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Full text of "Orígenes de la novela"

^BrxQcncB ác la IBooela 



í^omo III 



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IR lleva ^Üibllotcca be autorce i^epañoleo 

ba)o la dirección del 

Ercmo. 5r. d. dDarceltno dDenénde? ? peía^^o. 

14 



f^rígcncs ác la IRoocla 

2!omo III 

IRovelae Díalogatiae, con un eotutilo preliminar 

de 
Bírector de la Biblioteca IBacional v ^^ l^ Bcademia de la ibistoria. 



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aDadrid 

Casa editorial Baíll^//3Bailliére 

Ipla^a de Santa Bna. núm. to. 

rqio 



%5^3 






INTRODUCCIÓN 



X 



La «Celbstxna». — Razones para tratar de esta obra drauática en la ihsturia dk la 

NOVELA española. CdESTIONES PREVIAS SOBRE EL AUTOR V EL TEXTO GENUINO DE LA 

•íTragicomedia de Calisto y Melibea». — Noticia de sus primeras ediciones y dk 

LAS DIFERENCIAS QUE OFRECEN. NoTICIAS DEL BACHILLER FeRNANDO DE RoJAS. ¿Eb 

autor DEL PRIMEK ACTO DE LA hCelESTINA?» — ¿Lo ES DE LAS ADICIONES PUBLICADAS 

EN 1502? — Fecha aproximada déla «Celestina»?— Lugar en que pasa la escena. — 
Fuentes literarias de la «Tragicomedia»: reminiscencias clásicas. — Teatro de 
Plaüto y Terencio. — (Comedias elegíacas de la Edad Media, especialmente la dk 
«Vetcla»: su imitación por el Arcipreste de Hita. — Comedias humanísticas del 
SIGLO xv: KL «Paulüb», de Vergerio; la «Poliscena», atribuida á Leonardo Bruñí 
DE Arezzo; la «Chrysis», de Eneas Silvio. — La «Historia de Eüríalo v Lucre- 
cia», del mismo. — Otras reminiscencias de escritores del Renacimiento italiano: 
Petrarca; Boccaccio. — Literatura española del siglo xv que pudo influir 
EN Rojas: el Arcipreste de Talayera, Juan de Mena, Alonso de Madrigal, 
LA «Cárcel de Amor». — Análisis de la «Celestina». — Los caracteres. — La 
invención y composición de la fábula. — Estilo y lenguaje. — Espíritu y tenden- 
cia DE LA OBRA, — CeNSÜRAS MORALES DE QUE HA SIDO OBJETO. — HlSTORIA POSTUMA DE 

LA «Celestina». — Rápidas indicaciones sobre su bibliografía. — Principales tra- 
ducciones. — Su influjo en las literaturas extranjeras. — Importancia capital de 
LA «Celestina» en el drama y en la noyela española. 

Al incluir la Celestina y sus más directas imitaciones en esta historia de los oríge- 
nes de la novela española, y ofrecer en este tomo algunas muestras del género, no 
pretendo sostener que estas obras, y menos que ninguna la primitiva, sean esencial- 
mente novelescas. En trabajos anteriores (*) he manifestado siempre parecer contrario, 
y no encuentro motivo para separarme de él después de atento examen. La Celes- 
tina (*), llamada por su verdadero nombre Comedia de Melibea en la primera edición. 
Tragicomedia de Calisto y Melibea en la refundición de 1502, es un poema dramá- 
tico, que su autor dio por tal, aunque no soñase nunca con verlo representado. 

Por mucho que se adelante su fecha, hay que conceder que fué escrita en el último 
decenio del siglo xv, y es probablemente anterior á las más viejas églogas de Juan 
del Enzina, á lo sumo coetánea de algunas de ellas {^). ¿Qué relación podía tener aquel 

(•) Véase el estudio critico que precede á la edicióa de Vigo, 1899, tipografía de Eugenio 
Krapf . De aquel trabajo sólo conservo en el presente algunas frases, que por razones particulares no 
lie querido modificar. Todo lo restante ha sido escrito de nuevo, conforme á los descubrimientos é 
investigaciones de estos últimos años }' al minucioso estudio que lie hecho de la Tragicomedia y de 
la copiosa literatura que con ella se relaciona. 

(') Ninguna de las ediciones españolas que hoy se conocen anteriores á la de Alcalá de Hena- 
res, 1569, lleva este título, pero sí todas las reimpresiones de la traducción italiana de Alfonso 
Ordóñez desde la de Venecia, 1519, en adelante. Y así debía designársela en el uso común, puesto 
que Luis Vives la cita dos veces con tal nombre en 1529 > en 1531, y tuuibién Fr. Antonio de Gue- 
vara en los preliminares de su Aviso de privados y doctrina de cortenanos (Valladolid, 1539). 

(') La primera edición del Cancionero de Juan del Enzina, en que están sus más antiguos 
ensayos dramáticos, es de 1496, anterior tres años no más á la Comedia de Melibea. 

ORÍGENES de LA NOVELA.— III.— a 



II ORÍGENES DE LA NOVELA 

escenario infantil con el arte suyo, tan reflexivo, tan maduro, tan intenso y humano? 
El autor escribió para ser leído ('), y por eso dio tan amplio desarrollo á su obra, y no 
se detuvo en escrúpulos ante la libertad de algunas escenas, que en un teatro mate- 
rial hubieran sido intolerables para los menos delicados y timoratos. Pero escribía con 
los ojos puestos en un ideal dramático, del cual tenía entera conciencia. Le era familiar 
la comedia latina, no sólo la de Planto y Tereucio, sino la de sus imitadores del primer 
Kenacimiento. Este tipo de fábula escénica es el que procura, no imitar, sino ensanchar 
y superar, aprovechando sus elementos y fundiéndolos en una concepción nueva del 
amor, de la vida y del arte. 

Todo esto lo consigue con medios, situaciones y caracteres que son constantemente 
dramáticos, y con aquella lógica peculiar que la dramaturgia impone á la acción y á 
los personajes, con aquel ritmo interno y graduado que ningún crítico digno de este 
nombre puede contundir con los procedimientos de la novela. La Celestina no es un 
mero diálogo ni una serie de diálogos • satíricos como los de Luciano, imitados tan 
sabrosamente por los humanistas del siglo decimosexto. Concebida como una gran- 
diosa tragicomedia, no podía tener más forma que el diálogo del teatro, representación 
viva de los coloquios humanos, en que lo cómico y lo trágico alternan hasta la catástrofe 
con brío creciente. Fuera de algunos pasajes en que la declamación moral predomina, 
el instrumento está perfectamente adecuado á su fin. La creación de una forma de 
diálogo enteramente nueva en las literaturas modernas es uno de los méritos más singu- 
lares de este libro soberano. En nuestra lengua nadie ha llegado á más alto punto; 
pero compárese esa prosa con la de Cervantes, y se verá cuánto distan el estilo del 
teatro y el de la novela, aunque tanto influyan el uno en el otro. 

El título de novela dramática que algunos han querido dar á la obra del bachiller 
Rojas nos parece inexacto y contradictorio en los términos. Si es drama, no es novela. 

('") Hay un pasaje del prólogo que parece indicar lo contrario: quando diez personas se juntaren 
a oyr esta Comedia. Pero, á mi ver, no se trata aquí de verdadera representación, sino de lectura 
entre amigos, y en tal interpretación me confirma una de las octavas de Alonso de Proa/.a. 

«Dize el modo que se ha de tener leyendo esta tragicomedia: 

Si amas y quieres a mucha atención, 
Leyendo á Calido, mover los oycides. 
Cumple que sepas hablar entre dientef:, 
A vezes con gozo, esperanza y passion; 
A vezes ayrado con gran turbación. 
Finge h'i/endo mil artes y modos. 
Pregunta y responde por boca (Je todos, 
Llorando y riyendo en tiempo y sazón.» 

Son verdaderas reglas de declamación, pero no para un actor, sino para un lector que habla por 
boca de todos los personajes de la pieza. No recuerdo que nadie después de Wolf (Studien, 
pág. 280) y antes de Greizenach (Geschichte des neueren Dramas, I, 34) se haya fijado en este 
curioso pasaje. Es probable que las comedias elegiacas de la Edad Media se recitasen así, y antes 
de ellas lo había sido el Querolus, según todas las trazas. 

El carácter de drama ideal que la Celestina tiene fué perfectamente comprendido en el siglo xvil 
por su traductor latino Gaspar Barth, y aun por eso aplaudía que su autor la hubiese escrito en 
prosa contra el uso de los antiguos y el de su propio tiempo. «Hic vero Ludns nuUi Tlieatro affi- 
»xus erit, nec. diludiis factus unius ant alteriua Reipublicae, Oivitatisve: sed generatim totiiin 
BOrbem Christianum ad lectionem vocat et velut spectaculnm.» 



INTRODUCCIÓN ,„ 

Si es novela, no es drama. El fondo de la novela y del drama es uuu mismo, la repre- 
sentación estética de la vida humana; pero la novela la representa en fornuí de narra- 
ción, el drama en forma de acción. Y todo os activo, y nada es narrativo eu 1^ 
Celestina. 

Pero ¿C(5mo prescindir de ella en uua historia de la jiovola española? Así como la 
antigüedad encontraba en los poemas de Homero las semillas de todos los géneros, 
literarios posteriores y aun de toda la cultura helóuica, así de la Tragicomedia castellana 
(salvando lo que pueda tener de excesivo la comparación) brotaron á un tiempo dos 
raudales para fecundar el campo del teatro y el de la novela (•). Y si extensa y dura- 
dera fué la acción de aquel modelo sobre la parte que podemos llamar profana ó secu- 
lar de nuestra escena, no fué menos decisiva la que ejerció en la meute de nuestros 
novelistas, dándoles el primor ejemplo de obsei-vación directa de la vida: el primero, 
decimos, porque las pinturas de los moralistas y de los satíricos apenas pasan de ras- 
guños, aun en las animadas páginas del Arcipreste de Talavera, uno de los pocos 
precursores indudables de Fernando do Rojas. La corriejite del arte realista fué úuica 
en su origen, y á ella deben remontarse así el historiador de la dramaturgia como el 
que indague los orígenes de la novela. Y aun puede añadirse que en el teatro esa direc- 
ción fué contrastada desde el principio por una poesía romántica y caballeresca muy 
poderosa, que acabó por triunfar y dio su último fruto con el idealismo calderoniano; 
al paso que en la novela, vencidos definitivamente los libros de caballerías y relegados 
á modesta oscuridad los pastoriles y sentimentales, imperó victoriosa la fórmula natu- 
ralista, primero en la novela picaresca y luego en la grandiosa síntesis de Cervantes, 
que llamaba, aunque con salvedades morales, libro divino k la inmortal Tragicomedia. 

Estas razones justifican, á mi ver, la inclusión de la Celestina en el cuadro que veni- 
mos bosquejando. Y admitida ella, que es sin duda la más dramática, no puede pres- 
cindirso de sus imitaciones, que lo son mucho menos, á excepción do la Selvagia, la 
Loia y alguna otra. Aun estas mismas fueron escritas sin contar para nada con la 
escena; y no lo digo solamente por las situaciones pecaminosas, pues iguales, ya que 
no peores, las hay en varias comedias italianas que positivamente fueron roprosenta- 

(') Fernando Wolf la consideraba como un poema épico-dramático, lo cual es decir en hus- 
tancia lo mismo: «Seine Form ist in der Tliat eine episcii-dramatisclie. In iiir zeigt sicli das Drama 
)izwar nocli in den \veiten, faltenreichen epischen Gewanden, aber sclion in^Begriffe dieser hem- 
))menden Qüllen sicb zu entledigen, um in freierer Bewegung rasclieren Sciirittes die Bnhnc zu 
wbesteigen. In der Wahl, Anlage und Gliederung der I'^abel, in der cornposition der Celestina im 
»Ganzen waltet allerdings noch das Episclie vor; es ist darin noch das breite Sicligolioiilassen, dic 
Dlíedseligkeit des Erzülilers, das Zcrfaliren der Handlung und Ilcmtnnng ilirt-s rasclieren, dra- 
»matischeren Verlaufs durch Episoden, das Vorwalten der Situalicn, die minutio-c Ausmalung, 
ykiiTZ die Epische Breite und Beliagliclikeit. Dennoch hat diese Tru¡/ ¡comedia ¡^clion dramatischen 
«Grundton, dramatisches Leben und-abgesehen von der mehr ausserliclien Form des durcligelienden 
)>Dialog8 und der Eintheilung in (21) Acte, niclit nur Acte, sondern ancli Action, dramalisclie Iland- 
»lung und vor alien in der und durch die Handlung drastisch dargestellte Cliaraktere; ja geradc 
»diircli die meisterhafte Zeichnung, oonsequente Entwickelung und den knntsvollen Conllict der 
»Cliaraktere, durch die darin bedingte tragische Katastrophe zeichnet sie sich so sehr aus, dass sie 
))Prototyp und classisches Muster des sogenannten género novelesco des spanischen Nationaldramas 
))ge\vorden und hierin von wenigen spüteren, wenn auch dramatisch ausgebildeteren Sliicken der Art 
))erre¡cht, von keinem übertroffen worden ist». (Studien zur gcschichte der Spanischen vnd Por- 
giesischen NationallUeratur von Ferdinand Wolf, Berlín, A. Asher, 1859, pág. 280). 



IV orígenes de la novela 

das, sino porque eu todas esas imitaciones falta aquella chispa de genio dramático que 
inflama la creación del bachiller Kojas y la hace bullir y moverse ante nuestros ojos 
en un escenario ideal. En las Celestinas secundarias, el diálogo, aunque constantemente 
puro y rico de idiotismos y gracias de lenguaje, camina lento y monótono, se pierde 
en divagaciones hinchadas y pedantescas ó se revuelca en los más viles lodazales. Sus 
autores calcan servilmente los tipos ya creados, pero rara vez aciertan á hacerles 
hablar su propio y adecuado lenguaje. Del drama sólo conservan la exterior corteza, la 
división en actos ó escenas, pero introducen largas narraciones, se enredan en episo- 
dios inconexos y usan procedimientos muy afines á los de la novela. Algunas hasta 
carecen de verdadera acción. La Lozana Andaluza^ por ejemplo, no es comedia ni 
novela, sino una serie de diálogos escandalosos, del mismo corte y jaez que los Ragio- 
)iamenti del Aretino. Pero de los caracteres que distinguen á algunos de estos libros 
y les dan peculiar fisonomía se hablará en el capítulo que sigue. Ahora debemos aten- 
der sólo á la obra primitiva, que por ningún concepto debe mezclarse con su equí- 
voca y harto dilatada parentela. 

Trabajos muy importantes de estos últimos años han puesto en claro la primitiva 
historia tipográfica de la Celestina-^ nos han revelado que el libro pasó por dos formas 
distintas, y han levantado una punta del velo que cubría la misteriosa figura del que 
yo tengo por único autor y refundidor de la Tragicomedia^ aunque personas mu 3^ doc- 
tas conserven todavía alguna duda sobre el particular. 

Algo de bibliografía es aquí indispensable, pero la abreviaremos todo lo posible. La 
primera edición de la Celestina conocida hasta ahora es la de Burgos 1499 ('). ¿Exis- 
tió otra anterior? Me guardaré de negarlo, pero no encuentro fundada la sospecha. Lo 
único que puede abonarla son estas palabras del prólogo de la edición refundida 
de 1502: «que avn los impressores han dado sus punturas^ poniendo rúbricas ó su- 
» marios al principio de cada ando, narrando en breue lo que dentro contenía: vna 
■» cosa bien escusada, según lo que los antiguos scriptores vsaron» . Es así que estas rú- 
bricas ó sumarios aparecen ya en la edición de Burgos, luego tuvo que haber otra 
anterior en que no estuviesen. El argumento jio me convence (-). Pudo el primer im- 
presor hacer esta adición en el texto manuscrito, y no enterarse de ello el autor hasta 
verlo impreso, puesto que no tenemos indicio alguno de que asistiera personalmente á 
la corrección de su libro. 

Dejando aparte esta cuestión, que por el momento es ociosa é iusoluble, conviene 
fijarnos en el inestimable y solitario ejemplar de la edición de Burgos, que nos ha 

(') Aribau, en la introducción del tomo de Novelistas anferiores á Cervantes, citó una edición de 
Medina del Campo de 1499, que nadie lia visto. Acaso se atribu^'ó á Medina la edición incunable, 
que no consigna realmente el punto de impresión. Pero no consta que Fadrique Alemán imprimiese 
más que en Burgos. En Medina no se encuentra impresor alguno antes de 1511, en que Nicolás de 
Piemonte estampó el Valerio de las historias. Vid. La Imprenta en Medina del Campo, por D. Cris- 
tóbal Pérez Pastor (Madrid, 1895), p. IX. 

(*) Tampoco ha convencido al erudito italiano Mario Scliiff (Studi di filologia romanza puhhli- 
cati da E. Monaci e C. de Lollis, Turín, 1892, fase. 24, pág. 172). 

La edición de Sevilla, 1501, anuncia que los argumentos están nueuamente añadidos, lo cual si 
se entiende como suena es una falsedad, puesto que la edición de 1499 tiene los mismos argumentos- 
Lo que quiere decir, á mi juicio, es que los argumentos habían sido añadidos al primitivo texto poco 
antes, nuevamente (nvperrime). ' 



INTRODUCCIÓN v 

conservado el texto primitivo de la Comedia de Melibea. Y en verdad que se ha salvado 
casi de milagro, pues no sólo ha tenido que luchar con todas las causas de destrucción 
que amagan á los libros únicos, sino con el ignorante desdén de aficionados imbéciles, 
que le rechazaban por estar falto., y hasta llegaron á dudar de su autenticidad ('). 

Carece, en efecto, de la primera hoja, empezando por la signatura A — II (Arqnmeii' 
to del primer auto desta comedia). Es un tomo en 4." pequeño, de letra gótica, con 
diez y siete grabados en madera, que convendría reproducir. En el folio 91 se halla el 
escudo del impresor con la siguiente leyenda: ^Nihil sine causa. 14ÍJÍJ. F. A. de Bn- 
silea» . Lo cnal quiere decir que el libro salió de las prensas de Fadrique Alemán rfí» 
Basilea., que estampó en Burgos muchos y buenos libros desde 1485 hasta 1517. 

Pero este último pliego es contrahecho, según testimonio unánime de los que han 
tenido la fortuna de ver el precioso incunable (-). Quedaba, pues la duda de si ese 
final fué copiado de otro ejemplar auténtico, ó si el escudo y la fecha eran una com- 
pleta falsificación. Pero tal duda no es posible después del magistral estudio del doctor 
Conrado Haebler, bibliotecario de Dresde, cuya pericia y autoridad en materia de incuna- 
bles españoles es reconocida y acatada por todo el mundo. Haebler deja fuera de duda 
que los caracteres con que está impreso el libro son los bien conocidos de Fadrique 
Alemán de Basilea, usados por él en casi todas las ediciones que hizo en 14í)() y 1500, 
ó idéntico el escudo del impresor al que aparece en otros productos de sus prensas (^). 

Aparte de esta demostración tipogi-áfica, bastaba haber examinado el libro por 
dentro (lo cual no creo que hiciese nadie antes de D. Pascual Gayangos, por quien 
fué redactada la interesante nota del Catálogo de Quaritch) para convencerse de que la 
edición era original y auténtica y anterior de fijo á la d^ 1502, que nos da ya el texto 
definitivo de la Celestina en veintiún actos. Los trece primeros se corresponden sus- 
taucialmente en las dos versiones, pero á la mitad del decimocuarto comienza una 
grande interpolación que dura hasta el decimonono; el vigésimo corresponde al décimo- 
quinto de la edición primitiva, y el vigésimoprimero al decimosexto. Se interpolan, 
pues, cinco actos seguidos, además de numerosos aumentos parciales, que unidos á las 
variantes equivalen á una refundición total. 

O No carece de curiosidad la historia de los ^recioe que en ventas públicas La obtenido. Apa- 
reció por primera vez en Londres en la subasta de la biblioteca de Ricardo Heber (1836), y fué tal 
la insensatez ó ligereza de los bibliófilos (desencantados quizá por la circunstancia del pliego falso) 
que fué vendido en la irrisoria cantidad de dos libras y dos chelines. El afortunado comprador fué 
Mr. de Soleinne, y en la venta de su riquísima colección dramática (1844) alcanzó ya esta Celestina 
el precio de 409 francos, que pagó el Barón Taylor. Procedente de la biblioteca del Barón Seilliére, 
fué subastada nuevamente en París (18D0), llegando al precio de 2.700 francos. No sabemos si en 
aquella ocasión la adquirió el librero Quaritcb, de Londres, que en su catálogo de 1895 la anunció 
en 145 libras esterlinas. El bibliófilo inglés Mr. Alfredo W. Pollard es el actual poseedor de esta 
joya, que afortunadamente podemos disfrutar todos en la lindisima reimpresión que de ella lia hecho 
el Sr. Foulché-Delbosc, á quien se deben los mayores progresos que el estudio de la Celentinu ha 
logrado en estos últimos años. Comedia de Calisto z Melibea (Burgos, 1499). Reimpresión publicada 
por Jt. Foulché-Delbosc, 1902 (Macón, Protat hermanos, impresores). En la Revue Eispanique, 
tomo IX, págs. 185-190, está minuciosamente descrito por el Sr. Foulché el incunable de Burgos. 

(') Brunet, en la quinta edición de su Manuel du Libraire (1860), dice que la filigrana del papel 
en la última hoja deja leer la fecha de 1795. Pero en su estado actual no tiene tal fecha ni señal 
alguna, según asegura el Sr. Foulché-Delbosc, que le ha eiaminado más despacio que nadie. 

(3) Bemerhungen zur Celestiiui (Revue Hiitj^anique, 1902, págs. 139-170), 



VI ORÍGENES DE LA NOVELA 

" '"Cómo elejemplar de 1499 está falto de la primera hoja, no podemos saber cuáles 
eran sus preliminares; pero en tan corto espacio no se comprende que cupiera más 
que el título de la obra en el anverso, y á la vuelta el argumento general de la obra- 
En cuanto á la carta de El autor a un su amigo, sólo podemos decir con seguridad 
que consta ya en la edición de Sevilla de 1501, tenida generalmente por segunda, j 
única que conserva la división en diez j seis actos. 

Pero ¿puede negarse de plano que haya existido una edición de Salamanca, 
de 1500? En las coplas de Alfonso de Proaza ('), que van al fin de la edición de Valen- 

(') Siendo Alfonso de Proaza personaje de bastante importancia á principios del siglo xvi, espe- 
cialmente como propagandista de la filosofía luliana, y habiendo sonado tanto su nombre en las 
controversias sobre la Celestina, parece natural que le dediquemos algunas líneas, en que procurare- 
mos recoger, siguiendo el orden cronológico, las noticias que de él andan esparcidas en varios libros. 
Su apellido indica que era natural ú oriundo de Asturias, aunque D. Nicolás Antonio le llama, 
y él propio se llamaba, Asturicensis, lo cual, en rigor, quiere decir natural de Astorga. Pero debe 
de ser una falta de latinidad, como observó bien el autor de la Biblioteca Asturiana, publicada por 
Gallardo (Ensayo, I, art. 457). Este manuscrito, fechado en 1782 y remitido al conde de Oampomanee. 
no es más que el primer bosquejo de las Memorias históricas del Principado de Asturias y Obispado 
de Oviedo, que empezó á publicar en Tarragona, 1794, el canónigo D. Carlos González de Posada, 
no pasando desgraciadamente del primer tomo. Es fácil cerciorarse del común origen de ambos libros, 
sin más que cotejarlos. En su primer artículo, González Posada apenas había hecho más que traducir 
las. breves líneas que Nicolás Antonio dedica á Proaza en la Bibliotheca Nova; pero en el segundo 
habló con mejores datos, que le proporcionó el erudito valenciano D. Francisco Borrull ("). 

El nombre de Alfonso de Proaza suena por primera vez en sus coplas encomiásticas de la Celes- 
tina, ora se pusiesen en la hipotética edición de Salamanca, 1500, ora en la de Sevilla, 1501. 

«Consta de los libros de Ayuntamiento de la ciudad de Valencia, llamados Manuales, que en 
21 de octubre de 1504 fué nombrado por dicha ciudad catedrático de Retórica Alfonso de Proaza; 
que en 7 de mayo de 1505 se le reeligió para el año siguiente; que en 8 de septiembre del mismo año 
la ciudad loó y aprobó la obra que hizo en alabanza de la misma el reverendo Alfonso de Proaza, 
bachiller en Artes y familiar del obispo de Tarazona, D. Guillen Ramón de Moneada, y mandó que 

ninguno pudiera imprimir dicha obra sino la persona que quisiese el mismo Proaza ; que en 8 de 

enero de 1506 proveyó la ciudad que se le diera y colara el primer beneficio que vacare en la misma 
al reverendo Mosén Alfonso de Proaza, presbytero, etc.; que en 30 de mayo del mismo año fué 
reelegido catedrático de Retórica.» (Nota comunicada por Borrull á González Posada.) 

D. Francisco Ortí y Fignerola, en sus Memorias históricas de la fundación y progressos de la 
insigne Universidad de Valencia (Madrid, 1730), pág. 143 y siguientes, añade que «fué secretario 
»del obispo de Tarazona, D. Gislenio (Guillen) Ramón de Moneada, y uno de los más fuertes defen- 
»sores de la doctrina de Rayraundo Lulio, que entonces se leía públicamente en la Universidad, y 
))había en ella cátedra instituida para su lección con el honorario correspondiente, la cual duraba aun 

«después de la mitad del siglo xvii, como lo escribe el Regente D. Lorenzo Mateu El Maestro 

))Proaza promovió esta doctrina con el mayor esfuerzo, haciendo varias ediciones de muchas obras de 
))Raymundo Lnlio, entre las quales imprimió la disputa que tuvo con Homar Sarraceno, y en su con- 
Hclusión añadió unas actas del examen de la doctrina del mismo Raymundo. Hizo también el catálogo 
»de sus obras, del qual, y del que formó después el juicioso Wadingo,..., se valió D. Nicolás Antonio, 
«añadiendo varias noticias que adquirió .... Diferentes de estas ediciones dedicó el Maestro Proaza al 

«Venerable Arzobispo Cardenal Cisneros, y la última que hallamos dirigida por su cuydado es del 

»año de 1519. Por esta fecha, y porque dice Escolano que leía Retórica en Vakncia cerca del año 
))de 1517, supongo que estuvo en esta enseñanza hasta el de 1517, en que entró Alonso Ordóñez, tal 
»vez á instancia y proposición suya, y por haber sido substituto suyo en los años antecedentes, pues 
«las ocupaciones de Proaza eran muchas y graves». 

(*) Memorias Históricas dd Principado de Astvrias y Oiispado de Oviedo. Juntábalas el Dr, D. Car- 
los González de Posada, canónigo de Tarragona, de la Jieal Academia de la Historia Tarragona, por 

Pedro CanalB, 1794, pp. 120-124. 



INTRODUCCIÓN vu 

cia, de 1514, una de ellas, la postrera, «describe el tiempo y lugar en (jue la obra pn- 
» meramente se imprijnió acabada: 

El carro Phebeo después de aver datlo 
Mil e quinientas bueltas en rueda, 
Ambos entonces los hijos de Leda 
A Phebo en su casa teníen possentado. 

Hasta aquí Figuero^a, el cual añade en otra parte que Aifoneo Ordóñez fué reclegitlo pura la 
cátedra de Retórica en 20 de mayo de 1518 y en el misrao mes de loa años 1520 y 1521, Siendo lan 
vulgares el nombre y el patronítnico, no hay que reparar mucho en su coincidencia con los del primer 
traductor ¡taliauo de la Celestina, pues nada tiene de verisímil (aunque no sea imposible) (|ue quien 
en 1506 era familiar del papa Julio TI fuera diez años después á desempeñar una cátedra de Retó- 
rica en el Estudio de Valencia. 

Como meros apuntamientos cronológicos, citaré aquí las publicaciones que conozco de Alíutibo 
de Proaza: 

1505. Oi'íitio luculenta de laudihun Valentiae (Colofón: In eudein indyta urbe Valcnlia. Per 

Leonardum Hiitz alemanum uiino inessie incanuiti MCCCCCV qiutrto idus novemhris). (Vid. Se- 
rrano Morales, Diccionario de impresores valencianos, p. 224). Entre las papeletas inéditas toiiavia 
de D, Burtoloníé Gallardo, con las cuales ha de formarse el quinto tomo del Ensayo, hay una des- 
cripción muy detallada de este rarísimo opúsculo con algunos extractos. Contiene, además de la Orado, 
algunas poesías latinas de Proaza {Alphonsi de proaza ad divos Valentinae vrbis patronos Vincenliuní 
niartyren invictissimum: et Vincentaim Ferrer confcssorem, Carmina saphica adonica alque diinetra 
iamhica); otras, también latinas, de un Gonzalo Ximenez, cordobés, bachiller en ambos derechos, y 
del balear Miguel Cossi; y finalmente, el Romance heroico del niesmo Alonso de Proaza en lengua 
castellana sacado de la ya dicha latina oración, que es el mismo que luego so imprimió en el Can- 
cionero General. Al fin del volumen se hallan unas estancias de arte mayor, de las cuales sólo 
transcribiremos la última, por la gran similitud que tiene con otra de las que puso en la Celestina: 

DESCRIPCIÓN DEL TIEMPO EN QUE SE ACABÓ 

En tiempo que el padre del triste Feton 
Por nuestro horizonte muy raudo pasaba, 

Y en frígido albergue lioFpicio le daba 
El Tésalo arquero, Centauro Quiron, 

Y retrogradando por otra región 
Mil y quinientas jornadas hiziera 
Con cinco después que Cristo naciera, 
Fraguóse el no bien fraguado sermón. 

En el privilegio se llama á Alonso de Proaza «Bagiller en Arts, familiar del molt Rcucrcnt don 
Guillem Ramón de Moneada, bisbe de Ta rabona». Gaspar de Escolano, en su Iliaíoria de Valencia, 
tomo I, lib. V, cap. 29.°, col. 1117 y ss. de la primera edición (Valencia, 1610), pone traducidos 
varios trozos de este panegírico, pero equivocando el apellido y, al parecer, la patria del autor, á 
quien llama «Alfonso Peraza, Cathedratico de Retorica, de nación Andaluz». Acaso procederá la 
equivocación de haber un Luis de Peraza, historiador de Sevilla; pero tampoco tendría nada de 
extraño que Alonso de Proaza, asturiano de origen, iiubiese nacido en Andalucía, 

1510. Disputatio Raymundi Lulli et Homerii Saruceni, primo habita inter eos in urbe Jiuf/iue 

Sermone Arábico, postea translata in Latlnum ab eodem Lullo Valentiae, per loannem Go/redum 

(Juan Jof re). Cuidó de esta edición Alonso de Proaza, y escribió la epístola dedicatoria al noble 
genovés Bariolomeo Gentili (el Bertomeu Gentil del Cancionero General). Contiene además este raro 
libro otros dos tratados lulianos, el De Demonstratione per aequiparantiam y la Disputado quinqué 
hominum sapientum. 

A este mismo año de 1510 corresponde la más antigua de las ediciones hasta ahora conocidas 
de las Sergas de Esplandián, famoso libro de Caballerías, del regidor Montalvo. Esta edición, acabada 



MU orígenes de la novela 

Quando este muy dulce y breue tratado 
Después de revisto e bien corregido, 
Con gran vigilancia puntado e ley do, 
Fue en Salamanca impresso acabado». 

La reproducciÓQ de estos versos en la edición valenciana de 1514 no implica, en 
concepto de Haebler ni en el mío, que esta sea copia de la salmantina de 1500, ni nos 

de imprimir en Sevilla por maestre Jacobo Cromberger á 31 de julio de 1510, está descrita con el 
núiii. 3331 en el Registrum de D. Fernando Colón. Por esta descripción sabemos que el libro tenia 
al fin, como todus las ediciories posteriores, unas coplas de Alonso de Proaza, que comienzan «Los 

claros ingenios » Estas coplas son seis octavas de arte mayor, análogas en todo á las que puso en 

la Celestina: 

Aqui se demuestran, la pluma en la mano, 

Los grandes primores del alto decir, 

Las lindas maneras del bien escrebir, 

La cumbre del nuestro vulgar castellano; 

Al claro orador y cónsul romano 

Agora mandara su gloria callar, 

Aquí la gran fama pudiera cesar 

Del nuestro retórico Quintilíano. 

También en este caso se titula Alonso de Proaza «corrector de la impresión»; pero ¿qué edición 
• leí Esplandián es la que corrigió verdaderamente? No creo que fuese la sevillana de 1510, sino 
otra más antigua, porque él en ese tiempo residía en Valencia. 

1511. En el Cancionero General de Hernando del Castillo, impreso en Valencia por Cristóbal 
Hofman, hay seis poesías del bachiller Alonso de Proaza, que tienen los núms. 25, 35, 477, 778, 
791 y 793 en la reimpresión de los Bibliófilos Españoles. La más curiosa es el Romance en loor de la 
ciudad de Valencia, que reprodujo Duran en su Romancero General, tomo II (núm. 1369). Ea un 
resumen de su oración latina, con la cual fué impreso. El colector Castillo, que dirige á Proaza do« 
preguntas rimadas, da testimonio de la leputación científica de que gozaba entre s-us contemporáneos: 

A vos que soys prima de los inuentores 

Y todo saber en vos resplandesce: 

A vos a quien grandes, medianos, menores, 
Vienen pidiendo de vuestros fauores, 

Y lleuan cumplido lo que les fallesce 



Discreto, prudente en metros y prosa, 
A quien 8'endere9an mis simples razones, 
Á vos qu'en el texto desnudo sin glosa, 
Sin que se pueda sentir otra cosa, 
Moueys grandes dubdas y altas quistiones. 



1512. Publicó en Valencia, imprenta de Jorge Castilla, el Líber correlativorum innatorum de 
Raimundo Lulio (Vid. N. Antonio, Bibliotheca Vetus, tomo II, lib. IX, cap. III, párrafo 89). 

1513. Se hace mención de Alonso de Proaza en una carta interesantísima del Cardenal Oisneros 
á los Jurados de la Ciudad y Reino de Mallorca: «El Secretario Alonso de Proaza me embió su carta, 
«y el traslado de los títulos y privilegios de aquella doctrina del Maestro Bamon Lull, Doctor llu- 
»minadissimo, y he ávido muí grande plazer de verlos, y de todo lo que sobre esto me escriven; por- 
»que de verdad yo tengo mucha afición á todas sus obras, porque son de mucha dotrina y provecho: 
»y assi crean, que en todo quanto yo pudiere las tengo de favorecer y trabajar cómo se publique y 

»se lea por todos los Estudios Y porque al bachiller Proaza escrivo más largo sobre todo, no digo 

»aqui más de remitirme a lo que él de mi parte les escriviera: yo les ruego que le den entera fé. De 
sAlcalá, á 8 de octubre de 1513». 



INTRODUCCIÓN ix 

autoriza para creer que llevase el título de Tragicomedia^ ni que contuviese los 
veintiún actos y el prólogo. Pudo tomarse el texto de otro ejemplar posterior, que 
acaso estaría incompleto, y añadirle los versos del de Salamanca. Tampoco os material- 
mente imposible que, después de publicada la refundición, prefiriese el impresor de 
Sevilla el texto de la Comedia al de la Tragicomedia, por ser más de su gusto ó por 
tenerle más á mano. En bibliografía hay bastantes ejemplos de primeras ediciones que 

Esta epístola, sacada del libro de Cartan Missivaa del Archivo municipal de Mallorca y regis- 
trada en el proceso de beatificación de 1612, fué publicada por el P. Custurer en sus Disertaciones 
históricas del Beato Raymundo Lulio (Mallorca, 1700, pág. 364). Además de lo que importa para la 
historia del lulismo, nos presenta á Alonso de Proaza como hombre de confianza del gran Cardenal, 
que sostenía con él correspondencia directa. 

1514. En la segunda edición del Cancionero General, hecha en Valencia por Jorge Costilla, sr 
añade una poesía de Alonso de Proaza en loor de la bienaventurada Sta. Catalina (núm. 25 en el 
apéndice de la edición de los Bibliófilos). 

1515. Ars inventiva veritatis. Tabula generalis. Commentum in eaadem ipsitis Raymundt 

Prima impressio per Didacum de Gumiel in inclyta civitate Valentía die XII meáis Febriuirii. Anno 
vero christianae salutis décimo quinto supra millesimum. 

Estos tres libros lulianos, de los cuales el tercero se conoce también con el titulo de Ars expo- 
titira, seu lectura super artem inventivam et tabulam generalem, fueron publicados por Alonso de 
Proaza en un solo volumen, en folio, á dos columnas, de 219 hojas numeradas y 7 de preliminareB. 
Está dedicado al Cardenal Oisneros, bajo cuyos auspicios se hizo la edición. Alonso de Proaza tra- 
dujo al latín la Lectura, y añadió un catálogo metódico y por materias de las obras de Lulio. 
(Cf. Littré, tomo 29 de la Histoire Littéraire de la France, pp. 182-183, 196-197.) 

1519. A este año pertenecen, según D. Nicolás Antonio, otras dos ediciones Inlianas, impresas 
en Valencia por Jorg€ Costilla, el Líber de ascensu et descensu intellectus y la Lógica Nova. Pero el 
P. Cuiturer (Disertaciones, p. 603), á quien como especialista en la materia hemos de suponer máti 
enterado, las atribuye al año 1512, y cita un ejemplar existente en la Biblioteca de Montesión (hoy 
Provincial de Mallorca). Pudiera tratarse de ediciones distintas, pero no parece creíble, porque en 
1518 Jorge Costilla había trasladado sus prensas á Murcia, y no volvió á establecerse en Valencia 
hasta el año de 1520. 

Alfonso de Proaza fué también autor dramático. 

En el Registrum de D. Fernando Colón figura con el número 12.987 Al/onsi de Proaza, Farsa, 
en coplas S. (¿Sevilla?). Empezaba: 

O qué ralles tan lucidos. 
O qné chapados pradales... 

De esta pieza, como de tantas otras, no queda más memoria que el apuntamiento de Colón 
(véase la magnífica edición en facsímile del Registrum publicada por el benemérito hispanista 
Mr. Archer M. Huntington). Los dos primeros versos de Isl farsa de Proaza corresponden exacta- 
mente á los de otra farsa de Alonso de Salaya, que afortunadamente existe, y de la cual tenemos 
copia. ¿Serían ambas obrillas una misma, atribuida á dos autores? 

Estos datos, con ser tan exiguos, aclaran un poco la fisonomía del personaje. En su juventud, 
como otros humanistas trashumantes, tuvo que ganarse la vida corrigiendo pruebas de imprenta. Más 
adelante, su cátedra de Retórica, el oficio de secretario del obispo de Tarazona, su ferviente lulismo, 
que no pudo menos de hacerle grato á los mallorquines, y sobre todo la protección de Cisneros, me- 
joraron sin duda su condición, pero no le harían perder sus antiguas aficiones. Sin nota de temeridad 
puede sospecharse que no fué ajeno á la edición valenciana de la Celestina, salida en las prensas 
de Juan Jofre (utilizadas por él mismo para alguna de sus tareas), y que no sólo consintió, sino qur 
probablemente sugirió la idea de reproducir el colofón de Salamanca, donde so «descriue el tiempo 
y lugar en que la obra primeramente se imprimió acabaday>. Todo esto me parece natural y sin visos 
de superchería. 



X ORÍGENES DE LA NOVELA I 

lio han sido arrinconadas ni sustituidas por las segundas; que lian coexistido con ellas, I 

j que á veces han llegado á triunfar del texto enmendado por los propios autores. No \ 

fué éste ciertamente el caso de la Celestina, puesto que desde 1502 todas las ediciones , 

tienen veintiún actos; pero ¿es tan irracional creer que el impresor de Sevilla pudo , 

ignorar la edición de Salamanca? Hasta la circunstancia de haber omitido una de las 

octavas de Proaza induce á sospechar que no las tomó de allí. Hubo acaso otras edi- i 

clones de que no ha quedado memoria: recuérdese que las nueve más antiguas que ; 

conocemos han llegado á nosotros en ejemplares únicos, como restos de un gran ] 

naufragio. Tres de ellas son de un mismo año, 1502, lo cual atestigua la inmensa ■ 

popularidad de la obra. ¡Quién sabe las sorpresas que todavía nos guarda el tiempo! í 

Absteniéndonos de conjeturas j cavilaciones sobre un punto imposible de resol- j 

ver por ahora, la que hoy hace veces de segunda edición es la de Sevilla, 1501, | 

ejemplar completo é inestimable que posee la Biblioteca Nacional de París y ha publi- ' 

cado también el Sr. Foulché-Uelbosc con todo el primor que pone en sus reprodúcelo- ; 

nes tipográficas ('). ¡ 

El título es Comedia de Ca listo x Melibea con sus argumentos nueuamente añmli- \ 

dos la qual contiene^ demás de su agradable y dulce estilo^ muchas sentencias filoso- ■ 

fales II avisos muy necessarios para mancebos^ mosticindoles los e?igaños que están \ 

encerrados en simientes y alcahuetas i^). \ 

A continuación se lee una carta de El Autor a vn su amigo^ en que le manifiesta \ 

que «viendo la muchedumbre de galanes y enamorados mancebos que nuestra común \ 

» patria posee», y en particular la misma persona de su amigo, «cuya juventud de j 

»amor ser presa se me representa aver visto, y del cruelmente lastimada, a causa de ^ 

» le faltar defensivas armas para resistir sus fuegos», las halló esculpidas en estos ^ 

papeles, «no fabricadas en las grandes herrerías de Milán, mas en los claros ingenios i 

»de doctos varones castellanos formadas; y como mirase su primor, sotil artificio, su ^ 

» fuerte y claro metal, su modo y manera de labor, su estilo elegante, ^aw^as en nuestra ; 

-» castellana lengua visto ni oydo^ leylo tres o quatro veces, y tantas quantas más lo í 

»leya, tanta más necessidad me ponia de releerlo, y tanto más me agrada va, y en su | 

» proceso nuevas sentencias sentia. Yi no sólo ser dulce en su principal hystoria, o i^ 

»ficion toda junta; pero avn de algunas sus particularidades sallan delectables fontezi- ¡ 

» cas de filosofía, de otras agradables donayres, dé otras avisos y consejos contra lison- } 

»jeros y malos siruientes y falsas mugeres hechizeras. Vi que no tenia la firma del \ 

» ductor^ 1/ era la causa que estaua por acabar; \)Gr o quien quiera que fuesse es digno j, 

»de recordable memoria por la sotil invención, por la gran copia de sentencias entre- 1 

»texidag, que so color de donayres tiene. ¡Gran filósofo era! Y pues él con temor de | 

> detractores y nocibles lenguas, más aparejadas a reprehender que a saber inventar, ( 

-^celó su nombre, no me culpeys si en el fin baxo que lo pongo no expressare el mió, í 

-^mayormente que siendo jurista yo, avnque obra discreta, es agena de mi facultad; y ] 

(') Comedia de Calisto y Melibea (Único texto auténtico de la «.Celestituí))). Macón, Protat hernia- i 
nos, impresores, 1900. Forma parte de la Bibliotheca Hispánica, \ 

(^) Después de los versos acrósticos Iiay nn segí ndo título, que no sabemos si es anterior ó I 
posterior al primero: «Sigúese la comedia de Calisto y Melibea, compuesta en reprehensión de loa 
))locos enamorados, que vencidos de su desordenado apetito a sus amigos llaman z dizen ser su dios. 
))A88Í mesrao fecha en auiso de los engaños de las alcahuetas z malos z lisonjeros siruientes». 



mXRODUCCIÓN XI 

.> quien lo supiesse diria que no por recreaciou do mi ¡níncipal estudio^ del qual yo 
»más me precio, como es la verdad, lo hiziesse; antes distraydo de los derechos^ en esta 
y> nueva labor me entremetiesse... Assimessmo pensarian, que no qiiinxc días de unas 
» vacaciones^ mientras mis socios en sus tierras^ en acabarlo me detuiessc, como es lo 
^cierto\ pero avn mas tiempo y menos acepto. Para desculpa de lo cual todo, no sólo a 
» vos, pero a quantos lo leyeren, ofrezco los siguientes metros. Y por(¡Hc roiioxcaj/s 
>uló/ide eomienran )nis mal doladas raxones y acaban las del anligno autor ^ cu la 
» margen hallarcys una cr/tx^ y es el fui de la primera cena^. 

Los metros son once coplas de arte mayor, en que el autor insiste sobro sus pro- 
pósitos morales y afirma de nuevo que ha proseguido y acabado una obra ajena: 

Yo vi en Salamanca la chra presente; 
]\Iouirae á acabarla por estas razones: 
Es la primera que esto en vacaciones; 
La otra que oy (') su inventor ser seienie, 
Y es la final, ver ya la más gente 
Buelta y mezclada en vicios de amor... 

A primera vista estas octavas no tienen misterio, pero otras de Alonso do Proaza, 
corrector de la impresión^ que cierran el libro con pomposo elogio, declaran un secreto 
que el autor encubrió en los metros que puso al principio: 

No quiere mi pluma ni manda ra^on 
Que quede la fama de aqueste gran hombre, 
Ni su digna gloria, ni su claro nombre 
Cubierto de oluido por nuestra ocasión; 
Por ende, juntemos de cada renglón 
De sus onxe coplas la letra primera, 
Las quales descubren por sabia manera 
Su nombre, su patria, su clara nación. 

Y en efecto, juntando las letras iniciales de los versos resulta este acróstico: «A7 
bachiller Fernando de Royas (sic) acabo la comedia de Calysto y Melybea^ y fve nas- 
cido eu la Puebla de Moutalvan» . 

Quién fuese este bachiller Rojas, varaos á verlo en seguida. Pero desde luego con- 
viene notar la contradicción en que incurren Rojas y su panegirista. El primero se da 
por continuador, al paso que Alonso de Proaza no reconoce más autor que uno. 

Un año después, en 1502, aparecieron en Salamanca, en Sevilla y en Toledo tres 
ediciones cuyo orden de prioridad no se ha fijado todavía. Las tres llevan el título de 
Tragicomedia de Calisto y Melibea y constan de veintiún actos. Las variantes do por- 
menor son innumerables. Todo ha sido refundido, hasta el prólogo y los versos acrós- 
ticos. En el primero, después de las palabras «r¿ que no tenía su firma del autora», se 
han intercalado estas otras, «el qual, según algunos dixcn, fue Juan de Mena, e según 
otros Rodrigo Cota, pero quien (¡uiera que fuese, es digno de recordable memoria^ . En 
los acrósticos se decía al principio: 

(') Entiéndase oi. 



xn ORiGEííES DE LA NOVELA 

No hizo Dédalo en su officio y saber 
Alguna más prima entretalladura, 
Si fin diera en esta su propia escriptura 
Corta, un gran hombre y de mucho valer. 

Eu la Tragicomedia se estampó: 

Si fin diera en esta su propia escriptura 
Cota ó Mena con su gran saber. 

Tieueu estas ediciones un nuevo prólogo lleno de autoridades y sentencias (*), en que 
el autor nos informa de las varias opiniones que hubo sobre su comedia y de los motivos 
que tuvo para refundirla, «Vnos dezian que era prolixa, otros breve, otros agradable, 
» otros escura; de manera que cortarla a medida de tantas e tan differentes condiciones, 

> a solo Dios pertenesce... Los niños con los juegos, los mo9os con las letras, los mancebos 
»con los deleytes, los viejos con mil especies de enfermedades pelean, y estos papeles 
» con todas las edades. La primera los borra e rompe; la segunda no los sabe bien leer; 
>la tercera, que es la alegre juventud e mancebía, discorda. Ynos les roen los huessos 
» que no tienen virtud, que es la hystoria toda junta, no aprovechándose de las particu- 
» laridades, haziendola cuento de camino; otros pican los donayres y refranes comunes. 
» loándolos con toda atención, dexando passar por alto lo que haze más al caso e utili- 
» dad suya. Pero aquellos cuyo verdadero plazer es todo, desechan el cuento de la hys- 
»toria para contar, coligen la suma para su provecho, rien lo donoso, las sentencias e 
» dichos de philosophos guardan en su memoria para trasponer en lugares convenibles 
»a sus autos e propósitos. Assi que quando diez personas se juntaren a oy?' esta come- 
» dia^ en quien quepa esta differencia de condicione?, como suele acaescer, ¿quién ne- 
»gará que aya contienda en cosa que de tantas maneras se entiende?... Otros han liti- 
»gado sobre el nombre, diciendo que no se avía de Ikunar roit/edia^ pues acabaña en 
■» tristeza^ sino que se llamase tragedia. El primer auctor quiso darle deiwminacimí 
•i del principio.^ que fue plaxer^e llamóla tragicomedia. Assi que viendo estas conquis- 
>tas (^), estos dissonos e varios juyzios, miré a donde la mayor parte acostava, e hallé 
»que querian que se alargasse en el processo de su deleyte destos amantes^ sobre lo qual 
*fiiy muy impoi'tunado; de manera que acordé, avn que contra mi voluntad, meter 

> segunda vez la pluma en tan estraña laror e tan agena de mi facultad, hurtando 
^algunos ratos a mi principal estudio, con otras horas destinadas para recreación., 
Impuesto que no han de faltar nueuos detractores a la nueua adición.» 

Tales son los datos externos que nos suministran las primeras ediciones de la Ce- 
lestina. Hemos subrayado intencionadamente todas aquellas frases que más importancia 
pueden tener en este proceso de indagación crítica. Lo primero que nos interesa es la 
persona del bachiller Fernando de Rojas, autor de la mayor parte de la obra por con- 
fesión propia, autor único según Alonso de Proaza. 

No ha faltado en estos últimos años quien pusiese en tela de juicio la existencia del 
bachiller Rojas, ó á lo menos su identificación con el autor de la Celestina. El erudito 
que con más tesón y agudeza, y también (justo es decirlo) con menos caridad para sus 

(') El origen de este prólogo se ilirá cuando tratemos de las fuentes de la Celestina. 
(*) En vez de conquistas es probable que el autor escribiese €conquesiaty> (disputas). 



INTRODUCCIÓN 



XIII 



predecesores, ha examinado las cuestiones celestinescas^ preguntaba en 1900: «¿Quién 
> es ese Fernando de Rojas, nacido en Montalbán? ¿Dónde ha vivido, qu6 ha hecho, qué 
»ha escrito y cuándo ha muerto?» Y se reía á todo su sabor de los eruditos españoles 
que habían dado por buena la atribución á Rojas, aconsejando nominalmente á uno de 
ellos «que no fuese tan de prisa, porque este género de investigaciones exigen menos 
» precipitación y menos credulidad» ('). El consejo era ciertamente sano, y el aludido 
tomó de él la parte que le convenía, quedando agradecido á quien se lo daba. Pero 
siguió opinando que en materias de crítica, tan peligrosa es la incredulidad sistemática 
como la ciega credulidad, y que era aventurarse mucho el sostener, «hasta que hubiese 
» pruebas de lo contrario, que Fernando de Rojas era un personaje inventado por el 
» autor de la carta y de los versos acrósticos, y propuesto por él á la admiración de sus 
» contemporáneos y de la crédula posteridad». 

La prueba en contrario vino dos años después, y pareció perentoria á todos los que 
no tenían opinión cerrada sobre el asunto. El Sr. D. Manuel Serrano y Sanz, empleado 
de la Biblioteca Nacional entonces, y ahora dignísimo catedrático de Historia en la 
Universidad de Zaragoza, tropezó, entre otros procesos de la Inquisición de Toledo (que 
hoy se guardan en el Archivo Histórico Nacional), con uno formado en 1525 contra 
Alvaro de Montalbán, el cual declara bajo juramento tener una hija llamada Leonor 
Alvarez, mu g^er del Bachiller Rojas^ que compuso á Melibea^ vecino de Talavera. Y 
cuando los inquisidores autorizaron al Montalbán para nombrar defensor, <ídixo que 
» nombraba por su letrado al Bachiller Fernaitdo de Rojas, su yerno, vecino de Tala- 
» vei'a, que es converso» . 

Justamente satisfecho el Sr. Serrano con tan importante hallazgo, publicó íntegro 
el proceso, acompañado de otros documentos que dan nueva luz sobre la familia de 
Rojas (2). La identificación del personaje_no podía ser más completa. La celebridad de 
su libro era tal, que iba unida á su nombre, y su suegro le invocaba como un título de 
honor: «el bachiller Rojas, que compuso á Melibea» . 

Tampoco ocultaba su condición de judio converso, que parece recaer sobre su pro- 
pia persona y no meramente sobre su familia, pues entonces se hubiera dicho que venía 
»de linaje de conversos», según la f(')rmula usual. Conjetura el Sr. Serrano que su 
madre pudo ser cristiana vieja, y que de ella tomaría su apellido, que en la Puebla de 
Montalbán, en Talavera y en otras partes del reino de Toledo era de gente hidalga, al 
paso que no figura en los padrones conocidos hasta ahora de los judíos de aquella tierra, 
l'ero con la anarquía que entonces reinaba en materia de apellidos y la frecuente mez- 
cla de sangre entre gentes de ambas estirpes, poca seguridad puede haber en esto. Lo 
único que resulta averiguado es que el nombre del autor de la Celestina debe añadirse 
desde ahora á la rica serie de nombres preclaros con que la raza hebrea ilustró los 
anales literarios y científicos de nuestra Península (*). 

(') Revue Hispaniqne, 1900, páy. 42. 

(') Revista de Archivos, Bibliotecas y Museos, tercera época, tomo VI. Enero á junio de 1902, 
páginas 245-299. Noticias biográficas de Fernando de Rojas, autor de la Celestina, y del impresor Juan 
de Lucena. Con un faceímile de la declaración de Alvaro de Montalbán, y un calco de la firma 
autógrafa de Catalina de Rojas. 

(^) Hombre de temple debió de ser el bachiller Hojas, y que no se recataba de manifestar sus 
convicciones. En la misma Tragicomedia (aucto VIIj alude con intensa ironía á loa procedimientos 



XIV ORÍGENES DE LA NOVELA 

Eesulta del proceso que Leonor Alvarez, mujer del bachiller Eojas, contaba en 
aquella fecha treinta j cinco años. No consta la edad de su marido^ pero siendo 3'a 
autor de la Celestina en 1499, y viviendo todavía en 1538 según datos que parecen 
fidedignos, puede conjeturarse que tenía bastantejnás edad que su mujer, y por mi 
parte no encuentro inverisímil la de cincuenta años ó poco más, en que se fija el 
Sr. Serrano ('). A este se objeta que una obra maestra como la Celestina^ que arguye 
tan profunda experiencia de la vida, no puede atribuirse á un joven recién salido de las 
aulas, por precoz que se le suponga, Pero el autor de la Celestina era positivamente 
mi genio, y con el genio no rigen las reglas comunes. La intuición puede suplir á la 
experiencia en tales hombres. No hablemos de los grandes poetas líricos muertos en la 
flor de sus años, porque la poesía lírica tiene algo de juvenil en su esencia. No es pre- 
ciso recordar tampoco los portentos de precocidad de Pascal, porque el espíritu geomé- 
trico se desenvuelve en condiciones que nada tienen que ver con las experiencias de la 
vida. Pero buscando en nuestra pi-opia literatura, y muy cerca de nosotros, ejemplo 
bien adecuado, ¿quién no sabe que toda la obra crítica y satírica de Larra, no supera- 
da en nuestra lengua durante el siglo xix, y á la cual nadie negará amarga y honda 
penetración social, fué escrita antes de los veintinueve años? 

¿Qué inconveniente puede haber para admitir que la Celestina sea obra de un estu- 
diante? Nada hay en ella que él no hubiese podido observar directamente: no hay un 
solo personaje, ni el gentil mancebo Calisto, ni su enamorada Melibea, ni Celestina y 
sus alumnas, ni los criados de Calisto, ni el rufián Centurio, que salga de los límites 
del mundo en que él vivía. Tipos como aquéllos debían de encontrarse á cualquier 
hora en Toledo y en Salamanca. Además, el ambiente de la Celestina tiene algo de 
universitario. Jja obra de Rojas, á pesar de su originalidad potente, es una comedia 
humanística^ cuyos lances recuerdan los de las comedias latinas compuestas por los 
'eruditos italianos del siglo decimoquinto: filiación que procuraré poner en claro más 
adelante. Estas obras se leían en nuestras universidades, y alguna de ellas logró los 
honores de la reimpresión para uso de nuestros escolares {^j. El medio, pues, era per- 
fectamente adecuado para la elaboración de la Celestina^ á la cual prestó sus elementos 
la realidad castellana, y sus formas la tradición clásica en consorcio con la Edad Media. 

inquisitoriales y manifiesta su predilección por la justicia ordinaria. Después de contar Celestina 
cómo salió á la vergüenza castigada por bruja su amiga Olaudina, la madre de Pármeno, la inte- 
rruinpe éste: «Verdad es lo que dizes, pero esso no fue for justiciay>, y Celestina le replica. «Calla, 
)ibouo; poco sabes de achaque de iglesia, e quánto es mejor ¡¡or mano de justicia que de otra manera] 
))sabialo mejor el cura, que Dios aya, que viniéndola a consolar, dixo que la sancta Escriptura tenia 
))que bienaventurados eran los que padescian persecución por la justicia, e que aquéllos poseerían el 
»reyno de los cielos. Mira si es mucho passar algo en este mtmdo por gozar de la gloria del otro; e 
»mas que, según todos dezian, a tuerto e sinrazón^ e con falsos testigos e recios tormentos, la hizieron 
»aquella vez confesar lo que no era... Asi que, todo esto passó tu buena madre acá, deuemos creer 
))qiie le daria Dios buen pago allá, si es verdad lo que nuestro cúranos dixo». 

Esta genial y desenfadada libertad no es incompatible con la más exquisita prudencia, y á 
Rojas, que como escritor es tan vigoroso y tan sereno á un tiempo, no podían faltarle en la vida las 
mismas condiciones que tuvo en el arte. Gracias á ellas pudo esquivar, aunque no sin sospecha, la 
persecución de los de eu raza. 

(') Acaso no está puesta sin misterio la edad de Calisto en el aucto IV: «Podra ser. señora, de 
iveynte e tres años, que aquí está Celestina que le vido nacer y lo tomó á los pies de su madre». 

(^) Véase lo que más adelante decimos de la Comedia Philodnxos. 



INTRODUCCIÓN xv 

Nq es uu desatino, aunque lo den á entender doctos filólogos, que llegan á tachar 
de «inverisímil ignorancia» á los que opinamos lo contrario, el decir que las expresio- 
nes «mi facultad» , «mi principal estudio» , pueden aplicarse lo mismo á un estudiante 
que «á un hombre provisto de un empleo ó que ejerce una profesión» (*). A la facul- 
tad de Derecho pertenece lo mismo el que la aprende que el que la enseña ó la practi- 
ca: todos ellos pueden decir con igual razón «mi facultad», «mi principal estudio». 
Jurista^ según el diccionario vigente, es «el que estudia 6 profesa la ciencia de las 
leyes» . Estudiante jurista se dijo siempre en nuestras aulas, para distinguirle del estu- 
diante teólogo ó de cualquier otra clase de estudiantes. 

Además, aquellas vacacioiies en que dice haber acabado su obra, ¿qué pueden ser 
sino vacaciones universitarias? Entonces no había vacaciones de tribunales, y aun éstos 
apenas comenzaban á organizarse, ni consta que Rojas ejerciese más oficio público que 
el de alcalde mayor de Talavera en sus últimos años. Los socioa que «estaban en sus 
tierras» serían otros estudiantes ó bachilleres como él. Quizá una detenida exploración 
^eu. el archivo de la Universidad de Salamanca podría resolver definitivamente este 
punto, en que bien podían ejercitarse los eruditos de aquella ciudad, que por no 
sé qué siniestro influjo empieza á olvidar demasiado la investigación de su gloriosa 
historia. 

En Salamanca digo, porque es para mí casi seguro que estudió allí, y allí se gra- 
duó de bacliiller en Jurisprudencia, en fecha ignorada, pero anterior de fijo á 1501, 
cuando ya usa ese título en los versos acrósticos. No había más que dos Estudios 
de Leyes en todo el territorio de la corona de Castilla, y el de Valladolid estaba 
más lejos de Talavera ó de la Puebla que el de Salamanca y tenía menos nombradía 
que él (-). 

(') Vid. A. Morel-Fatio (Romanía, 1897, págs. 324 á 326), con ocasión de dar cuenta de un 
artículo de C. A. Eggert (Ztir Frage cler Urheherscliaft der Celestina en el Zeitschrift für romanische 
Philologie). 

(*) Son raras en la Celestina las alusiones á costumbres jurídicas, pero he notado dos ó tres 
bastante curiosas. 

«Es necesario (dice la misma Celestina) que el buen procurador ponga de su casa algún trabaxo, 
Dalgunas fingidas razones, algunos sofísticos actos; yr e venir a juyzio, avnque resciba malas pala- 
»bras del juez, siquiera por los presentes que lo vieren, no digan que se gana holgando el salario.» 
(Aucto III.) 

El monólogo de Galisto en el aucto X/F contra el juez que mandó tan ejecutivamente descabe- 
zar á sus criados, testifica en su primera parte el desprecio de la justicia que hacían en los días anár- 
quicos de hiUrique IV los hombres poderosos y turbulentos, convirtiéndola en función doméstica 
de viles paniaguados suyos; en la segunda, el autor, como hombre de ley, restablece la verdadera 
noción de las cosas y da la razón al juez, por boca del mismo irritado mancebo: «O cruel juez, e qué 
))raal pago me has dado del pan que de mi padre comiste! Yo pensaua que pudiera con tufauor matar 
i>mill hombres sin temor de castigo, iniquo falsario, perseguidor de verdad, hombre de baxo suelo. Bien 
»diran de ti, que te hizo alcalde mengua de hombres buenos. Miraras que tú e los que tnatnstes, en 
í^seruir a mis passados e a iní, erades compañeros; mas quando el vil está rico no tiene pariente ni 
Damigo. ¿Quién pensara que tú me auias de destruyr?... Tú eres público delincuente e mataste a 
»lo8 que son priuados... 

»Pero qué digo? Con quién hablo? Estoy en mi beso? Qué es esto, Calisto?... Con quién lo has? 
sTorna en ti; mira que nunca los abseotes se hallaron justos; oye entrambas partes para sentenci.ir. 
y>No vees que por executar Injusticia no auia de mirar amistad, ni deudo, ni crijnra? Xo inirafi que la 
^üey tiene de ser yguul a todos? Mira que Rómnlo, el primer cimentador de Roma, mató a su propio 



XVI orígenes de la novela ; 

Esta sospecha raya poco menos que en certidumbre cuando se repara en aquellos ■ 
tres versos: 

Yo vi en Salamanca la obra presente: ■ 

Movíme á acabarla por estas razones: \ 

Es la primera que est(S en vacaciones... \ 

No por eso creemos que deba localizarse en aquella ciudad la escena de la Tragi- \ 
comedia. Pero dejando en suspenso este y otros puntos relativos á la composición de la : 
obra, continuemos recogiendo los pocos vestigios que de su paso por el mundo dejó el i 
bachiller Fernando de Eojas. No da mucha luz la causa inquisitorial de su suegro 
Alvaro de Montalbán. Es uno de tantos procesos contra judaizantes, en que pueden \ 
adivinarse de antemano las acusaciones y los descargos. La familia había dado un regu- ¡ 
lar contingente á los registros del Santo Oficio, que había desenterrado y quemado los • 
restos del escribano Fernando Alvarez de Montalbán y de su mujer Mari Alvarez, : 
padres del procesado Alvaro, El cual declara tener setenta años, antes más quémenos, y \ 
haber sido ya reconciliado hacía más de cuarenta, por comer el pan ceticeño (') y entrar 
en las cabañuelas {^) y hacer otras ceremonias judaicas. El promotor fiscal le acusa \ 
de hereje y apóstata, no sólo por los actos dichos, sino por haber sembrado proposicio- ' 
nes de mala doctrina, dudando, como los saduceos, de la inmortalidad del alma: «ítem, \ 
» que después acá, con poco temor de Dios y en menosprecio de la religión cristiana, , 
» hablando ciertas personas cómo los plazeres deste mundo eran todos burla, e que lo \ 
;> bueno era ganar para la vida eterna, el dicho Alvaro de Montalvan, creyendo que no | 
» ay otra vida después desta, dixo e afirmó que acá toviese el bien, que en la otra vida ¡ 
»no sabia sy avia nada», ün Iñigo de Monzón, vecino de Madrid, que había conocido i 
á Alvaro en casa de su hija Constanza Núñez, mujer de Pedro de Montalvan, aposeii- 
tadcr de Sus Magestades, no sólo fué testigo de este cargo, sino que añadió otros bas- 
tante graves para la ortodoxia del procesado: «Preguntado en qué posesión es ávido e ' 
» tenido el dicho Alvaro de Montalvan en esta dicha villa e en los otros lugares donde ¡ 
»dél se tiene noticia, dixo que en vezes ha estado en esta dicha villa, en la perrochia \ 
» de san Gines, en casa del dicho su yerno, más de dos años, y el uno a la contina 
» puede aver tres años, e que en el dicho tiempo que aqui estovo nunca le veya en misa 
» los domingos ni fiestas, sino es alguna vez que y va con su hija, y que en entrando en 
» la yglesia se sentava en un poyo cab'zbaxo, y que asy se estava sin sentarse de rodillas > 
»ni quitarse el bonete; e no se acuerda ni parava mientes si adora va el Santo Sacra- ' 

> mentó, pero acuerdase que murmura van muchas mugeres en la yglesia de verle asy I 

> syu devoción y syn verle rezar ni menear los labrios; e que otras vezes se metia en ' 
»uua capilla, donde estava hasta que se acabase el oficio, sentado; y que en el dicho i 
•» tiempo tampoco le vio comulgar ni confesarse, e que preguntándole este testigo con j 
> sospecha al dicho cura, le dixo que con él no se habia confesado ni comulgado». El j 

»hermano porque la ordenada ley traspassó, ^ ira á Toicato, romano, cómo mató á su hijo porque 
«excedió la tribunicia constitución; otros muchos hizieron lo mismo». 

Quizá este monólogo es inoportuno en la situación en que Oalisto se encuentra, pero no lo es 
para el conocimiento de ia-i ideis de su autor, y aun las mismas citas clásicas delatan ai alumno ó 
profesor de jurisprudencia romana. Este trozo es de los añadidos en 1602. 

O Esto es, pan ázimo, sin levadura, 

(*) Fiesta de los tabernáculos. 



INTRODUCCIÓN xvn 

cura de San G-iués atenuó algo los términos de esta delación; y no se pasó adelante en 
la prueba testifical, sin duda porque en la Puebla (como dijo el mismo cura) apenas 
había persona que no tuviese nota de reco/iriliada. Las confesiones del reo, que pro- 
metió vivir de allí adelante como biien cristiano, y sin duda también su avanzada edad, 
mitigaron algo el rigor de la sentencia, que se redujo finalmente á asignarle su casa 
por cárcel, con obligación de traer el sambenito sobre todas sus vestiduras, y las demás 
penitencias en tales casos acostumbradas. 

El bachiller Fernando de Rojas no vuelve á ser mencionado en el proceso de su 
suegro más que una vez sola, cuando le designó como abogado. Los inquisidores 
dijeron que no había lugar y que nombrase persona sin sospecha^ y 61 nombró al licen- 
ciado del Bonillo. 

Ya en 1517 había figurado el bachiller Femando de Rojas entre los testigos de 
abono y descargo en otro proceso inquisitorial contra Diego de Oropesa, vecino de 
Tdlavera, acusado también de judaizante. Ni el triste percance de su suegro, ni los bue- 
nos oficios que generosamente prestaba á los de su raza, parecen haberle hecho perso- 
nalmente sospechoso, si hemos de dar crédito á las noticias que en el primer tercio del 
siglo XVII recogió en su Historia de Talavera, inédita aún (*), el Licenciado Cosme 
Gómez Tejada de los Reyes, escritor juicioso y fidedigno en las tradiciones locales que 
conserva, y mucho más próximo á Rojas que nosotros, aunque no fuese coetáneo suyo. 
Este pasaje, descubierto por Gallardo y dado á conocer por Cañete con una errata subs- 
tancial ("2), dice así en su integridad: 

«Fernando de Rojas^ autor de la Celestina, fábula de Calixto y Melibea, nació en 
>la Puebla de Montalban, como él lo dize al principio de su libro en unos versos de 
:>arte mayor acrósticos; pero hizo asiento en Talavera: aquí vivió y murió y está ente- 
-^rrado en la iglesia del convento de monjas de la Madre de Dios. Fué abogado docto, 
y aun hizo algunos años en Talavera oficio de Alcalde mayor. Naturalizóse en esta 
;> villa y dejó hijos en ella. Bien muestra la agudeza de su ingenio en aquella breve 
»obra llena de donaires y graves sentencias, espejo en que se pueden mejor mirar los 
» ciegos amantes que en los christalinos adonde tantas horas gastan ric,'ando sus femi- 
>niles guedejas. Cumplió bien sus obligaciones en aquel género de escrevir, con que 
» pueden entender tantos autores modernos de libros de entretenimiento y de otros, que 
»no consiste la arte y gallardía de decir en afectadas oilturas, todo ruido de palabras 
» que atruenan el viento y lisonjean el oido, mas no hieren el alma porque les falta 
» solida munición: vano estudio, indecente, infructuoso, que solamente á ingenios 
» semejantes deleita, y a ninguno enseña ni mueve (^). Vienen medidos a Fernando de 
» Rojas respecto de otros autores aquellos dos versos de Marcial, hablando de Persio 
:> comparado a Marso: 

(') Historia de Tahirera, antigun Klhora de lox Curpetanns, postuma: escrihióla en borrador fl 
Lie. Cosme Gómez de Tejada de lof< Reyes. Sacóla en limpio Fr. Alom^o de Ajofrin, ¡profeso del 
Monasterio de Sfa. Catalina, orden de S. Gerónimo (Ms. 2039 de la Bibhoteca Nacional). 

(') Salamanca en vez de Talavera, lo cual ha extraviado á los investigadores por no encon- 
trarse en Salamanca ningún alcalde mayor que llevase el nombre de Fernando de Hojas. Vid. Caiete, 
en su prólogo á las Farsas; y Églogas de Lucas Fernández (Madrid, 1867), pp. VIII y T.\. El error 
de copia procede de Gallardo, según he comprobado en sus papeletas autógrafas. 

(^) Alusión evidente á los prosélitos del culteranismo, á quienes satirizó el mismo Tejada en 
8u León Prodigioso (1636). 

ORÍGEMES DE LA .NuVELA. — 111. — ¿; 



xvm orígenes DE LA NOS^ELA 

Saepius in libro memoraiur Persius uno 
Quaní levis in tota Marsiis Amazonide; 

:í'y lo que admira es que siendo el primer auto de otro autor (entiéndese que Juan de 
» Mella o Rodrigo de Cota) no sólo parece que formó todos los actos vn ingenio, sino 
»que es individuo ('). El mismo ejemplo tenemos en nuestro tiempo en los dos herma- 
»nos Argensolas, Lupercio y Bartolomé, insignes poetas, dos padres de un solo hijo, 
» que sus metros más dicen unidad que similitud» . 

Prescindiendo del elogio de la Celestina^ que es uno de los más curiosos de un 
tiempo en que ya comenzaba á olvidársela, nada hay en la sencilla noticia de Tejada 
que pueda infundir sospechas al más escéptico, ni que esté en contradicción con los 
pocos documentos originales que poseemos. Es cosa sabida (por declaración del mismo 
Rojas y por testimonio de su suegro), que era abogado, y sin gran temeridad se le 
ha podido llamar docto, pues no hemos de suponer ignorante y cerril en su principal 
estudio á quien era capaz de componer por mera recreación la Celestina. Que se natu- 
ralizó eu Talayera está confirmado por todos los documentos, pues ya aparece como 
vecino de aquella ciudad en 1517, y, á ella se refieren todas las noticias posteriores de 
su vida, que alcanzan hasta 1538. Consta que aquel año ejerció en Talavera desde el 15 
de febrero al 21 de marzo el cargo de alcalde mayor, sustituyendo al Dr. Núñez de Du- 
rango (^). Si Cosme Gómez escribía de memoria, pudo equivocarse en cuanto á la dura- 
ción del cargo, pero esta no es variante de transcendencia. Lo del enterramiento en la 
iglesia del convento de monjas de la Madre de Dios era caso de notoriedad pública y no 
podía inventarse. Finalmente, es ciertísimo que Fernando de Rojas dejó descendencia. El 
testamento de su cuñada Constanza Núñez, descubierto por el benemérito y malogrado 
D. Cristóbal Pérez Pastor en el archivo de protocolos de Madrid, nos ha dado á cono- 
cer el nombre de una hija del poeta, Catalina de Rojas, casada con su primo Luis Hur- 
tado, hijo de Pedro de Montalbán (^). Y probablemente no fué única: en el archivo de 
la parroquia del Salvador, de Talavera, que está próxima al convento de la Madre 
de Dios, se encuentran partidas bautismales de 1544, 1550 y 1552, referentes á varios 
hijos de Alvaro de Rojas y de Francisco de Rojas, casado este último con Catalina 
Alvarex, patronímico que llevaba también la mujer de nuestro autor. La razón de los 
tiempos y el no conocerse por entonces otros Rojas en Talavera, puede inducir á 
sospechar que el Alvaro y el Francisco eran hijos del bachiller; lo que no parece dudo- 
so es que pertenecían á su familia. 

No es únicamente el testimonio de Cosme Gómez el que afirma la atribución de 
la Celestina á Fernando de Rojas. Hay otro más antiguo y que estaba ya indicado 
años antes del hallazgo de los procesos de Toledo. Al tomar posesión de su plaza de 
número en la Academia de la Historia, leyó el inolvidable D. Fermín Caballero, en 
18G7, un precioso discurso sobre las Relaciones geográficas que los pueblos de Castilla 
dieron á Felipe 11 desde 1574 en adelante, contestando al interrogatorio redactado por 

O Indivisible. 

(^) Noticia comunicada al Sr. Serrrano por D. Luis Jiménez de la Llave, correspondiente de la li 
Academia de la Historia en Talavera, y fundada probablemente en documentos del Archivo Mu- 
nicipal. 

(3) Revista de Archivos, Bibliotecas y Afuxeos, 3." época, lomo VT, pp. 295-299. 



INTRODUCCIÓN xix 

Ambrosio de Morales. No se olvida D. Fermín de consignar que «del bachiller Fernau- 
»do de Rojas, coautor de la famosa Tragicomedia^ hace referencia la respuesta de su 
» lugar natal, la Puebla de Montalbán» ('). Y así es, en efecto, salvo lo de coawíor, que 
no es frase del documento, sino gratuita afirmación del ilustre académico, que en eso 
seguía la opinión más corriente en su tiempo. Para los naturales de la Puebla, como 
para Alvaro de Montalbán, Rojas ora único autor de la Tragicomedia. Mandaba el capí- 
tulo 37 del interrogatorio que se especificasen «las personas señaladas en letras, armas 
» y en otras cosas que haya en el dicho pueblo, ó que hayan nacido ó salido de él, con 
» lo que se supiere de sus hechos y dichos señalados» . El bachiller Ramírez Orejón, clé- 
rigo, que fué, en compañía de Juan Martínez, ponente (como hoy diríamos) de esta 
Relación, contesta que «c?^ la dicha villa fué mttm'al el bachiller Rojas., que compuso 
a Celestina» ('^). 

Aclarado ya, aunque no tanto como nuestra curiosidad desearía, el enigma perso- 
nal del Bachiller, que por tanto tiempo ha fatigado en inútiles disquisiciones á la crí- 
tica (3), entremos en las cuestiones verdaderamente graves y difíciles que se refieren á 
la composición del libro. Estas cuestiones se han complicado con la aparición de los 
ejemplares en diez y seis actos. Antes no se disputaba más que sobre el acto primero. 
Ahora no basta preguntar: el bachiller Rojas, ¿es autor único de la Celestina'í^ sino 
que la interrogación debe formularse así: el bachiller Rojas, ¿es único autor de los 
diez y seis actos que conocemos por las ediciones de Burgos y de Sevilla? ¿Se le deben 
atribuir también los cinco actos interpolados en las ediciones de 1502, y conocidos 
con el nombre de Tractado de Centurio? ¿Le pertenecen asimismo las variantes y adi- 
ciones que so introdujeron en los demás actos del texto refundido? 

En absoluto rigor crítico la cuestión del primer acto es insoluble, y á quien se 
atenga estrictamente á las palabras del bachiller ha de ser muy difícil refutarle (*). El 
afirmó siempre en la carta «á vn su amigo», en los versos acrósticos y en el prólogo, 



(') DincursoR leídos ante la Real Academia de la Historiay en la recepción jjública del E.ncelen- 
tisimo Sr. D. Fermín Caballero. Madrid, Imp. del Colegio de Sordo-Mudop, 18G6, pág. .30. 

(-) íla tenido la bondad de enviarme la transcripción de este pasaje el li. P. Fr. (Tuilltírnio 
Antolín, O. S. A., dignísimo bibliotecario del Escorial, donde existe el códice original de las Rela- 
ciones, del cual tenemos copia en la Academia déla Historia. 

(*) Algunos le han confundido con un Fernando de Rojas, reciño de Toledo, que se encuentra 
entre los exceptuados de la amnistía ó lista de perdón que dio Carlos V en 28 de octubre de 1522. 
Puede verse dicho documento en los apéndices de la traducción que D. José Quevedo, bibliotecario 
del Escorial, publicó en 1840 de los diálogos De Mota Hinpaniae de Juan Maldonado, pág. .34G. El 
nombre de Fernando de Rojas está á continuación del de otro Rojas (Francisco), vecino de To- 
ledo. Nuestro Rojas era ya vecino de Talavera en 1517, y continuaba siéndolo en 1525. Aunque 
no es materialmente imposible colocar entre ambas fechas el episodio revolucionario, todo induce á 
creer que se trata de distinta persona. 

Nada podemos decir de un Fernando de Rojas, autor de una insignificante poesía contenida en 
nn códice de la Biblioteca del Real Palacio (publicada en la Reme Hispanique, IX, p. 172). 

(*) Aun en el siglo xvi reinaba tal incertidumbre sobre esto, que el primer acto de la Celeatina 
y aun toda ella fueron atribuidos caprichosamente á diversas personas. El portugués Juan de Barros 
dice en su Espelho de Casados (1540, p. 12J: aHo que fez a Celestina, qualquer que foy, orafosse 
»nosso mestre Loarte, ora outro, nam foy outro seu fim senam dezer mal das molherebii. (Nota 
comunicada por doña Carolina Michai-lis de Vaaconcellos). 

Y)°\ encubierto aragonés de Grracián iiabiaré más adelanto. 



XX ORÍGENES DE LA NOVELA 

que no había hecho más que continuar una labor ajena. Los elogios que hace del 
primer autor son tan enfáticos que superan á todo lo que han dicho los más exaltados 
panegiristas de la Celestina: 

Jamas yo no vide en lengua romana, 
Después que me acuerdo, ni nadie la vido, 
Obra de estilo tan alto e sobido, 
En tusca, ni griega, ni en castellana. 
No trae sentencia, de donde no mana 
Loable á su auctor y eterna memoria... 

El no ha hecho más que dorar con oro de lata 

El más fino tíbar que vieron sus ojos, 
Y encima de rosas sembrar mil abrojos. 

Afecta desdeñar los quince actos por él escritos: «el fin baxo que le pongo >^; obra, 
al fin, de quince días de vacaciones, en que anduvo algo «distraído de los derechos>->. 
Sus mal doladas i^azones irán distinguidas de las del antiguo autor con una cruz en 
la margen al fin de la primera cena. Ha de advertirse que ni en la edición de Burgos 
ni en la de Sevilla (1501) aparece tal cruz, ni el texto está dividido en cenas ó esce- 
nas, sino en auctos, como en todas las restantes. Un humanista como Kojas, que da tan 
seguras pruebas de conocer el teatro de Planto y Terencio, no podía ignorar que tanto 
en la comedia latina como en la moderna son cosa muy diferente actos y escenas. En 
la Celestina misma algunos actos pueden dividirse en escenas, atendiendo á las muta- 
ciones de lugar y á las entradas y salidas de los personajes ('). Pero es lo cierto que el 
bachiller, por inexperiencia acaso del vocabulario teatral, usaba promiscuamente las 
dos palabras, puesto que en las ediciones de 1502 la carta termina de este modo: 
«acordé que todo lo del antiguo auctor fuesse sin diuision en vn aucto o cena^ incluso 
» hasta el segundo auclo^ donde dize: «Hermanos míos...» No hay duda, pues, que la 
primera cena coincidía exactamente con el primer acto, }'■ es^la parte que Rojas da por 
ajena. 

Este acto es ciertamente más largo que ningún otro de la Tragicomedia^ aunque no 
con la desproporción que se ha dicho. En la edición más reciente ocupa treinta y ocho 
páginas, pero no es corto el aucto doxe?io^ que pasa de veinticuatro. Quizá cuando el autor 
comenzó á escribir no pensaba en dar á su obra el desarrollo que luego tuvo, y creyó 
poder encerrar toda la materia en un solo acto. Lo que sí llama la atención, y lo con- 
signo leal mente por lo mismo que soy partidario acérrimo de la unidad de autor en la 
Celestina, es que el primer acto fué el único que se salvó de adiciones y retoques en la 
refundición de 1502, como si Rojas hubiera tenido escrúpulo de ponerla mano en obra 
que no le pertenecía. Hay algunas variantes, pero son puramente verbales. íLibiera 
sido demasiado candor en Rojas dar con su propio texto armas contra la supuesta 
existencia de otro autor. Inventada ya la fábula, tenía que sostenerla con algún color 
de verisimilitud. 

(•) Así lo ha lieclio el Sr. D. Cayo Ortega Ma^'or en au reciente edición, annque sin dar 
título á esas subdivisiones (Bihlioteca Ch'igica, tomo 216, 1907). 



IMHODI L'CK)^^ XXI 

Pero ¿qué autor era ese á (iiiion tanto admiraba? Kn la primera redacción de la 
Carta á un su amigo no nombra á nadie, ni hace conjetura alguna: se limita á decir 
que la obra llegó anónima á sus manos. En la segunda es más explícito y consigna la 
atribución por unos á Juan de Mena y por otros á Rodrigo Cota. 

Xadie ha tomado en serio la primera, á excepción del editor barcelonÓLí de 1842, que 
tuvo el capricho de estampar en la portada los nombres de Mena y Cota, ligándolos con 
la conjunción //, como si hubiesen sido colaboradores en la tragicomedia ('). Juan de 
Mena fué un poeta superior dentro de su género y escuela, y en cierto modo el mayoi- 
poeta del siglo xv, pero ju prosa es fiancamente detestable, llena de pedanterías, inver- 
siones y latinismos horribles, que le hacen digno émulo de D. Enrique de Villena, cuyas 
huellas procuró seguir. Basta haber leído una página cualquiera del Omero romanxado 
ó de la Glosa que hizo á su propio poema de la Coronación^ para comprender que era 
incapaz de escribir ni una línea de la Celestina. De esa Glosa decía el Brócense que, 
«allende de ser muy prolija, tiene malísimo romance y no pocas boberias (que ansi se 
» han de llamar): más valdría que nunca pareciesen en el mundo, porque parece impo- 
*s¡ble que tan buenas coplas fuesen hechas por tan avieso entendimiento» (-). 

Esta incapacidad de Juan de Mena para usar otro lenguaje que el métrico debía de 
ocultársele menos que á nadie á Fernando de Rojas, verdadero progenitor de nuestra pro- 
sa clásica, á quien no llega ningún escritor del siglo xv y superaron muy pocos del 
siguiente. ¿Cómo hubiera podido creer ni por un momento que era obra de Juan de 
Mena la que dice haber tenido entre manos? Este rasgo es uno de los que hacen dudar 
de su absoluta sinceridad. Puso á bulto el nombre del poeta cordobés, porque era una 
grande autoridad literaria en su tiempo y se le citaba para todo, y el mismo Rojas estaba 
empapado en sus escritos, como lo declaran de un modo palmario algunos pensamientos 
ó imitaciones de detalle que en la Celestina se encuentran, como veremos después. 

La cuestión de Rodrigo Cota es diversa y merece más atento examen. Rodrigo 
Cota de Maguaque, llamado comúnmente el Tío ó el Viejo^ para distinguirle de un 
deudo suyo á quien llamaron el Mozo^ era un judío converso de Toledo, que afectó, 
como otros muchos, odio ciego y feroz contra sus antiguos correligionarios, y recibi(') 
por ello dura lección de otro poeta judío, Antón de Montero (3). A Cota han sido atribui- 
das con leve fundamento diversas producciones anónimas del siglo xv, tales como las 

(}) Ya I>. Nicolás Antonio liabía dicho con muy buen sentido, en su Bthliotheca .Vora (artículo 
de Rodrigo de Gota): «Qui eniui loanni de Mena Cordubensi... Iianc (Comoediam) tribuunt, pariiiu 
»aii¡uiadvertnnt Menae stiliun, hno ¡Ilius saecM/i, quo Mena Horuit, ab hoc poeuiatis nostri teto coció 
«diversunaí. 

(') Epistolario Español, de la Biblioteca de Rivadeneyra, II, p. 33. 

{•') Vid. el tomo 6.' de mi Antología de poetas Úricos castellanos (pp. 376-382). Una poesía muy 
curiosa de Rodrigo Gota publicó el Sr. Foulclié-Dolbosc en el número primero de la Revue Jiis- 
panique (marzo de 1894). Son unas coplas contra el contador mayor de los Reyes Católicos, Diego 
Arias do Avila, con motivo de haber casado un liijo ó sobrino suyo con una parirnta del gran Car- 
denal Mendoza, y haber convidado á la boda, que se celebró en Segovia, á todos sus deudos, excepto 
^Rodrigo Cutil, que se vengó con este burlesco epitalamio, leyendo el cual la Rei/na Isabel dijo 
que bien parescia ladrón de casa. Esta composición es de 1472 ó poco después, según de su contexto 
se infiere. 

En sus Anales de Literatura española (1U04), preciosa miscelánea que deseamos vivamente ver 
continuada, publicó T). Adolfo Bonilla en facsímile una nota autógrafa de un doctor Cofa, puesta en 
la última hoja de una de las obras jurídicas de Bartolo (ejemplar de la Biblioteca Nacional), donde 



1 

XXII ORÍGENES DE LA NOVELA ^ 

Coplas de la Panadera^ el escandaloso y sucio libelo titulado Coplas del Provincial y 
la célebre sátira política Coplas de Mitigo Re vulgo. Pero aun suponiendo que fuera suya j 
esta alegórica y revesada composición, que para los mismos contemporáneos tuvo nece- ^ 
sidad de comento, más perdía que ganaba en títulos para ser considerado como autor j 
de la Celestina, obra sencilla y humana, y por eso eternamente viva, la cual nada | 
tiene que ver con una sátira política del momento, ingeniosa sin duda, pero todavía i 
más afectada que ingeniosa, especialmente en la imitación del lenguaje rústico. La 
verdadera joya poética que debemos á Eodrigo Cota es el Dialogo entre el Amor y un : 
Viejo, inserto en el Cancionero General de 1511. Fuera de las Coplas de Jorge Manri- I 
que, no hay composición que venza á ésta en toda la balumba de los cancioneros del ! 
siglo XV. Y no vale sólo por su espléndida ejecución, por sus bellezas líricas, por la i 
elegancia y el brío de muchos de sus versos, sino también por su contenido, que es : 
intensamente dramático. No se trata de un mero contraste ó debate, de los que j 
tanto abundan en las escuelas de trovadores, sino de una verdadera acción, de un drama ; 
en miniatura, con tema filosófico y muy humano: el vencimiento del Yiejo por el Amor ■ 
y el desengaño que sufre después de su mentida transformación. Quien imaginó este : 
coloquio en verso, anterior sin duda á las églogas de Juan del Enzina, no era indigno I 
de haber escrito algunas páginas de la Celestina, pero no sabemos siquiera que culti- I 
vase la prosa. Nos falta todo punto de comparación, y hay mucha distancia entre un | 
sencillo diálogo de dos personajes alegóricos y una visión del mundo tan serena y obje- \ 
tiva como la que admiramos en la inmortal Tragicomedia. \ 

Cota y Rojas fueron contemporáneos, aunque no' de la misma generación; los dos ■ 
procedían de estirpe hebrea; los dos nacieron y vivieron en el reino de Toledo: el uno i 
en la Puebla de Montalbán, el otro en la capital misma, de la cual sólo dista cinco le- | 
guas aquella villa. En 1495 debía de haber muerto ya, puesto que su nombre no ' 
consta en la Lista de los inhábiles de Toledo (es decir, de los conversos) y canti- I 
dades que cada uno pagó por su rehabilitación, pero su apellido se repite mucho: I 
María Cota, mujer de Pero Rodríguez de Ocaña; Inés y Sancho Cota, hijos del doctor ; 
Cota-, Rodrigo Cota, joyero ('). En la misma lista están el suegro de Rojas, Alvaro de \ 

el susodicho Dr. Cota declara haber comprado aquel libro en TuJedo á 15 días de abril de 1485. ' 
No parece que este Dr. Cota sea el autor del Diálogo entre el Amor y un Viejo. 8e trata, según toda ( 
probabilidad, de un Dr. Alonso Cota, que tuvo, por cierto, al año siguiente, muy desventurado fin. i 
«Miércoles 26 dias de Agosto del dicho año de 86 (1486) quemaron (los primeros inquisidores de 
Toledo) 25 personas, 20 liombres y 5 mujeres: entre las quales quemaron al Dr. Aloiuo Cota, vecino ^ 
de Toledo, e a un Regidor de esta cibdad, e a un Fiscal, e a un Comendador de la Orden de Santiago' i 
e a otras personas que fueron en honra». (Biblioteca Nacional, ms. Aa — 105, fol. 88. Varias cosas '. 
¿uriosas manuscritas , por el Lie, Sehastián de Horozco). En la lista de los inhábiles de Toledo y can- i 
tidades que cada uno pagó por su rehabilitación (Archivo Histórico Nacional. Inquisición de Toledo, ' 
leg. 120, núm. 92í, figuran Inés Cota y Sancho Cota, hijos del Dr. Cota y de Margarita de Arroyal- ■ 
• En el mismo número de la Revue Hispanique (p. 85-87) imprimió el Sr. Foulché-Delbosc dos i 
cartas inéditas de la Reina Católica, tomadas de la colección del P. Burriel (Dd— 59 de la Biblioteca | 
Nacional). Estas cartas, fechadas en 1472, dan alguna luz sobre la familia de los Cotas, pero no es j 
seguro que el Rodrigo Cota, hijo del jurado de Toledo Sancho Cota, y hermano del Bachiller Alfonso j 
de la Cuadra, alcalde de Avila, sea la misma persona que el poeta. 

Véase también el Cancionero de Antón de Montero, reunido, ordenado y anotado por D. Emilio 
€otareloy Mori (Madrid, 1900), pp. mImI. 

'(*) Vid. Revista de Archivos, 3." época, tomo VI, pág, 248. 



INTRODUCCIÓN XXIII 

Moiüalháit. y otros conveisos de su apellido. ¿Cómo no suponer relaciones entre perso- 
nas de la misma raza y que habían corrido los mismos peligros y sufrido las mismas 
exacciones pecuniarias? ¿Tan difícil le hubiera sido á Kojas poner en claro esa atribu- 
ción ú un antiguo correligionario suyo, á quien pudo muy bien conocer y tratar, puesto 
que hay versos de Cota posteriores á 1472? 

La tradición de Cota prosperó más que la de Juan de Mena, y son varios los escri- 
tores del siglo XVI y principios del xvii que la repiten, especialmente los toledanos, que 
encontraban motivo de orgullo en tal compatriota. Así Alonso de Villegas, en los metros 
que sirven de dedicatoria á su Comedia Selvayia, impresa en 1554: 

Sabemos de Cota que pudo empeyar, 
Obraiido su ciencia, la gran Celestina; 
Labróse por Rojas su ñn con muy fina 
Ambrosia, que nunca se puede estimar. 

I). Tomás Tamayo de Vargas, que nació en Madrid, pero puede considerarse como 
hijo adoptivo de la imperial ciudad, consigua en su^nédita bibliografía Junta de libros^ 
la mayor que España ha visto en su lengua hasta el año de 1624 ('), una curiosa tra- 
dición local, que valga lo que valiere merece recogerse, por ser tan pocos los testimo- 
nios antiguos sobre la Celestina: «Rodrigo Cota, llamado el Tío^ de Toledo, escribió 
> estando en Torrijos debaxo de unas higueras^ en la casa de Tapia^ el acto primero de 
» Scelestina, Tragicomedia de Caliste e Melibea, libro que ha merecido el aplauso de 
» todas las lenguas. Alguno ha querido que sea parto del ingenio de Juan de Mena, 
»pero con engaño, que fácilmente prueba la lengua en que está escripto mejor que la 
» del tiempo de Juan de Mena» . 

La indicación no puede ser más precisa, pero por lo mismo infunde recelo. Tamayo 
de Vargas era un erudito al uso de su tiempo, novelero y algo falsario, ó por lo menos 
patrocinador de falsos cronicones y antiguallas supuestas. Pudo hacerse eco de un 
rumor vulgar, ([ue acaso se refería á Rojas y no á Rodrigo de Cota; pudo inventarlo él 
mismo en obsequio y lisonja á los toledanos ó á los vecinos de Torrijos. Con escritores 
tales es menester g'ran cautela. Sin duda por eso D. Nicolás Antonio, que los conocía 
á fondo, y que manejó la Junta de libros, ingiriéndola casi entera en su Bibliotheca 
Xora, se guardó mucho de copiar esta y otras especies. 

Con la única excepción acaso de Lorenzo Palmyreno en sus Hypotiposes clnrissi- 
mor/f/íi riroruvi (-), todo el siglo xvi creyó en la veracidad de las palabras de 
Rojas y aceptó la Celestina como obra de dos autores. El voto más importante es el 
del autor del Diálogo de la lengua: «Celestina, me contenta el ingenio del (lutor que 
»la comenco, y no tanto el del que la acabó. El juicio de todos me satisfaze mucho, 

(') Manuscrita en la Biblioteca Nacional (Ff. '23 y 24). 

(') La frase de Palmyreno es ambigua, é indica que dudaba entre la atribución del primer acto 
á Juan de Mena ó de todo, la tragicomedia á Rojas. «Finge que oyes este thema: En todas partes es 
■-conoscitla esta muía vieja. El que essa proposición oye, bien entiende lo que le dizes; pero no se lé 
»mueuen los af fectos a aborescerla o á apartarse della. Mira la Hipotuposis del excelente Joan de 
'Mena o del Bachiller Rojas de Montaluan... (Phrases Cicronis, Hypotyposes clarins. v/rorum, 
'Oratio Paliiii/reni post rediium, e/usdern fahella ^naria. Valentiae, er. ojflcina Pet. a Huele. 1574,' 
*pág. 24 vta.» 



XXIV orígenes de la novela 

.> porque 'feprimieron, á mi ver muy bien y con mucha destreza, las naturales condi- 
» clones de las personas que introduxeron en su tragicomedia, (jiiardando el decoro rf' 
¿ellas desde el principio hasta el fin» (*). 

Precisamente por haber guardado ese decoro ó consecuencia de los caracteres 
desde el principio al fin, que señala c^n fina crítica Juan do Valdés, parece difícil 
admitir en el plan y composición de la Celestina más mente ni más ingenio que 
uno solo. 

Tal es el sentir unánime de la crítica moderna, con una sola excepción que yo 
recuerde, muy respetable por cierto (-), y apoyada en ingeniosos argumentos, que no 
han logrado convencerme. En este punto sigo opinando como opinaba en 1888, cuando 
la tesis del autor único de la tragicomedia distaba mucho de ser tan corriente como 
ahora. 

Prescindamos de la divergencia entre los dos textos de la carta al amigo y aten- 
gámonos sólo al segundo. La misma incertidumbre con que el bachiller Kojas se expli- 
ca, diciendo que unos pensaban ser el autor Juan de Mena y otros Rodrigo de Cota, 
si no basta para invalidar su testimonio, lo hace por lo menos muy sospechoso, 
puesto que en cosa tan cercana á su tiempo no parece verisímil tal discrepancia de 
pareceres. Toda la narración tiene visos de amañada. ¿Quién puede creer, por muy buena 
voluntad que tenga, que quince actos de la Celestina primitiva, es decir, más de las 
dos terceras partes de la obra, hayan sido escritas ni por un estudiante, ni por un 
letrado, ni por nadie, en quince días de vacaciones, cuando hasta por la extensión mate- 
rial parece imposible, y lo parece mucho más si se atiende á la perfección artística, á 
la madurez y reñexión con que todo está concebido y ejecutado, sin la menor huella 
de improvisación, ligereza ni atolondramiento. ¿Qué especie de sor maravilloso era el 
bachiller Fernando de Eojas, si hemos de suponerle capaz de semejante prodigio, 
inaudito en la historia de las letras? 

Porque aquí no se trata de aquellas atropelladas fábulas que Lope de Vega se jac- 
taba de haber lanzado al mundo efi horas veinticuatro. Lsto en Lope mismo tenía que 
ser la excepción y no la regla. El no habla de todas, sino de algunas: «más de ciento», 
modo de decir hiperbólico sin duda (como hipérbole debe de haber también en lo de las 
horas), pero que, aun tomado á la letra, no sería la mayor sino la menor parte de un re- 
pertorio que contaba ya en la fecha en que el Arte Nuevo se imprimió (1609) «cuatro- 
cientas y ochenta y tres comedias» . Poseyó Lope en mayor grado que ningún otro poeta 
el genio de la improvisación escrita; pero sin recelo puede afirmarse que ninguna de 
sus buenas comedias fué compuesta de ese modo. Harto se distinguen unas de otras? 
aunque en las mejores hay tremendas caídas y en las más endebles algún destello do 
aquel sol de poesía que nunca llega á velarse del todo por las nubes del mal gusto. Y 
además, Lope era un artista dramático, un hombre de teatro, á quien el aplauso 
popular estimulaba á la producción sin tasa, y con quien colaboraba inconsciente- 

(') Sigo la edición de Eduardo Boelimer, que es la más correcta (Romanische Studien... Sechbtcr 
Band. Bonn, Eduard Weher'e Verlag..., 1895, pág. 415). ^ 

(*) Aludo á D. Adolfo Bonilla y San Martín, á quien pudiera llaiuíir, con menos autoridad que 
el Maestro López de Hoyos, pero con la niistna efusión, «mi caro y amado discípulo». Véase el 
estudio que con el modesto titulo de AUjunas consideraciones acerca de la Celestina campea al frente 
de sus Anales de la Literatura Española, Madrid, Imp. de Tello, 1904, pp. 7-24. 



INTRODUCXJION xxv 

mente todo el muudo. ¡Ciiáu diversa la posición de Kojus, que no veía delante do sí 
modelos, ni público en torno suyo, ni podía entrever más que en sueños lo que era la 
dramaturgia representada, ni podía sacar su arte más que de las entrañas de la vida y 
de su propio solitario pensamiento; empresa mucho más difícil que hilvanar comedias 
con vidas de santos ó con retazos de crónicas, como solía hacer Lope en los malos 
días en que la inspiración le üaqueaba. 

Grandes poetas románticos, que pertenecen en algún modo á la familia de Lope, se 
han gloriado también de esos alardes de fuerza. Sabido es de qué manera explicaba 
Zorrilla el origen de EL Puñal del Godo, escrito en dos días; pero su relato es tan 
descabellado, que apenas se le puede dar crédito ('). Víctor Hugo afirmó que había 
compuesto el Bug-Jargal en quince días; pero su maligno comentador Biré, que le ha 
ido siguiendo paso á paso en toda su carrera literaria, prueba de un modo irrefutable 
que ese llug-Janial no era la novela que conocemos ahora, sino un esbozo de ella, un 
cuento muy breve (de 47 páginas), publicado en un periódico (Le Conservatear Litlc- 
raire), y que pudo ser cómodamente escrito por su joven autor en quince días, y aun 
en menos, sin que haya en ello nada de extraordinario (-). 

Y además, la Celestina no es el Bug-Jargal, ni FA Puñal del Godo, ni una de las 
comedias que Lope olvidaba después de escritas. Pertenece á una categoría ^uperior 
de arte, en (jue todo está firme y sólidamente construido; en que nada queda al azar de 
la improvisación: en que todo se razona y justifica como interno desenvolvimiento de una 
ley orgánica: en que los mismos episodios refuerzan la acción en vez de perturbarla (•*). 
No es la perfección del estilo la maravilla mayor de la Celestina, con serlo tanto, sino el 
carácter clásico é imperecedero de la obra, su sabia y magistral contextura, que puede 
servir de modelo al más experto dramaturgo de cualquier tiempo. La locución es tan 
abundante, fluye con tan rica vena, que no parece haber costado al autor grandes sudo- 
i'cs. Su corrección es la del genio que adivina y crea su lengua: no es la corrección enteca 
y valetudinaria del estilo académico, sino la expansión generosa de un temperamento 
artístico, la plétora sanguínea de los grandes escritores del Renacimiento, cuando 
todavía la secta de la difícil facilidad no había venido á encubrir muchas impotencias- 
Pero ni ese estilo, ni mucho menos la concepción á que sivió de instrumento, son com- 
patibles con la leyenda de los quince días, que á mis xDJos es una inocente broma lite- 
raria, un rasgo que hoy llamaríamos humorístico. Los quince días fueron sugeridos por 
los quince aucfos, ni más ni menos. 

A nuestro juicio, todas las dificultades del preámbulo tienen una solución muy á 
la mano. K\ bachiller Fernando de Rojas es único autor y creador de la (klestina, la 
cual él compuso íntegramente, no en quince días, sino en muchos días y meses, con 
toda conciencia, tranquilidafl y reposo, tomándose luego el ímprobo trabajo de refun- 
dirla y adicionarla, con mejor ó peor fortuna, que esto lo veremos luego. Y la razón 
que tuviese para inventar el cuento del primer acto encontrado en Salamanca no 
parece que pudo ser otra que el escrúpulo, bastante natural, de no cargar él solo 

(') Recuerdos del tiempo viejo, Barcelona, 1880, tomo I, pág. 90 y 8S. 

(-1 Víctor Hugo avunl 1S30, par Edniond Biré. París, 1883, pp. 389-394. 

(•') Hay una sola excepción: el episodio, evidentemente ocioso, de la venganza de Eliciit y 
Areuaa encomendada al rufián Centurio. Pero este no formaba parte de la obra primitiva, y fué 
intercalado á última hora. Más adelante nos haremos cargo de él. 



XXVI orígenes de la novela 

con la paternidad de una obra impropia de sus estudios de legista, y más digna de • 
admiración como pieza de literatura que recomendable por el buen ejemplo ótico, 
salvas las intenciones de su autor, que tampoco están muy claras ('). Este mismo recelo [ 
ó escrúpulo le movió acaso á envolver su nombre en el laberinto de los acrósticos y á ¡ 
llenar de sentencias filosofales el diálogo de la comedia, queriendo con esto curarse en ! 
salud y prevenir todo escándalo. Si no se acepta esta explicación, que acaso no cuadra ] 
con la gran libertad de ideas y de lenguaje que reinaba en Castilla á fines del siglo xv, ' 
y no queremos suponer al bachiller Rojas más tímido de lo que realmente era, dígase ! 
que la invención del primer acto fué un capricho análogo al que solían tener los auto- | 
res de libros de caballerías, que rara vez declaran sus nombres verdaderos, y en I 
cambio fingen traducir sus obras del griego, del hebreo, del caldeo, del armenio, del \ 
húngaro y de otros idiomas peregrinos (^). ' 

La igualdad, diremos mejor, la identidad de estilo entre todas las partes de la Celes- 5 
tina, así en lo serio como en lo jocoso, es tal, que á pesar de la respetable opinión de j 
Juan de Valdós, repetida por muchos sin comprobarla, no ha podido ocultarse á los ojos | 
de la crítica, desde que ésta comenzó á ejercitarse directamente sobre los textos y á ! 
desconfiar de los argumentos de autoridad. Moratín declara en sus Orígenes del teatro , 
español que «quien examine con el debido estudio el primer acto y los veinte añadi- ; 
» dos, no hallará diferencia notable entre ellos, y que si nos faltase la noticia que dio 
» acerca de esto Fernando de Rojas, leeríamos aquel libro como producción de una sola i 
» pluma» (3). I 

D. José María Blanco (White) afirmó resueltamente, en un discreto artículo de las : 
Variedades ó Mensajero de Londres^ que «toda la Celestina era paño de la misma tela» , I 
y que «ni en lenguaje, ni en sentimientos, ni en nada de cuanto distingue á un escri- i 
»tor de otro, se halla la menor variación» (*). ¿Sería esto posible, aun suponiendo que ¡ 
entre la composición del primer acto y de los restantes no mediaran más que veinte ó I 

(*) ¿Cómo puno creer _IÍ£knor que Fernando de Rojas se abstuvo quizá de dar su nombre á ; 
toda la Celestina por respetos á su posición eclesiástica? ¿Qué tendrá que ver un bachiller en leyes ! 
con un eülesiástico? Esta peregrina ocurrencia subsiste aún en las últimas ediciones de su obra -I 
«It Í8 that the different portions attributed to the two authors are so similar in style and finish, as 5 
»to have led to the conjecture that, after all, the whole might have been the work of Rojas, who, for ■■ 
y)reasons, perhaps, arising out of his eclesiastico.l position in sociely, was unwilling to take the res- | 
»ponsability of being the solé author of his» (History of Spunisk Literature, hy George Ticknor, 
Londres, Trübner, tomo I, pág. 237). Un erudito como Ticknor no debió haberse fiado del prolo- 
guista déla edición de Amarita, que fué el primero en consignar este disparae: «no le parecía la 
»obra ocupación propia de un eclesiástico)). 

{') Pudo ser también un rasgo de timidez literaria, propia de un escritor novel. Al principio , 
dio el libro como anónimo. La edición de 1499, en su estado actual, no tiene los versos acrósticos, ni ! 
pudo tenerlos nunca porque no hubiesen cabido en la hoja primera que falta, y además sin la clave i 
difícilmente se habrían fijado los lectores en 'su artificio. Ño es creíble tampoco que esa hoja que i 
hacía veces de frontis contuviese ningún otro indicio p:ira reconocer al autor, porque hubiera pasado jj 
á alguna de las ediciones posteriores. Alentado Rojas por el buen éxito de su obra, se descubrió á | 
medias en el acróstico de 1500 ó de 1501, en connivencia con Alonso de Proaza, que dio la clave Ij 
para descifrarle. i', 

(3) Obras de D. Leandro Fernández de Moratín, edición de la Real Academia de la Histo- jJ 
ria, 1830, tomo I, pág. 88. 

(*) Periódico trimestral, intitulado Variedades ó Mensagero de Londres. Lo publica R. Ac.Tcer 
mann, núm. 101, Strand, Londres. Tomo I, núm. 3." (abril de 1824, p. 228). 



INTRODUCCIÓN xxvii 

treinta años, cuando precisamente estos treinta años íuerun de total renovación para 
la prosa castellana, en términos tales que un libro del tiempo de los Keyes Católicos se 
parece más á uno de fines del siglo xvi que á otro del reinado de D. Juan II, con la sola 
excepción del Corbacho? Kojas está á medio camino de Cervantes, y sin embargo una 
centuria entera separa sus dos producciones inmortales. 

Xi Fernando Wolf ('), ni Lemcke (-), ni Carolina Micbaolis (3), ni otros eminentes 
hispanistas de los que más á fondo han tratado de la historia de nuestras letras, admiten 
que el primer acto de la Celestina sea de distinta mano que los restantes. La impresión 
general de los lectores está de acuerdo con ellos. Por mi parte no temo repetir lo que 
escribí hace veinte años: «El bachiller Rojas se mueve dentro de la fábula de la Veles- 
lina, no como quien continúa obra ajena, sino como quien dispone libremente de su 
labor propia. Sería el más extraordinario de los prodigios literarios y aun psicológicos 
ol que un continuador llegase á penetrar de tal modo en la concepción ajena y á iden- 
tificarse de tal suerte con el espíritu del primitivo autor y con los tipos primarios que 
él había creado. No conocemos composición alguna donde tal prodigio se verifique; 
cualquiera que sea el ingenio del que intenta soldar su invención con la ajena, siempre 
queda visible el punto de la soldadura; siempre en manos del continuador pierden los 
tipos algo de su valor y pureza primitivos, y resultan ó lánguidos y descoloridos, ó 
recargados y caricaturescos. Tal acontece con el falso Quijote, de Avellaneda: tal con el 
segundo Guxinán de Alfarache, de Mateo Lujan de Sayavedra; tal con las dos con- 
tinuaciones del LMzarillo de Tormes7Vevo ¿quién será capaz de notar diferencia alguna 
entre el Calisto, la Celestina, el Sempronio ó el Pármeno del primer acto y los perso- 
najes que con iguales nombres figuran en los actos siguientes? ¿Dónde se ve la menor 
huella de afectación ó de esfuerzo para sostenerlos ni para recargarlos. En el primer 
acto está en germen toda la tragicomedia, y los siguientes son el único desarrollo natu- 
ral y legítimo de las premisas sentadas en el primero» . 

Claro es que esto se escribió cuando no se conocían más que Celestinas en veintiún 
actos. El Sr. Foulché-Delbosc, que está enteramente de acuerdo conmigo en lo que toca 
á la cuestión del primer acto y de los quince siguientes (*), ha planteado con mucho 
tino un nuevo y más interesante problema, que afecta á la integridad de la Celestina, 

(') Studien zar Geschichte der Spanischen und Portugiesischen Nationalliterutiir... p 296. 

(') Handbuch der Spanischen Literatur... von Ludwig Lemcke. Leipzig, Fr. Fleischer, 1855. 

P. 150: «Denn zwischen dem angeblich von Cota oder Mena herrührenden ersten Akt und den 
DÍolgenden ist so ganz und gar_keine Verschiedenheit des Styls siclitbar, der im ersten Akte ange- 
)>legte Plan is so consequent durchgeführt, das Ganze überhaiipt %o aus einein Gusse gearbeitet, 
ydass es rein undenkbar ist, ein Fortsetzer hale s/ch in diessem Grade in die Intenüon seines Vorgan- 
yygers hineindenken und seine Manier in so vollkommenem Mause nachamen k'ónnen. Die neue Kritik 
«hatsich dalierfast allgeinein dafür entschieden, die Celestina für das Werk eines einzigen verfassers 
))3W hallen, namlich des ohengenannten Fernando de Rojas-». 

(') Véanse los dos artículos acerca de las ediciones de Krapf y Foulché-Delbosc, en el Litera- 
Uirblatt für germanische und romanische Philologie (tomo XXII, 1901). En ei segundo dice: «Ein 
»einz¡ger Verfasser aller 21 Akte, wie Menendez y Pelayo luul wie ich selber anneliine». Tal 
sufragio vale por muclios. Verdad es que la insigne romanista deja en duda si tal autor fué Fer- 
nando de Rojas ú otro, pero ha de tenerse en cuenta que cuando escribió su artículo no se conocían 
todavía los documentos que prueban indisputablemente la existencia de Rojas y le declaran autor 
de la Celestina. 

(*) Revue Hispantque, VII, p 57. . ' 



xxviu ORlGETfES DE LA NOVELA 

aimque por diverso modo. ¿Pertcnecea al autor primitivo las adiciones introducidas 
en 1502 (acaso antes)? ;,Paeden atribuírsele los cinco actos nuevos ó sea el Tractado de 
Centurión El 8r. Foulchó-Delbosc sostiene resueltamente que no. Su argumentación es 
brillante y especiosa; pero en materias de gusto tales alegatos nunca pueden convencer 
á todos, por mucho que sea el ingenio y la sutileza del abogado. La crítica literaria 
nada tiene de ciencia exacta, y siempre tendrá mucho de impresión personal. 

Para mí las adiciones son de Rojas, aunque muchas de ellas empeoren el texto. 
Prescindamos de la inverisimilitud de que nadie, en vida del autor, se hubiese atrevido 
á alterar tan radicalmente su obra, sin que él de alguna manera protestase; porque esta 
razón, que sería de mucha fuerza para la literatura moderna, pierde valor tratándose de 
los primeros años del siglo xvi y aun de épocas muy posteriores. Todavía en la centuria 
siguiente las obras dramáticas eran objeto de la más desenfrenada piratería: Lope, Tirso, 
í^, Alarcón, Calderón vieron impresas muchas de sus comedias en forma tal que no acerta- 
^\ ban á reconocerlas. Cualquier librero que compraba á histriones hamliientos unas cuantas 
copias de teatro, llenas de gazafatones y desatinos, formaba con ellos una parte extra- 
vagante^ y la echaba al mundo atribuyendo las comedias á quien se le antojaba. Si esto 
sucedía en tiempo de Felipe IV, imagínese lo que podía pasar en tiempo de Rojas, 
cuando apenas comenzaba á existir la salvaguardia del prkñtegio. 

Pero las interpolaciones de 1502 tienen tal carácter, que cuesta trabajo ver en ellas 
una mano intrusa. Afortunadas ó desgraciadas, son enmiendas de autor, que se propone 
mejorar su libro y condescender con el gusto común de los que le importunaban para 
que «se alargasse en el proceso de su deleyte destos amantes» . 

Líbreme Dios de negar las ventajas de la corrección y de la lima. Rodrigo Caro 
volvió tres veces al yunque la (junción de Itálica antes de encontrar la forma definitiva 
y perfecta de aquella oda clásica. Moratín, cuyo gusto era tan severo, y en quien llegó 
á ser monomanía el furor de las correcciones, mejoraba comúnmente sus obras; pero no 
siempre el último texto de sus comedias aventaja en todo y por todo á los anteriores. 
Hartzenbusch escribió tres veces Los Amantes de Teruel^ y la última vei'sión supera 
notablemente á la primitiva, aunque algo ha perdido de su juvenil frescura. Pero, 
¿cuántos ejemplos grandes y chicos presenta la historia literaria de obras estropeadas 
por sus propios autores, con retoques que la posteridad ha desdeñado, ateniéndose á 
la lección primera? ¿Quién se acuerda hoy^'de la Oerusaleimne Conquistata del Tasso? 
Para nadie que no sea erudito de profesión existe más Gerusalemmc que la Litjerata. 
¿Quién no se duele de ver estropeados los mejores versos de Meléndez en la edición 
postuma, que había preparado él mismo? ¿Quién no aplica la misma censura á la 
última colección que de sus versos líricos y dramáticos hizo doña Gertrudis Avella- 
neda? Más cerca de nosotros, Tamayo, digan lo que quieran sus panegiristas, sacrificó 
muy bellos rasgos de su Viryinici en aras de una corrección fría y seca, de que en sus 
últimos años se había prendado. 

Siendo tan frecuentes estos ejemplos, no hay motivo para creer que las intercala- 
ciones de Rojas dejen de ser auténticas por ser desacertadas. Luego veremos que no 
siempre lo son, y que perderíamos mucho con perder algunas de ellas. 

Estas alteraciones pueden estudiarse sin trabajo alguno, ya en el importante estudio 
del Sr. Foulché-Delbosc, que las ha recogido y clasificado antes que nadie, ya en la 
reciente y muy cómoda edición de la Celestina^ en que el Sr. D. Cayo Ortega ha distin- 



INTRODUCCIÓN xxix 

guido, poniéndolas entre corchetes, todas las frases añadidas en el texto de veintiún 
actos. 

Supresiones hay muy pocas é insignificantes. Todas ellas juntas suman treinta y 
cinco líneas, según el cálculo del Sr, Foulché. 

Las adiciones son de dos clases: nnas recaen sobre el texto antiguo, oti-as consti- 
tuyen actos nuevos. De las primeras, que llegan á 4o9 líneas, hay poco que decir, porque 
casi todas obedecen al mismo sistema. 

Una de las mayores novedades de la Celestma (aunque tuviese algún precursor), y 
una de las que más debieron contribuir á su éxito, fué el empleo feliz y discreto do los 
refranes, proverbios y dichos populares. Ya el primitivo diálogo estaba sembrado 
de ellos, pero en la refundición hay abuso: tiene razón el Sr. Foulché. Parece que el 
autor ha querido darnos un índice paremiológico ó verter todo el del Marqués de San- 
tillaua. Generalmente son repeticiones excusadas de lo que ya estaba bien dicho. «Se- 
ñor (dice Sempronio en el acto VIII), no es todo blanco aquello que de negro no tiene 
semejanza». «Ni es todo oro quanto amarillo reluze», se añade en el texto de 1502. 
Decía Celestina en sus diabólicos consejos á Areusa: «Una ánima sola ni canta ni 
llora; un frayle solo pocas veces le encontrarás por la calle; una perdiz sola por mara- 
villa vuela» . Y en la edición refundida continúa así: «im manjar solo presto pone has- 
» tío; ima golondrina no hace verano; un testigo solo no es entera fe; quien sola nna 
»ropa tiene presto la e?irejere» (Acto VII). 

Claro que esta retahila no puede aplaudirse, y menos tomada como procedimiento 
liabitual, pero ¿por ventura era infalible el gusto de Rojas? ¿Es intachable el texto de 
diez y seis actos? ¿Por qué no hemos de suponer que dormitó alguna vez, á pesar de su 
maravilloso instinto, un hombre que no había nacido en la edad de la crítica ni tenía 
más consejero que su propio discernimiento? ¿No era fácil que cayese en la tentación 
de recargarlo que un artista de tiempos más cultos, aunque de menos lozanía, hubiese 
probablemente cercenado como vicioso? 

La repetición de los refranes en formas diversas ofende más, porque casi siempre 
es superfina. Pero en las sentencias añadidas hay cosas muy notables, que sólo el pri- 
mitivo autor ó alguno que valiese tanto como él era capaz de escribir. 

Sirvan de ejemplo estas enseñanzas morales del acto IV, que nada pierden de 
su valor por estar puestas en boca de la madre Celestina: «Aquél es rico que está 
bien con Dios; más segura cosa es ser meuospi-eciado que temido: mejor sueño 

> duerme el pobre que no el que tiene de guardar con solicitud lo que con trabajo 
^ganó y con dolor ha de dexar. Mi amigo no será simulado y el del rico sí; yo soy 

querida por mi persona, el rico por su hacienda; nunca oye verdad, todos le hablan 

> lisonjas a sabor de su paladar: todos le han envidia; apenas hallarás un rico que no 
» confiese que le seria mejor estar en mediano estado ó en honesta pobreza. Las rique- 
»zas no hazen rico, mas ocupado; no hazen señor, mas mayordomo; más son los 
» poseídos de las riquezas que los que las poseen: a muchos traxeron la muerte, a todos 
» quitan el placer y a las buenas costumbres ninguna cosa es más contraria. ¿Xo oiste 
»dezir: durmieron su sueño los varones de las riquezas, y ninguna cosa hallaron en 
»sus manos?» 

El que haya leído en las ediciones vulgares éste y oti'os trozos no dejará de echar- 
jlos de menos en la de diez y seis actos. Y todavía le sorprenderá más que se tache de 



XXX orígenes de la NOVELA 

intercalación apócrifa este donoso pasaje del acto IX, en que la mala pécora de Areusa 
se duele de la triste suerte de las criadas: «Nunca tratan con parientes, con yguales 
»a quien pueden hablar tú pir tú, con quien digan: ¿qué cenaste? ¿estás preñada? 
» ¿cuántas gallinas crias? llévame a merendar a tu casa; muéstrame tu enamorado; 
:>¿quánto ha que no te vido? ¿cómo te va con él? ¿quién son tus vecinas? e otras 
» cosas de igualdad semejantes. ¡O tia, j qué duro nombre, e qué grave e sobervio es 
aseñora contino en la boca!» ('). Ese diálogo intercalado, tan vivo y tan sabroso, ¿no 
vale más que el texto, aquí muy seco, de la primera edición? «Assi goce de raí, que 
»es verdad; que éstas que sirven a señoras ni gozan deloyte ni conocen los dulces 
apremios de amor» . 

Tales excepciones, y hay otras, prueban, á mi juicio, que no siempre anduvo torpe 
la mano del refundidor. Se le acusa de hacer impertinente y pedantesco alarde de eru- 
dición histórica y mitológica; pero este cargo, que es muy justo, debe recaer sobre toda 
la Celesti)ia^ no sobre una parte de ella tan solo. Ya en el primer acto, Sempronio, 
criado con puntas de rufián, pregunta á su amo, después de compararle con Nembrot 
y Alexandre: «¿No has ley do de Pasifae con el toro, de Minerja con el can?» Y más 
adelante, tratando de los peligros del amor y de las malas artes de las mujeres, tiende 
el paño del pulpito como si fuera un moralista de profesión: «Lee los historiales, estu- 
»dia los philosofos, mira los poetas, llenos están los libros de sus viles y malos exem- 
:>plos e de las caydas que levaron los que en algo, como tú, las reputaron. Oye a Salo- 
» mon do dize que las mujeres y el vino hazen a los hombres renegar. Conséjate con 
» Séneca e verás en qué las tiene. Escucha al Aristóteles^ mira a Bernai^do. Gentiles, 
» judíos, cristianos e moros, todos en esta concordia están». En el acto VIII el mismo 
Sempronio cita á «Antipater Sidonio» y «al gran poeta Ovidio». 

El conjuro archilatiuizado de Celestina (en el acto III), más propio de la maga Ericto 
de Tesalia que de una bruja castellana del siglo xv, y bien diverso de los verdaderos 
conjuros que los procesos inquisitoriales nos revelan, estaba ya en la primera versión, 
y sólo se le añadieron en la segunda las pocas líneas que van en bastardilla y que no 
alteran su carácter aunque le refuercen con nuevas pedanterías: «Conjuróte, triste Plu- 
»ton, señor de la profundidad infernal, emperador de la Corte dañada, capitán sobervio 
»de los condenados angeles, señor de los sulfúreos fuegos que los hirvientes ethnicos 
» montes manan, governador e veedor de los tormentos e atormentadores de las peca- 
» doras ánimas (regidor de las tres furias Tesifone^ Megera e Alelo ^ administrador de 
» todas las cosas negras del reyno de Stigie e Dite, con todas sus lagunas e sombras 
>-> infernales e litigioso caos^ 7nantenedor de las botantes arpias^ con toda la otra, com- 
y-'paTíia de espantables e pavorosas ijdras)\ yo, Celestina, tu más conocida clientula, te 
» conjuro, por la virtud e fuerza destas bermejas letras; por la sangre de aquella noc- 
» turna ave con que están escritas; por la gravedad de aquellos nombres e signos que 
» en este papel se contienen; por la áspera pon90ña de las bivoras de que este aceyte 
» fue hecho, con el qual vnto está hilado, vengas sin tardau9a a obedescer mi volun- 
»tad...» 

No es este el lenguaje habitual de Celestina, pero en lo restante de la pieza se mues- 
tra tan leída en las historias antiguas como el que más. Ponderando en el acto IV las 

(*) He aquí uno de los lugares en que la prosa de la Celestina recuerda más la del Corbacho. 



TNTRODUOCTÓN xxxi 

buenas partes de Caliste, no se olvida de las fábulas ovidianas y acota como si le fue- 
ran muy familiares los versillos de Adriano Aiiinmla^ vayula^ blandula^ (jue segura- 
mente lo serían para el escolar ó bachiller que puso en sus labios tan donosa cita: «Poi- 
»fe tengo que no era tan hermoso aquel gentil Narciso que se enamoró de su propia 
» figura, cuando se vido en las agnas de la fuente... ('). Tañe tantas canciones e tan 

> lastimeras, que no creo que fueran otras las que compuso aquel Emperador e yrau 
- músico Adna/io de la pariida del ánima^ por siiffrir sin desmayo la ya vezina mu£r- 
í> te... Si acaso canta, de mejor gana paran las aves a le oir, que no aquel antico, de quiou 
'^se dize que movia los arboles e piedras con su canto. Siendo éste nacido, no alabaran 
» a Orfeo» . 

En este género de erudición, todos los personajes rayan á la misma altura. Si los 
criados y las alcahuetas saben tanto y hablan tan bien, no han de quedar inferiores los 
([ue se criaron en mejores paños, los mancebos de noble estirpe, las ilustres doncellas, 
los viejos venerables y sentenciosos. Caliste poseía á fondo la Eneida.^ y saca de ella 
uii cumplimieuto para Celestina, que no le hubiera entendido á no estar versada tam- 
bién en el poema virgiliano: «De cierto creo, si nuestra edad alcanzara aquellos passa- 

> dos Eneas e Dido, no trabajara tanto Venus para atraer a su hijo el amor de Elisa, 

> haciendo tomar a Cupido Ascánica forma para la engañar; antes por evitar prolixidad 
» pusiera a ti por medianera» . 

La lamentación del padre de Melibea, Pleberio, que llena el acto XXI, contiene- 
reminiscencias clásicas tan oportunas como éstas (2): «Yo fuy lastimado sin aver ygual 

> compañero de semejante dolor, aunque más en mi fatigada memoria rebuelvo presen- 
f> tes e passados. Que si aquella severidad e paciencia de Paulo Emilio me viniere a 
» consolar con pérdida de dos hijos muertos en siete dias, .... no me satisfaze, que otros 
*dos le quedaban dados en adopción. ¿Qué compañía me teman en su dolor aquel 
» Pericles^ capitán atheniense, ni el fuerte Xenofon., pues sus pérdidas fueron de hijos 
»absentes de sus tierras... Pues menos podrás decir, mundo lleno de males, que fuimos 

semejantes en pérdida aquel Anaxágoras e yo», etc., etc. 

No negamos que en la parte añadida el abuso de citas llega al colmo y estropea 
algunas situaciones que antes estaban libres de este vicio. Pero ¿por eso hemos de 
suponer un autor nuevo? Más natural es creer que Rojas, al refundirse, extremase sus 
defectos, lo mismo la verbosidad declamatoria que el pedantismo infantil del Rena- 
cimiento. Grima da leer en el soliloquio de Melibea, próxima á arrojarse de la torre, 
aquelhi absurda enumeración de todos los grandes parricidas: Bursia, rey de Bitinia, 
que sin ninguna raxóii mató á su propio padre; Tolomeo, rey de Egipto, que exterminó 
á toda su familia por gozar de una manceba; Orestes, matador de Clitemnestra; Nerón, 
(le Agripina; Filipo, rey de Macedonia; Heredes, Constantino; Laodice, reina de Capa- 
(locia; Medea, la nigi'o mantesa^ y finalmente «aquella gran crueldad de Phraates, rey 

l'j liivoliintiii¡iiiiu-;ite se recucnlan los versos (U- Fornáa Pérez de (ín/iniiii, tine aciso estarían 

presentes ;í l<i memoria do Rojas: 

El gentil niño Narciso 
En nna fuente gayado, 
De 8Í mismo enamorado 
Mny esquiva muerte priso... 

('-) Más adelante veremos de dónde están tomada?. 



xxxii ORÍGENES DE LA NOVELA 

»de los Partos, que porque no quedase sucesor después de él mató á Oróte (Orontes), 
»su viejo padre, e á su único hijo, e treynta hermanos suyos». 

Todo este catálogo falta, es cierto, en la edición de diez j seis actos; pero ¿no era 
muy capaz de "escribirlo el que había puesto en boca de Melibea, dirigiéndose á su 
padre en el momento crítico de consumar el suicidio, una pedantería mayor que todas 
esas, aunque no esté recargada de nombres propios? «Algunas consolatorias palabras 
»te diría antes de mi agradable fin, collegidas e sacadas de aquellos antiguos libros 
» que po7' más aclara?- mi ingenio me mandavas leer, sino que la dañada memoria cou 
» la gran turbación me las ha perdido» . 

Falta examinar el valor de los cinco actos nuevos, ó sea del Tractado de Centuria. 
Para ello hay que tener á la vista algunos antecedentes sobre el plan de la Celestina, 
que nos ahorrarán luego otras explicaciones. ¿Y qué palabras serán más breves para 
declararlo que las mismas palabras del argumento de la obra? 

«Caliste fue de noble linaje, de claro ingenio, de gentil disposición, de linda crian- 
»9a, dotado de muchas gracias, de estado mediano. Fue preso en el amor de Melibea, 
;>muger mo9a, muy generosa, de alta y serenissima sangre, sublimada en próspero esta- 
» do, una sola heredera a su padre Pleberio j de su madre Alisa muy amada. Por soli- 
»citud del pungido Caliste, vencido el casto proposito de ella, entreveniendo Celestina, 
,>mala y astuta muger, con dos servientes del vencido Calisto, engañados e por ésta tor- 
» nados desleales, presa su fidelidad con anzuelo de codicia y de deleyte, vinieron los 
» amantes e los que les ministraron en amargo y desastrado fin. Para comiendo de lo 
» qual dispuso el adversa fortuna lugar oportuno, donde a la presencia de Calisto se 
> presentó la desseada Melibea;^ . 

Cómo empezó á cumplirse este proceso amoroso lo declara el argumento del primer 
aucio, que también íntegramente transcribimos: «Entrando Calisto en una huerta en 
» seguimiento de un falcon suyo, halló allí a Melibea, de cuyo amor preso, comentóle 
»de hablar. De la cual rigurosamente despedido fue para su casa muy angustiado. 
» Habló con un criado suyo llamado Sempronio, el qual después de muchas rarones 
»le enderezó a una vieja llamada Celestina, en cuya casa tenia el mismo criado una 
» enamorada llamada Elicia...» 

La fábula, aunque muy sencilla, está perfectamente construida. Desde que Celes- 
tina entra en escena, ella la domina y rige con su maestría infernal, convirtiendo en 
auxiliares suyos á los criados de Calisto y Melibea, seduciendo á Pármeno con el cebo 
del deleite de Areusa, prima de Elicia; á Sempronio con la esperanza de participar del 
botín; á Lucrecia, otra prima de Elicia, que no desmiente la parentela aunque criada 
(le casa grande, con recetas de polvos de olor y de lejías para enrubiar los cabellos. 
Pero estos son pequeños medios para sus grandes y diabólicos fines. Necesita introdu- 
cirse en casa de Melibea, adormecer la vigilancia de los padres, despertar en el inocen- 
te corazón de la joven un fuego devorador nunca sentido, hacerla esclava del amor, 
ciega, fatalmente, sin redención posible. Esta obra de iniquidad se consuma con la 
intervención de las potencias del abismo, requeridas y obligadas por Celestina con 
enérgicos conjuros, aunque el lector queda persuadida) de que Celestina sería capaz de 
dar lecciones al diablo mismo. La verdadera magia que pone en ejercicio es la suges- 
tión moral del fuerte sobre el débil, el conocimiento de los más tortuosos senderos 
del alma, la depravada experiencia de la vida luchando con la ignorancia virginal, 



INTRODUCCIÓN xxxiii 

condenada por su mismo candor á ser víctima do la pasión triunfante y arrolladora. 
Toda la dialéctica del genio del mal se esconde eu las blandas razones y filosofales sen- 
iencias de aquella perversa mujer. 

Pero tanto ella como sus viles cómplices sucumben antes que Melibea (vencida 
moralmentc en el auto X y concertada ya con su amante en el XII) acabe de caer 
en brazos de Caliste. Riñen Sempronio y Pármeno con la desalmada vieja, que les 
iiir-íra su parto en la ganancia de la cadena de oro entregada por Caliste. Encrós- 
pase la pendencia y acaban por darla de puñaladas y saltar por una ventana, quedan- 
do muy mal heridos. La justicia los prende y al día siguiente son degollados en público 
cadalso, con celeridad inaudita. 

Con tan siniestros agüeros llega Caliste á su primera y aquí única cita de amor con 
Melibea (aucto XIV). La escena es rápida y no puede calificarse de lúbrica. Triunfa el 
enamorado mancebo de la honesta aunque harto débil resistencia de la doncella; pero 
la fatalidad que se cierne sobre sus amores le hiere alevosamente cuando se creía más 
dichoso, al salir del huerto que había ocultado con sus sombras los regalados favores 
de Melibea. Ella misma lo cuenta admirablemente en su discurso postrero: «Como las 
» paredes eran altas, la noche escura, la escala delgada, los sirvientes que traía no 
> diestros en aquel género de servicio, no vido bien los pasos, puso el pie en vazio e 
»cayó, c de la triste cayda sus más escondidos sesos quedaron repartidos por las pie- 
»dras e paredes. Cortaron las hadas sus hilos, cortáronlo sin confession su vida; corta- 
»ron mi esperanza, cortaron mi compañía». 

Los dos últimos actos, equivalentes al XX y XXI de la edición actual, no con- 
tienen más que el suicidio de Melibea y el llanto do sus padres. Xo hay duda que 
en esta primera forma la Celestina tiene más unidad y desarrollo más lógico; pero 
¿la intercalación de los cinco actos es tan absurda como se pretende? ¿nada per- 
deríamos con perderlos? ¿Son tales que puedan atribuirse á un falsario más ó menos 
experto? 

Por mi parte, no puedo menos de responder negativamente á estas preguntas. La 
tesis que pretende despojar á Rojas del Tractado de Centiirio me parece tan dura y 
difícil de admitir como la del que pretendiera ser apócrifas todas las aventuras y epi- 
sodios que añadió el Ariosto á su gran poema en la edición de 1532, y se empeñase en 
preferirla de 1516. Claro que un poema novelesco de plan tan libre como el Orlando 
se prestaba mejor á las intercalaciones; pero ¿es seguro que todas las que hizo el 
Ariosto sean igualmente felicesT^ellísimos son sin duda el episodio de Olimpia y 
Bircno y el de ülania y Bradamaote en el castillo da Tristán; pero no todos dirán lo 
mismo de la historia de León de Grecia, de la expedición de Rugero á Oriente y de 
otras cosas que alargan sin fruto el poema. 

Mucho más peligro corre el interpolador de una otra dramática, y obra tan senci- 
lla como la Celestina. Acaso Rojas no debió condescender nunca con los í|ue mucho 
le instaban para que «se alargasse. en el processo de su deleyte destos amantes» . 
exigencia muy propia de lectores vulgares y mal inclinados á la carnal grosería. Pero 
ya que «contra su voluntad» entió en la empresa (lo cual no creemos más que á mcdiasC) 
y determinó retardar la cutástroíe, haciendo que «el deleytoso yerro de amor» durase 
«quasi un mes», no había para qué recurrir á una intriga episódica é inútil, que 
no conduce á ninguna parte ni modifica en nada el desenlace. Si la venganza que 

oi;ír,K\Es PE r.A nove- a. — iii.— f 



xxxiv ORÍGENES DE LA NOVELA 

Areusa y Elicia quieren tomar de Calisto y Melibea por haber sido sus amores ocasión 
de las muertes de Pármeno y Sempronio llegara á cumplirse, y, Calisto pereoiera á ] 
manos de asesinos y no por el accidento fortuito de la caída de la escala, aun pudiera 
f tener disculpa est» largo rodeo, que haría la muerte del amanto más verisímil desde | 
I el punto de vista material, y más interesante como cuadro escénico. Pero como el rufián 
Genturio, buscado por las dos mozas para el caso, no hace más que proferir fieros y ba- , 
ladronadas, y el otro rufián, llamado Tiaso el Cojo, y sus dos compañeros, no pasan de ^ 
dar cuatro voces y trabar una pendencia de embeleco con los pajes de Calisto, claro es 
que tres por lo menos do los actos intercalados huelgan por completo, aunque á nadie _ i 
le pesará leerlos, pues allí fué trazado la primera vez con indelebles rasgos uno de ; 
los tipos que mas larga vida hablan de tener en nuestra literatura dramática y nove- I 
lesea, la figura del bravo de profesión, del baladrón cobarde. Centurio es uno de los per- \ 
sonajes cómicos más vivos y mejor plantados de la obra. Ninguna de sus innumerables 
copias ha llegado á oscurecerle. '. 

Pero hay en la parte añadida bellezas de otro orden, que pertenecen á la más alta j 
esfera de la poesía; que nadie, seguramente nadie, más que el bachiller Fernando de > 
Rojas, era capaz de escribir en España en 1502, cuando ni siquiera habían comenzado i 
su carrera dramática Gil Vicente y Bartolomé de Torres Naharro. Son dos adivinado- ; 
ues de genio, que conviene reivindicar de la injusta nota que se ha querido poner á ! 
esta contniuacióu. , 

Uno de estos aciertos, salvo pedanterías accidentales, que pueden borrarse mental- ! 
mente, es el acto XVI de la segunda versión, en que los padres de Melibea razonan 
sobre las bodas que proyectan para su hija y ella á escondidas, oye su conversación, i 
¡Qué tormenta de afectos se desata en su alma bravia y apasionada! ¡qué delirio ' 
amoroso en sus palabras, tan ardientes como las de Safo y Heloisa! «¿Quién es el j 
»que me ha de quitar mi gloiia? ¿Quién apartarme mis placeres? Calisto es mi 
» ánima, mi vida, mi señor, en quien yo tengo toda mi speran^a; conozco dól que no ■'■■ 
»vivo engañada. Pues él me ama, ¿con qué otra cosa le puedo pagar?.... El amor no 
» admite sino sólo amor por paga. En pensar en él me alegro; en verlo me gozo; en ; 
»oyrlo me glorifico. Haga e ordene de mí a su voluntad. Si passar quissiere la mar, i 
»con él yró; si rodear ei mundo, lléveme consigo; si venderme en tierra de enemigos, .<■ 
»no rchuyré su querer. Dexenme mis padres go9ar del, si ellos quieren gOQar de mí; ^ 
»no piensen en estas vanidades, ni en estos casamientos, que más vale ser buena amiga , 
» que mala casada» . i 

Pero esta mujer furiosamente enamorada y cuya pasión llega hasta la impiedad, i 
HO es una impúdica bacante, sierva vil de los sentidos, sino una castellana altiva y i 
Uoble, en quien el yerro de amor deja intacta la dignidad patricia. El autor lo ha expre- ) 
sado con un rasgo delicadísimo. Oye Melibea decir á su madre, falsamente persuadida x 
de la virtud de su hija: «¿Piensas que su virginidad simple le acarrea torpe deseo de i 
>ílo que no conosce ni ha entendido jamás? ¿Piensas que sabe errar aun cen el pensa- | 
» miento? No lo croas, señor Pleberio; que si alto ó baxo de sangre, ó feo ó gentil de I 
agesto le mandáronlos tomar, aquello será su placer, aquello habi'á poj -bueno; que yo f 
»só bien lo que tengo criado en mi guardada hija» ._Al escuchar eso, Melibea, enemiga 
de toda simulación y mentira, siento oprimido el corazón por eí engaño en que viven 
sus padres, y exclama dirigiéndose á su criada: «Lucrecia, Lucrecia, corre. presto, entra 



\ 

. INTítODUCCIÚN 3(sxv 

»por el postigo en la sala, y estorva.les su hablar, interrúmpeles sus alaban9as con 
» algún fingido mensaje, si no quieres que vaya yo dando vozes como loca, según estoy 
» enojada del concepto engañoso que tienen de mi ignorancia». 

«Este rasgo de carácter ^dice muy bien Blanco-Wliite), este dolor intenso causado 
»por alabanzas indebidas, pinta á la infeliz Melibea del modo más interesante, y 
» aumenta el efecto lastimoso de la catástrofe». 

¿Y habremos de declarar apócrifo todo esto? ¿Lo será también la segunda escena 
del jardín, que á tantos ha hecho recordar los grandes' uoihbres de Goethe y de Shakes- 
peare? ¿Quién sino un poeta de primer orden, al cuaíen este caso habría que declarar 
más eminente que el inventor original, pudo imaginar aquel contraste de voluptuosi- 
dad y muerte, asociando á 61 los misterios de la noche, las armonías de la naturaleza, 
el prestigio del canto lírico, en versos que conservan perenne juventud, como dictados 
por el Amor mismo, y ^ue se parecen tan poco á los que solían hacerse en el siglo xv? 
Cierta es que algunaS; groserías deslucen este acto. Hay en él cierta embriaguez, sen- 
sual, que es sin duda de mal gusto y de mal ejemplo. Pero en el trozo hellísimp que 
vamos á citar no hay una sola palabra que pueda suprimirse ni por razón de arte ni 
por razón de decoro. La cita será algo larga, pero no la creo inútil, porque, á pesar de 
las apariencias, son muchos los españoles cultos que no conocen la Celestina más que 
de nombre, y los que la leen no suelen fijarse en la perfección de los detalles. 

CALISTO 

Poned, mozos, la escala, e callacl, que me parece qué está hablando mi señora de dentro. 
Sobire encima de la pared y en ella estare escuchando, por ver si oyre alguna buena señal 
de mi amor en absencia. 

MELIBEA 

Cauta más, por mi vida, Lucrecia, que me huelgo en oyrte, mientra viene aquel señor; 
e muy passo eutre estas verduricas, que no nos oyan Jos que passaren..,., ... .... ..,.•• 

, . LÜC$,ECIi. . . 

¡O quién fuesse la ortélana 
De aquestas viciosas flores, 
Por prender cada mañana 
Al partir á tus amores! 

Vístanse nuevas colores 
Los lirios y el ayuvena; 
Derramen frescos olores. 
Quando entre por estrena. 

MELIBEA 

¡O quán dulce me es oyrte! De gozo me deshago; no cesses, por mi amor. 

•■•i.reREcii 

Alegr» es la fuente clara 
A quien con gran sed la vea; 
Mas muy más dulce es la cara 
De Caliste a Melibea. 



xxxvi ORÍGENES DE LA NOVELA 

Pues aunque más noche sea, 
Con su vista goQará. 
¡O quando saltar le vea 
(^ué de abrazos le dará! 

Saltos de gozo infinitos, 
Da el lobo viendo ganado; 
Con las tetas los cabritos, 
Melibea con su amado. 

Nunca fue más desseado 
Amador de su amiga. 
Ni puerto más visitado, 
Ni noche más sin fatiga. 

MELIBEA 

Quanto dizes, amiga Lucrecia, se me representa delante; todo me parece que lo veo con 
mis ojos. Procede, que a muy buen son lo dizes, e ayudarte h« yo. 

LUCRECIA Y MELIBEA 

Dulces árboles sombrosos, 
Humillaos cuando veays 
Aquellos ojos graciosos 
Del que tanto deseeays. 

Estrellas que relumbrays, 
Norte e lucero del dia, 
¿Por qué no le despertays 
Si duerme mi aiegriaV 

MELIBEA 

Óyeme tú, por mi vidu, que yo quiero cantar sola. 

Papagayos, ruyseñores, 
Que cantays al alvorada, 
Llevad nueva a mis amores, 
Cómo espero aqui asentada. 
La media noche es passada, 
E no viene. 
Sabcdme si hay otra amada 
Quél detiene ('). 

(') Que lu dei'tene, ilicen la edición le Valencia, 1514, y otris iniicia-i. P>>r m-iJeiite vízón :né- 
trioa pietiern el texto de Gorclis, touiailo, al parecer, del de Zirai^ozii, 1507. 

Creo etiteramenu; casiia] Id coincidencia entre los últimos versos que canta Melibea con el céle- 
bre fragmento tic Sufo: 

AÉO'j'.í jjLiv á aíXivva 

Kil IIXtjÍioí;, {jLíJit óx 
Vú\":í;. TTipá o' Hf/.O' top» 

fPoetae Ujrici Gracci. ed. Bei-gk, Leipzig, I8í3, pú¿. 012.') 

La semejanza tle la sitnación lia inspirado la misma frase al bachiller Rojas y á la p'eiir<a de ;í! 
LcsboH, pero la imitación hubiera sido imposible, puesto qne antes de 1550 no fueron coleccionados íi 



INTRODUCCIÓN 



CALISTO 



xxsvu 



Vencido me tiene el dulzor de tu suave canto; no puedo más suffrir tu penado esperar. 
¡O mi señora e mi bien todo! ¿Qiiál muger podia aver nascida, que desprivase tu gran 
merescimiento? ¡O salteada melodía! ¡O gozoso rato! jO coraoon mió!... 

MBLIBEA 

¡O sabrosa traycion! ¡O dulce sobresalto! ¿Es mi señor do mi alma'? ¿Es él? No lo puedo 
creer. ¿Dónde eslavas, luziente sol? ¿Dónde me tenias tu claridad escondida? ¿Avia rato que 
escuchavas? ¿Por qué me dexavas eclxar palabras sin seso al ayre, con mi ronca voz de 
cisne? Todo se goza este huerto con tu venida. Mira la luna quán clara se nos muestra; 
mira las nuves cómo huyen. Oye la corriente agua de esta fontecica, ¡quanto más suave 
murmurio e ruido lleva por entre las frescas yervas! Escucha los altos cipreses, ¡cómo se 
dan paz unos ramos con otros por intercession de un templadico viento que los menea! Mira 
sus quietas sombras, ¡quán escuras están e aparejadas para encobrir nuestro deleyte!... 

Eu resumen, la Celestina de diez y seis actos y la Celestina de veintiuno portene- 
ceujl^un mismo autor, que por todas las razones expuestas no creemos que pueda ser 
otro que el bachiller Fernando de Rojas, el cual unas veces refundió con acierto y otras 
con desgracia lo que de primera intención había escrito: percance en que suelen trope- 
zar los más discretos. Por lo demás, es imposible desconocer su mano, tanto en la crea 
ción de las nuevas figuras como en la manera de sostener las antiguas. De los reparos 
que se han hecho á esto hablaremos más de propósito al tratar de los personajes que 
intervienen en la Tragicomedia. La identidad del estilo no ha sido negada por nadie y 
viene á reforzar todas las pruebas alegadas. Felicitémonos, pues, de poseer dos versio- 
nes de una obra maestra, que tanta luz dan, cotejadas entre sí, sobre los procedi- 
mientos del autor, pero no sacrifiquemos la una á la otra y reimprimámoslas siempre 
juntas. No amengüemos por mera cavilosidad nuestros goces estéticos: también la hiper* 
crítica tiene sus peligros; acordémonos, no ya del P. Harduino, sino de lo que moder- 
namente hizo el holandés Hofman Peerlkamp con el texto de las obras de Horacio ('). 

Aun no hemos agotado las cuestiones previas al estudio de la Celestina. ¿Cuándo 

los fragmentos de Safo, y antea de 1526 no fué impreso el texto del gramáiico Hefestión, que nos 
lia conservado esos ciiíitro versos, dt'-bil pero fielmente traducidoá por nuestro Castillo y Ayt-nsa: 

Ya sumergióse la luna, 
Ya las Plójadas cayeron, 
Ya 68 media noche, ya es hora, 
¡Triste! y yo sola en mi lecho? 
{Poesías de. Anacrconte, Safo y Tirt.eo... Madrid, Iinp. Real, IS3'J, páj. 102.) 

('^ Lu paradoja del erudito director de la Revite IJispanique lia hecho pocoa prosélitos. Entre 
los críticos que disienten de ella debem >8 mencionar (además de nuestro Bo.iilla) á doña Car )lina 
Michaelis de Vasconcellos (Litera turbia tt für germunhche und romanische Philologie, n." 1.», lltOl] 
y á Mr. E, Martiiienclie {Bulletin h'iHpnniqae, tomo IV, 1902, pp. 95-103), Quelquex mota sur la 
Celcétine. «Je dois ajouter (dice Martiiicnclie) que, s'il a vraiment existe, cet adicionador est en 
ítout cas fort loin d'étro l'écrivain maladioit que suppose M Foulché-Delbosc. II est, en ef fet, dan^^ 
dU Célestine, une scéoe qui a fait songer á Siíakeapcare, et qui mérite cet honneur. Cet inmortel diio 
j>d'amour, ce n' est pas celui de l'acte XIV, c'est c^iui de l'acte XIX. J'ai presque lutaut de pi-iue 
»á refuser t Fierre Corneille la eeconde entrevue de Rodrigue et de Chiméne». 



x^icxTÍii ORÍGENES DE LA^ líOVELA 

fuó escrita aproximadameute? ¿En qué lugar de España quiso poner el autor la acción 
del drama? 

Lá'ipríniéi*a cuestión es insoíuble hasta ahora. El único pasaje qué puede' dar algu- 
ria íií¿ sobre felfa se encuentra, en el mito ter^efó, y íia sido interpretado de tan varios 
modos, que unos infieren de 61 que la comedia de Calisto es posterior al año 1492,' 
otros que debió de ser escrita en 1483 y oirosque no puede fijarse con precisión fecha 
alguna. Veamos de qué se trata: «El mal y el bien, la prosperidad y adversidad, 
»lá'gloria y peña,' todo pierde con el tiempo la fuerga de su' acelerado piriucipio. Pues 
»lps casos de admiración venidos con gran desseo, tan presto cómo passados, olvidados. 
>>'Cadá dia Vemos novedades, y las oymos, y las passamos y dexamos atrás: disníiuuye- 
»ías eí tiempo, fazelas contingibles. ¿Qué tanto te maravillarlas, si dixesen: la tierra 
»tem'bl(5, o otra semejante cosa, que no olvidasses luego? Assi como: elado está el rio, 
>>el ciego vee ya,,muertp.es tu padre, un rayo cayó,, ganada es Oírmada, el rey entra 
»oy, el.turco.es vencido, eclipse hay mañana, la puente es llevada, aquel esya obispo, 
-a Pedro robaron, lúes se ahorcó. ¿Qué me dirás siuo que a tres dias passados o a la 
» segunda vista, no hay quien dello se maraville? Todo es. assi, todo passa desta raane- 
»fa, todo se olvida, todo queda atrás» . , 

rEl sentido general de estas palabras de Sempronio no puede ser más claro. , Todas 
las cosas, por admirables que parezcan al principio, dejan de causar maravilla con el 
tiempo y con el hábito. Pero los ejemplos que se traen para probarlo ¿sonde cosas pasa- 
das ó futuras? Evidentemente lo segundo, cuando se trata de hechos concretos como la 
conquista de Granada^ el vencimiento del turco, la entrada del rey, no de cosas genéri- 
oasy queen todo tiempo acontecen, como «muerto es tu padre ('), un rayo cayó,, aqueles 
ya obispo, á Pedro robaron, Inés se ahorcó». No creo que ganada es Oranada sea una 
frase proverbial, que lo mismo pudo emplearse antes que después de la conquista^ y 
que sólo alude á la dificultad.de la empresa. No es regla segura tampoco el que la acción 
de una obra ficticia haya de coincidir con los datos de la cronología histórica, per-o «1 
señor Foulché nota con razón que esta coincidencia es general en las obras antiguas. 

Entendido el pasaje de esta manera, sólo nos autoriza para decir que la Celestina 
fué escrita jintes do la rtíndicióu de Granada (2 de enero de 1492) y cuando todavía 
se consideraba ésta como un acontecimiento remoto. La guerra había comenzado 
en 1482. Su término venturoso nó pudo presagiarse con claridad antes de la toma de 
Málaga en 1487, Ó más bien hasta la rendición del rey Zagal en Baza (1489). La resis- 
tencia de la capital se prolongó todavía dos años. 

El Sr. Foulché-Delbosc, que por su tesis contra Rojas propende á exagerar la anti- 
güedad de la Celestina^ la hace remontar hasta 1483, conjeturando que la alusión al 
vencimiento del turco es una reminiscencia del sitio de Rodas en 1480; que «la puente 
es Itevadaa debe- de. referirse al hundimientQ,.de uno de los arcos del puente.de Alcán- 
tara en Toledo, que fué reparado en 1484; que. -el eclipse de sol puede ser el de 17 de 
mayo, de 1482, y finalmente, que la frase «aquél es ya obispo» hace pensar en don 
Pedro González de Mendoza, que comenzó á ser arzobispo de Toledo en 1482. La tal 
frase es de lo más vago y genérico que puede darse, y áhádie cuadra menos que algran 

■('5" Aúíique las ptilaltras de Scmpronit) van dirigidas ¿Celestina;' Feria ridíciitó entendertóB-del 
padre de ésta, que debÍTi estar enterrado Jiácíá'-rrfttclTÓSíailrtS. •■• '^ ^--^^ ^ ' : ■ -f . 



INTRODL'CCION xxxix 

Cardenal de España, que ja en 1452 era obispo de Calaboira y la Calzada, que en 1468 
lo fué de Sigüenza y en 14-73 arzobispo de Sevilla. ¿Quó podía tener de insólito, ni qiió 
estupor había de causar á nadie el que llegase á ocupar la silla primada un varón de 
extraordinarios merecimientos, tan poderoso además por su linaje, riqueza y sabiduría 
política, que llegó á ser llamado en su tiempo el tercer Rey de España? 

Además estos argumentos son contraproducentes ó se quiebran de sutiles. Si alude 
Sempronio á hechos pasado?, hay que contar entre ellos la toma do Granada, es decir, 
todo lo contrario de lo que Se pretende demostrar. Por consiguiente, no hay prueba 
alguna, ni indicio siquiera, de que la Celestina fuese compuesta entre los años 1482 
y 1481. Más natural es creerla del último decenio del siglo, y este pareceres conci- 
liable con cualquier interpretación que se de á las palabras de Sempronio, y con lo que 
podemos conjeturar acerca de la edad de Rojas. 

Es tal la ilusión de realidad que la Tragicomedia produce, que ha hecho pensar á 
algunos que puede estar fundada en un suceso verdadero, y ser históricas las princi- 
pales figuras. Sin llegar á tanto, sospechamos que hay algunas alusiones incidentales á 
cosas que el tiempo ha borrado. Aquellas horribles palabras de Sempronio á Caliste en 
el aucto I: «Lo de tii abuela con el ximio, ¿hablilla fué? testigo es el cuchillo de tu 
abuelo» , ocultan probablemente alguna monstruosa y nefanda historia en que no con- 
viene insistir más. Acaso la venganza del judío converso se cebó en la difamación déla 
limpia sam/re de algún mancebo de claro linaje, parecido á Caliste. También tiene visos 
de cosa no inventada (y sobre este pasaje me llamó la atención el Sr. Foulché-Delbosc) 
a(^nella venida del embaxador francés^ á quien engañó dándole gato por liebre la picara 
Celestina del modo que Pármeno lo cuenta en su famosa descripción de la vida y 
hazañas de su madrina (acto I). 

Desde antiguo se supuso personaje real á la famosa hechicera y se enlazó su 
recuerdo con tradiciones locales de Salamanca, donde suponían muchos que pasaba lá 
acción del drama. Ya se consigna esta especie en uno de los escritos módicos del famoso 
Amato Lusitano (Juan Rodríguez de Castelobranco), que terminó sus estudios eu aque- 
lla Universidad el año 1529. Habla en su comentario á Dioscórides de una fábrica de 
cola animal que había en Salamanca, junto al puente del Termes y no lejos de la casa 
de Celestina, mujer famosa de quien se hace mención en la comedia de Caliste y Meli- 
bea: mon pi'ocul a domo Celestinae mulieris famosissimaejot de qnale a^jitur in nomoe- 
»dia Calisti et Melibeae» ('). Sancho de Muñón, que era natural de Salamanca y puso 
en la Atenas castellana el teatro de su Trarjicoinedia de Lisandro ij Roselia (1542), da á 
entender que Celestina la barbuda vivió allí y también su discípula y heredera Elicia (-). 
El doncel de Xérica, Bartolomé de Villalba y Estaña, en El Pelegrina Carioso, obra 

(') In Dioscoridis Anazarbei de materia medica libros quinqué, enarrutiones erudltissimi Doctor! s 
Amati Lusitani. Venetiis, apud Gualíerum Scotum, 15ó3, lib. III, en. 99, pág. 1^07. 

Llamó por primera vez la atención sobre este texto el Dr. Pedro Dias, Archivos da historia da 
medicina portugueza^ 1895, pá<r. 0. 

Véanse la precio-;a mono.Tafía del Dr. D. M isimiano leemos, ilustre historiador de la Medicina en 
Portuí^al, Amato Lusitano. A sua vida e a sita obra (Porln, 1907), pp. .^5-38, y el erudito folleto del 
Dr. D. R canlo Jorge, La Celextina en Amato Lunituno, contribución (d estudio de la famosa comedia^ 
traducido para la revista Xucatro Tiempo p t el Dr. D. Federico MoritaMo (Madrid, 1908). 

.,.,(^),c(¿Q!ié más claro lo ípiieres? Xo tienes ya por qué diibdar; y «i ras a San Laurencio y junto á 
Jila pila de baptizar hallariui sobre su sepultura este epitafio: 



M/ ORÍGENES DE LA NOVELA 

terminada en 1577, cuenta que unos estudiantes le mostraron la casa de Celestina. «Y 
»ansi baxaron por la puente que es larj^uísima, y de ahí dieron en las Tenerías^ donde 
»con gran chacota dixo uno de ellos al Pelcgrino: «veis aquí la segunda estación; esta 
» dicen ser la casa de nuestra madre Celestina^ tan escuchada de los doctos y tan acop- 
»ta. de los mozos tan loada». A lo cual riendo respondió nuestro Pclegrino: 

«Reverenciar se del)e la morada 
De quien el mundo tiene tal noticia, 
Mujer que es tan heroyca y encumbrada 
¿Qué discreto no quiere su amicicia? 
De todos los estados es loada, 
Y más de los cursados en milicia: 
Filosofo dichoso y bien andante 
Quien retrató una madre ansí elegante (•)». 

Nueve años después, la casa estaba arruinada, al decir de Bernardo González de 
Bovadilla, estudiante de aquella insigne universidad, en su libro Ninfas y Pastores de 
Henares (2), pero en cambio so enseñaba la torre de Melibea. «Se fueron (los pastores) a 
» pasear y a mostrar a Florino las cosas memorables que hay en la famosa Salamanca; 
» conviene á saber: los insigues teatros de donde salen los eminentes varones para gober- 
» nar el mundo y tener a la república en pacífico estado, los reales y innumerables cole- 
»gios de doctos y letrados hombres, la cueva cegada donde dicen haberse leido la nigro- 
» mancia, la nombrada y poco vistosa torre de Melibea y la derribada casa de la vieja 
» Celestina^ los pasatiempos y recreaciones del humilde Tejares, etc.;- {^). 

Una tradición tan vieja y constante algún respeto merece; pero examinada atenta- 
mente la Celestina^ nada se ve en ella que convenga á Salamanca más que este pasaje, 
que puede haber sido el único fundamento de una localización caprichosa: «Tiene esta 
»buena dueña al cabo de la ciudad, allá cerca de las tenerías^ en la cuesta del rio, una 
i casa apartada, medio cayda, poco compuesta e menos abastada» . Tenerías cerca del 
río había en otras partes, y lo que nunca ha podido verse en el Tormos son los navios 

Las mientes empedernidas 
De las muy castas doncellas, 
Aunque niá>* altas y bellas, 
De mí fueron combatidas; 
Y ablandadas y vencidas 
Con mis sabrosas razones, 
Pusi ron sus corazones 
l'!n mis manos ya rendidas... . 
(Siguen otras dos estrofas), 

Claro es que ni la sepultura de Celestiníi en San í-orenzo, ni su epitafio, pueden toniarse en serio, 
pero son un nuevo documento de la tradición salman;ina, (Vid. Tragicomedia de Lisandro.. ... 
tomo in de Libros Raros ó Curioseos, p 35.) 

(>) El Pelegrina Curioso y Grandezas de Eupuña .... Puhlicalo la Sociedad de Bibliófilos Españo- 
les. Tomo I. Madrid. 1886, pág. 310. 

(-) Tanto este pasaje como el de El Felegrino fueron _\a acotados por el Sr. Foulclié- 
Delbo-c. 

(3) Primera Parte de las Nimphas y Pastores de Henares Diuidida en seys libros. Compuesta por 
Bernardo Goncahz de Bouadilln, Estudiante en la insigne Universidad de SaJamai-a.. .. Impressa en 
Alcalá de Henares, por fuan Gradan, A:~o de M.D.LXXXVTÍ, fol. 178. 



IN'TRODUCClUX xn 

de que habla Melibea: «Subamos, señor, al a<?otea alta, porque desde allí goze de la 
>deleytosa vista de los nav¡05> (Aucto XX). Si de lo material se pasa á lo moral, pare- 
ce muy raro que ea una comedia salmantina no se hable ni una sola vez de la Cuiver- 
sidad y que ninguno de los personajes sei estudiante. Véase, por el contrario, cuánto 
los hace intervenir en la suya Sancho de Muñón. No me contradigo al decir esto, y 
afirmar en otra parte que la Celestina es una obra humaiiístico y de ambiente univer- 
sitario, porque esto recae sobre los procedimientos literarios y sobre el fondo de la 
comedia, no sobre la circunstancia material del lugar de la escena. Calisto. Pármeno y 
Semprouio no son estudiantes, pero hablan y piensan como tales: la indigesta pedan- 
tería de Melibea y la extraña y abigarrada ciencia de que hace alarde Celestina son 
más verisímiles en una ciudad literaria que en otra parte. Creo que en Salamanca 
recogió Rojas los principales documentos humanos para su obra, pero si hubiese que- 
rido dar á entender que la acción pasaba allí no habría dotado á la ciudad de un río 
navegable, ni hubiese dejado de hacer alguna alusión á sus escuelas. 

La única ciudad de la Corona castellana desde cuyas azoteas pudiera disfrutarse 
de la vista de un gran río y de embarcaciones de alto bordo era Sevilla, y por esta sola 
razón sostuvo el canónigo Blanco que la Celesiina pasaba en su tierra ('). Pero bien 
leída la Celestina, nadie encontrará en ella indicios de que su autor conociese la r^ión 
meridional de España y el habla de sus moradores, ni se hubiese fijado en las costum- 
bres andaluzas, todavía más pintorescas entonces que ahora y tan distintas de las que él 
había visto en el reino de Toledo y en las aulas de Salamanca. Compárese á Rojas con 
Cervantes en este punto, y se palpará la diferencia. Pintores eminentemente realistas 
uno y otro, no difieren mucho en la factura, y. sin embargo, los mejores cuadros de Cer- 
vantes, hasta cuando pinta las arideces de la llanura manchega. ñeneu algún reflejo de 
la luz de Sevilla, al paso que el bachiller Rojas permaneció cruda y netamente cas- 
tellano, con cierta sequedad y amargura muy ajena del tono blando y misericordioso 
de la sátira de Cervantes. 

Queda una tercera hipótesis, la del Sr. Foulché-Delbosc. que fija en Toledo el esce- 
nario de la Celestina. Pero aquí nos encontramos también con la dificultad del río 
'navegable. Xunca desde una azotea de Toledo han podido vers3 navios, ni esto puede 
pasar como una licencia poética. La tentativa grandiosa, pero desgraciadamente efímera, 
de nav^ación del Tajo hasta su desembocadura en Lisboa pertenece al reinado de Feli- 
pe n. Eubo. sin dada, proyectos anteriores, alguno del tiempo de los Reyes Católicos, 
pero no autorizaban á un escritor para dar por cumplido lo que no llegó á ser ni inten- 
tado siquiera. 

Si se prescinde de los navios, resulta que en Toledo concurren casi todos los por- 
menores topográficos citados por Rojas: las tenerías junto al río: los nombres de las 
parroquias de San Miguel y la Magdalena y de alguna calle como la del Arcediano, 
si es que realmente se la puede identificar con una antigua plaza del mismo nombre. 
De la calle del Vicario Gordo, mencionada también en la obra, nadie da razón hasta 
ahora. Pármeno refiere haber servido nueve años en el monasterio de Guadalupe, que 
pertenece á la diócesis de Toledo, aunque situado en Extremadura. 

Pero es el caso que algunas de estas cosas no son peculiares de Toledo: tenerías 

(') En el ya cita lo artícalo de Ia< Varieditde* ó llfwjero d^ Londret. p 24^5. 



xui ORÍGENES DE LA NOVELA 1 

j 
junto al río había también en Salamanca (como hemos visto), ó iglesias de San Miguel y i 

de la Magdalena allí j en Sevilla, aunque creo, por las razones expuestas, que Rojas no i 

pudo pensar más que en una ciudad castellana. ¿Y por qué en una ciudad determi- '>. 

nada? ¿No pudo crear, como suelen hacer los novelistas, una ciudad ideal, con reminis- ' 

cencias de las que tenía más presentes, es decir, Salamanca y Toledo? El haber puesto - 

una circunstancia que es imposible en ambas mueve á creer que.no quiso concretar 

demasiado el -lugar de la acción, para lo cual tendría muy buenas razones; que no es ^ 

el cuento de Oalisto y Melibea de los que pueden achacarse á personas particulares, i 

moradoras de cierto pueblo, sin que padezca no leve mengua su buena fama y la de j 

su apellido. I 

Poco nos importa todo esto. La Celestina no es obra local, sino de interés perma- ; 

uente y humano. Los datos sencillísimos de su fábula: una pasión juvenil, una terce- \ 

ría amorosa, una doble catástrofe trágica, han podido reproducirse infinitas veces. En i 

esta parte Rojas no inventó ni quiso inventar nada, porque su arte, antítesis radical i 

de los libros de caballeiías, no esti-ibaba en quiméricas combinaciones de temas inco- ¡ 

herentes. Tomó del natural todos sus elementos y extrajo el jugo y la quinta esencia , 
de la vida. 

Pero aunque su obra sea directamente naturalista y deba tenerse por un original 

dechado de pasmosa verdad y observación encarnizada y fría, no puede desconocerse ' 

que la armazón ó el esqueleto de la fábula, y aun la mayor parte de los personajes, y : 

por de contado las sentencias y máximas que pronuncian, tienen abolengo próximo ó \ 

remoto en la literatura clásica, y en sus imitadores de la Edad Media y del Renaci* ; 

miento, y en algunas obras también de nuestra propia literatura. La investigación de \ 

las que en este sentido pueden llamarse fuentes de la Celestina daría materia para un j 

libro entero, del cual ya existe un excelente capítulo, el relativo á los «antecedentes [ 

del tipo celestinesco en la literatura latina» ('). Aquí nos limitaremos á lo más esen- , 

cial, insistiendo en lo menos sabido. ^ ^i 

La influencia clásica fué reconocida, aunque en términos vagos, por Aribau. i 

«Sin parecerse la Celestina á ninguna de las obras de la antigüedad, en toda ella tras- ; 

»ciendo un olor suavísimo de lectura y meditación sobre los mejores modelos» (-). No .^ 

se parece, en efecto, á ninguna; pero tiene rasgos sueltos de muchas, y algo, capital á % 

mi juicio, que procede de tuente conocida. I 

- No doy grande importancia á los nombres históricos, geográficos y mitológicos; pe- | 

dántevía Imito fácil y común á todos los íiutorcs de aquel tiempo, pero merecen más ',j 

atención las citas positivas de varios clásicos que hay esparcidas por el libro y la tra- ; 

ducción ocasional do alguna frase ó sentencia. Desde las primeras líneas del prólogo 3 

jvos. encontramos con el filósofo íleráclito y la exposición bastante clara de un princi- 'i 

pió capital do su sistema físico: «Todas las cosas ser criadas á manera de contienda ó I 
»-batalla, dize aquel gran sabio Eráclito en este modo: Omnia seciindum litem fiunt-»- 

" Más adelante nos da noticias del pez echeneis, que parecen tomadas de Aristóteles, | 

Plinio y Lucano, pero que realmente lo han sido del Comendador Hernán Núñez en ij 

(1) Vid. el artículi) de D. Adolfo Bonilla y San Martin, on la Revue EUpanique, tomo XV(I90tí), I 

pp. 37-2-3S(; ■ ' ' ' ■ ' I 

(^) Discurso preliminar sohre la novnla espafiola (en el tomo III de la colección de Rivadeneyra), | 
p. XIV. ..;• .:.... : ■ . .■...'.. 



INTRODüCCIÓlí" xiiHi 

su glosa á Juan d« Mena: «Aristótiles y Pliuio cuentan maravillas de un pequeño pérS 
»llamado Écheneis... Especialmente tiene una, que si llega á una nao ó carraca, la 
» detiene que no puedo menear, aunque vaya muy rczio por las aguas; de lo cual haze 
»Lucano mención diciendo: 

Non puppim retinens, Euro tendente rudentes. 
hi mediis Écheneis aquis... 

»No falta allí el pece dicho Écheneis^ que detiene las fustas cuando el viento Euro 
» estiende las cuerdas en medio do la mar» ('). 

Del texto de la Trngicoiitedia sólo recordaré unos cuantos lugares, dejando lo 
demás para quien emprenda el comentario perpetuo que tal obra merece. La madre 
Celestina, en el aucto IV, cita con precisión un verso de Horacio, sin nombrarle: 
«¿Ño has leydo que dizeu: venid el día que en el espejo no te conozcas». El lírico lati- 
no había tscrito (Od. IV, carm. X, v. 6.): 

Dices, heu.'i quoties te Í7i speculo videris altenim... 

Sempronio nos advierte (aueto VIII) que «las yras de los amigos suelen ser reinte- 
gración de amor» . Es sentencia muy sabida de Terencio en la Andria (v. 556): 'íAman- 
tiiim irae^ amoris intejratio est». Pármeno, tan leído como su compañero, traduce, 
embebiéndolos en el diálogo, cuatro versos del prólogo de las sátiras de Persio (8-11): 

Quis expedivit psitlaco suum /íTp; 
Picasque docuit verba nostra conari? . 
Magister artis ingemque largitor 
Venter, negatas artifex sequi voces. 

♦La necessidad e pobreza; la hambre, que no ay mejor maestra en el mundo, no 
»ay mejor desportadora e abivadora de ingenios. ¿Quión mostró á las picabas e papa- 
» gayos ymiten nuestra propia habla con sus harpadas lenguas (2), nuestro órgano e 
» boz, sino esta?» (Aucto IX). 

En boca de Pleberio (aucto XX) encontramos el «degeneres ánimos timor arguit^ 
de Alrgilio {.En..^ IV, 13): «á los flacos corai^onos el dolor los arguye». Y en su lamen- 
tación repite el ^Cantabit vacims coram lairone viator» de Juvenal (Sat. X, 22): «como 
^caminante pobre que sin temor de los crueles salteadores va cantando en alta boz». 

Estos y otros pasajes (3), que sin esfuerzo jotará cualquier humanista, pertenecen 

(') Comentando un verso de la copla 252 del Laberinto 

Allí 69 mesclada gran parte de cchino 



había citado el Comendador los mismos textos de Piinio, Aristóteles y Liicano, traduciendo e.-te 
último en los mismos literales términos que Rojas: «No falta ally el pez dicho écheneis, que detiene 
»'as fustas en mitad del mar quando el viento euro cstier.de 'aft cnerdiis». El phiiíin no puede ser más 
completo, aunque nadie se había fijadoe'n él antes del Sr. Foulclié-Delbosc. l.a GIohíhU-A Comenda- 
dor ^e ¡m|)rimió en 1499, el mismo aílo que la Celestina, pero sabido es que su prúIoi;o no ap.irece 
hasta 1502 en las ediciones refundidas. De la fuente general de este prólogo se tratará más adelante. 

(') Estas harptidas lenguas pasaron á Cervantes. 
■ ■,- (») Ko he podido encontrar en las obras de Séneca la sentencia que Celestina le atribuj-e en el 
aucto I: «Que, como Séneca dice, los peregrinos tienen muclias posadas e pocas amistades, porque 



5LIV ORIGENES DE LA NOVELA 

á lo más sabido y vulgar de las letras clásicas, v por lo mismo parecen iüdicar remi- 
niscencias escolaros muy frescas. Horacio, Virgilio, Tereucio, Juvcnal y Persio eran 
de los autores que so leían más en las aulas. Acaso las frecuentaba todavía el autor ó 
había salido de ellas poco antes. 

Pero entremos en otro género de imitaciones más dignas de consideración. El 
primer esbozo del carácter de la tercera de ilícitos amoríos (con puntas y collares 
de hecliicera) puede encontrarse en la vieja Dipsas, que figura en una de las elegías 
de los Amores del lascivo poeta de Sulmona (Lib. I, eleg. VIH): 

Est quaedam, quicumque volat cognoscere lenaní, 
Audiaty est quaedam, nomine Dipsas, anus... (') 

Dipsas tiene rasgos comunes con Celestina. El primero es la intemperancia báquica 
{Lacrimosaque vino liimina), de la cual procede su nombre (ex re nomen habet), y 
por la cual el poeta, en sus maldiciones, la desea perpetua sed: 



DI Ubi dent millosque lares, inopemque senectam; 
Et langas hiemes, perpetuamque siiim. 



(V. 115-1 ¡4). 

Otru, y más característico, es la pericia en las artes mágicas, el poder de la hechi- 
cería, que no se limita aquí á la preparación de filtros amorosos ni al conocimiento 
de las virtudes arcanas de ciertas yerbas, sino que domeña la naturaleza con infernal 
señorío, torciendo el curso de las aguas, disponiendo á su arbitrio de la tempestad 
y do la calma, enrojeciendo la faz de la Luna y haciendo que derramen sangre las 

»en breue tiempo con niiisnno pueden firmar ainistail, y el que eslá en muclios cabos, está eu nin- 
»gunoí>; aunque el filósofo cordobés dice cosas muy análogas en el segundo capítulo del libro 
De TranquiUitate aninii. Tampoco la encontró Gaspar Bartli, que en las Animadversiones (\ne acom- 
pañan á su versión latina de nuestra Tragi'omedia (p. 351) dice: «Loca Sonecae non pauca memini 
»vituperantia peregrinationem prcpter animi motus iní^titutam, et laudanlia Sociaticmn illud; quid 
»juvat te milare loca, ctim te ubi ibis circuinferas? Hoc tamen dictum non occurrit; puto scntentio- 
»Iain aliquam esse Publii, aut akerius Poetae quales oiim plurimae Senecae titulo commendatae 
»fuerunt», 

(') Es anterior, sin duda, y sirvió de modelo á Ovidio, el Carmen V del libro A." de Propercio, 
Lena Acanthis. que es una serie de imprecaciones contra el túmulo de una alcahueta. 

Terra tuum spiniít ohdvcat, lena, nepulcrum, 
Et tua, quod non vis, nentiat umhra sitiin... 

PtMO dudo que el bachiller Rojas la tuviese presente, porque en su tiempo se leía muy poco á 
Piopercio. El «.ipo de Acantliis conviene en muchas cotas con el de Dipsas, especiahnente en la 
magia: 

Illa velit, poterit magncu non ducere ftrrvm... 
Audax cantatac legcs impunere lunar, 
Et sua nocturno falle re trrga lapo... 
Consuluitque AÍriges no/itro dv singulne et in me 
IlippomaneK foitac Semina legit equar, 

(V. 9, 13-14,17-18> 

Acanthis procura seducir á la querida (puella) de Propercio y le da los mismos consejos que 
Dipsas á la de OviJin. 



INTRODUCCIÓN xtr 

estrellas ('). Xo falta, por supuesto, el vuelo nocturno y la evocación de los muertos: 

Evoeat anliquis proavos atavisque sepulcris, 
Et solidaní longo carmine findit humum. 

Por robusta que fuese la credulidad de los contemporáneos de Fernando de Rojas, 
no era fácil que á una bruja castellana pudieran atribuirse tales portentos. Solo de la 
necromancia ha quedado algún rastro en la relación que Celestina hace de las diabólicas 
artes de la madre de Pármeno (^). En todo esto puede verse también el recuerdo de 
las Canidias y Saganas de Horacio y del libro de Apuleyo, que está expresamente ci- 
tado en la Tragicomedia (auuto VIII): vEn tal hora comiesses el diacitron, como Ápu- 
V leyó el veneno que le convirtió en asno» . 

Pero no son la embriaguez ni la hechicería las notas capitales de la Celestina espa- 
ñola; en lo que emula y supera á la Dipsas ovidiana es en el oficio que ambas ejercen 
de concertadoras de ilícitos tratos, y en la pérfida astucia de sus blandas palabras y 
viles consejos: 

Haee stbi proposuit thalamos temerare púdicos; 
Np-c ianien eloquio lingua nocente caret. 

(V. lO-ÜO). 

De esta elocuencia da muestra Dipsas queriendo sobornar á la amada del poeta en 
un razonamiento que recuerda mucho los coloquios de Celestina con Areusa y auu 
con la misma Melibea: 

Seis, hera, te, mea lux., juceni placuisse beato: 
Ilaesit, et in vultu conslitit usquc iuo... 



Ludite, formosae: casta est, quaní nema rogavil, 
Aut, si rusticitas non vetat, ipsa rogat. 

(') fila miign>i arteii, ^JMOoipic carmina itorit. 

Jnqtie caput rnpidan arte ruriirvat arjiíati. 
S('it heiie quid granieii,, quid torta concita r'iomlm 

Licia, quid valetit virus amantis equne. 
Qilitm ndait, toto glomerantur miljila codo; 

Quum vüluit, puro fulget in orbe dics, 
Sanguinc, si qun Jides, stillantla sidera vidi: 

Purpumus Lunae sanguinc vultus crat. 

(V. 5-14.) 

(■'') «O qué gracio'a era! o qtié desenvuelta, limpia, varonil! tan sin pena ni Umor se amlaiia a 
»nieflia noche de cinienterio en cimenterio, huscando aparej is para nuestro ofticio, como de diu; ni 
)jdexaiia cristianos, ni moros, ni judios, cn3-os enterramientos no visitana; :le dia los aceeliaim, de 
v-noclie los desenterrana. Assi se !iol¿jaiia con la noche escura como tú con el dia c'aro; dizia (jue 
«aquella era capa de pecadorep. ¿Pues maña no tenía, con todos las otras gracia!-? Vna cosa te 
¡)diré, porque veas qué madre perdiste, aunque era para callar; pero contigo todo passa: siete dieo- 
Dtes qiitó a un ahorcado con unas tenazicas de pelar cejas, m entran yo le descalcé los cápalos, 
»I'nos entrar en un cerco mejor que yo e con más esfnerí/o, avnque yo tenía harta buena fama, 
»más que agora, que por mis pecailos todo ^e oluidó con su muerte; qué más quieres sino que los 
Dmesmos diablos le anian miedo? atemorizados y espantados los tenía con las ciudas bozes que les 
»daua; a-si era dellos conocida, como tú en tu casa; tumbando venían vnos sobre otr^s a su 
«llamado; no le osarían dezir meniira, según la fuerza con que los apren)iauii ; después que la perdí, 
y jamas les oy verdad.» (Aucto Vil ) 



suyi orígenes de LA NQVELA 

Labiiur ocGiilte, faüitque voly,hilÍ8 acias.; ■ ■ ,i 

Ui celer adniüsis lahitur amiits aquis. 

(V. 23-24; 43-44; 4S-4U). 

Tal es el tipo de la Lena romana, ligeramente bosquejado por Ovidio y Propercio. 
En el teatro clásico tiene otros precedentes do más consideración ia fábula españo- 
la. No los 'disimula Alonso de Proaza en sus octavas encomiásticas: 

No debuxó la cómica mano ' 
De Nevio ni Piauto. varones prudentes, 
Ta,n. hiea los engaíws de falsos siruienles 
Y malas tnuger es en metro romano. 
Cratino y Menando y Magnes anciano 
Esta materia supieron apenas 
Pintar en estilo primero de Atheuas 
Como este poeta en su castellano. 

Claro es que Magnes y Cratino, poetas de la antigua comedia ateniense, eran meros 
nombres para Rojas y su panegirista. Poco menos debía de pasarles con Menandro^ 
cuyos fragmentos no fueron impresos hasta 1553, y de quien sólo en años muy recien- 
tes uos han revelado los papiros egipcios algunas comedias más ó menos incompletas (*). 
Pero Menandro, á quien toda la antigüedad consideró como el más exquisito poeta déla 
comedia nueva (-), vivía indirectamente en sus imitadores latinos, especialmente en Te. 
rencio. Tanto 61 como Piauto eran familiares al bachiller Rojas, según puede colegirse 
por varios indicios. Ya Aribau se fijó en los nombres de algunos personajes, que evi- 
dentemente están tomados do las comedias latinas, donde descnipeñau papeles análogos. 
Pármeno (^) (que se interpreta inanens ét aditans domino) aparece en el Eunuco^ en 

(•) El más importante de e^tos descubrimientos ha sido hecho en 1906, cerca de la antigu.i 
Afrodiiopoli.-*, por Gustavo Lcfebvrc. El papiro descubierto y publicado por él contiene los restos de 
cuatro piezas, tres de las cuales han podido ser recon^^truídas conj -turalmente, aunque con grandes 
lagunas, (Fragments d'un raunuscrit de Méiiandre^ décoiiverís et publiés por M. Ciustave Lefebvre, 
iiispecteur en che/ du service des Antiquités de l'Egi/pie. Impreso en el (Jairo, 1907.) 

Lo que hoy po>eemos de Menandro. atleuiás de los simples fragmentos, son partes más ó menos 
extensas de seis comedias (El Labrador, El Adulador, El Héroe, El J.uicio de Albedrio, La Sannia, 
La Mujer Pelona). 

(') Los versos con que Ovidio caracteriza el teatro de Menandro (Amorum, I, XV, 17)inclu3'en 
trcB de lo8 principales tipoá de \a. Celestina: 

' Dumfalltix servus, duras pater, improba lenay 
Vivent, duna meretrix blanda, Menandro» erit. 

(•*) Tal es la legítima acentuación de este nombre, confirmada en cuanto al castellano por estos 
verápa de un soneto de BucLolomé Leonardo de Argensola contra el esgrimidor Pacheco de Narváez: 

Cuando los aires, Pármeri", divides 
Con el estoque negro, no te acuso.. 

Como este nombre llegó á nosotros por víi erudita, se conservó el nominativo latino j' se 
dijo Pármeno en vez de Purinenón, contraviniendo á la lej^ general. Lo mismo se observa en Crito 
y Truso, que son tarabiéa nominativos grecolatinos; Crilón y Trasón hubieran sido las formas 
naturales en nuestra lengua. 



r 

i 



INTR0DÜCCI<)N xLyíi 

los Adelfos y en la Heetjra. En esta misma comedia y en la Andria interviena Sosia, 
todavía más conocido por la parte chistosísima qué desempeña en el Anfitrión de Tlauto. 
El nombre de Grito se repite tres veces en el teatro de Tereiicio (Aiulria, Henutnnti- 
7710 1 it menos y Phorniio). Traso es el soldado fanfarrón rival del joven Fedria en el 
Eiüiuco, y probablemente la idea de llamar Ce/itiirio á nn rufiíin ha sido sugerida por 
la misma comedia (v. 775), eu que se pregunta por un ccjiturión llamado Sanga: <¿Vbi 
centurio est Sanga, vianipulits furum?» La madre de Melibea (acto IV) dice que va á 
visitar á la mujer de Cre>nes. Tres viejos do Tercncio (Andria, IIeautontiinorii7ne/ws, 
Phorinio) y un adolescente (Eunuchus) tienen el nombro de Chrcnics. Otros nombres 
de la Tracjicoi/iedia parecen forjados á similitud de éstos ('). 

Si en la imposición de los nombres lleva Terencio la ventaja, en otras cosas de la 
Celestina se revela más el estudio de Planto. A 61 hay que referir probablemente el tí- 
tulo definitivo de la obra que primeramente había llamado su autor comedia. La voz 
tragico7nedia (más bien iragicocomedia) es una jiívención jocosa del poeta latino en 
el prólogo de su Anfitrión. Mercurio, que le pronuncia, dice á los espectadores: 

«Voy á exponeros el argumento de esta tragedia. ¿Por quó arrugáis la frente? ¿Por- 
*que os dije que iba á ser tragedia? Soy un dios, y puedo, si queréis, transformarla en 
» comedia, sin cambiar ninguno de los versos. ¿Queréis que lo haga así ó no? Pero, necio 
iáe mí, que siendo un dios no puedo menos de saber lo que pensáis sobre esta mate- 
»ria! Haré, pues, que sea una obra mixta, á la cual llamaré tra(j ico-comedia, porque 
»no me parece bien calificar siempre de comedia aquella en que intervienen reyes y 

(•i No es imposible que Celenthia tuviese ya en l;i me'ite (kl aiitoi: el sentido de Srehstina que 
le dieron aliíiinoH de su-; censores morales. Pero pudo «er sugerido t¡iml)ién por el Libro delenfor- 
zado caballero D, Trislún de Leonin, como ha notado el Sr. Bonilla ea el tomo I, pág-. 410 de eu 
colección de Libros de Cabullerías, tln el ca¡»itulo LII de Don T'risláii se lee: «Di/.e la historia que 
«qr.a ido Langirote fue portillo de la doncella, ella se afiarejú con mucha gente, y faene con é' la 
Dsu tía Celestimr». FA nombre de Lucrecia parece inspiradi>, más que por el recuerdo de la matrona 
romana, por 'a reciente lectira del' ii.>ro ile lOneas Silvio. Cristán, no hay que decirio, se deriva del 
ciclo bretón. Alisa nos trae á la memoria cierta fábula de !a ninfa Curdiama convertida en fuente 
por ;!inoreá del gentil Aliso, que Irae Juau Rodríguez del Padrón en e! Triunfo de las donas. El 
nombre de Sempronij leterno compañero de Ticio) no puede ser más naiural en un bachiller 
legista. El .Melibeo de las égloiras virgilianas pasó á nuestra tragicomedia cambiando el sexo. Nada 
hay que advenir en cuanto á Calisto (no Calixto, como muchas veces se ha impreto), derivado del 
superlativo gries^o .íXXutoí (iiermosísimo). 

En algunos du los n<uiibres, no en todos, se ajustó el autor de la Tragicomedia á la práctica de 
los cómicos latinos, Kegún la explica el gramático Donato comentando los primeros versos de los 
Adelfos de Terencio: «Nomina personarum, in coiuoediis duntaxat, habere debent rationem et ety- 
«mologiain. Ktenim absurdnm est, comicum aperte argumcntum confingere: vel nomen pereonae 
»incongruum daré, vel officium quod sit a nomine diversuin (Lessing, en el número 90 de la Dra- 
"^maturgia, propone que se lea et nomen, y no vel nomen, para que resulte más clara la frase). Hinc 
))servus fidelis Parmeno: inBdelis vel Syrus ve¡ Greta: miles T.'irano, vel Pide non: jucenis Painphilu». 
imalroiui Myrrina, et puer ab od«»re S orax: vel a ludo et gestieulatione Circus, et item siinilia». 
(En el Terencio de la colección de Valpy, pág. 1392 ) 

De antiguo viene reparándose en la intención con que están apl'cados los nom')res de la 
'Ceh.ftina. C')varrubi,is en su Tesoro de tu lengua castellunu (2 * eil. 167i. p. 184) «lico á e-te propó- 
sito: <iO lestina, nombre de una mala vieja qi-e le dio á la tragicomedia Españ da tan celebrada. 
»Dixo.ie assi quasi scelestina a scelere. por ser nulvada alcahueta einl»iistidora; y todas las demás 
«personas de aquella comedia tienen nombre apropiadt) á sus calida lea. Calixto es nombre griego, 
'»pulcherri?nus; Melü ea vak tanto como dul9ura de i.uiel, mel et vita», etc. 



xLviii ORÍGENES DE LA NOVELA 

5> dioses, ni de tragedia á la que admite personajes de siervos. Será, pues, como os he 
> dicho, una tragicoco>uedia>^. 

Post, argwnentum Inijus eloquar trarjocduie. 
Quid contraxistis frontem? quia tragocHam 
Dixi futuraní hanc? Deus suní; eonmutavero 
Eandem hanc, si vollis; faciam ex tragoedia 
Comoedia tit sií, ómnibus eisdeni versibus. 
Virum sit, an non. vollis? Sed ego sluUior 
Quasi nesciam vos velle, qui divos siein: 
Teneo qiiil animi voslri super hac re siel. 
Faciam iit commixta sil iragicocomoedia, 
Naíii me perpetuo faceré ut sil comoedia, 
Reges quo veniant el di, non par arbitror. 
Quid igitur? quoniam heic servos quoque parléis habei 
Faciam sit, proinde ut dixi, tragicocomoedia. 

Sin duda que este pasaje no puede tomarse en serio como determinación de un nuevo 
género poético, porque Planto se chaneca con el público, pero también es cierto que 
ninguna obra de su teatro se asemeja al Anfitrión, que no es parodia trágica ni tara- 
poco verdadera comedia. El infortunio conjugal del jefe tebano, víctima de un poder 
tan absurdo como incontrastable, no produce risa sino indignación en el lector ó espec- 
tador moderno, y acaso también en el antiguo, ni hay en los caracteres de Anfitrión y 
Alcumena nada que no sea decoroso y digno de personas trágicas. Lo cómico se refugia 
en figuras secundarias, Y como en los diez y nueve siglos que transcurrieron entre 
Planto y el bachiller Fernando de Rojas, una sola obra que sepamos volvió á llamarse 
tragicomedia ('), nos inclinamos á admitir la derivación plautina. Pero conviene notar 

(.}') Eita excepción, muy curlosi par tratarse de una piezri fnndatla en ar_:^ninento liistúr'co 
español y contemporáneo (el frustrado regiciilio de Fernando el Católico en BarceN na, 7 de diciem- 
bre de 1492), es el Fernandas Servalus de Marcelino Verardo de Ccsena, 8ob;ino de Carlos Verardo, 
camarero y secretario de Breves durante los pontiticados de Paulo TI, Sixto IV, Inocencio Vlíl y 
Alejandro VI, y autor de la Hixtoria Baetica seu de expugnutione Granaiae, drama en prosa latina, 
excepto el argumento y el prólogo, que están en versos yámbic >s. 

£1 Fernandas Sérvalas está en versos exámetros, y en rigir los versos son lo único que pertenece 
á Marcelino, puesto que el plan fué de Carlos, que es el que escribe la dedicaior'a al Cardenal 
Mendoza: «Materiam ipsam Maroellino nepoti et alumno meo, qui Poesi mirifice delectatur, versn 
»descr¡bendani, poetici^que coloribns salua rcrum dignitate ac veritate pingendam exornandamque 
»tradidi». 

Tanto la Iliatoria Buet'ica 'cuyo asunto es la conquista de Granada) como el Fernandas Sérvalas 
son curiosas muestras de la tragedia humanística, y una y otra fueron representadas con gran pompa. 
La primera cu el palacio del Cardenal Rario y en fecha conocid-i: «Acta ludis Romanis, Innocen- 
»tio VIII in solio Petri sedente, anno a Nat. Salvatoris MCoCCXCII, undécimo Kalendas Maii», 
Del ternand US Sérvalas sólo sabemos, por la dedicatoria de A''erardo, que patrocinaron la represer- 
tación los prelados españoles D. Bernardo de Carvajal, obispo de Badajoz, y D. Juan de Medina, 
obispo de Astnrga, y que fué oída con gran aplauso por el Papa, muchos cardenales y obispos y otra 
porción de egregias personas: «Tanto autem fauore et attcntione ab ipso Poutifice Máximo, pluri- 
»busque üardiiialibus ac praesulibiis (ut inferiores taceam.. )» 

Kn este prólogo es donde Verardo aplica á su obra el dictado de tragicomedia, olvidado desde 
Plauto. Y la ll.nii I a i por tener triste el principio (la herida del Rey) y alegre el desenlace, en que 



INTRODUCClüX xLix 

que el poeta romauo Justifica la novedad del título con la mezcla de personajes trágicos 
y cómicos, y el autor castellano con la mezcla de placer y dolor, lo cual es mucho más 
racional y filosófico: <vOtros han litigado sobre el nombre, diziendo que no se avia de 11a- 
»mar comedia, pues acabava en tristeza, sino que se llamase tragedia. El p)-imer autor 
» quiso darle denominación del principio, que fue plazer, e llamóla comedia. Yo, viendo 
» estas discordias entre estos extremos, partí agora por medio la porfía, e llamóla traxjl- 
■i comedia'^ . 

El nombre quedó en la literatura española del siglo xvi, y fué aplicado á obras de 
muy vario argumento. Gril Vicente, que en tantas cosas fué tributario de la Celestina^ 
llamó tragicomedias á una sección entera de sus obras, en que se mezclan piezas .ale- 
góricas, como el Triamphü do invenía y la Serra da Estrella^ con dramas caballeres- 
cos, como Do7i Diiardos y Amadís de Gaula. Tragicomedia alegórica del Paraíso y del 
Infierno se rotula la excelente refundición castellana de una de las Barcas del mismo 
Gil Vicente, impresa en Burgos, en 1539. Una de las piezas de la Turiaua^ atribuidas 
á Juan de Timoneda, lleva el título de Tragicomedia Filomena. En la numerosa serie 
de las Celestinas^ sólo una, la de Sancho Muñón, conserva el dictado de Tragicomedia 
de Lisandro y Roselia. 

Ninguna de las comedias de Planto y Terencio presenta una acción análoga á la de 
la Celestina^ pero hay en casi todas rasgos de parentesco y semejanza que las hacen 
hasta cierto punto de la misma familia dramática ('). Kojas se asimiló muchos de los 
elementos de la comedia latina. La continua intervención de los siervos en las 
intrigas amorosas de sus amos hacen al Líbano de la Asinaria, al Toxilo y al Sagaris- 
tión de El Persa, al redomado Pseiidolo que da título á una comedia, al Epidico pro- 
tagonista de otra, al Crisalo de Las dos Báqaides^ precursores remotos de Sempronio 
y Pármeno. Lo mismo puede decirse del Davo de la Andria, del Siró del Heautonli- 
moriimenos, del Geta del Formion, del Pármeno del Eitnuco, que ni siquiera ha teni- 
do que cambiar de nombre. 

se le ve rcstituiílo á la salud: «.Putest eniín Itaec nostru, uf Amphitruonem suum Flaaíus cippelUit, 
)>lragicocomoed¡a nuncitpari^ quia personariuii dignitas et Regiae maiestutis impla illa violatio ad 
"bTragoediam, iucundus vero exitus reruní ad Comoediam perünere vkleantury>. 

Ambas tragedias fueron impresas en R'>ina, con otras poesías latinas de ambos Vcrardos, 
en 1493, per Magistruní Euchar'tum Silber alias Franck. ILi}' otras varias ediciones do la Historia 
Baelica entre ellas la famosísima de Basilea, 1494, que coniie.ie la carta de Culón <íde insulis in 
mari Indico nuper inventist). Del Fern-tndua Serratun no conozco más reimpresión que la de Si ras- 
burgo de 1513, unida á otros opúsculos latinos de vari;>s autores (Argrntoraii, Ex officina Matthiae 
tichurerii Sehsteiuls Mente Aprili Anno M. D. XI í I). 

Me parece fuera de duda que Fernando de Rojas conocía la obra de Verardo, que por su asunto 
debió de divulgar, e bastante en España, y quizá la lectura de su prólogo le sugirió la idea de cam- 
biar el titulo de Comedia que había dado á la Celestina en tragicomedia. Obsérvese también que la 
explicación que da del nombre conviene con la de Verardo y no con !a de Planto. Pero puede 
admitirse la influencia simultánea de los dos textos. Ten^^o por seguro qi:e la Celestina estaba 
escrita antes del Fernandus Sérvalas, pero en su primitiva fo ma no se llamaba t'^agicomedia, tino 
comedia. 

O h\ derivación terencia:ia está indicada ya por el más antiguo imitador de la Celestina, don 
Pedro Manuel de Urrea, en i 1 prólogo de su Penitencia de amor (1514). «Esta arte de amores está 
Dya muy vsada en esta manera por carias y por genas que dize el Terencio, y naturalmente es eslylo 
y>del Terencio lo que hablan en ayuntamient'>.i) (Pág. 3 de la reimpresión de Foulché-Delbosc ) 

CRÍr.ENKS DE T..4 XOVIÍI.A. — 111 .— <Z 



L ORÍGENES ÜE LA NOVELA 

Abundan también en el teatro latino los rufianes propiamente dichos (lenones), que 
trafican con la venta de mujeres, como el Capadocio del CurcuIiOy el Labrax del 
Budens^ el Dordalo de El Persa,, el Sannion de los Adelfos j otros varios, casi iodos 
escarnecidos j burlados en su torpe lucro por las estratagemas de los siervos. Cuando 
desapareció la esclavitud en la forma en que la conocieron los pueblos clásicos, tuvie- 
ron que resultar exóticas en cualquier teatro moderno las intrigas á que dan lugar los 
raptos de doncellas, su exposición en público mercado y los reconocimientos ó a?iag- 
norises que las hacen pasar súbitamente de la condición servil á la ingenua. Xuestro 
autor se abstuvo cuerdamente de imitarlas, al revés de lo que hicieron los poetas 
cómicos de Italia en el siglo xvf con monotonía servil y fatigosa. 

Pero había otra figura cómica en el teatro latino, que podía trasplantarse á la esce- 
na moderna: el soldado fanfarrón, el miles gloriosus,, bravo en palabras y corto en 
hechos, que al pasar á las imitaciones adquiere algunos de los caracteres del le7io. No 
es ya mercader de esclavos, pero vive cínicamente con el tráfico vil de sus protegidas. 
Tal es el rufián Centurio, llamado así irónicamente, no por ser capitán de cien hom- 
bres, siüo por rufián de cien mujeres. El abolengo de estos milites, que en los siglos xvi 
y xvíi inundan nuestra escena y la italiana^ se remonta á aquellos otros figurones 
que en el repertorio de Planto llevan los retumbantes nombres de Therapoiitigono (en 
el Curculio), de Pyrgo polinices (en el Miles gloriosus), de Strasophanes (en el Trii- 
culentus). Todos ellos tienen por nota característica la fanfarronada: todos se jactan 
sin cesar de sus imaginarias proezas; todo el mundo se burla de ellos y de sus ridícu- 
los amoríos; son víctimas de los parásitos y de las rameras, y á todos cuadra la descrip 
ción que Palestrio hace de su amo: 

ijloriosiis, inpudensí 

Stercoreus, plenus perjuri atqiie aduUeri: 
Ait sese ultro omneis midieres sedar ¿er. 
Is deridicidu' st^ qiiaqua incedit, ómnibus. 

(M. G., Acto n, --cena I. v. 11-14). 

Apenas hay comedia latina sin meretrices, porque los hábitos de la antigua escena 
rara vez toleraban intrigas amorosas con mujeres de condición libre, sino con esclavas y 
libertas. Pero entre estas cortesanas hay muchos grados. Las de Terencio suelen ser 
enamoradas sentimentales, que desmienten con la delicadeza de sus afectos el oprobio 
unido á su nombre y oficio. La honestidad de su lenguaje es tal, que los más severos 
educadores cristianos no han tenido reparo en poner el volumen de las comedias teren- 
cianas, con muy ligera expurgación, en manos de sus alumnos ('). Las heroínas de 
Plauto, por el contrario, suelen pertenecer al mismo mundo que Elicia y Areusa, y 

(') Bien conocido es el pasaje de^ossuet en su carta al Papa Inocencio XI sobre los estudios 
del Delfín de Francia: «Quid memoreiu, utDelpliinns in Terentio suaviter atque utiliter luserit: 
))quantaque se híc reroin humanarum exenipla praebuerint, intuenli Jallace» volupLitum ac mulieV' 
7>cularuni illecehras, adolesceniulorum impotentes et caecos ímpetus; luhrica:n aetutem a servoriim )i> 
«minisieriis atque adulaiione j^er devia praecip'itatam, tum suis exagitatam erroribus, atque amoribus 
))cruciatam, neo niai rairaculo expeditaní, vix tándem CDuquiescentcín ubi ad ofQciuoi redierit. Hic 
»morum, hic aetatum, hic cupiditatura naturam a summo artífice expressain; ad haec personarnm 
)>Eormam ac lineumenta, verosque sermones, dcnique venustum illud aui decens, quo aríis opera 
Dcouimendetur. Ñeque interim jucundissimo poetae, si quae licenlius scripserit, parcinms: sed e 



INTRODUCCIOX Lí 

aun peor. Rasgos hay de ternura, por ejemplo, eu la escena de la separación de Argiri- 
po Y Fílenla en la Asinaria (acto III, scena III), pero ¿á quién no repugnan las bajas 
complacencias de Filenia con el padre y el hijo simultáneamente? 

Las comedias de Planto donde más de propósito se pintan costumbres meretricias 
son las Bacchides, la Cistellaria y el Truculentus. En todo esto no se ve ninguna 
imitación directa. Más importante es la galería de las lenas^ no sólo porque desempe- 
ñan el mismo oficio que Celestina, sino porque se muestran como ella razonadoras y 
sentenciosas y dan verdaderas lecciones de perversidad á sus educandas. Así Cleereta 
en la Asinaria, Scafa en la MosieUaria^ y más especialmente otra lena anónima que 
adoctrina en la Cistellaria á Silenia y á Gimnasia (acto I, scena I). Añádase el rasgo 
común de la embriaguez consuetudinaria y parlante. «Multiloqua et multibiba^ es la 
«amiSD de la Cistellaria. «Multibiba» y «.)ne7-obiba» son epítetos que se aplican á la 

del Ciircitlio^ 

(Juasi tu larjenas ilicas, ubi vinum solet 
Chiiim esse. 

(Acto 1, jcena I. \. 78-7U). 

Las palabras con que celebra el vino tienen el mismo entusiasmo ditirámbico que 
las de Celestina en el aucto IX de la Tragicomedia: 

Salve anime mi, 
Liberi Icpos: ut veteris veiusti cupida sum! 
Nam omnium unguentum odor prae tuo nautea 'st. 
Tu mihi stacte, tu cinnamomuní, tu rosa, 
Tu crocinum et casia es, tu bdellium: nam ubi 
Tu profusas, ib i ego me pervelim sepultam... 

(Acto I, scena H, v. 5-8). 

Rojas, que tan versado so muestra eu las letras latinas, ¿tendría algún conocimien- 
to de las griegas? Xo sería inverisímil el caso, porque ya en su tiempo las enseñaban 
en Salamanca Nebrija y Ai-ias Barbosa, pero no tengo ningún motivo para afirmarlo. 
Lo que me parece seguro es que conoció, á lo menos en la versión latina de Marcos 
Musuro, que estaba impresa antes de 1494, el poema de Museo sobre los amores de 
Hero y Leandro ('), de donde manifiestamente está imitada la catástrofe de Melibea. 

»nostrÍ8 pliiriinos intempeíantius queque lusisse, inirati, liorum lasciviam exitiosam moribus, seve- 
•ris imperüs coercemus.» (En el Terencio de Lemaire, I, p. CLXVIII.) 

La ejemplaridad moral que Bossuet encuentia en las comedias de Terencio es por el estilo de 
la que afectaba el bachiller Rojas y celebran sus panegiristas. Las palabras subrayadas convienen 
extraordinariamente con el encabezamiento de la Celestina. En realidad, ^Terencio no es ningún 
severo moralista, pero, aunque gentil, es muy casto y morigerado en la expresión, y por eso, y sin 
duda también por el prestigio de la antigüedad, le otorgó Bossuet la indulgencia que negaba á 
Molitíre, tan castigado por sus episcopales anatemas. A la fortuna de Terencio en las escuelas cris- 
tianas puede ap-icarse aquel dístico de Ovi lio (Trist. II, I, 369): 

Fábula jacundi nulla est !>ine amore Menandri, 
Et solet hic puetis virginibasqne legi. 

(' ) Véase lo que sobre este particular digo en mi reciente libro acerca de Boscán (p. 344). El 
poemita de Museo es uno de los dos primeros libros griegos impresos en España (Alcalá de Hena- 
res, ¿1514?;; fecha, como se ve, muy posterior á la Celestina; pero su autor pudo conocer las edicio- 
nes de Venecia y Florencia, que se remontan á 1494 ó 1495. 



ui orígenes de la novela 

Sólo aquel texto clásico pudo sugerirle la ¡dea, tan poco española, del suicidio, porque 
es idéntica la situación de ambas heroínas ó idéntico también el modo que eligen de 
darse muerte, precipitándose ambas de una torre: 

Ilapá ..j:«r,~roi o'í n'JpYO'j 
6p'j7:TÓ|jL£vov CTnt)>io£(Tatv fjz' £Opa .í Vi .póv a .o'.-f,v 
OJ'.oaXÉov órj;i3a r.cp! a-rfizizi ■/tTCüvi, 
po'Xtfiov Tpo .ápr.voí á:;* T,Xtoá-0'j ~íii r.iJp-;o-. 
Kio' Hp(b Tíívíi '.cv i:i' ¿XX'j[i.ivw nipi .ij-tti, 
áXXvtXtüv 6' iróvavTO /.a'; sv Ttu¡j.áTfo r^cp' óXÉOp(¡J. 

J^ud fundnmenium vero iurris 

Düanialuní scopulis ni vidü mortuuin marilum, 

Artificiosam disrumpens circa pectore tunicam 

Violenler praeceps ab excelsa cecidit turri. 

At Hero j^eriil super viortuo marilo, 

Se-invicem cero fructi-sunt etiaiii in ullima pernicie ('). 

Versos que tradujo con valentía, especialmente el final, nuestro orientalista D. José 

Antonio Conde: 

Desde los pechos rasga el rico manto, 
y al mar se lanza desde la alta torre; 
Así murió por su difunto esposo, 
Y hasta en la misma muerte se gozaron (^). 

Esta apoteosis del Amor triunfante de la Muerte es una de las cosas más notables 
de la Celestina^ y no creo que pueda referirse á otra fuente literaria que la indicada. El 
delirio amoroso de los poemas del ciclo bretón es cosa muy ditereute, y el lento y torpe 
suicidio del Leriano de Xa, Cárcel de Amor, que se extingue de hambre bebiendo en una 
copa de agua los pedazos de las cartas de su amada, por ningún concepto anuncia la 
arrogante y desesperada resolución de Melibea. 

Pero no basta con los estudios clásicos puros para explicar la elaboración de la 
Celestina. Tuvo el drama antiguo una continuación erudita que nunca faltó del todo 
aun en los siglos más oscuros de la Edad Media, aunque llegara á perderse el genuino 
sentido de las voces tragedia y comedia y no quedase rastro alguno de representacio- 
nes en público teatro. Ya no fué destinada para él (aunque sí para cierta escena privada 
3" aristocrática) la única obra cómica del tiempo del Imperio que nos ha quedado: la 
ingeniosa y elegante comedia Querolus ó Querulus, que puedo estimarse como una 
continuación de la Aulalaria de Plauto, cuyo puesto y título usurpó durante los siglos 
bárbaros. Esta pieza-, de autor ignoto, compuesta al parecer en la Galia Meridional á 
principios del siglo v y dedicada á un Kutilio, que bien puede ser Rutilio Namaciano el 
autor del Itinej'arium, tuvo por auditorio á los comensales del mismo Rutilio, según 
se infiere de la dedicatoria: vNos hunc fabellis atque mensis librum scripsimus». Es lo 
que hoy diríamos una «comedia de gabinete» , fruto tardío, auuque sabroso, de un gramá- 
tico de la decadencia. En su primitiva forma esta comedia seguía las tradiciones métricas 
del teatro latino, pero.fué prosificada en la Edad Media, como lo fueron taubión las 

(') E '. de Dübncr en la cjiecciún D.'ilot, \ ág. 9. 

(-) l'oeai'.iH (h Safo, Meleagro y Maneo, traducidas del griego .. Madri I, 17l.)7, [ ú^. 133. 



IXTRODL'CCIOX Lili 

fábulas de Fedro. Varios eruditos hau trabajado ea restituirla á su lección primitiva, 
entre ellos Kliukbamer (1825) y más recientemente L. Havet, que al parecer ha salido 
triunfante de la empresa. De su delicado y minucioso análisis resulta que el Querolus 
fué escrito no en un pes clodus como el que Bücheler ha notado en las inscripciones de 
África, sino en tetrámetros trocaicos catalécticos y tetrámetros yámbicos acatalecto>:, y 
con arreglo á este principio logra restaurar gran número de versos ('). 

Cinco siglos nada menos, y una transformación total del mundo, sepai-an el Quero- 
lus de las seis comedias que en el siglo x compuso la monja alemana Rosvita fllrgis- 
vitha) bella y simpática figura en el renacimiento literario de la corte de los Otones. 
Estas seis piezas, que forman la segunda parte de sus obras (liber dramática serie con- 
textus). no llevan la menor indicación de haber sido representadas, ni nadie sostiene ya 
que lo fuesen, aunque Alagnín lo defendió con deslumbradores argumentos (-) y sobre 
ellos fantaseó libremente la crítica romántico. Por su argumento son leyendas religio- 
sas, que sólo en estar dialogadas se diferencian de otras varias que Rosvita trató en 
narración épica. Por su forma ó estilo quieren ser imitaciones de Terencio, y al mismo 
tiempo una especie de antídoto contra el veneno de las ilícitas pasiones que representó 
en sus versos aquel poeta (3). Xada á primera vista menos terenciano que las comedias 
de Rosvita, que ni siquiera tienen división de actos y escenas; que no están en verso, 
sino en prosa; que sólo presentan triunfos de la castidad y de la fe, conversiones do 
pecadores, luchas heroicas de santos mártires, y que en su latinidad, cuyo mérito se ha 
exagerado, aunque es notable para su tiempo, poco ó nada conservan de aquella flor de 

(') Le Querolus. comedie latine anonyri-e. Texte en '-erg restitué daprés un principe nouveau. . 
París. Vieweg. 18^"». 

[-) Théátre de HroUsvitha, religieuse uUeinande du X*""^ iiede... París, 1845, págF. VI y XLI ilc 
ia introducción y en vanos lugares de las notas. Esta insostenible paradoja, aventurada prí mero por 
VilJemain y monstruosamente exagerada por I'liilaréte Cliasle*, fué victoriosamente impugnada por 
Du Méril en sus Origene* luiinex du théátre rnodeme Ipp. 16-19) y por otros críticos posteriores, 
entre los cua'es no debe omitirse á nuestro Fernáníle/. Espino, autor de un extenso y juicio?© trabajo 
sobre Rosvita, inserto en sus Entudios de literatura i/ de critica (Sevilla, 1862, pp. 181-266). Hoy 
tolo el mundo admite que los dramas de Rosvita fueron escritos únicamente parala lectura. Vid. espe- 
cialmente Kopk, Hrotsuitron Gandergheim.ZurLiteraturgeschichtedeilOJahrhundert, Berlín, 1869, 
y A. Ebert, ffiístoria General de la Literatura de la Edad Media en Occidente (traducción francesa 
de Aymeric y Coi.daniin, tomo III, 1889, pp. 3i0-367). Posteiiores á la edición de Magnin hay 
dii9 por lo menos, la de Benedixen, que ^e contrae á bi pirte drau; ál\c& (Hrogiüthae Gamlershemensis 
Comoediag VI ad fidem ccdicis Emmeramengig tijpig exjireggas edidit...L.iiheck. 1857). y la de Barack, 
que 86 extiende á todas las obras {Die Werke der Broiticitlta, Nuremberg, 1858). 

R svita parece condenada á Krvirde blanco á críticos excéntricos ó imaginativo?. Fn 1867, 
José Aschbacli llegó á sostener, en una Memoria de la Academia Imperial de Vieiia \Rogwitha und 
Conrad Celtes), que sus obras eran ajócrifas y liabjan sido forjadas por Celtee y otros Immanistas del 
siglo XVI. De esta opini<jii dio buena cuenta Waitz ^Go'éiting. gelehrte Ameigen, 1867, pp. 1261 y «s.) y 
no lia sido tomada en cupnta por nadie. 

C) «Plures inveniuntur catholici, cujus nos penitus expurgare nequimus facti, qui pro culliorii* 
•facundia sermonis, gentilium vanitatem librorum utiütati praeferunt sacrarum Scripturarum. Suut 
»etiara alii sacris inberontes paginis, qui licet a!ia gentilium spernant, Terentii tamen figmenta frr- 
•qoeniius lectitant, et, dum dulcedine sermonis delectantur, nefandarum rerum notitia maculantur. 
>Unde ego, clamor vulidus ganderghemengis^ non recu.»av¡ illum imitari dictando, dum alii colunt 
ílegendo ; q:io, eodtm dictationis genere^ quo turpia lascitarum incesta feminarurn recitabantur, 
>laudabiiis sacrarum castimonia virginimi, justa mei fa'^uitatem ingenioli, celebraretur.» (P. 6 de 
la ed. de Maguió.) 



Liv ORÍGENES DE LA NOVELA 

aticismo y gracia urbana que es el mayor encanto de Terencio. Pero reparando algo se 
advierte que la religiosa de Gandersheim debe á la asidua lectura del poeta cómico ro- 
mano, no sólo la relativa pureza de su lenguaje y ciertos giros marcadamente imitados 
de su modelo, sino la soltura y facilidad con que llegó á manejar el diálogo y hasta 
algunos atisbos de psicología sentimental y amatoria, de que ella misma parece 
ruborizarse en su prefacio^ escrito con cierta coquetería mística que no carece de 
encanto ( ' ). Terencio, aunque sea el más casto de los poetas antiguos, es al fin un poeta 
del amor. Queriendo Rosvita imitarle á lo divino para borrar el efecto íe sus pintu- 
ras, no retrocedió ante los coloquios amatorios, ni temió penetrar con los ermitaños 
Abraham y Pafnucio en los pecaminosos lugares de donde redimen aquellos santos varo- 
nes á María y á Tais (-). Sólo en las páginas de Terencio pudo adivinar algo de aquel 
mundo de las meretrices, que la inspira tan candorosas observaciones: . «Hoc meretri- 
^ QihvL^ antiquitus fuit in more, ut alieno delectarentur in amore». 

Las obras de Rosvita poco importan en la evolución del teatro religioso y profano 
de la Edad Media, pero son un anillo en la historia de la comedia clásica, y bastarían- 
para probar, si no fuese tan notorio el hecho, que Terencio es de los raros autores que 

O «Hoc tamen facit non raro verecundari graviq le robare perfundi, quod, liiijus modi specie 
»dictationis cogente, detéslabilera inlicite aniantium dementiam et male dulcía colloqtiia eonim, 
jMjuae nec nostro aiiditui permittuntiir, accomodari dictando mente tractavi et stili officio desig- 
»nav¡.» (Pág. 5.) 

(') kAmícus. — In domo cujusdam lenonis habitationem elegit, qui tenello amore illam colit; 
»nec frustra: naní omni die non módica illi pecunia ab ejus amatoribus adducitur. 

y)Ahraham,—k Mariae amatoribus? 

-»Amtcus. — Ab ipsis. 

y>Abraham, — Qui sunt ejus amatores? 

y>Amicus. — Perplures.» {Abrahamus, se. IV.) 

(cStabularius. — Fortunata Maria, laetare, quia non solum ut hactenus tui coaevi, sed etiam 
»senio jam confecti te adeunt, te ad amandum confluunt. 

■»Maria. — Quicumque me diiigunt aequalem amoris viceni a me recipiunt. 

y)Abraham. — Accede, IVIaria, et da mihi osculum. 

y>Maria. — Non solum dulcia oscula libabo sed etiam crebris senile collum amplexibua mul- 
cebo.» (Ib., se. VI.) 

aMaria. — Ecce tricHninm ad inliabitandum nobis aptum; ecce lectus haud vilibus stramentis 
compositus. Sede ut tibi detraliam calciamenta, ne tu ipse fatigeris discalciando...» (Abrahamus^ 
se. VIL) 

aPaphnutius. — Tu ¡sthaec iutro, Thais, quam quaero? 

y>Thais. — Quis hic qui loquitur ignotus? 

T>Paphn.—kxnaiOT tuus. 

y>Thais. — Quicumque me amore colit, aequam vicem amoris a me recipit. 

y>Paphn. — O Thais, Thais, quanta gravissimi itineris currebam spatia, quo mihi daretur copia 
»tecum fandi, tuique faciem contemplandi. 

«Thais. — Nec aspecttim subtraho, nec colloquium denegó. 

y>Paphn. — Secretum nostrae confabulationis desiderat solitudinem loci secretioris. 

y>ThaÍ8. — Ecce cubile bene stratum et delectabile ad inliabitandum.» {Paphnuthis, se. III ) 

No deja de ser una de las curiosas ironías que suele ofrecer la historia el que las primeras esce- 
nas lupanarias del teatro moderno hayan sido trazadas por la pluma castísima de una religiosa que 
en su mismo atrevimiento revela la pureza de su alma y la rectitud de su intención» 



INTRODUCCIÓN lv 

tavierou el privilegio de atravesar incólumes la Edad Media, sin que fuese preciso des- 
enterrarlos en los grandes días del Renacimiento, 

No acontece lo mismo con Plauto. De este padre de los donaires cómicos sólo se 
conocieron antes del siglo xv ocho piezas, y aun éstas se leían muy poco (Amphitruo, 
Asinaria^ Aulularia^ Captivi, Ciircidio^ Casina, Cistellaria, Epydícas). Hay, sin em- 
bargo, en la literatura de los siglos xii y xui un género curiosísimo de comedias (así 
las llamaban sus autores), en que á vueltas de otros argumentos aparecen dos ó tres de 
Plauto, pero tan extrañamente modificados que es imposible ver en ellos imitación 
directa de las piezas originales. Proceden, á no dudarlo, de otras reíundiciones más 
antiguas ('). 

Todas estas comedias tienen el mismo metro, que es el más antidraraático que puede 
darse: el dístico de exámetros y pentámetros, á imitación de Ovidio. Se las designa, 
por eso, con el calificativo de comedias elegiacas. Algunas, como la de Vetula, están 
completamente dialogadas; otras, y son las más, mezclan el diálogo con la narración, 
y realmente no son tales comedias, sino cuentos en verso, que por lo cínicos y desa- 
forados corren parejas con los más licenciosos fabliaux compuestos en lengua vulgar. 

Las dos muestras más antiguas y más plautinas de la comedia elegiaca pertenecen 
á un mismo autor, Vital de Blois ( Vitalis Blesse?isis). A lo menos, él creía imitar á Plau- 
to, y se escuda con su nombre: 

Qui releget Plauhwi, mirabitur altera forsan 
Nomina persmiis quam mea scripta notent. 



Ahsolvar cidpa; Plautum sequor... 
«, 

Haec mea vel Plauti comoedia, nomen ab olla 

Traxit, sed Plauti quae fuit, illa mea est... 
Curiari Plautum] Plautum haec jactura beabit, 

Ut placeat Plautus, scripta Vitalis emunt.- 
Amphytrion nuper, nunc Aulidaria tándem 

Senserunt senio pressa Vitalis opem. 

En realidad, no conocía ni por asomos al verdadero Plauto. La Auhdaria, que re- 
fundió y abrevió, era el Querolus. El Anfitrión^ disfrazado con el nombre de Comedia 
de Geta, tampoco procede del genuino Anfitrión plautino, sino de una imitación más 
moderna, probablemente contemporánea del Querolus., puesto que á mediados del 
siglo V alude á ella Sedulio en los primeros versos de su Carmen Paschale: 

Quuyn sua gentiles studeant figmenta poetae 
Grandisonis pompare modis^ tragicoque boatu, 
^Ridiculove Getay> , seu qualibet arte canendi, 
Saeva nefandarum renovent contagia rerum ('). 

{') Aun á riesgo ile incurrir en digresión, me extiendo algo sobre las comedias elegiacas y las 
comedias hiunanisticas , por ser géneros poco conocidos en España. 

(*) CaelU Sedvlii Opera Omnia (ed del P. Faustino Arévalo), Roniae, 1794, apud Antonium 

Fulgonium , p. 155. 

Du Méril fué el primero que llamó la atención sobre estos versos en sus Origines Latinei du 
Théátre Moderne, p. 15. 



Lvi orígenes de la novela 

, En el poema de Vital de Blois, la fábula de Júpiter y Alcumena queda muy en 
segundo término, y todo el interés s? concentra en dos figuras de esclavos, Geta y 
Birria. El primero, que sustituye al Sosia do Plauto, es la caricatura de un fámulo 
escolástico de la Edad Media, cargado de libros y de presunción pedantesca. Hace con- 
traste á su figura la del otro siervo, Birria, grosero, lerdo é ignorante, que triunfa de la 
vana dialéctica de su compañero por no haberse depravado y entontecido en las escuelas 
como él. Este dato, que no carece de ingenio, contribuyó mucho á la popularidad de 
esta comedia, de la cual se encuentran rastros en todas las literaturas medioevales. 

Imitación de Plauto (') pudiera juzgarse también por el título la Comedia de milite 
glorioso^ atribuida á Mateo de Vendóme ('^), pero de la obra antigua apenas ha quedado 
más que el título. Los lances son enteramente diversos y pertenecen al fondo más 
escandaloso de la novelística popular {^). Lo mismo puede decirse de la Comedia Mi- 
lonis, cuyo autor, que es el mismo Mateo, declara su nombre en el verso final: 

Dehile «Maihaei VinJorinensis» ojms. 

Esta pieza es de origen oriental, y so deriva remotamente de un episodio del Sende- 
bar. El héroe se llama Milón de Constan tinopla, y la pieza misma se da como imita-' 
ción de las fábulas griegas [ludiera grceca). Y efectivamente, por la Grecia bizantina 
pasaron todas estas historias antes de incorporarse á la cultura europea (*). 

La Comedia Lydia, también de Mateo de Vendóme, es un largo fabliau^ cuyo 
principal interés consiste en ser fuente de la novela 9.*, jornada 7." del Decamerofi^ 
es decir, de la historia del peral encantado (•'). Pero la más cínica y brutal do estas 
composiciones es la Alda, atribuida á Guillermo de Blois. Quienquiera que fuese el 
poeta, se da por imitador nada menos que de Menandro: 

• 

Venerat in Unguam nuper peregrina latinam 

Haee de Menandri fábula rapta siini.,. 

O Vid. Flistoire Liltéraire de la Frunce, tomo XV, pp. 428-434, y tomo XXII, pp. 39-50 (artícu- 
lo de Víctor Le Clero); Bozon, DeVitali Bhaensi [Rotliomagi, 1880); Müllenbach, Comoediae clegiacae 
(Bonn, 1885). 

(^) Publicada por Edeléstand Dii Méril, Origines Latines du Théátre Moderne, París, 1849, 
pp. 285-297. Sobre Mateo de Vendóme vid. Histoire Liltéraire, tomo XV, pp. 420-428, y tomo XXII, 
pp. 55-G4. 

O Víctor Le Olere notó la semejanza del desenlace con la fábula 4." de la Noche 4." de Straparola. 

(*) El Milo fué publicado por Mauricio Haupt en s-us Exempla poesecs Intinae medli uevi 
(Viena, 1834). 

(*) La Comoedia Lydiae fué publicada por Du Méril en la tercera serio de su colección de textos 
latinos de la Edad Media (Poésies Liédites du Moyen Age, precedées d'une histoire de la fahle ésopi- 
que, París, 1854, pp. 350-373). 

La atribución de la Lydia y del Miles gloriosus á Mateo de Vendóme ha sido impugnada por 
críticos más modernos, que sólo atribuyen á Mateo el Milo y consideran las otras dos comedias 
como de autor desconocido, aunque uno mismo, según se infiere de los primeros ver.so8 de la Lydia: 

rostquam prima Equitis ludentis témpora risit, 

Mox aciiit mentem musa secunda meaní; 
Ut nova Lidiades vetares imitata placeret, 

Finxi femineis quoque notanda dolis. 

Vid. Oloetta, Beitrüge zar Lileraturgeschichle des Miltelulters und der Renaitaance. I. Komddie 
vnd Tragodie Im Mittelalter Halle, 1890, p. 79, 



IXTRODUCCIOX Lvii 

Su argumeüto recuerda muclio el del Eunuco, de Tereticio, salvo que el seductor 
no se hace pasar por eunuco, sino por mujer: tema comúu de muchos cuentos libidino- 
sos desde la aventura de Aquiles j Deidamia. La comedia de Tercncio era una imita- 
ción del Phasma de Menandro, como en su prólogo se declara, y es muy verisímil 
que on alguna refundición del Bajo Imperio se hubiese sustituido el nombre del poeta 
griego al del imitador latino, con lo cual tendríamos un caso análogo al Querobis y 
ai Amphitrion (•). 

Completan la breve serie de las comedias elegiacas, la de Baucis^ la de Bahio^ la 
de Affra et Ilavius y alguna otra de menos cuenta. De intento hemos reservado para 
el fin las dos que nos interesan para este estudio: la comedia de Vetula y el LibeUiis 
de Paulino et Polla. 

No he visto en España códice alguno de comedias elegiacas, pero consta de un 
modo indudable que fueron conocidas é imitadas algunas de ellas. La de Geta y Birria 
está aludida tres veces en el Cancionero de Baena (n. 115, 116, 117). Dice Alfonso 
Alvarez de Villasandino, en su profecía contra el cardeual do España D. Pedro Fer- 
nández de Frías, escrita hacia 1405: 

Cuenten de Byrra toda su peresa, 
E las falsedades de Cadyna e Dyna,., 

Y en otra poesía del mismo autor y del mismo tiempo: 

Atyendan venganr-a del muy falso Breta, 
Qual ovo de Birra su compañero (¿compadre?) Gela. 

En otros versos, muy oscuros por cierto y revesados, de un Maestro Frey Lopes, 
alusivos también á la caída del cardenal: 

Ya Byrra floresció (¿floresce?) por su condición: 
Del que por peresoa de vida discreta, 
Pierde su facienda por el torpe Geta^ 
Non ha este mundo nin la salvación {^). 

¿Estos versos se refieren al poema latino ó á alguna versión castellana que hubiese 
de 61? No es temerario conjeturarlo, puesto que medio siglo antes había pasado ya á 
nuestro romance, mejorada en tercio y quinto, la obra más curiosa de este género, 
Pamphilus de amorc^ llamada también Comedia de Vetula. Intercalada en el libro mul- 
tiforme del Arcipreste de Hita, forma casi la quinta parte de 61, y eso que ha llegado á 
nosotros con lamentables mutilaciones aun en el manuscrito más completo, en el que fué 
del Colegio Viejo de Salamanca (3). 

(') Publicadií por Tomás Wri^Iit para la Penij Soc'uty (1842) en tirada de cortísimo número de 
ejemplares; después por Dn Móril en el citado t.imo de PoÁfies Inédites du Moi/en Age, pp. 421-422, 
y últimamente por E. Lolimeyer, Guilelmi Blessensij Alda, Leipzig, 1892. Sobre Guillermo di Blois, 
vid. Histoire Litteraire, tomo XXII, pp b\-b5. 

(*) El Cancionero de Juan Alfonso de Baena Mairid, 1851, pp. 115, 116 y 118. 

(^) El episodio comienza en la copla 580 (ed. de Ducamin). Al códice de Salamanca le faltan, 
después de la cuarteta 659, teis hoja-), que debían contener treinta y dos cuarteta", las cuales se 



Lvni ORÍGENES DE LA NÓTELA 

Habiendo discurrido largamente acerca del Pamphilus en el tomo primero de estos 
Orígenes^ doy por sabido todo lo que allí expuse (') sobre la fecha probable de esta co- 
media, sobre su especial carácter y sobre la transformación genial y luminosa que de ella 
hizo el Arcipreste de Hita, convirtiendo en un cuadro de costumbres lleno de vida y lo- 
zanía lo que en el original no es más que una árida y fastidiosa rapsodia, un centón de 
hemistiquios de Ovidio, una mala paráfrasis de algunas de sus lecciones eróticas. Claro 
que en el fondo el Pauíphüus es el esquema, no sólo del episodio del Arcipreste, sino 
de la propia Celestina, pero lo es de un modo tan simple, tan pueril, tan adocenado, 
que casi da pena acordarse de ól cuando se trata de tales obras (-). 

No está probado, á pesar de la rotunda afirmaciór de Schack (^), que Fernando de 
Rojas conociera el PainphUus en su forma original, aunque precisamente en su 
tiempo menudearon las ediciones de esta comedia, que llegó á ser tan rara y olvidada 
después; y algún uso debía de hacerse de ella en las escuelas, como lo indica el co- 
mento familiar del humanista Juan Prot. Pero realmente no necesitaba haberla leído, 
porque todo lo que de ella pudo sacar había pasado á la obra del Arcipreste, que es 
sin duda uno de sus indisputables predecesores. 

Este gran poeta no estaba olvidado en el siglo xv, aunque por su estilo y su métri- 
ca se le considerase como arcaico. El marqués de Santillana le nombra en su famosa 
Carta al Condestable de Portugal, y el Arcipreste de Talavera, Alfonso Martínez, no 
sólo le cita dos veces, sino que le recuerda cuanto es posible, dada la diferencia de 
géneros que cultivaron. De los tres manuscritos que nos han conservado la obra poética 
del primer Arcipreste, uno procede del más antiguo de los colegios mayores de Sala- 
manca, otro de la catedral de Toledo, ciudades una y otra tan familiares á Eojas. 

Pero la evidencia interna se saca no sólo de la comparación de algunos pasajes de 
la Celestina con otros de Juan Ruiz, en que están manifiestamente inspirados, sino 
del estudio de la fábula misma y de los cambios que en ella introdujo el Arcipreste, 

suplen con el manuscrito llamado de Gayóse Hioy de la Academia E-pañola), exceptuando los dos 
primeros versos de la 6G0. Pero lo que desgraciadamente no puede suplirse de ninguna manera es la 
pérdida total de otros dos folios, LVIII á LXI, que fueron sin duda intencionalmente arrancados 
¡nidoris causa^ y contenían gran parte del desenlace de la historia: De cjmo doña Endrina fue a casa 
de la vieja e el arcipreste acabo lo que quiso. 

Citaré constantemente el texto del Arcipreste por la edición paleográfica de Juan Dycamin, única 
que ho}- debe manejarse (Juan Ruiz Arcipreste de Hita, Libro de Buen Amor, texle du XIV" siecle, 
publié pour lo preniiérefois avec les lecons des trois manuscrits connus ... Tolosa de Francia, ed. Pri- 
vat, 1901). 

(1) Orígenes de la novela, tomo I, pp. XCVII-C. 

Eii 1900 reimprimí el Pamphilus con una advertencia, en el tomo II de la Celestina, de Vigo, 
conforme al texto de Adolfo Baudouin (París, 1874), que es el de la edición parisiense de 1499. 

(J^) El primer erudito que señaló la Comoedia de Vetilla como fuente del Arcipreste de Hita fué 
D, Juan Antonio Pellicer en la curiosa nota que comunicó á D. Tomás Antonio Sánchez, y publicó 
éste en el tomo IV de bu Colección de Poesías Castellanas anteriores al siglo XV, Madrid, 1790, 
pp. XXIII á XXIX. Después se han hecho cargo de esta imitación casi todos los que han escrito 
sobre él gran poeta castellano del siglo xiv. Véase, como ú'timo estudio importante, el de D. Julio 
Puyol y Alonso, uno de los jóvenes de más sólida cultura que tiene España (El Arcipreste de Hita, 
Madrid, 1906, pp. 266-279). 

(^) Geschichte der dramatischen Literatur und Kunst in Spanien, Von Adoph Friedrich van 
Schack, 2." edición, Francfort, 1854, touao 1 .", pág. 157. Cf. la traducción castellana de D. Eduardo 
de Miér (Madrid, 1885), tomo 1,», p. 275. 



INTRODUCCIÓN ux 

alongándose mucho trecho de la comedia de Panfilo y preparando el advenimiento 
de la oomedia de Calisto. 

Aunque la Vetilla, como todas las demás elegías dramáticas, no tiene en los manus- 
critos división de actos ni de escenas, tanto el antiguo comentador Juan Protcomo el mo- 
derno editor Baudouin reconocen en ella cinco actos breves. La forma es enteramente 
dialogada, sin mezcla de relato alguno, j podría ser representable si no lo estorbasen su 
insulsez y la escena lúbrica del final. El Arcipreste de Hita tuvo que acomodarla á la 
índole autobiográfica de su libro, y puso en relato parte de la historia, dándose al prin- 
cipio como protagonista de ella, aunque luego confiesa lisa j llanamente su origen 

literario: 

Sy vyllania he dicho aya de vos perdón^ 
Que lo feo de estoria dis Panfilo e Nason. 

(Copla 891). 

Entyende byen mi estoria de la fija del endrino, 
Díxela por te dar enxiemplo, non porque a mi avino. 

(Copla 90!)). ' 

Comienza el acto primero con un monólogo del protagonista Panfilo, cuyo nombre 
parece tomado de Terencio en la Andr'ia ó en la Hecyra. El Arcipreste ha embebido 
este soliloquio en el diálogo del amante con Venus, que corresponde á la escena segun- 
da del texto latino: 

So ferido e llagado, de un dardo so perdido, 
En el coraron lo trayo encerrado e escondido. 

(Copla 588). 

Vulneror et clausum porto sidj pectore telunij 
Crescit et assidue plaga dolor que mihi. 

Toda la escena está fielmente traducida, pero largamente amplificada. 

Señora doña Yenus, muger de don Amor, 
Xoble dueña, omíllome yo vuestro servidor; 
De todas cosas sodes vos e el Amor señor, 
Todos vos obedescen commo a su facedor. 

Reyes, duques e condes e toda criatura 
Yos temen e vos serven commo a vuestra fechura. 

(Coplas 5.8.-i-ro. 

Tínica spes vite notre, Venus indita, salve, 

Que facis imperio emicta subiré tuo, 
Quam timet alta Ducum servitque potcntia Reguni. 

(V. 25-27)0. 

Todos los tipos salen de la fría y sosa abstracción ótica en que el anónimo autor 
de la comedia latina los había dejado. En vez de la sombra de Panfilo, que sólo acierta 
á decir de su amada Galatea: 

Est michi vicina {vellem non esse) puella... 
(') Conservo eo los diptongos y en todo lo demás la ortografía del original. 



Lx ORÍGENES DE LA NOVELA 

Fertur vicinis formosior ómnibus illa, \ 

Aul tnc fallit amor^ o»inibus haud superesi. 

Dicitur (et fateor) me nohi.Uoribus orta 

(V. 55-39-'i0-47). , 

tenemos aquí las españolizadas figuras de D. Melón de la Huerta, «mancebillo guisado ; 
que en nuestro barrio mora», y de doña Endrina, la viuda de Calatayud, de quien se ! 
hace este lindo retrato: 

De talle muy apuesto, de gestos amorosa, | 

Donegil, muy loQana, plasentera e fermosa, 'i 

Cortés e mesurada, falaguera, donosa, 
Graciosa e risuenna, amor de toda cosa... 
Fija de algo en todo e de alto linaje. 

(Coplas 581-Ó85). -■ 

El ser la heroína viuda y no doncella es nota peculiar de la imitación del Arci- \ 
preste, que no pasa á Kojas. Pudiera sospecharse que la concordancia que en esto ] 
guardan el Pamphilus y la Celestina arguye parentesco directo entre estas dos piezas. ' 
Pero no es necesario admitirlo, porque el proceso de la seducción es más natural, y , 
también más dramático, tratándose de una virgen que de una mujer en quien ha de ; 
suponerse alguna experiencia de la vida. Para el efecto artístico tal combinación es la 
preferible, y creo que á Rojas se le hubiera ocurrido aun sin tener presentes el Pam- \ 
philus ni la Poliscena. Nadie se imagina á D. Juan conquistando viudas. I 

De los consejos de doña Venus no hay que hablar: proceden del PampkHus ga- \ 
llardamente traducido. También está allí, aunque sólo en germen, el primer coloquio 
de los dos amantes: ' 

QiMín formosa, Deusl nudis vem'l illa capillis! j 

(V. \rw,\ \ 

Pero aquí os donde más se palpa la enorme superioridad del imitador. La escena \ 

del primer encuentro de doña Endrina con D. Melón en los soportales de la plaza está j 

escrita con tal cortesanía, discreción y gentileza, que los primeros versos han hecho 1 

recordar á algún crítico nada menos que el incomparable soneto de Dante, Tanto gen- ! 
tile e tanto onesta pare: 

¡Ay Dios! E quán fermosa vyene doña Endrina por la platal 
¡Qué talle, qué donayre, qué alto cuello de garca! 
¡Qué cabellos, qué boquilla, qué color, qué buen andanoa! 
Con saetas de amor fj'ere quando los sus ojos alr-a. 

Pero tal lugar r.o era para fablar en amores: 
A mí luego me venieron muchos miedos e temblores. 
Los mis pies e las mis manos non eran de sí sennores. 
Perdi seso, perdi fuerf-a, mudaron se mis colores. 

Unas palabras tenia pensadas por le desir, 
El miedo de las compañas me facian ál departir, 
Apenas me conoscia nin sabia por do yr. 
Con mi voluntat mis dichos non se podían seguir. 



INTRODUCCIÓN lxí 

Paso a paso doña Endrina so el portal es entrada, 
Bien lor-ana e orgullosa, bien mansa e sosegada; 
Los ojos baxó por tierra en el poyo asentada, 
Yo torné en la mi fabla que tenia comenzada. 

En el mundo non es cosa que yo ame a par de vos; 
Tiempo es ya pasado de los años más de dos 
(»)iio por vuestro amor me pena: amo vos inús ([iie a Dios... 

(Coplas CVi, óí, .'i5, 0;j|). 

Tenemos aquí el equivalente de la primera eseeua do la tragicomedia de Melibea, 
sin que falte siquiera la sacrilega expresión de «amo vos más que á Dios>, que recuerda 
otras no menos impías de Calisto: <Por cierto los gloriosos santos que se deleytan 
» en la visión divina no gozan más que yo agora en el acatamiento tuyo» . «Si Dios me 
»diesse en el cielo la silla sobre sus santos, no lo ternia por tanta felicidad». Hipérbo- 
les amorosas no menos desaforadas que 6stas se encuentran en los trovadores cortesa- 
nos del siglo XV, en D. Alvaro de Luua, en Alvarez Gato, pero no hay rastro de ellas 
en el Pamphilus, que dice con mucha moderación: 

(iraíior in wundo te michi iitilla inanel, 
Et te dilexiíjam ter praeteriit aimus... 

(V. 1S0-S7). 

En el primer acto de la Celestina, Melibea rechaza con ásperas palabras á Calisto. 
Eli el diálogo del Arcipreste, doña Endrina comieza por mostrarse esquiva y zahareíia: 

Ella dixo: «vuestros dichos non los presciodos piñones». 

Bien assi engañan muchos a otras mnclias Endrinas; 
El orne tan engañoso asi engaña a sus vesinas; 
Non cuydedes que so loca por oyr vuestras parlillas, 
Bnscat a quien engañedes con vuestras falsas espinas. 



(Coj.las Glií- j'JS). 



Lo cual equivale á estos versos del Pantphilas: 



Sic multi multas multo tentamiue fallunt. 

Et multas fallü ingeniosus amor. 
Infatuare tuo sermone vel arte putasti 

Quam falli vestro non decet ingenio.' 
Quere tuis alias infestis moribus aptas, 

Qiias tua falsa fídcs et doliis infatuent. 

(V. 178-|'J2). 

Pero luego se ablanda, y llega á otorgar grandes concesiones, que Melibea no 
hace antes del acto XIL porque no lo toleraba el progreso lento y sabio de la obra 
de Rojas: 

Esto yo non vos otorgo salvo la fabla de mano, 
Mi madre verná de misa, quiero me yr de aqui temprano, 
No sospeche contra mí que ando con seso vano; 
Tiempo verná en que podremos fabJar nos, vos e yo este verano. 

(Copti CSj). 



1^x11 orígenes de la novela 

Por eso Panfilo y D. Melón de la Huerta pueden exclamar mucho autes que 
Caliste: 

Desque yo fué narido nunca vy mejor dia, 
Solaz tan plazentero e tan grande alegría, 
Quiso me Dios bien guiar y la ventura mia. 

(Copla G87). 

En el segundo acto del Panqjhihis aparece el Deus ex inacMna de la tramoya, una 
vieja (aniis)^ de la cual sólo sabemos que es sutil, ingeniosa y hábil medianera para 
los tratos amorosos: 

Hic prope degit anus suhtilis et ingeniosa, 
Ariibus et Veneris apta ministra satis. 

^ Ni el ingenio ni la habilidad resaltan en las palabras de la tal amis ó vetula. Es 
; un espantajo que no hace más que proferir lugares comunes. La Trotaconventos, cuyo 
verdadero nombre es Urraca ('), es una creación propia del Arcipreste, y ella y no la 
Dipsas de los Amores de Ovidio, ni mucho menos la vieja de Panfilo., debe ser tenida 
por abuela de la Madre Celestina, con toda su innumerable descendencia de Elicias, 
Claudinas, Dolosinas, Lenas y Eufrosinas. El Archipreste se recrea en esta hija de su 
fantasía; no sólo la hace intervenir en el episodio de D. Melón, sino que la asocia 
después á sus propias aventuras, la sigue hasta su muerte, fase su planto,, la promete 
el Paraíso y escribe su epitafio: 

¡Ay! mi trota convenios, mi leal verdadera! 
Muchos te seguían biva, muerta yases señera. 
¿A do te me lian levado? non es cosa certera; 
Nunca torna con nuevas quien anda esta carrera. 



A Dios merced le pido que te dé la su gloria, 
Que más leal trotera nunca fué en memoria; 
Faserte he un epitafio escripto con estoria. 

Daré por ty lymosna e faré oración, 
Faré cantar misas e daré oblación; 



(') Como apelativo está usado en la copla 441: 

E busca meiiFajera de unas negras pecas (*), 
Que vsan mucho frayies, monjas e beatas; 
Son mucho andariegas e merescen las 9apatas; 
Estas trota-conventos fasen muchas baratas I 

Pero las rúbricas de los m muscritos del libro del Arcipreste prueban que el apelativo se con- \ 
virtió muy pronto en nombre propio, puesto que nunca lleva artículo en ellas, aunque se remontan i 
al siglo xiv. I 

El nombre de Urraca consta en el epitafio: '\ 

\ 

Urraca so que yago so esta sepultura 'j 

(Copla 1576). \\ 

Reaparece la palabra trotaconventos en el Arcipreste de Talavera, al parecer como nombre pro- ¡^ 
pió: «Llámame á Trotaconvenios, la vieja de mi prima, que vaya de casa en casa» (Reprobación del T 

(«) Verso sin rima y evidentemente estragado, pero no nos atrevemos á corregirle, ¿Acaso picazas, por el 
mucho hablar. o 6 ^ , f 



INTRODUCCIÓN lxiii 

La mi trota conventos, ¡Dios te dé rredencion! 
El que salvó el niundo, él te dé salvación. 

Dueñas, ¡non me rrebtedes nin me digades mocuelo! 
Que si a vos syrviera vos avriades della duelo, 
Llorariedes por ella, por su sotil ansuclo 
Que quantas siguia todas yvan por el suelo. 

Alta muger nin baxa, encerrada nin escondida, 
Non se le detenia do fasia debatida; 
Non sé ornen nin duenna que tal oviese perdida 
Que non formase tristesa e pesar syn medida. 

Ffícele un epitafio pequeño con dolor, 
La tristesa rae fiso ser rrudo trobador, 
Todos lo que lo oyeren, por Dios nuestro Señor, 
La oración fagades por la vieja de amor. 

(Coplas 150!). 1Ó71, 1572, 1575, 1574, 1575). 

Con esta libre é irreverente socarronería, que no se detiene ante la profanación, 
fueron celebradas la exequias poéticas de la primera Celestina en el extraño libro del 
genial humorista castellano de los siglos medios. 

Las ai'tes j maestrías de Trotaconventos son las mismas que las de Celestina: como 
ella gusta de entreverar en su conversación proloquios, sentencias y refranes, y no sólo 
ésto, sino enxienplos y fábulas; como ella se introduce en las casas á título de buhonera 
y corredora de joyas, y con el mismo arte diabólico que ella va tendiendo sus lazos á la 
vanidad femenil: 

Si parienta non tienes atal, toma viejas. 
Que andan las iglesias e saben las callejas, 
Grandes cuentas al cuello, saben muchas consejas, 
Con lagrimas de Moysen escantan las orejas. 

Son grandes maestras aquestas panjotas, 
Andan por todo el mundo, por placas e cotas. 
A Dios airan las cuentas, querellando sus coytas; 
¡Ay! quánto mal saben estas viejas arlotas. 

Toma de unas viejas que se fasen erveras, 
Andan de casa en casa e llamanse parteras, 
Con polvos e afeites, e con alcoholeras, 
Echan la moc^a en ojo e ciegan bien de veras. 

(Coplas 438 á 441). 

A una de estas viejas buscó el Arcipreste, que aquí distingue claramente su per- 
sona de la de Panfilo: 

Fallé una vieja qual avia menester, 
Artera e maestra e de mucho saber; 
Doña Venus por Panfilo no pudo más faser 
De quanto fiso aquesta por me faser plaser. 

Amor munduno, [arte 2.», capítulo I, pág. 120 de la edición de lo3 Bibliófilos Españoles), y luego 

¡en la Celestina (aiicto II', donde dice Párineno: «e lo que más delio siento es venir a manos, de 

«aquella trotaconuentos, después de tres veces emplu-nuda». No recuerdo ningún texto intermedio. 



Lxiv ORÍGENES DE LA NOVELA 

Era vieja buhona destas que venden joyas; 
Estas echan el lafo, estas cavan las foyas; 
Non ay tales maestras commo estas viejas troyas... 

Como lo han uso estas tales buhonas, 
Andar de casa en casa vendiendo muchas donas, 
Non sse rreguardan dellas, están con las personas, 
Fasen con el mucho viento andar las atahonas. 

(Coi.'as G'JS á 700). 

También Celestina andaba de casa en casa so pretexto de vender baratija»: «Aquí 
» llevo un poco de hilado en esta mi faltriquera, con otros aparejos que conmigo siem- 
»pre traygo, para tener causa de entrar donde mucho no só conoscida... assí como gor- 
» güeras, garvines, franjas, rodeos, tenazuelas, alcohol^ albayalde e soUman^ agujas e 
» alfileres, que tal ay, que tal quiere? porque donde me tomara la voz, me halle aperce- 
»bida para les echar cebo, o requerir de la primer vista» (acto III). 

La anus del comediógrafo elegiaco no se vale de ningún género de encantamientos. 
Celestina, sí, y también Urraca, y es una de las notas características que nunca pierde 
este tipo en la literatura española: 

Dixo: «yo yre a su casa de esta vuestra vesina, 
E le fare tal escanto e le daré tal atalvina 
Porque esta vuestra llaga sane por mi melesioa; 
Desid me quien es la dueña. — Yo le dixe: «doña Endrina». 



(Copla 709). 



Ssi me dieredes ayuda de que passe algún poquillo, 
A esta dueña e a otras mocetas de cuello alvillo, 
Yo fare con )n¿ escanto que se vengan paso a pasillo; 
En aqueste mi harnero las traeré al sarrillo. 

(Copla 7KS). 

Comento su escanto la vieja coytral... 

(Copla 75(>). 

La sortija que puso á doña Endrina debía de tener virtud mágica. Y á mayor abun- 
dancia leemos en otro lugar: 

Ssy la ensychó o sy le dio atyncar ('), 
O sy le dio raynela (*) o sy le dyo mohalinar (•'). 
O sy le dyo ponzoña o algud (¿algund?) adamar, 
Mucho ayna la supo de su seso sacar. 

(Cop'a 941). 

(') Alinear, goinn, de iin árbol ímüco llaiijado comúnmente horraj. Es ¡voz paia nosotros de ori- 
gen arábigo, transmitida al árabe por el persa y oriunda del sánscrito (Viil. Egnilaz (D. Leopoldo), 
Glosario etimológico de las palabras espaFiolas de origen oriental, p, 307). Dozy la confundió con 
la crysocolla, pero ya desde el siglo xvi el Dr. Andrés Laguna, en sus anotaciones á Dio8CÓride.<!, 
había notado la diferencia entre ambas drogas: «Todos aquellos se engañan que toman por la tal 
»chrÍ80Colla el Alinear, llamado bórax en las boticas». 

(,') Ignoro qué e pecie de hccliizo sea la raynela, aunque el nombre indica que se trata de 
alguna raíz. 

(') Aunque mohalinar parece nombre árabe, no consta en los glosarios de Engclmann, Dozy y 
Eguilaz. Sánchez salió fácilmente del paso diciendo que era «cierto hechizo». Urge un vocaliulario j 
completo y razonado de la lengua del Arcipreste. Ningún autor de la Edad Media lo necesita tanto. \ii\ 



INTRODUCCIÓN lxv 

La escena capital de la seducción de Melibea en el aucto cuarto de la Tragicomedia 
es un portento de lógica dramática y de progresión hábil. No podía esperarse tanto del 
Arcipreste, que escribía en la infancia del arte; pero baste para su gloria haber trazado 
el primer rasguño de ella, con las inevitables diferencias que nacen del dato de la viudez 
de doña Endrina: 

La buliona con farnero va tanniendo cascabeles, 
Meneando de sus joyas, sortijas e alfileres; 
Desia por falsalejos: «comprad aquestos manteles»; 
Vydola doña Endrina, dixo: «entrad, non re^eledes». 

Entró la vieja en casa, dixole: «señora fija, 
Para esa mano bendiclia quered esta sortija»... 



Ffija, siempre estados en casa encerrada, 
Sola envejeoedes, quered alguna vegada 
Salyr, andar en la piara con vuestra beklat loada. 
Entre aquestas paredes non vos prestará nada. 

En aquesta villa mora muy fermosa maurebia, 
Manrebillos apostados e de mucha looania, 
En todas buenas costumbres crecen de cada día. 

Muy bien me rresi,*iben todos con aquesta pobledat, 
El mejor et el más noble de lynaje e de beldat 
Es don ]\telon de la Yerta, mannebillo de verdat, 
A todos los otros sobra en fermosura e bondat... 

Craed me, fija señora, que quantos vos demandaron, 
A par deste mancebillo ningunos non llegaron; 
El dia que vos nas9Ístes fadas alvas vos fadaron, 
Que para ese buen donayre atal cosa vos guardaron. 

Dixo doña Endrina: «Callad ese predicar, 
Que ya este parlero me coydó engañar; 
Muchas otras vegadas me vyno a retentar. 
Mas de mí él nin vos non vos podredes alabar»... 

(Coplas 7:24-27, 75'J-740), 

Cuando esto se lee acuden involuntariamente á la memoria aquellas graves y sose- 
gadas razones de Celestina: «Douzella graciosa é de alto linaje, tu suave habla e alegre 
» gesto, junto con el aparejo de liberalidad que muestras con esta pobre vieja, me dan 
»osadia a te lo dezir. Yo dexo un enfermo a la muerte, que con sola palabra de tu noble 
»boca salida, que lleve metida en mi seno, tiene por fe que sanará, según la mucha 
» devoción tiene en tu gentileza... Bien ternas, señora, noticia en esta cibdad de un cava- 
»llero mancebo gentil hombre, de clara sangre, que llaman Caliste. 

■^Melib. — Ya, ya, buena vieja, no me digas más, no passes adelante. ¿Este es el 
» doliente por quien has hecho tantas promessas en tu demanda?» 

La psicología del amor, ruda y toscamente esbozada en el Pamphilas ('), tiene en 

(*) Véanse los versos del Pumphilus que corresponden á los del Arcipreste, y se juzgará de la 
tlifrreiicia: 

Dum It'quor ejus adest niichi mena animusqiie loqiieoti, 
Dulciter oinne meum suscipit eloquiutn, 

ORÍGEXr.S DE LA NCVKLA — 111— g 



ixvi ORICxENES DE LA XOVELA 

el Archipreste toques tan delicados que no serían indignos de la experta mano del 
bachiller Fernando de Rojas: 

«Amigo — dis la vieja,— eu la dueña lo veo, 
Que vos quiere e vos ama e tiene de vos desseo; 
Cuando de vos le fablo e a ella oteo. 
Todo se le demuda el color e el desseo. 

» Yo a las de vegadas mucho cansado callo, 
Ella me dis que fable e non quiere dexallo; 
Fago que non me acuerdo, ella va comenvallo, 
Oye me dul(;emente, muchas señales fallo. 

»En el mi cuello echa los sus bla(;'os entramos, 
Ansy una grand pie^a en uno nos estamos. 
Siempre del vos desimos, en ál nunca fablamos, 
Quando alguno vyene otra rayón mudamos. 

»Los labrios de la boca tyenbranle un poquillo, 
El color se le muda bermejo e amarillo, 
El coraron le falta ansy a meuudillo. 
Aprieta me mis dedos en sus manos quedillo. 

»Cada que vuestro nonbre yo le esto desrendo 
Otéame e sospira e está comediendo, 
Avyva más el ojo e está toda bulliendo, 
Paresr*e que con vusco non se estarla dormiendo, 

»En otras cosas muchas entyendo esta trama. 
Ella non me lo nieg¿, antes dis que vos ama; 
Sy por vos non menguare, abaxar se ha la rrama, 
E verna doña Endrina sy la vieja la llama.» 

(Coplas 831-812). 

La intervención del Pamphihts en la historia de los orígenes de la Celestina es muy 
secundaria, pero la del Archipreste es de primer orden, quizá la más profunda de todas, 
y por eso nos hemos detenido en ella todo lo que exige su importancia {•). 

Las comedias elegiacas, que otros llaman épicas por la monstruosa mezcla de la 
narración y del diálogo, pertenecen todavía al seudoclasicismo déla Edad Media, en 
que se había perdido la verdadera noción del drama latino y de su métrica. Ya cuando 
se escribió el curioso diálogo anónimo entre Terencio y un empresario de teatros 

Curvat et ipsa suos ciicum mea colla lacertos, 

A te nÚH-ñ, 8ibi dicere verba rogat. 
Dunique tuimí iioiiien rationis uominat ordo, 

Nominis ammonitu fit stupefacta tui. 
Dum fruitur verbis paKet rubetque frequenter, 

Fessaque si taceo, me monet ipsa loqui. 
His aliisque modis cognoscimus ejus amorem: 

Non negat ipsa michi quin sit amica tibí. 

(V. 507-516). 

(') Otra comedia elcjííaca existe, de la cual creercca que tuvieron conocimiento nuestros doa ¡h 
autores, aunque no ki ut¡]iz!uo.T en nada esencial, sino en meros detallen. Se trata del Lihellus de 
Paulino et Polla, gracioso poomita bastante bien versificado, y de una latinidad muy elegante para \ a 
8U tiempo, que fué el del emperador Federico II (1212-1250). Su autor fué el italiano Ricardo, juez 



INIRODUCCIÓN Lxvii 

(Terentias et delusor)^ que Magain atribuyó al siglo vil, aunque el códice en que se 
ha conservado es del siglo xii, no se sabía á punto fijo si las comedias antiguas estaban 
en prosa ó en verso: 

^n sit prosaicum nescio an metricum (*). 

La combinación esencialmente antidramática del exámetro y pentámetro bastaría 
para probar que talos obras fueron escritas sin ninguna intención escénica; pero á 
mayor abundamiento tenemos un texto positivo y terminante de Juan de Salisbury, el 
espíritu más culto de la primera Edad Media, un precursor del Renacimiento, el cual 
confirma la absoluta desaparición de todo género de actores trágicos y cómicos en fecha 
ya remota del tiempo en que él escribía su Policratieus, dedicado en 1159 al santo 
arzobispo de Cantorbery Tomás Becket (-). 

El verdadero renacimiento del arte dramático de Planto y Terencio se verificó en 
Italia, á fines del siglo xiv y durante todo el transcurso del xv, en una serie de piezas 

de Venosa (Venusiam), la antig^ua patria de Horacio. El argumento son los cómicos amores de dos 
viejos, Paulino y Pola, y sus ridiculas bodas efectuadas por mediación del casamentero Fulco: 

Materiam nostri, quisijuis vis, nosce libelli; 

Hace est: Paulino nuhere Polla petit. 
Ambo senes; traetat hornm sponsalia Fulco: 

Cvjus adit trémulo corpore Polla domum ('■). 

En la obra de Rojas hemos notado una que nos parece reminiscencia de esta comedia. Dice la 
madre Celestina en el aucto IV: «Las riquezas no hazen rico, mas ocupado; — no liazon señor, mas 
»mayordomo; — más son los perseguidos de las riquezas que no los que las poseen». El Lihellus 
expresa idénticos conceptos: 

Hi non sunt domini, sed serví divitiarum, 
Illas prodessct non habuisse magis. 



Hi dum divitiis retinendis, non potiendis 
Intendunt, serví eonstituuntur opum. 



1 



La idea es tan vulgar que ha podido ocurrirse á los dos autores con independencia, pero el giro 
de la frase es idéntico. Acaso tengan una fuente común. 

La imitación del Archipreste puede estar, si no me engaño, en el célebre pasaje sobre la pro- 
piedad que el dinero ha (cop. 490 y ss,), á cuyo espíritu corresponden bastante exactamente algunos 

versos del Paidinus: 

Denario eastella símul produntor et urbes, 

Denario falli saipe p7tella solet... 
Denario sedes maculatur pontijicalis 

Cum non ex merítis, sed magis aere datur. 

Pero son tantos los lugares comunes que en la Edad Media se escribieron sobre este argumen- 
to, que no afirmo, ni mucho menos, que esta sea la fuente, y de seguro no es la única. 

O Este diálogo fué publicado por Magnin en la jBíiZioíAéíMe de l'Ecole des C/iaríes (t. I, p. 524). 

(') ((Et quidem histriones erant, qui gestu corporis arleque verborum, et modulatione vocis, 
ífactaa aut fictas historias, sub aspcctu publico referebant, quos apud Plautum invenís et Metian- 
jdrum, et quibus ars nostri Tertíntii innoíescit. Porro comicis et tragicis abeuntibus, cum omnia 
Dlevitae occupaverit, clientes eorr.m videlicet et tragoedi, exterininati sunt». 

(Johannis Sarisberienses Policraticus sive de nugis Curialium et vestigiis Philosophorum lihri 
octo... Amsterdam, 1664, p. 32, cap, VIII del libro I). 

(») Edición de Da-Méril, en el tercer tomo de las Poésies inédítes du Moyen Age {pp. ;37i«416)4 



Lxviit OlUGENES DE LA NOVELA 

latinas que se desiguan con el título genórico de comedías huinanístic.ia^ importante j 
rara manifestación que apenas había sido estudiada en conjunto, hasta que Crcizcuach, 
en su excelente Historia del drama mod^^rno, escribió sobre ella algunas páginas doc- 
tas y juiciosas como suyas ('). Pero estas indicaciones, que para un libro general son ¡ 
suficientes, distají mucho de agotarla riqueza del tema, y así lo ha estimado el ilus- 
tre profesor de Roma Ireueo Sanesi, que actualmente tiene en prensa una historia de ! 
la comedia en Italia, á la cual auguramos un éxito tan venturoso como lo merecen la ¡ 
ciencia, conciencia y fina crítica de su autor, que ha tenido la rara generosidad de co- ' 
muuicarnos las primicias de su trabajo, en prensa todavía. El capítulo segundo de esta ¡ 
obra, consagrado á las comedias humanísticas, es una magistral monografía que, dan- ] 
(lome á conocer con suma precisión algunos textos inaccesibles en España y comple- | 
tando mis indagaciones sobre otros, me ha puesto en camino do rastrear algunas seme- ; 
jauzas dignas de notarse entre este género literario y nuestra Celestina. Ya en 1900 : 
hice una ligera indicación, que no he visto recogida por nadie, acerca de la comedia \ 
Pjliscene (-). Y me consta que mi buen amigo el eruditísimo Arturo Farinelli ha tra- 
bajado también sobre este punto, que ilustrará sin duda con su especial competencia, i 
como ha ilustrado tantos otros de literatura comparativa. ' 

El iniciador del teatro humanístico, como de casi todas las formas literarias del i 
Renacimiento, fué el Petrarca, que siempre se deleitó en la lectura de Terencio («Te- • 
rentius noster»), y que seguramente le leía con otros ojos que los de Rosvita. En su ■ 
edad madura revisó y anotó el elegantísimo texto del siervo africano. En su primera i 
mocedad había compuesto una comedia llamada Philologia^ y según Boccaccio otra, el I 
Philostratiis, si es que ambas no eran una misma con diverso título, lo cual no pare- 
ce probable. Hoy no existe ninguna de ellas, acaso porque su autor mis'no las destru- ■ 
yó como ensayos demasiado imperfectos. Del Philostratns, por lo menos, consta que ¡ 
era imitación de Terencio. ■ 

La más antigua comedia humanística que ha llegado á nuestros tiempos, y la única ' 

que pertenece al siglo xiv, es el Paidus de Pedro Pablo Vergerio, natural de Capodis- \ 

tria, á quien no debe confundirse con otro de su mismo nombro y apellido que figura ] 

entre los protestantes italianos del siglo xvi. El Vergerio sénior es importante como J 

historiador, humanista y pedagogo. Su libro De ingeniiis moribus se leía todavía en las i 

escuelas en tiempo do Paulo Jovio. Una rarísima edición barcelonesa de 1481 prueba I 

que también había penetrado en España {^). No sería maravilla que fuesen conocidos \ 

(*) GesrJi/chte des Xeueren Dramas von WUlelm Creizenach .. F.rster Damf: M4lelaller itud ¡ 
Frührevatssaiice. llaiie, Niemeycr editor. 1893. Ahtes Duch. D¡e ei sten dramatUclien Versuclie der 1 
Humaniísten, \<p. 529-578. Véanse ¡uleiiiás el liliro de Cli;ia-^iiiii^, DiS essa>s dramatiquen imites de 
l'antiqu'ité au 14.»^" et 1 5. "^e si ¿ele (Paii-i, 1852), y los tr.ihajos de Cloetta, Beitriige zar Literaturges- 
chichte des Mittelalters und der Reiiaissan^e. I Komodte und Tragodie im Mittelaller. II. Die Anfdvge 
der Reaaissaacetragiklie CHalle, 1890 92). 

(') Eli el segundo tomo de su obra, publicado en 1903, Creizenacli afirma en términos demasia- 
do genera es el p;irentesco de la Celestina con las comedias liiimanísticas: «Es ist ein Lesendraina 
»¡[i der Artder latoinisclieti Friüirenaissancekomüdien» (Geschichte des Neurcnilramas, 11. Renais- 
sanee und Re/urmation, pp 153-157). 

(') De este libro, impreso en Barcelona por Pedro Posa y Pedro Erun, y terminado en 3 de jí 
septiembre de 1481, ¡o se conoce más que un ejemplar en la Biblioteca Municipal de Tolosa de 
Francia (Vid. Haeblcr, Bibliografía Ibérica del siglo XV. La Haya, Nijhof edite r, pág. 326). 



INTRODUCCIÓN lxix 

tambióu otros escritos suyos, pero me parece iuverisímil que entre ellos se contase su 
comedia juvenil, que hasta estos últimos años ha dormido inódita en la Biblioteca 
Ambrosiaua de Milán y eu la del Vaticano ('). Y, sin embargo, esta obra presenta algún 
punto común con la Celestina, empezando por las promesas de moralidad que el título 
encierra. A^'ergerio pone á su obra el rótulo de Paulus comoedia ad iuvenum mores 
coercendos, y se propone, entre otras cosas, mostrar cómo los malos siervos y las muje- 
res perdidas estragan los más pingües patrimonios: «ad diluendas opes» . El autor de la 
Celestina nos dice desde la portada que su libro contiene «avisos muy necesarios para 
» mancebos, mostrándoles los engaños que están encerrados en sirvientes e alcahuetas» . 
Los medios empleados son de tan dudosa eficacia moral en una comedia como en otra. 

El protagonista de la comedia, Paulo, es un estudiante haragán y desaplicado, á 
quien su siervo Herotes arrastra por el camino del vicio. A esta perversa influencia se 
contrapone la de otro siervo, bueno y leal, Stichus, que advierte lealmente á su señor 
de los peligros que con e y procura apartarle de la vida disipada que lleva en compañía 
de otros estudiantes tan corrompidos como él y de rufianes y meretrices. La intriga se 
reduce á una odiosa tercería, en que la inmunda vieja Nicolosa cede por dinero á 
Paulo su propia hija, Úrsula, que Herotes se encarga de hacer pasar por virgen des- 
pués de haberla desflorado. 

Como se ve, la semejanza con la Celestina es muy vaga y genérica. Los dos cria- 
dos de Paulo traen á la mente los de Caliste, poro son diversos sus caracteres. Stic.hus 
resulta constantemente bueno en la comedia latina. Pármeno, que al principio da sanos 
consejos á su amo, se pervierte con el trato de su compañero y los regalos amorosos de 
Areusa, y llega á hacerse cómplice del asesinato de Celestina. Sempronio, en la obra 
española, es un gentil racimo de horca, un rufián ó poco menos, que acaba por dar de 
puñaladas á una vieja para robarla una joya. Pero su perversidad no iguala de ningún 
modo á las negras maquinaciones de Herotes, que se complace y encarniza en el mal 
con tanto deleite como Yago, y hace alarde y reseña de sus propios crímenes, jactán- 
dose de haber arrastrado á la pobreza y á la infamia á muchos mancebos ilustres. Tam- 
poco la madre Celestina, aunque pertenece á la familia de Nicolosa, parece capaz del 
horrendo parricidio moral que á ésta se atribuye: á lo menos en la Trafíicomedia no 
lo comete, ni artísticamente podía cometerlo. 

Por otra parte, hasta la forma exterior, que no es la prosa, como en la mayor parte 
de las comedias humanísticas, sino el trímetro yámbico acataléctieo ó senario, muy 
incorrectamente manejado, aisla de sus congéneres esta pieza, en que por primera vez 
reaparecen los nombres clásicos de prótasis, ejntasis y catástrofe. De nada de esto hay 
vestigio en la Celestina. Lo que tienen de común ambas piezas es el ambiente escolar 
en que se desarrollan: <'Paulo es un estudiante universitario (dice el señor Sanesi); sus 
» procederes, sus palabras, y las de todos los que le rodean, nos des'cubren un rincón 
»de la vida estudiantil de aquel siglo tan remoto de nosotros. Ni la ávida Nicolosa, ni 
»la diestra Úrsula tienen mucho de común con las mujeres del teatro latino; son, por 
»el contrario, figuras copiadas del natural, ofrecidas directamente por la realidad, y 
» pertenecen á aquella clase de mujeres de que no es difícil á un joven, ni habrá sido 

(*) La publicó K, Müllner en los Wiener Studien, a. XXII, pp. 236 y as., vallen loso para p>ta- 
blecer el texto del cóiice Anahrosiano C. 12 siip. y del Vaticano Lat. G878, que afinna ser el mejor. 



Lxx ORÍGENES DE LA NOVELA 

» difícil á Vergerio cuando frecuentaba los cursos de las universidades de Padua, de Flo- 
»rencia ó de Bolonia, hacer conocimiento personal ó adquirir experiencia inmediata». 
Los mismos tipos pud'j encontrar, y seguramente encontró, en Salamanca el bachi- 
ller Fernando de Rojas, sin necesidad de conocer el Paulas. La exacta observación 
del crítico italiano da nueva fuerza á la opinión de los que hemos sostenido que la 
Celestina puede muy bien ser obra de un estudiante, y si no lo es, ciertamente lo pa- 
rece. Los escolares del Renacimiento solían ser muy hombres cuando frecuentaban las 
escuelas, y eso que no se había llegado tadavía á los felices tiempos en que, para dis- 
frutar de los privilegios del fuero académico y acogerse á la blanda jurisdicción del 
Rector, solían matricularse personas que pasaban de treinta años, y hasta verdaderos 
vigardos y malhechores, de lo cual en la biografía, todavía inédita, de un dramaturgo 
español del siglo xvii hay un curioso ejemplo. 

Comedias universitarias son en su mayor número las comedias latinas escritas en 
Italia durante el siglo xv, y lo son, ya porque reflejan costumbres meramente acadé- 
micas, como la comedia anónima que Sanesi llama electoi'al^ y es obra, al parecer, de 
algún alemán concurrente á la escuela de Padua; ya porque son estudiantes algunos 
de los interlocutores; ya porque consta haber sido escritas y representadas por escola- 
res, como lo fué en el estudio de Pavía lajhorrible y obscenísima comedia Janus sa- 
cerdos^i en 1427, imitada por Mercurio Roncio de Yercelli en la suya, no menos feroz. 
De falso ypocrita et ír/sí/, que se representó diez años después en la misma universi- 
dad lombarda. Una y otra permanecen afortunadamente inéditas, y el mero hecho de 
su existencia arguye la profunda depravación intelectual y moral de la sociedad en 
que nacieron. Apenas se concibe que en tiempo alguno hayan podido ser materia de 
chistes, pronunciados en público teatro, en solemnidad académica, por jóvenes cultos, 
estudiosos, ilustres, los vicios y torpezas más hediondas, que ni nombrarse deben entre 
cristianos, y que por su enormidad misma requieren el cauterio de la ley penal, no el 
de la sátira, y son incompatibles con la representación festiva. 

Por fortuna estas dos comedias, y alguna otra, como la Conquestio uxoris Cani- 
ckioli^ son excepciones en la rica galería del teatro humanístico, que rara vez es casto 
y morigerado en la dicción, pero no ultraja, por lo menos, los fueros de la naturaleza. 
Su materia es varia: hay piezas que pueden considerarse como cuentos dialogados, 
unos de origen clásico, por ejemplo, la comedia B¿le ('), otros derivados de Boccaccio 
ó de tradiciones populares, que ya habían recibido diversas formas, incluso la dramá- 
tica, en lengua vulgar francesa ó italiana. 

Por la singularidad de su forma alegórica, por el prestigio del nombre de su autor, 
memorable en todos los órdenes de la cultura artística y científica, varón de muchas 
almas, como sólo el Renacimiento los produjo, debe mencionarse la comedia Pkilodo- 
xiis ó Philodoxeos, que el florentino León Bautista Alberti compuso (según las investiga- 
ciones del señor Sanesi) antes de la segunda mitad de 1426, cuando la enfermedad y la 
dura pobreza le hicieron suspender los estudios de Derecho que había comenzado en la 
universidad de Bolonia. Esta comedia, bastante confusa, que su propio autor procuró 

(') Es una. facecia que se encuentra en Ateneo y otros antiguos, y también en el Fabidario de 
nuestro Sebastián IMey, en los Cuentos de Garihay y en la Iloresta Española de Santa Cruz, eomo 
puede verse en el torno II de estos Orígenes de la Novela, pp CIX y GX. 



INTRODUCCIÓN lxxi 

aclarar con un comentario, tuvo en el tiempo de su aparición maravilloso éxito, á causa 
de que Alberti la hizo pasar por obra de un antiguo poeta llamado Lópido, encontrada 
en un vetustísimo códice ('). Nadie sospecho el engaño; pero cuando fué declarado por 
su propio autor, la pieza perdió algo de su crédito, suerte común de las falsificaciones 
más hábiles. Todavía el Phllodoxos se leía y comentaba en las escuelas á principio del 
siglo XVI. Precisamente en 1501, dos años después de la primera edición de la Celesti- 
na., salía de las prensas de Salamanca la comedia latina de Alberti, para estudio y 
recreo de los discípulos de un cierto bachiller Quirós, que explicaba en aquella uni- 
versidad los poetas clásicos {^). 

El bachiller Quirós afirma, y no podemos menos de darle crédito, que el opus 
piilcherrimum de León Bautista Alberti era enteramente desconocido en Salamanca 
hasta su tiempo. Es de creer, pues, que tampoco le conociese el bachiller Rojas antes 
de esa fecha. Pero nada importa averiguarlo, porque el Fhilodoxus no se parece en 
nada á la Celestina^ ni en la fábula, ni en los caracteres, ni mucho menos en la inter- 
pretación alegórica que su autor quiso darle. Hay, sí, un joven ateniense llamado Filo- 
doxo, enamorado de la romana Doxa, y que se vale para conseguir sus fines de un 
amigo suyo llamado Fronesio. Otro pretendiente de la misma joven, hombre rico y 
brutal, llamado Fortunio, cansado de perseguirla con inútiles ruegos, se decide por el 
rapto, entrando á viva fuerza en su casa; pero en vez de Doxa se lleva por equivoca- 
ción á su hermana Femia. Al fin todo se compone merced á la oportuna intervención 
de una especie de comisario de barrio, jefe de los centinelas ó vigilantes nocturnos 
(Chronos^ exeubiarum magister), el cual decide que Fortunio se quede con la doncella 

(') Todavía lleva su nombre en la e.iición de Lnca de 1588, descrita por Brunet: Lepkli comicl 
veteris Philodoxios fábula, ex antiquitate eruta ab Aldo Manucio. El testo impreso por Aiilico Bonu- 
cci (Opere vulgari di León Batlista A Iherti... Florencia, 1843-1849, tomo I, pág. CXX) difiere bastar.te 
de éste. 

(-j Gallardo [Ensayo, tomo III, núm. 3.559) es el único bibliógrafo que ha descrito esta edi- 
ción, de la cual posee un ejemplar la Biblioteca de la Universidad de Salamanca, y creo que otro la 
de Oviedo. líe creído oportuno, tratándose de pieza tan rara y curiosa, hacer una descripción más 
detallada, en la cual pongo íntegros el prólogo del Bachiller Quirós, el argumento de la comedia y 
]a libta de los personajes: 

Comedia Fhilndoxeos leonis hapüste- (A la vuelta): Bachalarius qiiirosius Alfonso t/cio títulos 
assecuto et Salnianiicensis academie grammatico atque praeceptori suo. S. — Quum diebus superioribus, 
praeceptor suavissime: nonnullis ex auditoribus meis quibus publica lectione Vergilium enarro, qui- 
bnsque privatim et luvenalis Satyras et Lucani pharsaliam interpretor: philodoxeos fabulam: quam 
Baptista albertus singularis ingenii: summa cum elegantia ac venustate coraposuit: ostendissem: 
quamprimum a me efflagitare caeperunt: ne tam pulcherrimum opus et hic ómnibus inoognitum apud 
nos aniplius latere permittercm: quorum ego etsi honestissimis studiis tamdiii abnuendum esse 
existimavi quo [ad] tibi ipsi qui id mili! mandaveras morem gerere fuit necesse:tuo itaqueductu et 
auspicio comoediam ipsam imprimi curavimus: quod tamen illi et dignitatem allaturum puto et auc- 
toritatem. In qua re si grutum tibi laborem noatrum fuisse sensero: forsitan tecum maipribus agam: 
id autem una potiasimum re iudicabo: si dabis oper im: ut apud scholasticos ipsos quam gratiosum me 
tua commendalione fiictum esse cognoscam. Vale longissimis praeceptor annis: et hunc tibí manci- 
patura discipulum amare non desinas. Iterum vale. 

(ílncipit Philodoxeos. Leo. Bap. Pliilodoxus atheniensia adolescens doxiam romana,m civem 
amat perdite. Atqui habet f ide óptima et singular! araicitia coniunctum Phronisim, qui oum aua 
consilia- Gotiferat: Dat operam PhrornÍBÍ8.amici causa: utDitonum libertum convicinum amate beni- 
volentia sibi advinciat. Homo fidem praestat rebus defuturum se nunquam. At interim Fortijn¡,u8 



Lxxii ORÍGENES DE LA NOVELA 

raptada y Filodoxo se case con su amada Doxa. Pero esta es la corteza del drama; en 
el fondo hay una idea simbólica, á la cual responden exactamente los nombres de los 
personajes. Filodoxo^ el amante de la gloria (Doxa)^ llega á desposarse con ella. For- 
tunio^ el favorecido por la fortuna, cree conquistar la Gloria y se queda con la Fama 
[Feíniá]^ que es cosa no despreciable, pero de calidad inferior. Chronos es una perso- 
nificación del tiempo, y á este tenor todos los personajes. La moralidad es fácil de in- 
ferir: sólo la sabiduría y la prudencia pueden conquistar la verdadera gloria; la fortuna 
y la riqueza tienen que contentarse con la fama. La comedia de Alberti está en prosa 
y consta de doce escenas. En la larga serie de las Celestinas sólo encontramos una y 
muy tardía, la Dolería del Sueño del mundo^ que tenga el carácter alegórico de la obra 
de Alberti. una y otra son lánguidas y fastidiosas, aunque de intachable honestidad. 
Las comedias humanísticas que verdaderamente pudieron influir en la Celestina 
se reducen á tres: la Philogenia^ de Ugolino Pisani; Ja Polisceyía^ atribuida á Leonardo 
de Arezzo, y la Chrysis^ de Eneas Silvio Piccolomini. Daré á conocer rápidamente 
estas obras en lo que tienen relación con la nuestra. Son tres historias de amor, pero 
tratadas de muy diversa manera. He aquí cómo expresa Sanesi el argumento de las 
primeras escenas de la Phi'ogenia, únicas que á nuestro asunto interesan: «Epifebo, 
» que ama á Filogenia y desea violentamente poseerla, va de noche bajo sus ventanas 
»y tiene con la doncella un largo y apasionado coloquio. La joven, en quien luchan el 
»amor y el deseo con el freno del pudor y de la educación, se muestra al principio indi- 
»ferente é incrédula. Pero Epifebo habla con tanta dulzura, suplica con tauto calor, 
» invoca la muerte con tanta angustia, manifiesta los propios tormentos con tanta viveza 
»y sinceridad de palabra y emplea tanto arte en disipar sus temores y sus dudas, que 

civis insolens adolescens, d^'natis suasu lianc ipaam Doxiam ciipere occipiens lepiJissima Pluoinsia 
astutia (lepiilsus est: qiio aclamans non niliil sese verhis conunenilutum fecit nuilieriba--. Deniqíie 
irristis Fortunius adolescens per viui e.Ks ingreditur, Siiniara soiorem Doxie rapit. Tándem Muin^ia 
ancilla, cuín virunisuum Phronisim conipeiisset atqne Ticliia Fortunii mater precibns exorarunt ut 
Cronos excnbiaruin inagister oninia componeiet. Ex qiio liic raptaiu tenuit, is vero amataní d.ixit. 
Esplicit argiinientum». 

Personaje! de la comedia: 

Ph/lodoxus, adolescens. Phymia, sóror Doxae. 

Phronisis, amicus Pliilodoxeos. Mnimia, ancllla. 

DttonuSj libertus. AUthya, ancilla. 

Dynastes, senex, libertus. Cronos, excubiarum magister. 

i^oí'íunñís, adolescens, T%cA¿a, niater Fortunii. 

Dora, pnella. 

— lo. Francisci Poggii Florentini ad Alexandrum VL Pont. Maxim, in expeditione contra 
Turcas Euisto'a. 

— In Turcos Porcia Declamatio (precedida de una dedicatoria á Alejandro VI). 

(Colofón): (cHieronymi Porcü Patricii Romani Bas. Prin. Ap, Ounonici Rote prim.irii Audiiori.*». 
Hundrcnsis Episcopi in Turcos Cluisti;ini Federis O 'mpilatio liibente Alexandro Borgia Sexto Pon- 
tifica Máximo: totius sacri Senatun Renerendissimis Cardinalibus ac Regum et Principum Oratoribiis 
adstantibus universis Ínter divina publícate foeliciter. 

ytlinpressum Salmanticae per lomnem Gysser Alemanum de S'lgenstat Anno domhii M.CCCCCI, 
dle vero XX decemhrisy> 

Todos estos opúsculos forman u > .solo volumen con signaturas seguida-! (a d iv) La come lii 
llega hasta la c vii. 



INTRODrCCION Lxxiii 

» finalmente la doncella cede al destino y abandona ocultamente la casa paterna. El 
»joven, acogiéndola entre sas brazos, la conduce sin dilación á su propia casa, donde 
»(como 61 dice) pasarán todos los días al modo de los epicúreos» ('). 

Los sucesivos lances de la comedia, que ya pueden inferirse por tal principio, per- 
tenecen enteramente al género de Boccaccio y recuerdan la historia de la hija del Rey 
del Algarbe, tan traída y llevada por diversos amadores. Epifebo, perseguido por los 
parientes de Filogenia, acaba por casarla con un rústico, tan codicioso como crédulo y 
necio. 

Sólo en el coloquio de la ventana, en la intervención episódica de las dos cortesa- 
nas Servia ó Irzia, y en el noble carácter de los padres de Filogenia (Cliofa y Calisto), 
que un tanto recuerdan á Pleberio y Alisa, cuando se despiertan sobresaltados al sentir 
ruido en la cámara de su hija, puede verse algo que se parezca á la Celesima. Tengo' 
por muy dudosa esta fuente. 

No así la Poliscena^ atribuida generalmente (acaso con error) al célebre humanista 
Leonardo de Arezzo, á quien, por no confundirle con su infame homónimo del siglo xvi, 
no llamaremos Aretino. Esta comedia, que se conoce también con los nombres de Cal- 
phurnia y Gargulio^ corrió impresa desde 1478 y tuvo la honra de ser explicada en 
cursos universitarios, hasta en la remota Polonia {^). Es de suponer que llegase á España 
autes que el Phüodoxus^ y todo el que atentamente la lea notará sus semejanzas y dife- 
rencias con la Celestina. Oreizenach advirtió ya que el contenido de la Poliscena se 

(') «Della Philogenia del Pisani ricoida dne antlche ed'zioni il Balilmann in Centralhlatt für 
)>Bihl/oíhekswesen, a. XI, fase. 4, pag. 175. Ma a me liinasero inaccosibill; e ¡o mi vaisi, per Tésame 
wdella comraedia, del cod, Laurenziano Ashb. 188.» (Nota que me lia c jumuicado el Sr. Sinesi.) 

(*) Tanta boga tuvieron en su tiempo algunas comedias liumaiií.sticaá, que se insertaron frag- 
mentos de ellas, al lado de los de Plauto y Tcrencio, en una célebre compilación retórica, formada 
en Aleminiaj la Margariki Poética^ de Alberto de Eyb (Niiremberg, 1472), de la cual hemos mane- 
jiido en nuestra Biblioteca Nacional las siguientes edicione-;: 

a) Margarita poética de arte dictandi ac practi candi eputolarum opus clarissimum hicipit. 

Incunable, sin año ni lugar. 4." 

h) Oratorum omnium Puetarum: Hystoricoriim: ac Ph¡loso})horum eleganter dicta: per clarissi- 
muin virum Alhertum de Eiib in unuin coUecla faeliciter incipiunt. 

(Colofón): Suiíima Oratorum omnium: Poetarum: Historicorum: ac Phihsophorum Autoritaíes 
in unum coHeclae per clarissimum virum Alhertum de Eijh Vtriusque doctorum eximum: quae Marga- 
rita poética dicitur : faeliciter finem adepta est. M.CCCC.LXXXXTII. Kalen. íanuarii. 

Fol. 

c) Margarita Poética. 

(Colofón): Explicit opus excellentisaimum in se continens omnium fere Oratorum Poetarum Histo- 
ricorum. ac Philosophorum Autíritates: collectum p. Clarissimum vir. Alhertum de Eyb utriusque luris 
doctorem, quod Margarltam poeticam.- inscripsit: Impressum Basileae per magistrum loannem de 
Amerhach. Anno domini. M.CCCC XCV. 

d) Margarita poe ica de arte dictandi ac practica ndi epistolarum opus clarissimum feliciter incipit. 
Incunable, en 4.°. sin año ni lugar 

e) Edición en folio do 1503. 

(Colofón): Expficit opni excellentissimum in se continens omniun fere Oratorum: Poetarum: ITis- 
toricorum ac Philosophorum Auctoritutes: collectum p. Clarissimum virum Alhertum de Eyb utriusque 
luris doclorem, quod Margarltam poeticam inscripsit: Impressum Basileae p. magistrum loannem de 
Amorhuch loannem petri et Ioiinne:u fro¡>ei), consocios Anno do'uini. M.CCCCC.HI. 

Secundae Partis: tractatus I. Cap. X\T. 

Nimc vero aliquas extraordinarias item Comoedias; et quidrm numero tres proscquendas ex 



Lxxiv orígenes de la NOVELA 

parecía mucho al del Pamphihis. En pocas líneas, pero muy exactas, da idea Gaspary, 
en su excelente Hisioria de la lifcratura italiana ('), del argumento de esta comedia: 
«Un joven, llamado Graco, encuentra á la joven Poliscena que volvía con su madre 
>>Calfurnia de oir un sermón en la iglesia de los frailes menores. Enamórase súbitamente 
» de la doncella, y ésta de ól. Graco se vale de la mediación de su esclavo Gurgulio 
» (nombre tomado de una comedia de Planto) y Poliscena acude á su esclava Tharatán- 
»tara, hábil en todo género de tercerías. El parásito, después de haber tentado inútil- 
» mente á la madre con promesas y ofrecimientos, va una mañana a ver á Poliscena, 
» mientras Oalfurnia está en la iglesia, y con bellas palabras, y pintando muy al vivo 
»los tormentos de su amador, induce á la joven á concederle una entrevista. Graco se 
»vale de la ocasión sin ningún escrúpulo; sobreviene la madre, enfurecida, y amenaza 
»con citarle á juicio; pero el padre de Graco, Macario, pone remedio á todo permi- 
» tiendo que su hijo se case con Poliscena» , 

Tal es el asunto de esta pieza, brutal y refinada á un tiempo, pues, aunque escrita 
en prosa, remeda con suma habilidad la lengua de los poetas cómicos latinos. Si en la 
comedia humanística hay algún prototipo innegable de la fábula de Rojas, éste es sin 
duda alguna. La semejanza consiste, no sólo en la acción, sino en los tipos del siervo 
Gurgulio y de la vieja Tharatáutam. Esta última, sobre todo, parece abuela de Celes- 
tina. Como ella se lamenta do los males de la vejez y recuerda los perdidos goces juve- 
niles: 'iMcinini ego mu quondam a multis amaii., memini etianí me mullís egregie 
saepius illudere ac june quasi lígalos trahere. Verum heii! me jam effaelam manent 
fala ullncía, non íta ut prídein ambior^ nec ullís artibus pristinum vígoreni possuní 
reparare». Como ella tiene fama de hechicera: «Non verentur eliam me veneficfim 
nuncupare ac hlajiditíis fallacíbus me palpare ipsos i?icusant^ ac ma^jico carmine 
vitam auferre conati» . Y el mismo Graco, después de hacer un horrible retrato de la 
vieja, añade como último improperio: ^Suspecta etiam admodam es veneficíí 7iomine». 

El diálogo de Tharatántara con Poliscena tiene también rasgos celestinescos, especial- 
mente en lo que toca á la recomendación de las prendas del amante y al encarecimiento 
de los extremos de su pasión: «lia me javet Jesús., posteaquam te amare coepit., nun- 
quam vidí ipsum hilarem, placidum nemíni.,satago obsonía ac pulpamenta qiiae scio 
omnia^ demidceo verbís quantum possum., ai neqttit esse.^ inquít, ñeque polare^ noeles 
ducit insomnes, ingemiscit perpetuo...» La semejanza continúa en el acto ó escena en 
que Tharatántara da cuenta á Graco del desempeño de su comisión (-). Pero en la Polis- 

ordinc diixi. Et inipiimia Pliüodoxios: quae est Caroli Aretini: scse fert Comoedia adinodiim iucun- 
dissiina. 

De auctoriiutihus ac sentendis ex Comoedia philodoxios Caroli Aretini collectis. Cap XV. 

De auctoritatibus ac sententiis sumptis ex Comoedia de falso Hypocrita et tristi: Mercurü Roncii 
Vercellensis. Cap. XVL 

De auctoritatibus ac sen'enliis rereptis ex Comoedia Pliilorjenia Ugnlini Parmensis. Ci\p. X.VII. 

(<) Sioria della letleratura italiana di Adolfo Gaspar;/, tradotta dul tedesco da Viltúrin Eossi. 
Tiiiín, Loesolipi-, 1891, lomo TI, pág. 106. 

(2) «.Gracchus.—'Nk'i me fallit .^pes bítna, botuim refeit molo niinciuiu Tliaiatiiitaia,' nam aede« 
))pol venit hilarior, seque ocius movet ac solet... Triumpho lierciile si quid jussi iuipelravit, eo 
»übviam, lieus, lieiis, Tharatántara, qiiac nova, quae nova? 

ytThni'atantara — Bona, bona. 

nGracchi-^'Son snm apud me, Hncoeeslt oportune? 



IXTRODUCCION lxxv 

cena todo marcha por la posta, siu rastro de estudio psicológico y sin recato ni come- 
dimiento alguno. Poliscena otorga una cita á las primeras de cambio, aprovechando la 
ausencia de su madre, que está en la iglesia, j el nudo se desata por los procedimientos 
más brutales y menos complicados. Si de esa comedia, así como del Pumphilus^ pudo 
aprovechar algo Fernando de Eojas, nunca con tan humildes materiales se levantó edi- 
ficio tan grandioso y espléndido ('), 

Si la Poliscena fué la primera imitación consciente y deliberada de la dramatur- 
gia plautina, la Chrijsis^ compuesta en 1444 por el futuro Pío II (Eneas Silvio Picco- 
lomini) cuando asistía á la dieta de Nuremberg, es la primera tentativa formal de repro- 
ducir el metro propio de la comedia, el senario yámbico de los latinos, abandonando la 
prosa en que habían escrito todos sus predecesores, con la única excepción de Verge- 
rio. En la Chrysis uo hay verdadera acción, sino una serie de escenas que pintan muy 
al vivo las costumbres de las meretrices y de los jóvenes disolutos. Hay coincidencias 
con la Celestina^ pero todas ellas se refieren á pasajes. que están antes en Plauto: «Nin- 
»gún amante (dice Casina á Crisis) me agrada por más de un mes; siempre las nuevas 
» calendas me traen amores nuevos->. Y Crisis la replica: «Tu constancia es excesiva, 
aporque conviene celebrar también con nuevos amores las nonas y las idus, ó, como 
»hago yo, procurarme á cada nuevo sol nuevos amantes». La misma doctrina inculca 
Celestina á Areusa en el acto VII: «Nunca uno me agradó, nunca en uno puse toda mi 
»afficion. No hay cosa más perdida, hoy, que el mur que no sabe sino un horado; si 

y>Tharat. — Laetare, laetare inqiiaiii Graclje, nninis res in vado cst, nihil me fefellit, quod in 
))raentem venerat. 

y>Grucch.—'Si\ deEessa es, mea raater, sede modo, atqiie enana sedulo proiit sese res habiiere, 
»priimim cave ne me in gar.dium conjicias frustra. 

y>Tharat. — Sede propiíis ne qiiis audiat nos. 

y)G7'acch. — Sedeo. 

y)Tharat. — Principio ubi pulso foros aperiUir ¡luco, postea qnae poscit oniriMim rogat Poliscena 
i'qiiid rei est seciun. 

)) G racch . — T i m e o . 

))Tharat. — Dico illam vorbis tiiis alloqui si bibet, stiipe", squalor nascitiir faciei, primuin ntor 
))c¡rcuitione, Iaudibu.s extollo virginis formam, siibridet ubi te nomino, rubet faciem...)i 

O Hay de la Poliscene varias ediciones, todas de suma nreza. La más antiüiia, con el título 
de Calphurnia et Gurgulio, es de 1478, y probablemente sería la que leyese el bachiller Rojas, 
puesto que las demás que Brunet y otros bibliógrafos citan son posteriores á la impresión de la 
Celestina (Leipzig, lóOO, y otras cinco tiradas más hasta 1515; Krakaa, 1509; Viena, 1516; todas 
con el título de Comedia Poliscene per Leonardum Aretinuin congesta). No habiendo podido encon- 
trar en España ninguna de ellas, he tenido que valerme de la reproducción incompleta que por 
casualidad hallé en im curioso librillo cuya portada dice así: 

((E(¡u¡t¡s Franci et Adulescentulae Mulieris Italue Practica Artis Amandi, insigni et jucundis- 
iiina historia ostc/isa. Cai praet<rea, quae ex variis autoribus antehac annexi sunt, alia quaedain huic 
maleriae non inconvenientia jam primum accesserunt, eaque singularia; et ad Praxim hujiis saeculi 
putissimuin accommodata. Auctore Hilario Drudone Po'éseos studioso. Ainstelodaini, apud Georgium 
Trigg. 1651». 

Comienza con la novela de Eneas Silvio, pero contiene otias muchas piezas, en prosa y verso, 
de varios autores, algunas de ellas muy singulares y difíciles de hiUar. 

Laa escenas de la comedia Poliscene no llevan nombre de autor y sólo este caprichoso título: 
Idea clandestinaruní desponpationum, quaefiunt mediantibus midierihus vetulis (pág*. 147 á 158)» 



Lxxvi ORÍGENES DE LA NOVELA 

» aquel le tapan, no avrá dónde se esconda del ^ato; quien no tiene sino un ojo, mira a 
»quánto peligro anda... ¿Qué quieres, hija, deste número de uno? más inconvenientes 
»te diré del que años tengo acuestas; ten siquiera dos, que es compañia loable... E si 
»más quisieres, mejor te yrá, que mientra más moros más ganancia». 

En uno j otro pasaje se ve la imitación de los consejos que Scapha dirige á Pliile- 
matium en la Mostellaria de Plauto (v. 188-90): 

Tu ecastor erras, quae quidem expectes tinum atqxie illi 

Morem praecipue sic geras atque alios aspernere. 
Ilatronae, non meretrieiiimst^ umim inservire amantem. 

Hay también en 1p Chrysis una lena llamada con toda propiedad Canthara por su 
insaciable amor á la bebida. Eneas Silvio, que lleva muchas veces la imitación hasta el 
plagio, pono literalmente en su boca el mismo ditirambo que pronuncia la vieja del 
Curculio. 

Puede tenerse por cierto que Rojas desconocía la existencia de la Chrysis, obra que 
todavía está inédita á estas horas, y que su sabio autor, cuando llegó á las altas digni- 
dades eclesiásticas, y por fin á la cátedra de San Pedro, procuró destruir con suma 
eficacia, lo mismo que otros escritos suyos, no enteramente juveniles ('), pero compues- 
tos cuando hacía vida secular y profana. Ei-a el principal entre ellos la célebre Historia 
diiorum amantiiim^ de la cual ya hemos dicho algo en el primer tomo de estos Oríge- 
nes (-), por haber sido muy bien traducida á nuestra lengua en el siglo xv y haber influido 
grandemente en la Cárcel de Amor y en otras ficciones sentimentales. 

Traducida ú original, la había leído de seguro Fernando de Rojas, y no fué de los 
libros que menos huella dejaron en su espíritu y en su estilo. La novela del futuro 
pontífice es, como la tragicomedia española, una historia de amor y muerte de dos 
jóvenes amantes. Jün una y otra se mezcla el placer con las lágrimas, y una siniestra 

('j No se oonoce más que nn manuscrito de esta comediii, el cóilice 462 de la biblioteca del 
Príncipe Lobkmvitz, de Prag-a. Tanto la Chnjais como l.i Historia de Eurialo y Lucrecia fueron 
escritos en 1444, cuando Eneas Silvio contaba treinta y echo años. Había nacido en 140c. En 1447 
fué Obispo de Trie.íe; en 1450, de Siena; en 1456 entró en el Colegio de Cardenales, y fué electo 
Papa en el Cóncl.ive de 1458. Tuvo corto pontificado puesto que falleció en 1464; La obra, muy 
extensa y erudita, pero no siempre imparcial, de Voigt (Enea Silvio de'Piccolomini ais Papa Pius 
der Zweite und sein Zeitulter, Berlin, 1856-1858) da cuantas noticias puedan desearse acerca de este 
Papa, una de las más dulces y simpáticas figuras del Renacimiento (Cf. Pastor, Historia de los 
Papas, tomo III de la traducción francesa, 1892). 

(*) (Pág. COCUI). A lo que allí se dice sobre la bibliografía de esta novela debe añadirse que 
la edición segunda, mencionada por Nicolás Antonio y Gallardo como de Sevilla, 1533, acaso sea la 
de 1530, de que he visto un ejemplar en la biblioteca del Duqr.e de T'SercIaes: 

Hystoria muy verdadera de dos amantes Eurialo Franco y Lucrecia Senesa que acaeció en la 
ciudad de Sena en el año de Mil y CCCCy XXXiij años en presencia del emperador Fadrique. Fecha 
por Eneas Silvio, que después fue elegido papa llamado Pió Segundo. 

i^Al fin): Fin del presente tractado de los dos Amantes Eurialo Fraileo y Lucrecia Senesa. Fué 
impreso en la muy noble y mvy leal ciudad de Sevilla por Juan Cromberger. Año de Mil y quinientos 
y treynta. 

El Sr. Foulché Delbosc ha hecho una lindísima reimpresión de este librito, tomando por texto 
la edición de Sevilla, 1512, de la cual existen dos ejemplares, uno en la Biblioteca Nacional de 
Madrid, otro en el Museo Británico. 



INTRODUCCIÓN lxxvii 

fatalidad surgo en el seno mismo del deleite. Poro es diversa la condición de las perso- 
na?, puesto que Eurialo y Lucrecia son amantes adúlteros, y diversa también la catás- 
trofe, que en la obra de Eneas Silvio pertenece al orden moral, y se cumple, no por 
ningún medio exterior, sino por el fuego de la pasión, que consume y aniquila á la 
mísera enamorada. «Esta nuestra, como vido a Eurialo partir de su vista, cayda en 
atierra, la licuaron a la cama sus sieruas hasta que tornasse el espíritu. La qual como 
»en sí tornó, las vestiduras de brocado, de púrpura y todos los atavíos de fiesta y 
•alegría encerró y de su vista apartó, y de camarsos y otras vestiduras viles se vistió. 

Y de alli adelante nunca fue vista reyr ni cantar como solia. Con ningunos plazeres, 
•>donayres ni juegos jamas pudo ser en alegría toi-nada, e algunos dias en esto perse- 
j> verando, en gran enfermedad cayó, de la qual por ningún beneficio de medicina pudo 

ser curada. Y porque su corai.on cstaua de su cuerpo ausente y ninguna consolación 
»se podía dar a su ánima, entre los bracos de £u llorosa madre y de los parientes que 
»en balde la consolaban, la indignante ánima del anxioso y ti-abaxoso cuerpo salió 
» fuera» (•). 

En lo que la historia de Eurialo y Lucrecia pudo servir de modelo á la Celestina 
fué en la elocuencia patética de algunos trozos y en aquella especie de psicología 
afectiva y profunda que el culto, gentil y delicado espíritu de Eneas Silvio adivinó 
quizá el primero entre los modernos. Porque aquí no se trata del amor místico, dantesco 
ó petrarquista, que toma las perfecciones de la criatura como medio para ascender á 
otra perfección más alta; ni tampoco del amor coi'tesano, que es mero devaneo en la 
lírica de Provenza y en sus imitadores; ni tampoco de la pasión desenfrenada y furiosa, 
pero declamatoria, que se exhala en las quejas delirantes de Fiammetta, sino de un 
genero de pasión más apacible y humano, ni enteramente sensual, ni reducido á lán- 
guidas contemplaciones. Este amor, finamente estudiado con una penetración que hon- 
raría al más experto y sagaz moralista de cu ilquier tiempo, constituye el mérito pi'in- 
cipal de las epístolas que contiene el ti-atado de Eneas Silvio, que, al revés de tantas 
otras composiciones artificiales, no es más que la interpretación estética de un suceso 
real acaecido en Siena cuando entró en ella triunñinte el emperador Segismundo. 

Hay pasajes de la Celestina que inmediatamente traen á la memoria otros del 
Eurialo. La descripción de la hermosura de ambas heroínas se parece mucho (-). 

(') rP. 57 y 58 (le la e<lic¡ó:i de Foii'.el.é. 

En las últimas palabras se habrá notado la iiuitaciún ilel úlli-no verso de la Eneida: 

Vituquc cum gcinilu fn>j¡t ¡niliguata aub uiithras. ' 

[') oEra la estatura de Lucrecia algo más que do sus compañeras; su cabelladura roxa e;i 
»abiindancia; la frente alta y espaciosa, sin ruga alguna; lus cejas en arco tendidas, delgadas, con 
sespacio conueniente en medio; sus ojos tanto resplandec'entes que, a la manera del sol, la vista de 
»q;i¡en los mirasse embotaiian, con aque'los a su pla/.er p&dia prender, herir, matar y dar la vida; 
))la nariz, en proporción afilada; las coloradas mexilla-, con ygual medida della apartadas; nin- 
»;4una cosa más de dessear ni más deleytable a la vista podía ser, la qual como re\'a, en cada 
»vna de aquellas vn hoyo hendia, muy desseoso de besar de quien lo viesse; su boca, peciuoña en 
ílo conucnible; los be90s como corales asaz coiiiciosos para morder; los diente?, pequeños y en 
íorden puestos, semejauan de cristal, entre los qnales la lengua discurriendo, no palabras mas 
)>suaue armonía parecía mouer. Qué díre de la blancura de la garganta? Ninguna cosa era en aquel 
Dcuerpo que no fuese mucho de loar..». (I'ág. 4). 

Cf. la descripción que Calisto hace de su au)ada en e¡ aucto primero: «Los ojos verdes, rasgados; 



Lxxvili orígenes de la novela 

Eurialo envía á Lucrecia su primera carta por medio de una vieja tercera, j las pala- 
bras con que la recibe son tan ásperas como las de Melibea en el principio de sus 
amores: 

«Como la alcahueta recibió la carta de Eurialo, luego a mas andar se fue para 
» Lucrecia, y fallándola sola le dixo: «El más noble j principal de toda la corte del 
» César te cnvia esta carta, y que ayas del compasión te suplica» , 

»Era esta mujer conocida por muy pública alcahueta: Lucrecia bien lo sabía; 
» mucho pesar ovo que muger tan infame con mensaje le fuesse embiada, y con cara 
» turbada le dixo: «Qué osadía, muy malvada henbra, te traxo a mi casa? Qué locura 
»en mi presencia te aconsejó venii-? Tú en ¡las casas de los nobles osas entrar y á las 
» castas dueñas tentar, y los legitimos matrimonios turbar? Apenas me puedo refrenar 
» de te arrastrar por essos cabellos y la cara despedazar. Tú tienes atrevimiento de me 
atraer carta? Tú me fablas? Tú me miras? Si no oviesse de considerarlo que a mi estado 
» cumple más que lo que a ti conviene, yo te facía tal juego, que nunca de cartas de 
» amores fueses mensajera;... 

» Mucho temor oviera otra qualquiera; mas ésta que sabía las costumbres de las 
» dueñas, como aquella que en semejantes afrentas muchas vezes se avia visto, dezia 
» consigo: «Agoras quieres que muestras no querer» , y allegando más a ella dixo: 
«Perdóname, señora; yo pensaba no errar y tú aver desto plazer. Si otra cosa es, da 
» perdón a mi ynocencia. Si no quieres que buelva, hecho he el principio, en lo ál yo 
»te obedeceré. Mas mira qué amante menosprecias». 

No prolongaré este cotejo haciendo notar otras semejanzas de detalle que en las 
entrevistas de los amantes pueden encontrarse. Lo principal es el ambiente novelesco 
análogo, la suave y callada influencia que en la concepción de Rojas ejerció un escri- 
tor digno de inspirarle. 

Yolviendo sobre nuestros pasos, creemos inútil mencionar otras comedias hiüna- 
idsticas^ ya por ser de fecha algo posterior á la Celestina^ ya por no tener con ella más 
que conexiones remotas. Por lo tocante á la comedia italiana del Renacimiento, las 



3)la3 pestañas luenga?, las cejas delgadas e aleadas. la nariz mediana; la boca pequeña, los dientes 
j>menvdos e blancos, los labios colorados e grossezuelos; el torno del rostió poco más luengo que 
^redondo; el peclio alto . » 

Pero una y otra descripción quedan eclipsadas por la pintura que se hace de la reina Iseo en el 
último capítulo de Don Tristan de Leonis, justamente elogiada por el señor Bonilla {Libros de 
Caballerías, tomo I, pág. 456). No dudo que también la tuvo presente el autor de la Celestina, 
porque coinciden en algunas frases: «Otrosí tenia mu\' amorosa e graciosa y muy pequeñita boca, 
Dcuyos labrios, delgados quan'.o cumplían, era.ü colorados, que parescian de color de la resplandea- 
»ciente maiíana quando el sol encomienda a salir. Los quales labrios, segund su apostura, bien 
»paregc¡a no rehusar los dulces besos... La guarda e cobertura de los cuales tenían los muy menudos 
yydicntes, que parescian ser de fino marñl, puestos en orden no más uno que otro, puestos affirmados 
))'en las muy coloradas enzias, que parescian ser de color de rosa. .» 

El gracioso rasgo de Rodrigo de Reinosa ó quien quiera que sea el autor del romance de «La 
gentil dama y el rústico pastor»; 

Las teticas agudicas— que el brial quieren romper, 

está tomado de este lindísimo retrato de Iseo: «Tenia otrosí muy espacioso e blanco pecho, en que 
verán dos tetillas a manera de dos man9ana3, eran agudas que parescian romper svs vestidurasD. 



INTRODUCCIÓN lxxix 

fechas dicen bien claro que no pudo influir en la Celestina^ la cual es anterior á todas 
las obras de Maquiavelo, Ariosto j Bibbienua ('). 

Nació la Celestina en pleno clasicismo, cuando el teatro de Planto, que no cons- 
taba ya de ocho comedias, sino de veinte, había surgido del vetusto códice descubierto 
en Alemania por el cardenal de Cusa, y embelesaba y regocijaba la fantasía de los 
humanistas, que no se limitaban á transcribirle y comentarle y á añadirlo escenas y 
suplementos, sino que le hacían objeto de públicas representaciones en su lengua 
original. Los actores solían ser escolares, pero estas fiestas del arte antiguo no eran 
meramente universitarias. Se celebraban con gi-an pompa y magnificencia en los pala- 
cios de príncipes y cardenales, ante el auditorio más aristocrático y selecto. Así en 
Roma aquel Fomponio Leto, tan sospechoso de paganismo, hizo representar en fecha 
ignorada la Aulukiria bajo los auspicios del cardenal Riario, sobrino de Sixto IV; 
en 1499, algunos actos de la Mostellaria^ en casa del cardenal Colonna; en 1502, los 
Menechmi^ en presencia de Alejandro YI, para festejar las bodas de su hija Lucrecia 
con Alfonso de Este. 

Otras representaciones, algunas muy anteriores, hubo en Florencia, en Mantua, en 
Ferrara, en Pavía, en todos los grandes centros de la vida intelectual y cortesana del 
Renacimiento. Si alguna noticia de éstas llegó á oídos de Fernando de Rojas, ¡cómo 
debió agrandarse en su mente la visión del teatro y soñar con otro igual para su 
patria, y encenderse en el anhelo de superar, no ya los pobres remedos de la comedia 
latina que tenía delante, sino al mismo Terencio y al mismo Planto, que habían sabido 
menos que 61 de la vida y del corazón humano! 

¿Se compusieron ó representaron en España comedias hunianísUcas durante el 
siglo XV? No podemos afirmarlo ni negarlo. Hasta ahora el género parece exclusiva- 
mente italiano. Sólo en tiempo de Carlos T, cuando la comedia latina empezaba á 
decaer en Italia, cediendo su puesto al teatro vulgar, la vemos apaiecer en nuestras 
escuelas con los mismos caracteres y á veces con la misma pompa de representación 
que en su patria (-). Y durante todo el curso del siglo xvi la encontramos más ó menos 
ingeniosamente cultivada: en Alcalá por Juan Petreyo (Pérez), que puso en latín tres 
comedias del Ariosto; en Salamanca y Burgos por Juan Maldonado, cuya Hispa- 



(*) La Cassaria y Gli Supposiíi, primeras cotnedias dtl Ariosto, son do 1508 y 1509. La 
Amicigia, del Nardi, fué escrita entre 1509 y 1512. La Calandria, del cardenal Bibbiena, fué repre- 
sentada por primera vez en la Corte de Urbino en 6 de febrero <le 1513. No se sabe la fecha precisa 
de la Mandragola, pero sí que no pudo ser anterior á 1512; fechas todas muy tardías comparadas 
con la de la Celestina, que ya estaba traducida al italiano en 1505. No hay para qué hablar del Orfco^ 
de Poliziano (1471), ni del Timón, de Boyardo (¿1480?;, porque no tienen la menor relación con el 
género de la Celestina ni son tampoco verdaderas comedias. 

Vid. Arturo Graf, Studi draminatid (Turin, ed. Loesclier, 1878), pp. 281 282. 

(*) En los Estatutos de la Universidad de Salamanca (1538), título 61, «de los Colegios de 
Gramática», se dispone que «en cada Colegio cada año se representará una comedia de Plauto ó 
»T«rencio ó tragicomedia, la primera el primero domingo de las octavas de Corpus Christi, y las 
jDotras en los domingos siguientes; y el regente que mejor hiziere y representare las dichas comedias 
DÓ tragedias se le den seis ducados del arca del estudio, y sean juczjs para dar este premio el rector 
»y maestre escuela». 

{Memoria histórica de la Universidad de Salamanca... . por D. Alejandro Vidal y Díaz. Sala- 
manca, 1869, pág. 94 ) 



Lxxx ORÍGENES DE LA NOVELA 

niola no figuraría mal eu la serie de las Celestinas ('); eu Sevilla por Juan de Mal- 
Lara; eu Yaloncia por Lorenzo Palmireno: en Barceloua por Juan Cassador y Jaime 
Cassá, y hasta en la isla de Mallorca por Jaime Romauyá, autor del Oastrimargiis^ 
que se representó en la plaza pública ante un concurso de más de ocho mil espectado- 
res (^). Por fin, este género, cada vez más abatido y escuálido, cayó en manos de los 
jesuítas, que le morigerarou, convirtióndole en comedia de colegio. Así nació y murió 
el teatro humanístico en España, con poco brillo siempre y con poca influencia en el 
drama nacional. 

¿Pudo encontrar Rojas en la dramaturgia vulgar de su tiempo, en el infantil teatro 
de la Edad Media, algún punto de apoyo para su creación? Difícil es responder cate- 
góricamente á esta piegunta. De los juegos de escarnio^ que llegaron á penetrar en la 
iglesia y á ser representados por clérigos, apenas sabemos más que lo que dice una 
ley de Partida. De la Corona de Aragón tenemos un documento aislado, pero muy 
curioso, sobre el cual llamó la atención D. José María Quadrado {=^). Es la queja pre- 
sentada en 1442 á los Jurados de Mallorca contra los abusos introducidos en las 
representacioues que solían hacerse en las fiestas del primer domingo después de 
Pascua y el lunes inmediato, las cuales no versaban ya, como al principio, sobre ma- 
terias devotas y honestas, sino sobre amores y alcahueterías. 

«E en qual manera per solemnitat e honorificentia de la dita festa se acostumavan 
» en temps passat fer en semblant dia diverses entremeses e representacions per las 
aparroquias, devotas e honestas, e tais que trahien lo poblé a devoció; mes empero 

(') loannis Maldonati Ilhfan'iola {Comedia) niuic denhiue per ipsum aulor"rn rcstiiuta utque de- 
tersa] scholUaque locis uliquol ¡llusirata, 1535. (AI tin): Burgis in nf/icinu loannis Tuntan wense octohri 
anno J/.D.ZA'AF (Bil.Iioteca Nacioriíil). 

Esta edición, única que lie vi.ito, es probablemente la últinui. El autor, según nos informa en el 
prólogo, había e crito e-ta comedia en 1519. Corrieron copias de ella, se representó en Portugal ante 
la reina de Francia D/ Leonor, y fué impresa dos veces (una de ellas en Valladolid) sin anuencia 
suya. También habla de una representación en Burgos in aula Principis. La comedia tiene cinco actos 
en prosa, y eslá dedicada al Corregidor de Córdoba D Diego de Üsorio. La fábula es original y poco 
ingeniosa, pero en el estilo quiere remedar á Planto: «Rapnit me time feriatum a bonis studiis. Plan- 
)>tus suis deliciis acjocis; et extra vitae institutum longe prolusit. Commentus sum novum argumen- 
Btum; sed nostris annis magis accoinmodum; nauj in hoc niliil mihi juvavit Plautus; coeterum inter 
»medilandum, sales it joci Plautini circumsonabant anres meas». 

Maldoua lo da á entender que ya iba pasando en Italia la moda de las comedias humanísticas: 
))Videbantur atulitoros et spectatores admirari; et frontem corrugare quod esset in Hispania qui Co- 
y>moedias componeret, cvni Italia jaradudum Cómicos non producat)'>. 

Sobre la Ilispaniola vid. Gallardo, tomo 3.°, núm. 2.878, y Bonilla, en una nota á su traducción 
castellana del Manual de Literatura Española de Fitz-Maurice Kelly fp. 230). 

(') «En 1562 se representó en la plaza pública una comedia latina sobre el rico epulón, titulada 
y)Gastriinargiis, miserable parodia de las de Terencio, con sus criados locuaces, sus desvergonzadas 
brameras y sus máximas morales, pero sin numen, sin agudeza y casi sin versificación. Asistían á 
»ella dos Obispos, el virrey, multitud de autoridades, teólogos y caballeros, y un concurso de ocho ji 
))mil personas...» | 

(Articulo de D. J >sé María Quadrado en La Palma (1840\ pág. 232. Ignoro el paradero actual I i 
del manuscrito del Gastrimargus que poseía Bover y leyó Quadrado ) 

(3) Allí u'o publicado en La Unidad Odúlici, periódico de Palma de Mallorca, 1871, y reim 
preso en el tonio VI de las Obras Completas de D. Manuel Milá ¡/ Fontanah (Barcelona, 1895), pá- ¡^ 
ffina 323 



INTRODUCCIÓN lxxxi 

.•>d'a1o;uii temps ensá qiiasi tots auvs se fcu per los caritaters (eucargados de las fiestas 
- de la Caridad) de las parroquias, qui los demés son jovens, entremeses de enamora- 
^ments^ alcarotarias e altres actes desonests e reprobnts^ raajormeiit en tal dia en lo 
»qual va lo clero ab processons e crea levada portaus diverses reliquies de sauts, de 
i que lo poblé pren mal exempli e román scandalizat» . 

Yo no me atreveré á decir, con mi inolvidable amigo Qiiadrado, que íaquí tene- 
smos ya el drama secularizado en Mallorca medio siglo antes de la aparición de la 
» Celestina-, los temas devotos sustituidos por los profanos; el anto suplantado por la 
>cüinedta>. Sería preciso que la casualidad nos descubriese algún fragmento ó mues- 
tra de tales representaciones para que pudiéramos inducir su carácter. De todos modos, 
el documento es singular, pero en Castilla tenemos otro muy análogo: los decretos del 
Concilio de Ai-anda, que en 1473 mandó celebrar el arzobispo de Toledo D. Alfonso 
Carrillo. Uno de ellos da testimonio del escandaloso abuso de las representaciones pro- 
fanas dentro del templo en las fiestas de la Xavidail, de San Esteban, de San Juan y 
de los Inocentes, y en las solemnidades de misas nuevas: <sLnd¿ theatrales^ larvae, 
■■> mojistra^ spectaculn, necnon quam plurim i inhonesta ei diversa fty menta in ecclesiis 
>Í7itro lucuntar, tumnltiiatones qnoqiie et ^<t/¿rpia carnninay^ et i-derisorii sermones^ 
■^ dicunttir» . Pero dudamos mucho que esta inculta y bárbara manifestación dramática 
hubiera podido influir en un espíritu tan culto como el de Fernando de Rojas. 

Los orígenes de la Celestina no son populares, sino literarios, y de la más selecta 
literatura de su tiempo. Aún no hemos apurado el catálogo de sus reminiscencias. Leía 
mucho su autor, como todos los hombres estudiosos de su generación, á los dos grandes 
maestros del primer Renacimiento italiano, Francisco Petrarca y Juan Boccaccio. Las 
obras latinas del primero le eran tan familiares, que desde las primeras líneas del 
prólogo encuentra ocasión de citarle, para probar que «todas las cosas son creadas á 
amanera de contienda y batalla». «Hallé (dice) esta sentencia corroborada por aquel 
^gran oralor c poeta laureado, Francisco Petrarca, d¡\iendo: Sine lite atqne offensio- 
»ne nihií g'inuit natura parcns: sin lid e offension ninguna cosa engendra la natura, 
» madre de todo. Dize más adelante: Sic est eniíu, et sie propemodwn universa iestan- 
r>tur: rápido stellac obviaut firmamento; contraria invicem elementa con flif//(nt, terrae 
•¡>tremunt; maria fUicltiant; aer quatitur; crepant jlanunae; bellum immortale venti 
¡>()erunt\ témpora temporibus concertant; spcum singrda, nobiscnm omnia, que quiere 
»dezir: «En verdad assi os, é assi todas las cosas desto dan testimonio; las estrellas se 
> encuentran en el arrebatado firmamento del cielo; los adversos elementos unos con 
:^ otros rompen pelea; tremen las tierras; ondean los mares; el ayre se sacude; suenan 
»las llamas; los vientos entre sí traen perpetua guerra; los tiempos contienden 6 ligan 
;>entre sí, uno a uno é todos contra nosotros ^ ('). 

VA pasaje que Rojas alega está en el prefacio del libro 2." De Remediis utriusquc 
fortunae; pero lo que nadie ha advertido hasta ahora, que yo sepa, es que continúa 

(') Vid. Franciscí Petrarchae Florentini, Phihunphi, Oraforis et Poetue clarisnimi... Opera 
quae extant omnia... Basileae exculebut Ilenrichus Petri (1554), tomo I, pág. 121. 

«Ex oiniiibiH qii;ie tiiilii lecta placuerint vel amiita, n'liil pene vel insedit altins, vel tenac'us 
^mliaesit, vel crebrius ad mf-nioriuin redit, qiiam illiid Hcracliti: Omnia secundum litem fieri, et 
asic esse propeinodnm universa testantur. Kapido Stellae obuianí firinatneuto, etc.'> 

Sigue el pasaje copiado pnr K )jaü. 

oníOIíVES DE r,A NOVELA. — IIF. — f 



Lxxxii orígenes de la NOVELA 

traduciendo sin decirlo; de suerte que todo el segundo prólo,2:o es un puro plagio, como ' 
puede verse por el texto latino que pongo al pie, subrayando las frases que más lite- ! 
raímente copió Rojas ('). ¿Qué explicación puede tener un procedimiento tan extraño, j 
mucho más si se recuerda que el De Remediis andaba en manos de todas las perso- • 
ñas letradas, y existía ya una traducción castellana anterior á la de Francisco de Ma- : 
drid, taiitas veces impresa desde 1510? ¿A quién podía engañar Rojas, apropiándose : 
con tanta frescura la doctrina y las palabras ajenas, que además venían traídas por , 
los cabellos al propósito de su libro? ¿Para qué necesitaba un escritor de su talla ; 
ajeno auxilio en la redacción de un sencillo prólogo? Quizá poroso mismo. Recuérdese '\ 
el caso bastante análogo, aunque en menores proporciones, de la dedicatoria de la pri- ; 
mera parte del Quijote, tejida en parte con frases de otra dedicatoria de Herrera en sus 
Anotacio7ies á Garcilaso^ y del maestro Francisco de Medina, en el hermoso prólogo ] 
que llevan. A los grandes escritores suele resistírseles más la correspondencia familiar \ 
6 la redacción de un documento de oficio que la composición de un libro entero. Uno , 
de esos apuros debió de pasar el bachiller Feíuando de Rojas, y para salir de él apeló 

(*) uVer huinidum, aestas árida, moUis autumnus, hyems hispida, et quae vicissitudo dicitur ; 
opugna est, Haec ipst igitur quibus iiisistimus, quihus clrumfouemur et vivimus, quae fot illecebris ' 
"nhlandiunínr, quamque si irasci ceperint sint horrenda, iinlicant terraeniotus et concitatissimi tarbines, ¡ 
)>indicant naufragia atque incendia seu coelo seu tcrris saevicntia, qnis insultas grandinis, quaennm '. 
y>ilU vis imbrium, qui/remitus tonitruum, quifulminis impetas, qnae rabies procellarum, qiii fenior, : 
li^qni miigitiís pelagi,.qni torrentiiim fragor, qiii flinninuin excursus, qui nubiuní cursus et recursus i 
í)et concursus.'' Mare ipsuiii praeter apertam ac rapidam vim ventorum, atque abditos fluctuiinitumo- < 
«res, ¡ncertis vicibua alternantes, certos statntosque fliixiis ac reflusus liabet... quae res dum maní- j 
y>festi motas lutens causa quaeritur, non minorem Philosophorum in scholis, quam flacluum ipso in | 
y>pelago Utem movit. Qaid quod nullum animal bello uacat? pisces, ferae, vobicres, serpentea, homines, \ 
ymna species aliam exagitat, milli omnium quies data, leo lupum, lupus canem, canis leporem insequi- i 
Mur... Basiliscus angues reliquos sibilo, advenlu, visu perimit. . Qui et littoreae volucres, aquaticaeque \: 
■ »quadrupedeí=i, aeqnor, stagna, lacus et flumina rimantur, exliauriunt, et infcstant, ut mihi oinnitim \ 
»inquiotissiina pars reruui aqua videatur, et suis inotibus et incolaruiu perpetuis acta tumultibns, j 
»quippe quae nouorum animaniium ac monstrorum Eeracissima esse non ainbigitur, upque ndeü, uta 
))vulg¡ opinionem, ne docti quidcín respuant, oiunes prope (/tías térra vel a'ér animaniium formaiK 
«habet, esse in aquis, cum imnumerabiles ibi sint, quas et arr et térra non liabef... >, 

y)Maris caput sua quadam naturali sed effrenata dulcedine, tu os viperae insertum, illa praecipUi - 
y)feruore libidinii amputnt, inde iam praegnans vidua, cum pariendi tempus advenerit, fcetu muWpliai - 
»p/raegrucante, et velut in ultionem 2^'-it>'is uno quoque quamprimuin erumpere festinante, discerpiiur, 
y)Ita dúo animantium prima vola, proles et coifus, huic generi infausta penitusque mortífera deprehen- i 
y>duntur, dura marem coitus, matrein partus interimit. | 

y>Echineis semipedalis pisciculüs navim quamvis immensam, ventis, undis, remis, velis actam^ \ 
y>retinet.y> (Aquí Rojas añade de su cjseclia ó de la del Comendador Griego las citas de Aristóteles, Ij 
Plinio y Lucano.) I- 

dEsse circa mare Imlicum inauditae nuignitudinis auem quandam, quam (íRochum^ nostri voctnt ¡i 
Dquae non modo síngalos homines, sed tota insuper rostro praehensa navigia secun tollat in nubila, et 
y>pendentes in aere miseros navigantes, advolatu ipso terribilem mortem ferat 

y)Homo ipse terrestrium dux et rector animantium, qui rationis gubernaculo solus iioc iter vitae, i 
»et lioc mare tuniidum turbidninqiic tranquillé agere possi videretur, quam continua lite agitur,! 
»non modo cum alus sed eecum... Quid de comvnini vita deque aciibus mortalium loquar? vix düosl 
»in magna urbe eoncordep, cum multa tum máxima aedificiorum habittiumque uarietas arguit... /«mi 
Ttquae infantiitm bella cum lapsibvs, quae jmerorum rixae cum literis... quaenam insuper adolescen-l 
yitium lis cwn voluptatibus dicam verius„ immo quanta serum lis affectuumque coUisio.y> 

F. Petrarchae Operum, ed, de Basilea, pp. r21-r24. 



INTRODUCCIÓN lxx.mii 

al extravagante recurso de echar mano del primer libro que sobre la mesa tenía y tra- 
ducir do 61 unas cuantas páginas, que lo mismo podían servir de introducción á cual- 
quier otro libro que á la Celestinn. Cervantes todavía necesitó menos para zurcir cua- 
tro frases de cortesía. 

Más intere's tiene este plagio directo que las vagas reflexiones morales sobre la 
próspera ó adversa fortuna que hay en varios pasos de la Tragicomedia^ registrados ya 
por Arturo Farinelli: «O fortuna (exclama Caliste en el aucto XIII) quáuto e por quún- 
^>tas partes me has combatido! Pues por más que siguas mi morada, c seas contraria a 
»mi persona, las adversidades con ygual ánimo se han de sufrir, e en ellas se prueua 
»el coraron rezio o flaco». Y antes había dicho Celestina (aucto XI) convirtiéndose en 
eco de las palabras del Petrarca: «Siempre lo oí dezir, que es más difhcil de suffrir la 
» próspera fortuna (jue la adversa; que la vna no tiene sossiego, e la otra tiene consue- 
^>lo» . Aunque hoy nos parezca tan vulgar el contraste entre una y otra fortuna, su filia- 
ción petrarquista no puede ocultarse á quien esté versado en la literatura de nuestro 
siglo XV, que había convertido en una especie de breviario moral la obra De Remediis^ 
y aplicaba á todos los momentos de la vida sus poco originales sentencias diluidas en 
un mar de palabrería ociosa ('). 

Pero no es sólo en el libro de los Remedios^ sino en otros varios del Petrarca, 
donde hay que buscar el origen y la explicación de algunos lugares de la Celestina. 
Dice Calisto á la vieja en el aucto VI: «Qué más hazia aquella tusca Adeleta, cuya 
-i>fama, siendo tú viva, se perdiera? la qual tres dias ante su tiu prenunció la muerte de 
»sii viejo marido e de dos hijos que tenia». Esta alusión, á primera vista oscura, se 
descifra con una advertencia de la edición de Salamanca del año 1570, hecha por Ma- 
tías Gast, en la cual sospecho que anduvo la mano del Brócense por el género de las 
enmiendas: «Atrevíme con consejo de algunos doctos a mudar algunas palabras que 
» algunos indoctos correctores pervirtieron... En el acto sexto corregí Adelecta. Fue esta 
» Adelecta (como cuenta Petrarca) una noble mujer toscana, 'grandísima astróloga y 
» mágica. Dixo muchas cosas á su marido e hijos, Eternio y Albricio. Pero principal- 
;> mente estando á la muerte, en tres versículos, anunció a sus hijos lo que les habia de 
» acaecer, especialmente a Eternio, que se guardase de Cassano, lugar de Padua. Siendo 
»al fin de sesenta años vino a Milán, adonde por sus obras era muy aborrecido de los 
»longobardos: fué át ellos cercado, y pasando un puente con gran fatiga, supo que aquel 
> lugar se nombraba Cassano. Luego da espuelas al caballo, y lánzase en el rio diciendo 
>a grandes voces: Oh hado inevitable! Oh maternales presagios! Oh secreto Cassano! 
1 Al fin salió a tierra; mas los enemigos, que la puente y entrambas riberas tenían toma- 
» das, alli le acabaron» . 

Lo que se le olvidó advertir al corrector salmantino fué el lugar de las obras del 
Petrarca en que se encontraba la mención de Adelecía^ y como en el índice de la edi- 
ción de Basilea no se consigna tal nombre, tuve que internarme con verdadero empe- 
ño en la lectura del primer tomo, hasta que di en el libro 4.", Reriim Meuiorandanim, 
cap. V, De Vatici/úis^ con la historia de Adelheida ó Adelaida de Romano, madre del 
célebre tirano Ezzelino (no Eternio) y de Albricio, que es la tasca Adeleta de nuestro 

(^) Viil. A. Farinelli, Sulla fortuna del Petrarca ia Ispagna nel Quattrocento, Turin. Loesclier, 
1904 (Extracto del Giornale storico della Mterafura ifalinna, tomo 44, pp. 297-350). 



Lxxxiv ORÍGENES DE LA NOVELA ■; 

poeta, la fatídica de Hetruria^ que no pudo explicar su comentador G-aspar Barth ('). : 
Y allí muy cerca encontramos otra anécdota de Alcíbiades, que también está repetida i 
fielmente por Caliste en el mismo acto de la Celestina: «Entre sueños la veo tantas j 
» noches, que temo que me acontezca como a Alcíbiades, que soñó que se veya embuel- i 
»to en el manto de su amiga, e otro dia matáronlo, e no ouo quien lo alease de la calle;, ; 
;> siao ella cou su manto» (-). | 

Fuente indudable, aunque secundaria, de la Celestina son también las Epístolas \ 
familiares del Petrarca. Hay dos, sobre todo, que por cierto están inmediatas, tanto en i 
las ediciones antiguas como en la moderna de Fracasseti (la 1.* y 2.^ del libro 2.°), de ¡ 
donde está tomada punto por punto toda aquella impertinente erudición que estropea el | 
desconsolado razonamiento de Pleberio. También aquí puede hacerse la comparación : 
cou el texto latino que pongo en nota: «Qne si aquella seueridad e paciencia de Paulo • 
> Emilio me viniere a consolai con pérdida de dos hijos muertos en siete dias, diziendo : 
»que su animosidad obró que consolasse él al pueblo romano, e no el pueblo a él no ; 
»me satisfaze, que otros dos le quedauan dados en adopción. ¿Qué compañía me ter- 
»nán en mi dolor aquel Pericles, capitán atheniense, ni el fuerte Xenofon, pues sus pér- 
»didas fueron de hijos absentes de sus tierras? Ni fue mucho no mudar su frente e '\ 
atenerla serena, y el otro responder al mensajero que las tristes albricias de la, muerte i 
»de su hijo le venia a pedir, que no rescibiesse él pona, que él no sentia pesar... Pues i 
» menos podrás decir, mundo lleno de males, que fuimos semejantes en pérdida aquel ; 
»Anaxágoras e yo, que seamos yguales en sentir, e que responda yo, muerta mi ama- i 
»da hija, lo que él a su único hijo que dixo: como yo fuesse mortal, sabía que avia de i 
; morir el que yo engendraua... 

» Ninguno perdió lo que yo el dia de oy, aunque algo conforme páresela la fuerte ! 
» animosidad de Lambas de Auria, duque de los athenienses {ijinoveses corrigió la edi- I 

s 

i." 

(') AdeJheklis de Romano. ^\ 

«Faina est et quiilara scriptores asseriint Ezzelimiiii ile Romano, et Alinicmn fratres, cruentos ■ 
»ct iiniiianes liouiinea, nialreiii liahiiisse Adellieiilaní ex nolñli Tiiscoiuní san<>iiirie fonininam, alti 
»ingen¡¡ consilüqne et tain astroruní cneliqíie studio, qiianí niagicis anibiis siipra fidem ventnri ; 
))praesciain. Hace ciini saepe nmha tam viro qiiam natis, tiim praecipue euidens nnuin, circa diem 
»su le inortis, oíacnli more trii)ii8 versiculis pioniinciasse dicitnr. In qnibiis qiiideni et filioriim | 
»potentiain, et éxiliiin, et utrique snae m irtis lociiin ita cecinit, ut ipsis euentilms niliil et vaticinio (i 
»dernereiur, quia etiain iit Albricum sileam, cura Ez/ceiinus ipí<e monitus Oassamim caiiere, igiiobilis 
»v¡ci iiesciiis, Cassanum castrum ¡n Paduannrnm ac Uetruscorum situm finibus fatalo rafuí^... omniji 
ssemper studio vitasset, tandera pnst septuageaiinuiii aetatia annum, dura surania vi Mediolannm 
))petit, ab ómnibus ft-rme Longobardis, quibus trux et insolens spiíitus, o üosum iílum fecerat, jí 
rcircumveiitus est, iam pontem adhuc fluraiiiis transiverat, illic in extremis sese casibus videns, 
»loci noineu tciscitatus , ubi Cassanuin aiidivit, confusioiienj nominuin recognoscens, adacto 
i.calcaribus equo, in oppositura seso lluuien injecit. Ileu fatum inevitabile, heii raaterna prae^-agiaJiJ 
»iieu arcanum Cassanum liorrendo murmure vocit'erans, ac vix terrae redditiis adversae, ab innu-jr.'j 
>rnera!)¡ii hostium exercitu, qui iara pontem et utrauque ripam occupaverat oppriraitur». 

F. Petrarchae Opera, ed.de Basilea, tomo I, pág 536. 

Sibido es que Ezzelino y su madre son personajes capitales en nno de los más antiguos en sayOí, 
trágicos de Europa, la Eccerinis del padnano Albertino Mussato, contemporáneo del Petrarca, 

(-) Alciliiades paulo prius quam e ri-bus Inimanis repelleretur, se aniicae suae veste contectun¡ 
».-omniaverat, alias fortassis aperare licuit ¡ilécebras amanti, sed enim bre. i post occisu?, et nuil 
>iiniserante insepuUus iacens, amicae obvolutus amiculo est». 
J^. Petrarchae Opera, I, p. .Ó82. 



INTRODUCCIÓN Lxxxr 

»ción de Zaragoza de 1507, j está bien), que a su hijo herido con sus bracos desde la 
»nao echó eu la mar...» ('). 

Por los trozos transcritos se ve claro que la lectura del Petrarca no sirvió al bi- 
ciiiller Rojas para nada bueno, sino para alardear de un saber pedantesco; pero va'ga 
lo que valiere esta influencia, es de las que pueden documentarse de un modo más 
auténtico ó irrefragable. 

Boccaccio, lo mismo que el Petrarca, iníluve en Rujas, como en todos los españoles 
del siglo XV, más como humanista y erudito que como poeta y novelista, más por sus 
obras latinas que por las vulgares. Contra todo lo que pudiera esperarse, no es el Deca- 
meron. ni siquiera el Corbaccio^ sino el libro De casibus Principum (lectura favorita 
de nuestros moralistas, desde el tiempo del Canciller Ayala) la obra de Boccaccio que 
ha dejado positiva é innegable huella en la Celestina. Alusión muy clara á ella son 
estas palabras de Serapronio en el aucto I: «Lee los historiales, estudia los phi- 
»losophos, mira los poetas; llenos están los libros de sus viles y malos excmplos 
»e de las caijdas que levaron los que en algo, como tú, las reputaron). Las Caydas 
de Príncipes y el Valerio Máximo estaban sin duda entre aquellos «antiguos libros» 
que «por más aclarar su ingenio^> mandaba su padre leer á ^lelibea, y que ojalá no 
hubiesen leído nunca ni ella ni el poeta que la inventó. 

Nada he encontrado en la Celrslina que indique conocimiento de las Cien nnrelas. 

(') Dice el Pfltarcii coiisolatido á un amigo suyo en la imurte de su hermano: 

«lit tainen, ut intelligas quorum e'^o te numeris adscribo, tantoque fretus comitatu liaereas in 
))incopto, quanfnin memoria complecti potnero... aliquot nobiliora exempla et oinni copia vetustati-i 
»intcr8eram. yE'nilius Puulus, vir amplissimus et suae aetat's ac patriae summum decus, ex quatuor 
i>filiis prat'clarissimae indolin, dúos, extra farniliam in adoptianem aliis dundo^ ipae sihi ubstuUl: 
»duos Tfliquos iiitra septem dierum spadum mors rapuit^). (Aqni Rojas ir.istrocó el sei.tido, pues lo 
que el Petrarca dice no et- que ú Paulo Emilio le q- cdasen dos liijos dados en adopciiin, sino al 
contrario, que los perdió para su familia por iiabérs-olos dado en adopción á extraños) «Ipse tamcn 
íi(ul)Í!alem suam tam excelso animo pertulit, ut prodiret in publicum, ubi, audiente populo Rumano, 
Masum suum tum mngnifire consohttus est, ut mugís metuere ne quem dolor ¡líe fregisaef. quain ¡pac 
y>fractus esac, videretur... Perirles, AtheivenüiH du.r, inter qiuituor tiies duobus filiis orbitus non soUnn 
»non ingemuil, sed nec priorem frontis luibitum mutavit... Xenophon, filii mnrte nuntiata, sacriü- 
Dcium ciii tuno ¡ntererat, non omisit... Anaiugoraa mortem filii nuncianti: Ni'il. inquit, novum nut 
f>ina:rpectatum audio: cgo enim, cum «im moríalis, nciebam ex me genilum esse mortule:».y) 

(Libcr secundus. E/>ist'ila I. Philippo Episcopn CaralUcensi.) 

El caso de Lainl)as do Auria está referido en la carta siguiente á persona desconocida sobre el 
teuii aFacilem sap'enti iactnram esse sepulchri»: 

«Unuin de inultis exemplum illustrc non sileo. Lambas de Auria, vir acérrimos atqie fortissi- 
smns, dut Jamiensium fuisse narratur eo maritimo praelio quod primum cum Venetis liabuorunt, 
«oiiiniuui m-morabili, quae patrum no-trorum tempi-ribus gesta sunt... Oumque in eo con.ressu 
sfilius illi nnicus, Horentissimus adolescens, qui paternae navis proriu w ibtinebat, sagitta tniictu--, 
íprimus oniuium curniisset, ac circa iacentem luctiis liorreudus sublaius esset, accurrit pater, et 
ytKon gemendi. inquit, sed pugnandi tempus eat. Deinde vert,us ad filiuin, postquam in eo nullam 
»v¡tae spem videi: Tu vero, inquit, ^/í, nunquam tam pnlchras haluisses sepulluram, si defunctus 
y>e9ses in patri't. Ilaec d cens, armatus armaium topentemque cumplesus, proiecit in medios fluctus, 
J»íp a, ut milii qMÍdem vidftur, ca'amitate felicissimus.« 

^Libro ir, epist. H, Ad ignotum.) 

Francisci Petrarcae, Epistolae de reJma faiiiiliaril'Hs et rariae... atud'O et cura Josephi Frocasseti . 
|FZoreii<fag, typis Le Monnier, 1S59. 

(Tomo I, págs. 81, 82 y 8ó.) 



Lxxxvi orígenes de LA NOVELA j 

En realidad, Boccaccio y Rojas no sou ingenios del mismo temple, aun cuando parece que ; 
describen escenas análogas. Hay en Boccaccio una alegría sensual, un pagano contenta- ' 
miento de la vida que contrasta con el arte profundo, y doloroso á veces, de Rojas. El ¡ 
Surgit amari aliquid de Lucrecio nos asalta involuntariamente en muchas de sus -j 
páginas. Todas las catástrofes trágicas, que no faltan en el Decameron^ no sou suficien- i 
tes para quitar al libro su carácter risueño y jovial. Las visiones lúgubres pasan tan \ 
rápidas, que no pueden entristecer á nadie, y la sátira misma es más amena que san- i 
grienta: circum praecordia hidit. '\ 

Tampoco discierno imitaciones del Corba'ccio italiano. Si alguna hay, habrá pasado i 
por intermedio del Arcipreste de Talavera ('). Pero es imposible dejar de reconocer en J 
la retórica sentimental de la obra, en los apostrofes y exclamaciones patéticas, al lector ■ 
asiduo de la Fiammetta, que fué el tipo de todas las novelas amatorias de nuestro \ 
siglo XV. La Fiammetta es un tejido de declamaciones y pedanterías; pero aquel inter- ■[ 
minable monólogo trajo al arte moderno una novedad psicológica, la revelación de un ; 
alma de mujer furiosamente enamorada. La lección no fué perdida para Rojas, y aun- \ 
que en general prefirió el arte de suaves matices y el fino proceso psicológico de Eneas i 
Silvio, se inclinó más bien en las líltimas escenas á la manera vehemente y ampulosa | 
de la Fiafnmetta (-). '. 

Deudas tiene también el autor de Melibea con la literatura castellana anterior á su i 
tiempo. Ya hemos hecho mención de la más importante de todas, la del Arcipreste de \ 
Hita, que se completa y refuerza con la del Arcipreste de Talavera, Alfonso Martínez. ' 
Hay entre estos tres ingenios, nacidos en el antiguo reino de Toledo, un hilo misterioso, 
pero innegable, mediante el cual se transmite del siglo xiv al xvi la corriente natura- \ 
lista. El Arcipreste de Hita la recoge en un poema multiforme, que es á la vez sátira, 
descripción de costumbres, autobiografía, novela picaresca y expansión libre y capri- ' 
chosa del numen lírico. El de Talavera la deja correr por las páginas^ en apariencias i 
graves, de un tratado didáctico; le sazona de picante humorismo, como quien se entre- ■ 
tiene en sus propios escarceos y lozanías más que en la enseñanza moral que pretende \ 
difundir; transcribe por primera vez en forma literaria la lengua pintoresca y cruda del j 
pueblo; sorprende la vida con enérgica inspiración; siembra un tesoro de modismos y ] 
proverbios; forja el gran instrumento de la prosa familiar y satírica. \ 

Esta fué su verdadera creación, y por esto más que por nada es el más inmediato ] 

(1) Viil. A. Farinelli, Note sulla fortuna del aCorbaccio» nella Spagna Medievale, en la Misce- 
llanea Mussafia, Halle, 1905, pág. 43. «Non dipende invece, a niio giiidizio, del Corhaccio la tirata 
«contro le donne che Sempronio regala a Calisto nella Celestina {1.° atto) per guariré la sua striig- ) 
«gente passione d'aiuore. E siiggeriti dalla Reprobación dell Arciprete, come iiitendo diinostrare j 
naltrove traitando delle fonti dulla Celestina.-» !Si esta promesa se hubicíe cumplido, me hubiera 
ahorrado mucho trabajo. 

En otro eruditísimo estudio suyo (Xote siil Boccaccio in hpagna neW Etá media, publicado en 
el Archiv fiir das Sludium der neueren Sprachen und Literafuren, de L. Herrigs, Braunscliweig, 
190G) recuerda Farinelli que «la povera Melibea... negli estremi frangenti apre il libro delle Caydas \\ 
))per leggervi i fatti di Nerabrot, del «magno Alexandre», di Pasifae, di Minerva, di Mirra, di Semi- ij 
»ramide e d"altri illustri» (Fág. 33). i 

(*) Léase, sobre todo, el capítulo A'III: «Xul quale ma^lonna Fiammetta le pene sue con quelle j¡ 
)jdi molte antiche donne commensurando. le sue maggiori che alcune altre es-ere dimostra, e poip 
>finalmente a suoi lamenti conchiude» (Opere Volgari di Giovanni Boccaccio... Florencia, ed. Mou- ii 
tier, 1829, tomo VI, pág. 181 y siguientes). \'\ 

Mi 



INTRODUCCIÓN lxxxvii 

precursor de Rojas, á quien estaba reservada la gloria do fijar esa prosa en su momento 
clásico, de dramatizarla, de reducirla á un cauce más estrecho y profundo, represando 
aquella abundancia generosa, pero despilfarrada, en que la ardiente imaginación del 
arcipreste talaverano se complace sin freno ni medida. 

Pero además de esta relación general entre la Reprobación del amor mundano y la 
Celestina^ que fácilmente percibirá quien pase de un libro á otro y se fije en la copia 
de refranes y de modos de decir sentenciosos y castizos que en ambos libros reaparecen, 
hay imitaciones de pormenor, que la crítica ha señalado varias veces y que comienzan 
desde el acto primero ('). Los ejemplos y doctrinas de que Sempronio se vale para pre- 
venir á su amo están sacados del arsenal del Corbacho^ nombre con que generalmente 
es conocida la Reprobación. «E non pienses en este paso fallarás tú más fermeza que 
»los sabios antyguos fallaron, expertos en tal SQiencia o locura mejor dicho. Lee bien 
»cómo fuó Adán, Sansón, Davyd, Golyas, Salamon, Virgilio, Aristotiles e otros dignos 
»de memoria en saber e natural ju'yzio» (Cap. V). Compárese también el capítulo XVII, 
«cómo los letrados pierden el saber por amar» , donde están las donosas historias de los 
amores de Aristóteles y de Virgilio {^). 

Aquellas _euiimeracione.s sonoras y pintorescas del CorbacJio, tan intemperantes 
como las de Kabeiais, sólo una que otra vez se encuentran en ia Celestina. Recuérdese la 
descripción que Pármeno hace del laboratorio en que la vieja prepara los untos y dro- 
gas para sus parroquianas: «En su casa hazía perfumes, falsaua estoraques, menjuy, 
■i- animes, ámbar, algalia, polvillos, almizcles, mosquetes. Tenía vna cámara llena de 
» alambiques, de redomillas, de barrilejos de vidrio, de corambre, de estaño, hechos de 
;>mil faciones; hazía solimán, afeyte cozido, argentadas, bujelladas, cerillas, lanillas, 
> unturillas, lustres, lucentores, clariraientes, alualinos: e otras aguas de rostro, de 
^rasuras, de gamones, de corteza de espantalobos, de teraguncia, de hieles, de agraz, de 
amodo destillados e azucarados. Adelgazaua los cueros con 9amos de limones, con tur- 
;> uino, con tuétano de corzo e de gar^a, e otras coufaciones. Sacaua agua para oler, de 
» rosas, de azahar, de jazmin, de trébol, de madreselua e clauellinas mosquatadas e 
» almizcladas, poluorizadascon vino: hazía lexias para enruuiar, de sarmientos, de carras- 
pea, de centeno, de marruuios, con salitres, con alumbre e millifolia. e otras diversas 
» cosas. E los vntos e mantecas que tenía, es hastio de dezir: de yaca, de osso, de 
^cauallos e de camellos, de culebra e de conejo, de vallena, de gar^a, de alcarauan e do 

(*) Virl., entre otros, el elegante libro del Conde de Puyrnaigre, uno de los más simpáticos cnl- 
tiviidores que han tenido en Fi ancla los estudios hispánicos, La Cour Littéraire de Don Juan II, 
ruris, 1873, tomo I, pág. 16G. ■ 

(*) «Verá-í quién fue Virgilio e qué tanto supo; mas ya avrás oydo cómo estuvo en un cesto 
^colgado de unatorre, mirándolo todo Roma; pero por esso no dexó de ser honrado, ni perdió el 
Knombre de Virgilio». [Celestina, aucto VII.) 

«¿Quién vido Vergilio, un homl)re de tanta acuciH e ciencia, cual nunca de mágica artt- nin 
íciencia otro cualquier o tal se sopo nin se viilo nin falló, «e^wnr/ por sus fechon podrás leer, oyr e 
Wer, que estuvo en R>ma coluado de una torre a una ventana, a vista de todo el pueblo remano:- 
ísólo por dezir e ( orfiar que su saber era tan grande que niujer eu el mundo no le podia engañar». 
(Arcipreste de Talatera, ed. de la Sociedad de Bibliófilos Españoles, 1901, pág. 49.) 

(Me parece que el Arcipreste en las palabras subrayadas alude al libro popular Les faits mervei- 
lleux de Virgile, del cual existen traducciones en inglés, en alemán, en holandés y hastaen isla i- 
dé-;, y es muy verisíuiil que la hubiera en castellano (Viil. Comparetti, Virgilio nel Medio Ero, 
Liorna, 1872, tomo II, pág. 151 y ss.). -.^■. ':. ... .. : 



li 



i.xxxviii ORLGENES DE LA NOVELA 

»gamo, e de gato montes, e de texon, de harda, de herizo, de nutria. Aparejos para 
» baños, esto es, una maravilla; de las yervas e rajces que tenía en el techo de su casa 
» colgadas: manganilla e romero, maluaviscos, culantrillo, coronillas, flor de sanco v de 
:> mostaza, spliego e laurel blanco, tortarosa e gramonilla, flor salvaje e higueruela, pico 
-^de oro e hoja tinta. Los azeytes que sacaua para el rostro, no es cosa de creer: de sto- 
> raque e de jazmin, de limón, de pepitas, de violetas, de raenjuy, de alfócigos, de piño- 
í nes, de granillo, de acof^ytos, do neguilUa, de altramuces, de aruejas y de carillas, e 
»de 3'erva paxarera...» (Aucto I). 

Esta curiosa página de perfumei-ía y farmacia cosmética está evidentemente calca- 
da sobre otra que hay en el libro del Arcipreste (Parte 2.'*, cap. III): «Pero después 
;>de todo esto comien(;an a entrar por los ungüentos, ampolletas, potecillos, salseruelas, 
» donde tienen las aguas para afeytar; unas para estirar el cuero, otras destiladas para 
» relumbrar, tuétanos de ciervo e de vaca e de carnero, e non son peores estas que dia- 
»blos, que con las reñonadas del ciervo fazen ellas xabon?... Mesclau en ello almisque e 
» algalia e clavos de girofre remojados dos dias en agua de azahar, o flor de azahar, con 
»ella mezclado, para untar las manos, que se tornaa blancas como seda. Aguas tienen 
.destiladas para estirar el cuero de los pechos e manos, a las que se les fazen rugas... 
:^ Fazen más agua de blanco de huevos cochos estilada, con mirra, canfora, angelores, 
,> trementina, con tres aguas purificada e bien lanada, que torna como la nieue blanca. 
»Kayzes de lirios blancos, bórax fino; de todo esto fazen agua destilada con que relu- 
»zen como espada, e de las yemas cochas de los huevos azeyte para las manos e la 
»cara ablandar e purificar...» ('). 

El tipo celestinesco está muy secamente delineado en el Corbacho (2." parte, capí- 
tulo XIII): «Desto son causa unas viejas matronas, malditas de Dios e de sus santos, 
;> enemigas de la Virgen Santa Maria, que desque ellas non son para el mundo... e ya 
» ninguno non las desea nin las quiere, entonce toman ofi(;iode alcagüetas, fechiceras e 
»adevinadoras, por fazer perder las otras como ellas. ... Empero, dime: estas viejas falsas 
» paviotas, ¡quántos matan e enloquecen con sus nialdades de bij en querencias! ¡Quántas 
»divysiones ponen entre maridos e mugercs, e quántas cosas fazen e desfazen con sus 
»fechizos e maldiciones! Fazen a los casados dexar sus mugeres e yr a las extrañas; 
»esso mcsmo la muger, dexado su marido, yrse con otro; las fijas do los buenos fazen 
» malas; non se les escapa mo^a, nin biuda, nin casada que non enloquecen. Asy van 
»las bestias de ombres e mugeres a estas viejas por estos fechizos como a pendón 
»ferido» (-). 

Sin exagerar la influencia que un libro doctrinal y satírico, en que no hay acción 
dramática ni desarrollo novelesco, pudo ejercer en una obra de arte puro como la Celes- 
tina^ es imposible desconocer el parentesco estrecho que liga al Arcipreste y á Rojas 
en la historia de la lengua y en la pintura de costumbres. 

De otros tres autores del siglo xv se advierten i-emiuiscencias, puramente formales, 
en la inmortal tragicomedia. Juan de Mena, cuyo temperamento artístico se asemeja 
tan poco al del bachiller Rojas, era sin embargo uno de sus poetas predilectos. Son 
varios los pasajes en que le imita. El muy docto filólogo americano D. Rufino J. Cuervo 

(») Pásinas 130-13L 
(«) Pá-iuaa 181-182. 



INTRÜDUCCIOX i.xxxix 

ha advertido que la idea y aun la forma de estas palabras: «Xo quiero marido, no 
» quiero ensuciar los ñudos de matrimonio, ni las maiitales pisadas de ageuo hombre 
-■> repisar», se encuentran en el poema de Los siete pecados uiorfales: 

Tú te bruñes y te alnzias, 
Tú fazes con los tus males 
Que las manos mucho suzias 
Traten limpios corporales. 
Muchos lechos viarilales 
De ajenas pisadas huellas^ 
Y sienbras grandes querellas 
En deudos tan principales. 

El Sr. Foulchc-Delbosc, por su parte, ha hecho notar la semejanza del conjuro de 
Celestina con el de la hechicera de Valladolid, en un célebre episodio del Laberinto^ 
que está imitado principalmente de Lucano. Hay coincidencias verbales: <Heriré con 
»luz tus carceres tristes y escuras» {Celestincí). 

E con mis palabras tus fondas cavernas 
De luz sempiterna te las feriré. 

(Juan <!'" .Mena!. 

En las octavas acrósticas del principio hay versos copiados del Laberinto^ v. gr.: 
A otro que amores dad vuestros cuidados ('), 

Puede añadirse otra reminiscencia evidente del aucto I: «Mucho seguro es la 
mansa pobreza». 

No ha sido reparada hasta hoy, aunque me parece obvia ó innegable, la imitación 
de cierto tratadillo del nmor que compuso, siendo estudiante, el famoso Alfonso Tos- 
tado de Madrigal, bien conocido después como fecundo autor de obras de muy diverso 
linaje (-). Ni aun en ésta que parece tan liviana prescinde enteramente el método es- 
colástico. Dos son las conclusiones que propugna el Tostado: Pi'imera, «ser necesario 
;>los omes amar a las mujeres». Segunda, «que es necesario al que ama que alguna vez 
»se turbe», es decir, se trastorne y salga de seso. El autor hablu por propia experiencia 
y dirigiéndose á un condi^cípulo: «Hermano, reprehendiste me porque amor de muger 
»me turbó ó poco menos desterró de los términos de la razón, de que te maravillas 
>>como de nueva cosa... E por cierto non me pesa porque amé, aunque donde non me 
»vino bien, si non que me certifiqué de cosa que me era dubdosa, é acrecentó en saber 
■■> por verdadera espirencia. E por esto me pena en mayor grado el amor, que es á mí 
»nueva disciplina, como acaesce á los que son criados líbrese delicadamente, é después 
» vienen a servidumbre». Los argumentos son vulgarísimos, y están confirmados con 

(M Jievxie riispnniqufí, IX, p. 297. 

1^^) H:i sido piibl¡ca<i(> por D. Antoiái Paz y ]\[(.iiii en un tomo de Opúsculos Literaiiog de los 
siglos XIV ü XVI, que forma pir.e de la cak-ccióii de los B.bliófi'os Españoles (Madrid, 18'J2). 

Pgs. 219-2-44: «Tractado que fizo el muy excele ite é elevado Maestro en Santa Teolo<,fía e en 
íArtee, D. Alfonso, Obispo que fué de Avila, que llamaban el Tosiado, estando en el Estudio, por 
íel qual se prueba por la Santa Escriptura cómo al orne es nescetario amar». 



xc ORÍGENES DE LA NOVELA 

muchas historias: Sansón, David, Salomón, Tereo, Tiestos, Píramo j Tisbe, Scila, Medea, 
Tamar, Fedra, Dejanira y otras varias; erudición muj semejante á la que gastan los 
personajes de la Celestina. Toda la doctrina del Tractado puede decirse que está com- 
pendiada en estas palabras del acto primero: «Has de saber, Pármeuo, que Caliste anda 
»de amor quexoso; e no le juzgues por esso por flaco, que ol amor impervio todas las 
» cosas vence; e sabe, si no sabes, que dos co)icliisio?ies son verdaderas. La primera.^ 
)ique es forgoso el hombre amar a la mitger.^ e ¡a miiger al hombre. La segunda., que 
»el que verdaderamente ama., es necessario qne se turbe con la dulrura del soberano 
y>deleyte que por el haxedor de las cosas fue puesto ¡morque el linaje de los hombres se 
>^ perpetuase., sin lo qual pei-esceria^> . 

Aquí están literalmente transcritas las dos conclusiones del Tostado j uno de sus 
principales argumentos: «E ciertamente, para sustentación del humanal linaje., este 
»amor es nescesario por esto que diré. Cierto es que el mundo peiesceria si ayun- 
»tamiento entre el ome y la muger non oviese, e pues este ayuntamiento non puede 
»aver efecto sin amor de amos, siguesse que necesario es que amen». Se ve que la 
madre Celestina era tan puntual en sus citas como un erudito profesional: nunca pen- 
saría el Abulense en tener tan rara casta de discípulos y lectores. 

Fernando de Kojas, como otros grandes ingenios, se asimilaba rápida y fácilmente 
todo lo que leía. La lamentación de Pleberio después de la muerte de Melibea tiene 
su indudable modelo en el llanto de la madre de Leriano con que termina la Cárcel 
de Amor. La situación es casi idéntica, pero no era menester que lo fuesen tanto las 
palabras. En la novela de Diego de San Pedro leemos: <:jO muerte, cruel enemiga, que 
»ni perdonas los culpados ni asuelves los inocentes... Más raxon avia para que conser- 
y>vases los vegnie años del hijo mogo., que para que dexascs los sesenta de la vieja 
> madre. Por qué volviste el derecho al revés? Yo estava harta de estar viua y él en 
»edad de beuir...» (^). Y en la Celestina: «O mi hija e mi bien todo! Crueldad sería 
;>que bina yo sobre ti. 3Ids dignos eran mis seseMa años de la sepultura que tus vegnte. 
>Turbóse la orden del morir con la tristeza que te aquexava. O mis canas, salidas para 
>aver pesar! Mejor gozara de vosotras la tierra que de aquellos ruvios cabellos que 
presentes veo>^ . Apresurémonos á advertir que cada una de los dos lamentaciones 
tiene sus bellezas propias: la de la madre de Leriano es más sobria, más concentrada, 
más clásica, y emplea con fortuna el elemento sobrenatural de los agüeros y presagios. 
La de Pleberio, cercenadas las pedanterías que la deslucen por culpa del Petrarca, 
tiene todavía más fuerza patética y llega á lo sublime del sentimiento en dos ó tres 
rasgos. 

No faltará quien tache de vano alarde de investigación todo lo que voy escribiendo 
sobre los orígenes de la Celestina. El método histórico comparativo, lento y minucioso 
de suyo, tiene pocos prosélitos en España. Por no someterse á su rígida disciplina, que 
requiere como auxiliares otras muchas si ha de convertirse en hábito constante del 
espíritu, suelen perderse los esfuerzos de nuestra crítica en vagas consideraciones de 
estética superficial ó de psicología recreativa. Y sin embargo, ¿puede haber cosa 'más 
interesante que seguir paso á paso la elaboración de una obra de geni© en la meilte de 
su autor; asistir si es posible á la creación de sus figuras; deslindar los eleiüentos que 

('; Vid. la Cárcel de Amor, en el tomo II de estos Orígenes, >pág. 28.- • . ■■- , ■ - , •• 



INTRODUCCIÓN xci 

por sabia combinación ó por genial y súbita reminiscencia se concertaron para formar 
un nuevo tipo estético? Y si se trata de un personaje como el bachiller Fernando do 
Rojas, que no ha dejado detrás de sí más que su nombre y el eco de su voz, todos los 
medios de indagación parecen pocos para descifrar el enigma de su genio. Bien lejos 
estoy yo ni de intentarlo siquiera, pero abriré camino á los que vengan después, sin 
temor á las detr.icciones de los críticos amenos, ni de loí impresionistas, ni de los trans- 
cendentales. 

Ni la naturaleza ni el arte proceden por saltos. Todo se une, todo se encadena en 
hi historia literaria; no hay antecedente pequeño ni despreciable; no hay obra maestra 
<iue no esté precedida por informes ensayos, y no sugiera, á quien sabe leer, un mundo 
de relaciones cada vez más complejas y sutiles. Los más grandes ingenios son los que 
han imitado á todo el mundo: Shakespeare, Lope de Vega, Moliere, deben á sus pre- 
decesores la primera materia de sus obras, y algo más que la primera materia. No hay 
producción humana sobresaliente y dominadora que no sea la resultante de fuerzas que 
han trabajado en la oscuridad durante siglos. Ni Dante, ni el Ariosto, ni Cervantes, ni 
Goethe, se eximen de esta ley. Su grandeza procede de la misma amplitud, vasta y lu- 
minosa, de su genio, que da hospitalaria acogida á todas las manifestaciones prece- 
dentes en su raza, en su pueblo, en su siglo, en la humanidad entera. 

No podríamos, sin nota de exageración, aplicar tales conceptos al bachiller Fer- 
nando de Hojas, que ni por la elevación ni por la fecundidad de su obra está á la altura 
de los colosos citados. Pero en su obra solitaria, concebida y escrita antes de la madu- 
rez del arte, demostró tales condiciones, que nadie en el siglo xv mereció en tanto 
grado como él la calificación de grande artista literario. La Celestina no es un libro 
peculiarmente español: es un libro europeo, cuya honda eficacia se siente aún, porque 
transformó la pintura de costumbres y trajo una nueva concepción de la vida y del amor. 
Bellamente lo dijo Gerviuus en su Historia de la poesía alemana: «Esta obra marca 
» propiamente la hora natal del drama en los pueblos modernos. No es. en verdad, un 
/> drama perfecto en la forma, sino una novela dramática en veintiún diálogos; pero si 
» prescindimos de la forma exterior, es una acción dramática admirablemente trazada y 
desenvuelta, con reflexiva conciencia de la verdad poética, y con tal maestría para 
caracterizar á todos los personajes, que en vano se buscará nada que se le parezca 
antes de Shakespeare. Mucho del contenido de Romeo y Julieta se halla en esta obra, 
y el espíritu según el cual está concebida y expresada la pasión es el mismo» ('). 
Profunda verdad encierran las palabras de Gervinus. Calisto ij Melibea es el drama 
del amor juvenil, casi infantil, menos casto que el de Romeo y Julieta en palabras y 
situaciones, pero no menos apasionado y candoroso que el de los inmortales amantes 
de Verona (^j. No es la Celestina obra picaresca, ni quién tal pensó, sino tragicomedia, 

(') Geschichte der deutscJien Dichtung, 4.'' edición, Leipzig, 1853. Reproduzco la elegante tra- 
ducción que ocasionalmente hizo de este pasaje D. Juan Vaiera (Dieertacioncs y juicios literarios, 
1878, pá-. :i20). 

(^) La comparación con Shakespeare ha llegado á ser un lugar común en la crítica alemana 
sobre la CelesliiKi. Ya Olurus había escrito en 1846: «Der Contrast, zwitíchen Liebesglück tind Liebes- 
»léid ist au£ eine so bebewundernswürdige Art benutzt, dass man iu der Gallerie der Tragüdieu der 
»Liebe die Melibea dreist in der Náne von R meo und Juiia autVtelien darf Diese Tragodie álinelt 
»in vielen Zügen dem 150 Jahre áltern Werke des Spaniers, in welchem sicli üljerhaupt, wie ich na er 
ebelegen werde, viclfacli eine Anlage zu einem pyrenáisclien Shak^peare hervorthut,an dessen Kraft- 



xoii ORÍGENES UE LA NOVELA 

como su título definitivo lo dice con entera verdad; poema de amor j de exaltación y 
desesperación; mezcla eminentemente trágica de afectos ingenuos j poco más que ins- 
tintivos, y de casos fatales que vienen á torcer ó á interrumpir el desatado curso de la 
pasión humana y envuelven á los dos amantes en una catástrofe que no se sabe si es 
expiación moral ó triunfunte apoteosis. 

¡Poder inmenso el de la sinceridad artística! Las bellezas de esta obra soberbia son 
de las que parecen más nuevas y frescas á medida que pasan los años. El don supremo 
de crear caracteres, triunfo el más alto á que puede aspirar un poeta dramático, íuó 
concedido á su autor en grado tal, que no parece irreverente la comparación con el 
arte de Shakespeare. Figuras de toda especie, aunque en coi-to número, trágicas y cómi- 
cas, nobles y plebeyas, elevadas y ruines; pero todas ellas sabia y enérgicamente dibu- 
jadas, con tal plenitud de vida que nos parece tenerlas presentes. El autor, aunque pre- 
tenda en sus prólogos y afecte en su desenlace cumplir un propósito de justicia moral, pro- 
cede en la ejecución con absoluta objetividad artística, se mantiene fuera de su obra; y 
así como no hay tipo vicioso que le arredre, tampoco hay ninguno que en sus manos no 
adquiera cierto grado de idealismo y de nobleza estética. Escrita en aquella prosa de 
oro, hasta las escenas de lupanar resultan tolerables. El arte de la ejecución vela la 
impureza, ó más bien impide fijarse en ella. 

La misma profusión de sentencias, afoj-ismos y citas clásicas; aquella especie de filo- 
sofía práctica difundida por todo el diálogo; aquella buena salud intelectual que el 
autor seguramente disfrutaba, y de la cual, en mayor ó menor grado, hace disfrutar á 
sus personajes más abyectos, salvan los escollos de las situaciones más difíciles, y no 
consienten que ni por un solo momento se confunda esta joya con otros libros torpes y 
licenciosos, que son pestilencia del alma y del cuerpo. Digno será de lástima el espíritu 
hipócrita ó depravado que no comprenda esta distinción. 

«nianier so mancher Witz, so maiiclies Bild iind eo manclie Einpfindingsforin erinnert. Ich glaiibe 
»\volil, da-s der ¡iii obe i aiigeü'irten Titel ausg-edrückte didaktisclie Zweck dcra Verfasser raehr 
»gegolten liat, alf^die iiiivergleicliliche Darslellung voii der Licbe Lnst und Le d, welclie sich selbst 
»als den Kern des Stüi kes Ijioidend gehend zii machen gcwuszt hat». 

(Darstelhung der Spdnischen Liferatur im MiftelaJter von Ludw'ig Clurust. Mit e'iner Vorrrde von 
Joseph V. Garres. Zweiter Band, Mainz (Maguncia), 1846, tomo II, pág. 358.) 

Con este magnífico elogio concuerda!) el de Lenicke ( Haiidbuch, I, 152) y el de Fernando 
Wolf (Studien, p. 28"), que no se fija sólo en Romeo y Julieta, sino que declara shakespirianos 
otros r^isgos, como el de Melibea, cuando oye á sus padies ponderar su inocencia, ó la esc na en que 
el rutián Centurio, cuyo humor compara con el de Falstaff, promete á Elicia y Areusa darles 
cumplida venganza de la muerte de su madre. 

Finalmente Klein, de cuyo enorme trabajo, tan intere ante, aunque tan desordenado y de tan 
raro estilo, no ^e Iia''e el debido aprecio, desarrolla más extensamente que nadie el paralelo entre 
Romeo y JuHela y Odisto y Mtlihea. y se inclina á admitir que Shakespeare conoció ia Celestina de 
cualquier manera que fuese, original ó traducida: 

(•.Wenn Sliakcspeare deirj Italíenisclicn Drama Motive fur die áissere Slructur seines Fabel 
»abiali, wenn er ein/.dge Züge italienischer Cliaractertypen in seine Figuren anfuahm: so war die 
ecOelestina» von der wir nun künhlicli annehmen dürfen, dass er sie gekannt, für ihn eine t^tudie 
:v)psycliologisclier CliMraktervertiefung und Leidenschaf-ientwickelung, eine Siudie des tragikomis- 
»chen Kunstj'ls, und er imisste eine iiinere Verwandtschaft seiner Compositionsvveise, seiner 
oAusdrurksfiirbung und seines Kunstiuimors... » 

(Geschisnkte der Drama'» von J. L. KIoin, VflT. Dan Spanisiche Drama, Erster Band. Leipzig. 
T O. Weigel, 1871. p. í)27.) 



INTRODUCCIÓN xciii 

Y en la parte seria de la obra, poco estudiada y considerada hasta nuestro tiempo, 
¡con qué poesía trató el autor lo ((uo de suvo es puro y delicado! Para oucontrar algo 
semejante á la tibia atmósfera de noche de estío que se respira en la segunda escena 
del jardín hay que recordar el canto de la alon-lra de Shakespeare ó las escenas de la 
seducción de Margarita en el primer Fausto. Hasta los versos que en ese acto de la 
Celestina se intercalan: 

¡Uh, quién l'uera la hortelana 
De aquestas viciosas flores!... 

tienen un encanto y un misterio líricos, muy raros en la poesía de los cancioneros del 
siglo XV. 

Tres cosas hay que considerar principalmente en la Celestina: los caracteres, la 
invención y composición de la fábula y, finalmente, el estilo y lenguaje. Algo diremos 
'sobre cada uno de estos puntos, sin someternos á un orden rigurosamente escolástico. 

Sobre todos los personajes descuella la vieja Celestina., hasta el punto de haber im- 
puesto nuevo título á la tragicomedia, contra la voluntad de su autor, y haber conver- 
tido su nombre de propio en apelativo, dando una nueva palabra á nuestro idioma. La 
excelencia del tipo fué reconocida ya por el autor del Dillogo de la lengua: 

<¿~Martio. — ¿Quáles personas os parecen que stan mejor exprimidas? 

;> Valdés. — La de Celestina, sta, á mi ver, perfetísima en todo quanto pertenece a una 
»fina alcahueta» ('). 

Este juicio de la crítica antigua es atinado, pero insuficiente. Celestina no es una 
alcahueta vulgar como la Acanthis de Propercio ó la Dipsas de Ovidio. Tipos de lenas 
finamente representados hay en la comedia latina y en muchas obras cómicas y nove- 
lescas del siglo XVI italiano. En Francia es célebre la Macette de una de las sá'iras de 
Kegnier. Y de nuestra casa uo hablemos, porque las hijas, sobrinas y herederas de Ce- 
lestina fueron tantas que por sí solas forman una literatura, en que hay cosas muy dig- 
nas de alabanza bajo el aspecto formal. Todas esas copias son muy fieles al modelo, y, 
sin embargo, ninguna de ellas es Celestina, ninguna tiene su diabólico poder ni su satá- 
nica grandeza. Porque Celestina es el genio del mal encarnado en una criatura baja y 
plebeya, pero inteligentísima y astuta, que muestra, en una inti-iga vulgar, tan redo- 
mada y sutil filatería, tanto caudal de experiencia mundana, tan perversa y ejecutiva 
y dominante voluntad, que parece nacida para corromper el mundo y arrastrarle, enca- 
denado y sumiso, por la senda lúbrica y tortuosa del placer. «A las duras peñas pro- 
:> moverá e provocará a luxuria si quiere>, dice Sempronio. 

En lo que pudiéramos llamar infierno estético., entre los tipos de absoluta perver- 
sidad que el arte ha creado, no hay ninguno que iguale al de Celestina, ni siquiera el de 
Yago. Ambos profesan y practican la ciencia del mal por el mal; ambos dominan con 
su siniestro prestigio á cuantos les rodean, y los convierten en instrumentos dóciles de sus 
abominables tramas. Pero hay demasiado artificio teatral en los crímenes que acumula 
Yago, y ni siquiera su odio al género humano está suficientemente explicado por los 
leves motivos que él supone para su venganza. En Celestina todo es sólido, racional y 

(') E'liciún de EiliiarJo Bjehmer en los üomanigehe Studlea (Hfft XXII, sechstai bande* 
viertes hefi). Bonn, 189n, p. 41.'». 



xciv orígenes de la NOVELA 

consistente. Nació en el más bajo fondo social, se crió á los pechos de la dura pobre- 
za, conoció la infamia y la deshonra antes qne el amor, estragó torpemente su juven- 
tud j las ajenas, gozó del mundo como quien se venga de él, v al verse vieja y aban- 
donada de sus galanes vendió su alma al diablo, cerrándose las puertas del arrepen- 
timiento. 

T no se tengan por pura metáfora estas últimas expresiones. Hay en Celestina nn 
positivo satanismo, que también apunta en el Yago de Shakespeare ('). Xo importa que 
el bachiller Rojas creyese ó no en él. Basta que lo haya expresado con eficacia poética. 
Es cierto que por boca de Pármeno se burla del ajuar y laboratorio de la hechicera: 
«Tenía huessos de corat^on de cierno, lengua de bíuora, cabei.'as de codornizes, sesos 
>de asno, tela de cauallo, mantillo de niño, haua morisca, guija marina, soga de ahor- 
»cado, flor de yedra, spina de erizo, pie de texon, granos de helécho, la piedra del 
»nido del águila, e otras mili cosas. Venian a ella muchos hombres e mugeres; e a 
»unos demandaua el pan do mordían; a otros de su ropa; a otros de sus cabellos; a 
» otros pintaua en la palma letras con azafrán; a otros, con bermellón; a otros daua 
.>unos corazones de cera llenos de agujas quebradas, e otras cosas en barro o en plomo 
» fechas, muy espantables al ver. Pintaua figuras, dezia palabras en tierra; ¿quién te 
;> podra dezir lo que esta vieja hazia? e todo era burla e mentira». 

Puede creerse también que la misma Celestina habla en burlas cuando hace aquél 
donoso panegírico de las virtudes de la madre de Pármeno: «O qué graciosa era! o 
•>qué desembuelta, limpia, varonil! tan sin pena ni temor se andana a media noche de 
í- cimenterio en cimenterio, buscando aparejos para nuestro officio, como de dia; ni 
■>dexaua cristianos, ni moros, ni judios, cuyos enterramientos no visitaua; de dia los 
>acechaua, de noche los deseuterraua. Assi se holgaua con la noche escura, como con 
»el dia claro; dezia que aquella era capa de pecadores... Pues entra?- en iin cerco mejor 
»que yo e con mas esfuerzo? aunque yo tenia harta buena fama, más que agora, que 
;>por mis pecados todo se oluidó con su muerte; ¿qué más quieres, sino que los mesmos 
:> diablos le auian miedo? atemorizados y espantados los tenía con las crudas bozes que 
»les daua; assi era dellos conocida como tú en tu casa; tumbando venian unos sobre 
» otros a su llamado; no le osauau dezir mentiras, según la fuerza con que los apre- 
»miaua; después que la perdí, jamás les oy verdad» (Aucto VII). 

Podía Celestina, para* deslumhrar á los imbéciles y acrecentar los medros y ganan- 
cias de su oficio, fingir un poder sobrenatural que no poseía, Pero hay pasajes en que 
no cabe esta interpretación, porque son monólogos y apartes de la misma Celestina, 
que revelan con sinceridad sus más escondidos pensamientos: «Todos los agüeros se 
»adere(,'an favorables, o yo no sé nada desta arte (va diciendo al acercarse á casa de 
» Melibea)... La primera palabra que oy por la calle fue de achaque de amores; nunca 
.;>he tropeyado como otras vezes. Las piedras parece que se apartan e me fazen lugai* 
» que passe; ni me estoruan las faldas, ni siento cansancio en andar; todos me saludan; 



O 



I loolí dowri tuwards Msfect—iut that' s afahle — 
If that thou he'st a devil, I eannot MU thee 

Will you, I pray, demand that demidevil, 

Why he hath thus ensnaer'd my sonl and body? 

„ (Ac. V. - 



INTRODUCCIÓN XGv 

»ni perro me ha ladrado, ni aue negra he visto, tordo ni cuerno, ni otras noturnas» 

> (A neto lY). 

Y aún es más singular lo que pasa en la conversación con la pobre doncella. De 
vez en cuando, Celestina, para cobrar ánimos, invoca por lo bajo la asistencia del demo- 
nio: «Por aqui anda el diablo, aparejando oportunidad, arreziando el mal a la otra. 
»Ea, buen amigo, ^ener rezio; agora es mi tien^po o nunca; no la dexes, llénamela de 
;>aqai a quien digo-i>... «En hora mala acá vine, si me falta mi conjuro; ea, pues, bien 
;>só a quien digo; ce, hermano, que se va todo a perder.» ¿Y puede darse más efusiva 
acción de gracias al enemigo malo que el soliloquio con que principia el aucto Y? «O 
/> diablo a quien yo conjuró! cómo cumpliste tu palabra en todo lo que te pedí! en cargo 
>te soy; assi amansaste la cruel hembra con tu poder, e diste tan oportuno lugar a mi 

> habla quanto quise, con la abseucia de su madre... O serpentino azeyte! o blanco 

> hilado! cómo os aparejastes todos en mi fauor! o yo rompiera todos mis atamientos 

> hechos e por hazer, ni creyera en yernas, ni piedras, ni en palabras» . 

Estos pasajes son terminantes: el autor quiso que Celestina, fuese una hechicera 
de verdad y no una embaucadora. Ciertos rasgos que en la Tragicotnedta sorprenden 
y pueden parecer falta de arte, sobro todo la i-ápida y súbita conversión del ánimo de 
Melibea, que hasta entonces no ha manifestado la menor inclinación á Caliste y que 
tanto se enfurece cuando la vieja pronuncia por primera vez su nombre, sólo pueden 
legitimarse admitiendo que Melibea, al caer en las redes de la pasión como fascinado 
pajarillo, obedece á una sugestión diabólica. Ciertamente que nada de esto era necesa- 
rio: todo lo que pasa en la Tragicoiiwlia pudo llegar á término sin más agente que el 
amor mismo, y quizá hubiera ganado este gran drama realista con enlazarse y desen- 
lazarse en plena realidad. Pero el bachiller Rojas, aunque tan libre y desenfadado en 
otras cosas, ora un hombre del siglo xv y escribía para sus coetáneos. Y en aquella 
edad todo el mundo creía en agüeros, sortilegios y todo género de supersticiones, lo 
mismo los cristianos viejos que los antiguos correligionarios de Kojas, como en el mons- 
truoso proceso del Santo Niño de la Guardia puede verse. La parte sobrenatural de la 
Celestina es grave y trágica: nada tiene de comedia de magia. Prepara el horror som- 
brío de la catástrofe ó ilumina el negro fondo de una conciencia depravada, que pone 
á su servicio hasta las potestades del Averno. «La figura demoníaca y gigantesca de 

> Celestina, verdadera y propia heroína del libro (ha dicho el traductor alemán E. de 
»Bülow) no tiene, á lo que recuerdo, término de comparación en toda la moderna lite- 
»ratura, y bastaría por sí solapara marcar á su creador con el sello de los grandes 

> poetas» (M. 

Estas representaciones del mal llevado al último límite, que llaman los estéticos 
^sublime de mala voluntad^) , ofrecen para el artista no menores escollos que la repre- 
sentación de la pura santidad, aunque por opuesto estilo. Xadie los ha vencido tan 
gallardamente como Rojas, en cuya obra Celestina es constantemente odiosa, sin que 
llegue á ser nunca repugnante. Es un abismo de perversidad, pero algo humano queda 
en el fondo, y en esto á lo menos lleva gran ventaja á Yago. La lucidez de su inteli- 
gencia es pasmosa, y la convierte á veces en el más singular de los diablos predicado- 

(') Ci ado por Wolf en sus Studien, pp. 287-288. Traducción de D. Miguel de IJiiainiino con el 
impropio titulo (debido meramente al eiiitor) do Hi-ttoria de las lileraturas castellana y portuguesa, 
tomo I, pág. 318. 



scvi ORÍGENES DE LA NOVELA : 

res. Si sus intenciones son abominables, sus palabras suelen ser sabias, y no siempre i 

miente su leuííua al proferirlas. De sus dañadas entrañas nacen los pórfídos consejos, i 

las insinuaciones libidinosas, la torpe doctrina que Ovidio quiso reducir á arte y que | 

ella predica á Pármenu y á Areusa con cínicas paliibras ('). Pero no es esa la noción ¡ 

del amor, que con suavidad y gota á gota va infiltrando en el tierno corazón de Melibea: i 

^Melibea. — Cómo dizes que llaman este mi dolor, que assi se ha enseñoreado en lo i 

» mejor de mi cuerpo? j 

» Celestina. — Amor dulce. ^ 

•» Melih. — Eso me declara qué es, que en solo oyrlo me alegro. I 

»( elest. — Es un fuego escondido, una agradable llaga, un sabroso veneno, una ¡ 

» dulce amargura, una delectable dolencia, un alegre tormento, una dulce e fiera heri- i 

»da, una blanda muerte-^. 1 

De un modo habla á las nobles y castas y reti-aídas doncellas; de otro á las corte- I 

sanas atentas al cobo de la ganancia. Su ingenio, despierto y sagaz como ninguno, la ¡ 

iiace adaptarse á las más varias condiciones sociales y penetrar en los recintos más i 

vigilados y traspasar los muros más espesos. El sinnúmero de oficios menudos que [ 

ejerce, no ilícitos todos, la dan entrada franca hasta en hogares tan severos como el de ' 

Pleberio, á ella, vieja maestra de tercerías y lenocinios, encorozada y puesta en la 

picota por hechicera. 

El poder de Celestina sobre cuantos la rodean consiste en que es un espíritu refle- | 
xivo y horriblemente sereno, en quien ninguna pasión hace mella, salvo la codicia ; 
sórdida, que es precisamente la causa de su ruina. Es la inteligencia sin corazón apli- ; 
cada al mal con tan insistente brío que resultaría peligrosa su representación, si no | 
apareciese templada por la propia indignidad de la persona (que la aleja de todo contacto ! 
con el lector honrado) y por los aspectos cómicos de su figura, que son fuente de inofen- 
sivo placer estético. No sabemos si el público la resistiría en escena: nos inclinamos á 
creer que no; pero en el libro es tan deseada su presencia como lo eran sus visitas por 
Caliste, y casi nos indignamos con la barbarie do Sempronio y su compañero, que ataja- ; 
ron en tan mala hora aquel raudal de castizos donaires y de elegantes y pulidas razones. , 
Los discursos de Celestina contienen en sentenciosa forma una filosofía agridulce de ; 
la vida, en que no todo es falso y pecaminoso. Porque no sólo de amores es maes- 
tra Celestina, sino que con gran ingenio discurre sobre los males de la vejez, sobre los I 

(') «Por Dios, peculio ganas en no dar parte destüs gracias a todos los que l)¡en te quieren; que 

j)no te las dio Dios parí que passa-en en balde por td frescor de tu juventud, debaso de seys doblezes i 

»de paño e lien^.o. Gata que no seas auaricnta de lo que poco te costó; no atesores tu gentileza, pue« \ 

j)es de su natura tan coinnriicablc como el dinero; no seas como el perro d 1 ortolano... Mira que es . 

Dpecado fatigar e dar pena a los hombres, pudiéndolos remediar»,., (Aucto VII), ^ 

Cf. Artln Amatoriae, 1 ib, III: S 

Venturae memores jam nnnc estofe senectae: / 

Sic nullum vobis tempus abibit iners. 
Dum licet, et veros etiam nunc editis aiinos, 

Liidite: euut anui more üuentis ¡iqnae. 



Nostra sine auxilio íiigiuut bona: carpite ñurem; 
Qtti, nisi carptus erit, turpiter ipse caJet. 



(V. 5í)-'Jtí, T.)-SOV 



INTRODUCCIÓN xcvn 

inconvenientes de la riqueza, sobre el ganar amigos y conservarlos, sobre las vanas 
promesas de los señores, sobre la tranquilidad del ánimo, sobre la inconstancia de la 
fortuna, y otros temas de buena lección y aprovechamiento, que no por salir de tales 
labios pueden menospreciarse. Claro es que la socarronería de la perversa vieja quita 
mucho de su gravedad y magisterio á estos aforismos; pero de aquí se engendra un 
humorístico contraste, y no es éste el menor de los méritos en la creación de este sin- 
gular Séneca ó Plutarco con haldas luengas, que parece una caricatura de los moralistas 
profesionales. 

Eiicia y Areusa son figuras perfectamente dibujadas, aunque episódicas en la Tra- 
(jicoinedia. Sirven para completar el estupendo retrato de Celestina, mostrando los 
frutos de su enseñanza. Ni ellas ni su maestra pertenecen al mundo triste y feo de la 
prostitución oficial y reglamentada, de las .públicas mancebías, sobre las cuales guar- 
dan nuestros archivos concejiles tan peregrina cuanto lamentable documentación, Eiicia 
y Areusa no son mozas del partido, sino ^-mujeres enamoradas;, como por eufemismo 
se decía; que viven en su casa y guardan relativa constancia á sus dos amigos y los 
lloran con sincero duelo y procuran vengar su muerte. No tienen el sentimentalismo 
de las rameras de Tereucio ni el ansia y la sed de ganancia que distingue á las de 
Planto. Más verisímiles que las primeras, son menos abyectas que las segundas. No 
han pasado por la dura esclavitud, y en el arranque y la fiereza con que tratan á sus 
rufianes y en los rasgos de generosidad instintiva bien se muestran mujeres libres y 
españolas. Pero el autor no ha querido idealizarlas por ningún concepto. Son menos 
perversas que Celestina, porque son más jóvenes y están haciendo el aprendizaje del 
vicio. No llegarán nunca á su grandeza satánica, pero cuando la flor de su juventud se 
marchite, ellas heredarán los trebejos de la hechicera y conservarán la casilla de la 
cuesta del río, que «jamás perderá el nombre de Celestina) . Porque Celestina es un 
símbolo, y Eiicia y Areusa y Claudina nunca serán más que reflejos suyos, aunque 
alguna se atreva á usurpar su nombre. 

Los dos criados de Caliste tienen particular importancia en la historia de la cume- 
dia moderna, porque en ellos acaba la tradición de los Davos y los Siros, y penetra en 
el arte el tipo del fámulo libre, consejero y confidente de su señor, no sólo para estafar 
á un padre avaro dinero con que adquirir una hermosa esclava, sino para acompañar á 
su dueño en todos los actos y situaciones de la vida, alternando con él como camarada, 
regocijándole con sus ocurrencias, entremetiéndose á cada momento en sus negocios, adu- 
lando ó contrariando sus vicios y locuras, haciendo, en suma, todo lo que hacen nuestros 
(jrnciosos y sus similares italianos y franceses, derivados á veces de los nuestros ('). 

(') Dice Stíiupronio á Culi-to en el aucto II: «.0 tle muerto o loco no podrás escapar, s¡ siempre 
»no te acompañd quien te allegue plazeres, diga donayres, tanga canciones alegres, cante romances, 
Dcuente hystorias, pinte motes, finja cuentos, juege a naypes, arme motes; finalmente, que sepa 
«buscar todo género de dulce passatiempo para no dexar trasponer tu pensamiento en aquellos crue- 
»les desvies que recebiste de aquella señora en el primer trance de tus amoresjí. 

Ea sus amoríos con Eiicia quiere remedar chistosamente la gentileza y gala de pu señor, y 
habla on su mismo lenguaje, jactándose de haber hecho proezíis y festejos caballerescos, seguramente 
imaginarios: «Señora, en todo concedo con tu razón; que aqui está quien me causó algún tiempo 
')>andar fecho otro Caliste, perdido el sentido, cansado el cuerpo, la cabe9a vana, los días mal dor- 
»miendo, los noches todas velamlo, dando aluoradas.jiaziendo «iomos, saltando paiedes, poniendo 
»cada dia la vida al tablero, esperando toros, corriendo cauallos, tirando barra, echando lanca, 
ORÍGENES DE LA NOVELA.— Hl. — ,'/ 



xcviii orígenes de la novela 

Pero esta representación, que con el tiempo llegó á ser tan convencional, es en Rojas 
tan verídica como todo lo demás, si se tienen en cuenta las costumbres de su siglo y la 
intimidad en que vivian los grandes señores, no sólo con sus criados (palabra que tenía 
entonces más noble significación que ahora), sino con truhanes, juglares y hombres de 
pasatiempo. 

Rojas, gran adivinador de las combinaciones escénicas, ha presentado por primera 
vez el paralelismo entre los amores de amos y criados, repetido luego hasta la saciedad 
en nuestras comedias de capa y espada. El apetito groseramente carnal de Pármeno y 
Areusa hace resaltar por el contraste la pasión, no ciertamente inmaculada ni casta, 
pero sí vehemente y tienia, de los protagonistas, que no sólo es impura llama de los 
sentidos, sino también amor de las almas y frenesí y delirio romántico, en que cai'ue y 
espíritu padecen y gozan juntamente. 

No hay personaje alguno de la Celestiyia, aunque rara vez aparezca, que no 
muestre propia é inconfundible fisonomía. La tienen hasta Sosia y Tristanico, los pajes 
que acompañan á Calisto en su última é infausta visita al jardín de Melibea, muertos 
Pármeno y Sempronio. Nada digamos del rufián Centurio, que es el personaje más 
plautino de la pieza. Compárese con Pyrgopoliuices, que le ha servido de original, y el 
personaje más antiguo parecerá una débil caricatura del más moderno. Y no porque le 
falte gracejo de muy buena ley. Las sales de Planto no se reducen, como algunos 

«cansando amigos, quebrando chipadas, haziendo escalas, vistiendo armas e otros mili autos de ena- 
)>morado, haziendo coplas, pintando motes, sacando inuenciones» (Aucto IX). 

A pesar de lan fanfarrón lenguaje, la cobardía es una de sus notas características, y no la disi- 
mulan ni él ni Pármeno cuando acompañan, á razonable distancia, á su amo en el aucto XII. Allí 
está la célebre frase: ((Apercíbete, a la primera boz que oyeres, tomar calcis de Villadiegoy>. Hasta 
en esto son precursores de los lacayos y graciosos de las comedias del siglo xvn. 

El profesor de la Snrbona, E. Martinenche. en su tesis latina, que es uno de los juicios más 
razonados que se han escrito solire la tragicomedia de Rojas, ve también ea los mozos de Calisto el 
primer tipo de criados del teatro moderno: 

«lili famuli indnstriosi simul et solertes et qnibiis niliil .sancti erat, cum in Itaüam devecti f iiis- 
)) ent, solertiores dolorum et comicarum machinarum artífices paulo post facti sunt, saporenique 
))ruHticum quem apud Hispanos habuerant exuere. M'ix in Galliam penetravere, ibioue sub variis seu 
»Scapini seu Mascarilli nominibus praecla-as vel potius in primas partes, in hiscomoediis quas exera- 
))plaria Italurum secuti nostri poetae ediderunt. Attamen vera eorum proles intra fines Hispaniae 
))permansit non solum in fabulis ad scenam accommodatis, sed etiam in his ubi legentibus seu 
))ignobil¡um, seu nequam liominum fa'ita narrantur... Ex illa prosapia evadunt illi apud populum 
);notissinii quibus iníilytiim nomen Gil Blas et Figuro indictura est. Ad Celestinam igitur, si quis 
))verum originem iliorum recentiornm famulornm... respieere necesse e>t)). 

(Quatenus Tragieomoedia de Colisto y Melibea vulgo CelestirM dicta ad informandum Hispa' 
iliense Theatrum valuerit. Thesini Facidtati Litterarum in Parisiensi Universitate proponebut. Nimes, 
1900, pp. 55 56). 

En las últimas pahibras del distinguido crítico hay algo de exageración. Tanto los héroes de 
nuestras novelas picarescas como Gil Blas y Fígaro tienen una psicología mucho más complicada 
que la de los sirvientes de Calisto, Tampoco encuentro en éstos ninguna clase de sabor rústico, lo 
cual más bien cuadra al bobo, que es figura casi obligada en nuestro teatro popular del siglo xvi. 
Sempronio y Pármeno son evidentemente criados de ciudad. 

Cronológicamente preceden á l'>s de la comedia italiana del siglo xvi; pero ésta se formó sobre 
la imitación de Planto y Terencio, sin intervención de la Celestina. Se ha de tener en cuenta, 
además, que ya en algunas comedias humanísticis, por ejemplo el Paulns, aparece el fámulo ó 
doméstico moderno emancipado déla condición servil. 



INTRODUCCIÓN xcix 

piensan, á amontonar palabras sexquipedales y rimbombantes, que sólo pueden hacer 
reir á la inculta plebe: 

Quemne ego serva vi ¿u camj)is Gurgusüdonüs, 
Lihi Bombomachides Cluninstaridysarchides 
Erat imperator siunmus, Kcptuni nepoís? 

(V. 15- 15). 

Es de buen efecto cómico que el vanaglorioso capitán se haga referir sus soñadas 
proezas por su taimado siervo Artotrogo; pero en el desarrollo de esta idoa se traspasan 
todos los límites de la verisimilitud. Citaré algo de la primera escena, aprovechando la 
ocasión para dar una breve muestra de la elegante traducción castellana de esta come- 
dia, publicada en Amberes por autor anónimo en 1555: 

^PijrgopoUuices. — Mo(,'OS, poned diligencia en que mi coselete esté más claro y 
» limpio que suelen estar los rayos del sol, quando es muy sereno, porque siendo nece- 
» sario entrar en el campo, la mucha claridad y resplandor del acero quite la vista al 
» enemigo, porque yo harto temé que hazer en consolar esta mi espada, que no se 
» quexe y desespere, porque ha tantos dias que la hago holgar, y (jue no saqué fruto de 
»mis enemigos; pero ¿dónde está Artotrogo? 

•» Artotrogo. — Aquí estoy, señor, cerca de vn varón fuerte y bien afortunado, y de 
» una disposición real, con el qual Marte, dios de las batallas, no osara competir ni 
» comparar sus virtudes. 

»Fijrg. — ¿Cómo fue aquello del que salvé la vida en los campos Cutincalidonios, 
adonde era capitán general el gran nieto de Neptuno? 

» Art. — Muy bien me acuerdo; dizes lo, señor, por aquel de las armas de oro, cuyas 
» batallas tú desbarataste con solo tu soplo, como vn gran viento desbarata las ojas 
» secas. 

yP/jrg. — Pues todo eso no es nada. 

>Art. (aparte). — No por cierto en comparación de otras cosas que yo podria dezir 
»que tú nunca heziste. Si uviere en el mundo quien aya visto otro más perjuro ni más 
» lleno de vanaglorias que este hombre, téngame por esclavo perpetuo suyo. 

^Pijrg. Oyes, ¿dónde estás? 

■»Art. — Aqui estoy, señor, acordándome cómo en la India de una puñada quebi-aste 
»un bra90 a vn elefante. 

»Py?'g.—¿Qi\é dizes braco? 

yyArt. — No sé qué dezir, señor, sino la espalda, y avn osarla jurar que si pusieras 
»vna poca de más fuerza pasaras el bravo al elefante por el cuero y por las entrañas, y 
»se lo sacaras por la boca. 

T>Pyrg. — ¿Tienes ay libro de memoria? 

!>Art. — ¿Quieres me preguntar algo? Sí tengo, y la punta para escrevir en él. 
»Pijrg. — ¡Qué graciosamente sabes aplicar tu ánimo á mi voluntad! 
y>Art. — Conviene me tener muy conocidas todas tus costumbres, y que no ayas 
» bien pensado la cosa quando ya yo esté contigo. 
^Pijrg. — Pues dime, ¿no te acuerdas? 
>-4.;'^ — Muy bien, señor, tengo en la memoria que en vn solo dia mataste en Cili- 



c ORÍGENES DE LA NOVELA 

cia cieüt salteadores, y ciento j cincuenta en Sicilia, y treynta en Cerdeña y sessenta 

»en Macedonia. ; 

»Pijrg. — r.Quó número de hombi-es será ese? - 

»A?'t. — Siete mil. • 

»Pyrg. — Tantos han de ser, muy buen cuenta tienes. i 
»Art. — Pues no los escreví, pero acuerdo me muy bien dcllc». 

>yPyrg.—VoY los dioses, que tienes excelente memoria. ■ 

» Art. — El mantenimiento me la haze tener. \ 

i>Pyrg. — Mientras hizieres lo que hasta aqui, nunca te faltaiá de comer ni yo te ne- 

»garé mi mesa. i 

•»Art. — Pues quán mejor fue, señor, aquello de Capadocia, donde si no tuvieras i 

»bota la espada, de un solo golpe mataras quinientos, y la gente de pie si viniera fuera j 

»para ti poca presa. Pero para qué tengo de gastar tiempo en contar aquello que es tan i 

/■notorio en el mundo, y que saben todos, que viue Pyrgopolinice en la tierra, varón j 

» excelentísimo en virtud, y gesto y hazañas. Todas las mugeres te aman, y con mucha ; 

» razón, pues te ven tan fermoso. ¡O qué dezian aquellas que ayer me tirauan de la capai j 

:>Pyrg. — ¿Qué te dixeron ayer, por mi vida? ' 

y>Art. — Preguntauan me: ¿es este Achilles? Respondía yo: no, sino su hermano. - 

» Entonces la una dellas dixo: Por cierto muy fermoso me parece y muy bien dispuesto; \ 

» mirad cómo le asientan bien los cabellos y la barba. ¡O quán venturosas son las que i 

»alcau9aren su amor! • 

»Pyrg. — ¿Mas de veras que assí lo dezian? ' 

> A7-t. — Antes entrambas me rogaron que tuviesse forma cómo passases oy por j 

^>su calle. ; 

y>Pyrg. — También es gran pesadumbre ser vno demasiadamente gentil hombre» ('). i 

Enfrente de este figurón graciosamente descrito, pero imposible, pongamos algunas \ 

bravatas de nuestro Centurio, auténtico temerón y jayán del siglo xv, rebosando de i 

aquella vida y fuerza cómica que al capitán del rey Selouco lo falta: * 

I-Cent. — Mándame, tú, señora, cosa que yo sepa hazer, cosa que sea de mi officio; \ 

/>vn desafio con tres juntos, e si más vinieren, que no huya por tu amor; matar vn 1 

» hombre, cortar una pierna o braro: harparel gesto de alguna que se aya ygualado con- \ 

»tigo, estas tales cosas antes serán hechas que encomendadas. No me pidas que ande j 

» camino, ni que te dé dinero, que bien sabes que no dura conmigo, que ti^es saltos ' 

:^daró sin que me se cayga blanca... Las alhajas que tengo es el axuar de la frontera: vn 

»jarro desbocado, vn assador sin punta; la cama en que me acuesto está armada sobre 

»aros de broqueles; un rimero de malla rota por colchones; una talega de dados por 

» almohada; que avnque quiero dar collación, no tengo qué empeñar, sino esta capa 

» harpada que traygo a cuestas 

í Si mi espada dixesse lo que haze, tiempo le faltarla para hablar. ¿Q,uién sino ella 
» puebla los más cimenterios? ¿quién haze ricos los cirujanos desta tierra? ¿quién da 
» contino que hazer a los armeros? ¿quién destrona la malla muy fina? ¿quién haze ri^a 
»de los broqueles do Barcelona? ¿quién rciiana los capacetes de Calatayud sino ella? 

(') La Comediii. de Planto, intitulada Milite rjlorioao, traducida en lengua Castellana. Ea Anvcrs. 
En cusa de Martin Nació. il/.D.LF. (En el mismo tomito, y con paginación seguida, aunque coa 
(lisciiit:! purta la, está lu versión de los Menenclirnos) . Ful. 5 vto. á 8. 



i 



I 



IXTRODÜCCION ci 

»que los caxqiietes de Almazan assi los corta como si fiiesseu fechos de melón... 
»Yeynte años ha que me da de comer: por ella soy temido de hombres o querido de 
»mugeres, sino de ti; por ella le dieron Centurio por nombre a mi abuelo, c Ceiiturio 
»se llamó mi padre, e Centurio me llamo yo. 

» Elida. — Pues ;,qué hizo el espada por que ,2:anó tu abuelo ese nombre? Dimo, 
-;.por ventura fue por ella capitán de cient hombres? 
» Cetit. — No, pei'O fue rufián de cient mugeres. 

y>Ai'eusa. — No curemos de lina,u-o ni hazañas viejas; si has de hazer lo que te digo^ 
sin dilación determina, porque nos queremos yr. 

!• Cent. — Más desseo yo la noche, por tenerte contenta, que tú por verte vengada, 
»e porque más se haga todo a tu voluntad, escoge qué muerte quieres que le dé; allí te 
> mostraré un reportorio en que ay sietecientas e setenta species de muertes, verás quál 
>más te agradare. 

y> Elida. — Areusa, por mi amor, que no se ponga este fecho en manos de tan fiero 
-hombre; más vale que se quede por hazer, que no escandalizar la ciudad, por donde 
nos venga más daño de lo passado. 

■^Areum. — Calla, hermana; díganos alguna quo no sea de mucho bullicio. 
» Cent. — Las que agora estos dias yo vso e más traygo entre manos son espaldara- 
»zos sin sangre, o porradas de pomo de espada, o revés mañoso; a otros agujero como 
-^ harnero a puñaladas, tajo largo, estocada temerosa, tiro mortal. Algún dia doy palos 
por dexar holgar mi espada.^ (Aucto XVIII). 

Este solo ejemplo mostrará cómo transforma Rojas sus originales hasta cuando más 
de cerca imita. 

Si admirables son los personajes secundarios y cómicos de la Celestina.^ ¿qué dire- 
mos de la pareja enamorada, que en la historia de la poesía humana precede y anun- 
cia á la de Verona? Nunca el lenguaje del amor salió tan férvido y sincero de pluma 
española como no fuese la de Lope de Vega en sus más felices momentos. Nunca antes 
de la época romántica fueron adivinadas de un modo tan hondo las crisis de la pasión 
impetuosa y aguda, los súbitos encendimientos y desmayos, la lucha del pudor con el 
deseo, la misteriosa llama que prende en el pecho de la incauta virgen, el lánguido 
abandono de las caricias matadoras, la brava arrogancia con que el alma enamorada 
se pone sola en medio del t\imulto de la vida y reduce á su amor el universo, y sucumbe 
gozosa, herida por las flechas del omnipotente Eros. Toda la psicología del más univer- 
sal de los sentimientos humanos puede extraerse de la tragicomedia de Rojas si se la 
lee con la atención que tal monumento merece. Por mucho que apreciemos el idealismo 
cortesano y caballeresco de D. Pedro Calderón, ¡qué fríos y qué artificiosos y amanera- 
dos parecen los galanes y damas de sus comedias, al lado del sencillo Caliste y de la 
ingenua Melibea, que tienen el vicio de la pedantería escolar, pero que nunca falsifican 
el sentimiento! También Shakespeare pagó tributo al eufuismo, y en Romeo and Jnliri 
muy particularmente; versos hay allí de innegable mal gusto, y alguno habremos de 
citar, pero ¿quién se acuerda de ellos, cuando la tormenta de la pasión estalla? 

Retórica hay también en los personajes de Rojas; pero no toda retórica debe pros- 
cribirse en estos casos, porque el amor es retórico de suyo y se complace en devanear 
largamente sobre nonadas. No seré yo quien tache de afectación los candidos extremos 
que hace Caliste cuando recibe el cordón de Melibea (aucto VI): «¡O mi gloria e. ceñi- 



cu ORÍGENES DE LA NOVELA 

»dero de aquella angélica cintura; yo te veo e no lo creo! ¡O cordón, cordón! ¿fuésteme 
»tú enemigo? Dilo cierto... Conjuróte me respondas, por la virtud del gran poder que 
» aquella señora sobre mí tiene... ¡O mezquino de mí! que assaz bien me fuera del cielo 
» otorgado, que de mis bracos fueras hecho e toxido, e no de seda como eres, porque 
» ellos gozaran cada día de rodear e ceñir con deuida reuerencia aquellos miembros 
»que tú, sin sentir ni gozar de la gloria, siempre tienes abracados...» 

Involuntariamente se recuerda que también Romeo, en la escena del jardín, envi- 
diaba el guante de su amada, porque podía tocar su mejilla ('). Otras expresiones de 
ambos mancebos se parecen de un modo extraordinario: 

«Semproiiio. — ¿Tú no eres christiano? 

» Calisto. — ¿Yo? Melibeo so, y a Melibea adoro, y en Melibea creo, e a Melibea 
» amo» . 

^Borneo. — ¡Que me bauticen de nuevo; desde ahora no quiero ser Romeo!» ('^). 

Romeo, como envuelto en una intriga más complicada, es carácter más rico de mati- 
ces, es también más lírico, romántico y soñador. Su lenguaje, constantemente figurado 
y poético, eleva el pensamiento á una esfera superior á la del puro realismo. Pero su 
amor carece de la virginidad del de Calisto, para el cual ni antes ni después de la pose- 
sión existe otra mujer que Melibea. Las primicias del alma de Romeo no pertenecen á 
Julieta, porque antes de ella ha amado á Rosalina con los mismos extremos y prodi- 
gando en honor suyo las mismas hipérboles. «'¿Puede haber alguna más hermosa que 
»mi amor? M aun el sol que lo ve todo ha visto otra igual desde que alumbra al 
» mundo» {^). Pero un momento después, en la escena del baile, Julieta borra instantá- 
neamente el recuerdo de Rosalina: «Esta sí que puede enseñar á las antorchas á arder. 
» Resplandece sobre el oscuro rostro de la noche como rica joya en la oreja de un etiope. 
» ¡Belleza demasiado rica para ser poseída, demasiado excelente para la tierra! Parece 
» entre las otras damas como nivea paloma entre grajos. ¿Por ventura mi corazón ha 
» amado hasta ahora? Negadlo con juramento, ojos míos, porque no he contemplado 
» belleza verdadera hasta esta noche» (^). 

/M O, tliat I werc a (jlji-o iipon tliat hand, 

That I mifjht toiicJi that cheeA... 

(Act. H. 8.-. II). 

í*\ Cali me bvt love, and I 'II be neir haptized: 

fícnccforth I nerer luill le Romeo. 

(1(1. íil). 

{h\ Onefairer than my lovel the all-seeing suri 

iW er saio her match, since first the world hegun. 

(Arl. I., so. II). 

M\ O, shc doth teach the torches to lurn 

Jt seems she hangs upoii the chccli of night 
Lihe a richjewel in an ^ÍEthiop's ear: 
Beauty too richfor usc,fur earth too dear! 
So .shoiv.t a snowy dore trooping irith croirs, 
An yonder lady o' er her felloics shows. 



Did my heart love tul noic? forswear it, niglit.' 
For 7 n' er saw trnc beauty tul this night. 



\\n. I. se. VI 



INTRODUCCIÓN ciii 

En el alma de Romeo, ardientemente apasionada como es, hay un germen de lige- 
reza é inconstancia. Sin las nupcias sepulcrales sabe Dios cuál hubiera sido su fideli- 
dad á Julieta, mientras de Caliste no podemos dudar que nació para servir á Melibea y 
ser suj'o en vida y en muerte. Caliste no hubiera merecido nunca que Fr. Lorenzo le lla- 
mase, como llama á Romeo, «débil mujer con aspecto varonil, irracional furia de bes- 
tia^ ('). En cambio Melibea y Julieta parecen de la misma familia: audaces, impulsivas 
las dos, Cándidas en el desbordamiento de su pasión y marcadas por el sello de la fata- 
lidad trágica desde el primer instante. En Julieta, el enamoramiento es todavía más 
súbito que en 3Ielibea, y no necesita intervención de Celestinas, puesto que no puedo 
calificarse de tal á su nodriza, que honradamente la presta lícitos aunque poco pruden- 
tes servicios. Basta que por primera vez se encuentren sus ojos con los de Romeo, á 
quien todavía no conoce ni de nombre, para que exclame: «Si es casado, el sepulcro será 
mi lecho de bodas? (-). Y cuando sabe que es un vastago dol linaje de los Mónteseos, 
tan odiado por los suyos, parece que con terrible imprecación quiere atraer sobre sí los 
manes de la venganza: «¡Mi sólo amor, nacido de mi único odio! ¡Harto tarde te he 
^^ conocido! Quiere mi negra suerte que consagre mi amor al único hombre á quien debo 
;^ aborrecer > (^). 

Tanto en Romeo y Julieta como en la Celestina son dos las entrevistas amorosas, 
y hasta en el pormenor de la escala aplicada al muro se mantiene el paralelismo de las 
situaciones, en medio de la profunda diversidad moral con que Shakespeare y Rojas 
las interpretan (*). La doncella italiana pone su amor de acuerdo con la ley moral y 

(') Art thnu a vían? tlnj form cries out, tltou art: 

Thy tears are warnanüJi! tlnj ivild acts denote 
The unreasonabh; fury vf a beast. 

(Act. ni. «c. ni). 

(-) Go, ash Iiis ñame:— i/ he be married. 

Mil grave is like to be un/ n'edding-bed. 

ÍAc. I, se. V). 

(<•) My, only love sprung from iinj only hate! 

Tuo early scen vnJinoio, and hnoir too late! 
Prodigiou» birth oflove isto me, 

That I muít love a loathed enemy. 

(Aci. I. sr. V). 

(*) El origen del segundo y bellísimo dúo shakespiriano (Act. III, se. V): 

Wilt thou be go7ie? it is not yct near day... 

se encuentra, según recientes investigadores, en el poema de |01iaucer Troylus and Cnjseide {\\(\. 
E. Koeppel, Juliet Capulet and Chaucers Troylus, en el Jahrhuch der ShaJcesii. Gesellschaft, 1002, 
pp. 238 y ss.). Pero este poema, á su vez, está imitado del t ¡lostrato de Boccaccio y de la Crónica 
Troyana (Vid. G. C. llamilton, The indehtedness of Chaticer' uTroilus and Crisp.ydeJ> to Guido 
delle Colonnes (^Historia TroyanaT>, New York, 1903). Amlias obras eran seguramente familiares 
á Rojas, y pueden explicar algunas semejanzas entre él y Shakespeare. 

En el Bursario, traducción de las Heroidas de Ovidio, atribuida, creo que con fundamento, á 
Juan Rodríguez del Padrón, se encuentran algunas epístolas añadidas por el traductor, y entre el'as 
dos muy notables de Troylo y Bresayda (sic, por Criseyda). En la primera se lee este pasaje, ver- 
daderamente poético, que coincide en gran manera con los de Cliaucer y Sliake^peare: «Miém- 
obrate agora de la postrimera noche que tú e 3-0 manimos en uno, é entravan los rayos de la 
5>claridat de la luna por la finieat'a de la nuestra cámara, y quexávaste tú pensando que era la 
iMnañana, y decias con falsa lengua, como en manera de querella: «Oh fuegos de la claridat del 



civ ORÍGENES DE LA NOVELA 

oaDÓnica; la tempestuosa enamorada castellana procede_como si ignorase tales ley;es ó sg^ 
hubiese olvidado de su existencia. La primera es sin duda más ejemplar, y la emoción 
trágica que su fin produce no va mezclada con ningún pensamiento de torpeza ó rebel- 
día, pues hasta del suicidio es casi ii-responsable ('). Melibea, por el contrario, muere 
desesperada é impenitente: «¿Oyes lo que aquellos mogos van hablando? ¿Oyes sus tris- 
»tes cantares? rezando Ueuan con responso mi bien todo; muerta llenan mi alegría. 
» Xo es tiempo de yo biuir» (Aucto XLS). «De todos soy dexada; bien se ha aderegado 
»la manera de mi morir; algún aliuio siento en ver que tan presto seremos juntos yo e 
» aquel mi querido e amado Calisto. Quiero cerrar la puerta, porque ninguno suba a 
;>mo estoruar mi muerte: no me impidan la partida; no me atajen el camino, por el qual 
»en breue tiempo podré visitar en este dia al que me visitó la passada noche. Todo se 
»ha hecho a mi voluntad; buen tiempo terne para contar a Pleberio, mi señor, la causa 
»de mi ya acordado fin. Gran sinrazón hago a sus canas, gran offensa a su vejez; gran 
;> fatiga le acarreo con mi falta; en gran soledad le dexo, pero no es más en mi mano. 

»ra liante divino, los quales liaziendo vuestro ordenado curso, vos mostrades y venides en pos de la 
))C.)iiturbal hora de las tinieblas! Muevan vos agora a piedut los grandes gemidos }• dolorosos 
»sospiros de la mezquina Brecaida, y cesat de mostrar tan ayna la fuerza del vuestro gran poder, 
)).iando logar a Bresayda que repose algún tanto con Troylos, su leal amigo!» Edezias tú, Bresayda: 
«Olí quánto me ternia por bienaventurada si agora yo supiese la arte mágica, que es la alta sciencia 
»de los mágicos, por la qual han poder de hazer del dia noche y de la noche dia por sus sabias 
«palabras y maravillosos sacrificios!.. ¿E por qué no es a mí posible de tirar- la fuerza al dia?» E yo, 
»uiovido a piedat por las quexas que tú mostr.iba^, levánteme y salli de la cámara, y vi que era la 
»hora de la media noche, quando el mayor sueño tenía amansadas todas las criaturas, y vi el ayre 
«acallantado, y vi ruciadas las fojas de los arboles de la huerta del alcázar del rey mi padre, Ilama- 
»do Ilion, y quedas, que no se movían, de guisa que cosa alguna no obraban de su virtut. E torné a 
»ti, y dixete- «Brecaida, no te quexes, que no es el dia como tú piensas». E f ueste tú muy alegre 
»con las nuevas que te yo dixe...» (Obrcn^ de Juan Rodríguez del Padrón, publicadas por la Socie- 
dad de Bibliófilos Españoles, Madrid, 1884, pp. 303-304). 

Palabra por palabra se encuentran repetidas algunas frases de este trozo en el Tirant lo Blandí 
(ed, de Aguiló, tomo II, p. 365, Resposta feta per lo Conestable a la letra de Stephania... «Recnr- 
»dam aquella darrera nit que tu e yo orem en lo Hit, e tu psnsant fos lo dia, deyes en manera de 
«querella... E mes de\'es: O qiiant me tendría yo per benaventurada si yo sabes lart mágica que es 
»l.dta sciencia deis magichs en la qual han poder de fer tornar del día nit». 

¿Existirían también en catalán estas epístolas ó las traduciría del castellano Juan Martorell? De 
todos modos, resulta oscuro para mí el origen de estas cartas, que no se explican sólo con el canto 
ó parte quinta del Filostrato. Mucho más se parece el segundo capítulo de la Fiammeita, pero las 
principales bellezas tampoco están allí. Otro, con más datos que yo, resolverá este punto, que aquí 
es incidental. 

(*) Se ha de advertir, aunque la Celestina pasa por obra impara y Romeo y Julietx por un poema 
de amor casto é ¡nocente, que en las escenas culminantes de pasión el lenguaje de las dos heroínas 
se parece mucho. Recuérdese el ardiente soliloquio de Julieta en el acto tercero: 

Spread thy clo.se curtain, love-performing night, 
That runaways' eyes may wink. and Romeo 
Leap to these arms, untalk'd of and unseen. 
Lovers can see to do their amorous rites 
By their own beanties; or, if love be blind, 
It best agrees with night. Come, civil night, 
Thou sober-suited matrcn, all in black, 
And learn me hoto to lose a vinning match, 
Play'dfor apair of stainless inaidenhoods. 

(Xct. III. se. 11). 



INTRODUCCIÓN cv 

>>Tcí, Señor, que de mi íabla eres testigo, voes mi poco poder; vees qiiáu cativa tengo 
»mi libertad; quán presos mis scutidos de tan poderoso amor del muerto cauallero, que 
ipriua al amor con los biuos padres...» (Aucto XX). 

Melibea no intenta justificar con sofismas su pasión culpable y desordenada; al 
contrario, acumula sobre su cabeza todos los males que resultaron de la muerte de 
Caliste V se ofrece como víctima expiatoria de todos ellos: Bien vees e oyes este triste 
»e doloroso sentimiento que toda la ciudad liaze; bien oyes este clamor de campanas, 
»este alando de gentes, este aullido de canes, este strépito de armas; de todo esto fuy 
»yo causa. Yo cobrí de luto e xergas en este dia quasi la mayor parte de la ciudadana 
»caualleria; yo dexé muchos simientes descubiertos de señor; yo quité muchas racio- 
»nes e limosnas a pobres e enuergon^antes; yo fuy ocasión en que los muertos tovies- 
>sen compañía del más acabado hombre que en gracias nascio; yo quité a los biuos el 
:> dechado de gentileza, de inuenciones galanas, de atauios e bordad uras, de habla, de 
:> andar, de cortesia, de virtud; yo fuy causa que la tierra goze sin tiempo el más noble 
» cuerpo e más fresca juuentud que al mundo ora en nuestra edad criada.» 

El desenlace, pues, aunque éticamente' condenable, es el único que podía tener el 
drama, so pena de degenerar en una aventura ridicula, ¿Quién concibe á Melibea sobre- 
viviendo á Caliste? Estas grandes enamoradas no tienen más razón de existir que el 
amor mismo; llevan enclavado el dardo ponzoñoso de la venganza de Afrodita: «Su 
» muerte conbida a la mia; conbidame e fuen;a que sea presto, sin dilación... E assi 
» contentarte he en la muerte, pues no toue tiempo en la vida... ¡O padre mió muy amado! 
» Ruégete, si amor en esta pasada e penosa vida me has tenido, que sean juntas nues- 
^>tras sepulturas, juntas nos fagan nuestras obsequias.^ (Aucto XX). 

Grave reparo puso al carácter de Melibea Juan de Valdés, y por ser suyo no debe 
pasarse en silencio. Dice que la persona de Melibea pudiera estar mejor, porque «se 
¿dexa muy presto vencer, no solamente a amar pero a gozar del deshonesto fruto del 
»amor; ('). Y ciertamente que es así, pero no sin circunstancias, unas muy humanas y 
otras diabólicas, que aceleren su caída y la expliquen dentro de la verisimilitud dramá- 
tica. La misma Melibea ha contestado anticipadamente á su crítico: «Mi amor fue con 
»justa causa: requerida e rogada, cativada de su merescimiento, aquejada portan astuta 
» maestra como Celestina, seruida de muy peligrosas visitaciones, antes que concediesse 
»por entero en su amor» . Mucho más rápido procede el enamoramiento de Julieta, aun- 
que no sea deshonesto el fruto de su amor ni trabajen por 61 los espíritus del Averno. 

El Sr. Foulché-Delbosc, que niega la autenticidad de las adiciones de 1502, opina 
que en manos del adicionador «han perdido los tipos algo de su valor y pureza primi- 
tivos» é insiste principalmente en el de Melibea. En la primitiva forma son recatados 
é irreprensibles sus discursos á Caliste; en toda la escena del jardín (acto XIV) no se 
I encuentra ni una palabra equívoca. Compárese con la Melibea del acto XIX: ¡qué me- 
I tamorfosis en un mes! 

I Podían ser, con efecto, más honestas algunas expresiones de este acto, y nada hu- 
¡bierau perdido el arte y la moral con ello; pero la segunda Melibea, que tan (lesaforada 
parece al erudito francés, no es una falsificación, sino un desarrollo naturalísimo de la 
jprimera. Basta con un mes, y bastaría con menos tiempo para producir este cambio psi- 



I 



(') Diálogo de la lengua, ed. Boeluner, pág. 41; 



I 1 

cvi ORÍGENES DE LA NOVELA - 

cológico, porque entre el acto XIV j el XIX median nada menos qae la desenvoltura { 
de Caliste y el goce reiterado de varias noches. Melibea no puede hablar lo mismo en la I 
segunda escena del jardín que en la primera. Antes era la virgen tímida j enamorada ■ 
que cede á la brutal sorpresa de los sentidos; después la mujer ebria de amor j enajena- i 
da de su albedrío. La madre Colestina, muy ducha en la materia, nos explicará esta j 
metamorfosis: «No te sabré dezir lo mucho que obra en ellas aquel dulgor que les queda ! 
»de los primeros besos de quien aman; son enemigas del medio; contino están posadas i 
» en los extremos» . \ 

¿Cómo negar que en la primera Melibea está el germen de la segunda, cuando la | 
oímos exclamar en un monólogo del aucto X: «¡O género femenino, encogido y frágile! \ 
»¿Por qué no fue también a las hembras concedido poder descobrir su congoxoso e ' 
» ardiente amor, como a los varones?» O cuando dice tan enérgicamente á Celestina: i 
«Madre mia, que comen este coragon serpientes dentro de mi cuerpo!... ¡O mi madre ''< 
»e mi señora! haz de manera como luego le pueda ver, si mi vida quieres» ¿Son por 
ventura muy ajustadas á la modestia virginal estas palabras del aucto XII?: «Las puer- i 
»tas impiden nuestro gozo, las quales yo maldigo, e sus fuertes cerrojos e mis flacas 
afuergas, que ni tú estarlas quexoso ni yo descontenta». ¿Y no es formal entrega \ 
de cuerpo y alma la que termina el aucto XIV en su forma primitiva? «Señor, por i 
»Dios, pues ya todo queda por ti, pues ya soy tu dueña, pues ya no puedes negar mi : 
»amor, no me niegues tu vista, de dia passando por mi puerta, de noche donde tú orde- ; 
» nares.» Pero basta ya sobre este punto, que en realidad es secundario. ¡ 

Si por la perfección de los caracteres está la Celestina á la altura de las obras más ¡ 
clásicas de cualquier tiempo, no puede decirse lo mismo respecto del arte de composi^ \ 
ción, en que el poeta no pudo menos de pagar tributo á la época primitiva en que escribía, j 
No era posible á fines del siglo xv construir una fábula tan ingeniosa y hábilmente com- | 
binada como la de Romeo y Julieta; pero Shakespeare no era sólo un genio dramático, ] 
sino un hombre de teatro, un profesional de la escena, y además iba siguiendo paso á i 
paso las peripecias del cuento italiano, que le daba la armazón de su drama ('). En tiem- ' 
po de Eojas no había escenario ni apenas materia dramática preexistente, fuera de la que ] 
podían suministrarle algunos libros de la antigüedad y algunas novelas de la Edad Media. I 

No se crea por eso que Eojas, en medio de su inexperiencia y de la soledad en que 
escribía, dejase de adivinar con pasmosa intuición las grandes leyes de la composición 
dramática y se sujetara á ellas en todo lo esencial. El plan sencillo^ claro y elegante de 
la Celestina merecería todo elogio si el autor no hubiese escrito su obra en dos veces, lo 
cual le llevó á intercalar un episodio parásito. Aparte de este lunar, la Tragicomedia\\ 
castellana corrobora la profunda doctrina de Lessing en su Dramaturgia-. «El genio i 
»gusta de la sencillez, el ingenio gusta de las complicaciones... El genio no puede inte-lí 
» resarse más que por aventuras que tienen su fundamento unas en otras, que se enca-| r 
•» denau como causas y efectos. La obra del genio consiste en referir los efectos á lasj % 

; i 
(') Asi y todo, no le falta razón á Klein cniíndo escribe (Geschichte des Drama's, VIII. Dai\ \ 
SpnniscJie drama, erster band, pág. 914): «Wir wareii zu glanhen geneigt, dass die, einige Decenllí 
»nien naeh der «Celestina» von Lnigi da Porto ziierst (15"24) und dann ven Bandello verfassti ít 
»Jnlia — und Romeo— Xovelle, eincn Widerstrich deni analogen Motive in der Celestina bieten i 
»dasselbe zu dem Zwecke veredeln solite, um das gescbick der baiden Liebenden für christlichj • i 
))Herzen mitleidwürdiger ais absclireckend erscheinen zu lassen». 



n 



lNTRODrCCI(^X cvii 

» causas, en proporcionar las causas á los efectos, en ordenar los acontecimientos de tal 
amanera que no puedan haber sucedido de otra». Toda la enmarañada selva de las 
comedias de capa y espada de Caldorón y sus secuaces (') no v^ale tanto como esta 
única pieza, que es también una intriga de amor, con criados confidentes, con escenas 
nocturnas y coloquios á la puerta ó á la reja, pero sin disfraces, ni empeños del acaso, 
ni damas duendes, ni galanes fantasmas, ni confusiones en la oscuridad de un jardín 
y hasta sin la duplicación forzosa del galán y la dama, y el no menos indispensable 
arbitrio del rival celoso y del padre ó hermano guardador de la honra de su casa, que 
por diversos caminos so oponen al logro de la felicidad de los dos amantes. Todo esto 
es sumamente entretenido y demuestra gran poder de invención en los que crearon 
este género de ftibulas j las impusieron á Europa; pero es sin duda arte inferior al que, 
ahondando en las entrañas de la vida y en la conciencia de los hombres, logra sin nin- 
guna complicación escénica darnos la ilusión de la existencia actual y hacer de cada 
personaje un tipo imperecedero. Todas esas lindas comedias llegan á confundirse entre 
sí: la Celestina no se confunde con nada de lo que se ha escrito en el mundo. «Hay en 
»la Celestina (dice D. Juan Yalera) cierto misterioso encanto que se apodera del alma 
»de quien la lee, embelesándola y moviéndola á la admiración más involuntaria; . 

El gran maestro cuyas son estas palabras suscitó una importante cuestión que 
atañe al fondo de la Celestina^ y es .é tica y estética á un tiempo. Á primera vista 
encuentra inverisímiles, hasta rayar en lo absurdo, algunos casos de la tragicomedia: 
«Melibea y Caliste son ambos de igual condición elevada, así por el nacimiento como 
»por los bienes de fortuna. Entre la familia de ambos no se sabe que haya enemistad, 
»como la hubo, pongamos por caso, entre las familias do Julieta y de Romeo. Xi diferen- 
»cia de clase, ni de religión, ni de patria les divide. ¿ Por qué, pues, no buscó Caliste á 
una persona iionrada que intercediese por él y venciese el desvío de Melibea, y por 
»qué no la pidió luego á sus padres y se casó con ella en paz y en gracia de Dios? Bus- 
»car Caliste para tercera de sus amores á una empecatada bruja zurcidora de volun- 
»tades y maestra de mujeres de mal vivir, tiene algo de jnpnstruoso, que ni en el 
» siglo XV ni en ningún siglo se comprende, no siendo Caliste vicioso y perverso y sin- 
» tiéndese muy tierna y poéticamente enamorado» (-). 

(') Claro es que aquí no pretendo caracterizar el riquísimo y variado teatro cómico de Lope, 
Tirso y Alarcón, ni tampoco el de Rojas y Moreto, sino únicamente el de Calderón, y en una parte 
sola, que uo es !a más importante. Hay que guardarse de la exageración realista, ya que hemos 
pasado de la exageración romántica. Algo lejos va en este camino de reacción el señor Martinenclic 
en su tesis latina ya citada: «Quod exemplum {el de Rojas) si Lope de Vega ejusque di.scipuii 
«assecuti essent, multum fortasse profecissent. Sexto enim dociino iu sa-íciilo iiescio quem sicerum 
spoetae saporem fuiídiintquo multo magis delectamur qnam fucatis horiim odoribus qni al) illis 
»profecti sunt. Secimdum naturam sermonem tum scriptores ennntiant qui, velut Rojas noster, 
Dsimplicem atque in proinptti positura dicendi modum ad vividissimas res ingenue exprimendas 
íadliibent. Qui contra séptimo décimo in saeculo ingenium jactant, dum fictis pt veritatem 
Bexcedentibiis fabulis inserviunt, arcessitis utuntiir sententiis et jam detlorescentem et deminu- 
ítam hispaniensis tlieatri speciem ante oculos nostros obversant» (pág. 111). 

(*) El Superhombre y otras novedades, artículos críticos sohre producciones literarias de /í«es- 
del siglo XIX y princijños del ::x. Madrid, 1893, pág. 2"28 (artículo escrito con ocasión de la Celestina 
de Vigo). 

Algo semejante liabía indicado D. Alberto Lista en sus Lecciones de Literatura Española, 
orno I, pág. 53. 



Pl 



cviii ORIGENES DR LA NOVELA 

Admirablemente dicho está esto, y á primera vista convence. Alguien dirá quo 
si Calisto hubiese tomado ol camino recto y seguro en casos tales, no habría co- 
media ni menos tragedia, sino uno de los lances más frecuentes de la vida cuoti- 
diana entre personas honestas y morigeradas. Así es la verdad; pero esta res]3uesta^ 
cuo absuelve al artista, que pudo trazar su plan de otra manera ó escoger medios más 
adecuados á sus fines. Los que crean en la sinceridad del fin moral que afecta Rojas 
podrán añadir que le extravió su propósito docente, llevándolo á poner en contacto 
dos distintas esferas de la vida. Pero el talento agudísimo de D. Juan busca una 
^^,,^'<,^, explicación más honda,' y resuelve la antinomia que en la Celestina existe, conside- 
vrK" '^ rándola como una obra altamente idealista, en que «Fernando de Eoias hace abs- 
u,n4uv»w/'f ^^^cción de todo menos del amor, á fin de que el amor se manifieste con toda su 
w»*^'^-^^" ^ fuerza y resplandezca en toda su gloria. Y no es el amor de las almas, ni tampoco 
'"' »el amor de los sentidos, cautivo de la material hermosura, sino tan apretada é ínti- 
»ma combinación de ambos amores, que no hay análisis que separe sus elementos, 
» apareciendo tan complicado amor con la ii-reductible sencillez del oro más acendrado 
» y puro» . 

El espíritu helénico y serenamente optimista de mi glorioso maestro llega á cali- 
ficar de triunfante apoteosis la muerte trágica de los dos amantes y á no ver en 
ella nada de tétrico y sombrío. El razonamiento del insigne literato no me ha con- 
vencido del todo, á pesar de mi natural tendencia á adherirme á los dictámenes de quien 
tanto me quiso y tanto me enseñó. No es la Celestina libro tan alegre como podría 
inferirse por las palabras de D. Juan Yalera. A pesar del gracejo crudo y vigoroso de 
la parte cómica, la impresión final que la obra deja, á lo menos en mi ánimo, es más 
bien de tristeza y pesimismo. La suerte de los dos amantes no puede ser más infausta, 
ni más espantosa la soledad en que Pleberio y Alisa quedan: «¡O duro cora(,"on de 
» padre! ¿Cómo no te quiebras de dolor, que ya quedas sin tu amada heredera? ¿Para 
;'> quién edifiqué torres? ¿Para quién adquirí honrras? ¿Para quién planté árboles? ¿Para 
» quién fabriqué navios? ¡O tierra dura! ¿Cómo me sostienes? ¿Adonde hallará abrigo 
»mi desconsolada vejez?... ¿Qué faro quando entre en tu cámara e retraymiento e la 
» halle sola? ¿Qué haré de que no me respondas si te llamo? ¿Quién me podrá cobrir la 
»gran falta que tú me hazes?» . 

Si la tragedia terminase con las últimas palabras de Melibea y con arrojarse de la 
torre, podi-ía creerse que el poeta había querido envolver en luz de gloria á los dos 
infortunados amantes, haciendo lo que hoy diríase la apoteosis del amor libre. Xi puede 
rechazarse tal idea por impropia de la literatura de aquel tiempo, puesto que, mezclada 
con impulsos de dudoso misticismo, late en el fondo de los poemas del ciclo bretón 
cuya materia épica, transformada en prosa, era tan familiar á Rojas como á todos sus 
contemporáneos. Verdadera y triunfante apoteosis del amor adúltero son la muerte y 
las exequias de Tristán ó Iseo, y es imposible evitar aquí su recuerdo: «E desque vuo 
» dicho estas palabras (D. Tristan), luego besó a la reyna, y estando abracados boca con 
»boca, le salió el ánima del cuerpo, e la reyna, quando lo vio assí muerto en sus bi'a- 
»(;os, de gran dolor que vuo le rebentó el coraron en el cuerpo, y murió alli en los 
sbragos de Don Tristan; y assi murieron los dos amados, e aquellos que los veyan 
»assi estar, creyan que estañan amortescidos, y como los cataron, falláronlos muertos 
» ambos a dos. i 



IXTRODÜCCIÓN cix 

yE qiuuido el rey Mares (') vio muertos a Don Tristau y a la reyíia, en poco 
»esíuuo que no murió por el gran dolor que ouo de su muerte, y comenyo a dezir: «¡Ay 
» mezquino, y qué gran pérdida he yo auido, que lio perdido aquellas cosas que masen 
»el mundo amaua, y nunca fue rey que tan gran pérdida oviesse en vn dia como yo 
»he ávido, e mucho más valdría que yo fuesse muerto (¡ue no ellos!;> Luego se comento 
.>a t'azer gran llanto a marauilla por todo el castillo, y tan grande fue, que ninguno 
» lo ])odria creer, y luego vinieron todos los grandes hombres y los cauullcros do 
»Cornualhi y de todo el reunió, e todos comenvarón a fazer mucho duelo a marauilla, 
»e a dezir entre sí mesmos: «¡Ay rey Mares! fueras tú muerto autos que no Don 
»Tristan, el mejor cauallero del mundo.. » Y quando en toda Cornualla se supo que Don 
»Tristan y la reyna Yseo eran muertos, fueron muy tristes, e mai-auillauanse mucho y 
»dezian: «Todo el mundo fablará de su amor tan siil)limado;>. Y quando todos los caua- 
»lleros fueron allegados, o muchos perlados e clérigos, e frayles, alli donde estaña Don 
íTristan e la reyna muertos, el rey ñzo poner sus cuerpos. (|ue estañan abracados, am- 
ibos en unas andas muy ricamente, con paños de oro, e tizólos llenar muy honrrada- 
.!> mente, rezando toda la clerezia con muchas cruces y hachas encendidas, a Tintoyl. E 
»quaudo entraron por la ciudad, los llantos fueron muy grandes a marauilla de grandes 
»e de pequeños, e pusiéronlos en vna cama que las dueñas auian hecho, y fueron sepul- 
» tados en vna rica sepultura, en la qual escriuieron letras que dezian: «Este el premio 
;M¡ue el amor da a sus seruidores» {^). 

Así acaba el libro do Tridán de Leoms, y es muy poético y gentil acabamiento, 
salvo la triste figura que hace el pobre rey Mares de Cornualla á los ojos de todo el 
mundo y á los suyos propios, que es lo más lamentable. Pero no acaba así la Celestina, 
porque el concepto del amor es radicalmente diverso en ambos libros, sin que por eso 
soa más'ortodoxo en uno que en otro. Para Eojas el amor es una deidad misteriosa y 
terrible, cuyo maléfico influjo emponzoña y corrompe la vida humana y venga en los 
hijos los pecados de los padres. Se alimenta del llanto y de la sangre de cien genera- 
ciones, trituradas entre las ruedas de su carro. No es sólo el exceso de la desesperación. 
ni el flujo retórico, sino una convicción arraigada la que dicta las últimas palabras del 
venerable Pleberio, que contienen, á mi juicio, la filosofía del drama: ¡O amor, amor! 
»¡Que no pensé que tenias fuerza ni poder de matar á tus subjectos! Herida fue de ti 
»mi juueutud; por medio de tus brasas pasé: ¿cómo me soltaste, para me dar la paga 
»de la huj^da en mi vejez":' Bien pensé que de tus layos me avia librado, quando los qua- 
:> renta años toqué; quando fuy contento con mi conyugal compañera; quando me vi con 
»cl fruto que me cortaste el dia de hoy. Xo pensé que tomauas en los hijos la venganza 
»de los padres... ¿Quién te dio tanto poder? ¿Quién te puso nombre (|ue no te conuiene? 
sSi amor fuesses, amarlas a tus simientes; si los amasses, no les darlas pena; si alegres 
:>biuiessen, no se matarían, como agora mi amada hija. ¿En qué pararon tus simientes 
»e tus ministros? La falsa alcahueta Celestina murió a manos de los más fieles compa- 
» ñeros que ella para su seruicio emponvoñado jamás halló. Ellos murieron "degollados; 
» Caliste despeñado; mi triste hija quiso matar la misma muerte por seguirle; esto todo 
» causas; dulce nombre te dieron; amargos hechos liazes. Xo das yguales galardones; 

{') El inuiiilo lie la reina Lseo. 

[^j Libros de Cahallericts (primera parte\ piiliiicados por D. Adolfo Bonilla (tome VI de la 
presente Biblioteca), pág 455, 



ex orígenes de la novela 

^> iniqua es la ley que a todos ygual no es. Alegra tu sonido, entristece tu trato. Bien- 
»aueuturados los que no conociste, o de los que no te curaste. Dios te llamaron otros, 
»no sé con qué error de su sentido traydos. Cata que Dios mata los que crió: tú matas 
»los que te siguen. Enemigo de toda razón, a los que menos te sirueu das mayores 
» dones, hasta tenerlos metidos en tu congoxosa danga. Enemigo de amigos, amigo de 
» enemigos, ¿por qué te riges sin orden ni concierto? Ciego te pintan, pobre e mo(;o; 

> ponente un arco en la mano, con que tires a tiento; más ciegos son tus ministros, 

> que jamás sienten ni veen el desabrido galardón que se saca de tu seruicio. Tu fuego 
»es de ardiente rayo, que jamás haze señal do llega. La leña que gasta tu llama son 
» almas e vidas de humanas criaturas* (Aucto XXI). 

Y no es sólo el anciano Pleberio quien prorrumpe en tan doloridos acentos. Es el 
mismo Calisto, en quien las primeras caricias de Melibea no llegan á borrar el senti- 
miento de la muerte afrentosa de sus criados y de su propia deshonra y vilipendio. ¡Qué 
triste lenguaje en quien acaba de salir de los brazos de su amada!: «¡O mezquino yo! 
»quánto me es agradable de mi natural la solitud e silencio e oscuridad. No sé si lo 
«causa que me vino a la memoria la traycion que fize en me despartir de aquella señora 
»que tanto amo, hasta que más fuera de dia, o el dolor de mi deshonrra. ¡Ay, ay! que 
»esto es; esta herida es la que siento agora que se ha resfriado; agora que está elada la 
» sangre que ayer hernia, agora que veo la mengua de mi easa, la perdición de mi 
;> 'patrimonio^ la infamia que a mi persona de la muerte de mis criados se ha seguido... 
»¡o mísera suauidad desta breuissima vida! ¿quién es de ti tan cobdicioso, que no 
» quiera más morir luego que gozar un año de vida denostado e prorrogarle con des- 
>honrra corrompiendo la buena fama de los passados? mayormente que no ay hora 
» cierta ni limitada, ni avn un solo momento. Deudores somos sin tiempo, contino esta- 
:>mos obligados a pagar luego» (Aucto XIV), 

El sentido de las últimas frases no puede ser más cristiano; pero en las primeras, 
¿cómo no ver un reflejo de la amarga y terrible doctrina del libro IV de Lucrecio? 
(v. 1113 y ss.): 

Adde quod absumunt vires pereuntque labore; 
Adde quod alterius sub nntu degitur aetas, 
Labitur inierea res, et vadimonia fiunt; 
Languent officia, atque aegrotat fama vaoillans. 



Nequidquam; quoniam medio de fonte leporum 
Surgit amari aliquid, quod in ipsis floribus angat; 
Aut cuín conscius ipse aninius se forte remordet, 
Desidiose agere aeíatem, lustrisque perire. 

No sólo en el concepto general sino en las palabras encuentro analogía. Y que 
Kojas conociese el poema de Lucrecio parece seguro, puesto que en los versos acrós- 
ticos imita aquella famosa comparación de! principio del libro IV (v, 11 y ss.): 

Nam veluti pueris absinthia tetra medentes 
Cum daré conantur, prius oras, pocula eircum, 
Contingunt mellis dulci flavoque liquore. 



INTRODUCCIÓN cxi 

Como el doliente que pildora amarga 
O la recela, 6 no ]niede tragar 
Métela dentro de dulce manjar: 
Engáñase el gusto, la salud se alarga... 

Claro es que en la juvenil inexperiencia de Caliste y en la pasión que absorbe todo 
su ser no pueden ser muy continuas las reflexiones melancólicas á que se entrega el gran 
poeta epicúreo. Acaso sin la catástrofe de sus criados no se le hubiera ocurrido excla- 
mar: «¡Olí, mi gozo, cómo te vas dism¡nuyendo!> (Aucto XIII). Pero este desfalleci- 
miento es pasajero, y acaso de los sentidos más que de la voluntad. El grito de la pasión 
vuelve á levantarse cada vez más impetuoso y enérgico: «Xo quiero otra honrra ni otra 
» gloria; no otras riquezas, no otro padre ni madre, no otros deudos ni parientes; de 
»dia estaré en mi cámara, de noche en aquel parayso dulce, en aquel alegre vergel, 
» entre aquellas suaues plantas e fresca verdura». (Aucto XIV). Pero basta que tales 
ráfagas pasen por su cabeza, para convencernos do que la Celestina no es libro de 
alegre frivolidad, sino de profunda y triste filosofía, y que su autor tuvo ciertamente 
un propósito moral al escribirle. Singular parecerá esto á quien sólo de oídas ó por 
algún fragmento conozca la renombrada trcKjicomedin^ pero no lo parecerá tanto á quien 
la haya estudiado con sosiego crítico. No han sido hombres de laxa moral sus más fer- 
vientes panegiristas, aun sin acudir al místico Clarus (Guillermo Yolk), amigo y prosé- 
lito del gran José de Górres ('). Fernando Wolf, que no era sólo eminente erudito, sino 
varón muy respetable y de severas costumbres, se indignaba contra los que achacan á la 
Celestina tendencias inmorales y sentido vulgar. Aun las escenas que hoy nos pai'eccn 
libres y desenvueltas tenían á su juicio menos peligro que la ambigüedad y la velada 
concupiscencia de los modernos. No dejaba por eso de convenir en que no es obra muy 
adecuada para los colegios de señoritas (-). 

Puede haber algo de candor germánico en esto, y las consecuencias nos llevarían 
demasiado lejos. Pero en el fondo tiene razón Wolf. Dada la libertad (él la llama inge- 
nuidad) con que la literatura de la Edad Media representaba las relaciones sexuales, la 
Celestina parece menos escandalosa que otras muchas obras. No llega á los torpes leno- 
cinios 7 á la impura sugestión de los cuentos de Boccaccio, Las escenas libidinosas no 
son el objeto principal ni están detalladas con morosa delectación, sino que nacen del 
argumento y eran inevitables dentro de él. Las conveniencias sociales y el decoro de 

(') Fué de los primeros que en A'emania liiciero i plena justicia ¿ la Celeslina, dedicándola un 
extenso análisis con triducción de varias escenas, y una característica muy interesante, en su 
Manual, que traducido á tiempo hubiera evitado mucho.s tropiezos á los iiistoriadores de nuestras 
letras. 

Darstellung der Spanischen Literatur iin Mittelalter von Liulwig Clarus. Mit einer Vorrede ron 
Joseph V. Garres. Mainz (Maguncia), 1846. PP. 357-40(3, 

(,') «Es ist walir, dass eine werk, worin eine Knpplerin die Ilauptrollc spielt, wnrin melirere 

Msoenen iliren Ve-kehr mit liederliche Dirnen scliildern , sicii niclit für ein MádchenpenHionat 

»sclnckt. Wenn man aber bedenkt, mit \velct)er Naivetát das Mittelalter überliaupt íí'í"''cldeciitliclie 

! pVerliáltnisse darstellt, wie bei den Südlándern insbesondere nocli jetzt neibst elirbare Fraucn 

! p>keinen Anstoss nelimt-n, in dieser Beziehung pan, pan und vino vino zu neimen, so wird selbst 

' j>>durch ein/.elne stelien und scenen, die darin nacli utiseren jetzigeu Ansicbten allzu freí und allzu 

pnackt varen, ein wahrliaft settliches gefühl sich luindcr beleidigt fühlen, ais durcli die sanc'io- 

pnierten Zweideutigkeiten und die verhüllte Lüslternheit der Modernení, (Studien, p. 288). 



cxii ORÍGENES DE LA NOVELA '■ 

las palabras cambian según los tiempos, y no hay que hacer un capítulo de culpas al ■ 
bachiller Rojas por haber estampado en su libro frases y conceptos que hoy nos pare- 
cen indecorosos ó do baja ralea, pero que entonces usaba sin escrúpulo todo el mundo. A j 
un hombre tan severo como Zurita le parecía la Celestina libro escrito con honestidad. ', 

Pero, aun concedido todo esto, la Celestina puede tener sus peligros para quien no ' 
esté muy seguro de contemplar las obras de arte con amor desinteresado. Cuanto más 
vigorosa y animada sea la representación de la vida, más participará de los peligros \ 
inherentes á la vida misma. Rojas, observador vigoroso, grave y lúcido ('), no pensó ; 
ni podía pensar en la emoción personal de cada lector; pero esta emoción no en todos 1 
puede ser sana, por razones de edad, sexo y temperamento. Es claro que los tales no ! 
deben abrir la Celestina^ y tengo por un grave error hacer ediciones populares de ella. ' 
La Celestina no puede ser nuncí un libro popular, porque la misma perfección y her- \ 
mesura de su forma, los largos discursos y la sintaxis arcaica ahuyentan á los lectores '] 
vulgares y á los mozalbetes distraídos. Por otra parte, á tal grado de desenfreno ha ; 
llegado la novela moderna, y de tal modo han viciado el gusto y el corazón sus abomi- ; 
nables producciones, que obras como la Celestina parecen ya sosas, candidas y pri- ¡ 
mitivas á los que se regodean con la pintura de las más innobles aberraciones de la ; 
carne. ; 

Pero, en suma, la Celestina no es irreprensible ni mucho menos en sus detalles. 
No lo es siquiera en su concepto general, por lo mismo que se presta á varias interpre- i 
taciones. Aun admitida la que yo propongo, es cierto que se cumple, exteriormente al ; 
menos, la ley de expiación; pero lo que se halla en el fondo es un pesimismo epi- : 
cúreo ("^) poco velado, una ironía transcendental y amarga. La inconsciencia moral de i 
los protagonistas es sorprendente. Viven dentro de una sociedad cristiana, practican la j 
devoción exterior, pero hablan y proceden como gentiles, sin noción del pecado ni del 
remordimiento. Caliste y Melibea van atraídos el uno al otro por irresistible impulso. Ni j¡ 
una sola vez hablan del matrimonio en sus coloquios. Para ellos no existe, ó le conside- -^ 
rau, según la errada casuística provenzal y bretona, como una institución por todo extremo - 
inferior á la libre y delirante unión de sus almas y de sus cuerpos. Pero al mismo 
tiempo hacen una monstruosa confusión de lo humano y lo divino. Véase, por ejemplo, 
lo que dice Caliste en el aucto XIL «¡O mi señora e mi bien todo! ¿Por qué llamas yerro i 
» a aquello que por los santos de Dios me fue concedido? Rezando oy ante el altar de í 
»la Magdalena me vino con tu mensaje alegre aquella solícita muger». No son menos í 

(') Palabra-' con que perfectamente le caracteriza el señor Fitz-inaiirice Kelly en su bello \\ 
prólogo á la Celestina inglesa de Mabbe: uTiie work is llie product oí ainind vigorous, grave, lucid, \\ 
Bshackled by few prejudices or opinions, alert to impres^ionf!, stored with a large experience of j i 
))l¡fe and inen, their occassions, foibles, and pittfalls. ...Richly dowered with the sense of tlie ,' I 
í)roraance, ihe inystery, and the passions of existence, Rojas stands apart from the biioyant hope of t j 
»youth and from the ecstasy of love: he describes and analyses from Avithout» (PP. 25-26). En loji 
que va un poco lejos es en suponer que Rojas era un artista puro, que no se proponía ningún finí i 
moral: «he is an ariist, not a inoralist», comparándole con algunos modernos como Flaubert y Guyi ) 
de Maupassant. No es fácil concebir un artista de este género á 6nes del siglo xv, ni siquiera enj jj 
Italia. Bueno ó malo, tiene su fin moral la Celestina, y el autor no pierde ocasión de inculcarlo. ; ; 

(*) Junto de intento esas dos palabras, porque la filosofía de Epicuro, de la cual suele hoblarKel !{ 
de oídas, es profundamente triste, sobre todo en los versos de su gran intérprete romano, que eí| ¡j 
uno de los precuráores más legítimos de la melancolía romántica. 



\L\ 



INTRODLCCION cxiii 

sorprendentes estas palabi-as del mismo Calisto cuando Semprouio va á llamar por pri- 
mera vez á Celestina: «¡O todo poderoso, perdurable Dios! tú que guias los perdidos e 
»los reyes orientales por el estrella precedente a Belén truxiste y en su patria los redu- 
»xiste, humildemente te ruego que guies a mi Sempronio en manera que convierta mi 
» pena e tristeza en gozo, e yo indigno merezca venir en el desseado fin > (Aucto 1). 

Xo sabemos si este trastorno de ideas puede atribuirse al escepticismo religioso y 
moral en que solían parar las conversiones forzadas ó interesadas de los judíos; pero 
tales profanaciones y blasfemias se explican, aun sin eso, por la espantosa anarquía do 
ideas y costumbres en que vivió Castilla durante el reinado de Enrique IV, que el 
bachiller Kojas reíleja fielmente en su obra. 

Su condición de converso debía hacerle más cauto que á otros en la pintura de tal 
libertinaje cuando recaía en gentes de iglesia, y, sin embargo, la sátira anticlerical es 
frecuente y muy cáustica en la Celestina. Sólo Gil Vicente y Torres Xaharro, cristianos 
viejos los dos, dicho sea de pasada, le superan en esto. Xo quiero insistir en citas poco 
edificantes, aunque necesarias para mostrar este aspecto importante de la tragicomedia, 
y me limito á poner en notu un pasaje, quo es por cierto de los mejor escritos que salie- 
ron de la pluma de Kojas (•). El (|ue haya leído los cánones del Concilio do Aranda 
(para citar un documento solo) no se escandalizará de la libertad do la pintura, ni la 
tendrá por calumniosa, dentro do los ensanches hiperbólicos de la poesía satírica. 

(') (íLucreciu. — Trabajo tcrnias, madre, con tantas nio<;a?, que es ganado muy penoso de 
«'guardar. 

y>Celest. — ¿Trabajo, mi amor? Antes descanso e aliuio; todas me obedescian, todas me lioiur.i- 
»iian, de todas era acatada, ninguna salia de noi querer; lo que j'o dezia era lo bueno, a cada (|n;il 
»dana cobro... Mió era el prouecbo, suyo el afán. Pues seruidores, ¿no tenia por su causa delbi>/ 
»canalleros viejos e 010903, abades, de todas dignidacies, desde obispos basta sacristanes. Eu 
centrando por la Iglesia via derrocar bonetes en mi bonor, como si yo fuera vna duquesa: el que 
«menos auia de negociar conmigo, por mas niyn se tenia. De media legua que me viessen, dexauan 
5)la8 Horas; vno a vno, dos á dos. venian a donde yo estaña, a ver si mandaua algo, a preguntarme 
»cada vno por la suya. En viéndome entrar se lurbanan, que no bazian ni dezian cosas a derechas. 
wVnoá me liamauan señora, otros tia, otros enamorada, otros vieja bonrraiia... 

yiSempronio — Espantados nrs tienes con tales cosas como nos cuentas de essa religiosa gente 
»e benditas coronas. Si que no serían todos. 

»Celest. — No, hijo; ni Dios 1 > mande que yo tal cosa leñante: que muchos viejos deuotos auia 
»con quien yo pnco medrana, e avn que no me podían ver; pero creo que de embidia de los otros 
)íque me fablauan. Como la clerezia era grande, hauia de todos, vnos muy castos, otros que tenian 
"Cargo de mantener a las de mi officio; e avn todavia creo que no fallan. Y cmbiauan sus esciide- 
«ros e me (,'üs a que me acompañassen, e apenas ora llegada a mi casa, qnando entraban por mi 
«puerta muchos pollos e gallinas, au'arones, anadones, perdizes, tórto'as, pemiles de tocino, tortas 
>Mle trigo, lechones; cada qnal como recebia de aquellos diezmos de Dios, ansi le venia luego a 
«registrar, para que comiesse yo e aquellas sus denotas. Pues vino, ¿no me sobraua de lo mejor 
))que se beuia cu la ciudad, venido de diuersas partes: de ¡Vlurniedro, de Lnque, de Toro, de Madri- 
»)gal, de Sant Martin, e de otros muchos lugares? e tanto, que avnque tengo la differencia de los 
«gustos e sabor en la boca, no tengo la dinersidad de sus tierras en la memoria, que harto es que 
»vna vieja como yo, en oliendo qualquiera vino, diga de donde es. Pues otros curas sin renta; no 
«era ofrecido el bodigo, quando en besando el feligrés la estola, era del primer boleo en mi casa. 
»Espes80s como piedras a tablado entrañan muchachos cargados de prnuisiones por mi puerta«. 
(Aucto IX). 

La Inquisición dejó intacto este trozo aun en las ediciones expurgadas del siglo xvii, por lo 
menos eu lu de Madrid, IGIO, que es 1.a penúltima de las antiguas hechas en España. 
CRÍPtEN-iíS de la NOVELA. — III. — //. 



cxiv orígenes de la NOVELA 

Téngase en cuenta, además, que es una corrompida y abominable mujer la que habla, 
j que so refiere á sus años juveniles, cuando el Santo Oficio no había comenzado toda- 
vía su obra de depuración por el hierro y el fuego, ni Cisneros había acometido la 
reforma de los claustrales, ni el espíritu profundamente religioso de la Reina Católica 
había impuesto sli sello al gran siglo que alboreaba. 

Éticamente considerada la Celestina^ se comprende muy bien que fuese mirada 
como libro de mal ejemplo por los graves moralistas de aquella centuria, que no eran por 
cierto frailes oscuros muchos de ellos. Sabido es el anatema de nuestro gran pensador 
JjUÍs Vives en el cap. V, lib. I, de su tratado De instltutione christianae feminae^ que 
contiene una especie de catálogo de las novicias más leídas en su tiempo (1520). Allí 
juntamente con el Amadís^ el Esplandián^ el Don Florisando, el Tirante^ el Tristán, 
el Lanzarote, Páris y Viana^ Fierres y Maguelona^ Melusina^ Flores y Blanca Flor, 
Curial y Floreta, Leonela y Cananior, y en general toda la literatura caballeresca, figu- 
ran como en tabla censoria las Cien novelas de Boccaccio, el Eurialo y Lucrecia^ las 
Facecias^ realmente indecentísimas, de Poggio, la Cárcel de Amor y la Celestina, 
«Celestina lena, ncqiiitiarum parens» . Todos estos libros quiere que sean cuidadosa- 
mente apartados de manos de la mujer cristiana, y á nadie parecerá excesivo rigor res- 
pecto de algunos, aunque otros hay bien inocentes. Lo que resulta injusto y durísimo 
es calificar, en montón, de hombres ociosos, mal ocupados, ignorantes y encenagados 
en los vicios {honiines otiosi, male feriati^ imperiti, vitiis ac spurciciae dediti) á 
los que tales libros compusieron, como si no figurasen entre ellos los insignes huma- 
nistas Boccaccio y Eneas Silvio ('). 

Pero ¡cosa singular y poco advertida! El filósofo valenciano, que en 1529 incluía la 
Celestina en su edicto de proscripción, la celebraba en 1531 como obra más sabiamen- 
te compuesta que las fábulas de los poetas cómicos de la antigüedad, sobre todo por lo 
ejemplar del desenlace que pone al goce de los amantes acerbo y trágico fin, y no fes- 
tivo y alegre como en el teatro greco-latino {^). En esta observación, que no es sólo de 

(') Joanis Ludovici Vivís Valentini Opera Omnla, tomo IV de la edición de Valencia, 1783, 
pág-. 87. He transcrito el pasaje en el primer tomo de estos Orígenes, pp. 151 y 182. 

(*) (cVenit in scenam poesis, populo ad spectandum congrégate, et ibi 8Ícut pictor tabulam 
))proponit multitndini spectandain, ila poeta imaginera qnandam vitae; ut mérito Phitarclius de 
))his dixerit, «Poema esse picturain loqnentem, et picturam poema taceos», ita magister est pnpuli, 
))et pictor, et poeta: corrupta est enim haec ars, qiiód ab insectatione flagitiorum et scelerum transiit 
))ad oliscqiiium pravae affectionis, ut quaecunque odisset poeta, in eum linguae ac stili intempe- 
))rantia abnteretur: ciii injnriae atque insolentiae itum est obviara, primum a divitibus potentia sua, 
»et opibua, liinc iegibus, quibus cavebatur ne quis in alium noxium carmen pangeret: tum involii- 
»cris coepit tegi fábula; paullatim res tota ad ludiera et in vulgiim plausibilia, est traducta, ad 
«amores, ad fraudes meretricum, ad perjuria lenonis, ad militis ferociam et glorias; quae quum 
»ilicerentur cunéis referlis puerorum, puellarum, mulierum, turba opificum hominum et rudium, 
»mirum quam vitiabantur mores civitatis admnnitione illa, et quasi incitatione ad ñagitia, praeser- 
»tira quum comici semper catastroplien laetam adderent amoribiis, et impudicitiae; nam si quando 
»addidÍ8sent tristes exitus, deterruií-sent ab iis actibus spectatores, quibus eventua esset paratas 
))acerbÍ8simu8. In quo sapíe^itior fuit qui nostra lingua scripsit Celestinam tragicomoediam; nam pro- 
"sgressui amoriim, et illis gaudüs vohiptutis, exitum annexnit amarissimum. nenipe amatorum, lenat, 
«lenonum casus et neces violentas: ñeque vero ignorarunt olim fahulurum scriptores tiirpia esse quat 
y>scriberent, et moribus juventutis damnosurb. 

(De Causis Corruptarunt Artium líber secundas). 

J. L. Vivís Opera, ed. de Valencia, 99. 



INTRODUCCIÓN oxv 

literato, sino de moralista, ¿hemos de ver uua retractación del juicio auterior? De nin- 
guna manera. Luis Vives pudo seguir creyendo, como toda persona sensata, que la 
Celestina, con su fin moral y todo, no es libro para andar en manos de doncellas. En 
el Be instituliüiie feminae consignó su criterio pedagógico. En el JJc causis corntpta- 
riiju artiiim habló como crítico, puesta la atención en la Tragicomedia y no en la 
clase de lectores que podía tener. No veo incompatibilidad alguna entre ambos textos. 

Inútil es citar otros de autores menos famosos que reprueban las livianas escenas 
de la Celestina ó Scelestina^ como la llamaba el maestro Alejo de Vcnegas, para dar á 
entender que todo género de perversidad se encerraba en ella ('). Pero el gusto nacio- 
nal triunfó de todo, y la Celestina^ considerada desde su aparición como una obra clá- 
sica, disfrutó de aquella especie de franquicia que á los clásicos de Grecia y Koma 
otorgan los más severos censores ^ro^/er elerjantiam sermón is. En el notabilísimo dic- 
tamen sobre prohibición de libros que redactó como consultor del Santo Oficio el sabio 
y austero historiador Jerónimo Zurita, después de dejar á salvo toda la literatura anti- 
gua y las mismas novelas de Boccaccio en su original italiano, aplica la misma indul- 
gencia á la Celestina^ distinguiéndola cuidadosamente de sus imitaciones: «Ay también 
» algunos tratados que, aunque escritos con honestidail^ el subjecto son cosas de amores, 
»como Celestina^ Cárcel de Amor^ Question de Amor j algunos desta forma, hechos 
»por hombres sabios; algunos, quiriendo imitar éstos, han escrito semejantes obras con 
» menos recato y honestidad, como la Comedia Florinea^ La Thebayda^ La Nesnrrection 
y>de Celestina y Tercera y Quarta^ que la continuaron; estos segundos todos se deben 
» vedar, porque dizen las cosas sin arte y con tantos gazafatones, que ningunas orejas 
> honestas los deben sufrir. De los ¡primeros destos digo lo mismo que de los de latin» . 
Y lo que había diiho de los latinos pocos renglones antes era lo siguiente: «Paréceles 
3 a algunos hombres pios que estos autores se veden, lo qual hasta aora ningún hombre 
docto ha dicho, a lo menos para quitarlos de las manos de todos, pues aun a los niños 
»se puede hoy muy bien leer Planto y las más co?nedias de Terencio; para los prouec- 
■»tos no puede aver cosa más consideradamente escrita... Y pues estas materias no las 
»han de dexar los mo^os, mejor es que tengan estos buenos auctores, donde cenándose 
»en la elegancia y virtudes de la poesia dellos se resfrien para otras... Resoluiendome, 
»digo^ que ninguno de los sobredichos autores latinos se debe redara (-). 

Antes y después de este prudente consejo del príncipe de nuestros analistas, la 
Inquisición dejó correr libremente la Tragicomedia, que se imprimió en España treinta 
7 cuatro veces por lo menos en todo el curso del siglo xvi y primer tercio del siguien- 
te, sin contar con las numerosas ediciones hechas fuera {^). Sólo en la centuria siguien- 

(') Por ser de los más antiguos no debe omitirse el de Fr. Antonio de Guevara en el argumento 
de 80 Aviso de Privados y Doctrina de Cortesanos (Valladolid, [ or Juan Villaquirán, 1539), hoja 7 " 
sitt foliar. 

«Vemos que ya no se ocupan los iiombres sino en leer libros, t^ue es afrenta nombrarlos, como 
B300 (lAmadis de Gaula», «Tristánde Leonis», aPrimaleon», «Cárcel de amor» y Celestina, á los 
»qnales y a otros muchos con ellos se debria mandar por justicia que no se imprimiesen ni menos se 
•vendiesen, porque su doctrina incita la sensualidad a pecar y relaxa el cpiritii a bien vivir.» 

C'^) R'-vista de Archivos. Bihliotecas y Museos, tercera época, tomo VIII, 190::?, págs. 219-220. 

{^) La Celestina no figura ni en el índice de Váldés (1559), ni en el de Quiroga (1583). Soto 
1* laquisición de j^jrtügal^ que procedía cou más rigor que la nuestra en estas materias, puso en su 
índice de lóSl todas las Celestinas, «assi a de Calisto c Melibea, como a Resurrei^áo ou Segunda 



cxvi 0EIGENE8 DE LA NOVELA 

te se decidió á expurgarla, castigando con cierto rigor las alusiones satíricas á las cos- 
tumbres de los eclesiásticos j las hipérboles amorosas que frisaban con la blasfemia. 
Todo lo demás quedó intacto. La Celestina fué respetada como texto de lengua, j 
nuestra censura se hubo mucho más benignamente con ella que la italiana con el Deca- 
merón. En realidad, no hay más edición expurgada que la de Madrid de 1632. Sus 
variantes son de poquísimo momento, y no afectan á nada sustancial; después se hicie- 
ron algunas más, especialmente en el Expurgatorio de 1747. Sólo á fines del siglo xviii 
y á principios del xix, cuando se iban perdiendo todas las tradiciones castizas, los jan- 
senistas hazañeros y mojigatos, que eran entonces dueños del moribundo Santo Oficio^ 
prohibieron totalmente el libro, por edicto de 1." de febrero de 1793, reproducido en el 
último índice de 1805 ('). Por lo visto, los Arces, Llorentes y Villanuevas eran más 
fáciles de escandalizar y tenían los oídos mis pudibundos que los Valdeses, los Quiro- 
gas, los Sandovales, los Pachecos y demás famosos inquisidores de la época clásica. 

De la excelencia de la Celestina como obra de arte y tipo y modelo de prosa caste- 
llana, toda alabanza parece pequeña C^). El moralista no puede menos de hacer muchas 
salvedades; el crítico apenas tiene que hacer ninguna: 

Libro en mi entender divi- 
Si encubriera más lo hiima- 

dijo Cervantes por boca del donoso 'poeta entreverado {^). Y el mismo severísimo Mora- 

Oomedia». .^in duda por eso no se conoce más edición hecha en aquel reino que la de Lisboa, 1540. 

Vid. lu reimpresión de los antiguos índices, con que ha prestMdo gran servicio á la bibliografía 
la Sociedad Literaria de Sttugart (tomo 176), Die índices Lihrorum Prohibitorum des sechzehnten 
Jahrh'inderts (¡esammelt und herauxgegeben von Fr Heiiirich líeitsch Tübiiigen, 1886, pág. 358. 

Cj Suplemento ul'lndice Expurgatorio del uño de 1790, que contiene los libros prohibidos y man- 
dados expurgar en todos los Rey nos y Señoríos del Católico Rey de España el Sr, D. Carlos I V^ desde el 
edicto de 13 de Diciembre del aun 17S9 hasta el 25 de Agosto de 1S05 Madrid, en la Imprenta Real, 
año de 1805. 

P. 9. ((Giilisto y .Melibea (tragicomedia), impresa en Madrid un 1601, sin nombre de autor.» 

Adelantados estaban los inquisidores en la bibliografía de la Celestina. No se equivocaban más 
(jue un siglo justo en cuanto á la fecha de su aparición. 

(^) Es sabida, aunque poco segura, la anécdota de D. Diego Hurtado de Mendoza, que cuando 
fué de embajador á Roma no llevaba en su portamanteo más libros que el Amadis y la Celestina. 
Vid. tomo I de estos Orígenes de la Novela, pág. 237, 

(*) Sobre la inmoralidad de la Celestina se lian escrito verdaderos desatinos, aun en libros de 
crítica literaria que li.ui gozado de cierta Hombradía. Adolfo de P libusque, en su Histoire comparée 
des Littératures Esjuignole et Francaise (París, 1843), premiada por la Academia Francesa, y que fué 
en su tiempo el Manual del liispanista ala violeta, llega á decir que la obra de Rojas «es una ;imal- 
))gama de comedias y tragedias de un cinismo repugnante», que «ninguna pluma, por hábil que 
»fuese, podría honestamente analizar las escenas subalternas», y, en suma, que el libro es «una 
^¡enciclopedia del libertinaje'». Cualquiera creería que se trataba de las obras del Marqué-i de Sade ó 
de la Aloisia de Nicolás Chorier Asegura Puibusque, muy formal, que, á pesar de eso, hay dos mil 
sentcnciis morales sepultadas en este monstruoso drama, y que el autor mismo las había contado, 
por lo cual no puede dudarse de sus buenas intenciones. «Pero el escándalo fué tan espantoso que 
los rayos de la Iglesia estallaron en seguida. Algunas impresiones clandestinas (!) burlaron la 
vigilancia de la censura religiosa, pero por mucho tiempo no pudo verificarse ninguna representación 
enpúblico». No dice claro si de la Celestina ó de cualquier otra pieza (Tomo I, págs. 195 y '201). 

De este modo se escribía en Francia sobie nuestras cofas hace medio siglo. ¡Cuánto camino se 
ha andado desde entonces y cuántos hispanistas de verdad han surgido! 



IXTRODUCCIÓN CNvii 

tín, á pesar de su criterio rígido y estrictamente clásico, ó quizá por la fuerza de este 
criterio mismo, habló de la famosa Trarjiconiedia en términos de entusiasmo que muy 
rara vez se escapan de su pluma: «Como la tragicomedia griega se compuso de los 
•» relieves de la mesa de Homero, la comedia española debió sus primeras foimas á la 
» Celestina. Esta novela dramática, escrita en excelente prosa castellana, con una fábu- 
»la regular, variada por medio de situaciones verosímiles 6 interesantes, animada con la 
» expresión de caracteres v afectos, la fiel pintura de costumbres nacionales y un diálo- 
»go abundante en donaires cómicos fué objeto del estudio de cuantos en el siglo xvi 
» compusieron para el teatro. Tiene defectos que un hombre inteligente haría desapare- 
»cer, sin añadir por su parte una sílaba al texto, y entonces, conservando todas sus 
>bellezas, pudiéramos considerarla como una de las obras más clásicas de la literatura 
» española» ('). 

Y aun sin eso ¿(|uiéii ha de negarle semejante título? ¿Xi qut- obra de la literatura 
española habrá que le merezca, si de buen grado no se otorga á la Tragicomedia del 
bachiller Fernando de Rojas? La meticulosidad académica del gusto de Moratín lo 
hizo dar excesiva importancia á esos defectos de la Celestina^ que, por lo mismo que 
son tan obvios y puedeu borrarse de una plumada, poco significan para la apreciación 
del libro. Aun las pedanterías y citas absurdas sembradas en el diálogo, lejos de des- 
agradarnos hoy, contribuyen al efecto cómico de ciertas escenas y al delicioso carácter 
de época que tiene todo el cuadro, mostrándonos cuáles podían ser los estudios y pre- 
ocupaciones habituales de un bachiller aventajadísimo de las aulas salmantinas á fines 
del siglo XV, y cómo se fundían armoniosamente en su ingenio la observación directa 
de la vida contemporánea y el prestigio de la antigüedad clásica, que entonces parecía 
resurgir con segunda vida. Tales defectos son de los que, andando el tiempo, llegan 
á convertirse en excelencias, á lo menos para el curioso historiador de las vicisitudes 
de la cultura. 

Si Cervantes no hubiera existido, la Celestina, ocuparía el primer lugar entre las 
obras de imaginación compuestas en España. El juez más abonado del siglo xvi, el 
primer maestro de la prosa castellana en tiempo de Carlos Y, declaró con fallo inape- 
lable que ^ningún libro hay escrito en castellano adonde la lengua esté más natural, 
»más propia ni más elegante» (-). 

El estilo y la lengua de la Celestitia no son para tratados incidentalmente. Hoy la 
Estilística no es una dependencia de la Retórica, sino parte integrante y la más ardua 
y superior de la Filología. Para estudiar formalmente el estilo de un autor es preciso 
conocer á fondo el material lingüístico que emplea y haber agotado previamente todas 
las cuestiones de fonética, morfología y sintaxis que su obra sugiere. Nada de esto ó 
casi nada se ha intentado respecto de la Celestina^ cuya gramática y vocabulario exi- 
gen un libro especial. Sólo cuando la historia de nuestra lengua esté hecha por el único 
que puede y debe hacerla, por el que nos ha dado, con aplauso de propios y extraños, 
el primer manual de Cramática histórica, tendremos base firme para un estudio de tal 
naturaleza. Ni mi vocación ni mis particulares circunstancias me permiten empren- 
derlo, y así tendrá que ser vago y sucinto lo que en esta parte diga. 

(') Obras dp D. Leamlro Fernández de Murafin. edición do la Academi.-i de la Historia, If^SO, 
tomo I pág. 88. 

(') .Tiian de Valdés, Diálogo de la Lfvgtia, ed. Boelimer, páíj. 415. 



cxviii orígenes de la xovela 

La prosa no tiene oríe^enes populares como la poesía, á lo menos en las literaturas 
derivadas. Nace á veces de la poesía épica, y es su transcripción degenerada (nuestros 
cantares de gesta convertidos en fragmentos de crónicas). Pero con más frecuencia se 
amolda á un tipo literario preexistente en la lengua madre ó en alguna otra que sos- 
tenga sus primeros y vacilantes pasos. Así nació la prosa castellana, con un visible dua- 
lismo entre el elemento oriental, muy influyente al principio, casi nulo después, y el 
elemento ktino-eclesiástico, educador común de todos los pueblos de Occidente. En la 
gran labor de traducciones y compilaciones que nos legó la corte literaria de Alfonso 
el Sabio, no importan menos los libros del saber de Astronomía, el Calila y Dina y los 
Engannos de mugeres^ los libros de proverbios y consejos, traducidos del árabe, que las 
Partidas y las dos Estorias^ cuyas principales fuentes son latinas, sin duda alguna. Y 
como las versiones solían hacerse muy literales, y el organismo gramatical del árabe y 
del latín difieren tanto, no es maravilla que el tránsito del uno al otro, que á veces 
puede estudiarse en una obra misma, resulte violento y desmañado. Con todo eso se 
percibe ya en esta variadísima literatura alfonsina cierto conato de unidad, la aspira- 
ción á un tipo de lengua culta y cortesana. No en vano se preciaba el mismo rey de 
«endereszar él por sí» el estilo de sus colaboradores. 

Este tipo persistió en sus rasgos fundamentales durante los siglos xiii y xiv, no sin 
recibir también notable influjo de la lengua francesa, mediante la cual se nos comuni. 
carón obras de tanta importancia como la Oran Conquista de Uliranmr^ el Tesoro de 
Brunetto Latini y la Crónica Troyana. En medio de este período de tanteo y apren- 
dizaje surge como por encanto la figura del primer prosista español digno de este 
nombre, del primero que estampó su individualidad en la prosa. No fué verdadero 
innovador D. Juan Manuel: la lengua que habla es la de su tiempo, pero la habla mejor 
que nadie, con cierto gusto personal é inconfundible, con talento de narrador ameno y 
íácil, con elegante y candida malicia. La construcción lenta y embarazosa de sus antece- 
sores parece que se aligera en él y que va á romper las trabas conjuntivas. Faltó á don 
Juan Manuel la educación de humanista que tuvo su contemporáneo Boccaccio, y no 
pudo dar ambiente á su estilo ni amplitud á su dicción, ni mucho menos adivinar el 
ritmo del período prosaico, tal como le habían forjado los latinos y comenzaba á imitarse 
en Italia. Pero esta imitación teuía mucho de viciosa y pedantesca, y por haberse librado 
de ella D. Juan Manuel conservan sus escritos una sabrosa llaneza y dulce naturalidad, 
que suelen echarse de menos en las redundantes cláusulas del novelista de Certaldo. 

La orientación propiamente clásica tuvo un precursor en el canciller Ayala, no sólo 
en lo que toca á la materia y forma de la historia, sino en el estilo mismo, que denun- 
cia á veces al asiduo lector de las Décadas de Tito Livio, aunque no pudiese disfru- 
tarlas en su lengua original. Las traducciones hechas bajo los auspicios de aquel mag- 
nate abren una larguísima serie de ellas, que se dilata durante todo el siglo xv, deri- 
vadas unas del latín, otras del toscauo y aun del catalán, útiles todas como instrumento 
de vulgarización, pero ninguna como ejemplar de estilo. Con ellas cambia la faz de 
nuestra prosa, invadida y perturbada por el hipérbaton latino, de que hacen grosero y 
servil calco los alumnos de la detestable escuela de D. Enrique de Villena, al mismo 
paso que inundan sus escritos de pedantescos neologismos, so pretexto «de non fallar 
» equivalentes vocablos en la romancial texedura, en el rudo y desierto romance, para 
» esprimir los angélicos concebimientos virgilianos» . Sigue tan extraviada dirección 



IXTRODUCCrOX ex IX 

Juan de Mena^ que cousiderado como prosista es de lo peor do su tiempo, pero que 
por el prestigio de sus obras poéticas contribuyó cá autorizar la obra de los latinizantes. 
Y no se puede negar que ésta trasciende más ó menos á todos los escritores de entonces, 
pero con diferencias muy esenciales, nacidas del ingenio de cada cual y de las diversas 
materias en que ejercitaron su pluma. D. Alonso de Cartagena, que con el trato de los 
humanistas de Italia se había acercado más que ninguno de sus compatriotas á la recta 
comprensión del ideal clásico, muestra un latinismo inteligente y mitigado, sobre todo 
en sus versiones de Séneca, de quien supo decir con mucha lindeza que, «puso tan 
» menudas y juntas las reglas de la virtud, en estilo elocuente, como si bordara una 
»ropa de argentería, bien obrada de ciencia, en el muy lindo paño de la elocuencia». 
Noblemente se inspiró en la literatura filosófica de la antigüedad el bachiller Alfonso 
de la Torre en su Visión Delectable^ donde hay facundia y armonía y número más que 
en ninguna prosa de su tiempo. Juan de Lueeua, en la Viia Beata,, imitando, ó más 
bien traduciendo á Bartolomé Fazio, pero con entera libertad de estilo, ensayó una 
nueva manera, muy viva, rápida y animada, desmenuzando la oración en frases conci- 
sas y agudas. 

Pasada la crudeza del primer momento, no fué estéril, sino muy fecundo, el impulso 
latinista. La vía era larga y fragosa pero segura, y la torpeza de los operarios que 
comenzaron á abrirla no podía comprometer el éxito de la empresa. Si en los mora- 
listas y didácticos, que suelen ser meros repetidores de lugares comunes, prevalecía 
la construcción afectada é hiperbática, en los historiadores, que trabajaban sobre 
materia viva y presente, la realidad actual penetraba dentro del molde antiguo y 
creaba páginas imperecederas, como algunas de la Crónica de D. Alvaro de Luna, y 
sobre todo las estupendas Semblanuis de Fernán Pérez de Guzmán, llenas de pasión y 
de brío. 

Pero toda nuestra prosa anterior al Arcipreste de Talavera, sean cuales fueren los 
orígenes y fuentes de cada libro, es prosa .erudita. La lengua popular no había sido 
escrita hasta entonces más que en versos de gesta y en la epupeya cómica del Arci- 
preste de Hita. Era necesario transfundir esta sangre fresca y juvenil en las venas de 
la prosa, para que adquiriese definitivamente carácter nacional y reflejase el tumulto 
de la vida. Tal fué la empresa del autor del Corbacho, y no insistiremos en ella, puesto 
que ya en páginas anteriores procuramos caracterizar su estilo, cuya influencia sobre el de 
Rojas es tan notoria. Pero como antecedente necesario de la evolución lingüística que 
Alfonso Martínez de Toledo realizó con instinto genial, es imposible omitir aquella 
compilación que el 3Iarqués de Santillana formó de los Befranes que dicen las viejas 
tras el huego. Si ese libro no hubiese existido, acaso ni el Corbacho ni la Celestina 
tendrían el carácter paremiológico que de tan singular modo los avalora. Aquellas reli- 
quias del saber vulgar, aquellos aforismos de ignorados y prácticos filósofos, que por 
raro capricho recogió el poeta más aristocrático y culto del siglo xv, el más desdeñoso 
con la poesía del pueblo, vinieron á incrustarse en las más egregias obras del ingenio 
castellano, desde la Comedia de Calisto hasta el Quijote y la Dorotea. Pero no se 
niegue al Marqués de Santillana la gloria de haberse fijado antes que nadie en estas 
silvestres florecillas, ni al Arcipreste talaverano la adivinación del valor artístico que 
podían tener enti*etejidas en la maraña gentil de su prosa. 

Lo que había sido eu la corte de D, Juan II preparación y ensayo, llegó en tiempo 



cxx orígenes de la NOVELA 

de los Reyes Católicos á adquirir la clásica firmeza de un verdadero Renacimiento, pre- 
parado por la disciplina gramatical de los humanistas italianos y españoles y engran- 
decido por la maravillosa expansión de la vida nacional. No es definitiva casi nunca la 
lengua de los escritores de entonces, pero contiene en germen todas las buenas cuali- 
dades que han de llegar á su punto más alto en la edad que, por excelencia, llamamos 
de oro. Y lo que la falta acaso de perfección técnica lo compensa con cierta gracia 
primaveral, que no suele darse más que una vez en las literaturas. Rojas es el mayor 
escritor de su siglo, y la Celestina tiene algo de grandioso y aislado; pero al mismo 
período corresponden otros monumentos de nuestra prosa: los Claros Varones y las 
Letras de Hernando del Pulgar, la Cárcel de Amor de Diego de San Pedro, en que á 
veces la expresión sentimental raya muy alto, y el Amadís de OauJa^ que para la pos- 
teridad sólo existe en la forma que le dio el regidor Montalvo. 

No se escribía ya por mero instinto ó por imitación servil como en épocas anterio- 
res. La lengua castellana, al fenecer el siglo xv, contaba ya con un código gramatical 
que no poseía ninguna otra de las vulgares, incluso el italiano. Claro es que los escri- 
tores de genio se crean su propia gramática, y la Celestina estaba escrita muy proba- 
blemente antes de 1492, en que apareció el Arte de la lengua castellana del Maestro 
Nebrija; pero la enseñanza oral de aquel gran varón, á quien Rojas conocería de seguro 
en el estudio salmantino, había empezado en 1474, y su método filológico, aplicado al 
latín, al griego y al castellano, no podía ser indiferente á persona tan culta como nues- 
tro poeta. En todo el libro se percibe el deliberado propósito de escribir bien y con la 
mayor corrección posible. Pero esta corrección no es la de los tiquismiquis retóricos 
que pueden aprenderse por receta, sino la corrección fuerte y viril de quien es dueño 
de su estilo, porque domina la materia en que le emplea, no deformándola arbitraria- 
mente, sino ajustándole á ella como se ajusta el vestido á los contornos de una estatua. 
Porque el estilo de la Celestina^ con ser tan trabajado, no tiene trazas de afectación 
más que en los discursos y razonamientos; en el diálogo fluye natural y espontáneo, y 
aunque nos parezca un asombro que todos los personajes hablen, tan bien, no por eso 
somos tentados á creer que pudiesen hablar de otro modo. No diremos que hablan como 
el autor, porque el autor es para nosotros un enigma. Hablan cada cual según su carácter, 
con la expresión exacta, precisa, impecable; pero todos propenden á la amplificación, que 
era el gusto de aquel tiempo y quizá el tono habitual de las conversaciones. El Renaci- 
miento no fué un período de sobriedad académica, sino una fermentación tumultuosa, una 
fiesta pródiga y despilfarrada de la inteligencia y de los sentidos. Ninguno de los grandes 
escritores de aquella edad es sobrio ni podía serlo. Rojas lo parece por la prudente parsi- 
monia con que enfrena y rige el corcel de su fantasía, por el tejido compacto de su dic- 
ción, por lo cortante de las réplicas y el hábil tiroteo de sentencias y donaires, por el 
uso continuo de frases cortas y desligadas que dan la ilusión del estilo conciso. Pero en 
realidad amplifica y repite á cada momento: toda idea recibe en él cuatro, cinco ó más 
formas, que no siempre mejoran la primera. Esta superabundancia verbal se agrava con- 
siderablemente en la segunda forma de la tragicomedia, pero existía ya en la primitiva. 
Pondré un ejemplo tomado del aucto X: «Más presto se curan las tiernas enfermeda- 
» des en sus principios, que quando han hecho curso en la perseueracion de su officio; 
» mejor se doman los animales en su primera edad, que cuando es su cuero endurecido 
»para venir mansos a la melena; mejor crecen las plantas que tiernas e nueuas se tras- 



IXTRODUCCIOX cxM 

»poueQ, que las que fructiticaudo ya se raudau; muy mejor se despide el uueuo pecado, 
» que aquel que por costumbre antigua cometemos cada día» . 

Los símiles sou elegautes y apropiados, pero tanta repetición de una misma idea 
enerva el diálogo dramático. Juan de Valdós, que cifraba gran parte de su estilística 
en esta máxima: «que digáis lo que queráis con las menos palabras que pudieredes, de 
»tal manera que splicando bien el conecto de vuestro ánimo y dando a entender lo que 
» queréis dezir, de las palabras que pusieredes en una clausula o razón, no se pueda 
> quitar ninguna sin ofender o a la sentencia della o al encarecimiento o a la elegan- 
»cia» (•), conoció que este era el punto vulnerable de la Celestina^ «el amontonar de 
vocablos algunas veces fuera de proposito > . El otro defecto que señala no es tan fre- 
cuente: «Pone algunos vocablos tan latinos que no se entienden en el castellano, y en 
partes adonde podria poner propios castellanos que los hay» . Estas eran las dos cosas 
que él hubiera querido corregir en la Celestina para dejarla perfecta, y uno de los 
interlocutores del diálogo aconsejaba que lo hiciese (-), idea que tuvo también Moratín, 
como queda dicho. Pero, con perdón de tan severos jueces, los latinismos no son tantos 
que empalaguen. Cualquier autor de aquel tiempo tiene más que Rojas. Los que éste 
usa están generalmente puestos en trozos y discursos de aparato, cuando los personajes 
quieren levantar el estilo, como el conjuro de Celestina y los últimos razonamientos de 
Melibea y de su padre. Entonces es cuando aparecen el pungido Calisto^ la cliénhda^ 
el incogitado dolor, la menstrua hina^ copiada de Juan de Mena, la fortuna fliituosa^ 
el verbo incusar varias veces repetido, la castimonia de Fenélope^ las palabras fictas^ 
la asiieta casa y otras pedanterías, si bien las tres últimas no deben achacarse al autor, 
sino al que redactó las rúbricas ó sumarios que van al principio de cada aucto. 

Otros leves defectos tiene también esta prosa, nacidos, no de incuria, sino de inex- 
periencia, y acaso de un error técnico. El oído del bachiller Rojas estaba tan avezado á 
la cadencia de los versos de arte mayor de su predilecto poeta Juan de Mena y al 
octonario doble de los romances viejos, que á cada paso reaparecen estas dos medidas en 
su prosa. De ambas daremos algunos ejemplos: 

(■ Pone su estudio — con odio cruel... 

Pasos oigo; acá desciende — haz, Sempronio, que no lo oj^es... 
-' ' Tener con quien puedan — sus cuy tas Durar... 
O'- Ensañada está mi madre — duda tengo en su consejo... 

La dádiva pobre... 
De aquel que con ella —la vida te ofrece... 
E arrepentirse del don prometido... 

Todo esto sin salir del acto primero. En cualquiera de los otros puede hacerse la 
misma experiencia. En cambio son rarísimos los endecasílabos, y éstos no á la manera 
italiana, sino con la acentuación que tienen los del Laberinto^ que tanto han hecho 
cavilar á la crítica: 

Todo se rige con un freno ygnal, 

Todo se prucva con igual espuela. 

(Aucln XIV) 

(') Diálogo de la lengua, ed. Bcjelimt-r, pág-. 40.5. 

(-) (íMartio — ¿Por qué vos no tomáis un pofo de trabajo y liazeis esan? 

>>V(ihlt^s — Deinas pstava. 



cxxii orígenes de la NOVELA 

I 
Estos versos ocasionales pueden ser involuntarios, porque no' están libres de ellos i 

los prosistas más atildados y académicos. Pero lo que seguramente es intencionado en ' 

Rojas, y lo afecta como gala, es el acojisonantar la prosa en algunos trozos: 

«Melibea. — Por Dios, sin más dilatar, me digas quien es esse doliente., que de j 
»mal tan perplexo se siente., que — su passion e remedio — salen de una misma /wewíe» j 
(Aucto IV). j 

«Areusa. — Assi que esperan galardón^ sacan baldón; esperan salir casadas., salen \ 
•» amenguadas; esperan vestidos e joyas de boda, salen desnudas e denostadas. .. Obli- ■ 
ganse a darles marido., quítanles el vestido» (Aucto IX). i 

La influencia de los refranes, y sobre todo la del Arcipreste de Talavera, que se i 
perecía por la prosa rimada, explican la afición de Rojas á este ornamento, que en el ; 
primer ejemplo es de mal gusto y en el segundo se tolera y aun hace gracia por estar \ 
en un diálogo cómico. ■ 

A despecho de esos leves lunares, que sólo por curiosidad notamos, la Celestina, '. 
en su estilo y lenguaje, tiene un valor no relativo é histórico, sino clásico y permanente. : 
Bastantes trozos de todos géneros hemos tenido ocasión de citar para que se forme idea ' 
de sus innumerables bellezas. Es el dechado eterno de la comedia española en prosa, y ; 
ni Lope de Rueda en el siglo xvi, ni el gran poeta que compuso la Dorotea en el xvii, \ 
ni Moratín en el xviíi, ni mucho menos los dramaturgos modernos (incluyendo al ce- ; 
lebrado autor del Drama Nüevo)^ han llegado á mejorarle. Para todos guarda aún 
ejemplos y enseñanzas, que hoy más que nunca son necesarias si queremos impedir ; 
que bárbaras traducciones y adaptaciones perviertan el gusto de los autores originales \ 
y den al traste con nuestra prosa dramática, que, por raro privilegio, fué perfecta desde \ 
su cuna. ; 

Si el autor de la Celestina pagó tributo alguna vez al gusto de su tiempo, enamo- ! 
rado todavía de lo crespo y ampuloso, esto es accidental y exterior en él: no imprime 
carácter. El mismo se burla donosamente de tales retóricas á renglón seguido de incu- ¡ 
rir en ellas. El buen sentido del criado corrige las estravagancias del amo. , 

«Calis.to. — Ni comeré hasta entonces, avnque primero sean los cauallos de Febo !i 
»apascentados en aquellos verdes prados que suelen, quando han dado fin a su jornada- ? 

» Sem.pronio. — Dexa, señor, essos rodeos, dexa essas poesías, que no es habla con- j 
» veniente la que a todos no es común, la que todos no participan, la que pocos entien- 
»den. Di: «aunque se ponga el sol» , e sabrán todos lo que dizes; e come alguna conser- 
»va, con que tanto espacio de tiempo te sostengas». (Aucto VII). 

Cuando se leen tales palabras y se recuerdan otras del Diálogo de la lengua, se j 
comprende que Juan de Valdés, á pesar de su ascetismo, fuese tan amigo de Celestina. 
Allí está adivinada y practicada en parte, aunque con una exuberancia que él condena, ¡ 
su propia teoría del estilo. «El que tengo me es natural, y sin afetazion ninguna escrivo ^ 
» como hablo; solamente tengo cuidado de usar de vocablos que sinifiquen bien lo que {( 
» quiero dezir, y dígolo quanto mas llanamente me es possible, porque a mi parecer en < 
» ninguna lengua sta bien el afetacion» ('). Afectación hay en los personajes de Rojas I ] 
cuando declaman ó moralizan, como la hay en los episodios sentimentales del Quijote, \ 
y en muchos alambicados conceptos de Shakespeare; pero en todo lo demás es sinceroj • 

(') Diálogo de la lengua, ei. Boehraer, pág. 402, 



INTRODUCCIÓN cxxiu 

y verídico intérprete de la naturaleza y sabe encontrar muchas veces la expresión ade- 
cuada y única. 

Parte interesante en el estudio de toda obra maestra es su bibliografía, poi-quo nos 
da á conocer el grado de su difusión é influjo en el mundo. Pero la de la Celestina es 
tan vasta y compleja, que por sí sola reclama un libro, como el que prepara el señor 
Foulché-Delbosc iiace años. Entretanto sólo muy imperfectamente pueden suplir su falta 
el Catálogo de Salva y el del malogrado Krapf, que es más completo y noticioso y 
comprende las traducciones extranjeras, omitidas por su predecesor. Aquí me limitaré 
á recordar algunos textos, que no sólo por su rareza sino por alguna curiosidad litera- 
ria ó tipográfica son dignos de especial mención. 

Hasta ochenta ediciones en lengua castellana ha catalogado el Sr. Krapf, á cuya lista 
habría que añadir algunas de que no tuvo noticia y cercenar otras que no existen ó son 
muy dudosas, pero no creo que la cifra total pueda cambiar mucho. De estas ediciones 
62 corresponden al siglo xvi: número enorme y muy superior á las que tuvo el Quijote 
en la centuria de su aparición, pues sólo llegan á 27 las catalogadas por Rius. 

Largamente hemos tratado, en el presente estudio, de las primitivas ediciones de 
1499, 1501 y 1502, que son las que tienen verdadero interés para fijar las dos formas 
del texto. No hemos conseguido ver la de Zaragoza, 1507, de la cual se dice copia (y 
no dudamos que lo sea, aunque descuidada y modernizada en la ortografía) la reimpre- 
sión barcelonesa de Gorchs (1842). La más antigua de las que nuestra Biblioteca Na- 
cional posee es la de Valencia, 1514, por Juan Joffre: ejemplar único, procedente de 
la librería de Salva, y que reproduce, como es sabido, el colofón del hipotético volumen 
de Salamanca de 1500. 

Grupo muy curioso forman las tres ediciones de Toledo, 1526; Medina del Campo, 
sin año, y Toledo, 1538, porque en ellas la Celestina tiene veintidós actos, según se 
anuncia desde la portada: «con el tratado de Centurio y Auto de Traso» . Este auto, 
aunque no mal escrito, es cosa pegadiza é impertinente, en que para nada intervino 
Fernando de Rojas. El nombre de su verdadero autor se declara en el argumento de 
dicho auto^ que en esas ediciones tiene el número XIX: «Entre Centurio e Traso, pu- 
>bUcos rufianes, se concierta una leuada por satisfacer a Areusa e a Elicia, yendo Cen- 
»turio a ver a su amiga Elicia. Traso pasa palabras con Tiburcia, su amiga, y entrevi- 
»niendo Terencia, tia de Tiburcia, mala e sagaz muger, entrellos trayciones e falsedades 
»de una parte e otra se inuentan, como parece en el proceso de este auto: El qual fue 
■» sacado de la comedia que ordenó Sa)/ahria> . No sabemos quién fuese este Sanabria, 
ni se ha descubierto hasta ahoia su comedia, que á juzgar por este auto debía de ser 
una imitación bastante servil de la Celestina^ escrita en prosa como su modelo. 

Hasta 1531 no encontramos fuera de España ediciones de la Celestiiia^ á no ser 
que fuese estampada en Venecia, como por todo género de indicios tipográficos parece, 
la que lleva el colofón de Sevilla, 1523, notable, entre otras cosas, por haberse suprimi- 
do, ignoramos con qué fin, la quinta octava de Alonso de Proaza que indica el modo de 
encontrar el nombre del autor. Las ediciones incuestionablemente venecianas, que fue- 
ron cuatro por lo menos, empiezan con la de 1531, en que hizo oficio de corrector el 
clérigo Francisco Delicado, famoso autor de la Lo\ana Andaluxa. Él mismo nos declara 
Isu patria, aunque no su nombre, en el colofón, sobremanera curioso, de la citada Celes- 
tina: «El libro presente, agradable a todas las estrañas naciones, fue en esta ínclita. 



CKxiv - ORÍGENES DE LA NOVELA 1 

i 
» ciudad de Yenecia reimpreso por miscer Jaaii Batista Pedrezauo, mercader de libros, '■ 

»que tiene por enseña la Tore (sicj: iauto al puente de Kialto, donde está su tienda o \ 
» botica de diversas obras y libros, a petición y ruego de muy muchos magníficos seño- 
»res desta pradentissima señoría. Y de otros munchos forasteros, los quales como el i 
»su muy delicado y polido estilo les agrade y munchos mucho la tal comedia amen, | 
» máxime en la nuestra lengua Romance Castellana que ellos llaman española, que i 
»cassi pocos la ygnoran; y porque en latin (') ni en lengua Italiana no tiene ni puede te- i 
»ner aquel impresso sentido que le dio su sapientissimo autor; y también por gozar de ] 
»su encubierta doctrina encerada (síc) debaxo de su grande y marauilloso ingenio; assi i 
»que auiendo le hecho coregir (sic) de munchas letras que trastrocadas estañan (ya de ■' 
» otros estampadores), lo acabó este año del Señor de 1581, a dias 14 de Otobre. Rei- ' 
»nando el Ínclito y serenissimo Principe miscer Andrea Griti Duque clarissimo. El i 
» corrector, que es de la Peña de Martes, solamente corrigio las letras que malestauan» . ; 
Parece que tomó por texto la edición de Sevilla, 1502, cuyo colofón métrico conserva. ¡ 
No es cierto que introdujese variantes caprichosas ni en esta edición ni en la de 1534, ! 
«reimpresa por maestro Estephano da Sabio imprressor d' libros griegos, latinos y es- : 
» pañoles muy corregidos». Lo que hizo en la segunda fué añadir, dando ya su nombre, \ 
unos rudimentos de ortología para uso de los italianos: «Introducción que muestra el \ 
» Delicado a pronunciar la lengua española» . 

Las ediciones de Delicado son todavía de letra de tortis, y llevan grabados en ma- ; 
dera tan toscos y sin expresión como los españoles que les sirvieron de modelo. Las dos 
de Giolito de Ferraris (1553 y 1556) carecen de ellos y están impresas en lindo ca- 
rácter cursivo, con la novedad de haber sacado al margen los nombres de los interlo- ; 
cutores y poner en versalitas algunos de los refranes. Cuidó de ambas ediciones, que en i 
rigor son una misma, el español Alfonso de UUoa, traductor ambidextro y fecundo edi- \ 
tor de libros castellanos ó italianos. Es singular que en el prólogo hable únicamente de i 
Juan de Mena y Rodrigo Cota y no mencione para nada á Rojas, á pesa^ de reimpri- \ 
mir el acróstico y las octavas de Proaza. Pondera demasiado su propio trabajo, que no i 
pasó de enmendar algunas erratas {^). En el prólogo anuncia pomposamente «una Gra- 
» mática y un Yocabulario en Hespañol, y en Italiano, para más introduction de los que \ 

{}) De este pacaje puede inferirse que ecistió una versión latina anterior en un siglo á la de , 
Gaspur Barth, pero no encuentro ningún otro dato que compruebe el dicho de Francisco Delicado. 

(^) «Y al cabo Je hauerla visto y notado bien, hallé que ni en Hespaña, ni en Fiandes, ni en ; 
Dotras partes no la hauian dado al mundo como conuenia. Porque la vi oppressa de dos faltas muy 1 
»principales: la una mal corregida, y sin ninguna ortographia (que es por cierto falta muy grande j 
»en un libro), y la otra, siendo comedia como lo es, que la hayan impreso, no como comedia, sino i 
»como historia, o otra cosa semejante; prosiguiendo siempre desde el principio del Aucto hasta el i, 
»fin, sin poner en la margen los interlocutores, que de passo en pas-o uan hablando: que a mi uer ¡^ 
»es un importante error en el tal libro, y se le ha hecho gran sin razón; pues veemos que las'! 
• comedias de Terencio y de Planto y d'otros han sido y están imprcssas con muy gentil orden, es ai| 
¡«saber, que cada persona que en la comedia va hablando, tiene su nombre puesto en la margen, y\\ 
»donde acaba el uno, no prosigue alli luego el otro, sino que coraicn9a nueuo renglón con elj 
»norabre a fuera (dado que aquellas sean Latinas y que por sus auctores hayan sido escripias en' I 
»verso), y esto mesmo lian usado y usan los Italianos en las suyas .. Por lo qiial, ya, que nadie no' f 
»ha mirado en esto, o si lo ha, no ha puesto remedio, me atrevi yo a tomar la mano, y ser e fi 
yiprimiero (sic) que en tal guissa la hiziesse imprimir, creyendo (como creo) hazer grato seruicio ¡j jíj 
Dini nación, y assi liallindome en Venocia la corregí en todo lo que convenía (no digo que le havíj i 



INTUOJJUCCIOX cxxv 

^>studiau la lengua». Pero lo que Ikimn g7-aii/ ática son las reglas de pronunciación de 
Delicado, á quien plagia sin nombrarle. Lo que sí le pertenece, y es trabajo curioso que 
da realce á esta edición, es .un vocabulario, o exposition Thoscana de muchos vocablos 
'^ Castellanos contenidos casi todos en la Tragicomedia de Caliste y Melibeai-, de la cual 
dice que «es en nuestro idioma lo que las novellas de Juan Boccacio en el Thoscano . 

Así como el mercado de Venecia surtía á Italia de Celestinas, el de Amberes las 
difundía por el centro de Europa. Se conocen, por lo menos, ocho de aquella ciudad 
flamenca, siendo la más antigua la de 1339, que sigue el texto de las de Delicado. Las 
restantes, impresas en casa de Xucio ó de Plantino, forman una familia distinta, que se 
prolonga hasta 1599 por lo menos, y que tuvo el mérito de conservar el texto íntegro 
cuando ya en E^jpaña comenzaba á expurgarse. Son de elegante aspecto, pero tienen 
bastantes erratas. 

Sevilla y Salamanca son las ciudades españolas donde más veces se imprimió la 
Celestina; once por lo menos en la primera, ocho en la segunda. Siguen Barcelona y 
Alcalá de Henares con cinco respectivamente. Valencia, Toledo y Zaragoza con cuatro, 
Burgos con tres, Medina del Campo con dos, Cuenca, Tarragona y Lisboa con únasela. 

Todas, sin excepción, son raras y deben guardarse con aprecio. Las posteriores á 
15(33 se dicen «corregidas y emendadas de muchos errores», pero es muy poco lo que 
enmiendan, salvo la de Matías Gast (Salamanca, 1570), que parece hecha con algún 
cuidado ('). 

Esta profusión de ediciones en el siglo xvi contrasta con la pobreza del siguiente, 
que sólo nos ofrece siete, tres de ellas extranjeras: una de Ambere^^, una de Milán (^} y 
otra bilingüe de Ruáu, acompañada de traducción francesa (1633). La que se dice de 
Pamplona, por Carlos Labayen, es esta misma con falso pie de imprenta para introdu- 
cirla en España. Quedan como únicas ediciones positivamente españolas, la de Zara- 
goza, 1607, y tres de Madrid, en 1601, 1619 y 1632. Esta última tiene dos circuns- 
tancias dignas de repararse: la do haber sido formalmente expurgada conforme al 

Bininlatio ningiiii uocibio antiguo, que t^iIos se los he ile\ ulo como los compuso el auctor, juzganilo 
•ser temeiidad habiendo al contrari ', sino que la he emenda lo de los errores de la etuinpa, y con 
íoumiMa diligencia hecho impiimir a manera de comedia, a fin que de toilos fuesse bien lehida y 
íentendida como couuiene». 

(') Algunas enmiendas de nombres clásicos eon felices, porque el corrector tomó el buen 
camino de recurrir á las fuentes. Así, en el acto primero, pn vez de Eras e Cruto, médicos, que 
dicen las primeras ediciones, ó de Grato// Galieno, como se enmendó cap -ichosamente en algunas 
de las sucesivas, puso Eraaistrato, y en vez de piedad de Sileiido, piednd de Seleuco, «porque allí 
»toca la historia del Rey Seleuco, que por industria del médico Erasistrato concedió por paternal 
ípiedad 8U propia mujer al único hijo qu" por amores deila casi al punto de la muerte hal)ia llegado. 
«Cuéntalo largamente Liici.no en su Dea S;/ria, y lócalo Valerio Má.NÍmr>, lili. V, cap. Vil". 
Amarita hizo mucho uso de esta edición para la suya. 

(') Es lie l(!2'2,i(á costa de Juan Baptista líidelo». Tiene una curiosa dedicatoria del editor 
Italiano en que se nota la influencia de la Celestina en la nove'a picaresca: «Aunque muchas vezes 
T)oy alabar de grandes y letrados varones a la Tragicomedia de Calisto y Melilieu, y por taso yo 
»tiiiiesse inclinación muy de veras a la imprimir, con todo esso estoruauame miíclio ser ella escrita 
»en habla extrangera, que acarreana algunas dificultades... y verdaderamente es este libro el abun- 
sdanle fuente de que ne derramaron aquellos limpios arroyos de la vida del l'icaro Guzman, la 
I «Picara Montañesa y la Hija de Celestina; luego si ellos tanto aL;r.idan a to los los que entienden 
j «essa lengua, y tienen doctrina, cómo no mucho más agradará esse tan lleno de moral filosofia y 
"dichos tan sentenciosos v sabios?» 



cxxvi orígenes de LA NOVELA 1 

Expurgatorio nueuo de 1632^ j la de consignar en la portada el nombre del bachiller ' 

Fernando de Rojas, ejemplo que siguió inmediatamente el editor de Ruán, I 

En todo lo restante de aquel siglo no volvió á imprimirse la Celestina^ fenómeno j 

que puede atribuirse á varias causas. Algo pudo influir en ello la Inquisición, pues \ 

aunque dejaba correr con leve expurgo las ediciones del siglo xvi, quizá se hubiera i 
opuesto á que siguieran multiplicándose. Pero la principal razón hubo de ser el cambio 

del gusto, la exuberancia de la producción dramática j novelesca, que había llevado al j 

ingenio español por otros rumbos y ofrecía á los hombres del siglo xvii alimento más j 

adecuado á sus inclinaciones. La Celestina era todavía compatible con el arte de Cer- \ 

vuntes, de Quevedo, de Lope, de Tirso, puesto que le contenía en germen, pero no era \ 

compatible con los Gongo ras, Calderones y Gracianes. Cuando triunfaron los cultos, los ¡ 

discretos y sutiles, y se prefirió el estilo almidonado á la ejecución franca y vigorosa, ■ 
pocos paladares pudieron gustar con deleite aquel fruto sabrosamente agrio del árbol 

nacional ('). . 

Y menos todavía en el siglo xviii, cuya labor científica es tan respetable, pero que ; 

en literatura produjo poco bueno, y eso en sus postrimerías. Los eruditos preceptis- ; 

tas y críticos que más nombre tuvieron en aquella centuria, Luzán ("^), Nasarre {^) ; 

(') Pobremente apreció la Celestina Baltasar Gracián, aunque no deja de colocarla en el Museo ' 

del Di creto (crisis ÍV, parte 2.'^ de El Criticón): (iDe la Celestina y otros tales, aunque -ingeniosos, ■ 

«comparó sus hojas á las del perejil, para poder pas'ar sin asco la carnal grosería». En el discurso 56 ^ 

de la Agudeza y Arte de ingenio vuelve á citar «la ingeniosísima Tragicomedia de Caüsto y Meli- ] 

bea», llamando á su autor con evidente despropósito «el encubierto aragonés», ¿Le confundiría acaso ■ 

con su primer imitador D. Pedro Manuel de Urrea, cuya Égloga pudo leer en su Cancionero, imagi- j 

nando que era uno mismo el autor de los dos textos en verso y en prosa? De todos modos, Gracián i, 

demuestra muy poca familiaridad con la Celestina, cuando la menciona en compañía de libros tan J 

heterogéneos como los Raguallos del Parnaso^ de Boccalini, y las Carrozas de las Heroidas, de don ¿ 

Alvaro de Luna, que supongo que será el Libro de las claras y virtuosas mujeres, confundido en la i 

memoria del jesuíta aragonés con el Carro de las donas, de Eximeniz. i 

Aunque en términos tan extravagantes, Gracián es aca-<o el último crítico del siglo XVII que 
habla de la Celestina, olvidada por completo en la República Literaria de Saavedra Fajardo (donde 

también so hace caso omiso del Quijote), y lo que es más singular, en el Hospital das leltras de don , 

Francisco Manuel de Meló, la más copiosa revista bil)liogrática que de aquella época conocemos. I 

(^) Manifiesta conocer, además de la primitiva, la Segunda Celestina, de Feliciano de Suva, la 
Tragicomedia de Lisandro y Roselia, la Policiana, la ílorinea y la Selvagia. «.La Celestina (añade) 
))se imprimió muchas veces dentro y fuera del Keynn, y sin embargo es rara; las demás, que se han 
»iinpreso menos veces ó una sola, rarísimas: y conviene lo sean todas, porque su misma pureza de 
y)esiilo, facilidad del diálogo y expresión demasiado viva de las pasiones de los enamorados, y de las 
martes de rufianes y alcahuetxs, hacen sumamente peligrosa su lectura». 

(La Poética ó Reglas de la Poesía en general y de sus principales especies... 2." edición, impren- 
ta de Sancha, 1789, tomo I[, pág. 43), 

(^j En la extraña Disertación que antecede á las Comedias de Cervantes, reimpresas en Madrid, 
1749, por Antonio Marín, escribió Nasarre lo siguiente: «Los hombres de juicio, que leían y obser- 
«vaban la naturaleza y lo-» primores de los autores Griegos y K'^raanos, conocieron quán apartados jf 
Destaban del buen gusto y de la cordura, y detestaron del abuso que se hacia del Diálogo para» 
Dcorromper el corazón y el juicio. Por esso escribieron Diálogos que llamaron Come las, pero muy|/'i 

»largos é incapaces de representarse Los Portugui ses se aplicaron mucho á esta composición \''), I u 

»pero no nos faltan Comedias de este jaez, de las cuales se pueden sacar pinturas y retratos al i 

(») No sé que nadie la cultivase más que Jorge Ferreira de Vasconcellos, puesto que las comedias en- i 
prosa de Sá de Miranda y Antonio Ferreira son meras imitaciones de las italianas. 



INTRODUCCIÓN cxxvii 

Majans ('), Velázquez (*), el mismo Jovellanos (3), tuvieron palabras de justo apre- 
cio para la Tragicomedia^ aunque deplorando el daño que podía producir su lectura. 
Las ideas que entonces generalmente dominaban sobre preceptiva dramática eran más 
conciliables con la Celestina que con la comedia llamada por excelencia española; 
pero nadie antes de Moratín tijó con precisión el carácter de aquella fábula inmor- 
tal ni su puesto único en la historia del teatro. Prescindiendo de estas simpatías lite- 
rarias {♦), no haj^ duda que la Celestina había dejado de ser un libro popular. Los 
ejemplares de las antiguas ediciones, con haber sido tan numerosas, escaseaban mu- 
cho, y sabemos por algún testimonio contemporáneo que no faltaban beatos imbéci- 
les que se dedicasen á destruirlos (^). La libertad de su lenguaje contrastaba con la 
blanda mojiíratería reinante que, sin fuerza para impedir la invasión de las malas 

»;iatural: caracteres y pinturas puestas á toJas luces para repreheniler agradabieiiiente lo vicioso y 
Dri'iículo de los hombres, y apartarlos assi del mal camino, enseñando la moral buena é iutroduciéii- 
»dola suavemente; avergonzando al vicio, que se pinta en otros, y tal vez es el mismo retrato de 
))quien lo rie. Las com'ídias Floriaea, La Sdvagia, La Celestina, La Eufrosina, con admirables en 
«esta clase, y pudieran tener buen uso si se enmeudassen algunos passages de ellas demasiadamente 
»iascivo8 y malignos, c los quales se muestra la deshonestidad del todo desnuda, con el protexto 
»de azotarla», 

(') «Las mejores comedias que tenemos en español, que son La Celesttim i Eufrosina, están 
«escritas en prosa {Vida de Miguel Cervantes Saavedra, 5." impresión. Madrid, 1750, pág. 185). 

Es singular que en «n Retórica no cite Mayans la Celestina, aunque sí la Eufrosina y la ülisipo 
de Jorge Ferreira, y El Celoso^ de Velázquez de Velasco, á quien llama D, Alonso de Uz (!). 

('-) «Til es la faino a Celestinti ó tragicomedia de Oah'sto y Melibea, en que hay de.scripcior.es 
»tan vivas, imágenes y pinturas tan al natural y caracteres tan propios, que por eso mismo serían 
»de malísimo exemplo si se sacasen al teatro», 

(Orígenes de la Poesía Castellana, por D, Luis Josef Velázquez... Segunda edición, Málaga. 
Por los Herederos de D. Francisco Martínez de Aguilar. Año de 1797, p. 83). 

Sabido e« que el insigniücaute librillo de Velázquez fué enteramente refundido por su traduc- 
tor alemán Juan Andrés Dieze, profesor y bibliotecario de la Universidad de Gottinga, que hizo en 
sus notas la mejor historia de la literatura española que entonces podía escribirse. Sobre la Celestina 
tiene una nota muy interesante (fué, segiin creo, el primero que citó la edición de 1501). Da razón 
también de las priim-ras continuaciones, por lo cual tendremos que volver á mencionarle. 

(Don Luis Joseph Velázquez Geschiclite der Spanischen Dichtkunst. Aus deni Spanischen übersetzt. 
Von Johann Andreas Dieze .. Gbtíivgen, 1169, pp. 306-312). 

(^) «Bástenos decir que á los lines de aquel siglo [el xv) teníamos ya en la Celestina un drama, 
•aunque incompleto, que presenta no pocas bellezas de invención y de estilo, dignas del aprecio, 
>si no de la imitación de nuestra edad» {Memoria sobre los espectáculos y diversiones públicas de 
España, en el tomo I de las Obras de Jovellanos, ed. Rivadeneyra, p, 488). 

(*) No las encontramos sólo en Moratín, sino en algunos escritores de la escnela sevillana que 
representaban á principí >8 del siglo xix la más sensata y adelantada critica espcñola. Además del 
artículo de Blanco (Wliite), impreso en 1823, aunque pensado seguramente mucho antes, merece 
algún i-ecuerdo la 4 * de las Lecciones de Literatura Española de D. Alberto Lista (Madrid, 1830, 
tomo I, pp. 49-62). Estas primeras tentativas de la cnílica indígena no son para desdeñadas com * 
algunos suponen, llenos disculpa tienen los eruditos posteriores, que cuando ya existían los 
brillantes juicios de Glarus, de Wolf, de Schack, de Lemcke, se limitaban á decir por todo elogio de 
la Cehftimí, que «estaba bien haldada» ó que «tenia virtudes nada vulgares de estilo y lenguaje», 
1 1 cual puede decirse de tantos libros adocenados. 

{') En una carta del poeta salmantino Iglesias á Forner, publicada por D. Leopoldo Augusto 
,de Oueto (Poetas líricos del siglo XVIIL tomo I. pág CXV), leemos el siguiente ra^go de un poe- 
tastro llamado D. Ramón Casjeda, hombre fanático y estrafalario: «Prestó un tal Villafranca un 
«libro á Caseda, éste á Meléndez, y M«léndez hizose prenda de él, porque Caseda le destruyó una 



I 



cxxviu orígenes de LA NOVELA 

ideas, tenía la suficiente para llenar la vida de molestias pueriles. El Expurgatorio de 
1747 acrecentó el rigor de los anteriores, y así paso á paso se llegó á la absoluta pro- 
hibición del edicto de 1793, reproducida en el índice de 1805. 

Pero á la Inquisición le quedaban pocos días de vida, j sus edictos, cada día menos 
acatados, sólo servían para despertar la codicia del truto prohibido. Así fué que en el 
segundo período constitucional, á la sombra de la omnímoda libertad de imprenta, resurgió 
la madre Celestina después de un enterramiento de siglo y medio. La edición de 1822, 
impresa por D. León Amarita, fué meritoria para entonces, y algún tacto crítico revela en 
la elección de las variantes, pero son pocos los textos antiguos que se tuvieron presentes 
y no ios mejores, siguiendo por lo general el de Salamanca, 1570, por Matías Gast, Fué 
autor del prólogo, y dirigió la parte literaria de la publicación, no el impresor Amarita, 
como generalmente se cree, sino el famoso traductor de Horacio D. Francisco Javier de 
Burgos, según me aseguró D. Aureliano Fernández- Guerra habérselo oído al mismo 
Burgos en Granada. 

Esta edición, que con más ó menos precauciones siguió vendiéndose durante el rei- 
nado de Fernando Vil, fué reimpresa por el mismo Amarita en 1835 y copiada servil- 
mente en el tomo tercero de la Biblioteca de Rivadeueyra, 1846, de la cual se derivan 
otras varias que es inútil citar. Más apreciable que este texto ecléctico es el de Barce- 
lona, 1841, por D. Tomás Gorchs ('), que al parecer nos da, aunque con ortografía 
modernizada, la lección de uno de los ejemplares más antiguos, el de Zaragoza, 1507, 
que poseyó D. Manuel BofaruU. El prólogo y las notas fueron escritos por el literato 
tortosino D. Jaime Tió {^). En 1899, para festejar el centenario de la aparición de la 
Celestina^ reimprimió lujosamente en Vigo el malogrado editor suizo D, Eugenio Krapf 
la edición valenciana de 1514, con aparato de variantes, copiosa bibliografía y apéndi- 
ces útiles. En 1900 exhumó el señor Foulché-Delbosc la edición de 1501, y en 1902 
la de 1499. Cuando esté reimpreso con la misma exactitud el texto de 1502, tendrá 
base enteramente sólida la reconstrucción de la Celestina, y podrá hacerse de ella una 
edición crítica y filológica. 

Las traducciones que en varias lenguas se hicieron de este drama inmortal, ya en 
los siglos XVI y XVII, jsi en tiempos modernos, tienen grande interés, no sólo como 
testimonio del universal aprecio del libro, sino por ser algunas de ellas insignes monu- 

^Celestina^ que tampoco era de Afeléndez, sino del Maestro Alba. Caseda desafió á Meléndez porque no 
»le duba el libro, y Meléndez por fin se lo dio á Caseda», 

El Maestro Alba, dueño de la Celestina destruida por Caseda, era nn religioso agustino «muy 
>apreciado por su grande instruccióu, su gusto delicado y su ática urbanidad», según dice Quintana 
en la biografía de Meléndez. 

(') Hay ejemplares que llevan la t'eciía de 184"J y la indicación de la librería de Manuel Sauri, ! 
pero «8 una mera variante comercial. ■ 

(') El prólogo contiene algunas ideas críticas que tenían novedad entonces, como la compam- i , 
ción de Celestina con Yago: «En la Celestina, que no es más que un pensamiento, un boceto deli- ; ui 
«neado en quince días por una mano inexperta, y el primer crepúsculo de un sol que se deja morir j d 
))en su oriento, vemos un carácter como el de lago en la perversa tercera que se presenta á Melibea, 
«virgen que pierde su pureza por Celestina, como Ótelo pierde por lago á Desdémona. Ambos ¡ 
»ca acteres pertenecen aun mismo género, y ambos eslán sosteridos con tanto acierto, que no| 
Dsabríamos á quién dar la preferencia si la composición de Rojas no llevase más de dos siglos yj 
íniedio de aotigiiedad sobre la del poeta inglés» (Pág. VIH). 



INTRODUCCIÓN cxxix 

meutos de sus respectivas literaturas. La Celestina ejerció, por medio de ellas, positiva 
influencia en los orígenes del teatro y de la novela, y convirtió en clásicos k algunos de 
sus intérpretes, como Wirsung y Mabbe. 

La más antigua de estas traducciones, y fuente de varias otras, es la italiana del 
español Alfonso Ordóñez, familiar del papa Julio II, hecha por invitación de la Illus- 
¿rissima Mad:mna Gentile Feltria de Campo Fm/oso. Fué acabada de imprimir en 
Koma, á 29 de enero de 1506, y compite en rareza con las más peregrinas ediciones 
españolas ('). Aunque su título diga «de lingua castellana in italiana ñoñamente tra- 
dacta», uo basta para que podamos inferir que hubiese otra traducción ó edición ante- 
rior, porque el nuratnente puede tener aquí, como en otros casos, el sentido de nuper 
(poco ha, recientemente). Tampoco es argumento para probar que hubiese una edición 
(le 1505 la última octava del traductor, con que termina la de 1506: 

Ncl mille cinqitecetito cinque appunio 
Uespagnolo in idioman italiano 
E stato questo opuscul trasunto 
Dame Alphonso de Hordognex nato hispano. 
Aistanzia di eolei cha in se rasunto 
Ogni bel modo et ornamento humano 
Grentil feltria fregosa honesta e degna 
In cui vera virtu triumpha e regna. 

Estos versos sólo dicen que Alfonso Ordóñez hizo la traducción en 1505, y segura- 
mente en aquel mismo año comenzaría á imprimirse, aunque se acabara en los prime- 
ros días del siguiente. La versión de Ordóñez, notable por su fidelidad, se ajusta, con 
leves diferencias, al texto de las ediciones de 1502, en veintiún actos, sin que por nin- 
gún motivo pueda afirmarse que el intérprete conociera la forma primitiva de la tra- 
gicomedia, ni mucho menos aprovechase sus variantes. 

El haber aparecido esta traducción bajo los auspicios de una ilustre señora, que 
expresamente encargó de ella á un familiar del Papa (-), indica que la Celestina no 
había de encontrar obstáculos para su difusión en la Italia del Renacimiento, que mal 
podía escandalizarse de nada. Hasta once veces fué reproducida en aquel siglo por las 
prensas de Venecia y Milán {^). Su estudio hubiera podido ser muy útil á los drama- 

('l Poseo un ejemplar falto de la portada y de la cuarta hoja. El del Museo Británico está 

I completo. 
(*) Asi be consigna en la dedicatoria: «W S. quale mossa da virtuoso desiderio non per luiei 
»naer¡ti ma per siia vista se degnata uolernie pregare douesse io tradure la presente tragicocomedia 
KÍDtitulata di Calisto «fe Melil>ea de lingua castigliaiía in italiano idioma acio che V. S. insiemc con 
aquesta degna patria doue queeta opera non e diulgata se possa allegrarc di tanto e cosí degne sen- 
J)tentie & auisi clie eotto colore di piaceuolezze u¡ sonno. lo adunque, uedendo che legitima obli- 
))gazione di ubidirs suoi preglii mi constringe: quaü a me sonno stati acceptabili commandamenti: e 
«per satisfaré in parte al desiderio che di seruir quella continonamente mi sprora: meritamente me 
!>hanno obiigato a la executione di questa impresa: qiiantunque sia tenuto manifestare ogni opera 
ívirtuosa maggionnente che per il presente tractato a quelli che lo leggeranno retenendo per se le 
»9ententie necessarie & le lascine lassando grande utile ne ñenga: e como gia sia considerata mia 
«nsufficientia e le curiali e familiari occupationi.)^ 

(*) La de Milán, 1514, se dice: fínouainente revista] e correcta e a piu lucida venustate reduela 

I'per Hyeronymo Clarlc'to, ImmoJesey. La de lóló. también de Milán, que por cierto fué hecha á 



cxxx orígenes de LA NOVELA ; 

i 
tnrgó^ del Ginqueceitio^ pero los italianos de aquel siglo desdeñaban las literaturas vul- ' 

gares y iió reconocían más modelos que Teroucio y Plauto, á los cuales sacrificaron su ' 

originalidad, que sólo conservan en los detalles de costumbres ('). Ni siquiera puede ' 

sostenerse con probabilidad que el admirable rufícán Ceuturio y las innumerables 

copias que hay de él en todas las imitaciones de la Celestina influyesen directamente i 

en la creación del tipo grotesco del capitán fanfarrón y matamoros que invadió la i 

escena italiana, si bien tengan algunas semejanzas, derivadas de su común origen, que \ 

ha de buscarse en los Pyrgopolinices y Tragones de la antigüedad. Además, ni Ceutu- i 

rio, ni Galterio, ni Pandulfo, ni Brumandilón, ni Escalión son capitanes, ni sus brave- j 

zas, fieros y rebatos tienen que ver con la honrada profesión militar, sino con la torpe ¡ 

vida lupanaria. La verdadera pintura de las costumbres del campamento está en la i 

Comedia Soldadesca^ de Torres Naharro, que precisamente fué escrita y representada i 

en Italia. El tipo italiano, que degeneró muy pronto en caricatura grotesca del soldado ! 

español, el más temido y más odiado en aquella península, se explica por sí mismo y ' 

por las circunstancias históricas en que nació. Generalmente habla en castellano, y , 

lleva nombres archirretumbantes, como «el capitán Cardona Matamoros, Rajabroqueles, \ 

Sangre y Fuego». Era, en suma, un género equivalente á las Rodomontadas españolas, \ 

tan gratas á los franceses (-). Algunos de los que componían estas farsas habían leído ; 

la C(s/eó-^¿wa y plagian frases de Centurio. Así, por ejemplo, el cómico napolitano Fabri- : 

cío de FornariS; en su Angélica^ representada en París el año 1584, hace hablar así al 

capitán Cocodrilo, ponderando las virtudes de su espada: cQuién puebla más los \ 

»cimiterios d' esta tierra sino ella? Quién ha hecho ricos los cyrugianos del mundo? 1 

expensas de un eclesiástico «impensis venerabilis presbyteri Nicolai de Gorgonzola» nos declara q\\ 
nombre de otro correcL'or. «nouameute reuista e correcta per Vicentio M'inuüano, con quanta magiore^ 
«diligentia se la metterai a parangone con 1' altre editieni senza dubio el conoscerai». No he cote' i 
jado ni ésta ni las demás que llevan anuncios no menos pomposos, peio dados los hábitos de loa'^; 
editores de aquellos ticmp)s, puede sospecharse que esas correcciones tendrán tan poca importancia 
como las de Delicado y Ullua. La última Celestina italiana ea de 1543. 

Cj Son muy raras las alusiones á la Celestina en los eruditos y humanistas de Italia, pero un I 
curioso pasaje de Giraldi Cintio parece indicar que tuvo imitadores: «In questo errore mi pare che ! 
))tiascorresse 1' autore della Celestina spaguuola, mentre volle ella imitare la comedia archea, giá 
«sbaudita C(ime biasimevole da tutti i teatri; ne puré incorse in questo errore, ma in molti altri, non 
Bsolo neir arte ma nel decoro ancora, degni da essere fuggiti da chi lodevolmente scrive, ancora 
Dche non vi siano mancati di qiielU che la si hanno proposta jier esenipio, intendendo piíl a quei giuochi 
»spagnoIi, che alia convene volezza della favola». i ! 

El error que achacaba Giraldi Omthio al autor de la Celestina era que dejaba demasiado;^ 
patente el artificio dramático: «portando negli occhi e nelle orecchie degli ascoltanti 1' artificio, il > < 
»quaie vuole ossere celato sotto il naturale, che altrimenti di viene egii tedioso e spiacevole». I 

Scritti Estetici di Giamhuttista Giraldi Cintio (Milán, 18G4, en \& Biblioteca Rara dé Daélli) i 'i 

tomo II, Discorso ovvero Lettera intorno al comporre delle Comedie e delle Tragedle (escrito en¡ e 

1543), pág 99. :' 

En otro lugar de la misma disertación, desgraciadamente mutilado por la cuchilla del encua-l i 
dernador en el ejemplar de la Biblioteca de Ferrara que ha servido de texto para ésta (pág. 31). | ; 
vuelve á insistir Giraldi Cintio en la peregrina idea de considerar como imitador de la antiguti j 
comedia ateniense (que es la que llama comedia archea) á Fernando de Hojas, que seguramente nc i 
conocía á Aristófanes ni tiene con él ningún punto de contacto: «delle quali convenienze é statd ( 
»iraitatoiesovia tutti gli altri 1' autore della Celestina...» 

(2) Orígenes de la novela, tomo II, pp, LXXXV y LXXXVI. ; ; 



INTRODUCCIÓN cxxxi 

> Quién da de contino que hazer á los armeros? Quién destroza la mala y fina?» (sic^ por 
malla fiua), etc., etc. ('). 

De la traducci»3n italiana procede la muy famosa alemana de Máximo "Wirsiing, 
publicada en Ausburgo en 1520 y reimpresa con algunos cambios en 1538; ediciones 
rarísimas entrambas y cuyo precio se acrecienta por los artísticos grabados en madera 
do Hans Burgmair, célebre colaborador de Alberto Durero {}). Es bajo todos aspectos un 
hermoso libro del Kenacimiento, del cual España carecería, probablemente, si algún anti- 
guo jesuíta alemán no hubiese traído el ejemplar que se conserva en la Biblioteca de los 
Estudios de San Isidro {^). Tenía Max Wirsung veintiún aiíos cuando publicó su traduc- 
ción, que dice hecha del «lombardo» (Innibardisch welseh), lo cual indica que trabajó 
sobre una de las dos ediciones de Milán, 1514 ó 1515, á no ser que considerase como 
parte de Lombardía á Venecia, donde declara haber pasado algunos años y adquirido el 
conocimiento de la lengua. En la dedicatoria á su primo Ernesto Mateo Langen de 
Wellenburg, que termina recomendándose á la benevolencia del Cardenal arzobispo de 
Salzburgo, repite con otras palabras las prevenciones de Rojas sobre el fin moral del 
libro y sobre su carácter mixto de trágico y cómico: «Tragedia, como tú sabes, es un 
» género que tiene alegre comienzo y término triste. Tal es el presente libro. También se 
»le puede llamar comedia, poj-que nos muestra, entre burlas y veras, unos amores de dos 
^jóvenes que se valen do sus criados y doncellas; y describe, en especial, la perversa 
» seducción de rufianes y alcahuetas, y otros diferentes lances y negocios de los hom- 
»bres... Te envío esta tragedia, querido primo, como un presente muy adecuado á tu 
» florida edad y á la mía, pues aquí podemos aprender lo que por experiencia no sabe- 
»mos todavía, y librarnos del peligroso mar de las sirenas y desconfiar de las malas 
» mañas de los falsos servidores y de las engañosas palabras de las viejas hechiceras, 
>que quieren arrastrarnos á la relajación y hacernos perder la flor de la juventud, que 
» nunca se recobra, y enajenarnos de la voluntad propia y convertirnos en siervos de 
»la ajena» (*). 

La traducción está hecha con el mismo candor del prólogo, y con gran viveza y 
frescura, según declaran los críticos alemanes. No podía ser enteramente fiel no 
siendo directa, pero la versión italiana que le sirvió de norma es poco más que 
un calco. Wirsung procede con libertad de artista, y según el genio de la lengua 
en que escribe, añade ó modifica algunos pasajes, pero ninguno es de verdadera im- 

(') Angélica, Comedia di Fahritio de Fornaris napoletuno, delto II Capiíano Coccodrillo, Cómico 
confidente, In Parigi^ appreaxo Abel V Angelier, 1585. 

Sobre el tipo del capitán español en la comedia italiana, y sobre la Celestina en Italia, deben 
leerse las dos memorias presentadas á la Academia Pontaniana por el ilustre napolitano B. Croce 
{Ricerche Tspano-Iluliune, I y II. Ñápeles, 1890) y el erudito artículo de A. Farinelli, Sidle Ricerche 
di Benedetto Croce (en la Rassegna Bibliográfica della Letterutura Italiana. Pisa, año 7.", 1899). 

(*) Kstas ilustraciones, apenas conocidas en España, y que son realmente de Ilans Burgniayr, 
Sénior (1473-1532), y no de su hijo, artista muy inferior á él, pueden verse en la obra de Jorge 
Hortli, Les Grands Illastrateurs (I, N.os 8-25), y en la Zeitschrift fiir Bildende Kunst, de Lützkow, 
1881, vol. XIX, pág. .302. 

(_') Eitá perfectamente descrito y estudiado á fondo en un artículo de D. Lorenzo González 
Agejas publicado en La España Moderna, julio de 1894, pp. 78-103. 

(*) Abrevio este prólogo, que puede leerse íntegro en los Studien de Wolf (pág. 300) ó en la 
traducción que de ellos ha hecho el Sr. Unamuno (tomo I, pág. 330). 



íi 



cxxxn orígenes DE LA NOVELA 

portancia, más que las pocas palabras puestas como conclusión del acto XXI j de toda 
la obra. Sabido es que en el orif^inal se cierra con la lamentación de Pleberio y el in 
hac lachrimarum valle^ que falta, por cierto, en las ediciones de 1499 y 1501. A¥ir- 
sung da más animación dramática al ñual y hace intervenir en el diálogo á la madre 
de Melibea ('). 

A pesar de su excelencia literaria, esta traducción cayó muy pronto en olvido, 
puesto que sólo una vez fuó reimpresa ('^). Es enteramente inverisímil que Goethe la 
conociera. Si Marta hace pensar en Celestina, y las escenas de la seducción de Marga- 
rita evocan las del jardín de Melibea, es por una coincidencia remota y casual. El 
romanticismo alemán fué el que desenterró la obra de Wirsung, diciendo de ella, por 
boca de Clemente Brentano, en una de sus cartas á Tieck: «Es tan original, tan llena 
»de vida, tan propia en el lenguaje, que jamás he visto cosa igual; hacer una traduc- 
»ción mejor, es completamente imposible» {^). 

i^o debió de pensarlo así Eduardo de Bulow, quien en 1843 publicó una nueva Ce- 
lestina traducida del original, que Wolf declara estar hecha con la mayor precisión y 
elegancia posibles, aunque el mismo traductor reconoce que, por acomodarse al gusto 
de su nación, tuvo que hacer una «seca atenuación germánica» do ciertos discursos y 
expresiones demasiado libres. 

No puedo asegurar, por no haber tenido ocasión de verla nunca, si la primera y 
rarísima traducción fi;ancesa de 1527, reimpresa en 1529 y 1532, procede del original 
ó de la italiana de Ordóñez, pero no cabe duda que á ésta se atiene el segundo traduc- 
tor Jacques de Lavardin, Señor de Plessis Bourrot, en Turena, á quien su padre confió 
el encargo de ponerla en su lengua para «beneficio singular» de sus hermanos, por ser 

(') Véase este trozo, traducido por el Sr. Agejas, remedando el liipérbaton antiguo: 

«Plebei'io. — Corre, oh Lucrecia, corre y trae presto agua con que reviva el aletargado espíritu 
i>de esta mujer mía! ¡oh Alisa, da á ti algún consuelo á ün de q'ie mi lastimada vida conserve; 
»causa no des á que mi alma tan infeliz prontamente de mí salga! 

•»Alisa. — ¡Ay, ay, desconsolada mujer! ¡Ah! ¿qué mi muerte desvia ó qué mi espíritu retiene en 
»este cuerpo lleno de todo dolor? ¡Oh, tú ha poco eras mi hija! ¡Mísera yo, que para tan gran pesar 
«nuestro la vida te diera, para ver agora esta tu lamentable muerte! 

j)P/e&er¿o.— Levántamela, Lucrecia, y ayúdame, que de aquí la aparte y la Heve á nuestra 
ucámara, donde ambos angustiado el corazón esperemos nuestro tin contemplando á nuestra hija, 
pmientras consideramos lo que hacerse haya de su noble cuerpo». 

(*) Tantc la primera edición, de 1520, como la segunda, de 1533, también de Ausburgo (únicas 
que hasta ahora se conocen), eran ya rarísimas en el siglo xviii. No quiere esto decir que las ignora- 
sen algunos curiosos eruditos. En una obra reciente, de gran trabajo y erudición, donde es lástima 
que investigaciones nuevas y sólidas estén mezcladas con acerbas notas de agresión personal contra 
hispanistas muy beneméritos (Contrlhuüons ¿i V étude de I' Hispanisine de G. E. Lessinr/, p. Camilo 
Pitollet, Paris, Alean, 1909, pp. 22 1-224), se menciona un artículo sobre la Celestina de Wirsung, 
incluido por el famoso preceptista clásico Gottsched en su NotJihjer Vorraih zur Geschichte der 
deutschen dramatischen dichtkunst (Leipzig, 1757, pp. 52 y ss.), y citas de menos importancia en otros 
compiladores, como Loven. 

(^j Briefe an Ludwig Tieck, ausgewdhlt und herausgegehen von Karl von Holtei, Breslau, 1864, 
tomo I, pág. 106-107, sexta carta de Brentano á Tieck, sin fecha. 

Sobre la traducción de Wirsung véanse especialmente la tesis de Guillermo Fehse: CrisiofUi 
Wh-sung deutsche Celestinaühersetz ungen (^Hallische Inaug. Dissertation. Halle, 1902), y la recensión 
de Arturo Farinelli en la Deutsche Literaturr.eitiivg de 1.° de noviembre del mi>mo affo, sin olvidar! ■> 
otra del mismo Farinelli sobre el libro de Adam Schneider Spumens Anteil an der Deutschen Litera- 



IXTRODUCCIÓX cxxxiii 

«uu claro espejo y virtuosa doctrina que enseña á gobernarse bien en los casos de la 
vida» ('). Como se ve, la ejemplaridad de la tragicomedia tenía muchos partidarios 
y las declaraciones de Rojas se tomaban al pie de la letra. Wirsuug, Gaspar Barth y Salas 
Barbadillo dicen en sustancia lo mismo, pero ninguno de ellos era padre de familia 
como el viejo caballero do Turena, lo cual da más peso á su testimonio, que hoy nos 
parece tan extraordinario (-). 

Esta versión hecha en la sabrosa lengua del siglo xvi tuvo tres ediciones, la pri- 
mera de París en 1578 y las dos siguientes de Ruán en 1598 y 1599. La interpreta- 
ción francesa que acompaña al texto castellano en la edición, también de Ruán, 
de 1633, está hecha directamente del castellano, pero vale poco. A todas las antiguas 
supera, y es sin duda una de las mejores traducciones de la Celestina^ la que Germond 
de Lavignc publicó en 1841 y reimprimió con algunas enmiendas en 1873 (3). El en- 
saf/o histórico qac \c\ precede contiene graves errores, lo mismo que las notas; pero 
tiene Germond de Lavigne el mérito de haber sido uno de los primeros que reconocie- 
ron la unidad de la obra y la atribuyeron totalmente á Fernando de Rojas. Sus conoci- 
mientos en historia literaria eran superficiales y confusos, pero entendió y tradujo bien 
ciertas obras, sobre todo la Celestina^ que admiraba con franqueza. 

No ha tenido la Celestina acción directa sobro la literatura de nuestros veci- 
nos, pero se encuentra mencionada en varios autores del siglo xvi, el más an- 
tisruo Clemente Marot: 



tur des 16 iinrl 17 Jahrhunderts (Strasbnrgo, 189^), publicuda en !u Zeitschrift f'dr v^rgleicTiende Li- 
teraturgeschichte de Kocli (forero de 1900). 

Sclineider habla poco y mal de la Celestina (p. 277) y da por desconocido el noi.ibre del traduc- 
tor alemán. 

(*) «Depuis qiielques mois que ie me suis trouué 1' esprit libre, et de repos, aprés 1' heureuse 
»fin des tronbles et miserea coiümunes de ce Royanme (escribía en lí78) qui durant le conrs de 
»tant de tristes années m' avoyent ;i mon tres grand regret desrobbé l'esperance de plus frequenter 
»ces bonnes lettros: ie m'estoia vn jour mis en opinión de visitar encoré les muses de mon cabinet, 
»comme y estans de retour apres un si long et ennnyeux exil. Et íi cet effet remuant mes livres 
«encoré toiis noiriz, de bonne rencontre m'en tomba un entre mains, intitulé Tragicoinedie de 
:»Celest¡ne, traduicte iñcce de langue caatillane en Italien. Lequel soudain par moy recognen, ponr 
íautrefois m'auoir esté donné par deffnnct monsieur nostre pere (que Dieu absolue) a mon premier 
íretour d' Itaiie, note de sa main, és endroits plus memorables (comme il estait I'un des plus 
»practics gentiis homnies de son temps esdictes langues, et de non moindre iugement, ponr le 
DCOntinuel raaniement des grands affaires, ou il a esté einployé jusques á son extren)e vieiilesse) 
»me reniist en memoire la recommandation que ce bon et prudent pere m'en avait faicto; m'enjo- 
•gnant par exprés de la communiquer en nostre langue iV vous tous aussi ses enfans, pour uotre 
»b¡en singulier. Car c'est á la verité, un clair mirouer et vertueuse doctrine ü se bien gouuerner .... 
»oü ie recontray en son gentil subiect, tel conten temeiit, qnoy que fort mal correct, faute de la 
«impression, que ie ne me peu contenir de le relire plusieurs fois » 

El libro está dedicado á Juan de Lavardin, Abad de L' E-toile, y Antonio de Lavardin, Señor 
<\(' Rennay y Boessoy, hermano del traductor. 

(-) Lavardin dice en e¡ prefacio de su versión aqu' ¡I l'a repurgée de plusieurs endroits sean- 
■daleux qui pouvaient offenaer les religieuses oreilies». Pero ninguno de los trozos realmente 
t-^candalosos de lá Celestina ha sido expurgado por el traductor. Todo se "aduce á haber pne.-to 
< fficier en vez de (ífraile», gros officier en vez de fccanóiiigo» y otras cosas por el estilo. 

(') Sobre eata segunda edición véase un artículo del conde de Puyinaigre en la lievve Critique 
d'His^oire et de Littérature fn.o 19, 9 de ma^o de 1874). 



cxxxiv ORÍGENES DE LA NOVELxV 

Or ^.a, le livre de Flammete, 
Formosum Pastor^ «Celestine», 
Tout cela est bonne doctrine 
Et n'y a rien de deffendu (') 

Buenaventura Desperiers, en el cuento dócimosexto de sus Noiivelles Récrécttions 
et Joyeux Devis, la cuenta entre las lecturas favoritas de los elegantes dé París: «Et 
avec cela il avoit leu Bocace et Celestine» (^). 

Cuando se lee la famosa Macette de Maturino Regnier, que Sainte Beuve llamaba 
«-nieta de Patelin j abuela de Tartuffe» , nos sentimos inclinados á emparentaría con 
la madre Celestina. En el fondo, la sátira del poeta francés no es más que una imita- 
ción de la elegía de Ovidio sobre Dipsas^ cuyos principales rasgos conserva y traduce 
libremente. Pero suprime uno, el de la magia, y añade otro, el de la hipocresía. Creo 
que éste ha sido tomado de las costumbres de su tiempo, sin ningún intermedio litera- 
rio. Celestina conviene con Macette en lo que una y otra tienen de Dipsas y de Acan- 
this^ pero Macette es muy poca persona al lado de Celestina. Macette es gazmoña y 
beata, afecta una devoción fingida para encubrir sus malas artes. También Celestina 
tiene sus devociones, y de ellas se vale para sus añagazas; pero escarbando en el fondo 
de su alma se encuentra, no una ruin y apocada mojigatería ó tartufísmo^ sino una 
cínica Y monstruosa confusión de lo religioso y lo diabólico. La hipocresía de Macette 
es epidérmica; á la de Celestina ni aun el nombre de hipocresía le cuadra, porque se 
trata de algo mucho más tenebroso y espantable. 

De todos modos, la sátira de Regnier prueba, aunque por otro camino, la influencia 
española en Francia: 

Elle lit Saint Bernard, la Guide des Pecheurs, 
Les Meditations de la Mere Therese... (^). 

Fué la Celestina el primer libro español traducido al inglés, aunque en detestables 
condiciones. Se trata de una adaptación en pésimos versos, publicada por los años de 
1530, y atribuida por algunos á Juan Rastell, del cual sólo consta que la hizo impri- 
mir. Comprende únicamente los cuatro primeros actos y está hecha sobre la versión 
italiana de Ordóñez (^). Consta también que en 5 de octubre de 1598, un cierto 

(') En la poesía titulada Du coq a V asne. A Lyon Jamet (1535). 

Vid. Oeuvres completes de Clément Murot (ed. Jannet), tomo I, pág. 224. 

(^) Nouvelles Récreathm et Joyeux Dev'ts de B. des Periers, ed. Jouaust. Paris, 1874, pág. 85. 
«Et puÍ8 il avoit roduict en nieinoire et par escript les nises plu8 singnlieres que les femmes inven- 
Dtent pour avoir leiir plaisir II s9avoit coniine les femmes font lea nialadea, comme elles venteo 
))vendanges, comine parlent íi leiirs arais qui viennent en mas ]up, comme elles s' entrefont faveur i 
»soubz onibre de parentage. Et avec cela ii avoit leu Bocace et Celestine». ' ' 

(3) Oeuvres de Math. Regnier, ed. Delarue, pág. 121. 

(*) A new comedy in English in manner of an interlude riglit ehgant and full of craft ofrhetoric: 
wherein ts shewed and described as well the heauly and guod properties of ivoinen^ as their vices ánd 
evil conditions with a moral conclusión and exhortatiou to virlue. John Rastell me imprimi fecit. Cum 
privilegio regali (Folio, let. got.). 

El único ejemplar conocido di- esta obra pertenece á la Biblioteca Bodleyana de la Universidad 
de Oxford. Está reimpresa en <íA Select Collection of Oíd English Plays, originully puhlished hy >-^ 
Rohert Dod»ley in ihe year 1744, reimpresa por cuarta vez en Londres, 1872, tomo T, pp. 63-92, I ^ 



INTRODUCCIÓN cxxxv 

William Aspley solicitó y obtuvo privilegio para imprimir luia obra titulada The Tra- 
gicke Comedije of Celestina, pero no queda de ella más noticia ('). 

Apareció, por fiu, en 1631, The Spanish Baicd, de Jamos Mabbe, «el mejor tra- 
» ductor que ha tenido la lengua inglesa, á excepción de Eduardo Fitz-Gerald» , según 
el parecer de Fitzmaurice-Kolly. Mabbe, que no sólo tradujo la Celestina^ sino El Picaro 
Qiixmán de Mfarache^ algunas de las novelas de Cervantes y un tomo de sermones del 
padre Cristóbal Fonseca;, era un conocedor eminente do nuestra lengua y un prosista 
clásico en la suya. Desde 1611 á 1613 había vivido en Madrid, como secretario del 
embajador Sir John Digby, después Conde de Bristol, y á su vuelta á Inglaterra prosi- 
guió cultivando sus aficiones hispánicas, en que le estimulaba y acompañaba su amigo 
el profesor de Oxford, Leonardo Digges, excelente 'traductor de El Español Gerardo. 

La versión de la Celestina se publicó anónima, pero la dedicatoria va firmada por 
Don Diego Puede-ser^ juego de palabras con que Mabbe quiso disimular su nombre li- 
geramente alterado: James Maij-be. A diferencia de otros traductores confiesa ingenua- 
mente que la Celestina es un libro nonsine scelere^ pero que puede tener utilidad: no)i 
sine utilitate. «La heroína es mala, pero sus preceptos son hermosos; sus ejemplos son 
» perversos, poro su doctrina es buena; su traje es roto y andrajoso, pero su mente está 
» enriquecida con muchas sentencias de oro» (-). Y prosigue haciendo en estilo ligera- 
mente etifaistico una gran ponderación de los méritos de la obra: «Aquí encontraréis 
» sentencias dignas de ser escritas, no en frágil papel, sino en cedro ó en perenne ciprés; 
»no con pluma de ánsar, sino con la del Fénix; no con tinta, sino con bálsamo; no con 
» letras negras, sino con caracteres de oro y azul; sentencias dignas de ser leídas, no 
;>sólo por el lascivo Clodio ó el afeminado Sardanápalo, sino por los más graves Cato- 
»nes ó severos estoicos». «No se me oculta (añade) que este libro tendrá algunos de- 
» tractores, que como perros que ladran por costumbre, condenarán toda la obra, sola- 
» mente porque alguna frase de ella es más obscena que lo que tolera el estilo culto y 
» urbano; lo cual yo no he de negar, aunque esos pasajes están escritos para reprender 
»el vicio, no para insinuarle. No veo razón para que se abstengan de leer una gran 
» cantidad de cosas buenas porque tengan que entresacarlas de las malas. Que no se 
»ha de desdeñar la perla, aunque se pesque en agua turbia, niel oro, aunque se arran- 
»que de una mina infecta...» 

Después de haber comparado á los tales detractores con el escarabajo de la fábula, 
dice que cuantos sabios han podido leer la Celestina en su lengua la han estimado como 
«el oro entre los metales, como el carbunclo entre las piedras preciosas, como la palma 
» entre los árboles, como el águila entre los pájaros y como el Sol entre las luminarias in- 
»feriores; en suma, como lo más escogido y lo más excelente. Pero así como la luz del 
»gran Planeta ofende á los ojos enfermos y conforta á los sanos, así la Celestina puede ser 
»un veneno para los que tienen el corazón dañado y profano, pero para los ánimos castos 
»y honestos es un preservativo contra tantos escándalos como ocurren en el mundo» (3). 

(•) Garrett Underhill (John), Spanish Literaiure in tlie England of the Tudovs, New York, 1899, 
página 402. 

(') «Her li£e is foule, but her Precepts faire; lier example naught, but Iier Doctrine good; her 
íOOite ragsfed, but her mind inriclied with many a golden aentence» (P. 3 de la reimpreHÍón). 

(*) ííYét tiiey tliat are learned in lier language, have esteeiued it (in comparisoa o£ others) as 
»Gold ainongst naetalle, as tliy Carbuncle anaongst etonee; as the Roee anriongst flowerd; as the 



cxxxvi orígenes de LA NOVELA 

Mabbe, que nunca fué puritano, defiende en este notable prólogo la legitimidad de 
las representaciones del mal, así en Pintura como en Poesía: <i~Non laudare rem sed 
Aartem: no se aplaude la materia de la imitación, sino la pericia j destreza del artista 
>>que ha representado tan al vivo el objeto que se proponía. De parecido modo, cuando 
» leemos las viles acciones de rameras y rufianes j su bestial modo de vivir, no las 
> aprobamos por buenas ni las aceptamos por honestas, pero admiramos el juicio de 
»los autores que han desarrollado su ai-gumento de un modo tan propio y adecuado á 
>kis caracteres (*). 

Recuerda el ejemplo de los lacodemonios, (jue emborrachaban á sus esclavos para 
hacer aborrecible la embriaguez, y aconseja al lector de la Celestina que imite «al 

> generoso corcel que se solaza donde haj dulce y saludable pasto, y no al perro ham- 

> briento, que agarra y despedaza sin elección todo lo que encuentra en su camino» • 
En suma, recomienda la Celestina^ pero no sin distinción á toda clase de personas. 

Su traducción es clásica y maestral, á juicio de los críticos ingleses, y en nada 
adolece del conceptismo y culteranismo que campean en sus prólogos. El docto hispa- 
nista Fitz-Maurice Kelly, que ha hecho de ella una lindísima reimpresión (-), dice en 
su prólogo que «mucho del vigor, de la pasión y del fuego de Rojas, y mucho tam- 
bién de aquella gravitas et probitas que en él reconocía Barth, han pasado á la copia, y 
si sus colores no son siempre los mismos del original, ostentan sin embargo no común 
brillantez y belleza» . «La fina sencillez, el ritmo y la música de esta versión, la am- 
plitud y la urbanidad del estilo, llevan el sello de la edad heroica de la prosa inglesa. 
Ningún escritor de su tiempo le aventajó en la descripción directa, ninguno tuvo mejor 
oído para la cadencia de la frase» . 

))Pahne amongst trees; as the Eagle amongst Birda; and as tlie Sunne amongst Liglits; In a word, 
»as the choicest and cliiefest. Btit as the light of tlie great Planete doth hurt sore eies, and comfort 
))tho8e that are sound of sight: So the reading of Celestina, to those that are prophane, is a poyson 
))to their hearts; but to tlie chaste, and honeste minde, a preservative against such inconveniences 
»a8 occurre in the world» (P. 7). 

O «And for mine owne part, I am of opinión that Writers luay as well be borne withall, as 
)>Painters, who now and then paint thoae actions that are absurd. As Timomachus painted Medea 
»k¡ll¡ng her children; Orestes, murthering his moiher Theo, and Parrasius; Ulj'ses counterfeited 
«madnes, and Cherephanes, the immodest imbracements of woinen wit men wliich the spectators 
)>behoUling, doe not laucljire rem, sed artem; not commend tiía matter which is e.xprest in imitation» 
))but the Arl and skill of the workeman, wich hath so lively represented wat is proposed. In like 
Dsort, when \ve reade the filliiy actions of wliores, tlieir wicked conditions, and beastly behaviour, 
»we are neither to approve them as good, ñor to imbrace them as honest, but to commend the 
))Autlior8 judgement in expressing his Argument so fit and pat to their dispositions» (Pág. 7). 

(*) En la colección de Henley The Tudor Translations (t. VI). 

Celestina or the tragiche-cornedy of CaUsto and Melibea englished from the spanis of Fernando 
de Rojas hy James Mahbe anno 1631 with an Introduetion hy lames Fitzmaurice-Kelly . London, 
published hy David ISluit 1894. 

El prólogo (en 36 páginas) es una de las mejores 'apreciaciones críticas que conocemos de la 
Celestina. El Sr. Fitmaurice Kelly ha tratado con predilección de esta obra maestra, no sólo en estas 
páginas, escritas con mente artística y fino gusto, sino en las varias ediciones de su Manual de Lite- 
raiura Espartóla {}.^ ed. inglesa en 1898, traducción castellana de Bonilla en 1902, traducción fran- 
cesa 'le Davray en 1904), y en un interesante artículo bibliográfico en la Revista Critica de Historia 
y Literatura Españolas (febrero de 1896), con ocasión del insignificante libro de don J. de Sora- 
villa (Rodrigo Cota y Fernando Rojas, La Celestina Juicio crítico de la obra. Madrid, 1895). 



INTRODUCCIÓN .xxxvii 

Solameute de la fidelidad podemos juzgarlos espafioles, y liay que reconocérsela en 
el conjunto, aunque no tanto como á Ordóñez y á Wiráung, precisamente porque 
Mabbe hizo una traducción más literaria. Su propio gusto y el de su tiempo le llevaba 
á la amplificación, y parecióndole sobria la Celestina^ aunque sólo en apariencia lo 
sea O, la llenó de redundancias y pleonasmos. Pero sus adiciones son meramente ver- 
hales, y en cambio no suprime nada ó casi nada, cumpliendo lealmente sus obligaciones 
(le traductor, salvo en un punto muy curioso. Por escrúpulos protestantes evita todas las 
alusiones al culto católico, sustiluy^ndolas con disparatadas reminiscencias clásicas. Así 
en vez de «estaciones, procesiones de noche, misas del gallo, misas del alma y otras 
» secretas devociones», habla intrépidamente de «los misterios de Vesta y de la Buena 
» Diosa». En lugar de la iglesia de Santa María Magdalena cita la «arboleda de los 
mirtos»... Un abad se convierte en un flamen^ las monjas en Vestales y todo lo demás 
á este tenor. Pere estos son ligeros ó imperceptibles lunares en una obra maestra que 
honra por igual á las literaturas inglesa y española. 

Shakespeare había muerto catorce años antes de publicarse esta versión, j ningún 
provecho hubiera podido sacar de la antigua en verso, que sólo comprende cuatro actos. 
Pero aun admitiendo, lo cual dista mucho de estar probado, que no supiese el castellano, 
pudo leer la Celestma., y es muy verisímil que la leyera, en la versión italiana, tan 
difundida, de Ordóñez, ó en alguna de las francesas. De este modo tendrían fácil ex- 
plicación las semejanzas con Borneo y Julieta^ notadas desde antiguo por la crítica 
alemana y admitidas á lo menos como posibles por los hispanistas ingleses (-). 

Sólo por mera referencia bibliográfica nos es dado citar las cuatro ediciones en ho- 
landés ó flamenco que salieron de las prensas de Amberes en 155Ü, 1574, 1580 y IGUi, 
y pertenecen, al parecer, á dos distintas traducciones, cuyo origen no podemos fijai-. 
Acaso haya otras en lenguas vulgares, que no han llegado á nuestra noticia. 

Faltaba á la Celestina la consagración suprema que un libro del Renacimiento 
podía tener: el ser traducido á la lengua sabia, y comentado y puesto en manos de los 
doctos como un autor de la clásica antigüedad. Tal fué la empresa que acometió y 
llevó á término el célebre humanista de Brandeburgo Gaspar Barth (Bartlmcs), tan fa- 
moso por su ciencia como por sus extravagancias^ aunque no fuese ni con mucho el pro- 
totipo del Licenciado Vidriera, como han supuesto ineptamente algunos cervantistas. 
Gaspar Barth, que había viajado por España después de 161.S, era el más ferviente admi- 

(') ííOur Atiilinr is Imt short, yet pitliy: not so fnll of words as ser.se; eacli oíhcr lirie, l)ping a 

i)^entence;nnlike to inany of your other Writers,who either witli the luxurynf tlieir plirases or snper- 

i »fluity of figures, or superabundance of ornaments, or other affected giiildings of Rlietorick, like in- 

Bdiscreet Cookes, make tlieir nieats eitlier too fcwect, ortoo tarte, loo salt, or too f iill of pepper» (P. 4). 

(-) «In any case it is scarce an exagi^eration to say tliat, after the creation of Calisto and 
))Mel¡bea, the appeaiancc of Komeoand Jiiliet was but a question of time. Wiiere in the Phuitine 
"and Terent'an coinedy tliere was appetite, wliere in tlieir late derivatives there was rank lubricity, 
Avliere in the writers wlio immediately preceded Rojas there were eymbolism and mystica! 
^itransport, the CeZes^ na strikes the note of raptare, passion, the love of love... .» (Fitz-Manrice 
Kelly, en el prólogo ya citado, p. XVIII). 

«If we did not know of the Iialian origin of Romeo and Julieta., we niight tliiiik that Sliakes- 
))peare had been inspired by Celestina; and, indeed.it ¡h likely tliat he knew of Mabbe's tran>laiion 
)>of it in manuscript from Mabbe's friend Brn Jonson». (Martin Hume, Spunish ivfluence on Englinh 
Literature Londres, 1905, pág. 126;. 



cxxxviii ORÍGENES DE LA NOVELA 

rador de nuestra lengua y de nuestra literatura que puede darse. No sólo tradujo y pu- 
blicó en latín la Celestina, la Diana Enamorada de Gil Polo y la refundición española 
que Fernán Xuarez había hecho de uno de los Coloquios del Aretino, sino que dejó 
inéditas otras novelas latinizadas, una de ellas la Diana de Montemayor y raás de 
treinta volúmenes de fábulas milesias, tomadas de varios idiomas ('), entre las cuales 
sabemos que figuraban los Caentos de la Reina de Navarra y las Noches de Invierno 
de Antonio de Eslava (-). Todo ello estaba traducido antes de 162-i, en que salió de 
las prensas de Francfort el PornoboscodidasdaUís Latinas, pedantesco título que dio 
Barth á su traducción de la Celestina, calificándola desde el frontispicio de Líber 
plañe diviniis {^]. 

Son tantas y tan curiosas las especies que en los prolegómenos y en las animadver' 
siones ó notas de Gaspar Barth se consignan, y tan singular la versión en sí misma, 
que no puedo menos de detenerme algo en ella, aunque todavía merecen más amplio 
estudio esta y las demás traducciones latinas que en el siglo xvii hicieron de nuestras 
novelas y libros de pasatiempos algunos humanistas germánicos. Ellos fueron á su 
modo los primeros hispanizantes de su nación. 

Precede al libro una larga Dissertatio^ que contiene uno de los más interesantes jui- 
cios que se han escrito sobre la Celestina. Después de tratar en general de la utilidad 
de las fábulas dramáticas y novelescas, que considera más instructivas y verdaderas 
que la Historia misma, y de la razón que el mismo Barth tuvo para dedicarse al mo- 
derno hispanismo {ad Hispajiismum hodíernitm), buscando en ól novedades que no 

(*) «Non .alia itidem rationo parís geriii opus, Geors^ü de Morite-Maiore, Pastoralia, translata 
»8iint proximis liis diebiie. Eádem inductiia insignia Milenidrum plus qiiac Triginta Volumina ex 
yiomnium. Idioinatum selectis fahulis et Bistoriíg, summa, qiia fieri potuit sermonís aequahllitate et 
y>hiluritate, composuij) (En la Dissertatio que precede á la Celestina, pliego 5, hoja 4 sin foliar). 

En su furor de traducirlo todo al latín, pensaba hacer la misma operación con la Segunda 
Celestina de Feliciano de Silva, aun sin iiaberla visto más que de paso, según dice en sus Animad- 
versiones (p. 321): «Indicare liic lectori voló secundam interea dum lianc universi litterati orbis 
wplausibus excipitiir, Celesfinae partem in Ilispania fal>ricatam esse, quam exinde delatara tum 
»recen8 vidi in munibns egregií viri Sebustiani Mederi Brisgovii, Illu.strisimo tum Principi Badensi 
))á Consiliis, nunc vero non iiabeo in potestate; ubi indeptus fuero non dubitabo et illam Latino 
»Orbi proponere». 

(*) «Hujus antera generis fabulae sunt apud Antnnium Eslavam in libro Hispánico qui Noches 
y)de Invierno inscribitur, quaruui nos quasdam etiam indidem in Milesiarum nostrarum Narrationes 
»retulimus» (P. 317). 

(3) aPornoboscodidascalus Lat'inus. De lenoimm, lenarum, conciliatricum, servUiorum, dolis, 
y)venejiciis, inachinis plusquam diabolicis, de miseriis iuvenum incautorum quiflorem aetatis Amoribus 
Mnconcessis addicunt; de miserabili singulorum pericido et omnium interitu. Líber ¡úane dívinus, Ungua 
"^Hispánica ab incerlo avctore instar ludi conscriptas Celestinae titulo. Tot vitae instruendae seníentiii, 
Mot exemplis,figuris, moni lis plenas, ut par aliquid nulli fere Ungua habeat, Gaspar Barthius inier 
y>exercitia linguae Castellanae^ cujas fere princeps stilo et sapientia hic Ludas habetur. Latió transcri- 
y>bebat. Accedunt Dissertatio eiusdern ad Lectorem cuní Animadversionum Commeutariolo ítem, 
DLeandris ejasdeiu, et Mas leus recensiti. Francofvrti, apad Danielem et Davidem Aubrios et Clemen- 
j>tem SchUiclúum. Anuo M.DC.XXIV)), 

Una interesante noticia bibliográfica de este libro puede verse en los Anales de la literatura 
Española del Sr. Bonilla 'p 167 172). 

El Pornoboscodidascalas es muy raro, á lo menos en España. La Biblioteca Nacional no le 
poseía hasta que adquirió los libros de Gaya igos. Mi ejemplar procede de la colección de D. Valen- 
tín Garderera. 



JNTRODUCCION cxxxix 

podían ofrecer ya las obras de grieí^os y latinos, tan familiares á todos lus eruditos, 
trata en particular del libro que quiso precediese á todos, porque la juventud puede 
encontrar en él los documentos más necesarios para la cautela y prudencia de la vida- 
«Son tantas (prosigue) y tan oportunas y capitales las sentencias sacadas del misnid 
fondo de las cosas, que quien las fije en su ánimo como reglas para dirigir la vida y 
asiduamente las practique, tendrá bastante con ellas solas para merecer no vulgar opi- 
nión de sabiduría entre todos los buenos jueces. Añádase la excelencia del estilo, que 
en su lengua original es tan elegante, pulido, exacto, numeroso, grave y venerable^ que 
según confesión unánime de los españoles, pocos pueden encontrarse iguales en todo el 
campo de la literatura. Nada diré de aquel genio particular que tuvo este escritor para 
caracterizar las personas y hacerlas hablar adecuadamente, en lo cual es cierto que 
supera á todos los monumentos que nos han quedado de la antigüedad griega y latina. 
Sus sentencias, que hieren y penetran con admirable energía en los espíritus más vul- 
gares, como si para ellos solos fuesen escritos, son materia de meditación para los 
sabios de más profunda doctrina» ('). 

El humanista alemán reconoce finamente, aunque en los términos de la crítica de 
su tiempo, aquella especie de objetividad serena, que es uno de los encantos de la Ce- 
lestina: «Su autor tiene conciencia de la verdadera filosofía, pero no afecta indignación 
alguna contra los vicios, conserva en todas las situaciones la tranquilidad de su alma, 
va al fondo de las cosas, y con cierta suavidad divina cumple entre tanto su papel de 
castigador» (-). 

(íaspar Barth, á pesar de ser humanista de profesión y haber comentado á innu- 
merables autores clásicos, estaba por los modernos contra los antiguos. El siglo en 
que había nacido le parecía mucho más fecundo en ingenios que todos los anteriores, 
y las lenguas modernas mucho más ricas en obras de amenidad. Pero entre todas des- 
collaba á sus ojos la lengua española, cuya «gravedad y propiedad» se habían mani- 
festado en numerosas ficciones, tan útiles como deleitables, que cada día salían á luz. 
Y si en otras lenguas, principalmente en la francesa, se encontraba este género de 
libros, eran trasunto en gran parte de las invenciones ó ilustraciones de los españo- 

(') ((MaUíim-js autein primo islam, qiiem aüiim quomlibet interpretari, quoriiam et materia el 
j)talÍ3 est, ut luventus nostra, praecipue in iianc voluptatum partem peccans hinc vel máxime 
nnecessaria documenta hauriro, vitae caute instituendae, possit, et tot interspersae liuic brevi scripto, 
»tam ex medüs rebns petitae, tainque capitales, insint sentcntiae, ut qui vel solas lias animo lixerit, 
j)et velut regulas dirigendae (praecipue peregre vivens) vitae, edidicerit, usnque adliibuerit, non 
))vulgarem sapientiae opinionem apud omues boni iudicii adeptiirus certó videatur. Accedit, quod 
»et dicen li genus tain comtum, politiini, exactum, nnmcrosum, grave atque venerabile est in sun, 
»huic libello, idiomate, ut pares per univerra ejus spatia paucos inveniri consensuH ipsorum Hispano- 
»rum fateatur. Taceo nunc peculiarem quemdam Geninm,afiingendis Personis, quibuslibet moribus, 
>>et ex his 8ermon¡l)Lis, liuic scriptori datum; a quo cerlé longo abest quicquid Graecornm ant 
DLatinoruin monumentorum ad nos pervenit.. .. Et sententiaruui qiiidem ea es", cemitas et eruditio, 
íut vu'garinm liominum ánimos non minus, atque si ipsis solis scriptae forent, mirifice penetrent, 

»et opinione melioris doctrinas, ipso quasi ictu percellant Eruditorum autem vel principes 

Dpenitissimie Sapientiae et Antiquitatis profundae hic mónita percipient » (Pliego 5, hoja 2, 

sin foliar). 

(*) «Hoc vult verae doctrinae eibi conscium pectus, nil indignationis in ipsa etiam vitíia sibi 
»permittere sed tranquillitate animi per omnia stabili servatá, iré in medias res, et suavitate illa 
ídivina, undique relácente, parteis tamen interim castigatoris agerex». 



oxL orígenes de la novela 

les ('). Entre todas estas iüveuciones el autor da la palma á la Celestina^ sin hacer 
ninguna alusión al Quijote^ lo cual es verdaderamente extraordinario, porque desde 
1615 había podido leerle completo él que andaba siempre á caza de novelas españolas. 
Es muy curioso, aunque demasiado largo para transcribirse aquí, lo que Barth 
observa sobre cada uno de los personajes de la Celestina^ «tan divinamente inventados 
»(dice), que parece que el autor los conoció vivos y los llamó á su tribunal'). Analiza 
muy bien el coloquio de Celestina con Melibea, haciendo notar que eran superfluos 
los encantamientos^ pues apenas ninguna doncella hubiera podido resistir á tales asal- 
tos {^). Toda esta página es de una crítica enteramente moderna, á pesar de la exótica 
vestidura que á su autor plugo darle. Barth había estudiado profundamente la Celes- 
Una^ y este análisis psicológico de los caracteres lo prueba. Su entusiasmo era grande, 
pero se fundaba en razones técnicas que arguyen rara penetración para un crítico del 

siglo XVII. 

Barth, como otras muchos, supone que la Cele.'itina es un libro de utilidad moral, 
pero entiende esta utilidad de un modo asaz extravagante. No se trata de los puros 
preceptos de la Ética, sino de cierta sabiduría práctica y mundana, llevada á tan alto 
punto, que quien posea afondo este libro no podrá ser engañado por nadie, triunfará de 
todos sus adversarios, ganará amigos y los conservará; todo el mundo le será adicto 
por amor ó por temor, y tendrá siempre próspera fortuna en sus negocios. En suma, 
una verdadera ganga, lograda sin más trabajo que la frecuente lectura de un libro tan 
chico y tan ameno. Y todo esto no lo dice de oídas el grave humanista, sino que pro- 
cura corroborarlo con el caso de un amigo suyo, muy astuto y sagaz, que labró su for- 
tuna en el mundo aplicando^ con oportunidad, á todos los lances de la vida, ya nna ya 
otra de las sentencias de la tragicomedia que tenía recogidas y clasificadas en su 
memoria {^). Cuando se lee tan extraño pasaje, no puede menos de darse algún crédito 
á la antigua leyenda de la locura que temporalmente afligió á Gaspar Barth. 

(') ((Qiioqnü regionnm aut locorum te vertes ómnibus hodicrnis Idiomatis linguarum hoc 
»genus scriptonim excellere videbis. Ut autem Hispanirae sen Castellanae Linguae gravitas et 
»proprietas, liodie caeteris feíéamplior cst, ita et in bac licet plures aiictores id gemís observare, 
»qu¡ iiincia iitilitati venustate, ficlionuin in piiblicum prodesse connitantur; adeo quidein nt si qiia 
»in caeteris, Galb'ca praecipue, delectal)ih"a simiil et utilia talia scripta prodeant, pleraqne vel 
»invent¡Gnibus Hispanorum vel illustrationibus debeanms». 

(^) «Ipsa vero, artifex Lena, quainquam tote opere niininrn quarri pulcbré personae stiae indo- 
»leni efferat, nuHo taiuen loco omnia sua artificia melius exercet, qiiam ubi ciim Melibaea collo- 
»quium habet. Illic videas, mulierem malarum artium doctissimain, omnis experientiae suae technas 
))accersere, ut miseram nobilitati, opibus, Ainori Parentuin, suo denique ipsius lionore, et existiina- 
»tione, in foednm Amorem excutiat. Minimum sané hic incantationes egerunt, quamquam et li 'ins 
»scelerÍ8 crimini aniim veneficam illigarunt; quibus etiain deintis, vix qiiaeqiiam pnella caeteris 
«talibuH assultibus restiterit. Norat nimirum, tot annoruní Lena, ex tempore omnia consilia, atquo 
))ad animum cuiusvis puellae expugnandum, ex re ipsa verteré » 

(^) «Quod si exemplo res et clarior facienda erit, dicam novisse me homitiem astutissimuiu, 
»capita1em emoluinentoruin snorum artificem, nequáquam ullis simulationibus decipi valenteni, 
Dipsum astuta quadam urbanitate et comitate, cum patientia et pertinacia coniuncta, niliil non feré 
»a qnovis irapetrantem. Huius ego, etiamnum adolescentibus annis, cuín vitam impense sernper 
»mirarer, observarem negotia, dissimulareni noticiam, ad extremum, multoruin mensium usu et 
))Conver.satione, eú inductus sum, ut cnm priniis hominem perspicacem atque astutum, prudentem- 
»que arbitnirer tum, et nuncquoque putem. Non iam disputo utrum béne ille seinper suo ingenio, 
:t)et acumine pensuum, et spirituum vivacitato, usus fuerit, boc potius affirnuire velim, tam accu- 



INTRODUCCIÓN cxli 

Pero su traducción liízoUi sin duda en un intervalo de pleua lucidez, y no de la ma- 
nera extemporánea ó improvisada que él da á entender, queriendo imitar aun en esto 
al autor piimitivo. Dos semanas de trabajo dice que le costó: afirmaciim poco menos 
increíble que la de Rojas ('). Gaspar Barth tenía una asombrosa facilidad de trabajo, 
y sus particulares aficiones le habían familiarizado con la lengua de los poetas cómi- 
cos Terencio y Planto y de los novelistas Petronio y Apuleyo, lo cual le proporcionó 
grandes recursos para interpretar la Ccleslina con el sabor clásico que en su original 
tiene, restituyendo de este modo á la lengua madre lo que remotamente procedía de 
ella. Pero aunque la obra de Rojas tenga mucho de comedia humanística, tiene todavía 
más de indígena y castizo, lo cual dificulta su versión, sobre todo en una lengua 
muerta. El latinista alemán, que tenía pleua conciencia de sus deberes tie traductor, 
hizo cuanto humanamente era dable para vencer esta dificultad, ciñéndose al texto lo 
más cerca pasible, sin permitirse apiñas amplificación alguna, pues no llegan á diez, 
según su cálculo, los lugares eu que añadió algo sticlw delectatio/iis ó por amor á la 
claridad de la locución, que quiso que fuese tanto ó más perspicua que en el original. 
La mayor dificultad consistía en los proverbios, y ústa la sorteó como pudo, dejándo- 
los sin traducir unas veces y dando otras el sentido, aunque no en forma pareraiohigica. 
Trasladarlos palabra por palabra hubiera sido absurdo, pero no era tan difícil encontrar 
equivalentes de muchos de ellos, aun sin salir de los Adagios de Erasmo, ya que no 
existía entonces la socorrida colección hispánica del Dr. Caro y Cejudo (-). 

No esquivó la traducción de los versos, honrándose con ser el primero que había 
adaptado á los metros antiguos la poética de nuestra lengua. Véase alguna muestra de 
estos peregrinos ensayos, en que predomina la estrofa sáfica. Canta Lucrecia en la 
escena del jardín: 

Laetus est foutis lepor, anda vivens: 
Grrata torrenti site macérate: 
Gratior vultus taraen est Callisti, 
Mi Melibaee. 



»ratá ciuitione, oinnes u'ivcrsarios el auiicos «uos vicisse. iit et «liligeretiir, et caveretiir ab ómnibus: 
»neino vero anderet feíó illi quippianí secus atque res erat, credendum proponere. Diu multumque 
))more8 liominis observans, nihil non illiina huic libro tribuere, multa licet cura, tándem percepi. 
»Nulius in lioc aspcxoiat, milla sententiae vesligia quae non in nuuierato haberet, et iitilitati suao 
«accomodare nosset, qnin- cum niirificam homini sagacitatom et prudentiain conciliassent, iioc unum 
»ill¡ non cesserant, ut a corainodis, seu lucris potius, siiis, aliorum incommoda desecare posBet, 
»qnin etiam, cuín detiirnentis nonnunquam amicoruin, rem suain augere velle viderctnr. IIoc 
»demto cetora ingcniosissinium nemo non dixisset. Ñeque diffitebatur saní' ¡pse, cum alioquin milii 
»innotuÍ8-!e vidcret, maxiuiam partem sese iiuic libro prudeuliae deb-jre; certf c-jm vellet, nulli non 
»rei, nulli non loco scntcntianí iiinc accoiuniodatain rcipsa ostcndebat, vel cavendi vel aggrediendi 
))ncgotii consiliutn utile praebere. — » 

(') «Atl liujus antem Celestinae meae interpretationem nescio quo fato meo raptus fui, tanta 
Dcerié celeritate totum descripsi, ut nec integris duahus dierum hebdomadis integram ahsolverim » 

(') «.Refranes y Modos de hab'ar Cast-llanos con Latinos, que les corresponden, juntamente con la 

ytglosa y ex/dicacion de los rjue tienen necesidad ■ e ella Compuesfo por el Licenciado Gerónimo 

"bMirtin Caro y Cejudo, Maestro de Laliniíad y Eloquencia en la vdla de Valdepeñas de Culatrava 

tsu Patria, con titulo del i'onsejo Supremo de Castilla » En Madrid, por Inlian Izquierdo, año 

de 1G75 (Hay una reimpresión de 1792). 



cxLii orígenes de la novela 

Graudio exultant tenerae capellae, 
Matris aclvisae grávidas papillas, 
Sponsi in adventum Melibaea toto 
Pectore laeta est. 
Nemo tara charae fuit umquam. amicae 
Grratus adventor; ñeque visitata est 
Ulla nox umquam simile lejiore 
ínter amantes (^). 

El contraste del metro horaciano con el ritmo corto y gracioso de los versos ori- 
ginales no puede menos de parecer violento, tanto en esta canción como en la de 
Melibea, excepto en los eptasílabos finales, que remedan bastante bien el rápido giro de 
la copla de pie quebrado: 

lam uoctis it meridies, 
Differt adesse Adoneus! 
An i lie vinctus alteríl 
Amasiain lianc fastidiet. 

Aunque Barth no pasaba de mediocre poeta, tenía tal flujo de versificar, que des- 
pués de haber traducido en prosa el razonamiento de Melibea antes de suicidarse, volvió 
á ponerle en versos hexámetros, que se leen por apéndice en su libro (^). 

Su prosa es abundante y ecléctica, no muy limada, pero exenta de las fastidiosas 
afectaciones ciceronianas del siglo anterior, no menos que de aquel refinado cultera- 
nismo que en el siglo xvii tuvo por principal representante a Juan Barclay, célebre 
autor de las dos novelas Argenis y Euphonnio. La gravedad y probidad del estilo de la 
Celestina^ que Barth tanto encomia, le ha salvado de los dulces vicios y vana frondosi- 
dad del humanismo decadente, á los cuales no deja de propender en otras obras. 

En cuanto á fidelidad tiene pocas tachas. Karas veces equivoca el sentido, y sólo 
en dos ó tres casos se permite expurgar levemente un texto que miraba con veneración 
supersticiosa. Estas supresiones no recaen, ni en lo que se dice de las gentes de iglesia, 
puesto que Barth era protestante; ni en las blasfemias amatorias de Caliste, que la In- 
quisición mandó tachar en el Ponwboscodidascalus^ lo mismo que en el original; ni 
mucho menos en las escenas de amores, sino en la enumeración de algunas de las dro- 
gas, ungüentos y confecciones de que se valía Celestina para sus dañadas artes, y que 
al traductor no le parecían materia propia para ser divulgada, aun siendo vanas en sí 
mismas. 

Como ligera muestra del brío. y la elegante soltura con que en general está hecha 
esta versión, copio en nota un breve pasaje del acto XIX (segunda escena del jardín), 
que el lector puede cotejar fácilmente con el texto castellano citado pocas páginas más 
atrás (3). 

(*) PP. 2CÜ y 267. 

(*) P. 295. «Vltima verba Melibaeae ad parentem Pleberium priusquam, post casu mortuura 
))arnasium suum Ciillistoneni, se turri praecipitaret. Ex Hispánico Ludo, Celestina.» 

(^) «Superávit me dulcedo suavissiini cantus: non est niilii ultra tolerabilis amantis animi tui 
»e.Kpectat¡o. O Domina mea única, o omnis spes et omnis felicitas mea! Quae mulicr nata talibua 
»sit Gratiis, ut tua merita non omnes illas ultro confutet? O improvisa auribus meis cantionis 
»snavitas! O tempua deliciis uberans! O anima mea, o pectus, o corculum meum! Et quomodo non 



INTRODUCCIÓN cxliii 

Acompañan al Pornoboscodidascalits^ con el título de Aniviadversiones tralatiae^ 
cerca de doscientas páginas de notas, que son hasta la hora presente ¡el único comenta- 
rio de la Celestina^ ya que no puedo calificarse de tal un centón inédito de reflexiones 
morales, escrito en España hacia mediados del siglo xvi, y que no conceptuamos digno 
de salir del olvido en que yace, puesto que ninguna luz proporciona para la intoligon- 
cia de la tragicomedia, á lo menos en la parto hasta donde ha alcanzado nuestra pa- 
ciencia {*). Cosa muy distinta son las notas de J3arth, doctas y prolijas al modo do las 
•lue solían ponerse á los clásicos de la antigüedad. No puede negarse que hay en ellas 
mucha erudición impertinente y falta á veces la necesaria. Basta que en el prólogo de 
Kojas se nombre á Heráclito para que el traductor se crea obligado á darnos un extenso 
artículo sobre la vida y opiniones de dicho filósofo. Sobre el basilisco, sobro la víbora, 
sobre el pez equino y el ave Riich 6 Roe nos regala sendas disertaciones, llenas de citas 
y testimonios que prueban su enorme 6 indigesta lectura. Pero de este fárrago pueden 
entresacarse curiosos rasgos críticos que completan el juicio expresado en el preámbu- 
lo; observaciones sobre algunos lugares difíciles del texto y sobre su propia traducción; 
curiosas noticias literarias, incluso algunos versos castellanos de autor desconocido. En 
cambio confiesa su ignorancia en cosas tan sabidas como la historia de Macías, y muy 
rara vez indica la fuente de alguna sentencia ó expresión. Ue todos modos, no perderá 
el tiempo quien repase con algún cuidado estas notas, olvidadas en un libro rarísimo. 
¡Tiene tan pocos aficionados la latinidad moderna! 

Tal fué el triunfal camino que por Europa recorrió la Celestina^ dejando en todas 
partes alguna huella de su paso. Pero su influencia más directa y profunda se ejerció, 
desde el momento de su aparición, en nuestras letras nacionales. Ora se la califique de 
novela, ora de drama, ora se diga con Wolf, y es acaso el parecer más cierto, que la 
cuestión de nombre es ociosa, puesto que la obra de Rojas nació en un tiempo en que 

«potuisti ulterius aliquid teinpoiis insninere isti suavissimae vocis tuae suavitati, cur non poiro 
'•etiaiii amborum desideriis canendo satisfacere. 

t)Melib, — exoptatissima depreliensio, o insidiae spectatissimae, o suavissima siiperventio! Es 
>jín liíc inei aniíui Domine, anima ipsa et corculiun nieiim? Ka tu ipsemel? non possiim credere. 
»Ub¡ absconsus eras, lucidissime S.ú? Quo recondideras claritatem illatn immensam tiiam? tjuamdiii 
ífactum est quod ausculstasii nos? Cur me raucam et absurdam mea instar Cyí^ni voce frustra aerem 
Dverberare passus es? ciir exsensis verUis instrepentem audire sustiniiisti? Totiis Lie liortus noster 
sadventu tuo nova laetitiá inducitur. Viiie Lunam ir.ter iiinumerabib'a sidera proluci'ntem; etiam 
»8uaviorem snam hicem coelo exserere videtur. Vide nube^ illae qiiam per coeli ¡spatium difriigere 
»properanl; audi decurrenteía lianc aquam de fontis linjus medituUio, quam lonyc suaviori nunc 
Dinurmure per viridarium lioc Horescentiiim lierbarum properat? Attende celsas istaa cyparissos 
»quo pacto rami invicem sibi abblandiiintiir, alias aliiim arridet et alloquitiir velnt interprete 
»compositissimo illo vento, qui summa temperie omnia permulcens voces mutuas foliorum perferre 
))hinc inde occupatus est. Vide omnium arborum placidissimas istas urabras, quam obscuritates siias 
«condensare laborant, ut fnrtivis nosíris voluptatibus gratissimum tegmen iuducant» (pp. 2(j8-2t¡'J)- 

(') N." 674. Celestina Comentada. 

«Comentario á la Tragicomedia de Calisto y Melibea^ por un escritor anónimo de mediados del 

DSiglo XVI. 

«Comienza por el folio 14, está falto de los folios 18 á 21 é incompleta por el fin, terminando 
5>en el fol. 221.» 

(Vid. Catálogo de los Manuscritos que pertenecieron á D. Pascual Gayangos, existentes hoy en la 
Biblioteca Xacional, redactado por D. Pedro Roca. Madrid, lítÜ4. Publicado por la «Revista de 
Archivos», pág. 231.) 



cxLiv 0RLGENE8 DE LA NOVELA 

los géneros literarios apenas comenzaban á deslindarse y la dramática moderna no 
existía más que en germen ('), es tan rica la materia estética de la Celestina^ tan 
amplia su objetividad, tan humano su argumento, tan viva y minuciosa la pintura de 
costumbres, tan espléndida la lengua y tan vigoroso el diálogo, que no pudo menos de 
acelerar el desarrollo de las dos grandes formas representativas de la vida nacional, y 
aun puede decirse que en el teatro obró antes y con más eficacia que en la novela (-). 
Cuando apareció la inmortal tragicomedia, apenas comenzaba á secularizarse nues- 
tra poesía dramática en algunas sencillas églogas de Juan del Euzina, impresas en su 
Cancionero de 1496 y que apenas pasan de diálogos sin acción. Pero esta su primera 
manera aparece profundamente modificada en las piezas que compuso durante su larga 
residencia en Eoma, no precisamente por la influencia de modelos italianos, que hasta 
ahora no podemos afirmar ni negar, sino por el estudio asiduo de dos libros castellanos 
en prosa: la Cárcel de Amor y la Celestina. De uno y otro se asimiló algunos elemen- 
tos y los incorporó bien ó mal en su naciente dramaturgia. La pasión de Melibea le 
sirvió de modelo para las ardientes imprecaciones que pone en labios de la celosa y 
desesperada Plácida. Tanto la Égloga que lleva su nombre unido con el de Vitoriano, 
como la de Fileno ¡j Zambardo^ terminan con un suicidio que tiene visos de apoteosis 
gentílica en la primera y de canonización cristiana en la segunda: tal era entonces la 
licencia y relajación de las ideas {^). Pero en general el vate salmantino no acertó á 
remedar sino la parte ínfima de la tragicomedia, las escenas lupanarias de bajo cómico, 
que por su grosería misma habían de ser las que tentasen más á los lectores vulgares y 
á los imitadores de corto vuelo. Los chistes más que deshonestos de Eritea y Fulgencia 

(1) «Dalier scheint der streit müssig, ob man sie zur Gattung der Novelle oder des Drama>< 
))rechnen solí; sie entstand ja ebeti in einer Zeit, wlio sich die Diclitiingsgattungen erst schárfer zu 
))sondern begannen, who eben aus den übrigen das Drama sich entwickeltcí). (Studien, p. 281). 

(*) La influencia de la Celestina en el drama español es el principal asunto de la excelente 
y pico conocida tesis latina del Sr. E. Martinenche, Quatenus Tragicomedia de Calisto y Melibea, 
vulgo «Celestina», dicta ad informandum lúspanensc theafrum valuerit, que ya en o:ra ocasión hemos 
recomendado. 

(3) ZAMBARDO 

No rueguen por é!, Cardonio, que es sancto, 
Y asi lo debemos nos de tener. 
Pues vamos llamar los dos sin carcoma 
Ai muy santo crego que lo canonice; 
Aquel que en vulgar romance se dice 
Allá entre groseros el Papa de Roma. 



Olí. 
¿Qué es lo que queréis, oh nobres pastores.' 

ZAMBARDO 

Queremos rogar queráis entonar 

Un triste réquiem que diga de amores. 



Así se encuentran estos versos en la rarísima edición suelta en letra de Tortis Fueron suprimi- 
dos en el Cancionero de .Juan del Enzina. ed. de 1509, única que incluye esta égloga. 

(Vid. Teatro completo de Juan del Encina {ed. de la Academia Española), Madrid, 1903, pági- 
na 226.) 



IXTRODUCCIOX 



CXLV 



en la ya citada Ejloga de Plácida ij Viioriano (') bastan para caracterizar esta triste 
manera de imitación, que alcanza monstruoso desarrollo en el curso del siglo xvi. 
Prescindiendo de este falso rumbo que llenó de torpezas nuestra literatura, lo que 
Enzina hubiera debido aprender principalmente de Rojas era el artificio de una fábula 
más complicada, el estadio de los caracteres, la viveza y nervio de la expresión, Pero 
en todo esto adelantó muy poco el patriarca de nuestro drama, porque sus fuerzas no 
eran para tanto, aun asistidas por tal modelo. 

3Iucho más lo hubieran sido las del gran poeta portugués, que es la mayor figura 
de nuestro primitivo teatro. También Gil Vicente debe á la Celestina escenas de las más 
picantes, y sobre todo el tipo de la alcahueta Brígida Yaz, que tan desvergonzadamente 
pregona sus baratijas en la Barca do Inferno^ pieza que (dicho sea entre paréntesis) fué 
representada en la cámara regia «para consolación de la muy católica y sancta reina 
»Doña María, estando enferma del mal de que falleció» (-). Sin llegar á la imitación 
directa, como en este caso, hay en el teatro de Gril Vicente, sobre todo en las farsas, mu- 
chos elementos celestinescos, y aun verdaderas celestinas; verbigracia. Branca Gil en 
O Velho da Rorta y^)^ la bruja Ginebra Pereira en el Auto das Fadas ('), la Ana Dias 

(') Teatro de Juan del Encina^ pp. 236-292. Esta desvergonzada escena sólo tiene par en 
algunas de La Lozana Andaluza. 

(-) Obras de Gil Vicente, correctas e emendadas pelo cuidado e diligencia de J. V. Bárrelo 
Feio e J. G Monteiro. Hainburgo, na ojficina tupographica de Langlwf, 1S34, tomo I, p. 232. 



Ka 80U Brizida a precio=a, 
Qae dava as moyas ós mólhos; 
A que criava as meninas 
Pera os conegos da Sé. 
Passae-me por vossa £é, 



Meu amor, minhas boninas, 
Olhos de perlinhas finas: 
Que eu son apostolada, 
Angelada, e martelada, 
E fiz obras mui divinas. 



Sancta Úrsula nüo converteo 
Tantas cachopas, como eu; 
Todas salvas polo meu, 
Qae nenhüa se perdeo .. 



Tanto este pasaje como otros muchos aparecen mejorados en la refundición castellana de este 
auto, que lleva el título de Tragicomedia alegórica d'el Paraiso y del Infierno. Moral representación 
del diverso camino que hazen las animas partiendo de eaía presente vida, figurada en los dos navios que 
aquí paresren: el uno d'el Cielo y el otro del Infierno. Cuya subtil invención y materia en el argu- 
mento de la obra se puede ver. (Al fin) Fue impresa en Burgos en casa de Juan de Junta, a 25 dias 
del mes de Enero, año de 1539. (Ejemplar de la Biblioteca Nacional, procedente de la de Campo- 
Alanje). El de la Biblioteca de Munich, descrito por Wolf, es de otra edición sin año ni lugar. Hay 
extractos de esta refundición en el Ensayo de Gallardo (tomo I, n.° 1012) y en las notas de Aribau 
á los Orígenes de Moratín (p. 194). 

(^) «A seguinte farca he o seu argumento, que hum homem honrado e muito rico, ja velho, 
Dtinha hua horta; e andand > liua manhan por ella espairecendo, sendo o seu hortelüo fóra, velo 
»hira mofa de muito bom parecer buscar hortaliya, e o vellio era tanta maneira se naraorou della, 
»que por via de híTa alcoviteiía gastou toda sua fazenda. A alcoviteira foi acotada, e a moga casou 
«honradamente». (Obras de Gil Vicente tomo III, pp. 63-90). 

(*) Obras de Gil Vicente tomo III, pp. 91-120. 



Eu sam Genebra Pereira, 
Que moro alli á Pedreira, 
Vezinha de .loáo de Tara, 
Solteira, ja velha amara, 
Sem marido, e sem nobreza; 
Fui criada en gentileza 
Dentro ñas tripas do Payo, 

ORÍGENES DE LA NOVELA.— 111. 



E por feitiyos qu" eu faf;o, 
Dizem que sam feiticeira. 
Poróm Genebra Pereira 
Nunca fez mal a ninguem; 
Mas antes por querer bem 
Ando ñas encruzilhadas 



As horas que as bem fadadas 
Dormen somno repousado; 
E estou com hum enforcado 
Papeando-lhe aorelia: 
Esto provará esta velha 
Moito melhor do que os diz. 



cxLví orígenes de la NOVELA 

en O Jiiix da Beira (•). Pero la genialidad lírica del autor le lleva á la creación de un 
arte diverso, en que la observación realista no es lo esencial, sino lo secundario. En la 
riqueza de lenguaje popular, en la curiosidad con que recoge lo que hoy llamaríamos 
material folldórico^ j especialmente las creencias supersticiosas, los ensalmos y conju- 
ros, las prácticas misteriosas y vitandas, el autor de la Comedia Rutena y del Auio das 
íadas es un continuador de la Celestina^ pero en todo ello se mezcla un elemento 
poético fantástico que nos recuerda á veces la comedia aristofánica. 

Inferior á Gil Yicente como poeta, pero superior en la técnica dramática, el extre- 
meño Bartolomé de Torres Naharro faé el primero que llevó al teatro la parte senti- 
mental y amorosa de la Celestina. D. Alberto Lista, cuyos trabajos sobre el antiguo 
teatro español; aunque pobres de erudición no son tan anticuados é inútiles como creen 
algunos, advirtió, á mi juicio con razón (-), que Naharro había tenido muy presente la 
Celestina^ con la cual coincide, tanto en la pasión do la enamorada Febea como en las 
astucias de que se valen los criados de Himeneo para ocultar su cobardía, cuando 
acompañan a su señor á la calle de su dama. Basta, en efecto, cotejar estos pasajes 
para advertir la semejanza. Y limitándonos á las quejas que pronuncia Febea en la 
quinta jornada, cuando su hermano la persigue con la espada desnuda y va á ejecutar 
en ella la venganza de su honor, que supone mancillado, no hay sino leer las dolorosas 
razones que profiere Melibea antes de arrojarse de la torre, para ver que Torres Naha- 
rro, como todos nuestros dramáticos del siglo xvi sin excepción, bebió en aquella 
fuente de verdad humana, y se aprovechó de sus aguas, más saludables que turbias. 
Dice Febea: 



Hablemos cómo mi suerte 
Me ha traido en este punto 
Do yo y mi bien todo junto 
Moriremos d' una muerte. 

Mas primero 
Quiero contar cómo muero. 
Yo muero por un amor 
Que por su mucho querer 
Ene mi querido y amado, 
Gentil y noble señor, 
Tal que por su merescer 
E^ mi mal bien empleado. 

No me queda otro pesar 
De la triste vida mia, 
Sino que cuando podia, 
Nunca fui para gozar, 



Ni gocé 
Lo que tanto deseé; 
Muero con este deseo, 
Y el corazón me revienta 
Con el dolor amoroso; 
Mas si creyera a Himeneo, 
No moriera descontenta 
Ni le dejara quejoso... 

¡Guay de mí, 
Que muero ansi como ansi! 

No me quejo de que muero, 
Mas de la muerte traidora; 
Que si viniera primero 
Que conosciera á Himeneo, 
Yiniera mucho en buen hora. 



(') 06r«s de Gil Vicente tomo III, p. 172. 

Vase la vieja al molino, 
Entra muy disimulada, 
Muy honesta cobijada, 
Como quien sabe el camino. 

i") Lecciones de Literatura Española tomo I, pág, 51. 



Tanto escavva, tanto atiza 
Por tal arte y por tal modo. 
Que hace un cielo ceniza 
Hasta ponella de lodo. 



U 



INTRODUCCIÓN cxlmi 

Mas Teniendo d' esta suerte, Cuanto más que las doncellas, 

Ya sin razón á mi ver, Mientras que tiempo tuvieren, 

¿Cuál será el hombre o mujer Harán mal si uo murieren 

Que no le doldrá mi muerte?... Por los que mueren por ellas... 

Yo uunca hice traición: Pues, muerte, veu cuando quiera, 

Si maté, yo no sé á quién; Que yo te quiero atender 

Si robé, no lo he sabido; Con rostro alegre y jocundo; 

Mi querer fue con razón; Qu'el morir de esta manera 

Y si quise, hice bien A mí me debe plazer 

En querer a mi marido. Y pesar a todo el mundo... (') 

No pondré estos apasionados versos al lado de la prosa de Melibea. Diversa es la 
situación de ambas heroínas: culpable la una y arrastrada por la fatalidad de su ciega 
pasión al suicidio; víctima inocente la otra del furor de su hermano, pero tan enamo- 
rada, que con menos vigilancia, y á no intervenir tan oportunamente el sacro vínculo, 
hubiera podido decir, como su antecesora: «Su muerte convida a la mía; convídame, y 
»es fuerza que sea presto sin dilación... Y así contentarte he en la muerte, pues no tuve 
» tiempo en la vida.> 

Nadie puede negar la evidente semejanza entre los principales pasos de la Comedia 
Himeiiea y los de la comedia de amor 6 intriga del siglo xvii, que adquirió bajo la 
pluma de Calderón su última y más convencional forma. Un caballero que ronda la 
casa de su amada con acompañamiento de criados ó instrumentos; una noble doncella 
ingenuamente apasionada, no menos que briosa y decidida, que á pocos lances fran- 
quea con honesto fin la puerta de su casa; un hermano, celoso guardador de la honra 
de su casa, algo colérico y repentino, pero que acaba por perdonar á los novios; dos 
criados habladores y cobardes; músicas y escondites, pendencias nocturnas y diálogos 
por la ventana. Pero todo esto, ó casi todo, si bien se repara, estaba en la Celestina^ 
salvo el tipo del hermano, que parece creación de Torres Xaharro. Pármeno y Eliso 
son Caliste y Sempronio, la criada Doresta es Lucrecia, todos un poco adecentados. 
Porque es muy singular que autor tan liviano y despreocupado como suele ser en su 
estilo el autor de la Propalladia^ se ha^^i creído obligado á tanta circunspección en esta 
obra excepcional, y haya tenido la habilidad de transportar al teatro la parte de la Celes- 
tina que en su género podemos llamar ideal y romixntica, prescindiendo de la picaresca 
y lupanaria. De este modo consiguió borrar las huellas de origen, y ha podido pasar 
por inventor de un género de que no fué realmente más que continuador feliz, con 
gran inteligencia de las condiciones del teatro y del arte del diálogo, que llega á la per- 
fección en varios pasajes de esta comedia. 

En mi monografía sobra aquel poeta, de la cual he transcrito las reflexiones ante- 
riores, hago constar que durante la primera mitad del siglo xvr coexistieron dos escue- 
las dramáticas. Una, la más comúnmente seguida, la más fecunda, aunque no por cierto 
la más original é interesante, se deriva de Juan del Enzina, considerado no sólo como 
dramaturgo religioso, sino también como dramaturgo profano, y está representada por 
los autores de églogas, farsas, representaciones y autos, q^ue debieroa de ser muy 

(') Propaladla de Bartolomé de Torres Naharro (edición de los Libros de Antaño), tomo II, 
pp. 60 63. 



cxLvíii orígenes de la novela 

numerosos, á juzgar por las reliquias que todavía nos quedan y por las noticias que 
cada día se van allegando. La otra dirección dramática, que produjo menos número de 
obras, pero todas muy diguas de consideración, porque se aproximan más á la forma 
definitiv^a que entre nosotros logró el drama profano, nace del estudio combinado de la 
Celestina j de las comedias de Torres Naharro, sin que por eso se niegue el influjo 
secundario del teatro latino, ya en su original, ya en las traducciones que comenzaban 
á hacer los humanistas, y el de las comedias italianas, cada vez más conocidas en 
España, particularmente las del AriostO;, que llegaron á ser representadas en su propia 
lengua con ocasión de fiestas regias. 

Si el título no nos engaña, la más antigua imitación dramática de la Celestina fué 
la Comedia llamada Claria/ia, nuevamente compuesta, en que se refieren por heroico 
estilo los amores de un cavallero moro Ikunado Clareo con una dama noble de Valen- 
cia^ dicha Clariana. El autor anónimo, que era «un vecino de Toledo» , dedicó al duque 
de Gandía su obra, impresa en Valencia por Juan Jofre^ en 1522. Los traductores de 
Ticknor, que la mencionan, nada dicen acerca de su actual paradero, ni dan más noti- 
cia de ella sino que está escrita en prosa, mezclada de versos. Juan Pastor, natural de 
la villa de Morata, declara al fin de su Farsa 6 Tragedia de la castidad de Lucrecia 
haber compuesto otras dos llamadas Orimaltina y Clariana^ pero no nos atrevemos á 
afirmar que la última sea esta misma. 

De Naharro y la Celestina combinados proceden las dos desaliñadas comedias del 
aragonés Jaime de Huete, Tesorina y Vidriana^ impresas hacia 1525 (■). La división en 
cinco jornadas y la versificación en coplas de pie quebrado las entroncan con la Pro- 
paladla^ de la cual imita Huete otras cosas, entre ellas el tipo grotesco de Fr. Vejecio^ 
que dio motivo, sin duda, á la prohibición de la Tesorina en el índice de 1559. La 
intriga de amor, en ambas farsas, especialmente en la Vidriana^ es celestinesca, pero 
sin intervención de ninguna Celestina: todo pasa por manos de criados, y las dos ter- 
minan en boda. Vidriano y Tesorino, Leridana y Lucina son pálidas copias de Caliste 
y Melibea; los criados Pinedo, Secreto y Carmento cumplen el mismo oficio que los 
mozos de Caliste; la doncella Lucrecia está repetida en la Oripesta de la Vidriana; 
Citoria en la Tesorina tiene algún rasgo de Areusa; los padres de Melibea resucitan en 
Lepidano y Modesta, padres de Leridana, y tienen las mismas pláticas sobre su casa- 
miento. Todo ello calco servil y sin ingenio de ninguna clase. El lenguaje es tosco y 
abunda en curiosos provincialismos. Al mismo género pertenece la Comedia Radiana, 
de Agustín Ortiz (-), otra pequeña Celestina sin Celestina y con casamiento en el jar- 

('} Comedia intitulada Thesorina, la materia de la qual es unos amores de vn penado por una 
señora^ y otras personas adherentes. Hecha nueuamente por Jayme de Giiete. Pyro si jior ser su 
natural lengua Aragonesa no fuere por muy cendrados términos quanto a esto merece perdón . 

Comedia llamada Uidriana, compuesta por Jarime de Gueta (sic) agora nueuamente; en la qual 
se recitan los amores de vn cauallero y de vna, señora de Aragón a cuya petición por serles muy sieruo 
se ocupó en la obra presente: el sucesso y fin de cuyos amores va metophoricamente tocado justa el pro- ■, 
cesso y execucion de aquellos. i 

Los ejemplares que la Biblioteca Nacional posee de estas dos rarísimas farsas proceden de la '■ 
biblioteca de Salva y están descritos en su Catálogo (torao I, núm?. 1279 y 1280). I 

(^) Comedia intitulada Radiana: compuesta por Agustín Ortiz; en la qual se introdvzen las\ 
personas siguientes. Primeramente un cauallero anciano llameado Lireo z su criado Ricreto, z una hija i 
deste cauallero llamada Ridiana z su criada Marpina z vn cauallero llamado Cleriano z su criado. 



INTRODUCCIÓN cxlix 

din. Nada puedo decir de la Comedia EosabelUí^ de Martía de Santander, impresa en 
1550, porque no he llegado á verla, pero su portada indica que tenía un argumento 
muj análogo ('). 

Del mismo año (si es que no hay edición anterior, como puede sospecharse) es la 
Gome lia llamada Tidea, compuesta por Francisco de las Natas: beneficiado en la 
¡iglesia perrochial (sic) de la villa Cuevas rubias^ ij en la yglesia de Santa Cruz de 
Rebilla cabriada. En la qiial se iniroduxe un gentil hombre cavallero llamado don 
Tideo tj dos criados su/jos, el vno Prudente^ el otro Fileno^ y una vieja alcahueta 
llamada Beroe, y una doncella noble llamada Faustituí, con vna su criada Justina. 
Dos pastores^ el vno llamado Damon., el otro Menalcas. Vn alguaxil con sus criados. 
El padre y madre de la donxella^ el padre Eiffco.^ la madre Trecia. Traíanse los 
amores de don Tideo con la donxella^ y cómo la alcanró por interposición de aquella 
vieja alcagueta; y en fin por bien de pax, fueron en uno casados. Es obra muy gracio- 
sa y apacible.^ 1550 (-). Salvo la inoportuna aparición de los pastores, que pertenecen 
al repertorio de Juan del Enzina, el beneficiado de Covarrubias no hizo más que poner en 
malas coplas el argumento de la Celestina^ á la cual dio placentero desenlace, según 
era costumbre en estas farsas representables, que rara vez son trágicas. En la versifi- 
cación y número de jornadas sigue á Naharro. 

^0 en cinco, sino en tres jornadas (novedad que á fines del siglo xvi se atribuyeron 
Virués y Cervantes), está compuesto el Auto llamado de Clarindo^ sacado de las obras 
del Captivo {?)por Antonio Diex^ librero sordo, y en partes añadido y eme?idado; es obra 
muy sentida y graciosa para se representar., pieza rarísima, que por meros indicios se 
supone impresa en Toledo hacia 1535 [^). Clarindo y Clarisa son una nueva repetición 
de Calisto y Melibea, pero esta intriga de amor está cruzada por otra entre Pelecín y 
Florinda. Los padres de las dos doncellas las encierran en un monasterio de que era 
abadesa una tía suya, pero logran fugarse de él gracias á la diabólica intervención de 
una bruja que hechizándolas á entrambas las hace cautivas de la voluntad de sus ena- 
morados. 

llamado Turpmo, z tres pastores Lirado z Pinto z Juanillo, z un Sacerdote. Reparte se en cinco 
jornadas breues e graciosas e de muchos exemplos. 

El ejemplar, al parecer único, de Salva (Cf. Catátogo, I, 1337) pasó también á la Biblioteca 
Nacional. 

Cj Comedia llamada Rosahella. Nueuamente compuesta por martin de Santander. En la qual 
se introduzen un cauallero llamado Jasminio, y dos criados: es vno un VizcaÍ7io, y es otro vn Negro, y 
vna dama llamada RosabeVa y su padre de la dama llamado Libeo, vn hijo suyo y vn alguacil con 
sus criados, y vn pastor llamado Pubro. En la qual tracta de como el cauallero por amores se desposo 
con ella, y la saco de casa de su padre. Es muy graciosa y apazible. 1550. 

(N'.° 4495 del Ensayo de Gallardo, nota comunicada por D. Pascual de Gayangos). Un ejemplar 
de esta obra salió á la venta en Roma en enero de 1884. Ignoro quién le adquirió. 

{^) El único ejemplar cinocido de esta farsa pertenece á la Biblioteca de Munich, y fué dado á 
conocer por Fernando Wolf en 1852, en los Sitzungberichte de la Academia de Viena (clase filosófi- 
ca histórica, tomo VIII). De esta memoria sobre varias piezas dramáticas, á cuál más peregrinas, 
hay traducción heciía por D. Julián Sanz del Río, en el tomo XXII de la colección de Documentos 
Inéditos para la Historia de España, 1853. 

Tanto la Tidea como la Thesorina figuran en los índices del Santo Oficio desde 1559. 

(^) Dieron la primera noticia de él los traductores de Ticknor en 1851 (tomo III de la Historia 
de la Literatura Española, pp. 525 á 527), Tengo copia entre los manuscritos de Cañete. 



CL orígenes de la novela 

Más interesante como pintura de costumbres es la Farsa llamada Salamaniina^ 
compuesta por Bartolomé Palau, estudiante de Burbáguena (1552), de la cual debemos 
una excelente reimpresión al señor Morel-Fatio (^). Este largo entremés es «obra que 
passa entre los estudiautes en Salamanca» , como se anuncia desde el frontis; y el 
introyto tampoco nos deja duda de que fué representada por estudiantes y ante un 
auditorio universitario. El escolar perdido j buscón, que es héroe de la pieza, atesti- 
gua la popularidad de la Celestina^ único libro que afirma poseer, juntamente coirun^ 

tratadito de derecho: 

" "' Libros? pues vos lo veed: 

Una Celestina vigja 

y un Pheli'jjo de ayer (¿de alquiler'?]. 

Las escenas bajamente cómicas del bachiller Palau están tomadas de la realidad 
misma, con franco y brutal naturalismo, sin ningún género de selección artística. 
Sería injusto considerarlas como imitación de la obra de R\:»jas, pero todavía son prole 
suya, aunque bastarda y degenerada. 

La influencia del gran modelo no se manifiesta sólo en estos adocenados y torpes 
ensayos, sino en obras de más elevado fin, de intención moral y de asunto que á 
primitiva vista nada tiene de celestinesco (^). Tal es el de la excelente Coynedia Pró- 
diga del extremeño Luis de Miranda, impresa en Sevilla en 1554 {^). Esta obra es una 
dramatizacióu, á la verdad bastante profana, de la parábola evangélica del Hijo Pró- 
digo (San Lucas, cap. XV, v. 11-32), pero la portada misma es un plagio intencionado 
de la Celestina^ sin duda para atraer lectores á la obra nueva: 

» Comedia Pródiga... compuesta y moralizada por Luis de Mira7ida, placenlino., 
■}>en la qiial se contiene (demás de su agradable g dulce estilo) muchas sentencias y 
^avisos mug necesarios para mancebos que van por el mundo., mostrando los engaños 
»y burlas que están encubiertos en fingidos amigos., malas mujeres y traidores sir- 
■» vientes» . 

D. Leandro Fernández de Moratín, que en sus Orígoies fué el primero en llamar 
la atención sobre esta rara pieza, hace de ella extraordinario encarecimiento, mucho 
más digno de notarse dada la habitual acrimonia de sus juicios: «Está muy bien des- 
» empeñado el fin moral de esta fábula, que es, sin duda, una de las mejores del anti- 
» guo teatro español: bien pintados los caracteres, bien escritas algunas de sus escenas; 
» las situaciones se suceden unas á otras, aunque no con particular artificio dramático, 
» siempre con verisimilitud y rapidez». 

(*) Bulletin Eispanique, octubre á diciembre de 1900, 

(^) Aun en la notabilísima Tragedia Josefina, de Miguel de Carvajal, con sor bíblico el argu- 
mento, la verdad humana, la expresión viva y enérgica de los afectos, hacen pensar en la Celestina 
más que en ningún otro modelo. El monólogo de Zenobia, la mujer de Putifar, en el acto II, bastaría 
para comprobarlo. Es curiosa la advertencia que hace el Faraute sobre estas escenas: «El auctor, 
Dcomo es tosco y grosero y sabe poco de amor, en esta segunda parte, á algunas personas socorridas, 
«quiero decir hábiles en estos acaecidos y venéreos caeos, se encomendó: vuestras mercedes lo 
»tomen como cosa de prestado». 

Tragedia llamada Josefina, sacada de la profundidad de la Sagrada. Esci'itura y trohada por 
Micael de Carvajal, de la ciudad de Placencia (ed. de la Sociedad de Bibliófilos Españoles, con una 
erudita y brillante introducción de D. Manuel Cañete (Madrid, 1870), pág. 71. 

(') Reimpreso en Sevilla, por la Sociedad de Bibliófilos Españoles, 18G8. 



INTRODUCCIÓN cli 

Lástima que á todos estos méritos y al grandísimo de la verdad humaua eu los 
diálogos j en las situaciones no pueda añadirse el de la cabal originalidad, puesto qite 
la comedia de Luis de Iliranda es sobre todo una imitación libre j muy bien hecha de 
la Commedia d'il figlíuol prodigo del florentino Juan María Cecchi, transportada de las 
costumbres italianas á las españolas; y hábilmente combinada con los datos de la 
Cel&stimi. A estas dos fuentes hay que referir las andanzas del Pródigo, que sigue 
como soldado aventurero al capitán que pasa por su pueblo levantando bandera, y corre 
por ferias y mesones malbaratando su dinero entre rufianes y mozas del partido. Oli- 
venza, el baladróii cobarde, las dos ramei'as Alfenisa y Grimana, la criada Florina y 
sobre todo la vieja alcahueta Briaua, son tipos que no desmienten su origen. 

Cambió el gusto en la segunda mitad del siglo xvi: triunfó la comedia italiana, 
nacionalizada por Lope de Rueda, Timoneda, Sepúlveda y Alonso de la A'ega; triunfó 
la prosa en el teatro, y con olla la imitación formal de la Celestina^ que hasta entonces 
sólo por su materia y argumento, personajes y situaciones, había influido en las obras 
representables. 

Lope de Rueda, eu quien esta imitación tomó propio y adecuado carácter, no era, 
á pesar de su humilde condición y errante vida, un poeta primitivo, como el vulgo 
imagina, ni era posible que lo fuese después de una elaboración dramática tan larga. 
Hábil imitador de los italianos, á quienes saqueó sin escrúpulo para los argumentos y 
trazas de sus comedias y coloquios ( ' ), fué maestro de la lengua y del diálogo cómico, 
no por ruda espontaneidad, sino por arte refinado. La fábula en sus obras es lo de 
menos, ni tiene una sola que pueda llamarse propia. Pero triunfa en la representación 
de costumbres populares y eu el manejo siempre hábil de ciertas figuras escénicas, que 
repite con fruición, ya en sus pasos ó entremeses, ya episódicamente en sus obras de 
más empeño. Entre estos tipos hay uno conocidamente tomado de la Celestina y de sus 
imitaciones, el rufián Centurio, que es el lacayo Vallejo de la comedia Eufemia^ el Gar- 
gullo de la comedia Medora^ el Madrigalejo y el Sigüenza de dos de los pasos del Regis- 
tro de Representantes. Era uno de los papeles en que como actor sobresalía Lope de 
Rueda, segim atestigua Cervantes en el prólogo de sus comedias: «Aderezábaulas y dila- 
»tábanlas con dos ó tres entremeses, ya de negro, ya de rufián^ ya de bobo y ya de 
» vizcaíno; que todas estas cuatro figuras y otras muchas hacía el tal Lope con la mayor 
» excelencia y propiedad que pudiera imaginarse... Sucedió á Lope de Rueda, Navarro, 
» natural de Toledo, el cual fué famoso en hacer la figura de un nifuín cobarde.'-) 

Pero no es esta imitación parcial y directa lo que hace de Lope de Rueda un discí- 
pulo del autor de la Celestina. Lo es también por su sentido realista de la comedia, 
que se abre paso á través de los argumentos más inverisímiles y extravagantes, por 
sus dotes de observador de costumbres, aunque aplicadas en pequeña escala y sin 
aquel aspecto de grandeza que á la obra de Rojas caracteriza. Lo es por la viva y natu- 
ral expresión de los afectos, cuando obedece á su buen instinto y no se pierde en en- 
fáticos discursos y afectaciones de falsa poesía pastoril, como eu los Coloquios. Lo es 
sobre todo por el jugo sabrosísimo de su prosa, que es un venero de sales castizas ini- 
mitables. La lengua de Lope de Rueda, á quien tanto admiraba Cervantes, no es más 

C) Vid. especiahnente el trtibajo de A. L. Stiefel, Lope de Rueda und da.'i italianische LalS' 
piel en la Zeitschrift für Romanische Philologie, tomo XV, 1891, pp. Ifi2 y 318. 



cLii orígenes de la novela 

que la lengua de la Celestina descargada de su' exuberante j viciosa frondosidad y 
transportada á las tablas por un hombre de verdadero talento dramático, que la hizo 
más rápida, animada y ligera, no sin que perdiese algo, quizá mucho, de su fuerza 
poética j honda energía. 

¿Fué Lope de Rueda el primero que escribió e:i prosa comedias representables j 
representadas? Hay algún motivo para dudarlo y aun para negarlo. Juan de Timo- 
neda, en el prólogo de las tres comedias que hizo imprimir en 1559, se atribuye 
categóricamente la ianovación: «Quán aplazible sea el estilo cómico para leer puesto 
»en prosa, y quán propio para pintar los vicios y las virtudes... bien lo supo el que 
» compuso los amores d' Calisto ¡j Melibea y el otro que hizo la Tebaida. Pero fal- 
»tauales a estas obras para ser consumadas poderse representar como las que hizo 
» Baltasar d' Torres y otros en metro. Considerando yo esto quise haxer Comedias en 
»p7'0sa, de tal manera que fuessen breues y representables; y hechas.^ como pareseie- 
■»sse)i muy bien assi a los representantes como a los auditores .^ rogáronme muy encare- 
■>-> cidamente que las imprimiesse, porque todos gozassen de obras tan sentenciosas, 
adulces y regocijadas ■> ('). 

Sólo la extraordinaria rareza del libro de las Tres Comedias ha podido hacer que 
no se fijase la atención en este pasaje, que, si Timoneda dice verdad, como creemos, 
algo cambia de la relación que generalmente se establece entre el librero de Valencia 
y el batihoja de Sevilla, considerando al primero como simple discípulo y editor del 
segundo. Pero con ser excelente la prosa en las comedias de Timoneda, y mucho más 
racional y bien urdida la fábula, nunca fueron tan populares como las de su amigo? 
sin duda porque hay en ellas menos sabor indígena. Dos son imitaciones de Planto 
y otra del Ariosto, y siguen la corriente del teatro italiano más bien que la de la Celes- 
tina y la Tebaida, aunque él mismo las cita y confiesa su influjo. 

Pero aquella escuela dramática tuvo muy corta vida. La comedia en verso volvió 
á imponerse y fué en adelante la única forma del drama nacional. Virués, Juan de la 
Cueva, Rey de Artieda y otros ingenios de menos cuenta hicieron triunfar en el últi- 
mQ tercio de aquel siglo una especie de tragicomedia lírica, medio clásica, medio 
romántica, en la cual se incorporaron elementos históricos y tradicionales, cuya vitalidad 
fué tanta que, unida al genio de un inmenso poeta, hizo surgir del caos fecundo de la 
antigua dramaturgia la forma definitiva de la comedia española. Pero aun en las obras 
novelescas y extravagantes del período de transición se nota de vez en cuando la 
influencia siempre provechosa de la Celestina, contrastando con las aberraciones de los 
nuevos autores. Sirva de ejemplo la Comedia de El Infamador, una de las más intere- 
santes de Juan de la Cueva, hasta por la supuesta semejanza que algunos han querido 
encontrar entre su protagonista Leucino y D. Juan Tenorio. En esta pieza monstruosa, 
conjunto de escenas mitológicas y de lances familiares, el tipo de la alcahueta Teodora, 
que es el único medianamente trazado, pertenece al género celestinesco, y la relación 
que hace del mal recibimiento que tuvo en casa de la doncella Eliodora está calcada 

(') Las tres Comedias del facundissimo Poeta Juan Timoneda, dedicadas al Illustre Señor don 
Xim,en Pérez de Calatayü y Vdlaragut. Año 1559 (En la epístola de El autor a los lectores). 

Los do3 únicos ejemplares conocidos de este rarísimo libro pertenecen á la Biblioteca Nacional. 
Tengo reimpreso, y publicaré en breve, todo el teatro profano de Timoneda como primer tomo de 
sus Obras, que eaca á luz la Sociedad de Bibliófilos Valencianos. 



INTRODUCCIÓN 



CLIII 



punto por punto en el acto IV de la tríigicomedia. Pero en Juan de la Cueva la heroína 
es de una virtud inexpugnable. Teodora, como todas sus congéneres en materia de ter- 
cerías, practica la magia y evoca á los espíritus del Erebo en elegantes versos clásicos 
imitados de Virgilio é indirectamente de Teócrito ( ' ). 

Lope dü Vega tributó á la Celestina el más alto homenaje, imitándola con magis- 
tral pericia en aquella «acción en prosa» , que era una de sus obras predilectas (por 
ventura de mí la más querida). Su fecha (1632) saca de nuestro cuadro actual esta con- 
fesión autobiográfica de juveniles extravíos, hoy descifrada por la crítica sagaz é inge* 
niosa de un malogrado erudito, que vino á confirmar en parte las adivinaciones de 
Fauriel (-). Hay mucho de personal en la Dorotea.^ y por eso interesa profundamente 
y se aparta del trillado camino de las Celestinas, pero intencionalmente las recuerda, 
sobre todo á la de Rojas, no solo por el cuño de su admirable prosa, sino por la crea- 
ción del tipo de «Gerarda» , único que puede medirse sin gran desventaja con la primi- 
tiva Celestina, aunque la intriga de amor en que interviene tenga distinto proceso. Los 



(') Es rarísima lu Primera (y única) Parte de las Comedias de loan de la Cueua dirigidas a 
Momo (Sevilla, en casa de loan de León, 15S0), y urgente la necesidad de su reimpresión, honor 
que han logrado tantos libros baiadíes, cuando éste do tanta curiosidad en la historia de nuestra 
literatura dramática es de tan difícil adquisición. Sólo he manejailo dos ó tres ejemplares, incluso el 
de la Biblioteca Nacional. 

La Comedia del Infamador puede leerse en el tomo I del Tesoro del Teatro Español, de Oclica 
(Baudry, 1838), pp. 265-285. 

En la jornada primera leemos: 

Bien negoció la nuera Celestina 

En la jornada tercera encontramos una alusión á la madre de Pármeno: 

¿No estuviste agora aquí 

Con las dos viejas Claudinas? 

Hay también un curioso pasaje sobre el Arcipreste de Talavera y Cristóbal del Castillejo: 



¿En qué te has entretenido 
En su ausencia et^tos tres días? 

ELIODORA 

En cien mil melancolías, 
Con dos libros que he leído. 

PORCERO 
¿Tan gran le letora eres? 

ELIODORA 
Si, mas éstos me han cansado, 
Porque todo su cuidaio 
Fué decir mal de mujeres. 



PORCERO 

Suplicóte que me nombres 
Los nombres de esos autores 
Que ofenden vuestros loores. 



ELIODORA 
Son dos celebrados hombres 

PORCERO 
¿Qué hay que celebrar en ellos 
Sí ofenden vnestra bondad? 
Mas, dime, con brevedad, 
¿Quién son? para conocellos. 

ELIODORA 
El uno es el arcipreste 
Que dicen de Talavera. 



Nunca tal preste naciera, 
Si no dio más fruto que éste. 



Hombre es de sano consejo, 
Aunque á mujeres contrario. 

PORCERO 

Cuánto mejor le estuviera 
A! reverendo arcipreste, 
Que componer esta peste, 
Doctrinar á Talavera; 

Y al secretario hacer 

Su oficio, pues d'I se precia. 
Que con libertad tan necia 
Las mujeres ofender. 

ELIODORA 
Cierto que tienes razón, 

Y en eso muestras quién eres; 
Que decir mal de mugeres 
Ni es saber, ni es discreción. 



ELIODORA 
El otro es el secretario 
Cristóbal del Castillejo; 

(2) Aludo al interesante libro de D. Cristo' )al Pérez Pastor, Proceso de Lope de Vega por libelos 
contra unos cótnicos. 'Madrid, IdOl. Allí está la clave de la Dorotea, pero todavía quedan puntos 
j oscuros y difíciles, que aca.so con el hallazgo de nuevos documentos puedan resolverse. 



cMv orígenes de la novela 

rencores personales del poeta, vivos todavía á pesar de los años^ se combinaron aquí 
con la imitación literaria j dieron á la figura una pujanza y un relieve que no habían 
logrado ni Feliciano de Silva, ni Sancho Muñón, ni el autor de la Sclvagia^ ni otro 
alguno de los imitadores que examinaremos en el capítulo siguiente. 

Lope adopta todos los procedimientos de la Celestina^ incluso la afluencia de sen- 
tencias y proverbios, los largos j á veces impertinentes discursos, la afectación de citas 
pedantescas, que llega al colmo; pero su Gerarda no es ja el tipo convencional de la 
alcahueta que mecánicamente repiten los otros. Es Celestina, que vuelve al mundo con 
su antigua j persuasiva elocuencia y su caudal de tercerías y malas artes: es una genial 
resurrección^ bien distinta de aquella otra que toscamente inventó el autor de la historia 
dé Felides y Polandria. Los demás personajes de la pieza no están sacados de la tragi- 
comedia antigua: son el mismo Lope, sus amigos, sus rivales, sus dos enamoradas 
Dorotea y Marfisa (preciosos retratos entrambas); todo un mundo de pasión loca, de 
mundana alegría y de acerbo, aunque mal aprovechado, desengaño. 

No se escribió la Dorotea para ser representada, ni en su integridad podía serlo, 
aunque no ha faltado algún curioso ensayo para llevarla á las tablas, muy en compen- 
dio ( • ). Pero es poema intensamente dramático, que en la historia del teatro, más bien 
que en la de la novela, debe ser considerado. No es la única muestra tampoco del profun- 
do estudio que Lope había hecho de la obra del más grande de sus precursores. Muchas 
son las comedias de su inmenso repertorio que presentan caracteres, situaciones y diálo- 
gos celestinescos. Basta recordar El Anxuelo de Fenisd (aunque el argumento esté toma- 
do de un cuento de Boccaccio), El Arenal de Sevilla^ El Rufián Castrucho^ cuadro na- 
turalista de los más entonados y vigorosos; El Caballero de Olmedo^ que su autor llamó 
tragicomedia^ y es, con efecto, deliciosa comedia de costumbres del siglo x\ en los 
dos primeros actos, admirable tragedia, llena de terror j sublime prestigio, en el tercero. 
Hay en esta pieza, una de las mejores del teatro de Lope, muchas imitaciones felices y 
deliberadas de la Celestina^ y lo es, sobre todo, en sus obras y palabras, la hechicera 
Fabia, gran maestra en tercerías {^). 

(') La Dorotea, comedia oritjinul en tres actos, por D. F. E. Castrillon, representada en el Teatro 
de ¡os Caños del Peral el día 13 de Junio de 1S04. Madrid, en la imprenta de Repullés. Año 1804. 

Aunque la pieza se titula «.original», y en cierto sentido no puede negarae que lo es, el autor pone 
al reverso de la portada la siguiente advertencia: «El argumento de esta Comedia está tomado de la 
y)D3rotea de Lope de Vega; pues como el fin de su autor era imitar la versificación de aquel excelente 
«ingenio, quiso seguir sus huellas en cuanto al plan de la obra». Esta imitación es á veces feliz. 
(■') La frnta fresca, hijas mías, Pues ¿qué seda no arrastiaba? 

Es gran cosa, y no aguardar ¡Qué gíisto, qué plato el mió! 

A que la venga á arrugar Andaba en palmas, en andas, 

La brevedad de los días .... ' Pues ¡ay Dios! si yo quería, 

¡Qné regalos no tenía 

¿^'^eisme aquí.' Pues yo os prometo Desta genfe de hopalandas! 

Que fué tiempo en que tenía Pasó aquella primavera, 

Mi hermosura y bizarría No entra un hombre por mi casa; 

- Más de algún galán sujeto. Que como el tiempo se pasa, 

¿Quién no alababa mi brío? Pasa también la hermosura. 

¡Dichoso á quien yo miraba! (Jornada iirimera.) 

C£. Celestina, aucto IX. 

Véase mi estudio sobre El Caballero de Olmedo en el tomo X de las Obras de Lope de Vega,\ 
publicadas por la Academia Española, pp. LXXV-XCVIII. 



iJ 



INTRODUCCIÓN clv 

El arte de Lope j de Tirso (') se complace todavía en la imitación de la Celestina^ 
aunque beba en otras innumerables fuentes que no le hacen perder su sabor realista. Pero 
conforme avanza el siglo xvn j surge otra generación de dramaturgos, menos popula- 
res que cortesanos, los fulgores de aquel astro van apagándose, v la estrella de Calderón, 
«el más grande de los postas amanerados», se levanta triunfante sobre el horizonte 
Consta, sin embargo, que aquel preclaro ingenio había compuesto una comedia con el tí- 
tulo de la Celestina, que se ha perdido como algunas otras (^). ¿Quién sabe si algún ves- 
tigio de ella habrá quedado en la ingeniosa y amena pieza de un discípulo suyo, el doctor 
D. Agustín de Salazar y Torres, terminada y sacada á luz por otio discípulo, biógrafo y 
editor de Calderón, D. Juan de Vera Tassis, con el rótulo de El encanto es la hermo- 
sura y el hechizo sin hechi.xo, pero mucho más conocida por La segunda Celestina'^ {^). 
Hay, prescindiendo de esta hipotética relación, otras dos piezas de nuestro antiguo tea- 
tro, El Astrólogo fingido del mismo Calderón y El familiar sin demo?iio de Gaspar 
de Avila, cuyo pensamiento, aunque muy diversamente tratado, tiene alguna analogía 
con el de esta comedia, que es una discreta y sazonada burla de la supersticiosa 
creencia en brujas y hechiceras: 

Y no que tengan te asombres 
Con los necios opinión; 
Porque los brujos lo son 
Porque son tontos los hombres. 

El enredo hábil y entretenido de esta comedia honra á su autor, no menos que la 
sal y agudeza de los diálogos y la limpieza general del estilo, salvo al^úu resabio cul- 
terano, de que nadie podía librarse entonces. Pero lo más curioso es el tipo de la nue- 
va Celestina, que conserva muchos rasgos de la antigua, y es una especie de adaptación 
morigerada, para los cosquillosos oídos del tiempo de Carlos II: 

Hay en Triana una mujer, Y heredera de sus obras; 

Que puede ser que ahora viva Esta, no hay dama en Sevilla 

Donde yo la conocí, Que no conozca, porque, 

Que es hija de Ceslestina Con las más introducida, 

(*) Este gran poeta es el que, no sólo por el picante desenfado de su lenguaje, sino por la franca 
I objetividad, por el nervio dramático, por el poder característico, sugiere más el recuerdo de la 
j Celestina, y alguna vez parece que la imita. En Por el sótano y el torno, comedia de corte bastante 
I clásico, donde está refundida una parte de la intriga del Miles Gloriosus de Piauío, el gracioso San- 
I taren, para servir las intrigas amorosas de su amo, se introduce en casa de doña Bernarda y doña 
I Jusepa fingiéndose buhonero, y pregonando su mercancía en términos análogos á los de Celestina 
( coaado se vale del mismo recurso para penetrar en casa de ios padres de Melibea. 
; (*) La cita él mismo en la lista de sus comedias qae envió al Duque de Veragua, y pablicó 

I don Gaspar Agustín de Lara en si prólogo de su Obelisco Fúnelrre. Pinimide funesta á la inmortal 
memoria de D. Pedro Calderón de la Barca (Madrid, ltJ84). 

Con el primer titulo está en la Segunda Parte de la Cythara de Apolo, colección general de 
las obras dramáticas y líricas de Salazar y Torres, publicada por su amigo Vera Tassis (Madrid, 
1694). Con el de La Segunda Celestina corre en ediciones suqltas, en que la segunda mitad de. 
1 tercer acto difiere por completo. Creemos que ni una ni otra conclusión pertenecen á Salazar, que 
I dejó incrmpleta su comedia, escrita pa:a festejar los días de doña Mariana de Austria, terminándola, 
I cada cual por su parte, D. Juan de Vera y un poeta anónimo. En la colección de Dramáticos poste- 
nores á Lope de Vega de la Biblioteca de Rivadeneyra, tomo II, p. 240 y as.., se ba aeguido el texto de 
\ era Tassis. Pero el mérito de la comedia justificaría una nueva edición con las variantes de ambos. 



orígenes de la novela 



Está, por su liabilidad; 
Pues vendiendo bujerías, 
Como abanicos, color, 
Alfileres, barcos, cintas, 
Guantes y valonas y otras 
Semejantes baratijas, 
Se introduce, y con aquesto 
Por el ojo de una tía 
Meterá un papel, y hará 
Con tan rara y peregrina 
Maña un embuste, que muchos. 
Siendo así que eso es mentira. 
La tienen por hechicera. 

Celestina, entre las raras 
Mañas con que se introduce. 
Es la que más se le luce 
Ser remendona de caras. .. 

Pule cejas y pestañas, 

Y ella introdujo el estilo 
De pegar la tez ccn hilo 

Y del hacer sus marañas. 
Friega un rostro de manera. 

Con una y otra invención. 
Que una cara de Alcorcen 



La vuelve de Talavera... 

Hace tan raro jabón 
Con el sebo y con la hiél. 
Que hará mano de papel 
Una mano de tejón. 

Es del amor mandadera, 
Mas su mayor interés 
Sólo se funda en que es 
Tan grandísima hechicera 

Que á un hombre, desde Carmena 
Le puso en el Preste Juan, 
Y otro trajo de Tetuán 
Como pudiera una mona. 

Pero entre una y otra tacha 
Tiene, hablando la verdad. 
Una buena liabilidad, 
Que es grandísima borracha; 

Pues en esta historia breve 
Que mi ingenio te describe, 
Si es asombro como vive. 
Es un pasmo como bebe. 

Y en fin, aquesta embustera 
Tiene en amor tal poder, 
Que si quiere, ha de querer 
Uno, que quiera ó no quiera... 



Esta comedia conservó su popularidad hasta tiempos relativamente modernos, y 
todavía en los últimos años de Fernando Vil se representaba con aplauso, según testi- 
fica algún viajero ('). De ella procede aquel dicho tantas veces citado, y atribuido capri- 
chosamente á otros autores: 

Es esto de las estrellas 
El más seguro mentir, 
Pues ninguno puede ir 
A preguntárselo á ellas. 

Total fué el eclipse de la Celestina durante el siglo xviii. Ni siquiera en los sai- 
neteS; que son la única forma viva del teatro de entonces, es apreciable sn influjo. El 
que la había estudiado profundamente, como espejo de la vida humana y como dechado i 
de lengua, era aquel reflexivo y terenciano ingenio, maestro intachable de la técnica se- 
vera, que restauró á fines de aquella centuria la olvidada comedia de costumbres, vis-1 
tiendo (según su dicho) á la Musa de Moliere de «basquina y mantilla^> . Ya hemos visto 
cómo juzgó la obra de Eojas en sus Orígenes del teatro. Pero además alude á ella enj 
aquel esbozo de poética dramática que encabeza como prólogo la edición definitiva de susí 
obras: «La comedia pinta á los hombres como son, imita las costumbres nacionales y 

» existentes, los vicios y errores comunes, los incidentes de la vida doméstica Imi- 

»tando, pues, tan de cerca á la naturaleza, no es de admirar que hablen en prosa 1oí| 

(!) L'Espagne sous Ferdinand VII, par le Marquis de Custine. Bnixelles, 1838. Tomo li 
página 232. La carta á que coi responde este trozo lleva la fec'ia de 25 de abril de 1831. 



INTRODUCCIÓN clvii 

» personajes cómicos; pero no se crea que esto puede añadir facilidades á la coniposi- 
:> ción. Diffictle est proprie couimunia dicere. No es fácil hablar en prosa como habla- 
»ron Melibea y Areusa^ el Lazarillo, el picaro Guzmán, Monipodio, Dorotea, la Trifaldi, 
» Teresa y Sancho. No es fácil embellecer sin exageración el diálogo familiar, cuando se 
»han de expresar en ól ideas y pasiones comunes; ni variarle, acomodándole á las 
» diferentes personas que se introducen; ni evitar que degenere en trivial 6 insípido, por 
» acercarle demasiado á la verdad que imita» ('). La prosa dramática de Moratín, cuyo 
primor es incontestable, aun para los que no hacen la debida justicia á su iugciiio 
cómico, se fprmó con el estudio de los castizos modelos que indica, á los cuales hu- 
biera podido añadir los personajes de Lope de Rueda, que también le eran familiares. 
Todo esto debió á la Celestina el teatro español, aun en sus postreras evolucio- 
nes (-). y no es menor la deuda que con el numen de Fernando de Rojas contrajo nues- 
tra novela. Aparte de las imitaciones directas, en cuyo estudio vamos á entrar y que 
por su número y su valor son una de las más curiosas y ricas manifestaciones de la lite- 
ratura del siglo XVI, no hay obra alguna fundada en el estudio del natural que no tinga 
en Rojas su ascendencia, aunque sea remota é invisible. Pero no conviene exagerar 
esta tesis, porque nunca es uno solo, son muchos los hilos de que se teje la historia 
literaria, muchas las acciones y reacciones que toda obra de arte implica, muy profunda, 
á veces la diferencia entre cosas que á primera vista parecen análogas. Sólo en el sen- 
tido vago y general que hemos indicado puede admitirse el parentesco entre la Celes- 
tina y las novelas picarescas. Puede haber, y hay, analogía entre ciertos tipos cómicos; 
la hay más segura en la crudeza franca y brutal del procedimiento, en la objetividad 
impasible, en la falta de misericordia con que está presentado el espectáculo de la vida, 
en aquella especie de pesimismo desengañado y sereno que se cierne sobro la miseria 
social y en cierto modo la idealiza. Pero aquí paran las semejanzas, porque el mundo 
de la novela picaresca, aunque confina con el del drama lupanario, no se confunde 
jamás con él. La novela picaresca nunca fué novela de amor, ni siquiera de lujuria; al 
contrario, uno de sus caracteres es la poca importancia que concede á las relaciones 
sexuales. Es un género esencialmente misógino, en que la expresión es á veces cínica, 
pero el pensamiento rara vez puede tacharse de licencioso. Hubo en el siglo xvii nove- 
las picarescas de mujeres como La Pícara Justina (3), Teresa de Manzanares^ La dar. 

(') Obras dramáticas y Úricas de D. Leandro Fernández de Moratin, entre los Arcades de Roma, 
Inarco Celenio. París, imprenta de Augusto Bobeé, 1825, tomo I, pág. XXIÍI. 

O No han faltado en estos últimos años algunas curiosas tentativas para refundir la Celestina 
en forma representable. Impreso corre el libreto de una ópera del maestro catalán D. Felipe Pedrell 
no cantada hasta ahora: La Celestina, tragicomedia lírica de Calisto y Melibea (Barcelona, 190r?, tipo- 
grafía de Salvat). Y al tiempo mismo de corregir estas pruebas ha sido representado en el Teatro 
Español de Madrid nn arreglo dramático de la Celestina, debido á la pluma del juicioso y elegante 
critico D. F. Fernández de Villegas. Enemigo, como soy, de toda clase de refundiciones, no puedo 
aprobar estos ensayos, pero sí el loable entusiasmo y la buena conciencia artística de sus autores. 

(^) Fr, Andrés Pérez, ó quienquiera que sea el autor de este curiosísimo libro publicado 
bajo el nombre del licenciado Francisco López de Ubeda, marca perfectamente su carácter en el 
Prólogo al Zecíor: «No es mi intención, ni halla: ás que he pretendido contar amores al tono del 
Mibro de Celestina; antea, si bien lo miras, he huydo de esso totalmente, porque siempre que de 
Desso trato, voy á la ligera, no contando lo que pertenece á la materia de deshonestidad, sino lo 
íque pertenece a los hurtos ardidosos de Justina; porque en esto he querido persuadir y amonestar 



cLviii ORÍGENES DE LA NOVELA 

duna de Sevilla^ pero más bien que rameras y alcahuetas son estafadoras j ladronas; lo 
que importa al autor j lo que con fruición describe son sus hurtos, no sus deshonestida- 
des, que sólo sirven de anzuelo ó cebo para pescar incautos. La novela picaresca, no ya 
en estos productos degenerados de arte compuesto, sino en sus primeras y enérgicas per- 
sonificaciones, en Lazarillo, en Guzmán de Alfarache, en el Buscón D. Pablos, es la epo- 
peya cómica de la astucia y del hambre, la expresión de un feroz individualismo que no 
carece de cierta grandeza humorística. Para tales héroes, estoicos de nuevo cuño, los de- 
leites carnales no pasan de un apetito grosero, tan pronto satisfecho como olvidado; en 
su vida holgazana y errante, cuajada de aventuras que siempre tienen una base econó- 
mica^ la áspera y viril pobreza los hace relativamente castos, no por virtud, sino por falta 
de sensualidad. Los livianos y fugitivos lances de amor nada pesan en su destino ni en 
su carácter. Si la mancebía se columbra, es bajo su aspecto más odioso y nada festivo. 

Pero dejando aparte este género, del cual trataremos ampliamente en su día, basta 
para la gloria del autor de la Celestina haber inspirado más de una vez á Cervantes. 
No me reñero á La Tía Fingida^ pues cada vez me persuado más de que esta exce- ' 
lente novela no salió de su pluma, á pesar de los eruditos alegatos que hemos leído en 
estos últimos años. Doña Clara de Astudillo y Quiñones es una copia fiel de la madre 
Celestina, pero tan fiel que resulta servil, y no es este el menor de los indicios contraía 
supuesta paternidad de la obra. Cervantes no imitaba de esa manera que se confunde 
con el calco. Un autor de talento, pero de segundo orden, bastaba para hacerlo. Quizá 
el tiempo nos revele su nombre, acaso oscuro y modesto, cuando no desconocido del 
todo; que estas sorpresas suele proporcionar la historia literaria, y no hay para qué vin- 
cular en unos pocos nombres famosos los frutos de una generación literaria tan fecunda 
como la de principios del siglo xvii. 

Pero hay en las novelas auténticas de Cervantes, y más todavía en sus entremeses, 
tantos vestigios del libro que él llamaba divino^ que sin recelo de contradicción podemos 
afirmar que de todas las obras compuestas en nuestra lengua, ninguna influyó tanto en el 
arte y estilo de Miguel Cervantes como ésta. Rinconete y Cortadillo^ El Celoso Extremeño^ 
El Casamiento Engañoso y el Coloquio de los Perros acreditan por varios modos esta in- 
fluencia, que no es necesario puntualizar, puesto que está á la vista de cualquier persona 

))que ya en estos tiempos laa mugares perdidas no cesan sus gustos para satisfacer a su sensualidad, 
*que esto fuera menos mal, sino que hacen desto trato, ordenándolo a una insaciable codicia de 
»dinero. De modo que máa parecen mercaderas, tratantes de sus desventurados apetitos, que enga- 
))ñadas de sus sensuales gustos, Y no solo lo parece assi, pero lo es; demás que a un hombre cuerdo y 
»honesto, aunque no le entretuvieran lecturas de amores deshonestos, pero enredos de luirtillos gra- 
»ciosos le dan gusto, sin dispendio de su gravedad, en especial cen el aditamento de la resumption y 

»moralidad Y deste naodo de escriuir no soy yo el primer Autor, pues la lengua latina, entre aque- 

»lla8 a quien era materna, tiene estampado mucho do esto, como se verá en Terencio, Marcial y otros, 
Da quien han dado benebalo oido muchos hombres cuerdos, sabios y honestos». (Libro de Entreleni- 
miento de la Picara lustlna, en el qaal dehaxo de gradónos discursos se encierran prouechosos auisos.. 
Impreso en Medina del Campo, por Chritoual Lasso Vaca. Año M.DO.V. Hoja 2 del prólogo, 

A pesar de eso, en otro prólogo sumario, cuenta la Celestina entre sus modelos: «no hay 
«enredo ea Celestimt, chistes en Mom'O, siniplejas en Lázaro, elegancia en Guevara, chistes ea 
jyEufrosina, enredos en Patrañuelo, cuentos en Asno de oro, y generalmente no hay cosa buena ea 
))romancero, comedia ni poeta español, cuya nata aqui no t^nga, cuya quinta esencia no saque». 

En la lámina alegórica que va al frente de esta primera y rara edición, la madre Celestina j 
navega en el mismo barco que el Picaro Guzmán de Alfarache; Lazarillo, en un barquichuelo. 



INrROüUCCIüN oLix 

mediauamente versada en nuestras letras. Todavía percibo más sabor celestinesco en al- 
gunos entremeses, tales como El Viejo Celoso^ La Cueva de Salamanca^ EL Ual'uui Viu- 
do^ La Qíiarda Cuidosa j El Vixcaiuo Fingido^ obrillas de picante y sabroso donaire 
que por la alegre desenvoltura con que se escribieron recuerdan la manera libre j 
desenfadada de principios del siglo xvi más bien que el estilo habitual de Cervantes, 
Contra lo que pudiera esperarse, no abundan en D. Francisco de Quevedo las refe- 
rencias á la Celestina. Sólo recuerdo ésta en el prólogo que puso á la Eufrosina caste- 
llana, traducida por su amigo D. Fernaudo de Ballesteros y Saavedra, que va reimpresa 
en este tomo: «Focas comedias hay en prosa de nuestra lengua, si bien lo fueron todas 
» las de Lope de Kueda; mas para leídas tenemos la Selvagia^ y coa superior estimación 
» la Celestina^ que tanto aplauso ha tenido en todas las naciones» . La manera profun- 
damente original, pero artificiosa y violenta, del gran satírico, contrasta con el apacible 
y llano decir de la antigua tragicomedia; pero hay una obra de su juventud, escrita en 
diverso estilo, donde se encuentran palpables reminiscencias de fondo y forma. Casi 
todo lo que el Buscón D. Fablos nos cuenta de su madre en el capítulo primero de su 
historia, y lo que se contiene en la estupenda carta de su tío el verdugo de Segovia, 
Alonso Ramplón, trae á las mientes algunas páginas de la Comedia de Calisto: 

«Hijo (dice Celestina á Pármeno)... prendieron quatro veces a tu madre, que Dios 
»aya... e avn la vna le levantaron que era bruxa, porque la hallaron de noche con vnas 
» candelillas cojiendo tierra de una encruzijada, ela tovieron medio dia en vna escalera 
» en la pla9a puesta, vno como rocadero pintado en la cabera; pero no fue nada: algo 
»han de suffrir los hombres en este triste mundo para sustentar sus vidas e hourras... Eu 
y>todo tenia gracia: que en Dios // en ¡ni conscie?icia^ avn en aquella escalera eslava e 
•»parescia que a todos los debaxo no tenia en vrm blanca^ según su meneo e jpresencia... 
»Todo lo tuvo en nada; que mil vezes le oya dezir: si me quebró el pie, fue por mi bien, 
» porque soy más conocida que antes» (Aucto YII). Quevedo retoca el cuadro con feroz 
humorismo, pero no hace olvidar la intensa socarronería del bachiller toledano. 

Entre los autores del siglo xvii ninguno admiraba tanto la Celestina.^ y nadie, salvo 
Lope de Vega, llegó á imitarla con tanta perfección como Alonso Jerónimo de Salas 
Barbadillo. Pero este peregrino ingenio y agudo moralista, cuyo nombre renace en 
nuestros días más por codicia bibliománica que por afición sincera, merece atento 
y particular estudio, que pensamos dedicarle cuando el orden cronológico le traiga á 
esta galería de novelistas. Ahora sólo le citamos para recordar el notable elogio que en 
la dedicatoria de El Sagax Estado (1620) hizo de la Celestina, mostrando por cierto 
singular ignorancia respecto de sus continuaciones: «En Castilla no tenemos mas que 
»una (comedia en prosa), que es la Celestina.^ bien que esta, aunque vnica, es de tanto 
> valor, que entre todos los hombres, doctos y granes^ aunque sean los de mas recatada 
» virtud, se ha hecho lugar, adquiriendo cada dia venerable estimación, porque entre 
» aquellas burlas, al parecer livianas, enseña vna doctrina moral y católica, amenazando 
>con el mal fin de los interlocutores a los que les imitaren en los vicios» (*). 
[ De las imitaciones directas de la Celestina trataremos ampliamente en el capítulo 
%ue sigue. 

O El Scifjiz Estado marido examinado Autor Alonso Gerónimo de Salas Barbadillo. Año 

¡S20 En Madrid, por Juan de la Cuesta, hoja 11 de los preliminarea, sin foliar. 



orígenes de la novela 



XI 



Primeras imitaciones dk la «(CELESTiyA». — ^(Égloga», de D. Pedro Manuel db 
Urrea,— Su «Penitencia de Amor)>. — Farsa' de Ortiz de Stúñiga. — Romance 
ANÓNIMO. — Rodrigo de Reinosa v otros autores de pliegos sueltos. — kCelestina» 
versificada, de Juan Sedeño. — Comedias «Hipólita», «Seraphina» y «Thebayda», 
de autor anónimo. — Francisco Delicado y su «Retrato de la Lozana Andaluza». 
— Escasa influencia del Aretino en España: refundición del «Coloquio de las 
Damas», por Fernán Xuárez. — Continuaciones legítimas de la obra de Fernando 
DE Rojas. — «Segunda Celestina» ó «Resurrección de Celestina», de Feliciano 
DE Silva. — «Tercera Celestina», de Gaspar Gómez de Toledo. — «Tragicomedia 
DE Lisandro y Roselia», de Sancho Mcñón. — La «Celestina» en Portugal; 
imitaciones de Jorge Ferreira de Vasconcellos: la comedia «Euphrosina». — Su 

TRADUCCIÓN, POR BALLESTEROS Y SaAVEDRA. — OtRAS IMITACIONES CASTELLANAS DE LA 

«Celestina», — «Tragedia Policiana», de Sebastián Fernández. — «Comedia Flo- 
RiNEA», DE Juan Rodríguez Florián.— «Comedia Selvagia», de Alonso de Ville- 
gas. — «Comedia Selvaje», de Joaquín Romero de Cepeda. — «La Dolería del sueño 

DEL mundo», comedia ALEGÓRICA DE PeDRO HuRTADO DE LA VeRA. — « La LeNA» Ó 

«El Celoso», del capitán D. Alonso Velázquez de Velasco. 



El más antiguo de los imitadores de La Celestina fué el procer aragonés D. Pedro 
Manuel de Urrea, hijo segundo de los condes de Aranda y autor de un notabilísimo 
Cancionero impreso en Logroño en 1513 (')^ que sale mucho de la monotonía de los 
libros de su clase, y anuncia, á lo menos en esperanza, un poeta sincero y humano. Ya 
en otra ocasión {^) hemos procurado trazar los rasgos característicos de su simpática 
fisonomía, que dan tanto precio á algunos de sus villancicos y á sus composiciones de 
índole personal y doméstica, Aquí sólo nos incumbe tratar de las dos obras (descono- 
cida una de ellas hasta nuestros días) en que ensayó la imitación de la famosa Tragi- 
comedia^ catorce ó quince años después de publicada, 

(') Cancionero de las obras de D. Pedro Manuel de Urrea. 

Fol. Let got. de XLIX hojas foliadas y dos más sin foTutura, una al principio con la Tabla j Ij 
y otra al fin con el colofón: «Fue la presente obra emprentada en la mny noble y muy leal ciudad 
»de Logroño a costa y espensas de Arnao Guillen de Brocar, maestro de la emprenta en la dicha 
»ciudad. E se acabo en alabanca de la Santisima trinidad a siete di-as del mes de Julio. Año del 
»na?cim¡en*o de nuestro Señor Jesucristo mil y quinientos y trece años.» El texto está impreso á j -j 
dos y tres columnas. 

Es una de las impresiones más elegantes y primorosas de aquel tiempo, como cuadraba á la con- 
dición aristocrática del poeta. La Égloga empieza al dorso del folio XLIV y llega hasta el XLÍX. 

Hay una reimpresión moderna en la Biblioteca de escritores aragoneses costeada por la Diputa- 
ción Provincial de Zaragoza. (Cancionero de D. Pedro Manuel Ximenez de Urrea... Zaragoza, im- 
prenta del Hospicio Provincial, 1878). Escribió el prólogo D, Martín Villar, aniiguo profesor de la] 
Univereidad cesaraugustana. PP, 4Ó3-479 está la égloga. 

(-) Antología de poetas líricos castellaas, tomo Vil, pp. CCLIV-CCLXXX. ^ 



INTRODUCCIÓN ótí\ 

La primera de estas imitaciones se halla al fiu de su Caneionero con el éncaberft- 
miento siguiente: 

Égloga de la Tragicomedia de Calisto y Melibea^ de prosa trotada en metro, por 
Don Pedi'o de Urrea, dirigida á la condesa de Aranda, su madi'e. 

Es muy probable que este fragmento se representase en alguna fiesta de familia; á 
lo menos el autor le tenía por representable, según las prevenciones que hace en el 
Argumejito: 

«Esta égloga ha de ser hecha en dos vezes: primeramente entra Melibea, y luego 
^> después Calisto, y pasan ally las ra9ones que aquí parescen, y al cabo despide Melibea 
»a Calisto con enojo y sálese el primero; y después luego se va Melibea, y torna presto 
» Calisto muy desesperado a buscar a Semprouio, su criado, y los dos quedan hablan- 
»do, hasta que Sempronio va a buscar a Celestina para dar remedio a su amo Calisto. 
»Está trovado esto hasta que queda solo Calisto, y ally acaua; y por no quedar mal 
^> vanse cantando el villancico que está al cabo.» 

El título de égloga y la forma metrificada han sido sugeridas, á no dudarlo, por el 
ejemplo de Juan del Enzina. Urrea mismo indica la división en dos escenas cortas que 
contienen menos de una cuarta parte del texto original del primer acto ('). No puede 
creerse de ningún modo que este solo le fuese conocido, ni que trabajase sobre un 
manuscrito, puesto que en 1513 existían ya siete ú ocho ediciones castellanas de la 
Celestina, unas con el texto en diez y seis actos y otras con el definitivo de veintiuno. 
Si levantó Urrea la mano del trabajo, bien excusado, de versificarla, sería por cansancio 
ó por haber encontrado más dificultades que al principio, ó sencillamente porque creyó 
que bastaba con aquella pequeñísima parte para construir una sencilla fábula ó más 
bien un diálogo semidramático, sin acción, nudo ni desenlace, como los que entonces 
se estilaban. 

Entendemos que á Urrea alude, y no á otro, el P. Baltasar Gracián cuando atribu- 
ye toda la Celestina á un encubierto aragonés: desatino de marca, pero que puede tener 
explicación. Gracián, que era hombre de mucha y varia lectura, pero no erudito de 
profesión, conocía probablemente el Cancionero de Urrea, y al encontrarse allí con un 
fragmento de la Celestina en verso, en que nada se dice del autor primitivo, pudo pen- 
sar que el hijo de la condesa de Aranda había versificado su propia prosa. En los 
versos acrósticos no se fijó, ó no les dio valor, y acaso su ejemplar careciese de ellos, 
como carecen algunas Celestinas tardías. Por lo demás, con decir que Urrea, nacido 
probablemente en 1486, tendría á lo sumo doce ó trece años cuando se publicó por 
primera vez la Celestina, queda demostrada la imposibilidad física de tan extravagante 
atribución (*). 

Lo que prueba su Égloga, que no creemos muy anterior á la fecha del Cancio- 
nero O, es la inmensa popularidad de que ya gozaba la obra original de Fernando de 

(') En la primera reproducción hecha por Foulché-Delbosc de la Comedia de Calisto y Melibea 
(1900) este acto ocupa desde la pág. 6 á la 37. El trabajo veraificatorio de Urrea no alcanza más que 
hasta la pág. 17. 

(^) Consta por sus propios versos que Urrea se casó á los diez y nueve años. Sus capitulacio- 
nes matrimoniales llevan la fecha de 1505. 

(^) La Tabla lleva este encabezamiento: «Tabla de las obras que hay en este Cancionero, troba- 
fdaB por D. Pedro Manuel de Urrea, acabado todo lo que en él se contiene hasta XXV años.'» 

OEÍQBNES DE LA NOVELA.— 111. — k 



Q%X|l 



ORÍGENES DE LA NOVELA 



Kpjas y el carácter dramático que todos la atribuían. Y prueba también la facilidad y 
soltura de rimador que tenía Urrea, puesto que en sus coplas octosilábicas se ciñe de 
tal suerte í»1 texto de Eojas, que más bien le calca que le traduce, con cierto desaliño 
sin duda, pero mostrando verdadero instinto del diálogo escénico. Yéase la primera 
escena de la Égloga^ y cotéjese con el texto de la Celestina que va al pie (^): 



CALISTO 



Yeo en esto, Melibea, 
La gran grandeza de Dios. 

MELIBEA 

¿En qué, Caliste, veys vos 
Cosa que tan alta sea? 

CALISTO 

En dar poder á natura 
Que de perfeta hermosura, 
Acabada, te dotase, 
Y a mí que verte alcanoasse 
Sin merecer tal ventura. 

Y en lugar donde me viese 
Grozar de tanto fauor, 
Que mi secreto dolor 
Manifestar te pudiesse. 
Sin duda tal galardón 
Es mayor en deuocion 
Que obras de sacrificio. 
Aunque por tal exercicio 
Espero yo saluacion. 



¿Quién vio nunca en esta vida 
Un cuerpo glorificado 
Como el myo, que ka mirado 
Yna cosa tan sentida? 
Por cierto, todos los santos, 
Donde gozan de sus cantos 
Mirando a nuestro señor, 
No tienen gloria mayor 
Que yo en ver plazeres tantos. 

Somos en esto apartados: 
Que la gloria que poseen 
Por muy perpetua la veen, 
Sin ser de alli derribados: 
Mas yo me veo alegrar 
Con recelo de dexar 
Tu vista y acatamiento, 
Recelando el gran tormento 
Que en absentia he de pasar. 

MELIBEA 

¿Por gran premio, por tu fe, 
Tienes aqueste. Caliste? 



(*) Calisto. — En esto veo, Melibea, la grandeza de Dios. 

Melibea. — En qué, Calisto? 

Calisto. — En dar poder a natura que de tan perfecta hermosura te dotasse, y fazer a mí inmé- 
rito tanta merced que verte alcan9ase, y en tan conueniente lugar, que mi secreto dolor manifes- 
tarte pudiesse. Sin duda incomparablemente es maj'or tal galardón que el seruicio, sacrificio, deuo- 
cion y obras pias que por este lugar alcan9ar tengo yo a Dios offrecido, ni otro poder mi voluntad 
humana puede complir. Quién vido en esta vida cuerpo glorificado de ningún hombre como agora 
el mió? Por cierto los gloriosos santos que se deleitan en la visión diuina, no gozan más que yo 
agora en el acatamiento tuyo. Mas, o triste! que en esto diferimos: que ellos puramente se glorifican 
sin temor de caer de tal bienauenturanza, y yo mixto (a) me alegro con recelo del esquino tormento 
que su absencia me ha de causar. 

Melibea. — Por gran premio tienes esto, Calisto? 

Calisto. — Téngolo por tauto en verdad, que si me diesse en el cielo la silla sobre sus santos, 
no lo ternia por tanta felicidad. 

Melibea, — Pues aun más ygual galardón te daré yo, si perseueras. 

Calisto. — O bienauentüradas orejas mias que indignamente tan gran palabra aueis oydo! 

Melibea. — ... A'^ete, vete de ay, torpe, que no puede mi paciencia tolerar que aya subido en cora- 
9on hutpano comigo el ylicito amor comunicar su deleyte... 

(a) Misero leen desatinadamente muchas ediciones. Las primitivas dicen mixto ó misto, j así debe de ser, 
puestp. que Calisto compara sacrilegamente sa estado, en que se mezclan la bienaventaranza y el recelo, con 
el puro estado beatífico. 



y 



INTRODUCCIÓN 



CLXIII 



CAUSTO 

Por tanto, en esto que he visto, 
Como agora te diré: 
Que si Dios me diesse arriba 
A esta mi alma catiua 
La gloria del alto cielo, 
No tendría más consuelo 
Que con esto que me aviua. 

MELIBEA 

Pues avn más galardón 
Te daré si perseueras. 

CALISTO 

Mis orejas placenteras 
Bien aventuradas son, 



Que indignamente an oydo 
Palabra de gran sonido. 

Mas serán desventuradas 
Tus orejas bien aosadas, 
Después de averme entendido... 

Yete ya, torpe, de ahí 
Cual onbre mucho liuiano, 
Que en un cora9on humano 
No cabe servir a my. 
Que no tomo con paciencia 
Que, en absencia ni en presencia, 
Un muy ylícito amor 
Piense ningún amador 
Comigo alcanzar de e9encia... 

Agora se va Calis to, y sálese Melibea^ y 
luego vuelve buscando sus criados. 



No faltan en esta versión métrica ripios é incorrecciones graves, palabras impro- 
pias y algunos barbarismos, ó si se quiere formas dialectales, en la conjugación: 

Y las caydas que daron 
Los que como tú amaron... 
Pusiéndome inconvenientes. 

ürrea era un improvisador y no se paraba en barras, pero el efecto general de sus 
versos es agradable (*). 

Mucho menos vale su prosa en la única muestra que conocemos de ella, y que tam- 
bién se enlaza con la Celestina por derivación muy inmediata. Esta pieza rarísima, indi- 
cada por Brunet, que por cierto equivoca dos veces el apellido de su autor f), es la 
Penitencia de Anior^ estampada en Burgos por Fadrique Alemán de Basilea, en 1514 i^). 

(') El villancico coa que termina la Égloga es de los más endebles de su autor, que los compuso 
I primorosos, pero se inserta aquí por ser lo único original que ürrea puso en su imitación: 



Téngase siempre alegría 
iJo puede auer esperanza, 
Que todo hace mudanza. 

La rueda do la ventura 
Siempre anda en su mouer, 
En vna mano el plazer 
Y en la otra la tristura. 
No desmaye la cordura 
Do puede auer esperanza, 
Que todo haze mudanza. 

Do el de'scanso haze asiento 
El pesar hace morada, 
Que ventura está fundada, 



En sus hechos, sobre viento. 
Muy poco dura el tormento 
Do puede auer confianga, 
Qae tudo haze mudanza. 

Fin. 

Y así que nanea el consuelo 
Se tarda ni durará. 
Que lo que en ventura está 
Todo se pasa de vuelo. 
Pues no tengamos recelo 
Do puede auer esperanza, 
Qae todo haze mudan9a. 



(*) En el tomo IV del Manuel du libraire, p. 478, le llama Vebra; en el V, p. 1146, Verrea. 
(*) Penitencia de amor compuesta por don pedro manuel de Vrrea. 

iColofon): «Fue la presente obra emprentada en la muy noble y muy leal ciudad de Burgos 
»a cosías y espensas de Fadrique, alemán de Basilea, maestro de la emprenta en la dicha ciudad. £ 



cLMv orígenes de la novela 

El antiguo impresor de la Comedia de Calisto conservó en el frontispicio de la Peniten- 
cia^ cambiando los nombres de los personajes, uno de los grabados de la obra que 
Ürrea imitaba, fácil, en efecto, de transportar de una composición á otra, puesto que 
Finoya y'Darino, en la novelita del ingenio aragonés, corresponden á Melibea y Calis- ' 
to, y los criados Renedo y Angis á Sempronio y Pármeno. Faltan Areusa, Elicia, Lu- i 
crecia y sobre todo Celestina, es decir, la salsa del pescado de la tragicomedia, que sin | 
intervención de la vieja barbuda será insípida siempre. La parte cómica se reduce á i 
unas octavas de arte menor que el poeta llama «pullas honestas», y son un pugilato ! 
de groseras desvergüenzas cambiadas entre dos lacayos. Todo lo restante está en prosa. 
El fin de la obra quiere ser ejemplar, aunque por distinto rumbo que el de la Celestina^ i 
para lo cual se altera el desenlace de la manera que veremos; pero hay, no sólo detalles . 
licenciosos, sino una escena de brutalidad sin ejemplo, esmaltada con sentencias como i 
ésta: «El mayor plazer es pecar mortalmente; los que no gozan desto no tienen desean - 
»so». Ninguna de las blasfemias de Calisto llega á ésta ('). \ 

¡Extraños tiempos aquellos en que un caballero tan distinguido como Urrea, que en i 
varias poesías de su Cancionero muestra haber sido capaz de las más sanas inspiracio- 
nes y de los más delicados sentimientos, osaba hacer presente de tal farsa como la . 
Penitencia á su madre la condesa de Aranda, con la leve salvedad de decir en el pro- j 
logo: «Esta obrezilla, por ser toda su calidad cosa de amores, parece que se aparta de | 
■» la condición y virtud de vuestra señoría; pero porque todo lo que yo hiziere no puede | 
»ni deve yr dirigido a otri, embio también esto como lo otro que de mí tiene vuestra ' 
■» señoría.» j 

Esta dedicatoria ofrece otros puntos curiosos. El autor no hace profesión de origi-i 
nalidad, sino todo lo contrario. «Ya no va nadie a infierno syno por lo que otros an | 
»ydo; ninguno puede hazer ni dezir cosa que no paresca a lo dicho y hecho; nadie 
» puede trobar sino por el estilo de otros, porque ya todo lo que es a sido.» Se remon- ! 
ta á Terencio como padre del género en que ejercita su pluma. «Esta arte de amores i 

»8e acabo en alabanza de la sanctissima trinidad a V'üj dias del mes de Junio. Año del nascimiento 
»de nuestro Señor jesucliristo de Mil y quinientos y quatorze años». 

A la Penitencia siguen poesías de Urrea, que ninguna relación tienen con ella, y pueden consi 
dorarse como un pequeño suplemento de su Cancionero. 

No conozco este rarísimo opúsculo más que en la reproducción de la Biblioteca Hispánica 
(tomo X). Penitencia de Amor (Burgos, 1514). Reimpresión publicada por R. Foulché-Delbosc (Bar 
celona, tipografía «L'Aven^», 1902). 

Vid. además Revue Hispanique, 1902, pp. 200-215. ' 

(*) Su efecto no se destruye ni con el inmediato castigo de los amantes, ni mucho menos con j 
una piadosa oración que pronuncia Darino, porque ésta se halla al principio de la obra (pág. 8) y lij ' 
escena de la violación de Fiuoya al fin (pág. 66), después de los chistes de cuerpo de guardia cor ¡ 
que se obsequian Renedo y Santoyo. 

Por lo demás, no puede dudarse de la ortodoxia de Urrea, y aun del recelo que le inspiraba| ^ 
las especulaciones filosóficas. Así lo indica este curioso pasaje: j ■ 

(íDarino. — Dexa de hablaren la filosofia natural: todos los filósofos se perdieron; Dios es sobi 
»natura. Como harás tú creer a un filosofo, que cree las cosas naturales, que Dios esté en la osti 
»que es carne suya y el vino sangre? No creen lo que Dios manda, syno lo que ellos pueden coni 
Dpronder. Saben la física y no saben en lo de Dios; el mayor filosofo dixo que el mundo nunca tu 
joprincipio ni tendría fin: mira qué grande eregia! No hables de filósofos falsos, que materia tea 
»m09 entre manos de qué hablar» (pág .'í8). 



INTRODÜCCIOlí CLTV 

>estáyamuy vsada en esta manera por cartas y por (jenas (escenas) que dize el Teren- 
»GÍo, y naturalmente es estylo del Terencio lo que hablan en ayuntamiento; mas esta es 
v>cosa quel estylo no se puede quitar ni vedar, pues que las mismas razones no sean.» 
Pero en verdad no fué Terencio su modelo, ni era posible que lo fuese, ürrea, 
aristocrático aficionado, que á ratos aparentaba desdeñar la «trabajosa vanagloria do la 
» pluma, pues ay otras cosas en que mas cavallerosamente se puede exercitar el enten- 
» dimiento con otros passatiempos seguros de reprensiones», no tenía más que leve tintu- 
ra de estudios clásicos, á pesar del alarde que hace de sembrar por su diálogo senten- 
cias de Séneca tomadas de alguno de los florilegios morales que entonces se manejaban 
tanto (^). En lo que estaba positivamente versado era en la poesía italiana, sobre 
todo en la del Petrarca (■)]y en la literatura española de su tiempo. Dos libros se halla- 
ban entonces en el momento culminante de su éxito: la Celestina y la Cárcel de Amor. 
ürrea, sin hacerse cargo de la radical oposición del sentido artístico de ambos 
libros, ni de la profunda desemejanza de su plan y estilo, intentó fundirlos en uno solo, 
no olvidando tampoco sus hábitos de poeta cortesano. Resultó de aquí una producción 
híbrida, de la cual puede formarse idea por el argumento con que el mismo autor la 
encabeza: 

«Hubo vn cauallero llamado Darino, hijo de Galmaux y de Volisa, el qual andan- 
» do vn dia solo a cauallo, paseando, llegó a vn castillo y casa fuerte en muy gentil 
» acatamiento puesto." Vio a la ventana a Finoya, muy gentil dama, hija de Nertano y 
»de Solona, donde con mucho contentamiento y turbación llegó a hablar con ella, y 
» acabadas sus razones partióse della muy cativado de su amor, y sin reposo voluiendo 
»á su posada procuró con dos criados de los suyos de quien él mas fiaua (al vno llamauan 
» Renedo y al otro Angis) para que con todas sus fuer9as y mañas hiziesen que Finoya 
» recebiese vna carta de Darino. Fue tal la diligencia y astucia de sus criados, que 
áalcan9Ó Darino al principio re9ebir cartas de Finoya y al cabo g09ar de su persona; 
» y aunque las cosas que algún tiempo duran de continuo son sabidas y descubiertas, 
;>esto en breue tiempo fue sabido; por donde Nertano, padre de Finoya, sabiendo esto, 
» aguardó a Darino y tomóle. La segunda vez que entró en su casa halló a los dos 
»juntos tomando sus retraydos deleytes, el cual metió en vna torre a Finoya con sus 
» doncellas, y en otra a Darino con sus criados, y todos hicieron penitencia allí en 
2> aquellas torres hasta el cabo de sus dias.» 

(') Hasta siete veces, salvo error, está alegado Séneca. De Ovidio hay una cita (Art. Amat,, 
I, 3-£): «Que, como dice Ouidio; por arte de los remos y velas van las fustas por la mar, por arte son 
íligeros los carros y carretas y por arte se a de regir el amor.» De Ju venal otra que parece corres- 
ponder á la sátira décima (328-329): «Y Ju venal dize: las mugeres o aman ardiendo o aborrecen mor- 
i'talniente.» 

(') No sólo le imita á menudo en sus versos, sino que le cita en la Penitencia (pág. 9): «Bien 
»dize Petrarclia quel morir es un salir de presión, y que no es triste syno para los que tienen pues- 
»to8 los vanos cuydados en el lodo deste mundo.» 

También alude á_,Serapliino Aquilano (pág. 58): «No eabes lo que dize Serafino, poeta aqnilano? 
»qne aunque sean dos ombres de vna condición no son de vna ventura, syno que pueden ser 
•^muy diferentes. De vn mismo árbol, de la vna rama hazen un crucifixo que todo el mundo lo adora, 
i)y del otro hazen vna horca o lo hechan en el tajo; y en un mismo campo sembrada vna misma 
Bsiiui.ate, la metad della comen los ganados y del otro se haze una ostia y viene Dios a estar en 
sella.» 



I 



cLxvi OEÍGENES DE LA NOVELA 

La obrita de Urrea no es enteramente dramática, ni tampoco novelesca. Ninguna 
parte de ella está en narración, sino toda en razonamientos y cartas. En los primeros 
imita algunas veces á Fernando de Eojas (^); pero el tipo de Diego de San Pedro es el 
que predomina, no sólo en la parte epistolar, sino en la retórica culta y alambicada del 
estilo. La acción, que es de suma pobreza, está desarrollada con simétrica monotonía, 
A cada una de las cartas de Darino á Finoya y viceversa se agrega un presente sim- 
bólico, que por lo común es una joya de oro labrado, acompañada de un mote en verso. 
Algunos son ingeniosos, y del mismo gusto galante y amanerado que otros que se 
leen en el Cancionero general. Envía Finoya á Darino una vihuela sin cuerdas, y dice 
la letra: 

No tienes más esperanza 
De alcaüQar lo que concuerdas, 
Que esa de tañer syn cuerdas. 

Envía Darino á Finoya unos ruiseñores y dice la letra: 

Cantarán éstos de amores; 
Yo, avnque callo, 
Lloro por los desamores 
Que en ty hallo. 

En el desenlace, sugerido indudablemente por la Cárcel de Amor., se nota la misma 
falta de originalidad y brío. «En la torre de mano derecha (dice Nertano) estareys vos, 
» Finoya, con vuestras doncellas... y vos, Darino, estareys en la torre de mano iz- 
» quierda, y vosotros tendreys cargo de la manera que se a de regir. No he querido 
» daros muerte a vos, hija, porque el cora9on no lo ha sufrido; y a vos, Darino, no he 
» querido mataros, porque peneys mas. La fama que se pondrá a de ser qae Finoya mi 
» hija es muerta, y assi le haremos las onrras; y de Darino se dirá que se a ydo al cabo 
» del mundo: vnos creerán que por veer tierras, otros que de desesperado se a ydo por 
»la muerte de mi hija, que ya sabian que la quería. Vamos, que ello será tan secreto 
»quanto él fue traidor.» Aquí vemos apuntar ya la máxima de A secreto agravio... 

Algunos trozos de la Penitencia están bien escritos en su género sentimental y 
retórico f), pero otros son mortalmente fastidiosos y el conjunto revela una pluma 

(*) Esta imitación es á veces casi literal en el concepto y en la frase: «Salamon, que fue tan 
Dsabio, no se enamoró de vna de las gentiles, y ella le hizo ydolatrar? y Virgilio no estuuo colgado jl 
»en vn cesto que lo puso su amiga vn dia que passó por allí \\n& procéssion'i Todos los papas, empe- 
dradores y reyes, gente de yglesia y del mundo, an peccado en esto más que en otro» (pág. 55). 

(^) Véanse dos ejemplos breves: j ' 

dDarino. — Yo te beso, carta, que traes razones pensadas del gentil entendimiento de aquella j ] 
»que no tiene comparación, o palabras escripias por aquella mano blanca y delicada, o papel guar- i 
))dado en aquella arquilla donde tiene aquella dama el espejo y atauios sin los quales ella puede < 
«parecer donde quiere y ninguna delante della...» (pág. 23). I 

(íAngis. — O, quánto me pare9en mejor las trompetas en el campo que las músicas en la calle! i ( 
»muclio mejor las armas que los brocados, los quales se gastan más cauallcrosamente en los campos ; j 
^batallando que en los destrados diziendo donayres. No han de ser los ombres todos en burlas, que i , 
»se avezan a 9ufr¡r injurias, mas las más veces vestidos de fieltro y de cuero, y morir en el campo ( 
»y no en la cama, llenar la barba cre9Ída, porque en todas las cosas que el ombre se puede apartar j i 
»de parecer muger es razón que lo haga...» (pág. 37). j 



INTRODUCCIÓN cLxvn 

inexperta en el difícil arto de la prosa, á pesar del gran modelo que tenía á la vista. La 
locución claudica á veces por el sentido incierto de las palabras ('), y el vocabulario 
no es ni muy selecto ni muy rico ("). 

A pesar de su medianía, la Penitencia de Amo7\ que en España fué completamente 
olvidada hasta que en nuestros días la exhumó el Sr. Foulchó-Delbosc de una biblio- 
teca particular que uo expresa, tuvo en el siglo xvi los honores de una traducción 
francesa ó más bien de un verdadero plagio. 

El supuesto autor original de La Penitence Damour, Eenato Bertaud, señor de Ja 
Grise, secretario del cardenal arzobispo de Tolosa Gabriel de Gramond Navarre, cam- 
bia los nombres de los personajes, llamando Lanxarote al caballero, Lucrecia á la 
dama y Themot y Michellet á los criados. Traslada íntegro el texto de Urrea, pero le 
añade un final de su cosecha, en el cual, pasados siete años del cautiverio de los aman- 
tes, consiente el padre de Lucrecia en darles libertad y celebrar sus bodas. Todo es al 
principio regocijo y fiestas, justas y torneos, pero la dama muere al poco tiempo y su 
marido determina hacer penitencia durante el resto de su vida junto al sepulcro de la 
mujer á quien se lamenta de haber seducido y en cuya temprana muerte ve un castigo 
de la justicia divina f ). 

No fué Urrea el único poeta que intentó llevar al naciente teatro español una parte 
del argumento de la Celestina. Poco posterior á su Égloga hubo de ser otra de Lope 
Ortiz de Stúñiga, de la cual no conocemos hasta ahora más que su título y encabeza- 
miento en el núm. 15,139 del Registrum de D. Fernando Colón: ^Farsa en coplas 
sobre la comedia de Calisto y Melibea. Bic. 

O «Ya trayo aconuerto de muerte: en la hora que acordé venir aqui, dexé todo quanio tenia 
j)8in esperanga» (pág. 14). 

aMi aconuerto va luchando con mi peligro: no me puede venir cosa que ya no la tenga enso- 
Dñada» (pág. 40). 

«Suele venir el aconuerto de cosa que no hay alegría» (pág. 66). . - 

«Todas tus palabras son para aconfortarme, mas no me dan aconuerto quandp pienso el des- 
))araor de Finoya y mi poca ventura» (pág. 55). " .,.. ' 

«Ya trayo mis aconuertos hechos. Dios nos guie: a él encomiendo esto, y venga lo que viniere» 
(pág. 51). 

Sólo en el cuarto de estos ejemplos está usada 1^ palabra aconuerto en el sentido decíconsüelo» 
ó calivio», que es el que cuadra á su derivación del verbo aconhortar. - 

(*) No faltan insulsos juegos de palabras que anuncian á Feliciano de Silva, v. gr. «Porque vea 
ímás de cerca tu gentil figura que me tiene desfigurado-» (pág. 48). «Yo contra ti nopnedo ganar, 
íporque no rae queda con qué aventurar, y no aprouecharia ser auenturero, pues que soy desuentu^ 
»roíío» (pág. 35). ..'i^ 

La lengua no ofrece particularidad notable. Los aragonesismos son raros. Sólo he notado un 
por tú sola (pág. 52), 

(3) La Penitece Damour, en laquelle sont plusieurs Permasiós et respoces tresutiUes et prouffita- 

'iles, Pour la recreatio des Esperitz qui veullét tascher a honeste conuersation auec lesDames. Et les occas- 

sions que les Dames doibuetfuyr de coplaire par trop aux pourchatz des líommes, et importuniíez qui 

^ leur sont faictes souhz couleur de Seruice, dont elles se trouuent ou trompees, ou infames de leu¿r Hoii: 

I wur, R. B. 

' (Al fin): Cy tine la Penitence Damour nouuellement Imprime*. Mil. D. XXXVII. En 16." 

El único ejemplar conocido de este libro pertenece hoy á la Biblioteea nacional de París, y 
procede de la de Mr. Méon, conocido colector de los Fahliaux de la Edad Media, 

(Vid. Foulché-Delbosc, iíevMe //iíjjonigue, 1902, pp. 203-205). 



cLxviii orígenes de la novela 

Hi de san y qué floresta 
y qué floridos pradales, 
Qué compaña... 

En el mismo Registrum (núm. 4.083) se citan otras producciones poéticas de Lope 
Ortiz (suponemos que sea la misma persona), adquiridas por el hijo de Cristóbal Colón 
en Medina del Campo, á 25 de noviembre de 1524 ('), lo cual puede servir para conje- 
turar aproximadamente la fecha de la Farsa, sobre cuya procedencia y coste nada se 
indica. 

En un pliego gótico, de dos hojas en folio, á cuatro columnas, que acaso es ejem- 
plar único, encuadernado con otros igualmente rarísimos del primer tercio del siglo xvi, 
poseo un compendio en verso de la Celestina, cuyo título dice de esta suerte: Romance 
nueuamente hecho de Calisto y Melibea que trata de todos sus amores y de las desas- 
tradas muertes suyas y de la muerte de sus criados Sempronio y Parmeno y de la 
muerte de aquella desastrada mujer Celestina intercesora en sus amores (^). Habiendo 
reproducido esta curiosa pieza en mis adiciones á la Primavera de Wolí f), no creo 
necesario insistir sobre su carácter juglaresco y sobre la habilidad con que su incógnito 
autor va fundiendo en el molde narrativo las principales situaciones de la tragicome- 
dia, conservando en todo lo que puede las mismas palabras del original: 

Un caso muy señalado — quiero, señores, contar, 
Como se iba Calisto— para la caza cazar. 
En huertas de Melibea — una garza vido estar, 
Echado le habia el falcon — que la oviese de tomar, 
El falcon con gran codicia— no se cura de tornar: 
Saltó dentro el buen Calisto — para habellode buscar, 
Yido estar a Melibea— en el medio de un rosal, 
Ella está cogiendo rosas — y su donzella arrayan... 

En el mismo apacible estilo prosigue todo el romance, que demuestra en el poeta 
que le compuso verdadero sentido de las bellezas de la obra que imitaba. 

Urrea había metrificado, aunque no íntegramente, el primer acto de la Celestina: 

(*) Coplas sobre la toma de Fuenterrabía, hechas por Lope Ortiz, It. «Hágase mucha alegría. D 
D. <rA. la contina os va mal.» It. un villancico. It. «Pues no queréis tener paz.» It. se siguen unas 
coplas del mismo á una señora, porque trovó una glosa sobre Maldito sea Mahoma. It «Señora muy 
noblecida.» D. «tan ligera me vencí.» It. un Godicillo de amores del mismo. It. «Sepan los enamo- 
rados.» D. «Y por amansar su pena.» Es en 4." Costó en Medina del Campo 3 blancas, á 23 de No- 
viembre de 1524. 

(*) A este romance sigue un villancico: 

Amor, quien de tus plazeres 
Y deleites se enamora, 
A la fin cnytado llora... 

y un Romance que fizo un galán alabando a su amiga, del cual se conoce otra lección publicada por ,i| 
Wolf (Sammlung, 276), tomada de un pliego suelto de la Biblioteca de Praga. 

O Tomo IX de la Antalogia de poetas líricos castellanos, pp. 339-350. 

El ejemplar que Salva (Catálogo, t. I, p. 394) ocasionalmente describe, es, según toda probabi-j i 
lidad, el mismo que hoy pertenece á mi colección, y que el bibliófilo vq,lenciano vería en Inglate ( 
rra, en la de Mr. Samuel Turner, cuyo ex Ubrii conserva. 



i 



INTRODUCCIÓN cLxix 

^ romancerista abarcó todo el cuadro, reduciéndole á mínima escala. Tarea mucho m4s 
ardua, j tan prolija como impertinente, emprendió Juan Sedeño, natural y vecino de la 
villa de Aróvalo, trasladando toda la Celestina en desaliñadas coplas de arte menor, 
que sólo sirven para enaltecer por el contraste la divina prosa de Rojas. Este esfuerzo 
de paciencia y de mal gusto cayó muy pronto en el justo olvido que merecía, y no ha 
vuelto á ser impreso después de la rarísima edición de Salamanca, 1540 ('). Juan Sedeño 

(') Sigúese la tragicomedia de Calisto y Melibea, nuetíamente trohada y sacada de prosa en metro 
castellano, por Juan Sedeño, vezino y natural de Arénalo... 4." let, gót 114 pp. 

(Colofón): «Acabóse la tragicomedia de Calisto y Melibea: impressa en Salamanca, a quinze dias 
»del mes de deciembre, por Pedro de Castro impresor de libros. Año de mil y quinientos y quaren> 
uta aBOs.D 

El ejemplar de la Biblioteca nacional, que no es por cierto el bellísimo que perteneció á D. Agus- 
tín Duran, carece de portada y está expurgado por Fr. Alonso Cano, calificador del Santo Oficio, en 
Madrid 28 de julio de 1639. 

En (i\ prólogo al lector st leen algunas especies curiosas, de las cuales pudiera inferirse que algo 
había descendido la popularidad de la Celestina en 1540, si no tuviésemos tantas pruebas de lo con- 
trario. Es probable que Sedeño exagerase las cosas para justificar de algún modo su inútil trabajo 
de refundición. 

«Escudriñando y buscando en qué mi grosera pluma exercitar pudiese, ocurrióme a la memoria 
»la no menos sutil y artificiosa que útil y provechosa tragicomedia de Calisto y Melibea. La cual 
Kcomo algunas veces fuese por mí leida, siempre me hallaba nuevo en ella, hallando cada vez cosas 
^dignas de ser vistas y notadas; consideraba el gran provecho que a los que (no parando en la 
«corteza) sacan y toman el meollo de ella se sigue. Vi asi mismo que siendo un compendio tan 
«fructuoso, como todas las novedades aplazen más; a causa de algunas nuevas cosas que en deprava' 
y>cion de las antiguas., de poco tiempo acá son salidas; de esta ya como raída y apartada de la memo- 
nria por olvido de la gente, están las públicas tiendas de los mercaderes y libreros tan solas como 
nías secretas librerías de los sabios desamparadas; y que nadie cura de leerla para sacar de ella 
»la utilidad que lícitamente podía conseguir... Muchos toman gusto en las cosas nuevas, y pocos 
»(aunque algunos) toman babor en las cosas antiguas; y al fin cada uno de diverso modo, y por 
sesto, viend» que este breve libro por su antigüedad que entre las modernas cosas tenía, a muchos 
y>era odioso y cuasi a ningún favor acepto, quise dalle favor con alguna novedad en que los lectores 
'■(.se deleitasen^ y esto no quise que fuese adición de algún auto como algunos han hecho .. (a). Y como 
«esta obra estuviese del todo cumplida, y de ninguna cosa falta, no me pareció justo añadir en 
Bella cosa a'guna. Mudar la orden de su proceder, era en agravio de sus primeros autores, a 
«quien tanta reverencia se debe. Pues considerando que todas las cosas que en metro son puestas 
atraen a sus autores dos grandes provechos. Lo uno ser así a los oyentes como a los lectores más 
«aceptas, y lo otro que más fácilmente a la memoria de las gentes son encomendadas: aunque con 
«trabajo de mucho tiempo me dispuse a lo hacer con determinada voluntad de no adicionar ni dis- 
»minuir las sentencias y famosos dichos. I por tanto al discreto lector (a cuya corrección me sorae- 
Bto) suplico si coplas o versos de esta mi obrilla el debido sonido no tuvieren, no por eso me culpe, 
«pues no se sufría menos, para que la sentencia del verso de la prosa no discrepase; principalmente 
»en obra de tanta fatiga y trabajo; antes su elocuencia emiende aquello que emienda requiere, y lo 
«demás ampare con las alas de su prudencia y discreción.» 

Como muestra del trabajo de Sedeño, copio los primeros versos del acto primero, para que se 
comparen con los de Urrea: 

Cal. En esto veo, Melibea, Cal. En dar poder á natura 
la grandeza de mi Dios que tan linda te hiciese 

cnán sablinie y grande sea. y dotasse tu figura 

Mel. Decid, porque yo lo vea, de tan alta hermosura 

Caliste, en qaé lo veis tos. qne ninguna ignal te fnese. 

a) Alade sin dnda al de Trato. 



CLXX 



orígenes de la novela 



es principalmente conocido por autor ó compilador de nn diccionario biográfico" qué 
tituló Summa de varones ilustres (^), obra de corto mérito j ninguna originalidad; pero 
merece serlo con más razón por sus elegantes Coloquios de amores y bienaventuranxa (2), 
los cuales, dicho sea de pasada, nada tienen que ver con la historia del teatro, como da 
á entender un moderno académico (^), ni pueden calificarse de desconocidos, puesto 
que en libro tan corriente como el Manual de Ticknor se da exacta idea de ellos, colo- 
cándolos, en el grupo á que realmente pertenecen, es decir entre los diálogos filosóficos 
j morales de Hernán Pérez de Oliva, Francisco Cervantes de Salazar j otros prosistas 
didácticos de la centuria décimasexta (*). Tampoco se ha de confundir á Juan Sedeño, 
como hizo Nicolás Antonio, con un homónimo, y probablemente deudo suyo, que fué 
alcaide ó castellano de Alessandria della Paglia, y publicó en 1587 la primera traduc- 
ción española de la Jerusalem del Tasso. 

Antes de llegar á las imitaciones propiamente dichas de la Celestina, no podemos 
menos de hacer notar el influjo que la parte picaresca de la tragicomedia ejerció en los 
poetas semipopulares de la primera mitad del siglo xvi, cuyas composiciones se regis- 
tran en pliegos sueltos góticos de extraordinaria rareza. El principal representante 



Y a mí quisiese hacer, 
indigno, merced tamaña, 
que te alcanzase yo a ver 
en lugar do mi querer 
descubra mi pena estraña. 

Y para mi gran pasión 
juzgo yo, señora mia, 
ser mayor tal galardón 
que toda mi devoción 

ni cualquiera otra obra pia. 
Dime, si en ello has mirado, 
señora de mi alvedrio, 
quién ovo jamás hallado 
nn cuerpo glorificado 
de la suerte que está el mió. 
Por cierto los muy gloriosos 
ante la viva existencia 
no se hallan tan graciosos, 
tan contentos ni gozosos 
como yo con tu presencia. 



Mbl. 



Cal, 



Mas hay esta diferencia 

de su gloria a mi placer: 

que ellos gozan la apariencia 

de la divina excelencia 

sin temor de la perder; 

yo me alegro con recelo 

del tormento tan esquivo 

que tu ausencia y mi gran duelo 

dan a mi gran desconsuelo 

en grado muy escesivo. 

Tienes este galardón 

por muy grande y muy crecido? 

Júzgale mi corazón 

por tan alto y claro don 

cual otro jamás ha sido. 

Si en la gloria Dios me diese, 

y esto te digo en verdad, 

una silla en que estuviese, 

no pienso que lo tuviese 

por tanta felicidad. 



(1) Svmma de varones ilustres: en la qual se contienen muchos dichos, sentencias y grandes haza- 
fías y cosas memorables, de Docientos y veynte y quatro famosos, ansi Emperadores, como Reyes y Ca- 
pitanes, que ha auido de todas las naciones desde el principio del mundo hasta quasi en nuestros tiem- 
pos por el orden de A. B. C, y las fundaciones de muchos Reynos y Prouincias... La qual recopiló 
Johan Sedeño, vezino de la villa de Areualo. Año de 1551 .. En Medina del Campo, por Diego Fer- 
nandez de Córdoba. Hay otra edición de Toledo, 1590. 

{') Siguense dos coloquios de amores y otro de hienauenturanqa en el qual se trata en qué consiste 
la bienauenturanga de esta vida, nueuamente compuestos por Juan de Sedeño, vezino de Areualo. 
M. D. XXXVI. Sin lugar de impresión. 16 páginas en 4." 

(') Catálogo de obras dramáticas impresas pero no conocidas hasta el presente... Por Don Emilio 
Cotareln y Mori, 1902, pág. 30. 

(*) «Juan de Sedeño published, in 1536, two prose dialogues on Leve andone on Ilapiness. The 
»former an a more philosophical spirit and with more terseness of manner, than belonged to the 
sage» (t, II de la ed. de 1863, pág. 10;. ' " ' '' 



INTRODUCCIÓN CLxxr 

de este género, qae llegó á los últimos límites del cinismo, es Kodrigo de Reinosa, émn- 
lo de los más licenciosos poetas del Cancionero de Burlas ('). A propósito de sus Coplas 
de las comadres escribió Gallardo: «Es una pintura al fresco, viva y colorada, de las 
» costumbres de aquel tiempo. Pocas poesías se leerán impresas en España más libres y 
» licenciosas que estas coplas. Son además graciosísimas.» En lo primero no hay duda, 
porque las Coplas son verdaderamente desaforadas; pero lo segundo dista mucho de 
ser cierto, porque son groseras, toscas y llenas de incorrecciones métricas. Citaremos 
algunos versos de los menos malos, en que saltan á la vista las reminiscencias de la 
Celestina: 



Allá cerca de los muros, 
Casi en cabo de la villa, 
Cosas haz de marauilla 
Vna vieja con conjuros, 
Porque tengamos seguros 
Los plazeres cadal dia, 
Llámase Mari Garcia, 
Sabe encantaderos duros. 

Una casa pobre tiene, 
Yende hueuos en cestilla, 
No ay quien tenga amor en villa 
Que luego a ella no viene... 

Está en missa y processiones, 
Nunca las pierde con tino, 



Missas dalva yo esmagino 
Son las más sus deuociones; 
Jamas pierde los sermones, 
Bisperas, nona, completas, 
Sabe cosas muy secretas 
Para mudar cora(?ones... 

Ciertas agujas quebradas 
Lan9a en ciertos cora9ones. 
Con muchas encantaciones 
De palabras endiabladas, 
Rayces de cardo sacadas; 
Y a todas las que a ella van 
Escriue con azafrán 
En las palmas ciertas fadas {^) 



A Rodrigo de Reinosa atribuye, con bastante probabilidad, Gallardo otra compo- 
sición mucho más escandalosa que ésta, pero mejor escrita y de carácter netamente 
dramático, pues salvo algunas palabras de introducción narrativa, puede considerarse 
como una pequeña farsa lupanaria ó rufianesca, en coplas de arte mayor f). Tanto en 



(*) No existe ningún estudio especial acerca de este fecundo y desvergonzado versificador. 
En Usoz (Cancionero de obras de Burlas, pp. 237-241), en el Romancero General de Duran (ns. 285, 
1252, 1845), en el Catálogo de Salva (tomo I, pp. 14 y 15) y sobre todo en el tomo IV del Ensayo 
de Gallardo (pp. 42 á 59, 1406 á 1422), se encuentran varias piezas poéticas suyas y noticias hiblio. 
gráficas de otras. Dos de sus pliegos góticos fueron reproducidos en facsímile por D, José Sancho 
Rayón. 

(') Aqui comienqan vnas coplas de las comadres. Fechas a ciertas comadres no tocando en las bue- 
nas: saluo de las malas y d' sus lenguas y hablas malas, y de sus ajeytes y sus azeytes y blanduras; z 
de sus trajes z otros sus tratos, Fechas por Rodrigo de Reynosa (Facsímile de Sancho Rayón). El ori- 
ginal que sirvió para ella pertenece á la inestimable colección de pliegos góticos que posee la Biblio- 
teca Nacional, procedentes de la de Campo Alanje. 

(') Gracioso razonamiento, en que se introducen dos ruñanes, el vno preguntando, el otro respon- 
diendo en germania, de sus vidas z arte de vivir: quando viene vn alguacil; los guales como le vieron, 
fueron huyendo, z no pararon fasta el hurdel a casa de sus amigas: la vna de las quales e^taua riñen- 
do con vn pastor, sobre quel se quexaua que le auia hurtado los dineros de la bolsa. Y viendo ella su 
rujian hazese muerta, y el se haze fieros, y dize al pastor que se confiese, el qual haziendo asi, acaua. 
Reproduje este Razonamiento en el Ensayo de Gallardo (t. IV, cois. 1418-1422), excepto las seis 
últimas estrofas (confesión del pastor)^ que no me atreví á incluir por estar llena de . horribles- obs- 
cenidades. 



cLxxii orígenes de la novela 

ftlla como en el Coloquio entre la Torres-Altas y el rufián Corta- Viento {% hizo 
♦larde Rodrigo de Reinosa de emplear la jerigonza llamada ger)nanía, nombre que 
por primera vez aparece en sus obras, y es por tanto más antiguo de lo que generalmen- 
te se cree (^). 

El desenfreno que tales composiciones arguyen es un signo de los tiempos, que 
importa al historiador registrar y considerar maduramente. La disolución social de las 
postrimerías de la Edad Media, contenida por la férrea mano y el alto pensamiento de 
los Reyes Católicos, fermentó tumultuosa durante el efímero reinado de Felipe el Her- 
moso y el nominal de su infeliz consorte; y no llegó á ser vencida y domada hasta que 
el César Carlos V, que no era ya el inexperto y mal aconsejado joven de su primer 
viaje á España, entró en la plenitud de su misión histórica. Anarquía fué ésta de la 
cual participaron nobles y plebeyos, eclesiásticos y legos, seculares y regulares; anar- 
quía de palabras, de ideas y de costumbres, que si no hizo vacilar los fundamentos de 
la creencia tradicional, dio calor á la secta indígena de los iluminados místicos, favo- 
reció los progresos del libre pensar erasmista, que llegó á nacionalizarse en alto grado, 
y abrió en parte los caminos de la Reforma, aunque por otro lado fuese su antítesis. Y 
de la misma suerte, en el orden político produjo á un tiempo tardías reivindicaciones 
aristocráticas; generosos aunque mal concertados esfuerzos por la libertad municipal, 
corona de las ciudades castellanas; insurrecciones que, sin perder el carácter dé los 
antiguos bandos y hermandades, parecían agitadas por un soplo revolucionario más 
ardiente é impetuoso; y hasta en algunos espíritus turbulentos, sueños de repúblicas 
al modo de Genova y Yenecia, y en la masa popular de aquellas tierras donde la indus- 
tria y el comercio habían madrugado más, una agitación hondamente socialista, de que 
los agermanados de Yalencia y Mallorca fueron terribles definidores ó intérpretes. 

La libertad ó más bien la licencia de la imprenta no tuvo cortapisa en aquellos 
años. La Inquisición, atenta sólo á la persecución de los judaizantes, que había sido 
el primordial objeto de su introducción en Castilla, no se cuidó hasta mucho más tarde 
de intervenir en la censura de libros, y aun el primer índice no se hizo en España, 

O Comienga vn razonamiento por coplas^ en que se coirakace la germania z fieros de los rufianes 
z las mugeres del partido, z de vn rujian llamado Cortauiento y ella Catalina torres altas, con otras 
dos maneras de romance y la Chinigala. Fechas por Rodrigo de Reinosa (n,° 4487 de Gallardo). 

Otraá composiciones de muy diverso estilo tiene Rodrigo de Reinosa, feliz imitador de Juan 
del Enzina en la poesía pastoril y aun en la lírica popular de asunto religioso. Pero no me incumbe 
tratar de ellas aquí, reservando para otro lugar el estudio de este peregrino poeta, que acaso fué 
oriundo de la villa montañesa de su apellido, pues no hay otro pueblo homónimo en España. 

(*) Incidentalraente fué imitada la Celestina en otros pliegos sueltos que relatan fierezas y 
desgarros de jaques y rufianes, pero tienen menos curiosidad que los de Rodrigo de Reinosa. Un 
solo rasgo de la tragicomedia, el ditirambo que pronuncia Celestina en el acto IX, escandecida por 
el mosto de Luque ó de Munviedro, fué origen de una serie de Villancicos muy graciosos de unas 
comadres muy amigas del vino. Tienen verdadera gracia, y en Gallardo (t. I, n .* 1 ^72) pueden leerse. 
Uno de ellos tiene por tema inicial una frase de la vieja dipsómana: 

La letra dice que beban 
Tres veces a la comida; 
Mas debe estar corrompida... 

«íPármeno. — Madre, pues tres vezes dizen que es bueno e honesto todos los que eecriuieron. 
aCeleti. — Hijos, estará corrupta la letra, por treze tres.s 



INTRODÜCCIOK ei-xxm 

sino en la Facultad teológica de Lovaina, como es notorio. Bajo este aspecto puede 
decirse, habida consideración á los tiempos, que la literatura del reinado de Carlos V 
(es decir, de casi toda la primera mitad del siglo xvi) se desarrolló con pocas trabas, lo 
cual explica su libertad y audacia, su desordenada y juvenil lozanía que tanto contrasta 
con el tono grave, reflexivo y maduro que todas las cosas fueron tomando en tiempo de 
Felipe II. 

Dejando aparte lo que toca al desarrollo general de las ideas y al fondo de la lite- 
ratura didáctica y polémica del Renacimiento, materia no bien tratada aún y en que 
conviene hacer muchas distinciones, el genio poético de aquel principio de siglo habló 
mordaz y cáustico por boca de los grandes satíricos Torres Naharro, Gil Vicente, Cris- 
tóbal de Castillejo, en quienes la valentía del pensamiento se junta con la gracia de la 
dicción. La sátira lo invadió todo, desde las farsas teatrales hasta la acicalada prosa de 
los hermanos Valdeses y la pintoresca y sabrosísima del médico Villalobos. La corrien- 
te naturalista derivada de la Celestina fué engrosando sus aguas, cada vez más tur- 
bias, al pasar por el bajo fondo social, y paró en representaciones monstruosas, con que 
ingenios mediocres halagaban una profunda depravación social. 

Esta depravación, que en el centro de España era más bárbara que refinada hasta 
que por los puertos secos se comunicó á Castilla el contagio, tenía su principal asiento 
en las ciudades marítimas y populosas, enriquecidas por la navegación y el tráfico, 
especialmente en las del Mediterráneo, abiertas de antiguo á la influencia italiana, que 
juntamente con los primores de sus artes les comunicaba aquel género de viciosa elegan- 
cia que suele ser fatal é inevitable cortejo de la opulencia y del lujo. En esta parte nin- 
guna ciudad tuvo tan extraña reputación como Valencia, por lo mismo que ninguna 
del litoral la aventajaba en el arreo y gala de sus moradores, en la belleza de sus mu- 
jeres, en las comodidades y deleites de la vida y en la alegría y pompa de sus fiestas y 
regocijos populares. Del estado de las costumbres en el siglo xv tenemos peregrinos 
datos en los sermones todavía inéditos que en su nativa lengua predicaba San Vicente 
Ferrer ('). Si se comparan con las pinturas que en su famoso libro satírico trazó Jayme 
Roig ('^), el orador sagrado y el poeta se completan mutuamente, y el testimonio del 
uno y del otro puede corroborarse con documentos legales y notariales, libres de toda 
sospecha de hipérbole. 

A principios del siglo xvi Valencia estaba considerada como la ciudad de la galan- 
tería, la metrópoli del placer: 

Os jardins de Valenpa de Aragáo 
Em que o amor vive e reina, onde florece, 
Por onde tantas rebugadas váo. 

C') Véase el interesante estudio, con extractos copiosos, que de estos sermones, los cuales se 
conservan manuscritos en la Biblioteca de la Catedral de Valencia, ha publicado su digno archivero 
D. Roque Chabás en la Revista de Archivos, Bibliotecas y Museos, tercera serie, tomos VI, VII, VIII 
y IX (1902 y 1903). Conviene advertir que muclias de las cosas que San Vicente dice 8obr& los 
vicios y escándalo)» que afligieron á la cristiandad durante el largo cisma de Occidente son de apli- 
cación general y no circunscrita á Valencia, pero otras tienen un carácter local muy marcado. 

(*) Spill o Libre de les Dones. Per Mestre Jacnie Roig. Edición critica con las variantes de toda» 
las publicadas y las del Ms. de la Vaticana, prólogo, estudios y comentarios por D. Roque Ckabá», 
Barcelona y Madrid, 1905 (Forma parte Hp la Biblioteca Hispánica). 



CLxxiY orígenes de la NOVELA 

decía el poeta portugués Sá de Miranda (*). Jardín de placeres la llamaba en 1505 
Alfonso de Proaza. 

De damas liadas hermosas 

En el mundo muy loada... 

Rico templo, donde Amor 

Siempre haze su morada (*). 

Esta equívoca nombradla traspasaba los aledaños hispánicos, y en verdad que pas- 
ma encontrar acusaciones de afeminada molicie bajo la pluma de escritores italianos 
que no tenían grande autoridad para mostrarse muy severos. Plerique Valentini cives 
tum senes tum iuvenes, amoribus dediti ae delüiis, dice el gran humanista Pontano, 
gloria de la honestísima Ñapóles (3), con ocasión de mencionar á un Rodrigo Carrasco 
(¿Carroz?) que á los ochenta años había caído en la inofensiva chochez de tocar la nauta 
ó el pífano y de ir cantando su amor por las calles: «e media scilicet Valentía delatum 
>hoc est» {^). Pontano tenía el buen gusto de no alborotar la calle con músicas y cán- 
ticos, pero en cambio confiesa que daba malos ratos á su mujer con los amores de cier- 
ta puella gaditanula {^). De los conventos de monjas de Valencia escribió horrores; la 
relajación era evidente {% pero no mayor que la que podía ver en su tierra. 

(•) Poesías de francisco de Sá de Miranda (ed. de D.* Carolina Michaélis), Halle, Niemeyer, 
1885, pág. 250. 

(*) En el romance heroico que acompaña á su Oratio luculenta de laudibus Valentiae, recogido 
luego en el Cancionero General. 

O De Sermone, lib. III, pág. 1651 de las obras de Pontano en la edición de Basilea. 

(*) «.Senex praeterit, octogenarius, cantitans amore insaniens...'i> (En el diálogo Antonius, fol. 36 
vto. del tercer tomo de la edición de Florencia por los herederos de Felipe lunta, 1520). Sospecha- 
mos que se trata de la misma persona que en el pasaje anterior. 

(^) En el mismo diálogo Antonius (fol. 65 vto.) hace decir Pontano á su mujer: aMaritus meus 
amat ancillulas si quasfacie liberali vidit, sectatur ingenuas puellas. Anno superiore Tarenti cum esset, 
congnovit non unam, anno ante in Hetruria cum Gaditanula deprehensus fuit. locatur etiam domi eum 
jEthiopissis, nec pati possum eius intemperantiam.» . 

Tales costumbres no autorizan á nadie para convertirse en censor de las ajenas, pero Pontano, 
aunque fiel servidor de la dinastía aragonesa, había dado en la manía de atribuir todos los males del 
reino á su trato con los catalanes y demás españoles: el uso del puñal, las blasfemias y juramentos, 
la prostitución y todo género de horrores. Así lo dice en el mismo diálogo Antonius (p. 33): cíldeoque 
y>innocent¿ssimus olim populus dum a Catalonia reliquaque Hispania comportandis gaudet mercibuSy dum 
»gentis eius mores admiratur ac probat, factus est inquinatissimus .y> 

{') Valentine in Hispania citeriore aedes quaedam sacrae, Vestaliamque monasteria ita quiden 
patent amatoribus, ut instar lupanariorum sint. (En el tratado De immanitate, tomo II de la referida 
edición florentiua, fol. 217 vto.) 

Esta escandalosa noticia puede ponerse en cuarentena respecto de la época en que escribía Pon- 
tano, pero de tiempos anteriores hay documentos que, desgraciadamente, la confirman. Véase una 
carta de los Jurados de Valencia á 5 de septiembre de 1414 sobre el monasterio de San Julián extra- 
muros, que estaba fet spluga e niu de vicis e peccuts (Garboneres, La Mancebía en Valencia, 1876, 
pág. 57). Cf. Danvila (D. Francisco). El robo de la judería de Valencia en 1391, tomo VIII del BolC' 
tin de la Academia de la Historia, pp. 370 y 387. 

En una visita eclesiástica del monasterio de Bernardas de la Zaidia de Valencia del año 1440 
(Archivo Histórico Nacional) se manda por el Visitador que ninguna religiosa lleve <imanteta, man- 
tonet, paternostres daur ni de coral... que no e'pelen las celles, los polsos, ni rajen pintades, go est, de 
blanquet, argent e color e diferse luors en la cara (Revista de Archivos, 3." época, tomo VIII, pági- 
na 293). 



INTRODUCCIÓN clxxv ' 

Dos veces aparece en el Orlando íurioso el nombre de nuestra ciudad levantina, y 

siempre con el mismo concepto tradicional y en gran parte injusto que de ella se tenía. 

Pinta el Ariosto á Rugero encantado y sumergido en las delicias del jardín de Alcina: 

Umide avea rinanellate chiome 
De' piú soavi odor clie sieno in prezzo: 
Tutto ne' gesti era amoroso, come 
Fosse in Valenza a servir donne avvezzo. 

(Canto Vn, eit. 55). 

La heroína del picaro cuento de Giocondo y del rey Astolfo era también valencia- 
na, según el maligno poeta de Ferrara: 

Una figliuola d' uno ostiero ispano, 
Che tenea albergo al porto di Yalenza, 
Bella di modi e bella di presenza. 

(Canto XXVIII, est. 52). 

Lo de los soavi odori requiere alguna explicación. Ya en el siglo xv eran buscados 
en Italia con predilección los objetos de perfumería procedentes de Valencia. De ello 
da testimonio uno de los cantos de Carnaval del tiempo de Lorenzo el Magnífico, titu- 
lado en algunas colecciones La canxone dei galanti y en otras Canto dei profumieri: 

Siam galanti di Valenza 
Qui per paggi capitati, 
D'amor giá presi e legati 
Delle dame di Fiorenza... 
Secondo i nostri costumi 
Useremo anchor con voi; 
Usseletti, olii e profumi, 
Donne belle, abbiam con noi... (*) 

Los guantes de España, pero muy especialmente de Valencia, eran los más estima- 
dos, y en agosto de 1506 hacía especial encargo de ellos la elegante y sabia princesa 
Isabel df^ Este, recomendando que los viese antes algún español, «porque son los que 
» mejor entienden de la bondad de estas cosas» {^), 

Tales industrias, sin ser pecaminosas en sí mismas {% requieren para desarrollarse 

(*) Trionfi, carri, mascherate o canti carnacialeschi. Florencia. 1559. En esta rarísima colección 
formada por Lasca se atribuye el Canto de los perfumistas á Messer Jacopo da Bientina Cf. Canti 
carnacialeschi, ed. Guerrini, Milán, 1883, pp. 116-17. 

O (íMa il vorressimo in tutta bontá, e di quelli de Valenza, che sonó ben zaldi de dentro e se 
vedono pigati col reverso de fori. Pregamovi ad valere ben examinarli et farli vedere a qualche altra 
persona, et maximae a spagnoli che se ne intendono et cognoscono la bontá loro et come voleno estere per 
uso de donna.y) (Luzio Renier, II lusso d" Isabella d' Este, en la Nuova Antología de 1896). 

(') «El traer olores y el preciarse de ungüentos preciosos, aunque no es gran pecado, es a lo 
;»meno8 sobrado regalo, y aun vicio bien excusado; porque el caballero mancebo y generoso como vos» 
Í»más honesto le es preciarse de la sangre que derramó en la guerra de África, que no de la algalia 
j»y almizcle que compró en Medina.» Así escribía fr. Antonio de Guevara en 1529 ásu amigo Micer 
jPerepqllastre (Epístolas familiares, 2.» parte, XX). Esta donosa letra, en la cual se toca cuan infame 
posa es andar los hombres cargados de olores y pomas ricas, confirma el exceso que en esto haliíu- 
Los guantes adobados se vendían á seis y á diez ducados. 



OLXxvi orígenes be la líOVELA 

un ambiente epicúreo f sibarítico, como era el de Yalencia al decir de los viajeros de 
aquel tiempo, que la pintan como una nueva Capiia, aunque no hayan de tomarse al 
pie de la letra todos sus dichos, que pueden nacer de observación superficial ó son mani- 
fiestas calumnias. Desde el tudesco Nicolás de Popplau, que viajó por España en 1484 
y 85, y el flamenco Antonio de Lalaing, señor de Montigny, que acompañó á Felipe el 
Hermoso en 1501, hasta el libro tan grave y estimado de las Relaciojies universales 
del mundo^ de Juan Botero (1596), para no hablar de otros posteriores, persiste esta 
mala nota de la gentilísima ciudad que fué en todos tiempos emporio de riqueza y de 
cultura {^). En los italianos llega á ser un tipo convencional il signor Lindezxa de 
Valenxa^ aludido en La Cortigiana del Aretino ^). «No hay más lasciva y amorosa 
;> ciudad en toda Cataluña», dice Bandello al comenzar una de sus más trágicas é inte- 
resantes novelas (^). Y á este tenor pudieran acumularse otras citas, si ya no nos hubie- 

(') Viajes de ex rangeros por España y Portugal en los siglos XV, XVI y XVII, colección de 
Javier Liske (año de 1878), traducida y anotada por F. R. (Félix Rozanslíi). Viaje de Nicolás de 
Popielovo, pp. 54-57. La costumbre, sin duda de origen francés, de besar á las damas, que llamó la 
atención del viajero alemán, es una de las que San Vicente Ferrer reprueba en uno de sus sermones 
inéditos: «Si aliqua est mulier juvenis quae osculetur juvenes, dicent et laudabunt eam tanquam bo- 
nam, et ídico ego quod est putaña talis» (Ms. del colegio del Patriarca, fol. 209, sermón predicado 
en Villarreal. Apud. Cliabás, Revista de Archivos, VIII, 293). 

«Aq regard des dames, elles sont les plus bellas et plus gorgiases et mignongnes que on e5ace, 
»car le drap d'or et le satin brochié et le velour craraoisy leur est aussy coramun que velour noir 
))et satin en nostre pays» (Voyage de Philippe le Beau en Espagne en 1501, por Antoine de Lalaing, 
Sr. de Montigny, en el tomo I de la Collection des voyages des souverains des Pays-Bas, publicada 
por Gachard (Bruselas, 1876, p. 211). El mismo Lalaing liace una detallada descripción ade 1' admi- 
»rable bourdeau dudit Valence» (pp. 213-214). 

Al año 1571 pertenece el viaje de Venturino da Fabriano, que acompañó al Cardenal Alejandrino 
legado de San Pío V en España. De este viaje, todavía inédito en la Biblioteca de Dresde, publicó 
algunos extractos E. Nunziante, Un viaggio in Europa nel secólo XVI, y de ellos copia E. Melé (Re- 
vista critica, III, p. 288) un pasaje muy curioso relativo á Valencia: «Le donne di Valenza sonó piú 
»belle deír altre sinora viste in Spagna, e piü invemisate o lisciate e liberissime nella vita loro. Vanno 
»a spasso con cavalieri a piedi, in groppa alie mulé, in cocchio, con troppa licenza... Li cavalieri 
«símilmente... vestono con ogni sorta di lindezza e ornamento, ben spesso piuttosto muliebre che 
))virile, e le donne con tutta la lascivia, con abito como quello di Barcellona, e de piii si coprono ¡1 
))volto, forse per andar piú libere, col mantello o con la ventarola, che tutte portano; usano pianelle 
))dette chiappines, altissime, nella foggia di zoccoli d'Italia; sonó variamente dórate e dipinte.» 

Omito otras citas de viajeros, que nada añaden, como no sea alguna insolencia, y termino con 
la frase, seguramente hiperbólica, de Juan Botero, que por lo menos debiera haberse acordado de 
Venecia antes de escribirla: «Non é cittá in Europa, oue le donne di mal' affare siano piü stimate; 
))COsa ueramente indegna, conciosia che quiui e d' habitazione, e di uestito, e di servitü la libídine 
»avanza V onestá» (Lr. Relazioni Vniversali di Oiovanni Botero, Venecia, 1599, pág. 6). 

(*) Act. I, se. X. «Ho letto il cartello, che manda Don Cirimonia di Moneada al Signor Lín- 
»dezza de Valenza.» 

(*) Novela 42 de la Primera Parte. II signor Didaco Centiglia sposa una giovane, e poi non la 
vuole e da lei é ammazzato. 

«Valenza, quella dico di Spagna, é tenuta una gentile e nobilissima cittá, dove, siccome piü 
»volte io ho da mercadantí Genovesi udito diré, sonó bellisime e vaghe donne; le qualí si leggiadra- 
flmente sanno invescar gli uomini, che in tutta Catalogna non é la piíl lasciva ed amorosa ciitá: e 
»8e per avventura ci capita qualche giovine non troppo esperto, elle di modo lo radoao, che le Siei- ; 
iliane non sonó di loro migliori ne piü scaltrite barbíere...» 

(Novelle di Matteo Bandello, Milán, 1813, tomo III, pág. 124). 



TNTRODüCCION olxxxu 

raü precedido en recogerlas los eruditos Crece, Farinelli y Melé ('). Las alusiones á la 
mancebía de Valencia abundan en todas las Celestinas secundarias, sin excluir La 
Lozana Andaluza, compuesta en Italia {^). 

La corrupción había llegado á su punto máximo en los años que precedieron á 
las Germanías (^) v en los inmediatamente posteriores á aquellos tumultos. No es mera 
coincidencia que en 1519 y en 1521 saliesen de las prensas valencianas los dos libros 
más deshonestos de la literatura española: el Cancionero de obras de burlas prococan- 
tes á risa, que estampó Juan Viñao (^), y las tres comedias Thebayda^ Hipólita y 
Seraphina, impresas por Jorge Costilla {^'). 

{* ) Croce (B.), Ricerche hpuno-ltaliune, II. Xoterelle lette aW Accadeíaia Pontaniaim. (Ñapó- 
les, 1898, pp. 1-4). 

Farinelli (Arturo"). Salle Ricerche Ispano-Italiane di Benedetto Croce (En la Rassegna Biblio' 
gráfica della Letteratura Italiana^ Pisa, tomo VII, 1899, pág. 284). 

Melé (Eugenio). Sobre las Ricerche de Croce, en la Revista Critica de Historia y Literatura de 
Altamira, tomo III, 1898, pp. 280 292, 

(') «Más ganaba yo (dice Divicia) que p... que fuese en aquel tiempo, que por excellencia me 
«llevaron al publique de Valencia, y allí combatieron por mí cuatro rufianes» (pág. 2G0). 

(3) «Desde el fallecimiento de la Reina Católica había ido agravándose la dolencia moral que 
afligía al pueblo valenciano. Los asesinatos, impunes muchas veces; las violencias, los cohechos 
(le los jueces y oficiales de justicia, las infidencias de los depositarios de la fe pública, los raptos de 
mujeres, los amancebamientos de los clérigos, la creciente apertura de tabernas, el próspero estado 
de la mancebía; la multitud de enamorados, rufianes, vagamundos, paseantes (picatons), pendencie- 
ros y mendigos que inundaba la ciudad; la infame y repugnante asociación de libertinos, cuyo 
título y objeto no permite el decoro que se recuerden, y otros muchos justificados hechos que es 
innecesario consignar, trazan gráficamente el sombrío cuadro de aquella sociedad desquiciada y 
revuelta. Las crónicas, manuscritos coetáneos, disposiciones de los Jurados y Consejo General, regis- 
tros de los establecimientos piadosos, procesos de la Inquisición y de los Justiciazgos civil y crimi- 
nal, las homilias y otros muchos documentos públicos y privados, lo atestiguan de una manera 
irrefutable». 

Danvila y Collado (D. Manuel', La Gemianía de Valencia, pág. 31. 

E?,co]a.nQ ■(Hiistoria de Valencia, tomo II, lib. X, col. 1449) atribuye el desbordamiento de las 
malas costumbres á «personas estrangeras de allende, que a ocasión de mercadear, la moravan». 

(*) Sabido es que este libro inmundo y soez, cuyo único ejemplar conocido existe en el Museo 
Británico, fué reimpreso en Londres, 1841, por D. Luis de üsoz y Rio, con el extravagante propó- 
sito de mostrar la educación que el clero había dado á la sociedad española. Para Ueoz, fanático 
protestante, era cosa fuera de duda que todas las indecencias del Cancionero habían sido escritas por 
clérigos y frailes. Tesis igualmente disparatada que la de los que suponen á tontas y á locas que 
toda nuestra literatura de los siglos xvi y xvii está informada por el espíritu católico y es una 
' escuela práctica de virtudes cristianas. 

La composición más extensa y brutal del Cancionero de burlas, es decir, la parodia de las Tres- 
cientas de Juan de Mena con bu glosa, tiene algún interés para ilustrar las Celestinas secundarias y 
la historia anecdótica de la prostitución á principios del siglo xvi. Todos los nombres que en ella se 
;. i citan tienen traza de ser reales. Fué escrita, ó á lo menos terminada en Valencia, á la cual se refie- 
t I ren las últimas glosas; pero el autor debía de ser castellano por la soltura y desenfado con que 
maneja nuestra prosa y por las muchas noticias que trae de Salamanca, Valladolid, Guadalajira y 
otros pueblos del interior de España. 

(") Esta rarísima edición existe en el Museo Británico, procedente de la Biblioteca Grenvi- 
liana. Salva (Catálogo^ I, 517) la describe en estos términos: 

«El frontis tiene una ancha orla por sus cuatro lados, y dentro hay un grande escudo de armas 
del Duque de Gandía. En la parte superior de la portada so lee: Con preuilegio, y debajo del escudo: 
k,| Sigúese la Comedia llamada Thebayda, nueuaméte compuesta, dirigida al iUustre y muy magnifico 

I, I CRIgeNKS de la novela.— III. — I 



cLxxyiii ORIGEÍTES DE LA líOVELA 

Esta publicación no se hizo á sombra de tejado, sino con todas las circunstancias 
de la ley, consignando el impresor su nombre y el día en que terminó su trabajo y el 
privilegio de la Cesárea Majestad, que por diez años le aseguraba la propiedad de la 
obra en los reinos de Castilla y Aragón. Y un magnate de tan elevada alcurnia como 
el duque de Gandía, D. Juan de Borja y Llansol, padre del tercer general de la Com- 
pañía de Jesús, que hoy veneramos en los altares con el nombre de San Francisco de 
Borja, fué la persona escogida por el desvergonzado autor de la Thehayda para Mece- 
nas de su obra, en que como él dice «había sacado de madre la cómica prosa» . 

En ninguna parte del libro se dice claramente que las tres comedias sean de la 
misma mano, pero la hermandad de la Thebayda y de la Sei'aphina parece innegable, 
aunque la segunda tenga más chiste y mejores proporciones que la primera. 

De la Comedia llamada Hipólita nuevamente compuesta en metro fácilmente 
podemos descartarnos, pues aunque plagia servilmente la fábula de la Celestiíia^ salvo 
el personaje principal y el desenlace, que no es trágico sino festivo y placentero y por 
consiguiente inmoralísimo, su corta extensión, que no es mayor que la de las farsas de 
Jaime de Huete y Agustín Ortiz, su versificación en coplas de pie quebrado á estilo de 



señor el Señor Duque de Gandía... Al dorso se halla la dedicatoria titulada Prejaction, y en el fol. 11 
otra dedicatoria en verso, después de la cual viene el argumento de La Thebayda. Esta comedia en 
prosa principia en el folio III y concluye al fin del XLV. En el blanco del XLVI se lee: 

Sigúese la comedia llamada Ypolita nueuamenie compuesta en vietro, 

E;ta termina en el fol. LII vto. Siguen después foliación y signaturas nuevas para la 

Comedia niieuamente compuesta llamada SerapJiina, en que se introducen nueue personas. Las qua- 
les en estilo comiengo (sic. por cómico) y á vezes en metro van razonando hasta dar fin a la comedia. 

Finaliza ésta en el reverso del fol. XIII, marcado por errata como si fuera el XII. Después lee- 
mos: Aunque (¿Nunquef) compuesto por el mismo autor. Sigue á esta especie de epígrafe una colec- 
ción de sentencias en pareados de ocho sílabas, las que principian á la vuelta de la penúltima hoja 
y ocupan casi todo el blanco de la última, dejando solamente lugar para lo que copio á continuación: 

Fue impresa la presente obra en la insigne Cibdad de Valencia por matre (sic) George Costilla, 
impresor de libros; acabóse a XV del mes d' febrero del año mil y D. XXj (1521). 

Otorgo su cesárea magestad al présete libro gracia y Priuilegio que ninguno lo pueda imprimir en 
todos los reynos de Castilla ni aragon ni traer de otra imprimido por tiempo de diez años so las penas 
en él contenidas. Fol y vo. 4." como dice el Catálogo de la Biblioteca Grenv. Letra gótica con unas 
figuritas al principio de cada escena de los interlocutores de ella. Tiene foliación que se renueva al 
principio de la Seraphina, y las signs. A-Iiiij. Viene luego Aj hasta Cij. Cada cuaderno es de seis 
hojas.» 

Hasta aquí el bibliógrafo valenciano. Ignoro si este ejemplar, único de que tengo noticia, es el 
m'smo que poseyó Moratín, y al cual se refiere varias veces en sus cartas familiares. En 9 de junio 
de 1817 escribía desde Barcelona á D. José Antonio Conde: «Ha parecido en Lutecia un libróte que 
»me enviarán sin falta, y cuando venga no trueco mi opulencia por la de Midas el de las aures asininas. 
i^Es nada menos que las tres citadas, y vueltas á citar y nunca vistas, comedias La Thebayda, la To- 
))lomea y la Serafina, impresos en Valencia en el año de 1521, esto es, cuando Lope de Rueda jugaba 
))á la rayuela y al salta tú con otros chicos como él en el arenal de Sevilla. Con esta nueva adqui- 
Dsición tengo ya material para unos ocho tomos de piezas dramáticas del primer siglo del teatro es- 
))pañol, comenzando en Juan de la Enzina y acabando por Juau de la Cueva» (Obras Postumas de 
don Leandro Fernández de Moratín, tomo II, 1867, pp. ■284-285). 

Moratín, por distracción sin duda, puso en vez de la Hipólita la Tolomea, que es una dejas 
tres comedias de Alonso de la Vega, impresas en 1566. Las otras dos son la Serafina y la Duquesa" 
de la Rosa. 

En carta al miemo Oonde (9 de agosto de 1817) añade: «Hoy mismo tendré en mis mano« peca- 



INTRODUCCIÓN clxxix 

Torres Xaliarro y todas sus condiciones externas, en suma, hacen de ella una pieza 
dramática y de ningún modo novelesca. Para darla á conocer basta copiar su argu- 
mento: 

<' Hipólito, caballero mancebo de ilustre y antie^ua generación de la Celtiberia (que 
>al presente se llama Aragón), se enamoró en demasiada manera de una douce- 
>lla llamada Florinda, huérfana de padre, natural de la provincia antiguamente nom- 
»brada Bética (que al presente llaman Andalucía); y poniendo Hipólito por intercesor 
»á un paje suyo llamado Solento, estorbaba cuanto podía porque Florinda no cum- 
»pliese la voluntad de Hipólito; pero ella, compelida de la gran fuerza de amor que á la 
> continua le atormentaba, concedió en lo que Hipólito con tanto ahinco la importuna- 
3>ba, y así ovieron cumplido efecto sus enamorados deseos, intercediendo ansimesmo en 
•!>el proceso Solisico, paje de Florinda y discreto más que su tierna edad requería, y 
:> Jacinto, criado de Hipólito, malino de condición, repunó siempre; y Carpeuto, criado 
» ansimesmo de Hipólito (hombre arrofianado), por complacer á Hipólito, no solamente 
»le parecían bien los amores, pero devoto que el negocio se pusiese á las manos; é así 
» todas las cosas ovieron alegres fines, vistiendo Hipólito á todos sus criados de broca- 



ídoras el libro que contiene aquellas comedias antiguas de que hablé á Vd., y él me consolará por 
Dilgunos días de los desabrimientos que continuamente me molestan» (pág, 288). 

La compra se hizo por medio del abate D. Juan Antonio Melón, á quien escribía Moratín desde 
Montpellier, en 10 de septiembre de 1817: «Me han acompañado en mi viaj? aquellas tres rancias 
Dcomedias que me adquiriste, de las cuales aún no he podido leer más que la mitad de la primera. 
dEs una novela en diálogo, imitación de la Celestina y muy inferior á aquel excelente original» 
(pág. 960). 

Antes que Moratín diese breve cuenta de estas piezas en sus Orígenes del teatro español, sólo se 
ericontral>a la escueta noticia de sus títulos y del año y lugar de impresión en Nicolás Antonio 
(Biblioteca Hispana Nova, tomo II, pág. 338), que duda por cierto si el autor es uno solo: «sive 
»unum sive plures». Velázquez, en sus Orígenes de la poesía castellana (traducción alemana de Dieze, 
p. 31C), copió la indicación bibliográfica de Nicolás Antonio, que repitieron luego García de Villa 
(Origen, épocas y progresos del teatro español, p. 251), Pellicer (Tratado Histórico de la Comedia y 
del Hislrionismo, I, pág. 16) y otros autores, ninguno de los cuales da el menor indicio de haber 
visto tales comedias. 

Es muy dudosa la existencia de las dos ediciones que algunos bibliógrafos suponen hechas en 
ijValencia por el mismo Jorge Costilla en 1524 y 1532. Nadie las ha descrito, y puede haber error 
en los guarismos. 

La única reimpresión positiva y auténtica es de la de Revilla, 1546, de la cual se conocen tres 
ejemplares más ó menos completos. Ninguno de ellos contiene la Hipólita, úao solas la Thebaida y la 
Seraphina. Nuestra Biblioteca Nacional posee el magnífico ejemplar que fué de Salva y le sirvió 
para el cínico análisis inserto en el tomo L de su Catálogo. Brunet describe el de la Biblioteca Nacio- 
lal de París, que está falto de las últimas hojas, y Wolf (Studien, pág. 290) cita el de la Biblioteca 
iiiperial de Viena. 

Esta edición de Sevilla no es en folio, sino en 4.» Lleva en la portada y al principio de las esce- 
jas figuritas que supongo que serán las mismas de la edición príncipe. Carece de foliatura y tiene 
|i8 signaturas ar, todas de ocho hojas. Al fin dice: 

I Fue impressa la presente obra, llamada Ttiehayda, en Seuilla en casa de Andrés de Burgos. Aca- 
'5se a diez de Mayo. Año de mil y quinientos y quarenta y seys años. 

La extremada rareza de estas comedias hizo que algunos eruditos sacasen copias de ellas para 
1 estudio. En el departamento de Manuscritos de li Biblioteca Nacional existen la Thebayda y la 
'laphina copiadas del ejemplar de Viena pir Bohl de Faber, y la Hipólita, transcrita de la edición 
- 1521 por D. Agustín Duran. 



CLxxx orígenes de LA NOVELA 

»do y sedas, por el placer que tenía en así haber Floriuda (doncella nacida de ilustre 
» familia) concedido en su voluntad, seyendo la más discreta y hermosa y dotada en 
»todo género de virtud que ninguna doncella de su tiempo.» 

Tanto esta comedia como las otras dos no está dividida en actos, sino en escenas, 
que aquí son cinco. Es pieza muy endeble, y sobre ella hay que estar al juicio de 
Moratín, casi siempre inapelable en las cosas que estudió por sí mismo. «La acción es 
» lánguida y la entorpecen impertinentes discursos, tendencias pedantescas y rasgos de 
» erudición histórica puestos en boca de los criados de Hipólito y en la de Florinda, 
»que, estimulada de indomable apetito, habla de Popilia, Medea, Penélope, Sansón, 
»Electra, David, Clodio, Salomón, Lamec, Masinisa y el rey D. Rodrigo, todo para venir 
»á parar en abrir aquella noche la puerta á su amante. Esta indecente farsa está escri- 
»ta con muy mal lenguaje y muchos defectos de consonancia y medida en los ver- 
»sos» ('). ¡ 

La Seraphina (que no ha de confundirse con las piezas del mismo título, pero de - 
muy diverso asunto, compuestas por Torres Naharro y Alonso de la Yega) es ferozmen- i 
te obscena, pero mucho más ingeniosa que la Hipólita y la Thebayda. Ni siquiera ' 
puede considerarse como imitación de la Celestina^ con la cual no tiene más parentesco , 
que el de su prosa, que sería excelente si no la deslustrasen tantas afectaciones y i 
pedanterías en la parte seria, tantas citas impertinentes de filósofos y Santos Padres, : 
Aristóteles, Platón, Séneca, San Jerónimo, San Bernardo... puestas indistintamente en , 
boca de todas personas, y que contrastan de un modo grotesco con los lances y sitúa- \ 
cienes de la comedia. Moratín incluyó su título en el catálogo que acompaña á sus ^ 
Orígenes del teatro^ fundándose en las palabras con que termina: «Quedad y holgaos ' 
» entre esta gente de palacio, é regocijaos bien, que jo^ Pinardo, acabo de 7'epresentar ^. 
»la comedia Seraphina llamada». Pero basta leer la comedia para convencerse de que 
se trata de una pura fórmula y que el autor no pudo pensar seriamente en que tal 
monstruosidad se representase. 

Su tema, que lo ha sido de innumerables cuentos verdes, desde las colecciones 
orientales hasta la novela afrentosamente célebre del convencional Louvet de Couvray, 
es el mismo que en la antigüedad sugirió la fábula de Aquiles y Deidamia y en los 
tiempos modernos un episodio del canto 6.° del Don Juan de lord Byron: las aventuras 
amorosas de un hombre disfrazado de mujer (-). La Gomoedia Alda de los tiempos |] 
medios, que ya hemos tenido ocasión de mencionar, nos ofrece una variante semidra- { 
mática del mismo argumento, y no es inverisímil que el autor le tomase de fuente] \ 
italiana, aunque eran pocos los novellieri impresos (Boccaccio, Sabadino degli Arienti,j >\ 
Massuccio y pocos más) [^) 

(*) Obra, de Moratín, ed. de la Academia de la Historia, I, pág. 152. 

(^) En la introducción que Du Méril puso á su edición de la comedia Alda ( Poésies inéditel ,j 
du Moyen Age, 3 " sección, París, 1854, pág. 423) dice que este asunto se encuentra con alguna Á 
diferencias en el Mischle Sandabar, colección de cuentos hebreos, traducida por Oarmoly, y co j 
identidad completa en un poema francés inédito del siglo xiii, Floris y Lyriope, y en el fahliau di j 
Trubert, colección de Méon, tomo I, pág. 192. 

(^) En dos de las Settanta Nouvelh Porretane del bolones Sabadino (fols. XII y Liiii de la ed 
ción de 1510) intervienen hombres disfrazados de mujeres. Ambas novelas son muy licenciosi 
pero nada tienen que ver con el argumento de la Seraphina. Más se parece el de la novela XII 
Masuccio Salernitano (II NorpUino, ed. Setembrini, Ñapóles, 1874, pp. 150 á 162). ^ 



INTRODUCCiÓN clxxxi 

El enredo de la Seraphina apenas puede exponerse en términos honestos. Un 
caballero portugués, Evandro, se enamora en Castilla de una dama principal llamada 
Serafina, mujer de Filipo, «el qual era de natura frío* . Y como el mucho recogimiento 
de la dama y la guarda cuidadosa de su suegra hacían muy difícil toda conversación 
con ella, un paje llamado Pinardo, disfrazado en hábito de mujer, se ofrece á penetrar 
en casa de Filipo; logra la mayor intimidad y favor con la vieja Artemia, dueña de 
malas costumbres, y con la desenvuelta Violante, doncella de Serafina, y persuade á 
ósta á condescender con la voluntad de Evandro, interviniendo en tan abominable ter- 
cería todos los personajes de la pieza, y muy señaladamente la perversa Artemia, que 
arrastrada por su senil lascivia se presta sin reparo á la deshonra de su hijo. 

Si por un momento pudiera vencerse el disgusto y repugnancia que tales escenas 
infunden, si realmente pertenecieran á la literatura obras como ósta, en que el autor 
convierte el noble arte de la palabra en instrumento de vil sugestión, la Seraphina 
seiía una de las rarísimas producciones de su género que pudiera salvarse del despre- 
cio que todas ellas merecen. Pero el innegable talento de escritor que muei^tra quien 
la compuso agrava el crimen social que cometió y el daño que todavía puede causar 
su lectura, porque la Seraphina está, no sólo perfectamente escrita, salvo en aquellos 
pasajes en que los interlocutores declaman ó profieren sentencias, sino conducida con 
más arte y habilidad que la mayor parte de nuestras comedias primitivas. Y aun 
siendo tan inmoral y lúbrica como es, nunca apela su autor al grosero recurso de 
estampar los verba erótica^ como hicieron Francisco Delicado y los poetas tabernarios 
del Cancionero de Burlas. 

Una riqueza grande de proverbios y de idiotismos familiares; una locución cons- 
tantemente pura, aunque no muy aliñada; un sabroso y natural gracejo, que se mani- 
fiesta en mil expresiones rápidas y felices, son prendas que nadie puede negar á la Sera- 
phi?m.^ y que duele ver tan torpemente empleadas. Algunos versos contiene sobrema- 
nera inferiores á la prosa, todos de la antigua escuela trovadoresca y llenos de tiquis- 
miquis amatorios: 

El qual siente lo que sieuto, 

Y siente qu'el mi sentir 
Ya no siente, 

Y siente qu'el sentimiento 
Del sentido y consentir 
Bien consiente... 

(Pág. 316). 

El poeta estaba tan satisfecho de esta ridicula jerigonza, que no se cansa de admi- 
rarse á sí mismo por boca de sus personajes: «Oh alto y maravilloso fabricador de las 
acosas criadas, y qué gran manera de metrificar: por cierto los (') Sonetos del Serafino 
» Toscano no se igualaron, con harta parte, en la sentencia ni en la gentileza; menos 
»se pueden equiparar los metros del galano Petrarca». 

Engañado vivía el anónimo de Valencia en cuanto á los quilates de su ingenio, que 

(*) Trátase de Serafino Aquilano, célebre músico y poeta napolitano (1466-1500), muy da'io á 
sutilezas y conceptos, por lo cual se le considera como uno de los precursores del seicentismo. En 
España debía de alcanzar mucho crédito á principios del siglo xvi, pues ya hemos visto que también 
Urrea le cita con elogio. 



ctxxxn orígenes DE LA NOVELA 

nada tenía de lírico. Su verdadera fuerza estaba en la observación realista, en la pin- 
tura de costumbres, aunque fuesen malas y abominables. Cuando quiere levantar el 
tono y «trastornar con circunloquios las filosóficas cartas», no dice más que desatinos 
y se pierde en un galimatías ampuloso. Todos los defectos de impertinente erudición 
que la Celestina tiene están subidos de punto en esta comedia, donde Evandro se pone 
muy de propósito á relatar á sus criados la historia del ateniense Foción [cena 2!^]. Pero 
cuando la vena abundante y fácil del estilo va empujada por la corriente del diálogo ó 
se explaya en largas enumeraciones, que son como alarde y muestra de un pintoresco 
vocabulario, muchas de las excelentes cualidades de la prosa de Fernando de Rojas 
reaparecen en su imitador. Véase un corto pasaje, que algo interesa á la historia del 
arte culinario en la España de Carlos V, y es de los pocos que pueden citarse sin repa- 
ro. Trátase de los regalos que hacía el vejestorio de Artemia («estantigua y fantasma 
de la noche») á sus interesados galanes: «Pues los presentes que envía por año ¿quién 
» los podría contar? Las cargas de ansarones enteros, de pollos, de anadones, de lechones, 
» de capones, de palominos, de gallinas, las cestas de huevos frescos, la docena de las 
» perdices, el par de los carneros, la media docena de los cabritos, la ternera entera, 
»las ubres de puerca en adobo, las piernas de venado en cecina, los jamones de dos y 
»de tres años, las cargas de vino tinto, blanco, aloque, clareas, vin grec, otros qu'ella 
3> hace hacer adobados en casa con mil aromatizados olores. Pues las frutas que les 
» envía, á cada uno en su estado, ya es cosa de locura: codoñate, calabazate, citronate, 
» costras de poncil, nueces moscadas, limones en conserva, pastas de coufaciones de cien 
» mil maneras, priscos, peras, membrillos de diversas maneras confacionados y cocidos 
»en el azúcar, y á las vueltas muchas frutas de sartén de mil cuentos de maneras, tra- 
» yendo las mujeres de en cabo la ciudad diestras en aquellos menesteres» ('). 

Muy inferior á la Seraphina^ aunque parece del mismo autor (2), es la Comedia 
llamada Thebaijda^ libro de prolija y fastidiosa lectura, que en la reimpresión moderna 
ocupa la friolera de 544 páginas de letra bastante menuda. Muy tentados de la risa 
debían de ser nuestros progenitores cuando no les encocoraban tales libros, por muy 
licenciosos que fuesen. La acción, aunque diluida en largos razonamientos y alargada 
con episodios parásitos, se reduce en el fondo á muy poca cosa. Véase el argumento 
que el mismo autor antepuso á su fábula: 

«Don Berintho, caballero mancebo y dotado de toda disciplina, así militar como 
» literaria, fué hijo del duque de Thebas, y conmovido de exercitar la fuerza de 
»sus varoniles miembros y la fortaleza de su ánimo y la prudencia de que estaba asaz 
»instruto, así de su natural como adquisita mediante la doctrina de preceptores, vino 
» en las Españas con propósito de servir al rey que al presente la monarquía del mun- 
»do gobierna, después de haber andado peregrinando por otros reinos de diversas nacio- 
» nes; y en el reino de Castilla fué tocado y encendido más de lo que á su grandeza de 
» ánimo convenía del amor de una doncella, huérfana de padres, llamada Cantaflua, 

(') Pág. 379»380. Cito por la reimpresión que los señores Marqués de la Fuensanta del Valle y 
D. José Sancho Rayón hicieron en el tomo V de su Colección de libros españoles raros ó curiosos 
(Madrid, 1873) que comienza con la Comedia Selvagia. De la Seraphina se tiraron también algunos 
ejemplares aparte. 

(') «Estilo, frases, traza, todo es idéntico», dice Gallardo (Ensayo, I, col. 1184). Algo habría 
que objetar á esto, pero en realidad prevalecen las semejanzas. 



INTRODUCCIÓN clxxxiii 

» dotada de extremada hermosura y de incomparable honestidad y virtud, muy rica de 
» posesiones, nacida de ilustre generación y acompañada de muchos parientes y nobles. 
» La cual, asimismo presa en el amor de Berintho, sufrió grandes trabajos, compelida 
» de las fuerzas de su honestidad, á cuya causa el proceso de sus amores se prorrogó 
»más de tres años. Y al fin, sin consejo de sus parientes, intercediendo Franquila, 
» mujer de un mercader y persona discreta, concedió en la voluntad de Berintho, otor- 
»gándole su amor, y se desposaron secretamente, estando Cantaflua en una ermita 
ateniendo novenas. Lo cual sabido por los parientes se aprobó, y así todas las cosas 
» de su historia y lo á ella concerniente tuvieron prósperos y alegres fines, como de la 
» escritura parece.» 

Este plan se desarrolla en quince interminables escenas. Las ridiculas lamentacio- 
nes de Berintho, interpoladas con medianos versos que los demás interlocutores ponen 
en las nubes ('); el desenfrenado apetito de Cantaflua, que se manifiesta en los térmi- 
nos más indecorosos y grotescos; las proezas eróticas del pajecillo Aminthas con Fran- 
quila, la esposa del mercader, con la muchacha Sergia, con Claudia, la doncella de Can- 
taflua, y con cuanta mujer encuentra en su camino; los fieros, baladronadas, embelecos 
y fingidas pendencias del rufián Galterio y de su amigóte «el padre de la mancebía* , 
son los principales ingredientes de esta bárbara composición. Como libro obsceno no 
es sinónimo de libro ameno, la Thebaijda^ que es en alto grado lo primero, poco ó nada 
tiene de lo segundo. A no ser por el interés filológico que realmente ofrece, sería impo- 
sible acabar la lectura de su pesadísimo texto. La procacidad de las palabras corre 
parejas con la inverecundia de las acciones, y el desatino llega á veces hasta la blasfe- 
mia y el sacrilegio. Las vinosas y desvergonzadas lenguas de los rufianes profanan á 
cada paso las advocaciones más santas, jurando por «Nuestra Señora del Pilar de Zara- 
goza» , por «la Verónica de Jaen.> , por «los Corporales de Daroca» , por «las reliquias 
de San Juan de Letrán» , por «la Vera Cruz de Caravaca;> , por «el cuerpo de San Ilde- 
fonso que está en Zamora», por «el Crucifijo de Burgos», por «la Casa Santa de Jeru- 

(') «Menedemo. — En verdad te digo, si hubieses visto las cosas que en prosa y en metro tiene 
Dconipuestas, te pondría espanto» (pág-. 41). 

(í Franquila. — ¿A quién en el mundo visteis vosotros iiablar ni trobar por tan alto y limado 
«estilo? ¿E adonde se hallará su abundancia de vocablos, e la facundia que tiene en la lengua?» 
(pág 104). 

((^ Franquila.— ¿Y en el arte de la oratoria, parécete que se queda atrás? 

y>Menedenio — Muy mejor escribe en prosa que en metro» (pág. 108). 

«Galterio. — Oh canción digna de estar escrita con letras de oro! y cierto aquel Florentino Pe- 
Btrarca, en su galana toscana lengua, no declaró su pasión con sentencia ni metros tan altos, ni 
Dpudo por tal estilo, aunque mucho se trabajaba, representar en público lo que en el alma sentía, 
»en el tiempo que él, como muchas veces afirma, más fuego tuvo encerrado en el peciio; ¡oh quién 
»!a tornase á oír otra vez! ¿Qué me dices, Menedemo, que te veo helado? 

i^Menedemo. — Por la Sagrada Escritura te juro que daría mi caballo con el jaez por tener la 
«canción escrita, porque pienso que cosa semejante á ésta nadie hasta hoy la compuso» (pág. 137). 

«Menedemo. — ¡O santo Dios! qué maravillosa manera de metrificar, e qué medida en los pies, y 
íqué sentencia tan compreliensible en su propósito» (pág. 258). 

Como no es de suponer que el autor de los versos sea uno y el de la prosa otro, habrá que con- 
venir en que ningún poeta ha llegado á la frescura de este anónimo en lo de elogiarse á sí mismo. 
Todas sus composiciones son á estilo de los cancioneros del siglo xv. Las más curiosas son dos glo- 
H aas de romances, Rosa Fresca, y Por el mes era de Mayo. 



CLxxxiv orígenes de LA NOVELA 

salen», etc., ejemplo que luego siguieron Feliciano de Silva y otros, no por verdadera 
impiedad, según creo, sino por una absurda mezcolanza de lo más profano con lo que 
sólo debe inspirar acatamiento y reverencia. Cuando Galterio sugiere á Berintho la 
idea de valerse de Franquila como tercera en sus amores, exclama asombrado el pro- 
tagonista de la obra: «Este consejo no ha procedido de Galterio, pero sin duda de la 
» inmensa Trinidad fué guiado, y espíritu de profecía inspiró en él, y alumbrado de la 
» Divina Justicia, con la primera flecha que dio en el blanco» (pág. 54). «Que el Señor 
;> que guió en Belén los tres Beyes de Oriente te guíe» dice Claudia á Aminthas después 
de una noche de amores (pág. 464). A este tenor hay otros pasajes increíbles, que me 
guardaré muy bien de indicar, porque causarían más escándalo que provecho. 

La deshonestidad y la pedantería son las notas características de la Thebayda, sin 
que se pueda decir cuál predomina. En la primera no hay que insistir, pues tanto á 
esta comedia como á la Serapkina (y aun más á la Thebayda^ por ser cinco ó seis veces 
más larga) les cuadra lo que desgarradamente escribió Gallardo en una de sus notas 
bibliográficas: «Es toda ella un continuo fornicio á ciencia y paciencia del público 
espectador». El autor creyó componerlo todo con un matrimonio final, que, lejos de 
destruir, agranda, dejándolos impunes, el mal ejemplo de tantas situaciones y discur- 
sos indecentes. ¡Qué lejos estamos de la lección grave y pesimista que en el fondo en- 
traña la Celestina^ donde la ley moral, violada un momento, se restablece vengadora 
por el conflicto trágico! 

El éxito de la Thehayda^ que en las escenas bajamente cómicas tiene fuerza y natu- 
ralidad, es ridiculamente enfático en la parte que quiere ser oratoria y sentimental. A 
cada paso se tropieza con párrafos de este jaez, puestos sin distinción en boca de todo 
género de personas: 

«Oalterio. — ¿No miras que la corona del hijo de Latona ya no resplandece, y tam- 
»bién en la octava esfera, en el sublunar mundo está dividiendo la luz de las tinie- 
»blas, y Vulturno con el aliento de la húmeda noche anda corrusco?...» (pág. 50). 

«Aminthas. — Ya el arrebatado Bóreas con el poco temor por el ocaso de los aten- 
»tos (?) del basis procedentes, y con las fuerzas nuevamente en él infusas, a causa de 
»la lumbre del primer planeta está predominante, anda despojando los árboles de sus 
» frondas, y á los dulces campos de la apostura de sus hermosos cabellos» (pág. 451). 

«Claudia. — No pienses, mi verdadero amigo Aminthas, que descanso hallándome 
» falta de ti, que eres mi verdadero bien; ni pienses... que los rayos piramidales proce- 
» dentes del lucido Febo resplandecen más en el sublunar mundo, ni pienses que la 
» hermosa cara de Apolo es tan grata á toda potencia vejetativa, cuanto más agradable. 
»a mí la vista de tu graciosa persona; ni la festividad de las mieses es tan delectable al 
» ministro de la agricultura; ni la sombra del frondoso árbol en el estío es más conve- 
»niente al que viene cansado; ni fuente ni arroyo del agua que va saltando es más 
* apacible al que quiere matar la sed, que á mí es dulce tu conversa y los razonamien- 
» tos de tan gentiles y graciosas sentencias, que de la elegancia de tu lengua y claro y 
» maravilloso entendimiento proceden...» (pág. 408). 

Berintho y Cantaflua se enamoran en párrafos astrológicos y metafísicos, de dos ó 
tres páginas de andadura, que darían envidia á cualquiera de los más gárrulos orado- 
res modernos: 

«Ber. — ¡Oh mi señora! ¡Oh mi verdadera felicidad! Ni la luciente cara de Apolo 



INTRODUCCIÓN clxxxv 

» resplandece tanto en el hemisferio, cuando con los rutilantes y encendidos rayos fuga 
/'la congregación de los globos (¿lóbregos?) vapores; ni el rostro de la fermosa Dia- 
'>na se muestra más claro en el signo de Libra ó Acuario, cuando su vista y clarí- 
:>fico rostro resplandece en mi entendimiento, enseñándole las verdaderas líneas de tu 
»tan inmensa excelencia y de tu tan incomparable poderío, con el cual, acompañándole 
»la beldad sin comparación que tanto florece en tu persona, pusieron en prisión mi cau- 
»tiva libertad, dándole leyes de perpetua servidumbre, de la cual, más áspera que la 
» causada por la culpa del postrimero rey de los israelitas, fuera imposible tener 
» esperanza de libertad, si no fuera con el mando de la misma primera causa, de donde 
^procedió la privación de los sentidos corporales juntamente con el del libre albedrío; 
» pero este tan primario y supremo poder, acompañado de su demasiada clemencia, 
» usaron de tanta benevolencia, de tanta mesura, de tanta piedad, que certificadas las 
» potencias de la razón, ya tan privadas de las sus obras, y certificado el ya tan apasio- 
»nado entendimiento del remedio que de la su alta bondad les venía, en un instante, 
i>en un improviso se verificaron y unieron de tal manera, que la mucha y grande espe- 
/> ranza y tan entera noticia y notoria cerleriorizacion que venían á obtemperar y á 
'> gozar en especulación de su clarífica vista, dieron ocasión que cobraran de nuevo 
» aliento, para que las partes y potencias de menor dignidad, ejerciendo el fin de su 
V composición, trujesen en su presencia á este tu verdadero subdito, tu fiel servidor, tu 
->tan aherrojado cautivo; pero gran mudanza, gran novedad se les representa, en haber 
>tan de súbito perdido la vista, con la tan demasiada lumbre que sienten proceder de 
»los clarores de tu seráfica y alta mesuran (pp. 354 y 355). 

Además de este detestable gusto, entre retórico y escolástico, que hace al incógnito 
comediógrafo un precursor de las peores extravagancias del siglo xvii, como el Aretino 
lo es de muchos de los vicios del secentismo italiano, hay que notar en la Thebayda 
un gran número de latinismos inútiles, de los cuales ya hemos visto algunos; á los cua- 
les pueden añadirse permisa por «permitida» , vaco por «vacío» , blandicias por 
«halagos ó caricias», proditor por «traidor», demulcir por «ablandar», solercia por 
«discreción ó prudencia», curriculo por «curso de estudios» y otros que es inútil 
citar. De mitología é historia no se hable. Todos los personajes han leído á Quinto 
Curcio y á Valerio Máximo y saben al dedillo las Oejiealogias de los Dioses de Bo- 
ccaccio. Menedemo dice á su señor que oirá el cuento de sus amores «con más atención 
»que el Tarquino Prisco los tres libros de la prudente sibila» (pág. 29). Franquila, que 
es una Celestina de corto vuelo, dice á su rufián: «Siéntate, Galterio, y tu venida sea 
»con tanta prosperidad y tan en buen hora como fué la de Furio Camilo á los romanos, 
» cuando, elegido dictador, alzado su destierro, vino á remediar el Capitolio» (pág. 71). 
Nada tenía de ingenio lego el que compuso la Thebayda; más bien pecaba de eru- 
dición farraginosa é impertinente. No sólo abusa de las citas de autores clásicos, espe- 
cialmente de Séneca, Cicerón, Virgilio, Ovidio, Persio y Juvenal, sino que se complace 
todavía más en las de los Santos Padres y doctores de la Iglesia, cuya doctrina aplica 
al redropelo, formando extraño contraste con la profunda inmoralidad de la obra. Hay 
verdaderas disertaciones teológicas sobre el sumo bien, sobre las excelencias de la vir- 
tud y el corto número de los elegidos, sobre el pecado original, sobre el sacramento de 
la penitencia. Menedemo, criado grave y sentencioso de Berintho, cierra la última 
escena con un largo y edificante sermón, en que recopila toda la historia sagrada desde 



cLxxxvi ORÍGENES DE LA NOVELA I 

la creación del mundo hasta la venida del Antecristo j el Juicio Final. Y adviértase ! 
que en todo esto hay propiedad de lengua.] e y suma ortodoxia en los conceptos. Sólo á 

la pluma de algún estudiante de Teología puede atribuirse tan híbrido y escandaloso ¡ 

maridaje de lo más profano con lo más sagrado. • 

Los personajes de la Thebai/da^ sin ser verdaderos caracteres literarios, viven con i 
cierta vida brutal y fisiológica. El mejor trazado es, sin duda, el rufián Galterio, que 

conserva todos los rasgos esenciales del admirable Centurio de la Celestina^ pero abul- i 

tados monstruosamente hasta la caricatura, y añade otros nuevos, muy curiosos para , ■ 

la historia de las costumbres. En la Thebayda se aprende la intimidad en que este i 

género de facinerosos vivía con los ministros de justicia, alguaciles y porquerones, \ 
que entraban á la parte en sus robos, denuncias y estafas (•); la especie de barato que 

cobraban en los hostales y tablajerías; la protección vergonzosa que les daban los , 

grandes señores, asalariándolos como bravos de profesión ó como activos corredores de j 

sus vicios. El repugnante tipo del «padre de la mancebía» , el rey Arlot de los tiempos i 

medios (-), viene á dar los últimos toques á este horrible cuadro. ] 

La Thebayda^ como todos los libros de su género, es un rico depósito de lenguaje ; 

popular, y abunda en proverbios é idiotismos, especialmente cuando habla Galterio. Allí : 

se repite el célebre refrán «topado lia Sancho con su rocín» (pág. 247), que ya había | 

recogido el marqués de Santillaua en esta forma: «tallado ha Sancho el su rocín» {^). ! 

Reminiscencia probablemente de algún cuento y germen de una creación inmortal. í 

Las tres comedias que acabamos de analizar fueron no sólo impresas sino compues- j 

tas en Valencia, de cuyo lenguaje conservan algún rastro en ciertas palabras, tales '] 

como gañivetes por cuchillos, tastar la fruta nueva por catarla ó probarla, codoñate \ 

por carne de membrillo ó mermelada, citronate por cidra confitada, rojidaUas por cuen- í 

tos, hostal en el sentido de mancebía, y en algunas alusiones locales, v. gr. «ir al tálamo i 
virgen «como el portal de Cuartea (*). Pero no puede admitirse sin otra prueba que 

(•) (^Galterio. — Mi principal intención es, como ya sabes, ser amigo de todos los ministros de la i 
«justicia, porque éstos contentos, puede hombre desollar caras en medio de la ciudad como cada ji 
»día ves que se hace; y esto con poco trabajo t-e alcanza, porque con dar... algunos avisos de honi- I-, 
sbres facinerosos, }• de algunos que juegan juegos devedados, y de algunas mancebas de casados, : 
»ó frailes ó clérigos pobres, que de los demás otro norte se sigue, como luego y también acostum- i i 
))bro acompañar algunas noches al corregidor ó teniente, ¡y con llevalle alguna vez un presentilio I 
«liviano de cualquier par de perdices, y con otros servicios de pelillo semejantes á éstos puedes á ' i 
«banderas desplegadas matar moros. .» 

«Esto dfejado, también procuro de tener contentos los caballeros de la ciudad, en algunas cosas d 
«como en acompañallos de que hombre los encuentra en la calle, que es cosa de que ellos mucho se '{ 
«honran; y también loar sus cosas á persona que se lo hayan de decir el mismo día, como á criados ^ 
«y familiares de su casa... Otra forma no pensada tengo también para con los señores de la Iglesia, < 
«etcétera» (pp. 180-183). 

C-*) D. Pedro IV de Aragón mandó extinguir este oficio, por carta real dada en Valencia á 6 de jj 
marzo de 1337 (vid. Aureum Opus regalium privilegioruvi, p. CIII. De revocatione officii regís Arlo- 'y 
ti^ VIII, citado por Oarboneres en sus curiosos apuntes históricos sobre La mancebía en Valencia, 
Valencia, 1876). 

(') Obras del marqués de Santillana, ed. de Amador de loa Ríos, pág. 513. 

(*; Vid. sobre estos valencianismos de la Seraphina {qwo son mucho más raros en la Thebayda) 
una indicación de D. Cayetano Vidal de Valenciano en Lo Gay Saber, segunda época, año TV, 15 
de mayo de 1881. 



INTRODUCCIÓN clxxxvh 

el autor fuese valenciano, porque no había en Valencia á principios del siglo xvi nin- 
gún escritor indígena que dominase la lengua castellana hasta el punto de poder escri- 
bir la prosa abundante y lozanísima de la Seraphina y la Thebayda. Aunque el inüujo 
del castellano hubiese ido penetrando en los géneros poéticos desde fines del siglo x\ , 
en la prosa, que es un instrumento mucho más difícil do manejar, apenas se mostraba 
todavía. Los más insignes escritores valencianos del tiempo de Carlos V escribieron en 
latín; algunos continuaron escribiendo en catalán. Hasta fines de aquella centuria no 
hubo en Valencia prosistas castellanos dignos de competir con los de la España central 
y Andalucía, aunque hubiese ya muchos excelentes poetas líricos y dramáticos. Algu- 
nos cronistas, como Viciana y Beuter, se habían traducido á sí mismos, pero lo hi(;ie- 
ron con suma tosquedad y rudeza. Un vocabulario tan rico, una sintaxis tan gallarda y 
libre como la de la Thebaijda presuponen un autor que había mamado con la leche la 
pureza de la lengua castellana. 

Avanzando más, puede tenerse por seguro que el tal autor era andaluz. A cada 
paso habla de cosas propias de aquella región. En la Seraphina (pág. 379) se mencio- 
na «el lienzo sevillano y el lino de Guadalcanal, que cuesta á moneda de oro la vara:> . 
En tierra andaluza había hecho su aprendizaje el Galterio de la Thebayda: «Yo he 
»sido prioste de juego de esgrima, y en San Lúcar de Barrameda serví un hostal por 
»el mismo señor de la casa, y en Carmona tuve casa de trato, y en algunas partes, 
>como ya te es notorio, he sido padre» (pág. 64). Una de estas partes había sido 
Lucena (pág. 48): «Seyendo mancebo y hijo de vecino en Ecija, me afrentó la justi- 
»cia» (pág. 81). Afrentar está tomado aquí en el sentido de azotar. «Estábamos en 
» Cabra, en la posada de Pedro Agujetero» (pág. 92). El mismo Galterio hace el pane- 
gírico de su invencible espada en estos términos: «Ue treinta años á esta parte no se 
» ha hecho desafío en toda la Andalucía donde ella no se haya hallado, porque de Cór- 
»doba, de Cádiz, de Jerez, de Málaga y de otras muchas y diversas partes, donde suce- 
»den algunos desafíos entre los amigos, luego me envían por ella, y con ésta fué con la 
»que mataron al tablajero de Sant Lúcar, y con ésta cortaron entrambos los muslos á 
»Navarrico, el soldado del duque, y con ésta Rabanal hizo las grandes cosas en Tele- 
ndo, y al tiempo que Solisico mató el vizcaíno en Alcázar de Consuegra, no fué otra 
/>cosa la causa salvo tener esta espada» (págs. 132-133). El Potro de Córdoba había 
sido teatro de sus proezas: «Por cierto fué gran osadía la mía, que estando en el Potro, 
'> Francisco Guantero hizo muestra que iba á hacer mano contra mí, y no se hubo aca- 
'>bado de desenvolver, cuando ya le tenía con su mismo puñal cortada la mano dere- 
>cha clavada encima del bodegón de Gaytanejo; pero ni por eso perdí la tierra ni dejé 
>de pasearme» (pág. 176). El vino que los protagonistas beben no es el de Murviedro, 
tan grato á Celestina, y que debía de ser el que principalmente se consumiese en Valen- 
cia, sino de la vega de Martos, de Luque ó de Lucena (págs. 326-27). La «tabernilla 
del Alcázar, el Caño quebrado» y otros sitios que en el libro se mencionan, pertenecen 
á la topografía de Córdoba, según el decir de los expertos en ella; pero no creemos que 
eso sea suficiente motivo para tener á su autor por cordobés. Lo mismo podría supo- 
nérsele hijo del reino de Jaén ó de los Puertos, puesto que de todas partes tiene recuer- 
dos picarescos: «¿No me has oído decir de cuándo fui al desafío, que maté á Francisco 
p Cordonero en Arjona?... Pues ese fué mi padrino, y el tiempo que en Moguer nos qui- 
psimos embarcar, cuando doce por doce tuvimos la cuestión, de cuatro que quedamos 



CI.XXXVIII orígenes de LA NOVELA 

» vivos ese es el uno, y el otro el ventero de la Guarda Cabrilla j el otro el que agora 
ves Padre en Estepa» (págs. 424-425), Pudieran añadirse otros pasajes, pero no hacen 
falta para comprobar lo que salta á la vista de cualquier lector un poco atento. 

El mejor de los prosistas castellanos que por aquellos años escribía en Valencia es 
el bachiller Juan de Molina, aunque no nos haya dejado más que traducciones, tan 
notables algunas como la de los Triumphos de Apiano^ encabezada con una narración 
de la guerra de las Germanías (1522); la Crónica de Aragón de Marineo Sículo (1523) y 
la muy excelente de las Epístolas de San Jerónimo^ cuya primera edición es de 1520, 
dedicada á doña María Enríquez de Borja, duquesa de Gandía, un año antes de que su 
marido recibiese la dedicatoria de las tres empecatadas comedias. Pero Juan de Molina 
no era andaluz, sino manchego, de Ciudad Real, según dice Nicolás Antonio; y además 
el género de literatura en que principalmente se ejercitó, interpretando, además de las 
obras citadas, el HomiLia'rio de Alcuino, el Confesonario de Gerson, el Gamalicl 
catalán atribuido á San Pedro Pascual y otros textos análogos, parecen excluir )a 
sospecha de que manchase nunca su pluma en composiciones tales como la Thebayda 
y la Seraphina, que sería temerario atribuir por livianas conjeturas á un hombre 
honrado. 

En su tiempo y aun algo después no debieron de escandalizar tanto como ahora. 
No sólo fueron reimpresas en 1546, sino que Juan de Timoneda, en el prólogo de sus 
Comedias^ que son de 1559, citaba sin ambajes la Thebayda^ poniéndola al nivel de la 
Celestina^ como obra de «muy apacible estilo cómico, propio para pintar les vicios y 
» las virtudes». La Inquisición, que tratándose de este género de libros solía padecer 
extraños olvidos, no la prohibió nunca, á pesar del dictamen de Zurita, que opinaba lo 
contrario ('). 

Pero aún cabía descender más en pendiente tan resbaladiza y escandalosa. La corrup- 
ción española, agravada y complicada con la italiana, produjo un singular documento 
que lleva la siniestra y trágica fecha del saco de Roma. Uno de los fugitivos de aque- 
lla catástrofe, refugiado en Venecia, hizo estampar allí en 1528 un libro, con todas las 
trazas de clandestino, cuyo rótulo, á la letra, dice así: «Retrato de la lozana Andalu- 
xa: en lengua española muy clarissima. Compuesto en Boma. El qual Retrato demues- 
tra lo que en Romapassaua y contiene manchas (sic) mas cosas que la Celestina, ün 
solo ejemplar de la Biblioteca Imperial de Viena nos ha conservado esta obra (^), y 
Fernando Wolf dio la primera noticia de él en 1845 {^). 

(') La Thebayda fué reimpresa por el marqués de la Fuensanta del Valle en el tomo XXII de 
la Colección de libros españoles raros ó curiosos (Madrid, 1894). Esta edición es incorrectísima; se 
hizo por una mala copia del ejemplar de la Biblioteca Nacional, y se ve que no fué cotejada ni co- 
rregida por nadie. Hay erratas monstruosas, que hacen á veces impenetrable el sentido. A ella nos 
referimos, sin embargo, por ser la única accesible á la mayor parte de los lectores. 

(^) Es un tomo en 4.°, sin lugar ni año, 54 folios, signaturas Aij-Niij, con grabados en madera. 

Hay tres reimpresiones modernas de la Lozana^ una en el tomo primero de la Colección de li' 
bros españoles raros ó curiosos, de Sancho Rayón y Fuensanta del Valle (Madrid, 1871); otra de Pa- ¡ 
rU, 1888, en que acompaña al texto castellano una traducción francesa de Alcides Bonneau, y la 
última de Madrid, en la Colección de libros picarescos del difunto editor Rodríguez Serra (1899). To- 
das estas ediciones, que en rigor se reducen á una sola, proceden de una c:ípia que Gayangos hizo 
sacar del libro de Viena, y que nadie se ha tomado el trabajo de cotejar. 

(') En su artículo sobre la Celestina reimpreso en sus Studien (pág. 290). 



IXTROPUCOIÓN CLxxxix 

La Lüxana estaba escrita desde 1524 ('), según al folio tercero se declara: «Co- 
»mien9a la historia o Eetrato sacado del Jure cevil natural, de la Señora Lozana: com- 
^ puesto el año mili y quinientos y veinte e quatro; a treynta dias del raes de junio; en 
Roma, alma cibdad, y como auia de ser partido en capítulos va por mamotretos, por- 
que en semejante obra mejor conviene». Mamotreto quiere decir, según el autor, 
«libro que contieno diversas nizones ó copilaciones ayuntadas;^ , y el número de estos 
mamotretos llega á sesenta y seis. 

Aunque por todo el libro dejó sembradas bastantes noticias de su persona, en nin- 
guna parte declara su nombre, para lo cual no le faltaban buenas razones: «Si me decís 
»por qué en todo este Retrato no puse mi nombre, digo que mi oficio me hizo noble 
» siendo de los mínimos de mis conterráneos, y por esto callé mi nombre, por no vitu- 
^ perar el oficio escribiendo vanidades con menos culpa que otros que compusieron y 
»no vieron como yo; por tanto ruego al prudente lector, juntamente con quien este 
» retrato viere, no me culpe, máxime que sin venir á Roma verá lo que el vicio della 
■•causa; ausimismo por este Retrato sabrán muchas cosas que deseaban ver y oir, 
estándose cada uno en su patria, que cierto es una grande felicidad no estimada > 
(página 334). 

Pero algunos años después no tuvo reparo en descifrar el enigma en la introduc- 
ción que puso al tercer libro del Primaleón, corregido por él para la edición de Venecia 
de 1534: «Como lo fui yo quaudo compuse la Lorana en el común hablar de la polida 
» Andalucía». Al fin del volumen se expresa que los tres libros de Primaleón «fueron 
'^ corregidos y emendados de las letras que trastrocadas eran por el vicario del valle de 
> Cabezuela Francisco Delicado^ natural de la Peña do Martes». 

A D. Pascual de Gayangos se debe este descubrimiento, con el cual se aclaran y 
fijan todas las noticias sueltas que hay en la Lozayia y en otras publicaciones de Deli- 
cado, aunque no sea hacedero trazar de él una completa biografía. 

No había nacido en la villa de Martes, aunque la consideraba como su patria por 
las razones que alega en el mamotreto 47. 

(') El autor indudablemente la retocó antes de imprimirla, añadiendo algunas posaa de fecha 
posterior, porque no liemos de atribuirle don de profecía. 

\íRampin. — hos cardenales son aquí como loa mamelucos, 

))Lozana. — Aquellos se hacen adorar. 

»Ramp — Y éstos también. 

oLoz. — Gran soberbia llevan. 

»Rump. — El año de veinte y siete me lo dirán. 

)^Loz — Por ellos padeceremos todos» (pág. 45 de la ed. de Libros raros). 

<( Lozana — ¿Qué predica aquél? Vamos alia. 

»/?(fm/).— Predica cómo se tiene de perder Roma, destruirse el año dil XX\'II,ma8 dícelo bnr- 
)>lanilo-rt (pág. 73). 

((Atictar. — Pues año de veinte é siete dexa á Roma y vete. 

»Com^. — ¿Por qué? 

nAnct. — Porque será confusión y castigo de lo pasado. 

"Comp. — A iiuir quien más pudiere. 

»^ncí. — Pensá que llorarán los barbudos, y mendicarán los ricos, y padescerán los susurrones, y 
>jqueraarán los públicos y aprobados ó canonizados ladrones. 

»Comp. — ¿Cuáles son? 

^)Anct.— Los registros del Jure Cevil « (pp. 131-132). 



cxc orígenes de la NOVELA 

«Loz. — Señor Silvano, ¿qué quiere decir que el Auctor de mi retrato no se llama 
» Cordovés, pues su padre lo fué y él nació en la diócesis?» 

«■Silv. — Porque su castísima madre j su cuna fué en Martos, y como dicen, no 
» donde naces, sino con quien paces» (pág. 239). 

Cordobesa hizo á su heroína: «La señora Lozana fué natural compatriota de Séne- 
»ca» (pág. 5). Y del mercado de aquella ciudad se acuerda ella misma con cierta 
melancolía, repitiendo el viejo cantar de los Comendadores: 

«En Córdoba se hace los jueves, si bien me recuerdo: 

Jueves era, jueves, 
Dia de mercado. 
Convidó Hernando 
Los Comendadores. 

»¡0h, si me muriera cuando esta endecha oí* (pág. 72). 

De la Peña de Martos, que nunca pei'teneció á la diócesis de Córdoba, sino á la de 
Jaén, hace una curiosísima disertación, consignando algunas leyendas locales: «Los 
»atautes de plomo y marmóreos escritos de letras gódicas é de egipciacas»; «la fuente 
»con cinco pilares á la puerta de la villa, edificada por arte mágica en tanto espacio 
» cuanto cantó un gallo» ; la fuente, todavía más salutífera, de Santa Marta, donde «la 
» noche de San Juan sale la cabelluda, que quiere decir que allí muchas veces apareció 
»la Madaleua, y más arriba está la peña de la Sierpe, donde se ha visto Santa Marta 
» defensora, la cual allí miraculosamente mató un ferocísimo serpiente, el cual devora- 
> ba los habitantes de la cibdad de Marte, y ésta tuó la principal causa de su despobla- 
»ción» (pág. 237). 

Todo este capítulo, perdido entre los horrores de la Loxana, hace el efecto de un 
idilio que sosiega apaciblemente el ánimo, y algo dice en pro de su autor. No debía de 
ser enteramente malo y corrompido el hombre que en medio de su vida loca y desen- 
frenada sentía la nostalgia del «alamillo que está delante de la iglesia de Martos» , y á 
quien el espectáculo de la perversión de Roma y Venecia traía á la memoria por con- 
traste la honestidad y devoción de las mujeres de su tierra. «Y si en aquel lugar, de 
»poco acá, reina alguna envidia ó malicia, es por causa de tantos forasteros que corren 
»allí por dos cosas: la una porque abundan los torculares (lagares) y los copiosos gra- 
» ñeros, juntamente con todos los otros géneros de vituallas, porque tiene cuarenta 
» millas de términos, que no le falta, salvo tener el mar á torno; la segunda, que en todo 
»el mundo no hay tanta caridad, hospitalidad y amor proximal cuanto en aquel 
» lugar, y caúsalo la caritativa huéspeda de Christo (Santa Marta)». Indudablemente 
algún jugo de alma conservaba el que escribió estas cosas: válganle en atenuación de 
tantas otras. 

En el prólogo de su edición del Amadis se precia de haber sido discípulo de Anto- 
nio de Nebrija, á quien también menciona en la Loxana: «Eso que está escrito, no 
»creo que lo leyese ningún poeta, sino vos, que sabéis lo que está en las hondu- 
»ras, y Lehrixa lo que en las alturas, excepto lo que estaba escrito en la fuerte 
» peña de Martos, y no alcanzó á saber el nombre de la cibdad, sacrificando el dios 
» Marte, y de allí le quedó el nombre Martos á Marte tortísimo» (pág. 264). 

Pero no creo que se aprovechase mucho de la doctrina de tan excelente maestro, 



m 



INTRODUCCIÓN cxci 

ni que llegase á ser nimca un verdadero humanista. Su arqueología es popular y del 
gusto de la Edad Media ('); su estilo, el de la conversación, no el de los libros: rara vez 
cita autores clásicos. Quizá su relativa incultura le libró de pedanterías y afectacio- 
nes, que en su tiempo eran frecuentes, pero en cambio rebajó su ideal artístico hasta 
un punto que apenas pertenece á la literatura. 

Durante el pontificado de Julio II ("2), probablemente siendo ya clérigo, pasó como 
tantos otros á Roma en busca de algún beneficio, y allí debió de obtener ese vicariato 
del valle de Cabezuela, que según la relajada disciplina de aquel tiempo sería nominal 
y no le privaría de la residencia «m curiay> . De sus ocupaciones en Roma, del género 
de sociedad que frecuentaba y de los achaques que su vida pecadora le produjo, hay 
largos y nada edificantes detalles en la Loxana^ donde el autor interviene á cada mo- 
mento como grande amigo y confidente de la heroína. El vicio tenía entonces su casti- 
go inmediato y terrible en aquella nueva peste que apareció con horrendo estrago á 
fines del siglo xv, cebándose en los ejércitos franceses y españoles que lidiaban en el 
reino de Ñápeles. Sobre esta dolencia hay en la Lozana algunos detalles que pueden 



(1) Véase una muestra: 

«.Lozana. — Mira, no te ahogues, que este Tiber es carnicero como Tormes, y paréceme que 
))tiene este más razón que no el otro. 

y>Sagüeso — ¿Por qué éste más que los otrosV 

y)Loz. — Has de saber que esta agua que viene por aquí era partida en inunclias partes, y el eni- 

))perador Temperio quiso juntarla y que] viniese toda junta, y por más excelencia quiso hacer que 

«jamás no se perdiese ni faltase tan excelente agua á tan magnífica cibdad, y hizo hacer un canal 

)>de piedras y plomo debaxo á modo de artesa, y hizo que de milla á milla pusiesen una piedra y 

Descrito de letras de oro su nombre, Temperio, y andaban dos mil hombres en la labor cada día; y 

«como los arquimaestros fueron á la fin que llegaban á Ostia Tiberiana, antes que acabasen vinieron 

«que querían ser pagados. El Emperador mandó que trabajasen sin entrar en la mar; ellos no que- 

»rian, porque si acababan, dubitaban lo que les vino, y demandaron que les diese su hijo primogé- 

1 «nito, llamado Tiberio, de edad de diez y ocho años, porque de otra manera no les parecía estar 

¡ «seguros; el Emperador se lo dio, y por otra parte mandó saltar las aguas, y ansí el agua con su ím- 

l »petu los ahogó á maestros y laborantes y al hijo, y poi eso dicen que es y tiene razón de ser carni- 

ícero Tiber á Tiberio» (pp. 262-263). 

Ignoro el origen de esta leyenda, que no encuentro en el precioso libro de Graf, Roma nella 
meinoria e nelle inmaginazioni del Medio Evo. 

Otros rasgos de esta arqueología infantil hay en la Lozana: ^cOs puedo mostrar al Rodriguillo 
Mspañol de bronce; hecha fué estatua en Campidolio, que se saca una espina del pie y está desnu- 
»do)) (pág. 48). 

uLozana. — ¿Por dó heVnos de ir? 

»Rampin. — Por aquí, por plaza Redonda, y veréis el templo de Panteón, y la sepultura de Lu- 
BCrecia Romana, y el aguja de piedra que tiene la ceniza de Róiiiulo y Kémiilo, y la coluna la- 
sbrada, cosa maravillosa» (pág. 69). 

(') «Auctor. — Y á vos no conocí yo en tiempo de Julio segundo en plaza Nagona, quando sir- 
sviedes al señor canónigo?» (pág 84). 

La acción de la Lozana pasa en 1513, puesto que se menciona la coronación de León X: 

»Los. — Yo venía cansada, que me dixeron que el Santo Padre iba á encoronarse. Yo, por verlo, 
¡«no me curé de comer. 

»La Sevillana. — ¿Y vístelo por mi vida? 

»Loz. — Tan lindo es, y bien se llama León décimo, que así tiene hi cara» {^■^d'¿. 23). 

De las cosas del tiempo de Alejandro VI se habla en la Lozaua como de oídas: «Ya es muerto 
í)el duque Valentín, que mantenía los haraganes y vagamtmdos» (pág. 254). 



cxeii orígenes DE LA NOVELA 

interesar á la historia médica ('). Su autor adoleció, como tantos otros, de las "pestíferas 
bubas (ni eran para otra cosa los pasos en que andaba"^, j para entretener ó consolar la 
pasión melancólica que su enfermedad le produjo, compuso un tratado de consolatione 
infirinorum^ que al parecer fué impreso, pero del cual sólo conocemos el título {'^). 
Y habiendo logrado cierto alivio con el cocimiento del guayaco ó palo santo de 
las Indias, que, introducido en España en 1508 y en Italia en 1517, había suplan- 
tado en la terapéutica al mercurio, desacreditado por el brutal empirismo con que 
se administró en los primeros momentos, determinó convertir en beneficio de sus 
prójimos y juntamente de su bolsa aquella preparación farmacéutica;, y compuso un 
cierto electuario, que vendía como un específico, aunque la Lozana no tenía mucha 
fe en su eficacia. «Di que sanarás el mal francés, y te judicarán por loco del todo, 
»que esta es la mejor locura que uno puede decir, salvo que el legno es salutífero» 
(página 280). 

El rarísimo opúsculo, escrito en italiano, en que Delicado expuso su plan curati- 
vo, reservándose el secreto de su composición, se ocultó á la diligencia de Nicolás 
Antonio, pero no á la del erudito médico de Montpellier Astruc, famoso especialista en 
esta materia, ni á los historiadores de nuestra Medicina, Morejón y Chinchilla (^), que 
paiecen haber tomado de él sus noticias. Uno y otro llaman al autor Francisco Delga- 
do^ y así le denomina también el privilegio que le concedió Clemente VII para la 
impresión de su libro en 4 de diciembre de 1526. Acaso fuese éste su verdadero ape- 

('} (íLoz. — Dime Divicia, ¿dónde comenzó ó fué el principio del mal francés? 
y>Divicia. — En Rapólo, una villa de Genova, y es puerto de mar; porque allí mataron los pobres ] 
))de San Lázaro, y dieron á saco los soldados del rey Cario Cristianísimo de Francia aquella tierra y '\ 
))las casas de San Lázaro ., y luego incontinenti se sentían los dolores acerbísimos y lunáticos, que j 
))yo me hallé allí y lo vi, que por eso dicen el Señor te guarde su ira, que es esta pla^a que el sexto 
»ángel derramó sobre casi la metad de la tierra. j 

»Lo3. — ¿Y las plagas? ] 

y>Div. — En Ñapóles comenzaron, porque también me hallé allí cuando dicían que habían enfe- ' 
»cionado los vinos y las aguas; los qae las bebían luego se aplagaban, porque habían echado la 
«sangre de los perros y de los leprosos en las cisternas y en las cubas, y fueron tan comunes y tan i 
«invisibles, que nadie puilo pensar de dónde procedían. Munchos murieron, y como allí se declaró y 
»se pegó, la gente que después vino de España llamábanlo mal de Ñapóles, y éste fué su principio, 
))y este año de veinte y muitro son treinta é seis años que comenzó. Ya comienza á aplacarse con el 
»legno de las Indias Occidentales, cuando sean sesenta años que comenzó, al hora cesará» (pp. 273 
y 274). 

(*) «Y si por ventura os veniere por las manos un otro tratado de Consolatione in/irmorum , po- 
»deÍ8 ver en él mis pasiones, para consolar á los que la fortuna hizo apasionados como á mí; y en 
))el tratado que hice del leño del India, sabréis el remedio mediante el cual me fué contribuida la 
' «sanidad, y conoceréis el Auctor no haber perdido todo el tiempo, porque como vi coger los ramos 
))del árbor de la vanidad á tantos, yo, que soy de chica estatura, no alcancé más alto, ásenteme el 1 1 
«píe hasta pasar, como pasé, mi enfermedad» (pág. 334). 

(^) Historia bibliográfica de la Medicina Española, obra x>óstuma de D. Antonio Hernández Mo 
rejón, tomo II, Madrid, 1843, pág. 219. 

Anales Históricos de la Medicina en general, y biográfico'bibliográficos de la española en parti-\ c 
cular,por D. Anastasio Chinchilla. Historia de la Medicina Española, tomo I, Valencia, 1841, pá ' ; 
gina 186. 

Las donosísimas coplas de Cristóbal de Castillejo «cea alabanza del palo de las Indias, estandíj i 
«en la cura del», cuya fecha es lástima no conocer, prueban el entusiasmo y avidez con que fué re 
cibido el nuevo remedio 



INTRODUCCIÓN cxoiu 

llido, ligeramente alterado por él para acomodarle á los oídos italianos; pero es lo cier- 
to que en todas sus publicaciones usó constantemente el de Delicado. 

Graves y tremendos sucesos impidieron que el tratadillo sobre il mal franceso 
fuese publicado por entonces. No se imprimió hasta 1529, en Venecia, un año después de 
la Loxana, sin duda para que el segundo libro sirviese como de preservativo ó antí- 
doto del primero ('). La entrada del ejército imperial en Roma, con todas las atrocidades 
que acompañaron á su estancia de diez meses, le pareció providencial castigo de ante- 
riores abominaciones, y repitió, como Alfonso de Valdós y tantos otros, el vae tibí 
ctvitas meretrix. «¿Quién jamás pudo pensar, oh Roma, oh Babilonia, que tanta confu- 
»sión pusiesen en ti estos tramontanos occidentales y de Aijuilon, castigadores de 
»tu error?... ¿Pensólo nadie jamás tan alto y secreto juicio como nos vino este 
^año á los habitatores que ofendíamos á su majestad?... ¡Oh cuánta pena mereció 
»tu libertad, y el no templarte, Roma, moderando tu ingratitud á tantos beneficios 
» recibidos, pues eres cabeza de santidad y llave del cielo, y colegio de doctrina, y 
» cámara de sacerdotes y patria común!... ¡Oh vosotros que vernés tras los castiga- 
»dos, mira este retrato de Roma, y nadie ó ninguno sea causa que se haga otro!...» 
(páginas 337-338). 

Las últimas páginas que sirven de apéndice á la Loxana están escritas bajo la im- 
presión de aquella catástrofe y tienen un vigor que recuerda á veces el Diálogo de 
Lactancia: «Sucedió en Roma que entraron y nos castigaron y atormentaron y saquea- 
»ron catorce mili teutónicos bárbaros, siete mili españoles sin armas, sin zapatos, con 
» hambre y sed, italianos mili y quinientos, napolitanos rmm¿sto.§ dos mili, todos estos 
» infantes: hombres darmas seiscientos, estandartes de jinetes treinta y cinco, y más los 
» gastadores, que casi lo fueron todos, que si del todo no es destruida Roma, es por el 
♦ devoto femenino sexo, y por las limosnas y el refugio que á los peregrinos se hacía: 
»íigora á todo se ha puesto entredicho, porque entraron lunes a dias seis de mayo de 
» mili e quinientos e veinte e siete, que fué el escuro dia y la tenebrosa noche para 
» quien se halló dentro, de cualquier nación ó condición que fuesen, por el poco respe- 
»to que á ninguno tuvieron, máxime á los perlados, sacerdotes, religiosos... Profanaron 
»sin duda cuanto pudiera profanar el gran Sofí sise hallara presente...» (págs. 344-45). 
«¡Oh gran juicio de Dios! venir un tanto ejército sab nube y sin temor de las makli- 
» clones sacerdotales, porque Dios les hacía lumbre la noche y sombra el día para casti- 
»gar los habitatores romanos, y por probar sus siervos, los cuales somos muncho con- 
■■tentísimos de su castigo, corrigiendo nuestro malo y vicioso vivir, que si el Señor no 
>nos amara no nos castigara por nuestro bien; ¡mas guay por quien viene el escánda- 
nlo!» (pág. 346). 

Con esta inesperada lección acaba un libro de tan frivolas apariencias y vergonzoso 

contenido. Las ideas que en estos párrafos se apuntan no eran peculiares del grupo 

¡llamado erasniista^ aunque lograsen bajo la pluma del elegante secretario de Carlos V 

su expresión más atrevida. Otros españoles de no sospechosa ortodoxia abundaban on 



(') // modo de adoperure el legno de India occidentale, sulutifero remedio a ogni plaga et mal 
(iicurahle, et si guarisca il mal Franceso; operina de niisser j^reie Francisco Delicado. (AlHu): Tni- 
fpressum Venetiia sumptlJms vener. presbiteri Francisci Delicaii Hixpani de Qppido Marios, die W Fe- 
^rxiarii 1529. 4.", ocho folios de letra gótica. 

I ORÍGENES DE LA NOVELA. — TU. — TU 



cxciv orígenes de LA NOVELA 

ei mismo sentir. «Es la cosa más misteriosa que jamás se rió... (decía el abad de Naje-; 
»ra, comisario del ejército del duque de Borbóu). Es sentencia de Dios: plega á él; 
»que no se desdeñe (italianismo por indigne) contra los que lo hacen». En otra relación] 
anónima y dirigida también al Emperador leemos: «Esta cosa podemos bien creer que i 
»no es venida por acaecimiento, sino por divino juicio, que muchas señales ha habido... : 
» En Roma se usaban todos los géneros de pecados muy descubiertamente, y hales' 
» tomado Dios la cuenta toda junta» (*). \ 

Delicado salió de Roma con el ejército español á diez días de febrero de 1528,; 
«por no esperar las crueldades vindicativas de los naturales» , y desde entonces parece ' 
haber fijado su domicilio en Venecia. Los rnamotretos que había llevado consigo fue- j 
ron su tabla de salvación en aquel naufragio. Entonces publicó la Lozana y el tratado ' 
del leño de la Lidia. «Esta necesidad me compelió á dar este retrato á un estampado* 
» por remediar mi no tener ni poder, el cual retrato me valió más que otros cartapacios 
» que yo tenía por mis legítimas obras, y éste, que no era legítimo, por ser cosas ridi- 
■>•> enlosas, me valió á tiempo, que de otra manera no lo publicara hasta después de mis 
»dias, y hasta que otrie que más supiera lo enmendara» (pág. 347). 

En Venecia vivió dedicado principalmente á la corrección de libros españoles, que 
entonces tenían muchos aficionados en Italia. Son conocidas y gozan de grande esti- 
mación bibliográfica sus ediciones del Amadís de Gaula (1533) y del Pritnaleón y 
Polendos (1534). Hizo también dos de la Celestina en 1531 y 1534, y creo por varios 
indicios que se le puede atribuir también una rarísima de la Cárcel de Amor (-). Acaso 
con el tiempo se descubran otras. ¡ 

Previas estas noticias, muy incompletas sin duda, pero que nos permiten colum- 1 
brar la extraña psicología de Francisco Delicado, digamos algo de la Loxmía Andalu- \ 
%a, sin entrar, por supuesto^ en su análisis, que no es tarea para ningún crítico decen- ^ 
te. La Lozana, en la mayor parte de sus capítulos, es un libro inmundo y feo, aunque ; 
menos peligroso que otros, por lo mismo que el vicio se presenta allí sin disfraz que le i 
haga parecer amable. Es un caso fulminante de naturalismo fotográfico, con todas las : 
consecuencias inherentes á este modo de representación elemental y grosero, en 
que la realidad se exhibe sin ningún género de selección artística y hasta sin plan 
de composición ni enlace orgánico. Con saber que llegan á ciento veinticinco los per- 
sonajes de esta fábula, si tal nombre merece, puede formarse idea del barullo y con- 
fusión que en ella reina. No es comedia, ni novela tampoco, sino un retablo ó más| 
bien un cinematógrafo de figurillas obscenas, que pasan haciendo muecas y cabriolas,! 
en diálogos incoherentes. En rigor puede decirse que la Lozana no está escrita, sinoj 



(') Vid el tomo II de mi Historia de los Heterodoxos Españoles, pág. 113. 

^) Está descrita con el número 4.568 en las adiciones al Ensayo de Gallardo (t. IV, cois. 1563-| 
64). Las palabras con que termina este volumen son exactamente las mismas que Delicado solí? 
usar, aunque no se expresa su nombre. «Estampado en la ynclita ciudad de Venecia; hizo lo estamj ^ 
))par miser Juan Batista Pedrezano, mercader de libros: por importunación de muy munchos señoreij { 
j)a quien la obra y estilo y lengua Romance Castellana muy muncho plaze. Correcto de las letra' 
))que trastrocadas estavan: se acabo año del Señor 1531. A dias 20 Novembris. Reinando el Ínclito ; 
))8erenÍ8s¡mo príncipe miser Andrea Griti, Duque clarissimo. Onm gracia y privilegio del ínclito t 
»prudentÍ8SÍmo Senado; a la librería o botecha que tiene por enseña la Torre junta al puente d( 
))Rialto » I 



INTRODUCCIÓN ' cxgv 

hablada, y esto es lo que da tau singular color á su estilo y constituye su verdadera 
originalidad. 

Aunque muy admirador de la Celestina^ que cita desde la portada y vuelve cá 
mencionar en otras partes ('), Delicado no pertenece á la escuela de Fernando de 
Rojas, ni era capaz de comprender siquiera el arte tan profundo y humano de la tragi- 
comedia de Caliste y Melibea. Sólo podía asimilarse los elementos picarescos de aque- 
lla creación, y ni aun esto hizo, porque las costumbres que describe son más italianas 
([ue españolas, y él mismo era un español italianizado. El tipo de la protagonista 
Aldonza carece de la grandeza y de la perversidad transcendental del de Celestina. 
Una sola seducción y tercería de ésta significa más que todas las acciones indignas y 
vituperables que comete la Lozana y todos los disparates que pronuncia su cínica len- 
gua. La «parienta del Ropero, conterránea de Séneca, Lucauo, Marcial y Averroes» 
(página 184), no pasa de ser una moza desenvuelta y atolondrada, de mala vida y buen 
humor, de natural despejo y fácil labia, que ti'abaja por cuenta propia y ajena eu aven- 
turas escandalosas, pero que se guarda mucho de corromper la virtud de las doncellas 
ni de inquietar con mensajes y tercerías á las mujeres honradas. Su conciencia moral 
está atrofiada por la vileza de su oficio, pero su índole nativa no parece tan abomina- 
ble como sus costumbres. 

Se ha supuesto que Delicado pudo tener otros modelos, ya en la literatura clásica, 
ya en la italiana de su tiempo, para la forma de coloquios desligados que dio á su obra. 
Los diálogos ¡neretri'jios (l-catpt .ot §12X0701) de Luciano ofrecen una serie de escenas que, 
salvo dos ó tres verdaderamente monstruosas, tienen una gracia ática digna del elegan- 
tísimo sofista de Samosata. Pero dudamos mucho que hubiesen llegado á noticia del 
autor de la Loxana. Francisco Delicado, lo mismo que Pedro Aretino, con quien algu- 
nos le han comparado, pertenece al Renacimiento, no por su cultura, sino por sus vicios. 
El Aretino escasamente sabía latín, cosa que apenas se concibe en un literato italiano 
del siglo XVI. Y aunque de nuestro Delicado, que se preciaba de discípulo del Nebri- 
sense, no pueda decirse otro tanto, su libro no indica familiaridad alguna con las letras 
clásicas, salvo con el Asno de Oro de Apuleyo, que parece haber manejado mucho, ya 

O En el prólogo habla del (.uirle de aquella mujer que fué en láalamanca en tiempo de Oelee- 
tino segundo». Claro que es broma lo de la época de Celestino II, cuyo breve pontificado pertenece 
:il siglo XII (1143-1144), pero la indicación de Salamanca es uno de los más antiguos testimonios 
que pueden encontrarse en favor de la tradición que pone allí el teatro de la tragicomedia de Rojas. 
Vil que me olvidé de citarlo en su lugar propio, subsano aquí la falta. 

Pág. 187: «Monseñor, esta es Cárcel de Amor, aquí idolatró Calisto, aquí no se estima Melibea, 
"iiquí poco vale Celestina». 

Pág. 255: «Dicen que no es nacida ni nacerá quien se la pueda comparar á la Celidonia, porque 
'^Celestina la sacó de pila». 

La Lozana se hacía leer por los amigos, entre otras composiciones literarias, la Celestina: 
ijuiero que me leáis, vos que tenéis gracia, las coplas de Fajardo y la comedia Tinalaria y á CeloF- 
"tina, que huelgo de oir leer estas cosas mucho. 

y>Silvano. — ¿Tiénela vuestra merced en 6asa? 

y^Loz, — Señor, vedla aquí, mas no me la leen á mi modo, como haréis vos» (pág. 239). 

La Comedia Tinelaria es de Bartolomé de Torres Xaharro. Las coplas de Fajardo no deben de 
For ctra cosa que la bestial C... comedia del Cancionero de Burlas, dedicada, como en ella se dice, al 
inoble caballero Diego Faxardo, que en nuestros tiempos en gran hixuria floreció en la ciudad de 
i'Guadalaxara», 



cxfivi orígenes T)E la NOVELA 

en el original, ya en la elegante versión del arcediano de Sevilla, Diego López de Cor- i 
tegana ('). 

Otros han supuesto que la Lozana era una imitación de los Ragionamenti del Are- ' 
tino, á los cuales se parece, en efecto, de una manera extraordinaria (-). Pero hay una ! 
razón cronológica que impide admitir esta imitación. La Loxana estaba escrita desde ' 
1524 y fué impresa en 1528. Todas las obras del Aretino análogas á la novela española i 
son posteriores á esa fecha. El Ragionamento della Nanna e della Anto?i¿a es de 1533-, 
el Dialogo della Nanna e della Pippa sua figliola es de 1536; el Ragionamento del \ 
Zoppino falto frate... dove contiensi la vita e genealogía di tutte le cortegiane di 
Roma^ que algunos han señalado como modelo de la Loxana (3), no se publicó hasta i 
1539. Si imitación hubo, sería, pues, del Aretino y no á la inversa, y así lo han conje- ; 
turado algunos críticos italianos tan competentes como Arturo Graf (''). Pero no creo \ 
en. semejante imitación, que por otra parte ningún honor haría á nuestra literatura. El 1 
Aretino no necesitaba recibir lecciones de nadie en semejante materia, y menos del \ 
autor oscurísimo de la Lozana^ á quien nadie cita ni en Italia ni en España durante • 
aquella centuria (S). Las semejanzas que entre los dos autores existen nacen de la j 
materia misma y de los procedimientos de vulgar realismo que uno y otro emplean. 

En rigor, la Loxana no tiene antecedentes literarios. Nació de la vida y no de los i 

i 

(') (iLozana. — Ándate alií, p... de Tesalia, con tu3 palabras y hechizos, que más sé yo que no , 
»tú ni cuantas nacieren, porque he visto moras, judías, zíngaras, griegas y cecilianas, que éstas son 1 
))la8 que más se perdieron en estas cosas, y vi yo hacer munchas cosas de palabras y liechizos, y \ 
»nnnca vi cosa ninguna salir verdad, y todas mentiras^fingidas, y yo he querido saber y ver y pro- '^i 
»bar como Apuleyo, y en fin hallé que todo era vanidad, y cogí poco fruto, y ansí hacen todas las j 
»que ee pierden en semejantes fantasías» (pág. 267). ;' 

(lLoz. — Como dixo Apuleyo, bestias letrados» (pág. 303). i 

(íPorfirio. — ¡Oh Dios mío y mi Señor! como Balan hizo hablar á su asna ¿no haría Porfirio leer ' 
»á su Robusto, que solamente la paciencia que tuve cuando le corté las orejas me hace tenelle , 
»amor? pues vestida la veste talar, y asentado y bello, como tiene las patas crao el asno de oro de I 
y>Apuleyo, es ;)ara que le diesen beneficios, cuanto más graduallo bacalario» (pág. 324). 

El mismo Porfirio dice de su asno que «no sabe leer, no porque le falte ingenio, mas porque no 
»lo puede expremir por los mismos impedimentos que Lucio Apuleyo^ cuando, siendo asno, retutio 
-^siempre el intelecto de hombre racional v (pág. 324). 

(*) Esta semejanza fué advertida primeramente por los señores Fuensanta del Valle }' Sancl o 
Rayón en la advertencia preliminar de su edición de la Lozana^ pág. 7. 

(') Th. Braga, en un artículo mu^' interesante de la Bihliographia Critica, de F. Adolpho 
Ooelho, tomo I (y único). Porto, 1875, pág, 99, 

Es cierto que en la Lozana se cita más de una vez á Zopin, pero no como personaje literario, i ¡ 
sino como tipo popular, como uno de los rufianes más conocidos en Roma (pág, 203). Li, Lozana se|f 
indigna de que la comparen con él, 

(*) Giornale Storico della letteratura italiana. Turín, 1880, tomo XIII, pág. 317. Ya el traduc 
tor francés Alcides Bonneau había notado la prioridad cronológica de la obra de Delicado sobre los 
Ragionamenti del Aretino. 

(") «E discutibile e discutibilissimo che l'Aretino abbia foggiati i Ragionamenti e la Puttana\ "i] 
•^errante sul tipo della sfrontata ed accorta Lozana Andaluza di Francesco Delgado, come pare in-i 
»clini ad ammetere il Graf. Nella vita licenciosa delle cortigiane e femmine di postribolo l'AretinoJ 
«esperto di tutto, ne sapeva un punto di piú del Delgado... né a me consta che la Lozana, bencha 
»c<wnposta a Roma, godesse grande diffusione a'tempi dell'Aretino.» | 

(A. Farinclii. En la Rassegmi Bihliograjica della letteratura Italiana.^ tomo VII, pág. 281.' 
Pisa, 1900). I 



INTRODUCCIÓN cxcvu 

libros: fué un producto mórbido de la corrupción romana. Su valor es nulo, pero su 
importancia como documento histórico os grande, con ser tantos los que existen sobre 
la prostitución en el siglo del Renacimiento. Extraño y singular mundo aquel en que 
nos hace penetrar la Loxana. No es el de aquellas cortesanas cultas 7 literatas como 
Tulia de Aragón y Verónica Franco, en quienes renació hasta cierto punto el tipo de 
las hieras griegas (•), sino el mundo abigarrado j confuso, en gran parte de importa- 
ción extranjera, que llenaba los prostíbulos de Roma y que ya en 1490 alcanzaba, según 
el Diario de Esteban Tnfessura, la formidable cifra de 6.800 mujeres, «exceptis illis 
:¿>quae in concubinatu sunt et illis quae non sunt publico sed secreto» (^); cifra infe- 
rior, sin embargo, á la de Venecia, donde al comenzar el siglo eran, según Marino 
Sañudo, 11.654 en una población de oOO.OOO habitantes {^). Toda casta de gentes y 
naciones se mezclaba en este ejército del pecado, y el autor de la Loxana hace una 
curiosa^numeración geográfica de ellas (''), aparte de otras clasificaciones y distincio- 
nes en que no hay para qué entrar. A veces nombra á meretrices opulentas y pompo- 
sas, como la célebre Imperia la aviñonesa (^') y madona Clarina^ la favorida\ pero 
principalmente habla de sus paisanaS; que parece haber tratado más de cerca y de cuyas 
andanzas estaba mejor informado: «la de los Ríos, que fué aquí en Roma peor que 
>> Celestina y manaba en oro» (pág. 160); «la Xerezana, la Garza Montesina, la galán 
:> portuguesa, que mandaba en la mar y la tierra, y señoreó á Ñápeles, tiempo del gran 
» Capitán, y tuvo dineros más que no quiso, y verla allí asentada demandando limosna 
»á los que pasan!» (pág. 248). 



(') Viil. el precioso estudio de A. Graf, Una cortlgiana fra mille: Verónica Franco, en su libro 
Attraverso il Cinquecento (Tuiín, 1888, pp 217-355). 

(-) Apud Eccíird, Corpus Iiistoricorum medü aevi, tomo II, pág. 1997. Apud Graf, pág. 284. 

(3) Diarii, tomo VIII, col. 414. Apud Graf, pág. 286. 

{*) «Hay de todas naciones; hay españolas castellanas, vizcaínas, montañesas, galicianas, astu- 
"riaiuis, toledanas, andaluzas, granadinas, portuguesas, navarras, catalanas y valencianas, aragone- 
^>.sas, mullorquinas, sardas, corgas, sicilianas, napolitanas, brucesas, pullesas, calabresas, romanescas, 
> inilanas, eenesas, florentinas, pisanas, luquesas, boloñesas, venecianas, milancsas, lombardas, fe- 
:iaresas, modonesas, brecianas, mantuanas, raveñanas, pesauranas, urbinesas, paduanas, veronesas, 
Dvicentinas, perusinas, novaresas, cremonesas, alexandrinas, vercelesas, bergamascas, trevijanas, 
«piedemontesas, sabo^-ai.as, provenzanas, bretonas, gasconas, francesas, borgoñonas, inglesas, fla- 
Dinencas, tudescas, esclavonas y albanesas, candiotas, bohemias, húngaras, polacas, tramontanas y 
Dgriegas. 

yyLozana, — Qinovesas os olvidáis. 

y)Boltjero. — Esas, señora, sonlo en su tierra, que aquí son esclavas ó vestidas á la ginovesa por 
Dcualque respeto» (pp. 107 108). 

- i*") La Imperia Romana, manceba del célelire banquero Agustín Cliigi, murió en 1511, según 
lo publicaba su insolente epitafio en la capilla de Santa Gregoria. «luiporia Oortisana Romana (juae 
»digna tanto nomine, rarae inter mortales formae specimen dedit, Vixit a, XXVII, d. XII. Obiit 
MDXI, die XV Augusti.)) 

La Imperia Aviñonesa que aparece on el Retrato de la Lozana (mamotretos 60-62) debe de ser 
una cortesana posterior, que tomó el nombre de la primera, según acostumbraban las de su oficio: 
«Y como vienen, luego se mudan los nombres con cognombres altivos y de gran sonido, como son: 
íla Esquívela, la Cesarina, la Imperia, la Delfina, la Flaminia, la Borbona, la Lutreca, la Franqui- 
»lana, la Pantasilca, la Mayorana, la Tabordana, la Pandolfa, la Do'-otea, la Oropesa, la Semi-dama, 
íy doña tal, y doña Adriana, y así discurren, m istrando por sus apellidos el precio de su labor» 
(pág. 109). 



cxoviii orígenes de LA NOVELA 

Todos estos nombres tienen traza de ser históricos: acaso lo es también la heroína 
Aldonza; á lo menos su carácter tiene grandísimo parecido con aquella Isabel de Luna 
de quien en las ingeniosas j desenvueltas novelas del obispo dominico Bandello queda 
tanta memoria (^). Así como la Lozana había peregrinado no solamente por España, 
Francia ó Italia, sino por todas las escalas de Levante, haciendo estancia con su amigo 
Diomedes «en Alexandría, en Damasco^ en Damieta, en Barut, en parte de la Siria, 
»eü Chipre, en el Cairo, en Constantinopoli, en Corinto, en Tesalia, en Boxia, en Can- 
»día» (pág. 15), también Isabel de Luna había corrido medio mundo, había estado en 
Túnez y la Goleta, había seguido la corte del Emperador en Alemania y Flandes, y 
pasaba en Roma por la más astuta é ingeniosa mujer que podía encontrarse, la de más 
entretenida conversación y dichos agudos, prontísima en las réplicas mordaces y en 
tomar desquite de quien la ofendía, Pero tanto Isabel de Luna como otras cortesanas 
españolas de que la literatura italiana guarda memoria^ la Beatriz, que cuando tuvo 
que cortarse la hermosa cabellera fué consolada en elegantes versos latinos por el 
Molza, su amante y su víctima; otra Beatricica, de quien habla el Aretino; la Ortega 
predilecta de abogados y procuradores, parecen haber florecido en años posteriores á 
la composición de la Lozana. 

No es sólo el mundo lupanario el que Delicado retrata ó retrae (como él dice), 
aunque sea el centro de su obra. Otros bajos fondos de la sociedad romana tenía igual- 
mente conocidos y explorados: las «camiseras castellanas» que moraban en Pozoblau- 
co, las napolitanas que tenían por oficio «hacer solimán, y blanduras, y afeites, y ceri- 
» lias, y quitar cejas, afeitar novias, y hacer mudas de azúcar candi y agua de azofei- 
»fas» (pág. 21), aunque todavía las aventajaban en el arte cosmética sus maestras las 
judías, como Mira la de Murcia, Engracia, Perla, Jámila, Rosa, Cufra, Ciutia y Alfa- 
rutia: un tropel de ensalmadores y curanderos, charlatanes y sacamuelas y de otros 
mil extravagantes oficios que invadían el Cainpo de Fiore. Sobre la situación de los 
judíos en Roma tiene algunos pasajes interesantes: «Esta es sinoga de catalanes, y allí 
» son tudescos, y la otra franceses, y ésta de romanos é italianos, que son los más 
» necios judíos que todas las otras naciones, que tiran al gentílico y no saben su ley; 

(') Vid. especialmente la novela 51 de la 2.* parte: Isahella da Luna, spagnuola,fa una solenne 
burla a cM pensava di burlar lei. 

ccFra l'altre che a Roma seno, ce n'e una; detta Isabela da Luna, Spagnuola, la quale ha cércate 
)>mezzo il mondo. Ella ando alia Goletta e a Tunisi; per dar soccorso ai bisognosi soldati, e non gli 
ftlasciar morir di fame. Ha anco un templo seguitata la Corte -dell' Iraperadore per la Lamagna e la 
))F¡andra e in diversi altri luoglii .. Se n' é últimamente ritornata a Roma, dov' é tenuta, da chi la 
))conosce, per la piü avveduta e scaltrita femmina clie stata ci sia giá mai. Ella é di grandissimoj i 
•ointertenimento in una compagnia, siano gli uomini di che grado si vogliano, perciocché con tutti j, 
»si 8a accoraodare e dar la sua a ciascuno. E' piacevolissima, affabile, arguta, e in daré á tempi suoi -j 
i>le risposte a ció che si ragiona- prontissima. Parla molto bene Italiano; e se é punta, non crediatfj j 
»che si sgomonti, e che le manchino parole a punger chi la tocca; perché é mordace di lingua, e norj * 
«guarda in viso a nessuno, ma dá con la sue pungenti parole mazzate da orbo. E' poi tanto sfacciatfj , 
»e presuntuosa, che fa professione di far arrossire tutti quelli che vuele, senza che ella si cangi di ^ 
«colore.» (Novelle di Mutteo Bandello, Milán, 1814, tomo VI, pp. 518 519) 

Todas las señas de este retrato convendrían perfectamente á la Lozana, si la cronología lo perj > 
mitiese. Pero no siempre fueron afortunadas las andanzas de Isabel de Luna en Italia. Véase la no 
vela 17 de la parte IV del mismo Bandello, Castigo dato a Isahella Luna meretrice, per la innohediertz 
ai comandamenti del Governalore di Roma, (tomo IX, pp. 283-290). 



INTRODUCCIÓN cxcix 

»más saben los nuestros españoles que todos, porque hay entre ellos letrados y ricos, 
»y son muy resabidos» (pág. 7()). 

Gran parte del interés de este libro consiste en los elementos folklóricos que encie- 
n-a, y los hay de todas especies. Abundan los relativos á abusiones y supersticiones, 
que el autor reprueba severamente, pero que la Lozana practicaba sin escrúpulos, 
comerciando con la necedad ajena: «Yosó ensalmar, y encomendar y santiguar, cuan- 
»do alguno está aojado, que vieja me vezó, que era saludadora y buena como yo; sé 
-> quitar ahitos, sé para las lombrices, sé encantar la terciana... 8ó sanar la sordera y 
»sé ensolver sueños, sé conocer en la frente la phisionomía, y la chiromancia en la 
»mano, y prenosticar» (pág, 216). El oísalmo del mal francorum^ puesto en boca de 
Kampin «el pretérito criado de la Lozana», es una parodia de los supersticiosos conju- 
ros populares: 

Eran tres cortesanas, 
Y tenian tres amigos 
Pajes de Franquilano... 

(Pág. 88). 

La relativa antigüedad de la Loxana da importancia á las menciones que en ella se 
hacen de varios tipos tradicionales, como Pedro de Urdenialas^ Juan de Espera en Dios 
(nombre español del judío errante) y principalmente Lazarillo (pág. 180), que según 
se deduce de este texto era ya protagonista de algún cuento oral antes que un grande 
ingenio anónimo le hiciese inmortal en nuestra literatura. 

La lengua de la Loxa)ia es tan singular como su argumento y estilo. Aunque ridi- 
culamente haya sido calificada en nuestros días de «joya de la literatura española» y 
su autor del «mejor hablista de su tiempo» , no hay libro del siglo xvi cuya prosa sea 
más impura ni más llena de solecismos y barbarismos. Pero su misma incorrección la 
hace muy curiosa. Lejos de estar escrita en «lengua castellana muy clarísima», como 
anuncia el frontis, lo está en aquella lengua franca ó jerigonza italo-hispana usada en 
Roma por los españoles de baja estofa que llevaban mucho tiempo de residir allí, y que, 
sin haber aprendido verdaderamente la lengua ajena, enturbiaban con todo género de 
italianismos la propia: picaros y galopines de cocina, rufianes, alcahuetas y rameras, 
valentones de la hampa, soldados mercenarios y otra chusma por el estilo. Ya Bartolo- 
mé de Torres Naharro, ingenio más decoroso y de otro fuste que Delicado, había pla- 
gado intencionadamente de voces exóticas algunas escenas de sus comedias Soldadesca 
y Tinelaria. Pero en él fué capricho pasajero, nacido de la ocasión y lugar en que se 
representaron sus comedias para un auditorio principalmente italiano ('). Por el con- 

(') Vid. el estudio crítico sobre aquel poeta, que publiqué al principio del segundo tomo de la 
Propaladia (Madrid, 1900, en la colección de los Libros de antaño). 

Torres Naharro tiene algunas afinidades con Delicado, especialmente en una composición bas- 
tante licenciosa que no se atrevió á incluir en la Propaladia: Concilio de los Galanes y cortesanas de 
Roma invocado por Cupido (pliego suelto de la Biblioteca de Oporto). De su contexto parece infe- 
rirse que fué compuesto en 1515. 

En e\ prohemio úe \ii Prop(tladia dice Torres Naharro: «Ansí mesmo iiallarán en parte de lu 
»obra algunos vocablos italianos, especialmente en las comedias, de los cuales convino usar, 
í)habiendo respecto al lugar y á las personas á quien se recitaron. Algunos dellos he quitado, otros 
3)he dejado andar, que no son para menoscabar nuestra lengua castellana, antes la hacen más co- 
Bpiosa» (pp. 10-11 de la edición moderna). 



ce orígenes de la novela 

trario, la jerga mestiza y tabernaria en que está escrito el Retrato de la Lozana es 
constante j sistemática, como trasunto de lo que el autor oía por las calles. El mismo 
Delicado lo confiesa: «y si quisieren reprender que por qué no van munchas pala- 
»bras en perfeta lengua castellana, digo que siendo andaluz y no letrado, y escribien- 
» do para darme solacio y pasar mi fortuna, que en este tiempo el Señor me había dado, 
» conformaba mi hablar al sonido de mis orejas, que es la lengua materna y el común 
» hablar entre mujeres, y si dicen por qué puse algunas palabras en italiano, púdelo 
» hacer escribiendo en Italia, pues Tulio escribió en latín y diso muchos vocablos grie- 
»gos y con letras griegas; si me dicen que por qué no fui más elegante, digo que soy 
»iñüi'ante» (pág. 333). Pero las innovaciones de Delicado no eran del género de las de 
Marco Tulio. No sólo algunas palabras, sino más de un centenar de ellas jamás oídas 
en Castilla, y lo que es peor formas estropeadas de la conjugación, y una sintaxis flo- 
tante y anárquica, que no es ni española ni italiana, impiden que tal libro pueda ser 
considerado como texto de lengua. No me refiero, claro es, a las frases correctamente 
italianas que Delicado pone en boca de personajes de aquella nación para mejor carac- 
terizarlos: recurso permitido á todos los dramaturgos y novelistas. Trato sólo del len- 
guaje que usan todos los interlocutores de la pieza, comenzando por el autor mismo. 
A cada paso se tropieza con locuciones como éstas: «parentado» (por parentela), «es 
estada inundaría» , «sois estada en Levante» , «quizá que trae guadaño» (por ganan- 
cia), «canavario ó bostiller de un señor», «cuando comen parece que mamillan»^ 
chamhelas por pasteles, mancha por aguinaldo ó propina, fámulos por criados, 
patrones por señores ó dueños, fantescas por criadas, forcel (de forxiere) por arca ó 
cofre, butiü'o por manteca, romeaje por romería, contenteza por contento, no os ama- 
léis por no os enferméis, locanda por casa de posada, travestidos por disfrazados, judi- 
car por juzgar, tal vuelta (tal volta) por á veces, refala por remendada, escátula por 
caja, grávida por preñada y á mayor abundamiento el verbo engravidarse^ estaferos 
por palafreneros y otras innumerables que sería prolijo relatar, algunas de las cuales 
sólo se encuentran en este libro y allí pueden quedarse. 

A pesar de este vocabulario de acarreo tiene la Loxajia un fondo castizo, por las 
reminiscencias que el autor conservaba del «común hablar de la polida Andalucía). 
Véase, por ejemplo, el trozo siguiente, en que Aldonza enumera los primores de cocina 
y repostería en que era maestra conforme al gusto de su tierra, que no era precisamen- 
te el de Ruperto de Ñola y otros tratadistas clásicos. Es materia en que Delicado insis- 
te con gran riqueza de palabras y cierta sensual delectación: «Por amor de mi agüela 
»me llamaron á mí Aldonza, y si esta mi agüela viviera, sabría yo más que no sé, que 
» ella me mostró guisar, que en su poder deprendí hacer fideos, empanadillas, alcuscu- 
»zu con garbanzos, arroz entero, seco, graso, albondiguillas redondas y apretadas con 
» culantro verde, que se conocían las que yo hacía entre ciento... ¡Y qué miel! pensá, 
» señora, que la teníamos de Adamuz y zafrán de Peñafiel, y lo mejor de la Andalucía 
» venía en casa de esta mi agüela. Sabía hacer hojuelas, pestiños, rosquillas de alfaxor, 
»textones de cañamones y de ajonjolí, nuégados, xopaipas, hojaldres, hormigos torci- 
»dos con aceite, talvinas, zahinas y nabos sin tocino y con comino, col murciana con 
»alcarabea, y olla resposada no la comía tal ninguna barba. Pues boronía ¿no sabía 
» hacer? por maravilla, y cazuela de bereugenas moxies en perficion; cazuela con su 
»ajico y cominico, y saborcico de vinagre, ésta hacía yo sin que me la vezasen. Relie- 



INTRODUCCIÓN cci 

»uos, cuajarejos de cabritos, pepitorias y cabrito apedreado con limón ceuti, y cazuelas 
»de pescado cecial con oruga, y cazuelas moriscas por maravilla, y de otros pescados 
» que sería luengo de contar. Letuarios de arrope para en casa, y con miel para pre- 
» sentar, como eran de membrillos, de cantueso, de uvas, de berengeuas, de nueces y 
»de la flor del nogal, para tiempo de peste; de orégano y hierba buena, para quien 
» pierde el apetito; pues ¿ollas en tiempo de ayuno? éstas y las otras ponía yo tanta 
»hemencia en ellas, que sobrepujaba á Platina, Be volnptatihns^ y Apicio Romano, De 
»re coqumaria» (págs. 8-9). 

Además de las curiosidades de lengua y extraños detalles de costumbres que un 
lector serio puede entresacar de la Lozana^ tiene para la historia de la novelística el 
interés de algunos cuentos, en general muy conocidos, como el del tributo pagado por 
los médicos á Gonella, famoso truhán del duque de Ferrara ('), y el del asno de Micer 
Porfirio, á quien la Lozana enseñó á lee?' poniéndole cebada entre las hojas de un 
libro, con lo cual pudo sin obstáculo graduarse de bachiller ó bacalario. Esta vieja 
fncecia se encuentra en el Esopo de Waldis, en el libro alemán Til Entenspiegel, en 
las Noiivelles Eecreatiotis et joijeux devis de Buena\^entura des Periers, en el Falni- 
lario de nuestro Sebastiám Mey y en otras colecciones (^). Pero en la Lozana tiene 
más gracia, porque está puesto, no en narración, sino en acción (3). 

Quizá nos hemos detenido más de lo justo en dar razón de este libro, por lo mismo 
que su lectura no puede recomendarse á nadie. Es de los que, como decía D. Manuel 
Müá, «no deben salir nunca de lo más recóndito de la necrópolis científica» . Las tres 
reimpresiones modernamente hechas hubieran podido excusarse, y el ejemplar de Vie- 
na bastaba para satisfacer la curiosidad de los filólogos, que ya hubieran sabido encon- 
trarlo y á quienes su misma profesión acoraza contra el contenido bueno ó malo de las 
obras cuyo v^ocabulario y gramática examinan. 

(*) ((Demandó Gonela al Duque que los médicos de su tierra le diesen dos carlines al año. El 
»Duque, como vido que no avia en toda la tierra arriba de diez, fué contento. E! Gonela ¿qué hizo? 
»atóse un paño al pie y otro al brazo, y fuese por la tierra. Cada uno le decía ¿qué tienes? y él le 
«respondía: tengo hinchado esto, e luogo le decían: va, toma la tal hierba y tal cosa y póntela y 
«sanarás; después escrevía el nombre de cuantos le decían el remedio, y fuese al Duque, y mostróle 
«cuantos médicos habia hallado en su tierra, y el Duque decía: ¿Has tú dicho la tal medicina á 
))Gonela? El otro respondía: señor, sí; pues paga dos carlines, porque sois médico nuevo en Ferrara); 
I (pág.272). 

j Esta anécdota, ú otra muy análoga, se repite en varias colecciones úcfacecias italianas y espa- 

, ñolas. Es el primero de los Doce cuentos de Juan Aragonés, que acompañan al Alivio de caminantes, 
\ de Juan de Timoneda, en algunas ediciones. 
i {^) Vid. el tomo 11 de estos Orígenes de la novela, pág 110. 

t (^) «.Lozana. — Micer Porfirio, estad de buena gana, que yo os lo vezaré á leer, y os daré orden 

i '»que despaches presto para que os volváis á vuestra tierra; id mañana, y haced un libro grande de 
¡ «pergamino, y traédmelo, y lo vezaré á leer, é yo hablaré á uno que si le untáis las manos será no- 
j «torio, y 08 dará la carta del grado, y hace vos con vuestros amigos que os busquen un caballerizo 
! «que sea pobre y joven... y desta manera venceremos el pleito, y no diibdeis que de este modo se 
1 «hacen bus pares bacalarios. Mira, no le deis á comer al Robusto dos dias, y cuando quisiere comer, 
I «metelde la cebada entre las hojas, y ansí lo enseñaremos á buscar los granos y á boltar las hojas, 
»que bastará, y diremos que está turbado, y ansí el notario dará fe de lo que viere, y de lo que can- 
illando oyere. Y así omnia per pecuniam facta sunt, porque creo que basta harto que llevéis la fe, 
"que no os demandarán si lee en letras escritas con tinta ó con olio ó iluminadas con oro.. « (pági- 
nas 324-325). 



ccii ORÍGENES DE LA NOVELA 

Por lo demás, el Retrato de la Loxana es una producción aislada, que ninguna 
influencia ejerció en nuestra literatura ni en la italiana, aunque se haya pretendido lo 
contrario. Nadie la cita en el siglo xvi. Ni siquiera consta su título en el Begistrmii 
de D. Fernando Colón, que con amplio eclecticismo bibliográfico recogió toda la litera- 
tura de su tiempo, desde la más mística á la más licenciosa. 

Por otra parte, el género á que pertenecía, y que de ningún modo ha de confun- 
dirse con las Celestinas^ era exótico para nosotros, y se comprende que no tuviera imi- 
tadores. La Thebayda y la Seraphina son obras desenfrenadas, pero no contienen un 
doctrinal teórico y práctico del libertinaje como la Loxana. Por la misma razón nunca 
fueron populares aquí el nombre ni los escritos de Pedro Aretino. Sus mismas come- 
dias, que valen más que su fama, no fueron imitadas por nadie, y es caso muy raro 
verlas mencionadas con elogio. Sólo recuerdo este pasaje del prólogo de la Comedia de 
Sepúlvcda.^ fechada en 1547: «¿Y qué diremos de Pietro Aretino, á quien por la exce- 
» lencia de su juicio tienen por epíteto en su nombre el Divino? Pues notorio es que 
» lo principal de sus obras son las comedias que hizo» ('). 

De los Ragionamenti sólo se tradujo uno, el que forma la tercera giornata de la 
primera parte (^) y aun este sumamente expurgado. Hizo la ^'ersión ó arreglo el bene- 
ficiado Fernán Xuarez^ vecino y natural de Sevilla, dándole el título celestinesco de 
«Coloquio de las damas, en el qiial se deseubren las falsedades., tratos., engaños ij 
» hechixerlas de que usan las mujeres e?iamoradas para engañar á los simples., y aun á 
» los )nuij avisados hombres que de ellas se enamoran-» . La primera edición, sin nota de 
lugar, es de 1548; la segunda lleva el pie de imprenta de Medina del Campo y la fecha 
de 1549 (^). El traductor tomó todo género de precauciones para hacer pasar aquel 
diálogo, que él mismo empieza por calificar de «abominable cieno corrompedor de toda 
» salud de la casta limpieza». Pero la misma insistencia y extravagancia de sus excu- 

(•) Comedia de Sepídveda (edición de D. Emilio Cotarelo), Madrid, 1901, pág. 15. 

(-; La Prima'Parte de Ragionamenti di M. Pietro Aretino, cognominato il Flagello de Prencij'i, 
il vei'itiero, e'l divino, divisa in tre giornate, MDLXXXIIII (1584), 

PP. 141-219: «Gomincia la terza et ultima giornata de capricciosi ragionamenti de l'Aretino, ne 
»la quale la Nanna racconta a l'Antonia la vita de le Pattane». 

(•^) Coloquio de las Damas, ügora nueuamete corregido y emendado M. D. XL. VIII, 

S.", letra itálica, 94 lis. foliadas, inclusas las preliminares, y ui a sin foliar y otra blanca. El 
bello ejemplar que tengo á la vista perteneció á la biblioteca de Ternaux Compans. 

Edición seguramente clandestina, que algunos suponen hecha en Salamanca, por Juan de Jun- 
ta. Pero el género de las erratas, y hasta el tipo de letra, muy parecido al de los Diálogos de Lucia- 
no, estampados en Lyon, 1550, por la imprenta del Grypho, hacen sospechar que salió de esta ú 
otra oficina extranjera. 

La edición de 1549, descrita por Brunet, tiene la portada de rojo y negro: Coloquio de las da- 
mas. Nueuamenie imjjreso año de 1547. Es de letra gótica, y lleva el siguiente colofón: Fue impreso 
el presente tratado intitulado: Coloquio de las damas, en la noble villa de Medina del Campo, por Pe- 
dro de Castro, impresor. Acabóse á qfo dias del mes de Enero. Aíio d' mil y quinientos y quarenta y 
nueue años. 

La omite D. Cristóbal Pérez Pastor en su excelente monografía sobre La Imprenta en Medina 
del Campo, acaso por considerar apócrifa la subscripción final, aunque no lo parece. 

— Coloquio de las Damas, Agora nueuamente corregido y emendado. 1607. S.°, 141 pp. de letiu 
redonda. 

Una nueva y bien excusada reimpresión hizo en Madrid, 1900, el difunto editor Rodríguez i 
Scira en el segundo tomo de la que llamó Colección de libros picarescos, j 



INTRODUCCIÓN cciii 

sas hace dudar de la pureza de su intención, porque los libros de historias profanas, 
como las de Amadis y Tristán, de que habla en uno de sus prefticios, nada tienen que 
ver con la literatura á que pertenece el Coloquio. Lo que no puede negarse es que le 
adecentó bastante ('), quitándole algunas obscenidades, aunque todavía quedaron las 
suficientes para que fuese con mucha razón prohibido en los índices del Santo Ofi- 
cio (-). Otras cosas alteró, procurando españolizar el libro. La traducción no es de las 
peores que por entonces se hacían del toscano, pero os apelmazada y carece do la vi- 
veza y gracia del original. Sin embargo, de ella se valió, con preferencia al texto italia- 
no, el erudito y extravagante humanista Gaspar Barthio, cuando tradujo al latín este 
Coloquio con el nombre de Poniodidascalus {^). 

Todas las obras citadas hasta aquí, excepto las paráfrasis en verso, tienen con la 
Celestina una relación indirecta y genérica. Las tres que, por orden cronológico, se 
ofrecen ahora á nuestra consideración, no sólo imitan deliberadamente la tragicomedia 
de Rojas, sino que continúan su argumento y vuelven á sacar á la escena á algunos de 
sus personajes. Hubo, pues, segunda, tercera y cuarta parte de la Celestina. Sus 
autores, de muy desigual mérito, son Feliciano de Silva, Gaspar Gómez de Toledo y 
Sancho de Muñón. 

Feliciano de Silva es aquel caballero de Ciudad Rodrigo, fecundísimo productor de 
libros caballerescos, que la sátira de Cervantes ha inmortalizado. La segunda comedia 
de Celestina.^ en la qual se trata de los amores de mi caballero llamado Felides y de 
lina doncella de clara sangre llamada Pola?idria^ impresa en 1534 (*), es la única de 



(') «Si por ventura alguno, más furioso de lo que conviene, murmurando acusase al tradutor 
);deste Coloquio, diziendo no averio romaneado al pie de la letra de como está en Toscano, quitando 
))en algunos cabos partes, y en otros renglones, e assi mesmo mudando nombres y alguna sentencia 
))y en algún otro lugar diziendo lo mesmo que el autor, aunque por otros modos: A esto respondo, 
»que en diversos lugares deste Coloquio fallé muchos vocablos, que con la libertad que hay en el 
»hablar y en el escrivir donde él se imprimió se sufren, que en nuestra España no se perraitirian en 
»ninguna impresión, por la desonestidad dellos. De cuya causa en su lugar acordé de poner otros 
sraás honestos, procurando en todo no desviarme de la sentencia, aunque por diferentes vocablos, 
))excepto en algunas partes donde totalmente convino huyr della: por ser de poco fructo, y de mu- 
»clio escándalo y murmuración.» (Fol. XI de la primera edición). 

(') Consta ya la prohibición en el índice de Valdés, 1559. (Vid. la reimpresión de Reusch, Dk 
índices lihrorum proMbitorum des Sechzehnten Jahrhundertes... Tubinga, 1886, tomo 176 de la So- 
c'edad Literaria de Stuttgart, pág. 233 ) 

\^) Pornodid'iscalus, sev Colloquium Muliebre Petri Aretini ingeniosissimi etferé incomparahilis 
virtutuní et vitiorum demonstratoris: De astu nefario horrendisque dolis, quibus impudicae mulleres 
juventufi incautae insidiantur, Dialogus. Ex itálico in hispanicum sermonem versus á Ferdinando 
Xuaresio Seviliensi. De Hispánico in laiinum traducebat, ut juventus Gerinana pestes illas diabólicas 
apud exteros, titinam non et intra limites, obvias cavere possit cautius, Gaspar Barthius.. Francofurti. 
Tiipis WecJielíanis , sumplibus Danielis ac Davidis Aubriorum , et Clementis Schleichü. Anno 
M. DC. XXIII. 

8.°, 124 pp. y tres de erratas sin foliar. Fué reimpreso una ó dos veces. 

(*) Hay quien cita una edición de 1530, pero hasta ahora no se conoce ejemplar alguno ni es 
verisímil su existencia. 

— Segunda comedia de Celestina: en lo (sic) que se trata de los amores de vn cauallero llamado Fe- 
lides, y de vna donzella de clara sangre llamada Polandria. Donde pueden salir para los que Vieren 
muchos y grandes auisos que della se pueden tomar. Dirigida y endrecada al muy excelente e ilustrissi- 
mo señor don Francisco de Cuniga Guzman, y de Soto mayor: Duque de Bejar: Marques d^Ayamonte, 



cciv ORÍGENES DK LA XÜVELA 

sus obras que merece sobrevivirle, aunque no sea uua obra maestra. Tal como es, 
sería grande injusticia medirla con la misma vara censoria que al D. Florisel de Ni- 
quca ó al 1). Ro(jel de Grecin. 

Singular parece á primera vista la idea de continuar la Celestina donde casi todos 
lus iiorsonajcs sucumben al final: Celestina á manos de los criados de Caliste, éstos de- 
gollados en la plaza pública, Calisto rodando de la escala y Melibea arrojándose de la 
torre. Pei'o tal obstáculo no era para detener á Feliciano de Silva, que tenía una bra- 
va imaginación de novelista de folletín. Si Celestina estaba muerta, ¿había más que re- 

y de Gihrakon. Conde de Belulcarar, y de Bailares. Señor de la puebla de Alcocer con todo su vhcon- 
dadoy d' las villas de Lepe: Burguillos, y Capilla, y justicia mayor d' Castilla. La qual comedia 
fue corregida y emendada: por el muy noble cauallero Pedro cV Mercado: vezino y morador en la no- 
bla (sic) uilla de Medina del Campo. M. D. xxxiiij. 

(AI fin): aAciibose l.i prebente obra en la muy noble villa de Medina del Campo. En casa de 
wPfdro touans (Tovans), en el coral (sic por corral) de boeys. Año de M. D. xxxiii (1534) a XXX de 
DÜctobre». 

4.", iet. gút. Sin fiiliiiliira, sigDutiiras a q. Cada una de ocho hojas. La orla de la portada es la 
misma que llevan las Coplas de las comadres, de Rodrigo de Reinosa. 

Esta primera edición era enteramente desconocida liasta que la describió Salva (n.° 1.414 de su 
Catálogo). 

Podro de Mercado declara al principio el nombre del autor en la penúltima de las coplas de 
arle mayor que escribe en loor de la obra: 

Aqueste excelente tan buen Caballero 
A quien de su casta «'esmalta el saber, 
La sciencia es esmalte de tal rosicler, 
La casta el fino oro ques el verdadero: 
De casa y linaje de Silva heredero, 
Felice en sus obras, pues es Feliciano, 
Al cual yo suplico que mi torpe mano 
Perdone guiada por seso grosero. 

— Segunda comedia de Celestina. (Al fin): «Salamanca, por Pedro de Castro... Año de M. D. XXXVI 
»a doze dias del mes de Junio». 4.**, Iet. gótica, signaturas a-o, con grabados en madera. Citada por 
Bruiiel. No la he visto. 

— Segunda comedia de la famosa Celestina, en la qual se trata de la Resurrection de la dicha Celes- 
tina, y de los amores de Felides y Polandria, corregida y emendada por Domingo de Gaztelu, Secre- 
tario del J llusírissime (ele) Señor don Lope de Soria, embuxador Cesáreo acerca la Illustrissima Se- 
ñoria de Venecia- Año 1536 en el mes de Junio. 

(Al fin): «El libro presente, agradable a todas las extrañas naciones, fue en esta indita 
«ciudad de Venecia reimpreso por maestro Estephano de Savio, impresor de libros griegos, lati- 
»no8 y españoles, muy corregidos con otras diversas obras y libros. Lo acabó este año del Señor 
)'del 1536, a dias diez de Zunio (sic).» Hace juego con las dos ediciones de la primera Celestina 
corregidas por Delicado. Let. gót. Viñetas en madera, sin foliatura y con las signaturas A-X, de 
ocho hojas cada una. 

— Segunda comedia de Celestina. . Agora nueuamente impresa y corregida... Véndese la presente 
obra en la ciudad de Anvers, a la enseña de la polla grassa, y en parís a la enseña cabe sant benito. 
Sin año (¿hacia 1550?) En 16 ", 228 lis. sin foliar. Esta edición, de muy lindo aspecto, es la menos 
rara do las antiguas, pero la más incorrecta. 

— Segunda Comedia de Celestina, por Feliciano de Silva, Madrid, inip. de Gines'a, 1874. Es el 
tomo noveno de la Colección de libros españoles raros ó curiosos. Cuidó de esta edición, que está 
bastante limpia, D. José Antonio de Balenchana, tomando por texto la de Venecia, pero sin hacer 
uso de la primitiva de Medina del Campo, que no llegó á ver hasta después de impreso el volumen. 



INTRODUCCIÓN ccv 

sucitarla? Bastante le había importado á él que el bachiller Juan Díaz, en su segundo 
Limarte (1526), diese por muerto á Amadis de Gaula y celebrase sus exequias. 

La farsa de la resurrección do Celestina está presentada con bastante habilidad é 
interés y tiene el mérito de que no se descifra hasta la última escena con estas palabras 
de Pelides: «Pues sabed, que una persona honrada y quien á Celestina es en gran car- 
ago la tuvo escondida todo el tiempo que se dijo que era muerta: y ella con sus hechi- 
»zos hizo parescer todo lo pasado para se vengar de los criados de Calisto, porque le 
» querían tomar lo que su amo le había dado; y hizo con sus encantamientos parescer 
»que era muerta, y agora fingió haber resucitado .. Y sea en gran secreto, porque el 
» Arcediano viejo me lo dijo, que con esto le quiso pagar muchas deudas de cuando era 
»mozo que desta buena mujer había rescibido» (pág. 514). 

El arte de excitar la curiosidad con situaciones sorprendentes no podía faltar á un 
novelista tan ducho como Feliciano. La reaparición de Celestina en la séptima rrna 6 
escena de la obra; el tumulto y algazara con que la acompaña el pueblo, formando un 
verdadero coro; el asombro y pasmo con que la reciben sus discípulas Elicia y Areu- 
sa, están presentados con mucha amenidad y chiste: 

«Ce/esí.— Tálame Dios, y ¡qué de gente paresce y viene á mí, como si fuese Ic- 
» chuza ó buho que camina de día! Quiéreme meter presto en mi casa, si no aquí me sa- 
»carán los ojos. 

>-> Pueblo. — Y aXídi el diablo! á aquella Celestina, la que mataron los criados de Calis- 
»to paresce, ¿ó es alguna visión? por cierto non es otra; y qué priesa que lleva que pa- 
»resce que va á ganar beneficio. ¡Oh, gran misterio, que ella es! 

» Cel. — ¡Yálalos el diablo, y qué mirar que tienen! Hora, sus, yo digo que la puer- 
»ta de mi casa está abierta; bien paresce á osadas el poco cuidado que con mi absencia 
»hay. Acá están Elicia y Areusa, espántanse de verme, santiguándose están; quiéreles 
3> hablar, que dan gritos y se abrazan la una con la otra, pensando que soy fantasma. 
>0h, las mis hijas y los mis amores, no hayáis miedo, que yo soy vuestra madre, que 
>^ha placido á Venus tornarme al siglo... 

>y Elicia. — ¡Ay hermana mía, que mi madre Celestina paresce! ¡Ay válamo la Virgen 
» María, y no sea alguna fantasma que nos quiera matar!...» (pág. 75). 

La peregrina intervención del coro, única, á lo que creo, en libros de esta clase, da 
carácter muy dramático á algunos pasos de la segunda Celestina., y es profundamente 
cómico, aunque toca en irreverencia, lo que la vieja cuenta de su estancia en el otro 
mundo y el alarde de fingida devoción y arrepentimiento con que logra embaucar al 
mismo pueblo que había sido testigo de su licenciosa y diabólica vida ('). Este matiz 



(*) «.Pueblo. — Olí niiidre Celestina, ¿qué maravilla tan grande lia sido esta de tu resurrección? 

y>Celest. — Hijos, los secretos de Dios no es lícito sabellos á todoa, sino á quien él los quiere re- 
»velar, porque ya sabéis que lo que encubre á los sabios descubre á los pequeñuelos como yo, S.i- 
))l>ed, hijos míos, que no vengo á descubrir los sucesos de allá, sino á enmcnd;ir la vida de acá, 
«para con las obras dar el ejemplo, con aviso de lo que allí pasa; pues la misericordia de Dios fué 
))de volverme al siglo á hacer penitencia. Y esto baste, hijos^ para que todos os enmendéis, como 
»en la predicación de Joucás, porque no perescais; que las cosas de la oira vida no bastan lenguas á 
»decillas, y por tanto todos vivamos bien, para que no acabemos mal... 

y>Puehlo. — Madre Celestina, tú seas muy bien venida, y Dios quede contigo. Parécenos que la 
))vieja viene escarmentada. Trato le deben haber dado por donde quiere mudar el natural, que no te 



ccvi orígenes de la NOVELA 

de la hipocresía en ella y de la credulidad y ligereza en los otros está muy bien mar- 
cado al principio, pero luego el autor se contradice, no saca partido de un dato tan in- 
genioso y estropea su más feliz creación á fuerza de chafarrinazos. Feliciano de Silva 
era un improvisador con relámpagos de talento^ pero le faltaban cultura y gusto y le 
sobraba una facilidad superficial, que es el mayor obstáculo para la perfección en 
nada. 

Dos finos estimadores de los antiguos libros españoles han dado á la Segunda Ce- 
lestÍ7ia más encomios que los que merece. Uno fuó D. Bartolomé José Gallardo, que en 
los apuntamientos bibliográficos que hacía al correr de la pluma exclama entusiasma- 
do: «En esta comedia, ó llamémosla novela dramática, brilla un profundo conocimiento 
»del corazón humano y de las costumbres del siglo. Contiene escenas y caracteres tra- 
»zados de mano maestra. Celestina es un personaje sublime, que no desmiente en nada 
»el carácter creado por Rodrigo Cota (?) y sostenido por el bachiller Rojas, de Montal- 
»bán» ('). El voto de Gallardo puede ser sospechoso, porque sabido es que para aquel 
insaciable catador de literatura añeja no había libro malo en siendo raro ni libro 
bueno en siendo moderno. Pero su opinión se refuerza aquí con la de D. Serafín Estó- 
banez Calderón, que no era sólo erudito, sino hombre de gusto y artista de estilo. El 
Solitario^ pues, en un delicioso artículo, que viene á ser una Celestina en miniatura, 
imitación feliz del lenguaje de las antiguas, comienza aseverando que «Feliciano de 
» Silva, para llevar á buen cabo los amores del caballero Felides y de la hermosa Po- 
»landria, supo resucitar y tornar al mundo, con más caudal de astucias, con mayor 
» raudal de razones dulces y con número más crecido de trazas y ardides, á la famosa 
» Celestina» {^). 

Nada de esto puede admitirse. No hay más Celestina sublime que la primera, cuya 
negra profundidad no acierta á comprender ni por asomos el imitador. Así y todo, es 
la figura mejor trazada del libro, y á veces el remedo es tan fiel y ajustado al modelo 
de Rojas, que puede producir la pasajera ilusión de que Celestina ha resucitado. Pero 
pronto se ve que es inconsistente toda esta tramoya. Celestina no vive más que con 
vida ficticia y prestada. Ni siquiera es el centro de la comedia. Sin ella hubieran podi- 
do llegar á feliz término los lícitos amores de Felides y Polandria, que nada tienen de 
la impetuosa pasión de Calisto y Melibea, y acaban desposándose en secreto por una 
razón de conveniencia que expone así la discreta doncella Poncia: «aunque él es tan 
» rico y de muy buen linaje, ya sabes que tu mayorazgo no puedes heredallo casándote 
» fuera de tu linaje» (pág. 303). 

La obra de Feliciano de Silva es, pues, una Celestina muy morigerada en lo que 
toca á su fábula principal, aunque muy desenfrenada en los episodios. No faltan en ella 
afectos nobles, pero expresados casi siempre de un modo enfático y ampuloso por los 

))dirá agora que inudú la piel la raposa, mas 8U natural no despoja; pues con mudar la piel, viene 
«mudadas las obras. No de valde se dice que el loco por la pena es cuerdo. Aquí podremos con 
))razon decir, que de los escarmentados se hacen los arteros. Por cierto, caso de predestinación pa- 
»resce, pues la quiso Dios sacar de los infiernos para tornalla á hacer penitencia de sus pecados» 
(pp. 89-91 de la ed. de Libros raros y curiosos). 

(') Ensayo, tomo IV, col. 614. 

(^) Escenas Andaluzas por El Solitario. Madrid, Imp. de D. V>. González, 1847, pp. 131-149. 
La Celestina. Este artículo se había publicado antes en Los Españoles pintados iwr si mismos. 



INTRODUCCIÓN ccvii 

dos amantes. Hay verdadera delicadeza moral cu el tipo de la criada y confidente Pou- 
cia, alegre y chancera, honestamente jovial, virtuosa sin afectación, llena de buen sen- 
tido no exento de cálculo. Ella salva á su ama de muchos peligros, la precave contra 
las imprudencias de su propio corazón, la alecciona en las situaciones difíciles, se 
defiende ella misma contra los arrebatos amorosos del paje Sigeril y ella es, y no 
Celestina, quien verdaderamente prepara el desenlace, en que la moral queda á salvo, 
y todavía más íntegramente respetada por la doncella que por la señora. Esta ligera y 
graciosa creación recuerda algunas heroínas shakespiriauas, como la Porcia de El mer- 
cader de Venecia^ pero no conviene abusar de los grandes nombres ti-atándose de 
obras medianas ('). 

La parte cómica de la Segunda Celestina está monstruosamente recargada. Lo acce- 
sorio ahoga á lo principal y la cizaña no deja medrar el trigo. Las escenas de la ger- 
manía (-) y de la hampa, en que Feliciano parece más experto y curtido que lo que 

O Es curioso, sin embargo, notar ciertas coincidencias. 

En la escena del jardín, con que la obra termina, liallamos este diálogo entre Polandria y sn 
criada: 

dPol. — Hermosa noche liace, y gloria es estar debajo de las sombras de estos cipreses, á los 
«frescos aires que vienen regocijando las aguas marinas por encima de los poderosos mares. 

y>Poncia, — Señora, ¿cuál te paresce mejor, esta música que dizes destos airezicos en las hojas de 
»lo8 árboles ó la de la voz y cantar de Felides? 

y>Pol. — Ay, Poncia, la de Felides; tanto cuanto va y no menos de la mezcla de la razón que con 
»las (;onsonancias viene mezclada, al regocijo que estos aires naturalmente hacen, sin ornamento de 
»más razón de aquella que ellos guardan en su naturaleza; porque esta música pone descanso al 
)>cuerpo y la otra al ánima, porque goza el entendimiento en las palal)ras que en los oídos suenan» 
(pp. 498-99). 

Involuntariamente se recuerdan las palabras de Lorenzo á Jéssica sobre el prestigio de la mú- 
sica en el acto V de El Mercader de Venecia: 

How sweet the mooiilight sleeps upen this bank! 
Here will we sit, and let the sounds of musió 
Creep in onr ears : soft stillnes, and the night, 
Become the touches of sweet harmony. 
Sit, Jessica : look, how the Hoor o£ heaven 
Is thic inlaid with patines of bright gold: 
There's not the smallest orb wich thou behold'at, 
But in his motion like an ángel sings, 
Still quiring to the young-ey"d cherubims: 
Such harmony is in immortal souls; 
But vhilet the muddy vesture of decay 
Doth grossly olese it in, we canuot hear it. 

(■-) Feliciano de Silva es, después de Rodrigo de Reinosa, el primer autor en quien encuentro 
esta palabra en el sentido de lengua rufianesca. 

«Calla ya, mal aventurado) con tus girmaníasy (pág. 41). 

«Yo querría, par Dios, antes topar á Pandulfo para reir... y irnos mano á mano á un bodegón 
)Mlon(le bebiésemos el alboroque y hablásemos algaraliía como aquel que bien la sabe, grermanía digo» 
(pág. 270). 

«Así que, hermano Albazin, aun agora bisoñe eres en este colegio, y poco experimentado en 
fiesta guerra; y pues no la sabes, aprende de tal doctor como yo los misterios de la santa germaniuy> 
(pag. 446). En el mismo lugar habla de las leyes de la santa gualteria, con proi)able alusión al Gal- 
íerio ó Gualterio de la Comedia Thehayda. 

El rufián Centurio, que sólo en el nombre recuerda al de Rojas, nos da algún sperimen de esta 



ccviii orígenes de la NOVELA 

pudiera esperarse de uu cronista de caballeros andantes, que «vivió encantado diez y ' 
»ocho años en la torre del Universo» (según la zumbona frase de D. Diego de Mendo- | 
za), son de una prolijidad espantable y de un verismo tosco y brutal. El rufián Pan- i 
dulfo es un plagio servil del Galterio de la Thebayáa^ con la misma mezcla de cobar- ¡ 
día y tiiiifarronada, con las mismas bravezas y desgarros, con las mismas interjeccio- ; 
nes y juramentos: «por las reliquias de Roma», «por el Corpus damnh (corruptela de '• 
Corpus Domini)\ «por nuestra dueña del Antigua» (aludiendo á la iglesia de esto nom- \ 
bre en Yalladolid), y á este tenor otros infinitos disparates. Este figurón insoportable, i 
que tanto se precia de haber «corrido á ceca y á meca y á los olivares de Santan- j 
»der» (') (pág. 174), y de poseer á fondo la «retórica del burdel» (pág. 125), sólo tiene un i 
momento original y curioso, el de su fingida conversión por excusarse del peligro de ; 
acompañar á su amo Félidos en una ronda nocturna. La escena en que aparece trocado ; 
en ermitaño, rezando con cuentas de agallones, es una fina sátira de la liipocresía (-), : 

jerigonza: «Desto no me quejo, que no sé tan poco de las tramas destas tales, que no sepa yo enchi- \ 
y)lar las canillas y aun tiramar los liñuelos sin quebrar los hilos, y hacerme bobo, y pasar en el alarde 
»el gayón por primo ^ y haciendo que creo del cielo cebolla y que no hay otro sino j'O. Que viejas J 
))3on para mí todas roncerías, que bien sé aguardar los tiempos de la iza y cuáles son, como sé los , 
«de la guadra y del rodanchoy> (pág. 445). i 

(*) Estos olivares están citados otra vez en la Segunda Celestina, cuando la vieja pro\-ecta el i 
casamiento de su sobrina Elicia: 

aPandulfo. — Ha, ha, ha. ¿Agora la quiere casar, después de haber corrido á ceca y á meca y á : 
dIos olivares de Santander?)) (pág. 192), 

También en la Tragicomedia de Lisandro y Roselia (pág. 55) se encuentra la misma frase: 
íccüescreo de tal... que haya yo corrido la casa de ceca y meca, y los cañaverales y los olivares \ 
yide Santander, y pasan ya de cien mujeres las que me han sustentado en mi estado y honra ! 
»en públicos burdeles, y todas me han tenido acatamiento con obediencia, y que esta hechicera [ 
))al cabo de mi vejez, después de traídos treinta años los atabales acuestas, burle de mí con menos- : 
precio!» i 

Trátase casi seguramente de la mancebía de la villa, que, á pesar de su esca«o vecindario en I 
tiempo de Carlos V, es muy probable que la tuviera como puerto muy frecuentado por marineros i 
gascones, ingleses, flamencos y de todo el Norte de Europa. Pero á fines del siglo xvi había des- " 
aparecido del mapa picaresco de España. Cervantes no la cuenta entre las diversas partes del i 
mundo por donde había buscado aventuras el ventero. También debió de haberla en Bilbao, y de ella ■ 
guardaba recuerdo el rufián Palermo de la Tragedia Policiana: «Medio ojo me arrebataron en Bil- i 
bao, y este rascuño me dieron en Jerez de k Frontera» (pág. 44). 

(^) «iSigeril. — Pues si lo vieses, señor, cuál anda con unos agallones, qne no parece sino errai- ; 
J)taño rezando toda esta mañana... J. 

T)PanduJfo, — Señor, ¿qué es lo que demandas? 

:»Felides. — ¿Qué santidad es esta tan súpita, Pandulfo? 

))Pand. — Señor, el espíritu donde quiere espira. Quien convirtió a Sant Pablo y a Sant 
))AgUhtin y a María Magdalena, es mucho que dé gracia á un hombre pecador como yo lie 
sido? 

)) í éZifZ.— Por cierto que la gracia no sé si te la dio, mas es gracia la que veo en verte con esas 
«cuentas. 

y>Pand. — Señor, las cuentas como á sólo Dios se han de dar, no me pena qne te parezcan gracia; 
aporque á solo Dios te ha de satisfacer, que los hombres de nada se satisfacen; y ándeme yo ca 
»liente en su servicio y ríase It gente cuanto quisiere, pues sabes que bienaventurados seréis cuan- 
j^do los hombres dijeren mal de vosotros mintiendo por mí. 

»Felid. — En fin, que ya no son tus misas cosas de armas ni de afrentas como hasta aqni? 

y>Pand. — Señor, no soy tan necio que no entiendo algaravía, como aquel que bien la sabe; mas ^ 



INTRODUCCIÓN ccix 

contra la cual hay punzantes dardos en todo el libro ( ' ). También Moliere prestó velei- 
dades de hipócrita á su D. Juan; pero lo que es natural y hace reir en un baladrón 
cobarde como Pandulfo, es indigno del burlador de Sevilla y contradice radicalmente 
su carácter. 

Dignos compañeros de Pandulfo en bellaquerías y truhanadas, y en vil y descocado 
lenguaje, son los despajes de Felidcs; Corniel, el mozo de espuelas; Barañón, el mozo 
de caballos; el rufián Grito, amante de Elicia; su rival Barradas, el despensero Graja- 
les, Albacín el paje del infante (D. Fernando de Austria, hermano de Carlos V), man- 
cebo de rubios cabellos y poquísima vergüenza; y descendiendo todavía más, el taber- 
nero Montón de oro^ los rufianes Tripa oi braxo y Traso el cojo, el viejo primo de 
Celestina Barbanteso, y la inmunda ramera Palana, daifa de Pandulfo. Toda esta cana- 
lla está tomada visiblemente del natural: no son tipos convencionales como el de Pan- 
dulfo. Tienen en sus hechos y dichos una animación endiablada. Constituyen, por 
decirlo así, el bloque informe y tosco del cual por magia del arte surgirá en su día el 
grupo clásico del patio de Monipodio. 

Atento Feliciano de Silva, como novelista de oficio que era, á dar variedad á su 
libro con todo género de salsas ó ingredientes, introdujo el ridículo episodio pastoril 
de Acays y Filinides, que es una de las primeras apariciones del bucolismo en la nove- 
la castellana (-), y remedó la media lengua de los negros de Guinea en los coloquios de 
dos esclavos, Zambrán y Boruca. Esta segunda novedad tuvo más éxito que la primera 
y fué imitada por muchos. Xo faltan, por supuesto, en este centón (que de tal puede 
calificarse la Segunda Celestina) bastantes versos menos que medianos, y varios cuen- 
tos, de los que sólo merece recordarse por su interés folldórico la siguiente versión de 
una de las parábolas más conocidas del Barlaam y Jusafat (^): «Pues has de saber 

»sabé que en cosas justas que ninguno me echará el pié adelante, ni en cosas injustas quedará más 
))itrá8 que yo. 

DFeUd. — Bendito sea Dios que tan presto te mudó. ¿Mas qué llamas co^as justas, para que se- 
»panios lo que te hemos de encomendar? 

y>Pand — Gueria contra infieles; tomar armas en defensión de tu persona. 

y>Felid. — ¿Pues cómo anoche no las quisiste tomar para ir en defensión de mi persona? 

y>Pand. — Porque ibas en ofení<a de tu persona y ánima, y no tenemos los servidores de Dios 
*tanla licencia! que si á ti te viniesen á matar, estonces yo tomaría las armas. 

y>Felid. — Mas estonces no las llevarías para estar más suelto; que el peso de las armas cmpide 
ímucho» (pp. 384-386). 

{}) ^Celestina. — Más me precio, liija, de dar consejos que de tales vencejos; de un rosario, digo, 
»h¡ja, y sus misterios, de una oración del Conde ó de la Emparedada: esto te podré yo amostrar, 
»mi amor, si lo quieres aprender» (pág. '218). 

Estas dos oraciones supersticiosas del Conde y de la Emparedada, en romance, fueron proliibi- 
das en el índice del inquisidor general Valdés (pág. 237 de la reimpresión de Reuscii) y en el de 
Quiroga de 1583 (pág. 438). 

De las irreverencias y profanaciones que en el templo se cometían da idea lo que Polandria 
cuenta de Felides: «Al tiempo que llegué á tomar el agua bendita, hizo él que tomaba la agua, y 
«apretóme un dedo; y después en la misa toda ponía las manos hacia mí como que pedía piedad, 
«cuando vía que no miraba naide; estando alzando el fraile, hacía él señas que no adoraba la 
«hostia, sino á mí;y desto no pude estar que no me sonriese de su necedad y herejía» (pp. 1Ó1-152), 

(') Vid. el tomo primero de estos Orígenes de la novela, pp. 431-432. 

O De algunas versiones de este cuento hemos trátalo tamljién en los OrUjenes, pág. XXXII, 

ORÍGENES DE LA NOVELA.— ;il.—íl 



ccx ORÍGENES DE LA NOVELA ; 

» que un rej mandó á un sabio que enseñara á un hijo suyo dende que nasció adonde ! 

»no viese más que al sabio, v después que ya hombre llevólo adonde pasaban muchas ! 

5 cosas, y pasando unos y otros y el hijo del rey preguntando cada cosa qué era y el sabio ■ 

»diciéndoselo, pasaron unas mujeres muy hermosas, y preguntó el hijo del rey qué ! 

»cosa era aquello, y el sabio dijo que diablos, (pues tales hacían á los hombres; y res- . 

»pondió el hijo del rey: si éstos son diablos, yo quiero que me lleven á mí. Y así, seño- i 

»ra, me lleva tú á mí si eres diablo, que yo por ángel te tengo» (pág. 373). i 

El estilo de esta comedia es muy desigual, como en todas las obras de Eeliciano ¡ 
de Silva. Excelente á veces, sobre todo en las reposadas pláticas de Celestina con el 

arcediano viejo y con su ama Zenarra; pintoresco y expresivo^ pero arrufianado y soez, ; 

en las escenas de mancebía y taberna, es alambicado, sutil, ridiculamente hinchado y i 
á ratos ininteligible cuando el autor quiere remontar su rastrera pluma á las etéreas 

regiones, para él vedadas, de la poesía y del sentimiento. Ya desde el primer folio nos ! 

encontramos con aquellas entrincadas razones, que parecían de perlas á D. Quijote, i 
Dice así el enamorado Felides: «Oh amor, que no hay razón en que tu sinrazón no 
» tenga mayor razón en sus contrarios! Y pues tú me niegas, con tus sinrazones, lo que 

» en razón de tus leyes prometes, con la razón que yo tengo para amar á mi señora ', 
»Polandria, para ponerte á ti y casarte con la razón que en ti contino falta, el consejo 
»que tú niegas en mi mal quiero pedir á mi sabio y fiel criado Sigeril» (pág. 8). De 

este modo suelen espresar el amor los personajes de la pieza cuando quieren hablar i 

por lo fino. j 

Dice Gallardo (') que «leyendo esta obra salta continuamente á la memoria el nom- | 
» bre de Cervantes, unas veces por expresiones que él usa mucho y aquí estaban ya 

» usadas á menudo: para mi santiguada^ andaos á decir donaires^ entendérsele á algu- \ 
»7io de alguna cosa ó de achaque de alguna cosa^ ya por tal cual peloteo de palabras 

»al símil de la raxóji de la sinrazón» . Esto último no se puede negar, pero burlarse del ) 

estilo de un autor es precisamente lo contrario de imitarle. En cuanto á las demás ) 

expresiones que se citan, pertenecen al vocabulario común del siglo xvi y no al parti- ¡ 

cular de nadie. Tenemos, pues, por quimérica esta influencia lingüística de Feliciano ^ 

de Silva en Cervantes, escarmentados como estamos por la facilidad con que Gallardo ' 

y otros eruditos de su escuela descubrían á tiro de ballesta cervantismos en todos los ■ 
libros que topaban (-), 

(') Ensayo, tomo IV, col. 614. 

(^) Más fundamento tiene esta otra observación del insigne erudito: 

«Aquel donoso pasaje de El Celoso Extremeño, en que antes de llegar Loaisa á veise con la 
incauta Leonora le exigen tan solemnes juramentos, está sin duda imitado de la escena XXVI, al 
fin, donde entre las prevenciones que hace Polandria á Celestina como requisitos para haber de reci- 
bir á 8U amante al concierto á que se presta, la dice: 

yiPolandria. — Madre, mira que le tomes muchos juramentos, y que mire de quién se fía; porque 
si mi señora (madre) algo barrunta, todo irá borrado. 

y>CeIestina. — ¡Ay hija! ¡angelito, angelito! En Dios y en mi ánima ¿qué, no te queda más en el j ( 
estómago? ¿Y á Celestina avisas tu de secreto? ¡Dolor de mí, que este es el primer secreto que en 
este mundo yo he sabido encubrir! Calla, señora, que eres boba; ¡ñora mala! que así te lo quiero ! 
decir, y perdóname. I 

)>Ante3 ya hay otros juramentos graciosos sobre que no cuenten á Felides cómo Polandria liaj 
leído un billete suyo. 

y)Quincia. — ¡Guárdeme Dios, señora! ¿y de decirlo había? 

ií 



INTRODUCCIÓN ócxi 

Tampoco creemos que tuviese razón el insigne erudito en suponer que la escena de 
la Segunda Celestina pasa en Salamanca. Cuando él, tan conocedor de aquella ciudad, 
donde había hecho sus estudios, no acertó á encontrar más alusión local que la Horca 
del Teso^ que según él corresponde «á un altillo que en el día llaman el Teso de la 
» Feria» (como si la voz teso^ en el sentido de cima de un cerro ó collado, no fuese gené- 
rica y usada en todas partes), poca fuerza podemos dar á esta conjetura, que se aviene 
muy mal con los varios pasajes en que se hace referencia al mar como presente ó muy 
vecino. Dice Celestina á Felides en la vigósimaoctava cena: «Que tú vayas esta noche 
»allá á la una, y por una escala puedes entrar d la parte que la mar bate en el jardín^ 
»y él está tan apartado, que sin que se pueda oir, puedes cabe las rojas de dentro hacer 
»las señas tañendo y cantando para hacer parar las aguas y venir las piedras con las 
»aves, junto con el corazón de Polaudria, á te oir.> (pág. 328). Va en efecto Felides á 
la cita amorosa, y dice á uno de sus criados: «Llega, Corniel, y pon aquí el escala 
•>'>cabe la mar» (pág. 355). Luego canta un romance que principia así: 

La luna resplandecía, 
El cielo estaba estrellado, 
Los árboles se bullían 
Con el aire delicado, 
Co}i golpes de los riberas 
Del sordo mar conecr lado... 

«Polandria. — Oh válame Dios, qué suavidad de voz y qué garganta; y con el son 
^del ruido de las ondas del mar y el regocijo delicado de los aires en los cipreses, 
»como él dice, no parece sino cosa divina», (págs. 356-357). 

^Polandria. — Hermosa noche hace, y gloria es estar debajo de la sombra de estos 
» cipreses, á los frescos aires que vienen i'egocijando las aguas marinas por encima de 
^ los poderosos mares» (pág. 498). 

Parece que nada de esto puede aplicarse al Tormos. Sin duda Feliciano de Silva, 
aunque nacido tan cerca de sus riberas, se acordaba más bien de Sevilla y de Sanlúcar, 
donde pasó su juventud como paje de los condes de Niebla. Ciertos personajes picares- 
cos, y aun la especie de gemianía que usan, pueden ser indicio de esto. 

La Segunda Celestina debió de ser bastante leída en su tiempo, puesto que tuvo 
dos ediciones en España (1533 y 1536); otra en Venecia, corregida por Domingo de 
Gaztelu, secretario de D. Lope de Soria, embajador de Carlos V, y otra en Amberes, 
sin nota de año, pero que no parece posterior á 1550. La tendencia anticlerical, que 
ya apunta en algunos lugares de la Tragicomedia de Calisto ij Melibea., llega á ser 

y>Polanclria. — Pues pone aquí la mano en la cruz, y tú también, Poncia. Y a¿jora oiii: señora 
inia, tu merecer y mi atrevimiento te darán á conocer...» 

El pasaje á que Gallardo alude es aquel en que Loaisa jura por (da intemerata eficacia donde 
Dmás santa y largamente se contiene, y por las entradas y salidas del Santo Líbano monte, y por 
Btodo aquello que en su proemio encierra la verdadera iiistoria de Carlomagno, con la muerte del 
agigante Fierabrá», de no salir ni pasar del juramento hecho y del mandamiento de la más mínima 
»de vuesas mercedes...» 

En el primitivo borrador de la novela juraba además por «el espejo de la Magdalena» y por alas 
barbas de Pikto» (ed. crítica de Rodríguez Marín, pp. 72 y 78). Estos juramentos son análogos álos 
que usan los rufianes en la obra de Feliciano de Silva, y generalmente en todas las CelesÜnaa. 



ccxn ORÍGENES DE LA NOVELA 

insolente y agresiva en el libro de Feliciano, en que no faltan proposiciones que frisan 
con la heterodoxia y que pueden ofender al lector menos timorato. Y aunque en libros 
de pasatiempo se disimulaba todo, no es maravilla que el Santo Oficio, cumpliendo 
por esta vez con su obligación, tomase cartas en el asunto prohibiendo la Reswrection 
de Celestina en el índice de 1559, de donde pasó la prohibición al de 1583 y á todos 
los posteriores (*). 

Aunque la Segunda Celestiva no deja ningún cabo suelto, no debió de parecérselo 
así á un oscuro escritor toledano, llamado Gaspar Gómez, que escudándose con el nombre 
de Feliciano de Silva, y dedicándole su obra, aunque dudamos que fuese con su anuen. 
cia, estampó en 1536 una Tercera Parte de la tragicomedia de Celestina (-), que es la 
más rara de esta serie de libros, aunque á esta rareza se reduce todo su mérito. Como 
los pocos bibliógrafos que han llegado á verla se han limitado á copiar su portada, me 
ha parecido curioso dar algunas noticias más, poniendo íntegras en nota la dedicatoria 
y la tabla de los cincuenta actos en que se divide (^), con lo cual puede excusarse la lec- 

(•) Vid. los índices de Valdés y Quiroga en la edición de Reusch (pp. 238 y 439). 

(2) No he visto la primera edición que cita Bruuet copiando á Panzer: 

Tercera izarte de la tragicomedia de Celestina .. agora nueuamente compuesta por Gaspar Gómez. 
(Al fin): «Acabóse la presente obra en la muy noble villa de Medina del Campo. A seys dias del mes 
»de Julio. Año de mil y quinientos y treinta y geis». 4." letra gótica. 

Sólo conozco la de 1539, cuyos ejemplares son rarísimos. El que tuvo Salva (n." 12(59 de su 
Catálogo) pertenece hoy á nuestra Biblioteca Nacional. Existe también en el Museo Británico y en 
la Universidad de Leyden. 

Tercera ¡jarte de la tragicomedia de Celestina: ua ¡prosiguiendo en los amores de Felides y Poladria: 
concluyense sus desseados desposorios y la muerte y desdichado fin que ella uro: es obra de la qual se 
¡meden sacar dichos sutilissimos (sic) sentencias admirables: p>or muy elegante estilo dichas: agora nue- 
uamente compuesta por Gaspar Gómez natural de la muy insigne cibdad de Toledo: dirigida al mag- 
nifico cauallero Feliciano de Silva. Impreso. Año de M. D. XXXIX. 

(Ai fin): Acabóse la presente obra en la muy noble e Imperial ciubdad d' Toledo. A veynte dias 
del mes de Nouiembre. En casa de Hernando de Santa Catalina. Año de nuestro Señor Jesu christo: de 
mil quinientos y treynta nueve años. 

4." let. gót. Sin foliación. Signaturas A-2, todas de ocho hojas, menos la última que tiene seis, 

(^) Prologo del autor. Al noble cauallero Feliciano de Silua al qual va dirigida la obra. 

«Noble y muy magnifico señor: Como en los tiempos antiguos no era digno de memoria: sino 
el que exercitando su vida en algnn notable exercicio después de sus dias la [dexaua: quise forgar a 
mis fuercas: a que siendo fauorecidas con el fauor que de v?a. merced espero: tomassen ocupación 
en se ocupar algunos ratos en poner en obra a hacer esta obrezilla: laqual va tan tosca en sus dichos 
quan sutil es en sus sentencias subtilissimas la pasada que es la de donde ésta depende. E presupo- 
niendo que la mar provee a los ríos que della salen: acordé esta como mínimo arroyo pedir socorro a 
quien socorrer la puede: e yo como su administrador y muy cierto sieruo de vra. merced en su nom- 
bre pido ayuda a vuestra merced como a persona que tiene poder de poder la dar, e si se marauillare 
del sobrado atreuimiento que me conmovió atrever pidiendo mercedes a quien jamas hize seruicios: 
Ala verdad no sera tanta la admiración quanta la causa que tuve y tengo parase lo suplicar: porque 
como yo fue informado de la veniuolencia que vra. merced tiene con los que esf fuerzan a pedir es- 
f fuerzo a vuestra merced, parecióme que no dexaria de ser comigo veniuolo: como lo es con los 
demás. E si acaso algunas partezicas en esta obra se hallaren que de notar sean: las quales sin auer 
conuersado con vra. merced tengan los lectores por imposible auerlas notado: siendo el autor tan 
friuolo e inhauil, puede se responder que assi como el que está de hito mirando al sol su gran res- 
plandor le ciega: por el consiguiente si mi torpe lengua con la subtil y elegante de vra. merced vuie- 
ra conuersado: hallo por muy cierto que vuiera enmudecido de arte: que no digo escriuir lo escrito, 
mas pensar de pensarlo no osara. Pues qué medio an tenido mis sentidos para poder sentir cosa que 



IXTRODUCCIÓN ccxiii 

tura, euterameute inútil, de tan necia y soporífera composición, que termina con las 
bodas de Félidos y Polandria y con la muerte de Celestina, la cual corriendo á lograr 
las albricias que esperaba de los novios, tropieza y se cae de los corredores de su casa, 
haciéndose pedazos en la caída. La fábula es insulsa y deslavazada, el estilo coüfuso, 
incorrecto y á veces bárbaro. Todos los personajes é incidentes de la obra de Feliciano 
de Silva reaparecen en la de su imitador, que apenas pone nada de su cosecha. Apun- 
taré sólo algunas curiosidades. 

tanto sentimiento de necesario se requería para effectuarlo? Creerá vuestra merced que sus calidísi- 
mos rayos dieron vigor a mi tibia inteligencia porque entendiesse en se ocupar al presente con la 
esperanfa futura de vuestra merced a se oponer a lo oiro mas abil era licito. E ansi vuestra merced 
puede iuzgar que ni las razones que entre Felides y Polandria por razón avian de ser primas no van 
con el primor que se requiere: ni el fundamento de los diclios de los demás tan fundados: ni las 
sentencias de Celestina tan sentidas. En conclusión, que no lleua otra cosa vtil sino la vtiiidad que 
de vuestra merced como de señor a quien va dirigida cobrare. E como no aya quien conociendo 
mejor los hierros (sic) los ponga con buen concierto más concertados: quise suplicar al querer de 
vuestra merced lo acepte, y no mirando la osadía af firme la voluntad muy recta que de seruirle tiene 
este su verda lero criado: la qual se empleará en lo que vuestra merced le mandare: agora no me falta 
después de tener la merced concedida de vuestra merced, sino rogar al lector que esto leyere lea 
primero la segunda que es antes desta: porque avn que yo me condeno en esto, que cotejar la vna 
con la otra se verá la diferencia que ay, gano mas fama con ser trobada de historia tan subtil que 
infamia can hallar en ella las palabras toscas e inusitables que hallarán. E ansí porque el vulgo 
note la historia de donde procede, Suplico a v?a. merced se lo encargue», 

((Primer auto. Felides recuerda y empie9a a razonar como que halla ser impossible auer estado 
la noche passada con su señora Polandria y afirmándolo por sueño llama a Sigeril para que le diga 
la certenidad de aquella duda que tiene. En lo qual passan muchas razones. E Sigeril declara por 
muy ciertas señales como auia estado con ella, Y Felides por mas se satisfacer determina de emviar 
le a la posada de Polandria. E introduzense. 

»Auto segundo. Sigeril como sale de con Felides para yr a casa de Polandria: va consigo razo- 
nando: y en e! camino topa a Pandiilfo con el qual pasa diversas platicas: y como se despida del 
acuerda no yr a casado Polandria: }• con esta determinación se buelue a su posada a do dexó a 
su amo... 

»Acto III. El hortelano de Paltrana llamado Penuncio anda por el vergel escardando la horti- 
liza: y platicando consigo de ver por allí pisadas halla entre las yeruas un tocado de Polandria: y 
pareciendo le mal determina mostrarle a Paltrana. Y él estando en este acuerdo entra Poncia a cojer 
unas rosas: y pasan entre los dos diuersas razones sobre el mismo caso, en que al fin da el tocado a 
PoDcia e pierde el enojo... 

»Aucto quarto. Sigeril como se despidió de Pandulfo, viene consigo razonando: y vee a la puer- 
ta de su posada a Corniel paje de Felides: y como an hablado entrambos, entra a dezir a su amo 
que viene de casa de Polandria: y que habló con Poncia, en que acuerdaa que vayan a dar una música 
en la noche: y por este plazer Felides le manda para quando se casare trezientos ducados... 

))Aucto quinto. Polandria llama a Poncia para que le dé las rosas que trae del vergel: y ella le 
cuenta todo lo que con el Hortelano allá passó, y estando en estas pláticas las dos entra Borruga la 
negra que las a estado escachando: y amenaza a Polandria con su señora: en conclusión que Pon- 
cia la acalla con dalle una cofia... 

»Aucto sexto. Sigeril viendo que es hora de yr a dar la música habla con Felides: y luego van 
al concierto llenando consigo a Canarin: y dicha vna canción, como quieren poner la escala, Polan- 
dria se pone a la ventana y escucha (sic) la subida donde causa para ello inconvenientes: y ansí se 
despide Felides della y Sigeril de Poncia muy tristes... 

íAucto VII. Quincia se quexa de su ventura por se auer salido con Pandulfo: y estando en esto 
entra él y dize la que se apareje para se partir: porque ha comprado una azemila: y para pagarle le 
pide una faldila, en que sobre este caso allegan a reñir: y passa por allí Rodancho rufián, el qual 
es compañero de Pandulfo: y los pone en paz, con que haze de arte que ella le da vn manto, y 



ccxiv orígenes de la NOVELA i 

El acto tercero, en que interviene un hortelano, es el precedente seguro de las esce- ' 

ñas del mismo género que luego hemos de encontrar en la Tragedia Policiana. \ 

€Pem(ncio. — A fe que hallo muy garridas estas albahequeras, v estos claveles con j 

>el roció desta madrugada: que no parescen estas góticas de agua sino perlas: loado • 

>sea el que lo riega con tan buen orden...» j 

Aunque los detalles de costumbres no son muchos ni de gran novedad, merece ' 
recordarse la descripción que el paje Corniel hace de los trajes y atavíos preparados 

otras cosas: todos tres comen en plazer: y queda acordado entre Pandiilfo y Rodancho de castigar a ' 
Celestina por los diez ducados que no le prestó... j 

j)Aucto VIII. Felides estando solo, entra Sigeril adezirle: que ponga medio en hablar a Polan- 
dria: el qual le manda que Hume a Celestina para que lo negocie: y Sigeril le aconseja que embie j 
vna carta primero: y que la dará a Poncia, y según Polandria respondiere ansí hará: y con este 
acuerdo lleva Sigeril la carta. . i 

»Aucto nueue. Como Polandria viene a reposar ála noche, halla en su aposento a Poncia, la qual 

la da la carta de Felides: y como la ha leydo, pasan las dos algunas pláticas sobre ello: en conclu- ' 

8Íon que queda acordado de le responder... i 

»Aucto X. Sigeril buelue a dezir a su amo lo que negoció con Poncia, y Felides le torna a em- ! 

biar por !a respuesta de la carta: el qual va, y Polandria misma se la da. . I 

»Aucto XI. Felides manda a Corniel que salga a ver si viene Sigeril: y estando en esto Sigeril j 

entra y cuenta a su amo lo que con Polandria passó: y como los dos leen la carta quedan con acuer- j 

do que Celestina provea en ello. Y Sigeril determina que la llame... ¡ 

íAucto XII. Pandulfo dice a Rodancho que pongan en effecto su determinación: que es casti- ' 

gar a Celestina, y él dice que es contento. Y como lo van a cumplir topanla con un jarro de vino: y 

en la misma calle se vengan muy bien della. E ansí la dexan llorando y se van... ■ 

»Aucto XIII. Areusa viene a ver a Elicia: y después que an passado algunas pláticas: Areusa , 

la pregunta por Celestina. E como Elicia la dize que es yda por vino: viendo cómo tarda la van las j 

dos a buscar: a la cual hallan tendida del arte que la dexaron Pandulfo y Rodancho: y lleuanla con í 

grandes lastimas á su casa... 1 

nAucto XIIII. Sigeril como va a casa de Celestina oye a la puerta a Elicia y Areusa platicar i 

con Celestina sobre su desuentura: y marauillado se de tal caso entra por se informar d'llo: e dize i 

la embaxada que de Felides trae. Y avnque Celestina se escusa de yr concluyen en que le trayaa en i 

que vaya y que ira... ; 

»Aucto XV. Felides espantándose de Sigeril como tarda tanto llama a Caluerino su mo90 d'es- : 

puelas, el qual finge de rufián algunas vezes: y los dos salen a passear: y en el camino topan con : 

Sigeril: y como él cuenta a Felides lo que dexa acordado, despídese con yr a llenar lo necessario ; 

para traer a Celestina... 

))Aucto XVI. Perucho vizcayno, que es vaoq.o de cauallos de Felides está alimpiando un cuar- i 
tago d' su amo: y quexasse de la vida que tiene. Y como empiefa a cantar por despedir su eno- ^ 
jo, entra Sigeril y los dos van por Celestina. Y después de auer reydo con ellos Areusa y Elicia la 
traen... 

íAucto XVII. Castaño alguazil va platicando con Falerdo su porqueron que andan a rondar: y i 
topan con Celestina como la Ueuan Sigeril y Perucho: y por ser la hora vedada y por verla yr en j 
muía la quisieran llenar a la cárcel. Perucho como lo vee huye: y estando en esto passa Martínez 
racionero: y después de dar ciertos auisos del guardar de la justicia a Castaño la dexa yr por su 
intercession... 

»Aucto XVIII. Felides dize a Eruion su escudero que le dé un libro de leales amadores para I i 
Bobrelleuar la pena entre tanto que Sigeril trae a Celestina: estando los dos en di uersas platicas jl 
tocantes al mismo caso llega Sigeril con la vieja: y Felides le dize lo que ha de hazer: aunque áj 
los principios se escusa ella despídese con yr a negociarlo con Paltrana el dia siguiente.,. 

))Aucto XIX. Albazin que es amigo de Elicia dize que la quiere yr a ver: a la qual halla sola:; 
estando los dos holgando viene Areusa: y passan entre todos díuersas platicas: en que Elicia le dize { 

1 



INTRODUCCIÓN ccxv 

para la boda de Felides: «Las colores de nuestra librea son sayetes hechos a la tudesca 
»de grana colorada, que dello a carmesí uo av differeucia: con vnas faxas de terciopelo 
» verde de tres pelos tan anchos como cuatro dedos, con vnas pestañas angostas de da- 
» masco blanco y las mangas izquierdas son de terciopelo verde con dos subtiles corar 
»9ones en cada manga de carmesí, que casi están juntos con vna saeta que entra por 
»el vno y sale por el otro. Las cal9as son de grana con vna luzida guarnición en los 
» muslos, del mismo terciopelo verde y con sus taffetaues de la misma color, que salen 

cómo Celestina la mandó que no entre en su casa: y él como lo oye se despide dellas jurando que la 
vieja se lo ha de pagar... 

íAucto XX. Perucho vizcayno entra muy de priessa en casa de su amo Felides; y pregunta a 
Sigeril por Celestina: y después de contarle él lo que les passó entra a dezir a su señor como aya 
(sic por «avía») venido. Y Felides le manda entrar: y como ha reydo con él sobre la deligencia que 
puso en defender la vida del Alguazil le embia a la posada de Celestina a que le acuerde que 
vaya a do está concertado... 

«Aucto XXI. Celestina dize a Eiicia que miro quién llama a la puerta. Y ella como ve que es 
Perucho le baxa abrir: con el qual rien escarneciendo le sobre el caso paseado: y Areusa de sus amo- 
res: en que se detiene vn rato: y él por se d'spedir dize a la vieja a lo que fue su venida. Y luego 
, ella como él se va dexa la casa encargada a Areusa y a Elida: y pone por obra d'yr a hablar a Pal- 
Itrana... 

»Aucto XXII. Poncia estando a la ventana vea a Celestina venir coxeando: la qual le pregunta 

^por Paltrana: y la ruega que le haga saber como está allí, que viene a pedir unos vntos para curar su 

Ipierna: y Ponzia lo dize a Paltrana: y la manda entrar: en conclusión, que después que la buena vie- 

ja"la cuenta sus duelos: declara la por cifras loque Felides le encomendó acerca de los casamientos 

de Polandria: y oye la respuesta muy fuera de su proposito: y ansí se despide. Y Poncia se entra a 

dezir a su señora lo que ha oydo... 

»Aucto XXIII. Polandria llama a Poncia y la pregunta si ha oydo las platicas que passaroa 
entre Celestina y su señora Polandria: la qual como dize la sarama de todo, Polandria la manda que 
dé una carta a la vieja para Felides, sino es yda, Y ella la hace entrar en el aposRento de su señora: y 
dassela Polandria mesma... 

í Aiicto XXIIII. Celestina viene hablando consigo del despacho que trae a Félidos: y tópale en 
camino ya Sigeril con él: al qual después de contarle lo que passó con Paltrana le da la carta de 
Polandria: y es (¿el?) con sobrada alegría, aunque con la primer nueua tuvo tristeza, da a la vieja 
honrrada cincuenta ducados... 

»Aucto XXV, Eiicia estando a la ventana ve a Albacin que passa por su puerta: y ella le habla 
de arte que él sube: y como están reto9ando, Barrada llama y dize que viene a hal)'ar a Celestina: y 
Eiicia responde que no está en casa: y oyendo que Albacin está con ella se va jurando de hazer vn 
buen castigo a la vieja y cobrar sus quatro ducados: Albacin riñe con Eiicia por celos de Barrada y 
entroduzense. 

»Ancto XXVI. Celestina sale de con Felides muy contenta razonando de los cincuenta ducados 
que le (lió: y topa con Barrada: el qual la hace vn estremado castigo: y queriendo la sacar de la 
bolsa sus quatro ducados la halla los cincuenta, y se los toma: y ella queda llorando y pidiendo 
justicia... 

))Aucto XXVII. Grajales yendo a ver a su amiga Areusa topa a un rufián llamado Brauonel 
que es compañero suyo. Y como van los dos hablando veen a Celestina de la manera que la dexó 
Barrada. A la qual llenan a su casa iurando que la an de vengar: y hallan a Eiicia y Areusa allá. Y 
despidiendo se Brauonel, Grajales queda a holgar con Areusa... 

))Aiicto XXVIII, Felides llama a Sigeril para que seapareje que quiere yr a hablar a Polandria, 
Y ansi van los dos: hallando un postigo abierto entran en el vergel a do está Polandria esperando 
sola, Y Felides haze venir allí a Poncia que con eu señora no auia salido: y la da cien ducados para 
ropas. Y de esta manera acaba con ella que Sigeril cumpla su voluntad. Y después de auer holgado 
arao y criado con sus señoras se despiden muy alegres,.. 



ccxvi ORÍGENES DE LA NOVELA 

i 

» por las cuchilladas. Los jubones sou de raso carmesí: los capatos de vn enuessado \ 
» blanco asaz picados. Las gorras de terciopelo verde con sus plumas coloradas j j 
» con alguna argentería. Las capas de grana con las faxas j guarnición de los sayetes. ; 
» Los pages de la misma arte: excepto que los sayos son cumplidos y no llenan cosa de | 
»paño mas de las capas». (Aucto IV.) 

Son varias las jerigonzas usadas en esta pieza. Además de la negra Boruga, que ya ; 
estaba en Feliciano de Silva, hay un vizcaíno, Perucho, mozo de caballos de Felídes, , 

»Aiicto XXIX. Brauonel como se enamoró de Areusa qiiando fue con Grajales a llenar a Celes- | 
tina propone de la yr a hablar: y con esta determinación va a la posada de Celestina a do la halla: y ¡ 
hablando sobre el caso a la vieja: dala ciertos dineros: por los quales concierta con Areusa que le dé j 
la palabra de lo hazer: y ella avnque se escusa le promete que lo hará... , 

DÁucto XXX. Poncia dice a Polandria que se prouea en como se negociarán los casamientos: y 
su señora responde que no ay otra sufticiente que lo haga sino Celestina. Y con este acuerdo Pon- ■ 
cia dize que dirá a Sigeril que la diga que buelua a hablar a Paltrana. ; 

)>Aucto XXXL Sigeril passando por la puerta de Paltrana vee a Poncia que está en una venta- [ 
na. Y después de aver passado entre los dos diuersas platicas ella le declaró que tenían acordado 
que Celestina tornase a entender en los casamientos. Y el dice que lo dirá a Felides para que lo pon- ', 
gSL por la obra... 

»Aucto XXXII. Felides pregunta a Canarin su paje por Sigeril. El qual le responde que no ' 
sabe del: y que le vee andar pensatiuo. Y sobre esto como están riendo entra Sigeril: y después (que) ] 
ha reñido con Canarin, dice a su amo lo que Poncia le dixo. Y Felides le embia luego a casa de Ce- \ 
lestina con vn buen presente... 

«Aucto XXXIII. Elicia dize a Celestina que trayga de comer: y ella le responde que no tiene - 
blanca. Y estando en estas platicas llega Sigeril con el presente que Felides embia a la vieja: y dize i 
la que luego vaya allá, y ella se lo promete: y haze con él que coma con ellas antes que se va3'a... j 

»Aucto XXXIIII. Celestina pregunta a Poncia por Paltrana, la qual después de rogar la que I 
negocie bien los casamientos la dize que entre, que desocupada esiá. Y la vieja entra con son de ; 
pedir la vnos paños para su herida: y trasmuda la voluntad a Paltrana que antes tenia con sus razo- | 
nes, para que {sic) diziendo la lo que toca a Felides en los casamientos, y oye la respuesta y de 1 
confianza (sic)... i 

»Aucto XXXV. Brauonel j'endo a cumplir su concierto con Areusa topa con Celestina que ; 
viene d'hablar a Paltrana: y vasse con ella platicando hasta su casa, do halla a Areusa con Elicia. i 
Y como Brauonel está con él holgando, allega Recaxo a buscar a Grajales que es su amigo: y , 
oyendo a Brauonel allá dentro buelue sin llamar, iurando que él podra poco o serán castigados los ^ 
amores. 

))Aucto XXXVI. Sigeril va a saber de Celestina lo que negoció con Paltrana: la qual no se lo 
quiere dezir por ganar de su amo las albricias, y los dos van juntos, y como lo cuenta a Felides él se \ 
las da de gran valor... 

» Aucto XXXVII. Albacin yendo a vengar se de Celestina la vee estar llamando a su puerta, 
y allí la da una cuchillada por el rcstro: la qual da tales bozes que se llegan las vezinas. Y él con ! 
el ruydo buelue disfrazado: y saca a Elicia d'entre la gente: y ansi se la lleua... 

))Auto XXXVII. Paltrana embia a llamar a Dardano con Guzmanico su page: el qual venido ella 
le ruega que vaj'a a estar con Felides: y le hable en lo de los casamientos; de manera que no te 
desconcierte: y Dardano se despide para yr a negociarlo... 

»Aucto XXXIX. Felides dize a Sigeril que saque unas piezas de brocado y de seda de las armas 
para cortar ropas, y ellos estando las mirando entra Canarin a dezir cómo está alli vn cauallero: y 
sabiendo Felides que es Dardano tio de Polandria, sale abazerle entrar: y después de se auer hecho 
los recebimientos pertenecientes a quien son, Dardano le declara su intento; y Felides avn que al 
presente le rehusa diziendo como le traen a la otra, concluye con que antes que diga el sí quiere 
saber la voluntad de Polandria... 

»Aucto XL. Recuajo yendo consigo razonando en la vellaquuria de Areusa en tener a Brauonel 



INTRODUCCIÓN ccxrii 

que habla siempre en castellano chapurrado y entona una canción que al parecer está 
en vascuence, j cuyo estribillo recuerda el del famoso Canio de Lelo^ que antes de la fal- 
sificación erudita del escribano Ibargüen fué acaso un cauto de cuna. Entregamos á la 
sagacidad de los expertos en aquella lengua la canción de Juancho, que quizá no ofrezca 
ningún sentido, y de seguro estará mal transcrita por el escritor toledano que la reco- 
gió á oído. 

«O Perucho, Perucho, quan mala vida hallada te tienes: linage hidalgo tu cauallo 

topa con Grajales, al qiial se lo cuenta todo. E los dos van a casa de Celestina a vengar aquel hecho: 
y hallan allá a Brauonel con Areuf^a: y allí dan el fin a ella, y él se escapa muy mal herido .. 

)»Aucto XLI. El corregidor passando por casa de Celestina oye la baraliiinda que ay con la 
muerte de Areusa: y como entra y h;ize la pesquisa manda luego a Galantes alguazil que viene con 
él que llame al Pregonero para hazcr justicia de la vieja encubridora: y ansi desde su posada la sacan 
acotar jimtamente com emplumarla, adonde burlan delia los Tnochachos hasta que la quitan de la 
escalera. 

»Aucto XLII. Paltrana estando sola entra Dardano y cuenta !e lo que negoció con Felides: y 
como quedó la cosa en que diga Polandria de sí: con las quales nueuas Paltrana huelga mucho. Y 
embia a llamar a su hija con í'runces page al iardin para "concertarlo... 

sAucto XLin. Polandria estando en el jardín platicando con Poncia sobre los casamientos: 
allega Frunces a llamar la de partes de su madre y de su tio Dardano. Y ella va: y como la hablan 
para que conceda en recebir a Felides rehusa mucho de lo hazer: dando causas sufficientes para sus 
dissimulaciones: en conclusión, que viendo cómo Paltrana y Dardano la dizenque en todo ca-o lo ha 
de hazer otorga en ello. 

))Aucto XLIIir. Brauonel va a casa de vna muger que tiene a ganar, con el bra^o cortado de 
la manera que huyó de casa de Celestina; y después d' la auer pedido cueta la da de coces: porque 
ella no le da ima perdiz. Y estando riñendo entra Solarcia, compañera de Ancona: que es del mismo 
officio: y pone los en paz. 

»Aucto XLV. Antenor arcidiano que es sobrino de Paltrana, yendo a saber de su tia lo que se 
hace en los casamiento.^, topa a Dardano que va a casa de Felides a lleuarle la respuesta de lo que 
negoció, y como lo cuenta a su sobrino vanelos dos a estar con Felides: y después de se lo auer dicho 
él da las manos a Dardano por cosa heclia: y Antenor las da por Polandria: y ansí se despiden dexan- 
dole con Sigeril platicando... 

»Aucto XLVI. Sigeril como va a casa de Polandria vee a Poncia a la ventana: y después de la 
contar las nueuas con sobrada alegría llama ella a su señora Polandria: la qual le da muy buenas 
albricias. Y Sigeril se despide d'ellas lieuando a cargo que rogará a Felides declare sus desposorios 
secretos... 

))Aucto XLVII. Felides pregunta a Sigeril si están las libreas apareiadas, y como le dize sí, va 
con doze pajes y otros tantos mogos de espuelas a besar las manos de Paltrana y a recebir a su señora 
Polandria: a donde después passar diuersas platicas con ellas declara él los conciertos d' Sigeril y 
' Poncia a la que como es llamada da Felides dozientos ducados para su dote... 

»Aucto XLVIIl. Antenor arcediano dize a su tia Paltrana que ora es de hazer los desposorios: y 
.los dos entran en la sala a do hallan a B'elides con Dardano, y a Poncia con Polandria, y luego lleuan 
ja Sigeril, y como los desposa Antenor, entran los menistriles y tocando los instrumentos canta 
• Ganar; n... 

íAucto XLIX. Celestina como sabe que los desposorios son hechos, dize que no perderá las 
lalbricias E yendo muy apriessa a las pedir con el sobrado i,'ozo no mirando cómo va cae de los corre» 
dores de su casa abaxo y allí fenecen sus tristes dias. Y entrando los vezinos a socorrerla por los 
'gritos que dio la hallan hecha pedazos. Y ansí se van a contar a Felides aquella muerte de la des- 
'lichada... 

»Aucto L. Felides como le an informado de la muerte de Celestina llama a Sigeril: y con gran 
)ena le ouenta lo que passó: y le da veynte ducados para que honradamente la entierren y hagan 
Hus obsequias: y Sigeril lo lleua a cargo y lo va a hazer: y con este ultimo aucto se acaba la obra...»- 



ocxvin ORÍGENES DE LA NOVELA ' 

j 

> limpias: no falta d'comer un pedago oguia sin que trabajo tanto le tengas, iuras á mi : 

> siempre cauallo a suzio mi amo le haze: y Perucho almohazando, él nada le pena por ^ 

> carreras hazer en amores que tienes: entre tanto busco otro, aderezar le tengo si pide, 
»y cantarle empiezo biscuenga.» 

Lelo lirelo (,-arayleroba i 

YaQoe guia ningan \ 
Aurten erua 

Ay joat ganiraya ; 

Astor vsua ¡ 

Lelo lirelo garayleroba. j 

Ayt joat ganiraya j 

Aztobicarra i 

Esso amorari ¡ 

Gajona chala ; 

Y penas nar-ala \ 

Fator que dala, J 

Lelo lirelo garayleroba. .j 

<t.Sig. — Precioso borrico es este , que se quexa de la vida que passa y dize estai'i 
» desesperado y pone se a cantar: y tal le dé Dios la salud como yo le entiendo: aunque: 
»no dexaró de responder a algunos vocablos comunes que en bizcueuge dice...» (Aucto; 
decimosexto.) i 

El tedio que la insípida rapsodia de Gaspar Gómez infunde se disipa como pori 
encanto con la sabrosa lectura de la Tragicomedia de Lysandro y Boselia ('), que e& 
la mejor hablada de to'das las Celestinas después de la primitiva, de cuyo aliento genial) 
carece, pero á la cual sapera en elegancia y atildamiento de dicción, como nacida en^ 
un período más clásico de la prosa castellana. ' 

El autor de esta joya literaria procuró ocultar su nombre con más complicado arti- 
ficio que sus predecesores^ y aun afectó ó simuló que el libro se imprimía sin su con- 
sentimiento, lo cual se explica bien por las particulares circunstancias de su persona. 
Al fin del colofón van tres cartas y unas octavas de arte mayor que contienen su nom- 
bre como en cifra. 

La primera carta es de un amigo del autor, que le pide perdón porque hizo impri- 
mir la obra sin su licencia. «No fué pequeña merced para mí la que recebí de su li- 

(*) Tragicomedia de Lisandro y Roselia llamada Elida y por otro nombre quarta ohra y tercera 
Celestina. 1542 (Al reverso de la portada el escudo del impresor Junta, y una fig-iirilla de la Muerte 
con la hoz al cuello y un ataúd debajo del brazo. La dedicatoria, el prólogo al lector y el texto de la 
tragicomedia ocupan los 89 primeros folios. En el que debía ser 90, numerado por equivocación lOOj 
se halla el colofón: 

«Aquí se acaba la tragicomedia de Lysandro y Eoselia... nueuamente impressa. Acabóse f 
))veynte dias d'l mes de dezieinbre. Año del nascimiento de nuestro 8aIuador Jesu christo de rail .] 
Dquinientos y quarenta y dos años». 

Los folios siguientes hasta el CVI contienen las dos cartas y las octavas de arte mayor. 

4.° let. gót. con viñetas. Es libro de la más extraordinaria rareza. 

Por una esmerada copia que había pertenecido á D. Serafín Estébanez Calderón le reimpr¡raic|< 
ron los señores Fuensanta del Valle y Sancho Rayón, y es el tercer tomo de la linda Colección o\ 
libros raros y curiosos (Madrid, Eivadeneyra, 1872). 



INTRODUCCIÓN ccxix 

¿beralidad con inviarme aquella obra que llama Elida y cuarta parte de Celestina^ 
»que con sutil juicio compuso, porque por ella veo ser verdadera la estimación que de 
»su entendimiento siempre tuve, parecióndome que pues en una materia tan fuera de 
i>su experiencia tanto se aventajó sobre todos los que han escripto, no es de maravillar 
» que en las cosas de peso todos se queden muy atrás de su saber. Gran consuelo recibí 
» leyéndola,' y gran edificación para el ánimo notando la manera de su proceder, y con 

> cuánto ingenio y sotil elocuencia pinta las cosas que más á pecar nos atraen, y los enga- 

> ños de las vanas gentes, y las adulaciones de los servidores, y la hipocresía de los 
» esforzados... Pero como mi voluntad sea de la condición del fuego, que nunca dice bás- 
>tame, no me contento con la merced recebida sin pedir otra mayor, la cual será tan 

> provechosa a todos los hombres cuanto señalada para mí. Esto es pedirle perdón del 
» atrevimiento tan osado que tuve en hacer imprimir sin su licencia esta obra, parecién- 
>dome que con su gravedad no podria acabar que con su licencia se hiciera, y también 
que emprimiéudola, todos quedarían muy aprovechados, y yo glorioso con haber alcan- 
>zado que esta merced, por mi atrevida diligencia, á todos se les comunicase, y para 
>esto le suplico mire ser dicho de la Suma Verdad, que ninguno encienda la candela y 
»la ponga debaxo del celemín, pero sobre el candelero, para que todos vean la luz...» 
Esta carta anónima está fechada en Madrid á 22 de Noviembre de 1542. 

De la respuesta del autor a su amigo se deduce que habían sido condiscípulos desde 
los primeros estudios hasta los de Teología, cursándola juntos bajo el magisterio de un 
insigne varón, que por el tiempo y la nombradla pudo muy bien ser Francisco de Vito- 
ria, el más célebre de los teólogos de la época de Carlos V. «Si la estrecha y antigua 
» amistad que entre vuestra merced y mí hay desde los primeros principios de graraa- 
>tica, donde con gran exercicio de las artes liberales aprendidas de unos mesmos maes- 
>tros y preceptores, venimos después juntos a estudiar aquella tan alta sabiduria ¡j 

> tan escondida a los entendimiento humanos^ cuan biett enseñada de un tan famoso 

> varon^ lux de las Españas^ no terciara entre nosotros, bien creo que vuestra merced 
-habia dado no pequeña ocasión de enemistad, pues quiso que los varios juicios de los 
> hombres, de hoy mas, discanten en mí al son de la liviandad que hace imprimir 
>mucho a mi pesar. Xadie mirará que cuando me ocupé en esa niñeria estaba yo 

> ocupado de una muy trabajosa terciana, la cual no me dejaba emplear en mis princi- 
> pales estudios; y asi fue necesario tomar alguna recreación en cosas de pasatiempo y 
» no fatigar mi ingenio, pues mi cuerpo estaba tan cansado de frío y de calentura.» 

Para vengarse de algún modo determinó entregar al impresor de Salamanca Juan 
de Junta un poema que su amigo le había confiado, y del cual hace los más pomposos 
encomios. «Yo leí el libro de las espantosas hazañas que el esforzado Héctor hizo camino 
* lie Panonia, que vuestra merced con tan sobrada elocuencia compuso, y me hizo mer- 
ced de inviar con el mesmo mensajero que recibió mis borradores... Y mientras más 
» lo leia, más necesidad me ponia de lo tornar a pasar; la majestad de las palabras, la 
"grandeza de los hechos de un tan animoso varón, las sotiles imaginaciones, la artifi- 
ciosa invención, las sentidas canciones derramadas por esos cuatro libros con tan 
> subida trova y alto estilo, me ponian admiración, aunque, a la verdad, siempre espe- 
^ raba de su más divino que humano entendimiento que saldrían obras tan primas como 
'esa, pues tal era la forma y el dechado de donde salían las labores. Así que, por ven- 
»garme del atrevimiento que vuestra merced tuvo en sacar a luz esos borradores sin mi 



ccxx orígenes de LA NOVELA 

» licencia, he entregado a Juan de Junta los libros de Héctor, en lugar de inviallos a ! 
» vuestra merced, para que los impriman, que bien creo que como el sol con su luz escu- i 
»rece la claridad de la luna, asi estas obras de vuestra lumbre oscurecerán esa enojosa \ 
» recua de libros de caballerías^ j no lo tenga vuestra merced a mal, pues la mesma i 
» razón me guia á mí para vengarme que a él para atreverse.» i 

En una segunda carta, pedantesca por extremo, donde en pocas líneas se trae á cola- • 
ción á Aristóteles, á San Agustín, á San Pedro, á Lactancio Fimiano, á Plinio el Natu- 
ralista, á Salustio, á San Jerónimo, á Yalerio Máximo, á Tito Livio, á Dionisio Areo- i 
pagita, el amigo se resigna con su suerte, y da por bien empleado que sus libros de las ¡ 
hazañas de Héctor se divulguen á trueque de que salga á ver la luz del mundo la tra- i 
gicomedia de Lisandro. \ 

Nadie ha visto los tales libros de Héctor^ j toda la correspondencia tiene visos de \ 
amañada. Las cartas del amigo están fechadas en Madrid, j como la Tragicomedia no ! 
consigna punto de impresión, han supuesto algunos que allí pudo cometer su inocente i 
abuso de confianza. Pero tal suposición es inadmisible, porque está probado que en , 
Madrid no hubo imprenta hasta 1566 ('). Además el libro tiene todas las trazas de estar j 
impreso en Salamanca por Juan de Junta, cuya cifra ó monograma, compuesto de las j 
letras J, A. primorosamente enlazadas, campea á la vuelta de la portada, y es idénti- | 
co al que usó en otros libros como el Tractatus perutilis Martini de Frías (Salaman- ' 
ca 1550) y el Remedio de jugadores de Fr. Pedro de Cobarrubias (1543). 

En la última de las octavas de arte mayor se da la clave para descubrir al enmas- • 
carado poeta: ' j 

Si el nombre glorioso quisierdes saber 
Del que esto compuso, tomad el trabajo j 

Cual suele tomar el escarabajo \ 

Cuando su casa quiere proveer. ; 

Del quinto renglón debéis proceder, ^ 

Donde notamos los hechos ufanos ) 

De aquel que por nombre entre los humanos :i 

Vengador de la tierra pudo tener- I 

A la sagacidad de D. Juan Eugenio Hartzenbusch estaba reservada la solución de [ 
este acertijo. El texto dice claramente que se ha de partir del quinto renglón de una i 
copla donde se alude á las hazañas de un héroe, que por ellas mereció que se le lia- j 
mase vengador de la tierra. Son varios los textos de Ovidio y Séneca el trágico en que 
Hércules, por otro nombre Alcides, es calificado de vindex terrae. Hércules está men- , 
clonado en el verso 7.° de la -i.^ octava: 

Alcides al mundo con hechos gloriosos... I 

Contando, pues, desde el verso quinto de dicha copla hacia atrás, ó cuesta arrib a á | 
semejanza del escarabajo, y tomando las primeras letras de cada verso (una, dos ó tres), 
resulta la siguiente cláusula: «Esta obra conpuso Sancho de Muni?io, natural de Sala- 
manca» (-). 

(1) Vid. Pérez Pastor (D. Cristúbil), BibUo(jrafia madrileña del siglo XVI (Madrid, 1891), pág. 1. j 

(2) Carta á los editores de la Colección de libros Eqxiñoles raros ó curiosos en los preliminares !| 
del tomo cuarto que contiene el Cancionero de S'úiiiga (pp. XXXIII á XLII). | 

¡ 

iJ 



INTRODUCCIÓN ccxxi 

Pero siendo tan exótico el apellido de Mu7tino, y no encontrándose noticia de nin- 
gún sujeto que por aquellos tiempos le llevara, ocurrió á los modernos editores de la 
Tragicomedia (Fuensanta del Valle v Sancho Rayón) que sin violentar el acróstico 
pudiera leerse el nombre de otro modo, y en efecto también se lee J/^ívw/?, juntando las 
primeras letras de los tres versos en que está el apellido, de la manera siguiente: Mu-n- 
non dando á la n doble el valor de ñ. 

Completado de esta manera el descubrimiento, pudo comprobarse la personalidad 
de un Maestro Sancho de Miiñón^ teólogo^ del cual hay noticias en la colección de 
Estatutos de la Universidad Salmantina impresos en 1549 por Andrés de Portonariis. 
Allí consta que Sancho de Muñón asistió en 31 de agosto de 1549 á un solemne claus- 
tro pleno, presidido por el rector D. Diego Ramírez de Fuenleal, con objeto de formar 
ciertas constituciones relativas al entierro de los señores Rector, Maestreescuela, Doc- 
tores y Maestros de dicha Universidad. En 9 de octubre del mismo año concurrió á 
otro para resolver que no se diesen trabados in scriptis bajo ciertas penas, y finalmente, 
en 9 de noviembre se le cita nada menos que en compañía de Melchor Cano como uno 
de los asistentes al claustro en que se formaron nuevos estatutos sobre el examen de 
los estudiantes artistas antes que pasasen á cursar Medicina y Teología ('). 

Después de esta fecha no se ha encontrado en España dato alguno de Sancho de 
Muñón, pero todo induce á creer que es la misma persona que un Di-. D. Sancho 
Sánchez de Muñón que en 26 do abril de 1560 tomó posesión de la plaza de Maestres- 
cuela de la Catedral de México, ejerciendo en tal concepto el cargo de Cancelario de 
aquella naciente Universidad', donde recibió ó incorporó el grado de Doctor en Teolo- 
gía en 28 de julio de dicho año. En 1570 hizo un viaje á la Península como solicita- 
dor de las iglesias de Nueva España. En 1579 visitó por comisión del Arzobispo de 
México, D. Pedro Moya de Contreras, las escuelas de niños, y notando algún descuido 
en la enseñanza religiosa, compuso é hizo imprimir una Doctrina Cristiana^ de la 
cual se coiioce un solo ejemplar falto de portada (-). Las noticias de su vida alcanzan 
i hasta 1601. El último cabildo eclesiástico á que asistió fué el de 31 de octubre de 
I 1600. La identidad de este personaje con el Sancho Muñón de Salamanca parece se- 
¡ gura, aunque nada dice de ella el eruditísimo García Icazbalceta, á quien debemos 
estos peregrinos datos. 

Natural es que un eclesiástico de respetable carácter y autoridad como el Maestro 
Sancho de Muñón tuviese algún reparo en confesarse autor de una obra de tan liviana 
apariencia y desenfadado lenguaje como la Elida. Pero no se arrepentía de haberla 
compuesto, por estar «llena de avisos y buenas enseñanzas de virtud sacadas de mu- 
2>chos autores santos y profanos, con celo de la utilidad pública» (pág. XYI). «Dicen 

(*) Carta de Sandio Rayón y Fuensanta del Valle á Hartzenbuacli, ^n los preliminares del 
tomo quinto de Libros raros ó curiosos, que contiene la Comedia Selvagia (pp. XIII á XVI). 

i') Bibliograjia Mexicana del siglo A'F/, por D. JoaquÍD García Icazbalceta. México, 1886, 
Aginas 23-2-233. 

En la dedicatoria al arzobispo dice el Dr. Muñón que esta doctrina «se lia cogido de las fuentes 

«le algunos escritores graves, que á mi parecer ea esta materia liablaron bien, en especial de una 

Doctrina Cristiana que se trató de liacer por la memoria y papeles de Pió V de gloriosa memoria;^. 

■tiay también un prólogo «A los muy reverendos Padres Curas del Arzobispado de México», en que 

les recomienda la enseñanza de la doctrina. 



ccxxii orígenes de la ííOVELA 

»que la mandragora tiene tal virtud^ que si nasce cerca de las vides hace que se ablande j 
» la fuerza que el vino habia de tener para embriagar; asi la poesía toma de la philoso- j 
»phia la doctrina, y juntándola con la mandragora del cuento fabuloso, hácela más i 
ablanda y fácil para ser percibida» (pág. XI). En su prólogo esboza una teoría del' 
arte docente, y en la dedicatoria á D. Diego de Acevedo y Fonseca justifica la ma- : 
teria misma de su libro, aunque vuelve á declarar que le escribió á manera de pasa- ■ 
tiempo: «Y como ya los años pasados tuviese vacación de graves y penosos estudios,.' 
»en que he gastado los tiempos de mi mocedad... compuse esta obrecilla que trata de i 
í> amores, propia materia de mancebos. Cuando digo de amores no digo cosa torpe ni i 
» vergonzosa, sino la más excelente y divina que hay en la naturaleza. Dejo los loores i 
»que del amor dice Platón en su Simposio^ dejo lo que en la Theogo?iia escribe Hesio- > 
»do, que el amor es el más antiguo Dios entre todos los dioses; dejo lo de Ovidio, que ; 
»el amor tiene dominio universal y reina sobre los dioses y sobre los hombres, y dejo i 
» otras infinitas auctoridades que hablan en esta materia, porque sería nunca acabar. \ 
»Sólo quiero decir que si alguno pareciere no ser la obra digna de mi profesión y : 
> estudios, se acuerde que casi no hubo illustre escriptor que no comenzase por obras ] 
» bajas, y de burlas y chufas, tomadas de en medio de la hez popular» (pág. 1). I 

Para evitar todo peligro de mala inteligencia, la Tragicomedia está sembrada de ' 
reflexiones morales, y aun de verdaderos sermones, muy bien escritos, como todo lo : 
demás, pero prolijos é impertinentes. El papel de personaje predicador le desempeña á ! 
maravilla Eubulo, «hombre de honestas costumbres» , criado de Lisandro, que constan- i 
temente está dando consejos á su amo y procura apartarle de su perdición. La segunda ; 
cena del cuarto acto es una disputa entre ambos, defendiendo Eubulo contra su señor •' 
que el sumo bien no consiste en el deleite. En la cuarta del mismo acto le da diez reme- ; 
dios contra el amor, tomados en parte de Ovidio, pero mucho más de la filosofía cris- : 
tiana. Cuando se consuma la catástrofe del malogrado mancebo, el piadoso ayo cierra 
la pieza con una declamación contra el amor, atestada de lugares comunes y de una | 
pedantería escolástica que supera á la de Pleberio, á la de Melibea y á todo lo creíble: 
apenas hay nombre de la antigüedad que no figure en aquella enumeración descabe- 
llada. Pero hay, en medio de este fárrago, trozos que tienen verdadera elocuencia sen- 
timental: «Oh mi señor y mi bien! ¿eres tú aquel que yo lleve recien nacido a la ama 
» que te criase? ¿Eres tú al que volví niño destetado a casa de tu padre? ¿Eres tú el que 
» empuse en buenas doctrinas y crianza, que parecías un ángel cuando chico? ¿Eres tú 
»el que enseñé a los doce años a correr caballos y otros muchos exercicios, asi de letras 
» como de armas? ¿Eres tú el que hasta los veinte y un años fue muy dado á la virtud, 
» amigo de religión, enemigo del vicio, amador del culto divino? ¡Ay, ay, que nuestros 
» pecados quisieron que te juntases con caballeros viciosos y distraídos y te acompaña- i 
» ses con ellos, y de esta manera se te pegasen sus malas y perversas costumbres!» 
(pág. 269). 

Eubulo no es sólo un moralista profesional que alecciona á la juventud contra losi 
peligros del loco amor. Sancho de Muñón le hace intérprete de su propio pensamiento en ( 
materias mucho más graves y pone en su boca las más audaces ideas del grupo llamado i 
erasmista^ al cual indudablemente pertenecía como casi todos los humanistas españoles j 
y no pocos teólogos del tiempo de Carlos Y. Véase, por ejemplo, esta valiente invecti-i' 
va^ que parece un compendio del terrible Diálogo de Mercurio y Carón: «¡Cuan mu-i 



INTRODUCCIÓIT ccxxiu 

» chos se condenan, y cuan pocos se salvan, y cuan abierta está de día y de noche aque- 
»lla puerta del triste Pluton; cuan ancho, cuan pasajero y cuan real camino es el que 
»guia a la muerte eterna! Por 61 se van espaciando los reyes, los duques, los condes, 
»los caballeros, los hidalgos, los oficiales y pastores. Por ahí se pasean los pontífices, 
»los cardenales, los arzobispos y obispos, los beneficiados y sacristanes, con un des- 
» cuido, como si nunca hubiesen de llegar allí donde los halagos de la vida, los regalos 
>del cuerpo, las honras, las riquezas, los favores y todos sus pasatiempos se volvieran 
»en lamentaciones y lloros perpetuos. Ahi serán atormentados muy cruelmente los 
» papas que dieron largas indulgencias y dispensaciones sin causa, y proveyeron las 
» dignidades de la Iglesia a personas que no las mereciau, permitiendo mil pensiones y 
>■ simonías. Ahi los obispos y arcedianos que proveen mal los beneficios, teniendo res- 
»pecto a sus parientes y criados, y no a los doctos y suficientes. Ahi los eclesiásticos 
» profanos y amancebados. Ahi los reyes que tiránicamente gobernaron sus reinos, y los 
»que no dieron los oficios y cargos, que suelen proveer, a personas de merecimiento. 
»Ahi los duques y condes, y los grandes señores que a sus tierras y vasallos con mu- 
»chos tributos molestaban. Ahi los caballeros enamorados. Ahi los letrados que nojuz- 
»garon conforme a derecho y verdad, y no obraron según sus letras les enseñan. Ahi 
» los logreros y usureros, los oficiales , los mercaderes y tratantes que llevan más del 
» justo precio por la cosa que venden, y con juramentos falsos cambian sus haciendas. 
»Ahi los criados lisonjeros que con lisonjas quieren ganar las voluntades de sus amos, 
» conformándose con ellos en bueno y en malo. ¡Oh terrible descuido en los hombres! 
»¡0h desvario loco! como si no hubiese otro mundo, y no hubiesen de fenecer todas las 
» cosas del, asi hacemos hincapié en lo que presto habrá fin» (pp. 245-247). 

Esta libertad y energía de lenguaje iba á perderse muy pronto en España, pero 
todavía el gran Quevedo supo conservarla dentro del siglo xvii. La sátira clerical es 
tan libre y desnuda en la Tragicomedia de Lisandro como en las Celestinas anteriores, 
pero de seguro mejor intencionada. Hay rasgos que sacan sangre, como lo que dice 
Elicia de la amiga del cura Bermejo (pág. 42). Pero en el fondo Sancho de Muñón es 
un teólogo severo, que tiene la conciencia, y aun pudiéramos decir el orgullo de su 
profesión, y mira con sumo desdén á los canonistas que «saben poco en casos de con- 
ciencia» (pág. 141) y «andan atados a las glosas como asno a estaca» (pág. 139). Según 
él, todo obispo debe ser teólogo, porque «a su oficio compete predicar la doctrina evan- 
igélica al pueblo; que el pulpito agora está usurpado de frailes... Y para esto les es 
> necesario saber la Sagrada Escriptura y Santa Teología, donde se aprenden también 
»los textos de cánones que tocan a la salud de las ánimas, cuanto más que los cánones 
» fueron fundados de varones teólogos como conclusiones sacadas del manantial de las 
» letras divinas» (pág. 141). A lo cual le objeta maliciosamente el Provisor: «Dexaos, por 
*mi vida, de eso, señor doctor, que nunca haréis mayorazgo si os atenéis mucho a los 
» teólogos». Lo cierto es que no obispó nunca, y tuvo que ir a morir de Maestrescuelas 
I en México. Todo el donosísimo episodio del pleito en que el Provisor absuelve al estu- 
I diante Sancías de la demanda que por Angelina le fué puesta sobre caso de ser su 
esposo y marido (cena quinta del segundo acto) es una parodia desembozada del estilo 
y modo de razonar de los letrados, en la curia eclesiástica. 
I La acción de esta tragicomedia pasa indisputablemente en Salamanca, y por cierto 
I que Sancho de Muñón no anda muy galante con sus paisanas: «Ya sabes que en Sala- 



ccxxiv orígenes de LA NOVELA 

» manca pocas hermosas hay, j esas se pueden señalar con el dedo» (pág. 92), Calventa, 
emula de Elicia, tenía su principal clientela entre los cursantes de la Universidad, que 
en su casa empeñaban los libros: «Si no traen dineros, que dexen prendas... ¿No 
» miraste la rima que tenia llena de Decretos y Baldos, y de Scotos y Avicenas y 
» otros libros?» (pág. 41). Hay también alusiones á costumbres estudiantiles, algunas 
de ellas tan peregrinas como la fiesta de Panza, que acaso no fué ajena al nombre que 
dio Cervantes á su escudero, como tampoco lo fué el antiguo proverbio de Sancho y su 
rocino. Sobre esta fiesta platican así dos mozos de espuelas, Siró y Geta: 

«Geta. — Panza es un sancto que celebran los estudiantes en la fiesta de Santan- 
»truejo, que le llaman sancto de hartura. 
■» Sir. — ¿Dónde aprendiste tanto? 

» Oet. — En el general de Phisica, cuando llevaba el libro a un popilo , oí al bedel 
» de las escuelas echar la fiesta de Panza» (pág. 24). 

El gusto que domina en la obra es el de las antiguas comedias humanísticas, y de 
él proceden sus principales defectos, que se reducen á uno solo, el alarde de erudición 
fácil y extemporáneo. No necesitaba alegar á cada momento aforismos y centones de 
poetas y filósofos antiguos quien se mostraba tan de. veras clásico, no sólo en el estilo 
jugoso y en la locución pulquérrima, sino en la composición sencilla, lógica y perfecta- 
mente graduada. El buen gusto con que borra ó aminora muchos defectos de las Celesti- 
nas precedentes, y el manso y regalado son que sus palabras hacen como gotas cristalinas 
cayendo en copa de oro, bastarían para indicar la fuente nada escondida donde él y los 
hombres do su generación habían encontrado el secreto de la belleza. Tal libro, por el 
primor con que está compuesto, es digno del más glorioso período de la escuela sal- 
mantina, en que salió á luz. Pero algo le perjudica el haber sido concebido y madurado 
en un ambiente erudito y universitario y no en la libre atmósfera en que andando el 
tiempo había de desarrollars*^ el genio de Cervantes. La prosa de la Tragicomedia de 
Lisandro y Roselia^ perfecta á veces, revela demasiado el artificio retórico, y no está 
inmune de afectación. Su autor escribía demasiado bien, en el sentido de que era un 
prosista de los que se escuchan y se complacen ellos mismos con la suavidad y gala- 
nura de sus palabras y con la pompa y armonía de sus cláusulas. Dice Lisandro en la 
primera escena del cuarto acto: «¿No me pusistes las escalas de arriba para descender 
»al jardin do mi señora baxó? ¿No la besé ahi con mil retozos entre unos ñoridos jaz- 
» mines y unas hermosas clavellinas? Los lirios, las alegrías, los tréboles y alegres alhe- 
» lises, las frescas azucenas, las olorosas albahacas, los toronjiles y artemisas, las rosas 
»y violetas, ¿no fueron testigos de aquel azucarado rato? ¿No nos paseamos después 
casidas las manos junto a una fontecica con una dulcísima plática? ¿Y cabe unos 
» camuesos no nos despedimos con dos reverencias y sendos besos , cuando los paxa- 
» ritos mensajeros de la alborada comenzaban a cantar con un suavísimo ruido, cuando 
» la mañanica con sus arreboles lo sombrío de los cipreses ilustraba y esclarecía y las 
»hierbecicas de rocío bordaba?» (pág. 206). Cuando se abusa de este estilo es fácil empa- 
lagar á los que no gustan de tanta dulcedumbre. 

Hay lujo y alarde de palabras en todo el libro. Para hacer una sola comparación, | ] 
apura Celestina todos los términos de cetrería: «¿Qué girifaltes, qué sacres, qué neblíes, | 3 
» qué esmerejones, qué primas, qué tagarotes, qué bahai'íes, qué alfaneques, qué azo- / i 
»res, qué alcotanes, qué gavilanes, qué águilas tan subidas en alto vuelo bastarán á 



INTRODUCCIÓN ccxxv 

» abatir eu tierra con sus uñas la páxara escondida en las nubes, como yo, sabia Celes- 
»tina, con mis palabras cautelosas abati a mi petición al muy encerrado proposito de 
»Koselia?» (pág. 103). Poco después hace una larga enumeración de los pájaros canto- 
res, y otra de los instrumentos músicos, «sacabuches, chirimías, atamborcs, trompetas, 
» rabeles, flautas, dúlcemeles, guitarras, vihuelas, arpas, laudes, clarines, dulzainas, 
»añafiles, órganos, monacordias, clavecinbanos, clavicordios y salterios» (pág. 104). Esta 
intemperancia de vocabulario divierte á veces, como divierte en Rabelais, pero es un 
procedimiento vicioso y eu suma bastante fácil. 

En las situaciones culminantes, en los monólogos de la hechicera, en los coloquios 
de Celestina y Roselia, hay cosas dignas de ponerse al lado de lo mejor de la Celes- 
tina antigua, aunque con la desventaja de haber sido escritas medio siglo después. Lás- 
tima que el talento del maestro salmantino no se hubiese ejercitado en un argumento 
de pura invención suya, que siempre le hubiese dado más gloria que una labor de imi- 
tación, por primorosa que sea. Pero le fascinó el prestigio de un gran modelo, y renun- 
ció á su originalidad ó por excesiva modestia ó por la presunción de igualarle. 

Aunque en la primera carta del amigo se da á la tragicomedia el título de Elida y 
cuarta parte de Celestina., que es el número que realmente la corresponde en esta serie 
de libros, en la portada se califica de quarta obra y tercera Celestina., sin duda porque 
Sancho de Muñón desdeñaba profundamente la obra de Gaspar Gómez de Toledo, á la 
cual no hace ninguna alusión. Tampoco se propuso continuar á Feliciano de Silva, 
pero tomó algunos rasgos felices de su Pandulfo para acomodarlos al rufián Brumandi- 
lón. La idea de resucitar á Celestina, el embuste de su muerto supuesta, le parecían 
invenciones ridiculas, que condena por boca de sus personajes, especialmente de Eu- 
bulo, á quien «no parecía esta segunda Celestina tan sabia como la primera» . Celestina 
había muerto verdaderamente á manos de los criados de Caliste, y la que intervino en 
los amores de Felides y Polandria «no era la barbuda, sino una muy amiga y compañera 
»desta, que tomó el apellido de su comadre» (pág. 37). Otro tanto había hecho su sobrina 
Elicia, á quien generalmente se llama Celestina en el libro de Sancho de Muñón. Pero 
Elicia pica más alto que la vulgar comadre de la resurrección., y no quiere que nadie 
la confunda con ella: 

Wrionea. — ¿Quó respuesta daré á Sigiril, escudero de Felides, si te buscare, que 

ayer vino acá y no te halló? 

I » Celest. — Dile que vaya con Dios ó con el diablo, que no soy yo casamentera, ni 

» menos es ese mi oficio; allá a la amiga de mi tia vaya él con esas embaxadas, o a los 

¡» parientes de Polandria, que concierten el casamiento, que para ese caso no es menes- 

ͻter el estudio de mis artes, ni mucho menos que mi tia resucitara o apareciese como 
[* holgaron de mentir» (pág. 80). 

Al revés de la Segimda Celestina., tan informe y mal compaginada, tiene la Tragi- 
■oniedia de Lisandro y Roselia un plan sencillo y claro, imitado en parte del de Fer- 
nando de Rojas, pero con un desenlace nuevo, que basta para dar alta idea del talento 
jlramático de quien le concibió. 

I Ija fábula de los amores de Lisandro y Roselia, que son los de Caliste y Melibea 

jroeados los nombres, podía recibir tres soluciones. Es la primera la que dio el ba- 

hiller Rojas, con sentido hondamente pesimista, envolviendo á todos los personajes 

'1 una catástrofe trágica, determinada principalmente por el caso fortuito de haber 

CRÍGENJÜS DE LA NOVELA.— III. — /I 



ccxxvi orígenes de LA KOVELA 

caído de la escala Calisto al salir de las delicias del jardín de Melibea. Es el segundo 
la pedestre solución matrimonial, que parece casi una burla sacrilega en la Comedia 
Thebaijda^ j que presentaron con más decoro, aunque no con mucha eficacia artística 
ni gran esciúpulo en los medios, Feliciano de Silva, el autor de la comedia Florinea y 
otros varios. Quedaba todavía otro desenlace eminentemente teatral, que Bartolomé de 
Torres Naharro había apuntado ligeramente en su comedia Himenea^ donde aparece el 
tipo de un hermano vengador de la honra de su casa, aunque tal venganza no llega á 
consumarse en la desvalida Febea, que logra el honesto fin de sus amores, parando todo 
en regocijo y boda. 

En esta solución se fijó el Maestro Sancho de Muñón^ pero dándola su verdadero 
carácter trágico y vindicativo. No es un accidente casual el que lleva á la muerte, desde 
el seno del placer que apenas comenzaban á gustar, á Lisandro y Roselia, sino la fiera 
ley del pundonor familiar, que ordena contra secreto agravio secreta venganza, y arma 
las ballestas de Beliseno y sus escuderos para asaetear á los dos amantes y a cuantos 
habían sido cómplices en la deshonra de su hermana. La escena es verdaderamente 
terrible, y su efecto se acrecienta con las supersticiosas invocaciones de los asesinos 
pagados. 

^Rebollo. — Yo tengo aqui en el seno una nomina que me dio mi abuela la habace- 
»ra, que quien la traxere consigo, no podra morir a cuchillo. 

T>Di-oino. — También mi tia, la Luminaria, me rezó unas palabras, que en cualquier 
1 tiempo que las dixere les caerán luego de las manos las espadas de los que se estuvie- 
»ren acuchillando. 

> Rebollo. — Es verdad. Otra oración muy aprobada me enseñó la hortelana amiga de 
>mi madre, para que donde hobiere ruido, si se rezare, no se saque sangre...:?' (pág. 252). 

Nadie antes de Sancho de Muñón había empuñado con tanto brío el puñal de Mel- 
pómeue, y no puede negarse que en su obra está adivinada y practicada por primera 
vez la que fué luego solución casi única de los conflictos de honra y amor en nuestro 
drama romántico del siglo xvii; singularidad en que no se ha parado hasta ahora la 
atención de la crítica. 

Menos original que en el desenlace se mostró el autor de la tragicomedia en la pin- 
tura de los caracteres, donde parece que su único empeño fué beber los alientos al 
autor de la Celestina.^ hasta confundirse con él. Roselia es una linda repetición de Me- 
libea, pero sin la llama del genio que hace inmortales los ardores de aquélla: 

Viountque commissi calores 
^^oliae fidibus puellae. 

Lisandro es una figura más apagada. Sus criados tienen carácter y fisonomía propia, 
que impide confundirlos con Sempronio y Pármeno. Eubulo, el hombre de buena 
voluntad ó de buen consejo, es una verdadera creación, que no se desmiente en obras 
ni en palabras, y que encarnando el sentido moral y aun ascético de la pieza, es el 
único que se salva de la universal desolación, y cumple probablemente la resolución 
de hacerse fraile, que más de una vez insinúa. 

Las mejores figuras del libro son sin disputa Elicia y su protector el rufián Bru- 
mandilón. Elicia no es Celestina, aunque haya usurpado su nombre, pero es una so- 
brina digna de su tía y la más legítima heredera de todo el caudal de sus malas artes. 



. i 



INTRODUCCIÓN coxxvn 

<Y muchos extrangeros que no conocieron á Celestina, la vieja, sino de oídas, pien- 
» san que esta es aquella antigua madre, porque vive en la mesraa vecindad, y tienen 

> razón de creello, ca ninguna remedó tan bien las pisadas y exemplos, la vida y cos- 

> tumbres de la vieja, como ésta, que en la cuna se mostraba á parlar las palabras de 
» que ella usaba para sus oficios; de manera que con la leche mamó lo que sabe» (pá- 
gina 34). El reposado y sentencioso hablar de Celestina, su ciencia diabólica y secre- 
ta ('), su astucia refinada y cautelosa, su aparejo de trapacerías y maldades no se des- 
mienten en su alumna, cuya psicología está seriamente estudiada. 

Brumandilón es un tipo más en la galería inaugurada por la efigie clásica de Centu- 
rio, á la cual no llega ciertamente, pero supera en mucho á las bárbaras copias de Gal- 
terio y Pandulfo. Sancho de Muñón, como delicado humanista que era, le ha conservado 
el sabor plautino del original, y pone en su boca chistes de muy buena ley. Se habla de 
las hazañas de Diego García de Paredes, y replica muy satisfecho: «Aqui está Bru- 
» mandilón, que siendo maestro de esgrima en Milán, le enseñó a jugar de todas armas, 
» de espada sola, espada y capa, de espada y broquel, de dos espadas, de espada y rode- 
»la, de daga y broquel grande, de daga sola con guante aferrador, de puñal contra 
» puñal, de montante, de espada de mano y media, de lanzon, de pica, de partesana, de 
» bastón, de floreo y de otros muchos exercicios de armas; y él viendo mi esfuerzo en 
>los golpes, mi osado atrevimiento para acometer seis armados, rebanar brazos, cortar 
apiernas, harpar gestos, hender cabezas y otros miembros, con mi exemplo salió tan 
adiestro y animoso como veis» (pág. 102). En otra parte exclama: «La diversidad y 
>gran variedad de las hazañas que por mí han pasado por diversos reinos y ciudades, 
»me privan de memoria a que no me acuerde de los casos particulares que tengo he- 
»chos por todo el mundo» (pág. 163). 

Pero demos paz á la pluma, porque para copiar todo lo bueno que hay en la tragi- 
comedia de Lisandro y Boselia necesitaríamos de mucho espacio. D. Juan Eugenio 
Hartzenbusch la calificó perfectamente en estos términos: «El libro es de lo mejor que 
»en su tiempo se escribió en castellano. El autor se muestra doctísimo en todo género 
» de letras, conocedor profundo del corazón humano, hábil pintor de costumbres y per- 
»sonaje por muchos títulos distinguido». 

La caprichosa injusticia de la suerte sepultó en olvido su obra apenas nacida. 

(*) A la infernal botica de Celestina había añadido Elicia «otras cosas muchas que con mi buen 
X)trabajo y propio sudor y mayor esperiencia he yo adquirido, conviene a saber: hieles de perro 
ínegro macho y de cuervo, tripas de alacrán y cangrejo, testículos de comadreja, meollos de raposa 
»del pie izquierdo, pelos priapicos del cabrón, sangre de murciélago, estiércol de lagartijas, huevoa 
))de hormigas, pellejos de culebras, pestañas de lobo, tuétanos de garza, entraüuelas de torcecuello, 
«rasuras de ara, ciertas gotas de olio y crisma que me dio el cura, zumos de peonía, de celidonia, de 
vsarcocola, de tryaca, de hipericon, de recimillos y una poca de hierba del pito que hobe por mi 
»buen lance; tengo también la oración del cerco que no tenía mi tia que Dios haya, que es esta: 
-»avis, gravis, seps, dipa, unus, infans, virgo, coronat- y si todo lo de mi tienda acabase de contar, 
))sería cosa para nunca acabar .. Este oficio me bastaba, éste mantiene mi casa, sustenta mi honra, y 
»me hace ser temida y acatada de todos, y afama mi nombre por la ciudad, que nadie hay que me 
Bvea que no me llame: madre acá, madre acullá, el uno me dexa, el otro me toma, el vicario me con- 
Dvida, el arcediano me llama, que ningún señor de la iglesia me ve que no quiera ganar por la mano 
»cuál me llevará primero á su casa» (pp. 74-75). 

Ciertamente que los que fuesen entonces vicario y arcediano de Salamanca quedarían muy 
agradecidos al Maestro Muñón por el modo de señalar. 



ccxxviii ORÍGENES DE LA NOVELA 

Un solo contemporáneo alude á ella: Alonso de Yillegas en su Comedia Selvagia. 
Y ya en el siglo xvii debía de ser rara, puesto que D. Nicolás Antonio sólo cita un ejem- 
plar que guardaba entre sus libros D. Lorenzo Ramírez de Prado, sin duda como cosa 
peregrina. Hartzenbusch supone que Maximiliano Calvi tuvo muy presente esta tragico- 
media cuando escribió su Tractado de la hermosui'a y el amor (1576). «Trozos hay en 
Ȏl (dice) con los mismos pensamientos, con el propio lenguaje casi que otros de la tragi- 
comedia» . Así será cuando tal maestro lo afirma; pero aunque tengo muy manejado el 
curiosísimo infolio de Calvi, que es la más completa enciclopedia de cuanto especularon 
sobre la filosofía del amor y de la belleza los neoplatónicos del Renacimiento, no he 
podido encontrar esas coincidencias verbales, aunque sí algunas ideas comunes, que 
por serlo tanto en las escuelas de entonces no necesitaba Calvi tomar directamente de 
la tragicomedia ('). 

Mientras estas €Celcsiinas» se publicaban en Castilla, un ingenio portugués digno 
de mayor nombradla que la que logra en su patria y fuera de ella, componía tres 
largas comedias en su lengua nativa, tomando por modelo en todas ellas, y especial- 
mente en la primera, el libro incomparable de Fernando de Rojas, pero sin calcarle 
tan servilmente como otros. Las comedias Euphrosina^ JJlijssipo y Aulegraphia^ de 
Jorge Ferreira de Vascoucellos, atestiguan, á la vez que el talento original de su autor, 
la influencia profunda que ejerció en Portugal la tragicomedia castellana desde el mo- 
mento de su aparición. Ya hemos visto hasta qué punto penetró en el teatro de Gil Vicen- 
te. Es inútil hablar de poetas menores. «Raras son las comedias portuguesas (dice Teó- 
» filo Braga) que no aluden á esta comedia, que se tornó proverbial en la lengua de 
» nuestro pueblo. Aun en las islas Azores se habla de las artes de la madre Celestina 
•!> encantadora^ sin saber á qué gran fenómeno literario sq refieren» (-). En vano fué 
que severos moralistas como Juan de Barros protestasen contra ella y hasta conside- 
rasen como un timbre de la lengua portuguesa el ser tan honesta y casta que «parece 
»no consentir en sí una tal obra como Celestina-» (^). Ya Gil Vicente había demostrado, 
contra monjiles escrúpulos, que la lengua portuguesa lo toleraba todo, como las demás 
lenguas del mundo, cuando diestramente se las maneja. 

Dos testimonios muy singulares, cada cual en su línea, tenemos de la enorme popu- 
laridad, no ya literaria, sino social, que alcanzaba la Celestina entre los portugueses á 
principios del siglo xvr. El primero, cuya indicación debemos á nuestra sabia y gene- 
rosa amiga doña Carolina Michaelis de Vasconcellos, prueba que antes de 1521 el 
drama de Rojas había dado asunto para trabajos de orfebrería. En el ajuar de la infan- 
ta doña Beatriz, que en dicho año se casó con el duque de Saboya, había una taza de 
plata con la historia de Celestina (*), 

Precisamente en el mismo año Francisco de Moraes, futuro autor del Palmerín de 

(•) Tractado de la Hermosura y del Amor compvesto por Maximiliano Calvi .. En Milán. Per 
Paulo Gotardo Pondo, el Año MDLXXVI. 

Cada uno de los tres libros en qne la obra se divide forma un volumen con paginación diversa. 

í^) üistoria do Tlieatro Portuguez, II, A comedia classica e as tragicomedias (Porto, 1870), 
! p 29-30. 

(3) Grammatica (1536), pág. 73 de la edición de 1785. «Verdade lie ser (a lingua portugueza) era 
»si taü honesta e casta que parece ná consentir em sy liúa tal obra como Celestina>. 

{^) Historia Genealógica da Casa Rexl portugueza, por D. Antonio Caetano de Sonsa... Lisboa 
Occidental, 1738. Provas. II, pág 448. 



INTRODUCCIÓN coxxix 

Inglaterra^ fué testigo en Bragauza, su patria, de la inaudita profanación de un Diego 
López, herrero, que en viernes de Dolores estaba en la iglesia de San Francisco, ante el 
Sagrario, leyendo á un corro de mujeres la Celestina^ «j paréceme que era en el auto 
»que habla de Centurio» ('). 

A tiempos poco menos remotos que éstos han querido referir algunos la composi- 
ción de la primera comedia de Jorge Ferreira, sin razón á mi juicio, y hasta con evi- 
dente imposibilidad cronológica. Hubo un Jorge de Vasconcellos (á quien también se 
llama Jorge de Yasco Gon^elos), insignificante trovador del Cancionero de Resende (2), 
el cual frecuentaba ya la corte de D. Manuel en 1498, y está citado en 1519 por Gil 
Vicente {^). Para admitir que este poeta cortesano fuese la misma persona que el autor 
de la Eufrosina^ como pretende Teófilo Braga, habría que rechazar la fecha hasta hoy 
tenida por cierta de la muerte de Jorge Ferreira de Vasconcellos en 1585 ó suponer 
que vivió más de cien años, pues hemos de creer que tendría por lo menos diez y seis 
cuando poetizaba en los saraos de palacio. 

Aun prescindiendo de esta confusión de dos personas, que pueden ser fácilmente 
deslindadas, quedan grandes oscuridades en la biografía de nuestro autor. Ni siquiera 
consta con seguridad la tierra en que nació, que unos quieren que fuese Coimbra, otros 
Montemor o Velho, sin que falte quien le suponga hijo de Lisboa ('*). Ninguno de los 
antiguos biógrafos se fijó en el dato capital de haber sido Jorge Ferreira de Vasconce- 
llos mozo de cámara del infante D. Duarte, hijo de D. Manuel, á cuyo servicio estaba 
en 1540, fecha de la muerte de aquel príncipe, nacido en 1515. De aquí dedujo con 
excelente crítica doña Carolina Michaelis que debía de ser joven entonces, no de mayor 
edad que Francisco de Moraes, el cual también figura en la lista de los servidores del 
infante (''). No se sabe á punto fijo si Ferreira siguió formando parte de la casa de la 
viuda y del hijo postumo de D. Duarte, ó pasó á la de D. Juan III, como indica su 
yerno en el prólogo de la Ulyssipo (*''). En este caso sería destinado al servicio del prín- 
cipe D. Juan, heredero de la corona, puesto que á él dedicó las primicias de su inge- 

(') «Em sexta Beira de Endoencas do anno de 1521 vi no mosteiro de Sam Francisco en bra- 
K^ancí lili Dii-.go Lopes, ferrf'iro, vestido em manto bérneo e tonca foteada, estar ante o Sacra- 
"iiiento en roda de muiheres lendo por Celestina, e parece-me que era no auto que falla do Cen- 
uturio». (Ms , tal vez autógrafo, que poseía el conde de Azevedo, y hoy debe de estar en la Biblio- 
teca de Oporto ) 

Vid. C. Oastello Branco, Narcóticos, I, Porto, 1882, pág. 66.. 

{") Tomo III de la ed.de Stuttgart,pp. 114, 120, 129, 215 y 222 En la pág. 632 hay unos versos 
de García de Resende á Jorge de Vasconcellos «porque nam querya escreuer humas trovas siias». 

(^) En la tragicomedia de Las Cortes de Júpiter (Obras de Gil Vicente, tomo II de la ed. de 
Haraburgo, pág. 404). 

(*) José Joaquim da Costa e Sá, editor de la traducción de Terencio de Leonel da Costa en 1788, 
dice haber visto un ejemplar de la Eufrosina de 1561, que tenía en el reverso del pergamino la-* 
siguientes palabras de letra antigua: «O Autor d'este livro foi Jorge Ferreira de Vasconcellos, natural 
»de Lisboa, tamben Author da Tavola Redonda e d'outras obras (Tomo I, pág. XXI, nota 9). 

(^) En la Vida de D. Duarte, escrita en 1565 por Andrés Resende, que había sido su maestro de 
latinidad, se hace mención de Francisco de Moraes, pero no de Jjrge Feíreira de Vasconcellos. Tam- 
poco en el testamento del Infante, publicado en las Pravas de la Historia Genealógica. Pero está 
citado en el Rol dos Moradores do Infante, redactado poco después de su fallecimiento. (Vid. Caetano 
de ousa, Hist. Geneal. Provas, II, 615.) 

(') «Das comedias que Jorge Ferreira de Vasconcellos corapos, foy esta Vlysippo a segunda 
»estando ja no serui^o del Rey nesta cidade». 



coxxx ORÍGENES DE LA NOVELA 

nio: la comedia Eufrosina j el Sagramor, entre 1550 y 1554 probablemente. Muerto 
el infante en 1564, siguió al servicio del que fué luego rey D. Sebastián. El único 
puesto oficial que consta de un modo positivo haber logrado es el de «escribano del 
Tesoro», con quince mil reis de sueldo al año (!!). Tal destino no era ciertamente para 
enriquecer á nadie, y es posible que espontáneamente le renunciase, puesto que por un 
albalá de 10 de julio de 1563 tomó posesión de él un Luis Vicente (hijo acaso del gran 
poeta), mozo de cámara del rey D. Sebastián, en los mismos términos en que le había 
tenido Jorge Ferreira, que debía de estar vivo, puesto que no se usa respecto de él la 
frase sacramental ^qiie Deus perdoe» C). Además, el prólogo con que en 1567 apareció 
el Sagramor tiene todas las trazas de estar escrito en aquel mismo año. Tampoco debe 
negarse crédito á Barbosa Machado, cuando afirma que Ferreira falleció en 1585 y fué 
enterrado con su consorte doña Ana de Sonsa en el crucero del convento de la Santí- 
sima Trinidad de Lisboa. Escribiendo Barbosa en 1747 es muy probable que tomase 
esta fecha del epitafio que existiría en dicho convento, destruido, como tantos otros, por 
el terremoto de 1755 f). 

Otras noticias que el mismo Barbosa da tienen igualmente sello de verisimilitud y 
no han sido hasta ahora contradichas por ningún documento, aunque tampoco hay nin- 
guno que las confirme. Le llama caballero profeso de la orden de Cristo y uno de los i 
más distinguidos criados de la casa de Aveyro {^) y afirma que fué «tesorero de la casa j 
de la India» . De su matrimonio con la ya referida doña Ana de Sousa tuvo dos hijos, j 
Pablo Ferreira, que en edad juvenil perdió la vida en la jornada de África con el rey j 
D. Sebastián, y doña Briolanja de Vasconcellos, que se c;»só con Antonio de Noronha. i 
No sólo fué hombre de ingenio agudo y gracia nativa, dotes que en sus composicio- j 
nes resplandecen, sino verdadero y culto humanista. La Eufrosina parece documento i 
irrecusable de haber hecho sus estudios en Coimbra, lo cual no pudo ser antes de 1537, | 
fecha de la traslación de la Universidad desde las orillas del Tajo á las del Mondego (*). | 
Parece singular que con tales condiciones y con el positivo mérito de sus escritos, un i 
solo contemporáneo suyo le mencione, Diego de Teive en un. elegante epigrama latino f), i 

O Vid. Brito Rebello, Ementas Históricas, II, Gil Vicente, pág. 114. ¡ 
El título exacto del cargo era «escrivao da receita e despesa do tesoureiro da casa real». 

(') Barbosa Machado, Bibliotheca Lusitana... Lisboa, 1747, Tomo II, pp. 805-807. i 

(*) Acaso en este punto haya confusión con el Dr. Antonio Ferreira, autor de la Castro. El j 

ducado de Aveiro fué creado en 1547 para D. Juan de Lencastre, nieto de D. Juan II, 

(') Vid. Teophilo Braga, Historia da universidade de Coimbra... Tomo I, Lisboa, 1892, cap. V, ¡ 

pp. 449 y 83. ! 

C) Estos dísticos se encuentran en la comedia Aulegrafia, pero no al fin, como dice Barbosa, ' 

sino al principio, antes del folio primero é inmediatamente después de la dedicatoria: i 

Inscribunt alii morituris nomina chartis i 

Cumque illis cernnnt nomina obire sna, i 



Tu, bone Ferreri, victaris nomina chartis. 

Non tua subscribís, sed latitare cupis. 
Est tibí sat saeclis prodesse aliquando f uturis 

Quatnvis nulla tui nominis aura eonet. 
Nil agís, insequitur fugientem fama, sequentem 

Auf ugit, ad saperos et volat alta polos. 

Siendo tan raros los elogios antiguos de Jorge Ferreira, no debemos omitir el de Juan Soares 
de Brito (Theatr. Lusit. Lit., let. G.), citado por Barbosa: «Vir ingenio proraptissimo et lepidiasirao». 



INTRODUCCIÓN 



CCXXXI 



que en parte nos da la clave del enigma, pues hace notar que Ferreira jamás ponía su 
nombre en las obras que compuso : 

Non iua subscribís, sed latitare cupis. 

Este amor á la oscuridad j al anónimo, y quizá todavía más la circunstancia de 
no haberse prestado al cambio de elogios mutuos, puesto que ni se encuentran versos 
suyos en loor de ningún ingenio de su tiempo, ni sus libros llevan panegíricos de mano 
ajena, explican su aislamiento respecto de la literatura de su época y el olvido en que 
cayó muy pronto su nombre, hasta el punto de ser atribuida á otros autores su mejor 
obra. 

Además, sus gustos parecen haber estado en discordancia con esa misma literatura. 
Era, como Cristóbal de Castillejo, uq rezagado de la escuela del siglo xv. A ella perte- 
necen todos los poetas que elogia: Macías, Juan Rodríguez del Padrón, Garci Sánchez 
de Badajoz, el Bachiller de la Torre, Juan de Mena, el Ropero, Jorge Manrique, Juan 
del Encina, entre los castellanos; D. Juan de Meneses, Gil Vicente, Bernaldim Ribei- 
ro, entre los portugueses ('). De los poetas de la escuela nueva menciona á Boscáu, 
Garcilaso y Sá de Miranda. 

Hasta aquí las noticias biográficas de Jorge Ferreira, que no he tenido ni siquiera 
el trabajo de recoger, puesto que juntas y depuradas las ha puesto á mi disposición la 
doctísima escritora doña Carolina Michaelis, ornamento al par de la erudición germá- 
nica y de las letras peninsulares, á quien me complazco en dar este público testimonio 
de gratitud por su admirable compañerismo literario. 

No todas las producciones del ingenio de Jorge Ferreira hau llegado á nuestros días. 
El conde da Ericeira, al dar cuenta en 1724 á la Academia Real Portuguesa de los 
manuscritos que contenía la biblioteca del Conde de Vimieiro, cita con el núm. 79 unas 
Obras Maraes de Jorge Ferreira de Vasconcellos compuestas en 1550 para la educa- 
ción del rey D. Sebastián. La primera de ellas era un Diálogo das grandepas de Sa- 
lomao, y la otra un coloquio sobre el psalmo 50 La librería de Vimieiro fué de las 
que perecieron en el terremoto. Barbosa Machado, que escribió antes de aquella catás- 
trofe, menciona, no sólo el Diálogo de las graridexas de Salomón, dedicado al rey 
D. Sebastián en su infancia, sino también el Peregrino, «libro curioso escrito en el 

(') Las coplas de Jorge Manrique le eran tan familiares que desde la primera escena de la Eufro- 
sina intercala varios versos en el diálogo: aDexemos a los troyanos que sus males no los vimos». 
«Recuerde el alma dormida.» Y á continuación dos pedazos de romances que él mismo califica de 
antiguallas: «Por aquel postigo viejo», «Buen Conde Fernán González». Dos veces está citado 
Macías en la misma escena, y poco antes el «Huid que rabio» de Juan Rodríguez del Padrón pági- 
nas 63, 64 y 65 de la pretente edición). Nueva reminiscencia de Jorge Manrique en la escena 2.*: 
«Todo tiempo pasado fué mejor» (pág. 71). De los elevamientos de Garci Sánchez se habla en el 
acto 3.°, escena 2.* (pág. 105). 

De la popularidad de los pliegos sueltos que cont.nían romances es buena prueba lo que dice 
Cariofilo á Zelotipo en la segunda jornada del acto tercero: «Partios a Castilla y dexad a Portugal a 
»lo8 castellanos, pues les va tan bien en ella. Poned tienda en Medina del Campo y ganaréis de 
»comer con glosar romances viejos, que son apacibles, j' poneldes [ or título «obra nueva sobre mal 
"ftliuvistes los franceses la caza de Roncesvalles»; mas temo que ande ya allá el trato tan dañado 
»como acá, donde lo censuran todo estos críticos, que no medran ya cbocarreros» (pág. 106). 

En el mismo acto hay tres canciones castellanas, puestas en boca de Zelotipo. El traductor sólo 
ha conservado la tercera: «Aora quiero os dezir unas coplas que hize poco ha en castellano, por ser 



ccxxxii ORÍGENES DE LA NOVELA 

estilo de la Eufrosina{\o cual hace creer que se trataba de una nueva comedia en prosa), 
y los Colloqidos sobre Parvos (coloquios sobre los tontos), en respuesta á una pregunta 
que le hizo una prima suya religiosa, «que cosa era j^ci^'t'oisse» . De ninguno de estos 
manuscritos queda, al parecer, rastro. 

Como obras impresas tenemos las tres comedias, y un libro de caballerías, del cual 
existen dos redacciones, al parecer distintas. La primera, que con el título de Triunfos 

))más receb'do y menos glosado». Las otras dos tienen los siguientes principio?, que bastarán para 
mostrar su directa filiación de la poesía de los Cancioneros: 

De grado en grado ha sobido 
La pena a la fortaleza, 
Del ansia y mayor tristeza 
Que ay en el mundo. 

Cayó se me basta el profundo 
Con dolor el pensamiento, 
Del más subido cimiento 
De la esperanza... 

En mal punto fue nacido 
Un corazón desdichado, 
Qual el mió {'^], que ha querido 
Ser más vuestro desdeñado 
Que de otra favorescido... 

Tiene en portugués otras composiciones del mismo gusto. La mejor es un villancico que canta 
Silvia de Sonsa en la escena 1.'' del ac o 4.°: 

Aquelle cavaleiro, 
Que d' amores me falla, 
Querolhe bem na alma... 

(Pág. 229 (le la ed. de 1786). 

El capitán Ballesteros traduce estos versos, pero omite ó mutila arbitrariamente otros, así cas- 
tellanos como portugueses, en todo el curso de la obra. No tiene disculpa, por ejemplo, la supresión 
de esta linda cantiga que entona EuErosina en el acto 4.°, escena 5.*: 



Castigado me ha mi madre 
Por vos, gentil caualleio. 
Mándame que no os hable: 
No lo haré, que much > os quiero. 

Fuerza me por vos a uor, 
Vénceme vuestro deseo: 
Cuanto me riñen, si os veo, 
Se me olvida, y el temor. 

Defiende me lo mi madre, 
Que no os vea, cavallero, 



Mándame que no os hable, 
Y yo por hablar os muero. 

¿Qué valen consejos sanos, 
Quando está mal sana el alma? 
Si el amor lleua la palma, 
Vencen los cuidados vanos. 

Que me mate la mi madre 
Por vos, gentil cavallero, 
No quitará que no os hable. 
Pues sin vos vida no quiero. 

(Pág. 248 de la misma edición). 



El nombre de Jorge Ferreira debe añadirse al Catálogo de los autores portugueses que escribieron 
en castellano formado con tanta erudición y diligencia por mi difunto é inolvidable amigo el Dr. Gar- 
cía Peres, no sólo por estas y otras piezas poéticas, sino por una parte del diálogo de la comedia 
Aulegrajia. 

No encuentro citadas en la Eufrosina más obras en prosa que el Clarimundo, libro de caballeías 
de Juan de Barros (pág. 110 del presente volumen), la novela de Diego de San Pedro y el Marco 
Aurelio del obispo Guevara: «En esta materia pocos aciertan y todos reprehenden y no dexan de 
»aferrarse con Cárcel de Amor en lugar solitario, y tienen por tanto corivertiilo en portugués como 



(*) M niño dice la incorrectísima edición de Sousa Parinha, 1786, pág. 172. 



INTRODUCCIÓN coxxxin 

de Sagramor^ fué impresa en 1554 ('), se enlaza artificialmente con el ciclo del rey 
Artús y de la Tabla Redonda, pero su principal objeto fué describir las tiestas ó torneo 
de Xabregas con ocasión de haber sido ai-niado caballero el príncipe D. Juan, á quien 
servía, mozo estudioso j protector de las Musas, ensalzado como tal por todos los poetas 
de su tiempo, incluso Luis de Camoens (en la égloga 1."). Más ó menos refundida esta 
obra con el título de Memorial das proezas da segunda Tavola redonda^ j dedicada al 
rey D. Sebastián, volvió á imprimirse en 1567 ("). El editor de la Aulegraphia en 1619 

»si fuese Homero; mas pues llegainos a tratar de antigüedades, qué malo sería hablar por Marco 
y> Aurelio, que tiene gran copia en el dezir?» (pág. 111). 

De Petrarca y aun de Dante liay indudables reminiscencias: «De la señora Eufrosina no se pue- 
))de liablar como de cosa deste mundo, sino como de una muestra que Dios nos quiso dar de su poder» 
(p. 137). «.La mayor congoja en estas adversidades es acordarme que ful algún tiempo venturoso» (p. 140). 

En la Vlysippo (fol. 149 vuelto de la ed. de 1618) se encuentra un soneto, único tributo que 
pagó á la métrica italiana No sabemos si puede tomarse por expresión de su propio pensamiento ó 
meramente de la persona que habla, el siguiente pasaje de la Aulegraña (act. 11, se. 10, fol. 78 
vuelto). En el primer caso habría que creer que cambió de rumbo en sus últimos años, como lo hizo 
también Gregorio Silvestre: «Eu, senlior, tenho niinha poesía nova e fa^o minlia viagem por fora 
!)da rota de Joáo de Lenzina, e terzo - me da vitola dos antigos como de espirro: porque sao músicas 
» le fantasía sem arte, e nao alcan^am o bem d' agora, que tem furtado o corpo a idolatrías contem- 
»p]ativas quando Ihe dizia: En tus manos la my vida encomiendo condenado, etc., e entáo logo mo« 
Drrem e vinlian os Testamentos, os Infernos do amor, e tudo era ayre». 

Poco antes se había quejado del abandono de la lengua portuguesa y del predominio de la 
nuestra: «Somos tao incrinados á lingua castelhana, que nos descontenta a nossa, sendo dina de 
»maíor estima, e nao ha antre nos quem perdoe a hua trova portugueza, que muytas vezes é de 
»vantagem das Oastelhanas, que se tem aforado conmosco, e tomado posse do nosso ouvido, que 
Dnenhumas Ihe soan mellior: emtanto que fica em tacha anichilarmos sempre o nosso, por estimar- 
)jmos o allieyo» (fol. 66 vuelto). 

(') Inocencio da Silva no llegó á ver los Triunfos de Sagramor, y se limita á copiar la escueta 
noticia de Barbosa: 

Triunfos de Sagvamor^ em que se tratáo os feitos dos Cavalleiros da segunda Tavola Redonda. 
Dirigido al Principe D. Juan. Coimbra, por Juan Aligares, impresor del Rey. 1554. fol. 

D.* Carolina Michaéiis me escribe: «Infelizmente nunca vi o Sagramor. Nem vive quem o 
»visse! Apenas ha boatos vagos sobre un exemplar guardado na Torre do Tombo. Creio que o Me- 
y)morial é 2.^ ed. do Sagramor, apenas com o titulo mudado por improprio. O melhor teria sido 
y> Memorial das Proezas dos Cavaleyros da (Segunda) Tavola Redonda do Rei Sagramor. No prologo 
»ha no fim a ora9ao seguinte: «nao me disculpo dos erros e atrevimentos de que nesta treslada97á) 
Ddo Triumpho del Rey Sagramor posso ser reprendido, ñera os negó». No cap. 26 diz que «Foro- 
J>neus,.. nao foy sua ten^áió tratar de hum soo cavaleyro.,, antes pretende fazer huma viva memoria 
»de tudo o que alcan90u saber dos da Tavola Redonda del Rey Sagramor». 

(') Memorial das proezas da segunda Tauola redonda. A o muyto alto e muyto poderoso Rey 
do Sebastiüb primeyro deste nome em Portugal, nosso senhor. Con licenra. Em Coimbra. Em casa de 
Joáo de Barreyra, 1567. 4.° 240 hs. dobles. 

Barbosa cita otra del mÍ8mo año en folio, pero debe de ser la misma. 

De esta edición rarísima sólo se conocen dos ejemplares en Portugal (según Inocencio): el de la 
Biblioteca Nacional de Lisboa, procedente de la librería de D. Francisco de Mello Manuel, y el de la 
biblioteca de Braga. En el Suplemento de Brito Aranlia se cita otro que perteneció al conde de Azevedo. 

Hay una edición moder a del Memorial, dirigid i por Manuel Bernardes Branco (Lisboa, na 
tip. do (íPanorama», 8." grande). 

Vid. Diccionario bibliographico portuguez, estudos de Innocencia Francisco da Silva applicaveis a 
Portugal e ao Brasil. Tomo IV Lisl)oa, na Iinprensa Nacional. 1860, pp, 167-171. Y el Suplemento 
de Brito Aranha (tomo XII del Diccionario, 1^ 



coxxxiv orígenes DE LA NOVELA 

habla de una segunda parte inédita, que al parecer se ha perdido. Los versos que el 
Memorial contiene no desmienten las aficiones arcaicas y enteramente hispanistas de 
Jorge Ferreira. Son casi todos romances, algunos de ellos de asunto clásico, como 
la guerra de Troya, los amores de Sofonisba y la batalla de Farsalia; otros enlazados 
con la acción de la novela, y algunos de tema histórico portugués, como la muerte del 
príncipe D, Alfonso, hijo de D. Juan II, y la del mismo príncipe D. Juan, mecenas del 
autor O- 

No puede negarse que Jorge Ferreira, sin dejar de ser ingenio genuinamente portu- 
gués, y el que después de Gil Vicente nos ha dejado más fieles pinturas de la sociedad 
de su tiempo, tenía puestos los ojos en nuestra literatura del siglo anterior, y especial- 
mente en la obra insigne que glorificó las postrimerías de aquella centuria. Sus come- 
dias lo comprueban, sin que el autor trate de ocultarlo, y no pueden confundirse de 
ningún modo con Os Estrangeiros y Os Vilhalpandos de Sá de Miranda, con Bristo 
y O Cioso de Antonio Ferreira, que son también comedias en prosa, pero de pura imi- 
tación latino-itálica, de moderada extensión y de forma representable. Ferreira de 
Vasconcellos, por el contrario, es un imitador deliberado de la Celestina^ y sus come- 
dias son extensos libros, destinados á la lectura únicamente (■). 

La más antigua de estas obras, y la que principalmente nos interesa, es la Enfro- 
sina. En el proemio al príncipe D, Juan, el autor la llama 'primicias de meu rustico 
engenho^ primeiro friicto^ que delle colhi inda ben tenro. Y en el prólogo, puesto en 
boca de Joao de Espera em Deus^ la anuncia como cousa nova^ invengño fiova fiesta 
térra. Tenemos, pues, en ella, no sólo las primicias del ingenio de su autor, sino las 
primicias de un género: «o novo autor em nova iuuen^ao» . 

La acción pasa en Coimbra, y hay continuas alusiones á las costumbres de los estu- 
diantes, aunque no lo son los dos principales personajes (^). En el prólogo de Juan 
espera en Dios se declara expresamente que allí fué compuesta: «Na antiga Coimbra, 
» coroa destes Reynos, á sombra dos verdes sinceráis de Mondego, nasceo a portugueza 
»Eufrosina». ¿Pero en qué tiempo? No es posible admitir la fecha de 1527, propuesta 
por Teófilo Braga. Su único apoyo está en una carta fechada en Goa á 28 de diciembre 
de 1526, que se lee en la escena quinta del acto segundo de la obra. Pero en esta fecha 
tiene que haber error tipográfico, puesto que en la misma carta se alude á la fortaleza 



(1) Vid. Th. Braga, Floresta de varios romances, Porto, 1868, pp. 36-53. 

(*) Basta leer la Eufrosina para convencerse de que no pudo ser representada á lo menos en su 
forma actual; pero algunas frases del prólogo de Juan de Espera en Dios parecen indicar que su 
autor la destinó á alguna recitación ó lectura pública, como creemos que lo fué también la Celestina. 
En este caso los oyentes serían estudiantes ó profesores de Coimbra, y á ellos aludirá la frase neste 
anfitrioneo convento. 

(^) Por cierto que Jorge Ferreira no se muestra nada blando con ellos, especialmente con los 
legistas: «Estos son gente sin ley ni Rey, todo su cuydado es buscar recreación; la ciencia está en 
j)los libros; el estudiar, ir y venir á su tierra, y después de largo tiempo mal gastado: bachiller 
»soy, bien votado ó mal votado, y dan sentencias de golpe, como palo de ciego, que Ueua el pelo y 
»el pellejo, y el mal es para quien les cae en las manos» (pág. 88). 

«El enfado del estudio no se puede sufrir si no es a fuerza de necesidad.... Rico es mi padre, 
»lograrme quiero con su trabajo.... quanto má- que yo podré graduarme por suficiencia, y con estar 
»do8 dids en Sena ó en Bolonia, espantaré toda esta tierra, y con dos sentencias que traiga de la Rota 
«pensará mi padre que vengo hecho un oráculo» (pág 89). 



INTRODUCCIÓN ooxxxv 

de Diu, lio construida hasta 1535. La verdadera fecha de la comedia debe rebajarse, por 
consiguiente, en diez años, j esta fecha cuadra perfectamente con todo lo que sabemos 
de la vida del autor. 

La Eufrosina corrió mucho tiempo manuscrita, estragándose en las copias, hasta 
que el autor, doliéndose de verla andar poi' militas mabs denassa é falsa, determinó 
colocarla bajo el real amparo del Príncipe D. Juan, heredero de la corona. Si se la de- 
dicó impresa, como parece muy creíble, esta primera edición es desconocida hasta 
ahora. Pero existen otras dos del siglo xvi, ambas sin nombre de autor, únicas que nos 
dan el primitivo j auténtico texto de la comedia. Una es de Coimbra, 1560; otra de 
Évora, de 1561 (*). Sus ejemplares son de extraordinaria rareza. A ello contribuiría 
sin duda la prohibición inquisitorial, que aparece por primera vez en el índice portu- 
gués de 1581 (-), pero que no pasó al castellano de 1583. 

Como á pesar de la censura, ó quizá por virtud de ella, seguía leyéndose con apre- 
cio la Eufrosina, un buen ingenio de principios del siglo xvil, poeta y novelista, Fran- 
cisco Rodríguez Lobo, determinó obsequiar con una reimpresión de ella á su mecenas 
D. Gastón Coutinho, que había mostrado deseo de leerla, entre otras razones porque 

(') Debajo de una viñeta con tres figuras que representan á Zelolipo, Eufrosina y Silvia de 
Sonsa, se lee este título: 

Comedia Eufrosina. De nouo reuista & em partes acrecetuda. Impressa em Coimbra. Por loiíb 
de Barreyra, Impresor da Universidade; Aos dez de mayo M. D. LX 

(Colofón): «Foy impressa a presente obra, em a mny noble & sempre Real cidade de Coimbra, 
))por loaó de Barreyra empressor da Universidade. Corn privilegio Real que nenliüa pessoa a possa 
«imprimir, uem vender, nem trayer doutra parte impressa, sob as penas conteudas no Privilegio, 
))Acabonse aos dez dias do mes de mayo. De M. D. LX», 

8.°, 347 pp. Láminas en madera. Letra redonda, excepto la lista de las figuras de la Comedia, 
que va en letra gótica. 

Las palabras «revista e em partes acrecentada» apenas dejan duda de la existencia de una edi- 
ción anterior. 

Esta de 1560 es rarísima. El ejemplar que poseyó Salva y describe en su Catálogo (núm. 1254) 
pertenece hoy al Museo Británico. Allí mismo liay un ejemplar incompleto de otra edición, que 
parece ser la siguiente: 

Comedia Eufrosina. De nouo reuista^ z em partes acrecentada. Agora nanamente impressa, Diri- 
gida ao muito alto z poderoso principe dom Joam de Portugal. 

(Colofón): «Foy impssa em Euora en casa de Andree de Burgos, impssor e cavaleiroda casa do 
»Oardeal Iffante. No fin dabril de 1561». 8.<* let. gót. 

«Había un ejemplar excelentemente conservado en la librería del hospicio de la Tierra Santa, 
el cual pasó después al Archivo Nacional de la Torre do Tombo» (Inocencio da Silva). Otro existe 
en la librería que fué de D. Feriando Palha (núm. 1.206 de su Catálogo). 

D. Blas Nasarre, que reimprimió en 1735 la Eufrosina castellana, dice en la advertencia «al que 
leyere», tratando del original portugués: «Imprimióse esie libro la primera vez en Kvora el año 
»1566 por Andrés de Burgos, impresor y cavallero de la Casa del Oirdenal Infante». Pero como esta 
edición no parece por ninguna parte, puede sospecharse que el 1566 sea errata por 1561. 

— Comedia Evfrosina. Ñoñamente impressa e emendada. Por Francisco Roiz Lobo. Em Lisboa, 
Antonio Aluares, 1616. 8." 4 hs. prla. y 223 fols. 

— Comedia Eufrosina. De lorge Ferreira de Vasconcellos, ñoñamente impressa, e emendada por 
Francisco Roiz Lobo. Terceira edicam fielmente copiada por Bento loze de Sovsa Farinha, professor 
regio de Filozofia, e Socio da Academia Real das Sciencias de Lisboa. Lisboa, na off. da Academia 
Real das Sciencias, anno AIDCCLXXXVI. Con liceuqa da Real Mesa Censoria 

Es pésima edición, lo mismo literaria que tipográficamente considerada. 

C) Pág. 359 de la reimpresión de Reuscli. 



ccxxxvi orígenes DE LA NOVELA 

«todas las cosas prohibidas obligan á la voluntad á procurarlas, más que otras á que 
»no pone precio la dificultad, y siempre nuestro deseo se esfuerza á lo que le prohiben» . 
T doliéndose 61, por su parte, de que una obra tan digna de loor por la excelencia de 
sus palabras, la galantería de sus conceptos, la verdad de sus sentencias, la agudeza y 
sal de sus gracias, estuviese fuera del uso común y no pudiese ser leída libremente, se 
determinó á quitar <''algunos descuidos y yerros que en ella había» , y es de creer que 
fuesen alusiones satíricas sobre las costumbres de clérigos y frailes, que nunca faltan 
en esta casta de libros. 

Corregida de esta manera por Kodríguez Lobo, la Eufrosina volvió á ser impresa 
en 1616 con permiso del Santo Oficio, que autorizó esta edición sola en el índice de 
1624, continuando la prohibición de las anteriores: Enphrosina impressa antes de 1616; 
Author Jorje íerreira de Vasconcellos. Los inquisidores sabían el nombre del autor, 
pero Lobo no le consigna, y la tradición fué perdiéndose, hasta el punto de decir 
Faria y Sonsa en su Ewopa Portuguesa ('): «El primer libro que se escrivio con la 
» mira de ensartar refranes y dichos graciosos fue (con admirable acierto) el que llaman 
» Eufrosina^ malissimamente traducido en castellano: no se le sabe autor; diole ulti- 
» mámente a luz Francisco Kodriguez Lobo, muy diminuto». Por su parte, D. Francisco 
Manuel de Mello, en el Hospital das Lettras (2), habla dubitativamente de la paterni- 
dad de la Eufrosina, aunque no de las otras dos comedias: «O illustre Jorje Ferreira, 
»auctor da Uiysipo, Aulegraphia e di'xem que Eufrosina^-> . ííuestro D. Nicolás Anto- 
nio escribió con mejores informes, catalogando la Eufrosina á nombre de Jorge Fe- 
rreira y dando á Lobo por mero editor ('). 

Como anónima se había presentado en la traducción castellana del capitán D. Fer- 
nando de Ballesteros y Saavedra, regidor de Villanueva de los* Infantes (1631), que en 
la dedicatoria al infante D, Carlos, hermano de Felipe IV, dice textualmente: «Bien 
» pudo la modestia del autor desta comedia ser hazañosa en quitarse la gloria que de 
» averia escrito le resultará en los siglos». D. Francisco de Quevedo, que apadrinó esta 
traducción con una curiosa advertencia, conocía, no sólo la edición de 1616, sino las 
antiguas, pues hace notar que «su original no cercenado por Lobo es difícil por los 
» idiotismos de la lengua y los Proverbios antiguos y que ya son remotos a la habla 
» moderna». Pero ignoraba por completo quién fuese el autor primitivo. «Esta comedia 
» Eufrosina, que escrita en Portugués se lee sin nombre de autor, es tan elegante, tan 
» docta, tan exemplar, que haze lisonja la duda que la atribuye a cualquier de los más 
» doctos escritores de aquella nación. Muestra igualmente el talento y la modestia del 
»que la compuso, pues se calló tanta gloria que oy apenas la conjetura halla sujeto 
s> capaz a quien poder atribuirla» . 

El juicio que aquel grande escritor formó de la Eufrosina no puede ser más hon- 

(') Tomo III, part. 4 % cap. VIII, núm. 67, pá<?. 372 (2.'' ed , Lisboa, 1680). 

(") Pág. 30 de la edición de Mandes dos Remedios. El H',spital fué escrito en 1657. 

(^) «Georgias Ferreira de Vasconzelos, Lusitanus, Oonimbriceasis, urbanitate vir ao disertis 
D^alibus suo tempore in pretio liabitus, scripsit coinoedias tres prosaicas, quae magni aestimantur a 
»c¡vibns ejus, et ómnibus his qui lusitanae linguae suavitate ac delitiis delectantur, nempe: Comedia 
ji) Euphrosina] quae ut prima exiit ab au(;toris ingenio, ita alus quae sequutae sunt, excellentiae pal- 
»mam praeripuit. Edita est saepius in Portugallia, et tándem recognita a F ancisco Rodríguez 
»Lobo &» {Bihl/oth. Eisp. Nova, I, pág. 538). 



INTRODUCCIÓN ccxxxvii 

roso para las intenciones morales de su autor: «Mañosamente debaxo el nombre de 
» comedia enseña a vivir bien, moral y políticamente, acreditando las virtudes y disfa- 
» mando los vicios con tanto deley te como vtilidad, entreteniendo igualmente al que 
» reprehende y al que alienta; extraña habilidad de pluma, que sabe sin escándalo ser 
» apacible, y provechosa condición que deuen tener estas composiciones». Iguales elo- 
gios repiten los aprobantes. Así el maestro José de Valdivielso; «La fábula es senten- 
»ciosa y exemplar: despierta avisos y avisa escarmientos; deberá al traductor Castilla 
» estos divertimientos y Portugal estos honores». Y Bartolomé Ximénez Patón: «Aun- 
»que fábula, es de mu}^ delicada corteza, con substancia y copia de sentencias y conse- 
»jos». En efecto, el carácter doctrinal y sentencioso está marcado en la Eufrosina 
más que en ningún otro libro de su clase, y no es el menor de los defectos que hacen 
cansada su lectura, no obst>,ute la agudeza de muchas de sus reflexiones morales. 

La traducción de Ballesteros, que va reimpresa en el presente volumen á título de 
curiosidad literaria, difícil de hallar, no sólo en la edición príncipe de 1631, á cuyo 
texto nos ajustamos (*), sino en la reimpresión de 1735, que dirigió D. Blas Nasarre, 
oculto con el seudónimo de D. Domingo Terruño Quexilloso (-), dista mucho de ser 
tan mala como Faria y Sonsa da á entender. Está, sí, algo abreviada, y en algunos 
puntos el traductor no penetra bien el sentido de los proverbios portugueses, pero 
generalmente es fiel, está escrita con soltura y da idea bastante aproximada de los méri- 
tos y defectos del original. Hacer la comparación de ambos textos es tarea que peculia- 
riamente incumbe á los eruditos portugueses, así como otra más importante, la de reim- 
primir críticamente la primitiva Eufrosina de las ediciones del siglo xvi, para que 
sepamos á ciencia cierta cuáles son las variantes que en ella introdujo Lobo. 

Mucho antes de salir á luz la edición expurgada de 1616 era conocida y celebrada 
entre nosotros la obra de Jorge Ferreira, que en Castilla no estuvo prohibida nunca. 
Prueba irrecusable de su popularidad nos ofrece La Pícara Justina^ novela impresa, 
como es notorio, en 1605. Su autor enumera en el prólogo las principales obras de 
entretenimiento, y allí están citados los chistes de la Eufrosina., al lado de El Asno de 
Oro., la Celestina y el Laxarillo de Tormes. Tratando Justina en el primer libro, capí- 
tulo tercero, «de la vida del mesón» , empieza por decir que nadie había escrito sobre 
ella, pero luego se retracta: «üígolo por un librillo intitulado La Eufrosina^ que leí 
» siendo doncella, que se refiere de un discrépito poeta, que para alabar el mesón dijo 

O Comedia de Eufrosina traducida de lengua portvgvesa en castellana. Por el Capitán D. Fer- 
ntndo de Ballesteros y Saavedra. Al serenissiino Señor Infante don Carlos. Con Privilegio. En Madrid 
en la Imprenta del Reyno. Año de 1631. A costa de Domingo Goncalez. 8.° De la forma que Gallardo 
llamaba de Astetes viejos. 12 lis. prls. sin foliar y 251 pp. dobles. 

(*) Comedia Eufrosina. Traducida de lengua portuguesa en castellana por el C"pitán D Fernando 
de Ballesteros y Siavedra. Con licencia. En Madrid, en li oficina de Antonio Mirin año de 1735. 
8.» 12 ha. prls. y 422. 

Dedicatoria «á la Señora Doña Sophrosina Pacheco, mi señora», firmada porZ). Domingo Terruño 
Quexilloso. «Dedico una comedia eu prosa; pero poética, y con sus primorea y harmonia; libro raro, 
»y de exquisito gusto, de invención dichosa, de composición elegante, y que pinta con vivos colo- 
Dres las personas que representa, poniéndolas sobre el Theatro al natural, y con decencia, y ense- 
Büando con ellas los principios y progresBOS de la galantería, que no son fáciles de conocer ni por 
»los mismos que se hallan presos de sus lazos. Enseña las señales y symptomas del suave veneno, 
icasi incurable después de aver ganado el corazón». 



ccxxxviii ORÍGENES DE LA NOVELA 

» que Abraham se preció en vida de ventero de ángeles, j en muerte de mesonero de 
»los peregrinos y pasajeros del limbo, los cuales tuvieron posada en su seno. Pero este 
» escritor monobiblio no advirtió dos cosas: lo uno, que es necedad traer tales personas 
» en materias tales, y lo otro, porque Abraham dio de comer á su costa en su casa á 
»los vivos y á los del limbo no llevó blanca de posada, lo cual no habla con los meso- 
» ñeros de este mundo, ni tal milagro acaeció en casa de mi padre. Demás que yo no 
» me quiero meter en historias divinas, no porque las ignoro, sino porque las adoro» . 
El pasaje á que se alude debió de ser por lo irreverente uno de los cercenados en la 
refundición de Lobo. 

Un género de interés, para nosotros secundario, tiene la Eufrosina, y es su gran 
valor paremiológico. En todas las Celestinas^ desde la de Rojas hasta la Dorotea de 
Lope, abundan los proverbios y los idiotismos familiares; pero en la Eufrosina se en- 
cuentran en tal copia, que muchos trozos y aun escenas enteras son un tejido de refra- 
nes y de frases hechas. En este sentido fué el modelo primero, aunque indirecto (por- 
que no creo que nadie la imitase de propósito) de las Caiias en refranes de Blasco de 
Garay, del Entremés de refranes de autor anónimo, de El Perro y \la Calentura de 
Pedro de Espinosa, del Cuento de Cuentos de Quevedo, de la Historia de Historias de 
D. Diego de Torres, y de las dos Rondallas valenciana y mallorquina de Fr. Luis 
Galiana y de D. Tomás Aguiló; obras de ingeniosa taracea en que puede aplaudirse el 
mérito de la dificultad vencida, pero que principalmente valen como repertorios de 
frases, no como diálogos ó cuentos. 

Sería injusto decir lo mismo de la Eufrosina^ á pesar délo artificial del procedi- 
miento, que por otra parte no es tan sistemático como en las obras citadas. En 
la comedia portuguesa lo esencial es el argumento de la comedia, aunque importen 
mucho los proverbios y sentencias de que el diálogo está materialmente tejido, con 
menoscabo de la naturalidad, primera condición de toda obra que afecta formas dra- 
máticas. Los interlocutores casi nunca usan la expresión directa y sencilla; todos 
ellos presumen de ingeniosos, agudos y sutiles: mezclan la pedantería de las escuelas 
con el tono galante y amanerado de las conversaciones de palacio; son cultos y concep- 
tistas en profecía, y hasta cuando remedan el habla popular lo hacen con dejos y resa- 
bios cortesanos. Hay una continua afectación en el estilo, afectación que no siempre 
desagrada, porque se ve que es trasunto del buen tono de una época gloriosa y de una 
sociedad elegante, como lo fué la portuguesa de los reinados de D. Manuel y don 
Juan III. Pero tanta metáfora rebuscada, tanta alusión fría é impertinente, tanta mito- 
logía pueril, tantas reminiscencias de los poetas clásicos, especialmente de Ovidio, 
tanto doctrinaje insípido, vicios que más ó menos afean todas estas comedias y tragico- 
medias, no van compensados aquí, como en otros casos hemos visto, con la verdad 
plástica del detalle, con la representación franca y enérgica, aunque á veces brutal, de 
la realidad. Todo es pálido y atenuado en la Eufrosina: los tipos tienen algo de abstrac- 
to, y la obra entera se resiente de cierta frialdad seudoclásica. 

Pero en esto mismo consiste su relativa originalidad. Un vago sentimentalismo, 
que no hemos visto hasta ahora, penetra calladamente en algunas escenas, y modifica 
el concepto del amor, llevándole por rumbos idealistas y en cierto modo platónicos. 
La psicología del autor no es profunda, genial y avasalladora como la de Fernando de 
Rojas: no llega á producir criaturas inmortales. Pero es ingeniosa, delicada y de suaves 



INTRODUCCIÓN ooxxxix 

matices, como cuadra á una acción familiar y honesta, en que no hay grandes conflic- 
tos de pasión y llegan todas las cosas á un término sereno y apacible. El seso y la gra- 
vedad campean en esta producción juvenil, con cierto elevado y noble sentido de la 
vida, que hace simpático al hombre y al moralista. 

El mérito principal de la Enfrosina estriba en el contraste entre los dos jóvenes Ze- 
lotipo y Cariofilo^ representante el primero del amor exclusivo, caballeresco y respetuo- 
so, que hace un ídolo de la persona amada, y el segundo del apetito sensual, frivolo, 
ligero y veleidoso. Uno y otro logran su condigna recompensa, obteniendo Zelotipo por 
premio de la pureza y constancia de su afecto la mano de la noble y rica Eufrosina, 
única hija y heredera de D. Carlos, señor de las Povoas, y viéndose Cariofilo, de resul- 
tas de una de sus vulgares aventuras, obligado á casarse por fuerza con la hija de un 
platero, á quien había dado, como á otras varias, promesa de matrimonio. Los contra- 
puestos caracteres de los dos amigos se reflejan fielmente en sus palabras: «Quando 
■■> seguí amores que no estimó dexar (dice Zelotipo), a todo me aventuraua; aora que 
» tengo hecho empleo del alma, no ay cosa que no tema, y esto juzgo por lo mejor, por- 
» que me lo enseña vn puro y verdadero amor, que es propio maestro de virtudes, y 
» quien muda la mala condición en buena, el escaso en liberal, el ignorante en discreto, 
»el inconsiderado en prudente, el cobarde en osado» (pág. 69 de la presente edición). 
«Las almas contemplativas tienen los gustos muy diferentes de la otra gente... No ay 
acontento general que valga la sombra de una tristeza particular. De mí os sé dezir 
» que no trocaría el estar triste dos horas por quantos placeres ay en la vida, porque 
» estas viuo para mí y las otras para el mundo. De donde se sigue que me enfadan las 
» fiestas públicas y es a mi propósito el pasatiempo solitario, y no me conformo, 
» antes aborrezco los amigos de regocijos públicos y que son comunes con todos en hol- 
»garse» (pág. 92). 

Antítesis de este contemplativo personaje es Cariofilo, que, sin la grandeza trágica 
del burlador de Sevilla, profesa una filosofía del amor muy parecida á la suya, y res- 
ponde á los sanos consejos de su amigo con frases análogas al Tan largo me lo fiáis: 
«Atengome á sacudillas y dexallas, que assi hazian los dioses de la gentilidad; lo de- 
2>mas es burla, porque es tan mala ralea la de mugeres, que ya ninguna quiere bien 
» si no es por el interés, y en quanto ay que darles; yo conózcolas por el diente, y en 
» tanto, lo que la loba haze al lobo le place, y a vn ruin ruin y medio. Amor enseña mil 
» caminos de engañar; prometiendo con franqueza, de promessas las hago ricas; al tiempo 
»de la paga no faltan escapatorias...» (pág. 98). «Quando alcanzo fauor de una muger 
^de calidad, que me es de gusto y provecho, en teniéndola rendida y señalada de mi 
» señal, por no aficionarme mucho y venir a ser esclauo de mi gusto, procuro diuertir- 
»lo, por no criar cuerbo que me saque el ojo, y ocupóme en hazer empleo en otra y en 
* otras. Desta manera juego con cartas dobladas, y no puedo perder, y aseguro mi mer- 
» caduri'a por no estar pendiente de la cortesía de la fortuna, y en esto me escuso gran- 
>des disgustos» (pág. 99). 

Pero todavía es más donjuanesco el diálogo siguiente, que no quiero abreviar por 
su importancia, desatendida hasta ahora: 

f-Cariofilo. — Sabéis lo que os digo, amigo mió? O tuerto ó derecho, mi casa hasta 
>el techo; aun no estoy aporta Í7iferi\ allá vendrán los aborrecidos ochenta años; de- 
»xadme aora lograr mis años floridos, en quanto tengo tiempo; después no faltará la 



ccxL orígenes de la NOVELA 

» merced de Dios j la misericordia, de que la tierra está llena. En poco espacio sesaluó 
»el buen ladrón. 

■>->Zelotipo. — Essa es una gentil cuenta. Por qué cédula tenéis vos assegurado esse 
» momento j esa condición que basta para merecer en él? Pues cómo os acogéis á 
»la misericordia, considerando que anda de compañía con la justicia, la cual no se dobla 
»Cümo la del mundo? 

» Cariofilo. — Aunque dezis verdad y os lo concedo, yo vine al mundo para lograr 
»mi vida, pues tengo tan cierta la muerte, que no es pequeña pena y descuento éste; 
»y si aora no la logro, quando la edad lo pide y permite, el tiempo se me va huyendo, 
»y yo no querria que me dexasse a buenas noches, sin dexar fruto ni señal de la jor- 
»nada con la congoxa de quién tal pensara. Si yo tuuiera vida de nouecientos años, 
»como los antiguos, anduvierame regalando? Todo era dos dias más o menos, porque 
» avia paño para cortar y desperdiciar; mas vida de quatro negros dias, y estos incier- 
» tos y alternados en mal y bien, y que los passe llorando, mala Pascua a quien tal 
»hiziere, y no fuere mo^o quando mo90 para ser viejo cuando viejo. 

-s/Zelotipo. — Essa es vna mala conclusión. Essos esfuerzos juveniles y essas quen- 
»tas vanas tienen muy cierto el castigo; guárdeos Dios de pecador obstinado; las más 
»vezes se ven desdichados fines á tales distraymientos. El hombre discreto ninguna 
»cosa ha de temer tanto como á su gusto; nunca os preciéis de culpas, porque desme- 
»recereis el perdón; hazed siempre la cuenta de cerca, y no perderéis de vista el arie- 
»pentimiento... Mirad por vos, que quien se guardó no erró, y el Señor mandó velar 
»a los suyos por la incertidumbre de la hora; y yo tengo sin duda que a excesos sen- 
» suales no dilata Dios la paga para el otro mundo, y assi se han visto muy grandes 
» castigos. 

» Cariof.—'Ño me canséis aora; mirad vos vuestra alma y no tengays cuidado de la 
»mia; yo daré cuenta de mí quando llamen a mi puerta, y no me faltará vn texto 
» para hazerle a vna ley que venga a mi proposito y me ponga en salvo. Y Monseñor 
»Ouidio dize que serie Júpiter de los amantes perjuros... 

»Zelot. — ...Ninguno presuma que engaña, porque siempre él queda engañado; y por 
»amor de mi, que nunca hagáis essos juramentos, porque son según la intención de 
» quien los oye. En quanto Dios, estáis obligado á essa moya en todo lo que le prome- 
» tistes; mirad lo que aueis hecho, no engañéis vuestra alma... 

» Cariof. — ... Yo os digo que las enredo y las sé burlar; ellas tratan siempre enga- 
Ȗos, yo nunca les digo verdad ni tengo ley con ellas; ellas iiiteressadas, yo escaso; 
» ellas mudables en el amor, yo desamorado; ellas libres, yo raposo; assi nos damos en 
»los broqueles, mas yo quedo siempre en pie como gato» (pp. 100-101). 

Este tipo del libertino, que lo es más por atolondramiento y ligereza que por per- 
versidad, es uno de los mejores aciertos de la Eufrosina. El autor le castiga blanda- 
mente y con catástrofe que tiene más de cómica que de trágica, porque en el fondo se 
trata de un tonto, cuyas ridiculas empresas sirven de diversión á las mozas de cántaro 
y á todas las raparigas del Mondego. Pero si se prescinde de sus actos y se atiende 
sólo á su cínica profesión de inmoralidad amatoria, ningún personaje se hallará en 
nuestra primitiva literatura dramática y novelesca que en este punto coucuerde tanto 
ccn las máximas y palabras de D. Juan. i 

En los amorios de Cariofilo interviene, como era natural, una Celestina de bajo ; 



INTRODUCCIÓN ccxli 

vuelo, Filtria, mucho menos chistosa que sus comadres castellanas. Pero en los de 
Zelotipo prescinde el autor cuerdamente de tan vil sujeto, y quien sirve de medianera 
es una prima del mismo enamorado, Silvia de Sosa, amiga y confidente de Eufrosiua, 
aunque constituida en cierto género de dependencia familiar respecto de ella. La figura 
de Silvia tiene finos toques y recuerda algo la doncella Poncia de la Segunda Celes- 
tina^ aunque es menos razonadora que ella. Por su intervención se efectúan los secre- 
tos desposorios de Zelotipo y Eufrosina, aprovechando una ausencia del señor de las 
Povoas, que tiene que resignarse al fin con los hechos consumados, á pesar de la indig- 
nación que manifiesta en los primeros momentos y de su graciosa consulta con el doc- 
tor Carrasco. 

Aunque Jorge Ferreira brilla más en lo serio que en lo cómico, es de gran mérito 
esta escena como pintura do costumbres universitarias, y recuerda el pleito del estu- 
diante en la Tragicomedia de Lisandro y Roselia. Así como Sancho de Muñón, que 
era teólogo, tenía entre ojos á los canonistas y se burlaba de ellos á su sabor, Jorge 
Ferreira, que era humanista y hombre de mundo y de corte, profesaba especial aver- 
sión á los letrados y profesores de Derecho civil, á su erudición farragosa, á su prag- 
matismo huero. «Si no son prudentes (dice), las letras en ellos son peores que lepra, 
» porque quieren medir por las leyes de lustiniano^ que ha mil y tantos afios que se 
^hixieroyi^ las costumbres de aora^ y no consideran que el tiempo lo hace todo de su co- 
/o;-»(pág. 143). Palabras verdaderamente notables para escritas á principios del siglo xvi 
por un poeta que no hacía profesión de reformador de los estudios jurídicos. 

Otras dos comedias en prosa compuso Jorge Ferreira, que generalmente pasan por 
inferiores á la Eufrosina^ aunque la verdad es que apenas han sido estudiadas hasta 
ahora. La comedia ülyssipo fué escrita en 1547 ó poco después, según las alusiones 
que en ella se contienen á la campaña de Mazagán, atacada en aquel año por los mo- 
ros. Rápidamente, pero con acierto, caracteriza esta obra Teófilo Braga: «La Ülyssipo 
»es un cuadro de las costumbres portuguesas en el siglo xvi: locuciones familiares, 
»más de 386 refranes que todavía andan en la tradición oral, juramentos, juegos, 
» diversiones, todo se encuentra reproducido allí. Es un tesoro de lenguaje. La acción 
» no tiene condiciones escénicas, por las grandes é infinitas mutaciones y la falta de 
» rapidez de los diálogos, que están diluidos en consideraciones morales atestadas de 
» proverbios. Actos extensos que tardarían dos días en representarse, flaca intriga bajo 
» grandes y poco interesantes accesorios, hacen de la Ülyssipo una obra secundaria. 
» Crece su mérito, no obstante, si tenemos en cuenta que es una de aquellas comedias 
»que se escriben solamente para ser leídas. En los saraos de palacio la leería Jorge de 
» Vasconcellos delante de D. Juan III á su hijo y heredero el príncipe D. Juan, apasio- 
»nado por el arte dramático, como lo fueron todos sus tíos y su abuelo. Mirada de 
»esta suerte, no carece de vida la Ülyssipo. Los caracteres acentuadamente delineados, 
I » las situaciones bastante cómicas y la filosofía del sentido común, son cualidades que 
revelan un grande artista, que si hizo una comedia defectuosa fué por no haberla 
escrito intencionadamente para la escena» . 
j Ni Barbosa Machado, ni Inocencio de Silva, ni ningún otro de los bibliógrafos por- 
1 tugueses que he visto, indican el año ni el lugar en que fué impresa por primera vez la 
Ülyssipo. Pero consta la existencia de una edición del siglo xvi, no sólo por el índice 
inquisitorial de 1581, donde aparece prohibida, sino por los preliminares de la edición 

ORÍGENES DE LA NOVELA. — III. — O 



ccxLii ORÍGENES DE LA NOVELA 

corregida y expurgada de 1618 (*). La principal enmienda que mandó hacer el Santo 
Oficio fué quitar el hábito de beata á la viuda Constanza d'Ornelhas, personaje celes- 
tinesco. 

La última comedia de Jorge Ferreira, titulada Aulegrafia^ no fué impresa en vida 
suya, ni siquiera dentro del siglo xvi, «por un disgusto general de este reino» , según 
indica su yerno D. Antonio de Noronha {% Algunos suponen que este disgusto fué la 
muerte del príncipe D. Juan, pero más natural parece que se aluda al desastre de Alca- 
zarquivir en 1578, en que pereció el único hijo varón de Jorge Ferreira, si son exac- 
tas las noticias de Barbosa. La pérdida del príncipe en 1554 no pudo influir para nada 
en las publicaciones de Ferreira, puesto que de 1560 y 1561 hay ediciones de la 
Eufrosina^ y en 1567 dedicó á D. Sebastián el Memorial de la Tabla Redonda. 

No existe de la Aulegrafia más que la edición postuma publicada por D. Antonio 
de Noronha, yerno del autor, en 1619, treinta y tres años después de su fallecimiento (3). 
De las tres comedias de Ferreira es la más rara y la que más precio ha tenido siempre 
en el mercado bibliográfico. A pesar de eso, nadie se ha decidido á reimprimirla, ni 
siquiera en la forma ruin y mezquina con que lo fueron la Eufrosina y la Vlijssippo 
en el siglo xviii. Tan ingratos y olvidadizos han sido los portugueses con un escritor 
de tanto ingenio y cultura, de tan rica y sabrosa locución y tan útil para la historia de 
las costumbres peninsulares. 

La Aulegrafia, que consta de cinco actos como las otras dos comedias, y no de 
cuatro como dice Barbosa, es, según indica su título, una pintura de la vida de la corte 



(') Comedia Yhjs'ippo de lorge Ferreira de Vaseoncellos. Agesta segunda impressáo apurada e 
Correcta de algas erros da primeira, con todas as Ucencas necessarias. Lisboa, Pedro CraesbecJc, 1618, 
con Privilegio Real. 8.° 4 hs. pris. 278 foliadas y dos blancas al fin. 

Hay una reimpresión de Lisboa, 1787, hecha por Benito de Sousa Farinha, tan poco apreciablc 
como la de la Eufrosina, 

Q) En la advertencia ao Leitor que precede á la comedia Vlysipo, y que seguramente salió de 
su pluma, auaque no lleva su nombre: 

«Das Comedias que Jorje Ferreira de Vaseoncellos compos foy esta Vlysipo a segunda, estando 
»ja no 8ervÍ9o del Rey nesta cidade..,. 

j>E a derradeira a sua Aulegrafia cortesam em que cantando cygnea voce, como dizem, raelhor 
))que nunca, a nao imprimió por hum desgasto geral d?ste Reyno, que nella se contará ("), se no bom 
«trato que a esta se fizer, quizerdes mostrar o gosto que tereis destoutra sair, que está da pena do 
)).seu autor, e assi aprovado ja e com todas as licen9as pera logo se poder imprimir.... A outra come- 
j)dia (es decir la Aulegrafia) nao tratando da Eufrosina, como a j)rimeira parte da Tavola Redonda 
y>que pera a á.* impresáo emendou o autor em sua vida, de soríe que do meyo em diante em tudo ficou 
y>diff érente . E assi mais a 5." Parte da mesma, historia p>odeis comecar a esperar multo em breve, que 
«quiza ordenou o Ceo differirselhe a impressáo para este tempo, pera com ella se tornar a ouvir neller 
Da boa memoria deste Portuguez.,.,» 

Nada de lo que aquí se promete, excepto la Aulegraphia, llegó á publicarse. 

O Comedia Aulegrafia, feita por Jorje Ferreira de Vaseoncellos. Agora novamente impressa a 
costa de D. Antonio de Noronha. Dirigida ao Márquez de Alemqtier, Duque de Francavilla, do Con- 
selho de Estado. Lisboa, por Pedro Craesbeck, 1619. A." IV 186 hs. 

Desde la 179 hasta el fin del volumen se inserta una carta que se achou entre os papéis de Jorje 
Ferreira de Vaseoncellos, composición de 344 versos en redondillas octosilábicas. 

('^) Claro es que no en el texto de k comedia, sino en el prólogo ó advertencia de ella, Pero al imprimir 
la Aulegrafia nada se dijo de esto. 



INTKODUCCION ccxliii 

y especialmente de los amores de palacio. Ea este sentido puede ofrecer curioso tema 
de comparación con el Cortesano de Castiglione, con el de Luis Milán, con el Arte de 
galantería de D. Francisco de Portugal y otros libros análogos. Uno de los personajes 
de la Aulegrafia^ el aventurero Agrimonte, habla siempre en castellano. 

Pero tanto la Vlijssipo como la Aulegrafia^ sobre todo esta última, tienen con la 
Celestina una relación no directa j específica, sino genérica. Atendiendo á esto, y tam- 
bién á la circunstancia de no haber ejercido influencia alguna en nuestra literatura, 
dejemos intacto su estudio para los críticos del reino vecino. Hora es ya de volver á las 
Celestinas castellanas, aunque tengamos que acelerar el paso para poner fin á este lar- 
guísimo tratado. 

En 1547 salió de las prensas de Toledo la Tragedia Policiana ('), cuyo autor 
declara su nombre en cuatro estancias de arte mayor dirigidas «a los enamorados» . 
Las iniciales de los versos, leídos de arriba abajo, dicen: «El bachicher Sebastián Fer- 
nández». Es cierto que en una segunda edición^ también toledana, de 1548, descubierta 
por Fernando "VVolf en la Biblioteca Imperial de Yiena (2), hay otras estancias de «Luis 
Hurtado al Lector» , de las cuales dedujo aquel insigne erudito que este era el verda- 
dero autor de la Tragedia: 

Lector desseoso de claras sentencias. 
Aquí debuxa la madre Claudina 
Debaxo de gracias sabrosa dotrina, 
Para guardar del mal las conciencias: 
Yerás los anises de mil excelencias 
Que a los virtuosos son claro dechado; 
Y si su autor se haze callado, 
Es por el vulgo, tan falto de ciencias. 



Y si algún error hallares mirando. 
Supla mi falta tu gran discreción, 
Pues yerra la mano y no el coraron. 
Que aqueste lo bueno va siempre buscando. 

(}) (Portada en rojo y negro, con un grabadito que representa á un caballero ofreciendo una 
flor á una dama). 

Tragedia Policiana. En Ja qual se tractan los muy desdichados amores de Policiano z Philomena 
Executados por industria de la diabólica vieja Claudina Madre de Parmeno, z maestra de Celestina, 

(Al fin): Acahose esta Tragedia Policiana a XX dias del mes de Nouiebre a cesta de Diego Lojiez 
librero, vezino de Toledo. Ailo de nra. Redépcion de mil z quinientos z quarentay siete. Nihil in huma- 
nis rehus perfectum. 

4." let. got., 89 hojas foliadas. 

A cada uno de los 29 actos precede una viñeta con las figuras de los interlocutores. 

El ejemplar de la Biblioteca Nacional (fondo antiguo) es el que nos ha servido para esta reim- 
presión. 

Los traductores castellanos de Ticknor (Madrid, 1851, tomo I, págs. 525-528) dieron un resu- 
men del argumento de la Policiana. 

(^) E-íta edición es de Toledo «en casa de Fernando de Santa Cathalina» y se acabó «al primero 
día del mes de Mar9o, año de 1548». 

Véase lo que de ella drjo Wolf en su opúsculo sobre La Danza de la Muerte (Viena, 1852), tra- 
«tetcido al castellano por D. Julián Sanz del Río en el tomo XXII de la Colección de documentos inedi- 
as para la Historia de España (Madrid, 1853), págs. 522-524. 



ccxLiv ORÍGENES DE LA NOVELA 

A mi ver, Luis Hurtado no habla aquí como autor, sino como mero corrector de 
imprenta, que era al parecer su oficio en lósanos juveniles. En la primera octava elogia 
al autor como persona distinta, j dice de él que <sse haze callado», es decir, que oculta 
ó disimula su nombre; lo cual no puede entenderse de Hurtado, que estampa el suyo con 
todas sus letras al principio de los versos. Los errores ó faltas por las cuales pide per- 
dón son sin duda las erratas tipográficas. En el mismo sentido deben entenderse las 
octavas acrósticas que puso en el Palmer ín de Inglaterra impreso en el mismo año y 
en la misma oficina, pues ni le pertenece la obra original, que es del portugués Fran- 
cisco de Moraes, ni la traducción castellana, que reclama por suya el mercader de libros 
Miguel Ferrer ('). No faltó entre sus contemporáneos quien formulara contra Luis Hur- 
tado acusaciones de plagio. Pedro de Cáceres y Espinosa, en su biografía de Gregorio 
Silvestre, acusa al poeta toledano de haberse apropiado el Hospital de Amor del licen- 
ciado Jiménez \^). En todas sus obras anda mezclado lo ajeno con lo propio, y no siem- 
pre pueden discernirse bien. Dotado de más estilo que inventiva, gustaba mucho de 
continuar y remendar obras ajenas, como hizo con las Cortes de la Muerte de Miguel 
de Carvajal y con la Comedia Tibalda^ de Perálvarez de Ayllón. Pero ni siquiera esta 
parte de refundidor pudo tener en la Policiana, puesto que el texto de la segunda edi- 
ción es idéntico al de la primera, que la antecedió en un año, cuando Luis Hurtado 
sólo contaba diez y ocho (^j. 

Creemos, por las razones expuestas, que el bachiller Sebastián Fernández fué único 
autor de la Tragedia Policiana^ pero ninguna noticia podemos dar de su persona. El 
famoso libro de caballeros B. Belianis de Grecia, impreso precisamente en 1547, el 
mismo año que la Policiami, se dice «sacado de la lengua griega, en la cual le escribió 
» el famoso sabio Friston, por un hijo del virtuoso varón Toribio Fernándex>^ ; pero 
siendo tan vulgar el patronímico, ninguna relación nos atrevemos á establecer entre 
ambas obras. 

El autor de la Tragedia Policiana no aspiraba ciertamente al lauro de la originali- 
dad. Desde el título mismo declara la estrecha dependencia en que su obra se halla 
respecto de la tragicomedia de Rojas, mediante la introducción de un personaje episó- 
dico en aquélla, que pasa á ser capital en la obra del bachiller Sebastián Fernández: 
«la diabólica vieja Claudina, madre de Pármeno y maestra de Celestina» . La Policiana 
no se presenta, pues, como continuación, sino más bien como preámbulo de la Celesti- 
na-, pero es lo cierto que la sigue al pie de la letra, con personajes idénticos, con la 
misma intriga y á veces con los mismos razonamientos y sentencias. Policiano y Phi- 
lomena corresponden exactamente á Caliste y Melibea; Theophilon y Florinarda á Ple- 
berio y Alisa; Solino y Silvanico á Sempronio y Pármeno; Parmenia á Areusa; Doro- 
tea á Lucrecia, y á este tenor casi todos los restantes. Los rufianes son dos, Palermo y 

(*) Vid. Orígenes de la Novela, tomo I, piig. 280. 

(-) «El licenciado Jiménez hizo el Hospital de Amor, que imprimió por su^-o Luis Hurtado » 
(Discurso sobre la vida de Gregorio Silvestre.) 

Se refiere sin duda á «El hospital de galanes enamorados, con el remedio y cura para nueve if( 
«enfermos que en él están», y á «El hospital de damas de amor heridas, donde son curadas otras i 
»nueve enfermas de amorosa pasión», insertos en las Cortas de casto amor de Luis Hurtado. , 

(3) Se deduce esta fecha de su poema de las Trecientas, acabado en 1582, donde declara haber i 
cumplido cincuenta años. ^\ 



IXTRODUCCIÓN ccxLv 

Pizarj-o, uno y otro copias de Centurio, recargadas con presencia de la Segunda Celes- 
tina^ de Feliciano de Silva, donde también se encuentra el germen do las escenas de 
hortelanos, que son una de las partes más curiosas de la Tragedla Policiana. 

Según costumbre de los autores de este género de libros, el bachiller Fernández hace 
grandes protestas de la pureza de sus intenciones y de su «voluntad virtuosa». 

«En el processo de mi escriptura no solamente he huydo toda palabra torpe, pero 
»aTn he cuitado las razones que puedan engendrar desouesta ymaginacion, porque ni 
»mi condición jamas se agrado de colloquios suzios ni avn mi profession de tratos 
» dissolutos... E si algo paresciere que a los oydos del honesto e casto Lector haga 
» offensa, crea de mí que no lo digo con ánimo desonesto, sino porque el phrasis y decor 
» de la obra no se pervierta» . 

Xo puede negarse que el ijhrasis y decor de la obra, entendidos por el autor con 
aquella especie de bárbaro realismo que entonces predominaba, le han llevado muchas 
veces, especialmente en los coloquios de rufianes y rameras, á una licencia de expre- 
sión desapacible para oídos modernos. Pero esta licencia es relativa, y de seguro menor 
que la que se encuentra en ninguna de las Celestinas anteriores. Las escenas de amor 
están tratadas con cierto recato y miramiento. Y aun en la parte Jupanaria y bajamen- 
te cómica hay más grosería de palabras que deshonestidad de conceptos. La blasfemia 
y el sacrilegio ó desaparecen del todo ó están muy velados. Los reniegos y porvidas de 
Palermo y Pizarro son extravagancias inofensivas si se los compara con los de Galte- 
rio, Fandulfo y Brumandilón: «¡Por los huesos de Aphrodisia madre!» , « Yoto al pinar 
de Segovia», «Descreo del puerto de Jafa», «Keniego de las barbas de Barrabás», 
«Despecho del galeón del Rey de Francia» , «Descreo del memorable Golías» , «Jura- 
mento hago á las calendas de Grecia» , «Pese á las barbas de Júpiter» , «Descreo de 
Placida e Vitoriano» , y otros no menos estrafalarios. 

Fuera de algunas leves variantes que apuntaré después, la Policiana es la primi- 
tiva Celestina vuelta á escribir. Este servilismo de imitación la reduce á un lugar muy 
secundario, pero no la quita sus positivos méritos de rico lenguaje y fácil y elegante 
composición. Es la obra de un estudiante muy aprovechado, aunque incapaz de volar 
con alas propias. La contemplación de un gran modelo embarga su ánimo y no le deja 
libre para ningún género de invención personal. Se limita á calcar, pero no desfigura 
los tipos, y si la tragicomedia de Caliste se hubiese perdido, ésta sería de todas sus 
imitaciones la que nos diese una idea más fiel y aproximada de ella, aunque nunca 
pudiese sustituirla. Las obras de genio no se escriben dos veces, y su pesadumbre ano- 
nada las frágiles construcciones que quieren levantarse á su sombra y remedan en pe- 
queño su traza exterior. 

Pero aun este género de reproducción tiene su mérito cuando es inteligente y no 
mecánica tan sólo. £1 autor de la Policiana comprendía lo que imitaba y se esfuerza 
por conseguir algo de la rica plasticidad, del franco y sabroso diálogo y aun de la inten- 
sa virtud poética del drama de Rojas. Un eco de la apasionada elocuencia y del rendi- 
miento amoroso de Melibea resuena, aunque muy atenuado, en las palabras de Philo- 
mena: <.Cauallero, ya no es razón que se dissimule y passe en secreto lo que mis apa- 
»ssionados desseos tan á la clara publican; porque si las tinieblas de la noche no impi- 
» dieran tu vista, en mis señales públicas conoscieras mis congoxas secretas. Algunos; 
»dias han passado después que tus cartas e amorosos mensages recibí, en que mis cap- 



ccxLví orígenes pe LA NOVELA 

» ti vas fuer9as han rescebido muy rezios golpes e yo varonilmente contra ellos 
» he peleado. Pero al fin, si como tengo el coraron de carne le tuuiera de un rezio dia- 
■» mante, no dexara de caer de mi voluntad en la tuya: tal ha seydo el combate que en 
»mi cora9on he sentido. Finalmente, estoy rendida a tu querer, porque eres quien en 
»mis ojos más meresces de los nascidos. Ordena, Señor mió, como nuestros apassiona- 
»dos desseos ayan aquel effecto que dessean, porque hasta esto ningún momento passa- 
->rá que para mí no sean mil años de infernal tormento. Las fuertes rexas de estas ven- 
» tanas impiden el remate de nuestros sabrosos amores. La mañana paresce que comien- 
»(;ía a embiar sus candidos resplandores por despidientes mensajeros de nuestro gozo. 
»Toma, señor mió, la possession de mi voluntad, e della e de mí ordena de manera que 
»mi passion se afloxe y la tuya se acabe, e si te paresciere, para la noche venidera se 
» quede el concierto por las cercas de esta nuestra huerta, por la parte donde el rio 
» bate en ellas ('), que es lugar más sin sospecha e donde yo estaré esperando tu venida 
» no menos que mi desseada libertad» (Acto XX). 

En las escenas del jardín, la musa lírica contribuye, como en Rojas, á idealizar el 
cuadro misterioso y poético de la entrevista nocturna. Es muy feliz, sobre todo, 
la evocación del romance viejo de Foiüefrida., que canta el paje Silvanico, y al cual se 
alude en otro pasaje de la tragedia: «Veemos que entre los animales que de entendi- 
» miento carescen, este amor matrimonial está esculpido, pues las tortolicas passan su 
»vida contentas con una sola compañía. E si aquélla muere, la que queda no beue 
» más agua clara, ni se pone en ramo verde, ni canta ni haze señal de alegría, señalan- 
» do la cuitadica quán dura cosa es perder su dulce compañía» (Acto XI). 

Poco hay que advertir en cuanto á los caracteres. Claudina no merece el título de 
maestra, sino de humilde discípula de Celestina. Tiene un grado más de perversidad, 
puesto que hace infame tráfico con su propia hija Parmenia, y parece más rica, puesto 
que alardea de sus «sábanas randadas» , de sus «manteles de Alemania» , de sus «tapi- 
ces de Flandes» . En las artes diabólicas es fiel trasunto de su amiga. Tiene como ella 
un demonio familiar á quien invoca con horrendos conjuros y pavorosos sacrificios: 
»Ora, hijo Siluano, es menester que me traygas, para hazer vn conjuro, una gallina 
» prieta de color de cuerno, e vn pedazo de la pierna de un puerco blanco, e tres cabe- 
»llos suyos cortados martes de mañana antes que el sol salga; e la primera vez que 
»cabe ella te veas, después que los cabellos la ayas quitado, pondrás tu pie derecho 
» sobre su pie izquierdo, e con tu mano derecha la toca la parte del coraron, e miran- 
»la en hito sin menear las pestañas la dirás muy passo estas palabras: Con dos que te 
»miro con cinco te escanto, la sangre te beuo y el cora9on te parto (% E echo esto, pier- 
»de cuydado, que luego verás marauillas (Acto XYI). 

(1) La acción de la Policiana pasa en Toledo, según todos los indicios. 

(^) Sobre esta invocación de la perversa bruja me comunica mi querido amigo el admirable e8-¡ ; 
critor D. Francisco Rodrigues: Marín las curiosísimas noticias que van á leerse, y que son pequeñal < 
muestra de lo mucho que ha descubierto su tenaz investigación en el campo de las supersticione; ■ 
populares. 

«La fórmula de conjuro: 

Con dofl que te miro... 

que Sebastián Fernández insertó en el acto XVI de la Tragedia Policiana, parece tomada, más brc, 
que de la tradición oral inmediatamente, de una de las Epístolas familiares de Fr. Antonio de fím ( 



INTRODUCCIÓN- ccxLvii 

Hay un personaje de la traji^icomedia antigua que está presentado con cierta nove- 
dad en la Policiana. Es Theophilón, el padre de Philomena. No se duerme en la ciega 
confianza de Pleberio, sino que se muestra desde el principio receloso guardador de la 
honra de su casa, y muy sobre aviso de los peligros que puede correr la virtud de su 
hija: «Hija mía, lumbre de mis ojos, báculo de mi cansada vejez, más noble es preser- 
»var al hombre pura que no cayga que ayudarle a levantar después de caydo. No per- 
>mita Dios, hija de mi coraron, que en tus costumbres yo aya conoscido alguna falta 
;>que de castigo sea digna, pero no te deue dar pena si yo como padre y viejo y exporto 
»en los trabajos que el tiempo cada día descubre, te dó aniso como sepas defenderte 
»de ellos, sin lesión del ánima y de la fama que tus pasados cohraro7i* (Acto X). 

El sentimiento del honor, que es el alma de tantas creaciones de nuestros poetas 
dramáticos del siglo xvii, tiene en Theophilón uno de sus primeros intérpretes. Senten- 
cia suya es que «la mácula de las illustres doncellas todo un reino deja manchado de 
» infamia» (Acto X). 

vara, de la IV de la segunda parte de su colección, único lugar en donde encuentro tal fórmula con 
el que del verso primero y con el verbo escaniar del segundo. Este conjuro era comunísimo entre 
las hechiceras, y así, aparece citado con frecuencia en los procesos inquisitoriales, unas veces como 
fórmula completa y otras como fragmento de otras de mayor extensión. 

»En la causa seguida en 1600 contra Alonso Berlanga (Archivo Histórico Nacional, Inquibición 
de Valencia, legajo 28, núm. 1), figura entre los papeles que se iiallaron en la casa de su manceba, 
uno en que los versillos en cuestión se dirigen á la valeriana, como remate de un conjuro hecho á 
esta hierba: 

Valeriana hermana, 

Yo te conjuro con Dios y con Santa María; 

Valeriana, 

Yo te conjuro con la luz del alba; 

Valeriana, 

Yo te conjuro con la chiridat del día; 

Con el libro misal 

Y con el cirio pascual... 

»Y termina de esta manera: 

Con tres te miro (sic), 

Con cinco te ato, 

Con sangre de león tu vertut te pido, 

Que seas en mi favor de contino. 

7>Esta última parte de la fórmula se empleaba no sólo para hacerse querer, sino también, y 
cerca andaba lo uno de lo otro, para hacer mansos y sufridos á los hombres. Así, entre los cargos 
que se enumeran en la sentencia contra Isabel Bautista, año de 1638 (Inquisición de Toledo, legajo 82, 
núm. 28), figura el siguiente: «Y enseñó esta oración á dichas personas, que quando viniese bu ma- 
rido ó su galán, dixesen: 

Con dos te miro. 
Con tres te tiro, 
Con cinco te arrebato, 
Calla, bobo, que te ato. 

i'V dándose una puñada en la rodilla, dixesen: 



Tan humilde vengas á mí 
Como la suela de mi <;apato. 



ccxLviii orígenes de la NOVELA 

Eu el notable diálogo que tiene con su mujer (acto XXIII) habla como un perso- 
naje calderoniano: «El crimen de liuiandad en la mujer no se ha de castigar sino con 
» la muerte^ e qualquier castigo que éste no sea no es sino una licencia para que sea 
» mala con la facilidad de la pena» . 

Los sobresaltos de su honra tienen á veces muy enérgica expresión: «Oh canas ya 
» caducas! Oh años desdichados! Oh pobre viejo, para que veniste al mundo?... Qué 
»haré? Si descubro lo que siento y lo quiero castigar, poco castigo es que esta ciudad 
»se abrase. Pero silo dissimulo por quitar los paresceres del vulgo, vendrá en térmi- 
»nos mi honrra que se acabe con mi vida. Oh mis fieles criados, dezid me qué haga o 
» tomad este puñal e dad con él fin a mis dias!» (Acto XXVI). 

D. Gutierre Alfonso de Solís y D. Lope de Almeida se encierran en impenetrable 
monólogo y no dan parte de tales cuitas á sus criados, pero el fondo de su alma es idén- 
tico, salvo la diferencia que va del padre al marido. «Qué bien tiene quien de honrra 
»caresce? pues qué honrra tiene quien liuiana hija ha criado? pues un hombre des- 
»honrrado como biuirá sossegado?» . 

y que con esto quedarían desenojados y como un borrego». Y en otra causa, seguida en 1645 contra 
Francisca Rodríguez, por el «nismo tribunal toledano del Santo Oficio (legajo 94, núm. 230), dice 
acusando el Fiscal: «En otra ocasión dixo á cierta muger que si quería que un conjunto suyo callase 
aunque la viese hacer qualquier cosa, que lo haría;y quiriendo la dicha rnuger ir á consultar á otras 
liechizeras, esta rea (sicj la advirtió dello y la eusenó el conjuro siguiente: 

Con dos te miro, 

Con una te hablo. 

Con las pares de tu madre 

La boca te tapo. 

Señor San Silvestre, encántalo, 

con que el conjunto se amansaba», A idéntico fin, Bautista Hernández, procesada en 172.3 por la In- 
quisición de Valencia (legajo 25, núm. 14), hacía tres nudos en una cinta, diciendo: 

Con dos te miro, 

Con tres te sigo, 

Con cuatro te ato, 

De tu sangre bebo, 

El corazón te parto, 

Con las parias {sic) de tu madre 

La boca te tapo. 

»Más interesante que todas las lecciones transcritas es otra para ligar á las personas, conser- 
vada asimismo en un proceso seguido en la Inquisición de Valencia por los años de 1639 (legajo 28, 
núm, 3). Entre los papeles que se recogieron en la casa de la procesada Juana Ana Pérez y que están 
unidos á los autos, hay uno que dice así: 

Con dos te miro, Ki en campo verde estar, 

Con cinco te ato. Ni en campo seco pasear, 

Tu sangre bebo. Ni en casa de nenguna mujer entrar, 

Tu corazón te arrebato. Ni con ella holgar, 

Con las pares de tu madre y mía Ni en viuda ni en casada 

La boca te tapo. Ni en doncella ni en soltera á efeto llegar, 

La garfia del fiero león De aquí delante de mis ojos vengas atado. 

Que te ligue y te ate el corazón. Hechizado, conjurado, 

Asno, mira que te ligo A quererme, [á] amarme; 

Y te ato y te reato y te vuelvo á reatar, Todos tus dmeros vengas á darme. 

Que no puedas comer ni beber, Que vengas, que vengas, que vengas; 

Ni armar ni desarmar. Que hombre ni mujer te me detenga. 



INTRODUCCIÓN ccxlix 

Theophilón interesa en su calidad de padre vengador, pero la catástrofe es dispara- 
tadísima. El buen viejo tenía enjaulado un león, como pudiera tener un perro, y sus 
hortelanos le sueltan por la noche «para que espante las zorras que andan entre los 
árboles» . Acude Policiano á la segunda cita con su amada, y el león le hace pedazos. 
Cuando Philomena encuentra muerto á su amante, hace una prolija lamentación sobro 
su cadáver y se mata con la propia espada de Policiano. 

Todo este pasaje es una mala imitación de la fábula de Píramo y Tisbe, tal como 
se lee en el libro lY de las Metamorphoses de Ovidio (v. 55-165). El bachiller Fer- 
nández, que debía de estar recién salido de las aulas con la leche de la retórica en los 
labios, creyó que esta historia trágica cuadraba á maravilla para tinal de la suya, y sin 
vacilar transportó á Toledo la leona de los campos de Babilonia, cuyas huellas cerca 
de la tumba de Xiuo indujeron á fatal error á los dos enamorados jóvenes prez do 
Oriente: 

Yenit ecce recenti 
Caede leaena boum spumantes oblita rictus, 
Depositura sitim vicini fontis in unda, 

(\'. 96-09). 

La imitación es visible, sobre todo en las últimas palabras de Philomena compara- 
das con las de Tisbe: 

Pyrame, clamavit, quis te mihi casus ademit? 
Pyrame, responde: tua te carissima Thisbe 
Nominat: exaudí, vultusque attolle iaeentes. 



Quae postquam vestemque suam cognovit, et ense 

Yidit ebur vacuura; Tua te manus, inquit amorque 

Perdidit infelix. Est et mihi fortis in nnum 

Hoc manus: est et amor, dabit hic in vulnera vires. 

Persequar extinctum: letique misérrima dicar 

Causa comesque tui: quique a me morte revelli 

Heu sola peteras, poteris nec morte revelli. 

Hoctamen amborum verbis estote rogati, 

O multum miserique mei illiusque parentes, 

Ut quos certus amor, quos hora novissima iunxit, 

Componi túmulo non invideatis eodem. 

(V. 142-157). 

Los versos de Ovidio son bellísimos y tienen una concisión rara en él. A su lado 
ace pobre figura la prosa del imitador, pero su filiación no puede negarse ('). 

Otra de las curiosidades de la Tragedia Policiana es la introducción de dos horte- 
Sauos, Machorro y Polidoro, que hablan en lenguaje rústico, con extraños modismos y 

(•) También -el autor de la primitiva Celestina se había acordado de este pasaje, aunque se me 
Mvidó notarlo en su lugar oportuno (pág. 105): «E assi contentarte he en la muerte (dice Melibea), 

Ípues no tone tiempo en la vida.,. ¡O padre mió muy amado! Ruégote, si amor en esta pasada 
e penosa vida me has tenido, que sean juntas nuestras sepulturas, jimtas nuestras obsequias» 
¡Acto XX). Es el mismo sentido de los últimos versos de Ovidio. Véase cuan antiguo y clasico 
oolengo tiene el grito que los entierren juntos de nuestros días. 



ocj. ORÍGENES DE LA NOVELA 

formas villanescas, que creemos dignas de la atención del filólogo^ como también el 
vocabulario agrícola que ellos j su amo Theophilón usan, y que habrá de confrontarse 
con el de Gabriel Alfonso de Herrera j demás autores clásicos en esta materia. Reim- 
presa en el presente volumen la Policiana^ que era punto menos que inaccesible, po- 
drán hacerse sobre ella los estudios analíticos que cada uno de estos libros requiere, y 
que de ningún modo caben en el estrecho marco de una introducción. 

Un solo año, el de 1554, yió aparecer dos nuevas Celestinas^ una en Medina del 
Campo, otra en Toledo. Titúlase la primera Comedia Florinea^ y fué su autor el Bachi- 
ller Joan Rodriguex Florian , segúu declara la portada de algunos ejemplares, y la 
dedicatoria de todos, aunque suprimido el Florián: «El Bachiller loan Rodríguez ende- 
» reyando la comedia llamada Florinea a vu especial amigo suyo, confamiliar en el estu- 
» dio, absenté» (*). Tarea predilecta de bachilleres parecía la de componer Celestinas^ 
sin duda por asemejarse á Fernando de Rojas en el empleo de sus vacaciones. Pero no 
bastaba el grado universitario para comunicarles la virtud poética de aquel bachiller 
primero y único, y fué Rodríguez Florián de los que menos se acercaron al insuperable 
modelo. Su labor, toda de imitación y taracea, revela un talento muy adocenado y es de 

(^) Comedia llamada Florinea: que tracta de los amores del buen duque Floriano, con la li.ida y 
muy casta y generosa Belisea, nueuamente hecha: muy graciosa y sentida, y muy prouechosa para atiiso 
de muchos necios. Vista y examinada, y con licencia impressa. (Escudo del impresor.) Véndese en 
Medina del Campo en casa de Adrián Ghemart, 1554. (Título en rojo y negro.) 

(Al fin): Acaha la comedia no menos útil que graciosa y compendiosa: llamada Ilorinea nueua- 
mente compuesta. Impressa en Medina del Campo en casa de Guillermo de Millis, tras la iglesia mayor. 
Año de 1554. 

4.0, 4 hs. pr3s sin foliar, y CLVI folios, let. gót. 

El escudo del impresor Adrián Ghemart tiene la conocida divisa del halcón, con el moíQ post 
ienehras spero Iticem, que algunos estrambóticos comentadores del Quijote han creído inventada por 
Cervantes para la primera edición de El Ingenioso Hidalgo, en 1605. 

Hay algunos ejemplares que difieren de los restantes en llevar impresas con tinta negra, después 
de la palabra necios, estas otras: Compuesta por el bachiller loan Rodríguez Florian. Uno con esta 
portada tuvo D. José Sancho Rayón, y para hoy, según creo, en la biblioteca de la Hispanic Society, 
de Nueva York. También uno de los dos ejemplares que posee nuestra Biblioteca Nacional, y nos ha 
servido para la presente reimpresión, pertenece á esta clase. 

En el que describen los adicionadores de Gallardo {Ensayo, IV, núm. 3656) estaba manuscrito, al 
final, de letra antigua, el siguiente soneto, que sólo á título de curiosidad bibliográfica reproducimos: 

Hermanos, Floriano i Belisea, 
Grandes burros os hiyo la natura, 
Al vno en no g09ar la coniuntura 
I al otro en dilatar lo que dessea. 

Ausente, la beata cacarea, 
Rabia, muere, apetece i se apresura, 
I quando amor le muestra su uentura 
Se engroña, se desdeña i lo arrodea. 

Polites i Justina me contentan. 
Que á la segunda cuenta remataron, 
I de durables poco se atormentan; 

Estotros, matracones, no gustaron. 
A Lucendo por arbitro presentan: 
Dios sabe si después se concertaron. 

Déla Florinea habla breve pero atinadamente Ticknor, que también la poseía (tomo I de 1.' 
traducción castellana, pág. 220). Antes de él había fijado su atención en esta pieza el malograd* 



INTRODUCCIÓN coli 

una prolijidad insoportable. Nada monos que cuarenta y tres actos ó escenas larguísi- 
mas tiene, 7 todavía promete una segunda parte, que afortunadamente no llegó á 
escribir ó á publicar. 

Las bodas del bucu Floriano esperando 
Para otro año de más vacación, 
Adonde la historia tendrá conclusión, 
A Dios dando gracias, allá nos llegando. 

De la primitiva Celestina aprovechó menos (|ue otros, salvo los datos capitales de 
la fábula y algunos rasgos en el carácter de la alcahueta ^larcelia ('). Todo lo demás 
procede ó de la Comedia Thebayda ó de la Segunda Celestina de Feliciano de Silva, 
aunque sin la brutalidad de la primera ni el interés novelesco de la segunda. El don 
Berintho, duque de Tliebas, se encuentra puntualmente reproducido en el caballero 
Floriano, duque también y poderoso señor de vasallos, venido de lejanas tierras, 
que tiene á su servicio «catorce mozos de espuelas y quince escuderos, y otros tres 
» tantos continos y otros tres tantos oficiales y una chusma de pajes/> (2), personaje, 
como se ve, de más categoría que Calisto. Enamorado románticamente de la doncella 
Belisea por la fama de su hermosura y por un retrato que en secreto manda sacar 
de ella, cae en una extraña pasión de ánimo, busca en la soledad y en la música 
alivio á sus melancolías, y retraído continuamente en su aposento, cierra los oídos á 
las advertencias y consejos de su viejo criado Lydorio, que es el personaje predica- 
dor de la pieza, como el insoportable Menedemo de la Thehaijda^ puesto que sería 
demasiado favor compararle con el sabio y prudente Eubulo de la Tragicomedia de 
Lisamlro. Floriano tiene á sueldo, por de contado, varios rufianes de lengua soez, 
manos cortas y pies de liebre, entre los cuales sobresalen dos, llamados Felisino y Ful- 
minato, copias serviles de Gfalterio y Pandulfo, sin más originalidad que algunos jura- 
mentos y bravatas nuevas (^). Manceba de Fortunato es cierta viuda depravada ó hipó- 
erudito sevillano D. Juan Colom y Colora en sus Noticias del teatro español anterior á Lope de 
Vega (Semanario Pintoresco Español, Madrid, segunda serie, tomo II, año 1840, pp. 163-166). 

En el inventario de los libros que á su fallecimiento dejó en su tienda Juan de Timoneda 
(Valencia, 26 de octubre de 1583) figura la siguiente partida: 

«ítem cinquanta comedies intitulados Floranteas a cinch plech teñen una ma». 
(Vid. Serrano Morales, La Imprenta en Valencia, 1899, pág. 553.) 

Estas Floranteas, que sólo tenían cinco pliegos, no pueden confundirse en modo alguno con la 
Florinea, que es muy voluminosa. Trátase, pues, de otra comedia desconocida hasta ahora, 

(*) A veces, sin embargo, cae en el plagio literal, por ejemplo (escena quinta), cuando Lydorio 
habla mal de las mujeres, repitiendo los mismos conceptos y ejemplos de Sempronio: «Y porque no 
»me digas que hablo de coro y que las infamo por mi cabera, no acotando qué digan los que las 
Dconoscieron y qué vieron de ellas los que las trataron, mira en lo primero al sabio Salomón, que tanto 
Días amó y tanto daño le vino por ellas, lo que de ellas dize en sus escrituras, quando se le 
5)offresce iiablar de mugeres. Lee al Mantuano en una égloga, mira al Petrarcha, escucha al 
»Ouidio y atiende al Juuenal, e finalmente quantos sabios Gentiles, Judies, Obristianos, Moros, 
«Paganos, off reciendoseles en sus escritos materia en que hablar de mugeres, afanan y se desvelan 
«en como avisar á los leyentes que se guarden en sus conuersaciones» (pág. 175). 
{^) Pág. 306 de la presente edición. 

(') En todos ellos, lo mismo que en los de la Policiana, se nota menos irreverencia que en las 
Celestinas más antiguas, ó está velada con eufemismos, porque los tiempos eran otros y la censura 
comenzaba á mostrarse más rigurosa. Véase alguna maestra de los disparatados fieros y bravatas de 



ccLii orígenes de la novela 

crita (*), la cual viene á representar en la nueva fábula un papel más semejante al de la 
Franquila imaginada por el anónimo de Valencia que al de Celestina, harto machucha 
para ser heroína de amorosos tratos y no solamente medianera en ellos (2). Marcelia, 
que tal es el nombre de la equívoca tercera, con visos de primera en ocasiones, toma 
por su cuenta los amores do Ploriano j encamina la intriga por los mismos pasos que 

Fulminato: «Descreo del agareno y de toda la ley del Alcorán», «Descreo de los adoradores del bece- 
)MT0)), «De Saturno ayiiso reniego», «Descreo de los adoradores de Mars», «Descreo del inventor de la 
^idolatría», «De todos los Talmudistas reniego», «Descreo de quantos adoran el sol», «Reniego de 
»los Jebuseos», «Por el santo cerrojo de Burgos», «O, pesar de los Moabitas», «O, descreo de Jason 
»y aun de Medea», «O, pesar de la casa santa de Mecha», «Descreo de los quiciales de la puerta 
»del cielo», «Reniego del sepulcro de Absalon y del sceptro de Roboan», «Reniego del hijo de 
»Latona», «Voto al santo Calendario Romano». Una sola vez jura «por las reliquias de San Salvador 
»de Oviedo», otra por «la espada de Sant George y aun por la escriuania de Sant Lucas», y ufe la 
expresión malsonante «descreo de la vida do los condenados» (pág. 166). 

(*) «Tú sabrás cómo la fortuna, que favorece á los osados, me dio ventura en ganar trauacuenta 
»con una viuda de hasta treynta y quatro, que en aspecto está como de diez y ocho. Esta no tiene 
»en casa padre ni madre, ni can que la ladre, más de sola vna hija bonita y harto muchacha, de 
»diez y siete para menos: ésta le sirue en casa de mo^a, y fuera de hija y authorizada doncella» 
(pág. 169). 

(^) El rasgo de la hipocresía está finamente acentuado en Marcelia más que en ninguna otra de 
las Celestinas secundarias, incluso la de Feliciano de Silva. Véase singularmente la escena nona: 
«G^rac27¿a.— Pues dónde con manto y sombrero tan de mañana? 

yy Mar celia.— Á. Nuestra Señora de los Remedios; luego en oyendo la missa primera soy de 
buelta... 

y)Liberia. — Gran cosa es ésta, que no ha de faltar mi madre esta missa. Pero haze bien, que 
»siempre trae su par de panecillos, y algo para ayuda de costa. 

»G?-ac.— Ya ves, prima, por tal señora lo haze. Pero no en balde dize ella tanto bien del sacris- 
»tan, y agora veo que tiene razón...» 

En el camino se encuentra con el paje Polytes, que no quiere creer que ella vaya á la misa 
del alba: 

(íPoli/tes.—l^i aun soy tan bouo como esso, que agora passé por junto á la Trinidad, y no ay 
»sueño de abrir puerta. 

yyMarc. — Y aun esto quiero. 

yyPolyt. — Peor es de entender una rauger que un Concejo. Pero atento que vas a missa donde 
>no ay puerta abierta, las que como tú he topado disfra9adas, cruzando callejuelas, dirae, van con- 
»tigo a representar autos de comedias en cas de los abades o van por las llaues para abrirte la puerta 
))donde tú vas?... 

»i/arc.— Calla ya, no apures tanto las cosas, que con algo se han de mantener en iionra las que 
»se defienden de la pobreza, de lo que a mí cabe gran parte por mis pecados. 

yyPolyt. — Y aun creo yo que tú y las otras andays estos paseos en busca de los tales pecados. 
» Marc. — Ay, qué dizes? alguna malicia, asuadas. 

yyPolyt.—lia. mesma. Pero digo que me agradas en darme a entender que andays estas andolen- 
Bcias a partir con los encerrados las quentas del rezar, y las obladas con los sacristanes, y las racio- 
»nes y capellanías y los beneficios con los clérigos» (pág. 192). 

En la escena XV se vale de su fingida devoción para hacer llegar á manos de Belisea una carta 
de Floriano: «Por mi vida, pues que no hay una criatura en la yglesia, que quiero auenturarme a 
»poner esta carta en la grada del altar de la Madre de Dios; porque si ellas son, no dexará Belisea 
»de llegar la primera a hazer su oración» (pág. 208). 

En cambio, la parte de hechicerías es insignificante en esta pieza. «Quiero echar unos polvillos 
»del cabrón en esta carta, que ya los he hallado aprobados», dice Marcelia poco antes. No hay rastro 
de evocaciones ni de conjuros ni de fórmulas supersticiosas. 



INTRODUCCIÓN ocluí 

hemos visto hasta la saciedad en este género de comedias novelescas. La romería de 
Nuestra Señora de Prado recuerda inmediatamente una situación análoga de la The- 
bayda. Pero el bachiller Florián procede con mucho más decoro y pulcritud. La noble 
Belisea, cauta y reflexiva, se defiende bien en las dos entrevistas del jardín, mostrando 
menos pasión que deseo de un casamiento ventajoso ('). Su doncella Justina, pizpireta 
y desenvueha, procede con menos recato en sus coloquios con el paje Polites, pero 
todo tiene feliz y apacible término con los matrimonios clandestinos de ama y criada, 
por lo cual la pieza se intitula comedia y no tragicomedia^ al revés de los libros de 
Rojas, Sancho Muñón y Sebastián Fernández. 

El carácter mejor trazado de la obra es sin disputa el de Lucendo, padre de Belisea. 
Así como el Theophilón de la Policiana representa la desconfianza, el punto de honra 
vindicativo y celoso del honor doméstico, así Lucendo, no menos honrado y respetable 
que él, fía ciegamente en la virtud de su hija, y el amor paternal se sobrepone en él, de 
un modo tierno y simpático, á todo interés, á toda sospecha, á todo recelo (escenas 
XXII y XXVI). 

Los aciertos en la parte seria de la Florinea no son raroj, aunque tengan poco de 
originales. Como todas estas comedias de estudiantes y bachilleres, abunda en temas retó- 
ricos, desarrollados con pueril alarde, pero no llega á las horribles pedanterías do la 
Tliebaijda. Ya en la escena quinta encontramos «grandes pláticas» sobre la fuerza del 
amor y sobre los vicios y virtudes de las mujeres. En la escena XXVIII hay uu largo 
razonamiento sobre la amicicia en estilo que recuerda mucho el de Fr. Antonio de 
Guevara (-). Entre Belisea, Justina y Marcelia pasan largos razonamientos «sobre los 
bienes y males que ay entre los casados» (escena XLII). Y á este tenor otras digresio- 

(*) «Pero mira, Floriano, que si tú como hombre biiscaa tu desatinado descanso, yo como 
)jiloazeIla mamparo mi delicada honra. Y si tú buscas la consecución de tu infectionada volun- 
»tad, yo defiendo mi libertad. E si tú quieres guiar tras tus venenosos y no limpios desseos, 
))con tu amor desamador de mi honestidad, yo tengo de cerrar la puerta a todo lo que ni 
))a mi ánimo trayga limpieza ni a mi spiritu reposada castidad. Por tanto como a hermano en 
)^tal amor te ruego me ames, y me quieras bien para mi bien, y no de suerte que queriendo 
ame, quieras mal para ti y peor para mí. E con ha/.er tú esto, poilras ganar en mí un amor que 
))Como a bien queriente de mi honra te tendré. De otra guisa, desamarte he como a enemigo de 
Dvirtud, y perseguidor de mi honra, y menoscabador de mi limpieza, y matador de mi innocen- 
»cia, y derramador de mi fama, y destruydor de mi reposo, y aselador de la casa de mi padre, y 
«ensuciador de mi alta sangre. E si te han mentido de mí otra cosa, desapega la de tu imaginación» 
(pág. 2-24). 

«Agora que te hallo buen obediente, determino, para hazer más por ti, mandar te lo segundo, y 
Des que en este cenadero, al sonido destas f uentezitas, te sientes en este poyo, y luego, porque vaya 
»cumpliendo mi palabra de hacer algo por ti, me quiero 3'0 sentar en el mesmo poyo par de ti. Pero 
»niira que al ver me sentar tan cerca de ti pienses que es más para mejor oyr te y responder te sin 
^)sonido de voz, que para despertar en ti algún atrevimiento de los que soleys tener los hombres en 
«semejantes trances puestos que agora tú» (pág. 269). 

Belisea, aunque inferior en prosapia al duque Floriano, era de muy noble linaje: «Y quiero que 
X'sepas que Lucendo, el padre della, con ser caualiero de tanta estima y casta y poder en el reyno, 
»y con ser uno de los más sabios que oy tienen ditado en España, quiere y tiene en tanto a la hija, 
»que no pensará que errará en cosa que haga; y hecho, qualqnier cosa la perdonará ligeramente» 
(pág. 289). 

(*) En la escena 2.* alude expresamente á un célebre capítulo del Marco Aurelio: «Mira lo que 
»Faustina hizo por la llave...» (pág. 163). 



couv orígenes de LA NOVELA 

nes, que se leen sin fastidio por el buen sabor de la lengua, pero qae son una sarta de 
lugares comunes. Algunos pasajes, como aquel en que Lydorio se queja de la triste 
condición de los servidores de los grandes j del mal pago que sus amos les dan (esce- 
na XXXVII), pueden tener, sin embargo, algún interés histórico ('). 

Las cartas de amor que la Florinea contiene son afectadas y declamatorias, como 
casi todas las que se hallan en nuestras novelas antiguas. Quizá el gusto de la Cárcel 
de Amor influía en esto. El diálogo es mejor, pero comienzan á notarse síntomas de 
flojedad j cansancio, sobre todo en la parte cómica, que es pesada, insípida y fría- 
mente indecorosa. Los chistes son forzados, las situaciones vulgarísimas, y el ánimo 
menos severo acaba por empalagarse de tanta prostitución y bajeza. Si la ílorinea no 
contuviese más que las repugnantes aventuras de Marcelia, de su hija Liberia y su 
sobrina Gracilia, de los dos rufianes, del despensero de Fioriano, de los pajes Grisindo 
y Pinel y del estudiante escondido en la nasa, por ningún concepto podría disculparse 
su exhumación. Pero no todo es de tan depravado gusto. La fábula principal, aunque 
de endeble contextura, está presentada con cierto arte, y las escenas entre los dos aman- 
tes respiran cortesía y gentileza. Easgos hay en la salida matinal de Belisea al campo 
que recuerdan El Acero de Madrid y otras comedias análogas de Lope {^), de cuyo 
teatro es digna también la bizarra escena en que Fioriano mata un toro á vista de su 
amada (^). 

Hay en la ílorinea algunos versos líricos, bastante mejores que los de la Thehay^ 
da^ pero del mismo género y estilo, que es el de las antiguas coplas castellanas, sin 
mezcla de endecasílabos. Figuran entre ellos romances^ letras y motes con sus glosas, 
una lamentación en coplas de pie quebrado á manera de las de Garci Sánchez de Ba- 
dajoz (,pág. 203) y una contemplación de Fioriano en absencia de su señora trovada en 
quintillas dobles con mucha soltura: 

O (cDe Fioriano, pues, yo tengo lástima a su honra y gravedad y hazienda y alma. Lo pri- 
»mero, porque le comienzan a cobrar ea opinión de poco assentado y mal concertado en sí y en su 
)>casa. Lo segundo, porque da parte de las flaquezas y tracta y comunica un duque Fioriano, y en 
»ojos de corte imperial, coa vn paje y unos mofos de espuelas. Lo tercero, he lástima a su hacienda, 
))qae la veo andar baylando en manos de amigos públicos de ella y enemigos secretos del. Y veo le yr 
».tras chismosos, tras rufianes, tras p..., tras alcahuetas, y con gente que con sus dones se honran, y 
»de la honra del despedacen camino de los burdeles. do se gaste mal la hacienda del que la heredó 
»bieQ, y la posee bien, y la dispensa y gouierna mal... Y vereys que no dará audiencia ni crédito a 
))vtt criado antiguo, leal, seruicial, amador de su honra, defensor de su persona, augmentador de la 
^gloria de su estado, y aun lo que peor y más peligroso es, que os cobrará enemiga porque le retraeys 
»der los vicios, le desseays la salud, y le procurays por la hacienda, y le tractays de ensalmar su 
»ordeni. Y esto- es el porqué ay oy en dia pocos criados antiguos fieles bien medrados en las casas de 
i>los serióles... Y aquellos por fieles van se con quitarles la ración porque no asisten, y darles a más 
»librar (máa por verguen9a que compelle al señor que por voluntad que le combide) el medio acoa- 
»tamiento, porque se van como buenos, y lleuanle doblado los livianos que asisten, porque se pican 
»de andar más galanes que graues... y ansi se han tornado los palacios acorro de viciosos, porque se 
«despueblan de viejos y se acompañan de mo90s, y porque ay poca audiencia de verdades y gran 
))gula de mentiras... Y por esto con poca autoridad de los palacios, los semientes de pelillo, los men- 
Dtirosos, chismosos, malsines, truhanes, decidores maliciosos, chocarreros, como hallan audiencia en 
Del Señor, ansí los tornan de su talle, si Dios y la buena condición no loa defiende de enviciarse»' 
(pág. 211). 

(») Vid. escena XV (pág. 211). 

(3) Vid. escena XVIII (pp. 223 y 224). 



INTRODUCCIÓN 



QCLV 



Vos, dama, soys mi esperan(;a, 
Vos mi muerte, vida y gloria. 
Vos mi bienauenturaiKja, 
Vos de mis males bonanc/a. 
Vos pinzel de mi memoria. 
Yo sin vos soy el perdido, 
Yo sin vos el que más muero, 
Yo sin vos el mesmo olvido, 
Y'o sin vos el mal nascido, 
Y''o sin vos quien mal me quiero. 



Vos sin mí de más valer, 
Vos sin mí más sublimada. 
Vos sin mí soys de querer. 
Vos sin mí soys de temer. 
Vos sin mí soys adorada. 
Yo por vos soy muy dichoso. 
Yo por vos quien resuscita, 
Yo por vos vanaglorioso, 
Yo por vos el más gozoso 
Que en casa de amor habita.. 



Pero ]a más notable de estas poesías, bajo el aspecto métrico y musical, es una 
danza ó pavana que Floriano compone y tañe á la vihuela en celebridad de sus bodas. 
La estrofa, que suponemos inventada por el bachiller Rodríguez, es anterior en diez años 
á las tentativas de rimas provenzales y francesas de Gil Polo. Consta de cuatro versos 
de doce sílabas, dos de seis j uno de nueve. Véase este curioso specimen de ritmo 
modernista: 

Vos soys, Belisea, mi gloria cumplida, 
Mi bien todo entero, mi nueva esperanza; 
Por veros ya muero con tanta tardanza, 
Por ver que la hora aun no es ya venida; 
Al tiempo maldigo. 
Pues vsa conmigo 
Con su tardanr-a de enemigo. 

Ay, quándo podré yo verme en la gloria 
De aquel parayso de vuestro vergel! 
Dichosas las plantas que vos veys en él, 
Mas yo más que todos en vuestra memoria, 
Mas ay, que hora veo 
Que muy poco creo 
Del bien que en vos halla mi desseo. 

Vos sola soys gloria por vos merescida. 
Pues otro ninguno no ay que os merezca; 
Vos soys de las damas la más escogida, 
Dichoso el amante que por vos padezca; 
Mas ay, si yo fuese 
Quien solo os siruiesse 
Y solo quien por vos muriesse. 

Vos soys el retracto del summo poder. 
Que Dios ha mostrado en las criaturas; 
Angélica imagen que acá en las baxuras 
Eusal(,'ais a Dios en tal os hazer; 
Soys solo una 
A quien fortuna 
Obedece desde la cuna. 



ccLví orígenes de la NOVELA 

Yos soys mi prisión y mi libertad; 
Yo vuestro captiuo, y tan venturoso. 
Que es tanta mi gloria, que hablarla no oso 
Porque es offendida vuestra majestad; 
Ansí yo callo 
El bien que hallo 
En ser vuestro libre vasallo. 

Yos soys paradero de mis pensamientos; 
Yos soys el pinzel con que mi memoria 
Esculpe en mi alma tal contentamiento, 
Que en vos halle objecto de su mayor gloria, 
Pues con gran razón 
El mi cora9on 
Descansa en tal contemplación. 

(Pág. 307). 

El autor de la Florinea era valisoletano, ó por lo menos en Yalladolid residía 
cuando compuso esta obra dramático-novelesca, cuya acción se desarrolla en aquella 
ciudad, con gran copia de alusiones locales: á la Puerta del Campo, á la Cal Nueva, á 
San Benito, San Pablo, Nuestra Señora del Prado, San Julián, la Trinidad y otras igle- 
sias. También se habla de «la estatua de Don Pero Añiago (ó Miago), del hospitalejo de 
Sanct Esteuan» (pág. 261), curiosa antigualla folklórica que sirvió de tema á una 
comedia de Luis Yélez de Guevara, atribuida por error á D. Francisco de Eojas. Aun 
en el lenguaje se nota algún modismo propio del habla familiar de aquella parte de 
Castilla la Yieja, como el uso transitivo del verbo quedar (*). 

El estilo de la Florinea es terso y puro, pero carece de vigor y animación, no sólo 
comparado con la Celestina primitiva, como ya observó Ticknor, sino con la mayor parte 
de las secundarias. No iguala á la Selvagia^ ni siquiera á la Policiana. La prosa del 
bachiller Florián es demasiado fácil, redundante y desaliñada. Pero la riqueza de 
su lenguaje familiar y el desenfado de su sintaxis la hacen digna de salir del olvido, 
y en tal concepto la hemos reimpreso, no como libro de amena recreación (que cier- 
tamente no lo es), sino como pieza de estudio para gramáticos y lexicógrafos, que encon- 
trarán en ella un caudal no despreciable de idiotismos. 

Mucho más vale la Selvagia (2), y de seguro la hubiéramos preferido á no existir ya 
una reimpresión moderna, bastante correcta y fácil de adquirir (3). El estudiante tole- 

(') Abundan los ejemplos de esto: «.Y en lugar del anillo te quedo mi corucon en este abraco» Ij 
(pág. 182). «Bien dices; ve luego y buelve, que me quedas solay> (pág. 201). «Ay mezquina yo, ¿quién 
quedó abierta la puerta? S) (ibid.) «Y como Fulminato os quedó solos» (pág. 277). I 

(^) Comedia llamada Seluagia. En que se introduze los amores d'un cauallero llamado Seluago, con j . 
vna ylustre dama dicha Isabela: efetuados jjor Dolosina, alcahueta famosa. Copuesta por Aloso de\ i 
Villegas Seluago, Estudiante. 

(Al fin): Fue impressa la presente obra en la Imperial Ciudad de Toledo: en casa de Joan Ferrer,\ i 
Acabóse a diez y seys dias del mes de Mayo. Afio de mili y D.L.iiij. \ 

(Esta portada tiene un grabado en madera, que representa una de las escenas de la tragicomedia), j { 

4.° let. gót. 76 hojas foliadas. 

(.^) Está en el tomo quinto de la colección de Libros raros ó curiosos (Madrid, Rivadeneyra, l873),j ^ 
el mismo que contiene la Seraphina. 



INTRODUCCIÓN cclvii 

dauo que á los veinte años la compuso era escritor de raza, y ya en este ensayo juvenil 
y algo liviano manifiesta las excelentes dotes que habían de darle muy señalado lugar 
entre los prosistas del mejor tiempo de nuestra lengua. Llamábase el tal Alonso de Vi- 
llegas Selvago, siendo quizá el Selvago un sobrenombre meramente poético, pues no 
volvió á usarle en las obras de su edad madura, y coincide además con el del protago- 
nista de su comedia, en quien manifiestamente quiso representarse á sí propio, ¡como á 
su amada en la heroína, á la cual ni siquiera cambió el nombre. Ya en la portada estampa 
el suyo, acompañado de la calificación de «estudiante» . Seríalo probablemente en la mo- 
desta Universidad de Toledo, algo oscurecida por el radiante foco de la vecina Alcalá, 
aunque tuvo sus días de esplendor con preceptores tan doctos como losCedillos y Vene- 
gas, y más adelante con los Scotos y Narbonas. En unos versos acrósticos puestos al 
principio del libro, según la costumbre de sus predecesores, constan la edad, la patria y 
otras circunstancias de nuestro autor: «Alonso de Villegas Salvago compuso la Come- 
»dia Selvagia en servicio de su señora Isabel de Barrionuevo, siendo de edad de veinte 
»años, en Toledo, su patria». Habría nacido, por consiguiente, en 1534, y al mismo 
resultado nos conducen otras fechas que fué consignando en sus obras posteriores, como 
luego veremos. 

Aunque el autor de la Selvagia imita muy de propósito á Fernando de Rojas (*), 
también paga largo tributo al «magnífico caballero Feliciano de Silva, radiante luz y 
» maravilloso exemplar de la española policía», cuya influencia se siente ya en las dis- 
paratadas coplas preliminares: 

Gozando sus gozos te muestra gozoso , 
y goza los gozos que goza su parte, 
Adonde gozando por gozo tal arte, 
En gozo te goza con gozo sabroso. 

Cuanto hay de malo en el estilo de la Selvagia puede atribuirse al contagio de la 
prosa de Feliciano, candidamente admirado por el joven escolar. Pero le sirvió de salu- 
dable antídoto la lectura reflexiva del admirable original primero, y el ejemplo más re- 
ciente de la Tragicomedia de Lisandro y Eoselia, en la cual ól solo parece haber fijado la 
atención (-). El rufián Escalión de la Selvagia se declara hijo de Brumandilóu (pág. 237) 
y lo parece tanto en sus hechos como en sus palabras. También se alude á la muerte 
de Elicia (pág. 236). 

Titúlase la Selvagia comedia, y no tragicomedia, lo cual tratándose de este género 
de obras, quiere decir tan sólo que tiene el final no trágico ni lastimero, sino matrimo- 

(M Osado se puede sin duda llamar, 

Miradas sus faltas y pocos primores, 
Pues quiere sin fuerzas con otros mejores 
Valer, siendo pobre de baxo lugar: 
Sabemos de Cota que pudo erape9ar 
Obrando su ciencia la gran Celestina; 
Labróse por Rojas su fin con muy fina 
Ambrosia, que nunca se pudo estimar. 

Sin duda por haber puntuado mal estos versos, creyó Ticknor que la frase «pobre de baxo 
lngar> aludía á Gota, cuando por el contexto 63 visible que se refiere al autor mismo. 

(') Gran parte de lo que en la primera cena dicen Flerinardo y Selvago en loor y en vituperio del 
Amor está servilmente copiado de la obra de Sancho de Muñón, con los mismos ejemplos históricos. 

ORÍGENES DE LA NOVELA.— 111.-/3 



ocLvm orígenes DE LA NOVELA 

nial y festivo. Pero con más razón que otras pudo llamarse comedia^ porque es más 
dramática que ninguna de las Celestmas^ á excepción de la primitiva, y precisamente 
en serlo se cifra su mayor mérito y sa relativa novedad, Alonso de Villegas imaginó 
una fábula propia del teatro, la dio ingenioso principio ó inopinado desenlace, la exor- 
nó con agradables peripecias y en desarrollar su plan se mostró más hábil que sus con- 
temporáneos Sepúlveda, Lope de Kiieda, Timoneda y los demás autores de comedias 
en prosa influidas por el arte italiano. Puede decirse que adivinó mejor que ninguno 
de ellos lo que había de ser la futura comedia de capa y espada. La Selvagia, que es 
una de las CelestÍ7ias más breves, pues consta sólo de cinco actos, divididos en corto 
número de escenas, hubiera podido sin gran esfuerzo reducirse al marco teatral, y su 
autor la creía representable, como se infiere de las últimas palabras que pronuncia el 
enano Risdeño: «Yo, Risdeño, hombre de bien aunque chiquillo de cuerpo, amigo de 
» todos aquellos que mi bien desean y mi provecho procuran, pidiendo por las faltas 
» cometidas el debido peí don, acabo de representar la comedia llamada Selvagia» 
(página 291). 

El argmnento de la comedia dice de esta suerte: 

«Un caballero llamado Flerinardo, generoso y de abundante patrimonio, vino de la 
» Nueva España en esta ciudad, donde un dia por ella ruando, como acaso pasase por 
» casa de un caballero anciano llamado Polibio, de una fenestra della vido una fermosa 
» doncella, de la qual excesivamente fué enamorado. Pues como le fue dicho el tal 
» Polibio tener una muy apuesta hija, cuyo nombre era Isabela, y la tal fenestra fuese 
» de su aposento, creyendo ser la mesma Isabela la que visto habia, por caballero de su 
»amor se intitulaba. Donde, dando parte a un gran amigo suyo, caballero de ilustre 
» prosapia, llamado Sel vago, de su crescida pena, sucedió que el mesmo Selvago, tenien- 
»do deseo de ver quién á su amigo tan subjeto y captivo le tenia, cumpliendo un dia 
»su propósito y viéndola, no pudiendo su libertad someter á lo que á la verdadera 
» amistad de Flerinardo debia, grandes culpas y mortales deseos á su causa padesce, 
» tanto que fue puesto en grave enfermedad. Pues veniendo su gran amigo Flerinardo 
»en presencia de su hermana Rosiana llamada, á visitarle, conoció que la tal Rosiana 
»era la que en la fenestra de Polibio habia visto, y no Isabela, como se pensaba, por- 
»que acaso, como hubiese amistad entre las dos doncellas, aquel dia se hablan juntas 
» recreado; lo cual como á Selvago fuese dicho, con excesivo placer, porque abierta- 
» mente osaria amar á Isabela, de su tan grave enfermedad fue sano, donde poniendo 
» en el negocio una vieja astuta, cuyo nombre era Dolosina, cumplieron enteramente 
» sus deseos, siendo primero desposados por palabras de futuro, lo que de á poco, con 
» licencia de sus padres, se puso por obra, pasando lo mesmo de Flerinardo con Rosia- ; 
»na. Pues estando el dia que las bodas se solenizaban con gran regocijo, vino un i 
amaestro de la Nueva España, que habia sido de Flerinardo, el cual declaró cómo el 
» mesmo Flerinardo era hijo único de Polibio, padre también de Isabela, que de chico, | 
»con un tio suyo, en aquellas tierras se habia partido; con las quales nuevas todos I 
»muy gozosos, quedando dos hermanos con dos hermanas juntos en matrimonio; sei 
» dará fin á la comedia» . 

Tenemos aquí, como se ve, los principales incidentes de una comedia de amor ó 
intriga del siglo xvii, que si por la crudeza de algún detalle no cuadraría bien á Ja} 
severa musa de Calderón, pudiera figurar sin violencia en el repertorio de Tirso de 



INTRODUCCIÓN cclix 

Molina, donde abundan los desposorios clandestinos y los matrimonios consumados 
entre bastidores. Dos parejas enamoradas, confusión do una dama con otras, galantes 
coloquios por la ventana, historias novelescas de hijos perdidos y encontrados, inter- 
vención de personas que han estado en el Nuevo Mundo. La combinación de estos re- 
cursos con los que ofrecía la tradición celestinesca remoza un tanto el viejo y ya gas- 
tado tema. El reconocimiento ó anagnorisi.s final procede del teatro de Planto ó de las 
comedias italianas del Kenacimieuto. 

No puede negarse, sin embargo, que la mayor parte de las escenas de la Selvagia 
son copia diestra y bien entendida, pero copia al fin, de la tragicomedia de Caliste. En 
los caracteres es poco lo que se añade ó modifica, salvo la duplicación del caballero y 
de la dama y la aparición de dos figuras secundarias trazadas con bastante acierto, 
Valera, el ama de leche de Isabela, y el enano Risdeño. 

El ama Yalera, que se parece poco á la nodriza de Julieta, salvo en su locuacidad 
impertinente, es una embaucadora que explota á la enamorada doncella, sacándola 
muchas y ricas joyas so pretexto de un fingido conjuro. Pero su papel es muy secun- 
dario al lado de la famosa hechicera Dolosina, hija de Parmeiiia y nieta de Claudina, 
por donde esta pieza viene á enlazarse con la Policiana. Para dar alguna novedad á 
este tipo obligado, el autor, que relata su historia por boca del rufián Escalión, la hace 
viajar por diversas partes y regiones «hasta que teniendo su asiento en íililán, la buena 
» vieja (Parmenia) dio fin á sus días, quedando la hija huérfana y en extraña tierra. 
» aunque no por eso perdió la realeza de su ánimo, que con lo que al presente de ha- 
» cienda tenía, dio consigo en París, abriendo su tienda y mostrando sus mercaderías 
»á la Corte francesa. Tomando, pues, allí conocimiento con cierto nigromántico, su arte 
»muy por entero la enseñó, saliendo en él tan famosa maestra quanto el delicado en- 
»tendimiento de una mujer es bastante. No contenta mucho con tal nación, en España 
» pretende tornar, y visitando las principales ciudades della, aquí en su propia tierra 
»fué tornada; donde habiendo salido muy niña y fermosa, vieja y disforme volvió. Fué, 
»pues, desde poco aquí casada con un fanfarrón llamado Hetorino, mi amigo especial, 
»con quien agora bien contenta y gozosa vive. Tienen allí cerca el rio una casa con dos 
» puertas y dos moradas, donde él enseña á esgrimir algunos gentiles-hombres en la 
» una, y ella á labrar mozas en la otra, ordenándose, entre las dos casas de discípulos, 
»no pocos (antes muchos y muy grandes) malos recaudos entre dia. Es asimesmo la 
» vieja la más subtil y taimada alcahueta hechicera que en nuestros tiempos, ni aun 
»creo que en los pasados, se hallará; pero no sólo con sus palabras y conjuros ablanda 
» los muy duros corazones, mas aun con su meneo y visaje os hace venir las manos 
catadas á conceder en su propósito y voluntad. Muchas veces, como su marido me ha 
» dicho, con el arte de nigromancia que aprendió, delante dellos se torna invisible, y 
» desde algún tiempo da señas verdaderas de lo que pasa en muy diversas tierras; tiene 
» también poder de convertirse en animales y aves, con que no sólo hace sus hechos, 
» mas aun se defiende de quien su mal procura, porque, como dicen, ó demo á los su- 
»yos quiere. Es fama que tiene muy gran tesoro, aunque el lugar está celado, mas 
»por ello la insaciable hambre de la codicia nunca olvida, antes siempre, confesándose 
por pobre, por una moneda de plata hará, como dicen, ciribones (?). Tiene á la conti- 
»nua en su casa dos mozas de buen parecer para alivio de cuitados que sus aventuras 
» buscan, que tan bien amaestradas la dueña honrada las tiene, aunque de pocos dias, 



ooLx orígenes de la NOVELA 

2> que al triste que en sus manos cae, no solo cou sus fingidos halagos lo que encima tiene 
»le da, mas aun la palabra por prenda de más les dexa empeñada. Esta, pues, de quien, 
» señores, habéis oido, es la dueña por quien me habéis preguntado, de quien con razón 
»se podría decir que lo que en la leche mamó, en la mortaja mostrará» (pp. 115-116). 

El tipo, como se ve, está gallardamente trazado, mezclando reminiscencias del 
Asno de oro con otras de la Celestina. Pero en el desarrollo de la intriga para nada se 
aprovecha la idea de las transmutaciones mágicas. El conjuro es tan pedantesco y tan 
remoto de las auténticas supersticiones populares, como todos los que hemos visto en 
obras anteriores, exceptuando la Lozana.^ que en este punto, como en todos, tiene la 
exactitud material de la fotografía. La Dolosina de Alonso de Villegas se atiene á la far- 
macopea tradicional en las de su oficio, desde la maga Erichto de Lucano: «el olio infer- 
2>nal, las candelas del cerco, el ídolo de arambre juntamente con la bujeta del ungüento 
» serpentino, la lengua del ahorcado, los ojos del lobo cerval, la espina del pez remora, 
» los testículos del animal castor, el pedazo de carne momia, y las taleguillas de las 
»hierbas del monte Olimpo que truxiste el dia de Mayo» (pág, 151). ¡Buen aparato 
para una bruja toledana del siglo xvi! Fernando de Rojas había pecado en esto, y sus 
discípulos se creyeron obligados á seguirle al pie de la letra, aunque padeciese la veri- 
similitud material y moral que casi siempre observan en la pintura de costumbres. 

El enano Risdeño es creación bastante donosa, que parece sugerida por análogos 
personajes del Amadls de Qcmla y otros libros de caballerías, aunque á veces no ten- 
gan más carácter cómico que el que nace de la pequenez de su estatura en contrapo- 
sición con los gigantes, endriagos y vestiglos que en tales narraciones pululan. La 
figura poética y aérea de Risdeño; su jovialidad fresca y viva; su infantil afectación de 
valor ('), más positivo, sin embargo, que el del rufián Escalión; la sutileza de ingenio 
con que hace la apología de los de su talla y enumera metódicamente sus excelen- 
cias f), prestan cierto encanto humorístico á las escenas donde intei viene, que son las 
mejores de la obra. 

D. Bartolomé Gallardo, demasiado severo en esta ocasión, tacha de afectada y rela- 
mida la prosa de la Selvagia, y Ticknor dice que el diálogo abunda en ridiculas pedan- 
terías. Esto último es innegable, y se explica bien por los pocos años del autor, por su 
condición de estudiante ávido de ostentar su corta ciencia y por el ejemplo de las Ce- 
lestinas anteriores, todas más ó meno's contaminadas de pedantismo. Desde la primera 

(') ^Risdeño. — Sabed que con vos tengo de ir, y lo que de v.s fuere será de mí; ni quiero que 
»penseÍ8 que aunque el cuerpo no es muy aventajado, que me faltará corazón para cualquier caso de 
»afrenta, especialmente en vuestro servicio... i 

y)Flerinardo . — Por mi fe, Risdeño, si fueras del tamaño de San Cristóbal y tuvieras esfuerzo i 
«conforme al que con ese pequeño cuerpo dijuiuestras, que tú solo tuvieras más aventajada fortaleza | 
»que todo el mundo. 

-s>Risd. — ¿Cómo, señor, y tan á pocas liablas en mi gran valí ntía? Pues yo os aseguro que sin 
Bque San Cristóbal me prestase su cuerpo, osase entrar en campo sobre un caso de honra con quatro 
átales como vuestro criado Escalión, y aun pensaria de les llevar los despojos. 

DFlerin. — Por mi vida, Risdeño, que si fueras en tiempo de los epimeos, á quien tú pareces, 
»que dellos fueras en rey elegido, porque los defendieras de las grullas, que con ellos tienen batallaí 
(pp. 210 á 211). 

(") Este elogio de los enanos (pp. 261 á 263), que al parecer se funda en otro más antiguo com- 
puesto en verso («En metro os las podria decir, porque así me las enseñaron á mí»), recuerda ente- 
ramente el gracejo de las Ejnstolas /ami liares del obinpo Guevara. 



lNTROr>UCCIÓN coLxi 

cena encontramos citadas la Ulixea^ la Eneida j los Metamor fóseos, y además á Pla- 
tón, á Valerio Máximo, al Petrarca y á Boccaccio. Pero el autor predilecto es Ovidio, de 
CUYOS Remedia Amoris se presenta un extracto {'), añadiendo uq remedio más, tomado 
de la Silva de Pero Mexia. El rufián Escalión jura «por la metafísica de Aristóteles» 
(pág. 31) y se jacta de haber dado muerte á dos contrarios suyos «con dos heridas terri- 
i> bles, que Héctor, ni aun su hijo Astianax, el que üiixes despeñó de una torre, no las 
» hicieran» (pág. 50). Apéase Selvago en el zaguán de la casa de su amigo Plerinardo, 
y éste exclama: «Tan saludable sea para mí su venida como la de Cincinato al afligido 
» pueblo» (pág. 56). La doncella Isabela discurre sobre los cuatro elementos y sobre la 
creación del soma ó cuerpo humano (pág. 66). 

En esto no cabe excusa, pero puede haberla en cuanto á la prosa, que si es enfática 
y amanerada en los trozos de aparato, como razonamientos y cartas, es viva, natural 
y sabrosa en la mayor parte del diálogo, sobre todo en boca de los personajes secunda- 
rios. Es cierto que hay páginas enteras donde un hipérbaton violento y risible, acom- 
pañado de estúpidos juegos de palabras y metáforas incoherentes, enmaraña la sintaxis 
de Alonso de Villegas y le hace en sus declamaciones digno émulo de Feliciano de 
Silva. ¿Quién esperaría nada bueno de un libro que comienza así?: 

«Resuenen ya mis enorm'es y rabiosas querellas, rompiendo el velo del sufrimiento 
»con que hasta hoy han sido detenidas. Penetren los encumbrados cielos mis fuertes y 
» congojosos clamores, forzando su fuerza sin ella por haber sido forzada con acaesci- 
» miento tan desastrado y fuerte. Maticen los delicados aires mis muchas y dolorosas 
» lágrimas, de miserables y profundos suspiros esmaltadas. Descúbranse los furibundos 
^alaridos, quebrantando los claustros y encerramientos que tanto tiempo han tenido; 
» esparzan con su ligero ímpetu las delicadas exhalaciones de que el no domable cora- 
^zón solie ser cercado.... Dolor, angustia y pena procuren de hoy más mi compañía; 
» quieran con querer lo que mi contraria ventura no queriendo quiso. Apercíbase mi 
» pequeña fortaleza para tan horrenda batalla como comenzar quiere; descubra sus 
» insignias y estandartes de clemencia, poniéndose los soldados de servicios en alarde 
^de rompimiento. Resuenen los roncos atambores con querellosos zumbidos; los tiros 
» mensajeros penetren con fuertes dislates los túrbidos vientos y municiones de majes- 
»tad contraria; los ligeros dardos y tajantes espadas con desvíos consuman los míseros 
» combatientes; inquira el fuerte caudillo del ingenio nuevas y exquisitas maneras de 

> combates, para que pueda venir en algún pi'óspero suceso su fluctuoso partido» 
(pp. 1 á 3). 

La primera carta de amor de Selvago á Isabela consta sólo de dos cláusulas: la 
primera tiene treinta líneas. «Así como los pequeños hijos de la caudalosa real ave, 

> puestos á los radiantes rayos del lúcido Pebo, para que verdaderamente sean tenidos 
*por legítimos y propios hijos de la tal madre, con grande admiración ocupan la vista 
»en aquella prefulgente luminaria, sin tener parte para de allí ser apartados por el cre- 
»cido amor mezclado de grande admiración, que tan fijo en ella pusieron, de la mesma 

(') PF. 16 á Ut. Expuesta la doctrina de Nasón, continúa: «Otro remedio cuenta para el amor 
»el magnifico caballero Pero Mexia eu su Silva, con el cual sanó Faustina, mujer de Marco Aurelio; 
i»la cual como excesivamente amase á un esgrimidor de los que hacían los regocijos públicos, y 
^viéndose en peligro de muerte, por esta causa los médicos mandaron matar y quemar al esgrimi- 
ídor, y los polvos bebidos por Faustina fué libre de su amor inhonesto». 



ccLxii orígenes de la NOVELA 

amanera, excelente señora, mi flaco y débil entendimiento puesto delante tu claro y 
» lúcido aspecto, para que su ser claramente demostrase que parte de humano en sí 
» tenía, de temeroso y crecido temor ocupado, los líquidos y delicados aires con profun- 
» dos alaridos esmalta, sin que las continuas suasiones de su madre, la Kazón, de tal 
» espectáculo apartarlo puedan, no dexo de sentir, como humano, seráfica dea, la cruda y 
» muy temerosa contienda que dentro de mí siento encrudelecerse, después que mis 
»ojos fueron con tu divina vista clarificados, etc., etc.» 

Si toda la Selvagia estuviese escrita en semejante estilo, sería por cierto una rap- 
sodia abominable, aunque curiosa para demostrar que las peores aberraciones del cul- 
teranismo tenían antecedentes en la literatura del siglo anterior. Afortunadamente, no 
todo es de este gusto. A renglón seguido de la lectura de la carta entra en escena el 
ama Yalera, hablando en el puro y castizo romance de Toledo: 

«Enhorabuena vea yo la cara de oro y perlas preciosas, fresca como las flores de 
» Mayo, Hija Isabela, en Dios y en mi conciencia, que de cada dia más te vas tornando 
»una emperatriz en fermosura. Santa Pascua fué en domingo si no me pareces una 
» Verónica y retrato de San Miguel, el ángel que está en mi perrochia en unas andas 
»de oro» (pág, 75). 

¡Con qué suave maña sonsaca á la enamorada Isabela lo que necesita para el supues- 
to conjuro!: «Lo primero son necesarias dos palomas de color de ñeve para sacarles la 
»hiel, que es cosa en esto muy aprobada; ansimesmo un cabrito tierno y de buen 
» tamaño; dos gallinas prietas cresticoloradas; dos quesos de Mallorca ó de los de Pinto; 
» dos docenas de huevos de ánsar con algunas madrecillas; dos cangiloncillos de hasta 
» cuatro ó seis azumbres de lo de San Martin ó Monviedre, y ansí finalmente, dos 
»monedillas de oro bermejo; que si tú desto me provees, verás maravillas» (pág. 87). 

Los personajes nobles, como Polibio y Senesta, padres de Isabela, y la madre y la 
hermana de Selvago, expresan sus afectos con la grave dignidad propia de la antigua 
famiHa castellana: 

«Funebr-a. — Hijo mío, descanso de mi atribulada vejez, ¿qué sentis? ¿qué mal es 
»el vuestro, que mi ánima, después de lo saber, ningún descanso ha tenido? Por vues- 
s> tra vida, mi amor, que me lo digáis, que si vos en el cuerpo lo sentís, yo en el ánima 
»lo padezco, por causa de ser vos en quien mi vida, después de la muerte de vuestro 
» padre, está pendiente... 

»Ros. — Señor hermano, si por ser yo la persona que más en esta vida con razón 
»os ama, la causa de vuestra poca salud me descubriésedes, no sería pequeña la mer- 
» ced que de vos recebiría, porque no sólo tendríades en mí quien en igual grado que 
»vos vuestro mal sintiese, mas en ello hasta la muerte trabajaría, buscando la medici- 
»na en vuestra pena más conveniente^» (pág. 103). 

Tal es el estilo habitual de la Selvagia^ y por él debe juzgársela. Todo lo demás son 
arias de bravura que se repiten mecánicamente. A tales altibajos hay que acostum- 
brarse en nuestros libros antiguos, y quien no vea el anverso y el reverso de la meda- 
lla no llegará á estimarlos rectamente. Alonso de Villegas, sazonado y picante en las 
burlas, discreto y á veces afectuoso y tierno en las veras, muestra una madurez de 
juicio muy superior á su corta edad, pero no podía tener formado su gusto. Lo que hay 
de bueno en la Selvagia honra su ingenio; lo demás es culpa del artificio retóiico estu- 
diado en pésimas fuentes. 



INTRODUCCIÓN ocLxiii 

Los versos que intercala en su comedia son pocos j malos. En esto tiene razón 
Gallardo. Sólo merece indulto de la condenación general un romance alegórico- 
amatorio á estilo de trovadores, con algunas reminiscencias de los viejos y populares 

A los montes de Parnaso Porque con sola su vista 

A caza va mi cuidado, Los ha muy mal espantado. 

Vestido de ropas verdes Ellos estando en aquesto, 

Que la esperanza le ha dado. Un caballero ha llegado, 

De canes, que son servicios. Armado de ricas armas. 

Viene todo rodeado; Con señales de morado; 

Los monteros pensamientos En la mano trae blandiendo 

Vienen cerca de su lado; Un dardo bien afilado, 

En una cueva metida, Que, como al cuidado vido. 

Lugar solo y apartado. Con soberbia le ha hablado: 

Descubierto han una cierva; «Por tu muy gran osadía 

Tras ella todos han dado; De mí serás maltratado». 

Las cornetas de gemidos Diciendo estas palabras 

Fuertemente han resonado; El venablo le ha tirado. 

El cuidado y un montero Por medio del corazón 

Los primeros han llegado; De parte á parte ha pasado; 

La cierva, sin tener miedo^ No contando con aquesto, 

Muy contenta se ha mostrado; A la cueva le ha llevado. 

Los perros se parten della Échale fuertes prisiones 

Que tocalla no han osado. Do le dexa encarcelado. 

(Pág. 159). 

Desde 1554, fecha déla Selvagia, hasta 1578 hay una gran laguna en las noticias 
biográficas de Alonso de Villegas. Es probable que los amores del joven estudiante con 
«su señora Isabel de Barrionuevo» no tuviesen tan dichoso fin como él en su poética 
fantasía imaginaba, adelantándose á los acontecimientos en el desenlace de su comedia. 
Lo cierto es que veintidós años después le encontramos convertido en respetable ecle- 
siástico y capellán de los mozárabes de Toledo. Acaso para boiTar lecuerdos profanos 
prescindía del apellido Selvago^ si es que en realidad le tuvo, y añadía á su nombre el 
calificativo de licenciado^ probablemente en Sagrada Teología. Su persona había expe- 
rimentado la misma transfoí-mación que su siglo, pasando desde la bulliciosa y franca 
alegi-ía de los tiempos del Emperador á la austera disciplina del reinado de Felipe II. 
Un nuevo período se abría á su actividad literaria, y durante el resto de su vida, que 
fué bastante larga, ejercitó sin cesar su fácil y castiza pluma en argumentos religiosos 
y propios de la gravedad de su estado. Por este camino llegó á ser uno de los escrito- 
res más populares, especialmente en materia hagiográfica. Los cinco abultados volúme- 
nes de su Flos Sanctoriim^ compilados de las obras de Lipomano y Surio, con muchas 
adiciones de santos españoles, vinieron muy oportunamente á sustituir á las viejas y rudas 
traducciones de la Legenda Áurea. Y aunque nuestro Villegas, como casi todos los que 
trataron de vidas de Santos antes de la grande obra de los Bolandistas, adolece de nimia 
credulidad y falta de crítica, es tan fervorosa la piedad con que escribe, tan patente su 
celo por el provecho de las almas y tan notoria su buena fe, que se le pueden perdonar 
sus defectos, casi inevitables, en gracia de la pureza y sencillez de su estilo, que parece 
reflejo de la ingenuidad de su corazón. El crédito persistente de sus libros, muchas veces 



ccLxiv ORTGETíES DE LA NOVELA 

reimpresos y traducidos al italiano j á otras lenguas, no cesó del todo aun después de 
la aparición del Flos Sanctorum del P. Rivadeneyra, escritor toledano como Villegas, 
pero muy superior á él en corrección y gusto. Ambas obras compartieron durante el si- 
glo xvir el favor de las gentes inclinadas á la piedad, y fué gran lástima que en el xviil, 
en que todas las cosas, hasta la devoción, se afrancesaron en España, fuesen arrincona- 
das tan elegantes páginas, usurpando su puesto el Año Cristiano del P. Croisset, que 
llegó á ser lectura predilecta de las familias. En la prolija tarea de traducirle invirtió el 
P. Isla mucho tiempo y trabajo, que hubieran estado mejor empleados en composicio- 
nes originales, y aunque la versión resultó menos galicana que otras, el mérito del 
texto no compensaba ni con mucho el sacrificio que voluntariamente se impuso uno de 
los últimos ingenios que con entera propiedad merecieron el nombre de españoles. En 
vano quiso hacer la competencia á la obra del jesuíta extranjero el erudito valenciano 
D. Joaquín Lorenzo Villanueva con su Año Cristiano Español^ digno de aprecio por su 
crítica en general sana y aun por el estilo, que es bastante limado, pero seco y pobre. Las 
sospechas de jansenismo que pesaban sobre el canónigo Villanueva perjudicaron, bien 
injustamente, a la difusión de su obra, y resultó casi estéril su tentativa hagiográfica, que 
apenas ha tenido continuadores. 

Pero de la saludable reacción en favor de las lecturas castizas dan testimonio las 
varias reimpresiones totales ó parciales del Flos Sanctorum del P. Rivadeneyra hechas 
durante la centuria pasada. Alonso de Villegas no ha tenido tanta fortuna. Sus infolios 
son de difícil adquisición y rara vez se encuentran juntos. 

Apareció el primero en 1580, y en él, como en varios de los siguientes, hizo constar 
el autor la fecha en que los iba terminando. «En el qual puse postrera mano Domingo 
»seys dias de Enero, en que la Iglesia Católica celebra fiesta de los Reyes, del año del 
» nascimiento de Christo de mil y quinientos y setenta y siete: teniendo la silla de Sant 
» Pedro Gregorio decimotercio, y reynando en España el catholico Rey don Phelippe, 
» segundo deste nombre» (M. 

De la segunda parte^ que comienza con la Vida de la Virgen, no conozco edición 
anterior a la de 1588, que se presenta ya adicionada y corregida. Villegas se titula en la 
portada, además de capellán de mozárabes, beneficiado de San Marcos (^). 

Del mismo año es la tercera parte^ que contiene las vidas de «santos extravagantes» 
(es decir, que están fuera del rezo común) ó de personas virtuosas no canonizadas. Vi- 
llegas, que ningún tropiezo había tenido con el Santo Oficio cuando imprimió la Selva- 
gia^ le encontró mucho más riguroso con sus historias de Santos. La adición relativa 

(') Prnnera parte de Flos Sanctorum nueuo: hecho por el Licenciado Alonso de Villegas, capellán 
en la Capilla de los Mogaraues de la Sancta Iglesia de Toledo. Toledo, por Diego de Ayala, en treze 
dias de Mayo, de mil y quinientos y setenta y ocho años. 

(^) Flos Sanctorum, segunda parte y Historia general en que se escriue la vida de la Virgen Sacra- 
tissima madre de Dios, y señora nuestra; y las de los Santos antiguos que fueron antes de la venida de 
nuestro Saluador al mundo: collegidas assi de la diuina escrip'tiira, como de lo que escriuen acerca desto 
los sagrados doctores, y otros autores qraues y fidedignos. Ponese al fin de cada vida alguna doctrina 
moral, al proposito de lo contenido en ella con diuersos exemplos. Tratase de las seys edades del mundo, , 
y en ellas los hechos más dignos de memoria que en él sucedieron. Puesto en estilo graue y compeu' 
dioso... Por el Maestro Alonso Villegas, Capellán en la Capilla Mogarahe de la Santa yglesia de 
loledo, beneficiado de San Mareos, y puesto otra vez en mejor estilo por el mismo Autor... Toledo, por 
Juan Rodríguez, 1588, 



IIÍTRODUCCIÓN cci.xv 

á los varones ilustres en virtud se mandó quitar del libro, conforme á las sabias pres- 
cripciones de la Iglesia, que prohiben calificar de beatos por mera creencia pía á los 
que ella no ha declarado tales ('). 

También en las dos primeras partes se mandaron borrar «algunas cosas apócrifas é 
inciertas», según se advierte en la edición toledana de 1591, obligando al autor á hacer 
una especie de refundición de su obra, en la cual salió muy mejorada. Puso la última 
mano á este trabajo á treinta días de mayo de 1595 {^]. 

(•) Flos Sancto7-um. Tercera parte. Y Historia general en que ic escriuen las vidas de Sanctos 
estrauagantes y de varones ilustres en virtud: de los quales, los unos por hauer padecido martirio por lesu 
Christo ó auer viuido vida Sanclisslma, los tiene ya la Iglesia Catholica puestos en el Catalogo de los 
Sanctos. Los otros que aun no están canonizados, porque fueron sus obras de grande exejnplo, piadosa^ 
¡nente se cree que están gozando de Dios en comp)ania de sus bicnatienturados... Toledo, por Juan y 
Pedro Rodríguez, hermanos, impressores y mercaderes de libros, 158S. 

Ejemplar de la Biblioteca Provincial de Toledo, descrito por Pérez Pastor, núm. 386. Este emi- 
nente investigador publicó en otro libro suyo (Bibliografía Madrileña, parte tercera, 1907, pp. .516 
y 517) el curioso documento que sigue: 

«Recibimos la de V. S de xiii del pasado á los 27 del mismo, en que V. S. manda se recoja la 
■>tercera parte del Flos Sanctorum , ordenado por el maestro Villegas, impreso en Toledo año de 1588, 
»y en cumplimiento della se leyó aquí ayer domingo edicto para recoserla, y han comenzado hoy 
»a traer algunos libros destos, ansi de los impresos en el dicho año de 1588 y en los desto año 
>de 1589, y porque en entrambas impresiones está el principio y fin de las razones que V. S. manda 
«borrar, y en los deste año de 89 falta lo de la monja de Portugal, dudamos si faltando esto en 
"Otra impresión, se ha de quitar lo demás de las llagas de San Francisco y otras cosas a este propósito, 
»y hasta tener respuesta de V. S. de lo que en esto se haga, habemos suspendido el enviar por el 
'districto. Suplicamos a V. S. nos mande avisar de su voluntad, porque habiéndose de quitar lo uno 
»y lo otro, es necesario poner otros edictos que exiban los de entrambas impresiones... En Tolc- 
ftdo, XII de Junio de 1589. > (Archivo Histórico Nacional. Inquisición de Toledo. Cartas para el Con- 
sejo, fol. 211.) 

Como se ve, uno délos motivos que tuvo la Suprema para recoger este tomo tercero fué lo que 
en él había estampado el candido Villegas sobre las llagas y demás embelecos de la célebre monja 
portuguesa Sor María de la Visitación. Si los falsos milagros de aquella embaucadora llegaron á sor- 
prender por un momento la mente angelical de Fr. Luis de Granada, ¿qué mucho que también tro- 
pezase el hagiógrafo toledano? Pero la Inquisición, en este caso como en oíros análogos, desempeñó 
un papel contrario al que vulgarmente se le atribuye, castigando con rígida mano la impostura y 
oponiéndose á su divulgación. 

(^*) i* los Sanctorum y Historia general de la vida y hechos de lesu Christo, Dios y Señor Núes • 
tro, y de todos los Santos de que reza y haze fiesta la Iglesia Católica, conforme al Breuiario Romano, 
reformado por el decreto del Santo Concilio Tridentino; junto con las vidas de los Santos proprios de 
España y de otros e.xtrauagantes . Quitadas algunas cosas apócrifas e inciertas. Y añadidas muchas 
figuras y autoridades de la Sagrada Escritura, traydas a proposito de las historias de los Santos. Y 
muchas anotaciones curiosas, y consideraciones prouechosas. Colegido todo de autores graues y apro- 
uados. . En esta vltima impression van añadidas algunas cosaj, y puestas otras en mejor estilo, por el 
mismo autor... Toledo, por la viuda de Juan Rodríguez, 1 591. 

— Flos Sanctorum Segunda parte. Toledo, por luán laure, a costa de los herederos del dotor Fran- 
cisco Vázquez. Año de 1594. 

(Al fin); «Yo el Maestro Alonso de Villegas, emende esta segunda parte del Flos Sanctorwn de 
•ranchas erratas y palabras trocidas que tenia: especialmente en las cotas marginales que estañan 
»muy deprauadas. Y assi seruira de original para que^por él se hagan otras impressíones. Y en testi- 
• monio de verdad la firmé de mi nombre.» 

En 18 de julio del mismo año de 1594 puso Alonso^de Villegas una nota marginal en el códice 
[que poseyó de la Coronyca de las antigüedades de España de Fr. Juan de Rihuerga, y existe hoy en 
la Bibhoteca Nacional. Villegas declara que le acabó de leer siendo de edad de sesenta años. 



ccLxvi orígenes de la novela 

En el intervalo sg había publicado en Madrid, 1589, la cuarta parte, que contiene 
discursos y sermones sobre los Evangelios de todas las Dominicas del año, ferias de 
Cuaresma j Santos principales (*). 

Cuéntase como quinta parte del Flos Sajictorwn, aunque en rigor no lo sea, el Fruc- 
tus Sanctorum, del cual sólo conocemos la edición de Cuenca, 1594 (^). Es, sin disputa, 
la más rara de todas las obras de Alonso de Villegas, y la más útil para el estudio de 
las leyendas y tradiciones piadosas. Contiene una selva numerosa de ejemplos morales, 
á la manera del Prado Espiritual de Santero y otras colecciones análogas para uso 
de los predicadores y edificación de los fieles. 

El tomo sexto de las obras de nuestro autor es la Vitoria y Triunfo de lesu Christo, 
terminado en 1." de marzo de 1600, «siendo de edad de sesenta y seis años», é im- 
preso en Madrid en 1603 (3). 

En varios tiempos publicó otros escritos más breves, todos de análoga materia, 
Ed 1592 dedicó á la villa de Madrid una Vida de San Isidro labrador (*), que viene á 
ser la misma incluida en el Flos Sanctorum. En 1595 publicó en Toledo la Vida de Saii 
Tirso, acompañada de una carta al corregidor D. Alonso de Cárcamo sobre ciertas 
antiguallas descubiertas en la imperial ciudad, á las cuales presta ciega fe, lo mismo 
que á la supuesta carta del rey Silo, cayendo incautamente, como tantos otros, en las 
redes del gran falsario Román de la Higuera (^). En 1600 tradujo un libro ascético de 

(1) Flos Sanctorum. Quarta y ultima Parte. Y Discursos, Sermones sobre los Evangelios de todas 
las Dominicas del año, ferias de Quaresma y de santos principales: en que se contienen exposiciones 
literales^ doctrinas morales^ documentos espirituales, auisos y exemplos prouechosos para todos estados. 
Dirigida al Principe de España don Felipe segundo deste nombre. Por el Maestro Alonso de Villegas, 
sacerdote Teólogo y predicador , capellán en la capilla mogarabe de la Santa Iglesia de Toledo y bene- 
ficiado de San Marcos, natural de la misma ciudad de Toledo... Madrid, en casa de Pedro Madri- 
gal: MDLXXXIX. 

Lleva un retrato del autor con esta inscripción, que naturalmente no se refiere á la edad que 
tenía Villegas al tiempo de hacerse esa edición, sino que está tomada de otra anterior: «Alfonsus de 
Villegas Tolet. Theol. Vitarum Sanctarum Scriptor. Annos agens 49». 

(*) No la menciona D. Fermín Caballero en su o^pú^ciúo La Imprenta en Cuenca (Cuenca, 1869), 
pero sí la Cuarta parte impresa allí mismo, en casa de Juan Maaselin, á costa de Cristiano Bernabé, 
mercader de libros, en 1592. Así en el colofón; pero en el frontis se puso, por una superchería ó 
convenio editorial, la indicaeión de Madrid, en casa de Pedro Madrigal, 1593. 

Sería impertinente aquí apurar la extensa y algo complicada bibliografía del Flos Sanctorum 
de Alonso de Villegas. La última edición de las muchas que la Biblioteca Nacional posee es la de 
Madrid, 1721 á 1724. 

(') «.Vitoria y trivnfo de lesv Christo, y libro en que se escriven los Hechos y milagros que hizo en 
»el mundo este Señor y Dios nuestro, doctrina que predicó, preceptos y consejos que dio: conform.e a 
*como lo refieren sus Evangelistas y declaran diversos Doctores. Pénense conceptos y pensamientos 
»graues, exemplos y sucessos marauillosos, consideraciones y contemplaciones piadosas: de lo qual con el 
»diuinofauor los Letores pueden sacar importante prouecho. De modo que, a imitación del mismo lesu 
» Christo, alcancen vitoria de los demonios y vicios que les hazen continua guerra; y assi adornados de 
» virtudes y obras meritorias, subirán triunfando al gozo de los bienes eternos de la Gloria... Por el 
y Maestro Alonso de Villegas... Es sexta parte de sus obras. En Madrid, por Luis Sánchez, 1603.» 

{*) Vida de Isidro Labrador, cuyo cuerpo está en la Iglesia Parroquial de San Andrés de Ma- 
drid; escrita por el Maestro Alonso de Villegas, toledano. Dirigida a la muy insigne villa de Madrid. 
Madrid, por Luis Sánchez, 1592. 27 hs. 

(") Traslado de la caria y relación que embió a su Magestad el señor don Alonso de Cárcamo, co- 
rregidor de la imperial ciudad de Toledo. Relación que hizo a su magestad Esteban de Garibay su 



1 



INTRODUCCIÓN fCLxvii 

D. Florencio Harleman, monje cartujo de Lovaina; pero este trabajo, que dedicó á doña 
María de Zúñiga, monja en San Clemente de Toledo, permanece manuscrito ('). Entre 
los <!^ser/non€S predicados en la beatificación de la B. M. Teresa de Jesús Virgen.. .t 
(Madrid, 1615) hay uno que Alonso de Villegas pronunció en la catedral de Toledo. Es 
la última noticia que tenemos de su persona. 

D. Xicolás Antonio le atribuye equivocadamente dos libros más: el tratado de los 
Favores que hace á sus devotos la Virgen nuestra Señora (Valencia, l(i35) y Solilo- 
quios Divinos (Madrid, 1637). uno y otro pertenecen al ilustre ascético jesuíta Bemar- 
dino de Villegas, natural de Oropesa. 

En un cuadro del toledano Blas de Prado, existente en nuestro gran Museo Xacio- 
nal, que representa á la Virgen con el niño Jesús y varios santos, está representado 
Alonso de Villegas (^), cuya efigie nos han conservado, por otra parte, varias ediciones 
del Flos Sanctorum. 

Es tradición consignada por D. Tomás Tamayo de Vargas en su Junta de libros (3), y 
repetida por D. Nicolás Antonio (*). que Alonso de Villegas, arrepentido de haber com- 
puesto la Selvagia , hizo los mayores esfuerzos para recogerla y destruirla. Nada de 
particular tiene que un eclesiástico tan grave, entregado á ejercicios de piedad y á la 
composición de obras espirituales, mirase con ceño aquella producción algo liviana de su 
primera juventud. Pero no hemos de extremar las cosas hasta el punto de creer que se 
horrorizase de ella, como dice el erudito librero D. Pedro Salva, movido en parte por 
sus prejuicios anticlericales, y todavía más por el deseo de acrecentar el valor de su 
mercancía, exagerando la rareza de la Selvagia (^). El caso no merece tantas alharacas. 

coronista. Dificultades i obiecciones cerca ds la opinión que el hienauenturado martyr San Thyrso fue 
natural de Toledo. Apología en que se responde a algunas obiecciones y dubdas puestas asi contra la 
carta del Rey Silo, como contra la verdadera declaración del hymno gothico de San Thyrso, embiada. 
al rey nuestro seíwr, por don Alonso de Cárcamo, su corregidor en Toledo. Planta y alzados de las 
ruinas descubiertas. A don Alonso de Cárcamo^ corregidor de Toledo, el maestro Ahnso de Villegas. 
Vida íÍ€ San Thyrso mártir, colegida de diversos autores por el maestro Alonso de Villegas. En To- 
ledo, por Pedro Rodríguez, 1596. Fol. 38 lis. 

(•) Via Vitae. Libro que contiene instituciones y exercitaciones espirituales para el christiano, en 
que se enseña de qué manera ha de comenzar y proseguir el camino de las virtudes hasta llegar a ser 
perfecto, hecho por Don Florencio Harlemano, monje cartuxo en Lovaina. Traduxole de la lengua 
teutónica en latin Tácito Nicolao Zegero, del orden de los menores, y en español el maestro AIotiso de 
Villegas, toledano. Ms. al parecer autógrafo, que poseyó D. José Sancho Rayón. 

Esta versión es un nuevo dato para apreciar la influencia que pudieron tener los místicos alema- 
nes en los nuestros. 

(*) Catálogo Descriptivo é Histórico de los Cuadros del Museo del Prado de Madrid, por D. Pe- 
dro de Madrazo, Parte primera, pág. 519. 

(') *Selvagia, comedia al modo de Celestina, para remedio de los estudiantes mundanos, que 
•después, y aplicado ¿ cosas sagradas solamente, procuró recoger con gran diligencia. He leído de su 
»mano un libro de cuentos varios.* 

(*) * Selvagia Comedia: ad Celestinae imitationera olim confecerat, quam tamen suppriniere 
•máxime voluit curavitque jam maior annis totusque studio pietatis deditus. Prodiit haec Toleti. 

»Libros (sic) de qüentos va)-ios, quem Ms. se TÍdisse refert D. Thomas Tamajus in magna Callee- 
*tione librorum Eispanorumj> {Bibliotheca Hispana Nova, tomo I, pág. 55). 

(') Catálogo de la Biblioteca de Salva, I, núra. 1497. «Horrorizado sin duda Alonso de Villegas 
»de su primera producción, procuró recoger y desiruir cuantos ejemplares le vinieron á las manos, y 
»a esto se debe indudablemente el que sea una de las comedias más raras de nuestro antiguo teatro.> 



ccLxvin ORÍGENES DE LA NOVELA 

La Selvagia es una de las Celestinas menos desenvueltas en su lenguaje y menos escan- 
dalosas en sus lances. Y aun siendo rarísima, no es de las más raras, puesto que hemos 
visto de ella cinco ejemplares (•) sin salir de España. De todos modos, á los escrúpulos 
quizá nimios de Alonso de Villegas se debió que quedase inédito, j probablemente se 
perdiera, un libro suyo de cimitos varios^ que serían apreciables de fijo, dadas las con- 
diciones narrativas que el autor mostró en bien diversa materia. 

No debe confundirse con la Selvagia otra obra de parecido título, impresa treinta 
años después, y que también pertenece á la galería celestinesca, la Comedia Salvaje de 
Joaquín Romero de Cepeda, vecino de Badajoz, inserta en el rarísimo tomo de sus Obras 
(Sevilla, 1582) ('^). Fué Romero de Cepeda mediano poeta, más feliz en los metros 
cortos que en los de importación italiana; imitador a veces hábil de Castillejo y Grre- 
gorio Silvestre, pero no un ingenio de relevante personalidad ni mucho menos. Así lo 
testifican su poema El iiifelice robo de Helena^ su colección de romances sobre La an- 
tigua^ memorable y sangrienta destruyción de Troya (Toledo, 1583), su Conserva Es- 
piritual (Medina del Campo, 1588), su traducción de las Fábulas de Esopo y otros (Se- 
villa, 1590) y un libro de caballerías, que fué de los últimos de su género, no descrito 
aún por los bibliógrafos. 

La comedia Salvaje (no Selvaje, como han escrito algunos) no pertenece al género 
novelesco, sino al dramático. Es perfectamente representable, y puede darse por seguro 
que fué representada. Consta de cuatro jornadas muy breves, escritas en redondillas 
dobles, y se asemeja del todo en su sencilla traza y artificio á las imitaciones de Torres 
Naharro que hicieron Jaime de Huete, Agustín Ortiz y otros, más bien que á las fábu- 
las complicadas y aparatosas de Juan de la Cueva, que debían de estar en su mayor 
auge cuando Joaquín Romero de Cepeda ofreció al público sevillano las suyas. 

La relación muy estrecha en que la Salvaje está respecto de la Celestina puede 

(*) El que poseyó el mismo Salva, el que fué de D. Pascual Gayangos y iioy pertenece á la 
Biblioteca Nacionul, el del Marqués de Pidal, el de D. Isidoro Urzaiz y algún otro. 

(^J Obras de loachim Romero de Cepeda, vezino de Badajoz. Dirigidas al muy ilustre señor don 
Luys de Molina Barrientos, del Consejo de su Magestad en la Real Audiencia de Seuilla. Com (sic) 
preuilegio. En Seuilla. Por Andrea Pescioni. Afio de 1582. A costa de Francisco Rodrigues, mercader 
de Libros. 

4.°, 140 hojas, contando las tres primeras de preliminares. 

La Comedia Salvaje ocupa los folios 118 á 138. Al fin de cada jornada se pone la lista de las 
personas de ella. 

Va en el miemo tomo otra pieza dramática de Romero de Cepeda, la Comedia Metamorfosea 
(folios 130 á 137). Pertenece al género pastoril, y consta de tres jornadas muy breves. Moratín, que 
capri<^hosamente la asigna la fecha de 1578, la da como anónima en sus Orígenes del Teatro (núme- 
ro 131), refiriéndose á un ejemplar que existía en la biblioteca del Convento de dominicos de ¿anta 
Catalina de Barcelona. Acaso sería una edición suelta ó la comedia estaría desglosada del tomo de 
las Obras. El mismo autor (núm. 156) cita una edición de la Salvaje (Selvaje dice) de Sevilla, 1582f 
que alcanzó á ver en la misma biblioteca barcelonesa y sobre la cual nos cabe la misma duda. 

El tomo completo de las Obras de Joaquín Romero de Cepeda es muy raro. Nuestra Biblioteca 
Nacional posee el ejemplar que fué de D. Agustín Duran. Existe también en la Escurialense y en 
la Nacional de París. 

Tanto la Salvaje como la Metamorfosea fueron reimpresas con bastante desaliño por D. Euge- 
nio de Ochoa en el tomo primero del Tesoro del Teatro Español que publicó el editor Bandry (Pa- 
rís, 1838], págs. 286-308. Y muy recientemente lo han sido en el Archivo Extremeño, erudita revista 
que se publica en Badajoz. 



y 



INTRODUCCIí^N 



OOLXIX 



colegirse por su mismo título, que es casi un plagio, cometido también por Luis de 
Miranda: «Comedia Salvaje, m la qual, por muy delicado estilo y artificio^ se descubre 
•!>lo que de las alcahuetas a las honestas doncellas se les sigue ^ en el 'proceso de lo qual 
»se fallarán muchos procesos y sentenciase. 

Todavía es más explícito el argumento: «Auacreo ('), caballero mancebo de mediano 
» estado, enamórase de Lucrecia, hija de Arnaldo y Albina, única heredera de sus pa- 
.i>dres, muy rica y hermosa, la qual por medio de Gabrina, famosa alcahueta, viene a 
» condescender a los ruegos de Anacreo; descúbrese el hecho, prenden a Gabrina, ahor- 
» can a Rosio, criado de Anacreo. Huye Lucrecia; van sus padres en su busca; a Arnaldo 
» matan salteadores, y a ellos Anacreo, que va en busca de Lucrecia. Roban a Albina 
> dos salvajes, defiéndela Anacreo, sale Lucrecia al ruido en hábito de pastora, mata los 
» salvajes, dase a conocer, perdónalos Albina, despósanse Anacreo y Lucrecia» . 

Dos partes hay que distinguir en esta composición. La primera, que comprende las 
dos primeras jornadas y parte de la tercera, es una imitación ó más bien una versifica- 
ción de la Celestina^ tan servil que puede ponerse al lado de las traducciones literales 
de Urrea y Sedeño. Pero los versos son fáciles y no desnudos de elegancia, como ya 
advirtió Moratín. Juzgúese por este soliloquio de Gabrina, cuando va á casa de Lucrecia 
(jornada segunda): 



La madre que me parió 
Haya mal fin y quebranto, 
Que á hija que quiso tanto 
Tan mal oficio mostró. 
De contino el manto á cuestas, 
Con las haldas arrastrando, 
Por callejas rodeando 

Y otras partes deshonestas . 
Contino por monesterios, 

Por ermitas, por cantones; 
De noche como ladrones 
Cercando los cimenterios. 
Por sepulcros de finados. 

Y por lugares desiertos, 
Buscando huesos de muertos 

Y narices de ahorcados. 

Y á la fin muy bien pagado 
Al cabo de mis afanes! 
Por servir á estos galanes 
Dos veces me han emplumado: 
Pues agora una coroza 
O algún jubón sin costura. 
Triste de tu hermosura, 
Uabrina, cuando eras moza! 

Ora en fin yo quiero ir. 



Por demás es este lloro. 
Que esta cadena de oro 
Me hará a veces reir. 
Llevo perfumes y olores, 
Tocas de lienzo delgado. 
Seis madejas de hilado 

Y otras yerbas para amores. 
La carta quiero guardar, 

Porque el ir no me sea en vano, 
Que en tomándola en su mano 
Le haré a Anacreo amar. 
Quiero ir, que ya me espera 
De Lucrecia el hermosura. 
¡Que buen principio y ventura 
Que sus padres salen fuera! 
Conjuróte, gran Pluton, 
Emperador de dañados, 
Rey de los atormentados 

Y de la infernal región; 
Señor del sulfúreo fuego. 
Capitán del rio Leteo, 
Molestador de Fineo 

Y veedor del reino ciego. 
De las infernales furias, 

Hidras, harpías volantes, 



(') El poeta escribe unas veces Anacreo y olraa Anacreon, según cuadra á la nierlida de sus 
.' eraos. 



cchxx orígenes de LA NOVELA 

De las ánimas penantes, Que tanto tu nombre precia, 

Señor de las tristes curias; Hagas que muera Lucrecia 

Yo, Grabrina, antes que parta, Por amores de Anacreo; 

Te conjuro, pido y ruego Y siempre te serviré 

Que con tu sulfúreo fuego Con fe muy firme y constante, 

Te encierres en esta carta. Y sino con luz radiante 

Y cumpliendo mi deseo, Tus cárceres heriré. 

El resto de la pieza es un purísimo desatino, eu que se amalgaman confusamente 
incidentes del drama novelesco y del pastoril. Moratín hizo de mano maestra su análi- 
sis, con aquella especial habilidad que él tenía para contar los argumentos de las come- 
dias ridiculas. 

«Lucrecia, acompañada de la vieja alcahueta Gabrina, abandona la casa de sus padres 
y se va á la de Anacreo su amante: los padres de Lucrecia, echándola menos, van á 
casa de Gabrina con la justicia, y de allí á la de Anacreo; pero éste y Lúcrela han huido 
descolgándose por una ventana. Presos Gabrina y el criado Rosio, los llevan á la plaza: 
allí aparece la horca á vista del auditorio; suben al reo y le cuelgan; á Gabrina la em- 
pluman, le ponen una coroza, y sentándola en la escalera del suplicio queda abandonada 
á merced de los muchachos, que á porfía le tiran brevas, berenjenas y tomates, le reme- 
san los pelos y le dan puñadas; hecho esto dice el juez: 

Quiten luego á esa muger, 
Y en ti erren al ahorcado. 

»En la cuarta jornada sale por un monte Lucrecia con arco y saetas y llora la 
mala ventura de sus amores; luego que se retira, sale por otro lado Anacreo lamentán- 
dose igualmente de la desdicha en que se ve. Salen después Albina y Arnaldo, padres 
de Lucrecia, vestidos de peregrinos, en busca de su hija; descansan un rato de la fatiga 
del camino, y al querer proseguirle los sorprenden dos ladrones llamados Tarisio y 
Troco; el viejo Arnaldo quiere defenderse y muere á sus manos; sobreviene al ruido 
Anacreo y mata á Tarisio; su compañero Troco se va huyendo; sigue el reconocimiento 
de Anacreo y Albina, y cuando tratan de enterrar el cadáver de Arnaldo, vienen dos 
salvajes, entre los cuales se ve Anacreo en mucho peligro de perder la vida; pero Lu- 
crecia, que se aparece muy oportunamente, dispara una flecha y cae muerto uno de los 
salvajes. Anacreo en tanto consigue matar al segundo; la madre y el amante, sin reco- 
nocer á Lucrecia, le agradecen el socorro que les ha dado; ella al fin se descubre, y con ^ 
el regocijo de los tres acaba la fábula.» 

Sólo por tener forma de comedia en prosa é intervenir en ella una hechicera puede | ij 
contarse entre las Celestinas la Dolería del Sueño del Mundo ^ que pertenece en reali-i 
dad al género alegórico-fantástico, más cultivado en el siglo xvii que en el xvi, á cuyasj 
postrimerías corresponde esta obra, tan singular por su título como por su desarrollo.! 
Fué su autor Pedro Hurtado de la Vera, cuyo apellido indica origen extremeño, al 
paso que ciertas rarezas de su lenguaje puedan hacer sospechar que fuera nacido c 
criado en Portugal. ¿Sería por ventura algún judío portugués cuyos ascendientes hubie-i 
ran pasado de Extremadura al reino vecino? De su persona nada más podemos decii 
sino que en 1573 publicó, traducida del italiano, una de las más tardías versiones de 



INTRODUCCIÓN colxxi 

Sendebar^ conocida con el nombre de Erasto ('). Algo de influjo italiano se columbra 
también en la BohHa (*), que recuerda, hasta cierto punto, la Circe de Juan Bautista 
Gelli 7 otros diálogos satíricos, sin ser positiva imitación de ninguno de ellos. El autor 
se muestra versado en todo género de literatura, especialmente en los libros de caba- 

(*) Historia lastimera cV el Principe Erasto, hijo del Emperador Diocletiano, en la qual se con- 
tienen muchos ejemplos notables y discursos no menos recreativos que provechosos y necessurios, trudu- 
zida de Italiano en Español^ por Pedro Hurtado de la V&ra. En Anvers, en casa de la Biuda y herede- 
ros de luán Stelsio, 1573. 

8.0 113 pp. dobles. 

El original italiano se titula, en la edición que tengo á la vista: Erasto dopo molti secoli ritornato 
al fine in luce. Et con somma diligenza dal Greco fedelmente tradotto in italiano. In Vinegia apressu 
Agostino Bindoni V anno M. D. LI (1551). La 1." edición es también de Venecia: Li compassio' 
nevoU auuenimenti rf' Erasto^ opera dotta et morale di greco tradotta in volgare (1542) 

O Comedia intitulada Dolería d' el SueTio d' el Mundo, cuyo Argumento va tratado por vía de 
Philosophia Moi al: aora nuevamente compuesta por Pedro Hurtado de la Vera (Escudo del Mecenas). 
En Anvers. En casa de la Biuda y herederos de luán Stelsio. Año de M. D. LXXII. Con gracia y 
jyriuilegio. 

(Al fin): En casa de Daniel Veruliet, año 1572. 

12." 2 hojas sin foliar, de portada y principios, y 142 páginas dobles. 

— En Ambéres, en casa de Guslenio lansens, al Gallo vigilante, 1595. Con gracia y privilegio. 
Edición idéntica en todo á la anterior. 

— La Dolería del sueño del Mundo. Comedia tratada por via de Philosophia Moral. luntamente 
van aquí: Los Proverbios morales. Hechos por Alonso Guajardo Fajardo. Paris^ Ivan Foüet, 
M D. C. XIIII. 

12.* 6 hs. prle. y 193 folios para la comedia. Los proverbios tienen paginación diversa, que llega 
liasta el folio 47, numerado 46 por errata. 

Estos Proverbios son doscientos ochenta. César Oudin reprodujo en su colección 49 acompaña* 
dos de versión francesa. 

No podemos adivinar por qué motivo se suprimió en esta edición de la Dolería el noml)re de 
Hurtado de la Vera, y se añadió un escrito ajeno y muy anterior á él, como son los Proverbios. La 
primera edición de esta obrita moral se había publicado en Córdoba. 

Proverbios morales. Hechos por vn cauallero de Cordoua, llamado Alonso Guajardo íajardo. 
Dirigido al excellentísimo Señor don Gongulo Fernandez de Cordoua, Duque de Sessa y de Vaena, 
Conde de Cabra, Governador y Capitán General de Alilan y estados de Lombardia. Con Priuilegio. 
En Cordoua. Por Gabriel Ramos Bejarano, 1586 (al fin, 1587). 

8." 51 hs. y una blanca al fin Precede al texto una «Carta de Sebastian de León, vecino de 
»Cordoua, clérigo, al Sr. Pedro Guajardo de Aguijar, hijo mayor del autor, y uno de los veinticiia- 

ÍBtros del Piegimiento de Cordoua». 
«Illustre Señor. De muchas cosas que el señor Alonso Guajardo, padre de V. merced y señor 
Bmio, escriuio, así en lengua Latina y Griega como en la Toscana y Española y aun trancesa, porque 
1 »cn todas tuuo general erudición, los Proverbios Morales son los que mas se frequentan y andan en 
I Del vso, y se estiman de todo género de gente por la doctrina y christianos auisos de que tratan. Y 
> »como por los traslados de diversas manos que dellos ay, se ha perdido y venido en corrubcion la 
j «primera verdad en que fueron escritos,