
sitó de tiempo y trabajo para desvanecer tanta falsedad. 

Producían también otro efecto indirecto; y era llamar la atención 
al reciente levantamiento de Portugal y á la vecindad de los portu- 
gueses respecto de las misiones Guaraníes. Estos dos hechos no 
podían menos de reforzar notablemente la verdadera razón, que era 



- 180 - 

la del peligro si se llegasen á rebelar los indios provistos de armas de 
fuego. Tales eran los motivos expuestos en contra. 

A conceder la posesión y manejo de armas de fuego á los Guara- 
níes del Paraná y Uruguay movían urgentísimas razones. 

En primer lugar estaba la defensa de vidas y haciendas de los 
Guaraníes. Este era un derecho natural en ellos, y como tal lo expla- 
naban é insistían en él los misioneros (1). Pensar que los indios pudie- 
ran resistir á sus agresores los mamelucos con las antiguas armas de 
flechas, garrotes y piedras, era cosa excusada. Los españoles, aunque 
quisieran, no les podían socorrer por la grande distancia; y ya se 
habían visto casos de llegar sólo cuando habían desaparecido los ene- 
migos después de hecho el daño, destruido el pueblo, cometido mu- 
chas crueldades y Uevádose gran número de indios en estado mise- 
rable para venderlos por esclavos. Por el contrario, la experiencia 
estaba patente de que unas pocas armas de fuego en manos de los 
indios habían bastado para animarlos tanto, que habían logrado la 
victoria de un grueso cuerpo de tropas portuguesas, haciendo muchos 
prisioneros y rescatando dos mil indios que se llevaban para escla- 
vos (2). Al Rey tocaba defender estos vasallos como señor, y por 
tanto, concederles este medio, único suficiente y necesario. Y no sólo 
lo requería así el derecho natural, sino también el divino, por depen- 
der de la defensa de estos indios la conservación y propagación de la 
fe entre los demás infieles comarcanos, á la cual se reconocían obli- 
gados los Reyes de España en fuerza del encargo de la Santa Sede 
al concederles la defensa del Evangelio en América. 

Mas no eran sólo sus vidas, su libertad, pueblos y tierras lo que 
con el uso de las armas de fuego quedaban los Guaraníes aptos para 
defender: era juntamente el territorio de la monarquía española. Los 
portugueses de San Pablo no se limitaban á cazar indios infieles y cris- 
tianos por hacerlos sus esclavos, y á ejercitar sus crueldades con las 
personas, y dejar el rastro de su paso en las ruinas de pueblos y pro- 
fanación de santuarios; sino que juntamente pretendían quedar por 
dueños de aquellas comarcas que habían asaltado; sea que, como al- 
gunos dicen, quisiesen vivir independientes de todo soberano, sea que 
quisiesen congraciarse con el Rey de Portugal, ofreciéndole nuevos 
dominios. Por consiguiente, en armar bien aquellos subditos, estaba 
interesada la defensa é integridad de las posesiones de España en las 
Indias Occidentales. 

(1) MoNTOYA, Memorial, § 16, Apénd. núm. 52; Ampuero, Requerimiento 
etc., en Bkabo, Atlas, pág. 36. 

(2) MoNTOYA, Memorial, § 1-2. 



-181- 

La potencia de los paulistas era grande. «^Que la villa de San 
•i>Pablo, y otras circunvecinas, echen cuatro y cinco compañías de 
T>cuatrocientos y quinientos hombres mosqueteros, con cuatro mil y 
:»más indios /lecheros, gente muy belicosa y bestial, es cierto; por- 
-»que el suplicante y otros religiosos sus compañeros los han visto 
tmuchas veces por aquellos campos marchar con mucho orden de 
*guerra, en que están muy ejercitados^ etc.» Así decía el P. Monto- 
ya (1), quien sigue enumerando las condiciones de resistencia y tena- 
cidad de los paulistas para una guerra en aquellos países despoblados. 
La resistencia á estos formidables aventureros, que ya en aquella 
fecha (1643) constaba en Madrid por documentos auténticos haberse 
propuesto con planes formales la conquista de todos los territorios 
intermedios hasta llegar al Perú (2), estaba cifrada únicamente en 
los españoles de la Asunción. Mas estos, como lo va demostrando el 
Misionero, no eran bastante reparo para detener semejante invasión; 
no por falta de fidelidad al Rey, en lo que no había que dudar; sino 
por falta de número, pues á duras penas alcanzaban á trescientos 
hombres de guerra; por falta de costumbre para sobrellevar las incle- 
mencias del tiempo y las durísimas condiciones de una guerra en des- 
poblado; por falta del hábito de las dilatadas marchas á pie en que 
tan ejercitados estaban los paulistas y que eran necesarias en las 
montañas, siendo los paraguayos pura tropa de caballería. De ma- 
nera que negarse á hacer intervenir los Guaraníes en la defensa, era 
entregar en manos de los paulistas los indios, la tierra, y las mismas 
ciudades de los españoles, sin exceptuar la Asunción, que corría pe- 
ligro de perecer en este avance perpetuo de aquellos audaces invaso- 
res, como habían perecido no muchos años antes las ciudades de Guay- 
rá, de Villarica y de Santiago de Jerez.— Este discurso probaba 
manifiestamente que los que incitaban á los vecinos de la Asunción á 
litigar contra la concesión de armas á los Guaraníes, obraban como 
perversos ciudadanos, enemigos de su patria, pues nada menos bus- 
caban que su propio daño y su total ruina. 

Restaba satisfacer al recelo de que los indios, envalentonados 
con la fuerza que se iba á poner en sus manos, se alzasen contra los 
españoles. Puesta la cuestión en el terreno que acaba de verse, sólo 
se podía hacer caso de semejante peligro en la suposición de que 
fuera muy probable y próximo. Y aun entonces era necesario pensar 
si convenía negar las armas, quedando en el peligro inminente y mo- 
ralmente cierto de la invasión vencedora de los paulistas; ó más bien 

(1) MoNTOYA, Memorial, § 16. 

(2) Ibid. 



— 182- 

exponerse á un peligro que, aunque real y serio, era sin duda menos 
cierto y quizá se pudiera conjurar. — Pero lo que demostraban los Mi- 
sioneros era que semejante peligro no existía, y su aprehensión no pa- 
saba de ser un vano temor. Los Guaraníes se habían mostrado fidelí- 
simos á Dios: luego también lo serían al Key. Por el alto concepto 
que la enseñanza de los Misioneros les había hecho formar del Key, 
profesaban tal obediencia á los Gobernadores, «qite d sola esta vos 
de un Gobernador: El Rey me envía, se humillan, rinden y suje- 
-»tan de manera que cualquier agravio que este les haga, lo llevan 
T^con paciencia, y ni aun d pensar mal contra los Gobernadores se 
^atreven, aunque los desuellen, por veneración sola del que los en- 
•s>vía^ (1). — Demás de que, si los indios fuesen inclinados á maquinar 
rebelión contra el dominio español, en la ocasión presente lo harían 
y lograrían su intento, sea con armas de fuego, sea sin ellas, con sólo 
juntarse cristianos é infieles en tanto número como eran; pues se 
veía que la ciudad de la Asunción se hallaba fatigada y á punto de 
consumirse con sólo cuatrocientos Guaycurús que la combatían. --Pero 
se podía asegurar que aun teniendo las armas de fuego, no podían 
vencer en su rebeldía si la intentasen, porque les faltaban del todo los 
materiales para hacer pólvora. — Finalmente, la experiencia ya en- 
tonces había manifestado que los indios armados con armas de fuego 
no sólo no se rebelaban, sino que defendían con valor los dominios de 
la monarquía; como lo hacían las dos compañías de indios del Callao 
de Lima, y las tropas indias empleadas como guarnición de fronteras 
en las provincias de Tomina, en Pilaya y en Paspaya. 

A todas estas victoriosas razones vino con el tiempo á agregarse 
otra experiencia de ciento veinte años en que los indios usaron de las 
armas de fuego, sin que jamás se siguiese el daño temido. 

Antes por el contrario es de notar un fenómeno que se reparó más 
en el tiempo en que se alborotaron los siete pueblos del Uruguay al 
ser expulsados de sus tierras por el tratado de límites de 1750, Con 
haberse apoderado de los depósitos de armas y de pólvora que tenían 
en sus pueblos, puede decirse que fué nulo el uso que hicieron de 
ellas. «iVÍ9 hubo prevención de pólvora y balas, dice el P. Cardiel (2). 
Escopetas, aunque hay en buen número, no las llevaron, porque es 
arma que repugna al genio del indio. Las llevan como quien 
lleva un garrote, arrojándola del caballo cuando desmontan, como 
un palo. Tiranía por cualquier lado. Luego quiebran la baqueta y 
rompen la cazoleta, tuercen el gatillo y todo lo echan d perder. No 

(1) MoNTOYA, Memorial, § 16. 

(2) Declaración de la verdad, § 238. 



— 183- 

saben cuidar de ella. Tal cual se encuentra que se aficiona á ella, 
los demás sólo por f ¡tersa la usan. Por eso ahora no se halló sino 
tal cual que las llevase; y esos pocos no llevaban masque tres ó 
cuatro cargas.» Y explica que si los indios salieron en otras ocasio- 
nes victoriosos con las armas de fuego, fué por el orden y dirección 
de los que los gobernaban, que eran comúnmente cabos españoles, por 
el cuidado de los Misioneros en prevenir lo necesario.— Lo cual parece 
mostrar que aún en el caso de haber querido rebelarse los indios, el 
peligro que se temía si tenían armas de fuego era muy remoto, ya 
que no fuera del todo ilusorio. Y que son exageradas é inexactas 
ciertas proposiciones generales que se aventuran á veces, las cuales 
por tener alguna verosimilitud y gran simplicidad, se aceptan como 
verdades demostradas. Tal es aquella de qneLas armas de fuego con- 
quistaron la América. Tal esta otra de que quien en el siglo XIX ha 
conquistado la Pampa ha sido el fusil Remington. Y la de que la 
invención de la artillería es la que destruyó el feudalismo de Eu- 
ropa. No bastan los medios materiales, cuando además de ellos no 
concurren las dotes del espíritu: y generalmente, la disposición del 
espíritu es causa de los últimos efectos y también de los medios ma- 
teriales para conseguirlos, que no son más que una parte y en los que 
un entendimiento superficial se lisonjea de hallar la causa adecuada. 



V. 
LOS EJERCICIOS MILITARES 

Inútiles hubieran sido las armas, á ellas si no se hubiese agregado 
la organización de los indios y la destreza en manejarlas. 

;^iendo el territorio de los Guaraníes país de guerra por las ene- 
mistades que alimentaban con los infieles de otras razas y aun con 
los españoles; y mucho más desde que en ellos empezaron aecharse 
los paulistas, asaltándolos con sus aliados los tupís; hubo cierta orga_ 
nización entre ellos ya desde su gentilidad. Los más valerosos 3' pru. 
dentes llegaban á hacerse caciques; y el cacique ó tubichá, fuéselo 
por suá méritos ó por haberlo heredado, era el capitán general de to- 
dos sus indios en cualquier caso de guerra, de suerte que ningún otro 
podía entrometerse en la dirección de sus subditos. Así resultaban 
formados tantos cuerpos independientes como cacicazgos concurrían 
á una guerra; y sólo por algún común acuerdo podía determinarse 



-184- 

algo fijo sobre el modo de operar. (1) Parece, no obstante, que cuando 
la guerra era más seria y abarcaba territorio muy dilatado, dejaban 
tal sistema, contrario al buen éxito de las operaciones, y reconocían 
algún cacique, el de más fama y poderío, á quien los restantes acata- 
ban y obedecían como á general (2). 

Al irlos estableciendo en reducciones, en cada una de las cuales 
venían á juntarse diez, doce ó más cacicazgos, cuidaron de que en 
cada reducción hubiese un capitán (3), ó á veces dos (4), á quien se 
sujetasen los demás, y que pudiesen asegurar la unidad de acción y 
la victoria. A estas autoridades, como á las civiles, se les entregaba 
su bastón en nombre del Rey; y cuando ya estaban las reducciones 
seguras y aprobadas como pueblo regular, no era definitivo su nom- 
bramiento hasta que fuese aprobado por el Gobernador de la pro- 
vincia. 

En los autos de la visita pasada por el Gobernador Láriz en 1647, 
hallamos que el Gobernador, después de declarar por fenecidos los 
cargos militares hasta aquel día en ejercicio, nombra en cada pueblo 
dos capitanes de la reducción, dos capitanes á guerra y dos ó más 
sargentos (5). En algunos pueblos señala un teniente de capitán, y en 
uno solo, que es el de Concepción, dos capitanes de á caballo. 

Los cargos que estaban vigentes en 1767 al tiempo de la expul- 
sión, pueden deducirse con alguna probabilidad de la enumeración 
de trajes de gala que hallamos en los inventarios de aquella época (6). 
En ellos vemos que se contaban dos capitanes ó comandantes de ar- 
mas, un alférez real, un alférez segundo 6 alférez real mini, un 
comisario, iin tnaestre de campo, un sargento mayor, cuatro capi- 
tanes de infantería, cuatro capitanes con sus cuatro tenientes y 
cuatro alféreces de caballería, cuatro sargentos de caballería y cua- 
tro ayudantes. 

Los habitantes del pueblo capaces de manejar las armas eran dis- 
tribuidos en compañías, distintas según el arma propia de cada uno. 
En pequeño número eran los que manejaban armas de fuego, á saber, 
arcabuces, mosquetes y escopetas y aun alguna que otra pieza de ar- 
tillería, como esmeril, roquera ó pedrero. Encada pueblo no pasaban 
las armas de fuego de treinta á cuarenta, y era necesario tener mu- 
cho cuidado de ellas, porque como en el párrafo antecedente hemos 

(1) Lozano, Historia, lib. V, cap. XX, n.° 11. 

(2) Lozano, Conquista, lib. I, cap. XVIL 

(3) Lozano, Historia loe. cit. n." 12 13. 

(4) RuYEK, Anua de Iguazú (Tkelles Arch. L 177). 

(5) Treli.hs, Arch. IL 

(6) Brabo, Inventarios, pág. 9-10. y p. ssim. 



— 185- 

oído al P. Cardiel, nunca llegaban á aficionarse á esta clase de armas, 
ni cuidarlas con el esmero que exigen, sino á lo más alguno que otro 
indio como excepción. El mayor número lo formaban las compañías 
de flecheros, y en el acierto para usar de esta arma eran admirables. 
Agregábanse honderos; y también manejaban la macana y las bolas 
de que ya hemos tratado. Esta distribución por compañías alcanzaba 
á todos los indios del pueblo que tuviesen robustez para las armas; 
pues los Guaraníes todos eran soldados, así por formar la guarni- 
ción de fronteras, como porque, en efecto, los enemigos que les cer- 
caban por todas partes, y á veces les acometían de improviso, como 
Guaycurús, Charrúas y otros infieles, y entre los cristianos los pau- 
listas, les obligaban á hallarse siempre á punto para la guerra. Y era 
esto de manera, que por las noches tenían rondas militares 3^ daban 
señales de alarma; y cuando en las fiestas acudían á la Iglesia, tenían 
que entrar en ella armados. 

Los oficios militares arriba enumeíados es lo más probable que 
sirviesen para el ejercicio privado y fiestas de cada pueblo. Cuando 
habían de salir á alguna función militar todos los pueblos, formaban 
ocho compañías ó brigadas (1) encargadas cada una á un capitán: 
sobre todos ellos estaba el Maestre de Campo, y éste tenía su Sar- 
gento mayor, añadiéndose en cada compañía el número de oficiales 
necesarios. Eran indios todos estos jefes; y á ellos se agregaban como 
directores los cabos españoles enviados por el gobernador, ó en su 
defecto algún Jesuíta lego, antiguo soldado; acompañando siempre á 
la tropa alguno ó varios misioneros como sus capellanes. 

Los Superiores de los Misioneros, que sabían por experiencia 
cuánto importaba el buen estado militar de los Guaraníes de las Re- 
ducciones en medio de tantos enemigos y con el compromiso que los 
indios tenían contraído de servir de milicia del Rey, velaron con mu- 
cho cuidado en sus prescripciones, cartas y visitas, así para que no 
faltasen armas y pertrechos de guerra, como para que estuviesen 
adiestrados y á punto los indios. Citaremos algunos de estos encar- 
gos 3' reglamentos por el orden que los trae el resumen del Padre 
Quirini (2). 

«Retrato del Rey. 23L El retrato del Rey nuestro Señor 3' sus 
armas es debido 3^ justo que se tenga en la armería, para que á sus 
tiempos se ponga en público, como se estila. P. Visitador». [Antonio 

(1) Cardiel, Declaración, § 64. 

(2) Extracto de los preceptos y órdenes para las Doctrinas del rio Paraná 
y Urtcguay, hecho por determinación del P. Manuel Quirini, en el año de 1731; 
cap. XI: Arvieria y armas. (Biblioteca Nacional de París, núm. 4486, 2° suple- 
mento: Calvo. Tratados, IV. 382.) 



-186- 

Garriga]. «N. P. General Francisco Rctz. (Año de 1732)». — Armas 
DE FUEGO. 232. No se permita que nuestros indios tengan en sus casas 
armas de fuego, ni usen de ellas como suyas; y si alguno tuviere al- 
guna, recójase y póngase en la armería común; y cuando vayan á 
algún viaje, no las llevarán sin licencia del P, Superior. Ord. co- 
mún 57.— Ejercicio de armas y los domingos. 233. Todos los ante- 
cesores míos han encargado el uso 3" ejercicio de las armas de todos 
los géneros, y lo encargo de nuevo, por la Cédula real de S. M.: há- 
ganse los alardes, y aquellos días gástese con los indios alguna carne, 
yerba ó sal de supererogación, para que lo hagan con más efecto y 
aplicación: y una vez al mes se tire al blanco. P. Zea. P. Herrán. 
P. Machoni. P. Bernardo. Háganse estos alardes asistiendo á ellos 
el Cura ó el Compañero, pues está esto tan encomendado, aun de 
nuestros PP. Generales. P. Luis de la Roca. — Armas de fuego. 234, 
Adiéstrense otra vez en todos los pueblos algunos mozos escogidos 
en el uso de las armas de fuego, y ténganlas limpias. P. Bernardo 
Nusdorffer.— Entrar los domingos con armas. Registro de ellas. 
235. Entren los domingos de siete años arriba con arcos y flechas, y 
los que no lo hicieren serán castigados de sus Curas, los cuales 
deben asistir al registro. El P. Zea. Y de cuando en cuando el maes- 
tre de campo y sargento mayor han de registrar si tienen bastantes 
flechas y sus armas corrientes. P. Bernardo. — Muchachos. 236. Los 
muchachos hagan también su ejercicio de armas (1). P. Machoni. 
— Caballos reservados. 237. Cada pueblo tenga reservados unos 
200 caballos para que se puedan valer de ellos en las ocasiones de 
guerra. P. Bernardo. -Armas de prevención. 238. Cada pueblo tenga 
á lo menos 60 lanzas, y 60 desjarretaderas, 7.000 flechas de fierro, 
buenos arcos, hondas y piedras, y dos indios deputados para que siem- 
pre tengan limpias y corrientes las armas. P. Zea. — Centinelas. 239. 
Téngase especial cuidado en las centinelas de noche, rondando dentro 
y fuera del pueblo. P. Ignacio Frías. — Pólvora. 240. Hágase pólvora 
en todos los pueblos cuanta se pudiere. P. Zea. — Superintendentes 
de guerra y sus consultores. 241. Para los casos urgentes de gue- 
rra habrá cuatro Superintendentes señalados por el P. Provincial, 
uno Uruguay arriba, otro hacia Yapeyú, otro en la otra banda del 
Urugua}^, y otro en el Paraná, y cada uno tendrá sus dos consultores 
para los casos de guerra. Ord. com. 10.— 242. Los pueblos de la otra 

(1) Así en Brabo, Inventarios, pág. 10, aparece la enumeración de los trajes 
de gala de la milicia infantil: un Comisario, un .Sargento mayor, un Maestre de 
campo, cuatro capitanes de caballería con sus cuatro alféreces y tenientes, cua- 
tro ayudantes, cuatro sargentos, cuatro capitanes de infantería con sus cuatro 
alféreces. 



— 187- 

banda del Uruguay harán por su parte la espía de los pinares en los 
tiempos acostumbrados: y se les señalará paraje adonde dejar sus 
señas. P. Ignacio Frías. P. José de Aguirre* (1). 

De los ejercicios y simulacros de los Guaraníes, sabemos por las 
memorias que nos han trasmitido algunos autores (2), que los tomaban 
con muchas veras y empeño; y que era necesario poner en la misma 
plaza donde se verificaba la fingida batalla, algunos indios de juicio 
armados de buenos garrotes, para que, al enardecerse los ánimos en lo 
recio de la pelea, separasen los combatientes y evitasen alguna des- 
gracia. 

Cuando los Gobernadores querían valerse de la milicia Guaraní 
para empresas de importancia, solían enviar unos meses antes algún 
oficial instructor con sus necesarios auxiliares, y ellos por una tem- 
porada dirigían el ejercicio militar, dándoles los PP. todos los me- 
dios, hasta que los escuadrones indios estaban adiestrados á su satis- 
facción. Así lo hizo don Bruno Mauricio de Zavala para su jornada 
del Paraguay, A falta de estos instiuctores, procuraban los PP. que 
hubiese algún hermano Coadjutor de los que en el siglo habían sido 
militares, para que dirigiese é hiciese fructuosos estos ejercicios. 
Esto es lo que se expresó al conceder á los Guaraníes las armas de 
fuego en la forma que [los PP.] lo suplicaron á Su Majestad (3), á 
saber: «ha propuesto [el P. Montoya] que la cantidad de armas y de 
las municiones que se permitieren en las dichas Reducciones y para su 
defensa, estén á cargo y en poder de los Religiosos que los doctrina- 
ren, teniendo para hacerlo algunos legos, y que estos cuiden de ades- 
trar los indios en el manejo destas armas..; y que para adestrailos en 
ellas puedan llevar del Reino de Chile algunos hermanos que haj'an 
sido soldados (4)». 

Para formar idea de los simulacros guerreros de los Guaraníes; 
bastará leer la viva y animada descripción de uno de ellos, que tras- 
cribimos textualmente del Dr. Xarque (5). Refiere este autor como, 
habiendo salido en 1679 dos destacamentos de Guaraníes á explorar 
la banda oriental del Uruguay, por haberse recibido noticias de que 
el Gobernador don Manuel de Lobo enviaba tropas á fundar un esta- 
blecimiento portugués en tierras españolas; capturaron á cierto Ca- 



(1) Pueden verse otras Instrucciones semejantes en carta del P. Andrés de 
Rada á 17 de Noviembre de 1666. (Boletín de la Academia de la Historia, Madrid, 
tomo 37, pág. 303, año 1900). 

(2) Jakque, Insignes misioneros, lib. III, cap. IX, núm. 2. 

(3) Provisión del Virrey de Lima á 23 de Marzo de 1645, Apénd, núm. 12. 

(4) Cédula real de 21 de Noviembre de 1642, Apénd. núm. 9. 

(5) Insignes misioneros, lib. III, cap. X. . 



- 188 

pitan portugués de importancia (1), y según las órdenes del P. Supe- 
rior, lo condujeron á Buenos Aires en sus canoas. 

«Tomaron puerto», dice, «en el río de las Conchas, cuatro leguas 
de la Ciudad; cuyo Gobernador, atendiendo á lo que merecía tan 
insigne capitán, no menos que á las leyes de su nobleza, le envió al 
camino su carroza y la bienvenida con don Juan de Velasco, Sar- 
gento mayor del Presidio, que le condujo á la plaza del Palacio, 
donde, puestas en orden las Compañías del Fuerte, que suelen llegar 
á nuevecientos soldados, fué cortejado á lo militar; y el Gobernador, 
sin omitii" punto alguno de los que prescribe la urbanidad, le mandó 
aposentar en su Palacio, y servir como era justo, A los demás se dio 
casa en la Ciudad, según la calidad de cada uno. Entre otros agasa- 
jos, con que festejó el Gobernador al huésped, que había conocido 
célebre Capitán en las campañas de Portugal, cuando duraban contra 
Castilla, fué un alarde, que mandó hiciesen los dichos cuatrocientos 
indios en la plaza de la Ciudad el primer día de la fiesta. Dividiéndose 
los indios á su usanza, sin dirección alguna de Cabo español, en dos 
bandos, uno castellano }' otro portugués, echaron por delante sus 
Reyes de Armas, que hiciesen los parlamentos y representaciones de 
los derechos de cada parte; y no conveniendo las dos, se provocaron 
á la guerra. Armóse la escaramuza con tal viveza, que toda la gente 
que había concurrido dudaba si era guerra sangrienta ó apariencia 
sola. Hacíanse muertos los disfrazados portugueses, y otros se deja, 
ban apresar y despojar de las insignias, simulando resistencia, hasta 
que, clamando victoria el campo castellano, sin perder hombre, ofre- 
cían los despojos y prisioneros al Gobernador, y al Capitán huésped, 
que no podré asegurar gustase tanto de la representación, cuanto la 
aplaudió toda la Ciudad. Afirmando, que si aquellos indios peleasen 
en las veras con el orgullo y destreza que en las burlas, serían inven- 
cibles. Aunque no faltó algún vecino portugués que extrañase el que 
no hubiese caído algún castellano en tan reñida contienda. Pero acos- 
tumbran así sus alardes, aun hasta los muchachos, por haber sido los 
del Brasil los enemigos que más los han ejercitado en las guerras, 
como por la misma causa entre Moros y Cristianos en España. Des- 
pués retuvo el Gobernador al Capitán portugués en Buenos Aires, 
por los motivos que se siguen.» 

Hasta aquí el Dr. Xarque. Y no pasaron muchos meses sin que 
mostrasen los Guaraníes que aquel ardimiento y bríos no sólo los 

(1) El capitán, á quien no nombra el Dr. Xarque, era Jorge Suárez Macedo, 
lugarteniente de Lobo, quien con una pequeña partida de portugueses se había 
internado en país español á explorar el terreno. 



— 189- 

animaban en las escaramuzas trabadas para celebrar la fiesta, sino 
también en los asaltos de verdad; pues las milicias Guaraníes fueron 
las que decidieron la toma de la fortaleza construida por los portu- 
gueses en territorio de Castilla con el nombre de Colonia del Santísi- 
mo Sacramento, según lo veremos en otro lugar. 



VI 
OFICIALES DE MILICIA 

Junto con la elección y proclamación anual del Cabildo de que se 
ha hablado (1), se verificaba en Doctrinas la de los oficiales que habían 
de ejercer los cargos de milicia: y cuando los cabildantes tomaban 
sus varas, tomaban también los militares sus insignias (2). La enume- 
ración de los cargos se ha visto en el capítulo anterior: y aunque 
igualmente existía esta clase de oficios en los pueblos de indios go- 
bernados por clérigos ó por religiosos de San Francisco; no obstante, 
la costumbre había introducido que ni unos ni otros se presentasen 
cada año para recabar la aprobación del Gobernador de la provincia, 
sino que únicamente los confirmaba ó ponía otros de nuevo cuando 
pasaba al pueblo para hacer la visita. 

El jefe de todos aquellos oficiales, y de quien principalmente de- 
pendía su nombramiento, era el Corregidor indio confirmado por el 
Gobernador; siendo su título indiferentemente de Corregidor de la 
reducción ó Capitán de la reducción. A él iban dirigidos siempre los 
mandamientos del Gobernador en que se pedía tropa armada. 

Fuera de los nombramientos ordinarios dichos, quedan testimonios 
de títulos dados por los Gobernadores cuando había ocasión, unos de 
capitanes de la tropa que se hallaba en campaña; otros de capitanes 
del pueblo, es decir. Corregidores; y algunos, de jefes de armas de 
todas las reducciones. En esta materia es interesante un traslado auto- 
rizado de escribano de varios nombramientos ocasionales en diversos 
años, que se conserva hoy en la Biblioteca Nacional de Chile y cuyo 
resumen se hace en la nota de esta página (3). Comprende las fechas 

(1) Supra, cap. III, §. III. 

(2) Cardiel, Breve relación, cap. V, núm. 30. 

(3) Chile, Biblioteca Nacional. MSS. «Archivo de Jesuítas, vol. 296», pieza 
«104>. «Títulos de Capitanes y de otros ministros de justicia y guerra que los Go- 
bernadores han dado á los Indios del Paraná y Uruguay». Tanto autorizado en 
12 fojas.— 1629, Agosto 1." D. Francisco de Céspedes, Gobernador de Buenos Aires, 



56 



— 190 — 

desde 1629 hasta 1656: y aparecen allí las firmas de los Gobernadores 
D. Francisco de Céspedes, D. Pedro de Lugo, D. Ventura Mujica, 
D. Jerónimo Luis de Cabrera, D. Gregorio Henestrosa y del Teniente 
de Santa Fe y Corrientes, Juan Arias de Saavedra. El más singu- 
lar de los nombramientos, y ciertamente desconocido, es el en que 
D. Jerónimo Luis de Cabrera, Gobernador de Buenos Aires, da título 
de Capitán general á guerra y Justicia mayor de todas las reduccio- 
nes del Uruguay, ó sea de todas las de la Compañía que pertenecían 
á la provincia de Buenos Aires, al cacique de la Cruz D. Ignacio 
Abiarú, dando al mismo tiempo testimonio de haber desempeñado 
ese mismo cargo D. Nicolás Nenguirú, cacique de la Concepción, 
caudillo bien conocido de la primitiva época de las Misiones. *Por 
cnanto estaba nombrado por Capitán general á guerra y Justicia 
mayor de las reducciones del Uruay y demás tocantes á este go- 
bierno D. Nicolás Ñengnirú y falleció etc.» La fecha es de 12 de 
Enero de 1643. Semejante á este documento es el publicado por Tre- 
lles en sus Anexos, núm. 47, en que el Gobernador de Buenos Aires 
D. Andrés de Robles nombra por capitán y teniente de la Candelaria 
á los caciques D. Luis Cumande^ai )' D. Pela3^o Taparí, con la ocasión 
que expresa: «Por cnanto los capitanes y tenientes que se nombran 
por este gobierno... en los pueblos y reducciones de indios al cui- 
dado de la Compañía... han venido á dar la obediencia que acos- 
tumbran cada g-o¿»/^;'wo...» fecha, Buenos Aires, 24 de Noviembre 
de 1674. 

Lo que sí causará extrañeza á primera vista es el hallar á los mis- 
mos Jesuítas mezclados á veces en la dirección de los asuntos de 
guerra. El P. Antonio Ruiz de Montoya, al pedir al Rey armas para 
los indios como medio necesario de defensa, proponía para evitar los 
inconvenientes que se habían alegado <íque las armas estén á cargo 
y en poder de los religiosos...^ teniendo para hacerlo algunos legos, 
y que éstos cuiden de adestrarlos en el manejo de estas armas»; 

da título de capitán al cacique Ayeo. — 1639, Febrero 1." D. Pedro de Lugo, Go- 
bernador del Paraguay, da título de maestre de campo de Itapúa al cacique An- 
tón Arambaré. — 1640, Diciembre 18. D. Ventura Mujica, Gobernador de Buenos 
Aires, da títulos de capitán á guerra de Concepción al cacique D. Nicolás Nen- 
guirú; de San Nicolás, al cacique D. Francisco Mbairobá, y al cacique D. Antonio 
Cuaracicá; de San Carlos, al cacique D. Teodoro Tembetay; de San Miguel, al 
cacique D. Francisco Abié; de San Cosme, al cacique D. Roque Guiracari'i. — 1643, 
Enero 12. D. Jerónimo Luis de Cabrera, Gobernador de Buenos Aires, da título 
de Capitán general y Justicia mayor de las Reducciones de la Compañía de su 
provincia al cacique D. Ignacio Abiarú, como lo tuvo el difunto D. Nicolás Nen- 
guirú.— 1641. Noviembre 4. D. Gregorio Henestrosa, Gobernador del Paraguay, 
da título de Corregidor y Justicia mayor de San Ignacio guazú al cacique D. Cris- 
tóbal Aberabay. — 1656. Tres títulos, dos de capitanes y uno de Alférez, dados por 
el Teniente de Santa Fe y Corrientes, Juan Arias de Saavedra. 



-IQl- 

«V que para adestrarlos en ellas, puedan llevar del reino de Chile 
algunos hermanos que hayan sido soldados^, etc. (1). Con esas mis- 
mas circunstancias se le concedieron en la decisión final del Virrey 
del Perú en Acuerdo de Justicia y Hacienda (2); y con esas se custo- 
diaron las armas en Doctrinas y fueron industriados los indios por 
los hermanos Coadjutores Antonio Bernal y Juan de Cárdenas al 
principio: y cuando éstos faltaron, por algunos otros y por los indios 
que de ellos habían aprendido algo. Mas, siendo siempre en corto 
número los hermanos Coadjutores que solía haber en las Doctrinas, 
hubo de recaer necesariamente en los Padres la custodia de las 
armas, el cuidado de que se conservasen en buen estado, y también 
la dirección de lo que se había de hacer para que no decayese la prác- 
tica que en las armas habían adquirido los Guaraníes. Así se ha visto 
en el artículo anterior la prescripción de que un Padre asistiese los 
domingos al simulacro, la de que mantuviese la afición á estos ejer- 
cicios, la de que cuidase de tener ó hacer fabricar el número de armas 
que se prescriben y otras. E igualmente se hubieron de señalar Pa- 
dres que ordenasen la manera de defenderse en asaltos repentinos; y 
para que procediesen con más probabilidad de acierto, seles dieron 
consultores, como se suele hacer en otras materias en la Compañía. 

Hízole esto novedad al P. General Goswino Nikel, quien en 
carta de 12 de Diciembre de 1652 al Provincial P. Juan Pastor, le 
dice: <íOtra cosa avisan también de las Reducciones que no acabo de 
entender con qué orden 6 licencia se practica. Dicen que está muy 
asentado el nombre de consultores de guerra y revisores de arnuis, 
á modo de capitanes generales^ que á sus tiempos van d visitar las 
armas que los otros Padres tienen á su cargo... Deseo saber cuál es 
el oficio y ocupación destos, y qué necesidad hay dellos.» Y luego 
ordena al Provincial que tratándolo con sus Consultores, no dé lugar 
á que se introduzca algún abuso ni costumbre menos propia de la de- 
cencia religiosa que pueda ser causa ó de escándalo á los seglares, ó 
de justo sentimiento á los Gobernadores y ministros del Rey; avisán- 
dole de lo que se hubiere resuelto en la consulta. 

La extrañeza en quien veía la cosa desde lejos era natural, y más 
justificada en el P. General, que velaba por la perfección religiosa de 
la Compañía y cumplimiento de su Instituto; pero teniendo presentes 
todas las circunstancias, cesa la extrañeza y en su lugar aparece la 
necesidad. Sucedía, en cuanto á las aimas, lo mismo que se ha visto en 
cuanto á los castigos. En las reducciones no había capitanes españo- 

(1) Memorial referido en la Cédula de 1640. Apénd. núm. 8. 

(2) Apéndice, núm. 12. 



-192- 

les; las ciudades de donde podía venir el auxilio distaban cincuenta, 
cien ó doscientas leguas; los enemigos estaban vecinos; y aun los le- 
janos asaltaban á veces de improviso. Dejar todo sin prevenir, era 
entregar las Reducciones á su ruina. Poner en absoluto la dirección 
en manos de los indios, era hacer cosa equivalente. Fué, pues, pre- 
ciso que, confiando á ellos la ejecución, se ejercitase por medio de los 
Misioneros la dirección de lo que se había de hacer. Por este motivo 
se nombraban, á lo menos desde el provincialato del P. Andrés de 
Rada, cuatro Padres de los más experimentados y prudentes, que se 
llamaban Superintendentes de guerra, y cuyo oficio era hacer que se 
tomasen las providencias 3' se ejecutasen las operaciones necesarias 
en caso de un asalto repentino, mientras se solicitaba el auxilio, que 
las más veces no llegaba ó llegaba tarde por la gran distancia. Uno 
cuidaba del alto Paraná, otro del alto Uruguay, parajes ambos por 
donde acometían los mamelucos; otro del Uruguay abajo desde la al- 
tura de Yapeyú, por donde solían atacar los charrúas, 3'arós, mboha- 
nes 3^ guenoas; y el cuarto de los pueblos del Paragua3' hacia el Paraná 
llamados ^//^¿/os de abajo^ adonde llegaban los rebatos de abipones 
y gua3'curús. Cada uno de estos Padres tenía dos Consultores de 
guerra, cuyo parecer debía oir antes de tomar resolución; y tanto 
para el caso de tener que obrar solo, como para el de hallarse presente 
el Superior de las Misiones, se prescribía entre otras cosas (todas 
inspiradas por la previsión y la experiencia), que á las juntas ó con- 
sultas se hallasen presentes los caciques 3' principales jefes, porque 
habiendo de ser ellos quienes ejecutasen lo resuelto, lo harían con más 
empeño y eficacia habiendo entendido las razones 3^ tenido parte en 
la deliberación, y los demás irían con más gusto, viendo que aquello 
salía de sus caciques (1). Estos cargos fueron continuándose en ade- 
lante y así se encuentran en la designación de oficios hasta el tiempo 
del extrañamiento, 1767, en el Archivo general de Buenos Aires (2). 
La necesidad de la defensa de los indios, 3' aun de la propia, que 
es ley natural, daba á los Jesuítas el derecho de obrar así; quien lo 
negara sería un insensato; 3^ quien de aquí sacara, como pretendió 
Ibáñez (3), un cargo de usurpación de derechos ma3^estáticos, no puede 
eximirse de la tacha de malvado; pues de donde debía tomar fun- 
damento para la alabanza, saca materia de crimen. Y si no, véase á 
quién se hubiera echado la culpa de un descalabro ó de un desastre 



(1) Roma, Archivio di Stato: Gesttiti, Paraguay: Instrucciones del P. Rada en 
1665. 

(2) Buenos Aires: Arch. gen. Papeles de Jesuítas, varios legajos. 

(3) Reino Jesuítico, parte l.'^, art. IIT, § IV. 



- 193 - 

general que hiciera perecer todas las Reducciones. La odiosidad y 
responsabilidad hubiera recaído sin duda sobre los Misioneros y sobre 
su Superior, si se les hubiera probado que, pudiendo influir en que los 
jefes indios tomasen una ú otra determinación que salvara la gente de 
su ruina, no lo hubieran hecho. Y nadie tiene responsabilidad donde 
no tiene derecho 3" facultad de obrar ó no el hecho de que se le hace 
responsable. 

Si el Rey de España hubiera resuelto poner en las Doctrinas ofi- 
ciales militares europeos, los Jesuítas no lo hubiesen repugnado; y 
hubieran obedecido puntualmente, como obedecieron en entregar las 
armas de fuego. No se juzgó esto conveniente, y en realidad parecía 
arriesgado el caso por el fundado temor de alborotar los indios; y así 
fué preciso emplear el medio más obvio que dictaba la razón misma 
para no abandonar las Misiones á su total ruina. La prueba más pa- 
tente de la inocencia de los Jesuítas en esta materia, 3' de cuan lejos 
estuvo de su ánimo el cometer usurpación alguna de potestad, se ve 
en la ingenuidad con que en unas mismas listas mezclan los cargos 
de confesores de los religiosos y Consultores de la disciplina domés- 
tica con los de la vigilancia para los casos urgentes de guerra. Y sin 
duda que el P. General debió quedar sin recelo alguno, pues en la co- 
rrespondencia no se descubre en adelante rastro de reprensión ó ex- 
trañeza. 



13 Organización Social de las Doctrinas Guaraníes 



CAPITULO VII 



RÉGIMEN ECONÓMICO: LA AGRICULTURA 

1. Plantas cultivadas. — 2. Orden del cultivo. — 3. La yerba. — 4. Modo como se 
beneficiaba la yerba. — 5. Ganadería.— 6. El Abambaé.—l. El Tupambaé. — 8. La 
propiedad en las Doctrinas. — 9. Una dificultad, y resolución del P. Muriel. 



Conocida ya la organización de la sociedad doméstica, del cuerpo 
municipal y de la función política cual se hallaba en las Doctrinas 
Guaraníes del Paraná y Uruguay, en cuanto ha sido posible preci- 
sarla con los datos hoy todavía subsistentes; toca ahora investigar 
el modo cómo se proporcionaban los habitantes de aquellos pueblos 
los bienes materiales necesarios para la vida. Y«sto es lo que aquí 
se expondrá, empezando por lo que entre ellos era la base de todo el 
orden económico, á saber, la agricultura. 



PLANTAS CULTIVADAS 

Las dos plantas que constituyeron el sustento de las Reducciones 
eran el maíz, Zea mais, y la mandioca, latropha manihot, Linn.; á 
las que se agregaba la batata. 

El maíz, en Guaraní llamado abatí, era la planta que en aquellas 
latitudes representaba, en la alimentación de los naturales, lo que el 
trigo para los europeos, y el grano que mayor abundancia mostraba 
en su multiplicación. En efecto, aunque el trigo se produce en las 
Misiones y en todo el Paraguay, no rinde, sin embargo, fruto abun- 
dante, y pasados pocos años, degenera, siendo necesario renovar la 
semilla. El maíz, por el contrario, puede dar, no una, sino varias co- 
sechas anuales. Machacado el maíz, fórmanse con él una especie de 
tortas que se cuecen al horno con grasa y queso, y son el chipá ó 



-195- 

pan de la gente del campo. Quebrantado ligeramente en un mortero, 
cribado de modo que se separe de la película, y luego cocido con le- 
che ó con agua y azúcar de modo que forme una masa espesa, se 
llama jnasamorra/y preparado del mismo modo, cociéndolo con agua 
y sal en masa menos espesa, á que se añaden á veces trocitos de 
carne, es el locro. Tostado, lo comen como los europeos el pan. Fer- 
mentado en agua, da la chicha, bebida que entre los Guaraníes equi- 
valía al vino. 

La segunda planta en importancia, después del maíz, es la man- 
dioca. Es una planta herbácea que se levanta uno, dos y hasta tres 
metros del suelo. Como casi todas las Euforbiáceas, á cuya familia 
pertenece, encierra un jugo acre, que hace venenoso el uso de cual- 
quier parte sólida de ella, y aun del agua en que ha hervido ó se ha 
macerado. Sólo hay una especie que no sea venenosa. No obstante, 
aun de la venenosa se saca una gran utilidad y un precioso alimento. 
La utilidad es la del almidón, que contiene su fécula, y se utiliza sin 
previa preparación especial. El alimento es doble, y se obtiene por 
repetidos lavados de la raíz tuberculosa; el agua arrastra consigo el 
jugo venenoso, y lo que queda es comestible; si se raspa grosera- 
mente, constituye \^ fariña de pao (harina de palo) como la llaman 
los portugueses, que también dicen absolutamente /ar/'/ía, y es aun 
hoy día un alimento principal del pueblo en el Brasil. Si quebranta- 
da y rallada se deja en suspensión en el agua, la parte más fina que 
todavía queda suspendida después del reposo, es la tapioca, muy co- 
nocida también por sus excelentes cualidades alimenticias. Pero la 
mandioca que los Guaraníes cultivaban es la especie no venenosa, 
que se llama aipí, Manihot paUnata, var. aypi, Parod. (1). Es la 
mandioca dulce, á diferencia de la nociva que llaman mandioca bra- 
va. Distinguen también la una de la otra, llamando Mandiog-poropí 
á la dulce, y Mandiog-eté (mandioca mayor) á la brava, por ser sus 
tubérculos mucho mayores. Comen cocidas las raíces á manera de 
pan. Otras veces, parten el tubérculo en pedazos, los secan al sol un 
par de días, y molidos y hechos harina, amasan una torta que calien- 
tan al fuego sólo tostándola; éste es el mbeyú que también es una 
clase de pan usado ya sea tierno, ya sea duro, en cuyo caso le llaman 
mbuyapé ata, pan fuerte ó bizcocho. También usan de varios modos 
de las raíces secadas al fuego ó al humo (2). 

A estos dos principales alimentos se añadía la batata, en Guaraní 

(1) Notas sobre algunas Plantas usuales del Paraguay, de Corrientes y de 
Misiones, Buenos Aires, Coni, 1886, pág. 8. 

(2) Lozano, Conquista, lib. I, cap. X. 



58 



-196- 

yetí, que es el Convolviihis batata, tubérculo de sabor dulce, en la 
figura semejante á la papa ó patata. Alcanza fácilmente una magni- 
tud doble del puño; y sus vastagos, apenas salen de debajo de tierra, 
cuando se esparcen por la superficie, y aunque se siembran en surcos 
á distancia casi de un metro, pronto se hallan enlazados los tallos, 
de los que se desprenden raíces adventicias, que forman otras tantas 
plantas nuevas al profundizar en el suelo. Usábanlas los indios sea 
cocidas con agua, sea asadas al fuego. 

Aunque éstas eran las plantas alimenticias principales, se culti- 
vaban también otras varias, como habas, porotos ó habichuelas, gui- 
santes, lentejas, trigo, cebada, caña de azúcar, zapallos ó sea cala- 
bazas, y pepinos con otras cucurbitáceas, todo en pequeñas can- 
tidades. 

La planta propia para el vestido de los indios era el algodón; y 
así ésta por su necesidad era cultivada en abundancia. 



II 
ORDEN DEL CULTIVO 

Los Guaraníes de las Misiones formaron un pueblo agricultor. 
Éranlo ya en el tiempo de su gentilidad, pero, no bastándoles el fruto 
de su cultivo para sustentarse, á causa de su corta providencia, 
tenían que recurrir á la pesca y caza en varios tiempos del año. Los 
Jesuítas procuraron fomentar en ellos la agricultura hasta asegurar- 
les el sustento, y lo consiguieron. Aquí todos son labradores, dice el 
Padre Cardiel (1), desde el Corregidor y Cacique más principal, 
hasta el menor indio, y desde el día que se casa, se le señala tierra 
para su sementera. Como éste era el principal cuidado (aunque to- 
dos ejercitaban también la milicia), no había ninguno que no tu- 
viese su chacra ó tierra de labor; y mientras se hallaba en el servicio 
militar, era su chacra cultivada por otros, á fin de que á su vuelta 
no encontrase perdidas las cosas de su labranza. 

Las faenas agrícolas que pedían más atención y trabajo, el labrar 
y sembrar y asegurar el crecimiento de las diversas cosechas, dura- 
ban siete meses, poco menos, cada año, á saber, desde Corpus hasta 
Navidad. En este tiempo cesaban los oficios comunes, pues aun los 

(1) Declaración de la verdad, s 101. 



-197- 

oficiales de los talleres eran agricultores (1), y después de oir Misa 
cada día se iba cada uno á su chacra todo el día; conservando volun- 
tariamente y no por obligación la cristiana costumbre de oir la santa 
Misa aun en los días de hacienda los que tenían cerca del pueblo sus 
sementeras. Cuando las sementeras estaban distantes, como sucedía 
en algunos pueblos, pasaban todo el tiempo en la sementera; y sólo 
se recogían al pueblo cada sábado para oir la Misa de precepto el 
domingo, y para asistir á la explicación del catecismo y plática mo- 
ral, y celebrar el dia de fiesta. 

Por lo mismo que el maíz era la base del sustento, y se lograba 
con tanta facilidad, procuraron los Misioneros que lo hubiese en gran 
abundancia; y así, industriaron á los indios á sembrarlo cuatro veces 
cada año (2), con loque, aunque tuvieran arregladas todas las otras 
sementeras, se procuraban cuatro cosechas de este útilísimo cereal. 

La labranza se ejecutaba con bueyes, y cada indio casado pedía 
á su cacique y recibía de él un par de bueyes, que le servían para 
cultivar su chacra ó sementera. Los instrumentos en los principios 
fueron muy primitivos é imperfectos, como los tenían los indios en 
su barbarie, cuando su cultivo se reducía á despejar el terreno pe- 
gando fuego á la maleza, hacer con palos aguzados unos hoyos en el 
suelo, y enterrar en ellos los granos de maíz y otras semillas. Más 
tarde, logrando azadón de hierro, suplieron con él la falta del arado, 
cavando la tierra en vez de voltearla. Al fin, cuando pudieron tener 
animales de labranza, usaron el arado europeo, en la forma que ahora 
ya se desecha para usar los arados de hierro modernos, pero que 
entonces era la más perfecta; cuya única pieza de hierro era la reja. 

Para sembrar el algodón, que se procuraba tuviese también cada 
uno, elegíanse las tierras más dilatadas, y después de roturarlas con 
el arado y desmenuzar la gleba, cuando ya no quedaba sino una 
masa pulverulenta, se abrían en ella surcos equidistantes; luego se 
echaban en el surco no uno ni dos granos de cañamón sueltos, sino 
cuantos podían caber en un puño, y se cubrían con poca tierra y bien 
desmenuzada, dejando entre puñado y puñado un espacio como de 
siete decímetros de intervalo á fin de que al germinar y crecer los 
tallos á modo de arbustos, por ninguna parte tropezasen unos con 
otros, y libremente pudieran orearse con la exposición al viento de 
todos lados, para que no los abrasara el calor. El algodón es planta 
que requiere suelo muy limpio, no sólo antes de florecer^ sino aun 
después de llevar fruto; cuanto más limpio esté el terreno, tanto más 

(1) Ibid. § 113. 

(21 Relación de las Misiones de Guaraníes, prope med. 



-198- 

abundante será el fruto, á no ser que lo seque la bruma ó la escarcha; 
mas si el espacio que queda entre mata y mata de algodón se llena de 
yerbas inútiles no se recogerá nada ó muy poco de algodón (1). 



III 
59 LA YERBA 

Hora es ya de decir algo de la tamosa. yerba del Paraguay, co- 
nocida en las comarcas del Río de la Plata con el nombre de caá, 
yerba sin añadidura alguna, yerba por antonomasia. Podrá pensar 
alguno que la mención de la yerba debía guardarse para compren- 
derla entre las industrias, y de hecho se dice la industria yerbate- 
ra; pero además de que la misma agricultura se ha considerado 
como industria extractiva, llamándola industria agrícola; ha}' una 
razón especial para incluir la yerba que recogían los Guaraníes en- 
tre los productos agrícolas; y es que ellos no se limitaron á beneficiar 
la planta de los bosques, sino que, cuando les fué posible, la cultiva- 
ron en sus pueblos. 

La yerba mate, Ilex paraquariensis DC, no tiene de yerba 
sino el nombre, porque es, no yerba, sino hoja de un árbol después 
de tostada y molida. El árbol que la produce es, en su figura y en su 
hoja, muy parecido al naranjo, y alcanza desde cinco metros hasta 
10 y 12 de altura, dándose algunos ejemplares que llegan á 15. Su 
región geográfica es la América del Sur entre los grados 25° y 32" 
de latitud S., y muy en especial en los parajes cercanos á los ríos 
Uruguay y Paraná. 

Sólo los indios Guaraníes entre las demás razas bárbaras cono- 
cieron y tuvieron uso común de la yerba; y por ellos fueron conoci- 
das sus propiedades entre los españoles, quienes la empezaron á 
emplear no sólo en el virreinato de la Plata, sino también en Chile 
y el Perú; como los portugueses la emplearon en el Brasil; y los 
efectos que de ella se experimentaron fueron tan ventajosos que aun 
hoy día persevera el uso de la yerba. 

La yerba mate tiene las cualidades del te, á las cuales añade 
algunas suyas propias. Tónica y digestiva, excitante y además diu- 
rética la ha mostrado la experiencia cuotidiana. Hay más: las cua- 

(1) Relación de las Misiones de Guaraníes, § Reliqua etiam civilis, prop. med. 



-199- 

lidades que en ella señaló el hermano Montenegro, antiguo enfermero 
Jesuíta de las Misiones, de servir de remedio contra las cámaras ó 
diarrea tomada con sal, contra la relajación general de los miembros 
ocasionada del calor y sudor, ó contra insolaciones, si se toma la 
infusión en agua fría; no sólo tienen la confirmación que él ya alega 
de la experiencia de los indios; sino también un fundamento presun- 
tivo de mucho valor en los análisis químicos que se han practicado 
de esta planta. Pues, aunque todavía se pueda desear mayor preci- 
sión que la que ofrecen los análisis cuantitativos hechos hasta 
ahora (1), los análisis cualitativos, desde el primero que publicó el 
Dr, Domingo Parodí en 1859 (2), convienen en señalar en ella la 
teína, principio inmediato idéntico al del te; el tanino de yerba, que 
es el ácido cafetánico; y una cantidad no despreciable de albúmina 
vegetal. Este último elemento se coagula en parte por la torrefacción 
incompleta al aire libre que se hace sufrir á la hoja; y es el que ex- 
plica el hecho muchas veces observado de que la infusión de yerba 
permita á un indio caminar ó trabajar largo tiempo, y en ocasiones 
días enteros, sin sentir necesidad de alimento ni descaecerle las 
fuerzas, como también sucede con la coca del Perú. En virtud áe\ 
principio proteico, la yerba mate es un verdadero alimento. 

La yerba se toma ordinariamente en las regiones del Río de la 
Plata en una vasija denominada tnate ó porongo, hiá en Guaraní. 
Es la mitad de una calabacita de unos 16 centímetros de longitud 
por 8 de diámetro partida por medio y excavada para formar dos 
recipientes. Suele añadirse á la boca del mate un aro de plata ó de 
metal. Pónese dentro tanta yerba molida cuanta cabe en la palma de 
la mano, y luego se añade agua bien caliente, ó fría si se usa para 
ciertos remedios. Los indios solían aplicar la boca, tragando junta- 
mente el agua de la infusión y la hoja del mate: lo más común es 
usar de un cañutillo con boquilla de plata, llamado bombilla, con el 
cual se chupa á sorbos la infusión. Tomaban los indios el mate cima- 
rrón, esto es, sin endulzar y con el amargor natural de la yerba: 
los europeos le añadían azúcar. 

Precisamente en el modo de usar esta bebida se ha tropezado con 
un estorbo que quizá es la causa de no haberse propagado más una 
planta que nada debe al te ni al café. La bombilla y el mate ó reci- 
piente ha de pasar de boca en boca, pues no suele haber sino uno ó 
dos para muchos que se junten á tomarlo: y esto deja bastante que 

(1) Parodí, Notas sobre algunas plantas usuales del Paraguay, de Corrientes 
y de Misiones, art. Caa-mí, pág. 33. 

(2) En la Revista farmacéutica de Buenos Aires. 



60 



- 200 - 

desearen cuanto á limpieza. Cuando se ha querido emplear en tazas 
á la manera de las otras infusiones, el líquido, en vez de ser entera- 
mente trasparente, ofrece el mismo color verde de la yerba, que á 
algunos produce repugnancia: dicen además los peritos que esa infu- 
sión que se prepara separada de la yerba, que llaman mate cocido, 
pierde el sabor y otras propiedades. No obstante, el mismo Dr. Pa- 
rodi, que hizo cuidadosos estudios de esta planta, puso en práctica 
un medio con que sin quitar á la yerba su aroma ni sus demás cuali- 
dades, se logra obtener el líquido trasparente (1). 



IV 
MODO COMO SE BENEFICIABA LA YERBA 

Aunque los Misioneros procuraron que los Guaraníes fueran 
plantando yerbales cerca de sus pueblos, para evitarles los largos 
viajes á territorios lejanos, con los daños consiguientes en ausentarse 
de sus casas dejando la compañía de sus familias; no obstante, sólo 
cinco ó seis pueblos de los treinta habían logrado esta ventaja hasta 
el año de 1742, en que parece escrita la Relación de Misiones (2). Y 
estos habían de andar diligentes en cavar á menudo y cultivar lo 
plantado; pues si bien este árbol, en su terreno nativo, crece espon- 
táneamente y no necesita de cuidado alguno, trasladado á otra 
parte, se seca si no es atendido con esmero. 

Los demás pueblos, que carecían de yerbales hortenses, era for- 
zoso que emprendieran penosas expediciones hasta encontrar en el 
alto Paraná ó en el alto Uruguay los puntos donde pudiesen proveerse 
de la necesaria yerba, que no sólo había de servir para su consumo, 
sino también para pagar el tributo al Rey, 

Para estas expediciones se aprovechaba el tiempo que quedaba 
desocupado después de las tareas de siembras y labranzas. Como un 
centenar de indios de cada pueblo de los del Paraná, cargaban sus 
provisiones en una barca, y emprendían el camino río arriba hasta 
llegar á los yerbales ó selvas en que hay abundancia de árboles de 
yerba, que tenían bien conocidas. Desembarcaban allí y se inter- 
naban una ó más leguas, donde recogían y preparaban la yerba, 
ensacándola en los mismos cueros que les habían servido para llevar 

(1) Parodi, Notas, etc. pág. 28. 

(2) Relación de las Misiones de Guaraníes, §. Quod ómnibus. 



- 201 — 

los bastimentos y en otros que ;l prevención llevaban. Y así como 
acuestas habían traído las provisiones desde su barca, así acuestas 
ahora acarreaban poco á poco la j'-erba recogida; y emprendían 
su viaje de regreso río abajo. Duraba la recolección de tres á cuatro 
meses, y otro mes y medio se empleaba en el viaje de ida y vuelta. 

Los Guaraníes de las reducciones del Uruguay iban á sus yerba- 
les en muías, llevando por provisión quinientas ó seiscientas ó hasta 
mil cabezas de ganado vacuno con ciento cincuenta ó doscientas 
libras de tabaco y otras tantas de yerba que necesitaban para su con- 
sumo: además barretas de hierro, hachas y cuchillos grandes en can- 
tidad. Todo lo cual cargaban en uno ó dos carros no muy grandes 
tirados por bue3^es. Llevaban además una tropilla de doscientos cin- 
cuenta bueyes para los sesenta á ochenta carros en que habían de 
traer la yerba una vez cosechada; y aunque los carros que cons- 
truían no eran grandes, necesitaban uncir tres pares de bueyes á 
cada uno por la dificultad de los caminos. Luego que llegaban á los 
yerbales, fabricaban el rancho cuidadosamente revestido de paja 
donde se habían de depositar las hojas tostadas ya y groseramente 
desmenuzadas y que era necesario conservar á cubierto de la hume- 
dad, pues las hojas que llegan á humedecerse toman un color negro 
y resultan inútiles. Luego se repartían á las diversas faenas: unos 
buscaban los árboles del mate, cortaban las ramas y las acarreaban 
al paraje destinado para la torrefacción; otros buscaban maderas 
secas, las traían y las amontonaban para alimentar el fuego: otros 
armaban un zarzo de cañas ó de varas bastante largas levantadas 
dos metros del suelo; otros en los troncos de árboles que habían 
derribado excavaban unos morteros en que se había de majar la 
yerba. Al hacerse de noche, divididos en cuadrillas, encendía cada 
cuadrilla su hoguera, y en ella chamuscaban rápidamente las hojas 
con las ramas, y luego las iban poniendo en el zarzo, preparando 
debajo otro fuego lento, sin llama, que mantenían toda la noche, con 
lo que las hojas se tostaban, modificándose ó cociéndose su jugo. 
Venida la mañana, descargaban el zarzo; y mientras los demás 
continuaban sus operaciones de cortar y traer ramas de mate y leña 
para tostar; unos cuantos quedaban en el paraje del zarzo, y revol- 
viendo la parte ya tostada, echaban fuera las ramas y pecíolos, y 
estregaban las hojas entre las manos desmenuzándolas; y en seguida 
las molían con pilones en sus morteros, y las cerraban cosiéndolas 
en sacos de cuero, formando cada saco un tercio de yerba ó siirrón 
de yerba, que contenía el peso de seis á ocho arrobas. Si durante 
la faena ocurrían algunos días de lluvia, se interrumpía el trabajo 



- 202 - 

de la yerba, y se ocupaba el tiempo en fabricar carros y 3"ugos para 
la vuelta. Si la temporada había sido feliz, sin enfermar na- 
die, ni llover demasiado, volvía cada indio con su carro cargado 
de dos tercios, y si alguno había sido muy diligente, de tres tercios 
de yerba: en caso contrario, cada dos traían un carro con dos sacos. 

En llegando al pueblo y descargando, la primera acción era ir á 
la iglesia, donde se celebraba una fiesta de acción de gracias. 

Toda la preparación explicada tenían que hacer igualmente los 
indios del Paraná, sólo que les era más fácil la vuelta, dejándose 
llevar de la corriente; y estos detalles que nos ha conservado el 
autor de la Relación de tas Misiones de Gnaranís (1), muestran que 
no difería sensiblemente el procedimiento empleado hace ciento cin- 
cuenta años para beneficiar la yerba, del que se emplea actualmen- 
te, según la descripción del investigador D. Carlos R. Gallardo (2). 

Vese también que los Guaraníes no preparaban sino el mate lla- 
mado caatninl, ó caantirí, y abreviado caanií (caá, hierba; niiní, 
niirí ó mi, pequeño). La yerba caaininí era la j^erba menuda, de la 
cual con selección paciente se habían quitado las ramitas y pecíolos: 
la otra yerba en que iban juntas hojas y tronquitos, se llamaba 
yerba de palos. Y generalmente hablando, la yerba caaminí alcan- 
zaba, en los parajes donde era usada, doble precio que la de palos; 
no siendo empleada apenas en las provincias del Río de la Plata, 
que buscaban la de palos; y siendo por el contrario mu}^ estimada en 
Chile y en el Perú. 

Al ser expulsados los Jesuítas en 176S, los Padres habían logrado 
ya que todas las Doctrinas tuviesen sus 3"erbales de plantación (3), 
con lo cual se aliviaba enormemente el trabajo de los indios, en em- 
prender largos viajes residiendo meses enteros fuera del pueblo. 
Los yerbales hortenses sólo exigían diligencia en cavarlos y regar- 
los. Y es observación singular que, así como los beneficiadores para- 
guayos no llegaron nunca á preparar una yerba caaminí del aroma 
y cualidades de la de los indios, aunque lo intentaron alguna vez; 
así tampoco lograron aclimatar en plantíos hortenses el árbol, como 
lo habían hecho los indios; «á pesar de que yo mismo», dice el Padre 
Cardiel (4), «les llevé semillas y expliqué el método que se em- 
pleaba». 

Y puesto que hay muchos curiosos de saber cuál fué el procedi- 

(1) § cit. 

(2) Gallardo, La industria yerbatera en Misiones; pág. 77, ed. Buenos Aires, 
1898. 

(3) Caküiel, De moribus gnaraniorum, s. Herba. 

(4) Ibid. 



-203- 

miento que los Jesuítas emplearon para aclimatar la yerba en los 
pueblos (hecho que no sólo consta en las Relaciones de los Misione- 
ros, sino en las descripciones que más tarde hicieron de los restos de 
yerbales aún subsistentes los que publicaron noticias sobre aquel te- 
rritorio, y que está hoy patente á los exploradores por sus vestigios 
de plantíos, como puede verse en el mapa últimamente publicado 
por D. Carlos R. Gallardo (La Industria yerbatera en Misiones) 
donde se ven los restos de yerbales en los quince pueblos de las Misio- 
nes argentinas) y aun se han esparcido fábulas y consejas sobre este 
punto; no estará de más transcribir aquí la explicación cumplida del 
método, que dio el P. José Cardiel en su Breve relación, cap. V 
número 45. El testigo es de completa autoridad, porque habla de lo 
que se hizo en su tiempo y en que él mismo intervino. «Aplicáronse 
los Padres Jesuítas á hacer 3''erbales en el pueblo, como huertas de 
él. Costó mucho trabajo, porque la semilla que se traía, no prendía. 
Es la semilla del tamaño de un grano de pimienta, con unos granitos 
dentro rodeados de goma. Finalmente, después de muchas pruebas 
se halló que aquellos granitos, limpios de aquella goma, nacían; y, 
trasladando las plantas tiernas del semillero bien estercolado á otro 
sitio, y dejándolas allí hacer recias, después se trasplantaban al 
yerbal, y regándolas dos ó tres años, prendían y crecían bien; y 
después de ocho ó diez años se podía hacer yerba. Es planta muy 
delicada; y con toda esta industria }' trabajo se logra. Los españo- 
les, viendo estos yerbales, han pretendido hacer lo mismo en sus 
casas y granjas, para librarse del mucho consumo de muías que 
hacían por sierras y montes, haciendo y trayendo yerba; y yo les 
he dado semilla y receta, para que lo hagan; mas nunca lo consi- 
guen, aun siendo las tierras del Paraguay más apropósito para esta 
planta que las de otros países.» 

Salidos los Jesuítas, los yerbales hortenses de los pueblos quedaron 
descuidados, y los indios hubieron de subir á hacer yerba por el alto 
Paraná y alto Uruguay. 



V 

GANADERÍA 61 

Parte de la agricultura es la crianza de animales útiles al labra- 
dor. Los más importantes y de los que se conservan datos más cir- 
cunstanciados son las reses de ganado vacuno. De los demás, caba- 



- 204 — 

líos, muías, asnos, ovejas y cabras, apenas se sabe otra cosa que 
su número, que consta de las tablas formadas en tiempo del ex- 
trañamiento, las cuales pueden verse en el Archivo general de Bue- 
nos Aires (1). 

Por experiencia vieron los Misioneros que no bastaban para que 
tuvieran la subsistencia asegurada tanta muchedumbre de gente las 
sementeras y cosechas, que ó por granizos, ó por falta de lluvias ó 
por la irremediable negligencia de los cultivadores, resultaban esca- 
sas; y así hubieron de pensar en procurar animales, en especial ga- 
nado vacuno, que ya en tanto número se había multiplicado en las 
posesiones de los españoles. Con algunas vacas dadas de limosna de 
los colegios de la Compañía se entabló este nuevo recurso ya en las 
misiones del Guayrá (2). Todo aquello se perdió en el estrago gene- 
ral que hicieron los mamelucos; pero se volvió á reparar en las re- 
ducciones del Tape. Atropellados también los indios en este nuevo 
paraje en 1636, muertos muchos con inhumana crueldad, y llevados 
otros como perpetuos cautivos por los mamelucos á su madriguera 
de San Pablo; fué necesario de nuevo retirar las reducciones tierra 
adentro, abandonando los parajes poblados ya. El gran número de 
vacas que habían quedado necesariamente abandonadas, vagueando 
y multiplicándose en un país donde no eran molestadas y donde había 
abundancia de pastos, vino á formar una cantidad enorme de ga- 
nado alzado entre las reducciones del Uruguay y el mar, extendién- 
dose hasta el territorio que más tarde ocupó Montevideo; ésta fué la 
que se llamó vaquería del mar, por dilatarse hacia la costa de la 
actual República Oriental. Por muchos años tuvieron recurso para 
su sustento los indios Guaraníes en esta vaquería, con el trabajo que 
luego se dirá. El año 1720 pidió á los pueblos de quienes conocida- 
mente eran aquellos ganados, licencia para sacar 30000 vacas un ve- 
cino benemérito de los Guaraníes por servicios que les había presta- 
do. Conseguida la licencia, ejecutó su operación; y el buen logro 
que en ella tuvo, movió á otros á solicitar la misma facultad (3). Mas 
como no se les concediese, por no arruinar aquel medio de subsisten- 
cia de los pueblos; suscitaron pleito contra los indios sobre que aquel 
ganado era realengo, como criado en terrenos del Rey, y que el Go- 
bernador de Buenos Aires podía dar licencia para sacar vacas de 
allí. El pleito fué sentenciado en contra de los pueblos Guaraníes, y 
el Gobernador dio licencia á cuantos quisieron vaquear; lo cual 

(1) Arch. gen.: leg. Misiones, varios años, 3. 

(2) Cardikl, De moribus guaran, c. 3. 

(3) Ibid. 



-205- 

se hizo con tanto desorden y apresuramiento, que dentro de pocos 
años estaba destruida la Vaquería del mar. 

Hubo que pensar en proveer de remedio á los Guaraníes, que ab- 
solutamente necesitaban de un criadero para su consumo. Registrado 
el territorio de las Reducciones, se hallaron en la parte oriental, á 
distancia de unas 70 leguas de los pueblos del Uruguay (1), unos di- 
latados campos aptos para el ganado, y rodeados de espeso bosque 
que los circundaba formando una faja de tres á cinco leguas de an- 
chura. Allá se introdujeron, abriendo camino con gran trabajo, unas 
ochenta mil cabezas de ganado recogidas de la antigua vaquería y 
amansadas, resolviendo que no se tocasen en ocho años, con lo cual, 
según la experiencia habida en otras ocasiones, se calculaba que 
habían de llegar á cuatrocientas ó quinientas rail, pudiendo entonces 
empezar á proveerse los pueblos con orden para que no se consumie- 
sen. Esta fué la que se llamó Vaquería de los Pinares, por los bos- 
ques de pinos que allí se crían, y lleva hoy todavía el nombre de 
Campos de Vaccaria que es lo mismo que Campos de la vaquería. 

Mas antes que tuviese tiempo de realizarse la esperanza de los 
Guaraníes, ya los portugueses del Brasil, invadiendo aquel territo- 
rio, que era de la Corona de España, habían abierto un gran camino 
por su parte y hecho un destrozo que destruyó totalmente aquel 
ganado. 

Hacia 1731, y urgiendo la necesidad de tener ganado vacuno de 
repuesto, se tomó la última resolución, que esta vez tuvo buen efec- 
to. Eligióse en las estancias de Yapeyú un espacio de diez leguas en 
cuadro, lo que se pudo hacer, pues eran tan dilatadas aquellas pose- 
siones, que medían cincuenta leguas de largo y treinta de ancho. En 
este cuadrado se introdujeron cuarenta mil de las vacas esparcidas 
por toda la estancia, las cuales se habían de ir amansando y deján- 
dolas propagar por ocho años hasta que llegasen á doscientas mil. Y 
en adelante, puesto que las vacas estaban en el distrito de un pueblo, 
no habían de ir los otros á vaquear, sino simplemente comprar las 
vacas que necesitasen á los de Yapeyú; y puesto que eran vacas 
amansadas, se dispuso que se pagasen un real más que las silvestres, 
y por tanto valiesen cuatro reales cada una, ó sea medio peso. Otro 
tanto se hizo en las estancias de San Miguel, que eran con las de Ya- 
peyú las más extensas de las Reducciones. Estableciéronse en los lí- 
mites de las dos estancias pastores especiales que las guardasen y 
se pusieron en ellas un Sacerdote y un Hermano Coadjutor que pu- 

(1) Cardiel, loe. cit. 



— 206 — 

diesen atender á los indios, demasiado alejados del pueblo, y de esta 
manera perseveraron hasta los trastornos de 1750 (1). Puede verse 
en el P. Escandón (2) el destrozo que el ejército y los vecinos de 
Montevideo hicieron entonces en la estancia de Yapeyú, como igual- 
mente lo hicieron los portugueses en la de San Miguel. Los demás 
pueblos conservaron sus estancias ó sea dehesas de ganado, mucho 
menores que aquellas dos, y que tenían de ocho á diez leguas de 
extensión, proveyéndose de allí, y en caso preciso, acudiendo á com- 
prarlas á Yapeyú. 

Mientras duraron las vaquerías de ganado alzado ó salvaje, 
la operación de vaquear, es decir, de recoger para utilizarlas cierto 
número de cabezas de ganado vacuno, era muy trabajosa. Cincuenta 
ó sesenta indios, provistos cada uno de cuatro ó cinco caballos de 
remuda, se iban á los campos donde pacía el ganado cerril. Lle- 
vaban consigo una pequeña cantidad de vacas mansas, que colocaban 
en algún collado, de modo que fácilmente pudiesen ser vistas de las 
silvestres; y guardando esta tropilla quedaban unos cuantos á caba- 
llo. Los demás se esparcían para rodear y asustar las vacas salvajes, 
acorralándolas y empujándolas. Los animales azorados, viendo la 
tropa de vacas mansas, se iban acercando allá, y entonces los guar- 
dadores se espaciaban y les abrían paso. Por la noche era preciso 
encender hogueras en derredor, y con eso se contenía el ganado bra- 
vo, que de otro modo se abría paso por enmedio de los guardas y se 
desbandaba otra vez. En acabando de recoger las vacas de aquellos 
contornos, pasaban á otro paraje, arreando las ya recogidas; para lo 
cual un jinete marchaba delante, y los demás rodeaban el rebaño 
y lo iban haciendo mover, sin hostigarlo demasiado para que no se 
embraveciera y dispersara. Con esta tarea continuada durante dos 
ó tres meses, recogían los cincuenta indios, en espacio de cien leguas, 
cinco ó seis mil vacas para su pueblo. A veces, con más largo traba- 
jo, se juntaban diez, doce y aun veinte mil. Conducida toda esta va- 
cada á los pastos del pueblo, era allí dividida en trozos, cada uno de 
algunos miles, que reciben el nombre de rodeos, y se separaban unos 
de otros por ríos, esteros ó zanjas. Para domesticar las reses, se re- 
cogían en un paraje algo eminente ó en un cercado de palos. Esta 
recogida se verificaba al principio cada día; y más tarde, dos veces 
por semana; y se detenía el ganado junto por tres horas (3). 

La cantidad de ganado vacuno que poseyeron las Doctrinas tuvo 

(1) Cardiel, loe. cit, 

(2) Transmigración de los siete pueblos, § 23. 

(3) Cakdiel, loe. cit. 



-207- 

sus alternativas. Cuando los Guaraníes de Loreto y San Ignacio de 
Guayrá llegaron al Yabebirí después de su penosa emigración de 
1631, no tenían ni una vaca con qué remediarse, habiendo tenido que 
abandonar todo su ganado. La generosidad del maestre de Campo 
Manuel Cabral, vecino de Corrientes, franqueó á los indios su abun- 
dante estancia, de donde dos años antes se habían podido sacar cua- 
renta mil de una vez, sin sensible merma; y de allí se recogieron en 
buena cantidad para los dos pueblos, donde se consumían doce ó ca- 
torce cada día (1). A principios del siglo xviii, las hostilidades de 
yarós, bohanes y guanoas hicieron que por algún tiempo hubiese 
gran carestía de ganado vacuno, porque estorbaban á los Guaraníes 
el vaquear, ó les dispersaban y robaban el ganado ya recogido (2). 
De 1754 á 1762, la guerra y la estada de los dos ejércitos trajeron un 
daño grande á las estancias, y como consecuencia, hambre á los 
pueblos. Los años siguientes se procuró reparar lo perdido; y aunque 
no pudo lograrse del todo, se había rehecho sin embargo el ganado 
lo bastante, como lo muestra una tabla del Archivo general de 
Buenos Aires (3), que es copia presentada por el Administrador ge- 
neral D. Ángel de Lazcano conforme á los inventarios del año 1768 
al ser expulsados los Padres. Por ella se ve la desigualdad que había 
de pueblo á pueblo, teniendo unos cinco ó seis mil, otros doce, otros 
treinta, y algunos cincuenta mil. En cuanto al ganado alzado en las 
estancias propias de los dos pueblos de Yapeyú y San Miguel, la 
tabla lo califica de innumerable. 



VI 
EL ABAMBAÉ 

Abambaé (abd indio; nibaé cosa perteneciente, posesión, propie- 
dad) era el campo propiedad del indio particular, donde establecía 
su cultivo. 

El terreno de cultivo de cada pueblo estaba dividido en cacicaz- 
gos, de suerte que cada uno de los veinte ó más caciques que había 
en cada pueblo, tenía señalada para sí y sus subditos una porción de 

(1) MoNTOYA, Conquista esp. § XXXIX. 

(2) Anua de 1708 del P. Salvador Rojas. 

(3) Leg. Misto>ies, Varios años, 3. 



62 



-208- 

todo el término en que pudiesen sembrar y cosechar con abundancia 
cuanto necesitasen, sobrando siempre tierra apta para el cultivo, 
por lo dilatado de aquellos territorios. Cada vasallo tomaba la ex- 
tensión de terreno que necesitaba, y en ella hacía su sementera para 
su sustento y el de su familia durante el año. 

A pesar de haber terreno abundante, era sin embargo preciso 
especial cuidado y solicitud para que el indio hiciese suficiente cha- 
cra (esto es, sementera) en que poder cosechar maíz y mandioca, ba- 
tatas y legumbres para todo el año; porque su ningún amor al tra- 
bajo, su natural desidia y flojedad eran causa de que, si se le aban- 
donaba á su propia iniciativa, no cultivase más que una pequeña 
porción de tierra, con lo cual á la mitad del año estaban consumidos 
sus víveres. Para evitar este daño, que habiendo tanto riesgo de 
hacerse general, hubiera sido la ruina del pueblo, se señalaban 
algunos indios de los principales, quienes con título de alcaldes 
tenían el cargo de recorrer las chacras de cada uno y observar 
si las había hecho suficientes y si estaban en buen estado de cultivo. 
Si de alguno encontraban que no era así, sino que andaba ociando 
y paseando, se le reprendía y sentenciaba al castigo, que era de 
azotes; y castigado, daba las gracias, prometiendo atender como 
debía á su sementera. Y como ni aun la vigilancia de los alcaldes 
bastaba, ó porque á veces ellos mismos se descuidaban, ó porque 
condescendían en disimular á su pariente ó cliente desidioso; era 
una de las tareas necesarias del Cura salir á recorrer por sí mismo 
la parte del término donde se hallaban las chacras ó tierras de 
labor, asegurándose de si eran suficientes, y prevenir así el daño 
que con eficacia convenía evitar. 

Para asegurar el logro de la sementera, señalábase todo el tiempo 
que media entre Corpus y Navidad, atenta la lentitud y dejadez 
del indio para todas sus operaciones, siendo así que aquella tarea, 
ejecutada con mediana diligencia, se podía haber despachado, dice 
el P. Cardiel (1), en cuatro semanas. En esta temporada, todos 
estaban desocupados para atender á su chacra: labrar, sembrar y 
cosechar lo sembrado. Y como no había nadie en el pueblo que no 
fuese labrador, aun en el caso de tener otro oficio, todos se desocu- 
paban (á lo menos parcialmente) de él, para atender á la cosecha, 
cesando por semanas alternad;is las faenas de talleres y obrajes. Los 
que tenían las chacras lejos del pueblo, salían de él y se trasladaban 
á vivir con sus familias en cabanas que tenían fabricadas en el mis- 
il) De tnorihiis guarattiorntn, cap. III. 



-209- 

mo campo, quedando en el pueblo solamente los que tenían sus 
chacras en las inmediaciones. Hasta los niños y niñas iban en este 
tiempo con sus padres, é interrumpían las acostumbradas ocupacio- 
nes, á no ser que sus familias morasen en el pueblo. 

Recogida la cosecha, á la que algunos añadían el cultivo de algo 
de tabaco y caña de azúcar (aunque eran contados; la traían á sus 
casas, donde guardaban lo necesario para el gasto de dos ó tres 
meses; y lo demás, metido dentro de sus sacos y con el nombre 
propio de su dueño, lo conducían al almacén común, de donde lo 
iban á buscar en consumiendo lo que habían guardado. Este arbitrio 
remedió el daño que se seguía de la imprevisión de los indios unas 
veces y de su voracidad otras; pues, teniendo toda la cosecha en 
casa, por no guardar regla ni medida en el comer, por dar lo que 
tenían con suma facilidad, ó por cambiarlo á trueque de otras cosas 
sin advertir que esto era el sustento de todo el año, muy luego lo 
habían disipado todo y se hallaban sin nada. 

Aun con todas estas diligencias, la mayor parte de los indios 
necesitaban ser socorridos hacia el fin del año, y ésta era una de las 
utilidades del Tnpambaé . 



Vil 
EL TUPAMBAÉ 63 

El TupiiDibaó (Titpá=Y)\o's,, 7)ibaé=cosa perteneciente, posesión, 
propiedad), era en idioma Guaraní la hacienda de Dios^ hacienda 
de los pobres (1); el campo común con sus frutos y ganado, que tomó 
su nombre de los fines más nobles entre los varios á que estaba 
destinado, á saber, de la reparación y ornato de las iglesias y de la 
piedad para con los desvalidos. 

Elegíase el campo común de los terrenos más saneados del pue- 
blo, 3^ de suficiente extensión para que en él se pudieran sembrar 
los frutos necesarios en abundancia: maíz, mandioca, legumbres }' 
algodón, }' las otras plantas útiles de que es capaz la calidad de la 
tierra. 

El modo de cultivar esta propiedad no fué siempre el mismo. 
Hubo ocasiones en que se empleaban en este trabajo como jornaleros 

(1) Restivo, Vocabulario de la lengua Guaraní, v. Hazienda. 
14 Organización Social de las Doctrinas Guaraníes. 



-210- 

una porción elegida de indios que por su aptitud pudiesen asegurar 
el buen resultado del trabajo. «Se escogen .. los indios que más saben 
»de labranza, y los sobrestantes de mayor capacidad y más diligen- 
»tes, que atiendan al beneficio de la tierra, cultivo de los sembrados 
»y buen cobro de los frutos; los cuales se recogen después en gran- 
»des percheles y graneros para socorrer... — A los que trabajan en 
»estas sementeras del común, se les paga su jornal justo con los 
«bienes del pueblo» (1). — Otras veces concurrían á este trabajo de 
utilidad común todos los vecinos del pueblo, quienes durante la época 
de labranza trabajaban los otros días de la semana en sus chacras )'■ 
acudían al Tupambaé el lunes y sábado; exceptuándose de esta faena 
los oficiales de artes mecánicas, quienes en aquellos siete meses in- 
terrumpían parcialmente su asistencia á los talleres, compartiendo 
el tiempo por semanas entre sus oficios y la labor de su Abauíbaé, 
pero sin tomar parte en el cultivo del Tiipauíbaé (2). 

De este campo, destinado para los desvalidos, para los ocupados 
en servicio del pueblo y para todos los necesitados en general, se 
sacaba lo necesario para socorrer á los enfermos del pueblo, á las 
viudas y huérfanos, y para edificar y alhajar los templos. Con sus 
frutos se proveía á los gastos de los que en beneficio del pueblo eran 
enviados á otros puntos en sus viajes por tierra ó por agua, como 
los que iban á hacer yerba ó á conducirla para el tributo; y al sus- 
tento de niños y niñas mientras trabajaban en los campos comunes. 
Con ellos se suplía si en el discurso del año era necesario socorrer 
el hambre de algún otro pueblo, lo que algunas veces sucedía; ó si 
algunos indios, lo que era más frecuente, no habían reservado para 
sembrar, habiendo consumido cuanto habían cosechado, por su cono- 
cida voracidad, ó por su habitual imprevisión de sembrar poco }' 
excusar el trabajo. 

Al Tupambaé pertenecían igualmente los rebaños de ganado 
vacuno de que se ha tratado poco ha; y algunos de ganado lanar que 
se procuraban formar en cada pueblo, pero en los cuales se conse- 
guía relativamente poco, por requerir esta clase de animales más 
esmero, de que difícilmente eran capaces los indios. 

Finalmente, al Tupambaé pertenecía el trabajo de la yerba que 
se recolectaba, así para el uso diario de los indios, como para el pago 
del tributo. 

Débese notar, que á la manera que los Misioneros se empeñaron 
en que los indios tuviesen cada uno su propia posesión y sementeras 

(1) Xarque, Insignes Misioneros, parte III, cap. VI. 

(2) Cakdiel, De moribus Giiaraniorum, cap. III. 



-211- 

para sustento de su familia; así también procuraron que tuviesen 
algunas cabezas de ganado propias, y cuando se hubo aclimatado la 
yerba, algunos planteles de yerba; pero en lo uno y lo otro resulta- 
ron infructuosos sus trabajos, salvo contadas excepciones (1). 



VIII 
LA PROPIEDAD EN LAS DOCTRINAS 

Conocido el modo de ser de las Doctrinas Guaraníes en cuanto 
á la agricultura, que constituía en ellas la parte principal, será bien 
responder á la cuestión que á veces se propone y á veces también, 
sin bastante fundamento, se da por resuelta: ¿Cuál era el carácter 
de la propiedad en las Doctrinas Guaraníes dirigidas por los Je- 
suítas? 

En primer lugar se ha de considerar la propiedad de los bienes 
muebles. Acerca de éstos no puede dudarse que la propiedad privada 
tenía lugar en las Doctrinas. Sencillos á la verdad, en pequeño 
número y de escaso valor hasta donde se quiera, eran empero reco- 
nocidos como pertenencia de cada indio privado sus utensilios: la 
hamaca, las ollas, platos y cántaros de barro; las arquillas donde 
guardar los vestidos; las sillas que usaba para sentarse (2). Propiedad 
suya eran las cajas, escritorios y otras obras de madera que con 
habilidad peculiar y paciencia innata del indio labraban, y los obje- 
tos por los cuales las cambiaban con los vecinos de las ciudades (3). 
Como lo era el salario por el cual se alquilaban á los habitantes de 
Santa Fe (4), ó en otras poblaciones. 

En segundo lugar, en cuanto á la propiedad de los inmuebles in- 
directa ó de usufructo, no puede caber duda alguna que la había» 
con sólo fijar la atención en lo que se sabe respecto á las casas y en 
lo que inmediatamente antes se ha dicho acerca del abambaé. De la 
casa usaba el indio ó sea el padre de familia perpetuamente mientras 
le duraba la vida. De su campo particular disfrutaba y era dueño de 
todos los frutos en él cosechados, maíz, mandioca, batatas, poro- 

(1) Cardiel, Declaración de la verdad, núm. 112, y de moribus, loe. cit. 

(2) Phramas, De administratione Guaranica, §. XIII. 

(3) Información dada por el R. P. Martín García en Santa Fe, año 1699, tes- 
tigo 1.°, pregunta 52, y otros. (Buenos Aires, Arch.gen.) 

(4) Información dada por el P. Valeriano de Villegas en 1682, testigo 6.°, 
pregunta 6.^ (ibid). 



-212- 

tos, etc.; como lo era igualmente de la yerba mate y del tabaco 6 
de la caña de azúcar, cuando venciendo su habitual desidia se deter- 
minaba á plantarlos y cultivarlos, para lo cual nunca le faltaba 
tiempo y terreno. 

En tercer lugar y hablando de la propiedad de inmuebles con 
dominio directo, algunas cosas hay claras y ciertas, y otras inciertas 
y dudosas. Cierto é indubitable es que los Jesuítas no profesaron la 
doctrina errónea que constituye el comunismo, á saber, la de que 
los bienes materiales sean comunes con comunidad positiva por 
derecho natural, de suerte que nadie pueda sin violar la ley natural, 
poseer en propiedad algún bien del cual excluya á los demás. Ni 
tampoco entendieron los neófitos que fuese verdad la doctrina co- 
munista; porque habían aprendido y sabían bien que el séptimo man- 
damiento de la ley de Dios es no hurtar, y el décimo prohibe codi- 
ciar los bienes ajenos; y donde existen bienes del prójimo tan invio- 
lables y exclusivos suyos, que es ilícito no sólo el tocarlos, sino 
aun el codiciarlos; no puede tener lugar el monstruoso error del co- 
munismo. 

Pero faltan pruebas ciertas y claras de que, en cuanto al hecho, 
poseyesen los indios particulares bienes inmuebles con dominio 
directo. Los actos con que mAs patentemente se comprueba este do- 
minio, que son la transmisión por venta ó la transmisión hereditaria, 
no nos constan. Y aun existiendo el dominio privado directo en 
Misiones, tales actos quizá nunca se hubiesen verificado. En efecto, 
era propia del indio la casa que cada uno se construía en su chácara 
ó campo (las del pueblo se fabricaban con trabajo de todos, v así eran 
de Tupambaé) (1); pero de tan poco valor}' duración, que hubiera 
sido ridículo hacerla objeto de una manda testamentaria, pues con 
leve trabajo levantaba el hijo otra igual ó mejor, y el valor }• utilidad 
de una casa en semejantes circunstancias era despreciable. El campo 
en una región donde había tanta tierra laborable vacante, era de 
ningún valor en un tiempo en que en la ciudad de Buenos Aires 
estaba en tan poco precio estimada la propiedad, que el vecino Agus- 
tín de Salazar vendía <-'una suerte de tierras... de frente quinientas 
varas y de largo una legua... y más un solar, y una cuadra, y Jina 
chacra, y una estancia, y un huerto» por «iina capa medio traída, 
unos calzones, jubón y coleto» dándose «/Jor bien contento y paga- 
do... á toda su voluntad» (2). 

De hecho, pasados dos ó tres años de cultivar su campo, y cuando 

(1) Pkramás, De administr. §. 48. 

(2) Tkhi-lks, Revista del Archivo, t. I. Mucha tierra por poca ropa, pág. 39. 



-213- 

las cosechas lo habían esquilmado, el indio lo abandonaba y ele- 
gía otro para hacer sus sementeras (1). No era, pues, asunto de 
ejecutar formalidades testamentarias para dejar á su heredero un 
pedazo de tierra que no tenía valor y que en otra parte del cacicazgo 
estaba seguro de encontrar mejor. Lo que tenía valor eran los 
frutos, no la tierra, en el estado en que se hallaban las Doctrinas; 
y los frutos ya estaban consumidos en pasándose el año. Sólo cuando 
se tomaban todos los campos y terrenos por junto cobraban valor; 
y por eso se resistieron los siete pueblos del Urugua}' á abandonar 
sus tierras. Entonces aparecía el sentimiento de la propiedad terri- 
torial con dominio directo por lo menos en común, de que no se 
puede dudar. 

Pero estas mismas circunstancias que explican la ausencia de 
actos de dominio directo en los particulares, dan fundado motivo 
para conjeturar que así como se daban muchos actos de la propie- 
dad de muebles y de la indirecta de inmuebles, se hubieran dado 
también de la directa, cuando por el aumento de población ó por el 
perfeccionamiento de alguna parte del territorio hubiese cobrado 
valor especial la tierra ó los edificios. 

En materia en que sólo por conjeturas es dable proceder, bueno 
será traer á la memoria algunos hechos que narra el Padre José 
Cardiel (2). «Conocí, dice, en las Doctrinas á un Corregidor de Can- 
delaria, el cual se arregló su plantío y de él entregaba al Cura cada 
año catorce arrobas de yerba, para que con la yerba del pueblo fue- 
sen conducidas á Buenos Aires y allí trocadas por los efectos que 
él quería, por juzgarlos necesarios ó convenientes para su casa. 
El Cura hacía marcar los sacos y avisaba al Procurador, y éste 
ejecutaba los encargos del Corregidor. Otro Comisario de guerra 
indio conocí también, quien de un campo donde había cultivado caña 
de azúcar, sacaba tres ó cuatro arrobas de azúcar, que también 
empleaba en su propia utilidad enviándolas á vender. Y él mismo 
bajó alguna vez á Buenos Aires, donde por su propia mano vendía 
lo suyo. Podían otros imitar á éstos y pasarles adelante; pero en 
veintiocho años que estuve entre ellos siendo Cura y Compañero, 
no encontré otro ejemplar entre tantos miles de indios.» 

«Otro, no indio, sino mulato, casó con una india hija y heredera 
de un cacique, casamiento singular según el juicio común. Admitido 
en el pueblo y á la superioridad de sus vasallos, se hizo acepto á 
todos por su probidad y buenas costumbres. Como sabía leer 3' 

(1) PeramAs. De administratione guaranica, § XLVI. 

(2) De moribus guaraniorum, cap. III. 



-214- 

escribir, casi siempre era mayordomo del colegio, es decir, de los 
almacenes del pueblo; y aun otros Curas de diversos pueblos lo 
llamaban para que visitase las sementeras, ó para asuntos de algún 
momento que se solían encargar á Hermanos Coadjutores. Este, en 
un rincón de su pueblo tenía su rebaño de ganado vacuno, cultivaba 
tabaco y caña de azúcar, y enviaba sus frutos á Buenos Aires, como 
los dos de quienes he hablado antes, ó lo trocaba por vestidos ó 
utensilios caseros en la ropería de la Misión. Iban los indios á admi- 
rar la abundancia que él tenía, pero ninguno se movía á imitarle.» 

En casos semejantes á estos, en los cuales un indio particular 
hubiese mejorado un terreno con establecer en él su plantío de 
yerba ú otro semejante; no parece dudoso que hubiera podido dis- 
poner de él enajenándolo ó dejándolo en herencia, sin ningún impe- 
dimento de parte de los Misioneros, estando aquel terreno valori- 
zado por la industria particular, entre innumerables otros que no 
tenían ningún valor. Por consiguiente, si en la mayor parte de los 
casos no se ejercían actos de dominio directo, era porque los que 
según las leyes lo tenían, no lo querían ejercer, por no tener valor 
los inmuebles. 

Semejante conclusión deberá establecerse en cuanto á los bienes 
semovientes, rebaños de animales, vacas, bueyes, caballos, ovejas. 
Hase visto el ejemplo del mulato que los tenía y utilizaba. Si los 
otros indios carecían de ellos, no era porque les faltase derecho para 
tenerlos ni libertad de ejercitar su derecho; sino porque no querían, 
ni se conseguía con ellos que sacudiesen su indolencia y se tomasen 
la molestia de conservar y cuidar el rebaño. Ni esto son ya conjetu- 
ras, sino verdades ciertas, que hallamos atestiguadas varias veces 
por el P. Cardiel. «Muchos medios hemos probado en diversas oca- 
siones, dice (1), para lograr que tuviese cada uno su rebaño de 
vacas, unas lecheras, otras para abasto, como suelen los labradores 
en España; que hiciesen su huertecilla, su plantío de tabaco y caña; 
que tuviesen sus caballos propios y muías; que pudiesen comerciar 
con los frutos propios de cada uno. Pero todo ha sido inútil.» «Se ha 
probado muchas veces, dice en otra parte (2), á que tenga cada 
familia, ó á lo menos cada cacique (de que hay 30 ó 40 en cada pue- 
blo) una manada de vacas, de caballos, de ovejas, y algunas vacas 
lecheras. Nunca se ha podido conseguir. Todo lo pierden luego ó lo 
acaban sin mirar á mañana. Si le obligan á tener lechera, mata 
luego la ternera 3' se la come, y se queda sin leche, y á veces mata 

(1) De tnoribiis guaran, cap. III. 

(2) Declaración de la verdad, ni'ini. 112. 



- 215 - 

luego después la lechera. O si esto no hace, se está sin leche, por 
el corto trabajo de ordeñarla, ó la deja perder por no irla á buscar. 
Lo más que se ha podido conseguir es el que tengan algún par de 
bueyes para arar, y algún jumento para ir y volver de su semente- 
ra; y esto no en todos. De los más capaces se suele también conse- 
guir que tengan algún caballo ó muía, pero son pocos. Son descui- 
dadísimos en la cría y manejo de animales. A pocos días que tengan 
un caballo ó muía, lo ponen en la espina hecho una miseria de mata- 
duras y de flaqueza. No cuidan de darle de comer y beber. Tiénenle 
muchas veces atado uno ó dos días sin comer por no tener el trabajo 
de cogerlo, si lo echan al campo.» «Los indios son incapaces de 
mantener ganado» (1). «Son desgraciadísimos los indios en cuidar 
del ganado de lana, que pide mucho esmero; y así, por más cuidado 
que pongan los Padres, son mu}- pocos los pueblos que cogen sufi- 
ciente lana» (2). Concuerda lo que decía Xarque 70 años antes (3). 

Resumiendo, pues, lo que se desprende del precedente examen, 
diremos que si se trata de Comunismo establecido por el erróneo 
principio de negar el derecho de propiedad privada; jamás lo hubo 
en las Doctrinas. 

Si se trata de Comufíismo en la práctica, por razón de la comu- 
nidad de bienes, no se puede decir con verdad que en las Doctrinas 
se practicase el comunismo; puesto que no sólo existía la propiedad 
privada reconocida como derecho, sino también practicada como 
hecho. Y si en algunas cosas no era practicada ó no encontra- 
mos hechos que la muestren, esto se explica muy bien por las cir- 
cunstancias del tiempo y comunicaciones de los pueblos y por la 
índole de los Guaraníes; pero al mismo tiempo estaba abierto el 
camino para que aun esos hechos tuvieran lugar en cualquier mo- 
mento en que los quisieran ejercitar los individuos; y los Misione- 
ros los impulsaban y disponían á ello. El que cada pueblo poseyese 
bienes comunes en su Titpaynbaé, y usase de ellos para pagar el 
tributo, para socorrer á sus enfermos é indigentes y construir 
edificios públicos, no da más motivo para qae se considere en ellos 
practicado el comunismo, de lo que lo da para considerar en régi- 
men comunista á una nación cualquiera el ver que tiene un fondo 
común para sostener sus magistrados y empleados, bienes comunes 
en sus buques y armamento de guerra, rentas comunes en sus 
aduanas, y tierras comunes que vende á su tiempo y cuyo producto 
no puede legítimamente apropiarse ningún particular. 

(1) Núm. 118. 

(2) Núm. 119. 

(3) Xarque, Insignes misioneros, cap. VI. 



-216- 

El que además de eso hubiesen de ser comunes los ganados, no 
tiene de particular más sino la imperfección de la índole aniñada de 
los indios, dé la cual no se pudo conseguir el manejo propio; y así 
fué uno de tantos detalles que impuso la necesidad y no el sistema 
preconcebido, que era totalmente contrario, tendente á fomentar la 
propiedad, sin haber cesado nunca en sus esfuerzos; aunque usando 
entretanto del medio que conceptuaba más imperfecto, pero que 
era en aquellas circunstancias necesario. 



IX 
UNA DIFICULTAD, Y LA RESOLUCIÓN DEL P. MURIEL g5 

Podrá ofrecerse á alguno el reparo de que á la doctrina expuesta 
en el artículo precedente se opone el P. Peramás, muy conocedor 
del régimen de las Reducciones, sobre el que publicó estudios espe- 
ciales, quien expresamente afirma que en las Doctrinas todo era 
común. (1) A lo cual es preciso responder que aunque el P. Peramás 
es excelente testigo, y bien informado en general, y fué por tres 
años doctrinero de los Guaraníes; no obstante, en el punto en cues- 
tión, no distinguió bastante entre unos objetos y otros, 3^ entre el 
derecho y cierta generalidad de hechos: ni comportaba tanta dis- 
tinción la brevedad de aquel aserto, que sólo incidentalmente apa- 
rece en una nota. Pero donde trata la materia de propósito y da 
detenidamente sus explicaciones, que es en su tiatado del régimen 
DE LOS Guaraníes (2), concuerda con lo dicho en el artículo VIII 
sobre la propiedad en las Doctrinas. 

Otro tanto hace en este punto el P. Charlevoix (3), á pesar 
de que en su misma época y en su misma nación había tratado las 
reducciones como comunistas otro poeta, el P. Vaniére (4), compa- 
rándolas ingeniosamente á la república de las abejas. 

Pero quien expuso esta materia con precisión científica fué el 
Padre Domingo Muriel, también de la provincia del Paraguay, y su 
último Provincial, quien en su Tratado de Derecho natural y de 
gentes, se propone en la Disputación VÍII la siguiente cuestión: Ciidl 

(1) Pehamás, Tredecim virot'uiH, Martintis Schmid, pág. 436, nota. 

(2) Phííamás, De administratione guaranica, § XLV. 

(3) CiiAkLEvoix, Histoire du Paragiiai, lib. V. 

(4) Vaniéke, Praedium rustícum, al tin del lib. XIV. 



-217 — 

sea la norma de derecho por la que se gobierna el Tiipambaé de los 
Guaraníes; y resuelve que el Tupambaé ó posesión común de Doc- 
trinas se adquirió por derecho y dominio primitivo de ocupación (1); 
que era propio de cada pueblo con comunión positiva, no pudiendo 
usarlo un particular sin beneplácito del Cabildo (2); que tenía sus 
ejemplos en los antiguos Vacceos y Vetones en España, y en los 
tiempos modernos en los moradores del campo de Falencia, y en los 
del de Salamanca; de los cuales da testimonio el P. Muriel de que en 
Tamames su pueblo (perteneciente al campo de Salamanca) se con- 
servaba la dehesa común, á la que llevaban sus ganados maj^ores y 
menores los vecinos guardando cierta proporción; y también el campo 
común, del cual tomaba cada vecino la porción que quisiera para 
arar, sembrar y cosechar, con la condición de intervenir el consenti- 
miento de dos diputados del Cabildo secular que juzgasen que aque- 
llo no era en daño del pueblo (3). Agrega el ejemplo del campo co- 
mún establecido por el rey Estanislao en Lorena (4); y se pudiera 
añadir en el siglo xix y xx el de varios pueblos de España, donde, 
como sucede en Aragón, es común el monte para el aprovechamiento 
de las suertes de leña y recolección de la bellota, y común la de- 
hesa, adonde cada vecino echa si le parece sus animales á pastar. Y 
tocando el punto de la propiedad de inmuebles en Doctrinas, afirma 
que en ellas unos bienes son comunes, y otros propios de cada 
uno (5), siendo los comunes introducidos por la ley de Indias (6); y 
así llama al régimen de propiedad de los Guaraníes régimen mixto 
de bienes comunes y de propiedad privada (7). 

De la misma manera se habrá de discurrir si conforme á las dis- 
quisiciones modernas se pretende averiguar á quién pertenecían los 
instrumentos del trabajo. Cada individuo tenía como propiedad suya 
algunos instrumentos del trabajo; y siendo su tarea habitual la agri- 
cultura, la caza, la pesca y ios diversos ejercicios del artesano, po 
seían sus arados é instrumentos de labranza, sus arreos de cazar y 
pescar, como también sus armas propias, lanzas, hondas, arcos y fle- 
chas que fabricaban para la guerra. Los mismos animales que habían 
de servir para la labranza, habían procurado los Jesuítas que los tu- 

(1) MoRELLi, Riidimenta luris natiirae et gentium, pag. 118. 

(2) Ibid. 

(3) Ibid. pág. 110. 

(4) Ibid. pág. 112. 

(5) Pág. 110. 

(6) Leyes 10 y 13, tít. 4 lib. 6. 

(7) MoRELLi, Rudimenta, pág. 111. «In república Guaraniorum positiva com- 
munio viget, mixta quidein, et proprietate qiiadam singularium teinperata.» «Pri- 
vata etiam proprietas domicilium habet iii Abanibaé» pág. 122. 



-218- 

viese cada uno de los indios; pero no habían salido con el empeño. 
Podían tener telares en sus casas; pero parece que no los tenían, 
juzgando por de menos trabajo el servirse de los telares comunes ó 
de Tupambaé. Al lado de esta propiedad privada de instrumentos 
estaba la propiedad común, en la que entraban los bue3^es para arar, 
las armas de fuego, los barcos del pueblo y los talleres de diversos 
oficios colocados en la casa parroquial. Había, pues, en cuanto á los 
instrumentos, el mismo régimen mixto de propiedad que se veía esta- 
blecido en todo lo demás. 



CAPITULO VIII 



RÉGIMEN ECONÓMICO: LA INDUSTRIA 

1. Artes mecánicas.— 2. La imprenta.— 3. Las minas.— 4. Hallazgo de hierro 
en las Doctrinas. — 5. Industria de tejidos. 

Expuesto el estado que en las Doctrinas tuvo la agricultura, que 
fué la principal ocupación á que se dedicaron los indios Guaraníes; 
resta para completar la idea de su régimen económico, investigar 
de qué modo se cultivaron allí las artes, tanto las mecánicas, como 
las nobles; y de qué manera se dio salida á los productos por medio 
del comercio. Estas materias formarán el objeto de los dos capítulos 
VIII y IX, reservando sólo para el cap. X el decir algo sobre las 
artes nobles. 



ARTES MECÁNICAS 66 

Por su situación en lo interior de las provincias y por la dificultad 
y lentitud de las comunicaciones necesarias para procurarse de fuera 
los objetos de la industria, hubo de pensarse en establecer en Doc- 
trinas, aunque en medida limitada, todas las artes conducentes á la 
vida. Y para evitar mayores gastos, se procuro, en cuanto era posi- 
ble, que cada pueblo se bastase á sí mismo. 

Las oficinas donde eran instruidos los indios y ejercitaban sus 
artes, estaban colocadas en el patio interior de la casa de los Padres. 
Esto hacía fácil la asistencia de los Misioneros para vigilar é indus- 
triar á los que allí trabajaban; 3'a que, según la frase del P. Cardiel, 
«todos los oficios se los lian enseñado los Padres, de que hay algu- 
nos que parece nacieron maestros de todos los oficios»; y también 



-220- 

para vigilarlos y hacer que trabajasen (1), que no era menos necesa- 
rio. Dará idea de la disposición de dicho patio el plano de San 
Carlos ó el de San Borja (cap. III); allí se ve que, entrando en el 
colegio por la puerta principal, que da á la plaza, 5^ situándose en 
medio del primer patio, queda en un caso enfrente y en el otro á la 
derecha el segundo patio, que comunicaba con el primero, )' alrede- 
dor del cual, en sus cuatro costados, estaban construidos los talleres 
en otras tantas series de aposentos por el estilo de los demás del 
pueblo, con sus soportales delante sostenidos por pilastras. La des 
cripción que de uno de estos patios hacen los Inventarios de 1768 es 
la siguiente: «Tiene otro segundo patio (el pueblo de San Luis) re- 
cién acabado, de largo setenta varas y de ancho setenta y cuatro, 
con su tahona, panadería y demás oficinas necesarias al pueblo, como 
tejedores... carpinterías, herrerías, alfareros, torneros, rosarieros, 
peineros, etc. La casa 3^ oficina de las tejas... en la orilla del pue- 
blo» (2), Y si su construcción, como es de suponer, era análoga á la del 
patio principal donde estaban los almacenes, de éste leemos: «^5 d 
modo de claustro cerrado y sostenido: sus corredores de cincuenta 
y dos columnas cuadradas, de piedra dura á modo de sillería^ las 
más de una pieza; de alto tres varas sin sus pedestales (3).» 

En el Inventario del pueblo de los Santos Mártires (4) encontramos 
detallados los oficios y utensilios para: ^Herrería, Platería, Sombre- 
rería, Tornería, Arpería (fábrica de arpas é instrumentos músicos), 
Retablistas, Carpintería, Barrileros, Carreteros, Albañiles, oficina 
de teja, Rosarieros, Curtidores.» Es la enumeración más completa 
que hemos visto. Añade el P. Cardiel los doradores (5). Y en gene- 
ral, las oficinas más necesarias entre las enumeradas no faltaban en 
ningún pueblo de las Doctrinas. 

No se crea que cada una de estas oficinas fuese un taller completo 
de su arte. En 1643 escribía el P. Ruiz de Montoya: ^En cuatro 
pueblos de los 23 que tiene Jiechos la Compañía, hay cuatro fraguas 
en trecho acomodado para que acudan á aderezar sus herramientas. 
Pero convendrá advertir que los inventores de esta calumnia [de 
que los Guaraníes se armaban con peligro de la monarquía] dan á 
entender que estas fraguas son al modo de las de Vizcaya, porque 
oficina donde se fabrican armas, como ellos dicen, de fuerza ha de 
ser muy cumplida » — <s~Estas que ellos llaman fraguas, no contienen 

(1) Cardihi-, Decl. n. 108. 

(2) Brabo, Inventarios, pág. 137. 

(3) Ibid. 

(4) Id. pág. 172 § 99. 

(,5) Declaración de la verdad, n. 108. 



-^21 - 

masque unos fuelles pequeños, dos inariillos y dos tenazas en una 
cliozítela bien corta, donde á duras penas se pueden aderezar las 
lierrauíie titas, sin las cuales era imposible labrar la tierra (1).» Cien 
años más tarde no se habían aventajado gran cosa las herrerías; pues 
haciendo el inventario de la del pueblo de San Juan los delegados del 
Gobernador Andonaegui para confiscarla en 1756, no hallaron sino lo 
siguiente: <í. Dos yunques. Un macho. Dos martillos, uno chico. Unas 
tenisas c/iicas. Una piedra de amolar. Cuatro cajones viejos. Tres 
fuelles inservibles (2).» 

Había, pues, en cada taller lo que de su arte correspondiente se 
necesitaba para el servicio de una población ni muy numerosa ni mu}^ 
exigente que requiriese primores ó delicadezas en los artefactos. 

Elegíanse para cada oficio los indios en quienes se reconocía ap- 
titud y afición áél; y esto no sólo era con el consentimiento de sus 
padres, sino con gran contento de ellos y del elegido; pues el profesar 
algún oficio no era tenido por desdoro entre los Guaraníes, sino que 
era grande honra; y al contrario, juzgaban por vil al que no sabia 
vivir con el trabajo de sus manos. 

Al frente de cada uno de los talleres se colocaba un indio diestro 
en aquel oficio, quien lo enseñaba y gobernaba los oficiales de su de- 
partamento. Este jefe llevaba el nombre de alcalde, y así había un 
alcalde de tejedores, alcalde de carpinteros, alcalde de herreros, al- 
calde de plateros, alcalde de torneros, alcalde de rosarieros, alcalde 
de doradores (3). 

Tuvieron entre otras artes la de fabricar cuadrantes solares, y 
aloque parece, también relojes de maquinaria, sobre lo cual se 
apuntarán aquí las pocas noticias que ha sido dable recoger. Escri- 
biendo en 1758, dice el P. Cardiel: «En todos los pueblos hay reloj 
de sol y de ruedas para regular las distribuciones religiosas (4).» No 
explica si los que llama relojes de ruedas eran de campanario, ó sim- 
plemente de pared. Lo que es cierto es que hubo algunos relojes de 
campanario; y también es probable que á veces fueron fabricados 
por los mismos Jesuítas Misioneros, para lo cual se valdrían, como 
es natural, de los indios en el trabajo de las piezas. Los actuales mo- 
radores de Misiones conservan memoria de un reloj de esta clase 
que había en Itapúa (algunos dicen en Apóstoles), que tenía la espe- 
cialidad de hacer aparecer sucesivamente los doce Apóstoles al dar 



(1) Memorial, n. 17. 

(2) EscANDÓN, Transmigración de los siete pueblos, § 23. 

(3) Cardiel, De moribus guaraniorum, cap. IIl, § Praeíer niagistrattim. 
(.4) Cardiel, Declaración de la verdad, n. 75. 



- 222 - 

las campanadas del mediodía. Consta igualmente hoy por tradición 
y por documentos escritos en la ciudad de Faenza, que á ruegos del 
municipio construyó allí un reloj para la torre de la Catedral el Padre 
Jesuíta Jaime Carreras, barcelonés, que en el año de 1767 se hallaba 
entre los Guaraníes, de Compañero en Itapúa; y siendo tan perito 
en la mecánica como supone la construcción de un reloj aprobado 
con singulares elogios por un maestro especial del arte (1), y que 
duró muchos años con satisfacción de toda la ciudad; claro es que no 
tendría ocioso su talento en las Misiones, donde era de tanta utilidad, 
por no decir necesidad. Respecto de los cuadrantes, consta su exis- 
tencia por el testimonio citado del P. Cardiel, y porque todavía hoy 
quedan algunos, como se verá al tratar de las ruinas (libro II. cap. 9, 
al fin). Y que fueran obra de las Misiones, lo muestra entre otras 
cosas lo que refiere el P. Muriel (2) de que en el corredor de la huerta 
de San Luis se hallaron, en 1756, dos cuadrantes solares fabricados 
por el P. Pedro Pablo Danesi, italiano. Compañero en aquel pueblo. 
Igualmente nos ha conservado el P. Peramás la memoria del hermano 
Coadjutor Carlos Franck, tirolés, perito artífice en fabricar relo- 
jitos portátiles de sol, que arreglaba de modo que el rayo de sol que 
caía sobre el círculo horario, señalase la hora precisa en virtud de la 
orientación del reloj (3). 

Comparado el estado de las artes y oficios de las Doctrinas con 
el de las ciudades hispanoamericanas de aquel entonces, era el de las 
Misiones evidentemente superior, porque en las ciudades era muy 
general la indolencia, y muchas de las artes no tenían quién las ejer- 
citase, mientras que en las Doctrinas, gracias aiesfuerzo y constan- 
cia de los Misioneros en mantener este trabajo tan útil á los pueblos, 
había siempre quienes se dedicasen asiduamente á ellas. Dos circuns- 
tancias, empero, acompañaban esta mayor actividad, y no han de 
echarse nunca en olvido. Una era que los indios, conforme á su poca 
capacidad, en todo procedían por imitación material y como por pura 
costumbre, sin que apenas les disonara cualquier yerro; por lo cual era 
necesaria con ellos perpetua vigilancia para que no entregasen con- 
cluida una obra con defectos esenciales irremediables, estando ellos 
muy persuadidos de que habían fabricado un eximio artefacto. La 
otra, que en toda tarea había que dar tiempo al tiempo, á causa de 
la dejadez natural del indio, tardo en todas sus operaciones; y si en 



(1) Archivo Capitular de Faenza; Agginnta alia Cronaca Zanelli, fol. 31. A 
20 de Setiembre de 1774 se estrenó el reloj. 

(2) MuKiHL, Historia Parag-iiajensis, pág. 540, ed. 1779. 

(3) PhramAs, Escandón, § 74. 



- 223 - 



algo se les quería apresurar, era cierto que en vez de lograrse mayor 
prontitud, se perturbaría el operario y se echaría á perder la obra (1 ). 



II 
LA IMPRENTA g7 

Digna de especial mención entre las artes útiles que introdu- 
jeron los Jesuítas en Doctrinas, es la imprenta, que fueron ellos 
los primeros en propagar en estas provincias. 

Ya el P. Antonio Ruiz de Montoya, insigne Misionero en el 
Guayrá, y Superior de las Doctrinas del Paraná, Uruguay y Tape 
cuando los paulistas empezaron á destruirlas, había dado un gran 
paso en esta materia haciendo imprimir en Madrid el año 1639 los 
libros que podían servir para la enseñanza de los nuevos Misioneros 
en el idioma Guaraní, y para la instrucción de los Guaraníes en la 
doctrina cristiana: Gramática, Vocabulario y Tesoro Guaraní, y 
Catecismo lato en Guaraní. Tres mil cuatrocientos tomos dice el 
Padre Montoya (2) que tenía impresos entre todos, lo que hace creer 
que quizá imprimiera quinientos ejemplares de la Gramática, Voca- 
bulario y Tesoro, y novecientos del Catecismo, del cual había de 
haber más necesidad. Y atestigua que, para representar las diversas 
pronunciaciones, fué necesario fundir caracteres especiales (3). 

Reconocióse la dificultad de acudir á este medio de imprimir en 
España: pero, no obstante, hallándose ya traducido al Guaraní un 
libro que había de ser de gran provecho espiritual, que era el Tem- 
poral y Eterno del P. Nieremberg, resolvieron los Padres hacer su 
impresión también en Europa, como consta de la licencia otorgada 
por el M. R. P. General Tirso González. Mas luego, sin que sepamos 
los pormenores de la mudanza, se resolvió imprimirlo en las Doctri- 
nas mismas; y al efecto, se vaciaron caracteres de estaño, como lo 
hace notar Medina (4); y planchas para láminas, no sin haber obte- 
nido antes las licencias necesarias en aquel tiempo, entre otras la de 
la autoridad secular, que original poseía D. Pedro de Angelis y la 
menciona con este título: «Licencia acordada por el Virrey del Perú 

(1) Jarque, Insignes Misioneros, part. III, cap. VI, n. 3, 

(2) Memorial de 1643, núm. 5. 

(3) Ibid. núm. 14. 

(4) Medina, La imprenta en el Paraguay, XI, XIII. 



-224- 

de imprimir libros en lengua Guaraní en las Misiones del Tucumán, 
1703. Original» (1). Con estos requisitos se imprimió el libro cuyo 
título, por ser el primer libro impreso en todas estas regiones, me- 
rece ser enunciado por entero: «De la diferencia entre lo | temporal 
y eterno ¡ crisol de desengaños con la me moria de la eternidad, pos- 
trimerías humanas, y principales misterios divinos, | por el P. Juan 
Ensebio Nieremberg, de la Compañía de Jesús, \ y traducido en len- 
gua Guaraní por el P. | Josef Serrano | de la misma Compañía.» 

Esta edición se hizo en Loreto en 1705, y sus facsímiles pueden 
verse en la citada obra de D. José Toribio Medina, que ha hecho en 
ella un estudio diligentísimo de la materia, é igualmente presenta 
facsímiles de algunas páginas de todas las otras obras impresas con 
las prensas de Doctrinas. Aquellas prensas en los tiempos subsi- 
guientes corrieron fortuna; porque después de haberse impreso con 
ellas los varios libros Guaraníes que salieron á luz de 1711 á 1721, 
1724 y 1728, no se halla ya rastro de otras impresiones. Como los 
libros fueron publicados .sucesivamente en Loreto, Santa María la 
Mayor y San Javier, hace el Sr. Medina la fundada conjetura de que 
la imprenta se hubo de trasladar de un pueblo al otro por haber 
sido enviado allá el Padre que dirigía la obra; traslación que no 
había de ser muy costosa, por hallarse los pueblos poco distantes. 
Años después de la expulsión de los Jesuítas, se indagó por la auto- 
ridad de Buenos Aires qué había sido de aquella imprenta; 3^ parece 
que fué el Teniente Gobernador Doblas quien contestó hallarse 
arrumbados entre otros muebles inútiles la prensa 3' algunos monto- 
nes de caracteres, pero ya inútiles, por haber sido sustraídas varias 
piezas. Hoy día se conservan algunos restos de todo ello en el Museo 
Histórico en Buenos Aires con el título de imprenta de las Misiones. 
El catálogo de los libros allí impresos puede verse en el tomo Wl\ de 
la Revista de Buenos Aires, y mejor en el 3^a citado Medina. 

A este catálogo, que comprende entre otras cosas la gran obra 
del Temporal y Eterno traducida en Guaraní por el P. Serrano, y 
los importantes trabajos lingüísticos del P. Restivo, hay que añadir 
algunas otras publicaciones y noticias más, enteramente desconoci- 
das hasta ahora, y cuyo descubrimiento se debe á la solicitud del 
preclaro escritor alemán P. Bernardo Duhr, S. I., quien entre los 
MSS. de los varios Archivos de Munich halló un número considera- 
ble de informes 3' comunicaciones de los Misioneros de todos los 
países, y también de los del Paraguay; y particularmente un Tra- 

(1) Colección de obras impresas y manuscritas etc., 1853, B" A". 



_ 225 — 

tado autógrafo del P. Antonio Sepp, tirolés Misionero por más de cua- 
renta años en las Doctrinas, que tuvo empeño en que viese el autor 
del presente estudio (1). Es el sobredicho Tratado un manuscrito 
en 4.^ mayor de 158 páginas, que en su primera parte contiene una 
traducción, ó más bien extracto, del libro de la Conquista espiritual 
del P. Montoya: y en la 2.^ explica el estado de las Misiones en 1714. 

En el capítulo 32, página 139; se expresa en los siguientes térmi- 
nos: «Pocos años ha, con conocimiento y licencia de su Real Majes- 
tad, quiso el P. José Serrano establecer aquí una imprenta, y con 
feliz éxito lo llevo á cabo, lo que ha sido de no pequeña utilidad. 
Cierto que fabricar aquí el papel es del todo imposible, y á veces no 
hay ningún... (2): es forzoso traerlo de Europa, lo que resulta muy 
caro. Pero no obstante, este empeñoso Padre ha impreso ya algunos 
trataditos en español y en Guaraní: é igualmente otro Padre, lla- 
mado Buenaventura Suárez, dispuso con acierto sus libritos de efe- 
mérides, calendarios, tablas astronómicas, anuarios, curso de los 
planetas... (3), mudanzas del tiempo (4), todo con arreglo á la altura 
del polo en estos países, y los ha impreso: habiéndose difundido sus 
papeles hasta el Perú.» 

Donde se ve que á lo ya conocido antes de 1714, habrá que agre- 
gar en el catálogo de los impresos por lo menos algunos libritos en 
español y en Guaraní del P. Serrano que no se especifican; (ya que 
en la expresión Kleine Tractatlein que el autor usa no puede signifi- 
carse el Temporal y Eterno, que es de tamaño mayor): y del Padre 
Buenaventura Suárez, varias tablas sueltas, Anuarios, observacio- 
nes astronómicas y otros papeles, que no sólo fueron muy estimados 
en el Perú, sino apreciados como los datos más exactos por astróno- 
mos de Europa en lo que se refiere á las ocultaciones de los satélites 
de Júpiter (5). 

(1) MüNCHEv, Universitat-Bibliothek, MSS. Nnni. 27 5 4° — El principiar el 
manuscrito con las palabras Den Anfaitg dieser fnnften iind letzster Brief^ 
muestra que este Tratado fué continuación de las cartas descriptivas de Misiones 
que el autor enviaba á su patria y que ya están publicadas con el título de Reiss- 
beschreibimg, etc., y Fortsetsung etc.: habiendo quedado inédita esta 5.*^ cartc), 
en que se proponía dar fin á la materia. 

(2) Los puntos suspensivos se han puesto en lugar de dos palabras indesci- 
frables. 

(3) Otra palabra indescifrable. 

(4) Tal vez será una tabla de previsión del tiempo para el Río de la Plata, 
que se atribuye á los antiguos Jesuítas. 

(5) MuRiEL, Rudimenta juris, parte II, Disp. VIII, pág. 312. Hase de añadir 
también el librito de Consideraciones para los ejercitantes del P. Antonio Garki- 
GA, Visitador del Paraguay, que se imprimió en Misiones, año 1711, y se conserva 
hoy en Chile. (Vid. la Noticia especial impresa en Para, 1910, en que lo da á cono- 
cer el señor R. Spuller, aunque llamándolo equivocadamente el primer libro 
estampado en Doctrinas.) 

15 Organización Social de las Doctrinas Guaraníes. 



- 226 - 

III 
LAS MINAS 

Por ventura la diligencia de los Padres en instruir á sus neófitos 
en todas las artes útiles pudo ser ocasión de la calumnia que ya 
desde muy luego de haber fundado las reducciones se levantó con- 
tra ellos, ayudando á darle cuerpo y sustentarla el ansia perpetua 
que á españoles y portugueses movía á indagar por todas partes 
minas de oro y plata, á considerar pobre el país en que no las hubie- 
se, y no perdonar <á gasto ni fatiga para hallarlas. Díjose, pues, que 
en las Misiones del Uruguay habían encontrado los Jesuítas minas 
de oro; que las beneficiaban en secreto, defraudando al Rey del 
quinto que le era debido; que á esto se enderezaba el empeño en 
librar álos indios de encomiendas, para poder utilizarlos solamente 
ellos en el trabajo de las minas. Cuan absurdo haya sido todo esto, 
además de constar por las sentencias definitivas multiplicadas des- 
pués de exploraciones minuciosas durante veinte años; se patentiza 
por el hecho de que hoy, doscientos sesenta años después de la 
calumnia, cuando tanto se han registrado esos países, jamás se ha 
encontiado rastro de tales minerales, ni se le ofrecerá al más igno- 
rante ir á buscar oro ni plata en las comarcas del Uruguay ó cuales 
quiera otras que ocuparon las Misiones. Para que menos se pudiese 
desmentir la falsedad, poníanse en el Uruguay, que era la parte 
más distante de las ciudades, donde difícilmente habían de ir á hacer 
indagaciones los gobernadores de Buenos Aires ó de la Asunción. 
Achacaron el haber descubierto el filón de oro y explotarlo al vene- 
rable Misionero Padre Antonio Ruiz de Montoya (1). Creyó la 
calumnia el Gobernador D. Pedro Esteban Dávila (1632 á 1638), y 
envió informes al Consejo de Indias con toda aseveración de que así 
era verdad; y por su parte hizo indagaciones para comprobarlo. 
«La eficacia de este Gobernador fué tanta en la averiguación de este 
caso, dice el P. Montoya (2), que enviaba un Alcalde ordinario al 
desembarcadero á visitar las alhajas y aun los ornamentos de los 
Padres que iban á su gobierno: molestia que llevaron con sufrimien- 
to, sin saber entonces el fin.» «Hallé dos testigos, añade en la Can- 
il) Memorial de 1643, núm. 6, 
(2) Ibid. 



-227- 

quista espiritual (1) «que dicen afirmaron había arroyos y montes de 
oro, y que )'0 era el que gozaba de esta grandeza y la ocultaba (que 
hasta aquí puede llegar la emulación). Pedimos que los testigos á 
cuyo crédito se nos imponía esta acción, descubriesen los arroyos, 
los cuales juraron en tres tribunales (cuyos instrumentos tengo 
auténticos) que era falsa imposición que les ponían». Desengañado 
Díávila de la falsedad y corrido de la ligereza con que aseveró la 
calumnia, escribió al Consejo retractando sus informes (2). Pero 
aquello no era sino el principio. El Obispo D. Bernardino de Cárde- 
nas encontró esta noticia vaga de las minas en el Paraguay, y la 
asentó como verdad en su carta á la Audiencia de Charcas (3), y á 
lo que se decía, publicaba el hecho como cierto, según lo afirma el 
Gobernador D. Jacinto de Láriz (4) (1646 á 1653), quien lo llegó á 
creer. No fué menos ejecutivo Láriz que lo había sido Dávila, sino 
antes más: y para su oculto fin de dar con las ponderadas minas no 
dudó en emprender el viaje de seiscientas leguas en ida y vuelta 
para visitar una por una las Reducciones, citando desde allí al Obispo 
de la Asunción, que no distaba mucho, para que le ayudase en su 
tarea de arrancar aquel secreto de que se daba por tan bien enterado. 
Mas éste le burló contestando que la boca de las minas de oro estaba 
tapada (5) y las piedras que la tapaban eran los Padres de la Com- 
pañía, y así mientras no se sacaran los Padres, quitándoles las Re- 
ducciones, no se descubrirían las minas. Y con eso hubo de volverse 
el Gobernador y los de su comitiva, con el caudal harto disminuido 
del largo viaje y sin las ganancias imaginadas en la explotación 
de las minas, sin más que dejar bien castigado al falso delator, el 
indio Buenaventura, á quien estuvo á punto de ahorcar, y no lo hizo 
por intercesión de los Padres (6), Y vuelto á Buenos Aires escribió 
al Rey elogiando á los Misioneros, de quienes antes tan feamente 
sospechaba, y ponderando las buenas costumbres de los indios, y 
añadía: «y habiendo hecho muchas y particulares diligencias, pare 
ció el engaño de no haber, como no hay, tales minerales de oro en 
dichos parajes de aquel distrito; y con el deseo del servicio de vues- 
tra Majestad, me valí... del Reverendo Obispo del Paragua}-, quien 
se decía lo publicaba por cierto; á quien habiendo escrito 3^ pedido 

(1) Párrafo LXXX. 

(2) Su carta se copia en el mismo § LXXX. 

(3) Memorial de 25 de Abril de 1649, publicado en la N. Col. tomo I, páginas 
49, 61, 64. (Vid. not. al núm. 53). 

(4) Carta del mismo Gobernador al Consejo de Indias, publicada en Tkelles, 
Revista del Archivo, tomo I, pág. 359. 

(5) Láriz, Carta citada. 

(6) Charlevoix, Histoire du Paraguay, liv. XI. 



— 228 - 

encarecidamente me enviase certidumbre de tal noticia, ó viniese, 
que le aguardaría en la primera reducción, se excusó respondiéndo- 
me ser las piedras que tenían tapado el oro los Padres de la Compa- 
ñía, que asistían en aquellas Misiones, y que hasta que saliesen de 
ellas no podría surtir efecto su descubrimiento...; que se ha reco- 
nocido no haber tenido fundamento la vana voz de dichos mine- 
rales, etc.» (1). 

No parece que debía quedar ánimo á los falsos calumniadores 
para denunciar de nuevo las soñadas minas. Mas no fué así. Dos 
años después hubo vecinos en la Asunción que solicitaron formal 
licencia del Gobernador Escobar y Osorio para entrar á las Doctri- 
nas de la Compañía á buscar las minas que sabían existir allí, é hi- 
cieron informes al Virrey del Perú y á la Audiencia de Charcas, 
ofreciéndose «á descubrir á Su Majestad un nuevo Potosí, y más 
rico, de que goza la Real Corona tan crecidos aumentos y sus vasa- 
llos» (2), y divulgaron libelos infamatorios de la Compañía acusán- 
dola «de la ocultación de aquellas minas y provechos que sacan de 
ellas». El Juez de Visita, Oidor don Andrés Garavito de León, dio 
en 20 de Enero de 1651 mandato de que los firmantes, en el término 
de veinte días, se dispusiesen á salir personalmente al descubrimiento 
de dichas minas (3). No debían creer aquellos calumniadores que la 
cosa se había de llevar por medios tan propios para eludir toda ter- 
giversación ú oscuridad; porque al punto alegaron varias excu- 
sas (4). Mas el juez, en 19 de julio, declaró las excusas por rechaza- 
das, urgiéndoles para la ejecución de aquel descubrimiento de minas. 
Entonces en nuevas peticiones protestaron «que en ningún escrito se 
hallaría haber ellos dicho ni firmado que los religiosos labran oro, 
ni que lo sacan» (5). En vista de lo cual, el Visitador los condenó en 
graves penas de destierro y multas por haber pretendido imponer 
su falsedad á la Audiencia, al Virrey y al Consejo en la materia de 
las minas. Y en cuanto á las calumnias contra la Compañía, adem.ls 
de declarar judicialmente su inocencia en virtud de la retractación 
manifiesta de los reos, ordenó que ellos diesen otra satisfacción re- 
conociendo no haber sido los religiosos ocultadores. Hubo alguno 
que así lo hizo; y respecto de los demás que persistieron endurecidos 



(1) Carta citada. 

(2) Auto de Garavito sobre el oro fingido á 10 de Enero de 1651. — Publicado 
por Trellks con los demás documentos que luego se citan. (Anexos, m'im. 23, pági- 
nas 54 á 94.) 

(3) Ibid., pág. 64. 

(4) Auto del 19 de Julio, pág. 66. 

(5) Sentencia del 19 de agosto, pág. 68. 




LOS JESUÍTAS 



















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Diseño geográfico de la situación de la 



e falsamente s 
1 Oidor D. Jua 



,°at Vil'«*l'«ltln>ul"!!, c'."!"''! P"''" defenderlas. Copla fotográfica del que s 



» Sevilla, Arch. de Ind. 74. 6. 29, fol. 11 y 40. 



.presentó en juicio 



-229- 

en no retractar su calumnia, ordenó el juez que en el momento de ser 
sacados de la cárcel para ser expulsados de la provincia, se leyese á 
voz de pregonero la sentencia del 19 de agosto; como así se hizo (1), 

No parecería que en lo humano pudiese caber más pertinacia en 
asunto tan claro. Mas los Padres de la Compañía, que veían bien lo 
que podía acontecer, instaron al Visitador para que personalmente 
fuese á las Reducciones (2), con lo cual y con registrar de oficio el 
territorio de las soñadas minas }• declarar lo que hallase, cobraba 
fuerza mucho mayor la sentencia declaratoria de inocencia. No quiso 
el Visitador en trar personalmente á las Reducciones, lo que sintieron 
los Padres y el efecto mostró que era necesario. 

El capitán Ramírez de Fuenleal industrió á un Domingo, indio 
de su encomienda, para que depusiera como testigo de vista y tra- 
bajador de oro de las minas de oro del Uruguay, y hasta presentase 
la planta ó dibujo de los dos castillos que decía habían construido 
los Jesuítas á la entrada de las minas, bien artillados para que nadie 
penetrase en ellas. Hízole mudar de provincia, proceder poco á poco 
en sus descubrimientos y, finalmente, logró que se le tomasen decla- 
raciones que fueron estimadas dignas de ser enviadas al Consejo de 
Indias. Decía que las minas estaban en Concepción, una de las re- 
ducciones más antiguas y la primera que se fundó en el Uruguay. 
Que él era indio de nación tupí, }' había entrado en las Doctrinas 
convirtiéndose, y muchos años había sido trabajador con otros en 
aquellas minas (3). El efecto de todo esto fué que, al mismo tiempo que 
volvía de su comisión y pesquisa el Oidor Garavito á su Audiencia de 
Charcas, tuviese que salir de allí nuevo Visitador para averiguar de 
raíz la materia de las minas; y fué el Oidor don Juan Blásquez de 
Valverde. Llevando consigo al indio delator, hizo personalmente la 
visita é inspección de visíi de todas las reducciones, y en especial del 
sitio donde se fijaban las minas. El indio confesó que él no era Tupí, 
sino Guaraní de Yagua ron y encomendado del capitán Fuenleal; que 
jamás había pisado el territorio de las Doctrinas, ni sido en ellas 
minero, ni sabía dónde estaba Concepción, ni siquiera sabía dibujar; 
y que el dibujo ó planta se lo habían dado los que le indujeron á su 
maldad (4). Dio el juez sentencia definitiva á 27 de Setiembre de 

(1) Trelles, Anexos, pág". 75. 

(2) Memorial del P. Juan Pastor, en Xarquue, lib. II, cap. XLVII. 

(3) Supiéronse los detalles por la retractación del capitán Cristóbal Ramírez 
de Fuenleal, autor de toda la calumnia. (Charlevoix, lib. XII). 

(4) \o debían de saber éstos de geografía y fortificación mucho más que el in- 
dio: como lo muestran el diseño geográfico ó mapa, y la pintura del castillo, que 
por duplicado existen hoy en el Archivo de Indias de Sevilla, 74-6 29, fol. II y 40, 
y que con su leyenda reproduce la adjunta fotografía. 



-230- 

1757, en la cual dice: <íDigo que debo declarar y declaro por falsas 
y calutnniosas la acusación y delaciones que el dicho Domingo ha 
hecho en juicio sobre las minas de oro: que ha mentido en materia 
grave;... habiéndose comprobado por la evidencia del hecho que no 
se ha encontrado mina alguna en los parajes que él había designa- 
do, ni se ha descubierto rastro de que jamás las haya habido.^ como 
ni tampoco de las murallas y cuerpos de guardia que tenia marca- 
dos en su carta y en los planos que había trazado, ni de que los in- 
dios de este país^ que están al cuidado de dichos Padres, Jiayan 
nunca visto nada de todo esto» (1). Y en virtud de haber llevado con- 
sigo á los Alcaldes y Regidores de la Asunción que en los años 
648 y 649 habían hecho las denuncias, y de haber examinado de 
nuevo los procesos del Oidor Garavito, pronunció segunda sentencia 
en 2 de Octubre del mismo año 1657, en la cual dice: «Que era de su 
deber declarar y declaraba nulos y de ningún valor todos los autos, 
decretos, informaciones y demás procesos hechos en este asunto 
por los dic/ios Regidores y Alcaldes; que deben ser borrados de los 
libros y registros, cojno llenos de falsedades y calumnias contra- 
rias á la verda I , que ha sido reconocida en las dichas Provincias 
del Paraná y Uruguay, e)i presencia de los delatores mismos jurí- 
dicamente citados. Declaró además no haber observado señal al- 
guna que haya podido hacer creer que hubiese habido nunca minas 
de oro en aquei país, ni que se haya recogido oro en sus arroyos 
como los susodichos habían declarado maliciosamente y de pro 
pósito, (2) etc. 

Tanta había sido la astucia de los que habían elegido aquel punto 
tan delicado de las minas para forjar sobre él sus calumnias, que, 
á pesar de haberse trasmitido todas estas actuaciones á Madrid, 
todavía se buscaba de aUí nueva indagación y certidumbre, poniendo 
entre los encargos que se hacían al licenciado don Fernando de Ira- 
vedra cuatro años después el siguiente capítulo: «Asimismo averi- 
guará por examoi de testigos y otras cualesquiera diligencias que 
para ello puedan hacerse, si es cierto que en la provincia del Uru- 
guay contenida en las del Paragimy, hay ó ha habido minerales de 
oro, y caso que se averigüe haberlos habido ó Jiaberlos al presente, 
si se han labrado.., si se han pagado quintos á su Majestad, etc.» (3). 
Algunas diligencias hizo en el Paraguay (año de 1665) sobre averi- 
guar este punto el Oidor de la Audiencia de Buenos Aires D. Pedro 

(1) CnAKLEvoix, tom. III, Piéces justificatives. 

(2) Ibid. 

(3) Thkli.ks, Anexos, n. 29, fecha 25 de Noviembre de 1661. 



-231 - 

de Rojas y Luna, en quien últimamente había recaído la comisión de 
Iravedra; mas no llegó á darlas por terminadas, ni envió informe 
sobre ellas al Consejo de Indias. En adelante no se habló más de las 
pretensas minas, á no ser en alguno de los libelos que imprimieron 
los herejes en Holanda. 

Quedó tan desacreditada y como infame la especie de minerales 
de oro, que aun en 1767 y 68, cuando se desenterraron del olvido 
todas las antiguas calumnias contra los Jesuítas, sin perdonar á l;is 
más absurdas; con todo eso, la de las minas no se atrevió á salir á lo 
público. Pero en la instrucción particular que dio Bucareli á los dos 
que estableció en las Doctrinas con título de Gobernadores interinos, 
les decía: Averiguará también V. de qué parajes extraían los indios 
de estos pueblos los pedazos de metales que en algunas ocasiones 
solían dar á sus precedentes curas, informándose si hay minas, su 
situación y de qué calidad; y procederá V. en este examen con toda 
la cautela á que induce la reflexión de que el mismo interés de los 
indios puede iíiducirlos á ocultarlas. 

Las diligencias que en virtud de esta excitación se practicaron 
durante varios años están menudamente especificadas en el Informe 
dado por Don Francisco Bruno de Zavala en 1785, que se conserva 
en el Archivo general de Buenos Aires (1). Según él, se encontraron 
minerales de cobre en Candelaria y Santa Ana, de azogue en Santa 
María de Fe, de hierro los había en varias partes; de oro se sospechó 
que lo hubiera también en Santa María de Fe; y de plata en Itapúa. 
Formáronse dos sociedades para laborear las tales minas; y al decir 
del gobernador, el único efecto fué perder los socios su capital, y lo 
que peor es, hacer trabajar á los indios sin pagarles debidamente 
sus salarios. 

Una de las cosas que causa extrañeza en el informe es la inge- 
nuidad con que su autor admitía cualquier noticia sobre la materia 
de minas. Así supone que las campanas de los pueblos de Misiones 
se habían fundido con cobre sacado de minas de aquel territorio. 
Pero es porque ignoraba lo que muy bien declaró Xarque (2), á 
saber, que aunque los Guaraníes aprendían el arte de fundir, habían 
de recibir de fuera el metal: El metal para campanas más vecino es 
el de Coquimbo en Chile, que dista más de seiscientas legiuis, por 
tierras en que media la Cordillera nevada^ que tiene espacios que, 
aun á pie, los vence con dificultad un hombre: por lo cual, apenas 
pueden conseguir el metal necesario para las pequeñas campaims 

(í) Apend. núm. 21. 

(2) Insignes misioneros, part. III, cap. ^'I, n. 1. 



- 232 — 

y otras alliajillas de sus templos. Y si les mandan fundir algunas 
campanas para otros pueblos fuera de las Reducciones^ es menester 
también enviarles el metal de que lia de constar la obra. 

El informe de Zavala y las muestras de minerales que envió, que- 
daron en el Archivo de Buenos Aires, esperando mejor ocasión. Ha 
pasado todo el siglo xix: y ni por parte de la República Argentina, 
ni por la del Paraguay, Brasil ó Banda Oriental, entre quienes vino 
á dividirse el antiguo territorio de Doctrinas, se ha descubierto ó 
utilizado en él mina alguna. 

Lo que sí han corrido han sido las especies absurdas acerca de 
aquel oro que los Jesuítas habrían sacado de las antiguas minas y 
dejado en entierros á su salida del país. Pueden verse ejemplos de 
tales patrañas en Gay (1), donde juntamente aparece la pueril cre- 
dulidad del autor, de que ya se han visto algunos otros ejemplos. 



IV 
HALLAZGO DE HIERRO EN LAS DOCTRINAS 

Mucho tiempo anduvieron los émulos de los Jesuítas pretendiendo 
hallar en las Doctrinas oro y plata, sin dar jamás con estos me- 
tales: y mucho tiempo pasó igualmente sin que los Jesuítas supieran 
que en ellas era posible obtener hierro. Y aunque al cabo, la dili- 
gencia de un Misionero logró elaborarlo, hubo que renunciar luego 
á aprovechar aquel recurso natural. 

En 1698 habían fundado los Padres Antonio Sepp y José de Te- 
jadas el nuevo pueblo de San Juan, desprendido como colonia del de 
San Miguel: y dos años más tarde halló el P. Sepp un medio para 
obtener algún hierro y acero, aunque en pequeña cantidad. He aquí 
los términos en que lo refiere él mismo (2). 

«Capítulo 26. Halla el P. Antonio hierro y acero. — Tan escasa 
anduvo la naturaleza con estos pobres indios, que les ocultó y rehusó 
el hierro y el acero. Pero finalmente, en este año de 1700 se descu- 
brieron uno y otro, por dignación de nuestro Criador, después que 
tanto tiempo se había andado buscando inútilmente. El caso sucedió 
de esta manera. Hay en el país una piedra común que de tal modo 
se endurece á los rayos del sol, que, como el oro, solamente ;i fuerza 

(1) Ga.v, República jesuítica, cap. XIV, pág. 239. 

(2) Fortsetzuug, cap. 26. 



- 233 — 

de vivo fuego puede domarse 5' fundirse. Y si en este punto se vierte 
agua sobre ella, se endurece y viene á quedar como el más bien 
templado acero... Esta piedra es fácil de arrancar al primer golpe 
del pico ó del martillo, 3^ sus vetas serpean entre la verde pradera 
ó el césped bañado por el sol y las continuas lluvias. De suerte que 
la misma naturaleza le hace traición y la descubre, poniendo de ma- 
nifiesto en las colinas que se alzan sobre la llanura el precioso tesoro 
que lleva encerrado en su seno. Llámanla los indios Itacun'i por las 
variadas notas ó manchas negras que son patentes muestras de con- 
tenerse allí hierro. Tales piedras, elegidas primero 3^ cocidas luego 
al fuego, dan por su fundici<3n hierro y acero. 

»El modo 3^ forma de sujetar dichas piedras á la acción del fuego 
para fundirlas, viene á ser el siguiente. Fabrícase de ladrillos cru- 
dos un horno de cocción 3' fundición como de ocho á diez pies de alto 
3' seis de ancho, que tenga en el medio un hueco de un pie en cuadro 
para chimenea ó colector del humo. Por este hueco se introduce una 
parte de la sobredicha piedra rota en pedazos menudos y machaca- 
da, con seis partes de carbón de quemar. Pero antes de machacarla, 
ha sido necesario tostarla bien al fuego, como previa diligencia para 
hacer salir de ella toda la humedad que contiene, 3^ expeler sus espe- 
sos vapores ó exhalaciones terrestres. Y como es menester que el 
horno esté sumamente encendido^ se han de poner dos grandes fue- 
lles para que el fuego se conserve incesantemente con toda su inten- 
sión, 3" soplar con vehemencia sobre él; para que gradualmente, 
como enseña el arte de la fundición, se separen unos de otros los 
minerales: ca3'endo al fondo el hierro, y sobrenadando la escoria ó 
espuma del metal, que se escurre por un canal practicado al efecto. 
Cuidase de ejecutarlo así durante veinticuatro horas: y entonces se 
abre el horno, y por las puertas de abajo, con azadones largos de 
hierro, se sacan las masas de metal, que todavía están enrojecidas: 
y llevándolas al 3"unque así en caliente, las baten y consolidan bien 
cuatro valientes herreros: estirándolas al fin y reduciéndolas á lar- 
gas barras de hierro, de las que se pueden fabricar las varias herra- 
mientas. Y no sin admiración se observa una cualidad que en los 
hierros de Europa no se encuentra en modo alguno, 3^ es, que este 
hierro que yo he encontrado, es el mejor, el más perfecto y duro 
acero que jamás se haya visto. Dóyle la dureza y naturaleza del 
acero, virtiendo sobre él más ó menos agua fría de fuente, cuando 
todavía está el metal enrojecido, con lo cual voy templando y apa- 
gando poco á poco su ardiente calor. De manera que las azadas ó 
cuñas que 3^0 do3" á mis herreros indios son acero puro y neto: sólo 



- 234 - 

que en tanto las baño yo en agua, en cuanto lo exige la clase de 
corte que han de tener, dando á cada pieza su proporcionado temple. 
Lo mismo ha de entenderse de todas las demás herramientas. Y esto 
ha traído una utilidad inapreciable. Porque como hasta ahora no 
había concedido la naturaleza á nuestros pobres indios arrojados en 
esta última parte del mundo que es la América, el que pudiesen dis- 
frutar ni aun de un poco de hierro: y van cumplidos ya más de siete 
años que no llega buque alguno al puerto de Buenos Aires, con lo 
cual ningún hierro ni acero se ha traído de España, no quedaba otro 
recurso que el de llamar á las puertas del cielo...» «Y he aquí que 
cuando más me apuraba la necesidad, por estar edificando un nuevo 
pueblo desde sus cimientos, finalmente he venido á hacer este descu- 
brimiento. ¡Oh cuan visible se muestra aquí la infinita misericordia 
de Dios!» 

Aun después de hallado el modo de fabricar el hierro, no parece 
que se utilizó sino en contados casos de gran necesidad, según se ve 
en el informe de Zavala arriba citado: y de otros documentos consta 
que el hierro usado en las Doctrinas era el que venía de España. 



V 
INDUSTRIA DE TEJIDOS 

Era preciso, con preferencia á muchas otras, entablar las artes 
que habían de servir para vestir á la muchedumbre de indios que se 
congregaba y aumentaba en las Reducciones. Sin esto, bien pronto 
hubieran andado totalmente desnudos como en tiempo de su gentili- 
dad, dada la indolencia del indio y la vida en un clima cálido como 
el de las Doctrinas. 

Esta necesidad fué la que hizo emprender las sementeras de al- 
godón. También el lino era planta acomodada para el territorio de 
Misiones: pero después de varios infructuosos esfuerzos por introdu- 
cirlo, los Padres hubieron de renunciar á su propósito. Es, dice el 
P. Cardiel (1), feraz también para el lino el campo en Misiones; pero 
el indio pri)nero llegará d fabricar pan de trigo [cosa trabajosísima 
en su aprehensión] que resolverse d regar el lino cuando ya está 
crecido, carpirlo, arrancarlo en la )}uidurcz , desprender la semilla 

(1) Gay, República jes. c. XIV, p, 239. 



-235- 

dc la planta, embalsarlo, secarlo fuera de la balsa, macerarlo, ras- 
trillarlo. Cien veces hemos experimentado que no hace el indio este 
trabajo sino mientras el Misionero está presente; y el Misionero no 
puede estar siempre d su lado. Mas en el algodón no hay más faena 
que transportarlo de la planta á la rueca (1). 

Y aun para lograr esto se experimenta dificultad . Porque el 
algodón no madura todo á un tiempo; sino que durante unos tres 
meses hay que ir recogieiuio día á dia los pelotones de nueces tna- 
duras, que de otra manera caerán por el suelo: y revueltos con tie- 
rra, lodo y espillas, quedarán perdidos. La india, empero, única- 
mente recoge lo que de presente ha de hilar, y si acaso, algún poco 
más para guardar; y de lo demás no se cuida. Por lo que algunos 
Misioneros hacen ir á las niñas con su celadora, y lo que ha quedado 
abandonado se agrega al Tupainbaé. 

Los Padres procuraban que cada indio sembrase y cultivase el 
algodón en su chacra. La india hilaba la cosecha y luego entregaba 
su hilado á los tejedores por medio del mayordomo. «Lo que suelen 
hilar, dice el P. Cardiel (2), alcansa á ser una tela de ocho á diez 
varas, que no pasan más allá los ánimos de la india. Paga al teje- 
dor con alguna torta de mais ó de mandioca, ó con algún objeto de 
plomo con colores ó de vidrio, ó no le paga nada; y de cualquier 
modo queda contento el tejedor sólo con que haya sido mandado 
por el Padre; porque el Misionero es el alma de todo este régimen, 
que todo se deshace en faltando su vigilancia. 

En algunos pueblos se consigue de muchos esta economía de que 
cada uno siembre é hile el algodón y lo teja para sí: en otros, de 
algunos pocos: en otros de ninguno; que son algo distintos los de 
un pueblo de los de otroy> (3). Esta fué la causa que obligó á poner 
entre los artículos del Tupambaé los algodonales, como se habían 
puesto los maizales y mandiocales. Los hombres preparaban el te- 
rreno 3" hacían la siembra, y para el cuidado de escardar se envia- 
ban los niños ó las niñas con sus sobrestantes, y lo mismo se hacía 
para la recolección. 

Junta la cosecha en los almacenes comunes, se había de proceder 
al hilado. Cada sábado se entregaba á las indias casadas media libra 
de algodón á cada una, con obligación de presentar el miércoles si- 
guiente la tercera parte en peso de algodón hilado, calculándose que 
las otras dos terceras partes son el peso de la semilla. Esta tarea de 

(1) De moribus g-uaranionim, cap. III, § Maioris est operae. 

(2) De moribus guar. c. III, § De peculiaris agri. 

(3) Declaración de la verdad núm. 121. 



- 236 - 

hilar media libra de algodón podía sin trabajo terminarse en cuatro 
ó cinco horas. El miércoles recibían otra media libra, de la cual ha- 
bían de entregar el hilado el sábado. Al presentar su tarea, los 
alcaldes de las mujeres pesaban todos los ovillos en el atrio del co- 
legio, 3^ ponían (1) en cada uno un pedacito de caña en que se escri- 
bía el nombre de la hilandera. La operación se hacía formando en el 
suelo cuadros de á diez ovillos por lado y que cada uno contenía 
ciento. Pesábanlos primero uno por uno, y luego todos juntos: y si 
faltaba peso, avisaban para que se completase, como si se advertía 
estar muy mal hecho el hilado, daban su penitencia á la india. Luego 
entregaban sus apuntes al Cura y al mayordomo (2). Esta tercera 
parte de libra, que son cinco onsas y un tercio, es lo que traen cada 
semana de hilo; y aun esa cortedad no se puede conseguir de todas. 
Son niiiclias las que faltan; y si no fuera el castigo, faltaran mu 
chas más (3). 

Pasaba luego el algodón hilado á los tejedores. Los tejedores 
para las telas de bienes comunes eran diez, doce ó más, según la 
grandeza del pueblo, y distintos de los que cuidaban de las telas de 
los particulares. En el pueblo de Yapeyú hubo hasta treinta y ocho. 
Cada uno de ellos recibía cuatro arrobas de hilo de algodón, que son 
cien libras de diez y seis onzas (46 kilogramos), ^y devolvía doscien- 
tas varas de tela de una vara de ancho (167 m. X 0'",836). Su salario 
era seis varas de la misma tela; y apenas había alguno que tejiese 
las doscientas varas en un mes. Cuando el tejedor encontraba engaño 
ó falta en los ovillos, el nombre escrito en la cañuela mostraba en 
quién estaba la culpa y á quién se había de aplicar el castigo (4). 

Semejante era el procedimiento para reducir á tejidos la lana. 
Dábase una tarea semanal de una libra para hilar; mas aquí no 
había medida fija del peso del hilo, pues según la calidad, pierde 
más ó menos la lana cuando se lava y siempre pierde bastante. 
Después de hilada, la tejían del mismo modo que el lienzo, sacando 
de ella un paño burdo ó jerga, que \\a.ma.h?in becJiar a {áe bechá ú 
obechá, en Guaraní oveja) y era el único que tejían los indios, á 
quienes no fué posible industriar para más delicadezas ni telas más 
finas, por su dejadez y horror á todo lo que fuese algo trabajoso ó 
complicado. Lo que sí hacían era teñir lana y luego tejer telas lis- 
tadas ó floreadas que les servían para ponchos de gala (5). 

(1) Cardiel, De moribus, c. III, § Textores. 

(2) Cardiki., De moribus, cap. III, § Indarum. 

(3) Declaración de la verdad, núra. 121. 

(4) Id. De moribus. c. III. s Textores. 

(5) Declaración núra. 119. 



-237- 

Tela de algodón se había de fabricar en gran cantidad, porque 
de ella se habían de vestir todos, hombres, mujeres, niños 3^ niñas; 
y además se procuraba que hubiese para trocar con otros pueblos 
por objetos que hacían falta; pues el lienzo, como la yerba, servían 
de moneda en los cambios. Tela de lana no se empleaba tanta, pues 
sólo se usaba en los ponchos de hombres y niños para el in- 
vierno. Y ni aun ésta que necesitaban, alcanzaban de por sí todos 
los pueblos, porque no todos tenían buena comodidad de pastos, de 
donde procedía haber pueblos que, á pesar de haber renovado una y 
otra vez sus rebaños de ovejas, no sólo no los podían aumentar, sino 
ni siquiera lograban conservarlos en su ser (1). Pero como había 
otros pueblos con pastos muy á propósito, y en donde se criaba el 
ganado lanar, en semejantes casos se procuraba por compras la 
cantidad de lana necesaria. 

(1) Relación de las Misiones de Guaranís, § Reliqua etiam. 



CAPITULO IX 



RÉGIMEN ECONÓMICO: EL COMERCIO 

1. Comercio interior. — 2. Comercio con las ciudades. — 3. Los pueblos de 
abajo. — 4. Incomunicación de los pueblos de indios, según las leyes. — 5. Inco- 
municación de las Doctrinas de la Compañía. — 6. El idioma Guaraní. — 7. Fun- 
damento de las leyes que prescribieron el idioma castellano. — 8. Si los Misione- 
ros ejercían comercio. — 9. Informes del Gobernador Robles. — 10. Y del 
Gobernador Rege Gorbalán. — 11. Si eran ó no ricas las Doctrinas. 



I 

COMERCIO INTERIOR 

Los frutos de la cosecha del Tiipainbaé^ y los productos de la 
industria que perteneciesen á los bienes comunes, cuyos principales 
capítulos eran las telas y la yerba mate, se llevaban á unos depósi- 
tos colocados en el primer patio de la casa de los Misioneros y 
llamados ahnacenes. De ellos tomaban nota los indios destinados al 
oficio de ahnacenes, habiendo otros con el cargo de contadores y 
otros con el áe fiscales, y sobre todos estaba el mayordomo del pue- 
blo (1). Todos ellos sabían leer y escribir y la aritmética bastante 
para llevar las cuentas del pueblo; y así de estos efectos, como del 
ganado que tenían en l;is estancias, tenían sus libros é inventarios 
propios; y con puntual razón señalaban y podían dar conocimiento 
de las entradas y salidas de cada pueblo, expresadas en sus libros 
con toda formalidad. Las llaves de los almacenes estaban en poder 
de los Misioneros; y cuanto en ellos entraba ó de ellos salía, había 
de ser con licencia del Misionero y por medio de los oficiales desti- 
nados á ello. 

Con este ordenado régimen, se averiguaba en tiempo oportuno 

d) Cédula de 1743, punto cuarto. 



-239- 

qué cosas faltasen en el pueblo, y de cuáles pudiera haber sobrante, 
atendidas las necesidades ordinarias. 

Por ejemplo el tabaco para mascar es un artículo, dice el autor 
de la Relación (1), sin el cual difícilmente acierta el indio á pasar 
el día. Decían ellos que les aumentaba el vigor, sobre todo en tiempo 
de invierno. Y no lo empleaban sino mascado, gustando mucho de 
ello. Todos pudieran plantarlo, añade el P. Cardiel (2), pero son po- 
quísimos los que lo hacen, por su flojedad. Tiempo les sobra. Había, 
pues, que asegurarlo, plantando algo en el campo común. Pero no 
siempre se podía proveer de lo suficiente en algunos pueblos, mien- 
tras que en otros sobraba algo de la cosecha: en tal caso se compraba 
para suplir á la necesidad, acudiendo al pueblo que lo tenía. En algu- 
nos pueblos abundaba el algodón, ó el maíz y legumbres, ó el gana- 
do, que en otros se echaba menos. El gusano ó la langosta hacía es- 
tragos en unos pueblos, dejando otros menos damnificados ó del todo 
libres. Entonces se había de comprar lo necesario para el sustento. 

Mas estas compras no se hacían sino permutando los efectos. 
En las Misiones hallábanse establecidos precios fijos que marcaban 
el valor de cada género; y de ellos conservaba la lista el Cura del 
pueblo; sin alterarse la tasa fijada para los cambios por ninguna 
mudanza de tiempo ó de circunstancias. 

La misma regla que se empleaba para el trueque de los efectos 
comunes, servía para los trueques que quisiesen hacer los particu- 
lares. Pero éstos eran en número muy limitado; porque al indio 
por lo general, no sólo no le sobraban especies que pudiera permu- 
tar por otras, sino que antes bien le faltaban las cosas necesarias 
para el sustento por su flojedad é imprevisión. No obstante, sucedía 
con alguna frecuencia que haciendo el indio por su cuenta cierta 
cantidad de yerba ú obteniendo otro fruto, se presentase al Cura 
pidiendo algún otro objeto que necesitaba, permutándolo por yerba 
conforme á la tasa fija. 



VII 

COMERCIO CON LAS CIUDADES 72 

Fuera de los géneros necesarios para el sustento, que ó se 
cosechaban en el pueblo, ó se adquirían de otros pueblos de las 
Doctrinas por medio de cambios; había otros varios efectos que no 

(í) Relación de las Mis. § Tabacco. 
(2) Declaración, núm. 114. 



— 240 - 

se podían hallar en Misiones, y que sin embargo, eran muy necesa- 
rios á los indios. Los instrumentos para las artes, telas no tan bas- 
tas como la grosera bechara ó cordellate, que sirviesen para vestido 
de los principales en las fiestas, armas para la milicia, ornamentos 
para las iglesias, hierro, pólvora, sal, pinturas y otras cosas seme- 
jantes, se habían de traer de las ciudades de estas provincias, y 
algunas era menester ir á buscarlas á España. 

Para semejantes compras no había en las Doctrinas ni circulaba 
por ellas moneda alguna. Y otro tanto sucedía en las restantes 
poblaciones de la provincia del Paraguay, inclusa la ciudad de la 
Asunción, que era la capital. El P. Domingo Muriel, estudiando el 
punto en su Derecho natural y de gentes (1), hace notar la singular 
condición en que se hallaban los frutos de la tierra en la provincia 
civil del Paragua3^ pues dentro de aquella provincia estos frutos eran 
monedas con valor fijo: y en saliendo de allí á la del Tucumán ó de 
Buenos Aires, eran no ya moneda, sino mercaderías como las demás; 
de donde resultaban varias consecuencias, que allí enumera. Estos 
frutos que tenían valor de moneda, por no circular allí moneda de 
oro, plata ni cobre, eran cuatro: la yerba mate, el tabaco, la miel 3' 
el maíz. La yerba moneda era, no la caamini ó sin peciolos, sino la 
yerba de palos. El tabaco era, no tabaco picado, ni tabaco en polvo, 
sino tabaco en rama, arrollado en hacecillos cónicos y atado con 
ligaduras de retama del país. El valor de estas especies se tasaba 
según peso y medida por cierta unidad imaginaria de moneda llamada 
peso hueco, que al parecer no siempre tuvo la misma estimación, 
pues según Ordenanza 28 de Alfaro y ley 7, tít. 24, lib. 7, R. L, un 
peso hueco debía valer seis reales ó sea 74 partes de un fuerte; según 
el P. Cardiel (2) en un tiempo valía sólo ^'4 de fuerte; y el valor m;is 
corriente que le dan el P. Díaz Taño (3), y los PP. Muriel (4), Monto- 
ya (5) y Lozano (6) y algunos documentos oficiales, es de V3 de fuerte. 
Estimábase una arroba de yerba (11,5 kilos) como dos pesos huecos, 
una arroba de tabaco equivalía á cuatro pesos huecos, una fanega de 
maíz era un peso hueco, etc. Y subdividiendo estas especies se pa- 
gaba con media libra el equivalente de un real ó de medio, etc. Pero 
además de los cuatro frutos ya enumerados, parece que había otros, 

(1) Rudiinenta Juris Natnrae et Gentium, lib. I, disp. XI. § II. 

(2) De moribiis g-uaran. Cap. III. 8 Ex bonis cotntnunibus. 

(3) Riid. Juris, disp. IX. s I, núm. 6. 

(4) Conquista espiritual s 2. 

(5) Conquista, fol. I. 

(6) Apunte autóafrafo que comienza: (Respondo álos tres puntos, etc.) Arch. 
gen. de B. A.", legajo «Misiones / Varios años / 1, pieza 38». 



- 241 - 

pues la Ordenanza 60 de Alfaro, menciona varios más; y en espe- 
cial, el pagar en varas de lienzo, que se contaban por un peso, parece 
que fué bastante usual. 

Este era valor fijo dentro de la provincia, por estar declarados 
moneda aquellos frutos: Las niojiedas de la tierra en Paraguay sean 
especies, y valgan á razón de seis reales el peso: 1. 7. tít. 24. libro 
7. R. I. Pero en saliendo del Paraguay, cesaban de ser moneda, y 
se vendían por el precio que era corriente, más alto ó más bajo 
según las circunstancias, como cualquier otra mercadería. El precio 
de la yerba en Santa Fe y en Buenos Aires, solía ser de dos pesos 
de ocho reales por arroba, siendo verba escogida; )' menos, si era 
de inferior calidad. 

A los puertos de Santa Fe y Buenos Aires, conducían sus pro- 
ductos los indios de las Doctrinas, para pagar el tributo y proveerse 
de los efectos que necesitaban. Para lo cual se ponían aparte los 
efectos sobrantes, que casi en su totalidad, se reducían á la yerba, 
á la cual se añadían algunas piezas de lienzo, y otros objetos en 
pequeña cantidad, como pábilo preparado del algodón, cueros y 
algunos artefactos de carpintería, mesas, escritorios, cajas con 
obras de taracea, en que tenían gran destreza, y que por no haber 
ebanistas ó artífices de esta clase, eran muy estimadas en las ciu 
dades. Como lo sustancial era la yerba, que había de sufragar el 
tributo, si algún pueblo no tenía lo bastante para llegar á las tres- 
cientas ó cuatrocientas arrobas que le correspondían, era preciso 
que con tiempo se arreglase por trueques con otros pueblos para que 
no le faltase artículo tan necesario. Ni bastaba disponer de cual 
quier clase de yerba en la cantidad requerida; sino que había de 
ser nueva de aquel año recién traída de los 3'erbales; de otro modo 
los comerciantes, que la tomaban para despacharla luego por menor 
á los españoles, no la querían recibir. Y así era necesario que si 
alguna cantidad sobraba de los años anteriores, se reservase para 
el consumo de los indios, y la mejor calidad se enviase para satis- 
facer á las obligaciones urgentes. 

Para bajar á Buenos Aires, formaban los pueblos del Uruguay 
sus balsas. Lo que llamaban balsas consistía en una casilla susten- 
tada sobre dos botes. Fabricaban la casilla de madera y cañas, re- 
vistiéndola por dentro de esteras 3^ por fuera de cuero de buey; y 
ésta era la cámara de depósito de sus efectos. Juntaban entre sí los 
dos botes, que servían de flotadores, y á remo gobernaban su nave- 
gación, que los había de llevar por saltos 3' remolinos donde no había 
paso para otra clase de embarcación. Los pueblos del Paraná muy 

16 Organización Social de las Doctrinas Guaraníes. 



— 242 — 

frecuentemente usaban también de balsas; pero con el tiempo fueron 
construyendo barcas algo mayores, con las cuales á vela y remo 
hacían su viaje por ser el río mayor y sin tantos arrecifes. Al prin- 
cipio toda la yerba tenía que ir á Santa Fe; y así allí se hubo de 
poner un Padre Procurador de las Misiones, que se encargase de re- 
ducir á plata la yerba y efectos que venían en nombre del pueblo, 
de pagar el tributo en plata á los Oficiales reales, y de comprar los 
géneros que el pueblo pedía y entregárselos á los indios para que los 
llevaran de tornavuelta. Más tarde fué necesario poner otro en 
Buenos Aires con cargos semejantes, sin que conste de las fechas 
exactas en que empezaron estos Procuradores; aunque parece que 
el de Santa Fe no existió hasta que en 1666 se empezó á pagar el tri- 
buto, que entonces por la necesidad de vender la yerba y de juntar 
la notable cantidad del tributo, que antes no había, fué preciso esta 
blecerlo. Llegadas las balsas al término de su viaje, se presentaban 
los indios al P. Procurador con las cartas del Misionero y la lista de 
los efectos que llevaban y de los que deseaban traer de regreso; lista 
que también tenían los indios en Guaraní. Los efectos, rotulados y 
con el nombre del pueblo que los enviaba, eran colocados en depósito 
hasta hallar la oportunidad de venderlos; y si el pueblo tenía sufi- 
ciente hacienda para el pago del tributo y juntamente para los en- 
cargos que hacía, le procuraba el Padre los objetos pedidos cuanto 
antes, y despachaba los indios para no tenerlos detenidostanto tiempo 
fuera de sus pueblos. Y en obtener lo que habían encargado según sus 
cuentas y listas, andaban muy despiertos los Cabildos indios de los 
pueblos, como lo muestra la observación del P. Juan José Rico en su 
Memorial de 1743 (1): aTodos, por lo común, sotí de poca ó ninguna 
economía, pero les sobra advertencia para conocer si el Cura les ex- 
travía ó no los bienes de su Pueblo; en cuya confirmación diré lo 
que sucedió con unos Indios Mayordomos del pueblo (me parece de 
Nuestra Señora de Loreto), y fué, que vinieron al Provincial con 
una lista de varios géneros que se habían enviado el aíio antcce 
dente de su Pueblo á la Procuraduría de Misiones de Buenos Aires, 
de donde en correspondencia sólo se había traillo alguna ropa, y 
hierro, cuando ellos esperaban muchas más cosas; y fué menester, 
para desengañarlos, hacerles píllente lo adeudado que Jiabía estado 
el Pueblo; y que apenas habían bastado los géneros remitidos para 
pagar.y> 

La expedición de los indios con sus balsas para Buenos Aires }' 

(1) Rico, Reparos: «Tercero Reparo». 



-243- 

Santa Fe era la ocasión en que el indio particular que tuviese algo 
que vender ó comprar en las ciudades, podía enviar sus frutos; lo 
que, según antes hemos hecho notar, si bien era muy raro, no obs- 
tante no era acción sin precedentes, pues se daban algunos ejemplos 
de ello. Mientras los indios demoraban en la ciudad para que se 
pudiesen juntar las cosas que traían encargadas, varios de ellos se 
ponían A servir en alguna casa de españoles, alquilando su trabajo 
por justo salario. Y al tiempo de volver á embarcarse para sus pue- 
blos, el Procurador repartía á cada uno alguna ropa y cosillas de las 
que ellos gustaban de llevar para sus familias; porque había varios 
que por su genio inadvertido habían malbaratado cuanto trajeron y 
cuanto habían adquirido con la venta de las propias cosas que traían 
ó con el salario, y hasta los mismos vestidos, hallándose desnudos y 
sin nada que llevar á sus pueblos (1). 



VIH 
LOS PUEBLOS DE ABAJO 

Cuatro pueblos había que se llamaban pueblos de abajo, porque 
hallándose al sur de la Asunción, se podía decir que respecto de ella 
quedaban río Paraguay abajo; y eran los de San Ignacio guazú, 
Santa María de Fe, Santiago 3' Santa Rosa, á los cuales se añadieron 
San Cosme, cuando ya estuvo al norte del Paraná, y Ntra. Sra. de 
la Encarnación de Itapúa. En estos pueblos, por razón de hallarse 
más inmediatos que los demás á la ciudad de la Asunción, aunque to- 
davía distaban de ella cincuenta leguas, 3" por hallarse cerca del ca- 
mino que seguían los comerciantes al entrar 3' salir del Paraguay, 
se fué estableciendo insensiblemente un tráfico en que los Guaraníes 
trocaban sus especies por otras, ó por mercaderías, contratando con 
los vecinos de la Asunción, con los de la Villarrica ó con los comer- 
ciantes que pasaban, todos los cuales tenían entrada en el pueblo 
para el efecto del comercio. 

Para esto se había construido un edificio de hospedería, llamado 
tambo, donde había capacidad para albergarse convenientemente los 
mercaderes 3^ exponer á la vista sus mercaderías. Allí concurrían 
los indios que querían comprar alguna cosa, ó los almaceneros ó ma- 
3'ordomos cuando les convenía adquirir algo para el común; 3' todas 

(1) Ordenanzas de Alfaro, n. 26, ley 18. tít. 3. lib. 6. 



-244- 

las transacciones y entrega de efectos se verificaban en esta especie 
de mercado. 

Mientras los forasteros permanecían allí, eran albergados sin pa- 
gar nada por su parte, é igualmente se les sustentaba por cuenta del 
pueblo. Pero, según las leyes y Cédulas reales, no podían detenerse 
más de tres días, y así puntualmente se ejecutaba. 

Las compras y ventas, como las demás del Paraguay, se hacían 
con monedas de la tierra ó pesos huecos, no habiendo en toda la pro- 
vincia monedas de oro ni de plata. Y para que no fuesen engañados 
los indios, sufriendo lesión en sus intereses, los tratos, cualesquiera 
que fuesen, no tenían valor sino con la intervención del Cura, quien 
era por ley y derecho consuetudinario curador de aquellos menores. 
Bien es verdad que el ansia de adquirir alguna cosa que les había he- 
rido la imaginación hacía que algunos hiciesen sus tratos á escondi- 
das, pero siempre era con daño propio, porque ni conocían el verda- 
dero valor de lo que compraban, ni el del objeto que ofrecían y así 
era ordinario salir engañados. 

Esta facilidad para introducirse en ellos los mercaderes fué un 
carácter que distinguió los pueblos de abajo de los demás de Misio- 
nes, donde, por quedar á trasmano, no llegaban comerciantes espa- 
ñoles; y á la verdad, el concurso de muchas personas de todas cali- 
dades en aquellos pueblos no fué favorable á su mayor piedad y 
buenas costumbres, como lo hizo notar en un informe al Rey en su 
Consejo de Indias el limo. Sr. Fajardo (1), quien atestiguó haber en- 
contrado sensible diferencia entre estos pueblos y los restantes de 
Doctrinas. 

Lo que se acaba de decir de los pueblos de abajo sucedía 
igualmente en la Doctrina de San Carlos y del Yape)^ú, que eran 
las dos más accesibles de la parte del Sur. 



IX 

INCOMUNICACIÓN DE LOS PUEBLOS DE INDIOS 
SEGÚN LAS LEYES 

La ley española ordenaba terminantemente que en los pueblos de 
indios habitasen solamente los indios, y en ellos no pudiesen tener 

(1) Sevilla, Arch. de Indias; 76. I. 30. Lozano, Revoluciones del Paraguay, I, 
102. 



- 245 - 

habitación ni los españoles, ni los mulatos ó mestizos, ni ios negros. 
Ley 21, título 3, libro 6.° de la Recopilación de Indias: «Prohibimos 
y defendemos que en las reducciones y pueblos de indios puedan 
vivir ó vivan españoles, negros, mulatos ó mestizos y mandamos que 
sean castigados con graves penas, y no consentidos en los pueblos.» 
Cf. ley 1, tít. 4, lib. 7. 

Pudiera alguien pensar que en cuanto á los negros no habría 
grave inconveniente, pues en la escala social no parece que se le- 
vantan mucho los unos sobre los otros; pero la ley declara que menos 
pueden estar allí los negros (1). 

Pudiérase decir que á lo menos los dueños de tierras situadas en 
pueblos de indios, ó los encomenderos que tienen indios encomenda- 
dos, no sólo podrían vivir, sino que parece lo más natural que vivan 
entre los indios. La ley (2) los excluye expresamente. 

Pudiérase dudar si la prohibición se extiende á las mujeres. La 
ley se lo prohibe con más empeño, y declara su presencia todavía 
más dañosa que la de los hombres (3). 

Finalmente, los mismos indios de un pueblo deben ser excluidos 
de otro según el derecho (4). 

Del hecho de la prohibición, no se puede dudar; y es prohibición 
rígida y estricta, que manda que si alguno de los comprendidos en 
ella se encuentra en pueblos de indios, sea obligado á salir de allá y 
no se vuelva á admitir ni él ni otro alguno. Basta leer los textos y 
reparar que nunca se derogó, antes empezando en Cédulas muy an 
tiguas, sin cesar se estuvo renovando por nuevas Cédulas y 
leyes. 

Si ahora queremos descubrir la razón de prohibición hoy tan ex- 
traña con respecto á nuestras costumbres, no nos costará mucho 
averiguarla: la ley nos la presenta de continuo; al lado de la prohi- 
bición se expresa la causa. 

La citada ley 21, tít. 3 lib. 6 R. I. dice: «Porque se ha experimen- 
tado que algunos españoles que tratan, traginan, viven y andan entre 
los indios son hombres inquietos, de mal vivir, ladrones, jugadores, 
viciosos, y gente perdida; y por huir los indios de ser agraviados, 
dejan sus pueblos y provincias » 

Vese, pues, por esta exposición que los motivos eran do.'í: opre- 

(1) «Los negros, mestizos 3' mulatos, demás de tratarlos mal, se sirven de ellos, 
enseñan sus malas costumbres y ociosidad, y también algunos errores...» Ley 21 
título 8. lib. 6. 

(2) Ordenanzas de Alfaro, n. II, ley 22. tít. 3. lib. 6. 

(3) Ordenanzas de Alfaro, nn. 10.13. 

(4) Ordenanzas de Alfaro, n. 26. ley 18. tít. 3. lib. 6. 



-246- 

sión de los indios y desenfreno de costumbres, siguiéndose de uno y 
otro la ruina espiritual de innumerables almas y la pérdida de la 
vida de gran número de indios, patente en la despoblación en que 
iba quedando el país. 

Mas para que se aprecien mejor estos fundamentos, que perpe- 
tuamente movieron á los Soberanos de España á mantener los pue- 
blos de indios con sólo indios por habitantes, conviene fijarse en el 
contenido de una Cédula real expedida setenta años después de las 
Ordenanzas del Oidor Alfaro, y que muestra cómo no se acababan 
de desarraigar aquellos abusos, y cómo, sin embargo, no cesaba el 
Monarca de insistir en el mismo remedio. La Cédula es de fecha de 
Madrid á 25 de Agosto de 1681 y dice: «El Rey. Por cuanto por di- 
ferentes Cédulas de los señores Reyes mis predecesores (que santa 
gloria hayan) está prohibido que en las reducciones y pueblos de 
Indios puedan vivir ó vivan Españoles, negros, mulatos ó mestizos, 
porque se ha experimentado que algunos españoles que tratan, tra- 
ginan, viven y andan entre los Indios, son hombres inquietos, de mal 
vivir, ladrones, jugadores, viciosos y gente perdida; y por huir los 
Indios de ser agraviados, dejan sus pueblos y provincias; y los 
negros, mestizos y mulatos, además de tratarlos mal, se sirven de 
ellos, enseñan sus malas costumbres y ociosidad, y también algunos 
errores y vicios que podrán estragar y pervertir el fruto que desea 
en orden á su salvación, aumento 3^ quietud; y asimismo está man- 
dado que sean castigados con graves penas y no consentidos en los 
pueblos... V últimamente por otra Cédula del Rey mi Señor y Padre 
(que esté en gloria) de 30 de Junio del año pasado de 1646 está de- 
clarado que aunque los Españoles, mestizos y mulatos hayan com- 
prado tierras en pueblos de Indios y sus términos, todavía les com- 
prende la prohibición referida, y mandado que de ninguna forma se 
consienta que vivan en los dichos pueblos y reducciones de Indios, 
por ser ésta la cansa principal y origen de las opresiones y molestias 
que padecen, como más particularmente se contiene en las Cédulas 
citadas... y no obstante las prohibiciones se han introducido á vivir 
en ellas los Españoles, los cuales violentamente les han quitado sus 
tierras y agua con que las riegan para sembrar el maíz para sus- 
tentarse, y ellos han plantado viñas y frutos, de que resultan infini- 
tos daños en deservicio de Dios y mío, y en total menoscabo del 
Reino del Perú; especialmente el que los Españoles, como tienen 
los Indios de su mano por vivir dentro de sus mismos Pueblos, 
y ellos son tan pusilánimes, los emplean en el trabajo personal 
de sus haciendas y tratos, y sobre tratarlos peor que esclavos^ 



-2j7- 

no los pagan sino en géneros por crecido precio, y en vino de sus 
cosechas, con que los Indios se embriagan y se mueren. Y hosti- 
gados de esto, y de los apremios que les hacen para pagar los 
tributos, se huyen, y se despueblan los pueblos, habiendo en ellos 
más Españoles y Mestizos, que Indios; de que se sigue otro perjuicio, 
3' es, que el pueblo que tenía 150 Indios, y por las molestias que que- 
dan referidas, han quedado hoy en 40, pagan éstos por el número de 
150 que eran antes. Y habiéndose visto en mi Consejo de las Indias..., 
ha parecido dar la presente, por la cual mando á mi Virrey, Presi- 
dente y Oidores de mi Audiencia de la ciudad de los Reyes y de las 
demás del Perú... y á todos los Gobernadores... de sus distritos, que 
cada uno en su jurisdicción haga que los Españoles, Mestizos y Mu- 
latos que viven en los pueblos de los Indios, salgan de ellos y vivan 
en lugares de los que (no) lo son, ejecutándolo... pena de privación 
de oficio.., y que hagan publicar esta orden en los pueblos y Doctri- 
nas de Indios, etc.» 

Cédula es ésta que comprende las provincias del Paraguay, Tucu- 
mán y Río de la Plata en aquella expresión. Presidente y Oidores 
de la Audiencia de la ciudad de los Reyes y de las demás del Peni; 
pues la Audiencia de Charcas á la que estaban sujetas estas tres 
provincias, es una de las del Perú. Y en aquella otra palabra y d to- 
dos los Gobernadores de sus distritos, con la que se intima la orden 
á los tres Gobernadores de Tucumán, Paraguay y Río de la Plata 
pues caían en el distrito de la sobredicha Audiencia. 

Del contenido de esta Cédula se ve con individualidad hasta 
qué punto llegaba el daño que causaba la comunicación de los 
indios en sus pueblos con cualesquiera otros que no fueran de su 
raza. 

Los que eran hombres inquietos naturalmente habían de producir 
insubordinación y desobediencias á los superiores y discordias entre 
los iguales. Siendo de mal vivir, habían de pegar como peste en los 
pueblos de los indios el contagio de su lujuria. De ladrones no se po- 
día esperar sino que con su mal ejemplo indujesen al robo; como ni 
áñ jugadores podía proceder sino la perniciosa afición al juego, ene- 
miga del trabajo, fomentadora del ocio y ruina de las familias; de 
viciosos la difusión de sus vicios; de gente perdida^ el estrago total 
de las costumbres en los pueblos de los indios. — Lo que sucedía con 
los españoles, cuyo mal ejemplo era más pernicioso por tenerlos en 
más concepto los indios; tenía que suceder también en su grado con 
negros, mestizos y mulatos, de quienes dice la Cédula enseñan sus 
malas costumbres y ociosidad^ y también... errores y vicios capaces 



- 248 - 

de destruir los frutos que en los indios había producido la conver- 
sión á la religión cristiana. Y cierto que aun á éstos los miraban 
los indios como á superiores á su esfera, además de que el mal 
ejemplo de donde quiera que venga, tiene temible eficacia para 
pervertir. 

Tales eran los daños por razón de los malos ejemplos y máximas 
perniciosas. Por la parte de la opresión, resalta nuevamente la pu- 
silanimidad ya en otras ocasiones comprobada en el indio con res- 
pecto á las demás razas, pues se dejaban maltratar de los negros y 
mestizos, quienes, creciendo en insolencia á medida de la docilidad 
de los indios, les hacían servirles, y se comportaban con ellos como 
si ellos fuesen los amos y los indios los esclavos. — Y otro tanto se 
había experimentado en cuanto al mal tratamiento y esclavitud que 
les hacían pasar los españoles si llegaban á vivir en sus pueblos; á 
lo que se agregaba el sacarlos de ellos y tenerlos mucho tiempo 
fuera para sus granjerias y viajes (1), con gran fatiga de los indios, y 
haciéndoles vivir separados de sus mujeres y de sus hijos y abando- 
nar el cuidado de sus bienes y familia; y finalmente la usurpación 
que con todas sus circunstancias se expresa en esta Cédula, de ocu- 
parles por fuerza sus tierras y sus aguas, privándolos así del único 
recurso que tenían en el cultivo del maíz para su sustento. Abuso 
inicuo que también en las Misiones de los Guaraníes se produjo, 
cuando más tarde, en virtud de las Ordenanzas de Bucareli, entra- 
ron á vivir españoles en los pueblos de indios (2). 

Véase si tenía fundamentos la ley española cuando por los dos 
capítulos de evitar la opresión y el contagio de los vicios (efectos 
que la experiencia mostraba inevitables cuantas veces se admitían 
extraños en los pueblos de indios) prescribía que los indios viviesen 
solos en sus pueblos, que allí no se admitiesen españoles, negros, 
mestizos ó mulatos, y que, si alguno había, fuese obligado á abando- 
nar el pueblo. Semejante medida la exigían á un tiempo la justicia 
debida á los indios, la responsabilidad ante Dios por el estrago 
de costumbres y ruina de las almas, y los mismos intereses de 
la monarquía española, si no se querían ver consumidos aquellos 
pueblos de indios, cuya conservación, según frase de Felipe III, 
á todos importa, porque si ellos faltasen, todo se perdería en 
América (3). 

Constará además que el abuso era general, y no se cortaba sino 

(1) Céd. aqui citada: item, Ordenanzas de Alfaro, Preámbulo y nn. 6. 18. 

(2) Informe del Virrey Aviles, Tkhllhs, Bibl. III, 403. 

(3) Ordenanza 26 del servicio personal, ley 6. tit. 10. lib. 6. 



— 249 - 

con la medida radical de quitar del todo la ocasión, por el recuerdo 
de uno que otro ejemplar que puede dar idea de lo que sucedía en el 
Río de la Plata. Habla el P. Lozano (1). 

«El general Martín de Ledesma Valderrama, caballero andaluz 
»que había ya gobernado la provincia del Tucumán, empezó á go- 
»bernar [la del Paraguay] el año 1633.. Visitó por orden de la real 
«Audiencia las misiones que tenía fundadas la Compañía de Jesús 
»en las márgenes del Paraná...» 

«En esta ocasión de la visita y empadronamiento de los indios 
recibieron estos tantos agravios de los soldados que acompañaron al 
Gobernador, que no había ni mujer, ni hijo, ni cosa segura A su des- 
enfrenado apetito. Por lo cual los indios parientes estaban muy alte- 
rados, como no acostumbrados á permitir sin castigo semejantes des- 
afueros, y les costó harto á los párrocos Jesuítas persuadirles la to- 
lerancia y sosegarlos. Pero prosiguiendo en los soldados la licencia, 
dieron aviso los de la Compañía al Gobernador para que los mode- 
rase y contuviese porque no sucediese algún escándalo. Llevó pesa- 
damente el aviso:... convocó de secreto los caciques á su casa, y los 
persuadió con empeño á que le pidiesen en público echase de aquellas 
Reducciones á nuestros nrisioneros, é hizo otras diligencias bien 
opuestas á su oficio. Estas escandalosas acciones encendieron más á 
los Guaraníes en el amor de sus padres espirituales..; y no pudiendo 
recabar de ellos cooperasen á su designio, dio la vuelta á la Asun- 
ción.» 

De este Gobernador y de su ida á los pueblos de Misiones se que- 
jaba el P. Diego de Boroa diciendo al Obispo de la Asunción: «Yo 
aseguro, Señor Ilustrísimo, que si el Gobernador Martfn de Ledesma 
no estuviera satisfecho que los padres de San Francisco y la Com- 
pañía están hechos ojos (que se lo han estado y están) para que los 
indios no se inquieten y vayan al monte, tomando las armas, que no 
se atreviera á hablar tan alto y jugar tanto del bastón, que es tentar 
á Dios 3^ contra razón y prudencia; y acontecerá que sin saberse ni po- 
derse prevenir, suceda una desgracia que no se pueda remediar (2).» 
Y poco antes: «Los quieren hacer servir... contra lo que su Ma- 
jestaden su favor manda, á que contraviene el Gobernador Martín 
de Ledesma y su parte con tantas amenazas, palos y malos trata- 
mientos.» 

Cuando de esta manera procedían los españoles que entraban en 

(1) Conquista del Río de la Plata, lib. III, cap. XIII. 

(2; Memorial del P. Provincial Diego de Boroa para el limo. .Sr. D. Fr. Cris- 
tóbal Aresti, Obispo de la Asunción, MS. 



-250 — 

las Doctrinas al lado del Gobernador, quien por respeto á su autori- 
dad parece que los había de contener, puede calcularse lo que harían 
estando lejos de él.— No hacía muchos años que los atropellos de los 
Corregidores españoles puestos por el Gobernador Céspedes en tres 
reducciones del Uruguay habían estado á punto de causar la muerte 
de los mismos Corregidores 3^ el alzamiento general, á no intervenir 
los Misioneros con toda diligencia para contener los ánimos irri- 
tados (1). 

Las mismas autoridades que debían pioteger á los indios y darles 
buen ejemplo, eran culpables en lo uno ó en lo otro, como se ve en 
los casos citados y se verá en el siguiente. 

Refiere el P. Escandón (2) que hallándose en 1756 el Gobernador 
de Montevideo en la Doctrina de San Lorenzo del Uruguay, y de- 
biendo salir del pueblo todos los indios para transmigrarse á los 
pueblos del Paraná, «el dicho Gobernador de mano poderosa se re- 
servó tres familias (aun contra el beneplácito del General) para lle- 
várselas consigo á Montevideo para empezar la fundación de un pue- 
blo que iba á establecer....» 

«A más de los. .. dichos,... tampoco quiso seguir á su marido una 
india, mujer de uno de los que el P. Cura llevaba consigo ó ya antes 
había pasado: y era ésta la que más que otra alguna convenía que 
saliese de san Lorenzo en seguimiento de su marido. Pero el Go- 
bernador no quiso obligarla por entonces, ni después tampoco, no 
obstante que el Superior se lo suplicó, escribiéndole que su marido, 

ya en la otra banda, clamaba por su mujer ; y así fué menester 

recurrir otra ve.-í al General dándole cuenta, para que le obligase á 
ello, como le obligó. Ambos recursos sintió el Gobernador»... 

«El segundo recurso fué el que se le sentó tanto, que jamás lo 
pudo digerir bien. Dicen que el General, para darle más fuerza á su 
mandato de que despachase la india á su marido, le envió la misma 
carta original en que el Superior se lo pedía, y en ella el Superior 
llamaba al pan pan y al vino vino, é individualizaba alguna otra cosa 
que aunque pública ó demasiadamente sabida en San Lorenzo, el Go- 
bernador no quería que la supiese su General. Por lo cual tomaba el 
cielo con las manos, clamando contra... el Superior, quien decía que 
con aquella su carta le había quitado injustamente su crédito... y así 
es fácil colegir cuan agriado quedaría... En fin, por no enredarse con 
su jefe, hubo de enviar por entonces la mujer, que era lo que al ser- 
vicio de Dios convenía y los Padres pretendían, no su deshonra». 

(1) Techo, lib. VII, cap. XXXVI. 

(2) Transmiofración de los siete pueblos § 24. 



- 251 - 

Y poco después, hallándose Viana en marcha para Buenos Aires 
y habiéndole procurado hacer el Cura de santo Tomé con mucha di- 
ligencia un servicio nada fácil, añade el P. Escandón: «Ni todo este 
comedimiento del Padre para con él, ni todo su buen deseo de com- 
placerle fueron suficientes para inclinarle á que le concediese la cor- 
tísima gracia que le pedía de que mandase volver á Santo Tomé á 
unos indios andariegos que á su Señoría y su tropa allí se habían 
llegado, y daban señas de querer proseguir el viaje con las familias 
que su Señoría se llevaba de San Lorenzo, y entre las cuales iba ya 
la india que el General había mandado volver á su marido, apartada 
segunda vez de él.» 

Y así por mano de un Gobernador se ejercitaban los dos daños 
por los que estaba prohibida la comunicación de españoles con 
indios en sus pueblos; llevándose y sacando para otras partes á los 
indios, y fomentando las malas costumbres con aquella separación 
de los cónyuges; uno y otro contra expresas prohibiciones de las 
leyes y aun contra los repetidos mandatos de su inmediato superior. 



X 
INCOMUNICACIÓN DE LAS DOCTRINAS DE LA COMPAÑÍA 

Lo que acabamos de exponer sobre las le3^es vigentes para los 
pueblos de indios y sus sólidos fundamentos, hace que no sea nece 
sario extendernos mucho al tratar de la incomunicación de las Doc- 
trinas Guaraníes. 

Los Jesuitas cuidaron diligentemente de que los españoles no tra- 
tasen con los indios en los pueblos de éstos. Esto era cumplir la obli- 
gación que les imponía la ley, y no sólo la ley humana, sino también 
la divina y eclesiástica, de evitar las graves opresiones de los indios 
y los escándalos de costumbres que de otro modo eran irremediables. 

Mas este cumplimiento no tuvo los caracteres ridículos con 
que lo pintaron anónimos holandeses y portugueses. Libre quedó el 
acceso y permanencia de los Obispos y Gobernadores ú otros minis- 
tros reales, como se ha visto ya y se verá de nuevo más adelante; 
quienes no sólo podían entrar, sino que de hecho entraban muy 
á menudo, afirmando Felipe V que eran continuas las visitas de 
los Prelados eclesiásticos y Gobernadores {\). Libre para los Ofi- 

(1) Cédula de 28 de dic. de 1743. ^ 



75 



- 252 - 

cíales así militares como eclesiásticos ó civiles enviados por ellos, 
de los cuales presenta ejemplos públicos el P. Cardiel (1). Libre 
para los comerciantes en las Doctrinas donde las comunicaciones 
eran cómodas para ellos, como queda declarado al tratar de los pue- 
blos de abajo. 

Y como la ley no excluía A los españoles que pudieran ser útiles 
á los pueblos y en quienes se precavieran los daños mencionados 
«hay», dice el P. Cardiel (2) «en varios pueblos, muchos españoles 
cuidando como mayordomos de las haciendas y haberes de la comu- 
nidad, á los cuales se les paga su salario del común del pueblo- Yo 
he tenido hasta cinco de éstos, cuidando de los pueblos sucesiva- 
mente, cuyos apellidos son Rogado, Aguilar, Moreira, Romero y 
Jiménez. Estos están cuatro, seis, ocho ó más años cumpliendo con 
sus oficios en compañía de su mujer é hijos, y después se mudan; y 
se les permite domicilio de asiento; aunque hay una Cédula real para 
toda la América que manda no vivan de asiento españoles con los 
indios en sus pueblos, y otra, que los que comercian no se detengan 
en ellos más que tres días». 

Ni para evitar la entrada de españoles hubo jamás zanjas alrede- 
dor de los pueblos, de suerte que no pudiesen entrar los viajeros 
sino por una puerta precisa, y ésa custodiada. El que en pueblos de 
la gobernación del Paraguay, sujetos á repentinos asaltos de indios, 
se hubiese tomado semejante precaución, no parecerá extraño para 
quien sepa que en el pueblo de la Villeta, no ciertamente de las Mi- 
siones Jesuítas, sino seglar, y no más de cinco leguas distante de la 
capital Asunción, se cerraban todas las noches las puertas de la plaza 
en que estaban contenidos todos sus moradores, para poder tener 
alguna seguridad; y aun añade el P. Parras (3) que lo refiere, que á 
su parecer debía de ponerse valla alrededor, para evitar el peligro 
de que los indios asaltantes pudiesen acercarse demasiado 3' pren- 
der fuego á los tejados, que eran de paja. Nada de ésto se hizo en 
las Doctrinas de la Compañía. 

He aquí el origen ó remoto fundamento que pudo tener la afir- 
mación expresada con extraño desenfado — entre las otras del infor- 
me de Barúa, que Felipe V, después de hacer examinar por tres 
años todos los documentos sobre el Paraguay, calificó de falsas ca- 
himnias ó imposturas de Barúa (4); y que con asombro se ve repro- 

(1) Declaración de la verdad, ni'im 46. 

(2) Decl. núm. 47. 

(3) Parras. Viaje y derrotero etc. en Treluks, Bibl. IV, 298. 

(4) Cédula de 1743 al fin. 



- 253 - 

ducida por la ligereza histórica de Azara (1). El pueblo de San Igna- 
cio Guazú era paso forzoso de los viajeros que entraban por tierra 
en el Paraguay; y aun por eso lo vio el gobernador Barúa y fué el 
único pueblo de las Misiones que conocía. El pueblo estaba entera- 
mente abierto, sin haber puerta, guarda ni estorbo para penetrar 
en él, ni requerirse ninguna licencia del Cura para ello, tanto que á 
veces se encontraba éste con viajeros de quienes no tenía noticia, no 
sólo dentro del pueblo, sino, lo que es más, dentro de los patios del 
colegio. Ahora bien, á distancia de dos leguas del pueblo para 
afuera, había una zanja abierta para que el ganado del pueblo, es- 
parcido por allí, no saliese del término de la reducción; y aun esa 
zanja, por el descuido de los indios, en algunos puntos estaba tal de 
poco ancha, ó ciega, que no servía para su objeto. La zanja era tal, 
que cualquier pasajero, á pie ó á caballo, podía saltarla, y llegar sin 
dificultad al pueblo. Lo que no podían pasar por allí, eran las carre- 
tas, por tener dada orden el Gobernador de la provincia de que allí 
se registrasen. Estas habían de pasar por el camino carretero; y al 
llegar á la zanja, cruzaban una que en el país llaman tnifiquera, que 
es una puerta rústica más ancha que alta, formada de palos atrave- 
sados, cuyo cierre se asegura con artificios rústicos, pudiéndola 
abrir cualquiera pasajero, pero estorbando el paso á los anima- 
les. En cuanto á guardas, no los había sino en tiempo de peste de 
viruelas para evitar el contagio; y si en otro tiempo se veía al- 
guno, era el que registraba las carretas, ó se certificaba de que 
entre la tropilla que arreaban los pastores no se llevasen algún ani- 
mal del pueblo. Todas estas circunstancias son conocidas por decla- 
ración pública del P. Jaime de Aguilar, quien varias veces había 
visitado el pueblo siendo Superior y luego siendo Provincial, y aun 
había sido en diversas ocasiones Cura interino de él (2). 

Y se necesita extraña malicia para pretender trasformar las 
zanjas de guardar el ganado en vallas para que no entren las perso- 
nas, las tranqueras en puertas de muralla, los indios registradores 
de carretas en guardas para impedir el paso á los españoles, y una 
triste zanja á dos leguas del pueblo, en cercado á la entrada del 
pueblo para que nadie entre sin licencia. 



(1) Viajes inéditos. 

(2) Charlevoix, Aclaraciones y documentos. 



-254- 

XI 
76 EL IDIOMA GUARANÍ 

Otro capítulo que se atribuyó por los malignos á deseo de inco- 
municación sin serlo, fué el uso que los indios conservaron siempre 
del idioma Guaraní, acerca del cual debemos examinar lo que estaba 
prescrito por leyes de España y cómo lo cumplieron los Misioneros. 

La ley ordenaba, que los Curas y Doctrineros, usando de los 
medios más suaves, dispongan y encaminen que á todos los indios 
sea enseñada la lengua española (1). Ordenamos que d los indios 
se les pongan maestros que enseñen á los que voluntariamente la 
quisieren aprender como les sea de me tíos molestia, y sin costa (2). 

Donde es muy de reparar que la primera ley quiere que el enca- 
minar á los indios á que aprendan la lengua castellana sea usando 
los Doctrineros de los medios más suaves; y en la segunda, que se 
enseñe á los que voluntariamente la quisieren aprender. Claro está 
que si para que la aprendan se necesita castigo, la ley no sólo no lo 
prescribe, sino que positivamente no lo quiere; y si no es que algu- 
nos voluntariamente la quisieren aprender, para los demás no es 
obligatoria la enseñanza. 

Pues bien, cada vez que hubo necesidad de tratar de este punto, 
los Misionei-os afirmaron é hicieron ver que habían puesto todos los 
medios que la prudencia les había dictado para que los indios Gua- 
raníes aprendiesen la lengua española, exceptuando el castigo, que 
ni estaba mandado, ni era conforme aprudencia, pues podía produ- 
cir alteraciones é insubordinación viendo que se trataba de mudarles 
la lengua por fuerza. Pusiéronse desde el principio escuelas en que 
se enseñaba á leer y escribir y aritmética; y aunque no todos los 
niños iban á la escuela, por no ser ésta obligatoria, sino sólo los que 
parecían más aptos; no hay duda que si alguno de los otros lo hubiera 
deseado y solicitado, igualmente hubiera sido admitido; }' de 
todos modos, resultaban un buen número en cada pueblo que sabían 
bien leer y escribir en castellano, aunque en cuanto á la significación, 
no entendían lo que leían. Y si esto pareciera á alguien inverosímil, 
ó fuera tachado de juego y burla, apelaban los Padres al hecho pa- 
tente en España mismo, donde en las provincias de Vizcaya }' Gui- 

(1) Ley5. tit.13.Iib. 1 R. I. 

(2) Ley 18. tit. 1. lib. 6. 



— !/55 — 

púzcoa, con tener los niños escuela donde el maestro les exigía la 
lectura y escritura y lección de memoria en castellano y valiéndose 
de castigo; no obstante, se veían muchos que sabían leer y escribir, 
pero no entendían el castellano nunca, á no ser que saliesen de su 
patria y lo aprendiesen en el trato con los de otras provincias. Otro 
tanto sucedía entre los Guaraníes, quienes, al salir de sus tierras, ó 
para conducir sus géneros á Santa Fe 3^ Buenos Aires, ó para fun- 
ciones militares, ó para otros trabajos en servicio del Rey, volvían 
muchas veces sabiendo el suficiente castellano para entender y darse 
á entender. Y aun en esto tenían una desventaja; porque los habi- 
tantes de las comarcas más inmediatas, como eran la jurisdicción de 
Corrientes y la provincia del Paraguay entera, tampoco empleaban 
como lengua corriente el castellano, sino precisamente el Guaraní, 
con ser españoles; cosa que en gran parte se conserva hoy mismo, 
ya en el siglo xx. 

Además de tener las escuelas, en varios tiempos habían conducido 
los Padres á las Doctrinas algunos oficiales mecánicos, unas veces 
seglares, otras hermanos Coadjutores de la Compañía para que 
enseñasen á los indios sus propios oficios y para que con el uso 
aprendiesen los indios el español (1). 

Suplíanse las voces que en el idioma de los indios faltaban con 
palabras tomadas de la lengua castellana. 

Enseñábase á todo el pueblo en común la numeración general y 
los nombres de días y meses en castellano, como lo explica el P. Pe- 
ramás (2). «Cada domingo, dice, después de rezadas por todos las 
oraciones del Catecismo y los misterios, los dos que de pie en medio 
de la iglesia llevaban la voz, decían: éstos son los nombres y el or- 
den de los ntlmeros: tino. Y respondía el pueblo: nno. Y seguían 
ellos: dos. Y todos á su vez: dos; continuando tres, cuatro^ y así 
sucesivamente hasta ciento y mil. Después de esto, decían los dos 
que guiaban: éstos son los nombres de la semana: domingo; repi- 
tiendo todos, domingo. Seguían ellos: lunes\ y todos repetían, lunes; 
y así continuaban hasta sábado. Luego pasaban á los meses. Estos 
son los nombres de los meses desde el principio del año: Enero; y 
repetían todos: Enero. Luego, Febrero, Marso, etc. hasta Diciem- 
bre. Con lo cual se lograba que los indios desde niños se hiciesen 
familiares estos nombres, y usasen con expedición de aquel modo de 
contar, que falta en su lengua, aprovechándolo así para las cosas de 
la religión como para el trato civil.» 

(1) P. Rico, Memorial de 1743. 

(2) De adrninistratione Guáranle. §. LXXVI. 



- 2of) - 

Esto y cosas semejantes es lo que entendieron que estaban obli- 
gados á hacer los Jesuítas en la materia del idioma, sin llegar 
nunca á forzar á los indios á hablar en castellano, como no les 
forzaban los párrocos seculares que tenían pueblos en el Para- 
guay y en Corrientes, sin que nadie tuviese que murmurar ni 
sospechar; como no les forzaban en España párrocos ni autori- 
dades á los mallorquines, á los valencianos, á los vascongados, 
á los gallegos, á los catalanes, de los cuales había muchos que 
no sabían palabra de castellano. 

En cuanto á pretender los indios voluntariamente aprender 
la lengua española para hablarla, que era el único fin que se 
podían proponer; hallaron los Padres, y de ello dieron testimo- 
nio, que los indios amaban su propio idioma con igual afecto, 
y mayor todavía, que cualquier nación europea, y no lo querían 
trocar por otro, y aun se tenían á menos de hablar en espa- 
ñol; de suerte que no se podía concluir con ellos que usasen de 
la lengua castellana, aun cuando fueran de aquellos que por 
haber morado entre los españoles la sabían hablar bastante bien. 
«Hablámosles los Padres nuestro idioma, y responden en el 
suyo. Instámosles en que nos hablen en nuestra lengua: respon- 
den que no es natural suya ni del país. Reprendémosles, dámosles 
muchas razones y aun nos enojamos, porque nos consuela el 
hablar en la lengua nativa y nos cuesta trabajo la su3'a...; y 
después de todo esto, rara vez conseguimos el que hablen el 
castellano; y si lo conseguimos al principio recién llegados, des- 
pués de algún tiempo ya no lo podemos conseguir.,. Cada día 
lo están viendo estos señores del ejército, ante quienes, por 
más instancias que haga yo, no puedo hacer hablar en español 
á los indios que lo saben.» Todo esto dice el P. Cardiel (1), 
hablando del hecho como testigo y ante testigos; y merece leerse 
lo demás que expone en el mismo artículo sobre la presente 
materia. 

Este es el modo como se cumplían las leyes sobre el idioma 
en las Doctrinas. Cuanto se ha dicho sobre que los Jesuítas 
prohibían en ellas la lengua castellana, es una voluntaria ca- 
lumnia. Y la razón que se ha dado á tal prohibición no puede 
ser más disparatada. Decíase que tenían prohibido el idioma 
castellano para imposibilitar toda comunicación entre indios y 
españoles, y para que aun los que entrasen en Doctrinas no pudiesen 

(2) Declaración de la verdad, núm. 57. 



-257 

descubrir el misterio de lo que allí se maquinaba, por no entender 
el idioma (1). Pero, dejando aparte la falsedad de la prohibición, y 
la malicia de interpretar en el peor sentido una prohibición á la 
cual se le pudiera haber hallado alguna causa legítima; la verdad es 
que si los Jesuítas hubiesen empleado tal medio para tal fin, hubie- 
ran dado muestras de insigne torpeza. Porque, como está dicho, en 
las dos regiones confinantes de Corrientes y Paraguay, más usual 
y conocida de mayor número era la lengua Guaraní que la castella 
na; y así, si algo hubieran querido ocultar, ó dificultar el trato, 
primero hubieran debido elegir el fomento del idioma español, que 
del Guaraní. 

Y así como á nadie le pasó por la imaginación que los Padres 
franciscanos, ó los clérigos seculares del Paraguay en sus parro- 
quias, y aun los mismos encomenderos en sus casas y granjas, 
donde no se oía palabra del idioma castellano, sino únicamente Gua- 
raní, hubiesen intimado prohibición de hablar castellano, y eso para 
lograr la incomunicación ó el secreto: así, en idéntica materia, se ha 
de juzgar de idéntico modo en cuanto á los Jesuítas. 

Finalmente, con haber caído todos los papeles de los Jesuítas, 
aun los más reservados, en manos de sus enemigos así en el Para- 
guay como en todas partes, y haberlos escudriñado para hallar en 
ellas justificativo á los atropellos que con los Padres se cometieron, 
jamás se ha producido una orden ó indicio de orden en que apare- 
ciese la decantada prohibición de usar el idioma español. 

Resta que, después de examinada la letra, se indague cuál es el 
espíritu de la ley. La ley 18, tít. 1, lib. 6, está tomada á la letra de 
una Cédula real de Felipe II fecha en Toledo á 7 de julio de 1596 (2). 
En ella van unidas entre sí dos cosas que luego, en la Recopilación 
de Indias, encontramos separadas (3): una, el uso de la lengua cas- 
tellana entre los indios, y otra, la pericia de la lengua india en el 
Doctrinante. Y desde la primera lectura de la Cédula, se hace 
evidente que lo que para el legislador es de suprema importancia es 
esta segunda parte. Por la omisión de la primera, en caso de gran 
dificultad, se podrá pasar, }' así la encomienda blandamente: mas no 
por la de la segunda, que encarece cuanto se puede, diciendo ter- 
néis muy particular cuidado, y exigiendo que el Doctrinero sepa 
muy bien la lengua de los indios; con la razón urgente, que esto es 
cosa de tanta obligación y escrúpulo, por lo que toca á la buena 

(1) Rela(;:áo abreviada, pág. 4. 

(2) Apénd. núm. 23. 

(3) Ley 4, tít. 13, lib. 1. 

17 Organización Social de las Doctrinas Guaraníes. 



- 258 - 

instrucción y cristiandad de los indios; y por fin, en atención á ser 
esto el objeto de más gravedad, concluye, esto es ¿o que principal- 
mente os encargo. Y á la verdad, siendo moralmente imposible el 
que todos los indios, ni aun algún gran número de ellos aprendiesen 
el castellano para entenderlo y expresarse en él; ni el Doctrinero 
podía darles á entender lo que debían saber para ser buenos 
cristianos, ni ellos podían recurrir á él cuando sus conciencias lo ne- 
cesitasen, si él no aprendía la lengua de los indios. — En esta parte, 
en que los Concilios y las leyes civiles pusieron tanto empeño, y en 
que tan gravada estaba la conciencia, pues que se ponía á riesgo la 
salvación de las almas, fueron eximios los Padres de la Compañía, 
y muy en especial los Misioneros del Paragua)^ De ello dan testi- 
monio los numerosos trabajos impresos por ellos sobre el Guaraní, 
debiendo tenerse presente que son quizá cinco veces en mayor nú- 
mero los manuscritos, que los impresos. Atestigúalo también la 
diligencia que se ponía en el ejercicio y examen de idioma, de que 
diremos algo al tratar del gobierno religioso. Y de esta suerte po 
dían predicar tantos sermones, hacer tantas pláticas. 3^ proponer 
tan frecuentemente la explicación del catecismo en lengua Guaraní, 
como en su lugar se verá. 



XII 

FUNDAMENTO DE LAS LEYES 
QUE PRESCRIBIERON EL IDIOMA CASTELLANO 

Al ordenar Felipe II por su Cédula de 7 de Julio de 1596 (1) al 
Gobernador de las provincias del Río de la Plata la enseñanza del 
castellano á los indios, pónese por fundamento de esta disposición 
un motivo religioso perteneciente á la conversión de los indígenas á 
la fe católica, que los Reyes de España siempre se reconocieron obli- 
gados á procurar en primer término: «Porque se ha entendido que 
en la mejor y más perfecta lengua de los indios no se pueden expli- 
car bien ni con su propiedad los misterios de la fe, sino con gran- 
des ábsonos y imperfecciones», y que el estar fundadas cátedras de 
ciertas lenguas indias «no es remedio bastante, por ser grande la 
variedad de las lenguas, y que lo sería introducir la castellana como 
más común y capaz, os mando etc.». 

(1) Apénd. núm. 23. 



- 259 - 

Dos razones se expresan aquí: la una la incapacidad de las len- 
guas más perfectas entre todas las de los indios para explicar en 
ellas con propiedad y bien los misterios de la fe, de modo que no se 
entiendan imperfectamente y con conceptos que suenan muy mal. Y 
si en las míls perfectas se tropieza con tal inconveniente, mucho 
más habrá de suceder esto en todas las demás que no sean tan per- 
fectas; de manera que todas se declaran por ineptas para explicar 
en ellas con propiedad los misterios de la santa fe. La segunda 
razón, es que, aunque no fueran ineptas, son tantas, que no se 
pueden aprender. Y así se da por más conveniente el instruir pri- 
mero á los indígenas en la lengua castellana para que luego puedan 
ser bien enseñados en la fe, pues que el idioma castellano encierra 
en sí las dos ventajas de ser capaz para expresar con propiedad los 
misterios, y de ser común y por consiguiente único, cuando los 
indios lo hayan aprendido. 

Si la primera razón fuera exacta, el aprendizaje del castellano 
hubiera venido á ser de absoluta necesidad para los indios, como es 
de absoluta necesidad el creer los misterios de la fe para salvarse, 
y no con conceptos llenos de cosas mal sonantes é impropios, sino 
con los propios y libres de toda mezcla de ideas ajenas, cuanto más 
de las disonantes. Mas no lo pensó así la Iglesia, que en materia de 
las cosas necesarias para la fe y santificación de los fieles es la 
propia autoridad. Los Misioneros, á medida que fueron penetrando 
en las naciones infieles de América, fueron disponiendo su catecis- 
mo valiéndose de la lengua de la nación con que se hallaban en con- 
tacto, y nunca creyeron que estaban ejecutando una obra reprensi- 
ble y perniciosa, como hubiera sido el enseñar las verdades de la fe 
mezcladas con ideas disonantes de ellas, ó el hacer profesar los mis- 
terios con sentido impropio ó diminuto, con lo cual no hubieran ser- 
vido para la salvación. Por su parte, los Concilios se aplicaron á 
establecer catecismos compuestos en las lenguas más extendidas 
éntrelos indígenas. El Concilio III Provincial de Lima ordenó en la 
sesión segunda, capítulo cuarto, que dispuesto un Catecismo de la 
Doctrina cristiana en castellano se tradujese á las lenguas quechua 
y aimará, las dos más comunes del Perú, como así se hizo debajo de 
la dirección de los Padres Juan de Atienza y José de Acosta, de la 
Compañía de Jesús. Mandó también el Concilio en dicha sesión que 
en las diócesis en que se hablasen otros idiomas entre los indios, 
hiciera el Obispo traducir á ellas el Catecismo castellano límense: 
y prohibió que en adelante se emplease otro Catecismo ú otra ver- 
sión que la aprobada por el Concilio ó por el Diocesano. Las Actas 



- 260 - 

del Concilio, celebrado en Lima en 1583, fueron aprobadas en 1588 
por el Sumo Pontífice Sixto V conforme al dictamen de la Sagrada 
Congregación de Cardenales. 

De igual modo, el sínodo diocesano de la Asunción celebrado en 
1603, aprobó é impuso como obligatorio el catecismo traducido al 
Guaraní por el venerable P. Luis Bolaños de la Orden de San Fran- 
cisco; y el segundo sínodo, celebrado en 1631 siendo Obispo el 
lUmo. Sr. Arcsti, renovó la aprobación }' el precepto. Y habiéndose 
suscitado calumnias contra este Catecismo, como si expresase here- 
jías y cosas indignas, después de largo }' maduro examen, fué recha- 
zado y condenado el dictamen del calumniador en juicio contradic- 
torio, y declarado el Catecismo y sus expresiones sobre los misterios 
como muy propias y católicas, año de 1656 (1). 

El precitado Concilio III de Lima (2) titula el Cap. VI de la se- 
gunda sesión en esta forma: «Que á los indios se les enseñe en idioma 
indio». Y en el cuerpo del capítulo dice: «Puesto que el blanco prin- 
cipal de la instrucción cristiana ó catecismo es la inteligencia de la 
que hemos de creer, ya que con el ánimo se abraza la fe para ser 
justificado y con la boca se ha de confesar para obtener la salvación 
(Rom. 10); cada uno sea enseñado de modo que entienda, en caste- 
llano el español, y en indio el indio. Porque si no se hace así, por 
más que uno rece con exactitud las palabras materiales de la ora- 
ción, su concepto, conforme á lo que dice el Apóstol, queda sin fru- 
to.» Hasta aquí el Concilio. 

Todo esto demuestra claramente que las palabras de la Cédula, 
si alguien las quisiera interpretar en el sentido más desfavorable 
de que signifiquen absoluta incapacidad de los idiomas indios para 
expresar las verdades que debe saber el cristiano, serían falsas. 
Pero á la verdad, ni el mismo legislador les quiso dar ese sentido, 
que tampoco está expresado en la poca precisión de aquella cláusula; 
sino sólo quiso significar una imperfección é incapacidad relativa de 
tales idiomas con respecto al idioma castellano que es más perfecto, . 
De otro modo, no hubiera sacado la conclusión remisa de que apren- 
diesen castellano los que voluntar iajucnte quisiereu aprender , sino 
que hubiera urgido y apurado todos los medios por tratarse de cosa 
necesaria, como lo hizo encareciendo la segunda parte de que el 
Doctrinero supiese la lengua de los indios. Mas, llegando á tratarse 
sólo de capacidad relativa, claro es que la ventaja que haga el cas- 
tellano al idioma indio en perfección, no llega á igualar la ventaja 

(1) Chaki.hvoix, Hist. du Paraguay, liv. XII. 

(2) Act. II, cap. VI. 



-261- 

•que tiene el idioma indio en ser mejor entendido del indio. Sin duda 
que el Doctrinero explicaría las cosas con más propiedad expresán- 
dose en castellano; pero toda esta mayor propiedad se pierde por no 
entenderle el indio (aunque haj^a llegado á aprender el español), sino 
sólo muy imperfectamente: y al contrario, hablándole en su idioma, 
tiene la ventaja de que le entiende mejor y abraza lo que oye con 
más buena voluntad, como dicho en lengua propia. 

Por eso la ley 5.^, tít. 13, lib. 1, R. I. que se formó de las Cédu- 
las de Felipe IV á 2 de Marzo de 1624 y 4 de Noviembre de 1636, so 
lamente da la razón de mayor conveniencia cuando sepan el caste- 
llano, diciendo: para que se hagan más capaces de los misterios de 
nuestra santa fe católica y aprovechen para sii salvación . 

Mas en esta ley se añade una nueva razón, y es para que... con- 
sigan otras utilidades en su gobierno y modo de vivir. No especifi- 
cando la ley misma cuáles sean estas utilidades en el modo de vivir 
ó gobierno de los indios, parece que se puede referir á que de saber 
el castellano se había de seguir á los indios mayor unidad política 
con los restantes subditos de la nación, ó ma)'or perfección exterior 
en el trato y en las relaciones que constitu3'en la vida civil, ó mayor 
facilidad en el comercio tomando la lengua como instrumento de 
comercio. Estas ventajas pueden tener sus puntos discutibles, ya 
que no se disminuye la unidad política de los vascongados con los 
demás españoles por no hablar todos un mismo idioma; no se ve qué 
conexión necesaria tenga un idioma con la civiliznción más ó menos 
adelantada, pues vemos un mismo idioma en un pueblo que pasa por 
diversos grados de civilización, sin ser el idioma el que influye en la 
civilización, sino al contrario, la civilización mayor la que influye en 
la perfección del idioma; y finalmente, para el comercio, tenían los 
Guaraníes todo el conocimiento de la lengua que les era preciso, y 
más bien les era útil el mismo Guaraní que el castellano en la región 
en que moraban. De todos modos, éstas eran ya razones temporales, 
que no urgían tanto cuanto hubiera urgido la razón de la salvación 
de las almas, á ser verdadera. Y en cuanto al comercio, antes que 
ninguna otra cosa, era preciso facilitar las vías de comunicación y 
excitar en los naturales el deseo de trabajar y la economía domés- 
tica que les habían de procurar la materia con qué comerciar. 

Cuando los indios hubiesen tenido una facilidad de comunicacio- 
nes cual se puede alcanzar en el siglo xx, y suficientes productos, 
entonces hubiera sido necesario insistir en la lengua que les había 
de hacer más fácil el trato, ó por mejor decir, entonces el mismo 
comercio hubiera traído consigo el aprendizaje de la lengua. 



— 202 — 

Es de observar además que en poner la enseñanza de la lengua 
española como instrumento de unidad política, de civilización y de 
comercio, además de dar por cierto lo que es dudoso, la relación de 
medio á fin; se acude á un medio más difícil de aplicar de lo que 
parece, ya que no lo llamemos imposible en menor espacio de algu- 
nos siglos. 

A doscientos años y más de distancia del tiempo en que se daban 
semejantes leyes, podemos juzgar de su eficacia para introducir el 
idioma. Cítase el ejemplo de Roma, que logró implantar su lengua 
en el imperio. Pero se repara poco que la dominación de Roma duró 
por muchos centenares de años; y que hubo regiones, como la Gre- 
cia, donde no sólo no predominó la lengua romana, sino que por el 
contrario, impusieron al vencedor la lengua del vencido. El idioma 
español quedó, sí, esparcido en vastas regiones en el continente 
americano del norte y del sud; pero entre los descendientes de espa- 
ñoles ó mezclados de su sangre. Los indios se quedaron con sus len- 
guas, y las lenguas van pereciendo de día en día, según de día en 
día se van extinguiendo las últimas naciones indias. Más aún: el in- 
dio Guaraní, en vez de recibir del español su idioma, comunicó el 
idioma Guaraní al español. La singular imposición del idioma ven- 
cido al vencedor se verificó, no en las Misiones doctrinadas por los 
Jesuítas, sino precisamente en los territorios regidos por autorida- 
des españolas seglares de Corrientes y Paraguay, y persevera toda- 
vía hoy en el siglo xx. Tarde, pues, hubieran llegado á los indios los 
beneficios del comercio, de la civilización y de la unión nacional, si 
para ello hubiera tenido que emplearse como medio é instrumento 
el idioma castellano. 



XIII 

SI LOS MISIONEROS EJERCÍAN COMERCIO 

Ayudará á formar cabal concepto del estado de los haberes de los 
indios un breve examen de este cargo que, con tenacidad increíble, 
repitieron en el siglo xviii los émulos de los Jesuítas; afirmando que 
los Curas de las Doctrinas se limitaban á dar á los indios el vestido 
y el sustento, y el sobrante era exportado en beneficio de los Jesuí- 
tas, produciéndoles varios millones de pesos oro anuales. Y sin duda 
ninguna que de aquel oro procederían los entierros que tanto han 
buscado los portugueses del Brasil en las antiguas Doctrinas de la 



- 263 - 

Compañía, y de que con tanta credulidad ha hecho mención el Canó- 
nigo Ga3\ Ni faltan en el tiempo presente quienes reproduzcan to- 
das aquellas patrañas inventadas en odio de unos religiosos ejem- 
plares temidos por su actividad en favor de la religión; y calculen la 
venta de 80.000 arrobas anuales de yerba mate, la de 20.000 cueros, 
las flotas de barcos y otras cosas por el estilo. 

Todas esas fábulas se fundan en una grosera calumnia de que los 
^lisioneros habían perdido de tal manera el temor de Dios y la ver- 
güenza delante de los hombres, que hacían trabajar ;\ los indios y 
les robaban el fruto de su trabajo. Esta innoble acusación jamás ha 
tenido prueba alguna sino únicamente la palabra de los acusadores. 
Los Comisarios enviados por el Monarca la han examinado pene- 
trando en las Doctrinas, enterándose de sus productos y del empleo 
de ellos; y en lugar de condenar á los Misioneros, no han encontrado 
más que motivos de alabanza }' admiración del desinterés con que 
procedían, sin recibir cosa alguna de los indios y adelantando los 
intereses del pueblo en provecho y con conocimiento de los mismos 
indios. No nos detendremos en este punto, que con magistral acierto 
trata el P. Cardiel en su párrafo 9, dignísimo de ser leído (1). 

Las apariencias en que se procuró fundar la calumnia fueron el 
establecimiento del Procurador de indios en Santa Fe y luego en 
Buenos Aires, y el hecho de que el Procurador buscaba la ocasión de 
vender los frutos de las Misiones con ventaja en favor de los indios, 
y sacaba de esta venta la plata con que se pagaba el tributo al Rey y 
se compraban para los indios las cosas que necesitaban. Ya hemos 
tratado este punto al hablar del tributo (2) y del comercio de los in- 
dios con las ciudades (3), mostrando que fué carga impuesta por la 
misma autoridad civil, tomada por caridad con grandes molestias, 
y que de ella ni un maravedí se derivaba á los Misioneros, como se 
ve por la exacta cuenta que cada pueblo llevaba de los efectos en- 
viados y de los objetos que pedía á veces por más valor del que te- 
nían sus frutos, por el informe de testigos (4), y por otros informes 
y declaraciones, inclusa la final de 1743 (5). Hemos visto también 
cómo la calumnia hizo hincapié en el hecho, propio de estos países, de 
que el precio de los frutos no se pagase todo en plata, sino parte en 
plata, parte en géneros, y fuera preciso vender de nuevo estos gé- 
neros para obtener en fin la plata necesaria del tributo, ó los efectos 

(1) Declaración de la verdad, núm. 75. sqq. 

(2) Cap. VI, § 7. 

(3) Cap. [X, § 4. 

(4) Citado cap. VI, art. V. 

(5) Punto cuarto, vide cap. XIII. 



-264- 

que necesitaban los pueblos. Nada de esto es indigno de religiosos 
que por subvenir á la imposibilidad de los indios para estas diligen- 
cias se encargan de ellas por caridad, y no sólo con el conocimiento, 
sino por el ruego y encargo de las autoridades, y aun repugnándolo 
ellos cuanto les era posible, como hemos visto que sucedió en el caso 
de los Jesuítas del Paraguay. A la verdad, todas esas operaciones 
de beneficiar los propios frutos ó guardarlos hasta que llegue tiempo 
oportuno, y entonces venderlos para comprar con su importe las 
cosas necesarias para el propio uso, no salen de la categoría de eco- 
nomía doméstica, ni constituyen comercio, ni fueron nunca prohibi- 
das á los eclesiásticos en cánones ó Constituciones pontificias, como 
examinando los decretos uno por uno lo demuestra el P. Muriel (1). 
En lo demás, los datos que todavía se conservan hacen ver no 
sólo la no existencia, sino aún la imposibilidad material del soñado 
comercio con sobrantes que no existían. «Luego que se ha cosechado 
la yerba, dice el autor de la Relación de las Misiones Guaraníes (2), 
es preciso calcular qué cantidad podrá quedar para el tributo, res 
tada la que anualmente es necesaria para el gasto de los indios. Cada 
día, después de oir misa, é igualmente después del Rosario de la 
Santísima Virgen que se reza por la tarde, van los que han acudido 
al templo á recibir el mate, onza y media á lo menos por persona, 
que les da el mayordomo en presencia del Cura y del Corregidor. 
A los que están ocupados en utilidad del pueblo, sea dentro en ofi- 
cios, sea fuera en el campo, se les envía además á mediodía la can- 
tidad de mate que parece proporcionada al número de trabajadores. 
Igualmente es preciso proveer de yerba á los que cuidan del ganado 
en las estancias ó dehesas; y si algunos indios son enviados de viaje, 
no ha de faltar nunca este artículo' entre sus provisiones. Por lo cual, 
la experiencia enseña que en un pueblo de quinientas familias vienen 
á gastarse sus quinientas arrobas al año. Y á proporción se habrá de 
calcular en pueblos que se componen de seiscientas, novecientas, 
mil ó mil doscientas familias. Añádase que no es fijo el número de 
arrobas que recoge cada indio. Alguno rarísimo alcanza á veintiocho 
arrobas; otros traen al pueblo veinte arrobas; la mayor parte suelen 
traer sus siete arrobas; y algunos se contentan con cinco. Yo por mi 
parte, en un pueblo como el de San Borja, que consta de seiscientas 
familias, nunca logré hallar mil arrobas entre todo lo que habían 

(1) Fasti novi orbis et Ord. App. Ord. CCCXLIl; itein iii Hist. Paraguajen. 
Doc. LXIII. Paragiiaicae Societatis Reciirsiis, pars. IT, § \'. \'ide etiam Tus. Nat-et 
Gent. p. I. Disp. XI, § II. 

(2) § Oiierilnis depositis. 



-265- 

recolectado los indios; hubo veces de cuatrocientas cincuenta; otras 
de setecientas, 3^ la vez que más fué de setecientas sesenta; siendo 
así que en el pueblo se consumían seiscientas cincuenta por año; y 
aun me consta que en el pueblo de San Carlos en 1740 se redujo la 
yerba que hicieron los indios toda por junto á trescientas arrobas. 
Si algo queda de la )'erba del año próximo pasado, ó de los dos, tres 
y aun cuatro años anteriores, se pone aparte para el consumo de la 
gente; y se sustitu3'e por otra tanta nueva de la que se acaba de 
traer del bosque, para conducirla á las ciudades de españoles, porque 
los mercaderes no compran la otra, que saben distinguir muy bien 
por el color y olor. Además, los pueblos que han tenido menos feli 
cidad en la recolección de la yerba, la han de buscar y comprar en 
otras Doctrinas con la permutación de efectos ó con el alquiler ó 
venta de barcas ó carros; cosa que hacen en cualesquiera otros gé 
ñeros necesarios para el uso de los vecinos ó para llevar á las ciuda- 
des, poniendo aparte lo que sobra y con ello comprando lo que falta. 

La 3^erba del Paraguay, el tabaco, el azúcar, la bechara que se 
ha podido recoger que no sea necesaria para el uso de los naturales; 
todo eso se conduce á Santa Fe ó Buenos Aires.» 

Ya se ve con esto cuan disparatadas son las calumnias del pseudo- 
Anglés (1) que achaca á los Jesuítas el vender cada año, para prove- 
cho propio, ciento veinte mil arrobas de yerba usurpada á los indios; 
cuando á dos ó trescientas arrobas, que es lo que llevaba cada pueblo, 
con trabajo llegaban á formar de ocho á nueve mil arrobas, que se 
vendían, no para los Jesuítas, sino para el tributo; mientras de la 
Asunción bajaban á Santa Fe las cincuenta mil y más arrobas, 3' en 
1798, doscientas mil arrobas (2). Recientemente no han tenido escrú- 
pulo de repetir las antiguas calumnias Brabo y Garaj' (3). 

Semejante á la providencia que se tenía con la yerba era la que 
se había de usar con la tela basta de lana, llamada bechara, que se 
elaboraba en los telares de los pueblos. Así, pues, «una vez, dice el 
autor de la Relación de Misiones Guaraníes (4), que el producto 
anual de las lanas estaba asentado en los libros de cuentas de los 
mayordomos, había que examinar si bastarían para vestir á todo el 
pueblo, ó si alguno de estos artículos se había de comprar en otra 
parte, ó finalmente si sobraba algo para emplearlo en comprar otras 
cosas útiles ó necesarias.» «El gasto preciso del pueblo en pocas pa- 



fl) Informe, núm. 12. 

(2) Azara, Descripción é Hist. del Paragua}', cap. V n. 22. 

(3) Brabo, Inventarios, pág. Lili; G aray, Prólogo al P. Techo, pág. LXXXVII. 

(4) §Gossipii. 



— 266- 

labras está explicado. Al llegar el invierno se le dan al indio cinco 
varas de lana para vestido por lo menos, y cá veces se tiene que re- 
petir la provisión. Siendo quinientos, seiscientos, novecientos, mil 
doscientos los que se han de vestir, puede ya echarse de ver si será 
pequeño el consumo. Donde haya seiscientas familias, corresponden 
por lo menos tres mil varas para los varones, y mil y quinientas 
para los niños. El vestir las niñas consumirá cuatro mil varas de al 
godón. Las viudas, que en pueblos de seiscientas familias llegan á 
veces á cuatrocientas, necesitarán otras cuatro mil quinientas varas. 
Luego habrá que calcular lo que se necesita para los varones en cal- 
zoncillos y camisas; lo que se ha de gastar para los niños y para las 
mujeres casadas. Los niños en el número dicho de seiscientas fami- 
lias, necesitan mil quinientas varas de tela de algodón; los hombres, 
tres mil; y sus mujeres, cuatro mil ochocientas. Así, pues, la cuenta 
en resumen será: que un pueblo de seiscienta:, familias gasta en su 
vestido necesario para el año más de cuatro mil quinientas varas de 
lana, y quince mil trescientas de algodón, que son diecinueve mil 
ochocientas varas por todo.» Hasta aquí la Relación. 

Finalmente, he aquí lo que de los cueros vacunos dice el autor 
de las Prestigiae de Regno Paragiiayco disciissae (1): «Los cueros, 
aun hablando de los de curso comercial corriente (que sólo son los 
de toro que tienen el peso y medida legales, quedando excluidos 
los de vaca), se consumen casi todos en los pueblos para varios usos, 
sin que se alcancen á exportar para la venta cincuenta de cada 
pueblo. Y no se maravillará de esto quien haya recorrido las aldeas, 
villas ó granjas de españoles americanos á lo menos alguna vez; por 
ser común en aquellas regiones el consumo de este artículo. Mucho 
más común era todavía entre los Guaraníes, á quienes les costaban 
menos los cueros. Cuáles sean estos usos para los que en otras partes 
parecería extraño que se aplicasen los cueros, se conocerá por esta 
enumeración. No hay en las casas arca, cesta ni caja alguna que no 
se fabrique totalmente de cuero. Los granos y legumbres se guar- 
dan, no en graneros, sino en sacos de cuero. De cuero se hacen las 
correas que se usan en vez de cuerdas y maromas, sea para obras 
públicas, sea para obras privadas, y para trabar entre sí los pisos ó 
los zampeados. Cuando el carro ú otro vehículo se estropea, ó una 
parte de el se empieza á apartar de la otra, no se compone con cla- 
vos, sino con tiras de cuero. El toldo de los carros es de cuero. A las 
escalas fabricadas de cañas que usan para gallineros, también les 

(1) Ap. MuKiEL, Hist. Paraguajen. Documenta, niiin. LXV, § De pellibus. 



-267- 

pegan cuero. La mayor parte de los cañones que tienen son de ma- 
dera, igualmente forrada de cuero. Los botes para pasar los ríos, 
que llaman pelotas, son en su totalidad fabricados de cuero. Las vi- 
guetas de los edificios ó de los tejados se aseguran, no con clavos, 
como en otras partes, sino con cuerdas de cuero hasta formar enre- 
jado. Sus casillas muchas veces las cubren, no con madera, no con 
teja, sino con cuero. Sus camas, no solo las tienen colocadas sobre 
correas tirantes, sino que muchas son totalmente de cuero. Cuando 
hacen aposentos, el tabique no es de ladrillo, sino de cuero. Las pa- 
redes en muchas partes son allí de una construcción que llaman 
tapia francesa; y se reduce á un enrejado fabricado de estacas y tron- 
cos trabados con trozos de correa y revestidos de barro. Ahora bien, 
para tantas y tan grandes obras de estos pueblos ¿qué cantidad de 
pieles será menester? ¿Cuántas más para ir conservando y reparando 
todo esto? Y después que se haya tasado el número, añádase que 
no sólo hay que proveer al deterioro que todas esas cosas experimen- 
tan con la vejez, que les llega más ó menos rápidamente á proporción 
de lo que se golpean ó usan, y con la variedad de los tiempos en llu- 
vias y aguaceros; sino que es preciso hacer cuenta del daño que re- 
ciben de los perros que roen el cuero día y noche, y de las aves 
caracarás y gallinazos.» 

«Hasta aquí he enumerado los cueros empleados dentro de los 
pueblos; pero mayor cantidad se necesita para obras públicas y pri- 
vadas fuera de los pueblos. Así, pues, además de los edificios cons 
truídos en las treinta Doctrinas, unos de piedra, otros de barro, unos 
más y otros menos perfectos según la posibilidad de cada uno, todas 
las Doctrinas tienen algunos pagos ó pueblecillos menores. En ellos 
hay una capilla para que ejerciten sus actos religiosos y de piedad 
unas cuantas familias que viven en cada pago con un alcalde y ma- 
yordomo indio. Y así como todas las Doctrinas tienen estos pueble- 
cillos campestres, así también cada indio particular se fabrica su ca- 
bana en las sementeras de propiedad privada ó abambaé , que á las 
veces están bastante apartadas del pueblo; y á ellas se van por algún 
tiempo. Pues bien, en esos pueblecillos y en esas cabanas, apenas al- 
canzan á ver los ojos más que cuero. Levántanse las paredes forma- 
das de estacas forradas de cuero. Todos los techos se cubren de cuero; 
y así duran tanto como dura el tiempo seco; porque en empezando á 
llover, humedecidos y arrugados los cueros, resulta la casa inhabi- 
table. Y no les cuesta gran cosa á los indios el abandonar la chozuela 
vieja y fabricarse otra nueva. Esto es lo que se observa, no sólo 
entre los Guaraníes, sino igualmente en las aldeas de españoles.» 



79 



- 268 - 

Con estos datos procedentes de testigos bien informados acerca 
de los lienzos y cueros, se puede ver qué caso se ha de hacer de los 
cálculos y afirmaciones malévolas y arbitrarias, por no decir inspi- 
radas por el deseo de calumniar, con que han dicho algunos que las 
Doctrinas enviaban cada año á las ciudades ochenta mil 3^ aun cien 
mil varas de lienzo, ó cincuenta mil cueros (1). Y á semejante des- 
propósito en su cálculo han añadido la que no se puede excusar de 
descarada calumnia, diciendo que todo eso lo usurpaban los Jesuítas 
á los indios para su provecho. 

Y estos ejemplos bastarán para apreciar en lo que se merecen 
otros cálculos de esta clase, si alguna vez se presentan. 



XIV 
INFORMES DEL GOBERNADOR ROBLES 

No se limitó únicamente á la esfera de hablillas de émulos y ca- 
lumnias de libelos el rumor de que los Jesuítas del Paraguay trafi- 
caban y procedían como comerciantes; sino que subió á los más altos 
Tribunales, sindicando á los Padres de ocuparse en empleo tan im- 
propio de su profesión, y pintando como muy necesario el remedio. 

Ya se ha visto cómo representaba en 1672 el P. Baeza la difama- 
ción propalada contra los Misioneros, por ver á los Procuradores de 
Buenos Aires y Santa Fe ocupándose en agenciar los efectos de los 
indios: cómo pidió que se exonerase á los Padres del cargo de pagar 
el tributo, ó en último caso, que se encomendasen á otros párrocos 
aquellas Doctrinas (cap. V, art. VI). Pero como á nada de eso acce- 
dió la Audiencia ante quien se hacía la súplica, siguió siempre ade 
lante la ocasión de la maledicencia, y con ella siguió la acusación de 
comercio. 

Desde 1674 hasta 1678 gobernó la provincia de Buenos Aires Don 
Andrés de Robles, quien en su carta de relación al Consejo, fecha á 
24 de Mayo de 1676, introdujo esta acusación, añadiendo que aunque 
se había recibido con veneración el Breve de Su Santidad sobre no 
tratar 3' comerciar los eclesiásticos, no se podía poner remedio á un 
mal tan general; pues todos los eclesiásticos comerciaban, habiendo 
hallado salida á este precepto; 3^ también lo hacían los religiosos, 

(1) Pseiido-ANGLfes, m'im. 13; Garay, Prólogo, pag. CU, nota 3; Brabo, Inven- 
tarios, Introd. 



- '.'69 - 

y expresamente los de la Compañía de Jesús, sin omitir cordobanes, 
suelas, tabacos, paños, frazadas y otros géneros, especialmente la 
verba en abundancia, valiéndose de la concesión que les está dada 
para que puedan vender cierta cantidad para satisfacer la tasa de 
los indios: y por si y por interpósitas personas gozan largamente 
de esta conveniencia: y d su ejemplo relajan el Breve todas las de- 
más Religiones. — Referíanse estas quejas á la Constitución de Cle- 
mente IX expedida á 17 de Julio de 1669 que empieza Sollicitudo, en 
la que se renueva á los eclesiásticos la prohibición del derecho sobre 
no comerciar, y se impone á los de América é Indias orientales la 
pena de excomunión latae sententiae si ejercen, aunque no sea más 
que por una vez, la negociación ó comercio prohibido por los cáno- 
nes, extendiendo la excomunión á sus Superiores si omiten el casti- 
garlos. 

Tan graves penas no se infligían á cualquiera especie de trans- 
gresión, sino á una falta determinada, y prohibida jci mucho antes 
en el derecho canónico, la de vender lo que con ánimo de lucro se ha- 
bía comprado. Mas nunca prohibió la Iglesia á los eclesiásticos ni á 
los religiosos que vendiesen los frutos de sus posesiones, ó de su tra- 
bajo, ó del de sus domésticos, para procurarse las cosas necesarias 
á la vida: porque esto no era comprar efectos para venderlos luego 
con ganancia sin haber hecho en ellos mutación alguna, que es lo 
que con todo rigor se llama comercio y corresponde á los mercade- 
res. Esto último sólo era lo que prohibía y penaba el Breve de Cle- 
mente IX. 

Ni era ésta alguna doctrina nueva para que se pudiese llamar 
salida que habían hallado los eclesiásticos á este precepto: pues con 
toda claridad y expresión se hallaba propuesta cuatrocientos años 
antes en la Suma Teológica de Santo Tomás, 2'^ 2,-''^ q. LXXVII. 
a. 4. c. et ad 3"\ libro que todos conocían, sin tener necesidad de 
recurrir á invenciones nuevns. Y lo que más es, con esas mismas 
palabras la proponía San Juan Crisóstomo, que puede verse allí: y 
aun desde más antiguo había explicado distintamente Aristóteles que 
la venta ó permuta de las cosas para las necesidades de la vida es 
operación como natural y necesaria, y no oficio de comerciantes, 
pues corresponde á todos y pertenece á la economía doméstica y po- 
lítica: y que el trato y contrato propio de comerciantes es la venta ó 
permuta hecha, no para proveerse de las cosas necesarias á la vida, 
sino para adquirir ganancia (1). 

(I) Aristot. i. Politíc. cap. VI. 



-270- 

Tatnpoco necesitaban los eclesiásticos acudir al ejemplo de los 
Jesuítas para practicar esta acción de venta, pues tenían ejemplo 
perpetuo y continuado en la Iglesia de Dios. «Los anacoretas de la 
Tebaida, dice el R. P. Well (1), vendían sus esteras en las ciudades 
para comprar con el producto de la venta los medios de subsistir: 
Ni hay cosa más común, aun en el tiempo presente, que el que las 
casas religiosas tengan boticas^ donde se preparan las medicinas 
que después se venden para procurar el sustento del monasterio. 
Célebre fué la botica de Santa María de Novella en Florencia, sin 
que les pasara por el pensamiento á los Padres de Santo Doi7iingo 
que con ella atropellasen las leyes canónicas . Y el renombrado 
licor que lleva el nombre de una de las más austeras y santas 
Comunidades, es producto del trabajo de los monjes, y sustento de 
sus casas. Los monjes de la Edad media vendían el sobrante de los 
productos de sus tierras, para comprar con el precio los efectos que 
sus tierras no producían. Todo esto era reconocido como práctica en 
nada opuesta « las leyes de la Iglesia.» 

Esto viene á explicar lo que tan cuesta arriba se le hacía al Go- 
bernador, de que los religiosos, y también los de la Compañía, ven- 
diesen los cordobanes, suelas, tabacos, paitos, frazadas y otros 
géneros: pues siendo estos efectos procedentes de los frutos de sus 
posesiones, su venta no constituía el comercio prohibido por los cá- 
nones y por el Breve. Ni lo constituía la venta de la yerba del Para- 
guay para comprar otras cosas: así porque la yerba en las provin- 
cias de arriba no era género, sino moneda, por lo cual, el darla en 
trueque de otras cosas no constituía propia venta, sino más bien 
compra, que no está prohibida; como porque en aquello obraban como 
curadores de personas miserables, lo que no prohibe, sino que aprueba 
la Iglesia; y expresamente los había autorizado quien podía en nom- 
bre del Rey, como lo reconoce el Gobernador en la misma acusación. 
Así que, para no decir que procedía por malevolencia en sindicar á 
los Jesuítas, á los demás religiosos y á todos los eclesiásticos de 
exceso tan grave, habrá que decir que obraba con notable ignorancia, 
nada disculpable, y con aquel espíritu con que las personas del siglo 
quieren á veces aplicar á los eclesiásticos, como leyes de perfección, 
unos dictámenes con que los aprietan y ahogan para tener ocasión de 
acusarlos de que no observan su profesión: siendo así que aquellas 
máximas no son la ley de Dios ó de la Iglesia, sino invenciones de 
sus autores, anchos para sí y exigentes para los demás. 

(I) Wei.l, S. i. The suppression of the Societj' of Jesús in the portuguese do- 
minions, p. 45. 



-271 - 

Con todo eso, la información salida de la boca de un Gobernador, 
que se había de suponer sabía bien de qué se trataba, )' no tomaba 
una cosa por otra, alarmó al Consejo Supremo de las Indias, y fué 
causa de que se dirigiesen Cédulas Reales á los Superiores de las 
Ordenes religiosas del Río de la Plata: y entre otras una al Provin- 
cial de la Compañía de Jesús, que lleva la fecha de Madrid, á 2 de 
Agosto de 1679 (1). En ella se le expresan los informes que hay sobre 
la conducta de los religiosos: y se le ruega y encarga que por su 
parte haga cumplir lo que le pertenece del Breve Clementino, ad 
virtiéndole que otro tanto se avisa al Obispo y á los demás Prelados 
de las Religiones. 

Obedeció el Provincial la Cédula: y para que constase no ser más 
que una siniestra acusación la nota de comercio que se quería impo- 
ner á los Jesuítas del Parag•ua3^ además de reproducir la informa- 
ción judicial hecha por el P. Juan de la Guardia en 1655 con ocasión 
de calumnias semejantes (2), se hizo una información del tiempo pre- 
sente en Santa Fe con quince testigos, que se conserva todavía en 
el Archivo de Buenos Aires (3): y parece que el mismo año de 1682 
se hizo otra también en Santa Fe con veinte testigos diversos de los 
primeros. Presentáronse á su tiempo estos recaudos en el Consejo de 
Indias: y de ellos y de los informes de otras personas resultó el que 
no se hiciese novedad y se confirmase la licencia de las doce mil 
arrobas anuales que por Cédula de 1679 se les habían señalado: 
(R. C de 28 Dic. 1743, punto 2."^), como ya lo había hecho antes en 
672 la Real Audiencia de Buenos Aires. 

Sobre el mismo punto del comercio hizo averiguación de nuevo 
por encargo del Consejo el Gobernador de Buenos Aires Don José 
de Herrera y Sotomayor, y participó el resultado de ella en la carta 
que puede verse al fin en el núm. 24 del Apéndice. En ella toca el 
Gobernador todos los puntos que dan asidero á los émulos para nom- 
brar el comercio: el haber de comprar grandes cantidades de efectos 
para tantos pueblos y tantos colegios donde hay estricta observancia 
de la vida común, y por lo mismo, no teniendo nada el individuo, es 
preciso proveerlo de todo lo necesario al sustento, cosa que en otros 
institutos religiosos no sucedía: la necesidad de recibir parte del pre- 
cio de sus frutos en géneros, que se tienen que trocar ó vender de 
nuevo: el cargo de vender los efectos de las Doctrinas, del que prin- 
cipalmente juzga que provienen aquellas acusaciones, y que son na- 

(1) -Sevilla, Arch. de Ind., 122, 3, 3, lib. 9.° 

(2) Río Jan., Col. Ang., IX., 4. 

(3) Buenos Aires, Arch. gen., leg. Compañía de Jesús, n. 10. Paraguay. 



80 



272 

cidas no de razón, sino más bien de pasión: pondera que estas apa- 
riencias únicamente concurren en los Procuradores, pues los indivi- 
duos particulares nada poseen, y en los Superiores y Provinciales es 
patente á todos que ningún aprovechamiento sacan del cargo ni para 
sus personas ni para las de sus parientes ó familias: y después de 
afirmar que n j se ha podido descubrir que ni aun los Procuradores se 
ocupen en granjeria alguna, aunque se han hecho todas las diligen- 
cias para saber la verdad, concluye que tiene por temerarias las sos- 
pechas que se han divulgado contra los Jesuítas, pues no solamente 
no se les ha averiguado el pretendido comercio, sino que además es 
increíble que religiosos que en todo proceden con tanto temor de Dios 
y edificación de los moradores de estas provincias, siendo personas 
prudentes y de letras, atropellen sus obligaciones y los mandatos del 
Papa es cosa tan grave. 



XV 
INFORMES DEL GOBERNADOR REGE GORBALÁN 

A la sindicación de comercio vino á juntarse otro cargo hecho á 
los Jesuítas por los vecinos de la Asunción, quienes ya que no ha- 
bían logrado que los Guaraníes de Misiones fuesen reducidos á en- 
comiendas y servicio suyo, se esforzaron en molestarles de mil 
modos: y ahora obraban como si estuvieran envidiosos aun de la mo- 
derada cantidad de efectos que, vendiendo sus frutos en Santa Fe y 
Buenos Aires, obtenían los indios para remediar las necesidades de 
sus pueblos. Quejábanse, pues, agriamente de que la exportación de 
la yerba de Doctrinas dañaba mucho al comercio del Paraguay. 

Lo que mayor efecto produjo en esta materia fué una carta-in- 
forme del Gobernador Don Felipe Rege Gorbalán, escrita desde la 
Asunción á 20 de Octubre de 1677(1). Imbuido en todas las siniestras 
noticias que le habían dado los encomenderos, avisaba al Rey que de 
las Misiones bajaban á Buenos Aires y Santa Fe grandes cantida- 
des de yerba: que habiéndose permitido á los indios llevar cada año 
doce mil arrobas, debían de ser muchas más las que conducían: pues 
de poco tieinpo á aquella parte había disminuido notablemente el pre- 
cio de la yerba, lo cual no podía ser sino por las gruesas partidas de 
Misiones, que puestas en el mercado, rebajaban el precio: y que con 

(1) Skvili.a: Arch. de Ind.: Cartas de Gobernadores del Paraguay. 



- 273 - 

esto resultaba damnificada la provincia del Paraguay, cuya subsis- 
tencia dependía principalmente del comercio de la yerba. — Apo- 
yado en este razonamiento, cuya cavilosidad se verá muy luego, 
expresaba sin rebozo su siniestro sentir, diciendo: Y en lo que toca 
al perjuicio que ocasionan los Religiosos Doctrineros de la Compa- 
ñía de Jesús d esta ciudad, quitándole el comercio, por la mucha 
yerba que bajan d las provincias del Rio de la Plata, con pretexto 
del tributo que pagan los indios de sus Doctrinas^ etc. Pedía como 
por consecuencia que las doce mil arrobas se redujesen á cinco mil: 
y que aunque ya se visitaban las balsas de los Guaraníes como las 
demás en Corrientes y en Santa Fe, y á la Asunción se enviaba por 
carta noticia de la cantidad de yerba que bajaba, no se dieran por 
bastantes esas diligencias, y se les quitase á los Guaraníes el dere- 
cho de proceder así, adquirido por una costumbre legítima de más 
de cuarenta años 3^ por expresa resolución de la Audiencia, y se 
les impusiera el gravamen de ir á la Asunción á que se visitase su 
yerba: que era nada menos que añadirles un viaje como de doscien- 
tas leguas entre ida y vuelta por el río Paraguay. 

No era la primera vez que Rege Gorbalán enviaba semejantes 
relaciones: y en virtud de esta última se despacharon del Consejo 
de las Indias Reales Cédulas á varias personas, á fin de averiguar 
con mayor exactitud lo que pudiese haber de verdad en tan sonadas 
quejas. 

Las informaciones de Santa Fe citadas en el artículo anterior, 
pudieron hacer ver lo errado de semejantes noticias y lo irracional 
y vejatorio de los arbitrios propuestos en las cartas del Gobernador. 
Pero lo que más esclarece este punto y lo explica sin sombra de 
duda, son las respuestas dadas á las Cédulas indagatorias del Con- 
sejo. Dos han parecido hasta ahora. 

La primera es la del Presidente de la Audiencia de Charcas y 
Arzobispo de la Plata, Don Bartolomé González de Poveda, quien 
envió su informe en carta de 31 de Octubre de 1683. (1) En él refiere 
que el resultado de sus pesquisas ha sido que los indios de las Doc- 
trinas unos años conducían á Buenos Aires y Santa Fé cuatro mil 
arrobas por todo; otros, seis mil arrobas; otros, menos, y otros 
más, pero que nunca llegaban d las doce mil del permiso. Véase 
si cuatro ó seis mil arrobas podrían ser la causa de que bajara 
de siete pesos á dos el precio de la yerba de la Asunción, de 
donde se conducían á las mismas ciudades cuarenta mil arrobas 



(1) Sevilla: Arch, de Indias: 76, 3. 8. 

18.— Organizacióx Social de las Doctrinas Guaraníes. 



-274- 

cada año, según testimonio del mismo Rege Gorbalán en la carta 
acusadora; y si todas las ponderaciones que acumula en ella naci- 
das del discurso caviloso de los encomenderos, de estar las Doctrinas 
á la orilla de los ríos, tener gran facilidad para el laboreo de la yerba, 
muchas canoas y excelente comodidad para conducirla río abajo, lo- 
grarían hacer que cuatro mil arrobas fuesen más de cuatro mil, ó 
cuatro mil alterasen enormemente el precio de cuarenta mil. 

La segunda respuesta es la del Gobernador del Paraguay Don 
Francisco de Monforte, de la que se trascriben los párrafos perti- 
nentes en el Apéndice, núm. 25. Y en ésta, no sólo se confirma lo 
dicho por el Presidente Poveda, sino que aparece clarísima la verda- 
dera razón de salir tan perjudicado el comercio del Paraguay, 
haciéndose constar el hecho de que mientras la Villarrica se man- 
tuvo en su lugar junto á los yerbales, solamente los indios de los 
pueblos inmediatos á la villa iban á la yerba, y los villenos la bajaban 
á la Asunción, de donde se trasportaba á las ciudades de abajo: por 
donde, siendo poca la cantidad, se mantenía la yerba á buen precio. 
Mas desde que los portugueses en 1676 obligaron á los vecinos de Vi- 
llarrica á despoblarse y les quitaron sus indios, entraron á hacer yerba 
los moradores de la Asunción, haciendo ir á esta faena á todos los in- 
dios del Paraguay, y aumentando la producción con tanto desorden, 
que bajaban á Buenos Aires y Santa Fe más de sesenta mil arrobas 
por año: con lo cual se había depreciado casi en tres cuartas partes 
de su antiguo valor este ramo de comercio, y se estaban consumiendo 
los indios por la excesiva fatiga: dando por resultado aquel pro- 
ceder la miseria en muchos vecinos y la despoblación de la provincia. 

Eran, pues, siniestros los informes de Rege Gorbalán; y los en- 
comenderos del Paraguay, no contentos con arruinarse ellos }' con- 
sumir la provincia por el inmoderado afán de explotar la yerba, se 
esforzaban ahora por quitar á los Guaraníes de Doctrinas los medios 
de subsistencia, y manchar por mano del Gobernador la fama de los 
Misioneros, achacándoles los perjuicios de que únicamente los enco- 
menderos mismos eran culpables. 



XVI 

SI ERAN Ó NO RICAS LAS DOCTRINAS 

Lo dicho en los artículos precedentes suministra datos bastantes 
para fijar la verdad en punto á la riqueza, mediocridad ó pobreza de 
las Doctrinas Guaraníes dirigidas por los Padres de la Compañía. 



-275- 

Tres clases de personas eran las que afirmaban que las Doctrinas 
eran muy ricas: los émulos de la Compañía para hacer odiosos á los 
Padres, pintándolos como detentadores de comarcas fértilísimas y 
poblaciones de suntuosas fábricas, y excitando así los recelos de los 
monarcas: los Gobernadores y Visitadores reales cuando se empe- 
ñaban en aumentar el tributo: y los Obispos cuando querían intro- 
ducir el diezmo, que ni habían tenido nunca aquellos indios, ni nin- 
gunos otros del Río de la Plata. Las demás personas que veían las 
Doctrinas, quedaban, sí, maravilladas del orden y concierto conque 
allí se hacía todo, de lo bien asistidos que estaban los indios por los 
Jesuítas en lo espiritual y en lo temporal, del crecido número de in- 
dígenas que gracias á este cuidado se conservaba (aun á pesar de las 
epidemias que les infligían terrible mortandad), mientras que en 
todos los otros establecimientos en que había indios, se les veía irse 
disminuyendo siempre y acercándose á la consunción; pero no veían 
la decantada riqueza. Los Jesuítas decían siempre que los pueblos 
de Doctrinas eran pobres, y que sólo el continuo afán de los Misio- 
neros los alcanzaba á conservar en su ser. 

Quien haya visitado aquel país reconocerá que lo mismo hoy 
que en tiempos pasados, encierra grandes elementos de riqueza, 
no ciertamente en las soñadas minas, que no hubo ni hay, sino 
en la fecundidad de un suelo que ofrece inmensos recursos á la 
agricultura. Pero no es rico un país sólo por ser fértil, mientras no 
hay número competente de brazos productores y activos: y esta 
segunda condición de riqueza falta hoy mismo en el Territorio de 
Misiones, y faltaba más todavía en tiempo de los Guaraníes, dado el 
carácter indolente y nada afanador del indio, que nunca pensó en el 
mañana, ni en adquirir más que lo necesario para el preciso sus- 
tento, y aun eso mismo sin ánimo de trabajarlo todo, y dejando 
mucho á la ventura. — Agregábase la dificultad de la exportación 
de los productos sobrantes si los hubiera habido, estando tan 
lejos y con tan trabajosas vías de comunicación los mercados, y 
muy restringida en todas partes, en aquella época, la libertad de 
comercio. De donde se sigue que las Doctrinas no eran un país 
rico. 

Esta conclusión, que dicta el examen de las circunstancias de 
aquella comarca, tiene la sanción de la experiencia. Cuando en 
diversas ocasiones se trató de aumentar el tributo á los Guaraníes 
de Doctrinas, siempre se hubo de volver atrás por su pobreza, á 
pesar de haber exagerado los informantes, deseosos de facilitar la 
imposición, el número de los tributarios y la desahogada abundancia 



- 276 - 

de que disfrutaban. Nada más instructivo á este respecto que la 
conferencia del Visitador Agüero con el P. Provincial Jaime Agui- 
lar, de que hace mención la Cédula grande de 1743 (1), y que entera 
se conserva en Río Janeiro (2). Allí se ve cómo con tesón y maestría 
inimitables hace su oficio de defensor de la Real Hacienda el Visita- 
dor Agüero, extremando todas las razones de donde se pueda sacar 
un peso más de tributo: y le responde el P. Aguilar con las cifras 
en la mano y con los hechos reales que los Guaraníes de Doctrinas 
son pobres en particular y lo son también en común: y que sólo 
hostigándolos inhumanamente para que redoblen su trabajo, estru- 
jándolos y haciendo que aborrezcan á sus directores por el aumento 
de fatiga y se destruyan, se les podrá sacar más tributo. El resultado 
fué que nada se agregó al tributo antiguo: y para que no se acha- 
que esto al influjo de los Jesuítas, repárese que nada se agregó 
tampoco después de expulsados éstos, antes hubo necesidad de per- 
donar á algunos pueblos los tributos de varios años; y el haberse 
aumentado el número de personas europeas á quienes tenían que 
sustentar los indios con los nuevos empleados que se les pusieron, 
fué, con otras causas que se expondrán más tarde, lo que determinó 
la ruina temporal de aquellos pueblos. 

Cosa semejante ocurrió en cuanto á los diezmos. Por ellos cla- 
maron especialmente el lllmo. Sr. Azcona y el Illmo. Sr. la Torre, 
Obispos respectivamente de Buenos Aires y del Paraguay; y ni en 
su tiempo, ni en el siguiente al extrañamiento de los Padres se vio 
nunca posibilidad de imponerlo: y así se quedó por imponer. Las 
ponderaciones de riqueza, que con tal ocasión hicieron ambos Pre- 
lados, especialmente el último, en sus informes al Consejo de Indias, 
están bien reducidas á mediocridad, cuando no á pobreza, en la carta- 
relación del Gobernador Morphy, enviada de oficio para respon- 
der á la Consulta de la Audiencia de Charcas sobre esta mate- 
ria (3). 

Viniendo á los números, y dejando á un lado como patrañas 
manifiestas, los cuatro millones y medio de pesos anuales que asienta 
Pauw por el solo capítulo de la yerba, ó el millón, producto de la mis- 
ma, que afirmó el Illmo. Arellano se enviaba anualmente al P. Gene- 
ral; como también los setecientos cincuenta mil pesos anuales que 



(1) R. C. de 28 Diciembre de 1743, preámb. § Sobre cuyo contexto. 

(2) Río Janeiro: Bibl. nac. MSS.-co/. Angelts, XIlI-52. 

(3) MoKPHY, carta de 28 de Octubre de 1766 (Asunción, Arch. Nac: vol. 54, 
núm. 12, publicada en la Rkvista Eclesiástica del Arzobispado de Buenos Aires,^ 
V. 839). 



-277- 

•calculó de yerba, cueros y lienzo Ibáñez de Echavarri con datos fan- 
tásticos; se hallará que de los diez testigos examinados en su pesquisa 
por el Visitador Agüero, los que más alto levantan la producción 
de las Doctrinas, exagerando manifiestamente las partidas de todos 
los frutos, son el Illmo. Sr. D. Fr. Juan de Arregui y D. Martín de 
Barúa (1): y aunque se aceptase su cálculo como verdadero, no 
alcanza lo que se sacaba anualmente en plata de todos los treinta 
pueblos, sino á un valor comprendido entre 88.900 y 134.000 pesos 
anuales. Donde es de notar que aun siendo tanta la exageración, no 
llega la suma de todos los productos ni siquiera á los 150 mil pesos 
que señaló el desbaratado Ibáñez para el menor de cada uno de sus 
■capítulos: y ni palabra dicen ellos ni otro alguno de los cueros, 
como que no se vendían, ó eran en número insignificante, por más 
que aquel autor maldiciente se afane en que sobre su palabra le 
crean que cada año se sacaban 450 mil pesos de los cueros, vendiendo 
150 mil de ellos á tres pesos cada uno (2). Los demás testigos redu- 
cen notablemente los guarismos: y alguno hay, cuya suma no pasa 
de unos 25.000 pesos: siendo el promedio de todos, inclusos los dos 
que más abultan, el de 70 mil pesos anuales. Y ni aun esta cantidad 
se puede tener como ajustada á la realidad, por ser muy cierta la 
reflexión que hizo el testigo que más prudente de todos anduvo en 
sus respuestas, el canónigo Dr. D. Francisco de los Ríos. Este 
respondiendo á todo lo demás, no quiso fijar ni aun aproximada- 
mente la cantidad de frutos que se vendían, asentando el siguiente 
fundamento: Y jiisga que sólo los Procuradores que llaman de 
Misiones, y residen asi en aquel colegio de Santa Fe, como 
en el de esta ciudad, podrán dar rasón cierta de la cantidad 
que anualmente conducen á dichas dos ciudades (3). Que fué 
decir que ninguno de los diez testigos podía hablar en cuanto á 
la cantidad con suficiente conocimiento de causa, y sólo podían 

(1) Río JANEIRO, Bibl. nac. MSS. Col. Angelis, XIIJ-46, 

(2) N. COL. (vid. núm. 53;. IV. 10, sqq. ^ 

(3) Río Janeiro: Bibl. nac. MSS. Col. Ángelis XIIL46. — He aquí las cifras 
como resultan sumando las diversas partidas de la declaración de los testigos: 
D. Martín de Barúa, de 88.900 á 125.675 pesos anuales; Illmo. Sr. D. Fr. José 
de Palos, de 44.600 á 45.675 pesos; D.Juan de Oliva, de 55.850 á 57.650; Ilustrí- 
sirao Sr. D. Fr. Juan de Arregui, de 118.850 á 134.250 pesos; D. Marcos Rodríguez 
de Figueras, de 20.000 á 25.000 pesos; D, Martín Gutiérrez de Valladares, de 
55.300 á 56.600 pesos; D. Antonio Félix de Saravia, de 58.950 á 71.250; D. Francisco 
José de Saravia, de 60.500 á 70.000; D. Francisco de los Ríos no señaló números 
por la razón expresada en el texto, y D. Antonio Ruiz de Arellano dijo que todas 
las partidas eran cuantiosas, considerables, abundantes, etc., y no señaló canti- 
dad fija. — La suma de todas estas cantidades es de 1.089,050, y dividida por 16, 
da el promedio de 68.065 pesos anuales.— En la conferencia del Visitador Agüero 
y en la Cédula grande, se hacen las cuentas como si fueran 100 mil pesos anuales. 



- 278 - 

señalarla de un modo vago y exponiéndose á cometer notables- 
errores. 

Los datos consignados en la Cédula grande de 1743, introduc- 
ción, § En cuanto á los frutos, muestran haber bajado en un 
cuadrienio, según registro de los Oficiales Reales de Santa Fe y 
declaración de los PP. Procuradores de Misiones, unas 200 arro- 
bas de azúcar y unas 14.500 arrobas de yerba cada año: siendo 
aquel cuadrienio el de 1729 á 1733, en que estaba prohibido el 
comercio de los paragua)'os por sus revueltas, y por lo misma 
había gran necesidad de la yerba en Buenos Aires y Santa Fe, no 
bajando la de la Asunción. — En los tiempos ordinarios afirman los 
Misioneros que ni á las doce mil arrobas llegaba la exportación de 
yerba: y ni cincuenta cueros se sacaban á vender de cada pueblo. 

Cualquiera que sea el número que se adopte como término 
medio del producto anual de las Doctrinas, se verá lo que ya en 
aquel tiempo hicieron notar los Padres: que no alcanza á ser ni un 
peso por cabeza. La conclusión se impone. Un país que en los años 
normales no da más que para alimentarse y vestirse los naturales 
(en años de peste ó seca, se padecían hambres extraordinarias), y 
un peso más en moneda por cada habitante para atender á sus 
contribuciones y á todas sus necesidades, no puede llamarse 
rico entre hombres cuerdos. — El argumento que á algunos des- 
lumhró, fundado en la riqueza de los templos, no tiene consistencia. 
Está en la índole é inclinación de los Jesuítas, que donde quiera que 
ellos residan durante algún tiempo, fabriquen templos relativa- 
mente ricos y suntuosos; á lo cual contribuye no sólo el empleo de 
todos los recursos de la arquitectura y la riqueza de los ornamentos, 
que se procura en lo posible, sino también el hábito especial de lim- 
pieza, esmero y orden, que hace aparecer todas las cosas como de 
valor aún mayor del que tienen. Pero de aquí no se sigue que el 
desierto donde viva un Jesuíta sea un país rico. 

Nada más juicioso, por lo mismo, que el parecer del P. Lozano 
al tratar de esta materia. «Ese gran reino» (el que pretendía Fré- 
zier haber formado los Jesuítas en las Doctrinas Guaraníes) «se 
reduce á treinta pueblos, en que juntos sus habitadores, chicos y 
grandes, hombres y mujeres, niños, mancebos y viejos, nunca han 
llegado á ciento cuarenta mil almas; con que aun no le caben 4700 
personas á cada pueblo. ¿Y cada uno de ellos le parece por ventura, 
que es una villa lustrosa? No puedo negar que en estas provincias 
míseras, donde las ciudades son por extremo pobres, mal pobladas, 
sin edificios de alguna monta, y que en Europa pasaran por aldeas, 



-279- 

se hacen reparables dichos pueblos sólo por su orden y económico 
gobierno; pero en lo demás nada tienen apreciable. No hay fábrica 
que pase del primer estado, todas son igualmente de tierra ó tapia, 
por carecer de cal, aunque en parte no falta piedra. Los habitado- 
res son sumamente pobres, sin extenderse su mayor riqueza á más 
que algunas legumbres, y de comunidad algunas vacas para su sus- 
tento. Ese gran reino no produce oro ni plata, da solamente la caña 
de azúcar, tabaco y algodón, y éso no en todas partes, sino en al- 
gunas, y con moderación, y de la misma manera la yerba del Pa- 
raguay, de que sacan para pagar sus tributos al Rey de España, y 
para mantener con alguna decencia sus iglesias. Cría ganado menor 
en tal cual pueblo, y hay algunas frutas propias del país, que las 
europeas ó no se dan, ó es con mucha escasez. Viñas no se pueden 
conservar, por la plaga inagotable de las hormigas, trigo se coge (no 
en todos los pueblos) lo suficiente y preciso para mantenerse los 
Misioneros, sal no se halla en todo el país, el calor es excesivo en 
la mayor parte, el clima sujeto á grandes tempestades, las fiebres y 
serpientes-ponzoñosas, muy frecuentes y conocidas por sus frecuen- 
tes efectos. Este es el gran reino» (1). 



(1) Lozano, Revoluciones del Paraguay, I. 237. — Véase como última muestra 
el estado económico de un pueblo de Doctrinas (parece ser el de San José) tal 
como lo expone el P. Bernardo Nusdorffer, Superior que había sido de las Misio- 
nes por dos veces, 3' Provincial del Paraguay (carta de D. Juan del Campo, 
Arch. Hist. Nac, de Madrid; Jesuítas, Sala 8.^, Armario 18-1-b-legajo 9; publi- 
cada en alemán en 1768 en las Nene Nachrichten): Familias propias. 446.— Fami- 
lias transmigradas del Uruguay, 258. — Personas, 3443. — Cosecha de algodón en 
1757, 1.050 arrobas.— Cosecha de lana, 50 arrobas.— Lo que se tiene que comprar 
de uno y otro para vestir la gente, como 100 arrobas. — Cosecha de yerba, 1.300 
arrobas. — Reservadas para el gasto anual de los indios, 756 arrobas, quedan 544, 
de las que se enviaron 300 á Buenos Aires, pagando 177 pesos de flete, y 150 
arrobas á Santa Fe, pagando 75 pesos de flete.— Cosecha de trigo, de 60 á 70 
fanegas. — Cosecha de maíz y legumbres, menos de la que sería necesaria para 
sustentarse la gente en el año. — Tabaco, no se da, y es menester comprar como 
50 arrobas. — Caña,-no se da.— Cueros, todos se gastan en el pueblo.— Ganado de 
todo género, 20 mil cabezas. — Mátanse en Setiembre, Octubre, Noviembre y 
Diciembre 16 animales vacunos cada día, para dar carne al pueblo, el resto del 
año se hace lo mismo cuatro días á la semana. — Debe el pueblo 800 pesos; le 
deben 600. 



CAPITULO X 



GOBIERNO RELIGIOSO 

l. La Reducción.— 2. Las Doctrinas. — 3. La Iglesia. — 4. Artes nobles.— 5. La 
música. — 6. Danzas. — 7. Ministros de la iglesia. — 8. El domingo. — 9. Congrega- 
ciones. — 10. Semana Santa.— 11. Corpus. — 12. Fiesta del Santo. — 13. Estableci- 
mientos de caridad. — J4. El Cura y el Compañero. — 15. Calidad canónica de las 
Doctrinas desde 1655. — 16. Calidad canónica de las Doctrinas desde 1655 en ade- 
lante. — 17. Las veces que estuvieron los Jesuítas para abandonar las Doctrinas. 
— 18. Si eran Reducciones y Misiones.— 19. Visita del Obispo. — 20. Diezmos. 



LA REDUCCIÓN 

Resta para tener idea completa de las Doctrinas Guaraníes, con- 
siderar el factor más importante en ellas: el que les dio origen y 
fué perpetuamente su principio de vida, la religión, y esto se hará 
en el presente capítulo. 

Mientras las agrupaciones de infieles que se trataba de convertir 
á nuestra santa fe estaban en sus principios, eran llamadas reduc- 
ciones, nombre muy apropiado, porque los indios, sin ser muchos de 
ellos todavía cristianos, se reduelan á pueblos, dejando sus antiguas 
viviendas aisladas, lo que expresaban los castellanos diciendo á 
veces que se reiiucian á criiB y campana, por erigirse cruz en el 
pueblo y fijarse campana en su capilla provisional; y los portugueses 
lo llamaban ynwíízrsg en aldeas ó aldearse. Cuando ya todos estaban 
convertidos, ó por lo menos había un buen número de fieles, y la re- 
ducción tenía estabilidad para en adelante, se erigía en parroquia; 
y por ser indios los feligreses, gozaban de los numerosos privilegios 
otorgados por los Sumos Pontífices á los indios cristianos. A diferen- 
cia de las parroquias de españoles que conservaban su nombre propio 
de parroquias ó curatos, las parroquias de indios se denominaban 
Doctrinas. Por manera que, hablando con todo el rigor de la propie- 



- 281 - 

dad, reducción era el pueblo de indios en los principios de la conver- 
sión; y Doctrina, la parroquia de indios ya establecida. Como la re- 
ducción no era sino la Doctrina que se estaba formando, con eltiempo 
se borró en gran parte en el lenguaje esta diferencia de acepciones: 
llam;tndose indiferentemente reduccioyies ódoctrinas todas las agru- 
paciones cristianas de indios que formaban pueblo, y dando con poca 
distinción al que cuidaba de ellos el nombre de misionero, cura ó 
doctrinero. 

De la organización paulatina de las reducciones Guaraníes diri- 
gidas por los Jesuítas, nos han dejado noticias las Cartas armas, que 
en maj^or ó menor número se conservan, y el libro de la Conquista 
espiritual del P. Montoya. Los principios de la reducción eran siem- 
pre muy trabajosos, por más que los auxiliara en los indios cierta 
dosis de buena voluntad y apego á los Padres. Era necesario des- 
brozar aquella selva inculta de vicios groseros y profundamente 
arraigados, é ir remediando el desenfreno de la lujuria y la poliga- 
mia, la borrachera, la ira y la facilidad de pasará ensangrentar las 
manos ó de mover guerra á los vecinos, y la misma antropofagia: 
excesos que descubrían bien á las claras al hombre degradado de su 
primitivo estado por haber abandonado la verdadera religión, sumido 
cada vez en mayor profundidad de miseria moral; no á un hom- 
bre inocente de la naturaleza fantaseado por algunos soñadores. Y 
todo esto había de hacerse con tacto, en su tiempo y sazón, so pena 
de perder en un día el fruto de todos los trabajos precedentes. 

Entretanto los Misioneros eran un ejemplar que ponía á la vista 
de aquellos más fieras que hombres la perfección y santidad de la 
vida cristiana en todas sus acciones, con el orden y regularidad, con 
la paciencia y constancia en sobrellevar toda suerte de molestias, y 
con la asiduidad en acudir solícitamente á todos los oficios y minis- 
terios, no sólo de maestros de la religión, sino aun de próvidos pa- 
dres de familia de los indios. Atendían á todas las necesidades espi- 
rituales de aquellos pobres indios, y no sólo á las espirituales, sino 
también á las corporales, sin haber día que no pasara uno de los dos 
que solía haber en la reducción, á recorrer una por una las casas 
todas, enterándose de si había algún enfermo para consolarlos, ins- 
truirlos, disponerlos á morir cuando era necesario, administrarles el 
santo Bautismo si se encontraban capaces; y al mismo tiempo ejer- 
citar con ellos todos los oficios de diligente médico y solícito enfer- 
mero del cuerpo (1). Ellos en su habitación practicaban todas las 

(1) Mastrilli Duran, Littrae ann. Prov. Paraguariae, 1627, págf. 38, 43. 



- 282 - 

prescripciones de la más estricta observancia regular; la clausura 
el silencio aun durante su frugal comida, que era siempre acompa- 
ñada por la lectura de algún libro piadoso en latín ó castellano (1). 
En algunas reducciones era grande la penuria que experimentaban, 
aun para su propio sustento, sin querer jamás aceptar las cosas que 
les ofrecían de su voluntad los indios cuando no tenían con qué 
pagárselas: y así, el P. Alonso de Aragona, autor de obras muy es- 
timables del idioma Guaraní, habiendo tenido que hospedar en su 
reducción al P. Provincial que pasaba la Visita, no le pudo ofrecer 
más que un plato de habas cocidas con agua pura, que se repitió 
cuantas veces fué necesario, pero no se varió, sin tener siquiera 
pan ó galleta con qué comerlas (2). Y vez hubo que los Misioneros 
perecieron consumidos de inanición por faltarles del todo el sustento 
conveniente, como sucedió con los Padres Martín Navarro Urtazún 
y Baltasar Seña (3). Agregábanse las molestias del clima, entre las 
cuales no es la menor la de unos terribles mosquitos que no dejan 
punto de reposo de día ni de noche, como lo experimentaban aun los 
que de paso tocaban en Natividad del Acaray (4). Ni había en oca- 
siones medio de proveer á las más urgentes necesidades: porque el 
sínodo ó pensión que el Rey ordenaba se diese á los Misioneros para 
su congrua sustentación, ó no estaba señalado, ó estándolo, no lo 
recibían ellos, como consta de los del Guaira en 1627 (5). 

La principal práctica cristiana que desde luego se había entablado 
era la enseñanza de las cosas de nuestra santa fe necesarias para 
salvarse y que habían de disponer para recibir el santo Bautismo. 
Hacíase, pues, catecismo todos los días separadamente á niños y 
niñas; dos veces por semana á los adultos, y tres á los viejos que no 
iban ya al trabajo del campo; y se añadían los catecismos parciales 
á una ó á varias personas cuando lo exigía su especial necesidad (6). 
Asistían todos los indios el día de fiesta á la Misa, que se celebraba 
acompañándola con cantos é instrumentos de música (7). En ella se 
les hacía sermón para exhortarlos á la práctica de las virtudes cris- 
tianas, que se les proponían de modo que cobrasen estima de ellas y 
se enfervorizasen en su ejercicio (8). 

Habíase despertado tan ardiente devoción al Santísimo Sacra- 



(1) Mastrilli, Annuae, pág. 38. 

(2) Pág. 38. 

(3) Ibid. 

(4) Mastrilm Duran, Ann. 1627, pág. 73. 

(5) Id. pág. 73. 



(6) Id. pág. 42 

(7) Ibid. 

(8) Ibid. 



-283- 

mento y tanto deseo de tenerlo lijo de asiento en sus iglesias (cosa 
que en varias reducciones por su instabilidad no se concedía), que 
fué admirable el empeño de los indios de San Miguel por lograr la 
dicha de comulgar (1); y mayor todavía el de los de Itapúa (2) 
para tener continuo el Santísimo Sacramento, como al fin lo con- 
siguieron del Padre Provincial Mastrilli, celebrando insigne fiesta 
el día que definitivamente se reservó Su Divina Majestad en aquella 
iglesia, y estableciendo desde entonces extraordinarios actos de 
veneración (3). 

No menores raíces había echado allí la devoción á la Santísima 
Virgen (4). Saludábala fervoroso todo el pueblo á la señal del Án- 
gelus por la mañana, al medio día y á la tarde, interrumpiendo 
brevemente su trabajo, doblando las rodillas y levantando la voz 
para ofrecer á la Reina del cielo aquella oración tan grata á la corte 
celestial (5). Era tal la afición con que habían tomado en su obse- 
quio la práctica del santo Rosario, que ni aun enfermos y postrados 
en cama querían omitir ni un día el ofrecérselo (6). Y dentro de 
poco, para el año de 1637, hallábase ya establecida la Congregación 
de Esclavos de Nuestra Señora, formada de las personas más fer- 
vorosas y de vida más ejemplar, quienes en obsequio de su Excelsa 
Patrona acudían solícitos al hospital á servir á los enfermos (7). 

Con semejantes esfuerzos, las costumbres se fueron cambiando 
de una manera asombrosa. Los moradores de Itapúa, que por su 
robustez y carácter belicoso eran temidos y respetados de todas las 
tribus de aquella región, que sufrían sus asaltos, eran los que ahora 
daban á todos ejemplo de mansedumbre y humildad (8). Habían sido 
todos los indios del Paraná dados á la embriaguez (9); y de este 
vicio los sacaron los Padres con introducir entre ellos la vida cris- 
tiana. Tenían lugar entre ellos y moraban allí de asiento durante su 
gentilidad los mayores desenfrenos de la lujuria (10); mas ahora 
no sólo se enmendaban, sino que los indios de más cuenta se 
hacían en algunas reducciones celosos predicadores de la castidad, 
como lo vemos en la relación del pueblo del Corpus (11). Y lo que 

(1) P. BoROA en Trelles, Rev. del Archivo, tomo JV, pág. 46. 

(2) Mastrilli, pág. 51. 

(3) Id. pág. 51. 

(4) Id. pág. 52. 

(5) Pág. 54. 

(6) Mastrilli, pág. 41. 

(7) BoROA, pág. 74 y 77. 

(8) P. Mastrilli, pág. 49. 



C9) Pág. 58. 

(10) Pág. 46. 

(11) Pág. 56. 



- 284 - 

más es, no sólo huían de sus antiguas torpezas, sino que se aplicaban 
á la mortificación cristiana de su cuerpo, juntándose en la iglesia los 
adultos en algunas partes varias veces por semana y castigándose á 
sí mismos con rigurosos azotes (1). Lo cual muy especialmente tenía 
lugar en las procesiones de Semana Santa, en que calles y plazas 
quedaban señaladas con la sangre (2). Hasta los niños, congregados 
cada viernes en la iglesia á oir el ejemplo que explicaba el Misione- 
ro, armaban en seguida sus tiernas manos del látigo, y ensayaban en 
sus cuerpos la penitencia que los había de defender de sus enemigos 
espirituales y darles dominio de sí mismos (3). Despertóse también 
el celo entre aquellos nuevos cristianos, llegando á maravillar á 
sus amos españoles la entereza con que algunos de ellos no cesaban 
de reprender los escándalos que veían cometer, amenazando á los 
culpables con el castigo de Dios y las penas del infierno (4). 

Lo que acabamos de enumerar es un índice, y aun abreviado, de 
lo que sucedía en las reducciones. Para formar siquiera una idea 
aproximada de ello, es fuerza leer los documentos originales, los 
cuales dejan en el ánimo una impresión de pasmo al ver las maravi- 
llas obradas por la gracia de Dios en unos hombres toscos, feroces y 
viciados con las perversas costumbres de su estado salvaje: conoci- 
miento é impresión que no puede suplir nuestro frío 3^ mermado 
resumen. 



II 

83 LAS DOCTRINAS 

Quedaron formalizadas como Doctrinas las que hasta entonces 
habían sido Reducciones Guaraníes, en el año 1655, como lo veremos 
más tarde. El régimen espiritual de ellas, como su organización en 
todos los otros ramos, se había ido elaborando poco á poco con las 
prescripciones generales de los Superiores y con las particulares 
destinadas á remediar las necesidades que iba haciendo palpar la 
experiencia. Las primeras formarán el objeto principal del capí- 
tulo XII. Las segundas procedían de la continua atención á aplicar 
en oportunidad los medios que se ofrecían como más convenientes, 

(1) Mastkim.i, pág. 46. 

(2) Pág. 47. 

(3) Ibid. 
(i) Pág. 48. 



-285- 

desechando los que no producían fruto; de las frecuentes visitas del 
Superior, y de las consultas sobre las cosas más importantes: deci- 
diendo las mudanzas el P. Provincial, que tenía también la cosa 
presente, y aprobándolas el P. General, cuando se tomaban resolu- 
ciones en cosas durables. De lo cual da testimonio el libro de Orde- 
nes de los Provinciales, que «existe en todos los pueblos» dice un 
testigo (1), y añade: «Las órdenes versan sobre la educación religio- 
»sa y cuidado de los indios en lo espiritual, político, económico y 
«militar. Un ejemplar tiene el Cura y otro el Compañero. Hay 
«obligación de tener cada semana media hora de lectura pública en 
»este libro, hallándose presentes todos los que haya de la Compañía 
»en el pueblo.» Lo que en el presente capítulo se expondrá sobre las 
Doctrinas está tomado de las relaciones de testigos de aquel tiempo 
que todavía se conservan, y explican lo que en efecto se practicaba 
en ellas. Tales son el Dr. Jarque en sus Misioneros insignes del Para- 
gua)^ (2): P. Antonio Sepp en varias cartas y relaciones, desde 1691 
hasta 1714, el autor de la Relación de Misiones, hac^a 1742: el Padre 
Cardiel en la Declaración de la verdad , de 1759 5" en la Breve Rela- 
ción, de 1771 : y algunos otros. Así se podrá percibir mejor el conjunto 
de la vida religiosa, que en los Reglamentos no aparece sino por 
partes: cuanto más que por diversas causas, varios de los Regla- 
mentos se han perdido. Será fácil también confrontar el hecho con 
las prescripciones que aún subsisten y se examinarán más tarde. 

Las Doctrinas conservaban los mismos ejercicios de piedad que 
las Reducciones, pero normalizados ya como cosa más estable. El 
ministerio que con particular predilección se ejercitaba era el de la 
enseñanza de la Doctrina cristiana, que debe penetrar toda la vida 
del hombre. La repetición del texto de las oraciones y del Catecismo 
breve impuesto en los sínodos diocesanos, era tarea no sólo de los 
niños, sino de todos los adultos del pueblo: y para que no quedase en 
mero ejercicio de memoria, se le añadía la explicación que hacía el 
Misionero. «Cuando á la mañana se toca el Ángelus, que es á las 
cuatro 3^ cuarto de la mañana», dice el P. Cardiel (3) «resuenan en 
»la plaza los tamboriles de los niños, cuyos Alcaldes ó directores, 
«esparciéndose por las calles, claman: Hermanos, ya es la hora. 
y> Enviad vuestros hijos é hijas d orar. Enviad los presto al templo á 
y>la misa, para que Dios bendiga las obras de este día. Despertados 
»con estas voces y con el redoble de los tamboriles, acuden los niños 

(1) Cardiel, De moribus Guar., cap. V. 

(2) Parte III: Estado de las Misiones. 

(3) Cardiel, De moribus, cap. VI. 



— 286- 

»al pórtico del templo, y luego que se han juntado, dos de ellos de 
»voces claras empiezan las oraciones, respondiendo ó alternando los 
»demás. Otro tanto hacen las niñas, separadas convenientemente 
«bajo el amplísimo pórtico. Acabadas las oraciones, que por ser las 
»voces en gran número y atipladas, resuenan por todas las calles del 
»pueblo; si algún tiempo queda, se emplea en cánticos sagrados, 
«entonándolos una ó dos voces, y prosiguiendo luego las demás. Los 
«cantares son de alabanzas de Cristo, de la Virgen María y de los 
«Santos; y encomendándolos aquí á la memoria, los repiten también 
«después cuando son mayores en casa, en el campo, y cuando viajan 
«lejos de sus pueblos en las navegaciones por los ríos ó en los cami- 
«nos de tierra. Cuando hablo de niños, comprendo en ellos los mayo 
«res de siete años hasta los diecisiete, edad en que contraen matri- 
«monio; como las niñas hasta los quince años.» Hasta aquí el Padre 
Cardiel, quien poco más abajo añade: «Por la tarde, al oir la campa- 
«na, que ellos llaman tain tain, acuden á la iglesia, habiendo un cela- 
»dor que cuando faltan les avise... por verano á las cinco y á las 
«cuatro en el invierno... Llegados á la iglesia, dos de los de más 
«clara voz rezan el Padre nuestro y las otras oraciones, alternando 
«con los demás. Luego salen cuatro y poniéndose dos á un lado y dos 
ȇ otro, repiten el catecismo con sus preguntas y respuestas. Unos 
«preguntan: ¿Hay Dios? Y responden los otros: Si liay. Este cate- 
«cismo es corto, ordenado por el concilio de Lima, de suerte que en 
«breve tiempo se recita todo hasta el fin. Después del catecismo, 
«uno de los Alcaldes de niños, que siempre asisten al Catecismo, 
«avisa al Padre que ya es hora de explicar la Doctrina. Lo que el 
«Padre hace, yendo allá con la cruz como báculo de ocho palmos de 
«alta y gruesa como el dedo pulgar. « De lo que á continuación dice 
el P. Cardiel y de lo que aún más distintamente expresa el autor de 
la Relación de indios Gnaranís (1), se ve claramente que, además de 
rezar oraciones y catecismo al levantarse y antes del Rosario, reza- 
ban asimismo otras dos veces al día, á saber, luego de oída Misa y 
á la noche después del Rosario, resonando calles, casas y plazas de 
aquellos pueblos continuamente con los cánticos y alabanzas á Dios 
de aquellas inocentes almas, y acostumbrándose desde sus tiernos 
años á no perder nunca de vista las verdades de nuestra santa reli- 
gión, cuya memoria y uso ha de ser en el cristiano propia de cada 
día y de cada momento. «Los domingos por la mañana», sigue el 
Padre Cardiel (2), «luego que se han abierto las puertas de la iglesia, 

(1) Initio §. laní vero ad id. 

(2) De ¡noribus, cap. V. 



- 287 - 

«júntanse en ella las personas mayores de uno y otro sexo antes de 
»la misa, separadas de los niños. Llevan la voz cuatro hombres que 
»se ponen en medio de la iglesia, é hincados de rodillas rezan el Pa- 
vdre nuestro y las demás oraciones, respondiéndoles todos. Siéntase 
»luego todo el pueblo; y de los cuatro que quedan en pie, dos pre- 
»guntan: ¿Hay Dios? Los otros dos responden: Sí hay. Y el pueblo 
«entero repite: 5/ hay. Siguen los dos primeros: ¿Cuántos dioses hay? 
«Responden los otros dos: Uno, y lo repiten todos. Y de esta manera 
»van repitiendo todo el Catecismo, como se ha dicho de los niños». 
«Lo que las personas mayores rezan en el templo, lo rezan al mismo 
»tiempo niños y niñas, aquéllos en el patio, éstas en el cementerio. 
»Luego entran á misa y sermón» (siendo el sermón unas veces mo 
ral, otras explicación de un punto de Catecismo). «Después se divi- 
«den en dos secciones: Una de niños y varones adultos, que van al 
»patio parroquial; otra de niñas y mujeres, que se colocan en el 
«cementerio. En el patio uno de los cabildantes repite lo que ha 
»oído en el sermón. Hay quienes lo repiten á la letra. Otros repiten 
«sólo la sustancia, añadiendo las reflexiones piadosas que á ellos se 
«les ofrecen; pero á nadie le falta materia para la media hora y aún 
»más. A las mujeres en el cementerio les hace la repetición alguno 
»de sus alcaldes.» Todo esto es del P. Cardiel. 

Nadie juzgará que tanta diligencia en la enseñanza del Catecis- 
mo, aunque tan notoria, fuese excesiva, si tiene noticia del grande 
afecto con que siempre abrazó la Compañía de Jesús el ministerio 
del Catecismo á niños y rudos (1), y sobre todo, si pondera la impor- 
tancia de la materia y los efectos de salud eterna que por este me- 
dio se intentan y consiguen. Ni tendrá motivo de atribuir tanta 
repetición y explicación diaria á invención rara de los Jesuítas, si 
advierte que el Concilio III de Lima, que era obligatorio en estas 
regiones, prescribe en la sesión segunda (2) que el Catecismo que 
allí señala <¡.se explique á todos los indios conforme á su capacidad , 
■ñy por lo menos los ni/los lo sepan de memoria y lo repitan doniin- 
*gos y días de fiesta cuando todo el pueblo está reunido en la igle 
T>sia... para que los donas se aprovechen^ . E insinuando el Concilio 
en este canon el deseo de que también los adultos, si es posible, lo 
retengan en la memoria y lo repitan en público los domingos y días 
de fiesta, los Jesuítas pusieron los medios para obtener lo mejor y 
más fructuoso. 

Sigúese á la fe en la vida cristiana la recepción de los Sacramen- 

(1) Reg. Sacerd. núm. 6. 

(2) Cap. III. 



- 2S8 - 

tos, que son los medios por los cuales se nos comunica la gracia, y 
la asistencia á los divinos misterios en el santo Sacrificio de la Misa. 
Celebrábase la Misa invariablemente á las cinco y media de la ma- 
ñana, y á ella en general en los días de hacienda había gran asis 
tencia, pues sin contar con los niños y niñas, que la oían todos des- 
pués de rezar la doctrina, y eran siempre varios centenares, acudía 
gran número de personas mayores; y Doctrinas había donde tenían 
costumbre de asistir todos cuantos moraban en el pueblo, que eran los 
que no tenían sus chacras ó sementeras muy lejanas, ni estaban em- 
pleados en viajes ú ocupaciones del servicio público. El orden que en 
ésta y en las demás ocasiones guardaban en la iglesia era que ni el 
lugar que ocupaban los varones ni aun la puerta por donde entraban 
les era común con las mujeres. Los hombres entraban por la puerta 
que daba al patio parroquial: las mujeres por las de la fachada que 
caían á la plaza. Las mujeres ocupaban la última parte de la iglesia 
hasta la puerta: los hombres estaban en las naves laterales hasta el 
pulpito: y la parte anterior se reservaba para las autoridades munici- 
pales y militares, como el centro para los niños y niñas. «Desde la 
verja hasta el pulpito» leemos en el P. Cardiel (1) «y en la nave prin- 
»cipal, que tiene catorce varas de ancho, están á uno y otro lado las 
«sillas de los cabildantes y oficiales de guerra. En el centro se ponen 
»los niños sentados en el pavimento, y para guardarlos en orden y 
«sosiego se encuentra con ellos siempre su Alcalde que no deja de la 
»mano su vara de autoridad. Desde los niños queda un espacio de 
»tres varas hasta las niñas. Detrás de las niñas siguen las mujeres. 
»Los restantes hombres se colocan desde el presbiterio hasta el púl- 
»pito: y luego, dejando un intervalo, siguen también en las naves 
«laterales las mujeres hasta la puerta. Para entrar y salir queda 
«franco un espacio de dos varas en el centro á lo largo de la iglesia... 
«Maravíllanse de la quietud y silencio que todos observan las perso- 
«nas que vienen de fuera...» A esta Misa servían siempre cuatro 
acólitos y era acompañada de música y cantos, lo cual para la gente 
tenía mucho atractivo. 

Por la tarde, asistía igualmente la mayor parte del pueblo al 
Rosario de la Santísima Virgen después que los niños habían rezado 
su Catecismo }' oído la explicación de él. El Rosario se terminaba 
con el Acto de contrición, rezado por todo el pueblo y el Bendito en 
Guaraní y castellano. Es el Bendito la conocida salutación al Santí- 
simo Sacramento: Bendito y alabado sea el Santísimo Sacramento 

(1) De moribus guaran, cap. VI. 



— 28^)- 

del Altar, y la Purísima Concepción de María Santísima, Madre y 
Señora nuestra, concebida sin pecado original en el prijner instante 
de sit ser natural. Amén. Entonábanla cantando los músicos en 
lengua Guaraní, y la continuaban los fieles rezando. Otro tanto se 
hacía en seguida con la misma salutación en castellano (1). En los 
sábados, como días propios de la Santísima Virgen, se cantaba al 
amanecer Misa de beata Virgine, á canto de órgano, con toda la 
Capilla; y después de la Misa un responsorio por los difuntos del 
pueblo; 3' se terminaba el Rosario con una solemne Letanía cantada. 
A tales ejercicios piadosos acudía todo el pueblo, aunque no tenía 
obligación ni era por nadie constreñido: y de este modo consagraba 
el principio y el fin del día á su Criador, y obtenía su bendición para 
el trabajo á que se dedicaba con alegría. La suave eficacia con que 
estos actos de vida cristiana penetraban todo el ser de aquellos mo- 
radores era tal, que en sus dilatados viajes al través de los bosques 
ó á lo largo de los ríos que navegaban, volvían á renovar á la mañana 
y á la noche sus cánticos, sus oraciones y Rosario á la Virgen, co" 
brando fuerza con las prácticas piadosas para sobrellevar todas las 
fatigas. «Emprenden viaje», dice el P. Cardiel (2j, «confesando y co. 
»mulgando con piedad cristiana. Cuando ya todo está á punto, acu- 
»den á la iglesia con la efigie de la Virgen ó de algún otro Santo 
»que toman por patrón. Colócanlo en su peana, y rezan y cantan, 
«acompañándoles algún músico. Van al Cura, quien les echa un 
»breve sermón sobre el objeto del viaje y el modo como deben por- 
»tarse fuera de su pueblo... Dan vuelta á la plaza, llevando en andas 
»su imagen, tocando uno que otro las campanillas además de las 
«flautas y el tamboril. No hay viaje sin llevar su Santo, ni sin sacris- 
»tán que cuide del Santo, ni sin castañuelas, flauta y tamboril... 
» Antes de ponerse el sol dan fin á la jornada, sea que caminen por 
«tierra, sea que vayan por agua: y lo primero previenen su capilla 
»de ramas para el Santo. Luego rezan el Rosario y cantan sus ora- 
aciones. Sigúese la cena, que tanto en casa como fuera toman al 
«anochecer. Duermen toda la noche. Levántanse á la madrugada... 
»y salido ya el sol, vuelven á hacer sus oraciones delante del Santo, 
»al cual para eso han dejado por la noche en su capilla. Después de 
»las oraciones sigue el himno, que entona algún músico jubilado, 
»que siempre hay.» 

El Bautismo se administraba solemnemente los domingos por la 
tarde; y eran muchos los bautismos en que no se hacía más que su- 

(1) De moribus Guaran, cap. V. 

(2) ídem, cap. VI. 

19— Organización Social de las Doctrinas Guaraníes. 



-290- 

plir las ceremonias, por estar ya bautizada la criatura de socorro. 
La razón explica el Dr. Xarque con las siguientes palabras: «Es tan 
«corta la capacidad de aquella gente y tan sin advertencia, que ape- 
»nas saben dormir las madres sin sofocar la criatura recién nacida; 
»por lo cual han juzgado los Misioneros que no sólo es lícito echar 
»el agua al infante luego que nace, sino también obligatorio. Y por 
»eso tienen señalados Ministros por los barrios para que luego que 
»nace alguna criatura, avisen á los Padres para que vaya á lavarla 
»con el agua bautismal. Lo cual se asegura aún más con el privile- 
»gio que los dichos Misioneros tienen de bautizar á cualquiera, aun- 
»que no sea su feligrés, y sin las ceremonias de la Santa Iglesia 
«cuando pareciere conveniente á las almas. Y para fuera del pueblo, 
»ó casos muy urgentes en que el Padre no se hallase tan cerca, tienen 
«instruidos algunos indios de la mayor capacidad, para que echen el 
»agua al niño que peligra.» (1) Agregábase á la incuria genial de las 
madres el nacer muchos niños con debilidad extraordinaria, que no 
permitía fiarse de su vida en diligencia tan precisa; y es prueba de 
ello la gran mortalidad de párvulos que se registra en las estadísti- 
cas, cuya proporción excede de una manera extraña á la que suele 
haber en otras partes y en igual edad. El privilegio de que hace 
mención el Dr. Xarque lo tenían los Misioneros por comunicación 
con los Carmelitas Descalzos, á quienes se concedió por Clemen- 
te VIH en la bula DoDiinici g re gis de 14 de Julio de 1604. 

Administraban la Confirmación los Obispos en sus Visitas; y 
sólo en los últimos años existió la facultad para que pudieran confir- 
mar los Misioneros. Concedióla Benedicto XIV por su breve Quo 
luciilentiores de 3 de Marzo de 1753 al Superior de Misiones para eí 
tiempo de la Visita, con facultad de subdelegarla en otro Misionero 
si él estuviese legítimamente impedido de pasar Visita. Debía pedir 
licencia de usar del privilegio una vez á cada Obispo que tomase po- 
sesión de su diócesis: y era en éste obligatorio concederla, siendo 
con eso ya válida para mientras durase el Prelado en aquella Sede. 

Los sacramentos de confesión y comunión eran frecuentados con 
devota preparación, no contentándose generalmente con el cumpli- 
miento pascual obligatorio, y señalándose en el fervor 3- frecuencia 
de confesar y comulgar los que pertenecían á las Congregaciones. 

Al llegar el tiempo del cumplimiento pascual, que para los indios 
por privilegio del Papa duraba desde el domingo de Septuagésima 
hasta la octava de Corpus, salía cada Cura de su pueblo é iba á sus- 
tituir á otro, á fin de que los feligreses con más llaneza pudiesen 

( 1) Insignes misioneros, part. III, cap. XVII, núm. 2. 



— 291 — 

confesarse con persona no conocida (1). Y en este tiempo, no sólo 
purificaban los Guaraníes su conciencia recibiendo los Santos Sacra- 
mentos, certificándose el confesor de que sabían las oraciones y en- 
tendían lo que debe saber un cristiano sobre los misterios de nuestra 
santa fe, sobre los preceptos y demás cosas del Catecismo; sino que 
asistiendo miércoles y viernes al sermón que en tales días se les 
hacía sobre la fervorosa enmienda de la vida, tomaban después de él 
una disciplina de sangre. Raro era el que no confesaba también en 
las fiestas de Navidad y Pentecostés 3" en la fiesta del Santo del 
pueblo. 

Para que las confesiones se hiciesen con más cuidado y fruto, se 
empezaban algunos días antes de la fiesta, señalando de un día para 
otro los barrios que habían de acudir á confesarse. El día del jubileo 
ó fiesta se hacían reconciliaciones. «Las confesiones» dice el P. Car- 
diel (2) «son muy cortas: no hay en ellas rodeos ni historias, y así 
»no tiene necesidad de hablar mucho el confesor de estos indios. En 
»varios sucede que no se les halla materia de confesión por mucho 
»que se indague. Y cuando el Padre les pregunta: ¿Pues qué buscas? 
«responden: He venido para que me eches la bendición. t> 

Confesaban igualmente y comulgaban cuando habían de empren- 
der algún viaje largo, como el de las ciudades de españoles, el de la 
exploración de las costas, ó de alguna función de guerra, ó cuando 
eran llamados para construcción de fortalezas ó edificios; y otro 
tanto hacían á la vuelta. 

Del sacramento del matrimonio hemos hablado al tratar de la 
familia. En general, se celebraban los matrimonios el domingo. 

De los enfermos se tenía cuidado especial. La falta de médicos, 
que ni aun en las ciudades de españoles los había sino uno que otro, 
se suplían por medio de los Cunisuyás. El Curusuyd, cuyo distin- 
tivo consistía en llevar como el Padre una cruz de dos varas de alta 
y gruesa como el dedo pulgar, de donde le vino el nombre, el que 
lleva la crus, era un indio instruido en confeccionar los medicamen- 
tos y en cierto conocimiento práctico de las enfermedades. Uno y 
otro habían aprendido de algunos hermanos Coadjutores de la Com- 
pañía entendidos en medicina, 3' conservaban sus prácticas por tra- 
dición 3^ manejando los apuntes de los hermanos. De tres de estos 
Hermanos hace mención la historia en el siglo xviii: Pedro de Mon- 
tenegro, Joaquín de Subelía 3^ José Brasaneli como de cirujanos que 
acompañaron las milicias Guaraníes en 1704 á la toma de la Colo- 

(1) Xarque, Insignes misión, parf. III, cap. XV, núm. 3. 

(2) De moribus guaran, cap. VI, 



292 — 

nia (1); y los apuntes del hermano Montenegro, que habían corrido 
con nombre del P. Segismundo Aperger, han sido publicados por el 
Sr. Trelles en su Revista patriótica tom. I y II. En el siglo anterior, 
hallamos nombrado otro, el hermano Blas Gutiérrez (2) que también 
ejercía la medicina y era excelente cirujano. Los Curuzuyás eran 
cuatro, seis ú ocho en cada pueblo; y para que pudiesen ejercitar su 
cargo, estaban exentos de las tareas comunes, y aun les cultivaban 
su chacra los otros indios. A primera hora de la mañana, y también 
después de mediodía recorrían el pueblo para enterarse del estado 
de los enfermos, é indagar también si alguno había enfermado de 
nuevo; y después de sus giras daban cuenta al Padre: «Fulano á 
»quien confesaste ayer, necesita que le den el Viático después de 
» Misa. A Zutano es menester administrarle la Extremaunción. El 
«niño tal ha muerto hace tantas horas (3).» Cuidaban de prepararles 
y llevarles las medicinas convenientes. Y juntamente cuidaban de 
hacer guisar en casa de los Padres comida propia para los enfermos, 
por el gran descuido que en esto había en las familias, las cuales no 
acertaban á cuidar al enfermo, sino que le daban los mismos alimen- 
tos de que ellos usaban estando sanos, obligándoles á comer carne á 
medio cocer ó á quedar sin sustentarse. El enfermero ó Curuzu}^! 
presentaba al Padre su plato de carne cocida y pan de trigo para el 
enfermo y después de bendecida por el Sacerdote, la llevaba á su 
destino. Ni descansaban los Padres únicamente en la vigilancia del 
Curuzuyá: sino que, además de inculcar repetidas veces en pláticas 
y sermones la obligación que tienen los miembros de la familia de 
avisar cuando ha}" algún enfermo grave para que con tiempo reciba 
los Sacramentos, visitaban ellos mismos cada día los enfermos para 
evitar omisión en esta materia tan importante. «Al salir á confesar 
enfermos», dice el P. Cardiel (4) «se cuelga del cuello el Crucifijo, y 
»por báculo lleva en la mano una cruz de ocho palmos de alta y 
»gruesa como el dedo pulgar. Va delante el enfermero y un par de 
»niños acólitos. Al enfermero llaman Citntsíiyá, porque siempre lleva 
»él también cruz como la del Padre. Bajo el brazo lleva una estera: 
»uno de los acólitos lleva una silla de tijera y el otro el acetre con 
»agua bendita y una vela con su candelero. Llévase la silla para 
«sentarse el Sacerdote cuando ha de confesar, porque entre los in- 
»dios rara vez hay sillas: la estera, para debajo de los pies: la vela 

(1) Certificación de García Ros en 1705 (Charlevoix Apén.) 

(2) Xarquh, part. ÍT, cap. XXVIII. 

(3) Cardiel, De moribiis guaran, cap. VI. 

(4) Cardibl. De moribus guaran, cap. V. 



- 293 - 

»para cuando es preciso oír la confesión de una enferma en paraje 
«oscuro, como á veces sucede.» 

Llevábase el Viático y Extremaunción á la casa de los enfermos 
cuando se agravaban; y en particular el Viático se administraba 
con devoto y espléndido aparato (1). «Barridas las calles» dice Xar- 
que (2) «se adorna el suelo con hojas y flores olorosas y con otros 
«perfumes hasta la casa del enfermo donde se arma un altar curio- 
»so, que se guarda en alguna pieza de las que tiene cada iglesia para 
»sus alhajas; y con repique especial de aquella función se llama 
»al pueblo: preceden las chirimías, y sígnense las varias clases del 
«pueblo, con orden y devoción, que fomentan los músicos con him- 
»nos y salmos.» 

La solicitud que causaba el atender á todas las necesidades de 
los enfermos era grande: y mucho mayor la que resultaba en tiempo 
de peste ó enfermedad general, particularmente de viruelas, que 
entre ellos hacía estragos horrorosos. En tales casos, no bastando 
para la asistencia los dos Misioneros, aunque pasaban todo el día en 
atender á los enfermos, procuraba el Superior que por aquella tem- 
porada les auxiliara algún Padre de los otros pueblos no invadidos 
del contagio: y cuando la epidemia se había extendido á muchos 
pueblos, se enviaban, si era posible, algunos Sacerdotes de los que 
trabajaban en otras partes en las ciudades de Españoles. 

Luego que alguno había expirado, avisaba el doblar de las cam- 
panas á todo el pueblo para que le encomendasen á Dios en sus ora- 
ciones. Alrededor del féretro, cubierto con su paño negro, se encen- 
dían los blandones. Llegaba el Sacerdote con sobrepelliz, estola y 
oapa, con cinco acólitos de sotana negra y sobrepelliz, uno que lle- 
vaba la cruz parroquial enmedio de dos cerof erarios, y dos con agua 
bendita, incienso y el Ritual. Uno y otro Misionero celebraban la 
Misa ofreciéndola por el difunto; y la conducción y entierro del ca- 
dáver se verificaba conforme al Ritual (3). Además de esto, cada 
mes ofrecían por los difuntos del pueblo la Misa el Cura y el Com- 
pañero, uno de los dos rezada, y el otro cantada solemnemente con 
el túmulo enmedio de la Iglesia (4). Y en algunas partes, cada lunes 
se celebraba Misa, por los difuntos del pueblo, en el altar de Ani- 
mas, y después de ella había procesión por el cementerio, con los 
responsos acostumbrados (5). 

(1) Cardiel, Declaración de la Verdad, ni'im. 75, 76; De moribus, cap, V. 

(2) Part. III. cap. XVIII, núm. 5. 

(3) Relación de las Misiones Guaraníes § Restat. 

(4) Ibid. 

(5) Xarque, parte III, cap. XVIII, núm. 9. 



-294- 

III 

LA IGLESIA 

Todas las iglesias de las Misiones Guaraníes fueron construidas 
por los Guaraníes mismos, dirigidos por los Padres y por algún her- 
mano Coadjutor que había sido arquitecto, aunque esto último po- 
cas veces se podía lograr. Empezábase por una capilla provisional, 
y tan luego como era posible, se ponía mano á la fábrica de la igle- 
sia principal. Por lo común eran los cimientos de piedra, y las pare- 
des de ladrillo, con el techo de madera. Por causa de la falta de 
materiales de construcción, ocurría una singularidad al levantar es- 
tas iglesias: primero se colocaba el techo y después se hacían las pa- 
redes. El techo no estaba sostenido por paredes, sino por las colum- 
nas, que eran grandes árboles más fuertes que la encina y el roble, 
arrancados casi con todas sus raíces, y acarreados por veinte ó treinta 
pares de bueyes. Abríanse, con el intervalo que debían guardar 
entre sí las columnas, unas fosas de tres varas de profundidad y 
dos de anchura y longitud, y revestidas de piedra: en ellas se reci, 
bía la raíz del árbol, después de chamuscada para que no la dañase 
la humedad. La parte del árbol que sobresalía de la fosa se labraba 
hasta lo alto en forma de columna con su pedestal y arquitrabe, y 
sobre estas columnas descansaban las vigas traveseras y el techo; 
después de lo cual se construían las paredes (1). Esta manera de 
construir no era propia de las Doctrinas, sino común de aquella re- 
gión. En 1764 había dos iglesias que eran enteramente de piedra 
tallada, y las había dirigido un hermano Coadjutor: eran las de Tri- 
nidad y San Miguel. Aun ésas estaban formadas de pura piedra sin 
trabazón de cal, que no se conocía en Misiones. En los últimos años 
se encontró una caliza mediana cerca del pueblo del Jesús, y con 
ella se fabricó la nueva iglesia de dicho pueblo (2). Al ser expulsa- 
dos los Jesuítas en 1768 había algunas iglesias más de piedra, pues 
hablando de la de San Luis se expresa en los siguientes términos su 
Inventario: (3) «La iglesia, capaz para todo el pueblo, es de tres 
«naves, sobresalientes de tierra hasta los arranques de la bóveda 

(1) Cakuihl, de Moribus Guaran, cap. III. 

(2) Ibid. 

(3) Bkaho, Inventarios, pág. 138. 



— 295- 

» trece varas: las paredes son de piedra labradura [sic] como de si- 
»llería, lo alto de ellas nueve varas, y recio seis cuartas. Tiene de 
»larg"o dicha iglesia, de la puerta hasta el presbiterio, ochenta y 
»cuatro y media varas; de ancho veintisiete, de alto, veinte varas... 
»con media naranja de madera empezada: tiene cinco ventanas á 
«primera luz, con que tiene suficiente claridad, con vidrios en ellas: 
»sin éstas, tiene otras cuatro ventanas á segunda luz al corredor del 
»patio principal, y otras cuatro correspondientes al corredor del ce- 
»menterio... Tiene la iglesia su hermosa fachada y las tres puertas 
»principales hacia la plaza con sus nichos y cornisas de piedra bajo 
»del pórtico, que tiene de ancho ocho varas, y de largo cuarenta 
avaras, sostenido por ocho columnas [de piedra] con la altura co- 
»rrespondiente á la iglesia, con otras cuatro puertas, dos al patio 
«principal, y dos al cementerio, correspondientes entre sí. Tiene su 
«sacristía y contrasacristía, y otro salón detrás del altar mayor, de 
>más de quince varas de largo.» 

Semejantes proporciones y distribución se observaban en las igle- 
sias de los demás pueblos. Todas tenían por lo menos cinco puer- 
tas: tres á la plaza, y dos respectivamente al patio parroquial y al 
cementerio, lo que facilitaba, como es manifiesto, la separación de 
hombres y mujeres. Todas tenían el anchuroso pórtico que servía 
para diversos ministerios. 

La torre del campanario solía estar en el patio parroquial ó prin- 
cipal, como puede verse en los planos de San Borja y de Cande- 
laria. En el pueblo de San Luis la describe así el inventario 
de 1768 (1): «En el patio principal está la torre de madera de fuerte 
»Tajivo, con tres descansos: de alto veinte y una varas y siete va- 
»ras en cuadro, con trece campanas ó diez [sic] : las cuatro de ellas 
«grandes, las demás [sic] de veinte arrobas cada una poco más ó 
»menos, y las otras más chicas: están sentadas sobre piedras, cada 
«columna con su espiga, y enlosada con tres escalones de piedra á 
»cuatro vientos [sic]. Otras dos campanas hay en la capilla de la es- 
»tancia de San Marcos.» 

A la iglesia deben referirse también las capillas. No estando li- 
mitadas las habitaciones á sólo el pueblo; sino existiendo por el con- 
trario multitud de casitas aisladas en el campo, y grupos de ellas 
denominados puestos, en los dilatados terrenos en que pacía el ga- 
nado, sin dejar de descubrirse caseríos en las sesenta leguas que 
mediaban desde las Doctrinas del Paraguay hasta la de Yapeyú (2); 

(1) Brabo, Inventarios, pág. 138. 

(2) Xarque, part. III, § IV, núm. 3. 



-296- 

en varios de estos pueblecillos se habían levantado capillas adonde 
concurrían los labradores ó pastores para oir Misa en los días de 
fiesta, ya que no podían acudir al pueblo; y cuando no lograban Sa- 
cerdote, por lo menos, para rezar sus acostumbradas oraciones, su 
Catecismo, sus cánticos y su Rosario todos los días. Cuando algún 
Sacerdote pasaba de viaje, celebraba allí el santo sacrificio; y si te- 
nía que pasar la noche, hallaba hospedaje en un aposento edificado 
al lado de la capilla (1). Algunas de estas capillas tenían continua- 
mente un Padre, como sucedía en las de las estancias grandes, donde 
era mayor el número de los pastores, y habiendo necesidad de 
atender asimismo á lo temporal, estaba en compañía de un hermano 
Coadjutor (2). Otras capillas había en el pueblo. 

Al lado de la iglesia se encontraba el cementerio, comunicado 
con ella por una ó dos puertas propias, también con corredor soste- 
nido por pilares. Era de la misma longitud que la iglesia y de mayor 
anchura. En él había una hermosa capilla con el retablo de las al- 
mas del purgatorio. Todo el cementerio estaba dividido en sus par- 
tes por calles de árboles, mezclándose naranjos y palmas con cipre- 
ses. Reservábase un lugar especial para los congregantes y otro para 
párvulos (3). Lo restante para el pueblo, repartido en cuatro divisio- 
nes, separándose, como en la iglesia, hombres y mujeres, niños y ni- 
ñas. Subdivddíanse con nuevas calles las cuatro principales, y cui- 
daban las mismas personas que iban al cementerio á orar por sus 
difuntos, de mantener el terreno libre de malas j^erbas y plantarlo 
de nardos. De suerte que quien se acercaba á mirar por la puerta 
de verja que caía á la plaza, percibía por los ojos y el aroma más 
bien un jardín que un cementerio (4). «Por las calles de árboles an- 
»dan las procesiones de difuntos los lunes después de la Misa, que 
»se reza ó canta dentro del mismo cementerio... A cada esquina se 
»canta un Responso, y otro en medio, donde se levanta una grande 
»Cruz sobre gradas de piedra (5).» 



(1) Peramás, De admin-Guaran. § XXVIII. 

(,2) Cardiel, De moribus Guaran, cap. III. 

(3) Xarque, part. III. cap. XVI, núm. 4. 

Í4) Peramas, De admin. Guaran. § CCC. 

(5) Xarque, part. III, cap, XVII, núra. 4. 



-297- 

IV 
ARTES NOBLES 85 

Así como los Guaraníes ejercitaban las artes mecánicas á fin 
de asegurar su subsistencia material, así también se dedicaron por 
dirección de los Padres á varias artes nobles á fin de dar esplendor 
al culto divino y á las cosas sagradas. 

Tenían los que eran hallados aptos su estudio de pintura y su 
propio maestro ó Alcalde. Pintaban imágenes y misterios sagrados 
con que adornar sus templos y capillas. Sabían igualmente, después 
de haber extendido uniformemente la pintura sobre un fondo vi ob- 
jeto dorado, ir descubriendo aquellas líneas solamente que habían 
de adornar el conjunto mostrando el resplandor del oro mezclado 
con la hermosura de los colores, operación en que consiste lo que 
técnicamente Ihiman estofado. 

También había taller de escultura, 3' estas dos artes vemos que 
no faltaban en ningún pueblo de las Doctrinas al llegar la expulsión 
de 1768 (1). Los escultores formaban estatuas sagradas de todas 
clases para las iglesias y altares. Ayudábanles otros como dorado- 
res, 5^ como ensambladores otros, que hacían retablos y los entalla- 
ban con curiosidad (2). Labraban las columnas de sus iglesias. 

Adelantaron asimismo en la arquitectura y construcciones, 
«Saben, dice el Dr. Xarque (3) hacer casas, fabricar iglesias con 
» piedra, ladrillo y teja, hacer tahonas para moler el trigo, abrir 
» pozos, armar norias, encaminar por acequias el agua de los ríos á 
»los campos, huertas y pueblos, en que también hacen fuentes pú- 
»blicas de agua de pie, con estanque y pilas para lavar la ropa. » 

En los ejercicios de artes delicadas, había dos dificultades: 
La primera, la falta de elementos de buena calidad. Así, por ejem- 
plo, de los colores dice Xarque- (4) «Raros son los colores que llegan 
» allí sin adulterar, por lo cual son muertas las pinturas, ó presto 
» pierden su viveza.» De los instrumentos: «Las herramientas é 
«instrumentos de España, llegan aüí muy pocos, y siendo toscas las 
»que allá se labran, no pueden salir muy curiosas las obras.» Esta 

(1) Bkabo, Inventarios, passim. 

(2) Xarque, part. III, cap. VI, ni'im. 3. 

(3) Ibid. 

(4) Ibid. núm. i. 



-298 — 

dificultad pudo obviarse más ó menos con el tiempo. La segunda 
dificultad, que era irremediable por la naturaleza misma de la cosa, 
era la cortedad del indio, la cual hizo que entre ellos, en ninguna 
arte se señalase la invención é iniciativa propia, como lo advierten 
cuantos los trataron. Eran, pues, meros imitadores, no artistas que 
supiesen proceder con gusto recto y propio, y así era preciso diri- 
girlos continuamente, so pena de verles estropear con algún grave 
yerro la obra más delicada. 

En cambio tenían los indios la buena cualidad de su paciencia 
incansable, contal que los dejasen andar á su paso lento. «Son su- 
«mamente espaciosos, y si los apresuran, se turban 5^ echan más á 
»perder la obra» (1). Y en lo que participaba de mecánico, sea por la 
perfección de su vista, sea por la aptitud natural, eran eximios. «No 
quisiera,» dice el P. Peramás, «que por oir que los artífices eran in- 
»dios, piense nadie que sus trabajos eran algunas obras groseras y 
«deformes, porque eran tan diestros en sus artes, como puedan serlo 
»los mejores oficiales de Europa. Admiraríase cualquiera que viese 
»con sus ojos los órganos de viento de artificio singular y los instru- 
»mentos músicos de toda clase que fabricaban, los vasos artística- 
»mente labrados, sus dibujos en los tejidos, y otras obras que mos- 
«traban proceder de habilísima mano» (2). 

Los Padres Misioneros los dirigían y ayudaban en cuanto estaba 
de su parte, procurándoles maestros competentes de estas artes, 
que ciertamente eran poco cultivadas en aquel tiempo en estos paí- 
ses. Así en el siglo xviii tuvieron como director de sus construccio- 
nes al hermano Coadjutor Carlos Franck, como escultor al hermano 
José Brasaneli, y como arquitecto al hermano Juan Bautista Prí- 
moli, que fué quien dirigió la obra del actual templo de San Ignacio 
y de otros en Buenos Aires y Córdoba Estos hermanos permane- 
cieron bastante tiempo en las Reducciones para instruir á los indios, 
y allí murieron (3). 

Con el auxilio de todas estas artes, se decoraban aquellas igle- 
sias, que siendo por su grandeza iguales á una catedral, no nos atre- 
veremos á decir que por sus proporciones, arquitectura y buen gusto 
compitiesen con las obras monumentales de Europa, )'^a que eran 
construidas en tan desfavorables condiciones como se ha visto, y en 
una época en que el buen gusto en esta materia andaba estragado 
en todas partes, pero sí que en ellas no se escaseaba ninguna fatiga 

(1) Xarque, part. III, cap. VI, núm. 3. 

(2) Pekamás. De admin. guar. § CXXVIII. 

(3) Ibid. 



-299- 

ni diligencia, y que implantadas en lugares tan lejanos y en que tan 
difícil era obtener cualquier auxilio, eran una verdadera maravilla 
para el viajero, y podían sin duda presentarse al lado de las mejores 
que por entonces se construyeran en América. La Compañía de 
jesús ha tenido como cualidad proverbial la solicitud en procurar el 
esplendor y decoro de la Casa de Dios con todos los medios que 
están á su alcance; de suerte, que por pobres y modestas que sean 
las habitaciones destinadas á sus hijos, no sea nunca pobre, sino lo 
más espléndido posible el templo destinado á la gloria de la Divina 
Majestad. Y esta inclinación parece como que la transfundió en el 
alma de los Guaraníes. Aun de los primeros tiempos en que con gran 
trabajo se iban organizando las Reducciones en las remotas comar- 
cas del Guayrá, nos dice el P. Montoya que eran las que hubieron 
de desamparar con tanto duelo en la invasión de los paulistas «muy 
lindas y suntuosas iglesias» (1); y refiriendo los sacrilegios de aque- 
llos desalmados piratas, añade: «Llegaron al despoblado pueblo, 
«embisten con las puertas de los templos, y como hallaron resisten- 
»cia en abrirlas... hicieron pedazos las puertas, que su labor }■ her- 
»mosura pudiera recelar su atrevida mano... embisten con los reta- 
»blos, derriban sus columnas, dan con ellas en tierra, y á pedazos las 
«llevaron para guisar sus comidas...»— Y de los tiempos posteriores 
dice el Dr. Xarque: (2) «La inclinación al culto de su santo Templo 
»es tanta, que repetidas veces instan á su Cura para que les deje 
«renovar la iglesia ó fabricar otra mejor. Y en obteniendo las licen- 
»cias necesarias, se convocan unos á otros á juntar los materiales, 
«derribar en el monte las maderas necesarias para levantar á Dios 
»casa tan digna, que cada pueblo quisiera que fuera mejor la suya. 
»Y con este celo, si ven que en otro templo hay ornamento, lámpara, 
«retablo ú otra alhaja que no tengan en su iglesia, no paran hasta 
«conseguirla semejante ó mejor, fatigando sus fuerzas, y atenuando 
»su pobreza hasta quitarse el bocado de los labios, porque haya con 
»qué comprar telas y piezas de Plata, que es menester llevarlas desde 
«Potosí ó Lima, casi mil leguas, con excesivos costos». 

Con este celo tienen «tales iglesias, que parece increíble á los 
«que las ven el que no las hayan fabricado grandes artífices. Son las 
'>más de tres naves, y algunas de cinco, }' las ha}^ con crucero }' me- 
»dia naranja, cubiertas todas de madera, son muy capaces y claras. 
»Laque más tiene cinco altares, porque ni son necesarios muchos, 
>ni fuera posible conservarlos todos con igual adorno, curiosidad y 

(1) Conquista espiritual §. XXXVIII, 

(2) Part. III, cap. XX, núm. 1. 



-300- 

»limpieza que los pocos gozan. Tienen retablos dorados, hechos de 
«maderas á lo moderno, con ensamblaje de columnas y cornisas en- 
»talladas de diversas figuras y dibujos, con estatuas y pinturas. Son 
»estos retablos tan grandes como pide el tamaño déla iglesia, cuyas 
«paredes adornan muchos lienzos de pincel, con guarniciones y mol- 
»duras doradas en que se ven los sagrados misterios, y se avívala 
»fe de ellos en los neófitos. Los suelos llanos y tersos, con losas bas- 
»tante bruñidas de piedra, que en algunos Templos tienen media 
»\^aray más en cuadro. Donde no se halla piedra suple el ladrillo, 
»de que en todos los pueblos se hace lo necesario... El Baptisterio 
«suele ser como una Capilla bien capaz, con especial curiosidad, 
«para que desde la puerta de la cristiandad se aficionen á los templos 
«y ritos sagrados... Según las festividades crece el adorno de los 
«altares, que consiste en flores de mano, en relicarios y luces, y más 
«que todo en flores naturales, yerbas muy olorosas y ramos, que dis- 
«tribuídos por todos los suelos y paredes, suplen la falta de colga- 
»duras, y ponen todo el templo muy oloroso, y más cuando le riegan 
«con agua de azahar, rosa y otras flores y yerbas odoríferas de que 
«abunda casi todo el año aquel país, cuya fragancia aumentan las 
«cazoletas, pomos, pastillas y pebetes, que todo concurre en los días 
«más solemnes. « Todo esto es del Dr. Xarque (1). 

Y no se disminuyó este esplendor del culto y hermosura de las 
iglesias con el correr de los años, como puede verse en algunas des- 
cripciones de las iglesias que se han conservado, y en parte en las 
ruinas que hoy mismo perseveran en san Ignacio miní y otros para 
jes. Todo lo cual hace ver que, con fundada razón podía decir el 
P. Cardielen 1764(2): 

«Las iglesias son esplendidísimas por dentro. Ni sólo los taber- 
«náculos de los cinco altares, sino también las columnas de las naves, 
«las jambas de las ventanas, las bóvedas y todo el artesón, resplan- 
«decen con variadas esculturas, colores y oro: de modo que cuando 
»se abren las puertas y penetra dentro la luz del sol, llena de alegría 
»el corazón tanta majestad. « 



(1) Part. III, cap. XVI; núm. 1. 

(2) De moribus Guaran, cap. VI. 



301 



V 
LA MÚSICA 86 

La que entre todas las artes nobles más cautivó )'a desde un 
principio los ánimos de aquellos naturales, fué la música. En efecto, 
en las narraciones auténticas de los Misioneros, tenemos consignado 
como un hecho, lo que sin un testimonio tan digno de fe, pudiera 
parecer poética ficción de un ánimo dominado por la fantasía. Los 
misioneros navegaban por los ríos en pequeñas canoas, y entrete- 
niéndose en tocar á ratos la flauta como alivio de sus fatigas, veían 
salir de los bosques multitud de indios atraídos por aquélla para 
ellos nueva melodía, é irles siguiendo largo trecho por la orilla, de 
modo que tenían ocasión de entrar á conversar con ellos y empezar 
á atraerlos á la le}^ del Evangelio. 

El primero que entabló la enseñanza de la música instrumental 
y vocal á los indios ya agrupados en reducciones, fué el hermano 
Coadjutor Luis Berger, de quien dice el P. Provincial Nicolás Du- 
ran Mastrilli: 

«Aprendieron los indios con admirable facilidad á cantar y tañer 
«instrumentos, siendo su primer maestro nuestro hermano Luis 
»Berger, insigne citarista, quien hace doce años que de la provincia 
»de Bélgica pasó á nuestra provincia» (L. Tuvo sin embargo, ma3'or 
fama y nombre de primer maestro, el P. Juan Vaseo, Flamenco, 
nacido en Tournai en 1583, que habiendo entrado en la Compañía á 
24 de diciembre de 1612, cuando j^a era sacerdote desde 1607, pasó 
al Paraguay en 1616 y murió en la reducción de Loreto á 23 de junio 
de 1623 (2). Fácilmente se explica su mayor nombradía, porque no 
solamente era insigne músico y profesor de música en Europa, como 
que perteneció á la capilla del Emperador, sino, que además parece 
que dejó sus escritos de música, que duraban en manos de los 
indios mucho después. 

Entre los niños que asistían á la escuela de leer y escribir se ele- 
gían algunos de los de mejor metal de voz para la música vocal; y 
era esto fácil de realizar, porque aunque por lo general no fuesen 
voces tan buenas como las de Europa, entre tanta multitud de niños 
que todos los días rezaban la doctrina y cantaban sus cánticos, 

(1) Lit. anuuae Paraq. 1626 et 1627, pag. 42. 

(2) SoMMERvoGEL, Jean Vassaeus. 



- 302 - 

nunca faltaban algunos de excelente voz. Igualmente se elegían los 
de mayor robustez de pecho para la música instrumental, hallando 
los aptos. Unos y otros pasaban á escuela diferente y superior, que 
era la de música, dirigida por su especial maestro; 3^ mientras los 
demcás niños iban unos á la escuela de leer y escribir, otros al campo, 
ellos iban á su lección de canto ó instrumento. Y el oficio de músico 
era entre ellos de gran estimación, así por el gran gusto que de la 
música recibían, como porque de esta escuela salían más tarde no 
pocos de los gobernantes del pueblo. Alcaldes, Cabildantes, etc. 
«La mayor honra» dice el Padre Cardiel, «que se le puede hacer al 
»hijo del Corregidor ó del mayor Cacique es hacerle tiple» (1). 

Los instrumentos de que usaban eran de todo género: órganos, 
trompas bajas )' agudas, bajones ó fagotes, sacabuches, cornetas y 
clarines, chirimías, flautas, entre los instrumentos de viento: arpas, 
liras, espinetas ó clavicordios, violines, laúdes y violones entre los 
de cuerda; 3' para algunas danzas, la guitarra, cítara, bandola 3' 
bandurria. Tales instrumentos no sólo los aprendían á tañer, sino 
que también los fabricaban (2). 

Con esta música, parte de banda 3' parte de orquesta, añadién- 
dose los cantores, se componía un coro que no tenía menos de 
treinta á cuarenta músicos en cada pueblo, contándose, según el 
detalle del P. Cardiel (3), en cada coro, cuatro ó seis violines, uno 
ó dos violones, trompas entre graves y agudas seis ú ocho, cítaras 
ma3'ores ó rabelones tres ó cuatro; órganos de iglesia, uno ó dos 3' 
clarines dos ó tres. 

En la música se tocaba el mismo inconveniente que en las demás 
artes: la cortedad 3^ ninguna iniciativa del indio. Toda la perfección 
que se les lograba hacer adquirir consistía en leer con exactitud el 
pentagrama, 3^ ejecutar las piezas elegidas de entre los mejores 
compositores europeos de España, Italia 3" Alemania. Pero jamás se 
vio un músico que de su3'o propio inventase ó añadiese el más leve 
adorno, una pausa, un trinado, una fuga á lo que ejecutaba, cosa 
que el más mediano cantor ó ejecutante arriesga alguna vez. Ni con 
ser el maestro de capilla indio, 3' estar mu3' bien enterado de su 
oficio para enseñar, ensa3'ar 3' dirigir, se halló un solo maestro que 
compusiera un renglón de música. Lo cual no parecerá tan extraño, 
advirtiendo que ninguno de los indios acertó tampoco á componer 
ni una triste copla para cantar, como lo hacen los ciegos 3' se ve en 

(1) Declaración de la verdad, núm. 106. 

(2) Xarque, Parte III, cap. XVI, núm. 2; Cardiel, Declaración, núm. 106. 

(3) De moribiis Guaran., cap. VI, §. In oppidis. 



- 303 - 

los gauchos pa3'adores, ni un verso cualquiera asonante ó consonante 
de otro en su propio idioma (1). 

No obstante este defecto, se lograba con este coro el fin preten- 
dido de honrar el culto divino con el tributo de todas las artes, y 
mantener el ánimo de los fieles devoto y recogido en las solemnida- 
des sagradas, 3" despertar en él la alegría y el entusiasmo en cuantas 
ocasiones se empleaba la música. La destreza que adquirían en la 
ejecucii^n era admirable; y refiere el P. Cayetano Cataneo, que vino 
á las Misiones en 1729, que halló entre otros un niño Guaraní de no 
más de doce años que tocaba en el violín las más difíciles piezas de 
los compositores de Bolonia que el Padre le ponía delante, sin errar 
ni en un ápice (2). Y pudo decir el P. Cardiel: «Yo he atravesado 
»toda España, y en pocas Catedrales he oído músicas mejores que 
»éstas en su conjunto» (3). Y el Dr. Xarque: «Ni alcanzo que haya 
«semejante provincia en el mundo, que ningún pueblo carezca de tan 
«numerosa Capilla de concordes y bien instruidos Músicos, con tal 
•armonía de instrumentos, que representa una casa del cielo cada 
«iglesia» (4). 



VI 
DANZAS on 

Complemento de la música en sus grandes fiestas eran las danzas 
públicas. Nada en ellas de lascivo ni desordenado, sino todo muy 
honesto, así como era muy artístico. No entraban en la danza muje- 
res, ni tampoco los adultos, sino sólo cierto número de niños elegidos 
como los músicos de la escuela y divididos en sus cuadrillas; quienes, 
debajo de la dirección de su maestro propio, ejercitaban su arte para 
aprenderlo y conservarlo una vez á la semana, y los demás días iban 
con los otros niños á los trabajos del campo. Las demás personas 
del pueblo concurrían á estas danzas con la ordinaria separación de 
sexos como espectadores de un ejercicio gozoso y festivo. 

Las danzas en que se ejercitaban no eran bailes vulgares, sino 
que todas eran danzas de las que llaman de cuenta, esto es, figura- 
das ó simbólicas, en que artificiosamente se representa ó enseña 

(1) Cardiel, Ibid. §. Eludo. Declaración de la verdad, núm. 106. 

(2) Carta á su familia residente en Módena, en Muratori, Cristianesimo feli- 
ce, Apéndice. 

(3) Declaración, 106. 

(4) Insignes misioneros, TIL 16. 2. 



-304- 

algo por la vista á los presentes. En cada ocasión ó fiesta, las danzas 
no eran ordinariamente más que cuatro (1). 

He aquí la forma de algunas de estas danzas, como la explican 
los mismos Padres que las dirigieron. Representaba una danza la 
pelea de San Miguel contra el rebelde dragón infernal con sus se- 
cuaces, llevando el santo arcángel escrito en su escudo el ¿Quién 
como Dios? Eran al final vencidos y lanzados al infierno los demo- 
nios, y quedaban en la escena San Miguel y sus compañeros triun- 
fantes.— Otra vez aparecían cuatro augustos Reyes que, llamados por 
la señal de la estrella, venían cada uno de los cuatro diferentes 
extremos de la tierra para adorar al Rey de Reyes y Señor de los 
que dominan; y encontrándolo recostado en el seno de su amorosa 
Madre, le humillaban con veneración sus cetros y coronas. — Traían 
otra vez al centro de la plaza las banderas y algún emblema de la 
Santísima Virgen, y con varias carreras y revueltas entremezclaban 
las letras que forman el nombre de María escritas cada una en su 
propio escudo, hasta que poco á poco las ponían en orden, presen- 
tándolas á los ojos de los espectadores de modo que pudiese leerse 
claramente el dulce nombre de la Reina del cielo: y los mismos 
autores de esta obra gustosa, doblando á compás la rodilla, é incli- 
nando la cabeza y el pecho, se postraban ante la sagrada imagen de 
la excelsa Madre que para este fin se había prevenido antes.— A veces 
fingían escaramuzas y batallas entre las huestes cristianas y las 
moras, de tal modo que venciesen las primeras con el auxilio de 
Dios, y los moros deshechos y puestos en fuga volviesen feamente 
la espalda, guardando siempre durante el combate la corresponden- 
cia de movimientos y ademanes con el compás de la música, — Esta es 
la descripción del P. Peramás (2). 

He aquí la del P. José Cardiel (3), quien advierte que en estas 
danzas aparecían vestidos los danzantes con los trajes propios de 
las diversas naciones que querían representar, unos de español, otros 
de ruso, húngaro, turco, moro, persa ú otras naciones orientales. 
La primera danza suele ser de uno solo, que se presenta vestido de 
español. Es danza grave y seria, y comprende de diez y seis á veinte 
evoluciones al son de la cítara.— Salen en seguida ocho ó diez Tur- 
cos ó de otra nación en ademán de pelear con el alfanje desenvainado 
ó tremolando sus banderas al compás del clarín. — Otros diez y seis ó 
veinte se presentan con instrumentos en las manos: dos con cítaras, 

(1) Cardihl, Declaración de la verdad, núm. 101. 

(2) De admin. guaran. §§, XCI-XCII. 

(3) De moribus guaran, cap, VI. §. Prima saltatio. 



- 305 — 

dos con liras y otros con diversos otros instrumentos. Cada par va 
vestido con traje de diferente nación. Tocan sus instrumentos y 
danzan al mismo tiempo, callando mientras tanto lo restante del 
coro; y unas veces se disponen en una ó en dos hileras, otras en 
cuatro, otras en cruz, otras en círculo. — La cuarta danza es de nueve 
.angeles, cuvo jefe es San Miguel, con espadas y escudos en los que 
llevan escrito ¿Quién cómo Dios? En frente se ponen otros tantos 
demonios armados de negro, con serpientes y llamas pintadas enci- 
ma. Cuando se abocan á parlamento 3' Lucifer se ensoberbece, se 
oye tocar fieramente el clarín, que ya no cesa durante toda la bata- 
lla. Pelean á compás, y disponen su tropa en variadas figuras. Vence 
Miguel y sus Angeles, y los demonios caen derrotados. Vuelven 
á levantarse y empeñan de nuevo la lucha; pero finalmente son lan- 
zados al infierno que en una hoguera envuelta en humo está repre- 
sentado cerca de allí. Mientras los Angeles, cargados con sus armas 
y las de sus enemigos, mueven su ejército en círculo, aparece la 
imagen del Niño Jesús sentado en su trono, á cu3^o lado hay un coro 
de músicos que cantan e\ Jesu dulcís menioria. Acércanse de dos en 
dos los vencedores con paso ordenado y le ofrecen los despojos. Todo 
lo cual se hace al compás de la música. 

Añade el P. Peramás que celebrando el General Cevallos fiestas 
públicas en el pueblo de San Borja por el advenimiento al trono de 
Carlos III de España, hizo llamar de los pueblos á los cantores y 
danzantes Guaraníes. Los cantores ejercitaron sus funciones en las 
fiestas de iglesia, y los danzantes lucieron su habilidad en la plaza 
durante varios días delante del general, de los capitanes y soldados 
y de un concurso innumerable de gente; presentando seis danzas 
diversas cada día, sin que se repitiesen ni una vez en todas las fies- 
tas; «pues eran» dice el autor «de aquellos á quienes el Padre José 
»Cardiel, según voz común, había enseñado hasta setenta diversas 
«danzas alegóricas» (1). 

VII 

MINISTROS DE LA IGLESIA 88 

Como aun la misma ley española lo prescribía (2), en cada pueblo 
había un sacristán principal indio con cargo de guardar los orna- 
mentos sagrados y cuidar del aseo del templo. Debajo de su cuidado 

(1) De administration, g'uaran. § XCIV. 

(2) Ordenanzas de Alfaro, Ord. 48. Ley 6, ti't. 5, lib. 6, R. I. 

20— Organizacióx social de las Docthinas Guaraníes. 



-306- 

y dirección estaban otros sacristanes menores que le ayudaban é 
iban aprendiendo, y también los seis monacillos, á quienes servia 
de maestro y tenía en escuela para que aprendiesen las ceremonias 
sagradas (1). Enseñábales además á reparar los ornamentos sagra- 
dos, para lo cual no sólo aprendían á cortar y coser toda clase de 
ropa de lino y seda, sino también el bordado; y así ellos eran los que 
intervenían cuando había que hacer algún trabajo delicado, y los 
que, con las telas finas traídas de Europa, arreglaban toda clase de 
vestidos, sea para las danzas de que hemos hablado, sea los suyos 
propios (2). Y en esta parte había tanta destreza en las Doctrinas, 
que hubo ocasión en que, habiendo de quedar inutilizado un orna- 
mento por falta de algún trozo más de tela tejida con hilos de oro y 
labores, pidió uno de los indios la muestra, y habiéndola deshecho 
para hacerse cargo de ella, se comprometió á tejer de aquella con- 
textura cuanto fuese menester y lo hizo A toda satisfacción. 

Los ornamentos y todos los utensilios que servían para el culto 
divino, se mantenían con la mayor limpieza y con todo el esplendor 
posible. Así por ejemplo, «todas las alhajas que sirven al Bautismo 
»se procuraba que tuviesen especial curiosidad y que no se ocupa- 
»sen en otro ministerio; y no sólo las crismeras, sino la concha con 
>-que se echa el agua consagrada, las fuentes, aguamaniles, salero 
»y otros, que fuesen de plata: los capillos, toallas y demás lienzos, 
'>con grandes puntas y todo primor labrados: aguas olorosas 3^ per- 
» fumes, etc., de suerte que todo avivase la fe y aficionase á los sa- 
ngrados ritos» (3). «Con semejante aseo estaban siempre todas las 
«albas, amitos y manteles de los altares, sin tolerarse en ellos gota 
»de cera ó mancha alguna: y si acaso caía, se ponían otros mante- 
»les más limpios. Para barrer 3' regar la iglesia, había muchas per- 
»sonas señaladas, que la tenían todos los días como las salas más 
«principales de un palacio» (4). «Todos los altares», dice el P. Car- 
diel (5), «están adornados con candelabros de plata. De los cinco 
«colores de la Iglesia ha3^ tres frontales para cada altar 3^ otros 
''tantos ornamentos sacerdotales distinguidos con preciosas cintas: 
»de primera clase, de segunda 3^ de uso ordinario.» 

Los monacillos eran seis, y todos ellos asistían en el presbiterio 
en la misa cantada; dos respondían, dos llevaban el incienso 3' naveta, 

(1) Xarque, Parte III, cap. XVI, núm. 4; Relación de las Misiones. §. Relí- 
quum diei. 

(2) Relación de las Misiones. § lamvero. 

(3) Xarque, part. III, cap. XV'II, núm. 2. 

(4) Id. cap. XVI, niim.5. 

(5) De moribus Guaran, cap. \'I, § Altaría. 



- 307 - 

y otros dos los ciriales, que, como los incensarios, eran de plata. 
En las misas de cada día, para el altar ma3'or asistían cuatro de 
■ellos, y para los laterales, dos. Su vestido propio cuando servían al 
altar era zapatos, medias, sobrepelliz de lino y sotanilla del color 
del frontal, rojo, violeta, verde ó negra. Los sobrepellices de uso 
diario eran sencillos; pero en las fiestas mayores eran bordados y 
con muchos adornos (1). 

Los sacristanes estaban exentos de tributo según Cédula real (2). 
Uno de ellos vivía siempre en la casa parroquial para acompañar al 
Padre en los casos en que era llamado de noche á asistir á en- 
fermos (3). 

Dado el aprecio que los Guaraníes tenían de las cosas santas, no 
había para los padres y para la familia de un niño mayor satisfac- 
ción que el verlo elegir para monacillo y aparecer en el presbiterio 
en las funciones sagradas; como también estimaban notablemente 
el oficio de cantor, que venía á ser como especie de nobleza, así por 
■ocuparse en las alabanzas de Dios, como por llevar consigo la ins- 
trucción mayor, pues acólitos y cantores eran tomados de los más 
¿jptos alumnos de las escuelas. 



VIII 
EL DOMINGO 89 

Al domingo llamaban los Guaraníes día de fiesta por antonoma- 
sia (4). Al abrirse los domingos la iglesia por la mañana, entraban 
al punto las personas mayores solas y repetían el catecismo como lo 
hemos declarado en otro lugar, mientras los niños hacían otro tanto 
■en el patio parroquial y las niñas en el cementerio. Seguíase el As- 
perges con capa pluvial y la misa mayor, que cantaba el Cura con 
todo el coro de músicos, asistiendo en el presbiterio los seis mona- 
cillos: y en ella se celebraban los matrimonios cuando los había, y 
se predicaba sermón todos los domingos. Después de la consagra- 
ción, el coro cantaba algún himno ó motete en latín ó castellano, y 
algunas veces en su idioma Guaraní; }' como la música estaba aco- 

(1) Cardiel, De moribus Guaran, cap. VI ,§ Altaría; Relación de Misionei, 
§ lamvero. Xarque, part. III, cap. XVI, § 4. 

(2) Ced. de 2 de Nov. de 1679: Apénd. núm. 7. 

(3) Cardiel, Declaración de la verdad, núm. 80. 

(4) De moribus Guaran, cap. XI, § Post números. 



-308- 

modada al sentido de la letra por los mejores maestros de Europa,. 
3' los cantos de la Iglesia respiran devoción, siempre excitaba en el' 
pueblo sentimientos de gran piedad. Rezábase al fin el Acto de con- 
trición y cantábase el Bendito con toda la música. Repetía luego el 
sermón á los hombres 3^ niños uno de los cabildantes en el patio, y á 
las mujeres 3^ niñas uno de sus alcaldes en el cementerio, según se 
ha dicho; y á continuación contaban los Secretarios á todos los pre- 
sentes para av^eriguar si alguien del pueblo había faltado á Misa: lo 
cual era tanto más fácil de saber, cuanto estaban en la una parte 
los hombres distribuidos y colocados por cacicazgos, y separados 
de ellos 3^ distribuidos de la misma manera los niños; y en la otra, 
separadas también 3" distribuidas por cacicazgos, las casadas, las 
viudas y niñas (1). Cuando se notaba la falta de alguno, se averi- 
guaba la causa de los que la podían saber y se anotaba para justifi- 
carla á su debido tiempo: 3' si había faltado sin legítima causa, ha- 
bía de sufrir el castigo, como lo prevenía la ley española (2). Pasado 
algún tiempo, se celebraba la segunda Misa á la que asistían los 
convalecientes 3' los que habían llegado tarde del campo, ó por 
alguna otra causa habían tenido impedimento para asistir á Misa 
mayor. 

El resto de la mañana se destinaba á conferir sobre el estado del' 
pueblo y las disposiciones necesarias para la semana entrante. 

Después de la comida del mediodía tenían sus juegos públicos y 
el ejercicio militar. El juego más favorecido era el de pelota, y usa- 
ban pelotas de goma, con la particularidad de que, en vez de jugar 
con pala ó con la mano abierta, usaban para rebatir la pelota de la 
parte anterior y superior del pie. Los ejercicios militares y revista 
tenían lugar todos los domingos, hallándose presentes el Cura 3' el 
Compañero; 3' uno de los domingos de cada mes se elegía para tiro 
al blanco (3). Ocupaban lo restante de la tarde los bautismos, los 
ejercicios de la Congregación 3' el Rosario de la Santísima Virgen, 
á lo cual se añadía una breve exhortación propia para fomentar la 
devoción de esta celestial Señora con algún ejemplo en confirma- 
ción de ella (4). 



(1) Relación de Misiones § Orto iam solé. 

(2i Ley 16, tit. 3. lib. 6. R. I, 

(3) Órdenes de los Provinciales citadas en el cap. VII, § V. 

(4) Relación g Orto iam. 



- 309 - 

IX 
CONGREGACIONES QQ 

Son las Congregaciones cuerpos orgánicos que por la vitalidad 
•de la Iglesia se forman en su seno, y en las que se juntan los fieles 
que desean vivir con más perfección, añadiendo al cumplimiento de 
sus obligaciones la práctica de alguno de los medios de santidad de 
que tan fecunda es la religión cristiana. 

En las Doctrinas se hallaban establecidas dos Congregaciones: 
una de San Miguel Arcángel y otra de la Santísima Virgen. 

A la de San Miguel eran admitidos los niños y niñas desde doce 
<iños y permanecían en ellas hasta los treinta. A la de la Santísima 
Virgen con la advocación de alguna de sus fiestas, podían ingresar 
en pasando de treinta años, habiéndose señalado en observar las 
virtudes de congregantes. En una y otra se recibían y conservaban 
sólo personas que fueran probadas en piedad y buenas costumbres. 

Los congregantes confesaban y comulgaban cada mes, y tam- 
bién para la fiesta principal de la Congregación, que se procuraba 
celebrar con toda la devoción 5' lucimiento posible. Y podía hacerse 
así, porque había pueblos en que los congregantes llegaban hasta 
ochocientos. Elegíanse cada año Prefecto, Asistentes y los demás 
oficios propios de la Congregación. 

Los domingos por la tarde tenían sus juntas ordinarias en que 
se ejercitaban en las prácticas piadosas acostumbradas en tales 
Congregaciones, 3' un Padre les hacía una plática para exhortarles 
á cumplir con los deberes de fervorosos congregantes. Como más 
aventajados en virtud, eran también los congregantes los que m;is 
se señalaban en obras de misericordia, en dar limosnas, en asistir á 
los enfermos y velar á los difuntos. 

El día de la admisión les entregaba el Misionero la misma carta 
de esclavitud de la Virgen que ellos habían presentado ofreciéndose 
al servicio de la Reina del cielo; y ellos la guardaban, llevándola 
siempre al pecho con singular estima. Y no había castigo de mayor 
sentimiento para ellos, que el haberles de quitar el Padre la carta 
de esclavitud 5" borrarlos de la Congregación por no corresponder 
su conducta á las obligaciones de congregante. Ni había á su juicio 
más clara y convincente respuesta cuando eran acusados de alguna 
falta, que el hacer ver que eran congregantes, como que en uno que 



-310- 

se había consagrado á la Madre de Dios y se le mantenía fiel, no se 
habían de presumir en modo alguno obras menos cristianas ó re- 
prensibles. La promulgación del nuevo Prefecto se hacía entregán- 
dole el estandarte en que se hallaba pintada la imagen de la Santí- 
sima Virgen (1). 

Cuan agradables fuesen á Dios estas Congregaciones lo mostró 
el hecho de haber manifestado el Señor expresamente que no se ha- 
bía condenado ninguno de los que habían perseverado en ellas (2), 



X 
SEMANA SANTA 

Las solemnidades que la Iglesia católica celebra en la semana 
Mayor ó Semana Santa, eran para los Guaraníes de gran recogi- 
miento y piedad. 

Purificaban su conciencia todos en el tiempo precedente con la 
recepción de los Santos Sacramentos de Penitencia y Comunión, con 
la que, según el privilegio que tenían del Sumo Pontífice, cumplían 
cou el precepto pascual; y avivaban su fe asistiendo á los sermones 
que en tiempo de Cuaresma se predicaban no sólo el domingo, sino 
también otros dos días entre semana, miércoles y viernes, y acom- 
pañando el deseo de enmendar sus costumbres que les había desper- 
tado la exhortación con actos de fervorosa penitencia, tomaban en 
tales días, que conmemoran la pasión del Señor, una recia discipli- 
na, ordinariamente de sangre. 

Las funciones de los tres últimos días se hacían conforme al Ri- 
tual, empleando en ellas gran solemnidad, con todo el coro de los 
músicos en cuanto á la parte de voces, pero con sólo el acompaña- 
miento de los instrumentos más graves. Al acabar el Miserere en el 
oficio de tinieblas hacíase ruido, mas éste no era otro que el de los 
azotes que un gran número de gente tomaba por su voluntad. 

El Jueves Santo por la noche se predicaba sermón de Pasión y 
en seguida se ordenaba la procesión de Pasión. Preveníanse treinta 
ó más niños de nueve á diez años con vestido talar, cada uno de los 
cuales llevaba alguno de los instrumentos con que fué atormentado 

(1) Relación de las Misiones § Orto iam; Cardiel, De morib. Guaran, capí- 
tulo VI § Duae sunt; Xar(,)uf.. part. III, cap. XV, §5. 

(2) MoNTOYA, Conquista espir. § XLI. 



-311- 

el Señor, c iba acompañado de dos hachas una á cada lado. Ordena- 
dos en el patio parroquial, 3^ pasando por delante del Preste, que es- 
taba revestido con capa pluvial y sentado junto á la iglesia, entraba 
en la iglesia el primer niño que llevaba las cuerdas con que ataron 
A Nuestro divino Redentor, y con lamentable voz decía en su lengua 
Guaraní y en canto acompasado: Estas son las prisiones con que 
Jesús nnestro Redentor se dejó atar por nuestros pecados. ¡Ay, ay, 
Salvador mío y Señor uiio! Llegado al centro de la iglesia y puesto 
frente al tabernáculo, hincaba la rodilla y salía después al pórtico. 
Venía luego el segundo niño llevando una figura de mano, y can 
tando decía: A la cara de Jesús dio esta mano una bofetada^ y por 
nuestros pecados la sufrió el Redentor. ¡Ay, ay, Salvador mío y 
Señor mío! Así pasando los demás, y acabados todos, seguía la pro- 
cesión alrededor de la gran plaza y entonaban los músicos el salmo 
Miserere. Iban saliendo conducidos por los indios diferentes pasos de 
la Pasión, que en buen número y labrados de cuerpo entero por ellos 
mismos, había en todos los pueblos. Al presentarse la imagen del 
Señor azotado y atado á la columna, 3' de la Virgen Santísima que 
cerca de allí aparecía llena de dolor, excitábase un gran llanto de 
las mujeres por toda la plaza, y desde entonces acompañaba la pro- 
cesión hasta su vuelta á la iglesia un terrible estrépito de azotes con 
que multitud de disciplinantes despedazaban sus carnes, mientras 
continuaba el lúgubre son de las trompas y el canto del Miserere. 
En medio de todo esto, el orden y el silencio en esta procesión, como 
en todas las de los Guaraníes, era admirable; 3' aun para que en nada 
se perturbase aquel concierto, no se permitía que ningún discipli- 
nante fuera en el cuerpo de la procesión; sino que todos quedaban á 
la parte exterior de las filas. Al llegar á los puntos de la plaza donde 
había cruz, se suspendía un poco la procesión, se cantaba algún 
devoto himno propio del tiempo, y se terminaba con la oración de 
Pasión cantada por el Preste (1). 

La devoción á la Pasión del Señor, y la costumbre de celebrar la 
Semana Santa con semejantes procesiones y con rigurosa mortifica- 
ción corporal echó tan hondas raíces entre los Guaraníes, que en 
1818, cincuenta años después de haber sido expulsados los Jesuítas, 
halló un testigo presencial viva la misma piedad en los habitantes 
de las Misiones orientales del Uruguay, y presenció análogas esce- 
nas, que describe en el tomo IV, pág. 342 de la Revista trimensal do 
Instituto geographico e Jiistorico brasileiro. El escritor se muestra 

(1) Cardiel, De mor ib. Guaran, cap. VI, § Pleno musicorum; Xarque, part. II' , 
cap. XV'III, núm. 8. 



-312- 

asombrado de aquellas durísimas penitencias; y juzgándolas con el 
criterio del siglo xix y de la impiedad, las censura y hasta las trata 
de bárbaras y salvajes; pero el espíritu del siglo no puede conducir 
á juicio recto en esta materia que no entiende, como tampoco otras 
muchas; y sólo prorrumpe en juicios erróneos y escándalos fari- 
saicos. 

Cuanta había sido la tristeza }' duelo con que los Guaraníes acom- 
pañaban los padecimientos del Salvador, otra tanta era la alegría 
que les traía el recuerdo de su gloria 3' triunfo en la Resurrec- 
ción. 

Ya el día de Sábado Santo, luego de sacar fuego del pedernal 
conforme al oficio de aquel día, se encendía una gran hoguera en el 
pórtico de la iglesia; y tan pronto como el Sacerdote había bendecido 
aquel fuego nuevo, se arrojaban alegres á la hoguera, y arrebatando 
cada uno su tizón, lo llevaban á sus casas. Al amanecer del día de la 
Resurrección concurrían todos al templo, oyéndose resonar por to- 
das partes flautas y tamboriles. Hallábase la iglesia engalanada con 
multitud de luminarias y con vistosas colgaduras. En dos tronos se 
veían colocadas las dos estatuas, una del Salvador, otra de la Virgen 
sin mancilla, su benditísima Madre. Por un lado salía de la iglesia y 
emprendía su procesión alrededor de la plaza el Sacerdote con el 
coro de los músicos y la multitud de los hombres del pueblo llevando 
la imagen del Salvador: por el lado opuesto salía la muchedumbre de 
las mujeres con la estatua de la Virgen delante. Los Oficiales del 
Cabildo y de la milicia tremolaban cuanta bandera podían haber á 
las manos, los acólitos no cesaban de hacer lesonar sus campanillas, 
y se oían continuamente las armonías de los instrumentos y las voces 
de los cantores que repetían el Regina caeli laetare. Cuando entram- 
bos grupos habían adelantado el espacio de dos caras de la plaza 
en su camino alrededor de ella, llegaba el momento del encuentro de 
hi Madre con el Hijo divino, á quien, inclinándose tres veces hacía 
reverencia, y todo el pueblo con ella hincaba las rodillas al Señor re- 
sucitado. Agregábase una danza alegórica muy devota, )• entraba 
entonces toda la procesión en la iglesia á la Misa solemne y sermón 
propio del día (1). 

Lo que en ésta y semejantes circunstancias mayor consuelo daba 
á los Misioneros, era el ver una multitud de fieles que de su propia 
voluntad y convenientemente dispuestos, se acercaban á recibir la 
sagrada Comunión; porque sabían muy bien los indios, como con es- 

(Ij Cakijikl, De morib. giiarati. cap. \'I. s Ii\ Resiirrectione. 



-313- 

raero se lo inculcaban los Padres, que siendo verdad que Dios se com- 
place con el culto externo y con las mortificaciones corporales, y por 
esto tiene ordenados los ritos y penitencias en su santa Iglesia; es 
mucho más aún lo que le agrada la enmienda de las costumbres y la 
unión con su divina Majestad, que se verifica por la recepción digna 
de este santísimo Sacramento (1). 



XI 

CORPUS 92 

Donde entre todas las fiestas del año lucía preferentemente la 
piedad y suave devoción de los Guaraníes, era en la fiesta del Santí- 
simo Corpus CJiristi. El día precedente se cantaban solemnes Víspe- 
ras, dividiéndose los músicos en tres ó cuatro coros que alternaban 
en los salmos, 5^ asistiendo todo el pueblo. Seguíase alguna danza en 
la plaza 3' el Rosario de la tarde. Antes de amanecer el día de la fiesta, 
el repique solemne de campanas despertaba á todo el pueblo. Des- 
pués de confesados los que habían de comulgar y no lo habían podido 
hacer én los días antecedentes, y de alguna devota danza como la 
tarde pasada, mientras el pueblo se acababa de congregar en la pla- 
za; entraban todos á la iglesia, y se celebraba la Misa con toda so- 
lemnidad y con el lleno de instrumentos y voces, habiendo en ella 
sermón y comulgando multitud de personas después de la comunión 
del Sacerdote. 

Hasta aquí la fiesta se asemejaba á las demás de entre año; pues 
en todos los días más solemnes que celebra la iglesia durante el año 
se procedía de modo análogo al que acabamos de explicar. Única- 
mente se diferenciaba en el número ma3^or de comuniones. 

Pero lo que daba su carácter á la fiesta Guaraní en este día era la 
procesión que tenía lugar al fin de la Misa solemne. Para ella se ha- 
bía preparado con vistosa curiosidad la gran plaza. Días antes habían 
salido al bosque y acarreado troncos y sobre todo gran cantidad de 
ramaje verde. Con cañas y maderas labradas y pintadas formaban 
dos paredes paralelas de enrejado convenientemente separadas por 
todo el trayecto que había de recorrer la procesión. De trecho en 
trecho se levantaban entre una y otra pared arcos triunfales, y á 

(1) Relación de las Misiones, § Plus aequo. 



-314- 

veces cúpulas de diez metros de alto. Todo este armazón se revestía 
de verdura y flores, y cada arco corría á cuenta de un cacique con 
sus vasallos, esmerándose todos en el adorno del suyo. Al mismo 
tiempo se habían afanado en cazar y traer vivos cuantos animales 
podían haber á las manos: papagayos, avestruces, quirquinchos, y á 
veces las ñeras más bravas (1) atadas en aquellos arcos, eran los tapi- 
ces y colgaduras que solemnizaban la fiesta: las aves de toda especie 
y hasta los peces de los ríos hacían que sirviesen en esto á su Cria- 
dor (2). Y el que más no podía contribuía para el adorno con galli- 
nas, perdices, pavos y otros animales comestibles. Sin contar con el 
adorno de los animales vivos, agregaban las frutas más exquisitas 
que podían recoger y las legumbres, semilbis y raíces de sus semen- 
teras. En lo alto de los arcos se dejaba ver una imagen principal de 
algún santo, obra de pintura ó escultura, y otras menores á su alre- 
dedor. El sucio estaba alfombrado de flores y yerbas olorosas. Las 
mismas plantas que en seguida les habían de servir para sus semen- 
teras las disponían ó en altarcitos que formaban con la imagen de 
algún santo, ó á veces en esteras dispuestas de modo que pasase por 
ellas el Sacerdote que llevaba el Santísimo Sacramento. Los anima- 
les vivos, los frutos de la tierra y aun algunas obras que artificiosa- 
mente preparaban para este día, querían que estuviesen en el camino 
por donde pasaba Jesucristo en persona, para que fuese reconocido 
como Rey de cuantas criaturas había en su tierra: las semillas, para 
que él las bendijese y prosperase el fruto que de ellas habían de co- 
sechar. A los cuatro costados de la plaza se disponían cuatro altares 
adornados con mucha curiosidad y más devoción, y coronados tam 
bien de su cúpula. 

Abrían la procesión algunas compañías de soldados con todas sus 
insignias, con cajas y clarines, que á sus tiempos hacían salva y ba- 
tían banderas. Venía luego la procesión propiamente tal con pendo- 
nes, cruz parroquial y palio bajo del cual iba el Señor llevado en 
manos del Sacerdote. Delante se ordenaban los niños en dos hileras 
con las manos puestas, siguiendo unos á otros en igual distancia y 
gobernados por sus Superintendentes. A continuación los hombres 
del pueblo con sus velas en las manos. Luego la congregación de 
San Miguel con su estandarte é insignias y las andas propias del 
santo: y á lo último la congregación de la Santísima Virgen, donde 
venían los Caciques, Capitanes y las personas más virtuosas del 

(1) Xakoue part. III. cap. XVÍII, núm. 2. 

í'2) Carta anua del P. Prov. Diego de Torres sobre la nueva reducción de San 
Ignacio guazú en 1613. 



pueblo. Después del palio junto al cual caminaban los acólitos reves- 
tidos y si algún eclesiástico acertaba á concurrir, venía con luces el 
Cabildo con su Corregidor, Alcaldes. Regidores, Alguaciles, Fisca- 
les de la Doctrina, y Oficiales de milicia, todos con sus trajes de 
gala. Cerraban la procesión las mujeres. «Lo más precioso de esta 
procesión» dice el Dr. Xarque (1) «}' lo más grato al Señor á quien 
»se festeja, es la suma devoción que en ella se observa... Toda esta 
«multitud se mueve con tal silencio, que no hay persona, ni aun rau- 
»chacho, que hable una palabra ni obre una acción poco digna de 
»hacerse delante de Cristo sacramentado.» Iban todos con las manos 
junto al pecho, los ojos no divagando alrededor, sino modestamente 
recogidos: la voz ocupada no en vanas palabras ó en risas, sino en 
cánticos sagrados. De tiempo en tiempo incensaban algunos de los 
acólitos, y alternaban con ellos otros derramando flores delante del 
Santísimo; ó arrojando hojas de árboles olorosos, ó también granos 
de maíz tostado que con estrépito peculiar se abrían en forma de 
una flor. 

Cuando el Sacerdote empezaba á caminar con el Santísimo Sa- 
cramento en las manos, resonaban cuantos órganos, arpas, cítaras, 
trompetas, flautas y tambores había en el pueblo. Al llegar á la pri- 
mera capilla de las esquinas; depositaba la custodia sobre la mesa de 
altar, la incensaba, y después del canto de los músicos, entonaba la 
oración de Sacramento. Sentábase luego el Sacerdote y lo mismo 
hacían los Cabildantes y Oficiales de milicia; y al punto se adelanta- 
ban vestidos de gala los danzantes, ocho, diez ó más, 3- ejecutaban 
una de las devotas danzas alegóricas que tenían sabidas. En una de 
ellas salían diez jóvenes con trajes asiáticos cada uno con su naveta 
de incienso con fuego que no cesaba de humear hasta el fin de la 
danza. Inclinaban la frente hasta el suelo á usanza de su nación. Dos 
de ellos empezaban el Lauda Siotí Salvatoi'em, y á compás hacían 
sus pausas interrumpiendo el canto y ofreciendo incienso. Repetían 
la misma estrofa los demás acompañada de danza. Volvían los dus 
á incensar mientras cantaban la segunda Quantum potes tantiiin 
ande; y volvían los otros á la danza repitiendo el Lauda Sio7i. Así 
se continuaba hasta terminar el himno, alternando el canto, danza é 
incienso. Acercábanse los dos por fin, repitiendo sus genuflexiones 
al compás de la música, y depositaban sus navetas en el altar (2). 
— Otras veces se presentaban cuatro con traje de Reyes, figurando 
cuatro partes del mundo, con coronas en las cabezas y cetros en 

(1) Part. IIÍ, cap. XVII, núms. 3 y 4. 

(2) Cardiel, De moribus guaran, cap. VI, § Solemnis aeque. 



-316- 

las manos, y llevando escondida en el seno la imagen de un corazón. 
Hecha su genuflexión á compás, empezaban á cantar el Sacris so- 
leinitiis, y luego ejecutaban una danza grave que no desdijese de la 
majestad á quien adoraban y de la que representaban. Seguían al- 
ternando canto y danza, 3' sucesivamente ofrecían, postrados ante el 
Rey de Reyes sus cetros 3' sus coronas; 3^ á lo último, llevándose de 
improviso la mano al pecho, le entregaban el corazón (1). — En las 
demás capillas se detenía también la procesión, 3' se ofrecían á Jesu- 
cristo sacramentado semejantes obsequios, variando los cantos 3' las 
alegorías. Al terminar la procesión, recogían cuanto fruto 3' alimento 
habían ofrecido al Señor en aquel día y lo ordenaban en el patio 
parroquial; y esperaban que llegase de la iglesia el Padre, quien in- 
mediatamente lo distribuía para socorro de los enfermos, á quienes 
luego lo llevaban. 

Tal era la devotísima fiesta del Corpus entre los Guaraníes, 
y se ve que la entablaron desde mu3^ temprano, pues de la reducción 
de San Ignacio Guazú escribe el Provincial P. Diego de Torres en 
carta anua á los dos años de su fundación: «La fe 3" devoción que 
«tienen al Santísimo Sacramento es muy particular, 3^ es buen argu- 
»mento de esto la primera fiesta que le hicieron el año pasado en el 
»día de su santa solemnidad, porque señalándoles en cuadro delante 
»de la Iglesia el puesto que habían de adornar para la fiesta, los Caci- 
»ques y sus Indios lo compusieron y adornaron á porfía 3' piadosa 
«competencia con muchos arcos y otras cosas de ver que los adorna- 
»ban, colgando en vez de tapices y paños de oro todas cuantas me- 
«nudencias tienen de sus cosechas, y muchos animales y caza del 
»campo, papagayos, avestruces, quirquinchos, haciendo que hasta 
»los peces de los ríos sirviesen en esto á su Criador 3' al aparato 
»de su fiesta.» 

Tanta devoción conocida en Europa, mereció del Pontífice Bene- 
dicto XIV esta singular alabanza: «Mucho más felices que los grie- 
»gos (que ni siquiera tienen procesión de Corpus) son los cristianos 
»del Paraguay, cuya piedad en la fiesta y procesión del Corpus difí- 
»cilmente habrá quien la lea que no sienta conmoverse su ánimo con 
«íntimo 3' suave afecto de consuelo. Expónela muy bien Luis Anto- 
»nio Muratori en la Relación de las Misiones del Paragua3' que dio 
»¡i luz en 1743, cap. 15.» (2) 

(1) Cardikl. De moribus guaran, cap. VI, § Soleinnis aeqiie. 

(2) Bhn. XIV, De festis Domini Nostri Jesii Christi, lib. 1. cap .XIII. 



317 



XII 
FIESTA DEL SANTO 93 

En el día de la fiesta de su Santo titular desplegaba cada pueblo 
aparato militar especial, que se compenetraba con la solemnidad re- 
ligiosa y es mu}^ digno de ocupar la atención. 

Había mayor concurso que de ordinario, porque se convidaban 
las reducciones más cercanas 3^ de ellas venían tres ministros sagra- 
dos para la Misa ma3^or y el Cabildo entero con muchísima gente 
del pueblo. Salíanlos á recibir del pueblo de la fiesta los Padres y las 
autoridades y gente de guerra, con la más lucida cabalgata y con 
los mejores jaeces y aderezos que tenían. Bajaban los huéspedes 
en el pórtico de la Iglesia, donde eran introducidos cantando el 
Te Deum. 

La víspera al medio día se señalaba con solemnísimo repique de 
campanas, á cuyas alegres voces se juntaban las de los clarines y 
chirimías, y el estrépito de las salvas, principalmente delante de la 
casa del Alférez Real, donde estaba ya el Estandarte Real debajo 
de dosel y con todo adorno. Formábase el acompañamiento á caba- 
llo, en que iban quinientos ó más montados, parte del pueblo, parte 
de los convidados de fuera, usando la milicia en este día de los 
doscientos caballos de guerra que se debían tener en cada reduc- 
ción en buen estado para cualquier caso de necesidad repentina, j 
por emplearse únicamente en este día se llamaban caballos del San- 
to. Precedían algunas compañías de infantería, siguiéndola luego 
esta lucida tropa de caballería, y así se paseaba por algunas calles 
el Estandarte Real en manos del Alférez, llevando las borlas los Co- 
rregidores convidados ó los Alcaldes del pueblo, y batiendo ante él á 
trechos las banderas, y haciendo resonar el aire con las aclamaciones 
militares al Rey: Toicobengatú ñandeMburubichd giiasú: viva nues- 
tro Rey; toicobengatú ñande Rey marangatn: viva nuestro buen 
Rey; toicobengatú ñande Rey Fernando Sexto ó ñande Rey Car- 
los III etc. viva nuestro Rey Fernando Sexto (1) ó nuestro Rey Car- 
los III (2), etc. Llegados á la plaza de la Iglesia, se apeaban todos 
menos el Alférez Real, quien se mantenía á caballo hasta haber en- 
tregado el Estandarte al Alguacil mayor. Apeábase entonces, asis- 

(1) Cardiel, Declaración de la verdad, núm. 67. 

(2) Peramás, De admin. guaran. § XCIII. 



-318- 

tiéndole al estribo uno de los principales Capitanes, y tomando de 
nuevo el Estandarte á la puerta de la Iglesia, era recibido allí por el 
Párroco con la ceremonia de la aspersión del agua bendita, primero á 
él y después á todos sus acompañantes; y luego conducido cá la capilla 
mayor, tenía sitial y alfombra ese solo día. Al entrar en la Iglesia, el 
coro entonaba el Magníficat que se continuaba con toda solemnidad, 
y al llegar al Gloria Patri resonaban cuantos instrumentos había en 
el pueblo. Terminado el himno, conducía el Alférez su Estandarte 
á un castillo que se hacía para aquel día en la plaza y donde se colo- 
caba el retrato del Rey. Hacía allí su homenaje y rendimientos ante el 
retrato Real(l), y luego depositaba el Estandarte en el mismo cas- 
tillo. Desde este momento empezaban las justas, escaramuzas y ejer- 
cicios de armas, las carreras de á pie y de á caballo en honra del 
Santo y de su fiesta y en celebridad del Estandarte Real, acompaña- 
das de las acostumbradas aclamaciones militares; y continuaban toda 
la tarde y todo el día siguiente. — A media tarde, cuando se tocaba 
á las Vísperas solemnes, puestos los Padres á la puerta de la Iglesia, 
recibían al Alférez Real de la misma manera que al mediodía. Aca- 
badas las Vísperas, continuaban los juegos aun en la noche, entre 
repiques, luminarias y fuegos artificiales. 

Recibíase el día siguiente al Alférez Real con la misma solemni- 
dad para la Misa mayor; en la cual, al llegar el Evangelio, desen- 
vainaba la espada y desnuda la mantenía levantada en alto, acción 
propia del príncipe cristiano cuya persona representaba aquel día, 
con la que muda pero elocuentemente protestaba que como autoridad 
profesaría y defendería el Evangelio con el poder público, así como 
todos los simples fieles se ponen de pie en testimonio de querer cum- 
plir con sus obras lo que la doctrina evangélica les enseña. — Termi- 
nada la Misa y en la misma mañana, tenía lugar un alarde ó simula- 
cro de batalla en la plaza entre tropa de caballería y tropa de 
infantería. En el centro de la plaza se colocaba en orden un batallón 
de infantería, habiéndolo cercado la caballería, que tenía además 
ocupadas las bocacalles. De uno y otro ejército salían los emisarios 
hasta encontrarse para parlamentar, y como no se llegasen á ave- 
nir, se daba la señal de la pelea disparando un arcabuzazo. Arreme- 
tían los caballos al centro del batallón, y la infantería usaba de todas 
sus armas para defenderse, lanzando flechas, valiéndose de los escu- 
dos, y hasta disparando las armas de fuego á los pies de los caballos. 
Después de muchas tentativas y repetidas cargas, llegaba á romperse 

(1) Cakdih., ubi supra. 



-319- 

la formación de la infantería, alcanzando alguien á arrebatar una 
bandera que cá todo galope paseaba triunfante alrededor de la plaza, 
teniéndola siempre desplegada, ejercicio que requería grandes fuer- 
zas. Rehecha la infantería en parte, empeñábase de nuevo el com- 
bate, pero dentro de poco, hostigada cada vez con más furia, se decla- 
raba en completa derrota, dispersándose y desapareciendo por todas 
partes. A la batalla se seguía una danza junto al pórtico de la Iglesia, 
y luego el convite. 

Para estos convites, que tenían lugar también en algunas otras 
fiestas principales, se prevenían en diversos parajes del pueblo me- 
sas colocadas en los corredores ó soportales que había delante de las 
casas, señalando á alguno de los cabildantes ó caciques más respeta- 
dos para que cuidase de todo lo necesario á cada sección. Distribuíase 
á cada sección de parte de mañana una vaca, que ellos cuidaban 
de preparar para el convite, añadiendo de su parte legumbres, bata- 
tas, mandioca y otros comestibles propios suyos. Algunas veces 
ellos mismos hacían para esos días pan de trigo, mas era raras veces 
y en pequeña cantidad, así porque era muy poco lo que sembraban, 
como porque les repugnaba la complicación de faenas que aprehen- 
dían en la fabricación del pan. Cuando todo lo tenían á punto, iban 
los convidados sección por sección á la casa parroquial, llevando en 
una mesa la imagen de su Santo y juntamente algunos panes, tortas 
ó gallinas asadas, y lo colocaban todo con orden en el patio para que 
el Padre bendijera á los convidados y su convite. Al lado de cada 
una de estas mesas ó andas ponían en el suelo su bebida, que era una 
chicha floja encerrada en cántaros rústicos fabricados de calabazas. 
El mayordomo del pueblo agregaba al lado de los cántaros un tarro 
de sal, otro de yerba, otro de miel de caña y otro de tabaco en hoja 
para mascar, con una cesta de mermelada y otra de naranjas. Lle- 
gados los Padres, empezaba uno de ellos la bendición, que continua- 
ban los músicos cantando. Luego tomaba cada sección sus mesas }' 
emprendían la vuelta entre el apáralo y estruendo de la milicia que 
los había acompañado. Encontraban en la plaza un escuadrón de 
caballería, que con carreras y juegos militares los saludaba y obse- 
quiaba, deteniéndose allí un momento, y luego llegaban á su propio 
lugar, donde poniendo la estatua de su Santo al lado de las mesas, 
celebraban su rústico banquete. Comían en público sólo los varones; 
mas de aquellos manjares se enviaba alas casas, donde participaban 
del convite los demás de la familia (1). 

(1) Cardiel, De moribus guaran, cap. VI. § In plerisque. 



- 320 - 

Por la tarde era una de las acciones obligadas el repartir premios 
en los juegos. Para esto se disponía en la plaza un tablado donde se 
colocaban sillas para los Padres y los huéspedes, que habían de ser 
jueces del mérito y destreza de los que concurrían en la plaza. Al 
lado de cada uno de ellos estaban los premios en sus montones y á 
veces en cestas. Corríase la sortija, ejecutábanse representaciones 
dramáticas y varios certámenes militares y escaramuzas con las 
aclamaciones de costumbre al Re}', y se procuraba que fuese tal la 
abundancia de recompensas y el tino en repartir, que no hubiera en- 
tre los que tomaban parte en aquellos ejercicios nadie sin algún pre- 
mio, por corta que hubiera sido su habilidad. 



XIII 
ESTABLECIMIENTOS DE CARIDAD 

Los establecimientos especiales de caridad de que nos ha que- 
dado memoria, eran el hospital y el cot'iguasn ó casa de refugio. 

El hospital, asilo de los enfermos, lo hallamos establecido en los 
tiempos de grandes contagios que por desgracia cundían tanto entre 
los Guaraníes. «Acabada la furia de la peste del sarampión», dice el 
Padre Boroa (1) «quedaban aún [en la reducción de los Santos Már- 
»tires del Caro] muchos enfermos de cámaras, y como el Padre [Je- 
»rónimo Porcel] vio el trabajo pasado que había tenido con los 
«enfermos, procuró hacerles un hospital donde estuviesen los enfer- 
»mos acomodados: una casa con sus repartimientos y camas acomo- 
»dadas, repartiéndoles en algunas personas de caridad que mirasen 
»y cuidasen los enfermos, donde el Padre podía acudirles con facili- 
»dad con todo lo necesario. Acudían á este hospital los indios de la 
«esclavitud de Nuestra Señora á ejercitar su mucha caridad con los 
«enfermos, á aderezarles las camas; y lo mismo hacían las indias, 
«barriendo toda la casa, y fregándoles los platos y pucheros en que 
«comían, lavando las alhajas de los que morían, con grande admira- 
»ción y edificación de ellos mismos». Y semejante cosa dice de Can- 
delaria del Uruguay (2), pueblo de seiscientas familias con cinco mil 
almas, donde «tenían [los congregantes de la Virgen] el hospital tan 

(1) Anua de las reducciones del Uruguay en 1637, en Trelles, Rev. del Ar- 
chivo, tomo IV, pág. 73. 

(2) Ibid., pág. 77. 



«limpio V .'isc.kIo, ((lie c.ins.ili.i (|cv()(i('iii v r d ((nisii'lo y ;ilc^i í.i 
•M()ii t|iic les ;icii(li.i II 1 1 .1 \(ii(l(>l<s |( 11,1, V ;i^ii;i, y (le i oiiici , con mil 
Aclio ( liid.ido, \' siilldo los (■iilciiiios ;'l veces C.'ISÍ (loscHli toS". I'llcí ;i 
tic l;is cil(lllisl;ilici;is de pesie no p.ireee cpie liiesi' iis.ido el liospil.il, 
pues l.'i pr.ictic.'i común ei ,i si r .isislielos los i nleiinos por un (inii 
:niyií . y visil^ilos IVecnenlemeiile en sus c;is;is poi (I ( iii ;i, (piieii les 
adniinislr;ih;i ;illí los S.'ici.iimnlos, y .inn ,iliiiii;i expres.imenle ( I 
cloelor X.iiípie 1,1 repiiiMi.inei,! (\w liiii.in ;i ser < ondinidos ;i I liospi- 
l;il, por MI }¿,\ n\i .imoi ;i los <le su l:iinili,'i ( I ). 

('()/'/L(//(f.'y/t sieiiiíici (ílhcrr.iic iiiiiv (¡ilui:.:, \ ei,i (I edili( lo ú est;i- 
hlccimieiilu de 1 el ii^io IKiiii.ido i iisd d r nu i)i'_i(hi\ . I'.st ;i l);i si(ii;ido 'ii 
l;i pl;i/,ii iii,i\'oi, sep;ii;i(lo de l;i ij^lcsiíi y (iilei ,11111 ni i- ,1 isl.ido, de 

suerte (pie de lin;i p.llle de 1,1 Ím|(.s¡;i esl,l!),l el < (ti 1,1' 11,1/11, \' de 1,1 
olr.'l (d ceinenleiio, e,is;i de los i'.idres, p;il 10 p;i 1 1 oipii;! I yp.ilio de 
olicios. /\ pes.ir de li;il)( T des;ip;ire( ido ( 011 (I tiempo esl,i c;is;i ''2j, 
llílll (pied;i(lo hieii (|;ir;iineiite sep;ii;idos los eim ieiitos de SU coilS- 
trucci(')n, como los encontr(') y (.leline(') en S.'in ieii;ici() Mirí el;i}.MÍ- 
meiisor I )oii |ii;in <,)iieiii I en JS'W, y pueden verse en su li;i/;i(lo (.'!j. 
I'^l coli^u;i/.ú esl,il);i (lestiii;ido ;'i ;ill)ein;,i|- lod.'is l;is viiid,is (l( I piieMo 
que volniít ;iii,iiiieii|e (piei i;iii vivir .dli; l;is cu;iles lorin.i h.in uii.i 
especie de ( ( )in u Pid.id f (»l)'iii;id,i por uii.i siipeí loi.i ;iiiei;i ii;(: ( ii;indo 
li;ihí;iii de s;ilii no lo li,ie¡;iii sino innt.'is. Moi;ili;in l,inil>i('n ,'illi l.is 
mu jeres de los (pie e:,l,il);in liiiidos 11 en vi,i)es de l;iií_',i diiiacii'in, 
SI en (d pii'hlo no l<ni,iii ( omodiiLid de vivir hieii por l;ill;irles 
p;i(.lres ('» p;ii leiilcs (pie euid.isen de ( ll.is; y l;iinl)ii'ii l;is viii(l;is eii\'o 
lii-()ceder ei;i menos ;i ¡usí , ido y (Kih.i (pie (le(ireii(l piK l)!o í'I). I'i- 
n.'ilinente, ( r.in eiivi.id.is ,illi l.is iiinjeics (pie li;il)i;iii de snlrir peni- 
tfnci;i de i'í lusi'Mi por ci'i (.0 (ii-mpo. I';ira todo esto había sus di- 

p,irt;i meiltos espeei;ile',. I ,;i coiist I IK ( KMl de 1,1 c.isa de [(d 11^.", i( » '') d' • 

rc:c()^idas er;i l;i misma (|iie l;i de l,is casas del pueblo: de un solo 
piso y c()n sop')it;iles cori'idos; s(')lo cpie ('-stos daban ;'i la p.iile inte- 
rior. L;is |iersoii;is (pie vi vi;in en l.i c;isa (!<! rcro^id;is eran siis(( li- 
tadas con los h.iberes d(d comriiid«l pinlilo. A yiid;i l),in l;iinl)iiii ;il 
pueblo hilando su tarca. 

A los establecimientos de c;iri(l;id podi.i reducirse l;i lio'.pedei i.i, 
ilond'- ;jratuila mente er,iii .'ilojados y siisleiit.idos los (pi'- de otr;is 
partes llee;d);iii ,'il piK blo; y en L',<'ii''ral se puede dec ir (pie 'I car.'n l'r 



íl) l';ul<' III, ciip. XVII, rnim. I. 

(2) Dom.AH, IVlcnioriíi históricíi de MisioncH, parte 2.'\ ni'im, 97. 

(;}) Traza d(í las ruinas ihr San l^fiiacio Miní, al pritic. d<^' esto tomo. 

(\) I'i'kamAs, I)c' alniíiusí ral ion. junaran. (!. XI.VIÍ, nol. 



'¿\ ■ Ol'i.AM/A. ló- 



II. |,|' I A', une f |/í,v A'. i.lIAWAN'll' 



-322- 

propio de los Guaraníes era generoso 3" hospitalario, tan inclinado á 
socorrer á los necesitados, que compartían con ellos cuanto tenían 
sin acordarse de sí; y esto no sólo sucedía de individuo á individuo, 
sino igualmente de pueblos á pueblos. 



XIV 
95 EL CURA Y EL COMPAÑERO 

Por ser estas dos autoridades las que intervenían en el gobierno 
espiritual y en la dirección temporal de los indios, conviene estudiar 
en especial sus verdaderas atribuciones. El Cura era el único párroco 
propio de la reducción ó doctrina. El Compañero ó Compañeros 
(pues algunas veces había más de uno) eran en cuanto á la disciplina 
religiosa subditos del Cura, y en el cargo parroquial eran vicarios 
ó tenientes suyos: y como tales, tenían en lo espiritual la jurisdicción 
que el Cura les delegaba. Y de la misma manera, por estar consti- 
tuido el Cura en aquellos pueblos de indios perpetuo asesor que diri- 
giese las operaciones del municipio, tenía el Compañero en este 
cargo temporal la parte que al Padre Cura le pareciese conveniente 
asignarle. 

Bien lo entendieron los indios Guaraníes, quienes al Cura, aun- 
que fuese el más joven, llamaban en su expresivo lenguaje Paí 
tuya, Padre viejo, entendiendo que en él residía la verdadera auto- 
ridad de padre y ministro espiritual 3' de consejero temporal del 
pueblo; y al Compañero, por más que fuera bien entrado en años, 
llamaban Paí minié Padre joven, como que en lo temporal 3' en lo 
espiritual estaba subordinado al Cura. Así lo nota el P. Parras: «Al 
Cura, aunque sea mozo, le dicen Pai tiiyá, Padre viejo: y aunque 
sea viejo el Compañero, le dicen Paí uiiiii , Padre chiquito» (1). No 
podía significarse más propia y brevemente el carácter de uno 
y otro. 

La costumbre de tener Compañero empezó mucho antes de que 
los Misioneros de reducción fuesen Curas colados (2), como se ve en 
la Instrucción del P. Diego de Torres (3), y en el establecimiento de 
las primeras Doctrinas, San Ignacio guazú, Loreto 3' San Ignacio 
del Guaira. Conforme á las Constituciones de la Compañía 3' á los 

(1) Parras, Derrotero, cap. 5. §. 3, pág. 281. 

(2) Vid. infra, 8. XVI, nota 1.''^ 

(3) Apéndice, núm. 40, 41. 



- 323 - 

mandatos del P. Claudio Aquaviva, se propendió á establecer resi- 
dencias en que morasen varios párrocos debajo de la dirección de un 
Superior religioso, como los había en Juli; y ya que esto no fué posi- 
ble, por lo muy diseminadas que estaban las tribus Guaraníes, se 
mantuvo á lo menos el principio fundamental de que ningún Misio- 
nero quedase solo, sino que todos tuvieran compañero. 

El Compañero solía ser un Padre que empezaba á ejercitar 
sus ministerios, y era puesto debajo de la dirección del Misionero más 
antiguo y práctico, para que á su lado y con su magisterio se formase 
para aquella difícil é importante tarea, y fuese á su vez capaz de 
desempeñarla como principal. Al principio se dedicaba á la práctica 
del idioma, que, ó no sabía, como sucedía en los que venían ordena- 
dos 3''a de sacerdotes desde Europa; ó si acaso lo sabía por haberlo 
estudiado durante sus cursos en Córdoba, no tenía en él la expedición 
que sólo comunica el uso. A los cuatro meses (1) sufría el examen 
ad audiencias, en que se juzgaba si era ya capaz de oír fructuosa- 
mente las confesiones en Guaraní: y si el examen era satisfactorio, 
empezaba á confesar, y luego sucesivamente se ejercitaba en los 
demás ministerios espirituales ó temporales que le encomendaba el 
Cura y para los cuales le daba facultad. 

Sucedía algunas veces que un Padre encanecido en el oficio de 
Cura no podía ya con el ímprobo trabajo que llevaba consigo el cargo 
de la administración espiritual y temporal; y entonces, sustituyén- 
dole otro Cura, le dejaba el Provincial en aquella ó en otra doctrina, 
■como Compañero, con lo que podía disminuírsele el trabajo; y á 
veces venía á ser segundo Compañero ó auxiliar para lo que pudiese 
hacer ó se ofreciese, además del Cura y Compañero ordinario. Tal 
fué entre otros muchos el caso del P. Buenaventura Suárez, santafe- 
cino, célebre astrónomo, cuyas observaciones hechas en la Doctrina 
de San Cosme fueron comunicadas á Europa, donde merecieron 
singular estimación, y que en sus últimos años estaba de segundo 
Compañero en Santa María la Mayor (2); y se puede conjeturar que 
en este tiempo limaría tal vez algunos apuntes suyos, y recogería 
nuevas observaciones así astronómicas, como de ciencias naturales, 
en las que también fué diligentísimo observador (3); aunque sus 
escritos, excepto el Lunario de un siglo ^ han perecido. 

(1) Carta del P. Pedro Sanna, Cura de Corpus, á 12 de Octubre de 1764, Ar- 
chivo Gen. de W A.' legajo Conipañin de Jestis 1806-17 28, etc. 

(2) Padres Curas y Compañeros asignados en la 2.^ visita del P. Provincial 
Bernardo Nusdorffer en 8 de Junio de 1747: Archivo General de B' A': papeles de 
Misiones, legajo Varios, 1; Visita del P. Querini en 1749, ihid. 

(3) Guevara, Historia de la Conquista del Paraguay, libro I, parte 2.'^ pág. 73 
¿e la edición Lama. 



!24 



XV 



90 CALIDAD CANÓNICA DE LAS REDUCCIONES HASTA 1655 

Mientras las reducciones empezadas á fundar por los Jesuítas- 
desde 1610 se mantenían en el estado de misiones vivas en que pre- 
dominaban los infieles, y en las que no había plena estabilidad, for- 
mando sólo un núcleo de población que poco á poco se había de ir 
cristianizando; la jurisdicción espiritual en ellas, como es manifiesto, 
no pertenecía A diócesis alguna, sino que había de recibirse por 
misión del Sumo Pontífice, como sucede hoy mismo con tales misio- 
nes. El religioso destinado á convertir aquellos infieles por la volun- 
tad del rey de España á quien los Sumos Pontífices (1) habían come- 
tido el encargo de enviar varones aptos para la predicación del 
Evangelio, penetraba allí con la jurisdicción que le provenía del 
Papa á quien inmediatamente estaba sometido, y ejercitaba todos- 
Ios ministerios espirituales necesarios, sin depender de diocesano 
alguno, sino solamente de su Superior. 

Mas cuando ya la conversión ó reducción había tomado consis- 
tencia, y todos ó la mayoría de los infieles se habían hecho cristia- 
nos, es claro que variaba el estado de aquella porción de la grey 
cristiana: y una de las pruebas podía ser el mismo cambio exterior 
en virtud del cual eran obligados á pagar tributo, lo cual sucedía en 
general á los diez años, }- en las reducciones de que tratamos á los 
veinte por privilegio especial (2). La costumbre observada antes del 
Concilio Tridentino había hecho que los mismos regulares que ha- 
bían emprendido la conversión quedasen al frente del pueblo ya 
convertido, sin más requisito que la designación de su Superior y 
licencia del Rey, Gobernador ó Virrey que lo representaba como- 
patrono, diferenciándose estas Doctrinas de las parroquias única- 
mente en que no se daban á perpetuidad, sino sólo en encomienda, 
esto es, como interinamente, con calidad de amovibles ad nutum. 
Publicado el Concilio en 1563 y admitido en España )' en todos sus 
dominios sin restricción alguna por Felipe II en ley de 12 de Julio 
de 1564; apareció al punto la dificultad de poder cumplirlo en las 
Indias, porque sujetaba los Párrocos á los Obispos en cuanto á la pro- 

(1) Alex. VI. Constitución ínter caetera, 4 Mayo de 1493. 

(2) Cédula de 7 de Abril de 1643, confirmada por la de 2 de Noviembre 
de 1679. 



— 325- 

visión, corrección, visita y remoción (1). No pudiénJose dudar en la 
práctica que las Doctrinas eran parroquias, era preciso que las aban- 
donasen los regulares, ó que, si quedaban en ellas, estuviesen suje- 
tos á los Obispos; cosas entrambas graves, la primera por faltar en 
América clérigos seculares que cuidasen de las parroquias; la segunda 
porque parecía destruir la exención de los institutos religiosos y 
ser contraria á la disciplina regular. Suplicó Felipe II al Papa que 
dispensara á fin de que los religiosos pudieran continuar como hasta 
allí administrando las Doctrinas y confiriendo todos los Sacramentos 
como si fueran párrocos, sin depender para ello de ningún Obispo, 
sino sólo de sus Superiores; y así lo concedió el Sumo Pontífice San 
Pío V por su Breve Exponi Nobis de 24 de Marzo de 1567 (2). 

Esta fué la condición en que los Jesuítas del Paraguay hallaron 
las reducciones al dirigirse por una parte al Guayrá y por otra al 
Paraná 3^ más tarde al Uruguay. Así se proveían y administraban las 
que tenían los Padres franciscanos en el Paraguay. Y así continua- 
ron administrándolas los Jesuítas sin oposición hasta que en 1633 fué 
necesario que defendiesen su legítima posesión en la Audiencia de 
la Plata, donde era contradicha, pretendiendo que la provisión de 
aquellas Doctrinas había de tener lugar conforme á las reglas que 
para la ejecución del real patronato se habían dado ya por varias 
Cédulas, como la de 4 de Abril de 1609, y la de 6 de Abril de 1629. 
Oídas ambas partes en la Audiencia, se expidió piovisión de que se 
■cumpliese la voluntad del Rey bastantemente significada en enviar 
á expensas de su Real Hacienda aquellos Misioneros, y se respetase 
la posesión en que estaban de sus Doctrinas, y que tenían fundada 
en el Breve del Papa y Cédulas reales (3). 

Nuevamente se pretendió despojar á los Jesuítas de las Doctri- 
nas en 1636, y pudo ser con ocasión de las Cédulas de 10 de Junio 
y 14 de Setiembre de 1634, que tendían cada vez más á establecer 
una regla uniforme para la provisión conforme al Patronato. En la 
■ocasión presente el fiscal de la Audiencia defendió el derecho de los 
Padres, haciendo ver que, teniendo el Rey de España el patronato 
de Indias, y también el privilegio de San Pío V, podía usar del que 
más conviniese; y pues aquí usaba del privilegio, en nada se perju- 
dicaba su jurisdicción real; y que en favor de los religiosos estaba la 
■costumbre, y posesión y actos positivos ejecutoriados por provisio- 
nes reales; y de parte de los contrarios aparecían fines particulares 

(1) Sess. 25, cap. 11, 

(2) Apéndice núm. 26. 

(3) Trelles, Revista del Archivó, tom. II, pág. 133. 



- 326 - 

é injusticia en la pretensión. La decisión de la Audiencia fué que 
mientras el Rey no ordenase otro cosa, no hiciese novedad el Obispo- 
del Paraguay, y que si fuese preciso, recurrieran las partes al 
Consejo de Indias. Esta provisión lleva la fecha de 15 de Julio 
de 1636, y fué sobrecartada ó reiterada en 25 de Agosto del mismo- 
año (1). Semejante á ésta fué la provisión de no innovar que dio la 
Audiencia á las pretensiones del Illmo. Sr. Ct4rdenas en 1645 (2); y 
como el mismo Prelado hubiese hecho presentar luego una Cédula 
Real de 18 de Junio de 1650, pidiendo en virtud de ella provisión 
para obligar á los Jesuítas á la forma del patronato, esta vez la Au- 
diencia se dejó vencer y dio la tal provisión. Mas representando la 
Compañía que la Cédula Real no trataba del caso en litigio, la Au- 
diencia envió los autos al tribunal Superior del Virrey, y éste dio 
nuevamente decreto de que no se innovase hasta la definitiva reso- 
lución del asunto en el Consejo de Indias, pues tales eran las órde- 
nes expresas que del Rey tenía (3). Esta decisión reprodujo la Au- 
diencia de Charcas en su provisión de 28 de Enero de 1653 (4). 

Mientras que de este modo procedían los tribunales reales hasta 
recibir la última decisión, que se dio en 1654 y se cumplió en 1656; 
el Papa Gregorio XIII en 1572 revocaba por la Bula In tanta reriim 
todos los privilegios concedidos á los Regulares por San Pío V, que 
se apartasen de la norma del Tridentino. Y aunque parece que la re- 
vocación no alcanzaba al Breve Exponi nobis, por ser dado á peti- 
ción del príncipe y no hacerse expresa mención de él; luego se in- 
tentó en el Perú por los Obispos excluir á los religiosos de sus Doc- 
trinas. Mas el Papa Gregorio XIV, habiendo consultado á la 
Congregación de los Cardenales confirmó en forma específica el 
privilegio de San Pío V con el Breve Exponi siqíiideni á 16 de Se- 
tiembre de 1591. Más tarde, el Sumo Pontífice Gregorio XV, por la 
Bula Insci'utabili, de 5 de Febrero de 1622^ sujetaba absolutamente 
á la jurisdicción del Obispo diocesano y á su corrección y visita to- 
dos los regulares que tuviesen cura de almas. Ni aun así const6 
que se revocase el privilegio piano: tanto m;\s cuanto el año de 
1625, en Breve Alias de 17 de Febrero, mandó Urbano VIH sus- 
pender en los reinos de España la Bula Inscrntabili. Por estos mo- 
tivos se pidió más adelante declaración de la duda: y la Sagrada 
Congregación del Concilio respondió en 14 de Mayo de 1648: A lo 3.^ 



(1) Apénd. ni'im. 30. 

(2) Tkcllks, Revista del Archivo, tom. II, págf. 123. 

(3) Buenos Aiküs; Arch. gen. leg. Compañía de Jesús / Cédulas Reales I 1. 

(4) l3id. 



-327- 

Hase de tratar con Su Santidad sobre si qniere declarar que el pri- 
vilegio no ha sido revocado; pero en todo caso no aproveclia sino 
allí donde hay falta de párrocos (1). De manera que hasta entonces 
no constaba con claridad que hubiese sido revocado. Como, por otra 
parte, las Doctrinas y, en general, las tres diócesis de Paraguay, 
Tucumdn y Río de la Plata, estaban faltas de clero secular que pu- 
diese servir en las parroquias, en ellas había de ser valedera su apli- 
cación. 



XVI 

CALIDAD CANÓNICA DE LAS DOCTRINAS 
DESDE 1655 EN ADELANTE 

Ventilada suficientemente en el Consejo de Indias la cuestión que 
en estas provincias se estaba agitando años hacía y que había sido 
ocasión de muchos disturbios sobre si totalmente se había de suje- 
tar la provisión de las Doctrinas de religiosos á la forma de presen- 
tación por el patrono é institución por el Ordinario, previo examen; 
ó convenía seguir usando el privilegio piano; se resolvió expidiendo 
la Cédula Real de 15 de Junio de 1654. 

Hablando en ella expresamente de las Misiones de Guaranís en 
el Paraguay al cargo de los Padres de la Compañía de Jesús, se de- 
terminaba: 1° que en adelante habían de tener calidad y nombre, no 
de reducciones ó misiones, sino de doctrinas ó parroquias, y propo- 
ner los Prelados regulares tres sujetos de toda satisfacción para cada 
una, de los cuales el Gobernador había de elegir uno y presen- 
tarlo en nombre del Rey, para que en virtud de la presentación, le 
diese canónica institución el Obispo; 2.° que el doctrinero religioso 
quedaba sujeto ú la jurisdicción y visita del Obispo en cuanto al ofi- 
cio de cura; 3.° que la remoción de los sujetos quedaba libre al Pre- 
lado regular; de suerte que, cuando tuviese causas para ejecutarla, 
lo pudiese hacer sin manifestar sus causas al Gobernador ni al 
Obispo. Solamente se le ponía la obligación de presentar otros tres 
religiosos, para que de nuevo eligiese y presentase uno el Goberna- 
dor, y lo instituyese el Obispo. Eran, pues, los Misioneros Curas co- 
lados, y sin embargo, amovibles ad nutinn (2). Añadióse un párrafo 

(1) MuRíEL, Ord. 112. 

(2) El ser curas colados y no ser perpetuos ha parecido á algunos increíble 
anomalía; pero se verá expresamente afirmado en un capítulo de la Cédula Real 



- 32S - 

sobre que el Gobernador <iha de poder visitar todo el distrito de 
ixjne se componen las dichas Doctrinas-» (1), en el cual resalta pa- 
tíntemente curia malos vientos soplaban contra la Compañía de Je- 
sús por aquellos días en la Corte, y cómo se tenía por cierta ó á lo 
menos por probable la acusación presentada por los contrarios, de 
que los Jesuítas «se introducían en la jurisdicción... secular... lo que 
»resulta ser incierto, 3^ justificado lo contrario» dice la Cédula de 28 
de Diciembre de 1743 (2). Pero en aquella sazón menudeaban tanto 
las calumnias é intrigas contra los Jesuítas, que aun tratándose de 
materia diversa, se insinuaba el recelo de que no pudiesen los Go- 
bernadores visitar aquel distrito, cuando lo habían visitado casi to- 
dos los Gobernadores del Paraguay, lo acababa de visitar Láriz 
en 1647, y había sido instado Garavito para que lo visitase, con 
gran empeño de los Padres y gran sentimiento de que no accediese 
í\ la visita (3). 

Desde esta fecha las Reducciones quedaron en la calidad de pa- 
rroquias, pero con dos diferencias: una, que no estaban proveídas 
por concurso, aunque sí debían ser examinados 3^ aprobados por el 
Obispo los tres que nombrase el Prelado regular; otra, que en la re- 
moción dependían únicamente del Prelado regular. Lo primero, po- 
día en rigor concillarse con el Tridentino, pues aunque la regla ge- 
neral para la provisión de parroquias sea el concurso, no deja de 
ofrecer cabida para algunas excepciones. Lo segundo no parece que 
se pudiese hacer sin especial dispensación apostólica; 3' en esto sin 
duda hubo de usarse del privilegio de San Pío V. 

De tal manera acusaban los enemigos de la Compañía á los Pa- 

del patronato, fecha á 1." de Junio de 1574, y reproducida ó mencionada en todas 
las posteriores. Dice así: «En vacando el beneficio curado ó simple, ó administra- 
ción de hospital... ú otro cualquier beneficio..., el Prelado mande poner carta de 
edicto para que los que quisiesen oponerse á él se opong-an...: 3- de los... que al 
Prelado pareciese ser competentes personas..., habiéndolos examinado..., elija 
dos personas...; y la nominación de los dos así nombrados se presente ante nues- 
tro Visorrey, ó ante el Presidente de nuestra Audiencia Real, ó ante la persona 
que en nuestro nombre tuviere la Gobernación superior de la provincia... para 
que de los dos nombrados elija uno; y esta elección la remita al Prelado, para 
que conforme á ella, y por virtud de esta presentación, el Prelado haga la pro- 
visión, COLACIÓN Y CANÓNICA INSTITUCIÓN por vía de encomienda 3- no con título per- 
petuo, sino amovibles ad itntiiiit de la persona que en nuestro nombre los hubiese 
presentado juntamente con el Prelado.» Hasta aquí la Cédula. Claro es que si 
había colación é institución del Curato, eran Curas colatios é instituidos: y jun- 
tamente consta que tenían el beneficio en encomienda y no perpetuo, y eran amo- 
vibles ad nntiini. A continuación agrega la Cédula que á veces presentaba á al- 
gunos personalmente el Rey expresando qne la colación y canónica institución 
sea en titulo y no en encomienda. 

(1) Apénd. núm. 31. 

(2) Céd. GRANDE, punto 4." 

(3) Cap. V. §. 4. 



-329 - 

dres en Madrid, que dieron á entender que los Jesuítas del Para- 
guay de ningún modo obedecerían á la Cédula, por no querer su- 
jetarse al Obispo; \' así. la Cédula fué enviada al Presidente de la 
Audiencia de Charcas y éste la expidió al Gobernador Baigorri con 
un auto fechado en Potosí á 9 de Abril de 1655, en que le manda que 
intime tá los Padres ó la ejecución inmediata, ó la dejación de las 
Doctrinas. Mas la obediencia y cumplimiento que dieron los Jesuí- 
tas frustró todo el plan de sus émulos, que hubieran deseado verlos 
abandonar las Doctrinas. Desde entonces sin interrupción se fueron 
proponiendo tres sujetos para cada Doctrina, siendo examinados por 
el Obispo, 3' recibiendo de él la institución el que había sido elegido 
y presentado por el Gobernador. 

La Cédula que constituyó definitivamente la calidad de las Doc- 
trinas, y la disyuntiva con que se hizo su intimación, pueden verse 
en los números 31 y 32 del Apéndice. 



XVII 

CÓMO LOS JESUÍTAS ESTUVIERON Á PUNTO 
DE ABANDONAR LAS DOCTRINAS 

Al enviar los Provinciales de América religiosos á las conversio- 
nes de indios, bien así como al colocarlos ó removerlos luego de las 
cristiandades ó doctrinas ya fundadas, habían procedido en un prin- 
cipio con libre disposición de las personas, en virtud de los privile- 
gios que les otorgaba la Santa Sede. El Concilio de Trento en 
la ses. 25. cap. 11 de ref. limitó notablemente esta potestad. Y 
aunque el Breve de San Pío V les dejó seguir por algún tiempo como 
antes, se conocía bien de qué lado se inclinaba é iba á caer el árbol 
por las repetidas Cédulas de patronato de 1574, 1603, 1624, 1629, 
1634, 1637 y otras, que sujetaban cada vez más los doctrineros re- 
gulares al examen, aprobación, institución, visita y corrección de 
los Obispos, á la presentación del patrono, y á la remoción con noti- 
cia y consentimiento de uno y otro. Esto venía á sustraer de la dis- 
posición del Superior regular al religioso que había de ser doctrine- 
ro: y fué causa de que por entonces estuviesen los Jesuítas á punto 
de abandonar las Misiones de los Guaraníes, por no poder concillarse 
tal régimen con la subordinación que pide el gobierno de la Com- 
pañía. 



- 330 - 

Proponiendo esta materia el Procurador de la Provincia del Pa- 
raguay P. Juan Pastor al M. P. R. General Vicente Carrafa en un 
Memorial de 1646, núm. 5.°, respondió el P. General: «Este postulado 
tiene más apariencia y fuerzas en las provincias del Perú y Mé- 
jico: y sin embargo mi antecesor [el P. Mucio Vitelleschi] á una y 
otra provincia respondió repetidamente que los nuestros en las Doc- 
trinas se sujetasen á los Prelados, Virreyes y Gobernadores en 
rasón de examen de doctrina y lengua, y esto siempre que los Pre- 
lados gustasen: pero no de ninguna manera en rasón de proponer 
tres para que elija el Prelado y patrono: ni de que la Doctrina y 
beneficio sea colativo de manera que no pueda el Provincial mudar 
d un Padre que está en una Doctrina sin dar parte al Virrey y 
Obispo de las causas que tiene el Superior para mudar al tal sujeto. 
Tampoco se admita que los Obispos hayan de visitar los nuestros 
de moribus, etc. En todo y por todo me conformo con la respuesta 
de mi antecesor, que es tan prudente, y conforme á nuestro Instituto 
y modo de ejercitar nuestros ministerios. Y añadió debidamente, 
que antes dejaría la Compañía cimlquiera Doctrina por principal 
que fuese ^ que sujetarse á condiciones que no dicen con nuestra 
profesión.-» [Concluye que con mayor razón se ha de hacer esto en 
el Paraguay, y «por ningún caso conviene venir en iguales condi- 
ciones»] (1). 

Teniendo tan claramente trazada la línea de conducta, y vién- 
dose urgido en 1652 para que aceptase las sobredichas condiciones 
el mismo P. Juan Pastor, que ya entonces era Provincial, interpuso 
ante la Audiencia de la Plata la renuncia de las Doctrinas del Para- 
guay: y otro tanto hizo en Madrid ante el Consejo Supremo de las 
Indias el P. Julián de Pedraza, Procurador general de las provincias 
de la Compañía en Indias. «Y sabiendo... los señores de la Audien- 
cia de la Plata» [el buen éxito y fidelidad con que los Guaraníes 
animados por los Jesuítas habían defendido el territorio contra los 
PauHstas], «ofreciéndoles el P. Juan Pastor, que al presente es Pro- 
vincial, la dejación de las Doctrinas, habiéndose de sujetar fuera de 
nuestro modo, no quisieron admitir la dejación: y en el Real Con- 
sejo se ha repelido hasta ahora» (2). 

Al fin, elaborada la Cédula del Patronazgo de 1654, con inserción 
de las antecedentes, se despachó á las diversas partes de América 
en 1.° de Junio, y se intimó en Madrid al P. Julián de Pedraza, y al 

(1) Postulados de la Congregación 7.'"^ provincial del Paraguay. 

(2) Carta del P. Diego de Boroa al P. Julián de Pedraza desde Asunción, á 20 
de Noviembre 1652. — Chile. Bibl. Nac. MSS.; Jesuítas Argentina, 275. 



-331- 

P. Simón de Ojeda, que se hallaba á la sazón en la Corte como Pro- 
curador enviado por la octava Congregación de la provincia del Pa- 
raguay. Instados para que respondiesen, estuvieron firmes uno y 
otro en que les era preciso dejar las Doctrinas por no poder aceptar 
la forma del patronato tal como en la Cédula se prescribía, sin haber 
hecho el menor caso de sus representaciones anteriores, y dejando 
del todo trabado é impedido el gobierno de los Superiores de la 
Compañía. Hicieron ver además un agravio é injusticia de gran 
trascendencia que se infería á la Compañía en los términos mismos 
de la Cédula, por haber intervenido en su redacción una mano me- 
nos cuidadosa ó menos fiel. Efecto de las representaciones de los 
dos Padres fué una nueva Cédula del patronato expedida en 15 de 
Junio, con orden á todas las autoridades á quienes se había enviado 
la primera, de que se recogiesen los ejemplares de ésta y se devol- 
viesen al Consejo, no pudiendo usarse de ellos, sino solamente de la 
segunda (1). El mismo día se enviaba á la Audiencia de Charcas la 
Cédula modificativa del patronato en cuanto á no haber de dar las 
causas de remoción al Gobernador y al Obispo en las Doctrinas del 
Paraguay, de que se ha dicho en el artículo anterior. 

No era ésta la primera vez, ni fué la última, en que la Com- 
pañía había estado pronta á dejar las Doctrinas del Paraguay. Pre- 
cisamente por no ser aquella ocupación tan acomodada como otros 
ministerios al Instituto, la habían tomado desde el principio con re- 
pugnancia los Padres en el Perú, no sin algún sentimiento del Virrey 
Toledo. Emprendida en el Paraguay la conversión de los Guaraníes, 
y deseando varios Padres franciscanos que los Jesuítas les dejasen 
toda la región del Paraná y Uruguay, con la reducción de San Ig- 
nacio guazú, que ya se hallaba entablada, mostráronse prontos á ello 
los Superiores Padres Lorenzana y Diego González Holguín: y si 
no se dejó aquella doctrina, fué por haber mudado de parecer los 
Padres de San Francisco (2). En carta del P. General Vitelleschi al 
Provincial del Paraguay, fecha á 30 de Junio de 1617, le decía: 
«Mientras la Compañía atendiere á doctrinar las reducciones del 
Paraná y de Guayrá, parece negocio forzoso que los nuestros acu- 
dan á los indios como lo hicieran los proprios párrocos ó curas, si 
los tuvieran... Pero esto se entiende que ha de ser con gusto del 
señor Obispo, y con ojo á salirse los nuestros de ese cuidado, cuando 
pareciere expediente, ó hubiere quien le tome y les acuda con satis- 
facción.» Otro tanto repite en cartas de 20 de Abril de 1620 y 24 de 

(1) Sevilla: Arch. de Indias: 122. 3. 2, tom. 6, fol. 97 sqq. 

(2) González Holguín, carta de 13 de Marzo de 1612, 



— 332 — 

Enero de 1622, añadiendo que «en esto de encargarse los nuestros 
de semejante oficio se vaya con mucho tiento». Ya se han visto las 
diligencias del P. Pastor ante la Audiencia de la Plata: }' la mención 
que de varias renuncias hizo el P. Baeza ante la Audiencia de Bue- 
nos Aires, renovando la dejación él como Procurador de su provin- 
cia (1). El P. Francisco Díaz Taño, en una respuesta á cierto inte- 
rrogatorio sobre los disturbios del Paraguay (2), dice á un vSuperior 
de la Compañía, quejándose de la facilidad en renovar las calum- 
nias contra los Misioneros, y en volver á darles oídos los Consejeros 
de Indias: «Y si esto no se acaba de una vez, lo mejor es retirarnos y 
dejar aquellas Doctrinas, ni tratar más de indios en aquellas provin- 
cias: pues en lugar de amparar á los religiosos que trabajan en su 
doctrina y conversión, los persiguen; y los que habían de volver por 
ellos parece que cooperan, dando oídos cada día á estas calumnias, 
estando como están 3'a convencidas de falso: y como entran de nuevo 
en el Consejo señores que no las habían oído, se levantan nuevas 
persecuciones contra dichos religiosos.» Y en igual sentido escribía 
el P. Visitador Andrés de Rada en un informe al Re}" en su Consejo 
de Indias, desde Córdoba, á 10 de Enero de 1665: «A no estar por 
medio el respeto que debo á V. M. y á ser vuestro Visitador, en 
nombre de N. M. R. P. Vicario General y de todos los religiosos 
Doctrineros hubiera hecho renunciación de dichas Doctrinas, y reti- 
rádolos á los colegios, donde ellos y los demás estuvieran libres de 
tantas persecuciones y calumnias, y de tantos pleitos é inquietudes 
como cada día se nos recrecen por la conservación de dichos indios.» 
Finalmente, el P. José de Barreda, Provincial de la provincia del 
Paraguay, hizo en 1753 renuncia en manos del Vice-patrono de las 
siete Doctrinas del Uruguay que se habían alzado: agregando que 
en caso de conmoverse las veintitrés restantes, hacía también la 
misma renuncia de ellas: si bien no se llevó al cabo la salida de los 
Doctrineros por entonces, por no haber querido aceptar la renuncia 
el Marqués de Valdelirios. 



(1) Cap. V, § VI: Efectos de la resolución de Valverde. 

(2) Buenos Aires: Arch. con legajo Misiones. Varios años, I. 



-333 



XVIIl 

SI LAS DOCTRINAS PUEDEN LLAMARSE 
REDUCCIONES Y MISIONES 

Al dar en la Cédula de 15 de Junio de 1654 la norma con que c n 
adelante se había de observar el patronato en las conversiones y re- 
dacciones de la Compañía en el Paraguay, se añadió esta cláusula: 
Y por la presente declaro que han de ser Doctrinas y se lian de 
tener por tales las (¡ne llaman Reducciones y Misiones los Religio- 
sos de la Compañía de Jesús que residen en la provincia del Para- 
guay: y que en todas ellas Imyan de presentar para cada una tres 
subjetos, conforme á la dicha Códula, de los que el Gobernador 
nombre uno^ cono se practica en todas partes. 

Si se atiende únicamente al sonido de estas palabras, parece que 
desde entonces en adelante las Reducciones y Misiones cesaban de 
S"r tales, y no se habían de llamar con nombre de misiones ó re- 
ducciones, sino con el de Doctrinas ó parroquias de indios. Y con 
todo, una multitud de Cédulas reales subsiguientes las llama reduc- 
ciones y misiones. Preciso es, pues, decir que la Cédula de 1654 las 
declara Doctrinas y dice que no se han de tratar como reducciones ó 
misiones, en cuanto al efecto de la presentación de Doctrineros y 
forma del Patronato, y no en más: de suerte que nada prejuzga so- 
bre los demás efectos ó denominaciones que puedan tener. 

Para conocer, por tanto, la verdad en este punto, no basta la pre- 
dicha Cédula. Es preciso saber cuál es la naturaleza de lo que se 
llama misión ó reducción, y aplicar su concepto á las condiciones 
reales de las Doctrinas. Es misión un establecimiento ó poblado 
cuyos habitantes son infieles, herejes ó cismáticos que se trabaja por 
reducir al catolicismo: ó donde por lo menos se encuentran mezclados 
católicos y no católicos: ó dado que se hayan convertido ya todos, hace 
tan poco tiempo, que son todavía neófitos. Y siendo así que no son 
neófitos en el estricto sentido de la palabra los que han sido bauti- 
zados desde niños (1), ni los que hace largo tiempo (como sería el de 
diez años) que se convirtieron; sigúese que para que haya misión, 
será menester que esté compuesta en todo ó en parte de infieles, ó 
de adultos convertidos dentro de un decenio. Ni lo uno ni lo otro 

(1) .S. C. C. 13. Aiig. 1713; 12, Mart. 1759. 



- 334 - 

ocurría en los pueblos de Guaraníes en la época de que se trata: y 
así, independientemente de la Cédula de 1654 y aun antes de ella, 
habían dejado de ser misiones ó reducciones en el estricto sentido de 
la palabra. 

Con todo, si se exceptúa la circunstancia del tiempo de conver- 
sión requerida para ser neófitos aquellos indios, se encontrará en lo 
demás singular analogía, cuando no identidad, entre las Doctrinas 
de Guaraníes y las Misiones estrictamente tales. La lengua extraña 
que había de aprenderse: el viaje á remotos parajes, con el aisla- 
miento y privación de toda sociedad civilizada, teniendo que tratar 
únicamente con personas rudas y groseras: las excursiones que se 
hacían á países comarcanos, donde todavía quedaban indios infieles, 
y los cuidados en convertirlos y criarlos cuando se había logrado 
traer algunos al pueblo: la misma índole de los Guaraníes cristianos; 
aunque bautizados desde la infancia, que requería fatiga perpetua en 
la labor de enseñarles y explicarles el Catecismo: su novelería y vo- 
lubilidad por la que era necesario tratarles con circunspección para 
evitar que uno ó varios, cansados del orden y concierto de sus pue- 
blos, se huyesen á los montes entre los gentiles ó tal vez entre los 
españoles, con ruina cierta de sus buenas costumbres y hábitos de 
civilidad: el no estar para tales ocasiones con bastante firmeza en la 
fe: cualidades estas últimas que hacían que los Pontífices y la cos- 
tumbre las comprendiesen en cuanto á privilegios del matrimonio, 
de los ayunos y fiestas, en el número de los neófitos: todo esto junto 
mostraba que aquéllos eran cristianos nuevos, plantas todavía sin 
bastante robustez para poder esperar de ellos que soportasen con la 
debida constancia el peso entero de las obligaciones del cristiano: 
y sus pueblos, cristiandades en formación, como lo son los de las 
estrictas Misiones. 

Y sin duda por eso, en el uso común continuaron llamándose in- 
distintamente misiones, reducciones y doctrinas. No puede haber de 
ello mejor testimonio que el de las autoridades eclesiástica y civil 
El Illmo. Sr. Obispo del Paraguay D. Fr. José Palos en carta-informe 
dirigida al Rey en el mes de Mayo de 1733, dice expresamente: 
«-Corno quiera que acá entendemos comi'inmente lo mismo por misio- 
nes que por pueblos, reducciones ó doctrinas (1).» El Tilmo. Sr. Don 
José Peralta, Obispo de Buenos Aires, en su informe de 8 de Enero 
de 1743, así como escribe: «Pasé á visitar los pueblos de las Misio- 
nes que están al cuidado de los religiosos apostólicos de la Compa- 

(1) Citado en Murikl, Fasti novi Orbis, Ord. 522. 



- 335 - 

ñia de Jesíís: y empiezan sus Reducciones d cien leguas de distancia; 
así también continúa diciendo en el siguiente párrafo: De estas 
treinta Doctrinas. Y en la Cédula grande de 1743 (para no citar otras 
muchas Cédulas y documentos de ministros reales) se llaman aquellos 
pueblos más de veinte veces misiones, reducciones, como se llaman 
otras veces Doctrinas; y el título mismo de la Cédula los llama pue- 
blos de misiones. Hoy mismo conservan el nombre de Misiones los 
respectivos territorios en que se hallaron las Doctrinas y que actual- 
mente se hallan divididos entre la Argentina, el Paraguay y el Brasil 
No cabe dudar, pues, de que, con toda justicia, se pueden llamar 
misiones y reducciones aquellos pueblos, ya sea atendiendo á su 
carácter, va siguiendo el uso común. 



XIX 

LA VISITA DEL OBISPO 100 

Día de gran regocijo era para los Guaraníes aquél en que les 
anunciaban los Misioneros que había de ir á visitarlos el Pai-Obispo, 
y que era menester que previniesen sus pertrechos para ir á buscarle 
muy lejos, á veces hasta su misma Catedral en distancia de ciento 
cincuenta leguas, y traerle á las Doctrinas. Enviábase buen numere 
de indios que sirviesen de remeros para subirlo en sus balsas desde 
Buenos Aires, ó le trajesen por tierra desde la Asunción; iban 
acompañados de otros destinados á servirle, y de competente capilla 
de músicos, para que á las misas del Señor Obispo y sus Capellanes 
no les faltasen el festejo y devoción de cantos é instrumentos, aun 
en los casos en que había de celebrar en despoblado (1). Este nú- 
mero de indios, que alcanzarían á ochenta y más, iban gobernados 
por uno de sus Alcaldes más ladinos, para que acudiesen puntual- 
mente al Obispo en cuanto se ofreciera; y los acompañaba siempre 
un Padre Misionero. Iban provistos de todo lo que era necesario de 
bastimentos 5' alivio para que en tan largo viaje tuviese el Prelado 
la posible comodidad y regalo, en región donde había grandes tre- 
chos enteramente despoblados; y los gastos que ocasionaba la Visita 
hasta llegar al primer pueblo de Doctrinas, como los de la vuelta 
hasta la ciudad de residencia del Obispo, los pagaban todos los pue- 
blos por junto, distribuyéndoselos proporcionalmente, y aun añadía 

(1) Xarque, part, III. cap. VII. n. 2. 



- 336 - 

cada pueblo cien pesos como limosna ó donativo gratuito á su Prela- 
do (1). Los demás gastos correspondían á cada pueblo por separado, 
y él cuidaba de aprontar los carruajes necesarios, }• disponía la con- 
ducción por agua, cuando era necesaria. Componíanse los puentes, 
igualábanse los caminos, y se veían sembrados de yerbas y flores 
olorosas, disponiéndose en plazas y calles adornos y arcos triunfales. 

Leguas antes de llegar á cualquier pueblo, acostumbraban salir 
á recibir al Prelado dos escuadrones de caballería, con sus trajes de 
gala é insignias militares (2), y al descubrirle hacían en su presencia 
los torneos y escaramuzas con que recibieran á un Jefe superior. 
Desmontaban en seguida para besar hincados la mano del Obispo, y 
recibir su bendición. Luego, puestos de nuevo á caballo, le iban 
acompañando, divididos en dos alas. A una legua del pueblo le 
aguardaba el Corregidor con todo el Cabildo y con los Caciques y 
Capitanes, acompañados del Superior de los Misioneros y de los Pa- 
dres que habían podido concurrir, y hecha su reverencia y congratu- 
lación, le conducían hacia el pueblo, á cuya entrada estaba el resto 
de los indios, repartidos en sus compañías de infantería con sus ban- 
deras, cajas, insignias militares y armas; 3^ todos aclamaban á su 
Pastor, haciendo resonar clarines y cajas entre regocijados vítores. 
A conveniente distancia se hacía oir el repique general de campanas 
propio de las mayores solemnidades; y con este júbilo y devoción se 
conducía al Obispo á la iglesia, donde aguardaban las mujeres. Allí 
era recibido con las ceremonias que señala el Pontifical; y acabado 
el solemne Te Deiiiii, le acompañaban los Padres y el Cabildo al alo- 
jamiento que le tenían dispuesto en la casa parroquial. Los días que 
en el pueblo demoraba cumpliendo las diligencias de la Visita, y 
confirmando al gran número de personas que acudían presurosas á 
recibir este santo Sacramento, era testigo de la devoción de los in- 
dios, de su buena instrucción en las cosas de nuestra santa fe, y de 
su reverencia con que en viéndole pasar por cualquier parte, se hin- 
caban de rodillas para recibir la bendición, y no se levantaban hasta 
perderle de vista, venerando en su Prelado la misma persona de 
Cristo nuestro Señor cuya autoridad representaba. Eran además ce- 
lebrados aquellos días con especiales regocijos públicos en su obse- 
quio. Al partirse del pueblo, le festejaban también y le acompañaban 
con solemnidad militar, hasta que, llegados á la raya del otro pueblo, 
empezaba nueva recepción con fiesta y júbilo. 

Habiéndose dudado en algún tiempo sobre el límite de los Obis- 

(1) Cardibl, De morib, guaran, cap. IX. 

(2) Xarque, loe. cit. núm. 3. 



-337- 

pados, al fin se fijó por el fallo arbitral cometido en 1727 á los Padres 
José Insaurralde y Anselmo de la Mata, quienes lo pronunciaron en 
8 de Junio y lo comunicaron en 20 de Junio del mismo año 1727 (1), 
declarando estar separadas las diócesis por la línea divisoria de las 
;iguas de los ríos Urugua}^ y Paraná; perteneciendo á la de Buenos 
Aires los pueblos que enviaban sus aguas al Uruguay; y á la de 
la Asunción los que enviaban las aguas al Paraná, con más los cuatro 
del Tebicuarí. Siendo ya entonces treinta los pueblos, resultaban 
diez y siete en la diócesis de Buenos Aires, á saber: San José, San 
Carlos, Concepción, Apóstoles, Santa María la Mayor, San Fran- 
cisco Javier, Santos Mártires, San Nicolás, San Luis, San Lorenzo, 
San Miguel, San Juan, el Santo Ángel, Santo Tomé, San Borja, La 
Cruz y Yapeyú; }' trece en la diócesis del Paraguay: San Ignacio 
Guazú, Nuestra Señora de Fe, Santa Rosa, Santiago, Itapúa, Can- 
delaria, Santos Cosme y Damián, Santa Ana, Loreto, San Ignacio 
Mirí, Corpus, Jesús y Trinidad. 

Las visitas de los Obispos del Paraguay y Buenos Aires fueron 
tan repetidas, que apenas hubo Obispo que durase por unos pocos 
años que no las visitara; y no con ponderación, sino con suma verdad 
pudo decir Felipe V en la Cédula de 1743 que la subordinación per- 
fecta de aquellos naturales á la jurisdicción eclesiástica y real se 
justificaba por las continuas Visitas de los Prelados Eclesiásticos (2). 
Vamos á hacer el resumen de estas visitas, donde se verá que eran 
visitados por los Obispos aun antes de que formalmente fuesen de- 
claradas Doctrinas, y en un tiempo en que los Padres hubieran po- 
dido por lo menos disputar si en virtud del Breve Exponi Nobis de 
San Pío V y de la designación del Rey para aquellas Reducciones, es- 
taban exentos de Visita. Mas nunca lo hicieron, sino que se acomoda- 
ron á la regla general del Concilio de Trento y á varias Cédulas que 
iban prescribiendo generalmente las visitas de los Obispos; y aun 
ellos mismos solicitaron con instancia varias veces la Visita (3). Y lo 
que más es, siguiendo el espíritu de las Constituciones de la Compa- 
ñía, que quieren que los Jesuítas se esmeren en complacerá los Pre- 
lados, aunque para ello sea preciso algunas veces renunciar á su 
derecho, no emprendieron fundación ni reducción alguna sin tener 
primero licencia del Obispo (4), 

(1) Apénd. núm. 34. 

(2) Céd. de 28 Dic. 1743 al fin, § Y últimamente. 

(3) MoNTOYA, Memorial de 1643, núm. 11, vid. Apénd. núm. 52. 

(4) Papeles de D. Pedro de Angelis. «Demostración de haber entregado los 
Padres de la Compañía de Jesús á las provincias del Paraná y Uruguay siempre 
con licencia de los Obispos ó Provisores en sede vacante.» 

22 Organización Social de las Doctrinas Guaraníes 



-338- 

El primer Obispo del Paraguay que después de fundadas algu- 
nas reducciones gobernó su sede durante los nueve años de 1628 
á 1635, fué el Ulmo. Sr. D. Fr. Cristóbal de Aresti, de la Orden de 
San Benito. A ruego, y aun importunación de los Padres, fué en 1631 
A visitar las Reducciones, dando de ellas informe muy honorífico al 
Real Consejo de las Indias (1). Y poco después de la conocida reti- 
rada del Guayrá, volvió en 1632 á visitar de nuevo las dos reduccio- 
nes de Loreto 3- San Ignacio, y juntamente las demás (2). Don 
Fr. Bernardino de Cárdenas visitó la reducción de San Ignacio 
guazú, de la que dio un testimonio honrosísimo, con que se pueden 
deshacer todas las inculpaciones que luego amontonó contra los Doc- 
trineros Jesuítas (3): y aunque no continuó á otras reducciones la 
Visita que allí había empezado, fué porque nunca más lo quiso ha- 
cer, ni se hallará rastro alguno fidedigno de haberlo intentado. An- 
tes bien, convidado cuatro años más tarde por el Gobernador Láriz, 
que se hallaba en Doctrinas, se excusó con especiosos pretextos (4). 
En 1649 visitó las Doctrinas el Deán D. Gabriel de Peralta (5): y 
en 1657 y 1660, hizo otro tanto el Dr. Adrián Cornejo, Gobernador 
eclesiástico del Obispado (6). D. Fr. Gabriel de Guillestigui, fran- 
ciscano, que sucedió al lUmo. Sr. Cárdenas (166Q á 1671) visitó las 
Doctrinas en 1670 (7). En 1674, las visitó el Provisor D. José Ber- 
nardino Cervín (8). El lUmo. Sr. D. Fr. Faustino de las Casas, Mer- 
ccdario (1676 1686), las visitó dos veces (9): y algunas de ellas, como 
la de Santiago, tres veces, en 1678, 1682 y 1684 (10). Hasta ya en- 
trado el siglo XVIII, no hubo Obispo que fuese al Paraguay: mas el 
primero que después llegó, el lUmo. D. Fr. José de Palos, francis- 
cano, en los diez años de 1724 á 1734 las visitó cinco veces (11). 
Tres veces las visitó su sucesor D. Fr. José Cayetano Paravi- 
sino (1743-1749), una en 1743, otra en 1744, otra en 1747 (12). Su su 
cesor, y último Obispo que alcanzaron los Jesuítas, el Illmo. Sr. La 
Torre, visitó las Doctrinas en 1759 (13) y dio mu}' favorable informe 



(1) Sevilla: Arch. de Ind. 75. 4. 13. 

(2) MoNTOYA, Memorial de 1643, mim. 11. 

(3) Apénd. núm. 71. 

(4) Trelles, Rev. del Arch. 1. 359. 

(5) Su auto (Chile: Bibl. Nac. MSS. Jesuítas /275). 

(6) Ibid. 
(7; Ibid. 

(8) Ibid. 

(9) Ibid.: y Jarque, Til, vii, 4. 
(10) Ibid.: y Jakque, III, vii, 4. 

(U) Su propio testimonio. Rio Janeiro: Col. Angelis, XITI. 46. 

(12) PeramAs, De admtii (ruaran. CLXXXVll. 

( 13) Parras, Viajes á las Misiones, en Trhlles, Rev. de la Bibl: IV. 341. 



-339- 

al Rey (1); á pesar de que él había venido de España con siniestras 
prevenciones. 

Y es muy de reparar que fueran tantas las visitas, siendo harto 
difíciles los viajes, y pocos los Obispos que administraron efectiva- 
mente la diócesis de la Asunción: pues, según escribía D. Agustín 
Fernández de Pinedo, Gobernador del Paraguay, remitiendo al 
Consejo de Indias el catálogo de los Obispos en 29 de Julio de 1777: 
«De los veintisiete Obispos, sólo vinieron doce á esta ciudad: y 
•de 230 años que han corrido desde la erección de la Catedral de la 
Asunción, sólo 80 años la han servido dichos Obispos» (2). 

El primer Obispo de Buenos Aires en cuyo tiempo hubiese re- 
ducciones ya establecidas en su diócesis fué el mismo Illmo. Señor 
Aresti, trasladado del Paraguay en 1635, y que murió en 1638 en 
Potosí. Instáronle muchas veces los Jesuítas para que hiciese Visita: 
y el mismo P. Montoya, que fué testigo de estas instancias, se las 
repitió otras veces (3). A fin de allanar la ejecución, bajaron al 
puerto de Buenos Aires 80 indios con balsas y con todo lo necesario 
para transportar al Obispo, según él había pedido, en aquel viaje de 
doscientas leguas (4). Mas no pudo cumplir el deseo suyo y de los 
Padres, por sus achaques y estado delicado de salud. Su suce- 
sor, D. Fr. Cristóbal de Mancha, Obispo desde 1641 hasta 1673, 
visitó las Doctrinas en 1648 (5). Segunda vez las visitó en 1670 
el Illmo. Guillestigui, Obispo del Paraguay, con pontificales del 
illmo. Mancha (6). En 1675 pasó Visita el doctor D. Gregorio Suá- 
rez Cordero, Visitador por el Deán y Cabildo sede vacante (7). El 
Illmo. Sr. D. Antonio de Azcona Imberto, Obispo desde 1676 hasta 
su muerte en 1700, visitó las Doctrinas año de 1681 (8). Hasta 1714 
duró la vacante: y el Illmo. Sr. D. Fr. Gabriel de Arregui, que ese 
año tomó posesión, fué trasladado al Cuzco en 1716. El Illmo. Sr. Fa- 
jardo, que llegó en 1717, visitó las Doctrinas en 1718, y dio por efecto 
de su Visita un informe lleno de elogios de la piedad cristiana y 
regularidad de los Guaraníes (9). Su sucesor el Illmo. Sr. D. Fr. Juan 
de Arregui, hermano de D. Fr. Gabriel (1731-1736), pasó por las Doc 



(1) Sevilla: Arch. de Ind. 123. 2. 14. 

(2) Hernaez, Colección de Bulas, II. 319, 

(3) Montoya, Memorial de 1643, núm. 11. 

(4) Buenos Aires: Arch. gen. leg. Compañía de Jesús: <testimonio de la ve- 
inidadelas balsas». 

(5) Sns autos, Chile: Jesuítas / 275. 

(6) Ibid. 

(7) Sus autos, Chile: Jesuítas/ 275. 

(8) Tarque, Insignes Misioneros, III, vu, 4. 

(9) Chil.: Jesuítas/ 275. 



101 



-340- 

trinas, aunque no de visita (1): y por no poderlo hacer él personal- 
mente, pidió al Tilmo. Palos le supliese en visitar y confirmar en las- 
reducciones de la diócesis de Buenos Aires, como lo hizo, visitándo- 
las dos veces (2). Sucedió al Sr. Arregui el Illmo. D. Fr. José de Pe- 
ralta (1736-1749): y visitó las Doctrinas en 1743, dando un informe 
tan honroso como se verá en el capítulo XIII. Al Illmo. Sr. D. Ca- 
3'etano Marsellano y Agramont, que le sucedió de 1747 á 1760, instó 
mucho el P. Provincial de los Jesuítas para que hiciese esta visita; 
pero se excusó por sus achaques (3). El Illmo. Sr. D. Manuel Anto- 
nio de la Torre, poco después de llegar de España, visitó en 1759 las 
Doctrinas de Buenos Aires al mismo tiempo que las de su diócesis 
del Paraguay: y dio un informe lleno de elogios tanto menos espe- 
rados, cuanto más desfavorables eran á los Jesuítas las circunstan 
cias del tiempo y las preocupaciones personales de este Prelado (4). 
Segunda vez visitó estas Doctrinas en 1764, siendo ya Obispo de 
Buenos Aires: y fué el último que hubo en tiempo de los Jesuítas. 

Se ve, pues, que en una y otra diócesis fueron muchas las Visi- 
tas que se hicieron á las Doctrinas, lo cual se hace más reparable 
en tan largas distancias, con tantas penalidades y tan difíciles me- 
dios de comunicación. Y habiendo sido por medio siglo dudoso ñ 
qué diócesis pertenecían algunas Doctrinas, como las de San José, 
San Carlos y Trinidad (5); eso no fué inconveniente para omitir sus 
Visitas, sino por el contrario, ocasión para que uno y otro diocesano 
las visitase, como en efecto lo hacían hasta que se zanjó la cues- 
tión de limites. En cada una de estas ocasiones, los Padres allana- 
ban en cuanto podían las dificultades del viaje (6), y eran los prime- 
ros en instar 3^ pedir para que se realizase la visita. 



XX 

DIEZMOS DE LOS GUARANÍES 

Cuando los Jesuítas empezaron á establecer sus reducciones de 
Guaraníes, hallaron en todo el país la costumbre de no pagar diez- 
mos ningún pueblo de indios. 

(1) Cardiki., Decl. núm. 45. 

(2) Su testimonio, Río Janeiro: Col. Ancklis, XIIT. 46. 

(3) C'AKD'hL, Decl. Tvúm. 45. 

(4) Simancas, 7405, Estado. 

(5) Laudo de 1727: Trkkkks, Anexos, núm. 41. 
(-b) Cakuikl, De morib. Guaran, cap. \'III. 



-341- 

Había existido un poderoso fundamento para introducirla. Los 
indios en esta región se podían llamar pobres de solemnidad. Lo poco 
que cultivaban y cosechaban no bastaba para su sustento, y ha- 
bían de recurrir A la caza; no ciertamente porque el país no fuese 
mu)' fértil, que sí lo era; sino porque faltaba en ellos constancia para 
e\ trabajo, orden y previsión en lo que emprendían y economía 
después de haber cosechado, cosas todas contrarias á su natural in- 
dolente y á su corta capacidad. Agregábase d esto el hallarse re- 
partidos en encomiendas, lo cual, por abuso de los encomenderos, 
todavía les acrecentaba la necesidad y la miseria. No pagaban por 
tanto diezmos porque no tenían de qué. Durante el transcurso de 
casi todo el siglo xvii no se le ofreció seriamente á nadie que los in- 
dios reducidos por los Jesuítas hubiesen de pagar diezmos, cuando 
ni los pagaban las reducciones administradas por religiosos francis- 
canos, ni las que tenían los clérigos seculares. Tanto más, que las 
reducciones de Guaraníes hechas por los Jesuítas habían experi- 
mentado desastres y persecuciones que no les habían dado punto de 
reposo durante largos años y casi las habían arruinado. 

Mas hacia fines del siglo, habiendo hecho su Visita canónica el 
lUmo. Sr. Obispo D. Antonio de Azcona Imberto, informó al Rey 
que le parecía extraño que aquellos pueblos no pagasen diez- 
mos (1). Y esta fué la ocasión para que el Consejo de Indias juzga- 
ra deber entrar en la averiguación del punto, tratándose ya de im- 
ponerles esta nueva carga. 

Los Padres, que procuraban defender con empeño los derechos 
de los indios, que ellos, ignorantes ó indefensos, nunca hubieran sa- 
bido sostener; y, movidos de amor al bien de aquellos cuya conver- 
sión les había costado tantas fatigas, procuraban librarlos de cuan- 
tas cargas podían justamente, para no hacerles duro el yugo de la 
religión y de la Fe; representaron la razón que á todos los indios 
había eximido en América de diezmos por su pobreza, confirmada 
por una costumbre más que centenaria. Añadieron que estaba de- 
cretado por Cédulas reales é incorporado en las le3^es de Indias, que 
en ninguna parte se impusiesen de nuevo los diezmos, si había cos- 
tumbre de no pagarlos. Finalmente, expusieron otra razón funda- 
mental, y era la de que, siendo los diezmos ordenados para sustento 
del culto y de sus ministros, á lo uno y á lo otro satisfacían cumpli- 
damente los indios, pues el sustento de los ministros salía del tributo 
que los indios pagaban, y el culto de las iglesias y cosas sagra- 

(1) Cédula real de 15 de Octubre de 1694. 



-342- 

das se mantenía lucido como en pocas partes por medio de eroga- 
ciones voluntarias (1). Y habiendo dado el Sumo Pontífice al Re)' de 
España el dominio de todos los diezmos de América, en mano de Su 
Majestad hubiera quedado el eximir de ellos á los Guaraníes, ha- 
biendo causa; y mucho más lo estaba el declarar que no tenían obli- 
gación, habiendo aquellas cuatro poderosas razones. 

Esta exposición tuvo su efecto, y por muchos años no se pensó 
ya en la imposición de los diezmos. Pero en 1743, quizá por conse- 
cuencia de algún otro menos acertado informe, ordenó el Monarca 
al Provincial del Paraguay que le expusiese algún medio con que 
suavemente se pudiera verificar entre los indios el pago de diezmos. 
La proposición del medio se hizo, y en virtud de ella expidió Fer- 
nando VI la Cédula real de 26 de Agosto de 1748; en la cual impo- 
nía á cada uno de los pueblos de indios Guaraníes de las Doctrinas 
cien pesos anuales por vía de diezmos y con título de mayoy servi- 
cio, que se habían de destinar al fomento de nuevas Misiones. Desde 
entonces hasta la expulsión de los Jesuítas se siguió añadiendo 
al tributo de un peso por cabeza al pago de cien pesos por mayoy 
servicio. Práctica que continuó igualmente hasta 1811. 

(1) Memorial del P. Burgés, núms. 4. 43. (Apénd. núm. 53,\ 



CAPITULO XI 



PERSONAL DE LOS JESUÍTAS 
EN LAS DOCTRINAS 

1. El Misionero individualmente. — '_. Elección de las personas. — 3. Vida de 
los Misioneros. — 4. Mártires. — 5. Hermanos Coadjutores. — 6. El Superior. — 7. In- 
flujo de los .Misioneros sobre sus feligreses. — 8. Causas del influjo. — 9. El Procu- 
rador á Europa. — 10. La expedición. 



I 

EL MISIONERO INDIVIDUALMENTE 102 

Importa en gran manera darse cuenta de la calidad y acc¡(')n de 
las personas que intervinieron en el régimen de las Misiones del Pa- 
raguay. El religioso puesto al frente de cada uno de los pueblos era 
con toda propiedad un misionero. 

Esto, que con respecto A los primeros tiempos no necesita demos- 
tración, por haber sido los Jesuítas quienes sacaron aquel gentío 
del estado de infidelidad, recogiéndolos de las selvas por las que an- 
daban dispersos, y reduciéndolos á poblado y á vida cristiana y civil: 
es asimismo verdad aun en los últimos tiempos en que los Jesuítas 
asistieron en el Paraguay. Los indios de las Doctrinas eran verda- 
deros neófitos, como ya se ha hecho ver; los trabajos que para cuidar 
de ellos se habían de tomar eran los propios de las misiones de infie- 
les más pesadas. 

Preciso era aprender una lengua nueva y nada fácil, así por la 
extrañeza de las raíces como por lo gutural de la pronunciación. El 
doctrinero quedaba fijado para en adelante en medio de una gente 
ruda y grosera, sin más sociedad que la de aquellos indios. La ins- 
trucción en las cosas de la fe había de ser asidua y fatigosa, dada la 
corta capacidad de los oyentes; la paciencia en sufrirlos invencible: 
3' perpetua la cautela en evitar las ocasiones de que uno ó varios y 



— 344 — 

aun gran parte del pueblo se retirasen á los montes ó á los infieles, 
abandonando la vida cristiana. Y sobre la solicitud de lo espiritual, 
se añadió la pesadísima carga de cuidar de los bienes temporales, 
sin los cuales era cierto que no tenían para comer ni para vestir; }- 
lo que peor era, que urgidos por el aguijón del hambre, se huían á 
los montes á buscar sustento, andaban errantes, y volvían á las cos- 
tumbres de su gentilidad. En suma, con tener las Doctrinas ciento 
cincuenta años de existencia al tiempo del extrañamiento de los Je- 
suítas, eran todavía una cristiandad en formación: en buen estado, 
sí, pero que necesitaba de los continuos cuidados y desvelos del mi- 
sionero. 

Fuera de los trabajos propios de su pueblo, presentábase A veces 
ocasión de recibir en su misma Doctrina un contingente de infieles 
que venían á reducirse: ó salir el mismo doctrinero á recorrer bos- 
ques 5^ selvas para atraerá los salvajes más inmediatos, como suce- 
día especialmente hacia los puntos extremos de las Doctrinas, Cor- 
pus y Yapeyú. Y no pocas veces era llamado el párroco de los 
Guaraníes para dedicarlo á abrir nuevas misiones de infieles: tal fué 
entre otros el caso del P. Arce, fundador de las misiones de Chiqui- 
tos; tales los del P. Cardiel para entablar las misiones de Mocovíes 
en el Chaco, 3" del P. Sánchez Labrador, para reducir á los Mbayás. 

Por todos estos motivos era el doctrinero de Guaraníes un misio 
ñero en el propio sentido de la palabra, como los que en todos tiem- 
pos ha destinado la Iglesia al ministerio de convertir infieles. Para 
este oficio es ante todo necesaria la vocación, impulso interior sobre- 
natural con que Dios mueve á los que elige para la grande obra: v 
la vocación nunca faltó en la Compañía de Jesús. Y aunque en la 
misma vocación de Jesuíta se encierra la vocación para las Misiones, 
por ser la Compañía un instituto ordenado á la propagación de la fe, 
y por lo mismo se cuenta este ministerio entre los especialmente pro- 
pios de ella, y está dispuesto que se envíen á las misiones extranje- 
ras los sujetos que se reconozca ser aptos aún sin pedirlo ellos (1), lo 
cierto es que el intenso fervor de vida espiritual de los Jesuítas en 
todos tiempos produjo tantas peticiones de misiones de infieles, que 
por la mayor parte los enviados eran algunos de los que las habían 
pedido, yn que á todos no era posible satisfacer. 

Es éste un hecho que hoy mismo se puede verificar en Ar 
chivos públicos de Europa, adonde han ido á parar los papeles de 
los antiguos Jesuítas. Así, en el Archivo del Estado italiano en 

(1) Congregación 8. '^ sesión 24. (Vid. Indhx c.f.n. verb. Missiones). 



— 345- 

Roma, (1) se encuentra una sección especial consagrada á los Indipe- 
tas ó Indi pet cutes, en que se guardan las cartas originales de los 
que pedían al M. R. P. General las misiones de Ultramar ó Misiones 
de Indias. Ocupan su lugar allí todas las naciones 3" todas las provin- 
cias de la Compañía. Veinte volúmenes en folio por lo menos hay de 
estas cartas, con algunos legajos sueltos más: y es cierto que no es- 
tán allí todas; pues otras varias cita el P. Antonio Huonder (2). De 
las provincias de España se encuentran en el citado Archivo algo 
más de mil cartas ó peticiones en dos legajos sueltos, habiendo sido 
deshechos los volúmenes que las contenían; y parece que se han per- 
dido muchas. De las provincias de Alemania enumera el citado 
P. Huonder en colecciones privadas 760, 3' opina fundadamente que 
faltan muchas 3' que el número total sería de algunos millares. De 
las provincias de Italia cuenta un catálogo contenido en el mismo 
Archivo de Estado en Roma hasta 9023 cartas desde 1589 hasta 1770. 
Siéntese el ánimo conmovido al registrar en aquellos volúmenes 
esta página íntima de la vida de los religiosos 3' de la Orden misma. 
Los autores de las cartas escriben derramando su corazón 3' confián- 
dose al afecto paterno del Genera] de la Compañía. Exponen unos 
sus deseos y los impulsos interiores y repetidos con que les llama 
Dios á consagrarse á los trabajos de las misiones de Ultramar en 
cualquier región del mundo: otros los declaran para una misión par- 
ticular, como Filipinas, el Japón, el Paraguay, etc., y ésa piden, 
resignándose empero con indiferencia en las manos del Superior 
para aquella ó para cualquiera otra. No pretenden descansos, diver- 
sión ó satisfacción de la curiosidad, sino el servicio de Dios 3' la sal- 
vación de las almas; ni se lisonjean siquiera con hacer gran fruto y 
numerosas conversiones entre los infieles, sino que ofrecen sus perso- 
nas al trabajo 3- dejan ese cuidado á la bondad de Dios; ni se arre- 
dran por las fatigas, penalidades 3' aun peligros de perder la vida á 
que se han de ver expuestos; antes los miran de frente 3^ se lanzan 
á ellos: y lo que más es, algunos expresan haber empezado á tener 
el deseo de las Misiones justamente por la noticia de los riesgos y 
de las muertes que otros habían padecido por Cristo en este santo 
ministerio, anhelando ser participantes de tan buena suerte. Algu- 
nos, y no son pocos, escriben al Padre General exponiendo su peti 
ción después de muchos años de sentir en sí tales deseos, 3' cuando 
ya han probado con obras que no son veleidades pasajeras: v todos 
lo hacen después de haberlo pensado maduramente delante de Dios 

(1) Roma: Archivio di Stato Fondo del Gesti Indipete. 

(2) Huonder, Deutsche Jesuiten missionare, 1899, pág. 42, nota, et alibi. 



— 346- 

y consultado con sus directores espirituales. Ni faltan ejemplares de 
sujetos á quienes dilatándose el otorgarles la petición, repiten sus 
cartas dos, tres y muchas veces más en diversas ocasiones. Pueden 
verse algunas muestras de esta clase de cartas en el Apéndice, nú- 
mero 36. 



II 
IQ3 ELECCIÓN DE LAS PERSONAS 

No á cualquiera que las desease y pidiese concedía las Misiones 
de infieles el P. General de la Compañía (único á quien corresponde 
destinar los Jesuítas á estas Misiones, cuando no interviene designa- 
ción expresa del Sumo Pontífice); sino que habían de concurrir en el 
agraciado varias cualidades que le hicieran especialmente apto para 
ministerio de tamaña trascendencia. 

Para que se forme idea del exquisito cuidado con que siempre 
ha elegido sus misioneros la Compañía de Jesús, bastará exponer lo 
que ordinariamente se practica en tales casos. El P. General se in- 
forma por medio del Provincial y de otros religiosos de las circuns- 
tancias personales del candidato: los cargos que ha tenido: y si tuvo 
alguno de gobierno, con qué satisfacción lo desempeñó: si tiene 
fuerzas corporales y salud para los trabajos de la misión: si le acom- 
pañan prudencia y talentos bastantes para hacer fruto en la Misión: 
y expresamente qué lenguas sabe y qué facilidad ó dificultad tiene 
en aprender otras nuevas: si tiene deseo de Misiones: y si habiéndo- 
las pedido, parece que lo hace por deseo de vida más libre en que 
seguir su voluntad: ó si, no habiéndolas pedido, las tomará de buena 
gana: si es afable y tratable, y si se sabe acomodar fácilmente al 
humor de otras naciones: cuál es su firmeza de cabeza, si es tran- 
quilo, ó al contrario, de fantasía alborotada; si parece constante en 
su vocación, y tan adelantado en virtud, que pueda ser expuesto con 
seguridad á las dificultades y riesgos de aquella misión: y en par- 
ticular, si tiene tanto amorá la oración y disciplina rejiular, que en- 
tregado á sí mismo, parece que cumplirá con los ejercicios y prácti- 
cas espirituales, y observará las Constituciones y reglas de la 
Compañía: si es mortificado, amante de la pobreza }' obediencia, 
humilde }■ cuidadoso de conservar la paz y caridad fraterna: si trata 
con el debido respeto á los prelados y á las personas de categoría, y 
si acaso es propenso á familiarizarse con seglares: y finalmente, si 



-347- 

tiene celo de las almas, y está dispuesto á soportar por la honra de 
Dios y la salvación de los prójimos las molestias que se ofrezcan (1 ). 

Si no igual en la forma, igual por lo menos en la sustancia ha 
sido en todos tiempos la información sobre los que habían de ser en- 
viados á las Indias, exigiendo en ellos la Compañía no sólo el conjunto 
de prendas de salud, talentos y prudencia necesarias para el cargo 
que habían de desempeñar; sino además el ejercicio de las más sóli- 
das virtudes de la vida sobrenatural: y todo ello probado por espacio 
de largos años. 

Por su parte, quien se sentía con vocación especial para las mi- 
siones extranjeras, la reconocía como insigne beneficio de Dios: y 
según el consejo de San Pablo de no recibir en vano ni descuidar la 
gracia de Dios (2), procuraba cultivar su vocación, previniéndose 
para el tiempo en que se le otorgase realizarla. He aquí los pruden- 
tes avisos que se daban como norma á los deseosos de misiones de 
Ultramar, como se han conservado en un cuaderno de instrucciones 
para los misioneros de las provincias de Alemania. Titúlase Instruc- 
ción para los qiie tienen deseos de ir á las Misiones de Indias (3); y 
se divide en cinco capítulos que tratan respectivamente de las cuali- 
dades del Misionero según San Francisco Javier, de los motivos que 
según él mismo han de animarlo; respuesta á varias dificultades; 
avisos útiles; ideal del Misionero Jesuíta. 

Las cualidades son grande y sólida virtud— ciencia, no cualquiera, 
sino bien fundada y completa en cuanto pueda ser — resistencia corpo- 
ral — y costumbre de sufrir incomodidades y molestias. 

Los motivos son: el gran provecho que con este ministerio se hace 
en las almas — pasar de este modo el purgatorio en vida, mereciendo 
luego librarse de él — los consuelos que Dios cuida de dar al alma dtl 
Misionero — ser las misiones animoso ejercicio de despreciar los peli- 
gros y aun la muerte misma— el temor de un castigo de Dios á quien 
fuere infiel á su llamamiento— ocasión de adquirir más seguramente 
la perfección y renunciar á todo por Dios— invitación fervorosa del 
santo x^póstol de las Indias á todos los sacerdotes, en la que expre- 
samente designa como operarios muy aptos á los Jesuítas alemanes. 

Estos dos capítulos están confirmados en cada punto por citas 
del Santo. 

Propónense luego las dificultades. Que el Misionero alemán, añ- 



il) Fórmula prescrita por el P. General Francisco Retz á 2 de Octubre 
de 1734, completada por el P. General Pedro Beckx á 13 de Enero de 1859. 

(2) II Cor. VI. 1. 

(3) Instructio pro candidatis ad indos. 



-348- 

sioso de trabajar, se verá condenado á la inacción: y en vez del mar- 
tirio que anhela, vendrá á ser mártir del ocio: y en lugar de un gran 
número de infieles á quienes convertir le darán un corto número de 
niños que enseñar. — Mas se responde con el ejemplo de Cristo nuestro 
Señor, quien por treinta años permanece en Nazareth en aquella que 
parece inacción, y con todo es acción tan enérgica, que trasciende 
su eficacia á todos los siglos venideros. — Que hallará peligros de ruina 
espiritual. R. Esos los tiene también en Europa: y en ningún paraje 
estará más seguro que donde Dios le llama. — Que se resfría el fervor 
religioso en misiones. R. La experiencia convence lo contrario. 
— Bastan para las Indias los Jesuítas de España y Portugal. R. No 
bastan: y á algunos de ellos no los llama Dios: ¿por qué tú, á quien 
llama, no obedeces á su voz? — Que en las Indi;is se atrae un Misionero 
el odio universal: los indios no se convierten, y los cristianos anti- 
guos le miran con aversión. R. Cosas semejantes ocurren en Europa: 
^:acaso por eso se han de abandonar los ministerios? Además, para 
prevenir la malevolencia contra indios y Misioneros, dan favor va- 
rias Cédulas Reales. — Por corolario se añaden como nuevos incenti- 
vos para las Misiones las grandes molestias corporales que llevan 
consigo: la abnegación del honor 5" de la fama, y la de la propia 
voluntad y propio juicio: donde se tocan varios puntos de la vida 
práctica harto duros. 

Los documentos que se recomiendan á la consideración y diligen- 
cia del candidato son la alteza de la vocación de Dios para Misiones 
— la fidelidad debida en corresponder á ella y las penas que se 
siguen á la infidelidad— que mire como fin segundo el fruto de con- 
versiones, siendo su primer fin dar gusto á Dios y cumplir su volun- 
tad: de otro modo corre peligro de ser engañado miserablemente 
por el demonio— que no importune á los Superiores, no sea que más 
tarde se arrepienta como quien ha emprendido la tarea por su propia 
voluntad — fomente los deseos de alguna misión especial si ya los 
tiene; v si su vocación es á cualquiera Misión indiferentemente, en- 
térese de las circunstancias de cada una: y aquí se nombran como 
las más apostólicas de la Asistencia de Portugal la China, el Japón 
y el Maduré. — No se deje preocupar de tantas calumnias como se pro- 
fieren contra la Compañía, antes conociendo que son falsas, gócese 
en acompañar á tan buena Madre en la infamia que padece por 
Cristo. — Fomente en sí un gran celo: guárdese de murmurar de los 
Superiores, y entienda que uno de los fines más importantes de 
enviar los sujetos de Europa á las Indias es el de mantener la unión, 
y evitar que la Compañía de allende desmerezca de lo que debe ser. 



-349- 

— Por lo mismo ponga gran empeño en adelantarse en la perfección. 
— Sea circunspecto en el hablar. — No se muestre parcial á favor de los 
españoles europeos, ni á favor de los españoles americanos. — Ni alabe 
las cosas de su patria, dejándose llevar de la inclinación de la natu- 
raleza, sino las de los españoles entre quienes mora: ó si no las 
puede alabar, no las vitupere por lo menos. — Ande solícito de la casti- 
dad: guárdese de la oculta soberbia: y sepa que con ser tan lascivos 
los indios, ellos mismos se escandalizan notablemente aun de las 
leves faltas de un religioso: y si alguno en otros tiempos hubiere 
tenido cualquier mal hábito, delibere bien, por más que se sienta 
enmendado, y repare en los graves riesgos que allí amenazan á esta 
virtud. — Adquirir alguna práctica de artes mecánicas, de medicina y 
de farmacia, que será de gran utilidad. — Guárdese de pedir las Misio- 
nes por estar sentido de alguna dureza en los Superiores ó por no 
haber obtenido el grado que deseaba: de lo contrario, experimentará 
sin mérito y cuando ya no haya remedio la dureza de otros y el so- 
brecejo español. — Ocúpese asiduamente en el estudio, que también 
allí hace mucha falta. — Sepa que en ninguna parte está más seguro 
que donde le pone la obediencia. — No se cargue de muchas cosas 
para el camino. 

Finalmente, el último capítulo resume el ideal de un verda- 
dero Misionero Jesuíta en tres puntos: abnegación, humildad y obe- 
diencia, explanando estos tres conceptos conforme á los rectos dictá- 
menes de la ascética, y exigiendo el ejercicio continuo de las virtu- 
des sólidas 3' perfectas. 

Estos eran los hombres que la Compañía enviaba á las Misiones. 
Cualidades que conviene tener presentes, así para entender los efec- 
tos producidos por la acción de instrumentos de este temple coope- 
rando con la gracia divina, como para distinguirlos del falso retrato 
que de ellos hicieron émulos interesados en difamarlos. 



III 
VIDA DE LOS MISIONEROS 104 

Los religiosos que como Curas ó Compañeros moraban en las 
Doctrinas Guaraníes, sea en sus principios, sea después de tenerlas 
ya firmas }' asentadas, eran regidos por una severa observancia 
regular, como se podrá ver le3'endo sus detalles en el P. Cardiel- 



- 350 - 

Declaración de la verdad, § 9. Aquí no se hará sino tomar algunos 
rasgos del resumen que él mismo hace en su opúsculo De inoribus 
guaratiiorum, cap. V. 

«A las cuatro de la madrugada» dice «nos levantamos al toque de 
la campana. Pasado un cuarto de hora, se da la señal del Ángelus 
para el pueblo. Después de otro cuarto de hora, empieza nuestra 
oración mental. A las cinco y cuarto abre el portero la puerta á los 
sacristanes 3^ cocinero. A las cinco y media se da señal al pueblo 
con la campana de la torre; y con nuestra campana de casa se toca 
á fin de oración. Después de la Misa se administra el Viático y Ex- 
tremaunción á los que lo necesitan... á no ser que la necesidad 
obligue á anticipar la hora; y se da sepultura á los cadáveres. Des- 
pués de las Horas canónicas se oyen confesiones si las hay. A las 
diez y cuarto nos tocan á examen de conciencia. Sigue después la 
comida y quiete. A las dos de la tarde toca la campana de la torre á 
vísperas... A las cinco, después del Catecismo de los niños, se reza 
en la Iglesia el Rosario, terminando con el Acto de contrición y el 
Bendito cantado... Después de lo cual, despachados si ocurren algu- 
nos ministerios parroquiales más, nos retiramos á cumplir con las 
obligaciones del rezo y disciplina regular hasta las nueve en verano. 
En invierno se sigue el mismo orden, empezando poco más ó menos á 
la misma hora, y llamándonos once veces al día siempre la campana 
regular, lo mismo que en los colegios.» «Todos los sacerdotes se 
confiesan á lo menos dos veces cada semana: y algunos, todos los 
días. Cada lunes ha)' conferencia de casos de moral, leyendo uno 
algún autor aprobado, y discurriendo luego con el Compañero ó 
Compañeros sobre la materia leída.» 

Cada seis meses renovaban los que todavía no hubiesen hecho 
los últimos votos, con los tres días de ejercicios y las demás prácticas 
acostumbradas en la Compañía de Jesús para la renovación del espí- 
ritu; á este fin los convocaba el Superior en dos ó tres pueblos, asis- 
tiendo él para dirigirlos, y dándoles él mismo los puntos, ó haciendo 
que se los diese otro Padre de los más antiguos. Todos hacían ade- 
más cada año ocho días enteros de ejercicios espirituales, que no se 
omitían ni dispensaban por graves y multiplicadas que fueran las 
otras ocupaciones: y para evitar ocasiones de que le distrajeran, el 
Cura pasaba á hacerlos á otro pueblo diferente del su3'o. 

Sobre tener el tiempo tan ocupado con los oficios y prácticas del 
orden espiritual, se ha visto en su lugar la solicitud que añadía al 
Misionero el cuidado de lo temporal de su Doctrina; y todo junto 
venía á constituir una de las cargas más pesadas que había en la 



-351 - 

provincia religiosa del Paraguay; que ni siquiera se hallaba suavi- 
zada con el trato y comunicación familiar con los demás religiosos, 
como en los colegios, ó con personas de instrucción y buena sociedad; 
pues en aquellos parajes no había otros habitantes que los indios, ni 
otro idioma que la lengua de los indios. 

Con todo eso, no han faltado quienes quisieran pintar el oficio de 
Curas y la habitación en las Doctrinas como un empleo lleno de con- 
veniencias 3' regalos, y tanto, que dicen que los Padres más graves 
de la provincia apetecían una plaza de Curas como jubilación y des- 
canso (1). Pero semejante aserción revela sobra de ignorancia ó de 
malicia. Nada de todo esto era verdad. No eran las Doctrinas para 
personas graves que necesitasen regalo y cuidados, sino para hom- 
bres robustos y aptos para atender á tantas incumbencias que reque- 
rían su mano y sin ella pronto se hubieran desordenado y quedado 
abandonadas; no era el empleo de Cura oficio de descanso sino de 
trabajo; ni deseaban los Padres aquel cargo, sino que, como se ha 
hecho notar en otra parte (2), abundan testimonios de lo contrario. 
Finalmente, las Doctrinas no eran el paradero de los sujetos graves 
de la provincia, sino al contrario, la fragua donde se templaban los 
ánimos de aquella provincia apostólica y misionera, y de donde salían 
los Superiores, Rectores y Provinciales, que muchos de ellos habían 
pasado largos años en Misiones; como también los Procuradores á 
Roma y Madrid, que habían de abogar en defensa de los indios, y 
traer nuevo contingente de Misioneros. 



IV 
MÁRTIRES 105 

El doctrinero Jesuíta de los pueblos Guaraníes soportaba todas 
las fatigas y trabajos propios del oficio de Misionero; y no retrocedía 
aun cuando para llevar adelante su empresa hubiera de arrostrar y 
sufrir la muerte; sacrificio que á las veces exige nuestro Señor Jesu- 
cristo de los predicadores de su divina Ley, queriendo que le den 
testimonio, no sólo con la palabra, sino también con la sangre y la 
vida. 

(1) Pseudo-ANGLÉs, Informe, núm. 20: Gakay, Prólogo al P. Techo, pág 49; 
Brabo, Inventarios, pág. 51. 

(2) Cardiel, Declaración de la verdad, Introd. pág. 25. 



- 35l: - 

Las tres primeras víctimas de esta calidad fueron también los tres 
primeros mártires de la diócesis de Buenos Aires, sacrificados en el 
Caro en 1628. Desde 1611 hasta 1628 había discurrido como una 
ardiente centella por las riberas de los ríos Paraná y Uruguay, mo- 
rada de los Guaraníes entonces infieles y salvajes, el P. Roque Gon- 
zález de Santa Cruz, paraguayo de noble familia emparentada 
con la del famoso Gobernador Hernandarias, llevando á todas partes 
la palabra de Dios, é impeliendo á entrar en el redil del divino Pas- 
tor aquellas ovejas extraviadas. Hecho su aprendizaje en la primera 
de todas las reducciones jesuíticas San Ignacio Guazú, cuando ya 
había dado muestras de su gran ánimo en la Misión de los Guaicurúes, 
subió el Paraná arriba para convidar á los caciques Guaraníes á re- 
ducirse; y bajó también casi hasta la ciudad de Corrientes, fundando 
la reducción de Santa Ana; estableció con el P. Diego de Boroa la 
reducción de Itapúa; y penetró en 1619 en su deseado río Uruguay, 
donde echó los cimientos del pueblo de Concepción, punto avanzado 
para emprender las reducciones de toda la comarca del Uruguay, y 
aun para extenderse á las sierras del Tape y llegar al Océano Atlán- 
tico. Cuando siete años más tarde le abrió camino la Providencia de 
Dios para seguir adelante, fundó á Yapeyú, á San Nicolás, á San 
Javier de yaguaraitíes; asentó la Candelaria en Ibicuití y después en 
el Caazapaminí, pasó á registrar las comarcas de la sierra interior; 
y de regreso estaba entablando junto á los ríos Yyuíes otras dos 
nuevas reducciones de Asunción y Todos Santos del Caro. Aquí fué 
donde le alcanzó la perfidia del mago Nezú, quien por odio á la reli- 
gión cristiana, que le prohibía la multiplicidad de mujeres, las borra- 
cheras y las costumbres de su infidelidad, trazó la muerte, no sólo del 
Padre González, sino también de todos sus compañeros, queriendo 
acabar con cuantos religiosos predicaban el Evangelio en aquella 
comarca. Murió, en efecto, el P. Roque González, roto el cráneo á 
golpes de macana, y despedazado y arrojado el cuerpo en una ho- 
guera, quedando intacto con sucesos milagrosos el corazón; murió 
su compañero el P. Alonso Rodríguez, ultimado delante de la iglesia 
de la reducción; y el hechicero Nezú instigó con sus furiosos discur- 
sos á los asesinos que dieron martirio al P. Juan del Castillo, arras- 
trándole por pedregales. Y si no perecieron todos los otros Misione- 
ros, se debió á la valerosa defensa de los neófitos de San Nicolás. 
Poco después daba igualmente su vida por Cristo el P. Cristóbal de 
Mendoza. Un hechicero había martirizado al P. Roque González en 
los bosques del Yyuí después que había evangelizado el Paraná y el 
Urugua}^; otro hechicero daba muerte con exquisitos tormentos en 



- 3ñ3 - 

la sierra del Hierbal al intrépido cruccño evangelizador del Tape 
como antes lo habia sido del Guaira. No habían pasado muchos años 
más, y ya otro Misionero de los Guaraníes, el P. Pedro Romero, que 
deploraba habérsele escapado la ocasión de acompañar en el martirio 
al P. Roque González cuando estaba en la misma región del Uruguay, 
halló la suspirada palma al fundar la reducción de Santa Bárbara de 
Guiraporas. Y de las mismas Misiones de Guaraníes, donde era Cura 
del pueblo del*Santo Ángel, salió el insigne guipuzcoano P. Juli;in 
Lizardi, á recibir el martirio entre los chiriguanos, de la misma raza 
que los Guaraníes, en 17 de Mayo de 1735, en el valle del Ingre (1). 

No lejos de la comarca donde los tres gloriosos mártires del Garó 
habían dado su vida por la fe de Cristo, perdió también la suya en 
1639 el Superior de Doctrmas P. Diego de Alfaro por cumplir su oli- 
cio pastoral de defender los indios puestos á su cuidado, animándoles 
con sus exhortaciones y consejos, de que indignado uno de los por- 
tugueses del Brasil, le dio muerte de un arcabuzazo. Y aun hubo 
fundamento para creer que intervenía en la alevosa muerte también 
el odio de la fe, porque el P. Alfaro, por ser Comisario del Santo 
Oficio, 3' tener además delegación del Illmo. Obispo de Buenos Aires, 
había intimado el año antes las excomuniones á aquellos foragido^, 
si continuaban esclavizando como lo hacían á los indios cristianos. 
Lo cierto es que cuarenta Doctores españoles de las Universidades 
de Alcalá y Salamanca, y de varias órdenes religiosas en Madrid y 
otras ciudades calificaron la muerte como rigoroso y propio martirio. 
Semejante á éste fué el caso del P. Alonso Arias en 1648 en las re- 
ducciones de los itatines. 

Muertes más oscuras y de causa más incierta, pero de gran pre- 
cio delante de Dios, sufrieron otros Misioneros de Guaraníes, como 
los Padres José de Arce y Bartolomé Blende entre los bárbaros pa- 
j'^aguás mientras buscaban el ansiado camino para el Perú, que había 
de facilitar extraordinariamente las tareas apostólicas del Chaco (2); 
el P. Pedro de Espinosa, mientras conducía un rebaño de ovejas á 
los desvalidos fugitivos del Guaira (3); el P. Tomás García, muerto 
en 1763 á manos de los portugueses (4); los PP. Javier Urtazún y 
Baltasar Seña, que murieron de inanición por la extremada penuria 
de las Doctrinas (5). A esta lista pudieran agregarse los que en mu- 
chas ocasiones tuvieron expuesta su vida á la furia de los bárbaros }' 

(1) Lozano, Vida del P. Lizardi, capp. IV, XX\'. 

(2) Charlkvoix, Hist. del Paraguaj', lib. XVI. 

(3) Techo, Hist. del Paragf. lib. XI, cap. IX. 

(4) MS. Mapa de Doctrinas, existente en Loyola. 

(5) Mastrili, Litt. ann. 162b, pág. 39. 

23 Organización Social de las Doctrinas Guaraníes 



— 354 — 

estuvieron á punto de perecer, como el P. Antonio Ruiz de Monto- 
5'a (1); los PP. Miguel Palacios y Miguel de Herrera, que á duras 
penas se libraron de morir á manos de los mismos Guaraníes de Doc- 
trinas, alborotados en 1753 porque fervorosamente les predicaban la 
transmigración (2); y otros que hicieron el sacrificio de su fama, como 
el P. Miguel Marimón, torpemente calumniado por el mismo motivo, 
3' que por causa de la calumnia hubo de ser separado de las Misiones 
y aun recluido por sus superiores, averiguándose sólo después de 
algún tiempo su inocencia (3); caso que no fué único, sino que había 
tenido sus precedentes, 3^ algunos con circunstancias 3' penas harto 
más graves. 

Otorgó Dios nuestro Señor á estas Misiones tales ejemplares de 
sacrificio para que todos se animasen á imitarlos y confiasen que la 
intercesión de tan poderosos y valedores para con Dios haría fruc- 
tuosos los trabajos de los demás. Y si no todos los Doctrineros fueron 
mártires, ni aun eran los mártires en crecido número, cierto es que 
todos estaban dispuestos para serlo, pudiendo aplicárseles con verdad 
la sentencia de que no faltaron ellos al martirio, sino que les faltó á 
ellos la ocasión de padecerlo. 

V 
106 HERMANOS COADJUTORES 

A imitación de los demás santos patriarcas de las órdenes reli 
giosas, estableció San Ignacio de Loyola en la Compañía los legos ó 
hermanos Coadjutores que ayudasen á los sacerdotes en los oficios 
domésticos, á fin de dejarlos expeditos para los ministerios espiritua- 
les. Con todo eso, los Misioneros de Doctrinas se vieron privados 
por la ma3^or parte aun de la compañía de estos útiles auxiliares que 
les habían de ser de tanto alivio 3' consuelo, máxime siendo necesario 
industriar 3^ dirigir á los indios en las artes mecánicas. 

A los principios no hubo ningún hermano Coadjutor en las Doc- 
trinas, sino sólo sacerdotes; y á éstos son á quienes se ve iniciar á 
los indios en la agricultura 3^ en las artes. Más tarde fueron enviados 
algunos Coadjutores, pero siempre en corto número, así por la esca- 
sez de buenos artífices, como por requerirse especiales condiciones 
para residir en Doctrinas. 

(1) Tf.cho, lib. VII, cap. XII. 

(2) RscANDÓN, Transmigración, § 8. 

(3) Ibid, § 15. 



-355- 

En un Memorial dirigido en 1632 al P. General Mucio Vitelles- 
chi por los Padres de las Reducciones, decían los Misioneros: «Piden 
y suplican á Vuestra Paternidad les envíe cuatro hermanos Coad- 
jutores que asistan con ellos en las dichas Reducciones, y los ali- 
vien el trabajo que tienen en las cosas temporales: 1.° para cuidar 
de las sementeras, estancias de ganados y viñas: 2.° otro que sea 
sastre y les haga lo necesario del vestuario, y remiende cuando está 
roto: 3.° otro que entienda algo de botica, medicina, barbería y 
enfermería: 4.° otro que sea pintor, para hacer los retablos de las 
iglesias y casas, etc : y que ésos estén á disposición del Superior de 
las dichas Reducciones, para mudarlos de una Reducción á otra, 
■como juzgare convenir» (1). Es probable que algunos de los pedidos 
fueron enviados allá, pues el P. General en la respuesta mostró 
mucho interés en satisfacer los deseos de los Misioneros: y aunque 
fuesen los cuatro pedidos, ya se ve cuan pocos eran para diez y 
ocho ó veinte pueblos y muchos millares de indios. 

Para entonces ya estaban en Doctrinas el hermano Berger, de 
quien luego se hablará, y un hermano Bartolomé Cardeñosa ( t 1658), 
quien parece era perito en fábricas de edificios, y á quien el P. Ge- 
neral decía, respondiendo á una suya: «Con no pequeño consuelo he 
leído la del carísimo hermano de Octubre de 1631... El libro de ar- 
quitectura y dibujos que pide, procuraré que vayan en la primera 
ocasión» (2). 

Algo más tarde fueron necesarios hermanos Coadjutores que 
atendiesen á industriar y dirigir á los Guaraníes en el manejo de 
las armas contra los mamelucos invasores: y de esta clase fué el 
hermano Antonio Bernal, portugués, antiguo soldado de Chile, el 
que animó á los indios y peleó con ellos en Jesús María año de 1636, 
y luego en Caazapaguazú, año de 1639 (3); y también sin duda al- 
guna en la gran rota de los mamelucos, año 1641, en Mbororé, por 
más que esta vez no sea señalado por su nombre, diciéndose única- 
mente que fueron algunos hermanos Coadjutores los que dirigieron 
á los indios.— Otro fué el hermano Juan de Cárdenas ( t en Concep- 
ción á 20 de Diciembre de 1647), que acompañó al hermano Bernal 
en Jesús María: (4) y otro el hermano Domingo de la Torre, que 
también guió los indios y los animó en Caazapaguazú (5). — Hacia 
fines del siglo xvii aparece la noticia del hermano Juan de Mora- 

(1) Postulados de la Congreg. 5.''^ de la Prov. del Paraguay. 

(2) Carta del P. Mucio á 30 de Noviembre de 1634. 
{3) MoNTOYA, Memorial de 1643. 

(4) Techo. XI. 30. 

(3) NiEREMBERG, V'ída del P. Diego de Alfaro. 



— Sofr- 
íes ( r 1722 ), quien puso en orden las armerías de Doctrinas y renovó- 
la industria militar de los indios (1); y del hermano Egidio de Staes, 
flamenco ( t en Candelaria á 23 de Mayo de 1728 ) (2), que debía de 
haber sido militar en Europa, pues se recomienda para este mismo- 
oticio. El último que aparece en esta línea es el hermano Bartolomé 
de Niebla, andaluz, ( t hacia 1722), que había subido en 1721 con el 
P. Patino por el río Pilcomayo para explorar el río, y buscar la 
deseada comunicación con Bolivia. 

Parece que tardaron bastante los Padres Misioneros de Guaraníes 
en lograr su deseo de tener un hermano Coadjutor que en aquellos 
retirados parajes les socorriese con los conocimientos de la medicina 
3' farmacia: cosa nada extraña, cuando aun en las ciudades de toda 
aquella regi«")n no se conocía más facultativo que el hermano Blas Gu- 
tiérrez, enfermero de Córdoba. Los primeros que figuran como ciruja- 
nos en Doctrinas son los tres que acompañaron A los Guaraníes envia- 
dos en 1704 al asalto de la Colonia; los hermanos Pedro Montenegro- 
( •;- año 1728 en Mártires), José Brasaneli ( ;- á 17 de Agosto de 1728 en 
Santa Ana), y Juan Zubeldia ( f á 21 de Mayo de 1732 en San Borja), 

El hermano Pedro Montenegro, natural de Santa María en Ga- 
licia, micido á 4 de Mayo de 16b3, entró en la Compañía á 6 de 
Abril de 1691, después de haber ejercido su profesión de cirujano en 
Madrid (3). Venido á América, y hallándose en el colegio de Cór- 
doba, contrajeron él v varios compañeros la tisis de resultas de 
haber asistido á tísicos: y logró sanar á sí y á los demás, aprove- 
chándose para ello de las virtudes de las yerbas, á cuyo conocimienta 
tuvo gran inclinación desde niño, y la conservó toda su vida (4). 
Estuvo también en el colegio del Tucumán, y pasó luego por enfer- 
mero á las Doctrinas con el Misionero P. Tomás Moreno, año de 
1702 (5). Acompañó, según se ha dicho, á los Guaraníes destinados 
al sitio de la Colonia en 1704, donde fué de gran utilidad su asisten- 
cia facultativa, no sólo para los indios, sino también para los espa- 
ñoles ^ó). Débese el haberse conservado memoria especial de este 
hermano Coadjutor, al Tratado que escribió acerca de las virtudes 
curativas de las plantas de Doctrinas, el cual por tradición y por 
repetidas copias se fué trasmitiendo y utilizando, y que últimamente 

(\) Carta del P. General Tirso González á 27 de Octubre de lt)91. 

(2) Ibid. 

(3) MoNTK.vKGRO, Tratado de las virtudes medicinales de las plantas de Misio- 
nes, publicado con el título de Materia médica misionera en Trellks, Revista 
patriótica del pasado argentino. 1888. 1. 265. 

(4) Ibid. II. 8. 
(51 Ibid. II. 238. 
^b) Ibid. II. 19. 



- 357 - 

1i;i sido publicado (1). De ese tratado dice Demcrsay: «Se pueden 
■encontrar allí las bases de un trabajo sobre la materia médica indí- 
gena an:'ilooo al que el sabio doctor Martius ha publicado sobre las 
plantas del Brasil.» — Como el hermano Montenegro fueron también 
enfermeros en Doctrinas los Coadjutores Marcos Viliodas (t 1728) 
3' José Jenio- (174S-176S), quienes habiendo morado algún tiempo 
entre los Guaraníes, pasaron más tarde al colegio de Córdoba; y 
los cinco que se hallaban en Doctrinas al tiempo de la expulsión: 
Juan de la Cruz Montealegre (conquense de Buendía ( t á 20 de Enero 
de ISIO), cirujano en San Cosme: Wenceslao Horski, boticario en 
San Nicol.is: Pedro Kormaer ( f en 176(S en el mar mientras era condu- 
cido al destierro), boticario en San José: Norberto Ziulak, cirujano en 
Apóstoles, donde acompañaba al P. Aperger ( t en 1769 en el Puerto 
de Santa María) y Ruperto Talhamer ( t 1/80 en Lucerna ) boti- 
cario y enfermero en Candelaria, de quien hace gran elogio el P. Pe- 
ramás (2).— De éstos el hermano Montealegre, expatriado á Italia, se 
graduó allí de Doctor en medicina por la Universidad de Bolonia. 

Consta asimismo que en 1626 había un hermano, cuyo nombre 
no se expresa, al frente do una estancia ó dehesa para el ganado 
vacuno de las Reducciones: y aunque parece que en esta primitiva 
y en otras estancias que se entablaron luego, particularmente en las 
dos mayores de Yapeyú y San Miguel, se empleó para gobernarlas 
algún hermano Coadjutor, lo cierto es que ó no sería esta práctica 
constante, ó no han quedado noticias de ella: y sólo se encuentran 
los nombres de los hermanos Antonio Lugas y Julián del Pino en 
^'apeyú entre los años 1742 y 1749 (3). 

Más numerosos fueron los hermanos Coadjutores de diversas 
^rtes y oficios que se destinaron á las Doctrinas, así para enseñar á 
los indios, como para fabricar y adornar los edificios. 

El primero de ellos, que merece un recuerdo especial es el her 
mano Bernardo, pintor de la célebre imagen de Nuestra Señoi a la 
Conquistadora, mu}' estimada del P. Diego de Torres, de quien la 
recibió el P. Roque González al ser enviado á las misiones, habiendo 
sido después la perpetua compañera de este apostólico varón 
hasta su martirio, en el cual la rasgaron y destruyeron los sacrile- 
gos indios del Caro (4). No puede ser otro este hermano Bernardo 

(1) Vid. supra, not. (3). 

(2) Peramás.. Martín Schmid, p. 446, not. 

(3) BuRNOS Aires: Arch. gen. legajo Varios. 

(4) «Una devotísima imagen de Nuestra Seiiora, hermosísima, hecha del her- 
mano Bernardo, que tenia en gran veneración el P. Diego de Torres... la Con- 
<luistadora... la rasgaron con sacrilega impiedad.» Carta del P. Vázquez Truji- 
ilo, Provincial, al P. Mucio, Buenos Aires, 22 Dio. 1629. 



- 358 - 

sino el Bernardo Rodríguez, Coadjutor andaluz, nacido en Baeza* 
año de 1573, que entró en la Compañía á 25 de Agosto de 1592, 
sacristán en 1614, compañero del P, Torres en 1617, y compañero 
del Provincial y del Procurador á Europa según un Catálogo de 
1623: pues ningún otro Bernardo aparece en los catálogos de aquel 
tiempo.— Mas el primer artista que de hecho formó parte del perso- 
nal de las Doctrinas (ya que el hermano Bernardo no había morado 
en ellas) fué el hermano Luis Berger, francés, nacido en Abbeville 
en 1590, 3^ admitido en la Compañía á 25 de Abril de 1614 en la pro- 
vincia Galo-bélgica (1), y que pasó al Paraguay en la expedición de 
1616 con el P. Viana. Su habilidad especial era de violinista; pero 
como solía suceder en varios hermanos Coadjutores del Paraguay, 
á ésta se agregaron otras de no pequeña utilidad: pues el hermano 
Berger era juntamente músico, escultor y pintor: alcanzó á enseñar 
á los indios las danzas: y entendía también su poco de platería y de 
medicina (2). En 1617 había labrado una hermosa imagen de la Inma- 
culada, que sirvió tres años después para inaugurar la iglesia de la 
naciente cristiandad de Concepción (3). De él había un cuadro en el 
templo de San Carlos (4). Asimismo pintó el cuadro de los siete Ar- 
cángeles, que como titular se puso en la reducción del Tayaoba (5). 
Pero sobre todo, se le logró su gran deseo cuando en 1622 se halló 
entre los indios de San Ignacio Guazú, enseñándoles música y pin- 
tura: realizándose en él un ideal de la conversión de los salvajes 
atraídos por la música. «El hermano Luis Berger» escribía en 1626 
el Provincial P. Mastrilli Duran «es amigo de enseñar á los indios 
á tocar vihuelas de arco, con que ha reducido por sn parte mncJios 
infieles^ (6). La fama del hermano Berger había atravesado la Cor- 
dillera y llegado á Chile, de donde le pedían con urgencia para el 
mismo oficio de enseñar música á los indios: y allá pasó hacia 
1635 (7). También le tenía pedido el Provincial del Perú (8): mas no 
alcanzó á hacer aquel viaje, y vuelto al Río de la Plata, falleció en 
Buenos Aires año de 1643 (9).— No se hace mención en adelante de 
más pintores que del hermano José Grimau, ocupado el año de 1745 
en San Miguel, en San Luis el de 1749, y hacia 1765 en Santa Rosa 

(1) Mastrilli, Litt. annuae 1626, p. 42. 

(2) Carta del Provincial P. Mastrilli en 1626 al P. General Mucio Vitelleschi. 
^3) Techo, VI. 2U. 

(4) Techo, X. 30. 

if)) Mastrilli, Anniiae, p. 145. 

(6) Carta citada de 1626. 

(7) P. Mucio. carta de Noviembre 30 de 1636. 

(5) P. Mucio, carta de 1634, 30 Noviembre. 

(9) Catálogo de difuntos. Otro catálogo pone su muerte en Buenos Aires, 1639. 



- 359 - 

y pueblos inmediatos, hallándose el año de la expulsión en Cande- 
laria; 3^ del hermano José Brasaneli, que al arte de pintura juntó la 
profesión de arquitecto. 

Nacido el hermano Brasaneli en Milán á 6 de Enero de 1659, y 
admitido en la Compañía á 6 de Diciembre de 1680, debió venir al 
Paraguay en 1691, y aparece en un catálogo de 1703 con la desig- 
nación de estatuario y arquitecto (statuarius architectus). Hallóse 
como cirujano con los Guaraníes en el sitio de la Colonia año de 
1704, y continuó en las Doctrinas, donde falleció en Santa Ana á 17 
de Agosto de 1728. De sus tareas da cuenta en los siguientes térmi- 
nos el P. José de Astudillo, en carta al Provincial P. Luis de la 
Roca desde Itapúa, á 15 de Abril de 1718: «Empezóse la iglesia: se 
ha hecho la mayor parte de los cimientos, levantándose los pilares 
del presbiterio y labrándose mucha madera, todo con la dirección del 
hermano José Brasaneli que tiene la obra á su cargo, y á un tiempo 
ejercita todas sus habilidades, dirigiendo á los estatuarios y á los 
pintores en la vida de nuestro santo Padre, que va por sacar en 
cuadros para poner por los corredores de nuestra casa. Están ya 
acabados once cuadros, sin otro defecto que el de colores finos, 
porque no se hallan» (1). 

El más insigne de todos los que trabajaron en las fábricas de Doc- 
trinas fué el hermano Juan Bautista Prímoli, milanos también, nacido 
á 10 de Octubre de 1673, admitido en la Compañía á 11 de Enero 
de 1716, y llegado al Río de la Plata en 1717. Era arquitecto de pro- 
fesión, y excelente en su ramo: y antes de pasar á Doctrinas, había 
dirigido los edificios más importantes que en aquella época se cons- 
truyeron. En Buenos Aires terminó el colegio de la Compañía: puso 
fachada y dos torres á la Catedral á instancias del Sr. Obispo: como 
á instancias del Cabildo secular emprendió la fábrica de las casas 
de la ciudad, aunque luego se sobreseyó en ella, por hallarla dema- 
siado costosa para la actual posibilidad del municipio: levantó la igle- 
sia de la Merced, la de la Recoleta Franciscana (2) y la hermosísima 
de Nuestra Señora de Belén, hoy parroquia de San Telmo (3). En 
Córdoba edificó la Catedral y la iglesia del colegio de los Padres Je- 
suítas (4). En 1735 se hallaba en las Doctrinas en el pueblo de San Mi- 
guel, donde con su dirección se levantó la majestuosa iglesia cuyas 

(1) Buenos Aires: Arch. gen. legajo iti'tni. 317 iCorrespoiideticia del P. Juan 
Rico. 

(2) Carta 2.'' del P. Cattaneo y l.'^del P. Gervasoni, en Muratori, Cristiane- 
siñio Felice. 

(3) Salvairk, Historia de Nuestra Señora de Lujan, I, 166. 

(4) Cattaneo y Gervasoni citados. 



-360- 

ruinas admira aún hoy el viajero. Algo más tarde se le halla en 
Buenos Aires, respondiendo á consultas é inspeccionando ediftcios, 
entre otros la fábrica de Nuestra Señora de Lujan (1). En 1744 estaba 
otra vez en Doctrinas, dirigiendo la obra de la iglesia de Trini- 
dad (2), de piedra toda ella y sin cal, como la de San Miguel, por no 
haberse hallado cal en Misiones. Sin salir ya de aquel territorio, 
falleció en Candelaria, á 11 de Setiembre de 1747. 

Durante este mismo siglo xviii figuran como constructores de 
edificios otros varios hermanos Coadjutores, como el hermano An- 
drés Blanqui, natural de Campión en el Milanesadó (t 25 Diciembre 
1740), que acompañó frecuentemente al anterior, siendo el hermano 
Prímoli el arquitecto y el hermano Bianchi el maestro de obras en 
la fábrica de la iglesia del colegio, fachada de la Catedral c iglesias 
de la Merced y Recoleta (3), y en la de San Telmo: y los hermanos 
José Smith, Juan Craus y Antonio Porcada. De éstos el hermano 
Juan Craus, de Pilsen en Bohemia ( t 1714 ), fabricó el colegio de 
Buenos Aires en gran parte, difundió el uso de la cal y ladrillo, le- 
vantó la casa del Noviciado de Córdoba; y con el P. Sepp construyó 
la iglesia de San Juan en las Doctrinas, habiendo antes trabajado en 
la de Santo Tomé (,4). Lástima que hayan quedado ignorados los 
nombres de los artífices que levantaron los templos de San Ignacio- 
miní 5^ de Loreto, y llevaron hasta más de la mitad el magnífico 
edificio del Jesús, que inconcluso espera su terminación en los des- 
poblados del Paraguay. 

Tampoco pasaba desaprovechada la destreza en artes útiles de 
algunos hermanos Coadjutores, como del hermano Carlos Franck, 
hábil herrero y curioso mecánico, del hermano Juan Wolff, carpin- 
tero, y del hermano Salvador Conde, bordador. Un hermano impre- 
sor, «de las provincias de Francia, ó de Alemania ó Flandes», pedían 
ya con instancia en 1632 los Misioneros, pues se dejaba sentir su ne- 
cesidad, especialmente para imprimir gramáticas, vocabularios y 
otros trabajos ya entonces terminados en la lengua de los negros de 
Angola, en la Guaraní, y en la del valle de Calchaquí llamada kaka- 
na. Ofrecióse el P. General á hacer todas las diligencias para en- 
viarlo; mas no se llegó á lograr por entonces. Hacia 1700 se había 
organizado la imprenta deque ya se ha dicho en su lugar; y según 
las noticias un tanto vagas de una carta encontrada en los Archivos 

(1) Salvairh, citado I. 177. H. (25). 

Ci) «Las dos magníficas iglesias... de San Miguel y la Trinidad, las hizo... un 
hermano Coadjutor, grande arquitecto». Cardiel, Breve relación, I\'. 4. 

(3) Cattaneo citado. 

(4) HuoNDER, Deutsche Jesuiten missioniire, 2.'^ parte. 145. 



-361 - 

de Munich (1), parece fué un hermano Coadjutor alemán el que enta- 
bló aquella imprenta. 

Todos los hermanos Coadjutores que residían en Doctrinas esta- 
ban sujetos al mismo régimen y disciplina que se ha detallado tra- 
tando de los Misioneros: }' al mismo tiempo que ayudaban á los 
Padres y á los indios con el ejercicio de sus respectivas profesiones, 
contribuían también eficazmente al buen estado y conservación de 
la fe en aquel territorio, y aun á veces á la conversión de los in- 
fieles, con su influjo sobre los indios, con su celo, edificación y reli- 
giosidad. 



VI 
EL SUPERIOR 107 

El Superior de todos los sujetos de la Compañía que se hallaban 
en Doctrinas, que eran de setenta A ochenta, tenía su Residencia en 
Candelaria, y era como Rector de un colegio formado por todos los 
Misioneros y hermanos coadjutores esparcidos en los pueblos. No 
era Cura de ningún pueblo, y así la Doctrina de Candelaria tenía su 
Cura propio, distinto del Superior. Por lo mismo no tenía asignación 
alguna para su sustento, como ni los Padres Compañeros, ni los her- 
manos Coadjutores, aunque todos se ocupaban en beneficio de los 
indios; pues en Doctrinas no había otra cosa que los sínodos de los 
treinta Curas, y aun esos por muchos años no puntualmente satisfe- 
chos, como lo hemos declarado al tratar del gobierno religioso (2). 

Pero como por ser toda aquella vasta misión una casa religiosa 
era necesario que en ella se guardase la pobreza, no administrando 
ni disponiendo los subditos de las cosas sin licencia del Superior; 
estaba ordenado por Cédula real ya desde antes de 1651 (3), no se 
entregase á cada Cura el sínodo de cada Doctrina, sino que el total 
de los sínodos lo entregasen los Oficiales Reales al Padre Superior, 
quien había de proveer á la congrua sustentación de sus subditos. 

(1) Munich: Mss. de la Biblioteca de la Universidad ni'im. 26.472: Carta del 
Padre Miguel Streicher, Misionero en viaje hacia el Paraguay, fecha en Sevilla 
á 2 de Febrero [de 1728]: «Dixit etiam [P. Procurator Hieronymus Herrán] Ger- 
manum unum quemdam typographiam parasse proprio marte et industria, ac 
sine suuiptibus, earaque tam utilem, ut iam modo libellos varios, imo et aliquos 
maiores, impresserint». 

(2) Supra, § 82. 

(3) Citada en un apunte autógrafo del P. Díaz Taño: Archivo General de 
B." A.', legajo 1. Misiones, ] arios. 



- 362 - 

Para ayudarle en esto tenía un hermano Coadjutor con título dej 
Compañero ó Ropero, y por medio de él hacía comprar en las ciudad 
des españolas de Buenos Aires ó Santa Fe los géneros que no se pro- 
ducían en los mismos pueblos, vino, vinagre, aceite y todo comesti- 
ble que cómodamente pudiera trasportarse; plumas, papel y demás 
utensilios de uso personal. Si se trataba de cosas producidas en las 
Doctrinas, las compraba allí mismo; y el precio pagado entraba en 
los bienes de comunidad del pueblo que las había vendido. Cuidaba 
asimismo el Ropero de comprar telas de lino y lana para vestidos 
de los Padres; y como tenía en su poder las medidas, así para el 
vestido, como para el calzado, de todos los sujetos dispersos en la 
Misión, les tenía una y otra cosa prevenida para su tiempo. Para lo 
cual trabajaban ocho indios en Candelaria, unos de sastres, otros de 
zapateros, pagándoseles íntegramente su jornal y despachándolos 
cuando era tiempo de cultivar sus chacras. Del mismo modo se con- 
servaban depositadas en la Candelaria las otras cosas que se habían 
comprado. Cada mes pedía el Cura al Superior lo necesario para él 
ó su Compañero, como por ejemplo, el vino para las Misas, del cual 
recibía un frasco cada mes, así como se enviaban á cada pueblo men- 
sualmente cuatro frascos, destinados á la enfermería como medicina 
para los enfermos del pueblo; pues los Padres no lo bebían, á no ser 
alguno que tenía necesidad y licencia. Del pueblo se tomábanlas 
cosas que no se podían traer de la Candelaria, por hallarse distante, 
como pescado, huevos, verduras, trigo; y esto, aunque los indios lo 
ofrecían gratis al Padre, nunca se tomaba sino pagándolo. Lo cual 
se hacía, al estilo de la tierra, valiéndose de la permutación con otros 
objetos de estima entre los indios, ya que la moneda no era conocida. 
Para esto, al acabar el año, en las fiestas de Navidad, enviaba el 
Superior al Cura gran cantidad de tales objetos, como anzuelos, 
tijeras, cuchillos, anillos, aderezos, sal, jabón y otras cosas estima- 
das de los indios, las cuales servían no sólo para dar al sastre, al 
hortelano, al amanuense, si alguno empleaban, sino también para 
satisfacer á los que hacían ó daban algo en utilidad de los Padres (1). 
El Superior tenía, como en los Colegios, sus consultores con quie- 
nes tratar los asuntos de importancia, y su Admonitor para avisarle 
si en algo errase. Los Consultores eran cuatro, en cada uno de los 
dos ríos, Paraná y Uruguay, elegidos entre los Padres más graves 
y repartidos entre las Misiones de tal modo que por una parte pu- 
diesen tener conocimiento inmediato de los sucesos, y por otra no 

(1) Todos estos detalles son del P. Cardiel, Declar. de la verdad, iiiíiii. 91 
y De moribtis Guaran, cap. V. 



- 363 - 

les fuese muy difícil juntarse en Candelaria al llamado del Superior. 
Cuando el asunto urgía y la reunión era imposible, el Superior les 
consultaba por cartas (1). 

El Padre Superior visitaba muy frecuentemente todos los pueblos 
de las Doctrinas, así para cerciorarse del cumplimiento de las órde- 
nes de las diversas autoridades eclesiásticas y seglares, como para 
resolver las dificultades que ocurriesen y activar las obras que traían 
consigo alguna urgencia. El Provincial del Paraguay, que residía 
en Córdoba, visitaba asimismo las Doctrinas, mas esto no era sino 
una vez generalmente durante su Provincialato, que duraba tres 
años, á causa de las grandes distancias y dificultad de comunicacio- 
nes. Las determinaciones que tomaba el P. Provincial en las Visitas, 
con las demás órdenes que en diversos tiempos enviaba para todas 
las Doctrinas así como también las que venían del Padre General de 
la Compañía se coleccionaban en un libro manuscrito con el título 
de Ordenes de los Padres Generales y Provinciales, que era mate- 
ria de lectura todas las semanas, y de donde más principalmente 
procedía la uniformidad observada en el proceder de todos los 
pueblos. 

Mientras duraron las reducciones del Guaira, hubo un Superior 
especial para ellas, establecido en Loreto ó en San Ignacio, y otro 
para las del Paraná, sin sede fija. Desde 1632, reunidas ya todas las 
Doctrinas, y cesando la causa de multiplicarlos Superiores, que era 
la dificultad de comunicar de una parte á otra, y la consiguiente im- 
posibilidad de visitar con frecuencia, fué uno solo el Superior de 
todas las Doctrinas, cuya residencia se estableció por fin en Cande- 
laria, nombrándosele más tarde dos Vice- Superiores, como se ha 
dicho, para proveer á los casos urgentes. Hacia 1693 se introdujo el 
estilo de nombrar dos Superiores, uno en cada una de las dos juris- 
dicciones de los ríos Paraná y Uruguay, donde antes estaban los 
Vice-Superiores: y así se continuó por algún tiempo. Mas la expe- 
riencia mostró graves inconvenientes en esta división: y en 1722 se 
había vuelto ya á la forma antigua del Superior único. 

Los nombramientos de Superior venían de Roma, como los de 
Rector de los colegios y Superior de las residencias. La declaración 
de tener el Superior sobre todos los demás que residían en las Doc- 
trinas igual autoridad que los Rectores sobre las personas de su 
colegio consta de carta del P. General Mucio Vitelleschi, fecha á 
30 de Noviembre de 1634: y se dio por haber pedido los Misioneros 

(1) Cardíel ya citado. 



-364 — 

de Reducciones en su Memorial presentado á la Congregación pro- 
vincial S.'*^ celebrada en Córdoba en 1632, que se solicitara la deter- 
minación de las facultades del Superior. 



VII 
Qg INFLUJO DE LOS MISIONEROS SOBRE SUS FELIGRESES 

Del capítulo IX consta cuan grande fuera la autoridad que los 
Misioneros ejercían sobre los Guaraníes recién juntados en reduccio- 
nes, nacida, no de imposición y violencia, sino de la docilidad y con- 
fianza con que los neófitos se ponían en manos de sus padres espi- 
rituales. 

Como los primitivos Guaraníes, pusieron sus descendientes ilimi- 
tada confianza en sus Misioneros. Lo que á ellos pareciese bien, 
tuvieron por voz del cielo; lo que ellos sentenciasen aceptaron como 
de cirbitros inapelables. La autoridad civil y la judicial en primera 
instancia estaba depositada en los alcaldes y corregidores indios 
con la dirección del misionero: }■ lo más á que de ordinario se exten- 
día la exigencia del indio era á cerciorarse de si lo que le mandaban 
había merecido la aprobación del misionero: para lo cual, cuando la 
cosa era mu}^ nueva, y no de las ordenadas usualmente, era frecuente 
el no poner manos á la obra hasta haberse ido á enterar en per- 
sona del mismo Cura sobre si con su dirección se había ordenado 
aquello. i\cabada la Misa y la acción de gracias cada día, estaba ya 
junto á la verja del presbiterio el cabildo con los caciques y jefes, y 
era preciso que el Padre diese á besar la mano á todos para que 
ninguno quedara contristado. Luego esperaban al Cura á la puerta 
de su aposento. Allí se enteraba el Corregidor de las faenas que ur- 
gían en aquel día, y luego salía cada uno á su ocupación después de 
tomar el mate (1). Los domingos, después de Misa y sermón, se ave- 
riguaba si alguien no había asistido y por qué, y se llevaba la nota 
al Cura, lo que hacía el Corregidor con los Secretarios (2). Junta- 
mente le participaba si durante la semana había ocurrido alguna 
novedad ó cometídose falta pública, y le pedía consejo sobre el re- 
medio que se había de poner para que no cundiese el mal ó casti- 
gando al culpable ó si convenía, llamándole el Padre para dirigirle 

(1) §. Etiam in profestis. De morib. guaran, cap. VI, 

(2) Relación de Misiones, § Haec ubi perfecta. 



- 365 - 

seria amonestación, en laque se reconocía eficacia por la autoridad 
que en los ánimos de todos ejercía. Después del Corregidor, daban 
cuenta de su lista y de lo que hubiese que notar uno de los Alcaldes 
de mujeres, el Alcalde de niños y el de niñas, todos por separado (1). 
El Mayordomo, ó los dos Mayordomos del pueblo, cuando los había, 
daban también á su tiempo cuenta del empleo que tenían los habe- 
res del común, presentando sus libros donde estaban apuntadas to- 
das las entradas }■ salidas, á fin de que el Padre los reconociese, y 
aun supliese sus propios apuntes cuando era menester por alguna 
omisión (2). 

Cuando alguno había cometido algún delito, los Alcaldes lo con- 
ducían al Párroco, no llevándole por fuerza ni de la mano, sino 
con sólo decirle: vejí al Padre; lo cual bastaba para que les siguiese, 
sin ocurrírsele siquiera pensamiento de huir ni asaltarle temor algu- 
no. «En llegando al Padre», dice el Padre Cardiel (3) «el Alcalde rela- 
»ta la causa, por ejemplo: Este ha soltado sus bueyes al campo del 
y>vecino y liaii heclio mucho daño. Si resulta, convicto ó confeso, el 
»Padre lo reprende, manda que repare el daño hecho al prójimo con 
»tantas medidas de maíz: declara que ha merecido veinticinco azotes: 
»y el Alcalde da al Alguacil, si hiciese falta, la autoridad real que 
»el Padre no tiene. El reo sufre de buena gana la pena impuesta, y 
»por sí mismo se desciñe para sufrirla, y se echa en el suelo. Aca- 
»bado el castigo, vuelve al Padre, le besa la mano, y dice: Aguiye- 
T>bete^ Chemba, chemboara qitaa hagiiera rehe. Gracias, mi Padre, 
aporque me has dado el entendimiento que me faltaba.» 

Obediencia era ésta que dejaba atónitos á los que la veían como 
le sucedió á Gomes Freiré (4); y que sin embargo los indios ejecuta- 
ban con la mayor naturalidad, como que en su Cura veían á un ver- 
dadero padre, y aprendían vivamente la autoridad de una persona 
que tenía las veces de Dios. He aquí lo que refiere el P. Carlos Cat- 
taneo Misionero Jesuíta natural de Módena, quien supo el caso de 
boca de los mismos que lo habían presenciado i^5): «Dijéronnos los 
Padres que llegaron ocho días antes que nosotros en el buque San 
Francisco, y tuvieron ocasión de desembarcar varias veces [en Mon- 
tevideo] que al presente no se cuentan más de tres ó cuatro casas 
de ladrillo de un solo piso, y otras cincuenta ó sesenta cabanas de 

(1) Ibid. 

(2) Relación de las Misiones § Sic ergo. 
(6) De moribus guaran, cap. I.\ . 

(4; Relagao abreviada. 

(5) Cattaneo, Carta á su fiímilia, á 18 de Mayo de 1729 en Muratori, Cristia- 
nesimo felices I." tomo, Apéndice. 



-366- 

cuero de buey, donde habitan las familias venidas últimamente hasta 
que se fabriquen bastantes para alojarlas. Los que las construyen 
son indios de nuestras Misiones, que vinieron en 1725 por orden del 
Gobernador de Buenos Aires en número de cerca de dos mil, para 
fabricar, como lo han hecho hasta ahora, la fortaleza; y están á cargo 
de dos de nuestros Misioneros que les asisten, predicando y con- 
fesándolos en su lengua, pues no entienden la española. Habitan los 
dos Padres en una de las dichas cabanas de cuero: y los pobres in- 
dios duermen al raso, sin casa ni techo, expuestos, después de sus 
fatigas, al agua y al viento, y sin sueldo ni salario, sino sólo con el 
descuento del tributo que deben pagar. Mientras estaban en tierra 
los Padres de la otra nave, ocurrió un lance curioso, que vieron 
ellos mismos, que no puedo omitir, porque da á conocer muy bien la 
calidad de estos nuevos fieles. Un indio de los más robustos no 
quería aquel día trabajar en la cortina de un baluarte. Irritado el 
comandante de la fortaleza, dio orden á los soldados de que lo arres- 
tasen. Al oir el indio la palabra arresto (cuyo significado entendió 
muy bien) tomó un manojo de Hechas, y montó en el acto á caballo, 
3^ preparando su arco, amenazaba á cualquiera que se acercase á 
prenderlo. Hubieran podido los soldados matarlo con los mosquetes; 
pero temiendo el comandante irritar los demás indios si éste era 
muerto, originándose de ello una peligrosa sublevación, ó á lo 
menos una fuga general, tomó el partido de hacer saber al Misionero 
la obstinación de aquél, para que si era posible, le pusiese reme- 
dio. Vino el Padre, y con pocas palabras que le dijo, lo hizo desmon 
tar del caballo, dejando el arco y las flechas. Induciéndolo después 
con buenas maneras y amorosas palabras á recibir algún castigo por 
su falta, hécholo tender por tierra, le hizo dar veinticinco azotes, con 
asombro de los soldados al ver que el que poco antes no temía la 
boca de los arcabuces, se rindiese ahora tan pronto á sólo las pala- 
bras del Misionero. Y mucho más se maravillaron al oir que en me- 
dio de los azotes no hacía otra cosa sino invocar á Jesús y á María 
en su auxilio: por lo que algunos soldados prorrumpieron en esta 
exclamación: ¿Qué gente es ésta? Es necesario decir que son ánge- 
les: porque si nosotros hubiéramos recibido semejante castigo, 
habríamos nombrado y votado d mil diablos. Y ciertamente que es 
cosa de maravillarse ver que bárbaros tan feroces por naturaleza, 
que no pudieron ser subyugados por los españoles, presten despuis 
tan humilde obediencia á un sacerdote, mayormente si es el que los 
confiesa, les predica y asiste en sus necesidades temporales y espiri- 
tuales, á quien aman verdaderamente y respetan como á Padre.» 



-367- 

Preciso es, empero, añadir, para no hacer formar un concepto 
ajeno de la realidad, que no era el influjo del Misionero tal, que pu- 
diese lograr de los Guaraníes cuanto pretendiera, y tuviese en su 
mano arbitrariamente las voluntades de los indios, como muchas 
veces se ha dicho, con manifiesto desconocimiento de la naturaleza 
humana y agravio de la honra de los Misioneros. Sobre lo cual es 
muy digna de oirse la sensata reflexión del P. Cardiel: (1) «La sumi- 
sión y respeto que muestran es por el porte que ven en sus Padres. 
Cuando el hijo pequeño es bien criado, y su padre cuida de él con 
prudencia, se consigue que lo venere y respete en las cosas que no 
le cuestan mucha dificultad. Pero si le manda que no juegue, que 
esté todo el día atareado á la escuela, y á su casa, ya se acabó la 
obediencia. Lo hará algunas veces, pero no lo conseguirá siempre: 
y si salió de inquieto natural, conseguirá mucho menos, por más 
que trabaje en su cultivo. A todo dirá sí el muchacho por buena edu- 
cación; pero no lo cumplirá. Lo mismo puntualmente sucede con el 
indio: á todo dice sí con aquel que venera; pero poco ó nada cumple.» 



VIH 
CAUSAS DEL INFLUJO 109 

Quien haya ido siguiendo el relato de la conversión de los Gua- 
raníes en alguna historia del Paraguay, y mejor aún en las cartas 
de testigos y en otros documentos originales, no puede menos de 
haber formado una alta idea de aquellos varones abnegados que lle- 
nos de amor de Pios, y por lo mismo encendidos en celo de la salva- 
ción de las almas, abandonaban los propios bienes, los más potentes 
afectos y las más bellas esperanzas de la vida, y corrían á encerrar- 
se entre las tribus salvajes, á soportar continuas fatigas, á multi- 
plicar incansables sus viajes y á acudir donde hubiera un alma que 
salvar, una parcialidad que reducir ó algunos indios abandonados 
que llevar consigo á su misión: prodigando su vida, desafiando los 
peligros, gozándose con la muerte, y deseándola por tan noble 
causa. No puede creerse que los indios fueran insensibles á ese ma- 
ravilloso espectáculo del Misionero, obra de la gracia divina, que 
eleva la flaca naturaleza del hombre hasta hacerla superarse á sí 

(1) Cardiel, Decl. núm. 124. 



-368- 

misma. Cortos de ingenio para los discursos especulativos 3^ delica- 
dos raciocinios, sabían no obstante discernir la diferencia entre hom- 
bre y hombre, valor y valor, beneficio y beneficio. Por eso, oyendo 
la buena nueva que los Misioneros les anunciaron, no solo para el 
bien de su alma, sino aun para su bienestar temporal, 3- observando 
que los hechos correspondían á sus palabras, formaron de aquellos 
hombres concepto distinto que de los demás, y hasta en su expresivo 
idioma lo significaron, dándoles el nombre de Paí aburé, Padre distin 
to: les tuvieron en alta estimación, y depositaron en ellos plenamen- 
te su confianza. De ello dieron la prueba más elocuente, abandonando 
sus antiguas casas y suelo nativo para seguir al Padre, renunciando 
;i su antigua vida exenta en parte de sujeción, para entablar la vida 
de trabajo 3" con una le3' que les prohibía todos los vicios. 

La misma altísima idea que los primitivos Guaraníes habían 
formado del Misionero, la conservaron sus descendientes respecto 
del religioso que les estaba señalado por Doctrinero. Nunca desme- 
reció esa estimación, ni el consiguiente influjo que el doctrinero 
ejercía sobre sus feligreses, porque seguía manteniéndose apoyada 
en los mismos sólidos fundamentos, que percibía siempre 3" con evi- 
dencia aun el mismo indio, incapaz como era de dar de ellos expli- 
cación cumplida. 

Los motivos en que se radicaba la estimación eran justamente 
los efectos característicos de la actividad del Misionero, que eleva, 
defiende y conserva las personas 3" los bienes verdaderos del estado 
de aquellos á quienes se aplica su ministerio. 

Sentíanse, en primer término, elevar de lo hondo de su degrada- 
ción: porque aunque el hombre abatido por sus malos hábitos ó por 
su decadencia, no se rehabilita jamás, si no halla quien le tienda 
una mano amiga para auxiliarle, como lo muestra la experiencia; 
quédale todavía suficiente capacidad para darse cuenta del nivel su- 
perior á que se va elevando con ajeno auxilio, así como le ha quedado 
discernimiento para reconocer su degradación, con tal que quien 
le dirige le excite en sazón oportuna para que la eche de ver. Todo 
esto aparece de relieve en la historia de las Doctrinas Guaraníes. 
Aquellos indios que, del aislamiento de sus selvas, pasan á juntarse 
en pueblos ordenados, que levantan iglesia 3" casas, cultivan parte 
en privado, parte en común, cuanto necesitan para sustentarse y 
vestirse, pasan de los hábitos antropófagos á la civilidad cristiana, 
y en su medida ejercitan las artes útiles 3^ las nobles: ciertamente 
que se van levantando de su primera degradación: y todo esto se 
hace por la dirección eficiente del Misionero, lo cual perciben con 



-369- 

toda claridad. Aquellos padres que se extasían en ver á sus hijos 
que por la enseñanza del Misionero aprenden á leer y á cantar, y 
sirven en las funciones sagradas, muestran que muy bien se dan 
cuenta de los adelantos y envidiable educación de sus pequeñuelos 
comparada con la que ellos tuvieron á su edad. Y los ancianos que 
al proponerles el P. Boroa que digan lo que les parece de la borra- 
chera, responden que claramente conocen ser un?) cosa indigna del 
hombre, y que pide remedio: y que cuando el Padre les hablaba so- 
bre esto, sentían allá dentro en su corazón otra voz que se lo hacía 
patente: ésos también reconocen su abatimiento, y se hallan dis- 
puestos á salir de él, habiendo quien les auxilie. Y si para cualquiera 
observador que atentamente lo considere, es simpática la figura del 
Misionero que, dejados los hábitos de nobleza y cortesanía en que 
desde su niñez se ha educado en Europa, se dedica á manejar toda 
suerte de instrumentos, á aprender los oficios manuales, que á fuerza 
de porfiado trabajo y constante asiduidad llega á poseer, para po- 
der con este conocimiento enseñar y dirigir á los oficiales de cada 
arte en aquella naciente sociedad; y mientras como sacerdote en 
el templo guía las almas al servicio de Dios, en el campo )'■ en el ta- 
ller acaudilla los obreros en su ruda tarea: no puede dudarse que á 
aquellos indios, que veían todo esto realizado por su Cura ó Doctri- 
nero, les producía también por efecto la admiración y el amor. Por 
eso tantas veces, en las repeticiones de sermón encargadas á los in- 
dios de más razón los días de fiesta después de Misa, refiere el Pa- 
dre Cardiel que se expresaban en estos términos: '¡■Mirad, hermanos, 
con qué empeño cuidan los Padres todo el día de nuestro bien es- 
piritual primero y Inepto del temporal: sin ellos y sin su cuidado es- 
taríamos en extrema miseria. Ya los veis que no buscan para sí 
nuestros bienes: sino que por el contrario, para buscar las cosas 
que nos hacen falta, sudan: y nada llevan consigo cuando los lla- 
ma su Superior. Han dejado su padre, madre, patria y parientes 
allende el mar^ para venir con tanto trabajo á asistirnos. Por tan- 
to, los debemos honrar, reverenciar y obedecer» (1). 

El segundo efecto de la actividad del Misionero que ganaba los 
ánimos de los indios era el verle tomar la defensa de sus derechos. 
Amaestrado el indio por una dolorosa experiencia, nada temía tanto 
como el caer debajo del yugo de los encomenderos, que le forza- 
ban á un trabajo perpetuo y le separaban de su pueblo y de su fami- 
lia: 3^ en defensa de su libertad á nadie había visto acudir sino al 

(I) Cakdikl, De moribiis Guaran, cap. VI, §. Doininicalia. 
24. — Orgavización ¡social de las doctrinas guaraníes. 



-370- 

Misionero Jesuíta. Aun en tiempo en que dudaban los Jesuítas si 
debía solicitarse que se pusieran los Guaraníes en cabeza del Rey, 
ó m^s bien pedía la justicia que se encomendasen á españoles; con 
todo eso, en el punto de evitar los abusos, se mantuvieron resueltos 
é hicieron cuanto estuvo á su alcance, aunque veían bien claro que 
ni los sacerdotes seculares, ni las otras órdenes religiosas les ayu- 
daban por lo general y los seglares se les volvían terribles enemi- 
gos, como lo fueron siempre en adelante por esta causa. Y con el 
mismo tesón empleado para librarlos de los atropellos de los enco- 
menderos, se empeñaron en defenderlos de las terribles acometidas 
de los salteadores venidos de San Pablo y de las costas meridiona- 
les del Brasil con nombre de bandeirautes. Verse de este modo am- 
parados y defendidos á costa de tantos trabajos, en lo más precioso 
y caro que tenían, su patria, sus familias, sus vidas y su libertad 
personal, no podía menos de engendrar en el ánimo de los Guara- 
níes adhesión 3' estima profunda con respecto á sus generosos bien- 
hechores. Y éso que nunca pudieron ellos llegar á entender y apre- 
ciar el cúmulo de sinsabores, de calumnias y enemistades que reca- 
yeron sobre los Jesuítas por defender el derecho de aquellos 
desvalidos indios en otras muchas cosas bien necesarias. 

La tercera razón que hizo que los Guaraníes amasen á los Jesuí- 
tas, fué la cualidad de conservar. Conservaba el Misionero la per- 
sona y los bienes del indio que otros destruían; mas no es de esta 
conservación de la que ahora se trata, sino de otra más especial. 
Ha sido siempre común sentir que los Jesuítas manejaban con sin- 
gular suavidad y destreza á los Guaraníes. El prir.cipio práctico de 
los Jesuítas era no alterar sino lo que indispensablemente fuese ne 
cesario para el cumplimiento de los deberes del cristiano: y en lo 
demás, acomodarse á la índole y costumbres de los naturales. Pro- 
ceder arduo y trabajoso para el Misionero, que tantas cosas ha de 
sufrir y tolerar; pero gustoso para aquellos con quienes trata: el 
mismo que empleaba el Apóstol San Pablo y del que dice: A todos 
me he acomodado, haciéndome semejante á ellos, para conducir á 
todos á la felicidad eterna (1). Consta de la historia la inquebranta- 
ble paciencia con que el P. Lorenzana, primer fundador de las re- 
ducciones, soportaba sin dar muestra exterior alguna de sentimiento 
el mal proceder y la veleidad de los Guaraníes infieles, mientras 
usaba prudentemente de cuantas industrias estaban á su alcance 
para irlos atrayendo y corrigiendo (2): la solicitud en que estaba y el 

(U I Cor. IX, 22. 

(2) Lozano, Historia, lib. \', cap. XIX. 



-371 - 

liento con que procedía el P. Roque González cuando resolvió ha- 
cerles mudar la antigua forma de sus habitaciones, que se reconocía 
dañosa á las buenas costumbres (1): el largo tiempo que por no ha- 
llar todavía dispuestos los ánimos, pasó el P. Ruyer en el Iguazú 
sin usar del castigo acostumbrado en las Reducciones, á pesar de 
sentirse vivamente su necesidad (2). Estas son muestras aisladas de 
lo que estaba sucediendo á cada paso. No arrancando, sino trasfor- 
mando lo que A^a existía, se adelantaba en la obra lentamente, pero 
con solidez. De este modo es como se empezó ;'i introducir la divi- 
sión de la propiedad territorial, que antes se hallaba indivisa, por 
formar cada parcialidad con su cacique un pueblo aparte (3). Y la 
misma institución de los caciques se conservó merced á la diligencia 
y esfuerzo de los Jesuítas (4). 

Hasta aquí se han enumerado causas que por ser en sí meramente 
humanas, han pretendido aplicar en casos anáLgos otros que ni 
«ran Jesuítas ni Misioneros, pensando lograr los mismos resultados 
de los Jesuítas, 3^ saliendo más de una vez con terribles desengaños 
de su empresa. Por lo cual no parece que esté suficientemente de- 
clarada la razón del influjo de los Misioneros de Doctrinas sobre los 
Guaraníes. 

Preciso es, pues, juntar á lo dicho la cii cunstancia de ser sacer- 
dotes, que movía poderosamente á los Guai aníes por lazón de la fe, 
y aun por su natural inclinación á las cosas de religión. Y hay que 
agregar finalmente una cualidad no reconocida por los hombres su- 
perficiales ni por los incrédulos, y que sin embargo es en el orden ob- 
jetivo la más eficaz, y el alma de todas las otras. Solamente la teolo- 
gía católica da la clave de este secreto El éxito feliz de los Jesuítas 
en su tarea religiosa y social presuponía como condición sine qua 
non la gracia especial de Dios concedida para aquel ministerio co- 
mo consecuencia de la vocación del mismo Dios. Los Jesuítas en- 
traban en aquel empeño llamados por Dios para el oíicio de Misione- 
ros que su misma vocación á una Compañía que abraza las Misiones 
como uno de los ministerios más propios de su Instituto: por haber 
sentido los más de ellos peculiares impulsos que, examinados seve- 
ramente, se reconocían proceder del espíritu de Dios: y por tener 
todos la legítima misión de su Superior, autorizado por el Sumo 
Pontífice. Ahora bien, cuando Dios elige y llama á alguno para un 

(1) P. Roque González, Carta anua de 1613. 

(2) Ruyer, Carta anua del Iguazú en 1627. (Tkelles, Rev. del Arch. I, 168.) 

(3) Lozano, Hist. lib, V, cap. XIX, núm. 3: Sepp, Forselzung, secc. ÍI. capí- 
tulo XVIII. 

(4) Vid. supra, cap. III, §. V. 



- 372 - 

ministerio, le da al mismo tiempo todas las facultades y dones que 
son necesarios para ejercitarlo con fruto y utilidad: y esta dádiva 
de Dios constituye la gracia de estado. Claro es que no excluye tal 
gracia los medios y diligencias humanas, antes por el contrario las- 
exige- y mueve á ponerlas por obra, y en muchos casos facilita su 
acción y sugiere el modo como se han de emplear con acierto, ya 
que la gracia divina obra acomodándose á la naturaleza. Pero lo que 
añade de sustancial es que á los mismos medios contingentes que 
cx^-ita á poner por obra, les da la eficacia que por sí no tendrían: y 
esto hace que se logren con tanta perfección las empresas. La mis- 
ma gracia de estado, pues, dirigía los Misioneros en sus actos para 
que fuesen acertados, y movía los ánimos de los Guaraníes á seguir 
el impulso que recibían. Los que presumen que pueden conseguir 
otro tanto entrando en una ocupación á la que no es Dios quien los 
llama, sino sólo sus intereses humanos ó su vanidad, se ven desti- 
tuidos de este precioso auxilio tan eficaz como que procede del brazo 
omnipotente de Dios, 3^ fracasan en la empresa, como sucedió á 
aquellos de quienes dice el Sagrado texto: No eran del linaje de 
aquellos por medio de los cuales había resuelto Dios obrar la salva- 
ción de su pueblo (1). Y los que de otro modo pretenden dar cumplida 
razón de los felices resultados obtenidos por los Misioneros, yerran 
gioseramente en la explicación, porque omiten el elemento que lo- 
vivifica todo, que es la gracia 3' vocación divina. 



IX 
110 EL PROCURADOR Á EUROPA 

Cada tres años en las provincias de Europa 3" cada seis en las 
d.^ Indias, debía nombrarse, según las Constituciones de la Compa- 
ñía, uno de los sujetos de la provincia para ir á Roma 3' tratar con 
el P. General de los negocios ocurrentes, 3' entre otras cosas para 
deliberar con los Procuradores de las demás provincias si acaso era 
necesario juntar la Congregación general. La costumbre del Pro- 
curador á Roma se entabló en la provincia del Paraguay desde su 
principio que fué en 1607: 3' 3'a un año después enviaba al P. Gene- 
ral su Procurador, el P. Juan Romero. Y habiendo sido fundada 
esta provincia para el ñn principal de la conversión de los naturales 

0) Maoh.V.62. 



- 373 - 

y conservación en la fe de los convertidos, claro es que uno de los 
encargos preferentes del Procurador había de ser tratar del fomento 
y defensa de las Misiones y de los Misioneros, y en especial de reno- 
var el personal con nuevos sujetos traídos de Europa. 

Mas como el Rey de España era patrono de la Iglesia en América, 
y por otra parte, á causa de las estrechas prohibiciones de la ley (1), 
no podía pasar nadie ;l las Indias sin especial licencia; fué forzoso que 
el mismo Procurador primitivamente destinado á Roma, asistiese 
también en la Corte de Madrid para tratar de su comisión y obtener 
las licencias: pues de otro modo, en valde hubiera trabajado en jun- 
tar Misioneros ó arbitrar medios para la prosperidad de las Misiones, 
faltándole las facultades y apoyo que había de darle el Monarca. 

La conducción á América de religiosos de Europa estaba evi- 
dentemente justificada, porque con los entrados en Indias no había 
nunca número suficiente de operarios para los trabajos que era ne- 
cesario emprender. Contribuía además á mantener la uniformidad 
del cuerpo de la Compañía y la comunicación de caridad entre unas 
y otras naciones: y alentaba la observancia regular y el anhelo de 
la santidad, así en las provincias de Indias con el nuevo refuerzo de 
sujetos de fervor y espíritu, como en las mismas de Europa con la 
esperanza y preparación de tantos que se disponían para los apostó- 
licos afanes de las Misiones. Y la divina Bondad proveyó al remedio 
de estas necesidades y al logro de tantos bienes, dando en Europa á 
muchísimos Jesuítas la vocación y deseo de Misiones (como queda di- 
cho al hablar de los Indipetentcs), 3^ en él un poderoso estímulo para 
la perfección, aun en los casos en que no llegaban á verlo realizado. 

La persona del Procurador se elegía de calidades proporcionadas 
á las múltiples urgencias á que había de acudir: y por lo mismo 
acostumbraba ser uno de los mejores sujetos de la Provincia, cono- 
cedor del estado de ella, así en cuanto á los individuos, las necesida- 
des espirituales y el régimen interior, como en cuanto al estado 
temporal de las casas, la disposición favorable ó adversa de las 
personas de categoría, las pretensiones entabladas contra los Misio- 
neros, contra los indios, ó contra toda la provincia, y las resoluciones 
de carácter general que se debían tomar en materias controvertidas 
si se había de corresponder á las piadosas intenciones de los monar- 
cas españoles para con sus subditos americanos; y juntamente do- 
tado de tanta prudencia, aliento y espíritu, que garantizasen el buen 
éxito de los graves asuntos que se le encomendaban. Varios de los 

(1) Ley 8, tít. 7. hb. 1: ley 18y ley 13del tít. 14. lib. 1 R. I. 



-374- 

Procuradores fueron antes ó después de su comisión elegidos por 
el P. General para Provinciales de la provincia del Paraguay. En 
Madrid y en Roma hubieron de tratar asuntos tan delicados 5" de 
tanta trascendencia como el de la incorporación de los indios reduci- 
dos á la Corona, el de las relaciones entre los Obispos y los regula- 
res párrocos de indios, el de la libre disposición de los sujetos que 
reclama el Instituto de la Compañía, el de las armas de fuego, el 
del tributo y otros semejantes. Y en la serie de estos Procuradores 
suenan nombres tan gloriosos como los de Montoya, Diaz Taño, 
Diego Francisco Altamirano, Donvidas, Escanden y Muriel. 

Con el tiempo fué necesario que acudieran á este ministerio dos, 
y más tarde tres sujetos: uno Procurador principal, y dos suplentes, 
por haberse tocado con la experiencia que no pocas veces sucedía 
morir ó estar impedido el primero, )" quedar los asuntos en contin- 
gencia de perderse por falta de quien les diera dirección ó los llevara 
al cabo. Así es que se nombraban los tres, y hacían viaje á Europa 
el principal y el primer suplente, estando ordenado que entrambos 
se present;isen en Roma á N. P, General, y que uno de los dos á lo 
menos fuera Misionero de los Guaraníes ó lo hubiera sido de próxi- 
mo, para que pudiera dar noticia circunstanciada 3' exacta del estado 
de aquellas Misiones. 

Para salir de América, habían de llevar informaciones de los 
Obispos y de los Gobernadores en que expresasen determinadamente 
no sólo que había necesidad del envío de sujetos para los ministerios 
de la Compañía, sino aun el número de ellos que se necesitaba. Y 
comprendiendo la provincia religiosa del Paraguay tres dilatadas 
Gobernaciones y asimismo tres Obispados, de todos era menester 
recabar tales informes. 

Al buen éxito del intento del Procurador de traer numerosa y es- 
cogida Misión ayudaba no poco la práctica de escribir detallada- 
mente las cartas anuas. Eran éstas la relación de los sucesos edifi 
cantes que habían ocurrido en la provincia durante un año, ó durante 
un período más largo, á contar desde la última relación enviada. 
Contenían de ordinario las empresas para la conversión de los infie- 
les, acompañadas de copioso fruto y grandes consuelos espirituales 
unas veces, de contratiempos otras veces, y muy frecuentemente de 
persecuciones: todo lo cual encendía el ánimo y los deseos de los que 
las leÍMU, y servía de instrumento á la divina gracia para despertar 
vocaciones al ministerio apostólico de las Misiones. Llevaba el Pro- 
curador algunas copias de ellas y las difundía por diversos países, 
sea en las visitas que hacía personalmente, sea enviándolas á los Pa- 



- 375 - 

dres Provinciales. Y efectivamente producían el efecto deseado, 
contribuyendo A la conversión de los infieles, así como han sido en 
los tiempos posteriores y están siendo el día de hoy uno de los bue- 
nos auxiliares de la historia. 

Para facilitar;! los Procuiadores á Europa sus arduas y multipli- 
cadas tareas, fué preciso establecer desde el principio un Procura- 
dor General de Indias en Sevilla, y otro en Madrid, los cuales 
cuidaban permanentemente de los asuntos de las provincias de 
Ultramar, y auxiliaban en especial A los Procuradores cuando lle- 
oaba su tiempo, en el empeño de su expedición de Misioneros. El de 
Sevilla y después de Cádiz, fué siempre uno solo: en Madrid, á mitad 
del siglo xviii, hubo que dividir el trabajo que daban las ya crecien- 
tes provincias de Indias entre dos, y á veces entre tres sujetos. 



X 

LA EXPEDICIÓN J \ \ 

La principal incumbencia del Procurador á Europa, que era la 
de llevar nuevos operarios á las Misiones, era asimismo la tarea más 
laboriosa, la que mayores solicitudes le costaba, y de ordinario la 
más larga. Por eso se esforzaba en darle principio tan luego como 
se ofrecía oportunidad. Las primei as diligencias habían de hacerse 
en Madrid. Presentaba su petición al Re}^ en el Consejo de Indias, 
solicitando los 25, los 30 }' á veces 60 Misioneros, }' acompañando la 
súplica con los recaudos 3^ certificaciones de las autoridades eclesiásti- 
cas y civiles americanas de que va hecha mención. Al mismo tiempo 
que daba estos primeros pasos, procuraba ir á visitar á algunos 
de los Consejeros que se mostraban más amigos, para encomendar 
les el asunto: y en esta ocasión, y también á veces por insinuación de 
todo el Consejo, se veía forzado el Procurador á deshacer varios 
prejuicios, que como de tierras tan lejanas, y de resulta de informes 
de personas enemigas, volvían siempre á renovarse. En ocasiones se 
veía precisado á escribir memoriales en que se desvaneciesen los car- 
gos hechos siniestramente contra los Misioneros y las Misiones. En 
tablado ya el asunto, iba tan á la larga, que se dilataba no sólo meses 
sinoá veces años, mientras se despachaban otros negocios ocurren- 
tes de aquellos vastos dominios; de modo que, una vez que juzgaba 
prudentemente que sería el éxito favorable, le quedaba tiempo al 



— 37b - 

Procurador para emprender su viaje á Roma y á las provincias ex- 
tranjeras, é ir congregando los que el P. General determinase que 
habían de pasar á las Indias: A veces se cumplía el número concedi- 
do: otras veces no era así, y podía el Procurador ó un sustituto suyo 
conducir los restantes en otro viaje, cuando se hallasen dispuestos. 
No alcanzando las provincias de España á suministrar tanto nú- 
mero de Misioneros como exigían las crecidas necesidades de las pro 
vincias ultramarinas, era consecuencia que se hubiesen de tomar de 
las provincias extranjeras, con los inconvenientes que se dirán en su 
propio lugar: notando sólo aquí que para el pase de estos extranjeros 
se había de presentar la lista de los sujetos con la nacionalidad de 
cada uno, y había de ser aprobada antes de pretender embarcar- 
se. Para trasportar los efectos de la Misión, libros, ropa, objetos 
de devoción y cosas semejantes, había de obtenerse nueva Cédula de 
permiso, en que constase el número de cajones trasportados, la 
clase de objetos contenidos en cada uno, y su destino: y tenía obli- 
gación el Procurador de sujetarse al minucioso registro de tales ob- 
jetos, quedando decomisados los que se hallasen exceder de lo con- 
cedido en la Cédula. Había de sacarse nueva Cédula para que los 
jueces Oficiales Reales de la casa de Contratación proveyesen á 
los Misioneros expresados en la lista, asegurando la cantidad de 
bastimentos precisos para la travesía, pagando al maestre de la nave 
el pasaje, y dando á cada religioso el avío correspondiente, según 
la norma señalada de antemano (1). 

1 La C édula Real de 6 de Agosto de 1571 (Astrain, Hist. de la Asistencia de 
España, II. 301) distingue estas partidas: Viaje al puerto de embarque (/o que los 
religiosos hubieren concertado con los arrieros), que se regulaba en cuatro rea- 
les diarios (2,5 francos): avio (un vestuario de paíio negro... tin colchón y una 
almohada y una frazada para el mar): entretenimiento y sustento en el puerto 
(real y medio cada día) =(0,93 fr.): el flete: el viaje hasta Méjico. En 10 de 
Diciembre de 1607, no bastando lo antes señalado, por haberse encarecido 
todo, se aumenta hasta siete reales diarios el gasto de viaje: dos reales diarios 
provisionalmente el sustento en el puerto: el avío se tasa en 48.675 mrs. por 
cada Misionero Jesuíta, con más 40 reales por tres capítulos que se añaden (Sevi- 
lla: Arch; de Indias: 154 7-14): y en otra Cédula del mismo día, ley 6. tit. 14. 
lib. I. R. I. (reduciéndolo todo á moneda, se fija en 1,020 reales=(636 fran- 
cos) el avío, y en 18.3l^6 maravedises=(336 francos) el fleie. La cantidad que 
daba el Rey no aumentaba: y el precio de las cosas crecía: por lo que en 1680 re- 
presentaba el P. Donvidas que con los dos reales de entretenimiento era bien no- 
torio que aun no había para pan (C. R. de 3 de Abril de 1680: Sevilla: Arch. de 
Ind. 125-7-6). — En 1761 se mantenían los 7 reales diarios de viaje y 2 reales diarios 
de entretenimiento, y se fijaba en 29.854 maravedises=:(549 francos) la conduc- 
ción de cada sacerdote y 7 500 mars.=(138 francos) la de cada Coadjutor: aña- 
diendo á cada uno 57 pesos para viaje de Buenos Aires á su destino (Céd. R. de 27 
Febrero 1761: Sevilla: Arch de Indias. lL'5-7-6). El total de cantidades venía á ser 
la cuarta parte de los gastos efectivos. (A causa de las variaciones de la moneda, 
no son sino aproximados é inciertos los valores estimados en francos, que se han 
fijado usando estas dos equivalencias: 8 reales = 5 francos; 1 real=34 maravedises.) 



Después de las diligencias en la Corte, seguíanse otras en el 
puerto de embarque. Los buques para las Indias salían de un solo 
puerto, que fué Sevilla hasta 1720, y de 1720 en adelante, Cádiz, por 
haberse obstruido notablemente el puerto de Sevilla con la arena aca- 
rreada por el Guadalquivir. Allí estaban aguardando los Misioneros, 
quiénes desde hacía algunos meses, quiénes desde un año antes, y á 
veces desde dos años. Era que además de largos trámites para la ex 
pedición de las Cédulas había que contar con la oportunidad de hallar 
embarcación. Sólo una vez al año y en época determinada se embar- 
caban los que iban á Méjico en la flota ó á Tierra firme y el Perú en 
los galeones. Los que pasaban á Chile ó al Río de la Plata tenían 
una ventaja en ir directamente al puerto de Buenos Aires; pero 
no tenían seguridad en el tiempo de la salida: porque habían de 
navegar en los llamados buques de permiso, por concederse como 
excepción su viaje por tres ó más años, en cuyo período solían 
salir también una vez al año. Con el tiempo se enviaron los bu- 
ques de registro, que hacían viaje con más regularidad y fre 
cuencia. 

A fines del siglo xviii trataron los Jesuítas de abrir un colegio su- 
fragado por todas las provincias de Indias y situado en España, cerca 
del puerto de embarque, donde se recibiesen sujetos únicamente para 
las mismas provincias de Ultramar; pero pesadas maduramente las 
razones en pro 3^ en contra, hubo de rcnunciar^e al intento. Lo que sí 
se edificó hacia 1730, fué una casa capaz, con ochenta habitaciones, en 
el Puerto de Santa María, para albergar á los religiosos que iban de 
Misioneros á América ó volvían de ella, y que se llamó Hospicio de 
los Misioneros. 

En el mismo puerto de embarque ocurrían á veces santas con- 
tiendas como la que en 1618 relata el P. Pedro Boschere, flamenco, 
en los siguientes términos: «Apenas habían salido los Padres de la 
expedición mejicana, cuando llegó á Sevilla el P. Vázquez, Procura- 
dor de la provincia del Perú: y luego que supo que allí aguardaban 
cuatro de la provincia de Flandes, indiferentes y sin estar señalados 
para misión fija, nos tomó apresuradamente á todos para sí, deseando 
que hubiera más, y afirmando que á no haberse ido ya los dos que 
salieron para Méjico, hubiera detenido otros más que tenía prometi- 
dos. Pero sobreviniendo muy luego el P. Viana, Procurador de la 
provincia del Paraguay, dijo que debían ir con él dos de nosotros; 
porque los que pasaban á Indias y se hallaban indiferentes, se dividían 
por suertes iguales. Trabóse una contienda que fué harto larga: y al 
fin convinieron en nombrar arbitros, dándose dos al P. Viana, que fui- 



-378- 

mos el P. Spelder 3' 3-0. Ahora casi no quepo en mí de gozo, 
etc.» (1). 

Cumplidos todos los demás requisitos, se había de verificar la 
revista. Presentábanse para ello el Procurador 3' sus compañeros 
ante el juez de embarque señalado por la Casa de Contratación, que 
era comúnmente uno de los mismos Oficiales Reales, 3' con la lista 
en la mano se examinaba la correspondencia de caJa uno de los 
■Misioneros presentes con los concedidos por el Consejo. 

Con tantas dilaciones, no era extraño que algunos de los que 
habían asentado para Misioneros de Ultramar, tomasen en vez del 
puerto de Indias el del cielo, muriendo en medio de la navegación ó 
en los puntos de espera: daño tan sensible como se deja entender, 
por la falta que hacían los sujetos, 3^ por los trabajos y fatigas que 
había costado ponerlos 3'a en situación de aprovechar espiritual- 
mente á los moradores de América. 

Terminadas todas las diligencias, restaban las dificultades inhe- 
rentes á la navegación. No eran éstas pequeñas. El viaje de Sevilla 
á Buenos Aires en buque de vela era de unos cuatro meses en lis 
circunstancias más favorables. Pero había que contar con las tor- 
mentas, que podían sumergir, como de hecho sumergieron en varias 
ocasiones, los buques en que iban los Misioneros Jesuítas (2): había 
que prevenirse para arrostrar las calmas y los vientos contrarios, 
que hacían que no se pudiese entrar en el Río de la Plata en menos 
de medio año: 3' vez hubo, como le sucedió en 1640 al P. Díaz Taño, 
en que después de llegar á vista del cabo de Santa María y estar á 
punto de entrar ya en el río, fueron los buques empujados de un 
terrible pampero (viento SO.), 3" vueltos hacia atrás, viéndose obliga- 
dos á recalar no menos que en el puerto de Río Janeiro. Alguna vez 
sucedió quedarse abandonados del buque los Misioneros en el puerto 
de Santa María, porque aun á pesar de haber contratado con el p;itrón 
que les avisaría cuando llegase el día de la partida, se había hecho 
á la vela sin darles noticia alguna. Con lo cual quedaban forzados á 
detenerse algunos meses todavía en el puerto, mientras se presen- 
taba coyuntura de fletar nueva embarcación. Era otro de los graves 
riesgos el de encontrar enemigos en el mar. Las colonias españolas 
eran mu3' codiciadas, y por causa de su conservación estaba muchas 

(1) Brusklas: Bibl. royale des Diics de Bourgogne. MS. n. 4548 5-J4ñ. f. 1, 
(.2) En C. K. de 31 Dic. 1744 (Shvilla: 125-7.6.) se concede avío para cinco Mi- 
sioneros al Paraguay en sustitución de cuatro sacerdotes y un Coadjutor que pe- 
reoieron por haber naufragado su barco cerca del Brasil. Hubo vez que en cua- 
renta años (1686-1727) perecieron en naufragios 113 Misioneros Jesuítas (IIuondek, 
Deutsche Jesuiten Missioniire, p. 38). 



-379- 

veces España en guerra con otras naciones. Entonces eran objeto de 
los asaltos de naves extranjeras los buques que trasportaban á los 
Misioneros, y rendidos A fuerza mayor, quedaban prisioneros los 
Padres, siendo conducidos unas veces á Europa; otras, dejados en 
tierras de Portugal en el Brasil; y siempre despojados de lo que 
llevaban. Salido el P. Francisco Burgés de Lisboa en navios espa 
ñoles cuando 3'a hacía ocho años que faltaba de su provincia, cayó 
en manos de enemigos holandeses, quienes á pesar de que los Misio- 
neros iban provistos de salvoconducto de la Reina de Inglaterra, los 
hicieron prisioneros, robándoles cuanto tenían, y conduciéndolos á 
Amsterdam, los detuvieron allí hasta que por reclamaciones de los 
embajadores, los restituyeron más tarde á Lisboa; habiéndose perdido 
asidos años y todo lo que se había prevenido para la expedición, 
3' encontrándose de nuevo los Misioneros al principio del viaje. Y he- 
chos de nuevo todos los preparativos, llegó la misión á Buenos Aires 
á los diez años de haber salido de aquel puerto el P. Procurador. 

Es de notar que en llegando á Buenos Aires había nueva revista, 
3^ con el registro de Sevilla en la mano, se contaban los pasajeros y 
se tomaba razón de cada uno de los Padres, preguntándoles otra vez 
su nombre, patria, edad, etc., y confrontando las señas con las que 
venían en la lista. Y como si no bastase eso, todavía se pretendió 
establecer otra revista, que era la tercera, al llegar á Córdoba, 
donde eran destinados gran número de los Padres: hasta que por 
Cédula expresa que se obtuvo, quedó suprimida esta enojosa dili- 
gencia. 

El Rey de España tenía señalada cantidad fija para cada uno de 
los Misioneros que pasaban á las Indias, como se ha dicho arriba: 
mas esta cantidad, si acaso fué bastante en los primeros tiempos, 
estuvo tan distante de serlo más tarde, que á mediados del siglo xviii, 
era menester que pagase la provincia las tres cuartas partes de los 
gastos, viniendo á costarle cada Misionero, según lo expresa el 
P. Escandón, unos mil pesos (1). 

Tantas fatigas y trabajos sufridos 3' tantos esfuerzos de todo 
género, se daban por bien empleados cuando por fin se lograba ver 
3'a en tierras americanas aquellos celosos operarios de la salvación 
de las almas" 3^ los moradores de Buenos Aires salían, con sus auto 
ridades eclesiásticas 3- civiles al frente, á recibir la expedición con 
el júbilo y solemnidad que pueden verse descritos en la primera 
carta del P. Cattaneo. 

(1) EscANDÓ.x, carta respuesta al P. José Cardiel (sin fecha [1771]) en Calata - 
vuD, Tratado del Paraguay. 



CAPITULO XII 

PROCEDER SEGUIDO EN LAS CONVERSIONES 



1. Beneplácito de las autoridades religiosa y civil. — 2. Modo más ordinario 
como se entablaba una reducción. — 3. Otras reducciones. — 4. Varios otros mo- 
dos como se reducían los infieles del Paraguay. — 5. Qué influjo haya tenido el 
temor en la fundación y conservación de las Reducciones. — 6. Reducción por las 
armas y Reducción por el Evangelio. 



I 

112 BENEPLÁCITO DE LAS AUTORIDADES 

RELIGIOSA Y CIVIL 

El modo con que los Jesuítas entablaban las Misiones entre los 
infieles Guaraníes consta suficientemente de la historia del Paraguay 
y de los relatos de las Cartas edificantes. Oportuno será, no obstante, 
para mayor ilustración de la materia del presente estudio, llamar 
la atención sobre algunas circunstancias que no se suelen tocar tan 
de propósito, dando al mismo tiempo una idea de conjunto de las mis- 
mas conversiones según los datos que en la historia 3'a escrita y en 
sus varias fuentes se hallan dispersos. 

El Misionero deriva originariamente su cualidad de tal de la 
voluntad expresa de Nuestro Señor Jesucristo que dijo á su Iglesia 
personificada en los Apóstoles. «Id por todo el mundo, 3' predicad <á 
todos los hombres mi Evangelio» (1). Para que esta Misión sea legí- 
tima, ha de proceder de la autoridad de aquella misma Iglesia A 
quien Jesucristo ha encomendado la ejecución de sus mandatos. Esto 
se verificaba en los Jesuítas quienes no entraban en conversión 
alguna sino enviados ó por el Sumo Pontífice ó por su propio supe- 
rior, que de él tiene recibida autoridad para el efecto. 

(1) Marc. XVI, 15. 



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Mas juntamente con la autoridad del Prelado religioso, que en 
nombre del Papa daba facultades á la persona del Misionero, había 
de contar éste con otras autoridades, por estar situadas las tierras 
de Misiones en los dominios españoles. La ley de España prescribía 
que siempre que se hubiesen de enviar religiosos á tierras nueva- 
mente descubiertas donde no hubiese doctrina, se hiciera esto con 
consulta del Ordinario y del Gobernador de la provincia (1). Aun 
antes que se diera esta disposición en 1612, procedían así los Jesuítas 
al emprender las primeras reducciones en la región del Paraná y en 
la del Guayrá, no sólo con el beneplácito, sino en virtud de las ins- 
tancias del Gobernador del Río de la Plata Hernandarias de Saave- 
dra y del Obispo de la Asunción, D. Fr. Reginaldo de Lizarraga (2). 
Otro tanto hicieron cuando se penetró en 1627 en la comarca del 
Uruguay, con mucha voluntad y grandes esperanzas del Gobernador 
D. Francisco de Céspedes y del Illmo. Sr. Obispo D. Fr. Pedro 
Carranza (3) .Y de la misma manera continuaron en adelante invaria- 
blemente, como se puede ver en la enumeración conservada entre 
los papeles de D. Pedro de Angelis (4) con el título: «Demostración 
clara y evidente de cómo los Religiosos de la Compañía de Jesús, 
desde que entraron á las Provincias del Paraná y Uruguay, siempre 
ha sido con licencia expresa y aprobación de los señores Obispos, 
Provisores y Sedes vacantes» y el texto autorizado de la facultad 
del Rey y de las que sucesivamente fueron dando los Gobernadores, 
que aun hoy existe en el Archivo de Indias de Sevilla (5). 

Fuera de lo dicho, había aún otras razones que obligaban á los 
Jesuítas á no prescindir del beneplácito de la autoridad civil. El Rey 
de España era perpetuo favorecedor de las misiones: y ellos mismos 
venían á América á costa, á lo menos parcial, del Real Erario: accio- 
nes que pedían de suyo agradecimiento y cortesía. Es más: el Rey, 
al obrar así, procedía en nombre del Vicario de Cristo y en virtud 
del encargo primitivo de la Bula ínter caetera divinae Maiestati (6) 
de 4 de Mayo^de 1493, lo que daba á su envío un carácter de misión 
de la Iglesia, sea que se considerase el Monarca como simple ejecu- 
tor de la voluntad del Papa, sea que fuese tenido (como en efecto lo 



(1) Ley 36, tít. 14. lib. 1, R. I. 

(2) Lozano, Historia, lib. \\ cap. VIII, n. -4: cap. XVIII, nn. 6, 7, 9. 

(3) Techo, VII, 32. 

(4) Río- Janeiro: MSS. Bibl. Nac. Col. Angelis, X. 29. 

(5) Sevilla: Arch. de Ind. 74. 6. 29. 

(6) § 7, «Mandamus vobis... ad térras firmas et ínsulas praedictas viros probos 
et Deum tiraentes, doctos, peritos et expertos, ad nstruendum Íncolas et habitato- 
res praefatos in fide catholica et bonis moribus imbuendum, mittere debeatis.» 



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tcriían varios Doctores de aquella época) (1) por legado del Sumo 
Pontífice para las cosas de América. Lo mismo aconsejaba la pru- 
dencia más elemental, cuando hubiesen faltado los otros motivos: ya 
que procediendo de acuerdo con la autoridad eclesiástica y civil lo- 
cal, entraban en la empresa con el consejo de personas experimenta- 
das, que les podían dar luz en muchas cosas, y se granjeaban un 
potente apoyo y defensa: mientras que obrando de contrario modo 
en territorio de jurisdicción real y eclesiástica conocida, se hubieran 
creado la enemistad de entrambas potestades, sobreviniéndoles los 
mayores estorbos, y aun la imposibilidad de llegar á buen término. 
Finalmente, su propio Instituto ordenaba á los Jesuítas que en 
llegando á los parajes en que residen Obispos, se presenten cuanto 
antes á ellos, les ofrezcan humildemente sus trabajos, y con modes- 
tia religiosa les pidan licencia para ejercitar los ministerios de la 
Compañía (2): y respecto de la autoridad civil, bien significativas son 
las palabras del Santo Fundador (3): «Principalmente se mantenga la 
benevolencia de la Sede Apostólica, á quien especialmente ha de 
servir la Compañía; y después, de los príncipes temporales, perso- 
nas grandes y de valor, cuyo favor ó disfavor hace mucho para que 
se abra ó cierre la puerta del divino servicio y bien de las ánimas.» 
Tan sólidas y urgentes eran las razones que movieron á los Jesuítas á 
no separarse nunca de la norma adoptada desde el principio, de pro- 
curar ante todo el beneplácito de las autoridades civil y eclesiástica. 
Cuan estimada por otra parte fuese de estas autoridades la acción 
de los Jesuítas, 3^ como á veces eran ellas las que ponían más empeño 
y daban los primeros pasos para que los Jesuítas se encargasen 
de plantear las reducciones de infieles, además de que está patente 
en las empresas arriba mencionadas del Paraná, Guayrá y Uruguay, 
consta en especial de lo ocurrido desde 1678 á 1685}^ años siguientes 
en cuanto á la conversión de los indios montaraces con que se formó 
la reducción del Jesús, materia de la que, si no todos, al menos los 
principales documentos subsisten todavía. Averiguada la existencia 
de unas tribus de indios salvajes hacia el río Monda}', exhorta el Go- 
bernador Rege Gorbalán, de parecer unánime del Cabildo secular, 
al P. Nicolás del Techo, Rector entonces del colegio de la Asunción, 
para que mande Misioneros á convertirlos (4). Responde el P. Techo, 
exponiendo la falta de sujetos y la imposibilidad de acudir por el 



(1) MuKíEi., Fasti, Ord. X, nota 6. 

(2) Refíiilae eorum qiii in missionibus versaiitur, 7. 

(3) Constitiitiones, parte X, n. ll,l¡tt. B. 

(4) BuHNOs Aires, Arch. gen. Jesuítas, legajo, Cédulas reales, 1. 



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momento; pero que avisará á su Provincial, que es á quien toca dis 
poner, y espera se hallar;! alj^ún remedio á t.mta necesidad (1). Lo 
mismo responde á nuevo exhorto que le hace el Gobernador seis días 
después, con ocasión de haberse dejado ver un centenar de los dichos 
indios; y añade esta vez el P. Techo, que aunque en el colegio no 
quedan sino cuatro personas, él, á pesar de sus muchos años, se va á 
ofrecer á su Provincial para aquella empresa (2). Alármanse los en 
comenderos, sabiendo que si son los Jesuítas quienes reducen aque- 
llos inñeles, los juntar/m en pueblo libre del servicio personal; y por 
este motivo hacen que otros se encarguen de la conversión (3). Mas 
los indios, que ya parecían reducidos, se vuelven al monte y á su gen- 
tilidad; hasta que después de varias tentativas durante siete años, 
perdidas todas las esperanzas, insta el Illmo. Obispo Casas al Supe 
rior de las Doctrinas, P. Juan Maranges, que envíe allá Padres con 
versores (4), como finalmente se hizo, y se logró la reducción. Este 
último exhorto va reproducido en el Apéndice, núm. 37; y losdemá^ 
autos pueden verse en los Archivos abajo citados. 



II 

MODO MÁS ORDINARIO COMO SE ENTABLABA 113 

UNA REDUCCIÓN 

El caso que más veces se ofreció en la conversión de los Guara- 
níes era aquel en que había alguna parcialidad de indios que no estaba 
de guerra; ó que habiéndolo estado, se ofrecía á pacificarse, mucho 
más si algunos de los infieles, por uno ú otro motivo, mostraban de- 
seos de tener sacerdotes que los instruyesen. Lo primero se verificó 
en las reducciones primitivas del Guayrá y en los Itatines; lo segundo 
en las del Paraná. En cualquiera circunstancia había de ser pre- 
vención necesaria el procurar formar el pueblo en la región en que 
moraban los indios; y aun hubiera querido cada cacique que esto se 
hiciera en sus propias tierras, dificultando siempre el abandonar los 
parajes donde se habían criado y que tenían conocidos; y así se les ga- 
naba mucho la voluntad con el anuncio de ir á formar pueblos en su 

(1) Buenos Aires, Arch. gen. Jesuítas, legajo, Cédulas reales, 1. 

(2) Río Janeiro, M.sS. Bibl. nac. Col. Angelis, X, 22. 

(3) Jarque, Misioneros insignes, III, cap. 22, n. 4. 

(4) Río Janeiro, Col. Angelis, XI, I. 



-384- 

país. Emprendía, pues, el Misionero su viaje á la comarca donde 
habitaban los infieles, llevando en su compañía si era posible alguna 
persona española conocida, y algunos indios principales de los ya 
cristianos, parientes y amigos de los que se iban á buscar. Con el in- 
flujo de éstos, se formaba junta de caciques de la tierra, á los cuales 
procuraba el Padre agasajar y ganarles la voluntad. Hacíase fácil- 
mente la junta, por ser ellos aficionados á parlamento; y en ella les 
proponía el Misionero la conveniencia que tenían en fundar un pueblo 
en que todos se reuniesen, donde sus hijos pudieran ser bien enseña- 
dos, y ellos mismos, sin tanto trabajo de recorrer los montes, tuviesen 
asegurado el sustento, y con las razones humanas mezclaba del cono- 
cimiento de la religión tanto como sufría la oportunidad, enseñándo- 
les que había un Dios y Señor que tenía reservados para los malos 
gravísimos castigos, mas para los buenos una vida de felicidad sin 
término después de la presente, y que para lograrla era menester ha- 
cerse hijos de Dios; que para eso había venido el Padre, pero que no 
podría atenderlos mientras no estuviesen todos congregados en un 
paraje. Cuando el asunto principal de juntarse en uno ó más pue- 
blos estaba resuelto, seguíase la elección del lugar, que llevaba con- 
sigo muchos días para examinar parajes, oir opiniones y concordar 
las voluntades (1). 

Entonces empezaba el mayor trabajo del Misionero. Para que se 
llevase á efecto lo resuelto en la junta, usaba de todos los medios 
convenientes que se podían idear. Valíase para con muchos indios 
particulares prevenidos, de la persuasión de los caciques; desenga- 
ñábalos de la errada opinión en que á veces estaban de que los que- 
rían juntar para entregarlos al español. Dos cosas en especial alla- 
naron muchas dificultades y movieron poderosamente el ánimo de 
los Guaraníes. Una fué la promesa que se les hizo luego que fué po- 
sible, empeñando la palabra del Rey, de que no serían encomendados 
á los españoles para servirles con servicio personal, sino que serían 
vasallos inmediatos como los mismos españoles (2). Otra, la tradición 
común que entre ellos se había conservado en el Guayrá, de haberles 
predicado aquel varón santo de quien se ha hablado arriba, libro í, 
capítulo I, § X, (que se entendió sería el Apóstol Santo Tomás), y del 
pronóstico que les dejó, de que con el tiempo vendrían á enseñarles 
la misma Doctrina unos predicadores á quienes ellos reconocieron 
en los Jesuítas, por las señas que les daba el anuncio (3). El Misio- 

'D Lozano, Historia, lib, V, cap. XVII y XIX. 

(2) Id. lib. VI, cap. VII, nn. 15. 22. 

(3) MüNTuYA, Conquista s XXI sqq. Lozano, Historia, lib, V, cap. XVI n. 13, 



— as5 — 

n-ro hablaba á cada uno de los indios, y les regalaba con los objetos 
que los europeos tienen por niñerías, y para el indio eran de gran 
valor; cuentas, abalorios, espejitos. No todos eran objetos de adorno 
ó de juego; los había también útilísimos para el indio, por más que 
fueran de poco valor para el europeo por la abundancia y facilidad 
de su fabricación; tijeras, cuchillos, agujas de coser. Mas lo que cau- 
tivaba al indio de estas regiones, y lo ganaba más que ninguna otra 
dádiva, era el hacha. Acostumbrado á gastar tanto tiempo y trabajo 
en el laboreo de los árboles para canoas, fábricas de cabana ó uten- 
silios de caza y guerra, era para él inapreciable la ventaja de poseer 
una hacha. Indio que recibía una hacha, se tenía por tan obligado 
como si hubiese firmado el más inviolable contrato, á trasladarse á la 
reducción, rozar su parte de bosque para hacer sementera, y po- 
nerse bajo de la dirección del Padre; como lo advierte el P. Pedro de 
Oñate en las Anuas de 1618 y 1619. «Es muy grande el trabajo que 
pasan los Padres el primer año de estas Reducciones, en que no se 
trata, ni puede, del Evangelio y Doctrina, sino de que hagan sus 
casas 3" chácaras y se reduzcan á pueblo, Y es cosa maravillosa y 
benigna providencia de nuestro Señor, que en dando á cualquiera in- 
dio una cuña de hierro [hacha] (que vale dos pesos ó menos) para ro- 
zar el monte, luego está seguro, y como con grillos y cadenas para 
quedarse para siempre en el pueblo y Doctrina, y hacerse cristiano; 
y así dicen muy bien los Padres que las almas aquí valen á cuña de 
hierro » Para ejercitar estos buenos oficios, se procuraba que el Mi- 
sionero fuese lenguaraz, lo cual no era tan difícil en la nación Gua- 
raní, de que se formaron las Reducciones del Paraguay, porque la 
misma lengua, aunque con algunas alteraciones, hablaban los indios 
ya sujetos en la provincia. Cuando el Misionero ignoraba ó no poseía 
bien el idioma, se hacía acompañar de intérprete, y se aplicaba con 
gran solicitud á entender pronto la lengua de los Indios como instru- 
mento necesario para la predicación y enseñanza. Y merced al em- 
peño en hablar y aprender, especialmente de boca de los mismos 
indios, llegaban no pocos Jesuítas á hablar con tanta expedición y 
energía el Guaraní como si les fuera natural, y todos de modo que 
se hacían entender y comunicaban con los indios, cosa que les cap- 
taba de un modo singular la simpatía de éstos. 

Seguíase después de las primeras diligencias el señalar territorio 
para cada uno de los caciques con sus vasallos (1); el edificar los in- 
dios sus casas y una humilde capilla provisoria y casa para el Misio- 

(1) Lozano. Historia, lib. V, cap. XIX, n. 3. 

25 Organización Social de las Doctrinas Guaraníes. 



-3H6- 

nero. trabajos todos en que el Padre no sólo había de hacer el papel 
de Director, sino muchas veces el de obrero, para que los indios 
aprendiesen, y para alentarles 3^ ayudarles á vencer su nativa indo- 
lencia. En seguida se entablaba la escuela y catecismo diario para 
los niños; y para los adultos se destinaba el domingo y el jueves, día 
al cual ellos denominaron Teiqíie, esto es, entrada, porque ese día 
entraban en la iglesia á la Doctrina. Venían después las inconstan 
cias, enemistades, persecuciones, trastornos de todo género, que 
ponían en peligro la reducción, y á veces la arruinaban. 

Era entre los Guaraníes gentiles grande el daño que hacían los 
hechiceros, persuadiéndoles gran número de supersticiones (1). Y si 
bien es verdad que estos pueblos en sus principios no tenían ídolos, con 
lo cual hubo un grave obstáculo menos para que recibiesen la verda- 
dera religión; no obstante, en el tiempo en que se entablaron las Re- 
ducciones, habían llegado aquellos hombres perversos á ser sus ídolos 
vivos, y retardaron la conversión, no sólo por su enemiga contra la 
santa fe, que les hacía perder sus ganancias y predominio, sino tam 
bien porque se arrojaron hasta á fingir que eran dioses, 3' á hacerse 
adorar como tales, imbu3'endo á los indios muchas otras nocivas su- 
persticiones de que 3'a se ha hablado. 

Contra estos enemigos hubieron de combatir los Misioneros, ora 
logrando convertirlos, y haciendo que ellos mismos confesaran la fal- 
sedad de sus enseñanzas (2); otras veces deshaciendo sus embustes con 
la explicación de la Doctrina cristiana, 3^ demostrando con las obras, 
cuan falso era 3' cuan corto y aun nulo su poder (3); algunas, aplicán- 
doles el merecido castigo (4); y aun hubo vez que los mismos indios, 
no cristianos todavía, trataron tan mal á estos embaucadores, que 
les hubiera sido mucho mejor ser castigados por dirección de los Mi- 
sioneros, con lo cual por lo menos hubieran conservado la vida (5). 
Pero estos mismos magos fueron los que levantaron las tempestades 
más furiosas en las Reducciones; 3" guiados por ellos, quitaron los 
indios la vida á varios Misioneros, en odio de la fe, que les predicaba 
la enmienda de sus rotas y estragadas costumbres. 

Este obstáculo y con él la lujuria reinante, de una manera espe- 
cial en los caciques, hasta tener gran número de mujeres, veinte, 
treinta 3'- hasta cincuenta (6), fueron los que más retardaron la pro- 

(1) Cap. I. §X. 

(2) MoNTOYA, Conquista espiritual, § XL. 

(3) Ibid.§XXIX. 

(4) Ibid. §8. XLIII, XLIX. 

(5) Ibid. § IX. 

(6) Ib. 8. X. Lozano, Historia, lib. \'. cap. XV. núm. 10. 



- 387 - 

pagación del Ev^•mg■elio, teniendo los Padres que toleraren los gen 
tiles al principio de la reducción lo que no podían remediar, y disi- 
mular en gentiles como si no lo viesen lo que si hubiesen querido 
remediar desde luego les hubiera acarreado la enemistad y aun la 
destrucción de la naciente cristiandad y su propia muerte. Y así, de 
los principios de Loreto y San Ignacio mirí