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Full text of "Organización social de las doctrinas guaraníes de la Compañía de Jesús .."

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ORGANIZACIÓN SOCIAL 
DE LAS DOCTRINAS GUARANÍES 



1.— Organización social de las doctrinas guaraníes.— tomo h. 



ES PROPIEDAD 




MISIONES DEL PARAGUAY 

ORGANIZACIÓN 
SOCIAL 

DE LAS 

DOCTRINAS GUARANÍES 
DE LA COMPAÑÍA DE JESÚS 

OBRA ESCRITA POR EL 

P. PABLO HERNÁNDEZ 

RELIGIOSO DE LA MISMA COMPAÑÍA 




BARCELONA 
GUSTAVO GILL Editor 

Calle de la Universidad, 45 
MCMXIII 



imprimí potest 



JosEPHus Barrachina, S. J. 

Praep. Prov. Aragoniae 



Barcelona 15 de Noviembre de 1911 



NIHIL OBSTAT 



El Censor 
Jaime Pons, 5. /. 



Barcelona 30 de Diciembre de 1911 
IMPRÍMASE 



EL VICARIO GENERAL 



José Palmarola 



18E318 



Por mandado de Su Sria. 
Lie. Salvador Carreras, Pbro. 

Serio. Canc. 



LIBRO SEGUNDO 



VALOR DE LA OBRA 



Sección Primera 
EFECTOS 



CAPITULO PRIMERO 

EFECTOS EN LOS MISMOS INDIOS 



1. Fe, religión y piedad cristiana.— 2. Conservación de la raza indígena. — 
3. Seguridad y paz del territorio ocupado por los indios.— 4. La libertad de los 
indios.— 5. Agricultura é industria. — 6. Mudanza de costumbres. — 7. Hasta qué 
punto se perfeccionaron las costumbres.— 8. De la posibilidad de introducir el 
celibato y el sacerdocio entre los Guaraníes. — 9. Daños internos y riesgos de las 
Reducciones. 

Tres cosas pueden dar exacta idea de la eficacia y mérito de un 
procedimiento cualquiera: sus efectos absolutamente considerados: 
su comparación con otros procedimientos ensayados en la misma 
materia: y los juicios que sobre él se han formado, aquilatándolos y 
pesando su rectitud. Estos tres medios servirán en el presente libro 
segundo, para formar concepto del valor que en sí tuviese el modo 
con que los Jesuítas dirigieron las Doctrinas Guaraníes. 

Y principiando por los efectos, se examinarán primero los efectos 
que produjo el sistema de los Jesuítas en los mismos indios; y des- 
pués los efectos en bien del país. 



I 

FE, RELIGIÓN Y PIEDAD CRISTIANA 

El primer efecto favorable para los indios que debe ponderarse 
es la fe, religión y piedad cristiana, introducida y conservada en sus 
ánimos en virtud del régimen de los Jesuítas. Es verdad que á al- 



-8- 

gunos parecerá impertinente tratar de este efecto en un estudio 
sociológico, y se contentarían nicas con oír entonar himnos al ade- 
lanto industrial, á la riqueza agrícola y pecuaria, etc., etc. Pero la 
verdad es que entre todos los efectos producidos por los Jesuítas en 
el Paraguay, éste es el que merece ocupar el primer lugar, así por- 
que fué el primero y principal á que atendieron los Jesuítas y los 
Reyes de España que los enviaban, como porque en sí es el de más 
importancia )' raíz de todos los otros. 

Bien pueden clamar los émulos de los Jesuítas que sus móviles 
eran la codicia y la ambición; pero nunca podrán oscurecer esta 
verdad: que de los innumerables Jesuítas que de Europa vinieron á 
sepultarse en los bosques de estos países, entre peligros é incomo- 
didades sin cuento, en un destierro de toda otra sociedad que no 
fuese la de los incultos indios; ni uno solo hubiera dado un paso para 
moverse de su patria, si no hubiera sido por el motivo que excitaba 
todas sus ansias, el de trabajar en la salvación de las almas de estos 
nfelices. Y otro tanto se diga de los Jesuítas americanos, que gus- 
tosos abandonaban las ciudades )' la comodidad de sus casas y com- 
pañía de sus familias, para dedicarse á aquel ministerio de apóstoles. 
Del Gobierno de España no hay más que decir sino que en los docu- 
mentos se descubre, si no todo el ánimo de los gobernantes, á lo 
menos la idea que predomina en ellos. Públicamente profesaba el 
Rey de España en sus Cédulas y leyes, que el primer fin á que se 
dirigían sus intentos, y que miraba como una gravísima obligación, 
era la santa fe católica y su dilatación por medio de la predicación 
evangélica entre los infieles. Y de que esto no eran puras palabras, 
son argumento cierto las cuantiosas sumas que sin escasear erogaba 
el monarca en el avío y decente sustentación de crecido número de 
Misioneros. — H03' en las naciones cristianas apenas se ve que los 
Gobiernos hablen de estos nobilísimos objetos, ni contribuyan á ellos, 
sino á lo más de una manera casi vergonzante: en cambio los docu- 
mentos están llenos de elogios de las prosperidades materiales, por- 
que esas son las que en efecto se buscan j^ se atienden. 

Y á pesar de todo, la religión es el más importante de todos los 
intereses y la raíz de los demás. El más importante; porque aunque 
la sociedad civil no lo tenga por fin inmediato y directo, sí que lo 
tiene por verdadero fin y fin último, como que la sociedad civil no 
está ordenada á perfeccionar seres cuyo destino se acaba en esta 
vida, sino hombres cuyo destino es inmortal, y no puede conseguirse 
isino por medio de la religión verdadera. Raíz de los otros; porque 
floreciendo la religión en un país, florecen todas las virtudes, )' con 



-9- 

ellas el orden, el trabajo y la abundancia. Lo que evidentemente se 
verificó en los Guaraníes. 

El fruto, pues, que en esta parte sacaron de su diligencia los 
Misioneros fué conservar durante ciento cincuenta años una fervo- 
rosa cristiandad, en la que los indios cabían y entendían las cosas de 
la religión, porque continuamente las repetían y las oían explicar; y 
entendidas, las amaban, y profesaban las prácticas religiosas, y 
cumplían las obligaciones que la religión impone en cuanto á la vida 
moral. Para formar idea de lo que eran aquellas Doctrinas, véase 
cuanto llevamos dicho en el capítulo Del gobierno religioso; y obsér- 
vese que acerca de lo que fueron ó no fueron, toda persona sensata 
deberá dar crédito más bien á los Misioneros, que eran testigos 
oculares, más bien á los Obispos, que personalmente visitaban las 
Doctrinas y daban claros testimonios de la admirable piedad y sólida 
instrucción de los indios; que no á algunos detractores de edad pos- 
terior, ó á ciertos doctores de cien años más tarde, todos los cuales 
hablan al sabor de su paladar de lo que no han visto, y á su tiempo 
se demostrará que saben menos en punto de religión de lo que sabían 
aquellos neófitos. — La adhesión á la fe católica, el respeto al sacer- 
dote, la constancia en las prácticas religiosas que ho}' mismo se 
observan en los descendientes de aquellos indios, son vivo testimo- 
nio de cuan profundamente arraigó en ellos la religión. 

Con una vida ajustada á las normas cristianas, con una prepara- 
ción cuidadosa para la muerte, cual la procuraban aquellos indios, 
no es extraño que juzgasen, como juzgaban en efecto, los más expe- 
rimentados entre los Misioneros, que apenas había Guaraní de los 
que morían en las Doctrinas, de quien no se pudiese afirmar piado- 
samente que había muerto asegurando su eterna salvación. 

Y así ésta es la maj'or corona de aquellos incansables operarios 
de la viña del Señor, que el odio de sus enemigos no pudo ni podrá 
arrebatarles, el verse hoy en el cielo rodeados de inedio millón de 
almas y quizá más, salvadas por sus afanes y trabajos. Y ésta es 
hoy como ha sido en todos tiempos, la gloria que más precia la Com- 
pañía de Jesús, la que entusiasma hoy mismo los ánimos de todos 
sus hijos, que la desearían para sí; y éstos los tesoros que los Jesuítas 
sacaron del Paraguay, en cu^'a comparación tuvieron y tienen por 
nada cuanto trabajaron y padecieron. 



10- 



II 

^^^ CONSERVACIÓN DE LA RAZA INDÍGENA 

Al juzgar de la obra de los Jesuítas, no faltan escritores que les 
niegan la prerrogativa de haber perfeccionado los indios: otros los 
censuran porque no enseñaron á sus Guaraníes tal ó tal cosa que, 
según ellos, constituía el elemento esencial de la civilización. Pero 
lo que ninguno niega, porque es hecho patente y claro como la luz 
del día, es, que si alguien ha acertado á conservar la raza indígena, 
han sido los Jesuítas: los indios les han debido la subsistencia en su 
propia patria. 

A vista de la desaparición hoy casi enteramente consumada de 
las razas indias que en número de muchos millones poblaban aún en 
el siglo XVIII el territorio de los Estados Unidos en la América del 
Norte, se ha afirmado como una verdad axiomática que es ley de la 
historia el que allí donde alcanza la civilización, hace desaparecer 
las razas menos cultas, y por consiguiente, las tribus indias. Y no 
que las civilice y haga desaparecer su rudeza; sino que las destruye, 
barriéndolas de sobre la haz de la tierra. Mas el hecho de haberse 
mantenido pujante durante ciento cincuenta años la raza Guaraní 
en presencia de la civilización española del Misionero, parece que 
prueba manifiestamente que hay civilización y civilización; y que si 
la destrucción de las razas indígenas es efecto de alguna civilización, 
será sin duda de aquella que los Sumos Pontífices han estigmatizado 
bajo el título de moderna civilización (1), ó de la que en sus desór- 
denes, codicia y tiranía se acerque á ella. 

Dos causas capitales contribuían ;\ destruir la población en los 
territorios poblados por la raza Guaraní. La primera, el hambre, 
que sobrevenía de tiempo en tiempo, parte por la corta previsión del 
indio, en fuerza de la cual era tan poco lo que sembraban, que sólo 
alcanzaba á sustentarlos una parte del año, y en faltando la comida, 
habían de andar por los montes en busca de caza, con los daños, 
enfermedades y muertes consiguientes al hambre, á las privaciones 
y á los asaltos de las fieras: parte también por calamidades que 
sobrevienen al agricultor, como sequías ó langosta. La segunda 

(1) Syllabus, prop. LXXX. 



-11- 

causa era la peste, que se cebaba en aquellos infelices de un modo 
tanto más terrible, cuanto mayor era su descuido de la higiene y el 
abandono con que trataban á los enfermos. Y no era una sola la 
forma del contagio. En las anuas del P. Boroa (1) se lee, hablando 
de la Reducción de los Mártires hacia 1636: «Vino de hacia el mar 
una peste... terrible)^ de... malignas calidades... Comenzaba por 
dolores de cabeza tan recios, que privaban de juicio, y andaban como 
gente sin sentido, los ojos encarnizados, y como que estuviesen 
embriagados... Fuera de esto, les daba una inflamación en la gar- 
ganta, y les quitaba [sic, sin sentido], y no podían pasar la comida: 
de las llagas que en ella se les hacían, salía un aliento insufrible. 
Todo el cuerpo estaba cubierto de una lepra que unos llamaban 
sarampión, y otros viruelas, y nadie sabía lo que era. Padecían 
dolores intensísimos en el vientre, como de cólico: criábanse [les] en 
las tripas unos gusanos tan horribles y peludos, que causaban 
espanto: salíanles por los rostros hinchazones muy grandes, como 
de landres: y algunas parecían lamparones...» En un año murieron 
de esta peste en sola aquella Reducción de Mártires del Caro 852 
personas, de ellas 500 adultas, constando toda la Reducción de 
cuatro mil almas. 

La viruela, introducida desde que llegaron á América los euro- 
peos, hacía en los Guaraníes notable estrago, y se repetía con fre- 
cuencia. En 1764, siendo la población total de 90.545, murieron de 
viruela 7.414: y el año siguiente murieron también 4.615 virulentos, 
siendo 85.266 el número total de habitantes (2). Cifras más elevadas 
se consignan en algunos escritos, aunque no ofrecen tanta probabi- 
lidad de exactitud (3). 

Otro contagio menciona el P. Ruiz de Montoya, tratando de los 
doce mil transmigrados del Guayrá (4): «Acudió la peste, que en 
estas ocasiones nunca es lerda... La disentería... arrebatadamente 
los llevaba... Dieron sus almas al cielo dos mil personas de adultos 
é infantes, recibidos los capaces los Sacramentos todos...» 

De todo lo cual se ve cuan expuestos se hallaban los Guaraníes 
á las grandes mortandades, y cuan fácilmente hallaban en ellos 
materia las enfermedades contagiosas. 

(1) Boroa, 68. 

(2) Río-Janeiro: Bibl. nac. Col. Angelis, VIII. 50. 

(3) Peramás, De admin. guar. XVIII. not. expresa que en dos años, de 1732 
á 1734, murieron de sarampión 18.773 Guaraníes: y en 1737 murieron 30.000 de 
viruelas. Este último número no concuerda con la Anua numeración de 1737, 
1738 y 1739 que se conservan en Buenos Aires y Río-Janeiro. 

(4) Montoya, Conq. esp. § 39. 



-12- 

Aplicáronse los Jesuítas, en bien de los cuerpos y de las almas 
de sus neófitos, á atajar estos daños, poniendo á tales causas el reme- 
dio que les era posible. Esto explica el empeño en asegurarles abun- 
dante el sustento, y no sólo para los ya reducidos, sino para cuantos 
quisieran recogerse al pueblo. La previsión, que faltaba en el ánimo 
del indio, la tenía por él el Misionero. Al mismo tiempo que le hacía 
cuidar su propia sementera, y le obligaba á que la hiciese abundante 
para todo el año, se preocupaba de hacer otras grandes sementeras 
comunes (1) de maíz, porotos y raíces, que bastasen á suplir á los 
necesitados, las que constituían el tiipauíbaé. Hemos visto igual- 
mente (2) las diligencias 3' cuidados que costó el asegurar para 
los Guaraníes provisión de vacas para cuando escaseaban los otros 
comestibles. Con lo cual no es extraño que acudiesen á ponerse de- 
bajo de la dirección de los Padres unos indios que de sí mismos decían, 
como lo refiere Xarque (3) «Si queréis tenernos quietos y gustosos, 
dadnos mucho que comer, porque nosotros, á modo de bestias, siem- 
pre estamos comiendo; no como vosotros, que coméis poco 3' á hora 
determinada». 

En los daños de la peste no fué tanto lo que pudieron remediar. 
Sin embargo, hicieron en ello lo que sus fuerzas permitían, estable- 
ciendo hospitales, haciendo que en ellos sirviesen á los enfermos los 
congregantes de la Virgen, prove3'éndoles en lo posible de mejores 
alimentos, 3^ asistiéndolos personalmente con solicitud (4). Cuando 
fué posible, establecieron el aislamiento, como se deduce de la carta 
del P. Cattaneo (5). Y no ha3' duda que conocida que hubiera sido la 
vacuna, hubieran librado á los indios casi por completo en el siglo xix 
de una de las mayores calamidades que los afligió. Y si al dejar los 
Jesuítas sus indios, se contaban, á pesar de tantas contrariedades, 
cien mil Guaraníes, no será temerario creer que en cien años más 
hubieran sido medio millón, y quizá más. 

Había otra causa permanente de la diminución de los indios en 
los países 3^a conquistados. Este era el servicio personal (de que 
después hemos de tratar más de propósito); el cual, agobiando 
muchas veces al indio con una fatiga desproporcionada á sus fuer- 
zas, exponiéndolo á graves riesgos de la vida, separándolo á veces 
de su mujer é hijos, 3' trasportándolo á temples contrarios á su natu- 
ral complexión, disminu3'ó de una manera notable el número de los 

(1) BoROA, 28, 37. 

(2) Supra,61. 

(3) Lib. 3. c. 5. núm. 4. 

(4) BoKOA, 73: Cardiel, Demorib. c. V. 

(5) MuRATOKi, Apead, al tom. 1. 



-13- 

indígenas. Hasta el último día lucharon los Jesuítas por sustraer á 
los indios que habían convertido, y fué ésta una de sus más fatigosas 
empresas; pero salieron con su intento, sin que les arredrase el 
haber de arrostrar para ello enemistades irreconciliables y grandes 
persecuciones. 

Finalmente, otra causa de despoblación en estas regiones, con- 
sistente en las malocas de los paulistas, y los insultos de las tribus 
salvajes confinantes, se removió del modo que diremos en el artículo 
siguiente. 

Con esta diligencia y empeño, el número de indios en las reduc- 
ciones, hablando en general, no sólo no disminuyó, sino que más 
bien aumentó desde que se hubieron fijado de una manera estable. 

En 1647 halló el Gobernador Láriz algo más de 30.000 indios 
en 20 reducciones (1); y si se añaden unos 5.000 de las reducciones de 
itatines, que entonces estaban todavía al N., y él no visitó, serán 
treinta y cinco mil. 

En 1656 hizo Blásquez Valverde numeración de más de 40.000 (2), 

En 1677 numeró el Oidor D. Diego Ibáñez de Faria en 22 Doc- 
trinas 58.118 personas de todos sexos y edades, según consta de su 
padrón citado en la Cédula de Lermo á 2 de Noviembre de 1779 (3). 

En 1702 había sido ya necesario desprender varias colonias de 
los pueblos más numerosos, y se contaban en 29 Doctrinas ochenta 
y nueve mil quinientas almas (4). 

En los estados anuales que hoy se conservan en el Archivo Gene- 
ral de Buenos Aires (5) se halla expresada la población, empezando 
desde 1711 y acabando en 1754, con interrupción de algunos años. 
Hemos dado cabida en el Apéndice á estos datos estadísticos. De 
ellos resulta que, en 1711, había en 15 reducciones del Uruguay cin- 
cuenta y cinco mil doscientas treinta y siete personas, sin contar 
con las del Paraná, que no se expresan; en 1714 había en todas las 
Doctrinas 110.151 almas. En 1717 llegaron á crecer hasta 122.084. 
Pero tres años después, por efecto de la peste que hubo en 1718 (6) 
habían disminuido tanto que en aquel año, 1720, se contaban sólo 
101.444. Parece que se iba restableciendo y aumentando normal- 
mente la población en los años siguientes; y así hallamos en 1724 de 



(1) Trelles, Revista del Archivo, I. 360. 

(2) BuRGÉs, Memorial de 1708, núm. 26. 

(3) Trelles, Anexos, núm. 31. 

(4) BuRGÉs, Memorial impreso acerca de los Chiquitos, fol. 17. 

(5) Buenos Aires: Arch. gen.: legajo rotulado: 53 / Misiones/ Compañía de 
Jesús / Varios años. 

(6) Lozano, Conquista, lib. I. cap. II. pág. 41. 



-14- 

nuevo 117.137 almas en las 30 Doctrinas; y 130.130 en 1728; hasta 
que en 1731 se observa el máximo crecimiento que hayan tenido las 
Misiones Guaraníes con un número de 139.244 individuos (1). Al 
punto comienzan á declinar con una rapidez tan extraña, que dos 
años más tarde, en 1733, ya no eran más que 126.384; otros dos años 
más allá, en 1735, eran sólo 105.000; y sucesivamente van bajando 
á 102.000 en 1736, á 89.000 en 1738, y hasta 74.000 en 1739; sin que' 
sepamos el último término de este espantoso descenso, por faltar 
las anuas numeraciones de los cuatro años siguientes. Esta terrible 
crisis de las Doctrinas parece indudable que debe atribuirse, no sólo 
á las causas ordinarias de peste )' hambre, sino juntamente con 
ellas, y como preponderantes (y aun causas del hambre, peste 
y deserción), á las circunstancias de revueltas de los Comuneros del 
Paraguay, que obligaron á vivir ausentes de sus pueblos por años 
enteros á millares de Guaraníes movilizados en milicias. El resul- 
tado fué desastroso, 3^ se hizo sentir por toda la decena de años 
siguientes. En 1744 vemos que de nuevo se va levantando la pobla- 
ción de Doctrinas, y alcanza á 84.000, y luego lentamente va 
subiendo á 85.000, 87.000, 91.000, 93, 92, 95, 99 mil en 1752 y 103.000 
en 1753. Y éste fué otro segundo apogeo, después del cual, con oca- 
sión de las transmigraciones y guerras empieza de nuevo la deca- 
dencia, contándose en 1754 sólo 101.000; y en 1757, 96.000 habitan- 
tes; los cuales no pudieron menos de disminuir mucho más en los 
cuatro años que pasaron hasta la rescisión del tratado de límites año 
de 1761; así por la falta de mantenimientos en los pueblos á donde 
á la fuerza fueron trasportados y amontonados, como por la deser- 
ción de muchos á los montes; como también por el gran número de 
indios Guaraníes que, embaucados por las artes del general portu- 
gués, Gomes Freiré, se fueron con él á Río Pardo á la retirada del 
ejército, los cuales no bajarían de diez á once mil (2). Aun así 
y todo, es lo cierto que poco á poco se iba restañando aquella terri- 
ble herida, y en el año de 1767, según el P. Peramás (3) era el 
número de habitantes de las 30 Doctrinas 88.864, á pesar de la epi- 
demia de viruela ocurrida en el año de 1764 (4). Este es el último 
estado de los Jesuítas que conocemos. 



(1) El P. Peramás dice que en 1732 eran, según la anua enumeración 144.252. 
(De admin. guar. X\'III. not.) 

(2) EscANDÓN, Transmigración de los siete pueblos, art. XXVI §. «Así se lamen- 
taba». 

(3) De vita et moribus tredecim virorum Paraguycorum, in fine, Descriptio 
oppidi Candelariae. 

(4) Moussv, Mémoire sur la décadence, pág. 76. 



-15- 

Podrá formarse idea de la obra de los Jesuítas en haber conser 
vado aquellos 89 mil indígenas á través de tan graves riesgos y con- 
trariedades, con advertir que treinta años más tarde se fijaba la 
población de las dos provincias de Paraguay y Buenos Aires en que 
estaban enclavadas las Misiones en 268,312 (1) habitantes, com 
prendiendo indios y españoles, negros, mulatos y mestizos, morado- 
res de las ciudades }' pueblos en las dos gobernaciones. La tercera 
parte, pues, de los habitantes de estas provincias, habían debido su 
conservación á la obra de las Misiones. 

Este es el resultado absoluto. De su valor comparativo, hablare- 
mos más adelante. 



III 

SEGURIDAD Y PAZ DEL TERRITORIO OCUPADO ^^^ 

POR LOS INDIOS 

Uno de los efectos de más importancia para los indios causado 
por el régimen de Doctrinas, fué la paz que se estableció en su terri- 
torio, en cuanto era posible tener paz en medio de tantas guerras y 
enemigos. El fundamento de esta paz fué la tranquilidad interior 
nacida de la fidelidad de los Guaraníes. Ventaja era ésta que el 
Monarca deseaba para cualquiera de sus provincias, }' por lo mismo 
la estimaba y procuraba para la tierra poblada de indios, como parte 
que era de la monarquía española. Y ventaja tanto más estimable, 
cuanto habían sido y eran frecuentes los alzamientos de indios en 
Sud América y muy espantosos sus estragos. Ardía incesante la 
guerra con los araucanos, que producía de vez en cuando tan terri- 
bles llamaradas como las que redujeron á pavesas las siete ciudades. 
Y sin ir tan lejos, estaba reciente la funesta ruina de Concepción 
del Bermejo, y se sublevaban los calchaquíes con el influjo y melo- 
sas palabras de Bohórquez. Y los españoles, que, arrojados de la 
costa del mar y del paraje de Buenos Aires por los asaltos de los 
indígenas, habían navegado río arriba para ir en busca de lugar 
sosegado donde fundar su ciudad de la Asunción; ahora ya no se 
encontraban seguros allí mismo, como ni en la ciudad de las Corrien- 

(1) Azara: Descripción del Paragua}-, cap'. XVI y XVII. 



-lo- 
tes; haciendo destrozos en ellos, no tan raras veces y á pesar de 
innumerables tratados de paz, los payaguás por el río y los guay- 
curús por tierra. En todo este dilatado espacio de tiempo, ni Corrien- 
tes ni la Asunción, tuvieron que recelar de parte de los Guaraníes 
de Misiones, ni sufrieron invasión ni hubieron de prevenirse jamás 
para ella. 

Y no se puede decir que los Guaraníes eran de suyo más sumi- 
sos, que eran de carácter dócil, que eran, como lo pretende 
Azara (1), cobardes é ineptos para la guerra. Esa es una pintura de 
capricho, que en nada conviene con la realidad, y contradice á la 
historia. En su propio lugar lo hemos hecho ver (2), y aquí no hare- 
mos sino recordar algunas muestras de su valentía. A la verdad, 
Guaraníes eran los que en tiempo de los conquistadores cercaron las 
ciudades de españoles, y les dieron harto trabajo para desemba- 
razarse de sus asaltos. Guaraníes los que derrotaron la expedición 
de Hernandarias compuesta de 500 españoles (3). Guaraníes, los 
guayreños y tayaobas, en cuyas regiones nunca penetraban los espa- 
ñoles hasta que las abrieron los Misioneros Jesuítas. Guaraníes no 
de las'Doctrinas Jesuítas, los que en 1661 se insurreccionaron y tuvie- 
ron al Gobernador don Alonso de Sarmiento cercado y á punto de 
rendirse ó de perder la vida con los españoles de su comitiva. Y los 
altivos paranáes ó canoeros, tan frecuentemente trabados en guerra 
con los vecinos de la Asunción, á quienes no sólo no sirvieron, sino 
que ni les permitieron nunca asentar el pie en sus dominios, eran 
Guaraníes. Sin embargo, todos éstos, después de recibir gustosos el 
3'ugo del Evangelio, y comprometer su obediencia al Rey de España, 
nunca violaron la fe jurada al español, aunque desde entonces pasa- 
ron 150 años. l?azón será, pues, apuntar esta fidelidad y esta paz 
interior de la tierra, á cuenta de los Misioneros Jesuítas, que les 
enseñaban y entrañaban la doctrina cristiana, y de este modo 
hacían que fueran en ellos como una segunda naturaleza las máxi- 
mas que enseñó N. D. Redentor, de obediencia y fidelidad á los legí- 
timos superiores: haciéndoles reconocer y venerar en el Rey el 
lugarteniente de Dios para las cosas temporales, y en el Goberna- 
dor al lugarteniente inmediato del Rey. 

No bastaba este sosiego de los Guaraníes, ni su paz interior 
y fidelidad, obra admirable de la gracia de Dios )' de la religión 
cristiana, sin intervención de la violencia del conquistador. Era 

(1 ) Descripc. c. 16. 

(2) Lib. I, cap. VI. § 1. 

(3) Lozano, Conquista. III. 294. 



-17- 

menester juntamente que pudiesen los Guaraníes defender su terri- 
torio de los asaltos de enemigos exteriores. Por falta de esta defensa, 
perecieron centenares de miles en el Guayrá; y los que quedaron, 
hubieron de abandonar para siempre su patria y sus moradas. Esta 
seguridad exterior la obtuvieron también en virtud del sistema de 
los Jesuítas. 

En la Conquista espiritual delP. Montoya (1) puede verse loque los 
Padres hicieron para asegurar la defensa cuanto les fué dable. Asis- 
tieron como Capellanes á los indios en el Guayrá. Se interpusieron 
para que los paulistas respetasen á los Guaraníes como á cristianos, 
instaron para libertar de esclavitud A los ya cautivos, sufriendo 
desaires, injurias y atropellos;' caminaron centenares de leguas hasta 
San Pablo en pos de los desgraciados indios conducidos en colleras, 
con la esperanza de poder conseguir de las autoridades portuguesas 
que los pusiesen en libertad. Frustráronseles sus esperanzas; pero 
á lo menos sirvieron los Misioneros de amparo y consuelo á los Gua- 
raníes en el camino, y lograron rescatar uno que otro. Las nuevas 
malocas en el Tape hicieron pensar otra vez en la necesidad de la 
defensa y en los medios de hacerla efectiva. No bastaba la resisten- 
cia del Guaraní desnudo de medio cuerpo arriba y armado de solas 
flechas, para detener ó vencer al Mameluco ó al tupí vestido de algo- 
dón colchado, que hacía las flechas inútiles, y armado no sólo de cor- 
tantes alfanjes, sino de bocas de fuego. Ni se podían conseguir vic- 
torias ciertas, mientras los caudillos fueran sólo caciques indios, 
capaces únicamente para ordenar una arremetida, pero no para idear 
y llevar á cabo un plan militar. Estas dos necesidades tan sentidas 
procuraron remediar con todo empeño los Jesuítas, y ya hemos visto 
en parte con qué éxito (2). Los pasos que aseguraron la defensa del 
territorio de los indios y su quieta posesión, pueden condensarse en 
las jornadas que ahora se expondrán por su orden. 

Ya desde los primeros asaltos de los Mamelucos en el Guayrá 
habían alentado los Padres á los indígenas á defender sus vidas, sus 
familias, su libertad y sus tierras, de aquellos foragidos; pero todas 
las diligencias no habían sido bastantes contra el supeí ior arma- 
mento é instrucción militar de los invasores. También ahora al 
tenerse noticia de los intentos agresivos de los paulistas envió el 
P. Provincial Boroa al P. Cristóbal de Mendoza con instrucciones 
para que en el pueblo de Jesús María, el más cercano y expuesto 
á la furia de aquellos asaltantes, construyese un fuerte donde se 

(1) Passim, especialmente §§. 3.5. 36. sqq. 76-77 sqq. 

(2; Al tratar de las armas de fuego, cap. VI. § III y sigts. del libro I. 

2. Organización social de las doctrinas guaraníes.— tomo ti. 



-18- 

pudieran resistir los Guaraníes. El fuerte se empezó á construir; 
pero no había llegado todavía á su perfección, cuando el día de San 
Javier de 1636 llegaron allí los 140 Mamelucos de Raposo de Taba- 
res con los 1500 tupís por aliados, y sorprendieron á los indios, quie- 
nes después de una valerosa resistencia hubieron de rendirse por no 
quedar abrasados vivos; pero fué para experimentar la más bárbara 
fiereza que se haya visto en el mundo. «Con espadas, machetes 
»y alfanjes derribaban aquellos fieros tigres cabezas, tronchaban bra- 
»zos, desjarretaban piernas, atravesaban cuerpos, matando... Pro- 
»baban los aceros de sus alfanjes en hender los niños en dos partes, 
»en abrirles las cabezas y despedazar sus delicados miembros (1).» 
Visto el infeliz resultado en aquel paraje^ donde empezaba á haber for- 
taleza, y con licencia del Gobernador tenían los indios algunas armas 
de fuego, que todas cayeron en mano de los enemigos; fué preciso reti- 
rar también á toda prisa los indios de San Cristóbal, pueblo cercano. 
y al punto el Mameluco saqueó la reducción. Mas habiendo vuelto 
los indios de San Cristóbal á su pueblo para el día de Navidad, ani- 
mados á defenderse con los nuevos refuerzos que les llegaban, aunque 
sin armas de fuego, los asaltaron allí mismo los paulistas, y se riñó 
nueva pelea que duró cinco horas (2), habiendo tenido por dos veces 
los indios tan apretados á los paulistas, á quienes hicieron retirar á un 
cerro alto, que casi les tomaron la bandera, gritando ya los portu- 
gueses que les dejasen, que no venían para hacerles daño, sino contra 
aquellos padres que allí tenían. La noche dividió los combatientes, 
y los portugueses la aprovecharon pegando fuego á la iglesia j^ reti- 
rándose á su campamento de Jesús María; como los Guaraníes hubie- 
ron de retirarse á Santa Ana. De allí todavía retrocedieron más, y se 
situaron en Natividad, cuya posición era más fuerte por el estorbo 
de un río, que supieron defender convenientemente con daño del 
enemigo. Con esto no pasaron adelante los paulistas; y después de 
ocupar dos ó tres meses en hacer nuevos esclavos, se volvieron 
á San Pablo, tan contentos de su jornada, que inmediatamente echa- 
ron bando dos nuevos maloqueros, García Rodríguez y Fernán Díaz 
el Mozo, á fin de reunir gente con que asaltar las demás reducciones 
en la próxima estación; y todo esto se verificaba en público á cien- 
cia y paciencia de las autoridades de la ciudad (3). Setecientos escla- 
vos dice el P. Montoya que formaron el diezmo de la gente que se 
habían llevado para San Pablo, que por esta cuenta serían 7.000, sin 

(1) Conq. esp. § LXXVI. 

(2) BoROA, pág-. 80. 

(3) Informe del P. Díaz Taño en Brabo, Atlas, pág. 34. 



-]Q- 

contar los muertos A cuchillo, quemados vivos y muertos de fatiga 
en los caminos (1). El Padre Techo señala número mucho mayor, 
y dice que fueron 25.000 (2). Y esto comprueba el informe oficial 
del P. Boroa al Rey (3). 

Tocaba á su fin el año de 1637, cuando ya los Mamelucos esta- 
ban otra vez en territorio del Tape, resueltos é llevarse de una vez 
para esclavos todos los cristianos de las reducciones. Es indecible 
por otra parte lo que en aquel año y los siguientes hubieron de pade- 
cer los Misioneros con los mismos indios Guaraníes, que ciegos con 
el cariño á su propia tierra, no la querían abandonar para pasarse 
á otra región más segura, como lo procuraban los Padres; y unas 
veces se alborotaban en el mismo pueblo, acusando al Misionero de 
que los había juntado para entregarlos á los enemigos, y llegando 
á injurias y denuestos, y aun á maltratarle y poner en peligro su 
vida, perdido todo respeto: otras veces, persuadidos de la necesidad, 
emprendían la marcha, pero movidos luego de la afición á su terruño, 
desertaban y se volvían de enmedio del camino, cuando no del mismo 
pueblo donde habían ido á parar; y en estos casos erraban por sus an- 
tiguos campos y bosques, y al fin venían á caer en manos de sus mor- 
tales enemigos los Mamelucos, que todo lo andaban registrando con 
tenacidad. Era el día de Natividad de 1637, aniversario de la batalla 
de San Cristóbal, cuando estos foragidos dieron en la reduc- 
ción de Santa Teresa; y destrozando y cautivando los indios, asolaron 
el pueblo: después se dedicaron á ir recogiendo las tropas de fugiti- 
vos, y añadir así nuevos cautivos á los que 5'a tenían hechos. Por 
Enero de 1638, hubo aviso de que se disponían á invadir las reduc- 
ciones del Uruguay y las restantes del Tape, y aun á pasar el Paraná: 
prevínoseles resistencia en el Caazapaguazú (4), pero sobrecogidos de 
terror los indios, retrocedieron aun antes de avistar al enemigo en 
la mayor confusión, y hubieran caído en manos de los Mamelucos, 
á no haberlos dirigido y obligado el Superior de Misiones P.Diego de 
Alfaro á que pasaran el Uruguay, asegurándose por lo pronto en la 
ribera occidental (5). Con esto los Mamelucos saquearon y destruye- 
ron libremente las reducciones de San Carlos del Caapí y Apóstoles 
del Caazapaguazú. No tuvo mejor éxito la defensa que por dos días 
sostuvieron los indios en el Caró)'luego en Caazapaguazú(6), cuando 

(1) Conq. esp. § LXXVII. 

(2) Lib. XI, cap. XXXIII. 

(3) Brabo Atlas, 37. 

(4) Techo, lib. XII, cap. V, VII, XVII, XVIII, XIX. 

(5) Cap. XIII. 

(6) Cap. XIV. 



-20- 

los agresores avanzaban al Caazapaminí: á pesar de haber llegado 
A prender algunos Mamelucos, tomádoles las banderas y hécholes 
fortificarse en un bosque, lograron los paulistas por la astucia lo que 
no habían podido por la pelea; y los Guaraníes retrocedieron una 
vez más. Dos nuevos combates con infausto éxito en San Nicolás de 
Piratiní, obligaron á los indios á abandonar todas sus habitaciones 
en aquel territorio (1); todas las reducciones del oriente del Uruguay 
quedaban á merced de los Mamelucos, ó por mejor decir, no quedó 
en pie ninguno de los pueblos orientales. Fué ésta la última ventaja 
de los paulistas y el principio de la reivindicación de los Guaraníes. 
Ya los agresores se retiraban con su presa, cuando los Guaraníes, 
que, alentados por los Misioneros como las otras veces con nuevos 
refuerzos de los pueblos no invadidos, habían llegado á juntar un 
ejército notable para estas tierras, que alcanzaba á cuatro mil 
hombres de pelea, pasaron el Uruguay, ocuparon á San Nicolás y 
siguieron adelante en persecución de los malhechores, deseando no 
sólo escarmentarlos, sino también rescatar los muchos esclavos que 
se llevaban. Varios días se peleó con incierto éxito, aunque con gran- 
des pérdidas de los Mamelucos y Tupíes. La llegada de una nueva 
tropa de Guaraníes, que conducía el P. Pedro Romero en número de 
mil quinientos, puso en gran consternación á los paulistas, quienes 
para disminuir las muchas bajas que se les hacían, hubieron de ence- 
rrarse en unas empalizadas. En esta situación los hallaron los once 
españoles enviados de socorro por el Gobernador de Buenos Aires 
Don Mendo de la Cueva, á petición de los Padres. Al tener noticia 
de la llegada de aquellos soldados, que habían recorrido un trayecto 
de doscientas leguas, y con cuya presencia y disposiciones habían 
cobrado más ánimo y mejor orden los escuadrones Guaraníes, los 
Mamelucos se tuvieron por perdidos. Pidieron parlamento; 3" conce- 
dido, les intimó el Superior P. Alfaro las excomuniones que habían 
incurrido conforme á la sentencia del Obispo de Buenos Aires, y les 
hizo prometer que no volverían á asaltar pueblos de indios cristianos. 
Intervino también el jefe español, y según el Informe dado por los 
militares jurídicamente en Marzo de aquel año 1638 (2) «/os once espa- 
ñoles... hallaron que los indios de las reducciones tenían acorrala- 
dos en un monte y palizada á muchos portugueses^ de que, después 
de tres días de tratar icarios medios en que no quisieron convenir 
los Padres, los españoles, los caciques ni los indios, se huyeron 
dichos portugueses sin que les pudieran dar alcance,^ Tan claro 

(1) Cap. XV. 

(2) Bravo, Atlas, pág^. 35. 



-21 - 

como aparece en este testimonio el estado como de prisioneros á que 
los Guaraníes habían reducido á los Mamelucos, acorralados en un 
monte y palizada; otro tanto aparece oscuro el escaparse de los por- 
tugueses allí cercados, cuando se da á entender que todos, Padres, 
militares españoles, caciques é indios, rechazaban las condiciones 
propuestas por los paulistas para rendirse, y exigían otras que ase- 
gurasen más ;i los indios. Durar tres días en negociaciones en seme 
jante caso es extraño, y más extraño aún escaparse sin dificultad 
tanto número de enemigos. Mas la relación de los Misioneros es harto 
diferente, y aclara lo sucedido. El jefe de los once auxiliares fué alar- 
gando de intento las negociacionespara dar lugar de prevenir la huida, 
y estando en connivencia con los cercados, los dejó huir, cuando tenía 
abundantes medios de haberlos tomado prisioneros si no convenían 
en los pactos que les impusiera (1). Los indios quedaron escandaliza- 
dos y muy sentidos de tal proceder; y los mamelucos se retiraron sin 
haber escarmentado, y dispuestos á volver al año siguiente á ejercitar 
sus maldades. Ocurrió este primer descalabro notable de los Mame- 
lucos en los campos del Caazapaminí, reducción de Candelaria, donde 
más adelante se situó el pueblo de San Luis; y fué en el mes de 
Febrero de 1638. 

Volvieron según su costumbre los paulistas al acercarse el verano 
á sus malocas, y volvieron á recibir fuerte escarmiento. Habían 
pedido los Padres de la Compañía socorro al Gobernador de Buenos 
Aires Don Mendo de la Cueva, por ser de su jurisdicción las comar- 
cas invadidas del Tape y Uruguay; y no habiéndolo conseguido de él, 
recurrieron al Gobernador de la vecina provincia del Paraguay, Don 
Pedro de Lugo, que acababa de llegar de España y estaba visitando 
los pueblos del Paraná. He aquí ahora el suceso referido con las pala- 
bras del P. Montoya en su Memorial de 1643 (2): «D. Pedro de Lugo, 
caballero de la Orden de Santiago, fué proveído por Gobernador del 
Paraguay sólo á fin de que atendiese d reprimir y castigar los por- 
tugueses, que hasta hoy infestan aquellas provincias...: además del 
orden general sobredicho, recibió orden particular de V. Majestad 
para que efectivamente castigase dichos portugueses, en tiempo 
que iban entrando por aquellas tierras quinientos, con dos mil indios 
Tupis, d acabar de destruir el residuo de Reducciones hechas por 
los religiosos de la Compañía de Jesús. Los cuales (habiéndoles 
negado el socorro que pidieron al Gobernador del Puerto de Buenos 
Ayres, á quien competía el darlo por ser de su jurisdicción) lo pidie 

(1) Techo, lib. XII, cap. XVI. 

(2) Apead, núm. 52. 



-22- 

ron al dicho Don Pedro de Ln^o, á que acudió prontamente, 
saliendo con setenta españoles; y para ser ayudado de los indios, 
les prestó siete mosquetes, que entregó al herniano Antonio Bernal, 
religioso de la Compañía, que, seglar, por su mucho valor ocupó 
muy honrosos puestos en la guerra de Chile, el cual salió con los 
indios acompañando al dicho Gobernador. Puestos ya á media legua 
del enemigo, y reconocida su ventaja, no quiso pasar adelante el 
Gobernador, antes hubo pareceres de retirarse. •!> Hasta aquí refiere 
el Padre Montoya los preparativos. Es de notar que, según los datos 
del P. Techo (1), las probabilidades de vencer estaban de parte de 
los Guaraníes, quienes con un ejército de cuatro mil indios y el aliento 
y orden que les comunicaba la presencia de los españoles, esperaban 
derrotar sin dificultad al enemigo. Agregóse un motivo más, que 
encendió la justa indignación de los Guaraníes; y fué que el P. Diego 
de Alfaro, natural de Panamá, é hijo del famoso Oidor D. Francisco 
de Alfaro, que ahora como Superior de las Misiones venía por cape- 
llán de los Guaraníes, fué muerto de un balazo que le disparó un 
Mameluco que se hallaba escondido, cuando le vio que se había ale- 
jado algo del campamento. Esto acabó de colmar la medida al justo 
enojo de los Guaraníes, quienes, á pesar de la retirada del goberna- 
dor Lugo, trabaron la batalla, como lo podían hacer en defensa de 
sus tierras y vidas, y atento á que no pertenecían á la jurisdicción 
de aquel Gobernador, sino á la de Buenos Aires, y sólo como auxiliar 
y protector lo habían llamado. Prosigue el P. Montoya: Determi- 
nóse el hermano Antonio Bernal á acometer al enemigo; matóle 
buen número, y hiso presa en diez y siete. Los demás desbaratados 
se acogieron d los motiles, por cuyas espesuras perecieron; y consta 
de personas que ha poco que vinieron del Brasil d esta Corte, que 
solos treinta volvieron d sus tierras. Los diez y siete cautivos entre- 
garon los indios al Gobernador, el cual, atemorisado con la nove- 
dad del suceso, que nunca imaginó, por no haberse visto en otro, y 
temiendo que en venganza volverla todo Portugal á destruir la 
tierra, reprehendió severamente á los indios, condenando en esta 
acción á los religiosos, que en tan justa defensa hablan ayudado: 
dio libertad á los presos, regalólos, honrólos y llevólos consigo á su 
gobierno, en donde se pasearon libres. Requirióse al Gobernador 
por parte de los indios que los castigase... Hisosele notoria una 
Cédula de V. Magestad... en que V. Magestad dice estas palabras: 
«Me ha parecido ordenaros y mandaros {como lo hago) procuréis por 

(1) Lib. XII. cap. XXXI. 



-23- 

todas las vías posibles haber ¡i las lítanos y castigar con grandes 
demostraciones los delincuentes y personas, qne se ocupany entien- 
den en las dichas tales crueldades...^ sobre que os encargo la con- 
ciencia etc.y> (1). A todo esto cerró los oidos, abriendo los ojos al des- 
pojo de dos mil almas que el enemigo había cautivado, para poner- 
las en perpetua esclavitud, como hacen á los negros de A)igola. Esta 
presa repartió entre sus soldados, premiando su poco ánimo con 
ella, cargando de denuestos á los indios que la ganaron. Cinco de 
los delincuentes lucieron fuga, y entre ellos uno que dio la muerte 
con un mosquetaso al Padre Diego de Alfaro de la Compañía, Comi- 
sario del Santo Oficio y Superior de aquellas Reducciones. ■>■> 

Sucedió este escarmiento de los Mamelucos en los campos del 
Caazapaguazú, en que había estado situado el pueblo destruido de 
Apóstoles, en los primeros meses del año 1639. 

Dos años tardaron los mamelucos á tentar nueva invasión. Tan 
recelosos los había hecho la última lección; ó fué tanto el tiempo que 
necesitaron para reunir mayores fuerzas que las veces pasadas. Y 
temerosos al parecer de dar asalto por donde tanto daño habían 
experimentado, eligieron nuevo camino, viniendo ahora á las Reduc- 
ciones por el norte, como primero las habían acometido por el sur. 
A poca distancia al N. del pueblo de San Javier (2), desemboca en el 
río Uruguay un río llamado entonces Mbororé, que parece ser sin 
duda el que ahora se llama rio de las Nueve Vueltas, 6 rio de las 
Once Vueltas. Algo más al N. y á siete leguas de San Javier (3), 
entra en el mismo Uruguay otro río, que entonces llevaba el nombre 
de Acaragud, y ahora parece ser el que varios mapas denominan 
Giiaray guasa, también por la parte del NO. como el Mbororé. A 
orillas del Acaraguá fundó en 1630 el P. Cristóbal Altamirano una 
Reducción de Guaraníes á la que impuso el nombre de la Asunción, 
en memoria de la Reducción de Asunción del lyiií, fundada por 
el Padre Roque González y destruida en 1628 por el hechicero 
Nezú. Por este punto, el más oriental y septentrional de las Misio- 
nes que quedaban en el Uruguay, se dispusieron á acometer los pau* 
listas. Emprendida su maloca por las cabeceras del Uruguay, iban 
acercándose al empezar el año de 641 á los pueblos de cristianos, 
haciendo esclavos entretanto á los infieles esparcidos por los mon- 
tes. Escapóseles Nezú, que se había refugiado en aquella comarca, y 
huyó con cuatrocientos indios de los suyos. Y aunque de los infieles 

(1) Céd. real de 12 de Set. de 1628. 

(2) Situado en 27° 50' lat, S. junto al río Uruguay. 

(3) Techo, lib. XX. cap. XXVI. 



-24- ■ 

que habían apresado, supieron que ya los Guaraníes habían obtenido 
licencia para usar armas de fuego, y las tenían en gran número (y 
en efecto, tenían hasta trescientas), despreciaron la noticia, jactán- 
dose de que de esta vez habían de destruir todas las Reducciones. 
Túvose con tiempo conocimiento de su llegada, y se hicieron las pre- 
venciones convenientes Juntáronse de todas las Reducciones hasta 
cuatro mil indios. Además de las trescientas armas de fuego, los 
indios, industriados por los Hermanos Coadjutores que los dirigían, 
habían acertado á fabricar una especie de artillería que se redujo á 
unas tacuaras, ó cañas mu}' gruesas, aforradas de cuero, capaces de 
resistir hasta disparar tres ó cuatro tiros (1). Desampararon su pue- 
blo de Acaraguá los indios, y se retiraron al río Mbororé, en el cual 
desde entonces perseveró su Reducción por varios años, con nombre 
de Asunción del Mbororé ó La Cruz del Mbororé. Venían los Mame- 
lucos en número de quinientos á seiscientos, auxiliados de más de 
cuatro mil indios tupís y con setecientas canoas (2), que habían fabri- 
cado á las riberas de los ríos, y con las que ocuparon el río Acara- 
guá (3), mientras sus tropas se apoderaban del pueblo abandonado. 
Por su parte los Guaraníes se adelantaron desde Mbororé, parte por 
tierra, parte en doscientas canoas que habían fabricado; y se trabó 
el combate en una ensenada del río Uruguay, á once de Marzo de 
1641. Fué muy reñida la pelea, que duró todo el día, porque á los 
Mamelucos estimulaba su arrogancia con la que despreciaban aque- 
llos enemigos, como indignos de su valor y muchas veces vencidos. 
A los indios les produjo muy buen efecto su primitiva artillería, pues 
aiinqne sólo podía disparar dos ó tres tiros cada cañón, dice el Padre 
Lozano (4), los emplearon tan bien y con tanta destreza^ que dejaron 
cubierta de muertos la campaña. Ni fué menor la utilidad de otro 
artificio nacido también de la práctica militar é industria de los Her- 
manos Coadjutores que los gobernaban. A la manera que sobre dos 
canoas unidas levantaban sus casitas para formar balsas; construye- 
ron en esta ocasión sobre mayor número de canoas un castillo de 
tablas con troneras. La madera bastó para defenderles de los dispa- 
ros de los enemigos, que no traían artillería, sino sólo sus escopetas, 
carabinas y mosquetes. Las troneras sirvieron para disparar sus 
armas de fuego, asegurando los disparos. Ocultos en lo interior algu- 
nos indios, iban disparando sus balas desde conveniente distancia á 

(1) Lozano, Conq. lib. KI. cap. XVI. pág. 429. 

(2) Estos números son tomados del Memorial del P, Burgés de 1705, tol. 9. vta. 
donde afirma que constan de autos. 

(S) Vida MS. del P. Cristóbal Altamirano, § «Gozaron pacíficamente.» 
(4) Conq. lib. III. cap. XVI. pág. 429. 



- 2^ — 



los principales Mamelucos, con tan buen suceso, que muertos muchos, 
se aterraron los demás. Saltaron en tierra, esperando quedar allí 
con ma3'or ventaja; pero también allí fueron vencidos. El combate, 
suspendido durante la noche, continuó el día siguiente hasta las dos 
de la tarde, hasta que puestos en retirada los Mamelucos, se reco- 
gieron á su campamento, fortiñcado con estacadas. Siguiéronles los 
Guaraníes y les tomaron el mismo campamento, obligándoles á huir, 
después de haber dejado muertos ciento sesenta Mamelucos y consi- 
derable número de tupíes; pasándose otros muchos tupíes al partido 
de los indios, para huir las vejaciones de sus amos los paulistas. 

Los Mamelucos sobrevivientes á la batalla encontraron, al vol- 
verse huyendo al Brasil, una tropa de los suyos que les venía de soco- 
rro: y mudado el propósito de retirarse, se dedicaron á cautivar 
indios infieles ya que con los cristianos no podían lograr su intento. 
Mas aun con ésos sufrieron no pequeños desastres (1). Y mucho 
mayor fué el del año siguiente 1642. Porque, habiendo sabido los 
Guaraníes que para recoger sus presas y para tomar posesión del 
territorio, como solían los portugueses, habían edificado dos fuertes, 
de Apiterebí y de Tobatí (que otros llaman Mburicá); acudieron al 
más cercano de Tobatí, acaudillados por el cacique de Acaraguá, 
Don Ignacio Abiarú, y dando el asalto, mataron buen número de 
Mamelucos, y pusieron en libertad á muchos infieles Guaraníes, que 
ya estaban en prisiones. Pasaron luego al fuerte de Apiterebí; y 
acometiéndolo, pusieron en huida á los Mamelucos, librando también 
á los cautivos y quedando dueños de cuantas municiones, provi- 
siones y víveres tenía el enemigo, que todas las abandonó en su 
precipitada fuga. 

Nueve años transcurrieron sin que los paulistas se atreviesen á 
llegarse otra vézalas Reducciones. Mas el año de 1651, siendo 
Gobernador del Paraguay D. Andrés Garavito de León, tuvo noticia 
de que irritados aquellos desalmados aventureros, habían resuelto 
destruir de una vez las Reducciones de los indios, que siempre 
hallaban como infranqueable barrera, apoderarse de las provincias 
de Paraguay y Buenos Aires, y pasar al Perú hasta tomar posesión 
de las minas de Potosí, que fué siempre también uno de sus princi- 
pales intentos. Para esto habían juntado un crecido ejército, y deter- 
minaron acometer por cinco partes á un tiempo las Reducciones 
para distraer las fuerzas de los Indios. Dio este aviso á los Guara- 
níes el Gobernador para que estuviesen á punto, mientras él pre- 

(1) Tkcho: Hist. lib. XIII. cap. VIII. 



-26- 

venía los tercios españoles para el socorro. Pero antes que éstos 
llegasen, ya se había verificado la acometida de los Mamelucos á 
un mismo tiempo en los primeros días del mes de Marzo de aquel 
año 1651. Por el río Paraná arriba acometieron á la Reducción de 
Corpus; por el Uruguay abajo, asaltó otra escuadra la Reducción 
de Yapeyú; por el centro del Uruguay, á Santo Tomé; y por Uruguay 
arriba, á la Cruz de Mbororé; mientras que otra partida asaltaba los 
pueblos de Itatines. En las cuatro primeras partes encontraron tan 
gallarda resistencia, que fueron puestos en fuga y obligados á aban- 
donar cuanto traían de municiones y bastimentos, rescatándose buen 
número de cautivos que ya conducían; y recogiéndoseles los collares 
y cadenas de hierro, esposas y grillos, que traían para llevar apri- 
sionados los Guaraníes á San Pablo, como también multitud de 
papeles, cartas y obligaciones por donde constaron sus designios y 
los contratos que tenían celebrados para aquella jornada. Los Itati- 
nes, que distaban cien leguas de la Asunción, no llegaron á ser 
avisados á tiempo, por lo cual dio en ellos el Mameluco, asaltando el 
pueblo un domingo, mientras los indios estaban en Misa, y cauti- 
vando á todos, y también al Padre que la decía. Mas noticiosos de 
este triste acaecimiento los indios de otra Reducción que doctrina- 
ban los Padres Jesuítas, acometieron á los portugueses y los pusieron 
en fuga, quitándoles la presa, y obligándolos á pasar al Oeste del 
río Paraguay, donde los indios mbayás y payaguás acabaron con 
ellos, sin dejar enemigo vivo. 

Con esto no se volvieron á ver ejércitos de Mamelucos en las 
Reducciones de Guaraníes, y si alguna vez pretendieron invadirlas, 
como sucedió el año de 1657, ni siquiera pudieron llegar á ellas; por- 
que mientras estaban todavía en tierra de infieles, les acometieron 
los Guaraníes, y quitándoles la presa, hicieron siete portugueses 
prisioneros, y pusieron en fuga á los demás. Sólo les quedó ánimo 
en adelante para acudir á las vaquerías á robar ganado, ó para 
asaltar algunas veces en tropas á los vaqueros, como lo hemos visto 
en otra parte y lo explica más el P. Cardiel (1). 

Esta paz y seguridad de enemigos exteriores, como la paz inte- 
rior, la debieron los indios al sistema y orden establecido por los 
Jesuítas, que hizo posible la organización de los naturales en nume- 
rosas milicias, y logró armarlos con armas de fuego y proporcio- 
narles caudillos españoles; arrostrando el odio y maledicencias que 
se atrajo de parte de los españoles americanos, que tan infundada- 

(1) Declaración de la verdad, núm. 144. 



-27- 

mente procuraron estorbar esta organización militar; y no menos el 
odio de los paulistas, quienes en varias ocasiones atropellaron y 
maltrataron á los Misioneros, porque defendían á los indios como á 
feligreses suyos; algunas veces estuvieron á punto de matarlos; y de 
hecho dieron muerte en odio de tan santa causa al Superior de las 
Misiones y Comisario del Santo Oficio, Padre Diego de Alfaro. Si 
los Guaraníes no hubiesen tenido el escudo de los Padres Jesuítas y 
de los Hermanos Coadjutores de la Compañía y su ordenado método, 
el floreciente país, de las Reducciones hubiera quedado reducido á 
un árido desierto, como lo quedó cuanto terreno estaba al alcance 
de los paulistas, como quedó la provincia del Guayrá y las regiones 
infieles del Tape; y como ha quedado finalmente aquella misma 
comarca de las Reducciones, una vez arrojados de ella los Jesuítas 
y abandonado su modo de regir los Guaraníes. 



IV 

LA LIBERTAD DE LOS INDIOS *^ ' 

La defensa de los indios que á costa de tantas solicitudes y fati- 
gas, y aun á costa de la vida, procuraron los Jesuítas asegurar á los 
Guaraníes, en interés del bien espiritual y salvación de ellos mismos, 
era en sí bien mu)- estimable; pero lo era mucho más, atendida la 
suerte que les esperaba en manos de los Mamelucos, si de ellos no 
hubieran sido enseñados á defenderse. Baste decir que los portugue- 
ses invasores, que no eran solamente los de San Pablo, sino también 
de otras ciudades del mediodía del Brasil, no destinaban los indios 
Guaraníes á otro empleo sino al de esclavos: como esclavos los lle- 
vaban á su tierra atados con cadenas: como esclavos los vendían en 
San Pablo, en Río Janeiro y en otras ciudades; 3^ como esclavos los 
trataban, y con tanta inhumanidad cuanta se podía presumir en 
hombres endurecidos y acostumbrados á toda crueldad con los ven- 
cidos. Defender, pues, su territorio de las incursiones de tal ene- 
migo, era defender y guardar la libertad personal de los indios, 
librándolos de caer en la más desgraciada esclavitud. 

Pero todavía no bastaba conservar al indio Guaraní libre de la 
esclavitud de los brasileros, y defenderle de modo que tuviese tran- 
quilo y en paz su territorio; porque aun dentro de él 3^ conservan- 



-2S- 

dose en paz interior, podía peligrar su libertad 3' de hecho peligraba 
de parte de los mismos Gobernadores, ó mejor dicho, de parte de los 
españoles americanos, que los incitaban para sujetar los Guaraníes 
á servicio personal. Puede verse lo que sobre esta materia hemos 
dicho en el Bosquejo histórico de las Doctrinas^ hablando sobre las 
encomiendas, y no nos detenemos en explanarlo, porque hemos de 
volver á hablar de lo mismo al examinar el sistema de los encomen- 
deros. Lo cierto es que ésta constituyó para los Jesuítas una nueva 
fuente de calumnias, de persecuciones y sinsabores quizá tan grande 
como la precedente; pero, como también aquí se atravesaba la sal- 
vación del alma de los Guaraníes, y se defendía su bienestar tempo- 
ral, al que tenían derecho, y aun la vida de multitud de ellos; no 
vacilaron los Jesuítas en emprender esta nueva lucha para mantener 
su libertad á los indios. Y quien registre las fechas, hallará que en 
los mismos años en que los Mamelucos pugnaban por esclavizar 
á los Guaraníes, se esforzaban por hacer otro tanto los encomende- 
ros; de modo que de unos y otros habían de defenderlos al mismo 
tiempo los Jesuítas. Baste por ahora para que se advierta que al 
sistema entablado por ellos, y á sus abnegados esfuerzos, debieron 
los Guaraníes la conservación de su justa libertad. 



V 

^*^^ AGRICULTURA É INDUSTRIA 

Los efectos hasta aquí enumerados muestran el provecho que 
resultó para los indios, en el bien espiritual que es lo primero, y en 
la conservación de sus vidas, de su paz y libertad natural, que son 
todos bienes de subido precio. Debe añadirse á ellos el perfecciona- 
miento de los Guaraníes en la medida de que ellos eran capaces, y de 
una manera acomodada á su índole y á sus necesidades. 

La necesidad urgente de arbitrar medios para sustentar á multi- 
tudes numerosas, como lo eran las de los pueblos Guaraníes, 3' la 
naturaleza misma del terreno en que radicaban los indios, hacían 
que aquel pueblo estuviera destinado á ser eminentemente agrícola 
y pastoril. Y éste fué el carácter que tomó en virtud del sistema 
aplicado por los Jesuítas. No hemos de explanar más esta verdad, 
pues no haríamos sino repetir lo que e.stá dicho en el cap. MU del 



-29- 

primer libro al tratar de la Agricultura. Pero bueno será hacer notar 
como los Jesuítas supieron acertar prácticamente y de hecho con lo 
que en teoría se viene pregonando hace años, sin acabar de redu- 
cirlo <á obras, y á veces pretendiendo aplicarlo á quienes no es apli- 
cable, á saber, que para asegurar el porvenir de los pueblos del Río 
de la Plata debe fomentarse la agricultura con un conocimiento 
razonado. Así lo hicieron los Jesuítas, utilizando los medios que se 
conocían en su tiempo y sacando provechosas lecciones de la expe- 
riencia; como que llegaron á cultivar artificialmente el árbol de la 
yerba mate en grandes proporciones, haciendo sus plantíos inme- 
diatos á los pueblos, para evitar á los Guaraníes los penosos viajes 
á tierras apartadas, donde se criaban los yerbales naturales, y librar- 
los de tanta fatiga y daños de todas suertes. Adelanto que ni en los 
presentes tiempos se ha llegado á reproducir. Fuera de esto, no sólo 
las plantas necesarias, sino aun las otras, como pudiesen reportar 
alguna utilidad á los indios, se cultivaron en las Misiones en mayor 
ó menor escala: así vemos junto con el maíz, mandioca, batatas 
y algodón (ramos esenciales), el azúcar, el trigo (que allí se da con 
algunos inconvenientes), los frutales, etc. y en los últimos tiempos, 
según especial encargo del Gobierno de España, la planta del tabaco. 
Y todo esto contando con no atropellar el carácter espacioso y poco 
inclinado al trabajo del indio, que á cada rato descansaba, y á media 
tarde cesaba del trabajo, de suerte que pudo decir un Misionero: (1) 
«Convienen cuantos tienen alguna experiencia de lo que se hace en 
Europa, en que el trabajo de todo el día de un indio viene á equiva- 
ler al que hace en tres horas un jorinilero en España, y aiin es 
quisa menor. » 

Junto con la agricultura, (que para los Guaraníes era lo prefe- 
rente), y con la ganadería, para la cual les procuraron los Jesuítas 
ganado vacuno y lanar, y con tanto trabajo ordenaron las vaque- 
rías y estancias; procuróse también desarrollar la industria. De ella 
hemos hablado á su tiempo; y ahora en compendio diremos sola- 
mente, que era entonces y es hoy juicio de personas competentes, 
que ni en agricultura ni en industria podían competir los países limí- 
trofes, habitados por españoles ó portugueses americanos, con la 
industria y agricultura de las Doctrinas. Y como nadie puede negar 
que era más corta la capacidad de los indios de Doctrinas, que la de 
los habitantes de las ciudades; resta que la notoria ventaja sea efecto 
del sistema y orden que se observaba en las Misiones. 

(1) MuRiEL, Historia paraguajensis, App. pág. 545. 



-30- 



VI 



139 



MUDANZA DE COSTUMBRES 

Junta con la práctica de la verdadera religión va la enmienda de 
las costumbres, porque la pureza de la religión católica no sufre en 
el hombre la existencia del vicio, y con eficacia los va desarraigando; 
de modo que si algunos perseveran en sus vicios, es porque no quie- 
ren ejecutar lo que les enseña la religión, 3' siendo cristianos, no 
quieren ser buenos cristianos. Habiendo, pues, abrazado los Guara- 
níes la religión con sinceridad y ñrme resolución de proceder como 
fieles hijos de Dios, fué consecuencia efectiva en ellos la mudanza 
en bien de sus costumbres, que los trasformó en un pueblo total- 
mente distinto de lo que antes eran. 

Cuan abominable fuera su lujuria en el tiempo en que eran infie- 
les consta del testimonio de jos escritores de aquel tiempo (1), 3' del 
hecho de estar entre ellos arraigada la poligamia, y de no tener en 
muchos casos matrimonio verdadero, ni respetar á ningún paren- 
tesco fuera del de padres ó hermanos. Mas, una vez hechos cristia- 
nos, no sólo abandonaban su bárbara compañía con muchas mujeres, 
para tomar en matrimonio una según la le3^ de Dios, sino que ellos 
mismos se hacían celadores de la virtud de la castidad, como lo lee 
mos del cacique de Corpus (2); 3' no dudaron en dar su vida por ella, 
como de varios casos consta (3): 3^ era tal su ordenado proceder, que 
de ellos, después de su visita, escribía en 1724 el Sr. Obispo Fajardo: 
Las poblaciones, siendo así que son ninclins, numerosas, y com- 
puestas de Indios por su natiiralesa propensos á los vicios, ¡usgo 
(y creo que jusgo bien) que en ellos no sólo no hay pecados públi- 
cos, pero ni aun secretos; porque el cuidado y vigilancia de los 
Padres todo lo previene (4). Y si de los secretos no era posible evi- 
tarlos con seguridad, es cierto que los públicos habían desaparecido, 
porque no se toleraban, 3^ se aplicaban todos los medios prudentes 
y dados por las leyes. 



(1) Mastrilli Duran, Litt. ann. 1626. 1627. p. 46. 

(2) Ibid.p.56. 

(3) MoNTOYA, Conq. esp. § §. 20. 38. 62. 

(4) Lozano, Revoluciones, lib. I. cap. ^'II. núm. 21. 



-31- 

Era otro vicio difundido entre los indios de toda América la 
embriaguez. Y no se quedaban en esto atrás los Guaraníes (1). Mas 
después de su conversión, se logró extinguir entre ellos totalmente 
este degradante vicio. «-La embriagues, dice el P. Provincial Manuel 
Querini en su Informe al Rey año de 1750, se halla felizmente des- 
terrada de la nación Guaraní, y desconocida, aunque parecía cosa 
imposible d los principios de su conversión» (2). 

Habían desaparecido las antiguas supersticiones, que además de 
su malicia, convertían á los indios en míseros esclavos de los hechi- 
ceros; y en cambio, florecía en los pueblos la devoción á la Santísima 
Virgen y á su patrono San Miguel, y anhelaban todos por pertene 
cer á la Congregación, en la cual se veían exhortar y se tenían por 
obligados á cumplir cada día mejor con los deberes de su estado. 

La primitiva ferocidad que llegaba hasta la antropofagia, se 
había ido mitigando, hasta ser sustituida por una mansedumbre 
y suavidad de costumbres que dio pie á ciertos observadores super- 
ficiales para formar juicios errados sobre la índole nativa de los 
Guaraníes. 

Hasta la inconstancia genial del indio, de todos y en todo tiempo 
reconocida, parecía como que fuera perdiendo su carácter, cuanto 
más influjo tomaba en ellos la religión. 

Y estas arregladas costumbres, no sólo en sus pueblos las obser- 
vaban, sino que también procedían conforme á ellas en las ciudades, 
á donde en muchas ocasiones iban ó á conducir sus efectos, ó llamados 
para trabajos públicos ú ocupaciones de milicia: viéndose en diver- 
sas ocasiones indios que, convidados á beber vino, con gran fuerza 
y entereza lo rehusaban, por el odio que tenían ya cobrado á la 
borrachera. Y otros «ofreciéndoles los portugueses... permiso libre 
de vivir ... con multiplicidad de mujeres,... y los demás vicios que 
á la deshonestidad acompañan, para que por este medio se les 
entreguen... y aborrezcan á los religiosos,., siempre han huido de 
tan perniciosos enemigos, por conservar la ley que recibieron^ (3). 

Por lo mismo, causaban en ellos muy mala impresión los ejem- 
plos de desorden que á veces observaban en los habitantes de las 
ciudades; tnnto más cuanto era mayor el concepto que tenían de los 
españoles, á quienes, así como reconocían por superiores en el 
entendimiento, en las armas y en la cultura; así esperaban y con 



(1) Mastoilli Duran, Annuae. pág'. 58; Lozano, Hist. tom. II. lib. V. cap. XIX. 
núm. 4. 

(2) Brabo, Inventarios, 643. 

(3) MoNTOYA, Memorial de 1643. núm. 16. 



-32- 

razón, hallarlos más aventajados en la práctica de la religión cató- 
lica. Por lo cual refiere el Doctor Jarque en sus Misiones del Para- 
guay (2), que habiendo ido una temporada á trabajar en las fortale- 
zas de Buenos Aires quinientos indios por mandado del Presidente 
Don José Martínez de Salazar, después de unos días, hicieron cargo 
con su acostumbrada sencillez algunos de aquellos indios al Padre 
Misionero que cuidaba de ellos, diciéndole: «Cómo nos habéis ense- 
ñado que no podemos tener más que una mujer; y vemos que los 
españoles, siendo cristianos, usan de muchas (1). A que respondió 
el prudente Jesuíta: La misma doctrina que á vosotros, predicamos 
á los españoles y á todos los fieles: si algunos quebrantaren los divi- 
nos preceptos, se condenarán: y porque vosotros alcancéis el cielo, 
procuramos que los guardéis.» 



VII 

140 HASTA QUÉ GRADO SE PERFECCIONARON 

LAS COSTUMBRES 

Los que oyen explicar con alguna ponderación los efectos de la 
conversión y la mudanza de costumbres de los indios, llegan á ima- 
ginar que aquellos hombres, sacados de las selvas, llegaron tal vez 
en breves años al grado de civilización que hoy se ve en las nacio- 
nes europeas; y que hasta cambiaron la condición limitada de su 
mente, alcanzando la perfección intelectual comvín en la raza blanca. 
Procede esta ilusión de la costumbre casi invencible propia del hom- 
bre, de juzgar que todas las cosas son como las que de ordinario 
tiene delante de los ojos: de suerte que en tratándose de objetos de 
índole diversa, á cada momento 3'erra, hasta que le ha desengañado 
muchas veces la experiencia. Fomenta la misma ilusión la necesi- 
dad en que se ve el que explica la acción del Evangelio, de contra- 
poner las costumbres brutales del estado salvaje, con las que después 
se produjeron en fuerza de la religión. Y ha contribuido también 
á fomentarla el modo de escribir la historia en los siglos xvii 3' xviii, 
narrando solamente lo bueno, y ocultando lo defectuoso, y eso aun 
en casos en que no fuera culpable. Por eso no estará de más que, des- 

(1) Jarque, Insignes misiones lib. 3. c. 19. núm. 4. 



-33- 

pués de comparar las costumbres de los Guaraníes convertidos con 
las de los salvajes, se comparen en algo con las del hombre civili- 
zado. 

Los indios juntos en reducciones y ya bautizados, quedaban en 
todas las condiciones naturales de indios. Su cortedad de alcances 
era la misma: la misma su imprevisión y aversión al trabajo; la misma 
su inconstancia: y la misma también su propensión á la embriaguez, 
á la crueldad y á la lujuria. — Por tanto, mientras las circunstan- 
cias exteriores conservasen el orden que reinaba en los pueblos, la 
buena voluntad que engendraba en ellos la religión mantenía la 
bondad de las costumbres: pero si las circunstancias cambiaban, y no 
refrenaban las malas inclinaciones de la naturaleza (especialmente 
si este estado se prolongaba mucho), renacían los vicios, y predomi- 
naba la envejecida costumbre. Esto se verificó particularmente en 
la guerra, puesto que en la campaña era imposible exigir toda la 
regularidad que reinaba en los pueblos: 3^ así de ella se podrán 
tomar algunos ejemplos, que muestran cómo retoñaban los malos 
instintos, y debajo del cristiano renacía el salvaje. 

Habían dado cruel muerte los indios del Tape al santo P. Cris- 
tóbal de Mendoza; y alborotados los Guaraníes cristianos de la 
reducción de San Miguel, que amaban entrañablemente al Misio- 
nero, resolvieron formar escuadrón y salir al pueblo de los matado- 
res para vengarle. No fué posible estorbar totalmente su intento; 
mas ya que estaban resueltos á ir allá, exhortáronles los Padres con 
gran encarecimiento á que no cometiesen ningunas hostilidades, y se 
limitasen á recoger y traerse consigo los restos del santo Misionero. 
Pero como en el camino les hubiesen acometido los mismos asesinos, 
y trabando pelea, los hubiesen derrotado los cristianos de San José, 
usaron éstos de la victoria del modo que explica en carta anua el 
Padre Manuel Bertot: «Los enemigos comenzaron á huir por unas 
peñas; allí cogieron uno por los cabellos y luego lo ahorcaron. Inso- 
lentes con la victoria, dan vuelta por muchos pueblos de los enemi- 
gos, donde hicieron mucho daño, no perdonando á nadie: que como 
son de suj'o crueles, en la ocasión, si no hay quien les vaya á la 
mano, hacen mil crueldades y agravios á muchos inocentes» (1). 

Este mismo instinto de dureza y crueldad manifestaban y mani- 
festaron siempre en los castigos: de forma que era observación de 
los Misioneros que, si se les encargaba castigar con azotes á alguno, 
era preciso vigilar para que no excediesen en el modo, porque los 

(1) BoROA, 52. 

3. Organización social de las doctrinas guaraníes.— tomo if. 



— 34 - 

daban tan sin compasión, que lastimaban y estropeaban al castigado, 
aunque éste fuera su propio hijo ó pariente. Y por lo mismo estaba 
prohibido dar castigos en el campo, y todos se habían de dar en el 
pueblo, donde se pudiesen vigilar. 

En las reducciones en que todavía no se podía usar del castigo, 
era muy poco lo que se adelantaba }' había que tolerar muchos 
males, porque no se podían evitar (1). 

Cuando los Guaraníes pasaban largas temporadas en guerra y en 
edificaciones fuera de sus pueblos, contraían varios siniestros, per- 
dían mucho del orden de sus reducciones, y se volvían insolentes. 
Como por otra parte eran de tan cortos alcances, hacían á veces, aun 
estando acuartelados, cosas que se hubieran tenido que castigar con 
terrible represión, de querer usar con ellos el rigor de la disciplina 
militar. He aquí lo que refiere en una información reservada acerca 
de ellos el Gobernador Valdés Inclán, dando cuenta de la toma de 
la Colonia en 1705, en la que por otra parte prestaron los Guaraníes 
valioso servicio, como se verá luego, y atestiguó el mismo Valdés. 
Pero una vez huidos los portugueses, no fué posible contener á los 
Guaraníes que se hicieron insufribles: «precautando por entonces, 
respecto de haber llegado la noche, las minas que debía presumir 
dejaría [el enemigo portugués],... puse la caballería en el intermedio 
de nuestro cordón y la plaza, con orden de que no dejase pasar de 
una á otra parte persona alguna, en particular á los indios, de cuya 
brutalidad é insaciable codicia recelaba lo que experimenté breve- 
mente; pues desde luego intentaron con el mayor esfuerzo introdu- 
cirse dentro, que se les impidió con sumo trabajo, á persuasión de los 
oficiales y algunos Padres que solicité... El día diez y seis [de Marzo 
de 1705], sin poderlo remediar, avanzaron todos los indios por todas 
partes y se introdujeron en la plaza, rempujando las guardias de 
caballería hasta el foso, fiados en que no habían de usar las armas 
contra ellos...: 3' habiendo acudido al instante personalmente al 
reparo de este desacato, y llamado á los Padres para que se los 
hiciese salir fuera,... no se pudo conseguir: por lo que me retiré, 
dejando á los Padres para que los contuviesen en cuanto estuviera 
de su parte. Y con la noticia de que continuaban en sus insolencias, 
habiendo entrado en la iglesia, roto el retablo )' altar, deshecho 
una cureña y la puerta de la plaza á hachazos por sacarle el hierro, 
llevándose hasta las balas, granadas, palas, azadas, una campana, 
y todo cuanto encontraban etc.» (2). En resolución, hubo que hacerles 

(1) RUYKR, p. 186. 

(2) Carta al V^irrey del Perú: Skvilla Arch. de Ind. Charcas, 76. 1. 29. 



-35- 

emprender en seguida el viaje de vuelta á sus pueblos, á lo que obe- 
decieron gustosos. Aunque bien habría que notar aquí alguna exa- 
geración, algún hecho que pudieron ejecutar otros y ser atribuido 
á los indios; y también la parcialidad del Gobernador, que luego 
relata cómo tres soldados españoles asaltaron é incendiaron el pol- 
vorín, creyendo que era tesoro, causando el consiguiente estrépito, 
daño y desgracias personales, sin parecer que tiene el caso por tan 
de importancia como el de los Guaraníes: y sobre todo, la grave 
falta de ordenar que no se empleasen las armas contra los Guara- 
níes insolentados, cuando uno de éstos que hubiera caído herido 
ó muerto por cosa que los Padres les intimaban que estaba mal 
hecha, hubiera bastado para retraer á los demás, que con la impu- 
nidad se desvergonzaron más; no obstante, el caso muestra bien 
cuánto podía labrar la desmoralización en aquellos ánimos, que res- 
pecto á las dotes de la naturaleza estaban todavía en un estado de 
semibarbarie. 

Parecidos ó peores efectos produjo el estado de guerra continua 
que obligaron á mantener los Comuneros del Paraguay durante 
varios años, por ser forzoso estar prevenidos para los ataques que 
se jactaban iban á emprender contra las Doctrinas. Perdióse tanto el 
buen espíritu, hubo tantas insolencias y fué tal la indisciplina, que ya 
ni los mismos Misioneros podían casi regir aquella multitud alejada 
de sus hogares. Lo que parecería increíble es, que en los mismos pue- 
blos de Doctrinas, nunca se pudo impedir la voracidad propia de los 
indios, ni remediar su imprevisión, de que hay varios ejemplos, y aquí 
sólo se apuntará uno que era general. En una información jurada de 
los Misioneros más antiguos, que mandó hacer el Provincial Padre 
Jaime de Aguilar en 1735, se lee la pregunta siguiente (1): «13. 
Digan si saben que dichos indios, no sólo son de poco cuidado é inte- 
ligencia para aumentar los ganados y animales, de que carecieron sus 
antepasados; pero de tan poca consideración y amor á ellos, general- 
mente hablando, que en brevísimo tiempo pierden y destruyen estan- 
cias llenas y bien aviadas; los bueyes que les dan para arar los matan; 
y las muías y caballos los maltratan y pierden ó dejan perder.» Diez 
Misionerosde los más antiguos y experimentados responden afirmati- 
vamente á todos los extremos de esta pregunta; y entre ellos el Padre 
Antonio de Ribera, Cura de Santiago dice: «y un año le mataron 
como quinientos [buej^es de arar para comérselos] por lo cual siempre 
es necesario comprar toros que amansar para labrar las tierras.» 

(1) Río-Janeiro: Col. Ángelis, XIV. 2. 



-36- 

Todo lo cual servirá para ir formando cabal y verdadero concepto 
del indio y del grado de perfectibilidad que se le puede dar en un 
tiempo limitado. La gracia de Dios recibida en la Iglesia no cambia 
ni destruye la naturaleza: sino que la va modificando y desbastando 
poco á poco. Asegura la salvación del alma, y en cuanto á las cos- 
tumbres, las modela gradualmente. Los indios de Doctrinas distaban 
mucho de ser un tipo de perfección; y los Misioneros estuvieron 
siempre en verdaderas misiones, y tuvieron que padecer mucho con 
sus neófitos. Pero no por eso será razón despreciar aquellas pobres 
gentes, que en muchas cosas podían dar lecciones á otros más civili- 
zados que ellos; y que además prestaron á la sociedad que les rodeaba 
eminentes servicios. 



VIII 



141 DE LA POSIBILIDAD DE INTRODUCIR EL CELIBATO 

Y EL SACERDOCIO ENTRE LOS GUARANÍES 

Este parece el lugar propio para examinar el punto que algunos 
autores han tratado meramente como complemento de sus noticias 
históricas (1), y algunos también como cargo hecho á los Jesuítas (2): 
á saber, si los indios Guaraníes se hallaban en estado de observar la 
castidad perfectísima que pide el celibato cristiano, y aun de ascender 
á la dignidad sacerdotal, y si los Jesuítas los inclinaron á seguir este 
camino. 

Con los datos que se han podido reunir en los párrafos antece- 
dentes, podría decirse ya que proponer esta cuestión es darla por 
resuelta negativamente. Porque ¿cómo se puede imaginar que se 
hallen aptos para seguir desde luego la perfección de los consejos 
evangélicos, ni menos para ser investidos del Sacerdocio, unos hom- 
bres en quienes concurren los resabios de sus antiguas costumbres 
que acaban de verse, y que juntamente dan muestra de tan limita- 
das facultades mentales? Pero para disipar toda duda, bueno será 
añadir algunos esclarecimientos. 

Los Padres Misioneros, que tan asiduamente inculcaban á los 
Guaraníes la doctrina de Cristo nuestro Señor, y les explicaban cuál 

(1) RoBKRTsoN, Historia de América, lib. VIII, nota 41. 

(2) GoTHKiN, Phofenhauer. 



-37- 

es su significación y sus alcances, les dieron á entender también el 
valor de la virtud de la castidad y su hermosura, y cuan necesaria 
es en todos los estados de la vida; y tanto con más empeño insistie- 
ron en este punto, cuanto mayor era la dificultad que había en ven- 
cer los envejecidos hábitos de lujuria de aquel pueblo. Ni ocultaron 
tampoco la alteza del estado de los consejos evangélicos, que lleva- 
ban patente en sus propias personas y en el proceder de su vida. 
«Hízoseles, dice el P. Montoya (1), muy buena relación de la hones- 
tidad de los sacerdotes y que por ese fin, lo primero en que habíamos 
puesto el cuidado había sido en cercar un breve sitio de palos, para 
defender la entrada de mujeres en nuestra casa, acción que les 
admiró.» Pero esta explicación produjo entre ellos á los principios el 
efecto que se podía presumir de hombres tan encenegados en sus 
pasiones. «Como bárbaros», dice el P. Montoya, aunque les admiró 
la acción, «pero no la tuvieron por honrosa; porque su autoridad y 
honra la tenían en tener muchas mujeres y criadas, falta muy común 
entre gentiles.» De suerte que tenían á gala y honra la misma 
ostentación de sus vergonzosos vicios. 

Que la predicación de la castidad produjera sus efectos, aun 
á pesar de tan contraria disposición, no se puede dudar; así por los 
que viéndose en enfermedad grave se convertían y renunciaban á la 
pluralidad de mujeres, como por los que luego lo hicieron aun estando 
sanos; y muy especialmente se ve en un ejemplar de gran edificación 
que refiere el mismo misionero. «Es costumbre, dice (2), casarlos en 
teniendo edad suficiente, para que el carecer de este remedio no los 
dañe. Casóse un mancebo de la Congregación con una moza de su 
edad, doncella 5^ de mu}' buenas prendas. El día de su casamiento, el 
casto mozo habló á su mujer en estos términos: Si gustas de concu- 
rrir á mi determinación, conoceré que me amas, y que de veras me 
has escogido por esposo. Sabrás que mi deseo es de conservar la lim- 
pieza de mi cuerpo, para que mi alma se conserve pura. Yo no he 
llegado á mujer, y deseo no perder esta joya; si te place de que como 
dos castos hermanos vivamos hasta acabar la vida, será para mí la 
mayor muestra que me puedes dar de que me amas. Ya has oído lo 
que los Padres nos dicen de la limpieza, su hermosura y premio; la 
fealdad de este vicio, que como á locos trae desenfrenados á los que 
en él se embeben. Cordura será, pues, que nosotros nos dediquemos 
al perpetuo servicio de la Virgen, Madre de pureza, y amadora de 
los que en tan noble virtud la imitan. Míralo bien: que el tiempo de 

(1) Montoya, C'onq. esp. § XI. 

(2) Montoya, Conquista, § XLVIII. 



- 38- 

esta vida es breve, el de la otra eterno, el deleite carnal brevísimo, 
sin fin su pena; 3^^ si bien el matrimonio es lícito y bueno, mejor es 
(así lo dicen los Padres) el vivir en pureza. Bien veo que los Padres 
nos amonestan A todos que nuestra perfección está en casarnos al 
amanecer del apetito del deleite, antes que nos coja la noche del 
pecado; ya hemos cumplido con casarnos en público; ahora somos 
herinanos en secreto.» La joven manifestó que aquellos eran también 
sus sentimientos; y en efecto, uno y otro vivieron en virginidad, sin 
que persona alguna supiese del caso. Murió el mozo después de algún 
tiempo, habiendo declarado todo esto en sus últimos días al P. Juan 
de Porres, Cura de Itapúa: y por ver el Padre las circunstancias en 
que quedaba la viuda, le propuso si sería bien casarse por evitar 
peligros. «Respondióle, sigue diciendo el Padre Montoj^a, que pues 
»había conservado su pureza con el primer marido, la conservaría 
«mejor sin tomar segundo. Instóla el Padre, celoso de los enemigos 
»que tiene esta virtud. Ella le respondió que su intento y propósito 
«firme era morir como había vivido; pero que si á él como á su Padre 
»3' confesor, le parecía que para el bien de su alma le estaba bien 
«casarse, lo mirase bien, y lo encomendase al Señor, y le ordenase 
»lo que le convenía.» No explica el narrador qué suceso tuvo tan 
resuelta determinación: aunque es de creer que, miradas todas las 
cosas, se persuadiría el Padre de que un ánimo así dispuesto podía 
contrarrestar con la ayuda de Dios á todos los riesgos, por más que 
en realidad fuesen grandes; 3^ que aquella joven supo corresponder 
con su perseverancia de por vida al favor que el Señor le había hecho 
de darle tan gran amor á la castidad. Pero éste, 3' algunos otros 
casos que pudieron ocurrir, son excepciones raras; 3' la regla general, 
que ninguno podía conocer con tanta seguridad como los Misioneros, 
que trataban con los neófitos de continuo, fué, según el constante pa- 
recer de éstos, que para la salud de su alma les era necesario casarse 
en teniendo edad conveniente. Y así se ve que ni están en la verdad 
los que han dicho que los Padres no les propusieron la perfección del 
celibato, ni menos los que con calumnia manifiesta acusaron á los 
Jesuítas de no dejar á los Guaraníes libertad para el matrimonio. 

V si para la vida de castidad perfecta había serias dificultades 
durante todo aquel período, ma3'ores es preciso reconocerlas para el 
sacerdocio de los indios Guaraníes. El sacerdocio es en la vida cris- 
tiana el estado más perfecto, por la santidad de vida que requiere, 3' 
por los conocimientos intelectuales que exige para ejercer debida- 
mente los ministerios sagrados. El nivel intelectual de los indios era 
sumamente bajo: 3" la rectitud de sus costumbres se había de man- 



-39- 

tener mediante los incesantes afanes y desvelos del Misionero. No 
tiene, pues, nada de singular que no alcanzasen los Guaraníes á 
llenar las condiciones de cargo tan elevado en siglo y medio que con 
ellos estuvieron los Jesuítas. 

Los que tocaban de cerca la condición de los indios, no alcanza- 
ban á entender cómo se hacía siquiera la propuesta de conferir á los 
indios el sacerdocio. El que expresamente discurre sobre ella es el 
hermano Frutos en su tratado sobre los indios de Méjico (1); y con- 
cluye que mientras no mudasen ex diámetro en sus opuestas las cua- 
lidades morales de los indios, aun siendo los que eran después de 
reducidos á pueblos cristianos, era el mayor dislate pensar en darles 
órdenes sagradas y dedicarlos al santo ministerio, á no ser que se 
quisiera establecer por este medio un semillero de pecados y des- 
atinos. 

Tráiganse asimismo á la memoria los pareceres tan generaliza- 
dos sobre la extraña inferioridad de los indios, que llegaban, como 
se ha visto al principio, hasta negar, á lo menos con las palabras, la 
racionalidad en ellos: y efectivamente los tenían por incapaces de 
recibir los Sacramentos, excepto el Bautismo. Cuando se negaba en 
todos los reinos del Perú el Santísimo Sacramento del Altar á los 
indios, y era necesario decreto del Concilio de Lima para que se les 
diese el Viático en la hora de la muerte: y cuando la práctica de los 
Jesuítas de darles la Eucaristía por Pascua despertaba los recelos 
que constan^de la historia: juzgúese qué impresión podría producir 
entre los moradores de raza europea la idea de elevar á los indígenas 
al estado sacerdotal, ni qué Prelado habría que se resolviese á impo- 
nerles las manos. Por eso el Padre José de Acosta, tratando de pro- 
pósito esta materia, concluye que el ordenar los indios de sacerdotes 
fuera daño de ellos, daño del pueblo, y no leve agravio del ministerio 
mismo (2). 

Es cierto que Felipe II por Cédula de 1588 (3), declaró que debían 
considerarse como aptos para ser ordenados los mestizos en quienes 
concurriesen las calidades requeridas por los cánones, sin que les 
fuese estorbo el origen; lo cual igualmente parece que había de 
entenderse de los indios: y en efecto, Carlos II renovó expresamente 
la declaración de que los indios se habían de tener por hábiles para 
todos los cargos, sea eclesiásticos, sea seculares, que exigiesen lim- 

(1) Hacia el fin. 

(2) Agosta, De promiilgatione Evangelii apud barbaros, sive de procuranda 
indorum salute, lib. VI. cap. XIX. De Sacerdotiu. 

(3) Ley 7. tít. 7. lib. 1. R. I. 



-40- 

pieza de sangre, los caciques como nobles é hidalgos, y los simples 
indios con la limpieza que se llamaba del estado general (Cédula de 
22 de Marzo de 1697). La misma declaración renovó Felipe V por 
Cédula de 25 de Febrero de 1725, y Carlos III por la suya de 11 de 
Setiembre de 1766, que á su sabor glosó á los Corregidores y Caci 
ques el Gobernador Bucareli. Pero como todas estas Cédulas daban 
únicamente á los indios la condición exterior de cierto estado legal, 
y no podían darles las calidades de ingenio, letras y vida inculpada, 
con las demás que exigen los cánones: de aquí es que el asunto de la 
ordenación de los indios nada adelantó. 

En las Reducciones de los Padres franciscanos (de las cuales 
alguna era veinte años anterior á las de los Jesuítas, y todas perse- 
veraron después de la extinción de la Compañía), jamás se les ocurrió 
ni á los Padres de San Francisco ni á los indios, que se hallasen 
éstos con aptitud para cursar estudios y ordenarse de sacerdotes. 
Otro tanto sucedió respecto de los indios doctrinados en pueblos por 
Padres Mercedarios, ó por clérigos seculares: y en la misma capital 
de la provincia del Paraguay no se vio nunca que fuese elevado á las 
órdenes sagradas un solo indio Guaraní. Y, lo que más es, á pesar 
de los fastuosos planes del Gobernador Bucareli, no se ordenaron de 
sacerdotes los indios de Misiones después de expulsados los Jesuítas. 
Uno solo, para que no faltase este ejemplo, fué el que enviado á 
Buenos Aires por empeño del último Administrador general don 
Cayetano Pacheco, siguió en el Seminario de aquella ciudad cursos 
regulares de Filosofía y Teología, y se ordenó de sacerdote. Llamá- 
base Javier Tubichapotá, y era natural de Santiago (1): sin que apa- 
rezca qué destino tuvo luego de ordenado. 

Claro está que si con el tiempo se hubiesen modificado algunas 
cualidades de los indios y hubieran sido propicias las circunstancias, 
se hubieran visto establecidos en Misiones el celibato y el sacerdocio, 
como sucede en todo el mundo dentro de la Islesia católica. 



142 



IX 

DAÑOS INTERNOS Y RIESGOS DE LAS REDUCCIONES 

Desde que los Guaraníes hubieron conseguido mantener mediante 
las armas á buena distancia sus enemigos exteriores, parece que 

(1) Sevilla: Arch. de Ind. 124. 2. 11. 



-41 - 

habrían quedado enteramente tranquilos en sus pueblos: y esto es lo 
que ha hecho decir á algunos escritores que todo el período de 1650 
á 1767 fué una era de paz interior de las Reducciones, en que los 
Jesuítas no tropezaban con dificultad alguna. 

Mas, aunque las alteraciones no salieran á lo exterior, no puede 
dudarse que hubo dificultades internas, y pudo tenerse alguna vez 
como próximo el riesgo de perderse del todo el fruto espiritual allí 
conseguido. Así lo revelan los pocos indicios que de este punto han 
llegado á nuestro tiempo: y así se podía presumir, dado que aquello 
era sociedad, no de ángeles, sino de hombres: y de hombres recién 
salidos de la barbarie, y á quienes no pocas circunstancias exteriores 
convidaban á volver á ella. 

Uno de los más graves daños y dificultades interiores provenía 
del carácter voluble de los indios. 

Cuan mudable fuera su ánimo, lo muestran los sucesos de las 
primeras Reducciones, que son de todos conocidos por el relato del 
Padre Montoya. Cristianos fervorosos eran los neófitos del pueblo 
de la Encarnación en el Guayrá: habían abandonado muchos sus 
tierras nativas para servir á Dios congregándose en aquel paraje 
donde asistían los Padres: y se iban entablando todas las santas prác- 
ticas que á los Misioneros inspiraba su celo. No obstante, aun entre 
ánimos tan bien dispuestos halló traza el demonio para introducir 
nuevamente la más horrible superstición é idolatría, de adorar cuatro 
cuerpos muertos de antiguos hechiceros, retirándose de los ejercicios 
de piedad y aun de obligación los moradores del pueblo: y el daño 
era gravísimo y hubiera sido extremo, á no haberlo atajado las 
rápidas disposiciones adoptadas por los Padres (1). 

Semejantes daños se experimentaron en el Iguazú, en el Paraná 
y en el Uruguay, hasta llegar á veces á la matanza de los Misione- 
ros. En el Tape, los mismos magos y sus partidarios, además de 
haber dado muerte al P. Cristóbal de Mendoza, ejercitaron su antro- 
pofagia en los moradores de los pueblos cristianos, poco antes de la 
invasión destructora de los Mamelucos, devorando más de trescien 
tos niños y muchos adultos (2): y fué menester salir á campaña con- 
tra ellos para que no acabasen de asolar las Reducciones. 

En el Paraná fueron muchos los que se dejaron engañar de los 
embustes y malvadas persuasiones del hechicero Juan Cuará, así en 
reducciones de Padres Franciscanos, como en las de los Jesuítas, 

(1) MoNTOVA., Conq. esp. §. XXVIII: Jorque, Vida del P. Montoya, lib. II. 
cap. 5, 

(2) Montoya, Conq. §. LXXIII: Techo, Hist. lib. XI. cap. XXIV. 



-42- 

hasta que al fin se logró echar mano al que era causa del daño y de 
las revueltas (1). 

Ni por hacer muchos años que estaban fundadas las Reduccio- 
nes, cesaba aquella instabilidad ni la propensión á dar crédito 
á cualquier embaucador. Aunque no son abundantes los datos, por 
haberse dispersado y destruido los documentos con la expulsión de 
los Jesuítas, y no llegar los cronistas más allá de la mitad del 
siglo xvii: quedan, sin embargo, todavía bastantes para creer que 
en el último tercio de dicho siglo hubo una terrible recrudescencia 
de la invasión de hechiceros, quienes entre otras cosas, ejercitaban 
ocultamente su maldad en dar j^erbas venenosas para causar la 
muerte, y propagaban la más asquerosa lujuria (2). 

Aumentaba el daño en ocasiones el inevitable trato con las tri- 
bus de indios gentiles confinantes, que fácilmente contagiaban 
á unos ánimos tan fáciles, ó les inducían á alguna de sus antiguas 
costumbres favorable á las pasiones y enemiga de la religión. Por 
lo cual vigilaban los Padres para que las comunicaciones se limita- 
sen á lo estrictamente necesario, y las personas que intervinieran 
en ellas fuesen de la mayor satisfacción posible: providencias que 
disminuían el mal, pero nunca lo evitaban del todo. Y en naturale- 
zas tan viciosas en su gentilismo, y para quienes todos los que no 
fuesen de su nación parece que tuvieran autoridad )' crédito entre 
ellos, los mismos viajes que en expediciones militares ó en utilidad 
de su pueblo hacían á las tierras y ciudades de Buenos Aires, 
Corrientes ó Santa Fe, eran de peligro para ellos, por ver allí cos- 
tumbres y oir máximas de las que de ordinario tomaban lo malo 
y dejaban lo bueno. 

Los fugitivos causaban también gran daño con el mal ejemplo de 
abandonar la reducción, para irse donde no tenían prácticas ni soco- 
rros de religión, llevándose también muchas veces mujeres que no 
eran suyas, y viviendo en los bosques con tanto desgarro como si 
fueran gentiles, ó mezclándose con los gentiles mismos. 

En el decenio de 1730 á 1740, fueron tan desastrosas las re- 
sultas producidas en las costumbres de los indios Guaraníes por 
la movilización que hubo de exigirles el Gobernador Zavala de 
seis mil y á veces hasta doce mil soldados, á causa de los in- 
cesantes motines y amagos de los sublevados del Paraguay: que 
hacia el fin de ese período, habían caído en gran desaliento al- 
gunos de los Padres más experimentados de Misiones, juzgando 

íl) Techo, Hist. lib. VIL cap. XIX. 

(2) Reglamento general de Doctrinas, núni. 53. 



-43- 

que aquella magnífica obra iba á perecer, y se tendría que aban- 
donar del todo. Cosa parecida ocurrió después de las agitaciones 
de 1752 á 1758. 

A todos estos riesgos y daños de parte de los neófitos, hay que 
añadir el haber llegado en ciertas ocasiones el atrevimiento de algu- 
nos indios, movidos de pasión contra su Doctrinero, hasta poner con- 
tra él acusaciones fingidas de los más feos delitos ante el tribunal 
eclesiástico propio del religioso, que era el del Superior de Doctrinas 
y el Provincial: urdiendo con tanta habilidad su trama, y buscando 
testigos tan concordantes, que los Superiores sentenciaron contra 
el Misionero, [¡removiéndole de las Reducciones, é imponiéndole ade- 
más gravísimas penas: y sólo más tarde constó de la inocencia del 
acusado. Tal fué el caso del P. Miguel Marimón, que refiere el 
Padre Escandón en su Tratado de la mudanza de los siete pue- 
blos (1): y antes habían ocurrido otros: y aunque no en gran 
número, eran golpes terribles para la estabilidad de las Doctrinas, 
por el gran escándalo y la desconfianza que naturalmente suscita- 
ban, por más reserva que en tramitar la causa se hubiera guar- 
dado. 

Otro riesgo hubo en las Misiones, procedente de algunos Padres 
Doctrineros, quienes contribuían á aumentar el número de fugiti- 
vos con el exceso y dureza en la aplicación de los castigos. De esto 
se hallan varios rastros en el libro de Ordenes de los Generales 
y Provinciales. Por eso mismo anduvieron muy vigilantes los Supe- 
riores y reprimieron con mano fuerte á los que así procedían, de lo 
cual aparecen aun hoy mismo en los documentos que han sobre- 
vivido alguno que otro ejemplar. 

Alarmada la Congregación provincial XVII del Paraguay (que 
se tuvo en el mes de Octubre de 1717) con los avisos del P. General 
de la Compañía y los pareceres de algunos Padres de la provincia, 
pidió en la sesión segunda que se procurasen rectificar ante su Pater- 
nidad algunas insinuaciones y algunos informes errados que daban 
por resultado el oscurecer y manchar la fama de los Misioneros: 
resolviendo que así se hiciera en exposición separada (2). A la expo- 
sición y defensa respondió el P. Tamburini con fecha de 31 de 
Marzo de 1726: «Los actuales Misioneros desvanecen con su reli 
giosidad cualesquiera desfavorables sospechas, si las hubo, contia 



(1) Escandón, Transmigración §. 8. 

(2) «An diluendae essent apud R. P. N. quaedam scintillae et falsae infoima- 
tiones, quibiis Missionariorum nostrorum fama dedecorari videbatur. Responde- 
runt plerique, in charla separata id faciendum.» 



-44- 

los anteriores: y esto mismo se espera que harán los que les suce- 
dan en adelante» (1). 

Otro exceso hubo en los Doctrineros, y fué el de procurar enri- 
quecer siempre más )' más la iglesia con nuevos ornamentos y vasos 
sagrados, y el guardarropa de fiesta de los indios con nuevos y luci 
dos trajes para cabildantes, músicos y militares: en lo cual les ayu- 
daba la inclinación misma de los indios, de quienes testifica el Padre 
Parras en su visita de las reducciones de San Francisco, que eran 
extraordinariamente aficionados á multiplicar las alhajas y aumen- 
tar el adorno de cuanto les servía al culto divino, y ponían en ello 
todo empeño (2). Este exceso, aunque, como se ve, no participaba de 
las pésimas calidades del anterior, de ser contra la justicia, contra 
la humanidad y ruinoso para las Doctrinas; se procuró, no obstante 
reprimir con varias medidas, que si no lo remediaron del todo, 
lograron á lo menos disminuirlo sensiblemente. 

Todo esto muestra que, sin contar con la perpetua solicitud en 
que estaban los Doctrineros, para lograr de la indolente y aniñada 
condición de los indios siquiera el suficiente trabajo para que no 
entrase entre ellos la terrible plaga del hambre: brotaba en los 
indios reducidos, y en algunos de los mismos Doctrineros, la miseria 
y desorden del elemento humano, propio de toda sociedad, constitu- 
yendo los daños y peligros interiores: y que sólo merced á una per- 
petua vigilancia y resolución de los superiores mayores de no tran- 
sigir con el mal, sino perseguirlo y extirparlo por todos los medios 
que dictaba la integridad y la prudencia, se pudieron atajar á veces 
del todo y prevenir casi siempre (cortando las causas), sus pernicio- 
sos efectos. 

(1) «Praesentes Missionarii sua relig'iositate diliuint sinistras opiniones, si 
quae fuerimt, contra praeteritos: et hoc idem speratur praestandum a futuris». 
^2) Parras, Diario y derrotero, cap. V, §. III. 



CAPITULO II 

EFECTOS EN EL RESTO DEL PAÍS 



1. Defensa de las fronteras.— 2. Auxilio militar, primera toma de la Colonia.— 
3. Auxilio militar, empresas posteriores contra la Colonia. — 4. Auxilio militar en 
varias otras ocasiones. — 5. Auxilio en las obras públicas.— 6. Inmigración euro- 
pea. — 7. Dilatación del territorio. 

Acabamos de ver que en virtud de los esfuerzos de los Jesuítas, 
y gracias á lo concertado de sus disposiciones y del sistema por ellos 
entablado, se había logrado, no sólo asegurar la salvación é ins- 
trucción cristiana de millares de almas, sino también conservar la 
raza indígena, afirmar la paz interior, defender aquel territorio de 
enemigos exteriores, resguardar la libertad del indio, y perfeccio- 
narlo en cuanto lo permitían sus circunstancias con el ejercicio de la 
agricultura é industria. Aunque no se hubieran extendido á más los 
efectos del régimen establecido por los Jesuítas, hubieran sido ellos 
solos muy dignos de atención; pues de una organización social dada, 
lo principal que se pide es que sea conducente al bienestar y prosperi- 
dad temporal del pueblo al cual se aplica, con subordinación al último 
fin. Vamos, empero, á mostrar en este capítulo otra serie de efec- 
tos, que, aunque á veces hayan sido poco reparados, son sin embargo 
de gran importancia: y muestran, no tanto el acierto de los Jesuí- 
tas, cuanto la admirable fecundidad y beneficio de la religión cris- 
tiana, que, habiendo sido instituida para la felicidad eterna, es tan 
abundante aun en bienes temporales, como si hubiese sido instituida 
para felicidad de este mundo. 



I 

DEFENSA DE LAS FRONTERAS ^^*^ 

Podía pensar alguno, y no faltó entre los émulos de los Jesuítas 
quien lo dijera, que los Guaraníes eran inútiles al país en cuya juris- 



-46 - 

dicción vivían y A la Corona de España. Pero seguramente que no 
eran de esa opinión los Reyes mismos de España. Felipe III decía 
que era interés de todos la conservación de los indios en general, 
porque si ellos faltasen, todo perecería (1). Felipe IV reconocía 
que debía más reinos á estos indios, que no á sus soldados (2). 
Y Felipe V, para omitir otros, después de haber enumerado muchos 
servicios de estos mismos indios Guaraníes de Doctrinas en la 
Cédula de 1716, (3) concluye que siempre que se ofresca ejecutar 
cualquiera facción de mi Real servicio... ó que la... Plasa [de Bue- 
nos Aires] se halle necesitada de auxilio,... los que comnás breve- 
dad acuden á socorrerla son los Indios de dic/ias Misiones. 

En efecto, la situación del territorio de las Doctrinas era tal, 
que en solo defender los indios sus tierras y moradas, hacían á la 
Corona de España, y A las naciones que de sus posesiones en Amé- 
rica se han formado, un servicio positivo y de gran importancia: el 
de defenderles las fronteras, y mantener la integridad de su territo- 
rio. Las Doctrinas estaban en la frontera oriental de las posesiones 
españolas con Portugal: y las tnirasde esta ilación, dice el Virre}' 
Arredondo en la Memoria escrita para su sucesor, se han dirigido 
siempre á hacerse dueños del continente, y avanzarse después hasta 
el Peni..., (4) sistema que desde el principio de la conquista for- 
maron con tanto ardor como injusticia... (5) Estas provincias son 
el blanco á que hacen su tiro desde principios del siglo XVI, sin 
que los haya cansado la fatiga. (6) Ya siglo y medio antes era 
patente este designio, y de él decía en su Memorial de 1643 el Padre 
Montoya: (7) De sus intentos de conquistar al Pirú, consta por los 
papeles auténticos y cartas de la Audiencia de Charcas, y de otras 
personas celosas del servicio de V. M. 

No pertenece á nuestro intento el exponer esta cuestión de lími- 
tes, ni sus diversos incidentes en la línea señalada por el Papa Ale- 
jandro VI cien leguas al occidente de las islas de Cabo Verde; en 
la línea de Tordesillas, retirada 270 leguas más al occidente; en los 
sucesivos movimientos de esta línea de parte de los portugueses, 
que unas veces la hacían correr al este y otras al oeste según su 
conveniencia; en su empeño de que se contaran leguas más largas 



(1) Ordenanza 26 del servicio personal, ley 6. tít. 10. lib. 6. R. I. 

(2) Jarque, Insig-nes Misioneros, lib. 3. c. 9. n. 5. 

(3) Supra lib. I. c. 13, § 5. 

(4) Trelles, Revista de la Biblioteca, líl. 347. 

(5) Ibid. 377. 

(6) Ibid. 383. 

(7) Montoya, Memorial, n. 16. 



-47- 

de lo ordinario, de 17 y media al grado; en los amaños con que se 
negoció el tratado de 1750; concesiones extrañas del de 1777; y per- 
petuas dilaciones por más de cincuenta años, en que los comisarios 
portugueses nunca llegaron á demarcar la línea divisoria, estable- 
ciendo entretanto de hecho fuertes y poblaciones los gobernadores de 
Portugal, cada vez más adentro del territorio sujeto á demarcación. 
Materia es ésta que otros han examinado largamente, y puede verse 
resumida con mucha inteligencia en la Historia argentina de Domín- 
guez (1). En todos estos manejos es evidente que los Guaraníes eran 
un estorbo perpetuo para realizar el plan explicado por el Virrey 
Arredondo; y desde que tuvieron las armas de fuego, constituyeron 
una barrera infranqueable; y por sus tierras no volvieron á pasar 
los portugueses en dirección al Perú. 

Ni se limitaron los Guaraníes, industriados por los Jesuítas y 
obedeciendo las órdenes de los gobernadores de estas provincias, 
á custodiar aquella frontera, perpetuamente amenazada, con no dejar 
penetrar á los enemigos al través del territorio, sino que estable- 
cieron guardias en los puntos más avanzados, como lo eran los Pina- 
res; y salieron en varias ocasiones á destruir los fuertes que los por- 
tugueses levantaban en terreno de España; )' enviaron en cierto 
tiempo todos los años sus destacamentos, que recorriesen los para- 
jes sospechosos, para prevenir cualquier novedad. 

De este modo el sistema de los Jesuítas sirvió para que se man- 
tuviesen defendidas las fronteras con el portugués. Y así se echará 
bien de ver como no era una palabra vacía ó un vano título el que 
daba á los Guaraníes en 1649 el conde de Salvatierra, virrey del 
Perú, al declararlos por presidiarios del presidio y opósito de los 
Portugueses del Brasil, (2) sino que les confería un cargo que les 
costó grandes desvelos, y riesgos de sus personas y de sus vidas. Ya 
hemos visto con cuánto encarnizamiento pretendieron los paulistas 
durante varios años forzar aquel paso y destruir aquella barrera. Ni 
entonces ni después se halla un ejemplar de que los paraguayos 
ó españoles americanos de la Asunción midiesen sus fuerzas ú opu- 
sieran sus armas á los Mamelucos, observación que ya antes de 
ahora se ha hecho: sólo los indios Guaraníes de las Doctrinas son 
los que defendieron y mantuvieron inmutable la frontera. Y cuando 
más tarde estuvieron fundadas las Misiones de Mojos y Chiquitos, 
también allí se hubo de detener y estrellar la ola de la invasión portu- 
guesa. Yaun por conocer este efecto del sistema que los Jesuítas enta- 

(1) Domínguez, Historia argentina, secc. III. cap. VII. 

(2) Provisión de 14 de Febrero de 1649: Apend. núm. 5. 



-48- 

blaban en sus Misiones, fué por lo que emplearon los portugueses, y 
sus aliados los ingleses, tantos manejos antes y después del tratado de 
1750, para que de todas aquellas Misiones fueran echados los Jesuí- 
tas, y sustituidos por otros, cuyo régimen no les cerrara tan fuerte- 
mente el acceso por las fronteras de España; como largamente lo 
prueba el P. Escandón (1). 



II 



*44 AUXILIO MILITAR: PRIMERA TOMA DE LA COLONIA 

Grande era el servicio que prestaban los Guaraníes al país, ase- 
gurando del enemigo portugués la frontera: pero no se limitó á esto 
la acción de aquellos naturales. Organizados militarmente, salieron 
de su país como milicias regulares, cuantas veces les llamaron los 
Gobernadores de las dos provincias en que radicaban, y llevaron su 
valioso auxilio á los españoles, sea contra enemigos exteriores euro- 
peos, sea contra indios bárbaros, sea contra subditos sediciosos 
y rebeldes. En la imposibilidad de exponer largamente esas expedi- 
ciones, que ocupan más de cien años de la vida de las Doctrinas, y de- 
ben estudiarse en la Historia particular de estas regiones, nos con- 
cretaremos á hablar de las hechas á la Colonia, é insinuar brevemente 
las demás. 

La ciudad de la Colonia del Santísimo Sacramento, es hoy una 
población de 3.000 habitantes (2), perteneciente á la República Orien- 
tal del Uruguay, y cuyas coordenadas geográficas son 34° 28' 20" 
de latitud S. y 60° 13' 50" de longitud O. de París (3). Á distancia 
de poco más de siete leguas del Puerto de Buenos Aires, enfrente 
y en la ribera septentrional del río de la Plata, se hallan situadas las 
islas de San Gabriel, que son las llamadas del Farallón, San Gabriel, 
Lopes del Este (ó Antón López), y López del Oeste (ó Arrebataca- 
pas, y también Isla del Inglés). Dejan estas islas entre sí unos cana- 
les por los cuales se penetra en un puerto más abrigado y cómodo 
que el de Buenos Aires, y tienen media legua alNNO. otras tres 

(1) Transmigración de los siete pueblos, Ms. § 1 y sig.' 

(2) Orestes Araujo, Geografía de la Rep. Oriental del Uruguaj', 2.^ ed. 1895. 
página 194. 

(3) Lobo y Riudavets, Manual de la navegación del Río de la Plata, Madrid, 
868, pág. 119: Faro de la Colonia. 



— 49- 

islas llamadas de Hornos. Este fué el paraje que en 1679 eligieron 
los portugueses para fundar en territorio indisputablemente espa- 
ñol una ciudad con nombre de Colonia del Santísimo Sacramento, 
que por espacio de cien años fué un verdadero padrastro del comercio 
de España; pues, hallándose á la vista de Buenos Aires, ya se deja 
entender el extraordinario contrabando á que se prestaba, y que ni 
un instante dejaron de aprovechar los portugueses, y sus aliados los 
ingleses. Del intento de los portugueses y de los preparativos que 
se hacían en Río Janeiro para trasportar en catorce embarcaciones 
gente, con pertrechos de boca y guerra, y con todo lo necesario para 
fundar una ciudad en las regiones del Plata, tuvo aviso el mismo 
año de 679 el Gobernador de Buenos Aires Don José de Garro, que 
acababa de serlo del Tucumán 3^ después lo fué de Chile por diez 
años; porque Don Felipe Rege Gorbalán, Gobernador del Paraguay, 
que fué á quien primero llegó la noticia, despachó al punto correo 
al Gobernador y también á las Doctrinas, por lo mismo que se decía 
que los portugueses querían invadirlas, á fin de distraer á los indios 
en su defensa, para que no acudiesen á estorbarles el intento. 

Dispuso el Gobernador de Buenos Aires que saliesen de los pue- 
blos de Doctrinas exploradores, para recorrer los caminos por donde 
se sospechaba que pudieran llegar los portugueses; y que se devol- 
vieran á los indios las armas de fuego, que por las calumnias suscita- 
das contra los religiosos habían ido á parar á la Asunción, dejando 
desarmados los pueblos (1). Pero de ochocientas bocas de fuego que 
pertenecían á los Guaraníes, la mayor parte de ellas habían sido 
distraídas, y apenas alcanzaron á doscientas setenta las que se les 
enviaron (2). 

Las exploraciones se ejecutaron, enviando tres escuadras de á 
cuatrocientos hombres, una hacia el alto Paraná, otra hacia San 
Pablo, y la tercera hacia la ribera del mar, por lo que ahora es costa 
de la República oriental. Las dos primeras nada encontraron; mas 
la tercera tuvo la buena suerte de capturar al Teniente General 
Jorge .Suárez Macedo, que, habiendo perdido el buque, caminaba 
por tierra con otros veintidós portugueses, dirigiéndose sin saber 
los caminos hacia el punto dónde habían resuelto fundar su Colonia. 
Tomaron los Guaraníes toda aquella partida, y la condujeron al 
primer pueblo de Doctrinas, Yapeyú, cien leguas de allí; de donde 
más tarde, á pesar del empeño del portugués en ir á juntarse con su 
General, y de ciertas embozadas amenazas, el Superior de Doctrinas 

(1) Vid. lib. I. cap. VI. Milicia, § 3. 

(2j Xarque, Insignes miss., parte III. cap. X. n. 1. 

4 Organización Social de las Doctrinas Guaraníes. -tomo n. 



- 50- 

P. Cristóbal Altamirano, natural de Santa Fe, lo remitió con buena 
escolta al Gobernador Garro, quien le obsequió como convenía; y 
entre otros festejos le hizo presenciar el de la escaramuza ó simula- 
cro de los Guaraníes que llevamos referido (1); y últimamente le 
detuvo en Buenos Aires. 

No se descuidaba entretanto el solícito Gobernador de esta plaza; 
y mientras los Guaraníes exploraban por tierra, él hacía explorar 
la costa con un bergantín, que recorrió todas las ensenadas de la 
costa donde pudo sospechar que hubiesen hecho pie los portugueses. 
Pero jamás pensó que dentro del río y á la vista de Buenos Aires 
mismo se hubiesen atrevido á establecerse, y así volvió sin haber 
hallado rastro de ellos. No habían pasado muchos días, cuando cier- 
tos trabajadores españoles que recorrían los campos de la otra banda 
para hacer leña, descubrieron la población ya fundada, de lo cual 
dieron aviso al Gobernador. Envió entonces éste un barco con 
oficiales de toda satisfacción, para enterarse de la verdad del hecho, 
y hacer información jurídica; y hallaron efectivamente una ciuda- 
dela con su fortaleza y baluarte, artillería, tropa y vecinos, con 
cuanto era necesario para el establecimiento definitivo de una ciudad 
y plaza fuerte. Con pleno conocimiento del hecho, hizo don José de 
Garro un requirimiento á don Manuel Lobo, General portugués, que 
aparecía como el jefe de toda la empresa, para preguntarle sobre el 
derecho. La respuesta fué que aquel era territorio portugués, y él 
venía enviado por el Acuerdo de Río Janeiro á fundar en territorio 
propio. Causó estupefacción en Buenos Aires semejante audacia. 
Mas el prudente Gobernador, que quería, si pudiese, no entrar en 
guerra con Portugal, con quien diez años antes se habían hecho las 
paces, después de notorios reveses de los castellanos; 3' caso de 
hacer la guerra, quería entrar en ella bien armado de razón y justi- 
cia, hizo una junta de las personas de más autoridad y saber en 
Buenos Aires, y con parecer de ella, envió comisionados inteligentes, 
que mostrasen á don Manuel Lobo el error que había asentado 
Mostraron los comisionados con las mejores cartas holandesas 3' de 
otros cosmógrafos desapasionados, y aun con las mismas portu- 
guesas, que la línea divisoria de Tordesillas caía cien leguas al Este 
de la Colonia: alegaron la posesión real, actual 3' aun jurídica de 
más de un siglo: recordaron los hechos de haber desalojado los espa- 
ñoles á los portugueses cuando quisieron fundar en Santa Catalina, 
que está doscientas leguas más cerca del Río Janeiro que la Colonia. 

(1) Lib. 1. cap. VI: Milicia, § 5. 



-51- 

A todas estas razones no halló qué responder Lobo, sino presentar 
un mapa recién hecho el año anterior de 1678 en Lisboa, en el que 
la línea divisoria se marcaba de suerte que comprendía toda la juris- 
dicción de la provincia del Paraguay y la de Buenos Aires, con todas 
sus ciudades y poblaciones; y aun algunos de los portugueses de su 
comitiva sostuvieron que la divisoria encerraba por la parte de 
Portugal las minas de Potosí. Apretado con nuevos requirimientos 
sobre aquel mapa falso, respondió que allí estaba por orden de su 
Rey, y allí se mantendría mientras su Rey no mandase otra cosa. 

Ya el conflicto no tenía avenencia posible. Era una invasión en 
plena paz y de mala fe. El Gobernador Garro hizo nuevo requiri- 
miento, protestando que el portugués sería responsable de todos los 
daños de la guerra defensiva, que se veía obligado á entablar, para 
evitar la usurpación manifiesta de los dominios de España. Y multi- 
plicando correos, despachó las diligencias obradas á la Audiencia de 
Charcas, y al Virrey del Perú, que aprobaron la guerra defensiva; 
al mismo tiempo que pedía soldados al Gobernador de Tucumán, 
y mandaba juntar los de su provincia procedentes de Corrientes, de 
Santa Fe y de la misma ciudad de Buenos Aires. Cuatrocientos sol- 
dados le llegaron de Córdoba. Con éstos y con la gente que tenía en 
Buenos Aires, se formaba ya un ejército de dos mil españoles. Mas 
no fueron éstos los que el Gobernador envió á la empresa, sino que 
los reservó para el caso de algún lance adverso. 

Los que sitiaron la Colonia y le dieron el asalto, fueron tres mil 
indios Guaraníes de la milicia de las Doctrinas, sesenta españoles de 
Santa Fe, ochenta de las Corrientes y ciento veinte de Buenos 
Aires. Había el Gobernador enviado sus despachos, en que mandaba 
á los Corregidores de los pueblos sujetos á su jurisdicción reunir 
hasta el número de tres mil indios soldados, que se habían de juntar 
en Yapeyú, la más meridional de las reducciones, y esperar allí los 
Cabos españoles, que él les enviaría; y juntamente escribió carta de 
exhortación en que pedía lo mismo al Padre Superior de las Doc- 
trinas. Y fué tanta la diligencia que tuvieron los indios en obedecer, 
que en once días desde que llegó el emisario, se hallaron juntos en 
Yapeyú los tres mil Guaraníes, no obstante haber de venir algunos 
de parajes tan distantes. Y como no llegasen los cabos españoles en 
el tiempo que el Gobernador había señalado, resolvieron los indios 
irse acercando á la Colonia, que distaba doscientas leguas; como lo 
hicieron con sus capellanes Jesuítas, divididos en tres tercios de á 
mil, cada uno á cargo de un Maestre de campo, indio valiente y 
capaz. Bajó una banda embarcada por el río Urugua3^ y las otras 



- 52 - 

dos por tierra con gran orden, hasta llegar ;l dos ó tres leguas del 
paraje de la Colonia, donde se pusieron á la disposición del Maestre 
de Campo general que había nombrado el Gobernador Garro, que 
era el santafecino don Antonio de Vera y Mujica. Este los ejercitó 
en la disciplina militar, mientras iban llegando las fuerzas españolas 
arriba dichas, que al cabo sumaron como hasta trescientos hombres. 

Teniendo ya bloqueada el Maestre de Campo Vera la nueva 
Colonia, procuró infundir temor á los portugueses, haciendo pasar 
revista á todas sus tropas dispuestas en batalla á lo lejos; y porque 
todos eran tropa de á pie, y sin artillería, hacía pasar en la reseña 
gran cantidad de caballos, que habían traído los Guaraníes, sin 
llevar jinetes montados; como igualmente hacía repetir el desfile de 
unas mismas compañías como si fuesen distintas. Todo lo cual llegó 
á hacer creer á los portugueses que el ejército era mucho más nume- 
roso aún de lo que en realidad era; con ser así que ya lo era mucho, 
3^ raras veces se juntaban en estos países tropas tan numerosas orde- 
nadas. Con esto urgían á su general don Manuel Lobo, para que 
cediese á los requirimientos del español, que don Antonio de Vera 
continuaba en enviar, porque ellos no podrían contra tantos, y sería 
una temeridad el resistir á tan crecido número de tropas. Mas el 
capitán lusitano se obstinaba cada día más, esperando el refuerzo 
que tenía pedido á Río Janeiro y que nunca le llegó, y quizá figuran, 
dose que tantos exhortos y negociaciones significaban algún temor- 
Todavía en 13 de Julio de 1680 escribió una carta al Cabildo secular 
de Buenos Aires, procurando sincerar su conducta, y advirtiéndoles 
que ya se trataba del punto entre las Cortes de Madrid y Lisboa, 
porque él había dado aviso, y que debían esperar á que allá se resol- 
viese; y de otro modo serían responsables de los daños. Mas el Ca- 
bildo brevemente le respondió lo que debía y se refirió en todo á lo 
que tenía ordenado el Gobernador Garro (1). Viendo que el invierno, 
que por añadidura fué muy riguroso, producía muy mal efecto en 
las tropas, el Maestre de Campo pidió al Gobernador licencia de 
acometer á la plaza, y el Gobernador le autorizó para ello. 

Ordenadas las tropas en la noche del seis de Agosto, se fueron 
acercando en silencio á la ciudad. Había resuelto Vera que delante 
de todo el ejército fuesen arreados los cuatro mil caballos que para 
la campaña habían traído los Guaraníes, }' que precediesen á todos, 
sin llevar jinete alguno; porque de este modo los primeros tiros de 
la artillería portuguesa se ejercitarían en ellos, é inmediatamente 

(1) Véase la carta y la respuesta en Gakcía Mekou, Historia Argentina, Bue- 
nos Aires, 1899. tom. I, pág. 213. 



-53- 

después podrían acometer las demás tropas á su salvo. Pero míen 
tras ya comenzaban á marchar, dieron muestras de su sentimiento 
los capitanes indios, diciendo que por este medio iban al matadero 
y no á la victoria. Preguntados por qué, respondieron que los caba- 
llos, espantados de los tiros, habían de revolver contra ellos en des- 
orden, y era imposible que no rompiesen las ftlas y produjesen la 
confusión, lo que sería entregarlos en manos de sus enemigos los 
portugueses, para que los destrozasen y acabasen. Hizo fuerza la 
reflexión en el General, y mandó retirar los caballos. 

Llegaron los. Guaraníes á la fortaleza poco antes del alba, Y 
aunque la orden general era que no acometiesen hasta oír el disparo 
de una carabina, que se había de disparar en siendo de día; acaeció 
que un indio se atrevió á subir á un baluarte, y hallando al centinela 
dormido, lo degolló; con lo que otro centinela de otro baluarte, que 
sintió enemigos, disparó su carabina para dar aviso de la presencia 
del ejército. Apenas hubo sonado el disparo, cuando los Guaraníes 
del tercio más cercano, que era el del Cacique don Ignacio Amandaú, 
se precipitaron al asalto como leones, y por aquel mismo punto empe- 
zaron á entrar en la fortaleza. Acudieron allí en tropel todos los 
portugueses, creyendo que allí estuviera todo el campo castellano; 
con lo que dieron ocasión para que los otros dos tercios asaltasen 
por puntos diferentes. Los que resistían á Amandaú quisieron abocar 
á aquel punto una culebrina, mas no acertaron á ejecutarlo; y que- 
brándose la cureña, quedó la pieza con la boca en alto é inutilizada. 
No obstante, habiendo cargado allí toda la fuerza de la guarnición 
portuguesa, obligaron á aquel tercio de indios á retroceder. Segunda 
vez volvió en buen orden al asalto, y segunda vez con lucha encar- 
nizada, cuerpo á cuerpo, fué rechazado. Mas entonces el cacique volvió 
su espada y sus voces de improperio contra los Guaraníes que retro- 
cedían, con tal coraje, que los llenó de la ira que le animaba, y arre- 
metiendo con terrible empuje, se llevaron cuanto portugués encon- 
traron por delante. En este intermedio, los otros cuerpos habían 
penetrado muy adentro 3^ hasta apoderádose de la casa ó almacén de 
la pólvora; y aun alguna parte de los tercios españoles, que venían 
detrás, habían escalado las murallas, haciendo de escalas los indios 
puestos unos sobre otros, porque el ejército no llevaba escalas. Y 
uno de los más animosos, que fué el capitán Juan de Aguilera, vecino 
de Santa Fe, arrancó de un bastión la bandera portuguesa que en él 
estaba izada, y plantó la española, á costa de un brazo que le quebró 
una bala enemiga. Muchos portugueses, poseídos de espanto con la 
terribilidad del asalto, se arrojaron al agua para salvarse en los 



- 54- 

barcos, en cuya demanda no pocos perecieron. Los restantes mantu- 
vieron la resistencia durante tres horas; pero al fin, vista la inuti- 
lidad de sus esfuerzos, hubieron de rendirse. 

Murieron cerca de doscientos portugueses. Ca3^eron prisioneros 
cuantos quedaron vivos, incluso el general Don Manuel Lobo. De los 
Guaraníes murieron treinta y uno, y quedaron heridos más de 
sesenta. Es circunstancia reparable que entre los soldados de la 
Colonia había no pocos paulistas, que el mismo Lobo y su teniente 
Suárez Macedo habían traído, yendo para ello á convidarlos á su 
villa de San Pablo. Pasados algunos días, remitió el Gobernador los 
Guaraníes á sus pueblos, de donde habían estado ausentes seis meses: 
y tanto él, como todos los que presenciaron las acciones de los indios 
Guaraníes, dieron honoríficos informes del valor, obediencia, pron- 
titud y orden con que habían procedido, atribuyéndolo principalmente 
al modo cómo los criaban y al influjo que en ellos ejercían los Jesuí- 
tas, de los cuales cuatro vinieron por capellanes en esta jornada. La 
noticia de los sucesos de la Colonia, comunicada auténticamente al 
Virrey del Perú, y por él al Consejo de Indias y al Rey, hizo que se 
esparciese la fama de la milicia de las Doctrinas, reconociéndose 
exteriormente lo que ya hacía tiempo que conocían los más avisados: 
que en aquellos Guaraníes organizados como lo estaban, se cifraba 
una de las mayores fuerzas de defensa del país (Ij. 



ni 



145 



AUXILIO MILITAR: EMPRESAS POSTERIORES SOBRE 
LA COLONIA 

No surtió el efecto apetecido aquel gran esfuerzo que hicieron 
estas provincias para destruir la Colonia portuguesa; porque la situa- 
ción en que había puesto á España la enemistad de Luis XIV y de 
Inglaterra, hizo que se hubiese de ceder á las injustas exigencias de 
Portugal, restituyendo por el tratado provisorio de 1681 las cosas al 
estado que tenían antes de Agosto del 80; y estipulando conferencias 



^1) La sustancia de este relato se contiene en las certificaciones dadas sobre 
él, existentes en el Archivo de Indias de Sevilla y en el general de Buenos Aires: 
varias circunstancias particulares se han tomado de Jarque, Insignes misiones, 
lib. 3. cap. 10 sqq. 



-55- 

sobre demarcación de límites. La restitución se hizo efectivamente 
dos años después. Las conferencias se verificaron durante más de dos 
meses, teniendo lugar la primera en Badajoz y la última en una 
isleta del río Caya, que divide á España de Portugal, entre Yelves 
y Badajoz, á 22 de Enero de 1682. Pero en ellas no se arribó á nin- 
guna resolución. Los portugueses, sin querer admitir otros mapas 
sino los que se acababan de fabricar en Portugal, sostuvieron con 
tenacidad que los 25° 14' 51" correspondientes A 370 leguas de 17 '/sal 
grado, que se habían de contar desde las islas de Cabo Verde al 
Oeste, determinaban un meridiano tal que dejaba al oriente la Colo- 
nia. La pretensión, examinada hoy que se conocen por determina- 
ciones directas y exactas todos los términos, equivalía á sostener que 
sumados los 25 grados con otros 26 que sensiblemente distan las islas 
de Cabo Verde del meridiano de París, resultaban 60 grados que son 
los de la Colonia. Era fabricar los portugueses el mapa de América 
de modo que les diera 250 leguas ó 9 grados más de territorios al 
Oeste 3^ de Norte á Sur del Continente. Y aun esto era pretensión 
moderada, si se compara con las de Lobo, que en su mapa incluía 
toda la provincia de Buenos Aires para Portugal, lo cual era tomar 
80 leguas más al Oeste; ó con las de quienes hacían pasar la línea al 
Oeste de Potosí, que era añadir 7 grados ó 120 leguas al Oeste sobre 
las 150 primeras. No habiéndose convenido los peritos, debía, según 
el art. 13 del tratado provisional, llevarse la cuestión al Sumo Pon- 
tífice, para que como arbitro decidiera, en el término de un año. No 
consta si esta parte se cumplió: antes hay motivo de creer que no, 
porque la decisión nunca se dio. 

Publicábase el Tratado provisional de 1681 en 1685; y cinco años 
después prevenía el Key al Provincial de los Jesuítas del Paraguay 
que había indicios de que los portugueses, no contentos con la Colo- 
nia, querían establecerse en las islas de Maldonado; y que habiendo 
advertido al Gobernador de Buenos Aires para que previniese fuer- 
zas militares, esperaba que los Guaraníes de Doctrinas acudirían 
con prontitud y en el número que el Gobernador pidiese, en cuya 
breve unión de fuerzas, añade la Cédula, y su oposición, irá princi- 
palmente el buen logro del intento (1). Tal era el concepto que se 
habían merecido el valor y disciplina militar de los Guaraníes. 

No fué necesario por entonces hacer esta diligencia; aunque sí 
hubieron de bajar en 1698 á Buenos Aires dos mil Guaraníes de mili- 
cias, por estar en su fuerza la guerra con Francia, y temerse que así 

(1) Buenos Aires, Arch. gen. Céd. de 27 Nov. 1690, leg-ajo Compañía de Jesús 
Paraguay ii. 10. 



— 56 — 

como la flota francesa había tomado el puerto de Cartagena de 
Indias, quisiera venir á apoderarse también del de Buenos Aires. 
Disipado este temor con la paz de Riswick, volvieron los Guaraníes 
á sus tierras (1). 

Pero el año de 1702 soliviantaron los portugueses de la Colonia A 
las tribus de charrúas, yarós y mbohanes, vecinas de las Reduccio- 
nes por el sur, para que acometiesen á los Guaraníes, esperando por 
su medio debilitar aquella fuerza reglada, que siempre les era eno- 
josa. Y como los bárbaros recelasen del daño que ellos mismos 
podrían recibir, los animaron los portugueses; 3^ aun en cierta oca- 
sión les dieron armas de fuego y salieron con ellos sesenta portugue- 
ses (2), aunque después no entraron en acción. Con esto los salvajes 
cometieron tales atropellos y muertes en las estancias de los Guara- 
níes, é infestaron los caminos de modo, que el Gobernador de Buenos 
Aires hubo de enviar cabos españoles á los indios Guaraníes, quienes 
en 1702, persiguieron á los salteadores, y habiéndolos alcanzado, los 
derrotaron completamente en la batalla del Yí (3). 

Declarada en España la guerra á Portugal, que seguía el partido 
contrario de Felipe V en la guerra de sucesión, mandó el Rey al 
Gobernador de Buenos Aires, Don i\lonso de Valdés Inclán, que á 
todo trance tomase la Colonia, desalojando al portugués de estas 
comarcas. El despacho, expedido en Madrid á 3 de Noviembre de 
1703, llegó acá en 7 de Julio de 1704, remitido por el Duque de la 
Moncloa, Virrey del Perú; y al punto dio el Gobernador las disposi- 
ciones para juntar todas las tropas de que podía disponer. Mientras 
llegaban tres compañías de Santa Fe y tres de Corrientes, que con 
las siete de Buenos Aires pasaron á la otra banda del río á las órde- 
nes del Maestre de Campo Don Baltasar García Ros; pidió al Supe- 
rior de las Misiones y al P. Provincial un contingente de cuatro mil 
indios de las Doctrinas. El mismo Provincial se trasladó desde Cór- 
doba á las Misiones para que la orden se ejecutase con puntualidad. 
Y fué tal la diligencia con que obedecieron, dice el comisionado por 
el Gobernador, Andrés Gómez de la Quintana, que por presto que 
volvió el chasque (correo, propio) á la dicha Reducción de Santo 
Domingo^ ya venían llegando las primeras tropas, y dentro de pocos 
días llegaron todas, que se componían de cuatro mil iiuiios; unos 
bajaron por el Paraná y Rio Uruguay en balsas, y otros por tierra 



(1) BuRGÉs, Memorial de 1705, n. 18. 

(2) Bauza, t. I. lib. V. p. 415. 

(3) Bauza, tom. I. Documentos, n. 3; y Céd. Real de acción de gracias, 1706, 
Charlev. IV. 



con muchos caballos, y millas {\) para cargar los bastimentos, no 
solo para el viaje, sino para sustentarse todo el tiempo del sitio, y 
gran rodeo de Vacas. Venían muy bien armados, unos con diferen- 
tes bocas de fuego, con sus frascos y bolsas, bien proveídas de pól- 
vora y balas: otros con lanzas, dardos, arcos con mucha cantidad de 
fiedlas, macanas, Jiottdas y piedras, armas naturales suyas. Venían 
también sus Capellanes... [cuatro Sacerdotes Jesuítas]... y los Her- 
manos... [tres hermanos legos]... Cirujanos para curar heridos (2). 
Pusiéronse debajo del mando de García Ros; y llegadas nlgo más 
tarde las tropas arriba dichas, se formalizó el sitio á diez y ocho de 
Octubre del mismo año. 

Era jefe de la plaza Sebastián de Veiga Cabral, quien apenas vio 
los primeros preparativos del Gobernador, envió á pedir á toda prisa 
refuerzos á Río Janeiro, de donde le llegaron 400 soldados; juntán- 
dose en todo 700 portugueses para la defensa: y después de haber 
perfeccionado las fortificaciones de la plaza, respondió con altivez á 
la intimación que se le hizo de rendirse. 

Cuatro meses duró el cerco; y en este tiempo llevaron el mayor 
peso de la fatiga las milicias Guaraníes; no sólo ejecutando las obras 
de las líneas militares, bajo de la dirección del ingeniero español Don 
José Bermúdez, hasta tener perfectas seis buenas baterías en el cir- 
cuito exterior de la cindadela; sino también interviniendo en varios 
ataques con gran valor; y especialmente en el que se dio de noche á 
mitad del sitio, que tuvo por resultado la captura de uno de los barcos 
portugueses, fondeado al abrigo de los cañones de la fortaleza. INIien- 
tras la escuadrilla sutil de los españoles acometía en el mar, fueron 
enviados los Guaraníes para hacer un amago de ataque, que distra- 
jese las fuerzas de la plaza por tierra. IMas, excitados por los espa- 
ñoles que iban con ellos y por su propio ardor, convirtieron el ataque 
simulado en verdadero asalto, lanzándose con ímpetu á escalar las 
murallas; y habiendo sido rechazados la primera vez, por haber sido 
sentidos y no estar la plaza todavía en condiciones para el asalto; 
volvieron de nuevo con mayor brío, logrando algunos de ellos pene- 
trar en la cindadela, y poniendo en no pequeño apuro al portugués 
para rechazarlos. Perdieron en esta ocasión más de treinta muertos 
y cien heridos los Gr iraníes (3). Resolvió el Gobernador Inclán 

(1) Seis mil caballos 3' dos mil muías. (Memorial del P. Jiménez, Supr. de las 
Misiones, al Gobernador Don Baltasar García Ros, año de 1707.) Arch Gen. de 
B'. A', leg-ajo, 1600 1750,60. Jesuítas, Guerra guaranítica. 

(2) B^uzÁ, I. Documentos, n. 4. 

(3) Bauza, Hist. de la dominación española en el Uruguay, tom. I. lib. V. pá- 
gina 424. 



-58- 

acudir personalmente al sitio; y aunque quería dar el asalto general, 
la junta de guerra fué de unánime parecer que no convenía exponerse 
á sufrir tanto daño, pues era segura la rendición por hambre. Estre- 
chó, pues, el cerco hasta tiro de pistola é hizo proposiciones de hon- 
rosa capitulación á Cabral; mas éste ni las admitía, ni daba señales 
de desfallecer. Esperaba el socorro para huir dejando burlados á los 
sitiadores, y en efecto le vino. A mediados de Marzo de 1705 se deja- 
ron ver cuatro buques portugueses, que penetraron en el puerto, sin 
que las escasas fuerzas marítimas de los españoles pudiesen atajarles 
el paso. En ellos embarcó el portugués la guarnición, y cuanto impor- 
tante y precioso pudo llevarse, y haciéndose á la vela, se dirigió á 
Río Janeiro, abandonando la plaza y salvándose con la fuga. Los 
Guaraníes fueron licenciados el día 17 de Marzo, cuando ya el espa- 
ñol había tomado posesión de la plaza; y es de notar que aunque por 
Cédula real de Jadraque, á 29 de Noviembre de 1679, estaba ordenado 
expresamente que se les pagase sueldo competente, desde el día que 
salían de sus pueblos hasta el día que volvían á ellos, y más tarde se 
había fijado este sueldo en real y medio diario por cada indio: ni en 
este sitio, ni en el precedente de la Colonia quisieron los indios recibir 
sueldo, sino que tanto en uno como en otro lo cedieron voluntaria- 
mente á beneficio de la Real Hacienda, á persuasión desús Capella- 
nes, por haber sabido que se encontraban engrandes dificultades las 
Cajas Reales para satisfacerles lo que les debían. El solo sueldo de 
esta última jornada, que pasó de ocho meses en ida, estada y vuelta, 
alcanzaba á ciento ochenta mil pesos de plata de á ocho reales, can- 
tidad enorme en provincias tan poco pobladas. Y no contentos con 
mantenerse ellos y costear sus armas y pertrechos, militando á 
expensas propias; todavía salían en tropas por las campañas á 
vaquear y recoger suficiente ganado, para alimentar la tropa espa- 
ñola, habiendo traído ett el tiempo que duró el sitio para alimento 
de los Españoles más de treinta mil vacas (1). Pero todo esto lo 
hacían por los sentimientos de obediencia al Gobernador, de agra- 
decimiento y amor al Monarca que les inspiraban los Jesuítas, y 
arraigaban tanto en ellos, como lo comprueba el hecho que refiere 
Quintana (2): y despidiéiuiome dellos, rendí las gracias d sus Maes- 
tres de Campo Bonifacio Capy, Diego Gabipoy,Juan Miñani y Pedro 
Abacapov^ Cabos principales, de lo bien que lo habían hecho ^ peleando 
y trabajando...: y muy contentos me respondieron que siempre que 
mi Gobernador los Jiubiese menester para el Real servicio, bajarían 

(1) García Ros, Informe, § Fuera de esto, Charlevoix, W , Doc". 
(2; Bauza, I. Docum. n. 4. 



-59- 

confina voluntad, como bajaron el año de ochenta, que dieron 
avance d los Portugueses en la misma Colonia. 

Esta vez quedó la Colonia en poder de los españoles por espacio 
de once años. Mas al celebrarse la paz de Utrecht en 1713, nueva- 
mente consiguieron los portugueses hacer pasar un artículo por el 
cual se les concedía como propia la Colonia con su territorio. Y fué 
el mismo García Ros que había dirigido el sitio quien se vio con el 
triste encargo de entregarla, como Gobernador de Buenos Aires que 
era en 1716. Mas era de tal naturaleza la posesión de aquel pedazo 
de tierra para los portugueses, que, no contentos con hacer un con- 
trabando enorme, que ninguna medida logró cortar del todo; no des- 
cansaban mientras no lograsen ocupar, con ocasión de ella, otros nue- 
vos dominios. Interpretaba el Gobernador y el Gobierno español 
aquella expresión su territorio., entendiéndola en sentido natural por 
el ejido ó término de la ciudad, y así había orden de que se midiese 
por el espacio á que alcanzaba un tiro de cañón en derredor de la 
fortaleza, y no más. Pero los portugueses dijeron que la palabra 
territorio significaba todo el país que se extendía desde Colonia 
á Río Janeiro. 

Por otra parte, nunca habían desistido de sus pretensiones de 
que la divisoria de Tordesillas los hacía dueños por lo menos de 
toda la Banda Oriental del Uruguay. Así, en 1718, habían estable- 
cido ya grandes depósitos para conservar los cueros que de ganado 
apresado furtivamente les hacían los minuanes ó guenoas, con quie- 
nes siempre trababan alianza. De estos depósitos los tomaban des- 
pués los buques ingleses y portugueses, y los vendían en Europa, 
arruinando con este comercio fraudulento la industria de corambre 
y los ganados del país. El Gobernador D. Bruno Mauricio de Zavala 
pidió á las Doctrinas 500 Guaraníes armados que recorriesen aque- 
llas barracas y les prendiesen fuego, como lo hicieron con toda feli- 
cidad. En Diciembre de 1723 desembarcó una expedición portuguesa 
mandada por D. Manuel Freitas Fonseca en la ensenada de Monte- 
video, y empezó á establecer población y fortaleza, como lo había 
hecho Lobo cuarenta años antes en Colonia. Mas fueron tales las 
enérgicas medidas de Zavala, quien, sin descansar un momento, pre- 
vino cuanto era necesario para lanzar de allí al portugués, que aun 
antes que desembarcasen en la otra ribera las tropas españolas, se 
embarcó Freitas con su gente para Río Janeiro, hu3^endo como 
en 1705 lo había hecho Cabral; si bien dejó un papel lleno de protes- 
tas. También en esta ocasión recurrió el Gobernador á los Guara- 
níes, pidiendo mil soldados, los cuales llegaron á 25 de Marzo 



-60- 

de 1724; y aunque no pudieron combatir, por haber huido pronta- 
mente los portugueses, quedaron como guarnición, y juntamente 
construyeron las fortificaciones de la nueva población de Montevi- 
deo, que allí se estableció. 

Renovóse en 1735 el sitio de la Colonia, A consecuencia del rom- 
pimiento de guerra, la que declaró Portugal por haber sido apre- 
hendidos unos malhechores en la residencia del embajador portu- 
gués en Madrid. Eran inexcusables en tales casos las tropas de 
Guaraníes. Pidió el gobernador Salcedo cuatro mil indios armados; 
y á pesar de llevar tres años continuos sobre las armas y estar pere- 
ciendo sus pueblos con la peste y el ham.bre, bajaron puntuales, y se 
portaron con el valor y la obediencia de siempre. Los españoles 
parece que alcanzaron en esta ocasión á 1500. Empezado el cerco en 
Octubre de 1735, no se logró la empresa, lo que se atribuyó á las 
escasas dotes militares del General Salcedo, y á las disensiones 
entre él y el jefe de la escuadra (1), Don Nicolás Giraldin. Pasóse 
todo el año de 1736 en operaciones; y en 1737 llegó la noticia del 
arreglo ajustado entre Portugal y España por empeños de Inglaterra, 
Francia y Holanda; en el que se estipulaba que se mantuviese un 
armisticio de tal calidad que, suprimidas las hostilidades, quedasen 
las cosas en el estado en que se hallaran al recibir la noticia, hasta 
tanto que se conviniera en el tratado definitivo. En este sitio fué 
muerto de un balazo el Jesuíta P. Tomás Werle, mientras se hallaba 
asistiendo en el campo á los Guaraníes, de quienes había venido por 
capellán. 

Sabido es cómo, por el funesto é ignominioso tratado de límites 
de 1750, trocaba España el rincón del Ibicuy con sus siete reduccio- 
nes (añadiendo además la provincia de Tuy en Galicia, que confi- 
naba con Portugal), por la Colonia del Sacramento que habían de 
entregar los portugueses. De modo que por una sola población 
de 2.600 almas, cual era Colonia, que pertenecía al Rey de España, 
por haber sido fundada á sabiendas en territorio español; lograba 
Portugal siete florecientes pueblos que contenían cerca de cinco mil 
almas cada uno, sin contar con las poblaciones de la provincia de 
Tuy; con más una enorme extensión de territorio, que ho}' forma 
tres provincias por lo menos de los Estados del Brasil: la del Paraná, 

(1) Bauza. Dominación española, tom. II, lib. I, pág. 21 siguientes: Funes, 
Ensayo, lib. IV, cap. VIII. A juicio del P. Cardiel. De morib. Guaran, cap. VIII. 
§ Militia, la causa del mal resultado fué que Salcedo despidió la tropa Guaraní y se 
quedó con sólo la española. El P. Villagarcía, Vida impresa del P, Aguilar, 
pliego 5, dice que estuvieron 4 meses: eran más de 3.000 y los españoles no llega- 
ban á mil. 



-61- 

Santa Catalina y Río Grande do Sul. Tanto había producido gra- 
ciosamente á Portugal su sistema de usurpar y conservar la 
Colonia. 

Deshecho aquel tratado en 1761, no sin haber producido daños 
irreparables, quedaban las cosas en su estado antecedente; 3' muy 
luego vino la guerra y la necesidad de tomar á viva fuerza la Colo- 
nia en 1762. Esta vez era el General D. Pedro de Cevallos, Gober- 
nador de Buenos Aires, quien dirigía personalmente las operacio- 
nes. Tropas veteranas apenas tenía; milicias recogidas de mala 
gana, unos dicen mil, otros dos mil hombres; así no se olvidó de los 
Guaraníes, que bajasen con sus capellanes Jesuítas, á pesar de estar 
reciente la famosa guerra Guaranítica, en que tan calumniados 
habían sido éstos de rebeldes. Pidió mil Guaraníes armados, quienes, 
después de dos meses de trabajos, que refiere el P. Segismundo 
Baur, su Capellán (1), llegaron á Santo Domingo Soriano á fines 
de Agosto. A 3 de Setiembre se formalizó el sitio de la Colonia, 
y á 28 de Setiembre se rindió la plaza por capitulación. La escua- 
dra española no prestó servicio alguno, por la cobardía, si ya no fué 
infidencia, de su comandante D. Carlos Sarria, quien á pesar de las 
reiteradas órdenes de Cevallos, dejó libre el paso á todo buque por- 
tugués, y hasta se retiró del teatro de las operaciones militares. El 
buen éxito lo atribu)'ó el General, como á causa de gran importan- 
cia, á la asiduidad y abnegación de los trabajadores indios, que con 
incansable tesón ejecutaron todas las obras militares del sitio (2). 

Lo que no es tan conocido es el importante papel que desempe- 
ñaron los Guaraníes en el ataque dado á la Colonia pocos días des- 
pués, por la escuadra compuesta de once buques ingleses y portu- 
gueses, cuyo comandante era el irlandés Mac Ñamara. He aquí 
cómo lo refiere un Misionero de aquel tiempo, el Padre Florián 
Pauke (3): «Apenas habían sido desalojados de Colonia los portu- 
gueses, cuando se presentó d la vista de la plaza española de Mon- 
tevideo un navio de guerra inglés, acompañado de seis bajeles por- 
tugueses^ en ademán de acometerla en seguida. Dio órdenes Ceva- 
llos para que, sin perder monioito, acudiesen sus artilleros á 
Montevideo, pues de otro modo no se hubiera podido defender la 
plaza. Partieron: mas, apenas habían acabado de poner todo 
d punto para la resistencia, cuando la flotilla de guerra desapare- 



(1) Trelles, Revista de la Biblioteca, IV, 352. 

(2) Cardiel, De morib. Guaran, cap. IX, § Militia. 

(3) Pater Florian Baucke, ein Jesuit in Paraguay von A. Kobler G. J. Regens- 
burg, 1870, pág. 492. 



- 62 - 

ció repentinantente de allí, y d toda vela hiso ritmbo d Colonia. El 
buque inglés penetró muy adentro en el puerto, arrimándose d la 
costa, y entonces abrió nn vivo fuego con dies cañones. Don Pedro 
Cevallos yacía enfermo en el lecho; mas al oir el estampido del 
cañón, se levantó esforzadamente; y como casi no le habían que- 
dado artilleros, acudió á toda prisa con los indios á las baterías de 
la muralla: los instruyó rápidamente en el íuodo de cargar y des- 
cargar, y corrió de cañón en cañón, dirigiendo él en persona la 
puntería. El cañoneo duró algunas horas, y por fín un tiro más 
feliz prendió fuego al navio inglés:... muchos de los tripulantes 
saltaron la borda, procurando salvarse á nado, como lo consiguie- 
ron los más en los botes de socorro que envió Cevallos... Por la 
tarde llegó el fuego á la Santa Bárbara y el navio voló por los 
aires hecho pedazos...^ 

Aquel mismo año de 1763 se hizo la paz, y tuvo el mismo Ceva- 
llos que devolver la Colonia á los portugueses. Verificóse una vez 
más esta verdad, que los españoles tomaban aquella plaza, que les 
era tan nociva, cuantas veces se proponían acometerla seriamente 
por las armas, y los portugueses la recobraban otras tantas veces, 
por medio de artificiosas negociaciones de paz. 

La última vez que se tomó la Colonia, fué en 1777; y fué el mismo 
Cevallos quien acabó con aquel funesto establecimiento. Esta vez 
no necesitó de los Guaraníes. Pero había venido con 9.000 españo- 
les, ejército nunca visto en estas regiones, y acababa de someterlas 
fortalezas de Santa Catalina sin disparar un tiro. Bastó presentarse 
ante la ciudad de la Colonia intimando la rendición mientras se dis 
ponía á sitiarla, para que la plaza se entregase á discreción el 3 de 
Junio. Cevallos demolió las fortificaciones, cegó en parte el puerto, 
y despobló la ciudad, obligando á sus habitantes á trasladarse á otra 
parte, y destru3'endo los edificios, á fin de que los portugueses no 
apetecieran más esta plaza; y aun cuando las potencias garantes 
la reclamasen, no pudiese servirles para nada.» 



IV 



146 AUXILIO MILITAR EN VARIAS OTRAS OCASIONES 

No pretendemos detallar todos los servicios de importancia que 
hicieron fuera de sus pueblos y además de la defensa de su territorio 



-63- 

las milicias Guaraníes. Sería esto tarea demasiado larga é impropia 
de la índole de nuestro estudio. Demás de que, si los trabajos de las 
campañas son dolorosamente nuevos cada vez para quienes los han 
de soportar, la narración de ellos no suele ofrecer novedad, y así 
viene á hacerse monótona y enojosa. 

Nuestra tarea, pues, se reducirá á apuntar las expediciones que 
han llegado á nuestro conocimiento, en una como lista distribuida 
en sus clases, de modo que los curiosos de esta especie de noticias 
puedan ir á examinar los detalles en sus fuentes. 

Auxilio para sosegar alborotos y sujetar rebeldes, enviado por 
mandato de los Gobernadores 

1644. D. Gregorio de Henestrosa, 600 Guaranís (1). 

1645. D. Gregorio de Henestrosa, 600 (2). 

1649. D. Sebastián de León, 1.000 (3). 
1660. D. Alonso Sarmiento, 200 (4). 
1724. D. Baltasar García Ros, 2.000 (5). 

1732 y 1733. D. Bruno Mauricio de Zavala, 7.000, durante IQ 
meses (6). 

1734. El Virrey Castel fuerte y D. Bruno Mauricio de Zavala, 
6.000(7). 

1735. D. Bruno Mauricio de Zavala, 12.000 (8). 

Auxilio á la Ciudad de la Asunción 

1646. Contra los Guaycurús, 600 (9), con Henestrosa. 

1650. Contra los Payaguás, con León y Zarate, 900 y 60 
canoas (10). 

(1) BuRGÉs. 1705: Charlevoix, lib. XI, init. Cítanse gran número de servicios 
de los Memoriales del P. Burgés de 1705 y 1708 (el último de los cuales va en el 
Apéndice), porque todas sus alegaciones constan de autos. La cifra significa el 
número de indios enviados. 

(2) BuRGÉs, 1705. 

(3) BüRGÉs, 1705 y 1708: Charlevoix, lib. XI, init. Burgés dice itn trozo consi- 
derable de soldadesco: el P. Rodero, 1.000 hombres. 

(4) BuRGÉs, 1705; Lozano, Conquista, III. 13, 353. 

(5) Exhorto del mismo Ros en Lozano, Revol. del Paraguay, lib. I. capítulo X. 
núm. 5. 

(6) Villagarcía, Vida del P. Jaime de Aguilar, §§. XI y XII. 

(7) Id. §. XIII. 

(8) Id. §. XIII. «Despacháronse efectivamente seis mil indios armados al 
ejército, que S. E. formó en las cercanías del Tebiquarí, y otros seis mil se apron- 
taron sin salir de sus pueblos, para lo que pudiese requerir la necesidad.» 

(9) Burgés, 1705. 

(10) Lozano, Conq. III. 13. 319. 



-64- 

1652. Contra los Guaycurús con Garavito de León (1). 
1656. Contra Guaycurús, Mbayás y Neengás, dos expediciones 
con Garay (2). 

1661 . ('ontra los Guaycurús con Sarmiento (3). 

1662. Contra los Guaj^curús con Sarmiento, 100 (4). 

1668. Contra los Guaycurús, de guarnición en el fuerte Tobatí 
todo el año, 12 (5). 

1670. A la ciudad de la Asunción para defenderla, 60, con 
Diez de Andino (6). 

1672. Contra los Guaycurús con Rege Gorbalán, 200 (7). 

1674. Contra los Guaycurús con Rege Gorbalán, 900 (8). 

1675. Contra los Guaycurús con Rege Gorbalán, 100 (9). 

1676. Contra los Mamelucos con el comandante enviado por el 
Cabildo, 400(10). 

1676. Contra los Guaycurús con Rege Gorbalán, (11). 
1678. Contra los Payaguás con Rege Gorbalán, (12). 
1685 á 1691. Contra los Guaycurús con Monforte, 100 (13). 
1685 á 1691. Contra los Guaycurús con Monforte, 600 (14). 

1687. Donativo de 600 caballos y 44 fanegas de grano (15). 

1688. Expedición á intimar á los Mamelucos el desalojo de 
Jerez (16). 

1700. Contra los Guaycurús con D. Juan Rodríguez Cota, 
220 (17). 

1711. Contra los Guaycurús en tiempo de Robles, 250 (18). 

1735. Contra Guaycurús y Mocovis á petición de Echauri (19). 



(1 

(2 

(3 

(4 

(5 

(6 

(7 

(8 

(9 

(10 

(11 

(12 

(13; 

(14 
(15 

(16; 

(17 
(18 
(19 



Id. 322. BuRGBS, 1705. 

Id. 

Lozano, Conq. III. 363. 

ídem Ibid: Burgés, 1705. 

ídem. 

Burgés, 1705. 

ídem; Lozano, Conquista III. 15. 373. 

Burgés, ihid; Lozano, ibid. 

Lozano, 374. 

Burgés, 1705; Lozano. III. 15. 372. 

Lozano, ibid. 374. 

ídem, 377. 

Burgés, 1705: Lozano, III. 383. 

Burgés, 1705: Lozano, 383. 

Burgés, 1705. 

Burgés, 1705: Lozano, IIT. 383. 

Burgés, 1708: Lozano, III. 385. 

Aguilar, Autos de información de 1735. 

FuwEs, lib. V. cap. I. init. 



f)5 — 



Auxilio á Buenos Aires 

1657. A defender el Puerto de Buenos Aires, de orden de Bai- 
gorry, 150(1). 

1658. A defender el Puerto contra el francés Timoleón Osmat, 
300 (2). 

1658. Donativo de embarcaciones á los de Corrientes para bajar 
á defender el puerto (3). 

1671. A la defensa de la ciudad en tiempo de Salazar, 500 (4). 

1688. A reconocer las costas del mar y Río de la Plata contra 
piratas, 150 (5). 

Varios. Cada año repitieron el mismo servicio por lo menos 

QUINCE AÑOS (6). 

1697. A la defensa de la ciudad por la guerra con los franceses, 
2.000 (7). 

1698. Donativo de 90,000 pesos del sueldo que voluntariamente 
renunciaron (8). 

1700. A la defensa de la ciudad contra los Dinamarqueses, 
2.000 (9). 

Auxilio á Corrientes 

1637. Contra caracarás, cupesalos y otros indios, llevando 20 
barcas, 236 (10). 

1655, Contra los frentones, por llamamiento del Teniente (11). 

1673. Contra indios bárbaros fronterizos (12). 

1721. A defender la ciudad, que también socorrieron con pól- 
vora, 163 (13). 



(1) BuEGÉs, 1705. 

(2) ídem. 

(3) ídem. 

(4) ídem. 

(5) ídem. 
(6;! ídem. 

(7) ídem. 

(8) Agüilar, Autos de 1735. 

(9) BuRGÉs, 1705. 

ÜO) Aguilar, Autos; Brabo, Atlas, pág. 38. 

(11) BuRGÉs, 1705. 

(12) Lozano, Conquista III. 449. 

(13) Aguilar, Autos. 



5. Organización social de las doctrinas guaraníes.— tomo ii. 



- 66 - 

Auxilio á Santa Fe 

1640. Contra calchaquíes, frentones y otros indios subleva- 
dos (1). 

1655. Contra los calchaquíes, 600 (2). 

Varios otros servicios 

1702. Expedición contra los charrúas y otros bárbaros que infes- 
taban los caminos, 2.000 (3). 

1707. Otra semejante (4). 

1715. Tercera expedición (5). 

1720"-' Contra los franceses á Castillos (6). 

1721. A la exploración del Pilcomayo á petición del Gobernador 
de Tucumán Urízar, 73 (7). 

1721. A reducir á sus límites los portugueses de Colonia, 
200 (8). 

1732. Pacifican á los minuanes con los españoles, que ya habían 
perdido 50 hombres (9). 

1735. Custodian cuatro comuneros presos que les entregó el 
Gobernador (10). 

1735. Dan embarcación, remeros }' escolta para conducir 15 
españoles á Buenos Aires (11). 

1740. Dan 500 muías, 300 caballos y gente auxiliar al enviado 
del Gobernador Salcedo (12). 

1759? Júntase un cuerpo numeroso de Guaraníes para la entrada 
al Chaco (13). 

1762. Expedición para recobrar la provincia de Río Grande (14). 

1766. Auxilian 100 Guaraníes un fuerte español, quedando pri- 
sioneros del portugués dos capellanes jesuítas (15). 

(1) BuKGÉs, 1705. 

(2) BuRGÉs, 1705: Lozano, III. 439. 

(3) BuRGÉs, 1705. 

(i) P. Rojas, Carta anua de 1707: Río íaneiro. Col. Ang. XX-36. 

(5) Lozano, II 1. 470. 

(6) Lamas, Introducción al P. Guevara, XXXI. 

(7) Agüilar, Autos de 1735. 

(8) ídem. 

(9) ídem. 

(10) ídem. 

(11) ídem. 

(12) Cardiel, Decl. n. 152. 

(13) Comunicaciones originales del Gob^ Cevallos: MS.S. del General Mitre. 

(14) Cardiel, Diario de la expedición de 1762, y Cartas en el Arch. gen. de 
B». A.. 

(15) KoBLER, P. Florian Baucke, pág. 493. 



— 67 — 

Añádanse las batallas 3^a enumeradas en defensa de su territorio, 
que juntamente eran defensa de las fronteras; Caazapamirí en 1638, 
Caazapaguazú en 1639, Mbororé en 1641, Apiterebí y Mburicá en 
1642, quíntupla asalto de 1651 y el postrero de 1657. Añádanse las 
empresas también arriba especificadas contra la Colonia (1); dos en 
1680; una en 1700, de 150 indios Guaraníes llamados por el Goberna- 
dor Prado (2); otra en 1704; otra en 1718 para destruir los depósitos 
del contrabando; otra en 1721 para reducir á sus límites los morado- 
res de la plaza (3); otra en 1724 para expeler los portugueses de 
Montevideo; y finalmente, otras dos en los sitios de 1736 y 1762; con 
la circunstancia de haber renunciado siempre voluntariamente los 
cuantiosos sueldos que según ley se les debían satisfacer (4). Y se 
verá que los Guaraníes distaron mucho de ser un pueblo dócil, apá- 
tico y como inútil para el resto del país, carácter con que á veces 
han sido representados; siendo así que su perpetua actividad, apro- 
vechada en favor de todo el territorio de las tres gobernaciones de 
Paragua}^ Tucumán y Río de la Plata, merced al sistema de los 
Jesuítas, nos ofrece un ejemplar que no tuvo semejante en ninguna 
parte de los dilatados dominios de España, ni en pueblo alguno del 
mundo: el de una milicia que, no sólo defiende su propio territorio, 
sino que se moviliza, y viajando á doscientas y trescientas leguas, 
acude en número de muchos miles á cuantas empresas militares 
ocurren durante más de cien años en el vasto ámbito de varias pro- 
vincias; y todo esto á su propia costa, y descubriendo en todas oca- 
siones un arrojo y valor indomable y una abnegación sin límites. No 
era, pues, ponderación, sino estricta realidad lo que de ellos dejó 
consignado el Rey Felipe V en .su Cédula de 1743 (5): que estos 
indios de las Misiones de la Compañía, siendo el antemural de 
aquella Provincia, hacían á mi Real Corona un servicio como nin- 
gunos otros, lo que ya mi Real benignidad les manifestó en la ins- 
trucción de 1716i> (¡.cualquier novedad... podía quitar... á mi Real 
Corona aquellos Vasallos, que le ahorran la Tropa que se necesi- 
taría, y no la hay en aquellos parajes; y á las Plasas del Paraguay 
y Buenos Ayres una defensa inexpugnable de tantos años d esta 
parte. T> 

(1) §§ 2 y 3 de este cap. 

(2) Aguilar, Autos de 1735. 
Í3^ Tdem. 

(4) Sólo en 1736 no lo renunciaron, y se cometió contra ellos la injusticia de no 
pagarles. 

(5) Preámbulo. 



68 



V 

147 

AUXILIO EN LAS OBRAS PUBLICAS 

Otro capítulo de servicios de los Guaraníes fué el de ocuparse 
como trabajadores en obras de utilidad pública. 

Y porque pudiera imaginar alguien que no se había de tomar 
esto en cuenta como mérito de los indios, ya que en semejantes cir- 
cunstancias cobraban su jornal; será bueno atender á las siguientes 
circunstancias: 1. que el jornal era tan escaso, que ni aun para el sus- 
tento del solo indio era suficiente (1): un real y medio por día; 2. que 
habían de ir á trabajar á cincuenta, cien y doscientas y más leguas 
de sus pueblos por caminos larguísimos, llenos de incomodidades y 
peligros (2); 3. que no iban movidos por el jornal, sino únicamente 
por deseo de servir al Rey y obedecer al Gobernador; 4. que tenía 
mucho más valor su cooperación, por ser los únicos trabajadores que 
se podían juntar en gran número, de modo que sin ellos no se hubie- 
ran podido ejecutar las obras; 5. que su constancia, asiduidad y labo- 
riosidad eran tanto más de estimar, cuanto no se encontraban en 
ningún otro trabajador del país, como lo probaremos luego. 

Ahora bien: un ejército de valientes y sufridos militares, que des- 
pués de arrostrar las fatigas de la campaña, en vez de retirarse á 
gozar del merecido descanso en sus cuarteles, empezasen de nuevo 
á trabajar; y dejando las armas de la guerra para tomar las de la 
paz, se ocupasen en construir edificios y fortalezas; sería indudable- 
mente objeto, no sólo de aplauso, sino de asombro para todos. Y ése 
es cabalmente el retrato de los indios tapes ó Guaraníes de las Doc- 
trinas de la Compañía. 

Vamos á verlo en una sucinta enumeración á modo de lista, como 
la que últimamente hemos hecho de las funciones militares. 

Obras en la Gobernación del Paraguay 

1652. Reedifican la iglesia de Santa Lucía hasta terminar el edi- 
ficio (3). 

(1) BuRGÉs, Breve Memorial de peticiones, 1705. 

(2) BüRGÉs, Memorial separado de 1708. 

(3) BuRGÉs, 1705. 



-69- 

1662. Trabajan en el fuerte Tobatí, 20 (1). 

1664. A desmontar las alturas que cercábanla ciudad de la 
Asunción (2). 

1664. Á fortificar á Tobatí (3). 
1667. En el fuerte Tobatí (4). 

1669. A la Asunción á hacer barcas, 15 (5). 

1670. Varios servicios públicos en la Asunción (6). 
1672 á 80. Reparo y fortificación de Tobatí (7). 

1672 á 80. Reparo y fortificación del castillo de San Ilde- 
fonso (8). 

1672 á 80. Reparo y fortificación de los presidios y fuertes del 
Río Paraguay (9). 

1717. Fabricar el Fuerte de Arecutacuá, 150 (10). 

1717. Donativo de su salario (11). 

Varios. Fábrica y reparo de la Catedral de la Asunción (12). 

Varios. Donativo de su salario en estas ocasiones (13). 

Varios. Donativo de las maderas precisas, (14) y otros mate- 
riales. 

Obras en la Gobernación de Buenos Aires 

1660. A trasladar la ciudad de Santa Fe y fundarla 12 leguas 
de su primitivo asiento (15). 

1664. A fortificar el puerto de Buenos Aires, 150 (16). 

1671. A la fortificación de la ciudad de Buenos Aires, 500 (17) 

1703. A fortificar el puerto de Buenos Aires, 400 (18) 

1704. A trabajar en las fortificaciones de Buenos Aires, 400 (19). 

(1) BuRGÉs, 1705. 

(2) Aguilar, Autos de 1735. 

(3) Id. 

(4) BuRGÉs, 1705. 

(5) Id. 

(6) Id. 

(7) Id. 

(8) Id. 

(9) Id. 

(10) Aguilar, Autos. 

(11) Id. 

(12) NusDORFFER, Informe al Rey sobre el modo de imponer el diezmo á los 
Guaranis, 30 Enero 1746. 

(13) Id. 

(14) Id. 

(15) Lozano, Conq. IIT, 445: Funes, Ensayo, Lib. III. cap. Vil. 

(16) BuRGÉs, 1705. 

(17) Id. 

(18) BuRGÉs, 1707. 

(19) Id. 



-70- 

1724. A construir el fuerte y castillo de Buenos Aires, 160 (1). 

1725. Lo mismo (2). 

1726. Lo mismo f3). 

1724. A construir las murallas 5^ fuertes del recinto de Montevi- 
deo, 2000 (4). 

1725. Lo mismo (5). 

1726. Lo mismo (6). 

1727. Lo mismo (7). 

1728. Lo mismo (8). 

1729. Lo mismo (9). 

1725. A construir el cerco de Santa Fe, 125 (10). 

Varios años. A edificar y reparar la Catedral de Buenos 
Aires (11). 

Varios. Donativo de su salario en tales ocasiones (12). 

Varios. Donativo de maderas y otros materiales para lo mis- 
mo (13). 

Varios. Edificios públicos en Corrientes (14). 

Gobernación de Tucumán 

Varios. Edificio de iglesias en Córdoba (15). 

Cómo procedieron los Guaraníes en estos trabajos de edificación, 
nos lo dice bastante una carta del P. Carlos Cattaneo, escrita el año 
de su llegada á estas tierras, 1729, en que refiriéndose á los dos mil 
Guaraníes que habían quedado fabricando el cerco y las fortificacio- 
nes de Montevideo, habla en los términos siguientes: «^Los Padres 
que. llegaron [d Montevideo] ocho días antes que nosotros en el buque 
San Francisco, y tuvieron ocasión de desembarcar varias veces 
nos informaron de que al presente no se cuentan más que tres 
ó cuatro cas/is de ladrillo de un solo piso, y otras cincuenta cabanas 

(1) Aguii.ar, Autos de 1755. 

(2) Id. 

(3) Id. 

(4) Id. 

(5) Cattanko, Carta de 1729 sobre su viaje desde Europa, inserta en Muratort. 
,61 Id. 

(7) Id. 

(8) Id. 

(9) Id. 

(10) Ar.uiLAR, Autos de 1735. 

(11) NusDORFFER, Informe sobre el diezmo, 30 Enero 1746. 

(12) Id. 

(13) Id. 

(14) Lamas, Introd. al P. Guevara. 

(15) Id. 



-71 — 

de enero de buey, donde habitan las familias venidas últimamente, 
hasta que se fabriquen bastantes para alojarlos. Los fabricantes 
son los Indios de nuestras Misiones, que vinieron en 1725 [fué 
á principios de 1724] por orden del Gobernador de Buenos Aires, en 
nmnero de cerca de dos mil, para fabricar, como lo han hecho 
hasta ahora, la fortaleza, y debajo del cuidado de dos de nuestros 
Misioneros que los asisten predicando, y confesándolos en su len- 
gua, pues no entienden la española. Habitan dichos dos Padres en 
una de esas cabanas de cuero, y los pobres itulios sin casa ni techo, 
expuestos, después de sus fatigas, al aguaya/ viento, y sin sueldo 
ni salario, sino solo con el descuento del tributo que deben 
pagara (1). 

Pero aun más expresivo es el Informe al Rey del mismo Gober- 
nador de Buenos Aires, Don Bruno Mauricio de Zavala, en el cual 
se ven las cualidades de los Guaraníes descritas al lado de las de 
otros trabajadores ocupados en las mismas obras. «Sin ponderación 
[dice], (2) si no tuviera á los indios, era imposible proseguir el tra- 
bajo empezado para el resguardo y defensa de Montevideo, ni tam- 
poco el de este Castillo [de Buenos Aires], cuando ni los Soldados, 
ni los demás Españoles quieren reducirse á este género de fatiga. 
Y aun los Indios, que andan vagamundos de los Forasteros, sucede 
lo propio: y con unos, 5' con otros, si hay alguno que se aplique 
á ganar el jornal, cuatro días es puntual en el trabajo: después pre- 
tende dinero adelantado, y se huye, si recibió algo, ó no se le dio, 
por imitar á los demás, que de ordinario lo ejecutan, sin el menor 
escrúpulo, ni miedo: cuya propensión está tan arraigada en los 
genios, por su naturaleza floja, y viciada en la libertad, que no hay 
humano discurso para remediarlo. 

«Esto es lo que pasa con los Españoles, Indios vagamundos y otra 
gente; pero los Tapes de las Doctrinas de la Compañía de Jesús, 
debo decir á V. M. con una verdad ingenua y sincera, que es impon- 
derable la sujeción, la humildad, y la constancia de perseverar en 
todo lo que ocurre del servicio de V. M.: y en particular en las obras 
de fortificación, en las que se ahorra el logro de su Real Hacienda, 
según lo que varias veces he representado á V. M. respecto de que 
nadie, con lo que tienen asignado, trabajaría, procediendo la suje- 
ción y modo regular de vivir tan observantes en lo que se les impone, 
de la buena educación y enseñanza en que están instruidos por los 
Padres de la Compañía, atribuyéndose á su gobierno, economía, 

(1) MuRATORi, Cristianesimo felice, tom. II. edit. 1752. 

(2) Vide supra, lib. I. cap. XIII. § VI. 



-72- 

política, prudencia, y gran dirección, la conservación de los Pue- 
blos, y la pronta obediencia de los Indios á todo lo que se les 
manda...» «muy aplicados y sujetos á lo que se les previene han de 
hacer: de suerte que causa bastante admiración la puntualidad de 
su asistencia, sin faltar indefectiblemente á las horas señaladas. 
Y allí mismo dice qué es lo que recibían los Indios como sueldo de 
su trabajo: ^los que al presente se hallan en Montevideo... están 
empleados en hacer la fagina, y trasportarla para la fortifica- 
ción que se construye en aquel puesto, esmerándose en ello con la 
mayor diligencia y cuidado, con solo la subsistencia diaria, harto 
limitada./) 

El mismo Gobernador Zavala reconoció y dijo algunos años des- 
pués, cuando en 1733 pacificó el Paraguay rebelado, «que lo que 
niás contribuyó á allanar aquella Gobernación y restituirla á la obe- 
diencia del católico monarca Don Felipe, fué el buen método que 
observaron los indios por la vigilancia de los Misioneros Jesuítas 
que les asistían, sirviendo en todo con la mayor prontitud y fideli- 
dad que se podía desear, sin que el sentimiento natural de ver sus 
pueblos trabajados de la peste y del hambre, fuesen poderosos á enti- 
biar el ardor con que siempre estos fidelísimos vasallos se señalaron 
en el servicio de !Su Majestad» (1). 

Concluiremos esta materia resumiendo lo que hicieron los Gua 
raníes en favor del país en empresas militares y en obras de utilidad 
pública, con las palabras del juicioso 3^ diligente investigador Don 
Andrés Lamas (2): «Encontramos á las Milicias Guaranís encami- 
nándose á Castillos para hacer reembarcar á los franceses que 
habían aportado á aquella ensenada; al puerto de Montevideo para 
expulsar á los portugueses, que allí principiaban á establecerse: á la 
Colonia del Sacramento, cuyas fortificaciones salpicaron con su 
sangre: á Villarrica para castigar á los portugueses que la saquea- 
ron: á la Asunción y á otros puntos para establecer ó mantener el 
pendón real. Vemos á los Guaranís trabajando en los edificios públi- 
cos de la Asunción, de Corrientes _v de Santa Fe; levantando los 
muros de la fortaleza principal de Buenos Aires, 3^ los fortines del 
Riachuelo 3' de Lujan: rodeando de murallas y fuertes el recinto de 
la ciudad de Montevideo; en cu3^a fundación fueron tan útiles; y con- 
curriendo á la edificación de templos en las principales ciudades del 
litoral, y en algunas del interior como Córdoba » 

No se puede dar un paso en la historia de estas regiones, sin 

(1) ViLKAGAKCÍA, Vida del P. Jaime de Ag-iiilar, letra S, pág. 3. 

(2) Introducción al P. Guevara, pág. XXXI. 



-73- 

encontrar al punto la importante acción de los Indios Guaraníes de 
las Doctrinas en uno ú otro sentido. 



VI 

148 

INMIGRACIÓN EUROPEA 

Un efecto menos observado del sistema empleado por los Jesuí- 
tas en las Doctrinas de Guaranís, fué la inmigración. El Misionero 
no podía morar solo entre los indios, y así para cada reducción eran 
necesarios dos sacerdotes. El número de reducciones y doctrinas iba 
aumentando de día en día, como aumentaba el trabajo espiritual 
en las ciudades 3' en las campañas, adonde dirigían de tiempo en 
tiempo sus excursiones apostólicas. Mas el número de vocaciones 
probadas, y con las cualidades especiales requeridas para los minis- 
terios de la Compañía de Jesús, no crecía ni podía crecer á propor- 
ción, en un país como las provincias de Paraguay, Tucumán y Río 
de la Plata, donde la población era tan exigua, y las circunstancias 
no favorecían la abundancia de vocaciones. Fué preciso, por tanto, 
desde un principio echar mano de los auxilios de fuera. 

El primer recurso se hacía, como era natural, á las provincias de 
España, de donde había de provenir mayor uniformidad en la acción, 
y para cuya inmigración no había de ser tan difícil obtener licencia 
de la potestad civil; pues si á los españoles les estaba prohibido 
pasar á América sin licencia, era sin comparación más estrecha la 
prohibición de admitir á ningún extranjero. Mas pronto se hubo ago- 
tado esta fuente. Las provincias del sur de América meridional no 
formaban una excepción, sino que eran parte de la regla general: 
pues que también las otras provincias de Chile, del Perú, de Colom- 
bia, de Méjico y Filipinas sentían la necesidad de Misioneros, y no 
pudiendo formarlos en sus propios países, por las mismas razones 
que la del Paraguay, acudían á pedirlos á España. De España 
habían de salir en primer lugar operarios parala Península; y es 
claro que teniendo tantas peticiones, no podían las provincias de 
España satisfacer á todas, por masque allí fuesen más abundantes 
las vocaciones. 

Fué, pues, necesario buscar Misioneros de otras naciones de 
Europa, además de los que daba España, que por la gracia de Dios 



-74- 

y la piedad ingénita de la nación, siempre fueron el ma5^or número. 
Claro es que aquí se cruzaban dos dificultades graves: una encontrar 
tales Misioneros fuera de España: otra, alcanzar licencia para su 
venida. Cómo se venció la primera, consta de lo ya dicho sobre per- 
sonal de las Doctrinas (1). La resolución de la segunda fué más tra- 
bajosa, y en ella se ofrecieron varios percances y alternativas que 
se expondrán ahora. 

Los Reyes de España pusieron especial cuidado en que la inmi- 
gración á las Indias fuera escogida, y la más conveniente para el 
bien de la colonia. Por lo cual, casi desde el descubrimiento de 
América se prohibió el paso á las Indias á los que no eran naturales 
de los reinos de España, siendo las causas, según las enumera 
Solórzano (2), y se ve también en las mismas leyes (3), para evitar 
la introducción de sectas heréticas, alejar las personas que se temiera 
habían de promover disturbios y revueltas, ó con el conocimiento de 
aquellas regiones y de sus puntos débiles comunicado afuera traje- 
sen invasiones de naciones extranjeras: y aun para evitar el daño de 
los indios, que era probable que en los tratos con los comerciantes 
saliesen engañados ó damnificados. Y aunque no todas las razones 
comprendiesen á los religiosos, podía tocarles alguna, por el afecto 
natural á su patria: 3^ así también ellos estaban comprendidos en la 
prohibición (4). De suyo estas leyes «se observaba)i nialr, dice el 
Padre Lozano (5), <iCOino sea moralmeute imposible cerrar del totio 
puertas tan anchas cuales son las de la Auiéricay>. Mas por lo que 
toca á los Jesuítas, los Generales de la Coiiipañía tenían mandado 
que se observase la ley inviolablemente, como era justo, sin permi- 
tir pasar Jesuíta á las Indias de Castilla, que no fuese de nación 
español, sin la particular licencia (6) requerida. Sintiéndose, pues, 
la necesidad de auxiliares de que va hecha mención, hicieron dili- 
gencias los Procuradores de Indias, y entre otros el P. Diego de 
Torres Bollo (7) para conseguir del Consejo facultad con que pasa- 
ran al Nuevo Mundo misioneros de otras naciones que tenían voca- 
ción para ello. Trató el asunto con el duque de Lerma, que cntonce'í 
estaba en privanza, el P. Alonso de Castro, Jesuíta portugués que 
tenía gran cabida en la Corte: y aunque no se derogó la ley, ni se 

(1) Siipra, cap. X. §§. I. 11. X. XI. 

(2) Solórzano, De Indiaruin jure, tom. I. lib. 2. c. 25. m'im. 68. sqq: tom. II. 
lib. 2. c. 5. m'im. 49. 

(3) Leves 1. 8. 9. 10. tít. 27. lib. 9. R. I. 

(4) Ley 12. tít. 14. lib. I. 

(5) Lozano, Historia, lib. IV'. cap. XI. m'im. 1. 

(6) Ibid. 

(7) [bíd. 



-75- 

concedió facultad general, se mostraron los Consejeros del Consejo 
de Indias inclinados á conceder licencias individuales por la satis- 
facción que dijeron tener de que sujetos de la Compañía juzgados 
aptos para Misiones, guardarían como era debido la fidelidad al Rey 
de España. Con esto, el P. Diego de Torres, que como Procurador 
regresaba á su provincia del Perú en 1604, pudo lograr permiso para 
traer veinte religiosos extranjeros entre los cincuenta que vinieron 
con él, é hicieron tan buena prueba como lo muestra el insigne elo- 
gio que de ellos hace Hernandarias de Saavedra en carta al Con- 
sejo (1); no desemejante de otro que pocos años antes había escrito 
el conde de la Gomera (2). En 1609 fué de parecer el Consejo de 
Estado, y aun hay indicios que se llegó á expedir Cédula para ello, 
de que no convenía ya permitir este paso de religiosos extranjeros, 
y hasta se habían de retirar los que ya había en las Indias; pero las 
razones presentadas al suplicar debieron hacer que se revocase la 
Cédula ó que no se ejecutase (3). 

No se removió más esta cuestión hasta que vinieron á suscitarse 
de nuevo las sospechas con ocasión del alzamiento de Portugal 
de 1640. Justamente por entonces habían abogado ante el Consejo 
de Indias y en sentido contrario dos Padres Jesuítas, el P. Alonso 
Messía, Procurador por la provincia del Perú (4), y el P. Alonso de 
Ovalle, Procurador por la Vice-provincia de Chile, presentando 
razones, el uno de que no convenía dejar pasar religiosos extranje- 
ros á Indias; el otro, de que eran necesarios. Parece que este último 
sentir es el que prevaleció, concediéndose al P. Ovalle algunos her- 

(1) «Certifico á V. M. que entiendo no hay modo mejor para la conversión de 
los naturales, que el meter entre ellos Padres de la Compañía...: y así se habían 
de enviar para sola esta gobernación y provincia de Guayrá cincuenta dellos, si 
fuese posible, para que vayan adelante las reducciones y se puedan hacer otras, 
que tantos serán menester, porque hay muchos naturales. Y si entre estos Padres 
viniesen la mitad dellos italianos, esté V. M. cierto no se haría menor efecto, 
porque los que desta nación han entrado en esta provincia, así muchos años ha, 
como de poco tiempo á esta parte, se han señalado en el trabajo, y ansí son de 
mucha virtud y ejemplo». Hernandarias, carta de 4 de Mayo de 1610. (Sevilla: 
Arch. de Indias; 74. 4. 12.) 

(2) «.Señor: Los caciques y principales de la provincia de Chucuito que son 
encomendados en la Corona Real, me hacen instancia suplique á V. M. se sirva 
enviarles muchos sujetos de la Compañía, que acudan á su aprovechamiento espi. 
ritual, respecto de que parece que Dios se lo tiene librado por medio de la Com. 
pañía, y del ministerio apostólico que con tan universal provecho ejercitan en 
esta tierra... Y particularmente suplican á V. M. estos indios se sirva de enviar, 
les muchos Padres italianos: porque aunque en todos se muestra gran celo de ayu- 
darles, en los de esta nación ha resplandecido más, y ha sido en esta tierra mara- 
villoso el fruto que han hecho, y así q lieren gozar de tan apostólicos varones.» 
Carta de 6 de Abril de 1607. (Sevilla: Arch. de Indias, 70. 1. 35.) 

(3) Apunte de una carta de un Misionero del Paragnay extranjero á otro cas- 
tellano, hacia 1653. 

(4) Memorial presentado al Consejo de Indias. 



-76- 

manos Coadjutores extranjeros como oficiales mecíínícos para 
llevarlos á Chile. Y no poco hubo de influir en la resolución un pare- 
cer escrito del Consejero D. Juan de Solórzano, que á 7 de Enero 
de 1640 asentaba que, á su juicio, no se debía poner reparo alguno en 
la introducción de los Jesuítas extranjeros (1). Pero, ocurrida á fines 
de aquel año la rebelión del duque de Braganza en Lisboa, con las 
guerras subsiguientes, renacieron con tal ocasión los antiguos rece- 
los y preocupaciones, aumentados con informes llenos de pasión de 
los émulos de la Compañía en los años inmediatos, fingiendo que los 
Jesuítas querían levantar un Rey en el Paraguay, y para eso arma- 
ban sus neófitos y los separaban de los españoles. El efecto no se 
hizo esperar. 

Era el año de 1647, y al puerto de Sevilla habían concurrido 
hasta ochenta y cinco (2) Jesuítas extranjeros, buscados con gran 
trabajo por los Procuradores americanos para sus respectivas Misio- 
nes, Méjico, Perú, Chile y Paraguay. Dio la casualidad de que los 
Padres que habían tenido que pasar por países de herejes andaban 
vestidos de seglares, precaución allí necesaria para evitar insultos. 
Ya estaban para embarcarse, habiendo obtenido la competente 
licencia del Consejo, cuando soplando los vientos de la calumnia, 
para sugerir que aquéllos podían ser extranjeros disfrazados, que se 
hacían á la vela con siniestros intentos sobre América, se expidió 
orden perentoria del Consejo de Indias para que ni uno solo de ellos 
fuese admitido á bordo, sino que todos regresaran á su respectivo 
país. He aquí cómo relata la parte perteneciente al Paraguay uno 
de los cuatro Procuradores que iban á embarcarse, el P. Juan Pas- 
tor, escribiendo la carta anua de 1650 á 1652 (3): «Había yo logrado 
un buen número de Misioneros extranjeros por la bondad del Padre 
General y de otros Padres, señalándose de un modo especial el 
Padre Florencio de Montmorency, Asistente de Alemania, quien de 
las provincias de su cargo me había concedido diez y nueve sujetos, 
seis de ellos hermanos Coadjutores, peritos en variedad de artes 
y oficios, y los otros trece sacerdotes, cuatro de los cuales eran pro- 
fesos de cuatro votos...: otros diez compañeíos me había dado el 
Asistente de Italia, y diez más el de España. Vuelto á Sevilla, 
y estando á punto de embarcarme con mis treinta y nueve compa- 

(1) SoLÓMZANO, Dictamen escrito dado en favor del P. Ovalle. (Apénd. n." 51.) 

(2) Setenta y cinco dice el Memorial del Asistente P. Izquierdo al Consejo 
en 1673 y otro de 1676; pero ha parecido que debía preferirse el número que da el 
Padre Pastor, testigo del hecho en 1647 que dice: ad quinqué snpra octoginta 
extranei reperti siint. (Annuae Paraquariae, triennii ad 1653.) 

'3; Ibid. 



-77- 

ñeros, he aquí que nos asalta una deshecha borrasca en el puerto 
mismo.» Y después de explicar lo sobredicho, añadiendo algunas 
circunstancias, como la adversa disposición del Presidente de 
Indias, el publicarse á voz de pregonero la prohibición á la gente de 
mar, pasar lista ante el Presidente de la Casa de Contratación y un 
escribano, y obligar á los Superiores de la Compañía á que pusieran 
á los Misioneros precepto de obediencia, concluye: «Perdida la espe- 
ranza del viaje de tan numerosa expedición, sólo pude traer conmigo 
un sacerdote... y otros trece compañeros, parte estudiantes parte 
Coadjutores... con los cuales, después de ochenta días de navega- 
ción, arribamos á Buenos Aires á 13 de Enero de 1648.» Golpe fué 
éste tan desacertado y funesto, que, según hace notar el Padre 
Dobrizhoffer (1), retardó un siglo entero, y quizá más, la pacifica- 
ción del Chaco, que entonces estaba comenza'a con muy buen pie, 
y tuvo que abandonarse por falta de operarios: y sólo á costa de 
mucha sangre que se derramó, volvieron los tobas, mocovíes y abi- 
pones á entfar en temor, y pedir Misioneros y reducción. 

De las mismas causas expuestas arriba procedió una Cédula 
expedida hacia 1650, en virtud de la cual se hicieron averiguaciones 
en el Río de la Plata sobre quiénes y cuáles eran los Jesuítas extran- 
jeros, y se trataba hasta de expulsarlos de América; materia acerca 
de la cual escribió al Presidente de Charcas el Illmo. Sr. Maldo- 
nado. Obispo de Tucumán, en los siguientes términos, con fecha 24 
de Agosto de 1651, enviándole al mismo tiempo una consulta 
ó informe que pensaba dirigir al Rey: «De ninguna manera la Com- 
pañía, si sacan dichos sujetos, tiene otros que poner, porque está 
exhausta de sujetos, y lleva el peso en estas provincias del mayor 
y menor de los ministerios, y han menester más religiosos que otras 
comunidades... Yo vivo aquí muy atento por mi oficio: y he cono- 
cido en la Compañía por la experiencia, que si en sujeto suyo oyera 
una leve palabra que no fuera de muy rendido y humilde vasallo 
de su Majestad, lo quemara» (2). Y no obstante las diligencias que 
se hicieron, empeoraba el asunto de suerte que el Provincial del 
Paraguay escribe á 29 de Febrero de 1653 al P. Procurador general 
de Indias en Madrid, Julián de Pedraza: «Su Majestad ha mandado 
por dos Cédulas que los Padres extranjeros que están en nuestras 
Reducciones, salgan de ellas, y los embarquen para Castilla...: y el 
señor Virrey ha suspendido su ejecución á grandes ruegos hasta 
que el dicho Procurador [P. Simón de Ojeda] informe á su Majestad, 

(1) Dobrizhoffer, De Abiponibus, III. 

(2) Buenos Aires: Arch. gen. legajo Padres Jesuítas / Varios ai'ios.. 



- 78 - 

y se vea lo que manda últimamente» (1). De hecho, se suspendió la 
ejecución para algunos; pero se ejecutaron las Cédulas con un 
Padre. francés, Manuel Berthod, y otro portugués, Pablo de Bena- 
vides, por ser de nacionalidad más sospechosa (2). 

Por fin, entre la cantidad de Cédulas que se despacharon en 
junio de 1654 sobre los tan debatidos asuntos del Paraguay, se 
registran dos de primero de Junio, dirigidas una al P. General)' otra 
al Provincial de Castilla, notificándoles que se ha prohibido estre- 
chamente que pase ningún Jesuíta extranjero á las Indias espa- 
ñolas (3). 

A 10 de Junio de 1654, se mandaba al Presidente de Charcas don 
Francisco de Nestares Marín, que nombrase para Visitador del Pa- 
raguay al 0\dov de más prudencia y capacidad (lo que hizo eligiendo 
al doctor don Juan Blásquez de Valverde), y se le enviaba la Instruc- 
ciótt para el nombrado (4), uno de cuyos puntos era.: «Enviará relación 
de los religiosos de ¡a Compañía de Jesiis que hay en esas provin- 
cias; y más por menor de los que residen y asisten en las Reduccio- 
nes y Doctrinas que tienoi á su cargo en las del Paraná y Uruguay 
y sott extranjeros: qué nilmero habrá en todos y de qué nación es 
cada nno: y sin hacer novedad, avise de los que son y su modo de 
proceder.» Y habiendo escrito el Visitador, después de practicadas 
todas las diligencias, que todos eran de satisfacción, y que los 
extranjeros habían quedado con el desconsuelo de que los tachasen 
en el afecto al Rey, de que tantos años habían dado muestras ine- 
quívocas; sólo se le respondió que estaba bien y que los dejase sin 
molestarlos; pero no admitiese ningún otro extranjero en adelante (5). 

A 6 de Diciembre de 1662 se avisaba al Presidente de la Audien- 
cia de Buenos Aires, Salazar, que sobre la materia de extranjeros, 
bastaba el recuento que se hacía de los Misioneros en Sevilla, y el 
segundo al recibirlos en Buenos Aires, sin que fuese necesario 
pasarles lista nuevamente en Córdoba, como parece que se había 
empezado á hacer (6). 

Una representación del P. General Juan Pablo Oliva, con la 
súplica del Provincial de Toledo, P. Felipe de Osa, sobre la imposi- 
bilidad de atenderá las misiones con solólos sujetos de España, tuvo 



(1) Chile: Bibl. Nac. MSS. Jesuítas vol. 275. 

(2) Capítulo de carta de ua Padre extranjero de las Doctrinas del Paragua)- 
á otro Padre español, hacia 1653. 

(3) Sevilla: Arch. de Indias, 122. 3. 2. 

(4) Ibid. tom. 6, fol. 118. 

(5) Ibid. fol, 227. 

(6) 122. 3. 2. vol. 1° fol. 173. 



-79- 

por efecto la Cédula de 10 de Diciembre de 1664 (1), por la que 
se permite que sean extranjeros la cuarta parte de los Misioneros 
Jesuítas para América, con condición de ser vasallos de España ó 
de los Estados hereditarios de la casa de Austria, y detenerse un 
año en la provincia de Toledo. Diez años más tarde, representándose 
nuevamente sobre los daños espirituales de este gravamen, se con- 
cedió, por Cédula de 12 de Marzo de 1674, que pudieran ser los 
extranjeros la tercera parte del número de la expedición, y que no 
se hubieran de detener en España. 

La cláusula que en esta Cédula se ponía, de que «no se hayan de 
emplear en otros usos que los de predicar el santo Evangelio á los 
indios»; y lo que exigió otra Cédula de 15 de Noviembre de 1676, que 
forzosamente habían de pasar en llegando á América, á los parajes 
de Misiones, con otras pretensiones que introdujo el Fiscal del Con- 
sejo de Indias (efectos lastimosos del regalismo con que el Estado 
quería gobernarlo todo, aun dentro de la Iglesia) hicieron que el 
P. General Tirso González dirigiese un Memorial al Consejo de 
Indias, en el que, apoyado en sólidos fundamentos exponía ser con 
tales condiciones imposible el gobierno de los subditos de la Com- 
pañía, el cumplimiento de su Instituto y el fruto de sus ministerios: 
y concluía que, si así había de ser, la Compañía hacía dejación desde 
luego de las Misiones que tenía en América. 

Trajo una nueva dificultad al envío de los Misioneros extranjeros 
el cambio de la dinastía de Borbón en lugar de la de Austria en 
España y la guerra de sucesión: de suerte que, estando para salir 
una expedición para Méjico y Quito con ocho Misioneros alemanes, 
y habiéndose obtenido licencia expresa para ellas del Rey Felipe V 
en persona, el Consejo les puso dificultades primero, y últimamente 
les negó el pase, no obstante el Memorial que no tenía réplica, pre- 
sentado por el P. Juan Martínez de Ripalda, Procurador de aquellas 
dos provincias de Indias. 

Allanáronse las dificultades por Cédula de 27 de Junio de 1703 (2). 
en que se desestimaban las pretensiones del Fiscal: y se concedió á 
los Jesuítas que pudieran enviar á América la tercera parte de Mi- 
sioneros extranjeros, con tal que fueran vasallos del Rey de España. 
Más tarde, en Cédula de 18 de Febrero de 1707, se concedieron dos 
terceras partes de extranjeros «que precisamente sean vasallos míos, 
ó del Estado del Papa, y de las naciones extranjeras que al presente 
se hallen afectas á la Corona». 

(1) 154. 1. 20. 

(2) Sevilla: Arch. de Indias: 154. 1. 21. tom. 13. 



-80- 

En 1715 concedía Felipe V que pudiesen pasar á América misio" 
ñeros Jesuítas de Polonia, Baviera, Bélgica, el Estado pontificio 
Venecia, Genova y toda Italia, menos el Milanesado y Ñapóles, que 
se exceptuaban expresamente (1). Por Cédula de 17 de Setiembre 
de 1734, se concedía que la cuarta parte de la expedición de Misio- 
neros pudiera ser de alemanes (2). Y al mencionar esta concesión en 
la Cédula grande de 1743, confirmando la misma facultad, se agre- 
gaba en elogio de los Jesuítas alemanes la cláusula «que en todas 
ocasiones han sido fidelísimos, como se acreditó en la del año de mil 
setecientos treinta y siete, que estando sobre la Colonia del Sacra- 
mento con cuatro mil indios Guaraníes el P. Tomás Werle, le ma. 
taron de un fusilazo» (3). La única prevención que se hizo en esta 
circunstancia fué encargar por Cédula especial á los Padres «pongan 
sobre este asunto gran cuidado especialmente en sujetos que sean 
naturales de potencias que tengan gran fuerza de mar». 

La razón de todas estas cautelas, y de las vacilaciones que hubo 
en diversos tiempos, es manifiesta: asegurar el dominio de las pose 
siones de la monarquía en el Nuevo Mundo, de las cuales las nacio- 
nes extranjeras no se habían mostrado sino muy codiciosas: y no 
faltaba ejemplar de haber pretendido ganarlas valiéndose de perso- 
nas del estado religioso. La nación española, sin embargo, pasó por 
encima de todos sus temores y sospechas, con tal de asegurar á los 
pueblos americanos el inapreciable beneficio de la fe 3^ de la educa- 
ción cristiana. 

De este modo, entre los treinta, cuarenta y hasta sesenta Misio- 
neros que cada seis años traía consigo el Procurador del Paraguay, 
se hallaban siempre, si no una tercera parte, por lo menos un 
número competente de extranjeros. Españoles y extranjeros con 
tanta fatiga procurados, eran un contingente de inmigración en la 
tierra americana. Y si hablando del tiempo presente es tan cierto el 
beneficioso influjo de una inmigración bien dirigida, que ha podido 
afirmarse en 1886 que todos los progresos de la República Argentina 
en los treinta años precedentes debían atribuirse á la inmigración (4): 
con mucha mayor razón se deberá atribuir á los inmigrantes un 
papel activo en el perfeccionamiento del país en aquellos tiempos 

(1) Peramás, Martinus Schmid, pág. 410. not. 

(2) § Y últimamente de la Céd. de 28 Dic. 1743. 

(3) Ibid. 

(4) Carrasco, Descripción de la Prov. de Santa Fe, cap. XI. § V. ed. 1886. 
«Todos los adelantos 5' sorprendentes progresos que de treinta años á esta parte 
ha hecho la República entera... pueden sintetizarse resumiendo su causa en una 
palabra: la inmigración.» 



-si- 
en que era tan escaso el número de habitantes, que en toda la 
ciudad de Buenos Aires y su campaña no se contaban más de cuatro 
mil personas (1). 

Es verdad que no era crecido el número de inmigrantes de que 
ahora se trata: pero no sólo ha de atenderse en esta materia al 
número, sino muy especialmente á las cualidades: y en esta parte se 
puede afirmar que los sujetos que venían en las expediciones de 
Misioneros constituían una inmigración selecta. Preparados con 
serias pruebas en la vida religiosa durante muchos años, elegidos á 
instancia de ellos mismos 3^ por reconocerse que tenían aptitudes 
para las tareas apostólicas en estas regiones, eran gran número de 
ellos á propósito no sólo para la enseñanza y gobierno de los indíge- 
nas, sino también para plantear y llevar adelante entre ellos las ins- 
tituciones de agricultura, de industria y de bellas artes que habían 
de mantener en su buen estado los pueblos de Doctrinas. 

Señaláronse en estos diversos ramos no menos los extranjeros 
que los españoles: y de unos 3^ otros se han consignado ya algunos 
nombres (2), y algún otro se pondrá aquí. El P. Andrés de la Rúa 
tenía ya establecidos en 1627 dos telares en Itapúa para hacer vesti- 
dos de algodón con que cubrir la desnudez de los indios (3). El 
P. Antonio Sepp, tirolés, excelente músico, ( t 13 Enero 1733), y que 
por su preciosa voz había sido muy estimado en la capilla del Empe- 
rador, renovó en el Paraguay las tradiciones de los Vascos y Berger, 
instru3'endo á muchos indios en la música, enseñándoles á fabricar 
instrumentos, 3" popularizando canciones sagradas (4). Fué también 
el que descubrió en las tierras de San Juan las piedrezuelas que 
aprovechó para extraer de ellas el hierro, tan necesario á los natu- 
rales (5); si bien después de su tiempo no se continuó la extracción, 
tal vez por la demasiada dificultad. El P. Antonio Ruiz de Montoya, 
militar que había sido en el «iglo, aunque en las Doctrinas no ejer- 
citase activamente el oficio de la guerra, conservó su resolución 
para las empresas 3' la serenidad para dirigir la resistencia de los 
indios contra sus invasores en el Guayrá y en el Tape. El P. Juan 
Fecha, distinguido en la música, estableció una lucida capilla entre 
los indios del Chaco, á semejanza de las que había en las Misiones 



(1) Los datos de Martínez, Estudio... de Bs. As.,pp. 214, sqq. ed. 1889, muestran 
que Buenos Aires aumentó desde 500 hasta 4000 habitantes entre los años 1603 y 
1664, debió tener 10 mil hacia 1720, y 20 mil hacia 1767. 

(2) Principalmente al hablar del Personal lib. I, cap. X. 

(3) Mastrilli, Annuae, p. 50. 

(4) Noticias que dan las Anuas de 1730 á 1735. 

(5) Sepp, Forsetzung, caps. 26, 27. 

6 Organización Social de las Doctrinas Guaraníes.— tOiMO ir. 



-82- 

de Guaraníes (1): y otro tanto hizo el P. Florián Pauke entre los 
Mocovís (2). El P. Francisco Molina, chileno, fué insigne en el arte 
de fundir el bronce para campanas é instrumentos de ornato en las 
iglesias (3). El P. José Serrano, con su ardor por imprimir la traduc- 
ción Guaraní del Temporal y Eterno, fué el introductor de la 
imprenta. El P. Segismundo Aperger fué eximio en la Botánica y 
Medicina, y su fama es proverbial. 

Vese, pues, claramente cuan poderoso elemento de progreso era 
la llegada de aquellos hombres inteligentes al hoy desolado Terri- 
torio de Misiones, con el propósito de consagrar todas sus energías 
y su vida entera á conservar, cultivar y perfeccionar los moradores 
del país, 5^ hacer más abundantes todos los recursos de sus poblacio- 
nes. Y también se ve cuánta razón tenían los indios para salirlos á 
recibir con júbilo, bajando siempre que podían al puerto de Buenos 
Aires con sus bandas de música para obsequiar y llevar luego río 
arriba en sus canoas aquel gran bien que Dios les enviaba de 
Europa (4). 



VII 

14Q 

*^^ DILATACIÓN DEL TERRITORIO 

Solían los antiguos españoles manifestar su fidelidad de vasallos 
cuando dirigían sus memoriales al Rey con la frase: V. M., cíiya 
vida y dominio dilate Dios nuestro Señor, corno ¡a cristiandad lo 
ha menester. Esta dilatación de los dominios del Rey Católico, tan 
importante y deseada en aquellos tiempos, fué fruto accesorio del 
sistema de los Jesuítas en la organización de sus Doctrinas. Y no 
por ser accesorio, fué menos real ni menos beneficioso á los indios, 
á la ciudad de la Asunción, á la provincia entera, y aun á la corona 
de España. 

Merece, por tanto, fijar un instante la atención este efecto, sin 
dejar de reparar al mismo tiempo en las diferencias entre la con- 
quista armada, y esta reducción, consecuencia de la metafórica- 

(1) PeramAs, Petrus loan. Andrea, § XLI. 

(2) KoBLER, Ein Jesiiit in Paraguay. 

(3) Techo, Hist. lib. X, cap. XIII. 

(4) Jarque, Insignes Misioneros, lib. II. cap. X. n. 4. 



- 83 - 

mente llamada conquista espiritual. Porque aquélla se verificaba 
con muertes, tropelías, violencias y todas las calamidades que lleva 
consigo la guerra; ésta sin furor bélico ni derramamiento de sangre; 
aquélla, por fuerza, ésta, de voluntad de los mismos indios: aquélla, 
dejándolos resentidos y prontos por mucho tiempo á sublevarse 
contra el conquistador; ésta, dejándolos contentos y fundando sólida- 
mente la paz interior, como se ha visto. 

Ni fué pequeña la porción de tierra adquirida y el número de 
pobladores reducidos de este modo á la obediencia del monarca; pues 
ocupaba un considerable espacio de lo que fué después el Virreinato 
de la Plata; teniendo los Jesuítas la satisfacción de poder entregar 
todo aquel territorio á la jurisdicción real, sin que se hubiese derra- 
mado para ello una gota de sangre del pueblo sometido, aunque el 
efecto se hubo de lograr á costa de la sangre de más de uno de los 
Religiosos doctrinantes. Fué toda la extensión del Guayrá, Paraná, 
Uruguay y Tape, que son los actuales Estados del Paraná, Santa 
Catalina y Río Grande del Sur en el Brasil, con más los Territorios 
paraguayo y argentino de Misiones, parte de la provincia de Corrien- 
tes, y casi la mitad de la República Oriental del Uruguay. 

Y en efecto, en el Uruguay y Tape jamás habían pisado con 
sosiego plantas españolas. Los primeros pobladores del Río de la 
Plata, después de haber explorado las regiones que se hallan 
siguiendo hacia el norte el Río Paraguay, se habían contentado con 
establecer los pueblos situados alrededor de la Asunción, y mante- 
ner, como lo consiguieron por algún tiempo, las ciudades que funda- 
ron en Guaira, en el Itatín y en el Chaco. En el Paraná, sublevados 
los naturales desde los primeros tiempos de la conquista, no sólo no 
habían llegado á ser dominados por los paraguayos; sino que ni se 
podían éstos internar del Tebicuarí para el sur, porque era región 
de guerra, y hasta ocupaban los indios paranás con sus canoas todo 
el trayecto del río que media entre Itapúa y Corrientes, é infestaban 
todo el país, no dejando seguridad en la navegación del Paraná, y ni 
aun en la del río Paraguay hasta su confluencia con el Tebicuarí. De 
los de la provincia ó comarca del Guaira hay que decir otro tanto. 
Alguna vez en tiempos pasados habían estado sujetas ciertas parcia- 
lidades. Pero muchos años hacía ya que los vecinos de Ciudad Real 
y Villarrica sólo tenían obedientes los indios más inmediatos á sus 
poblaciones; los demás estaban alzados y de guerra; y en su región 
no entraban los españoles sino bien armados como para emprender 
campaña ó facción militar. 

Pues bien, esas provincias, parte inaccesibles á las armas espa- 



- 84- 

ñolas, parte rebeladas después de la conquista: en el corto espacio 
que medió de 1610 á 1634, vinieron á quedar con gusto sumisas al 
Rey de España, en virtud del sistema de Doctrinas de los Jesuítas. 
Supieron y se certificaron bien de que los Jesuítas, á quienes experi- 
mentaban siempre afables y cariñosos, les habían conseguido el que, 
al hacerse cristianos, no fueran sujetos á servicio personal; vieron 
por sus ojos cuan bien hallados estaban sus parientes de las primeras 
Reducciones; y ésto abrió puerta al Evangelio, que en poco más de 
veinte años sujetó con seguridad inmensos territorios al Rey. Y si 
los Gobernadores de las provincias y los vecinos de las ciudades 
hubieran puesto empeño en defender aquellas posiciones avanzadas 
contra la furia invasora de los Mamelucos, todas esas comarcas se 
hubieran conservado para la Corona, y serían hoy parte de la Amé- 
rica española. Pero, como se verá, lejos de defender á los nuevos fie- 
les, ayudaron á la obra desoladora de los paulistas. 

Aun así, quedó todo el floreciente territorio de los treinta pueblos 
de Misiones ganado para la corona de España, con la más noble de las 
armas, la persuasión por la predicación del Evangelio. 



Sección Segunda 

LA OBRA 
DE LOS ENCOMENDEROS 



CAPITULO 111 

SISTEMA DE LOS ENCOMENDEROS 
DEL PARAGUAY 



1. Noticias previas.— 2. La encomienda. — 3. El servicio personal. — 4. Injusti- 
cias del servicio personal en las encomiendas. — 5. La Cédula de 160L — 6. Orde- 
nanzas de Altaro. — 7. La mita. 

Contemporáneamente con el de los Jesuítas en Doctrinas, se 
aplicaba otro sistema de gobierno á los Guaraníes en lo restante de 
la provincia del Paraguay y en la parte septentrional de la provincia 
de Buenos Aires, que eran las comarcas donde había indios sujetos 
de aquella raza en número bastante para formar pueblos, y ahora 
son el Estado de Paraná en el Brasil, parte de la provincia de 
Corrientes en la Argentina, y la parte meridional de la república del 
Paraguay. El sistema que allí se aplicaba era el de los encomende- 
ros; y siendo esta aplicación la única diferencia que había entre 
aquellos pueblos y las Doctrinas, será muy útil para el intento del 
presente trabajo estudiar ese sistema y sus efectos. Dásele aquí la 
denominación de sistema de los encomenderos del Paraguay, por- 
que no se trata de las encomiendas en general, ó de lo que fueron en 
otros países, sino precisamente de la índole especial que tuvieron en 
las provincias del Río de la Plata. 

Mas antes de entrar en este estudio especial, será conveniente 



-86- 

exponer algunas nociones sobre la materia, y apuntar las vicisitudes 
históricíís por donde pasaron el servicio personal y las encomiendas 
en América. 



150 NOTICIAS PREVIAS 

Nada más frecuente en la historia de América que el tratar del 
servicio personal de los indios. El nombre de servicio personal fué 
impuesto derivándolo de la persona del que lo prestaba; con lo que 
se distingue de cualquier otro servicio en frutos ó en moneda, el cual 
se llamaba servicio en especies ó en plata, mientras que el servicio 
personal era servicio en trabajo de la persona misma del indio. 

Y viniendo á la cosa misma, se ha de tener presente que, entrados 
los españoles en América, hubo dos clases de poblaciones. Pueblos 
de españoles, que en general estaban ocupados en seguir la profesión 
de las armas, y pueblos de indios, acostumbrados en su gentilidad á 
trabajar los campos y á ejecutar los demás trabajos manuales; y eso 
no por salario individual, que entre ellos no era conocido, sino por el 
mandato é imposición de sus caciques y siguiendo la dirección que 
éstos les daban, ó bien para satisfacer á su propia necesidad y á la 
de su familia. 

De aquí dimanaba un problema social y moral á la vez; el de si 
era lícito obligar al indio (á quien las leyes Reales declaraban de 
condición libre como el español), y hacerle trabajar por autoridad 
pública, en las faenas indispensables en una población, como son el 
laboreo de los campos, la guarda de los ganados, la construcción de 
edificios públicos y privados, los trabajos de minas, de obrajes ó 
fábricas de paños, el servicio de chasquis ó correos, etc. 

Ponderadas las razones en pro y en contra, y atenta en especial 
la necesidad del trabajo de los indios en país donde no había otros 
trabajadores, su costumbre antecedente, y la necesidad de urgirles 
por autoridad pública, pues de otro modo no se movería al trabajo 
su innata ociosidad; se resolvía la cuestión afirmativamente, poniendo 
ciertas condiciones, que pueden reducirse á las siguientes: 1.° Que 
el trabajo sea moderado y acomodado á las fuerzas de los indios. 2." 
Que no se obligue sino á los que tienen fuerzas y robustez para tra- 
bajar. 3° Que se les pague salario competente, conforme al uso de 



-87- 

la tierra, y se les dé en su mano, pronto y sin tardanza. 4.® Que se 
cuide de que á precio competente y allí mismo donde trabajan hallen 
el sustento necesario. 5.°Que no se les saque muy lejos de su pueblo, 
ó á clima muy distinto. 6.° Que no padezca el cultivo religioso que 
deben tener en la fe y religión cristiana. 7° Que se les deje tiempo 
para atender al sustento de su familia y conservación de su pueblo(l). 

Estrechamente relacionada con el servicio personal está la enco- 
mienda, que muy frecuentemente fué acompañada de él. La en- 
comienda^ cuya naturaleza se expondrá plenamente luego, puede 
describirse como designación de un número fijo de indios que 
concedía el Gobernador á algún sujeto particular, obligándoles á 
que le prestasen cierto servicio, en virtud de lo cual se los encomen- 
daba ó los depositaba en él , para que los cuidase, defendiese é hiciese 
instruir en la religión, premiando con esta designación los méritos 
que había contraído. 

Las encomiendas empezaron con el Almirante Don Cristóbal 
Colón, quien á los españoles sus subordinados de Santo Domingo dio 
cierto número de indios que les sirviesen en cultivar los campos y 
sacar el metal de los lavaderos de oro de aquella isla. Por desgracia 
según el modo como él las estableció, aquellos indios venían á ser 
propiamente esclavos, aunque tuviesen nombre de encomendados, 
pues, obligándolos al servicio personal, no se cumplían en ellos las 
condiciones arriba enunciadas. 

En 1.511, un religioso dominico, llamado Fray Antonio Montesi- 
nos, predicó en la iglesia mayor de Santo Domingo, condenando con 
gran vehemencia como ilícitas las encomiendas tales como allí se 
practicaban (2); y aun pasó á la corte de España, que estaba en Bur- 
gos, y logró se hiciesen Ordenanzas de reforma. Poco después y sin 
haberse obtenido la práctica de las Ordenanzas, tomó el mismo 
empeño de obtener remedio Bartolomé de las Casas, entonces clérigo 
secular, y más tarde religioso dominico y Obispo de Chiapa, gran 
defensor de los indios, pero que, dejándose llevar de su carácter 
imaginativo, asienta frecuentemente como verdades hechos falsos 
ó imposibles (3). Sus ardientes representaciones hicieron que se tra- 
tase con teólogos el asunto; el Cardenal Cisneros envió en 1516 los 

(1) SoLÓRZANO, De Indiarum iure, tom. II. lib. I. cap. V. con los autores que 
cita en este y en los anteriores capítulos. 

(2) Herrera, Hist. gen. de las Indias, Década I. lib. VIII. cap. 11. 

(3) Veinte millones de indios muertos violentamente por los españoles desde 
1492 hasta 1552, treinta mil ríos en una vega de la isla de Santo Domingo, etc. Pon- 
dera él mismo que si es grave delito detraer de una persona, mayor lo es detraer 
de una nación entera; debió aplicárselo á sí propio, cuando con fundamentos tales 
detrae de personas particulares de los conquistadores y de toda una nación. 



tres Visitadores Jerónimos á la Isla Española; el Emperador Carlos V 
en las instrucciones de 1518 á Diego Velázquez y en 1523 á Hernán 
Cortés, mandó que no se hiciesen ya encomiendas y se quitasen las 
hechas; y aunque consultada la materia de nuevo, y visto que se había 
tenido que suspender la ejecución, pareció que se podían hacer las 
encomiendas, y se reglamentó la sucesión en ellas, limitándola á dos 
vidas, la del poseedor 3^ la de su sucesor, por Cédula de 1536; pero 
nuevas instancias y representaciones de Las-Casas hacia 1539 hicie- 
ron que el Emperador dictase las 30 Ordenanzas de 1542 llamadas 
leyes nuevas, la primera de las cuales era la abolición de las enco- 
miendas, poniendo á los indios en la Corona Real, luego de fallecido 
el actual poseedor, é indemnizando al sucesor. Estas Ordenanzas en 
Méjico no se aplicaron, temiendo el efecto que iban á producir; en el 
Perú causaron la muerte del Virrey Vela y la formidable insurrec- 
ción de Gonzalo Pizarro, y hubieron de ser derogadas en 1545. Con 
todo, los Reyes y el Consejo de Indias continuaron urgiendo el buen 
tratamiento de los indios y la supresión del servicio personal en 
encomiendas, adelantando siempre, aunque lentamente, en esta 
tarea; y es la muestra mayor de la firme voluntad que de ello tuvie- 
ron el haber dado siempre favorable oído á las Casas, que vivió 
hasta 1566, no obstante ser conocido como hombre nada práctico, 
acre en sus juicios, caviloso y exagerador, en tanto grado que, para 
desacreditar á los primeros conquistadores, no teme afirmar false- 
dades tan grandes y manifiestas como las ya notadas y otras seme- 
jantes (1). 

En el Perú y en Méjico, gracias á las multiplicadas órdenes del 
Rey, había desaparecido el servicio personal de las encomiendas 
á mitad del siglo xvii. En Filipinas, desde un principio estuvieron 
las encomiendas libres de servicio personal, y cada indio entregaba 
la paga de su tributo, que con facilidad se procuraba en los lavade- 
ros de oro (2): y la ley mandaba que para los servicios personales se 
contratasen japoneses y chinos, y no indios (3). En Chile, nunca se 
quitó de las encomiendas el servicio personal hasta que se extin- 
guieron (4). Otro tanto sucedió en el Río de la Plata. 

Por fin, en el decenio de 1790 á 1800, se ejecutaron las Reales 
Ordenes que mandaban cesar todas las encomiendas, incorporándo- 
las definitivamente en la Corona. 

(1) Véase Nuix, Reflexiones iinparcfales, § 1.; Cappa, Colón 3- los españoles 
Apénd. XVIII. 

(2) Colín, Labor evangélica, I, 5 J (Barcelona, 1900). 

(3) R.I. ley 40. tít, 12. lib. 6. 

^4) AmunAtegui solar. Las encomiendas de indígenas en Chile, cap. XX. 



-89- 

Supuestas las precedentes noticias históricas, se entenderá fácil- 
mente lo que ahora se ha de decir sobre el carácter de las encomien- 
das y del servicio personal, y sobre lo que fueron uno y otro en el 
Río de la Plata. 



II 



LA ENCOMIENDA 

Al verificarse el descubrimiento )' conquista de América á fines 
del siglo XV y principios del xvi, prodújose en el Nuevo Conti- 
nente una situación análoga en parte á la que en Europa había dado 
origen al feudalismo. Gobernaban los Reyes de Europa en la Edad 
Media una multitud de guerreros á los cuales era debido algún agra- 
decimiento y recompensa por su valor y por la fidelidad con que 
habían arrostrado los peligros de la campaña; y por otra parte fal- 
taban los tesoros y los medios especiales para premiar aquellos ser- 
vicios. Las circunstancias mismas aconsejaron el expediente de que 
cada barón ó jefe principal recibiese la investidura de señor de ua 
territorio y sus moradores, con pleno poder de gobierno, y con la 
obligación de auxiliar á su rey, acudiendo á la guerra con tropas 
propias. Esto se llamó en el rey entregar en feudo los territorios de 
su monarquía, y así quedaron los nobles \\qz\íos feudatarios ó s^;lo- 
r^s/^;/(ií//^s. La situación en que se hallaba América dio origen 
á otra clase de régimen, que vino á ser el feudalismo de estas regio- 
nes; y en virtud del cual sin duda, encontramos en varios documen- 
tos de fines del siglo xvii la expresión de vecino feudatario (1). 

Los reyes todos de España, empezando desde Isabel la Católica, 
atendieron como á fin primero de sus establecimientos en América 
á la salvación eterna de los indígenas y á su alivio temporal. Por 
más que el modo de pensar de los gobernantes modernos sobre el 
fin adonde han de encaminar sus esfuerzos sea tan diferente de 
aquél, y que procuren prescindir cuanto pueden de hablar de la reli- 
gión, y sustitu3^an el mismo nombre de Dios y la invocación de su 
auxilio con expresiones vagas, ó con el recurso á las virtudes pura- 
mente naturales y humanas de moralidad, integridad, civismo, etc.; 

(1) Informes sobre el trajín de la yerba mate, hechos en Santa Fe: Archivo 
General de Buenos Aires, leg. Papeles de Jesuítas. 



151 



-90- 

por más que toda otra conducta reciba de muchos el dictado de 
fanatismo; lo cierto es que no hay disposición de Doña Isabel, ni de 
Fernando el Católico, de Carlos V, ó de los tres Felipes, ni aun de 
los que le sucedieron hasta llegar á Fernando Vil, en cu)'a mano se 
perdieron las Américas, que no lleve este sello religioso en cuantos 
asuntos se han tratado relacionados con los indios: negarlo sería 
ignorancia ó frenesí. Según esto, no era su único intento mirar al 
justo premio que se debía á los guerreros españoles por haber asegu- 
rado nuevos dominios á la monarquía; sino atender también, y muy 
en especial, á los indígenas, cuyo bien espiritual y temporal se 
tenían por obligados á procurar. Y para estos dos fines se estable- 
cieron las encomiendas. No teniendo el Rey en América cómo satis- 
facer á los conquistadores, y habiéndose impuesto á los indios un 
tributo que debían pagar al monarca por razón de vasallaje, cedía 
él á los conquistadores el tributo de cierto número de indios, descar- 
gando al mismo tiempo su cuidado de conciencia en el favorecido, 
á quien exigía el compromiso de buscar sacerdote que doctrinase 
aquellos indios, y de mantener armas y caballo para defender los 
mismos indios y la provincia de toda suerte de enemigos. De este 
modo le encargaba 6 encomendaba los indios, y esto se entendió en 
leyes y Cédulas por encomienda. La encomienda fué el traspaso á un 
particular del derecho que el rey tenía al tributo de uno ó varios 
indios, traspasándole también la obligación de cuidar del bien espi- 
ritual y temporal del indio. El particular á quien se hacía la merced 
se llamó encomendero. 

Esto es lo que aparece á cada momento en las disposiciones ofi- 
ciales sobre América. Como está ordenado en las leyes, decía Fer- 
nando el Católico en 1509 (1), reparta los indios, para que los enco- 
menderos los amparen y defiendan de sus enemigos, proveyéndoles 
ministros que los doctrinen en nuestra santa fe. Estableciéronse 
las encomiendas, dice Carlos V (2), para el bien espiritual de los 
indios, su doctrina y ensefuinsa, y para defensa de sus agravios. 
Y para premio de los que se han distinguido en la conquista, añade 
la ley (3). 

Como la encomienda era un premio y una ley excepcional ó pri- 
vilegio para recompensar determinados servicios, se puso limitación 
en la merced. Una encomienda perseveraba durante la vida del pri- 
mer poseedor y durante la de su primer heredero. Esto es lo que 

(1) Céd. de 10 de Mayo, ley I. tít. 8. lib. 6. R. I. 

(2) Céd. de 10 de Mayo de 1557, ley I. tít. 8. lib. 6. 

(3) Ley 14, tít. II, lib. 6. Ley 5. tít. 3. lib. 6. 



-91- 

se expresaba diciendo que la encomienda era por dos vidas. Extin- 
o-uido el primer sucesor, los indios volvían á tributar al rey, y la 
encomienda quedaba vaca; pero por lo mismo que apenas había otras 
mercedes que se pudiesen hacer, tenían los Gobernadores facultad 
de volver á dar aquellas encomiendas á otro que las mereciese 
y también por dos vidas. Al tomar posesión de su encomienda, había 
de jurar el encomendero que cuidaría del buen tratamiento de los 
indios (1). Debía residir en aquella provincia para poder defender 
á sus encomendados: mas no había de habitar en el pueblo de su 
encomienda, para evitar opresiones: ni podía poner allí poblero 
ó escudero (como llamaban), que hiciera sus veces: que todo eran 
cautelas para evitar los abusos. 

La encomienda establecida con todas estas condiciones, tenía 
su semejanza con el feudalismo; pero al mismo tiempo había entre 
uno y otra profundas diferencias. El señor feudal tenía jurisdicción 
civil y criminal sobre sus vasallos: el encomendero no tenía ningima 
de las dos; porque entrambas se administraban por el alcalde, y en 
recurso de alzada por el Gobernador. El feudo duraba sin interrum- 
pirse en todos los descendientes, á no ser que interviniese traición: 
la encomienda se extinguía después déla muerte del primer here- 
dero. 

Esto era la encomienda después que la fijaron las leyes reales: 
y si se hubiese mantenido en estas condiciones, no parece que se 
pudiese negar que era justa y legítima. Pero pronto se verá como 
las encomiendas vinieron á ser ocasión de los mayores atropellos, 
y causa de que fuera execrado el nombre de encomendero como el 
de un cruel opresor. 



ÍII 



EL SERVICIO PERSONAL 

Desgraciadamente la encomienda estaba inficionada desde su 
principio de un vicio que todas las Ordenanzas y leyes no lograron 
hacer desapaiecer en algunas regiones, y era el servicio personal. 

Aun cuando la explicación dada en el artículo anterior describa 

(1) C.\RLOS V, 20 Abril 1532, ley 37. tít. 9. lib. 6. 



152 



-■ 92 - 

la naturaleza de la encomienda como en derecho debía ser después 
que la lijaron las leyes; la verdad es que en su realidad histórica no 
fué así. Las encomiendas fueron invento del almirante Don Cristó- 
bal Colón, á petición de los descontentos acaudilladas por Roldan: 
3' preciso es decir que las entabló con toda la cruda é irritante injus- 
ticia del servicio personal. Hallándose en la isla de Santo Domingo 
3' viendo ser muy pocos los españoles 3' muchos los indios, tomó por 
fundamento la necesidad que había de edificar las casas, labrar los 
campos, guardar el ganado, y sacar el oro de las minas, y repar- 
tió á cada español cierto número de indios para que los emplease en 
estas ocupaciones. Mas recelando prudentemente ser posible que los 
Reyes Católicos no aprobasen su proceder, pues tan resueltamente 
le habían desautorizado cuando envió indios caribes para vender en 
España; por eso no les concedió estos indios trabajadores sino como 
jnerced provisoria, mientras los Reyes ó él mismo no dispusieran 
otra cosa. Y como en derecho se solia dar el nombre de euconii eli- 
das alas gracias ó empleos interinos, de aquí les vino el nombre de 
encomiendas á semejantes donaciones ó reparticiones de indios; 
aunque este origen histórico no quite la verdad de que eran también 
encomiendas por encomendarse en ellas el cargo de conciencia de 
doctrinar 3^ defender los indios. Dieron, en efecto, los monarcas de- 
cretos para quitar del todo las encomiendas; pero se encontraron con 
tal dificultad, que al fin las hubieron de autorizar en el sentido que 
va expuesto en el artículo anterior, fijando la ley de sucesión de 
encomiendas en 1536, 3" reduciéndolas al pago del tributo en dinero 
ó en frutos de la tierra, y más bien estos últimos, para evitar atro- 
pellos 3' fraudes en perjuicio de los indios. Mas era tan connatural 
á la encomienda, si alguna utilidad había de reportar, el ir unida 
con el servicio personal, que atenta la naturaleza humana tan estra- 
gada 3' el interés que todo lo domina, no había otro remedio eficaz 
de evitar el servicio personal (á lo menos en ciertas provincias), que 
suprimir la encomienda. 

En efecto, si las encomiendas sehubiesen manejado del modo que 
decían las Cédulas reales, no hubiera sido gran cosa el provecho que 
hubiera resultado de ellas al encomendero. La costumbre hizo que 
se mantuviese en el Paragua3" siempre la tasa de ocho varas de 
lienzo, que á cuatro reales de plata son treinta 3' dos reales ó sea 
cuatro pesos de plata de á ocho reales. Si suponemos que un enco- 
mendero tuviera cien indios de tasa, su renta anual hubiera sido de 
cuatrocientos pesos. De aquí había de salir el sínodo ó quinta parte 
para poner un doctrinero <1 los indios, 3^ lo necesario para mantener 



-93- 

equipo de armas y caballos de guerra. Y si miramos que hubo enco- 
miendas que por diversas causas de despoblación, particiones, heren- 
cias, vinieron á reducirse á ocho ó diez indios; y se añade que estos 
cuatrocientos pesos no se habían de cobrar en moneda, porque lo 
prohibió la ley, sino en efectos, y con la incertidumbre de recabar- 
los de la mano de los indios, quienes consumen cuanto tienen: se ve- 
todavía más clara la exigüidad de las ventajas. 

Pero en las personas sujetas á encomienda había una ocasión de 
abuso y el abuso se dio casi siempre. El indio ya sometido, pusilá- 
nime en presenciafde su dominador, fácilmente era inducido á que 
le sirviese como criado en faenas domésticas ó agrícolas, unas veces 
sin gran repugnancia, otras con repugnancia, pero constreñido por 
el temor. El encomendero prefería cobrar los tributos, no en plata 
ó en efectos, como mandaba la ley, sino en jornales aun precio bají- 
simo. Con eso tenía cien indios á su servicio, y turnando durante el 
año, podía tener un número de quince ó diez y seis criados perpe- 
tuos que casi no le costaban desembolso ninguno. Claro es que pre- 
fería el encomendero este sistema al sistema de tributos prescrito 
por las leyes. Y tal sistema de servicio personal en las encomiendas 
fué el que prevaleció. 

Esos indios á quienes la costumbre había hecho que sirviesen al 
encomendero durante dos meses de cada año sin sueldo para satis- 
facer el tributo, eran los que en estas tierras se llamaban mitayos 
ó niitan'os, porque cumplían en los dos meses con su iiiitu ó turno. 
Habían de ser varones de diez y ocho á cincuenta años: y por tanto, 
estaban excluidos de este número niños, mujeres y viejos. 

Añadiéronse á los encomendados mitayos otros todavía más des- 
favorecidos que ellos. Eran los indios capturados en expediciones 
dirigidas contra ellos por haberse rebelado ó cometido hostilidades 
injustas. Llamábanlos piezas, y con éstos no se guardaba la regla 
de que no sirviesen niños, mujeres ni viejos: sino que todos eran 
puestos al servicio del encomendero sin retribución. Ni los sujeta- 
ban al servicio por dos meses al año, sino por toda su vida; de 
manera que en ellos tenía el encomendero otros tantos siervos de 
por vida, obligados á obedecer al amo y á darle todo el fruto de su 
trabajo sin recompensa, ellos, sus hijos y todos sus descendientes. 
Semejantes encomendados llevaron el nombre de indios originarios 
6 indios yanacofias. 

En lo que acabamos de decir sobre mitayos y originarios ó yana- 
conas hablamos de la forma que tomaron las encomiendas en las 
regiones del Plata por la costumbre y por las Ordenanzas de Abreu 



-94- 

é Irala; prescindiendo del sistema de encomiendas en otros países, 
donde también estaban en uso los nombres de mitayos y yanaconas^ 
pero con diferente significación. Así, por ejemplo, se llamaban ;;///«- 
yos en el Perú los indios que por turno iban á trabajar" en las minas 
del cerro de Potosí, y éstos constituían la mita de Potosí; los que 
por turno se empleaban en el cultivo de la coca, ó en el pasto 
reo, etc.: y todos ellos cobraban su jornal en dinero. Yanaconas se 
llamaban allí mismo los indios á quienes se había impuesto residen- 
cia fija en una iiacienda, de la cual no podían salir, pero en lo demás 
la ley los hacía libres, trabajaban por salario y tenían propiedad. 



IV 

^^^ INJUSTICIAS DEL SERVICIO PERSONAL 

EN LAS ENCOMIENDAS 

Las encomiendas entabladas en la forma á que las redujo la le}', 
no eran injustas, mas éralo el servicio personal en ellas, que prohibía 
la misma ley: y por estar todas las encomiendas unidas con servicio 
personal en el Río de la Plata, eran injustas las encomiendas tales 
como se usaban en aquella región. 

El indio era libre por su naturaleza. Los Pontífices habían decla- 
rado que, como criatura racional, tenía derecho de disponer de su 
persona, de poseer sus bienes ó hacienda que tuviese, como lo tenía 
de ser instruido en la religión para ser hecho á su tiempo hijo de 
Dios por el bautismo de regeneración, y una vez bautizado, tenía 
derecho á la participación de los Sacramentos. La reina doña Isabel 
la Católica, al punto que tuvo noticia de que Colón había enviado 
trescientos indios caribes para venderlos en España, los mandó 
poner en libertad, proporcionándoles medios para volver si quisie- 
sen á América y diciendo aquellas notables palabras: «¿Quién es 
Don Cristóbal Colón para disponer de mis subditos? Los indios son 
tan libres como los españoles.» Y Carlos V en 1536 prohibió que nin- 
gún indio fuese hecho esclavo, prohibición que confirmaron todos 
sus sucesores. 

Según esto, era una verdadera injusticia el sujetarlo contra su 
voluntad á que no pudiese disponer libremente de su persona, sino 
que por fuerza hubiera de ir á servir á la casa ó hacienda de su 



— 95 — 

encomendero, y esto por dos meses continuos, de suerte que el tri- 
buto se le cobrase forzosamente en jornales y trabajo de su propia 
persona, siendo así que no sólo le dejaba la ley libertad expresa de 
pagarlo en efectos, sino que prohibía que lo pagase en trabajo 
y mandaba que lo pagase en especies. Lo cual se verá patente- 
mente. Porque mandando la ley que el indio pagase el tributo en 
especies y no en plata, se le hubiera hecho injuria al indio en for- 
zarlo á pagar en plata, y era injusticia con cargo de restituir todos 
los daños que se le seguían de buscar la plata, cosa para él más difí- 
cil. Luego también era injusticia el que mandando la le}' que pagase 
en especies, le obligasen á pagar en trabajo de su persona, y había 
cargo de restitución por los daños, tan graves como eran los de 
salir por fuerza de su casa, alterarse su salud, ser forzado dos meses 
á hacer el trabajo como lo quisiera el encomendero, tener abando 
nada su familia y estragarse las costumbres en tales regiones. Y así 
como eran mayores estos daños, era mayor y más odiosa la injusticia. 

Esto debía decirse en cuanto á los mitayos. Pero con mucha 
mayor iniquidad se atropellaban las leyes de la justicia en los 
yanaconas. En efecto, los indios yanaconas ú originarios quedaban 
absolutamente privados de la libertad para siempre, ellos, sus hijos 
y todos sus descendientes. 

Sobre estas injusticias fundamentales é insanables del servicio 
personal en las encomiendas se acumulaban otras muchas que lo 
hacían aún más áspero é irritante. Emprendíase á veces la guerra 
contra indios pacíficos, que en nada habían ofendido á los colonos 
y antes por el contrario, les habían dispensado agasajos y servicios; 
y derrotados con facilidad los infelices indígenas, hacíanse entre 
ellos numerosos prisioneros, los cuales más tarde eran repartidos 
como piezas ó yanaconas (1). Vendíanse en ocasiones á los paulistas 
por ropas ú otras cosas los mismos indios injustamente cautiva- 
dos (2). Separábanse las familias, llevándose un vecino al padre, 
otro á la madre y otros á los hijos (3). Comprábanse niños y muje- 
res á sus padres y maridos, engañando la simplicidad del indio con 
algunas ropas, y aquella chusma constituía otras tantas piezas (4). 
En cuanto á los mita)''os, sacábanlos á veces de sus pueblos á regio- 
nes distantes, de temple y clima diverso del suyo natural, que les 
dañaba la salud y producía la muerte. Sujetábanlos otras al trato 

(1) Lozano, Historia, lib. III. cap. 25. núm.6: Montoya, Conq. esp. §. 22. 

(2) LoKENZANA, Relación, §. 4. 

(3) Id. § 2; Lozano, Hist. lib. VI. c. 12. núm. 20. 

(4) Montoya, Conq. esp. §. 6. 



-96- 

inhumano de pobleros ó escuderos^ que así se llamaron los adminis- 
tradores puestos por los encomenderos en los pueblos de indios 
donde radicaba su encomienda. Alargábanles el tiempo de la tasa; 
y cumplidos sus dos meses, valíanse de diversas ocasiones y pretex- 
tos para enredar al indio en deudas, con que le obligaban á nuevo 
servicio; y así lo detenían meses y meses, y á veces años sin poder 
volver á su pueblo, separado de los suyos y dejando en el abandono 
su pobre hacienda, casa y familia. Impedían la libertad de los matri- 
monios. Enviábanlos á los lejanos yerbales de Mbaracayú, en que 
estaban empleados sin descanso en el laboreo de la yerba mate, que 
consumía sus fuerzas y su vida. «Está fundado este pueblo, dice el 
Padre Antonio Ruiz de Montoya (1), en un pequeño campo rodeado 
de casi inmensos montes,... en que hay manchas de á dos y tres 
y más leguas de largo y ancho, de los árboles de que hacen la yerba 
que llaman del Paragua3^.. con no pequeño trabajo de los indios, 
que sin comer en todo el día más que los hongos, frutas ó raíces sil- 
vestres que su ventura les ofrece por los montes, están en continua 
acción y trabajo, teniendo sobre sí un cómitre, que apenas el pobre 
indio se sentó un poco á tomar resuello, cuando siente su ira envuelta 
en palabras, y á veces en muy gentiles palos. Tiene la labor de 
aquesta yerba consumidos muchos millares de indios. Testigo soy 
de haber visto por aquellos montes osarios bien grandes de indios, 
que lastima la vista el verlos, y quiebra el corazón saber que los más 
murieron gentiles, descarriados por aquellos montes en busca de 
sabandijas, sapos y ^culebras; y como aun de esto no hallan, beben 
mucha de aquella yerba, de que se hinchan los pies, piernas y vien- 
tre, mostrando el rostro solos los huesos, y la palidez la rigura de la 
muerte.» 

«Hechos ya en cada alojamiento ó aduar de ellos ciento ó dos- 
cientos quintales, con ocho ó nueve indios los acarrean, llevando 
acuestas cada uno cinco y seis arrobas diez, quince, veinte y más 
leguas, pesando el indio mucho menos que su carga (sin darle cosa 
alguna para su sustento)... ¡Cuántos se han quedado muertos recos- 
tados sobre sus cargas! y sentir más el español no tener quién se la 
lleve, que la muerte del pobre indio! ¡Cuántos se despeñaron con el 
peso por horribles barrancos, y los hallamos en aquella profundidad 
echando la hiél por la boca! ¡Cuántos se comieron los tigres por 
aquellos montes! Un solo año pasaron de sesenta. Clamaron estas 
cosas al cielo...» 

(1) §. VIL 



-97- 

Este sistema de encomiendas con servicio personal es el que 
entabló el Gobernador Irala; y ciertamente que los elogios que algu- 
nos han hecho de sus Ordenanzas, son algo peor que inmerecidos, 
porque son aprobación y participación de un sistema violatorio de 
la justicia 3^ de la ley natural, y destructor de la libertad y vida de 
los indígenas. Sin embargo de todo eso, así obraron los primeros 
conquistadores del Paraguay: y sus descendientes, nacidos en Amé- 
rica, se adhirieron tan fuertemente á este sistema, que no hubo 
medio de hacérselo dejar. 



V 



LA CÉDULA DE 1601 

No andaban mejor las cosas en otras partes de las Indias, y como 
todos estos excesos clamaban por remedio; púsose uno que mostró 
la firme resolución de atajar tanto daño, expidiendo en 1601 la cédu- 
la que llaman del servicio personal (1). 

No era aquella la primera vez que se prohibía el servicio perso- 
nal, pues ya estaba prohibido casi en todo el siglo anterior; pero se 
tomaban disposiciones bien concertadas para que se hiciese efectiva 
la ejecución, ya que hasta entonces no había tenido efecto. Señala- 
remos y transcribiremos de la Cédula algunas cosas muy dignas de 
ser reparadas. 

Asienta por principio la libertad civil de los indios. «Para que los 
Indios vivan con entera libertad de vasallos, según y de la forma 
que los demás que tengo en esos y en estos Reinos, y otros, sin nota 
de esclavitud ni de otra sujeción, mas de la que como naturales 
vasallos deben...» (Preámb.) Y añade la ley 14. tít. 2. lib. 6. «Porque 
son de su naturaleza libres, como los mismos Españoles.» 

Da testimonio de los daños causados por los servicios persona- 
les: <í Porque son cansa de que los indios se vayan consumiendo 
y acabando con las opresiones y malos tratamientos que reciben, 
y las ausencias que de sus casas y haciendas hacen, sin quedarles 
tiempo desocupado para ser instruidos en las cosas de nuestra 
Santa Fe Católica, ni para atender á stis granjerias, ni al sustento 

(1) Céd. real de Valladolid á 25 de Noviembre de 1601; leyes 1. 6. título 12, 
Hb. 6. R. I. 

7 Organización Social de las Doctrinas Guaraníes.— tomo ii. 



154 



-Q8- 

de sus mujeres, ni hijos, de donde pende su conservación y 
aumento^. (Preámb.) 

Luego en el capítulo 2.° se dispone que no se repartan á nadie en 
particular indios para el trabajo; sino qiie^ si pareciere convenir , 
compelan á los indios á que trabajen y se salgan d alquilar á las 
plazas y lugares públicos y acostumbrados, para que los que los 
hubieren menester, así Españoles como otros Indios, ora sean 
Ministros Reales, ó Prelados, ó Religiones, Sacerdotes, Doctri- 
neros, Hospitales, y otras cualesquier Congregaciones, y personas, 
de cualesquier litulo que sean, los concierten, y cojan allí por días, 
ó por semanas, y ellos vayan con quien quisieren, y por el tiempo 
que les pareciere de su voluntad , y sin que nadie los pueda tener 
contra ella, tasándoles los jornales, etc. 

Y en el mismo capítulo se ordena «Que de la ¡nisnuí manera sean 
compelidos los Españoles de condición servil, y ociosa, que hubiere, 
y los Mestizos, Negros, Mulatos y Zambaigos libres y que no ten- 
gan otra ocupación, ni oficio, para que todos trabajen, y se ocupen 
en el servicio de la Repiíblica» etc. Tomábase esta resolución porque 
de antiguo sucedía en América lo que se expresa en la Cédula 
de 16 de Mayo de 1609 al Virrey del Perú: <^Marqués de Montes- 
claros, etc., cosa sabida es la mucha gente Española, que hay en 
esas Provincias, así de la que de acá va de ordinario, como de 
Criollos nacidos allá. Y también se tiene entendido, que con ser 
mucha de esta gente htmiilde, y pobre, no se inclina á trabajar en 
las labores del campo, minas, ni otras granjerias, ni á servir á 
otros Españoles, y lo tienen por menos valer, de que resulta haber 
tanta gente perdida, y cargar sobre los Indios el peso del traba jo... y> 
Con esta providencia, pues, se procaraba atender á dos cosas de 
tanta importancia como el alivio de los indios, }' la útil ocupación de 
muchos moradores ociosos por tener falsa aprehensión de que el 
trabajo agrícola ó mecánico era cosa vil }■ propia sólo de gente baja 
y abatida. 

En el capítulo 3.° ordena la Cédula que para remediar los excesos 
de los encomenderos, no se permita que los indios paguen sus tribu- 
tos en trabajo personal, sino en efectos: <^Para cuyo remedio [de los 
abusos enumerados] ordeno, y mando, que de aquí adelante no haya, 
ni se consienta en esas Provincias, ni en ninguna parte de ellas, 
los servicios personales, que se reparten por vía de tributos á los 
indios de las Encomiendas: y que los Jueces, y las personas, que 
hicieren las tasas de los tributos, no los tasen por ningún caso en 
servicio personal, ni le haya en estas cosas, sin embargo de cual- 



-99- 

quiera introducción, costíiinbre, ó cosa que cerca de ello se haya 
permitido: so pena, que el Encomendero, que usare de ellos, y con- 
traviniere d esto, por el mismo caso haya perdido, y pierda su 
Encomienda: lo cual es mi voluntad que así se cumpla, y ejecute, 
y que el tributo de los dichos servicios personales, se conmute y 
pague como se tasare, en frutos de los que los mismos indios tuvie- 
ren y cogieren en sus tierras, ó en dinero, lo que de esto fuere para 
los indios más cómodo, y de nmyor alivio, y menor vejación^. 

No examinamos otros puntos de esta Cédula, porque tratan del 
servicio forzoso por causa pública de los indios destinados á la agri- 
cultura y \\2Lra?iáos, yanaconas en el Perú, distintos de \os yanaconas 
del Río de la Plata; y de los indios dedicados á las minas, propias 
también del Perú. Pero conviene observar que esta Cédula, como 
dirigida al Virrey, y para todas las provincias del Virreinato, com- 
prendía expresamente estas tres de Paraguay, Tucumán y Río de la 
Plata. 



VI 



ORDENANZAS DE ALFARO 

Entre los medios que se tomaron para cumplimiento de la Cédula 
de 1601, y abrogación del servicio personal en los tributos, fué uno 
el de enviar un Visitador á las tres provincias de la Plata, de las 
cuales eran no pequeñas las quejas en esta materia. Nombróse Visi- 
tador en Cédula de Octubre de 1605, al Presidente de la Audiencia 
de los Charcas, don Alonso Maldonado de Torres; 3^ no habiendo 
podido él ejecutar su comisión y visita, se renovó á 7 de Marzo de 
1606 el nombramiento en un Oidor ó Fiscal de la misma Audiencia; 
que últimamente fué el Licenciado don Francisco de Alfaro. En 10 
de Setiembre de 1610 fué designado, é inmediatamente después 
partió para su visita; la cual terminada dentro de un año, habiendo 
recorrido todas las ciudades de las tres provincias, excepto la del 
Guayrá, dio sus provisiones en 11 de Octubre de 1611; y éstas son 
las que han quedado con el título de Ordenanzas de Alfaro en 
número de ochenta y cuatro, y pueden verse en el Apéndice (1). 

{\) Núm. 54. 



155 



- 100 - 

La existencia del servicio personal de las encomiendas en estas 
regiones consta de todas las Ordenanzas, cuyo principal fin, como se 
dice en el preámbulo y en la Ordenanza 57, fué para que los indios 
fuesen tasados, y con esto cesando el servicio personal, cesasen asi 
todos los servicios á los indios. En sólo este servicio personal iban 
ya encerradas las injusticias notadas arriba. 

Que además de aquellas injusticias, se cometían otros excesos, á 
los cuales daba ocasión el servicio personal de encomiendas, resultó 
probado primero de las noticias fidedignas que menciona la Cédula 
de 1603 (1): «sg ha entendido que se continúan y recrecen estos 
daños [de agravios á los indios']., y que son muy grandes é intole- 
rables las molestias, agravios, opresiones y vejaciones que reciben 
los dichos indios de sus encomenderos, sirvióiidose de ellos en sus 
casas y grangerlas, trayendo! es ordinariamente ocupados, y hacién- 
doles muchos malos tratamientos, y sacándolos de unas tierras á 
otras de diferentes temples, y usando con ellos muy grandes cruel- 
dades., que han sido causa de que se han acabado y consutnido 
muchos, sin que se castigue tti remedie por las justicias, como ha 
constado particularmente por un Memorial y autos... Y esto asi- 
mismo comprobó la Visita personal por todo el tiempo de un año, y 
las relaciones particulares hechas por personas en quienes no cabía 
confabulación, por ser de índole é intereses tan diversos como los 
Gobernadores presente y pasado,., todos los religiosos de esta ciu- 
dad [de la Asunción] y casi todos los de la Gobernación, y... otros 
muchos particulares deltas, y en especial... los diputados que han 
nombrado las ciudades de esta Gobernación., en particular los de la 
ciudad de la Asunción; y afirmo que cuanto me lian querido hablar 
en esta materia he oído (2)... Oídos tanto número de testigos y de 
tan diversa calidad, en público y en consultas privadas, dice el 
Visitador: de grandes inconvenientes he tenido noticia en esta 
Visita, que han resultado del mal uso que ha habido de parte de los 
Gobernadores, en el modo de las encomiendas de que han hecho 
merced: y de parte de los vecinos, en el exceder en usar del servicio 
de los dichos indios, con violencia algunas veces, en más de lo que 
han podido y debido llevar, sirviéndose de algunas mujeres, y 
muchachos, y viejos, demás del servicio de los varones de trabajo, 
travéndoles muy lejos de sus naturales á que les hiciesen mita, 
trasladando á otros en sus chácaras, quitándoles la libertad de los 
matrimonios, especial á los que tienen en sus casas y chácaras; no 

(1) Núm. 56. 

(2) Al fin, después del núm. 85 



-101- 

ddndoles doctrina suficiente, que hay indios de dies años y más 
encomendados que sirven, que muchos no son cristianos^ ni aun 
están medianamente instruidos en nuestra Santa Fe Católica; de 
donde ha venido d estar el nombre de cristiano no con buena opinión 
entre los bárbaros^ que algunos no lo han querido recibir, y otros se 
han huido diferentes veces, y Idose á ladroneras, por excusarse de 
la opresión en que ven que los demás están y ellos mismos han 
estado;., por lo cual han venido en notable diminución-» (1). «En 
casos de impedimentos de matrimonios, he hallado gravísimos 
excesos, y muy grandes en particular» (2). 

Y si bien no quiso tomar providencias de Juez por lo pasado, 
atendiendo á la pobreza de los vecinos, y remitiéndolo á la Audiencia 
y al Consejo; pero no dejó de advertir á todos que esto era tolerar 
en el fuero exterior, mas no autorizar y sanar lo hecho de modo que 
quedase por legítimo; y así, que cada uno arreglase en esta materia 
su conciencia según los dictámenes del confesor (3). 

Mas viniendo á lo futuro, prescribió en ocho títulos cuanto pare- 
ció convenir para remediar tantos abusos. Los títulos fueron: Del 
servicio personal y esclavitud, De reducciones, Del servicio y 
jornal de los indios, De Doctrinas, Del Gobierno, De tasa. De los 
infieles, De las encomiendas. 

En el punto capital para el cual había sido hecha toda la Visita, 
que era quitar el servicio personal de encomiendas, declaró auténti- 
camente que no era permitido por causa alguna como obligatorio, 
señalando graves penas para quien lo decretara ó impusiera. «.Prime- 
ramente, dice, declaro no poderse ni deberse hacer encomienda de 
indios de servicio personal para que los tales indios sirvan á los 
encomenderos personalmente dando por tributos el servicio perso- 
nal, ahora se den á titulo de yanaconas, como hasta ahora los han 
encomendado algunos gobernadores, ó en otra cualquier manera ni 
forma, por cuanto Su Majestad asi lo tiene maridado: y si algún 
Gobernador hiciere encomienda de servicio personal, desde ahora la 
declaro por ninguna, y al Gobernador por suspenso del oficio, y 
perdimiento del salario que de alli adelante le corriere; y al vecino 
que usare de tal servicio personal, en privación de la encomienda, 
la cual desde luego declaro y pongo en cabeza de Su Majestad: y 
esto de no poderse usar el dicho servicio personal entiéndese, no 
solo de las encomiendas que de aquí adelante se hicieren, sino de las 

(1) Preámbulo, inmediatamente antes del núm. 1. 

(2) Ord. 83. 
(3; Ord. 85. 



-102- 

hecJias hasta aquí; pero permito que las tales encomiendas antes de 
ahora hechas, se entienda ser de indios tributarios como las demás 
lo son-» (1). 

Dispuso que las Reducciones no se pudiesen trasladar del paraje 
donde estaban entabladas, aunque lo pidiese el encomendero, ó los 
indios, ó el doctrinante, ni aunque lo autorizase el Gobernador; sino 
que se había de obtener la licencia del Virrey ó de la Audiencia real, 
y haciendo mención de esta Ordenanza; /)or^?íí? las más veces los 
tales pedimentos son procurados por intereses particulares y no de 
los indios; y por haberse mudado los indios... por orden de los enco- 
menderos... con color que lo pedían los indios, ó que se hacia por 
su comodidad, siendo en realidad de verdad la de los encomende- 
ros, la cual se procuraba y conseguía las más veces d costa de la 
salud y vida de los i)idiosr> (2). 

Renovó el precepto de las Cédulas reales de que «en pueblos de 
indios no estén ni se reciban ningún español, ni mestizo, negro ni 
mulato» (3). 

Y también el de que no estuviesen allí los mismos encomenderos, 
lo cual estaba ordenado por Cédulas de 29 de Noviembre de 1563 y 
15 de Enero de 1569; añadiendo que <^no pueden hacer ni tener en el 
pueblo en que tuvieren indios, casa ni buhio, aunque digan no son 
para su vivienda;»^ <íasimismo...nopueden dormir en el pueblo más 
de una noche» (4). 

Añadió graves penas para los inobservantes de las Cédulas reales 
que prohiben poner en pueblo de indios poblero ó sustituto y comi- 
sionado del encomendero (5), sea con el mismo título de poblero, sea 
con nombre <íde mayordomo, administrador, ni cualesquier títulos 
que sean, sopeña de doscientos azotes y cuatro años de galeras al 
remo á quien tal oficio aceptare:., y el encomendero incurra en per - 
dintiento de tal encomienda:., y lo declaro incapaz de tener indios 
por diez años». Disposición es ésta que revela algún exceso mucho 
mayor que los ordinarios que llevaban consigo las encomiendas de 
servicio personal. Y en efecto, no todo lo que halló el Oidor en la 
Visita era para expresado en un documento de Ordenanzas. Pero el 
Padre Lozano da la clave de providencia tan rigurosa. «Para su- 
plir (los encomenderos) su ausencia, dice (6), se valían del arbitrio 



(1) 


Ord. 


1. 


(2) 


Ord. 


6. 


(3) 


Ord. 


10, 


(4) 


Ord. 


11. 


(5) 


Ord. 


13. 



(6) Lozano, Historia, lib. V. c. V, n. 6. 



- 103 - 

de sustituir en su lugar unos que llamaban Pobleros ó Mayordomos, 
que aumentaban la aflicción de los tristes Indios, porque era gente 
baja, y muchos de ellos foragidos, que vivían entre los Indios sin 
Dios y sin ley; y por sacar para sí algún emolumento, apuraban las 
fuerzas, y paciencia de los Indios, é indias, y les hacían enormes 
agravios; y en la Visita, que hizo el Visitador don Francisco de 
Alfaro..., les averiguó tales delitos, que se hizo increíble los supie- 
sen los Encomenderos, ni las Justicias que pudiesen tratar de su 
remedio; y por eso prohibió severamente, que en adelante pudiese 
haber pobleros en las Encomiendas.» 

Los daños notorios del laboreo de yerba en Maracayú le movie- 
ron á poner esta prohibición absoluta: «Los indios de su voluntad 
pueden concertarse para otros servicios, especial para hogar las 
balsas; pero en ninguna numera se les permite que, aunque sea 
su voluntad, pueda el indio ir d Maracayú, á sacar yerba, por las 
muchas muertes y daños que de ello se siguen; sopeña de cien aso- 
tes al indio que fuere: y el español cien pesos, y la justicia que lo 
consintiere, privación de oficio^ (1). 

Igualmente expresó que renovaba la prohibición de cargar los 
indios (2). 

Llegando al punto de la tasa, que también era esencial, como 
que había de sustituir al servicio personal, halló dificultades, susci- 
tadas por los mismos encomenderos, quienes á fin de perpetuar el 
servicio personal, deslumhraron á los indios, persuadiéndoles que la 
tasa era una ignominia, y que dijesen que no querían tasa, sino ser- 
vicio como hasta allí. Declaró, pues, el Visitador que si algún indio 
quería pagar tributo en servicio personal, se le permitía y fijaba en 
30 días que sirviese á su encomendero (concesión ruinosa, contraria 
á la Cédula real, que manda no los tasen por ningún caso en servicio 
personal, con que se esterilizó en gran parte la visita y casi se estorbó 
su fin principal). Pero que la regla general del tributo había de ser 
cinco pesos de la tierra ó pesos huecos, que cada uno se valuaba en 
seis reales de plata ó ^/.í partes de un peso de plata de Castilla; y que 
lo pagasen los varones de 18 á 50 años, en plata ó en monedas de la 
tierra, ó en especies, cuya menuda enumeración y valor especificó (3). 

Finalmente, renovó la memoria de las Cédulas que prohiben 
entrar con armas cá los infieles para conquista, ni aun con título de 
doctrina. 

(1) Ord. 31. 

(2) Ord. 33. 

(3) Ord. 60. 



-104- 

Otras muchas disposiciones tomó; pero las que acabamos de 
reseñar son las que más hacen á nuestro intento. 

Las Ordenanzas de Alfaro, firmadas en 11 de Octubre de 1611, 
y promulgadas luego en la Asunción, fueron presentadas al Consejo 
de Indias, adonde los vecinos del Paraguay enviaron de procurador 
á Manuel de Frías para impugnarlas. Examinadas maduramente 
con todas las objeciones que se les hicieron, fueron aprobadas en 
1618 con algunas modificaciones que van al fin. Entre las modifica- 
ciones se puso la de la Ord. 13, en la cual se restituyen los adminis- 
tradores con algunas diferencias: pues son de nombramiento del Go- 
bernador y no del encomendero, para un distrito )' no para un pueblo; 
y que al parecer no han de residir en el pueblo de indios, pues no se 
deroga expresamente en esto la Ord. 13, aunque se supone que los 
visitan con frecuencia. Esta modificación no fué feliz; y con el 
tiempo ayudó no poco á las revueltas de la provincia. Otra modifica- 
ción fué la de la Ord. 31 sobre ir á Maracayú; y en ella se decretó: 
«El no ir los indios á sacar esta yerba, aunque sea de su voluntad, 
se entienda en los tiempos del año que fueren dañosos y contrarios 
á su salud, porque en los que no lo fueren lo podrán hacer.,.» En 
cuanto á la tasa, se declaró que en vez de cinco pesos huecos, fuesen 
seis: y en vez de un mes de servicio, fuesen dos meses para el indio 
que no quisiera tasa sino servicio (1). 

Así modificadas las Ordenanzas de Alfaro, se incorporaron á la 
legislación de Indias (2). 

El efecto de estas Ordenanzas en cuanto á la extirpación del ser- 
vicio personal de encomiendas en el Paraguay, fué muy limitado. 
Por aquel resquicio que se vio obligado el Visitador á dejar abierto 
en la Ord. 61, y se agrandó en el Consejo: y por la Declaración 31, 
se introdujo, ó por mejor decir, se perpetuó, lo que antes había. No 
tenían razón los vecinos del Paraguay que se quejaban agriamente 
de Manuel de Frías, pues les había obtenido los dos meses de servi- 
cio, el administrador, y el hacer yerba en Maracayú. No obstante, 
en varias cosas hubo reforma: arreglaron su conciencia 5^ su proce- 
der los hombres más juiciosos: y se alivió en algo la suerte de los 
indios, como lo testifica el P. Lozano (3). 

(1) Decl. de la Ord. 60 y 61. 

(2) Lib. VI, tít. 17. tit. 1. tít. 3, et alibi. 

(3) Lozano, Hist. lib. VI. cap. XVI. n. 19. 



-105 



VII 



LA MITA 

Mita en lengua quichua significa ves, tanda ó turno: y equivale 
á alternación de algún servicio personal. La mita era el servicio 
personal obligatorio durante un tiempo fijo cada año, y al cual había 
de concurrir todo el pueblo de indios, aunque no todo á la vez, pues 
se dividía en partes que eran convocadas sucesivamente, sacando 
del pueblo á los unos cuando á los otros se les daba la licencia de 
volverse á él. Del nombre de mita provenían las frases repartir la 
mita, que significa distribuir el número de indios que se pedían de 
una vez, señalando quiénes en particular habían de salir para llenar 
aquel número; sacar la mita, que era sacar con efecto del pueblo 
á los indios de antemano señalados, y también se llamaba ejecutar la 
mita; ir á la mita, que es acudir á prestar el trabajo personal; el 
nombre mitayo, que dice indio obligado al servicio de mita; y el 
verbo mitar, que significa pagar un pueblo su contingente de indios 
para la mita. 

La mita en sí prescindía de que al indio se le pagase jornal, ó no 
se le pagase, sino que se computara su tarea como satisfacción del 
tributo, hasta cumplir el número de días señalados El verdadero 
gravamen de la mita consistía en imponer la obligación del trabajo 
ejecutado por su propia persona, quisiera ó no quisiera el indio eje- 
cutarlo. 

Para imponer este gravamen, parece que atendió la le}- de parte 
del indio á la necesidad de no permitir en él que tuviese lugar el 
ocio, que es origen de todos los males, y entre otros podía ser un 
peligro para la dominación española: y si se había de lograr que no 
estuviesen ociosos los naturales, era preciso compelerlos al trabajo, 
pues la experiencia mostraba que no lo abrazaban sino forzados, 
según era de desidiosa su propia inclinación. De parte de los colo- 
nos militaba la razón de ser necesario trabajar, ya en el cultivo 
del suelo, ya en el laboreo de las numerosas minas que se habían 
descubierto; y la de tener que proveerse de servidores para los ofi- 
cios domésticos; tareas para las cuales no podían tener los españoles 
suficiente número de brazos sin acudir al auxilio de los indígenas; 



156 



-106- 

sin contar con que ningún español, fuese peninsular ó criollo, se 
prestaba al trabajo manual ni al servicio. 

La mita retribuida no era injusta. La mita sin ninguna retribu- 
ción no parece que ha3^a sido nunca autorizada por la ley, Á no ser 
en raros casos en castigo de algún grave delito, como el de rebelión. 

Según esto, el servicio personal era cosa esencial en la mita. 
También era esencial que no durase un año entero: y que á ella 
saliesen los indios del pueblo que mitaba, por tandas sucesivas y 
parciales. 

El abuso consistía en que, una vez salido el indio de su pueblo, 
era detenido con diversos pretextos en el servicio, aun después de 
cumplido el tiempo de su mita; y á veces no le dejaban volver á su 
casa en años enteros. 

Repartir la mita era oficio propio de los caciques (1), y según 
parece, no de todos, sino sólo de alguno principal. Y así, en lle- 
gando el aviso de que había de mitar el pueblo por tanto número de 
indios, el cacique señalaba 3^ advertía á los que habían de salir en 
aquel turno. 

Ejecutar la mita pertenecía á la autoridad española que para ello 
estaba señalada, y era la justicia mayor del distrito, fuese Gober- 
nador, Corregidor ó Teniente: y no pudiendo sacarla él por legítimo 
impedimento, debía delegar por necesidad en un alcalde ordinario, 
según las Ordenanzas de Alfaro (2). Usábase de esta precaución, 
para que siendo los ejecutores personas autorizadas, se evitasen en 
lo posible los atropellos á que de suyo se prestaba la ejecución. 

Conforme á todo lo que acabamos de exponer, los indios Guara- 
níes que salían de las Doctrinas por orden del Gobernador para ir 
á trabajar en las fortificaciones, en el edificio de iglesias ó fortale- 
zas, ó en cualquier trabajo público, con toda propiedad iban á la 
inita. 

Ni para mitar, como observa el Licenciado don Diego Ibáñez de 
Paria (3) era necesario que los indios estuviesen encomendados en 
cabeza de particulares: bastaba que lo estuviesen en la del Rey: Es 
diferente el privilegio de no poder ser encomendado, y el de no 
mittar, pues aunque los Pueblos sean de la Corona, no por eso se 
excusan de la obligación de la niitta., como es notorio. 

La mita, como las encomiendas, tuvo diversas formas según la 

(1) Ord. 51. — La lej' 10. tít. 17. lib. 6. R. I. dice que había de ser el mayordomo 
nombrado por el Gobierno. 

(2) Ordenanzas de Alfaro, ord. 50. ley 16. tít. 3. lib. 6; ley 27. tít. 12. lib. 6. 

(3) Expediente de la Audiencia de Buenos Aires sobre el informe de Rege 
Gorbaián en 1672, fol. 18 (Sevilla: Arch. de Ind.: 74. 4. 5). 



- 107- 

diversidad de países y circunstancias de América. Así, de hecho 
y por derecho consuetudinario, no hubo en el territorio del Río de 
la Plata otra mita á particulares fuera del servicio personal que se 
daba al encomendero: la costumbre no sólo de nuestros indios, sino 
de los que están d cuidado de los religiosos de Sati Francisco es solo 
de ir los encomendados á pagar su tasa d los eticomenderos en ser- 
vicio personal de dos meses, sin que haya otro género de mita 
introducido en aquella provincia (1). 

Según las diversas necesidades y regiones, ó la frecuencia de las 
tareas á que eran destinados los indios, la mita se sacaba del pueblo 
por dozavas partes (2), por séptimas partes (3), ó por terceras par- 
tes (4). En el Río de la Plata y Tucumán era por dozavas partes, 
A tenor de las Ordenanzas de Alfaro (5). Los indios de mita habían 
de ser de los que tenían arriba de 18 y menos de 50 años; pues las 
mujeres, viejos y niños hasta edad de tributar, quedaban exentos 
de mita. 

Cuando, como sucedía en las provincias de esta región argentina, 
los mitayos pagaban su tributo en servicio personal, debían contár- 
seles los demás jornales confo.me ala tasa establecida, que para 
estas provincias era á razón de real y medio de la tierra por 
día (6). En cuanto á los jornales de tributo, el Visitador Alfaro 
señaló treinta en el año (7), si los indios se empeñaban en pagar en 
servicio y no en especies; y el Consejo de Indias, haciendo lugar 
á las grandes reclamaciones de los vecinos de estas provincias, 
y sobre todo de la Asunción, representados por el procurador Manuel 
de Frías (que con ese cargo hizo su viaje á Madrid), señaló sesenta 
días en cada año (8); y habiendo tasado el tributo en seis pesos 
ó cuarenta y ocho reales de la tierra, venía á salir el valor del jor- 
nal á cuatro quintas partes de real por día mientras duraba el pago 
del tributo. 

(1) Expediente j'a citado (Indias: 74. 4. 5.) fol. 22 v. 

(2) Ley 5. tft. 17. lib. 6 y Ord. de Alfaro tt't. del servido. Preamb. 

(3) Ley 21. tít 12. lib. 6. 

(4) Ley 19. tít. 16. lib. 6. 

(5) Ord. ut supra. 

(6) Ley 12. tít. 17. lib. 6. 

(7) Ord. 60 y 61. 

(8) Declaración de la Ord. 60 y 61. 



CAPITULO IV 

EFECTOS DEL SISTEMA DE LOS 
ENCOMENDEROS 

1. La falta de doctrina. — ?. Abandono del cuidado de los indios en lo tempo- 
ral. — 3. Opresión de los indios. — 4. Obstáculos al Evangelio. — 5. Daños tem- 
porales que redundaban á todo el país. — 6. Rebajamiento del carácter de los 
indios. — 7. Despoblación. — 8. La gran alarma de 1688. — 9. Estado posterior de 
las encomiendas y su definitiva extinción. — 10. Paralelo con los efectos de otras 
colonizaciones. 

Descrito en sus esenciales lineamentos el sistema empleado por 
los encomenderos para gobernar á los indios; resta indagar cuáles 
fueron los resultados que produjo, como lo hemos hecho respecto del 
sistema entablado por los Jesuítas. Y así como en la exposición 
hemos debido limitarnos al cartácter que tuvieron las encomiendas 
en las provincias del Río de la Plata; así también á estas regiones 
deberá concretarse el estudio de los efectos; prescindiendo de lo 
que sucedía en otras partes de América. Con lo cual podrá empezar 
á apreciarse por comparación cuál haya sido el valor real de la orga- 
nización establecida por los Jesuítas en sus Misiones del Paragua}', 
pues en unas mismas regiones y contemporáneamente se aplicaban 
á una misma raza de indios Guaraníes el procedimiento de la Com- 
pañía y el de los encomenderos. 



157 LA FALTA DE DOCTRINA 

La primera obligación que contraía el encomendero, era la de 
proveer á la cristiana enseñanza de los indios (1); ya que precisa- 

(1) Felipe II, instrucción de Toledo á 25 de i\Ia3-o de 15%; ley 24. título 8. 
lib. 6. K. I. 



-109- 

mente era sustituido en lugar de la persona del monarca, así en el 
cobro del tributo, como en los deberes que había de cumplir para con 
los indígenas; y la conversión á la fe cristiana era el primero de 
estos deberes con que se reconocían ligados los reyes. 

Sin embargo de eso, puede calcularse cuan desatendido había de 
estar este punto en el Río de la Plata, en un tiempo en que apenas 
había unos pocos sacerdotes, insuficientes en número para el cultivo 
espiritual de los mismos españoles, y que en gran parte ignoraban 
el idioma de los indios. Pensar que el encomendero mismo se tomaba 
el cuidado laboriosísimo de instruir á los indios en la religión, es 
bueno para escrito, pero sobrepuja los límites de la fe humana, 
cuando no tiene testigos contemporáneos. Los encomenderos aten- 
dían á su interés, y á procurar sacar de los indios el mayor prove- 
cho que podían, ocupándolos constantemente ó en el cultivo de sus 
chacras, ó en el servicio de casa, ó en el laboreo de la yerba. Tanto 
más cuanto por tener muchos encomenderos un corto número de 
indios solamente, se apresuraban más á sacar de ellos la ganancia 
que esperaban. Casos hubo en que se procuró desempeñar la graví- 
sima obligación de reducir aquellos infelices á la fe sin otra diligen- 
cia que la de preguntarles si querían ser cristianos, y obtenida su 
respuesta afirmativa, echarles el agua del bautismo, sin instruirles 
en las obligaciones y doctrina que como cristianos habían de profe- 
sar (1). Y esto sucedía cerca del fin del siglo xvi, cuando ya hacía 
más de cincuenta años que se habían establecido los españoles en 
aquella región. 

Es verdad que con el tiempo recorrieron aquellos pueblos de 
indios algunos Padres de San Francisco, como Fr. Alonso de San 
Buenaventura, Fr. Luis Bolaños, Fr. Gabriel de la Anunciación (2); 
y también Padres de la Compañía de Jesús, como el P. Juan Saloni, 
el P. Manuel de Ortega y el P. Tomás Filds; pero era de paso: 
y aunque los indios acudían con amor y gusto á la doctrina que les 
enseñaban, quedando luego sin ningún sacerdote, perdían pronto lo 
que habían aprendido, y se volvían á sus malas costumbres, y á sus 
supersticiones gentílicas. 

Algo mejoró esta situación después de las Ordenanzas de Alfaro, 
siquiera en los pueblos de indios menos apartados de la ciudad de la 
Asunción, que tuvieron asistiéndoles constantemente un cura seglar 
ó regular. Pero entonces se echó más de ver el inconveniente de las 
encomiendas. Los encomenderos se llevaban del pueblo sus indios 

(1) Lozano, Hist. de la Compañía, lib. I, c. XI. núm. 1. 
(2j P. Lorenzana: Carta y Relación de 1621, 



- 110- 

cuando les convenía. Con esto era seguro que en dos meses del año 
faltarían de sus pueblos y estarían sin asistencia espiritual, porque 
las más veces salían para ir á hacer yerba á Maracayá. Y todavía 
hubiera sido menos mal si los dos meses hubiesen sido exactos; pero 
convirtiéndose en muchos meses y á veces en años enteros; se ve 
bien cucánto faltaba para proveer A la enseñanza espiritual al sis- 
tema de las encomiendas tal como aquí se practicaba. 



II 



ICO 

*^^ ABANDONO DEL CUIDADO DE LOS INDIOS 

EN LO TEMPORAL 



Era asimismo deber del encomendero cuidar de lo temporal de 
los indios, pues dice Felipe II: «Los pueblos de indios est.án enco- 
mendados á los españoles con calidad de que los doctrinen y defien- 
dan» (1). Y Carlos V: «El motivo y origen de las encomiendas fué el 
bien espiritual y temporal de los indios, y su doctrina y enseñanza 
en los artículos de nuestra santa fe católica, y que los encomende- 
ros los tuviesen á su cargo, y defendiesen á sus personas y hacien- 
das, procurando que no reciban algún agravio, y con esta calidad 
inseparable les hacemos merced de se los encomendar» (2). Pero 
tampoco esta segunda calidad se cumplía. 

Y se puede considerar cudl sería la disposición que muchos enco- 
menderos tenían para defenderlos de agravios y de invasiones de 
enemigos, cuando, pidiendo toda razón que el amo alimente al que 
todo el día está ocupado en trabajar para él, se veían encomenderos 
ir con sus indios á Maracayú á hacer yerba, y allí haber de buscar 
el indio cómo alimentar á su amo y á sí con trabajo sobreañadido (3). 

A esta falta de recursos del encomendero había dado lugar el 
procedimiento del Gobernador Irala, quien desde el principio repar- 
tió los indios en encomiendas muy tenues y de corto número. Cosa 
que si pudo ser útil para poder dar á todos y lograr así muchos par- 
tidarios, y cómoda para no dejar poderosos que le hiciesen som- 

(1) Céd. real de 8 de Octubre de 1560, ley 5. tít. 3. lib. 6. 

(2) Céd. real de Valladolid á 10 de Mayo de 1554, ley I. tít. 9. lib. 6. 

(3) Carta y relación de 1621, c. 1. 8. 4. 



- 111- 

bra (1); en cambio fué de gran inconveniente, por dejar á los enco- 
menderos empobrecidos, y expuestos á la tentación de forzar á sus 
indios á trabajar excesivamente, para suplir así la falta del número; 
al mismo tiempo que era contrario al fin de las encomiendas, que 
era premiar á los sobresalientes por sus méritos en la pacificación; y 
los beneméritos son pocos. 

El hecho es que en más de una ocasión, los mismos vecinos de la 
ciudad principal, que era la Asunción, abandonaron sin defensa los 
indios sus encomendados, como sucedió con \os Itatines, que caye- 
ron en manos de los paulistas, sin que jamás los paraguayos midie- 
sen sus armas con estos piratas de las tierras interiores. Y los veci- 
nos de la Villarrica y de Ciudad- Real tampoco defendieron sus 
indios de los mismos invasores, que se llevaron pueblos enteros de 
indios encomendados, y por fin destruyeron esas dos mismas pobla- 
ciones de españoles. 

Y no parecerá extraño que no quisiesen usar de defensa en favor 
de sus indios encomendados, ó que cuando lo quisieron ya no pudie- 
sen hacerlo, si se considera que ellos mismos habían entrado á los 
pueblos de sus indios para cautivarlos, y los habían vendido luego 
á los mismos enemigos, quienes más tarde se los arrebataron todos. 



Ill 



OPRESIÓN DE LOS INDIOS 

Como si fuera poco el tener descuidadas las dos primeras obliga- 
ciones del encomendero, que eran doctrinar y amparar al indio, cali- 
dad inseparable para conservar la encomienda; vióse en las regio- 
nes del Paraguay y Río de la Plata, como en otras de América, 
convertirse el encomendero, que debía ser el protector nato del 
indio, en su mero explotador; y quien había de librarlo de los agra- 
vios, fué quien se los hizo mayores con su intolerable opresión. 

Para que no quepa duda alguna de esta verdad, basta recordar 
que las encomiendas establecidas por Irala en el Paraguay y Río de 
la Plata, como las que procedieron de las Ordenanzas de Abreu en 
Tucumán, llevaban consigo el servicio personal de los indios, con sus 

(1) Ibid. §. 1. 



159 



- 112- 

más irritantes injusticias, que ya hemos examinado, y no haremos 
ahora más que enumerar, para que se aprecie su efecto en el con- 
junto de ellas. 

En virtud del sistema de Irala se emprendían las malocas, que 
otros llamaban entradas, hechas á la usanza portuguesa, para escla- 
vizar indios, y á veces acometiendo á quienes no habían ejercitado 
hostilidad contra el español. 

El indio prisionero en maloca, era repartido á alguno de los veci- 
nos con titulo de originario, 6 yanacona; quedando sujeto para toda 
su vida á servir á su encomendero en lo que éste quisiera ocuparle, sin 
tener derecho á recibir la menor paga, ni propiedad alguna, ni liber- 
tad de disponer de su persona, pues cuando huía, lo buscaban, lo 
volvían á su amo y lo azotaban. Sólo recibía la comida y el vestido. 
Sus hijos, cuando los tuviese, quedaban sujetos á la misma condición 
que él. Semejante estado se disfrazaba con el honrado nombre de 
encomienda; pero en la realidad de la cosa era ni más ni menos que 
esclavitud; y ninguna ley lo había autorizado, como se vio en el 
examen de las Ordenanzas de Abreu (1); antes al contrario, lo con- 
denaban las leyes que declaraban la libertad de los indios, y prohi- 
bían hacerlos esclavos. 

Decíase que el indio originario ó yanacona no podía ser vendido 
ni alquilado por no ser esclavo: pero para que ni esta calidad le fal- 
tase, aun esto se ponía en práctica: «Los Gobernadores, dice el 
Padre Lorenzana en su Informe al Rey en el Consejo de Indias (2), 
«en nombre del Rey nuestro señor daban Cédulas de servicio perso- 
nal, que llaman de yanaconas, y estos mdios los tenían los españo- 
les en sus chacras, ó en el pueblo en sus casas, con tan gran dominio 
sobre ellos, que decían que eran suyos, y como cosa suya los pres- 
taban, y daban á quien querían, y por el tiempo que se les anto- 
jaba...: cuando casaban algún hijo ó hija se los daban en dote, de 
manera que á uno daban el hijo, y á otro la hija, y á otro el padre 
y así los iban repartiendo como querían sus amos... No poseía esta 
gente tierra ó heredad alguna, ni caballo, ni gallina, cuando no era 
de su amo: hasta los vestidos que tenían les quitaban, y los daban 
á quien les parecía: tan grande era el dominio:... de manera que para 
ser verdaderamente esclavos, no faltaba sino herrarlos y venderlos 
á público pregón: pero en lo que es ventas paliadas, hartas hacían». 
— Y con ser estos atropellos de la ley de Dios, y del derecho natural 
y leyes reales tan patentes; no los quisieron reconocer los encomen- 

(1) Lozano, Hist. de la Comp. lib. VI. cap. VI. núm. 13. 

(2) LoRHNZANA, Relacióii, cap. I. §. 2, 



-113- 

deros, sobre todo de la Asunción: y por haber salido los Jesuítas 
á la defensa de los indios, dando consejos á particulares y expo- 
niendo su parecer al Visitador, y procurando que se cumpliesen las 
Ordenanzas de la Visita, se movió contra ellos tan terrible persecu- 
ción, que hasta la venta de los artículos necesarios para su sustento 
les negaron, aun pagando su justo precio, y les obligaron con esto 
á retirarse de la ciudad, donde no podían vivir; y aunque después los 
llamó el Cabildo secular, siempre quedó tan vivo el resentimiento, 
que en siglo y medio no se acabó de extinguir. Tanto les dolieron 
sin razón las justísimas providencias del Licenciado D. Francisco 
de Alfaro en sus Ordenanzas 66, 67, 1, 2 y 3, confirmadas sin obser- 
vación alguna por el Re}' en su Consejo de Indias, é incorporadas 
más adelante en las mismas leyes de Indias (1). 

Hasta aquí hemos dicho el sistema opresivo que se seguía con los 
yanaconas. No por eso quedaban libres de opresión los mitayos. 
Según la intención de los monarcas, la obligación del mitayo enco- 
mendado se reducía A pagar á su encomendero el tributo anual 
debido al Rey. Según la costumbre que autorizaban los Goberna- 
dores, á pesar de las prohibiciones del derecho, el mitayo era cons- 
treñido á pagar sirviendo dos meses cada año por su propia persona. 
Según el mayor abuso particular de esa misma costumbre abusiva, 
los dos meses se iban convirtiendo en cuatro, en seis y á veces en 
todo un año, deteniendo el encomendero á los indios fuera de sus 
pueblos con diversas artes y pretextos. 

No pudiendo el encomendero morar en el pueblo donde tenía 
indios, enviaba en su lugar sustitutos con nombre de pobleros, admi- 
nistradores ó vtayordoinos, que maltrataban á los indios y daban 
lugar á escándalos y excesos que parecen increíbles entre cristianos: 
tales, que obligaron al Visitador á decretar la pena de galeras á 
quien tuviera la audacia de encargarse de tal oficio (2). 

Coartábase á los indios la libertad de casarse, ó estorbándoles 
casarse con quien querían, ú obligándoles á casarse muy pronto y 
con persona que no era de su elección, por conveniencia de sus amos, 
y con tanto mayor violencia y opresión, cuanto mayor influjo habían 
tenido á veces en el matrimonio algunas mujeres encargadas de la 
encomienda ó consejeras de propia voluntad (3). 

Sacábanlos y se los llevaban centenares de leguas de sus pueblos, 

(1) Ley 1, tít. 17. lib. 6; ley 7. tít. 2; ley 8. tít. 2; ley 10. tít. 4, lib. 3. 

(2) Ordenanzas de Alfaro, Ord. 3; Lozano, Hist. de la Compañía, lib. V. c. V, 
número 6. 

(3) Preámbulo y Ord. 81. 82. 83. 

8 Organización Social de las Doctrinas Guaraníes.— tomo ii. 



-114- 

para que les sirviesen en sus viajes, de donde sólo después de largo 
tiempo, y á veces nunca, tornaban á sus pueblos (1). 

Sobre todo esto, la condición del indio era tenida por tan despre- 
ciable, aun en caso de que no fuese encomendado, como se verá por 
el relato del P. Juan José Rico, Procurador de la Provincia del Para- 
guay en un Memorial al Consejo de Indias presentado el año de 
1743 (2). Refiere que los indios de Doctrinas, cuando bajaban á 
Buenos Aires «malvendían y malbarataban sus cosillas, y lo que en 
su estada en las Ciudades habían ganado con sus oficios, ó alquilán- 
dose con Españoles?» y así al volverse á sus pueblos se encontraban 
sin nada por su abandono é imprevisión. «Aunque no deja de suceder 
también con bastante frecuencia» sigue diciendo «que después de 
haber trabajado el Indio, le niegan la paga, ó se la desminuj'en, no 
faltando algún hurto que le levantan, ó falsamente, ó con leves 
indicios se le atribuyen al miserable. El cual con eso, en lugar de 
paga, lleva por jornal el castigo de algunos azotes, á que le senten- 
cia el mismo que le alquiló ó hizo trabajar; 3^ de esto pudiera alegar 
no pocos casos, que omito por justas causas. Y aunque en algunos 
de ellos, habiéndose acudido á las Justicias, han sido amparados los 
indios: pero en los más, ni ellos por su natural cortedad, ni el Pro- 
curador Jesuíta por evitar maj^ores inconvenientes, acuden á que- 
rellarse:. . . 3' junto con las sobredichas vejaciones de obra, no son por 
lo común tratados mejor de palabra, siendo mu3^ frecuente oír la de 
perro indio, que no parece sino que por haber nacido tal, ha nacido 
para vilipendio y ser despreciado...» 

Ni se crea que con la Visita de 1611 y las Ordenanzas desapare- 
cieron las opresiones en el Paraguay. Cesaron, es verdad, las más 
graves, reprimiéndose desde entonces las malocas, 3' allanándose el 
camino para que con el tesón de los Jesuítas en defender á los nuevos 
indios reducidos voluntariamente, sentenciasen siempre los tribu- 
nales en favor de estos indios, y les conservasen la indemnidad del 
servicio personal. Mas en cuanto á los indios que ya estaban repar- 
tidos como yanaconas ó como mitayos, los encomenderos trabajaron 
tanto en persuadirles con varias artes lo contrario de lo que les con- 
venía (3), que la mayor parte se quedaron voluntariamente (á causa 
de este fraude y engaño), como antes estaban; y los encomenderos 
consideraron como un crimen el que los indios de algunos pueblos 



(1) Ord. 18. 

(2) Reparos que se han hecho contra la buena conducta y gobierno de los 
treinta pueblos Guaranís, Segundo reparo, al fin. 

(3) Ordenanzas de Aliare, Ord. 57. Lozano, Hist. lib. VI. c. 8. núin. 14. 



— 115- 

quisiesen presentar su tributo en especies conforme á la tasa apro- 
bada. Y lo que parecerá increíble; después de tantas prohibiciones 
del servicio personal que siguieron á la de 1601 y 1611, todavía en 
1801, á estar al testimonio de Azara (1), duraba el servicio personal 
en el Paraguay, aunque en Buenos Aires, Santa Fe y Corrientes se 
había suprimido aquella injusticia, por haber sido obedecidas las 
Ordenanzas de Alfaro. 



IV 

OBSTÁCULOS AL EVANGELIO 1^^ 

Fácil es de presumir el efecto que semejante proceder de los 
encomenderos había de producir en los indios. 

Los indios ys. reducidos desde el principio de la conquista, en 
más de una ocasión verificaron alzamientos generales para ver de 
sacudir aquel pesado yugo que les oprimía. Otras veces, y eran las 
más, como los extremos de opresión no eran universales, daban lugar 
á fugas de indios; que preferían errar vagando por los montes, ó 
juntarse con los indios infieles, más bien que vivir cargados de aquel 
insoportable trabajo. 

Los indios infieles estaban á la mira de que ninguno de los espa- 
ñoles europeos ó americanos penetrase en sus tierras. Aunque bár- 
baros, tenían suficientes medios para informarse y discernimiento 
para procurar guardarse de la suerte de los indios sometidos; y 
celosos de su libertad natural, no había cosa que aborreciesen más 
que el trocarla por el servicio de particulares, que era una verda- 
dera esclavitud, como lo observaban en los de su misma nación y 
parientes suyos, y lo escuchaban de boca de ellos. De aquí resultaba 
que viendo que los indios cristianos eran siervos de los encomen 
deros, aprehendían que el hacerse ellos cristianos había de ser lo 
mismo que hacerse esclavos, trance por el cual en ninguna manera 
querían pasar. — De esta manera, el sistema seguido por los enco- 
menderos en usar de sus encomiendas en estas regiones, vino á ser 
un obstáculo positivo al Evangelio, ahuyentando y privando de 
doctrina á sus indios ya encomendados, y creando en los infieles un 
prejuicio que invenciblemente los apartaba de la fe católica. 

(1) Descripción é historia del Paraguay, cap. XII. núm. 7. 



-116- 

Y no es que los infieles tuviesen repugnancia á la religión, antes 
oyéndola predicar, les parecía muy bien y se disponían á abrazarla. 
Ni tampoco que tuviesen dificultad en sujetarse al Rey de España y 
formar una nación con sus conquistadores, obedeciendo á las autori- 
dades del Gobernador ú otras que les impusiera. A quien no querían 
sujetarse era á los particulares, que los trataban como á esclavos; y 
de aquí les nacía una desconfianza extraordinaria, cuando veían en 
los sacerdotes seculares y religiosos el empeño en inculcarles la 
necesidad de abrazar la religión cristiana para su salvación; en tanto 
grado, que entre ellos era opinión corriente que los Misioneros eran 
espías y como avanzadas de los soldados, para que luego que hubie- 
sen dado crédito á los primeros, y admitídolos en sus tierras, 
viniesen los segundos, y los tomasen á ellos por esclavos. Así se lo 
confesaron los mismos indios del Paraná al P. Marciel de Lorenzana 
luego que le hubieron cobrado alguna confianza, como lo refiere 
largamente el P Lozano (1), quien entre otras cosas dice: «Llegaron 
los Paranás á descubrirle sus sospechas, diciéndole que la traza de 
juntarlos en un pueblo era para poder entregarlos mejor á los Espa- 
ñoles, quienes los hiciesen sus esclavos. Por más que se esforzaba 
en apartarlos de este error pernicioso, enterándolos de la verdad y 
sincera intención, no podía, porque al decirles que el fin de nuestra 
ida á su país era hacerlos hijos de Dios y enseñarles su Ley Divina 
para su salvación, replicaban eficazmente que lo mismo les asegu- 
raron á los demás Indios de esta Gobernación los primeros Clérigos 
y Religiosos que vinieron de España con los Conquistadores. En esa 
fe, decían, se hicieron cristianos, y sin embargo, ahoia lloran sin 
remedio su miserable servidumbre, y refieren sin consuelo los agra- 
vios que padecen; pues cuando al principio entraron á servir á los 
Españoles como amigos, y como parientes de las mujeres con quienes 
cesaron, después se apoderaron de ellos, y los fuerzan á servir en 
trabajos excesivos y muy superiores á sus fuerzas, viéndose tratados 
como enemigos y esclavos.» 

Daño era éste tanto más culpable por impedir el Evangelio, 
cuanto concurría en los encomenderos la circunstancia agravante de 
ser ellos quienes se comprometían á descargar la conciencia del 
Soberano en lo que toca á la reducción de aquellas naciones á la fe. 
Pero ni siquiera era éste el único obstáculo que ponían. Porque con 
lo estragado de las costumbres que observaban, creaban un nuevo 
estorbo que labraba mucho en los ánimos de los indios. El desenfreno 

(1) Historia, lib. VI. c. VIL 



-117 — 

del vivir fué tal desde el principio, que sobre ser comunísimo el vicio 
de la lujuria, había muchos soldados que vivían amancebados con 
dos, tres y más mujeres, como si fueran turcos ó indios gentiles: y 
lo peor es que los mismos jefes y Gobernadores daban el ejemplo, 
empezando por Irala, como consta de la historia. A este estrago del 
vicio de la carne se seguían los demás; de suerte que en los indios 
infieles llegó á ser detestado el nombre de español; y con él la reli- 
gión católica que el español profesaba; sobre lo cual dice el Padre 
Lorenzana (1): «Miran mucho como viven los Españoles, paréceles 
muy bien la ley de Dios, pero no los Españoles: y nombrar Español 
entre ellos no es sino nombrar un pirata, ladrón, fornicario y adúl- 
tero, mentiroso. Y de camino aborrecen los sacerdotes, no porque 
les parezca mal su doctrina, sino porque en entrando ellos dicen que 
luego va tras ellos esta mala gente. De manera que los agravios, 
é insolencias del Español, tienen infamada la ley de Dios. Y así, en 
las nuevas entradas que hacemos, la mayor dificultad que hallamos 
es la mala fama del Español y dicen: sea muy bien llegada á sus 
tierras la palabra de Dios, pero que se temen del Español, y que 
nosotros somos sus espías.» 

Claro es que el motivo para esta fama no lo daban todos los espa- 
ñoles, pero hay que confesar que los casos de buenos ejemplos no 
eran sino honrosas excepciones. Ni tampoco eran todos aquellos 
hombres que estorbaban la difusión del Evangelio con sus agravios 
)' malas costumbres españoles de España, sino españoles america- 
nos, nacidos y criados en el país; pues el Padre Lorenzana habla de 
1621, ochenta años después de la llegada de los primeros pobladores, 
cuando ya todos los conquistadores eran muertos y sólo quedaban 
sus descendientes. 

De cualquier modo que sea, ello es que se experimentaba lo que 
representó el Fiscal de la Audiencia de los Reyes en 1631 (2): «El 
mayor estorbo que ha tenido la predicación celosa de la honra de 
Dios, ha sido la codicia de los encomenderos particulares, y malos 
ministros, que como raíz de todos los males, ha sido la que ha aho- 
.gado y ahoga la buena semilla de palabra de Dios, y su santo Evan- 
gelio y mandamientos, y hace aborrecida la ley verdadera, haciendo 
concepto los Indios, que no tienen otro fin, sino el servicio personal 
á los españoles, y enriquecerlos con su sudor, 3^ trabajo y sangre, 
hasta dar las vidas, sufriendo todas sus demasías; á que se llega el 

(1) Informe de 1621 §.2. 

(2) Provisión real sobre la palabra dada en nombre del Rey á los indios de que 
no los encomendarían en personas particulares de españoles, Apénd. núm. 58. 



-118- 

mal ejemplo, y ejercicio de todos los pecados, de que ven usan; y así 
sacan contraria conclusión, de que las cosas de la fe que se les pre- 
dica, no son practicables, ni tienen el premio de vida y gloria eterna, 
sino que es engaño, para que los Indios les sirvan y tributen...» 

Agregóse otro daño más á los ya mencionados, nacido de las 
mismas raíces de codicia y desorden, y con el que positivamente se 
estorbaba el provecho espiritual de los indios ya reducidos á pueblos 
y hechos cristianos. Este era el de sacar A los indios mitayos en 
cualquier tiempo que le parecía al encomendero, y llevárselos para 
su servicio, ó para el laboreo de la yerba, sin que se cumpliese la 
devolución obligatoria después de pasados los sesenta días de servi- 
cio. Los daños consiguientes están á la vista; la familia del indio y 
sus sementeras, abandonadas; su mujer y sus hijos, faltos del nece- 
sario sustento, y con la larga ausencia del jefe de la familia, expues- 
tos á mil peligros del alma y del cuerpo; y el mismo indio sin el cons- 
tante cultivo de la religión que le era necesario, lejos de su pueblo 
y de su hogar, y aprendiendo en vez de la ley de Dios y buenas cos- 
tumbres, los malos ejemplos que tan amenudo se veían en derredor 
suyo. — Este daño perseveró hasta el ñn, y estorbó la prosperidad de 
las reducciones mejor entabladas. El Tilmo. Sr. Don Fray José 
Peralta, Obispo de Buenos Aires, en su Informe al Rey de 8 de Enero 
de 1743 (1), dice: «Los Religiosos del Seráfico Padre San Francisco 
tienen también tres Doctrinas de Misiones en la Jurisdicción de mi 
Obispado [eran Itatí, Ohomas y Santa Lucía de los Astos], que tam- 
bién visité en cumplimiento de mi obligación; y aunque están también 
muy arregladas, y los Feligreses muy bien educados é instruidos en 
la Doctrina Cristiana, y culto divino; pero hallé en esto último bas- 
tante diferencia de las Doctrinas de los Religiosos de la Compañía, 
hallando menos gente, y bastante pobreza en las Iglesias; y pregun- 
tando la causa, me dijeron que nace de dos males que padecen; uno, 
de que los Indios y sus Pueblos son encomendados á particulares per- 
sonas del Paraguay, y los Encomenderos sacan siempre que quieren 
cantidades considerables de Indios y de Indias, para que sirvan en 
sus haciendas; y además de distraerlos de la devoción, y culto Divino, 
les quitan el tiempo de hacer sus sementeras, y trabajar en servicio 
y fábrica de la Iglesia, y poblar sus Doctrinas, quedando á diferen- 
tes represas muchos Indios y Indias en el Paraguay en servicio de 
sus Encomenderos...» 

De todo lo cual se ve que el efecto de las encomiendas, tales 

(1) Charlevoix, Hist. du Paraguay, VI. 313. 



119 



como los encomenderos las practicaron en estas regiones, en vez de 
favorecer á la doctrina, fué de estorbar de varios modos la propa- 
gación del Evangelio, con los prejuicios que creaba en los indios su 
opresión, con los malos ejemplos, y con la costumbre de alejar á los 
indios de los pueblos donde eran doctrinados. 



V 



DAÑOS TEMPORALES QUE REDUNDABAN A TODO 161 

EL PAÍS 

No fué solamente pernicioso á los indios el sistema vejatorio de 
los encomenderos, causándoles tantos agravios en sus bienesy sosiego 
y estorbos en lo espiritual; sino que ocasionó á los mismos que en él 
cifraban su prosperidad, y al país entero, daños temporales de mucha 
trascendencia. Así suele suceder que castiga la mano de Dios los 
desórdenes de las pasiones, en la misma materia en que pensaban 
lograr bienes en el orden temporal. 

Los indios eran, es verdad, sufridos; y habiendo formado excep- 
cional concepto de los conquistadores, en quienes advertían inmensas 
ventajas, así por las dotes personales que en ellos reconocían, como 
por la calidad de sus armas; aquel respeto les enfrenaba, y alargaba 
su sufrimiento mucho más de lo ordinario. Pero toda paciencia tiene 
su término; y tanto llegaban á crecer las demasías de los dominado 
res, que se hacían del todo insufribles; y exasperados los naturales 
hasta el extremo, rotos ya los frenos del respeto y de la obediencia, 
prorrumpían en desesperadas sublevaciones, que más de una vez lle- 
varon el espanto y el luto á los pueblos de los conquistadores. 

Sin negar que en tales movimientos tuviese su parte la natural 
inconstancia de los indios; parece cierto é indudable por la historia 
que los agravios recibidos tuvieron la principal parte en la formación 
de casi todas las tempestades que estallaron contra los españoles en 
estas regiones. De este modo á un tiempo producían en los indios el 
desorden moral que trae consigo la guerra y la inclinación habitual 
al delito de rebelión; y en las ciudades españolas un estado perpetuo 
de inseguridad con muertes, carestías, desolación y arrasamiento de 
poblaciones. 



-120- 

Léase en el Memorial del P. Montoya de 1643 (1) la narración de 
la ruina de Londres, n. 7, en el alzamiento de los calchaquíes, 5' el fin 
que tuvo la ciudad de Concepción del Bermejo, n. 8, y se tendrán 
ejemplos palpables de lo dicho. Y sin salir aquí de los indios Guara- 
níes de quienes tratamos, bien sabido es el gravísimo riesgo en que 
pusieron la recién fundada ciudad de la Asunción para el Jueves 
Santo de 1540 con una sublevación general. Y no de menor peligro 
fué otro alzamiento general en 1559. 

En cuanto á los Guaraníes del Paraná ó canoeros, se mantuvieron 
desde el tiempo de la conquista como resueltos enemigos de los espa- 
ñoles, dominando, no sólo el rio Paraná, por donde no podía pasar 
ninguna embarcación sin su beneplácito, sino también el trayecto del 
río Paraguay hasta la embocadura del Tebicuarí, por donde no se 
podían aventurar los españoles sin buena escolta, pues todo el terri- 
torio entre el Tebicuarí y el Paraná estaba ocupado por indios de 
guerra. Varias veces trataron los moradores de la Asunción de suje- 
tarlos, haciendo entradas en su territorio, pero en vano; porque no 
dominaban más que el terreno que pisaban, y en retirándose, volvían 
los paranáes á sus hostilidades; en las cuales más de una vez estu- 
vieron á punto de hacer despoblar la ciudad de las Corrientes. Y 
así como habían quedado resueltos los indios del Paraná y Uruguay 
á no admitir en sus tierras, no sólo á ningún español de guerra, sino 
ni aun á un Misionero ó sacerdote; así también continuaron dañando 
en cuanto podían á los que tenían por enemigos, de suerte que «se 
tenía por fortuna» dice el P. Lozano (2) «cuando se abstenían de las 
hostilidades con que perturbaban el reposo público, obligando á 
excesivos gastos para reprimirlos y defender las fronteras.» — Tales 
habían sido los frutos del modo despótico con que se habían enta- 
blado 3' se mantenían las encomiendas. Y mientras no se logró remo- 
ver este gran obstáculo y empeñar á los indios del Paraná y Uruguay 
la palabra real de que no serían encomendados en cabeza de particu- 
lares, sino sólo en cabeza de S. M., 3^ con esto no serían llevados 
ellos, sus mujeres y sus hijos á servir á las casas, chacras ó estancias 
de los españoles particulares; ni se logró que abrazasen nuestra santa 
religión, ni que dejasen el país sosegado 3' pacífico. 



(J) Apénd. núm. 52. 

(2) Hist. I, V. c. XVIII. n. 2. 



121 - 



VI 



REBAJAMIENTO DEL CARÁCTER DE LOS INDIOS 

El efecto natural del sistema de encomiendas que se estableció y 
siguió en el Río de la Plata (dejando á un lado por ahora la despobla- 
ción, de que trataremos en el artículo siguiente), había de ser y fué 
una degradación y envilecimiento de la raza indígena. 

En efecto: al indio, antes libre, y sólo sujeto á su cacique, á quien 
prestaba sin mayor dificultad algunos servicios que no excedían sus 
fuerzas, ni cansaban demasiado á un sujeto inclinado por índole )' 
circunstancias del clima á huir del trabajo; se le hacía por la enco- 
mienda pasar al estado de esclavo perpetuo de su amo, y se le suje- 
taba á trabajos continuos, empleándolo sin darle el suficiente reposo, 
y á veces ni el suficiente alimento; ocupándolo en el rudo trabajo de 
la yerba en Maracayú, como vimos antes (1); destinándolo á faenas 
propias de bestias, como era el andar cargados con los pesados ter- 
cios de 3'erba, que se trasportaba toda á hombros de indios. En casa 
de su encomendero, como en las faenas, era tratado con el azote en 
la mano, y despreciado como un vil esclavo. Apodábanlo de borracho, 
de holgazán, de mentiroso y malicioso, de traidor, y la menor palabra 
ofensiva que le decían era tratarlo de perro indio, y esto era muy 
frecuente. Todo esto no podía menos de influir en hacer al indio cada 
día más apocado 3^ rebajar su carácter, hasta persuadirlo que se había 
de tener y tratar como un esclavo. Tanto más, cuanto se tenía harto 
poco cuidado, como hemos visto, de cultivar su ánimo por medio de 
la religión, que en su aflictiva suerte lo hubiera consolado, y ense- 
ñándole á reconocer con viveza los premios de la vida venidera, le 
hubiera alentado á sobreponerse á todas las miserias de esta vida, y 
aun á sus propias viciosas inclinaciones. Y nada diremos del rebaja- 
miento de carácter que necesariamente había de producir el ver 
fomentada la práctica de todas sus malas costumbres con la proximi- 
dad del ejemplo que de ellas veía en aquellos á quienes por todos 
títulos miraba como superiores. 

El vasallaje directo al Rey de España por medio del encabeza- 

(1) Cap. III. § III. 



162 



-122- 

miento en la corona y del tributo, no traía esos inconvenientes del 
servicio individual. Por pesadas que fuesen las cargas que soporta- 
ron los Guaraníes de Doctrinas en sus múltiples trabajos en obras 
públicas y en las continuas expediciones y campañas de sus milicias, 
nunca llegaban á la fatigosa tarea del indio sujeto á los caprichos de 
su encomendero. Aquellas expediciones se terminaban, y el indio 
volvía contento á su casa, donde le esperaba su familia, donde hasta 
tenía bien cuidada en el intermedio su chacra, y después de contar 
sus hazañas, volvía á su trabajo pacífico, en el cual descansaba de 
rato en rato, sin que viniese á forzarlo á continuar el látigo del 
poblcro. Y enmedio de las mismas empresas militares, respondía con 
legítimo orgullo á quien le preguntaba quién era: ñande Rey solcia- 
doniclie: yo so}' soldado del Rey (1). Sabía, en suma, que no era 
vasallo del español, esto es, del individuo particular, sino que lo era 
del Rey, y en esto era igual al español. Que fué la meditada emba- 
jada que propusieron los paranáes al P. Lorenzana por boca de su 
Cacique general Tabacambí (2): «Padre... si ese gran sujeto Mbae- 
qiiaapara (Consejero), de quien hemos oído que viene á visitar estas 
tierras, y trae tanto poder del MhnriihicJiaheté (del Rey), y tantos 
Qnatids (Cédulas Reales), quisiese venir en concedernos un grande 
Quatiá (Cédula ó privilegio), en que declare que somos Mboyds ó va- 
sallos del Rey de España, y que no tenemos obligación de servir á 
algún Caray (español), sino que... seamos vasallos suyos, y tan libres 
como los mismos Carays (españoles),... desde luego nos daremos muy 
gustosos por vasallos ó Mboyds del gran Rey.» 

Si con el tiempo han mostrado los paraguayos tanto abatimiento 
de carácter hasta soportar y hacer posibles los gobiernos de tiranos 
como Francia y el segundo López; tal vez no erraría quien señalase 
por causa de este hecho entre las principales, la costumbre obser- 
vada por tres siglos enteros de abatir y rebajar cuanto era posible 
la raza indígena. 



VII 

163 DESPOBLACIÓN 

La despoblación de las comarcas en que se usó del sistema de los 
encomenderos, era otro resultado que había de nacer necesaria- 

(1) Cardiel, Decl. n. 67. 

(2) Lozano, Hist. lib. VI. c. VIL n. 15. 



-123- 

mente de aquel sistema, y en efecto se produjo. Hubo en la época de 
la conquista regiones donde por fuerza armada no pudieron pene- 
trar los españoles; y también indios, como los del Chaco, que, con- 
quistados una vez, y sujetos á encomiendas en la ciudad de Concep- 
ción del Bermejo, se sublevaron contra el dominador, destruyeron 
la ciudad, y no volvieron á ser subyugados. Pero hubo otros muchos 
que desde el principio se sujetaron voluntariamente, ó más tarde 
fueron sometidos de una manera definitiva por las armas de los cas- 
tellanos. Estos quedaron sujetos al servicio del vencedor en enco- 
miendas. Veamos con qué efecto para la población. 

Que las regiones del Río de la Plata estuvieron muy pobladas de 
indios en los tiempos de la conquista, no puede negarse. De sólo la 
comarca de Vera ó sea provincia del Guayrá, atestigua la Cédula 
Real de 1639 que en el espacio de una veintena de años habían 
sacado para la esclavitud los Mamelucos de San Paulo más de tres- 
cientos mil indígenas. Si suponemos que fuera de los cautivados 
había en Guayrá doble número de indios que lograsen escapar de 
aquellos piratas de tierra firme, tendremos el número de un millón. 
No sería aventurado suponer otros tantos en el Paraguay propia- 
mente dicho: á lo menos no desdice mucho esto de la extensión del 
territorio, de los medios de subsistencia en aquella región, y de las 
relaciones de los primeros historiadores Schmídel, Ruy Díaz de 
Guzmán y Alvar Núñez Cabeza de Vaca. Y en los territorios del 
Paraná, Uruguay y Tape, que son la provincia de Corrientes con 
Misiones y Río Grande, fácilmente pudieron pasar de quinientos mil 
los indios Guaraníes. 

La ruina de todas estas multitudes llegó cuando se acercaron 
á ellas los hombres de raza europea. El millón de indígenas del 
Guayrá quedó aniquilado y consumido por la durísima esclavitud, 
por el arcabuz y el machete del paulista. Y adviértase que en esta 
despoblación tuvieron su parte los encomenderos de la Villarrica 
y del Guayrá, los cuales, sin contar con lo que consumían los indios 
en el trabajo de la yerba en Maracayú; cometían otra iniquidad de 
entrar al país donde había indios que ninguna hostilidad les habían 
hecho, tomarlos presos y venderlos á los paulistas. Ya en su tiempo 
se había'quejado el mismo Irala del abuso é inhumanidad de robar 
indios y llevarlos á la gobernación portuguesa de San Vicente, 
donde los vendían como esclavos, y como esclavos se les echaba la 
marca con hierro candente en la cara ó en la espalda: «Permite el 
gobernador de San Vicente que los indios Garios [Guaranís] que de 
aquí salen con algunos cristianos foragidos, se vendan y contraten; 



— 1'.'4 — 

y pónenlos de su hierro y señal; cosa, cierto, en que Dios Nuestro 
Señor y V. A. grandemente se desirven» (11. Tales excesos no se 
extirparon, sino que siguieron siendo practicados en adelante; 
j hacia 161S escribía el P. Marciel de Lorenzana (2): «Aunque están 
pregonadas las ordenanzas de D. Francisco de Alfaro en la ciudad 
de Guaira, el Teniente García Moreno y los demás ministros de Jus- 
ticia no quieren que se guarden, antes se sirven de los indios y los 
tratan como si fueran sus esclavos;... entran en este número [de 
los indios de servicioj aun los reservados de mita y tributos:... los 
vecinos y el Teniente de Guaira venden los indios á los portugueses 
por vestidos y otras cosas:... los traen al Paraguay bogando sus bal- 
sas de yerba, y en el Paraguay los suelen vender, y otras veces los 
dejan de modo que en muchos años no vuelven á su tierra, y otros 
nunca vuelven:... admitieron en su pueblo [Guaira] una tropa de por- 
tugueses con toda su gente á quienes vendieron indios...» 

Los indios del Uruguay y Tape, blanco asimismo de la persecu- 
ción y atropellos de los paulistas, quienes sin temor de Dios ni ver- 
güenza de los hombres los hacían esclavos, aun después de converti- 
dos al cristianismo y formados en pueblos, se retiraron hacia el 
Paraná, y hechos fuertes con la presencia y dirección de sus Misio- 
neros, lograron, como hemos visto, conservar su raza. Los innume- 
rables Guaraníes que no estaban convertidos, fueron, casi en su tota- 
lidad, exterminados por el paulista. 

En cuanto al nutrido grupo de indios que dependían inmediata- 
mente de la ciudad de la Asunción, cuyo número hemos estimado 
arriba en un millón; si bien no sufrieron la persecución sistemática 
de los paulistas ú otra semejante, quedaron sujetos á las causas de 
consunción lentas, pero seguras, que los fueron destruyendo poco 
á poco. Los indios originarios ó yanaconas, y mejor diremos, escla- 
vos, que servían en la casa ó chacras de los encomenderos, fueron 
los que primero perecieron; y no renovándose por estar prohibidas 
las malocas ó entradas de guerra, se acabaron casi del todo, 
tomando de ello ocasión los encomenderos para quejarse de que no 
tenían ya un indio de servicio, y que los mismos miembros de la fami- 
lia habían de ocuparse en los quehaceres domésticos cosa entre 
ellos tenida sin razón por humillante y abatida); cuando debieran 
haberse quejado únicamente de sí mismos, que contra toda justicia 
y contra expresas prohibiciones del Rey habían retenido en esclavi- 
tud á aquellos infelices, y agregando á la ofensa contra la libertad 

(1) Cartas de Indias, Asunción, 24 de Julio de 1555. 

(2) Memorial al General Pedro Hurtado. 



-125- 

natural del indio mayor agravio con su desarreglado gobierno, al 
fin los habían venido á consumir. Los demás que lograban escapar 
de la furia de las entradas, recibían sin embargo un daño insanable, 
causa, y muy rápida, de su despoblación. Porque, como lo advierte 
el P. Marciel de Lorenzana (1) «buscaban puestos pantanosos, y difi- 
cultosos de entrar, para que los españoles no pudiesen llegar á ellos 
sin mucha dificultad, y por lo menos fuesen sentidos con tiempo: 
y como estos indios andaban tan descontentos comúnmente huyendo, 
y se poblaban en países malsanos, muertos de hambre, porque los 
soldados les arrancaban las comidas, venían á perecer los viejos, 
niños 3' mujeres, á no multiplicar, y acabarse tan apriesa esta gente, 
de modo que de gran chusma de indios han venido á quedar muy 
pocos». 

Para que se vea en un ejemplo el estrago que causaba en la 
población este proceder, convendrá traer á la memoria lo que nos 
descubren las Cartas de Indias no ha muchos años publicadas acerca 
de los excesos que se cometieron con autorización del entonces 
intruso Gobernador Domingo Martínez de Irala, apenas sofocada 
en 1545 la insurrección de Guaraníes, á que habían dado lugar los 
atropellos inmediatos cometidos luego que audazmente hubo arro- 
jado al legítimo gobernante. «Xo contentos [los parciales de Irala] 
con estos daños que estos naturales habían pasado, aun no bien esta- 
ban en sus casas 3- asientos, cuando los amigos y valedores así del 
capitán Irala, como de los oficiales y capitanes, otra vez por la tie- 
rra andaban, y algunas lenguas entre ellos, enviadas por el capitán, 
á las cuales mandaba que trajesen indias, no tan solamente para sí 
pero aun para los que él quería: y de esta manera tornaron otra vez 
peor que de primero, á los perseguir y destruir, en tal manera, que 
muchos indios quedaban cargados de hijos: y vístose tan trabajados, 
de puro pesar se morían, no tan solamente él, pero los hijos, que de 
muy niños caían en los fuegos, y como no tuviesen madres, allí se 
tostaban y quemaban, por no haber quién los sacase: á otros, por no 
tener quién les diese de comer, dábanse á comer tierra, y así acaba- 
ban; otros de muy niños, 3' estar á los pechos de las madres al 
tiempo que se las llevaban y ellos quedaban en aquellos suelos... 
De estas indias que estas lenguas traían, sabrá V. M. que se partían 
con el capitán Irala, porque si no le daban la mitad, ó eran sus ami- 
gos ó valedores, no quedaban con ninguna... Visto los indios que no 
se las tornaban, daban vuelta á sus tierras llorando: y de que alle- 

(1) Carta y Relación, %. 1 al fin. 



-126- 

gaban á sus casas, las madres, tías y parientes, de que sabían que en 
poder de los cristianos quedaban, era tanto el llanto de día y de 
noche, que de pura pasión y de no comer, se acababan de morir, 
así los hombres, como las mujeres... Querer decir y anunciar por 
ésta las indias que se han traído á esta ciudad después de la prisión 
del Gobernador Cabeza de Vaca, sería nunca acabar: pero paréceme 
que serán cincuenta mil indias, antes más que menos: y ahora al pre- 
sente estarán entre los cristianos quince mil, y todas las demás son 
muertas, las cuales mueren de malos tratamientos y de mal honra- 
das...» Hasta aquí el sacerdote Martín González, que añade otras 
cosas de gran lástima y escándalo (1). Contesta con él Ruy Diaz 
Melgarejo, quien escribe (2): «Llegué á San Vicente, con voluntad 
de pasar á España á dar cuenta á V. M. de los insultos, robos, homi- 
cidios, alteraciones y disensiones de esta provincia, que luego suce- 
dieron después que echaron la justicia de ella, tan á costa de los 
pobres indios, que es muy cierto que faltan desde entonces más de 
cincuenta mil, y esos que ha)^, la mayor parte viven huidos por los 
montes, muertos de hambre, sin mujeres ni hijas, que todas se las 
han saqueado». Donde se ve el efecto de una despoblación de más 
de cincuenta mi! indios en tan corto espacio de tiempo, que no 
hubiera hecho tanto estrago la más rigurosa epidemia. 

Con el establecimiento de las ordenanzas de Alfaro se remedió el 
daño de las entradas ó malocas; mas no el que causaba el servicio 
personal de las encomiendas, y que 3'a antes hemos explicado. Las 
encomiendas de servicio continuaron á pesar de prohibirse por Cédu- 
las reales una y otra vez; y con ellas continuó la despoblación. Las 
mismas Doctrinas encargadas á los Padres de la Orden de San 
Francisco, que no pudieron librarse de encomiendas, porque desde 
el principio estaban sujetas á esta pensión, nunca pudieron estar 
abundantes de gente (como lo testifican ellos mismos, y los señores 
Obispos lo advirtieron en sus Visitas), porque no lo permitía el tra- 
bajo á que los sacaban los encomenderos, para retenerlos largo 
tiempo, ó llevarlos muy lejos, y á veces para nunca más volver. 

En 1797, fecha de las estadísticas de Azara (3), habían quedado 
reducidos todos los indios Guaraníes existentes en el Paraguay 
á ocho mil doscientos (8200); restos infelices, que, de ser exacta 
nuestra estimación del principio, darían como resultado del sistema 

(1) Cartas de Indias, tom. I, Carta fecha en la Asunción, á 25 de Junio 1556. 

(2) Carta de la Asunción á 2 de Julio de 1556. 

(3) Voyages daiis lAntérique }iiérid¡onale , París, 1809, t . II. chap. XVI, 
XVII; al fin. 



-127- 

de los encomenderos una despoblación de casi un millón de indios 
en doscientos cincuenta años; y en cualquier otra estima que se 
haga, siempre llegarán á varios centenares de miles. Los demás 
indios Guaraníes, que se mencionan en las citadas tablas de Azara, 
no proceden de las encomiendas, sino de parte de las Doctrinas de 
la Compañía; y aun esos reducidos en treinta años á la mitad de lo 
que habían sido, luego que su régimen se asimiló en gran parte al 
sistema de los encomenderos. 



VIII 



LA GRAN ALARMA DE 1688 

El año de 1679 despachaba el Consejo de Indias una Cédula para 
el Gobernador del Paraguay, en que le ordenaba que sin dilación 
suprimiese todas las encomiendas de originarios que se habían per- 
petuado en aquella provincia, convirtiendo los indios en mitayos y 
reduciéndolos á pueblos gobernados como todos los otros pueblos de 
indios (1). 

Recibió la Cédula el íllmo. Sr. Obispo D. Fray Faustino de las 
Casas, mientras estaba tomando la residencia al Gobernador Rege 
Gorbalán: y difiriendo el ejecutarla, envió inmediatamente informe 
al Consejo, representando graves inconvenientes que juzgaba se 
seguirían de ponerse aquella medida en práctica. Parece que con 
ésto se detuvo la intimación de la Cédula: pero intimada ésta final- 
mente al Gobernador D. Francisco de Monforte ocho años más 
tarde, la publicó con su obedecimiento, y se dispuso á darle ejecu- 
ción (2). 

Apoderóse el espanto de los encomenderos, que ya se veían con 
la imaginación en la mayor de las calamidades y sumidos en la 
miseria por verse privados de los que denominaban sus indios, á los 
que miraban como tan propios como pudieran serlo sus campos y sus 
animales. Movióse el Cabildo con desusada actividad para obtener 
informes contrarios á los motivos expresados en la Cédula, para lo 
cual comisionó á su Procurador, el sargento mayor Juan Ortiz de 
Zarate, dándole sus instrucciones especiales, que cumplió, acudiendo 

(1) Apéndice, núm. 61. 

(2") Asunción, Arch. Nac. LX. 4. 5. 



164 



- 128 - 

á las personas cuyo testimonio, á su parecer, pudiera presentarse 
como grave autoridad ante el Consejo de Indias, y recabando de 
ellas los pareceres y certificaciones que deseaba; provisto de todo lo 
cual, interpuso súplica ante el Gobernador para que se suspendiese 
la ejecución de la Cédula, mientras se llevaban aquellos informes á 
conocimiento del Consejo de Indias. Todos los informantes que había 
buscado el Procurador Zarate eran personas eclesiásticas: el Deán 
de la Catedral y Gobernador de la diócesis en sede vacante, el 
Cabildo eclesiástico, los dos Curas párrocos de naturales, los reli- 
giosos del Convento de Santo Domingo de la Asunción, los del 
Convento de San Francisco y los del de Nuestra Señora de la 
Merced (1). 

Las razones producidas por el Procurador y las contenidas en 
estos informes 3^ parecer, pueden reducirse á las siguientes: 1.*^ Que 
sería en grave daño de la provincia y causaría su total ruina el 
reducir á pueblos los originarios, por quedar los vecinos de la Asun- 
ción y la Villarrica sin tener quién les cultivase las tierras, de donde 
depende todo su sustento, pues ellos estaban ocupados incesante- 
mente en el servicio militar, sin poder atender al cultivo, y no había 
otra gente de servicio. 2.^ Se quitarían las Indias á las familias, y 
habrían de ejercer los ministerios de criadas, salir á traer acuestas 
el agua y la leña, las hijas de conquistadores, con mengua de su recato 
y de la nobleza de su sangre. 3.^ Perecerían los mismos originarios, 
trasportados á diversos climas. 4.^ Se extinguirían los Conventos y 
capellanías, y se perdería el esplendor del culto divino, pues todo 
ésto se sustentaba con las limosnas de los vecinos, que actualmente 
eran pobres, pero quitados los originarios, caerían en la miseria, y 
de ningún modo podrían hacer limosna. 5.^ Se impugnan todas las 
razones de la Cédula, y se le quita autoridad al informante de cuyo 
testimonio resultó, que fué el Gobernador D. Felipe Rege Corbalán, 
diciendo que obró como enemigo de los vecinos de la Asunción, por 
haberle capitulado en Charcas; y reproduciendo un testimonio suyo 
de la Visita de originarios, en que refiere el buen estado de los indios 
de aquellas encomiendas, de quienes poco más tarde informó hallarse 
en la condición más infeliz. Para deshacer en especial este funda- 
mento del mal trato de los indios originarios, se hace tan halagüeña 
pintura de lo corto de su trabajo, lo bien alimentados y vestidos que 
los tienen sus dueños, la exención de servicios de guerra, boga de 
balsas y beneficio de la yerba, la policía y trato civil y la buena 

(1) Asunción: Arch. Nac. LXV. 4. 5. 



— 129 — 

doctrina en las cosas de religión de que se dice gozan los originarios; 
que no hay más que desear: sobre todo, cuando al lado de esta des- 
cripción se añade otra del modo cómo est.'m los indios mitayos en 
sus pueblos, que viene á resultar harto infeliz. Por manera que se 
concluye que no sólo sería daño grave para los encomenderos, sino 
que los mismos originarios perderían, y se verían 'peor tratados y 
con mayores cargas, si se redujeran á pueblos mitayos. 

Miradas por junto y superficialmente las razones, parece que 
hacen gran fuerza; pero no sucede otro tanto cuando se pesa despa- 
cio su valor. La primera es una conclusión voluntaria: porque 
habiendo indios mitayos, y aumentándose su número con el de los 
originarios libertados, nunca faltaría quien cultivara los campos, 
con la única diferencia de cultivarlos actualmente gratis; y después 
de hecha la mudanza, por salario. Es, pues, una razón aparente. 
— Otro tanto habrá de decirse de la segunda, pues bien podrían tener 
criadas las dueñas de casa, tomándolas de las Indias mitayas que se 
quisieran contratar, con sólo la pensión de pagarles su salario, y no 
tenerlas como esclavas, á quienes nada se paga por su trabajo. — La 
tercera es del todo insubsistente, por ser muy cortas las distancias 
y nula sensiblemente la variación de climas: y la mejor prueba de la 
poca fuerza de esta razón es que uno de los informes la rebate, 
cuando en la Cédula se alega, hablando de indios originarios, que son 
trasportados á las haciendas de otros encomenderos (1). Sobre todo, 
no podía haber variación de clima, haciendo los pueblos en los extre- 
mos de las mismas haciendas, donde confinaban las posesiones de dos 
ó más vecinos, como estaba ordenado. — La cuarta razón, cuando 
fuera verdadero su supuesto, sólo tendría fuerza para autorizar 
cosas que no fueran contra la ley de Dios, natural ó positiva; mas no 
para injusticias, como la que se encerraba en la conservación de las 
encomiendas de servicio personal y de originarios. Pero ya se ha 
visto poco ha que el mismo supuesto, de quedar los vecinos arruina- 
dos con la ejecución de la Cédula, era gratuito é inexacto. — En el 
quinto extremo é impugnación de cada uno de los motivos de la 
Cédula, era de desear que la impugnación fuera exacta; pero tam- 
bién era mucho de temer que fueran ciertos los motivos de la Cédula: 
y cuando hubiese alguna exageración, no era inexacta la sustancia: 
pues aquellos cargos habían sido formulados mucho antes de Rege 
Gorbalán, y con plena justificación, como sucedió en la Visita del 
Oidor Alfaro (2). El alegar que Rege fuera enemigo, tenía poca 

(1) Asunción, Arch. Nac. LXV. 4. 5. f. 36. 

(2) Ordenanzas de Alfaro, Ord. 5. 

9 Organización Social de las Doctrinas Guaraníes.— tomo n. 



-130- 

fuerza. perseverando aquella realidad dicha de la sustancia: y el que 
hubiera dado primero informe favorable, sólo probaría que primero 
no tenía noticia exacta de todos los hechos, y después la tuvo. Como 
ni la pintura del estado de los originarios, mejor que el de los mita- 
yos, prueba otra cosa (si era exacto el paralelo), sino que los mitayos 
se encontraban tratados peor que esclavos: pues esclavos eran en 
resolución los originarios. 

Y ésta es la injusticia fundamental de las encomiendas de origi- 
narios, por la cual las prohibió el Visitador Alfaro, y de la que no 
se dice ni palabra en las defensas. Unos indios á quienes las leyes 
Reales declaraban por tan libres como cualquier vecino nacido en 
América de descendencia española ó nacido en España, habían sido 
arrancados violentamente de sus hogares 5^^ reducidos á esclavitud: 
y ahora seguían esclavos ellos, sus hijos y todos sus descendientes. 
El Visitador Alfaro, setenta años antes, había ordenado que se 
suprimiesen todas las encomiendas de originarios, y se redujesen á 
tributarios (1): y concediendo á petición de los interesados que que- 
dasen en las haciendas de campo los indios que quisieran, dispuso 
que en tal caso se hiciera pueblo allí mismo, dando para él los dueños 
de las haciendas colindantes las tierras necesarias, pues ellos eran 
los que pedían esta singularidad, y en favor del cultivo de ellos se 
decretaba. «Para ello, desde luego se recojan en los confines de las 
chácaras [haciendas de campo], y en lugar cómodo, para que los 
indios de diferentes chácaras vengan á estar juntos: porque aquéllo 
ha de quedar por reducción» (2). Siete años más tarde, y á pesar de 
todo el empeño de los encomenderos, que pretendían se derogasen 
todas las Ordenanzas, fueron aprobadas estas disposiciones sin 
observación alguna, de la misma suerte que en ellas se contiene (3). 
La Cédula de 1679, por tanto, no introducía novedad alguna, sino 
que venía únicamente á descubrir la inobservancia de lo ya precep- 
tuado en cosa tan grave, con ocasión de haberse advertido de nuevo 
los excesos á que daba lugar aquel proceder; y á urgir la ejecución 
de la ley natural y de la positiva, que eximían de esclavitud á los 
indios. Y las reclamaciones contra la Cédula eran nuevo testimonio 
de cómo se había perpetuado el abuso. Si el Oidor Alfaro hubiera 
previsto que así se había de burlarlo que disponía, prohibiendo dar 
encomiendas de yanaconas ú originarios {4), y reduciendo las ya 



(1) Alfako, Ordenanzas, núm. 1. 

(2) Número 5. 

(3) Decisión Real de 10 de Octubre de 1618. 

(4) Ordenanzas, núm. 4. 



— 131 - 

dadas á encomiendas de tributarios ó iii/íayos, y ad virtiendo que los 
indios que quedaban en las tierras de labor en ninguna manera eran 
originarios ó yanaconas: jamás hubiera condescendido con las ins- 
tancias de los interesados (1). Pero éstos cre3"eron parar suficiente- 
mente el golpe con pedir primero, y hacer pedir á los indios, que les 
permitiese quedar en las tierras de labor: y una vez obtenido esto, 
no se trató más de pueblos, cumplimiento de Ordenanzas ni supre- 
sión de la esclavitud. Ahora se hacían calurosas representaciones, 
pintando como la ruina de la provincia una medida ya considerada y 
reconsiderada, y que estaba reclamando á voces la justicia para que 
cesase aquel atropello de la ley natural. 

Presentados al Gobernador todos los recaudos arriba menciona- 
dos, con la certificación de que el Illmo. Casas, el primero que 
recibió la Cédula, había hallado en ella tan graves inconvenientes, 
que no se había atrevido á intimarla, y había enviado inmediata- 
mente al Consejo repiesentación para que la suprimiera, se publicó 
el siguiente decreto (2): 

«En la ciudad de la Asumpción del Paraguay, en veinte y cuatro 
días del mes de Diciembre de mil y seiscientos y ochenta y ocho 
años, el señor don Francisco de Monforte, caballero del hábito de 
Santiago, Gobernador y Capitán general de esta provincia del 
Paragua}^ por S. j\l., que Dios guarde: Habiendo visto todos estos 
papeles }- autos, presentados por el sargento mayor Juan Ortiz de 
Zarate, con la petición de la súplica que hace la ciudad, y en nombre 
de los vecinos encomenderos, de la Real Cédula publicada y obede- 
cida que está por cabeza, su fecha en Madrid, de veinticinco de Julio 
del año pasado de mil y seiscientos y setenta y nueve, en que su Ma 
jestad ordena y manda se reduzcan á pueblo los indios de encomien- 
das que llaman originarios: Dijo: que debajo del obedecimiento 
que está hecho, suspende la ejecución de la dicha Real Cédula, 
hasta que S. M., que Dios guarde, mande lo que fuere servido: y para 
ello se le dé cuenta con estos autos. Y lo firmó en este papel común, 
á falta del sellado.» 
«Don Francisco de Monforte» «Ante mí» 

[Rúbrica] «Juan INIéndez de Carvajal» 

«escribano de su Majestad» 

No consta si en efecto se envió esta súplica 3^ los autos al Consejo 
de Indias, pues todos los papeles, y las numerosas firmas, que pasarán 
de cincuenta, se hallan originales en la Asunción: como ni tampoco 

(1) Núm. 5. 

(2) Asunción: Arch. nac. LXV". 4. 5. fol 40. 



-132- 

se halla rastro de resolución ó respuesta de aquel supremo Tribunal. 
Lo cierto es que la Cédula no se ejecutó, y de esta manera se per- 
petuó una vez más la esclavitud en el Paraguay, á pesar de Orde 
nanzas y disposiciones superiores. 



IX 

165 

ESTADO POSTERIOR DE LAS ENCOMIENDAS, 
Y SU DEFINITIVA EXTINCIÓN 

Suspendida la Cédula de 1679 del modo que acaba de explicarse, 
siguieron las cosas en el Paraguay, en materia de encomiendas, como 
estaban la víspera de llegar á aquella gobernación el Visitador 
Alfaro. Ni se abolió la esclavitud de los oiiginarios convirtiéndolos 
en mitayos; ni se redujeron á pueblo, saliendo de las casas y hacien- 
das de sus encomenderos; ni se alzó jamás el servicio personal, que 
era el efecto para el cual se había decretado la Visita. Las conce- 
siones que, estrechado por las circunstancias y el arte de los enco- 
menderos, había creído necesario el Oidor Alfaro hacer temporal- 
mente con la cláusula de por ahora (1), vinieron á hacerse perpetuas 
mientras duró la encomienda . 

Alguna vez, sin embargo, entre los innumerables asuntos que se 
agitaban ante el Consejo de Indias, tocó su vez al de las encomien- 
das del Paraguay; y entonces se hizo gran reparo en que durase 
todavía el servicio personal en el Paraguay. 

Las principales ocasiones en que esto se tratara de que ha que- 
dado memoria, fueron en 1696, en 1720 y en 1735. En 1696, con fecha 
quince de Octubre, se expidió Cédula Real al Gobernador don Juan 
Rodríguez Cotta para que en adelante no proveyese más encomien- 
das, sino que á medida que fueran vacando, las incorporase en la 
Real Corona. La experiencia iba persuadiendo que éste era el único 
medio para remediar el mal tratamiento de los indios y el servicio 
personal. Publicóse la Cédula á son de caja, é inmediatamente se 
presentó al Gobernador el Procurador de la ciudad Juan Méndez de 
Carvajal, interponiendo súplica análoga á la arriba referida. Instó 
por la ejecución el Oficial Real de la Asunción; replicó y suplicó de 

(1) Alfako, Ordenanzas del Paraguay, núms. 5. 57. 



-133 — 

nuevo el Procurador: y Cotta suspendió la ejecución, sin que se sepa 
si luego fueron autos y súplicas al Consejo (1). 

En 1720, se despachó Cédula en San Lorenzo, á 12 de Julio, pres- 
cribiendo que todas las encomiendas vacas se incorporasen en la 
Corona; y por descuido se añadió esta expresión: «Pero en las enco- 
miendas que hubiere de servicio personal, no se ha de hacer novedad 
alguna, y quedarán en el estado en que hoy se hallan, por ser de 
corta entidad, y por los inconvenientes que de lo contrario podían 
seguirse al servicio de Dios y mío.» Advirtióse el yerro: y en Cédula 
despachada seis meses después, á 4 de Diciembre de 1720, en que se 
citaba la anterior, se enmendó así (2): «Pero habiéndose encontrado 
después el reparo de que las encomiendas de servicio personal están 
extinguidas, y mandado por diferentes leyes y Cédulas Reales que 
cese este servicio:... 3^ entre otras, en la Cédula de 1601 se mandó... 
que no se consintiesen... en ninguna parte los servicios personales 
por vía de tributos, sin embargo de cualesquier introducción, cos- 
tumbre ó cosa que sobre ello se hubiese permitido;... y el encomen- 
dero que usase de ellas,... por el mismo caso perdiese su enco- 
mienda:... y por Cédula de catorce de Abril del año de mil seiscien- 
tos treinta y tres se prohibió absolutamente el servicio personal en 
el Reino de Chile: y por la ley 1, tít. 16, lib. 6, de la Recopilación 
de Indias, se mandó que se anulasen lodos los títulos y derechos que 
á él hubiesen pretendido tener los españoles:... HE DECLARADO 
no se obligue á los indios á que sirvan personalmente,... y que los 
Virreyes, Audiencias, Gobernadores, Corregidores y Oficiales Rea- 
les de mis dominios del Perú, atiendan á la puntual observancia de lo 
que viene observado; con advertencia que lo contrario me será de 
mucho desagrado», «pudiendo, si quisieren de su voluntad, servir 
los días del año que bastaren para pagar el tributo». 

Finalmente, en 4 de Diciembre de 1735, se expidió nueva Cédula 
á todas las autoridades Reales del Perú, y particularmente á las del 
Tucumán y Río de la Plata, para que se cumpliese lo que tantas 
veces se había ordenado, no cobrando los tributos en servicio perso- 
nal, sino en frutos, y para que los indios morasen en sus pueblos 
propios, sin ser extraídos de allí (3). 

Cuantas providencias se tomaron, habían resultado infructuo- 
sas para atajar los daños del mal tratamiento de los indios, que 

(1) Asunción, Arch. nac. I. 16. Informe del Gobernador Pinedo en 1777, fol. 7. 

(2) Asunción, Arch. nac. Varios: Colección de Cédulas pertenecientes á los 
Oficiales Reales. 

(3) Citada en la de San Ildefonso, 12 de Agosto de 1740 (Sevilla, Arch. de 4 
días, 76. 4. 40 j. 



- 134- 

parece estaban ligados indisolublemente á las mismas encomiendas: 
y así iba predominando la idea de encabezar cuantas encomiendas 
hubiese en la Corona Real. Ya se han visto algunas muestras de ello: 
y nuevo paso dado en este camino fué la Cédula de 4 de Abril de 1776, 
en que se pedía al Gobernador del Paraguay un informe sobre la con- 
veniencia de agregar todas las encomiendas á la Corona. Diólo el 
Gobernador D. Agustín Fernando de Pinedo en carta al Rey fecha 
á 29 de Enero de 1777 (1), explicando las dos clases de encomiendas 
que había en su tiempo en el Paraguay, de originarios y mitayos, 
mostrando cómo todo redundaba en daño de los indios, y cómo no 
cumplían los encomenderos con las obligaciones que habían acep- 
tado al tomar la encomienda: y fué de parecer que, habiendo sido 
además las encomiendas las que habían causado la ruina de la pro- 
vincia y la consunción de la raza india, se debían suprimir todas las 
provisiones de encomiendas, y éstas se habían de incorporar en la 
Corona; sin que hubiese lugar á dar indemnización alguna á los enco- 
menderos, pues merecían ser privados de toda encomienda, por no 
cumplir con las cargas de ellas. Como el Consejo de Indias no pro- 
cedía de ligero, ni por noticias de una persona sola, todavía se pidie- 
ron muchísimos pareceres, enviando á los consultados este informe 
de Pinedo. Entre los informes se cuenta uno del Cabildo de la ciu- 
dad de la Asunción (2), en que insta sobre la capitulación que dice 
hecha con el Rey de que los paraguayos defenderían la provincia 
y el Rey como sueldo les daría encomendados los indios: capitula- 
ción que no aparece probada, 3^ cuya fuerza, si hubiera existido, 
muestra el Gobernador Pinedo que quedaba anulada por faltar los 
encomenderos á sus compromisos: instan asimismo sobre la ruina 
de la provincia, que nunca vino, aunque de hecho se quitaron las 
encomiendas. Otro de estos informes es el del Protector de natura- 
les (3), escrito muy digno de atención por los datos que contiene, 
y por el juicio desapasionado que emite, bas<indose en hechos que 
tenía experimentados y allí refiere, concluyendo que deben seguirse 
las propuestas del Gobernador Pinedo, sobre cu3^a carta le pedía 
dictamen la Audiencia. 

Esta vez se ejecutó por fin lo que tanto tiempo antes se había 
decretado, pues desde las Ordenanzas de Alfaro había corrido más 
de siglo y medio, y nunca se había suprimido en realidad en el Para- 



(1) Asunción: Arch. Nac. XC. 1." m'im. 16. 

(2) íbid. 1. fol. 6. 

(3) Lamas, Colección de memorias }■ documentos para la Historia y la Geo- 
grafía de los pueblos del Río de la Plata, Tom. I. Montevideo, 1840, pág. 456. 



-135- 

guay la injusticia del servicio personal, ni la esclavitud de las enco- 
miendas de originarios. Vino la orden de ir incorporando á la Corona 
Real todas las encomiendas á medida que fuesen quedando vacas, 
y el Gobernador D. Lázaro de Rivera da testimonio de haber incor- 
porado de este modo las encomiendas que había en Caazapá é ítapé: 
por decreto de 4 de Marzo de 1801; las de Yaguarón, por decreto 
de 16 de Marzo del mismo año; las de Tobatí por decreto de 5 de 
Diciembre de 1802; las de Atirá por decreto de 27 de Marzo, las de 
Altos en 1.° de Abril; las de Itá en 8 de Julio, Ipané también 
en 8 de Julio, y Yutí en 15 de Septiembre: decretos todos estos del 
año 1802. 

La Cédula Real de 17 de Mayo de 1803 vino á poner término 
á todas las encomiendas, de cualquier especie que fuesen: «He 
venido asimismo en mandar se incorporen inmediatamente á mi 
Real Corona cuantas encomiendas subsistan en el Paraguay contra 
mis Reales Cédulas, ejecutadas ya en la mayor parte de mis domi- 
nios de América, sin admitir á los detentores recurso que embarace 
su efectiva reversión, por no poder asistirles motivo justo para ello, 
extendiéndose esta mi soberana resolución á los antiguos mita- 
vos» (1). 



X 



PARALELO CON LOS EFECTOS DE OTRAS 166 

COLONIZACIONES 

Al terminar este estudio, que pudiera llevarse mucho más ade- 
lante, conviene desvanecer una opinión muy divulgada, especial- 
mente en el siglo xviii y principios del xix, en que se piocuró des- 
acreditar con todos los medios á España y su sistema en colonias; 
siendo quienes la censuraban las naciones extranjeras, en cuyos jui- 
cios predominaba sobre la verdad y justicia la pasión y rivalidad; 
y habiendo sido creídas sus inculpaciones por las nacientes repúbli- 
cas hispano- americanas, que en ellas encontraban otros tantos 
cargos que echar en cara como para formar proceso á la madre 
patria. 

(1) Buenos Aires: Bibl. Nac. Coleccióo Seguróla; Cédulas Reales, / 20. 



— 136- 

El sistema de colonización aplicado en la realidad, á pesar de las 
leyes, y llevado á la práctica, primero por los conquistadores venidos 
de España, después y principalmente, por sus descendientes, que ya 
heran americanos (y se denominaban indiferentemente con el nombre 
de españoles americanos ó con el de criollos) fué, es verdad, vicioso 
en varios puntos. Puesto al lado del sistema aplicado por los Jesuí- 
tas, que no era otro sino la realización del plan de las leyes de 
Indias, no resiste la comparación. Los efectos hablan por sí mismos: 
de un lado la instrucción cristiana, del otro la ignorancia: del uno la 
defensa, del otro el abandono: del uno las artes, del otro la indolen- 
cia: de una parte múltiples é importantes servicios prestados á la 
sociedad española en su vida común, de otra el trabajo absorbido en 
provecho de unos pocos particulares: de una la conversión de la raza 
indígena, de otra la despoblación, si no total, ciertamente extra- 
ordinaria y ruinosa. Estos son los caracteres que diferencian la obra 
de los Jesuítas de la obra de los encomenderos del Paraguay. 

Mas nadie crea que otro tanto sucede cuando se pone en paran- 
gón la colonización española con la de otras naciones. Entonces son 
las de los pueblos extranjeros las que no soportan el paralelo. El 
proceder de españoles, así de los europeos, como de los españoles 
americanos para con los indios, fué mucho más digno de elogio que 
el de los demás pueblos que pisaron y dominaron la tierra ame- 
ricana. 

No conviene perder de vista que la misma conquista espiritual 
debe entrar en este paralelo. Los beneficios sin cuento que de los 
Misioneros de todas las Ordenes religiosas reportaron, así los mora- 
dores de raza europea, como los indígenas del país, en Méjico, en el 
Perú, en el Paraguay, en América toda y en Filipinas, y entre ellos 
como mínima parte los que del sistema de Doctrinas dimanaban, han 
de ponerse á cuenta de España. Era España quien enviaba los Misio- 
neros, y quien por mano de ellos favorecía al indio, y por la voz 
é influjo del Misionero precavía y defendía al indio de atropellos. 
Tampoco hay que olvidar que los abusos que en diversos puntos se 
iban notando, eran causa de que á menudo se hiciesen pesquisas 
y visitas, de las que dimanaban providencias generales, que, si en 
muchos casos no remediaban todo el daño, lo atajaban en gran parte. 
Nada de esto nos pueden presentar las demás naciones. Unas, ocu- 
padas únicamente en sus intereses, sólo atendían al comercio. Otras, 
como Inglaterra, abandonaban á sus colonos, que ya desde el prin- 
cipio, en cierto modo, eran independientes. Ninguna tenía ese exqui- 
sito cuidado de los indios que se revela en todas las disposiciones 



— 137- 

de las leyes españolas, y que aunque no fuera con tanta eficacia, 
trascendía á todos los moradores de América que se hallaban en 
contacto con los indios: el cuidado de la fe y del buen tratamiento de 
los indios había de ser lo primero; y de hecho, en las regiones del 
Plata, la misma esclavitud de los indios, aunque injusta, tuvo gene- 
ralmente, en su aplicación, caracteres de relativa suavidad y blan- 
dura. 

Hoy mismo, al principiar el siglo xx, quedan en la cuenca del río 
de la Plata seguramente más de treinta mil indios, contando única- 
mente la raza Guaraní: y muchos de ellos incorporados á la vida 
social del país; otros cien mil de raza pampa ó araucana en las 
Gobernaciones del Sur; cien mil araucanos en Chile; más de medio 
millón de quechuas y aymarás en los territorios de Bolivia y el Perú; 
y son varios millones los indios de Méjico. En los Estados Unidos de 
Norte América, que tienen tanto mayor extensión, quedaban ochenta 
y dos mil, hará setenta y siete años (1835), entre todos los territo- 
rios organizados; disminuía ese número rápidamente; y hoy quizá 
no alcanza á cinco mil, y ésos sin civilizar, ni mucho menos mez- 
clarse con la raza conquistadora. Los demás indios que aun existían 
allí fuera de los estados, hasta el número de 400 mil, han ido siendo 
empujados hacia el oeste, ocupándoles el territorio; y en el censo 
de 1900 se calculan en 266.760 todos los indios de Norte-América sin 
distinción alguna. 

En cuanto al modo de llegar á una despoblación tal, prescindire- 
mos del desprecio con que miran los norteamericanos la vida }' pros- 
peridad del indio, y de su sistema empleado en los tiempos antiguos 
de saurios á cazar como á fieras, para fijar únicamente la atención 
en los hechos del tiempo en que la república que algunos llaman 
modelo llevaba sesenta años de constitución. En 1836, entablada la 
guerra entre los indios cherokeos y los estados de Alabama y Geor- 
gia, se expresaba en estos términos en el Congreso el antiguo presi- 
dente de la república J. Q. Adams: «La causa primordial de la gue- 
rra que ahora nos vemos forzados á sostener contra los indios no es 
otra sino vuestra propia injusticia en sancionar las injusticias de 
Alabama y Georgia... Hoy vuestra política con respecto á los indios 
se cifra en arrancarlos á todos de la tierra que pisan, unas veces por 
la violencia, otras por medio de tratados simulados, para desterrar 
los más allá del Misisipí, más allá del Misurí, más allá de Arkansas, 
hasta los confines de Méjico; y en lisonjearlos con la mentirosa espe- 
ranza de que allí tendrán un asilo inviolable, y un refugio seguro 
finalmente contra vuestra rapacidad y persecuciones. Allá empujáis, 



— 138 — 

quieran ó no quieran, con los tratados ó con la punta de la espada, 
los restos de los seminólas, de los creeks, de los choctaws, y de no 
sé cuántas otras tribus. En la ejecución de estos inhumanos rigores, 
habéis de encontrar la resistencia que son capaces de oponer hom- 
bres de este modo reducidos al último extremo: ésa es la causa de la 
guerra actual: no hay otra: es la agonía de un pueblo arrancado á 
la tiarra donde están sepultados sus padres: la última convulsión de 
la desesperación.» 

Los hechos que hacían brotar tan graves recriminaciones contra 
el Ejecutivo federal de la república, de boca de un personaje de tanta 
significación, eran en verdad merecedores de ellas. Los cherokeos, 
raza de indios indígenas bastante civilizados, cuyo número llegaba 
á diez y ocho mil, ocupaban un territorio propio inmediato al estado 
de Georgia, y habían tratado como nación con el gobierno federal, 
afianzándose por los tratados la seguridad de que continuarían 
rigiéndose por sus propias leyes, y poseyendo el terreno que siem- 
pre habían ocupado. De repente el Estado de Georgia declara que 
todo aquel territorio no es de los indios, sino suyo; lo reparte entre 
sus habitantes, y destina una parte de él á ser obtenida por juego 
de lotería. Y como los indios formaban un estado ordenado, y debían 
gran parte de su fuerza á la permanencia entre ellos de celosos 
é inteligentes Misioneros católicos, la Georgia prohibe por público 
decreto que ningún blanco habite entre los indios. Negándose los 
Padres á abandonar á los cherokeos, el Gobierno de Georgia intro- 
duce tropa armada, prende á los Misioneros y los arroja en los cala- 
bozos del Estado, condenándolos á cuatro años de trabajos forza- 
dos. Interpúsose apelación á la Corte Suprema de justicia de la repú- 
blica, la cual sentenció el año siguiente que la condenación de 
Georgia era ilegal, y los decretos con que se arrogaba el teriitorio 
de los cherokeos eran nulos, contrarios á las leyes 3' tratados de la 
nación. Mas, como el Poder ejecutivo federal no quiso tomar medida 
alguna eficaz para llevar á efecto esta sentencia, los Misioneros 
siguieron en su condena, y sólo en 1833 fueron puestos en libertad 
en virtud de la promesa de no volver á morar con los indios. 

Mientras así atrepellaba el Gobierno de un Estado los más solem- 
nes tratados 3' el Gobierno federal le dejaba obrar impunemente; los 
particulares procedían por su cuenta á las más odiosas expoliaciones 
de los miserables cherokeos, hasta arrojarlos de sus casas é insta- 
larse en ellas á la fuerza. También ellos, como sus Misioneros, se 
vieron forzados á abandonar las tierras que les habían arrebatado, 
después de la resistencia inútil que ocasionó la protesta mencionada 



— 139 — 

en el Congreso; y emigraron al oeste del Misisipí; y sucesos pareci- 
dos habían ocurrido entre los Creeks que eran 22.000 en el Estado 
de Alabama (1). 

Conocidos son también en la historia americana los luctuosos 
recuerdos que de sí dejaron en Venezuela, no los conquistadores 
españoles, sino los descubridores alemanes del Dorado. 

Y en los tiempos presentes, las revelaciones hechas por la prensa 
y confirmadas en las mismas Cámaras de Berlín, sobre el modo cómo 
los expedicionarios alemanes efectuaban la obra de reducir á obe- 
diencia los indígenas del África, han producido en las personas menos 
impresionables estremecimientos de horror; y se han pasmado los 
hombres de las crueldades ejercitadas por colonizadores belgas con 
los negros del Congo; y han continuado los yankees con su desprecio 
de la persona }' de la vida de los indios, habiéndose visto en las calles 
de Manila recién sujeta á los Estados-Unidos, militares que por el 
más leve motivo empuñaban su revólver y lo disparaban sobre un 
indígena, dejándolo muerto ó herido; }' otros que no se curaban de 
ocultarse para repetir su adagio de que: el indio es niiilo: el mejor 
indio, indio muerto. 

Con lo cual se ve cuan lejos están las naciones extranjeras, aun 
hoy mismo, de poder erigirse en acusadores de los españoles ó de los 
criollos por haber ejercitado crueldades en sus colonias. Injusticias 
hubo frecuentes, como las hay en todo el mundo á pesar de las más 
sabias leyes; crueldades pudieron cometer algunos particulares, mas 
no por sistema, ni aborrecimiento ó menosprecio de los indígenas, tal 
como en otros pueblos y razas existe. Y en todos casos, la sabiduría 
de las leves acudía al remedio, y urgían su cumplimiento las autori- 
dades, con lo cual, ya que no á todos, se ponía coto á los más exorbi- 
tantes atropellos; cosa que en otras colonizaciones se echa menos. 

Y adviértase que inmediato á ellos tenían los españoles europeos 
y americanos de estas tierras un perpetuo mal ejemplo y continua 
tentación en el procederdelosportugueses ó Mamelucos de Sin Pablo . 
Estos empedernidos destructores de los indios salían de su madri- 
guera año tras año, 3^ perseguían por todas partes como á piezas de 
caza á aquellos desdichados, hasta que, sin contar el número de los 
que mataban en sus asaltos ó en los trabajos del camino, tenían con- 
gregada bastante multitud para volver con ella á San Pablo y realizar 
su infame granjeria. De nada servía que el territorio donde ejercita- 
ban sus latrocinios perteneciese á Castilla; porque ellos afirmaban 

(1) Noticias tomadas de la obra de .\I. MiCHEL Chevaliwr, Lettres sur l'Amé- 
rique du Nord: Paris, 1836. 



- 140 - 

que era de Portugal, con tanta serenidad como más adelante dijeron 
los portugueses pertenecerles cuanto quedaba á la banda oriental del 
Paraná. Tampoco importaba que el rey de Portugal, por lo menos 
desde 1570 (1), tuviese prohibido hacer esclavos á los indios; porque 
los paulistas decían que ellos no los esclavizaban, sino que al contra- 
rio, los resgataban de quienes los habían hecho cautivos; y así llama- 
ban ,á sus expediciones salidas para ejecutar resgates; y tenían como 
instrumento de esas compras á los indios tupís, á quienes llamaban 
pomberos, como se puede ver en el P. Montoya í2), como si dijéramos, 
según la traducción de dicho Padre, los palomeroSj que con un cebo 
de ningún valor prenden las palomas. «El instituto de estos hombres 
(los paulistas)» dice el mismo Padre «es destruir el género humano (3), 
matando hombres»; y verdaderamente lo realizaron; pues sólo en el 
Guayrá consumieron el millón de indios que lo habitaba; y en el Tape 
y Uruguay, casi otro medio millón; sin contar con los indios de otras 
comarcas, y con los cercanos á su ciudad, que mucho tiempo antes 
habían exterminado. 

Ni la conquista española, ni el sistema de los encomenderos (con 
ser muy dañoso) produjeron ese efecto destructor, que ha habido 
quien calilique de política, pero que en todo caso no merecería más 
nombre que el de política de la iniquidad y del exterminio. 

(1) Don '^KBAsriÁx I en 1570: «Mando que de aquí em adiante se nao use mais 
em ditas partes do Brasil dos modos que de ante aora usou em fazer captivos os 
ditos gentíos, nem os possa captivar per modo nem manera alguma.» 

(2) Co)iq. espir. % LXX. 

(3) § XXXV. 



CAPITULO V 



LOS ENCOMENDEROS Y LAS DOCTRINAS 

1. La palabra del Rey empeñada á los Guaraníes. — 2. Los encomenderos ante 
las Ordenanzas de Altaro. — 3. Reducciones del Giiayrá. — 4. Reducciones del 
Paraná y Uruguay. — 5. Las Reducciones y el Illmo. Sr. Cárdenas. — 6. Doctrinas 
del Uruguay. — 7. La mita para ir á los yerbales de Maracayú.— 8. Antequera y 
Barúa. 

Hallándose en contacto necesario dos sistemas tan diferentes y 
aun antitéticos como el de las Doctrinas de los Jesuítas y el de los 
encomenderos, era de prever que habían de ocurrir conflictos entre 
ellos. La prudencia y respeto á la justicia de parte de los gobernan- 
tes podían haberlos evitado; pero, una vez que las autoridades se 
dejaban dominar por la influencia de los encomenderos, y mucho más 
cuando á ella se añadía su interés particular, la parte más justa que 
al mismo tiempo era la más débil, necesitaba de constancia y de 
recurso á tribunales superiores más imparciales, si no había de 
sucumbir. Esta fué la situación de las Doctrinas dirigidas por los 
Jesuítas todo el tiempo de su duración. Las Doctrinas eran depen- 
dientes de dos jurisdicciones ó gobiernos, porque unas pertenecían á 
la provincia de Buenos Aires, otras á la del Paraguay. De parte de 
Buenos Aires, las dificultades suscitadas á las Doctrinas no fueron 
muy graves. Pero de parte del Paraguay, que se había acostumbrado 
á sacar su subsistencia de las encomiendas, y con eso mismo había ido 
consumiendo sus indios, las dificultades fueron grandes y mantenidas 
con una tenacidad y continuidad fatigosas, como lo vamos á ver. 



167 

LA PALABRA DEL REY EMPEÑADA A LOS GUARANÍES 

Los efectos del sistema de los encomenderos, que hoy sólo imper- 
fectamente y merced á atentos discursos y cuidadosa confrontación 



— 142 - 

de hechos logramos conocer, estaban patentes á la vista de los indí- 
genas del país, quienes no sólo los advertían, sino que los experimen- 
taban y sentían en su cruda injusticia. Este modo de proceder de la 
raza dominadora con ellos tenía á muchos de ellos alejados no sólo del 
español que lo empezó á usar, y de sus descendientes los españoles 
americanos que lo continuaron, sino también del Evangelio, y de toda 
espeVanza de salvación de sus almas. Ya lo hemos visto. Cuando los 
Jesuítas persuadían á los indígenas á que se redujesen á pueblos, y los 
indígenas tenían bastante confianza en quien les hablaba, la respuesta 
era invariablemente que con gusto se juntarían á vivir conforme á 
los consejos del Padre; pero que una cosa los detenía, y era el pensar 
que el Misionero era únicamente emisario y precursor del amo, y que 
tan luego como estuviesen formados en pueblo, entraría la reparti- 
ción en encomiendas, y con ella el odiado servicio personal, la sepa- 
ración de sus tierras y la ausencia de sus mujeres é hijos. Y al querer 
llegar el Padre á sus moradas, le contestaban: Sea uniy bien llegada 
d nuestras tierras la palabra de Dios, pero nos tememos del español 
y qne tú seas nuo de sns espías (1). 

Por esto, cuando en 1611 se trató de formalizar alguna nueva 
Reducción además de la ya establecida de San Ignacio Guazú, y para 
ello invitó el P. Marciel de Lorenzana á los caciques del Paraná, los 
altivos canoeros, que por más de medio siglo habían tenido en jaque 
las fuerzas de los vecinos de la Asunción, le enviaron su embajada 
por medio del cacique general Tabacambí en la sustancia que arriba 
hemos expresado: Que si el Mbaequaapara ó Consejero del Rey les 
otorgase un Quatiá ó Cédula muy amplia, en virtud de la cual que- 
dasen exentos de servir á ningún Caray ó encomendero particular, 
y sólo obligados á servir al Rey como los mismos Carays, pagán- 
dole un moderado tributo; ellos estaban prontos á dar la obediencia 
al gran Rey de España, y á reducirse á pueblo para oír con sosiego 
la palabra de Dios, como les recomendaba el Padre. No se atrevió el 
Padre Lorenzana á dar contestación en una materia que no dependía 
de él, sino de la autoridad civil; pero les prometió que haría las dili- 
gencias posibles con el Visitador. Y en efecto, llegado á la Asunción, 
dio cuenta de todo al P. Provincial Diego de Torres, quien juzgó que 
el negocio no tenía arreglo. Pero tratándolo con el Visitador Alfaro, 
mostró éste cómo era posible conceder aquella exención, así por estar 
mandado en la Cédula de 1601 que los indios de las cabeceras, forta- 
lezas, puertos y fronteras (como lo eran éstos, que estaban en fron- 

(1) LoRHNZANA, Carta-Relación, § 2. 



- 143 — 

tera del Brasil) se pusiesen en la Corona, y no se encomendasen en 
persona particular alguna; como por haber dado facultad Felipe II 
en la Cédula de 1576 «que si fuere necesario otorgarles (á los indios) 
algunas libertades ó franquezas de todo género de tributos, se les 
conceda; y que después que así fuere prometido, se les guarde y cum- 
pla muy enteramente sin ninguna falta, aquello que se les prometió». 
Y para que la resolución se tomase con más acierto, quiso que se tra- 
tase en una junta en que estuvieron el Gobernador Diego Marín 
Negrón, su antecesor Hernandarias de Saavedra, y otras personas 
doctas y experimentadas de la provincia, junto con el P. Provincial 
Diego de Torres y el P. Marciel de Lorenzana. Y propuesta la cues- 
tión de si se les había de empeñar la palabra real de encabezarlos en 
la Corona, eximiéndolos de ser encomendados en persona particular, 
todos fueron de parecer que sí (1). 

A consecuencia de ello, presentó el P. Diego de Torres un pedi- 
mento al Visitador, para que se sirviese delarar auténticamente esta 
exención de los indios que se convirtiesen en las tres regiones 
donde entonces había Misioneros Jesuítas, que eran los Guaycurús, 
la Tibajiba en Guayrá, y el Paraná en Paraguay. La petición, y el 
decreto que en virtud de ella se dio, merecen ser consignados aquí, 
por ser el fundamento en que estribaron los Misioneros para empe- 
ñar la palabra real, y el paso decisivo }' diligencia que quitó el más 
porfiado estorbo que habían tenido los infieles para su conversión, y 
aseguró en adelante la prosperidad de las Doctrinas. Son como 
sigue, y se conservan hoy en el Archivo general de Buenos 
Aires (2). 

«Petición: «El P. Diego de Torres, Provincial de la Compañía de 
Jesús de estas Gobernaciones, digo: que como á Vmd. le consta por la 
Cédula y Sobrecarta de su Majestad de que hago presentación, el Rey 
nuestro Señor manda que los indios que se convierten por el Evange- 
lio sean libres de tasa y servicio y cualquier tributo, y los indios guay- 
curús [de la tibaxiua y parana, se han convertido] á nuestra santa Fe 
Católica y obediencia de su Majestad por el santo Evangelio y predi- 
cación de los Padres de la Compañía que están entre ellos, parte de lo 
cual ha visto Vmd. y de lo demás tiene Vmd. entera relación, y cómo 
los dichos indios han estado de guerra hasta ahora, y en ella han 

(1) Lozano, Historia, lib. VI. c. VII, n. 24. 

(2) Insertos en la Provisión Real de Charcas, 1636, \ega.io 1600-17 50, 60. 
Jesuítas, Guerra guaranítica. — Hemos suplido dos veces entre unciales [ ] algu- 
nas palabras que evidentemente estaban en la petición original y reclama el 
contexto, pero que se le pasaron por alto al escribano que copió para insertar en 
la Provisión. 



- 144 - 

muerto muchos indios y españoles, y se ha gastado mucho, con poco 6 
ningún fruto y con muchas ofensas de Dios, porque no se guardan 
las instrucciones de su Majestad y así tiene prohibidas las dichas 
entradas y malocas. A Vmd. pido y suplico, en nombre de los dichos 
indios guaycurús de la Tibaxiua y Paraná, y de los Padres que están 
en sus Reducciones y Doctrinas y conversión, sea Vmd. servido de 
decUirarlos por libres de los tributos y servicios de que por dicha 
Cédula su Majestad los exime y hace exentos; y que ligítimamente 
deben gozar de la dicha gracia y merced, que la recibirán de Vmd. 
con justicia, que pido. Diego de Torres.» 

«Decreto: «Estos indios no se encomienden en persona alguna, 
por cuanto está mandado por Cédulas de su Majestad: y si algún 
vecino pretendiere derecho á encomendarlos, ó alguna persona pre- 
tendiere estar antes de ahora encomendados, ocurra ante el señor 
Virrey, ó Real Audiencia, dando noticia de este Decreto, y lo que 
de otra suerte se hiciere, sea en sí ninguno, y desde luego lo declaro 
por tal, y en pena de mil pesos por incurso al que contraviniere. 

«Proveyó lo decretado el señor Oidor y Visitador en la ciudad de 
la Asunción, á once de Octubre de mil seiscientos once. Ante mí: 
Alonso Navarro, Escribano de visita » 

Cédula Real. «El Rey» — «Alonso de Ribera, mi Gobernador 
de la provincia del Tucumán, ó la persona que adelante me sirviere 
en el dicho cargo: Por que como tenéis entendido, en esas partes 
se van haciendo algunos descubrimientos en algunas de las provincias 
que ya están descubiertas [y] reducidos los naturales de ellas á 
nuestra santa Fe Católica, que como quiera que por las ordenanzas 
de los nuevos descubrimientos y poblaciones, está dada la orden que 
en ello se ha de tener; conviene y deseo que los indios sean releva- 
dos y aliviados en cuanto sea posible: He tenido por bien que de 
los que se redujeren de nuevo á nuestra santa Fe Católica y obe- 
diencia mía por sólo la predicación del Evangelio, no se cobre tributo 
y por tiempo de diez años no se encomienden. Os mando que así lo 
hagáis, con gran cuidado del buen tratamiento de los indios, asis- 
tiendo á los religiosos que entendieren en su conversión y lo nece- 
sario para el bien de sus almas, sin otro fin alguno. Y de lo que en 
todo hiciereis, me avisaréis. De Madrid, á treinta de Enero de mil 
y seiscientos siete. Yo el Rey. Por mandado del Re)' nuestro Señor. 
Gabriel de Hoa.» 

Escudados en la autoridad que les daba el Decreto de Alfaro, 
los Misioneros anunciaron en adelante á los indios que el Rey com- 
prometía su palabra real de que sólo de la Corona serían vasallos. 



— 145 — 

Tales fueron las bases de la exención procurada por la solicitud de 
los Jesuítas en favor de los indios, que poniendo á éstos en su libertad 
natural, abrieron la puerta al Evangelio, y en pocos años lograron 
la pacificación del Paraná y Uruguay que setenta años de guerra no 
habían podido conseguir; y lo que más es, la formación del poderoso 
ejército de auxiliares y del cuerpo de incansables trabajadores en 
las obras de utilidad pública que en otra parte llevamos des- 
critas (1). 



II 

168 

LOS ENCOMENDEROS ANTE LAS ORDENANZAS 
DE ALFARO 

Al ver promulgadas las Ordenanzas de D. Francisco de Alfaro 
en 1611, juzgaron los encomenderos que con ellas había pretendido 
el Visitador asestarles un golpe de muerte. Nada menos importaba 
aquel Reglamento, que quitarles con un decreto todos los indios de 
servicio, que ellos denominaban suyos como pudiera cualquier amo 
á su esclavo; 3' estorbar que en adelante juntasen más, prohibiendo 
las malocas, y añadiendo aquella Ordenanza 69, que prescribía que 
los indios reducidos sin armas durante los diez primeros años no se 
encomendasen á particular, y pasados los diez años, no se hiciese 
novedad sin obtener antes resolución de la Audiencia. Todo esto no 
era sino aplicar disposiciones anteriores dadas para desarraigar 
irritantes injusticias y gravísimas iniquidades introducidas, por un 
uso que no se podía legitimar como costumbre, sino que era corrup- 
tela, contraria á la ley natural. 

En tres direcciones se movió la acción de los encomenderos exci- 
tada con la aprensión de su agravio y daño: contra las Ordenanzas 
para lograr su abolición: hacia los indios para engañarlos de modo 
que no se aprovechasen del estado favorable en que los ponía la 
ley; y contra los Jesuítas, á quienes acusaban de haber sido los 
inventores de todo. 

Para obtener la abolición de las Ordenanzas, enviaron Procura- 
dor á la Audiencia de Charcas: mas la Audiencia, reconociendo 

(1) Libro I, cap. VI. VIL y lib. IL cap. I y 11. 

10 Organización social de las doctrinas guaraníes.— tomo ii. 



— 146 - 

facultades especiales en el Visitador, se inhibió de esta causa, de- 
clarándose incompetente y remitiendo á los apelantes al Consejo de 
Indias. Y juntamente declaraba que á pesar de la apelación inter- 
puesta, debían cumplirse puntualmente las Ordenanzas mientras 
su Majestad no dispusiese otra cosa. Pidieron revista de la causa, y 
se repitió la misma sentencia. Acudieron al tribunal del Virrey, y 
confirmó los autos de vista y revista de la Audiencia de Chuquisaca, 
añadiendo graves penas á quien innovase ó dispensase en alguna de 
las Ordenanzas, mientras el Rey no dispusiese otra cosa (1). Nom- 
braron, finalmente, Procurador para Madrid á Manuel de Frías (2), 
por haber renunciado tal cargo Hernandarias, quien primero había 
procedido con gran apasionamiento en defensa del servicio personal 
y luego, tocado de la gracia de Dios, había reconocido su iniquidad 
y no quiso tener parte en semejante negocio. Hizo Frías su viaje á 
Madrid, y después de haberse ventilado largamente sus razones y 
las Ordenanzas en el Consejo de Indias; finalmente, á 10 de Octubre 
de 1618, fueron confirmadas las disposiciones de Alfaro, con las 
modificaciones que van apuntadas arriba. 

A los indios de sus encomiendas les procuraron persuadir con 
artificio que el Visitador les había hecho agravio, señalándoles tasa 
y jornal, y que el hacer que fueran á alquilar su trabajo para ganar 
jornal, había sido querer tratarlos como animales ó caballos, que se 
ponen en la plaza para que los alquilen por precio. Y tan fuerte- 
mente les inculcaron este parecer, que la mayor parte de los indios 
de la Asunción, examinados en particular por el Visitador, respon- 
dían, como lo dice él mismo (3), que ellos no querían tasa, sino servir 
como antes, porque la tasa era cosa infamante é ignominiosa. No 
obstante, algunos indios de encomiendas más lejanas, como sucedió 
en Guarambaré (4), advirtieron lo que les estaba bien, y eligieron 
la tasa, negándose al servicio, lo que no poco desazonó á los enco- 
menderos. 

Contra los Jesuítas fué giande la ira, porque les achacaban que 
ellos eran la causa de todo con sus consejos; como si no fuera grande 
alabanza el haber contribuido con su parecer por una parte á poner 
en salvo la libertad de los indios, y por otra á asegurar la conciencia 
de los encomenderos mismos, que no podían estar tranquilos llevando 
adelante una injusticia y atropello tan manifiesto y prohibido por 



(1) Lozano, Historia, lib. VI. cap. VI. núm. 17. 

(2) Cédula confirmatoria al final de las Ordenanzas. 

(3) Ordenanza 57. 

(4) Lozano, Historia, lib. VHL c. XVII. núm. 6. 



-147- 

leyes del Reino: ó como si, aun faltando el parecer de los Jesuítas, 
no hubiese tenido bastante dirección el Visitador en las Cédulas 
reales, ni hubiese habido en el Consejo de Indias quien hubiera recla- 
mado por el cumplimiento de lo que tantas veces y tan severamente 
estaba ordenado, sobre abolirse el servicio personal. Pero el interés 
es ciego: y los vecinos de la Asunción, encomenderos en su mayor 
parte, trataron á los Jesuítas con tanta hostilidad, que éstos hubie- 
ron de desterrarse voluntariamente por entonces, no pudiendo ni aun 
subsistir materialmente en una ciudad donde hasta los víveres paga- 
dos por más de su precio se les negaban. Y aunque no faltaban entre 
los mismos encomenderos quienes se dolían de tal estado de cosas y 
daban la razón á los Padres; pero eran los menos, y hacían también 
menos demostraciones exteriores: con lo cual prevalecían los que se 
declaraban contra los Jesuítas y los indios, mayormente por tener á 
su cabeza á Hernandarias de Saavedra, que en aquel primer tiempo 
estuvo apasionado como el que más. Algo más tarde, Hernandarias 
reconoció su yerro, y dio tales muestras de ello, cuales podían espe- 
rarse de su gran ánimo y entendimiento, no sólo renunciando á cre- 
cidos intereses suyos, que tenía en los productos del cultivo de tierras 
con el servicio personal de los indios de su encomienda, la cual dejó 
del todo; sino reconociendo públicamente que había obrado mal é 
injustamente, y piocurando restituir á los indios los daños que se les 
habían seguido (1). Y bien sabido es cuánto más difícil es aún reco- 
nocer públicamente y confesar el propio error, que renunciar al propio 
interés, con no ser esto nada fácil. El Cabildo secular de la Ciudad 
dirigió también un auto á los Padres, rogándoles que volviesen de 
nuevo para ayudar á todos con sus ministerios, y así se restableció el 
colegio de la Asunción. 



III 



REDUCCIONES DEL GUAYRÁ 169 

Conviene recordar que en el distrito del Guayrá sólo dos pobla- 
ciones españolas había fundadas, una como de cincuenta vecinos, 
que era Ciudad-Real ó simplemente Guayrá, y otra de unas ciento 

(1) Lozano, Hist. lib. V, cap. VIII. núm. 21. 22; cap. VI. núm. 17. 



-148- 

cincuenta,que era Villarríca; hallándose en aquellas dilatadas comar- 
cas algunos pueblos de indios repartidos en encomiendas, y muchí- 
simos más en estado salvaje é independientes; y aun los mismos ya 
de antiguo encomendados, según el informe de Hernandarias, ser- 
vían cuando querían, sin que hubiera fuerzas para compelerlos. 

Al empezarse allí las Reducciones, estaba en práctica el servicio 
personal en toda su crudeza, y ejecutaban igualmente malocas para 
recoger piezas los paulistas por una parte, y los guayreños y villa- 
rricanos por otra. Llegaron los Padres Simón Mazeta y José Catal- 
dino á Guayrá en 1610 para emprender aquella conversión, según el 
exhorto que tenían del Gobernador, y con plenas facultades, así de 
la potestad eclesiástica, como de la civil. Pero como los vecinos de 
Ciudad-Real lenían su granjeria cifrada en los indios, á los cuales, 
con título de mitar, sacaban de sus tierras por tiempo indefinido para 
hacerlos trabajar en sus casas ó chacras, ó los tomaban como escla- 
vos habidos en guerra, para venderlos más tarde á los paulistas; 
vinieron á ser estos hombres opresores los maj^ores enemigos de la 
conversión de los indios. Habían recibido á los Padres con grande 
regocijo, los habían escuchado durante la cuaresma con gran fruto 
de sus almas y frecuencia de sacramentos, y aun habían seguido su 
consejo, que los salvó en una ocasión en que estuvieron á punto de 
perderse (1). Pero cuando después de unos meses de ausencia volvie- 
ron á su ciudad los Jesuítas y se dispusieron á seguir río arriba y 
entablar las Reducciones, hallaron las voluntades trocadas y del 
todo contrarias. Era claro para los Guayreños que, reducidos los 
indios á pueblos cristianos, los Misioneros se empeñarían en evitar 
los escándalos y ofensas de Dios que llevaban consigo las malocas, 
que impedirían retenei- los mitayos pasado el tiempo de su mita: en 
suma, que se declararían defensores de la libertad de los indios, y 
ya no se podría proceder en los nuevos pueblos con los desafueros 
usados en los antiguos; y ante la perspectiva de perder aquellas 
ilícitas ganancias, se declararon opuestos al establecimiento del 
cristianismo. Atropellando todos los sentimientos de religión y aun 
de humanidad y justicia, echaron en la cárcel al cacique enviado de 
los indios por embajador para acelerar el viaje de los Padres; é 
intercediendo éstos para que cesase aquella inmotivada vejación, 
tuvieron los Guayreños el atrevimiento de exigirles como precio de 
la libertad del cacique la promesa de que no entrarían á predicar en 
aquella región (2). Respondieron los Padres con firmeza evangélica lo 

(1) Lozano, Híst. lib. V. cap. XIV. núm. 23. 

(2) Libro V. cap. XV. núm. 4. 



- 149 - 

que debían, amenazándoles además, como ya antes lo habían hecho, 
con los. castigos de la justicia divina y humana. Quiso Dios que ter- 
minase todo sin grave daño para la misión, sacando de la cárcel al 
cacique, y sin mantener éste resentimiento alguno. Al llegar los 
Padres á los pueblecitos de los indios, setenta leguas más allá de 
Ciudad-Real, encontraron ya los ánimos de los indios prevenidos por 
las falsas voces que habían esparcido varios enviados de la ciudad 
que se les adelantaron, propalando que los Jesuítas sólo iban para 
hacer trabajar mucho á los indios y enriquecerse á costa de sus 
fatigas. Un vecino de la misma ciudad que se ofreció á acompañarles 
como entendido lenguaraz, anduvo bastantes días á la sombra de los 
Padres, engañando á los naturales para que le entregasen indias y 
niños, que él llevó para vender en Guayrá: y el haber hecho esto 
aquel mal hombre con tanta cautela que no lo conociesen los Jesuítas 
hasta después de haberse partido él (1), fué ocasión de descrédito 
para el Evangelio, porque juzgaban los indios que aquello se hacía 
con anuencia y participación de los Misioneros. 

Toda esta abierta guerra contra la religión que hicieron los 
encomenderos, movidos de su codicia, no bastó para impedir que se 
fundasen dos florecientes reducciones en Loreto y en San Ignacio 
de Pirapó; mas ya que no pudieron estorbar que se fundasen, empe 
ñáronse en destruirlas. 

Los procedimientos fueron los mismos. En los primeros meses 
del año 1612 fué al Guayrá el Teniente General D. Antonio de 
Añasco con comisión de publicar las Ordenanzas de Alfaro (2). 
Remedio inútil, cuando él mismo abiertamente las violaba, no que- 
riendo hacer restituir los indios é indias injustamente sacados de sus 
pueblos (3), y entrando personalmente á hacer malocas (4). Las 
malocas continuaron en adelante, no sólo en los pueblos de gentiles, 
sino en los que se querían reducir, y en los dos ya cristianos (5). 
«Continuaban [los Gua3^reños] en despachar soldados que sacasen 
indios é indias de nuestras Reducciones: y estos infernales minis- 
tros, no contentos con ejecutar sin piedad los inicuos órdenes, pasa- 
ban á robar la pobreza de los otros indios: y lo que era peor, á dar- 
les muy malos ejemplos y consejos, como era quebrantar las fiestas, 
y decir á los neófitos que no las guardasen, ni hiciesen caso de la 



(1) Mo.vTOYA, Conquista esp. §. VI. 

(2) Lozano, Hist. lib. VI. c. XII. núm. 24. 

(3) C. XIII. núm. 2. 

(4) C. XII. núm. 24. 

(5) C. XIII. 



- 150 — 

doctrina de los Padres... Sin hacer caso de las Ordenanzas, todo lo 
querían atrepellar por sus intereses, porque miraban lejos el castigo, 
como ellos mismos blasonaban:... que nada más desenfrena á los 
malos, que la impunidad. El Teniente de Ciudad Real, que los 
debiera contener, era quien daba peor ejemplo» (1). Era éste aquel 
de quien dice el mismo autor: «Lo mismo fué empuñar el bastón, que 
estrenar su potestad en despachar algunos Guayreños que persua- 
diesen á los indios de nuestras Reducciones abandonasen á los 
Padres, y se acercasen á Ciudad-Real, ó se esparciesen por los bos- 
ques. Porque si no les dais de mano, declan, os han de privar de 
vuestro antiguo modo de vida y de vuestras costumbres: pero si 
queréis quedar mas seguros, ¡o mejor será que los quitéis de enme- 
dio y les deis muerte.^ 

Ocurrió poco después el viaje de uno de los tres Misioneros á la 
Asunción por llamamiento de sus Superiores; y un Visitador sacer- 
dote, que llegó á Loreto con facultades extraordinarias, hizo empren- 
der por fuerza el mismo viaje al P. Montoya, quedando sólo en los 
dos pueblos el P. Simón Mazeta, Creyeron el Visitador y los del 
Guayrá, aunados en un mismo odio contra la abolición del servicio 
personal y contra los Jesuítas, que ésta era la ocasión de acabar con 
aquellas reducciones, molestando al único Misionero que quedaba, 
de suerte que él mismo se desterrase de aquellos pueblos. Es increí- 
ble lo que trabajaron, ya con falsas nuevas y cartas á la Asunción, 
ya con amenazas del Visitador de que arrojaría de allí á todos los 
Padres, ya con calumnias divulgadas entre los indios, y persuasiones 
para que no comunicasen con los Jesuítas: sin que quedase á éstos ni 
aun el medio de comunicarse por cartas con sus Superiores de la 
Asunción, pues, violando la correspondencia, inutilizaban ó extra- 
viaban las cartas (2); de suerte que hubo tiempo que estuvo resuelto 
el P. Lorenzana, Rector de la Asunción y Superior general de las 
Misiones, á retirar de allí los Padres, pues por una parte, los Guay- 
reños con sus correspondencias esparcían el rumor de que los indios 
estaban disgustados de los Jesuítas y huían de ellos, y por otra, nin- 
guna noticia directa de ellos llegaba al Superior (3). 

Pasó esta tormenta, que ocupó los años de 1613 y 1614; pero no 
pasó el mal ánimo de aquellos moradores, como se vio hacia 1618 en 
los desafueros del cacique Rodriguillo que refiere un Memorial del 



(1) Lib. VIII. c. XXIII, 

(2) Lib. VI. c. XIII. 

(3) Lozano, Hist. lib. VI. c. XI\^ núm. l.;lib. VIII. c. XII. núm. 19.; c. XIII. 
núm. 19. 



- 151- 

Padre Marciel de Lorenzana, fomentados por el teniente y los veci- 
nos de Ciudad-Real «siendo verdad que este indio Rodriguillo, ins- 
tigado por los españoles de Guayrá, ha procurado varias veces 
echar á los Padres de aquella tierra, quitaba las mujeres á sus mari- 
dos, amenazándoles con la muerte si no se las daban, estorbaba los 
casamientos con muchas amenazas, y últimamente hizo juntas para 
echar á los Padres de aquella tierra, y andaba de pasa en casa soli- 
citando los caciques y demás gente para salir con su intento» (1). 

Quienes con tanto atrevimiento se ocupaban en malocas después 
de promulgadas en sus tierras las Ordenanzas que las prohibían, es 
fácil de entender que tampoco respetaban la justicia con los mita- 
yos. «Soy testigo, dice el P. Antonio Ruiz de Montoya (2) que en la 
provincia de Guayrá, el más ajustado encomendero se servía los seis 
meses de cada año de todos los indios que tenía encomendados, sin 
paga alguna; y los que no se ajustaban tanto, los detenían diez 
y doce meses». 

Más adelante fundaron los Jesuítas otras once reducciones en el 
Guayrá, á bastante distancia de Ciudad-Real, y encontraron en los 
vecinos de Villarrica, que eran los más cercanos, el mismo proce- 
der que antes en los guayreños. Sirva de muestra un solo caso suce- 
dido en 1627. «Súpose en un pueblo de españoles llamado Villarrica» 
son palabras del P. Montoya (3), «que por dos veces me habían 
rechazado los indios de la provincia de Tayaoba, y juzgando por 
poderosas sus armas para vengar tal desacato, y de camino salir 
cargados de indias 3^ de muchachos para su servicio, que es el 
común interés de estas entradas, se apercibieron para la jornada. 
Bajé á esta villa, compadecido de su poco poder, para que no lo 
intentasen. Propúseles la multitud que había de gente, el riesgo 
de muchos pasos peligrosos; y viendo que persistían en su intento, 
jurídicamente pedí á las justicias que no entrasen, porque tenía por 
cierto que ninguno saldría con vida. Subieron 70 españoles con qui- 
nientos indios amigos. Juzgué por necesario ir yo con ellos hasta 
cierto paraje, para defender de sus manos una partida de gente que 
se me había entregado, y por cuyo medio pensaba yo conquistar lo 
demás. Estaban ya de paz, y sin duda la darían á los españoles, 
y ellos los cautivarían y llevarían presos, y aun para justificar su 
negocio ahorcarían algunos. No salió vano mi discurso, como probó 
el suceso. Fuimos á este viaje el P. Diego de Salazar 5^ yo». Refiere 

(1) Trelles, Anexos, núm. 15. 

(2) Conq. esp. § XII. 

(3) Ibid. § XXXII. 



- 152 - 

en seguida aquella entrada, en que cercados de enemigos, ya se die- 
ron por muertos los villarricenses, y se tuvieron por bien librados 
con salir vivos, aunque con no pocas heridas, y retirarse á su villa. 
Mas aquí venía la injusticia de que habían formado hábito con la 
práctica del servicio personal. «Los españoles, juzgando por caso de 
deshonra volver á sus casas cargados de heridas, y hu3'endo,y sin nin- 
guna presa, pusieron la mira en hacerla en aquellas ovejuelas, que 
fiadas de nosotros, nos seguían. Tratan de hacer proceso cómo aque- 
llos indios me habían querido matar dos veces, y convenía proceder 
á castigo. Hízose así, y dan sentencia que dos de ellos, que eran los 
caciques, sean ahorcados. Tuve aviso de esto: avisé de esta determi- 
nación á los caciques, dándoles por consejo que se trasmontasen por 
aquellas sierras con toda su gente, y que de ahí á ocho días volvie- 
sen á aquel puesto, donde me hallarían y trataríamos del buen 
asiento de sus cosas.» «A media noche con todo silencio salió 
aquella pobre gente, huyendo de la justicia, que debía ampararla 
y favorecerla...» 

Tal era la situación de las Doctrinas del Guayrá en presencia de 
los encomenderos. Por una parte hostigadas de continuo por los pau- 
listas, por otra vejadas y destruidas por los vecinos de Villarrica 
y Guayrá. Y estos últimos tenían trato y contrato de carne humana 
con los Mamelucos, y estaban tan dispuestos á juntarse con ellos, 
como se vio el año 1613, en el caso de ir á visitarlos el Capitán Juan 
Resquín, comisionado por el General Francisco González de Santa 
Cruz para remediar los atropellos de las malocas; pues tuvieron ya 
todos sus domésticos alojados en los bosques, y se hallaron con la 
resolución de dar muerte al Juez pesquisidor, y huir de su ciudad 
para trasladarse á San Pablo, que venía á ser el refugio de todos los 
malhechores de estas regiones (1). Y lo que entonces no hicieron, lo 
ejecutaron gran número de ellos en 1632, quedando hasta el día de 
hoy despoblada Ciudad-Real del Guaira. 



IV 

1 '^ REDUCCIONES DEL PARANÁ Y URUGUAY 

Habían sido los paranáes los primeros que lograron la concesión 
de ser eximidos de servir á encomenderos particulares, empeñándo- 

(í) Lozano, Hist. lib. VIII. c. XI. m'im 10. 



— 153 - . 

seles la palabra del Re}", de que serían encabezados en la Corona, 
y serían vasallos del Rey de España como los mismos castellanos. 
Esto los animó á reducirse, por haber cesado el principal estorbo 
que los detenía, ya que gustaban de ser cristianos }' tener Padres 
en sus tierras, pero los arredraba el haber de servir á personas cuyo 
dominio veían ejercitar en otros con tanta injusticia y dureza. 

La primera Reducción que se fundó con indios no sujetos á enco- 
miendas fué la de Itapúa, establecida en 1615 por el P. Roque Gon- 
zález. También en aquel año empezó el mismo Misionero á entablar 
en las orillas de la laguna Ibera una Reducción, que por haber pasado 
á ser administrada por los Padres franciscanos, uniéndose con Itatí, 
no disfrutó de exención. Al año siguiente de 1616, se empezó la reduc- 
ción de Yaguapoa, cuatro leguas al oeste de Itapúa, é inmediata al 
río Paraná (1). Sólo duró unos pocos años, y no existía ya en 1628. 
Seis años después de Yaguapoa, y cuando ya se había asentado la 
primera Reducción del Uruguay, que fué Concepción, se logró fun- 
dar en el Paraná la tercera de las estables, que fué Corpus. Siguié- 
ronse Acaray é Iguazú; y luego Loreto }' San Ignacio Miní, fugitivas 
del Guayrá; y hasta el año de 1638, en que, huyendo de los paulistas, 
se trasladaron variasDoctrinas de la región del Tape á orillas del Pa- 
raná, no tuvo más reducciones la provincia del Paraguay, ya dividida 
desde 1620 de la del Río de la Plata, cuya capital era Buenos Aires. 

Sobre éstas, pues, quisieron entablar su acción los encomenderos. 
Había dado cuenta el Oidor Alfaro á la Audiencia de Charcas de su 
decreto sobre la palabra real empeñada á los indios, }' la Audiencia 
lo confirmó con Provisión real. Con conocimiento de esta Provisión, 
y sabiendo que ya era llegado el tiempo de cumplir diez años algunas 
reducciones, pidió el Fiscal de la misma Audiencia que se ejecutase 
lo mandado, despachando nueva Provisión de que aquellos indios se 
pusieran precisamente en cabeza de Su Majestad, y no se encomen- 
dasen á particulares, sino que cumplieran con pagar al Re}' el tributo 
que les fuera señalado. La Provisión se despachó en Agosto de 1628. 
Mas los encomenderos instaron á Don Luis Céspedes Jeria y á Don 
Francisco de Céspedes, aquél Gobernador del Paraguay y éste de 
Buenos Aires; y uno y otro suplicaron de la provisión, alegando que 
á ellos, como Gobernadores, les tocaba distribuir aquellos indios, 
encomendándolos á los vecinos beneméritos. A la verdad, era inco- 
rregible la dañada voluntad de mantener las encomiendas tan rui- 
nosas en sí, y practicarlas aun en aquellos que como condición para 

(1) Carta Relación del P. Lorexza.va, § 8; Techo, Hist. V. 14. 



- 154 - 

someterse habían puesto el que se les asegurase la palabra real de 
no encomendarlos. Y no hacía un año que el mismo Gobernador de 
Buenos Aires había renovado solemnemente aquella promesa á los 
ciciques del Uruguay, que en compañía delP. Roque González habían 
bajado al Puerto. El Fiscal pidió que se cumpliese la palabra real, 
dada á los indios, como constaba de autos. Sentenció el Tribunal en 
favor de los indios en el juicio de vista; y se ventiló en aquel mismo 
tiempo la causa escandalosa de los enormes agravios é iniquidades 
cometidas por el Gobernador Céspedes Jeria, quien, teniendo con- 
trato hecho con los Mamelucos del Brasil, entraba con ellos á la parte 
de las ganancias que producía la venta de los indios que habían 
venido á cautivar á su provincia y llevaban á vender como esclavos 
al Brasil; 3^ como si éste le pareciese pequeño crimen, añadía el de 
obligar por fuerza á que fuesen devueltos á aquellos piratas los infe- 
lices indios que con la fuga lograban escaparse de sus manos. El 
Gobernador fué depuesto por sentencia judicial, condenado en cuatro 
mil pesos y las costas, é inhabilitado para cualquier empleo por seis 
años. Su conducta mostraba cuan injustos intereses habían movido 
la súplica de la Provisión, de no encomendar los indios convertidos 
sin armas; y así, aunque su procurador apeló de la nueva Provisión 
dada á la súplica en la vista; se confirmó la misma sentencia en 
revista, y se expidió en 23 de Agosto de 1633 la Provisión real que 
libraba, así á los indios del Parancá, como á los del Guayrá y Uru- 
guay, de ser encomendados (1). 

Mientras así se resolvía la causa de los indios en Chuquisaca, los 
Padres de la Compañía, que veían bien la grave importancia de aquel 
punto para que no se perdiesen las Doctrinas; y sentían la extraor- 
dinaria fuerza con que pretendían los encomenderos apoderarse de 
aquellos indios después de haber consumido los propios, habían pre- 
sentado la causa al Tribunal del Virrey del Perú, Don Luis Jerónimo 
Fernández de Cabrera, Conde de Chinchón. Este dio Provisión Real 
en Lima á 28 de Mayo de 1631, ordenando que se guardase la palabra 
real dada á los indios. Presentada la Provisión en el Consejo de 
Indias, fué aprobada por Cédula Real fecha en Madrid á 23 de 
Febrero de 1633. Y esta Cédula y Real ejecutoria fué inserta en Pro- 
visión posterior del mismo Virre}^ á 13 de Julio de 1634 (2). Todos 
estos reparos eran necesarios y ninguno redundaba para poder defen- 
der la causa de los indios contra la tenacidad y codicia insaciable 
de los encomenderos. 

(1) Lozano, Hist. lib. VI. c. XXVII. n. 23; Conq. lib. III. c. XIII. 

(2) V'éanse estos documentos en el Apénd. ni'im. 58-59. 



- 155 - 

Depuesto el Gobernador Céspedes Jeria, que tanto se empeñaba 
rn oprimir á los indios, le sucedió en el Paraguay el General Martín 
de LeJesma Valderrama, que apoyó con todas sus fuerzas á los 
encomenderos. Habiendo recibido orden de la Audiencia de Chuqui- 
saca para que visitase y empadronase los indios de Doctrinas, come- 
tió en la visita grandes tropelías, que estuvieron á punto de provocar 
una sublevación de los indios «por los agravios que recibieron» dice 
el P. Montoya (1) «de los soldados que llevó consigo (que siempre son 
en buen número) porque no había ni mujer, ni hija, ni cosa segura á 
su apetito; y es testigo el suplicante, que por haberle dado éstos y 
otros avisos importantes al desempeño de V. Majestad y de la suya, 
convocó de secreto los caciques en su casa, y les persuadió á que le 
pidiesen en público que echase de allí aquellos padres, é hizo otras 
diligencias bien opuestas á su oficio. Estas escandalosas acciones 
encendieron más á los indios en el amor de sus Padres.» No contento 
con empadronar los indios como se le mandaba, quiso sujetarlos á 
encomiendas, para lo cual tenía varias representaciones y requeri- 
mientos de los vecinos de la Asunción. Alegaban éstos que aquellas 
Doctrinas estaban formadas de indios conquistados por armas. Pro- 
bóseles con testimonios, no sólo de los Jesuítas mismos que las habían 
formado, sino de religiosos de la Orden de San Francisco, y de las 
personas mcás ancianas de la Gobernación, que ni soldados, ni escol- 
tas, ni armas, habían acompañado á los Misioneros en la conversión 
de los paranás, los cuales, así como habían pasado setenta años sin 
sujetarse á los vecinos de la Asunción, así hubieran continuado en 
adelante, á no intervenir la predicación de la fe y la palabra real, 
que ahora no se les quería cumplir. La Audiencia de Charcas dio pro- 
visión para que el Gobernador se limitase al padrón, y no innovase 
ni alterase en cuanto á encomendar los indios, sino que los dejase 
en la Corona real. Intimósele esta provisión, y más tarde otra del 
V^irrey del Perú; mas respondió que él había de encomendar los indios 
que no estuviesen encomendados, porque los vecinos de la Asunción 
tenían concedidas por el Rey varias mercedes de indios que no se les 
habían cumplido. Eran las mercedes de que hablaba encomiendas 
que llamaban de noticia, que por abuso habían acostumbrado dar los 
Gobernadores, señabmdo un territorio de tantas leguas y atribuyendo 
al encomendero los indios comprendidos en aquella demarcación 
aunque no estuviesen sujetos ni de paz; abuso que por su enormidad 
é injusticia de dar premio al encomendero que nada había hecho para 

(1) Memorial de 1643 n. 12. 



-156- 

reducir aquellos indios, 3" dar lo que no estaba en potestad del mismo 
que lo distribuía, había obligado al Visitador Alfaro á declarar nulas 
todas las encomiendas de este género, decisión confirmada por el 
Rey. Por lo cual, el Fiscal de la Audiencia de Charcas acusó esta 
respuesta como formal desobediencia á lo mandado por el Acuerdo; 
y se ordenó nuevamente al Gobernador Valderrama que hiciera el 
censo de los indios é informara sobre el fundamento de las encomien- 
das; pero que se abstuviese de encomendarlos, imponiéndole graves 
penas en caso contrario. Solamente movido del temor de una rigu- 
rosa ejecución de la Provisión Real, desistió de su intento, é hizo la 
visita y padrón con las tropelías que se han dicho (1). 

Mas no por eso desistió él y los encomenderos de llevar adelante 
su idea. Enviaron procurador á Charcas, y allí instaron para que se 
declarasen de encomienda los Guaranís reducidos en Itapúa y Cor- 
pus, ya que concedían, como gran merced, que los de Acaray é 
Iguazú habían sido reducidos por el Evangelio, y estaban compren- 
didos en la palabra real. Mas los de Corpus é Itapúa porfiaban en que 
habían sido conquistados por armas. Pueden verse las frivolas razo- 
nes que alegaban para convencer este falso aserto, en un Memorial 
de fines de 1635 ó principios de 1636, dirigido al Illmo. Sr. Aresti, 
Obispo de la Asunción, por el P. Diego de Boroa, quien, siendo 
entonces Provincial, emprendió á toda prisa el viaje desde Córdoba 
para acercarse al Paraguay, donde pudiese ayudar más eficazmente 
á desvanecer aquella nueva tormenta que amenazaba á los indios (2). 

Tratado el asunto en la Audiencia de Chuquisaca, alegó el Fiscal 
las muchas nulidades y violencias cometidas por el Gobernador en 
la instrucción del informe;- y pidió que se suspendiese la resolución 
hasta que fuera á visitar la provincia algún Oidor. Mas la Audiencia, 
sin hacer aprecio de la petición del Fiscal, sentenció en 16 de Se- 
tiembre de 1636, que se encomendasen los indios de Corpus é Itapúa 
á los vecinos del Paraguay, si es que alguno tenía título legítimo 
para ello (3). Agregó, no obstante, una condición: que no hubieran 
de pagar tributos á sus encomenderos en servicio personal, sino que 
pagasen en sus mismos pueblos la tasa que se les señalara, sin que 
nadie les pudiese obligar A salir de allí ni enterar el tributo en otra 
parte. Esta sola condición, que el P. Francisco Díaz Taño hizo que 
se declarase muy explícitamente en tres respuestas á sus dudas, 

(1) Lozano, Conquista, lib. III. c. XIII. 

(2) Buenos Aikes, Museo Mitre, sección Misiones Jesuíticas. 

(3) Buenos Aires: Arch. gen. leg. 1600-1750,60 Jesuítas— Gue rra guaranítica. 
Libros capitulares de la Asunción, ff. 73, 249 y 250, extractados en un apunte 
autógrafo del P. Díaz Taño, Arch. gen. Bs. .As. legajo Misiones I Varios años 1 1^ 



-157- 

bastó para que ninguno de los que con tanto empeño habían litigado 
en aquella causa, pretendiera encomienda alguna en Corpus ni en 
Itapúa; de suerte que en su carta de 22 de Octubre de 1658, mani- 
fiesta con extrañeza al Consejo de Indias el Oidor Valverde que «se 
había despachado ejecutoria para que los indios de las Reducciones 
de Itapúa y Corpus Christi los encomendase el Gobernador de esas 
provincias en personas beneméritas;... pero que no se habían valido 
de ella en veintidós años.» Era que lo que pretendían no era la enco- 
mienda según le3^ sino el servicio personal, prohibido por todo dere- 
cho, el mismo que ahora les estorbó la Audiencia con aquella cláu- 
sula conforme á las Cédulas y provisiones reales. 



V 



LAS REDUCCIONES Y EL ILUSTRÍSIMO SEÑOR CÁRDENAS 

A pesar de ¡o explícito de la Provisión real de la Audiencia en 
1636, continuaron sosteniendo los encomenderos de la Asunción que 
se les hacía agravio, 3^ que los indios de Doctrinas se les habían de 
encomendar con servicio personal, repitiendo siempre que ellos los 
habían conquistado por armas. Y así, invitados de parte de los indios 
á recoger en especie los tributos vencidos, declararon en su Cabildo 
secular en el año de 1640 que en ninguna manera se avenían á recibir 
el tributo de sus encomendados conforme á las tasas hechas y Orde- 
nanzas y Cédula posterior de 1636; sino que se les habían de pagar 
en servicio personal. 

Poco después llegaba por Obispo á la Asunción el Illmo. Señor 
Don Fr. Bernardino de Cárdenas, carácter singular y dominativo, 
que desde un principio tiró á reunir en sus manos el bastón de Gober- 
nador con el cayado de pastor, y á manejar uno y otro con universal 
imperio. Asido á las Cédulas reales que trataban de Patronato, pero 
que no hablaban de casos especiales, como era el de las Doctrinas, 
tomó el empeño de expulsar de ellas á los Misioneros Jesuítas, y sus- 
tituirlos por sacerdotes seculares. El efecto que tuvo este empeño lo 
hemos referido en otra parte al tratar del gobierno eclesiástico (1). 

Advirtiendo cuan conveniente le sería estribar sobre el partido 



171 



(1) Lib. I, cap. IX, § XV; y en la Introd. § IX. 



- 158 — 

de los encomenderos para su pretensión del gobierno, los halagó 
repitiendo en todos los tonos que se les hacía injusticia, privándolos 
de millares de indios, que les debíati ser encomendados, y no obs- 
tante, estaban secuestrados por los Jesuítas en las Doctrinas. Aña- 
día que poco había de poder, ó había de restituir á la Iglesia aquellas 
parroquias y á los encomenderos aquellos indios detentados. Es 
verdad que en otros memoriales decía que había de hacer entrar en 
las Cajas reales infinidad de miles de pesos que los indios debían de 
tributo al Rey, y que no pagaban por estorbarlo los Jesuítas. Quiz;i 
juzgaba que de la inmensa riqueza que, según él, encerraba aquella 
comarca de los indios, podría sacarse con que satisfacer á los enco- 
menderos y pagar juntamente tributo al Rey. Fomentó asimismo la 
calumnia del oro fingido, que por una parte hacía odiosos á los Jesuí- 
tas, y por otra lisonjeaba á los encomendeíos, haciéndoles entrever 
aquellos tesoros á cuya existencia por largo tiempo se mantuvieron 
aferrados. Por sí y por sus procuradores, pintó también el cuadro 
desolador del Paraguay en el cual /// //// iinliecito para traer agua 
ó leña había quedado á los descendientes de conquistadores, y tenían 
que ir las doncellas nobles á buscar agua al río. Pero podía haber 
advertido quien con tanta exactitud conocía las Cédulas reales como 
la de Carlos V, ya entonces derogada, y las del Patronato, tan fuera 
de sazón aplicadas, que había innumerables Cédulas que prohibían 
el servicio personal, y entre otras la de Felipe II de 2 de Diciembre 
de 1563 que dice: no se consienta que los encomenderos tengan en 
sus casas indios de que se sirvan personalmente, ocupados en traer 
yerbas para sus caballos, agua, leña, y en la labor de sus huertas 
y viñas, etc. La de 1609, declaratoria de la de 1601, que en sus capí- 
tulos 20 y 30, decide que ni á eclesiásticos ni á seculares se den 
indios de mita forzosa, para servir en ministeriosdoniésticos de casa, 
huertas, edificios, leña, yerva y otros semejantes: porque, au/íque 
esto sea de alguna descomodidad para los Españoles, pesa más la 
libertad y conservación de los Indios. La Ordenanza 1.'"^ de Alfaro 
en 1611, confirmada en 1618: Declaro no poderse ni deberse hacer en- 
comiendas de servicio personal, etc. Y finalmente la Cédula de 14 
de Abril de 1633 al Virrey del Perú: v porque... sin embargo de 
esto, he sido informado que en esas provincias duran todavía los 
dichos servicios personales;., por la presente ordeno y mando, que 
luego que ésta recibáis, tratéis de alsar y quitar precisa é inviola- 
blemente el dicho servicio personal, en cualquier parte y en cual- 
quier forma que estuviere y se hallare entablado... En cuanto á esta 
última Cédula, es cierto que la conoció muy bien el lUmo. Sr. Car 



- 159 — 

denas, como que en sus memoriales al Rey celebra con encarecidas 
frases la benignidad del Soberano, que se esmeraba en mantener la 
libertad y procurar el bienestar de los indios. Y, sin embargo, el 
mismo Prelado que esto decía, y que por su estado había de ser 
defensor nato de los indígenas, era el que en la práctica ponía tanto 
empeño en que fuesen reducidos al odioso servicio personal, y se 
quejaba de que eran pocos los sujetos á él. Porque bien sabía que 
aquellos indiecitos que deseaba tuviesen en mucho número los des- 
cendientes de conquistadores, acarreaban el agua y la leña sin nin 
gún jornal ni recompensa, que nunca se les pagó en la Asunción, 
á pesar de las Ordenanzas. 

Hubiera sido razón, además, que reparase que las pinturas de 
esta clase, para que muevan á lástima, primero que todo, han de ser 
conformes á la verdad. Y la que él presentaba, no lo era; y difícil- 
mente podría hallar testigos verídicos que hubiesen visto á tantas 
nobles doncellas con su cántaro de agua á la cabeza. Y cuando tal 
cosa hubiera sucedido, mejor era resignarse á trabajar en tarea 
humilde, pero no deshonrosa, que atropellar la justicia debida á los 
indios. 

Finalmente, si lo alegado era verdad, eso mismo constituía una 
irrefutable demostración de la necesidad de suprimir toda enco- 
mienda, ya que en cien años que habían pasado desde la conquista, 
habían destruido unos pocos vecinos de la Asunción un número cre- 
cidísimo de mis de ochenta mil indios de tributo que se repartieron 
en tiempo de Irala, lo que supone bien cuatrocientas mil personas; y 
si ahora no se querían acabar de arruinar los indios que quedaban 
en las Doctrinas, era preciso no ponerlos en las manos de los enco- 
menderos, que ya habían dado cuenta de los precedentes. 

No obstante eso, en gracia de los encomenderos, quería el Pre- 
lado que se derogase al privilegio otorgado en favor del Evangelio, 
y que se faltase á la palabra real dada á los indios, anulando todas 
las disposiciones emanadas de los Reyes durante cien años en contra 
del servicio personal. Y á la práctica de las Cédulas reales, de las 
Provisiones del Virrey y de la Audiencia, que se ejecutaban en las 
Doctrinas, llamaba abuso y usurpación de los intereses y derechos 
del Rey. Tanto puede la pasión. 

El Illmo. Sr. Cárdenas ciertamente no fué el primero que pre- 
tendió sujetar las Doctrinas á los encomenderos, como tampoco fué 
el primero que quiso sacar de allí á los Jesuítas. Otros le habían 
precedido en ambos intentos: y él halló preparado el terreno. Pero 
ciertamente excedió á cuantos había habido antes de él por la fogo- 



— 160 — 

sidad de su empeño y el arrojo en los medios de que usó, los cuales 
mantuvieron en estas regiones la inquietud y desconcierto durante 
un cuarto de siglo. 

No logró ninguna de sus dos pretensiones, por fortuna para los 
indios. 



Vi 

172 

^'^ DOCTRINAS DEL URUGUAY 

Las Doctrinas de la región del Uruguay, que pertenecían á la 
demarcación de la provincia de Buenos Aires, no hubieron de sufrir 
tan rudos contrastes. Puede conjeturarse que fué causa de ello el 
hallarse muy distantes de las ciudades españolas; pues la menor 
distancia de Buenos Aires era de ciento cincuenta leguas, mientras 
que de la Asunción sólo distaban las Reducciones más próximas unas 
treinta y tres leguas. No obstante, 3'a que no se pretendió entre- 
garlas en encomiendas, coirieron otro género de peligros. 

Acababa de prometer el Gobernador de Buenos Aires D. Fran- 
cisco de Céspedes á los caciques indios, que bajaron con el venerable 
Padre Roque González al Puerto, lo que ellos habían exigido para 
dar la obediencia al Rey de España, á saber, que no habían de servir 
á españoles particulares, ni seles habían de poner en sus pueblos 
otras autoridades que los Padres Misioneros, á quienes de su volun- 
tad se habían sujetado; 3' la promesa había sido confirmada con 
juramento. Sin embargo, en el mismo año destinó á Hernando de 
Zayas por Coiregidor de la Reducción de Concepción, á Pedro 
Bravo para el mismo cargo en Yape3"ú, 3' á Pedro de Paiva para el 
pueblo de San Javier de 3^aguaraitíes, en la margen izquierda del 
Urugua3' pocas leguas debajo de Concepción. No podía haber tomado 
resolución más imprudente, sobre ser violatoria de tan solemne pro- 
mesa. Los infieles de aquella comarca, viendo entrárseles los espa- 
ñoles que tanto detestaban, se alzaron contra los indios convertidos 
poco había, 3" congregados en las Reducciones, 3^ les intimaron la 
guerra, si no expelían los tales Corregidores; 3' aun maltrataron á 
alguna partida suelta que hallaron de los Guaranís de Concepción, 
enviándolos después al pueblo cargados de baldones. Los indios 
cristianos, que no tenían menos recelo que los infieles, á duras penas 
sufrían á los recién venidos, m;lxime viendo cómo se les había faltado 



-161 

á la fe dada en Buenos Aires. Pero cuando Hernando de Zayas des- 
cubrió su carácter violento é imperioso, apremiando con duras 
órdenes á los indios, y le vieron menos honesto con sus hijas 3^ muje- 
res, se exasperaron de tal suerte, que, colmada la medida al verle 
descargar una bofetada sobre un niño de uno de los caciques, que no 
le obedecía á su gusto, acudieron tumultuosamente á las armas, y le 
hubieran dado muerte, á no interponerse los Padres para defender 
al Corregidor, que se había refugiado á su amparo. Pero no se sose- 
garon hasta que el mismo Zayas dejó de ejercer su oficio. Paya había 
ejercido su cargo con tanta aspereza en San Javier, que el cacique 
Potirava, que primero estuvo para matarlo, al rin se huyó de la 
Reducción y con él se fueron hasta mil indios. Llegando poco des- 
pués el Provincial P. Mastrilli Durc4n, los indios de Concepción se le 
presentaron, exigiendo que se les cumpliera la palabra que les había 
dado el Gobernador, y salieran al punto los Corregidores: pues de 
otro modo estaban resueltos á abandonar el pueblo. Hízoles aguardar 
el Padre su respuesta hasta otro día, y en sustancia fué, que él no 
podía quitar los Corregidores, porque eso tocaba al Gobernador; 
pero que haría con él las diligencias y representaciones conducen- 
tes; y esperaba que el Gobernador los atendería. Con esto envió un 
Padre á Buenos Aires, dando cuenta de todo en sus cartas á Céspe- 
des; y el Gobernador, reconociendo el error, removió la causa, 
sacando de allí los Corregidores (1). Había manifestado Céspedes la 
resolución de establecer ana ciudad en el territorio del Uruguay más 
poblado de indios, que en su concepto serviría para sujetar con m;ís 
seguridad el país, y en la que había de fundar él el título de un mar- 
quesado; pero la experiencia de los Corregidores le dio á entender 
en la empresa dificultades que no había sospechado, y la rapidez con 
que se fundaban una tras otra las Reducciones y quedaban sometidos 
los naturales, mostró que aquel plan no era medio necesario para 
tener en paz los indios: y así desistió del primer intento. 

Varias veces se propuso más tarde en la Audiencia y en el Con- 
sejo la idea de poner Corregidores españoles, que en cierto modo 
eran los antiguos pobleros, mayordomos ó administradores, de 
quienes tan enormes excesos había averiguado el Visitador Alfaro, 
que los prohibió so pena de galeras; si bien el procurador Frías había 
alcanzado en Madrid que se modificase la Ordenanza de Alfaro, 
permitiendo los administradores, nombrados, no ya por el encomen 
dero, sino por el Gobernador. En cuanto á los Corregidores, la ex- 

(1) Thcho, Hist. lib. VII, capítulos XXXII. XXXIV; Lozano, Conq. lib. III. ca" 
pitillo XVI, CoBDARA, Hist. Soc. lesu. anno 1627, Res Paraquariae. 

11. Organización social de las doctrinas guaraníes.— tomo ii. 



- 16'J - 

periencia perpetua mostró los mismos inconvenientes, tratándose de 
indios nuevamente reducidos, y el mismo peligro de quedar aban- 
donados los pueblos; y las personas que se consultaron, siempre juz- 
garon al establecer tales autoridades por una parte innecesario, y por 
otra peligroso; y así, en ciento cuarenta años más, hasta 1768, aun- 
que varias veces se trató del asunto, nunca se llegaron á introducir. 

Otro peligro tuvieron los indios de parte de los Gobernadores de 
Buenos -Aires. Discurriéndose en el Consejo de Indias sobre la 
defensa de esta importante plaza, pareció conveniente establecer en 
sus cercanías un numeroso pueblo de indios del Paraguay, donde 
sin alargarse á viajes, pudiera disponer el Gobernador de varias 
compañías de caballería, gobernadas por oficiales españoles, y pron- 
tas para acudir á cualquier amago contra el Puerto. Pidióse informe 
sobre el punto al Gobernador D. Andrés de Robles: y excusando 
él á los indígenas del Paraguay, cargó todo el peso de trasladarse 
los indios con sus familias, lejos de sus parientes, á ciento cincuenta 
leguas de su país, sobre los indios que doctrinaba la Compañía en el 
Uruguay. En este sentido se despachó en el año de 1680, la Cédula 
para que bajasen á Buenos Aires mil familias del Uruguay (1) y la 
empezó á ejecutar el Gobernador D. José Garro. Representáronle 
los Padres sus graves inconvenientes: mas no hubo medio de des- 
viarlo de su propósito. Con esto el P. Diego Francisco Altamirano, 
que había ido de Procurador de la provincia del Paraguay á Madrid 
y á Roma, presentó en 1683 en el Consejo de Indias un Memorial (2), 
apoyado en informaciones jurídicas hechas en América, en el que se 
proponían las razones para desechar aquel proyecto, y entre otras 
la diversidad de clima y el peligro de dejar desamparada la pobla- 
ción por el desmedido amor que los indios, más que nación alguna, 
tienen á su patria (3). Estas razones decidieron la revocación de la 
orden que ya estaba dada conforme á las instancias del Gobernador 
Robles, y los Guaraníes quedaron tranquilos en sus tierras. 

No ocurrieron en adelante otros sucesos que trajesen notable 
gravamen á los indios por parte de los Gobernadores de Buenos 
Aires: y ésta fué la causa de que más tarde todas las treinta Misio- 
nes fuesen agregadas por el Consejo de las Indias al gobierno de 
Buenos Aires, como en el que hallaban mayor seguridad. De este 
modo los Guaraníes, libres de servir á particulares en la provincia 

(1) Constan estos antecedentes de la relación del Fiscal en el Consejo de 
Indias, año 1701 (Sevilla, Arch. de Indias, 76. 5. 7). 

(2) Ibid. 74. 6. 40. 

(3) Biblioteca Nacional en Buenos Aires, sección de MSS; Cédula Real de 12 de 
Noviembre de 1716 á D. Francisco Mauricio de Zavala. 



— 163 



del Río de la Plata, prestaron en ella, más que en ninguna otra, los 
relevantes servicios que en su propio lugar hemos enumerado. 



VII 



LA MITA PARA IR Á LOS YERBALES DE MARACAYÜ 



173 



La Provisión real del virrey del Perú, Conde de Salvatierra, dada 
en Lima á 21 de Junio de 1649, ejecutoria de la Cédula real de 14 de 
Febrero de 1647, con la cual eran declarados los indios de Doctrinas 
por peytenecietttes á la real Corona, y por presidiarios del presidio 
y opósito de los Portugueses del Brasil, ordenando que por ahora 
sean relevados de )iiitas y servicio personal, puesto que asisten en 
dicho presidio, en que se juzga estar bastantemente ocupados en el 
servicio de Dios y causa pública] debía haber hecho reconocer A los 
encomenderos que era tiempo de desistir de sus pretensiones injus- 
tas de someter aquellos indios á servicio personal. Mas no fué así. 
Mantenían la servidumbre de los demás Guaraníes, aunque tan mer- 
mados por efecto de las encomiendas; 3^ dolíales ver á tan lucidos, 
pueblos como eran los de Doctrinas, exentos de aquella pensión; que- 
jándose sin motivo de que los Guaraníes de las Misiones Jesuítas 
eran independientes, porque servían al Rey, y ellos deseaban que 
estuviesen al arbitrio de cualquier particular, y les sirviesen á ellos. 

La ejecución de estos despachos, cometida al Oidor Don Juan 
Blásqucz de Valverde, quien los llevó á efecto en 1657 y 1658, úni- 
camente dio lugar á los encomenderos para renovar las antiguas 
peticiones de encomiendas en Corpus é Tt apúa ; que trasmitidas al Con- 
sejo de Indias en carta de Valverde á 22 de Octubre de 1658, tuvie- 
ron por resultado en la Cédula de 1661 (1) el ordenar las pongáis 
todas ellas [las Reducciones de Paraná, Uruguay, Itatines y Tape] 
en mi Corona Real; y que aunque se hayan encomendado algunos 
de los indios de Itapúa y Corpus Christi á personas particulares^ 
hagáis de ellos la misma incorporación, para que luego que vaquen 
se ejecute, sin que se puedan volverá encomendar de nuevo, de 
suerte que en todas las Reducciones de esas provincias corra una 
misma regla, siendo los indios de ellas tributarios míos...^ 

Mas, habiendo entrado á gobernar el Paraguay el sargento 
mayor D. Juan Diez de Andino en 1663, y llegando á la misma pro- 

(1) Apénd. núm, 6. 



- 164 - 

vincia el Oidor de la recién fundada Audiencia de Buenos Aires, 
Don Pedro de Rojas y Luna, que iba á entender en la residencia del 
anterior Gobernador Sarmiento, trajo en favor de Andino, su 
grande amigo, una Provisión de la Audiencia, en la cual se le daba 
facultad para sacar cada año trescientos indios de mita de los dos 
pueblos de Itatines, que entonces estaban todavía al norte, de modo 
que los pudiese enviar á Maracayú al laboreo de la yerba. La pro- 
visión había sido obtenida por los informes y diligencias de Andino; 
pero al recibirla éste, le pareció verdadera injusticia enriquecerse 
con el sudor de aquellos pobres indios, tanto más cuanto expresa- 
mente estaban exceptuados de todo servicio personal por la provi- 
sión de 1649 y por la Cédula de 16bl; 3' no quiso usar de ella, 
diciendo: Nunca Dios peruiita que yo adquiera bienes con tan grave 
daño y perjuicio de los indios miserables (1). Ojalá que, así como 
no quiso él usar de la provisión, la hubiera dejado sin valor, ó con 
nuevos informes, ó por lo menos, acreditando las nulidades que en 
ella había, y las razones porque no se ejecutaba. Pero no lo hizo así, 
y aquella provisión sirvió á los encomenderos de medio para moles- 
tar á los Itatines durante muchos años, como lo veremos bien pronto. 

Por entonces, pasóse algún tiempo sin que se hablase de la tal 
provisión. Y, habiéndose llevado los Mamelucos en 1676 cuatro pue- 
blos de indios inmediatos á la Villarrica, y obligado á esta población 
á cambiar de lugar por tercera vez, y retirarse más á lo interior del 
^Paraguay; tomaron ocasión de esta nueva disminución de indios los 
encomenderos, para pedir al Virrey de Lima que hiciese ir al tra- 
■bajo de la yerba de Maracayú los indios de las Doctrinas de la Com- 
pañía. Tuvo noticia de este recurso el P. Diego Francisco Altami- 
rano. Provincial entonces del Paraguay, y representó las razones 
que había en contrario al mismo Virrey, en carta fecha á 30 de 
Mayo de 1678 (2). Hiciéronse autos y diligencias judiciales, que se 
enviaron á Lima, para informar sobre el asunto; y el Virrey dio 
orden de que la Audiencia de Charcas enviase su parecer. Mas 
como se temiese que los Gobernadores ó los encomenderos pasaran 
á ejecutar lo que pretendían, hízose nuevo recurso en nombre del 
Padre Provincial Altamirano para que, mientras el Gobierno supe- 
rior del Virrey resolvía definitivamente, no se hiciese novedad, y así 
lo decretó S. E. á 28 de Julio de 1679 (3). 

No parece que hubo necesidad de intimar en la Asunción este 

(1) Lozano, Conq. lib. III. c. XV. 

(2) Buenos Aires: Arch. gen. legajo Compañía de Jesús I Paraguay I mini JO. 

(3) Ibid. 



— 165 - 

Decreto, hasta que con el Gobierno de Vera se renovó la provisión 
dada en tiempo de Diez de Andino. Porque habiendo sido nombrado 
Gobernador del Paraguay D. Antonio de Vera y Mujica, en el corto 
término de algunos días que duró su mando, se dejó dominar del 
partido de los encomenderos, entre quienes tenía parientes 3' depen- 
dientes. Y fundándose en la provisión antes dicha de la Audiencia de 
Buenos Aires, mientras publicaba un auto en que declaraba que los 
indios de Doctrinas debían defender las fronteras, y los demás, acu- 
dir al socorro de la ciudad de la Asunción; hacía otro segundo auto, 
que no publicó por entonces, en el cual disponía que fuesen releva- 
dos de ir al servicio de la yerba de Maracayú los demás pueblos, 
y que en lugar de ellos acudieran á esta faena, no sólo los de los 
pueblos de Itatines, sino también los demás de las Doctrinas que esta- 
ban bajo de la jurisdicción del Paraguay. Habiendo sido trasladado 
dentro de breves días al gobierno de Tucumán, llevó consigo los dos 
autos, y los envió á la Audiencia de Charcas, pidiendo confirmación 
de la provisión de la ya entonces extinguida Audiencia de Buenos 
Aires, 3" de sus dos autos, inclusa la extensión del servicio de la 
yerba á las otras Doctrinas, que en la provisión no estaban mencio- 
nadas. Todo lo consiguió como lo pedía, y lo envió á la Asunción, ha- 
ciendo diligencias para que se ejecutase; aunque el Gobernador Mon- 
forte, que se hizo cargo de las injusticias que encerraban tales dispo- 
siciones y del daño que de ellas se seguiría, suspendió por entonces la 
ejecución. Sabiendo los Padres de la Compañía la decisión de la Au- 
diencia de Charcas, enviaron á ella informes sobre la verdad }' jus- 
ticia del caso, y entre otros documentos, presentaron una resolu- 
ción del Consejo de Indias, que declaraba privativo del Rey el 
conceder semejantes servicios de indios y anulaba una concesión 
hecha en aquella forma (1). Con estos informes 3", sobre todo, con 
la presentación de aquel documento, la Audiencia revocó su decreto 
de 1685. 

Hallábase de Procurador de la provincia del Paraguay á Madrid 
y á Roma el mismo P.Diego de Altamirano que como Provincial había 
recurrido en este asunto al Virrey Liñán; y recibida la noticia de 
que se trataba de poner en ejecución la provisión de la Audiencia de 
Charcas, acudió al Consejodelndias, representando en su Memorial (2) 
nuevamente el cúmulo de razones por las cuales no se debía hacer 

(1) Buenos Airrs: Arch. gen. leg. Jesuítas / Paraguay / iiúm. 10. La relación 
de este hecho se halla consignada en un apunte del P. Lauro Núñez que se con- 
serva en el Archivo general de Buenos Aires, legajo núm. 53 I Misiones ¡ Com- 
pañía de Jesús I Varios años. 

(2) BuKNOs AtKEs; Arch. gen. \eg. Jesuítas / Paraguay / uúm. 10. 



-166- 

á los Guaranís de Doctrinas aquel agravio, y el vicio de obrepción 
é informe diminuto con que se habían obtenido aquellos despachos, 
ocultando que desde la expedición del Decreto de Buenos Aires 
hasta la del auto de Vera se habían trasladado los pueblos de Itati- 
nes hacia el sur, y estaban á una distancia de cien leguas de Ma- 
racayú adonde los querían hacer ir al servicio de la yerba; siendo 
así que las Ordenanzas de esta región dadas por el Oidor Alfaro, 
señalaban el máximum de treinta leguas (1). Como las razones eran 
manifiestas, el Consejo de Indias ordenó que, á pesar de la provisión 
de la Audiencia, se les mantuviera á los Guaraníes la exención 
de que gozaban, y no fueran obligados á ir á la yerba. 

Mas no estaba todo terminado. El Memorial del P. Altamirano 
al Consejo de Indias pasó á la Audiencia de Charcas, con una Cé- 
dula de 10 de Abril de 1692, que mandaba diese informe aquella 
Audiencia sobre la materia de que se trataba. Envió Li Audiencia su 
informe á 5 de Jumo de 1699; y en vista de él y de otro del Arzo- 
bispo de Charcas, y otros documentos, se expidió Cédula con 
fecha 18 de Mayo de 1702, revocando el despacho concedido al 
Padre Altamirano (2), y consiguientemente obligando á los Guara- 
níes de Santiago, Santa María de Fe y San Ignacio á asistir al labo- 
reo de la yerba en Maraca3ai. Recibida esta Cédula en Charcas, se 
hizo el obedecimiento y se ordenó la ejecución á 20 de Diciembre 
de 1702. El Fiscal en 20 de Junio de 1704 pidió se despachase provi- 
sión sobre ella á los Gobernadores de las provincias del Paraguay: 
y en 14 de Julio de 1706 se dio decreto conforme á este pedimento, 
como todo consta de la misma Provisión (3). Luego que hubo llegado 
esta provisión al Paraguay, se trató de reducirla A la práctica. Inti- 
móla el Gobernador D. Baltasar García Ros al P. Bartolomé Jimé- 
nez, Superior de las Misiones del Paraná con veces de Provincial: 
y éste interpuso súplica para que no se ejecutase mientras recurría 
á los Tribunales superiores, fundado en las sólidas razones y com- 
probantes que pueden verse en su Memorial (4). Despachada favora- 
blemente la súplica, no se ejecutó por el momento la ida al laboreo 
de la yerba. Entretanto, el P. Francisco Burgés, Procurador á la 
sazón á Madrid y Roma, hacía en su Memorial de 1708 (5) la 
siguiente representación: «vuelto de Roma á esta Corte el supli- 

(1) Ord. 29. 

(2) Buenos Aires: Arch. gen. legajo Compañía de Jesús / Paraguay / núin. 10. 

(3) Ibid. 

(4) Buenos Aires: Arch. gen. legajo 1600, 1750, 1760 I Jesuítas I Guerra 
Gnaranítica. 

(5) ApénJice, núm. 53. 



-167 — 

cante, ha recibido cartas de su provincia del Paraguay, en que le 
avisan cómo se trataba de imponerles [á los indios de Doctrinas] 
nuevas cargas de diezmos, y de aumentarlos tributos, y que obliga- 
ban á los indios de tres pueblos de dichas Reducciones, llamados 
San Ignacio, Nuestra Señora de Fee y Santiago, á que fuesen 
á Maracayú,... en virtud de Reales Cédulas expedidas por informes 
de la Audiencia y Arzobispo de los Charcas, y Obispo de Buenos 
Aires. ..Las cuales Cédulas le avisan parece no se han ejecutado por 
haberse ganado con informes inciertos...» El P. Burgés, en este 
Memorial, propone todas las razones en favor de los Guaraníes, y refi- 
riéndose á los autos que presentó, demuestra la insubsistencia de los 
cargos que se han hecho contra los indios y sus Misioneros, reco- 
rriéndolos uno por uno, sin dejar ninguno en que no pruebe clara- 
mente cuan sin razón se alegan. El efecto de este Memorial fué la 
Cédula de 30 de Mayo de 1708, declarada por otra de 9 de Octu- 
bre del mismo año, con la cual se daban por libres del servicio de 
la yerba los tres pueblos de San Ignacio guazú, Santiago y Santa 
María de Fe, como de hecho siempre lo habían estado. 



VIII 

ANTEQUERA Y BARÚA I '4 

Hase visto al principiar esta obra (1), cuánto padecieron los 
Guaraníes de parte de D. José de Antequera: 3' constan los excesos 
de este Juez é intruso Gobernador por la Historia del P. Charlevoix, 
y mucho más por la recién publicada del P. Lozano, sobre las revo- 
luciones del Paraguay desde el año de 1721 hasta el de 1735. Aun- 
que el intento prmcipal de Antequera de ocupar el cargo de Gober- 
nador, y ejercerlo el mayor tiempo posible, y con el mayor posible 
provecho para sus intereses, no tuviese precisamente conexión con 
los deseos de los encomenderos; no obstante, siendo éstos en aquella 
.provincia numerosos, y deseando él atraerse á todos. Antequera los 
halagó, y procuró hacerlos de su partido. Convenía con ellos en el 
odio que tuvo á los Jesuítas; y supo además con su elocuencia artifi- 
ciosa ponderar lo que tan frecuentemente repetían ellos, la gran 
miseria del Paraguay por carecer de suficiente número de indios de 
servicio; enigma que no acababan de descifrar, y cu3^a solución 

(1) Bosquejo, § 11. 



estaba en que los habían consumido con sus encomiendas. La oca- 
sión en que más se señaló en esto, fué cuando, perdido j^a todo res- 
peto, levantó bandera para salir con ejército contra l;is armas del 
Gobernador legítimo D. Baltasar García Ros. Arengó á los suyos 
y los excitó entre otras cosas contra los Jesuítas ó teatinos (como 
les llamaban), tratándolos de traidores al Re)^ y enemigos de la reli- 
gión católica, que querían hacer esclavos á los vecinos de la Asun- 
ción; prometió que les quitaría las Doctrinas para que las adminis- 
trasen clérigos seculares del país, lo cual era mostrarles al mismo 
tiempo á todas las Doctrinas dependientes de la Gobernación del 
Paraguay sujetas á las encomiendas y mitas, de que hasta allí se 
habían librado; y finalmente, ofreció dar á saco los cuatro pueblos 
más cercanos del Tebicuarí. Dada la batalla, en que con su artificio 
logró vencer, con muerte de más de trescientos Guaranís, se ade- 
lantó con suejército hasta los cuatro pueblos, con intención al pare- 
cer de cumplir su intento. Hallólos despoblados, por haberse huido 
los indios á los montes. No los dio á saco, ó por considerar de poca 
importancia y valor lo que dentro de los pueblos había, ó por otras 
causas; y esto hizo que se levantasen algunas murmuraciones y que- 
jas entre sus parciales. Pero, aunque se retiró precipitadamente por 
miedo de los Guaraníes de los otros pueblos, que en número de cinco 
mil según le avisaron, se iban acercando; no dejó que los suyos per- 
diesen el fruto del saqueo, pues se llevaron lo que en aquellos pue- 
blos podía valer más, arreando para la Asunción cuanto ganado 
iban encontrando. Y para que todo tuviese sabor de encomiendas, 
los ciento cincuenta Guaraníes que cayeron prisioneros, fueron repar- 
tidos, de orden de Antequera, entre diversos amos, como piezas, 
ó esclavos que digamos; y á la verdad, fueron tan mal tratados de 
sus dueños, que la mayor parte dentro de poco ya eran muertos. 

Al Gobernador intruso Antequera, sucedió Don Martín de Barúa, 
puesto por D. Bruno Mauricio de Zavala con poco acertada elección; 
pues no sirvió sino de mantener la cizaña, y de avivar el fuego que 
con la huida de Antequera se había de ir naturalmente resfriando; y 
todo esto lo ejecutó con tal cautela y tantas apariencias de rectitud, 
que sólo los muy avisados podían comprender el alcance de sus 
operaciones. Mantúvose en el Paraguay durante todos los disturbios 
de los Comuneros, aunque declinando ya modestamente el título de 
Gobernador, pero en realidad sin estorbar muchos excesos, como 
hubiera podido y debido, y siendo en secreto el alma y director de 
algunos: con todo lo cual hizo hatto sospechosa su fidelidad. 

Este hombre astuto y doblado, deseoso de favorecer á los enco- 



menderos y de dañar á los Jesuítas y á sus Misiones, contra las cuales 
había mostrado no poco su mala voluntad mientras estuvo de teniente 
de gobernador en Santa Fe; se valió de la ocasión de pedírsele 
noticias de su provincia, y en especial de las Doctrinas, para dar al 
Rey un informe, cuyos capítulos principales se enumeran al empezar 
la Cédula de 1743, pintando con tan negros colores el estado de las 
Doctrinas, que el Rey determinó enviar un Comisionado especial 
para enterarse de la verdad. Vuelto este Comisario á España, 
examinados los hechos que averiguó, y todo cuanto en más de cien 
años se había actuado en el asunto de las Doctrinas, indagación que 
duró más de ocho años, vinieron á ser calificados los informes de^ 
Barúa en la Cédula de 1743 (1) con las palabras formales de falsas 
calumnias y imposturas de Barúa. 

Pero lo que es menos conocido es que, apenas entrado en su 
gobierno, con fecha 9 de Agosto de 1726, escribió una carta é informe 
sobre las Misiones al Rey en su Consejo de Indias, pidiendo que se 
estableciese en las Doctrinas el servicio de la mita. Tan honda había 
quedado en los ánimos de los encomenderos la resolución de no 
desaprovechar momento, para conseguir aquel gravamen y verdadera 
opresión y agravio de los indios de Doctrinas. La idea pasó desde el 
Consejo de Indias á informe del Gobernador de Buenos Aires, Don 
Bruno de Zavala, como si todavía se necesitasen nuevas deliberacio 
nesen materia tantas veces examinada, y cuya injusticia se convencía 
con incontrastables razones, y estaba declarada por aquel mismo 
Tribunal real. El Sr. Zavala informó lo que sabía y era constante, }' 
la petición de Barúa fué desechada por Cédula de 27 de Agosto de 
1730 (2). Ese mismo año enviaba Barúa su nuevo informe lleno de 
calumnias é imposturas. 

Los atropellos de Antequera y el estado de incertidumbre en que 
se hallaban las Doctrinas, por hallarse en la jurisdicción de una pro- 
vincia tan propensa á disturbios y á la sazón tan alborotada como era 
el Paraguay; movieron al P. Procurador del Paraguay, Jerónimo 
Herrán, á suplicar al Rey que desmembrase las ocho Doctrinas que 
había en el Paraguay, y las incorporase á la provincia de Buenos 
Aires. Otorgósele la petición por Cédula de 26 de Noviembre de 
1726; y desde entonces quedó agregado á la provincia del Río de la 
Plata todo el territorio comprendido entre el Tebicuarí y el Paraná. 



(1) Al fin, § Y ÚLTIMAMENTE. 

(2) Consérvase la Cédula de consulta á Zavala y la negativa á Barúa en la co- 
lección de MSS. de la Bibl. nacional en Buenos Aires. Colección hecha por el Ca- 
nónigo Don Saturnino Seguróla: Cédulas de 1718 á 1739. 



Sección Tercera 
LA OBRA DE BUCARELI 



CAPITULO VI 

EL PLAN DE BUCARELI 

1. Carácter de Bucareli.— 2. Bucareli fundador. — 3. Las Instrucciones de Bu- 
careli. — 4. Instrucción á los Gobernadores interinos. — 5. Adición de 15 de Enero 
de 1770. — 6. Ordenanza de Comercio de 1." de Junio de 1770. — 7. Valor de las 
Instrucciones de Bucareli. 

No fué sólo el régimen de los encomenderos el que se aplicó para 
gobernar á los indios Guaraníes en las regiones de la cuenca hidro- 
gráfica del Plata; sino también otro sistema, ideado, al parecer, con 
gran reflexión para que sustituyese al de los Jesuítas, y evitase los 
vicios que en éste se suponían. El de los encomenderos fué contem- 
poráneo con el de los Jesuítas, y aplicado á otros indios de la misma 
raza Guaraní y de la misma provincia: el sistema de Bucareli fué 
aplicado inmediatamente después del de los Jesuítas, y en los mismos 
indios Guaraníes de Misiones. Será, pues, muy conveniente estudiar 
este nuevo régimen, como hemos estudiado el de los encomenderos, 
para hallar en su examen elementos con que apreciar comparativa- 
mente el valor de la obra de los Jesuítas. Y en el presente capítulo 
empezaremos por exponer el plan en sí mismo. 



I 

175 

CARÁCTER DE BUCARELI 

Ayudará no poco para entender y juzgar exactamente del plan, 
conocer la persona que lo propuso, tal como la presentan los dato s 



- 171 - 

de la historia, y darse cuenta de la acción que ejercitó en los países 
del Río de la Plata. 

D. Francisco de Paula Bucareli y Ursúa (hermano del que en 
1767 era Gobernador de la Habana, y fué más tarde Virrey de 
Méjico, D. Antonio María Bucareli), fué el sucesor de D. Pedro 
Antonio Cevallos en la gobernación de la provincia de Buenos Aires. 
Los dos hermanos Bucareli fueron destinados por los que en España 
manejaban los hilos de la conjuración contra los Jesuítas, para que 
ejecutasen la expulsión de la Compañía de Jesús, cada uno en un 
distrito bastante dilatado, y trasmitiesen las órdenes á los países 
vecinos: D. Antonio desde las Antillas á Méjico, y D. Francisco 
desde las tres provincias de Tucumán, Paraguay y Río de la Plata, 
para las cuales fué nombrado inmediatamente, al Virreinato del 
Perú y al Gobierno de Chile. La elección de las personas, hecha por 
quien las conocía, prueba que había en uno y otro el fondo de animad- 
versión contra los Jesuítas que para este caso se requería, y quizá 
también los vínculos de sociedades secretas, que fueron la regla 
general en los fautores de aquella inicua y antirreligiosa trama. Y 
en efecto, los documentos todos emanados de Bucareli acusan un 
mal contenido aborrecimiento contra los Jesuítas, origen de sospe- 
chas y de interpretaciones siniestras; y su misma correspondencia 
particular, cuando ya estaba de vuelta en España, muestra que con 
servaba los mismos sentimientos, á no ser que supongamos que los 
fingía, pues representaba los asuntos de España manejados por un 
partido de los Jesuítas, y prepotente, cuando los Jesuítas estaban 
todos en el destierro, y el partido de los que los aborrecían (y con 
e.los á la Iglesia), se hallaba triunfante, y á punto de obtener la 
total extinción de la Compañía de Jesús. 

No era desfavorable el concepto que Bucareli tenía formado de 
sus propios méritos, antes bien pecaba de todo lo contrario: y así se 
le ve ponderar sus servicios de una manera que raya á veces en 
ridicula y pueril, particularmente cuando trata de la ejecución del 
extrañamiento, que representa como una empresa formidable, y de 
su expedición para sustituir los Misioneros de las Doctrinas, que 
describe como una gran operación militar, con tales detalles, que 
sin duda provocarían la risa en quienes están enterados de la verdad, 
si el asunto no fuese por demás serio y triste. Por esta misma estima 
de sí propio, cayó en un error y entabló una pretensión que le costó 
serios disgustos. Porque, habiendo sido comisionado para ejecutar 
la expulsión en las tres provincias dichas, con autoridad superior á 
cualquiera otra, en lo relativo á este asunto y sus inmediatas atin- 



- 172 - 

gencias, llegó á figurarse que había sido constituido como una espe- 
cie de Virrey, que tenía autoridad sobre las tres piovincias en todo 
y para todo; y con esta aprensión dio algunas órdenes para fuera de 
su provincia de Buenos Aires. Los Gobernadores se negaron á eje- 
cutarlas, y las acusaron como una intrusión. Bucareli insistió en su 
primera idea, y presentó como prueba incontrovertible el sobre 
de una instrucción que se le había dirigido, y en el cual, según decía, 
estaba contenido de una manera auténtica su nombramiento para 
Gobernador de las tres provincias; pues en aquel sobre se leía, 
escrita de puño y letra del mismo Carlos III, la siguiente dirección: 
A D. Francisco Bucareli, mi Gobernador y Capitán general de 
Buenos Aires, Paraguay y Tucninán.— Buenos Aires. — Llevada la 
contienda á Madrid, se le hizo entender á Bucareli, que aquello podía 
haber sido una distracción del Rey; pero que su autoridad estaba 
limitada á la provincia de Buenos Aires, extendiéndose únicamente 
á las otras en las dependencias de la expulsión: 3' que no estando 
destituidos los Gobernadores de las otras provincias, como no lo 
estaban, no debía entrometerse en mandar fuera de su jurisdic- 
ción (1). Vuelto Bucareli á España, tampoco se curó de este humor. 
Y así, en sus cartas á alguno de sus íntimos de Buenos Aires, avisa 
que es fácil que le nombren Virrey del Perú, pero que no se siente 
dispuesto á aceptar, vista la ingratitud de los americanos, etc. 

Llegó Bucareli á Buenos Aires á mediados del año 17ób, habiendo 
salido de España el 3 de Mayo, cuando ya el plan de la expulsión de 
los Jesuítas estaba bien adelantado y hacía días que se había reali- 
zado el motín contra Esquilache, concertado para atemorizar al Rey 
y hacerle creíbles las calumnias que se forjaron para asegurar la 
ruina de aquellos religiosos. Pero la orden de descargar sobre ellos 
el último golpe no le vino hasta el año siguiente. Luego que la tuvo 
en su poder, procedió con actividad á designar los ejecutores en las 
demás ciudades, guardando para sí propio el cumplirla en la ciudad 
de Buenos Aires donde residía. Jamás se vio en estas regiones 
Gobernador más despótico, que lo fué Bucareli en esta ocasión. Con 
frivolos pretextos envió desterradas y embarcó para diversos puntos 
á varias personas de la ciudad que le pareció que le podían estor- 
bar (2). Tomó preso á D. Miguel García de Tagle, cabeza de una de 
las principales familias de Buenos Aires, y sin manifestarle las cau- 
sas, ni darle lugar de defensa, lo sentenció á muerte, 3^ estuvo á 

(1) Brabo, Colección de documentos relativos á la expulsión de los Jesuítas, 
Madrid, 1872, pág. 251. 

(2) Bucareli, Carta al conde de Aranda. Buenos Aires, 8 de Abril de 1768. 



- 173 - 

punto de ejecutarlo (1); y aunque se logró que no llegase á tal 
extremo, puede suponerse la congoja y trastorno de las familias y las 
impresiones de la víctima, producidas por aquel proceder tiránico. 
El bando que dio para que los que tuviesen efectos pertenecientes á 
los Jesuítas, ó deudas con ellos, lo declarasen ante él en el término 
de tres días, llevaba como sanción la pena de muerte (2). Y por el 
mismo estilo son varias otras de sus disposiciones. Así, aunque no 
tuvo más que cuatro años de mando, sin llegar á cumplir los cinco 
que eran de costumbre en estas provincias, no hubo gobernante que 
fuera más antipático que él á los moradores del país, exceptuados 
algunos favorecidos suyos, que nunca faltan del todo los amigos á 
quienes disfrutan del poder. El mismo, ya vuelto á España, escribía 
fulminando amenazas de que si llegaba á ir de nuevo á América, 
proveído por Virrey del Perú, haría ahorcar á tales ó tales personas 
de Buenos Aires (3). 

Atravesóse con el Cabildo secular de Buenos Aires, por haber 
distraído Bucareli ciertos fondos de que debía disponer el Cabildo, y 
haberlos empleado en adornar su morada particular. En este asunto 
se declaró que había obrado indebidamente Bucareli por Cédula de 
Madrid á 24 de Octubre de 1784 (4). 

Dejóse engañar de los portugueses, quienes en su gobierno, res- 
pondiendo con muy buenas palabras á sus exhortos, adelantaron 
notablemente por la parte de Río-Grande, dando harto quehacer en 
los gobiernos subsiguientes. 

Finalmente, puede decirse que Bucareli fué la antítesis de Don 
Pedro Cevallos, quien durante los diez años que estuvo de Goberna- 
dor del Río de la Plata, se conquistó el afecto de los habitantes del 
país por sus excelentes cualidades; y cuando más tarde volvió como 
primer Virrey del nuevo Virreinato, causó tanta alegría con su lle- 
gada como fué grande el sentimiento de verle partir pocos meses 
después, de suerte que el Cabildo secular de la ciudad de Buenos 
Aires presentó súplica al Rey para que se le prolongase el mando, 
por lo muy necesario que parecía ser para el bien de estas provin- 
cias. 

La única cosa provechosa que ejecutó Bucareli durante su gobier- 
no, que fué hacer desalojar á los ingleses las islas Malvinas, donde in- 
debidamente se habían establecido; no fué del agrado de la Corte. 

(1) Cédula real del Pardo, 20 de Febrero de 1775. (Sevilla, Arch. de Indias 
124. 2. 10.) 

(2) Ibid. 

(i) Bucareli, Cartas autógrafas, col. part. 

(4) Buenos Aires, Bibl. nac. MSS. Col. Seguyóla, 1780-1790. 



— 174 — 

Añadiremos para terminar la reseña de los hechos de este gober- 
nante lo que más largamente trató D. Juan María Gutiérrez en un 
artículo de la Revista del Rio de la Plata (1). A pesar de estar pro- 
hibido por las le3'es que los Gobernadores ú otros oficiales públicos 
negociasen por sí ó por medio de otras personas; Bucareli trajo en 
su viaje á Buenos Aires mercancías prestadas por valor de cien mil 
pesos con el compromiso de devolver esta cantidad luego de llegado 
á América. Y en efecto, habiendo arribado el Gobernador á Buenos 
Aires en 22 de Julio en 1766; antes de pasar un año, embarcaba ya 
en 24 de Mayo de 1767, 45.000 pesos plata en el navio La Venus, y 
en 5 de Julio de 1767 la cantidad restante, en el mismo. Había escri- 
tura pública firmada en Cádiz del préstamo hecho á Bucareli, y 
constó del embarco de los cien mil pesos en Buenos Aires; pero ni lo 
uno ni lo otro estaba hecho á nombre del mismo Gobernador, sino á 
nombre de su apoderado y agente en Buenos Aires, D. Domingo 
Basavilbaso. Para que á nadie se le ocurra si semejante cantidad de 
cien mil pesos en numerario podría proceder, n¡ aun parcialmente, 
de empréstito ú otro cualquiera negocio con la esperanza de los cau- 
dales que se pensaba encontrar en manos de los Jesuítas (quienes 
precisamente en esos días, 3 y 12 de Julio de 1767, fueron sorpren- 
didos, ocupándoseles libros, papeles y efectos), añade el Sr. Gutié- 
rrez que <ila conducta privada de Bucareli nada absolutamente tiene 
que ver con la causa que le traía d América.-» 

El concepto general que Bucareli ha merecido á los que hoy escri- 
ben en el Río de la Plata, se expresa en las siguientes palabras de 
los autores del Diccionario biográfico nacional impreso en Buenos 
Aires año de 1877 (2): Fué cruel, arbitrario y desconfiado. Temeroso 
de una sublevación, desterró bajo su gobierno, sin forma de pro- 
ceso, un sinnúmero devecinosrespetables,haciendo pesar todo género 
de violencias y vejaciones sobre sus enemigos personales, y los 
adictos á la administración anterior. t> 



II 

1 ' t) BUCARELI FUNDADOR 

La obra que ha hecho que sea conocido y recordado el nombre de 
Bucareli, es la expulsión de los Jesuítas. Pero no todos saben que 

(1) Tom. I, pág. 201. Bs. As. 1871. 

(2) Arrotea, Dice, biogr. nac. art. Bucareli. 



- 17-) - 

este Gobernador no se contentó con desterrar á los Misioneros, lo 
cual hizo con gran satisfacción suya; sino que además, persuadido 
de que los Jesuítas no tenían celo, ni habían fundado en aquellas 
regiones misión alguna (1), ni habían tenido entendimiento ni buen 
método para gobernar las que, según él, recibieron de otras manos; 
tomó el empeño de establecer una reducción de infieles, y la hizo 
gobernar con régimen especial distinto del general que establecía 
para las Doctrinas antiguas. No convenía menor empresa á la capa- 
cidad del personaje, y así se acreditaría que no era en daño de la fe 
y religión el haber expulsado á los Jesuítas, sino en aumento de las 
conversiones, que ellos tenían estacionadas. Sacando, pues, de la 
Doctrina de Corpus una porción de indios guayanás, que los Jesuítas 
iban agregando allí porque se reducían muy bien, á causa de tener en 
el pueblo sus parientes; los estableció unas leguas más arriba, afir- 
mando que aquél sería un punto avanzado, estratégica, militar y evan- 
gélicamente hablando. Porque á un tiempo serviría para defender el 
territorio contra los bárbaros de las inmediaciones, y atraería á los 
demás guayanás por allí esparcidos: pudiéndose adelantar con el 
tiempo más y más hacia el norte las conversiones y los pueblos con 
que se había de tomar posesión de aquel país. En lugar de dos sacer- 
dotes, que tenían las demás reducciones, púsoles un solo cura, que 
fué Fr. Bonifacio Ortiz, dominico, á quien dejó como administrador 
temporal, no obstante que con sumo empeño urgía en todos los demás 
pueblos la práctica de no dejar nada temporal á cargo de los religio- 
sos. A la reducción se le dio el nombre de Sun Francisco de Paula, 
en honor del fundador D. Francisco de Paula Bucareli. 

Mas á pesar de todos los buenos pronósticos y del equívoco celo 
del Gobernador, la reducción empezó con malos auspicios. El cura á 
los pocos meses hubo de abandonar el pueblo por enfermedad, sin 
dejar á nadie que cuidase de él. Desde el Corpus, donde se recogió, 
participó su indisposición á D. Francisco Bruno de Zavala, quien 
tropezó con bastantes dificultades para hallarle sustituto (2). Dentro 
de poco, los habitantes se alborotaron por haber reclamado los del 
Corpus ciertos terrenos que unos y otros pretendían ser suyos. E 
Gobernador Zavala procuró dejar contento al Gobernador principal 
Bucareli, dando la razón á los de la nueva Reducción (3). 

Pero como el defecto no estaba en intereses particulares, sino en 

(1) Bucareli, Carta de 14 de Octubre de 1768. (Brabo, 197.) 

(2) Zavala, Informe (Bs. As. Arch. gen. legajo Misiones 1770.) 

(3) Zavala, Auto dado en Candelaria á 2 de Mayo de 1770. (Bs. As. Arch. gen. 
gleajo Misiones (Varios anos). 



- 17h- 

la raíz de haber fundado reducción allí donde los Jesuítas por justas- 
causas habían estimado que no se podía fundar, en paraje desacomo- 
dado (1), en que no estaba sazonada la mies, aquella nueva fundación 
continuó yendo de mal en peor; y quince años más tarde, según la 
relación de Doblas (2), estaba convertida en puro lugar de cita para 
las tribus infieles cercanas, que acudían en tiempo de la cosecha, 
y se detenían hasta consumir los frutos recogidos. En habiéndose 
acabado el alimento, se volvían á sus bosques; quedando en el pueblo 
sólo unas pocas familias; pues siendo 50 personas todas las que for- 
maban la reducción (3), ni aun ésas perseveraban en el pueblo, sino 
que muchas se ausentaban en compañía de sus parientes infieles. 
Pueden verse algunos pocos detalles más en el mismo Doblas y en 
Alvear (4). 

Por fin, los pocos habitantes que quedaron de aquella flamante 
fundación, huyeron de su pueblo, donde encontraban demasiadas difi- 
cultades para vivir; y se refugiaron en la primitiva doctrina de donde 
habían salido, que era el Corpus; aprobando el Gobierno de Buenos 
Aires esta espontánea reincorporación. La gloria que pensó haber 
reportado el reformador del gobierno de las Doctrinas quedó tan 
oscurecida, que nunca se contaron más que treinta Reducciones, que 
eran las que habían dejado los Jesuítas. La fundación de Bucareli 
únicamente se hace reparar en las listas de pago de los sínodos; y 
muchos hay que han leído bastantes escritos acerca de las Doctrinas, 
y no tienen siquiera noticia, ó se les ha desvanecido por su poca 
importancia, si alguna vez la tuvieron, de la reducción de San Fran- 
cisco de Paula. 



III 

177 

* ' ' LAS INSTRUCCIONES DE BUCARELI 

Tan luego como el Gobernador D. Francisco de Paula Bucareli 
hubo determinado llevar á cabo el extrañamiento de los Misioneros 
Jesuítas de Doctrinas (el cual no tuvo lugar sino más de un año 

(1) Doblas, Memoria histórica de Misiones, en Angelis. III. 52. 

(2) Ibid. 

(3) Memoria histórica, Ángf.lis, III. 52. 

(4) Relación de Misiones, Áng. IV. p. 77. 



— 177- 

después que todos los otros Jesuítas habían sido expulsados), nombró 
para ejecutarlo cinco comisionados especiales, porque él no quiso 
ver á los Padres ni entrar en los pueblos hasta que ya estuviesen 
fuera los Jesuítas expatriados. La Instrucción que dio á estos comi- 
sionados fué y-á. una parte principal de su sistema, como lo fué asi- 
mismo la Instrucción para los administradores particulares. 

Salidos los Padres de las Doctrinas, y verificadas las primeras 
diligencias de recibir los inventarios, establecer administradores, 
dar la institución á los nuevos Curas, etc.; pasó á designar, no un 
Gobernador interino de aquellos pueblos, como la Adición á la Ins- 
trucción para el extrañamiento por lo tocante á Indias y Filipinas 
del Conde de Aranda le prevenía, y hubiera correspondido al único 
Superior que tenían los Jesuítas; sino dos, que fueron D. Juan Fran- 
cisco de la Riva Herrera, á quien sujetó veinte pueblos, y D. Fran- 
cisco Bruno de Zavala, á cuyo cargo puso los diez restantes de la 
parte oriental. A estos dos Gobernadores interinos dio en 23 de 
Agosto de 17Ó8 una Instrucción propia bien extensa (1), que com- 
prendía á su juicio todos los puntos necesarios para establecer en las 
Doctrinas su nuevo plan de gobierno. 

Pero todavía no había trascurrido un año, cuando se vio que las 
Doctrinas amenazaban ruina total, si pronto no se les acudía con el 
remedio. Entonces agregó otra instrucción de mucho mayor número 
de artículos, que llamó Adición, y está fechada en Buenos Aires, á 
15 de Enero de 1770. 

Ya para entonces había tenido que aplicar también un remedio 
radical en las personas, quitando de un golpe todos los treinta Admi- 
nistradores que el año anterior había puesto de su mano; y admi- 
tiendo la renuncia de uno de los dos Gobernadores interinos, «asi por 
los motivos que expone pararlo continuar, como por otros que he teni- 
do presentesT> (2). Y uno délos motivos fué el de que, según se ex- 
presa él mismo «/)or medio de... los misinos hechos .^noticias y sucesos 
ulteriores, he venido á conocer perfectamente la necesidad , que no 
se presentó á primera vista, de variar aquel primordial estableci- 
miento de dos Gobernadores; y que siendo uno el de todos los pue- 
blos, es mucho más conducente aumentar tres subalternos, que con 
título de Tenientes, y bajo las órdenes de dicho Gobernador obren 
en los puestos y pueblos que designará esta providencia^) (3). 



(1) Brabo, Colección, pág. 200. 

(2) BuCARELLi, Auto de 27 de Diciembre de 1769 (Buenos Aires: Arch. gen. 
Papeles sueltos). 

(3) Ibid. 

12. Organización social de las doctrinas guaraníes.— tomo \\- 



Quitó, pues, uno de los dos Gobernadores, extendiendo la jurisdic- 
ción del otro, que fué D. Francisco Bruno de Zavala, de modo que 
tuviera sujetos á sí todos los pueblos de Doctrinas. Dividió todo el 
territorio en cuatro departamentos. El de Candelaria, que com- 
prendía doce de los quince pueblos situados entre los dos ríos 
Paraná y Uruguay, con más los tres de Itapúa, Trinidad y Jesús, lo 
puso al cuidado inmediato del Gobernador. Los tres pueblos restan- 
tes entre los dos ríos, á saber, Yapeyú, la Cruz, y Santo Tomé, aña- 
diendo el de San Borja, formaron el departamento de Yapeyú, que 
fué confiado al Teniente D. Francisco Pérez, con residencia ordina- 
ria en Yape3^ú. El departamento de San Miguel se formó de los seis 
pueblos al oriente del Uruguay restantes, y fué encomendado al 
Teniente D. Gaspar de la Plaza, con residencia ordinaria en San 
Miguel. El último departamento fué el de Santiago para los cuatro 
pueblos del Tebicuarí, añadiéndoles el de San Cosme, y fué puesto 
al cuidado de D. José Barbosa, con residencia en Santiago ó en San 
Ignacio Guazú. 

Seis meses más tarde, á I.'' de Junio de 1770, añadió Bucareli 
una extensa Ordenanza para arreglar el comercio de los españoles 
con los indios Tapes y Guaranis del Paraná y Uruguay. 

A mediados de Agosto de 1770, dejó el gobierno de esta provin- 
cia del Río de la Plata, y se embarcó para España, después de haber 
trazado un plan tan perfecto á su parecer, que nada tenían que 
hacer ya los que le sucedieran; pues dice: «.Determinadas y estable- 
cidas con el nombramiento de los distintos empleados en los pue- 
blos de Misiones., las reglas conducentes á su gobierno, subsisten- 
cia, adelantanuento, comercio y administración de sus frutos y 
bienes^ y las respectivas d la aplicación de las iglesias d parroquias, 
y las casas, reducida la habitación del Gobernador, sus tenientes, 
la de los curas, compañeros y administradores, á escuelas, obrajes 
y ahnacenes de efectos de los indios, que siempre han tenido en 
ellas, co)no edificios propios suyos, fabricados, adornados y entre- 
tenidos á su costo y continuado trabajo, cosa alguna queda V. S. y 
á la Junta que practicar ó disponer en ésto» (1). 

Las Instrucciones de Bucareli se pusieron desde luego en ejecu- 
ción como interinas. En el Archivo General de Buenos Aires se 
encuentra una copia auténtica de estas Instrucciones, que com- 
prende la Instrucción á los Gobernadores interinos, la Adición de 

(1) Memoria del Gobernador Bucareli ti su sucesor D. Juan José de Vértiz. 
15 de Agosto de 1770, al fin. (Publicada en Tkelles, Revista de la Bibliote'a. 
tomo IV'. BuKNos AiRts 1880. pág. 265). 



-179- 

Enero de 1770 y la Ordenanza de comercio. Estos tres documentos 
son los que corrieron en Doctrinas con el título común de Ordenan- 
zas. En la copia, á cada uno de los acápites corresponde un número 
de orden, habiendo tres series: una desde el número 1 hasta el 29 
para la Instrucción: otra del 1 al 50 para la Adición: y otra 
de 1 á 50 para las Ordenanzas de comercio. Con estos números se 
citarán en el examen que va á hacerse. En cuanto al texto mismo, 
en nada diñere del publicado por Brabo (1). 



IV 



LA INSTRUCCIÓN Á LOS GOBERNADORES INTERINOS 178 

Prescindimos en este resumen y estudio de la perpetua costum- 
bre de Bucareli, quien á cada paso intercalaba una censura sobre el 
proceder de los Jesuítas, ó una nueva inculpación sin fundamento, 
práctica que, si podía ser útil para congraciarse con sus patrocina- 
dores y aun con el Monarca, ciegamente hostil á la Compañía de 
Jesús, es del todo impertinente en un legislador. A su tiempo habre- 
mos de hacernos cargo de algunos de los juicios de Bucareli; mas 
aquí tratamos sólo de la parte dispositiva. 

La Instrucción de 23 de Agosto dirigida á los Gobernadores, con 
su complemento, que es la Instruccióti para los administradores 
particulares de los pueblos (2), establece en primer lugar el modo de 
gobierno que han de tener en adelante los Guaraníes. Señala dos 
gobernadores que los rijan conforme á las leyes de Indias, y un 
Administrador que cuide de los intereses temporales de los indios en 
cada pueblo, prohibiendo que conserven cosa alguna de administra- 
ción temporal los párrocos. 

El cargo del Administrador es enteramente nuevo, y conviene 
reparar bien en cuáles son las atribuciones que se le señalan. Dos 
facultades solamente se le dan en su Instrucción. La primera, la de 
guardar una de las tres llaves bajo las cuales se han encerrado y se 
han de conservar siempre en el almacén los efectos del común del 

(1) Brabo, Col. Instrucción, p. 200; Adición, p. 300; Ordenanza de comercio, 
página 324. 

(2) Brabo, Col. Instrucción para los Gobernadores, pág. 200; Instrucción para 
los Administradores, pág. 297. 



— 180- 

pueblo, los cuales no pueden ser extraídos sin acuerdo del Cabildo, 
y relación firmada del mismo Cabildo, del mayordomo y del Admi- 
nistrador [A]. La segunda, de repartir los trabajos comunes con 
acuerdo del corregidor y de un mayordomo [B]. 

A cada uno de los dos Gobernadores interinos, empieza por reco- 
mendarles que en cuanto al conocimiento y práctica de la santa fe 
que se ha de procurar en los indios, defieran á las disposiciones del 
Obispo, y por su parte se esmeren en que se mantenga el debido 
respeto á los sacerdotes [2]: Dos son: y luego les traza la norma que 
deben seguir en el gobierno económico y político. 

En la parte económica establece que los fundamentos de la 
futura prosperidad de las Doctrinas son el idioma castellano, el 
cultivo de las tierras y el comercio [3] [9] [19]. 

Por lo que hace al idioma, introduce una novedad, cual es cargar 
á los Curas con la tarea personal de enseñar en la escuela, impo- 
niendo á los pueblos la obligación de sustentar al Cura, como esti- 
pendio de la enseñanza [4]. Y decimos tarea personal, porque eso 
suenan las palabras de la Instrucción «^estará á cargo de los Curas 
y sus Compañeros esta primera educación de los inucJiachos-» «se 
dedicarán con loable esmero á este importante encargo^; adem;1s de 
que si en la Instrucción se supusiera que el Cura había de valerse 
de otro para desempeñar esta tarea, le obligaría sin justicia á cer- 
cenar de su sínodo para dar estipendio al Maestro, y sería irrisoria 
la cláusula que expresa que se le acrece algo al sínodo por ser 
«á cargo del pueblo suministrar á ambos religiosos la manutención 
necesaria en reconocimiento de este beneficio^ (ibid.). Los niños, 
además, tendrán obligación de no hablar sino en castellano en las 
horas de escuela [4], lo cual no puede conseguirse sin usar de cas- 
tigo; y así, ésta es otra noved.id que añade: pues hasta entonces 
estaba expresamente declarado que los Padres cumplían con el pre 
cepto é intención de las leyes enseñando el idioma castellano del 
modo que lo hacían, sin obligar á los indios por medio del castigo, 
conforme lo dice la Cédula de 1743: y que aseguran los Padres de 
la Compañía que sólo les ha faltado el usar de los medios de rigor, 
los que ni la Ley previene, ni les ha parecido conveniente (1). 

Agrega Bucareli algunos medios de civilidad conformes á lo que 
acostumbraban los Padres de la Compañía, como son tratar con 
alguna mayor honra á caciques y cabildantes [5]; arbitrar los medios 
para que en una misma casa no habiten distintas familias [6]; y pres- 

(1) Cédula de 28 de Diciembre de 1743, punto 3." 



-181- 

cribe dos novedades que debieran parecerle de pequeña importancia 
3^ fáciles de conseguir, y son el abandono del traje acostumbrado 
entre los indios y particularmente del tipo y en las mujeres y la obli- 
gación de usar de calzado [7]. 

Por lo tocante al cultivo de las tierras, encarga que se expongan 
á los indios las razones que deben persuadirlos á trabajar [9]; y luego 
prescribe varias cosas que )^a en el régimen de los Jesuítas ejecuta- 
ban los Guaraníes, como son llevar cuenta del número del ganado 
para reponerlo cuando falta [10], cuidar de que haya suficientes peo- 
nes y caballos [11], procurar el aumento del ganado mayor [12] y 
menor [13]; dar tiempo á los indios para sus sementeras [15], enviar 
al almacén los frutos comunes. Añade la novedad de que los Gober- 
nadores aumenten las siembras y plantíos [14], lo cual ha de ser por 
necesidad exigiendo mayort rabajo común de parte de losGuaraníes; 
y la de que los administradores particulares envíen al Gobernador 
una relación minuciosa de todos los plantíos así comunes como par- 
ticulares año por año [16]. 

Finalmente, en cuanto al comercio, que era el tercer medio de 
prosperidad propuesto por Bucareli, manda que en toda compra y 
venta, sea de bienes comunes, sea de bienes de indios particulares, 
intervenga el Administrador [20]; y que se alejen los géneros inúti- 
les, y en particular las bebidas que causan la embriaguez [23]; pre- 
venciones ambas no sólo establecidas j^^a en cuanto al precepto por 
los Jesuítas, sino lo que importa más, llevadas á la práctica en Doc- 
trinas, como allí mismo lo atestigua Bucareli. Ordena asimismo que 
las compras y ventas de los frutos comunes sobrantes se hagan sólo 
en Buenos Aires ó en Santa Fe [21], de manera que viene á prohibir 
el comercio interior de las Doctrinas que se hallaba establecido de 
pueblo á pueblo. Señala en seguida las formalidades que, supuesto el 
establecimiento de los administradores particulares, eran necesarias 
en el desempeño de su oficio; y entre ellas establece una que, como 
veremos luego, merece tenerse presente, y es la de la cuenta 
anual [22]. 

En cuanto á la parte política, se acomoda á la ya existente al 
disponer la elección anua de cabildantes y oficiales [28], y en reco- 
mendar el buen tratamiento de los indios [29]. Pero introduce varias 
cosas nuevas; pues quiere que se admitan españoles á habitar de 
asiento en los pueblos, derogando las leyes 21 y 22, tít. 3, libro 6 de 
la R. I. [24], lo cual expresa que hace «í// consecuencia de lo que 
últiniainente ha dispuesto S. 31.»; manda que se fomenten los matri- 
monios de indios y españoles [25] ordena que aquel mismo año se 



— 182- 

haga padrón general [26]; quiere que se renueven las hasta entonces 
frustradas averiguaciones sobre las minas [27], y dispone que se eje- 
cuten las penas de muerte y mutilación, que de hecho estaban allí 
suprimidas [28]. 



V 

17Q 

LA ADICIÓN DE 15 DE ENERO DE 1770 

Por bien entablada que creyese Bucareli haber dejado la admi- 
nistración de las Misiones del Paraná y Uruguay, como lo muestran 
sus comunicaciones al conde de Aranda henchidas de alabanzas pro- 
pias (1), y el tono mismo de su Instrucción, que aparece como reme- 
dio infalible del tristísimo estado á que, según él, habían reducido 
sus Doctrinas los Jesuítas; ello es que, antes de trascurrido un año, 
el desconcierto en aquel territorio fué tan grande, que Bucareli 
mismo se vio enredado en graves dificultades para retirar, como 
quería, al Gobernador Riva Herrera, poniendo en su lugar á Don 
José de Añasco, y de hecho hubo de renunciar á la ejecución de sus 
propios decretos, haciendo retirarse también á Añnsco y dejando un 
solo Gobernador, que fué Zavala. Pero después del primer lance, 
fué preciso enviar dos Jueces Visitadores, y muy luego hubieron de 
ser despedidos los treinta administradores particulares de las Reduc- 
ciones; 3' ésto con tanta urgencia, que según escribía á Bucareli un 
confidente suyo, á poco que se hubiese tardado en tomar aquella 
providencia, la ruina total de los pueblos Guaraníes no hubiera te- 
nido remedio (2). 

Aleccionado por estos sucesos, y siguiendo además nuevas ins- 
trucciones que le habían llegado de Madrid, formó Bucareli un 
nuevo plan y una nueva Constitución de Misiones, que lleva la fecha 
de 15 de Enero de 1770, y el título de Adición á mi Instrucción de 
23 de Agosto de 1768, que dejé en los pueblos del Paraná y Uru- 
guay. 

Después del preámbulo [1] y [4], empieza por señalar el carácter 
de las nuevas autoridades españolas [2] [3]. Acababa de establecer, 
en 27 de Diciembre de 1769, un solo Gobernador, en vez de dos que 

(1) Brabo, Colección^ 194, 195. 

1^2) Buenos Aires: Arch. %^n. legajo Misiones I Varios años i 1. 



-183- 

antes había, con residencia en Candelaria, con el cuidado inmediato 
de quince pueblos y autoridad sobre los demás, y sobre los Tenientes 
A cuyo cargo inmediato quedaban, que eran tres: uno en San Miguel 
con seis pueblos, que había de guardar la frontera de los portugue- 
ses: otro en Yapeyú con cuatro pueblos, en frontera de charrúas, 
minuanes y otros infieles del Uruguay; y el tercero en San Ignacio 
Guazú ó en Santiago indiferentemente, con cinco pueblos, frontera 
del Chaco. Gobernador y Tenientes eran todos militares. Aunque 
se denominaban Gobernador y Tenientes de Gobernador, no era el 
Gobernador propiamente sino lo que en las leyes de Indias es un 
Corregidor ó Alcalde mayor de pueblos de indios, con jurisdicción 
civil 3' criminal en asuntos de españoles, de indios, y de españoles 
con indios; de tal modo empero, que su jurisdicción no fuera la supe- 
rior en su territorio, como lo es la del Gobernador en su provincia; 
sino subordinada á la del Gobernador de Buenos Aires, de cuya 
provincia formaban parte los treinta pueblos de Guaraníes. Los 
Tenientes ejercían esa misma jurisdicción, cada uno en su distrito, 
pero subordinada á la del Gobernador de Doctrinas. 

Trata luego la Instnicción de varias materias, que reduciremos 
á los siguientes capítulos: cuidado de la religión: libertad de los 
indios en cuanto á ser exentos del servicio personal á particulares; 
dominio de los indios; prohibición del tráfico; sínodo y obligaciones 
de los Curas; cabildo indio; y desde el número 42 al 50, disposicio- 
nes varias. 

Cuidado de la Religión. Gobernador y Tenientes avisen al 
Gobernador de Buenos Aires como á Vice-Patrono cuando hay falta 
de doctrina, ó de ministros que la enseñen }■ administren los Sacra- 
mentos [5]; y no permitan á los Curas intervenir en gobierno ni en 
administración temporal de bienes, velando para que al mudar los 
párrocos de un pueblo á otro, no lleven consigo alhajas de igle- 
sia [6]. 

Libertad de los indios. Protéjanla con celo [7]. No pueden 
obligar á los indios á trabajar en provecho particular, ni permitir 
que otras personas les obliguen á ello; pero bien pueden los indios 
alquilarse por jornal [8]. Tampoco se permita á los doctrineros que 
los ocupen, si no es pagándoles jornal, ni que los saquen de un pueblo 
á otro [9]. 

Dominio de los indios. Defiéndanlos de agravios en su propiedad, 
3' no se les prohiba tener, como los españoles, cualquiera clase de 
ganado mayor ó menor [10]. Cuídese de su buen tratamiento, pero 
sean obligados á trabajar [11]. No permitan que los doctrineros 



— 184 - 

tengan cárceles, prisiones, grillos ni cepos para los indios, ni que los 
azoten, como ha sucedido [12]. 

Tráfico. El tráfico se espera que no lo tendrá el Gobernador ni 
sus Tenientes, y se les apercibe con penas [13]. Si lo hubiere en los 
Administradores, sean removidos, castigados y obligados á satisfa- 
cer el perjuicio [14]. Si en los Doctrineros, avisen Gobernador y 
Tenientes al Gobernador de Buenos Aires para el remedio [15], A 
tráfico pertenece obligar al indio á hacer ropas para los que cuidan 
de él, ó comprarles más de lo necesario para el uso de la casa [16.] 
Ni excusa el que en otras provincias haya licencia para hacer 
repartimientos [17]. Hay obligación de pagar á ios indios los viajes 
de las visitas [18]. 

Obligaciones y sínodo de los doctrineros. La presentación 
toca al Gobernador de Buenos Aires como Vice-patrono de los 
treinta pueblos [29]. Gobernador, Tenientes, Doctrineros y Admi- 
nistradores se han de alojar en la casa de los expulsos, designando 
el Gobernador ó los Tenientes la parte de cada uno, sin perjuicio de 
las demás oficinas [30]. El sínodo será de 300 pesos anuales al Cura 
y 250 al compañero, dándoles además el pueblo los alimentos [20]. 
Han de aplicar la Misa por el pueblo los días de fiesta, y por los 
difuntos han de cantar una el día del entierro y otra cada lunes [21]. 
De los diezmos, cobrarán las cajas reales cinco novenos y medio [26]. 
No se permita que se ausenten los doctrineros, ni que lleven cuando 
van de viaje indios y medios de conducción propios de las Doctiinas, 
como ha sucedido [19]. No podrán percibir el sínodo sin presentar 
certificación del Gobernador ó Teniente y del Cabildo, de haber cum- 
plido con la residencia, con la doctrina de los indios y el ejercicio 
de su ministerio [27]. No pueden llevar derechos de estola ni obligar 
á ofertorio [28]. 

Cabildo de indios. Propondrá el Gobernador ó Teniente en cada 
pueblo un cacique para que sea Corregidor por tres años, corres- 
pondiendo al Gobernador de Buenos Aires darle el título [31]. Los 
demás cargos de alcaldes, regidores, mayordomo, etc., provéanse 
como se acostumbraba, refundiendo el de alférez real en uno de los 
regidores [32]. Los alcaldes pueden prender, imponer algunos azotes, 
ó un día de prisión. El cabildo cuida de las cosas generales del muni- 
cipio: júntese cada ocho días, asistiendo el Administrador [33]. El 
cabildo nombrará un sacristán, dos fiscales de doctrina y tres can- 
tores [35]. Sígase la costumbre ya establecida de sacar cada año el 
pendón Real la víspera y el día de la fiesta señalada [38]. Cuide el 
Gobernador y Tenientes del estado general de los pueblos, y de que 



-185- 

todos trabajen, aunque sea necesario compelerlos á ello [36]. No sean 
molestados los indios por deudas ú omisiones cuando van á Misa en 
los días de fiesta [34]. Tengan libertad de poner sus hijos en apren 
dizaje: y cuando para esto los hubieren de sacar de los pueblos, sea 
con licencia del Gobernador, y volviendo los varones antes de los 
18 años, y las mujeres antes de los 14 [37]. 

Disposiciones varias. Los indios particulares no pueden usar 
espada, puñal ó daga; y sí sólo los de oficio, con licencia del Gober- 
nador [39]. Haya depósito de armas en las cuatro capitales [40], }' su 
valor lo pagarán todos los pueblos en común; pudiendo haber en 
cada uno de los pueblos algunas armas para los ejercicios militares 
[41]. No se permita que habiten ni menos que comercien en Doctrinas 
los extranjeros [42]. Los indios huidos á Río Pardo }' Viamont, que 
hayan vuelto, intérnense lejos de las fronteras [43]. Foméntese el 
beneficio de las abundantes minas que ya se han descubierto, pagando 
los quintos reales [44]. Hágase luego el padrón, que es extraño no se 
haya hecho en casi dos años á pesar de lo mandado [45]. Y para él 
téngase presente que las indias casadas y sus hijos son del pueblo 
del marido [46], que están exentos de tributos los caciques, sus primo- 
génitos, doce indios de cada pueblo por oficios, y los que son mayo- 
res de cincuenta y menores de diez y ocho años [48]. Traten bien á 
los indios, y cada año se enviará al Rey una relación después de la 
Junta general [49], en que se ha de discurrir sobre el estado de los 
pueblos, sus frutos y estancias; y sin presentar dicha relación, no 
podrán percibir sus sueldos el Gobernador, los Tenientes ni los 
Administi adores [50]. 



VI 

LA ORDENANZA DE COMERCIO DE 1.° DE JUNIO DE 1770 *^^ 

Todavía encontró incompleta Bucareli la legislación provisoria 
establecida hasta entonces para las Doctrinas del Paraná y Uruguay, 
y en 1 .^ de Junio de 1770 agregó nuevas disposiciones con el título 
de Ordenansas para arreglar el comercio. 

Después de un largo preámbulo sobre la felicidad que había sobre- 
venido á los indios Guaraníes desde que él se había encargado de 
organizarlos, y sobre la necesidad 3- utilidad del comercio [1], esta- 



-18b- 

blece por preliminares que el comercio actual de los indios sólo puede 
ser por medio de permutas [2], y que los indios son incapaces de 
ejercer el comercio por sí solos, porque á causa de su ignorancia 
serán engañados por los comerciantes [3], como lo vuelve á repetir 
varias veces en lo sucesivo [6], [15], [28]; y por tanto, han de ser 
tratados como menores que necesitan de tutor, ó como personas 
defectuosas en el uso de su razón [4]. 

Entra luego en el título primero á tratar en general del comercio 
de los indios con los españoles; y prescribe que, por lo dicho, inter- 
venga en todos los contratos, pena de nulidad, el Administrador, y 
si es dentro de los pueblos, el Teniente ó Gobernador [6]. El comer- 
cio podrá ser de todos los efectos necesarios ó útiles á los indios, 
excluyéndose con comiso y penas la venta de las bebidas que em- 
briagan [5]. Los comerciantes podrán entrar en Doctrinas por todo 
el mes de Febrero, Marzo y Abril; mas deberán salir en lo restante 
del año [7]. Si algún indio quiere hacerse comerciante, sea ayudado 
con fondos de la Comunidad [9]. Asimismo han de ser preferidos los 
indios en darles lugar en los buques para remitir lo que quieran 
vender [10]. Pero tanto los efectos de particulares como los del 
común, han de ir con propias guías, y con licencia del Gobernador 
para no caer en comiso [12]. Y como necesaria al comercio, establéz- 
case escuela de leer, escribir y contar, con maestro, cuyo sueldo 
pagará el pueblo [13]. 

El título segundo comprende los oficios del Administrador gene- 
ral. Este es una persona puesta en Buenos Aires por el Gobernador 
de la provincia (que á su arbitrio también lo puede remover, sin que 
la remoción induzca deshonor [14]), para que comercie en vez de los 
indios, por ser éstos incapaces [15]. Como curador dativo, debe pre- 
sentar fianzas, que serán por valor de diez mil pesos [17]. Se le 
señalan los libros que ha de llevar [18]. Se le impone la obligación 
de dar cuenta bienal al Gobernador [19]. Ha de intervenir en todo 
trato que en Buenos Aires celebre el común, ó cualquier indio parti- 
cular de Doctrinas [20]. Paga anualmente el tributo, valiéndose de 
los fondos que le han remitido [21]. No puede comprar cosa alguna 
sin testimonio de la orden expresa del Corregidor y Cabildo [22]. Y 
si el pueblo no tiene efectos ó fondos en Buenos Aires, para pagar al 
contado, no puede el Administrador comprar al fiado, sin orden ex- 
presa para que así lo haga [23], No puede enviar efectos de su propia 
tienda [24]. Debe enviar con la remesa factura por duplicado, firmada 
por el vendedor [25]. Su sueldo es el ocho por ciento de lo que recibe 
del pueblo y el dos por ciento de lo que para el pueblo compra [26]. 



— 187 - 

El título tercero trata de los Administradores particulares. Ha 
de haber Administradores particulares en las ciudades, con 4.000 
pesos de fianza en la Asunción y en Corrientes y 2.000 en Santa Fe 
[27]. Ha de haber además en cada uno de los treinta pueblos un 
Administrador particular que dirija las faenas, remisión y comer- 
cio [28]. Del almacén tendrá una llave el Corregidor, otra el Mayor- 
domo y otra el Administrador [30]. Llevará los libros de sus cuentas 
y el de acuerdos del Cabildo [31]. Ha de asistir al Cabildo cuando se 
tratan asuntos de comercio [29]. Los Administradores de las ciuda- 
des se rigen por el título del Administrador general [32]. Todos los 
Administradores son de nombramiento del Gobernador de Buenos 
Aires á propuesta del Administrador general [33]. El sueldo de 
los Administradores particulares de los pueblos es de 300 pesos 
anuales [34]. 



VII 



VALOR DE LAS INSTRUCCIONES DE BUCARELI 

Acabamos de exponer en resumen el plan de Bucareli, compren- 
dido en sus tres instrucciones principales, y hemos de estudiarlo muy 
pronto en sus efectos, que son el más seguro criterio para juzgar del 
mérito de un plan. Pero aun sin llegar á ese examen, podemos ade- 
lantar algunos conceptos acerca del plan en sí mismo tal como fué 
propuesto por su autor. 

Bucareli no se qued(') corto en legislar para los Guaraníes. 
Considerado su reglamento por entero, gana mucho con ser presen- 
tado en un resumen, despojado de las incesantes recriminaciones 
contra los Jesuítas, 3^ de las citas impertinentes de las leyes de Indias, 
que sobrecargan el original de cincuenta y ocho fojas, y hacen inso- 
portable y soporífera su lectura. 

En cuanto al tono, puede aplicarse casi sin modificación alguna á 
la Instriiccióii , Ai/ic/ón y Ordcnansa de Bucareli lo que de las pro- 
clamas liberales dice un autor moderno, describiéndolas gráfica- 
mente (1): «Primero fué desmembrada del departamento de Santa- 
Cruz la provincia de Mojos, á fin de que constituyera provincia inde- 

(1) Rene Moreno, Biblioteca boliviana ¡ Catálogo del archivo de Mojos y Chi- 
quitos I ':iSiX\úago de Chile, 1888. Introd. pág. 107. 



181 



-188- 

pendiente. Muy poco después, se creó con tres provincias... el depar- 
tamento del Beni. Los indios fueron elevados á la calidad de ciuda- 
danos con el goce de todos los. . . etc.(l). En adelante los indios habrán 
de ser esto, senán lo otro... etc.. Habrá en Mojos una ciudad... 
etc.. Y ¡cuidado con que alguien vuelva en lo sucesivo á engañar, 
á oprimir ó á estafar á los indios!» 

«...El aspecto caligráfico es lo que más resalta en estos decretos 
inconsultos sobre un ignoto país. Esto puede advertirse aun igno- 
rándose el hecho ulterior del ningún resultado obtenido. Tienen el 

estro característico de una proclama Improbatorio desdén á una 

tiranía antecedente, gran impetuosidad liberalesca, vertical aplomo 
gubernamental, resplandecen en esta solemne declaración de los 
derechos...» — Es lo que hizo Bucareli. Primero estableció dos gobier- 
nos á manera de provincias, después un solo gobierno con cuatro 
departamentos. Los indios, según él, salieron de la esclavitud. Los 
caciques fueron declarados hidalgos de Castilla, etc. Ningún resul- 
tado provechoso. Desdén y reprobación del régimen antecedente de 
los Jesuítas, y abundantes citas de las leyes de Indias. En cuanto á 
la ignorancia en que estaba del país, él mismo la tuvo que confesar 
cuando, al publicar su Adic/ón,a.\ año después del primer reglamento, 
reconoció que los «hechos, noticias y sucesos ulteriores» le habían 
desengañado de varias cosas, y hecho reconocer necesidades «que 
no se presentaron á primera vista». 

En los reglamentos de Bucareli algunos artículos se tomaron de 
las leyes de Indias, que ya se guardaban en Doctrinas; y otros de 
las costumbres introducidas en tiempo de los Jesuítas; y no fueron 
tan pocos, que no vengan á constituir casi el fundamento de todo el 
sistema. De los que Bucareli añadió, hay algunos que no pueden 
menos de parecer ridículos, por ejemplo, el suponer <¡-peysiuididos 
los indios [á trabajar] por unos interesantes discursos», (2) y seña- 
lar las materias que en ellos deberían desarrollar los Gobernado- 
res (3); el de hacer que el cabildo secular elija los cantores, sacris- 
tán y fiscales de doctrina, etc. (4). — Otros adolecen de manifiesta 
injusticia, como ya lo hemos hecho notar acerca del que obliga á los 
Curas á desempeñar personalmente la escuela (5); lo cual era además 
imposible en pueblos como los Guaraníes, donde solía haber de tres- 
cientos niños para arriba capaces de la instrucción escolar. Y sin 

(1) Los puntos suspensivos son del autor del Catálogo. 

(2) Instr. núm. 14. 

(3) Número 9. 

(4) Núm. 35 de la Adición. 

(5) Instrucción, núm. 4. 



-189- 

duda debió reconocerlo así el mismo legislador, cuando en las Orde- 
nmisas de comercio suprimió este artículo y puso un maestro de 
escuela con sueldo (1). Otros hay demasiado restrictivos, como el 
prohibir el comercio de unos pueblos con otros (2). Otros dañosos é 
imprevisores, como el de registrar las minas (3) el de limitar en 
extremo las facultades del Administrador particular (4); y dar dema- 
siada autoridad al Administrador general (5); el de exigir que se 
aumentasen los plantíos sobre los que antes había (6), lo cual llevaba 
consigo forzar á los indios á mayor trabajo; y otros. Pero estos se 
conocerán en el capítulo siguiente por los frutos que produjeron. 

(1) Ordenanza núm. 13. 

(2) Instrucción núm. 21. 

(3) Número 27. 

(4) Ordenanza núm. 28 y 30. 

(5) Número 33. 

(6) Instrucción núm. 14. 



CAPITULO VII 



EFECTOS DEL PLAN DE BUCARELI 



1, Los efe^Uos en general. — 2. Daños en el orden temporal. — 3. Daños en el 
orden espiritual. — 4. Promesas de Bticareli. — 5. — Frústranse las promesas. — 6. Lo 
que fué de las tres decantadas bases de civilización. 

Vamos á examinar en el presente capítulo cuáles fueron los efec- 
tos producidos por la aplicación del plan de D. Francibco de Paula 
Bucareli, los cuales, con más seguridad que otro cualquier indicio, 
nos darán la medida de la perfección del plan, y nos harán conocer 
su valor. Así se ha procedido al tratar del plan de los Jesuítas y del 
sistema de los encomenderos. Con más razón habrá de hacerse así 
tratándose de un plan que, al sustituirse al existente (considerado 
hasta entonces como sabiamente ideado y en alto grado provechoso) 
lo llamaba detestable, y aseguraba ser el nuevo sistema fruto de 
madura reflexión, y propio para llevar las Doctrinas á una prosperi- 
dad nunca vista. De tal plan habrá derecho de exigir resultados 
favorables extraordinarios, y no satisfacernos con una medianía. 
Tanto más, que el plan de Bucareli empezó á ser aplicado durante 
dos años por su propio autor, revestido de plena autoridad para 
hacer y decretar cuanto acerca de aquella materia le pareciera con 
veniente, en virtud de las cláusulas I, ÍI y XII de la Adición del 
Conde de Aranda para el extrañamiento en Indias, y del encargo de 
1,1 carta especial para Bucareli; y continuó después en vigor por más 
de medio sielo. 



-191 



LOS EFECTOS EN GENERAL 

Es un hecho constante que todos cuantos observadores fijaron su 
atención en las Misiones del Paraguay, á partir del día en que se esta- 
bleció el plan de Bucareli, clamaron publicando decadencia y no 
pocas veces peligro de ruina inevitable. 

Era el primer año del establecimiento de su flamante plan, y ya 
recibió tales avisos el mismo Gobernador Bucareli, como se ve parte 
insinuado, parte afirmado en su Adición, y más claramente en la 
representación del Administrador general D. Francisco de Sangi- 
nés; que se determinó á ejecutar lo que éste le proponía: Que halla 
por preciso que se nombren dos individuos de cuenta y razón, é inte- 
ligencia en las faejias de aquellos pueblos j para que con nombre de 
Visitadores ó Jueces de los Administradores, vayan examinando las 
operaciones de aquellos, el estado de los intereses de los pueblos,... 
y en fin, que sirvan éstos como de Jueces de pesquisa, de f orina que 
informen de todo lo )nás mínimo (1). 

Los Visitadores nombrados fueron D. Antonio García Álvarez y 
D. Vicente de Goitia; y del estado en que hallaron los pueblos da 
testimonio el informe confidencial del intérprete Lucas Cano á Buca- 
reli: «.Según el conocido descuido de los Adjninistradores» dice «a/ 
cumplimiento de las obligaciones de sus empleos, d no haber orde- 
nado V. E. la venida de los señores Visitadores, presto se verííin 
en un estado jniserable los pueblos, sin tener un pedazo de carne 
que comer, pues se ha verificado en el pueblo de San Ignacio 
Guasú que está pidiendo limosna á otros pueblos para mante- 
nerse , y así éste como el de Santa María de Fe, y Santiago, tienen 
sus estancias en tal desdicha, que d faltar las providencias tan 
arregladas d mi entender que ahora se han dado por dichos Visita- 
dores, en breve se perderían (2). 

Efecto de la Visita fué remover á todos los Administradores, 
poniendo otros nuevos, quienes no entendían á los indios, ni eran de 
ellos entendidos, porque no sabían la lengua. — Ni fueron tan atina- 

(1) Buenos Aires. Arch. gen. legajo Misionesl Varios años/ . 

(2) Ibid. legajo Misiones! Varios años/ 1. Carta fecha en Itapúa, 3 de Nov. de 
1769. 



182 



- 19'J - 

das y rectas las providencias de los Visitadores, quienes en algunos 
pueblos subsanaron todos los desperfectos con firmar los inventarios 
tales como el Administrador los quiso presentar, sin que nunca se 
pudiesen liquidar aquellas cuentas, y quedando perdidas las cosas 
para el pueblo (1). 

No debió de ser tampoco muy eficaz la mudanza de los Adminis- 
tradores; pues en 1772 hubieron de ser sustituidos en varios pueblos 
por otros nuevos, y uno de ellos, que era el de Trinidad, llamado 
Bernardo Hidalgo, expresa en estos términos el modo cómo había 
encontrado las cosas de aquella Doctrina (2): «Se me entregó el pue- 
blo, ahora año,- mes y v^einte días [en 20 de Agosto de 1772, pues 
escribía á 11 de Octubre del 73] con sólo nombre de pueblo, porque 
en la realidad, estaba despoblado; las Estancias desiertas y despo- 
bladas; los almacenes, con el nombre, pero lo interior unos cuar- 
tos con unos vestidos viejos, y una poca de ropa:... las oficinas 
hallándose con muy pocos oficiales, ni á quien enseñar, por no haber 

muchachos ni aun para las faenas precisas del pueblo Aun los 

Curas se mantienen con escasez: aun el Sacramento muchas veces 
sin luz porque no alcanza más el pueblo...» — Y en el Memorial con 
que acompaña este informe el Administrador general D. Juan Án- 
gel de Lazcano, añade los siguientes datos: «Digo, que se halla el 
pueblo de la Trinidad, sumamente destituido de ganados y demás 
víveres para la subsistencia de aquellos moradores, como acredita la 
carta del Administrador de dicho pueblo:... y lo mismo me previenen 
en otra de dos del próximo pasado [Octubre de 1773] el Teniente 
Corregidor y Secretario de Cabildo de dicho Pueblo... y como mani- 
fiestan otras cartas, que aun en muchos días no tienen con qué alum- 
brar el Santísimo Sacramento (por lo que se colige la última miseria 
en que se hallan aquellos habitantes); cuya expresión me ha hecho 
tomar informe de D. Francisco de la Villa y de D. Juan de la 
Torre (sujetos que acaban de llegar de los pueblos), y unánimes ratifi- 
can lo mismo, añadiendo que llegó dicho pueblo á no tener más de 
treinta y un individuos, y aun para éstos no había con qué susten- 
tarlos; obligando la necesidad á todas las mujeres que cargasen con 
sus hijos, abandonasen el pueblo, y se abrigasen á las montañas 
desiertas, sucediendo lo mismo con los indios en vista de estas cala- 
midades: se vio aquel Administrador en la precisión de mendigar en 
los pueblos inmediatos» (3). 

(1) Buenos Aires. Arch. gen. Carta citada ya, de Itapúa, 3 de Novbre. de 1769. 

(2) Ibid. 

(3) Arch. Gen. de Buenos Aires, legajo Misio>ies (Varios años) 1. 



- 193- 

Semejante situación de Trinidad en este tiempo no era un caso 
aislado; pues una larga memoria del Administrador general Lazcano, 
de fecha del año 1774, muestra la decadencia de todos los pueblos de 
Doctrinas en general, y se encabeza con este título: «Estado gene- 
ral de los pueblos; y délos medios que el Administrador General 
halla por convenientes para el fomento y conservación de ellos, en 
atención á... que los pueblos amenazan una total ruina.» (1) 

A fines de 1776, promovió el Teniente de Gobernador de Cande- 
laria, D. Juan Valiente, una información sobre catorce de los treinta 
pueblos (2), cuyas piezas son documentos interesantes, para formar 
idea, no sólo del estado de las Mi'^iones en aquella época, sino también 
del carácter de los indios, y de la capacidad y recursos de quienes 
inmediatamente los dirigían. Todos los informantes acusan una gran 
decadencia, y lo que es más triste, la pintan como irremediable. Y 
el mismo documento que se pone por cabeza de toda la información, 
dice: «Habiendo visto y reconocido los catorce pueblos de esta Pro- 
vincia, y haberlos encontrado en una total decadencia, tanto en las 
labores y tareas, como en todos los demás asuntos concernientes á 
el bien común de los pueblos...» 

De la misma clase es otra Memoria del Administrador General, 
de fecha de 1778, que lleva este título: «Medios que halla el Adminis- 
trador por convenientes para socorrer los pueblos de Misiones, y 
reparar por ahora la ruina, que amenazan (3).» 

En 1788, se inició un larguísimo expediente sobre el comercio en 
Misiones, que se prolongó hasta 1795. En el curso de este expediente 
se produjeron varios informes; y entre ellos notaremos algunas espe- 
cies contenidas en el escrito del Administrador general de aquel 
tiempo D. Diego Cassero (4): «Pero sí me admira que la luz de la 
razón que distingue los objetos hasta el grado más inmediato, no 
hubiese recordado en la memoria de uno solo el rápido incremento 
que tomaron los pueblos, después de las fatigas de su formación; la 
forma de adquirirlo que observaron sus autores,... el estado flore- 
ciente en que los dejaron; y la decadencia con que hoy se miran... 
unos progresos, que si en aquel tiempo se hicieron dignos de recor- 
dación por sus ventajas, ahora lo son también por el triste y doloroso 
espectáculo que representan.» Y va prosiguiendo el examen de esta 
materia. 



(1) Arch. gen. de B.' A.» leg-. Misiones / varios años 1 1. 

(2) Ibid. legajo Misiones / Varios años / a. 

(3) Arch. gen. Legajo Misiones ¡ Varios años I a. 

(4) Arch. gen. ibid-. 

13 Organización Social de las Doctrinas Guaraníes.— tomo ii. 



- 194- 

Terminaba hacia mediados de 1801 su Virreinato el Marqués de 
Aviles, y en la Memoria que trasmite á su sucesor D. Joaquín del 
Pino, entre otras cosas pertenecientes á este asunto, escribe: 
«Teniendo mi corazón bien afligido por las exactas noticias que tenía 
del deplorable estado de estas Misiones, en que estaba bien instruido 
desde el Reino de Chile, traté del remedio de estos males (1).» 

Finalmente, los informes oficiales de los tiempos siguientes hablan 
de un modo semejante; y en especial muestran con pesar cuánta difi- 
cultad se hallaba en abolir, como se mandó en 1803, el sistema ya 
entonces tan arraigado, de comunidad, que en realidad no se abolió 
en los afios restantes de dominación española, esto es, hasta 1810; ni 
tampoco después, sino que continuaron gobernándose los pueblos 
conforme á sus reminiscencias del sistema de Bucareli, y tomando 
parte en las guerras de aquel tiempo con desorden increíble, hasta 
que de las Doctrinas, unas fueron totalmente destruidas; otras, que 
quedaron en la República del Paraguay, conservaron el sistema hasta 
1848, en que lo abolió el primer López. 



II 



183 



DAÑOS EN EL ORDEN TEMPORAL 

Habiendo expuesto el hecho de que la decadencia y malestar de 
las Doctrinas de Guaraníes duró continuamente por todo el tiempo 
que se aplicó el sistema de Bucareli, conviene examinar algunos de 
los puntos particulares en que se echaba de ver el daño y atraso. 

En primer lugar, los edificios de los pueblos desmerecían extra- 
ordinariamente, y se iban arruinando; unas veces porque los in- 
dios se iban en gran número á vivir en las sementeras (2); otras, 
porque desertaban al Paraguay, á Corrientes ó á varios otros 
parajes (3); otras porque los mismos habitantes contribuían á des- 
truirlas. «Desde mi ingreso en la Administración», decía en 1776 el 
Administrador de Candelaria Francisco de la Colina (4), «todos los 

(1) Trelles, Revista de la Biblioteca, tom. III, pág. 465. 

(2) Informe del pueblo de San Ignacio Mirí (Buenos Aikhs: Arch. gen. legajo 
Misiones /Varios años I a. 

(3) Informe de Bernardo Hidalgo, Administrador de Trinidad. (Ibid. legajo 
Misiones I Varios años f 1. 

(4) Ibid. leg. Misiones ¡Varios años I a. 



-1% - 

días ha sido mi principal tarea encargar al Corregidor y Cabildo el 
celo y cuidado de las casas,... que á los Caciques se les haga cuidar 
que en sus respectivas cuadras sus boyas (1) no las quemen;... nada 
he conseguido; más bien, si una casa se quebranta por uno ó dos cuar- 
tos, luego el Cacique, y todos los mandarines (2), le sacan las maderas 
y las queman...» Hasta las casas principales é iglesias, edificadas más 
sólidamente, se fueron inutilizando con el abandono y descuido en 
repararlas. En 1811, según relación del general Belgrano, que pasó 
por Candelaria (3), el Colegio ó casa parroquial con los talleres, 
estaba casi inhabitable, las casas de la plaza se estaban acabando de 
derruir, y la iglesia misma no ofrecía seguridad. 

La diminución de la población fué constantemente en aumento. 
Al salir los Jesuítas había en los treinta pueblos al pie de noventa 
mil indios (88-864) (4). El padrón de Larrazábal, cuatro años después 
en 1772, halló sólo 80.952 almas (5). En 1785, diez y siete años des- 
pués de la expulsión, fijaba Doblas el número en 70 mil. A los 30 
años, en 1797, Azara enumeraba 54.388 (6). A los 33 años y á princi- 
pios de 1801, era toda la población de los treinta pueblos de 42.885 
almas (7). En este año Portugal se apoderó de los siete pueblos á la 
izquierda del Uruguay. Comprendían, según el censo portugués que 
entonces se hizo, 14.000 indios (8). En 1814 pueden calcularse con 
fundamento unos 21.000 habitantes en los 23 pueblos del Paraguay 
y la Argentina, y se sabe por el censo que los portugueses tenían en 
los siete pueblos 7.200 indios (9). En los años siguientes de 1817, 18 
y 19 fueron destruidos quince pueblos. La población de los restantes 
fué mermando; y los últimos datos que es posible averiguar después 
de la destrucción de los siete pueblos de la ribera izquierda de Uru- 
guay en 1828, es de menos de 300 Guaraníes en el Brasil (10) y unos 
5.000 en el Paraguay (11) cuando llegó el año de 1848, en que por fin 
cesó el régimen de Bucareli. 

Las estancias ó dehesas pobladas de ganado se menoscabaron de 
tal modo, que en algunos pueblos se habían consumido á los pocos 

(1) Boyas ó Mbo}'ás: vasallos. 

(2) Mandarines: los cabildantes, oficiales militares y superintendentes de 
faenas. 

(3) MoussY, Mémoire, § Vil. 

(4) Peramás, Estadísticaagregadaá la lámina «Descriptio oppidiCandelariae». 

(5) Buenos Aires: Arch. gen. leg. Misiones/ Varios años 1 1. 

(6) Azara, Descr. cap. XVI-XVII. 

(7) Datos oficiales del Virrey Aviles, en Trelles, Rev. de la Bibl. III. 405. 

(8) MoussY, Mémoire, § VII. 

(9) Ibid. 

(10) En 1835 eran 318 individuos, Moussy, Mémoire, § IX. 

(11) Ibid. § X. 



- 196 - 

años todos los anímales de rodeo. Así lo leemos en el informe del 
Administrador del pueblo de Apóstoles, quien á 28 de Diciembre de 
1776 escribe lo siguiente (1): «H¡ciei-on este Coiregidor, Cabildo y 
Caciques para el gobierno del pueblo como llevo dicho... Comenza- 
ron á hacer perder las reses y fomento del pueblo... Comenzaron á 
dar en las estancias, acabaron cuarenta mil cabezas de ganado en el 
tiempo de cuatro años, robando, y en malas disposiciones acabaron 
esta piedra ó llave de sus pueblos...» Y así, nada más frecuente en 
los Archivos, que las quejas del Administrador general y de los pue- 
blos porque les faltan ganados; los contratos para comprar ganado 
á cambio de yerba ó lienzo;y los arbitrios, ya para introducir ganado, 
ya para resistir al robo continuo que en esta materia padecía aquel 
territorio de parte de los portugueses, 3^ de parte también de muchos 
paisanos desmandados, que sustentaban faenas de cueros en la Banda 
Oriental para varios particulares, quienes daban salida á sus pro- 
ductos en cantidad extraordinaria por el puerto de Montevideo. 

Desaparecían asimismo los otros medios de subsistencia de los 
indios, de los cuales dice el ya citado Administrador de Apóstoles (2): 
«Comenzaron á hacer... criar la haraganería, y no hacer trabajar, 
sino gastar y perder las chacras... Perdieron catorce algodonales que 
losRegulares dejaron; de los dichos sólo uno se me entregó á mi reci- 
bo del dicho tiempo; este Renglón tan necesario se perdió, que des- 
pués al pueblo le ha hecho la falta que se puede ver.» Y en suma, en 
la parte material sucedía, unas veces con más, otras con menos inten- 
sidad, lo que apuntó el Administrador general Cassero: «En poco 
tiempo, abandonada la industria y la agricultura, consumieron lo que 
con desvelo adelantaron sus antecesores, destruyeron las estancias 
de ganado, se aniquilaron los yerbales de cultivo; vinieron en fin con 
más una epidemia de viruelas á conocer la última desdicha (3).» 



III 

1^^ DAÑOS EN EL ORDEN ESPIRITUAL 

Lo más triste de todo es que al mismo tiempo se fueron destru- 
yendo muy aprisa las antiguas buenas costumbres de los Guaraníes; 

(1) Buenos Aires; Arch. gen. leg. Misiones I Varios años I a. 

(2) Buenos Aires; Arch. gen. legajo Misiones/ Varios años I a. 

(3) Ibid. 



-1Q7- 

y en lugar de la docilidad y el arreglo, sobrevnnieron la insolencia y 
todos los vicios. He aquí algunas muestras tomadas de los informes 
ya dichos de 1776, y de algunos otros, Don Miguel Jerónimo Gra- 
majo, Administrador de Apóstoles: «También este Corregidor, 
Cabildo y Caciques abandonaron lo espiritual, perdiéndolas buenas 
costumbres que los expulsos mantenían con lo absoluto; de ahí que 
ha dimanado el castigo que Dios nuestro Señor ha mostrado desde 
que estos dichos Regulares salieron (1).» Don Felipe Díaz Colodrero, 
Administrador de San Ignacio Mirí, con el Cabildo y Corregidor: 
«Los más de ellos (de los indios) que en él residen, viven en sus chá- 
caras, y cuando vienen, no hay cuarto donde deje de haber cinco 
familias cuando menos. De esto se sigue la ruina de las casas, los 
robos, no entrar á la iglesia, á Misa, ni al Rosario, no hacer caso de 
lo que se les manda, porque no acuden al trabajo de la comunidad, ni 
hacen sus chácaras particulares, entregados á la holgazanería, y 
enredando, para destruir de una vez lo que ha)' (2).» El Administra- 
dor de la Candelaria, don Francisco de la Colina: «Digo... que desde 
mi ingreso en la Administración, . . si es en cuanto al chacarerío, están 
tan sobre sí los mandarines (y más si son Caciques), que jamás quieren 
trabajar bien las tierras:., y al sembrar roban la mitad, )- al recoger, 
casi todo, poniendo todo esfuerzo en ser absolutos, y destruir el 
común, que es con el que únicamente se pueden conservar:., princi- 
palmente cuando tienen el pasto espiritual tan escaso, que no ven los 
indios más que vicios, mal ejemplo, y escandalosa vida... (3)» El 
Administrador de San Ignacio Mirí ya citado, añade: «Queriéndoles 
imponer en sus antiguas buenas costumbres de obediencia y trabajo 
el año de 72, estaban tan sobre sí ya, que después del padrón gene- 
ral y desde él, empezaron las deserciones, que hasta ahora no han 
parado, pues se van, y se vienen cuando, y como les parece, tra5'endo 
cuanta miseria y malos vicios pueden adquirir en la provincia del 
Paragua)', y Corrientes, que es donde los aquerencian, y aun los 
venden como esclavos (4).» El Administrador de Apóstoles sobre lo 
mismo: «Hallan abrigo en los pueblos }' estancias, que los amparan 
para criados, y éstos los ocultan para sus fines particulares, )^ si el 
Administrador les hace cargo, y poniendo la orden que los gober- 
nantes tienen mandado, dan de disculpa que acaban de llegar, ó que 
vino enfermo: y éstos {cómo viven? traen una mujer de su pueblo con- 

(!) Buenos Aires: Arch. gen. legajo Misioues I Varios años i a. 

(2) Ibid. 

v3) Ibid. 

(4) Ibid. 



- 198 - 

sigo y dicen que es su esposa, no siéndolo, como se ha descubierto, y 
éstos se mantienen sin oír Misa, ni confesarse cuando se debe, y éstos 
no pueden salir á luz, porque el Administrador no los vea; y estas jus- 
ticias no entienden de reparar esta mala vida, que tanto se ofende la 
divina Majestad, sino á ocultarla (1).» El Virrey Marqués de Loreto 
con fecha 15 de Diciembre de 1788, en orden que dirigía á la Aduana 
de Buenos Aires para evitar el comercio clandestino con Misiones: 
«Sus naturales (de los pueblos Guaraníes) usando con libertad y sin 
la templanza de los vinos y aguardientes, resultan graves ofensas á 
Dios, y al buen orden de gobierno y policía de dichos pueblos (2).» 

Y en lo que habremos de ir exponiendo se encontrarán más y más 
pruebas de este daño; y mucho más numerosas son las que de él 
existen. 

Por lo cual, discurriendo con reflexión cristiana, reconocían algu- 
nos de los informantes que los graves daños temporales que se esta- 
ban experimentando en aquella comarca, eran un verdadero castigo 
de Dios por los vicios que se consentían; y que si los azotes no eran 
mayores, se debía esto á la menor malicia que siempre había en los 
indios: «Las pestes y castigos que el poderoso Señor ha mandado, 
han sido uno de los mayores atrasos, como han sido los gusanos, 
muchas lluvias, seca, langosta, viruelas, chucho, que no han dejado 
alzar á los pueblos seguido los años» (3). «A esto se añaden las con- 
troversias entre lo espiritual y lo temporal, criándolos á estos pobres 
(contra todo el estilo en que los tenían los Regulares sujetos en 
el santo temor de Dios) en todo vicio pecaminoso, de cu3'as resultas, 
ofendida la Justicia Divina, descargad azote que debía caer á nues- 
tras culpas, contra estos miserables, en los años tan estériles que 
han pasado; y estoy á decir, que las continuadas oraciones que estos 
pobres inocentes rezan (aunque como la cotorra) diariamente en la 
Iglesia, preservan á estos pueblos de que no los trague la tierra, 
por tanta secta de vicios como tenemos sus habitadores españoles. 

Y mientras en lo espiritual no se ponga la madura medicina para su 
remedio, tengo por imposible su curación, y la convalecencia de los 
pueblos» (4). 



(1) Buenos Aires, Arch. gen. leg. Misiones / Varios años/a. 

(2) Ibid. 

(3) Ibid. 

(4) Ibid. 



199 



IV 

PROMESAS DE BUCARELI ^^^ 

Si fué largo y exuberante Bucareli en legislar, no se quedó corto 
en prometer. A oírle, y creer lo que decía, todas las prosperidades 
iban á venir sobre los indios Guaraníes, en vii tud del plan por él 
ideado. 

Prometía mayor abundancia de ios f lutos en el fértilísimo terreno 
de Misiones, y esto aliviando el trabajo que hasta entonces tenían 
los indios. Iba á aumentarse la riqueza con las minas que allí se 
habían descubierto. 

Ponderaba la fingida indecencia del vestido de los Guaraníes, 
que ni siquiera usaban calzado; y la miseria de las habitaciones 
ó casas de los indios, siendo así que el mismo Brigadier Viana' 
Gobernador de Montevideo, había reconocido que apenas había en 
estas tierras poblaciones que pudieran competir con las Guaraníes- 
Y como esta falta de calzado, vestido y casas procedía, según Buca- 
reli, del mal comportamiento de los Jesuítas con los Guaraníes, á 
quienes oprimían; expulsados los Jesuítas, y abolido su régimen, con 
sólo entablar el nuevo plan, todo iba á quedar remediado. 

Prometía la repartición de los bienes que tenía el común de 
pueblo. 

Prometía á los caciques que en poco tiempo les haría aprender 
castellano. Entonces podrían tratar como á iguales á los caballeros 
españoles; porque el Rey había hecho á todos los caciques hidalgos 
de Castilla. Y en efecto, poco tiempo antes de expulsar á los Jesuí- 
tas, expidió Carlos III la Cédula real en que decretaba este título 
honorífico. Y así podían usar espada y daga. 

Prometía establecer en Doctrinas una Universidad, en que los 
hijos de los caciques pudiesen seguir carrera ; y ellos mismos 
los verían ordenados ya de sacerdotes, y puestos como Curas a 
frente de sus pueblos. 

Prometía á los caciques todo valimiento y facilidad para que 
pudiesen desempeñar cualquier cargo de la Monarquía, sea en Amé- 
rica, sea en España, sin exceptuar los de Gobernadores, ó Virreyes, 
ó Ministros en la corte del Rey. 



- 200 ~ 

De esta manera les prometía sacarlos de la esclavitud en que 
hasta entonces los habían tenido los Jesuítas. 

Finalmente, con los medios que en su plan dejó señalados, afir- 
maba que se lograría eficazmente y sin mucho trabajo establecer el 
uso de la lengua castellana, el más adelantado cultivo de las tierras, 
y un provechoso comercio entre los Guaraníes; 3^ siendo éstas, según 
él, las bases de la civilización y prosperidad, no había duda de que 
iba á empezar una era de dicha y grandezas para la raza Guaraní. 
<íLa obra se había principiado muy felisinente con la expulsión 
de los Jesuítas, que ocupaban las fértiles provincias del Uruguay y 
Paraná, y reducción de sus naturales á la nuís perfecta obediencia 
de nuestro soberano» (1), y había que <í^perfeccionarlay>. <¡.Lus natu- 
rales habían recuperado la libertada, y mediante el comercio efec- 
tuado conforme á los reglamentos que ahora se les dan «~no sólo se 
civilizarán y gosarán del beneficio de la racional sociedad, sino 
que reportarán también las ventajas y utilidades de hacer valer los 
frutos que la naturaleza les produjo-a (2). 

Y sin incurrir en temeridad, se puede creer que otras muchas 
promesas hizo Bucareli á los indios, que no han llegado á nuestra 
noticia. 

Por inverosímiles que parezcan las apuntadas, es lo cierto que 
las hizo, y de todas existen aún las pruebas, que iremos exponiendo 
en el curso de nuestro estudio. Ahora vamos á examinar cuál fué la 
realidad que correspondió á tan halagüeñas promesas. Los tres 
artículos precedentes ya dicen bastante; pero todavía veremos más. 



V 

l"t) REALIZACIÓN DE LAS PROMESAS 

La abundancia de frutos para el sustento de la vida que produjo 
el sistema de Bucareli, la hemos visto demasiado en los informes 
arriba transcritos de testigos intachables; era tanta, que los pueblos 
se morían de hambre: y las familias se retiraban á los bosques para 
hallar algún alimento en la caza, ó en miserables sementeras, con- 
forme á su antigua usanza. 

(1) Bucareli, Preámbulo á la Ordenanza de comercio. 

(2) Ibid. 



— 201 — 

Del alivio del trabajo en los indios, dan cuenta los Administra- 
dores, que confiesan que el trabajo se luce menos, pero que no es 
porque no le haya, pues los indios trabajan más que en tiempo de 
los Regulares. «El Administrador... se contenta con hacer trabajar 
mucho, para que quede algo, porque no hay duda que en el día se 
trabaja, con los pocos que hay, más que cuando en tiempo de los 
Jesuítas había muchos, y con todo no luce, y entonces había 
más...» (1) «Luce poco el trabajo... En tiempo de los Regulares 
expatriados,., aunque se trabajaba mucho menos que en el tiempo 
presente, rendía el producto del corto trabajo, respecto á que sólo 
se reducía al bien común del mismo pueblo...» (2) Veremos más 
adelante cómo el trabajo llegó hasta hacer de los Guaraníes verda- 
deros esclavos. 

La añagaza de las minas no aumentó ciertamente la riqueza del 
país; pero en cambio sirvió para hacer trabajar más á los indios, y 
más arruinar sus pueblos. 

Había ponderado falsamente la miseria de las habitaciones, y 
creía el hombre vano que, con una palabra suya puesta en las Ins 
trucciones, iba á quedar cada casa de Guaraníes hecha una vivienda 
de ciudad, con numerosos departamentos, para una reducida familia 
que pasaba todo el día en el campo. Mas no fué así. Ocho años más 
tarde decían los testigos: «La decadencia es visible en la ruina de 
las casas:., los más [de los indios] que en él [en el pueblo] residen, 
viven en sus chácaras, y cuando vienen, no hay cuarto donde deje de 
haber cinco familias cuando menos. De esto se sigue la ruina de las 
casas, los robos, no entrar á la Iglesia, á Misa, ni al rosario... « (3) 
Ciertamente que semejante causa de relajación no existía ni se 
hubiera permitido en tiempo de los Jesuítas. Todavía algunos años 
más tarde, escribía Doblas: «Como á los principios de nada se cui- 
daba, y después fué preciso atender solamente á poblar de ganados 
las estancias, se descuidaron los otros objetos... Se ha desatendido 
la reparación y aumento de los edificios, así de las casas principa- 
les llamadas colegios, como de las particulares de los indios; de modo 
que los pueblos se han arruinado...» «Tampoco se ha cuidado de 
introducir el aseo en las personas y casas de estas gentes, ni el que 
se traten con honestidad: descuidando también el suministrarles aun 



(1) Informe del Administrador de San Ignacio Mirí en 1776 (Buenos Aires 
Arch. gen. leg. Misiones / Varios años I a.) 

(2) Informe del Administrador del pueblo de Jesús. (Ibid.) 

(3) Administrador de San Ignacio Miri (Buenos Aiaes: Arch. gen. leg. Misio- 
nes I Varios años I a.) 



— 202 — 

lo preciso para su subsistencia...» (1) «En sus casas se tratan con 
mucha indecencia y desaseo... y no tan solamente los de una fami- 
lia, sino también los de otras que viven dentro de una sola habita- 
ción... la tienen tan inmunda, negra, llena de humo y hediondez, que 
es repugnante entrar en ellas; y contribu3'e no poco á su desaseo y 
abatimiento» (2). 

Prometió Bucareli mudar el vestido y hasta poner calzado; mas 
he aquí cómo describe el mismo Doblas el estado en que se hallaban 
las Doctrinas diez }' seis años después de entablado el famoso plan: 
«En sus casas se tratan con mucha indecencia: regularmente andan 
desnudos los padres y las madres delante de los hijos é hijas, aun 
siendo adultos, y éstos lo mismo delante de sus padres...» (3) Y el 
brigadier Alvear, hacia 1795, cuenta como desórdenes envejecidos y 
reinantes en todas las Doctrinas «el desaseo y continua necesidad 
en que viven los ciu/umís [adolescentes], la porquería y torpe inde- 
cencia conque se crían las cuñatais [niñas y doncellas], la pobreza 
suma de los naturales, todos sacrificados siempre y desatendidos... 
y por último, el gran libertinaje y escandaloso desarreglo de cos- 
tumbres...» (4) Es asimismo instructivo el expediente que resultó de 
la carta sobre el lastimoso estado de Trinidad arriba citada (5), 
donde se ve la miseria con que se presentaban en Buenos Aires los 
infelices Guaraníes, y las licencias y consejos que habían de interve- 
nir antes de darles un pedazo de lienzo con que cubrir sus carnes, 
para evitar el riesgo de verse comprometido el mismo Administra- 
dor general, y sujeto á un embargo en los efectos de su propiedad, 
acción que de hecho se intentó ejecutar, y no una vez sola. 

La prometida repartición de bienes comunes no se efectuó; y 
tuvo Bucareli el suficiente discernimiento, cuando hubo tratado á los 
Guaraníes, para reconocer que lo que habían hecho los Jesuítas en 
esta parte estaba bien hecho, era necesario, y no se podía mudar sin 
producir un desastre inmediato. — ¡Ojalá que así como dejó los bienes 
de propios, que todas las poblaciones tienen, no hubiera introducido 
un comunismo, en que nunca pensaron los Jesuítas! Mas de esto 
hablaremos algo más adelante. 

Del aprendizaje del castellano, de la ida á la corte de Madrid, de 
las espadas y dagas, y título de caballeros é hijosdalgo, podrían 
haber dado testimonio aquellos burlados Caciques y Corregidores de 

(1) Doblas, Memoria, ed. Ángelis 1836, pág. 20. 21. 

(2) Ibid. pág. 12. 

(3) íbid. 

(4) Relación de Misiones, ed. de Ángelis 1836, pág. 105. 

(5) Buenos Aires: Arch. gen. leg. Misiones < Varios años / 1. 



- 203 - 

los treinta pueblos algunos años después. — Seguramente no hubo 
de estar entre ellos el que once años más tarde era Corregidor del 
pueblo de Santa María de Fe, uno de los que tenían más comunica- 
ción con los españoles, y sin embargo ni siquiera sabía firmar, como 
se ve en las diligencias del padrón, donde hubo de firmar otro de los 
asistentes por él (1). No se encontraban ejemplos semejantes en 
tiempo de los Jesuítas, cuando <íhabía en cada idio de los Pueblos... 
un mímero muy grande de Indios muy hábiles en escribir., y leer 
EspañoU (2); ni se dará caso semejante en todos los Inventarios de 
Doctrinas de 1768 (3). — Pero cuando los niños no llegaron á apren- 
der castellano, como vamos á ver en seguida, mucho menos se podía 
esperar esto de los adultos, y menos de hombres formados. 

La Universidad de Candelaria, los indiecitos educados en Semina- 
rio, y luego ordenados, y luego hechos Curas de aquellos pueblos; los 
caciques ascendidos á Gobernadores, á Virreyes, á Ministros de 
Indias; fueron sueños que disipó el día; fueron ilusiones y fantasías 
que desvanecióla triste realidad. 

Lo que Bucareli trajo á los Guaraníes, para cumplir sus ilusorias 
promesas, fué una verdadera esclavitud, como también lo veremos 
pronto. 



VI 



LAS TRES BASES DE CIVILIZACIÓN 

Tres eran los puntos principales, al decir de Bucareli en su Ins- 
trucción, de los que se había de seguir todo bien, y en que se cifraba 
la civilización y prosperidad de las Doctrinas Guaraníes: el idioma 
castellano, el cultivo de las tierras, y el comercio; y para los tres se 
lisonjeaba de haber dado providencias suficientes en su sistema. 

De la felicidad á que podía conducir el cultivo de las tierras en el 
estado á que quedaron reducidas en virtud del plan de Bucareli, y 
casi á sus mismos ojos, en el tiempo de los Administradores puestos 
por él, puede juzgarse por lo hasta aquí expuesto. Las tierras de labor 
estaban abandonadas; los algodonales destrozados; arruinados los 

(1) Buenos Aires. Arch. gen. leg. Misiones ¡Varios años I a. 

(2) Cédula de 28 de Dic. de 1743, punto 3." 

(3) Brabo, Inventarios. 



187 



-204- 

plantíos de yerba mate que con tanto trabajo se habían establecido 
junto á los pueblos; las estancias, despobladas de ganado. Y no fué 
muy notable la mejoría nunca en adelante. Los indios estaban des- 
moralizados; trabajaban de mala gana; y los que los dirigían en los 
trabajos, muchas veces no eran inteligentes en ellos. 

De los otros dos medios, idioma y comercio, diremos en breve lo 
que en 1791 decía el Administrador general en su Informe al Virrey 
Loreto: «ni se observa la civilización de los Indios con el trato de los 
Españoles, ni los progresos de su utilidad que se pronosticaron por 
medio de su comercio» (1). 

Del aprendizaje de la lengua española se prometía Bucareli tan 
gran adelanto, que lo llamó la base fundamental de la civilización 
de los indios (2). Erraba en esto, como lo tenemos ya demos- 
trado (3). Pero no menos erraba en representar como fácil el intro 
ducir entre los Guaraníes el idioma castellano; como si viviera per- 
suadido de que lo que no habían logrado los Jesuítas empleando todos 
los medios excepto el del riguroso castigo, lo había de conseguir la 
autoridad del reformador, con sólo dejarlo escrito en una Instrucción 
y una Ordenanza. 

El maestro de escuela se puso, aunque no en todos los pueblos; 
pues de las treinta Doctrinas, nueve solamente eran las que tenían 
maestro en 1776. Gravóse la pobreza de los pueblos, obligándoles á 
pagar el sueldo de 250 pesos á cada maestro, y á suministrarle 1o.d 
alimentos para él 3^ su familia. Pero el aprender los mdios el caste- 
llano, nunca se vio. En el Archivo General de Buenos Aires se con- 
servan las muestras é informes de los exámenes de varios años, 
Solíanse revestir estos actos de alguna solemnidad, así para halagar 
á los indios, como para poder informar satisfactoriamente á la Capi- 
tal. Pero el resultado del examen se reducía á enviar seis ú ocho pla- 
nillas de escritura en castellano, elegidas entre las mejores que 
habían escrito los alumnos (lo que probaba que alcanzaban á adqui- 
rir destreza de pendolistas, habilidad ya común antes de Bucareli), y 
á enumerar las varas de ropa que en premio se habían dado á cada 
uno. Del progreso en hablar castellano, no se decía ni palabra, por- 
que no lo había. —En el mismo Archivo de Buenos Aires se conser- 
van no pocas solicitudes é informes de los Cabildos Guaraníes al 
Virrey escritas en Guaraní, y algunas sin el acompañamiento de 
la traducción castellana. Y como en cierta ocasión hubiese enviado el 

(1) Buenos Aires. Arch. gen. leg. Misiones i Varios años / 1- 

(2) Instrucción, núm. 3- 
(8) Lib. I. c IX. § X. 



-205- 

Virrey un oficio de respuesta en que extrañaba que, después de tan- 
tos años no fuese aún usual el castellano, ni siquiera para despachos 
oficiales, parece que se enmendó algo por entonces el defecto. Mas 
no fué por existir mayor sabiduría; pues en 28 de Enero de 1791 
decía en su Informe el Administrador General: «La misma incapaci- 
dad... en cuanto cá sus acciones se observa hoy sin diferencia en los 
Pueblos de esta Nación [que en tiempo de los Jesuítas]: porque si enton- 
ces no hablaban ni escribían, ni entendían el Idioma Castellano, ahora 
sucede lo mismo, siendo preciso que en todas las operaciones, en que 
los Cabildos deben tener inteligencia por Ordenanza, se les explique 
la materia en lengua Guaraní, y que si acaso escriben á sus Superio- 
res, sea en la misma, }' en tan rústico estilo, que parece están en el 
centro de su primitiva barbaridad» (1). Y hacia 1795 testificaba el 
brigadier Alvear: [«ha sido] la mente del Rey en la erección de este 
empleo [de maestros de escuela] que los naturales aprendan la len- 
gua nacional, para cuyo efecto se fian expedido reiteradas órdenes, 
hasta ahora sin fruto» (2). Y lo mismo aconteció en todos los 
ochenta años que duró el sistema de Bucareli hasta 1848. 

A juzgar con el criterio que Bucareli, plagiando al libelista de la 
Rel(U-áo abreviíida RpUcó á los jesuítas, sería preciso decir que la 
idea del mismo Bucareli «de no consentirles hablar el castellano y... 
los tenia en estado de necesitar intérprete, pudiendo hallarse más 
hacía de [setenta años] aptos para girar por si solos, mayormente 
cuando repetidas veces había maridado S. M. que se les enseñase y 
pusiese escuela para ello, lo que... ¡lo se había cumplido» (3) «jv éste 
hubiera sido uno de los sentimientos que )nanif estaran los indios 
contra [Bucareli], luego que se les hubiese hecho entender-»; que todo 
lo había hecho pura (^poseer y go3ary> él y sus favorecidos, puestos 
allí por Gobernadores y Administradoras, «aquel país y el sudor de 
aquellos miserables:» indios (4). Por eso había elegido Administrado- 
res paraguayos y correntinos como lo hizo (5), «con la idea de emba- 
razar que entrasen allí los españoles». Que por eso había dejado de 
Gobernador áZavala, quien usando del mismo sistema, se perpetuó 
en Misiones tremta años. 

Y SI alguien replicara que bien patentes eran los mandatos de 
poner escuela, y la persuasión de ser el castellano la base de la pros- 

(1) Buenos Aires; Arch. gen. legf». Misiones I Varios años/ 1. 

(2) Alvkar, Relación (Ánghlis, i V^ 91.) 

(3) Carta de Bucareli al Conde de Aranda, fecha 14 de Octubre de 1768. 
(4; Ibid. 

(5) Representación del Administrador general Sanginés, (Buenos Aires. Arch. 
gen. leg. Misiones/ Varios años la.) 



-206- 

peridad en Doctrinas; sería fácil responder lo que respondía Buca 
reli y los enemigos de los Jesuítas en semejantes casos, que eso eran 
apariencias para deslumhrar á la Corte, pero que detrás de esas órde- 
nes públicas había dejado otras secretas para que se estorbase la 
ejecución, y por eso no se habían puesto escuelas sino en contados 
pueblos, ni aprendieron nunca los Guaraníes el castellano. 

Pero como esto no es sino un criterio absurdo, suministrado sólo 
por la ignorancia y la pasión, deberemos más bien discurrir conforme 
á la verdad, deduciendo de ese hecho innegable que no era tan fácil 
como soñaban los utópicos autores de planes como el de Bucareli, el 
enseñar castellano á los Guaraníes; pues ni los Jesuítas sin azote, ni 
Zavala y los demás ejecutores del nuevo plan con azote, y con todas 
las recomendaciones posibles, lograron introducirlo. 

Hoyes, y después de 140 años que han pasado de Bucareli acá, 
no se habla castellano en aquellas regiones, ni en el Paragua3^ entre 
la gente del campo, sino Guaraní; como en Cataluña y en Vizcaya 
no habla la gente del pueblo castellano, sino catalán y vascuence. 

La civilización reportada por los indios con la introducción del 
comercio, que fué el otro de los decantados medios de la Instrucció)i, 
era nula. En el expediente promovido de 1788 á 1795 j siguientes 
sobre este asunto, decía el Administrador general D.Diego Cassero: 
«La materia del comercio con los pueblos de Misiones ha estado tan 
problemática, que han sido tantas las opiniones, como los sujetos 
que la trataron... Se expidió una orden á los Tenientes de Goberna- 
dores con fecha á 13 de Agosto de 1783 para que informasen... Los 
informes que remitieron los Tenientes... llegaron,... y el Excelentí- 
simo Señor Marqués de Loreto les dio curso en la de Oct." del refe- 
rido año, dirigiéndolos al Gobernador D. Francisco Bruno de Zavala, 
para que sobre ellos continuara el suyo, como lo verificó... La con- 
cordancia que se advierte en los insinuados informes, está reducida á 
conceder de plano la actual incapacidad de los Indios para comerciar 
por sí solos 3^ manejar los bienes...» (1). — «El comercio establecido 
por Ordenanza para los Pueblos de Misiones, no se puede dudar» que 
fué elegido como el medio «más favorable... para reconciliar aun 
tiempo la cultura de la nación Guaraní con las conveniencias y ade- 
lantamientos que se esperaban conseguir con la nueva forma de 
gobierno. Estos dos objetos, que prometieron á la vista la mayor 
felicidad, no han correspondido á las rectas intenciones (?j con que 
fueron animados, porque ni se observa la civilización de los Indios 

(1) Buenos Aires. Arch. gen. leg. Misiones I Varios años 1 1. 



-207 — 

con el trato de los Españoles, ni los progresos de utilidad que se pro- 
nosticaban por medio de su comercio». 

El provecho imaginado de civilizar y enriquecer no se había 
obtenido. Y al lado de este fracaso de un éxito seguro tan ponderado, 
habían sobrevenido gravísimos daños. 

Los comerciantes entraban allí, no solo en los meses de febrero, 
marzo y abril, como decía el título 1.°, sino en todos los meses del 
año. Expresar la limitación había sido muy fácil; pero cumplirla, sin 
duda no lo era tanto, cuando en una larga serie de años no se había 
cumplido; y cuando el mismo Gobernador elegido por Bucareli, 5^ de 
tanta confianza de la Corte, que se mantuvo en el cargo por más de 
treinta años hasta su muerte, explicaba ahora el motivo de no guardar 
la Ordenanza, y usaba de términos que daban á entender dificultad 
graveiy aun casi imposibilidad de limitar el comercio precisamente á 
aquel plazo. — Entraban los comerciantes, y con ellos los vicios, los 
tratos ilícitos y las ofensas de Dios que de antemano estaban previstas, 
y que había mostrado en todas las comarcas de indios la experiencia. 
Sucedía que los indios particulares se daban vergüenza de que los 
tuviesen por lo que eran, por incapaces de contratar (1), y por otra 
parte hallaban duro sujetarse á todas las formalidades de recurrir al 
Administrador, obtener la aprobación de su trato, etc., y buscaban 
la manera de eludir la vigilancia de sus superiores. Coadyuvaban á 
su intento con gran gusto los mercaderes, y salía hecho el trato 
clandestino, y engañado el indio por su simplicidad con lesiones gra- 
ves en sus cortos haberes. No teniendo el indio apenas cosa propia, 
parte por su indolencia, parte porque ya no se le dejaba tiempo de 
trabajar para sí; ocurría otro daño gravísimo, que al mismo tiempo 
era causa de introducirse el mayor desorden 3^ atrevimiento entre 
los indios 3' de arruinarse los bienes de comunidad, 3' era el que 
explican las palabras del Virre3^ Marqués de Loreto: «Sin embargo 
de que tengo tomadas todas las providencias más ajustadas 3' confor- 
mes á precaver el clandestino comercio de géneros 3' bebidas que se 
hace en los Pueblos de Misiones Guaranís 3' su jurisdicción á cambio 
de cueros, grasa 3" sebo, para lo cual destruyen sus naturales, 3" otros 
advenedizos que se introducen con ellos, los ganados ma3'ores que 
sirven á su conservación 3' fomento; 3' lo que es más, que usando con 
libertad 3^ sin la templanza de los vinos 3' aguardientes, resultan gra- 
ves ofensas á Dios...» (2). Por manera que el comercio hacía que el 
indio robase para comerciar, 3' había introducido la borrachera, que 

(1) Doblas, Memoria histórica, ed. Ángelis 1836, pág. 11. 

(2) Buenos Aires. Arch. gen. leg. Misiones I Varios años/ 1. 



-208- 

felizmente habían desarraigado los Jesuítas, según confesó el mismo 
Bucareli (1). 

Ni paraba todo en esto; pues, como lo informaba el Teniente de 
Concepción, Doblas: «La entrada de los comerciantes en estos pue- 
blos es en extremo perjudicial, aun limitándola á los tiempos de la 
Ordenanza: ellos por más celo que haya, han de engañar á los indios: 
les han de causar distracciones: han de tener alianzas ilícitas con 
notable escándalo: han de introducir bebidas clandestinamente, cau- 
sando embriaguez á los indios: se mantienen en la mayor parte á 
costa de los pueblos: y por último, á su retirada se llevan indios 
muchachos y aun indias, sacándolos de los pueblos para nunca vol- 
ver á ellos» (2). Por manera que la promesa de introducir la civiliza- 
ción por medio del comercio se había tornado ilusoria; y en vez de 
ella, se había introducido el fraude, el robo de los bienes del pueblo, 
la. embriaguez y la disolución. 

(1) Instrucción, núm. 23. 

(2) B.' A." Arch. gen. leg. cit. 



CAPITULO VIII 



LAS CAUSAS EN PARTICULAR 



1. El haber infatuado á los indios. — 2. Las promesas de Bncareü. — 3. El 
Administrador particular. — 4. La autoridad de éste. — 5. El Comunismo de 
Bucareli. — 6. Otras prescripciones de Bucareli. — 7. Esclavitud de los indios. — 
8. Valor de la obra entera de Bucareli. 

Hemos enumerado los desastrosos efectos del plan de Bucareli, 
que prometiendo mentida felicidad, condujo las Doctrinas Guaraníes 
á una decadencia próxima á su ruina. Pero pudiera dudar alguno, si 
aquéllos son verdaderamente efectos y deben referirse al plan como 
á su causa: ó si más bien es un discurso engañoso el que hacemos, 
atribuyéndolos á aquel sistema, sólo porque vinieron después de 
planteado, é incurriendo en el sofisma de post Jioc, ergo propter hoc. 
Bastaría para desvanecer esta duda considerar la seguridad y aire 
infalible de las promesas de Bucareli, cuando asentaba que, deste- 
rrados los Jesuítas, vendría toda la felicidad y la más espléndida 
civilización á las Doctrinas, porque ellos solos eran la causa de la 
miseria y rudeza de los indios; y el aplomo con que aseveraba que 
con sólo el extrañamiento, se habían conquistado para la Religión y 
para el dominio de España cien mil habitantes (1); y ver que, en 
efecto, se había cumplido el extrañamiento, y los cien mil habitan- 
tes se hallaban aniquilados y reducidos á menos de la mitad, y jun- 
tamente, habían retrogradado en la senda de la civilización, habién- 
doseles introducido todos los vicios. Pero á mayor abundamiento, 
vamos á estudiar las causas inmediatas de tanto mal, y veremos que 
se encuentran en las disposiciones del Reglamento de Bucareli. 

(I) BucAREí,!, Carta de 14 de Octubre de 1768 al conde de Aranda (Brabo, 195). 
14 Organización Social de las Doctrinas Guaraníes— tomo ii. 



210 



188 

EL HABER INFATUADO Á LOS INDIOS 



Cuando se trata de investigar las causas inmediatas que produ- 
jeron éxito tan desastroso en las Doctrinas á partir del día en que 
fueron expatriados los Jesuítas; vienen á descubrirse muy diversas 
opiniones. Alarmados Gobernadores, Visitadores y Virreyes, no 
menos que los Administradores particulares de buena intención, y 
Administradores generales, se preguntaron en varias ocasiones cuál 
era el origen de aquel desquicio de toda una región, manifestado en 
lo exterior por una decadencia material, miseria y despoblación que 
ninguna providencia alcanzaba á contener, mientras en lo interior 
fermentaban la relajación y los vicios; y en qué punto existía la 
enfermedad, para aplicar el remedio. Los Administradores echaban 
la culpa á la desobediencia, flojedad y haraganería de los indios: los 
Visitadores, á la impericia de los Administradores ó á su negocia- 
ción: el Gobernador Zavala al dominio que á su juicio se arrogaba 
el Administrador general y á la insuboidinación de los Tenientes, 
quienes procedían como dueños absolutos, usando de malos trata- 
mientos en general, y hasta perseguían con partidas armadas á los 
indios cuando querían recurrir al Gobernador (1): los Tenientes al 
comercio y al Gobernador: el Administrador general, á todos, empe- 
zando por el Gobernador, porque no cumplían las Instrucciones 
dadas por Bucareli, «/)or cuanto en ellas» decía «consta todo cnanto 
conviene para la subsistencia y fomento de los pnehlosT> (2). 

Pareceres todos incompletos, y el último manifiestamente erró- 
neo, pues, como vamos á ver, en las Instrucciones de Bucareli pre- 
cisamente estaba el vicio intrínseco origen de tantos daños. 

Entre los innumerables testimonios del empeño que pusieron las 
autoridades españolas del Río de la Plata en sostener las Misiones 
que se derrumbaban, se encuentra el expediente promovido en 
Diciembre de 1776 por el Teniente de Candelaria D. Juan Valiente 
para averiguar las causas de la decadencia de los pueblos. 

(1) Buenos Aires: Arch. gen. leg. Misiones I Varios años / a. 

(2) Ibid. 



-211- 

Allí discurren los catorce Administradores que fueron consulta 
dos, y para responder á la pregunta, alega cada uno varios capítu- 
los. Pero no puede menos de sentirse la fuerza de la verdad en la 
afirmación que uniformemente estampan todos ó casi todos ellos 
sobre el principio de la decadencia. «Les informaron á los principios 
á estos Naturales (cuya capacidad más experta debe reputarse como 
la de un muchacho de doce años, poco experto), que ellos eran due- 
ños absolutos de todas las haciendas de los pueblos y su manejo, 
que el Rey había hecho caballeros á los Caciques, y que con esta 
mutación salían del cautiverio en que dichos expatriados los tenían, 
á una suma libertad, con otras muy á su favor á este tenor, cu va 
primera causa es la primera piedra fundamental de su ruina.» Así 
Don Lorenzo de ligarte, Administrador del pueblo de Loreto (1). 
Y explicando más el alcance de esta causa, prosigue: «Los indios, 
por naturaleza arrogantes y noveleros, dando entero crédito á 
estas persuasiones, esperando que el Rey les señalase algunas ren- 
tas de su Real Erario para mantenerlos holgando, se dejaron estar 
caballeros, abandonando sus trabajos, y destrozando las haciendas 
que quedaron^ hasta dejarlas destruidas.» 

Y el Administrador de Apóstoles: «Salieron e^tos expulsos [los 
Jesuítas], les hablaron [los Ejecutores del extrañamiento] á los mora- 
dores de este pueblo, según todos lo dicen, que les dijeron que habían 
de vivir como españoles, que los Caciques eran hidalgos, y que no 
eran esclavos, que ya se les acabó los azotes: estas palabras se 
publicaron á voces por la plaza y calles para que sepan todos esta 
disposición... Me parece no tenía más que exponer que lo dicho, para 
venir en conocimiento cuál es el atraso de los pueblos, pues de ahí 
nace todo mal que en el día se experimenta» (2). 

El Administrador de Candelaria: «Digo que su decadencia prin- 
cipal consiste en haberles impresionado, al tiempo de la expulsa de 
los expatriados, que todos los bienes que tenían eran suyos para usar 
de ellos libremente; que los Caciques, como hidalgos, eran los que 
debían gobernar; que podían ir adonde quisieran á tratar con los 
españoles: de que nació la destrucción de estancias, de Boyadas, y 
Cavalladas, la fuerza á desertarse, la repartición de Chacras, 
y Capillas, que antes estaban agregadas á la Comunidad:., á mí me 
sucede que, habiendo la Corregidora tomado cuatro animales de la 
hacienda, para ir á vaquear, al tiempo de quitárselos me respondió 
que podía y quería llevarlos, y darlos ó venderlos, que para eso eran 

(í) B." A.' Arch. gen. leg. Misiones / Varios años / a. 
(2) Ibid. 



-212- 

suyos, y ella con los demás Caciques y Cacicas eran hidalgos de 
Castilla. En conformidad, que con esto, y con haber dado orden en 
los pueblos que no se castigase á nadie, principalmente á los Caci- 
ques y Cabildantes, han criado tantas alas, dándose tanto á la hara- 
ganería...» (1) 

Pudiéramos todavía añadir más testimonios; pero nos contenta- 
remos con el que da el Padre Provincial de la Orden de San Fran- 
cisco, Fray José Blas de Aguirre, quien, por decreto de 31 de Octubre 
de 1777, fué comisionado para visitar las Doctrinas de Guaraníes 
é informar de lo que necesitase urgente remedio; y en desempeño de 
su comisión dice lo siguiente: «El Gobierno de las Misiones que 
acaba de visitarse, es un edificio político, que no solamente ha per- 
dido el buen orden y la hermosura con que lo hemos conocido cuantos 
hemos vivido en estas partes, sino que en el día se presenta á la 
vista con un aspecto tan desfigurado, que está indicando hallarse 
próximo el momento fatal de una ruina tan escandalosa, que deberá 
atribuirse á los mismos que, con ciencia y justicia, han sido autoriza- 
dos por el Rey y sus Ministros para sostenerlo. 

«Consistía la felicidad de estos pueblos en su abundancia misma, 
y ésta se afianzaba en la prudente distribución del tiempo para arre- 
glar el trabajo de los indios; en el acopio de sus cosechas deposita- 
das en almacenes comunes, para distribuirlas oportunamente: en el 
crecido número de ganados, que se sustentaban en los pueblos sin la 
menor escasez; y consistía finalmente en una cristiana economía 
con que á sanos y enfermos, chicos y grandes, hombres y mujeres, 
se socorría, con aquella puntualidad con que lo hace un próvido padre 
de familia en su misma casa. 

»Esta felicidad desapareció ya, 3' yo no sé si para siempre. Se 
han inspirado á los indios unas nuevas ideas de libertinaje muy per- 
judiciales, y sobre toJo se ha trabajado demasiadamente en persua- 
dirles que son verdaderos señores de sus tierras, de sus ganados, de 
todo el producto de uno y otro, y de la recompensa que corresponde 
al personal y rudo trabajo en que se ocupan.» (2) 

Se ve por todos estos informes, que á los indios Guaraníes, en el 
momento de la expulsión de los Jesuítas se les inculcaron pública- 
mente y con repetición, para que empezasen á vivir como pueblo 
civilizado, las siguientes máximas: 1. Que antes, debajo de la direc- 
ción de los Jesuítas, solemnemente aprobada y confirmada por 
F'elipe V, el gran favorecedor de los indios, en su Cédula expedida 

(1) B.' A.. Arch. g'en. \eg. Jesuítas / Varios años I a. 

(2) MoNNER Sans, Pinceladas históricas. 193. 



-213- 

no mucho antes en 1743; vivían, no obstante, los Guaraníes en un 
estado infeliz y de esclavitud, bajo del dominio despótico de los Jesuí- 
tas, quienes les usurpaban los bienes, puesto que habían procurado 
que, además de la propiedad que cada indio tenía de sus cosas par- 
ticulares, hubiese otros bienes comunes del pueblo para el soco- 
rro de necesidades urgentes. 2. Que todos los bienes que había 
en las Doctrinas, incluso los bienes comunes, eran propios suyos y 
de cada particular, en especial de los Caciques, de modo que libre- 
mente podían disponer de ellos, y se les hacía injuria en no dejarles 
gastarlos á su arbitrio. 3. Que esta esclavitud había cesado ya, y 
con la ida de los Jesuítas habían cesado de ser esclavos, sin podér- 
seles poner estorbo en el uso de estos bienes. 4. Que ya no había de 
haber más castigo de azotes. 5. Que los Caciques y Cacicas eran 
todos nobles é hidalgos de Castilla, )' podían tratarse como los hidal- 
gos españoles, ir donde quisieran, comerciar como quisieran, con 
esperanzas de llegar á ser Gobernadores, Virreyes ó cosa parecida. 
La liquidación universal con que sueñan los socialistas, difícilmente 
podía ser estímulo que más despertase el apetito. 

Todas estas instigaciones, brotadas de un odio insensato contra 
los Jesuítas, y fundadas en una supina ignorancia de la realidad de 
las cosas y del carácter de los indios (si 3^a no es que digamos en 
una satánica voluntad de envenenarlos ánimos con la calumnia, aun- 
que para ello fuese necesario perder los cuerpos y las almas de aquel 
pueblo), eran muy suficientes para indisponer los ánimos de los natu- 
rales con sus antecedentes Doctrineros; pero al mismo tiempo 
aptas para trastornar el orden y concierto en cualquier socie- 
dad, por bien organizada que estuviera, mayormente procediendo 
de arriba. 

Porque que procediesen de arriba, no hay manera de dudarlo, 
cuando todas estas máximas las vemos trasparentarse continua- 
mente en las Instrucciones de Bucareli. Más aún, está expresamente 
ordenado por Bucareli que tales máximas se pregonen como el 
insigne beneficio que les viene á traer el Gobernador. He aquí las 
palabras de su «^Instriicción á los Comisionad ost> enviados á intimar 
el extrañamiento en cada pueblo: 

«Asimismo el Comisionado hará entender al Cabildo el amor del 
Rey á su Nación, y que consiguiente á él, se ha dignado habilitarlos 
para que puedan obtener en todos sus dominios los empleos más dis- 
tinguidos igualmente que los españoles, prometiéndose S. M. que, 
educados según su Real intención, llegará el caso de que vean á sus 
hijos Curas de sus Pueblos, y deque perciban manifiestamente las 



-214- 

consiguientes ventajas de su Real resolución, así en lo espiritual, 
como en toda otra clase de adelantamiento» (1 ). 

Y siendo esta Instrucción parte esencial de las disposiciones 
legislativas del plan de Bucareli, como que contenía la intimación 
del extrañamiento, y el paso decisivo para entablar todo su sistema; 
con razón hemos dicho que suplan estaba inti ínsecamente viciado, 
pues encerraba la enormidad de infatuar é hinchar de soberbia á los 
pobres indios; y que en el mismo plan estaba la raíz del enorme 
desconcierto que luego sobrevino. 



11 



189 



LAS PROMESAS DE BUCARELI 

Hemos ofrecido en artículos anteriores demostrar que Bucareli 
hizo, en efecto, á los Guaraníes las absurdas é inverosímilespromesas 
que allí quedan consignadas (2); y estamos desempeñando nuestra 
palabra. 

El artículo «Asimismo» de la Instrucción al Comisionado muestra 
lo que en público Cabildo se dijo á las autoridades Guaraníes. Pero 
algo más se les dijo, cuando los informes que acabamos de citar (3) 
nos dicen que «■'^e publicó á voces por la plaza y calles, para que sepan 
todos esta disposición,., que habían de vivir como españoles, que 
los caciques eran hidalgos, y que no eran esclavos, que ya se les 
acabó los azotes...» «que ellos eran dueños absolutos de todas las 
haciendas de los pueblos }' su manejo... que con esta mutación salían 
del cautiverio en que dichos expatriados los tenían...» «que todos 
los bienes que tenían eran suyos para usar de ellos libremente, que 
los caciques como hidalgos eran los que debían gobernar, que podían 
irá donde quisieran...» Y añade el Administrador de Apóstoles: 
«¿Quiénes fueron los que lo publicaron? Los mismos Cabildantes, á 
quienes se lo dijeron» (4). 

No podía menos de ser así, y de descubrirse en las palabras de 
los Comisionados al Cabildo, trasmitidas á los indios por los Cabil- 



(1) Brabo, Colección, pág. 53. 

(2) Capítulo VII, § IV. 

(3) §1. 

(4) Buenos Aires, Arch. gen. leg. Misioftes I Vanos años I a. 



- 215 — 

dantes, el sentimiento que rebosaba en las cartas de Bucareli al 
Conde de Aranda, y aparecía consignado en su Adición, número I, 
*su libertad, dominio y contercio, de que Jian estado privados [los 
Guaraníes], en manifiesta trasgresión de todos los derechos», «que 
hasta estos tiempos se les hizo sufrir una efectiva esclavitud^) , 
v-sus labores y trabajos se convertían por la mayor parte en apro- 
vechainiento de otros-», núm. 4, etc. etc. 

Ni dejaría de salir allí la promesa de mayor abundancia de los 
frutos para el sustento (1); y la de trabajar menos (2), con la de 
enriquecerse por medio de las minas, insinuada con la debida cau- 
tela (3), y la de que en adelante habían de tener comodidad en sus 
casas (4), en sus vestidos (5), y en todas las cosas. El mismo se 
gloría mucho de los vestidos que repartió en Yapeyú (6), como 
indicio de hi nueva era que comenzaba con su llegada. 

A la verdad, sin necesitar de que se las renovasen los Comisio- 
nados, podían repetir los Caciques y Corregidores á sus paisanos 
aquellas extrañas promesas que durante un año les había estado 
inculcando á ellos el Gobernador Bucareli en Buenos Aires. 

Porque al recibir Bucareli, el 7 de Junio de 1767, los pliegos en 
que el Conde de Aranda le comisionaba para la expulsión de los 
Jesuítas, luego se preocupó en hacer bajar á Buenos Aires todos 
los Corregidores de los treinta pueblos de Guaraníes, con más uno 
de los Caciques principales de cada pueblo. Habían estado el año 
antecedente los Corregidores á dar la bienvenida y profesar su obe- 
diencia al Gobernador á su entrada, como lo hacían con todos los 
demás Gobernadores; pero en exigir la venida presente se proponía 
Bucareli mu}^ diversos fines. El primero, explorar si los Jesuítas le 
obedecerían, haciendo de ellos concepto tan injurioso, sin haberle 
dado motivo alguno, como de que tal vez faltarían á un encargo 
hecho de oficio. El segundo, instruirles, dice él, de cómo iban á salir 
de la «esclavitud y de la ignorancia^. El tercero, tener rehenes para 
el caso de una insurrección de los indios, que el hombre perverso 
suponía que habían de promover los Jesuítas: «he mandado al Padre 
Superior de Misiones envíe aquí d mi disposición un cacique y un 
Corregidor de caía pueblo, con fas ideas de examinar por este 
medio cómo piensa, y también con la de que, si obedece y los re¡)iite, 

(1) Instrucción, núm. 15. 

(2) Ibid. 

(3) Instrucción, núm. 27. 

(4) Ibid. núm. 6. 

(5) Ibid. núm. 7. 

(6j Carta de 14 de Octubre de 1768, Brabo, Colección, pág. 196. 



- 216- 

Jiacerles conocer la benigna piedad con que el Rey ha mirado por 
ellos, sacándolos de la esclavitud ó ignorancia en que vivían, é igual- 
mente para que vayan en rehenes, cuando llegue el caso de mar- 
char á extraer á los Padres» (1). A 22 de Julio contestó el Superior 
de Misiones P. Lorenzo Balda que iba á remitir los Caciques y Co- 
rregidores (2); y en 14 de Setiembre llegaban á Buenos Aires con sus 
pajes (3). <íLos he aloiadoy>, dice Bucareli , «con más comodidad de la 
que antes les dieron los de la Compañía: les haré vestir á la espartó- 
la, asistiéndolos y tratándolos de modo que conozcan la mejora de su 
suerte, conservándolos aquí hasta imponerlos como conviene...-» (4). 

Y efectivamente, los vistió como caballeros españoles, dándoles 
el trato y nombre de caballeros. Llevólos el día 4 de Noviembre, 
fiesta del santo del Rey, á la Catedral, donde pontificó el Ilustrísimo 
Sr. Latorre, Obispo de Buenos Aires, asistiendo al lado del Goberna- 
dor los obsequiados Guaraníes como acompañantes suyos. Condújolos 
luego al fuerte, que era la residencia del Gobernador; y allí los sentó 
á la mesa con el Señor Obispo, los canónigos, clérigos y caballeros, 
quienes se esmeraban en regalar á los nuevos hidalgos de Castilla. 
Todo esto lo refieren con su sencillez los Corregidores y Caciques en 
su carta á Carlos III (5). 

No se descuidaba mientras tanto Bucareli en «imponerles como 
convenía» . Juntábalos en conferencias reservadas, y allí por medio 
de intérprete les sugería todas aquellas perspectivas tan falsas como 
halagüeñas de sus promesas, llenas de odio y desprecio de los Padres 
de la Compañía de Jesús que les asistían, y henchidas de esperanzas 
imposibles en grandezas é independencia para lo porvenir. Que les 
repartiría las tierras y los ganados comunes, que se tratarían siempre 
como caballeros, que aprenderían luego castellano é irían á la corte 
á ver al Rey; que los Jesuítas les habían estorbado el aprender el 
idioma español y los tenían hechos unos esclavos, pero ahora ya. no 
sería así: ellos gobernarían en todo: y él, con consulta del Rey, les 
pondría Universidad y Seminario, donde sus hijos estudiasen y llega- 
sen á ser Curas de los pueblos. A esto llamaba declarar las mercedes 
que la bondad del Rey les había hecho. 

Sabemos hoy esto con certidumbre, como sabemos también el 
encono que produjo en el ánimo de los engañados indios, el ver que, 
después de tan lisonjeras palabras, no se les cumplían los sueños con 

(1) Brabo, Colección, pág. 31. 

(2) ídem, 44. 

(3) ídem, 81, 

(4) Ibid. 

(5) Brabo, Colección, 102. 



-217- 

que los había entretenido el Gobernador, según expresan los 
informes arriba citados, de vivir como hidalgos sin trabajar, espe- 
rando que el Rey les señalase renta de su Real Erario, y de disponer 
á su arbitrio de las estancias, animales y bienes todos que había en 
el pueblo. ¿Qué hubieran dicho los deslumhrados Caciques y Corre- 
gidores, si mientras el Gobernador los llamaba caballeros, y los 
vestía á la española, los sentaba á su mesa y les explanaba tan 
brillantes promesas, hubiesen penetrado la pérfida intención con que 
los había hecho venir, y que tan claramente expresa él mismo, para 
asegurarse de sus personasy llevarlos bien custodiados como rehenes, 
por si entre los indios ocurría algún movimiento? ¿Y qué, si hubie- 
sen podido entrever la espantosa ruina y desolación que aquellas 
arteras promesas habían de traer á su raza entera? 

De la infatuación de los Caciques y Corregidores por las suges- 
tiones del Gobernador, da claro testimonio la carta colectiva que 
escribieron al Rey (1), que sin esta clave no tendría explicación 
racional. Dicen en ella una y otra vez que le dan tantas gracias por 
haber tenido lástima de ellos y sacádolos del miserable estado en 
que se hallaban, donde iban ú morir como unos esclavos; que confían 
en que sus hijos llegarán á ser sacerdotes; que ya los caballeros de 
Buenos Aires los han tratado como á sus iguales; y que ellos mismos, 
todos sin faltar uno, van á aprender castellano para ir luego á la 
Corte de Madrid á ver al Rey y ser sus cortesanos. Semejantes con- 
ceptos de ningún modo podían ocurrirse á los indios, siendo tan sin 
fundamento y tan desproporcionados con su condición, sino en virtud 
de las artificiosas persuasiones que estaban oyendo. 

Pero todavía consta más claramente de las falsas promesas de 
Bucareli, 3' consta además del desencanto de los Caciques y Corre- 
gidores, por un documento que original se conserva en el Archivo 
General de Buenos Aires. Es la carta confidencial en que explica lo 
uno y lo otro el mismo intérprete de que se valió Bucareli para estas 
conferencias, y á quien señaló después por intérprete de la visita que 
á fines de 1769 fué cometida á los Jueces Goytia y Alvarez para 
deponer á los Administradores, cuya conducta era ya intolerable. En 
esa carta, después de manifestar el intérprete, Lucas Cano, que le 
había costado no pequeño trabajo de sosegar á los indios, que no 
sabían cómo entenderse con los nuevos Administradores, porque 
ignoraban la lengua Guaraní, añade: «El punto más difícil y de 
mayor trabajo para mí, ha sido el darme en cara con las órdenes del 

(1) Brabo, Colección, 102. 



- 'J18 — 

Rey, QUE YO les expliqué de orden de V. E. en Buenos Aires, 
que no se les han cumplido, el haberles prometido repartirles 
sus haciendas y señalarles sus tierras, para que cada cual 
conozca y cuide lo que es suyo: que en atención de ello están 
temerosos de quedar lo mismo que antes y aún peor: estos son 
los dichos de los Indios» (1). 

Esto escribía Cano á 3 de Noviembre de 1769 desde Itapúa. Afir- 
maba entonces que estas voces no eran de todos los indios, porque 
«la mayor parte no tiene... ni aun noticias de tales órdenes»: tanto 
era sin duda el secreto que se les había encargado. Atribuía aquella 
inquietud á sugestiones de algunos otros; y se lisonjeaba de que con 
algunas buenas razones los había logrado sosegar. Pero á la verdad, 
no necesitaban de sugestiones ajenas los Caciques y Corregidores á 
quienes durante un año entero había estado dando batería el Gober- 
nador en Buenos Aires.. Ni lo podían ignorar los demás indios cuando 
á son de trompeta lo publicaban en las plazas los Cabildantes. En 
cuanto á su seguridad de dejar tranquilizados en esta materia los 
ánimos de los indios, si por el momento la pudo abrigar Cano, bien 
pronto se desengañó: y tres años de experiencia en el oficio de Admi- 
nistrador, desde 1773 hasta 1776, le persuadieron de que aquel conta- 
gio que á primera vista le parecía limitado á sólo unos pocos, había 
cundido por todo el pueblo, y tal vez era ya irremediable. Así lo dice 
él en su informe del pueblo de Jesús, atribuyendo tanta desdicha al 
abandono del antiguo régimen de los Jesuítas; y explicando más en 
especial en qué había consistido este antagonismo entre el nuevo y 
el antiguo régimen, lo hace consistir sobre todo en la soberbia que 
se había inspirado á los Guaraníes, que antes no la tenían: «La prin- 
cipal causa de la decadencia de este pueblo proviene... del des- 
acierto de abandonar enteramente su antiguo establecimiento, buen 
régimen, y gobierno económico... Cuya falta es el más lamentable 
caso, en la estación presente, en consideración de ser ya muy dificul- 
toso el poder conseguir su remedio... No hubiera sucedido nada de lo 
acaecido, á no ser la desgracia de haberles dado á entender á los 
indios que eran señores absolutos de sus acciones, y haciendas, 
donde tomaron los indios la sobi rbia...» (2). 

Atestiguando el brigadier Alvear los destrozos causados á con- 
secuencia de tales persuasiones, atribuye el daño á la corta inteli- 
gencia de los indios, que interpretaron erradamente las palabras que 
se les dirigían. «Padecieron los pueblos notablemente, ya por el des- 

(1) Buenos Aires, .'Yrch. gen. leg. Misiones / Varios aiios / 1. 
(2j Buenos Aires, Arch. gen, leg. Misiones ¡ Varios años, I a. 



— 21^) — 

trozo casi universal é inevitable de las tropas (que acompañaban á 
Bucareli), ya por el de los mismos naturales, que, mal aconsejados, 
y sin inteligencia alguna de la suprema disposición de S. M., entra- 
ron los primeros <á derrochar todo cuanto había, á diestro y siniestro, 
sin miramiento ni atención, como en campo enemigo (1).» Mas el 
documento de Cano muestra que los naturales no entendieron mal, 
sino que entendieron precisamente lo que les decía Bucareli, que 
bajo los Jesuítas habían sido esclavos, y su esclavitud consistía en 
que los bienes que, además de los particulares, había comunes en el 
pueblo, no estuviesen á disposición de cualquiera, especialmente si 
era Cacique y, como tal, hidalgo de Castilla. Y como lo entendieron, 
así lo quisieron practicar. El mismo Cano, en el informe que acaba- 
mos de citar, echa la culpa de este daño á D. Francisco Bruno de 
Zavala: «la culpa de este venenoso defecto todo le cabe al Señor 
Gobernador de esta provincia, el que justificaremos con prueba sufi- 
ciente cuando se nos pida (2).» Mas ésta no era completa explicación; 
y aunque por su cualidad de Gobernador hiciese mucho daño Zavala, 
la causa estaba más arriba en el venenoso origen de las promesas de 
Bucareli. 

Era Bucareli, Bucareli mismo que se vanagloriaba de que iba á 
poner aquellos pueblos en el más próspero estado, á sacarlos de su 
ruina, á fomentar con ellos una floreciente provincia, y juntamente 
acusaba la ineptitud y la tiranía de los Jesuítas en el gobierno de los 
Guaraníes; el que había infatuado las débiles cabezas de los indios, 
pintándoles como suma infelicidad el estado verdaderamente prós- 
pero en que se hallaban, y deslumhrándolos con halagüeñas promesas 
de cosas imposibles; sólo por hacerles prorrumpir en expresiones de 
detestación de los Jesuítas que los regían. La igualdad absoluta de 
los indios con los españoles, el manejo expedito y ordenado de sus 
haciendas, el pronto uso del idioma castellano, la probabilidad de 
presentarse en Madrid los ancianos caciques y de ordenar á sus hijos 
de sacerdotes y ponerlos por Curas de las Doctrinas, con los vislum- 
bres de una Universidad literaria en los pueblos agrícolas de los 
Guaraníes: cosas eran todas que los Jesuítas no podían dar á los 
Guaraníes, porque los conocían muy bien por incapaces de ellas; y 
por eso nunca se las prometieron. El prometérselo Bucareli, era una 
de aquellas iniquidades que claman al cielo; era burlarse de su buena 
fe^ para hacerlos caer luego en la más amarga decepción. Era infun- 



(1) Relación de Misiones, 92. 

(2) BuKNos AiKEs; Arch. gen. leg-. Misiones! Varios años I a. 



- 220 — 

dirles todos los principios de la rebelión y soberbia, que les habían 
de arruinar y hacer infelices. 

Desengaño grande hubo de ser para el hombre orgulloso, si 
alguna vez pensó de veras en la repartición de los bienes comunes, 
el persuadirse con el trato de los indios, de que los Jesuítas tenían 
razón en decir que no eran capaces de gobernar su hacienda, y el 
conocer que, si no era produciendo universal desquicio, no podía 
andar el régimen de las Doctrinas como él había soñado y repetido 
por tanto tiempo á Caciques y Corregidores en odio de los Jesuítas, 
y que necesitaban tutores y administradores, como finalmente se los 
puso en la Instrucción. Pero más amargo hubo de ser el desengaño 
cuando viera en la carta de persona tan poco sospechosa como su fiel 
intérprete, que los indios ya murmuraban quejándose de él, que les 
había entretenido con lindas palabras y no les cumplía lo ofrecido; y 
que ya se temían que después de tan ponderadas promesas, se iban 
á encontrar peor que antes en el régimen de los Jesuítas. Y no se 
engañaban. 

Las instigaciones insidiosas de Bucareli en el año que detuvo á 
los Caciques y Corregidores en Buenos Aires, explican también cómo 
sucedió que los indios de su)'o mudables y noveleros, creyendo en 
sus palabras, no diesen más muestras de sentimiento en la partida de 
los Padres de la Compañía, que el astuto Gobernador les había pin- 
tado como un obstáculo para su felicidad. Pero semejante proceder 
hizo sentir sus amargas consecuencias ya sobre su mismo autor, y 
mucho más en adelante sobre el bienestar de toda aquella comarca, 
que no se restauró nunca más, ni nunca se repuso del nocivo efecto 
de aquellas deletéreas insinuaciones. 

El mayor culpable, según esto, en la ruina de los pueblos de Misio- 
nes, fué el hombre imprudente, que dejándose cegar de su odio des- 
apoderado contra los Misioneros, despreció los consejos de la expe- 
riencia de ciento cincuenta años, y quiso enmendar por medio de cons- 
tituciones postizas una obra madurada por la reflexión y sabiduría 
práctica dehombres encanecidos en la administración de lasMisiones. 

Y si Bucareli quisiera derivar la culpabilidad, achacándola al 
mismo Rey Carlos III, y presentara pruebas, que él vería si podía 
tener, sabríamos que Carlos III había sido el que, mientras con una 
mano arrancaba violentamente á los Guaraníes sus antiguos doctri- 
neros y padres de sus almas, con la otra les había propinado el 
veneno de la soberbia, que es la sustancia del liberalismo, para con- 
sumar así su ruina, apartándolos de las normas antiguas y naturales 
de su gobierno. 



221 



TU 



EL ADMINISTRADOR PARTICULAR a"^ 

Desde el momento en que Bucareli trató de realizar la expulsión 
de los Doctrineros Jesuítas, estableció el principio de que en los Doc- 
trineros entrantes de otras órdenes religiosas no había de quedar 
administración temporal alguna. Este artículo ocupa lugar preemi- 
nente en los reglamentos de que consta su plan; se intima en la Ins- 
triicción del Comisionado, en la Instrucción á los Gobernadores 
interinos y en la Adición. No nos toca tratar aquí de la expulsión, 
pero habiendo de examinar el régimen que quiso sustituir el Gober- 
nador Bucareli al sistema de los jesuítas, razón será que nos demos 
cuenta de la novedad por él introducida al separar por primera vez, 
en el gobierno de los indios, el cuidado espiritual del temporal. Tal 
separación no era exigida por la Instrucción del Conde de Aranda 
para los Comisionados de Indias; y de hecho no se introdujo en las 
Misiones de Mojos ni en las de Chiquitos; de modo que fué una inven- 
ción de Bucareli. É invención suya fué, de consiguiente, el cargo de 
Administrador con su reglamento 5^ atribuciones propias. Pero, si á 
él se le debe atribuir el privilegio de invención, cabe ahora pregun- 
tar si el invento era bueno ó malo, si era útil ó más bien perjudicial, 
atendido el estado de los Guaraníes á quienes se iba á aplicar, y la 
circunstancia de concurrir con la repentina pérdida de sus antiguos 
Doctrineros. 

Desde luego verá cualquiera que tantas mudanzas á un tiempo no 
eran nada conformes con las reglas de la prudencia. Los sabios acon- 
sejan que las leyes se muden lo menos posible (1), no sólo por los 
desórdenes y alborotos que pueden ocasionar las mudanzas, sino 
también porque, habiendo de ser la ley acomodada á las circunstan- 
cias del subdito á quien se impone, no es creíble que estas circuns- 
tancias varíen de pronto notablemente, sino que lo ordinario es que 
cambien poco á poco. La costumbre corriente entre los Guaraníes 
de acudir con todos sus asuntos al Cuia, tampoco se podía mudar de 
repente. Si el apartar los antiguos Doctrineros, que ya de por sí era 

(1) S. Thom. 1-2. q. 97. art. 1. 2. 



- 222 - 

una mudanza grave, no consentía dilación; eso era motivo de más 
para no introducir una nueva modificación que no fuese estrictamente 
necesaria, como no lo era la presente. En efecto, la dirección con- 
junta estaba aprobada con pleno conocimiento de causa por los Reyes 
de España; y en los últimos años había sido confirmada solemne- 
mente por la Cédula de 28 de Diciembre de 1743; y, como se acaba 
de ver, no se le mandaba á Bucareli que separase estas dos cosas. 
La separación podía habei se preparado para un plazo posterior 
por los medios que hubieran parecido convenientes; pero no pa- 
rece que hubiera de producir buen efecto su repentina intro- 
ducción. 

La experiencia lo mostró así: «Los indios» dice Doblas, «acostum- 
brados á obedecer solamente á sus Curas, miraban al principio con 
indiferencia cuanto sus Administradores les dictaban; de modo que 
nada se hacía sin consultarlo primero al Padre. De estos principios 
nacieron las grandes discordias entre Curas y Administradores, que 
contribuyeron en gran parte á la ruina de los pueblos, como de ello 
se queja Don Francisco Bruno de Zavala en la representación que 
hizo á Su Majestad el año de 1774... Procuróse poner remedio á las 
imprudentes pretensiones de los religiosos con algunas provisiones de 
gobierno; pero no se adelantaba un paso en ello sin ocasionar á los 
indios muchas vejaciones y molestias, porque, adictos siempre á 
obedecer A los religiosos,., era preciso usar con ellos del rigor para 
sujetarlos al gobierno. Consiguióse al fin hacer conocer á los indios 
que sólo en las cosas concernientes á su salvación debían prestar 
atentos oídos á sus Curas, y en lo demás á sus Administradores (1).» 

El juicio de Doblas en lo referido y en lo que sigue, no es del todo 
exacto, y le sucede lo que en otras partes de su Memoria, que sabe 
bien los hechos que pasaban á su vista, pero equivoca los que suce- 
dieron antes; y en el asignar las causas, descuida también algunas 
que son principales. Pero aunque todo lo que Doblas afirma fuese 
exacto, era deber de un buen legislador prever lo que, atenta la mise- 
ria de la naturaleza humana era posible y aun probable que suce- 
diese, y no poner con sus propias disposiciones la causa de la dis- 
cordia. La razón de la costumbre de los indios era muy real; y no 
era menos verdad que los Curas tenían á la vista el ejemplo de todos 
los demás pueblos de indios de las dos Gobernaciones del Paragua}^ 
y Río de la Plata, que sin alteración continuaban gobernándose por 
párrocos con cargo de lo espiritual y de lo temporal, como lo eran 

(1) Memoria histórica ed. Angelis, pág. 25. 



- 223 - 

los Padres franciscanos de Yutí y Caazapá, el clérigo seglar de 
Itapé, etc. (1), 

De todo lo cual se concluye que la raíz de las discordias (que fue- 
ron muy reales, y de que todos dan testimonio, como de sus pésimos 
resultados para los indios y sus pueblos) fué la temeridad del plan 
de Bucareli, en introducir de repente la separación entre el cuidado 
de lo temporal y el de lo espiritual, sin mirar si á la índole y estado de 
los Guaraníes era ó no aplicable, y en su desacordado prurito de 
innovar, que contribuyó en gran manera á la ruina de los pueblos. 

Y si la resolución general de establecer Administradores repen- 
tinamente, fué desacertada, no fueron más acertadas las providencias 
particulares que la siguieron. Suélese decir que el don de gobierno 
se descubre especialmente en el tino para escoger los auxiliares que 
han de tener algún cargo. Pero en Bucareli, al elegir los Adminis- 
tradores, que puso por sí mismo en los treinta pueblos, faltó esta pri- 
mera calidad de gobernante. Eran todos del distrito de Corrientes y 
de la provincia del Paraguay; y teniendo á sus parientes tan cerca- 
nos, parece como si hubieran logrado alguna ocasión deseada para 
disfrutar todos de lo que había en las Doctrinas. Porque con motivo 
del deudo con el Administrador, se trasladaban allí, y hacían gran 
número de contratos con el pueblo, en los que era muy dudoso que 
fuera éste quien saliera ganancioso. Lo cierto es que apenas había 
pasado un año, cuando ya los clamores de desorden, ruina y descon- 
cierto llegaban á Buenos Aires, y el Administrador general D. Fran- 
cisco de Sanginés dirigía una urgente representación á Bucareli, en 
que expone los daños, y le pide que se envíen á las Doctrinas dos 
Comisionados con el decoroso nombre de Visitadores, pero con las 
atribuciones de Jueces de pesquisa, para indagar sobre la conducta 
de los Administradores, y dar cuenta de todo en Buenos Aires. 
«Hace presente... 1.*^ Que con el motivo de los Administradores que 
se pusiero)i en cada pueblo, son todos Correntinos y Paraguayes, y 
de que por consiguiente, inmediatos á sus patrias, ha llegado á su 
noticia frecuentan la entrada d aquellos pueblos sus hermanos, 
parientes y a))iigos, con quienes han verificado varios ajustes por 
ganados á cambio de frutos de dichos pueblos, con conocido perjui- 
cio de mis partes, y para evitar cualquiera fraude,., con ningún 
mercader no le sea facultativo á los Administradores el contratar, 
antes s¿ deben quedar sin ningún efecto los ajustes que hasta el 
día se hayan verificado, por ser perjudiciales á mis partes... Qtie 

(1) Reconocimiento del Tebicuart en 1784, col. Angelis, tom. 11. 



191 



— 224 — 

llalla por preciso el que se nombre dos itidividitos de cuenta y razón ^ 
é inteligencia en las faenas de aquellos pueblos para que con nom- 
bre de Visitadores ó Jueces de los Administradores,., sirvan... 
cotno de Jueces de pesquisa., de Jornia que injormen al Administra- 
dor general de todo lo más niUiimo, para que éste tome las provi- 
dencias necesarias... y> (1). 

Los Visitadores fueron nombrados, y con más facultades aún de 
las que pedía Sanginés, pues se les autorizó para remover los Admi- 
nistradores si lo hallaban necesario. Del efecto que produjo la Visita 
hemos hablado más arriba (2). 

Todos estos hechos y los que luego se siguieron (pues hubo pue- 
blo donde en seis años fué preciso cambiar cuatro veces el Adminis- 
trador) muestran que si Bucareli no anduvo acertado en instituir el 
cargo, tampoco lo anduvo en la elección de las personas. 



IV 



LA AUTORIDAD DEL ADMINISTRADOR PARTICULAR 

Al mismo tiempo que Bucareli tomaba las medidas más aptas 
para soliviantar el ánimo de los indios, seduciéndolos por medio de 
promesas halagüeñas que luego frustró, como la de repartición de 
los bienes, los Curatos de los pueblos y los viajes á la Corte; quitaba 
de aquellos pueblos todo freno que pudiese contener en respeto y 
obediencia á los naturales, en cuyos ánimos infiltraba una soberbia 
desmedida y el espíritu de rebelión. 

No hay cómo dudar de esta verdad, si se examina atentamente 
el plan en las Instrucciones , Adición y Ordenanzas; y menos aún 
si se consultan los testimonios de la experiencia, que ho}^ duran en 
los informes dados por los testigos de aquella mudanza. 

En el plan se quita toda autoridad acerca de las cosas tempora- 
les al Cura. Y otro tanto se hace con el Administrador, por más que 
éste quede nombrado para fomentar el trabajo de los indios. Porque 
para lograr este fin, queda enteramente desarmado. En efecto, al 
Administrador no se le concede ninguna autoridad, sino que todo 
cuanto él ha3M de emprender es preciso que obtenga el acuerdo del 

(1) BüKNOs Aires; Arch. gen. leg. Misiones I Varios años I a. 

(2) Siipra, cap. VIL § 1. 



- 225 - 

Cabildo. Juntamente con esto, se le quita la facultad de castigar, ya 
que según hemos visto, se promulgó á voces en la plaza pública que 
en adelante ya no había de haber más azote. Tal vez creyera Buca- 
reli que el Administrador podría obligar á los Guaraníes á ejecutar 
los trabajos que les había de <¡~r e partir ,.. sin pertnitir decadencia en 
este importante puntoy> (1), <ípersuadiendo á los indios por unos 
interesantes discursos cuan útil les será el trabajo, y perjudicial 
la ociosidady> (2), como recomienda que lo hagan el Gobernador y 
los Tenientes. Y en efecto, al fin de su primer artículo hace al 
Administrador la advertencia de <ípersiiadirles á los mismos indios 
los ventajosos efectos que les reportarán de su aplicación al tra- 
bajo y> (3). 

Si después de reparada semejante enormidad en el plan, atende- 
mos á los testimonios, oiremos al Administrador de Trinidad, que 
con eficacísimas razones persuade no ser él responsable, ni de la 
ruina en que se hallaba el pueblo, ni de los desafueros que se come- 
tiesen en él ó del no trabajar los indios; porque al fin, dice gráfica- 
mente, «sólo soy un tercer yabero [llavero]» (4), esto es, no se me ha 
dejado más autoridad que la de custodiar la tercera llave de las que 
cierran el Almacén, y de las que según la Instrucción, tiene la pri- 
mera el Corregidor, la segunda el Mayordomo, y la tercera el 
Administrador. Y por tanto «hacerme cargo de los atrasos del pue- 
blo, no me parece regular. Porque, Señor, si ninguno me asegura 
para que los indios se sujeten á todas mis disposiciones, ni para que 
concurran todos á los trabajos que se emprenden, y que no hagan 
hurtos, cómo he de obligarme yo á lo que es contingente? pues, 
Señor, esto [los atrasos, hurtos, etc.] es irremediable, no digo en 
este pueblo, sino en todos». Oiremos al de Api')Stoles, que retrata así 
la autoridad del Administrador: «Quedó en cada pueblo un Admi- 
nistrador sin ningún arreglo para cuidar las haciendas y trabajos, 
sin ninguna facultad:., los indios... hacían burla de este Administra- 
dor, y con razón, pues siendo ellos absolutos, hacen lo que quieren, 
y no somos más que unos testigos» (5). Y finalmente, para no alar- 
garnos demasiado, el Administrador de San Javier usaba de un símil 
muy expresivo, aunque no sobresalga en él la nobleza y cultura: 
«Pues hay un símil muy adecuado como comparar á dicho Adminis- 
trador, que es darle una yunta de bueyes con un arado, y que coja 

(1) Instrucción para los Administradores particulares art. T. 

(2; instrucción á los Gobernadores núm. 14. 

(3) Instrucción d ¡os Administradores núm. 1. 

(4) Buenos Aires: Arch. gen. leg. Misiones I Varios años I 1. 

(5) Ibid. 

15 Organización Social de las Doctrinas Guaraníes.— tomo ii. 



- 226 — 

la mancera, y le dicen que ha de llevar el surco muy derecho, y la 
picana ó picanas que guían estos bueyes la tienen muchos, y uno 
pica de un lado, y los otros del otro: y uno solo, el que lleva dicha 
mancera, parece materia imposible, que lleve el surco derecho...» (1). 
En donde se hacía á sí mismo boyero ó arador; á los indios, bueyes; 
y la picana, que había de ser la autoridad fundada en algún castigo, 
la suponía puesta en manos de los caciques ó cabildantes; conven- 
ciendo que por más que las Instrucciones de Bucareli, que habían 
creado tal situación, le recomendasen cuanto tuvieran por conve- 
niente, era imposible que saliese derecho el surco ó recto proceder 
y prosperidad del pueblo; pues la dirección estaba en otros, y la res- 
ponsabilidad era lo que únicamente se le atribuía á él. 



V 

192 

EL COMUNISMO DE BUCARELI 

Guiado Bucareli de su ánimo de sectario, y del propósito siste- 
mático de hacer que en los documentos oficiales que habían de lle- 
gar á Carlos III sonase repetidamente la acusación de maldades y 
crímenes atribuidos á los Jesuítas, con que paliar la iniquidad de la 
expatriación; pintó el régimen de la Compañía de Jesús en las Doc- 
trinas como un comunismo que hacía á los individuos esclavos; por 
cuanto, según él, nada trabajaban para sí ni disfrutaban de su pro 
pió trabajo, sino que en todo sudaban y se afanaban para su comu- 
nidad; añadiendo que, con pretexto de comunidad, todos los prove- 
chos iban á los Jesuítas, y al indio no se le daba más que el vestido 
y el sustento, y eso con suma miseria, y escatimándolo con avaricia. 
Calumnia tan desaforada, que no la podía proferir sino alguno de 
los más declarados 3^ furiosos enemigos de la Compañía. Porque 
Bucareli tuvo á la mano más que ningún otro los medios de conven- 
cerse de que toda la muchedumbre de sandeces que traía concerta- 
das desde España, era una solemne impostura; así porque pudo ver 
por sus propios ojos las iglesias y los pueblos, mejor fabricados que 
no pocas poblaciones de españoles en estos países, y en los que se 
consumía si algo sobraba después de atender á las necesidades de 

(1) Buenos Aires: Arch. gen. leg. Misiones I Varios años / a. 



- 227 - 

los habitantes; como porque en sus manos tuvo todos los documen- 
tos, hasta los más secretos, de los Jesuítas, de donde debían haber 
constado aquellos supuestos aprovechamientos, que con embuste y 
calumnia les atribuía, y sin embargo, jamás aparecieron las prue- 
bas, como que no puede haber pruebas de una falsedad é invención 
fabulosa. Encerraba además esta afirmación una insigne ignorancia 
del método de las Doctrinas, que nunca fué comunista. 

Pero el comunismo que allí no existió en tiempo de los Jesuítas, 
vino á introducirlo el plan de Bucareli, y con circunstancias tales, 
que realizaron la más completa opresión de los indios. Vamos á 
verlo. 

En las Doctrinas, en tiempo de los Jesuítas, no había comu- 
nismo. Había sí algunos bienes comunes, para obtener los cuales se 
empleaba por breve tiempo el trabajo en común, y que servían para 
socorrer á los necesitados y para satisfacer el tributo. El primer fin 
lo habían introducido los Padres, viendo que sin este recurso era 
imposible mantener los pueblos formados y evitar que se desbanda- 
sen. El segundo fin procedía de la necesaria imposición de las leyes. 

Había sido necesario imponer aquel tributo y aquel arbitrio 
comunal en trabajo, porque de otro modo era imposible obtenerlo de 
unas gentes entre las cuales no corría la moneda, y que, abandona- 
das á su propio arbitrio, ni siquiera cosechaban lo necesario para su 
sustento, á causa de su nativa desidia. Y así, no pudiéndose exigir 
la prestación en dinero ni en especies, se exigía en trabajo. Pero 
este trabajo era breve. Ocupaba sólo una parte del año, y en esa sólo 
dos días á la semana, dejando los cuatro libres para los trabajos de 
cada cual (1). Y la sola temporada en que se verificaba esto era 
cuando llegaba la época de trabajar las chacras ó sementeras, que 
venía á ser de Corpus á Navidad (2). 

Fuera de este servicio al pueblo y al Rey, todo lo demás del 
tiempo era libre para los indios. Poseía cada cabeza de familia su 
sementera y todos los frutos que en ella quisiera cultivar. Los Misio- 
neros procuraban que cada indio se acostumbrase á tener algunos 
animales de labranza y vacas lecheras, á cultivar algunas plantas 
especiales, como la yerba mate, ú otra; aunque de muy pocos lo 
consiguieron (3). 

No había en todo este sistema más comunismo; ó para expresar 
la verdad, nunca hubo comunismo, como no lo hay en una ciudad 

(1) Cardiel, De nioribti& gtiaraniortim, c. III. 

(2) Cardiel, Decl. 113. 

(3) Cardiel, De moribus, c. III. 



— 228 — 

por tener sus bienes de propios y sus impuestos comunales; ni lo hay 
en una nación porque posea terrenos fiscales y edificios públicos y 
haya de levantar cargas comunes. 

Mas al implantarse la reforma de Bucareli, se extendió de tal 
manera este trabajo común, que la propiedad particular quedó casi 
totalmente abolida. Las leves huellas parecidas á comunismo que la 
necesidad había hecho antes tolerar, se llevaron al último extremo 
por Bucareli y por los ejecutores de su plan. 

Mandaba Bucareli que se hiciesen plantíos en mayor abundancia 
que los que antes había para los bienes del pueblo (1): y como esto 
no se podía hacer sin obligar á los indios á trabajar más días de los 
que al principio trabajaban, claro es que el solo prescribirlo acen- 
tuaba el comunismo. 

Antes no tenían que satisfacer los pueblos sino su tributo y 
mayor servicio, con lo cual había suficiente para sínodo de los Doc- 
trineros, y todavía sobraba para el Real Erario. Ningún sueldo per- 
cibía el Superior de Doctrinas, ni había otra atención que satisfa- 
cer. Ahora el sínodo mismo era mayor (2); y se había añadido una 
multitud de sueldos: sueldo del Gobernador, 1200 pesos; sueldo de 
cada Teniente, 500 pesos; sobresueldo de cada Ayudante, 100 pesos; 
sueldo de cada cirujano, 320 pesos; sueldo de cada maestro de 
escuela, 250 pesos; por cada uno de los treinta administradores, 300 
pesos; por cada uno de los treinta Capataces españoles, 300 pesos. 
Todo esto había de salir del trabajo de los indios, haciendo producir 
á la tierra doble cantidad de frutos para el común: y así había que 
aumentar todavía los días de trabajo en común. 

Antes el pueblo no sustentaba á nadie: pues el Cura recibía su 
sustento del Superior de Candelaria, quien se lo procuraba por medio 
del sínodo: y si alguna cosa tomaba en el pueblo, la pagaba (3). Con 
el plan de Bucareli, cada pueblo tuvo que alimentar á su costa, no 
sólo á los dos Doctrineros, sino también al Administrador con su 
familia, al maestro con su familia, al capataz, á los mineros, y á 
cuantos huéspedes llegaban allí; de lo cual no nos permite dudar el 
brigadier Alvear, quien nos da cuenta de «la mesa diaria en que 
jamás se sienta el indio que la surte, y está siempre franca al pasa- 
jero, extraño y traficante, que con este motivo se detiene muchos me- 
ses en los pueblos» (4); y Doblas, quien dice que «los comerciantes se 



(1) Instrucción, núm. 10. 

(2) El sínodo sumaba 550 pesos y antes era sólo 466 i/a- 

(3) Cardikl, De moribus Guaraniorum, c. V. 

(4) Relación de Misiones, ed. Angelis, 105. 



-229- 

mantienen en la mayor parte, á costa de los Pueblos» (1). Sin contar 
con «las francachelas y gastos enormes, llamados indebidamente de 
conuinidad, que se hacen en los colegios, no sólo en las fiestas de 
tabla, sino también, con cualquier leve pretexto que ocurra á los 
empleados» (2). Es manifiesto que el sustento de tanto número de 
sujetos, que no habían de ser tratados como cualquier indio, había 
de agravar los gastos; y como todo salía del trabajo común de los 
indios, había de aumentar el trabajo de comunidad. — Hubo tiempo 
en que las quejas sobre esta disposición acerca de los alimentos 
movieron al Virrey de Buenos Aires á dar orden de que en adelante 
los pueblos no diesen alimentos anadie (3). Esto causó general sor- 
presa 3' aun alarma: 3^ al punto se representó y consultó sobre la ma- 
teria. La respuesta fué que no se trataba sino de gastos excesivos é 
indebidos. Los ánimos se tranquilizaron, y las cosas siguieron como 
estaban. 

Antes se procuraba con empeño que cada uno trabajase para sí 
su propia chacra: se hacían tentativas para que tuviesen propiedad 
de animales ó de plantíos con caudal su3'o: y para todo esto se les 
daba tiempo abundante; pues sólo dos días, lunes y sábado, yeso 
durante la éppca del chacarerío, eran llamados á trabajos comunes. 
Ahora todo se había convertido en trabajo de comunidad, para sub- 
venir á tantas nuevas cargas que les echó encima Bucareli. Baste 
decir que entre las prescripciones detalladas que se dieron con las 
Ordenanzas de Bucareli, estaba señalada la de que á los indios se 
concediesen dos días de la semana para trabajar en sus chacras 
particulares; 3- ni aun esta exigua parte de tiempo se les otorgaba, 
sino que los hacían trabajar cinco días, y á veces toda la semana en 
las haciendas del pueblo. El Administrador general Lazcano repre- 
sentaba á mediados de 1774 el «estado de los pueblos y medios... 
para el fomento y conservación de ellos, en atención á que... los 
pueblos amenazan una total ruina» (4) y entre otras prevenciones 
expresa lo siguiente: «Se deberá observar darles á los indios los dos 
días en la semana, que previene la Ordenanza, para que trabajen 3^ 
cultiven para sí sus haciendas particulares.» — Pero el abuso ya intro- 
ducido continuó, porque podía más en los Administradores la instan- 
cia con que en virtud de las Ordenanzas se les reclamaban de Bue- 

(1^ Doblas, Respuesta al Virrey Loreto sobre el comercio de Misiones. Bue- 
nos Aires. Arch, gen. legf. Misiones I Varios años I a. 

(2) Alvear recién citado. 

(■3) Decreto del Virrey de Buenos Aires, á 19 de Mayo de 1800 (Buenos Aires 
Arch. gen. Misiones 117881 1800). 

(4) Arch. Gen. de B.' A.' leg. Misiones I Varios añosl 1. 



-230- 

nos Aires las remesas para el tributo y sueldos, y de los pueblos los 
efectos para alimento de los empleados, que la fría recomendación 
de designar y conceder á los indios el tiempo que hubieren menester 
para cultivar sus heredades, consignada en otra Ordenanza, cuyo 
cumplimiento nadie urgía. Y así dice el Virrey Aviles en el Informe 
que dejó á su sucesor casi treinta años más tarde; en 1801: «A los 
pueblos [de Guaraníes] se les hacen cargos crecidísimos, que los tie- 
nen en una deuda que no puede comprenderse su legítimo origen. 
Realmente, es incomprensible que la hayan causado unos hombres y 
mujeres y aun niños, que trabajan por constitución, para lo que 

SE LLAMA COMUNIDAD, CINCO DÍAS Á LA SEMANA; á quicnCS nO Se IcS 

da vestuario regular, y sólo una escasa ración de alimento en los 
días que trabajan, con la cual el padre de familia ha de mantener á 
toda ella los siete días de la semana» (1). 

Esta fué la miseria y el comunismo introducidos por el plan de 
Bucareli: ésto lo que vieron cuantos pasaron en aquellos tiempos por 
las Doctrinas, y lastimándose de los indios, clamaron por la aboli- 
ción de semejante régimen de comunidad; si bien algunos errada- 
mente atribuían á los Jesuítas aquel sistema, que no era obra sino 
del pretendido reformador. A los treinta años de impuesto tal comu- 
nismo, cuando ya la ruina estaba consumada, y el desbande era uni- 
versal, se trató ahincadamente de poner remedio; pero en diez años 
de tentativas nada se logró; y entretanto sobrevino la independencia 
de las colonias hispano-americanas. 



VI 

OTRAS PRESCRIPCIONES DE BUCARELI 

Acabamos de ver el influjo necesario y desastroso que habían de 
tener y tuvieron en efecto para trastornar el orden admirable de las 
Doctrinas Guaraníes, aquellos envalentonamientos con que durante 
un año infatuó Bucareli á los indios en Buenos Aires, la separación 
repentina de las dos administraciones: espiritual y temporal; la nuli- 
dad á que redujo las atribuciones de los Administradores; y el comu- 
nismo, que á él se debe en toda su crudeza. Vamos á estudiar la 

(1) Trei^i^rs, Revista de la Biblioteca, tom. lll. p. A64. 



- 231 - 

acción ejercida por algunas otras novedades establecidas en su plan. 

Sea una la incuria en señalar sueldo á los Administradores. Fue- 
ron menester dos solicitudes del primer Administrador general San- 
ginés (1), más de un año después de establecido el régimen y funcio- 
narios de Misiones, para que el Gobernador Bucareli se moviese A 
pedir los informes que le habían de guiaren la determinación del 
sueldo. Cualquiera ve en esta conducta un desorden de no pequeña 
trascendencia, que directamente cedía en detrimento de los indios; 
pues unos empleados á quienes no se fija sueldo, y que por otra parte 
están colocados en oficio en que pueden tomarlo de los bienes de sus 
subordinados, fácil es de ver que están en continua tentación de 
dañar en sus haberes á aquellos mismos de quienes tienen cargo. 

Mas ya que determinó fijar sueldo á los Administradores, como 
lo hizo en 1.'' de Junio de 1770 (2), fué la determinación tan corta, 
que se redujo á asignarles 300 pesos anuales, honorario bien poco 
correspondiente para un sujeto que tuviese las circunstancias de 
capacidad y carácter tales como se requerían para manejar un pue- 
blo de Misiones, resignándose á vivir en aquellos parajes alejado de 
toda otra sociedad, y en acción y fatiga continua, si había de conser- 
var y adelantar el pueblo. Así lo hacía reparar en 1778 el Adminis- 
trador general Lazcano: «.dtendie/ido» son sus palabras «c/íte por el 
corto sueldo de trescientos pesos, tío se encuentran sujetos de la 
calidad que puedan ocupar el lugar de los antiguos Doctrine- 
rosi> (3). Así es como el siguiente Administrador general, Cassero, se 
queja en 1791 de que los Administradores son ignorantes en el 
comercio, en que deben dirigir á los indios y evitar que sean perju- 
dicados (4); y el brigadier Alvear afirma que «los más de ellos igno- 
ran el manejo de caudales, están ajenos de lo que es agricultura y 
fábricas, y no saben ni aun ajustar nna cuenta, todos conocimien- 
tos esenciales á su empleo^ (5). Y en 19 de Febrero de 1797 explica 
el Virrey Meló de Portugal «/« confusión, y desorden, que infería 
la forma de llevarse los libros de Cuentas de los intereses que mane- 
jan los Administradores de aquellos pueblos, insuficientes á poder 
realizarse el producto de la agricultura, é inversión de la indus- 
íria, ni poderse absorber cualquier duda, y que i)nposibilitaban 
una liquidación de cuentas de un pueblo con otro, y aun de los par- 
ticulares, cuanto más las generales que deben rendirse anual- 

(1) BuF.NOs Aires: Arch. gen. legajo Misiones ¡Varios años j 1, 

(2) Ordenanzas de comercio, ni'im. 34. 

(3) B.' A.' Arch. gen. leg. I Misiones Varios años I a. 

(4) Ibid. 

(5) Alvear, Relación, 105. 



-232- 

mente» (1). Agregúese á todas estas circunstancias de los Adminis- 
tradores, que forzosamente redundaban en detrimento de los indios, 
la de que hubo veces que se quedaban en los pueblos después de 
haber cesado de su empleo, y se mantenían á costa de sus haberes 
de comunidad (2). 

Será otra de las disposiciones sobre la que es preciso llamar la 
atención, aquélla con que mostró Bucareli el empeño en hacer descu 
brir minas, previniendo en \2i Instrucción (3), la cautela en interrogar 
á los indios, para que no ocultasen los parajes de donde sacaban los 
pedazos de mineral que á veces llevaban á sus Doctrineros. Duraba 
todavía en la imaginación de Bucareli, á pesar de tantos desengaños 
precedentes en contrario, la especie absurda de las minas de oro y 
plata con que se hubiesen enriquecido los Jesuítas. Descubiertas en 
Candelaria unas minas de cobre, encarga encarecidamente en la 
Adición (4) que se beneficien, sin olvidar los quintos reales. Los quin- 
tos nunca se cobraron, ni de las tales minas pudo sacarse cosa de 
provecho, como lo hemos visto en su lugar (5); pero su laboreo fué 
causa de notables atrasos al vecino pueblo de Santa Ana, extrayendo 
los beneficiadores muchos indios de los trabajos comunes para ocu- 
parles en las minas, con lo cual aumentaban la fatiga de los restantes, 
y cometiendo con los Guaraníes empleados en minas la injusticia de 
no pagarles como era debido sus salarios (6). 

Entre los capítuíos de la Adición, hay uno en que se recomienda 
con énfasis que no se prohiba á los indios el tener cualquiera clase de 
ganado, mayor ó menor, al igual de los españoles, cá quienes ya se 
hallan equiparados (7). La experiencia había enseñado cuan dañoso 
era permitir á los indios particulares el tener caballos propios, y la 
ley se lo tenía prohibido (8). Mas en virtud de la derogación de Buca- 
reli, les fueron permitidos los caballos. No pasó mucho tiempo sin 
que se notase un destrozo enorme en las estancias, donde los indios 
acometían sobre todo al terneraje, y lo destruían para comer; una 
facilidad extraordinaria en desertar de sus pueblos, valiéndose del 
conocimiento que tenían de los caminos, pues para ellos lo mismo 

(1) B." A." Arch. gen. leg-. Misiones I Varios años I 1. 

(2) Lazcano, Administrador general, Notas (Buenos Aires), Archivo general 
leg. Misiones i Varios años I 1. 

(3) Número 27. 

(4) Número 44. 

(5) Lib. I. cap. VIH. § I. 

(6) Zavala, Gobernador, Informe sobre minas en 1785: Buenos Aires, Archivo 
gen. leg. Misiones I Varios años I a. 

(7) Núm. 10. 

(8) Leyes 33. 34. tít. 1. lib. 6. 



- 233 - 

era viajar de noche, que si anduvieran de día; y un escándalo en 
robar y llevarse consigo mujeres; que obligaron á clamar en conti- 
nuados informes para que se quitase de nuevo tan imprudente 
licencia (1). 

Otra disposición en que derogó también Bucareli las leyes de 
Indias, fué la que prescribe que se dé entrada á los españoles para 
avecindarse en los pueblos de indios ^2). Declara nuevamente la 
igualdad de los indios con los españoles, y encarga que se fomenten 
los matrimonios entre españoles é indios. No es de suponer que fuera 
tan poco avisado Bucareli, que creyese que con sólo su Instrucción 
de 1768 se iban á multiplicar los matrimonios entre españoles é 
indias, los cuales siempre fueron raros }' difíciles, por estorbarlos 
la gran diferencia de condición entre unos y otros. Mas si acaso lo 
creyó, ahí está la experiencia para convencer su error. En ochenta 
años que duró la aplicación de su sistema, hasta 1848, y en treinta 
pueblos, cítense los matrimonios de esta clase que se han contraído; 
y se verá cuan contados son, si hay algunos. 

En cambio jcuán espantosamente se difundieron las ofensas de 
Dios, abriéndose por este camino ancha puerta á la lujuria! ¡Cuántos 
escandalosos amancebamientos! 

La introducción de los españoles á vivir y poseer en territorio de 
Misiones, trajo consigo otro nuevo daño para los indios. Los espa- 
ñoles ó criollos tenían traza cómo denunciar varios terrenos al 
Gobernador de Buenos Aires por ser vacantes ó realengos; y en tal 
caso el Gobernador los adjudicaba al suplicante Con el tiempo, }' 
cuando ya éste había ejecutado actos de posesión, lo que hacía bien 
pronto, venía á averiguarse que el tal terreno denunciado como 
valdío, pertenecía en realidad á los indios, y era parte de sus estan- 
cias, ó se reservaba para hacer sementeras más adelante. Mas no por 
eso se rescataba ya aquella propiedad de manos del poseedor espa- 
ñol europeo ó americano^ quien se valía de todos los medios para 
enredar ó dilatar el asunto, y á lo último se quedaba con la finca. De 
e5te modo fueron despojados los indios, particularmente en Yapeyú, 
de tanta extensión de terrenos, que cuando el Virrey Aviles quiso 
señalar haciendas privadas á cada uno, )^a no encontró en algunos 
parajes tierras con que poder realizar su intento. Tanta era esta que 
él llama fundadamente «invasión que, de no atajarla en su princi- 



(1) laforine del Coronel Larrazábal en 1773 (Buenos Aires Arch. gen. legajo 
Misiones 1770i). La.zc\no. Advertencias de 1778 (Buenos Aires Arch. gen. leg. Mi- 
siones ¡Varios años/a. 

(2) Instrucción, núm. 25. 



-234- 

pio [iba á llegar], ¡insta los umbrales tjti sitios de las reducidas chu- 
sas de los infelices indios, á quienes dejarían sin un palmo de 
tierras, si se tolerasen tales denuncias en el interior de aquel 
gohiernoT> (1). 

Estas fueron las ventajas que tanto había ponderado Bucareli de 
la introducción de los españoles europeos y americanos á vivir en los 
pueblos de indios: <ítanta secta de vicios como tenemos sus habita- 
dores españoles» , como decía en 1776 el Administrador de Loreto (2); 
«el gran libertinaje y escandaloso desarreglo de costumbres» como 
atestiguaba el brigadier Alvear hacia 1795 (3); y con eso, los agra- 
vios y depredaciones de los indios. Opresión del indio é inmoralidad, 
que eran precisamente los efectos, en todo tiempo comprobados por 
la experiencia, en virtud de los cuales tenían prohibida las sabias 
leyes de Indias tal habitación (4). 



Vil 

194 

ESCLAVITUD DE LOS INDIOS 

Afirmó Bucareli que su voluntad era que el trato de los indios 
Guaraníes fuese enteramente contrario al que habían experimentado 
en tiempo de los Jesuítas. <-<El tratamiento de los indios... debe, ser 
en todo contrario al que experimentaron de los Regulares» (5). 
Según esto, su plan debía haber sido exactamente contrario á la 
práctica entablada por los Jesuítas. Mas no fué así. Con extrañeza 
se advierte que una gran parte de los artículos de su Instrucción y 
de la Adición, y aun de la Ordenanza de comercio, son mera copia 
de las disposiciones establecidas en tiempo de los vituperados Regu- 
lares, como él mismo no tiene reparo en confesarlo, diciendo según 
se acostumbra, como liasta aquí, ó frases equivalentes. Era que, 
á pesar de su odio sectario, no podía menos de reconocer la necesidad 
de prácticas entabladas en virtud de una experiencia más que secu- 
lar, y qaería incorporarlas en aquel reglamento, que no había de 

(1) Informe del Virrey Aviles, [Trellks, Rev. de la Bibl. III. 469]. 

(2) Informe (B' A') Arch. gen. leg. Misiones I Varios años / a. 

(3) Relación de Misiones, ed. Angklis, 1836, pág. 105. 

(4) Vid. lib. I. c. 8. § 7. 

(5) Carta de Bucareli, fecha en B" A" á 2 de Marzo de 1769. Arch. gen. legajo, 
Misiones 1769-70 73-74 79. 



- 235 - 

servir 3'a para deslumhrar á los indoctos, sino para ser presentado 
al Rey con apariencias de seriedad y madurez; además de que muchas 
de las disposiciones adoptadas por los Jesuítas no eran sino la 
estricta ejecución de Reales Cédulas y Le3'es de Indias. Es verdad 
que la levadura que él puso de suyo bastaba para destruir los buenos 
efectos de cualquier plan por perfecto que fuese, como lo hemos 
demostrado, examinando algunos puntos, en los artículos anteriores. 
Pero este proceder extraño de conservar las prescripciones anti- 
guas, nos da pleno derecho para confundir las falsedades que 
enunció contra los Jesuítas, valiéndonos de argumentos sacados de 
las mismas obras del reformador, ó para convencerle de tirano, des 
pota y esclavizador de los indios Guaraníes. Según Bucareli, era 
esclavitud no tener repartidos los bienes comunales, efectos del 
pueblo, estancias, ganados, tierras del común. Y todo esto lo dejó 
sin repartir, cometiendo además el enorme desacierto de llenarles 
la cabeza á los indios de sus falsas ideas. Era esclavitud no poder 
comerciar sin intervención de tutor que velase por los intereses del 
indio y del pueblo. Y de la misma manera dejó arreglado el comercio. 
Era ser esclavos el no poder disponer de sus personas y estar sujetos 
en el trabajo á los Jesuítas. Y él los dejó en la sujeción de los Admi- 
nistradores. Por tanto, si todo eso era esclavitud, Bucareli, después 
de insultar á cada instante á los Jesuítas, 3' engañar con fingidas 
promesas á los Guaraníes, constitu3^ó á éstos, por medio de su plan, 
en indigna y miserable esclavitud. 

Por el bien de los infelices indios nos alegraríamos de que el 
estado en que Bucareli los puso en virtud de su plan, no hubiese sido 
sino igual al que tenían en manos de los Jesuítas, porque entonces 
su esclavitud no hubiera sido sino una fantasía del reformador, un 
nombre injurioso inventado por odio sectario, 3" no hubiera llegado 
al orden real; nuestro discurso hubiera sido un mero argumento ad 
hoininein para confundir las imposturas de Bucareli. Pero desgra- 
ciadamente no es así. Lo que hasta aquí llevamos expuesto hace ver 
que si la esclavitud que tantas veces ponderó Bucareli sólo estaba 
en la boca de los enemigos de la Compañía de Jesús como él, 3' no en 
el orden real, en cambio, la esclavitud en que él colocó á los Guara- 
níes fué una tristísima realidad. 

Los Administradores, tales como los estableció Bucareli, privados 
de toda autoridad, no pudieron subsistir. Los destrozos que los indios 
particulares causaban en los bienes del pueblo, el uso arbitrario é 
injusto que de la autoridad hacían los cabildantes, la imposibilidad 
en que se veía el Administrador de hacer obedecer á los trabajado- 



-236- 

res; fueron causa de que por providencias gubernativas se diesen á 
los Administradores las facultades que el plan de Bucareli les 
negaba (1). Vinieron con esto á ser los Administradores los verda- 
deros superiores del pueblo, á quienes estaba subordinado el mismo 
Corregidor y el Cabildo, que no servían sino de ejecutores de las 
órdenes que el Administrador les diese. «Siendo el Adniinistyador, 
cojjio lo es en las presentes circunstancias, el que hace de superior 
en el pueblo, él determina por sí solo todo cnanto se lia de Jiacer: d 
él se le presenta el Corregidor y Cabildo como subditos: de él reciben 
las órdenes, y d él dan cuenta de la ejecución y resultas» , dice 
Doblas (2); quien igualmente demuestra que los intereses del pueblo 
están librados á la voluntad y buena fe del Administrador, de suerte 
que si él quiere cometer fraudes, no hay medio de estorbarlos, por- 
que se provee fácilmente de toJos los justificativos legales, ya que el 
Cabildo firma con gusto cuantos documentos le presenta el Adminis 
trador, y asimismo firmará los que acreditan la legítima inversión 
de los caudales. 

Semejante potestad en manos de perdonas tales como hemos visto 
que tenían que ser y eran los Administradores, dió lugar á que se 
repitiese lo que con los primeros h;ibia sucedido y de que se quejaba 
el Administrador general Sanginés: <^que se sacrifiquen los frutos 
que producen dichos Pueblos con ventas y compras dolosas, como 
las que tengo noticia se han hecho» (3j. La cuenta anua creía Buca- 
reli que se daría por parte de cada Administrador con sólo orde- 
narla en su instrucción (4); pero la verdad es que ni siquiera las 
cuentas generales de su administración al dejar el oficio se podían 
obtener de ellos: «síji que se haya conseguido ver formales cuetitas 
de la inversión de los productos de las cosechas de aquella feraz 
provincia» dice el Virrey Aviles (5). Y no era extraño, pues hemos 
visto que muchos de ellos ni siquiera sabían llevar las cuentas. 

La realidad de la aplicación del plan de Bucareli, ya desde el 
primer día, fué que, si bien se había dicho que quedaba suprimido el 
azote, entonces precisamente fué cuando empezaron á llover sobre 
el pobre indio los azotes. Antes el castigo no se daba sino por la 
autoridad, y reconocida la causa suficiente por el Padre. Ahora le 
venía el azote al indio de tres partes; azotábale el Administrador 

(1) Doblas, Memoria histórica, ed. Ángelis, 1836, pág. 21. 

(2) Ibid. pág:. 22. 

(3) Representación á Bucareli, 1769, Buenos Aires, Arch. gen. leg. Misiones 
I Varios años / a. 

(4) Bravo, 323. 

(5) Informe, Trelles, Rev. de la Bibl. II. 464. 



- 237- 

cuando obedecía al Cura, azotábale el Cura porque obedecía al 
Administrador (1), y le azotaba el Corregidor ó cualquier Cabil- 
dante, que le había tomado por criado sin salario, cuando no le 
trabajaba la sementera á su gu^to (2). 

La autoridad que se dio á los Administradores hizo que proce- 
diesen en su cargo con desmedido imperio. «£"/ Administrador, 
desde el punto que lo cubre la investidura de su empleo, cuida de 
obstentaise con absoluto dotninio, hasta sobre los Cabildos; por- 
que la práctica de recibir los indios las órdenes diarias de este 
para los trabajos, tareas y demás ocupaciones en que se ejercitan, 
les hace conocer que tiene sobre todos una especie de superiori- 
dad.-» Así lo dice el Administrador general D. Diego Cassero (3). Y 
el Virrey Aviles habla de la «utilidad que dejaba á estos Adminis- 
tradores el tiránico é inhumano gobierno abusivo que les sugirió 
la codicia» (4). 

Además de soportar el indio en su persona esta tiranía y despo- 
tismo, y no menos la de sus caciques, se había de resignar á ver que 
su trabajo se convertía en utilidad de otros, proveyendo de abun- 
dantes frutos aquella mesa, que, como dice Alvear, el indio surte 
siempre sin que nunca participe de ella (5) y se había de resignar á 
verse privado de las cosas que más apetecía, y de que á su vista dis- 
frutaban otios merced al trabajo empleado por él. <íLns bienes de 
los indios» dice Doblas hablando como testigo «son tratados como 
sus personas; distribuyéndose éstos con la mayor escases entre los 
indios necesitados, y aun en/err}ws, se gastan can la mayor profu- 
sión, no tan solamente entre los españoles empleados, sino también 
con cuantos pasajeros llegan, y que tal ves sin motivo ninguno se 
detienen en los pueblos los días que quieren, facilitándoles cuantas 
comodidades se les antoja; lo que reciben como cosa de justicia que 
se les debe:... y aunque el gobierno ha dado algunas disposiciones 
sobre esto, ningún efecto han surtido-» (6). «De los efectos y frutos 
más preciosos que se recogoi y almacenan, no tienen más parte en 
ellos [los indios], que el haberlos cultivado y recogido; ellos siein- 
brait, cultivan y benefician la cuña para la miel y asücar: lo mismo 
el tabaco y trigo: ellos ven ó saben que de Buenos Aires mandan 



(1) Doblas, Memoria, 20. 

(2i Informe de Ugarte, Administrador de Loreto en 1776: B' A% Arch. gene- 
ral, leg. Misiones / Varios años ¡ a. 

(3) Informe, B." A.' Arch. gen. leg. Misiones I Varios años I a. 

(4) Informe, Trkllhs, Rev. de la Bibl. III, 464. 

(5) Relación 105. 

(6) Memoria, '11. 



-2J8- 

sal, que ellos tanto apetecen, y otros efectos comprados con el 
importe de los frutos qiit produce su trabajo, y que todo se guarda 
en los almacenes, de donde no vuelve d salir para ellos» (1). 

Añadíase á todo esto la autoridad absoluta que se arrogaban los 
Tenientes de Gobernador, así para disponer de los bienes de Doctri- 
nas, como para tratar mal á los indios, y aun perseguirlos, si se 
atrevían á recurrir al Gobernador. Poníanse á las indias tres tareas 
de hilar por semana, en vez de dos que habían tenido siempre, aun 
después de los expatriados; con lo cual, atento su modo espacioso de 
trabajar, se les quitaba el tiempo para las faenas domésticas; y hasta 
se les hacía trabajar en las fiestas. De todo esto se queja el Gober 
nador Zavala. «Con pleno conocimiento» dice «de lo que por aquí 
se ha practicado... con las absolutas [facultades] que los Tenientes 
de Gobernador tenían en los bienes de Comunidad, sin que á este 
Gobierno... se le diese noticia alguna de sus tratos con españoles, 
extracción de sus haciendas, ni remesas que se les hacia... impi- 
diendo d los indios sus recursos y quejas, despachando en su 
seguimiento partidas, y aun castigándoles por haber venido á mi 
presencia á quejarse, oprimiendo á las indias cotí tres tareas de 
hilanza d la semana, contra la antigua costumbre de ser solamente 
dos para que les quedase tiempo para su propia utilidad, pues con 
las tres no lo tenían, y aun no guardaban el día del domingo...» (2). 

El indio había llegado á estar absorbido continuamente por los 
trabajos de comunidad, que duraban cinco de los seis días de la 
semana (3j. 

El hambre, la desnudez, el trabajo forzado sin tener sosiego para 
trabajar en su propia utilidad, y los malos tratamientos, iban consu- 
miendo una parte de la población y hacían que otra parte no pequeña 
huyese de los pueblos, emigrando á las poblaciones cercanas de espa- 
ñoles y aun de portugueses, donde aunque mal tratados, creían que 
no lo serían tanto como en sus pueblos, y á veces refugiándose en 
los montes. Semejantes fugas traían consigo los daños espirituales 
y relajación de costumbres que se pueden presumir, como hemos 
visto (4), y lo confirma Doblas (5). 

Esta opresión fué también la que produjo el disgusto contra los 
españoles, y facilitó en los siete pueblos de la ribera izquierda del 
Uruguay la invasión que verificaron los portugueses del Brasil 

(1) Doblas, Memoria, 34. 

(2) Buenos Aires, Arch. gen. leg. Misiones / Varios años I a. 

(3) Aviles, Informe en Trelles, Rev. de la bibl. III. 464. 

(4) Cap. Vil. § III. 

(5) Memoria, 36. 



— 239 — 

en 1801. Pintando á los indios mayores ventajas en estar sujetos á 
Portugal, no dejaron de encontrar partido entre ellos, y no teniendo 
empeño los indios, la capital San Miguel cayó en poder de los inva- 
sores, 3^ con ella quedaron los otros seis pueblos hasta el día de hoy. 
V^éase, pues, si hemos podido afirmar sin hipérboles ni exagera, 
clones que la situación en que quedaron las Doctrinas de resultas del 
plan de Bucareli, fué una verdadera esclavitud. 



VIH 



VALOR DE LA OBRA ENTERA DE BUCARELI 



Acabamos de ver cuál fué el éxito de la obra á que se refería 
Bucareli cuando decía «/a obra que tan feli3)}iente se Jia principiado 
con la expulsión de los Jesuítas^ que ocupaban las fértiles provin- 
cias del Uruguay y Paraná, y reducción de sus naturales d la más 
perfecta obediencia de su soberano (1).» Esa obra se compone del 
plan de Bucareli, de las modificaciones que hubieron de añadírsele 
después por los errores que en él se iban descubriendo, y de los efec- 
tos que todo ello produjo. La obra habla por sí misma. 

En 1791, á los veinte años poco más de haber empezado Bucareli 
por sí mismo á poner en ejecución .su plan; y después de oídos todos 
los pareceres, tentados todos los caminos, aplicados todos los reme- 
dios, probadas todas las mudanzas que se pudieron ocurrir á los 
gobernantes del Rio de la Plata; el estado de las treinta Doctrinas 
de Guaraníes había venido á ser el que resulta del informe del Admi- 
nistrador general D. Diego Cassero }' de todo el expediente trami- 
tado ante el Virrey en materia de comercio de Misiones {2). 

Los indios no entendían palabra de castellano. Los pueblos se ha- 
llaban desiertos porhaber huido sus moradores. Los ganados se habían 
perdido. Los indios que quedaban en los pueblos estaban en gran 
parte dados á la licencia de costumbres y á la embriaguez. De parte 
de las autoridades que los dirigían eran muchos los tráficos prohibi- 
dos, las opresiones y los ejemplos de vida disoluta. Las fronteras de 
Portugal estaban seriamente amenazadas. Las antiguas milicias 

(1) Orde)tansas de comercio, preámbulo. 

(2) Buenos Aires: Arch. gen. leg'. Misiones I Varios años I a. 



-240- 

Guaraníes se habían reducido á la nada. Portugueses y paisanos á 
modo de bandoleros, llamados gauderios, robaban gruesas partidas 
del ganado que quedaba. 

No ha sido necesario acudir ni á las personas de los Administra- 
dores ó de los Curas y sus mutuas discordias, ni á los excesos par- 
ticulares del Gobernador y de los Tenientes, con que comúnmente 
se pretende explicar la decadencia y ruina de los pueblos de Guara- 
níes. Esas son causas parciales é incompletas. La verdadera causa 
está en el plan mismo de Bucareli, con el cual, ni los Jesuítas mis- 
mos, si hubieran perseverado en Misiones, hubiesen podido sostener 
la primitiva prosperidad. Hemos demostrado que esos efectos son 
obra suya, consecuencia necesaria de su plan. 

Y esos efectos hablan con una elocuencia que superó á la de toda 
palabra humana. El divino Maestro nos ha dicho: Por sus frutos los 
conoceréis (1). Los frutos de ios hombres son sus obras; los frutos de 
los planes, son sus efectos. 

Al plan de Bucareli para sustituir el de los Jesuítas, puede apli- 
carse el juicio que un autorizado escritor brasilero (2) formuló acerca 
del Directorio de Pombal, expedido once años antes con el mismo 
intento. Era de presumir que las Instrucciones fueran copia más ó 
menos retocada del Directorio, sabiendo que fueron unos mismos los 
que ejecutaron las dos expulsiones de España y de Portugal, empu. 
jando más unas veces la una, otras la otra, según se les presentaba 
la oportunidad. Y en efecto, en uno y otro se encuentran las mismas 
falsas inculpaciones de esclavitud de los indios, de impiedad, de 
indecencia en casas y vestidos; el mismo establecimiento de Admi- 
nistradores, que en Portugal se llamaron Directores, etc., etc. De 
uno y otro se puede decir, pues, con razón lo que el citado autor dijo 
de solo el Directorio: «Jamás ley alguna prometió tanto, exhibiendo 
sus pomposas teorías, ni patentizó más cuan poco era lo que en la 
práctica podía conseguir, por no haber querido tomar por base 
la experiencia de dos siglos y medio de Reducciones de indios, con la 
que tan copiosos frutos habían recogido en sus ensa3'os los Nobregas 
y Anchietas, legando á los naturales largos días de prosperidad y de 
paz. El Directorio [y otro tanto puede decirse del plan de Bucareli] 
sobre no ser más que una rapsodia de las leyes publicadas anteceden- 
temente acerca de los indios, está todo repleto de utopias, y lleno 



(1) Matth. VIL 16. 

(2) foACHiM NoRBERTO DK Sou?A Silva, Memoria histórica e documentada das 
aldeas de indios da Provincia de Rio Janeiro. Laureada com o premio imperial. 
(Revista do instituto brazileiro, XV'IIL 153. año 1854. 



-241- 

de nuevas disposiciones que coartan las mismas garantías, de que ya 
gozaban los hijos de las selvas... En virtud de él, las Reducciones 
vinieron á quedar convertidas en viveros de esclavos.» 

La jurisdicción de un Gobernador y varios Tenientes en el terri- 
torio de Doctrinas, había sido confirmada por decreto de Carlos III, 
fecha 25 de Julio de 1771 (1). El plan entero no obtuvo la aprobación 
hasta Abril de 1778; y entonces se aprobó únicamente como estatuto 
provisorio (2). 



(1) .Suvilla: Arch. de Indias; 125-7-6, 

(2) Ibid. 125-7-7. «A consulta de mi Consejo de las Indias de 27 de Abril de 
1778, me serví aprobar con calidad de por ahora las Ordenanzas [de Bucareli]» 
Céd. Real de 17 de Mayo de 1803. 



16. — Organización social de las doctrinas guaraníes— tomo ii. 



CAPITULO IX 



RUINA TOTAL DE LAS DOCTRINAS 



1. Decadencia de las Misiones hasta su primera desmembración. — 2. Apodé- 
rase Portug'al de los siete pueblos orientales. — 3. Segunda desmembración. 
— 4. Destrucción de quince Doctrinas. — 5. Ruina de siete Doctrinas más. — 6. Las 
ocho Doctrinas al Norte del río Paraná. — 7. Vicisitudes ulteriores de los Guara- 
níes de Misiones. — 8. Pueblos de Misiones y ruinas de Misiones. 

Hemos llegado en el bosquejo histórico que encabeza nuestro 
estudio, al punto en que los Jesuítas expulsados y expatriados por 
Carlos III, hubieron de abandonar á los Guaraníes; porque hasta allí 
se extiende con toda propiedad la organización social que los Jesuítas 
dieron á sus Doctrinas. Pero cuando se trata de una institución sim- 
pática, el ánimo se interesa en tener noticia de todos los percances 
que le han sobrevenido, de los estados por los que ha pasado y de su 
paradero final ó á lo menos de la situación en que actualmente se 
halla. Ninguna ocasión mejor que la presente para llenar este deseo. 
El estudio del plan de Bucareli con sus efectos hace observar una 
decadencia que presagia la ruina total. Y así, será oportuno inter- 
calar este capítulo de historia, en que se verá el modo cómo pere- 
cieron las Doctrinas, y los restos y huellas que han dejado, que es lo 
que únicamente queda hoy de aquella insigne y bienhechora fun- 
dación. 



*^^ DECADENCIA DE LAS MISIONES HASTA SU PRIMERA 

DESMEMBRACIÓN 

Es constante el hecho de que desde el extrañamiento de los 
Jesuítas, fueron las Misiones decayendo con rapidez. No será nece- 



-243- 

sario insistir en este punto, que ha formado la materia de los capí- 
tulos anteriores. 

La población había disminuido tan notablemente, que antes de 
cumplirse treinta años, había faltado más de la mitad; y al empezar 
el año 1801 quedaban sólo 42 885 (1) almas de las 88.864 que mani- 
fiestan las listas de los párrocos Jesuítas en 1767. Las causas que 
producían la despoblación eran tan continuas, que se ha podido for- 
mar la ley con tanta seguridad como en otros casos se averigua la 
ley del crecimiento; y aplicada á los núcleos que se conservaron, se 
encuentra casi matemáticamente exacta. Hacíase con más ó menos 
uniformidad el recuento anual de los pueblos, y en los censos que se 
conservan aparece todos los años una partida de indios huidos de sus 
pueblos, que dista de ser despreciable. 

Los recursos materiales de los pueblos no sólo no eran abundan- 
tes, sino que hubo pueblos de donde los naturales huían porque se 
veían perecer de hambre; y otros hubieron de recurrir al Rey pidién- 
dole que los relevase de los tributos que adeudaban por no alcanzar, 
no sólo con qué satisfacer los tributos, sino ni aun con qué sustentar 
la vida (2). Ya hemos visto la triste pintura del c-tado á que quedó 
reducida Trinidad en 1772 con treinta habitantes y sin sustento sufi- 
ciente para ellos (3). Los yerbales plantados al lado de los pueblos, 
cuyo cultivo se descuidó, y en cambio se hacía en ellos yerba dos 
años seguidos, en poco tiempo se inutilizaron, y nunca se volvieron 
á reponer. Cosa parecida sucedió con los algodonales. El ganado 
vacuno, que era uno de los principales artículos para el sustento de 
los pueblos, se consumió casi totalmente hasta 1772. El Administra 
dor general Lazcano, que trabajó con empeño en restaurarlo desde 
1772 hasta 1785 en que salió del cargo, lo dejó en bastante buen pie; 
mas inmediatamente volvió á decaer este ramo. Los pueblos donde 
fijaba su residencia el Gobernador Zavala, vinieron á ser los más 
castigados y afligidos de miseria por los inmoderados gastos que se 
veían obligados á hacer, así para el Gobernador, como para los 
muchos forasteros que allí acudían. De este modo dejó casi destruidos 
los pueblos de Candelaria, Itapúa y Concepción (4). 

Faltando lo material, los indios andaban también mal en lo espi- 
ritual; verdad que la experiencia de muchos años había enseñado á 
los Jesuítas. La entrada de los comerciantes por temporadas, y la de 

(1) Virrey Aviles, Informe en Trelles, Rev. de la Bíbl. III. 405. 

(2) Exposición de los siete pueblos del Uruguay á Carlos III en 21 de Junio de 
1777. MoNNER Sans, Pinceladas históricas, 196. 

(3) Cap. VII, §1. 

(4) Carta de Buenos Aires á 23 de Marzo de 1774, en MuRiEL-Charlevoix, p. 595. 



- 244 - 

españoles europeos ó americanos para avecindarse en los pueblos, 
con el séquito de vicios y malos ejemplos que en ellos se veían, 
fueron de desastroso resultado, tanto más, cuanto no era raro 
observarlos en los mismos encargados del gobierno. 

La lengua castellana nunca se llegó á introducir. Los edificios 
materiales de los pueblos se iban ariuinando. Las personas bien 
intencionadas que deseaban el remedio, tenían en boca continua- 
mente la mención de los antiguos Doctrineros, indagaban su modo 
de proceder en los cuadernos ó manuscritos que de ellos habían 
quedado, ponderaban su economía, y deploraban que tan inconsulta- 
mente se hubiese abandonado aquel sistema que había hecho felices 
á los naturales y prósperos á los pueblos. 

La pobreza traía consigo la falta de vestido conveniente, y la 
incuria producía el desaseo. No puede darse cosa más lastimosa que 
el cuadro que traza el brigadier Alvear de las Misiones hacia 1795, 
hablando como testigo de vista. 

«Las enfermedades más comunes en los naturales» dice «son las 
viruelas, de que mueren seguramente la cuarta parte; las calentu- 
ras pútridas, á que llaman peste, por el estrago que hacen; las inter- 
mitentes conocidas por chucho; el pasmo, las sarnas rebeldes y gáli- 
cas, y el mal venéreo multiforme, principalmente en los españoles y 
europeos.» 

«La impericia de los Administradores,... la crasa ignorancia de 
los maestros de escuela, de que muchos sólo tienen el título: la poca 
ó ninguna armonía que suele reinar entre ellos y los Curas: las fran- 
cachelas y gastos enormes llamados indebidamente de coiniiuidad 
que se hacen en los colegios, no sólo en las fiestas de tabla, sino 
también con cualquier leve pretexto que ocurra á los empleados: la 
mesa diaria, en que jamás se sienta el indio que la surte, y está siem- 
pre franca al pasajero, extraño y traficante, que con este motivo se 
detiene muchos meses en los pueblos: el desaseo y continua necesi- 
dad en que viven los ciiiiiDnis [muchachos]: la porquería }' torpe 
indecencia con que se crían las ciiñatais [muchachas]: la pobreza 
suma de los naturales, todos sacrificados siempre y desatendidos por 
las comunidades; y por último, el gran libertinaje y escandaloso des- 
arreglo de costumbres, frecuentemente autorizados hasta de perso- 
nas consagradas á Dios, son los desórdenes envejecidos y reinantes 
en todas las Doctrinas» (1). 

(1) Relación de Misiones, ed. Ángelis, 1836, 92 y 105. 



245 



II 

APODÉRASE PORTUGAL 197 

DE LOS SIETE PUEBLOS ORIENTALES 

Siempre habían estado expuestas las Misiones Guaraníes á los 
asaltos de tropas de las provincias meridionales del Brasil, como 
que estaban declaradas pueblos de la Corona en frontera portu- 
guesa, y lo eran en realidad; mas, debilitado el vigor de aquellas 
milicias que en otros tiempos habían defendido el territorio , y en 
ocasiones aun sin recibir auxilio de tropas regulares, vinieron á caer 
en poder de Portugal los siete pueblos más cercanos, que estaban 
situados ala parte oriental del Uruguay. 

Durante el largo período que gobernó D. Francisco Bruno de 
Zavala, que fué más de treinta años, desde 1768 hasta su muerte 
con una breve interrupción, hubo dos principales alarmas causadas 
por los portugueses. Una tuvo lugar en 1770 con la entrada en 
Misiones de una partida de diez y seis portugueses al mando 
del capitán Peixoto y con subordinación á la empresa del coronel 
Alonso Botello de Sampayo (1), que pretextaba pasar á reducir á los 
indios infieles á nuestra santa religión: todos los de la partida fue- 
ron tomados presos y remitidos á Buenos Aires, con los papeles que 
se les encontraron y que demostraban el ánimo de apoderarse de 
aquella región. Otra fueron los avances de 1775 y 76 desde Río 
Pardo y Viamont, que obligaron á Zavala á situarse en los siete 
pueblos orientales con tropas, y no cesaron hasta después de la gran 
expedición de Cevallos en 1777. En adelante no hubo otras invasio- 
nes formales; pero nunca cesaron las entradas de partidas sueltas á 
robar ganado. La estancia de partidas de demarcación con sus comi- 
sionados portugueses por los años de 87, hizo también harto daño, 
porque sin cesar convidaban á los naturales de aquellos pueblos á 
pasarse á los dominios portugueses donde les ofrecían más comodi- 
dades y menos trabajo. Y en efecto, iba creciendo notablemente la 
deserción (2). Agregáronse en los últimos años del siglo xviii los 
malos tratamientos que experimentaron los Guaraníes de aquellos 

(1) Funes, Ensayo, lib. V. c. XI. 

(2) Doblas, Apéndice á su Memoria, núm. 10. 



— 246- 

pueblos de parte del Teniente Gobernador de San Miguel, D. Fran- 
cisco Rodrigo, debajo de cuya jurisdicción caían los siete pueblos. 

Declarada en Mayo de 1801 la guerra entre España y Portugal, 
á causa del convenio que había impuesto el primer cónsul Bona- 
parte á España de hacer la guerra, si Portugal no quería dejar la 
alianza de los ingleses; aprovechó la noticia el Gobernador de Río 
Grande; y en el mes de Julio, cuando en Europa ya se había firmado 
la paz de aquella guerra de diez y siete días, invadió las posesiones 
españolas, y se apoderó de varios puntos fortificados. Uno de los 
siete pueblos, San Lorenzo, desprovisto de defensa por parte del 
Teniente gobernador y temeroso de la invasión, se ofreció á los por- 
tugueses para pasar á su dominio; ofrecimiento que fué aceptado 
inmediatamente por el comandante de la frontera portuguesa, 
Pereira Pinto. Presentóse al mismo tiempo al Gobernador de Río 
Grande uno de los bandoleros que se ocupaban en robar ganado, por 
nombre José Borges do Canto, y se acogió al indulto que se había 
promulgado para los desertores; ofreciéndose á defender á San 
Lorenzo )' ganar para Portugal los otros seis pueblos, porque sabía 
que estaban muy descontentos. Aprobada su empresa, tuvo la auda- 
cia de ir, con no más de 40 hombres, á poner sitio al Teniente de 
Gobernador Rodrigo, quien, abandonando todo lo demás, se había 
concentrado en San Miguel, que estaba algo más fortificado y donde 
tenía los víveres y municiones. Canto promovió una deserción uni- 
versal entre los Guaraníes, muy disgustados del Teniente, quien los 
había tenido por algún tiempo desarmados como á sospechosos, y los 
había tratado continuamente con imperio; y Rodrigo, creyendo que 
eran grandes las tropas que le cercaban, y viéndose al frente sola- 
mente de unos cuantos soldados de tropa regular, pidió capitulación 
y la obtuvo, entregando la plaza y saliendo en libertad; aunque al 
retirarse hacia las otras Misiones, le encontr(') una partida distinta, 
y le tom(3 prisionero. San Juan y Santo Ángel se rindieron dentro de 
poco, y las imitaron San Luis y San Borja. Sólo San Nicolás se 
resistió por algún tiempo, en virtud de la actividad y energía de un 
oficial llamado Rubio Dulce; quien hasta llegó á intentar un ataque 
contra San Borja. Frustrado el ataque, y asediado Rubio Dulce 
cada día por mayores fuerzas portuguesas que iban acudiendo, 
mientras que no aparecían socorros españoles, hubo de rendirse. Las 
tropas que al fin envió el Virre)'' Pino, tuvieron un choque C(m 
las portuguesas, y en él perdieron 3 piezas de artillería, varios 
muertos y 75 prisioneros Todos estos hechos se verificaron desde el 
mes de Julio hasta el de Diciembre. 



— 247 — 

Licuada oficialmente en Diciembre de 1801 la noticia de la paz 
de Badajoz, las mismas autoridades portuguesas fueron las que 
urgieron para que cesasen las hostilidades. En el tratado de la pa z 
se había estipulado que las cosas quedaran como antes de la guerra, 
devolviéndose las poblaciones ocupadas en virtud de ella. Mas los 
portugueses del Brasil alegaron que nada se había dicho en Europa 
sobre los siete pueblos; como si hubiera sido posible que un tratado 
firmado en 6 de Junio hablase especificando la invasión que se 
emprendió en el mes de Julio; y se prevalieron del descuido, cierta- 
mente censurable del Virrey Pino, quien aceptó la paz sin haber exi- 
gido antes la devolución de los siete pueblos ocupados. De este modo 
pasaron de hecho á Portugal las siete Misiones uruguayas orienta- 
les. Eran las mismas que tanto habían padecido cuando fueron 
objeto del tratado de 1750. 

Hizose por los portugueses el censo de la población, y se encontra- 
ron catorce mil almas en todos los siete pueblos. En ellos entablaron 
el plan que para las reducciones había compuesto Pombal, en el que, 
si por una parte se suprimía el tributo, por otra había algunas dis- 
posiciones que hacían todavía más dura la suerte del indio, que con 
el sistema de Bucareli. Así, los Guaraníes, que pensaron haber 
mejorado de fortuna, se encontraron peor tratados que antes. «^Los 
administradores portugueses^^ dice Moussy «eran tan codiciosos 
como los españoles^ y más ásperos en su trato. Las siete Misiones 
hechas portuguesas continuaron despoblándose de día en día-» (1). 



III 

1Q8 

SEGUNDA DESMEMBRACIÓN 

Era Gobernador interino de las Doctrinas en aquel año Don 
Joaquín de Soria, nombrado por el Virrey de Buenos Aires, por 
haber fallecido en 1800 el antiguo Gobernador D. Francisco Bruno 
de Zavala. El año 1802 fué nombrado también como interino Don 
Santiago Liniers, más tarde Virrey de Buenos Aires, quien pasó á 
residir entre los Guaraníes; y finalmente por Cédula de 17 de Mayo 
de 1803 nombró el Rey Gobernador propietario al Coronel D. Ber- 

(1) Mémoire sur la décadence, § VII. 



- 'J4S - 

nardo de Velasco, separando totalmente el Gobierno de los treinta 
pueblos del de Buenos Aires y del de Paraguay, 3^ creando «//;/ 
Gobierno militar y político que comprenda todas las Misiones de 
ellos [los Guaraníes], como lo están las de Maynas, Mojos y Chiqui- 
tos» (1). Dos años después, y mientras Velasco se hallaba gober- 
nando á los Guaraníes, y procurando entablar el nuevo plan de 
gobierno de 1803 (que no pudo nunca llegar á ejecutarse), fué nom- 
brado Gobernador del Paraguay, de forma que reuniese los dos 
gobiernos de Paraguay y de Misiones. El decreto, de fecha 12 de 
Setiembre de 1805 (2), fué ejecutado, tomando Velasco posesión en 
la Asunción á 5 de Mayo de 1806. 

Cuando en 1810 se constituyó en Buenos Aires la Junta de 
gobierno que se atribuyó las facultades sobre todo el Virreinato, 
expidió sus circulares á todas las provincias y autoridades, exi- 
giendo que la reconociesen en este carácter. Velasco respondió 
negando el reconocimiento {3J «hasta tanto que S. M. resuelva lo 
que sea de su soberano agrado, en vista de los pliegos que la expre- 
sada Junta Provisional dice haber enviado con un oficial al 
Gobierno Soberam legítini imente establecido en España». Era 
Teniente Gobernador de Misiones ó segundo de Velasco, el Coronel 
D. Tomás Rocamora; y recibida la misma circular, reconoció á la 
Junta como suprema autoridad del Virreinato (4). La Junta de Bue- 
nos Aires declaró á Rocamora Gobernador de Misiones con autori- 
dad independiente del Paraguay (5); con lo que vio este Coronel 
cumplidos los deseos que desde 1805 expresaba en sus solicitudes, de 
obtener alguna Gobernación (6). Mientras tanto, Velasco daba contra 
el mismo Rocamora orden de prisión por perturbar públicamente la 
paz y hacer traición á la patria y al Rey con sus circulares, en que 
exigía á todas las autoridades del territorio de Misiones, listas de los 
sujetos capaces de tomar las armas, de los españoles allí residentes, 
de las tropas efectivas, del armamento y de los caudales que tuvie- 
sen en caja (7). Poco después, emprendía el general Belgrano su 
campaña contra el Paraguay, para la cual le auxilió Rocamora con 
una tropa de 400 Guaraníes de Misiones. Retirado Belgrano, á fines 
de Marzo de 1811, el Paraguay hizo lo que había hecho Buenos Aires 



(1) Céd. de 17 de Mayo de 1803, en Trelles, Anexos, núm. 69. 

(2) Ibid. núm. 7('. 

(3) Registro oficial de la República Argentina, Buenos Aires 1879, t. I. n.° ' 

(4) Ibid. núm. 40. 

(5) Ibid. núm. 134, 16 Setiembre 1810. 

(6) Trelles, Anexos, núm. 72. 

(7) AuDiBRRT, los límites del Paraguay (Buenos Aires 1893), c. XVIII. p. 345. 



— 249 - 

él año anterior: depuso al Gobernador, formando en 14 de Mayo una 
Junta, que, puesta en comunicación con la de Buenos Aires, nego- 
ció un tratado de alianza con ella; y en el art. 4.*^ estipuló los límites 
en esta forma: «debicmh:) en lo donas qneiiar también por a/iora los 
limites de esta prozuncia del Paraguay en la forma en que actual- 
mente se hallan, encargándose consiguientemente su gobierno de 
custodiar el departamettto de Candelarias^ (1). De este modo se veri- 
ficaba una nueva separación de las Doctrinas; pues las siete orienta- 
les del Uruguay, de hecho estaban en poder de Portugal, las ocho 
al norte del Paraná, con más las cinco de las vertientes del mismo 
Paraná por el sur, se declaraban por entonces sujetos al Paraguay, 
y quedaban las diez restantes á Buenos Aires; declarándose que el 
Paragua}' era enteramente independiente, aunque amigo, de Bue- 
nos Aires 

Este fué el estado de las Doctrinas que reconoció la Asamblea 
Constituyente Argentina de 1813, cuando en su decreto fecha 13 de 
Noviembre se expresó en estos términos: «La Asamblea General 
ordena que los diez pueblos de Misiones de la dependencia de las Pro- 
vincias Unidas, nombren un diputado que concurra á representarlos 
en esta Asamblea General (2).» 



IV 



DESTRUCCIÓN DE QUINCE DOCTRINAS *^" 

El bienio de 1816 á 1818 fué tan funesto para las Doctrinas de los 
Guaraníes, que en él quedaron reducidos á escombros y despoblados 
totalmente quince de los antiguos pueblos de Misiones. 

Desde que en 1810 empezaron á sublevarse las colonias españolas 
del Río de la Plata, pugnando por separarse del gobierno de la 
Península, fijó sus ojos en ellas el Reino de Portugal; y nada omitió 
para realizar su perseverante empeño que hacía tres siglos iba lle- 
vando adelante, de apoderarse á lo menos del territorio situado al 
oriente del Río Uruguay. Negociaciones diplomáticas, auxilios ofre- 
cidos á unos, protección á otros, aparato de tropas á punto para 

(1) Convención de 12 de Octubre de 1811, Registro oficial de la República 
Argentina, t. I. núm. 254. 

(2) Registro of. de la Rep. Arg. B'. A'. 1879, t. I. n. 58. 



- 250 - 

cualquier empresa, todo lo empleó. Al cabo, el año 1816, un ejército 
portugués á las órdenes del general Federico Lecor, invadió la por- 
ción que hoy forma la República oriental del Uruguay, con la inten- 
ción publicada de pacificar aquel territorio, y venciendo las resis- 
tencias que se le ofrecieron, entró en la ciudad de Montevideo á 20 
de Enero de 1817. La resistencia en todos los puntos del territorio 
no había faltado desde que se empezó la invasión á mediados de 
Agosto de 1816, y continuó aun después de tomada la capital, alar- 
gándose la guerra por años enteros en los distritos lejanos. Acau- 
dillábala D. José Artigas. Hijo de una de las mejores familias de 
Montevideo, había empleado su juventud en las faenas de las estan- 
cias, habiendo sido elevado al cargo de capitán de las milicias orga- 
nizadas contra las bandas de gauchos, que en combinación con los 
portugueses, robaban los ganados. Por su arrojo y prendas persona- 
les, acomodadas para ejercer superioridad en el país, había llegado á 
ser un ídolo de sus paisanos; y las circunstancias revueltas de los años 
14, 15 y siguientes, hicieron que su influjo fuera efectivo para dirigir 
el movimiento, no sólo en el territorio de Montevideo, sino también 
en las provincias de Santa Fe, Entrerríos y Córdoba, que reconocie- 
ron su superioridad dándole el título de Protector . Al tener Artigas 
noticia cierta de la invasión de los portugueses á principios de 1816, 
trazó su plan de campaña, que consistía en no esperar que ellos entra- 
sen en la provincia Oriental, sino acometerlos en su propia casa, pa- 
sando el Uruguay, y entrando en la provincia de Río-Grande. Dispo- 
nía para esto de cinco á seis mil hombres, parte de los cuales dirigía 
él mismo, y los demás estaban distribuidos entre varios tenientes 
suyos. Uno de éstos, destinado á operar en el alto Uruguay, era el 
indio Andrés Guacararí, más conocido por el nombre de Aiidresito. 
Era natural de San Borja; y habiendo tenido Artigas ocasión de tra- 
tarle en 1811, fijó la atención de un modo especial en él, así por la 
adhesión que el indio le tenía, como por las cualidades que ya mos- 
traba, y le hacían hombre apto para acaudillar á sus paisanos. 
Como Andresito era huérfano de padre, Artigas le adoptó por hijo; 
hízole Comandante general de Misiones y desde entonces se denomi- 
naba Andresito en sus proclamas Andrés Guacararí y Artigas, ciu- 
dadano Capitán de Blandengues y Comandante general de la pro- 
vincia de Misiones; viviendo persuadido de que estaba destinado á 
ser el libertador de sus compatriotas los Guaraníes del oriente y del 
occidente del río Uruguay. El año de 1815 le había enviado Artigas 
á apoderarse de los cinco pueblos del Paraná, en los cuales tenía 
puesta Francia su guardia, afirmando que le pertenecían en virtud 



- 251 - 

del tratado de 1811; y pretendiendo Artigas que eran propios de la 
Liga de provincias de que él llevaba el título de Protector. Andre- 
sito, sin más apoyo que su crédito entre los naturales, y la coopera- 
ción de un religioso Fr. José Acevedo, que le acompañaba y ani- 
maba, juntó en las diez Misiones de la ribera derecha del Uruguay 
un ejército que disciplinó á su modo; y en el mes de Setiembre, 
intimó desde el pueblo de San Carlos el abandono y entrega de la 
Candelaria al comandante paraguayo D. José Isasi, que con 300 hom- 
bres 3' dos piezas de campaña guarnecía aquella población. Como el 
comandante diese largas, Andresito ordenó á su teniente que lle- 
vase adelante las hostilidades, y los 250 Guaraníes que acometieron 
el pueblo, lo rindieron después de tres horas de combate, recogiendo 
104 fusiles, dos cañones, y gran número de lanzas. Caída Candela- 
ria, fueron sometidos igualmente Santa Ana, Loreto, San Ignacio 
Miní y Corpus. La toma de las Misiones del Paraná tenía grande- 
mente alentado á Andresito y sus indios, cuando el año siguiente 
de 1816 y por el mismo tiempo, quiso hacer otro tanto con las siete 
Misiones orientales del Uruguay, conforme á las instrucciones de su 
padre adoptivo Artigas. 

Hallábase de comandante de aquellas Misiones el Brigadier bra- 
silero D. Francisco das Chagas Santos, quien tenía su cuartel gene- 
ral en San Francisco de Borja, y estaba bien ajeno de pensar en una 
invasión por aquella parte. Andresito envió delante un emisario que 
esparciese entre los Guaraníes una proclama en la que los exhortaba 
á que sacudiesen el dominio de los portugueses, que tan injustamente 
los mantenían sujetos, y se ofrecía á libertarlos, poniéndolos en 
situación de que ellos solos se gobernasen, sin que los hubiera de 
dominar ningún español, portugués ú otro que no fuera de los mis- 
mos Guaraníes (1 j. Semejantes exhoi taciones produjeron gran efecto 
entre los naturales, de suerte que no sólo engrosaron notablemente 
sus filas en la banda occidental del Uruguay; sino que aun el regi- 
miento de milicias Guaraníes que tenían los portugueses para guar- 
dar la frontera oriental, se pasó en su mayor parte á la expedición 
del caudillo. Con un ejército de 2.000 hombres, cruzó Andresito el 
Uruguay á principios de Setiembre de 1817, por Itaquí, donda 
pereció toda la guardia brasilera del paso; dispersó una avanzada 
de 300 caballos, que Chagas había enviado para detenerle; y el día 21 
puso sitio al comandante brasilero en San Borja, encerrándolo con 
sus 200 soldados de caballería, 200 infantes y 14 piezas. Al segundo 

(1) Véase el documento en Bauza, Historia de la dominación española en el 
Uriígiia}', tomo III. Apénd. de docum. n.° 17. 



día de asedio, un buen tiro de uno de los artilleros portugueses des- 
montó la pieza de los sitiadores que más daño hacía cá la plaza (1). 
El día 28 de Setiembre, los Guaraníes acometieron á la caballería 
portuguesa en las afueras con tal brío, que la obligaron á encerrarse 
en el pueblo, 3' continuando el asalto, rompieron una de las puertas 
más fuertes y se lanzaron á pelear cuerpo á cuerpo con la tropa de 
dentro; mas el vivo fuego que les hizo la infantería y artillería, los 
obligó á desistir del asalto. Reforzados todavía los sitiadores con la 
llegada de una nueva división, se preparaban para dar asalto gene- 
ral el día 3 de Octubre al amanecer. Ese mismo día llegaba á San 
Borja el Teniente Coronel brasilero Abreu, quien, habiendo recibido 
noticia del apuro de Chagas por un emisario, que logró burlar la 
vigilancia de los sitiadores, acudió precipitadamente con su división 
de 800 hombres. Rechazada la caballería Guaraní, que Andresito 
había desprendido para resistirle al advertir su llegada, se trabó un 
combate general en que tomaron parte también las fuerzas de 
Chagas; y los Guaraníes fueron completamente derrotados, con pér- 
dida de 500 hombres entre muertos 3' prisioneros, dejando un cañón 
en poder del enemigo. Las otras divisiones de Artigas padecieron 
igualmente derrotas por parte de los portugueses; 3^ él mismo fué 
deshecho en el Arape3"; con lo cual el plan de adelantarse á la inva- 
sión, llevando la guerra al Brasil, quedó frustrado. 

Mas, á pesar de su descalabro, Andresito estaba rehaciendo su 
ejército en las Misiones occidentales, y otro tanto hacía Artigas en 
Entrerríos. El Capitán general de la pj-ovincia de Río Grande, Mar- 
qués de Alégrete, que dirigía las tropas brasileras de invasión en 
aquellas comarcas, dio orden á Chagas de pasar el Urugua3' , pene- 
trar en las Misiones occidentales, quemar y arrasar todos los pue- 
blos, capillas, estancias, 3' cuanto pudiera en algún tiempo servir de 
morada ó refugio á los Guaraníes; 3^ trasportar toda la población á 
la ribera oriental del Urugua3' . Chagas ejecutó desde mediados de 
Enero hasta mediados de Marzo de 1817 este acto de ferocidad con 
el mayor empeño. Al frente de unos mil hombres de tropas escogi- 
das, pasó el 17 de Enero al otro lado del Urugua3\ Quedándose él 
en el pueblo de la Cruz, despachó sus subalternos á destruir los 
demás. El ma3'or Gama arrasó á Yapeyú, y después de vencer con 
el oportuno auxilio de Chagas á Andresito, que le salió al encuentro, 
continuó su marcha 3" destruyó á Santo Tomé. Carvallo arrasó el 
pueblo de Mártires, 3' saqueó los de Apóstoles, San Carlos 3^ San 

(1) Almeida Coelho, Memoria histórica do regimentó de Santa Catharina, 
pág. 29. 



- 253 - 

¡osé. Cardoso arrasó á Concepción, Santa María la Mayor y San 
Javier. No contento con haber enviado sus tenientes, quiso Chagas 
certificarse por sí mismo de que la tarea estaba bien desempeñada, 
y lanzó sobre el territorio su caballería de reserva, subiendo con ella 
hasta los pueblos del Paran;1, saqueando, asolando é incendiando si 
algo había quedado en pie. Después de esto, obligó á los habitantes 
que no habían podido huir, á que pasasen á la banda oriental del 
Uruguay, 3' pasó él con sus tropas el 13 de Marzo. El número de 
Guaraníes muertos en esta expedición, según los partes de Chagas, 
era de 3 190, los prisioneros 360, con más 5 cañones, 160 sables 
y 15.000 caballos. 

«Hemos destruido y saqueado los siete pueblos de la ribera occi- 
dental del Uruguay; saqueado solamente los de Apóstoles, San José 
y San Carlos. Hemos recorrido y devastado la campaña entera adya- 
cente á estos pueblos, en un radio de cincuenta leguas; sin contar con 
que nuestro cuerpo de caballería que mandaba Carvallo, ha caminado 
80 leguas en persecución de los insurgentes. Hemos saqueado y traí-- 
portado á la ribera izquierda del río 50 arrobas de plata, hermosos 
y buenos ornamentos de iglesia. Hemos recogido excelentes cara- 
panas, 3.000 caballos, otras tantas yeguas, 1.130.000 reis acuñados 
(1.924 pesos oro).» Tal era el parte de Chagas al Marqués de Alé- 
grete en 13 de Febrero de 1817; y las cifras fueron creciendo, como 
se observa en los partes subsiguientes. La plata trasportada dice m<ás 
tarde que alcanzó á 80 arrobas. Las alhajas de iglesia principales 
fueron á parar primeramente á Porto Alegre, y más tarde á Río 
Janeiro. Las imágenes de santos, campanas y otros objetos no pre- 
ciosos, á San Borja. 

<íCometiéronse en la ejecución indescriptibles actos de horror» 
dice Almeida Coelho, que asistió como militar en estas campañas, 
<i~Vióse íin Teniente Guaraní del ejército brasilero, Luis Mairá, 
estrangular más de un niño, y jactarse de ello: vióse la intiiora- 
lidad , el robo y el estupro en su auge; vióse, finalmente, la religión 
católica ofendida en todas partes (1).» «Es preciso,-» añade <i~retro- 
ceder á la historia de los tiempos más remotos para encontrar 
ejemplos de órdenes semejantes á la del marqués de Alégrete, cuyos 
efectos, y el resultado de su fiel ejecución, no podía ser otro sino 
el que fué, bárbaro^ inhumano, impolítico, y aun anticristiano. La 
guerra por sí misma es ya horrorosa, y uno de los mayores azotes 
de la humanidad , por más que muchas veces sea necesaria. Mas el 

(1) Memoria histórica do regimentó d'infautaiia de Santa Catharina, 
pág. 35. 



- 254 - 

invadir un territorio extranjero, devastar] saquear las poblaciones 
inertjies, arrasar, reducir á cenizas los templos y las habitaciones; 
forzar á sus habitantes á presenciar tales actos de horror y exter- 
minio, y d trasladarse luego á país extraño, es sólo propio de las 
naciones bárbaras (1).» 

Al tener noticia de los saqueos y destrozos ejecutados por los 
brasileros, Francia, que el año anterior se había hecho elegir dic- 
tador perpetuo, hizo pasar tropas suyas al Sur del Paraná, y ejecutó 
con las cinco Doctrinas de Candelaria, vSanta Ana, Loreto, San 
Ignacio Miní y Corpus, algo parecido á lo que habían hecho los por- 
tugueses con las demás. Cargó en carretas cuantos objetos precio- 
sos ó útiles pudo hallar, y los trasportó al Paraguay, hizo pegar 
fuego á los edificios, y ordenó que también los habitantes atrave- 
sasen el río y fueran á establecerse á la banda del Norte. Así que- 
daron establecidas muchas familias en el Paragua}', mientras que 
los padres y maridos estaban en gran número entre las tropas de 
Artigas y Andresito. Sea que quisiese evitar guerras con los portu- 
gueses, como algunos dicen, sea que estuviese disgustado de la 
intromisión de Artigas, que, como él, pretendía pertenecerle aque- 
llos pueblos; es lo cierto que el dictador, al arruinar los pueblos, 
quemar casas é iglesias, disponer á su antojo de las cosas sagradas, 
separar las familias, y trasportar los moradores, sacándolos de su 
país nativo, cometió uno de los más inicuos actos de despotismo que 
señalaron su largo gobierno de casi treinta años. 

Quedaban aún en pie San José, Apóstoles y San Carlos; y Andre- 
sito, que no había desistido de su resolución de llevar la guerra á 
las Misiones orientales, y librarlas del dominio portugués, había 
puesto su cuartel general en Apóstoles, donde estaba juntando 
tropas; adhiriéndosele cada día mayor número de aquellos infelices 
Guaraníes, exacerbados al ver el estado en que el enemigo había 
dejado sus pueblos. Chagas, envanecido con su obra de destrucción, 
creyó que sería fácil deshacer aquel principio de ejército; y pasando 
el Uruguay con setecientos hombres de tropa, fué á acometer lo que 
juzgaba que no era más que un pelotón de gente. Andresito tenía 
800 Guaraníes, y se había fortificado bien en el pueblo. Al dar Cha- 
gas el asalto, fué recibida su tropa con un fuego tan vivo, que sin- 
tiendo el jefe que le hacían muchas bajas y que no había de lograr 
su objeto, se vio obligado á tocar retirada y volverse á San Borja. 
El asalto de Apóstoles tuvo lugar el 2 de Julio de 1817 (2j. 

(1) Ibid. pág. 34. 

(2j Almeida Coelho, Memoria, pág. 36. 



-255- 

Era plan de Artigas en el mes de Marzo de 1818, sorprender el 
ejército del general Francisco Xavier Curado en el Rincón de las 
Gallinas; para lo cual, entre otros recursos, se estaba aprestando un 
tercio de Guaraníes por orden de Andresito en el pueblo de San 
Carlos, que conservaba aún todos sus edificios. Noticioso Chagas 
de aquella junta de indios, pasó tercera vez el Uruguay, poco después 
de mediar Marzo, con un cuerpo de ochocientos hombres de las tres 
armas. El 29 acampaba junto á la capilla de San Alonso, y el 30 
puso sitio al pueblo, apoderándose en seguida de las casas, porque 
no se le hizo resistencia, habiéndose refugiado en el colegio y la 
iglesia los Guaraníes armados, en número de cerca de seiscientos, y 
la chusma de niños y mujeres, que eran como otras trescientas per- 
sonas. Los Guaraníes abrieron 140 aspilleras en las paredes de la 
iglesia; y desde allí tiraban á su salvo á los brasileros que estaban 
en la plaza. Estos arrimaron leña á las puertas de la iglesia y le 
pegaron fuego. El 2 de Abril rechazaron una fuerza de caballería 
que á las órdenes del comandante correntino Aranda había acudido 
á socorrer á los sitiados. El 3 dieron el asalto general, y acudiendo 
al edificio del colegio, unos por delante rompieron la puerta á hacha- 
zos, otros por detrás escalaron el tejado, desde donde lanzaron el 
fuego á la media naranja de la iglesia, produciendo un espantoso 
incendio. Los sitiados se resistieron valerosamente, esforzándose al 
mismo tiempo para apagar el incendio, como lo consiguieron dos 
veces; pero soplando un recio viento Sud, al fin no lo pudieron con- 
tener; y después de haber perecido en el asalto trescientas personas, 
parte quemadas, parte combatiendo; capitularon los restantes. Los 
presos fueron conducidos á San Borja. El pueblo de San Carlos fué 
inmediatamente incendiado y arrasado, como lo habían sido el año 
anterior los siete antecedentes. En los días inmediatos pasó la tropa 
de Chagas á arrasar é incendiar también el pueblo de Apóstoles, 
que ya el año antes había saqueado. Eran 3'a nueve los pueblos de 
Misiones de esta manera destruidos por Chagas. 

Al pueblo de San José fueron, al decir de los historiadores brasi- 
leros, los mismos Guaraníes quienes le prendieron fuego (1): mas 
no fué sino después de haberlo saqueado los portugueses, lleván- 
dose todos los muebles y alhajas, y cuanto de utilidad había en los 
edificios. 

Estaba consumada la ruina de todas las Doctrinas Guaraníes 
comprendidas entre los ríos Paraná y Uruguay. Como á las del Tape 

(1) Almeida CoELHO, MetHoria, pág. 41, nota (67). 



-256- 

y del Guayrá, cien años antes, así á éstas las redujo la ambición 
invasora de los portugueses á escombros y cenizas. Los pueblos no 
se han vuelto á levantar. Duran en cada punto algunas ruinas, que 
dan testimonio de cuan terrible fué el asolamiento. 



V 



200 



RUINA DE SIETE DOCTRINAS MÁS 

Hasta 1820 duró sin cesar la resistencia de los orientales á la 
dominación de Portugal. Andresito, al año siguiente de la destruc- 
ción de San Carlos, hizo nueva incursión en las Misiones orientales, 
y con una expedición rápida y atrevida se apoderó de San Nicolás, 
donde halló pertrechos de guerra, pólvora, balas y algunos cañones. 
Acudió allá inmediatamente Chagas con artillería, caballería é 
infantería, y se decidió á tom?ir el pueblo el mismo día que llegó por 
la tarde, 9 de Mayo de 1819. Después de haber cañoneado las casas 
de la plaza, sin recibir respuesta alguna, como si allí nadie hubiese; 
aunque hubo sus vacilaciones al principio, finalmente se decidió á 
hacer avanzar la infantería. Mas, apenas hubo penetrado un poco 
en la población, cuando caj'ó sobre ella una lluvia de balas y metra- 
lla que le causó muchas bajas; y entre otros, cayó del caballo, mor- 
talmente herido, el Teniente Coronel que dirigía el ataque: y aquella 
misma tarde falleció. Chagas dio orden de retirarse; y los Guaraníes 
siguieron por un buen trecho el alcance. Mas aquí se acabaron las 
felicidades del caudillo indígena. Dejando seiscientos hombres en 
San Nicolás, salió al frente de otros 1.200 con intento de pasar el 
Camacuá y reunirse con Artigas. Pocos días después del asalto de 
San Nicolás, se hallaba con muy poca tropa en el paso de Itazurubí, 
cuando fué sorprendido por Abreu, quien con 800 hombres acudía 
para reunirse con Chagas. Los Guaraníes fueron derrotados, y 
Andresito hecho prisionero, y remitido á Río Janeiro, donde al cabo 
de poco tiempo murió en un calabozo. No mucho después fué derro- 
tado también Artigas en Tacuarembó; y perseguido incesantemente 
de los brasileros, y en pugna con Ramírez, que antes había estado á 
sus órdenes, se vio tan aniquilado después de su última derrota en 
Cambay, que hubo de refugiarse en el Paragua}^ donde pasó los 
treinta últimos años de su vida. 



-257 — 

Con esto parecía extinguida toda resistencia de la Banda orien- 
tal; y en 1821, el Congreso que se reunió en Montevideo, decretó la 
anexión de aquel territorio al reino de Portugal, Brasil y Algarbes, 
con el título de Provincia Cisplatiiia. Mas como la mayoría del país 
no tenía deseo sino de formar un estado independiente, muy luego 
se dejaron sentir y se repitieron los conatos para sacudir el yugo del 
Brasil. Uno de ellos fué el de los Treinta y Tres orientales emigra- 
dos en Buenos Aires, que exaltados con la noticia de la batalla dada 
el año de 1824 en Ayacucho, se decidieron á pasar al territorio del 
Uruguay, como lo hicieron, inaugurando á 19 de Abril de 1825 la 
guerra que ya no había de acabar sino reconociéndose la indepen- 
dencia de la República Oriental del Uruguay, en Agosto de 1828. 

Duraba todavía esta guerra, en que tomó parte principal la 
República Argentina contra el Brasil, cuando en 1827 se verificó el 
hecho que dejó desiertas las siete Doctrinas Orientales del Uruguay, 
y fué causa de que luego se fueran arruinando sus pueblos. El gene- 
ral Fructuoso Rivera, valiéndose de varias trazas, logró penetrar 
al frente de gente armada en aquellos siete pueblos, y persuadir á 
la mayor parte de sus habitantes Guaraníes que le siguiesen, para 
establecerse en la República del Uruguay, donde estarían libres de 
la sujeción al Brasil. Procuró llevar consigo la chusma de mujeres y 
niños, y el ganado vacuno, del cual llegó á juntar hasta 50.000 
cabezas. Con esto no se le desbandaban nunca los hombres, siguién- 
dole por no separarse de su familia 5" por el interés de sus ganados. 
Los que eran capaces de manejar armas, se incorporaban á su ejér- 
cito. Proveyóse de gran cantidad de carretas, donde conducía las 
estatuas de los santos, los ornamentos y las campanas de las iglesias. 
Todo el pueblo Guaraní de aquellas Misiones se trasladaba á nueva 
región, y el enorme convoy había pasado ya el río Ibicuí, cuando 
le atajó una fuerza brasilera como de 3.000 hombres de caballería. 
El general Barreto, que la comandaba, intimó á Rivera que dejase 
las haciendas ó ganados, pues no tenía derecho de llevárselos, 
habiéndose ya firmado la paz. Respondió él que aquellos ganados 
pertenecían á las familias que llevaba consigo, y puesto que ellas se 
querían transmigrar, nadie podía estorbarles que sacaran consigo lo 
que era suyo; y si el ejército brasilero se oponía, en el instante mismo 
rompía el fuego y pasaba adelante con los 3.000 hombres que llevaba 
(apenas tenía la mitad) (1). Convinieron al fin los brasileros en dejar 
pasar las haciendas, y después de varios días de disputas sobre los 

(1) Revista de Buenos Aires, tomo VII. 

17 Organización social de las doctrinas guaraníes. —tomo ii. 



- 258 - 

límites, le dejaron establecer el nuevo pueblo de Bella Vista al Sud 
del Cuareim, aun cuando los brasileros defendían que el límite era 
el Arapey. Con parte de los indios fundó algo más al Sud el pueblo 
de Belén. 

De este modo las siete Doctrinas orientales del Uruguay queda- 
ron tan abandonadas y desiertas, que en el recuento hecho por el 
gobierno brasilero en 1835, no se encontraron más que 318 indivi- 
duos (1). Los edificios, desatendidos, se fueron cayendo, y parte han 
sido destruidos con varios fines, aunque no se observa ruina tan com- 
pleta como en las Misiones de la Banda occidental, que de propósito 
fueron incendiadas y asoladas. En países de tan escasa población 
relativa, ni unos ni otros pueblos volvieron en mucho tiempo á reedi- 
ficarse ni á ser habitados. 



VI 

LAS OCHO DOCTRINAS AL NORTE DEL RÍO PARANÁ 

En la ruina universal de las Doctrinas Guaraníes, las ocho que 
se encontraban al Norte del Paraná, más lejanas, por tanto, de las 
contiendas civiles y guerras nacionales, fueron las que salieron 
mejor libradas. 

La emancipación por la cual quedó la República del Paraguay 
separada de España, se efectuó sin conmoción alguna general; é 
inmediatamente después de ella, se siguió un período de casi treinta 
años, durante el cual no hubo lugar ni para una sola de las frecuen- 
tes revueltas, que desolaban los países vecinos. El Paraguaj- estaba 
enteramente cerrado, y sujeto á la voluntad de un solo hombre, el 
Dictador Francia, quien lo gobernó como tirano y dueño despótico 
hasta su muerte, ocurrida en 1840. 

Los pueblos de indios enclavados en aquel territorio, no se vieron 
expuestos á las agitaciones que arruinaron los del Paraná y Uru- 
guay. Mantuviéronse pobres y esclavizados, conforme al sistema de 
Bucareli; mas no perecieron del todo. La única novedad que en ellos 
ocurrió, fué la de recibir á los habitantes de los cinco pueblos del Sud 
del Paraná, que el Dictador hizo abandonar, saquear 3' destruir, 
incendiándolos en 1817. 

(1) Moussv, Memoria, § IX. 



-259- 

Así habían continuado, influyendo en ellos como antes, las causas 
de despoblación en su lugar apuntadas; y por consiguiente, disminu- 
yendo cada día el número de sus moradores. 

En 1848 quedaban en las ocho Doctrinas Guaraníes unas 6.600 
almas por toda población. 

A 17 de Octubre de 1848, el sucesor de Francia, D. Carlos López, 
publicó un decreto por el cual abolía el régimen de comunidad en 
estos ocho pueblos, y en otros once que había, gobernados por 
clérigos seglares. Hízose aplaudir mucho esta determinación; 
mas, á la verdad, la abolición tal como se ejecutó, no fué sino 
un despojo en que quedaron privados los indios de sus bienes. 
El Gobierno se apoderó de todo el territorio de las Misiones, de 
las tierras de cultivo, de los edificios, de las iglesias, y sobre 
todo, de las estancias, que encerraban gran cantidad de ganados. 
En cambio de todo esto, que habían heredado de sus antepasados, 
no dio á los indios más que algunos bueyes de labor y vacas lecheras 
para cada familia; instrumentos de arar prestados, simiente para 
una sola vez, campo prestado, cuya propiedad quedaba bajo del poder 
del Gobierno, y exención de diezmos por ocho años. Al mismo tiempo 
los sujetaba al servicio militar, que en aquel país era muj' riguroso, 
y á las prestaciones personales, que ocupan á los paraguayos la 
mitad del año. Más aún; una de las Doctrinas, que fué la de Itapúa, 
fué sacada cinco años antes de su antiguo pueblo y trasportada ocho 
leguas al Oeste, poniendo allí en una aldea, con nombre del Carmen, 
todos los indios que quedaban, á fin de que la villa de Itapúa ó Encar- 
nación quedase exclusivamente para los paraguayos. 

El decreto de 17 de Octubre de 1848, puede decirse que puso fin 
á las Doctrinas ó Misiones en el Paraguay, haciendo entrar á los 
indios en el régimen común, así como la despoblación efectuada por 
Rivera en 1828 había concluido con las Doctrinas orientales del 
Uruguay; y los incendios y saqueos de 1817, ejecutados por Chagas 
}• Francia, habían dejado inhabitables las quince del Paraná sur y 
Uruguay occidental. 



VII 

VICISITUDES ULTERIORES DE LOS GUARANÍES 202 

DE MISIONES 

Al ser arruinadas las quince Doctrinas entre Paraná y Uruguay, 
los Guaraníes que las habitaban se habían adherido aún con mavor 



-260- 

tesón á Andresito y Artigas, que incesantemente los conducían á 
pelear con los portugueses. Mas, preso Andrés en 1819, y relegado 
Artigas en 1820 al Paraguay, las familias se dispersaron, y fueron á 
engrosar la población de Corrientes, del Entrerríos, y aun del Brasil. 

Quedaron, no obstante, en el territorio desolado algunas bandas, 
que se distribuyeron, siguiendo á tres jefes principales, á quienes 
obedecían como á sus antiguos caciques: Una ocupó la sierra al 
norte de San Javier, dirigida por Carahypí. Otra, á las órdenes de 
un Cabanas, indio zambo del Corpus, se estableció en CadcaraJiy 
(Monte bendito), en las ruinas de los pueblos del Paraná. La tercera, 
mandada por el indio Ramoncito, se estableció en las orillas de la 
laguna Ibera. 

Otra banda subió por el alto Paraná, cincuenta leguas de su anti- 
gua morada, y se estableció unas diez leguas al sur del Iguazú; sin 
que nadie tuviese noticia de ella, hasta que por casualidad la encon- 
tró una partida de Paraguayos que iban á hacer yerba en 1851. Es 
la población que se llamó Pira Piiytain, y hoy lleva el nombre de 
Villa Asara. 

Al occidente, en el distrito de Pay Ubre y á la ribera del Miri- 
ñay se formó un pueblo con el nombre de San Roqiiito\ al norte, 
otros dos en los puntos de San Miguel y Loreto (1), que antigua- 
mente habían sido aldeítas con capilla. No pasaban tampoco de ser 
unas miserables aldehuelas formadas de chozas aquellos tres pue- 
blos; pero en ellos fueron Juntándose bastante número de Guaraníes, 
con sus Cabildos organizados como antiguamente. Había indios con- 
gregados en Caá-Carahy, y otros en Concepción. Otros dos puebleci- 
tos con los nombres de Yatebú y Tupantuba, albergaron asimismo 
cierto número de indios por la parte de San Roquito. Finalmente, 
en las ruinas del pueblo de la Cruz, se colocó otro grupo de natura- 
les que también tuvieron su representación. 

El caudillo Ramírez, que había derrotado completamente á Arti- 
gas á mediados del año 1820, invadió luego á Corrientes, y ejerci- 
tando supremo predominio, como lo había hecho Artigas, decretóla 
fundación de lo que llamó República de Entrerríos, que comprendía 
el Entrerríos como Provincia, y el distrito de Corrientes con título 
de Comandancia, y asimismo el de Misiones, también como Coman- 
dancia; nombrando Comandante general de Corrientes á D. Eva- 
risto Carriego, y Comandante de Misiones al Coronel D. Félix Agui- 
rre. Este arreglo duró cuanto duró su autor, quien en 10 de Julio 

(1) Manifiesto del Gobernador Ferré á 12 de Noviembre de J827 (Tkelles Ane- 
xos, ni'im. 75). 



- 261 - 

de 1821, fué derrotado y muerto. Corrientes dentro de poco nombró 
Gobernador, y procedió como provincia; y Misiones igualmente fué 
llamado provincia, dándose á D. Félix Aguirre el título de Gober- 
nador, como se ve en varios documentos de la época. Al juntarse 
el Congreso general constitu3"ente de 1824, el territorio de Misiones 
figuró como provincia, cuyo Gobernador era Aguirre, y envió dos 
diputados, que fueron D. Manuel Pintos y D. Francisco Ignacio 
Martínez. Esto suponía una población de más de 10.000 habitantes, 
los cuales, aunque no eran todos Guaraníes, pero lo eran en su 
mayor parte. 

Aguirre continuó gobernando con grandes dificultades aquellas 
gentes, desmoralizadas con tantas guerras, fugas y miseria. Cuando 
en 1827 acometió el general Rivera la empresa de invadir las Misio- 
nes orientales del Uruguay, Aguirre trabajó por decidir á los prin- 
cipales jefes á que se uniesen á las tropas que iban á pelear contra 
los portugueses, y lo consiguió de Carahypí y de Ramoncito; pero 
no de Cabanas. 

Finalmente, al acabar el año 1827, la provincia de Corrientes, 
que hacía tiempo andaba procurando apoderarse de aquel territorio, 
se aprovechó de la ocasión de los disturbios allí producidos, en que 
primero habían depuesto y aprisionado al Gobernador Aguirre, 
nombrando por nuevo Gobernador a Aulestia; más tarde, el coronel 
Don Pedro Gómez se había alzado contra Aulestia; yá lo último, el 
mismo Aulestia había sido puesto preso por otros revoltosos, y ase- 
sinado en la prisión. El Gobernador de Corrientes, D. Pedro Ferré, 
intervino con tropas para contener á aquellos foragidos, y de hecho 
anexionó el territorio á la provincia de Corrientes, al mismo tiempo 
que en un Manifiesto á todas las demás provincias, fecha 12 de No- 
viembre del mismo año 1827, se deshacía en protestas de que no te- 
nía intención de apoderarse de Misiones. En 1832 por primera vez, se 
apoyó esta ocupación en un antiguo decreto del Director Posadas, 
fecha de 1814, que nadie había alegado hasta entonces, 5^ que ade- 
más de haber perdido su valor, si alguno hubiera tenido, por haber 
renunciado Corrientes á su donativo, reconociendo en el tratado 
cuadrilátero de 1822 la independencia de Misiones; no había conse- 
guido nunca la aprobación del Congreso nacional, circunstancia que 
el mismo decreto expresamente requería; y, lo que es más, había 
sido derogado por el Congreso de 1824, que recibió en su seno á los 
dos diputados enviados por Misiones, como provincia independiente, 
y con Gobernador propio. 

No obstante la falta de derecho, la provincia de Corrientes man- 



-262- 

tuvo de hecho las Misiones como si fueran territorio suyo hasta 1881, 
si bien en varios parajes de ellas no pudo ejercer tranquila posesión. 
El Gobierno del Paraguay alegaba tener derecho, no sólo á aquellos 
quince pueblos, sino también á los siete orientales, en virtud del 
iiti possidetis de 1810, pues al romperse la dependencia de las auto- 
ridades españolas, los treinta pueblos efectivamente se hallaban 
incorporados á la provincia del Paraguay. Por este motivo, Francia 
mandó retirar los pobladores al norte del Paraná en 1817, y no cre- 
yéndose fuerte para defenderlos derechos que alegaba, hizo quemar 
y destruir los únicos cinco pueblos que habían quedado en pie. Más 
tarde, en 1822, hizo que sus tropas repasasen el Paraná, y estable- 
ciesen en la ribera sur una gran trinchera que impedía el paso á 
aquellos cinco pueblos, después de haber expulsado á los Guaraníes 
sujetos á Aguirre, que ocupaban aquellas ruinas. Llamóse la fortifi- 
cación Trinchera de Loreto. Más al este, levantó otra gran fortifica- 
ción en la parte sur enfrente de Itapúa, que se llamó Tri lichera de 
los paraguayos. Y finalmente, en las ruinas de Candelaria, puso un 
destacamento de tropa fijo. De este modo dominaba el país, é impe- 
día el acceso hasta el río Aguapey. Y era tanta su resolución de 
mantener el dominio de los treinta pueblos, que hasta llegó á enviar 
un mensaje al Gobernador de Corrientes, ofreciéndose á venderle los 
dos pueblos de la Cruz y Yapeyú, á los cuales Francia no alcanzaba 
con sus providencias militares. Con el tiempo se fué poblando algo 
el territorio desierto junto al Uruguay; pero en 1849, los paragua- 
yos tuvieron contestaciones con el gobierno de Corrientes, é inme- 
diatamente lanzaron su tropa sobre todo el territorio devastado, y 
expelieron de él á cuantos lo habían ocupado, que todos eran gente 
de paz. Desde entonces continuó el terreno desierto. Después de la 
guerra de 1866 contra el Paraguay, el tratado de 3 de Febrero 
de 1876 quitó cualquier ocasión de litigio internacional, declarando 
en su art. 1." que «/a República del Paraguay se divide por la parte 
del Este y Sud de la República Argentina por la mitad de la 
corriente del canal principal del rio Paraná, desde su confluencia 
con el río Paraguay , hasta encontrar por su margen izquierda los 
limites del imperio del Brasil; perteneciendo la isla de Apipé d la 
República Argentina, y la isla de Yaciretá á la del Paraguay, 
como se declaró en el tratado de 1856t>. 

Entonces empezaron las contestaciones en lo interior de la Repú- 
blica Argentina. Los pueblos de Yapeyú, la Cruz y Santo Tomé, que 
se habían ido formando con habitadores de raza europea, deseaban 
constituir provincia aparte de Corrientes, con el territorio de Misio- 



— 263 - 

nes definitivamente recuperado. Corrientes alegaba derechos á 
aquellos pueblos y A todo el territorio. Se discutió mucho, y con 
mucho calor por ambas partes. Corrientes nombró una Comisión ofi- 
cial que publicó un tomo con el título de Colección / de / datos y 
documentos ¡ referentes I d I Misiones / como parte integrante del 
territorio / de ¡ la provincia de Corrientes. El inspector de Adua- 
nas D. Samuel Navarro escribió en los diarios una serie de bien 
razonados artículos, que luego formaron un volumen, en que des- 
hacía los fundamentos de la Comisión, y sostenía no pertenecer á 
Corrientes las Misiones. El Congreso argentino en 1881 resolvió el 
pleito, dando los pueblos ya formados á la provincia de Corrientes, 
y estableciendo con la parte despoblada un Territorio nacional con 
el nombre de Misiones. Así, los reducidos grupos de Guaraníes que 
todavía quedan, se hallan en alguno que otro paraje del Norte del 
Territorio Nacional de Misiones. 

Los Guaraníes de Misiones en el Brasil son en número insignifi- 
cante. De los que fueron trasladados por Rivera al territorio orien- 
tal, duran todavía los pueblos de Belén y Santa Rosa; este último 
con 1600 habitantes, y Belén con unos 400; pero los moradores son 
de raza europea y no indios. Los Guaraníes del Paraguay, después 
del decreto de López que los dejó sin bienes comunes, continuaron 
en estado más infeliz del que tenían; porque á causa de su indolencia 
é incuria nativa, no alcanzaban á trabajar lo preciso para su sus- 
tento; y así vivían en gran miseria y la población iba decreciendo 
entre ellos mucho más que antes. Los que se apoderaban del terreno 
y prosperaban, eran los mestizos, y descendientes de españoles. 
Estos indios Guaraníes parece fueron de los soldados que con más 
entusiasmo pelearon en la guerra de 1866 á 1870; en la que murieron 
de los paraguayos gran número de miles. En el día, además de los 
que viven en pueblos, que ya son pocos, hav Guaraníes montara- 
ces, que tienen algún trato con los reducidos, pero no quieren ser 
cristianos ni vivir en pueblo, porque ven, dicen, la demasiada suje- 
ción y obligaciones de los que se resuelven á vivir así. 



VIII 

203 

PUEBLOS DE MISIONES Y RUINAS DE JVIISIONES 

En el artículo anterior se ha tratado de las personas de los indios 
Guaraníes que formaron las Doctrinas, siguiéndolos en sus vicisitu- 



- 264 - 

des, y viendo cómo por guerras, dispersión, emigraciones y miseria 
llegaron á su extinción casi completa. Resta sólo averiguar qué 
queda hoy día de las construcciones materiales de sus pueblos, y 
qué destino ha cabido á los parajes en que estaban edificados. 

Lo que persevera en 1912 de las antiguas Doctrinas, lo dice el 
título de este artículo: en algunas partes quedan pueblos, y en otras, 
ruinas solamente. 

Para desvanecer la extrañeza que á alguien puede causar la aser- 
ción de que hay todavía pueblos de las antiguas.Misiones Jesuíticas, 
conviene hacer notar la insubsistencia de dos persuasiones bastante 
comunes. Es idea de muchos creer que todos los pueblos de las anti- 
guas Doctrinas quedaron destruidos: como lo es el figurarse que la 
salida de los Jesuítas del territorio de Misiones trajo una decaden- 
cia tan rápida, que inmediatamente perecieron ó se desbandaron 
todos sus habitantes. Lo uno y lo otro es inexacto, y procede de 
ciertas narraciones más poéticas que históricas, en que empleando 
la síntesis, se procura pintar con viveza el desastre, que fué muy 
real, pero se exagera el colorido. Lo que hasta aquí va expuesto 
muestra que el decrecimiento fué, sí, rápido, mas no repentino: y 
que si bien de resultas de la salida de los Jesuítas se iban arruinando 
aquellos pueblos, y aun cayendo algunas iglesias, mas ninguno llegó 
á perder enteramente sus edificios, hasta que las sangrientas acome- 
tidas de Chagas con sus brasileros en 1817, esparcieron por todo el 
territorio la desolación, añadiéndose á los desastres propios de la 
guerra, el incendio y arrasamiento meditado y voluntario, lo mismo 
de las habitaciones particulares, que de las iglesias y edificios ma}^©- 
res. Otro tanto sucedió en los cinco pueblos que mandó arrasar el 
Dictador Francia: y algo semejante en los siete del Urugua)', que 
quedaron abandonados, y consiguientemente se fueron arruinando, 
á causa de la emigración promovida por el general Rivera. 

Mas donde no intervinieron estas causas de destrucción, conti- 
nuaron existiendo los pueblos, y continúan hoy en más ó menos prós- 
pero estado. Esto es lo que ha sucedido en la zona que se extiende 
del Tebicuarí al Paraná. Duran en 1912 la primera Doctrina de todas 
en tiempo de fundación, San Ignacio guazú: las dos de los Itatines, 
Santiago y Santa María de Fe: la filial de Santa María de Fe, 
Santa Rosa: Itapúa ó Villa Encarnación y San Cosme: habiendo sido 
arruinados del todo por miseria y despoblación únicamente Trinidad 
y el Jesús. Y lo que parecerá más singular, excepto Itapúa, duran 
las demás reducciones casi en la misma forma que tenían á la salida 
de los Jesuítas, ciento cuarenta años ha. La razón es muy sencilla. 



— 265- 

Lo que hoy forma la república del Paraguay (y sólo es un extremo 
de la primitiva provincia del Paraguay, denominada por su inmensa 
extensión gigante meridional)^ es un país mediterráneo, en que no 
abundan los medios de comunicación, ni ha tomado auge el comer- 
cio. Añádese á esto el aislamiento en que lo tuvieron Francia y 
López. Por lo mismo, las costumbres se conservan sin experimentar 
alteraciones sensibles: y el modo de ser, de vestir y de edificar de 
los moradores, no ya indios sino blancos, es casi idéntico á lo que 
era en tiempos pasados. Ni tampoco se habla apenas en los pueblos 
de la campaña otro idioma que el Guaraní. 

Estos son los únicos pueblos de Doctrinas que han quedado en 
pie. — Los demás no conservan sino las ruinas; pero de tal manera 
que, ó cerca de ellas, ó en el mismo paraje que ocupó el pueblo anti- 
guo, han ido surgiendo pueblos nuevos ó principios de pueblo, con 
excepción de Mártires, Santa María la Mayor y San Juan, en los 
cuales no queda edificio alguno antiguo ni nuevo. Esto muestra cuan 
bien elegidos estuvieron los parajes de las Misiones: pues á medida 
que ha ido creciendo la población, no ha hallado puntos más cómodos 
para establecerse, que aquellos en que estuvieron las antiguas 
reducciones. 

En la República Argentina quedan las ruinas de quince pueblos. 
Cuatro de ellos, Santo Tomé, la Cruz, Yape3"ú y San Carlos, perte- 
necen á la provincia de Corrientes: y excepto San Carlos, que sólo 
tiene un corto número de casitas, son poblaciones bien formadas: y 
Santo Tomé tiene el título de ciudad. — Las otras once Doctrinas 
quedan enclavadas en el Territorio nacional de Misiones. Mártires 
es un bosque en lo alto de una montaña, donde no hay poblado, y 
apenas quedan más restos de lo antiguo que unos paredones ocultos 
en medio de la espesa selva. Santa María la Mayor es otro bosque, 
con algunas ruinas. En los parajes de las nueve reducciones restan- 
tes, hay pueblos. — Los cinco de la ribera del Paraná (Corpus, Lo- 
reto, San Ignacio Miní, Santa x^na y Candelaria) son pueblecitos 
pequeños. También lo son San José y San Javier. El mayor es Concep- 
ción, municipio autónomo: y también es notable Apóstoles, flore- 
ciente colonia de polacos. 

El territorio de los siete pueblos al oriente del Uruguay perte- 
nece al Estado de Río Grande do Sul en el Brasil. — De los siete, hay 
tres que son municipios principales: San Borja; Santo Ángel, villa; y 
San Luis, ciudad. Son justamente los que se han edificado en el 
paraje de las ruinas; de suerte que la plaza ma)^or del pueblo nuevo 
es la misma que la antigua, y en el mismo terreno de la antigua 



-266- 

iglesia se halla la nueva, aunque más pequeña. — Los otros tres, San 
Miguel, San Lorenzo y San Nicolás, vienen á ser como pueblecitos 
incipientes, con un caserío muy poco nutrido, diseminado sin forma 
aparente de calles, aunque en realidad están las calles trazadas y se 
van formando. El séptimo, San Juan, ni siquiera está poblado: hay 
únicamente dos casas al lado de las ruinas. 

Algunas noticias más podrán verse en Ambrosetti, Queirel, el 
Padre Gambón (1), la revista Razón y Fe (2), Mouss)^ (3), y en el 
Apéndice al presente capítulo. 

(1) Citados en la lista de autores. 

(2) Junio, Agosto y Octubre de 1903. 

(3) Vide lista de autores. 



APÉNDICE AL CAP. IX 



ALGUNAS NOTICIAS PARTICULARES SOBRE 

EL ESTADO DE LOS ANTIGUOS PUEBLOS 

DE MISIONES Y SUS RUINAS 



Paraguay. — Provincia de Corrientes. — Territorio nacional de Misiones en la 
República Argentina. — Brasil. — Colección del Museo de la Plata. 



PARAGUAY 



En el territorio en que estuvieron situadas las Doctrinas, que es 
la zona comprendida entre el Tebicuarí y el Paraná, cada uno de los 
ocho pueblos arriba mencionados es cabeza de un departamento, que 
lleva su mismo nombre; excepto los dos últimos, arruinados entera- 
mente en cuanto á edificios antiguos, 5^ que juntos forman un solo 
departamento de y^síísv Trinidad .^n el mismo territorio hay diez de- 
partamentos más, algunos con su capital donde antes hubo capilla de 
Doctrinas: mas de éstos nada se dirá, por ser fundaciones entera- 
mente nuevas, que pueden estudiarse en las Geografías. 

Exceptuando Villa Encarnación ó Itapúa, que puede tenei- unos 
tres mil habitantes, los demás pueblos no alcanzan á encerrar qui- 
nientas almas en el casco de la población: algunos ni siquiera tres- 
cientas: 3^ en cuanto á Trinidad 3^ Jesús, en la primera hay dos ó 



204 



-268- ■ 

tres casitas: y en Jesús, una docena de habitaciones de caña ó palos 
embarrados con techo de paja. 

Aun los más infelices tienen su pobrecita capilla para cuando 
puede asistirles el párroco: pues es tanta la escasez de clero, que 
sólo dos Párrocos con uno ó dos Tenientes administran estos ocho 
pueblos y alguno más: con hallarse á veces en distancia de siete y 
aun de doce leguas, la sede principal de la parroquia, que es San 
Ignacio para los del norte y Villa Encarnación para los del sur. 

La disposición de los pueblos es la descrita enellib. I. cap. II: plaza 
principal en que se halla la iglesia con el cementerio y el colegio, si 
se conserva, convertido en jefatura de policía: y luego, manzanas de 
varias casitas de un solo piso, que forman las calles con bastante 
regularidad. Donde mejor puede observarse esto, es en los cuatro 
pueblos del norte: San Ignacio, Santa María, Santiago y Santa Rosa. 
Y los tres primeros conservan las mismas iglesias del tiempo de los 
Jesuítas, si bien muy deterioradas, pero mantenidas en pie á lo me- 
nos, por la solicitud y empeño de los moradores, que las van reparando 
con su pobreza, y oponiéndose á las múltiples causas que tienden á 
destruirlas. El cuarto pueblo de Santa Rosa perdió en un incendio, 
año de 1883, su iglesia, la más rica en alhajas y de mayor magnificencia 
en su ornato interior. Hoy quedan únicamente las columnas que seña- 
lan dónde estuvo la puerta; alguno que otro resto de columna de ma- 
dera en lo interior, ya consumida por el fuego: y un torreón de piedra 
labrada cercano á la iglesia, que parece era torre destinada á colocar 
las campanas. Consérvase igualmente, á ocho ó diez metros de las 
paredes de la iglesia, una capilla de nuestra Señora de Loreto con 
las dimensiones de la santa Casa, como las prescribía el P. Provin- 
cial Diego de Torres (1): y es la que hoy sirve de Iglesia. 

El templo de San Cosme, que se había empezado á edificar en 
tiempo de los Jesuítas, por estar recién mudado de sitio el pueblo, y 
se terminó después de la expulsión, sufrió un incendio en 1899. Hoy 
queda sin la pared del ábside, y consumido el techo hasta el centro de 
la iglesia. La iglesia de Itapúa ó Villa Encarnación, que era magní- 
fica, permaneció en pie hasta 1848, época en la cual un comandante 
inepto informó que se iba á venir abajo, por haber observado que las 
columnas salomónicas que sustentaban el techo empezaban á tor- 
cerse. De resultas de este informe, se demolió la iglesia, siendo así 
que era tarea muy fácil la de reparar las columnas, como se había 
hecho en San Ignacio y Santa María de Fe (2). — La mejor de todas 

(1) Lozano, Historia, lib. V. cap. XIV. núm- 3. 

(2) MoussY, Mémoire, § XIII. 



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— 269 - 

las iglesias de este territorio había sido sin disputa la de Trinidad, 
construida hacia 1745 por el insigne arquitecto Juan Bautista Prí- 
moli, hermano Coadjutor de la Compañía. Era únicamente de piedra, 
sin trabazón de cal (pues hasta ese tiempo no se había hallado cal en 
Misiones), y sólidamente construida: mas la impericia y desconcierto 
de un Administrador de los que se pusieron al expulsar los Jesuítas, 
hizo que se viniese al suelo, por haber derribado una arquería que 
daba consistencia á toda la fábrica (1). Aun caída por el suelo, mues- 
tran sus restos la perfección de la arquitectura que en ella reinaba: 
y son hoy mismo las ruinas de Trinidad de las más interesantes, por 
hallarse todavía la gran plaza circuida de casas de indios de piedra 
labrada, un torreón que sirvió de campanario, las pilastras de lo inte- 
rior de la iglesia empleadas en otro edificio como apoyos exteriores 
de un corredor, etc. — Finalmente, en el pueblo del Jesús, que no 
tiene sino una pobrísima capilla, se encuentra, expuesta al sol y á la 
intemperie desde hace casi ciento cincuenta años, una iglesia de pie- 
dra y cal á medio construir, que es la que, en el paraje adonde se iba 
á trasladar la reducción, estaban edificando los Jesuítas en el mo- 
mento en que fueron expatriados. Alcanzan las paredes á una altura 
de cinco ó seis metros: y la torre, construida en un ángulo, tendrá 
hasta nueve ó diez. En lo interior, se ve toda la parte inferior de las 
columnas: y en su propio lugar, el asiento de dos pulpitos uno enfrente 
de otro. En la fachada aparecen las aberturas para tres puertas: y 
en sus intermedios, dos hornacinas para recibir estatuas. Toda la 
obra es de piedra de sillería, trabada con cal, que ya para aquel 
tiempo se había hallado en Doctrinas, aunque de mediana calidad '2): 
3" quizá se empleó la misma en construcciones sobreañadidas á la 
primitiva construcción de Trinidad, pues el inventario de la expul- 
sión señala esta iglesia como construida de piedra y cal (3): El edifi- 
cio entero del Jesús está invadido por la vegetación semitropical del 
país, creciendo los arbolitos hasta en las junturas de las piedras, y en 
lo alto de las paredes 3^ de la torre. 

La población actual de estos siete departamentos, según el censo 
oficial de 1899 es de 10.375 habitantes para los cuatro primeros, 
situados en las lomas, que envían sus aguas en gran parte al Tebi- 
cuari(Santa Rosa, 1.709; San Ignacio, 3.780; Santa María, 1.580; San- 
tiago, 3.306); 3^ 15.916 para los otros tres, de los cuales dos se hallan 



(1) Véase lo que se dice más adelante al tratar de Gutiérrez cap. XV. § 2. 

(2) Mi'RiEL, Historia paraguajensis, Appendix. De moribus guaraniorum, 
página 562, not. c. 

(3) Brabo, Inventarios, pág. 416. 



205 



-270 — 

en la parte baja, inmediatos al Paraná; y el tercero de Jesús y Tri- 
nidad, aunque no lejos tampoco del Paraná, participa más de terreno 
montañoso (Villa Encarnación, 10.721; San Cosme, 4.120; Jesús y 
Trinidad, 1.075). 

Provincia de Corrientes 

Las Doctrinas que estuvieron en el territorio hoy propio de la 
República Argentina, son las más arruinadas de todas, porque fueron 
incendiadas y asoladas de propósito. Más tarde han contribuido á 
poner las ruinas en peor estado los muchos que han ido á cavar en 
ellas, con la ilusoria esperanza de hallar tesoros enterrados; hecho 
que no es exclusivo de las ruinas de la parte argentina, sino común 
á éstas con las del Paraguay 3^ el Brasil. «Ha de saberse» dice el 
señor Queirel (1), «que los sótanos de las ruinas (que todas tienen 
uno que servía de despensa) han dado motivo á una porción de 
leyendas, no pocas espeluznantes. Ni ha faltado quien supusiera la 
existencia en ellas de talegas ó botijuelas llenas de oro y plata, ó 
siquiera pergaminos con curiosas revelaciones sobre tesoros ente- 
rrados por los Jesuítas cuando la expulsión. Esta creencia en entie- 
rros tiene todavía mucha parte en el estado lastimoso en que se 
encuentran las ruinas: pues con frecuencia se ven al pie de los muros 
excavaciones hechas con la esperanza de descubrir tesoros, pero 
cuyo resultado real ha sido desnivelar aquéllas, y causar su ruina.» 

Yapeyú es hoy pueblo de la provincia de Corrientes con nombre 
de San Martín, á la orilla del Urugua)'^, exactamente en el paraje 
del antiguo pueblo, y á distancia de legua 3^ media de la estación 
nombrada Yapeyú en el ferrocarril á Santo Tomé. Tiene, según el 
censo oficial de 1895, 1330 habitantes. De las ruinas no queda resto 
alguno de consideración; sólo ha3' memoria del paraje en que estuvo 
la iglesia, en uno de los lados de la plaza, formando ángulo con la 
capilla actual. Entre los edificios particulares, subsisten las paredes 
de la casa en que nació el general D. José de San Martín, de quien 
toma su nombre el pueblo. A poca distancia, y ya. en las afueras, 
hay rastros de una zanja que tal vez sirvió para defensa del pueblo 
contra invasiones repentinas de los indios infieles; 3' á ma3^or distan- 
cia, dentro del bosque, se ven señales de otra zanja, que proba- 
blemente era de las que se abrían para retener el ganado de los 
rodeos. 

(1) Queirel, Las ruinas de Misiones. § VI. 



— 271 — 

La Cruz es también población de Corrientes, cabeza del depar- 
tamento de su nombre, en que se contaron 10.920 habitantes, teniendo 
el pueblo mismo 196S. Consérvase todavía en lo que fué patio de los 
Padres una columna de asperón rojo de 2"i,5 de altura, en cuya 
parte superior está el cuadrante solar de la antigua Reducción, Es 
ecuatorial: y la base de la columna se aseguró tan sólidamente en el 
suelo, y tan bien se fijó la tabla del cuadrante sobre la columna, que 
ho}' mismo no se halla desviado ni movido ninguno de sus elementos: 
y conservando todavía su estilo hacia 1848, época en que escribió 
Moussy, era el único reloj de las Reducciones que marcaba las horas 
como las marcó en tiempo de los Jesuítas. Hoy no existe el estilo. 
Lleva por inscripción alrededor de la columna la siguiente: A solis 
ortii itsqíie ad occasiun, laiidabile nometi Doniini (1). Anuo Dotnini 
1736, 27 Mavt . Consérvase igualmente en poder de una familia par- 
ticular (2) una bandera de tela de seda roja, al parecer, en la que el 
anverso lleva los castillos y leones de España, con banderas á los 
lados: y el reverso, una gran cruz iluminada con rayos de luz. Sus 
dimensiones son de l"i,10 de alto y I™, 15 de ancho. 

Santo Tomé es la tercera población agregada á Corrientes, 
cabeza también de departamento. En todo el departamento se cuen- 
tan 4.423 almas, de las cuales 3.853 habitan en la capital, que tiene 
el título de ciudad, y es población de comercio bastante activo, á 
causa del ferrocarril, que desde Buenos Aires va á la Asunción del 
Paraguay, y también á causa del movimiento de su puerto en el Uru- 
guay; y de la vecindad de San Borja, que cae enfrente, en la ribera 
brasilera. Hállanse algunas paredes de las ruinas, aunque ningún 
edificio ó memoria importante ha quedado en pie: y en el solar de la 
antigua iglesia, dentro de la cual se va construyendo la nueva, se 
han hecho excavaciones en busca de los soñados tesoros. Pueden 
recordarse una pileta, que parece fué del lavatorio de la sacristía, 3^ 
se halla en poder de un vecino: y una ó dos campanas antiguas de 
las Reducciones, pero que no consta si eran del mismo Santo Tomé. 

San Carlos, territorio adjudicado á Corrientes, en el que se ha 
levantado un pueblecito á distancia de un cuarto de legua de las 
ruinas, contiene 960 habitantes en su distrito. Apenas queda ruina 
alguna; pero se reconoce el solar de la antigua iglesia y del colegio, 
que hoy están ocupados con pobres casitas de dos ó tres vecinos. 
Todo el terreno que ocupaba el antiguo pueblo en lo alto de una 
loma, se halla cubierto de espeso bosque. 

(1) Psalm. 112. 

(2) La de la señora D.^ Crispina Garay. 



206 



272 



Territorio nacional de Misiones (República Argentina) 

El territorio de Misiones contiene once de las localidades que 
antiguamente fueron Doctrinas, á saber: dos en el centro, San José 
y Apóstoles; cuatro en la ribera derecha del Uruguay ó cerca de 
ella, Concepción, Santa María la Mayor, Mártires 5' San Javier; y 
cinco en la ribera izquierda del Alto Paraná: Corpus, Loreto, San 
Ignacio Miní, Santa Ana 3^ Candelaria. 

Centro 

San José tiene un pueblecito con 450 habitantes, y ha}' otros 1.880 
en su distrito. De la antigua Reducción no quedan sino ruinas 
informes, en un bosque á unos veinte minutos de la población actual. 

Apóstole.s, según el censo de 1895, tenía 295 habitantes en el 
pueblo y 968 en la campaña, Bn Apóstoles se conservan algunas 
ruinas interesantes. Vense grandes lienzos de pared con puertas y 
ventanas que tienen todavía sus marcos, habiéndose conservado en 
buen estado la madera, á pesar de hallarse expuesta á la intemperie 
con la gran humedad del clima. A distancia de unos diez minutos del 
antiguo pueblo, existen dos estanques comunicados entre sí,}' alimen- 
tados por un manantial. Juzga el canónigo Gay que allí estaba la 
fuente del pueblo; pero más bien parece que aquello era el lavadero. 
Tirada cerca de aquellos estanques se ve una pila muy bien traba- 
jada con mascarones esculpidos en tres de sus costados y una aber- 
tura para el desagüe: la gente la llama chafaris, nombre que en 
algunas provincias de España significa la pileta estrecha y larga que 
se pone al lado de las fuentes públicas para abrevadero de las caba- 
llerías. También se encontraba allí un capitel de grandes dimensio- 
nes, pieza suelta que pudo ser de alguna de las columnas de la 
iglesia ó del colegio, y que Mr. de Saussure, ayudante del Sr. Quei- 
rel, califica del siguiente modo: «Ese capitel tallado en asperón ama- 
rillo, es una curiosa mezcla de renacimiento español y de inÜuen- 
cia indígena por su macicez, sus dos caras planas, su perfil ensan- 
chado y bastardo, y esa factura ingenua y lujuriante que trae á la 
memoria las esculturas mejicanas» (1) Las ruinas se hallan á dis- 
tancia de unos diez minutos del pueblo actual, y el abandono en 
que todo quedó, ha hecho crecer allí un bosque difícilmente penetra- 

(1) QuKiREL, ¡Misiones. 



í 



-273- 

ble, como no sea por las pocas sendas en él abiertas, predominando 
notablemente en él los naranjos, de cuya fruta, de gran tamaño y 
buena calidad, hay abundancia no sólo para las necesidades de aque- 
llos moradores, sino aun para proveer á las poblaciones vecinas. El 
hecho de reconocerse por un naranjal los antiguos pueblos destruidos 
ó cambiados de sitio, no es propio de Apóstoles, sino común á 
muchos otros de las Misiones, é igualmente de la república del Pa- 
raguay. 

Apóstoles es uno de los pocos pueblos que conservan en la plaza, 
frente á la iglesia destruida, restos bien distinguibles de lo que lla- 
man casas de Cabildo, de que se dará alguna noticia al tratar de 
San Nicolás. 

Ribera del Uruguay 

San Javier tiene 394 habitantes en e1 pueblecito, y 3.345 más en 
la campaña, El bosque dominante en las ruinas de San Javier está 
formado de un espeso naranjal dulce. Entre los paredones que sub- 
sisten de la iglesia, se encuentra una pileta de piedra fijada en la 
pared, de figura de concha y capacidad de unos cincuenta litros. En 
la piedra á que está adherida se notan tres agujeros que deben haber 
servido para dar paso al agua del depósito, cu3^a cavidad se advierte 
detrás: así como también se conoce que ha habido un conducto de 
desagüe. Todo lo cual hace creer que aquellos restos son del lava- 
torio para las manos que se suele poner en la sacristía. A unos 300 
metros al SO. de las ruinas se encuentra un estanque rectangular, 
de superficie de unos 16 metros cuadrados, con un metro de profun- 
didad, actualmente lleno de agua clara, fresca y potable. El piso del 
estanque es empedrado, aunque el suelo está ya cubierto de una 
capa de 40 centímetros de lodo. Más arriba dicen que hay otro estan- 
que también: y más abajo, otro igual á los dos primeros: y del pri- 
mero al segundo y de éste al tercero pasa el agua por conductos 
cubiertos. Parece haber sido la fuente pública y lavadero. Existe 
todavía la despensa ó sótano, aunque obstruido y arruinándose cada 
vez más. Merece leerse la descripción de la visita del Sr. Queirel á 
este sótano, las dificultades que le representaban los moradores del 
pueblo, y el resultado de su exploración (1). «En fin, concluye, 
seguido de mis peones, que no las tenían todas consigo,... bajé al 
sótano... A la luz de las linternas pude ver que me encontraba en 

(1) Queirel, Misiones, cap. XXXII. 

18 Organización Social de las Doctrinas Guaraníes.— tomo ii. 



-274- 

una pieza de 5 por 4 por 3 metros, que comenzaba á desmoronarse 
por el centro de su bóveda. Levantado el guano [el estiércol, de que 
dice inmediatamente antes que habían formado una gruesa capa 
lodosa y mal oliente los muchos murciélagos que allí se albergaban] 
con una pala, se nos apareció el piso empedrado. En cada uno de los 
costados Norte y Sur encontramos cuatro alacenas, como nichos, 
sin puertas y completamente vacías. Pude comprobar que el sótano 
no tiene comunicación, contra lo que todos suponían, con ningún 
otro subterráneo: él debe haber servido para despensa.» Tal resultó 
el soñado depósito de los tesoros. 

Dista San Javier un cuarto de legua del río Uruguay. 

Santa María la Mayor no es ya pueblo, sino terreno enclavado 
en una propiedad particular; pero hay cierto número de habitantes: 
y el censo asigna á la localidad de Santa María 2.896 personas con 
el agregado de población rural. La iglesia se incendió casualmente 
en 1738: y reconstruida después, padeció, como las demás, los incen- 
dios de 1817. Consérvase en este pueblo una construcción que no se 
ha observado en otros, y que los habitantes creen ser la cárcel, y 
por lo mismo le dan el nombre de cadeia (palabra portuguesa equi- 
valente á cadena y á prisión). El estado actual de ese resto es el 
que da á conocer la siguiente descripción del Sr. Queirel (1) : «Esa 
construcción está junto á la iglesia; y se compone de siete celdas 
corridas, especie de zaguanes, de 3 metros de fondo por 1'30 de 
ancho, separadas por paredes de 60 centímetros de espesor. Esas 
celdas se abren á un vestíbulo ó pequeña galería, que tiene dos 
ventanas que dan á la iglesia, y una puerta por donde se entra á él. 
Por debajo de las celdas, en el fondo, y en sentido trasversal á 
ellas, corre un sótano ó zanja que comunica con otra del templo, 
y que tiene 50 centímetros de ancho por 1 metro de hondura, con 
piso y costados empedrados.» Cárcel había en todos los pueblos; 
pero á la observación bien fundada y demostrada del Sr, Queirel de 
no haber tenido nunca puerta las celdas en cuestión, debe añadirse 
que, según las memorias del tiempo, la cárcel estaba separada de la 
iglesia; y los encarcelados, al ser llevados á misa, se escapaban más 
de una vez por la poca vigilancia de las guardas: todo lo que parece 
probar que no está bien aplicado allí el nombre de cárcel. 

Actualmente se halla colocada la escuela de primeras letras en 
lo que fué plaza del pueblo, cerca de las ruinas de la iglesia: y con 
este motivo se ve algo despejado el terreno: los niños acuden á 

(!) Queirel, Misiones, cap. XX. 



— 275 — 

caballo de una }' dos leguas alrededor. Dista Santa María como una 
legua del río Urugua}'. 

Mártires, como se ha dicho de Santa María la Mayor, tampoco 
tiene pueblo. Apenas quedan tampoco ruinas del antiguo. En lo alto 
de una serranía, unas tres leguas del río Uruguay, estaba edificado 
el antiguo, }' ahora hay únicamente un espeso bosque, dentro del 
cual muestran los habitantes dos ó tres paredones informes que fue- 
ron de la iglesia. Sufrió el incendio y devastaciones de Chagas. Hoy 
ni siquiera forma distrito, ni lo menciona el censo. 

Concepción, con 847 habitantes en el pueblo y 1.045 más en su dis- 
trito, es la única población del territorio que se gobierna por su 
municipio autónomo. Es cabeza del departamento de su nombre, que 
cuenta con 6.659 habitantes. Hoy se llama Concepción de la Sierra, 
para distinguirla de Concepción del Uruguay: y antiguamente Con- 
cepción de Ihitiraciiá, nombre del paraje en que la fundó el ilustre 
mártir P. Roque González de Santa Cruz. La iglesia y el pueblo 
padecieron el incendio, saqueo y devastación de Chagas en 1817. 
Volvióse á establecer un pueblecito en tiempo de la dominación de 
Corrientes, y el actual se delineó en 1878. En 1872 duraban todavía 
la fachada de la iglesia antigua y las dos torres, y se conservaba 
parte de lo interior. En la fachada se encontraban hasta seis esta- 
tuas de santos, dispuestas en dos series escalonadas, y ante ellas 
solía acudir la gente á hacer sus rezos y devociones, ya que lo inte- 
rior de la iglesia estaba inutilizado. Pero en 1882 un funcionario 
local empezó á demoler la fachada: y para que fuese mayor la enor- 
midad, hizo caer al suelo las estatuas, haciéndolas enlazar y derri- 
bar á tirones, con pretexto de que se habían de llevar á algún 
Museo. Algunas fueron conducidas á Posadas: y alguna también, 
maltratada y tronca como quedó del atropello, se conserva en el dis- 
trito. El pueblo actual se halla situado en el mismo paraje del anti- 
guo. De lo antiguo apenas quedan más restos que algunos objetos 
que adquirió y donó al Museo Histórico de Buenos Aires el señor 
Queirel (1), entre los cuales es el principal la cruz de hierro que 
coronaba la fachada. Vense al NO. de la plaza actual, ya dentio de 
una propiedad particular, trozos de paredes que por su distribución 
muestran haber pertenecido al colegio y talleres. En medio de la 
plaza yace una piedra prismática de 1™ X 60^™ X 55^'", que fué el 
antiguo cuadrante; y en cuanto parece por sus trazos consistía en 
tres cuadrantes verticales, uno para el norte y dos respectivamente 

(1) Queirel, Misiones, cap. XX: Las ruinas de Misiones, % VI. 



-276- 

para el este y oeste. Faltan todos los estilos; y ni la piedra misma 
está en debida posición. De la iglesia, cuyo solar en parte ocupa 
otra nueva, nada queda sino algunos escombros que debieron ser la 
sacristía ó dependencias de ella. Hase buscado el cuerpo ó más bien 
los huesos que se recogieron del santo mártir P. Roque González y 
de sus compañeros, que con los del P. Diego de Alfaro se guarda- 
ban en la sacristía, pero infructuosamente: y llegando á la conclu- 
sión de que, por estar guardados en una caja aparte, y no enterrados, 
debieron ser trasladados por los indios á otro lugar, ó quizá profana- 
dos en la época de la devastación general. 

Concepción fué la primera reducción que se fundó en la comarca 
del Uruguay: madre de las demás y llave del territorio para los via- 
jes. Dista del río Uruguay legua y media ó dos leguas. 

RIBERA DEL PARANÁ 

Candelaria tiene un pueblo en el que hay 466 habitantes, 
y 1.287 más en su distrito. Mu)' poco ha quedado de las ruinas de 
este pueblo, antigua residencia del Superior de Misiones. Hasta las 
piedras han sido sacadas de allí, primero para construir la trinchera 
de los paraguayos, y luego para los edificios de Posadas. A distan- 
cia de cinco minutos del pueblo está el bosque de las ruinas, y en él 
se ven algunas paredes de la iglesia y pilares mu}' robustos, que 
parecen ser de los tránsitos exteriores que la rodeaban. Pueblo anti- 
guo y nuevo están inmediatos al río Paraná. 

Santa Ana tiene pueblo con 280 habitantes, á los cuales ha}^ que 
añadir 1.844 residentes en la campaña. Sus ruinas han tenido suerte 
análoga á las de Candelaria. No obstante, se conservan algunas más, 
situadas en un bosque y naranjal, en la ladera de una colina, á dis- 
tancia de un cuarto de legua del pueblecito actual. De la iglesia, 
apenas se conoce nada. Algo más ha quedado del colegio, en cuya 
entrada principal se conserva en pie una columna que suelen repro- 
ducir las fotografías de Misiones. Otras varias columnas que pare- 
cen haber sido de la iglesia, han sido trasportadas al pueblecito 
actual, donde forman notable contraste con las casas, sencillas y 
rebajadas. Asimismo aparecen algunos rastros de los talleres. Que- 
dan también, aunque muy deteriorados, dos cuerpos de edificio que 
parecen corresponder á lo que se ha llamado cdsas de Cabildo, y 
que, por hallarse algo más completos en San Nicolás, se describirán 
al tratar de aquel pueblo. Hay además un estanque antiguo, como lo 
hay también en Concepción. 



-277- 

Dista Santa Ana del Paraná una legua. 

Corpus tiene su pueblecito: y en toda la campaña se hallaron 
según el censo de 1895, 1.192 habitantes. Dista unos veinte minutos 
del río Paraná: y diez minutos menos distan las ruinas, situadas en 
un bosque. Muy poco es lo que se puede percibir de la que fué igle- 
sia. Existe aún la fuente pública con su brocal de piedra labrada. 

En LoRETO hay un pueblo pequeño, siendo la población rural 
de 659 almas. En medio de un bosque enmarañado se conservan 
algunos trozos de la pared de la iglesia y de sus robustas columnas. 
Circunstancia especial, y en la que no se ha reparado, es que en 
aquella iglesia están enterrados los restos del gran apóstol de los 
Guaraníes, P. Antonio Ruiz de Montoya. 

San Ignacio Miní tiene un pueblo pequeño inmediato á las rui- 
nas. Hay 854 habitantes en la campaña. Es sin disputa, de todas las 
reducciones del territorio argentino, la que conserva ruinas más 
importantes. Queda en pie la iglesia, aunque destechada y sin las 
columnas que debieron separar las naves: sus dimensiones son 63 
metros de largo por 30 de ancho. Del colegio y talleres, así como de 
las casas de la plaza, quedan rastros apreciables. Distingüese bien 
la situación del cementerio. De tres ó cuatro puertas que subsisten 
con adornos esculturales característicos, han sacado fotografías 
varios visitantes. En el frente de la iglesia y en su parte infe- 
rior, hubo dos grandes lajas de piedra colocadas á uno y otro 
lado de la puerta, llevando esculpido la una el monograma de Jesús 
y la otra el de María. La que tenía el JHS, larga de 2,20 metros, 
ancha 1,40 metros, gruesa de 0,12 centímetros, desenterrada de las 
ruinas, fué conducida á fines de 1901 á Buenos Aires por el Paraná, 
con dirección al Dr. Carlos Pellegrini. El Gobierno argentino ha 
puesto en San Ignacio un custodio de las ruinas, para evitar que se 
deterioren ó disminuyan más, y para mantenerlas limpias de la exu- 
berante vegetación, que de otra manera todo lo invade y destruye. 
Nada puede dar idea más exacta del estado de las ruinas, y de lo 
que por ellas se ve que fué el pueblo, que la descripción del agri- 
mensor nacional D. Juan Queirel, publicada en su opúsculo Las 
Ruinas de Misiones^ que se ha puesto entre los Apéndices. 

BRASIL 

San Borja, ciudad capital del municipio del mismo nombre, en 
el cual se calculan como 21.000 habitantes. Dista una legua del río 
Uruguay, y está situada frente á Santo Tomé, de la provincia de 



207 



Corrientes. En 1856 ya casi no quedaba nada de la antigua población 
de los indios. La iglesia, que empezó á amenazar ruina en 1820, fué 
demolida algo después de 1827; sólo se veían alguna que otra casa 
en la plaza y el colegio, que servía de cuartel al batallón de la fron- 
tera. Pero como la población había sido el asiento principal del 
comercio con el Paragua}^, que hasta 1852 se hacía por San Borja é 
Itapúa, se habían ido levantando nuevos edificios, y su estado era 
floreciente (1). Hoy no queda de lo antiguo, sino la memoria de estar 
la iglesia edificada dentro del solar de la primitiva; y alguna que 
otra estatua, en especial la del altar mayor, que es un San Francisco 
de Borja de gran talla, arrodillado en actitud de adorar la Euca- 
ristía y de muy buena escultura; fáltale la custodia que indudable- 
mente hubo de tener. La población misma tendrá unos tres mil habi- 
tantes. 

El Santo Ángel, villa capital de su municipio, que tiene como 
26.000 habitantes, y abraza además de la antigua suya, la demarca- 
ción de los antiguos pueblos de San Juan y San Miguel, siendo su 
extensión 11.329 kilómetros cuadrados, lo que lo constituye el 
segundo departamento en grandeza del Estado de Río Grande do 
Sul. En 1856 duraba todavía la iglesia antigua, que era mu}' her- 
mosa y grande, con sus altares, aunque sin techo, y la vegetación 
invadía todo el edificio y el mismo coro (2). De la fachada, que es lo 
último que desapareció, se conservan fotografías. Derribóse todo lo 
que quedaba, para edificar la nueva iglesia hacia 1885. De las anti- 
guas memorias, nada se ve, sino un par de columnas de diverso estilo 
que han quedado fijas en la plaza, )' una piedra de gran tamaño por 
el estilo de las dos de San Ignacio Miní, que lleva esculpido el 
Sagrado Corazón de Jesús, y hoy está en lo alto de la fachada. 

San Juan no es pueblo, ni tiene más habitadores que los que 
residen en dos casas inmediatas á las ruinas. En el bosque, formado 
como en todas las antiguas Reducciones sobre los escombros, se ven 
restos abundantes de basamentos 3^ trozos de columnas. Mantiénense 
en pie las paredes de la iglesia, pero completamente ha invadido la 
vegetación el espacio comprendido en ellas y todos los alrededores, 
formando un espeso matorral. Se han ido sacando de allí muchísimas 
piedras para trasportarlas lejos y construir con ellas, y quedan 
muchas más. A la puerta de la iglesia, como extraordinarias por su 
labor, se han puesto, sostenidas por otras piedras informes, dos lajas 
parecidas á las de que se ha hecho mención en San Ignacio Miní, y 

(1) MoussY, Mémoire, XII. Gay, República Jesuitica, 387. cap. 22. § 7. 

(2) Moussv, ibid. 



Ruinas de las misiones del Pakaguay. — San Miguel (hoy Brasil) 




Fotografía de la iglesia, torre y pórtico. — 1904. — Arcos destruidos. — Vegetación sobre 

la torre y las paredes 



Ruinas de las misiones del Paraguav — San Nicolás (hoy en el Brasil) 



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Actual estado de las dos que llaman casas de Cabildo: vista tomada á unos cien metros 
de distancia, desde la puerta de la iglesia. — 1904. 



- 279 - 

que debieron tener antiguamente la colocación de aquéllas, con los 
monogramas de Jesús y de María, pero con la diferencia de que en 
San Ignacio Miní sólo existen las líneas precisas para formar las le- 
tras; y en San Juan está cada monograma incluso en su escudo, 
adornado con profusión de dibujos. 

San Miguel es hoy parroquia, y como San Juan, forma parte del 
municipio del Santo Ángel. En el pueblecito habrá apenas 200 per- 
sonas. La iglesia 3^ colegio, que están tocando á las calles habitadas» 
por la parte del oeste, ofrecen ruinas muy dignas de consideración. 
La iglesia, á pesar de estar en gran parte arruinada, es un monu- 
mento lleno de majestad. De estilo greco-romano, sobria en ador- 
nos, autorizábala en especial, á fines del siglo xix, su grandiosa 
pórtico de cinco arcadas, que puede verse en algunas fotografías. 
Por ese tiempo se desplomó casi todo él; y no obstante, aun en sus 
restos pueden echarse de ver sus rectas proporciones y solidez. El 
arquitecto, hermano coadjutor Juan Bautista Prímoli, hubo de luchar 
con la dificultad inherente á las Doctrinas, de falta de cal. El 
remate de los arcos del atrio, dice Gay (1), «era una vistosa balaus- 
trada; y sobre una gradería, también de piedra, que coronaba el 
frontispicio, elevábase la imagen de San Miguel, acompañada de las 
de seis apóstoles á sus dos lados. El cuerpo de la iglesia era de tres 
naves, con su crucero y media naranja; tenía 350 palmos (73 metros) 
de largo, por 120 í25 metros) de ancho, con cinco altares de talla 
dorados.» «Todas las paredes, dice Ambrosetti (2), aun la del frente, 
son de tres metros de ancho, y tienen en su interior galerías con 
escaleras. Admirable es el ajuste de las piedras, bien aplomadas y 
trabajadas con mucho esmero. Los arcos del interior del templo tam- 
bién son de piedra labrada, formados por cuñas que encajan unas en 
las otras. La torre, de la que aun se conservan tres cuerpos, tiene 
también escaleras en el interior de las paredes; los trozos de piedra 
están simplemente ajustados sin trabazón alguna.» «Los arcos, cor- 
nisas, capiteles, balaustradas, adornos, nichos, columnas, todo está 
hecho con gusto y con una gran prolijidad.» «La vegetación ha inva- 
dido el templo; en su interior han crecido árboles gruesos; 3' en 
muchas partes se ven grandes excavaciones hechas por los vecinos 
con el fin de sacar tesoros, hasta ahora sin resultado» Este afán 
extraordinario de buscar lo que toda razón persuade que no hay, es 
el que más ha contribuido á que se arruinen del todo las últimas 
memorias que se conservan. En el día la torre está cuarteada, 3' otro 

(1) Gav, Rep. Jesuítica, cap. 22. pág. 368. 

(2) Ambkosetti, Viaje á las Misiones por el Alto Uruguay, pág. 52. 



-280- 

tanto sucede con los pocos arcos que quedan; de los tres cuerpos de 
la torre, el superior se va destruyendo. El colegio conserva bastan- 
tes restos de las paredes de los aposentos, por donde se podría deli- 
near casi toda su planta; pero también va pereciendo. Ambrosetti 
halló en 1894 un gran salón sin techo, con las paredes intactas y 
blanqueadas aún: hoy ya no existe. En las ruinas habitan alguno ó 
algunos colonos, y parte de lo que fueron patios está cultivado. En 
el cementerio hav una cruz antigua de piedra de unos tres metros 
de alto. . 

San Luis Gonzaga, ciudad con 2 á 3 mil habitantes, y en todo el 
municipio y parroquia, que comprende también á San Lorenzo y San 
Nicolás, se calculan unas 19 mil almas. i\lu\' poco es lo que recuerda 
en esta población la antigua Doctrina, como no sea el estar edificada 
en el mismo punto, y el haber pasado muchos de sus materiales á 
formar parte de los edificios de las casas. La policía, que se halla 
donde estuvo el antiguo colegio, tiene aún en su corredor delantero 
las columnas de piedra de asperón rojo que debieron formar parte de 
alguno de los claustros interiores. En la nueva iglesia, muy pequeña, 
y no correspondiente á la ciudad, se conservan algunas estatuas 
antiguas, y particularmente la del patrón San Luis Gonzaga, muy 
grande y de buena factura. 

San Lorenzo, pueblecito pequeño, que puede tener poco más de 
50 moradores, se encuentra á corta distancia al este de las ruinas. 
De estas no quedan más que algún trozo de la fachada de la iglesia, 
que muestra dónde estuvo la puerta, y un ángulo donde por las pro 
porciones parece que hubo una torre. Del colegio se ven algunas 
paredes 3'a rebajadas hasta no levantarse más de un metro sobre el 
suelo, y aun ésas interrumpidas. El portón, que todavía duraba 
en 1894, hoy ha desaparecido. Queda una hilera de aposentos sin 
techo, que parece eran las habitaciones de los Padres. Cada uno 
tiene por un lado una puerta, y por otro puerta y ventana; en la pri- 
mera se ve en el umbral la cifra jhs; }• en las otras dos, las de ma 
y JPH. 

San Nicolás es otro poblado poco ma)'Or que San Lorenzo. 
Hasta 1904 se conservaron una porción de estatuas de la antigua 
iglesia, todas de madera, en una casa particular, donde concurrían 
los vecinos á hacer sus devociones y venerarlas, pues ni aun una 
pobre capilla tienen. Ese año en tiempo de Semana Santa se que- 
maron todas las imágenes. Hoy no quedan más que trozos de las 
paredes de la iglesia, tan arruinados por una parte, y tan grandiosos 
por otra en su conjunto, que causan un sentimiento de melancolía y 



Ruinas de las misiones del Paraguay — San Nicolás 
(hoy Brasil) 




Túmulo de forma singular, vacío, situado en el cementerio y que parece 
del tiempo de los Jesuítas, y remeda un estilo egipcio ó incásico. 
(1904. Fotografía.) 



- 281 - 

desolación. Al noroeste de la iglesia, subsisten las ruinas de un edi- 
ficio que pudo ser el asilo ó casa de recogidas. En el cementerio, 
situado al este, se descubre un túmulo singular. Una casilla cilindrica, 
de gruesas piedras de sillería, en que el diámetro de la base podrá 
tenei- unos dos metros, y tres la altura, sustenta en la parte superior, 
junto con la cruz de piedra, varias figurillas que por su estructura 
remedan las figuras egipcias ó las mejicanas. Delante de la puerta 
del túmulo, se ve una estatua yacente, como de metro y medio de 
longitud, groseramente esculpida, y de la misma piedra de que se 
hizo la estatua se erigió á sus pies una cruz que lleva entallada la 
inscripción inri. El túmulo está vacío, 3^ la abertura carece de puerta. 
Frente á la iglesia, y correspondiendo á los dos extremos de la gran 
plaza, aparecen los dos torreones que la gente llama Casas del 
Cabildo. Parecen iguales. Su estructura por la parte sur que mira á 
la iglesia, es la de un rectángulo de piedra de sillería, que tendrá de 
cinco á seis metros de altura, con un arco en el tramo inferior, que 
debió servir para la puerta, y dos grandes ventanas rectangulares 
terminadas en arco de medio punto en el que parece debió ser piso 
superior. La pared delantera ha permanecido intacta; las laterales 
están á medio deshacer; la posterior ha desaparecido del todo. Es el 
espécimen mejor conservado de esta construcción que 3'a se ha notado 
en Santa Ana y en Apóstoles. Pudo ser el uno casa de Cabildo, y el 
otro quizá cárcel del pueblo; si ya no es que fueran dos Capillas que 
según el P. Per.imás solían ponerse frente á la iglesia. 

ALGUNOS OBJETOS DE MISIONES EN EL MUSEO 
DE LA PLATA 

Procedentes sin duda de donativos de viajeros, aunque no lo poda- 
mos saber con certidumbre, é ignoremos quiénes han sido los donan- 
tes, se encuentran reunidos en el rico Museo de la Plata, capital de 
la provincia de Buenos Aires, una porción de objetos de las antiguas 
Misiones Guaraníes. 

El carácter con que allí se encuentran parece que es doble; como 
recuerdos históricos, y como colección de objetos que den testimonio 
de las costumbres y del arte que han llegado á adquirir los indígenas 
del país; y atenta la índole del establecimiento, que también abarca 
los objetos de arte, pudiera dudarse si acaso se han conservado como 
objetos artísticos, pues casi todos son objetos de arte religioso 
y algunos bastante perfectos. 



208 



— 282- 

No hallándose clasificados en el Museo, como fuera de desear, y 
ni siquiera ordenados, nos limitaremos .4 hacer una simple enumera- 
ción de ellos, sin entrar en su estudio ni en el examen de su valor. 

La mayor parte de estos objetos están colocados en los departa- 
mentos superiores, en la sección que puede llamarse de antigüedades 
ó de etnografía regional, donde se conservan los vasos, obras de 
arte, instrumentos y restos calchaquíes, y asimismo diferentes uten- 
silios que pueden servir para el estudio de la civilización Guaraní. 
Los objetos de Misiones situados en este departamento se subordinan, 
según parece, al título que lleva escrito: Ruinas de Trinidad. Según 
esto, serán despojos recogidos de las ruinas de la antigua Doctrina 
de Guaraníes denominada Trinidad, que está situada en el Para- 
guay, vecina por el sud y el oeste al río Paraná. 

Estos objetos son: 

Estatua de un santo de la Compañía de Jesús, que representa un 
Misionero con sotana, sobrepelliz y estola en actitud de predicar, y 
parece ser San Juan Francisco Regis. Altura: 1,"^50. Sobre un plinto- 
de 0,™08. 

Estatua de pie con sotana y sobrepelliz. Altura: O, '^70. Altura del 
plinto sobre el que está colocado: 0,™12. 

Estatua de un niño con vestidura de paje. Alto: 0,"i90. 

Silla laboreada de madera, de la figura de los sillones antiguos de 
baqueta. Altura: 1,™15. Través: O, "^60. Dimensión de atrás ade- 
lante: O, •"SO. Falta el asiento. 

Arquitrabe de piedra con labores. Alto: 1,'"15. Ancho: 0,'ii70. 

Trozo de pared con bajo-relieve de escudo en que se ven los cas- 
tillos, leones y barras. Dimensiones del escudo: O, ""35 de alto por 
O, '^20 de ancho. Dimensiones de todo el objeto: 0,™65 de alto por 
O, '"70 de ancho. 

Cabeza y alas extendidas de una estatua de ángel hecha de 
madera. Anchura: O, '"65. 

Otro semejante. 

Otra estatua semejante. 

Estatua de madera que representa la Santísima Trinidad. El 
Padre y el Hijo aparecen sentados. A los lados hay dos ángeles. 
Altura: 0,'"85. Ancho: l,n^50. 

Busto de un Pontífice. Dos ángeles guardan las llaves. Altura: 
O.n^o. Anchura: O.^^SS. Colocado sobre un pedestal de O, «"70. El 
material es de estuco. 

Otro parecido. 

Un trozo de columna con su basa. 



— 283 — 

Columnilla de madera sostenida por un trípode. Altura del trí- 
pode: 0,™65. Altura de la columnilla: 1,™35. Lleva un rótulo que 
dice: «Pedestal de pulpito»; pero la construcción parece indicar más 
bien un gran candelabro. 

La segunda serie de los objetos de Misiones se halla como aban- 
donada y arrinconada en uno de los departamentos de la planta baja; 
más descuidada que los objetos de la primera, y sin más orden que 
haber arrimado á lo largo de las paredes los objetos, que todos son 
de piedra y de bastante peso. Son los siguientes, en que van enume- 
rados casi todos. 

— Escudo de piedra con el nombre de JHS. Tiene varias labo- 
res y adornos. Altura del monograma: O, '"SO. Ancho: O, '"37. Altura 
del escudo: 0,'"90. Ancho: 0,^58. 

—Pila de piedra que tal vez fué baptisterio. En la parte de detrás- 
lleva fijada su cruz de piedra de 1,™40 de alto y 0,80 de brazo tra- 
vesero. Tiene distintamente esculpidas las cinco llagas, el titula 
Inri, y la corona de espinas. Dimensiones de la taza: l,i"20 por 
0,^80. 

— Frontispicio triangular de piedra, con la inscripción Santa 
Barbara... itemboe anga ore rehe (palabras guaraníes que signifi- 
can: Santa Bárbara... rogad por nosotros). Pudo estar colocado en la 
puerta de alguna ermita de la Santa. El triángulo es muy rebajado. 
Altura de todo el trozo: 1™. Anchura de la base del triángulo, que 
es la misma de todo el frontis: 1,™60. 

— Pedestal y trozo de columna de piedra. Altura del pedes 
tal O, •"40. Altura de la columna: 1,'"50. Su diámetro: 0,30. 

— Ánfora de piedra. Altura: 0,60. Diámetro: 0,25. 

— Estatua de piedra de la Santísima Virgen. Altura: 1,™70. 

— Estatua de piedra de un santo con el Niño Jesús en los brazos. 
Altura: l,m62. 

— Estatua de piedra de una Santa. Altura: 1,"'40. 

Ninguno de los objetos de esta serie lleva indicación alguna por 
donde se pueda conocer su origen; y así, no es dable saber si pro- 
ceden, como los de arriba, del pueblo de Trinidad, ó son de alguna 
otra de las Doctrinas; mas todos tienen el sello característico que 
los hace reconocer como procedentes de las Misiones de Guaraníes. 

De estos objetos que existían en el Museo en 1901, algunos se han 
removido ó trasportado á otra parte, y no aparecen ya en 1912. 

En el último decenio del siglo xix se suscitó en Buenos Aires la 
cuestión de si los restos artísticos de las ruinas de las Misiones, y 
particularmente la portada de la iglesia de San Ignacio miní, que 



— 2S4 - 

tanto despertó la atención, se habían de trasladar á la Capital 
para conservarlos en los Museos, ó más bien dejarlos en el paraje 
donde están, y procurar conservar las ruinas que lo merezcan, como 
objeto de arte. La opinión de los diarios fue esta segunda; y en 
efecto, se desistió del intento (en que parece se había puesto gran 
empeño) de hacer el traslado; pero en cuanto á señalar cuáles se 
hayan de conservar y proveer á la conservación, nada se ha hecho. 
Es fácil de ver cuánta dificultad ha de ofrecer el conservar cual- 
quiera de esos objetos, situados á tanta distancia, con muy poca faci- 
lidad de comunicaciones, y ciue por las circunstancias en que se ha 
verificado su abandono, todos están al descubierto. El tiempo, las 
vicisitudes atmosféricas y hasta las plantas, que en aquella región 
tropical se extienden por todas partes con extraordinario empuje y 
lozanía, van adelantando la obra de hacer desaparecer los pocos res- 
tos que ya quedan de las en otro tiempo afortunadas Doctrinas 
Guaraníes. 

Al presente Apéndice acompañan la vista de las ruinas de la igle- 
sia de San Miguel en 1904, la del monumento extraño descrito del 
cementerio de San Nicolás, y de lo que llaman allí casas de Cabildo, 
frente á la iglesia arruinada, y la del torreón de Santa Rosa inme- 
diato á la iglesia, que antiguamente fué campanario. 



Sección cuarta 
PLANES Y JUICIOS 



CAPITULO X 



PLANES DIVERSOS 



1. Plan del Virrey Aviles.— 2. Plan contenido en la Cédula de 1803.— 3. Plan 
del expulso Ibáñez de Echevarri. — 4. Plan de Doblas. — 5. Arbitristas. 

Hasta aquí se han examinado los varios sistemas que de hecho se 
aplicaron al gobierno y trato de la raza Guaraní, estudiándolos en 
sí y en sus efectos, para formar cabal idea del valor de cada uno. 
Será complemento de este examen la noticia de algunos otros planes 
que se propusieron, prometiéndose sus autores remediar los daños 
que descubrían, y asegurar el bien espiritual y temporal de las Doc- 
trinas. No es dable exponerlos todos: pues en asunto como el de los 
Guaraníes, que ha llamado la atención de tantos observadores, y en 
que con tanta facilidad se proponen medios que se dice pudieran 
haberse empleado, sería esto tarea interminable. Pero se darán á 
conocer algunos de los más divulgados, como muestra de los demás: 
empezando por los que se hallan consignados en documentos oficiales. 



286 



209 PLAN DEL VIRREY AVILES 

Por mucho que se hubiera disimulado á los principios para man- 
tener engañado á Carlos III, no pudo á la larga permanecer oculta la 
espantosa decadencia producida en Doctrinas por la expulsión de 
los Jesuítas: y aunque desde tan lejos resonó al fin en sus oídos el 
clamor que denunciaba una ruina inminente. Hubo de ser ocasión 
especial para ello la venida del general Cevallos como primer Virrey 
al Río de la Plata, y algún informe que él diera del verdadero estado 
de las cosas: pues en 1780 se expidió una Real Orden en que se 
expresaba al Virrey Vértiz, que el monarca había experimentado 
gran disgusto por el deplorable estado de las Misiones Guaraníes: 
encargándole muy apretadamente, que trabajase por cortar todos los 
abusos y desórdenes allí introducidos, mantener los naturales en paz 
y justicia, y asegurar su buen tratamiento (1). 

Cuatro años más tarde, se despachaba nueva Real Orden, á todos 
los Virreyes, Presidentes, Gobernadores, Arzobispos y Obispos de 
América, pidiendo informe especialísimo de cuanto pertenecía á lo 
temporal y espiritual de las Misiones que habían tenido los expatria- 
dos en cada comarca, de su estado actual, mejor ó peor que en tiempo 
de los Jesuítas, y de las reformas que pareciesen oportunas (2). 

Entre los muchos informes á que dio lugar esta orden, figura el 
del Obispo del Paraguay Fr. Luis de Velasco, dado en carta de 15 de 
Diciembre de 1784. En él parece ya la idea capital de todos los pla- 
nes posteriores de reforma, cuyo valor habrá ocasión de examinar: 
y es atribuir toda la ruina al sistema de comunidad con que dice se 
gobiernan los indios, y proponer su abolición. — Es digno de notar 
que al mismo tiempo tuvo la prudencia de proponer varios medios 
conducentes á atenuar los graves daños que de otro modo entendía 
se iban á seguir de la novedad (3). 

Pero el que puso manos á la obra de introducir, siquiera parcial- 
mente esta innovación, fué el Marqués de Aviles, séptimo Virrey de 

(1) Apénd. núm. 65. 

(2) Apénd. núm, 66. 

(3) Sevilla. Arch. de Indias: 124. 2. 11. 



— 287- 

Buenos Aires, que tomó posesión de su cargo en 14 de Marzo de 1799. 
En un informe enviado al Ministerio en 8 de Marzo de 1800, para satis- 
facer á nuevas órdenes de explicar el estado de las Doctrinas de Gua- 
raníes, maltrata por igual la historia, á los jesuítas, á todos los Gober- 
nadores del Paraguay, y aun á ios de Buenos Aires, y nominalmente 
al Gobernador D. Lázaro de Ribera (1): y después de pintar un cuadro 
de fantasía de lo que habían sido las reducciones, propone su plan 
para remediar los daños universalmente lamentados, reducido á dar 
á todo indio su tierra propia, suprimiendo todo trabajo de comuni- 
dad, y establecer el libre comercio con los españoles. Mientras espe- 
raba la aprobación, empezó á poner en ejecución parcialmente su pro- 
yecto, como se ve en el Informe de 21 de Mayo de 1801 trasmitido á 
su sucesor (2). Describe el triste estado á que habían quedado redu- 
cidos los indios por la aplicación del sistema de Bucareli, y el reme- 
dio que puso, eximiendo de todo trabajo de comunidad á trescientos 
padres de familia Guaraníes, con sus hijos, y con los parientes que 
estuviesen bajo de su dependencia. «Los Tenientes de Gobernador» 
dice, «que se establecieron encincodepartamentos, para que adminis 
trasen justicia, muchos de ellos se metieron en el reprobado comercio 
de los administradores, cuidando casi todos los de ambas clases sola- 
mente de enriquecerse con la sangre de estos infelices, muy dignos 
de la atención del gobierno.» «Al Estado se le ha disminuido por estas 
extorsiones un considerable número de vasallos, como se convence 
de que, constando por padrones del año 766 que el número de sus 
almas era de 96.381, la existencia actuales de solas 42.885; resul- 
tando de este cotejo la considerable disminución de 53.496; que, aña- 
diendo una regular propagación, se viene en conocimiento de la nota- 
ble decadencia de su población, lo que, si no se ataja, reducirá á un 
desierto el terreno que ocupan treinta y tres poblaciones, que produ- 
ciendo ingentes caudales á los Jesuítas (3), tenían pueblos hermosos 
é iglesias magníficas; y hoy se puede decir que ni uno ni otro se 
encuentra; llegando á tal estado de decadencia, que en el pueblo de 
Yapeyú, cabecera de Departamento, ha sido preciso abandonar la 
iglesia por su estado ruinoso y colocar á Su Divina Majestad en la 



(1) .Sevilla Arch. de Indias; 123. 1. 15. 

(2) Aviles, Informe, en Trelles, Rev. de laBibl. III, p. 464. 

(3) Hay que entender «producían ingentes caudales cuando las administraban 
los Jesuítas». Pero los caudales eran para los indios. A los Jesuítas no les produ- 
cían ningún caudal grande ni pequeño. Lo único que tenían en Doctrinas, era el 
sínodo preciso para el sustento: y ése lo pagaba la Hacienda real. Si hubieran 
sacado algo de allí, no se hubiera encontrado lo que se encontró, iglesias magní- 
ficas y hermosos pueblos. 



- 288 — 

casa de Cabildo, que aunque por el nombre suena algo, en la realidad 
será una cosa bien indecente.» 

Explica ya el remedio. «Teniendo el corazón bien afligido por las 
exactas noticias que tenía del deplorable estado de estas Misiones, 
en que estaba instruido desde Chile, traté del remedio de estos 
males...» «Todas estas consideraciones rae estimularon á propender 
al alivio de estos miserables. Mas considerando que el medio de con- 
seguirlo era ponerlos en su natural libertad (1^; y que de verificarlo 
absolutamente con todos á un mismo tiempo, podría por esta repen- 
tina mutación resultar algún trastorno, á que podrían ocultamente 
contribuir algunos que se interesan en la continuación del opresivo 
estado actual; y que también hallándose los pueblos con crecidos 
empeños, no debía desentenderse la satisfacción de ellos, dejando al 
juicio divino el discernimiento de la legítima ó injusta causa de que 
provienen; tomé el medio que juzgué prudente para ir logrando el 
intentado beneficio de estos pobres indios, y fué adquirir noticia de 
los indios de cada pueblo que se reputaban capaces de gobernarse 
por sí, á pesar del método de embrutecerlos que se había seguido 
con ellos hasta ahora (2). A consecuencia de estas noticias, expedí 
órdenes á los respectivos Tenientes Gobernadores, mandándoles que 
á los indios que comprendía la relación que les acompañaba [eran 
trescientos, según dice la Cédula], los pusiesen libres de la comuni- 
dad, y [también] á sus hijos y parientes que dependiesen de aquellas 
cabezas de familias, dándoles en propiedad á cada una de ellas una 
suerte de tierras, que se considerase competente á la manutención 
de su familia, comprendiéndose chacra y una proporcionada estan- 
cia para sus ganados; encargando á los Curas que estén á la mira 
del exacto cumplimiento. Y que de estas tierras repartidas se for- 
mase libro en que se asentasen; individualizando los linderos de lo 
que á cada uno se distribuyese, firmando esa diligencia el Cura. 
Y para que no hubiese disminución en los tributos, dispuse igual- 
mente que cada libertado que por su edad y circunstancia deba con- 
tribuirlo, pague un peso anual, que es el de la tasa. Y como en estos 
pueblos, en equivalente de diezmos, satisface cada uno anualmente 
cien pesos con título de mayor servicio (cu)'as cantidades se invier- 

(1) El medio parece hubiera sido volverlos al estado que tenían en tiempo de 
1os Jesuítas, que era un régimen acreditado por la experiencia. Mas no era buen 
medio echarse á tentar un nuevo plan que nadie sabia cómo saldría. 

(2) Esta trase no tiene verdad sino aplicada al sistema de Bucareli. En cuanto 
á los Jesuítas, que habían sacado á los Guaraníes de sus selvas, lejos estaban de 
embrutecer á aquellos infelices, á quienes por el contrario, habían hecho hijos de 
Dios por el bautismo, y buenos cristianos por la fe 3' práctica de la virtud: y en el 
orden civil los elevaron cuanto su índole y capacidad permitían. 



- 289 - 

ten en sínodos de Curas y sueldos de su Teniente), mandé que los 
libertados pagasen aquella cuota que les correspondiese (1); para 
que de ningún modo se perjudicase á los que quedaban aún en comu- 
nidad, si se les recargaba la parte perteneciente á los libres.» 

Resulta, según esto, que por libertad de los indios no entendía 
el Virre3^ otra cosa sino el eximirlos de todo trabajo común. Este 
concepto era erróneo y dañoso: pues aunque, como ya se ha hecho 
ver, fuera verdadera esclavitud el trabajo en común obligatorio por 
cinco días en cada semana; no lo era algún moderado trabajo obli- 
gatorio: antes bien, era un gran beneficio, y cosa necesaria, atenta 
la indolencia del indio: como que de otro modo, faltaba en los pue- 
blos el sustento material, 3^ se perdía consiguientemente el buen 
estado espiritual. La tal libertad, pues, era un remedio semejante 
al que los impíos de nuestros tiempos emplean cuando quieren supri- 
mir algunas cosas buenas que les e^>torban sus planes, y les dan en 
ojos. Primero procuran que las obras que aborrecen se hagan mal 
hechas, quitándoles los medios de subsistir, ó bien extremándolas en 
el modo: en seguida ponderan mucho más de lo que son los abusos ó la 
inutilidad: y finalmente suprimen lo que se habían propuesto. El tra- 
bajo para la comunidad era cosa no sólo útil, sino moralmente nece- 
saria en el estado en que se hallaban los indios: El reglamento de 
Bucareli tuvo por consecuencia convertirlo en tarea inhumana y 
propia de esclavos: y este nuevo plan daba en el extremo contrario, 
y lo suprimía del todo. 

Lo? encomenderos habían hecho á los Guaraníes esclavos suyos, 
pues les obligaban á trabajar perpetuamente sin aprovecharse de su 
propio trabajo, que todo cedía en beneficio del amo, y sin ninguna 
retribución, ni más utilidad que la que reporta el esclavo de su 
dueño, que es el sustento y vestido: y aun ese, según se ha visto, 
había veces que no era el dueño quien lo daba al indio, sino el indio 
quien lo procuraba para su amo. Los Jesuítas lograron libertar de 
esta durísima esclavitud, si no á todos los indios, por lo menos á los 
cien mil de las Doctrinas, que habían sido reducidos sin auxilio de 
armas de conquistadores, por la sola eficacia del Evangelio. Ensa- 
yaron varias veces 3' con varios sujetos el hacerles manejar propie- 
dad particular inmueble, ó siquiera mueble de ganados: 3^ no logra- 
ron ni aun esto último, sino en mu3' contados casos, que venían á ser- 

(1) En mandarlo no había dificultad, como ni en mandar pagar el tributo. La 
dificultad estaba en cobrarlo de un indio que no tiene gobierno, ni siquiera para 
allegar con qué sustentarse. Lo probable es ó que los Administradores lo exigie- 
sen de los que quedaron sujetos al trabajo, ó que la Hacienda lo perdiese. 

19 Organización social de las doctrinas guaraníes.— tomo h. 



-290 — 

rarísimas excepciones. Pero con los Jesuítas, tanto si el indio tra- 
bajaba en su propiedad particular, como si trabajaba en común, veía 
y palpaba que trabajaba para sí, y disfrutaba del fruto de su tra- 
bajo. Bucareli, alardeando de grandes reformas, detestando á cada 
palabra lo bueno que hallaba establecido, introdujo con su plan una 
esclavitud análoga á la de los encomenderos: pues la multitud de 
empleados creados por él, hizo que para pagar sus sueldos, fuera 
menester recargar el trabajo común hasta cinco días por semana: y 
los indios veían por sus ojos que otros disfrutaban abundantemente 
de las cosas adquiridas con el trabajo de ellos, y ellos se quedaban 
en la miseria, sin tener siquiera el tiempo material para cultivar lo 
necesario para su sustento. El presente plan les regalaba, con nom- 
bre de libertad un estado que ya había mostrado la experiencia ser- 
les nocivo, y no servir sino para acarrearles la miseria. 

Sígnense los inconvenientes ocurridos en la ejecución. «Aunque 
esta providencia fué de mucha complacencia para los indios benefi- 
ciados, como me lo manifestaron los Cabildos y los párrocos; pero 
como en toda providencia general no puede dejar de ofrecerse algún 
tropiezo, resultó que, ó por mala inteligencia, ó por exceso de com- 
pasión, ó por algún otro motivo, tal vez dirigido ocultamente á que 
resultasen algunos efectos contrarios á mis ideas, hubo pueblo en 
que, reconociendo el libro bautismal, cuantos resultaban parientes 
del agraciado fueron puestos en libertad. Aunque procuré corregir 
este abuso, no sé si habré podido remediarlo. Hasta ahora, sólo Don 
Feliciano del Corte, Teniente Gobernador de Concepción, me ha 
enviado la relación de la distribución de tierras, con los nombres de 
los individuos á quienes se han adjudicado. Otros Tenientes, aunque 
contestaron el obedecimiento, si acaso han puesto en práctica mis 
órdenes, no lo han comunicado en los términos que debían, y ejecutó 
Corte. El Teniente Gobernador de Yapeyú significó no tener tierras 
que distribuirles, por las intrusiones de algunos españoles, que con 
ocasión de ser arrendatarios, ó sólo por ser poderosos, se han pose- 
sionado, usurpando aquellos terrenos, sin otro título que el de la pre- 
potencia, 3" de la indefensión de los pobres indios, á quienes todos se 
creen con derecho de oprimir» (1). 

Hasta aquí el Virrey, que duda si habría logrado atajar el grave 
inconveniente enunciado. En realidad, se halló enredado en varias 
dificultades, aun en la misma ejecución, que vinieron á agravar los 
daños que en sí mismo llevaba el plan. Así se ve por las comunica - 

(1) Aviles, Informe citado. 



— 29] — 

ciones de sus subalternos en un expediente sobre la materia (1). 
Sobrevino entonces mismo la invasión de los portugueses, que se 
apoderaron de los siete pueblos orientales de Misiones, é introduje- 
ron mayor desconcierto. 

De la infausta resulta del ensayo de Aviles, da noticia el Gober- 
nador D. Lázaro Rivera, que dirigiéndose desde el Paraguay al 
mismo Virrey, le suplica, exponiéndole los daños ocurridos, que 
revoque sus providencias (2). Rivera no tenía por entonces noticia 
de los cargos que contra él había expresado el Virrey Aviles, que le 
hicieron escribir un nervioso Memorial, en que juntamente se vindica 
5^ deshace casi todas las afirmaciones históricas del Virrey (3): y sin 
embargo, ya entonces juzgaba tan grande el daño de la mudanza, 
que á ella achacaba la pérdida de los siete pueblos. 

Igualmente da testimonio del mal éxito el brigadier Alvear, 
en su Informe sobre la libertad de indios Guaraníes de 1802, di- 
ciendo (4): «Todas las providencias y disposiciones del Virrey Aviles, 
por otra parte muy eficaces y arregladas, vinieron á ser más perju- 
diciales que provechosas por no haber provisto de oportuno remedio 
á estos dos inconvenientes.» Eran los inconvenientes, de cuyo reme- 
dio pendía el éxito del plan, la simplicidad de índole de los Guara 
níes, y la dureza con que los trata la comunidad. 



TI 



PLAN CONTENIDO EN LA CÉDULA DE 1803 

Con fecha 17 de Mayo de 1803, expidió el Rey Carlos IV una 
real Cédula en Madrid, nombrando Gobernador de los treinta pue- 
blos de Guaraníes á D. Bernardo Velasco. En ella declaraba que 
aquella Gobernación de Misiones no había de estar sujeta á Buenos 
Aires ni al Paraguay, sino que se había de gobernar independiente- 
mente, como se gobernaban Mojos y Chiquitos; y por lo mismo se 
había creado por decreto de 28 de Marzo de 1803 un Gobierno polí- 
tico y militar en Doctrinas. Al mismo tiempo mandaba que se redu- 

(1) Sevilla: Arch. de Indias, 125. 1. 15. 

(2) Ibid. 123. 1. 15. 

(3) Ibid. 

(4) Doña Sabina de Alvear y Ward, Historia de D. Diego de Alvear, Madrid 
1891, Apénd. pág. 476. 



210 



-292- 

j ^sen las Doctrinas Guaraníes «íí/ nuevo sistema de libertad... pro- 
puesto y principiado d ejecutar... por el Virrey Marqués de Aviles^. 

Cuál sea este nuevo sistema, puede verse en la misma Cédula (1), 
que toda versa sobre la exposición y prescripción de él. Aquí no 
haremos sino analizar algunos capítulos de su contenido. 

La unión de todos los pueblos bajo de un oobierno, y la calidad de 
que éste se hallase independiente en lo político y militar de las dos 
provincias vecinas, era muy conveniente, como lo patentizaban las 
continuas competencias de los últimos años sobre jurisdicción en Doc- 
trinas; pero era medida deficiente, mientras no se sujetasen también 
al Gobernador las cuestiones de hacienda; porque en ellas quedaba 
independiente el Administrador general, y por este medio disponía 
más que el Gobernador, de los Administradores particulares, lo cual 
era disponer de todas las operaciones de los pueblos, pues los Cabil- 
dos se gobernaban por lo que les insinuaba su Administrador. 

El ordenar que se incorporasen á la Corona las encomiendas que 
hubiese en el Paraguay, si se refería á las Doctrinas, era disposi- 
ción inútil, porque no había ninguna. Precisamente había sido este 
el objeto por el cual habían batallado los Jesuítas durante siglo y 
medio, defendiendo la libertad de los indios, y, si bien no la consi- 
guieron para lo restante del Paraguay, la consiguieron á lo menos, 
y á costa de grandes fatigas, calumnias y persecuciones la defen- 
dieron para las Doctrinas. No quedaron sino unos pocos mitayos r n 
San Ignacio guazú: y aun éstos fueron incorporados definitivamente 
á la Corona por Cédula de 1728. Si hablaba de encomiendas de fuera 
de las Doctrinas, era justísima prescripción (2). 

v.Qne á todos se repartan sin escases tierras y ganados de los 
sobrantes^) supone que los había. Lo cual hubiera sido muy de 
desear; pero ya hemos visto el hambre y falta de medios, que con 
otras causas concurrían, no como las de menos influjo, para promo- 
ver la deserción de los indios. Y en cuanto á las tierras, esta misma 
Cédula expresa cómo los españoles, europeos y americanos, «co// el 
tiempo se habían alsado con todas ó la mayor parte de las [tierras] 
de los indios^). Y así, es de admirar que con tan pocos renglones de 
distancia se contradiga hablando ahora de «/os sobrantes^) y diciendo 
que (íabuuda terreno para todos-». 

El plan establecía la vinculación de la tierra en cada familia; 
pero no advertía las mil imposibilidades para hacerla efectiva, 

()) Apénd. núm. 69. 

(2) Lamas, Colección de Memorias y documentos, tomo I, Montevideo 1849, 
página 457. 



— 293 — 

cuando toda la familia se huía, cuando le promovían un pleito sobre 
la legitimidad de la distribución con que había sido favorecida; 
cuando el mismo indio enajenaba su propiedad, y no había quien 
reclamase en contra. Dejando aparte la conveniencia de la vincula- 
ción en sí, era un remedio de obtener el ejercicio de propiedad de 
parte de los indios, más difícil que el mismo fin. 

Con prohibirles vender las tierras, pensaba que se aplicarían á 
cultivarlas, y tenerlas pobladas de ganado. Mas esto era desconocer 
lo más fundamental, é ignorar la índole del indio, ociosa é imprevi- 
sora, incapaz de cuidar ni de un par de bueyes para su labranza. 

Quería que se estableciese en todas las Doctrinas escuela de 
castellano, que era la panacea universal de Bucareli. Mas j-a para 
la fecha de la Cédula hacía tiempo que se había establecido la 
escuela en todos los pueblos; y por cierto que no había servido sino 
para aumentar la miseria y la inmoralidad por la condición de los 
maestros y el gravamen del sueldo; y así clamaban contra los tales 
Doblas(l) y Alvear (2);y era de opinión el Administrador Lazcano (3) 
que sólo en los pueblos menos alcanzados se había de sustentar 
maestro de fuera; y en los otros había de ser maestro uno de los 
mismos indios. Las dos prescripciones de que el maestro no reciba 
presente ni gratificación; y que sea persona de instrucción, probidad 
3' conducta, eran tan fáciles de escribir en el papel, como imposibles 
de cumplir. Porque, como en análoga materia, hablando de los 
Administradores, decía Lazcano (4), había que proceder «.atendiendo, 
que poi' el corto sueldo de [IbO] pesos no se encuentran sujetos de 
la calidad que puedan» tener todas las dotes que la ley se com- 
plazca en exigir. 

La prevención de que <íCon igual esmero se provean los curatos 
de dichos pueblos en sujetos de conocida suficiencia, virtud y demás 
buenas prendas con la carga de mantener los Vicarios necesarios-!), 
era también un legislar en el aire, olvidando la escasez de clero en 
estos países, la lejanía y molestias de las Doctrinas, que hacía que 
aun para los Religiosos fuesen carga pesada, el sínodo mezquino que 
t enían señalado de 200 pesos anuales, inferior al de un maestro y aun 
de un capataz; y la exigüidad de los tributos, que no bastaban para 
atender á tantos gastos, si no era gravando todavía más á los indios, 

(1) Adiciones á la Memoria sobre Misiones MS. núm. 13. 
(2; Relación, ed. Ángelis, 1836, págs. 91 y 105. 

(3) Medios... para socorrer los pueblos de Misiones. (Bs. As. Arch. gen, leg 
Misiones I Varios años / a). 

(4) Estado general de los pueblos. Arch. Gen. de Bs. As. legajo Misiones 
Varios años I 1. 



- 294- 

y exigiéndoles mis trabajo; y finalmente, lo aéreo é inverosímil de 
la perspectiva que les proponía, de llegar por aquellas parroquias á 
las Prebendas y Dignidades de las Iglesias Catedrales. 

Hasta aquí los accesorios. La medida sustancial consistía en qne 
cá aquellos naturales «S6^ les diese libertad como á los españoles, res- 
tituyéndoles sus propiedades individuales, la patria potestad,... 
gobernándose según ellas (las leyes), y observando las ordenanzas 
del país en lo que sean adaptables, y las del Capitán general Buca- 
reli en lo que convengan á las criticas circunstancias de pasar de 
un estado ignorante y rudo á otro ilustrado y libre.-» Con sólo este 
último inciso, harto más confuso de lo que conviene á una ley, en 
que se manda que los Guaraníes se sujeten á las leyes comunes, á 
las Ordenanzas del país y á las Instrucciones de Bucareli en cuanto 
lo pidan las críticas circunstancias, etc.; había bastante para volver 
á enredar de nuevo á los Guaraníes en el pasado sistema, que tan 
malo había mostrado la experiencia. «Darles libertad como á los 
españoles» comprendía dos cosas: la una el eximirles del absurdo 
sistema de comunismo que había resultado del Reglamento de Buca- 
reli; la otra dejarles que trabajasen conforme á su arbitrio, sin urgir- 
Íes ni aun para lo propio, ni dirigirles en nada. Lo primero lo exigía 
la humanidad y la justicia, para que no viviese el indio trabajando 
cinco días de la semana para su comunidad. Lo segundo derogaba á 
las leyes de Indias, que mandaban obligar á los indios á que traba- 
jasen; contrariaba á la experiencia secular de los Jesuítas, que 
habían comprobado que el indio abandonado á sí mismo no trabajaba 
ni aun lo preciso para comer él, y que así se arruinaban los pueblos; 
y contrariaba asimismo al testimonio de los que trataban á los indios 
en el momento de darse la le}", y aseguraban que los indios eran 
actualmente tan incapaces de manejarse como lo eran treinta años 
atrás. En una palabra, era autorizar el error de que los Guaraníes 
tenían todas las cualidades propias de los españoles europeos 3^ ame- 
ricanos; y arrostrar voluntariamente todas sus consecuencias que 
enumera Doblas. <íRestituir á los indios sus propiedades indivi- 
duales^> supone que las habían tenido, lo cual, en cuanto al hecho, 
es inexacto, hablando de propiedad de inmuebles ó territorial. «Res- 
tituirles la patria potestad-» supone que estaban privados de ella, lo 
cual era igualmente inexacto; 5' acaso procedió de las declamaciones 
de Doblas, que luego referiremos. 

El plan, pues, en las cosas útiles que enunciaba, era impractica- 
ble En las que mandaba ejecutar y se podían poner por obra, había 
de producir necesariamente consecuencias lastimosas para todos, y 



— 295 - 

primero para los pobres indios. Era inspirado este plan por las 
enormidades á que había conducido el de Bucareli, que ahora todas 
se achacaban al trabajo de comunidad , sin reparar que, así como la 
exageración de éste había producido la ruina material y esclavitud 
de los indios, así el quitarlo del todo iba á hacer imposible el soste- 
nimiento de las cargas comunes, y la vida ordenada de los mismos 
particulares. 

Ni abonan el nuevo plan los efectos que de él enumera la Cédula. 
Estos parecen ser de tres clases. Primero «que era inexplicable el 
júbilo de aquellos pueblos por la libertad que se había dado á tres- 
cientos padres de familias por auto de diez y ocho de Febrero de 
dicho año (1800), según lo habían informado los Curas y cabil- 
dos.» El segundo, que «se habían dedicado á reedificar sus habita- 
ciones, al abono de sus terrenos particulares y demás servicios de 
agricultura é industria.» El tercero, que «se hallaban ya en posesión 
de la exención de los trabajos de comunidad seis mil doscientos doce 
de ambos sexos y de todas edades, viviendo con sus respectivas fami- 
lias.» (1^ 

La alegría de los indios no prueba la bondad del sistema; prueba, 
sí, que una de las cosas contenidas en el sistema es muy agradable; 
cual es, el libertar á los agraciados de la sujeción á trabajar. Por 
otra parte, nadie más fácil de inducir á alegría que los indios, sabién- 
doles ponderar los grandes provechos que reportarán de alguna 
disposición, aunque no sean verdad; precisamente porque tienen poca 
penetración, y así no ven la realidad, si no está muy manifiesta, y 
se contentan con la apariencia. El dedicarse á reedificar sus habita- 
ciones, al abono de sus tierras particulares, y á los demás trabajos de 
agricultura é industria, era en el primer fervor del entusiasmo, pues 
el auto de exención había salido de Buenos Aires á diez y ocho de 
Febrero de 1800, y el Virrey cesó en Mayo de 1801; siendo la carta 
á que se refiere ia Cédula bastante anterior á la cesación del Virrey, 
Pero era necesario saber si no había sucedido con los eximidos lo 
mismo que en tiempo de Bucareli, cuando se celebró también con 
grandes regocijos-la dolosa libertad que él les ofrecía, é inmediata- 
mente después los indios se dejaron estar caballeros sin trabajar, 
aguardando quizá que el Rey les señalase para vivir alguna renta 
de su real Erario. Esto parece que es lo que sucedió. Por lo menos 
así lo da á entender un expediente que se conserva hoy en la Secre- 
taría de la Curia'Arzobispal de Buenos Aires, en que con fecha de 

(1) Cédula de 17 de Mayo de 1803. (Apénd. niim. 69). 



-296- 

1809 y por orden del Sr. Obispo Lúe, da cuenta detallada el Cura 
de la doctrina de San Francisco Javier, del estado de aquel pueblo; 
y lodescribe sumido en la miseria, siendo una de las causas principales 
la increíble indolencia y abandono del trabajo de parte délos indios. 
En cuanto á entrar en posesión de la exención, es claro que queda- 
rían exentos los indios, si el auto les concedía la gracia. Pero el que 
fueran 6.212 los agraciados, en vez de ser una recomendación del 
sistema, es, como bien lo nota el Virrey, un error muy dañoso en la 
ejecución; pues si eran 300 los jefes de familia, y sólo habían de que- 
dar exentos sus hijos y los que, siendo parientes, estuvieran bajo de su 
dependencia en cuanto cabezas de familia; será forzoso decir que los 
exentos no debían ser más de 1.500, calculando cada familia de cinco 
individuos. Los 4.712 restantes habían sido eximidos por error. Y no 
era este error de poca importancia; pues por una parte el volverlos 
á sujetar al trabajo en común no era fácil, ni se podía hacer sin gran- 
des disgustos, una vez que ya habían sido declarados exentos }' 
empezado á tratarse como tales. Y por otra parte, eran ineptos para 
manejarse por sí, pues de otro modo, ya hubieran sido comprendidos 
en las listas pasadas al Virrey, en las que, sin embargo, ninguno de 
ellos estaba anotado. 

La Cédula se había expedido teniendo á la vista multitud de 
informes emanados de América, entre los cuales se hallaban los del 
Gobernador del Paraguay Rivera y un Reglamento suyo con ideas 
y providencias muy diversas de las que se adoptaron (1); pero nada 
se estimó útil, sino el plan contenido en el Informe de 8 de Marzo 
de 1800 del Virrey Aviles (2), cuyos puntos se reproducen literal- 
mente. 

Al deliberarse en Buenos Aires sobre el modo de aplicar la 
Cédula de 1803, se pidió parecer al Protector de naturales, Don 
Manuel Genaro Villota. Su dictamen, publicado por Zinny (3), aun- 
que inspirado en la mejor voluntad, agravaba sin embargo aún más 
las miserias de los indios, asignando nuevos empleos, como eran un 
Asesor con quinientos pesos de sueldo, y un Secretario con otros qui- 
nientos; ordenando la erección de hospitales, aumentando (como era 
de justicia) el sínodo á los Curas; y todo esto á costa de los pueblos; 
y finalmente, elevando el tributo á dos pesos, cuando siempre había 
sido de uno. Y es cosa digna de notarse que el buen juicio del Pro- 
tector de indios le dictó ser necesario algún trabajo de todos, para 

(1) .Sevilla: Arch. de Indias: 123. 1. 15. 

(2) Ibid. Informe del Virrey, núm. 37. sqq. 

(3) Zinny, Gobernantes del Parag'uay, 1887. Bs. As. pág. 211. 



- i'97 - 

conservar los bienes comunes. Lo cual era volver á lo que hacían los 
Jesuítas, quienes en tanto emplearon el trabajo en común, en cuanto 
fué necesario para servicio del pueblo. Mas ahora se requería 
inmenso más trabajo, habiéndose aumentado cada vez más las aten- 
ciones á que se había de acudir con este fondo común; de suerte que, 
si en tiempo de los Jesuítas era necesario que trabajasen durante me 
dio año dos días por semana para el procomún, ahora habían de ser 
necesarios mucho mayor número de días. Con esto volvía la obligación 
del trabajo común, y harto agravada, aunque parezca que la Cédula 
quería quitarla del todo. De manera que no se podía pensar en una 
aplicación racional de la Cédula, sin que se viniera á obrar, sin pre- 
tenderlo ni pensarlo, de un modo análogo al que empleaban los 
Jesuítas. He aquí el parecer del Protector en cuanto hacía necesario 
el trabajo en común: 

«Habiendo de quedar los pueblos reatados á varias cargas en 
beneficio común de los indios, como son el sueldo de algunos em- 
pleados, el establecimiento de hospital y escuela, el socorro de viejos 
é inhábiles, y el auxilio que pueden necesitar los indios en los pri- 
meros años del nuevo sistema: es indispensable también que se 
establezcan bienes de comunidad, capaces con su producto de sufrir 
este gravamen, á cuyo objeto pueden destinarse las 'principales 
estancias de los pueblos que no admiten cómoda división, las caleras 
y hornos de ladrillo, algunos algodonales, los yerbales y montes de 
madera inmediatos, y otras fincas comunes acomodadas, según las 
circunstancias locales de los pueblos; á cuya conservación y trabajo 
deberán destinarse todos los indios de cada comunidad en alguna 
parte del año, repartiéndose esta carga con la posible igualdad, 
según sea más á propósito para la oportuna labor, faena, corte y 
cosecha, en los términos que lo hacen los demás indios del Perú, y 
los vecinos de los lugares de España con respecto á sus propios 
bienes comunes, sin perjuicio del tiempo que necesitan para emplearlo 
en sus peculiares labores, y adoptando el gobierno los medios pru- 
dentes para que no queden abandonadas las haciendas de su propie- 
dad» (1). «Los indios, en el nuevo sistema, han de quedar exentos..., 
con sola la carga de cultivar los bienes que se destinen á las aten- 
ciones comunes por el tiempo preciso para esta faena, según parezca 
más oportuno al gobernador ó subdelegados» (2). 

El sistema de la Cédula de 1803 no llegó á ponerse en ejecución. El 
dictamen citado del fiscal es de fecha 22 de Febrero de 1804. Puesto 

(1) ZiNNY, Gobernantes del Paragua}', Buenos Aires, 1887, pág. 215. 

(2) ídem, pág. 216. 



- 298 - 

Velasco el mismo año en posesii'm del Gobierno de Misiones, quiso 
empezar á entablar el nuevo sistema; pero tropezó con varias dificul- 
tades, y en especial con la oposición de algunas personas interesadas 
en que no se llevase adelante la mudanza. Y es cosa singular que 
entre los que le dificultaron la empresa, aquel de quien más repeti- 
damente se queja en sus comunicaciones el Virrey, es precisa- 
mente D. Gonzalo de Doblas, quien, relevado de su cargo de 
Teniente de Concepción, se quedó varios años en Doctrinas, dando 
origen A algunos disgustos; y ahora, según los informes de Velasco, 
se oponía al planteamiento de la libertad de los indios con varias 
artes. Lo cual es tanto más de admirar, cuanto en sus escritos se 
manifiesta ardiente partidario de la inmediata exención. 

Entretanto le llegó á Velasco, por Marzo de 1806, su nombra- 
miento para Gobernador del Paraguay, sin dejar de serlo de Misio- 
nes, y pasó á tomar posesión del nuevo gobierno, como lo verificó en 
la ciudad de la Asunción á 5 de Mayo de 1806. Con esto se interrum- 
pieron las diligencias empezadas. Vino en seguida la invasión inglesa, 
en que Velasco fué llamado á Buenos Aires y bajó á este puerto; y 
pronto se siguió la independencia, sin que hubiese tenido aplicación 
la Cédula de 1803. 

Pero si se hubiese llegado á poner en práctica, se puede conje- 
turar fundadamente que hubiera producido el efecto que produjo el 
decreto de abolición del régimen de trabajo común dado en 1848 por 
el presidente D. Carlos López, cuyas consecuencias describe Moussy 
en los siguientes términos: «La condición de los indios vino á ser 
indudablemente peor; porque con el régimen de que salieron, obte- 
nían el albergue, mantenimiento y vestidos en cambio del trabajo en 
común; mientras que hoy [ocho años después], abandonados á sí 
propios, han caído en la más profunda miseria. En efecto, no siendo 
muy inteligentes, y sólo medianamente laboriosos, una vez sustraídos 
de la dirección á que estaban acostumbrados, no han sabido cons- 
truirse más que miserables ranchos en^medio del campo mal cercado, 
en que cultivan maíz, mandioca, calabazas y tabaco, como los demás 
paraguayos, y todavía con menos actividad que éstos: y fuera de 
este cultivo, no han acertado á dedicarse á industria alguna lucra- 
tiva. Desde que ha sido abandonada á sí misma, la población Guaraní 
disminuye más rápidamente todavía, á causa de la alimentación 
insuficiente, y sobre todo, irregular, á que se ve sujeta, por conse- 
cuencia de su imprevisión é incuria.» 



299 



III 



PLAN DEL EXPULSO IBÁÑEZ DE ECHAVARRI 

El año de 1755 llegaba al Río de la Plata una expedición de Misio- 
neros, de las que frecuentemente enviaban los monarcas españoles á 
sus dominios, con grandes gastos del Real Erario, para propagar y 
mantener en su vigor la fe y religión católica. Entre ellos venía esta 
vez el sacerdote Bernardo Ibáñez de Echavarri, quien, despedido de 
la Compañía de Jesús en España, hubo de dar muestras de arrepen- 
timiento 3' enmienda, puesto que habiendo solicitado nuevamente su 
ingreso, fué admitido otra vez en ella. Pero dentro de poco tiempo 
de haber llegado á América, fué de nuevo expulsado. Hallóse des- 
pués en Misiones, como capellán de una de las partidas de demarca- 
ción de límites, y ciego por el despecho de su expulsión, se dedicó á 
recoger cuanto en su concepto podía denigrar é infamar á los Jesuí- 
tas; formando de todo ello un venenosísimo libelo, lleno de calumnias 
y falsedades; en que ni de sí misn^o se olvida, y se cita con presun- 
ción manifiesta, dándose por sabio en teología, y fingiendo como 
causa de su expulsión en América el haber él aconsejado en 1753 al 
marqués de Valdelirios en Buenos Aires que prosiguiese sin levantar 
mano el negocio de la entrega de los siete pueblos, poique era mu}^ 
fácil y hacedero, aunque los Jesuítas lo pintasen difícil. Mentira tan 
manifiesta, como que Ibañez no llegó á Buenos y\ires hasta 1755, y 
por consiguiente, finge que estaba aquí dos años antes de llegar. Es 
verdad que no fué él quien publicó el escandaloso libelo, sino que, 
según se dice, al sentirse enfermo para morir, lo encargó á un sacer- 
dote de conciencia, para que obrase como juzgara convenir; mas 
cuando el sacerdote lo buscó en el lugar que Ibañez le había seña- 
lado entre sus libros, ya no lo pudo encontrar, porque lo habían sus- 
traído; y fué uno de los muchísimos libros que contra los Jesuítas 
se imprimieron por instigación del conde de Aranda en seguida del 
extrañamiento, pretendiendo cubrirlos de ignominia y hacerlos infa- 
mes con sus calumnias, privándolos de la honra, así como los había 
privado de la patria y de todos los bienes. Por lo mismo, no es fácil 
averiguar qué cosas eran del expulso, y cuáles inventadas ó añadi- 
das por los editores; aunque es verdad que uno y otros tenían, y des- 



211 



-300- 

cubren á la simple lectura, un profundo encono contra la Compañía 
de Jesús. 

En este libelo, titulado Reyno Jesuítico, después de pintar l.is 
Reducciones Guaraníes del tiempo de los Jesuítas con los más negros 
colores, se presenta con gran suficiencia un plan, en virtud del cual 
en muy breve tiempo se convertirán aquellos pueblos, trastornados, 
empobrecidos y pervertidos, según él, por la maldad de sus Doctri- 
neros, en una provincia floreciente, morigerada, y tan rica, que de 
ella podrá sacar el Rey tributos por centenares de miles, y aun por 
millones de pesos. He aquí el plan en sustancia. Lo primero que se 
ha de hacer es expulsar de aquellas Misiones á los Jesuítas. Luego 
se han de poner empleados seglares que administren los bienes tem- 
porales de los indios. Se ha de establecer el comercio, dejando entrar 
libremente á los comerciantes, como en las otras provincias, de la 
monarquía. Se ha de establecer la lengua castellana, lo cual es de 
capital importancia, y muy fácil. Se ha de esparcir la población de 
las Doctrinas, que ya es demasiada en cada Doctrina, sacando de 
ellas varias colonias, con lo que se podrá formar una y aun varias 
provincias. Con estas medidas, dentro de poco alcanzarán á verse 
allí trescientas mil almas, y cobrará el Real erario cincuenta mil 
pesos anuales de solo tributos, siendo un millón de pesos oro anual 
lo que producirá el país para los indios. 

Las líneas generales de e.ste plan son las mismas que las del plan 
de Bucareli; tanto, que, al leerlo, ocurre el pensamiento de que ó 
Bucareli siguió punto por punto á Ibáñez en la ejecución del extra- 
ñamiento y aun en las Instrucciones; 6 las insinuaciones del libelo 
de Ibáñez, impresas en 1770, son copia de lo que ya Bucareli había 
hecho y decretado. Por tanto, habiendo examinado ya el plan de 
Bucareli, nonos detendremos en el de Ibáñez, sino para hacer al- 
guna que otra observación; pues lo dicho acerca de lo irracional 
del plan de Bucareli y de sus funestos efectos, cuadra todo al de 
Ibáñez. 

Es de notar la largueza en las pijípmesas á las cuales correspon- 
dieron resultados grandes, sí, pero por lo desastrosos. La población 
subirá á trescientos mil habitantes: ya la hemos visto de cien mil 
bajar en treinta y cuatro años á cuarenta y cinco mil; y continuar 
luego bajando siempre. Los tributos serán cincuenta mil pesos anua 
les: sin duda, poniendo más contribuyentes que moradores. Los pro 
ductos anuales para los indios, más de un millón de pesos: 3' por eso 
se morían de hambre y miseria. Idos los Jesuítas, se moralizarán los 
indios: 3' sabemos por Alvear que las Doctrinas en 1795 ofrecían un 



-301- 

espectáculo nauseabundo de inmoralidad (1), y que este mal era 
inveterado y sin esperanza de remedio. Dice Ibáñez que en un año 
aprenderían todos los Guaraníes castellano: y sabemos que á los 
treinta años estaban tan ignorantes del castellano como al princi- 
pio (2), y hoy lo están los que quedan como entonces. 

No duda en asentar contra los Jesuítas las falsedades nicas paten- 
tes con suma desvergüenza: así, dice, que los estados anuales que 
hacían los Jesuítas, y que él había registrado desde el de 1660 hasta 
el de 1760, presentaban todos los años cien mil almas: falsedad cuya 
mentira se podía convencer al momento, como se puede convencer 
hoy con sólo presentarle ante los ojos dos ó tres de las muchas 
numeraciones anuas que originales todavía se conservan (3). Pero 
esto le importaba decir, para acreditar su disparatada calumnia de 
que los Jesuítas procuraban que no aumentase ni disminuyese la 
población, á fin de mantener el soñado reino, poruña parte no deján- 
dolos crecer tanto que no los pudiesen sujetar; por otra, no dejándo- 
los disminuir de modo que no tuviesen en ellos tropa bastante para 
imponerse á los españoles. Y así esta calumnia se apoya en la ante- 
rior falsedad: y el autor miente descaradamente para poder calum- 
niar con más furor. 

No menos extravagante es la idea de que el madrugar á la salida 
del sol é ir á rezar las oraciones del Catecismo á la iglesia los niños 
3' niñas, era causa de una gran mortalidad en ellos (que también 
achaca á los Jesuítas); y así Ibáñez prescribe que no vayan á rezar 
el Catecismo. 

Finalmente, para no alargarnos demasiado en éste, que resulta 
el más grotesco y desatinado de cuantos planes han elaborado los 
arbitristas para reformar á los pobres Guaraníes, diremos una pala- 
bra de las colonias de Ibáñez. Afirma él que es el negocio más fácil 
sacar de los pueblos de Guaraníes una porción de ellos para fundar 
nueva estación en otra parte. No importa que la experiencia haya 
probado que la generalidad de los indios preferían exponerse á todos 
los riesgos y aun á la muerte, por no abandonar sus tierras; que se 
volvían del camino; que se escapaban de los pueblos donde ya esta- 
ban; cosas que se vieron en la transmigración del Guayrá, en la del 
Tape, en los tobatines, y en la formación de las cinco ó seis nuevas 
colonias que en 150 años llegaron á fundar los Jesuítas. La voz de 



(1) Relación, ed. Ángklis, 1836, pág. 105. 

(2) Capítulo VII, § VI. 

(3) Buenos Aires: Arch. gen.: leg. tuím. 35 I Misiones I Compañía de Jesús / 
Varios años. 



- 302 - 

Ibáñez tiene más autoridad que la de la experiencia: Ibáñez lo dice: 
iiay que darle crédito. Pero es curioso su modo de poblar. Tómense 
para cualquier distrito, aunque sea del Chaco, cien blandengues con 
sus familias: establézcanse en un punto, llevando algunos indios 
como convenga; levanten casas: ya tenemos un pueblo sólidamente 
formado, que se defenderá maravillosamente de todos los indios. 
Con quinientos ó seiscientos blandengues distribuidos de este modo, 
estará poblado y conquistado en pocos años el Chaco, que en más de 
cien años no han podido arreglar los Jesuítas. Traslado á las autori- 
dades que quieran poblar las comarcas desiertas ú ocupadas por los 
bárbaros. Pero bueno será que sepan el hecho que no debió ignorar 
Ibáñez, de que por haber observado el Gobernador Andonaegui que 
la población de Lujan había logrado arraigar al oeste de Buenos 
Aires con sólo la iniciativa individual, á pesar de estar frontera á 
los indios, se animó á fundar tres poblaciones, precisamente con la 
circunstancia de que fuesen en los puntos donde estaban las compa- 
ñías de blandengues (Salto, Laguna Brava y la Matanza); y aunque 
algo más tarde, por Cédula de 7 de Setiembre de 1760 se concedió 
la solicitud que él había hecho, señalando para la fundación efica- 
ces auxilios y medios, nunca llegaron á formalizarse estas poblacio- 
nes (1). Ni tampoco las que con las mismas circunstancias se traza 
ron en los boquetes de la Sierra (2). Los pueblos de San Gabriel 
de Batoví 3^ San Félix de la Esperanza, que más tarde se fundaron 
con grandes empeños de Azara y copioso auxilio de blandengues en 
frontera portuguesa {3\ apenas alcanzaron á durar uno ó dos años. 
Y lo mismo les hubiera sucedido á las colonias que soñaba la fanta- 
sía del no menos presuntuoso que maldiciente é ignoiante Ibáñez. 



IV 

212 

^*^ PLAN DE DOBLAS 

Otro plan generalmente conocido es el que más tarde ideó 
y expuso D. Gonzalo de Doblas en 1785, siendo Teniente de 

(1) [SalvaireJ, Historia de Nuestra Señora de Lujan, Buenos Aires 1885, capí- 
tulo VII, número XV. 

(2) Ibid. 

(3; Informe del Virrey Aviles en Trelles, Revista de la Biblioteca, Buenos 
Aires 188, tom. III. pág. 455. 



-303- 

Gobernador del Departamento de Concepción, }' ocupa toda la 
segunda parte de su Memoria histórica, geográfica, política y eco- 
nóniica sobre la provincia de Misiones de indios Giiaranis (1). No 
contento con lo mucho que allí había escrito, compuso otra nueva 
Memoria, que no ha visto la luz pública, en la que modificaba su pri- 
mitivo plan, en virtud de las objeciones que le hizo Azara, y la tituló: 
Disertación que trata del estado decadente en que se hallan los 
pueblos de Misiones^ con los medios convenientes para su repara- 
ción (2). Y dirigiendo su plan al Comisario D. José de Várela y 
Ulloa, le agregó un Apéndice con título de Adiciones d la Memo- 
ria histórica, etc., en que... D. Gonzalo de Doblas... ha corregido 
algunos de sus tratados en la forma siguiente (3): )' en él hizo las 
últimas observaciones que se le habían ocurrido hasta fines del 
año 1787 ó principios de 1788. Tiene especial importancia el plan de 
Doblas, porque sus clamores contra lo que llamaba comunidad, que 
había sido el comunismo opresor creado por Bucareli, y su dictamen 
desacertado de que se había de suprimir todo trabajo común, y de 
repente, tuvieron no poco influjo para que se expidiese la Cédula de 
1803, que 3'a hemos analizado. Doblas pidió encarecidamente á Várela 
que pusiera su plan en conocimiento del Re}' 3' de sus ministros (4), 
y Várela al volver á España lo hizo así (5), y dispuso los ánimos 
favorablemente respecto á la mudanza. 

El intento de Doblas es, según él mismo lo explica, procurar «el 
bien de estos naturales, facilitándoselo con algún nuevo método de 
gobierno, que los saque de la miseria, sujeción y abatimiento en 
que se hallan-» en 1785. Era en sustancia lo mismo que había pro 
metido Bucareli que se conseguiría, con sólo poner en práctica el 
plan ideado por él; y ahora, después de diez y siete años de aplicar 
el plan, estaban de veras los indios en «^miseria, sujecióny abati- 
miento», pues Doblas no es testigo sospechoso, sino más bien des- 
afecto á los Jesuítas; y hemos visto que los otros testigos concuer 
dan con él. 

Después de haber expuesto en la primera parte tanta «.¡m'seria, 
sujeción, abatimiento é igiioranciar», y de haber atribuido todo esto 
al trabajo en común indistintamente, en lo cual veremos en otra 
parte cuánto se engañó, tomando una cosa por otra, )' apoyándose 
en un fundamento particular verdadero, para sacar conclusión gene- 

(1) ÁxGELis, tom. III. ed. 1836, 116 págs. 

(2) Ibid. Proemio ó Disc. prelim. 

(?>) MS. comprende unas 14 páginas iguales á las impresas de Angelis. 

(4) Adiciones, núm. 23. 

(5j Angelis, Disc. prelim. cit. .MSS. de Seguróla. 



-304- 

ral contra todo trabajo en común; pasa Doblas á representar el tras- 
torno que se había de seguir en el caso de dejar á los Guaraníes 
entregados de repente á sí mismos, después de un sistema de tanta 
esclavitud que cinco días de la semana estaban trabajando para la 
comunidad, y mal tratados; sin entender de manejo de cosas propias 
ni de comercio. No tienen «luces para saber proporcionarse los auxi- 
lios y socorros necesarios á la vida; y esta incapacidad es nn pode- 
roso estorbo para franquearles la libertad-» <í^de que cada tuio tra- 
baje para su propia utilidad, comercie con los frutos y efectos de 
su trabajo ó industria, y en todo vivan y sean tratados cotno los 
denuis vasallos». <i.Parece imposible el franquearles la libertad, sin 
exponerlos d su total ruina; siendo cosa evidente para todos los que 
los conocemos, que el franquearles la libertad serla lo mismo que si 
á cada individuo lo colocasen en un desierto sin ninguna compa- 
ñía, y allí tuviese que proporcionarse por si solo todos los socorros 
necesarios á la vida, que seria lo mismo que ponerlo á perecer. Y no 
le parezca á usted ponderación. La falta de inteli gencia en todo lo 
que es ayudarse mutuamente, el no saber vender ni permutar unos 
bienes por otros, ni valerse unos de la habilidad de los otros, los 
reduciría al más miserable estado. Se imposibilitarla la recauda- 
ción de los reales tributos, se minoraría y aun acabaría el culto de 
los templos, y aun se dispersarían los pueblos, ocasionando tal ves 
la total ruina de los pueblos. Y [en caso de no arruinarse las Doc- 
trinas]... se llenarían estos pueblos de espaíioles vagabundos ó de 
pocas obligaciones, que, con pretexte de poblar la tierra, ó de entrar 
á tratar y contratar, se aprovecharían del trabajo de los indios, 
poniéndolos en más opresión y menos asistencia que la que ahora 
tienen, y les quitarían por cuatro bagatelas todo lo que á costa de 
muclio trabajo hubieran adquirido, sin que el gobierno pudiera 
remediarlo, con otras peores consecuencias que pudieran espe- 
rarse-» (1). 

Hasta aquí se ve discurrir al hombre práctico y de buen sentido, 
que juzga por lo que tiene delante de los ojos (y todos ven como él), 
lo que va á resultar en el momento en que de pronto sean abando- 
nados los indios á sí mismos. Cualquiera estará esperando que 
Doblas va á proponer un temperamento con el cual, sin precipitar á 
los indios en esa ruina que tan claramente ha sabido percibir y des- 
cribir, los va3"a disponiendo poco á poco á gobernarse á sí propios. 
Pero el desencanto es inmediato A renglón seguido del hombre que 

(1) Ed. Ángelis, 1836, pág. 78. 



-305- 

ve con claridad lo que tiene delante de los ojos, aparece el arrojado 
y temerario que se deja arrebatar de la fantasía y de una idea pre- 
concebida; y no dudaría en lanzar toda una provincia á su ruina, 
haciendo en ella un experimento como in anima vili. <i.Yo^^ , dice 
«.sin que me atemoricen tantos inconvenientes, tengo por cosa faci- 
lísima la ejecncióti del reglamento qne voy á proponer, y por infa- 
libles las favorables consecnencias de que él se compone. Sin 
embargo de los riesgos é inconvenientes que he manifestado á 
usted pueden seguirse [algo más que posibilidad ha mostrado arriba: 
ha hecho ver que necesariamente deben seguirse los inconvenien- 
tes] de dar á los indios entera libertad, ésta deberá ser la base 
DE toda la obra. Los iudios, en mi Reglamento, deberán quedar 
libres enteramente, con libertad absoluta [de toda dirección y de 
todo trabajo común], como la tenemos todos los españolcsy> (1). Basta 
con este rasgo para juzgar á Doblas y su plan, y echar de ver el 
enorme desconcierto que había de introducir semejante sistema, 
cualesquiera que fuesen los remedios que quisiera aplicar, que, en 
realidad eran nulos, y aun propios para agravar el mal. No necesita- 
ban más los pobres Guaraníes para caer en su ruina completa, que 
inventores de planes desconcertados como Bucareli y Doblas. Buca- 
reli exaltó el espíritu de soberbia é independencia en los indios, al 
mismo tiempo que dejaba sin vigor y ataba las manos á toda auto- 
ridad que los pudiese refrenar. Echó además las bases para que 
el trabajo en común de los indios, antes de él moderado y llevadero, 
vnniese á degenerar en esclavitud, y la autoridad que inconsulta- 
mente había querido mermar, se convirtiese en despotismo, Y ahora 
que esclavitud y despotismo estaban arraigados, se empeña Doblas 
en que de repente cese, no lo que había de abusivo (que éso era muy 
justo que se suprimiese), sino todo trabajo común. Y eso «s/;z em- 
bargo de los inconvenientes-», que eran nada menos que la ruina 
total, ó por lo menos la opresión de los indios, y el estrago de las cos- 
tumbres procedentes de una invasión de advenedizos. 

Doblas no reparte los bienes de comunidad, ni total ni parcial- 
mente, sino que quiere que todos ellos queden, bajo de inventario y 
tasación, á cargo de un administrador, á quien no quiere que se llame 
sino factor, como la comunidad se ha de \\a.vcva.r factoría, así para 
abolir los odiosos nombres de comunidad y administrador (2), como 
«porque le parece mejor convenirles estos nonibres-f. El factor viene 
á resultar en el sistema de Doblas un comerciante que ejerce mono- 

(1) Ed. Ángelis, pág. 79. 
i2) Pág. 8L 

20 Organización Social de las Doctrinas Guaraníes.— tomo ii. 



-306- 

polio en las Doctrinas: compra á los comerciantes de fuera, y vende 
á los indios. Juntamente es una especie de administrador casi pro- 
pietario de los bienes de comunidad, para cultivar los cuales, alquila 
á los indios y les paga jornal; ó puede arrendar las fincas, y los 
arrendatarios cultivan las tierras, valiéndose de los indios como de 
jornaleros (1). Tiene una tienda ó pulpería, en que por medio de un 
hombre asalariado, despacha á los indios las cosas de consumo dia- 
rio, sean comestibles ú otras cualesquiera cosas (2). Por medio de 
otro hombre asalariado tiene carnicería (3). Debe tener tahona (4). 
Ha de dar jornal y ocupación á cuantos se la pidieren (5): ha de 
comprar lo que los indios le quieren vender del fruto de su trabajo, 
aunque él no lo necesite (6); y si algún indio no trabaja ni para la 
factoría, ni para sí, «se le debía compeler por aquellos medios más 
oportunos y eficaces que se tuviera por conveniente» (7). Se ha de 
introducir la moneda (8). 

Arreglado su plan económico en esta forma, se promete Doblas 
que desde el primer año, y aun en la situación decadente de los pue- 
blos, se han de recoger en la factoría 300 mil pesos plata líquidos 
entre todas las treinta Doctrinas, ó lo que es lo mismo, diez mil pesos 
de utilidades en cada pueblo; y, como si ya los tuviera en la mano, 
se pone á hacer la distribución en sueldos para el Gobernador, para 
el Teniente, para el factor, etc. etc.; y establece todo el plan nece- 
sario para formar una provincia con capital, Universidad y Obispado 
en Candelaria, teniendo por ciudad subordinada á Corrientes; y 
detalla cuanto se ha de hacer en el orden político, en el militar y 
hasta en los asuntos eclesiásticos. Castillos en el aire. 

Quien se tomase el trabajo de examinar una por una las partidas 
de que se componen los 10.000 ó 10.500 pesos anuales de utilidad 
anuales en cada pueblo; las hallaría erradas. Y aun cuando algunas 
fueran exactas, vería que estaban sujetas á mil contingencias, incer- 
tidumbres y desastres. Con lo cual quedaría sin sueldo, ó con sueldo 
incierto, todo el ejército de empleados creado por Doblas, y sin recur- 
sos las atenciones más necesarias y que no dan espera. Los cálculos 
de Doblas eran muy seductores á primera vista: pero examinados 



(1) 


Doblas, Adiciones, núm. 20. 


(2) 


Mem. pág. 85. 


(3) 


Pág-. 86. 


(4: 


Fág. 87. 


(5) 


Pág-. 79. 


(6) 


Pág. 87. 


(7) 


Pág. 80. 


(8) 


Pág. 81. 



-307- 

con detención, se ve que no sabía calcular, y que hubiera arruinado 
las Doctrinas, aun sólo mirada la parte económica, como se cargó 
él mismo de deudas. 

Pero deja por otra parte estupefacto el ánimo aquel poder colo- 
sal que se levanta en el factor, en cuya mano se ponen todos los bie- 
nes del pueblo, }' el dinero, y la autoridad de contratar, de 
arrendar y comerciar, con exclusión de otro cualquiera, y aun de 
compeler los ociosos al trabajo: cuando se considera además qué 
calidad de personas eran las que se podían emplear en tales cargos: 
«debe/i buscarse para factores uiosos instruidos en casas de conier- 
cio, ú oficinas de Real hacienda:... conviene no sean tan mozos que 
bajen de 30 años, ni pasen de los 50. Es preciso en ellos )uucha 
viveza de genio y robustez, un trato dulce para con los indios, y 
que estén libres de vicios, principalmente de los de incontinencia, 
embriaguez y del juego de naipesy> (1). La dificultad de encontrar 
sujetos de tales cualidades que quisieran ir á aquellos retirados pue- 
blos, 3" los abusos que, aun estando dotados de ellas, podían temerse 
en las personas y en los bienes de los indios, son patentes. Y el 
advertirlos algo más, hizo que dos años más tarde, modificase Doblas 
en sus Adiciones algunas de las primitivas facultades que atribuía á 
los factores. 

En cambio, los indios, á quienes se halaga con el especioso nom- 
bre de libertad, parece que únicamente quedaban libres de morirse 
de miseria, pues en realidad habían de venir á ser esclavos del fac- 
tor; y con la mayor serenidad representa Doblas, como un gran pro- 
greso, á los Guaraníes trabajando á jornal sus propios bienes comu- 
nales, para el aprovechamiento y al arbitrio de un arrendatario cual- 
quiera venido de fuera. 

El plan de Doblas no tuvo aplicación ninguna. Si la hubiese tenido, 
hubiera convertido el gobierno de las Doctrinas en una empresa 
comercial, acarreando efectos desastrosos, que quizá hubieran sido 
ma3^ores que los producidos por el sistema de Bucareli. 



V 

ARBITRISTAS 

No conocemos, fuera de los enumerados, ningún otro plan que 
haya sido propuesto detallada y seriamente para arreglar las Doctri- 

(1) Doblas, Memoria, Página 82. 



213 



-308- 

nas Guaraníes. Lo único que se encuentra; en una materia de que 
tantos han hablado y en que todos presumen tener suficiente compe- 
tencia para proponer reformas que se pudieran haber hecho; es la 
designación de algún medio determinado como fuente del bien de los 
naturales y de toda la sociedad de la cual dependían. 

Así por ejemplo, el libelista que en 1715 presentó su acusación 
contra los Jesuítas á Felipe V, y renovó el mismo libelo en 1732 (1), 
cifraba la felicidad y buen régimen de las Doctrinas en que se qui- 
taran las armas de fuego á los Guaraníes y se introdujeran en los 
pueblos Corregidores españoles. Con lo primero, según él, se aleja- 
ría un perpetuo peligro de la tranquilidad de los países comarcanos, 
que podían ser invadidos por los indios si se rebelasen. Con lo 
segundo se rendirían doce millones anuales de pesos al Real Era- 
rio (2). — A lo primero respondía el P. Rodero que, siendo los Guara- 
níes milicia de frontera portuguesa, las armas de fuego eran pura 
necesidad, si no habían de salir con lanza y flecha á resistir cá enemi- 
gos armados de bocas de fuego; y que el guardarse bajo de la orden 
del Gobernador y del Superior las tales armas, aseguraba el temor de 
cualquier abuso. Hemos expuesto en su lugar estas razones; y la 
experiencia perpetua las confirmó. Pero los vecinos de la Asunción, 
en cu3"0 nombre y por cuyos agentes fué presentado este segundo 
libelo (3), veían y pretendían otro efecto muy distinto del que pre- 
textaba el recurso; y era el que les descubrió el Gobernador D. Bruno 
de Zavala en su Carta al Rey de 25 de Agosto de 1735 (4): <!.¡qs prin- 
cipales movedores de los escándalos de esta provincia [en las sedi- 
ciones de Antequera y del Común] desean, con aparentes ficciones 
del servicio de V. M., reducir d los Indios de las Misiones d que no 
tengan armas ofensivas, para lograr sus ideas sin oposición, por lo 
renioto de este paraje-» (5).— A lo de los Corregidores satisfacía el 
mismo religioso con recordar que, por más de 130 años, se habían sus- 
tentado las Doctrinas sin Corregidores ó Administradores seglares, 
y con gran aumento; mientras los otros pueblos de indios que tenían 
Corregidores españoles, se habían consumido y arruinado. Que segu- 
ramente no pondrían á los indios en lo cristiano, político y militar, en 
mejor estado que el que tenían. No dilatarían más los dominios del 
Rey. No tendrían á los indios más sujetos á la autoridad real. Y de 
los doce millones anuos de pesos para el Erario, hacía burla diciendo: 

(1) Memorial del P. Rodero, lib. 1. c. XIII. § 1. n. 2. 3. 

(2) Rodero, Memorial, n. 29. 

(3) Núm. 3. 

(4) Lozano, Revoluciones, lib, V. cap. XI. n. 8. 

(5) RoDHRO, Memorial, n. 30. 



-309- 

«/ Estos son los pueblos en que hallarán grandes conveniencias los 
Corregidores, donde no se halla la congrua y decente sustentación 
de un Cura, y por eso no liay Clérigo secular que los apetezca!-» (1). 
La experiencia, ya que no se quiso creer á la razón, confirmó todos 
sus asertos. Pusiéronse Corregidores (que no otra cosa fueron los 
Administradores de Bucareli, aunque con diverso nombre), y no 
aumentaron los indios, sino que se consumieron. Su estado en lo 
cristiano, político y militar vino á ser tan deplorable como hemos 
visto. En vez de dilatar los dominios de España, los perdieron para 
enriquecer á Portugal. Los indios perdieron la antigua sujeción y 
fidelidad. Y en lugar de los doce millones de pesos anuales, apare- 
ció una espantosa miseria, y hubo pueblos á quienes el Rey tuvo que 
perdonar su pobre tributo de un peso por muchos años. — Pero tam- 
bién esta insidiosa idea obedecía á una intención no confesada, que en 
la predicha carta desenmascaró Zavala, diciendo: <ídesean, con apa- 
rentes ficciones del servicio de V. M., que se les altere [á los Guara 
níes] su regular gobierno, para que con la certidumbre de su confu- 
sión en este caso, puedan dominarlos, y servirse de ellos como de 
unos míseros esclavos, como lo han hecho con los indios de los pue- 
blos de esta Provincia, que habiendo sido opulentos y numerosos, 
están reducidos cada uno de estos á un pobre Hospital de pocos con- 
valecientes». 

Por el estilo de aquellos arbitristas se encuentran otros que dis- 
curren con gran seguridad sobre lo que los Guaraníes hubieran 
podido llegar á ser con tal ó cual medio que á ellos se les ofrece. Y 
así, nada más común que el oír ó leer: «Si los Jesuítas hubieran 
hecho esto, ó lo otro... los Guaraníes, en el estado de docilidad en 
que se encontraban, con la abundancia y fertilidad de su país, 
hubieran llegado á ser...»; y en lugar de los puntos suspensivos pone 
cada uno aquella condición ó circunstancia que más le ha herido la 
fantasía. Hay quien dice: «-Si los Jesuítas se hubieran empeñado en 
enseñarles la lengua castellana». Como si creyeran el absurdo de 
Ibáñez de Echavarri, de que era tan fácil esta tarea, que sin duda en 
un año habrían aprendido ya todos los Guaraníes el castellano; ó 
como si el castellano fuera la perfección universal. Los Jesuítas tra- 
bajaron por hacer que los Guaraníes hablasen castellano, usando de 
todos los medios prudentes y enseñándolos en las escuelas; aunque 
no usaron del castigo de azote, porque ni estaba mandado, ni era 
prudente. A pesar de todo, no lograron introducir el idioma ei^pañol, 

(1) Rodero, Memorial, núm. 30. 



-210- 

porque esto no era fácil, sino difícil. No lo logró Bucareli con ochenta 
años que duró su sistema. No lo consigue hoy mismo el gobierno de 
la República del Paragua}^ ni el de la .provincia de Corrientes. Ni 
aunque lo consiguiera, estaría cifrada en eso la civilizacián. Los 
Guaraníes de Misiones aprenden hoy el portugués, y no por eso son 
más civilizados que los que lo ignoran. Los indios del Chaco apren- 
den el castellano, y se entienden con los misioneros y los paisanos; 
pero no por eso son menos salvajes. 

Otros dicen: «5/ ¡os /cs/iítas hubiesen preparat/o á los indios 
para la civilisación...-» — Pero además de lo vago de la frase, que 
nada concreto significa; era menester saber si los indios eran capa- 
ces de esa preparación inmediata. Los misioneros dicen que los pre- 
paraban para vivir como los demás subditos de España: que hacían 
varias pruebas con ellos, pero que por entonces no daban resultado; 
3' así, habían salido de la barbarie; pero estaban todavía lejos del 
estado de los europeos. Y la verdad es que habían sido sacados del 
estado salvaje y vivían como fervorosos cristianos, que es lo que 
les era esencial, sin que les faltase el bienestar temporal. — Los arbi 
tristas dicen que en aquel espacio de tiempo ya podían haber sido 
como los europeos. Entre los misioneros que hablan de lo que ven y 
tocan, y los autores de planes aéreos, que hablan de lo que ignoran, 
fácil es decidir á quién se debe creer. 

Algunos añaden: «S/ los Jesuítas no hubiesen tratado á los Gua- 
raníes como á niños grandes ...» —Y)e']Sínáo aparte las metáforas, 
esto viene á signifiear que si, á pesar de ser los Guaraníes incons- 
tantes, los Jesuítas los hubieran tratado como á varones constantes; 
á pesar de ser inexpertos é imprevisores, les hubieran fiado todas las 
cosas de más trascendencia con toda confianza, como á personas cau- 
tas y de gran juicio; á pesar de ser enemigos del trabajo y amigos de 
juegos y de diversiones, los hubiesen dejado proceder á su arbitrio y 
no los hubiesen urgido con medios prudentes para el trabajo; en una 
palabra, si á pesar de ser noveleros, indolentes, fáciles de engañar , 
incapaces de proveer suficientemente ni aun para su propio sustento, 
los hubiesen tratado como lo que no eran, y no los hubiesen tratado 
como lo que eran; entonces hubieran acertado, y los indios de un 
salto hubieran llegado á la civilización europea. El dislate es tan 
enorme, que pocos habrá que le igualen, á pesar de ocultarse detrás 
de la metáfora de los niños grandes: pero los Jesuítas sabían bien lo 
que hacían, é hicieron bien, puesto que para acertar, cada uno debe 
ser tratado como lo que es, y no como lo que no es. 

No han faltado quienes asentaran que el medio cierto de conser- 



- 31 1 - 

var y civilizar á los indios, era favorecer el cruzamiento de las razas: 
y que los Jesuítas pusieron trabas á este proceso, aislando los pue- 
blos. Aserciones ambas contrarias á la verdad. Porque ó los que tal 
afirman hablan de algún cruzamiento ó mestizaje á la usanza de los 
animales: y ése no es apto para civilizar, sino para embrutecer: y 
por lo mismo, obraban muy bien los misioneros estorbándolo: en lo 
cual no hacían más que cumplir los preceptos de la ley natural y del 
Evangelio, y las leyes civiles españolas, que penaban gravemente 
tales desórdenes. O tratan de matrimonios legítimos: y entonces es 
claro que, aun suponiendo que fuera eficaz para civilizar al indio, 
era medio utópico é impracticable: pues nunca fueron, ni podían 
ser; en gran número tales matrimonios. Podrá verse patentemente 
lo fantástico de ese medio, aplicándolo á un problema de actualidad. 
Todavía están por civilizar en la República Argentina, y en sus 
confinantes, los indios del Chaco; pero no se les ocurre á los que tra- 
tándose de los Guaraníes tienen por eficaz ese arbitrio, el persuadir 
á los habitantes de las ciudades ó de los campos, que vayan á con- 
traer matrimonios con los tobas, matacos, etc., para civilizarlos. Ni 
da para ello decretos el Gobierno: si lo hiciera provocaría una re- 
chifla universal. 

Demás de que, no es verdad cierta y averiguada, sino aserción 
voluntaria, que en estos cruzamientos se mejorasen las cualidades 
intelectuales y morales de las razas. Observadores hay que, funda- 
dos en hechos concretos, sostienen lo contrario, y desaconsejan con 
gran empeño tales uniones, como lo hace Augusto deSaint-Hilaire(l). 

Finalmente, el aislamiento de las Doctrinas, al cual se alude 
como á estorbo de los matrimonios de indios con españoles, se ha 
visto ya en su propio lugar que no lo inventaron los Jesuítas, sino 
que estaba sabiamente preceptuado por las leyes españolas. 

En general, todos los arbitristas suelen quedar sin saber qué res- 
ponder cuando se les dirigen seriamente estas dos preguntas: si el 
plan que preconizan era (en las circunstancias de tiempo, lugar, per- 
sonas y leyes en que se hallaron las Doctrinas) posible y práctico; y 
si dado que se hubiese aplicado, iban á llegar con él los indios Gua- 
raníes á igualar en perfección la civilización cristiana de Europa. 
Una de las dos preguntas viene á dar en tierra con el sistema pro- 
ducto de la imaginación; y á veces la destrucción procede por igual 
de una y otra. 

(1) Saint-Hilaire, Auguste Prouvesal de, Voyage á Rio Grande do Siil (Brésil), 
1887, pág-. 267-349. 



CAPITULO XI 



JUICIOS DE ESPECIAL AUTORIDAD 



1. Los Reyes.— 2. El estado eclesiástico. — 3. Extraordinario juicio favorable 
de dos Obispos. — 4. Prosiguen los dos testimonios extraordinarios. — 5. Los Gober- 
nadores. — 6. Plebiscito de los indios. 

Interminables nos haríamos, si hubiésemos de dar cabida en esta 
sección á todos los juicios que se han pronunciado acerca de las 
famosas Reducciones del Paragua}', pues aun los que no tienen 
buena opinión de ellas han de reconocer que han sido renombradas 
en todo el mundo; y como dice un escritor (1), «lo que ha dado cele- 
bridad en Europa á las regiones del Paraguay, han sido las vicisitu 
des de los Jesuítas, de quienes [por causa de sus Reducciones ó Doc 
trinas], tantas calumnias se han esparcido.» Por otra parte, no 
conviene prescindir de este elemento, que, junto con los demás, 
hasta aquí examinados, ha de contribuir á esclarecer la verdad 3^ for- 
mar cabal concepto del valor real de la organización dada por los 
Jesuítas á sus Doctrinas Guaraníes. Dividiremos, por tanto, los 
juicios en ciertas clases, aduciendo los más oportunos, para suplir 
los que se omiten, sin dejar de dar suficiente conocimiento de la ma- 
teria. En el presente capítulo van reunidos aquellos que son de espe- 
cial autoridad, unos por proceder de testigos inmediatos, á quienes 
no se les puede negar fe sin graves razones en contrario; otros 
porque los dieron quienes tenían gran interés en estar bien informa- 
dos, 3' en no autorizar sino lo que constase con mucha certidumbre. 

(1) BuscHiNG, Geografía nova, Venecia, 1781, tom. XXXIIL Art. Governo de 
Buenos Aires, § Paraguay. 



313- 



214 

LOS REYES 

Cargo esencial de su gobierno juzgaron los Reyes de España el 
promover las Misiones á infieles en América, y el mantenerlas en 
buen estado; 3^ no fut-ron descuidadas en esta razón las ¡Misiones de 
Guaraníes del Paraguay, sino antes por el contrario, estimadas en 
gran manera, y atendidas con interés y solicitud. 

Tres monarcas de la dinastía de Austria alcanzaron á vivir desde 
el tiempo en que se fundaron las Doctrinas, y los tres foi marón gran 
concepto del acieito de los Jesuítas en dirigir aquellas Misiones, y 
favorecieron con grandes mercedes á los indios, para que se pudiese 
entablar en sus tierras el sistema que ya hemos expuesto. 

Felipe III fué quien dio ocasión cá Remandarlas de Saavedra 
para instar al P. Provincial Diego de Torres á que enviase Misione- 
ros al Guayrá, al Paraná y á los Guaycurús. Porque, habiéndole 
dado cuenta Hernandarias, entonces Gobernador de la provincia de 
Paraguay y Río de la Plata, de que no había en el país fuerzas espa- 
ñolas bastantes para tener sujetos á los indios; la respuesta fué: 
«Acerca de esto, ha parecido advertiros y ordenaros que, cuando 
hubiere fuerzas bastantes para conquistar dichos indios, no se ha de 
hacer sino con sola la Doctrina, y predicación del Santo Evangelio, 
valiéndoos de los religiosos [de la Compañía] que han ido para este 
efecto (1).» El mismo fué quien por Cédula de 20 de Noviembre 
de 1611 (2), ordenó la forma que se debía guardar en cuanto á la 
congrua sustentación de los Misioneros, disposición que sin mudanza 
alguna se observó hasta el extrañamiento. Él aprobó en 10 de Octu- 
bre de 1618 las Ordenanzas de Alfaro (3), relativas al modo de arre- 
glar los pueblos de indios, las cuales fueron acertada aplicación de 
lo que ya antecedentemente estaba ordenado acerca de esta materia, 
y vienen á ser en gran parte el régimen de Doctrinas, que los Padres 
no hicieron más sino aplicar. 

Felipe IV continuó las mercedes de su padre para con los Jesuí- 

(1) Céd. real de 5 de Julio de 1608. 

(2) Tráela entera Lozano. Hist. lib. VL c. V^III. n. 6. 

(3) Apénd. m'im. 56. 



- 314 - 

tas del Paraguay, renovándoles la concesión para que se pagasen ñ 
costa del tesoro real las medicinas }' médico de que tuvneran necesi- 
dad (1); enviando lucidas expediciones de Misioneros (2), y dando 
apretadísimas órdenes para que se reprimiesen los desmanes de los 
paulistas (3). Oyó muy de. propósito al P. Montoya, que algo más 
tarde fué á instar sobre lo mismo, dando noticia cumplida de las 
Doctrinas y de su régimen, en el libro que entonces imprimió de la 
Conquista espiritual; y le concedió grandes privilegios en favor de 
aquellos indios, empeñándose por momentos más en defender aque- 
llas Reducciones, y facilitando las cosas para que se les pudiesen 
permitir las armas de fuego. Y habiéndose suscitado por entonces 
los grandes disturbios del Illmo. Sr. Obispo Cárdenas, con terribles 
acusaciones del mal régimen de los Jesuítas en las Doctrinas, y 
calumnias de que usurpaban la jurisdicción real y otras muy graves; 
hizo Felipe IV examinar el negocio con toda diligencia y dió solemne 
aprobación del proceder de los Misioneros en las Doctrinas y de 
cuan satisfecho estaba del modo como las administraban. Porque 
«vistos los autos-» dice el Dr. Xarque «con nmdiwo acuerdo^ hicieron 
los Ministros Reales consulta á la Majestad de Felipe Cuarto... 
Mandó Su Majestad por resulta se impusiese perpetuo silencio á 
todos los émulos; y á los Prelados de los sujetos que en la conjura- 
ción se liabían señalado, que los castigasen severamente, con des- 
tierro y clausura^ etc. Y para que la merced que recibió la esclare- 
cida Compañía de Jesús fuese muy de la Católica y Real grandeza, 
resolvieron aquellos gravísimos y nobilísimos Senadores [del Con- 
sejo de Indias], que dos señores de su gremio fuesen al Colegio 
hnperial, y en nonihre de Su Majestad, diesen al P . Provincial, y 
á la Comunidad sapientísima, tan numerosa como observante, los 
parabienes del feliz suceso, que habían tenido los Operarios Evan- 
gélicos, tan injustameate perseguidos; y asimismo las gracias del 
religioso y santo celo con que promulgaban el Evangelio en las 
remotas provincias del Paraguay.» (4) 

En el reinado siguiente de Carlos II, hecha indagación sobre el 
modo de proceder de los Jesuítas en estas Misiones, por medio de 
un Visitador destinado expresamente para este efecto, «Doña Ma- 
ri atm de Austria, Gobernadora de España^ dice el Dr. Xarque, 
mandó despachar cuatro Cédulas muy hijas de la clemencia Real. 

(1) Céds. de 18 de Set. 1623 y 26 Febrero 1628. Arch. Gen. Bs. As. legajo n.» 53. 
Compañía de Jesús / Vario.t años. 

(2) El P. Sobrino trajo en 16-7 42 Misioneros, y el P. Taño en 1640 trajo 30. 

(3) Céd. de 12 Set. 1628, y otras. 

(4) Xakque. Insignes Misioneros, lib. II. c. XXXIV. 



-315- 

En ellas califica y defiende ¡a vida inculpable de los Ministros 
Evangélicos de aquella Provincia, y sns Redncciones (1). Con esto 
se aprobaba y daba por bueno y conforme á las leyes de la nación y 
provechoso á los naturales, el modo de regirlos que usaban los 
Padres; y como confirmación de este juicio, dentro de poco se les 
mandaron devolver á los indios bajo de la custodia de los Misioneros 
las armas de fuego, que por siniestros informes habían sido retiradas 
de las Doctrinas, como queda expuesto en su lugar (2). El valor y 
disciplina con que procedieron en este reinado los tres mil Guara- 
níes que tomaron por asalto la Colonia, dio tanto crédito á estas 
Misiones y á la bondad del régimen con que eran gobernados (pues 
al influjo de él atribuían todos el buen estado de los indios), que al 
dar el Rey orden en 1690 al Gobernador del Río de la Plata para 
que estorbase cualquier intento de los portugueses de poblar en 
iVlaldonado, envió juntamente Cédula de ruego 3^ encargo al Provin- 
cial de los Jesuítas para que, si el Gobernador lo requiriese, hiciera 
bajar de las Doctrinas el número de hombres de armas que fuera 
posible, para juntarse á las tropas que tuviera el Gobernador, v^en 
cuya breve unión de fuerzas y su oposición^ dice la Cédula «/rrt 
principalmente el buen logro del intentoy> (3). Y por los mismos 
años aprobaba lo hecho por el Gobernador del Paraguay, quien le 
informaba del buen estado de las Doctrinas á causa del desvelo de 
los Padres, y de la diligencia y celo con que habían entablado la 
nueva doctrina de Jesús (4). 

No fué menor la aceptación que mereció el método y administra- 
ción de los Jesuítas á los tres reyes de la casa de Borbón á cuyos 
reinados se extendió, hasta 1768, sin excluir á Carlos III, el último 
de los tres. 

Felipe V, informado con presentación de multitud de documen- 
tos auténticos de los grandes servicios que en todo tiempo habían 
prestado los Guaraníes de Doctrinas á la Corona, y de que conti- 
nuaban prestándolos, habiendo salido en 1701 en número de dos mil 
debajo de la conducta del Sargento Mayor Alejandro de Aguirre, por 
orden del Gobernador de Buenos Aires, á rebatir á los indios infieles 
(protegidos y estimulados por los portugueses de la Colonia), y á 
estorbar sus robos é insultos; dirigió al P. Provincial del Paraguay 
en 26 de Noviembre de 1706, Cédula de ruego y encargo para que se 

(1) ídem. lib. II. cap. LV. 

(2) Libro I. cap. VI. § III. 

(3) Archivo Gen. de Buenos Aires, legajo / ttihn 10 I Compañía / de Jesús I 
Paraguay. 

(4) Ibid. Céd. de 19 de Abril de 1693. 



— Sló — 

diesen gracias á los indios por su amor, celo y lealtad, alentándolos 
á continuar y aun á esforzarse más en adelante, y asegurándoles de 
que para cuanto pudiera serles de consuelo, alivio 3' conservación, 
los tendría presentes el Monarca. Y, aprobando y alabando el régi 
men con que eran gobernados, añade: <íY debiéndose atribuir las 
operaciones de estos Indios d la dirección y buena conducta de los 
Padres de esa Religión, he querido también daros las gracias d 
vosotros, por la aplicación, celo y asistencia, con que los nmntenéis 
y dirigís, industriándolos en toda policía, y en el manejo de las 
armas... Y asi se lo daréis á entender á los Religiosos que se 
emplean con el fervor que pide tan santo ministerioy (1). Posterior- 
mente, en la Cédula al Gobernador de Buenos Aires á 12 de Noviem- 
bre de 1716, que se ha puesto al fin del libro I, hace enumeración de 
los servicios de los Guaraníes y les confirma las mercedes ya hechas; 
y refiriéndose á la Cédula anterior dice: «deque informado, fui ser- 
vido de dar gracias... al Prefecto y demás Superiores de aquellas 
Misiones, atribuyendo á su dirección y buena conducta las operado 
nes de los Indios de ellas»; y añade, exhortando al Gobernador: 
(¡.conviene á mi Real servicio, que con los Superiores de la Coni- 
pafiía que cuidan de sus Reducciones, tengáis y paséis una tan 
sincera y amistosa correspondencia, que los asegure». Y para no 
alargarnos más en este punto, la Cédula de 28 de Diciembre de 
1743 (2), muestra el juicio decisivo de mayor aprobación que se podía 
dar. Porque después de discutidos durante tres años todos los puntos 
en los cuales era tildado de vicioso ó inconveniente el modo con que 
los Jesuítas gobernaban aquellas Doctrinas, examinados los antece- 
dentes de más de cien años, )' hecha indagatoria expresa por un 
Comisionado que vino al Río de la Plata ocho años antes sólo para 
ese objeto; la resolución final de todos los doce puntos, conforme á 
la consulta del Consejo de Indias es que nada se innove; lo cual es 
decir que todo está bien establecido, y que se lleve adelante el mismo 
régimen. Juicio más solemne y aprobación más cumplida no se podía 
haber emitido. «La Consulta é informe del Consejo», dice en sus 
apuntaciones manuscritas el P. Rico, Procurador en aquel entonces 
de la Provincia del Paraguay á Madiid y Roma, «constaba de más 
de 44 pliegos, con la que confortnándose el Rey nuestro Señor, 
mandó expedir de oficio su Real Decreto, y que se despachase á 
todos los Virreyes, y Audiencias, Obispos y Gobernadores de la 
América meridional, y que un ejemplar del mismo Decreto se le 

(1) Charlevoix, tom. I\'. pág. 369. 
{'!) Libro I, cap. XIII, § V. 



-317 — 

enviase en su iioiubre y en testimonio de sn Real complacencia á 
nuestro P. General, que en correspondencia de esta Real benigni- 
dad, triando decir tres misas y otras tantas Coronas en toda nuestra 
Conipaiíia para Su Majestadr> (1). 

Fernando VI mostró tal satisfacción del modo como los Jesuítas 
regían aquellas Doctrinas, que habiéndose empeñado los portugueses 
negociadores del tratado de 1750 (dirigidos por Carvalho, uno de 
los conjurados para destruir la Compañía), en que ante todo, había 
que proceder á quitar los Jesuítas de las Doctrinas para empezar á 
ejecutar el tratado; nunca quiso venir en ello; y lo único que hizo 
fué avisar al P. General para que se dispusiese todo para dicha 
ejecución. La ejecución se frustró, á pesar de las diligencias posi- 
tivas y de gran trabajo y padecimientos para ellos que pusieron los 
Misioneros; y la estorbaron principalmente las prisas y exigencias 
intemperantes de los Comisarios, que no quisieron dar tiempo á los 
indios, como lo concedía el Rey, para ejecutar con sosiego acomo- 
dado á su natural espacioso aquella mudanza, ansiosos de volverse 
pronto á la Corte á disfrutar de los premios de su comisión, y, como 
se averiguó después, deseosos de tener en qué acusar á los Jesuítas, 
de los cuales enviaron los más siniestros informes. Por ellos quedó 
mal impresionado de los Jesuítas Fernando VI, v engañado por 
consejeros infieles, consideró como traidores á los Misioneros. Pero 
dos años más tarde se hizo lugar la verdad; y el libelo en que 
se contenían las calumnias contra los Padres, fingiendo resistencias 
que no habían existido, fué quemado públicamente en Madrid por 
mano del verdugo, en 5 de Abril de 1759. 

Y, lo que parecerá más extraño, Carlos III, durante sus veinte 
últimos años enemigo jurado de los Jesuítas, desde que se dejó per- 
suadir las infames calumnias de que éstos eran los que habían inten- 
tado manchar la honra de su buena madre y la suya propia, hacién- 
dole hijo de adulterio, quitarle el trono de España para dárselo á 
su hermano D. Luis, 3^ aun arrancarle la vida á él y á su familia, en 
el día de Jueves Santo de 1766; este Rey cuyo juicio ciertamente 
estaba torcido 3'a é inclinado á lo malo por Tanucci, desde su reinado 
en Ñapóles; no sólo no dio jamás muestra alguna de desaprobación de 
los Jesuítas del Paraguay ni de su régimen; sino que estimó como 
un gran servicio á la monarquía el tesón con que habían informado 
sobre los grandes daños que habían de seguirse del tratado de 1750; 
y tan luego como subió al trono, rescindió aquel tratado de que 

( 1) Ms. col. part. 



-318- 

habían tomado ocasión los conjurados para hacer pasar á los Jesuí- 
tas por traidores. Es más: dio positivas muestras de estar satisfecho 
del régimen de los Padres en aquellas Misiones, cuando, al conceder 
la expedición de sesenta Misioneros Jesuítas que habían de salir en 
1762, con el P. Procurador Juan de Escandón, para el Paraguay, 
añadió la significativa cláusula siguiente, que no se estilaba al con- 
ceder las antecedentes expediciones: <!^que se coHduscati los [Misio- 
neros] últimamente pedidos, para que dicha provincia del Paraguay 
atienda con el esmero y celo que hasta aquí á las conversiones de 
que está encargada, enviados por cuenta de mi Real hacienda, y en 
¡a forma regular, según y como se ha /lecho Jmsía aquí-» (1). 



II 



215 



EL ESTADO ECLESIÁSTICO 

Siendo el primer intento de los Jesuítas, y el que siempre en su 
régimen y en su intención obtuvo el principal lugar, la cristiana 
formación de los Guaraníes, blanco y fin al cual se ordenaba todo lo 
demás; ninguna cosa debía consolarles tanto, y asegurarles en el 
ejercicio de su mmisterio sin peligro de error, como el ver aproba- 
dos sus desvelos por los que son Pastores de la Iglesia de Dios. Este 
era el juicio que, si les era favorable, había de sosegarlos, á pesar de 
tantos otros adversos como oían de malévolos detractores, puesto 
que «rt los Obispos puso el Espíritu Santo para regir la Iglesia de 
Dios» (2), y en darles el cargo, les dio prendas de acierto y juicio 
autorizado, ante el cual no son mucho para temer los juicios contra- 
rios. Y este juicio no faltó á los Jesuítas en favor del método que 
empleaban en las Reducciones. 

No hubo Obispo que visitara las Misiones del Paraguay, que no 
aprobase el régimen de los Padres: más aún, que no lo aplaudiese y 
elogiase. Y ya se ha visto al tratar del régimen eclesiástico que 
fueron muchas las visitas de los Prelados (3). 

No tenemos á mano los informes textuales de los Obispos más 
antiguos; pero sí los testimonios de autores fidedignos que los han 

(1) Escandón, Trasmigración de los siete pueblos, Ms. col. part. § 26, al fin. 

(2) Act. XX. 28. 

(3) Lib. I. cap. IX. § XVII. 



-319- 

visto. <í Don Fray Cristóbal de Aresti»^ dice el P. Montoj'a <i-fué á 
visitar las Doctrinas y poblaciones de su jurisdicción, de cuya 
visita dio cuenta por sus cartas al Real Consejo de Indias, en que 
escribe con honor ificencia los trabajos de los Religiosos, cuan bien 
dotrinadas tenían sus ovejas, la música en la celebración de las 
Alisas y culto divino, aseo y linipiesa de los templos^ (1). El Doctor 
Xarque, hablando de un Señor Obispo, que sintió y habló menos 
bien en algún tiempo de las Doctrinas Guaraníes de la Compañía, 
dice: <íCudn diferente sentir tuvieron los Ilustrisinios y Reverendí- 
simos Señores Don Fray Pedro Carranza, púrpura del esclarecido 
Carmelo, Obispo de el Puerto de la Trinidad, el Señor Don Fray 
Melchor Maldonado, hijo de la Lumbrera africatuí San Agustín; 
el Señor Don Fray Cristóbal de Aresti, de la I/ustrísinuí y esclare- 
cida Religión de San Benito; padre de la vida monástica, Obispo 
del Paraguay primero, y después de Buenos Aires, que escribieron 
muchas cartas al Rey nuestro Señor, y d sus Reales Consejos, que 
yo he tenido en las manos, y leído, en singular crédito del celo 
santo de los conquistadores evangélicos, de su mucha religión, 
observancia, desnudes y pobreza y de lo que padecen en la conver- 
sión de los infieles, con manifiesto, y m.uy cotidiano peligro de la 
vida-» (2). Y más adelante: «£"« años atrás, los Obispos más antiguos 
confirmaron d los indios; y hallaron en ellos y en sus pueblos tal 
cristiaiuiad, en costumbres, tal devoción en los templos, tal obser- 
vancia de las leyes eclesiásticas, y obediencia á sus Obispos y Curas, 
que bañados en lágrimas de espiritual consuelo, con ternura de 
padres, daban á Dios nuestro Señor infinitas gracias, protestando 
que su diestra sola pudiera haber transformado en corderos tan 
humildes los que tan poco antes eran leones, comedores de carne 
hiunana: Dextera Domini fecit virtutem (3): dejando expresa esta 
su admiración en los libros de cada pueblo, con autos sunuimente 
honoríficos para los Padres de aquella nueva Iglesia, á quienes 
después apoyaban de palabra, en las ocasiones que se ofrecía 
tratar de las Reducciones, y por escrito, con informes al Sumo Pon- 
tífice, al Rey nuestro Señor y á sus Tribunales» (4). 

Del lUmo. Sr. Cárdenas se dirá en el artículo siguiente. 

El Tilmo. Sr. Guillestigui, que le sucedió, «emprendió, dice 
Charlevoix, la trabajosa visita de las Doctrinas, como celoso pastor 



(1) Memorial de 17 43, n. 11. 

(2) Insignes Misioneros, lib. II. cap. XXXIII. 

(3) Ps. 117. V. 16. 

(4) Xarquü, Insignes Misioneros, parte III. cap. VII. 



-320- 

acostumbrado á los trabajos apostólicos, y nada encontró que no 
confirmase el alto concepto que ya antes había formado de aquella 
cristiandad. Conformes con este conocimiento fueron las cartas que 
escribió al Rey y al Consejo de Indias», «cartas, añade el P. Muriel, 
en las cuales, al leerlas, hallé entre otras cosas expresado que las 
causas de las persecuciones que se movieron contra la Compañía de 
Jesús se reducían únicamente al amor que los Padres tenían á los 
Guaraníes, y al esfuerzo que empleaban en defenderlos» (1). 

El lUmo. Sr. Azcona Imberto, Obispo de Buenos Aires, visitó 
las Reducciones en 1681, }■ en su informe al Rey dio testimonio de 
que las había encontrado «todas muy numerosas de gente, bien asis- 
tidas de los Religiosos en lo espiritual, con Templos capaces, decen- 
temente adornados; y los indios bien instruidos en las Doctrinas y 
costumbres,... con que no hubo más que hacer, que confirmar veinte 
y cuatro mil muchachos de ambos sexos* (2). 

El Illmo. Sr. Palos, Obispo del Paraguay, acababa de visitar 
en 1724 las Doctrinas de Yapeyú, la Cruz, San Borja, Santo Tomás, 
San Carlos, Candelaria, San Cosme, Santa Ana, San Ignacio miní, 
Corpus, Trinidad y Jesús; y desde esta última escribía al Rey su 
Informe, que puede verse en el 5.'^ tomo de Charlevoix (3j, en el que 
entre otras cosas dice estas notables palabras: «Debo certificar á 
Vuestra Majestad que no he podido ver sin admiración con cuánto 
esmero y atención gobiernan estos Religiosos sus Doctrinas, la 
buena educación que dan á los Guaraníes, de qué manera les pro- 
porcionan el alimento del alma y del cuerpo, el amor y la fidelidad 
que les inspiran para con V. M., y la vida civilizada que entre ellos 
han establecido. Porque, aunque todo esto sea público y notorio en 
todo el mundo, no podía yo persuadirme, ni se persuadirá quien no 
lo haya presenciado como testigo, que todo esto se halle con tanta 
perfección como yo lo estoy viendo con mis ojos.» 

La carta del Illmo. Sr. Fajardo, Obispo de Buenos Aires, que 
en 1724, con ocasión de unas comunicaciones que le había enviado 
Antequera con mil calumnias contra la Compañía de Jesús, habló 
como testigo de vista en su pastoral Visita que antes había hecho 
por las Doctrinas, contiene un cumplido elogio del modo con que los 
Padres las regían, que el Obispo propuso con estas palabras: «-Puedo 
testificar á V. M., como quiert corrió por todas las Misiones, que no 



(1) Charlevoix, Historia Paragiinjetisis, cnni, a)iitnadversiotiibus et Sitp- 
plemento. Vetiefiis, MDCCLXXXIX. 

(2) BuRGÉs. Memorial de 1708, mim. 9. 

(3) Ed. de París, MDCCLVII, pág. 2. 



-321- 

he visto en mi vida cosa más bien ordenada, que aquellos pueblos, 
ni desinterés semejante al de los Padres Jesuítas^) (1). Y luego fué 
declarándolo y especificando cada uno de los puntos. 

El Informe del Illnio. Sr. Peralta, Obispo de Buenos Aires se ha 
podido ver entre los anexos de la Cédula de 1743 (2). En él describe 
largamente el régimen de las Doctrinas, y el estado en que se halla- 
ban por ese tiempo, reconociendo el uno por tan acertado y el otro 
por tan feliz, que atestigua que se separó con pena de aquellos pue- 
blos, donde todo respiraba religión, trabajo ordenado, paz y quietud; 
y de los cuales juzga de este modo: «En fin, Señor, estas Doctrinas 
y estos indios son lina alhaja del Peal patrimonio de V.M., tan 
cumplida y correspondiente d su Real celo y piedad, que si se Jialla 
otra igual, no será mejor» (3). 

Estos uniformes testimonios de los Obispos, y las demás noticias 
verídicas que llegaban á Europa por conductos fidedignos, esparcie- 
ron el conocimiento y la fama de los indios Guaraníes; á quienes en 
dos ocasiones celebró con gran elogio el sabio Pontífice Bene- 
dicto XIV, y los propuso á todos los católicos como ejemplar digno 
de ser considerado é imitado. Una fué cuando en su obra De las fies- 
tas de Nuestro Señor Jesucristo y de la Santísima Virgen, hace 
mención del modo cómo los Guaraníes celebraban la fiesta del Cor- 
pus y dice: «Con razón se lastima Gretser de la desdicha de los 
griegos, quienes, confesando la presencia real de Cristo en el Sacra- 
mento de la Eucaristía, }' reconociendo que debe ser adorado con 
culto público, carecen, no obstante, de procesión solemne en este 
día. Mucho más felices son los cristianos del Paraguay, cuya insigne 
piedad en la Fiesta y Procesión del Corpus Christi, difícilmente se 
hallará quien la lea, sin sentir su ánimo conmovido de íntimo y suave 
afecto. Expúsola muy bien Luis Antonio Muratori en su Kelación de 
las Misiones del Paraguay, publicada el año de 1748, capítulo 15(4). 
La otra vez fué cuando, al exhortar con ocasión del año santo á que 
se fomentase el esplendor del culto divino, se expresó en su Epístola 
encíclica Anntis qui hunc vertentem, de 19 de Febrero de 1749 (5),. 

(1) Lozano, Revoluciones del Paraguay, I, 102. 

(2) Lib. I. cap. XIII. § VII. 

(3) § Y porque no se falte. Veinte años después de la expulsión de los Jesuí- 
tas visitaba las Doctrinas el Illmo. Sr. Malvar, y al dar cuenta de la lastimosa 
decadencia de aquellas Misiones, un día tan floreciente, *hizo un grande informe 
diciendo que no se podía dar arreglo igual como el que habían tenido los Je- 
suítas en dichos pueblos, así en lo espiritual como en lo temporal'. Carta áe 
D. Isidro Lorea, vecino de Buenos Aires, al P. Diego Iribarren, en Faenza, fecha 
de Buenos Aires, Octubre í.° de 1788. 

(4) Ben. XIV, Defestis D. N. I. C. lib. I. c. XIII. núm. 11. 

(5) Ben. XIV, Bullarium, vol. III. pars. I. núm. III. § 5. in fine. 

21 Organízación Social de las Doctrinas Guaraníes.— tomo ii. 



— 322 — 

en los siguientes términos: «Tanto se ha extendido el uso del canto 
armónico ó figurado, que aun en las Misiones del Paraguay se ve 
establecido. Porque teniendo aquellos nuevos fieles de América 
excelente índole y felices dotes naturales, así para la música vocal, 
como para tañer los instrumentos, y aprendiendo fácilmente todo lo 
que pertenece al arte de la música: tomaron ocasión de esto los 
Misioneros, para acomodarse á su propensión, valiéndose de piado- 
sos y devotos cánticos para reducirlos á la fe de Cristo: de suerte 
que actualmente casi no hay diferencia ninguna entre las Misas y 
Vísperas de nuestros países, y las que allí se cantan: como, fundado 
en verídicos relatos, lo expone Muratori en su descripción de las 
Misiones del Paraguay, capítulo 12.» 



III 



2lb EXTRAORDINARIO JUICIO FAVORABLE 

DE DOS OBISPOS 

De extraordinario deberá calificarse el juicio de los dos Obispos 
que se ha reservado para este artículo, por haber dicho ambos 
mucho mal de la Compañía, y en particular, de sus Doctrinas del 
Paraguay: y por lo mismo será de otra tanta autoridad, si con las 
reglas de la crítica se halla que es juicio pronunciado en circunstan- 
cias normales, y con perfecto conocimiento de causa. 

Es el primero el del Illmo. Sr. Cárdenas. Cuanto dijo, escribió é 
hizo en contra de las Doctrinas y de sus Misioneros, es mu}^ cono- 
cido. Pero no lo es tanto lo que dijo en favor de unos y otras, como 
en el presente artículo se verá. 

Hállase contenido el juicio de que ahora se trata en cuatro docu- 
mentos, á saber: un testimonio satisfactorio sobre el buen estado de 
la reducción de San Ignacio guazú, que acababa de visitar el Ilustrí- 
simo Prelado: dos cartas afectuosas remitiendo el dicho testimonio al 
Padre José Cataldino, Superior de las Misiones (1), y una carta- 
informe al Rey Felipe IV, con insignes elogios de los Jesuítas del 
Paraguay, especialmente de los que se hallaban en las Doctrinas. 

El anua de la Doctrina de San Ignacio guazú correspondiente al 

(1) Así consta del título que lleva la copia autorizada que se conserva en 
Chile (Bibl. Nac. MSS. Archivo de Jesuítas, vol. 273). 



-323- 

año 1643, que insertó el primer documento (1), empieza con la siguiente 
frase: «Por lo de este año, dejando todo lo demás que puedo decir , 
que no es poco, referiré solamente lo que escribió el Illnio. y Rmo. 
Sr. D. Fr. Bernardina de Cárdenas^ Obispo del Paraguay, á uno 
de los Padres de la reducción^ luego que, después de haber visi- 
tado la reducción como Obispo, llegó al pueblo de Yagiiarón: que 
dice así y toda es de mano de S. Illma,y> Razón tenía en omitir todo 
lo demás y conservar ese testimonio auténtico de lo que eran las 
Doctrinas. Porque en él afirma el Prelado: 1.° Que ha visitado la 
reducción de San Ignacio de indios Guaraníes, puesta al cargo de 
la Compañía de Jesús. 2.° Que ha visitado también á sus Curas en 
lo que están sujetos al Ordinario. 3.° Que los Padres estuvieron muy 
prontos y obedientes ala. yisita. 4° Que los Padres á cuyo cargo 
estaba la reducción, Adriano Crespo y Luis Cobo, son y han sido 
buenos y útiles Curas para bien y salvación de las almas y para 
descargo de la conciencia de S. M. y de la de los Obispos. 5.° Que 
no son y han sido útiles en cualquier grado, sino en superlativo 
grado, útilísimos, apostólicos, ejemplares, celosos, caritativos, pru- 
dentes, amables d los indios, vi gilantisimos para su salvación y 
para el servicio de Dios Nuestro Señor. 6.° Que de ello «son prue- 
bas evidentes el aseo y curiosidad en las iglesias y altares, el 
esmero en el culto divino y sus alabanzas, con música y cantares, tan 
diestros; tan bien enseñados, que es cosa digna de admiración...^ 
7.° Que otro tanto se ha de decir de los demás religiosos anteceden- 
tes á ellos «/)o;' buena consecuencia y buenos efectos^». 8.^ Que los 
indios son admirables '•<en su vida y buenas costumbres-» , en úa fre- 
cuencia de sacramentos y devociones y la cristiandad en que viven 
sin anmncebamientos, borracheras ni hurtos, ni otros vicios». 
9." Que las buenas costumbres de los indios son tales que «dan espe- 
ranza segura de su salvación». 10.° Que después de dar gracias á 
Dios, las da á la Compañía y á los dos Padres Curas. 11." Que les 
comunica toda su autoridad y facultad. 

En la primera carta al P. Cataldino dice que da gracias á Dios 
<icn especial de los regalos espirituales que ha recibido mi alma de 
ver [en las Doctrinas] tanta virtud y santidad, y cosas dignas 
de eternas alabanzas»; que en favor de la Compañía de Jesús «voy 
haciendo y haré cosas de mucha importancia d su honor y defensa, 
en orden á desmentir calumnias y testimonios falsísimos, é infor- 
maré de estas verdades puras que voy viendo, hechas en tanto ser- 
vicio de Dios y del Rey, y salvación de las almas»; que el salir á la 
(1) Río-Janeiro, Bibl. Nac. MSS. (Col. Angelis, XIX-44). 



-324- 

defensa de la Compañía de Jesús, é informar del gran servicio que 
hace á Dios y al Rey «es el principal motivo de venir al Paraná». 
Que los habitantes de la Asunción piensan que él se gobierna por 
consejos de la Compañía; «-y vo» añade, «pienso que no errara, 
haciéndolo así». Y concluye con un gran elogio del fervor y ejemplo 
del P. Silverio Pastor, que había de conducir la carta. La segunda 
es una esquela remisiva del testimonio: y aun allí, con escribir tan 
pocas líneas, extrema los conceptos para mostrar aprecio de las 
Doctrinas y de la Compañía, diciendo que escribe aquel testimonio 
<íContra los que quieren borrar las virtudes de la Compañía de 
Jesús»: que ha sido providencia de Dios que él haya cuidado de visi- 
tar el Parauíá «para el servicio, alabanza y honor de la Compañía»'. 
y que aunque cualquiera será afecto á la Compañía, «^pero Jiinguno 
tanto como yo». 

En el cuarto documento, que es la carta-informe al Rey sobre la 
necesidad de enviar Misioneros Jesuítas de España, y es muy pro- 
bable que la diese al P. Pastor, que por aquel tiempo había sido 
nombrado Procurador á Europa, é iba á pedir Misioneros: no es 
menos favorable el juicio que emite el Prelado sobre todos los Padres 
de la Compañía de Jesús en el Paraguay, y en especial sobre los que 
cuidaban de las Doctrinas. Su lectura deja el ánimo asombrado al 
pensar en lo que muy poco después dijo de aquellos mismos sujetos. 
Llámalos aquí «celosos y apostólicos religiosos de la sagrada y apos- 
tólica Religión de la Compañía de Jesús de esta provincia del Para- 
guay, pocos en Jiúmero, pero equivalentes á muchos en el celo y 
trabajos, y en el fruto copioso con que han acrecentado d la Corona 
de V. Real Majestad gran cantidad de naciones y número de indios, 
y á la Iglesia de Cristo fieles hijos, sacándolos de la esclavitud del 
demonio y de la vida bárbara que tenían, sujetándolos al yugo 
suave de Cristo, buen gobierno y policía de ¿"s/xí/zí?». Elogia á los 
Padres con expresiones muy encarecidas, y afirma que son irenova- 
dores del celo y espíritu de sus primeros Padres San Ig juicio y San 
Francisco Javier» . 

Habla de las Reducciones del Paraná y Uruguay, hechas «no sin 
costas de vida y sangre, que derranuiron algunos de los religiosos: 
fortnadas de indios que antes ni conocían Dios ni Rey , y eran ene- 
migos de los españoles, y tenían atemorizada esta tierra», y ahora 
«están ya domesticados, y de bárbaros é incultos, hechos Jiombres, 
buenos cristianos j fieles vasallos de V. M.» Agrega que además de 
lo bien que instruyen á los indios en la religión y la vida civil, son 
necesarios los Padres para la defensa de los indios contra los portu- 



- 325 - 

gueses. <i^Yes del todo conveniente al servicio de Dios y seguridad 
de esta provincia que las dichas Reducciones é indios estén á cargo 
de los dichos Padres de la Compañía, porque, además de lo dicho, 
los dejienden con valor é incansable trabajo-»; y en esta razón afirma 
que si no fuera por los Padres, se destruyeran no sólo sus Reduccio- 
nes, sino también las otras de la Provincia, y peligrara la misma ciu- 
dad de la Asunción. 

Tal era el juicio de este Prelado en 1643 y 1644, ora escribiendo cá 
los Misioneros, ora informando al Rey. Y si más tarde acriminó 
á los Jesuítas y sus Doctrinas, es muy cierto que sus cargos salieron 
convencidos de falsos, como en especial se vio con la mayor eviden- 
cia y publicidad en el asunto de las minas y en el Catecismo; y cierto 
es también que procedió con pasión en sus escritos; lo cual no puede 
decirse de los presentes; y así entre los dos juicios, el que tiene indi- 
cios patentes de conformarse con la realidad de las cosas, es sin duda 
el que va expresado en los documentos que se acaban de analizar. 

El segundo testimonio es el del Illmo. Sr. D. Manuel Antonio de 
la Torre, último Obispo del Paraguay en tiempo de los Jesuítas, que 
lo fué también de Buenos Aires en la época de la expulsión. Las cir- 
cunstancias de este Prelado fueron dignas de reparar. El haber sido 
elegido para el Obispado del Paraguay cuando no era más que 
párroco de una aldea, siendo así que era costumbre en España tomar 
los Obispos ó de las dignidades de una Catedral ó de los claustros, y 
elegido en un tiempo en que se andaba buscando quién era enemigo 
de los Jejiuítas para elevarlo á las prebendas ó á los puestos de 
gobierno, es indicio de que había dado claras muestras de aversión 
á la Compañía. Además, al salir de España, le imbuyó en una porción 
de prejuicios un personaje que no se dice quién era, pero puede con- 
jeturarse que fué el duque de Alba, á quien tuvo por especial protec- 
tor; Y entre otras cosas le dio la idea falsa de que el último informe 
hecho por el lUnio. Peralta, Obispo de Buenos Aires, no había sido 
escrito por él, sino presentado por los Jesuítas, y él no había hecho 
más que poner la firma; patraña de que por sus ojos se desengañó 
el Sr. la Torre, pues por una casualidad, se había conservado el borra- 
dor autógrafo todo del Illmo. Sr. Peralta, y se le pudo presentar. 
Otros prejuicios semejantes traía; y en particular venía señalado para 
ejecutar la expulsión total ó parcial de los Jesuítas de las Doctrinas, 
que se había resuelto en tiempo de la rebelión de los Guaraníes; y así 
se le notificaba al general Cevallos, que al Illmo. Sr. la Torre se 
había dado comisión de visitar no sólo las Doctrinas de la diócesis de 
la Asunción, sino también las otras, para que resolviera y preparara 



- 326 - 

la ejecución de acuerdo con el mismo Cevallos; y se había fiado de él 
esta tarea «porque se tiene satisfacción de su conducta é indiferen- 
cia», expresión que tiene la significación dicha arriba (1). 

Hizo el Illmo. Sr. la Torre su Visita, y juzgó en presencia de la 
realidad muy de otra manera de lo que esperaban los que le habían 
enviado para ruina de los Jesuítas; y así hizo dar verbalmente su 
informe al General Cevallos, de que no convenía se sacasen de Misio- 
nes los Jesuítas, ni en todo, ni en parte. Y pidiéndole el prudente 
General le diese el mismo informe por escrito, le envió la carta que 
va en el Apéndice, por donde se pudo saber con todos sus detalles 
este juicio favorable. Agregan los cronistas que después de haber 
visitado las Doctrinas, dijo el Illmo. la Torre: «Me condeno si no 
informo en este sentido» [2). 

Habiendo completado la Visita de toda su diócesis, envióla rela- 
ción de ella al Consejo de Indias, acompañada de otros doce informes 
sobre varios puntos; y allí quedó sepultada, sin que se trasluciese 
palabra favorable á las Doctrinas y á los Jesuítas. Al enviarla, escri- 
bía el mismo Obispo á un su confidente, el P. Sebastián Manjón: 
«Contiene (la Relación de la Visita), en más de ochenta pliegos, cuanto 
he visto y palpado en este Nuevo Mundo; y hablo de la Compañía lo 
que he experimentado, como de sus Doctrinas, cuanto he notado, sir- 
viendo de auténtico testimonio, que se podía imprimir para la poste- 
ridad. V.R. primero que yo oirá lo que sonare; y lo que fuere 
sonará» (3). 

Caída la Compañía, el Illmo. la Torre habló muy diferentemente 
de ella, como en seguida se verá. 



IV 



217 



PROSIGUEN LOS DOS TESTIMONIOS EXTRAORDINARIOS 

Nunca habían desaparecido del todo los adversos sentimientos que 
trajo el Illmo. Sr. la Torre de España; pero los excitaron y exacer- 
baron algunas circunstancias. Habiéndose persuadido al principio de 
que él era el hombre llamado á componer los asuntos del Paragua)^ 

(1) Despacho de Wall á Cevallos, 17 de Junio de 1758. Bibl. Nac. de B. A. MSS. 

(2) P. Calatayud, al fin de su Tratado del Paraguay. 

(3) Carta de la Asunción, Oct. 6 de 1761. Arch. de la prov. de Toledo. 



- 327 - 

que tanto ruido hacían en Europa, parece que se empeñó con Don 
Pedro Cevallos en que además de las facultades reservadas que el 
Obispo había traído, le comunicase las civiles que él tenía, para pro- 
ceder á la visita de los pueblos; á lo que el prudente General se negó 
con buen modo; pero desde entonces fué mirado con disgusto por el 
Obispo (1). 

Lo que no puede dudarse es que, habiendo aparecido en el proceso 
de la rebelión de Corrientes el nombre del Sr. la Torre, y el de su 
Vicario el Dr. Martínez de Ibarra, como de personas por cuyos con- 
sejos se había arrojado la gente al exceso de prender, deponer y mal- 
tratar al Teniente de Gobernador; achacó el lUmo. Obispo tal acusa- 
ción á malquerencia del Gobernador Cevallos; y con este prejuicio es 
increíble el odio que le cobró; siendo así que Cevallos no tuvo en el 
hecho parte alguna; practicando las indagaciones un sujeto que nunca 
fué sospechoso al Obispo, el Dr. D. Manuel de Labardén, sin haber 
intervenido Cevallos para nada, como que el proceso todavía no se 
había llevado á estado de sentencia. Por lo cual, sea que fuese real 
el hecho que resultaba, sea que no fuera más que una de las sindica- 
ciones falsas con juramento, que tan frecuentes eran allí, no había 
motivo fundado para el enojo contra Cevallos, ni contra Morphy, que 
por su parte se supo defender muy bien (2). Pero pasando más allá, 
el Obispo echó la culpa de todo á los Jesuítas, acusándolos gratuita- 
mente de haberse conjurado con el Gobernador para perder al Obispo. 
Con esto ya no tuvo límites su enojo contra ellos. 

Ocurrió en seguida la venida de Bucareli, quien al decir de Bou- 
gainville venía ya industriado sobre la cabala que se estaba tra- 
mando en España para expulsar á los Jesuítas. Con esto, y con el odio 
que desde su llegada manifestó contra Cevallos, y contra cuanto éste 
había hecho, se formó estrechísima amistad entre el Illmo. la Torre 
y Bucareli. Y así, llegada la expulsión, se desató el Prelado en 
hablar mal de los Jesuítas de una manera que muestra en todos sus 
informes la pasión. Agregóse á todo que, al ir á poner en posesión á 
los nuevos Curas, echó de ver el Dr. Martínez de Ibarra unas notas 
puestas en un libro parroquial, por un Jesuíta de San Borja, á los avi- 
sos de Visita del Illmo. la Torre, en las que se defendía usando al 
mismo tiempo de sátira y mordacidad. Esto agrió extraordinaria- 
mente al Obispo, como se ve en sus cartas de 3 y 21 de Octubre de 
1768 (3) en las que, además de rebajarse hasta comparar á los Jesuí- 

(1) Escandón: Trasmigración, § último ó Apénd. 

(2) Rev. de B. A. tom. XXII. 

(3) Brabo, Col. J63. 178. 



- 328 - 

tas con los galeotes, afirrna (lo que era contra la verdad) que en 
todos los pueblos se habían hallado los libros con notas despreciati- 
vas del Obispo, cuando no se trataba sino de un pueblo solo, y en él 
fué un solo libro el que constó contener notas satíricas. Con esto 
tomó seguridad para tachar calumniosamente á todos los Jesuítas de 
la falta cometida por uno solo. 

Y es de notar que esta falta fué sólo de no haber observado la 
debida reverencia en la forma, pues en cuanto á la sustancia, es una 
legítima defensa en la mayor parte de los cargos, en los cuales el 
Obispo se había entrometido á sentenciar en materias morales sin 
tener razón: y en cuanto á los hechos, se había dejado prevenir de 
informes errados, de suerte que en la mayor parte de los cargos 
tenía razón el que se defendía, y á más de uno se le pudo ocurrir que 
aquellos apuntes habían sido puestos allí á última hora, para que no 
pareciese que los cargos del Obispo en la Visita, con ánimo ya pre- 
ocupado, tenían fundamento en la realidad: si bien era vituperable la 
forma. 

Poseído de los sobredichos sentimientos, escribió varios informes 
y cartas el Illmo. la Torre, y en ellos habló cuanto mal pudo de los 
Jesuítas: y lo que es más triste, sin respetar la verdad. Veráse esto 
en una resolución que por su carácter fué muy conocida, como que se 
insertó en las Ordenanzas de Bucareli (1). 

Consultado el Illmo. Sr. la Torre por Bucareli sobre el sínodo que 
se debería señalar á los Curas de Doctrmas, que había puesto en sus- 
titución de los Jesuítas, respondió el Prelado con una determinación 
verdaderamente mezquina, asignando 300 pesos por año á los Curas, 
y 250 á los Compañeros. Y sin que viniera mayormente á propósito, 
hizo cuatro cargos á los Jesuítas en el informe, con la particularidad 
de ser todos cuatro falsos, y muy injuriosos á los beneméritos misio- 
neros. — Es el primero el decir que usurpaban los bienes de los indios: 
^todo el fruto del trabajo de los indios se lo llevaban los Jesnítas»: 
calumnia intolerable, como se ha probado ya, y constaba de indaga- 
ciones y sentencias jurídicas, y sobre la cual no podía alegar el acu- 
sador ignorancia. 

En segundo lugar los acusa de no aplicar la Misa por el pueblo 
el día de la fiesta: y dice que «/a teología de sus antiguos Curas 
tenía arbitrios para dispensarse de estas obligaciones-». Ignoraba 
ó aparentaba ignorar el Illmo. la Torre que hasta la Constitución 
de Benedicto XIV cum semper de 1744, la doctrina común de los Teó- 

(1) Brauo, Col. pág. 311. 



— 329 — 

logos con los Saltnaticenses (1) era que los párrocos tenían obliga- 
ción de aplicar la Misa por el pueblo algunas veces en el año, pero 
no precisamente todos los domingos y fiestas. De modo que hasta 
aquel tiempo estaban los Jesuítas en muy buena compañía, practi- 
cando, como practicaban, la orden que ciento treinta años antes 
daba el P. Provincial Diego de Torres primer fundador de las 
Misiones (2). <iD¿ga cada semana cada Padre una Misa por los 
indios»: y eso que no eran todavía párrocos: ni el compañero lo fué 
nunca. — Publicada la Constitución sobredicha, se zanjaron todas las 
dudas ó pareceres contrarios, como nota San Ligorio, pues en ella 
decía el Pontífice <i-et quatenits opiis sii, auctoritate Apostólica,-» 
«.tenor e praesentiiun, decernimus et declaranms qnod» <i~eadein Missa 
diebiis dominicis et festis ab ipsis debeat applicarÍT>. Si el Prelado 
encontró algún Jesuíta que la ignorase, ó no la practicase, estaría 
muy bien que le advirtiera de ello: y hallando falta en él, que fuera 
cierta, le reprendiese: mas no que sacara á relucir la falta de alguno 
como si fuera de todos, como lo hace y eso fuera de propósito. Y 
que, si por acaso hubo descuido en alguno en no aplicar más que una 
Misa semanal, se había remediado el daño en todos en general, se 
probaba precisamente con uno de los documentos que envió Buca- 
reli á Madrid como acusatorios contra los Jesuítas, siendo más bien 
defensa de ellos (3) y son los Postulados de la Congregación 23 del 
Paraguay al M.R P. General de la Compañía, de loscualesell.°(,13de 
Febrero de 1766) dice así: <íPostiilat Cong. nt i?. A. P. N. dignetur 
gratianí a suis Praedecessoribus factam renovare, qiia PP. Indo- 
rum Missionarii deobligentnr ab aliquibus Missis in Catalogo 
Missarnm et orationiim praescriptis. Deductis quippe Missis iuxta 
Constitiitioneni Benedicti XIV datain 9 Augusti 1744 pro populo 
offerendis, offereudis etianipro Rege Catholico, iis etiam quas pro 
defunctis ueopJiytis qnot-inensibns, et pro iis qui quoque die 
moriuntur, offerre debent, vix ulla quae ad libituin vel pro aliis 
necessitatibus applicari possit, reliqua est». Este papel lo vio el 
Illmo. la Torre: y por él constaba la aplicación dicha )' que apenas 
quedaba ninguna Misa libre á los misioneros; y así no se explica 
cómo se atrevió á escribir la sangrienta calumnia de que o-privabau 
d estos miserables (indios) de semejantes gracias y sufragios^. 

Cúlpalos en tercer lugar de que ««o cantasen una Misa solemne 
todos los lunes por las almas de los difuntos» y dice <^no tenían día 

(1) Tom. I. Tract. V. cap. V. punct. II. n. 53. 

(2) Instr. gen. de 1610. iiiim. 13. 

(3) B. A. leg. 63/ Correspondencia con el Conde de Aranda. 



-330- 

(ilguno (le la semana para ¡lacer el sufragio de una Misa solemne 
por los fifiados». Y á esto llama «^obligaciones-». — No se sabe de dónde 
saldrían esas obligaciones, ni cuál sería la Teología del acusante 
para imponerlas. La primera, no está en ninguna parte. La segunda 
era absurda en las Misiones: porque la Misa solemne es la que se dice 
con Ministros, diácono y subdiácono, cosa imposible allí, donde no 
había más que dos sacerdotes de ordinario.— En vez de proferir car 
gos imaginarios contra los Jesuítas, podía el Illmo. la Torre haberlos 
alabado de que cada mes por lo menos se aplicaba una Misa cantada 
por todos los difuntos del pueblo, lo que consta por el postulado Licita- 
do arriba: y también por testimonio del P. Escanden en 1760 en su Re- 
lación de las Misiones de Guaraníes, dirigida al P, Burriel, que origi- 
nal existe hoy en el Archivo Histórico de Madrid, en que dice § IV: 
<iCadn mes tin día, suele también cantarse una Misa por tocios los 
difuntos del pueblo». Y en algunas partes se hacía esto cada lunes: 
como consta de Jarque (1) y del P. Peramás (2). 

Añade la cuarta culpa y es que «deben cantar una Misa según el 
Ritual rofuano en el entierro de cada cuerpo»: y no enterraban los 
cuerpos con Misa «cantada ni resada». — Lo primero es tan erróneo 
como lo de cantar Misa solemne de arriba: pues el Ritual (3) pres- 
cribe sólo que se celebre Misa solemne; pero cuando, como en Doc- 
trinas, era imposible celebrar Misa solemne, no prescribe el Ritual 
Misa cantada. Y de hecho, los rubricistas ponen el oficio y Misa can- 
tada ó rezada. — Lo segundo se convence de falsedad por el postulado 
citado arriba, sin añadir otros testimonios que seria fácil citar, 
empezando por el núm. 13 de la segunda Instr. del P. Torres: «cuando 
alguno muriese, le dirán (cada Padre) otra Misa». 

Fundado en dichas cuatro falsedades, trata el desinterés de los 
Jesuítas de «superchería». De modo que el hecho referido por el 
Padre Lozano (4), que consta por la Cédula de 20 de Noviembre de 
1611, de haber sido ofrecidos á los Padres, no 600 pesos, como dice 
el Informe erradamente, sino 933 y unos reales (que tanto valían los 
600 pesos ensayados,, sínodo mínimo de cuantos se daban en el Perú): 
y no haberlos aceptado el P. Diego de Torres, recibiendo sólo la 
mitad, no para uno sino para dos misioneros: hecho que llenó siem- 
pre de edificación á cuantos lo oyeron relatar: eso viene á ser decla- 
rado fraude, engaño y arte de la «mónita^» por el Prelado mal impre- 



(1) Insignes misión. III, cap. 16. 

(2) Deadmin. §23. 

(3) Título VI. cap. III. 

(4) Hist. lib. 6. cap. 7. 



-- 331 - 

sionado contra los Padres. Y su razón es que en lugar de sínodo 
usurpaban los Jesuítas todos los bienes de los indios: y que no cum- 
plían con las obligaciones que ha enumerado. — La pasión ciega 
extrañamente. 

En cuanto al gran provecho espiritual que, según el informe, iban 
á reportar los indios, 3^ de que antes carecían por descuido de los 
Jesuítas, da de él razón la siguiente noticia del Administrador gene- 
ral, en un papel de advertencias con el título de «Puntos sobre el 
remedio de muchos abusos que hay en los pueblos» y es del 
año 1774 (1). «Hasta el presente está en uso en todos los pueblos» 
el que después que fallecen los enfermos, no se les dice Misa cantada 
de cuerpo presente el día de su entierro, ó si no, el día siguiente con 
vigilia y responso, según el Ritual romano. Alegan los párrocos en 
primer lugar que ellos saben lo que se hacen, y que este negocio, 
como cosa espiritual, no le toca al Administrador repararlo: otros 
alegan que están solos (y esto es verdad), y que no pueden acudir á 
todo: los más responden que no les pagan su sínodo, y que mediante 
eso, no están obligados á hacer más que lo que su voluntad les dicte.» 
Esa era la gran ventaja que ponderaba el Tilmo. Sr. la Torre, en vez 
de lo que ocurría en tiempo de los Jesuítas, cuando tenían todos los 
sufragios efectivos y cumplidos. 

Nadie extrañará que haya sido preciso recusar el testimonio del 
Illmo. Sr. la Torre, aun cuando tan expresamente afirma lo que dice, 
habiéndose demostrado que versa sobre falsedades tan manifiestas. 
La explicación del hecho de su afirmación, quedará para que la den 
otros, sea que se haya de reducir á precipitación en el juzgar sin 
haber examinado bastante, sea que haya de atribuirse á credulidad 
ó á pasión. En todo caso, si es difícil la explicación, no es menos 
difícil el concordar al mismo Obispo con su propio testimonio que va 
á verse ahora. 

El Informe dado á Bucareli data de principios de 1769. Siete años 
antes, á 28 de Setiembre de 1761, había enviado al Consejo otro 
Informe muy diverso, de más de 80 pliegos, del que decía su mismo 
autor lo que se ha visto arriba: <<Hablo de la Compañía lo que he 
experimentado, como de sus Doctrinas-», «sirviendo de auténtico 
testimonio que se pudiera imprimir ^)\ y hasta ahora ha quedado en 
el Archivo de Indias (2) desconocido. 

Tratando en él de los Padres Je.suítas del colegio de la Asunción, 
los alaba 3^ escribe: <íno puedo menos de decir: que los RR. PP. de 

(1) ButNos AiKEs leg. <Misiones 1 1770>. 

(2) Arch. de Jnd. 123. 2. 11. 



- 332 - 

este colegio son mis especiales coadjutores: descansando^ como 
en firme basa, el grave peso del pastoral ministerio, que abruma 
y abate á otros hombros más gigantes^. Enumera luego con mues- 
tras de gran aprobación los ministerios de los Padres: y cuando 
llega á tratar de las Doctrinas, se expresa en los siguientes tér- 
minos: 

«Pueblos encomendados á los RR. PP. Jesuítas, 
»Los trece pueblos antiguos que están encomendados al celo 
y cuidado de los RR. PP. de la Compañía de Jesús, todos se 
hallan con especialísimo orden y viva observancia de su primer esta- 
blecimiento.» «84. Lo material de estos pueblos, Señor, es muy espe- 
cial y distinto de los demcás que van referidos: porque todos estos se 
hallan con formadas y bien ordenadas espaciosas calles: y sus casas, 
según el genio de los indios, muy decentes.» «La iglesia nueva del 
pueblo de la Santísima Trinidad, toda de la misma piedra, 3^ tan 
capaz, que puede ser iglesia Catedral para cualquiera de estas par- 
tes.» «85. El socorro y asistencia de los indios, así en vestidos, como 
en alimentos, igualmente muy singular: porque todos, así indios, 
como indias, se hallan cabalmente equipados á su usanza: teniendo 
varios vestidos para los Capitulares.» «Cada día por lo común, sue- 
len repartirles carne, teniendo muy particular atención á las viudas 
y pupilos; celando en que todos cultiven sus chacaritas para ayu- 
darse, además de las sementeras comunes que laborean para el soco- 
rro de todos y de cada uno: cuyas conveniencias temporales no 
logran el común de los españoles en esta provincia. No siendo meno- 
res los espirituales como principal objeto del apostólico celo de estos 
Padres.» —Describe aquí el orden religioso délas Reducciones cada 
día, los días de fiesta, asistencia á los enfermos, frecuencia de 
Sacramentos: canto é instrumentos en la iglesia, riqueza de orna- 
mentos, aprobándolo y alabándolo todo, como puede verse en el 
Apéndice, núm. 74. Y después de hablar de la tristeza y desbande 
de los refugiados del Urugua}^ confinados en aquellos pueblos, 
repite lo que escribió al Sr. Cevallos, quien le pedía parecer sobre 
sacar ó no los Jesuítas de aquellos pueblos y dice: «fui de dictamen 
Señor jno ser conveniente, en todo ni en parte, la remoción de Padres 
Curas Jesuítas^ . 

Expone luego el estado de los dos nuevos pueblos de San Joaquín 
y San Estanislao: y en el núm. 99 refiere la nueva conversión de los 
Mbayás: la prontitud con que salieron á la empresa los Misioneros 
Jesuítas: y especialmente la vocación y abnegación del P. Sánchez 
Labrador: el gran bien que esto era para toda la provincia del Para- 



-333- 

guay, que tenían asolada y atemorizada aquellos bárbaros. El domi- 
nio de la lengua mbayá que había adquirido el P. Sánchez Labrador, 
quien ya tenía hecho catecismo: 3^ la nueva conversión de los gua- 
nas, que se iba presentando: que todo muestra el celo y tareas apos- 
tólicas de los Misioneros del Paraguay en estos últimos años antes 
de la expulsión. 

No es menos interesante la carta que un año antes había escrito 
al General Cevallos, citada en este Informe al Rey, 3' que va en el 
Apéndice núm. 75, y se conserva hoy en Simancas, 

En ella expresa su dictamen de arriba, de «;/o ser conveniente en 
todo ni en parte la remoción de Padres Curas Jesuítas», fundándola 
en razones. Describe igualmente la constitución de los pueblos de 
Doctrinas que ya había visitado, acerca de la cual en lo espiritual 
dice: «Y siendo las atenciones episcopales que pide el Espíritu Santo, 
en los alimentos espirituales de sus ovejas, he visto las más des- 
empeñadas por los celosos Padres Curas en todos estos pueblos. Yo 
he notado con grande edificación y buen ejemplo una tan cristiana 
distribución, que parecían haberse convertido los pueblos en otro 
tanto número de monasterios.» Conforme á esto funda su parecer, así 
en ese buen régimen espiritual 3' temporal, como en el hecho de ser 
necesario que sean los Jesuítas los que atiendan á los infelices tras- 
migrados del Uruguay: en no haber número de sacerdotes idóneos 
en el Paraguay para suplir á los Jesuítas, ni entre los seculares, ni 
entre los Regulares: y finalmente en que, aun cuando hubiera tal 
número, no se deberían remover los Jesuítas en las presentes cir- 
cunstancias, porque fuera exponer los indios á su ruina, con alguna 
sublevación general, con máximas de insubordinación promovidas 
por los indios refugiados, con imposibilidad de establecerse los nue- 
vos pueblos por la resistencia de los indios, y con tal miseria, que 
nadie había de poder remediarla, como no fuese el buen gobierno de 
los Jesuítas. 

Tal es, en compendio, la carta del Illmo. Prelado, que queda 
pálida y sin vida en este resumen, siendo necesario leerla para for- 
marse idea de la fuerza de sus razones 3" de la eficacia de la verdad, 
que le hizo hablar en sentido del todo contrario de lo que sus protec- 
tores esperaban. 

Cuál fuese, pues, el parecer del Illmo. Sr. la Torre, de resultas 
de aquella Visita, en que según él dice, anduvo con cien ojos, 3" cuan 
diverso del que emitió en el informe á Bucareli, lo muestran todos 
los conceptos dichos, y las palabras que añade, que son las siguien- 
tes: «Y aunque los Padres Doctrineros de la Compañía se aconto- 



-334- 

dan con doscientos pesos de plata cada sujeto», pero siendo este 
sínodo tan corto, sólo se explica el hecho porque «^s notoria su dis- 
tinguida parsimonia, pobre y regn/ar vestido, sin tener que poner 
casa ni sustentar criados, sin más padre ni madre que su mortifi- 
cada persona^ {\). Aquí halla, como hallaron todos, desinterés, 
pobreza y mortificación religiosa. 

Que este juicio y los otros dos de 1759 y 1761 son contradictorios 
con el manifestado en 1769 á Bucareli sobre usurpar los Jesuítas lo 
que era de los indios, etc., es muy cierto. No pudiéndose concordar 
los pareceres del Illmo. Sr. la Torre en las dos épocas, quien examine 
las circunstancias de una y otra, verá cuál de los dos dictámenes 
es el verdadero y conforme á la realidad: y cuál fué pronunciado 
con ánimo desapasionado y en condiciones aptas para acertar. Que es 
lo que ha sido preciso decir antes acerca del juicio del Illmo. Señor 
Cárdenas. 



V 



218 

LOS GOBERNADORES 



A su tiempo hemos probado que los Gobernadores de estas regio- 
nes tenían muy bien conocidas las Doctrinas Guaraníes de los Jesuí- 
tas, como que frecuentemente entraban en ellas, ó para hacer 
padrones, ó para ejecutar visitas; y más frecuentemente aún, llama- 
ban de allí las tropas que necesitaban para las guerras, ó las cua- 
drillas de trabajadores que empleaban en obras públicas, recibienda 
y tratando inmediatamente á los indios, ó conduciéndolos también 
por su propia persona á la batalla. Con este conocimiento, dieron 
testimonio un gran número de veces del orden, obediencia y buen 
gobierno que reinaban en las Doctrinas, del buen estado y aumentos 
de sus naturales, y de la fidelidad al Monarca y subordinación á sus 
ministros que les infundían los Misioneros: afirmando que no tenía 
la nación más prontos y decididos soldados, ni más eficaces auxilia- 
res para las obras de utilidad pública, que los indios Guaraníes: y 
en virtud de tales informes pudo decir Felipe IV: «-que á estos Misio- 

(1) Informe separado sobre Administradores seculares, núm. 14. (Sevilla 
Arch. de Indias, 123. 2, 14). 



- 335 - 

nevos Jesuítas debía más Reinos la Monarquía, queásns armas» (1); 
y Felipe V «qne estos indios de las Misiones de la Compañía, siendo 
el antemural de aquella Provincia, hacían d mi Real Corona un 
servicio como ningunos otros, lo que ya mi Real benignidad les 
manifestóy>: y eran «á las Plazas del Paraguay y Buenos Aires 
una defensa inexpugnable de muchos aíios á esta parte» (2). 

No vamos á enumerar los muchos testimonios que de estos efec- 
tos del buen régimen de las Doctrinas dieron en tantos años los 
Gobernadores. Baste recordar que el Memorial presentado por el 
Padre Burgés al Consejo de Indias, en 1705, en que se referían los 
servicios de los Guaraníes que hemos compendiado más arriba (3), 
iba acompañado de autos y documentos para justificar cada hecho, 
y la mayor parte eran procedentes de los Gobernadores. No hubo 
Gobernador que no aprobara y alabara aquel régimen, palpando sus 
buenos resultados. Pueden verse en el Apéndice algunos de estos 
juicios, sea sobre el buen régimen de los pueblos, sea sobre los ser- 
vicios militares de los Guaraníes. Ahora no haremos sino citar algu- 
nos de las últimas épocas. 

Don Baltasar García Ros, Gobernador del Paraguay, escribía 
en un informe al Rey, año de 1707: «No tuve cosa alguna que pre- 
venir ó advertir á los Indios [Guaraníes de Misiones] así en lo espi- 
ritual, como en lo temporal, sino ordenarles y encargarles que man- 
tengan y conserven el buen estado en que se hallan con el régimen 
que tienen, mediante la educación, celo y trabajo de los Reverendos 
Padres de la Compañía de jesús, á cuyo cargo digna, y debida- 
mente se hallan, con copiosos frutos de su fervorosa caridad y pre- 
dicación evangélica, con tan feliz efecto en los dichos pueblos, en 
cuanto á la cristiandad y modestia, que edifica y causa admiración á 
cualquiera persona, que entrase, y viese cualquiera de los dichos 
pueblos: con tal modo, que sólo á la vista se hace verisímil, y queda 
la explicación corta para los que no llegaren cá ver dichas Reduc- 
ciones» (4). 

Don Bruno de Zavala, Gobernador de Buenos Aires, decía al 
Rey en carta de 28 de Mayo de 1724: «Debo decir á V. M. con una 
verdad ingenua y sincera, que es imponderable la sujeción, la 
humildad, la constancia de perseverar en todo lo que ocurre en ser- 
vicio de V. M. [de los Guaraníes de Doctrinas],., procediendo la 

(1) Xarque, Insignes Misioneros, lib. III. cap. IX. núm. 5. 

(2) Cédula de 28 de Diciembre de 1743, preámbulo, hacia el fin. 
(3j Cap. II. §§ I. 11. III. IV. V. 

(4) Charlevoix, Hist. dii Paraguay, t. W. pág. 375, ed. París. M. DCC. LVII. 



-336 — 

sujeción, y modo de vivir tan observantes en lo que se les impone, 
de la buena educación, en que están instruidos por los Padres de la 
Compañía, atribuyéndose á su gobierno, economía, política, pruden- 
cia, y gran dirección, la conservación de los Pueblos, y la pronta 
obediencia de los Indios... Y cuantos sujetos han transitado por ellas 
[por las Doctrinas], no acaban de alabar esto mismo... Y aun añado 
á su Real consideración, que pudieran ser muy dichosos los tres 
Pueblos de Indios, que V. M. tiene en la inmediación de esta Ciudad, 
si llevasen el método de los Padres de la Compañía de Jesús...» (1). 

Don Juan Vázquez de Agüero, Comisionado especial en 1735 
para indagar, viniendo al Río de la Plata, las acusaciones lanzadas 
contra los Jesuítas, escribía desde Buenos Aires en 1736 al primer 
Ministro D. José Patino: «No es dudable. Señor Excelentísimo, que 
el Gobierno de dichos Pueblos [los treinta de Doctrinas Guaraníes], 
así por lo perteneciente á lo espiritual, como por lo respectivo á lo 
temporal, es el más á propósito para el aumento de aquellos natu- 
rales, lográndose á costa de poca fatiga la salvación de muchas 
almas, y crecimiento de sus individuos, con el modo con que los 
sobrellevan para los trabajos, corrigiéndolos con moderación, y 
castigándolos sin exceso, anhelando por la extirpación de los vicios, 
sobre que están en continua vigilancia los Padres; y tengo por sin 
duda, que cualquier novedad en orden al Gobierno, turbaría mucho 
el sosiego, y la sujeción con que viven; y acaso ocasionaría daños 
irreparables, en deservicio de ambas Majestades» (2). ¡Ojalá que 
Agüero no hubiese salido profeta! 

Ciertos informes del Marqués de Valdelirios y de su gran auxi- 
liar D. Joaquín de Viana, fraguados primero en Madrid, y expe- 
didos luego desde el Río de la Plata á Madrid, para lograr allí la rui- 
na de los Jesuítas al mismo tiempo y aun antes que en Portugal (3), 
determinaron el mandato de quitar las Doctrinas de las manos de 
los Padres de la Compañía, porque repentinamente habían averi- 
guado los informantes, y con sus informes había entendido clara- 
mente la Corte de Madrid, «qii-e los Padres no cuidaban bien de los 
pueblos, ni en lo espiritual, ni en lo teniporaU. Dióse noticia de lo 
resuelto á Valdelirios, quien, celoso de facilitar la gran obra, pro- 
curó tener prevenidos clérigos seculares y religiosos de San Fran- 
cisco, para sustituir á los Jesuítas; y para este fin escribió desde 
Doctrinas á Buenos Aires, á fin de pedirlos al Señor Obispo y al Pro- 

(1) Supra, lib. I, cap. XIII, § VI. 

(2) Chaklf.v. VI. 220. 

(3) Supra, Introducción histórica, § ú!t. 



-337- 

vincial de San Francisco (1). Pero quien estaba encargado de ejecu- 
tar la orden, que no era sino condicional, era el mismo que la traía, 
que fué el Gobernador y nicas tarde Virrey primero de Buenos Aires 
Don Pedro Antonio de Cevallos, el cual, suspendiéndola hasta 
evacuar la información que se le había encomendado, resistió tam- 
bién á las instancias importunas y reiteradas de Valdelirios, para que 
enviase embarcados á España como criminales los once Jesuítas que 
tenía en lista, ó por lo menos á alguno de ellos, con lo cual quería 
que tuviesen siquiera algún viso de verdad sus precedentes infor- 
mes; pues en cuanto á reconocer que habían sido exagerados, clara- 
mente lo confesó á un amigo suyo (2). Mas Cevallos respondió que 
á él se le mandaba cumplir las dos órdenes, si hallase que las cosas 
eran como se había informado; y en especial, en cuanto á enviar á 
uno ó varios como criminales, ó culpables de rebelión, tenía instruc- 
ción de no ejecutarlo, si los encontraba ó del todo inocentes, ó sólo 
con leve responsabilidad, después de ejecutada la investigación. 
Hízose ésta, como en su lugar se ha dicho (3), y Cevallos la envió 
original al primer Ministro Wall, uno de los autores de las noticias, 
y de los más empeñados en la conjuración. La indagación judicial 
era de 1759, y al enviarla, escribe Cevallos en 4 de Enero de 1760: 
«Por todos los documentos que tengo remitidos á V. E., parece 
quedan convencidas con evidencia de inciertas las proposiciones con 
que el Marqués de Valdelirios ha intentado imputar á los Jesuítas 
de esta provincia la culpa que no tienen, para evadirse por este 
medio de los cargos que teme que se le hagan, por la conducta que 
ha observado en este negocio» (4). Respondió Valdelirios á los 
cargos que se le hacían, pero como la respuesta no satisfacía á los 
cargos, y los documentos ponían el asunto mu}^ en claro, Cevallos 
escribió nuevamente á Wall, con fecha 26 de Febrero, desde San 
Borja: que de los documentos y cartas que con ésta enviaba, y de la 
copia de su respuesta al Marqués de Valdelirios, se veía claro que los 
informes enviados á Madrid y las voces que por toda esta región se 
habían esparcido eran una impostura y una trama de falsedades. 
«Conocerá V. E.» son sus palabras textuales «que todo lo que se ha 
escrito y esparcido contra estos Religiosos es un puro tejido de 
enredos y embustes» (5). Cevallos había enviado igualmente el infor- 
me ya dicho del Obispo del Paraguay D. Manuel Antonio de la Torre, 

(1) EscANDÓN, Transmigración de los siete pueblos, § XXVI. circa raed. 

(2) MuRiEL, Hist. Parag-uaj. Documentos: núm. LXIII. pág. 542. 

(3) Supra, Introd. § últ. 

(4) Simancas, Estado. 1404. 

(5) Simancas, Estsdo, 1404. 

22.— Organización social de las doctrinas guaraníes.— tomo ii. 



-338- 

fechado en la Asunción á 12 de Noviembre de 1759, en el cual el 
Obispo expresa que el separar á los Jesuítas de las Doctrinas, aun 
en el caso de que se tuviesen á mano otros eclesiásticos para susti- 
tuirles, no le parece acertado (1), Y añadió el Gobernador su propio 
parecer, de que era tan bueno y conveniente su modo de proceder en 
lo espiritual y temporal, que, miradas todas las circunstancias, él 
los consideraba necesarios en las Doctrinas. Nueve años después, )■ 
cuando 3'a se había ejecutado el decreto de extrañamiento de los 
Jesuítas, duraba todavía la ira que semejantes declaraciones produ- 
jeron en los que estaban conjurados contra la Compañía (2); no obs- 
tante que debían considerar que al declarar el General la bondad de 
aquel régimen, no había hecho más que expresar lo que durante tres 
años tenía experimentado, y lo que habían afirmado contestes cuan- 
tos Ministros reales le habían precedido. 



VI 



219 



PLEBISCITO DE LOS INDIOS 

Como una especie de censura presentaban algunos el hecho de 
que los Jesuítas procurasen librar á los Guaraníes de cuantas cargas 
les era posible (3), diciendo que lo hacían por afecto que les tenían. A 
lo primero respondían los Jesuítas que se presentase alguna prueba 
de haber procurado ellos alivio á los indios por medios no regulares, 
y sin justísimos motivos. A lo segundo, concedían llanamente el 
afecto, y negaban que el profesarlo fuera culpa de ninguna especie. 
«A lo que se dice, respondía el P. Rico en el Consejo de Indias» del 
amor que los Jesuítas tienen á sus Indios Guaraníes, desde luego lo 
confieso; porque á la verdad, son hijos que engendraron en Cristo á 
costa de muchos trabajos, sudores y aun sangre, y conservan hasta 
hoy, no á menor costa de pesares y tribulaciones, con la continua 
guerra que les hace el infierno» (4). 

Si los Jesuítas amaban á los Guaraníes, los Guaraníes á su vez 
amaban á los Jesuítas, y estaban contentos y eran felices con su 
régimen, mostrándolo en cuantas ocasiones se ofrecían. 



(1) Simancas, Est. leg. 1405. 

(2) Ibáñez Echavarri, Reino Jesuítico, part. III. art. I. 

(3) P. BuRGÉs, Memorial de 1707, ni'im. 8 y 3. 

(4) P. Rico, Memorial de 1743, Reparo cuarto. 



-339- 

El emprender la vida civil, y juntarse muchos en un pueblo, modo 
•de vivir tan distinto de su usanza, en la cual cada diez ó doce fami- 
lias, y aun menos, formaban tribu aparte; lo hicieron impulsados del 
afecto que cobraban á los Padres con la suavidad de su trato. Y una 
vez salidos de sus selvas, y empezados á cultivar para que dejasen 
sus costumbres bárbaras, se pusieron en manos de los Misioneros 
■con tanta voluntad como !o muestran estos hechos, narrados por el 
Padre Mastrilli Duran al escribir el anua de 1626, y referir lo que 
sucedía comúnmente en todas las Reducciones ya establecidas: 
«Cada día, por la mañana, aguardan los Alcaldes y Regidores á que 
el Padre acabe su oración, para enterarse de él si hay algo que hacer, 
ó para las obras necesarias de la iglesia, ó para utilidad común del 
pueblo. Luego que éstos están despachados, acuden los que se han 
de ausentar para alguna parte (á no ser á sus chacras, adonde suelen 
ir todos los días), para pedir licencia al Padre; y no se ausentan sin 
que el Padre lo sepa. Lo cual á todos pone gran admiración, de ver 
que unos indios poco ha tan bárbaros, y que ni aun hacían caso de 
ley alguna de la naturaleza, en tan breve espacio de tiempo, y con 
tanta suavidad, hayan venido á tanto arreglo, que ni los niños de las 
escuelas de primeras letras en Europa tienen tanto respeto á sus 
maestros, como el que guardan éstos, poco ha salidos de la barbarie, 
á los Padres, y á cualesquiera disposiciones quede ellos dimanan, 
porque ninguno de ellos se atreve á infringirlas ni en un ápice; no 
tanto guiados de temor, cuanto del afecto que tienen á los Padres(l).» 
«Es también para ellos el Padre el sumo juez en todas sus contro- 
versias y discordias. De modo que cuando alguna de estas cosas se 
ofrece, al momento acuden á él con gran confianza; y goza con ellos 
el Padre de tanta autoridad, y tienen todos formada tan recta opinión 
de la incorruptibilidad de sus juicios, que lo que él decide en favor ó 
en contra, eso ejecutan ellos sin dificultarlo ni murmurar (2).» «Los 
niños no solamente son de gran satisfacción para sus padres, sino que 
sirven de gran consuelo á los Misioneros. Son sumamente dóciles... 
A cualquiera de la Compañía, aunque nunca le hayan visto antes, le 
aman con increíble afecto y ternura, y á su menor significación obe- 
decen; siendo en esto tan eximios, que muchas veces antes que se lo 
manden ya tienen hecha la cosa (3).» 

Mostrábase de un modo especial este afecto en el gozo con que 
recibían á los nuevos Misioneros que llegaban de Europa, y en el 

(1) Mastrilli Duran, Litt. ann. pág. 41. 

(2) Ibid. p. 43. 
<3) Ibid. p. 44. 



- 340 - 

trabajo que con gran gusto emprendían para conducirlos á sus pue- 
blos. Para recibir á cuarenta y tres Misioneros que venían con el 
Padre Procurador Gaspar Sobrino el año de 1626, y de los cuales 
varios habían de pasar á las Doctrinas, «había ordenado yo» dice el 
Padre Provincial «que bajase de la Reducción de San Ignacio del 
Paraná, navegando doscientas leguas río abajo, el P. Pedro Comen- 
tai, quien emprendió su viaje, acompañado de veinte indios, parte 
cantores, parte citaristas. Llegaron muy á punto para obsequiar con 
sus cantos, instrumentos, danzas, y otras señales de alegría y con- 
gratulación á los expedicionarios. Estos músicos, con otra gran por- 
ción de indios de toda edad y condición, repartidos en varias cuadri- 
llas y divisiones, luego que llegaron á la orilla del río, corrían unos 
á abrazar á los Padres, otros á besarles la mano, ó á pedirles la ben- 
dición puestos de rodillas, ó á dar otras muestras de gozo 5' venera- 
ción. Saltábanseles á algunos de los Misioneros las lágrimas, con la 
abundancia del consuelo, así por ver que una gente hasta poco ha 
desconocedora de Cristo nuestro Señor, ahora ejercitaba estas obras 
tan propias de cristiano para con los sacerdotes; como por experi- 
mentar que los inflamados deseos con que se habían expuesto á tama- 
ños riesgos de viajes y navegaciones, hallaban tan pronto estos 
gozos por recompensa. Por estos indios fueron los Padres conducidos 
al colegio, estando los ánimos de todos llenos de alborozo. Los músi- 
cos rivalizaban por obsequiarlos con sus instrumentos y danzas; como 
continuaron haciéndolo los días inmediatos siguientes, con gran 
admiración de los que presenciaban tanta destreza en gente ayer 
tan rústica y bárbara (1).» 

Esta costumbre, más ó menos modificada, duraba un siglo más 
tarde, como lo vemos en la carta del P. Carlos Cattaneo de 25 de 
Abril de 1730 (2j. «Partimos de Buenos Aires» dice «el 13 de Julio 
de 1729. Fuimos por tierra á un riacho distante diez y ocho millas, 
que llaman las Conchas, y sirve de puerto ordinario á las balsas de 
los indios. Quince eran las balsas que nos esperaban, con veinte y 
más indios en cada una, los cuales, aunque de diferentes naciones, 
eran sin embargo cor nnutn et anima tina, y nos recibieron en son 
de fiesta con sus pífanos y tamboriles, extraordinariamente conten- 
tos de poder conducir Misioneros á sus tierras.» 

Podrá formarse igualmente idea de la resuelta voluntad con que 
los Guaraníes querían ser dirigidos en lo temporal, bien así como en 
lo espiritual, por los Jesuítas, por la declaración que ante el Gober- 

(1) Mastrilli, Litt. ann. p. 15. 

(2) MuRATORi, II Cristianesimo felice, vol. I. in fin. 



- 341 - 

íiador Don Francisco de Céspedes hicieron en 1627 el cacique prin- 
cipal con otros indios de cuenta del pueblo recién fundado de la Con- 
cepción, á quienes por empeño de aquel Gobernador había conducido 
á Buenos Aires el Misionero P. Roque González de Santa Cruz, á 
fin de entablar relaciones de paz con los españoles. Hizo con ellos 
Céspedes ostentación del poder militar y de la magnificencia de los 
españoles, y cuando juzgó sus ánimos bien impresionados, después de 
algunos días, los llamó á conferenciar, y entrando á hablarles de lo 
•que convenía á los pueblos del Urugua}^ los convidó á que recono- 
ciesen el vasallaje á aquel gran Rey de cuyo poder habían visto una 
corta muestra. «Respondió, dice el P. Cordara (1), en nombre de todos 
el Cacique con libertad y sin rodeos, que lo harían, y con gusto; pero 
con la condición de que no se habían de enviar á sus pueblos Corre- 
gidores ó autoridades civiles españolas. Que con toda buena fe jura- 
rían el vasallaje al Rey de España, y obedecerían al Gobernador de 
la Provincia; mas que no querían que se les enviasen otros jueces ni 
administradores más que los Padres de la Compañía, que era á quie- 
nes vínicamente se habían rendido. Que si se les otorgaba esto, se 
hallaban prontos á pronunciar en seguida la fórmula del juramento.» 
A nadie puede admirar que propusieran condiciones para reconocer 
•el vasallaje al Rey de España, con todos los gravámenes que de él se 
les podían seguir, y de hecho se les siguieron, unos indios que nunca 
habían sido sujetados por las armas, antes por el contrario, habían 
tenido á los españoles en respeto; máxime cuando, por la comunica- 
ción con los indios del Paraná, se hallaban enterados de las vejaciones 
■que los llamados Corregidores de indios, Administradores ó pueble- 
ros, hacían en los pueblos confiados á su cuidado; por las cuales llegó 
á juzgar el Oidor D. Francisco Alfaro que eran merecedores de que 
los sentenciase á galeras (2); y el Gobernador D. Bruno Mauricio de 
Zavala dio testimonio de que «se habían servido de los indios como 
»de unos míseros esclavos en los pueblos de indios de la provincia 
»del Paraguay, que habiendo sido numerosos y opulentos, están redu- 
»cidos (escribía en 1735) cada uno de ellos á un hospital de pocos con- 
»valecientes (3).» Así ofrecieron su vasallaje los indios del Uruguay; 
y en efecto, así lo querían conservar, y no de otro modo; lo que se 
vio muy pronto, cuando el Gobernador Céspedes tuvo la desacertada 
idea de enviarles Corregidores españoles para tres Reducciones que 
3"a se habían fundado, á pesar de la palabra que solemnemente les 

(1) Hist. Soc. les. p. 6. 1. 12. n. 24. Vid. supra, cap. V, § VI. 

(2) Ord. 13. 

(3) Buenos Aires; Arch. gen. Jesuítas, legajo / Varios/ 1. 



-342- 

acababa de dar. Puede leerse en el P. Techo ó en el P. Charlevoix 
el alboroto de los indios, que estuvieron á punto de matar á los 
Corregidores españoles, porque en efecto empezaban á proceder 
como era su costumbre; y hubieran sido causa de que se retirasen 
definitivamente los indios á sus antiguos refugios, si pronto no les 
hubiera sacado de allí el Gobernador. Más claro no podían mostrar 
los indios que estaban contentos con ser gobernados por los Misio- 
neros, y no por otros algunos; lo cual procedía de tener experimen- 
tado que para ellos el gobierno de otros era siempre verdadera opre- 
sión y esclavitud. 

Este amor de los Guaraníes á los Jesuítas, con la voluntad de 
seguir gobernados por ellos, no se desmintió en todo el tiempo que 
residieron los Jesuítas en América, Y así, además del hecho referido 
al tratar de las encomiendas en el Paraná (1), en que los indios 
tanto más se encendieron en el amor de sus Doctrineros, cuanto 
mayor empeño se puso en hacer que los desechasen; refiere otro el 
Deán del Paraguay D. Gabriel de Peralta, ocurrido en 1647 durante 
la visita de Láriz (2). Porque, sospechando los indios que aquel cape- 
llán que iba en compañía del Gobernador, se quedaba en alguna de las 
reducciones, y con esto se empezaba á sacar de allí á los religiosos, 
fué tal el alboroto é irritación que se excitó, que tuvo por bien Láriz 
ordenar que se retirase el capellán de las Doctrinas, y volviese atrás 
de su viaje. — Y en las alteraciones ocasionadas por el tratado de 1750 
en los pueblos del Uruguay, hicieron junta sus caciques, y en ella 
resolvieron, y así lo participaron á los indios vasallos de cada uno, 
que en todas las cosas tocantes á lo temporal del pueblo se había de 
obedecer al P. Cura y cumplir puntualmente sus órdenes, como 
siempre desde tiempos antiguos lo habían hecho: y sólo en una cosa 
no le habían de escuchar ni hacer caso, que era en lo que les persua- 
diese ó mandase en orden á la mudanza y transmigración. Y alga 
más adelante, habiendo averiguado que por la orden que había dado 
el P. Altamirano, iban á salirse los Padres de sus pueblos y dejarlos 
abandonados á su torcida voluntad, tomaron tan á pechos el conser- 
var á sus Doctrineros que los gobernasen y les administrasen los 
Sacramentos, que entre otras medidas bien ásperas que decretaron, 
fué una la de ponerles guardias que de día y de noche les vigilasen, 
y no les dejasen ir de una parte á otra sino acompañados de gente 
armada (3). Y de esta constante práctica de gobernarse voluntaria- 

(1) Supra, cap. V. 5 IV. 

(2) Charlevoix, III, Documentos, p. 317. 
(3j P. EscANDÓN, Transmigración, § 14. 



-343- 

mente por la dirección de los misioneros, procedió lo que nota 
Doblas (1), cuando refiere que costó mucho acostumbrar á los indios 
á que obedeciesen al Gobernador, porque todo lo iban á consultar al 
Cura, para saber en cada prescripción cuál era su voluntad. 

Los modernos, que tantas veces apelan á la voluntad del pueblo, 
y se complacen, al parecer, en resolver las cuestiones por plebisci- 
tos, tienen en el caso de los Guaraníes un ejemplo de la verdadera 
voluntad de todo un país, que escogía por sus directores á los misio- 
neros, dando el más abonado testimonio del acierto de su régimen: 
testimonio que, siendo en sí de mucho valor, por ser unánime y con- 
tinuado durante ciento cincuenta años, habrá de tener más fuerza 
para los que tanto estriban en la voluntad popular. 

Y ésta es la solución de uno al parecer grave problema, que ha 
preocupado á algunos: el de saber cómo dos solos hombres en cada 
pueblo, que venían á ser de sesenta á setenta para más de cien mil 
habitantes en las treinta Doctrinas, hallándose inermes, sin cuerpo 
alguno de ejército á sus órdenes, eran con todo respetados, mante- 
nían la paz, y no experimentaron en siglo y medio sino rarísima vez 
las alteraciones de la plebe, que en todo país se dejan sentir. — Con lo 
cual coincide el parecer de la curiosa consulta de la Audiencia de 
Charcas referida en el libro I, capítulo III, al tratar de los Corregi- 
dores españoles: pues sin resolverse á una parte ni á otra sobre poner- 
los ó no, pondera las razones por una y otra hipótesis, y al llegar á la 
de que no se pongan, muestra que no acierta á entender cómo pueda 
estar bien gobernada tanta multitud de gente por unos pobres reli 
giosos, é insinúa la especie de que no parece que pueda ser esto, sin 
haber en el seno de aquella sociedad crímenes y enorme desconcierto. 

La verdad del hecho fué siempre la misma. Lejos estaban de suce- 
der aquellos excesos: y con razón decía el Illmo. Sr. Fajardo, Obispo 
de Buenos Aires, que no había escándalos públicos, y creía que ni 
tampoco privados delitos: pues así era en cuanto á la regla general. 
Si algún particular los cometió, se le aplicaron los castigos que com- 
portaba la índole de los indios. Y la solución del extraño problema 
estaba en el amor de la nación Guaraní á los misioneros. De su mano 
recibían con gusto las órdenes, y de ella aceptaban también los cas- 
tigos, hasta el mayor, que era el de prisión por largo tiempo: y con 
los castigos se enmendaba el culpable y escarmentaban los demás, 
sin que dejasen nunca de amar á su Doctrinero, á quien aun en los 
castigos reconocían como á padre. 

(1) Doblas, Memoria, 26. 



CAPITULO XII 



LOS LIBELOS 



1. Libelos del tiempo de Garavito. — 2. El libelo del abate francés.— 3. El libelo 
de Barúa. — 4. El pseudo-Anglés. — 5. El libelo de Pombal. — 6. Libelo del Reino 
Jesuítico 

Con el nombre de Libelos se examinarán, en este capítulo, los 
escritos que tratan de las cosas de Doctrinas, pero en que se falsean 
y desfiguran los hechos y se desacreditan los indios ó los misioneros, 
conociéndose ser éste el objeto principal de la obra. Es imposible 
analizarlos todos: cosa que ni aun el P. Sommervogel ó el P. Ca- 
rayón han llegado á hacer en cuanto á la enumeración" porque la 
materia del Paraguay ha ocupado infinitas plumas. Mucho menos 
hay que creer que sea el actual trabajo completa refutación de 
ellos. Se limitará únicamente á mencionar y dar noticia de algunos 
de los que fueron más ruidosos en su tiempo, haciendo breves ob- 
servaciones sobre ellos. 



220 



LIBELOS DEL TIEMPO DE GARAVITO 

En el tiempo en que el Oidor D. Andrés Garavito de León fué 
Visitador, para apaciguar los disturbios del Paraguay, por los años 
de 1651 y siguientes, dio decreto de que se testasen é inutilizasen 
ciertos acuerdos del Cabildo secular de la Asunción con otras actúa- 



- 345 - 

ciones que habían dado ocasión á ellos, como escritos calumniosos, 
indignos de estar en los libros capitulares. La sentencia se cumplió: 
y hoy mismo pueden verse los libros originales en la Asunción, donde 
aparece bien clara la ejecución de lo mandado. Pero aquellos acuer- 
dos no desaparecieron, sino que se conservaron como oro en paño en 
manos de los enemigos de los Jesuítas, 3^ se imprimieron: é impresos 
se volvieron á divulgar en Madrid cuando la expulsión de Car- 
los III. 

Lo que decían de las Doctrinas contenía varios capítulos. 

Que en ellas había oro 3" minas que los Padres disfrutaban y 
escondían: de que se ha dicho n. 68. 

Que los Padres damnificaban á la provincia del Paragua3", porque 
tenían secuestrados muchos indios que eran de encomienda, núme- 
ros 169 y 172. 

Que no se guardaba el Patronato, nn. 96 3^97. 

Que no se pagaban diezmos, n. 101.— Y era extraño que no repa- 
rasen que ni la forma de patronato que pretendían, ni los diezmos, 
eran observados tampoco (porque en efecto ninguna de estas dos 
cosas obligaba por entonces) en las doctrinas de los PP. Francisca- 
nos, que estaban á las puertas de la Asunción. 

Que había cien mil indios. — De la visita que entonces mismo aca- 
baba de ejecutnr el Gobernador Láriz resultaron sólo treinta 3' cinco 
mil, n. 135. 

Que habían defraudado al Re3^ cuatrocientos mil pesos huecos, 
por cobrar sínodo veinte años sin ser Curas de Doctrinas por falta 
de la misma forma de Patronato, nn. 96 y 97. — Sacaban la cuenta de 
que cada año se cobrasen veinticinco mil pesos huecos, que en veinte 
años de 1624 á 1644 son 200 mil. Ni aun la aritmética andaba bien, 
pues ni había igual número de reducciones desde 1624: ni cuando 
más sínodo hubo, que sería desde 1635, llegó á siete mil pesos de 
plata, que hacen 21 mil de los huecos. — Y fueran pocos ó muchos, 
eran dados por voluntad del Re3', y á quienes eran legítimos párro- 
cos, 3'' no tenían otro medio de sustentación: y por renuncia de ellos, 
se les daba sólo la tercera parte de lo acostumbrado. 

Que defraudaban otro millón 3' medio de pesos, echando la cuenta 
más corta, en otras varias partidas, que se enumeraban por antojo: 
diez mil indios de tributo (que todavía no era obligatorio) (n. 46) á 
cinco pesos, son cien mil pesos por año: en veinte años, dos millo- 
nes, etc. 

Cuentas del gran Capitán. — Cuanto mayor pobreza, más fantasía 
de riqueza. 



346 



II 



221 



EL LIBELO DEL ABATE FRANCÉS 

A principios del siglo xviii escribió cierto abate francés una Me- 
moria ó Relación en que describía á su modo, falsamente en cuanto 
á los hechos, y torcidamente en cuanto á las interpretaciones, las 
Misiones del Paraguay, y la presentó á lo que se dice, á Mr. de Pont- 
chartrain. Después procuró introducirla con los artificios y mala 
suerte que narra el P. Rodero, n. 111, en la Corte del Rey de España. 
Publicóla en francés y en latín en Holanda; y también en Holanda 
se reimprimió en francés al final de los viajes de Mr. Frézier á la 
América meridional, aunque advirtiendo que no era obra del mismo 
Frézier. — El libelo está calculado para desacreditar á los Jesuítas y 
hacerlos sospechosos al Monarca de la nación donde habitaban, en las 
cosas que son más delicadas de todas: los tributos á laRealHacienda 
defraudados, y la usurpación de jurisdicción, y aun alzamiento 
armado para formar un estado independiente. Con fruición aco- 
gieron el libelo los jansenistas: lo reprodujeron en sus publica- 
ciones de «Z,t's Jésiiites marchands, etc.»; y anduvo corriendo por 
varias naciones una gran parte del siglo xviii, hasta que vino á des- 
hancarlo y dejarlo como anticuado el folleto de Rombal, que no era 
sino repetición de la mayor parte de sus calumnias. 

Pueden verse los asertos de ese libelo refutados en el P. Rodero 
ya citado, núm. 127. Aquí se enumerarán las principales falsedades 
que contiene: Que los pueblos eran cuarenta 3^ dos. 

Que había trescientas mil familias.— Serían un millón y quinientas 
mil almas: cifra que hubieran deseado fuera verdad los Jesuítas; 
pero de la cual había que quitar el millón y cuatrocientas mil. 

Que la casa parroquial con la huerta tenia una extensión de 
sesenta arpents, ó sesenta hectáreas, cuando la realidad es que 
apenas tendrían dos ó tres. 

Que cada familia de las trescientas mil rentaba por lo menos á 
los Padres unos cincuenta francos anuales: cuando la renta no era 
sino de pesadumbres y solicitudes. Y por un nuevo prodigio de arit- 
mética, aun admitidos los datos falsos de las trescientas mil familias 
\' cincuenta libras anuales: al multiplicar estas dos cantidades entre 



- 347 - 

sí, resultaban, según el libelista, no un millón y medio, sino cinco 
millones de pesos, renta anual. 

Que otro millón por lo menos sacaban los Padres vendiendo 
3'erba del Paraguay. — Contando que fuera de la crt«mm/,á tres pesos 
arroba, necesitaban bajar á los puertos cada año más de trescientas 
mil arrobas: número que ni en cincuenta años se llegaba á cumplir. 

Que podían poner en ocho días sesenta mil hombres sobre las 
armas.— Para lo cual no bastaba armar aun á los niños de pechos: 
sino que era menester enviar á la guerra á las mismas mujeres. 

Pero como éstas eran las sandeces que se devoraban en Europa, 
con tal que fueran contra los Jesuítas. Y éstas se entretenían en 
propagar y reimprimir en castellano los rebelados de la Asunción 
hacia 1733. 



III 

222 

EL LIBELO DE BARÚA 

Por el mismo tiempo se esparcía una carta del Gobernador Don 
Martín de Barúa al Consejo, la cual, por no parecer tan desaforadas 
las falsedades que enuncia, y por ser la persona que la escribía 
Gobernador del Paraguay, podía esperar más crédito, y en realidad 
tenía más apariencias de verdad. Su contexto está reproducido al 
principio de la Cédula grande, núm. 108: y la refutación completa y 
contundente puede verse en el Memorial del P. Provincial Jaime 
Aguilar, entre los Documentos de Charlevoix. 

Finge que los indios de tributo eran cuarenta mil. — No llegaban 
á quince mil: y lo podía él saber fácilmente; pero prefirió discurrir 
torcido. 

Que los indios no tenían reconocimiento al Rey ni á sus Gober- 
nadores. — Cuánta fuese por el contrario su obediencia, y cuan útil, 
se ha mostrado, nn. 41 á 45, y 143 á 150. 

Que los Misioneros habían puesto las Doctrinas distantes de las 
ciudades por evitar el trato de los españoles —Era mucha malicia 
junta con vergonzosa ignorancia de la Historia: pues los Misioneros 
fundaron en los mismos parajes donde moraban los indios bárbaros: 
y más bien, con ocasión de las invasiones de los paulistas, habían 
acercado los pueblos á la Asunción. 

Que había prohibición de tratar con los españoles,— lo que era 
una impostura. 



- 34S - 

Que en el pueblo de San Ignacio guazú había puerta para que no 
entrase nadie sin licencia del Párroco, — lo que era otra impostura. 
Que los indios de la jurisdicción del Paraguay, hacía mucho 
tiempo que no habían hecho servicios al Rey: — siendo así que habían 
estado dos años con las armas en la mano contra los rebeldes del 
Paragua}^: aunque quizá esto no lo contaría por servicio un ánimo 
como el suyo, según le arguye el P. Aguilar. 

Que en las Cajas de Buenos Aires se habían dejado de pagar del 
tributo de los indios nada menos que tres millones de pesos 3' dos- 
cientos mil pesos más. — Pura falsedad que fácilmente pudo compro- 
bar el mismo informante, si hubiera querido, pues constaba en 
dichas Cajas, y se exhibió certificado, de haber pagado año por año 
el tributo que se debía. 

Que los Padres del Paraguay mantenían inteligencias para estor- 
bar la acción de los legítimos ministros reales: y expresamente acu- 
saba como culpables de favorecer injustamente á los Padres, al 
Virrey del Perú, y al Obispo del Paraguay. — Acusaciones indignísi- 
mas y sin pruebas: é injurias contra personas de tanto respeto, máxi- 
me saliendo de un hombre como lo eraBarúa, de sospechosa fidelidad. 
Examinada maduramente la causa, como se ha dicho, núm. 108, 
fueron declaradas estas sindicaciones por «/«/sas calumnias é impos- 
turas de Baritas . 

Otros libelos de menos fama esparciéronlos vecinos rebelados de 
la Asunción por aquellos años: entre los cuales es uno el auto de 7 de 
Agosto de 1724, trazado en borrador en el momento de salir á hacer 
resistencia á las tropas del Rey, y escrito y firmado muchos días 
después (1), en donde se amontonan cuantas falsedades y conceptos 
injuriosos contra la Compañía podía producir la malevolencia y la 
pasión. Otro, la carta del Cabildo secular enviada al Illmo. Fajardo, 
que dio ocasión á su Informe al Consejo de Indias en 1724. Pero estos 
escritos no tuvieron resonancia sino dentro del mismo Paragua}-. 



IV 

^^^ EL PSEUDO-ANGLES 

Algo más conocido fué, aunque tampoco lo fué mucho, un 
Informe atribuido á D. Matías Anglés y Gortari, Juez examinador 

(1) Declaración del escribano Ortiz de \'ergara. 



- 349 - 

de testigos, enviado por la Audiencia de Lima, para recibir las últi- 
mas probanzas sobre los hechos de D. José de Antequera en la ciu- 
dad misma de la Asunción. Supónese en este Informe que, despa- 
chada su comisión, y remitidas las declaraciones de los treinta 
testigos que hoy paran en el Archivo de Indias (1); tuvo escrúpulos 
de conciencia sobre lo que había actuado: y en vez de dirigirse á 
quien debía para remediar el daño, se dirigió á la Inquisición, con 
un memorial ó Informe, en que dice las mayores maldades de la Com- 
pañía y del Obispo Illmo. Sr. Palos. Lo más probable es que el 
Informe no es del autor á quien se atribuye. Sea de quien quiera, 
está plagado de falsedades. 

Que los indios son ciento sesenta mil, que jamás hubo. 

Los pueblos treinta y cinco ó treinta y seis, no siendo sino treinta. 

En el pueblo de San Juan del Uruguay había treinta mil habi- 
tantes, cuando apenas habrá habido ocasión en que tuviera cinco 
mil. 

Que cada año vendían ciento veinte mil arrobas de yerba, siendo 
así que rara vez llegaban á nueve mil. 

Que difícilmente habría mercader de tanto tráfico en todo el 
Reino. — Lo cual es por virtud de las partidas que él finge, no por 
virtud de la verdad. 

Que llevaban los Procuradores á Roma como cuatrocientos mil 
pesos. — Sería preciso suplir trescientos setenta mil de la fantasía ó 
del caudal del autor; pues lo que llevaban era unos treinta mil pesos 
cada seis años, como se puede ver hoy en las cuentas existentes en 
el Archivo general de Buenos Aires. 

Que los indios no tenían propiedad ni uso de nada: — se ha mos- 
trado lo contrario nn. 62, 64, 65. 

Que eran indios cobardes: — por eso les buscarían los Gobernado- 
res para las funciones de guerra, 3^ les temerían los rebelados de la 
Asunción, nn. 143-147. 

Que los indios no saben lo que se vende ni lo que produce: — siendo 
todo al revés, como se vio en los nn. 76. 129, 4° 

Que la provincia religiosa del Paraguay era la más rica de la 
Compañía; — cuando aun los mismos enemigos más declarados de los 
Jesuítas, como el expulso Ibáñez, la llaman la más pobre de América. 

Que los indios están mal enseñados en la religión:— y no los vio: 
V los Obispos, que los visitaban, dan testimonio de que en ninguna 
parte hallaban más instrucción, ni más práctica de la religión. 

<í) Sevilla, 123. 5. 14. 



- 350- 

Que los religiosos extranjeros vienen sin licencia del Rey y contra 
Cédulas:— en que muestra su mucha ignorancia; v. n. 148. 

Que eran incapaces de aprender el idioma:— justamente dicen los 
que tenían experiencia que eran los que más se señalaban en él: y lo 
prueban los ejemplos del P. Bandini, Aragona, Pompeyo, Restivo. 

Que visten, y se tratan con suma miseria los Jesuítas por avaricia: 
— y sin embargo afirma que viven con gran regalo y comodidades. 

Que de su propia autoridad mueven guerras:— y se ha visto que 
nunca se movieron sino por autoridad de los Gobernadores, nn. 144 
á 147. 

Que los Jesuítas españoles de Europa están enredados en todas 
las dichas usurpaciones 3' crímenes: los extranjeros vienen contra las 
leyes y son inútiles en las Misiones: y sólo los españoles criollos son 
los útiles; pero están excluidos de cargos:— impostura tan manifiesta, 
como que siendo los naturales del país apenas la quinta parte de toda 
la provincia del Paraguay, había de ellos un crecido número de 
Superiores. 

Propone al fin algunos que llama remedios: entre los cuales, uno 
es que no se permita que vengan Misiones de Europa: — medio sin 
duda propio para que se arruinasen las Doctrinas, y no se pudiesen 
llevar adelante las nuevas conversiones, que entonces mismo se esta- 
ban verificando en el Chaco: lo que prueba la poca religión y mucha 
impiedad de quien escribió el libelo. 

Lleva el libelo la fecha de 1731: y se dice dirigido á la Inquisición 
de Lima, y comunicado por ésta á la Suprema Inquisición de Madrid, 
en cuyos Archivos se había hallado. 

Y es muy de reparar que el tal Informe se publicó, no en España, 
sino en Portugal, á raíz de la expulsión de los Jesuítas de aquel reino, 
é inmediatamente se tradujo al italiano, y muy luego al alemán: de 
suerte que aparece ya en el año 1761 en la colección de libelos titu- 
lada Sammlung der neuesten schriften welche die Jesuiten in 
Portugal betreffen, tom. III, pág. 226 y sigg. Ocho años des- 
pués se publicaba en Madrid en la Colección general de Documentos 
contra los Jesuítas, año 1769, al fin del tomo III.— No deja de ser 
sugestivo el hecho de que Pombal dispusiera tanto tiempo antes de 
los Archivos secretos de España; y no de cualesquiera Archivos, 
sino de los mismos de la Inquisición, cuando se trató de infamar á 
los Jesuítas del Paragua}-. 



-351 



V 

224 

EL LIBELO DE ROMBAL 

El libelo escrito con el título de Relacao abreviada da repú- 
blica QUE os Religiosos Jesuítas das provincias de Portugal e 
Hespanha estabelecerao nos dominios ultramarinos das duas 
MoNARCHiAS, fué el que más cundió por todo el mundo, reproducido 
en millares de ejemplares, y vertido en todos los idiomas. 

No es de pequeña importancia tener presentes los falsos cargos 
que acumuló contra los Jesuítas del Paraguay ese libelo famoso, 
publicado por el ministro de Portugal, Sebastián Carvallo, marqués 
de Pombal; pues á pesar de renovar especies mil veces condenadas 
en juicio como falsas, y aun habiendo sido condenado, en España pri- 
mero por el Consejo Real de Castilla, después por la Inquisición, y 
últimamente por decreto Real de Carlos III; fué no obstante una 
centella voraz que empeñosamente se esparció por todas las nacio- 
nes, vertido á todos los idiomas, sin perdonar á gastos: y sus false- 
dades y hasta sus palabras vinieron á constituir el Evangelio de los 
enemigos de los Jesuítas: y aparecen reproducidas á cada paso en 
muchos de los juicios posteriores. 

Titúlase el libelo: <í-Relación abreviada de la república que los 
religiosos Jesuítas de Portugal y España Jian establecido en los 
doininios ultramarinos de entrambas monarquías; y de la gíierra 
que han movido y sustentado contra los ejércitos españoles y portu- 
gueses: formada conforme á los registros de los secretarios de los 
dos principales Comisarios y plenipotenciarios y á otros documen- 
tos auténticos^) «(RELAgAO abreviada da república que os religiosos 
Jesuítas das provincias de Portugal e Hespanha estabelecerao nos 
dominios ultramarinos das duas monar chías: e da guerra que nelles 
tem movido e sustentado contra os exercitos hespanhoes e portugue 
ses, formada pelos registros dos secretarios dos dous respectivos 
principaes commissarios e plenipotenciarios e por outros documen- 
tos auténticos. >■>) 

El solo título, como se ve, contiene tres calumniosas imposturas: 
la de haber establecido los Jesuítas estados independientes dentro 



- 352 - 

de los dominios de España y Portugal: de haber movido guerra con- 
tra españoles y portugueses: y de haberla sustentado. — Falsedades 
desvergonzadas, como la mayor parte de las que se contienen en el 
libelo: pero muy acomodadas para ir realizando el plan convenido 
casi á un mismo tiempo en Madrid y en Roma por los impíos (1), de 
los cuales era como vocero aquí el despótico ministro Pombal, de 
abrumar de acusaciones á la Compañía de Jesús, procurando indis- 
ponerla con los soberanos temporales y con los superiores eclesiás- 
ticos, representándola como enemiga de unas y otras autoridades. 

Efecto de este plan fué que el libelo infamatorio, con no con- 
tener sino 28 páginas en 4.*^ mayor, con más siete en que se enume- 
ran cinco capítulos llamados Pontos Principaes, de fingidos excesos 
de los Jesuítas; y con no tratar sino en la mitad de su contenido de 
los Jesuítas del Paraguay, influyese no obstante en contra de los 
Jesuítas más que ningún otro escrito de los muchos que se publica- 
ron con aquel dañado intento: parte por presentarse como pieza 
oficial de la Corte portuguesa, y con la apariencia de haber sido 
tomada de fuentes verídicas, mezclando con arte las más desafora- 
das falsedades con las correspondencias que realmente existieron ó 
pudieron existir; parte por valerse, para acreditar las impostu- 
ras, de la lejanía de las tierras desde donde se referían los hechos, lo 
que ayuda por la ignorancia que de remotas partes hay; parte por la 
dificultad de procurarse informes verídicos, acrecentada en aquella 
ocasión de industria, con los estorbos que se pusieron para que no 
llegasen á Europa los informes de los Jesuítas. Y en efecto, sin con- 
tar con la frenética divulgación que se procuró de él por toda Europa, 
y aun ordenando que quedase en el Archivo municipal de todos los 
pueblos de los dominios portugueses: éste fué el Memorial que se 
presentó al Sumo Pontífice Benedicto XIV para que nombrase Visi- 
tador que corrigiera los excesos calumniosamente atribuidos á los 
Jesuítas. 

No es lugar este de hacer la refutación de las calumnias de la Re- 
lación Abreviada. Puede verse bien cumplida en la Declaración 
DE la Verdad del P. Cardiel; y también en el Apéndice de Docu- 
mentos del P. Charlevoix adicionado por el P. Muriel, n. LXIII, con 
el título de Recurso de los Jesuítas del Paraguay al Tribunal 
de la Inocencia y de la Verdad, donde juntamente se ponen de 
manifiesto las sandeces que encierran los Puntos Principales, que 
son un indigesto fárrago de textos en que campea la ignorancia y la 

(1) Nonkll: El P. Pignatelli, lib. T. cap. IL 



-353- 

mala fe.— Lo único que aquí se hará será dar breve noticia de los 
cargos que en el libelo se hacían, y que después fueron repetidos y 
lo son aún en el día por los enemigos de los Jesuítas, á pesar de estar 
patentemente convencida su insubsistencia. 

Según el libelo, establecieron los Jesuítas tres cosas que llama 
Máximas, con suma impropiedad, pues no eran dictámenes algunos 
prácticos del entendimiento, sino prácticas ó costumbres que falsa- 
mente les atribuye: 1° Prohibición de que entrase en las Doctrinas 
ningún Obispo, Gobernador ni persona que tuviese representaciói\ 
de las autoridades civiles ó eclesiásticas: y que igualmente se pro- 
hibió la entrada á cualquier español particular. 2.° Prohibición de 
hablar idioma español, ó cualquier otro que no fuera el Guaraní. 3.** 
Catecismo en que enseñaban á los Guaraníes que en la tierra no 
había más superior á quien se hubiese de obedecer, que los mismos 
Jesuítas: de modo que los indios no tenían noticia de que hubiese 
Rey, ni vasallaje, ni leyes, y creían que sólo había obligación de 
obedecer á lo que les mandasen los Padres. — Estupendas y descara- 
das falsedades, pues acababan de ser declaradas públicamente por el 
Re}' Felipe V en la Cédula grande las continuas Visitas que hacían 
á las Doctrinas los Obispos y Gobernadores; y el mismo Rey expresa 
en dicha Cédula que nunca habían prohibido los Jesuítas el idioma 
español, sino que los indios hablaban el suyo Guaraní, por apego 
natural que le tenían; y que en ninguna parte de sus Estados era 
mejor observado el vasalbije y la jurisdicción así real como eclesiás- 
tica: y la obediencia al Re}^ constaba á los portugueses por los sitios 
de la Colonia, en los que nunca habían faltado los Guaraníes, que más 
de una vez decidieron la toma de aquella plaza. 

A continuación de las tres desaforadas falsedades decoradas con 
el título de Máximas, pone el libelo otras tres cosas, que denomina 
Axiomas inculcados incesantemente por los Jesuítas á los indios. 
1.*^ Que todos los blancos seculares eran hombres sin ley, sin leli- 
gión, sin más Dios que el oro; que llevaban el demonio en el cuerpo, y 
eran enemigos de los indios y destruidores de las imágenes. — Seme- 
jantes dislates no los enseñaron nunca los Jesuítas: ni los Guaraníes 
de Doctrinas tenían por tales indistintamente á los blancos; pero 
fuerza es confesar que la fingida descripción es un retrato bastante 
parecido de lo que, no ya los Jesuítas, sino una tristísima experien- 
cia de largos años había hecho que viesen los indios en los Mamelu- 
cos del Brasil, que eran éntrelos portugueses á quienes más cono- 
cían: y en quienes la enemistad contra los indios, la inhumanidad, la 
codicia y la irreligión corrían parejas. Habían asolado comarcas 
23 Organización Social de las Doctrinas Guaraníes.— tomo ii. 



- 3Ó4 - 

enteras; habían dado muerte y cautivado centenares de miles de 
indios: habían destruido y pegado fuego á sus iglesias, y convertido- 
las en letrinas, y se habían ensañado con las imágenes de los santo>. 
No era mucho si de tales blancos tenían los indios Guaraníes un con 
cepto semejante al que expresa el libelista. — 2.° Que los Jesuítas 
enseñaron á los indios por principios generales un odio implacable 
contra los blancos seculares, como consecuencia de la idea que les 
habían hecho formar de ellos: y que en virtud de tal odio, les enseña- 
ban entre otras cosas á que al verlos muertos, les cortasen la cabeza 
para que no revivieran, porque si los dejaban con cabeza, les hacían 
creer que cobrarían otra vez la vida por arte diabólica. — Paparrucha 
más estólida y pueril no puede inventarse. Harto sabían los por- 
tugueses que los Guaraníes no tenían odio, sino gran amistad con el 
español, en cuya compañía tantas veces militaron contra el portu- 
gués. Y si á los portugueses tenían aversión, era justificada por sus 
perpetuas invasiones y atropellos: y no pasaba de la aversión con 
que se miran los enemigos de la patria, ni era inspirada por los 
Jesuítas, sino por las malas obras que de los portugueses del Brasil 
habían recibido. En cuanto á la curiosa especie del cortar la cabeza 
á los enemigos, sólo la supina ignorancia ó la refinada malicia del 
libelista podía achacársela á los Jesuítas. Antes que viniera ningún 
Jesuíta á Sud América, y antes que hubiera Jesuítas en el mundo, 
era ya costumbre arraigada entre los indios cortar la cabeza al ene- 
migo para triunfar con ella. Y eso no sólo cuando el enemigo era 
blanco, sino del mismo modo cuando era indio ú otro cualquiera. Y 
no sólo estaba introducida esta costumbre en la raza Guaraní, sino en 
todas las del continente sud-americano; y lo que más es, en las tri- 
bus de negros del África. Quizá podría persuadir el libelista á sus lec- 
tores que también á todas estas regiones habían ido los Jesuítas á 
inculcar la portentosa razón que alegó. — 3.° Que los Jesuítas 
habían industriado á los indios en el manejo de las armas de fuego, 
y en tal cual género de defensa de sus tierras. — Mas esto no era 
misterio para nadie, ni introducción de los Jesuítas, sino mandato del 
Rey de España, pues en virtud de su Cédula de 14 de Febrero de 1647 
fueron declarados soldados fronterizosparacontenerlas invasiones de 
los portugueses del Brasil; y en otras posteriores les mandaba ejer- 
citarse en el manejo de las armas, inclusas las de fuego. — Agrega 
aquí el libelista una calumnia nueva, que jamás tuvo más pruebas ni 
fundamento sino el ánimo dañado de infamar á los Jesuítas, diciendo 
que«/^s introdujeron ingenierosdisf razados conla sotana, par a que 
formasen á los indios campos, y les fortificasen los pasos más difí- 



- 355 - 

ciles^ del mismo modo que se practica en las guerras de 
Europa-». Ni hubo ingenieros, ni campos, ni fortificaciones al estilo 
de Europa en toda la resistencia armada de los indios á transmi- 
grarse; sino defensas que hicieron reír á los militares entendidos, en 
parajes donde con poca diligencia se podía haber detenido á cualquier 
ejército, por numeroso y bien pertrechado que fuera; de suerte que 
justamentejiel poco partido que sacaron de las defensas naturales, 
colegían los peritos la falta de cabeza que había entre los indios. 

Después de la peregrina invención de las mal llamadas Máximas 
y de los titulados Axiomas, sigue la narración de los hechos de 1753 
á 1756 en el Paraguay, que se presentan unos falsamente inventados, 
otros desfigurados, otros abultados, como lo demuestran los autores 
citados arriba. 

Vienen luego los puntos principales anexos á la rela^ao abre- 
viada, y son los cinco capítulos siguientes. — 1.^ Que los Jesuítas 
usurpan la libertad de los Guaraníes, y los han hecho esclavos. Se 
necesita atrevimiento para sostener tal afirmación sin pruebas: y 
aparentando ser pruebas de ella las Bulas de los Sumos Pontífices y 
Cédulas de los Reyes de España, cuando precisamente muchas de 
ellas fueron dadas contra los portugueses del Brasil que esclavizaban 
los indios Guaraníes, reducidos y defendidos por los Jesuítas. Des- 
vergonzada é inicua impostura en que el reo acusa á la víctima. — 
2.° Que usurpan los bienes de los indios. — Por toda prueba se citan 
las leyes que prohiben usurpar los bienes de otros. Debió persua- 
dirse el libelista de que sus lectores verían con suma claridad este 
raciocinio: las leyes prohiben usurpar los bienes de los indios: luego 
los Jesuítas son unos usurpadores. Vergüenza y hastío causa el leer 
tales enormidades. — El cargo, después de averiguado judicialmente 
largos años, había sido declarado falso, y calificado de impostura en 
la sentencia del Rey D. Felipe V de 1743, punto 4.'^: en que se declara 
como todos aquellos bienes se emplean en beneficio de los indios: y 
además de tener cada indio sus bienes particulares propios, llevan 
los mismos indios exacta cuenta de la administración de los bienes 
comunes del pueblo: «j' asegura el Reverendo Obispo que fué de 
Buenos Aires D. Pedro Fajardo, que visitó dichas Doctrinas, no 
haber visto en su vida cosa más bien ordenada que aquellos pueblos, 
ni desinterés semejante al de los Padres Jesuítas; pues para su 
sustento ni para vestirse, de cosa de los indios se aprovechan: con- 
viniendo con este informe otras noticias no de menor fidelidad^. — 
3." Que usurpan la perpetua cura de las parroquias. — Igual prueba 
que para las anteriores, es decir, ninguna. Cita las prescripciones, 



— 356 — 

bien ó mal interpretadas, que, según él, les prohiben en ciertas cir- 
cunstancias ser párrocos; pero en cuanto á la existencia de las cir- 
cunstancias, se calla, porque habría de confesar que los Jesuítas 
nunca fueron pcárrocos perpetuos, sino amovibles: y que en las regio 
nes del Río de la Plata, no sólo no había clero secular bastante para 
tomar las Doctrinas de los regulares, sino que ni aun había el sufi- 
ciente para las parroquias decristianos viejos. — Además, los Jesuítas 
estaban en las Doctrinas no como usurpadores, sino por presentación 
del legítimo patrono, que era el Rey de España; é instituidos por el 
Obispo de cada diócesis. — 4.° Que usurpan el gobierno temporal de 
los indios. Sigue el mismo método cómodo, de probar que los Jesuítas 
son malos, puesto que en el mundo existen leyes que prohiben á los 
hombres ser malos, sin otra prueba más. — Parece que en esto como 
en todo, se empeñó el libelista portugués en menospreciar la senten- 
cia que, después de un maduro examen de ocho años, había pronun- 
ciado poco antes el Rey Felipe V, con presencia de \o^, expedientes 
antiguos y de los informes presentes, tomados en los mismos parajes: 
en la cual se declara que los indios Guaraníes tienen sus autoridades 
de entre ellos mismos, nombradas unas por su propio Cabildo seglar; 
otras por el Gobernador de la provincia puesto por el Rey; y que 
aunque en estos nombramientos intervengael consejo de los Jesuítas, 
no por eso son éstos los gobernantes, ni ejercitan jurisdicción alguna 
temporal: como igualmente declara con respecto á la administración 
temporal que quiere «s^ continúe lo practicado desde la primera 
reducción de estos indios ^con cuyo consentifniento,y con tanto bene- 
ficio de ellos, se han manejado los bienes de comunidad , sirviendo 
sólo los Curas Doctrineros de directores, tnediante cuya dirección 
se embaraza la mala distribución y mala versación que se experi- 
menta en casi todos los pueblos de indios de uno y otro reino». — 
5.^ Finalmente, que los Jesuítas usurpan el comercio terrestre y 
marítimo de los mismos indios. — No necesitaba de refutación este 
último capítulo, porque como los demás, no tiene más prueba sino la 
cita de textos, pertinentes ó no, que á juicio del libelista lo prohiben: 
textos, que á mayor abundamiento, están mal interpretados y peor 
aplicados, como lo demuestra individualmente el autor del recurso 
citado arriba, y por tanto, para una afirmación sin pruebas, basta 
una simple negación. — Ni á los Jesuítas del Paraguay se les probó 
nunca que ejerciesen comercio ó negociación prohibida; )' eso que no 
faltó quien lo intentase judicialmente, pero le faltaba la verdad y las 
pruebas; ni fué otra cosa lo que hacían en las Doctrinas sino vender 
lo superfino para comprar lo necesario; ni fué en provecho suyo, sino 



- 3ó7 - 

•en provecho de los indios, de los cuales por leyes reales estaban cons- 
tituidos tutores y protectores. No merecía esta obra de caridad 
haber sido tan impíamente desfigurada, presentándola como delito. 
Pero es que el anónimo libelista aparentaba estar persuadido de que 
los indios no necesitaban de semejante tutela ni dirección; y que 
eran tan constantes, hábiles y expertos para manejar y administrar 
todos sus bienes, como cualesquiera europeos; porque así lo dijo Pli- 
nio, según él dice en el punto cuarto. Y si Phnio lo dijo, sin duda que 
hicieron mu}^ mal los Reyes de España cuando sin hacer caso de 
autoridad tan respetable, encomendaron á los Jesuítas el cuidado 
temporal de los indios; por más que la experiencia mostrase que <íine- 
diante aquella dirección se euibarasa la mala distribución y mal- 
versación que se experimenta en casi todos los demás pueblos de 
indios de uno y otro reino-» . — Lo lastimoso es ver insertas todas 
estas inepcias, indignas de un hombre de razón, en la Pastoral del 
Cardenal Patriarca de Lisboa, condenatoria de los Jesuítas, exacta- 
mente como están en el libelo, sin añadir ni quitar. 

Tan enormes eran los despropósitos contenidos en el monstruoso 
folleto de la Relación Abreviada, que no faltaron quienes pensa- 
ran en un principio en estos países de América, donde se veían tan 
patentes las falsedades, que había sido obra de alguien que se había 
querido divertir, inventando acusaciones disparatadas contra los 
Jesuítas, para dar á entender que no tenían más fundamento los 
otros cargos que se divulgaban contra ellos. Pero bien pronto 
les desengañó de ser en verdad el libelo propalado por la corte de 
Lisboa, el empeño como frenético que ponían los portugueses en 
difundirlo, inundando con sus ejemplares el campamento español de 
Don Pedro de Cevallos en el territorio de Misiones Guaraníes; y 
experimentaron cuan estupenda es la credulidad vulgar en los desas- 
trosos efectos que aquellas calumnias producían. 

Lo que hacía en este caso el Comisario portugués Freiré en 
América, lo estaba ejecutando asimismo en España y en toda 
Europa el mismo Rombal, disponiendo que se distribuyese profusa- 
mente aquel escrito, y enviándolo á todos los ministros extranjeros, y 
á las comunidades religiosas de los dominios de Portugal; y que se 
remitiese también un buen número de ejemplares á Roma, para 
ofrecerlos á todos los Cardenales, además del que hizo presentar al 
Papa por su embajador Almada, 

El Consejo Real de Castilla, deseoso de prevenir las resultas de 
tan descaradas calumnias, ordenó que se quemase públicamente el 
libelo por mano del verdugo. Este decreto lleva la fecha de 4 de 



-358- 

Abril de 1759. Y existe el testimonio de haberse verificado la quema 
el día siguiente, 5 de Abril. 

En 13 de Mayo siguiente, el Inquisidor general, D. Manuel Quin- 
tan© Bonifaz, prohibió la lectura de la Relación Abreviada so 
pena de excomunión. 

Acordó además el Gobierno español que se imprimiese la infor- 
mación auténtica recibida de oficio en el Río de la Plata por D. Juan 
Ignacio de Lacoizqueta, Vicario general de Santa Fe, en la que se 
prueba con testigos de vista, ser verdad todo lo contrario de lo que 
la Relación Abreviada afirma. 

El mismo Carlos III, luego que ocupó el trono de España, con- 
denó el infame libelo por su decreto de 19 de Febrero de 1761 (1). 



VI 

225 

LIBELO DEL REINO JESUÍTICO 

Por el mismo tiempo se estaba fraguando otro engendro mons- 
truoso de la falsedad y del odio. Bernardo Ibáñez de Echavarri, 
natural de Vitoria, admitido en la Compañía de Jesús, había dado 
tan mala muestra de sí, por su carácter díscolo y su lengua maldi- 
ciente, que fué expulsado de la Religión en España. Arrepentido de 
su proceder, acudió al P. General, quien le volvió á recibir, vistas 
las muestras de enmienda, con condición de que pasase á las Misio- 
nes de Indias; y así vino al Paraguay en la expedición de Misioneros 
del año de 1755. Pero vuelto á sus mismas faltas, fué nuevamente 
despedido; de lo que se quejó agriamente, y puso todos los medios 
que le parecieron oportunos para dejar sin efecto la dimisión, acu- 
diendo al Obispo, al Comisario P. Altamirano, y al mismo marqués 
de Valdelirios, aunque todo sin fruto. Poseído de grandísimo enojo, 
aprovechó las ocasiones de dañar á los Padres de la provincia del 
Paraguay, para lo cual halló sazón oportuna en la terrible persecu- 
ción que contra ellos se había desencadenado. Cayóle en las manos 
el libro de las Visitas y Ordenes de los Provinciales á las Doctrinas, 
que, como expresa el P. Cardiel (2), había en todos los pueblos, y 
con este libro y con algunas noticias superficiales que adquirió en su 

(1) Zarandona, i. 42. 43. 

(2) Brkv. Rkl. VI, 4. 



-359- 

breve estancia en Doctrinas, escribió un gran volumen contra los 
Jesuítas del Paraguay (1), con los cuales procura involucrar A todos 
los Jesuítas, \^ en particular al P. General de la Compañía. 

Pretende probar en él que el Paraguay es, en el estricto sentido 
de la palabra, un reino independiente, cuyo rey es el P. General de 
la Compañía de Jesús. 

Que por eso tiene rentas: y éstas son de un millón de pesos 
anuales por sólo las Misiones ó Doctrinas. Lo prueba: porque el 
producto de Doctrinas es más de un millón de pesos al año: el gasto 
en pro de las mismas Doctrinas apenas llega á veinte mil pesos: 
luego el millón entero va al P. General. Dos imposturas en la mayor 
y en la menor, que conocía Ibañez bien ser falsas; para concluir una 
desaforada calumnia de que los Misioneros se trasforman en otros 
tantos sacrilegos u.surpadores. Sus cuentas para sacar el millón son 
que cada año se vendían ciento cincuenta mil cueros. Ya se ha visto, 
número 72, que no se vendían cada año ni mil quinientos. De modo 
que los cuatrocientos cincuenta mil pesos de Ibáñez no llegan ni á 
cuatro mil quinientos. De yerba dice que se venden cada año cin- 
cuenta mil arrobas: impostura manifiesta, cuando constaba por tes- 
tigos y por registros de Oficiales reales que apenas llegaban á nueve 
mil arrobas anuales, teniendo licencia para doce mil. Otra vez sus 
ciento cincuenta mil pesos se desvanecían, convirtiéndose en veinti- 
siete mil y menos. Y aunque se les agregase otro tanto de artículos 
que allí enumera, algodón, tabaco, etc., que jamás daban tanto como 
la yerba, suman todas las partidas juntas cincuenta y nueve mil 
pesos: y éste es el millón soñado por el libelista. Alargando los 
cálculos de la Cédula grande, por ser algunos informes exagerados, 
se da como producto ordinario el de cien mil pesos; que todos se 
consumen en las Doctrinas y en beneficio de los Indios. Pero al falso 
calumniador le convenía fingir, para herir. 

Discurre luego el libelista con igual fidelidad empeñándose en 
probar con citas unas veces truncadas, otras mal interpretadas, que 
el P. General de la Compañía dispone lo que se ha de hacer en las 
Doctrinas como suprema autoridad civil, criminal y militar. Inútil 
es ir siguiéndole en sus divagaciones. En su propio lugar se ha 
demostrado cómo en Doctrinas se guardaba toda subordinación al 
Rey de España y á sus autoridades en lo temporal: y cómo, después 
de examinada la materia en juicio contradictorio, el mismo Rey se 
declaró satisfecho, y dio testimonio de que <^con hechos verídicos se 

(1) Ibáñez DE EcHAVARRi, Reino Jesuítico del Paraguay, por siglo y medio 
negado y oculto, hoy demostrado y descubierto. Madrid, 1770. 



— 360 — 

justifica no haber en parte alguna de las Indias mayor reconoci- 
miento á mi dominio y vasallaje, que el de estos pueblos: ni el real 
patronato y jurisdicción eclesiástica y real tan radicadas». Foco 
importa que ánimos cavilosos como el del expulso, torturen los textos 
para sacar de ellos lo que no hay, y declaren que ellos no están satis- 
fechos, estándolo el Monarca. 

Aunque con distinto orden, 3^ valiéndose de distintos raciocinios, 
se ve que Ibáñez, á quien es imposible aquí seguir en su difuso libro, 
pretendió hacer verídicas las mismas falsas aseveraciones del libelo 
de Pombal: del cual él mismo dice al principio de su Reino, que «wo 
probaba tanto como se proponía». Pero se lisonjea el expulso de que 
él tenía demostraciones con que «le dejase totalmente bien probado 
su intento». Y siendo, como en efecto son, todas sus demostraciones 
del g-énero de la que se acaba de analizar del millón, fundadas en 
hechos fingidos por la acalorada fantasía, cuando no salen del abuso 
de los textos, lo que es muy frecuente: bien se ve que poco auxilio 
le había de haber traído á la Relación Abreviada la cooperación 
de Ibáñez. 

El expulso mismo atestigua que escribió el libro en San Nicolás, 
donde se hallaba como capellán de una de las partidas demarcado- 
ras. Es muy probable que en su composición tuviera alguna parte el 
marqués de Valdelirios, que allí se hallaba entonces, á quien no 
dejaría Ibáñez de comunicar, como á protector suyo, lo que iba 
trabajando: y verdaderamente que algunos de los párrafos del libro 
se resienten del espíritu de suspicacia que domina en toda la corres- 
pondencia de aquel ministro, que tuerce las obras más santas 3' las 
más sencillas palabras de los Jesuítas para encontrar en ellas miste- 
rios de iniquidad. Lo que sí es cierto que Ibáñez, ya vuelto á España, 
mostró su libro á D. Ricardo Wall, que todos saben cuánta parte 
tuvo en la conjuración contra los Jesuítas: y éste no pudo menos de 
reconocer en el nuevo libelo un instrumento sumamente acomodado 
para sus fines: por lo cual lo retuvo: 3' quizá también puso en él 
algo de su cosecha. Hallándose en este tiempo Ibáñez á la muerte, 
tuvo remordimiento de lo que había escrito, 3^ quiso inutilizarlo, 
para lo cual dio autoridad á su confesor á fin de que, registrando 
sus papeles, tomase el manuscrito y lo entregase á las llamas. Pero 
muerto el enfermo, el confesor no halló el libro, que acaso nunca le 
había devuelto Wall. Llegó el año de la expulsión de España, y poco 
después, en 1770, por diligencias de Wall, se imprimió el libro en la 
imprenta Real. Pronto fué traducido al francés, al italiano 3' al 
alemán: 3' se difundió como tantos otros escritos divulgados en gran 



-361 - 

número contra los Jesuítas. Las precedentes noticias en cuanto al 
arrepentimiento de Ibáñez fueron publicadas por el P. Diosdado 
Caballero en su obra Gloria Posthuma Societatis, pág. 94, ed. 
Romae, 1814, donde añade: «De esta sincera mudanza de ánimo de 
Ibáñez tuve noticia en Madrid por N. Alaba, agustino, varón de 
grandísima autoridad, y que había sido amigo de Ibáñez, y testigo 
de lo dicho.» 

No es de callar que en el libelo se trata muy mal á los extranjeros 
que con vocación de Dios iban á las Misiones, mostrando suma igno- 
rancia de las disposiciones con que el Rey de España los admitía. 
Ni tampoco la enormidad de afirmar que fué comprado el insigne 
Muratori para que escribiese en alabanza del Paraguay: «se alquiló 
una pluma de luds alio vuelo en la persona del célebre Muratori, 
bibliotecario del Duque de Módena, y dio á luz en italiano una obra 
titulada «11 Cristianesinio Felice-», etc.y>. Así entendía el maldi- 
ciente libelista todo lo que tocaba á los Jesuítas. 

Del libelo del Reino Jesuítico hizo una plena refutación, desme- 
nuzándolo punto por punto, el P. José Cardiel, aunque varias inves- 
tigaciones hechas con el objeto de encontrarla, no han tenido hasta 
ahora éxito favorable. De la existencia de ella consta, así por el bre- 
vísimo compendio que de ella imprimió el P. Domingo Muriel en su 
Historia Paraguajensis, como por la descripción detallada que hace 
el P. Luengo en sus Papeles Varios, donde afirma que con senti- 
miento suyo no pudo trascribirla por ser escrito demasiado largo. 

Otros muchos escritos acerca de las cosas del Paraguay son 
igualmente susceptibles de ser considerados como libelos; y entre 
ellos algunos cuvos asertos se examinarán después entre los juicios. 
El último de los que han escrito por el estilo de Ibáñez y juntamente 
usando del mismo libro que él como documento de prueba, es el abo 
gado paraguayo Dr. Blas Garay, sobre el cual puede verse la Intro- 
ducción al P. Cardiel. Pero sería interminable tarea la de examinar- 
los y aun enumerarlos todos. 



CAPÍTULO XIII 



POETAS 



]. El P. Vaniére.— 2. El P. Florentino de Bourges.— 3. Chateaubriand. — 
4. Otros poetas.— 5. Pauw.— 6. Estrada.— 7. El consejero de Bucareli. 

Otro género de escritos es necesario examinar que versan sobre 
las Doctrinas del Paraguay, y pueden dar lugar á engañarse en el 
verdadero concepto que se ha de formar de ellas. Son los que, al tra- 
tar del estado en que se hallaban los Guaraníes de Doctrinas, ó de lo 
que de ellos se podía conseguir, se han dejado llevar de la fantasía, 
en vez de tomar por norma la fría realidad; y, de este modo han pin- 
tado de lo que fué ó hubiera sido un cuadro, en el que todo está exa- 
gerado en bien ó en mal, é induce á errar al que lee, como involun- 
tariamente erró el autor. De éstos tratará el presente capítulo. 



226 



EL P. VANIERE 

Al hablar de poetas que tratan del Paraguay, no puede menos 
de ofrecerse al pensamiento el celebrado P. Jaime Vaniére. En su 
conocida obra Praedimn Rusticuiii dedica el final del canto XIV á 
ensalzar á los cristianos de las Misiones del Paraguay, que, siendo 
antes feroces salvajes, han venido á ser un modelo de piedad cris- 



-363- 

tiana, y un ejemplar admirable de gobierno político. Y en esta 
segunda parte en especial es donde la poesía desfigura la realidad. 

En versos verdaderamente virgilianos hace mención el poeta de 
los Guaraníes de Doctrinas, y dice que al tratar en lo que lleva 
escrito del libro XIV de las abejas, cualquiera que conozca las Doc- 
trinas del Paraguay, habrá creído que de ellas estaba hablando. Y en 
efecto, toda su descripción y elogio supone que los Guaraníes vivían 
en comunismo, como el de la república de las abejas: idea equivo- 
cada, como consta de los números 58 y 60. Por eso dice que no tenían 
linderos en los campos, cuando cada uno tenía su campo propio. Que 
todo lo llevaban á los graneros comunes, siendo así que lo que cada 
uno cultivaba para sí, no tenía nada que comunicar con los bienes 
del pueblo. 

Afirma que el gobierno lo tienen los más ancianos: lo que no es 
exacto: pues el gobierno pertenecía al Cabildo secular y al Corre- 
gidor, que eran nombrados con autoridad del Gobernador: y así 
tampoco es exacto que se rija aquella gente puramente por consejo 
y prudencia y no por derecho, como dice: «Consilio, non iure, senes 
dominantHry>\ ni que la única potestad fuera la que daban la expe- 
riencia y los años: ««& anuís una potestatem facit experientia 
rertunyy, como no lo es la frase poética, pero no verdadera, de «/zo- 
ntines proprinm qiii nil potiiintiir et nsn-Cnnctatenent^ . 

Inexacta es la razón que da de educarse los niños en la escuela: 
pues lo primero, no era aquél algún modo nuevo ó extraño de edu- 
car, para que se le note como cosa especial; siendo así que era el 
modo ordinario de todas las naciones, que envían los niños á la 
escuela por algunas horas, y las demás los tienen con sus propias 
familias: y aun el llamar «prendas comunes» á los niños no parece 
digno ni exacto: pues en ningún sentido eran ni se considera- 
ban los hijos de cada familia como cosa común. La razón de edu- 
carlos con más cuidado de lo que se suele en otras gentes en la 
escuela, era, no la dada por el poeta, ^para que no se fie á la dili- 
gencia privada de los padres de familia lo que constituye la espe- 
ranza de todo el pueblo-»; sino otra menos poética, la de que si se 
fiaba al cuidado de cada familia, su desidia y flojedad dejaba al niño 
sin educación: y así era menester suplir lo que á los propios educa- 
dores faltaba. 

Inexacto es asimismo que hubiera absoluta igualdad entre todos 
<íaeqiia, pares inter, sunt oninia^: pues había nobleza de los caci- 
ques, autoridad de los oficiales civiles y militares: dignidad de los 
empleos que tenían relación con la iglesia. 



-364- 

En lo que acertaba plenamente el poeta era en resumir el estado 
de las Doctrinas con aquellas frases ^Fausta sibi... saecla fliiiint , 
regnantque per illos. ¡ Alma fides, pax et pietas et copia rernui». 



lí 



EL P. FLORENTINO DE BOURGES 

En el tomo VIII de las Cartas edificantes francesas, página 535)' 
siguientes se publicó una relación de las Misiones del Paragua}', 
escrita por un religioso que viajaba para pasar á otro continente. 
Era un Padre Capuchino, quien lleno de la mejor voluntad de elo- 
giar aquellas Misiones, se fió de las noticias que le hubieron de dar 
personas no bien informadas: y entre las cosas edificantes que des- 
cribe, mezcla errores grandes y conocidos de geografía, que pueden 
hacer temer á los lectores que, así como se equivoca en lo que está 
más á la vista, así suceda otro tanto en cuanto á las noticias de reli- 
giosidad y piedad que refiere. Ésta debió ser la causa por la que en 
alguna nueva edición se suprimió esta carta. Por lo menos la tra- 
ducción castellana del P. Davín (1), se explica en estos términos: 
«Omití en el tomo antecedente una carta que hace mucha honra, en 
particular á nuestros Misioneros y Misiones del Paraguay. Su autor, 
religioso de una orden sumamente respetable y digna de venera- 
ción, es piadosamente pródigo desús elogios: se exhala su afecto en 
cada rasgo de su pluma: y llegan á faltarle términos para explicar 
el celo de los Misioneros y la piedad de los indios. No entibia mi 
silencio el agradecimiento, ni disuena la omisión de la buena armo- 
nía. Entregó el autor su original mismo al P. Bouchet en las Indias 
orientales, y éste remitió copia de él al Padre encargado de recopi- 
lar las cartas. Son muchas las faltas que contiene de geografía. Sus 
cómputos de distancia no concuerdan entie sí, ni con los mapas más 
modernos. Hizo últimamente el mismo viaje desde Buenos Aires á 
Chile un caballero de mucha erudición y verdad: y por su amor á las 
buenas letras y á la obra de las cartas edificantes y curiosas, tan 
útil al público como aplaudida de los sabios, me convenció de las 
muchas faltas de la carta: 3' me determinó con sus razones (que 

(1) Cartas edificantes. Tomo IX, Madrid, 1755, pág. 4. 



- 365 - 

puedo producir) á suprimirla. Sacrifico, pues, á la verdad el lisonjero 
gusto que nos .resulta de sus elogios, quedando muy impreso en el 
corazón el reconocimiento y el afecto». (Pág. IV). 

De la sobredicha carta sacó un trozo de descripción que tras- 
cribe en su Genio del Cristianismo (Chateaubriand), al tratar de las 
Misiones del Paraguay. 

Tuvo la misma entre las manos Muratori, cuando componía su 
Cristianesimo felice, y no quiso usar de sus noticias, por juzgarla 
demasiado pintoresca y poética y no tener seguridad de que concor- 
dase con los hechos. 



III 



CHATEAUBRIAND 

Con saber que el Genio del Ci-istianisíno de Chateaubriand es una 
obra que, si bien escrita en prosa, participa en gran parte de poesía: 
y que en él, al hablar de las Misiones, dedica un largo capítulo de 
dos párrafos á las del Paraguay, parece que estaba dicho que su 
pintura había de ser poética más que histórica. Empero, aunque á 
primera vista aparezca así, 3' entren en el cuadro escenas que pro- 
ducen la impresión de hacer creer que fueran pinturas ideadas por la 
fantasía: es lo cierto que todos sus relatos son conformes á la realidad, 
tal como la muestran los documentos, salvo alguna que otra inexacti- 
tud de menor importancia. Ha de atribuirse al parecer esta especia- 
lidad al esmero del autor en tomar todos sus datos de la Historia 
del P. Charlevoix, como puede verse haciendo el cotejo: y aun buena 
parte del capítulo está copiada literalmente de dicha obra. Sólo aña- 
dió, pues, Chateaubriand el tinte poético, el cual, callando lo defec- 
tuoso, hace formar idea más alta de lo que luego revelan los hechos. 

Equivocaciones notables son la de estar prohibido aprender la 
lengua española, que nunca se prohibió; la de confundir al Fiscal, 
que era el que convocábala gente á la doctrina, con no sé qué empleo, 
encargado de llevar registro de los guerreros y elegido por los 
ancianos: y el Teniente, que era el segundo del Corregidor, con el 
Alcalde de niños. Para algunas otras, le ha dado fundamento el 
Padre Charlevoix. tales son la de la propuesta hecha por los prime- 
ros Jesuítas Cataldino y Mazeta al Rey de España, del plan de las 



228 



-366- 

Misiones, plan y propuesta que nunca existieron; la de la penitencia 
pública; la de presentar el texto del Illtno. Fajardo como si afirmara 
que ni en un año se comete un pecado mortal. 



IV 

22Q 

^^^ OTROS POETAS 

Pudieran citarse algunos otros poetas, aunque no lo sean en toda 
su exposición ó relato: y en general, puede decirse que todos los que 
escribían sobre las Misiones sin pasión y después de haberlas visto, 
tenían algo de esto. A la verdad, el espectáculo que ofrecía aquel 
pueblo (tan diferente de lo que suelen ser los demás de naciones civi- 
lizadas) con sus costumbres especiales descritas por los historiadores, 
y que se han analizado en esta obra, y muy distintas de las de una 
tribu salvaje; arrebataba la admiración, para no atender más que á lo 
bueno, y no dejaba reparar en los defectos. Estos sólo eran adver- 
tidos por los que allí iban con mala voluntad contra los Padres, quie- 
nes por desacreditarles, pintaban las faltas mucho mayores de lo 
que eran. De aquí, y de la costumbre corriente de enviar á Europa 
cartas edificantes, refiriendo sólo las cosas que podían producir 
buena impresión y excitar directamente á la virtud (manera de escri- 
bir que trascendía en aquel tiempo aun á la historia misma, como no 
se tratase de faltas públicas y manifiestas), procedió el que se enu- 
merasen las buenas cualidades de los habitantes de Doctrinas, sin 
referirse apenas sus defectos. Y esto llegó á hacer imaginar que 
aquélla era una región encantada, y formó el ideal poético de las 
Reducciones, que, si bien encerraba líneas verdaderas, era, no obs- 
tante, en el conjunto, pintura no conforme con la realidad. 



V 

^^^ PAUW 

Hasta aquí se ha dado alguna muestra de la poesía y descripción 
ideal, que elogiando desmedidamente las Doctrinas, hizo formar de 



- 367 - 

ellas concepto equivocado por exceso. Ahora se verán ejemplos del 
caso contrario. 

Será el primero el del literato que oculto bajo del seudónimo de 
P***, dio á luz en 1768 y 1769 dos tomos intitulados, Investigaciones 
acerca de los americanos: y más tarde se supo ser el holandés 
Mr. Cornelio Pauw. 

Habla el autor con gran desenfado de los escritores que han tra- 
tado la materia antes que él: y propone sus juicios con un dogma- 
tismo tal, que no parece sino que tuviera asegurado el don de la 
infalibilidad. — Cuando en el cuerpo de la obra pretende explicar 
el modo como se formó la provincia del Paraguay, emite la más pe- 
regrina de las teorías, dándola por hecho averiguado y corriente. — 
Dice que el Paraguay estaba desierto hasta que llegaron á él los 
Jesuítas. Debieron hallar que era territorio acomodado para ensa- 
yar sus planes: y tomando varias multitudes de indios que había en 
el Gua3"rá, en el Paraná, en el Uruguay, los empujaron hacia donde 
habían resuelto fijarse: y no pararon hasta colocarlos en el centro 
del Paraguay. Pugnaban aquellas tribus (que á lo que dice el autor 
componían hasta sesenta mil almas) por escapar y volverse á sus 
tierras nativas; pero la reconocida sagacidad de los Jesuítas halló 
modo de imposibilitárselo, cerrando todas las salidas. Después de 
matarlos de hambre á puros ayunos, lograron obligarlos á trabajar 
la tierra: y de esta manera, en el trascurso de unos cincuenta años, 
organizaron una nación, si bien ésta no ha salido todavía de la infan- 
cia. — Véase si podía resultar el género más poético. 

No contento con la lección magistral que en esta parte había dado 
sobre los orígenes del Paragua}^ á todos los historiadores pasados 
y venideros, y excitado por un amigo, que le persuadió, dice él, que 
no podía omitir un artículo sobre las Misiones del Paraguay en una 
Historia de América y de los americanos; dedicó á este punto una 
carta especial, número 4. Y si precedentemente se había mostrado 
admirable en el manejo de la fantasía, no lo fué menos en esta se- 
gunda ocasión. 

La geografía de Pauw es enteramente nueva, como recién fra- 
guada en su imaginación. Según él, en el Paraguay, Uruguay }' 
Guayrá, no había Guaraníes: y fueron los Jesuítas los que los tra- 
jeron al Paraguay, sin que el autor diga de dónde, ni sea posible 
saberlo. Los Guaraníes, molestados por los Jesuítas, iban á presen- 
tar sus quejas en el Cuzco. Los Chiquitos fueron traídos por los 
Jesuítas al Paraguay, para aumentar el número de los habitantes de 
sus reducciones. Varias de las Doctrinas guaraníes se hallaban 



- 368 - 

situadas en el Obispado de Santiago del Estero. La ciudad de Cuensa 
(parece que quiso decir Cuenca), vistió de luto por la muerte de 
Antequera. 

No menos asombrosas son las noticias históricas de PauAv. — 
Empezando por los números, en que parece que tiene menos lugar 
la invencii'm, y se acredita más la diligencia del escritor, afirma Pauw 
que en 1609 había en el Paraguay ciento diez y seis Jesuítas, cuando 
según los catálogos que aun ho}'' se conservan, no pasaban de se- 
tenta y cinco entre Chile, Tucumán y Paraguay, que entonces esta- 
ban juntos: y dice que tenían ocho conventos (colegios) y dos 
residencias, cuando no había más que un colegio, el de Santiago de 
Chile. Dice que se consumía anualmente en América meridional la 
yerba del Paraguay en cantidad de ciento sesenta mil arrobas, cuando 
lo ordinario era no pasar ni aun llegará cien mil. Que la yerba se 
vendía á precio de veintisiete pesos fuertes arroba, cuando no pasaba 
de dos pesos la ordinaria, y tres la excelente. Dice que las ciento 
sesenta tnil arrobas eran exportadas por los Jesuítas, cuando de las 
Doctrinas no salían sino de nueve á doce mil arrobas, y las demás, 
de cuarenta á ochenta mil, eran puestas en el mercado por los veci- 
nos de la Asunción. 

Ya no parecerá extraño que haj'a menos exactitud en otras 
materias en que tiene más libre el campo la fantasía. Pauw afirma 
que los Jesuítas fueron los que pusieron la ley de que no pudiese 
entrar en Paraguay ningún extranjero; siendo así que eso estaba 
prohibido por la ley española antes que los Jesuítas pensaran en ir 
al Paraguay. Sobre este falso supuesto, dirige á los Jesuítas mil 
improperios, llama á la ley bárbara y contraria al derecho de gentes, 
etcétera. — Pero lo más curioso, 3' en que se juntan á un tiempo las 
fantasías históricas con las geográficas, es la relación de Pauw sobre 
los sucesos de don José de Antequera. Según él, Antequera salió de 
Chuquisaca con una Provisión de la Real Audiencia en que se le daba 
comisión paia visitar las Doctrinas de los Jesuítas, 3' corregir los 
abusos, de que había graves quejas en aquel Tribunal. Acompañábale 
su Alguacil mayor, Juan de Mena. Llegado á las cercanías de las 
Doctrinas, envió avisó á los misioneros, haciéndoles presentar junta- 
mente la copia de la Provisión. Respondiendo los Padres que no le 
querían recibir, persistió en entrar; pero se encontró con una tropa 
de indios armados que le acometieron, hirieron malamente á Juan 
de Mena, y hubieran muerto á Antequera, si no se hubiera escapada 
con toda celeridad. Así que, sin haber podido entrar en el Paragua3'', 
tuvo que retirarse: é inmediatamente después fué sentenciado á 



- 3Ó9 - 

muerte, por los informes de los Jesuítas.— Fabricada en la fantasía 
esta patraña, en que todo es falso y desatinado, sin haber en ello un 
átomo de verdad, desahof^a Pauw su facundia en una serie de excla- 
maciones é interrogaciones contra los Jesuítas, combatiéndolos no 
de otra suerte que pudiera hacer el hidalgo manchego con los moli- 
nos de viento, después de habérselos imaginado feroces gigantes. — 
Quien ha tenido fantasía para poetizar de esta manera sobre un 
suceso conocido de cuantos han saludado al menos los elementos de 
la historia americana, no es extraño que leyera en las Bulas de 
Benedicto XIV la peregrina especie de que este Papa condena á los 
Jesuítas por haber esclavizado á los indios guaraníes. 

A pesar de todo lo que acaba de verse, Pauw afirma con mucha 
seriedad que no ha asentado ni asentará en su trabajo más que he- 
chos ciertos, incontestablemente verdaderos, que nadie podrá jamás 
desmentir. 

Pauwr se queja de que se haya hecho caso de la relación del 
P. Florentino de Bourges, que califica de piesa lastimosa: pero sin 
duda que no pensó que se le haría mucho favor en colocarle á él 
mismo en el género de aquella relación; pues al fin el P. Florentino, 
si desbarró en la geografía, no lo hizo así en lo demás, que es lo que 
se observa en el escritor de Amsterdam. Piensa que la posteridad se 
asombrará le3^endo su historia: y acierta en ello; aunque por 
diverso motivo del que él asigna. En su tiempo el P. Francisco 
Iturri hizo terrible anatomía de los asertos de Pauw sobre los indí- 
genas americanos, al rebatir el primer tomo de Muñoz. Por lo que 
toca á sus noticias del Paraguay, ha sido necesario ponerlo entre 
los poetas, para no suponer que fué un voluntario engañador. 



VI 

ESTRADA ^* 

Otro ejemplo será el escritor argentino Don José Manuel Estrada. 
Doloroso es para el que esto escribe haber de sombrear en algo la 
memoria de tan insigne varón, que al fin de la vida fué en su patria 
el abnegado y glorioso adalid de la causa católica. Pero es forzoso 
hacerlo, una vez lanzadas á la publicidad sus obras, escritas por la 
mayor parte en sus primeros años, y saturadas de ideas malsanas, de 
24. Orcíaxizacióx social de las doctrinas guaraníes.— tomo ii. 



— 370- 

que por desgracia no estuvo exento el autor hasta mucho más tarde. 
Y no es dudable que él mismo, si viviendo se hubiese hallado en el 
caso de dar á luz nuevamente sus obras, jamás las hubiera publicado 
tales como estaban, sino que por su propia mano hubiera corregido 
lo que con menos consejo escribió primero; ó no pudiéndolo corregir 
él, hubiera agradecido que otro hiciese reparar las inexactitudes y 
errores, que, donde quiera que se encontrasen, no podían menos de 
producir perniciosos efectos en sus lectores, expuestas, como lo están, 
con todo el ardor de una equivocada convicción, y con todo el ímpetu 
de una facundia arrebatadora, y acompañadas de las más sinceras 
protestas de amor al catolicismo. 

Fué Don José Manuel Estrada en su juventud ardiente partidario 
de las doctrinas liberales; y todas sus obras escritas en aquella época 
están resabiadas del funesto influjo de tales ideas, que en ciertos 
puntos desviaron su entendimiento de la verdad, ayudando á ello la 
viveza de la fantasía. En varios de sus trabajos ha tratado de las 
Misiones del Paraguay; y aun tenía intención de publicar una His- 
toria del territorio de Misiones, obra para la cual iba acopiando 
materiales, pero que no llegó á terminar, ni aun la tenía muy ade- 
lantada, habiendo quedado de ella sólo alguno que otro capítulo des- 
arrollado. Donde más largamente examina la materia es en sus 
Lecciones de Historia Argentina, en Los Comuneros del Para- 
guay, y en Conferencias sobre Historia Argentina. 

Empieza Estrada por entonar un himno de alabanzas al Misio- 
nero Jesuíta, que en el Paraguay se expone á todos los peligros de la 
naturaleza y de la barbarie del hombre, para lograr su fin de reducir 
las almas á Dios, introduciéndolas en el gremio de la santa Iglesia ca- 
tólica. A renglón seguido declara que el régimen de las Misiones era 
substancialmente vicioso, comunista, monstruoso, contrario á la na- 
turaleza, que quitó el vigor y atrofió las energías de la raza Guaraní. 

Asienta dogmáticamente los hechos sin dar prueba, ni referir 
autoridad, sino á lo más enunciando que podría probarlos. Así afirma 
que el sistema de los Jesuítas era una máquina montada sobre el 
comunismo. Que los Jesuítas se empeñaban en demostrar la bondad 
del comunismo forzoso en la sociedad, con textos de la Sagrada 
Escritura. Que tenían aquel régimen por absolutamente perfecto y 
aplicable á todas las sociedades. Que no había estímulo para el tra- 
bajo. Que la Compañía de Jesús era un instituto degenerado. False- 
dades todas, pero que da como supuestos verdaderos, y de ellas se 
sirve para formar raciocinios y deducir consecuencias con el mismo 
aplomo que si fueran verdades incontrovertibles. 



-371- 

Dice que los Misioneros eran unos santos: y que eran de moral 
relajada, aprobando ó consintiendo los excesos para atraer á los 
neófitos. Que estaban llenos de caridad evangélica, y que oprimían 
á los indios con despotismo siempre creciente, y despojaban de 
los bienes á sus doctrinados. Y aunque es opinión de todos que los 
Jesuítas, no eran en modo alguno ignorantes ó necios, sino muy avi- 
sados y diestros para acomodarlos medios á sus fines; el señor Es- 
trada juzga lo contrario, y dice que, obsesos por el fin, estaban casi 
ciegos para penetrar en el espíritu esencial de sus medios: y que su 
sistema era una utopia, íiua quimera, un delirio. 

El entendimiento no puede conciliar esos extremos: santidad y 
moral pervertida: caridad evangélica y opresión y despojo: talento 
práctico y delirios: sociedad viciada y héroes de sacrificio y abnega- 
ción: porque son cosas contradictorias entre sí. Pero lo que no puede 
en esta materia el entendimiento, lo puede la fantasía. Antes bien, 
esta diversidad tan grande de conceptos, tomándolos por separado, 
ha dado ocasión al escritor para inspirarse en entusiasmos líricos 
por los Misioneros, para execrar con todas las energías de su alma 
el comunismo, y dolerse de la triste suerte de los indios, y lanzar su 
anatema contra un régimen tan duro, contrario á la humanidad y á 
la ley natural. 

Ni sólo son las Misiones del Paraguay las que se han visto tratar 
de régimen opresor, delirio y quimera: ni la Compañía de Jesús la 
que ha salido de la pluma del señor "Estrada como manchada por 
la misma herejía protestante que combatía, y ejecutora de las utopias 
comunistas de Múnster: sino que al igual de ellas, resultan repre- 
sentadas la Orden de San Francisco, y en general, las Ordenes men- 
dicantes, como si fueran principios naturales de las sectas comunis- 
tas. La España del siglo xvi, en que florecían la industria y la 
navegación, que asombraba al mundo con la sabiduría de sus Doc- 
tores, y lo llenaba con el esfuerzo y las empresas de sus guerreros; 
es á juicio del señor Estrada, una nación sin vida y sin fuerzas, en 
pleno estado de decadencia. 

Los prejuicios liberales y el culto de la forma democrática, á la 
cual todo lo subordinaba, habían ocupado de tal manera la mente del 
señor Estrada, que no le dejaban emplear el entendimiento, y sobre 
todo la imaginación, sino para acomodar á su ideal los hechos, sea 
acertando, sea errando. Ojalá que como se ha dicho arriba, hubiera 
revisado él mismo sus estudios en los últimos tiempos, en que iba 
rectificando cada vez más sus ideas, y asegurándose en la verdad 
católica. Por falta de esta última corrección, su juicio sobre los 



— 372 - 

Jesuítas, que prometía ser, y debía serlo en la intención del autor, ud 
sólido estudio histórico, ha resultado un amontonamiento de para- 
dojas, pura obra de fantasía. 



VII 

^'^^ EL CONSEJERO DE BUCARELI 

Hase visto en su propio lugar cuan lleno de falsas ponderaciones 
y utópicas promesas estaba el plan de Bucareli y sus ofrecimientos 
á los caciques Guaraníes: y cómo parecía increíble que un hombre 
siquiera de mediana experiencia y juicio se atreviese á hablar con 
tal desahogo en una materia en que obraba sin conocimiento de 
causa. Pero se disminuye este asombro para dar lugar á otro mayor, 
cuando se lee el documento que hasta hoy ha permanecido ignorado, 
y aun ahora mismo conserva incógnito el nombie de su autor, con- 
sejero sin duda que inspiró á Bucareli aquellas promesas 3' sueños 
dorados, que en su misma presencia se convirtieron en tristísimas 
realidades. Hállase este documento en la colección de Ángelis de 
Río- Janeiro: y lleva por título principal el solo vocablo de Planta, 
añadiendo más abajo otros tres: «Medio que parece facilita lo ivipo- 
sible ó dificultoso de la empresa.» «Principios del nuevo estableci- 
iniento de los pueblos de la provincia del Paraná y Uruguay» y 
9. Principian los pueblos d convertirse y quedar en pueblos de espa- 
ñoles.» El primero de estos apartes enumera varios arbitrios que 
parece fueron los primeros que quiso probar Bucareli; el segundo los 
cambia sustancialmente, poniendo en lugar de ellos justamente las 
prescripciones que por fin quedaron en el plan: y el tercero expresa 
los frutos portentosos que por este medio se iban á conseguir. Y para 
que aparezca en toda su luz la ficción poética que en este prenuncio 
se encerraba, será conveniente ponerlo aquí á la letra. 

«Frutos del nuevo establecimiento de los pueblos de la provincia 
del Paraná y Uruguay 

«Establecidos los pueblos con arreglados y bien considerados esta- 
tutos, se espera el fruto, así como se espera de unas tierras limpias 
y desiertas, que entran los hortelanos á cultivarlas }' labrarlas, 



-373- 

<:ogiendo en término de pocos meses las legumbres, al año las mines 
tras, y la fruta de los frutales árboles en sus respectivos tiempos, 
según sus especies. En término de pocos meses después del estable- 
cimiento de los pueblos, se hallarán ya aquellas gentes con las pri- 
meras luces de la lengua castellana: y al año, sabrán rezar las ora- 
ciones y Doctrina cristiana: á los tres años, habrá buenos lectores, 
escribientes y contadores: á los seis, buenos gramáticos: y á los trece 
ó catorce, muchos sacerdotes, muchos instruidos en la mercancía, 
otros de Corregidores: y en el Cabildo toda la Justicia y Regimiento 
y demás Jefes militares. Y por lo que toca al mujerío, del mismo 
modo: porque aquellas primeras que fueron traídas á esta ciudad y 
remitidas ya á sus pueblos, instruirán á otras: y así irá la instrucción 
abrazando al pueblo.» 

«Principian los pueblos á convertirse y quedar en pueblos 
de españoles 

«Todos los indios jóvenes é indias que se sacaron de sus pueblos 
para la educación y enseñanza, como se tiene dicho, y fueron remi- 
tidos á sus respectivos pueblos, los debemos precisamente considerar 
á unos de Corregidores de sus pueblos, otros de Justicias, otros de 
Regidores, otros de Administradores, y otros de Jefes y Oficiales 
militares: y últimamente á otros en la alta dignidad sacerdotal. 
¿Quién, pues, ya en estos tiempos y términos no considerará y llana- 
mente confesará que lo más de lo que tenemos dicho en los puntos 
antecedentes de la desidia de los indios, sea ya incompatible con la 
nueva crianza y educación, y mucho más con el alto carácter del 
estado sacerdotal? ¿Quién se persuadirá que aquel sacerdote haya de 
sufrir, disimular y llevar á bien, ver á sus padres tener por lecho 
de descanso el suelo, y por colchón un cuero, y por asiento ó escaño 
el suelo ó un trozo de palo: y por vaso de beber el mismo porongo 
en que traen agua: y el que todo el día tengan la olla al fuego si 
tienen que cocinar: y el que anden las indias atravesando calles 
metidas como en saco dentro de cinco varas de lienzo sobre las car- 
nes, descalzas de pie y pierna, y con poca diferencia, lo mismo de 
los padres? Y últimamente, ¿quién se persuadirá que aquel sacerdote 
haya de sufrir ver casarse á sus hermanas, ó sobrinas, ó parientas con 
indios del mismo pueblo, sino con españoles? A que también las 
mujeres por su parte aspirarán: y en ese caso el español tratará á su 
mujer como española; y ni le faltarán tierras, que antes escaseaban, 
para sus haciendas: y de este modo seguirán las demás familias: de 



- 374 - 

suerte que con el tiempo sólo quedarán algunos pocos indios, y éstos 
servirán de peones ó conchavados de los principales de aquellos 
pueblos, convertidos en pueblos de españoles.»... 

La experiencia mostró cuan vanos eran aquellos sueños. Pasaron 
los meses que el anónimo pedía para que ya casi supiesen hablar en 
castellano: los tres años para los buenos compositores en castellano, 
lectores y contadores: los seis para gramáticos latinos: y los trece 
ó catorce para muchos sacerdotes: y ninguna de estas cosas se vio, 
sino extrema miseria, y ruina en lo espiritual y temporal: porque en 
efecto, el árbol da sus frutos; y los frutos de aquel sistema, fundado 
en el desprecio de la práctica enseñada por la observación, y en la 
ignorancia ó desconocimiento de la índole de los Guaraníes, y de las 
circunstancias del país, no podían ser otros sino el aniquilamiento de 
aquel feliz estado de las Misiones. De todos los faustos augurios del 
plan anónimo, no quedó sino la memoria de una elucubración más 
basada en la pura fantasía del autor. 



CAPITULO XIV 



LOS DEMARCADORES 



1. Demarcadores de 1750. — 2. Los demarcadores de 1777.— 3. Alvear. — 4. Aza- 
ra: conceptos favorables. — 5. Conceptos adversos. —6. Juicio de Azara sobre el 
régimen de los Jesuítas. — 7. Enormidades é invenciones de Azara. — 8. — Medios 
seglares y medios eclesiásticos. — 9. — Valor de los juicios de Azara. — 10. Examí- 
nase el fundamento capital de Azara. — 11. Estado religioso de las Doctrinasen 
tiempo de los Jesuítas. — 12. Doblas. 

Toda la última mitad del siglo xviii estuvieron ocupadas' España 
y Portugal en arreglos geográficos para fijar los límites entre sus 
posesiones de América Meridional; aunque por diversas causas no 
se llegó nunca á conclusión alguna definitiva. En este tiempo vinie- 
ron de España al Río de la Plata cantidad de hombres peritos en las 
ciencias matemáticas, como era necesario para la demarcación. Y 
como la línea de demarcación había de pasar unas veces por dentro, 
y otras por las cercanías de las Misiones que tenían los Jesuítas 
entre los Guaraníes, que eran las fronteras mismas, tuvieron los 
demarcadores ocasión de enterarse con mayor ó menor exactitud dz 
lo que pasaba en las Doctrinas, y del modo de administración y 
gobierno que allí se observaba: y sobre todo ello emitieron, de 
pasada ó de propósito, sus propios juicios. En el presente capítulo se 
examinarán los principales juicios de esta clase. 



I 

DEMARCADORES DE 1750 

Aquellos de los demarcadores de 1750 de cuyo juicio ha quedado 
algún rastro son el marqués de Valdelirios, Don Juan de Echava- 



233 



— 376 — 

rría, Jefe de la 2.'^ partida de demarcación; D. Bruno Francisco de 
Zavala, Oficial entonces de dragones, que anduvo en los cuerpos 
auxiliares de demarcación, y es el que más tarde fué Gobernador 
de Misiones por treinta años: )' algún otro. Ateniéndonos á los 
datos consignados en la breve relación del P. Cardiel, y en el 

RECURSO de los JeSUÍTAS AL TRIBUNAL DE LA InOCENCL\, que Se 

publicó entre las aclaraciones del Charlevoix latino; hallaban estos 
demarcadores que era desacertado el cuidar de los indios como lo 
hacían los Padres con tanto trabajo: que se hacía preciso dejarlos 
más á sí mismos, dando á cada uno sus animales, su chacra ó campo 
y su casa, de modo que fuese él el responsable de sus adelantos ó 
pérdidas, y no tuviese la seguridad de que había de ser socorrido 
de bienes comunales, porque esto era excitarlos á la vagancia; así 
como el vigilar tanto sobre ellos para que trabajasen, era sujetarlos 
demasiado, y extinguir en ellos toda iniciativa. A esto parece que se 
reducían los reparos que ponían al sistema de los Jesuítas aquellos 
primeros demarcadores; añadiendo que, junto con esto, se había de 
fomentar el comercio con los españoles, hecho directamente por los 
indios sin intervención de nadie, con lo cual se acostumbrarían más 
á manejarse por sí mismos. 

Ambos conceptos están examinados ya largamente en el discurso 
del presente estudio: y uno y otro se fundan en dos supuestos que la 
experiencia convenció de erróneos. El primero, el de la capacidad 
del indio para gobernarse por sí mismo, cumpliendo con los deberes 
de su familia, con las obligaciones civiles y con las de la religión. 
De propósito se hace mención expresa de este cumplimiento: pues 
si se trata únicamente de la parte material de proveerse bien ó mal 
de sustento del cuerpo, buscado parte en su sementera, parte en la 
vida del monte cazando, ó por los ríos pescando, y sin alcanzar ape- 
nas á sustentar á los suyos, ésa no se les puede negar á los indios 
Guaraníes. Pero aquella otra, nunca la tuvieron, por más que los 
Jesuítas se empeñaron en desarrollarla en ellos. Léase el P. Cardiel, 
testigo irrecusable por haber vivido más de treinta y cuatro años en 
aquellos pueblos: examínese lo que refiere núm. 1 12, 1 13, 1 16 de su de- 
claración, 3^ á cada paso en toda ella: y se verá de qué modo trataban 
á los animales, cómo arreglaban sus sementeras: cómo se comporta- 
ban aun los que se huían á las ciudades: cómo devoraban cuanto se les 
venía á las manos, sin pensar jamás en el día de mañana, etc., «y 
nunca he encontrado diversidad en ellos» añade. Siendo ésta, como lo 
es, indestructible verdad, acreditada por la experiencia continua, y re- 
conocida universalmente, era forzoso ó resignarse á verlos abandonar 



-377- 

sus pueblos, y vivir como en su gentilidad en los_,bosques, olvidados 
de toda vida cristiana y civil (cosa que no podían]consentir los Jesuí- 
tas, que se habían dedicado á aquel rudo trabajo por reducirlos á 
vida cristiana, ni la permitían las leyes españolas, que querían la 
conversión y vida civil del indio), ó tratarlos como lo hacían los 
Padres, procurando ver si lentamente se desarrollaba aquel espíritu 
de iniciativa propia: y entretanto asegurándoles del mejor modo 
posible los beneficios de la vida civil, y sobre todo los del alma. 

Bien podían venir los demarcadores desde Europa con otras 
ideas; pero mientras no cambiaran la naturaleza de las cosas, no 
pasaban tales ideas de ser utopias y sueños irrealizables. Y la mejor 
prueba de ello es, que no en solas las Doctrinas de los Jesuítas se 
seguía este proceder, sino también en cuantos pueblos había fuera 
de ellas, ora los administrasen los religiosos de San Francisco, ora 
los clérigos seculares, ora tuviesen administradores seculares. En 
todos había que recurrir en gran parte á los bienes comunes, y 
apurar al indio para que trabajase, si no se quería ver la ruina de 
los pueblos. El remedio para desengañar á los demarcadores de su 
error, habría sido obligarles á ellos mismos á que en un plazo de 
diez años, suficientes para que se viesen los efectos de su sistema, 
realizasen ellos la mejora indigne que se prometían de sus planes. 

No eran ellos los primeros que habían examinado el problema 
de los Guaraníes 3' discurrido sobre él. El P. Diego de Torres, 
primer Provincial del Paraguay, hombre de experiencia, por haber 
tratado otros indios en el Perú y en Quito como Misionero y como 
Superior, creyó al dar sus primeras instrucciones á los Misioneros, 
que se había de seguir el método que ciento cuarenta años después 
preconizaban los demarcadores; porque creía que los Guaraníes eran 
de la misma índole que los indios del Perú: mas la experiencia com- 
probó que no era así: y ya en su segunda Instrucción, un año más 
tarde, se observa gran mudanza. En el tiempo mismo en que libre- 
mente daban su parecer los demarcadores, y cuando se fraguó en la 
Corte de Madrid el proyecto de expulsar de las Doctrinas á los 
Jesuítas, se daban instrucciones al General Cevallos, en las cuales se 
le prescribía lo que debería hacer en cuanto á entablar nuevo 
gobierno: y en el punto del régimen de tener bienes comunes, se le 
ordenaba que nada mudase, sino que lo dejase como estaba: yeso 
que erróneamente creía Wall que i-entre aquellos indios no hay dis- 
tinción de hacienda y propiedad, sino que cultivan de comunidad 
sus campos, y ponen sus cosechas en un común depósito d la direc- 
ción de los Padres: en cuyo caso veréis lo que más conviene: si con 



- 378 - 

servarlo del mismo modo que al presente, ó distribuirles las tierras á 
proporción de las familias: Lo primero parece lo mejor» (1). Tam- 
bién Bucareli llenó á los indios la cabeza durante un año en Buenos 
Aires con las promesas de que les repartiría las tierras del común, 
los animales de las estancias, etc.: y sin embargo de no faltarle 
arrojo, pues tantas cosas innovó inconsultamente, en ésta no se 
atrevió, luego que hubo visto un poco de cerca la realidad de las 
cosas. Algo observaría que le hiciese volver atrás de sus primeros 
designios: y aun arrostrando el riesgo de que le tuvieran por embus- 
tero los caciques, como después en efecto sucedió. 

Lo dicho, y lo que otras veces se ha expuesto, basta igualmente 
para responder al segundo falso supuesto de los demarcadores, á 
saber, que el comercio libre y el trato indistinto con los españoles 
era un beneficio para los indios. Era esto un prejuicio que perpetua- 
mente mostró la experiencia ser falso. Y también en este punto 
retrocedió Bucareli de sus primeros intentos; poniendo por el con- 
trario á los indios más intervenciones para comerciar, que las que 
tenían en tiempo de los Jesuítas. Y si les dejó entrar españoles, la 
experiencia acreditó una vez más, que no había sido sino para su 
ruina espiritual y temporal. 



II 



234 



LOS DEMARCADORES DE 1777 

Rotas las negociaciones de límites, y anulado por el convenio de 
1761, cuanto se había hecho hasta entonces; perseveró sin resolverse 
la línea divisoria, hasta que en 1777 se emprendió de nuevo la demar- 
cación, en virtud de nuevo Tratado concluido en ese año. 

Como había sucedido la primera vez en 1750, no fueron ahora 
todos los demarcadores los que repararon en el modo de gobernar de 
los indios Guaraníes, que al fin era cosa accesoria á su comisión. Pero 
esta vez aquellos que examinaron el punto, consignaron sus juicios 
en escritos, que han llegado hasta los actuales tiempos. Fueron éstos 
el primer Comisario de la segunda sección, capitán entonces de fra- 
gata D. Diego de Alvear: y el primer Comisario de la tercera sec- 

(1) Simancas, Estado 7383. 



-379- 

ción, D. Félix de Azara, que era entonces capitán de navio. — A los 
cuales hay que agregar á D. Gonzalo de Doblas, Teniente de 
Gobernador del departamento de Concepción, quien, aunque no fué 
demarcador, mantuvo con ellos relaciones, y se valió del apoyo 
que le podían prestar para poner en ejecución las mudanzas, que juz- 
gaba necesarias en el régimen de Misiones. 

Consideradas en conjunto las opiniones de estos escritores, vie- 
nen á resumirse en los dos puntos sobre que insistían los demarca- 
dores de 1750, el de la repartición de terrenos, suprimiendo el 
Tiipamhaé: y el de la introducción del libre comercio y del indistinto 
trato con españoles. De los extranjeros no hay que decir, pues su 
presencia en las colonias españolas se hallaba prohibida, como la de 
los españoles en las colonias de las otras naciones. — Esta insistencia 
en las mismas ideas, que la experiencia había hecho ver eran ruino- 
sas para los indios, y que hombres tan innovadores como Bucareli na 
se habían atrevido á poner en planta, llegados al terreno de la rea- 
lidad, muestra el camino que se iba abriendo en Europa ya enton- 
ces el desenfrenado individualismo, que ha traído como consecuencia 
el capitalismo, y el problema obrero 3^ social para el siglo xx; pera 
no ofrece ninguna novedad en el estudio de los indios Guaraníes, ni 
pide ningún nuevo examen en cuanto á la sustancia. Siempre las 
mismas afirmaciones de que el Guaraní era, como el europeo, capaz 
de gobernarse á sí mismo, y de proceder de modo que no fuese 
atropellado ni engañado en el comercio: asertos que perpetuamente, 
ahora como antes, falsificaba la experiencia. 

Es de notar sin embargo una circunstancia, que podía inclinar á 
los demarcadores de 1777 hacia su opinión, con más apariencia de 
razón que á los de 1750. Era ésta el no presenciar ya ellos el régi- 
men de los Jesuítas, en el que todavía quedaba bastante campo á la 
iniciativa individual: sino el implantado por Bucareli, y reducido á 
la práctica por los Administradores: sistema que aumentando los 
gastos, que todos habían de salir del trabajo de los indios, había 
aumentado de tal modo el trabajo común, que ante él desaparecía la 
libertad para trabajar algo el indio de por sí: y observar juntamente 
la miseria y despoblación que tal sistema había producido en los pue- 
blos de Doctrinas. 

Ofreció asimismo diferente carácter el plan de cada uno de los 
que expresaron sus juicios acerca del sistema que tenían ante los 
ojos, confundiéndolo sin razón con el de los Jesuítas; y las diferen- 
cias fueron acomodadas al genio de cada uno, como se verá al exa- 
minar los juicios en particular. 



— 3^0 -- 

Otra cosa es digna de repararse también: y es que estos juicios, 
consignados varias veces por escrito, y dados como dictámenes de 
los escritores, en un tiempo en que el Consejo de Indias se hallaba 
preocupado con la ruina que había sobrevenido á las Misiones desde 
la expulsión de los Jesuítas, 3' arbitrando recursos para implantar 
algún régimen que remediase tanto daño; tuvo una eficacia práctica 
mucho mayor que elparecer de los demarcadores de 1750: y sin vaci- 
lar debe atribuirse á estos escritos la decisión tomada más tarde por 
la Cédula de 17 de Mayo de 1803, de repartir á los indios las tierras 
comunales, y tratarlos con el mismo régimen que á todos los demás 
subditos españoles, de que se ha tratado en su lugar. 



III 

235 

ALVEAR 

Examina el brigadier Don Diego de Al vear el sistema de Doctrinas 

en su RELACIÓN GEOGRÁFICA É HISTÓRICA DE LA PROVINCIA DE MISIO- 
NES, publicada en el tomo 4." de la Colección de Ángelis; y en tres 
Memorias breves en que responde á consultas de los Virreyes, una 
sobre los indios tupís, otra sobre los indios del Chaco, y otra sobre el 
modo de aplicar la orden de poner á los Guaraníes en propiedad de 
las tierras: fechas las dos primeras en 15 de Octubre de 1797, y la 
tercera en 27 de Agosto de 1802: y publicadas en los Apéndices de la 
«Historia de D. Diego de Alvear» escrita por su hija D.'"^ Sabina de 
Al vear y Ward. 

Su juicio sobre el sistema de los Jesuítas es, que fué muy acertado, 
y acomodado á la índole de los indios, y á su estado y necesidades. 

En su capítulo V, Gobierno y estado de las Misiones en tiempo 
de los Jesuítas, se expresa en los siguientes términos: «Conociendo 
los Padres tan bien el carácter de los Guaranís, como que los habían 
criado á segunda naturaleza, sacándolos de la barbarie y soledad del 
bosque á la cultura de una vida social y racional, acertaron á esta- 
blecer un sistema de gobierno civil tan adecuado al genio de la 
nación, como raro y nuevo en el mundo.» 

«La ruta de los misioneros en el régimen espiritual... no es menos 
particular y admirable que el político 3' económico.» 

Expone luego en todo el capítulo el sistema de los Jesuítas, siem- 
pre con bastante exactitud: 3^ hablando del culto divino y de los 



-381 — 

indios instruidos para él, dice: «ejercían todas sus funciones con tal 
circunspección y gravedad, que hasta el día de hoy, que todo ha 
declinado mucho de su antigua observancia, edifican á la gente más 
hábil, confunden á los menos instruidos, y causan notable devoción al 
pueblo. » — De las Iglesias dice: «Las iglesias son muy capaces y bien 
fabricadas: todas ellas de tres naves, sobre arcos y pilares de ma- 
dera, y algunas sobre columnas dobles de gusto jónico, con su her- 
mosa cúpula ó media naranja de bastante elevación: interiormente se 
hallan adornadas de lindas cornisas y otras molduras, doradas desde 
arriba abajo, ó costosíunente pintadas y con mucha decencia Los 
retablos correspondientes, de talla moderna, y las imágenes de bulto 
nada inferiores, muy devotas y de preciosa escultura: cuadros y lien- 
zos de buen pincel: y por último tan ricamente alhajadas, etc.» «Lo 
mds admirable en esta materia y que llama la atención de todos, es 
ser toda esta obra pura de indios recién convertidos, y acabados de 
sacar de la selva: circunstancia que no da á la verdad poco realce a' 
concepto que se debe á sus directores y maestros.» 

«...De este modo tenían todos ocupación honesta, y no se daba 
entrada á la ociosidad y los vicios; reinaba por todas partes la abun 
dancia de los comestibles y frutos,...» «El sobrante de estos frutos,... 
se remitían á Santa Fe y Buenos Aires, donde tenían los Jesuítas 
sus procuradores particulares que los expendían, y enviaban á cada 
pueblo sus retornos en géneros de Castilla y déla tierra, conforme 
necesitaban, no sólo para aquellas ocurrencias de necesidad común, 
sino también para dar á cada uno de sus hijos lo preciso, y aun lo 
conveniente á su porte y decencia, pues en la inversión de este fondo 
público, que se hacía siempre con arreglo y oportunidad, todo se tenía 
presente.» «Con tan sabia política, pudo la Compañía de Jesús for" 
mar los treinta y tres pueblos de Misiones que hoy subsisten, en que 
se contaban más de treinta mil familias el año de 1734, fuera de cua- 
renta reducciones que destruyeron los portugueses: todo esto sin 
salir de los límites de esta provincia.» 

«... Vimos el buen pie en que pusieron los Jesuítas estas Misiones, 
con un buen régimen y particular economía en el manejo de cau- 
dales.» 

Completa su juicio con el cotejo que hace, pintando en seguida el 
estado infeliz en que veía las Doctrinas cuando escribía su Memoria, 
que era hacia 1795, y diciendo que «las Misiones, en el pie que se 
hallan, son muy gravosas al Estado» (1). 

(1) Alvear, Relación, pág. 101. 



-382- 

Acerca del aislamiento de las Doctrinas en tiempo de los Jesuí- 
tas, dice (pág. 104): <íLos Jesuítas seguían la nidx/via (fe no dejar 
entrar d los españoles en sus Doctrinas: que en aquel tiempo pudo 
ser conveniente, hasta radicar d sus neófitos en la religión y bue- 
nas costumbres^ retirando toda ocasión de mal ejemplo.-» 

Hace notar entre otras cosas dos efectos deplorables de las Orde- 
nanzas de Bucareli, aquí y en la Memoria sobre los tupís: uno el de 
haberse cortado el comercio interior de los pueblos, siguiéndose 
de ello gran miseria: otro de no tener armas en cada pueblo, siendo 
más fáciles los insultos de los bárbaros. 

Alvear había sido educado por los Jesuítas en el colegio de Mon- 
tilla: y se ve que siempre conservó buenos recuerdos de sus antiguos 
maestros. Pero lo que en concepto de algunos pudiera quitar de 
autoridad á sus testimonios este antiguo afecto: se lo da, y con ven- 
taja, el escribir en unos tiempos en que era moda decir mal de los 
Jesuítas, ó no nombrarlos siquiera con su nombre, sabiendo que el 
solo parecer que se aprobaban las cosas de los Jesuítas, era ya una 
pobre recomendación para con los ministros. Era preciso, pues, que 
estuviese muy á la vista la excelencia del régimen de los Jesuítas 
comparada con la aplicación del de Bucareli y con sus tristísimos 
efectos, para decidir aun á quien tuviese inclinación á los Jesuítas, á 
hablar como lo hace Alvear. Por otra parte, es conocido el buen jui- 
cio y la integridad de este jefe; por lo cual, así como no se puede 
dudar de que en sus obras expresó lo que entendía: así su parecer 
no puede menos de ser de gran autoridad. 



IV 



2S6 

^^^ AZARA: CONCEPTOS FAVORABLES 

Don Félix de Azara permaneció en Río de la Plata veinte años, 
desde 1781 hasta 1801, ocupado lo más del tiempo en las tareas de la 
demarcación. Habla de las Doctrinas Guaraníes y de la obra de los 
Jesuítas en ellas, en casi todos sus libros: y principalmente en la 
Descripción, en los Voyages, en los Viajes Inéditos, y en algunos 
manuscritos no publicados aún. 

En un MS. que se conserva en la Biblioteca Nacional de Río- 



- 383 - 

Janeiro (1), enumera Azara varias acusaciones que algunos han 
hecho contra los Jesuítas, y las rebate de la siguiente manera: 

«Atribuyeron algunos la repugnancia de los Padres para que 
entrasen los españoles en sus Misiones á que había en ellos ricos 
minerales: pero hoy vemos que allí no hubo más tesoros, que la 
industria 3^ economía.» (2) 

... «También se ha escrito que los Jesuítas extraían grandes 
sumas adquiridas por el comercio y manufacturas.» Refuta el cargo, 
diciendo que los tejidos eran bastos y de ningún valor: y la yerba 
sólo en partidas mu}' moderadas se sacaba para la venta. Y añade: 
«Últimamente, se viene en conocimiento de la poca ambición de los 
Padres, sabiendo que no hostigaban á los trabajadores (3), conten- 
tándose con lo que buenamente hacían en poco más del tercio del 
día» (4): «que no se aprovecharon como pudieron de grandes canti- 
dades que invirtieron en alhajas y ornamentos de los templos, y en 
los preciosos vestidos de tisú bordado ó galoneados de que usaban 
los indios en sus fiestas» (,5). 

... «Se figuraron muchos que los Padres eran verdaderos monar- 
cas de sus Misiones, y que aspiraban al imperio de estos países.» Lo 
refuta diciendo, «que bien sabían los jesuítas que sus indios, por 
mucho que los armaran, eran incapaces de sujetar á nadie». (Es ésta 
una de sus grandes temas: la incapacidad de los Guaranís para la 
guerra.) 

... «No han faltado quienes dijesen que los Jesuítas practicaban 
medios ilícitos contra la propagación de los indios, trayendo á consi- 
deración lo poco que multiplicaban» (6). Azara juzga la especie en 
los siguientes términos: «Esto es una calumnia insufrible: pues es 
constante que los Jesuítas amaban á sus neófitos con la ternura de 
padres, que los casaban en la edad competente sin dejar un celibato, 
que los cuidaban y alimentaban grandemente, poniendo particular 
cuidado en los huérfanos, viudas é impedidos» (7). Explica el poco 
aumento, diciendo que la raza Guaraní de suyo era muy poco fe- 
cunda. 

(1) Col. Ángelis, 'Descripción del Paraguay* * Autógrafo de Asara» Un 
tomo folio español en holandesa de 4 págs. + 268 págs. + 8 págs. Con cuatro 
planos. 

(2) Pág. 135. 

(3) Pág. 136. 

(4) Pág. 133. 

(5) Pág. 136. 

(6) Es una de las calumnias del expulso Ibáñez, quien dice que los Jesuítas 
procuraban que muriesen muchos niños, haciéndolos ir á rezar por la mañana, 
con lo que perecían del frío. 

(7) Pág. 136. 



— 384- 

He aquí algunos otros conceptos de esta especie contenidos en 
sus demás escritos. 

«Los Jesuítas eran... hábiles, moderados 3^ económicos; miraban 
ásus pueblos como obra suya... los amaban y procuraban mejorar.» (1) 

«Los Jesuítas son sin contradicción, entre todos los eclesiásticos, 
los que más se aplicaron á aprenderlas lenguas de los indios.» (2) 

«Es menester convenir en que, aunque los Padres mandaban allí 
en todo, usaron de su autoridad con una suavidad y moderación que 
no puede menos de admirarse. A todos daban su vestuario y ali- 
mento abundantes. Hacían trabajar á los varones sin hostigarlos 
poco más de la mitad del día. Aun esto se hacía á modo de fiesta: 
porque iban siempre en procesión á las labores del campo, llevando 
siempre músicos y una imagencita en andas: para la cual ante todo 
se hacía una enramada, y la música no cesaba hasta regresar al pue- 
blo como habían ido. Les daban muchos días de fiesta, bailes y tor- 
neos, vistiendo á los actores 3' á los del Ayuntamiento de tisú, y con 
otros trajes los más preciosos de Europa... Los Padres Curas 3' com- 
pañero ó sotacuros tenían sus habitaciones, que no pasaban de regu- 
lares...» «Todas sus iglesias eran las ma3'ores 3' más magníficas de 
aquellas partes, llenas de grandísimos altares, de cuadros 3' dora- 
dos. Los ornamentos no podían ser mejores ni más preciosos en 
Madrid ni en Toledo. Todo eso convence que en templos 3^ sus acce- 
sorios, en vestir los días de fiesta á los actores 3^ Ayuntamientos, 
gastaron los Padres los grandísimos caudales que pudieran apro- 
piarse si hubieran sido ambiciosos. Lo mismo digo de otros muebles, 
como relojes de mesa 3" de cuarto, de los que había muchos mu3' 
buenos en todos sus colegios: 3' de contentarse con el poco trabajo 
que sin hostigarlos querían hacer los indios.» (3) 



V 

2«^7 CONCEPTOS ADVERSOS 

Al lado de alguno que otro concepto favorable á los Jesuítas 
como los que van enumerados, se hallan en gran número los desven- 

(1) Dksck. XIII, 19. 

(2) VOYAGFS, ch. XI 

(3) Drscr. XII, 17, 18. 



-385- 

tajosos; y eso aun cuando A veces se ponga el escritor en contradic- 
ción consigo mismo. 

Asegura que «los motivos que los Jesiiitas alegaron-a cuando se 
trató del servicio personal en el Río de la Plata «.eran calumnias 
positivas-» contra los encomenderos. No repara en que los atropellos 
del servicio personal constaron por testimonio de toda suerte de 
personas, y fueron averiguados de oficio por un Visitador, que dio 
testimonio de ellos: siendo ya antes patentes en las ordenanzas de 
los Gobernadores, y hasta en las decisiones délos sínodos provincia- 
les: cosas todas que ni eran calumnias, ni tenían en ellas parte los 
Jesuítas (1). 

Que «los Jesuítas miraro)i co)no inútiles y menospreciaron ente- 
ramente los medios de persuasión, y recurrieron á los medios tem 
porales^-)^ que según Azara, eran los de la violencia y terror, para 
formar sus reducciones. Y que «ocultaron con mucho cuidado su 
proceder en esta materia: como era natural: porque en su calidad 
de eclesiásticos, querían pasar por tales en todas sus acciones (2). 
Falsedades manifiestas, desmentidas por los documentos; y para 
darles alguna apariencia de verdad, inventa Azara el grosero equí- 
voco que se verá en el § VIII. 

Que, aunque estuvieron como Misioneros entre los indios del 
Chaco, «nunca pudieron formar gramática^ diccionario ni cate- 
cismo de las lenguas toba, pitilaga, abipona, mocoví , pampa, etc., 
en veinte años ó más que pasaron entre estas tribus» (3). — Hoy las 
van hallando y publicando los eruditos, entre los manuscritos de 
aquellos Misioneros que no se han destruido ó extraviado. 

Que «frecuentemente el Cura Jesuíta no sabía el idioma Gua- 
raní, sieiuio Cura de las Reducciones Guaraníes» (4).— Enormidad que 
desmienten los exámenes y aprobación de idioma de todos los Curas 
hechos por el Obispo, de que aun hoy se conservan algunos (5). 

Que «tuvieron pocos Curas Jesuítas capaces de predicar el Evan- 
gelio en Guaraní» (6). — Los mismos documentos citados prueban 
que eran capaces todos: pues no eran aprobados de lengua sino 
habiendo hecho un ejercicio de sermón ó plática, que mostrase poder 
predicar el Evangelio. 

Que «no entraban nunca, por motivo ninguno, en la Reducción 

(1) Vov. XIII. p. 237. 

(2) Voy. XIII. p. 228. 

(3) Voy. XII. p. 213. 
K^) Voy. XIII. p. 233. 

(5) Río-Janeiro. Col. Ang. IX. 8. 

(6) Descr. XIII. 18, 

25 Organización social de las doctrinas guaraníes.— tomo ii 



238 



- 38(1 - 

eu que estaban, ni en las casas de los indios, sitio que se mantenían 
encerrados en sns colegios ó /lahitaciones» (1). — Especie que con 
sólo enunciarla descubre su absurdo: y manifiestan ser falsas todas 
las relaciones de testigos que se conservan. 

Que «todavía es un problema el de si pretendían hacerse inde- 
pendientes en el Paraguay ó nor> (2). — El mismo Azara ha dicho (3): 
«Se figuraron algunos que los Padres eran verdaderos monarcas 
de sus Misiones, y que aspiraba// al imperio de estos países»: des- 
preciando 3' refutando tal patraña. 

Que «con intento de asegurar su independencia , cerraron el 
acceso de sns Reducciones, haciendo cavar fosos profundos, que for- 
tificaron cotí gruesas estacas ó fuertes palizadas, con puertas y 
cerrojos^ en los parajes por donde forsosamente había que pasar: 
y pusieron allí guardias y centinelas para vigilar.»— Que es la 
calumnia de Barúa reproducida: sin contar con que el mismo Azara 
en la Descr. MS. (4) pág. 133, dice que «las zanjas y tronqueras 
eran para evitar la d eserción-» . 

Que no dejaban entrar á los Gobernadores ni á los Visitadores en 
Doctrinas, ni cá los Obispos (5j. — Falsedad que consta por lo dicho en 
su lugar, y por los documentos de Visitas y padrones hoy existentes. 

Otros muchos conceptos adversos y denigrativos de los Jesuítas 
se pudieran citar, pues de ellos están llenas las obras de este escritor. 



VI 



JUICIO DE AZARA SOBRE EL RÉGIMEN DE LOS JESUÍTAS 

La multitud de conceptos desfavorables de Azara acerca de los 
Jesuítas, es indicio de que su juicio acerca de la obra de los Padres 
en las Reducciones había de ser contrario al régimen establecido por 
ellos. 

Azara juzga que fué desacierto establecer el sistema de comuni- 
dad entre los Guaraníes. — Su razón es la siguiente: El régimen de 
bienes comunales establecido por los Jesuítas «quitaba todos los estí- 

(1) Voy. XIÍI. p. 250. 

(2) \ OY. XIII. p. 246. 

(3) MS. de Kío Janeiro, p. 136. 

(4) Río-Jan. Col. Aiig. 

(5) Voy. XIII. p. L'45. 



- 387 - 

millos de ejercitar Ja razón y los taletitos: pites lo misino había de 
comer, vestir y gosar el más aplicado^ /lábil y virtuoso, que el más 
malvado, torpe y /lolgasán.» «Este gobierno... hacia que todo tra- 
bajo fuese lánguido, no importándole nada al indio que su comuni- 
dad fuese ricar> (1). 

A la razón que siempre dieron los Jesuítas, y se ha expuesto en 
el presente estudio al tratar del Tupambaé, de la propiedad y del 
carcácter del indio, responde Azara: <i.Este gobierno de los indios, 
mereció los mayores elogios de algunos sabios de Europa, que cre- 
yeron ser los indios incapaces de alimentar d sus familias, por su 
ninguna economía, ni previsión para conservar nada para los tiem- 
pos de escases: en suma, los creyeron como unos niños, á quienes no 
podía convenir otra especie de gobierno , y que con él eran felices. y> 

Responde Azara que la incapacidad y niñez no existieron: pues 
bien se sustentaron los indios á sí y á sus familias durante un siglo 
sin bienes de comunidad: y lo que más es, con la carga de las enco- 
miendas. Bien se sustentaban también cuando gentiles sin ese sis- 
tema: «Zos pueblos de indios del capitulo precedente, que eran de 
la misma nación que los jesuíticos, existieron un siglo vistiendo y 
alimentando sus familias particularmente cada uno, sin necesidad 
de ecónomo que almacenase su trabajo, que no era completo, porque 
el de dos meses al año pertenecía á un encomendero... Los indios 
jesuíticos, como todos, cuando eran silvestres, trabajaban y tenían 
previsión y economía bastante: pues que alimentaban cada uno d 
su familia. No hubo, pues, tal niñez é incapacidad en los indios-» (2). 

Agrega que aun dado y no concedido que los Guaraníes fueran 
tan imprevisores, había que rechazar el sistema de los Jesuítas. «Y 
cuando quiera suponerse (la niñez é incapacidad), lo cierto es que el 
gobierno en comunidad no se las quitó en más de siglo y medio, 
persuadiendo claramente que semejante conducta embotaba los 
talentos» (3). «Aun cuando iiubiera sido real (la niñez é incapacidad) 
el no haber bastado más de siglo y medio para corregir estos defec- 
tos de los indios, parece que autoriza á concluir una de dos: ó que 
la administración de los Jesuítas era contraria á la civilización de 
los indios, ó que estos pueblos son esencialmente incapaces de salir 
de ese estado de infancia (4).» 

Finalmente, se esfuerza el argumento en el Informe sobre la 



(1) Descripc. XIII. 9. 

(2) Descr. XIII. 10. 
í3) Descr. XIII. 10, 
(4j Voy. III. p. 236. 



-388- 

libertad de los indios tupís y guaraníes de 1806 (1) con la experiencia 
de haber prosperado los cuatro pueblos de Santo Domingo Soriano, 
Quilmes, Baradero y Calchaquí, de la jurisdicción de Buenos Aires, 
por no haber sido sujetos nunca á comunidad (2). 

De estos argumentos concluye Azara que «í?/ gobierno en coinii- 
iiidad de los pueblos, es lo peor en niateria gubernativa (3); que el 
gobierno que entre ellos establecieron los Jesuítas es el más 
absurdo, despótico y malo que pudiera idearse (4); el gobierno más 
singular y extraordinario que ha visto el mundo. Un gobierno en 
comunidad en que no se permite la menor propiedad particular , en 
que nadie puede sacar la menor ventaja ni utilidad de su talento, 
industria, habilidad y virtudes, ni de sus facultades físicas: en que 
nadie es dueño de si mismo ^ ni del tiempo, ni de su trabajo, ni del 
de su mujer y familia: en que la desnudes, el hambre y miserias 
oprimen á todos: y en que V. M. no saca ni ha sacado jamás un peso 
fuerte por los justos derechos debidos á la soberanía y á la defensa 
que ésta les franquea-!) (5). 

Otras veces se muestra más benigno con el sistema, como cuando 
escribe: <.<~Los Guaraníes que cayeron en poder de los paraguayos y 
Jesuítas españoles fueron felices, porque se han conservado, multi- 
plicado y adquirido alguna civilisación, aunque no la que pudie- 
ran-» (6). 

Nada importa que esta conclusión sea contradictoria de la de 
arriba. Así es Azara. ^En cuanto á sus razones, están ya examina- 
das, y en su mayor parte se fundan en confusión de sistemas, en 
raciocinios viciosos, y en supuestos falsos, como se verá luego. 



Vil 



239 



ENORMIDADES É INVENCIONES DE AZARA 

Increíble parecería, si no estuvieran escritas é impresas sus 
obras, el cúmulo de afirmaciones falsas, absurdas é inventadas que 
amontonó D. Félix de Azara, tratándose de los Jesuítas. 

(1) Mkmorias de Azara, p. 110. 

(2) P. 122. 

(3) Descr. XIII. 13. 

(4) Voy. XIII. p. 242. 

(5) Informk sobre... la libertad de los... Guaraníes... p. 110. 

(6) Descr. MS. de Río Janeiro, Col. Angelis, p. 124, 



-389- 

Azara defiende abiertamente el sistema de encomiendas de ser- 
vicio personal, tales como se usaron en el Paraguay, no obstante que 
las de originarios eran una verdadera esclavitud, como se ha visto, 
número 132, y en las de mitayos, se cometieron los abusos que justi- 
ficó la visita del Oidor Alfaro, número 134. Sin embargo de eso, á 
este sistema opuesto <á la ley natural y al derecho innato de los indios, 
lo aprueba, lo alaba, y lo que más es, de tal manera lo ensalza, contra- 
poniéndolo al régimen de los Jesuítas, que dice de él «-fué el mayor 
esfnerso de la prudencia Jinutana^^ (1). El mismo Azara había dicho 
de estas encomiendas, aun de las de mitayos: «.eran ima de las clases 
de esclavitud^ (2). No obstante, en la misma obra dice: «.Juzgo que 
era imposible combinar mejor el auinento de las conquistas, la 
civil i sac ion y libertad de los indios, con la recompensa debida á 
los particulares que todo lo hacían á sus expensas» (3). Y en la 
Descripción (4)': «Reunió Ir ala en este punto cuanta reflexión, pru- 
dencia, humanidad y política cabe en un hombre^. La libertad de 
los indios debía consistir, según Azara, en ser esclavos; y la huma- 
nidad del conquistador en atrepellar el derecho natural del indí- 
gena. 

En todo esto presenta Azara á Irala, como si Irala hubiese sido 
el inventor de las encomiendas. Pero las encomiendas estaban vigen- 
tes antes de nacer Irala, pues ya se ha dicho que fué Colón quien las 
introdujo. Supone que Irala fué quien limitó las encomiendas á dos 
vidas. Pero antes que Irala pusiera los pies en el Paraguay, y mucho 
antes de que fuera gobernador, estaba dictada la ley de las dos 
vidas, que es de fecha de 26 de Mayo de 1536. Supone que Irala tenía 
establecido que acabadas las dos vidas, quedaban los indios encabe- 
zados en la Corona real, de modo que en adelante ya no se podían 
encomendar en particulares. Cosa que ni hizo Irala, ni la podía 
hacer, porque no tenía facultades para mudar las leyes de España, 
que mandaban, sí, que volviesen los indios á quedar vacos después 
de las dos vidas, pero que se pudiesen encomendar á otro. De modo 
que á la enormidad de defender y aplaudir con elogios la esclavitud, 
y las malocas ó entradas para hacer esclavos, á usanza de los mame- 
lucos, añade Azara esas invenciones con que falsea la historia. 

Otra enormidad de Azara es confundir el sistema de los Jesuítas 
con el triste estado á que tenían reducidos los pueblos de Guaraníes 



(1) Descripción. XIII. 13. 

(2) Voy. XIII. pág. 237. 

(3) Voy. XII. pág. 203. 

(4) Descripción. XIII. 5. 



-3%- 

las Ordenanzas de Bucareli, ó con un sistema fantástico, cuando 
escribe: ^A na lie permitían los Jesuítas trabujdr en particular» (1). 
«No daban los Padres Caras licencia d nadie para trabajar en utili- 
da I propia,... cuidando el mismo Cara de alimentar y vestir igual- 
mente á todos. Para esto almacenaban todos los frutos de la agri- 
cultura y lo -i productos de la industria» (2). «Los mencionados 
indios, casi desde su reducción, hace tres siglos , lian tenido y tienen 
el gobierno m ís singular y extraordinario que Jia visto el mundo. 
Un gobierno en comunidad, en que no se permite la menor propie- 
dad particular, en que nadie puede sacar la menor ventaja ni iiti- 
lidad de su talento, industria, habilidad y virtudes, ni de sus 
facultades físicas: en que nadie es dueño de sí mismo, ni del 
tiempo, ni de su traba/o, ni del de su mujer y familia: en que la 
desnudez, la lumbre y miserias oprimen á todos: y en que V. M. no 
saca ni ha sacado jamás tin peso fuerte por los justos derechos 
debidos á la soberanía^ (3). El trabajo particular y propiedad de los 
indios se han probado, núms. 5S, 60; la preservación de la miseria, 
número 117, y en otras partes; el tributo consta de los números 48 y 
128; y la utilidad del Erario real de los números 128, 131, 146, 147, y 
del Apéndice número 7. Si Azara no creía á los Jesuítas y á 
otros testigos intachables en estos puntos, debió consultar la Cé- 
dula grande de 1743: y no vender estas enormes falsedades por 
verdad. 

De ellas nació la ocasión de otra invención de Azara. 

Presupuesta la falsedad antecedente, asienta Azara que la Corte 
de España trató con los Jesuítas: «L« Corte notificó á los Padres que 
después de siglo y medio empleados en educar á sus indios, debían 
éstos saberse gobernar por sí y tratar con los españoles, saliendo 
de la sujeción del gobierno en comunidad, y conociendo la propie- 
dad particular» (4). Agrega que los Jesuítas pusieron dificultad: y 
al fin propusieron dar á cada indio alguna tierra para que la cultivase 
y así se acostumbrase á tener propiedad: y la Corte quedó satisfe- 
cha, etc. No tiene más inconveniente esta historieta sino el de ser 
falsa sin rastro de verdad; ni se citará jamás Cédula ó documento de 
donde conste cosa tan singular. Los indios tuvieron su chacra ó 
tierra de cultivo desde el primer tiempo que estuvieron con los 
Jesuítas, y la continuaron teniendo siempre, sin que nunca tuviese 



(1) Voy. XIII. pág. 233. 

(2) Descripción. XIII. 8. 

(3) Informe, sobre el gobierno 3' libertad de los indios Guaraníes, pág. 110. 

(4) Desc:<ipción, Xlll. 15. 



-391- 

necesidad de hacer la Corte tan inútil diligencia como se refiere, que 
no es sino una invención más de Azara. 

Nueva enormidad asienta en el MS. de Río Janeiro (1). <^Tauihién 
puede llevarse á mal en los Jesuítas el no haber adelantado un paso 
la ¿nstyucción de sus neófitos en dos siglos que los gobernaron, sin 
enseñarles artes ni cietícias». Y añade (2): «no han adelantado un 
cabello á lo que dejó hecho Irala oi artes ^ ciencias y civilización: y 
más bien es de creer que los indios han olvidado lo que el sabio 
viscalno les enseñó^. No es de lo más matemático el hallar dos 
siglos de diferencia desde el año 1610 hasta el de 1768; y no honra 
mucho á Azara este yerro de cuenta. Pero en cuanto á artes, se ha 
visto en su lugar que se hallaban en mejor estado las Doctrinas que 
las ciudades mismas de españoles, cuanto más que los otros pueblos 
de indios: y ninguna de ellas tenían cuando los sacaron los Jesuítas 
de las selvas. Ciencias no tenían, porque no se halló capacidad para 
tanto. Ahora sería curioso saber si Irala enseñó á aquellos indios ó á 
otros á tejer, ser plateros, carpinteros, fundidores, músicos, fabricar 
órganos, etc.: y qué ciencias les enseñaría, que Azara sospecha 
habían olvidado, si serían las naturales ó las exactas. Como también 
de qué fuente sacó Azara la sabiduría de Irala, que hasta que Azara 
la descubrió, era ignorada de todos. 

Lo que causará más extrañeza todavía, es que tales invenciones 
use Azara tratándose de números, materia en que podía ser conven- 
cido facilísimamente de engañador. Escribe en su descripción (3). 
<iNo es difícil cotejar los padrones ó listas de los indios que había 
cuando se fundaron los pueblos, que existen y he visto en aquellos 
archivos (del Paraguay), con los individuos que tienen en el día, y 
se hallará^ como yo he hallado, que los iridios netos ]uj)i aumen- 
tado^. Esto se escribía á fines del siglo xviii, y se preparaba para la 
imprenta á principios del xix: y en la misma fecha escribía Azara 
un INFORME al marqués de Aviles sobre el gobierno de los indios en 
el Paraguay, en el cual pone el estado de la población de 48 pueblos 
de indios en dos fechas diferentes: y dividiendo los pueblos en dos 
series, en una serie halla una disminución de la quinta parte en cien 
años: y en la otra, disminución de la mitad en treinta y cinco años: 
todo conforme á los padrones cuyas cifras cita para cada uno de los 
cuarenta y ocho pueblos (4). Aumentar y disminuir: no puede haber 

(1) Descripción del Paraguay, Col. Angelis, pág. 137. 

(2) Pág. 124. 

(3) Dbscr. XIII. 13. 

(4) Sevilla, Arch. de Indias, 123. 6. 14. 



— 302 — 

oposición más manifiesta. «Eran, dice en otra parte (1), casi todos 
los Jesuítas del Paraguay ingleses, italianos ó alemanes». Con los 
Catálogos en la mano se ve que de 330 sacerdotes, sólo 41 eran 
extranjeros, entre los cuales sólo uno era inglés. 

Interminable sería la tarea si hubieran de notarse todos sus 
errores: pues sin equivocación puede decirse que apenas ha}^ afirma- 
ción de Azara en lo que toca á Jesuítas y Guaraníes, que no sea 
errónea. 



VIII 

MEDIOS SEGLARES Y MEDIOS ECLESIÁSTICOS 

Se ha visto á Azara confundir y tergiversar los hechos, cuando 
á su intento convenía, ofreciendo invenciones su3'as como si fueran 
realidades: esto es lo que hizo en el caso de Irala, á quien de repente 
convirtió en sabio, en inventor de las encomiendas, legislador de las 
dos vidas, y autor de que después de dos vidas quedasen para siem- 
pre los indios en Corona Real: que todas son estupendas falsedades. 
De semejante manera tergiversa }' confunde también cuando le 
conviene las nociones usuales, como se verá en este párrafo. 

Tenían mandado por diversas Cédulas los Reyes de España 
que la reducción de los indios á pueblos se hiciese, no por medio de 
armas, sino por medio de la predicación del Evangelio, echando 
mano de las armas sólo en el último extremo de verse los españoles 
insultados y acometidos por los naturales. Nadie ha dudado jamás de 
lo que estos mandatos significaban. Reducir una tribu de indios 
POR MEDIO DEL EVANGELIO Y NO POR LAS ARMAS, han entendido todos 
que era abstenerse de la guerra, y emplear todos los medios que la" 
caridad cristiana sugiere á los sacerdotes y religiosos, que eran los 
llamados á esta clase de tarcas. De forma, que, excluyendo la 
guerra, todos los medios que dicta la prudencia, sea de dones, sea 
de recomendación por medio de otros infieles parientes ó conocidos 
de los que se trataba de reducir, sea por otro cualquiera de los mil 
medios lícitos que pueden ofrecerse: todo esto, empleado por sacer- 
dotes ó religiosos, era reducir por medio del Evangelio. Pero Azara 

(1) VoYAGEs, Xin. 247. 



-393- 

quiso acomodar á estas expresiones, ya de uso corriente, una nueva 
significación, 5" confundir la noción de palabras que tanto él como 
los demás empleaban. Y así describió la predicación por medio del 
Evangelio, que él denomina método eclesiástico, poniendo no la ver- 
dadera reducción, sino una caricatura de ella, que según él, consiste 
en que un sacerdote se vaya á vivir entre los indios, dándoles de 
comer por medio de los rebaños de vacas y medios que se le fran- 
quean, se esté entre ellos cobrando una renta, y sin hablar con ellos 
ni siquiera entenderlos. Todo lo que no sea esto no es, según 
Azara, medio eclesiástico, sino medio secídar: y así, hablando de los 
Jesuítas, dice que en la formación de sus pueblos, «despreciaron y 
miraron como inútiles las vías de persuasión y recurrieron á los 
medios temporales... Es verdad que ocultaron co7t gran cuidado su 
proceder á este respecto: cosa i^atural, pues en su cualidad de ecle- 
siásticos, querían pasar por tales en todas sifs acciones^ (1). Siendo 
así que los medios de que se sirvieron los Jesuítas fueron siempre 
medios eclesiásticos y evangélicos, y no medios de armas ó de gue- 
rra, que son los que se contraponen á aquellos eii las Cédulas. V los 
Jesuítas y los demás eclesiásticos que iban á reducir los infieles, 
hacían algo más de lo que ridiculamente pinta Azara, de convertirse 
en simples repartidores de comida: y se valían de todos los medios 
de comunicación que estaban á su alcance para tratar, suavizar y 
persuadir á los indios. 

Asienta Azara con su frase hinchada y absoluta, que «el celo 
de los eclesiásticos desde San Pedro acá no ha surtido buen 
efecto-» (2). «No conozco ni una sola Reducción india que exista 
hoy, y haya sido fonnada de esta manera (por medios de eclesiás- 
ticos)» (3). «Me consta que ninguna Reducción de iridios se hafor- 
malisado sin ella (sin la fuerza secular)» (4). Debió Azara saber, 
pues estaba muy á su alcance la noticia, que los Jesuítas habían fun- 
dado sin auxilio de la fuerza secular más de setenta pueblos, de los 
cuales cuarenta y cuatro subsistían en tiempo de Azara. Y si dice, 
como en efecto lo dice, que no fueron fundados por medios eclesiás- 
ticos (5), le contradirán innumerables testigos que asistieron á la 
fundación y declaran en los procesos lo contrario: y las Cédulas 
reales que en virtud de ello concedieron exención á los indios, no 
obstante el interés que tenían, y el empeño que pusieron en probar lo 

(1) Voy. XIII, pág. 227. 

(2) Viaj. Inéd. núm. 47. 

(3) Voy. XIII, 211. 

(4) Descripción. XII, 13. 
\5) Voy. XII, 212. 



- 394 - 

contrario los encomenderos: y ;i los testigos 3' á las Cédulas será 
razón creer más que á las huecas aserciones de Azara. 

Mas insta Azai-a, aseverando dogmáticamente, como suele, que la 
Reducción sin la fuerza secular, por medios eclesiásticos, es absolu- 
tamente imposible. Para lo cual se funda en hechos que alega, y que 
va á verse son nuevas invenciones suyas. <íl¡i(iepcndienteinente, 
dice(l) de una experiencia tan larga y costosa {\2i de doscientos 
años, cuyos efectos ha falseado Azara, como acaba de verse, 
diciendo que no hay ni una Reducción que no haya sido enta- 
blada por la fuerza secular): se convencerá cnalqiiicra de la insufi- 
ciencia de los medios eclesiásticos, fijando la atención en la imposi- 
bilidad, que liay para un s xcerdote ó religioso de hablar la lengua 
de tales indios, excepto el Guaraní, que es lengua del Para- 
guay » . 

A esta decantada imposibilidad se puede responder, presentando 
«el imposible vejtcido» por tantos Padres Jesuítas, como Misioneros 
de indios hubo, que todos aprendieron la lengua de los indios de quie- 
nes cuidaban. Y de ello quedan por testigos vivientes las gramáti- 
cas, vocabularios, confesonarios, etc., que ho}' mismo duran. 

Pero, agrega Azara, aunque se venciera este primer imposible, 
quedaba otro: ^Era imposible redactar catecismo en lenguas tan 
pobres, y á las que faltan palabras para explicar las ideas abstrac- 
tas, y /lista para contar nuis allá de tres ó cz/íiíro».— Búrlase Azara 
de sus lectores cuando propone tal imposibilidad, teniendo delante 
el catecismo de la lengua Guaraní, que era precisamente una de 
aquellas en que no se podía contar masque hasta cuatro. De suerte 
que ya está otra vez el imposible vencido. Y lo mismo sucedió en 
las otras lenguas, escribiéndose en todas ellas catecismos, de los 
cuales quedan hoy muchos. 

Pero, insta, se puede desconfiar de que estos catecismos sean exac- 
tos (2). ^Puede desconfiar uno que sea desconfiado sin razón como 
Azara, y no sepa, como él, el idioma; pero no puede desconfiar quien 
sabe que estaban esos catecismos aprobados por personas peritas del 
idioma. 

Pero, aun suponiendo que por imposible hubiesen llegado los 
Misioneros á saber la lengua, no hubieran podido comunicar á otros 
lo que sabían: y así se hubiera acabado la instrucción con el primer 
Misionero. «Cuando hubiesen llegado á entenderlas y hablarlas 
perfectamente, no era posible trasmitir á otros lo que ellos supie- 

(1) Voy. XIII, pág-. 212. 

(2) Descripción, XII. núm. 14. 



— 39f) — 

sen (1). La razón es peregrina. <íPo¡qut casi todos estos idiomas 
usan de sonidos que no pueden escribirse en nuestro alfabetor> (2). 
— Pero no advirtió Azara, que si esto sucedía en «casi todos estos 
idiomas», desaparecería por lo menos la imposibilidad en aquellos 
que se salvasen del casi. Además, si el Misionero entendía y hablaba 
perfectamente el idioma incapaz de ser representado por escrito á 
causa de la extrañeza de los sonidos; no se ve porqué no lo había de 
poder enseñar á otro Misionero de viva voz. Ni porqué este otro 
Misionero no lo pudiera aprender con el solo trato con los indios, 
como lo había hecho el primero. — En cuanto á la imposibilidad 
misma de representación, es nueva invención de Azara, porque no ha 
habido lengua que no se pudiese representar por escrito, á lo menos 
con alguna imperfección, y aunque fuese necesario recurrir á signos 
convencionales. 

Finalmente, dice, la mejor prueba de la imposibilidad es que 
«aunque hay en América tantos idiomas diferentísimos, y que en 
grande número de ellos se ha intentado traducir nuestro Catecismo 
por los Misioneros, no creo que se puedan mostrar sino cuatro tra- 
ducciones, á saber: en las lenguas aimará, quíchoa, mejicana y gua- 
raní» (3). Y refiriéndose al Padre Dobrizhoffer, dice (4): <¡^En San 
Jerónimo estuvo veinte años el Jesuíta alenuln que vuelto d su 
patria, escribió en latín en un tomo en cuarto la historia ó descrip- 
ción DE Abiponibus; pero no pudo etitender su idionuí lo bastante 
para tra lucir en él nuestro Catecismo: porque es muy difícil, gutu- 
ral y diferente de todos». Donde es de notar que en los Voyages 
consta haber dicho Azara que el P. Dobrizhoffer nunca había pisado 
tierra de Abipones (5). Y entrambas cosas son falsas: pues ni estuvo 
veinte años, ni escribió sin haber estado: porque estuvo siete años, 
como él mismo lo dice. Ni la historia de Abiponibus está en un tomo, 
sino en tres. En cuanto al Catecismo y á la supuesta imposibilidad, 
responde el Sr. Lafone Quevedo en su monografía el idioma Abipón: 
«Podemos estar muy seguros, que si el Padre Misionero no hubiese 
podido reducir sus enseñanzas á las fórmulas de un Catecismo, no 
hubiese permanecido un solo día en esa Misión. La presente mono- ' 
grafía reproduce el Catecismo, oraciones, etc., del P. Brigniel, que 
el Sr. Lamas atribuía al mismo Dobrizhoffer: y allí están las prue- 
bas de que tan fácil es catequizar en Abipón, como en cualquiera 

(1) Descripción, XII. núm. 14. 

(2) Ibid. 

(3) Descripción, XII. núm. 14. 

(4) Descripc. X. núm. 43. 

(5) \'0Y. tom. 1. pág. 27. not. 



- 396 - 

otra lengua que Dios ha permitido que se evolucione sobre la 
tierra.» 

Con éste tiene Azara un catecismo además de los cuatro, fuera 
de los cuales no creía que hubiera ninguno. — Si Azara viviera ho}', 
podría tener el gusto de comprar una cantidad de esos catecismos 
imposibles, que en 1904 ofrece en venta W. Hiersemann de Leipzig 
en su Catálogo n. 301: el araucano, del Jesuíta P. Febrés: el de la 
lengua Cahita del Jesuíta P. Velasco: el de la lengua Chiquita del 
Padre Jesuíta Camaño: ly por el P. Peramás se sabe que había 
escrito otro el P. Chomé): el de la cumanagota, de Fr. N. de Tauste: 
el guaraní del Jesuíta P. Montoya, distinto del que Azara conocía 
del P. Bolaños: el lule y el tonocote del Jesuíta P. Machoni: el huax- 
teco de Tapia Zenteno, 1767; el de la lengua de los Kariris por Ber- 
nardo de Montes; el de la lengua de los Mojos por el Jesuíta Padre 
Marbán, el Otomí del P. Pérez: el de la lengua Tacana de Ant. Gilí: 
el de la lengua Zapoteca de E. Levanto. 

Y sin duda faltan muchos. Sólo de la región del Río de la Plata 
es cierto que se escribieron el Guanana del Jesuíta P. Montoya (1): 
lule, tonocote, guaraní y abipón ya citados; mocoví; toba que arre- 
glaba el P. Arto: Mbayá del P. Sánchez Labrador; Kaka: lengua de 
los negros de Angola importados en el Río de la Plata (estos dos úl- 
timos estaban para imprimirse) (2); y otros que se ignoran. — He aquí 
otros tantos hechos que Azara daba por imposibles: y que sin embargo 
son tan reales, que se pueden ver con los ojos y tocar con las manos. 

Pero todas estas imposibilidades se habían de inventar á trueque 
de desacreditar y pintar como imposible el método eclesiástico de 
reducir los infieles, y hacer creer que el método de la guerra y vio- 
lencia empleado por los seculares <íera infaliblemente eficaz^ y se 
liahla de preferir, porque era el íntico (3).» 



IX 

241 VALOR DE LOS JUICIOS DE AZARA 

Fácil será ya estimar qué mérito tengan los juicios de Azara tras- 
critos arriba sobre el régimen de los Jesuítas en la administración 
de los indios Guaraníes. 

(1) Jauque. Vida tom. 2. pág. L'54. 

(2) Congr. 5.^ de la Prov. del Paraguay en 1632. 

(3) Voy. XII. p. 212. 



-397- 

Se ha visto que Azara tergiversa ó inventa los hechos ó sus cir- 
cunstancias esencialmente, como sucede en los de Irala y del Padre 
Dobrizhoffer: que no son casos aislados, sino meros ejemplos de un 
modo de proceder que se repite bastantes veces. 

Afirma con asombrosa facilidad é increíble sangre fría lo que es 
enteramente falso: y eso aun cuando él mismo lo contradiga luego 
con igual aplomo, y aun tratándose de números y fechas donde es 
tan fácil la confrontación: como se ha visto en cuanto al crecimiento 
ó decrecimiento de los indios, y puede verse probado en cuanto á las 
fechas y á gran número de pueblos fantásticos, en la Introducción al 
Padre Cíirdiel (1). 

Confunde y tergiversa igualmente las nociones ó conceptos reci- 
bidos por todos, á fin de probar sus erróneos asertos: como se ha 
visto en el concepto de la reducción por armas y reducción por el 
Evangelio, ó como él dice, método secular y método eclesiástico. 

Semejante escritor carece de autoridad, según la recta crítica; y 
no merece crédito en nada de lo que dice, si no consta de la verdad 
por otros medios. Sus juicios son evidentemente obra de la fantasía 
ó de la impresión del momento, no obstante la tenacidad con que 
ordinariamente los defiende, como puede comprobarse en los errores 
que conservó en el cap. XVIIÍ de su Descr. aun después de las ati- 
nadas reflexiones del Dr. Leiva, que publica la Revista de Buenos 
Aires, 1865, tom. 8.« p. 488. 

En su juicio acerca del sistema de los Jesuítas interviene otra cir- 
cunstancia que debe tenerse presente. Azara nació y vivió en una 
época en que era lo corriente decir todo el mal posible de los Jesuítas: 
y no tuvo correctivo alguno en su familia de esa tendencia que tanto 
podía inclinar al error en esta materia: antes al contrario, tuvo por 
hermano, á quien respetaba mucho, á D. Nicolás de Azara, que se 
cuenta entre los más encarnizados enemigos de los Jesuítas. Venido 
á América, vivió muchos años en la Asunción del Paragua}^ donde 
estaban arraigados los encomenderos, Todo esto explica que sus jui- 
cios respecto de los Jesuítas sean los de un enemigo. 

Hasta le llevó su ligereza á dispensar alabanzas desmedidas, 
cuando le parecía que había de sacar provecho de la alabanza. Así 
asienta que los paraguayos «aventajan á los de Buenos Aires en 
sagacidad^ actividad, estatura y proporciones (2),» y después de 
decir, que casi todos los paraguayos son descendientes de mestizos, 
añade: «son muy astutos, sagaces, activos, de luces más claras, de 

(r^ Decl. § XI y XII. 
^2) Descr. XIV. 6. 



-398- 

raayor estatura, de formas más elegantes y aun más blancos, no sólo 
que los ciíoUos é hijos de español y española en América, sino también 
que los españoles de Europa.» De la misma manera, escribiendo su 
Memoria sobre límites, año de 1805, la termina con los conceptos 
siguientes en alabanza del favorito Godo}^: «Necesitamos absoluta- 
mente de un hombre cual lo veo en el Excmo. Sr. Príncipe de la Paz, 
para que con su penetración, sagacidad y sabiduría... contenga tan- 
tos daños 3" perjuicios como han causado á la monarquía nuestros 
pasados ministros. Sólo dicho señor príncipe es quien puede emplear 
nuestros esfuerzos unidos á su talento y luces superiores para que 
nos restituyan los portugueses lo que nos tomaron... Y sólo S. E. es 
capaz de conocer que admitir dilaciones y pensar en cesiones por el 
bien de la paz, Síría arruinar para siempre nuestro imperio» (Ij. — 
Véase cuan acertados eran sus juicios. 

Lo singular es que, estando tan á la vista las faltas de este escri- 
tor, se le haya dado la importancia y el crédito que ha alcanzado 
durante el siglo xix. 

No obstante, los que han querido hacer algún estudio serio sobre 
historia, han dado testimonio de que no se podía fiar en los datos de 
Azara. El meritísimo ilustrador de las lenguas indígenas del Río de 
la Plata, D. Samuel Lafone Quevedo, buscando noticias sobre los 
Abipones, recorrió todas las fuentes de información, apreciándolas 
en lo que valen: y llegando á D. Félix de Azara, después de trascri- 
bir los datos que ofrece en su Descr. y Voyages sobre dicha nación 
los califica de «noticias inexactas^) y llama corta y poco satisfactoria 
su relación (2), agregando: «Lo que dice este autor acerca del número 
de los Abipones debe ser tan digno de crédito como aquello otro 
acerca de Dobrizhoffer. Son noticias de esas que se dan para llenar 
un párrafo.» Y en seguida refuta como se ha visto arriba el aserto 
de ser imposible el catecismo en abipón. 

El historiador D. Francisco Bauza, en su acreditada Historia de 
LA Dominación Española en el Uruguay, Reseña preliminar, n. 6, 
después de elogiar la parte geográfica de los escritos de Azara, 
añade: «La parte histórica está lejos de merecer los elogios que tan 
largamente se le han discernido. Escaso valer tienen sus observacio- 
nes sobre los indígenas del Plata... Igual insignificancia asume su 
método crítico, que consiste en negar sin pruebas lo que otros han 
afirmado á la luz de documentos irrefutables.» «Afirmaciones indeci- 
bles y negativas rotundas asienta por cuenta propia.» «Desmiente ese 

(1) .Memorias, pág. 8L 

(2) Idioma Abihón, cap. 25. pág^. 57. 



-399- 

hecho coaocido y comprobado hasta la saciedad, [y dice] «S. Francisco 
Solano jamás llegó al Río de la Plata» (1). Cita otros varios ejemplos, 
y concluye: «Sería largo enumerar la cantidad de ejemplos similares 
á los ya citados, que se encuentran á cada página del libro, y de los 
cuales hemos tomado al acaso los que acaban de leerse. No es de 
admirar, pues, que con tal menosprecio al criterio admitido, sustitu- 
yese Azara contra los hechos mejor comprobados, sus apreciaciones 
antojadizas.» 

Por donde con razón afirma el escritor paragua3'o Dr. Manuel 
Domínguez, que: «La crítica ha despedazado á Azara, y tan despe 
dazado le ha dejado, que entre los entendidos, es de mal agüero 
tomarle por guía, así en etnología como en historia» (2). 

Ni aun la forma cortés acertó á guardar Azara en sus impugna 
clones: y así trata á todos los historiadores que le han precedido con 
extraño desprecio y altanería: Ejemplos: «Rui Díaz falta á la 
verdad» (3). «Alvar Núñez dice..., pero no le creo» (4). «Todo lo que 
dice es supuesto» (5). «Schmidel hace una descripción toda tan apó- 
crifa como la historia de las Amazonas» (6), «el criminal Lozano» (7). 
«Barco y su copiante Lozano» (8), «creo que cuanto dicen es forjado 
por ellos» (9). 

De suerte que el editor francés de sus obras se vio obligado á 
calificar «su estilo de extraño á las formas que la cortesía europea 
mira como indispensables». En efecto, en su Descripción de los 
pájaros llega hasta llamar á una carta de un naturalista «llena de 
falsedades, de mentiras, y que absolutamente ha de ser desecha- 
da» (10). Y de los viajeros que han visto variedades determinadas, 
dice: «los viajeros que dicen que las han visto en aquellos países, 
pueden haber mentido, cosa que es demasiado común». A que justa- 
mente replica el traductor: «{Cómo no se le ha ocurrido al autor de 
inculpación tan ásperamente expresada que se le podía retorcer, 
aplicándola á sus propias observaciones?» (11). 



(1) Descr. tom. II. § 150. 

(2) Estudio SOBRE la Atlávtida. Asunción, 1901. pág. 11. 

(3) Descripción, XV^Ill. núm. 63. 
(41 Núm. 55, 

(5) Núm. 58. 

(,6) Núm. 68. 

(7) Núm. 27. 

(8) Núm. 137. 

(9) Núm. 146. 

(10) Voy. IV. pág. 28. 

(11) Voy. III. pág. 30. 



400- 



X 



-^42 EXAMÍNASE EL FUNDAMENTO DE AZARA 

Funda Azara su condenación del sistema de los Jesuítas en que 
no dejaba bienes propios á nadie. Ya se ha hecho notar que esto es 
una de sus enormidades, contraria á la verdad de los hechos: pues 
cada indio tenía su chacra ó sementera, siendo suyo y sin tener nada 
que ver con los bienes comunales cuanto en ella quisiera cosechar: y 
los Padres incitaban de todos modos A los indios á que tuviesen pro 
piedad, y les daban tiempo abundante para su cuidado, como en su 
lugar está probado. Por tanto, la censura de Azara cae por sí misma, 
por apo3^arse en un falso supuesto: y con ella el aserto de que se 
quitaba el estímulo del trabajo: y se seguía el hambre: y cuanto 
agrega. Todo es batallar con el sistema de Bucareli, que confunde 
con el de los Jesuítas; ó mejor dicho, batallar con un fantasma 
ideado por él, pues ni aun en el sistema de Bucareli estaban entera- 
mente desprovistos de propiedad los indios: sino que además de 
cultivar lo propio, estaban obligados á cultivar lo de bienes 
comunes. 

La incapacidad de los indios que los Jesuítas afirmaban, era, no 
de sustentarse bien ó mal, sino de sustentarse de modo que pudieran 
vivir en pueblo-, civil y cristianamente, sin tener que irse á vivir en 
los montes por largas temporadas, perdiendo así el cultivo espiri- 
tual: y sin que se violase el derecho que tenían, imponiéndoles el 
servicio personal, con la consiguiente disminución que los padrones 
hacen confesar al mismo Azara. Y esta incapacidad no la desmiente 
ninguno de los ejemplos de Azara. El ejemplo de los indios que 
vivían encomendados sólo hace ver que, sujetándolos á servicio 
personal, prohibido por las leyes, y consumiéndolos por la despobla- 
ción, alcanzaban á vivir. Pero ni lo uno ni lo otro querían las le3'es, 
ni debió querer Azara, si hubiese sido humano. El ejemplo de los 
infieles en su gentilidad prueba que andando por montes y ríos con 
una vida salvaje, podían vivir: }• aun eso, destruyéndose con perpe- 
tuas guerras. Pero también eso era cosa que querían evitar las 
leyes, y con ellas los Jesuítas. 



— 401 — 

El relato de que la Corte procurase que los Jesuítas dieran alguna 
propiedad á los indios, es in\^entado. 

Igualmente es otra de las invenciones de Azara lo que escribió 
sobre las Reducciones de Quilmes, Baradero, Santo Domingo 
Soriano y Calchaquí, cuyos indios afirma vivían como los espa- 
ñoles: y eran sumamente felices por esta razón.— La prosperidad 
de estos pueblos era tan grande, que en el de Calchaquí había 
hasta veinte familias: y en cada uno de los tres de Quilmes, Bara- 
dero y Santo Domingo Soriano, llegaban las familias de diez y seis 
á veinte. Tanta prosperidad como ésa parece que deseaba Azara 
para cada uno de los pueblos de las Doctrinas, que solían tener de 
quinientas familias para arriba y los había que pasaban mucho de 
mil familias. El que da el número de familias de los cuatro pueblos 
celebrados por Azara es el P. Cardiel hacia 1771, en su Breve rela- 
ción, cap. I. Y el P. Lorenzo Casado, que como Misionero del par 
tido, había recorrido todos los poblados del Río de la Plata, dice en 
su Memoria escrita á petición del P. Calatayud, y conservada hoy 
en Loyola, pág. 92: «Por este pueblo de Calchaquí , jurisdicción de 
Santa Fe, he pasado varias veces: apenas tendrá como diez y seis 
á veinte ranchos de paja». Y de Santo Domingo Soriano. «Es, con 
nombre de indios, pueblo de mestizos, mulatos y portugueses adve- 
nedizos:... es pueblo infeliz y de ninguna consideración, trato ni 
comercio». 

El mismo Azara reconoce (1) que «.so/z raros los indios netos que 
haíi quedado en estos cuatro pueblos»: lo cual no se compagina muy 
bien ni con la prosperidad de los indios, ni con el aserto de que «por 
los padrones que existen y he visto en aquellos archivos... se hallará, 
como yo he hallado, que los indios netos han aumentado». 

En cuanto al fundamento de comparación de sistemas, en que se 
afirma «que se gobernaron sin pagar tributo, y sin la menor diferen- 
cia con los españoles», es tan poco exacto, que en el Archivo de 
Indias (2), se puede registrar hoy la participación oficial del Gober- 
nador de Buenos Aires, Herrera de Sotomayor, de haber empadro- 
nado en el año de 1690 los pueblos de indios de Quilmes y del Bara- 
dero, imponiendo á cada indio cinco pesos y medio de tributo. 

Y si la prosperidad material no era extraordinrria, tampoco lo 
era la formal, de la que se lee en el informe del Gobernador Zavala 
en 1724, trascrito en el número 113: «Pudieran ser muy dichosos los 
tres pueblos de indios que V. M. tiene en la inmediación de esta 

(1) Mkmokia sobre la libertad, etc., pág. 123. 
(2j Sevilla, Charcas, 76, 3, S. 

26. Organización social de las doctrinas guaraníes.— tOíMO ii. 



— 402 — 

ciudad, si llevasen el método de los Padres de la Compañía de Jesús, 
pues sien lo de cortísimo número, cada punto se experimentan disen- 
siones entre el Cura, Corregidor y Alcaldes: y finalmente es un 
tropel de discordias, que se fraguan en competencia de unos con 
otros: habiéndome costado suficiente trabajo la solicitud para que se 
nombrasen Curas de los pueblos, por la poca permanencia de los 
antecedentes». Estos son los modelos que Azara proponía para 
demostrar que el sistema de los Jesuítas era absurdo; 5' el que él 
proponía, inmejorable. 

Su gran dilema, de que el no haber llegado los Guaraníes en dos 
siglos, según su errada cuenta, que son siglo y medio según la reali- 
dad, á despojarse de aquella su incapacidad, es prueba de que ó el 
sistema de los Jesuítas era contrario á la civilización, ó los indios 
eran esencialmente incapaces de salir del estado de incapaces: no 
conclu)^e; porque la disyuntiva no es perfecta. Queda el término 
medio de que los indios no habían estado bastante tiempo sometidos 
á aquel régimen: y por eso no se había borrado su imprevisión 5' su 
incapacidad; pero se habían quitado muchos de los vicios que tenían 
en el estado salvaje: se había hecho de ellos ciudadanos útilísimos A 
su patria, morigerados, trabajadores en cuanto lo comportaba su 
índole, y buenos cristianos: como todo se ha probado antecedente- 
mente: y esto era esperanza para creer que también se lograría lo 
demás, dando cá la obra el tiempo necesario: que si para perfeccionar 
los individuos se mide por años, para las razas no puede medirse sino 
por siglos. 

Y aunque se admitiese, en el peor caso, la consecuencia de que los 
indios eran incapaces para salir de aquella su niñez; era irracional 
el abominar de aquel régimen, que tanto bien había traído á los mis- 
mos indios y á toda la sociedad, y empeñarse en cambiarlo por otro, 
que no produjo otro efecto sino la extinción de la raza. 



XI 

^-íO ESTADO RELIGIOSO DE LAS DOCTRINAS 

No es de los menores cargos que Azara hace á los Jesuítas, el de 
que los indios de Misiones no estaban bien instruidos ni fundados en 
religión; añadiendo que eso era por culpa de los Padres. 



-403- 

<.<Dicen los que lian reetnplasado á los Padres^ que había poco 
fondo de religióny> (1),— Cargo es este genérico y vago, que es impo- 
sible entender qué quiere significar; sólo se ve en él una acusación 
contra los Guaraníes de poco religiosos, ó contra los Padres de des- 
cuidados. Acusación vaga, confirmada con testigos tan vagos y gené- 
ricos como la misma acusación: «los que han reetnplasado á los 
Padres», presentada por Azara, que, aun apoyándose á su parecer 
en documentos, asienta con tanta facilidad hechos falsos: no mere 
cería más refutación que negarla. Otros enemigos hay que, por el 
contrario, acusan á los Jesuítas de haber impreso tan indeleblemente 
en los Guaraníes las prácticas de la religión, que dicen que mientras 
haya Guaraníes, no se les borrará lo que ellos llaman fanatismo que 
les infundieron los Jesuítas. 

En otra parte (2) refiere, como única explicación del poco fondo 
de religión, un cuentecillo que tomó de la Memoria de Doblas, sobre 
que los indios de aquel tiempo se ingeniaban para saberlo que des 
agradaba al Cura cuando se habían de confesar, y se acusaban de 
cosa diferente. Esto, que Doblas cuenta de oídas, y de un solo caso, 
y de su tiempo que era hacia 1784, Azara lo extiende á todos los 
Guaraníes, á todos los pueblos, y al tiempo de los Jesuítas. Muy 
falto de fundamentos, aun aparentes, debió de estar, cuando para 
confirmar su acusación, hubo de recurrir á ese expediente de mala 
lógica 5' de mala le}'. 

En la Descr. (3) presenta una causa culpable de haber poca reli- 
gión en el fondo. «Y no es extraño», dice «cuando dicen los mismos 
indios que tuvieron pocos Curas capaces de predicar el Evangelio.» 
Ya se ha hecho ver arriba que esto es una falsedad; y que todos los 
Curas eran examinados de idioma, y no entraban al Curato sino 
aprobados de idioma por el Obispo. Así, la falsa imputación de haber 
poca religión, se propala sobre la fe de testigos anónimos, y se apoya 
en otra falsedad.— Y para confirmar esta segunda falsedad de Azara, 
aparece otra invención suya. Se ha explicado en su lugar que, des- 
pués de hacer el domingo la plática el Cura Jesuíta á sus feligreses, 
la repetía un indio de razón á los hombres y otro á las mujeres. 
Azara, que nunca vio un Jesuíta en Doctrinas, y sólo de paso estuvo 
allí, veinte años después que ellos ya habían salido, inventa la fábula 
de que los Jesuítas, por no saber predicar en guaraní, hacían que un 
indio aprendiese algunas pláticas de memoria, y se las hacían repetir 

(1) Dkscr. XIII. 18. 

(2) Voy. XIII. p. 253. 
(3; XIII. 18. 



-404- 

delante de todo el pueblo. Cualquiera pensará que por lo menos 
debería esta plática hacerse los días de fiesta después de Misa; pero 
para que lleve más patente el sello de la invención, Azara la pone 
después de algún juego. «Para remediar este inconveniente (de no 
predicar los Jesuítas) hicieron los Jesuítas que algunos indios ladinos 
aprendiesen algunas piezas y que las predicasen en la plaza después 
de alguna pieza ó torneo» (1). — Una fábula más. 

Con esto, ya no es extraño que acuse Azara á los Jesuítas con 
acritud en su MS. de Río Janeiro (2). «También puede llevarse á mal 
en los Jesuítas el no haber adelantado un paso la instrucción de sus 
neófitos en dos siglos.., sin enseñarles... ni aun religión, de la que 
cuidaban poco, como se ve palpablemente, y acredita el que la mayor 
parte de sus Curas no sabían el idioma; el que para predicar enseña- 
ban de memoria algunas pláticas á los indios, de quienes las apren- 
dían otros, y bien ó mal, ellos las pronunciaban en las plazas en los 
intermedios de las fiestas; sin que los Padres se detuviesen en esto.» 
A todas estas falsedades añade otra, sobre el viático: «ni en llevar 
el viático á las casas de los enfermos, porque los hacían conducir 
para ello á un cuarto que tenían para este fin, enfrente del colegio.» 
A su tiempo se ha visto que el Viático se administraba, como los 
sacramentos de la confesión y extremaunción, en las casas de los 
enfermos; y que las capillas de la plaza eran, en tiempo de los Jesuí- 
tas, para depositar los cadáveres. 

Finalmente, exponiendo Azara el estado religios