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Full text of "La prudencia en la mujer. El condenado por desconfiado"

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MADRID 

pT. TIP. VIUDA É HIJOS DE M. TELLO 

IMPRESOR DE CÁMARA DE S. M. 

C. de San Fraacisco, 4 
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OBRAS COMPLETAS 



D. JOSÉ MARÍA DE PEREDA 




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Es propitdad del aufor. 




A LA SANTA MEMORIA 



DE MI HIJO JUAN MANUEL 




ACIA el último tercio del borrador de e$te 
libro f hay una cruz y una fecha entredós 
\ palabras de una cuartilla. Para la ordi^ 
ñafia curiosidad de los hombres, no ten- 
drían aquellos rojos signos gran importancia; y, sin 
embargo f Dios y yo sabemos que en el mezquino es^ 
pacto que llenan^ cabe el abismo que separa mi pre^ 
senté de mi pasado; Dios sabe también á costa de qué 
esfuerzos de voluntad se salvaron sus orillas para 
iuscar en las serenas y apacibles regiones del arte^ un 
refugio más contra las tempestades del esptrituacm- 
gojado; por qué y de qué modo se ha terminado este 
libro que, quizás, no debió pasar de aquella triste 
fecha ni de aquella roja cruz; por qué, enfin^ypara 
qué declaro yo estas cosas desde aquí á esa corta^ 
pero noble^ falanje de cariñosos lectores que me ha^ 



6 OBRAS DB D. JOS¿ 11. DE PBRBDA 

acompañado fiel en mi pobre labor de tantos anoSf 
mientras voy subiendo la agria pendiente de mi Cal- 
vario y diciéndome^ con el poeta sublime de los gran- 
des infortunios de la viday cada vez que wifiüa mi 
paso ó los alientos me faltan: 

cDóminus dedit; Dóminus abstulit. 
Sicut Dómino píacuit, ita factum est.t 



J. M. DB Pbrbda» 



Diciembre de 1894. 





PENAS ARRIBA 




AS razones en que mi tfo fundabt la 
tenacidad de su empeño eran muy 
» juiciosas, y me las iba enviando por 
el correo, escritas con mano torpe, 
pluma de ave, tinta rancia, letras gordas y an- 
ticuada ortografía, en papel de barbas compra- 
do en el estanquillo -del lugar. Yo no las echa- 
ba en saco roto precisamente; pero el caso» 
para mí, era de meditarse mucho, y por eso, 
entre alegar 61 y meditar y responderle yo, se 
fué pasando una buena temporada. 

La primera carta en que trató del asunto fué 
la más extensa de las ocho ó diez de la serie. 
Temía colarse en 61 de sopetón, y me prepa- 
raba el camino para sus fines, ctomando las co- 
sas desde muy atrás, y como si nos tratáramos 
entonces, aunque de lejos, por primera vez.» 



8 OBRAS DB D. JOSÉ M. DE PEREDA 

cMucho le estorbaba la pluma entre los de* 
dos,» y tÁen lo revelaban la rudeza de los tra- 
zos, la desigualdad de las letras y las señales de 
más de un borrón lamido en fresco ó extendido 
con el canto de la mano; tpero con paciencia y 
buena voluntad se vencían los imposibles.» 

cTus abuelos pateraos^me escribía, — ^no lo- 
graron otros hijos que tu padre y yo. Yo fui el 
mayorazgo, y como tal, aquí arraigué desde el 
punto y hora en que nací. Tu padre, como más 
necesitado, echóse al mundo, y rodando mucho 
por él, adquirió buenos caudales y una mujer 
que no había oro con que pagarla. De esta tra- 
za me la pintó cuando vino á darme cuenta de 
sus proyectos matrimoniales, y á tomar pose- 
sión, en pura chanza, de la pobreza que le co- 
rrespondía por herencia libre de tus abuelos. 
Fuese á los pocos días de haber venido, y no 
he vuelto ni volveré á verle más en la tierra. 
Dios le tenga en eterno descanso. 

»También yo me casé andando los días, y 
tuve mujer buena, é hijos que el Señor me iba 
quitando á medida que me los daba. Con el úl- 
timo de ellos se llevó á su madre. ¡Bendita y 
alabada sea su divina voluntad, hasta en aque- 
llo con que humanamente nos agobia y atribu- 
la! Como aún no era yo propiamente viejo y 
me sentía fuerte, y en estas angosturas y aspe- 
rezas del terruño hallaban pasto y solaz abun- 



PBÑAS ARRIBA 9 

dante las cortas ambiciones de mi espíritu, 
aprendí á arrastrar con valentía la cruz de mis 
dolores, y hasta logré olvidarme, tiempo an- 
dando, de que la llevaba á cuestas: vamos, que 
me hice á la carga, y volví á ser el hombre de 
buen contentar y apegado á la tierra madre co- 
mo la yedra al morio. De tarde en tarde nos 
escribíamos mi hermano y yo, y de este modo 
supo él mis venturas y desventuras, y yo tu na- 
cimiento y el de tu hermana, el casamiento de 
ésta después con un americano rico que se la 
llevó á su tierra, la muerte de tu madre y los 
rumbos que tomabas con los libros de las au- 
las, según ibas esponjándote y haciéndote hom- 
bre. 

>Una vez dio en faltarme carta vuestra más 
de lo acostumbra.do, que era bien poco, y la 
primera que tuve al cabo de los meses fué tuya 
y para decirme que tu padre se había muerto 
de un tabardillo enconado, ó cosa por este arte. 
Ausente tu hermana y cargada de familia y de 
bienes en la otra banda, quedábaste solo en la 
de acá, y aticuenta que en el mundo, aunque 
con medios de fortuna para bracear á tus an- 
chas en él. Lo mismo que yo, salvo la compa- 
ranza de gentes y lugares. Te brindé con éste 
mío desconfiando mucho, en verdad se diga, 
de que me quisieras el envite, hecho de todo 
corazón, porque barruntaba tu modo de vivir 



10 OBRAS DE D. JOS¿ M. DB PBRBDA 

y conocía tu estampa por retratos que me ha- 
bías ido mandando. Ni el uno ni la otra se ama- 
ñaban bien con la pobreza y rustiquez de es- 
tos andurriales: me parecía á mí. Y no iba el 
parecer fuera de camino, jorque eso resultó de 
tu respuesta, bien desentrañadas sus finezas y 
cortesías. Desde entonces fueron peras de á li- 
bra las cartas entre nosotros dos. Tú corriendo 
la Ceca y la Meca, y yo firme y agarrado á es- 
tos peñascales como barda montuna. Y así he- 
mos ido tirando tan guapamente: tú sin acor- 
darte dos veces al año del santo de mi nombre, 
y yo sin apurarme por ello cosa mayor, porque 
mientras tuve salud, tuve alegría, y á la luz de 
ella me tenía por bien acompañado con vivir 
entre estas gentes y estos riscos y hasta sus ali- 
mañas, que me parecían ya, á fuerza de verlos 
y palparlos, carne de mis huesos y sangre de 
mis propias venas. Pero tú eras mozo y tenías 
mucho tiempo y mucha tierra por delante; yo 
viejo y con muy pocas fantasías en la cabeza, y 
no sobrado de calor en la masa de la sangre; 
los muchos años hicieron al cabo una de las 
suyas, y ayer mañana, como quien dice, una 
pizca de nada, un sorbo de leche más de los 
acostumbrados, el aire de una puerta, el aletazo 
de un mosquito, me acaldó en la cama. Tardé 
en salir de ella, y salí como para entrar en la 
sepultura. El roble se bamboleaba como si le 



PBÑAS ARRIBA IX 

faltara la tierra que le sostenía, 6 se le despe- 
garan de ella las raíces, ó no pudiera con el 
peso de su propio ramaje. Ya me dan anseo las 
cuestas arriba con solo mirarlas, y la mano que 
ayer venteaba gustosa el apero 6 el hacha con 
que yo me entretenía en la tierra de labor 6 en 
la espesura del monte, hoy me pide el paluco 
del tullido, como el puntal de sostén el jastial 
resquebrajado; y lo que es peor que todo ellOi 
que el ánimo va cantando al son de la osamen- 
ta que se descuajaringa y no puede ya con el 
pellejo. En suma, hombre: que en un dos por 
tres, y cuando menos lo esperaba, di el bajón 
que había de dar más tarde ó más temprano. 
Es de ley que la tierra llame á lo que es suyo, 
y á mí no cesa de llamarme unos días hace» 
No te diré que tenga miedo, propiamente mie- 
do, á ese vocerío que no calla día ni nodie; 
pero es la verdad que á estas horas quisiera 
verme algo más acompañado de lo que me veo 
en la soledad en que me hallo. Soledad digo, 
porque con estar cada cosa de estos lugares en 
el punto en que siempre estuvo, y con ser estas 
buenas gentes lo que siempre fueron para mí, 
ahora resulta que tengo codicia de algo que me 
llegue más adentro que todo ello, por lo mis- 
mo que lo hay y sé por dónde anda. Sí, hom- 
bre, sí: has de saberte que toda la ley que tu- 
ve á mis hijos, y á su madre, y á tu padre, y 



12 OBRAS DB D. jOSá M. DE PEREDA 

á los míos, y que por tantos años ha estado 
como dormida en lo más hondo del corazón, se 
me ha despertado de repente, cebando suham* 
bre envejecida en la única carne de la nuestra 
que conoce: en tí, para que lo sepas de una 
vez. Porque tu hermana, á la distancia que 
está de nosotros, es para el caso como si ya 
no viviera, y no quiero tener por de la casta 
nuestra á dos sobrinazos segundos míos, por 
parte de mi madre: dos bigardones de mala 
catadura y peor vivir. Hace no mucho tiem- 
po bajaro^ de su pueblo á pedirme algo^ á 
tales horas y en tales términos, que tuve que 
darles el cDios vos ampare» con la escopeta 
echada á la cara. Primera y única vez que los 
he visto. 

tPues bueno, y para ñn y remate del camino 
que traigo y ya me cansa: creo que si tú te ani- 
maras y me dieras el regalo de tu compañía ea 
esta casona, el vocear de la tierra me sería más 
llevadero. No hay cosa mayor con qué tentarte 
entre estos solitarios despeñaderos, á tí que es- 
tás avezado á las pompas y regalos de la corte; 
pero á todo se hacen los hombres cuando se 
empeñan en ello, sin contar con que también 
aquí hay su sol correspondiente; y aunque es 
cierto que tarda un poco por la mañana en tras- 
poner los picachos que rodean el lugar, una vez 
arriba, alumbra y calienta y r^ocija el ánimo 



PEÑAS ARRIBA I3 

como el sol más majo de cualquiera parte. Ade- 
más, tu destierro no podría durar mucho por 
razones que yo me sé; y por último y finiquitOt 
con salir de él en cuanto no pudieras resistirle, 
estaba el cuento acabado para tí. 

iltem más: tengo ciertos planes en el magín, 
que me dan mucho que hacer. ¿Qué hombre 
anda sin ellos en mi caso? No tengo herederos 
forzosos, y no deja de haber en casa algo que 
echar á perder de mi propia pertenencia; algo 
que irá á parar Dios sabe adonde, si en mis 
últimas y postreras no topo al alcance de la 
vista con un ser que me haga un poco de cos- 
quilleo en las entretelas del corazón. 

iPor supuesto, que no trato de encender tu 
codicia con estas indirectas. ¡A buena parte 
iríal Pero es bien que todo se estipule y se ten- 
ga presente en horas como las que han empe- 
zado á correr para mí. 

»£n fin, hombre, anímate á venir por acá; y 
ú no puedes hacerlo por gusto, hazlo por cari- 
dad de Dios, i 

Menos lo del cbajóni y sus consecuencias^ 
todo lo que mi tío me contaba en esta carta me 
lo tenía yo bien sabido; y sabía también, por la 
que se deducía fácilmente de su anterior y es- 
casa correspondencia con nosotros y lo poca 
que me había dicho mi padre, que su hermana 
Celso era un hombre campechano, de escasas 



14 OBRAS DB D. JOSÉ M. DB PBRBOA 

letras y excelente corazón, agudo dé magia y 
un tanto marrullero, como buen montañés, y 
más cuidadoso del cultivo y prosperidad de sus 
tierras y ganados, que del fomento d^ su cari- 
ño á la familia que le quedaba; dejadez que á 
ratos tocaba en una indiferencia que parecía 
rayana del absoluto olvido. Menos que de mi 
tío sabía yo de su tierra nativa y de nuestra 
casa solar, no tanto por culpa de mi poca cu* 
riosidad sobre estos particulares, como por obra 
de una de las flaquezas más salientes de mi pa- 
dre. Le llamaban más la atención los apellidos 
que las condiciones personales de dos nues- 
tros:! así es que al preguntarle por la vida y 
milagros de cualquiera de ellos, en lugar de res- 
ponder derechamente á la pregunta, se enca- 
ramaba en la copa del árbol genealógico de la 
familia, y gateando de rama en rama hacia aba- 
jo, no paraba hasta dar, lo que menos, con la 
pata del Cid, si es que se conformaba con eso. 
De sus padres sólo pude sacar en limpio, en 
las diferentes veces que le pedí noticias sobre 
ellos, que habían sido el entronque de la casa 
única de los Ruiz de Bajos, de Tablanca, con 
la de los Gómez de Pomar, la más ilustre de 
las de Promisiones. Pocos caudales, eso sí, por 
parte de estos últimos principalmente, es de- 
cir, por la de mi abuela paterna, que sólo apor- 
tó al matrimonio unas gargantillas y unas arra- 



PBÑilS ARRIBA 15 

cadas de coral, dos relicarios de plata con uoa 
astilla de la Vera-Cruz, y un hueso dé Santa 
Felicitas, respectivamente; tres mudas de ropa 
blanca, dos mantelerías de hilo casero, una ca- 
dena de oro cordobés, el vestido de gala con 
que se casó, y otro á medio uso para todos los 
días. Por parte de mi abuelo ya fué cosa muy 
diferente. Nuestra casa de Tablanca ejercía en 
todo el valle, por virtud de su condición bené- 
fica amén de ilustre, cierto señorío indiscutible 
y patriarcal, y era el paradero obligado de to- 
das las personas notables que pasaban por allí, 
incluso los obispos. Solamente en lo que re- 
cordaba mi padre, se habían hospedado dos en 
ella: el de Santander y el de León. Para éstos 
y otros parecidos menesteres había en arcas y 
alacenas buena provisión de sábanas y mante- 
lerías superiores, maciza y abundante plata de 
mesa y hasta dos colchas de damasco y un cru- 
cifijo de marfil y ébano. Nada faltaba allí de 
lo que no debía faltar en la casa de una fa- 
milia como la nuestra. Pero de su situación, de 
su forma, de su amplitud, desús comodidades, 
ni una palabra: á lo sumo, que era grande, con 
solanas, escudo nobiliario y accesorias. Del te- 
rreno en que estaba enclavada y sus aledaños, 
de las condiciones y aspecto del paisaje, de su 
clima, de sus recursos para la vida algo más 
que animal, de las costumbres de sus habita- 



l6 OBRAS DE D. JOSÓ If. DB PBRBDA 

dores, era ocioso inquirir cosa alguna por in- 
formes de aquel buen señor, que con estar tan 
pagado de su estirpe y poner en los cuernos de 
la luna los blasones de su casa y la tierra en 
que había nacido, sólo una vez y muy de prisa 
volvió á ella después de haberla abandonado, 
aunque por imperio de la necesidad, siendo 
muchacho todavía. Se remontaba á lo más alto 
de cuanto había oído y leído sobre aquella em- 
pingorotada región de la cordillera cantábrica, 
y era de ver cómo se las había, primeramen- 
te, con los celtas, nuestros supuestos progeni- 
tores, y se descolgaba en seguida de allí para 
enzarzarse mano á mano y como quien venti- 
la y justiprecia ordinarios y corrientes asuntos 
de familia, con aquellas tribus montaraces, con 
aquel cántabro feroz que pasó los Alpes y luchó 
con Aníbal contra Roma y derrotó á Escipión 
en el Tesino. Después hablaba de Augusto y 
sus legiones, venidos á Cantabria expresamen- 
te para sometemos al yugo romano; de que tal 
era nuestro empuje, tal nuestro valor y tal núes- 
tro apego á la independencia, que el César ha- 
bía necesitado seis años para triunfar en un em- 
peño que le había parecido obra de pocos días; 
de los horrores de esta guerra bárbara entre 
inaccesibles peñascales y profundos y som- 
bríos barrancos, donde rugían las aguas tintas 
en la sangre de dos nuestros» y de los aguerrí- 



PBÑAS ARRIBA IJ 

dos legionarios. No faltaba lo de las madres que 
durante la guerra mataban á sus pequeñuelos 
para no verlos esclavos de los triunfadores ex- 
tranjeros, ni lo de la muerte en cruz de tantos 
mártires entonando himnos de libertad entre 
maldiciones al conquistador; y con todo esto, 
un sinnúmero de pormenores sobre el tipo y las 
costumbres de sus héroes, pormenores que ya 
hubiera querido sobre la tierra que habitaron, 
tal y como era en mis días. Lejos de ello» sólo 
dejaba los cántabros para mezclar á sus suce- 
sores en la epopeya de Covadonga 6 en los líos 
de los Bandos de Castilla; y ya puesto aquí con 
los ditirambos á sus ínclitos c antepasados,» 
recorría con ellos las cinco partes del mundo» 
hasta no saber por dónde se andaba, ni yo tam- 
poco. Porque sobre estas materias tenía mi pa- 
dre una erudición abundante, pero un tanto 
sospechosa, obra de una voracidad qué entraba 
con lo cierto lo mismo que con lo fantástico, 
por apego tenaz, aunque meramente platónico, 
á las cosas de su tierra. 

De esta manera sabía yo de ella, al recibir la 
carta de mi tío, poco más de lo que se sabe, 
por conjeturas ó por comparación, de otras se* 
mejantes que se han visto al pasar , y muy de 
prisa. 

Entre tanto, yo había cumplido ya los trein- 
ta y dos años; hacía seis que era doctor en am- 

TOMO XV 2 



l8 OBRAS DB D. JOSÉ M. DE PEREDA 

bos derechos, aunque sin saber, por desuso de 
ellas, para qué servían esas cosas; más de siete 
que campaba por mis respetos, y me daba la 
gran vida con el caudal que había heredado de 
mi padre. Porque de mi madre no heredé un 
maravedí. Fué una granadina muy guapa, hija 
de un magistrado de aquella Audiencia territo- 
rial. La conoció mi padre andando por allá una 
temporada, ocupado en negocios de minas, y 
se casó con ella de la noche á la mañana. £i 
magistrado era viudo y pobre, y se murió dos 
años después de la boda de su hija. 

Debo á Dios, entre otras muchas mercedes, 
la de un temperamento singularmente equili- 
brado de humores, que me ha permitido atra- 
vesar por las más peligrosas asperezas de la 
vida, sin dejar entre ellas la menor tira del pe- 
llejo. Muy pocas cosas me han llegado al alma, 
y rara vez me he apasionado por la mejor de 
ellas. Ésta ha sido mi mayor fortuna en medio 
de la libertad y de la abundancia en que viví, 
siendo niño mimado y consentido, mientras fuS 
chijo de familia, t y rico y desligado de toda 
traba en cuanto quedé huérfano de padre y ma- 
dre y me declaré cmozo de casa abierta.! En 
estas condiciones y con un temperamento más 
apasionado, sabe Dios lo que hubiera sido de 
mí y de mi dinero. Así y todo, no acrecenté ei 
heredado de mi padre, y hasta le mermé en una 



PEÑAS ARRIBA I9 

buena tajada, porque no todos los tiempos i 
rrfán iguales para el vil ochavo; y yo, aunque 
-sin perder de vista lo útil que es este ingredien- 
te para vivir á gusto entre los hombres, nohs- 
bía nacido para esclavo de 61 y tenía muy arrai- 
gadas aficiones que no eran baratas. Me gustabn 
viajar, y viajaba mucho dentro y fuera de Es- 
peña; me gustaba el llamado t gran mundo» 6 
«alta sociedad, » y la frecuentaba en sus salones» 
en los teatros, en los paseos y hasta en los bal- 
nearios de moda, y en el sport; me gustaban las 
Bellas Artes, aunque consideradas principal- 
mente como artículo de lujo, y compraba ctia- 
dros y esculturas en las exposiciones; me gua- 
taban ciertos hombres de la política y de la 
literatura, no por políticos ni por literatos pre- 
cisamente, sino por la resonancia de sus nom- 
bres y el atractivo da sus conversaciones, y fre- 
cuentaba su trato y los acompañaba en sos 
círculos y en sus banquetes y en sus tertulias y 
francachelas... hasta me gustaban los toreros á 
dierta distancia, y á cierta distancia cultivalia 
la amistad de algunos de ellos. 

Todo esto, y otro tanto más que de ello ae 
sigue por ley forzosa, al fin y á la postre resid* 
taba caro y producía hondos desgastes, si no 
•del pellejo, cuando menos de la sensibilidad 
moral, aun tratándose de un mozo cosió yo, 
que en ningún cuadro aspiró á ser figura de 



20 OBRAS DE D. JOSB M. DE PBRBDA 

primer término, ni á levantar media pulgada: 
sobre la talla común de la masa de espectado* 
fes; y esto, no por virtud, sino por exigencia» 
de mi temperamento. 

£s muy de notarse que en la afición más- 
acentuada de todas las mías, la de los viajes^ 
me seducia mucho más el artificio de los hom- 
iMres que la obra de la Naturaleza. Como buen; 
madrileño, amaba á Madrid sobre todas las^ 
cosas de la tierra, y después de Madrid, á su& 
similares de España y del extranjero: las más- 
grandes y más alares capitales del mundo ci- 
vilizado. Lo que quedaba entre imas y otras^ 
me tenía sin cuidado, y pasaba sobre ello, para 
ir adonde fuera, como insensible proyectil que 
Ueva el paradero determinado desde su punto 
de origen. Hijo y habitante de tierra llana. Ios- 
montes me entristecían y los cielos borrosos. 
me acoquinaban. Una vez sola había estado ea 
la capital montañesa, disfrazando con el desea 
de pisar cía tierra de mis mayores,! como diría 
mi padre, la tentación de veranear en aquel 
puerto que comenzaba á ser celegante.t Atra- 
vesando en ferrocarril la cordillera cantábrica 
casi por encima de las fuentes del Ebro, recor- 
dé que cpor allí,! no sabía si á la derecha ó á 
la izquierda, debía de andar mi casa aolariegaf. 
en algún repliegue de aquellos montes encapu- 
chados de neblinas y ceñidos de negros roble- 



PBNAS ARRIBA 21 

dales. Y no tuvo entonces mayor resonancia 
que ésta en mi corazón el tan cacareado griio 
de la sangre. Días después, y desde una de las 
alturas que dominan la ciudad, un santanderi- 
no, práctico en ello, me nombraba, señalándo- 
los con el dedo, cada picacho y cada monte de 
ia grandiosa cordillera que empieza al Oriente 
en Cabo Quintres y Galizano (ia cola del enor- 
me reptil), y acaba al Occidente metiendo 
«ntre las nubes los Picos de Europa (su ca-^ 
beza). Después, al trazar en el aire con el mis- 
mo dedo el curso de cada río de los que en ella 
nacen y por el fondo de sus negras barrancas 
se despeñan, llegó á encararse al Oeste; y mar- 
cando tres rayas casi verticales, me nombró el 
Saja, el Nansa y el Deva; y allí le atajé yo con 
«1 pensamiento, diciéndomeá mí propio: tjun- 
to á uno de esos tres ríos (creo que £d Nansa)» 
más arriba ó más abajo, debe de andar el solar 
de mis mayotes.t Y á esto sólo se redujo, por se- 
gunda vez, cel grito de la sangre» que llevaba 
en las venas. Como decoración, me enamoraba 
aquel rosario de escalonadas montañas que de 
£. á O. por el S. sirven de marco grandioso á 
la admirable bahía; {pero como tierras habita- 
«bles!... 

Tales eran, pico más, pico menos, mis ante- 
cedentes personales cuando recibí la carta en 
-que mi tío Celso me llamaba á su lado, y por 



22 OBRAS D£ O. JOSÉ M. DB PEREDA 

tiempo indefinido, desde lo más recóndito y 
montaraz de la región cantábrica; y, sin em- 
bargo, no me causó la embajada impresiói» 
tzn desagradable como pudiera presumirse to- 
mando al pie de la letra lo dicho sobre, mi moda 
de ser y de sentir. 

Aparte de lo que me interesó el estad<> K-^ 
sico y moral de mi tío, no estaba yo tan ena- 
nunrado de mi sistema de vida, que me es-* 
pantaran los riesgos de trastornarle radicalmen- 
te por algún tiempo. Sin sentirme cansado de 
irivir como vivía, porque no cabía el cansan- 
cio en un andar tan reposado y, relativamente^ 
metódico como el que había usado yo hasta 
U^ar adonde había llegado por tantos y tan 
peligrosos caminos, comenzaba á notar á la^ 
sazón cierta languidez de espíritu, cierta ina- 
petencia moral que no estaban reñidas segu* 
ramente con un paréntesis de reposo, y n)U^ 
che menos con un cambio de impresiones y 
de alimentos. Por este lado, la carta de mí 
tío no podía llegar más á tiempo de lo que 
li^ó á mis manos. Lo grave, lo inesperadOr 
lo terrible para mí estaba por otro lado: la 
calidad de lo que se me pedía en ella. Resuel- 
to á cambiar de vida por algún tiempo. Dios 
sabe qué derroteros hubiera adoptado yo; pero* 
es indudable para mí que jamás habría elegido 
el que mi tío deseaba y me proponía. Llegar- 



PENAS ARRIBA 2^ 

me allá para hacerle una visita; pasar por allí 
de largo» siquiera por conocer de vista el so- 
lar de mis abuelos» menos mal; pero esta- 
blecerme en él; hacer la vida de las ñeras en- 
tre riscos y breñales; aclimatarme á ella de 
repente en la estación que corría (más que 
mediado el otoño), la antesala del inviemot 
¡que tendría que ver en Tablanca! recién lle- 
gado yo de Aguas-Buenas y de París y de me- 
dio mundo distinguido, con las maletas ates- 
tadas de novedades, lo mismo en ropas que en 
libros; reinstalado en mi coftfortabU casita de 
soltero... Vamos, era el colmo de lo impo- 
»ble soñar siquiera en trocar todo eso y de re- 
pente por lo que se me ofrecía desde Ta- 
blanca. 

Pero yo no podía decir á mi tío estas co- 
sas que le hubieran lastimado mucho en la 
situación de ánimo en que se hallaba; y le en- 
tretenía despachando sus apremiantes instan- 
cías con evasivas corteses, pretextando nego- 
cios que no tenía, y apuntando € veremos» sin 
el menor propósito de cumplirlos. 

Entre tanto, la visión, á mi modo, de la casa 
de Tablanca, con sus montes y sus fieras y sus 
g!entes y su desolación inverniza, no se aparta- 
ba un instante de mis ojos, porque las súplicas 
de mi tío, cada vez más vivas, llegaron á to- 
carme muy adentro; y por lo que pudiera su- 



24 OBRAS DB D, JOSÉ M. DB PBRBDA 

ceder, sentía la neceddad de poner el caso 
en tela de juicio, que vale tanto, según las re- 
glas de la experiencia, como empezar á tran- 
sigir. 

Lo cierto es que un día, el en que recibí la 
anteúltima carta de mi tío, que me conmovió 
muy hondamente, di en el tema de buscar dea- 
tro de mí el por qué de ser yo tan poco sensi- 
ble á los convenidos encantos de la Naturaleza. 
¿Faltaba esa cuerda en mi organismo, ó la te- 
nía y no la había puesto en ocasión de que 
vibrara? Pues había que averiguarlo, porque 
comenzaba á mortificarme el temor de carecer 
de ella. Además, ó es uno hombre, ó no lo es; 
ó tiene ó no tiene entrañas de humanidad, aga- 
llas para ir por donde vayan y hacer lo que ha- 
gan otros; ó sirve ó no sirve para algo más útil 
y de mayor jugo y provecho que pisar alfom- 
bras de salones; engordar el riñon á fondistas 
judíos, sastres y zapateros de moda; concurrir 
á los espectáculos; devorar distancias embuti- 
do en muelles jaulas de ferrocarril, y gastar, en 
fin, el tiempo y el dinero en futilidades de mu- 
jerzuela presumida y casquivana. 

Encarrilado el discurso en este sendero, lle- 
gué á sentir un vigor de espíritu, una virili- 
dad desconocida en mí; soliviantóse mi amor 
propio de mozo bien saneado de alma y cuerpo; 
y aprovechando la fiebre, por temor de que, si 



PEÑAS ARRIBA 25 

«ra pasajera, se llevara consigo mi ardimiento 
al desaparecer, escribía mi tío diciéndole talla 
voy» y hasta fijándole la fecha de mi salida de 
Madrid. Entre tanto haría yo mis preparativos 
de viaje, y me contestaría 61 dándome las ne- 
cesarias instrucciones para llegará su casa des- 
de la última estación del ferrocarril. 

Mientras anduve ocupado en hacer abundan- 
te provisión de ropas de abrigo, calzado recio, 
armas ofensivas y defensivas, libros de Aimard, 
deTopffer y de cuantos, incluso Chateaubriand, 
han escrito cosas amenas á propósito de mon- 
tañas, de selvas y de salvajes, lo mismo que si 
proyectara una excursión por el centro de un 
remoto continente inexplorado, puedo respon- 
der de que no me faltó la fiebre. Menos segu- 
ridad tuve de ello cuando intenté levantar mi 
casa. Me parecía que esto equivalía á quemar 
mis naves, ó, por lo menos, á darme ya por 
consentido en que había de ser muy larga mi 
permanencia entre los osos de Cantabria; y el 
temor de este riesgo me inclinó á dejar esas co- 
sas como estaban, sobrándome buenos amigos 
en Madrid que mirarían por ellas. De todas 
suertes, nada más fácil que resolver lo contra- 
rio desde allá, si así lo pidieran las circuns- 
tancias. 

En fin, temiendo que por este resquicio de 
mis flaquezas se me fueran colando otros aires 



26 OBRAS DE D. JOSÉ M. DE PEREDA 

aún más fríos y enervadores, cerré las puertas 
del discurso á toda reflexión contraria á lo con* 
venido, y 

— Alea jacta esi, — me dije como César, re- 
suelto á pasar á todo trance mi correspondiente 
Rubicón. 




II 




ACOMBTf la empresa en la fecha con- 
venida, un día de los últímos de oc- 
\ tubre, frío y nebuloso en las alturas 
> de la romana yuliohriga. En la clási* 
ca villa inmediata, término de mi jornada pri- 
mera y única posible en ferrocarril, hice un al- 
to de media hora escasa: lo puramente indis- 
pensable para desentumecer los miembros y 
confortar el estómago; porque no había tiempa 
que perder, según dictamen del espolique que 
me aguardaba en aquel punto desde la víspera 
con dos caballejos de la tierra, espelurciados y 
chaparretes, uno para conducirme á mí y otro 
para cargar con mis equipajes. 

Puestos en marcha todos, bien corrida ya te 
inedia mañana, delante el espolique Uevanda 
del ramal la cabalgadura que apenas se veía 
debajo de la balumba de mis maletas y envol- 
torios, sin salir del casco de la villa atravesa- 



28 OBRAS DB D. JOSÉ M* DE PEREDA 

fnos por un puente viejo el Ebro recién nacido; 
y á bien corto trecho de allí y después de bajar 
un breve recuesto, que era por aquel lado como 
«1 suburbio de la población que dejábamos á la 
«spalda, vímonos en campo libre, si libre pue- 
<}e llamarse lo que está circuido de barreras. 
De las cumbres de las más elevadas se des- 
prendían jirones de la niebla que las envolvía^ 
y remedaban húmedos vellones puestos á secar 
en las puntas de las rocas y sobre la espesura 
de aquellas seculares y casi inaccesibles arbo- 
ledas, con el aire serrano que soplaba sin cesar, 
y tan fresco, que me obligaba á levantar hasta 
las orejas el cuello de mi recio impermeable. 

Siguiendo nuestro camino encarados al Oes- 
te, llevábamos continuamente á la izquierda» 
aguas arriba, el cauce del río, con sus frescas y 
verdes orillas y rozagantes bóvedas y doseles 
de mimbreras, alisos y zarzamora, y topába- 
mos de tarde en cuando con un puebiecilio que, 
aunque no muy alegre de color, animaba un 
poco la monotonía del paisaje. 

Á la vera del último de los de esta serie de 
«líos, en el centro de un reducido anfiteatro de 
cerros pelados en sus cimas, se veían surgir 
reborbollando los copiosos manantiales del fa- 
moso río que, después de formar breve reman- 
do como para orientarse en el terreno y adqui- 
rir alientos entre los taludes de su propia cuna. 



PBÑAS ARRIBA 29 

escapa de allí, á todo correr, á escondidas de 
la luz siempre que puede, como todo el que obra 
mal, para salir pronto de su tierra nativa, lle- 
var el beneficio de sus aguas á extraños cam- 
pos y desconocidas gentes, y pagar al fin de su 
desatentado curso el tributo de todo su caudal 
á quien no se le debe en buen derecho. Y á f e 
que, ó mis ojos me engañaron mucho, ó sería 
obra bien fácil y barata atajar al fugitivo á muy 
poca distancia de sus fuentes, y en castigo de 
su deslealtad, despeñarle monte abajo sin darle 
punto de reposo hasta entr^arle, macerado y 
en espumas, á las iras de su dueño y natural 
señor, el anchuroso y fiero mar Cantábrico. 

Debí de pasar demasiado tiempo en meditar 
sobre éstas y otras puerilidades, y en paladear 
los recuerdos que despertaba en mí la contem- 
plación de aquellas cristalinas aguas que tanto 
han dado que hacer á la Historia y á la fantasía 
de los poetas, porque el espolique, salvando 
todos los respetos de costumbre en su ruda 
oortesía, me apuntó la conveniencia de que con- 
tinuáramos andando. 

—Da grima— le dije obedeciéndole,— pensar 
en la conducta de este renegado montañés. 

Tuve que descifrar la metáfora para que el 
espolique me entendiera lo que yo quería de- 
cirle; y en cuanto me hubo entendido, me res- 
pondió: 



30 OBRAS DE D. JOSÉ M. DE PERBDA 

— Déjeli, déjeli que se vaya en gracia y an- 
tes con antes aonde jaz más falta que aquí. 
Pa meter buya y causar malis á lo mejor, rfus 
como ésti nos sobran por la banda de acá. 

Explicóse á su vez el espolique para que yo 
le entendiera, y llegué á convencerme, con 
ejemplos que me puso de ríos montañeses des- 
bordados á lo mejor sin qué ni para qué, arro- 
llando casas, puentes y molinos en las alturas, 
y comiéndose en los valles las tierras que de- 
bieran regar, de que bien pudiera ser obrs 
meritoria lo que me había parecido en el Ebfo 
falta imperdonable. 

Por cierto que no se explicaba mal ni dejaba 
de tener su lado interesante mi rudo interlocu- 
tor, en quien apenas me había fijado hasta en- 
tonces. Era un mocetón fornido, ancho y algo 
cuadrado de hombros; vestía pantalón azul con 
media remonta negra, sujeto á la cintura por 
un ceñidor morado; y sobre la camisa de escaso 
cuello, un lástico ó chaquetón de bayeta roja. 
Calzaba abarcas de tres tarugos sobre escarpi- 
nes de paño pardo, y por debajo del hongo de- 
formado con que cubría la abultada cabeza, 
caían largos mechones de pelo áspero y entre- 
rrubio, casi el color de su cara sanota y agra- 
dable, cuyo defecto único era la mandíbula in- 
ferior más saliente que la otra, como la de nues- 
tros príncipes de la casa de Austria. Llevaba 



r 



PBÑAS ARRIBA 3 1 

^¡a la mano derecha un palo pinto, y debajo del 
brazo izquierdo un paraguas azul, muy grande 
y con remiendos. 

Habíame dado noticias sumamente lacónicas 
de mi tio. 

—¿Cómo anda de salud? — le había pregun- 
tado yo en cuanto se me puso delante y á mis 
órdenes. 

— Tan majamenti — me había respondido él. 
— Es de güeña veta, y hay hombri pa largu. 

En concreto, sólo pude saber que quedaba 
muy alegre esperando mi llegada. 

Dábame los i^ombres de pueblos y montaiías 
cuando yo se los pedía, sin cambiar el ritmo 
airoso de su andadura ni volver por completo 
la cara hacia mí. Verdad que tampoco le mira- 
ba yo derechamente cuando le preguntaba al- 
guna cosa, porque más que en él, llevaba pues- 
ta la atención en los detalles del paisaje y en el 
arrastrado vientecillo que me iba poniendo las 
orejas encamadas* 

Quejándome de ello una vez y mostrando 
recelos de que lloviera al cabo, 

— No hay que temelu — me dijo levantando, 
tan alto como pudo, el índice de su mano de- 
recha, después de haberle metido en la boca. 
— ^El aire es cierzu, y la niebla espienza á jalar 
parriba en los picachus. 

Cuando intimamos algo más, supe que se 



32 OBRAS DB D. JOSÉ M. DE PBRBDA 

llamaba Chisco, qyxe servía en casa de mi tío 
muchos años hacía, y que no era natural de 
aquel pueblo, sino de otro más abajo. Me ad- 
miraba, y así se lo dije, verle caminar suelta 
y desembarazadamente con un calzado tan pe- 
sado y tan recio, que sonaba en las lastras del 
camino como si las golpearan con un mazo. 

— Por acá no se gasta otru en lo más del añu 
— ^me respondió saltando con la agilidad de un 
bailarín por encima de un jaral que le cortaba- 
la línea recta que iba siguiendo. — ¡Y probes de 
nos con otra cosa más blanda en los pies pa 
trotear por estos suelus! 

Desconcertado y pedregoso era á más no po- 
der el que íbamos dejando atrás, y no le pro- 
metía más placentero la muestra del que te- 
níamos delante. Por fortuna, el repliegue en 
que el sendero se arrastraba era relativamente 
descubierto y franco, en particular á nuestra 
izquierda. 

— ¿Será por este orden — pregunté á Chiscor 
— todo lo que nos falta por andar? 

— I Jorrial— contestó el espolique haciendo 
casi una zapateta. — ¡Qué yanu se lo pide ol 
cuerpu! ¡Si estu es una pura sala! 

¡Buen consuelo para mí, que llevaba ya los 
ríñones quebrantados de cal^Igar por tantos y 
tan repetidos altibajos, y comenzaba á sentir 
en mi espíritu madrileño el peso abrumador 



PEÑAS ARRIBA 33 

de los montes y la nostalgia de la Puerta del 
Sol y de las calles adoquinadas! 

Andando, andando^ siempre arrimado á las 
estribaciones de la derecha, fueron enrarecién- 
dose los estorbos de la izquierda, y dejándose 
▼ér, por los frecuentes y anchos boquerones, 
llanuras de suelo verde salpicadas de pueble- 
cilios entre espesas arboledas, unos al socaire 
de los montes lejanos, y otros arrimaditos á las 
orillas de un río de sosegado curso que serpea- 
ba por el valle. 

— ^¿Es éste el Ebro? — pregunté á Chisco sin 
con^derar que dejábamos sus fuentes muy 
atrás y sus aguas corriendo en dirección opues- 
ta á la que llevábamos nosotros. 

— ¿El Ebru! — ^repitió el espolique admirado 
de mi pregunta. — ^Écheli un galgu ya, por el 
andar que yevaba cuando le alcontremus na- 
denti. Ésti es el Iger (Híjar), que sal de aque- 
yus montis de acuyá enfrenti. Pero bien arre- 
para la cosa, no iba usté muy apartan de lo 
justu, porque si no es el Ebru ahora propiamen- 
ti, no tarda muchu ratu en alcanzali pa dirse 
juntus los dos en una mesma pieza por esus 
mundos aya; y tan Ebru resulta ya el unu co- 
mo el otru. 

— Y este valle, ¿cómo se llama? 

— ^Esta parte de él que vamus pisandu, pa 
el cuasi, Campóo de Arriba. 

TOMO XV 3 



34 OBRAS DE D. JOSÉ M. DB PBRBDA 

De buena gana hubiera revuelto mi cabalga- 
dura hacia sus risueñas praderías, cruzadas de 
senderos blandos y tentadores; pero me arras- 
traba á la derecha el picaro deber, encarnado 
en aquel condenado espolique, siempre cosido 
á las faldas de los montes, como si de ellos to* 
mará el vigor y la fortaleza que parecían crecer 
en él según iba caminando. 

También llegó á interrumpirse la desesperan- 
te continuidad de la barrera de aquel lado, y 
entonces columbré sobre un cerro, encajonado 
en el fondo de un amplio seno de montes, un 
castillo roquero que, aunque ruinoso y cargado 
de yedra, conservaba las principales líneas de 
su sencilla y elegante arquitectura. 

— ¿Qué castillo es aquél? — pregunté al espo- 
lique. 

— El de Argüesu — respondióme; — ^y dicen sí 
es obra de morus. 

Para aquellos rudos montañeses, como pude 
observar más adelante, toda construcción de 
parecida traza es debida á los moros... ó á «la 
francesada. » 

£n éstas y otras, volvieron á unirse y apre- 
tarse los altos muros de la barrera; fué estre- 
chándose el valle del otro lado, y cuando que- 
dó convertido en un saco angosto, dimos en una 
aldehuela que llenaba todo el fondo de éL 

— ^Aquí se acabó lo yanu y andaderu — me 



r 



PBÑAS ARRIBA 35 

dijo Chisco entonces; — y como tampoco he- 
mos de jayar en más de tres horas otru lugar 
ni alma vivienti que nos estorbe el camina, si 
algo le pidi el cuerpu pa levantar las fuerzas^ 
no desaprovechi esta güeña proporción de ja- 
cela. 

Nada necesitaba yo ni apetecía; pero estaba 
Chisco en may distinto caso. Autorícele para 
que se despachara á su gusto, y le satisfizo coa 
medio pan de centeno y un cuarterón de queso 
ovejuno. Y fortuna fué para él que no se ex- 
tendieran á más sus apetitos, porque hubiera 
jurado yo que no había otra cosa de mayor re- 
galo en aquella desmantelada venta. Autoríce- 
le también para que descansara un rato mien- 
tras despachaba la frugal pitanza, y para que 
ayudara la digestión con algunos tragos de vi- 
no; pero á todo se negó: á lo del reposo, por- 
que con las paradas así se € enfriaban los gon- 
ces y se perdía el buen caminar, y los buenoa 
caminantes debían descansar andando;» á lo 
4e la bebida, porque la más sana y la mejor 
para él era el agua corriente y fresca do los re* 
gatos que hallaríamos tá patas» en los puertos. 
Con esto colgó de una muñeca el palo pinto» 
ató al correspondiente brazo las riendas de la 
cabalgadura, aprisionó el paraguas en el soba- 
co; y con el pan y el queso en una mano y en 
ia otra una navaja abierta, me dio á entender. 



36 OBRAS DE D. JOSé M. DB PBRBOA 

con un ademán y una mirada, que estaba aper- 
cibido y á mis órdenes. 

Nos hallábamos entonces al pie de una altí- 
sima sierra que se desenvolvía, á diestro y é. 
siniestro, en interminable anfiteatro. 

— ¿Por dónde tomamos ahora — pregunté k 
Chisco, — ^y adonde iremos á salir? 

— ¿Vey usté— respondióme levantando y ex- 
tendiendo el brazo y apuntando con la navaja 
abierta mientras mascaba los primeros bocados 
de pan y queso; — vey usté, enfrenti de nos, 
ayá-rriba, ayá-rriba de tou, una coya (collada) 
entre dos cuetus... vamos, al acabar de esta 
primera sierra? 

—Sí la veo, — contesté. 

— Pos güenu: ¿vey usté tamién por entre 
los dos cuetus de la coya, otra lomba (loma) 
más alta, que cierra tou el boqueti? 

— La veo. 

— Pos por áyí hemos de pasar. 

— ¿Por entre los dos cuetos? 

— ^Por encima de la lomba que va del nnvt 
al otru. 

— ¿Por encima de aquella última? 

— ^Por encinta de la mesma. 

-— jPero, hombre — dije estremeciéndome, — 
si sobre aquella loma no se ve más que el 
cielo! 

— Pos crea usté — me replicó el espolique con 



PBÑAS ARRIBA 37 

gran prosopopeya,— que, así y con tou, hay 
mucha tierra que pisar al otru lau. 

No quise estimar con la imaginación las difi- 
cultades que podían aguardarme en aquella em- 
presa que acometía por mi propia y libérrima 
voluntad; y sin decir otra patabrai me puse en 
/S^uimiento del espolique. 

£1 cual tomó á pecho, y á buena cuenta, los 
^rios callejones que parecían ser las raíces coa 
^ue estaba el monte adherido al valle; callejo- 
ties sarpullidos de cantos removidos y descar- 
nados por el constante fluir de los regatos qae 
por allí bajan desde sus cercanos manantiales. 

Á estas incómodas sendas, encerradas entre 
setos bravios y desconcertadas arboledas, su- 
cedió muy pronto el suelo blando y enteramen- 
te despejado de la sierra. 

Á veces era tan fino el tapiz de yerba menu- 
da entre brezales rastreros y apretados, que 
resbalaban sobre él los caballos con mayor fre- 
cuencia que sobre los pedruscos y lástrales del 
camino andado por la linde del valle; pero co- 
mo había espacio abundante y desembarazado 
en todas direcciones, aprovechaba yo bien es- 
^s ventajas para cuartear á mi gusto la subida 
éir ganando la altura por donde mejor me pa- 
reciera. Chisco me precedía trepando sosega- 
damente por derecho, garantido por sus tara* 
¿os c<mtra los resbalones de que no se libraba 



3^ OBRAS D£ D. JOSÉ M. DB PBRBDA 

el caballo que conducía de las riendas, cuandc^ 
pisaba sobre el atusado ramaje de los brezos». 
Poco á poco, el bombeo de la sierra, que des- 
de abajo parecía continuo y uniforme, empezó- 
á encoger el radio de su curva hasta quedar la- 
trillada senda que nos era forzoso seguir como» 
raya de mulo sobre su espinazo, y á cada lado 
una profunda hoyada con hermosas brañas ea 
sus laderas, y arroyes cristalinos en el fondoy. 
golosinas que saboreaban á sus anchas las ye- 
guadas y rebaños que se buscaban la vida por 
allí. 

Llevábamos ya más de una hora de subir y 
aún nos faltaba un buen tramo para llegar á la 
cumbre que habíamos de trasponer. Pasada 
el lomo de las dos hoyadas, empezó Chisco á 
dar señales de tener mucha prisa por llegar á 
algún sitio determinado, y al ñn resultó ser ua 
arroyo de aguas purísimas y transparentes co- 
mo el cristal, en que bebieron á un mismo tiem- 
po y en una misma poza, el espolique y su ca- 
ballo. Noté, al acercarme á ellos, que andaba 
el mío algo codicioso del mismo regalo, y no 
traté de negársele. Mientras bebía con ansia la 
pobre bestia, quedé yo encarado en opuesta di- 
rección á la que había llevado subiendo, y coi^ 
un panorama á la vista que me dejó maravi- 
llado. 

— ¿Qué valle es ese? — pregunté á Chisco que? 



PEÑAS ARRIBA 39 

se limpiaba los hocicos con la manga de su lás« 
tico. 

—•Pos el vayi por onde hemos pasan — me 
respondió;— sólo que como no vimus más que 
lo de la parte de acá, y esu en racionis,.. 

Era verdaderamente hermosa aquella plani- 
cie que se perdía de vista hacia el Sur, circun- 
dada de altos montes de graciosas líneas y de 
calientes tonos, y adornada de cuantos acceso- 
rios pintorescos puede imaginar un artista afi- 
cionado á aquel género de cuadros: praderas 
verdes, manchas terrosas, esbeltos montículos, 
cauces retorcidos con orillas de arbolado, pue- 
blecillos diseminados en todas direcciones, y 
uno más grande que todos ellos, con una alta 
torre en el medio, como en muestra de su se- 
ñorío indisputable sobre la planicie entera. 
Aunque no fiaba mucho de mi memoria ni de 
mi sensibilidad artística, creía yo que aquel pa- 
norama, con ser montañés de pura casta, se di- 
ferenciaba mucho de los que yo había visto aba- 
jo alguna vez: era pariente de ellos, sin duda, 
pero no en primer grado. Desde luego no ha- 
bía, entre todos los valles que yo conocía de 
peñas al mar, uno tan extenso ni de tanta luz 
como aquél; y ya, puesto á comparar, me atre- 
ví á hallarle más semejante, en sus líneas y en 
la austeridad de su color, á los valles de Na- 
varra cuando aún verdeguean en el campo sus 



40 OBRAS DB D. JOSÉ M. DB P£REOA 

sembrados. De todas suertes, era muy bello» y 
podía considerarse como una gallarda variante 
de la hermosura campestre de que tanta fama 
goza la Montaña, con sobrada razón. 

Por las noticias no muy minuciosas que fué 
dándome Chisco, supe que aquel valle era el 
de los tres Campóes: el de Suso, ó de Arriba 
(el más cercano á nosotros); el de Enmedio y 
el de YusOf 6 de Abajo; y el pueblo grande con 
la torre en el centro, que se veía en lo más le- 
jano de la llanura, Reinosa, la villa en que yo 
había dejado el tren y encontrado á Chisco. 

Cuando éste no tuvo más que decirme, con- 
tinuó su acompasada marcha monte arriba, y 
no tardé en verle detenido con su caballo, y 
como encaramados los dos en el parapeto áe 
una azotea, sobre el perfil de la loma, desta- 
cándose ambas siluetas en una mancha azul 
del cielo remendado de nubes cenicientas. De- 
jé yo entonces mis éxtasis contemplativos y 
piqué á mi dócil y resignada cabalgadura, que 
arrancó trotando á la querencia de la otra. 

Pocos pasos antes de llegar yo al punto en 
que me aguardaba el espolique, volvióse éste 
hacia mí; y tendiendo el brazo derecho en di- 
reccíón opuesta, me dijo con cierta solemnidad 
que entonaba muy bien con lo señalado por su 
mano: 

—El Puertu. 



PEÑAS ARRIBA 4Z 

Subí lo que me faltaba, páseme junto á Chis- 
co y miré... Tenía razón el espolique: era mu- 
cha la tierra que había que pisar por aquel la* 
áo. ¡Peto qué tierra, divino Diosl A mi iz- 
quierda, y en primer término, dos altísimos co- 
nos unidos por sus bases, de Norte á Sur, co- 
mo dos gemelos de una estirpe de gigantes; 
enfrente de ellos, á mi derecha, las cumbres de 
Palombera dominadas por el Cuerno de Peña 
Sagra que extendía sus lomos colosales hacia 
el Oeste; y allá en el fondo, pero muy lejos, 
cerrando el espacio abierto entre Peña Sagra y 
los dos conos, las enormes Peñas de Europa, 
coronadas ya de nieve, surgiendo desde las ori- 
llas del Cantábrico y elevándose majestuosas 
entre blanquecinas veladuras de gasa transpa- 
rente, hasta tocar las espesas nubes del cielo 
con su ondulante y gallarda crestería. Por el 
lado en que me encontraba yo, descendía la 
sierra blandamente hasta la base del primer co- 
no, de la cual arrancaba hacia la derecha un 
cerro de acceso fácil, que resultaría montaña 
desde el fondo de la barranca en que termina- 
ba bruscamente. Lo que había entre la loma 
de este cerro y el espacio limitado por las Pe- 
ñas de Europa, no era posible descubrirlo, por- 
que lo bajo quedaba oculto por el cerro, y lo 
alto me lo tapaba una neblina que andaba cer* 
niéndose en jirones, de quebrada en quebrada 



44 OBRAS DB D. JOSÉ M. D£ PEREDA 

<on SUS islotes y escollos; unos monolitos muy 
grandes que se destacaban, escuetos y descar- 
nados, sobre la aridez del suelo entre matojos 
•de escobinas, de árnica ó de regaliz. Abundaban 
ios manchones verdes de las brañas de jugosos 
pastos, y no era ingrato á la vista el color de 
-otros detalles; pero |Io demási... Aquellos can- 
tos pelados, tan grandes, tan secos, tan espar- 
cidos en todas direcciones; aquella inmensa ex- 
tensión calva, monda, rapada y desnuda de to- 
do follaje; aquellas nieblas tenaces cerrando 
todas las salidas y surgiendo de todas las ho« 
yadas; aquellos riscos inaccesibles y fEmtásti- 
eos elevándose sobre todo y por todos lados; 
aquel cierzo continuo y gemebundo que parecía 
el espíritu funerario de las grandes necrópolis, 
llevando consigo los jirones de la niebla como 
:si fueran sudarios arrancados de las tumbas en 
los senos entenebrecidos de las barrancas; aque- 
llos buitres que me señalaba Chisco, revolando 
en las alturasf; aquel cielo que iba encapotán- 
dose poco á poco... todo ello, que era lo más, 
visto á través de las lentes pesimistas de mis 
-ojos, se imponía al resto, que era, relativamen- 
te, muy escaso, y me presentaba toda la super- 
ficie del Puerto bajo un aspecto feroz y repul- 
sivo. Yo no veía más que una llanura infinita» 
plagada de costras y tumores; y los monolitos 
solitarios y dispersos, se me antojaban erupcio- 



PBflAS ARRIBA 45 

nes de verrugas asquerosas sobre una inmensa 
piel de leproso. 

Contemplando desde la sierra lo que se veía 
del panorama del Puerto, habíame comparada 
yo, por la fuerza del contraste^ con un misera 
gttsanejo; pero al bailarme en el observatoria 
de más adentro, iqué cambio tan radical y tan 
súbito de ideas, y cuan extrañas las impresio- 
nes recibidas I... Creo que fué de espanto, de 
frío y de arrepentimiento la primera, y estoy se- 
guro de que fué de melancolía la segunda, co» 
mo lo estoy también de que la siguiente me in- 
fundió la sensación de lo que tenía á la vista,, 
de tal modo y con tal intensidad y fuerza, que 
hubiera jurado yo que circulaban por mis venas 
líquidos pedernales, y era mi cuerpo una esta- 
tua de granito coronada con manojos de loberas^ 
y acebnches. 

Dejándome llevar del único pensamiento ra-» 
cional que sobrevivía en mi cabeza, pregunté á 
Chisco: 

— Dime, hombre, ¿se parece á esto nuestra 
valle? 

— ¡Quiál— me respondió el espolique con el 
mayor desdén. 

— ^Es más ancho, ¿eh?... y más... 

— iQuiál ni la meta siquiera. 

— iDemoniol— repliqué. — Pero serán más 
bajos los montes. . • 



46 OBRAS DE D. JOSÉ M. DE PEREDA ^ 

— Tampocu da en el jitu ahora— me contes- 
tó el arrastrado con una flema desesperante» — 
porgue son hasta más altus; sólo que están más 
tupius,,. más arrimaus unus á otrus. 

— Pues entonces — exclamé hasta con ira, — 
¿en qué está la ventaja de tu valle sobre este 
puerto, alma de cántaro? 

— Pos la ventaja del nuestru vayi está — con- 
testóme Chisco dulce y sonriente, — en que es 
de suyu más terrena y más... vamus, más..» 
Por últimu, ya verá lo que es eloiuestru vayi; 
y si no le paez puntu menos que la gloria, no 
sé yo lo que sea cosa buena. 

Convencido de que cuanto más ahondara ea 
el informante, más negros habían de salirme 
los informes que buscaba, y deseando perder 
de vista cuanto antes aquel cuadro de desoía^ 
ción, dije al espolique: 

—Y ahora ¿por dónde tomamos? 

— Tou por derechu, — me respondió. 

— ^Pues hala, y á buen andar, si puedes. 

— ¡Jorria! — exclamó Chisco comenzando á 
descender la otra ladera con igual frescura que 
si no se hubiera movido hasta entonces. Seguí- 
le yo sin titubear; y al verme luego en las hon- 
duras de aquel inmenso barranco, me pareció 
que se quebraba el último vínculo que me liga- 
ba al mundo que yo conocía. 

Estábamos indudablemente, si no en el co- 



PBÑAS ARRIBA 4/ 

razón, en una de las visceras más considerables 
de la cordillera. ¡Y en otra viscera por el estilo 
se escondería mi nuevo hogar!... (Santo Dios, 
en qué empresa me había arrojado un momento 
de sensiblería humanitarial Por ver de todo, se 
podía ver hasta aquella espantosa desolación; 
ipero habitar allí!... 

Este modo de discurrir á que me entregué 
cediendo á la fuerza de mis inveterados resa- 
bios de mal disfrazado egoísmo, resucitados en 
presencia de aquél, para mí, tan nuevo como 
aflictivo espectáculo, llegó á causarme cierto 
rubor. Acudí con todo el poder de mi memoria 
y de mi discurso al recuerdo de lo pactado con 
mi tío y á lo resuelto desde Madrid; requerí de 
nuevo el alto cuello de mi abrigo, porque la 
tarde avanzaba y el cierzo iba haciéndose por 
momentos más frío y más gemebundo, y arrimé 
dos espolazos á la bestia, precisamente en el 
instante en que ella daba una huida hacia la 
derecha, enderezando las orejitas y mirando re- 
celosa hacia la izquierda: lo mismo exactamen- 
te que hacía el caballejo de Chisco; el cual es- 
polique, notándolo y mirando en la misma di- 
rección que los caballos, me decía con cierto 
matiz de alarma en el acento: 

— |Pique, pique, y tierra atrás! 

Y me daba el ejemplo tomando un medio 
troteciUo delante de su rocín, que no necesita- 



48 OBRAS DB D. JOSÉ M. DE PBRBDA 

ba ruegos ni amenazas ni castigos para seguir» 
le. Tampoco el mío echaba en falta esas cosas 
para seguirlos á los dos. Chocándome todo es* 
to, pregunté al espolique la razón de ello. 

— Poca cosa— me respondió, — y nade mulur 
sino que la tarde va de caída, y nos quedan en* 
toavía güeñas tiras que medir con los pies. 

No me satisfizo la respuesta; pero no insistí 
con nuevas preguntas. 

Más de una hora tardamos en atravesar el 
Puerto, que mide, por aquella línea, cerca de 
dos leguas. Al fin de esta jomada fastidiosa^ 
nueva sorpresa para mí, nuevo espectáculo^ 
nuevas ideas y nuevas impresiones. Un despe- 
ñadero al frente, otro á la derecha, otro á la iz- 
quierda... ¿Por cuál d3 ellos tomaría Chisco?... 
Por el peor, por el primero, por el único que^ 
aunque mala, tenía salida visible. Esta salida 
era la resultante de algo así como desmorona- 
miento de una colosal muralla construida por 
titanes para escalar nuevamente el cielo. Por 
uno de los intersticios de aquella escombrera 
de montes dislocados, musgosos unos y á me- 
dio revestir de avellanales, argomas y acebu* 
ches otros, alguno de ellos bien poblado de ha- 
yas robustas ó de esbeltos mostajos (el árbol de 
sabroso y encarnado fruto), con grandes man- 
chas rojizas en la falda, impresas por los secoa 
helechales, y todos con parte de sus esqueletos- 



PEÑAS ARRIBA 49 

de roca asomando por los desgarrones de sus 
vestiduras, iba el camino que conducía al tér- 
mino de mi empecatada expedición. Mas para 
llegar á él teníamos que bajar una pendiente 
que daba vértigo. Por allí se deslizaba la veré- 
da, de lastras resbaladizas lo más de ella, en 
ziszás, entre jarales y arbustos algunas veces; 
muchas al descubierto sobre la barranca, en 
cuyo fondo, entenebrecido por las malezas de 
ambas orillas, refunfuñaban las aguas de los 
regatos vagabundos encauzadas allí para ir á 
«igrosar por caprichosos derroteros el caudal 
del río que se despeñaba á nuestra izquierda y 
al otro lado del Puerto. 

A todo esto, la noche se aproximaba; el tin- 
te amarillento del follaje que se moría, desta- 
cando sobre el plomizo obscuro de los montes, 
daba á los términos más cercanos una lividez 
cadavérica; y del fondo de los precipicios don- 
de se pudría la vegetación que ya había muer- 
to, subía un olor acre, un vaho de tanino que 
me crispaba los nervios. 

En presencia de aquel nuevo espectáculo y 
con la llanura del Puerto á la espalda, ya no 
era yo la estatua de granito con sangre de lí- 
quidos pedernales: la contemplación de aquel 
laberinto de sierras bravias» de cuetos escarpa- 
dos y de picachos inaccesibles; de ásperos y 
sombríos repliegues, de pavorosas quebradas y 

Toiio XV 5 



50 OBRAS DB D. JOS¿ M. DB PBRBOA 

de abruptos peñascales, transportó súbitamen» 
te mis imaginaciones á los entusiasmos arquso' 
lógicos de mi padre: allí me sentí contaminado 
de ellos; allí concebí al cántabro de sus hioinos 
en toda su bárbara grandeza, hasta vestido de 
pieles y bebiendo sangre de caballo; y aim lle- 
gué á verle: le vi, sí, resucitado en carne y 
hueso, en la carne y en los huesos de mi pro- 
pio espolique. Aquel cuerpo fornido é incansa- 
ble; aquellas guedejas estoposas; aquel palo 
pinto, que en su diestra remedaba un venablo; 
aquel paraguas azul que, bajo su brazo izquier- 
do, podía tomarse por un haz de flechas enve- 
nenadas; aquella mandíbula saliente; aquel mi- 
rar poderoso 6 imperturbable; aquella faz mon- 
tuna y atezada... ¡ohl escarbando un pocoea 
todo aquello, no había duda, resultaba el cán- 
tabro primitivo. Comprendí entonces su resis- 
tencia de seis años contra las invencibles leo- 
nes de Augusto; y las legiones enteras despe- 
dazadas en el fondo de los desfiladeros, 6 ro- 
dando por las agrias laderas, aplastadas por 
los peñascos desgajados de las cumbres; el sea- 
timiento exaltado de su salvaje independencia; 
la muerte en cruz antes que el yugo del con- 
quistador... todo, todo lo comprendí y todo lo 
sentí, lo mismo que lo había comprendido j 
sentido mi padre, menos que púdica vivir en- 
tre tales vericuetos y tan esquivas soledades. 



PfiÑAS ARRIBA 5I 

wi hombre de mi educación» de mis sentimiea - 
tos. y de mis hábitos. 

Con estas fantasías en la cabeza y los ojos 
•cerrados muy á menudo por no ver los abis- 
mos á mis pies, fui bajando la pendiente como 
y por donde quiso mi caballejo, á cuya juicio- 
<sa firmeza me había entregado con ciega fe 
<lesde arriba, por encargo del propio Chisco, 
•que me precedía caminando por el derrumba- 
dero con igual desembarazo que yo por ios pa- 
sillos de mi casa. 

Metido ya en la grieta como una lagartija, 
apenas daba el camino, usgoso y desconcerta- 
do, para sentar sus pies, con grandes precau- 
•ciones, mi jamelgo. Á lo mejor, grandes dose- 
les de granito con lambrequines de zarzas y es- 
<:araiiujos raspándome la cabeza, mientras que 
por el lado derecho me punzaban las espinas 
4e los escajos, y el más ligero resbalón de mí 
^^balgadura podía lanzarme á las simas de la 
izquierda. Y mirando hacia arriba en busca 
<le luz, que ya nos faltaba abajo, montes eri- 
zados de crestas blanquecinas, y conos enea- 
pudiados de espesa niebla, y gárgolas de ta- 
jada roca amenazando desplomarse sobre nos- 
otros; y á todo esto, el camino estrechan- 
do y retorciéndose cada vez más, subienda 
aquí, bajando allá, y sin poder yo darme cuen- 
ta de si, desde que habíamos descendido del 



52 OBRAS DE D. JOSÉ M. DB PEREDA 

Puerto, bajábamos ó subíamos en definitiva,. 

— lOh, condenados admiradores de la Natu- 
raleza ten toda su grandiosidad salvaje!» — de- 
cíame yo, entumecido y quebrantado de alma 
y de cuerpo. — Aquí os daría yo el pago de 
vuestras sensiblerías de embuste, poniéndoos 
á pasto de admiración durante media semana» 

Al fin resultó que bajábamos; y esto lo noté 
cuando me vi en terreno un poco más abierta 
y despejado: una espaciosa rambla que termi- 
naba en una vadera por la que corrían hacia el 
Nansa, aún no visto por mí» los acumulados 
tributos que le pagaban los montes de aquella 
vertiente. 

Pasada la vadera, volvía á subir el terreno, 
que era un inmenso lastral como los montes 
áridos que le servían de fondo, particularmen- 
te hacia la Izquierda. Recuerdo que el sonido 
de las herraduras de los caballejos y el de los 
tarugos de Chisco sobre las lastras de la subi- 
da, juntamente con el murmullo de las cris- 
talinas aguas de la vadera, no me impresio- 
naba en el espíritu, sino en el cuerpo: me da- 
ba frío. Hasta tal punto llevaba yo pervertidas 
las sensaciones por obra del tedio y del can- 
sancio. 

£1 espolique me sacaba, como siempre, una 
buena delantera; y cuando llegué á lo alto, en- 
contróle esperándome» sombrero en mano, en el 



PBÑAS ARRIBA 53 

vestíbulo Ó asubiadero de ua santuario que hajr 
allí. Detrás de la reja que sirve de fondo al ves- 
tíbulo, veíase» no muy claramente, á la luz de 
una lamparilla que le alumbraba, porque la del 
crepúsculo podía darse afuera por extinguida, 
un altarcito con la imagen de la Virgen llama - 
da de las Nieves, según informes de Chisco. 
Descubríme yo también, y sin obligarme á ello 
el mandato que leí en una mirada del espoli* 
que. £1 cual, vuelto en seguida hacia el retablo 
y después de persignarse con gran unción y par- 
simonia, cruzó las manos sobre el palo pinto y 
comenzó á rezar en voz muy alta por el alma 
de su padre. La oración era un Padrenuestro; y 
con ser tan usual y corriente entre todo fiel cris- 
tiano, sonaba en mi corazón y en mis oídos á 
cosa nueva en medio de aquel salvaje escenario» 
lan cerca de Dios y tan apartado de los ruidos» 
de las miserias y hasta del amparo de los hom- 
bres. Pero noté que Chisco, al concluir la pri- 
mera parte de la oración, se detuvo en seco; lo 
cual quería decir que rezara yo lo restante. Por 
fortuna me cogía bastante pertrechado para sa- 
lir airoso de compromisos como aquél, y recé lo 
^ue me pedía, aunque no tanto por su inten- 
<nón como por mis necesidades del momento* 
Tenía racional disculpa mi egoísmo en las 
«mociones de la brega excepcional que traía y 
en la que me aguardaba entre las tinieblas de la 



54 OBRAS DB D. JOSÉ M. DE PfiRBDA 

noche, tan pavorosa en aquellas abruptas sole^ 
dades. 

Pero hubo tiempo y oraciones para todo y 
para todos; porque tras el rezo por el alma de 
su padre, rezó por la de su madre, y des- 
pués por las de sus abuelos, y en seguida por 
las de todos sus parientes, y lu^o por las de 
cada uno de los míos, y, finalmente, por las^ 
necesidades de la cristiandad entera. Con ello, 
«una Salve á la Virgen de las Nieves» y un 
«Viva Jesús sacramentado,» santigúamenos^ 
cubrímonos, acabó de cerrar la noche y nos^ 
dispusimos á continuar la interminable jor- 
nada. 

Según Chisco, nos faltarían, para terminar lar 
tres cuartos de hora; el camino, «por el arte»* 
del que habíamos andado entre el Puerto y la 
vadera; pero siempre bajando hasta la misma 
puerta de casa, lo cual «era una ventaja,» por- 
que se andaba ello solo «tan guapamente, »^ 
Además, mi caballo se le sabía de memoria, y 
con dejarme llevar por él, estaba «al cabo del 
n^ocio.» 

— Corriente— dije á Chisco por todo comen- 
tario á sus informes, que me dieron escalofríosr 
— pero ¿de qué se espantaron los caballos eo. 
el Puerto, y por qué me aconsejabas tú que^ 
picara al mío de firme? 
— Y ¿por qué es la pregunta á estas horas, A 



PBÑAS ARRIBA 55 

se pué saber?— preguntóme á su vez el espoli- 
que, no poco sorprendido. 

— Porque ha vuelto á clavárseme el caso de 
repente» ahora mismo, en la memoria, y la oca- 
áón me ha parecido de perlas para que res- 
pondas aquí lo que no quisiste responderme en 
el Puerto. 

— Pos espantáronse — dijo Chisco algo ron- 
cero todavía; — espantáronse (y no hay por qué 
se niegue ya), espantáronse... del osu. 

— ¡Del oso?— exclamé con los pelos de punta. 
— ¡Dónde estaba? 

— Estaba... como á cincuenta brazas de nos, 
jechu un reguñu, á la vera de un busquizal. 
Tomaríale usté por un cantu gordu de los mu- 
chus que hay en el Puertu: el que no está ave- 
zan á verli de esi arti, confúndilos. Sueli aso- 
mar en vecis por ayí; gústali el oreu á lo me- 
jor, y solease un pocu, si tien ocasión de eyu. 
Pero no hay que temeli cosa mayor, porque 
del hombri ajuyi siempri como el hombri no se 
meta con él. Con too y con esu, güenu es teñe- 
li á distancia, por un por si acasu... Conque 
vamos palanti, si le paez, y no arreceli alcuen- 
trus talis, que por aquí no se usan, y de nochi 
mayormenti. 

Con el saboreo de aquellas noticias y de es- 
tas seguridades, sin un a9tro visible en el cielo, 
la tierra envuelta en la más cerrada y tenebro- 



56 OBRAS DE D. JOSÉ M. DE PEREDA 

sa de las noches, y empezando á lloviznar, me 
dejé sumir en la barranca que se abría á corta 
distancia del santuario, encomendando mi al- 
ma á Dios y mi vida al instinto del cuadrúpe- 
do que me conducía. 

Y así llegué, sin saber cómo ni por dónde ni 
á qué hora, al suspirado fin de mi jornada me- 
morable. 






III 



N silbido muy original de Chisco; el 
latir de un perrazo poco después; 
una luz tenue y errabunda apareci- 
da de pronto; la detención repentina 
de mi caballo, tras el último par de resbalones 
con las cuatro patas sobre los lástrales /^»if05 de 
la vereda; bultos negros en derredor de la luz y 
rumor de voces ásperas y de distintas cuerdas; 
mi descenso dificultoso del caballo, al cual pa- 
recía adherido mi cuerpo por los quebrantos de 
la jornada y los rigores de la intemperie; mi 
caída sobre un pecho y entre unos brazos en- 
vueltos en tosco ropaje que olía á humo de co- 
cina, y la sensación de unas manazas que me 
golpeaban cariñosamente las costillas, al mismo 
tiempo que los brazos me oprimían contra el pe- 
cho; mi nombre repetido muchas veces, junto á 
una de mis orejas, por una boca desportillada; 
tni entrada después, y casi á remolque, en un es- 



58 OBRAS DE D, JOSÉ M. DB PEREDA 

traga] 6 vestíbulo muy obscuro; mi subida por 
una escalera algo esponjosa de peldaños y 
trémula de zancas; mi ingreso al remate de 
ella, en otro abismo tenebroso; mi tránsito 
por él llevado de la mano, como un ciego,. 
por una persona que no cesaba de decirme, en- 
tre jadeos del resuello y fuertes amagos de tos, 
cosas que creería agradables y desde luego le 
saldrían del corazón, advirtiéndome de pasa 
hacia dónde había de dirigir los míos, ó dónde 
convenía levantar un pie ó pisar con determi- 
nadas precauciones, sin dejar por ello de pedir 
á gritos y con interjecciones de lo más crudo,, 
una luz que jamás aparecía, porque, como supe 
después, toda la servidumbre andaba en el so* 
portal bregando con los equipajes y las cabal- 
gaduras; de pronto un poco de claridad por la 
derecha, y la entrada en otro páramo de fon- 
dos negrísimos con una lumbre en uno de sus 
testeros; después, el acomodarme, á instancias 
muy repetidas de mi conductor, en el mejor 
asiento de los que había alrededor de la lum- 
bre, y el ponerse él, pujando y tosiendo, á 
amontonar los tizones esparcidos, y á recebar- 
los con dos grandes, resecas y copudas matas 
de escajo* 

xi esto se reducen todos los recuerdos que 
conservo de mi llegada al tsolar de mis mayo-» 
res. i La noción exacta de cuanto me rodeaba 



PBÑAS ARRIBA 59 

allí en aquellos momentos, y aun la de mí 
propio, no la adquirí hasta que al calor de 
la fogata descomunal que resultó del hábil 
manipuleo de mi tío, se desentumecieron mis 
ateridos miembros, volvió á circular mi sangre 
con su acostumbrada regularidad, y revivie* 
nm con ella y se enquiciaron todos los com- 
ponentes de la entorpecida máquina de mis 
ideas. 

Dueño y señor ya de ellas y comenzando á 
orientarme, reparé que la cocina era enorme, y 
que sus negras paredes relucían como si fueran 
de azabache bruñido; que la lumbre, cuyos pe- 
nachos de llamas subían lamiendo los llares 
recubiertos de espesos copos de hollín, hasta 
rebasar de la ancha campana de la chimenea» 
estaba arrimada á un poyo con bovedilla, que 
era la jornia ó cenicero, sobre una espaciosa y 
embaldosada meseta, en uno de cuyos bordes 
de empedernida madera, y á menos de un pie 
de altura sobre el suelo general, apoyaba yo 
los míos; que á mi sillón, grande y con braza- 
les derechos, seguían, hasta cerrar todo el perí<- 
metro de la meseta, bancos y escabeles de ma- 
dera desnuda y muy brillante por el uso, lo 
mismo que el sillón, y que este hogar ocupaba 
la cabecera más abrigada de la cocina. Después 
pasé la vista por todos y cada uno de los innu- 
merables é inconexos trastos, enseres y chírim- 



6o OBRAS DB D. JOSÉ M. DB PEREDA 

%olos que había en aquel recinto, y hasta me 
interesaron dos oUones y tres cazuelas de ba- 
•rro, cuyas coberteras temblaban entre espuma- 
rajos al impulso de lo que hervía debajo de 
ellas, arrimados á la lumbre y calzados con 
mendos morrillos por detrás; por último, ycuan- 
^ ya nada tenía que examinar en la cocina y 
^us accesorios, fijé toda mi atención en mi tío, 
que andaba á mi vera, ó tan frontero á mí como 
^se lo permitía la fogata que ambos teníamos 
delante, buscándome la palabra y colmándome 
«de atenciones cariñosas, ¡Vaya usted á saber de 
qué capricho inconsciente, de qué evolución 
desacordada, nació aquel procedimiento tan 
descortés con lo más interesante y, desde lue- 
go, lo más estimado y respetable para mí, en- 
tre cuanto había, en aquella ocasión, al alcance 
<le mis ojos!... 

Eran chiquitos y garzos los de mi pariente, 
y miraban con la vivacidad de los del raposo, 
á la sombra de unas cejas grises, muy espesas 
y erizadas; la nariz, aguileña; la boca, nunca 
enteramente cerrada ni quieta, parlanchina 
como los ojos, aunque callara; la tez, muy pá- 
lida y rugosa; la barbilla, redonda y algo pro- 
minente debajo del labio inferior; las orejas, 
¿formidables y muy velludas en las cercanías de 
los oídos; la cabeza, bastante plana por detrás, 
y el pelo (descubierto en el instante de exami- 



PEÑAS A&RIBA 6l 

narle yo, por haberse quitado don Celso la go^ 
rra casera con que de ordinario se cubría, para 
pasarse ambas manos por él, cosa que le gus- 
taba mucho, como puede observarse más ade- 
lante), de la misma casta y de igual color que 
el de las cejas, cayendo en recios mechones 
sobre la frente, y sin visibles muestras de calva 
en sus alturas. £1 cuerpo era proporcionado á 
la cabeza, de r^ular tamaño , y daba señales 
de recientes y muy considerables mermas de 
robustez, en los excesivos sobrantes del cha- 
quetón y de los pantalones pardos con que le 
vestía; como las daban de pérdidas de vigor y 
fortaleza, la cerviz algo humillada y el andac 
no muy seguro. Calzaba medias azules y zapa- 
tillas de cintos negros, y tenía echado sobre los 
hombros un gabanote obscuro, forrado de tar- 
tán de muchos colores. Nada de corbatín, ni 
siquiera de cuello alto ni planchado. 

Indudablemente había más vida en el espíri* 
tu que en la materia de mi tío; pero así y todo,, 
entre sus pronósticos pesimistas y el de Chisco^ 
más risueño, á juzgar yo por aquel conjunto de 
alma y cuerpo, inclinéme más al dictamen de 
mi espolique, aunque sin acercarme mucho 4 
él: podía haber «hombre para largo; » y aún más 
halagüeño todavía se lo puse por comienzo de 
nuestra conversación. 

— ¡ Ay, hijo de mi alma! — me respondió, sen- 



1 



62 OBRAS DE D. JOSÉ M. DE PEREDA 

tándose á mi lado y palmoteando sobre mi es- 
palda con su mano derecha. — ¡Cómo te engaña 
el bien querer! Cierto que no soy lo que te pin- 
té en mis cartas, sin faltar á la verdad, porque 
desde que me diste el sí que te pedía en ellas» 
esponjé de pronto medio palmo, por un respin- 
go de la alegría que aún me dura... ¡Qué cosas» 
hombre! ¿Quién había de decirme á mí, poco 
tiempo hace, que el caer ó no caer de repente 
un roble viejo, podía depender de!... Vamos» 
que cuanto más se vive, más se aprende. Pero 
adentro de la viga anda la carcoma: asegúroteio 
yo que la siento roer sin hora de descanso. 
fAqui un amago de tos convulsiva. J ¿No te lo 
dije? Pues á la vist% le tienes ya. ¡Éste, éste es 
el ujano picaro que me acaba!... En fín, Dios 
es Dios, y lo que Él quiera ha de ser, y lo que 
debe ser... Conque dejemos el punto para tra- 
tado en su ocasión, y vamos á otros particula- 
res más urgentes por ahora. 

Con esto empezó á descargar sobre mí una 
granizada de observaciones y de preguntas que 
casi se ensartaban unas en otras, sin dejar- 
me el menor espacio para ingerir una respues- 
ta. Si era yo alto, si era bajo; si resultaba más 
6 menos parecido á los retratos que conserva- 
ba él; si más guapo, si más feo; si salía más á 
mi padre que á tía andaluza t (mi madre)» de 
la que también conservaba retrato; cuántos cpe- 



V 



PEÑAS ARRIBA 63 

dimentost habría hecho desde que me reci- 
bí de abogado; si tenía novia y si era maja y 
rica; qué tal era tParísde Francia;» cuánto 
costaba un viaje tdesde Madrid allá,t y qué 
capitales del mundo había visitado; á cuántos 
reyes conocía de vista, y quizás de trato; qué 
me había parecido el camino desde Reinosa; si 
traía ganas de cenar; en dónde nos había auo- 
checido; por qué usaba toda la barba y no el 
bigote solo como en el retrato... Y así; y todo 
ello entreverado de golpeteos sobre mi espalda» 
de gestos indescriptibles y de injurias contra la 
tos que le amagaba, de admiraciones estruen- 
dosas, de risotadas... y de a/^s, porque los 
echaba por ristras el buen don Celso y como la 
cosa más natural y corriente. 

Yo tenía noticia, por mi padre, de lo regoci- 
jado y expansivo de su carácter cuando no le 
daba por pcHierse hecho un erizo y hacer andar 
á todos en un pie; pero no creí, vistas sus car- 
tas y su lacia catadura, que le quedara en ei 
cuerpo tanto acopio de aquellos ingredientes 
retozones. Terminó la escena p3rque se movió 
gente en los pasadizos inmediatos y entró en la 
cocina una mujer de cierta edad, gris de pelo y 
gris también de envolturas de pies á cabeza, y 
con un farol en la mano, para decirnos con vos 
algo hombruna: 

— Aqueyu ya está ayí. 



64 OBRAS DB D. JOSÉ M. DE PEREDA 

Y como «aqueyu» era mi equipaje, y «ayí» 
mi habitación, 

— ¡Jorria! — exclamó mi tío volviéndose hacia 
la mujer. — Pues pica á poner una luz... pera 
una luz de vela... ¿Entiendes? Porque tú—aña- 
dió dirigiéndose á mí,-~tendrás que hacer alga 
en tu cuarto... siquiera conocerle de vista; él 
más de que «hacienda, tu amo te vea...» y co- 
mo hay noche larga por delante, tiempo nos- 
queda de sobra para que vuelvas á la cocina á 
darte otro chamuscón, si te le pide el cuerpo.... 
¿Todavía estás ahí, fantasmona de los demo- 
nios? 

— Es que tamién está ya la luz ayí, — respon^ 
dio la mujer, que no se había movido del vana 
de la puerta. 

— ¡Acabaras de resollar!... Pues entonces^ 
daca el farol y quédate aquí tú á cuidar de estos 
potingues... ¡Mira, mira cómo se va esa olla!... 
¡Quítale la cobertera en el aire y échala un po- 
co atrás! Y á ver cómo está la cena en punto 
para cuando se te pida... Porque tú (por mí) 
querrás cenar temprano, ¿no es verdad?... Diga 
yo: con lo que has andado, y en ayunas desde 
tan lejos... Yo lo que tú, hubiera tomado á 
buena cuenta el tente en pie que te ofrecí según 
llegaste; pero ¡que si quieres!... porque las gen- 
tes finas vivís del aire y sois así... ¿Conque an- 
dando?.. • Digo, si te parece. 



PBÑAS ARRIBA 65 

Cogió en esto el farol que le entregaba la mu- 
jer gris; y como yo, que ya estaba de pie, hi- 
ciera ademán de seguirle, echó por delante ha* 
cía la puerta y fuíme tras 61, medio á tientas» 
en cuanto salimos de la cocina, porque la des- 
mayada luz del farol apenas se veía en las den- 
sas obscuridades de afuera. Andando asi á lo 
largo de un pasillo, llegamos á desembocar en 
otro que se cruzaba con él, y le seguimos hacia 
la derecha. Por este lado terminaba en un sa- 
lón que me pareció más negro que los pasillos» 
porque en sus ámbitos desmesurados parecía la 
luz del farol la de una pajuela. 

—Ésta es la salona, ó comedor — dijo mi tío 
al entrar en él.— iComedor! ¡Qué comedor ni 
qué cuartajo!... Le llamo así porque de eso sir- 
ve cuando se alojan en esta casa personajes 
finos como tú, ó algún señor Obispo de acá ó de 
allá, ó cuando hay boda en ella y algunos días 
después... hasta que llega la conñanza y se 
arregla uno tan guapamente en la perezosa de la 
cocina: en invierno, al amor de la lumbre, y en 
verano.... por la frescura... ¡CascajoJ no te rías, 
porque en la cociQa de mi casa se tirita de frío 
en agosto en cuanto se dejan de par en par las 
dos puertas y la ventana que tiene... |Figórate 
tú lo que pasaría si hiciéramos otro tanto esta 
noche, y eso que todavía estamos al acabarse 
el otoño! ¿Ves una puerta en esa pared de la \z^ 

TOMO XV 5 * 



66 OBRAS DE D. JOSÉ M. DB PEREDA 

quierda? Pues es la de mi cuarto: ahí duerme 
tu tío sesenta años haz; los restantes, quiero 
decirte, los primeros de la vida, me los dormí 
en esa alcoba de este lado de la entrada: muclm 
parte de ellos con tu padre, en una misma ca- 
ma, hasta que, por andar á testerazos muy á 
menudo los dos debajo de la ropa sobre quiéa 
estorbaba á quién... ¡qué pernear el de aquel 
arrastrado, hombre! nos separaron, y le echa- 
ron á él á dormir solo en un cuarto de los de 
atrás... Aquí tienes la mesa, de encina pura» 
como los bancos... Bien retallados de espaldar, 
¿eh?... como los bordes de la mesa y las cuatro 
patas; digo, no, que las patas están como tor-r 
neadas en rosca, igual que los fierros cruzados 
que tiene por debajo... También tienen algo de 
^torneo las sillas arrimadas á las paredes. En 
fin, cosa rústica todo ello, pero de firmeza y 
buena calidad, como corresponde á gentes de 
nuestro porte. ¡Trabajo le mando al que se em- 
peñe en buscarle la fe de bautismo! ¡Zancajo» 
cómo estará de polillas!... Ésta es la puerta de 
la sala: vamos, la pieza de respeto. Por eso te 
la he dado á tí... Es cortesía de obligación, sia 
<:ontar con el cariño... Ya lo ves, frente por 
frente de mi cuarto. ¿Te enteras? Pues jala pa- 
ra dentro. 

Y entramos. Allí ya se veía más claro, no so- 
lamente por la doble luz del farol y de la vela. 



PBÑAS ARRIBA 67 

3a cual ardía en candelero de azófar muy bru* 
¿ido, sobre una cómoda con columnitas de ba- 
«as y capiteles de bronce dorado» sino porque 
la sala tenía cielo raso y no de viguetas al de&- 
-cubierto como el salón contiguo, y estaba» lo 
mismo que los muros, muy bien blanqueado. 
Arrimados á ellos había un canapé, varias si» 
Has y otros muebles contemporáneos de la c6-> 
moda; colgado sobre ésta, un Eccé-Homo entre 
dos cornucopias de buena talla dorada; sobre 
A canapé, una Purísima, y enfrente de estos 
cuadros, otros dos, de santos también, todos 
«líos al óleo y en marcos dorados, pero suma- 
mente deslucidos ya. La sala tenía una gran 
ülcoba, y la puerta de ingreso á ella cortinas 
J)lancas recogidas en pabellones sobre grandes 
clavos romanos. En el fondo de la alcoba, una 
cama de madera de altísimo testero con moldu- 
ras doradas y medallones pintados, colcha de 
damasco rojo y sábanas muy finas, con puntillas 
y bordados en el embozo de la encimera. 

— Vas á dormir — ^me dijo mi tío paseando el 
larol sobre todos aquellos lujos, — en la misma 
cama en que han dormido los Obispos de San- 
tander y de León... ¿Eh? ¿qué tal? 

— Que es gran honra para mí — le contesté» — 
Pero yo dormiría más á gusto en ella sin la col* 
cha de damasco y las sábanas bordadas, prin- 
cipalmente sin la colcha. 



68 OBRAS DE D. JOSé M. DE PEREDA 

— ¡Hombre! pues ¿para qué se quieren la» 
cosas buenas sino para las ocasiones como la 
presente? 

Me costó algún trabajillo hacer comprender 
á mi tío, que tomaba mi resistencia á desaire^ 
que se duerme mejor y más descuidadamente 
que entre encajes y damascos, bajo las cober- 
turas sencillas que usamos á diario los simpIes^ 
mortales. 

— Pues nada, hijo— díjome al fin: — lo prime* 
ro, tu gusto, y ese es el que ha de hacerse en 
esta casa mientras en ella estés... ¡Á buena par- 
te vienes, cuartajo!...Irá fuera la colcha y cuan- 
to te estorbe con ella en la alcoba... Aquí tie- 
nes un felpudo para los pies... Creo que no te 
vendrá mal al acostarte, porque estos suelos de 
castaño viejo son fríos como ellos solos... ¿eh^ 
Pues esta lacenuca, ó como la llaméis vosotros- 
alláf á la cabecera de la cama, para poner la 
luz encima y meter adentro... ¿ves? el ingre- 
diente éste, no pienso yo que te estorbe. •• ni 
tampoco esta sillona del rincón... ven acá, ven 
acá á verla... Como somos mortales y nadie está 
libre de un apuro, y las noches son tan largas> 
ahora, y los carrejos tan obscuros y tan fríos y 
no los conoces tú mayormente. •• En fin, no hay 
que decirte más. Pues bueno: aquí tienes per- 
chas, con su guardapolvo correspondiente, cía» 
vadas en la pared... y en la de enfrente ese ar- ^ 



PBf^AS ARRIBA 69 

«nario desocupado, en que puedes meter una 
tienda de ropa... Me parece, ¡pispajo! que por 
mucha que traigas, entre él y la cómocUi y las 
perchas, con sobras te ha de caber.. « Para tus 
irezos, porque alguno usarás, como buen cris* 
tiano que eres, al meterte en la cama y al salir 
^e ella, ahí tienes, á la cabecera, á Dios Nues- 
tro Señor en cruz, y la benditera al lado, con 
^u agua correspondiente, y su ramuco de laurel 
bendito, por si quieres rociarla por el cuarto; 
porque el demonio no descansa un punto, y ae 
<:uela por el ojo de una cerradura. Aquí el pa- 
langanero con todos los avíos de limpieza... y 
todavía sobra campo para otro tanto más... Y 
con esto, lo dicho: en tu casa estás. Lo que te 
estorbe, fuera con ello; si algo deseas y no o 
tienes, pídelo, que, como lo haya á mano, tuyo 
«era... Y ahora te dejo en paz y á tus anchuras. 
Cuando acabes, avisa, que en lacocina estamos. 

Y se fué, zarandeando el farol en una mano 
y requiriendo con la otra el abrigo que se le 
deslizaba de los hombros; pero tosiendo mucho 
y muy anheloso de respiración. Aquel cuerpo 
caduco y herido de muerte ya, no podía resis- 
tir dn grandes quebrantos y protestas los aje-* 
treos en que le empeñaba la vivacidad del es- 
píritu encerrado en él. 

Mientras anduve trajinando en aquél mi apo* 
sentOf pensé mucho, y no todo de color de ro- 



70 OBRAS DE D. JOSÉ M. DE PEREDA 

sa. La última parte de mi viaje, de noche y llo- 
viznando; los pasillos negros de la casona; la 
cocina tan grande, tan obscura al principio, de 
tan extraño aspecto después á la luz de la enor* 
me fogata; el pelaje y las cosas de mi tío; 1» 
mujer gris aparecida de repente; el tenebrosa 
pámmo del comedor, explorado á la luz morte* 
ciña del farolillo de cuatro cristales empañados 
por la roña; el silencio de afutra... peor que el 
silencio absoluto: un rumor lejano é intermi- 
tente, bronco, algo por el estilo del que puso 
espanto en el esforzado pecho de Don Quijote 
cierta noche en las proximidades de Sierra Mo- 
rena, y el otro silencio de la casa en cuanto ce- 
saba de hablar mi tío, me habían impresionada 
de mala manera. Lo mejor del cuadro era mi 
habitación, amplia, sin llegar á lo enorme, co- 
mo su colindante y la cocina, blanca y bien 
provista de muebles; pero ¡qué frío se sentía ea 
ella! ¡Y aún no había empezado el mes de no— 
viembre! Instintivamente palpé el espesor dé- 
las ropas de mi cama; y aunque era muy consi- 
derable, retiré la colcha de damasco rojo y pu<- 
se en su lugar mi pesada manta de viaje en dos- 
dobleces. Sentía los pies helados, y me calcés 
unas zapatillas forradas de piel; y no me envol- 
ví el cuerpo en un abrigo ruso de que iba pro- 
visto, porque estaba resuelto á darme otro cha-- 
muscén en la cocina mmediatamente. En lo 



PBÑAS ARRIBA 7 1 

que llamaba sala mi tío, además de la puerta 
que comunicaba con el comedor» había otras 
dos que debían de corresponder á otras tantas 
fachadas de la casa. Por curiosidad abrí el ven* 
tanillo ó cuarterón de una de las hojas del claro 
más próximo á mí, y todo lo vi negro, negrísi- 
mo, á travéj de un mezquino cristalejo; abrí 
después la hoja entera, que daba á un balcón 
con repisas de piedra, y aún me pareció más 
n^ro que antes lo que de este modo se veía. En 
cambio, los rumores que desde adentro se per- 
cibían lejanos y con intermitencias, desde allí 
resultaban continuos, más acentuados y más 
próximos. Debía de producirlos el río despeñán- 
dose á corta distancia de la casona. Á este mur- 
murio incesante que casi era bramido ya, servía 
de fastidioso acompañamiento el golpeteo de la 
lluvia, vertida en el suelo por las canales del 
tejado. Me daba esta música gran tristeza, y ce- 
rré la puerta del balcón más que de prisa. 

Al salir á la salona con el candelero en la 
mano, me encontré con la mujer gris ocupada 
en poner la mesa, á la luz de un velón de tres 
mecheros, colgado de un listón de madera, su- 
jeto por una de sus extremidades á una vigueta 
del techo. No era antipática, ciertamente, la 
cara de aquella sirviente; y bien mirada, hasta 
ae hallaban en ella vestigios de haber sido gua- 
pa en sus mocedades. Expresábase con un la^ 



72 OBRAS DB D. JOSÉ M. DE PEREDA 

conistno que tenía ciertos matices clásicos» y 
respondía con agrado á las preguntas que me 
arriesgué á hacerla, por hablar de algo y alegrar 
un poco el tedioso colorido de mis ideas. Así 
supe que se llamaba Facia; que desde muy jo- 
ven servía en casa de mi tío, y que en ella pen- 
saba morir, si esa era la voluntad de su amo, á 
quien quería y respetaba como á padre y señor, 
y aun con eso no le pagaba bastante los gran- 
des beneficios que le debía. Él y su señora la 
habían recogido huérfana y desamparada, dán- 
dola desde entonces buena enseñanza y poco 
trabajo, pan abundante, y lo que vale niás que 
eso, cariño y sombra. Todo esto me lo iba de- 
clarando como á la descuidada, en. períodos 
cortados y sin mirarme á la cara, pero reflejan- 
do en la suya cierta expresión de dulzura me- 
lancólica que la hacía muy interesante, mien- 
tras se movía lentamente de acá para allá, po- 
niendo aquí un plato después de pasarle con un 
lienzo blanquísimo, y allí un vaso ó un tene- 
dor. De este modo, y echando yo la conversa- 
ción hacia ese lado, llegó á decirme que su amo 
había tenido siempre una salud ide fíerru,» 
hasta que una noche, pocos meses hacía, des-r 
pues de una semana de resfriado que no le pri- 
vó de andar por el mundo, se había despertado 
«ajuegándose de anseo, con un jirvor de pecho» 
un color de cera en la cara, y un mirar de es- 



PBÑAS ARRIBA 73 

panto en los ojos, que desafiegía.» Salió de 
aquello, pero para no levantar cabeza. «Triste- 
z6n y acobardao,» ya era otro hombre. La tos 
le sofocaba de noche, y se pasaba en vilo la 
mitad de ellas. «Entróle malenconfa» de las 
más negras; y si llego á no acudir yo á su lado, 
se va «como los sospiros.t «Con ello y con 
too, i Dios sabía 'hasta dónde llegaría el carro 
sin atollarse para siempre. 

Y la pobre mujer, con los ojos empañados, 
«penas hallaba voz en su garganta para decir- 
me esto. ¡Á buena puerta había llamado yo 
para curarme de tristezas! 

Agravadas las que había sacado de mi habi- 
tación con el contagio de las de Facia, apartó- 
me de ella con dos fórmulas de consuelo, que 
para mí hubiera querido yo, y fufme en dere- 
chura á la cocina. 




1 



IV 




STABA allí mi tío, sentado en el sillón 
de cabecera» y á su izquierda, en el 
banco que le seguía inmediatamente, 
un señor Cura muy corpulento, con 
balandrán de paño, gorro de terciopelo raída, 
y entre manos una cachavona muy recia; fron- 
tero á los dos, con la lumbre entre ambos, otra 
personaje más corpulento aún que el señor 
Cura, de cabeza canosa y gorda, cara cetrina y 
ojos muy saltones; en el mismo banco, pero ¿ 
respetuosa distancia de este sujeto, Chisco se- 
cándose el barro de sus perneras á la lumbre; y 
junto á ella, y acurrucada en el suelo sin estor* 
bar á nadie, con ima cuchara de palo en la ma- 
no derecha, y en la izquierda el mango de una 
sartén colocada sobre las trébedes, una moce* 
tona de ojos azules, hermoso y abundante pela 
mbio y cuerpo bien metido en carnes. 
Al aparecer yo en la cocina, cesó el recio cía» 



76 OBRAS DE D. JOSÉ M. DE PEREDA 

moreo de la empeñada couversación que me 
babía parecido disputa desde el pasadizo in- 
mediato, y todas las personas del grupo se en- 
'Cararon conmigo de repente. Descubríme yo 
^entonces y avancé algunos pasos hacia la me- 
seta del fogón. 

— ¡Hola, hola! — exclamó mi tío al verme.— 
Ya vienes en busca de la gracia de Dios, ¿eh? 
Me alegro, hombre, me alegro... Á ver. Tona, 
ycógele... Bien que tú no «puedes, porque estás 
ocupada... Tú, Chisco, cógele ese candelero 
que trae en la mano... Vaya — añadió mirando 
alternativamente al Cura y al hombrón del otro 
banco, — aquí le tenéis ya: éste es mi sobrino 
Marcelo, el hijo de mi difunto hermano Juan 
Antonio. ¿Eh? ¿Qué tal? ¿Qué hay que pedirle 
en estampa ni en ropaje?... Mira — ^me dijo á 
mí, — estos señores vienen á visitarte... 

Entonces se enderezaron á una los aludidos» 
que me parecieron dos gigantes, particularmen- 
te el seglar, que metía la cabeza hasta los hom- 
bros dentro de la campana de la chimenea; 
pero ni el Cura se quitó el gorro, ni el otro el 
chambergazo con que tapaba una parte mínima 
<le la blanquísima greña que se le desbordaba 
por todo el perímetro de la cabezota. Me die- 
ron sendos apretones de manos, que me hicie- 
ron ver las estrellas; y mientras volvían á sen- 
tarse, á mis ruegos, y me sentaba yo también á 



r 



PEÑAS ARRIBA 77 

los de mi tío entre él y el señor Cura, continuó^ 
diciendo el primero, señalando al segundo: 

— El señor don Sabas Peñas, párroco de este 
pueblo desde que cantó misa... ¡ya hace fecha! 
porque te advierto que no baja una peseta de 
los tres duros y medio... Se los llevo bien con- 
tados... Buen amigo, buen cumplidor de sus 
deberes, eso sí, y muy docto en latines de todas 
clases... y en poner una bala en el corazón de 
un oso sin que le tiemble el pulso... No se le 
conoce otro vicio. 

£1 Cura soltó aquí una carcajada que retum- 
bó en el embudo de la chimenea, y hasta farfu- 
lló unos latines de breviario que no pude en- 
tender. 

Después dijo mi tío refiriéndose al hombrazo 
del banco frontero: 

—El señor... Hombre— añadió encarándose 
repentinamente con él,— ¿me dejas entregar 
todo tu pasaporte de una vez, para acabar pri- 
mero y entendernos mejor? Ya sabes que le 
tengo bien aprendido en la memoria... 

El hombrazo se revolvió en su banco gru- 
ñendo un poco, y dijo al fin, con voz cavernosa 
y resonante: 

—En ese que tú llamas pasaporte no hay 
cosa que me agravie, y puede estamparse siem- 
pre á la misma luz del sol: bienio sabes tú. ¡Pera 
cuidado con el retintín! porque hay bocas que 



78 OBRAS DB D. JOS¿ M. DB PBRBDA 

basta el mismo Credo de la misa hacen sonar á 
lo que no es. 

— Esa boca no es la mía, ¡cuidado con ello! 

— Digo que hay esas bocas, y no digo más 
que eso, — ^replicó el hombrazo. 

— Santo y corriente; pero yo vuelvo á pre- 
guntarte si va 6 no va, para conocimiento de mi 
sobrino, todo tu pasaporte, ¡cuartajo! 

— Y yo te respondo que lo que es honra para 
mf , no puede ofenderme. Con que allá te veas, 
y no hay más que decir. 

— Pues escucha, Marcelillo, que allá va el 
documento: don Pedro Nolasco de la Castaña- 
lera, alcalde que fué de este Real Valle en mil 
ochocientos treinta y dos, regidor en mil ocho- 
4:ientos treinta, teniente de alcalde en mil ocho- 
cientos veintisiete, síndico en mil ochocientos 
veinticinco, antiguo empleado en el lavadero 
de lanas de los señores Botifora y Compañía» 
extramuros de la ciudad de Valencia. •• Ordeno 
y mando. 

— ^¿Lo ves? — saltó aquí el hombrazo, con un 
vozarrón que aturdía. |Ya sacastes la pata!... 
jya la jicistes! 

— ^¿En qué? — ^preguntó mi tío, fingiendo ex- 
Irañeza, miaitras el Cura reía á borbotones y 
lanzaba latines y yo no sabía qué pensardetodo 
aquello... 

— Oiga usted, caballerito — díjome entonces 



PBÑAS ARRIBA jg 

'dos Pedro Nolasco, algo tembloroso de tos: — 
es la pura verdad que yo he sido» y á mucha 
honra, todas esas cosas que usted ha oído... 
pero contra el «ordeño y mando» del remate* 
protesto una vez, y dos veces, y dos millones 
de ellas. 

— Consta en papeles, — afirmó mi tío congran 
entereza. 

—Y mucho que consta— respondió don Pe- 
xlro Nolasco;— pero con su cuenta y razón: en 
liandos que yo publiqué en su día, cuando las 
cosas andaban á paso más firme que ahora. . . sí, 
señor: allí estaba bien y en su punto; pero no lo 
está donde tú acabas de ponerlo con la mala in- 
tención que siempre tuvistes... 

—¡Eso es agraviarme! — exclamó mi tío so- 
focado por la tos. 

—¡De que me faltaras tú sin motivo me es- 
toy quejando yo! 

— ¡Yo no te he faltado! 

— ¡Yo aseguro que sí! 

La cosa estuvo á punto de encresparse de 
veras por este camino; pero con la intervención 
del Cura y con la mía, conjuróse á tiempo la 
tempestad, que no era nueva en aquella cocina 
entre los mismos contrincantes, según luego 
supe; porque los dos eran sulfurosos de genio, y 
las cosas del don Pedro Nolasco una continna 
tentación para el espíritu marrullero de mi tío. 



8o OBRAS DE D. JOSÉ M. DE PEREDA 

Puestos en paz bien pronto, continuó éstet 

— Por lo demás, llévame dos años de fecha,, 
aunque niégalo el arrastrado, sin pi2x:a de te*^ 
mor de Dios, y tiene ya los cuatro duros bien 
corridos de peso. Fué siempre de mucho odre^ 
buen apetito y mejor conducta. Así ha llegada 
él tan acá, sin un mal retortijón de tripas»^ 
Nunca le tomó apego, como el Cura, á la caza 
mayor... en los breñales, se entiende; porque 
á la vera de su casa ó al amor de la lumbre, se 
zampa un buey en dos sentadas, si hay quien 
se le ofrezca. Por eso y otras cosas, le llama» 
mos los que bien le queremos, sin que á mal 
lo tome ni se ofenda, Marmitón. 

— ¡Celso! — rugió aquí don Pedro Nolasco, 
dando patadas en el borde de la meseta en que 
apoyaba los pies, calzados con zapatillas de 
cintos negros, lo mismo que el señor Cura y 
que mi tío. 

Y entonces me ñjé yo en que debajo de la& 
zapatillas calzaba medias alagartadas, verdes,, 
con grandes pintas negras. 

—Eso es lo único que te afea, salvo la cara 
— <Ííjole mi tío serenamente: — el genial... En 
ese punto eres una jabalina celosa, á lo mejor 
de una chanza. Salimos de una chamusquina^ 
y ya te quieres meter en otra... 

— ¡Barajólas! — exclamó don Pedro Nolasca 
santiguándose. — ¿Ustedes han visto otra coma 



PBÑAS ARRIBA 8 1 

ella? Trapalón de los demonios^ ¿pues me he 
metido yo contigo ni tanto así, desde que se 
acabó lo otro? 

Mi tío no le hizo caso, y me preguntó á mí: 

— ¿Le has visto ya bien? Pues con esas cer- 
das y todo, es el vecino más noblón del pue-^ 
blo y el mejor amigo de sus amigos, y además 
es uva de la nuestra cepa. Lleva el corazón en 
la rnano^ y dará la piel cuando no tenga capa 
que partir con el pobre. Te lo digo yo. Mar- 
mitón de los demonios, aunque me pegues — 
añadió encarándose con el gigante; — te lo digo 
yo, ¡cuartajo! yo, que tengo buenas pruebas de 
ser verdad; y te lo digo con el alma y vida. Si 
quieres creerme, me crees, y si no, peor para 
tí. ¿No es así, Cura? 

— Esi Deus in iío¿*5— respondió éste movien. 
do la cabeza de un lado á otro, como quien 
afirma algo bueno que es además indiscutible. 
— lHo hay que darle vueltas, est Deus in nohis, 
semfer et ubique, Y si no fuera así, pobres de 
nosotros á cada chapucería de las que arma 
Satanás en las disputas de los hombres. 

— Pues bueno — repuso mi tío volviéndose 
hacia su amigo que no chistaba ni se movía, 
con los ojazos clavados en la lumbre. — Ahora 
quiero que te quedes á cenar con nosotros, no 
por mí, que no lo merezco, sino por honrar á 
mi sobrino. 

TOMO XV 6 



82 OBRAS DB D. JOSÉ M. DE PEREDA 

— ¡Á buen tiempo! —murmuró el gigaate re- 
volviendo un poco la mirada hacia don Celso 
y descargando mucho los celajes de su faz. 

— ¿Lo dices porque has cenado ya? — le re- 
plicó mi tío. 

— ^Naturalmente. 

— Pues por eso mismo, porque lo presumía, 
te convido yo. En estómagos como el tuyo, 
ceba llama ceba... Y para animarte más y ha- 
cerla redonda y cabal esta noche, también te 
convido á tí, Cura. 

— Eso ya es otra cosa — dijo entonces don 
Pedro Nolasco, entrando de frente en la por- 
fía: — si él se queda... 

Negábase el Cura á ello de todas veras; pero 
á fuerza de insistir mi tío y de empeñarme yo 
también, aceptó al cabo. 

—¿Lo has oído. Tona?... Pues llévale el 
cuento á Facia para que ponga dos platos más 
en la mesa, y añade tá lo que falte, si es que 
falta algo en la cocina. 

Tona respondió que sobraba con lo que ha- 
bía arrimado á la lumbre, siempre que cada 
cual comiera como Dios mandaba; y mi tío, 
mientras el hombrón recibía con carraspeos la 
condicional que la sirviente había echado hacia 
allá con los ojos, dio por rematada la historia 
y mandó que se tratara de otra más divertida. 

No lo fueron ni tanto siquiera, para mí gus- 



PEÑAS ARRIBA 83 

to, las pocas que salieron á relucir después, 
mientras la mocetona rubia, y Facia, la mujer 
gris, que entraba y salía á menudo, daban los 
últimos toques á los condumios arrimados al 
fuego. Por mi parte, y «para ir tirando de la 
conversación,» tuve que suministrar, á instan- 
cias del Cura y de don Pedro Nolasco, cuatro 
vaguedades sobre tesos mundos de Dios,» por 
los que tanto había rodado, al decir de los mis- 
mos señores; y menos interesado ya que al 
principio en lo que allí se trataba, y pudiendo 
llevar mi atención á otros términos del cuadro, 
observé, entre otras cosas, que Tona y Chisco 
no tomaban parte en ello más que con los ojos 
y alguna que otra exclamación ó risotada, y que 
la tal sirvienta, por su cara y por su talle, de 
pies á cabeza, en fin, era lo que se llamaba una 
buena moza. 

—Ya ves — llegó á decirme mi tío, — que aquí 
no se pasa el rato del todo mal, después de 
hecho el hombre á estas cosas tan diferentes de 
las de allá, Y mejores se pasan todavía, como 
irás viendo, porque esta noche no hace regla: 
no es sazón de ello hoy por hoy, en que no 
aprieta el frío y está mucha de la maíz sin des- 
hojar, y hay que deshojarla, porque lo primero 
es lo primero; pero déjate que corran días y 
empiece á empardecerse el cielo y á rebombar 
el pozón de Peña Sagra, {trastajo! y verás acu- 



84 OBRAS DE D. JOSÉ U. DB PBRBDA 

dir gente á esta cocina, basta haber nocbe de 
no caber en estos bancos, cada cual con su avío 
y con su tema... toda gente montuna, por de 
contado: puros jastialones. Hay que armarse á 
veces de mucho aguante, eso sí, porque en un 
rebaño, ¡zancajo! no todas las bestias son de 
una misma condición; pero las mejores de éste 
son las más; y con tal de no pedir castañas al 
camueso... Vamos, que te ha de entretener, si 
es que te avezas á ello... y Dios lo haga así. 

— ¡Pues no ha de jacerlu? — exclamó don Pe- 
dro Nolasco, asombrado de que se pusiera en 
duda lo que él tenía por indudable. 

— A custodia matutina usque ad noctem s^ret 
Israel in Domim — confirmó don Sabas, — sin 
contar con lo que tengo dicho y no me cansaré 
de repetir: est Deus in nobis; y por eso no hay 
que desesperar de nada que sea honrado, con- 
veniente al hombre de bien y conforme á la 
santa ley de Dios. 

Cuando llegó el momento de irnos á cenar, 
preguntó don Pedro Nolasco muy sorpren- 
dido: 

— |Pero, cómo?... ¿No cenamos aquí? 

— |No, señor! — respondió mi tío empujándo- 
nos hacia la puerta. 

— Pero ¿por qué? — insistió aquél, erguido so- 
bre el fogón. 

— Curiosón de los demonios— replicó el otro 



PBÑAS ARRIBA 85 

volviéndose hacia 61 desde la mitad de la co- 
cina. — ^En primer lugar, á zoquete regalado 
no debieras ponerle tachas; y, por último, has 
de saberte, traga-aldabas del jinojo, que ni to- 
dos los tiempos corren unos, ni todos los hom- 
bres son iguales. ¿Me entiendes ahora? 

Esto ocurría en el instante en que Chisco, 
por mandato de Tona, se acercaba á la pared 
que yo había tenido enfrente, á la cual estaba 
adaptado ün tablero, soltaba la taravilla que le 
sujetaba por arriba, le hacía girar sobre el eje 
que tenía en el lado de abajo, y le dejaba en 
posición horizontal sostenido por un tentemo- 
zo. Pidiendo informes sobre el uso de aquél 
aparato, averigüé que era la mesa perezosa á 
que había aludido mi tío en el comedor. 

— Y ¿para qué la ponen ahora?— pregúntele. 

— Para cenar los criados en cuanto nosotros 
nos larguemos de aquí, — ^respondióme. 

Me gustó el artefacto, que quedaba armado 
á muy corta distancia del fogón, tentóme la no* 
vedad aquélla, y desde luego uní mi parecer 
al bien notorio de don Pedro Nolasco. 

— ^Pues por mí— dijo mi tío con firme reso- 
lución,^que levanten los manteles de la otra 
mesa y los tiendan en ésta. Por regalarte el 
gusto, mandé que se cenara allá: ya sabes que 
el mío es muy diferente. Además, para lo que 
he de cenar yo... Conque si te gusta más esto».. 



86 OBRAS DE D. JOS¿ M. DB PBRBDA 

Convinimos, á mis ruegos, en que por aque-^ 
lia noche quedatan las cosas como estaban^ 
cenando en adelante en la perezosa y dejando 
la mesa del salón para la comida del mediodía; 
bajóse de su pedestal don Pedro Nolasco» y 
salimos de la cocina los cuatro comensales en 
ringlera, siguiendo á Tona que nos alumbraba 
el camino con el candil que había descolgada 
de la campana de la chimenea. 

Y sucedió lo que yo estaba temiendo rato ha- 
cía, por lo que había ido observando alrededor 
de la lumbre y en los trajines de la repolluda 
cocinera: que la cena dispuesta en honor mía 
era para servir de espanto más que de tentación 
y de consuelo á un comensal de mis tragade- 
ras, hecho y avezado á las sabrosas parvidades 
de la cocina mundana. Comenzando á contar 
por los cubiertos y dos cucharones de plata d& 
anticuada forma, una torta de pan casero, ocho 
vasos de cristal verdoso y un botellón muy ne- 
gro, todo cuanto había y fué apareciendo sobr& 
la mesa era macizo y grande y abundante has* 
ta lo increíble. Primeramente, un canjilón de 
sopas de leche; después una fuente muy honda, 
de un potaje de nabos en ensalada; luego una 
tortilla de torreznos, seguida de una asadura 
picante, y, por último, una compota descomu- 
nal de manzanas, y mucho queso curado, de 
ovejas. Lo único que escaseaba allí eran la luz; 



PEÑAS ARRIBA 87 

y el calor, porque la de las mechas del velón 
casi se perdía en el negro espacio antes de lle- 
gar á la mesa, y el chamuscón que yo me ha-* 
bía dado en la cocina sólo me servía en el co- 
medor para sentir doblemente la glacial tem- 
peratura de aquel páramo. 

El Cura, contra lo que yo esperaba de su ta- 
maño» comía nada más que regularmente, y era 
limpio y reposado en el comer. Mi tío probaba 
de todo sin gustarle nada, y yo satisfice mi ne- 
cesidad, más que apetito, de doce horas, casi 
tanto con la vista de tan copiosos alimentos, 
como con las parvidades que de ellos tomé.«. 
¡Pero don Pedro Nolasco!... No tenía calo ni 
medida su estómago de buitre; devoraba hasta 
con los ojos; y mucho de lo que no le cabía en 
la boca mientras funcionaba su gaznate, corría- 
le en regatos por el exterior hasta sumirse bajo 
la sobarba entre cuero y camisa, ó mezclarse 
gota á gota con la mugre del chaleco. 

Se habló poco en la mesa, y de esto poco la 
mayor parte fué de mi tío para decir injurias al 
glotón, que no le contestaba, ni creo que le oía, 
y para ponderarme su asombro por lo melin- 
droso que le parecí en el comer, y muy espe- 
cialmente por éíplan de cena mía, para en ade- 
lante, que le tracé. No podía comprender el 
buen señor que un mozo de mis años y con mi 
salud, no comiera cuanto se le pusiera delante 



88 OBRAS DB D. JOSé M. DB PBRBDA 

á cualquier hora del día ó de la noche. cAbua- 
dante y substancioso» era la divisa del bien co* 
mer entre los hombres rumbosos del pelaje de 
mí tío. 

Andando en esto y regoldando ya el gigante 
por no tener su estómago cosa de más jugo en 
que entretenerse, oyóse ima campanada de ro- 
ló hacia lo más obscuro y remoto de la es- 
tancia. 

—[Las diez y medial — dijo mi tío revolvién- 
dose en el banco. — Me parece que ya es hora 
de que te dejemos en paz. £1 viaje te habrá 
molido bien los huesos, y tendrás ganas de 
tumbarlos en la cama. Por lodemás, no te creas: 
entre el laberinto del ganado abajo, y la tertu- 
lia de arriba después de rezar el Rosario, rara 
es la noche en que nos acostamos más tempra- 
no.» Ya verás, ya verás, ¡pispajo! cómo sabe- 
mos vivir aquí, aunque montuno^ y pobres, á 
uso de pudientes de ciudad... ¿Conque enten- 
dístelo. Marmitón? Pues, ¡jorria! ya que estás 
jartu, y á su casa el que la tenga. 

Levántamenos todos, dio gracias el Cura, 
respondímosle cumplida y devotamente, y se 
fué con don Pedro Nolasco, no sin haberme 
hecho volver á ver las estrellas con los apreto- 
nes de manos que me dieron por despedida. 

Poco tiempo después, encerrado yo en mi 
cuarto, paseábame á lo largo de él intentando 



PBNAS ARRIBA 



89 



pensar ea muchas cosas sin llegar á pensar con 
fundamento en nada, no sé si porque realmen- 
te no quería, 6 porque no podía pensar de otra 
manera. Con esta obscuridad en mi cerebro y 
el continuo zumbar del río en su cañada, acabé 
por sentirme amodorrado, y me acosté. 

Blanca de ropas y limpia como un sol era 
mi cama; pero (qué fría... y qué dura me pa- 
reciól 




li^l»^; 



V 




iN embargo, dormí toda la noche de 
un solo tirón; pero soñando mucho y 
sobre muchas cosas á cual más extra- 
vagante. Recuerdo que soñé con el 
oso del Puerto; con desfiladeros y cañadas que 
no tenían ñn, y tan angostas de garganta, que 
no cabía yo por ellas ni aun andando de medio 
lado. Obstinado en pasar huyendo de la fiera 
que me seguía balanceándose sobre sus patas 
de atrás y relamiéndose el hocico, tanto forza- 
ba la cuña de mi cuerpo, que removía los mon- 
tes por sus bases y oscilaban allá arriba, ¡muy 
arriba! las cúspides pedregosas, y hasta se des- 
plomaban muchas de ellas sobre mí; pero sin 
hacerme daño. También soñé con mi tío bai- 
lando en la cocina, junto á la lumbre, unas se- 
guidillas que cantaba la mujer gris tañendo una 
sartén muy grande; y después con don Pedro 
Nolasco, el cual comía becerros crudos y tron- 



92 OBRASf DE D. JOS¿ M. DB PBRBDA 

€05 de abedul y peñascos de granito con bar- 
dales, mientras iban comiéndome á mí, fibra á 
fibra y muy poco á poco, el Tedio y la Melan* 
coUa, un matrimonio de lo más horrible, que 
vivía en el fondo de un abismo sin salida por 
ninguna parte. 

Quizás por haber sido éste mi último sueño de 
la noche, fué tan triste mi despertar por la ma- 
ñana. ¡Porque fué triste de veras! Pero me ha- 
bía dormido con la curiosidad recelosa de co- 
nocer de vista la tierra en que voluntariamente 
acababa de sepultarme; y sintiendo revivir de 
golpe aquel vehemente deseo al ver un poco de 
lu^ que se filtraba por los resquicios de las 
puertas, levánteme de prisa, láveme tiritando 
de frío, envolvíme en el abrigo más espeso de 
los varios que tenía á mi alcance, y me asomé 
al mismo balcón á que me había asomado por 
la noche. 

Ya no llovía; pero estaba el mezquino retal 
ÚQ cielo que se veía desde allí levantando mu- 
cho la cabeza, cargado de nubarrones que pa- 
saban á todo correr por encima del peñón fron- 
tero y desaparecían sobre el tejado de la casa. 
Entre nube y nube y cuando se rompía algún 
empalme de los de la apretada reata, asomaba 
un jironcito azul, salpicado de veladuras ana- 
caradas; algo como esperanza de un poco de 
sol para más tarde, si por ventura regían en 



PBÑAS ARRIBA 93 

aquella salvaje comarca las mismas leyes me- 
teorológicas que en el mundo que yo conocía. 

Dejando este punto en duda, descendí con 
la mirada y la atención á lo que más me inte- 
resaba por el momento: lo que podía verse de 
la tierra en todas direcciones desde mi obser- 
vatorio de piedra mohosa con barandilla de 
hierro oxidado. ¡Bien poco era ello, Dios de 
misericordia! 

Delante y casi tocándole con la mano, un 
peñón enorme que se perdía de vista á lo alto y 
aún continuaba creciendo según se alejaba cues- 
ta arriba hacia mi izquierda, al paso que hacia 
la derecha decrecía lentamente y á medida que 
se estiraba, cuesta abajo^ hasta estrellarse, con- 
vertido en cerro, contra una montaña que le 
cortaba el paso extendiendo sus faldas á un la- 
do y á otro. Rozando las del peñón y la del 
cerro hasta desaparecer hacia la izquierda por 
el boquete que quedaba entre el extremo infe- 
rior del cerro y la montaña, bajaba el río á es- 
cape, dando tumbos y haciendo cabriolas y 
bramando en su cauce angosto y profundo, cu- 
bierto de malezas y de misterios. Inclinado ha- 
cia el río, entre él y la casa, debajo, enfrente y 
á la izquierda del balcón, un suelo viscoso de 
lastras húmedas con manchones de césped ^ 
musgos, ortigas y bardales. Á la derecha y ca- 
si á plpmo del balcón, el principio de un co-* 



94 OBRAS DE D. JOSÉ M. DE PEREDA 

rral que seguía fachada abajo y daba vuelta ea 
ángulo recto hacia la otra, lo mismo que el co- 
bertizo que le cercaba por el lado del río, y 
estaba destinado, por las muestras visibles, á 
cuadras, leñeras y pajares. Por el estorbo de 
estos tejadillos y de la larga línea de fachada 
de la casona, sólo se alcanzaba á ver, por la 
derecha, una estrecha faja de terreno cultivado, 
paralela al río y perteneciente al valle que, se- 
gún todas las trazas, se extendía hacia aquella 
parte, es decir, á la derecha del río. Y á todo 
esto, el patio y sus tejados, y el terreno de afue- 
ra, y las zarzas y los heléchos y la baranda del 
balcón, en fin, cuanto se veía ó se palpaba des- 
de mi observatorio, húmedo, reluciente y go- 
teando. 

No habiendo cosa más risueña en qué poner 
la vista por aquel lado, fuíme á la otra fachada, 
la que correspondía al claro frontero á mi alco- 
ba. Por esta puerta salí á un larg:o balcón ó so- 
lana, de madera encajonada entre dos esquina^ 
ks ó mensulones de sillería, llamados también 
^ortítfuegos* En el de mi derecha resaltaba el 
grueso y tallado canto de un escudo de armas, 
cuyo frente no podía ver por lo que sobresalía 
el esquinal de la baranda del balcón. No pu- 
diendo ver tampoco desde allí, y por idéntico 
motivo, el resto de la fachada, supuse, y no sin 
fundamento, que la parte del edificio habitada 



PBÑAS ARRIBA 95 

por mí formaba un cuerpo saliente. El balcón 
caía sobre un huerto del mismo ancho que 
aquella fachada de la casa, y muy poco más de 
largo, con sus correspondientes inclinaciones 
hacia ella y hacia el río; una docena de frutales 
en esqueleto; un cuadro de repollos medio po- 
dridos; algunas matas de ruda, de mejorana y 
de romero; un rosal vicioso y en barbecho lo 
demás; un muro viejo para cercarlo todo; y por 
encima del muro, surgiendo las moles de un 
negro anfiteatro de fragosos montes, .que allá se 
andaban en altura con el peñón de la derecha, 
que formaba parte de él. Y no se veía otra 
cosa. 

Por la dirección de la luz y otras señales 
bien fáciles de estimar, di por seguro que aque- 
lla fachada de la casa miraba al Sur, y que por 
el lastral que bajaba á mi izquierda, es decir, 
al Este, entre la pared del huerto y el monte de 
aquel lado desde un alto desfiladero que se veía 
algo lejano, había venido yo la noche antes. 
Por este viento nada tenía que observar, pues 
bien á la vista estaba la montaña que corría pa- 
ralela á la casa asombrándola con su mole. Ha- 
bía, pues, que buscar por el Norte del «solar 
de mis mayores» la perspectiva del valle entero, 
que le parecía á Chisco «punto menos que la 
gloria.» 

Con este propósito me retiré de la solana de 



g6 OBRAS DE D. JOSÉ M. DB PEREDA 

mí aposento, y salí al comedor. Estaban abier- 
tos los dos claros de él que daban al exterior 
de la casa. Acerquéme á uno de ellos, y vi que 
correspondían ambos á otra solana muy escon- 
dida al socaire de la pared de mi habitacióa 
que, efectivamente, sobresalía mucho de la lí- 
nea general de la fachada. Entre esta pared y 
otro mensulón mucho menos saliente que ella 
al extremo opuesto, corría la solana, á la que 
daba también una puerta del dormitorio de 
mi tío. 

Estaba abierta y me colé dentro* No había 
allí más que una cama del mismo estilo que la 
mía, pero grande, de las llamadas de matrimo- 
nio, un crucifijo y una benditera en la pared 
del testero, una cómoda, dos perchas, un pa- 
Ikinganero, un sillón de vaqueta, dos sillas y un 
felpudo. La cama estaba ya hecha, el suelo ba- 
rrido y todas las cosas en orden, señal de que 
mi tío había madrugado más que yo. Me aso- 
mé á una ventana abierta en la pared del Este 
junto á una alacena, y vi lo que ya me había 
imaginado: el peñascal negro, jaspeado de grie- 
tas con vegetaciones silvestres y separado de 
la casa por un callejón pendiente, de lastras 
resbaladizas. 

Al volver al comedor por la solana, hálleme 
con mi tío que entraba en él por la puerta de 
enfrente. Llegaba fatigoso y se apoyaba en un 



PEÑAS ARRIBA 97 

bastón. ¿ la luz del día parecíame su traza muy 
otra de lo que me había parecido á la luz arti- 
ficial. El blanco y ñno cutis de su cara tenía un 
matiz azulado, y había en sus ojos y en su boca 
una muy marcada expresión de anhelo. Sin em- 
bargo, su humor era el de siempre; y si era di- 
simulo de lo contrario, no se le conocía. Se ad- 
miró de hallarme levantado tan temprano. Ve- 
nía á ver qué era de mí; si se me oía revolver- 
me en la cama, para entrar, en este caso, á 
abrirme los ba cones, si lo deseaba, y si no, 
para tener el consto de darme los buenos días. 
Le agradecí mucho su cuidado, y después de 
atarazarle le pregunté cómo había pasado la no- 
che y por qué madrugaba tanto. 

— Como siempre, hijo del alma— contestóme 
entre toses y jadeos. — Y no me las dé Dios 
peores. En buena salud, me levantaba con el 
alba; desde que tengo tan mal dormir, madrugo 
mucho más que el sol, y con todo y con ello, 
me sobra tiempo de cama. 

Parecióme que el relente frío de las madru- 
gadas no debía de sentarle bien, y así se lo di- 
je, aconsejándole que se guardara de él. 

— Eso será entre vosotros — me contestó con 
su aire chancero de costumbre,— avezados á 
vivir entre cristales; ipero entre los montunos 
de por acá!... ¡Pobre de tu tío Celso el día en 
que no pueda desayunarse con una tripada de 
TOMO XV 7 



98 OBRAS DE D. JOSÉ M, DR PEREDA 

esa gracia de Dios! Pero, vamos á ver, ¿y tú? 
¿te has desayunado ya con algo más de tu gus- 
to? Porque no falta de ello en casa, como te di - 
je anoche. Y si no has pensado en eso, ¿en qué 
trastajo has pensado?... ¡Mira que como sea 
falta de franqueza!. •• 

Díjele en qué me estaba entreteniendo desde 
que me había levantado y lo que llevaba visto 
ya, y me replicó, agarrándome por un brazo al 
mismo tiempo y tirando de mi hacia los carre- 
jos interiores: 

— ¡Por vida del ocho de copas, hombre!... 
Pues» mira, en parte me alegro de que ha- 
yas empezado por donde empezaste: asi te 
queda lo mejor para lo último.,. jVen acá^ 
ven acá! 

Y me llevó á remolque hasta la cocina, don- 
de me hallé á la mujer gris» á Tona y á Chisco, 
sentados á la perezosa y almorzando unas bi- 
tangas con borona. Diéronme risueños los bue- 
nos días, levantándose muy corteses, y apenas 
me dejó tiempo mi tío para cambiar con ellos 
algunas palabras; porque tan pronto como abrió 
una puerta cercana á la mesa y en la misma pa- 
red, comenzó á llamarme á su lado. 

Obedeciéndole, salí á un balcón de madera 
de mucha línea y muy volado, la mitad del cual 
caía sobre el patio de las cuadras, que no pasa- 
ba del centro de aquella fachadaf y la otra mi-* 




PBNAS ARRIBA 99 

tad afuera. De este modo podía ver el panorama 
completo y sin estorbos. Formaban la barrera 
de enfrente la montaña atravesada delante del 
cerro de la izquierda, y otra que la seguía ha- 
cia mi derecha, bien poblada de vegetación en 
su base, de color pardo muy obscuro en la mi- 
tad, de alto abajo, de lo que pudiera llamarse 
su tronco; de verde crudísimo en la otra mitad» 
y con la enorme cabeza gris, como un cráneo 
despellejado y seco, entornada hacia el hombro 
izquierdo, con la blanca osamenta al aire tam- 
bién. Me hacía el efecto aquella basta mancha 
verde, ñna y jugosa, iluminada entonces casi 
de frente por un rayo de sol, de un remiendo 
de terciopelo riquísimo en un vestido de toscp 
sayal. Formando ángulo con esta montaña y 
quedando un boquete entre las dos, terminaba, 
coronada de crestas y picachos, la que descen- 
día por el Este de la casa rozándola el costado 
con sus bardales. 

Dentro de todo este marco, que parecía una 
contradanza de colosos encapuchados, se ex- 
tendía una tierra de labor tijereteada en peda- 
zos de pradera y de boronales, los primeros de 
un verde aterciopelado, y los segundos con la 
nota pajiza que les daban los tallos secos, aún 
no cortados, del maíz recién cogido. Entre mi 
observatorio y esta mies, que descendía en 
rampa hacia los montes de enfrente, y muy in- 



i 



lOO OBRAS DE D. JOSÉ M. DE PEREDA 

clinada al mismo tiempo hacia el río, un pedre- 
gal erizado de malezas y surcado de senderos y 
camberas de comunicación con el pueblo, cuyas 
casitas se veían, hechas un rebaño, en lo más 
alto de la mies, con la iglesia en medio, que 
parecía, y lo era en substancia, su pastor. En 
todos aquellos edificios, con las fachadas muy 
lavaditas y las puertas y ventanas de par en 
par, veía yo otras tantas caras de seres desdi- 
chados y enfermizos, con la boca y los ojosmuy 
abiertos, ávidos de aire y de luz que les iban 
faltando. Y entre aquellas caras las había de 
varias expresiones, desde el patético compasi- 
ble, hasta el cómico y el grotesco. Daba gana 
de echar á algunas de ellas una limosna, para 
calmarles las angustias del estómago, ó un som- 
brero de desecho para sustituir la ruinosa chi- 
menea, y á todas un asidero para sostenerse, 
sin rodar hasta el monte, en la postura violenta 
en que yo las veía. 

Tan embebido me hallaba en este linaje de 
visiones, que ni siquiera me enteraba de los in- 
formes que iba dándome mi tío sobre cada cosa 
de las principales del cuadro. Parecíame todo 
el valle, relativamente á la altura de su marco, 
de una pequenez asfixiadora, y considerábame 
caído de las nubes en el fondo de un dedal 
enorme. jQué idea tendría Chisco de la gloria 
celestial, cuando la ponía solamente un punto 



r 



PBNAS ARRIE! ZOI 

más arriba que aquello en la escala de lo her- 
moso y admirable? 

¡Dios eterno, qué envidia tuve entonces á los 
pájaros porque volabanl 

— Dígame usted, tío— pregúntele de golpe, y 
sin reparar en que le cortaba á lo mejor un en- 
turiástico discurso precisamente sobre la an* 
chura y salubridad del valle, — ¿por dónde se 
sale de aquí? 

— ¿Jacia onde? — me preguntó él á su vez. 

— Pues... hacia... hacia fuera, hacia el mun* 
do, vamos, — respondíle yo aturrullado como 
un chicuelo imprudente, temeroso de que me 
descubriera los pensamientos que me habían 
arrancado la pregunta. 

— ¡Jacia el mundo I— repitió él soltando una 
carcajada. — Pues me hace gracia la ocurren- 
cia, ¡pispajo! ¿Estamos aquí en el limbo, ó qué? 

— He querido decir— repuse celebrando con 
una risotada contrahecha la pregunta de mi tío, 
— que cuáles son las salidas principales.. • 

— Ya, ya: ya te había calado yo el pensa* 
miento — respondióme él, dejando de pronto el 
aire jaranero, — sino que como la ocurrencia 
tuya se acaldaba bien en una chanza, y yo soy 
así... Pues te diré: una de las salidas principa- 
les es el camino por donde tú has venido ano- 
che, éste de al lado nuestro. 

—Corriente. 



102 OBRAS DE D. JOSé M. DE PEREDA 

— Y la otra es la que se ve allá abajo, á la 
mano izquierda: la misma salida del río* ¿No 
ves un camino que va por encima de él siguien* 
do toda la ladera? £1 puente está aquí á la iz- 
quierda, entre aquellos jarales. Puede que le 
confundas con ellos por lo viejo que es... Pues 
por ese camino se va.*. 

— ^¿Hasta dónde? 

— {Hasta dónde!... {Trastajo! hasta la mar^ 
si te conviene. 

— Bien; pero ¿por dónde? 

— Pues río abajo, río abajo. •• de pueblo en 
pueblo. ¿Quieres que te los nombre uno á uno? 

— No hay necesidad. 

— Hasta que llegas á un camino real. Si quie- 
res seguirle por la derecha, porque te jale lo 
mundano, le sigues; y si te contentas con menos, 
le cruzas; y no apartándote de la vera del río» 
en un dos por tres darás con los jocicos en la 
mar... Mira, hombre: acjuí donde me ves y con 
los años que tengo, no llegan á cuatro las veces 
que he estado en Santander. La primera con ta 
tía, recién casado con ella. Entonces no había 
el camino real de que te hablo, que es de ayer» 
y había que ir á buscarle más lejos. íbamos á 
caballo, como siempre se ha ido desde aquí por 
los pudientes. Ella, en un sillón de terciopelo 
azul y clavillos sobredorados, con las galas de 
novia, á la moda de entonces. Campaba de ve» 



PBÑAS ARRIBA IO3 

ras, porque era guapetona de firme. •• ] trastajo, 
si lo era! No nos comía la prisa 7 jicimos no- 
che en la villa de San Vicente, que al otro día 
abrió puertas y ventanas para vernos salir... 
Mira, hombre: poco más de un mes antes ha- 
bía salido de España, á tiro limpio, el último 
ladrón de los de Pepe Botellas. •• Cabalmente. 
Pues bueno: paramos poco en la ciudad, por- 
que no nos gustó aquello. La segunda vez jfué 
á raíz de lo del veintitrés, con un pariente de 
los de Promisiones, que deseaba, como yo, ver 
cómo andaban las cosas del mundo después de 
la taringa que habían llevado los botarates de 
la PitUa. ¡Cuartajo, qué cumplida se la die* 
ron..^ y qué merecida la tenían los arrastradosl 
Pues la tercera fué ayer, como quien dice, no 
más que por el gusto de saber por mí propio 
qué era eso del camino de fíerru que acababa 
de estrenarse... Y para de contar, después de 
enterarte de que no pasan de doce las que he 
salido del valle más allá de dos leguas... Y te 
aseguro que nunca que dormí fuera de él, jice 
sueño con arte, y que toda comida que no sea 
la de mi casa, me ha sabido siempre á condu- 
mio sin sustancia; y que en no viendo yo es- 
tos picachones encima de la cabeza por donde 
quiera que ando, me hago cuenta que no veo 
cosa de gusto ni de traza, y hasta la mar de la 
costa me parece una pozuca, comparada con 



104 OBRAS DE D. JOS¿ M. DB PEREDA 

las anchuras de este valle... De las casas en 
ringle no se me hable, ¡trastajo! porque sola- 
mente de mentarlas me falta la respiración. •• 
La verdad, Marcelo... Cada uno á lo suyo, y 
con su cada cual. Y á este respetivo, has de 
saberte que hay en este valle gentes que se caen 
de viejas sin haber salido de él más allá de lo 
que corre de una alenda un perro con asma. Y 
se morirán tan satisfechas como si murieran de 
jartura del mundo que tú conoces: igual que ha 
de pasarme á mí en el día de mañana. Créeme, 
hijo: cuanta menos carga de antojos se saque 
de esta vida, más andadero se encuentra el ca- 
mino de la otra. Hay quien jalla la mina cavan- 
do en un rincón de su huerto, y hay quien no 
da con ella revolviendo la tierra de media cris- 
tiandad. Ahora, tú dirás quién es más afortuna- 
do de los dos y más digno de envidiarse. •• 
¡Cascajo! y vamos adelante con la historia, que 
como dé yo en irme por los atajaderos... ¿Dón- 
de habíamos quedado con ella? ¿Qué más deseas 
saber? 

— Por de pronto—respondíle, maravillado de 
aquélla su vivacidad de imaginación y soltura 
de pico, que parecían incompatibles con la do- 
lencia que le acababa,— si se ensancha el pai« 
saje más allá del boquete por donde se cuela 
el río. 

—Al contrario— respondióme: — en cuanto 



r 



pbíIas arriba 105 

doblas el recodo, vuelven á encalabrinarse los 
picachos á la vera del río, tan pronto á un lado 
como á otro, cuando no á los dos á un tiempo. 
Anchuras de éstas no se encuentran hasta el ca- 
mino real; medio día de rodar, agua abajo, en 
una caballería de buenos pies; un paseo, como 
quien dice, y de los cortos. .. Enfrente de ese 
boquete tienes aquél otro de la mano derecha, 
por donde se mete una tira de valle que va á 
acabar en punta allá dentro. ¿Le ves? al pie 
mismo de la montaña manchada de verde por 
arriba. Pues por ese callejo hay otra salida que 
va trepando por los breñales... en ñn, hombre, 
hazte cuenta que en cada resquebrajo que veas 
en un monte de éstos, hay un sendero por don- 
de andan estas gentes como por el portal de la 
iglesia, y se pasean y toman el aire y recrean 
la vista los hombres desocupados y sanos de 
pecho, como tú. Ya verás, ¡trastajo! ya verás 
lo que es bueno. 

— ^Así lo espero — ^respondí faltando á la ver- 
dad de lo que pensaba. — Y diga usted — añadí 
apuntando al mismo tiempo con el dedo hacia 
allá, — ¿qué significa aquella mancha verde en 
que ya me había fijado yo antes que usted me 
la mencionara? 

-*|Oh!— contestóme alzando los dos brazos 
á un tiempo,— {eso es la gran riqueza del lu- 
gar, amigo! Eso es el Prao-Concejo de aquí. 



I06 OBRAS DB D. JOS¿ M. DB PBRBDA 

porque también hay otros pueblos que tienen el 
suyo correspondiente; pero no como el nues- 
tro. ¡Quiá! iPispajo, ya le quisieranl Es de to> 
dos y cada uno de estos vecinos: un caudal de 
yerba que se reparte por adra todos los años. 
Ya verás, ya verás qué romería se arma el día 
de la siega, si te coge aquí el primer agosto 
que llegue. 

—Pero ¡cómo demonios — pregunté verdade- 
ramente asombrado de lo que me contaba mi 
tlOf — se puede segar en aquel precipicio, ni ba- 
jar al valle lo que en él se siegue, ni mucho me- 
aos subir allá para segarlo y recogerlo? 

Rióse mi tío de lo que él llamaba mi inocen- 
cia, i con tanto como yo sabía del mundo,! y 
prometiéndome la explicación de lo que me 
asombraba para cuando la pidiera sobre el ierre» 
no^ no quiso decirme más. 

— Y en finiquito — concluyó, — ¿qué te parece 
de todo lo que has visto?. •• porque creo que no 
falte nada en que no hayas puesto los ojos. 

— Sí, señor — le respondí al punto: — ^fálta algo 
que busco con ellos desde que me puse á mirar 
esta mañana, y no hallo por ninguna parte. 

—Y ¿qué cosa es ella, hombre? 

^Pues un palmo de tierra llana. 

— ¡Trastajo! — exclamó aquí mi tío, mirándo- 
me con el asombro pintado en los ojos, — ¿cómo 
demonios ha de jallarse lo que no hay? 



PEÑAS ARRIBA I07 

— iQue ao?«-exclanié yo á mi vez. 

— ^No, hombre, no— insistió él con la mayor 
seriedad. — Entendí que conocías el dicho que 
corre aquí como evangelio. 

—Y ¿qué dicho es ese? 

— Que no hay en todo este valle más llanura 
que la sala de don Celso. ¿Oístelo ahora? — ^aña- 
dió riéndose y mirándome á la cara con sus oji- 
llos de raposo. — Pues atente á ello. 

Y volvió á reirse, y me reí yo también, pero 
de dientes afuera, con lo cual, dejando ambos 
eJL balcón, volvimos á la cocina, en cuya pere- 
zosa se me antojó desayunarme aquella ma- 
ñana. 

En aquel desayuno y en la comida del me* 
diodía adquirí dos nuevos datos, que no resul- 
taban de escasa monta sumados con los que 
ya poseía: el pan era de hornadas hechas en la 
taberna cada medía semana, y no había otra 
carne que la de cecina, con excepción del do* 
mingo, en que se mataba una res en el pueblo» 
Allí no se conocía fresco, bueno y á diario^ 
más que la leche y sus preparados... precisa* 
mente lo que estaba reñido con los gustos de 
mi paladar y con los jugos de mi estómago. 

Pocas noches he pasado en mi vida tan lar- 
gas, tan tristes y de tan insoporsable desasosie* 
go, como la de aquel día. Porque visto y reco- 
nocido ya en todas sus fases, á lo anchOi á lo 



I08 OBRAS DE D. JOSÉ M. DB PEREDA 

largo y á lo profundo, el terreno en que tenía 
yo que dar la batalla» pero batalla á muerte» 
contra los hábitos y refinamientos de mi vida 
de hombre mundano, comodón, melindroso y 
eUganie, había para que las carnes me tem- 
blaran. 

¡Ayl toda aquélla mi fortaleza levantada ea 
Madrid al calor de un entusiasmo irreflexivo y 
sentimental, se desmoronaba por instantes; y 
los fríos razonamientos á que yo me había am- 
parado en horas de sensatez para defenderme 
de los asedios de mi tío cuando me llamaba á 
su lado hasta por caridad de Dios, revivían en 
mi cabeza con un empuje y un vigor de colori- 
do que me espantaban. Sucedíame entonces lo 
que al temerario que por un falso pundonor, 
por un arranque nervioso y de mal disfrazada 
vanidad, desciende al fondo de un precipicio. 
Ya está abajo, ya hizo la hombrada, ya demos- 
tró con ella que llega hasta donde llegue el 
más intrépido. •• Corriente. Pero ahora hay que 
subir. ¿Cómo? ¿Por dónde?... ¡Y allí es ella, 
Dios piadoso! 

Sólo de tres maneras podía volver á la luz 
y á la libertad del mundo: ó por el fin y acaba- 
miento de... (iqué barbaridad! hasta el tropessar 
con el supuesto sin haberle buscado yo con el 
deseo, me repugnaba); ó por el restablecimien- 
to del pobre señor, cosa imposible á sus smos 



V 



r 



PEÑAS ARRIBA lOQ 

y con lo mortal de la dolencia que padecía; 6 
por meterlo yo todo á barato á lo mejor, liar el 
equipaje cuando me diera la gana y volverme 
á Madrid por el camino más corto, lo cual me 
parecía una canallada que podía costar la vida 
al bondadoso octc^enario, para quien mi pre- 
sencia en su casa parecía ser el pan y el sol 
que le nutrían y le alegraban. Es decir, dos sa* 
Udas con la puerta cerrada, Dios sabía hasta 
cuándo, y una que no se me franquearía jamás, 
por repugnancias de mi conciencia. En defini- 
tiva, una eternidad. 

Si entre tanto hubiera habido en mí alguna 
inclinación natiural, alguna aptitud de las que 
hacen hasta placentera á muchos hombres, sin 
ser aldeanos, la vida campestre, menos mal; 
pero, por desgracia mía, me faltaban todas en 
absoluto. Yo no era cazador, ni había maneja- 
do otras armas que las de adorno en los salo- 
nes de tiro; ni entendía jota de ganados, ni de 
labranzas, ni de arbolados, ni de hortalizas, ni 
pintaba ni hacía coplas; y por lo tocante á la 
señora Naturaleza, la de los montes altivos y 
los valles melancólicos y los umbríos bosques 
y las nieblas diáfanas, y las sinfonías del tfavo- 
nio blando» entre el pelado ramaje, y los rugi* 
dos del huracán en las esquivas revueltas de los 
hondos callejones, vista de cerca, mejor que ma- 
dre, me parecía madrastra, carcelera cruel, por 



lio OBRAS DB D. JOSÉ M. DE PEREDA 

el miedo y escalofrío que me daban su faz 
adusta, el encierro en que me tenía y los en- 
tretenimientos con que me brindaba... Y á to- 
do esto había que añadir que el invierno con 
sus fríos, con sus nieblas, con sus aguaceros y 
con sus nevascas, estaba ya cerniéndose enci- 
ma de los picachos del contorno y de la casona 
de mi tío... Y aunque, por misericordia de 
Dios, no pasara yo allí más que él, jsería tan 
largo, tan largo!... ¡Cuántos libros devorados 
sin sacarles pizca de substancia! ¡cuántos cha- 
muscones en la cocina! ¡cuánta indigestión de 
bazoña! ¡cuántos paseos en corto! ¡cuántas 
rendijas del suelo contadas maquinalmente con 
los ojos! ¡cuántas rúbricas echadas con el dedo 
en los empañados cristalejos de mi cuarto!. •• 
¡Virgen de la Soledad, qué perspectiva!... 

Y así, por este orden, batallando horas y ho- 
ras. ¿Cómo hallar una breve, ni momento de 
repaso, ni bien mullida la cama, con semejan- 
te gusanera entre los cascos! 



L 



VI 




IOS, que, como dice el adagio, aprie- 
ta, pero no ahoga, permitió que á 
aquella triste noche siguiera un día 
muy risueño, con el cielo barrido de 
nubes y un sol que, aunque pálido y frío, ilu- 
minaba el valle y decoraba las cumbres de los 
montes envolviéndolas en nimbos de luz rever- 
berante. Yo recibí la primera salutación del as- 
tro vivificador de la madre tierra como uno de 
los mayores beneficios que podía otorgarme el 
cielo en medio de la obscura soledad en que me 
veía, y mi tío se apresuró á aconsejarme que 
aprovechara la escampa, que había de ser de 
larga cdura» por señales que él consideraba in- 
falibles, para chacerme á las armas y tomar la 
tierra como era debido y cuanto más antes. » 
Dióme con el consejo informes y programas 
que me parecieron excelentes; y como no tenía 
á mis alcances otros recreos más tentadores y 



Il2 OBRAS DE D. JOSÉ M. DE PEREDA 

de mi gusto, opté por lo que se me proponía, y 
me dispuse en el acto á echarme á la montaña , 
que vale tanto allí como en el mundo culto y 
refinado techarse á la calle, > es decir, á la ven* 
tura de Dios, cá matar el tiempo.» 

Antes de salir de casa entró en ella el médi- 
co , que iba á saludarme aprovechando la opor- 
tunidad de la visita casi diaria que hacía á mi 
tío, particularmente desde su última y grave 
enfermedad. Era un mozo que andaría con los 
treinta años, no muy corpulento, pero de recia 
complexión; de pelo y barba cortos, negros y 
fuertes; de mirada firme, pero sin dureza; agra- 
dable de cara y de voz; muy sobrio de pala- 
bras; limpio, holgado y modesto de traje, y na- 
tural de un pueblo de los ribereños del Nansa. 
Esto fué todo lo que de él supe en aquella oca- 
sión. Su visita fué breve, y nos despedimos muy 
afablemente, quedando yo muy complacido de 
aquel hallazgo en Tablanca, más por lo que se 
leía en la cara y en el aire del mediquito, que 
por las ponderaciones que de sus prendas hizo 
mi tío al presentármele. Bajamos juntos hasta 
el portal, echando él en seguida por la cambera 
del pueblo y yo por otra diametralmente opues- 
ta, hacia la montaña. 

Acompañábame Chisco, por donación muy 
recomendada de su amo, con la misma vesti- 
menta y el propio calzado con que le había co- 



PEÑAS ARRIBA II3 

nocido yo en el paso de la cordillera, y nos 
acompañaba á los dos un perrázo sabueso, lla- 
mado CauálOf de una casta para mí singularfsi* 
ma por lo grande, que iba perpetuándose en 
casa de mi tío desde que su padre fué mozo y 
cazador. Chisco llevaba una escopetona de pis- 
tón con anchas abrazaderas reforzadas con bra- 
mante encerado sobre el larguísimo cañón ro- 
ñoso, un cuerno para la pólvora y una bolsa de 
badana verde para el perdigón y las postas que 
iban mezcladas con 61. Yo una elegante y fina 
Lafaucheux de dos cañones, canana correspon- 
diente, cuchillo de monte, borceguíes de ancha 
y recia suela claveteada, polainas de cuero in- 
glés, y todo el equipaje, en suma, de un caza- 
dor de iigurin. Chisco me miraba de reojo y 
hasta se sonreía un poquillo, particularmente 
cuando se fijaba en mi calzado, y, sobre todo, 
cada vez queme veía resbalar en la arcilla blan- 
da ó sobre las lastras de los encalabrinados sen- 
deros. Al fin llegó á declararme que para pisar 
firme no tendría más remedio que apechugar 
con un par de almadreñas como las suyas; que 
lo de mi ropa, podía pasar, y que, en cuanto al 
aimamento, ya se vería. ¡Vaya si tenía camán- 
dulas el mozallón 1 Por de pronto, ni él ni yo 
íbamos entonces propiamente «de caza,» sino 
de paseo; sólo que así como en las tierras lla- 
nas se pasea un hombre con un bastón en la 

TOMO XV 8 



114 OBRAS DB D. JOSÉ M. DB PBRBDA 

mano 6 con las dos desocupadas, allí se pertre- 
cha el paseante de armas y de municiones por 
lo que pueda acontecer. 

Como la excursión me resultó muy entrete- 
nida y también muy provechosa, porque me dio 
buen apetito y mejor sueño, al día siguiente la 
repetí, aunque por distinto lado de la montana, 
pero sin estender mucho más que en la ante- 
rior el radio de mis valentías, porque el teatro 
de mis experiencias era vastísimo, y el apren- 
dizaje muy duro de pelar. 

Á los tres ó cuatro días de andar en estas 
pruebas y continuando el tiempo al^re y pri- 
maveral, se unió á nosotros Pito (Agapito) Sal- 
ces, Chóreos de mote, hijo de un casero de mi 
tío; buen cazador tambiéa, como casi toáoslos 
hombres de aquel«valle; algo torpe de magín y 
muy largo y deslavazado de miembros. Le ha- 
bía conocido yo en casa una noche, y me ha- 
bían caído muy en gracia su catadura y sus co^ 
sos; por lo que mi tío, que pescaba en el aire 
las ocasiones y los medios de agasajarme, dis- 
puso que desde el día siguiente se agregara á. 
Chisco para acompañarme en mis correrías. 
Era además muy amigo de éste^ y á los dos 
les supieron á gloria el licor de mi frasqueta 
y los cigarros de mi petaca en cuanto los ca- 
taron. 

A todo esto, yo no había estado en el pueblo 



r 



PEÑAS ARRIBA ZZ5 

más que una sola vez, y esa muy de pasada y 
muy temprano, casi de noche todavía, yendo á 
la misa primera de don Sabas; ni conocía de 
cerca á otras personas que las que frecuentaban 
la cocina de mi tío, con el cual no había hecho 
nunca conversación empeñada sobre cosa algu- 
na... ni siquiera sobre Facia, cuyo aspecto sin- 
gular y un tanto misterioso me llamaban mucho 
la atención, particularmente desde una noche 
(la del tercer día de mis excursiones á la mon- 
taña) en que la hallé, saliendo yo de mi apo- 
sento, como extiaviada en los pasadizos, con el 
farol en la diestra, la mirada de espanto y el 
andar de una sonámbula. Se estremeció al ver- 
me de improviso junto á ella, y me pidió per- 
dón por haberme tomado por... No me dijo por 
qué ni por quién; pero rompió á llorar y huyó 
á ocultarse en el cuarto frontero á la puerta de 
la escalera, el cual habitaban ella y Tona. En 
un momento en que me hallé á solas con mi 
tío, antes de recogerme aquella noche, le hablé 
del suceso. De pronto me pareció algo picado 
de la curiosidad; pero en seguida cambió de as- 
pecto, se encogió de hombros y me dijo: 

— Está mema la infeliz. Cosas de ella. Siem- 
pre es por ese arte. 

También se me había antojado que Chisco 
miraba á Tona con muy buenos ojos. De esto 
no hablé á mi tío; pero sí al mozallón, y por 



Il6 OBRAS DE D. JOSÓ M. DE PERBDA 

hablar de algo, subiendo los dos solos una vez. 
al fPrao-Concejo.» 

— ¡Jorria! — me contestó trepando delante de 
mi, sin detenerse un punto ni volver la cara, 
pero sacudiendo al aire su mano derecha. 

No me sacó de dudas la respuesta, y le pedí 
otra más terminante. Diómela en estos tér- 
minos: 

— ^No estarían mal puestus en eya los pensa* 
ris de unu... ¡y esu que!... Pero van los míos 
jacia muy otra partí. Los dePitu, pongo el casu j, 
ya es pleitu difirente. 

— Conque Pito... Y ella, tan repolluda y tan 
guapota, ¿le corresponde? 

— Esu es lo que yo no sé... ni pué que lo sepa 
él tampocu. 

—Es muy posible... aunque antes has puesto 
una tacha á esa buena moza. 

— ¡Una tacha!. •. Y ¿cuál fué eya? 

— No la pintaste muy clara, pero la diste á 
entender. Después de ponderar por cosa buena 
á la moza, añadiste <y eso que...» como quien 
dice: tno es oro todo lo que reluce.» 

— ^Lo diría yo, si es casu, por su padre... 6 
por su madre. 

— Y ¿qué tienen su padre ó su madre que ta-^ 
char? 

— iQué sé yol Historias. 

— Conque historias... ¿Y quién es el padre? 



PBÑAS ARJSOBk llj 

— Écheli usté ua galgu. 

— ¡Anda, morenal ¿Y la madre? 

— lAhora sí que pabojó! ¡Y la tien 61 ea casal 

—¿Quién, hombre de Dios? 

—Usté. 

— lYo? 

— ^Usté mesmu... ¿Pa qué demontres quier 
los ojus de la cara, si no es pa ver lo que está 
delanti de eyus? 

— ^AcaÍ>a de decirlo coa mil demonios que te 
lleven: ¿quién es la madre de Tona? 

— Pos Facia. 

— ¡Facia! — exclamé lleno de asombro. — Pero 
¿Facia es casada? 

— ^Por lo vistu, — me respondió el mozallón 
con mucha flema. 

— ¿Con quién? — volví á preguntarle. 

— Esa es la historia, — respondióme él apun- 
tando al suelo hacia atrás con el índice de su 
diestra, sin volver la cara ni disminuir el paso. 

— ^Pues cuéntamela en seguida, — ^le dije yo 
entonces, sentándome á horcajadas en el pico 
de una roca que sobresalía á un lado del sende- 
ro, no tanto por oír más á gusto lo que Chisco 
me relatara, como por descansar de la fatiga que 
me iba dando aquél nuestro incesante subir por 
la ladera del agrio monte. Habíamos ganado el 
primer tercio de su altura, y estábamos ya den- 
tro de los términos de la gran mancha verde que 



1X8 OBRAS DB D. JOSÉ U. DE PEREDA 

se veía desde la casona ide mis mayores,! es 
decir, del iPrao- Concejo,» que desde allí me 
parecía interminable, inmenso, en la dirección 
oblicua de la senda que llevábamos. Chisco, 
cuando notó que yo me había sentado, se detu- 
vo, volvióse hacia mí, se sonrió á su manera al 
verme tan bien acomodado, y, por último, re- 
trocedió lentamente. 

— Cuéntame eso — le dije en cuanto se detu- 
vo á mi lado; — pero con todos sus pelos y se- 
ñales. 

Para infundirle buenos ánimos le di un trago 
de lo de mi frasquete, que era la mejor golosina 
para él, y un cigarro de los mayores de mi pe- 
taca. B^bió y paladeó el confortante licor, re- 
lamiéndose de gusto, y echó después una yesca» 
mientras yo contemplaba á vista de pájaro el 
vallecito de Tablanca, con sus casitas trepando 
mies arriba detrás de la de mi tío, sola y enca- 
ramada en lo alto, como si se hubiera detenido 
allí para animarlas con la voz y algunas cuchi- 
fletas de don Celso; y, por último, recostándose 
contra el terrero y estribando con las abarcas 
en las asperezas del camino, me refirió lo si- 
guiente, que yo traduzco, poco más que en 
substancia, al lenguaje vulgar, con verdadero 
sentimiento, porque no me es posible, por falta 
de memoria y de costumbre, reproducir al pie 
de la letra aquel pintoresco lenguaje, cuyo sa- 



PBÑAS ARRIBA II9 

bor local excedía con mucho, en interés» al 
asunto relatado. 

Facía era, en efecto, una huérfana desvalida 
cuando la recogieron mis tíos en su casa. Edu- 
cóse y creció en ella; llegó á ser una gran mo- 
za, porque tenía de quién heredarlo, lo mismo 
que el ser honrada y discreta; y por buena mo- 
za, y por honrada y por discreta, y hasta por 
muy agradecida, pasaba, y con razón, en el 
pueblo, cuando se presentó en él, como llovido 
de las nubes, cierto galán, un baratijero que 
asombró á Tablanca, no sólo por las maravi- 
llas, jamás vistas allí, de la tienda que plantó 
en un ferial del valle, sino por el encanto de su 
pico, por la majura de su cara y por el nunbo 
de su porte. Como moscas acudían á su tendu- 
cho reluciente los pobres papanatas de la feria, 
y como moscas caían en la miel de sus ponde- 
raciones y lisonjas, dejando en el cebo engaña- 
dor hasta el último maravedí de los ahorrados 
para fines bien distintos. Para las mujeres, so- 
bre todo, tenía el charlatán un anzuelo irresis- 
tible; y para las buenas mozas, en particular, 
un aquel que las atolondraba. Tan bien le fué 
al indino en aquel empeño, que acabada la 
feria trasladó el tenducho al pueblo y le abrió 
en un cobertizo que improvisó junto á la igle- 
sia. Á creerle por su palabra, él no era trafi- 
cante por necesidad, sino por lujo. Le gustaba 



laO OBRAS DE D. JOSÉ M. DE PEREDA 

correr el mundo y ver de todo, y para lograrlo 
á su antojo, como era rico por su casa y le so- 
braba el dinero, le corría de aquella manera, 
comprando alhajas <á todo coste i en las gran- 
des ciudades de la tierra, para cedérselas á los 
pobres hombres y á las buenas mozas de los 
lugarejos por un pedazo de pan. Así daba él 
perlas finísimas de Oriente al precio de los 
garbanzos de Castilla; puñalitos de Damasco y 
relojes de oro, más baratos que las navajas de 
Albacete y las coberteras de hojalata. Como 
había visto muchas tierras y estudiado muchos 
libros, sabía un poco de todo cuanto había que 
saber, y daba remedios, y aun los vendía, al 
desbarate, por supuesto, para toda casta de en- 
fermedades... y de contratiempos, porque, en 
9U opinión, nada existía verdaderamente incu- 
rable, sabiendo buscar á las cosas su motivo, 
como lo sabía él, por haber estudiado muchos 
libros y haber corrido muchas tierras. Aquella 
segunda campaña de baratijero fué una barre- 
dera en el lugar. Ni una mota dejó el picaro 
en Tablanca. Particularmente Facia, que era 
de suyo sencillota y noble, se despilfarró. Gas- 
tó en gargantillas de todos colores, en sortijas, 
espejucos y alñlerones de todas hechuras, un 
dineral: todo lo ahorrado de sus soldadas y al- 
go más que pidió á cuenta, afrontando valero- 
sa las indignidades con que la apostrofaba su 



PBÑAS ARRIBA 131 

amo. Porque resultaba que aquellos antojos in- 
saciables y aquel atrevimiento inconcebible en 
la, poco antes, tan modesta, comedida y res- 
petuosa muchacha, dimanaban de un qué sé yo 
de mal aquél, á modo de maleficio, que < la jala- 
ba, la jalaba i contra su gusto hacia las barati- 
jas de la tienda, y muy particularmente hacia 
los donaires del baratijero. Como éste le había 
notado la inclinación y era ella (sin ofender) la 
mejor moza entre las muchísimas y muy bue- 
nas que había en el lugar, apretó el picaro las 
linsojas y los chicoleos, y hasta la rondó la ca- 
sa por las noches y la cantó unas coplas Jittas 
al son de una guitarra «que propiamente habla- 
ba entre sus manos. » En ñn, que la inocente 
borrega llegó á prendarse en tales términos del 
hechicero galán, que solamente le quedó una 
pizca de juicio, lo puramente indispensable 
para responderle en uno de sus asedios más 
obstinados, que cen siendo como Dios manda- 
ba y por delante de la Iglesia y para vivir en 
Tablanca á la vera de su amo, cuando lo tu- 
viera por conveniente. » 

Contuvo el hombre sus ímpetus con la res- 
puesta; meditóla durante algunos días; resolvió 
al cabo que sí; corrióse la noticia por el pue- 
blo; envidiaron á Facía su loca fortuna todas 
las mozas de él; llegó el caso á oídos de don 
Celso; tocó el cielo con las manos; puso á la 



122 OBRAS DE D. JOSÉ M. DE PEREDA 

infeliz enamorada de loca y de sinvergüenza 
que no había por dónde cogerla; juró y perjuré 
que el baratijero era un bribón de siete suelas; 
que no había más que mirarle á la cara para 
convencerse de ello; que sabe Dios dónde se- 
ría nacido, de dónde vendría y por dónde ha- 
bría andado hasta entonces, y que por la Cruz 
de Jesucristo considerara esto y lo otro y lo 
de más allá... Como si callara. £1 hechizo es- 
taba tragado, y Facía no cejaba un punto en su 
empeño. Bien persuadido entonces ^ amo de 
que no había razonamiento capaz de conven- 
cerla, ni medida rigurosa, como la de plantarla 
en la calle, que no empeorara el destino de la 
infeliz, entre verla perdida ó desgraciada, optó 
por lo menos malo al cabo de los días: arregló 
un casucho que tenía medio abandonado al ex- 
tremo inferior del valle; agrególe tierras y ga- 
nado; hizo, en ñn, cuanto puede hacer un pa- 
dre por un hijo en casos tales, y dijo á Facía 
después de haberse negado á recibir al novio y 
á verle al alcance de su voz: 

— Cásate cuando te dé la gana, y meteos 
ahí para que, siqui^a, siquiera, cuando las pe- 
sadumbres te maten, tengas cama propia en 
que morir después de haber pedido á Dios per- 
dón de tus ingratitudes y locuras. 

Á los pocos días de casado, y con gran pom- 
pa, el baratijero ya era otro hombre distinto 



PBÑA8 ARRIBA 1 23 

de lo que fué en el lugar antes de casarse: has- 
ta la cara parecía diferente, sobre todo cuando 
hablaba con su mujer lo poco que hablaba; 
miraba bajo y mal, y parecfá que le estorbaba 
hasta su sombra. Ai mes de esto» como no sa- 
bía trabajar la tierra ni manejar el ganado, y 
de aquellas riquezas que tenía tpor su casa, » 
según dijo de soltero, no se veía un maravedí 
para levantar las cargas de su nuevo estado, 
cogió lo que le quedaba de su tenducho y se 
fué á correr ferias y mercados con ello. Volvió 
á los dos meses, muerto de hambre, mal enca- 
rado y peor vestido. Hízose temible para su 
mujer, á quien golpeaba con el más leve pre- 
te3Cto, y sospechoso á todo el vecindario, que 
no estaba hecho á ver en aquel honrado suelo 
holgazanes y renegados de semejante catadura. 
Á los diez meses de casados, tuvo Facia una 
niña; y sin llegar á cumplirse el año, su mari- 
do, que había desaparecido del pueblo una se- 
mana antes, volvió á casa de noche, roto y des- 
greñado; dio dos bofetones á su mujer porque 
le preguntó cariñosamente cómo le había ido, 
por dónde había andado y á qué venía; y mien- 
tras la amenazaba con abrirla en canal si con- 
taba á nadie que no le había visto el pelo des- 
de la semana anterior, hizo apresuradamente 
un lío con las baratijas que le quedaban en ca- 
sa y con otras, al parecer, semejantes que fué 



1 



124 OBRAS DB D. JOSÉ M. DB PBRBDA 

sacando de los anchos bolsillos de su ropa, y 
sia despedirse de Facia desapareció de la casa 
y del pueblo, perdiéndose en la obscuridad de 
tos montes... hasta hoy, 

Á los dos días de esto, llegó al pueblo una 
pareja de la guardia civil y una requisitoria 
del juez del partido preguntando por 61. Se 
trataba del robo de una iglesia y de unas pu- 
ñaladas al pobre sacristán que intentó impe- 
dirle... Dos pájaros de la cuadrilla habían caí- 
do ya en el garlito, y se buscaba al tercero, al 
capitán de ella, al famoso baratijero casado en 
Tablanca... y en otras tres ó cuatro parroquias 
más de España y sus Indias, según resultaba 
de sus antecedentes procesales. 

Con este golpe se espantó el vecindario, se 
llevó don Celso las manos á la cabeza, y enve- 
jeció de repente quince años la pobre Facia. 

Del picaro fugitivo sólo volvió á saberse que 
anduvo por las repúblicas de América, recién 
escapado de España, y se le daba por muerto 
muchos años hacía ó arrastrando una cadena. 

Á poco de verse abandonada, triste y arre- 
pentida la desventurada Facia, recogióla otra 
vez don Celso por caridad de Dios; y por cari- 
dad de Dios también no la dijo una palabra 
desde entonces que se refiriera de cerca ni de 
lejos á su locura ni á su desgracia ; y á su lado 
fué creciendo la niña Tona, ignorando los ver- 



PEÑAS ARRIBA 1 25 

daderos motivos de las tristezas y amarguras 
de su madre, y viviendo en la creencia de que 
su padre había sido un hombre de bien que, 
come otros muchos, se había marchado á la 
oirá banda para mejorar de fortuna, y que allá 
había muerto sm conseguirlo, al cabo de los 
años. 

Tal es la substancia de lo que me refirió 
Chisco. Con ello sólo podía explicarse el arre- 
chucho aquél de Facia, y podía también no ex- 
plicarse: de todas suertes, el caso, aun después 
de conocida la historia de la mujer gris, que no 
dejaba de ser interesante, no era para meterme 
en escrupulosas indagaciones; y no me metí. 






t 



^ 



i 



VII 




ON dos guías tan complacientes y tan 
I expertos como los míos, pronto co- 
I nocí las principales sendas, cañadas 
y desfiladeros, la fauna y la flora de 
los montes más cercanos del contomo; perdí el 
miedo que me infundían los asomos ú orillas 
descubiertas de los precipicios, siendo de adver- 
tir que allí no hay camino chico ni grande que 
no sea un asomo continuado, y adquirí la sol- 
tura y la fortaleza de que mis piernas carecían 
al principio para soportarme lo mismo en las 
cuestas arriba que en las cuestas abajo; es de- 
cir, siempre que andaba, porque es la pura 
verdad el dicho corriente en el lugar, de que en 
aquella fragosa comarca no hay otra llanura 
que la sala de don Celso. No subí á grandes 
alturas, porque no me tentaban mucho los es- 
pectáculos de esa casta, ni tampoco hicieron 
mis rudos guías grandes esfuerzos para animar- 



■n 



128 OBRAS DE D. JOSÉ M. DE PEREDA 

me á vencer las inclinaciones de mi comple- 
xión relativamente perezosa; pero no dejé por 
eso de satisfacer mi escasa curiosidad en la 
contemplación dé hermosísimos panoramas. 
Por íjltimo, conocí también los principales 
puertos de invierno y de verano, á los cuales 
envían sus ganados los valles circunvecinos, y 
admiré la lozanía de aquellas brañas {majadas) 
de apretada y fina yerba, verdaderas calvas en 
medio de grandes y tupidos bosques de pode- 
rosa vegetación. Cada una de estas calvas tie- 
ne, en los puertos de verano, una choza, y en 
los otros un ifvoernal: la choza para albergue de 
las personas que pastorean el ganado, y el in- 
vernal, edificio amplio y sólido, de cal y can- 
to, para establo y pajar de una buena cabana 
de reses. Por lo común, cada invernal corres* 
ponde á los ganados de ocho ó diez condueños 
de las hazas ó partes de la braña contigua. Al- 
gunos de estos invernales estaban ya ocupados. 
De noche come el ganado prendido en la pese- 
brera, de la ceha del pajar, segada en las hazas 
en agosto; de día pasta al aire libre, mientras 
el tiempo lo consiente, al cuidado de sus due- 
ños, que después de dejarlo recogido al anoche- 
cer, bajan á dormir al pueblo; al revés que en 
verano, durante el cual duermen amontonados 
en la choza, quedando la cabana acurriada, es- 
decir, reunida en la majada circundante. Las 



V 



PBÑAS ARRIBA 1 29 

y^sádas hacen vida más independiente y li- 
bre» y las hallábamos, en estado semisalvaje» 
donde menos lo pensábamos. 

Pito era muy bruto, y aconteció más de una 
vez ir yo muy descuidado y sentir á mi espalda 
un estampido feroz que me hacía dar dos vuel- 
tas en el aire. Era la espingarda del gaznápiro: 
un escopeten más viejo y remendado que el de 
Chisco, que había hecho una de las suyas. Pito 
no se cansaba en avisar á nadie ni en tomar la 
más leve precaución cuando una pieza se le 
ponía á tirOi es decir, en cuanto 61 la atisbaba» 
lo mismo en los aires que entre los matorros, 
que atravesando k sierra escampada, porque 
para un arma de las dimensiones de la suya y 
con la metralla de que la atascaba, no había 
lejos ni cercas: se la echaba á la cara, y por en- 
cima de un hombro mío ó entre las piernas de 
Chisco, según lo pedía la situación de las cosaa 
y de las personas, sin cansarse en decir talla 
va eso,» ¡puuunm! Aquello parecía d fin del 
mundo: los montes retemblaban, y quedaba la 
pieza, no sólo muerta, sino hecha trizas, por- 
que él no perdía golpe, ni la pieza un solo gra- 
no, de la metralla del escopetón. 

Y la pieza era una liebre, una zorra, un gato 
montes, un esquilo (ardilla), un faisán 6 una 
alimaña de regular cuantía, pues es muy de 
notarse que de ese y otros linajes parecido^ sm 

TOMO XV 9 



130 OBRAS DB D. J0SÍ M. DB PBRBDA 

los animales con que se topa uno yendo de pa:- 
seo» aun por los sitios más inmediatos al pue- 
blo, como se topa en cualquier otra parte del 
mundo» que no sea aquélla» con el gato domés- 
tico» el perro cariñoso ó las aves de corral. 

Chisco se conducía de muy distinto modo 
que su camarada: todo lo hacía sin alterar en 
lo m&s mínimo aquélla su placidez de continen- 
te. Si se me ponía una pieza á tiro» con una 
mano me detenía suavemente, con la otra me 
la señalaba, y con un gesto expresivo ó con 
media palabra me daba á entender que me la 
oedíá. Si yo erraba el golpe, como sucedía casi 
siempre, él me le enmendaba, si no se le había 
anticipado la espingarda de Chóreos desde 
donde menos podíamos esperarlo; y notaba yo, 
en el primer caso, cierta complacencia mali- 
ciosa en la mirada que me dirigía, mientras 
pataleaba la víctima en el suelo ó descendía de 
los aires dando tumbos, como si quimera de- 
cirme: c¿Vey usté cómo no val un pitu esa es- 
copeta, con ser tan maja como es?t Pero Chis- 
co se engañaba grandemente, porque el arma 
era inmejorable, y las municiones muy dignas 
de ella. Lo que fallaba era el cazador, que 
siendo tan diestro como yo lo era en el tiro al 
blanco, no sabía por dónde se andaba cuando 
habfa que tirar á la carrera 6 al vuelo. El caso 
as que llegó & mortificarme esta torpeí»; y con^ 



PBÑAS ARRIBA Z3X 

tribuyeron mucho á ello, más que las miradas 
dulzonas de Chisco, las risotadas brutales con 
que solemnizaba Chóreos cada enmienda que 
hacía su espingardón roñoso á los fracasos de 
mi escopeta. Y tan adentro me llegaron las 
mortificaciones, que poniendo mis dnco sentí- 
dos en el negocio aquél, conseguí pronto, ya 
que no la destreza de mis acompañantes, por- 
tarme de tal manera, que no fueran enmendables 
por ninguno de ellos los tiros que yo desapro- 
vechara. Con esto cesaron las sonrisas del uno 
y las risotadas del otro, y sentí yo descargado 
el ánimo de un gran peso; porque así vienen 
hilvanadas las flaquezas de la vida, y jamás se 
ha dicho verdad como la del pedante don Her- 
mógenes: «No hay poco ni mucho en abso- 
luto.! 

Dos veces nos acompañó en estas expedicio- 
nes, mixtas de exploración y de caza, el cura 
don Sabas; pero sin más arma que el cachipo- 
rro pinto que le servía de bastón. Hallaba él 
algo como mengua en gastar la pólvora en aque- 
llas salvas de puro recreo, y llamaba t animali- 
tos de Diosi á cuantos había en la escala dé 
magnitudes, desde el jabalí ó el corzo para 
aba¡o. Pero {cuánto sabía de toda la escala en- 
tera y verdadera, y de aquellos montes y de 
otros tales, y con qué respeto le oían los dos 
IME08 que, cómo cazadores, tanto se crecían t 



132 OBRAS DB D. JOSÉ M. DB PBRBDA 

mi lado, y con qué gusto le oía y le contempla- 
ba yo á ese propósito. •• y otros muchos, para 
los que no tenían ojos ni oídos las rudas en- 
tendederas de Chisco y su camarada! 

Porque es lo cierto que aquel hombrazo tan 
soso de palabra y tan pobre de recursos en la 
tertulia de mi tío; algo más agradable y suelto 
oficiando en la iglesia, donde hablaba desde el 
altar mayor bastante al caso y á la medida del 
entendimiento de sus rústicos feligresesi en las 
alturas de la montaña no se parecía á sí propio* 
Le de menos era en él, con ser mucho, el in- 
terés que sabía dar en pocas y pintorescas ira* 
aes á las noticias que yo le pedía, por no sa- 
tisfacerme las que me suministraban Chisco y 
su compañero, acerca délas grandes alimañas, 
sus guaridas en aquellos montes y la manera de 
cazarlas; los lances de apuro en que se había 
visto él y cuanto con esto se relacionaba de 
cerda y de lejos; sus descripciones de travesías 
hechas por tal ó cual puerto durante una desa- 
tada cellerisca; sus riesgos de muerte en medio 
de estos ventisqueros, unas veces por culpa su- 
ya y apego á la propia vida, y las más de ellas 
por amor á la del prójimo: lo de más era, para 
mí, su manera de aar sobre la montaña, como 
estatua de maestro en su propio y adecuado pe- 
destal; aquél su modo de saborear la Naturale* 
^ que le circundaba, hinchéndose de ella p<Hr 



\ 



' PSñAS ARRIBA XJJ 

el olfato, por la vista y hasta por todos los po- 
ros de su cuerpo; lo que, después de este har- 
tazgo, iba leyéndome en alta voz á medida que 
pasaba sus ojos por las páginas de aquel inmen- 
so libro tan cerrado y en griego para mí; la 
facilidad con que hallaba, dentro de la ruda 
sencillez de su lengua, la palabra justa, el to- 
que pintoresco, la nota exacta que necesitaba 
el cuadro para ser bien observado y bien senti- 
do; el papel que desempeñaban en esta labor 
de verdadero artista su pintado cachiporro, acen- 
tuando en el aire y al extremo del brazo exten- 
dido, el vigor de las palabras; el plegado del 
humilde balandrán, movido blandamente por el 
soplo continuo del aire de las alturas; la cabe- 
za erguida, los ojos chispeantes, el chambergo 
derribado sobre el cogote, la corrección y ga- 
llardía, en fin, de todas las líneas de aquella 
escultura viviente... |Oh! diéranle al pobre Cu- 
xa en el llano de la tierra, en el valle abierto, 
en la ciudad, una mitra; la tiara pontificia en la 
capital del mundo cristiano, y le darían con 
ellas la muerte: para respirar á su gusto, para 
vivir á sus anchas, para conocer á Dios, para 
sentirle en toda su inmensidad, para adorarle y 
para servirle como don Sabas le servía y le 
adoraba, necesitaba el continuo espectáculo de 
aquellos altares grandiosos, de aquella natura- 
leza virgen, abrupta y solitaria, con sus cúspi- 



X34 OBRAS DE D. JOS¿ M. DE PEREDA 

des desvanecidas tan á menudo en las nieblas 
que se confundían con el cielOp 

Nada de esto, que tan hermoso era y tan á 
la vista estaba, sabían leer ni esíimar los dos 
mozones que tan profundo respeto tenían á 
don Sabas solamente por ser cura de su parro- 
quia y hombre de indiscutible competencia en 
cuanto se les alcanzaba á ellos. 

Mi temperamento, en la escala de lo sensi- 
ble, ni siquiera llegaba al grado de los tnnu- 
nierables que para csentirelnaturali necesitan 
verle reproducido y hermoseado en el lienzo 
por la fantasía del pintor y los recursos de la 
paleta; y, sin embargo, yo leía algo que jamás 
había leído en la Naturaleza cada vez que la 
comtemplaba á la luz de las impresiones trans- 
mitidas por don Sabas encaramado en las ci- 
mas de los monies. Y era muy de agradecerse 
y hasta de admirarse por mí este milagro del 
pobre cura de Tablanca; milagro que nunca 
habían logrado hacer conmigo ni los cuadros^ 
ni los libros, ni los discursos. 

En la últAna ocasión de aquéllas, volviendo 
á casa los dos, yo rendido y descuajaringado^ y 
61 tan fresco y tan brioso como si no hubiera 
salido del lugar, díjome que toda lo visto por 
mí hasta entonces era como no ver nada y que 
había que ver algo de lo que me tenía prome- 
tido. 



r 



PENAS ARRIBA 



135 



^Lo que usted quiera y cuando usted quie- 
ra»— respondí yo temblando, por el compromi- 
so que adquiría con aquel hombre para quien 
eran cosa de juego excursiones que á mí me 
descoyuntaban. 

— Pues queda de mi cuenta el caso— me re- 
plicó; — y no hay más que hablar. 




L_. 



VIII 




is visitas de exploración minuciosa al 
pueblo las hice solo y por mi propia 
cuenta, dejándome aparecer en 61 
como á la descuidada, para sorpren- 
derle mejor en sus intimidades. Al conocer de 
vista á su vecindario en la misa del domingo 
anterior, ya me había llamado la atención muy 
vivamente cierta uniformidad monótona de 
eartey digámoslo así, y hasta de indumentaria. 
Todos los mozos usaban el /^^f¿:o encarnado, 
y verde todos los viejos, y todas las mujeres 
llevaban la manta 6 chai de parecido color y 
cruzado de igual modo sobre el pecho y los rí- 
ñones; en todas y en todos abundaban el tipo 
rubio y la línea curva, no sin gracia, con ten- 
dencia al cuadrado hacia los hombros; todos y 
todas andaban, hablaban y se movían con la 
misma parsimonia, y en todas las caras, viejas 



138 OBRAS DB D. JOS¿ M. DB PBRBDA 

y j^veniIes, se notaba la misma expresión de 
bondad con cierto matiz de sobresalto, como 
si la continua visión de las grandes moles á 
cuya sombra viven aquellas gentes, las tuviera 
amedrentadas y suspensas. Pues no tuve que 
rectificar un ápice de estas impresiones, recibi- 
das de un simple vistazo al conjunto del vecin- 
dario aquél, cuando traté de estudiarle en de- 
talle y más á fondo; al contrario, resultóme que 
á la monotonía de su manera de ser y de ves- 
tir, bien confirmada de cerca, hubo que agre- 
gar otra monotonía no menos saliente por cier- 
to: la de sus habitaciones. Todas las casas de 
Tablanca, con excepciones contadísimas, me 
parecieron construidas por un mismo plano: la 
planta baja, destinada á cuadras del ganado 
lanar y cabrío; en el piso, la habitación de la 
familia, y la cocina sin más techo que el teja- 
do, y en lo alto el desván, limitado por un ta- 
blero vertical sobre el borde correspondiente á 
la cocina, formando con las tres paredes restan- 
tes lo que pudiera llamarse caja de humos. Afue- 
ra, una accesoria para cuadra y pajar del gana- 
do vacuno, y pegado á ella ó á la casa, un huer- 
to muy reducido. 

De igual modo que en la cocina de mi tío se 
hablaba en todo el lugar por chicos y grandes, 
viejos y mozos. Como nota característica de 
aquel lenguaje, las hk como jj yha 00 finales 



PEÑAS ARRIBA IJQ 

como uu: verbigracia, jtrmosu y jormigimu 
por hermoso y hormiguero. Pero taa acompa- 
sada y tan melódica es la cadencia que dan á 
la frase, que no resultan las asperezas de la 
palabra desagradables al oído: al contrario; y 
tienen expresiones y modismos de un sabcór 
tan señaladamente clásico, que con ello y el 
sonsonete rítmico de que las acompañan, oyen- 
do una conversación entre aquellos montañe- 
ses, se me venía á la memoria la música de 
nuestros viejos Romanceros. 

Es también muy de notarse que ninguna de 
estas singularidades en el modo de ser y de ex- 
presarse, sufre visible alteración por el cambio 
de lugares ó de costumbres. Es allí muy co- 
rriente la de emigrar durante el verano los 
hombres mozos á provincias tan lejanas como 
las de Aragón, para ejercer el oñcio de serrado- 
res de madera, ó las de Castilla, con aperos de 
labor ó con castalias, para cambiarlos por trigo 
ó por dinero. Yo hablé con hombres de éstos, 
recién llegados al valle tras de muchos meses 
de ausencia de él, y no hallé la menor diferencia 
que los distinguiera en el vestir ni en el hablar, 
ni en la manera de conducirse en todo, de sus 
otros convecinos; ni tampoco he hallado des- 
pués, buscándolas de intento, muy notorias se- 
ñales de que les interese, fuera de sus hogares, 
más que el asunto que los saca de ellos, como 



X40 OBRAS DB D. JOSÉ M. DB PBR6DA • 

si sólo tuvieran ojos y corazón para ver y sentir 
el terruño nativo. 

La raza es de lo más sano y hermoso que he 
conocido en España, y yo creo que son partes 
principaUsimas de ello la continua gimnasia del 
monte, la abundancia de la leche y la honradez 
de las costumbres públicas y domésticas. Supe 
con asombro que no había en el lugar más que 
una taberna y esa de la propiedad del Ayunta- 
miento, que vendía el vino casi con receta y para 
que cada consumidor lo bebiera en su casa; de 
donde resultaba, por la fuerza de la costumbre, 
que era muy mal mirado el hombre que mos- 
traba instintos taberneros, y mucho peor el que 
se dejaba arrastrar de ellos, aunque fuera pocas 
veces. No me asombró tanto la noticia de que 
allí escaseaba mucho el dinero, por ser un li- 
naje de escasez muy común en todas partes; 
pero me pareció muy de notarse lo de que, en 
cambio, eran moneda corriente los frutos de la 
tierra, como en los pueblos primitivos; y así 
sucede que hay servicios muy importantes que 
se pagan con media docena de panojas ó con 
un maquilero de castañas. Lo que tampoco hay 
en aquel valle son patatas; pero, en cambio, se 
cosechan abundantes en el de Promisiones, el 
valle de mi abuela paterna y aguas arriba del 
Nansa, donde no se da el maíz, que es la prin- 
cipal cosecha de Tablanca, por lo cual estos 



PBÑAS ARRIBA I4I 

dos valles, separados entre sí por cuatro horas 
de camino á buen andar, están en frecuente 
trato para cambiar aquellos importantes frutos 
de la tierra. 

Casi todos los hombres de Tablanca son abar- 
queros, algunos de los cuales, sin dejar de ser 
labradores, hacen una industria de aquel oficio» 
Éstos acampan, durante el verano, en el monte» 
en cuadrillas de ocho 6 diez; cortan la madera, 
preparan en basto las abarcas á pares, y así las 
bajan al pueblo, donde, después de bien cura- 
das, van concluyéndolas poco á poco. En esta 
tarea hallé ocupados á algunos de ellos; y me 
embelesaba viéndolos manejar la azuela de an- 
gosto y largo peto cortante, 6 sacar con la legra 
rizadas virutas de lo más hondo é intrincado de 
la almadreña, 6 pintar, las ya afinadas, á punta 
de navaja sobre la pátina artificial del calostro 
secado al fuego. Otros son más carpinteros, y 
.acopian también y preparan en el monte made- 
ra para rodales y cañas (pértigas) de carro, 6 
aperos de labranza que lu^o afinan y rematan 
abajo. 

Otra singularidad de aquellas gentes sepul- 
tadas entre montes de los más elevados de la 
cordillera: llaman tía Montañai á la tiena 
llana, á los valles de la costa, y cmontañeses» 
á sus habitadores. 

Una de las primeras personas con quienes 



141 OBRAS DB D. JOSÉ M. DB PBRBDA 

me puse al habla en aquella ocasión, fué un 
hombre que resultó muy original. Le hallé re- 
cogiendo cantos del suelo y cerrando con ellos 
el boquete de un mcrio que se había desmoro- 
nado por allí. Trabajaba con gran parsimonia, 
y pujaba mucho, sin quitar la pipa de su boca, 
á cada esfuerzo que hacía, porque ya era viejo. 
Me saludó muy risueño al verme á su lado, y 
hasta me llamó por mi nombre, cseñor dea 
Marcelo.! 

Bastaba mi cualidad de cseñon y de foraste- 
ro para merecer aquellos homenajes de una 
piersona de Tablanca, donde son todos la mis- 
ma cortesía; pero yo era además sobrino carnal 
de don Celso, hijo «del difunto don Juan 'An- 
toiüo,i sangre de los Ruiz de Bajos, de la en- 
jundia nobiliaria de Tablanca, de la castmi «de 
allá arriba...! vamos, de los Faraones de allí; 
algo indisQPtible, prestigioso y respetable /«fu 
y como de derecho divino; pero no á la manera 
autoritaria y despótica de las tradiciones feuda- 
les, sino á la patriarcal y Uanota de los tiempos, 
bíblicos. 

No me extrañó, pues, ni debía extrañarme, 
vistas las cosas por este lado, el cariñoso aco- 
gimiento que me dispensó el hombre del moño. 

Estaba «amañandu aqueyut porque le daba 
en cara verlo «en abertal.! No eran hadendft 
suya, «como podía compr^der yo,t ni aquélla 



r 



PBffAS ARRIBA Z45 

tierra ni aquel cercado; pero había vigtoim día 
removido el primer canto de los de an medio; 
después otros dos de los capareaost con él, y 
luego fotros de los arrimaus á eyus, t y, por úl- 
timo, se había dicho, < á las primeras celleriscas 
que vengan, ó á la primera res que jocique una 
miaja pa lamberse estus verdinis, se esborrega 
el moriu por aquí.i Y así había sucedido. Tres 
días estuvo el boquete abierto sin que lo viera 
el dueño de la ñnca; otros cuatro cpedricándo- 
lei él sin fruto para que le echara arriba antes 
que se picaran las bestias á aquel portillo y aca- 
baran con la cprobezat del cercado... hasta que 
pasando el «moriut semanas enteras en aquel 
estado «bichoniosu,f se había resuelto él á ce- 
rrar el boquete. Porque era de ese caquel,! y 
no lo podía remediar. No en todas las ocasio- 
nes U^aba á tanto el interés que se tomaba 
por lo ajeno; pero siempre le daban en cara y 
le metían en grandes cuidados los descuidos de 
los demás. Ya sabía él cuándo había llegado yo 
á Tablanca y la vida que había hecho desde 
entonces. Le gustaba mucho verme apegado á 
la tierra y á la casa de mis abuelos. Chisco era 
buen compañero para andar por donde yo an- 
daba con él; también Pito Salces, pero no tan 
tamanaui como el otro cpa el autu de rozas! 
con stííores finus.i Si Chisco fuera de Tablan- 
ca como era da Robacío, no habríanada quep6^ 



144 OBRAS DB D. JOSÉ M. DB PBRBOA 

dirle. Así y con todo, ñel| honrado y trabaja- 
dor como era y sirviendo donde servía, ningún 
padre de aquel lugar debía, en «josticia de ley, t 
cerrarle la puerta de su casa. Pues había quien, 
ai no la cerraba propiamente, tampoco se la 
abría de buena voluntad. Temas de los hom- 
bres. La moza era maja, y algunos bienes te- 
nía que heredar en su día; pero no se encon- 
traba tal regolver de cada calleju» un hombre 
de bien que era un caudal «de por sí mesmo.t 
Bien lo conocía ella, y por eso miraba á Chis- 
co con buenos ojos; pero era muy otro el mirar 
de su padre, y él se entendería. La madre iba 
por caminos diferentes que su marido, y se 
animaba más á los de la hija... En suma y 
finiquito, ya lo arreglaría don Celso, si la cosa 
era conveniente para todos. Pero ¡qué camejaot 
á mi padre resultaba yo! Le había conocido él 
poco más que de tmozucu,! porque el señor 
don Juan Antonio le llevaría, si viviera, al pie 
de diez años. Se había marchado del lugar sin 
tener pelo de barba todavía; después volvió» 
«jechu un mozallón arroganti;» pero «entrar 
por aquí y salir por aya, como el otru que diz.» 
«Le jalat^n muchu jacia lo mundanu los dine- 
rales que había apañan por esas tierras de Dios,» 
y la mujer que le aguardaba para casarse con 
él. Había vuelto á quedarse solo «el mayoralgu» 
que nunca quiso raer de TaUanca. «Aunque 






r 



PBÑAS ARRIBA I45 

no ira mujeriega de por 8uyü,i ta soledad y 
otraa^penas le hdbían obligado á casarse tám-* 
bien. ¡Bien casado, eso sí, t por vida del Pefidn 
de Bejosl • con lo mejor de Caórnica, de lá casa 
de los Pinares: doña Cándida Sánchez del Pi-» 
nar. Le parecía que estaba viéndola, tan arro- 
gantona y tan... y luego con su blandura de en- 
któa... Pero Dios no había querido que las co- 
sas pasaran de allí; y hoy un hijo y maftana 
otro, le había llevado los tres que había ido te- 
niendo, y por último á ella, que valía un Potó- 
si de oro puro, y con ella, la luz y la alegría de 
la casona^ que fenecería t mañana ú el otrui con 
elpobre don Celso, que ya había estado á pun* 
to de morir. Y en feneciendo este último Ruiz 
de Bejos, y en cerrándose la casona ó pasando 
á dueños desconocidos, ¿qué sería de Tablanca 
nisqué vivir el suyo, sin aquel arrimo, tan vie- 
jo ea^l valle como el mismo río que le atrave- 
sedla? Por eso se alegraba él tanto de mi veni- 
da; Bien podía ser permisión de Dios. Porque 
si yo tomara apego á aquella tierra, ¿qué mejor 
dueño para la casona, ni más pomposo señor 
para ei valle entero, cuando don Celso faltara? 
[ihi cuánto se alegraría él de que yo fuera ani* 
mándomet^Por lo pronto, allí le tenía para ser- 
virme en lo que quisiera mandarle... Nárdb 
ÜSieóOi á^TéwumbOi si lo quería máa llano y 
cenocidOj porque así le llamaban de moté, no 
Toiio zv 10 



^ 



146 OBRAS DB D. JOSá M. DE PBRBDA 

sabía por qué, pero era la pura verdad que no 
le ofendía... En ñn, ya estaba cerrado el bo» 
quete... 

Entonces fué cuando el Tarumbo se incor- 
poró del todo, aunque algo encorvado de ríño- 
nes todavía y bastante esparrancado, y se en- 
caró conmigo. Su charla había durado tanto 
como su labor, y yo no había hecho más que 
mirarle y oírle. Se quitó la pipa de la boca des- 
pués de restr^arse ambas manos contra el 
pantalón; golpeóla, boca abajo sobre la uña del 
pulgar de la izquierda, y me enseñó en una son- 
risa toda la caja desportillada de sus dientes. 
Era un vejete de rostro plácido y greñas muy 
canas, algo atiplado de voz y muy duro de bi- 
sagras; es decir, torpe de todos sus movimien- 
tos. Para un hombre tan cuidadoso como él de 
la hacienda de los demás, no me pareció muy 
bien cuidada la propia que tenía á la vista. Di- 
golo por el desaliño y desaseo de toda su per- 
sona, que eran muy considerables... Así y to- 
do, resultaba interesante y muy simpático el 
vejete. 

Hablé con él un buen rato todavía, porque 
me entretenía mucho su conversación pintores: 
ca, y acabé por preguntarle por la casa del mé- 
dico. . - 

-rrVela ahí— me respondió dandci ñiédia v^uel^ 
ta hacia la derecha, y apuntando coa la tíam 



PEÑAS ARRIBA X47 

hada, un edificio algo más aseñorado que los 
del típo comente en el pueblo. — De dos zan- 
cajás está en ella. 

— ^¿Y la de don Pedro Nolasco?— preguntóle 
después. 

— Vela á esta otra manu — ^respondióme apun- 
tando con la suya al lado opuesto. — Por enci- 
ma del tejau de esa primera que tien frutales 
en el güertu, asoma el aleru vencíu y el jas- 
tialón detraseru de ella, con su balconaje de 
fierru. 

En esto venía hacia nosotros de la parte alta 
del lugar, cuyas casas, como las de todos los 
lugares montañeses, no guardan orden ni con- 
cierto entre sí, una moza de buena estampa, 
con un calderón de cobre muy bruñido, sobré la 
tafaeoat y un cántaro de barro en cada mano. 
BtTammbo, después de conocerla, me guiñó 
un ojo, la volvió la espalda y me dijo mientras 
cargaba de tabaco su pipa: 

— Eisa es Tanasia. 

— ^¿Y quién es Tanasia?— le pr^unté yo. 

— La hija mayor del Toperu, — respon- 
dióme. 

—¿Y quién es el Topera?— volví á pregun* 
tarle. 

—Pos es el padre de Tanasia... Vamos, de 
la mozona que corteja Chiscu. 

— ¡Ajál — exclamé mirándola con mucha 



148 OBRAS DE 0. JOSi í^ DB PBRBDA 

atención, porque prqfcisamente pagaba entone^ 
por delante de nosotros. 

La mozona, que debió de presumir algo de lo 
que tratábamos el Tarumbo y yo, se puso muy 
colorada y se sonrió, bajando los ojos al daraos 
ios buenos días» Alabeé de corazón el buen gus- 
to de Chisco, y no me expliqué bien el del 
Topero. 

—Pues ¿qué demonios quiere para su hija?:— 
pregunté al Tarumbo. 

— A un tal Pepazus — ^me respondió éste^ — 
Un mozallón como un cajigu, que remueve dos 
házsis de una cava, come por cuatru cavónos» y 
descurre menos que este moriuque tenemos 
delante. Dícese que tien el Toperu esta manía; 
no es porque yo sea capaz de juralu, que cpoio 
usté, señor don Marcehí, pué cavilar, á mi ya 
¿qué me va ni qué me vien en estas cantim- 
ploras?. 

Poniéndome en marcha hacia la casa (]el 
médico, á quien deseaba pagar su visita aquel 
día, despedfme del Tarumbo; pero éste, ata- 
jándome á la mitad de la despedida, díjome 
que ipayái iba él también, porque cabalmente 
estaban las dos casas, la suya y la del médico, 
&cnte por frente, y echó á andar á mi laclp» 
Pasanaos una calleja con muchos bardales» y al 
desembocar en una plazoleta de suelo vjurde y 
coDtomeada en sami^yor parte de morios con 



"> 



r 



y^dms y saúcos, dijo mi aeompsfiá&te» apim» 
tando hacia la izquierda y al fondo de vta saco 
que se formaba allí por dos cercados, uno dé 
busfuiwal (zarzal espeso) y otro de pared medio 
derruida entre malezas: 

—Ésta es la mi casa, 

Y volviéndose al lado opuesto, añadió, mien- 
tras apuntaba hacia otra que cerraba la plazo- 
leta por allí: 

— ^Y ésta es la del méicu. 

La casa del Tarumbo arrimaba por un cos- 
tado al muro ruinoso, y allá se andaba con él 
en achaques y quebrantos y con los atalajes de 
su dueño. Con estos pensamientos en la cabe- 
za, miré al Tarumbo sin decirle nada; pero de- 
bió de leérmelos él en la cara que le puse, por- 
que me dijo en seguida: 

— ^No se espanti de eyu, porque es de nese- 
cidá. Quedamos yo y la mujer, qus no sal ya 
de la cama; los hijus, entre casaus y ausentis, 
lo mesmu que si no los tuviera; y á mí no me al- 
canza el tiempu pa ná con el quehacer que me 
dan los cuidaos ajenus... Porque, créame usté, 
s^or don Marcelu: lo que pasó con el moriu 
que me ha vistu usté levantar^ pasa aquí con 
las mil y quinientas á ca hora del día y de la 
nochi; y si no juera por el Tarumbu, créame 
usté, don Marcelu, créame usté y no lo tond á 
emponderancia: si no juera por el Tarumbu, la 



"^ 



150 OBRAS DB D. JOSÉ lf« DB PBRBDA 

meta del vecmdariu de Tablanca andaría por 
estus callejonis devora por la jambre y en cae-r 
rus vivus. 

Guárdeme bien de ponérselo en duda siquie- 
ra; me despedí de él muy afable, y me dirigí á 
la casa del médico, que estaba á dos pasos. 




V 



r 




IX 




BSDB que le habfa conoddOi poco 
más que de vista, en casa de mi tío/ 
sentía yo gran deseo de echar un pá- 
rrafo á mi gusto con el médico de 
Tablanca; porque se me antojaba que en aquel 
mozo había más cantea de la que se halla en 
el tipo usual y corriente de los hombres de su 
edad y circimstancias. Y resultó la cantera á 
los primeros desbroces: á flor de tiena, como 
quien dice. 

Como me había visto acercarme á su casa, 
salió á recibirme hasta el portal con una ropi- 
lla casera, poco más que de verano, á pesar de 
la frescura invernal del ambiente que corría; 
pero con buenos abrigos de carne blanca y ro- 
lliza que le asomaba en ronchas por los puños 
recogidos de su camisa de dormir y por encima ' 
del leve cuello de la americana. Condújome es- 
calera arriba por una de pocos tramos; después 
por un pasadizo corto; y, por último, me in* 



152 OBRAS DE D. JOSÉ M. OB PBRBaí 

trodujo en una salita con solana y gábiaetc^la 
cqál, por los muebles y los libros que coñteoia» 
supuse desde luego que le serviría de despa- 
cho. Sentámonos frente á frente en cómodoSt 
aunque no ricos ni elegantes sillones, con una 
mesita entre los dos, cargada de papelejos, una 
plegadera, cajas de fósforos llenas y desocupa* 
das» cenicero con colillas, ima petaca de suela 
y una bolsa abierta de cirugía; y hubo primera- 
mente las vaguedades acostumbradas en toda 
visita; después fumamos sin dejar de hablar 
del tiempo, por lo inusitado de su relativa tem- 
planea, ni del juicio que iba formando yo de 
aquella tierra, para mí desconocida ¿asta en- 
toacea; luego tocamos el punto de las condicio- 
nes jiigiénicas del valle; y por este resquicio 
salió á relucir la quebrantada salud de mi tío 
Celso, sobre la cual tenía yo muchos deseos de 
hablar con el mediquillo aquél. 

Es más dificil de lo que parece mostear in- 
gado, discreción, tino y, sobre todo, arte ea 
las trivialidades y pequeneces que son d tema 
obligado á los comienzos de esas visitas ds cwn- 
pliáo que todos hacemos, que hace todo el mun- 
do. Es más fácil ganar una batalla campal que 
enlarar á tiempo y bien entonado en esas ia- 
susbtanciales sinfonías de la comedia que va á 
representarse después. Yo tengool valor de de- 
daiar, por to que á mí ooncien»* que casi 



«flmpre que me veo ea esos trances» entro < 
destiempo y desafinado, y que cuanto más me 
empeño en enmendar las pifias, peor lo pongo. 
Pero válgame el consuelo de que llevo vistas 
mayores torpezas que las mías y hasta enormes 
inconveniencias y sandeces donde menos enm 
de esperarse por la calidad refinada de los ac- 
tores. Pues bien: precisamente en ese mismo 
peligroso trance fué donde empecé yo á vis- 
lumbrar la canUfa de aquel mozo, despechuga- 
do y casi en ropas menores, mediquillo simpk 
de una aldehuela sepultada entre montes, en 
presencia de un elegante de Madrid, harto de 
correr el mundo de los ricos desocupados; y 
no seguramente por lo que me dijo ni por lo 
que hizo, sino por todo lo contrario: por lo que 
se calló y por lo que no quiso hacer, ó mejor 
todavía, por lo bien que supo callarse y estarse 
quieto y escoger lo que me dijo y el modo de 
decirlo. Todo el mundo tiene a£án de ser un 
poco agudo, un poco gracioso y hasta un poco 
tmvieso delante de las gentes, y de ahí las ne- 
cedades y las inconveniencias; y casi á nadie 
se le ocurre ser sincero, con lo cual, buena edu- 
cadón y una pizca de sentido común, hay la 
garantía de no queiof mal allí ni en ninguna 
parte, que no es garantía floja en los tiempos 
esencialmente comimicativos que alcanzamos. 
Pbes cabalmente la sinceridad, y «n su más al- 



15^ OBRAS DB P. JOSé M. DB PBRBDA 

te grado, acompañada de un buen entendi-- 
núento, fué lo primero que yo eché de ver en 
el mediquillo de Tablanca. 

Hablando de la enfermedad de mi tío, me 
dijo que era mortal de necesidad, Consistía. •• (7 
aquí se detuvo risueño como para pedirme per4 
don por las palabrotas que iba á soltar) en una 
dibitación cardiaca.. • un estado asistólico... 

-^En castellano corriente — añadió con un 
gesto y un ademán muy naturales y expresivos, 
—res la máquina vieja cuyo organismo empie- 
za á descomponerse. Se entorpeció la rueda del 
corazón como pudo entorpecerse otra de las 
principales. Por alguna de ellas había de em- 
pezar la inevitable ruina. Cuándo se consuma* 
rá ésta, cuándo se parará la máquina, no es po- 
sible calcularlo á fecha fija ni por mí ni por los 
que sepan de esas cosas más que yo: lo mismo 
puede pararse dentro de seis meses que en es- 
te instante. Lo indudable es que hay máquina 
para muy poco tiempo. 

Aunque de ello estaba yo bien persuadido , 
la confirmación de mis sospechas por labios tan 
autorizados me produjo un efecto muy penoso. 
Aparte de los vínculos de sangre que me unían 
á don Celso, había en él prendas personales 
que le hacían muy pegajoso al cariño de los que 
le trataban. 

Hablando de su enfermedad, se trató deotras 



r 



PBÑAS ARRIBA I55 

smálogas y de otras muchas que» sin parecerse 
aellas» tenían, sin embargo, el mismo funesto 
desenlace: la muerte del enfermo; y ya en este 
camino, fuimos á parar al consabido t desalien- 
to! .de los doctos en el carte de curan en cuan^ 
to cotejan y comparan los recursos de su cien- 
cia con las míseras condiciones físicas del hom- 
bre; sólo que el mozo aquél, al convenir con- 
migo en la ineficacia de la medicina en la ma- 
yor parte de los casos de apuro, no se llevó Ifts 
manos á la cabeza, ni renegó de la incapacidad 
humana, ni mostró esperanza alguna de que 
ya irían arreglando poco á poco esas dificulta- 
des tíos héroes y los mártires de la ciencia: » al 
contrarío, sin negar que estudiando mucho po-^ 
día averiguarse algo más de lo que se sabh ea 
la materia, dio los fracasos actuales, y auQ .los 
venideros, por cosa necesaria y con los cualea 
ya contaba él al empezar sus estudios; es de- 
cir, que no le noté la menor chispa de entusias- 
mo por su profesión, ni el menor síntoma de 
desencanto al tocar en la práctica de ella sus 
deficientes recursos. Declaróme honrada y leal- 
mente que así era la verdad; y con esto y un 
poco de astucia mía, fuimos entrando paso á 
paso en el terreno á que yo deseaba conducirle» . 
6. mejor dicho, fui sabiendo de él todo lo que 
necesitaba para acabar de conocerle /or dmiro^ 
Era nativo de Robacío (igual que Chisco)^. 



X56 OBRAS DK «»• lOSá *lf . AB PBRBDA 

y SO padre, don Servando Celis, un señor por 
ei arte de mi tío Gelso, había deseado que se 
hiciera médico, porque ya tenía otro hijo, el 
mayor, estudiando Leyes en Valladolid. ¿ él, 
que estudiaba tercero del bachillerato en San-- 
tander, lo mismo le daba. No sentía aversién 
ni apego á ninguna carrera literaria ó científi- 
ca: todos sus cinco sentidos los tenía puestos 
en el terruño natal. Esto no se lo decía á nadie; 
pero lo sentía, y muy hondo. Por este kdo has- 
ta se había alegrado de la elección de carreña 
hecha por su padre, porque la de médico etk 
quizás la única compatible con sus aspiradones 
y tendencias. Además, podían engañarle en 
esto las ilusiones de muchacho; y de todas 
suertes, su padre tenía mucha razón en sacarle 
de allí para darle una ocupación que, cuando 
menos, había de ilustrarle el entendimiento y 
ponerle en contacto con el mundo. En esta 
prueba, forzosamente había de manifestarse y 
triunfar su verdadera vocación. Y se sometió á 
ella hasta gustoso, no contando por tal la de su 
campaña de humanista en Santander, porque á 
aquella edad y encerrado en un colegio no se 
forma nadie cabal idea de esas cosas tan deli- 
cadas y complejas. Hecha la prueba durante 
siete años de estudios en Madrid, resultó lo que 
él esperaba: el triunfo definitivo de sus prin»^ 
ras inclinaciones. 



PBJÍAS 4AKIBA 157 

— ^¿Está usted seguro — ^le dije sigcdendo mi 
sistema de interrupciones y preguntas, para obr 
tener más de lo que espontáneamente me ofrecía 
su agradable laconismo^-^dehaber puestode su 
parte todo el esfuarzo que requería la empresa? 

— ¡Segurísimo! — me respondió sin vacilar; y 
anadió sonriéndose: —Puedo jurarle á usted 
que en ese linaje de estudios aproveché bien el 
tiempo* 

—Pues me parece muy extraño el resultado 
— rq[>liqué,— «juzgando de sus sentimientos por 
los míos. 

—¿Por qué?— ^ne interrogó muy serio. 

— Porque no es eso lo usual y corriente en- 
tre mozos de las condiciones personales de us-- 
ted; porque con ellas y en Madrid y en roce 
continuo con el mundo y sus golosinas, lo na- 
tural es que se las vaya tomando el gusto. 

— ^No he dicho yo que me desagradaran— se 
aptesmó á replicarme el médico.— Lo que hay 
es que esas golosinas, sin desagradarme, no me 
satis&cían, no me llenaban, y me dejaban siem- 
pre despierto el apetito de otra cosa más del 
gusto de mi paladar. 

—Y ¿cuál era esa cosa, si puede saberle? 

—Lo de acá, la tierra nativa^ 

—Pero ¿qué demonios puede usted hallar en 
eUade apetecible hastavese pui^ot— <M4Am# 
entonces, verdad^anfiente asK^nibcftdo. 



rr ^ 



158 OBRAS DE 0« JOSÓ M. DE PERBDA 

— Lo que no hay en lo otro^ — me respondió 
al instante. 

— Pues no lo entiendo,— concluí. 

— Ni es fácil — me dijo muy sosegadamente, 
— desde el punto de vista de usted, tan dife- 
rente del mío. 

— Diferente — añadí, — según y conforme; 
pues, al cabo, se trata de un hombre que ha 
visto el mundo algo más que por un agujero, y 
<le aquí mi asombro precisamente. 

Me miró entonces el mediquillo coa cierta in- 
sistencia recelosa, cambió dos veces de postura 
en el sillón, sonrióse un poco y me dijo al ñn: 

— ¿Tacharía usted á un hombre, de los lla- 
mados cultos, porque hiciera coplas.., de las 
buenas, se entiende, ó pintara cuadros magis- 
trales, copiados de la Naturaleza? 

— No por cierto, — ^respondí» 

— Pues aquí, donde usted me ve — añadió 
acentuando la sonrisa, que ya picaba en maO- 
ciosa, — me atrevo á creerme algo poeta y un 
poco artista... á mi modo por supuesto, 

— Enhorabuena— repliqué; — y sin adularle, 
no hay en la noticia el menor motivo para que 
yo me maraville; pero ¿en qu6 se opone elU 
á lo que yo digo? 

— Supóngame usted — ^prosiguió el médico, 
sin dejar de sonreír, pero más animoso y atre- 
vido que antes,—- supóngame usted con el deli- 



r 



nVihS ARRIBA 159 

rio dd más grande de los poetas y con la fie- 
bre del más admirable de los pintores; pero su- 
ponga también (y en ello no supondrá más que 
lo cierto) que no sé hacer una mala copla ni 
coger los pinceles en la mano; suponga usted 
igualmente que» aunque me enamoran las bue- 
nas poesías y los hermosos cuadros, no satisfa- 
cen por completo las necesidades de esa espe- 
cie que padezco yo, y suponga, por último, que 
en este valle mínimo, y en los montes que le 
circundan de cerca y de lejos, cuya visión con- 
tinua le abruma y le entristece á usted, y en el 
conjunto de todo ello, con la luz que lo envuel- 
ve, espléndida á ratos, mortecina á veces, té- 
trica muy á menudo, dulce y soledosa siempre, 
y con los ruidos de su lenguaje, desde el fiero 
de la tempestad hasta el rumoroso de las brisas 
de niayo; y su fragancia exquisita nunca igua- 
lada por los artificios orientales, encuentro yo 
cada día, cada hora, cada momento, el himno 
sublime, él poema, el cuadro, la armonía insu- 
perables, que no se han escrito, ni pintado, ni 
compuesto, ni soñado todavía por los hombres, 
porque no alcanza ni alcanzará jamás á tanto 
la pequenez del ingenio humaiio: el arte supre- 
mo, en una palabra. .. ¿No halla usted en esta 
razón, poco más que esbozada, algo que justifi- 
que estas inclinaciones mías que tan inexplica- 
bles le parecen? 



1 



léO OBRAS DB D. JOSá. Ife DB PBRBOA 

—Algo hay, en efecto — re8pondí;-*-pero no 
lo bastante, á mi entender;— y añadi« dejando» 
me llevar demasiado de mis instintos im tanto 
prosaicos: — ^porque todo ello es, al cabo, mera 
poesía. 

— ^Ya le he dicho á usted — ^me replicó, como 
si se excusara en broma de una grave iálta,*^ 
que tengo la debilidad de creerme algo poetat 
aunque meramente pasivo; pero es lo ciento 
que eso, tan mal expresado por mí, y sea ello 
lo que fuere, es» algo más razonado y en escala 
mucho mayor, lo mismo que yo sentía de mu- 
chachuelo en mi lugar; lo que echaba de menos 
en Madrid, y lo que parece necesitar mi espíi- 
ritu aldeano para vivir á su gusto. Concédame 
usted para mi pecado— s^adió con ademanes 
de la más esmerada cortesía,— siquiera la tole* 
rancia que no negará á los hombres cultos de 
las ciudades, apasionados de los buenos cua- 
dros y de los buenos libros, 

— ^Aun así, y usted perdone mi insistencia— r 
observé con un tesón que no era todo sinceri- 
dad ni del mejor gusto,— no me sale la cuenta 
que usted se echa á sí propio. Esos hombres de 
la ciudad no viven constantemente entre sus li- 
bros y sus cuadros. 

— Tampoco yo entre los ooüíos,— replicó el 
médico en seguida* 

— ^Esos hombres— continué yo, aparentando 






PEÑAS ARRIBA l6x 



no enterarme de su réplica por el gusto de en- 
redarle en otras nuevas, — ^acabarían por has* 
tiarse de sus cuadros y de sus libros y por to- 
marlos en aborrecimiento, si no llevaran á me- 
nudo su atención á otras ocupaciones y á otros 
lugares muy distintos... ¡Pero esta monotonía 
de aquí!... 

— ¡Monotonía! — ^repitió el mozo enardecién- 
dose un poquillo. — ¡Y yo que la encuentro so- 
lamente en las tierras llanas y en sus grandes 
poblaciones! Madrid, Sevilla, Barcelona... Pa- 
rísy la capital que usted quiera, ¿pasa de ser 
una jaula más ó menos grande, mejor ó peor 
fabricada, en la cual viven los hombres amon- 
tonados, sin espacio en qué moverse ni aire pu- 
ro que respirar?... ¡Ocupaciones!... |La ocu- 
pación del negocio, la ocupación del café, la 
ocupación del paseo, la ocupación de la calle, 
la ocupación del Casino, ó del teatro, ó de la 
Bolsal... Yo no digo que algunas de estas ocu- 
paciones y otras muchas de los mundanos no 
sean útiles y necesarias para los fines de la vi- 
da, de lo que se llama vida de los pueblos y de 
las naciones; pero niego que, con excepciones 
muy contadas, sea cómodo, vario y entreteni- 
do nada de ello para la vida espiritual en na- 
turalezas como la mía y otras muchas... inclu- 
so la de usted— añadió, volviendo á sonreírse, 
i tuviera yo la fortuna de hacerle percibir la 

TOMO XV II 



l62 OBRAS DE D. JOSÉ M. DE PEREDA 

infinita variedad de encantos y de aspectos que 
se encierra y se contiene en esto que, á las pri- 
meras ojeadas de un profano, sólo parece un 
hacinamiento enorme de peñascos y bardales. 
Siguió á este desahogo un himno entusiásti* 
co, hermosa y altamente entonado, á la t ma- 
dre Naturaleza; i di por visto, y de muy buena 
gana, lo que él deseaba que yo viera; y más 
por hundir otro poco mi sonda en sus adentros 
que con intención de arrancarle sus ilusiones, 
díjele al cabo: 

— Pase, pues, lo de la amenidad, lo de la 
hermosura y hasta la sublimidad y la elocuen- 
cia de este escenario que le encanta y maravi- 
lla; pero ¿y los actores que le acompañan á uá- 
ted en la égloga perenne de su vivir? ¿Qué me 
dice usted de ellos... del hombre... vamos, de 
los hombres? 

— ¿Qué tienen esos hombres que tachar? — 
preguntóme á su vez el médico. 
— Que son rústicos, que están ineducados. 
— Como deben ser y como deben estar — 
me replicó inmediatamente, — para el destino 
que tienen en el cuadro* Lo absurdo y lo indis- 
culpable fuera en mí, que no pido ni puedo pe- 
dir en estas soledades agrestes las óperas del 
Teatro Real, ni los salones del gran mundo, ni 
los trenes lujosos de la Castellana, exigir á es- 
tos pobres campesinos la elocuencia de núes- 



P£Ñ^ ARRIBA 163 

tros grandes tribunos, las habilidades de nues- 
tros políticos y el saber de nuestros doctores y 
académicos. 

— Santo y bueno— dije yo entonces creyendo 
poner una pica en Flandes, — para la vida con- 
templativa, para la de pura delectación estéti- 
ca; pero no se trata de eso, amigo mío, sino de 
la realidad prosaica de la vida social y, digá- 
moslo así, de todos los días. Estos hombres 
tienen las miseriucas y las roñas propias y pe- 
culiares de su baja condición, y, además, por 
su ignorancia no pueden entenderse con usted. 

Aquí fué donde el médico se enardeció casi 
de veras, como si hasta entonces no hubiera to- 
mado el asunto verdaderamente por lo serio. 

Comenzó por decirme que donde quiera que 
había hombres, cultos ó incultos, había debili- 
dades, roñas y grandes flaquezas; pero que, roña 
por roña, flaqueza por flaqueza y debilidad por 
dcMSdad, prefería la de los aldeanos, que muy 
á menudo le hacían reir. á la de los hombres 
ilustrados, cuyas causas y cuyos fines, por su 
abominable naturaleza y sus alcances, casi 
siempre le ponían á punto de llorar. En cuanto 
á no poder entenderse con los vecinos de Ta- 
blanca, era otro error mío y de otros muchos 
hombres cultos, empeñados en tomar ciertas 
cosas al revés. ¿Por qué ha de ser el hombre de 
los campos el que se eleve hasta el hombre de 



164 OBBAS DB D. JOSÉ M» DB PfiRBDA 

la ciudad, y no el hombre de la ciudad el que 
descienda con su entendimiento, más luminoso, 
hasta el hombre de los campos para entenderse^ 
los dos? Hágase este trueque, y se verá cómo 
resulta la inteligencia mutua que se da como 
imposible por los que no saben buscarla. Y no 
haya temor de que las dos naturalezas se com- 
penetren y de las roñas de la una se contamine 
la otra; porque la comunicación no ha de ser 
continua ni para todo, y al hombre culto, por 
lo mismo que es más inteligente, le sobran me- 
dios para no rebasar de los límites de la pru- 
dencia y hacer que cada uno de los dos guarde 
el puesto que le corresponde. Y en este equi* 
librio, que no deja de ofrecer dificultades, 
¡cuánto se aprende á veces del hombre rudo de 
los montes, por el hombre culto de las ciuda- 
des, y cuánto halla éste que ver y que admirar 
allí donde los ojos avezados á los relumbrones 
llamativos del mundo civilizado, sólo distin- 
guen sombras, monotonía, soledades y tristezasF 
Como, al llegar aquí, me pareciera el médica 
dispuesto á callarse» por su natural modesto y 
reservado, y á mí me fuera gustando mucho su 
palabra, tan fácil como sobria, pregúntele, an- 
tes que el hornillo de su entusiasmo comenzara 
á entibiarse, qué cosas eran aquéllas que po* 
dían verse y admirarse por el hombre culto en 
sus relativas intimidades con el aldeano. 



PBÑAS ARRIBA 16$ 

Y entonces se enfrascó el simpático mediqui- 
llo de Tablanca en otra teoría, que no me ven- 
dió por nueva en el fondo. 

Según él, los tiempos de hoy no eran peores 
que otros tiempos de los cuales han dicho siem- 
pre los respectivos moralistas, que fueron los 
iíempos más malos de todos los habidos hasta 
ellos: antes al contrario, le parecían los actua- 
les, en lo bueno, hasta mejores que los pasados. 
En lo malo, y no por la cantidad, sino por la 
<:alidad de ello, estaba el punto litigioso. En 
^u concepto, la maldad de ahora alcanzaba 
mayor hondura que las de antes en el cuerpo 
social: le había invadido el corazón y la cabe- 
ra; ésta se atrevía ya á todo y con todo, y 
aquél no se conmovía por nada, gastada su sen- 
sibilidad con el roce de tantos y tan continuos 
sucesos, porque en ninguna época del mundo 
han acontecido tantos y tan extraordinarios en 
lan breve tiempo como ahora. De aquellos atre- 
vimientos y de esta insensibilidad, había de 
venir, estaba ya llegando, la parálisis absoluta 
«n la vida espiritual de los hombres. La fe en 
lo divino y el sentimiento de lo reputado siem- 
pre por lo más noble en lo humano, iban rele- 
gándose al montón de las cosas inútiles, cuando 
no perjudiciales; apenas se concebían los gran- 
des héroes de otras épocas, cuanto más los sen- 
itimientos que los habían exaltado desde la masa 



l66 OBRAS DB D. JOSÉ M. DB PBRBDA 

€omún de los anónimos, hasta las páginas más 
esplendentes de la Historia. No era posible 
ya, ni siquiera de buen gusto^ sentir entusiasma 
por nada, ni de lo de tejas arriba ni de lo de 
tejas abajo. La verdadera agonía del espíritu 
social. De eso adolecían los tiempos actuales, 
y por ahí venía la muerte del cuerpo colectivos 
Le corroía la gangrena por los grandes centro, 
de su organismo atiborrado: por la ciudad, por 
el taller, por la Academia, por la política, por 
la Bolsa... por donde más caudal representa 
el torrente circulatorio de las insaciables ambi- 
ciones del hombre culto. Pero, por misericor- 
dia de Dios, le quedaban sanas todavía las ex- 
tremidades, algunas de ellas por lo menos, 7 
sólo con la sangre rica de estos miembros po- 
día, con mucho tiempo y gran paciencia, puri- 
ficarse y reconstituirse la parte corrompida de 
los centros. 

— Pues estos miembros sanos — añadió el 
médico con viril entereza, — son las aldehuelas 
montaraces como ésta. Y digo montaraces, por- 
que si vamos á meter el escalpelo en las más 
despejadas de horizontes y más abiertas al co- 
mercio de las ideas y al tuñllo de la industria, 
sabe Dios lo que hallaríamos en sus ñbras.... 
¿Le parece á usted poco — preguntóme en con- 
clusión, — este verdadero tesoro, entre otros se- 
mejantes bien fáciles de distinguir, para ser ad- 



k 



PBÑAS ARRIBA 167 

mirado por un hombre culto capaz de entusias- 
marse con algo todavía? ¿Y no es trabajo bien 
honroso y muy entretenido el que procuran la 
conservación y hasta el fomento de esto que yo 
me he atrevido á llamar tesoro, á riesgo de que 
usted se ría de él y de mis candorosos idea- 
lismos? 

Algo más dignas de respeto eran las teorías 
del noble mozo, aunque sólo las estimara por 
el fervor y el honrado convencimiento con que 
me las exponía, y así se lo declaré; pero aña- 
diéndole que apreciaría yo mejor la fuerza de 
sus razones viéndole luchar contra mis dudas 
en terreno más trillado por la realidad de las 
cosas: al cabo era yo, en más ó en menos, de 
los gangrenados por el virus de la ciudad, y 
gustaba de verlos asuntos por su lado práctico. 

Comprendiendo rápidamente lo que inten- 
taba decirle con tantos circunloquios y metá- 
foras, quizás por otro resabio de mi mundana 
cortesía, comenzó por admirarse, á su modo, 
de que le fuera con semejante reparo un miem- 
bro de la familia de los Ruiz de Bejos, ¿Cómo 
podía ignorar yo, con determinados ejemplos á 
la vista, lo mucho que quedaba que hacer en 
los pueblos rurales á los hombres de luces y 
de buena voluntad? 

— La gran obra — continuó, — de la casona de 
Tablanca, desde tiempo inmemorial, ha sido la 



l68 OBRAS DE D. JOSÉ M. DE PEREDA 

unificación de miras y de voSutitades de todos 
para el bien común. La casa y el pueblo han 
i legado á formar un solo cuerpo, sano, robusto 
y vigoroso, cuya cabeza es el señor de aquélla. 
Todos son para él, y él es para todos, como la 
cosa más natural y necesaria. Prescindir de la 
casona, equivale á decapitar el cuerpo; y así 
resulta que no se toman por favores los muchos 
y constantes servicios que se prestan entre la 
una y los otros, sino por actos funcionales de 
todo el organismo. Yo creo que es muy de ad- 
mirarse esta singularidad que debiera haber 
saltado ya á los ojos de usted, y que segura- 
mente no habrá visto más que en algún libraco 
pasado de moda, pero como pintura infiel de 
imaginación, convencional y ñoña. Con esta 
gran obra de defensa contra las oleadas malean* 
tes que llegan hasta aquí en épocas determina- 
das desde los absorbentes centros políticos y 
administrativos del Estado, ¡si viera usted qué 
sonido tienen en las concavidades de este re- 
cóndito lugarejo los cánticos de las sirenas de 
allá; las pomposas vociferaciones de los char- 
latanes y traficantes políticos, esos Dulcamaras 
embaucadores, encomiando específicos que han 
fabricado ellos mismos, tomando la salud del 
pueblo por disfraz de sus codicias personales! 
i Si viera usted cómo disuenan esos cánticos y 
voceríos entre el acordado son de estas eos- 



PEÑAS ARRIBA 169 

tambres casi patriarcales! Por eso no se cono- 
cen aquí ciertas plagas, relativamente moder- 
nas, de los pueblos campestres, ni han entrado 
jamás los merodeadores políticos á explotar la 
ignorancia y la buena fe de estos pobres hom- 
bres. •• Pero {desdichados de ellos el día en que 
les falte la fuerza de cohesión, hidalga y noble, 
<{ue les da la casona de los Ruiz de Bejosl... 
Todo esto, como puede presumirse, da bastan- 
te que hacer á cada rueda inteligente de cuantas 
componen la máquina cuyo eje fundamental es 
hoy en este lugar el bien ganado prestigio de 
don Celso. Pues bien: trabajar de este modo 
donde ya exista la máquina, y donde no, tra- 
bajar para construirla, es algo de lo mucho que 
tienen que hacer en los pueblos rurales los hom- 
bres cultos de buena voluntad. Y crea usted que 
no faltan en la Montaña (porque no todos sus 
habitadores son de tan sana madera como los 
<le Tablanca) hasta mártires de este heroico 
trabajo. Quizá tenga usted ocasión de conocer 
de cerca á alguno de ellos. 

Lo cierto era que si el simpático mediquillo 
no estaba en lo justo en cuanto afirmaba, debía 
«starlo; y que causándome cierto rubor hasta 
las tentaciones de contradecirle en asertos tan 
honrados y tan hermosos, díme desde luego, si 
no por convencido, por puesto en camino de 
convencerme muy pronto. 



170 OBRAS DB D. JOSÉ M. DE PEREDA 

Hablamos algo más todavía, aunque sin to- 
mar los asuntos tan á pechos como antes; y 
acabando por donde debía haber empezado» 
averigüé que el médico se llamaba Manuel; que 
le llamaban Neluco desde que tenía uso de ra- 
2Ón, lo mismo allí que en su pueblo nati- 
vo; que no le quedaba en éste» muerto su padre 
pocos años hacía, más familia que una herma* 
na, casada con un propietario de las inmedia- 
ciones; que si no era médico de su propio lugar» 
consistía en que al recibir el título de Licencia- 
do en Madrid, estaba vacante la plaza del titu- 
lar de Tablanca, la cual pretendió y le dieron, 
DO siendo fácil hallar otra más de su gusto que 
aquélla, á no ser la de Robacío, que estaba en- 
tonces y continuaba estando ocupada, y por 
último, que tenía veintinueve años y que había 
empezado á los veinticuatro á ejercer la profe- 
sión en Tablanca, donde se hallaba como en su 
propio lugar, y tan apegado á «sus enfermos» 
como el pastor á su rebaño. 

Vi que me quedaba una hora, antes de la 
acostumbrada de comer en casa de mi tío, y 
quise aprovecharla para pagar la visita á don 
Pedro Nolasco. Díjeselo al médico como razón 
de mi despedida, y se mostró muy dispuesto á 
acompañarme si aceptaba yo la molestia de es- 
perarle unos instantes. Acepté, no la molestia» 
sino el favor que me hacía en ello; entró él de 




PBÑA8 ARRIBA IJl 

un salto en el gabinete, y antes de cinco minu- 
tos apareció en la sala bien calzado y no mal 
vestido, ó mejor dicho, acabando de vestirse 
con graciosa desenvoltura. Cogió un chamber- 
go que estaba sobre una silla, un cachiporro 
del rincón inmediato, y me dijo, mientras yo 
me sacudía las perneras del pantalón después 
de enderezarme: 

— Cuando usted guste. 

Ofrecióme en seguida su casa, aunque era de 
alquiler, como la vieja que le servía de patro- 
na por recomendación muy encarecida de su 
hermana á quien había zagaleado en Robacío; 
agradecíle la oferta como era mi deber en bue- 
na cortesía, y salimos juntos, sin los cumpli- 
dos corrientes entre españoles finos, y que tan 
molestos suelen ser en pasadizos de la angos- 
tura de aquéllos. 




i 



r 




X 




L volver á ver la casa del Tarumbo, 
recordé las cosas de éste y hablé de 
ellas al médico. 
— Yo no sé — me dijo, —si es uo 
hombre feliz ó un desdichado, pasándose la vi- 
da, como se la pasa, desviviéndose por los nego- 
cios ajenos y abandonando los propios. Desde 
luego es su manía de lo más original que he co- 
nocido. No siempre la extrema hasta el punta 
que usted ha visto hoy; pero le falta muy poco. 
Llevar los calzones rotos y predicar al vecina 
para que le cosan las roturas de los suyos an- 
tes que vayan á más, es de todos los días. Tie- 
ne la mujer tullida, y la deja desamparada muy 
á menudo por asistir á un' enfermo extraño... y 
por cierto que es un enfermero admirable. Úl- 
timamente anda muy apurado con el desplome 
que dice haber visto en el morio delantero de 
la casa del pedáneo, y tiene la suya seis meses 



174 OBRAS DB D. JOSB M. DE PBRBOA 

hace un boquerón abierto en el jastial del Po- 
niente. Por estas cosas del Tarumbo, cuando 
su mujer estaba sana le golpeaba casi á diario, 
y hoy que no puede hacer lo mismo, le dice á 
cada instante los mayores improperios, los cua- 
les sufre él con igual resignación que los gol- 
pes de otras veces; porque, en medio de todo» 
es un bendito, y por eso no sabe uno si com- 
padecerle ó si reírse de sus manías. 

Pasando junto á la casita del Cura, inme- 
diata á la iglesia, le llamé desde abajo para sa- 
ludarle, pues como nos habíamos visto y ha- 
blado ya varias veces, me sobraba franqueza 
con él para decirle que estaba más obligado por 
las leyes de la cortesía á la visita de don Pedro 
Nolasco que á la suya, no quedándome tiempo 
aquella mañana para dejar pagadas las dos; 
pero en lugar del Cura respondió á mis voces 
3U ama, una vieja muy acartonada y envuelto 
cuanto de ella asomó por una ventana corres- 
pondiente á la cocina, en tocas y pañolones. 
Díjome que don Sabas había salido de casa 
después de desayunarse en cuanto había dicho 
misa, y que probablemente estaría en su caso- 
na. Déjela memorias para él, que fueron reci- 
bidas por la intermediaria con un resguardo á 
mi favor de lo más fervoroso y pintoresco que 
se puede imaginar, y continuamos el médico y 
yo andando hacia casa de don Pedro Nolasco, 



PBÑAS ARRIBA IJj 

pero hablando mucho de don Sabas Peña, cuna 
de las ruedas más importantes de la consabida 
máquina,» al decir de Neluco Celis, 

También é] notaba la diferencia que había 
entre el don Sabas de los altos montes y el don 
Sabas del valle y de la cocina de don Celso; 
pero así y todo, en el hombre de abajo había 
mucho más de lo que yo creía, por no haber 
tenido aún ocasión de conocerle mejor. No ha- 
llaría jamás en él al apóstol de gran elocuencia 
y mucho saber; pero sí al hombre de buen sen- 
tido y grandes virtudes, consistiendo la mayor 
de ellas en ignorar que las^ poseía. Teniendo 
en cuenta lo limitado que es el círculo de ideas 
entre las gentes rústicas, y que todo cuanto se 
siembre fuera de él es simiente perdida, un pá- 
rroco como don Sabas era cuanto podía y de- 
bía apetecerse para una parroquia como la de 
Tablanca, 

Hablando de estas cosas, me faltó tiempo 
para pedir á Neluco algunas noticias sobre el 
octogenario Marmitón, antes de llegar á su por- 
talada, cuyas dovelas, removidas y desporti- 
lladas ya por la acción de las intemperies y de 
las yedras y jaramagos que las invadían por 
todas sus junturas, me recordaban un poco la 
mandíbula superior de su dueño cuando yo so- 
ñé que le había visto devorar troncos y peñas- 
cales. Por el estilo de la portalada me pareció 



176 OBRAS DE D. JOSÉ M. DE PEREDA 

lo que se veía de la casa desde el corral: muy 
vieja y muy castigada por el rigor de los tem- 
porales y la incuria de sus amos. Tenía tam- 
bién su correspondiente solana que corría de 
esquina á esquina entre dos mensurones de si- 
llería, y por debajo de ella entramos en el so- 
portal, donde un perrazo pinto que se desper* 
taba sobre una pila de hojarasca, me enseñó to- 
dos los dientes y contuvo un ladrido, y acaso 
algo más, por respeto á mi acompañante, que 
debía de serle más conocido que yo. 

Sacudió Neluco dos cachiporrazos sobre la 
claveteada puerta del estraga! ; y sin esperar á 
que le contestaran arriba, entramos en él y co- 
menzamos á subir la escalera. Á la puerta en 
que ésta terminaba, nuevos cachiporrazos del 
médico. En seguida levantó éste el pestillo, y 
nos colamos dentro: un crucero de pasadizos 
por el arte del de la casona de mi tío Celso. 
Allí dio el médico dos golpes en el suelo con el 
regatón del cachiporro, y aparecieron simultá- 
neamente y como evocados por un conjuro, en 
una puerta de la derecha, la figura descomunal 
ds don Pedro Nolasco, y en otra de la izquier- 
da, la de una jovencita, algo desaliñada de ro- 
pa y de peinado, pero limpia como los oros» 
fresca y rozagante como una rosita de abril..» 

— ¡Ay, que es Neluco! — exclamó con un tim- 
bre de voz que parecía nota de un salterio, y 



peSas arriba 177 

con su carita de angelote de Rubens, inundada 
de alegría.^¡TomaI — añadió en seguida vinien- 
do hacia nosotros y mirándome un tantico rubo« 
rizada» como si tratara de enmendar su descor- 
tesía conmigo.— | Y vienecon otro señor muy ca - 
bayeru! Vaya, ¡seré yo tochona?... jPues si es 
el sobrino de don Celso!... {Víle yo en misa el 
domingol ¡Hija, qué torpe de mi!... Y ¿cómo 
está usté? Mire, señor don Marcelo, ha de per- 
donarme si me jaya de este arte, porque he es- 
tado amasando en la cocina con la mi madre y 
las mozas p>a la joma de esta noche, y ahora 
mismo iba á ponerme un poco más cristiana... 
Tal era la vehemencia de su afabilidad, que 
no me ofreció el más ligero intersticio para co- 
larme con una respuesta á su saludo, ó una sa- 
tisfacción galante á sus excusas. Pero {qué do- 
nosa estaba y qué linda, con su revoltijo de ca- 
bellos castaños sombreándole la cara juvenil, 
tersa y sonrosada, hablando por sus ojos azu- 
les, de largas pestañas, tanto como por su bo* 
quita de labios rojos sobre los dientes más blan - 
eos y apretados que yo he visto en mi vida, 
mientras se afanaba por cubrir con las antes re- 
cogidas mangas de su vestido, y debajo de los 
flecos y sobrantes del espeso chai con que se 
envolvía el gracioso busto, sus rollizos brazos, 
salpicados aún por leves costras, lo mismo que 
las manos pequeñuelas y rechonchas, de la 
TOMO XV 12 



178 OBRAS DE D. JOSÉ M. DE PEREDA 

masa de tpan de trigoi que acababan de sobar! 

De pronto sonó hacia la puerta frontera, ta- 
piada casi con la mole de don Pedro Nolasco, 
algo como el estruendo de un cañonazo, que 
me decía: 

— ¡Adelante, cabayeritosl 

Y por obedecer á don Pedro que nos llama- 
ba, apartámonos de la linda panadera que nos 
empujaba con los ojos hacia él mientras se des- 
pedía de nosotros chasta luego;» pero de tal 
modo, que con ello y con algo más que yo ha- 
bía creído notar antes, y un poco de malicia 
que nunca falta en los pensamientos de los 
hombres en determinados casos, como aquél, 
no pude menos de exclamar en mis adentros: 

— {Si serán éstos los anteojos con que mira 

Neluco estos lugares que tan hermosos le pa- 
recen? 

Visto de cerca don Pedro Nolasco y á la luz 
del día, me pareció mucho más grande y más 
feo que en la cocina de mi tío, á la luz de la 
fogata y del candil: mejor que de un ser racio- 
nal, la piel de su cara, por su aspereza y por 
su color agrisado, parecía de coloso paquider- 
mo; sus ojos reventones, resultaban verdes con 
ramajos encarnados; la cabeza descomunal^ 
apenas le cabía entre los hombros hercúleos, y 
todo su conjunto, con lo grasiento del vestido 
que le envolvía, se destacaba brutalmente so- 




PEÑAS ARRIBA 1 79 

bre las blanquísimas paredes del salón en que 
fuimos recibidos; salón viejo, eso sí, con suelo 
y viguetería de castaño casi negro, como los 
muebles que contenía; pero limpio todo y so- 
bado hasta relucir, con algunas chucherías so- 
bre la cómoda y en las paredes, que denuncia- 
ban la pulcritud y las delicadezas de una mu- 
jer como la que acababa de despedirse de noso- 
tros en el crucero de los pasadizos. De la cual 
supe en el acto qué era nieta de don Pedro No- 
lasco y que se llamaba Lita (Margarita). Su ma- 
dre, la hija menor de las que había tenido el 
gigante, era viuda de un jándalo rico, que se 
murió á los dos años de casado. Esto me lo 
contó á cañonazos y muy poco á poco el ochen- 
ton de la Castañalera, que con ser tan grande y 
tan feo, no era desagradable: á mi ver, por el 
fondo noblote y honrado que se descubría á 
través de los poros de su corteza silvestre. 

Al acabarse estas salvas del vozarrón da 
don Pedro Nolasco, entró en escena su hija, la 
viuda del jándalo, una mujer como de cuarenta 
anos, sana y frescachona todavía, más corpu- 
lenta que Lita, pero muy parecida á ella en el 
color y en el corte de la cara, y, sobre todo, en 
la afabilidad expansiva. Me dio mil excusas 
por no haber venido antes á conocerme y á sa- 
ludarme, fundándolas en las mismas razones 
que su hija; y sin hacer caso de los cumplidos 



1 8o OBRAS DE D. JOS¿ M. DB PEREDA 

con que yo la respondía, echó sobre mi todo 
el cuestionario de rúbrica» á que tan acostum-^ 
brado estaba en aquel pueblo: si me gustaba la 
tierra aquélla; que cómo había tardado tanto 
en ir á conocerla y tomarla buena ley, porque 
era mucha la falta que yo hacia alli en murién-» 
dose mi tío; que mejor sería París de Francia 
desde luego, pero que ella (la viuda) no cam- 
biaría á Tablanca por nada de este mundo, aun* 
que jamás había pasado, hacia abajo, de San 
Vicente, y hacia arriba, de Reinosa; si por los 
retratos que había visto en la casona, era yo 
más parecido á mi padre que á mi madre; que 
por dónde andaba mi hermana y qué sabía de 
ella... hasta que en éstas y otras tales, oí pisar 
menudito y fuerte en el carrejo inmediato, y 
apareció en el salón, llenándole de frescura y 
regocijo, Lita recién peinada, sin el pañolón de 
antes y con una chaqueta en su lugar, que aun- 
que no se ajustaba al cuerpo, ponía bien á las 
claras la elegancia y la riqueza de sus curvas. 
Con dos deditos más de altura, creia yo que no 
habría la menor tacha que poner, como estam- 
pa hechicera, á la nieta de don Pedro Nolasco. 
Pero ¿de dónde sacaba aquel diablejo, que no 
había conocido más mundo que el contenido 
en las riberas de la mitad del Nansa, es decir» 
Hna rendijilla de pocas leguas entre dos talu- 
des montañosos, aquellas delicadezas de toca- 



i 



PBÑAS ARRIBA l8l 

do y de vestido, y aquellas travesuras y zala- 
merías que tanto la separaban del tipo común 
de las mozonas del valle, que, de seguro, ha- 
bían corrido tanto mundo como ella? 

Sentóse entre su madre y Neluco y casi en- 
frente de mí. Yo no la quitaba ojo, y puedo ju- 
rar que me registró con los suyos, parleros y 
escrutadores, desde los pies hasta la cabeza, 
mientras me acosaba á preguntas por el estilo 
de las que aún no había cesado de hacerme la 
jándala viuda. Me daba gusto oiría y mirarla. 
Pocas veces había visto yo en mujer alguna 
concierto más cabal y más donoso entre la pa- 
labra y el gesto, entre la idea y el movimiento 
expresivo. Hasta las puntas de los pies, calza- 
dos en menudas zapatillas de abrigo y que ape- 
nas alcanzaban al suelo, cantaban, á su modo, 
«n aquella música que parecía un gorjeo. En 
dos ocasiones habían intentado la madre y la 
hija ir á visitarme; pero como yo nunca paraba 
en casa... Porque esa visita la creían ellas muy 
puesta en razón: sin contar con lo que pedíala 
buena crianza, éramos parientes; |vaya si lo 
éramosl Por los Ruiz de Bejos, un poco, y por 
los Castañaleras, más de otro tanto. En de- 
mostración de ello, fué sacando entronques la 
viuda; y cuando ya comenzaba yo á enterar-* 
me, por su labor, del parentesco, metió en ella 
nuevos hilos don Pedro Nolasco, y toda la ma* 



1 82 OBRAS DE D. JOSÉ M. DE PEREDA 

deja se me hizo una maraña; pero me guardé 
muy bien de declararlo así: antes al contrario^ 
me di por convencido y hasta me felicité de ello» 

— Como que resultamos primos — concluye 
la viuda, — aunque un poco lejanos; pero na 
tanto, si bien se mira, que pudiéramos casar- 
nos los dos sin dispensa... 

Y se echó á reír con toda su alma. 

— ¡Hija de Dios! — exclamó entonces la ra-^ 
pazuela con un estirón de faldas hacia la rodi- 
lla, mientras se llevaba hasta la boquitá risue- 
ña la otra mano á medio cerrar. — ¡Y yo que 
estuve á pique de tutéale, cuando ahora, por la 
cuenta, me sale tío! 

Podría no ser todo esto rigurosamente cortee- 
to; pero á mí me resultaba muy entretenido. Ea 
seguida, vuelta á repetirme la hija lo que ya 
me había dicho, y también la madre, y también 
el Cura y don Pedro Nolasco y cuantas perso- 
nas habían hecho en Tablanca conversación 
eomnigo: que «aqueyu» no era Madrid; que se 
me vendrían los montes encima, y que avezada 
á tratar con señorones mundanos, y puede que 
con marqueses y con príncipes, los aldeanos 
de Tablanca habían de parecerme jabatus; pera 
que si miraba bien por las dos caras uno y 
otro... ¡ay, y cómo se alegrarían ellas y todos 
los allí presentes y los vecinos del valle de 
punta á cabo, y hasta las estrellitas del ctelo^ 



k 



PBf^AS ARRIBA 183 

de que viera yo las cosas como podían y de- 
bfán verse! Porque el pobre don Celso es- 
taba ya para poco, y en acabándose él... En 
fin» lo de costumbre.. • Por aquí se coló don 
Pedro Nolasco con un himno cañoneado á la 
madre Naturaleza, y un juicio comparativo so- 
bre la paz de la aldea y los laberintos de la 
ciudad. Porque había de saber yo que también 
él había corrido el mundo en sus mocedades... 
Le llamó entonces á Madrid un pariente que 
tenía por allá; y como se veía robusto y fuerte, 
acudió á la llamada. Cogiéronle en la corte 
tiempos azarosos y de peligro por las agonías 
de la ffrancesada;» y habiéndole salido en Va- 
lencia una colocación que pareció á su tío muy 
de aprovecharse, aceptóla de buena gana. Es- 
taba ella en las afueras de la ciudad, y en un 
lavadero de lanas de los señores Botifora y 
Compañía, los mismos que rezaban en el bando 
que me había relatado de memoria el zumbón 
de su pariente Celso. Si en Madrid no se ha- 
bía € jallau, por la secura y el anchor del terri- 
toriu,i en Valencia se «jallói menos, con un 
sol que le cajeaba § en verano y un hablar de 
gentes que no parecía de cristianos. Soñaba 
día y noche con las praderas y las montañas de 
su tierra; y antes de enfermarse de un cordial 
que le matara, volvióse á ella más que de paso, 
á los dos.años no cumplidos de haberla dejado 



184 OBRAS DB O. JOSé M. DB PERBDA 

por tentaciones del enemigo malo. Hallóse en 
Tablanca como rey en sus palacios, y se había 
guardado muy bien, desde entonces hasta la 
fecha, cde sacar una pata» medio jeme fuera de 
su término municipal... Ochenta y cuatro años 
contaba á la sazón, sin saber lo que era un mal 
dolor de tripas. Había tenido dos mujeres, diez 
hijos y veintidós nietos. Una gran parte de ello 
andaba años hacía por el otro mundo; rodaba 
por éste, y no muy lejos, la mayor de los vi- 
vos, y á la vista tenía yo lo único que le que- 
daba en Tablanca: poco, pero bueno, eso sí, 
para recreo de su vejez. Había qué comer en 
su casa, y salud y buen apetito para comerlo. 
En recta justicia, ¿qué más había de pedirle á 
Dios, si no era la merced de una buena muerte? 

Con esto y poco más se acabó la visita, du- 
rante la cual no desplegó los labios Neluco, ni 
miró á Lita con la intención que yo esperaba» 
ni Lita le miró á él más que cuando le dirigía 
la palabra con una llaneza que tenía más de 
fraternal que de otra cosa. Recomendáronme 
mucho los tres de casa que no me olvidara del 
camino de ella, y hasta me convidaron á co- 
mer, cun día de mi agrado,» juntamente con 
Neluco, para que no pesara sobre mí solo cía 
penitencia.» 

Todo esto me pareció bien y muy en su lu- 
gar; pero ¿por qué una aldeanuca como la nie* 









PBÑAS ARRIBA X85 

ta del Marmitón tenía aquellos aires y aquellas 
travesuras de señorita de ciudad? ¿Por qué se 
tuteaba con Neluco y había entre los dos una 
intimidad tan sospechosa? 

Me atreví á hablar de ambos particulares al 
mediquillo apenas salimos del caserón de don 
Pedro Nolasco. Por cierto que hubiera jurado 
yo que en el apretón de manos y en la mirada 
con que despidió Lita á Nelüco en la penum- 
bra del pasadizo, en el cual iba el médico el 
último de todos, había mucho del picante de 
mis sospechas. 

Sobre el primer punto, me dijo Neluco que 
Lita, nacida y criada en Tablanca, no había te- 
nido más escuelas que la del maestro del lugar 
y la de su propia madre, ni había corrido más 
tierras que las comprendidas en tres ó cuatro 
leguas á la redonda. Ocho días en casa de unos 
parientes de acá por celebrarse durante ellos 
la romería del pueblo; una quincena con los de 
Robacío por una causa parecida, y muy poco 
más por este arte. El resto era obra del instin- 
to y de la fuerza de visión que tienen las muje- 
res tan perspicaces y tan guapas como Lita, 
para taladrar montañas con los ojos, ver hasta 
lo invisible al otro lado, y saber guardar su 
puesto donde quiera que habitan, por aislado y 
obscuro que el lugar sea. 

£1 otro punto aún era más fácil de explicar. 



286 OBRAS DB D. JOSÉ M. DE PEREDA 

Tablanca y Robacío eran dos pueblos que se 
trataban mucho; y las familias de Lita y de Ne- 
luco, muy amigas desde tiempo inmemorial: 
hasta había algo de parentesco entre ellas. Li- 
ta había pasado, de niña y de moza, buenas 
temporadas en casa de los Celis; y Neluco, 
mientras vivió en Robacío, á cada instante se 
llegaba á Tablanca y casi siempre comía y se 
hospedaba en casa de don Pedro Nolasco. Se 
explicaba, en efecto, de este modo y muy sen- 
cillamente, el tuteo y la familiaridad entre el 
médico y la nieta del Marmitón; pero lejos de 
oponerse, ¿no ayudaba esto á lo otro que yo 
sospechaba? Apunté, como en chanza, unas in- 
dagaciones en este sentido. Igual que si hubie- 
ra dado con los nudillos en una peña del mon- 
te. Hasta dudé si Neluco se había enterado de 
ellas. Lo cierto es que si no eran fundadas mis 
sospechas, debían serio. 



r 




XI 




I UANoo menos lo esperaba, me dijo el 
I Cura al despedirse de mí en el es- 
' tragal de la casona, cerca ya de la 
t hora de comer: 
— Mañana, si Dios quiere, y á caballo los 
dos. Yo iría mejor á pie, como suelo, y como 
irá Chisco para acompañarnos y cuidar de las 
bestias en ocasiones que se presentarán; pero 
usted es madera de otro robledal más flojo, y 
hay que tenerlo todo presente. Antes de rom* 
per el día, por supuesto. 

Entendíle y respondí, haciendo de tripas co- 
raza: 
— Á caballo, y antes de romper el día. 
— Pues que se entere Chisco de ello, y súficit* 
Con esto y una risotada se apartó de mí, y 
echó cambera abajo en demanda de su puchera. 
Con los sueños que yo cogía tras de las fati- 
gas qoe me daba por los montes del contomo, 



Z88 OBRAS DB D. JOSá M. DB PBRBDA 

le costó á Chisco Dios y ayuda despertarme al 
día... ¡qué digo día? á lo más espeso y tenebro- 
so de la noche siguiente. Tona, después de 
vestirme yo tiritando de frío y sin conciencia 
cabal de lo que hacía, me sirvió un canjilón de 
café que acabó de espabilarme; y cuando bajé 
al portal, vislumbré, á la opaca luz de un fa- 
rol que tenía Chisco en la mano, la negra silue- 
ta de don Sabas, á caballo en su jaquita rucia» 
que no me era desconocida, así como el espe- 
lurciado jamelgo que casi me metió el espoli- 
que entre las piernas para abreviarme la opera- 
ción de montar en él. 

Rompimos los tres la marcha por el mismo 
camino que había traído yo la noche de mi lle- 
gada á Tablanca, tan á obscuras como enton- 
ces, aunque mejor acompañado y menos dolo- 
rido de ríñones. Por respeto á mí, pues á mis 
dos acompañantes igual les daba el día que las 
tinieblas para caminar á pie seguro por aque- 
llas escabrosidades, conservaba Chisco, que 
nos precedía, el farol encendido en la mano; 
pero hubiera jurado yo que más que la luz del 
farol del espolique, me alumbraban las chispas 
que sacaban de los pedernales del suelo las he- 
rraduras del tordillo de don Sabas; el cual don 
Sabas hacía los imposibles por entretenerme y 
hasta divertirme durante el paso de aquella ne- 
gra, áspera é interminable senda; pero ¡ay! sin 



V 



PBÑfAS ARRIBA 1 89 

conseguir su noble y generoso empeño. Por\ 
que eñ aquellas bajuras y envuelto en tan espe- | 
sa obscuridad, don Sabas era todavía el Cura 7 
soso de la cocina de mi tío, y todas sus obser- 
vaciones en romance y todos sus salmos en la* 
tín, le resultaban á destiempo y fuera de toda 
oportunidad. 

Anda que te anda, resbalando aquí, y allá 
pujando y suspirando mi cabalgadura, al cabo 
de una hora empezaron á dibujarse los perfiles 
de los montes sobre el cielo confusamente ilu- 
minado por la tenue claridad del crepúsculo* 
En la gar ganta por donde caminábamos era de 
noche todavía para nosotros; y en rigor de ver- 
dad, no nos amaneció hasta q ue coronamos el 
repecho escabroso y llegamos al santuario de la 
Virgen que me era bien conocido. £1 Cura, 
que parecía tener esa condición de los pájaros 
del monte, á medida que se elevaba y veía sur- 
gir la luz por encima de las barreras tenebro- 
sas del horizonte, se volvía más locuaz y em- 
pezaba á soltar poco á poco las ocultas armo- 
nías de sus cánticos; no muchos, pero agrada- 
bles, y, sobre todo, al caso. A los primeros 
fulgores del crepúsculo, alabó á Dios en una 
salutación fervorosa, y aunque no de su cale- 
tre, bien sentida en su corazón. Un poco más 
arriba, en lo que pudiera, sin mucho agravio 
de la verdad, denominarse llano, y antes de 






igO OBRAS DB D, JOSÉ M. DE PEREDA 

llegar á la ermita, todavía en la penumbra que 
nos haría invisibles á no muy larga distancia, 
atracó su rocín al mío, y deteniéndole por las 
riendas que casi me arrancó de las manos, des- 
pués de detener el suyo, me dijo apuntando 
con su diestra ociosa á un altísimo y lejano pi^ 
cacho en cuya cúspide se estrellaba el primer 
rayo de sol que penetraba en aquellas montara- 
ces regiones: 
y^ — {Mira, hombre! — acostumbraba á tutear- 
>w me ó á hablarme en impersonal en cuanto nos 
\ elevábamos un poco sobre el nivel de Tablan- 
^ca. — |Mira, Marcelo! ¿No jurarías que aquello 
que resplandece y flamea allá arriba, allá arri- 
ba, en aquel picacho, es la ultimado las lumi- 
narias con que el mundo festeja á su Creador 
mientras el sol anda apagado por los abismos 
de la noche? {Cosa buena! {Cosa grande! Lau^ 
daU Dantinum omnes gentes,*, Magfíi/icentia optis 
ejuSf manet in aternum. 

Al llegar al santuario nos descubrimos y re- 
zó don Sabas en alta voz, y en voz alta le con- 
testamos nosotros lo que nos correspondía. El 
rezo fué breve, y en latín la mitad de él. Des- 
pués se acercó Chisco al enverjado, y por entre 
dos de sus barrotes metió el farol, que ya no 
necesitábamos, y le dejó en el suelo muy arri- 
mado á la paredilla, para recogerle á la vuelta; 
ma&no sin santiguarse antes de meter la mano 



PBÑAS ARRIBA I9I 

y después de sacarla, ni sin contemplar la ioia* 
gen con una veneración que tenía algo de re- 
celosa, como si la pidiera, á la vez que segu- 
ridad para la prenda que dejaba allí deposita- 
da, perdón por lo que pudiera haber de irreve- 
rente en su atrevimiento. 

Pasada la vadera, no tomamos, como espe- 
raba yo, el camino que conduce directamente 
al Puerto, sino otro por el estilo á la derecha; 
y montes y colladas van, tajos y barrancas vie- 
nen; aquí siguiendo la cuenca del río, allá per- 
diéndola de vista, y siempre subiendo ó bajan- 
do de risco en risco, de pueblo en pueblo, vi á 
lo lejos el principal del valle de Promisiones 
en que radicaba el solar de mi abuela paterna, 
y llegamos, al cabo de dos horas de caminata, 
á un ancho desfiladero entre dos montañas que 
parecían, por su grandeza, no caber en el 
mundo. 

Por ser la más accesible para mí cpor enton- 
ces,» según dictamen de don Sabas, comenza- 
mos á faldear la de la izquierda; y sube que te 
sube, dimos al fin en un entrellano donde ya 
escaseaba la vegetación y sé me iba haciendo 
insoportable la brisa matinal por su firescura. 
Allí se apeó don Sabas, y me ordenó que hicie- 
ra yo lo mismo. Hícelo y de muy buena gana, 
porque me sentía entumecido sobre la dura si- 
lla de mi rocín, amén de que me conceptuaba 



192 OBRAS DE D. JOSÉ M. DE PEREDA 

más seguro á pie que á caballo en aquella 
cornisa, sobre el rápido declive de la montaña» 

—Lo que falta, hay que subirlo á pie — me 
dijo el Cura, — porque no es camino de caba- 
llos, sino de hombres y, todo lo más, de ca- 
bras. Con que ¡ánimo y arriba! 

Y sin esperar mi respuesta, comenzó á tre» 
par con pies y manos entre peñas y raigones» 
)Cómo envidié yo á Chisco que se quedaba en 
la explanadita de abajo con las cabalgaduras! 
Don Sabas tenía la práctica de aquellas ascen- 
siones, y además la pasión de las alturas; pero 
yo, que carecía de ambas cosas, ¿para qué me 
aventuraba en la subida de tan tremebundos 
despeñaderos? 

Al fin llegamos arriba, yo por milagro de 
Dios, siguiendo gateo á gateo los de don Sabas; 
pero muerto de cansancio y empapado en 
sudor. 

— Reposar unos momentos— me dijo el Cu- 
ra allí; — ^pero con los ojos cerrados, ¡y cuida- 
do con abrirlos hasta que yo lo mande! 

Más por necesidad que por obediencia, cum- 
plí al pie de la letra el mandato de don Sabas, 
Estuve un largo rato tumbado en el suelo, bo- 
ca arriba y con ambas manos sobre los ojos» 
porque sólo así encontraba el absoluto descan- 
so que me era indispensable entonces. Sentía 
fuertes latidos en el corazón que repercutían en 



\ 




PEÑAS ARRIBA X93 

las sienes, y al vivo compás de este golpeteo 
funcionaban mis pulmones. 

Cuando el uno y los otros volvieron á su rit- 
mo sosegado y normal, llamé á don Sabas y 
me puse á sus órdenes. Estaba muy cerca de 
mí, encaramado en una peña en la actitud de 
costumbre y empezando á embriagarse por los 
ojos, y no sin motivo ciertamente. 

— ^Arrímate un poco acá — me dijo desde su 
pedestal calizo con manchones de musgo y po- 
co más alto que yo. — Arrímate, contempla*. • 
]y pásmate, Marcelo! 

Habíamos subido por el Oeste de la monta- 
ña, que es el lado por donde las hay mayores 
que ella, y el panorama con que me brindaba 
el Cura se veía por las otras vertientes; es de- 
cir, que era cosa nueva para mí y recién apa- 
recida ante mis ojos. Particularmente hada el 
Este y hacia el Norte, parecía no tener límites 
á mi vista, poco avezada á estimar espectáculos 
de la magnitud de aquél; y era de una origina- 
lidad tan sorprendente y extraña, que no acer- 
taba á darme cuenta cabal ni de su naturaleza 
oí de su argumento. Por el Sur se dominaba el 
hermoso valle de Campeo, ya en otra ocasión 
visto y admirado por mí; en la misma direc- 
ción y más lejos, los tonos pardos de la tierra 
castellana; más cerca, el Puerto de marras con 
fius monolitos descarnados y su soledad des- 
TOMo XV 13 



194 OBRAS DE O. JOSÉ M. DB PEREDA 

consoladora. Al Oeste y asombrándolo todo 
con sus moles, Peña Sagra y los Picos de Eu- 
ropa separados por el Deva, cuya profunda y 
maravillosa garganta se distinguía fácilmente 
en muchos de sus caprichosos escarceos entre 
los peñascos inaccesibles y fantásticos de una 
y otra ribera; y más allá del Deva, en sus va- 
lles bajos, según iba informándome don Sabas, 
con el laconismo y el modo con que señala el 
maestro de escuela con una caña en un cartel 
las silabas á sus educandosi una buena parte 
de la provincia de Asturias. 

Pero lo verdaderamente admirable y mara- 
villoso de aquel inmenso panorama era cuanto 
abarcaban los ojos por el Norte y por el Este. 
En lo más lejano de él, pero muy lejano, y co- 
mo si fuera el comienzo de lo infinito, una faja 
azul recortando el horizonte: aquella faja era 
el mar, el mar Cantábrico; hacia su último ter- 
cio, por la derecha y unida á él como una ra- 
ma al tronco de que se nutre, otra mancha me- 
nos azul, algo blanquecina, que se internaba 
en la tierra y formaba en ella como un lago: 
la bahía de Santander. Pero es el caso (y aquí 
estaba la verdadera originalidad del cuadro, lo 
que más me desorientaba en él y me sorpren- 
día) que la faja azul se presentaba á mis ojos 
mucho más elevada que el perfil de la costa, y 
que con ella se fundían otras mucho más blaa- 



I 



n 



PEÑAS ARRIBA I95 

<;as que iban extendiéndose y prolongándose 
iiacia nosotros, quedando entre la mayor parte 
de ellas islotes de las más extrañas formas; pi- 
cos y hasta cordilleras que parecían surgir de 
una repentina inundación. 

A todo esto, el sol, hiriéndolo con sus rayos, 
sacaba de las superficie^ de aquellos golfos, rías 
y ensenadas, haces de chispas, como si vertiera 
su luz sobre llanuras empedradas de diamantes. 

— Es la niebla baja de los valles, — me advir- 
tió el Cura; y fué señalándolos y nombrándo- 
melos todos uno á uno. 

Ya me lo había imaginado yo; pero aun así, 
no podía ni deseaba deshacer aquella ilusión de 
óptica que me presentaba el panorama como un 
fantástico archipiélago cuyas islas venían cre- 
ciendo en rigurosa gradación desde las más 
bajas sierras, primer peldaño de la enorme es- 
calera que comenzaba en la costa y terminaba, 
detrás de nosotros, en el mismo cielo cuya bó- 
veda parecía descansar por aquel lado sobre los 
picos de Bulnes y Peñavieja. 

— Según vaya subiendo el sol — me decía don 
Sabas desde su plinto calcáreo, — ^y arreciando 
el remusgo allá abajo, irá la niebla esparciéndose 
y dejándose ver lo que está tapado ahora. . . (Pues 
también es cosa de verse desde aquí la salida del 
sol!... Y algún día hemos de verlo, di Dios quie- 
re... y mejor desde más arriba... desde allá... 



196 OBRAS DB D. JOSÉ M. DB PEREDA 

Y me apuntaba, vuelto un poco á la derecha, 
hacia una loma altísima en que, según me ad- 
virtió también, convergían tres cordilleras. 

Entre tanto, yo no podía apartar los ojos del 
archipiélago en el cual me iba forjando la fan- 
tasía todo cuanto puede concebirse en materia 
de líneas y de formas: el templo ojival, el cas- 
tillo roquero, la pirámide egipcia, el coloso te- 
baño, el paquidermo gigante... No había antoja 
que no satisficiera la imaginación á todo su 
gusto en aquellas sorprendentes lejanías. 

La predicción de don Sabas no tardó en 
cumplirse. Poco á poco fueron, las nieblas en- 
crespándose y difundiéndose, y con ello alte- 
rándose y modificándose los contornos de los 
islotes, muchos de los cuales llegaron á desa- 
parecer bajo la ficticia inundación. Después, 
para que la ilusión fuera más completa, vi las 
negras manchas de sus moles sumergidas, 
transparentadas en el fondo; hasta que, eni;;are' 
cida más y más la niebla, fué desgarrándose y 
elevándose en retazos que, después de mecerse 
indecisos en el aire, iban acumulándose en las 
faldas de los más altos montes de la cordillera. 

Roto, despedazado y recogido así el velo que 
me había ocultado la realidad del panorama,, 
se destacó limpia y bien determinada la líne» 
de la costa sobre la faja azul de la mar, y apa- 
recieron las notas difusas de cada paisaje en el 



r 



PBÑAS ARRIBA X97 

ambiente de las lejanías y en los valles más cei^ 
canos: las manchas verdosas de las praderas, 
los puntos blancos de sus barriadas, los toques 
n^os de las arboledas, el azul carminoso de 
los montes, las líneas plateadas de los caminos 
reales, las tiras relucientes de los ríos cule- 
breando por el llano á sus desembocaduras, las 
sombrías cuencas de sus cauces entre los re- 
pliegues de la montaña. •• Todos estos detalles, 
y otros y otros mil, ordenados y compuestos 
con arte sobrehumano en medio de un derroche 
de luz, tenían por complemento de su grandio- 
sidad y hermosura el silencio imponente y la 
augusta soledad de las salvajes alturas de mi 
observatorio. 

(Jamás había visto yo porción tan grande de 
mundo á mis pies, ni me había hallado tan 
cerca de su Creador, ni la contemplación de su 
obra me había causado tan hondas y placente- 
ras impresiones. Atribuíalas al nuevo punto de 
vista, y no sin racional y juicioso fundamento. 
Hasta entonces sólo había observado yo la Na- 
turaleza á la sombra de sus moles, en las an- 
gosturas de sus desfiladeros, entre el vaho de 
sus cañadas y en la penumbra de sus bosques; 
todo lo cual pesaba, hasta el extremo de ano- 
nadarle, sobre mi espíritu formado entre la re- 
finada molicie de las grandes capitales, en cu- 
yas maravillas se ve más el ingenio y la mano de 



198 OBRAS DE D. JOSÉ M. DE PEREDA 

los hombres que la omnipotencia de Dios; pero 
en aquel caso podía yo saborear el espectáculo 
en más vastas proporciones, en plena luz y sin 
estorbos; y sin dejar por eso de conceptuarme 
gusano por la fuerza del contraste de mi peque- 
nez con aquellas magnitudes, lo era, al cabo, de 
las alturas del espacio y no de los suelos cena- 
gosos de la tierra. Hasta entonces había nece- 
sitado el contagio de los fervores de don Sabas^ 
para leer algo en el gran libro de la Naturaleza, / 
y en aquella ocasión le leía yo solo, de corrido^ 
y muy á gusto. 

Y leyéndole embelesado, llegué á sumirme 
en un cúmulo de reflexiones que, empalmándo- 
se por un extremo en la monótona insulsez de 
toda mi vida mundana y embebiéndose en se- 
guida en el espectáculo en que se recreaban 
mis ojos, se remontaban después sobre las cum- 
bres altísimas que limitaban el horizonte á mi 
espalda, y aún seguían elevándose á través del 
éter purísimo por donde suben las plegarias de 
los desdichados y los suspiros de las almas 
anhelosas del Sumo Bien. 

Volviendo, al fin, los ojos hacia don Sabas, 
de quien me había olvidado un buen rato, por- 
que el mismo tiempo hacía que no se cuidaba 
él de mí, le hallé, por las trazas, leyendo el 
gran libro en la misma página que 3ro. Estaba 
en pleno hartazgo de Naturaleza, según decía* 



\ 



PBÑfAS ARRIBA I99 

raban sus ojos resplandecientes, su boca en- 
treabierta y como ávida de aire serrano, y aqué- 
lla su especial inquietud de músculos y hasta 
de ropa. 

— ¿Se ha visto todo bien? — me preguntó vol- 
viendo en sí de repente. 

— Á todo mi sabor, — le respondí. 

— ^Pues hacerse cuenta de que ya se ha visto 
algo de las grandes obras de Dios que tenemos 
por acá. 

— {Grande es, en efecto, y hermoso y admi- 
rable este espectáculo! — repliqué. 

— ¡Grande? — repitió el Cura; y volvió á con- 
templarle en todas direcciones con los brazos 
extendidos, como si quisiera darme de aquel 
modo la medida de su magnitud. 

Después se descubrió la cabeza, cuyos cabe- 
llos grises flotaron en el aire; elevó al cielo la 
mirada y la mano con sombrero y todo, y ex- 
clamó con voz solemne y varonil que vibraba 
con extraño son en el silencio imponente de 
aquellas alturas majestuosas: 

•Excelsus super omnes gentes, DóminuSf et su^ 
per ocelos.., gloria ejus,n 

Sería por el estado excepcional de mi espíri- 
tu ó por obra de un agente externo cualquiera; 
pero es lo cierto que á mí mé pareció que aque- 
Ua nota ñnal estampada en el cuadro por el 
Cura de Tablanca, rayaba en lo sublime. 



\ 



r 






XII 




ALTÁBAME conocer entre lo que no 
debía serme desconocido en aque- 
lla vasta y montaraz comarca, la sa- 
lida del valle por la cuenca del río 
hasta su desembocadura, con lo cual habría 
completado yo la travesía del espinazo de la 
cordillera cantábrica por una de sus vértebras 
más considerables; y como cabalmente en aque- 
llos días estaba yo en vena de exploraciones y 
correteos, aunque, bien lo sabe Dios, más que 
por ansias de la curiosidad, por miedo á la 
inacción enervadora enfrente del temible ene* 
migo, cabalgué una mañana muy temprano en 
el peludo jamelgo que tan sesudamente me ha- 
bía traído y llevado por las escabrosidades más 
peligrosas de la montaña, y, de propio y deli- 
berado intento, solo y sin otro guía que el ins- 
tinto y la larga experiencia del honrado cua- 
drúpedo, más unos informes que me habían 



202 OBRAS DE D. JOSÉ M. DE PBRBDA 

sumiaistrado de palabra la noche antes en la 
tertulia de mi tío; atravesé el ruinoso puente 
que une las dos orillas del Nansa á corto tre- 
cho de la casona, y emprendí la marcha siguien- 
do la bien trillada senda que culebrea por la 
ladera del cerro, acompañándome el continuo 
rumor de las invisibles aguas corriendo en el 
fondo del sombrío cauce á muchas varas bajo 
mis pies. 

Dudaba yo que, después de lo que llevaba 
visto en la alt% montaña, hubiera en la cuenca 
del río, desde Tablanca hacia abajo, cosa que 
pudiera cautivar mi atención; y así sucedió, en 
efecto: sin dejar de ser áspera, angosta y mon- 
taraz en su parte más elevada, carecía de la 
grandeza imponente de los desfiladeros de arri- 
ba. Los pueblos, amontonados en sendas rin- 
conadas de la garganta, iban sucediéndose á 
mi paso con la regularidad de las estaciones de 
un ferrocarril. Uno de ellos, más soleado que 
cuantos había dejado atrás, apareció de repen- 
te á mi vista en un vallecito, al pie de una la- 
dera rapidísima, por la cual descendía mi ja- 
melgo paso á paso entre un laberinto admira- 
ble de viejos y copudos robles que parecían 
puestos allí para mantener las tierras del mon- 
te adheridas á su esqueleto: tan agria era la 
cuesta. 

Llegado al valle felizmente, aunque un poco 



\ 



peIías arriba 203 

dolorido de cintura yo, por el continuo esfuer- 
zo hecho con ella para conservar el cuerpo en 
la vertical, sobre la línea del caballo, paralela 
al suelo, supe que el pueblo columbrado por 
mí durante la bajada por los claros de la espe- 
sa columnata de troncos, era Robacío. Acor- 
déme entonces de Neluco y de Chisco, y supu- 
se que la casa del primero sería una grande, de 
cuatro aguasy que no distaba mucho del cami- 
no; y supuse bien, según respuesta que dio á 
una pregunta que le hice, un muchachuco más 
guapo que limpio de cara y de vestido, que ju- 
gaba, con otros de pelaje aún más humilde, en 
una brañuca próxima á la portalada. Respon- 
der á mi pregunta, dejar el juego y lanzarse á 
abrir el postigo, mientras los otros chicuelos, 
suspensos y algo cortados, me contemplaban 
con los ojos muy abiertos, fué todo uno; y no 
bien hubo asomado la cabecita al corral, cuan- 
do ya comenzó á gritar allí: 

— ¡Madre!... ¡madreeel ¡Aquí está un señor 
que viene á casa! 

Y por si esto era poco, descorrió desde aden- 
tro la falleba de los portones, y los abrió de 
par en par á fin de que pasara yo sin apearme. 
Con este estruendo y aquel vocerío, antes que 
acabara de sorprenderme de la ocurrencia, ya 
estaba en el encachado soportal y enfrente de 
mí, una mujer de mediana edad, buenas carnes 



204 OBRAS DE D. JOSÉ M. DH PEREDA 

y sano color, y con el modesto atavío casero 
que ordinariamente usan á diario las matronas 
pudientes de aquella comarca. Con esto, y con 
hallar bastante parecido en su cara con la de 
Neluco, no dudé que aquella mujer era su her- 
mana. Me apeé de un brinco; y sin cuidarme 
del caballo, comencé, mientras andaba hacia 
ella con el sombrero en la mano, á deshacerme 
en excusas, á explicarla el suceso. •• Yo tenía 
muchísimo gusto en ponerme á sus pies, en 
conocerla personalmente, en ofrecerle mis res- 
petos; pero esto lo hubiera hecho... pensaba 
hacerlo, á otra hora menos intempestiva... á 
mi vuelta por la tarde.. • la culpa era de aquel 
diablillo que, sin darme tiempo para explicar- 
me, se había apresurado á llamarla.. . 

Á todo esto, ella me miraba de hito en hito; 
hasta que, sin llegar yo á decirla cuanto pen- 
saba decir, bañó toda su faz noblota y rozagan- 
te en una sonrisa que pudiera llamarse inmen- 
sa, si se midieran las sonrisas como Jas super- 
ficies; arrancó hacia mí con ambas manos ten- 
didas, y exclamó cortándome el descosido dis- 
curso de repente: 

— I Virgen la mi madrel Usté es el sobrino de 
don Celso. 

Declaré que sí lo era, y continuó ella, sia 
soltar mi mano de entre las suyas: 

—Sabía yo por Neluco que andaba usté por 



PEÑAS ARRIBA 205 

aya; y por eso, y por el aire, y por algo que 
ha dicho... y por estas corazonás que á lo me- 
jor tiene uno... |Hija, lo que me alegro!. .. ¡Va- 
ya, vayal... Y ¿cómo está el pobre don Cel- 
so?... Mal, creo yo, por lo que nos ha dicha 
Neluco... Porque Neluco es tan cariñoso y 
tan... vamos, tan apegao á los suyos, que hora 
que tenga sobrante en su obligación, cátale en 
Robacío... Pero ¿qué hacemos aquí plantifica- 
dos en el portal? Suba, suba, señor don Mar- 
celo, y descansará como debe, y le pondré de 
almorzar... ¡Cómo que no? Aquí todos somos 
unos. ¿Usté no lo sabe? ¿No se lo ha dicho Ne- 
luco? La casona de don Celso y la nuestra ca- 
sa... ¡vaya!... de padres á hijos viene la esti- 
mación y la buena ley y hasta el parentesco, si 
un poco se escarba en la sangre... 

No me valieron excusas, por más que pon- 
deré lo largo de la jornada que tenía que ha- 
cer antes de la noche, y lo apurado que anda* 
ba de tiempo para ella. 

— Tendrále de sobra — me decía la jovial 
matrona guiándome ya hacia la escalera, — ^para 
ese trabajo y otro tanto más, si sabe aprove- 
charse de él; y no creo yo que es perder hora 
la que se gasta en confortar el cuerpo á la mita 
del camino... ¡Vaya con ella! Y lo peor del 
cuento es que está él ausente y no vendrá has- 
ta la hora de comer, más que menos... Anda 



206 OBRAS DE D. JOSÉ M. DB PEREDA 

en el invernal amañando un morio que se que- 
brantó el otro mes; y como en teniendo obra 
entre manos no acierta á perderla de vista. •• 
]Pues no lo sentirá poco cuando lo sepa!... 
]Hija, qué casualidá! Bien que ya le verá cuan- 
do pase usté de vuelta esta tarde... Aunque 
mejor fuera que se quedara á comer con noso- 
tros y dejara la caminata para otra ocasión... 
¡Vaya que es antojo el de llegar hasta el cami- 
no real!... Dos veces en toda mi vida he pues- 
to yo los pies en él... Mire si soy correntona... 
jVaya, vaya!... 

Hablando por este arte mientras subía la es- 
calera y la seguía yo paso á paso, más que en 
lo imposible de atajarla en su pintoresca char- 
la, pensaba en el parecido que hallaba entre 
ella y la madre de Lita, no solamente por el 
carácter, sino por el estilo, sin saber yo enton- 
ces, como lo supe andando el tiempo y cono- 
ciendo nuevas gentes, que en aquella forma y 
con aquellos aires campechanos y llanotes, se 
desborda siempre el espíritu generoso y hos- 
pitalario de las damas de aquella agreste re- 
gión montañesa. 

Ya en lo alto de la escalera, que no era lar- 
ga, entramos en el crucero de siempre, porque 
todas las casas pudientes de aquellas alturas, y 
aun las equivalentes de los valles bajos que he 
conocido después, parecen hechas por un mis* 






PEÑAS ARRIBA ^0^ 

mo plano; sólo que en la de Robacío hallé una 
novedad que llamó muy agradablemente mi 
atención, y fué la de tener las paredes de todos 
los pasadizos literalmente cubiertas, de techo 
á suelo, con ristras de panojas, que, por estar 
abiertos puertas y balcones é inundada de sol 
toda la casa, resplandecían como tapices orien- 
tales bordados de oro y perlas. 

Ni aun admirarlo me dejó la buena hermana 
de Neluco, porque teniendo en cuenta lo apre- 
surado que yo andaba, entre conducirme á la 
sala y llamar á gritos á una sirvienta y sacar, 
en tanto, cosas de una alacena y otras cosas de 
un armario, y poner ias primeras en manos de 
la mozona (que no llegó tan pronto como ella 
quería) con una buena sarta de advertencias y 
de encargos á media voz, y las segundas sobre 
una mesa que había en la sala, arrimada á una 
pared, y andar de acá para allá sin dejarme 
nunca enteramente solo ni falto de su conver- 
sación» más de cerca ó más de lejos, no hallaba 
yo momento de pensar con sosiego en punto 
alguno en que ñjara la atención. Al fín se detu- 
vo y se calmó la ventolera aquélla; y recogien- 
do lo que antes había puesto sobre la mesa y 
colocándolo interinamente en las sillas inme- 
diatas, levantó el ala que aquélla tenía libre y 
plegada, y no las dos, por no necesitarse para 
mí solo tanto espacio, según tuvo la bondad de 



208 OBRAS DE D. JOSÉ M. DB PEREDA 

advertirme; tendió sobre el tablero resultante 
un blanquísimo mantel; puso sobre éste una 
botella con vino, un cubierto de plata maciza y 
de anticuada forma, dos vasos de cristal, tres 
platos amontonados, una torta de pan, tibio to- 
davía, según me dijo la complaciente señora, 
porque no hacía aún dos horas que había sali- 
do del horno del corral; un queso duro, de 
ovejas, y cosa de medio maquilero de nueces 
y avellanas. 

Entre tanto, no cesaba de hablarme, y me 
hacía muchas preguntas sin esperar en cada ima 
de ellas á recibir mi respuesta, por entero, á la 
anterior. Me preguntó, ante todo, por su parien- 
te don Pedro Nolasco y por su hija Mari-Pepa^ 
de la misma edad que ella, amiga íntima des- 
de la niñez, casi su hermana, porque como her- 
manas se querían... Pues ^y Lita, Lituca? Era 
un serafín aquello, más que mujer. {Qué gua- 
pa, qué aguda, qué hacendosa! Si ella fuera 
hombre y mozo soltero, ya sabía con quién ca- 
sarse, como Lita le quisiera. ¡Y no su hermano 
Nelucol... ¡Cuántas veces se lo había dicho! 
¿Para qué quieres la enjundia, hombre? ¿Qué 
más puedes apetecer?... Si apareáis como de 
molde... ¡Ah, panfríode satanincas!... |Tochu, 
más que tochu! Cuando Lita iba á Robacío,. 
era la alegría de la casa; ni canario en jaula de 
oro podía compararse con ella. 



PBJÍAS ARRIBA 209 

En éstas y otras comeifeó á darme en la na- 
riz un olor muy I agradable de fritangas, y con 
él entró en la sala un rapaz como de seis años, 
con la jeta muy pringosa y la ropilla estropea- 
da; después otro de igual pelaje, pero de menos 
edad; en seguida otro menor que los dos; lue- 
go una muchachuela rubia, de ojos saltones, 
muy enjuta de canillas y larga de brazos; tras 
ella, otra rapaza morena, carrilluda, de ojos 
negros y gruesas pantorrillas, la cual traía de 
la mano á un chiquitín muy risueño que se 
tambaleaba al andar con sus patucas estevadas; 
y, por último, llegó el muchacho que con su 
descomedida diligencia había sido la causa de 
cuanto estaba sucediendo allí. Toda aquella 
prole, aparecida uno á uno, á paso lento y con 
mirar receloso, se fué colocando en semicírculo, 
muy apretado, enfrente de mí; y como no sa- 
bían qué decirme, por más que yo les pregun- 
taba muchas tonterías, y su madre me los iba 
nombrando por orden de edades, á la vez que 
los reñía, y no con gran coraje, por su descor- 
tés atrevimiento, cada cual entretenía el tiempo 
y conllevaba el mal rato como mejor podía: 
quién pellizcándose las narices, quién rascán- 
dose la cabeza y quién alguna parte de su cuer- 
po más baja y más trasera. «Pero ¿no parece 
—me decía su madre en tanto, — que gobierna 
Satanás á estos arrastrados? Póngalos usted de 
TOMO XV 14 



^ 



\ 



21 o OBRAS D£ O. JOSÉ M. DE PBRBDA 

pies á cabeza como un sol de mayo ea cuanto 
se tiran de la cama todos los días, para verlos 
como usté los ve á la media hora... y si no hay 
escuela como hoy, por ser jueves, cosa es de 
no poder mirarlos ni aguantarlos. ¡Señor y Pa- 
dre celeste, qué criaturas! ••• Pero estén ellas 
en buena salud, que es lo que importa, y lo de* 
más ya se irá arrebolando con el tiempo. ¿No es 
verdad?... Vaya, ahora venga acá y arrímese á 
la mesa... y perdone la miseriuca por la buena 
voluntad con que se la ofrezco á falta de cosa 
mejor.» 

Esto lo dijo al ver entrar á la criada con una 
gran fuente entre manos, conteniendo dos pares 
de huevos estrellados y una enormidad de lo- 
mo y de jamón frito, con sú correspondiente 
cerco de patatas. 

Hubo las porñas que eran de esperarse sobre 
lo poco con que me satisfacía yo, y lo mucho 
que ella me ofrecía con generosa obstinación» 
pensando que do dejaba por cortedad.» Al ña 
transigimos tomando yo algo más de lo que ne- 
cesitaba, y repartiendo el resto hasta lo que 
ella me ofrecía, entre los siete rapaces que de- 
voraban con los ojos el suculento agasajo hu« 
meando sobre la mesa. 

También vino á colación allí lo que ya em- 
pezaba yo á echar de menos en boca de la her- 
mana de Neluco; la tesis á que tan acostum^ 



í- 



PENAS ARRIBA 211 

brado me tenían las buenas gentes de aquellos 
valles: si me iba gustando la tierra de mis ma- 
yores; la diferencia que hallaría entre aquellas 
soledades y las grandezas y diversiones á que 
^estaría avezado en Madrid... y, por último, la 
lástima que sería que no tomara al valle la bue- 
^a ley que él se merecía; porque, muerto don 
Celso, que por muerto había que darle ya, Ta- 
blanca se quedaba sin padre y sin sombra de 
amparo. ¡Y si supiera yo bien lo qus valía esa 
sombra en aquel pueblo, y lo que venían va- 
liendo otras como ella desde tiempos muy re- 
motosl Para saberlo así, era preciso ver lo que 
pasaba en otros lugares que no la tenían, como 
pasaba ya también en Robacío, desgraciada- 
mente. Allí no había unión ni paz entre unos y 
otros, por culpa de cuatro mangoneadores am- 
parados por otros tantos ccabayerus de aya 
fuera,» que no se acordaban del pueblo más 
que en las ocasiones de necesitar las espaldas 
de aquellos pobres melenos para encaramarse 
en el puesto que les convenia, y pipiar á gusto 
las uvas del racimo. Esto no pasaba en Tablan- 
ca, donde no se sentía una mosca, ni tenían 
entrada aquellos personajes más que con su 
cuenta y razón. Daba gusto aquella hermandad 
de unos con otros, y aquel ayuntamiento sin 
deudas, y aquel vecindario sin hambre y bien 
vestido. Pues toda esta ventura acabaría coa 



212 OBPAS DE D. JOSÉ M. DE PEREDA 

don Celso, sí yo no me animaba á recoger lo& 
frenos que él soltaría de sus manos al pasar á 
vida mejor. 

Lo singular de esta tesis, tan manoseada por 
unos y otros, era para mí la solemnidad y la 
hondura del sentimiento con que me la exponían 
en todas partes. La misma hermana de Neluco, 
tan jocosa y tan chancera en sus descosidos dis- 
cursos, se formalizó hasta conmoverse al expo- 
nérmela. Y éste era el lado por donde más me 
llamaba la atención aquel tema, que iba, por 
lo demás, degenerando en manía. 

Con el asentimiento y las diplomáticas pro- 
mesas que la costumbre me había obligado á 
adoptar en casos tales, di por rematado el pun- 
to; y con el pretexto de la prisa que tenía, ter- 
minados el almuerzo y la visita, no sin saber 
antes, por la inagotable bondad de aquella in- 
comparable mujer, que su hermano mayor, abo- 
gado de bastante nota, estaba casado en Valla- 
dolid, y que por eso y por ser Neluco dema- 
siado mozo y andar todavía de la Ceca á la 
Meca, se había quedado ella en las particiones 
con la casa paterna; pero como si fuera de to- 
dos los hermanos, porque el abogado bajaba á 
Robado casi todos los veranos, y Neluco cada 
día que le era posible. 

Gozaba ella que era una bendición de Dios 
cuando estaban todos reunidos, chicos y gran» 



PBÑAS ARRIBA 2I3 

des; y cuanto más apretados, mejor. Y apreta* 
<los lo estaban en aquellas ocasiones á menu- 
do, porque aunque la casa era grande, como 
tenían mucho laberinto de labranzas y gana- 
dos... I Virgen Madre, cómo le gustaban esos 
trajines á su marido! Pues con gustarle tanto, 
de seguro no le gustaban más que á ella... 

Y bien se revelaban estos gustos en toda la 
<asa, particularmente de escalera abajo. En el 
portal, desde donde se veían las puertas abier- 
tas de los establos, un horno con su tejadillo 
protector, un pozo con el correspondiente la- 
vadero, grandes pilas de leña y un carro de 
bueyes bajo un cobertizo, olía á heno, se oían 
los golpes y los cencerrillos y esquilas del ga- 
nado preso en las pesebreras, y brujuleaba de 
soslayo y como á la descuidada, un copioso 
averío alrededor de un garrote, en cuyo fondo 
roía mi caballo, desembridado y amarrado al 
poste con una soga por el pescuezo, los últimos 
granos del pienso de maíz con que le había aga- 
sajado el sobrino mayor de Neluco, mientras su 
madre me agasajaba á mí en la sala de arriba 
con huevos y con jamón. Esto se supo por de- 
claración del chicuelo mismo, al preguntarle 
yo, muy complacido, por el autor de la ocu- 
rrencia. Alentado por el buen éxito de ella, sa- 
lióse del montón de sus hermanos, que en tro* 
peí habían bajado con su madre detrás de mí» 



214 OBRAS DB D. JOS¿ M. DB PBRBDA 

y en un dos por tres embridó el rocín después 
de arrojar al averío las mezquinas sobras del 
pienso; sacó la mansa bestia al corral, y la plan- 
tó allí, en debida forma, para que m(Hitara yo» 
Abrevié la despedida cuanto pude, condensan- 
do mis expresiones de cordial agradecimiento 
hasta la avaricia, por temor á los lujos verbo- 
sos de la hermana de Neluco, que en lo más 
leve hallaban causa para desbordarse; cabal* 
gué de prisa, deslizando en la mano del chi- 
cueío que me tenía el estribo una moneda de 
plata sin que lo viera su madre, dádiva que le 
llenó de asombro y de zozobra hasta enrojecer- 
le la cara y dejarle tambaleándose, por lo que le 
costó mucho trabajo abrirme la portalada; y 
en cuanto la vi de par en par, pagué con una 
sonrisa y una sombrerada los últimos ofreci- 
mientos de la inagotable matrona; salí á la bra» 
ñuca de afuera oyendo las despedidas de aden- 
tro «hasta la tarde; • piqué sin compasión al ja- 
melgo, y tomé el camino río abajo como si me 
persiguieran lobos de rabia. 

Creo, sin estar muy seguro de ello por no 
haber fijado la atención con gran empeño en el 
cuadro, que por allí comienza el verdadero en- 
sanche de la cuenca, y el río á descansar un 
peco de las fatigas de su rápido descenso, ten- 
diéndose á la larga en buenos trechos casi lla- 
nos y bien iluminados por el sol. Lo que sí re- 



PEÑAS ARRIBA 215 

cuerdo bien es que con la libertad que les dan 
estas relativas anchuras, el río y el camino (á 
la izquierda ya éste de aquél) se separan uno de 
otro con alguna frecuencia, aunque sin llegar á 
perderse de vista por completo. Al ñn y al 
cabo, ninguna obligación tienen de andar jun^ 
tos por todas partes; y sin duda por eso, el ca- 
minOi sin trabas ni impedimentos, como el río, 
que le obliguen á descender continuamente y 
por determinado canal, á lo mejor se echaba por 
un atajo cuesta arriba, gozándose después en 
saludar desde la loma del cerro pedregoso á su 
arrastrado compañero, que sudaba la gota gorda 
para abrirse paso en los profundos de un valle- 
cito angosto, entre alisales, guijarros y mim- 
breras.. 

Donde se juntan otra vez los dos camaradas 
es hacia el final de su viaje, por estrecharse la 
cuenca nuevamente, pero sin crecer gran cosa 
los taludes; y ya no vuelve el río á gozar de 
otra llanada que la de su sepultura, festoneada 
á lo largo en su margen terrestre por un camino 
real que ni el Nansa ni yo vimos hasta que nos 
hallamos yo encima de él , y el río estrellándose 
contra los estribos del puente que une las dos 
orillas. 

Allí le di mi afectuosa despedida, mientras 
ahogaban con un abrazo sus murmullos (que 
durante nuestra jomada de seis horas no habían 



2l6 OBRAS DB D. JOSé M. DE PEJIEDA 

cesado un momeato) las traidoras aguas salo- 
bres que le esperaban inmóviles y cristalinas, 
como un espejo en que se miran las nubes del 
firmamento, tendidas al sol en una vasta llanu- 
ra salpicada de islotes tapizados de verdes y 
olorosas junqueras. Esta pintoresca ría está se- 
parada del mar por una barrera muy alta: un 
monte negro y pedregoso, rajado de alto abajo, 
quedando así un boquete muy angosto por 
donde se cuelan las aguas y los barcos, y se ve 
el Cantábrico, mirando desde adentro, como 
un pedazo de cielo á través de las rejas de una 
cárcel. 

Todo aquel panorama me pareció muy bello 
por sus líneas, por su luz y por su color; mas á 
pesar de ello, ocupó mi atención breves instan-^ 
tes, porque se habían largado mis ideas por 
muy distintos derroteros. Fué el caso que no 
bien me vi sobre él camino real, se despertaron 
súbitamente mis mal dormidas inclinaciones 
mundanas; y escapándoseme la mirada y los 
pensamientos á lo largo del blanquísimo arre- 
cife que corría paralelo á la costa y desaparecía 
en la curva de un altozano, empecé á con- 
siderar: 

— Por ahí se va á la vida y á la libertad de 
las planicies soleadas, al bullicio de las duda-^ 
des, á las damas elegantes y á los hombres bien 
vestidos, á la conversación culta y amena, á los 



P£NAS ARRIBA 21 J 

salones alfombrados, ai libro, al teatro, al pe- 
ríódicoi al Casino, al Ateneo... imientras que 
por aquí I., • 

Y^volví los ojos al sendero de la montaña, y 
le vi trepar entre los pedruscos y los escajos 
bravios de una sierra calva; y distinguí detrás 
de eUa, la loma de otra sierra más alta, y por 
encima de ésta, otra, y sobre su cumbre la de 
un monte que las asombraba á todas; y a^ su- 
cesivamente, hasta perderse las últimas desva- 
necidas en un ambiente brumoso y tétrico que 
no me dejaba percibir con claridad los dos pel- 
daños de aquella escalera disforme, entre los 
cuales se escondía la sepultura en que, por un 
mal entendido sentimiento filantrópico, había 
resuelto yo enterrarme vivo. 

Sentido pronto alzarse dentro de mí una pro- 
testa de mi libérrimo albedrío, y con ella la 
nostalgia de la ciudad; pero con una fuerza tan 
nueva y tan irresistible, que, sin saber cómo, 
me vi encarado otra vez al camino real y po« 
s^do de un vehementísimo deseo, de la tenta- 
ción pueril y desatentada... de escaparme par 
allí. 

Pasó todo esto, como vértigo que era de mi 
exaltada imaginación, en pocos momentos; pero 
no sin dejarme huellas mortificantes en el es- 
píritu. 

Al otro lado del puente había unas casas de 



2l8 OBRAS DE D. JOS¿ Bf. DB PBRBDA 

muy alegre aspecto: parecióme de parador el de 
una de ellas, y allá me fui. Parador era, en 
efecto, y taberna bastante bien surtida. Mandé 
dar un pienso á mi cabalgadura y pedí unas 
frioleras para mí, más que por satisfacer una 
necesidad que no sentía, por comprar el dere- 
cho de descansar un poco á la sombra y en un 
banco, bajo techado, ya que no era posible 
hacerlo al aire libre recreando los ojos en la 
contemplación del mar, que con estar tan cerca 
de allí, no se veía más que por el negro boque- 
rón de la ría. 

Era ya bien corrida la una de la tarde cuan- 
do volví á cabalgar. Repasé el puente, y sin 
dirigir la vista al camino real que dejaba á^mi 
izquierda, comencé á desandar aguas arriba lo 
que había andado por la mañana aguas abajo. 
Al llegar á Robacío, vi que me esperaba en la 
brañuca contigua á la portalada de marras, toda 
la familia de la casona aquélla, con el padre en 
primer término. Bien sabe Dios que hice voto 
solemne en mis adentros de no echar allí pie á 
tierra, como no me desmontaran á tiros. Era el 
cuiíado de Neluco un hombre bastante gordo y 
no muy alto, moreno y atezado de rostro, con 
anchas patillas grises, pelo recio y poca frente* 
No hablaba tanto como su mujer, pero no era 
menos afectuoso y hospitalario que ella. Con la 
disculpa (y era la pura verdad] de que llevaba 



\ 



PEÑAS ARJtIBA lig 

las horas muy medidas, hablé poco y me inge- 
nié mucho para que no hubiera modo de enre- 
dar la conversación que me amenazaba á cada 
instante por el lado de la mujer de aquel buen 
hombre. Estréchele, al fin, por segunda vez la 
velluda mano, con los ofrecimientos y las cor- 
tesías de costumbre, y con un tadiós» á todos 
los presentes, corté los cumplidos con que me 
despedían, y me largué. 

Resuelto á que no me cogiera la noche cerra- 
da en el camino, saqué al pobre animal que me 
conducía, los ijares y hasta las asaduras á es- 
polazos. Por un milagro de Dios llegó vivo á 
casa. Pero llegó al ñn, y no tan tarde como iba 
yo temiéndome á medida que le veía perdiendo 
fuerzas y tambaleándose por el áspero camino» 

Por lo que á mí toca, llegué en la misma si- 
tuación de ánimo que im estudiantino novel á 
la cárcel de su colegio, después de haber pasa- 
do largas vacaciones con su familia: jurándome 
á mí propio no volver á salir de Tablanca solo 
y por aquel camino, para no caer nuevamente 
en la mala tentación de escaparme. 



-^'^^KR'SüP^ 



r 




XIII 




ABLANDO unos díás después con Ne- 
luco de esta excursión, me dijo cuan- 
do vino al caso: 
— Pues ahora necesita usted hacer 
otra, aguas arriba. 

Respondíle que ya la había hecho con el 
Cura en una ocasión bastante reciente y de muy 
placentero recuerdo para mí. Replicóme que 
con don Sabas sólo había visto yo lo que le 
convenía á él que viera para los fines que lleva- 
ba, y yo necesitaba ver algo más, y aun estaba 
obligado á ello: por ejemplo. Promisiones. 

— Atravesé todo el valle — ^respondí, — y con- 
servo perfectamente su aspecto general en la 
memoria. 

—No es bastante— me replicó el médico. — 
En ese valle hay un pueblo, que es el prin- 
cipal... 

— Le vi también... 

— ^De lejos. 



322 OBRAS DE O. JOSÉ M. DB PEREDA 

— De lejos y de cerca tiene muy poco que ver. 

— Exacto — dijo Nelucp;— pero en ese luga- 
rejo hay una casa solariega... la de los Gómez 
de Pomar, sangre de rancio abolengo que co- 
rre también por las venas de usted. 

— Hombre— interrumpió aquí mi tío que es- 
taba presente, mientras Neluco se sonreía como 
si se burlara de las mismas ponderaciones que 
iba haciéndome, — que veas á Promisiones, bien 
está; que conozcas de vista la casona de los 
Gómez de Pomar, pase también; pero que lo 
que queda allí de esa sangre vieja valga la pena 
de meter su jocico en aquel estragal un caba- 
yeru como tú... ¡pispajul eso sí que lo niego á 
pies juntos. 

— ¡Pero si allí no queda gota de esa sangre, 
don Celso!— replicó Neluco. 

— ¡Mira á quién se lo cuental — respondió mi 
tío. — Pero de allí es la que queda... Dios sabe 
si en presidio. 

— Yo me refería á la casa solamente... 

— Que ni siquiera es de olios ya... porque los 
sinvergüenzas desaforaos, la dieron por un pe- 
llejo de vino en cuanto faltó el baldragazas que 
los engendró en una osa montuna. ¡Cascajo! 
mala centella los parta en dos por los ríñones. 

— Y al fin y al postre, ¿qué viene á impor- 
tarle ya esa caída á don Marcelo? ¡Le toca taa 
poco del parentesco!... 



V 



PEÑAS ARRIBA 22^ 

— Di que nada, ¡cuartajol si te paez. iLos 
hijos de un sobrino carnal de nu madre!... 

— |Pues digo!... ni un galgo le alcanza ya... 
De todas maneras, si usted no quiere. .. 

—¡Yo?... jÁ buena parte vas con el repa- 
ro!. .. ¡Vaya que me gusta!... No, no, loquees 
por mí... 

— Además, no se trata de eso solo, que debe 
verse de pasada... 

— ¿Jacia onde? 

— Hacia otra parte. .. á otro sitio á que yo 
quiero Ueyarle... porque esa expedición ha de 
hacerla don Marcelo conmigo. Necesitaremos 
dos días. 

— ¡Larga va á ser, trastajo! 

— No mucho; pero como debemos hacer no- 
che allá... 

— Pues si pensabas guardar el secreto del 
parador, no me des más señas de él, porque ya 
le he conocido. •• 

— ^Es posible... Y como ahora hay en Tablan- 
ca peste de salud para muchos días, si don Mar- 
celo está conforme y usted nos da su permiso... 

— ¡Yo?... ¡pispajo! Lo que yo quiero es que 
mi sobrino se explaye y entretenga á su gusto, 
para que no coja duda á la tierra de su padre... 
Eso bien lo sabe él... y también lo sabes tú... 
Conque, si en ello vos va diversión, bien hecho 
será, y antes con antes, por si el tiempo se 



224 OBRAS DE D. JOSÉ U. DB PEREDA 

cansa de ser bueno. ¡Ojalá pudiera yo ir con 
vosotros, aunque no fuera más que por dar un 
abrazo á ese buen amigo! Pero ini salir á misa, 
cuartajo!... 

— Ya saldrá usted, don Celso.., 

— Sí, con los pies pa-lante el mejor día... 

Al subsiguiente de esta conversación em- 
prendí la caminata con Neluco, los dos solos y 
á caballo: yo en el de siempre, bien repuesto 
ya de sus últimas fatigas, y él en otro rocinejo 
por el estilo, que era de su propiedad y tenía 
la costumbre, como caballo de médico, de pa- 
rarse delante de todas las viviendas que halla- 
ba al paso. 

También madrugamos aquel día, y no poco, 
y también nos amaneció cerca del santuario 
próximo á la vadera, y también saludé á la 
Virgen, siguiendo el ejemplo que me dio Nelu- 
co, rezándola una Salve en latín. Es mucha la 
devoción que la tienen los tablanqueses y todos 
los habitantes de los pueblos comarcanos; y su 
fiesta, en el mes de agosto, de las más concu- 
rridas y celebradas de todas las de aquella re- 
gión. La imagen tiene una leyenda que no me 
habían referido ni Chisco ni don Sabas, y co- 
nocí por Neluco mientras volvíamos á poner- 
nos en marcha, descendiendo hada la vad^a. 
En tiempos muy remotos quisieron los tablan- 
queses sustituir con otra nueva y tde mejor 



r 



PEÑAS ARRIBA a2¡ 

-ven aquella misma Virgen que les parecía muy 
antigua, tanto que no se conocía su origen ten 
memoria de hombre. i Acordada la sustitución, 
adquirieron la imagen que deseaban y la colo- 
caron en el altarcillo después de retirar de 61 
la antigua, á la cual enterraron con gran solem- 
nidad, no sabiendo qué hacer de ella ni cómo 
honrarla mejor. Pero cuál no sería la admira- 
ción de aquellos piadosos montañeses al ver al 
día siguiente en el altar la imagen enterrada la 
víspera, y vacía su sepultura, sin hallar rastro 
ni huella por ninguna parte del mundo, de la 
imagen nueva. Con este milagro patente se hizo 
más extensa y fervorosa la devoción á la Vir- 
gen resucitada, y en este grado, ó muy poco 
menos, se ha conservado hasta la fecha. 

Repitiendo el camino andado por mí en com- 
pañía de don Sabas, me pareció haber tardado 
menos que con él en llegar á Promisiones; ven- 
taja que fué debida indudablemente á lo que 
me entretenía Neluco con noticias muy curio- 
sas sobre cada palmo de terreno que pisábamos 
y le eran tan conocidos como los rincones de su 
casa. No los conocía menos el Cura, segura- 
mente; pero aunque allá se andaban los dos en 
el modo de sentir y de saborear la tierra madre, 
eran más numerosos los registros del médico, y 
más varia, por consiguiente, la música de su 
conversación. 

TOMO XV 15 



226 OBRAS OB D. JOSá U, OE PEREDA 

Ya en el valle» tomamos derechamente hacia 
el pueblo que había dado origen á la porfía entre 
mi tío y Neluco. £1 tal pueblo, de disperso y 
pobre caserío, ostentaba sobre el montículo más 
elevado de los varios que forman su escabroso 
término, un edificio cercano á la iglesia, que no 
abultaba más que él, como si hubiera querido 
lucir sin estorbos y para que fueran bien vistas 
de todos, propios y extraños» las únicas gran- 
dezas que posee. £1 edificio era del buen estilo 
rico montañés; de sillería de grano la fachada 
del Sur y una parte de la del Este, lo preciso 
para encuadrar en ella un balcón de pulpito con 
balaustrada de hierro; el resto, mampostería só- 
lida con muy pocos claros de ventana. En la 
fachada principal, gran solana corrida de esqui* 
nal á esquinal, y encima de ella y del balcón del 
Este, sendos y ostentosos escudos de piedra de 
mucho relieve y rica talla; sobre todo ello, la 
pátina musgosa, la herrumbre y la polilla de los 
años y de la incuria, y grandes aleros de arte- 
sonado podrido con los canecillos derrengados* 
Aquella casa era la solariega de los Gómez de 
Pomar; y bien sabe Dios la tristeza con que la 
vf en estado tan deplorable, más que por sim- 
patía de parentesco, por impulso natural de 
hombre honrado y de buen gusto. Habitábala 
un labrador» y de ello eran evidentes señales loa 
montones de estiércol, la carreta y los aperos 



PEÑAS ARRIBA 22/ 

que se veían en la corralada y en el soportal, 7 
«1 heno que asomaba por los agujeros de una de 
las desvencijadas puertas de la solana, entre los 
elegantes cercos de sillería. Salió de ella un 
buen hombre que nos vio mirarla por todas 
partes; y como resultó que conocía á Neluco, 
nos brindó muy cortés á que pasáramos á des- 
cansar, csi teníamos gusto en ello.t £1 médico 
me pidió mi parecer con la mirada, y con un 
ademán le di yo la negativa. Me acordaba de 
algunos dichos de mi tío, particularmente el de 
haber sido vendida cpor un pellejo devino,» y 
la lástima de antes se fué trocando en ira. 

Continuando nuestro viaje, me dio Neluco al- 
gunos informes que yo le pedí, vivamente inte- 
resado en conocerlos después de lo que había 
visto en el pueblo, en el cual no nos detuvimos 
más de media hora. 

La familia de los Gómez de Pomar nunca 
había sido tan rica de propiedades y de dinero 
como pagada de su alcurnia, achaque muy co- 
mún en la Montaña. La bambolla de un hidal- 
guete de aquella casta, que volvió de México á 
principios del siglo pasado, labró sobre los ci- 
mientos del solar antiguo la casa que acabába- 
mos de ver, con la mayor parte del dinero que 
traía. Con el resto y las haciendas que le pertene- 
cían en el valle yen las inmediaciones, seempeñó 
en sostener el lustre de su familia, elevándola 



228 OBRAS DE D. JOSé M. DB PEREDA 

de golpe á una altura en que jamás habían vi" 
vido sus fidalgos antecesores. Logró su intenta 
vanidoso, pero no sin muy considerables mer- 
mas y quebrantos en su caudal. Al heredarle su 
sucesor, heredó también una buena carga de 
censos y de hipotecas; y como en su no larga 
vida no pudo verse aliviado del peso de esta 
cruz, recibióla también sobre sus espaldas el 
que vino detrás de él; pero como le pesaba mu- 
cho, antes que morir agobiado por ella, prefi- 
rió quitársela de encima á todo trance. Y se la 
quitó, á expensas de lo más jugoso de su cau- 
dal. Así salvó lo restante, que empezaba á ser 
enredado poco á poco en las mallas inextrica- 
bles del préstamo usurario. Era cuerdo el hom-^ 
bre, y ajustó las necesidades de su casa á la 
medida de lo que poseía libremente para soste- 
nerlas. No trabajó las tierras con sus manos, 
pero pagó el trabajo de otros para vivir él de 
sus productos; y en su casa y en las accesorias 
de ella, donde siempre había reinado el silencio 
enervante de la holganza y de los grandes fas- 
tidios de la vanidad infanzona, comenzaron á 
oirse y á respirarse los ruidos de la actividad 
campesina, el cencerreo del ganado y la fragan- 
cia vivificante y regeneradora de los frutos sa- 
zonados de la tierra. Mi abuela paterna alcanzó 
aquellos tiempos, los más venturosos de la &- 
milia de los Gómez de Pomar. Su padre era un 



PBÑAS ARRIBA 229 

^ñor á la manera de mi tfo Celso: campecha- 
no y sin retóricas, sencillo hasta la rudeza, y 
noble y sano de corazón. No tuvo más que dos 
hijos: mi abuela y el mayorazgo. Éste resultó 
menos enérgico y laborioso que su padre; se 
casó con una medio señora campurriana, y 
tuvieron un hijo solo, y ese de pocas creces, 
enfermizo y sin alientos para nada. Aquí em* 
pezó á flaquear la firmeza de la hasta entonces 
enhiesta medianía de la casa, mucho por la 
natural dejadez del padre, algo por no pecar de 
hacendosa la madre, y el resto por falta de es- 
tímulo en los dos para enmendarse en pre- 
sencia de la ingénita apatía y mortal endeblez 
del hijo. El cual dio en la gracia de espigar 
un poco, precisamente cuando debía haberse 
muerto, según los cálculos de sus padres, fun- 
dados principalmente en los reiterados dictáme- 
nes de todos los médicos y curanderos de cua* 
tro leguas á la redonda. Con esto y con morirse 
aquéllos mucho antes de lo que creían, el huér- 
fano recibió el caudal hereditario cuando menos 
lo pensaba, y con bastantes goteras, casi tantas 
como las que tenía la casa solariega, en la que 
no gastaron un maravedí en toda su vida loa 
últimos señores de ella. En ese particular, lo 
propio hizo el hijo, atento sólo, en los prime- 
ros años de su orfandad, al trabajo de recons^ 
lituirse, dándose todo el regalo que era compa» 



330 OBRAS DB D. JOSé M. DB PERBDA 

tibie con su hacienda, aunque comiendo ya de 
la olla grande. Como no salía de casa y se había 
propuesto arreglarse un completo plan de vida 
dentro de ella, se casó con la criada, una leba- 
niega cerril, siempre vestida de sayal y con 
bocio. Tuvo de ella dos hijos como dos oseznos- 
de Andará, de cuya educación no se cuidó cosa 
maldita: lejos de ello, les dio continuamente el 
mal ejemplo de su desgobierno, y muy á menu- 
do el de las escandalosas reyertas matrimonia- 
fes provocadas por la lebaniega incivil, que era 
la estampa de la suciedad y el colmo del des- 
pilfarro. Al ñn se murieron los dos, ella de una 
pulmonía doble y él de un derrame seroso, 
aunque fué voz corrida en el lugar que había 
acabado de una borrachera de aguardiente. 
Todo podía ser, porque es cosa demostrada 
que muy á menudo hacía méritos para ello. Los 
hijos, que eran unos p&rdidos á los diez y seis 
años, cuando entraron por la ley en libre pose- 
sión de lo heredado, ya debían más de las tres 
cuartas partes de ello. Eran borrachos, corre- 
tones y pendencieros, y daban más que hacer 
á la justicia en seis meses que todo el partido 
judicial en un año. Lo último que les quedó 
fueron la casa solar y unos cercados contiguos 
á ella; y como se lo tenían hipotecado á un ta- 
bernero del valle, á cuyas expensas comían y 
bebían últimamente, y al vencer el plazo de la 



PEÑAS ARRIBA 23I 

deuda no tuvieron con qué redimirla, el taber- 
nero se quedó con lo hipotecado, echólos de 
casa tan pronto como pudo, y metió en ella á 
un inquilino labrador cargado de familia, pero 
que pagaba bien y cultivaba mejor las tierras 
que le dio también en renta. Al hombre aquél 
acababa de conocerle yo en la casa misma. 

— ¿Y los otros?— pregunté á Neluco en cuan- 
to dio fin á su relato. — ^¿Qué ha sido de ellos? 

— ¿De quiénes? — preguntóme él á su vez. 

— De los dueños de la casa — respondí; — me- 
jor dicho de los ex- dueños, de los dos perdu- 
larios que se la vendieron al tabernero por un 
pellejo de vino. 

— Pues de esos ilustres vastagos de los Gó- 
mez de Pomar, no sé nada cierto á la hora pre- 
sente. Cuando se vieron en la calle, sin hogar, 
oficio ni beneficio, desaparecieron de aquí, y 
se supo que andaban por Andalucía buscándo- 
se el modo de vivir como el diablo les daba á 
entender. Al cabo de los años, volvió uno solo, 
no á su pueblo, sino á ese otro que está enca- 
labrinado en aquella cúspide de enfrente, y al 
cual pienso que llegaremos en poco más de una 
hora. Allí, con el prestigio que le daba su ape- 
llido y la fanfarria que desenvolvió delante de 
la hija de un hombre de bien que tenía algunas 
haciendas, consiguió que éste se la cediera an 
matrimonio. Estableciéronse en casa aparte, y 



233 OBRAS DB D. jOSé M. DE PEREDA 

al poco tiempo de ello apareció su hermano eit 
el lugar, pobre y mal vestido. Acogióle el ma- 
trimonio, como era natural. Por entonces los 
conocí yo siendo estudiante todavía, durante 
las vacaciones de verano, en la romería de la 
Virgen de las Nieves. Me parecieron de muy 
mala catadura, particularmente el mayor, en 
cuyo semblante de torva y recelosa mirada, lo 
mismo que en el resto de su persona, se veían 
las huellas y el estragó de todas sus malandan- 
zas. £1 otro, el menor, que era el casado, tenía 
una palidez amarillenta, y unos ojillos de ra- 
poso, y una mueca de sonrisa, y un andar de 
sierpe venenosa, que estaban pidiendo el banco 
de crujía de una galera, y el corbacho de un 
cómitre desalmado. Decían los que reparaban 
en ellos por conocerlos bien, que los vigilaba 
mucho la Guardia civil: seria ó no verdad; pe- 
ro era indudable que ellos huían de la pareja 
que andaba en la romería, como el diablo de la 
cruz. Por aquellas kalendas hicieron una visita 
á su tío de usted, don Celso; pero tenía éste 
entonces más bríos y más agallas que hoy, y 
respondió á su taimada exposición de necesi- 
dades en tales términos y en tal actitud, que 
no insistieron en su petición, ni han vuelto á 
parecer por Tablanca. Poco después se larga- 
ron otra vez por esos mundos á buscarse la vi- 
da, con gran contentamiento de todo el lugar. 



PBÑAS ARRIBA 333 

y hasta de la pobre mujer del uno de ellos. Á 
principios de este otoño oí en Tablanca que 
faabfa vuelto el casado y que por aquí andaba 
tan sinvergüenza y haragán como siempre; pe- 
ro yo no le he visto, ni á nadie he oído hablar 
deéh 

Con estas interesantes biografías y los co- 
mentarios subsiguientes, entretuvimos el cami- 
no, sinuoso y endemoniado^ dejando por nues- 
tra derecha la cuenca del río, que distaba ya 
muy poco de sus fuentes. 

Al ñn, llegamos al pueblo, encaramado allá 
arriba como un nido de águilas, y me guió Ne- 
luco á la única hospedería que había en él: un 
casucho de mala muerte con un cuarto en el 
soportal, y en el cuarto un tosco mostrador y 
su correspondiente estantería con media doce- 
na de botellones y frascos de varios colores, 
algunos paquetes de cigarros y de cajas de ce- 
rillas, y media docena de vasos de otros tantos 
'Calibres; arrimado á la pared y sostenido por 
tres estacas sin labrar, un tablón en bruto, de 
castaño abarquillado; delante y como á la mi- 
tad de este banco, una mesa de igual materia 
y del mismo estilo que él; sobre la mesa, un 
jarro y dos vasos medio desocupados de vino 
tinto; y, por último, sentados en el banco y 
con la mesa delante, dos hombres ea los cua- 
les ni el médico ni yo nos fijamos gran cosa 



«34 -OBRkS DB D. JOSé M. DB PBRBDA 

por de pronto. Después, y mientras hablába- 
mos con el tabernero, Neluco, que los tenia 
enfrente, me dio con el codo y me advirtió con 
la mirada que reparara en ellos. Hícelo con 
atención y vi que los dos tenían muy distinto 
pelaje del acostumbrado y corriente entre los 
aldeanos de aquellas comarcas: ofrecian todo 
el aspecto de los vagabundos famélicos de las 
ciudades; ambos llevaban la barba gris á me- 
dio crecer, y el ropaje obscuro y mugriento, 
con muy pocas señales de camisa. En el uno 
creí ver, ó más bien recordar, rasgos de la pin- 
tura que me había hecho Neluco del Gómez de 
Pomar casado en aquel mismo pueblo. Las se- 
ñas del otro no coincidían en nada con las que 
yo conocía del hermano soltero. Era todavía 
más innoble su cara que la de éste y más re- 
pulsivo el conjunto de su persona: tenía un 
chirlo en la nariz, que se la dividía casi por 
mitad, y un ojo medio borrado. 

Se les conoció muy pronto que no les agra- 
daba la insistencia con que los mirábamos Ne- 
luco y yo; y fuera por esto ó porque ya nada 
tenían que hacer allí, apuraron el contenido de 
los correspondientes vasos, y se largaron ha- 
ciéndonos un ligero ademán de saludo, pero 
sin decir palabra. 

Entonces dejó bruscamente Neluco la mate- 
ria que trataba con el ventero, reducida á saber 



r 



PBÑAS ARRIBA 235 

qué podría servirnos para tomar un tente en 
pie, y comenzó á preguntarle por la casta de 
los dos parroquianos que acababan de salir» 
Resultó, en cuanto al uno, lo que yo me pre- 
sumía y Neluco daba por indiscutible: que era 
el Gómez de Pomar casado allí; el otro había 
venido con él en los principios de octubre, y 
juntos vivían y de la misma olla comían desde 
entonces, como grandes y antiguos amigos que 
eran, á expensas y á despecho de la pobre mu- 
jer que á duras penas tenía lo más indispensa- 
ble para que no se murieran de hambre los fru- 
tos de su desventurado matrimonio. Su marido 
faltaba pocas veces del lugar, y no pasaba nin* 
guna noche fuera de él; las ausencias del ami- 
go, sin ser muchas, eran más largas: solían du- 
rar dos ó tres días. Preguntado el primero por 
su mujer... y también por el alcalde, acerca de 
la procedencia, oficio, ocupaciones y planes 
del segundo, respondía que era un caballero 
perteneciente á una de las principales familias 
de Madrid, arruinado con los negocios de la 
Bolsa; había estudiado de joven para ingeniero 
de minas, y pasaba por muy entendido en ellas. 
Sabía, por informes adquiridos allá con otros 
inteligentes, que había una riquísima, de oro 
puro, en cierto sitio entre Tablanca y Promi- 
siones; y en busca de ella andaba cada vez que 
salía del lugar, mejor dicho, la había encon- 



236 OBRAS DE D. JOSÉ &t. DE PBRBDA 

irado al primer tanteo, porque eran infalibles 
las señales que traía: los otros viajes que iba 
haciendo eran para estudiar bien los ñlones y 
la manera de explotarlos. En cuanto acabara 
ese estudio que le robaba hasta el sueño, se 
volvería á Madrid para dar cuenta de todo á 
los capitalistas que habían de emprender las 
labores bajo su dirección, asignándosele á él» 
para remunerar su trabajo, la mitad de las ga- 
nancias. 

Á pesar de estos rumbosos informes, la 
Guardia civil le había pedido los papeles, 
igual que al último perdulario; pero como los 
llevaba en regla y no se metía con nadie, ni 
nadie se quejaba de él y le naba el vecino del 
lugar con quien vivía, no pasaban las cosas á 
más que á vigilarle de lejos, lo mismo que á 
su fiador, mientras en el pueblo se cerraban 
las casas al anochecer y no se dejaban, de 
puertas afuera, ni las gallinas en sus Mergadc* 
ros provisionales. En cuanto al Pomar ausente, 
sólo se sabía de él, por referencias de su her- 
mano, que andaba bien de salud y que no tar- 
daría en llegar, porque habría en la mina de 
oro empleos de mucho lucro para los dos. 

¡Morrocotudos consanguíneos me había en- 
contrado yo en aquellas alturas de Cantabria! 
Tenía razón Neluco: merecían ser conocidos 
de cerca por mí el solar y los solariegos. Por 



r 



PBÑTAS ARRIBA 337 

este lado, no me iba dando el viaje motivos 
para renegar de él. 

Tomado el tente en pie que nos sirvió el ta- 
bernero con excelente voluntad y poquísima 
limpieza, y reanimados los bríos de las cabal- 
gaduras con no sé qué brozas nutritivas que se 
hallaron en el pajar de la taberna y en el gra- 
nero de un vecino, volvimos á montar Neluco 
y yo para seguir nuestro camino, del que nos 
faltaba todavía lo más largo y lo peor, según el 
médico me dijo ai cabalgar. 

Dejado el pueblo atrás y comenzando ya á 
descender la cambera por la otra vertiente del 
monte, nos hallamos tope á tope con los dos 
comensales de marras, que estaban tomando el 
sol arrimados de espaldas á un vallado y apu- 
rando unas colillas. Entonces se trocaron los 
papeles en lo tocante á miradas: con ser mucha 
la curiosidad con que los miramos nosotros, 
fueron mucho mayores la fijeza y la intensidad 
de las miradas de ellos, sobre todo las dirigi- 
das á mí, y especialmente la de mi consanguí- 
neo. Ni siquiera nos honraron con el ademán 
cortés con el cual se despidieron en la taber- 
na. Verdad es también que la cara que les pu- 
simos nosotros no era para engendrar respues- 
tas de cortesía. Al cruzarme con ellos llevé 
instintivamente la diestra á la cintura, donde 
tenía, debajo de la espesa cazadora, un revól- 



238 OBRAS OE D. JOSé M. DE PEREDA 

ver de seis tiros, y biea sabe Dios que no por 
recelo de los hombres. Neluco» que también le 
llevaba, pero en una de las pistoleras de su si- 
lla, se sonrió al observar el movimiento y co- 
nocer mis intenciones, y me dijo: 

— No irán tan allá las cosas, esté usted segu- 
ro de ello. Necesitan vivir bien con la justicia 
hasta llegar á sus fines, si es que tienen alguno 
malo entre cejas; y si le tienen, no es de asal- 
tar en despoblado al primer transeúnte que se 
les ponga á tiro. Sin embargo, no están de más 
Jas precauciones como las nuestras, aunque 
hayan sido tomadas contra las alimañas del 
monte, sin acordarnos de las vilezas de cierta 
casta de hombres, desconocida en estos honra- 
dos valles. De todas maneras, prometo resar* 
cirle á usted esta tarde y esta noche, pero muy 
cumplidamente, con impresiones más gratas, 
de los amargores que le va causando á usted 
en su paladar de hombre honrado nuestra jor- 
nada hasta aquí. 

Pedíle á Dios que asi fuera, y continuamos 
bajando y departiendo el acompasado gatear 
de nuestras firmes cabalgaduras. 



r 




XIV 




OR dónde me iba conduciendo el em- 
pecatado mediquillo de Tahlanca» 
me sería imposible decirlo ni aun 
con el plano del terreno á la vista. 
Alguna vez creí hallarme en un pedazo de sen- 
da recorrida días atrás en compañía de don 
Sabas; pero sin darme tiempo para salir de 
dudas, dejaba mi conductor aquel camino tri- 
llado y echaba por donde menos era de espe* 
rarse. Su caballo era una cabra, y él una ven- 
tolera que le arrastraba por lo más inverosímil 
de lo penoso y atrevido. Para aquel diabólico 
centauro, todo atajo era andadero, lo mismo 
por los jarales de las faldas que por los riscod 
de las cumbres. £1 caso era rodear poco y lle- 
gar cuanto antes, según 61 decía, mientras de- 
jaba yo en cuarentena la sinceridad de su afir- 
mación, que bien pudiera ser encubridora de 
antojos irresistibles de un montañés tan castizo 



a^O OBRAS DB D. JOSÉ M. DE PBRBDA 

como Neluco. Porque es lo cierto que no su- 
bíamos á una altura ni bajábamos á una hon- 
donada sin que el médico hiciera ardorosos pa- 
negíricos de ]o que se veía desde arriba ó des- 
de abajo. Para mí, quebrantado 6 insensible de 
alma y cuerpo» todo era ya igual y de un mis- 
mo color; y hasta del vértigo de los grandes 
asomos estaba curado con la frecuencia de ver- 
los aquel día; y cuidado que los hubo tan tre- 
mendos y de senda tan angosta, retorcida y la- 
deada, que el mismo Neluco se apeó para pa- 
sarlos... tapándose la cara con el sombrero por 
el lado del abismo. De bajadas pendías^ no se 
diga: aquello fué despeñarse más que bajar. 

Cuando menos lo esperaba, me encontré en 
el Puerto, que me pareció menos interesante 
que la primera vez, porque le veía á la inversa 
de entonces, con la línea insulsa de la sierra 
baja por gran parte de su fondo, en lugar de las 
grandiosas montañas que en esta segunda visita 
iban quedando á mi espalda. También flotaban 
sobre él las nieblas, como en el monte por don* 
de habíamos subido, y también lo deploró Ne- 
luco, porque me impedían gozar del espectácu- 
lo admirable, que tanto me había ponderado 
Chisco á su modo. Pero ¿qué podía faltarme de 
ver en punto á panoramas, después de los que 
había visto con el Cura desde muy cerca de 
allí? Referíle, mientras nos internábamos en 



PBÑAS ARRIBA 24I 

aquel escabroso desierto, lo del oso checho un 
reguñu» encontrado allí mismo la otra vez, se- 
gún afirmación de mi espolique. No le sorpren- 
dió el caso, porque tenía noticia de otros seme- 
jantes. Sin embargo de lo cual, me añadió, en 
aquel puerto pastaban en los primeros meses 
del verano, y sin riesgo alguno por lo común, 
muchas cabanas de ganado, hasta de los valles 
de la marina, y aun me enseñó algunas chozas 
de vaqueros, recientemente abandonadas y que 
muy pronto desaparecerían bajo la nieve. Tam- 
poco me pareció tan larga como la primera vez 
la travesía, ni tan fatigosa la contemplación 
continua de su aridez, lo cual pudo consistir 
en que hice la entrada por distinta pusria que 
la salida de entonces, ó en el hábito adquirido 
ya por mí de andar entre montañas, y muy 
principalmente en lo agradable de la compañía 
de Neluco. 

Al fin traspusimos la cumbre de la sierra que 
limita el Puerto hacia el Sur, y volví á contem- 
plar la verde y extensa planicie del valle de los 
tres Campóes. Con aquel espectáculo revivió 
mi espíritu adormilado, y comencé á respirar 
con avidez el aire de la hermosa vega, como si 
me hubiera faltado hasta entonces el necesario 
para la vida; caso que no admiró á Neluco por 
lo raro cuando se le declaré, porque, por una 
ley fisiológica, del peso ideal de las grandes 
TOMO XV 16 



242 OBRAS D£ O. JOSÉ M. DE PEREDA 

moles que agobia á los espíritus avezados á las 
llanuras abiertas y despejadas» participa el or- 
ganismo físico también. Bajando sin cesar nues- 
tras cabalgaduras, que ya no podían con el ra- 
bo, por los senderos que yo había conocido al 
subir, á media bajada se salió de ellos Neluco 
y tomó por otro hacia la derecha. Á poco rato 
de andar en él, descubrimos en el extremo del 
valle más arrimado á aquella estribación de la 
sierra y debajo de nosotros, una gran torre se* 
norial con un grupo de edificios agregados á 
ella, á corta distancia de un pueblecillo agru- 
pado en una frondosa rinconada del monte. 

Señalando al pueblo y luego á la torre y sus 
accesorias, y deteniendo al mismo tiempo su 
caballo, me dijo Neluco: 

— Aquel lugarejo es Provedaño, y aquí está 
el ñn de nuestra jornada de hoy. 

Después tendió la vista por el esplendente 
panorama del valle, y fué dándome sobre él to- 
das las noticias que me había dado Chisco, y 
otras muchas más. Convino conmigo en que sin 
dejar de ser montañés todo el conjunto del pai- 
saje, tenía impreso ya en sus líneas y en sus 
tonos el influjo de sus vecindades castellanas» 
y continuamos bajando. 

Cuando acabamos de bajar al valle, yo no 
me satisfacía con esparcir la vista sobre él, ni 
con aspirar la fragancia de sus praderas ater* 



PEÑAS ARRIBA 243 

ciopeladas: me hubiera revolcado en ellas de 
buena gana como una bestia; y como una bes- 
tia envidiaba á las que andaban libres y pa- 
ciendo por allí. Consulté con Neluco esta bes* 
tial ocurrencia, y la celebramos los dos con 
grandes risotadas; pero así y todo, no faltaron 
un par de razones, fisiológicas también, apun- 
tadas por el médico y discutidas por ambos, 
para explicar el antojo muy raciottalméfite. 

Resistiéndose todavía Neluco á ampliar los 
escasos informes que me había dado por el ca- 
mino sobre la persona á quien íbamos á visitar, 
anduvimos por lo llano un corto trecho, y lle- 
gamos, no á la torre, sino á la trasera de un 
cuerpo del edificio que se unía á ella por el 
muro de una portalada. Entre esta fachada del 
edificio y nosotros se interponía otro muro más 
bajo que la amparaba en toda su longitud, y 
por encima de este muro se veía un carro de 
bueyes arrimado al edificio y paralelo í él; en el 
carro había una carga de heno verde, segán mi 
modo de ver, y según el más autorizado de Ne- 
luco, de retoño seco; y sobre la carga, un hombre 
de alta estatura que lanzaba con impetuoso brío 
grandes horcomdas de ella á un boquerón de la 
pared, donde las recogía otra persona y las 
conducía más adentro. Nada de particular tenía 
todo esto; pero sí lo tuvo, y mucho para mí, lo 
que sucedió en seguida; y fué que, vuelto de 



244 OBFAS DB D. JOSÉ M. DE PBRBDA 

repente hacia nosotros el hombre que descar- 
gaba el carro, y mientras nos miraba fruncien- 
do mucho los ojos, apoyándose gallardamente 
en el horcón clavado por sus puntas en el he- 
no, observé que Neluco se descubría delante de 
él y le saludaba con el nombre del caballero á 
quien íbamos á visitar. Descubríme entonces 
yo también, lleno de extrañeza, y nos apeamos 
los dos, casi al mismo tiempo que el descarga- 
dor del heno saltaba del carro abajo, muy dili- 
gente y airoso, por la rabera. 

Representaba cincuenta años, bien corridos; 
tenía buen color, la cabeza muy poblada de 
pelo alborotado y recio, la cara pequeña y en- 
juta, y aún parecía más chica de lo que era, por 
lo espeso de la barba que le ociipaba la mitad; 
la barba y el pelo, empezando á encanecer; la 
frente ancha, y destacado el entrecejo; la nariz 
curva, y la mirada de sus ojuelos verdes, firme 
y escrutadora; cara, en fin, cervantesca y un 
tanto aquijotada. Daba grandes pasos con sus 
largas piernas al dirigirse á nosotros que le sa- 
limos al encuentro, y balanceaba el cuerpo, 
nervudo y cenceño y algo inclinado hacia ade- 
lante, al compás de las zancadas; vestía un 
traje modesto de paño obscuro, fuerte y bara- 
to, y calzaba abarcas de tarugos. 

Conoció al mediquillo de Tablanca y le abra- 
zó muy regocijado y cariñoso; á mí me saludó 



PBÑAS ARRIBA 245 

con la cortesía y los ademanes de un gran señor, 
de los exquisitamente educados; porque los hay 
de ellos sin pizca de educación. Cuando supo 
quién era yo, por boca de Neluco, estrechó con 
efusión mi mano entre las suyas, que me pare- 
cieron, por lo fuertes y aun por la aspereza de 
sus palmas, mejor que de carne y hueso, del ro- 
ble secular de aquellos erguidos montes. 

Con voz de escaso timbre y algo desafinada, 
como la de todos los sordos, pues lo era 61 y 
más que en grado de ienisnie, me dijo: 

—No le pido á usted perdón por los hábitos 
y ocupaciones en que me encuentra, porque si 
tuviera á mengua emplearme tan á menudo 
como me em|>leo en estas rudas labores, no me 
empleara. No me dan ellas todo el pan que me 
nutre el cuerpo, pero me ayudan á conservarle; 
y como á la par que convenientes, me son muy 
agradables y las tengo por honrosas, ¿á qué 
acusarme de ellas como de un pecado contra 
los timbres de mi linaje? 

Al saber después que íbamos con propósito 
de pasar allí la noche, volvióse rápidamente 
hacia Neluco y le dijo con afable sonrisa: 

— Pues de ese modo, y ya que conoces bien 
la casa, encárgate tú de hacer los honores de 
ella á este caballero, mientras yo doy aquí aba- 
jo algunas disposiciones que son necesarias 
para quedar enteramente á la de ustedes. En« 



246 OBRAS DB D. JOSÉ If . I>B PBRBDA 

tren, pues; suban, pidan y tomen cuanto ape- 
tezcan de lo que haya. 

Con esto me empujó suavemente hacia la 
torre; cogió en seguida los dos jamelgos por 
los bridones, y los arrastró materialmente ha- 
cia la portilla por donde había salido del cer* 
cádo, mientras llamaba con toda su voz al sir- 
viente que debía encargarse de ellos. 

Guióme Neluco y seguíle yo: estaba abierta 
la portalada, embutida entre la torre y un ex- 
tremo de los edificios que forman dos lados de 
la espaciosa corralada en que entramos, cerrán- 
dola por el otro lado un muro que une otra es- 
quina de la torre con la fachada frontera de la 
escuadra de edificios. Éstos eran tres, aunque 
en una sola pieza y de una misma altura, y de 
distinta época cada uno de ellos; pero todos 
más modernos que la torre, particularmente el 
principal. No era esta casa tan ostentosa como 
la de los Pomares de Promisiones; pero sí tan 
bien íiacida, y desde luego más rancia de lina- 
je. Buena huerta y grandes cercados en las in* 
mediaciones de la corralada. Lo más notable 
de todo ello fué para mí la torre, de la que da* 
ban dos fachadas al corral, en una de las cua«» 
les, y no en su centro, estaba la puerta de in- 
greso á ella, baja y angosta y reforzada con 
enormes clavos y grandes barrotes de hierra 
mohoso. Tenía cuatro pisos y terminaba en un 



r 



PBÑAS ACRIBA 247 

gracioso parapeto con gárgolas de piedra para 
desagüe del tejadillo apuntado. Parecióme una 
construcción de venerable antigüedad, y no me 
equivoqué en el supuesto. 

Después de dar un vistazo general á todos 
aquellos característicos accesorios, cuadras y 
gallineros inclusive, de la mansión del caballe- 
ro á quien íbamos á visitar, y siempre bajo la 
dirección de Neluco, seguíle yo estragal aden- 
tro y escalera arriba, y así llegamos á la pieza 
que podía llamarse estrado ó salón de recibir, 
amplia, con luces á un gran balcón de hierro, 
de viguetería descubierta y suelo de recias ta- 
blas de castaño. Colgaban de las paredes algu- 
nos retratos viejos, de familia, por orden de 
antigüedad, desde la cota de malla hasta la 
peluca y las chorreras; dos grandes cornuco- 
pias de talla dorada, semejantes á las que ha- 
bía en mi habitación de la casona deXablanca, 
y un San Jerónimo penitente, muy estropeado. 
Los muebles no guardaban estilo ni orden ni 
concierto, y en cada uno de ellos y en el con- 
junto de lo que contenía todo el salón, y en el 
salón mismo, se echaba muy de menos la hue- 
lla de la hábil mano de la t señora de su casa,» 
que faltaba en aquélla por no haberla necesita- 
do aún su dueño para arrojar la cruz de su so- 
ledad, que no debía de pesarle mucho. De segu- 
ro que no hubiera consentido esa señora rimeros 



248 OBRAS Dñ D. JOSé If . DE PBRBOA 

de libracos viejos y apolillados sobre el sofá de 
damasco rojo, ni un banco de roble tallado en- 
tre dos sillas de reps verde, ni dos pedruscos 
célticos y una escombrera de cascotes romanos 
encima del banco de roble y de la consola de 
nogal, no obstante ser los unos y los otros bue- 
na presa del solariego en sus incesantes explo- 
raciones arqueológicas en aquellas comarcas y 
sus aledaños; ni una escopeta detrás de la 
puerta del balcón, ni una colodra colgada de 
un retrato. También hubiera hallado la señora 
ausente mucho que ordenar, ó siquiera que 
despolvorear y aun que barrer, en la pieza in* 
mediata, que era el despacho ó cuarto de estu- 
dio del señor. Porque (válgame el de los cie- 
los! (Cómo estaba también de libros fuera de 
sus estantes, y de resmas de periódicos, y de 
fajos de papeles, y de montones de revistas, y 
de huesos fósiles, y de candilejas y escudillas 
romanas, y de bronces herrumbrosos, y de 
ejemplares de panojas de muchas castas, en las 
sillas, por los suelos, en la mesa de escribir y 
creo que hasta en el aire! 

Andando en estas investigaciones, se nos 
presentó una mujer más que cincuentona, lim- 
pia y afable, á preguntarnos qué queríamos to- 
mar mientras llegaba la hora de la cena, que 
en aquella casa era la de las ocho; porque ba- 
rruntaba que debíamos de venir desfallecidos... 






PBÑAS ARItlBA 249 

Dímosle las gracias, asegurándola que de nin- 
gún alimento necesitábamos hasta la hora de 
cenar, y volvió á dejarnos solos. 

Todavía se negaba Neluco á suministrarme 
las noticias que yo le pedía sobre el modo de 
ser de aquel caballero de tan extrañas y llama- 
tivas prendas, porque prefería que fuera él mis- 
mo dándoseme á conocer... y cdespués habla- 
ríamos.» Por de pronto, leyendo los rótulos de 
algunos libros de los estantes, sacó el médico 
uno de ellos y le puso en mis manos. 

— Ésta es obra suya—me dijo al mismo tiem- 
po, — recientemente impresa por la Real Aca- 
demia Española después de haberla premiado 
en público certamen. 

Titulábase: Emayo histórico, etímológico y 
filosófico sobre los apellidos castellanos desde el 
siglo X hasta nuestra edad. 

— Y esta otra — añadió Neluco, mientras yo 
leía el índice de la primera, mostrándome el 
rótulo de otro libro: — Noticia histórica de las 
behetrías y primitivas libertades castellanas... Este 
libro es un asombro de erudición y de ingenio, 
y es muy de admirar por el montañesisnio que 
respka, y el tradicionalismo científico y patriar- 
calmente democrático en que está inspirado. 
Demuéstrase en él, entre otras cosas, por las 
leyes del Concejo, la antigua y suma importan- 
cia de la ganadería en la Montaña.— Y ésta 



250 OBRAS DE D. JOSÉ M, DE PEREDA 

más, Los Eddas^ traducción del poema de este 
nombre, algo como la litada de los suecos: es 
empresa de los albores literarios de nuestro 
amigo* Después, en cada periódico y en cada 
revista de los que andan desparramados j>or 
aquí, hay algún trabajo de erudición ó de crí- 
tica, y todos ellos enderezados al bien y á la 
mayor gloria de la provincia, que la tiene muy 
señalada en contarle á él entre sus hijos, y par- 
ticularmente de la comarca en que nació, vive 
y desea morir... ¿Ve usted?... Los Garcilasos,.^ 
admirable serie biográfica de esta dinastía de 
guerreros y de poetas de entronque montañés... 
Veamos qué rollo es éste... tire usted hacia 
allá, porque no va á caber en la mesa... Un 
plano hecho y firmado por él, y bien reciente- 
mente. Ya tenía yo alguna noticia de este tra- 
bajo estupendo. Proyecto de encauce y riegos del 
Htjar desde Riaño á Reinosa,.. Parece la obra 
de un consumado ingeniero... Pues de seguro 
tiene este cartapacio lleno de apuntes de traba- 
jos en preparación. ¿No lo dije?... La parte de 
los navegantes montañeses en el descubrimiento de 
América... Biografía del célebre poeta dramático 
D* Pedro Calderón de la Barca,.. Juan de la 
Cosa.,, 

Me consta que tiene dos novelas y una leyen- 
da inéditas, porque he visto los manuscritos, 
históricas y montañesas también... De su estilo 



V 



PEÍDAS ARRIBA 25 1 

gallardo, brioso, castellano limpio, neto como 
la sangre que corre por sus venas; de su modo 
de ver y de sentir la tierra madre y de cantar 
su hermosura, ya se irá usted enterando cuando 
le admire en sus escritos... Pero {canario! per- 
mítame usted que le diga con esta franqueza 
que debe haber entre hombres fórmales como 
nosotros, que no tiene usted perdón de Dios al 
obligarme á mí á que le entere de estas cosas 
que debieran serle muy conocidas, siqtuera por 
lo que tiene de montañesa su sangre, ya que no 
(aunque esto debiera bastar) por ser toda ella 
española. 

Tenía razón Neluco, y así se lo confesé con 
la mayor frescura. ¡Ah, pues si él hubiera sabi- 
do hasta dónde llegaba mi ignorancia en esos 
particulares!... [que toda mi erudición biblio- 
gráfica española cabía holgadamente en un pa- 
pel de cigarro! Fuera de los escritores de Ma- 
drid, no conocía uno solo, ni de nombre. Por 
fortuna, no insistió Neluco en el tema; que si 
insiste, canto de plano. Y ¿á qué negarlo, si era 
la pura verdad y yo, hasta entonces, no me 
había avergonzado de ella? 

En éstas y otras, como ya anochecía y andá- 
bamos casi á tientas entre los papelotes del des- 
pacho, volvimos al salón, precisamente al mis- 
mo tiempo que entraba en él el señor de la ca- 
sa, con un quinqué encendido en la mano. Nos 



252 OBRAS DB D. JOSÉ M. D£ PBRBDA 

pidió perdón por la tardanza después de darnos 
las buenas noches, y continuó andando hacia su 
despacho en cuya mesa puso el quinqué. Re- 
trocedimos tras él nosotros... y ¡nueva sorpre- 
sa para mil £1 rústico descargador de yerba 
había sustituido los burdos ropajes del oficio 
<:on una levita cerrada y todos los accesorios 
correspondientes á esa prenda de sempiterna 
distinción, incluso el aliño, muy esmerado, de 
la barba y del cabello. Más que un señor de 
aldea con resabios de labriego, me pareció en- 
tonces aquel singular campurriano un perso- 
oaje de corte, un ministro ó cosa así, que se 
disponía á dar audiencia. Tan bien le sentaba 
la levita, y tan aseñorados eran sus modales. 

Como al andar enfrascado en estas reflexio- 
nes le mirara yo de arriba abajo con mal disi- 
mulada curiosidad, notóla él y me dijo son- 
riéndose: 

— No crea usted, amigo mío, que me he ves- 
tido estos atalajes señoriles para que se vea que 
los tengo. No llegan á tanto mis flaquezas de 
infanzón sin privilegios. Neluco lo sabe bien. 
Pero me gusta dar á cada cual lo que merece, 
y no tengo todavía bastante franqueza con 
usted, que es caballero y hombre del mundo, 
para recibirle en mi casa, por primera vez, ves- 
tido de carretero. Va, pues, con usted, como 
ha ido antes con otros, este ceremonial; y no 



r 



PBÑAS ARRIBA 255 

me le agradezca, porque es deuda de homenaje 
que le rindo muy gustoso. 

La verdad es que no hallé en mi repertorio- 
de frases hechas y aceptadas en la • buena so* 
ciedad» para cumplir en lances tales, un par de 
ellas que entonaran debidamente con aquel mo- 
delo de hidalga cortesía, y que me despaché de 
mala manera con cuatro -vulgaridades ramplo- 
nas, mal hilvanadas y entre dientes. En segui- 
da empezó lo que pudiera llamarse, en estilo- 
parlamentario, la sesión. 

Recién llegado por primera vez á la Monta- 
ña, oriundo de ella y vastago de una familia co- 
nocidísima del señor aquél, evidente era que 
había de ser yo la materia prima de la conver- 
sación que se entablara allí. Y eso sucedió» 
Respondiendo á sus discretas preguntas, fuS 
entregándole, con el pasaporte, toda mi hoja de 
servicios y merecimientos, que, en Dios y ea 
mi ánima lo juro, nunca me parecieron menos 
ni más dignos de ser desconocidos; y eso que 
sólo declaré los más indispensables. Algo saqué 
en limpio, sin embargo, y de mi gusto, de la 
ingrata tarea, y fué el conocer, á mi vez, algu- 
nos antecedentes de la vida y milagros de mi 
respetable huésped; entre otros, que después 
de terminada su carrera de abogado, había sido^ 
durante algunos años, periodista en Madrid 1 
la manera de entonces, tan diferente de la de 



254 OBRAS DB D. JOSé M. DE PBRBOA 

i 

ahora, discutiendo y exponiendo mucho y ba- 
tallando poco; gallardías de torneo más que 
guerra implacable de pasiones; y que había vi- 
vido largo tiempo en varias provincias de Es- 
paña, unas veces por gusto y otras desempe- 
ñando cargos públicos importantes. 

Tras éstas y otras análogas materias, vinimos 
al caso concreto de mi llegada á la Montaña y 
sus motivos, 

[Ah, qué atinado, qué elocuente y qué hondo 
estuvo en este particular aquel caballero! ¡Qué 
Lien conocía á mi tío, qué magistralmente rae 
le pintaba, y cuan sinceramente deploraba su 
estado de salud después de haber oído de boca 
de Neluco su irrevocable sentencia de muerte! 

— No sabe Tablanca lo que pierde en él — 
nos dijo, — ni lo sabrán los valles circunveci- 
nos, que tan poco se pagan hoy de su raro ejem- 
plo y de su obra admirable. 

Pues sobre esta obra, ¡qué cosas me dijo 
también! En su concepto, sólo podían estimar- 
la los hombres esforzados que se pasaban la vida 
consagrados al mismo generoso empeño sin lo- 
grar fruto alguno. ¿No tenían todos los terrenos 
Iqs mismos elementos de fertilidad? ¿Había di- 
ferencias de consideración entre semillas que 
parecían idénticas? ¿Dependían los frutos de la 
manera de sembrar? 

Él no sabía á qué atenerse en vista de lo que 



'\ 



PEÑAS ARRIBA 255 

le iba enseñando la propia observación en mu- 
chos ejemplos que había estudiado muy de 
cerca. Á veces veía un mal común y relativa- 
mente nuevo, que le parecía la causa mediata 
de que se estrellaran en el fracaso los más he- 
roicos y desinteresados intentos; pero ¿por qué 
no se habían estrellado los de don Celso en el 
mismo escollo? Es verdad que don Celso había 
recibido de algunos antepasados suyos bien 
dispuesto y preparado el campo para su labor 
benéfica; pero también se había dado este caso 
en otras partes, y, sin embargo, el mal nuevo 
había logrado triunfar en ellas. Pertenecía don 
Celso á una casta de hombres, muy contados, 
que poseen, como un don de Dios, el instinto 
de ver el lado práctico de todas las cosas, y la 
virtud de imponerse, sin aparatos retóricos ni 
artificios teatrales, á las muchedumbres más in- 
dóciles, y de arrastrarlas hasta los últimos ex- 
tremos de lo heroico. Deesta madera habían sido 
los grandes guerreros y los ciudadanos más in- 
signes. ¿Estaría el mérito de su cosecha en éste 
su modo de sembrar? De todas maneras, la obra 
de mi tío debía vivir eternamente, como la de 
otros muchos bienhechores de su índole gene- 
rosa. 

Y por aquí vino, por sus pasos contados, lo 
que estaba yo viendo venir rato hacía. 

—Es usted joven— llegó á decirme, — hecho 



256 OBRAS DB D. JOSÉ M. DB PBRBDA 

y amoldado á la vida muelle y regalona de las 
grandes ciudades, y extraño enteramente, menos 
por su sangre, á este mundo en pequeño que 
rebulle y se agita entre los repliegues sombríos 
de estas comarcas grandiosas. ¡Qué lástima — 
añadió, — que todo esto junto sea un obstáculo, 
aunque no invencible, para que la labor de don 
Celso en Tablanca tenga en usted un apasiona- 
do continuador! Porque si usted no lo es, ¿quién 
va á serlo ya? 

Eludiendo una respuesta categórica á esta in- 
sinuación tan terminante, despácheme con un 
«¿quién sabe?» medio en broma, y esta pregun- 
ta que debía alejar más de su tema al caba- 
llero: 

— Y en estas comarcas, ¿cómo andan esas 
cosas? 

— ¡Oh! — me respondió en el acto, con un 
ademán que valía tanto como decir «no hable- 
mos de eso.» — Por acá quisiera yo ver á don 
Celso... aunque ¡vaya usted á saber!... Lo que 
puedo afirmarle es que yo, con la pluma, con la 
palabra, con el ejemplo, de día, de noche, no 
he cesado de cumplir con mi deber: á eso he 
vuelto aquí, á eso consagro todo mi tiempo, en 
eso gasto mi salud y mi corto caudal ... todo 
menos mi perseverancia, que es indestruc- 
tible... pero como si sembrara en una peña; 
porque el mal nuevo arraigó muy hondamente 



PBÑAS ARRIBA 2^J 

aquí, Ó no me doy buen arte para extirparle. 

Seguidamente, y como para orientarme á su 
gusto en el terreno de que se trataba, comenzó 
á hablarme, como si lo fuera leyendo en un li- 
bro (tales eran la abundancia, la claridad y el 
método de lo que me exponía), de Ja organiza- 
ción patriarcal de aquellos pueblos desde las 
primeras Hirmandadis que se formaron en el 
siglo XI simultáneamente con las Cruzadas, des- 
envolviendo á mis ojos el cuadro vastísimo de 
la historia desde entonces acá, en rasgos tan 
breves como vigorosos y expresivos, y enla- 
zando con los hechos más culminantes de ella 
y más gloriosos, los de aquella humilde raza de 
obscuros montañeses. ¡Oh! yo, que sólo los 
conocía vagamente por los ditirambos pompo- 
sos de mi padre en sus exaltaciones solariegas, 
¡cuánto aprendí aquella noche, y con qué gus- 
to, acercado las interesantes vicisitudes por que 
ba pasado aquel esquivo rincón del mundo, 
aquella región cantábrica tan ignorada de ex- 
traños y aun de propios! Entonces comprendí 
lo que valían los libros y las investigaciones 
arqueológicas de aquel hombre, destinados á 
reivindicar para su cpatria chica» las glorias 
que se le negaban en la grande, sacándolas del 
polvo de los archivos y debajo de las costras 
de la tierra. 

Llegados por caminos tan placenteros al pro- 
TOMO XV 17 



i 



258 OBRAS DB D. JOSÉ M. DB PBRBDA 

sáico terreno del día presente y á tratar de 
nuestro punto de partida, del llamado por él 
imal nuevo» en aquéllas y otras comarcas ru* 
rales, díjonos, interrumpiendo lo que yo había 
comenzado á exponer y como salvedad que 
conceptuaba necesaria: 

— ^Debo advertir á ustedes que, aunque lo 
parezco en ocasiones, no soy, ni á cien leguas, 
un apasionado ciego de todo lo pasado. Creo, 
porque á la vista está, que las cosas se van mo- 
dificando á medida que corre el tiempo, y lo 
del refrán castellano que cá otros tiempos, otras 
costumbres y otras leyes;» pero quiero, sin de-* 
jar por eso de ser hombre del día, antes al con- 
trario, por lo mismo que lo soy, que esas mo- 
dificaciones de las costumbres y de las leyes se 
deriven por su propio peso, digámoslo así, de 
]a naturaleza de las cosas mismas; que las leyes 
se acomoden al modo de ser de los pueblos, no 
los pueblos á las leyes de otra parte porque en 
ella den buenos frutos. No todos los terrenos 
son iguales para recibir una buena semilla, co- 
mo ya decíamos antes circunscribiéndonos á la 
pequenez de estas comarcas agrestes; quiero, 
en fin, que lo que se ha promulgado por bueno 
y en la aplicación ha resultado malo, se modi- 
fique siquiera, para evitar nuevos desastres. Y 
con esta salvedad, continúo diciendo que en la 
imposibilidad de que males de tan hondas raí- 



r 



PBÑAS ARRIBA 259 

ees se extirpen con el trabajo aislado de los 
hombres de buena voluntad, yo le diría al Es- 
tado desdé aquí: cTómate, en el concepto que 
más te plazca, lo que en buena y estricta justi- 
cia te debemos de nuestra pobreza para levan- 
tar las cargas comunes de la patria; pero déja- 
nos lo demás para hacer de ello lo que mejor 
nos parezca; déjanos nuestros bienes comuna- 
les, nuestras sabias ordenanzas, nuestros tra- 
dicionales y libres concejos; en fin (y diciendo- 
lo á la moda del día), nuestra autonomía mu- 
nicipal, y Cristo con todos.» Si dé esta manera 
no se logra el ñn que yo busco y ha logrado 
don Celso en su valle, le andaríamos muy cer- 
ca. Pero ¿cómo ha de dársenos eso si ha de vi- 
vir el desastrado sistema que nos rige y del 
cual reniegan ya sus más fervorosos admirado- 
res? O mejor dicho, ¿cómo han de vivir sin el 
amparo de él, tal como está, los hombres que 
hoy se usan y nos gobidrnan? ¿Cómo han de 
ser amos y señores de vidas y caudales si no 
tienen en sus manos todos los hilos por los cua- 
les se conduce hasta los más escondidos rinco- 
nes de la nación la voluntad, la amenaza y el 
zarpazo de la verdadera tiranía, mil veces peor 
que la muerte?... Y punto y aparte, porque si 
continúo por donde voy, pierdo los estribos. 
Neluco y yo, que le habíamos oído embele- 
sados, le aplaudimos de muy buena gana» so- 



26o OBRAS DB D. JOSÉ M. DB PEREDA 

bre todo Neluco, que era un cantahrazo como 
una loma; y como la sesión había sido larga y 
entró la mujer de antes aprevenirnos que esta- 
ba la cena dispuesta y á preguntar á su amo sí 
la servía porque habían dado ya las ocho en el 
reló de talla atrás,» decidimos el punto afirma- 
tivamente Neluco y yo, por cortés delegación 
de aquél; apoderóse de la luz la sirvienta; salió 
del despacho delante de nosotros, y la seguimos 
los tres al comedor, que era otro salón bastante 
destartalado y muy frío, situado al Norte de la 
casa. 




r 




XV 




A cena no fué muy variada, pero abun- 
dante y sabrosa. Allí todo participa- 
ba del carácter sano y austero del 
señor de la torre. Carne y leche en 
dos ó tres formas, y algán fruto de la tierra. 
Poco más ó menos, como en casa de mi tio. 
Peto la amenidad que le faltaba á la cena por 
su propia sencillez, la hallábamos Neluco y yo 
bien cumplida en la palabra de nuestro noble 
anfitrión. Aquel hombre era un pozo lleno, re- 
bosando de saber, y en cuanto desplegaba los 
labios saltaban los chorros de ello. Tenía el 
suelo patrio embebido en la masa de la san* 
gre, y por donde quiera que andaba con sus 
imaginaciones y sus discursos, iba á parar á él, 
y de él hablaba hasta con la lengua extraña de 
los poetas ó de los historiadores ó de los geó- 
grafos de la antigüedad que le habían trddo á 
cuento en sus estrofas ó en sus libros inmorta- 
les. Y en esta tarea empeñado, tenía á veces 
inesperadas y súbitas salidas de su carril, aun* 



202 OBRAS DB D. JOSÉ M. DB PERBDA 

que no del campo de sus disertaciones, verda* 
deramente geniales. Había demostrado, verbi- 
gracia, en un hermoso período, cómo la regióa 
montañesa del Norte de España fué poblada 
por los griegos antes que por los fenicios, con 
textos de Mela y de Strábón, según los cuales 
estos historiadores hallaron costumbres grie- 
gas en la Cantabria independiente hasta el tiem- 
po de Augusto, añadiendo una larga lista de 
otras que aún se conservan hoy en aquellos va* 
lies, como el cantar de bodas, traducción, y 
quizás música, de los epitalamios griegos, y las 
lamentaciones por los difuntos, y saltó de pron- 
to con la declaración terminante de que la fa- 
mosa Jota que no solamente se canta en Ara- 
gón y Valencia, sino en Navarra y más arrib^^ 
hasta el nacimiento del Ebro en aquel valle de 
Campóo, era más española que africana (¡nunca 
había soñado yo que pudiera existir esa duda!) 
Y en seguida vinieron las probanzas originalí- 
simas. 

— Además — recuerdo que añadió, — conser- 
vamos en la Montaña el baile guerrero de hom- 
bres solos, semejante al zortzico vascongado y 
á la danza prima de Asturias, hijos todos de los 
bailes celtas y celtibéricos con que en las no- 
ches de luna llena se celebraba á un solo Dios 
iragamente conocido. 

Yo no sé si todo esto era creíble al pie de la 



PEÑAS ARRIBA 263 

letra y fundamento sólido para su tesis; pero 
desde lu^o era simpático como chispazo es- 
capado del martilleo sobre la principal, harto 
más seria y demostrable. 

Salieron á plaza también mis excursiones 
y entretenimientos desde que había llegado de 
Madrid. Díjele por dónde había andado y la 
cumbre más alta á que había subido en com* 
pañía de don Sabas. 

— Bien elegido estuvo el observatorio — me 
respondió, — aunque los conozco mejores toda- 
vía, como los conocerá don Sabas, si bien no 
tan á la mano como ese, que es lo suficiente 
para admirar la Naturaleza en uno de sus as- 
pectos más esplendentes un novicio en esas co- 
sas. Desde ese observatorio — prosiguió entu- 
siasmándose, — tendría usted á la espalda las 
rocas siempre nevadas en que vive á sus anchas 
la gamuza; más abajo el verde obscuro de los 
robledales junto al claro de las hayas. . . en fin, el 
oasis lebaniense donde la vid y el olivo vege- 
tan como en Andalucía, como en Rioja y Ara- 
gón, cuyas cumbres pudo divisar por el otro 
lado siguiendo la ondulante marcha del Ebro. 
Mirando al Norte, columbraría nuestro mar, 
nuestro Cantábrico tremebundo; y al Mediodía, 
la inmensa planicie de Castilla la Vieja. ] Her- 
mosa cátedra para una lección de Historia Mon- 
tañesal... Aunque lejos, se distingue también la 



264 OBRAS DB D. JOSÉ M. DE PBRBDA 

roca tajada que permite cerrar coa una portilla 
el puerto de Álibay el despeñadero en que vi- 
no á concluir la oleada mahometana rechazada 
en Covadonga; al Este, después de Reinosa y 
de la pantanosa llanura de la Vilga, una mon- 
taña bruscamente cortada como por la mano de 
un titán, dejando aislada una puntiaguda cum- 
bre: aquél es el Cuerno d$ Bezana, y á su mismo 
pie hay otras dos maravillas naturales: la cue- 
va de Sotos Cueva, cuyo fin nadie ha tocado, 
porque probablemente acaba en maravilla ma- 
yor: un largo subterráneo donde se sumen las 
aguas de todo aquel valle. Allí hubo otra ba- 
talla como la de Covadonga y en aquel mismo 
siglo, aunque no fué tan celebrada porque fue- 
ron vencedores los moros cordobeses. Al pie de 
otra sierra que se desprende hacia el Sur y 
vuelve al Este encadenando al Ebro, está Bra- 
Hosera, y poco más abajo Aguilar de Campóo, 
la manida de osos y el nido de águilas, princi- 
pio de otro raudal de hombres no menos ñeros» 
^ue después de asolar, al mando de Alfonso I, 
los campos góticos, fueron repoblándolos len- 
tamente de castellanos. En fin, para acabar 
pronto este bosquejo del gran cuadro que sólo 
puede apreciarse desde aquel punto de vista, 
si quiso usted recrear la suya en la contempla- 
ción de otra belleza más que las naturales, 
también la hallaría debida á las manos del 



r 



PEÑAS ARRIBA ' 265 

hombre: vería cruzar su espíritu de fuego ta- 
jando el cerro donde estuvo JuUobriga, hora- 
dando montañas como el rayo; y siguiendo 
con la vista su penacho de humo que ondula y 
desaparece entre los valles, divisaría en la pla- 
ya el fin de su viaje, Santander. Todavía mis 
ojos cuentan uno por uno sus palacios y casas 
principales, y descollando sobre todas, la de 
Dios, la Catedral. Pues con ser muchas y gran- 
des estas maravillas que usted vio, aún pueden 
verse más y mayores. Buena ocasión de ello 
tiene usted ahora, porque el observatorio está 
menos lejos de aquí que de Tablanca, y yo me 
brindo con mucho gusto á servirle á usted de 
guía. 

Agradecí en el alma la invitación; pero me 
excusé de aceptarla, fundándome en la promesa 
hecha á mi tío de volver á su casa al día si- 
guiente, y en los deberes profesionales de mi 
acompañante, que le obligaban á no alejarse 
por mucho tiempo de su partido. En rigor de 
verdad, me sentía yo muy poco tentado de lo 
que se me ofrecía, porque no estaba mi cuerpo, 
hecho alheña, para macerado de nuevo sin otro 
estimulante más enérgico que el de ver un pano- 
rama algo más extenso que el que ya había visto. 

— Como usted guste— me respondió el obse- 
quioso caballero,~y lo que más grato y cómo- 
do le sea. 



266 OBRAS DE D, JOSÉ M. DB PEREDA 

Hablando del camino que habíamos llevado 
hasta allí desde Tablanca, no podía omitirse 
lo de la casa de los Gómez de Pomar, ni lo del 
encuentro con uno de ellos en el pueblo de más 
arriba. Á todo este relato prestó grandísima 
atención nuestro huésped, pero sin decir una 
palabra durante ni después de él. 

Todas sus impresiones estallaron en un ges- 
to y un ademán en que se transparentaban, cen- 
telleando, la repugnancia y la conmiseración. 

La sobremesa había durado cerca de dos 
horas, como nos lo hizo notar el caballero juz- 
gando que desearíamos descansar; y como ésta 
era la verdad, aunque estábamos muy bien en- 
tretenidos á su lado, dióse por terminada la 
conversación, condújonos á nuestros respecti* 
vos dormitorios y encerróme yo en el mío, con- 
templando la cama, de anticuada forma, pero 
limpia y bien mullida, como la tentación más 
seductora de cuantas había sentido desde mi 
salida de Tablanca al amanecer de aquel día. 

Caí en el lecho como un tronco derribado, 
dudoso, en el crepúsculo de mi somnolencia, 
entre si me derribaban los quebrantos de mi 
fatigosa jornada de todo el día, ó el peso de la 
balumba de cosas que me había ingerido en el 
cerebro adormilado la inagotable erudición del 
solariego. Celtíberos, Agripa, legionarios, Au" 
gusto, cántabros, godos, mahometanos, Gua- 



r 



PBÑA8 ARRIBA 26/ 

dalete, Covadonga, Don Pelayo, las Cruzadas, 
Sotos-Cueya, panoramas esplendentes, campos 
sangrientos de batallas, rocas escarpadas, ne- 
gros y rugientes abismos, el Cantábrico, las 
danzas guerreras á la luz de la luna, los la- 
mentos por los difuntos. •. todo esto se movía á 
la vez y rechispeaba en las obscuridades de mi 
cabeza; y al desacordado son de sus estrépitos 
y al peso de sus feroces sacudidas me dormí* 
Pero siguió la danza de las visiones dándome 
tema para los delirios de mi sueño. Aquello pa- 
recía el fin del mundo: legiones enteras de ro- 
manos despeñándose por las laderas de los 
montes; masas de huestes africanas hinchendo 
los desfiladeros de Covadongay ahogándose en 
la propia sangre que corría por el fondo tene- 
broso de todas las barrancas; después, huyendo 
despavorida de la persecución de los fieros 
montañeses, otra masa, la de los sobrevivientes 
mahometanos, trepando Picos arriba entre los 
aullidos de la tempestad, para ir á despeñarse 
á la vertiente opuesta y bajar convertida en ri- 
meros de cadáveres con las enrojecidas aguas 
del Deva, hasta desaparecer entre el fiero oleaje 
del embravecido mar Cantábrico, que también 
ayudaba á los cristianos contra los moros. Águi- 
las y buitres cerniéndose sobre aquellas carni- 
cerías espantosas; picachos desgajándqse por si 
propios para consumar la obra exterminadora 



268 OBRAS DB D. JOSÉ M. DE PEREDA 

de los valientes mesnaderos de los señores go- 
dos de Cantabria; cuevas sin fin, obscuras, de 
•enormes antros, fríos y viscosos, repletos de 
moros y romanos descuartizados y hediondos; 
bostones inextricables en que se perdían la senda 
y la respiración; rocas tajadas sobre abismos in- 
sondables; gemidos de agonía entre gritos des- 
aforados de libertad; valles risueños inundados 
de luz; danzas, cánticps y juegos en sus prade- 
ras rozagantes, y paz y abundancia en sus hoga- 
res rústicos; después, la nube negra cargada de 
rayos y pedriscos, pasando sobre ello empuja- 
da por el soplo de ]os hombres malos, arrasan- 
dolo todo, haciendo estériles los campos fecun- 
dos y trocando en odios y en guerras implaca- 
bles y continuas, el amor y la paz que antes 
reinaban entre sus habitadores. Y á todo esto, 
en los campos de batalla, en los desfiladeros, 
en las escarpadas laderas, en todas partes donde 
había moros, ó romanos, ó gentes enemigas de 
la fe cristiana ó de las patrias libertades, ó del 
común sosiego ó de los fueros de la Justicia, se 
veía, veloz como la centella, fiero como el león, 
un hombre largo y enjuto, cabalgando en un 
rocín de escasa talla, sin casco ni armadura, 
con la cabeza descubierta y bañada en luz, el 
pelo revuelto y las barbas erizadas, entrando 
por lo más espeso de la refriega, enristrada la 
lanza... ¡qué digo lanza? un horcón de dos pun- 



PEÑAS ARRIBA 269 

tas, y con ellas desbaratando enemigos y lan-- 
zándolos al aire, como paja con el bieldo; vo- 
lando después, mejor que saltando, sobre los 
abismos, entre los bosques, y peleando incansa- 
ble é invencible hasta con las nubes cargadas de 
rayos y pedriscos y con los hombres malos que 
las empujaban contra la santa libertad de lo& 
pueblos y los fueros sagrados de la Justicia. Y 
aquel hombre incansable é invencible, i cosa 
extraña!... era el solariego en cuya casa estaba 
yo pasando la noche. 

Toda ella me duró la pesadilla, sin un ins- 
tante de reposo; y puedo afirmarlo, porque al 
despertarme con la fuerza de la emoción que me 
produjo la última harconada del caballero, diri- 
gida contra uno de los hombres malos que em- 
pujaban la nube negra, y resultó ser una per- 
sona de Madrid á quien yo conocía mucho de 
vista y de fama, observé que entraba la luz por 
el cuarterón de la ventana de mi dormitorio que 
había quedado á medio cerrar al acostarme. 
Salté entonces de la cama para acabar de des- 
pabilarme y de sosegar con ello el agitado es- 
píritu, y me asomé al cuarterón entreabierto^ 
¡Otra sorpresa! En el cercado inmediato estaba 
el solariego con el traje basto y las abarcas de 
tarugos, segando á más y mejor un retoño que 
parecía terciopelo salpicado de brillantes; y 
detrás de él iba otro segador que por más que 



51^. 



í 



270 OBRAS DE D. JOSÉ M. DB PBRBDA 

menudeaba las cambadas en la faja de prado que 
le correspondía, no lograba picarle las alma- 
dreñas. Con tal empuje y tal soltura tiraba el 
dalle el solariego. Por los lambíos que había 
tumbados ya y la hora que marcaba mi reló, 
poco más de las siete de la mañana, supuse que 
había comenzado la faena á punto de amanecer. 

En esto llamó á la puerta de mi cuarto Ne- 
luco que iba á despertarme, porque era largo el 
camino que nos aguardaba y debíamos apro- 
vechar de la mañana todo lo posible para andar- 
le. Entró, y mientras yo me aviaba, le referí 
minuciosamente lo del sueño, después de haber- 
le enseñado desde el cuarterón al solariego en 
la pradera. Le interesó el relato de mi pesa- 
dilla; pero no le sorprendiólo más mínimo ver 
al caballero segando y tan de mañana, porque 
le tenía bien conocido y sabía que madrugaba 
más que el sol. 

Una hora después nos desayunábamos en el 
comedor en compañía del solariego, no tan ele- 
gaote como por la noche, piero pulcro y aseado 
y mucho mejor vestido que cuando segaba. 
Acordóse allí que fuera nuestra salida á media 
mañana, á más tardar; y para aprovechar bien 
el escaso tiempo que teníamos disponible hasta 
entonces, se abrevió la sobremesa y nos llevó 
el obsequioso huésped, acompañado de Neluco, 
á una solana que dominaba bien el valle, sobre 



PBÑAS ARRIBA ^Jl 

el que me dio nuevos y curiosos informes, 
concluyendo por aconsejarme que no hiciera 
caso de los hidrólogos que sostienen que los 
manantiales del Ebro son ñUraciones del Hf- 
jar, porque él mismo había estimado los nive- 
les de ambos ríos, y resultaba mucho más alto 
el del primero que el del segundo, sin contar 
con que las aguas de uno y otro son de dife- 
rente color. 

Después me habló de la torre que se veía 
muy bien desde allí, y lo que sobre ella me di- 
jo, por convenir en todo ó en gran parte á otras 
muchas semejantes de la Montaña, merece los 
honores de no ser olvidado. El edificio está 
deshabitado desde el siglo xv» y ruinoso, por 
consiguiente, en particular por dentro, razón 
por la que me Is explicó el solariego desde afue- 
ra y del siguiente modo, palabra más ó menos: 

— La disposición que tienen sus pisos (el 
bajo, bodega y saladero de carnes; el principal, 
que parece fué salón de recibo y banquetes, y 
los dos últimos que se comunican por medio de 
trampas al fin de cada escalera) demuestra que 
ni de los domésticos se fiaban los amos. En el 
último piso se hallan ventanas más altas y 
adornadas, con asientos de piedra á los lados, 
que servirían á las castellanas y sus hijas ó 
criadas para ocuparse en labores de su sexo. 
Repare usted que no tiene almenas, sino un 



272 OBRAS DB D. JOSÓ M« D£ PBRBDA 

parapeto ó prolongación de la pared, á mayor 
altura que el tejado, cuyas aguas salen al este* 
rior por gárgolas de piedra. Y si este parapeto 
servía para ofender á los que intentaran soca* 
var los cimientos de la torre, la disposición de 
su ferrada puerta, como usted ve, no al medio» 
sino á un costado de esta fachada de Occiden- 
te, hace creer que se flanqueaba la entrada por 
medio de un balcón saliente, de piedra con 
matacanes ó saeteras, situado en el centro y á 
la altura del primer piso, donde ahora se ve 
esa ventana cuadrada, mal acomodada al arco 
de salida que interiormente se conserva, y no 
hay en los otros dos frentes» provistos de ven- 
tanas ojivas ó trevoladas, mientras el del Norte 
sólo tiene las saeteras ó aspilleras de todos.. • 
Vea usted sobre la puerta un pequeño escudo: 
acaso es el único que se conserva de los primi- 
tivos que se usaron, porque no tiene cimera ó 
celada; y en la orla de dos rios^ toscamente di- 
señados, se ven armas y trofeos militares, aún 
más confusos, que algunos han tomado por le* 
tras desconocidas, y á otros se les antojaron 
cabezas de serpientes, cuando eran ellos los 
que no conocían las catapultas, escorpiones y 
bodoques usados como máquinas ofensivas an- 
tes de la invención de la pólvora, ni la caldera 
y pendón, insignia de los ricos-hombres ó cau- 
dillos de mesnada. Estas señales y la certidum«» 



PBÑAS ARRIBA 273 

bre de que en España no se figuraron armas de 
linaje hasta fines del siglo xii, y muy poco 
después se introdujo la arquitectura ojival que 
se nota en la puerta y ventanaje de la torre, 
me hace fijar su construcción á principios del 
siglo xiii, tal vez por el mismo señor cuyo cas- 
tillo roquero de poco más abajo de aquí, fué 
derribado en pena de alguna rebelión de las 
que solía promover por aquel tiempo la casa de 
Lara, extendida en muchas ramas por este va- 
lle y los inmediatos, y reprimida con mano 
fuerte por el Rey D. Fernando, como su nieta 
Isabel la Católica extinguió los bandos de Cas- 
tilla en que esta torre y otras se hicieron no- 
tar. También es de advertir, como resto de la 
independencia y tenacidad cántabras, que en 
estos edificios á ella agregados, donde se no- 
tan detalles del siglo xv junto á obras del xvi 
y siguientes hasta del actual, no hay ningún 
otro escudo que el de la torre, ya descrito, si 
bien dos puertas interiores de esta casa que hi- 
zo el Alcaide de Argüeso, cuyo castillo le cho- 
có á usted tanto ayer, según me han dicho, en- 
tonces condenado á muerte y salvado por la 
influencia de su pariente el Duque del Infan- 
tadOy tienen escudos lisos, no sé si para ser la- 
brados allí, aunque esto se haría mejor antes 
de ponerlos en su sitio, ó por haber sido pica- 
dos en pena de las Comunidades^ que siguieron 
TOMO XV 18 



274 OBRAS 1>B D. JOSÉ M. DB PBRBDA 

y acaudillaron en este país el señor de esta ca- 
sa y el de la de Hoyos, hermano de Juan Bra- 
vo, el descabezado en ViUalar... Y se acabó la 
historia, porque desde entonces, amigo mío, 
las casas de mayorazgos y parientes mayores 
de la Montaña, no tuvieron poder más que pa- 
ra pleitos, ó para poner una pica en Flandes» 
un aventurero en América, ó un voluntario co- 
mo el manco insigne de Lepante, mientras los 
Grandes se disputaban, por las antecámaras 6 
retretes de Palacio, los virreinatos y encomien- 
das, 6 las llaves de su servidumbre. Pero más 
comunmente vivieron los señores montañeses 
retirados en sus casonas y mayorazgos, prefi- 
riendo ser los primeros de su aldea, á cualquier 
puesto de la corte, aunque sus segundones se 
hicieran, por su cabeza ó por sus puños, obis- 
pos y generales, ó trajeran de América con qué 
adquirir títulos y mujeres, de quienes, á la 
vuelta de pocas generaciones, se pudiera decir 
lo que de los dineros del sacristán. 

Dicho todo esto, como quien no dice nada 
ni se paga mucho ni poco del valor de lo que 
dice, y que á Neiuco y á mí nos habíacautivado 
bastante más que los pedruscos mohosos de la 
torre, cuya importancia histórica y arqueoló- 
gica no desconocíamos, se encogió de hombros 
el solariego volviendo la espalda al edificio, y 
enlazándonos á los dos por la cintura con sua 



PBÑAS ARRIBA 275 

brazos, nos arrastró hacia el interior de la casai 
<liciéndono8 al propio tiempo: 

— Ahora, en seguidita, á prepararse para la 
oiarcha, puesto que se empeñan ustedes en 
volverse hoy, porque los días son ya muy cor» 
tos y no hay tiempo que perder. 

Andando así, hablé al solariego de sus obras, 
declarándole honradamente que no las había 
leído. 

— No me extraña ni me duele — me contestó, 
— porque otros hay con más obligación que 
usted de conocerlas, y ni siquiera saben que 
están escritas, ni que sea yo capaz de escribir 
libros. Andan así las cosas, y ya se irán arre- 
glando de otro modo, si Dios quiere. Entre 
tanto, yo tendré muy regalado gusto en ofre* 
cérselas ahora mismo, sin comprometerle por 
ello á que las lea. No pago yo con impuestos 
tan gravosos el lavor y la honra que me dis- 
pensan personas tan bien nacidas como usted, 
hospedándose en mi casa. 

Mostróme, como pude y supe, agradecido á 
la fineza; llegamos al despacho; dióme él los li- 
bros, con la honrosa auténtica de su dedicatoria 
autógrafa; previno el mozo las cabalgaduras en 
el corra] ; bajamos á él los que estábamos arriba; 
hubo abajo las despedidas, las congratulacio- 
nes, las protestas y los apretones de manos que 
fácilmente se imaginan; montamos, al fin, Ne*^ 



2j6 OBRAS DE D* JOSÉ M. DE PEREDA 

luco y yo; volvimos á despedimos desde las aU 
turas de nuestros respectivos jamelgos; respon- 
diónos el caballero con reverencias y con pala- 
bras que ya no oíamos bien; descubrímonos» 
por último, mientras revolvíamos los caballejos 
hacia la portalada, que estaba abierta de par en 
par; picamos recio; salimos, y á buen andar, 
me puse al costado de Neluco, que, como es de 
presumir, dirigía la caminata. 

Pero yo no me fijé siquiera en la dirección 
que tomábamos, porque me sentía repleto del 
señor de aquella torre, por su saber, por su 
bondad, por su talento y por sus cosas tan sin- 
gulares y tan nuevas para mí, y no tenía otro 
deseo que el de verme á solas con Neluco para 
acosarle á preguntas y saber más y más de todo 
aquello. Como si adivinara mis deseos el me- 
diquillo de Tablanca, en cuanto me tuvo á su 
lado sacó á plaza el asunto de este modo: 

— ^Ayer le prometí á usted, por la mañana, 
indemnizarle con creces por la noche de los 
penosos ratos que le proporcioné con el cono- 
cimiento de su pariente Gómez de Pomar* ¿He 
cumplido mi promesa? 

— ¡Oh! — le respondí, — ^y con mayores creces 
de las que usted pudo esperan*. Pero dígame 
usted, Neluco^añadí arrimándome más á 61, 
— este hombre, por sus prendas excepcionales 
de carácter y de saber, gozará de un gran pres- 



I 



PBÑA8 ARRIBA 277 

tigio y merecerá el respeto de todos, no sola* 
mente en su valle, sino en la provincia entera» 

Sonrióse Neluco amargamente, y me replicó: 

— ¿Prestigio... respeto, dice usted? Pues sír- 
vale de gobierno que ese hombre no está en im 
correccional, por un milagro de Dios. 

Quédeme estupefacto. Observólo el médico 
y me dijo echándose á reír: 

^No vaya usted á creer que se trata de otro 
pájaro por el estilo del hidalguete de Promi- 
siones. 

— Me parece que con las señas que empeza- 
ba usted á darme... 

— Efectivamente; pero con ellas y todo (por- 
que no las tacho ni corrijo}, ya verá usted cómo 
no hay motivo para que se le desvanezcan las 
ilusiones que se ha forjado. Ese hombre es todo 
lo que usted ha visto y mucho más que vería si 
continuara tratándole y observándole de cerca. 
Vería usted entonces que su corazón es tan 
grande como su inteligencia; que es todo él es- 
píritu de caridad sin límites é inagotable, como 
el Océano; que en actos de ella arriesga cien 
veces la vida, porque abundan, desgraciada- 
mente, las ocasiones de hacerlo durante las in* 
clemencias invernales en estos desamparados 
desfiladeros; que habiendo corrido el mundo y 
teniendo en él deudos encumbrados y valedores 
poderosos, ha preferido á lo más solicitado por 



278 OBRAS DE D. JOSÉ M. DE PEREDA 

las vulgares ambiciones, las estrecheces y obs- 
curidades de su valle nativo, cuya prosperidad 
es su manía; que además de la religión divina 
de su fe cristiana, inquebrantable, tiene la te- 
rrena del honor y de la Ley justiciera é inco- 
rruptible; que es tal la integridad de su con- 
ciencia, que si un día llegara á reconocerse de* 
Hncuente y no hubiera juez que persiguiera su 
delito, él se declararía juez y hasta carcelero de 
sí propio; que tiene la pasión de los débiles y 
de los menesterosos y de los perseguidos, el 
ansia inextinguible del saber y el delirio por las 
glorias de su patria; que los desafueros contra 
el bien común le exaltan y embravecen... y, por 
último, que es el hombre que usted adivinó en 
su pesadilla de anoche, gastándose la vida y el 
patrimonio en lidiar valerosamente, sin punto 
de sosiego, contra todo linaje de inñeles. Con 
tales condiciones de carácter, este hombre hu- 
biera sido en los siglos medios caballero andan- 
te ó cruzado; pero le tocó nacer en estos tiem- 
pos descoloridos y prosaicos, y sus arremetidas 
andantescas le resultan muy á menudo quijota-^ 
das, hasta por los descalabros... Porque este sol 
tiene manchas también (y no lo sería si no las 
tuviera); y aimque estas manchas, bien obser- 
vadas, no vienen á ser otra cosa que extrema- 
das exaltaciones de sus grandes virtudes, al 
cabo son manchas, y por el lado de las manchas 



í 



PEÑAS ARRIBA 279 

solamente, le estima y justiprecia el vulgo» rey 
y soberano que no entiende pizca de claro-obs- 
daros. Y como hoy todo es vulgo» leyes inclu- 
sive, deduzca usted por consecuencia hasta el 
correccional de que le hablé antes. 

—No puedo deducir eso tan fácilmente como 
usted cree, — ^respondí á Neluco, porque no es- 
taba yo conforme en que las cosas anduvieran 
tan mal como él las pintaba. 

— Pues lo explicaré mejor con un ejemplo — 
replicó Neluco. ^Figúrese usted que, según 
declaran las leyes fundamentales del Estado, 
todo ciudadano tiene la facultad de evitar la 
comisión de un delito, siempre que pueda, y 
presuponga en seguida que nuestro hombre to- 
ma el precepto legal al pie de la letra, y trata de 
cumplirle en la primera ocasión que se le va á 
las manos. Ya está evitado el delito, con todas 
las consecuencias naturales de una resistencia 
obstinada, y muy natural también, de parte del 
delincuente. Pero álzase éste en queja del airo" 
pello, y comienzan los trámites reglamentarios, 
y viene la ley con sus distingos y sutilezas ca- 
suísticas, y hete á nuestro hombre pagando los 
vidrios rotos y quizás á las puertas de la cárcel, 
como un salteador de caminos. Y hay casos de 
ello. 

—¿Por qué? 

— ^Pues unas veces, porque «esa es la Ley,» 



28o OBRAS DE D. JOSÉ M. DB PBRBDA 

que parece hecha de intento para amparar de* 
lincuentes; y otras muchas» porque hacia es% 
lado la empujan... aquellas nubes negras que 
tanobién vio usted anoche en su pesadilla. 

— No lo creo, y usted perdone. 

—¡Dichoso usted! 

— Pero ¿qué razón hay, puestos á creer en 
esas nubes» para que no favorezcan á nuestro 
amigo y sea condenado el otro? 

— La razón del tmal nuevo,» que tambiéa 
nos mencionó él anoche. 

— Será así; pero no lo entiendo. 

— Pues sigamos con el ejemplo imaginado, y 
supongamos que el delincuente victorioso es ua 
arbitrista de nota, hombre de veta soez y peor 
entraña, logrero y trapisondista, pero bien re* 
dondeado de caudales. Suponiendo esto, bien 
puede suponerse que este hombre es caudillo 
de un apretado escuadrón de sumisos mesna- 
deros, que entran en las batallas que hoy se 
usan como un rebaño de borregos; 6 que tiene 
arte diabólico para manejar los cubiletes y 
trampantojos de esa farsa, á su completo gus- 
to; ó que si no tiene nada de ello, sabe buscar- 
lo por cualquier camino, y que sabe, además» 
el valor que esas habilidades representan en el 
derecho flamante, y la manera d^ negociarlas. 
Pues lo menos con que se pagan hoy esos me- 
recimientos, es una patente de corso con la que 



PEÑAS ARRIBA aSx 

«ntraü á saco en cuanto abarca su extensa ju* 
risdicción, el corsario 6 sus protegidos^ hasta 
en los alcázares de la Ley. Este es el cmal nue- 
voi á que aludía nuestro amigo, que por pa- 
sarse de honrado, ya no tiene mesnadas con 
que servir bajo el pendón de los modernos se- 
ñores, esos que mandan en las nubes negras 
que son sus delegados omnipotentes y hacen 
mangas y capirotes, en propio beneficio, de las 
leyes sin vigor y del esquilmado suelo de la 
patria. Le dije á usted en una ocasión, hablan- 
do de lo que hoy tenían que hacer los hombres 
cultos y de buena voluntad en los pueblos ru- 
rales para conseguir en ellos lo que don Celso 
y sus antecesores en el suyo, que no en todas 
partes se lograba el mismo fruto; que hasta ha- 
bía mártires de ese heroico trabajo, y que qui- 
zás tuviera usted ocasión de conocer á alguno 
de ellos. Pues ya le ha conocido usted en el 
s^or de la torre de Provedaño. Ese hombre 
insigne, con todo su saber, con todas sus virtu- 
des, con todos sus timbres de ilustre linaje, 
con todos sus sacrificios enderezados al bien y 
á la gloria del suelo en que ha nacido y de la 
patria entera, es un mártir de su trabajo de Sí- 
sifo incansable. 

No tenía yo, descuidado madrileño, juicio 
formado sobre esos males nuevos y esas nubes 
negras, á pesar de haber soñado con la mitad 



282 OBRAS DB D. JOSÉ M. DB PBRBDA 

de ello la noche antes como en profecía de lo 
que había de pintarme Neluco al día siguiente; 
pero recordando vaguedades y lugares comu- 
nes que á propósito de tan delicada materia 
había leído muchas veces maquinalmente en 
los periódicos ú oído sin atención en conversa- 
ciones de café, y uniéndolo todo á lo dicho por 
Neluco, y á lo que, durante un buen rato, con* 
tinuó diciéndome todavía, y, sobre todo, por 
la complacencia que yo sentía en engrandecer 
más y más la idea que me había formado del 
Caballero de la torre, acepté de buena gana to- 
dos los pareceres del médico, y así fuimos en- 
treteniendo la subida de la sierra, primera par- 
te de nuestra larga jornadar Para hacérmela 
aún más placentera, refirió Neluco algunos ras- 
gos de aquel hombre singular, y entre ellos el 
siguiente, que le pintaba de pies á cabeza: 

En cierta ocasión se le ocurrió á un conve- 
cino suyo, que ya no era mozo, ir á mirar un 
poco por el ganado que tenía en el invernal, 
distante de Provedaño una jornada de medio 
día, á un buen andar por los altos montes, cara 
al Este. El día era de diciembre. Estaba el 
cielo gris; afeitaba el cierzo de puro frío; y 
aquella misma noche cayó una nevada de dos 
palmos. Nevando desde el amanecer y helando 
desde que anochecía, pasó más de media se- 
mana, y no volvía á Provedaño el hombre que 



PEVikS ARRIBA 983 

había ido al invernal, ni se conocía su parade* 
To. Entérase del suceso el señor de la torre, 
que no había salido de casa en ese mismo 
tiempo por no hacer falta fuera de ella; lánzase 
de un brinco al corral; toma el camino del pue* 
blo, volando, más que pisando, sobre la espe- 
sa capa de nieve que le tapiza y emblanquece, 
como al lugar, como al valle entero y como á 
todos los montes circunvecinos; llega, golpea 
con su garrote las puertas, cerradas por mie- 
do á la glacial intemperie; ábrense al fin una á 
ima; pregunta, indaga, averigua, estremécese, 
indígnase, amonesta, increpa, amenaza donde 
no halla las voluntades á su gusto; y, por últi* 
mo, endereza á garrotazos las más torcidas, 
hasta conseguir lo que va buscando: media do- 
cena de hombres que le acompañen al invernal 
en que debe de hallarse, bloqueado por la nieve, 
si no muerto de hambre 6 devorado por los lo- 
bos, su infeliz convecino, que, contando vol- 
ver á la mañana siguiente, no había llevado 
otras provisiones de boca que ua pan de cuatro 
libras; hace buen acopio de ellas; exhorta á los 
seis que le rodean poco resueltos; aaímanse y 
se enardecen al cabo, porque son buenos y ca- 
ritativos en el fondo; emprenden la marcha los 
siete monte arriba, monte arriba; y anda, anda» 
anda, cuando llegan á trasponer las cumbres de 
Palombera, sienten dolorido el pecho, como si 



184 OBRAS DB D. JOSÉ 11. DB PBRBDA 

«1 aire que aspiran llevara consigo millones de 
puntas aceradas, y una torpeza y un quebranto 
en las rodillas, cual si fueran losas de plomo 
ios barajones que arrastran sus pies; confórtan- 
se un poco con un trago de aguardiente que be- 
ben á la fióla; y anda, anda sin cesar, á veces 
se ven envueltos en remolinos de nieve cerni- 
da, desmenuzada y sutil, que les impide hasta 
la respiración y que, por fortuna, pasan como 
una nubécula más de las que se ciernen y va- 
gan errabundas sobre la montaña; el mismo se- 
ñor de la torre, de complexión de hierro y que 
camina siempre delante, nota que le va faltan- 
do su indomable fortaleza; que los miembros 
se le entumecen, que no puede modular una 
sílaba con sus labios contraidos por la frial- 
dad; que están yertas, insensibles sus manos 
amoratadas; empieza á temer algo serio, y no 
por él, seguramente, y salta, brinca, se frota, 
se golpea, grita y aulla como un salvaje... todo 
menos vacilar y detenerse, ni dejar un instan- 
te en reposo un músculo ni una ñbra de su 
cuerpo; y luego canta y se chancea mientras 
anda, para alentar y dar ejemplo á los que van 
á sus órdenes y le siguen en el silencio abso- 
luto, aterrador, de aquellas alturas solitarias 6 
inclementes. Al fin quiere Dios que columbren 
el invernal, que les queden fuerzas bastantes 
para llegar á él, que lleguen vivos y que en- 



I 



PBÑAS ARRIBA 285 

cuentren adentro lo que van buscando. £1 
hombre está allí; pero á punto de morir de ham* 
bre y de frío y de desconsuelo. Mientras unos 
le confortan un poco con bebidas y con pala- 
bras, otros encienden una fogata que le vuelve 
el calor, que también les faltaba á todos. Tras 
de la bebida espirituosa, el señor de la torre 
va alimentando con prudencia al hambriento y 
aterido, que devora, más que come, cuanto le 
ponen delante de la boca. Ya hay hombre; pera 
alelado, taciturno y entristecido. Es precisa 
curar también aquella tristeza; y manda que le 
cuenten algo entretenido los que sepan cuentos 
6 romances. Nadie de los seis sabe una palabra 
de esas cosas; pero el señor de Provedaño sabe 
de memoria libracos enteros, y enjareta en V07r 
alta y resonante medio poema del M(o Cid^ 
Como si callara. El hombre no chista, ni si- 
quiera presta atención. Hay que hacer más, y 
manda que se cante al uso de la tierra; pero na- 
die está en voz ni para ello, y canta él á grita 
pelado tonadas del valle nativo, y hasta A pre- 
facio de la misa del día del CorpnSf la más so- 
lemne y r^orjeada del año. En esta prueba,, 
ya mira el hombre al cantor y muestra algún 
deleite en oirle. Pues hay que echar el restor 
]á bailar todo el mundo!... Y como nadie se 
mueve, baila él como un desesperado á lo alta 
y á lo bajo, y después la jota aragonesa, y» por 



286 OBRAS DE D. JOSÉ M. DE PBRBDA 

Último, un zapateado que arranca al entonteci- 
do una exclamación de asombro y una risotada 
de alegría, y al caballero, ya descuajaringado 
y jadeante, estas palabras que parecen, por el 
tono, una maldición: c ¡acabaras, hijo de una 
cabra! i 

Todos ya cen buen amor y compaña,» des- 
cansan, se calientan, hablan, comen; se acaba 
el día, duermen, amanece el siguiente, claro, 
sereno y radiante de sol, y se vuelven los ocho 
á Provedaño por encima de la nieve congela- 
da, como si nada hubiera sucedido. Todo esto, 
narrado por Neluco minuciosamente, tenía que 
oir. 

Pasados el puerto y los desfiladeros inme- 
diatos, y rezada en la ermita del otro lado de 
la vadera la Salve de costumbre, logré ver á la 
luz del sol de media tarde, el resto del camino 
hasta Tablanca, por el que siempre había pa- 
sado de noche; el cual no me pareció tan pro- 
fundo ni tan peligroso como yo le había ima- 
ginado entre tinieblas. Llegamos al fin, y des- 
pués de saber á la puerta de mi casa por Chis- 
co, que no había novedad arriba, despedímonos 
el médico y yo thasta luego,» y continuó él 
andando hacia la suya. 



XVI 




o había que pensar ya en nuevas ex- 
I cursiones por la montaña: con la úl- 
tima se habían agotado mis fuerzas y 
' colmado la medida de mi poco exi- 
gente curiosidad. £1 cuerpo y el alma me pe* 
dían reposo durante algunos días; y después... 
Pero ¿habría después cosa nueva en que dis- 
traer mis ocios interminables? ¿Volvería á en- 
contrar interés en lo visto y gozado ya? Y en 
caso afirmativo, ¿me permitirían esos lujos los 
invernizos temporales que, por milagrode Dios, 
no se habían desencadenado aún sobre Ta- 
blanca y sus contornos? Por de pronto, la vida 
que había hecho durante aquellas dos semanas» 
muy corridas, de plácida y bien soleada tem- 
peratura, no había dejado de darme frutos muy 
dignos de estimación. Con mis correrías ince* 
santes, si no logré hacerme á la tierra tan pron- 
to y tan completamente como esperaba mi tío 



288 OBRAS OB D. JOSÉ M. DB PBRBDA 

y lo deseaba yo, cuando menos mataba el tiem* 
po de día y hallaba por la noche temas abun- 
dantes para amenizar un poco la tertulia de la 
cocinona y las conversaciones de la mesa de mi 
tío; comía con excelente apetito, y los condu* 
mios de la mujer gris y de su repolluda hija me 
sabían á gloria; sentíame animoso y fuerte» y 
me dormía como una marmota en cuanto ten- 
día el cuerpo sobre la cama; descuidaba mucho 
la lectura de los periódicos que recibía de Ma- 
drid, y al escribir á mis amigos ya no iban mis 
cartas empapadas en el tinte melancólico de los 
primeros días; íbame pareciendo más llevadera 
la visión incesante de los peñascos en mi derre- 
dor, y la miserable cortedad de los horizontes no 
me asfixiaba; en fin, que si no me había thecho 
á todo,» concebía ya la posibilidad de ello. 

Dígalo, si no, el ejemplo de la tertulia: al 
principio me era insoportable; y cada tertulia- 
no, nuevo para mí, que se presentaba en ella, 
me parecía más zafío y más insulso que los an- 
teriores; no hallaba chiste en sus humorismos 
expresados en un lenguaje mutilado y conven- 
cional, ni motivo, por lo tanto, para algunas ri- 
sotadas vergonzantes que hasta llegaban á inco- 
modarme, como si me ofendieran; hastiábame 
la simplicidad de los asuntos quemas les inte- 
resaban á ellos, y sin poderlo remediar acor- 
dábame del resobado lamento del poeta latino 



PBÑAS ARRIBA 289 

desterrado en el Ponto: el bárbaro parecía yo, 
que á nadie entendía ni de nadie era entendido 
allí. Intentaba buscar en mis libros y periódi* 
eos, en la soledad de mi habitación, el remedio 
contra estos aburrimientos de la cocina; pero el 
temor de que lo tradujera mi tío en señal de 
menosprecio de sus rudos tertulianos, me con- 
tenía. Viéndome forzado á alimentar el espíritu 
de todo ello, llegué poco á poco á paladearlo 
sin repugnancia, y muy pronto acabé por en- 
contrarlo agradable á falta de cosa mejor. Lo 
mismo me había pasado con los condumios de 
Facía. Aprendí el valor castellano de los mo- 
dismos locales con que se alimentaban y entre- 
tejían las conversaciones de la tertulia, y el roce 
obligado y continuo con ellas me dio el cono- 
cimiento que me faltaba de las materias conver- 
sables. Y ya estaba hecho el milagro; porque 
sabido y de sentido común es que no hay cosa 
que nos interese mientras la desconozcamos; y 
como corolario de este axioma, que, por mí- 
nima que ella sea, nos resulta interesante en 
cuanto la conocemos. Valga el ejemplo de un 
amigo mío tocado de la pasión de hacer pali- 
llos de dientes^ sólo porque domina el arte con 
rara habilidad. 

Ello fué que en la primera semana ya metía 
yo mi cuchara en las conversaci ones y porñaba 
en serio con aquellos rústicos sobre temas de su 
TOMO XV 19 



290 OBRAS DE D. JOSÉ If. DE PBRBOA 

alcance que empezaba yo á penetrar; que iba 
distinguiendo los caracteres, las triquiñuelas y 
zunas de cada uno, y que me sentia muy hala- 
gado por los elogios de todos ellos á mis proezas 
de excursionista y de cazador. Mi tío se bañaba 
en agua rosada con estas cosas» porque las to- 
maba por señales de mi rápida aclimatación; y 
yo me complacía en ver con qué escaso esfuerzo 
de mi parte le proporcionaba uno de los pocos 
goces á que podía aspirar ya el pobre viejo. 
Después, mis visitas al pueblo, el caso deFacia 
relatado por Chisco, la adquisición de la amis- 
tad del médico y lo que con todo ello se fué en- 
lazando naturalmente» dieron nuevo empuje á 
esta buena tendencia mía y me infundieron 
mayor apego á las cosas y vicisitudes de aque- 
llas sencillas gentes. Veía con gusto aumentar- 
se de día en día la tertulia, y estudiaba la ca- 
tadura y el carácter de cada tertuliano nuevo 
para mí, con el mismo interés que si se tratara 
de un recién llegado á los salones de la Medi- 
naceli; y si, por ejemplo, me decía mi tío á la 
oreja cuando se presentaba uno en la cocina 
por primera vez en la temporada: tese tiene la 
gracia de Dios para contar cuentos»» sentíame 
tocado de igual curiosidad que si en una fiesta 
aristocrática me dijeran: tese que acaba de 
llegar es el orador que ha derribado esta tarde 
en las Cortes al Gobierno»» ó f el autor del li- 



PBÑAS ARRIBA 29 1 

bro H Ó del drama Z.i Tenía razón Neluco 
cuando me afirmaba que el hombre de inteli- 
gencia cultivada lleva en sí propio los recur- 
sos necesarios para vivir á gusto en todas par- 
tes con tal de que no trueque los cabos de la 
polea ni se empeñe en subir lo que está abajo, 
en lugar de bajar lo que está arriba, hasta con- 
seguir el nivel de ideas apetecido para un fin 
determinado. 

Lejos de corregir el juicio que había forijaado 
yo del temperamento de los tablanqueses al 
verlos pasar f como quien dice, en el porche de 
la iglesia ó en las callejas del pueblo, me afirmé 
más y más en él cuando los traté de cerca en la 
cocina de mi tío y logré estudiarlos en pleno 
ejercicio de todos sus componentes físicos é in- 
telectuales; porque allí y sólo allí era donde ex- 
ponían y ventilaban los asuntos más importan- 
tes de su vida, al calorcillo de las fogatas de la 
cocinona y bajo la presidencia de don Celso, 
que siempre daba en el clavo de lo mejor y 
más conveniente, lo mismo con una cuchufleta 
que con un dictamen formal. Eran, sin excep- 
ción de uno solo, parsimoniosos en extremo y 
de blanda condición; y en sus tiroteos de bro- 
ma, á los que son muy aficionados, despilfarra^ 
ban las metáforas, llenas de colorido local, 
gribas para mí al principio, y muy donosas 
después que supe traducirlas á mi lengua. íbame 



292 OBRAS DB D. JOSÉ M. DE PEREDA 

pareciendo la de ellos, entre tanto, más dulce 
y cadenciosa de ritmo cuanto más Ja oía sonar. 
El cura don Sabas concurría muy á menudo 
y tan soso como la primera vez; pero á mí ya 
no me lo parecía después que le había visto tan 
elocuente sobre los riscos de la montaña: consa- 
grábale por eso cierta veneración, independien- 
te de la que le debía por su vestidura y por 
sus virtudes, y se me antoja que no lo descono- 
cía él ni le desagradaba. C orno que se había 
jactado más de una vez de lante de mí, de que 
con esas ataduras había de amarrarnie él á la 
tierra de mis mayores, y para siempre jamás, 
tper sacula saculorum:» así, hasta en latín, había 
recalcado la jactancia. Don Pedro Nolasco sólo 
dos ó tres veces había vuelto á la tertulia; y 
eso tpor ser yo quien era ,» porque se arreglaba 
ya muy mal, á los años que tenía, con las as- 
perezas de los callejos en la obscuridad de la 
noche, aunque llevaba linterna. Neluco frecuen- 
tó más la cocina al principio que al ñn de aque- 
lla temporada, y yo creo que lo hizo con el fin 
caritativo de abreviarme el período de •acli- 
matación,! porque le notaba yo muy diligente 
en echar hacia mí los temas de las conversacio- 
nes, en traducirme las metáforas y en ayudar á 
mi tío en su incesante tarea de avivar los fue- 
gos de la tertulia aguijoneando á los concurren- 
tes más activos. 



PEÑAS ARRIBA 293 

Allí conocí al Topero, el padre de Tanasia, 
y á Pepazos, el novio preferido á Chisco por 
el Topeto para su hija, al decir del Tarumbo 
que también se descolgaba á menudo por la co- 
cinona. £1 Topeto era un hombre de mediana 
edad, cuadradote de espaldas y algo rojo de 
greñas, poco hablador y muy hábil en la labor 
que llevaba á la tertulia (era raro el tertuliano 
que iba sin ella): c pintar» abarcas con la punta 
de su navaja. Despachaba tres ó cuatro pares 
cada noche, por lo que tenía buen repuesto de 
ellas en preparación en casa de mi tío, como le 
tenían otros de cebillas, de colodras, y hasta de 
¿anillas (tiras finas de avellano) para hacer ma-- 
conas (cestos grandes), porque aquélla parecía 
por esa y otras señales, la casa de todos... hasta 
para establecer en ella su oficina, cuatro veces 
cada año, el cobrador ambulante de contribu- 
ciones. 

Pepazcs era un Alcides capaz de echarse 
sobre sus hombros fornidos el mismo peñón de 
Bejos á poco que se le hurgara el amor propio; 
coloradote, mofletudo, con las cejas unidas y 
muy peludas sobre unos ojazos de buey. Ese 
pulía y remataba zapitas, que con ser la que 
menos capaz de dos azumbres de leche, no se 
veía sobre sus muslos bombeados y entre sus 
manos grandonas. Trabajaba muy de prisa, 
pujaba mucho en sus arremetidas á contraveta. 



1394 OBRAS DE D. JOS¿ M. DE PEREDA 

y en los cambios de postura; y fuera de su la- 
bor, nunca estaba atento á nada más que la 
poco qtje se le ocurría al Topero, y eso para 
celebrárselo con una risotada que jamás venía 
al caso. Yo solk mirar entonces á Chisco que 
siempre andaba en el último rincón de la ter- 
tulia; pero el condenado de él, ó no había caí- 
do en la malicia, ó se hacía el desentendido. 
No pudiendo acomodarme á las injustas prefe- 
rencias del Topero, complacíame algunas ve- 
ces en ponderarle, trayendo el asunto por los 
cabellos, las valentías de Chisco y sus prendas 
de mozo casadero, de las que, á mi modo de 
ver, debían estar codiciosas las mejores mo- 
zas de Tablanca. ¡Válgame Dios, qué pujar 
entonces el de Pepazos, qué sudar el de sus 
carrillos, qué revolcones los suyos sobre el 
banco, qué bailar entre sus manos aceleradas 
el de la zapita, mientras el Topero metía por 
la almadreña la cara envuelta en humaredas de 
la pipa de rabo corto que nunca retiraba de sa 
boca! En estos casos ya se clareaba Chisco un 
poco más, y le notaba yo el gozo con que sa- 
boreaba los atragantas de su rival, y hasta me 
pagaba el favor en una mirada dulzona, con su 
poco de guiñada. Y eso que estaba yo conven- 
cido de que llevaba la carga de sus amores con 
la misma acompasada parsimonia que las lle- 
vaba todas y me acompañaba á mí por los ve* 



PBÑAS ARRIBA 295 

ricuetos y hondonadas de los montes. Pero hay 
siempre en el corazón del hombre más honrado 
una fibra de perversidad mal dominada que le 
procura un goce en la mortificación de su veci- 
no, con un pretexto de caridad mal entendida; 
y yo creo que una fibra de esa mala casta era 
la que me impelía tan á menudo á mortificar 
al pobre Pepazos y al Topero, más bien que el 
propósito de favorecer á Chisco, que quizás no 
lo necesitaba ó no lo echaba de menos. 

El Tarumbo no llevaba nunca labor propia; 
pero, en cambio, estaba siempre pendiente de 
la que hacían los demás. Cuando el Topero 
terminaba un par de abarcas, le traía otro del 
montón de las que tenía preparadas, y lo mis- 
mo hacía con las zapitas de Pepazos y con las 
banillas ó las colodras ó las cebillas de los que 
las necesitaban. Hablaba hasta por los codos, 
y siempre eran las desdichas ajenas las que le 
arrancaban los mayores lamentos. 

Á Pito Salces se le hallaba indefectiblemen- 
te á los alcances del roes con Tona en sus ma- 
nipuleos de cocinera diligente: hacia el rabo 
de la sartén, por ejemplo, y en los linderos del 
camino más trillado entre el fogón y la alacena 
del aceite y las especias. Se le sentían los ím- 
petus de su amor corriéndole hasta por los 
brazos inconmensurables, como el agua de llu- 
via por las mangas de un tejado; reviraba los 



296 OBRAS DE D. JOSS M, DE PEREDA 

ojos hacia Tona, y se devanaba á sí propio, 
como en un ovillo, cuando la jampuda moza 
se acurrucaba delante de él ó le tocaba al pa« 
sar hacia la alacena. No hubiera sido bien vis- 
to de don Celso que la requiriera allí de amo- 
res, suponiendo que lo hubiera tolerado ella, y 
se consolaba con aquellas internas expansio- 
nes, tan poco disimuladas. 

La pobre Facia, desde lo de aquella noche^ 
apenas se dejaba ver en la cocina durante la 
tertulia, y ni allí ni fuera de allí sabía hacer 
cosa con arte; íella que era antes un brazo de 
mar para el gobierno de la casa! Con excep- 
ción de Chisco que era de ella; de Chóreos que 
iba por Tona, y de Pepazos que quería dar ea 
el corazón de Tanasia por la tabla de su padre, 
bastante más codicioso que la hija, todos los 
tertulianos de la cocinona eran hombres muy 
maduros: los mozos preferían las tertulias de 
mujeres, 6 jilas (hilas), de las que había dos ó 
tres en el pueblo. Á una de ellas concurría á 
menudo la hija del Topero, con su correspon - 
diente rueca bien cargada de lino, bajo el ro- 
quero pinto con lazos y lentejuelas; y si Pepa- 
zos no se dejaba ver en aquella tertulia con 
igual frecuencia que Tanasia, bien sabía Dios 
que coasistía en lo vergonzoso que él era de- 
lante de la mozona y con testigos que ya esta- 
ban en el ajo de sus deseos; pero iba alguna 



1 



PBÑAS ARRIBA 297 

que otra vez para dar aquel regalo á sus ojazos 
mortecinos» y esas noches eran las únicas que 
faltaba de la cocina de la casona. 

Reflexionando yo muchas veces sobre lo que 
más me llamaba la atención en ella, que no 
eran seguramente éstas y otras pintorescas tri- 
vialidades de determinados concurrentes, sino 
aquella familiaridad cariñosa, aquella rara, pro- 
funda, íntima trabazón afectiva entre todos 
ellos y mi tío, recordaba la comparación que 
de este caso original me había hecho Neluco 
en la primera conversación que con él tuve, y 
no me parecía rigurosamente exacta: más que 
un organismo de miembros subordinados al 
imperio de la cabeza, me parecía una familia 
con todas las comunes variedades de aptitudes 
y temperamentos, unida por el amor desinte- 
resado, tan propio y natural entre todos sus 
miembros, y gobernada por la experiencia, la 
abnegación y la sabiduría del padre. Persua- 
dido de esto, tenía por imposible la sustitución 
de un hombre como don Celso con otro como 
yo para Henar el vacío que él dejara con su 
muerte en el vecindario de Tablanca. Entre él 
y mi tío había una completa y absoluta com- 
penetración de ideas, de sentimientos y de pro- 
pósitos, que no podía haber tratándose de mí, 
enteramente extraño á la tierra y sus costum- 
bres, por nacimiento, por educación y por há- 



298 OBRAS DB D. JOSÉ M. DE PBREDA 

bitos adquiridos en otro mundo tan distinto de 
aquél. ¿Cómo no se le ocurría esto á Neluco, 
ya que tan disculpable era en la inexperiencia 
de otras muchas personas el que no se les al- 
canzara? Y sin embargo, días andando, me sa- 
lió con la misma copla nada menos que el doc- 
to y experimentado señor de la torre de Prove- 
daño. ¿Se equivocarían todos ellos, rústicos y 
civilizados, al coincidir tan exactamente como 
coincidían en una misma idea? ¿Trataría yo de 
curarme en sana salud, sin darme cuenta de 
ello, cuando me consideraba en lo cierto cre- 
yendo todo lo contrario de lo que ellos creían? 
Por fortuna no me preocupaba el punto dudo- 
so, porque no había racionales motivos de que 
llegara á quitarme el sueño. Ni las pretensiio-' 
nes de los que bien me querían allí> ni la abne- 
gación caritativa de mi parte, debían ni podían 
pasar de ciertos límites. 

De todas maneras, tampoco el hallazgo de 
aquella patriarcal y mínima república en lo más 
escondido de una comarca salvaje, considerada 
por mí en los primeros instantes como un destie* 
no inclemente, era para despreciado. Enñn, que 
no hubiera sido justo en quejarme de mi suerte 
al siguiente día de mi larga expedición acompa- 
ñado de Neluco, hecho el recuento minucioso 
de los frutos que me habían dado aquellas dos 
largas semanas de correrías y exploraciones. 



PBÑAS ARRIBA 299 

De este recuento traté de separar algunas 
partidas principales, á título de reservas, para 
las eventualidades del inviernOi que no podía 
tardar mucho en dejarse caer sobre Tablanca» 
y empecé acontar por los dedos: Chisco, su 
camarada Pito Salces, Tanasia y su padre el 
Topero, el Tarumbo, Neluco Celis, don Pedro 
Nolasco, su hija Mari>Pepa y su nieta Lituca» 
el párroco don Sabas Peña, Facía, la mujer 
gris; Tona, su hija; mi tío Celso y el escenario 
de Tablanca. Todo esto allí, al alcance de la 
mano; y fuera de allí, la familia de Neluco en 
Robacío; en Promisiones, el hidalguete mi con- 
sanguíneo, y más allá, dominándolo todo y al- 
zándose sobre todo como un faro de poderosa 
luz, la figura escultural del caballero de la torre 
de Provedaño. 

Después de hecha esta segregación, procedí 
al análisis de las partes de ella que más interés 
podían ofrecerme desde el punto de vista en que 
yo me colocaba: Chisco un tanto flemático, 
con puntas de socarrón y marrullero, aspirando 
á casarse con Tanasia, guapa moza de verdad, 
en competencia con Pepazos, preferido del To- 
pero, porque tenía algunos bienes que le falta- 
ban á Chisco, y no me constaba de toda certi- 
dumbre si de Tanasia también, á pesar de lo 
arlóte y simplón que era Pepazos. Todo el in- 
terés de este juego dependía del calor con que 



300 OBRAS DE D. JOSá M. DE PEREDA 

le tomara Chisco. Pito Salces era unbraseroque 
se consumía por Tona: eso saltaba á la vista; y 
como tambiéa era medio pieza doméstica en la 
casona de mi tío, amén de noblote de alma y 
muy arrimado al trabajo, á poco que Tona hi- 
ciera por sí, el resultado no eraduduso. Facia. 
¡Ésta sí que me daba que pensar cuanto más 
reparaba en ella! Al espanto de aquella noche, 
recién llegado yo á Tablanca , habían sucedida 
otros dos por el estilo; pero como huía de mí 
en cuanto me acercaba á ella con propósitos de 
interrogarla sobre tan extraño particular, des- 
pués de pedirme con las manos juntas y por el 
amor de Dios que no le dijera á mi tío una pa- 
labra de lo que estaba notando, limitábame, por 
complacerla, á observarla desde lejos y á no 
perderla de vista mientras me fuera posible. 
¿Qué diablos podía haber allí? ¿Eran fantasmas» 
alucinaciones histéricas de la pobre mujer tan 
castigada por la desgracia á lo mejor de su vida, 
ó estaba bajo el peso insoportable de alguna 
nueva desdicha? Neluco Celis: continuaba pa- 
reciéndome lo mismo que me pareció cuando le 
hablé por vez^primera: discreto, simpático, de 
clarísima inteligencia y noble corazón, y un 
arca cerrada para guardar lo que á mí se me an- 
tojaba que debía estar al alcance de mi vista: 
verbigracia, su inclinación amorosa á la nieta de 
don Pedro Nolasco. Porque yo no podía conce- 



ir^' 



PBÍ^AS ARRIBA 301 

bir que Lita y Nelaco no se amaran, como na 
lo concebía tampoco la matrona locuaz de Ro- 
bacío, ni lo concebiría nadie que tuviera entra- 
ñas de humanidad y vislumbres de buen gusto, 
y reparara un poco en aquella parejita, única, 
que parecía puesta por Dios en aquel rinconcito 
de la tierra para eso sólo, para amarse y para 
unirse. Lita y su madre habían estado dos ve- 
oes en mi casa después que yo estuve en la 
suya. Una de ellas, según me declararon, para 
pagarme la visita y saludar, de paso, á mi tío; 
y la otra, por mi tío solamente, cuya salud les 
interesaba mucho; además de que, como no po- 
día salir de casa, iban á hacerle un rato de 
compañía, como siempre que lo permitían el 
tiempo y sus ocupaciones. Todo esto me lo afir* 
maba Lituca descubriendo las esmaltadas filas 
de sus blanquísimos dientes, en su lenguaje 
vehemente, retozón y admirativo, á la puerta 
del estraga! y mientras sacaba sus pies, calza- 
dos con menudas zapatillas de abrigo sobre me* 
dias de color, de un par de almadreñas que pa- 
recían dos cascaras de nuez. En aquella visita^ 
lo mismo que en la anterior, yo, terco y empe- 
rrado en mi tema, le eché cincuenta veces al 
campo de la conversación disfrazado de mil 
modos, con el piadoso fin de observar qué cara 
le ponía Lita... y nada: ni un gesto, ni un pun- 
to arrebolado en las mejillas, ni la máa insigni- 



302 OBRAS DE O. JOSÓ M. DE PERBDA 

ficante señal en la nieta de don Pedro Nolasco 
de que había oído su corazón las llamadas que 
yo le hacia con el nombre de Neluco y los elo - 
gios de sus méritos: hablaba de 61 con el des« 
cuido y la serenidad con que podía hablar de 
su madre ó de su abuelo. Lo cual me impa-' 
cientaba á mí, como si fuera asunto de mi pro« 
pía pertenencia, y en más de una ocasión me 
acometieron serias tentaciones de preguntarla 
derechamente y sin ambajes ni rodeos: c¿se 
quieren ó no se quieren ustedes? ¿Ama usted ó 
no ama á Neluco?» Pero, señor, ¿por qué tenía 
yo tanto empeño en que se amaran? O mejor 
dicho, ¿por qué le tenía tan grande en que que- 
dara en seguida aquel punto bien esclarecido y 
deslindado? 

Después, mi tío Celso, el alma y el centro de 
todo cuanto le rodeaba, con su energía indo- 
mable, sus cuchuflatas singularísimas, su aten^ 
ción siempre ñja en el modo de hacerme, ya 
que no divertida, llevadera la vida en su casa, 
y los cuidados á que me obligaban el parentes- 
co y la gratitud para velar por él con especial 
esmero durante el tiempo de las humedades y 
de los grandes fríos, en el cual, según dictamen 
del médico, corría su vida los mayores peligros, 
por la índole de la enfermedad que padecía. 

Y por último, su tertulia y mis libros, mis 
periódicos y mi correspondencia. Lo restante 



^ 



PBÑAS ARRIB4 303 

de ambos montones, algo de ello por su insig* 
niñcancia, y otro poco por lejano, sólo podía 
considerarse como personajes decorativos y ac- 
cesorios escénicos. 

Cierto que con todas estas reservas de tan 
escasa importancia en relación con las necesi- 
dades de mi espíritu, se podía llegar hasta lo 
épico, consideradas como elementos de crea- 
ción en la fantasía de un novelista ingenioso; 
pero tomadas en lo que eran y valían, como 
casos y cosas de la vida real y prosaica en un 
medio tan remoto, tan obscuro y tan aislado 
como aquél, ¿qué había de prometerme yo de 
ellas para en adelante? ¿Qué auxiliares contra 
mi enemigo temible podía esperar de aquel 
lado? ¿Qué podía venir de allí de lo que más 
necesario me era? 

— {Quién sabe? — me dije en conclusión de 
mis cavilaciones. — Por puntos más obscuros ha 
amanecido otras veces: si está de Dios que ha 
de venir algo, ello vendrá. Todo es cuestión de 
paciencia y de saber conformarse. Conque un 
poco de filosofía, y á esperar lo que viniere. 



-^<^dSl^)P^ 



XVII 




COMENZÓ á venir sin tardar mucho; 

pero |ay! lo que vino fué, primera- 
, mente, una niebla gris que bajó de 

los montes, envolvió todo el pueblo 
y se coló hasta en los hogares; tras de aque- 
lla niebla vino un gallego frío con otra nie- 
bla parda que fué mezclándose con la prime- 
ra, tiznándola de su color y haciéndola más 
húmeda y pegajosa; llegó también un riiido 
sordo y continuo, como lejano cañoneo, que á 
mí me parecía de la mar batiendo furibunda 
hacia el Norte los peñascos de la costa; pero 
según dictamen de la gente de mi casa, era el 
rebombe del cpozón de Peña Sagra ^» un lago ó 
pozo muy grande, que seda por existente, aun- 
que no sé d nadie que le haya visto, en las 
entrañas de aquel coloso de la cordillera; y sin 
cesar este raido bronco, dejáronse oir en el es- 
pado y sobre el valle unos como quejidos sí- 



tomo XV 



20 



306 OBRAS DE D. JOSÉ M. DB PEREDA 

niestros y antipáticos, que eran, según infor- 
mes de Chisco, el graznar de los butres (buitres) 
y las grullas, que pasaban tcara-rriba;» señal 
ésta, como la del trebombar» del pozo y la de 
las nieblas bajas con el tgallego» detrás, de que 
se nos echaba encima una invernada de las 
gordas. 

Y se cumplieron las profecías: las nieblas se 
convirtieron en negras nubes henchidas de 
aguaceros, que el viento, embravecido poco á 
poco, estrellaba, con mugidos tremebundos» 
contra casas, ribazos y bardales, cerrándose 
boquetes y horizontes por donde quiera que se 
n^raba,* sintieron los más ardientes de sangre 
los primeros estremecimientos de frío, y nos 
declaramos todos en la casona seria y formal- 
mente bloqueados por el invierno. 

Las primeras consecuencias de este bloqueo 
fueron en ella, como era fácil de presumirse, la 
reducción de la tertulia á media docena escasa 
de valientes, entre ellos Pito Salces, á quien 
no atajaban en los impulsos de la querencia que 
le atraía, ni los más fieros vendavales, y (lo que 
filé para mí harto más desagradable y no espe- 
rado tan pronto) una crisis de mal género en el 
estado de mi tío. Como por encargo del médico 
se le vedaba hasta el asomar las narices al cuar- 
terón abierto de una ventana, se consumía de 
impaciencia en los páramos entenebrecidos de 



PBÑAS ARRIBA 307 

SU cárcel; y cuando llegaba la noche y, después 
de rezar el Rosario en la cocina, veía entrar en 
-ella dispersos, acobardados, ateridos de frío y 
-calados de agua á unos pocos tertulianos de los 
-de aquella apretada falanje de las primeras no- 
ches, y notaba la causa de la deserción de los 
demás en el furioso batir de las celliscas contra 
puertas y ventanas y en el cañón de la chime- 
nea, quedábase pensativo y mustio, con la cer- 
viz humillada y la vista fija en el flamear de la 
lumbre, cuyo calor buscaba por instinto. Y así 
un día y otro y otro, sin que la dureza de su 
fibra alcanzara á disfrazar «iquíera los desalien- 
tos de su espíritu, llegó á un grado tal de aba- 
timiento, que me alarmó, porque en un estado 
moral como el suyo, cualquier aletazo de su 
enfermedad era muy temible. 

Hablando con él una mañana de aquellos 
días tan crudos, y solos los dos en la cocina, 
que era su ordinario paradero entonces, yo ani- 
mándole como podía y él conociendo la endeble 
calidad de mis estimulantes, acabó por decirme: 

— No te canses, Marcelo: este ujano que me 
roe es más fuerte que tú y yo juntos, por gran- 
des que ^ean tus cuidados y por dura que haya 
sido mi correa. Mira, hombre: todavía no jaz 
un año que me tenía yo por tan duro de caer 
como las hayas de esos montes. ¡Trastajo con 
la vanidá de la guapeza humanal A lo mejor 



308 OBRAS DE D. JOSÉ M. DE PEREDA 

del pensar que solamente un rayo de la volunta 
de Dios podía acaldarme en el suelo, un soplo 
que no apagaría una luz, me puso á las puertas 
de la muerte cuando menos lo esperaba y más 
descuidado dormía. Desde entonces acá, {pis- 
pajo ! yo que nunca me espanté de nada ni me 
encogí por cosa alguna, miro y remiro con des- 
confianza hasta el suelo en que pongo los pies» 
porque siempre y á todas horas y en todas par- 
tes estoy temiendo el último golpe que falta 
para que el roble acabe de caer. Ésta es la ver- 
dad, ¡cascajo! y hasta creo que te apunté algo 
de ella en alguna de las cartas que te escribí. 
Pero entonces eran los días más largos y las 
noches más cortas; alumbraba el sol á la tierra 
y calentaba la sangre de los viejos, y, sobre 
todo, volvía de su viaje muy temprano; madru- 
gaba mucho para espantar las ideas tristes de 
las cabezas en que apenas entra la caridad del 
sueño por la noche. Por eso me jallastes tan 
campante á la venida y me has visto ir tirando 
así hasta ayer, como quien dice... hasta que 
vino lo que yo había visto venir otras veces sin 
apurarme por ello, y no sé si te diga que con 
gusto... ¡con gusto, trastajo! porque cuando 
hay buena salud, la tierra no tiene salsa si nos 
está cantando siempre una misma solfa... y sin 
cambiar de ropajes... Digo que fui tirando tal 
cual hasta que llegó la primer cellerisca, ^a 



i 



PBNAS ARRIBA 3O9 

que todavía está pasando, mientras llega, por 
las señales, otra más dura de pelar que ella; y 
se apagó el sol de día, y se cerraron puertas y 
ventanas, y empezó á faltar de noche la gente de 
la cocina, y á no haber ñn para las horas de la 
cama ni punto de sosiego para el mal pensar de 
la cabeza. Yo nunca había visto pasar por ella 
las negruras que ahora pasan. Hasta estos días 
y desde que tengo uso de razón, siempre el in- 
terés de los demás jizo que me olvidara de mí 
propio; pues ahora |ya te quiero un cuento, 
pispajo!... y esto es lo que me descuajaringa: 
no tengo ojos más que para ver cómo va la car- 
coma rejundiendo y ajondando en este tronco 
podrido que se cae por sí mesmo de día en día, 
de hora en hora. Paez que el viento, al rebom-> 
bar en el cañón de la chimenea, me dice algo 
que nunca había oído yo antes; pero algo muy 
temeroso y muy triste... vamos, que ajuyera de 
ello de buena gana, si el temporal de afuera no 
me cerrara todos los caminos de escape, y el 
frío no me encadenara los remos y no me cor- 
tara la poca respiración que me queda en el 
gaznate... Otra cosa nunca vista: te puedo ju- 
rar que no me asusta la muerte, porque soy 
viejo y cristiano y sé que ha de venir sin tar- 
dar mucho y que me toca esperarla confiado en 
la misericordia de Dios, como la espero; y con 
ello y con todo, me espanta la enfermedad que 



310 OBRAS DE D. JOSÉ M. DB PBRBDA 

me va quitando la vida. ¿Cómo se explica este 
potaje? ¿Qué te parece á tí que será esto^ 
Marcelo? 

Faltábanme á mí los soñsmas cientíñcos con 
que Neluco, por ejemplo, hubiera podido acla- 
rar aparentemente aquellas complejas obscuri- 
dades que me consultaba mi pobre tío, y des- 
paché la consulta con cuatro vaguedades muy 
recalcadas y encarecidas sobre el inñujo que 
ejercen en la máquina de les pensamientos los 
largos insomnios, la soledad de la noche, los 
fríos estacionales... 

— Bien podrán tener algo de culpa esos in* 
gredientes — me replicó mi tío con muy escasas 
señales de creerlo; — pero á veces se me ñgura 
á mí que hay también otros motivos de por 
medio.. • y harto será, ¡trastajo! que no venga 
de esa banda toda la podredumbre. Mira, hom- 
bre.. • (porque puesto en tela de juicio el punto, 
debe ventilarse en regla; y yo le he visto por 
muchas caras en tantas y tantas noches de na 
pensar en otra cosa): si á mí me viviera no 
más que uno solo de los hijos que Dios me fué 
dando, la muerte de su padre no sería propia- 
mente muerte; porque en casos como éste, y 
bien lo sabes tú, la vida de los que se van reto- 
ña en los que se quedan para algo más que llo- 
rarlos y rezar por ellos: es un eslabón trabada 
en otro eslabón... vamos, una cadena que nun- 



PBÑAS ARRIBA 3II 

ca se rompe ni se acaba. Pero tal como han re- 
sultado aquí las cosas y puesto yo á conside- 
rar que estoy á dos dedos de morirme*. • ¡ay, 
Marcelo, qué pinturas se me ponen delante de 
los ojosl Con las últimas boqueadas, la cadena 
rota para siempre, el hogar sin lumbre, los es- 
tablos vacíos, la casa en silencio y (lo que es 
peor, si no metisteis la llave entre las cuatro 
tablas que fueron á pudrirse con mis huesos al 
campo santo) en manos de hombres que no 
verán en ella más que el ochavo roñoso con 
que pagarán el derecho de maltratarla. Pues 
échate á pensar después en todas estas gentes 
que viven de su calor, porque son todos ellos, 
lo mismo que fueron sus padres y debieran ser- 
lo sus hijos, como sangre de la nuestra sangre y 
carne del nuestro propio cuerpo, mirándola de 
reojo al principio para acabar por no acordarse 
de ella y por irse desparramando, como pollu- 
eos sin la madre, robados al fin, uno á uno, por 
el milano que no duerme... ¡Ay, trastajo! Esto 
es muy doloroso, hasta para soñado en pesadi- 
lla... ¿Qué no será, hijo mío, visto y palpado 
en la misma realidadl Créeme, Marcelo: impor- 
ta mucho más que la vida de tu tío, lo que ha 
de irse con ella al otro mundo, si Dios no lo re- 
media... ¿No te parece á tí que pudiera ser ésta 
la consistidura de las cosas raras que me qui- 
tan el sueño y tanto me acobardan últimamente? 



312 OBRAS DE D. JOSÉ M. DB PEREDA 

Conociendo como conocía yo la entereza de 
carácter y los sentimientos de mi tío, evidente 
era que andaba en lo cierto en aquella suposi- 
ción y que por cierto lo tenía él aunque apa- 
rentaba lo contrario; pero yo no podía decla- 
rárselo así, porque declarándolo, ó me mani- 
festaba á sus ojos descariñado é inclemente, ó 
aceptaba un compromiso que no podía aceptar, 
porque era otro muy distinto del suyo mi mo- 
do de ver aquellas cosas. Me hubiera sido fá- 
cil engañarle aventurando una promesa que 
quizás andaba él buscando desde la primera 
carta que me escribió; pero me repugnaba esa 
mentira dicha á un hombre tan honrado y tan 
sagaz como aquél, exponiéndome, además, á 
que no me la creyera. Por eso adopté un tem- 
peramento anodino que ni alcanzó á levantar 
sus abatidos ánimos, ni siquiera á disfrazarle 
los aprietos en que me puso con su pregunta. 

— Todo ello — ^repuso el buen señor, tratando 
de hacer un pinito de chachara que no le salía 
bien, — es decir por decir, Marcelo, y ya que 
echamos la conversación hacia ese lado... ]Pues 
tendría que ver, {pispajo! que diera yo ahora 
en la gracia de agobiarte con pesadumbres 
nuevas, cuando más falta te hace algo alegre 
con que espantar las negruras de este temporal 
que se nos ha echado encima! Mira, hombre, 
créasme ó no me creas: las únicas agallas que 



PEÑAS ARRIBA 3I3 

me quedan*. • vamos, lo único para que me 
siento animoso á la hora presente, es para ayu- 
dar á que no se te amurrien á tí también las 
alegradoras. ¿Oístelo? Pues bueno. Algo más y 
de más importancia que tengo que decirte, ya 
te lo diré en su hora y lugar correspondientes, 
y sin tardar mucho. Dicho debiera estar ya y 
por si acaso, días hace; pero... basta de con- 
versación, y no te espante la amenaza, que aun- 
que el punto es pariente cercano del tratado 
aquí, no tiene la cara tan fea. Si las tuvieran 
iguales los dos, me libraría yo mucho de dar- 
te á conocer la que no has visto todavía. 

Entró en la cocina Tona, algo tocada tam- 
bién de la murria inverniza, á trajinar en el fo- 
gón donde hablábamos mi tío y yo al calorci- 
Uo de la lumbre, y ya no pude preguntarle lo 
que tenía á la punta de la lengua, como explo- 
ración siquiera alrededor de la casta de aquel 
nuevo c punto i que me había puesto en gran 
curiosidad. 

Pero más que curioso por aclararle, quedé 
preocupado y triste con la pintura hecha por 
don Celso del estado de su espíritu. Para lle- 
gar á tales extremos de franqueza un hombre 
de su temple, ¿cuál no sería el peso de su tri- 
bulación? Y ¿cuál la magnitud de mi disgusto 
y de mi pena al considerar que yo poseía el 
remedio de la más grande de las suyas, y, sin 



314 OBRAS DE D. JOSÉ M. DE PEREDA 

embargo, me resistía á ofrecérsele? ¿Era hon* 
rada esta conducta mia? ¿Estaba obligado yo á 
aceptar compromisos imposibles de cumplir? 
¿Estaba bien demostrada esta imposibilidad? 
¿Cabía, en la duda, el recurso de prometer, á 
reserra de cumplir hasta donde se pudiera?..» 

Puesta la cuestión en estos últimos términos, 
ya me pareció más racional y soportable; y si 
hubiéramos continuado los dos solos en la co- 
cina, es posible que allí mismo hubiera inten- 
tado yo introducir por este resquicio el primer 
sostén para sus desfallecimientos. 

Pero Tona llevaba tarea para rato (como que 
se andaba en las proximidades del mediodía), 
y por si era poco este estorbo, entró Facia á 
dirigir la faena. |Cosa extraña! La mujer gri» 
era el único ser de los que habitábamos la ca- 
sona, en quien no había estampado alguna ron- 
cha el azote del temporal reinante. Hasta et 
mismo Chisco andaba un tanto espelurciado y 
encogido por establos y corraladas, y entraba 
en la cocina algunas veces con el humor avina- 
grado; al revés que Facia, la cual, desde que 
se habían desencadenado las primeras celleris- 
cas, parecía otra. Cuanto más azotaban los gra> 
nizos los paredones de la casa, y más «runfla- 
ban» los vendavales en el cañón de la chime- 
nea, más alegre se le ponía la cara y más di- 
ligente se volvía para el trabajo. 



PBÑAS ARRIBA 315 

Viéndola tan boyante y en tan ventajosas 
disposiciones, trabé conversación con ella aquel 
mismo día, al llevarme no sé qué cachivadies 
á mi cuarto. 

— Parece — la dije para empezar, — que mar- 
chan bien los asuntos, ¿eh? 

Entendióme la pregunta; y después de so- 
brecogerse un poco con ella, me respondió sin 
titubear: 

— Así me los conserve Dios muchu tiempu. 

— ^Me alegro en el alma — la dije entonces; — 
porque por no verla á usted con los espantos 
de estos días... 

— ¡Ni me los miente, señor, por obra de cari- 
dá! — me replicó volviendo á compungirse. — 
Paez que los males, como si oyeran, se ponen 
de pie en cuanto se les menta en boca... 

— De todas suertes, resulta que los negocios 
de usted andan al revés del tiempo. 

—¿Por qué lo diz, cristianu? 

— Porque á la vez que él se" embravece y se 
emperra, ellos van mejorando. 

— Siempre lo que Dios jaz está bien jechu..» 
|Ah, si esto durara muchu!... 

— ¿El temporal? 

— Y lo otru. 

—¿Cuál es lo otro? 

— Lo que reza con lo que usté quiere saber» 

—Y sin llegar á conseguirlo, por más señas..» 



] 



3X6 OBRAS DB D. JOSÉ M. DB PBRBDA 

Vamos á ver, Facia: ahora que está usted un 
poco más tranquila, ¿por qué no me lo cuenta? 
¿Por qué está llevando usted sola tan pesada 
carga?. •. porque yo creo que ni siquiera Tona 
tiene la menor noticia de ella... 

— ¡Hija de mi alma!... La lengua me partie- 
ra en dos con los mesmus dientes mius si la 
viera en tentaciones de parláselu... ¡igual que 
al probé señor y mi amu! ¡Santa Virgen de las 
Nievesl... Y, por caridá de Dios, no me pre- 
gunte más de esu por ahora... ni nunca jamás, 
señor don Marcelu; que yo, por la cuenta que 
me trae, buscaré el amparu de usté cuando la 
carga me rinda y las angustias me ajueguen... 
porque la peste ha de golver, y sin mucha tar- 
danza, señor don Marcelu. ¡Ay, desdichada de 
mí!... ¡Y el amu... y Tona!... ¡Santa Virgen la 
mi Madre! 

Púsose lívida de repente, se le pintaron en 
la cara las angustias de otros días, y llevó has- 
ta ella sus manos cruzadas y convulsas. Me 
movió á compasión la pobre mujer, y sentí re- 
mordimientos de haber sido yo el causante de 
aquella crisis amarga. Tomé con empeño el 
trabajo de calmarla, y lo conseguí; pero con la 
a3mda de una zurriascada feroz que se estrelló 
de repente contra las puertas del balcón. Cuan- 
do esto ocurría, se enjugaba Facia los ojos y 
respondía malamente á mis últimas observa- 



PEÑAS ARRIBA 317 

dones. Al oir el estrépito de afuera, suspendió 
hasta las lágrimas y se lanzó á uno de los cuar- 
terones abiertos, y allí se estuvo mirando, con 
la avidez de un sediento, aquella mar de lluvia 
cernida, revuelta y zarandeada en el espacio 
por la furia del vendaval. 

— |Ohl — exclamó al fin, retirándose de su 
observatorio con la cara radiante de alegría y 
andando presurosa hacia la puerta de salida, — 
por misericordia de Dios, hay pa ratu. 

¿No era bien singular y extraño todo aquello? 

Entre tanto, yo no cesaba de meditar sobre 
el grave tema, y punto de suma transcenden- 
cia para mí, surgido aquella misma mañana de 
la conversación que tuve con mi tío; y cuanta 
más vueltas le daba en mi cabeza, más obliga- 
do me creía, hasta por obra de caridad, á ofre- 
cerle lo único que honradamente le podía ofre- 
cer yo. Si con este ofrecimiento se curaba de 
sus angustias mortales, ¿qué mayor satisfacción 
para mí? Si andando el ti'empo resultaba que na 
llegaban mis fuerzas tan allá como mis buenos 
propósitos, ¿qué culpa tendría yo de ello? 

No vacilé más: busqué á mi tío, le hallé en su 
cuarta cerca de un brasero, hojeando unos pa^ 
peles, tosiendo mucho y moviéndose mal debajo 
de la espesa ropa que le abrumaba, á la tétrica 
luz de la media tarde y al ruido ingrato de las 
celliscas y de los truenos que no cesaban afuera. 



vV^^V-^ ¿ví'^-'^^^- .'aT'^^ wV^Ji^ ^-^'^ ' 



XVIII 




B anuncié preguntándole desde la 
puerta si podía hablar con él cuatro 
palabras sin molestarle. 
Volvió hacia mí la cara con la vi- 
veza ratonil que le era propia, y me contestó, 
enderezando cuanto pudo el cuerpecillo des- 
carnado: 

— jMira, hombre, qué casualidad!... Apura- 
damente estaba yo pensando en ir en seguida 
á preguntarte lo mismo para cumplirte después 
la promesa que te hice esta mañana por rema- 
te de nuestra conversación. 

— Pues á cumplir otra promesa — añadí, — 
que no pude hacerle á usted entonces por falta 
de oportunidad, pero que quedó hecha en mis 
adentros, vengo yo ahora. 

— Ya estás sentándote y hablando,— me dijo 
á esto, arrojando sobre la cómoda los papeles 
que hojeaba, sentándose después en una silla 



320 OBRAS DB D. JOSÉ M. DB PEREDA 

junto á la caja del brasero é indicándome que 
hiciera yo lo propio en otra que estaba enfren- 
te de ella. 

— En lo de sentarme — le dije, haciéndolo, — 
le obedezco á usted desde luego; pero en lo de 
hablar... no tanto. 

— |Ésta es buena, trastajo! ¿Por qué,hombre? 

— Porque quiero darle á usted la preferen- 
cia, como debo, en lo que mutuamente tene- 
mos que decirnos, según parece. 

— Vaya, vaya, déjate de cumplimientos, y 
empecemos por el caso tuyo, que para el mío 
siempre hay lugar. Conque ¿qué es lo que se te 
ocurre, hijo mío? 

— Pues lo que se me ocurre— dije yo comen- 
zando á tocar las dificultades de acometer de 
frente un asunto de tan delicada naturaleza 
como aquél, cuyo punto de partida era nada 
menos que la muerte de mi venerable interlo- 
cutor; — se me ocurre, mi querido tío, algo que 
se relaciona con otro algo que le oí á usted 
esta mañana y me produjo muy honda y muy 
amarga impresión... 

— Á ver, á ve", — interrumpió el pobre hom- 
bre acercando más su silla á la mía mientras 
se pintaba en sus ojuelos chispeantes la curio- 
sidad que le devoraba. 

—No crea usted que se trata de una cosa 
del otro jueves, — añadí sonriéndome. 



\ 



PBÑAS ARRIBA 32X 

— Sea del otro jueves ó del otro sábado, 
|venga esa cosa por derecho y sin envoltorios, 
hombre! — me respondió con un brío inconce- 
bible en su extenuación cadavérica. 

— Corriente — ^le dije yo, no sabiendo cómo 
armonizar mis escrúpulos con sus impacien- 
cias; — pero después de declarar, para la debi- 
da inteligencia, que yo tomo el caso en el pun- 
to mismo en que usted le puso y le dejó esta 
mañana. 

— ^Declarado y entendido... ¡Adelante ahora! 

—Me dijo usted entonces, metido en la in- 
justificada aprensión de que iba á morirse pron- 
to.. • y Dios no lo confirme... 

—Esa es cuenta de Él y mía... ] Adelante, 
Marcelo! 

— Me dijo usted, repito, confesándome ade- 
más que esa... aprensión... 

— Aprensión, ¿eh? 

—Que esa... cavilación, si lo prefiere asfi 
era la que le estaba matando; que á usted no 
le espantaba la muerte, sino el morirse, el ce- 
sar de vivir, el irse del mundo para siempre, 
porque hace mucha falta en él y no deja quien 
le reemplace en su labor de toda la vida. ¿No 
es ésta, tío, la substancia de lo que usted me 
declaró? 

— ajusta y cabal, Marcelo; justa y cabal... 

— ^Y por eso, por esa pena tan grande, por 

TOMO XV 2X 



322 OBRAS DE D. JOSÉ M. DB PBRBDA 

ese modo tan triste de ver las cosas, iba usted 
perdiendo la tranquilidad y el sueño. •• y hasta 
la vida... 

— Ni más ni menos, ipingajo!... |hasta la 
vida! 

— Una alucinación como otra cualquiera; 
pero, en fin, así lo ve usted, y esto basta para 
su martirio que, en definitiva, es real y verda- 
dero. Pues bien: si usted tuviera un hijo que 
le sucediera en sus inclinaciones, en sus pro- 
pósitos y en sus obras, no hubiera cabido en 
usted ese temor á la muerte, ni esa... apren- 
sión de morirse... Creo que es esto lo que tam-- 
bien me dijo usted esta mañana, ó me lo dio á 
entender, por lo menos. 

—•No, no: lo dije, lo dije; y si no resultó 
bien claro, fué porque no supe decirlo. 

— Corriente; pero sucede que no existe ese 
hijo, y que tampoco me dijo usted si la falta 
de él puede sustituirse con... algo. 

— ¿Con qué, Marcelo? ¿Con qué? 

Y aquí el bendito de Dios erguía su cabeza, 
alargando el pescuezo descarnado y rugoso y 
devorándome con los ojos anhelantes. 

La emoción es contagiosa, y no logré darle, 
sin descubrir algo de la mía, esta breve res* 
puesta: 

—Verbigracia, con un deudo de su mismo 
apellido de usted... 



PBÑÁS ARRIBA 323 

Se revolvió convulso entonces en la silkr 
comenzó á resobarse una con otra las manos 
trémulas, avivó las llamas de sus ojos que no 
apartaba de los míos, y me dijo ansiosamente 
después de haber acudido en vano dos veces á 
los registros de su voz: 

— Venga el nombre de ese deudo. •• si es que 
le conoces tú... Por lo que á mí toca, no conoz^ 
co más que uno. 

—Pues si le conoce usted... — apunté yo, 
prefiriendo, por un sentimiento harto fácil de 
estimar, que la insinuación partiera de él. 

— Y ¿qué adelanto con conocerle? — exclamó 
aquí mi tío, detenido probablemente por el 
mismo reparo que yo. 

Dándolo por cierto y con entera resolución 
de llegar cuanto antes al fin que me proponía, 
le añadí: 

— Con franqueza, tío: aunque nada me ha 
dicho usted nunca de ello, muchos síntomas 
bien claros me han hecho creer que, en su opi*- 
nión, no caería mal en esta casa, mañana ú 
otro día, ese pariente á quien ambos nos refe- 
rimos. 

—¡Cascajo... pues yo lo creo!... |Como san- 
to en su peanal 

— Y ¿por qué no me lo ha dicho usted dere- 
chamente? 

—Pues, hijo del alma, y franqueza por cía* 



324 OBRAS DH D. JOSÉ M. DE PBRBDA 

xidad, porque no me gustan santos á la fuerza; 
y para serlo de buena voluntad y de la clase 
que se necesitan aquí, no veía yo la mejor ma* 
dera en ese pariente mío. ¿Lo quieres más 
neto? 

Iba, entre tanto, difundiéndose por toda su 
£bz, lívida y acartonada, una expresión de in- 
tensa alegría; pero con tal rapidez, que no pa- 
recía sino que la daban impulso los mismos 
vendavales que zumbaban entre los peñascos 
y jarales del contorno. Y cuando le dije termi- 
nantemente lo que pensaba decirle, se incor- 
poró con la agilidad de un muchacho, me miró 
con unos ojos en que se pintaba la exaltación 
de su espíritu resucitado, y exclamó: 

— |Tú, Marcelo!... Nada menos que tú... ¡el 
hijo de mi hermano Juan Antonio!... ¡Un Ruiz 
de Bejos de pura casta, sano y garrido como 
un trinquete!.. • Pero ¿lo has pensado... lo has 
medido bien, hijo mío? ¿No hay en tu arran- 
que algo... vamos, algo de caridá que te cie- 
gue? ¿Sabes bien todo lo que pesa esa carga en 
un hombre de tu ropaje? ¿Será posible que Dios 
misericordioso lo haya sido conmigo también 
en esto que le he pedido tan de veras? 

—Vamos á cuentas sobre ello, querido tío — 
le dije levantándome yo también según iba cre- 
ciendo su exaltación, y tomando sus manos 
«atre las mías.— Vamos á cuentas, y á cuentas 



PBÑAS ARRIBA 3^5 

claras: el simple deseo de usted, declarado coa 
Iranqueza, me hubiera bastado, desde que es- 
toy en Tablanca, para brindarme, sin esfuerzos 
ni violencias, á lo que me he brindado hoy, en 
el supuesto aventurado de que yo le sobreviva 
á usted.. • 

— Déjate de supuestos, hijo, y dalo por cosa 
hecha. »• y para muy pronto: yo sé á qué ate- 
nerme sobre eso mejor que tú. 

— Démoslo, por un momento como usted 
quiere y para entendernos mejor; y digo que 
me comprometo, en ese triste y desgraciado 
caso que Dios aleje de nosotros tan allá como 
yo deseo, á poner de mi parte cuanto quepa en 
las fuerzas de mi decidida voluntad, para pro- 
^seguir aqui la obra benéfica de usted, y desde 
luego le empeño mi palabra de que la cadena, 
por de pronto, no ha de romperse por el esla- 
bón que yo represento en ella... Después, sólo 
Dios puede saber lo que sucederá; porque... 

— ¡Punto ahí, Marcelol... porque ya me con- 
cedes hasta más de lo que yo me hubiera atre- 
vido á pedirte*. • ¡Y Dios te lo pague en la me- 
dida de lo que yo lo apreciol 

Ens^uida me abrazó muy conmovido; abrá- 
cele yo á él también al mismo tiempo, y no 
muy sereno que digamos, y abrazados estuvi- 
mos lo bastante para que yo percibiera el ace- 
lerado compás de su respiración. 



326 OBRAS DB D. JOSÉ M. DE PEREDA 

Al desprenderse de mí, clavó la vista duran* 
te un buen rato en el crucifijo que estaba col- 
gado sobre el testero de su cama. Se había des> 
cubierto la cabeza para eso, y yo, por respeta 
á lo que debía de estarse tratando en aquella 
escena sin palabras, me descubrí también. 

En cuanto descendió con la atención á las 
cosas del bajo mundo, me dijo con voz entera 
y mucha tranquilidad: 

— Vamos ahora á tratar del asunto mío. 

Póseme gustoso á sus órdenes; rogóme que 
le aguardara un poco allí, y salió del cuarto: lle- 
góse al mío; metió la cabeza dentro de él; hiza 
lo propio en la alcoba del salón intermedio, y 
trancó luego la puerta de éste. Vuelto á su 
punto de partida, desde donde le observaba yo 
lleno de extrañeza, cerró también con llave la 
puerta, y me dijo placentero y sonriente, pero 
ahogándose de cansancio: 

— ¿Te asombrarán un poco estos husmeos de 
lebrel, eh? 

Respondíle que sí, y añadió: 

— Pues todos son necesarios, con lo curiosas 
que son las gentes, cuando el caso lo requiere 
como ahora. Por lo pronto, repara bien lo que 
yo vaya jaciendo, y ten la caridad de ayudar- 
me cuando te lo pida. 

Dicho lo cual, se dirigió á la alacena que es- 
taba cerca de la ventana y en la misma pared^ 



PEÑAS ARRIBA 327 

y la abrió con una de las llaves encadenadas 
en un llavero que sacó, pujando mucho, de un 
bolsillo interior de su chaleco. 

La alacena era de poco fondo, y no tenía más 
que una balda á la mitad de su altura. Sobre 
19 balda y debajo de ella había como una doce- 
na de legajos, arranciados los más de ellos y 
atados con» bramante deshilado y medio des- 
torcido. 

— Son copias de escrituras— me dijo mi tío, — 
cuentas viejas de particiones de bienes, y otros 
papelotes de familia... Vete poniéndolo todo 
encima de esa cómoda, porque yo no tengo ya 
resuello ni para levantar los brazos solos. .. 
¡por vida de los demonios... del pispajo!... 

Hice lo que me mandaba, y fué sacando de 
la alacena, además de los legajos, tres pares de 
candeleros de plata, varios cubiertos y una ban- 
deja del mismo metal, y un rimero de porque- 
rías, entre ellas más de seis libras de polvos de 
salbadera envueltos en un papel de estraza, y 
una jarra blanca como de media azumbre, con 
un paluco adentro. El interior de la jarra y el 
paluco estaban cubiertos de una costra negruz- 
ca muy removida y cuarteada. Pregunté á mi 
tío con una mirada para qué servía aquello, y 
me respondió: 

— Eso es para hacer tinta... digo, era; por- 
que ya con la última hecha el año que pasó, ha 



328 OBRAS DB b. JOSé M. DB PEREDA 

de sobrarme. La hacía con agallas y caparrosat 
y la revolvía dentro de la jarra con ese patuco 
que es de higar, porque de otra manera no sir- 
ve: saca la tinta mal color. 

Después de desocupada la alacena, me man- 
dó mi tío que sacara la balda, tirando hacia mf. 
Saqué la balda, que era pesada y de castaño, 
como todo el interior de U alacena. Quedaban 
sobre el fondo de ella, en sentido vertical y 
uno en cada ángulo, dos anchos listones, que 
parecían estar allí para sostener los extremos 
de los otros dos horizontales y más estrechos, 
sobre los cuales descansaba la balda; pero era 
otro muy diferente su destino: estaban sueltos 
y servían para ocultar unos pasadores de hierro 
con que se sujetaba á los tableros laterales el 
del fondo. Sacado éste al ñn, después de qui- 
tado el estorbo de los cuatro listones, y venci- 
da la dificultad, no pequeña, de correr los pa- 
sadores oxidados, apareció un bulto negro en 
las entrañas de la pared. 

— ^Jala de eso pa-cá, arrastrándolo, — me di- 
jo mi tío señalándome el bulto con la mano 
por encima de mis hombros medio embutidos 
en la alacena. 

Embutílos todavía más para hacer lo que me 
ordenaba mi tío; llegué con las manos al bulto, 
que tenía cuatro caras, duras y frías, como que 
eran de hierro; doblé los dedos sobra las aristas 



PBÑAS ARRIBA 329 

del fondo, y tiré hacia mí; pero no me bastó el 
primer tirón, porque era muy pesada la caja, 
y tuve necesidad de repetirle con mayor fuerza 
para arrastrarla hasta la boca de la alacena, 
•donde la dejé por encargo de mi tío. 

— Ahora— me ordenó,--*da]a media vuelta, 
de modo que quede aacia nosotros la cara de 
atrás. 

Rícelo así, y apareció en ella la cerradura, 
que á la simple vista no tenía nada de particu- 
lar. La caja mediría poco más de ua pie de 
ancha, por cosa de pie y medio de alta. 

— Corriente — dijo mi tío entonces. — Pues 
ahora déjame ponerme donde tú estás; pero re- 
para bien lo que me veas hacer para enterarte 
mejor de lo que te vaya explicando. 

Entonces eligió otra de las llaves de su Ha- 
vero, y, con mano algo temblona, la dirigió á 
un punto determinado de la cerradura de la 
caja. 

Todos estos procedimientos y detalles iban 
poniendo mi curiosidad y mi extrañeza en un 
grado de tensión extraordinario. El aspecto de 
la habitación, tan austero que rayaba en lo po- 
bre; su puerta y las inmediatas, cerradas con 
llave; aquel hombre extenuado, envuelto en un 
ropaje burdo y desaliñado, sobre el que desta- 
caban la cara lívida, de ojos hundidos y relu- 
cientes, y las manos cadavéricas; aquella ala- 



330 OBRAS DB D. JOS¿ M • DB PBRBDA 

cena de fondos negros, y en otro fondo de ella, 
más negro aún, una caja de hierro oculta por 
una trampa más ó menos ingeniosa; una luz té- 
trica iluminando la estancia, y fuera de ella 
los bramidos del huracán, me estaban parecien- 
do en conjunto un pasaje de melodrama, en el 
cual desempeñaba yo un papel de galán joven, 
protegido del desalmado usurero, por uno de 
esos incomprensibles antojos del corazón hu- 
mano. 

— Esta caja — me decía mi tío mientras me re- 
velaba prácticamente el secreto de su cerradu- 
ra, bien fácil de aprender... después de expli- 
cado, — ^la discurrió y la jizo un jerreru de aquí, 
muy amañante y de mucha idea, y se la regaló | 
á mi padre; y para ella se abrió, tiempo andan- 
do, esta alacena en este morio, que no baja de 
cuatro pies de macizo. No hay memoria de in- 
tento de robo en esta casa; pero ya que había 
caja con secreto y algo que guardar en ella... 

Tan pronto como quedó abierta, y á la vista 
una buena parte de lo que guardaba, se volvió 
mi tío hacia mí y me dijo, como si estuviera 
leyendo los pensamientos que bullían en mi 
cabeza: 

—Lo que menos te has figurado tú, al ver lo 
que está pasando aquí rato hace, que tu tío es 
un avariento dejado de la mano de Dios, y que 
trata de deslumhrarte los ojos con los frutos de 



i 



PBÑAS ARRIBA 35I 

SUS rapiñas. La verdad, Marcelo: yo me lo 
figuraría, puesto en tu caso. 

Me sonreí sin decir una palabra, y contínuó 
mi tío: 

— Pero así y con todo, por esta vez fallan las 
señales. Esto que aquí ves, es» en suma y fini- 
quito, el ahorro de tu tío Celso. •• y la puchera 
de los pobres de Tablanca. Estas alhajas suel- 
tas son las que han ido llegando á mis manos, 
como llegaron otras semejantes á las de tu pa- 
dre, por herencia de nuestros mayores, menos 
unas pocas, estas arracadas de oro, y estas gar- 
gantillas de coral^, y este relicario de plata con 
piedras finas, que le regalé yo á mi pobre mu- 
jer cuando nos casamos, y tuvo empeño en le- 
gármelos á su muerte. Estos cartuchos largos 
y cortos, gordos y flacos, son de monedas de 
oro todos ellos. No sé lo que componen en con- 
junto, porque nunca he querido cansarme en 
averiguarlo. Lo que sé es que las mermas de 
ello dependen de las necesidades que haya 
fuera de mi casa. Á mí y á cuantos en ella vivi- 
mos, nos sobra con lo que nos da la tierra cada 
año, y eso que nos tratamos bien y á qué quie- 
res, boca. Las fuentes que lo han ido manan- 
do, no están, como puedes comprender, en las 
pobres tierrucas y en los ganados de Tablanca: 
otras hay muy lejos de aquí, y viejas en la fami- 
lia, de mejores manantiales. De todas ellas ten- 



33^ OBRAS DR D. JOSá M • DB PBRSDA 

•drás noticias, cuando las necesites, en papeles 
que están en esos legajos y hasta encima de la 
cómoda. • • velos ahí, porque un rato hace andaba 
yo con ellos entre manos. Lo que importa que 
sepas sin tardanza, por lo que pueda tronar, es 
que había en este joriaco lo que ya tienes á la 
vista y no está inventariado en ninguna parte; 
y que todo ello, alhajas y monedas, es de tu 
sola pertenencia desde este mismo momento» 

Sorprendido con la ocurrencia, intenté hacer 
muy formales reparos á mi tío. No me consin- 
tió decir una sola palabra. 

— Es asunto mío — me dijo, tapándome la 
boca con una mano, fría como piedra sepul- 
cral, — y resuelvo sobre él lo que me da la gana. 
Además, estoy entrando en vena de hablar, y 
necesito hablar yo solo y sin que nadie me corte 
la palabra... ¡trastajo! hasta para sacar los atra- 
sos de estos días de murrias negras. Lo peor es 
¡por vida del pispajo! que me va faltando el re- 
suello... Deja que descanse un poco. 

Sentóse en una silla apurado de respiración, 
más lívido que antes de cara, y trasudando. 
Aconséjele que no volviera á hablar de aquel 
asunto ni de ningún otro, porque necesitaba 
reposo y tranquilidad; pero no me tomó en 
cuenta el consejo. A poco rato, aunque sin mo- 
verse de la silla, continuó así: 

— Conviene que te advierta, para que lo tengan 



PBÑAS ARRIBA 333 

entendido, que no trato de corresponder con 
esta miseria al gran favor que me ofreciste poco 
hace. La prueba de ello, si no te basta mi pala- 
bra» la hallarás en mi testamento, hecho á las 
puertas de la muerte, cuando el primer ataque 
de esta perra enfermedad... Te repito que me 
dejes hablar á mí solo hasta que se acabe todo 
lo que quiero decirte. Otro día hablarás tú, y 
pata... Volviendo al caso, digo que de todo esta 
que ya es tuyo desde ahora, han salido muchos 
de los que estas gentes creen milagros míos;^ 
porque otras tantas veces he tenido que hacer- 
me de rogar un poco, con la excusa del no po- 
der; pues de blandearme á las primeras deján- 
doles descubrir el manantial, j pobre de él y 
pobre de mí, hijo dd alma! porque, en finiqui- 
to, estos hombres, aunque buenos en lo prin- 
cipal, son rudos y de los que se rigen más por 
la boca que por el entendimiento... Tampoco 
te digo esto de la fuente para obligarte con ello 
á cosa alguna, sino porque es la verdad, y no 
sobra el que la conozcas... como conozco ya 
que cada uno tiene su modo de matar pulgas, y 
que tú tendrás el tuyo particular, por consi- 
guiente, y sabrás hacer de tu capa un sayo, 6 
dos,ólosquese te antojen... óninguno, si mejor 
te parece. Pero (y vaya el ejemplo para ver el 
asunto por las dos caras) por si te allanaran 
aquí algún día á seguir los mismos gustos que 



334 OBR^S DE D. JOSÉ M. DE PBRBDA 

he tenido yo en lo tocante á este vecindario» 
no te he de ocultar que ha de costarte bastante 
trabajo al principio, y algunos disgustos des^ 
pues. Para ayudarte á orillar las primeras din» 
cultades» te recomiendo al Cura, que sabe tan 
bien como yo, y hasta mucho mejor que yo, de 
qué pie cojea cada uno de sus feligreses. Tam- 
bién te puede servir de ayuda, y buena, Neluco 
Celis, el médico; que aunque mozo, tiene una 
voluntad de perlas para esas cosas, gran ojo y 
mayor entendimiento. Te advierto también que 
el Cura es el único hombre, fuera de nosotros 
dos, que sabe lo que se guarda en esta pared. 
Creí conveniente declarárselo cuando no con- 
taba contigo, porque no se lo comieran algún día 
los ratones, ó fuera á parar, andando el tiempo, 
á manos que no lo merecen; porque no tengo 
herederos forzosos ni otros parientes pobres que 
esos dos bandoleros de que me hablaste el otro 
día, y no son merecedores más que de un gri« 
Hete, que no les faltará, si viven... Déjame que 
se me pase este golpe de tos, y que tome otro 
respiro. {Ay, trastajo, qué miseriuca somos á 
lo mejor! 

Esta vez fué más largo el paréntesis de mi 
tío, porque fué mayor la fatiga provocada por 
la tos. En cuanto se repuso un poco, continuó 
diciendo: 

—Pues bueno, y á lo que te iba: ya estás al 



PEÍDAS ARRIBA. 335 

tanto de las cosas y tienes en marcha tu plan; 
aquf empiezan las alegrías de la buena entraña, 
pero también las desazones gordas, si no te 
armas mucho de paciencia, ¡pero mucho, pis"* 
pajol Porque vuelvo á decirte que estos hom«- 
breSy como caerás tú prontamente en ello, no 
todos son santos. Pero cinco dedos tenemos en 
cada mano, y no hay dos que resulten iguales: 
lo mismo pasa entre los hijos de £eunilia; y pa- 
sando así en una familia de pocos y de una 
sangre sola, ¿qué no pasará en una familia de 
muchos, como ésta en que hay hijos de tantas 
y tan diferentes madres? Toparás, de vez en 
cuando, hasta con desagradecidos, y verás que 
éste es el tropiezo que más duele y el que más 
obliga á cerrar los ojos para seguir adelante con 
el deber que uuo tiene con Dios y con sus bue- 
nas intenciones; y obrando así, hasta llegarás á 
mirar á esos desdichados como á hijos que más 
necesitan, por sus flaquezas, del amor y de la 
vigilancia del padre. De todas suertes, la pros- 
peridad y el agradecimiento de los buenos te 
consolarán de la ingratitud de los que no lo son 
tanto; porque malos, propiamente, yo no los 
conozco aquí: la verdad sea dicha. Llevada de 
este modo la tarea, acabarás por tomarla mucha 
ley; pero guárdate bien de darla nunca por ase- 
gurada, por ñrme que la creas por todas partes, 
porque torres más altas y de esa misma hechura 



336 OBRAS DB D. JOSá M. DB PBRBOA 

se han venido al suelo de la noche á la mañana» 
Tan seguros como yo á estos hombres, tenía á 
los de Coteruco mi gran amigo don Román 
Pérez de la Llosía, y ya te he contado cómo y 
por qué, dos años hace, en cuanto vinieron es- 
tas políticas nuevas que hoy nos gobiernan, en 
un abrir y cerrar de ojos se le fueron de las 
manos; y de hombres agradecidos y cariñosos» 
se convirtieron en fieras enemigas suyas, hasta 
el punto de verse obligado el caballero, más 
por dolor de lo que veía que por miedo que lo 
tuviera, á mudar su residencia á Santander con 
toda su familia. Y por allá se anda á las fechas, 
sin apartar los ojos de su pueblo, aunque con 
el consuelo, últimamente, de ver cómo van 
echándole de menos allí y suspirando por él 
los mismos que le vilipendiaron, según van 
volviendo las heces al fondo de la cuba, re- 
vuelta por manos viles. 

Lo que te probará, por otra parte, hijo mío, 
que la semilla buena no puede dar nunca malos 
frutos, y que á la corta ó á la larga, y después 
de haber sembrado así, lo bueno siempre triun- 
fal y sale á flote por encima de todo. Con esto 
no te canso más por ahora, y vamos á dejar, si 
te paez, todos estos cachivaches como estaban. 

Procedimos á ello, es decir, procedí yo, por- 
que mi pobre tío no estaba para moverse de la 
aillai y á duras penas logró sacar de la argolla 



PENAS ARRIBA 337 

la llave de la arqueta después de cerrada y 
abierta por mí varias veces bajo su dirección, 
para que no se me olvidara el secreto de la ce- 
rradura, y mientras iba yo colocando cada cosa 
en su sitio y trancaba la alacena, cuya llave 
quiso separar también del llavero, y separé yo 
al ñn, á sus instancias, por no tener él fuerzas 
ni paciencia para hacerlo. 

En seguida me entregó las dos llaves, sin 
consentirme la menor palabra en contra de su 
decisión irrevocable. 

— ^Pero, alma de Dios — ^me dijo por último 
razonamiento, — ¿note has enterado de que son 
inútiles ya en mi llavero? ¿No has visto que ni 
para mover las tablucas desclavadas de la ala* 
cena me quedan fuerzas ya? ¿Cómo, sin dar 
cuarto al pregonero, he de componerme para 
llegar con las manos á lo que hay dentro de la 
caja? ¿No lo consideras? Pues si (lo que no es 
de esperar) necesitara yo algo de ello en lo que 
me queda de vida, por no alcanzar lo corriente 
que anda más á la mano en los cajones de esa 
cómoda, con pedírtelo á tí estaba el punto re- 
suelto. Conque basta de esta conversación, y Q, 
otra cosa... Quiero también que te lleves á tu 
cuarto estos papeles que estaba yo hojeando 
cuando entrastes aquí, para que te vayas en- 
terando de ellos si no tienes cosa más divertida 
en qué entretenerte, 

TOMO XV 242 



338 OBRAS DB D. JOSá M. DB PBRBDA 

Hizo apresurada y torpemente con todos los 
que estaban desparramados sobre la cómoda» 
un revoltijo lastimoso, y me los entregó así. 
Mientras yo los plegaba y ordenaba un poco 
mejor, le exponía excusas y reparos que resul- 
taban inútiles: no quería oirme. Cuando acabé 
mi fácil y breve tarea» me dijo: 

— Ahora vuélvete, hijo mío, á tus quehace- 
res y á orear un poco la cabeza por la casa; y 
vete en la confianza de que si con lo tratado 
aquí entré los dos no me has quitado la enfer- 
medad de encima, me has dado fuerzas y áni- 
mo que ya no tenía para llevarla sin pena ni 
miedo hasta la misma sepultura; y esto, en mi 
modo de ver, vale más que una buena salud. 

Después me abrazó, y todavía me dijo antes 
de moverme yo hacia Ja puerta de salida, vol- 
viéndose él hacia la solana: 

— Mira, hombre: hasta la ira de Dios parece 
que se ha calmado también: ya no llueve tanto 
ni truena ni rebomba el viento como antes. 

Y era la pura verdad: la misma luz de la es- 
tancia, á pesar de irse acabando la tarde, era 
menos triste que cuando yo había entrado ea 
ella. 



XIX 




L cerrar la noche de aquel día sólo 
quedaban del temporal unos rumores 
lejanos é intermitentes, á manera de 
f jadeo de su cansancio después de una 
brega feroz y continua durante semana y me- 
dia. Con este motivo fué la tertulia algo más 
animada que las anteriores últimas, y hasta el 
patriarca presidente de ella parecía otro por lo 
parlanchín que estuvo y lo espabilado de hu- 
mor. Bien conocía yo la causa del milagro. 
Como conocía la de que Facia, al revés de to- 
dos los demás, anduviera tan alicaída y tétrica 
las pocas veces que se dejó ver en la cocina. Le 
faltaban á la pobre aquellos estampidos de la 
borrasca en la boca de la chimenea, que arro- 
jaban sobre los recogidos llares costras de ho- 
llín tan grandes como la palma de la mano; 
aquel redoblar de los granizos en las puertas y 
en las ventanas de la casona; aquel chorreo in-^ 



340 OBRAS DE D. JOSÉ M. DB PEREDA 

cesante de los goteriales del tejado, y aquel 
fluir de los aguaceros por patios y corraladas» 
en regatos espumosos que se despeñaban des- 
pués por los declives de afuera buscando el río 
que ya no cabía en su cauce. Mirábala yo com- 
pasivo algunas veces, y respondíame ella con 
una mirada melancólica, que parecía significar: 
c Ya está la bonanza ahí; ¿ve usted qué desgra- 
ciada soy?» Y esto era lo que más me preocu- 
paba aquella noche, cuando tanto y de cuenta 
propia tenía en qué emplear la imaginación 
después de lo ocurrido dos horas antes en el 
aposento de mi tío. ¿No tiene cosas bien inex- 
plicables la picara condición humana? Pero 
luego se cambiaron las tornas y las pagué to- 
das juntas, como decirse suele, porque apenas 
pegué los ojos en toda la noche, y eso que me 
había metido en la cama bastante descuidado 
por haber visto á mi tío en la suya durmiendo 
con la tranquilidad de un mozo. ¡Entonces sí 
que vi con los pormenores más nimios, y con 
toda su luz y su cortejo de premisas, deduccio- 
nes y comentarios, la escena de aquella tardel 
No pude averiguar si, en definitiva, el pensar 
tanto y tanto en ella me resultaba grato ó me 
mortificaba: matices había para todo en el cua- 
dro y en los pensamientos. Lo cierto fué que, 
desazonado y nervioso con la batalla de mis 
preocupaciones á obscuras, encendí la luz, y 



PBf^AS ARRIBA 34! 

que no bien la hube encendido, me acordé de 
los papeles que mi tío me había dado en su 
cuarto al despedirnos» y había guardado yo des- 
pués en un cajón de la cómoda. 

— Buen recurso — me dije, — ^para sobrellevar 
estas largas horas de insomnio. 

Levánteme en seguida, cogí los papeles y me 
volví á la cama, dispuesto á enterarme de ellos. 
Los principales eran tres: el testamento de mi 
tío, un inventario de sus propiedades valora- 
das en venta y renta, y una memoria dedicada 
á mí, de letra suya, con los renglones muy tor- 
cidos y bastaate emborronada: estaba firmada 
con fecha posterior á la del testamento, y muy 
poco anterior á la de la primera carta que me 
había escrito después de enfermar. 

Empecé por el testamento, que era largo y 
minucioso. Después de las mandas piadosas y 
benéficas, que eran muchas, entre ellas una muy 
importante relativa á la escuela municipal, ha- 
cía muy buenos legados á sus sirvientes, en 
particular á Facia, á la cual dejaba en propie- 
dad, amén de su correspondiente legado en di- 
nero, la casería, con tierras y ganados, en que 
había vivido recién casada con el bribón que la 
engañó; perdonaba todas las deudas á sus con- 
vecinos de Tablanca, y las rentas del año en 
que falleciera á los llevadores de sus hacien- 
das, cabanas y rebaños. Dejaba á mi hermana 



342 OBRAS DE D. JOSÉ M. DE PEREDA 

isna finca de dos que poseía en la provincia de 
León; y del remanente de su caudal, después 
de hechas éstas y otras menos importantes de- 
ducciones, me nombraba á mí heredero, por ser 
el único varón de la línea directa de los RuÍ2r 
de Bejos. 

Puestas las cosas aquí, y sin gran sorpresa 
mía después de lo tratado por la tarde mano á 
mano con el testador, entré en muy vivos de- 
seos de conocer el valor aproximado del caudal 
hereditario. Al fin y al cabo, |qué demonio! era 
yo también de carne flaca como los demás hom- 
bres. Según yo lo esperaba, por antecedentes 
que tenía adquiridos de mi padre, todo el cau- 
dal de mi tío, para un hombre de su modo de 
vivir, era muy considerable; pero para un Ruiz. 
de Bejos de mis usos y costumbres, ya era co- 
sa muy diferente: mejor dicho, aquel caudal r 
disfrutado en Tablanca como le disfrutaba mi 
tío, era una verdadera riqueza; viviendo coma 
yo vivía en Madrid, sin ser manirroto ni mu- 
cho menos, me le hubiera comido en pocos 
años. Así y todo (¿á qué negar lo que no desa- 
grada porque es inherente á la humana contex- 
tura?), me sentí muy satisfecho con la herencia^ 
la cual llegaría á hacerme el primer hacendada 
de Tablanca. ¿A quién le desagrada ser el pri- 
mero en cualquier parte del mundo habitado y 
iiabitabie, por obscura y mínima que ella sea? 



PBNAS ARRIBA 343 

Valga por compensacióa de esta flaqueza, la 
mortiñcación que sentí con los temores de que 
no fuera tan desinteresada como yo creía la 
gratitud cariñosa con que respondía mi cora- 
zón á las larguezas y distinciones de mi tío. 

Su memoria, redactada con el espontáneo y 
agradable desaliño que le era propio, se redu- 
cía á exponerme, á grandes rasgos, el armazón 
de su obra benéfica, llamada por él csu deber;! 
ios frutos principales de ella; lo que le costaba 
aproximadamente cada año en dinero, porque 
en paciencia no tenía calo ni medida, y una 
relación de las familias de Tablanca más me- 
recedoras, por sus especiales condiciones y 
virtudes, del amparo y la estimación de da ca- 
sona.! Todo aquello me lo declaraba para mi 
gobierno solamente. £1 único encargo que me 
hacía, y muy encarecido, era el de procurar 
que no se desmembrara durante mi vida el pa- 
trimonio de los Ruiz de Bejos que pasaba á 
mis manos íntegro y tal como él le había reci- 
bido de las de su padre y éste de las del suyo, 
ni al heredarme mis hijos, si llegaba á tenerlos; 
y si no, que pasara á los de mi hermana con 
igual recomendación para los mismos fines, 
siempre que fueran compatibles con las leyes. 
Por de pronto y para tío de puertas adentro, i 
que me dejara guiar por las indicaciones del 
párroco don Sabas Peña; y si no vivía éste ya, 



344 OBRAS DE D. JOSB M. DB PEREDA 

de la persona que me buscaría por su mandato. 
Él no podía explicarse con mayor claridad allí, 
porque los papeles son cosas livianas que se 
lleva el aire fácilmente, ty vaya usted á saber 
en qué manos van á dar á lo mejor.» Después 
me nombraba las personas encargadas de ad- 
ministrarle las ñncas f que radicaban» fuera del 
valle y de la provincia, y concluía advirtiéndo- 
me que, como ya se declaraba en el testamen- 
to, á la hora en que escribía aquellos renglo- 
nes no debía nada á nadie, como no fuera su 
alma á Dios, en cuya misericordia confiaba y 
á quien pedía que hiciera el milagro de que yo 
sintiera alguna vez el deseo de dejar los huesos 
en el campo santo de Tablanca, después de 
haber vivido muchos años en la casona de los 
Ruiz de Bejos. 

Como los demás papeles, aunque relaciona- 
dos con el caudal de mi tío, no me ofrecían 
gran interés, renuncié á su detenida lectura 
por entonces, y consagré el tiempo que tenía 
bien de sobra á espaciar la imaginación, á ojos 
cerrados, por el campo variadísimo de los su- 
cesos de aquel día. Así me cogió el sueño muy 
cerca del amanecer. Cuando desperté, entraba 
la luz en mi gabinete por el cuarterón que 
siempre dejaba entreabierto en la puerta de la 
solana. Me pareció que la luz era más alegre 
que la que me había saludado en idénticos ca- 



PEÑAS ARRIBA 345 

SOS durante la última quincena, ó que estaría 
el sol ya muy arriba, lo cual no sería extraño 
por lo tarde que me había dormido por la no- 
che. Miré el reló que tenía á la cabecera de la 
cama, y vi que eran poco más de las ocho. Á 
pesar de la falta que me hacía dormir un buen 
rato más, levánteme y abrí todo el cuarterón. 
El poco cielo que veía desde allí, estaba raso 
y azul como un paño de seda, y el sol bañaba 
ya todos los picachos del Oeste. Relucían las 
peñas y los troncos y los bardales y los suelos 
por todas partes, eso sí, y se sentía un frío hú- 
medo y pegajoso que llegaba hasta los huesos; 
pero estaba risueña y en calma la Naturaleza, 
y esto levantaba mucho los ánimos. 

Pensando más que en estas cosas en mi tío, 
á quien anhelaba saludar como todos los días 
al levantarme (especialmente desde que anda- 
ba tan alicaído, y me había recomendado mu- 
cho el médico la mayor vigilancia sobre él), y 
barajando con este sentimiento los recuerdos 
que se iban despertando en mi memoria, des- 
paché en el aire mis operaciones de tocador. 

— Y vamos á ver — decíame á mí propio en 
cuanto me hallé dispuesto á salir del cuarto, — 
' ¿qué cara pongo á mi tío después de lo que ha 
pasado esta noche? ¿En qué temple de ánimo, 
en qué estilo he de expresarle lo que procede? 
Y ¿cuál es «lo que procede?» Porque él debe 



34^ OBRAS DB D. JOS¿ M. DB PBRBDA 

dar por hecho que á estas horas estoy enterado 
de todo; y en casos tales, un grado más ó un 
grado menos de lo justo en la expresión de lo 
que se siente, desnaturaliza la seriedad de un 
papel, y hasta pone en ridiculo al actor. 

Afortunadamente se anticipó él mismo á sa- 
carme del atolladero. Sin responder á la saluta- 
ción que le hice en la cocina, adonde había ido 
el infeliz desde la cama, me dijo, porque está- 
bamos solos en aquel momento: 

— Como ya habrás leído los papeles que te 
entregué ayer tarde, por lo menos el principal 
de todos, quiero, y así te lo mando, que no me 
hables una palabra ahora, ni después ni nunca» 
de esos particulares ni de ningún otro que sea 
pariente de ellos. Hazte la cuenta de que no ha 
pasado nada entre nosotros de dos semanas acá^ 
y atente á ello si deseas darme gusto. ¿Enten- 
dístelo? Pues en la creencia de que sí, te digo 
ahora, respondiendo á tu pregunta de antes, 
que he pasado una noche de las buenas, {de las 
buenas, trastajol He dormido más de cuatro 
horas, y no he tosido veinte veces. 

Por este camino tan cómodo salí del com- 
promiso qué tanto me apuraba, y bien sabe 
Dios cuánto me alegré de ello. ¡Sobre que las 
resoluciones de mi tío habían de ser irrevoca- 
bles!... Pero {qué malo estaba el pobre, no 
obstante la extraordinaria mejoría de su espí- 



PBÑAS ARRIBA 347 

iritu! i Cómo se iban conociendo de día en día^ 
en su cuerpo aniquilado, las zarpadas de la 
muerte! 

Hacia las once de la mañana aparecieron en 
la casona don Pedro Nolasco y toda su familia, 
es decir, su hija y su nieta, y fueron recibidos 
en mi habitación, donde también había brasero 
y nos hallábamos mi tío y yo con Neluco que 
había ido á hacerle su visita diaria. Lita lleva- 
ba la cabeza envuelta en una esponjada toqui- 
lla de color azul celeste, que realzaba la frescu- 
ra de su linda cara sonrosadita por la crudeza 
del aire serrano, y todo el cuerpo gentil arrebu- 
jado en un chai de lana gris, de mucho abrigo» 
Según entraba y hablaba en su estilo regocijado 
y pintoresco, iba destocándose la cabeza y des- 
envolviendo el airoso cuerpo con sus ágiles 
manos medio cubiertas por mitones rojos de 
estambre. Mirándola á ella y mirando al sol que 
inundaba el valle, tras unos días tan negros y 
tan tempestuosos como los recién pasados, yo 
no sé por qué llegué á ver en la nieta de don 
Pedro Nolasco algo así como la paloma que 
volvía al arca anunciando que había cesado ya 
la ira de Dios y que toda la Naturaleza surgía 
de los abismos de tinieblas puriñcada de las 
culpas é iniquidades de los hombres. Don Pe- 
dro Nolasco hacía temblar las paredes con el 
estruendo de sus ponderaciones de lo recio y 



34^ OBRAS DB D. JOSá M. DB PBRBDA 

de lo crudo del temporal. No recordaba otro 
como 61 de muchos años atrás. Había estado 
como sin sangre en aquellos días, y no hubo 
durante ellos lumbre que alcanzara á meterle en 
calor. Y bien se conocían, sin que él los pon- 
derara, los chamuscones que se había dado, 
porque apestaba desde lejos á humo de cocina, 
y tenía la piel como los chorizos curados, y has- 
ta con hollín. Mari -Pepa no veía motivos para 
tantas ponderaciones: aquel temporal había si* 
do como otros muchos que habían pasado y que 
pasarían. Lo único de él que la mortiñcó verda- 
deramente, fué el privarla, y privar á todos los 
de su casa , de ir á hacer un rato de compañía á. 
don Celso y ver cómo andaba de salud. Y á eso 
iban entonces, aprovechando el primer sol que 
se veía después de una quincena de aguaceros y 
tcelleriscas, » y sobre todo ello se habló mucho 
en muy poco tiempo, quitándose unos á otros la 
palabra, mientras Lita, corriendo su silla hacia 
la mía que estaba alejada del brasero, me con- 
taba, casi al oído, lo alarmados que estuvieron 
todos en su casa con las noticias que Neluco les 
iba dando de mi tío, al pasar por allí de vuelta 
de sus visitas, y el trabajo que le había costado 
á ella disimular la pena que acababa de sentir 
al encararse de pronto con don Celso. iQué 
morfalón le veía. Virgen y Madre de Dios! Y 
tras esto, me acosó á preguntas: si comía, si 



r 

I PBNÁS ARRIBA 349 

I descansaba, si conocía su estado^ si me daba 
I mucbo que hacer, si podían ellos hacer algo en 
I alivio nuestro; porque ya se sabía que casa sin 
r mujeres, andaba como Dios quería en los apu- 

ros graves. Buena era Facía, buena era Tona; 
pero... al cabo, al cabo.*. Vaya, que no era lo 
mismo. Su madre era una gran enfermera, y 
ella tenía buena voluntad; y cuando llegara el 
caso, si desgraciadamente llegaba, que no an- 
duviéramos con miramientos que no pegaban 
bien entre vecinos amigos y hasta parientes. 

Como á lo más de esto tuve que responder, 
y la conversación continuaba enredándose en 
el otro grupo con la inagotable verbosidad de 
Mari- Pepa, y hasta se marchó Neluco de la vi- 
sita, porque tenía que hacer otras dos antes de 
comer, y, sobre todo, porque estaba yo muy á 
gusto al lado de aquella criatura tan atractiva^ 
lo tratado entre los dos se fué enredando tam- 
bién poco á poco, hasta extraviarse al fín por 
derroteros que ninguna comunicación directa 
tenían ya con el punto de partida. 

Todas las mujeres que yo llevaba tratadas en 
el mundo, con más ó menos intimidad, como 
formadas en un mismo plantel y educadas con 
unos mismos fines, salvas muy importantes di- 
ferencias plásticas, de esas que tocan más al 
cuerpo que al espíritu del observador, me ha- 
bían dado en definitiva una suma de semejan- 



350 OBRAS DB D. JOSÉ M. DE PBRBDA 

zas morales que llegó á parecerse á la monoto- 
nía, según mi manera particular de ver esas co* 
sas; y de aquí, es decir, de esa condición mía, 
de la desgracia ó de la fortuna de no haber sido 
formada mi naturaleza del mismo barro que la 
de otros hombres llamados f impresionables,» 
la falta de verdadera curiosidad y, por consi- 
guiente, de hondo interés hacia aquellas muje- 
res, á pesar de haber vivido con ellas en conti- 
nuo trato. Pero el caso de Lita ¡era tan diferen- 
te de los otros casos! Por de pronto, yo encon- 
traba á su lado una complacencia, una delecta- 
ción muy extraña y enteramente nueva para mí. 
Buscando una comparación para este sentimien- 
to, veníanseme á las mientes ejemplos muy ra- 
ros: verbigracia, los lienzos recién lavados y 
secos, el heno de las praderas con su fragancia 
«á salud,» y el agua de las fuentes rústicas con 
su pureza transparente. Aspirando la una, po- 
dían pasarse cías horas muertas» contando las 
pedrezuelas relucientes del fondo de la otra. 
¡Placer bien primitivo y candoroso ciertamen- 
te! Pero era un placer, al cabo, para quien no 
había hallado otro equivalente entre los refina- 
dos artificios del mundo; y por eso sin duda le 
daba ya tan alto precio en aquellas bravias so- 
ledades. 

Ello fué que la tentación de contar las pedre- 
zuelas de la fuente me entró aquel día con do* 



PBÑAS ARRIBA 35 1 

blada fuerza que en otras ocasiones, y que no 
pudiendo resistirla, me lancé á la empresa, to- 
mando por pretexto el temporal pasado, nues- 
tras forzadas encerronas por su culpa, y los que 
nos esperaban á las puertas del lugar. Porque 
yo me preguntaba, viendo, admirado, aquella 
criatura de tan equilibrado organismo; pero, se- 
ñor, ¿de qué se alimentan este alma tan regoci- 
jada y satisfecha, y esa cabecita luminosa que 
irradia los pensamientos sin el estorbo de una 
sola nube, en el mismo campo en que yo, hom- 
bre atiborrado de lecturas y de recuerdos, no 
hallo con qué levantar un poco el espíritu en 
cuanto se nubla la luz del sol? ¿Qué cantidad 
de ideas puede haber en ese cerebro, de qué 
calidad serán y cómo las ha adquirido? No lle- 
gaba yo con mis preocupaciones de hombre 
mundano hasta el extremo de creer que no pu- 
diera llevarse con resignación la vida descono- 
ciendo totalmente la magia del gran escenario 
de mis preferencias, porque tenía en contra de 
■este absurdo el ejemplo de Mari- Pepa y el de 
su amiga de Robacío, que eran el colmo de la 
felicidad dentro de ese mismo desconocimiento 
absoluto, sin contar las rudas y sedentarias la- 
bradoras que no sabían lo que era una pesa- 
dumbre. Pero Lita era mucho más que esto, y 
mucho más que su madre y que la hermana de 
Neluco, con no haber visto mayor cantidad del 



353 OBRAS DE D« JOSÉ M. DB PBREDA 

mundo, ni bebido las ideas en mejores fuentes 
que ellas. Tenía unas afinaciones, unas delica^ 
dezas de sentido, y un alcance de vista en las 
honduras de las cosas, aunque tratadas medio 
en chanza y á la ligera, que solamente las con- 
cebía yo en las inteligencias muy cultivadas» 
£1 caso ué, repito, que di principio á la in- 
vestigación, movido de una curiosidad muy 
grande; pero teniendo buen cuidado, por aco- 
modarme en lo posible á las naturales condi- 
ciones del terreno, de allanarme yo mismo al 
nivel de lo más sencillo y rudimentario: casi, 
casi, me introduje en su conciencia por las 
puertas aprendidas en la infancia en el catecis- 
mo del Padre Astete: t Sitios por donde había 
andado, ocupaciones que había tenido.» En 
substancia, de eso vinimos á tratar en los co- 
mienzos de mi labor. De lo primero no supe 
más que lo que ya sabía por Neluco Celis: un 
mundo de cuatro leguas, escasas, á ia redonda 
de Tablanca; dos ó tres familias del pelaje de 
la suya, esparcidas por él; dos ferias cada pri- 
mavera, si el invierno no había sido muy largo, 
y tres ó cuatro romerías en el transcurso de ca- 
da verano. ¿Deseaba ver algo más que eso? 
¡Pshl... por desear propiamente, no. Ahora, 
alegrarse de tener ocasión de conocerlo un po- 
co, puede que sí, porque á nadie le amarga ua 
dulce; pero de todas suertes, á ella se le figu-* 



PEÑAS ARRIBA 353 

raba que no había de encontrarse á gusto entre 
tanto y ctan pomposoí revoltijo. Una amiga 
suya» de más allá del Puerto, la mandaba al- 
gunas veces un periódico de modas que ella 
recibía cada semana; por los dibujos y las ex- 
plicaciones de ese papel , estaba al tanto de có- 
mo se vestían las señoras para ir á las grandes 
fiestas y al paseo, c {Virgen la mi Madre,! 
cuánto dinero debían de gastar en esas galas y 
diversiones, y qué mal la sentarían á ella tan- 
tos lujos, avezada á las pobrezas de una aldeu- 
ca montes, y qué avergonzaba se vería en aque- 
llos festivales tan resplandecientes, debajo de 
unos perifollos que no sabría manejar I... {Qui- 
ta, quital Bien se está San Pedro en Roma. 
Algo más que las estampas de aquellas seño- 
ras, la entretenían en el papel unos dibujos de 
labores que se hacían fácilmente y sin costar 
mucho dinero. De esas había ido llenando la 
casa. También había aprendido en el mismo 
papel á cortarse los vestidos y chaquetas. ¿Qué 
mejores entretenimientos para pasar horas so- 
brantes? Porque cuando no tenía labor para sí 
propia ó para los de su casa, se la daban bien 
abundante la mitad de las mozas de Tablanca. 
¡Corno ella no sabía negarse, y las otras po- 
bres no conocían otro refugio cuando se trata- 
ba de las galas domingueras!... ciPero qué cu- 
riosón era yo, Virgen de las Nieves! ¡Si que- 
TOMO XV 23 



354 OBRAS DB D. JOSÉ M. DE PBRBDA 

rría burlarme de ella?» ¿Por qué la preguntaba 
esas cosas, ni qué podían importarme á mí, 
que tanto había visto por el mundo y conoce- 
ría á tantas damas de las lujosas del papel? Ya 
contaba yo con esta salida de los carriles del 
asunto, lugar común de toda clase de ínter lo- 
cutoras en diálogos por el estilo: pura modestia. 
¡Cómo no había de interesarme á mí, más que 
todo lo que llevaba visto de lo que hay y se 
ve en todas partes, aquel hallazgo tan lindo y 
tan nuevo, donde menos se podía esperar? No 
eran adulaciones ni t cortesanías de madrileño» 
estas palabras: podía jurárselo, y esperaba ser 
creído sin que ella me pusiera en un extremo 
tan desfavorable para mi formalidad. £n esa 
confianza, lejos de enmendarme, reincidía en 
el supuesto pecado, y á la prueba si no. Lec- 
turas. ¿Cuáles eran las que más la gastaban? 
¿Qué libros había leído?... {Libros ellal... si 
yo me refería á los que se usaban entonces. No 
pasaban de tres: dos que le había prestado la 
amiga del papel de modas, y otro que había 
traído su padre de Andalucía* Los de la amiga 
trataban de amoríos muy tiernos que la pusie- 
ron algo triste, porque le daba lástima de loa 
pobres enamorados: en los dos libros se veían 
y se deseaban las parejas de novios para salir* 
se con la suya. £1 libro de su padre tenía es- 
tampas, y era una historia de bandoleros qae 



PENAS ARRIBA 355 

robaban y mataban y eran al mismo tiempo 
muy blandos y muy nobles de corazón. Eso no 
lo podía entender ella bien... Pues estos libros 
y f los de casat eran los únicos que había leído 
en toda su vida. Y ¿cuáles eran «los de casaPi 
Pues uno muy grande y muy antiguo de Car* 
tas de Santa Teresa, que ya le sabía de memo- 
ria; el Año Cristiano, que leía en alta voz su 
madre todas las noches por el capítulo del 
santo correspondiente al día; la Guía de peca- 
dores, que su abuelo leía del mismo modo de 
vez en cuando, y de tal arte, que la llenaba de 
espanto y no la dejaba dormir con sosiego des- 
pués en media semana; y, por último, Don 
Quijote de la Mancha. Éste le leía ella sola para 
sí, aunque salteando algo la lectura, porque 
muchas cosas que había allí no eran para gus- 
tadas de pronto por una mujer tan ruda como 
ella. Sobre la calidad de las personas de su 
trato, ya me había dicho lo principal; el resto, 
•á la vista lo tenía. ..t «Pero, Señor de los 
cielos — ^volvía á decirme; — ¡ni aunque estuvie- 
ra obligada á confesarme con ustél t 

Y de este género eran todas las pedrezuelas 
que fui contando y estudiando en el fondo de 
aquella fuente cristalina y tentadora. Yo com- 
prendía que con ello solo pudiera Lita confor- 
marse y vivir alegre sin desear otra cosa mejor 
(«mejort s^án mi criterio), y que con una tra* 



356 OBRAS DB O. JOSÉ M. DE PBRBDA 

vesura natural y una inteligencia tan clara co- 
mo las suyas, se pudiera llegar hasta el disi- 
mulo de muy apremiantes deseos; pero aquel 
arte delicado con que manejaba la escasez de 
sus recursos exteriores ^ ¿dónde le había apren- 
dido? ¿Cómo podían concebirse tantos y tan 
variados registros en una máquina tan simple? 
Éste era el caso extraño para mí. 

— ¡Pero qué majadero soy! — me dije de pron- 
to, al sentir el paso de un recuerdo por mi me* 
moría, — ¿qué más escuela ni qué más libros ne- 
cesita que Neluco? 

Sentí también remordimientos deconciencia^ 
cútno si estuviera poniendo mis manos en el te- 
soro de un amigo, y me apresuré á dar un tajo 
á la conversación, llevando en seguida los res- 
tos de ella hacia la otra que ya estaba en la 
agonía por falta de materia ó por sobra de can- 
sancio entre los interlocutores. 

Marcháronse poco después los visitantes, de- 
jando á mi tío muy fatigado con la conversa- 
ción en que había tomado, por rebeldías de.su 
temperamento, más parte de la que debiera, y 
yo llevé mi cortesía en aquella ocasión al ex- 
tremo de acompañar á la familia de don Pedro 
Nolasco hasta el pedregal en que empieza á 
descender la cambera hacia el pueblo. {Qué 
graciosamente pisaba Lita con sus primorosas 
almadreñas, y con qué donaire se recogía los 



PBÑAS ARRIBA 357 

pliegues airosos de su vestido, que apenas de- 
jaban ver dos dedos de media blanca sobre el 
ancho y peludo ribete de las zapatillas! 

Por la noche me dijo Chisco asaltándome en 
e\ pasadizo que seguía yo para ir á la cocina, 
de la cual salía él: 

— ¿No tenía usté ganas de probase un pocu 
«n algu de caza mayor? 

Respondíle que sí, temblando sin saber por 
qué, y añadió: 

— Pos á la manu tien la proporción de eyu, 

— ^Explícate, — le dije algo nervioso, sin duda 
por el exceso de mi curiosidad. 

— Se ha vistu él osu. 

— ^¿En dónde? 

— Encima del mesmu Rejoyón del Salguera: 
á hora y media de aquí. 

— Bien; pero... de paso. 

— ¡Quiál no, señor: encuevándose. 

— Conque... encuevándose.. • Y ¿quién le ha 
visto? 

— Chorcus, esta mañana, viniendo del inver- 
nal de Picachus. 

— ^¿Está bien seguro de haberle visto? 

— Como yo de que estoy viéndole á usté 
ahora mesmu; y el oju suyu no falla pa esas 
visualis, ni el golfatu tampoco, porque lu tiea 
de sagüesu fínu. 

— Corriente... y ¿qué pensáis hacer? 



35^ OBRAS DB D. JOSÉ M. DE PBRBDA 

— Pos salir los dos de madruga á dale lo» 
güenos días. 

— ¡Solos? 

—Y ¿pa qué más? No será la primer vez,.. 
Pero como usté me tenía alvertíu de tiempus 
atrás que si se presentara una proporción de 
esas, la aprovecharía con gustu... 

— Tienes razón, y has hecho muy bien en 
avisarme... ¡Vaya si te lo agradezco!... hasta 
por la reserva con que lo haces, sin duda para 
que no se entere mi tío. ¿No es verdad? 

— Muchu que lo es... ¡como que por eso iba 
á buscali á usté á su mesma sala, cuando le he~ 
alcontrau en el caminu... pa que no se enteri 
el amu que está en la cocina!... Porque el re- 
«au no me le dio Pitu hasta jaz un cuartu de 
hora. 

— Perfectamente... Pues la palabra es pala- 
bra; y si la salud de mi tío lo permite, iré con 
vosotros con muchísimo gusto, \yo lo creo! 
Pero entendámonos: ¿cuánto durará esa expe- 
dición?... porque yo no puedo dejarle mucho 
tiempo solo. 

— Ni yo tampocu faltar de casa más de lo re» 
guiar. Anque pa la amañanzadel ganau, ya deju 
quien jaga mis vecis... Usté cuenli por seguru 
que, enterus ó en peazus, estamus de güelta pa 
la hora de comer» 

— ¡Qué cosas tienes, hombre!... Conque en- 



PBÑAS ARRIBA 359 

teros Ó en pedazos, |como si fuera tan arries- 
gado el lance! 

— No es de bodas propiamenti; pero clara 
está que el dichu fué sólu por decir. Tocanti á 
lo demás, si tien usté el menor... vamus... el 
menor recelu por la bestia, que no deja de im- 
poner un pocu la primera vez... y tamién las 
siguientis, no venga, que compromisu de eyu 
no hay firman. 

Me tocó en lo vivo la salvedad del mozón, 
que no estaba fuera de lo prudente ni dejaba de 
venir al caso, y me la eché de terne, pregun- 
tándole con brío bastante forzado: 

— ^¿Qué armas hay que llevar? 

— Pos la escopetá\ con cartuchu de bala, y 
güen acopiu de eyus; el cochillón de monti, por 
si es casu... 

—¿Crees que podrá hacer falta, eh? 

— Á mí me ha prestan güen serviciu más de 
ima vez... y Uévisi tamién esi cachorriyti de 
muchus tirus, que no sé cómo le yaman ustéis. 

— ¿El revólver? 

— Esi mesmu. 

— ^¿Y nada más? 

— Y güen oju y mejor pulsu. 

— PerOy hombre.», me parece á mí que para 
una bestia sola, siendo tres los cazadores, no 
se necesita tanto arsenal... 

— Si estuviera sola propiamenti, c<m el pri- 



360 OBRAS DB D. JOSá If. DE PBRBDA 

mor tiru le bastaba, si era míu; pero como está 
encueva, jvaya usté á saber! ... Hay que mirar 
las cosas. 

— En resumen, ¡canario! ¿vosotros vais con 
alguna confianza? 

— Y si no la yeváramus, no juéramus. 

— Pues mañana, cuando sea hora de empren- 
der la marcha, entras en mi cuarto; y si estoy 
dormido, me despiertas. Te prometo que sí no 
tiene novedad mi tío, iré con vosotros; pero si 
desgraciadamente la tuviera... ya ves tú... Con- 
que hasta mañana. 

Yo no sé qué cara pondría Chisco oyéndome 
hablar así, porque en el pasadizo donde está- 
bamos conversando á media voz, no se veía la 
mano delante. No sé más sino que carraspeó ua 
poquito y que, sin añadir una sola palabra á las 
ndas, echó á andar hacia la escalera, mientras 
yo me dirigía á la cocina donde se oían ya los 
parleteos de los primeros tertulianos. 








XX 




IRGEN Santa, qué noche pasé! Antes 
de acostarme le había dicho á mi tío 
I que si él se encontraba bien y no me 
necesitaba para alguna cosa, pensaba 
madrugar y subir á la montaña con Chisco para 
estirar un poco las piernas y quemar algunos 
<:artuchos, si había ocasión de ello. 

£1 pobre hombre, que se recreaba en hacer- 
me agradable ó, por lo menos, llevadera la 
carga de mi destierro, aplaudió con toda su al- 
ma mi propósito, {cuando hubiera dado yo al- 
go bueno porque me le quitara de la cabeza con 
un par de razones transmisibles decentemente á 
Chisco por mil No lo podía remediar: el com- 
promiso adquirido con él para el día siguiente, 
tne inquietaba mucho; y al verme solo en mi 
aposento después de dejar en el suyo á mi tío» 
cuya con descendencia á mis declarados propó- 
sitos me había parecido algo como firma de juez 



362 OBRAS DB D. JOSÉ M. DE PEREDA 

al pie de una sentencia de muerte, me inquietó 
mucho más; y cuando metido ya en la cama^ 
después de preparado el arsenal que me había 
recomendado Chisco para la batalla, me quedé 
á obscuras, la inquietud anduvo rayando con 
la fiebre. Y yo creo que el caso no era jpara me - 
nos. Dígasele á un hombre de las ciudades^ 
hecho á todas las molicies de una vida rega- 
lona: i vas á vértelas mano á mano con una 
bestia de las más feroces y temibles, en el fon- 
do de una caverna del monte, expuesto á que 
la fiera no esté sola y necesites defenderte de 
otra ó de otras del mismo linaje; i y á ver qué 
carnes se le ponen á ese sujeto, por templado 
que sea. Cierto que Chisco y su camarada ha- 
bían de llevar la mayor parte en el empeño bru* 
tal, y que ya no eran nuevos para ellos esos 
lances terribles; pero al cabo eran dos rudos 
montañeses con más corazón que entendimien- 
to, sobre todo Pito Salces, que no tenía senti- 
do común; y vistas las cosas por este lado, ha- 
bía mucho y muy grave que temer, racional- 
mente pensando. 

Pues en cuanto me quedé dormido, ¡qué sue- 
ños! Manadas de osos por todas partes, y osos 
de todos tamaños y colores; y por remate de 
estas visiones, una caverna tremebunda liena 
de ellos: tres de los más lanudos y graves, sen- 
tados en una peña del fondo; los demás, en 



PBÑAS ARRIBA 363 

apretada masa, ocupando todo el ámbito hasta 
la boca de entrada, menos un espacio muy re- 
ducido entre la primera fila de la masa y los 
tres animalotes de la peña. En este espacio es- 
taba yo, que era el reo en aquella especie de 
juicio oral, y aún quedaba junto á la peña y 
casi enfrente de mí el hueco suñciente para otro 
oso descomunal que se entretenía en afilar las 
uñas en un canto gordo del suelo, mientras se 
pasaba la lengua por los hocicos y me miraba 
con ojos sanguinolentos balanceando la cabeza» 
Aquel oso era el verdugo de allí, que esperaba 
á que los jueces dieran el berrido que me con- 
denaba á muerte, para zamparse una buena ra- 
ción de mis pedazos y arrojar los restantes á la 
muchedumbre que ya se había comido á Chis- 
co y á Pito Salces, con escopetas y todo. Bien 
empleado les estaba, por andarse en guapezas 
temerarias con aquellos animales que no se ha* 
bían metido con nosotros. 

Intentando estaba el último esfuerzo sobre- 
humano para hacerme entender de aquel fiero 
tribunal, cuando me arrancaron de las garras 
del sueño unas cuantas sacudidas de Chisco 
que acababa de entrar en mi cuarto. Pues con 
verme así libre de tan angustiosa pesadilla, aún 
hallé cierta seme]anza entre mi despertar y el 
del reo en capilla por la llegada del verdugo 
para vestirle la hopa. 



364 OBRAS DB D. JOSÉ U. DE PEREDA 

Amanecía ya y» por las trazas, un día de los 
más esplendorosos y templados que podían con- 
cebirse en aquella estación y en aquel pueblo» 
Por esta puerta no había escape, y me vestí 
<:on la resolución de un héroe; pero no me eché 
encima el armamento sin saber antes cómo ha- 
bía pasado la noche mi tío, que de seguro es- 
taba ya despierto, si no levantado, según su 
costumbre de madrugar tanto como el sol 
mientras le quedaran fuerzas bastantes para 
arrojar sus huesos de la cama. Me dirigí en el 
acto á su hatritación, por las rendijas de cuya 
puerta se veía luz. Llamé, y en seguida oí su 
voz que me mandaba entrar. ¡Que Dios me 
perdone si en algún rinconciUo de los más obs- 
curos y remotos de mi corazón, se ocultaba un 
germen siquiera de inconsciente deseo de ha- 
llar en la salud del pobre hombre algún ligero 
trastorno que justificara en mí una resolución 
terminante de no salir de casa c por entonces! t 

Tan ricamente había pasado la noche y tan 
animado le hallé acabando de rezar sus oracio- 
nes acostumbradas, que me costó mucho traba- 
jo reducirle á que no me acompañara hasta el 
portal. En vista de ello, despedíme hasta el me- 
diodía, y me volví á mi cuarto donde me aguar- 
daba Chisco... y el café caliente, con tostadas, 
que por encargo del mozón me había prepara-» 
do Tona... En fin, que media hora después es- 



PEÑAS ARRIBA 365 

tábamos Chisco y yo, armados hasta los dien- 
tes» en el portal, donde Pito Salces, con su es» 
píngarda al hombro y una perruca faldera al 
lado, entretenía sus impaciencias oliscando á 
Tona en sus trajines de arriba. 

Soltó Chisco el Canelo que ya latía en su pe- 
ñera, oliéndose lo que se estaba fraguando en- 
tre nosotros, y me mostró su regocijo, al verse 
libre, poniéndome las manos sobre el peóho..» 
y á riesgo de perder el equilibrio con la fuerza 
de sus cariñosas demostraciones. 

Andando ya monte arriba, me declaró Chis- 
co, en respuesta á una insinuación mía, que no 
habían querido, él y Chóreos, enterar á nadie 
más que á mí del hallazgo del oso, porque tal 
como se presentaba el lance, era teosa currien- 
te y á cañón posau,..* y cuantos menos bultos,, 
más claridad. No era yo de su parecer, y creía 
que, cuando menos, la compañía, por ejemplo» 
de don Sabas, nos hubiera venido de perlas. 
Que no y que no, y que ellos sabían muy bien 
lo que se pensaban. No dije una palabra más 
sobre el caso. 

Tampoco tenía duda para mis acompañantes 
que el anímalo te aquél debía haberss dado, du- 
rante el temporal, la gran vida en su refugio, 
porque harto lo parlaban el esqueleto fresco y 
casi mondo de una yegua, visto por Pepazos 
en una «rejoyá» de las cercanías de la cueva, j 



366 OBRAS DE D. jOSá M. DB PBRBDA 

una becerruca extraviada de la cabana, al ir al 
abrevadero desde el invernal de Escajales, que 
no había vuelto á parecer. Era, por más señas, 
de Maquileros, un vecino del Tarumbo. De 
manera que se trataba de un oso cebado en car- 
ne fresca y á qué quieres, boca, {Excelente 
ocasión la de nuestra visita para afinar el ape- 
tito de su merced! 

Enlazado naturalmente con esta conversa- 
ción, vino el plan de ataque á la fiera en su 
misma guarida después de cerciorados nosotros 
de que estaba en ella. La cosa no podía ser 
más fácil, tal como la ponían los dos cazado- 
res que conocían á palmos la cueva y sus in- 
mediaciones. También se discurrió sobre la 
eventualidad de que su merced hubiera salido 
de paseo ó en busca de provisiones al llegar 
nosotros á su casa, en la cual habría señales 
infalibles de su modo de vivir y de la mayor ó 
menor frecuencia con que la abandonaba. Pero 
si había familia en el domicilio, como era tam- 
bién de creerse, serían muy contados los ratos 
que faltara de él la madre... cú el padre.» De 
modo qu¿ resultaban posibles contra nosotros 
tres, en aquel desatinado empeño, dos osos, 
sin contar la prole, que podía ser abundante y 
talludita. Por supuesto que me guardaba muy 
bien de apuntar estas observaciones que se me 
iban ocurriendo á medida que hablaban los 



PEÑAS ARRIBA 367 

dos mozallones: tenía empeñado mi amor pro- 
pio en aquella empresa, y no quería que se in- 
terpretaran mis razones de sentido común por 
¿diales de encogimiento. 

Después vinieron los consejos y las instruc- 
ciones para mí, que jamás me había visto en 
otra. Me parecían muy bien, sólo que todos 
ellos se fundaban en una misma base: la sere- 
nidad y el buen pulso. ¡Como si estas peque- 
neces se llevaran, en lances tan peliagudos, en 
el morral de las provisiones ó en el cinto de la 
cartucheral Acordábame yo entonces de algo 
semejante que había visto en una piececita 
francesa muy graciosa. Cierto mercader de pie- 
les se presenta en una aldehuela del Pirineo 
con un buen acopio de ellas, adquirido en Ar- 
gel: por esto, y por llevar los fardos y las ma- 
letas determinadas iniciales, y por algo que él 
dice sobre el clima africano 3' las cacerías en 
aquellas selvas, témanle los sencillos aldeanos, 
que eran muy aficionados á la caza, por un fa- 
moso matador de leones. Déjase correr él que 
lo ha notado, porque le tiene cuenta la equivo- 
cación para sus fíaes mercantiles, y comienza 
el asedio de preguntas de aquellos admiradores 
entusiastas del perínclito francés. «Pero, va- 
mos á ver— llegan á preguntarle, — ^¿cómo pue- 
de un hombre ponerse cara á cara con un león 
y atreverse á soltarle un tiroPt A lo que res- 



368 OBRAS DE D. JOSé M. DE PBRBDA 

ponde muy sosegadamente el peletero: «De la 
manera más sencilla. ¿No se han visto ustedes 
alguna vez cara á cara con una liebre? Pues 
imagínense, en cuanto eatén delante del león» 
que el león es una liebre... y no hay más.» 
«Efectivamente — replica el menos optimista de 
los preguntantes, rascándose la cabeza; — sólo 
que me parece un poco difícil hacer esas supo- . 
siciones delante del león, t 

La montaña, desde que yo no andaba por 
ella, había cambiado mucho de aspecto: los ro- 
bledales que dejé bastante bien vestidos toda- 
vía, aunque con el ropaje mustio y amarillen- 
to, se hallaban completamente desnudos, y lo 
mismo les pasaba á las hayas y á los arbustos 
de «hoja mudable. • El suelo estaba deslavado; 
la yerba de las brañas, tendida y atusada como 
el pelo de una cabeza recién sacada del agua, y 
era cada hondonada un torrente. Según íbamos 
ganando altura, encontrábamos más á menudo 
grandes placas ó « tresechones • de granizo 
congelado en las laderas sombrías, y desde 
los Picos de Europa hasta los de Sejos, todas 
las cumbres que se alcanzaban á ver estaban 
cubiertas de nieve, en la que centelleaba el sol 
al herirla de frente con sus rayos. 

Así era el aire ambiente, frío y cortante como 
una navaja de afeitar. Pues con todo ello y con 
lo penoso que era de andar el camino que lleva- 



PEÑAS ARRIBA 369 

bamos, por lo resbaladizo del suelo y la multi- 
tud de obstáculos que nos oponían los desbor- 
dados arroyos, no me iba pareciendo largo. Pue- 
de que consistiera esto en las pocas ganas que 
yo tenía de llegar al fin de nuestro viaje; por- 
que desde luego no consistía en lo divertido de 
mi conversación con los dos mozones, ni en los 
extremos de regocijo á que se entregaba Chór- 
eos á cada instante, como si fuera á sus propias 
bodas. Tal era su irracional inquietud, que an- 
daba dos ó tres veces el camino, igual que los 
perros que iban con nosotros. Intentando parar- 
le los pies un poco, pero muy principalmente 
lanzar la conversación á otro terreno más agra- 
dable, solté entre ambos el tema de sus amoríos 
con las respectivas mozonas. Pito acudió á mi 
llamada como un mastín á la mano que le ofrece 
medio pernil. Chisco, que caminaba á mi lado 
sin perder el compás de sus aplomados movi- 
mientos, apenas dejó descubrir en una mirada 
Bosona y descolorida, que se había enterado de 
la alusión. Chóreos me declaró sin ambajes que 
estaba camerluzaón de toot por la criada de 
mi tío: la tenía en las «telucas de los ojost y 
«metía de patas en el corazón. Vamos, ¡puches!» 
que si no se salía con la suya, no sabía lo que 
sería de él.t Ella, hasta la presente, no le había 
dicho que no... ni tampoco que sí; verdad que 
61, por su parte, no había sido todo lo claro que 
lOMo XV 24 



I 



370 OBRAS DB D. JOSÉ M. DE PBRBDA. 

debía ser... «¡Puches, lo que le encogía el 
respeto en cuanto se veía á la vera de ella! 
Pero la madre... y don Celso... y la cara que la 
mesma Tona le ponía á lo mejor... {y pué que 
por verle tan acobardad... De toas suertes, ¡pu- 
ches!, Tona era Tona, y él acabaría por salirse 
con la suya, ó por ajuegarse de hipu amorosa, 
pero no con el ñudo del pasapán...» 

Era lo mismo, plus minusvií, que ya me había 
dicho otras dos veces andando conmigo por los 
montea De manera que en aquellas fechas no 
había adelantado su negocio un solo paso. 

Tampoco el de Chisco, según éste me confe- 
só muy sereno, y eso que le tenía algo más ade- 
lantado que Pito Salces el suyo. Tanasia había 
llegado á decirle claramente que «por su parte, 
sí, » y de aquí no intentaba pasar el de Robacío, 
porque sabía que el Topero le rechazaba por no 
ser de Tablanca y por ser pobre, dos cosas que 
él no podía remediar. Acordéme yo entonces de 
que la segunda tenía remedio en el testamento 
de mi tío, y le dije: 

— Es verdad que la primera es irremediable; 
pero la segunda ¿por qué ha de serlo, Chisco? 
Á lo mejor amanece por lo más obscuro... ó, 
8Í no suben los muladares, bájaase los adarves, 
y allá salen los unos con los otros en altura. 

— Phs— me contestó encogiéndose de hom- 
bros, — ^y, por último, que se queden las cosas 



PENAS ARRIBA 371 

como están. A mí no me ajondan tantu como á 
Pitu esus malis en la entraña. No val Tanasia 
menos que Tona; pero tan rogá, tan rogá, se 
van quitando pocu á pocu las ganas de eya... y 
tamién, esu de que le pongan á unu en puja y 
«n remati con un jastial como Pepazus... va- 
mus, que jaz mal estógamu... Y, en fíniquitu, 
«1 güey sueltu bien se lambe, y pué que sean 
permisión de Dios esos trompiezus, pa líbrame 
en el día de mañana de otrus que me descala- 
braran pa toos los días de mi vida... Dende que 
tuvi dientís pa royeli, estoy ganandu el pan en 
casa ajena, y no me ha idu mal así. ¿A qué apu- 
rase un hombre por cambiar de suerti cuando 
no sabi lo que han de daU por lo que deja? 

Con estas filosofías de Chisco y las intempe- 
rancias de Pito Salces, acabamos de subir una 
ladera de suelo escurridizo, y nos vimos al co- 
mienzo de una ancha sierra que descendía en 
suaves ondulaciones hacia nuestra izquierda. 
Atajábala por allí el frontispicio pedregoso de 
un alto monte que la dominaba en toda su lon- 
gitud, y estaba separado de ella por una barran- 
ca. Sobre ésta se alzaba, y como al medio de 
aquel perfil de la sierra, un peñón blanquecino 
que parecía la capucha, vista por detrás, de un 
manto de titanes, pardo obscuro, extendido allí 
para secarse á los rayos del sol que iluminaba 
toda la vasta superficie. 



372 OBFAS DE D. JOSÉ M. DE PEREDA 

Á la derecha del peñón comenzaba una man- 
cha verdinegra, como de monte bajo, que des- 
aparecía pronto en las sombras de la barranca; 
y á la izquierda, un pedregal de poco relieve 
entretejido de malezas. 

Apuntando al peñón me dijo Pito Salces e» 
cuanto nos vimos en la sierra, porque Chisco 
ya lo sabía por serle bien conocido el esce- 
nario: 

— Ayí está la cueva aonde vamus. 

Me temblaron las carnes. Y luego añadió 
apuntando al perñl más elevado de la sierra, 
hacia nuestra derecha y refiriéndose al oso: 

— Bajandu de ayí y como dende la meta del 
caminu hasta onde nos jayamus nusotrus, lu vi 
ayer. Salía de aqueyus carrascalis y se jué por 
delanti del peñasen onde está la boca de la cue- 
va; y no pasó al lau de acá, ni se golvió por el 
otru, porque yo no aparté el oju de ayí mientras 
anduve á güen pasu el caminu, ni en la media 
hora larga que aquí mesmu estuvi parau. 

Chisco, sin decir una palabra, ató el Canelo 
con un cordel que llevaba liado á la cintura, y 
mandó á Chóreos que hiciera otro tanto con la 
perruca, antojándoseme ámí que había leído en 
la actitud sobresaltada de aquellos nobles ani- 
males, la confirmación de los supuestos de Pito, 
al cual advirtió, con la amenaza de amarrarle 
á él también si no tomaba en serio la adverten- 



PBNAS ARRIBA 373 

cia, que no hiciera cosa alguna sin que se la 
mandaran hacer. 

Con todos aquellos preparativos y mandatos» 
y muy singularmente con lo raso y desampara- 
do de la extensión que había entre el peñasco 
y nosotros, acabé de amilanarme. ¿No era una 
barbaridad asaltar á pecho descubierto la gua- 
rida de una fiera? Se lo dije á Chisco y me 
respondió, muy secamente, que no, añadiéndo- 
me que lo importante era que no le faltara á na- 
die la serenidad: en teniéndola, todo lo demás 
corría de cuenta de él. 

La alusión no podía ser más directa á mí, 
porque Pito, de tan bruto como era, pecaba 
precisamente por el extremo contrario. Enten- 
díla, dolióme, hice de tripas corazón, y dije al 
de Robacío: 

— Por donde vaya otro hombre, iré yo: tenlo 
entendido así. 

— Pos con eyu basta — replicóme, — y pechu 
al agua cuantu antis. 

Se hizo una breve inspección de armas y 
municiones. De las primeras no llevaban los 
dos montañeses más que las escopetonas y unos 
cuchillos enormes, cuyas empuñaduras, de as- 
ta de ciervo, asomaban por encima de los ce- 
ñidores de sus cinturas. Los cartuchos con ba- 
la, toscamente preparados la noche antes por 
ellos mismos, los llevaban sueltos en los bolsi*^ 



' 374 OBRAS DB D. JOSÉ M. DB PBRBDA 

Uos del lástico, y los pistones á granel en las 
faltriqueras del pantalón: todo seguro y á la 
mano, como ellos decían. Yo les sacaba de 
ventaja el revólver y un cañón en la escopeta- 

— Nunca dispari los dos á un tiempu — me 
recomendó Chisco, — y guardi el segundu pa si 
convien repetir en mejor sitiu, sin quitar el ar- 
ma de la cara. 

Fuera por haberme echado la cuenta del per- 
dido, ó porque hubiera realmente causa racio- 
nal para ello, es lo cierto que llegué á tener 
gran confianza en la imperturbable serenidad 
de Chisco, y que no fui el último en romper á 
andar hacia la peña cuando éste dio la orden 
en estas palabras solemnes, después de santi- 
guarse: 

— |A la mano de Dios! 

Bajábamos los tres en ala y á buen andar,, 
con los perros atados muy en corto, porque á 
medida que nos acercábamos al peñasco, cos- 
taba mucho trabajo contenerlos, y mucho ma- 
yor acallar sus latidos. Era plan acordado ya 
atacar á la fiera en su guarida, entrando por el 
lado izquierdo de la boca, y no convenía que 
los perros se nos anticiparan, por razones que 
se habían discutido también. 

Cerca, muy cerca ya del peñasco, el Canelo 
arrastraba materialmente á Chisco, que tiraba 
^e él con todas sus fuerzas en sentido contra- 



PEÑAS ARRIBA 375 

rio» y ni amordazándole con una mano podía 
hacerle callar. La perruca faldera latía y voci- 
feraba también, á su modo, y zarandeaba el 
cordel que la sujetaba á la manaza de Pito; pe- 
ro temblaba mucho. i. aunque no tanto como 
yo. Era indudable que la fiera estaba en su 
guarida. ¿Nos habría oído ya? ¿Saldría á reci- 
bimos ala puerta?... Pero, á todo esto, ¿dónde 
estaba la puerta? 

Al hacerme yo esta pregunta mentalmente, 
fué cuando Chisco se adelantó á Pito y á mí; y 
con encargo de que me colocara el último de 
los tres, comenzó á andar con mucha cautela y 
muy arrimado al peñasco, lo poco que nos fal- 
taba de camino hasta la orilla de la quebrada. 
Canelo iba delante de él, loco de inquietud, ol- 
fateando en el suelo y en el aire, batiéndose los 
ijares con el rabo y con medio palmo de lengua 
fuera de la boca cuando no latía. Chóreos no 
estaba menos sobrexcitado que el sabueso, y 
seguía á Chiscc pisándole casi los tarugos tra- 
seros de sus abarcas. Camlo desapareció pron- 
to al otro lado de la peña, y Chisco, después 
de detenerse unos instantes á observar desde 
la esquina, hízonos señas de que podíamos se- 
guirle, y desapareció también. Entonces, al 
avanzar nosotros, fué cuando pude yo darme la 
respuesta á la pregunta que me había hecho po- 
co antes: ¿dónde estaba la boca de la caverna? 



37^ OBRAS DB D. JOSÉ M. DE PBRBDA 

¡Dios eterno, qué cúmulo de barbaridades 
las de aquel día! Pues la boca estaba en un ta- 
jo de la peña, casi á pico, sobre el barranco. 
De modo que venía á ser la cueva como la 
buhardilla de una casa muy alta, ¡muy altal á 
la cual buhardilla hubiera que entrar por la 
ventana, andando por la cornisa de la fachada 
correspondiente. Salvo que la cornisa de la pe- 
ña tendría como cinco pies de anchura y un fes- 
tón de jaramagos por afuera que velaba un po- 
co la visión aterradora del abismo, la compara- 
ción es exactísima. 

Por aquella cornisa, que corría hasta per- 
derse en el carrascal del otro lado de la cueva, 
vi pasar á Chisco y á su perro, y á Pito Salces 
detrás de su perruca faldera, y cómo iban desa- 
pareciendo, uno á uno, en el antro tenebroso 
los hombres y los animales, después de muy 
leves precauciones del mozón de Robacío. 

No ofrecía grandes dificultades á mi paso 
aquel camino cuya longitud no excedería de 
quince ó veinte varas; pero la consideración 
racionalísima de lo que íbamos á hacer después 
de recorrerle, sin otra retirada que el abismo 
en el caso muy posible de salir escapados de la 
cueva, si no quedábamos hechos jigote allá 
dentro, clavó mis pies en el suelo á los prime- 
ros pasos que di sobre él. Vi todo lo brutal- 
mente temerario que había en nuestra empresa 



PEftAS ARRIBA 377 

desatinada, y formé serio propósito de volver- 
me atrás. Pero Chisco y Pito Salces se habían 
sumido ya en la caverna; y aunque temerarios 
y muy brutos los dos, no era honrado ni de- 
cente dejarlos sin su ayuda un hombre que aca- 
baba de prometerles ir tan allá como fuera 
otro. 

Duraron muy pocos instantes estas vacilacio- 
nes mías; y cerrando los ojos de la inteligencia 
á todo razonamiento de sentido común, es de- 
cir, bajándome al nivel de aquellos dos barba* 
ros, avancé resuelto por la cornisa y llegué á 
la boca de la cueva, dentro de la cual latían 
desesperadamente los dos perros, y me hallé á 
Chisco y á su camarada disponiendo el plan de 
ataque. La cueva, como ya sabía yo por refe- 
rencias de los dos mozos que la conocían muy 
bien, tenía dos senos: el primero, á la entrada, 
era espacioso y no muy alto de bóveda, con el 
suelo bastante más bajo que el umbral de la 
pueita, muy escabroso y en declive muy pro- 
nunciado hacia el muro del fondo, en el cual se 
veía la boca del otro seno ó gabinete de aquel 
salón de recibir. Olía allí á sótano y á musgo y 
á perrera... y á hombres escabechados. No te- 
nía ya duda para Chisco que era cía señora,! 
es decir, la osa, lo que rezongaba en el fondo 
del antro invisible, respondiendo al latir deses- 
perado de los perros; y la señora con su prole, 



37^ OBRAS DB D. JOSÉ M. DB PBRBDA 

porque sin este cuidado amoroso, ya hubiera 
salido al estrado para hacernos los honores de 
la casa. En este convencimiento, se trató en 
breves palabras, casi por señas, porque no ha- 
bía instante que perder, de si sería más conve- 
niente soltar la perruca que el sabueso; y acor- 
dado lo primero, el bárbaro de Pito, sin oir 
otras razones, se fué hasta la boca del antro en 
el cual metió la cabeza al mismo tiempo que á 
la perruca. Ésta había desaparecido, algo vaci- 
lante é indecisa, hacia la derecha; y no sé cuál 
fué primero, si el desaparecer la perruca allá 
dentro, ó el oirse dos chillidos angustiosos y 
un bramido tremebundo, 6 el retroceder Pito 
cuatro pasos del boquerón, exclamando hacia 
nosotros (yo creo que con regocijo)» pero con 
el arma preparada: 

— iCristo Dios!... |Vos digo que aqueyus no 
son ojus: son dos brasalesl 

Comprendió Chisco al punto de qué se tra- 
taba; soltó el sabueso y me mandó á mí que 
me quedara donde estaba (es decir, como al 
primer tercio de la cueva, muy cerca del muro 
de la derecha), pero con el arma lista, aunque 
sin disparar antes que ellos dos, y avanzó él 
hasta colocarse en la misma línea de Chóreos» 
de manera que. sus tiros se cruzaran en ángulo 
bastante abierto en el centro del boquerón del 
fondo. 



PEÑAS ARRIBA 379 

Como toda U prudencia y la reflexión que 
podía esperarse de aquellos dos rudos monta- 
ñeses había que buscarla en Chisco, yo no apar- 
taba mis ojos de él, y no podía menos de admi- 
rarme al observar que ni en aquel trance de 
prueba se alteraba la perfecta regularidad de su 
continente: su mirada era firme, serena y fría, 
como de ordinario; su color el mismo de siem- 
pre, y no había un músculo ni una señal en to« 
do su cuerpo que delatara en su corazón un la- 
tido más de los normales; al revés de Pito Sal- 
ces, que no cabía en su ropa, no por miedo se- 
guramente, sino por el deleite brutal que para 
él tenían aquellos lances. 

Tomando yo por guía de mi anhelante cu- 
riosidad la mirada de Chisco, y sin dejar de 
oir los ladridos de Camlo apenas metido éste en 
la covacha, pronto le vi retroceder, pero dando 
cara al enemigo con las cuatro patas muy abier- 
tas, la cabeza levantada y casi tocando el sue- 
lo con el vientre. Lo que le obligaba á caminar 
así no era difícil de adivinar: tras él venía la 
fiera gruñendo y rezongando; y al asomar al 
boquerón, no me impidió el frío nervioso que 
corrió por todo mi cuerpo, estimar la exactitud 
con que Pito había calificado el lucir de los 
ojos de aquel animalazo: realmente centellea- 
ban entre los mechones lanudos de sus cuen- 
cas, como las ascuas en la obscuridad. La pre- 



380 OBRAS DB D. JOSÉ M. DE PBRBDA 

sencia nuestra le contuvo unos instantes en el 
umbral de la caverna; pero rehaciéndose en se- 
guida» avanzó dos pasos, menospreciando las 
protestas de Canelo, y se incorporó sobre sus 
patas traseras, dando al mismo tiempo un be- 
rrido y alzando las manos hasta cerca del ho- 
cico, como si exclamara: 

— ¡Pero estos hombres que se atreven á tan- 
to, son mucho más brutos que yo! 

Al ver que se incorporaba la fiera, dijo á Pi- 
to Salces Chisco: 

— Tú al oju; yo al corazón... ¿Estás? Pues... 
]á unal 

Sonaron dos estampidos; batió la bestia el 
aire con los brazos que aún no había tenido 
tiempo de bajar; abrió la boca descomunal, lan- 
zando otro bramido más tremendo que el pri- 
mero; dio un par de vueltas sobre las patas, co- 
mo cuando bailan en las plazas los esclavos de 
su especie, y cayó redonda en mitad de la cue- 
va con la cabeza hacia mí. Corrí yo entonces á 
rematarla con otro tiro de mi escopeta; pero me 
detuvo Chisco, diciéndome mientras cargaba 
apresurado la suya, igual que hacía Pito por su 
parte: 

— Guarde esas balas por lo que puede suce- 
der de prontu. Pa lo que usté desea jacer, con 
el cachorriyu sobra. 

No me halagaba mucho aquel papel de ca- 



r 



PEÑAS ARRIBA. 38 1 

chetero que se me concedía, y casi por caridad; 
pero con el deseo de poner algo de mi parte en 
aquella empresa feroz tan pronta y felizmente 
rematada, acéptele de buen grado y hasta sen- 
tí muy grande complacencia en ver que con un 
balín de mi revólver encajado en el oído de la 
osa, la había producido yo las últimas convul- 
siones de la muerte. Y algo era algo, y otra vez 
sería más. 

Pito silbaba y pataleaba de gusto en dene- 
dor de la fiera mientras cargaba su espingarda. 
Chisco no se daba todavía por satisfecho, á juz^ 
gar por lo receloso de sus aires. 

¿Qué quedaba allí por hacer? Lo que hizo 
Chóreos en seguida con su irreflexión de siem- 
pre: llamar á Caítelo y meterse con él en la cue- 
va desalojada por la osa. (PuchesI había que 
acabar igualmente con las crías... y saber la 
que había sido de la perruca, que ni salía ni 
cagullaba...» Bueno estaba de entender el caso; 
pero había que verlo, ipuches! 

Por mucha prisa que se dio Chisco en seguir 
á su camarada para acompañarle, no habiendo 
podido contenerle con razonamientos, cuanda 
llegó al boquerón ya volvía Pito con la perruca 
faldera abierta en canal en una mano, en la otra 
un osezno como un botijo, y la escopetona de- 
bajo del brazo. Dijo que quedaban otros dos 
como él, y se volvió á buscarlos, después de 



382 OBRAS DB D. JOSá M. DB PBRBOA 

arrojar el que traía contra un lastrón del suelo, 
y de entregar á Chisco lo que quedaba de la 
perruca para que viéramos, él y yo, si aquello 
tenía compostura por algún lado. ¡Puches, có- 
mo le afligía aquella desgracia! 

La caverna tenía muy poco fondo: se veía 
bastante en ella con la luz que recibía por la 
boca, y por eso se hacían muy fácilmente todas 
aquellas maniobras de Pito. El cual reapareció 
al instante con las otras dos crías de la osa, 
asegurando que no quedaban más que huesos 
mondos en la cama. 

Por el aire andaban aún los dos oseznos arro- 
jados por Pito desde la embocadura de la co- 
vacha, cuando Canelo salió disparado como una 
flecha y latiendo hacia la entrada de la cueva 
grande. Yo que estaba muy cerca de ella, mi- 
ré á Chisco y leí en sus ojos algo como la con* 
firmación de un recelo que él hubiera tenido. 
Observar esto y amenguarse la luz de la cueva 
como si hubieran corrido una cortina delante 
de su boca, por el lado del carrascal, fué todo 
uno. 

—¡El machu! — exclamó Chisco entonces. 

Pero yo, que estaba más cerca que él de la 
fiera y mereciendo los honores de su mirada 
rencorosacomo si á mí solo quisiera pedir cuen- 
tas de los horrores cometidos allí con su fami- 
lia, sin hacer caso de consejos ni de mandatos» 



PEÑAS ARRIBA 383 

apunté por encima de Canelo que defendía va- 
lerosamente la entrada, y, á riesgo de matarle» 
disparé un cañón de mi escopeta. La herida» 
que fué en el pecho, lejos de contenerle, le enfu- 
reció más; y dando un espantoso rugido, arran- 
có hacia mí atropellando á Canelo^ que en vano 
había hecho presa en una de sus orejas. Fal- 
tándome terreno en que desenvolver el recurso 
de la escopeta, dí dos saltos atrás empuñando 
el cuchillo; pero ciego ya de pavor y perdida 
completamente la serenidad. Desde el fondo de 
la cueva salió otro tiro entonces: el de la espin- 
garda de Pito. Hirió también al oso, pero sólo 
le detuvo un momento: lo bastante para que el 
mozón de Robacío le hundiera la hoja de su 
cuchillo por debajo del brazo izquierdo, hasta 
la empuñadura. Fué el golpe de gracia, porque 
con él se desplomó la fiera pata» arriba, yendo 
á caer su cabeza sobre el pescuezo de la osa, 
donde le arranqué, con otro tiro de mi revól- 
ver, el último aliento de vida que le quedaba. 
Á pesar de ello, los dos mozones volvían á 
cargar sus escopetas. ¿Para qué. Señor? ¿Era 
posible que quedaran en toda la cordillera ni 
en todo el mundo sublunar, más osos que los 
^ue allí yacían á nuestros pies, entre chicos y 
grandes, vivos y muertos? Después nos mira- 
mos los tres cazadores, como si tácitamente hu- 
biéramos convenido en que era imposible co- 



384 OBRAS DE D« JOSÉ M. DE PEREDA 

meter mayores barbaridades que las que acabá- 
bamos de cometer, y que solamente por un mi- 
lagro de Dios habíamos quedado vivos para 
contarlas. Esta escena muda, que fué brevísi- 
ma, acabó por echar Pito el sombrero al aire, 
es decir, por estrellarle contra la bóveda eriza- 
da de puntas calcáreas; Chisco hizo lo propio, 
y yo no quise ser menos que los dos. Luego 
nos dimos las manos, y juro á Dios que al es- 
trechar la de Chisco entre las mías, latió mi co- 
razón á impulsos del más vivo agradecimiento* 
¿Qué hubiera sido de mí sin su empuje sereno 
y valeroso? 

Canelo, á todo esto, cuando no se lamía los 
arañazos, poco profundos, que le rayaban la 
piel en muchas partes, jadeaba y gruñía, con el 
hocico descansando sobre sus brazos juntos y 
tendidos hacia adelante, pero con los ojos cla- 
vados en los oseznos que rebullían entre las 
asperezas del suelo y charcos de sangre, como 
gusanos muy gordos. No contaban, por las 
trazas, más de una semana de nacidos. Cogió- 
los uno á uno Chisco por el pellejo del cervi- 
guillo, y los fué arrojando á la barranca por en- 
cima de la cornisa desde el fondo de la cueva» 
Iba á hacer lo mismo con la perruca, después 
de asegurar á Pito que «aqueyui no tenía cos- 
tura ni remiendo posible, porque había queda- 
do «vacía por aentru,» como á la vista estaba; 



r 



PEÑAS ARRIBA 385 

pero Pito quiso dar mejor destino que el de los 
oseznos al cadáver del pobre animalejo, tan ini- 
cuamente sacriñcado, y propuso que le enterrá- 
ramos en la sierra; y á ello asentimos de buena 
gana Chisco y yo. (Puches, cómo amargaba á 
Pito aquella pesadumbre el placer de la victoria! 

Y como nada quedaba que hacer allí por en- 
tonces para nosotros, salimos de la caverna y 
aspiré, con ansias de cautivo de mazmorra, el 
aire libre de las tierras soleadas. Sepultamos 
la perruca en un hoyo abierto á punta de cu- 
chillo á la sombra de un matojo de la sierra; y, 
sin movernos de allí, apuramos más de la mi- 
tad del contenido de mi frasquete. Después se 
sacaron algunas provisiones de boca que lleva- 
ba Chisco por encargo mío en un morral; di- 
mos á Canelo una buena parte de ellas, y el 
resto nos le fuimos comiendo, andando á buen 
andar, á fin de llegar á Tablanca al mediodía, 
conforme se lo tenía yo ofrecido á mi tío Celso. 

Y llegamos, antes aún de lo esperado; y to- 
das las gentes que nos encontraban al acercar- 
nos al pueblo, presumían, por el aire que lle- 
vábamos, que habíamos hecho alguna muy 
gorda; pero cuando les contábamos la verdad, 
no la creían. |Tan bestialmente gorda la con- 
sideraban, con muchísima razón! 

Se la referí á mi tío, aunque ocultándole de- 
talles que pudieran impresionarle demasiado; 

TOMO XV 25 



386 OBRAS DE D. JOSé M. DE PEREDA 

pero como al fin era montuno el buen señor, 
perdonóme la temeridad por lo grande del su- 
ceso, y tuve al último que contársela con todos 
sus pormenores. Se entusiasmó de verdad. 
Puestas ya las cosas tan arriba, invité, con sa 
permiso, á Pito Salces á que comiera aquel 
día con su camarada. Vio el mozón, como yo 
lo esperaba, el cielo abierto, porque comer con 
Chisco era comer con Tona. ¡Puches, qué do- 
ble panzada se dio! Yo, que asistí al final de 
la comida, añadí con gustosa aquiescencia de 
mi tío, al surplás con que ya se había obse- 
quiado á los comensales, en honor del nuevo, 
una botella del más rancio tostadillo lebaniego 
que se guardaba en la bodega de la casona* 
Brindé con los dos mozones, y canté alabanzas 
hiperbólicas á la bravura de Pito, para que 
Tona las oyera bien; con lo cual y el tostadi- 
llo se puso el alabado que ardía; y allí mismo 
pidió por mujer á la hija de Facia, que no ha- 
cía más que llorar; así fué que Tona, colorada 
como un pimiento por lo uno y angustiada por 
lo otro, llamó á Pito «jastialón desvergonzau;» 
y no alcanzó mejor respuesta la fogosa desman- 
da del rendido pretendiente. Pero como él de- 
cía después: do importanti pa el casu no era 
lo que eya pudiera contéstame, sino lo que 
había de cántala, y al cabo la canté yo; y esu, 
ipuchesl aya lo tien.i 



PEÑAS ARRIBA 387 

Como en la tertulia no se habló aquella no- 
che de otra cosa que del lance de la cueva, al 
salir al día siguiente, antes que el sol, Pito 
Salces y Chisco con dos carros en busca de los 
dos osos muertos, sin necesidad de invitacio- 
nes los acompañaba medio escuadrón de gente 
moza; con cuyo auxilio pronto se vencieron las 
muchas dificultades que hubo para sacarlos de 
la cueva. Andando de vuelta, fueron los acom- 
pañantes adornando las carretas y los bueyes 
con ramajes de la montaña, y asi desfiló la ale- 
gre comparsa por delante de la casona para que 
viera mi tío los gloriosos trofeos de nuestra 
bestial hazaña; y así bajó al pueblo, donde 
hubo cánticos y bailoteo por largo, con la salsa 
á mis expensas por especial encargo mío. Ob- 
sequiáronme al otro día con las pieles, y rega- 
lé.yo á Chisco y á Pito Salces sendos centenes 
isabelinos, con lo que pensaron enloquecer de 
alegría. 

Así acabó aquella memorable y descomunal 
aventura, que debió haber acabado conmigo 
tan pronto como la acometí. 



"^SíGlSDíf^ 



XXI 




I nos descuidamos un poco, en el 
monte se queda el sangriento botín 
de nuestra batalla, porque apenas 
despellejadas las fieras en el lugar, 
el sol, como si nada tuviera que hacer ya des- 
pués de haber alumbrado tantas barbaridades, 
se envolvió la cara en crespones cenicientos 
que fueron dilatándose por la bóveda celeste, 
al impulso de un remusguillo que dio en so- 
plar á media tarde. Arreció mucho el frío y co- 
menzaron á pasar por delante de los cristale- 
jos de mi gabinete unos copitos blancos que 
danzaban en el aire, como si se resistieran á 
mancharse con las inmundicias de la tierra. 
Por si me quedaba alguna duda sobre la natu- 
raleza de aquellos síntomas que me supieron á 
rejalgar, entró Facia muy diligente y hasta ri- 
sueña, con la disculpa de llevarse mi brasero, 
que ya estaría muriéndose, para crescoldarle» 



390 OBRAS DB D. JOSÉ M. DE PBRBDA 

un poco, y me dijo, mientras se acurrucaba 
para cogerle por las dos asas: 

— Está nevandu, y va á haber temporal de 
eyu. 

— Y usced— la respondí con ganas de meter* 
le la cabeza en el rescoldo, — tan alegre como 
unas pascuas por eso mismo. Pero ¿qué casta 
de criatura es usted? 

— ¡Señor — replicóme ahogándose de repente 
con un sollozo,~lo único que sé es que soy una 
mujer muy desdicha! 

Salió llorando, y yo. me quedé con remordi- 
mientos de haber despertado en ella aquel dolor 
con la sequedad de mi pregunta. Después acabé 
de amurriarme, viendo desde un cuarterón de 
la solana cómo iban espesando los copos y des- 
apareciendo todos los montes entre las espesas^ 
veladuras que bajaban del cielo. {Otro temporal 
en perspectiva y otra encerrona como la pasada! 

Cuando volvió Facia con el brasero chispo- 
rroteando, entró mi tío detrás de ella. Iba á ha- 
blar conmigo de la nevada que estaba encima»^ 
Le apenaba, primeramente, por mí, que volve- 
ría á hallar eternas las horas, Dios sabía por 
cuánto tiempo, entre los paredones de la casar 
porque las nevadas que venían de repente coma 
aquélla, y á traición, lo mismo podían ser pa- 
sajeras que durables; y en segundo lugar, ¿para 
qué había de ocultármelo? el mucho frío le ca- 



PBÑAS ARRIBA 39I 

laba más cjondo» de lo que él pensaba con los 
buenos ánimos que tenía para resistirle.. . Pero 
cel hueso, el picaro hueso envejecido como el 
suyo, era tierra pura, {tierra pura y mala que 
se reblandecía y desborregaba en cuanto le fal- 
taban las lumbraducas del sol!» Otra cosa: to- 
dos los años se sacaba la nieve en los puertos 
su correspondiente ración de carne viva; y 
siempre que vio nevar por primera vez en cada 
invierno, se preguntó á sí mismo: ¿á qué infe- 
liz le tocará este año la suerte? Porque nunca 
faltó, de una banda ó de la otra, quien, por 
descuido, por desgracia ó por necesidad, se 
viera cogido y sepultado en la montaña por una 
cellerisca de nieve; y eso que no se le regatea- 
ba:i los socorros, sin miedo á los ejemplos de 
muchos que allá se habían quedado con los so- 
corridos, envueltos en una misma mortaja. 
Siempre le apenaron á él estas reflexiones, he- 
chas sobre recuerdos de desgracias que le do- 
lieron en lo más vivo; «pero ahora, ¡cuartajo! 
desde que soy lo que soy y he visto caer el pri' 
mer trapo de nieve!... Ná, hombre, ná, choche- 
ces de viejo apolillao hasta los tuétanos ... {Pues 
mira que te vengo con buenas coplas para una 
ocasión como ésta!... ¿Has visto hombre más 
simple que tu tío Celso? ¡Pispajo con la rocina 
de los demonios!» 
La triste verdad era que, á pesar de los alien- 



392 OBRAS DB D. JOSÉ M. DB PEREDA 

tos que había cobrado mi tío, los temporales 
crudos le mataban, y que los quebrantos de su 
cuerpo se le reflejaban en el espíritu por más 
que se empeñaba en disimularlo. Mientras me 
hablaba así y yo le respondía dando vueltas por 
el gabinete, se pegaba a] brasero como la zarza 
vieja á la grieta del peñasco, y no dejaba en 
paz á la badila pareciéndole poco el calor que 
le daban las ascuas en reposo. Cada vez que 
llegaba yo á la puerta de la solana, miraba ma- 
quinalmente por uno de sus cuarterones, y veía 
cómo iban espesando los copos y se amonto- 
naban los que el aire depositaba sobre la baran- 
da del balcón, hasta que en una de mis vueltas 
noté que se formaban grandes remolinos sobre 
el huerto; que los copos crecían de volumen, 
y, por último, que empezaba á trapear con tal 
pujanza, que en un instante enblanqueció la 
poca tierra que se veía desde allí, y se apagaron 
los mortecinos destellos de la luz del sol que 
llevaban dos horas de luchar inútilmente con 
la espesura del nublado. 

—Pura tiniebla — oí decir á mi tío desde el 
brasero, — y á poco más de media tarde. Lo 
siento por tí, Marcelo... y mira, llama á esas 
condenadas mujeres para que te traigan una luz 
y te sea menos triste la soledad... 

Y en esto golpeaba el suelo desesperadamen- 
te con su cachava, haciéndome creer que las ti- 



PEÑAS ARRIBA 393 

nieblas le entristecían á él más que á mí. Ha- 
bía sobre la cómoda una bujía en su palmato- 
ria, y me apresuré á encenderla con una cerilla 
de mi fosforera. 

— Hombre — continuó diciéndome, mientras 
miraba de hito en hito cómo prendía la llama 
del fósforo en el pábilo enteco y congelado de 
la vela, — yo que tü, aprovecharía estas carce- 
ladas tristes para leer tantos libracos como tra- 
jiste contigo, y responder á tantas cartas como 
recibes... Porque de mí no tienes que cuidarte 
para nada; para nada, ¡trastajo! En arrimándo- 
me á la lumbrona de la cocina, ya tengo todo 
lo que necesito... Créeme... Y si no, con verlo 
basta. 

Con lo que se levantó de la silla y rompió á 
andar el bendito de Dios, sin darme apenas 
tiempo para alumbrarle con la vela en lo más 
obscuro de los pasadizos. 

¡Leer! jescribir! No sabía el pobre señor que 
cuando un hombre da en hallar tedioso el curso 
de las horas, no puede dedicarse á nada que le 
distraiga, porque necesita todo el tieinpo para 
aburrirse, por mandato de una ley de la picara 
condición humana. 

Aquella noche no vino un alma á la tertulia, 
y la cara menos triste que hubo en la cocina fué 
la de Facía, la incomprensible y misteriosa mu- 
jer gris. Mi tío y yo, como lo solíamos hacer á 



394 OBRAS DB D. JOSÉ M. DB PEREDA 

menudo, cenamos en la perezosa: él su corres- 
pondiente ración de leche, alimento único que 
le había prescrito Neluco állimamente, por con- 
venir tanto á su invencible inapetencia como á 
la índole de su enfermedad, y yo los ordinarios 
condumios de Tona y de su madre, á los que 
se había ido haciendo mi estómago agradecido. 

Como la noche era tan larga y yo sabía bien 
lo interminable que le parecía á mí pobre tío la 
paite de ella que se destina por las gentes que 
tienen buena salud al reposo en la cama, pro - 
curé que nos acostáramos lo más tarde posible, 
después de haber cenado los tres sirvientes y 
recogídose la vasija, y vuelto todos á arrimarse 
á la lumbre, y probado yo, con poca fortuna, 
sacar á Tona de la esclavitud de una modorra 
que la tenía en continuo cabeceo, y á Chisco de 
su impasibilidad sospechosa. Pero mi tío, que 
todo lo observaba, dio pronto la voz de fvámo- 
nos,» y se levantó de su sillón, más agradecido 
que satisfecho de aquél tan notorio como inútil 
sacriñcio que todos estábamos haciendo por él. 

Antes de acostarme salí un momento á la so- 
lana para ver cómo quedaba la noche. Conti- 
nuaba nevando, y todo lo vi negro por el cielo 
y blanco por la tierra, sin que turbaran la sere- 
nidad de aquel cuadro melancólico otros ru- 
mores que los del río, muy encrespado con los 
tributos de las pasadas celliscas y el que esta- 



PEÑAS ARRIBA 395 

ba recogiendo de la nieve que se deshada á su 
contacto con él. 

Me desperté muy temprano al otro día, y 
por satisfacer una curiosidad en que había mu- 
cho de pueril, me asomé al balcón, bien arropa- 
do. Había cesado de nevar; pero estaba el cie- 
lo encapotado, «de color de panza de burra. » 
Yo había visto nevadas en Madrid y en París y 
en San Petersburgo... muchas nevadas, pero 
siempre en terreno llano y entre calles; es de- 
cir, una alfombra de lienzo algo sucio sobre la 
vía pública, y mantas de vellones blancos ten- 
didas en los tejados de enfrente; nevadas, en 
fin, de teatro, sin la más remota semejanza con 
lo que estaba viendo desde la solana de mi tío. 
Parecía qué las montañas del contorno habían 
triplicado su altura, y la unidad de color de 
todas ellas con la redondez de formas que les 
daba la acumulación de la nieve sobre sus na- 
turales y bruscas asperezas, cambiaba á mis 
ojos todos los términos y todas las líneas del 
panorama que tan conocido me era. No hallaba 
en el nuevo un solo detalle con que orientarme 
para reconstruir el que se había borrado en po- 
cas horas. Arboledas, senderos, cañadas, todo 
había desaparecido, ó debajo de la nieve, ó por 
los engaños de la luz sin claro- obscuro; cielo, 
montes, valles. .. todo era lo mismo, á modo 
de descomunal cantera de sal refinada ó de cal 



396 OBRAS DB D. JOSÉ M. DE PEREDA 

viva, en cuyo fondo estuviera yo. Ni un ave 
en el espacio, ni un ser viviente en el suelo en 
cuanto abarcaba la vista, y el rumor continuo, 
igual, monótono, del invisible río, como si fue- 
ra el estertor de la Naturaleza, que se moría 
tiritando, anémica y abotagada por la frialdad. 

Me volví pronto al gabinete, muy mal im- 
presionado, y hallé en el relativo calor de la 
alcoba un momentáneo remedio al frío glacial 
que en la solana había penetrado como una 
saeta en mi cuerpo y en mi espíritu. 

Lavoteándome estaba aún para buscar por 
este medio una reacción consoladora, cuando 
entró Facia de puntillas por creerme todavía 
durmiendo, con el brasero que había sacado 
del gabinete por la noche, según costumbre, 
antes de acostarme yo. Viéndome levantado,^ 
me dijo que se alegraba, porque tenía que dar- 
me una noticia, y no buena. Pensé que se tra- 
taba de mi tío, y me alarmé. 

— No es del amu, gracias á Dios — me dijo 
respondiendo á una pregunta que la hice, — que 
ha pasau bastante bien la noche, y ya está calen- 
tándose en la cocina... Es del probé Papazos. 

Pregúntela qué le había ocurrido á Pepazos, 
y me contestó que no había vuelto á casa des- 
de que había salido de ella la tarde anterior* 

— Pero ¿por qué camino tomó al salir? — vol- 
ví á preguntar^ 



PEÑAS ARRIBA 397 

—Por el de los puertus, — ^me respondió la 
tétrica mujer muy apenada. 

Me estremecí recordando lo que me habfa 
dicho mi tío sobre los tributos que cobran cada 
año las nieves en las montañas. Entrando en 
más explicaciones, supe que Pepazos, en cuan- 
to vio caer los primeros copos de nieve, salió 
en busca de unas yeguas de su casa, que antes 
del mediodía andaban pastando en una hoya- 
da á menos de una hora del pueblo, monte 
arriba. Las había visto él mismo. Tienen las 
yeguas libres la extraña condición de huir de 
las nevadas hacia las cumbres, al revés que to- 
dos los animales domésticos. Dícese que lo 
hacen por aversión instintiva al cautiverio. Se- 
rá ó no será así; pero es un hecho constante 
aquella singular costumbre. Por tenerlo Pepa- 
zos bien sabido, salió en busca de sus yeguas 
cuyo paradero conocía. Suponíase que los ce- 
rriles animales, presumiendo la que su amo 
trataba de jugarles, huirían hacia las alturas. 
Otro que Pepazos, al ver esto y pensando en la 
nevada que se venía encima, porque bien claras 
estaban las señales de ella, habría dejado que 
el diablo se llevara las yeguas y vuéltose al 
pueblo por de pronto; pero era, tras de poco 
avisado, muy terco, nada aprensivo y confiado 
con exceso en su robustez de encina, y se las 
apostaría á los veloces animales como si todos 



398 OBRAS DB D. JOSÉ M. DB PBRBDA 

fueran unos; y así, corriendo tras ellos de ca- 
ñada en cañada y de loma en loma, á lo mejor 
se vería entre la obscuridad de la ííoche y con 
los caminos borrados por la nieve* De modo 
que si no había tenido la fortuna, como tam- 
bién se creía, de caer en algún invernal, cova- 
chona ó cosa así, era hombre muerto. á aque- 
llas horas, porque debía <^e haber en lo^ mon- 
tes más cercanos cosa de uo^; vara de nieve. 
iEra mucho lo que había trapeado desde la 
caída de la noche! 

No me pareció mal razonado este triste pro- 
nóstico, y pregunté si se pensaba hacer algo en 
vista de él; á lo que me respondió Faoia que 
ya estaba hecho cuanto podía hacerse. Al rom- 
per el alba habían salido del lugar, no todos 
los hombres que se brindaron á ello, porque 
hubieran sido demasiados, sino los que se es- 
cogieron por más á propósito por su robustez 
y por su experiencia: cosa de una docena de 
ellos en junto. Pidiéndola nombres de aquellos 
valientes y caritativos convecinos, citóme el 
primero á don Sabas, que no faltaba nunca á 
esas llamadas, por considerarse necesario co- 
mo cualquier otro para atender al negocio de 
la vida del socorrido, y único en su parroquia 
para el negocio del alma, si llegaba á tiempo 
y desgraciadamente no alcanzaba ya para otra 
cosa; después me nombró al médico, que no 



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PEÑAS ARRIBA 399 

cabía en su casa ea cuanto sabía que estaba 
algún convecino en la apurada situación de 
Pepazos; Tuégo á Chísco, uno de los hombres 
más arrojados, más fuertes y más entendidos 
para aquella, casta de faenas; y después de 
nombrarme á otras personas que no me eran tan 
estimadas, por haberlas tratado menos, cerró 
la cuenta con Pito'^alces, mozo capaz de los 
imposibles, siéippre que hubiera á su lado 
quien le impidiera hacer una barbaridad; y tres 
perros de buena nariz, uno de ellos Canelo, 

Me pareció aquella empresa harto más alta 
que la mía de la antevíspera, no sólo por la 
calidad del enemigo, sino por la ^andeza de 
los fines, y pedí á la mujer gris algunos infor- 
mes sobre la manera de llevarlo á cabo. Iban 
los expedicionarios provistos, ante todo, de ba- 
raj<meSf unas tablas con tres agujeros cada una, 
en los cuales se meten los tarugos de las abar- 
cas. No había nada como ello para andar sobre 
la nieve sin que se hundieran los pies ni se for- 
maran pellas entre los tarugos. Llevaban tam- 
bién palas, azadas, cuerdas y otros útiles para 
abrirse paso donde no le hubiera descubierto, 
ó mandar algún auxilio desde arriba adonde no 
pudiera bajar un hombre por sus pies; no se les 
olvidaría el aguardiente ni algo de alimento 
sólido, ni de ropa seca si la había á m::ino... ni 
un poco de botiquín, puesto que iba el médico; 



400 OBRAS DB D. JOSÉ M. DB PBRBDA 

porque había que pensar en todo. De esta ma- 
nera emprenderían la marcha hasta la ijoyá» 
adonde había ido Pepazos á recoger las yeguas, 
y después tomarían el rumbo que más acercado 
creyeran al que pudo tomar él, corriendo detrás 
de los fugitivos animales. Por de pronto, ya ha* 
bía la casi seguridad de que el camino le ha- 
bían llevado uno y otros cuesta arriba. Con es- 
tas precauciones y la busna voluntad de todos, 
se podía esperar algo... aunque no mucho, si 
Dios no tomaba el caso de su cuenta. De to- 
das suertes, no cabía hacer cosa mayor que la 
que se había hecho, en la pequenez de las fuer- 
zas humanas. 

Me advirtió también Facia que mi tío no sa- 
bía una palabra del suceso, y yo la recomendé 
mucho la necesidad de que no llegara á cono- 
cerle, inventando una disculpa cualquiera para 
explicarle la ausencia de Chiscosi la notara. Y 
en eso quedamos. 

Cuando la mujer gris me dejó solo en mi 
cuarto, me empeñé obcecadamente en conside- 
rar por su lado más negro la generosa empresa 
acometida por aquellos abnegados tablanque^ 
ses, y volví á asomarme al balcón. No nevaba 
entonces, pero se me oprimió el espíritu al ver 
el aspecto ceñudo y amenazador que presenta- 
ba el cielo; y, sin embargo, sentí cierta mortifi- 
cación del amor propio por no haberse contado 



r 



PEÑAS ARRIBA 401 

conmigo para formar parte de aquella denoda- 
da legión, ¡como si no hubiera sido yo un ver- 
dadero y continuo estorbo en ella! Pero si no 
la acompañé materialmente, no la aparté un 
instante de mi memoria; y por eso, al asomar- 
me á los cristales de mis observatorios (y lo 
eran todos los claros de la casa), cada copo so- 
litario é indeciso que pasaba al alcance de mis 
ojos, rae inquietaba mucKo por creerle mensa- 
jero de otros mil y mil millones de ellos. Afor- 
tunadamente estaba el aire en calma, lo cual 
hubiera hecho menos temible en el monte un 
recrudecimiento del temporal. 

Así continuaron las cosas hasta muy cerca 
del mediodía. Á esa hora aparecieron por el 
Noroeste unos celajes negros, sucios, tormen- 
tosos; vi, casi al mismo tiempo, que las arbo- 
ledas y puntas salientes de los montes que cer- 
caban el valle por el lado opuesto, como por la 
fuerza de un estremecimiento instantáneo se 
desnudaban de sus envolturas de nieve, las cua- 
les caían en cataratas, levantando al caer blan- 
quísimas polvaredas que arrastraba el aire em - 
bravecido ya; y á muy poco rato, que de la 
nube más baja y más lejana y más negra, se 
desprendía una masa en forma de cono inver- 
tido, y que su cúspide se unía con la de otro 
que ascendía de la tierra. Fundidos así los dos 
conos, formaron una gigantesca columna, la 

TOMO XV 26 



402 OBRAS DE D. JOSÉ M. DB PEREDA 

cual, girando al mismo tiempo vertiginosamen- 
te sobre su eje, vino avanzando hacia el valle y 
llegó á él y le atravesó á lo ancho, tocando casi 
el suelo con su base y elevando el capitel enor- 
me por encima de los más altos picachos del 
Este. Acompañábala un siniestro rebramar, y 
una luz tétrica que apenas me dejó ver el estrago 
de su choque contra el obstáculo inconmovible 
de los montes, sobre los cuales se deshizo en 
negros y deshilados jirones. ¡Qué sería de los 
infelices errantes por sus cumbres y laderas?... 

Bajo el peso terrorífico de esta idea, pasó una 
hora, (furante la cual volvió á reinar la calma 
en la Naturaleza; pero no llegó al valle ninguna 
noticia de los infelices expedicionarios. 

Me llamaron á comer; sentóme á la mesa y 
no comí, ni siquiera supe disimular bien las 
inquietudes que eran la causa de ello, delante 
de mi tío que no me quitaba ojo; inventé para 
tranquilizarle una mentira sandia y mal zurci- 
da, y al fin me levanté de la perezosa, dejando 
al pobre señor persuadido de que mi resigna- 
ción estaba á punto de agotarse en presencia de 
aquel negro temporal. Preferí que creyera esto 
á descubrirle la verdad; le dejé reposando lo 
que él llamaba su comida, y me volví á mí ron-* 
da, de claro en claro, por todos los ventanillos 
de la casa. Continuaba encalmado el viento y 
nevaba muy poco; pero Chisco no asomaba por 



PEÑAS ARRIBA 403 

ninguna parte, ni una noticia de las que yo es- 
peraba con un ansia que tocaba en lo febril. 

Llegó la media tarde, sombría, obscura, té- 
trica y como preñada de horrores para cuantos 
la contemplaran con ojos como los de mis re- 
celos. 

Ni nevaba ni ventaba ya, ni se oía una voz, 
m una pisada ni un golpe, ni á la casona ni al 
pueblo se encaminaba alma nacida por ninguna 
senda de las visibles. Todo era silencio y lo- 
breguez y amenazas de una noche tremenda 
para el infeliz que anduviera vivo y errante 
«ntre las inclemencias de la montaña. Mis in- 
quietudes no cabían ya dentro de mí, ni yo 
dentro de la casona. Me calcé y me abrigué con- 
venientemente; bajé al portal con muchas pre- 
cauciones para que no lo notara mi tío, y em- 
prendí resueltamente el camino del pueblo, 
borrado en absoluto por la nieve. Me costó el 
descenso del pedregal más de cuatro costala- 
das; pero llegué vivo y pronto. No aspiraba yo 
á otra cosa. ¿Á qué puerta llamar? A la prime- 
ra. Llamé. Iguales temores allí que los míos, y 
ni una noticia más; es decir, ninguna noticia. 
Intérneme en el lugar y llamé á otra puerta, que 
resultó ser la del Topero. Buena fuente para los 
informes que yo iba buscando. Hallábase la 
familia vagando por la casa y por el portal, sin 
hablar una palabra y tropezando unos con otros. 



404 OBRAS DB D, JOS¿ M. DB PERBDA 

asomándose á los esquinales, mirando por aquí 
y escuchando hacia allá, y volviéndose adentro 
y tomando á salir. Tenía los ojos Tanasia co- 
mo puños, de tanto Uorar; y en cuanto me vio 
á mí se llevó el delantal á ellos; y tal fué su 
desconsuelo, que parecía echar el alma en cada 
sollozo. Por lo demás, estaba muy guapa. Te- 
miéndome lo peor, la pregunté por qué lloraba, 
y me respondió, entre j ¡pidos y lagrimones, que 
si me parecían pocos los motivos. 

— Ya pué usté ver — me dijo el Topero vi- 
niendo en su amparo,— con la cellerisca negra 
de jaz pocas horas, y lo que está en el monti 
sin sábese de eyu... 

Me acordé de Pepazos; pero también de 
Chisco. ¿Por cuál de los dos lloraría Tanasia? 
No pudiendo preguntárselo (aunque hubiera 
sido ociosa la pregunta), traté de consolarla. No 
lo conseguí de pronto, porque era mucha tem- 
pestad para calmada en un solo conjuro; pero 
á los dos ó tres que la hice, no quedaron de ella 
más que la hinchazón de los ojos y algún que 
otro suspiro mal devorado en el pecho. Utili- 
zando el influjo que indudablemente había al- 
canzado yo en esta prueba sobre el ánimo ¿e 
Tanasia, sentí como esperanzas de arrancarla 
el secreto de su corazón á poco que me empe- 
ñara en ello; pero estaba el mío vivamente in- 
t^esado en otro asunto muy diferente, y me 



PEÑAS ARRIBA 405 

pareció el empeño hasta una profanación. ¿Qu6 
importaban ya las preferencias amorosas de la 
hija del Topcro, cuando Chisco y Pepazos, con 
todos los que habían subido á la montaña con 
el primero en busca del segundo, podían no ser 
más á aquellas horas, que un montón de rígi- 
dos cadáveres mal envueltos en la mortaja de 
la nieve? Arrastráronme hacia este lado todos 
mis anhelos, y acosé á preguntas ociosas á to- 
dos y á cada uno de los de la casa. Lo único 
que saqtié en limpio y de nuevo fué la noticia 
de que tan pronto como pasó la tromba de me- 
diodía, había salido otra expedición de valien- 
tes; pero no más que t contra eyus,» contra los 
que faltaban; es decir, á'^u encuentro, ó ver si 
los columbraban desde cierta distancia. No se 
podía hacer otra cosa, ignorándose, como se 
ignoraba, su rumbo y su paradero en una tarde 
tan corta, tan amenazante y con el temor de una 
noche como la que se barruntaba. Lo cierto es 
que había motivos sobrados para estremecerse 
y temblar, como me estremecía y temblaba yo 
pensando en don Sabas, en Neluco, en Chisco, 
en Pito Salces... Dios piadoso, ¡qué sería de 
ellos y de cuantos los habían acompañado en 
su denodada empresa? 

Y pensé también en la nieta de don Pedro 
Nolasco y en el mismo octogenario Marmitón, 
y en su hija, si eran sabedores de lo que ocu— 



406 ODRAS DB D. JOSÉ M. DE PEREDA 

rría. Pero ¿cómo ignorarse en aquella casa la 
que era tan sabido y tan llorado en todas las 
del lugar? Y en esta situación, ¿quién se acer- 
caba» sin un consuelo racional, á aquella familiai 
sobre todo á Lita, que debía de hallarse tocan- 
do el cielo con las manos, y no de ira, sino de 
espanto, de consternación, al pedir á Dios por 
la vida de todos, y particularmente por la de 
Neluco? Por eso no me acerqué yo, al cabo de 
los tres cuartos de hora bien corridos que pasé^ 
en casa del Topero luchando con la duda. 

Así llegó el crepúsculo, torvo, silencioso, 
amenazante, como ladrón asesino que aguarda 
las tinieblas de la noche para consumar el cri- 
men forjado en su cerebro. Cuantos cálculos 
hacíamos para engañarnos unos á otros, resul- 
taban increíbles en presencia de la realidad de 
tantas horas transcurridas sin saber nada de los 
ausentes, y, sobre todo, de aquella noche es- 
pantable que se venía encima de Tablanca y 
que, si llegaba antes que ellos, podía conside- 
rarse ya como su losa funeraria. Yo sostenía 
que no, contra todas mis convicciones, porque 
era muy duro rendirse sin protesta en tan apu- 
rada situación de espíritu, y no alentar un poco 
el de aquellas honradas gentes, harto más com- 
petentes que yo en el punto que ventilábamos. 

— Pase — llegué á decirles, — que Pepazos, 
que está allá desde anoche, solo, despreveni- 



PEÑAS ARRIBA 4O7 

do... jPero los otros!.. • bien pertrechados de 
medios de defensa, con víveres abundantes... 
En fin, que de éstos casi respondo yo. 

Observé que le gustaba el razonamiento á 
Tanasia, aun en la hipótesis de dar por difun- 
to á Pepazos, y esto me animó á distinguir y 
encarecer las valentías de Chisco entre las de 
todos los valientes que le acompañaban, lo cual 
fué menos del agrado del Topero que del de su 
hija, señal bien evidente de que el Tarumbo no 
estaba mal informado acerca de este delicado 
particular. Pero, no di al descubrimiento la im- 
portancia que le hubiera dado en otra ocasión, 
porque las impaciencias nos consumían, y no- 
taba que, como si allí no hubiera más ánimos 
que los míos, á medida que se los infundía á 
Tanasia y á su familia, iba quedándome yo sin 
ellos. Pensaba al propio tiempo que cambiando 
de lugar cambiarían de cara los sucesos, con 
noticias que podían salirme al paso cuando 
menos lo creyera; pensaba también en mi pobre 
tío, á quien había dejado solo y entristecido 
por mis mal traducidas preocupaciones; y pen- 
saba, por último, en la tenebrosa noche que 
estaba ya llegando, y en los peligros de que me 
cogiera en el camino, aunque no muy largo, de 
mi casa. 

Salí, pues, de la del Topero, salpicándome 
el vestido los copos de nieve que empezaban á 



408 OBRAS DB D. JOSÉ M. DB PBRBDA 

caer; y apretando bien el paso y aprovechando 
la escasísima luz que quedaba del día para mi- 
rar en todas direcciones buscando con los ojos 
lo que no encontraba por ninguna parte, llegué 
pronto á la casona, en la cual hallé á mi tío 
muy apurado por mi ausencia, que le expliqué 
como mejor pude, y á la mujer gris que me de- 
voraba con los ojos pidiéndome noticias que 
esperaba yo obtener de ella. Ni había vuelto 
Chisco, ni por allí había pasado alma viviente 
que diera cuenta de él ni de los otros. Y á todo 
esto, mi tío echándole ya en falta, y Facia y 
Tona y yo viéndonos negros para ocultarle la 
verdad de lo que ocurría, y la nieve espesando, 
y avanzando las tinieblas de la noche... ¡Dios 
eterno, qué anhelación la mía! Cuando se ce- 
rraran los portones de la casa, y Chisco no es- 
tuviera dentro de ella, y aquel infeliz señor lo 
supiera, y tuviéramos que enterarle de la ver- 
dad... ¡qué puñalada para él! 

Y acabó la noche, al ñn, de envolver la ca- 
sona y el valle y las montañas en la más densa 
é impenetrable obscuridad; se cerraron los por- 
tones, se avivó la fogata de la cocina, se arri- 
mó á ella mi tío en el sitio de costumbre, pero 
inquieto y alarmado también, porque nos veía 
alarmados é inquietos á todos los que vagába- 
mos como sombras, más que andábamos como 
personas, en su derredor... y ¡nada! ni utia voz 



PBÑAS ARRIBA 4O9 

afuera, ni un golpe, ni un silbido... £1 silen- 
cio, la soledad, el frío de los sepulcros, (la 
muerte por todas partes! Jamás me había pare- 
cido la majestad de Dios tan imponente, ni le 
había rezado con más fervor que entonces, 
mientras andaba yo de puerta en puerta mi- 
rando y escuc};iando, sin ver ni oir más que la 
insondable negrura de la noche, el incesante 
bramar del Nansa, que más que ruido, pare- 
cía lá respiración del silencio, y los latidos 
descompasados de mi corazón. 

Así pasó una hora que me pareció un siglo; 
y ya iba yo á preparar á mi tío (que languide- 
cía por momentos sin atreverse á preguntarnos 
una palabra) para la terrible noticia con un 
discurso muy mal hilvanado, cuando quiso 
Dios que se oyeran dos recios golpes en el por- 
tón que da á la calleja. Aquello era, cuando 
menos, una tregua en la espantosa agonía que 
estábamos sufriendo todos dentro de aquellos 
ennegrecidos muros. Pero si el que llamaba no 
era Chisco ó quien nos trajera noticias suyas y 
de los demás ausentes, ¿no había para matarle» 
fuera quien fuera? 

Yo mismo cogí el farol que estaba encendido 
desde mucho antes por un lujo de precaucio- 
nes tomadas á falta de cosa mejor y más tran- 
quilizadora en qué ocuparme, y bajé de tres en 
tres los peldaños de la escalera; llegué al por- 



410 OBRAS DE D. JOSÉ M. DE PEREDA 

tÓQ al mismo tiempo que se repetían en él los 
garrotazos, y con mano torpe y acelerada solté 
el barrote que le aseguraba por dentro; des- 
tranqué y abrí. Dos bultos aguardaban afuera. 

Levanté el farol para reconocerlos antes de 
dejarlos entrar, y conocí ¡Dios misericordioso! 
á Neluco y á Chisco... También Canelo estaba 
allí, acurrucado. Entraron, me abalancé á ellos 
y los abracé casi llorando de alegría. ¡Pero en 
qué estado se hallaban! Chisco, macilento, ^es- 
alentado, con la cabeza vendada y un brazo 
en cabestrillo. Neluco, despeado y lacio; y los 
dos empapados en agua de pies á cabeza, yer- 
tos, amoratados de frío... Invadiéronme de 
nuevo los sobresaltos y las inquietudes, y les 
pregunté con un miedo horrible á las respues- 
tas: 

— ¿Y don Sabas? 

— Bueno, — me respondió Neluco con voz 
empañada. 

—¿Y Pito Salces? 

— También. 

— ¿Y Pepazos? 

— ¡Por el amor de Dios!— interrumpió el 
médico empujándome hacia el fondo del estra- 
gal.— Ropa seca y un poco de lumbre para mí, 
y una cama para éste, antes de todo; y calen- 
tándonos hablaremos después. 

— Es que está mi tío en la cocina, — ^repliqué 



PENAS ARRIBA 



4" 



temiendo que no pudiera decirse delante de él 
todo lo que Neluco tuviera que contar. 

— No importa, — respondió impaciente y an- 
dando, llevándose por delante á Chisco que 
parecía insensible á cuanto le rodeaba. 

Cerró Facia el portón, y subimos todos. 




I 






XXII 




L relato que hizo Neluco al amor de 
la lumbre y vestido ya con ropas 
mías» fué lacónico, expresivo y pin- 
toresco en sumo grado; y bien puede 
asegurarse que aun sin estas excepcionales con- 
diciones, no le hubiera faltado la hondísima 
atención con que h oímos mi tío, sus dos cria- 
das y yo. 

Según el médico, la quedada de Pepazos en 
el monte había corrido por el lugar hacia las 
diez de la noche, con la rapidez de un reguero 
de pólvora inflamada, y con la misma breve- 
dad se examinó el suceso, fué estimada su im- 
portancia y se acordó y dispuso el único soco- 
rro que podía prestársele y se le prestaría tan 
pronto como Dios mandara á la tierra una chis- 
pa de luz con que guiarse para emprender el 
camino un poco menos que á tientas. Así se 
hizo al alborear el nuevo día. Los nombres de 



414 OBRAS DB D. JOSé II. DB PBRBDA 

los expedicioaarios eran los mismos que me 
había dado Facía pocas horas después de ha- 
ber salido de Tablanca la expedición. A Chis- 
<:o, que no estuvo presente en «las juntas,» se 
le dio por cconforme,» y se le avisó con las 
debidas precauciones para no alarmar á su amo. 
Se conocía el punto de partida de Pepazos 
detrás de sus yeguas, y cierta querencia que és- 
tas y otras del lugar tenían á determinados si- 
tios de los altos; y una vez colocados los ex- 
ploradores sobre aquel terreno, ni siquiera pu- 
sieron en duda la dirección que habían tomado 
las unas huyendo y el otro persiguiéndolas 
para atajarlas. Por un palmo de nieve más ó 
menos, no dejaba Pepazos de volver á su ca- 
sa, por alejado que estuviese de ella y por muy 
negra que fuera la noche; y el no haber vuelto 
era señal de que cuando cayó en la cuenta de 
que estaba nevando de firme y pensó en vol- 
verse, el espesor de la nieve no bajaba ya de 
media vara, lo cual no podía haber ocurrido, 
según dictamen de los que habían visto el aire 
de nevar aquella noche, antes de las ocho y me- 
dia ó las nueve. Sumando las horas transcurri- 
das desde el comienzo de la empresa de Pepa- 
zos hasta entonces; midiendo el andar que lle- 
varía monte arriba, y deduciendo de ello los 
ziszás que haría, probablemente, en sus varias 
intentonas de ataje por las laderas, salía lacuen- 



\ 



PEÑAS ARRIBA 415 

ta justa: si Pepazos no estaba en el invernal de 
Peñarvoja, estaba en la Cuevona del Pedregalón 
de Escajerasy ó se le había zampado el lobo, lo 
cual no era verosímil habiendo cerca del mo- 
zallón bestias de tan sabrosa carne como las 
que 61 iba persiguiendo. Ni el hambre ni el frío 
eran capaces de acabar en una noche sola con 
una vida tan dura de roer como la de Papazos. 
Nadie lo dudó, y la caravana emprendió la su- 
bida de los montes sin atender á otra cosa que 
á pisar en ñrme y ganar tiempo. Por miseri- 
cordia de Dios, el día, aunque pardo, se pre- 
sentaba relativamente sereno, y apenas chispea- 
ba la nieve por entonces. 

Tres horas duró la subida más agria, y otra 
el paso de la primera loma á lo largo de ella. 
De estas cuatro horas, la segunda y la tercera 
fueron de prueba, porque hubo en ellas de to- 
do lo malo que abunda en el monte durante 
las nevadas del calibre de aquélla: aires que 
entumecen, torbellinos que ahogan, nieblas que 
desorientan y extravían, sendas borradas, sue- 
los traidores, caminos franqueados con las pa- 
las ó adivinados por los más expertos; caídas 
inesperadas, cómicas muchas y de riesgos mor- 
tales algunas de ellas; sustos frecuentes y fati- 
gas incesantes... La hora que duró el paso de 
la hoyada entre la primera y la segunda loma, 
fué más llevadera. Al fín de esta hoyada, es 



4l6 OBRAS DE D. JOSÉ M. DE PEREDA 

decir, á los comienzos de la loma segunda, es- 
tá el Pedregalón, con la boca abierta á muy po- 
ca altura del suelo y encarada á 1^ ruta que lle- 
vaban los expedicionarios. Se columbró muy 
pronto la mancha gris del pedregal sobre el 
fondo blanquísimo y esponjado de la nievej 
diez minutos después se dibujó perfectamente 
la boca de la cueva, y desde un poco más ade- 
lante, algo que no estaba enteramente quieto 
dentro de sus mandíbulas abiertas y desenca- 
jadas; cincuenta pasos más, y hasta los menos 
sutiles de vista conocieron en lo que parecía 
mendrugo de aquel gaznate descomunal y olfa- 
teaban ya los perros de la caravana, á Pepazos 
en cuerpo y alma. Allí estaba el pedazo de bru- 
to lo mismo que un ídolo japonés acurrucado 
en su hornacina, con los brazos en jarras, los 
mofletes muy colorados, la boca de oreja á 
oreja y los ojos muy risueños, viendo llegar á 
sus convecinos, tan tranquilo y descuidado co- 
mo si los hubiera citado él para que acudieran 
á aquel sitio y á la hora en que llegaban. Co- 
rrespondiente á esta actitud irracional, fué el 
saludo que le dirigieron los recién llegados^ 
que no podían ya con los barajones ni con los 
propios cuerpos: una tempestad de injurias y 
de motes, y hasta de ladridos de los perros. 

— ¿Por qué no te golvistes á tiempu, animal^ 
más que animal? — preguntóle uno. 



PBÑA8 ARRIBA 417 

Á lo que respondió Pepazos al instante: 

— Porque me había empeñan en atajar las 
yeguas; y como la níevi me servía pa colúm- 
bralas bien dimpués que cerró la nochi... jala, 
jala, jala parriba detrás de eyas; torna aquí y 
ataja acuyá... 

— Y ¿dónde están esas bestias á la presente? 
— le preguntó el Cura. 

— Sábelu Dios— contestó Pepazos entristeci- 
do con la pregunta. — Al ayegar yo á esa joya, 
tresponierun eyas la otra cumbri como si las 
yevaran los demontris... y échilas un galgu... 
Apretaba la ventisca, espesaba la nievi, había 
muchu que andar hasta Tablanca, tenía cerca 
esta cuevona, y aquí me acaldé tan guapa- 
mentí. 

— ¿Y habrás sido capaz de dormir? — le in- 
terpeló el médico. 

— Como que no tenía otra cosa que jacer... 
— respondió el mozallón admirado de la pre- 
gunta. 

— Sin acordarte maldita la cosa — ^insistió Ne- 
luco, — del susto que dabas á tu familia y á to- 
do el pueblo... 

Se encogió de hombros el interpelado, como 
si entonces cayera en ello por primei'a vez. Al 
notarlo, dijo dqn Sabas descomponiéndose un 
poco: 

— Y 8i todos hubiéramos sido tan cernícalos 
TOMO XV 27 



4^^ OBRAS DE D. JOSÓ M. DB PEREDA 

como tú, ¿qué hubiera sido de tí, si no hoy, 
mañana, cuando el hambre y el frío te acome- 
tieran? 

Otro encogimiento de hombros por respues- 
ta, como si tampoco hubiera cruzado señal de 
sem3Jante idea por el meollo de Pepazos, 

En ñn, que no había atadero en aquel hom- 
bre... ni mucho tiempo que perder; por lo que 
se metieron los de afuera en la cuevona, obra 
bien fácil, porque le llegaba ya la nieve á me- 
dia vara de la boca; descansaron y comieron 
todos, poniendo á raya la voracidad de Pepa- 
zos, sin lo cual no hubieran alcanzado las pro- 
visiones para él solo; y como el cielo iba enne- 
greciéndose por mala parte, después de un li- 
gero reposo salieron todos de la cueva aperci- 
bidos para la marcha, y la emprendieron á 
buen andar montaña abajo. 

Al principio todo fué bien, y hasta abunda- 
ron las zumbas, las indirectas y las ironías en* 
derezadas á Pepazos, que no se enteraba de la 
mayor parte de ellas por natural torpeza de su 
magín. Pito Salces se desató en barbaridades 
contra él, y, sobre todo, contra el Topero, que 
le abría la puerta, mientras se la cerraba á un 
hombre tan avispado como uno que él (Chór- 
eos) conocía «igual que á sí mesmo,» y que, 
aunque otra cosa se dijera por ciertas lenguas, 
era el que plantaba el jito en el corazón de 



P£ÑAS ARRIBA 4X9 

Tanasia. Esto, dicho entre cabriolas, tnanoteos 
y risotadas, delante de toda aquella gente, y tan 
miramiento alguno á la respetabilidad del señor 
Cura, dejó desconcertado y mdiíno á Pepazos, 
y á Chisco del color de la nieve, y no de frío, 
sino de santa indignación que puso á Chóreos 
en grave riesgo de bajar rodando una ladera 
fendia que asomaba á diez varas de ellos. 

Pero pasó la gresca, como pasaban á cada 
instante ciertas rachas de cierzo que flagelaba 
las caras con manojos (tales parecían) de la nie-^ 
ve seca que llevaba consigo. 

Lo que no pasaba era aquella negrura que se 
veía sobre el horizonte frontero: lejos de pasar, 
iba avanzando y extendiéndose en todas direc- 
ciones; y cuanto más avanzaba y se extendía, 
cmás de ella» quedaba á la otra parte; vamos, 
como la jumera de un calero muy grande que 
acabara de encenderse detrás de los montes le- 
janos. Y esto era lo que no perdían de vista don 
Sabas y los que, aunque no tanto como él, eran 
muy entendidos en aquella casta de nublados; 
y por esto husmeaba el Cura el paisaje con 
avidez, y cortaba las apuntadas conversacio- 
nes con mandatos secos de avivar la marcha. 
Hasta los perros encogían el rabo y se ponían 
á la vera y al andar de la gente, sobre todo 
cuando se oyó bramar el cierzo entre los pela- 
dos robledales y en las gargantas de la cordi- 



420 OBRAS DB D» JOSÉ M. DE PEREDA 

llera, y se enturbió de repente la luz, como si 
fuera á anochecer en seguida, y se vio des- 
prenderse de lo más negro y más lejano de las 
nubes aquel pingajo siniestro que había visto 
yo desde mi casa, y unirse luego con el otro 
pingajo que ascendia de la tierra, y comenzar, 
fundidos ya en una pieza los dos, á dar vueltas 
como un huso entre los dedos de una jiladora, 
y á andar, andar, andar hacia ellos, los pere- 
grinos del monte, como si lo empujara el bra- 
mar que se oía detrás de ello, si no era ello mis- 
mo lo que bramaba, repleto de iras y de ansias 
de exterminio, muertes y desolaciones. 

Don Sabas miró entonces á Neluco con ojo» 
de alarma; Neluco al Cura; Chisco y Pito Sal- 
ces á los dos; y todos se miraron unos á otros, 
y todos se detuvieron de repente como si obe- 
decieran al impulso de un mismo resorte. Ca^ 
nelo y sus congéneres se detuvieron también y 
se arrimaron al grupo, mirando á todas las ca- 
ras y exhalando entrecortados aullidos quejum- 
brosos. 

—Aquello — dijo don Sabas apuntando á la 
tromba, — ha de pasar por aquí sin tardar mu- 
cho... íY en qué sitio nos coge! 

Estaban á la sazón en el centro de una altu- 
ra, casi una meseta, desamparada por todas 
partes y dominada hacia la izquierda por un 
picacho, entre el cual y la sierra se abría la bo- 



i 



PBÑAS ARRISA 42 1 

ca de una barranca profundísima. Cerca de la 
barranca y en el lado de la sierra, había un ro- 
bledal bastante espeso y de recios troncos. Es^ 
caso refugio era aquél y peligroso en sumo gra- 
do para defenderse de un enemigo tan formi- 
dable como el que se les iba encima á paso de 
gigante; pero como no tenían otro mejor á sus 
alcances, á él acudieron sin tardanza. Eligió 
cada cual su tronco, en la seguridad de que lo 
mismo podía servirle de amparo que de verdu- 
go; y allí se estuvieron, encomendándose á 
Dios y respondiendo á las preces que en voz 
resonante le dirigía don Sabas, pidiéndole por 
la vida de todos, aunque fuera al precio de la 
suya propia. 

Lo tan temido y esperado no tardó en llegar, 
negro, espeso, rugiente, furibundo, como si toda 
la mar con sus olas embravecidas, y sus huraca- 
nes y sus bramidos, y su empuje irresistible, 
hubiera salido de su álveo incomensurable 
para pasar por allí. Temblaron hasta los más 
valientes (y lo eran mucho todos los de aquella 
denodada legión), y ninguno de ellos supo darse 
cuenta cabal del principio ni del fin del paso de 
aquél tan rápido como espantoso huracán. ¡Y 
eso que solamente les había alcanzado uno de 
los jirones de la tromba, desgarrada en su pri- 
mer choque contra las moles de la cordilleral 

Hubo en el robledal ramas desgajadas y tron» 



422 OBRAS DB D. JOS¿ M. DB PBRBDA 

tos removidos, y apareció desfigurado el suelo, 
barrido de nieve donde antes hubo mucha, y 
enormes cúmulos de ella donde había escaseado 
más. Esto fué lo primero que se metió por los 
ojos de los infeBces, tan pronto como los abrie- 
ron para buscarse con la vista unos á otros. 
Nadie estaba en el sitio que había ocupado 
antes de la tormenta, y Pepazos yacía sepulta- 
do de medio abajo en una pila de nieve, fuera 
del robledal y á muy pocos pasos de la barran- 
ca... ¡Pero faltaba uno! ¡faltaba Chisco! y no 
respondía á las voces con que se le llamaba, ni 
se le veía por ninguna parte. . . ¿Dónde buscarle? 
¿Qué sitio había ocupado en el robledal? ¿Quién 
estuvo cerca de él? ¿Quién le había visto al re- 
ventar la cellerisca negra? 

En aquel mismo instante sacó Pepazos sus 
zancas de la nieve y rompió á hablar. Él se 
había salido del robledal por creerse más se- 
guro afuera al sentir en la cara los primeros la- 
tigazos de «la nube.» Observólo Chisco, que 
estaba á su lado, y le llamó para que se volviera 
al robledal antes con antes si no quería salir 
volando por encima de la barranca ó caer en ella 
Sepultado, que tanto daba: Pepazos que no, y 
Chisco que sí; deja éste su guarida; échase sobre 
el otro para meterle adentro por buenas ó por 
malas; revienta en esto la cellerisca, y no volvió 
Pepazos á oir ni á ver ni á sentir cosa alguna 



PEÑAS ARRIBA 423 

de este mundo hasta lo que estaba viendo y 
oyendo á la presente. 

Pito Salces, que no quitaba ojo á Pepazos ni 
perdía una sola palabra de las que iba diciendo 
el mozallón, en cuanto éste cesó de hablar se 
plantó de un salto en la orilla de la barranca, 
y allí se puso á husmear, con la avidez de un 
perro de buena nariz, en todas direcciones y 
hasta en las negras profundidades del abismo. 
El dolor, la consternación de aquellas genero- 
sas y honradas gentes, no son para pintados. Se 
corría de acá para allá; olfateaba desesperada- 
mente Canelo (á los otros dos canes los había 
barrido el huracán); se llamaba á Chlsco en 
todos los imaginables tonos de la angustia hu- 
mana, y se removían los montones de nieve 
con la pala, con la azada, con los pies, con las 
uñas..; ¡y nada! 

En esto se oye un grito de Pito Salces, y 
estas palabras que volvieron la vida á todos: 

—¡Aquí está, puches! ó yo no tengo ojos en 
la cara. 

Hallábase el bueno de Pito esparrancado en 
el borde mismo de la quebrada y mirando an- 
siosamente hacia abajo. Allí^ en el estrecho 
lomo de la única peña que avanzaba sobre el 
abismo y se arraigaba en la orilla, á cosa de 
trdnta pies más abajo de donde afirmaban los 
suyos para mirar Pito y los que habían acudido 



1 



424 OBRAS DE D. JOSÉ M. DR PEREDA 

á SU llamada, se veía un cuerpo humaao medio 
cubierto por la nieve. Indudablemente era el de 
Ch¡sc9, por las señales de su vestido y de su 
tamaño; pero ¿quedaría algo de vida en aquel 
ser que parecía inanimado? Pito sostenía que 
sí, porque se atrevía á jurar que había pescado 
cierta movición de brazo en él. De todas mane- 
ras, había que sacarle de allí, ¿Cómo? ¿Por 
dónde? Y aquí las ansias y la desesperación, 
porque el socorro era dificultoso y el tiempo 
apremiaba inexorable. £1 corte de la montaña 
por aquel lado era casi vertical, á pico sobre el 
barranco, y sólo había un ligero tramo, de ta- 
lud muy enlomado, precisamente á plomo de la 
peña con la cual se unía por su base. Entre la 
peña y la base del talud había un espacio de 
algunas varas. £n aquel espacio, muy arrimado 
á la peña y con bien marcada inclinación hacia 
el abismo, estaba lo que se parecía á Chisco 
boca abajo é inmóvil; parecer que confirmaba 
Canelo desde arriba latiendo desaforadamente y 
buscando una senda por donde lanzarse en 
ayuda de su dueño. Por razones de suma pru- 
dencia, mandó Neluco que se sujetara al perro 
en el acto y se le tuviera lejos del sitio en que 
se hallaban don Sabas, Pito Salces y él, discu- 
rriendo sobre el problema de la bajada. Ésta 
no era imposible, ni mucho menos, para aque- 
llos arriesgados y duchos montañeses con los 



PBfíAS ARRIBA 425 

recursos auxiliares que tenían á su disposición; 
pero jen aquellos instantes ofrecía un peligro 
tremendo, no para el que bajara, sino para el 
que se hallaba abajo ya, indefenso é inerte. £1 
talud estaba cubierto, hasta la arista de arribaí 
de una capa de nieve que no mediría menos de 
vara y media de espesor, y debía de medir 
mucho más, tal vez el doble, la que había en la 
explanada de abajo, en uno de cuyos lados 
yacía Chisco sin dar señales de vida, por más 
que siguiera jurando Chóreos que sí las daba. 
Remover la nieve de arriba, siquiera fuese lige- 
ramente (y de aquí la precaución de Neluco 
tomada con CaneloJ, equivalía á producir un 
corrimiento de ella, que, ganando peso y velo- 
cidad de palmo en palmo, llegaría á la peña 
como un alud de bastante empuje para arrastrar 
á Chisco á los profundos de la barranca. Esto, 
que estaba en la mente de todos, era lo que los 
tenía febriles y consternados. Todos estaban 
dispuestos á bajar, pero á nadie le era permi- 
tido. Pito Salces, que no cabía dentro de sí 
mismo y andaba leguas por segundo en los tres 
palmos de suelo que ocupaban sus pies, se dio 
de pronto un puñetazo en la frente. ¡Puchesl 
ya tenía la idea. 

— ¿Están las cuerdas listas? — preguntó. 

Respondiéronle que sí. 

— ¿Acanzará cá una de eyas hasta abaju? 



426 OBRAS DE D. JOSÉ M. DE PEREDA 

Se le respondió que con sobras de otro tanto. 
Pidió luego una pala. Examinó la cuerda, mi- 
diéndola braza á braza; la dejó después enros- 
cada en el suelo cerca del borde del barranco; 
puso la pala sobre la rosca, y volvió á asomar- 
se al precipicio. En seguida preguntó á los más 
cercanos de los que le miraban á él silenciosos 
y llenos de curiosidad: 

— ¿Habrá siquiera, siquiera, dos varas de 
nieve en la yanauca de ayá-baju? 

— Y más que más, — se le respondió. 

Quitóse los barajones en un periquete; los 
arrojó á un lado, enderezóse y dijo: 

— Los rayos, {puches! son pa cuando truena, 
y las oraciones, señor don Sabas, pa cuando se 
Désecitan como ahora mesmu. . 

Besó la mano al Cura; arrimóse otra vez á la 
orilla de la barranca; dijo á los que le contem- 
plaban atónitos, por ignorar los planes que le 
movían á hacer aquellas cosas tan raras, que 
tuvieran listas la pala y la cuerda para cuando 
las pidiera él; miró un instante hacia abajo, san- 
tiguóse rápidamente, invocó á cjesús crucifi- 
cado... • ly allá va eso! Se lanzó al abismo 
entre el asombro y el espanto de todos. Hay 
que advertir que desde que se notó la falta de 
Chisco hasta aquella sublime barbaridad, no 
pasaron diez minutos. (Tan de prisa se andaba, 
se discurría y se obralMt allí! 



PEÑAS ARRIBA 427 

Los que vieron caer á Pito Salces (que fue- 
ron todos los que de la caravana quedaban 
arriba, Canelo inclusive) derecho, rígido como 
un huso, y haciendo de los brazos alas y ba- 
lancín para gobernarse en los aires, no logra- 
ron averiguar cuál fué primero, si el hundirse 
en la nieve hasta la cruz de los calzones, 6 el 
echar las dos manos sobre el cuerpo inmóvil 
de su amigo, haciendo presa en él. £n seguida 
tiró del cuerpo con todas sus fuerzas, logró 
arrastrarle á su terreno y le dejó sobre la nieve 
en lugar más seguro y boca arriba. Todos co- 
nocieron á Chisco en cuanto le vieron así; pero 
{horror de los horrores! en el sitio en que había 
estado apoyada su cabeza quedaba un man- 
chón de sangre, que se distinguía perfectamente 
sobre la blancura deslumbradora de la nieve. 
Casi al mismo tiempo que se hacía este triste 
descubrimiento, gritaba Pito desde abajo vol- 
viendo la mirada hacia los de arriba: 

— jHay hombre, puches, y hasta con su re- 
sueyu correspondienti! 

^—¡Arriba con él sin tardanza! — gritó Neluco 
entonces desde lo alto. 

— |Hay que barrer primero el camino! — con- 
testó Chóreos desde abajo. — Échenme una pala 
antes con antes, porque ya tengo la idea, ¡pu- 
ches! y vaigan jiciendu por arriba lo que á mí 
mevean jacer poracáabaju... en cuantu yo avise. 



428 OBRAS DB D. JOSÉ M. DE PBRBDA 

Cayó la pala en seguida, perfectamente á plo~ 
mo y en el sitio mismo que Chóreos señalaba 
con la mano; apoderóse de ella, y comenzó á 
expalar nieve á diestro y á siniestro, arroján- 
dola por encima de los bordes de aquella aérea 
y minúscula península unida al continente de la 
montaña por un istmo que no tenía tres varas 
de anchura. £n dos minutos quedó el istmo 
despejado y abierta una senda en el campizo 
que tapizaba por allí los raigones del peñasco» 
hasta el montón de nieve sobre el cual yacía 
Chisco. En seguida se arrimó el intrépido mu- 
chacho á la base del talud, y allí, como si se 
hallara en el huerto de su casa, sin inquietarse 
lo más mínimo por lá visión de los abismos ho- 
rrendos que se abrían á media vara de cada uno 
de sus pies, púsose á expalar la nieve del talud, 
á un lado y á otro, mandando al propio tiempo 
que se hiciera arriba lo mismo, en cuanto al- 
canzaran las palas. Sin base ya la nieve del ta- 
lud y removida por lo alto, empezó á escurrir- 
se hasta el istmo, donde se partía en dos cas- 
cadas que desaparecían en el barranco. Despe- 
jado y limpio el talud en breves momentos, y 
desembarazado, por consiguiente, de los peli- 
gros que se temían antes, echóse abajo la cuer- 
da que pidió Chóreos; ató como debía y él sa* 
bía hacerlo, á su amigo por los sobacos, y ti- 
rando con tiento los de arriba y ayudando él 



PEÑAS ARRIBA 429 

con cariño desde abajo, quedó Chisco, que no 
podía hacer nada por sí, arrimado al talud. 

— ¡Arriba ahora con él! — voceó Pito Salces, 
— y á pul su, porque si no yeva un brazu cas- 
^ cau, ha de faltali pocu. 

Llegó Chisco felizmente á lo alto, volvió á 
descender la cuerda, atóse con ella Chóreos, 
subiéronle; y sin detenerse nadie á ponderarle 
la hazaña, ni ocurrírsele á él que lo que acaba- 
ba de hacer mereciera tal nombre, corrieron to- 
dos á rodear á Chisco, de quien ya se había 
apoderado el médico en el robledal, asistido de 
don Sibas principalmente. La herida de la ca- 
beza resultó insignificante, y lo deí brazo ni si- 
quiera llegaba á dislocación del hombro. Lo 
peor era la sangre perdida que le debilitaba 
mucho, y lo que pudiera haber de conmoción 
cerebral, aunque era buen síntoma lo dócil que 
iba mostrándose todo el organismo á los reme- 
dios que Neluco le aplicaba. ¿ los tres cuartos 
de hora se sentaba el enfermo por su propio es- 
fuerzo y por su libre voluntad; otro cuarto de 
hora después, pedía minuciosas noticias de to- 
do lo que le había pasado; á la hora y media, 
comía con gran apetito y bebia cuanto le da- 
ban; y sin cumplirse las dos horas, ensayaba 
sus bríos de caminante pataleando sobre la nie- 
ve y rogando al Cura y á Neluco que se rom- 
piera la marcha cuanto antes. 



430 OBRAS DE D. JOS¿ M. DB PERBDA 

Caminando ya, decía don Sabas al médico: 

— {Y se dirá que ya no se hacen mUagrosI 
Haber en el paredón liso de la barranca una 
sola peña saliente; ir á dar Chisco á esa peña 
arrastrado por la cellerisca; tena: la peña un 
colchón de más de dos varas de nieve, y envol- 
verle á él la cellerisca en cobertores de más da 
otro tanto, para que la caída fuera blanda. ¿No 
son milagros éstos? Y, por último, ¿no es el ma<» 
yor de todos la ocurrencia de Pito? Porque ¿de 
qué hubieran servido los otros sin esa barba-^ 
ridad? 

Como había que acomodarse al andar de Chis* 
co, que no era su andar ordinario, la bajada á 
Tablanca duró bastante más de lo calculado á 
la salida de la Cusvona del Pedregalón de Esca- 
jeras; y como, así y todo, el mozón de Robacío 
no era de hierro, llegó á cansarse mucho y á no 
sentirse bien á medida que avanzaba la noche 
y el frío arreciaba. 

Hubo temores de que no pudiera llegar á Ta- 
blanca por sus pies, y se buscaron atajos para 
llegar cuanto antes. Cómo llegaron, al fin, Ne"> 
luco y el enfermo, ya lo habíamos visto nos- 
otros. Se calentó la cama de Chisco, se le des- 
pojó de sus ropas húmedas, se le dieron unas 
fricciones de aguardiente; y en la cama segufa 
reposando al referir Neluco en la cocina estot 
sucesos que más de una vez empañaroa los ojoa 



PEÑAS ARRIBA 43 1 

de Facia, é hicieron estremecerse de pavor y 
de entusiasmo á su hija Tona, mientras á mi 
tío le temblaba la barbilla y le chispeaban los 
ojuelos clavados en los del narrador. En cuan- 
to á mí, con admirar tanto como admiré la atro - 
cídad heroica de Pito Salces, y con sentir tan 
hondamente como sentí el percance tremendo 
del pobre Chisco, aún me resultaba poco todo 
ello en comparación del cuadro de horrores que 
yo había estado forjándome en la cabeza duran- 
te el día y una buena parte de la noche. 

Terminado el relato, con minuciosos comen- 
tarios de los oyentes, y reanimado ya Neluco 
con el calor de la lumbrona, dióse una vuelta 
por la alcoba de Chisco; vio y vimos todos que 
dormía profundamente un sueño tranquilo y re- 
parador sin señal de calentura; diónos instruc- 
ciones para lo que pudiera acontecer hasta que 
volviera él á la mañana siguiente; pidió el farol 
que ya le tenía Facia preparado; despidióse y 
se fué á su casa, donde estaría su ama de go- 
bierno llorando por él y hasta encomendándole 
á Dios. Expliqué yo luego á mi tío, con la ra- 
zón de estos sucesos, mi conducta de todo el 
día; pareció tranquilizarse con ello; nos arrima- 
mos poco después á la perezosa; cené yo con 
un apetito como no había sentido otro en mi 
vida, y una hora después nos retirábamos á 
dormir. 



432 OBRAS DB P. JOSÉ M. DB PBRBDA 

{Á doraiir!... ¡Buenas andaban para ello las 
horas de aquel día y de aquella noche memo- 
rablesl 

Habíame yo metido en la cama con la cabe- 
za atiborrada de sucesos extraordinarios y el 
corazón henchido de impresiones; veía la tem- 
pestad rugiendo entre las montañas, desgajan- 
do peñascos y desarraigando tronces seculares, 
y á una docena de hombres, sencilla y natu- 
ralmente generosos, envueltos entre remolinos 
de nieve y de granizo, rodando por los suelos, 
como la hojarasca muerta de los árboles; veía 
á Chisco moribundo en el lomo de una roca, 
sobre el fondo negro de un abismo espantoso; 
veía las ansias desesperadas de sus compañeros 
de fatigas, que no hallaban la manera de sa- 
carle de allí, y veía, por último, al noblote Pito 
Salces volando por los aires y jugándose la vi- 
da en aquel arranque brutalmente sublime, por 
el intento solo de salvar la de su amigo, que 
de seguro hubiera hecho una barbaridad idén- 
tica por él; consideraba yo todo lo que repre- 
sentaban y valían á la luz del buen sentido es- 
tas cosas, y la simple acometida de la excur- 
sión á la montaña en un día como aquél, por 
puro y santo espíritu de caridad, como el he- 
cho más natura] y sencillo, sin la menor pro- 
testa, sin la más leve duda y sin idea siquiera 
de la más remota esperanza de lucro ni de 



PBÑAS ARRIBA 433 

aplauso; y sin poderlo remediar, me acordaba 
de lo que había leído y oído tantas veces en 
Bii mundo; del clamoreo resonante que solía 
moverse en tertulias, casinos y papeles, y de 
los honores y cíntajos que se pedían y se otor- 
gaban para premiar una hazaña que no valía 
dos cominos en buena venta; pensaba también 
en mi pobre tío, á quien las dudas primero, y 
después el conocimiento de la realidad con to- 
dos sus pormenores, habían afectado muy pro- 
fundamente, y en que le había dejado yo á la 
puerta de su dormitorio mucho más abatido y 
macilento que de costumbre, más fatigoso y 
más perseguido por la tos; en fin, hasta pensé 
en lo que, en buena justicia, habrían ganado 
Chisco en la estimación de Tanasia, de quien 
no era digno un animalote como Pepazos, y 
Pito Salces en la de Tona, que no habría echa- 
do en saco roto las heroicas atrocidades del 
mozallón que tan de veras la quería. 

Hasta bien pasada la media noche no empe- 
zaron los amagos del sueño á confundirme y 
amontonarme estos pensamientos y aquellas 
imágenes en la cabeza; y entonces fué, preci- 
samente, cuando oi unos golpes dados en el 
suelo del cuarto de mi tío. Solía él llamar así 
con un p^lo que le ponían arrimado á la cabe- 
cera de la cama. Pero en los golpes de aquella 
noche había algo que los distinguía de los gol- 

TOMO XV 28 



434 OBRAS DE D. JOSÉ M. DB PBRBDA 

pea de otras veces, oídos por mí sin alarma. 
Podía ser esto verdad, ó producto de una aliu- 
cinación mía; pero yo, en la duda, me atuve á 
lo primero y me levanté de un salto, encendí 
la bujía, me vestí en el aire y acudí á la llama* 
da. Y resultó lo que yo me temía. Hallé al po- 
bre señor incorporado en la cama, de color de 
lirio, con la mirada de angustia, la boca en- 
treabierta, la respiración anhelosa y difícil, y 
un estertor en el pecho que parecía el de la 
muerte. Recitaba, sílaba á sílaba, salmos del 
Miserere... y yo no supe qué hacer ni qué de- 
cirle en los primeros momentos: me imponía 
aquel cuadro que nunca había visto, y sentía 
al mismo tiempo mucha compasión. Contando 
con ataques de aquella especie, había en casa 
varios medicamentos y nos había dado Neluco 
algunas instrucciones para combatir el apuro 
ea los primeros instantes mientras se le avisa- 
ba á él; pero yo no acertaba á hacer ni á dis- 
poner cosa con cosa. ¡Tan aturdido me veíal 

Llegaron en esto las dos criadas, que tam- 
bién habían oído los golpes, y, por ver á su 
amo desde la puerta, me dijo Facia al oído: 

— ¡Lo mesmu que la otra vez! 

Volvióse Tona volando hacia la cocina á 
cumplir un mandato de su madre, y se quedó 
ésta conmigo en el cuarto del enfermo. 

Éter» maniluvios, sinapismos. •• ¡qué sé yo 



L 



PBÑAS ARRIBA 435 

cuántos recursos se pusieron en juego allí! Á 
todo se prestaba el angustiado señor, menos á 
que se avisara á Neluco ni á don Sabas, por- 
que después de la brega que habían tenido 
desde el alba, necesitaban el descanso tanto 
como él. (Y cuidado con que se enterara el 
pobre Chisco de lo que estaba pasando! porque 
era capaz de levantarse con riesgo de ponerse 
peor; y Chisco y el Cura y Neluco y yo y Fa- 
cia y todos y cada uno de los que dormían ó 
descansaban á aquellas horas ó andaban sanos 
y buenos por la casa, hacían falta en el mundo; 
todos menos él, que viéndose en aquel trance 
se veía en lo suyo propio y en lo que era na- 
tural. 

Todo esto nos lo iba diciendo poco á poco, 
mientras clavaba en nosotros su vista cristali- 
zada y anhelosa y hundía sus manos cadavéri- 
cas en una palangana llena de agua muy ca- 
liente, aprovechando el alivio que iban produ- 
ciéndole éste y otro? remedios heroicos que le 
aplicábamos sin cesar. 

— Adémasenos dijo, — esto no es la muerte 
todavía: lo conozco yo bien; y si creyera otra 
cosa, ya estaría aquí el Cura por mi orden, por 
la cuenta que me tiene. ¡Cascajo!... Pero es 
otro aviso de ella... vamos, el segundo toque; 
al tercero, la misa... y no miento, la misa de 
cuerpo presente; el cuerpo de tu tío, Marcelo; 



45^ OBRAS DE D. JOSÉ M. DE PBRSDA 

de tu amo, Facia, que ja está de sobra en esta 
casa y en el mundo... iBendita sea la voluntad 
de Dios por siempre jamás, amén! 

Después se puso á rezar por lo bajo; y á 
medida que se le calmaban las. angustias iba 
cerrando los ojos, hasta que acabó por quedar* 
se dormido; y así dormitando y despertando á 
cada instante, pasó mucho tiempo. Hacia la 
madrugada desapareció por completo el ata- 
que, y durmió el enfermo tranquilamente y de 
un tirón, cerca de dos horas. ¡Pero qué ganas 
había tenido yo durante la noche de avisar á 
Neluco, y qué ansiedad la mía por que ama- 
neciera! 

Cuando amaneció, al fin, tiritaba yo de frío... 
y de tristeza, sentado á la cabecera de la cama 
de mi tío, después de haber visto desde la so- 
lana de mi cuarto que no se presentaba el nue- 
vo día más risueño que el anterior, y de enviar 
recado á Neluco para que anticipara la visita 
cuanto le fuera posible. 





XXIII 



N cuanto mi tío se halló libre del ata- 
que al despertar del sueño, relativa r 
mente tranquilo, que yo le había ve* 
lado desde el amanecer, y vio el cuar- 
to alumbrado por la luz del día, aunque parda 
y melancólica, olvidóse de las mortales angus- 
tias que había sufrido pocas horas antes, y no 
tuvo ni declaró otro deseo que el de saltar de 
la cama para hacer la vida de costumbre. Dios 
y ayuda nos costó reducirle á que siquiera nos 
escuchara las razones que teníamos para opo- 
nernos á su irreflexivo y peligroso empeño. Ne- 
luco, que ya se hallaba presente y bien entera- 
do de todo lo ocurrido durante la noche, tuvo 
que enfadarse de veras y hasta faltarle un po- 
quillo al respeto. Si no por las buenas, por las 
malas tendría que quedarse aquel día en la ca- 
ma, y el siguiente, y el otro, y todo el tiempo 
que durase el temporal de nieve. Había que evi- 
tar á todo trance los enfriamientos... Después» 



438 OBRAS DE D* JOSá M. DB PEREDA 

ya se vería. ¿ lo cual respondió don Celso ^ 
echando lumbre por los ojillos de raposoy apre- 
tando los puños de coraje: 

— ¡Para tí estabal ipara tí y para todos losde 
tu arrastrado oficio, mediquín trapacero del cas* 
cajo! ¿Por quién me tomas? ¿De qué madera te 
has pensado que soy yo? Me levantaré... ó no me 
levantaré, conforme y según me vea de agallas; 
pero no porque se le antoje así ó asao á nin- 
gún enterrador de vivos... porque enterrar en 
vida es ¡cuarta jo! tener en la cama días y días á 
un hombre como yo, sin calentura ni dolores. 

Al cabo se entregó, más que por convenci- 
miento, por falta de fuerzas para salirse coala 
suya; pero volvió la cara hacia la pared refun- 
fuñando protestas é improperios como un chi- 
quillo contrariado. 

Despacliado este asunto y mientras íbamos á 
ver á Chisco, decía yo ai médico que acaso tu- 
viera razón mi tío en su porfía con nosotros. 
i£ra tan extraordinaria su naturaleza! 

— No hay naturaleza que valga — me respon- 
dió Neluco, — á cierta edad de la vida y con de- 
terminadas enfermedades. 

—Pero ¿tan grave es ésta que padece mi tío? 
— le pregtmté. 

— Ya le he respondido á usted en otra ocasión 
á esa pregunta. 

— Efectivamente. 



PBÑAS ARRIBA 439 

— Pues aténgase usted á ello, y sírvale de 
gobierno para su mejor inteligencia, que de 
cada cien enfermos de esta clase, aun siendo 
mozos, se mueren. •• ciento y uno; conque figú- 
rese usted si habrá que andar con cuidado, si- 
quiera para detener la muerte de don Celso 
unos cuantos días. Lo que aquí se necesita 
ahora para disciplinarle un poco, es organizar 
la asistencia modificando al propio tiempo la 
vida de este hogar. Usted no puede acomodarse 
á ciertas faenas, impropias de sus hábitos y 
hasta de su naturaleza; Facia es la estampa de 
la melancolía, y su hija Tona incapaz de suplir 
con la más cariñosa de las solicitudes, la habi- 
lidad y el pulimento que le faltan. Además, ni 
la madre ni la hija pueden, por su condición 
de sirvientes, imponerse á los caprichos impe- 
tuosos de su amo, que, por otra parte, se las 
sabe ya de memoria, lo mismo que á usted. Más 
que con caldos y con drogas, hay que atender 
á este enfermo con entretenimientos que le dis- 
traigan y alegren y le obliguen á ser dócil, hasta 
por la cortesía. En fin, que he pensado en Mari- 
Pepa. Mari>Pepa vendrá aquí de enfermera 
con mil amores, y viniendo ella, vendrá Lita 
también; y con el pretexto de acompañar á don 
Celso, se pasarán á su lado todo el día y harán 
de este caserón una pajarera... a usted ¿qué le 
parece? 



440 OBRAS DB D. JOSB M. DB PBRBOA 

,De perlas me pareció, y así se lo declaré á 
Neluco. Quedó él en convertir el plan en cosa 
hecha, y llegamos en esto á la alcoba deChisco. 

El cual no estaba ya en ella ni en sus inme- 
diaciones. Preguntando por él á Tona, supimos 
que andaba, buen rato hacía, arreglando el ga- 
nado. Bajamos á las cuadras y allí dimos con 
él. Algo le dolía el brazo todavía cjancia el 
hombral;» pero como era el izquierdo, se ma- 
nejaba bien para sus quehaceres. Tenía buena 
tapetencia,! se «jallaba» firme de los otros re- 
mos, y por eso se había levantado como todos 
los días. Ya sabía lo de su amo, y le llevaban 
«los diantris» al considerar que mientras el po- 
bre señor pasaba las de Caín, él estuviera dur- 
miendo á pierna suelta toda la noche, y por 
culpa de «blanduras y arreparusí que se habían 
tenido «malamenti» con un hombre de su co- 
rrea. Pulsóle el médico y le reconoció el brazo 
y la herida de la cabeza; dio le por sano y bueno 
si se obligaba á observar ciertos cuidados que le 
prescribió; despidióse de mí hasta «más tarde,» 
y se fué. Antes de salir me dijo muy quedo: 

— Creo que hice muy mal anoche en referir 
ciertas cosas delante de su tío de usted, con lo 
impresionado que ya estaba el pobre señor. 

Sospeché lo mismo, volvíme al lado del en- 
fermo y me senté á la cabecera de su cama. Le 
hallé más «humano» que antes, sin duda porque 



PEÑAS ARRIBA 44X 

tambiéa estaba más abatido. Como no le tenta- 
ba el deseo de hablar, ni era conveniente pro- . 
vocársele, según encaxgo muy encarecido de 
Neluco, dime á meditar yo por no tener otra 
cosa en qué ocuparme allí. Era indudable que 
yo había llegado á querer de veras á mi tío: & 
la vista estaba lo que me dolía la gravedad de 
su estado y el peligro en que se hallaba de que- 
dársenos entre las manos á la hora menos pen- 
sada; y, sin embargo, la perspectiva de aquella 
serie de días de cama, impuesta por el médico 
al enfermo, con la sujeción á que me obligaba 
esta medida, en el menguado y tétrico recinto 
de aquella alcoba, y la tenaz y espesa nevada 
que tenía el cielo en tinieblas, la tierra sin sue- 
lo en que pisar y encarcelados á sus habitado- 
res, me preocupaba y me dolía ¡á qué negarlo? 
mucho más. £1 corazón humano adolece con 
frecuencia de estos achaques, no por maldad 
propiamente, sino por falta de educación de 
los sentimientos, por desuso de los más delica- 
dos de ellos* por resabios del egoísmo adquirí* 
dos en la libertad de una vida sin trabas ni lin- 
deros. Explicábame yo aquella debilidad, que 
me parecía hasta pecado grave, con estas re- 
flexiones, y con ellas me consolaba, aunque no 
tanto como con la esperanza de que se realiza- 
ran los planes de Neluco y vinieran Lita y su 
madre, sobre todo Lita, á aliviarme del peso 



442 OBRAS DB D. JOSÉ M. DE PEREDA 

de la cruz, renovando el aire y los sonidos y 
las caras y hasta la luz de aquellos ámbitos en» 
tristecidos, mudos, negros y monótonos. Pero 
¿se prestarían á venir Mari*Pepa y su hija, no 
obstante sus buenos y caritativos deseos? ¿No 
les arredrarían los obstáculos de la nieve y del 
frío, de aquel frío como no le había sentido yo 
ni en Rusia quizás, por no haber en Tablanca 
otro recurso que el de la cocina y un mal bra- 
sero para combatirle? ¡Mal conocía yo los alien- 
tos de las señoras tablanquesas! Á media maña- 
na entraban por la puerta del salón de la caso- 
na la hija y la nieta de don Pedro Nolasco, 
poco después de haberlas oído yo gorjear y lle- 
nar el pasadizo de voces argentinas y armonio* 
sas. También las había adivinado mi tío. 

— i Jesús!.. . ¡la celleríscal — ^había exclamado, 
al oirías, en un tono que revelaba más alegría 
que pesar. 

Salí á su encuentro y las recibí sin disimu- 
lar una pizca el alegrón que con su visita me 
daban. Los ojos y la nariz era lo único que se 
veía de sus personas: todo lo demás era un 
conglomerado de faldas, chaquetas, toquillas y 
mantones de lana espesa y dulce. Preguntando 
y exclamando, ora en voz baja (cuando no era 
conveniente que lo oyera mi tío), ora casi á gri- 
tos (por convenir que lo oyera), iban desliándo- 
se la cabeza y descubriendo la cara, hasta que 



PEÑAS ARRIBA 443 

apareció la de Lita (me fijé poco en la otra) co- 
mo luna de enero entre nubes grises, ó más 
propiamente, como una manzanita de agosto 
arrebujada en las hojas de su ramo: así estaba 
de coloradita, de tersa y de apretada la redon- 
dez de sus carnes por allí. 

Como venían bien informadas é instruidas 
por Neluco, poco ó nada hablamos del papel 
que les correspondía en la comedia que íbamos 
á representar delante del enfermo. Don Pedro 
Nolasco no había podido acompañarlas, mejor 
dicho, no se lo habían permitido ellas, por te- 
mor á una caída que hubiera sido mortal en un 
hombrazo de sus años... porque estaban los ca- 
minos ¡Virgen María, la nuestra Madre! que 
daban miedo. Se eslociában los pies en la nieve 
como anguilas en la mano. Solamente en la 
subida del pedregal se había caído ella (Litu- 
ca) dos veces, y sobre una misma rodilla, que 
debía de estar hecha una compasión. No lo ha- 
bía visto todavía, pero podía jurarse por lo que 
la resquemaba, aunque no la impedía los movi- 
mientos, gracias á Dios. Por lo demás, ya sa- 
bían ellas que al enfermo no le convenía la 
charla, aunque la pidiera: de vez en cuando, 
alguna chunga, como si el mal fuera de broma; 
á tiempo y con amor^ las medicinas y el ali- 
mento; y que perdonáramos la franqueza si se 
daban por convidadas á comer, porque ellas. 



444 OBRAS DB D. JOS¿ M. DB PBRBDA 

con el pretexto de la nevada, pensaban quedar* 
ae hasta la noche sin que don Celso maliciara 
la verdad del motivo. Venían provistas de labor 
para hacer más entretenidas las horas sobran- 
tes alrededor del brasero. 

Mi tío las recibió con cuatro cuchufletas y 
algunos lamentos. Aunque vivo todavía, se da- 
ba por muerto ya. Protestaron ellas contra el 
supuesto, asegurándole que lo que le había cen- 
camadoi entonces era la frialdad de la nevada, 
y puede que también algo del sentir que le 
diera el conocimiento de lo ocurrido en el 
monte el día antes, 

— No lo niego — respondió á ello mi tío, — y 
por lo mismo no tiene vuelta de hoja lo que 
vos acabo de decir; porque ¿qué puede espe- 
rarse ya de un hombre de mi veta cuando se 
deja acaldar, como yo estoy acaldado, por cha- 
pucerías como esas? 

Era la pura verdad; pero, así y todo, insis- 
tieron las bonísimas mujeres en negarla, aun- 
que no con los bríos necesarios para legrar sus 
caritativos fines, porque eran cariñosas en ex- 
tremo y se sentían impuestas y conmovidas an- 
te aquella extenuación y aquella lividez cada- 
véricas del pobre don Celso, que ni por afán 
de mantener sus derechos^ desconocidos por la 
tiranía profesional de Neluco, se acordaba ya 
de levantarse. 



PEÑAS ARRIBA 445 

Dejáronle al fin en el sosiego que necesitaba; 
instalámonos en el salón contiguo; llegó la mu- 
jer gris con el brasero encogollado de ascuas 
resplandecientes; púsole en la caja que estaba 
allí, y nos sentamos alrededor de ella, sin per- 
der de vista al enfermo, Mari-Pepa, su hija 
y yo. Mari-Pepa sacó de un bolsillo muy gran- 
de de su delantal los avíos de hacer media; Lita 
(no supe de qué repliegue de sus complicadas 
envolturas) los de hacer puntilla, y ambas co- 
menzaron á trabajar en sus respectivas labores 
y á hablar al mismo tiempo, pero más con los 
ojos y por señas que con la boca, en lo que tu- 
viera relación con el estado de mi tío. De tío de 
ayer» se habló mucho más, y también con cier- 
to cuidado para que no fuera oído desde la alco- 
ba lo que podía impresionarle nuevamente. Y 
fué un milagro de Dios que no nos oyera lo más 
de ello, porque con el obstinado empeño que yo 
tenía en que había de haber algo entre Lita y el 
médico, estuve verdaderamente pesado y ma- 
chacón en ciertos pasajes del diálogo; particular- 
mente durante las escapadas de Mari-Pepa á la 
alcoba, porque había tosido mi tío ó se creía que 
había llamado... ó para ver si necesitaba alguna 
cosa, sin que tosiera ni llamara. En casa de don 
Pedro Nolasco se había sabido todo, poco an-^ 
tes de pasar tía nube» que los había aterrado* 
Habían vivido en la misma angustia que yo 



44^ OBRAS DB D. JOSÓ M. DB PBRBDA 

hasta muy entrada la noche. Yo referí á Lita 
las dudas que hahía tenido en casa del Topero; 
y aquí fué donde mi tenacidad rayó en imper» 
tinencia. Lo conocí en una mirada de extrañe- 
za con que respondió mi linda interlocutora á 
una indirecta mía en que se clareaban dema- 
siado mis intenciones. Me impuso aquella se- 
renidad que me pareció protesta contra un mal 
entendido derecho de preguntar tciertas cosas» 
por muy evidentes que fueran. 

En esto llegó don Sabas, quejándose desde 
el pasadizo de los miramientos que se le habían 
guardado en nuestra casa aquella noche. ¿Quién 
Qos había dicho que por un viaje más ó menos 
á la moataña, no quedara él con agallas sufi- 
cientes para cumplir coa su deber á cualquier 
hora que se llamara á su puerta^ Y si la cosa 
hubiera apretado un poco más de lo que apre- 
tó, ¿qué hubiera sido del cristiano en peligro 
de muerte? ¿De quién hubiera sido la responsa- 
bilidad? ¿Qué se hubiera dicho de él y qué de 
todos nosotros?... Y aunque la cosa no apreta- 
ra, ¿para cuándo son los buenos amigos? 

— Pues, mira — añadió arrimado ya á la cama 
de don Celso, — lo que es ésta no te la perdono. 

— |Bah, bahl— refunfuñó el aludido revol- 
viéndose un poco, — no me rompas la cabeza. 
Tú puedes jacer lo que te acomode, que yo 
bien sé lo que me jice* 



PBÑAS ARRIBA 447 

— ¡Jinojo! — replicó don Sabas, — es que el 
miramiento ese fué tal, que si no topo ahora 
mesmo con Neluco, se pasa el santo día sin 
que yo me entere de lo que á tí te pasó anoche. 

Intervine yo, desenojé al Cura, quedóse con 
mi tío á solas, y continuamos los demás alre- 
dedor del brasero, como antes, charla que char- 
la, sobre tío de anoche,» sobre tío de ayer» y 
hasta sobre cierta promesa hecha por mí á mis 
interlocutoras el día en que las había conocido, 
de comer en su casa alguna vez; promesa que 
todavía estaba sin cumplir, por culpa bien no- 
toria de la agitada vida que llevaba monte arri- 
ba y monte abajo, cuando no de los fieros tem- 
porales que me tenían bloqueado en la casona. 
Al mediodía volvió Neluco, que no halló en el 
enfermo nada de particular ni de nuevo, ni 
quiso acceder al ruego que le hice de quedarse 
á comer con nosotros; ruego que^ por su parte, 
me había desairado ya el Cura. Marcháronse 
los dos juntos, después de prescribirnos el pri- 
mero el plan de asistencia para la tarde, y de 
conjurarnos el segundo á que por ningún moti- 
vo ni miramiento humano dejáramos de avisar- 
le á la menor novedad; volvieron Lita y su ma- 
dre á la alcoba del enfermo para ponderarle la 
mejoría que notaban en él (y bien sabe Dios 
cuánto mentían á sabiendas en sus pondera- 
ciones), y á darle Mari-Pepa unos sorbos de 






448 OBRAS DB D. JOSé M. DB PBRKDA 

leche mientras su hija le arreglaba las ropas de 
la cama y entraba la mujer gris en el salón á 
poner la mesa en las cercanías del brasero, y á 
poco rato nos sentamos á comer. 

Comiendo y hablando, tuve yo que decir, 
porque me lo preguntaron mis locuaces co- 
mensalas, qué cosas se comían por los pudien* 
tes, y á qué horas, en tesos mundos de Dios.» 
De todo se admiraban aquellas sencillísimas 
mujeres; y yo, al notarlo, me complacía en 
apurar la nota, y así llegué á ponderarles el ex- 
quisito sabor de las ancas de rana y de los ni- 
dos de golondrina, entre otras distinguidas y 
elegantes porquerías alimenticias que cité. Y 
era de ver entonces la cara que ponía Mari- 
Pepa y los gestos de asco que hacía Lituca mi- 
rando á su madre y volviendo á mirarme á mí, 
como si dudara de la verdad de lo que yo re- 
fería. 

—Puro vicio, hija, puro vicio— decía al cabo 
Mari-Pepa; — puro vicio de la jartura en que 
viven esas gentonas, de cuanto Dios crió. 

Como estaba tan enlazado lo uno con lo otro, 
tirando del modo de comer salió el modo de vi- 
vir y el modo de viajar. Nuevas admiraciones 
y nuevos asombros. También extremé bastante 
k tesis aquí, y hasta sospecho que mentí un 
poco, aunque dentro de lo verosímil y perdo- 
nable. Lo de acostarse cerca del amanecer y le- 



PEÑAS ARRIBA 449 

Yantarse después del mediodía para no salir de 
casa hasta el anochecer, les maravilló tanto 
como la sopa de nidos de golondrina y las fri* 
turas de ancas de rana. 

—¡María la mi Madre! — exclamó Lita al en- 
terarse de ello;— pues si esas gentes no ven 
nunca jamás el sol, ¿qué diantres pueden ver 
que las alegre y las engorde? Yo creo que eso 
es vivir contra ley. 

— Vicio, hija, vicio— insistía Mari-Pepa; — 
vicio de no saber qué jacerse en una vida tan 
r^alona. 

Preguntóme Lita si yo también tenía tpor 
allá» esas malas costumbres; respondíla que sí, 
y me dijo, por todo comentario, con una inge- 
nuidad y una llaneza verdaderamente infan- 
tiles: 

—Pues buen picaronazo estará usté... ¿Ver- 
dá, madre? 

Celebré yo el dicho con una risotada no 
menos ingenua, dando en seguida las gracias 
por el piropo, casi al mismo tiempo que res- 
pondía Mari-Pepa á la pregunta: 

— ¿Quién sabe, hija del alma, quién sabe? 
Quien se jaz á comer niales de golondrina sin 
reventar de duda^ bien puede jacerse á vivir de 
ese modo sin ofender á Dios ni quebrantar la 
salud. 

Con esta salvedad de su madre se puso Lita 

TOMO XV 29 



450 OBRAS DB D. JOSÉ M. DE PBRBDA 

muy colorada, y quiso enmendar lo que pudo 
haberme parecido impertinencia suya; y yo, sin 
dejarla concluir, la allané el camino de sus de- 
seos ofreciéndola por añadidura una declara- 
ción, no desprovista de sinceridad, de mis gran- 
des desencantos. 

— No le pasaría tal ahora — me objetó Mari- 
Pepa, — si se hubiera casado á tiempo, para vi- 
vir como Dios manda. ¿Á qué diantres quieren 
el saber y los posibles cuando se ven solitarios 
de familia y mozones de casa abierta?. •• Pues 
mire, don Marcelo: dicen que para estas casas, 
por muy cerradas que estén, siempre tiene el 
diablo una llave. 

— Podrá tenerla— repliqué yo muy formal; — 
pero en la mía no ha entrado nunca. 

— ijorria, trapacerón de satanincas! 

Soltó después la carcajada, y la soltó Lita al 
mismo tiempo. Ayúdelas yo con otra, por la 
gracia que me hacían las dos; y en seguida co- 
menzaron los picadillos y tiroteos que no podían 
faltar allí, entre los tres. Porque estas quisico- 
sas son ingénitas en la mujer de todas castas y 
latitudes; y puestas todas ellas en una misma 
situación, todas, salvo las diferencias de lugar 
y de estilo, vienen á escarbar en el mismo te- 
rreno y con los propios fines. Siempre las ini- 
ciativas y la fuerza del atrevimiento, las marru- 
llerías y el tesójfi, en la madre; la estudiada re- 



PEÑAS ARRIBA 45 1 

«erva, la mal disimulada curiosidad, el elocuen«- 
te silencio, el mirar de soslayo, la pinchada 
sutil, en la hija. Así llegaron las dos á dar por 
hecho que no habría tenido yo menos de cin- 
cuenta novias, ni bajarían de tres las que que- 
daban en Madrid llorando mis ausencias y tal 
vez mis ingratitudes. Pero si en el fondo no era 
nueva la escena para mí, éranlo, hasta embele- 
sarme, aquellos pintorescos matices de lengua; 
aquella dialéctica á la buena de Dios, sin an- 
damiajes retóricos ni artificios convencionales; 
aquellas malicias sanotas que brotaban del re- 
gocijado palabreo, espontáneas, frescas, airosas 
y transcendiendo á cía tierra,» como las rosas 
del huerto entre la virginal y espléndida hoja- 
rasca del cercado que las protege. Por eso sentí 
en el alma que se acabara aquel originalísímo 
discreUo, Y se acabó por acudir Mari-Pepa á mi 
tío que tosía y se quejaba, mientras Lituca, á 
la vez que escuchaba los quejidos y las toses, 
me mandaba callar poniendo un dedín muy 
mono sobre la boca, y llegaba Facia á recoger 
los mendrugos y levantar los manteles de la 
mesa. 




XXIV 



ASÓ pronto lo de mi tío, y pasaron 
dos horas más sin otro suceso digno 
de notarse en la casona y fuera de 
ella, que unas rachas de vendaral 
húmedo que ennegrecieron un poco la nevada, 
cosa que nos llenó á todos de complacencia, 
menos á la mujer gris, por ser el fenómeno se- 
ñal de próximo desnieve. Cerca del anochecer, 
cuando Mari-Pepa y su hija recogían las res- 
pectivas labores y se sacudían las hilachas aga- 
rradas á los vestidos y apercibían las nubes j 
los mantones, diciéndole de paso á mi tío mu- 
chas cuchufletas por animarle, y goteaban las 
canales del tejado la nieve derretida por la lluvia 
que iba espesando, vino el médico otra vez. 
Examinó al enfermo, y nada de particular ni de 
alarmante halló en él que hiciera temer una no- 
che como la pasada; pero tampoco se atrevió á 
prometérnosla más tranquila, porque todo cabía 



454 OBRAS DE D. JOSÉ M • DE PEREDA 

en una enfermedad de tan mala casta en un do- 
liente tan aniquilado é indefenso como mi tío. 
Esto me lo dijo aparte después de darme, de- 
lante de Facía y de Mari-Pepa, el plan de cam- 
paña hasta el día siguiente, sin perjuicio de 
volver él á última hora, por lo que pudiera 
ocurrir. La madre de Lita insistió mucho en 
quedarse á velar; pero yó no lo consentí, por- 
que tampoco lo hubiera consentido el enfermo 
ñi le hubiera sentado bien la mera sospecha de 
tratarse de ello, con lo receloso y aprensivo que 
se ponía á medida que las tinieblas iban inva- 
diéndole la alcoba. Se acordó que velara Facia, 
que no se acostara Chisco y que durmiera yo 
como las liebres; y con ello se marcharon Lita 
y su madre con Neluco, despidiéndose ellas 
ihasta mañana» y él chasta luego;» se fueron 
quedando á obscuras aquellos destartalados y 
fríos ámbitos de la casona; creció con las tinie- 
blas el silencio, y pasó un buen rato, mientras 
la mujer gris aderezaba el velón, sin que yo 
viera otra cosa en derredor mío que las morte- 
cinas ascuas agonizando entre las cenizas del 
brasero, ni oyera otros rumores que los de la 
trabajosa labor del respirar de mi tío en el fondo 
de la alcoba, y los del acompasado y monótono 
fluir de las canales sobre el encharcado go- 
terial. 
Cuando hubo luz en la alcoba, me acerqué á 



PBÑAS ARRIBA 455 

la cama del enfermo y le hablé para desentris- 
tecerle un poco y animarle. Trabajo perdido. 
Me agradecía mucho la intención; pero él solo 
sabía todo lo mal que se encontraba y lo impo- 
sible que era salir de aquel atolladero sin un 
milagro de Dios. Me suponía agobiado por la 
carga de mi sujeción á su asistencia, y se em- 
peñaba en tranquilizarme con la promesa de 
que no sería largo mi cautiverio; me pedía per- 
dón por los malos ratos que me daba entre 
tanto, y me conjuraba nuevamente á que cuan- 
do recobrara mi libertad, no echara en olvido 
lo que tan rogado me tenía; porque lo de menos 
era él en aquel pueblo, si había quien ocupara 
en la casona el puesto que quedara vacío con su 
muerte. Me parecería ya pesado el tema; pero 
eso mismo me demostraría la importancia que 
él le daba... Todo esto, dicho entre quejidos y 
pausas anhelantes, con voz apagada y sepul- 
cral, á la luz extenuada del velón colocado 
sobre la cómoda, que sólo servía para extre- 
mar la palidez cadavérica del enfermo, entre 
olores de éter y romero, mientras seguían flu- 
yendo las canales y rezongando el vendaval 
afuera, resultaba bien triste ciertamente. Por 
obra de la casualidad se producen á menudo 
contrastes muy curiosos que parecen chanzas 
muy pesadas del destino. Sobre la cómoda y 
debajo del mechero encendido del velón, había 



456 OBRAS DE D. JOS¿ M. Da PBRBDA 

un rimero de cartas y periódicos que había 
puesto yo allí la noche antes para ir entrete- 
niendo, con su lectura mis largas horas dé vela 
después que, pasado el ataque de asma, pudo 
conciliar el sueño mi tío. Pues la mayor parte 
de aqu3llas cartas y de aquellos papeles impre- 
sos, estaban atestados de noticias, reseñas y 
juicios de bailes en proyecto, recepciones sun- 
tuosas y comedias nuevas en los salones y tea- 
tros de Madrid, como si todo se hubiera escrito 
para que yo me enterara de ello en tan oportu- 
na ocasión. 

La recaída de mi tío; el descenso de la tem- 
peratuia, con el subsiguiente despejo de sendas 
y caminos, y la salsilla de «lo de ayer,» lleva- 
ron á la cocinona aquella noche un gran golpe 
de tertulianos. Asistió hasta el Tarumbo, que 
rara vez iba por allí, harto más intranquilo y 
desazonado con la enfermedad de don Celso y 
la burrada de Pepazos, que por habérsele en- 
sanchado en más de otro tanto, con el peso y 
la destilación de la nieve, el boquerón que ya 
tenía su casa en el jastial del Poniente. Tam- 
bién concurrió Pito Salces, que se quedó como 
sin pulsos cuando Tona, con la faz inundada 
de sonrisas y los ojos de dulzuras, le ponderó 
la hazaña de la víspera y le declaró sin remil- 
gos que «de ese aquel y de esos prontos le gus- 
taban á ella los hombres.» ¡Puches, cómo se 



PBÑAS ARRIBA 457 

puso en seguida el mozallón con la alabancal 
Si no le contengo con una reflexión imperiosa 
y una sacudida recia de su lástico, hace otra 
barbaridad allí menos laudable que la del mon- 
te. Jamás había pensado él (me lo juró así, en- 
trelazando los dedos de sus manos, por aqué- 
llas que eran cruces) que una cosa ctan jacede- 
ra y currienti» pudiera valer tantos caudales, 
¡Con lo dura de pelar que Tona había sido has- 
ta entoncesl |Puches, qué suerte la suya! Pen- 
sando que se la envidiaría Chisco, acordóme 
del descubrimiento hecho por mí en casa del 
Toperoy en el corazón de Tanasia, y fuíle con 
el cuento al mozón de Robacío, en un aparte 
que tuve con él. Respondióme que me había 
tomado yo un trabajo bien ocioso, aunque me 
le agradecía mucho. 

—Las cosas — concluyó en el tono sentencio- 
so que tan propio le era, — pa rodar bien, han 
de rodar por sí mesmas jancia unu. 

Aquel hombre era la parsimonia y la imper- 
turbabilidad en carne y hueso, y las mismas 
pulsaciones tenía delante del oso en su caver- 
na, que al calorcillo de la novia. 

Por encargo de mi tío andaba yo muy á me- 
nudo en la cocina, más que por hacer los ho- 
nores á la tertulia, para evitar que los tertulia- 
nos le invadieran á él la alcoba. Los quería 
mucho; pero no hubiera podido soportarlos en 



458 OBRAS DE D. JOSÉ M. DB PBRRDA 

la angustiosa situación de cuerpo y de espiritu 
en que se hallaba. Por eso» aun sin la prohibi- 
ción terminante del médico, no había querido 
recibir á ninguno de ellos durante el día. Cuan- 
do se tratara de despedirse de todos, ya sería 
diferente. 

i última hora llegaron don Sabas y Neluco: 
el primero resuelto á quedarse allí, sin que lo 
notara el enfermo, favor que le habría pedido 
yo si no se hubiera anticipado él á ofrecérmele; 
el segundo á informarse del estado de las cosas 
antes de retirarse á descansar. Como las tales 
cosas no ofrecían aspecto nuevo ni muy alar- 
mante» se despidió de mi tío y de los que con 
él nos quedábamos en la casona, y se fué con 
los últimos tertulianos, uno de los cuales era 
Pito, que tropezaba con gentes^ bancos, puer- 
tas y tabiques, de puro aceleradote y desatina- 
do que le habían puesto las alabanzas y los 
arrumacos de Tona. 

Pasó la noche mejor de lo que todos espe- 
rábamos, y amaneció el día siguiente sin una 
nube en el cielo ni una ráfaga de aire en la tie- 
rra; y cuando el sol traspuso los picachos del 
Este y saludó al valle con sus rayos que chis- 
porroteaban sobre la nieve que no había des* 
hecho la lluvia, mi pobre tío mandó que se 
abrieran de par en par los cuarterones de su al- 
coba, ya que no le era permitido hacer otro tan- 



PEÑAS ARRIBA 459 

to con las puertas y ventanas para que entraran 
la luz y el aire en la abundancia que necesitaba 
él para salir á note en aquella mar de angustias 
i que le ajogaba*» por culpa del arrastrado me- 
diquillo que parecía empeñado en matarle. Y 
lo cierto era que si en el cuerpo no se notaban 
cosa mayor los milagros de la panacea que con 
tanto afán solicitaba el enfermo, los hacía en su 
espíritu muy considerables. Era cotro hombre» 
c^sde que el sol se había colado en su alcoba 
como por las rejas de una cárcel, y veía flotar, 
danzando dentro de la faja luminosa que atra- 
vesaba la habitación por delante de su lecho 
desde el cuarterón de la ventana, las pelusillas 
y el polvo vagabundos. No apuntaba siquiera 
el propósito de levantarse, porque no se lo per- 
mitía la extenuación de sus fuerzas; pero creía 
en la posibilidad de volver á tomar el sol antes 
de morirse, aunque fuera sacándole en un cesto 
á la solana si le duraba al tiempo aquel buen 
semblante unos cuantos días. 

Y le duró más de siete, y se templó en tales 
términos y se arregló la envejecida y descon- 
certada máquina de mi tío de tal manera, que, 
no en un cesto, sino bien sentado en el sillón 
de vaqueta de su dormitorio, y bien forrado y 
envuelto en mantas y capotes, consiguió darse 
más de cuatro cpanzadas de sol» al aire libre 
en el abrigado rincón de la solana, adonde le 



46o OBRilS DB D. JOSÉ M. DB PBRBDA 

sacaba yo poco menos que en vilo, por la puer- 
ta de su alcoba, entre las tempestades de votos 
y reniegos con que protestaba contra da perra 
acabación! que en tan miserables extremos le 
ponía. 

Tuvo muchas visitas en ese tiempo, y la fa- 
milia de don Pedro Nolasco se las hacía por 
mañana y tarde. En las en que se hallaba el ve- 
jancón de la Castañalera, cada vez menos soco- 
rrido de palabra y de asuntos de conversación, 
solía interrumpir los largos paréntesis de silen- 
cio con descargas como ésta y dos cachiporra- 
zos en el suelo: 

— ¡Vaya, vaya con el bueno de Celso que se 
nos quiere morir sin más ni más! No, no; pues 
como valga la mía, no te sales tú con la tuya. 
Eso te lo juro yo. 

Lituca, si se hallaba presente, salía al quite 
de la impertinencia con una broma algo forza- 
da en que me aludía á mí con los piadosos fines 
de que rematara yo la suerte para tranquilidad 
de mi tío. Y éstos y otros parecidos lances eraa 
el único lado agradable que tenía para mí aquel 
cuadro de continuas é interminables tristezas, 
sobre las cuales iba descollando de día en día y 
á medida que la temperatura se templaba y sur- 
gían riscos y laderas por los anchos desgarrones 
abiertos en el espeso tapiz de nieve por los ra- 
yos del sol, la figura, de suyo melancólica, de 



PBÑAS ARRIBA 46I 

la mujer gris, particularmente hacia la caída de 
la tarde, y, sobre todo, al descolgar el calderón 
y empuñar los dos cántaros de barro para ir á 
la fuente entre día y noche» según costumbre 
inmemorial en ella. Como se había hecho tan 
visible para mí esta agravación de los espantos 
de la pobre mujer, la observaba con cuidado 
xlesde lejos, y por eso pude notar que eran de 
prueba terrible para la infeliz aquellos momen- 
tos: parecía un reo de muerte que caminaba 
hacia el patíbulo cada vez que se alejaba del 
cantaral con el calderón sobre la cabeza y una 
0scaia en cada mano. 

De uno de aquellos viajes volvió que daba 
compasión y susto mirarla, y más tarde que lo 
de costumbre. Se la conocía en los ojos que ha- 
bía llorado mucho, y anduvo toda la noche por 
la casa de acá para allá sin saber hacer cosa 
con arte. Á ratos se quedaba como alelada, y á 
ratos se sentía acometida de una inquietud que 
no la dejaba parar en ninguna parte. La vi, sin 
que ella lo notara, más de dos veces, en la pe- 
numbra del carrejo, llevarse con desesperación 
ambas manos á la cabeza, y la oí invocar al 
mismo tiempo, en voz enronquecida y mal do- 
minada, al «devino Dios de las misericordias 
grandes,! y á «la Virgen Santísima de las Nie- 
ves, la su Madre clemente y amorosa, i Desea- 
ba morir de pronta muerte, si en el deseo no 



462 OBRAS DE D. JOSÉ M. DB PEREDA 

pecaba, antes que ser testigo *de eyu y manchar 
la vista de los sus ojos en una vergüenza tal.i 
Temí por su razón; y movido de un sentimien-^ 
to de lástima, me hice el encontradizo con ella. 
No se sobrecogió al verme, corno solía en tales 
casos; al contrario: parecía calmarse un poco y 
reanimarse con mi presencia, y hasta noté en 
ella como deseos de decirme algo. Tomándolo 
por motivo, la hablé, primero para tranquili- 
zarla, después para indagar, para descubrir la 
casta siquiera de aquellos misterios que en tran- 
ce tan angustioso la ponían. 

— {Ahora no! ¡ahora no! — me dijo después 
de vacilar un poco; — cuando no pueda más... 
cuando la carga me rinda de too, ¡estonces! 
¡estonces!... y á usté solo.«. Y, por caridá de 
Dios, don Marcelo: que, hoy por hoy, no sepa 
ná de estos espantos que me acaban, el señor 
su tío... ¡ni naide, si ser pudiera!... 

Apartóse de mí con esto y huyó á encerrarse 
en su cuarto, mientras volvía yo al de mi tío 
seriamente preocupado y sin saber qué pensar 
de aquellas cosas tan raras. 

Nada ocurrió, por fortuna, que hiciera nece- 
saria la presencia de la infeliz mujer en ningu- 
na parte de la casa aquella noche. La cual de- 
bió de ser bien terrible para ella; porque apenas 
me hube levantado yo de la cama al día siguien* 
te, y eso que madrugué tanto como el sol, apa-^* 



PEÑAS ARRIBA 463 

recio como un fantasma en mi cuarto, después 
de haberme pedido permiso para ello entrea- 
briendo la puerta con mucho cuidado. Tenía 
los ojos hundidos y circundados de una aureo- 
la cenicienta; parecía que le habían chupado 
las brujas los pocos jugos de la cara, sobre la 
que caían, por debajo del pañuelo atado á la 
cabeza, encrespados mechones de cabellos gri- 
ses; le temblaban los resecos labios, y salía de 
su garganta la voz enronquecida y como rechi- 
nando. Dejóse caer de rodillas delante de mí, 
y pidió por todos los santos del cielo que la 
oyera como en confesión. 

— Porque — me dijo por último, entre sollo- 
zos mal comprimidos y espasmos de todo el 
cuerpo, — ya no puedo más con la carga, y lle- 
gó la hora de quitármela de encima ó de morir 
debaju de eya. 

Hice, ante todo, que se incorporase y que se 
sentara en una silla, cerré por dentro la puerta 
del gabinete, sentéme yo en seguida junto á la 
infeliz mujer, y me dispuse á oiría, conforme 
ella lo deseaba, después de dirigirla palabras 
de conmiseración y de aliento. 




XXV 



os partes tuvo la confesión de Facía, 
En la primera me declaró todo loque 
yo sabía perfectamente por boca de 
Chisco: la historia de su desdichada 
unión con el picaro baratijero contra la volun- 
tad y las sabias advertencias de mi tío, que 
era como su padre y señor. Por desoírle, decía 
la infeliz, había faltado á la ley de Dios, y por 
esta falta había venido el castigo de sus des- 
venturas; desventuras que ella había sufrido, 
aunque con muchas lágrimas, sin una sola que- 
ja. Era su deber. Que arrastrara la vida como 
una carga afrentosa; que las pesadumbres y los 
dolores fueran minándola y consumiéndola poi: 
donde nadie más que ella lo notara; que enca- 
necieran sus cabellos fuera de sazón y que no 
hallara, para reponer las fuerzas gastadas en 
los trabajos y cavilaciones del día, el descanso 
de la noche, la tranquilidad del sueño que no 
le falta al pordiosero que mata el hambre Ha- 
TOMO XV 30 



466 OBRAS DE D. JOSÉ If . DE PEREDA 

mando de puerta en puerta y errando de monte 
en monte, con un zurrón á la espalda y un pa- 
luco en la mano, ¿qué importaba? Desconocié- 
ralo su hija, tuviérase por huérfana de un pa* 
dre honrado, y esto solo la daba gran consuelo 
y las fuerzas necesarias para llevar su cruz co- 
mo una carga redentora de sus delitos, imper- 
donables en la otra vida sin una dura peniten- 
cia en ésta. Cuando, con las miras puestas en 
estos ñnes» vacilaba un poco, porque, al cabo, 
era tierra frágil y miserable, y desconfiaba de 
sus bríos, y se veía á punto de tropezar y de 
caer, acudía al amparo de don Sabas; y allá, á 
la reja del confesonario, en los profundos de la 
iglesia, al romper los primeros albores del día, 
ella, después de besar el polvo de los suelos y 
de regarle con sus lágrimas, declarando sus 
pesadumbres y flaquezas, y él reprendiéndola 
y exhortándola con la sabiduría y la dulzura 
de un padre cariñoso á un hijo muy desdicha- 
do, hallaba siempre los perdidos alientos para 
continuar la subida de su Calvario con la carga 
de su cruz... Así estaban las cosas cuando yo 
había llegado á Tablanca. 

Pregúntela por qué en la gran cuita que de 
tal modo la atribulaba entonces no había bus- 
cado, como otras veces, los consejos y la ayu- 
da de don Sabas. Respondióme que eran ca- 
sos muy diferentes unos y otros; que no de- 



PBÑA8 ARRIBA 467 

pendía de su resignación ni de sus ánimos el 
que en tales congojas la ponía, y que yo era el 
único ser viviente de los de ella conocidos, 
llamado á entender en él antes que nadie. 
Asómbreme, lloró desconsolada, golpeóse la 
cabeza con las manos, se mordió los puños 
apretados convulsivamente, volvió á hincarse 
en el suelo para pedirme perdón abrazada á 
mis rodillas, creció mi asombro, conseguí con 
trabajo que se sentara de nuevo, y la conjuré, 
por todos los santos de la corte celestial, á que 
me declarara en seguida todo cuanto tenía que 
declararme, 

Rehízose algo á fuerza de empeñarse en ello, 
y comenzó así entre suspiros muy hondos y 
sollozos mal reprimidos, la segunda parte de 
su extraña confesión: 

— Estando las cosas de esta suerti, una tar- 
de, al abocar ya de la noche... (á los tres días, 
por más señas, de venir usté á Tablanca), cogí 
yo los cántaros, como los cogía toas las tardes 
al caer el sol y los cojo á la presente y los he 
cogido dende que tuve fuerzas pa eyu, y fuíme 
por el agua. La fuenti, tal que usté lo sabe, 
está cayeju arriba de aquí, á medio cuarto de 
hora de un buen andar, subiendo, y en una 
rinconá muy jonda á la derecha, según se sube. 
Por estar tan á tresmanu del lugar y tan pla- 
centera de esta casa, solamente nusotros bebe- 



468 OBRAS DB D. JOSÉ M. DE PBRBDA 

tnos de eya; de suerte y modu, que es una so- 
ledá de las más solas á toas las santas horas 
del día y de la noche. Pos quién le diz, señor 
don Marcelo de mi alma, que andando, andan- 
do, y bien á la descuida por cierto, en aqueya 
tardezuca que le pinto, malas penas aboco á lo 
más oscuro de la rinconá, cuando me doy con 
los jocicos... ¡Virgen María la mi Madre délas 
Nieves! con la estampa de honábre más desas- 
irá que en los jamases había yo visto ni veré» 
Túvele por salteador facinerosu. Dime por fe- 
necía ayí mesmu, y clamé al devino Dios, sol- 
tando los botijos de las manos y en un puro 
temblor de todo el cuerpo. Alzóse en esto el 
hombre, que estaba sentau en una peña debajo 
del binquizal más tupio que hay ayí, y habló 
pa chunguease con los mis ajuegos que bien á 
la vista estaban, y pa júrame que venía de paz, 
si no se le ponía en extremos de venir de gue- 
rra. •• porque él á too se amañaba.. • Y enton- 
ces, entonces, señor don Marcelo, entonces fué 
cuando yo entendí que se me enturbiaba la 
vista, y se me cuajaba la sangre en las venas, 
y sejundfael suelo en que pisaba... Aqueyu 
fué el espantu de los espantus, y las congojas 
de las agonías de la muerte... Porque jSanta 
Virgen la mi Madre celestial! aquel enemiga 
de hombre tan jaraposu y tan mal encarau, por 
voz y moviciones y palabras, resultó ser él. 



FBÑAS ARRIBA 469 

^61 mesmu en huesu y carne^ en alma y vidal 

— ¿Quién? — pregunté á Facía, más con la in- 
tención de distraerla del paroxismo en que ha- 
bía vuelto á caer, que por la curiosidad de una 
respuesta que casi adivinaba yo. 

—Pos él, señor don Marcelo — me dijo la 
infeliz retorciéndose las manos entrelazadas y 
con el espanto en los ojos, como si tuviera al 
hombre aquél delante de ellos; — el propiu cau- 
santi de mis penas sin consuelo; {el mal padre 
de la hija infeliz de las mis entrañas! 

— Pero ¿está usted segura de que era él? — 
pregunté á Facia fingiendo unas dudas y un 
asombro que no sentía. 

— jAy, señor! — me respondió sollozando;— 
aunque no lo hubiera estau entonéis, que bien 
lo estuve, ¡he tenío tantos motivos pa estarlu 
dimpués acá! 

— Corriente— añadí. — ^Pero ¿de dónde ve- 
nía... y para qué... y por qué? 

— Pos venía, según relate que me jizo con 
aquel palabrear zalameru que siempre tuvo y 
á mí me entonteció en su día, de por esus mun- 
dus aya; lejos, ¡muy lejos!... hasta más lejos, 
á veces, que la otra banda. Ya ve usté si será 
bien lejos. Siempre buscándose el bien vivir, y 
nunca dando con él. Llegó á verse hasta en 
cadenas, años y años, aunque nunca por culpa 
suya, sino de otros, malos amigos y plores 



470 OBRAS DB D. JOS¿ M . DE PEREDA 

compañerus de trabajo. Al cabo de los tiem- 
pos, alcontróse libre de prisiones y señor de sí 
mesmo; pero se vio solo y desamparao, enve- 
jeció de cuerpo y falto de salú; le jalaba esta 
tierra porque, al cabo y finiquito, aquí le que- 
daban peazos de las sus entrañas; y en busca 
del amparu de eyus le puso el su corazón que 
no le mentía. Tomando lenguas á tiempo, su- 
po de mí... ¡ay, señor don Marcelo! creo que 
hasta más de lo que sé yo mesma. Por saber 
de too, sabía desde que me lo había oído á mí 
en horas mejores, aunque bien contás fueron, 
que el señor mi amo entrega á sus sirvientis las 
sóidas de tiempo en tiempo, pa que hagamus 
de eyas lo que más nos venga en gusto. Con 
este saber y el del vivir de nusotras dos, traía 
el indino de él bien ajusta la cuenta, año por 
año y día por día, del montante del agorro que 
yo debía guardar, y guardaba en verdá de Dios,, 
como oro en paño, pa el mejor acomodo de la 
mi Tona el día de mañana. No quería darse á 
ver por entonces en el pueblo; pero vivía en 
otro no muy lejanu y podíamos entendernos él 
y yo muy á menudo si el caso lo pedía. 

Hasta aquí fué lo dulce de la entrevista, se- 
gún el relato de Facia. Para la pintura de lo 
amargo de ella y mucho de lo sucedido des- 
pués, ya no tuvo la infeliz relatora ni colores 
ni arte ni fuerzas. Perdía el hilo de los sucesos 



PBKAS ARRIBA 47 1 

y me embrollaba el asunto. Deseando yo cono- 
cerle á fondo y por derecho, acudí á confortar- 
la y á dirigirla con reflexiones de cañño y con 
preguntas de indagación minuciosa. Me salió 
bien el procedimiento, y la substancia de mi 
labor fué ésta: 

Bien ajustada por el marido la cuenta de los 
haberes de su mujer, vino la exigencia del 
primer donativo. Por entonces tenía bastante 
con ello; después, ya se vería. Facia no lo trae- 
ría á mano, porque no contaba al ir á la fuente 
con aquella urgencia repentina; pero él se com- 
prometía á volver á recogerlo allí mismo al día 
siguiente á la misma hora, y era igual. Si ella 
deseaba callarse como una muerta en lo tocan- 
te á aquel encuentro y á lo que fuera siguién- 
dose de él tpor respetos equis ó tales,! el 
hombre no se opondría á ello, porque era cde 
un natural caballero y generoso, y sabía poner- 
se en todos los casos, i Pero debía tener Fa- 
cia entendido (y le encarecía mucho la adver- 
tencia, por su bien) que él, con las carceladas 
y cadenas que había sufrido, tenía saldadas to- 
das sus cuentas con la justicia. Era libre como 
el aire, y estaba en posesión de todos sus de- 
rechos, incluso el de vivir con su mujer ó el de 
reclamar á su hija para llevársela consigo, si lo 
primero no le convenía. Si la decían otra cosa 
por lo de las requisitorias llegadas á Tablanca 



47^ OBRAS DE D. JOSÉ M. DB PBRBDA 

á raíz de faltar él de allí, no le dirían la ver- 
dad: primero, porque era inocente de todo lo 
que se le achacaba; y segundo, porque, aun- 
que no lo fuera, pagado con sobras lo tenía ya 
en montón con otros pecados... que tampoco 
había cometido. Pero él (volvía á repetirlo) no 
intentaría prevalerse de su derecho: conocía las 
cosas, y no se apartaría del gusto de su mujer, 
si le tenía en que lo tapado no se descubriese 
ni por las moscas. Así, y con este sacrificio de 
su parte, podía llegarse también á los fines que 
él iba buscando con su vuelta á Tablanca. 

Para la desdichada mujer, que ya se había 
considerado libre de aquel padrón de afrenta, 
y sólo aspiraba á que en el pueblo se fuera ol- 
vidando, como se olvidaba, que había existido, 
y á que su hija no tuviera jamás la menor sos- 
pecha de él, la aparición repentina de aquel 
hombre superaba con mucho á todo cuanto po- 
día imaginarse en la escala de las humanas des- 
venturas. Creyó á puño cerrado cuanto el pica- 
ro la afirmó, y desde aquel instante quedó in- 
defensa esclava suya, como el pájaro de la 
sierpe que le fascina y aterra. La hacienda, la 
vida: todo le parecía poco para comprar el si- 
lencio del infame y poner entre él y su hija un 
muro tal, que ni las águilas fueran capaces de 
volar tan alto. 

Y todo se fué haciendo como el bribón lo 



PBÑAS ARRIBA 473 

pedfa. En la fuente y al anochecer, las entrevis- 
tas; y en cada entrevista, un donativo de Facía 
y nuevas baladronadas del tunante sobre el 
sacrificio que hacía por el bien y el sosiego de 
su familia^ viviendo sin hogar y á salto de ma- 
ta. Como su cprestado domicilio! estaba bas- 
tante lejos de Tablanca (aunque tenía para las 
ocasiones de apuro cun apeadero» á la mitad 
del camino, bien abrigado de los temporales y 
á cubierto de la cAriosidad de las gentes), las 
apariciones del hombre aquél sólo ocurrían en 
tiempo bonancible; y de aquí lo que angustia- 
ban á Facia los días soleados y lo que la de- 
leitaban los borrascosos, pues aunque no eran 
diarias, ni mucho menos, las entrevistas en los 
primeros, se hacían imposibles en los se* 
gundos. 

Uva á uva, pronto se acabó el racimo de los 
ahorros de la desventurada mujer; y cuando ya 
nada la quedó que ofrecer á la insaciable vora- 
cidad del vampiro, comenzó éste á esbozar 
otras exigencias que tardó en comprender el 
ofuscado y nunca muy sutil entendimiento de 
Facia. 

Cuando llegó á comprenderlas por declarar- 
las el otro sin ambajes ni repulgos, las angus- 
tias de la desventurada fueron tales, que le pa- 
recieron de juego las sufridas hasta allí. £1 no 
podía, en conciencia, conformarse con la mise- 



474 OBRAS DB D. JOSá M. DB PBRBOA 

ria recibida de su mujer. Su abnegación y sus 
sacrificios en bien de la tranquilidad de su cado- 
rada familia • valían mucho más, y había que 
buscarlo donde lo hubiera; y como lo había 
abundante en casa de su amo, de mi tío, de 
allí había de salir, y mucho, y en seguida, y 
con el ingenio y por la mano de su misma sir- 
viente, de la propia Facía. Sentía muchísimo 
llevar las cosas por ese lado y tan de prisa; 
pero la picara necesidad le obligaba á ello. 
Era, ante todo, leal y agradecido, y debía gran- 
des favores, que quería pagar, á otros dos caba- 
lleros que habían compartido con él sus traba- 
jos de presidio y no le habían abandonado des- 
pués hasta el momento en que así lo decla- 
raba. 

Aquí me asaltó de pronto un recuerdo, y pe- 
dí á Facia las señas particulares de su marido. 
Comenzó por la de un chirlo en la cara que le 
partía un ojo y la nariz, y no necesité de las 
restantes para dar por conocido al personaje. 
Sin descubrirle mis sospechas, la reprendí du- 
ramente por haberme ocultado hasta entonces 
lo que me estaba declarando. Á él, más que á 
ella, le importaba callar, porque tenía grandes 
cuentas pendientes con la justicia. Todo lo 
que la había dicho en contrario, era un embus- 
te para explotar su candorosa ignorancia. Se le 
podía haber cogido en una de sus emboscadas. 



PEÑAS ARRIBA 475 

eomo á un zorro en el cepo, como se le cogería 
de seguro si aun andaba por allí... 

Á esto se estremeció de espanto la angus- 
tiada mujer y volvió á caer de rodillas delante 
de mí, para pedirme por Dios crucificado que 
no se hiciera tal cosa. También á ella se la ha- 
bía ocurrido alguna vez que podía no ser ver- 
dad todo lo que él la decía «al auto de aque- 
llos particulares;» pero ¿y qué?... Si lo que la 
acongojaba no era eso, sino el temor al ruido y 
al escándalo; á que el lugar se enterara del ca- 
so, y después don Celso, y, sobre todo, su hi- 
ja. iOh, esto nunca!... ¡Tapar, tapar y no más 
que tapar!... Por ello, la vida suya y cien vi- 
das y mil vidas; el suplicio en cruz, en la lum- 
bre de un horno; descuartizada viva... enterra- 
da en salud, entre sapos y serpientes. 

— ¿Y el robo también? — la interrumpí con 
mal disimulada dureza. 

— ¡Señor! — me respondió como aterrada por 
el sonido de la pregunta. — Aunque capaz fuera 
de eyu, ¿qué sé yo onde guarda las riquezas el 
mi amo, ni si las tiene en casa tan siquiera? 

Aquí me refirió, espiritada y convulsa, des- 
pués de sentarse otra vez, por mis reiterados 
mandatos, cómo, no teniendo valor para hacer 
lo que el infame la proponía, ni resolución 
bastaute para negarse á ello, había ido entre- 
teniéndole las impaciencias con aquel reparo y 



47^ OBRAS DE D. JOSá M. DE PEREDA 

con el de la continua presencia mía y de otras 
muchas gentes en la casa, con motivo de la re- 
caída de su amo (porque esto ocurrió en los 
días que siguieron á la nevada); pero, aunque 
de todo estaba enterado él> á nada de ello daba 
la menor importancia: al contrario, sostenía 
que al amparo de aquellos quehaceres y preo- 
cupaciones, era como mejor podía ella lograr 
sus intentos, si los ponía por obra. Esto, por 
las buenas; porque si aún la parecía mucho, 
acudiría á las malas, pues, por las malas ó 
por las buenas, ello había de hacerse, y en el 
aire. 

La infeliz no sabía qué partido tomar dentro 
de aquel estrecho círculo de hierro candente, 
abrasador; y como las impaciencias del pícsuro 
no daban la menor tregua, un día, la víspera 
del en que Facia me lo contaba, la había dicho 
61: cPuesto que no te resuelves á cogerlo con 
tus manos, hemos resuelto nosotros robarlo con 
las nuestras. Hacia la media noche de mañana, 
cuando ya no quede señal de hombre en la co- 
cina hi chispa de rescoldo en el hogar y duer- 
man todos en la casa, llegaremos al portón de 
la calleja. Entonces oirás un silbido de este 
aire (y silbó por lo bajo de cierto modo). Sin 
más que oírle, te llegas callandito al estragal y 
me abres la puerta, con tal finura y cuidado, 
que ni las mismas bisagras se enteren de ello. 



PEÑAS ARRIBA 477 

Lo demás corre de nuestra cuenta. Ya dare- 
mos con el gato, por escondido que esté. Si hay 
alguno demasiado ligero de sueño, boca abajo 
para insacula en cuanto se despierte, y el pri- 
mero tu amo, si es que no ha habido que em- 
pezar por su sobrino... ó no se dejan amarrar 
todos con la docilidad que pide el caso . Con- 
que ya estás advertida, y bien te consta cómo 
las gasto. Sabiendo que me juego la vida en el 
trance, figúrate lo que se me importará de la 
tuya si hay que ponerla en pleito porque se te 
haya ido un poco la lengua en todo el día, y 
por razón de ello no encontramos la casa por 
la noche en el sosiego y la tranquilidad que 
siempre tuvo á tales horas. » 

Dicho todo esto con un cinismo feroz, mar- 
chóse, dejando á Facia más muerta que viva. 
Y así estaban las cosas; y estando así, ¡cómo 
gozar hora de sueño ni minuto de tranquilidad, 
ni cómo dejar de confesarlo al fin y al postre, 
ni á quién, si no á mí? 

Interesóme de veras el caso, porque vistos 
los antecedentes del i caballero! aquél y de sus 
fidalgos camaradas, no era para tomado á risa; 
y después de meditar un poco mientras Facia 
gemía y se retorcía las manos cadavéricas, la 
dije: 

—¿De manera que eso ha de suceder esta 
misma noche? 



478 OBRAS DB D. JOSé M. DE PBRBDA 

— Así fué la amenaza, — respondióme, casi 
sin voz para ello. 

Notaba yo que la pobre mujer estaba en 
aquellos instantes bajo la doble tortura de los 
sucesos mismos declarados, y del temor á lo 
que pudiera alcanzarla del mal juicio que yo 
hubiera formado de todo ello; inspirábame 
honda compasión, y con el ñn de aliviarla un 
poco de ambos tormentos, la hablé así: 

— En primer lugar, del dicho al hecho siem- 
pre hay gran trecho, y mucho más si los he- 
chos son de la magnitud de éste que á usted la 
espanta; de manera que las amenazas de venir 
esta noche esos bandoleros á desbalijar á mi 
tío, se cumplirán... ó no se cumplirán; y bien 
pesado y medido todo, quizás fuera preferible 
que vinieran, particularmente para usted, por 
aquello de que t muerto el perro, se acabó la 
rabia.» En segundo lugar, con la confesión que 
usted me ha hecho, y ¡ojalá se le hubiera ocu- 
rrido hacérmela la primera vez que topó con 
su marido en la fuente! si no viene por aquí es- 
ta noche á liquidar todas sus deudas en una 
sola partida, tengo todo lo que necesito saber 
para obligarle, por la cuenta que le trae» á que 
abandone esta comarca callandito la boca y á 
buen andar por donde nadie le vea, y la deje 
á usted en santa paz por todos los días de su 
vida. De modo que no hay para qué gemir ni 



PEÑAS ARRIBA 479 

angnstiarse, como usted gime y se angustia. 
Déjelo, pues, todo á mi cargo; obedézcame en 
cuanto yo disponga; comience por arreglarse el 
tocado y el vestido, después de alegrar un po- 
co los sombríos celajes de la cara; vuelva á 
ocuparse desde ahora en sus ordinarios queha- 
ceres con el remango que solía; atienda á mi 
tío como siempre, y cuide mucho de que Tona 
no empiece á poner en duda las disculpas con 
que, en éstos y otros días de tormenta, ha es- 
tado usted engañando su candidez. Conque ya 
está usted absuelta de todo pecado por lo que 
á mí toca; y ánimo, y á cumplir la penitencia 
que la acabo de. imponer. 

Con esto la di dos palmaditas en la espalda; 
logré que las angustias desesperadas de antes 
se trocaran en copioso y sosegado llanto; in- 
corporóse al fin con cierto brío; intentó, y no 
se lo consentí, besarme las manos; y después 
de prometerme que emplearía todos los alien- 
tos que la quedaban de los suyos y los que yo 
la había prestado, en obedecer mis mandatos, 
se dirigió á la puerta. Pero yo no sé qué vio 
de pronto en la luz del aposento, que se lanzó, 
con aquella fuerza que siempre la arrastraba , 
un tiempo hacía, á leer los fenómenos meteoro- 
lógicos en la bóveda celeste, á uno de los cuar- 
terones de la puerta de la solana. Allí se estu- 
vo unos instantes devorando el espacio con los 



480 OBRAS DE D. JOSÉ II. DE PEREDA 

ojos. Acerquéme yo al otro cuarterón, y excla- 
mó ella entonces: 

— ¡Ay, señor don Marcelo!... Si las señales 
no mintieran, ¡qué suerte la nuestra!... iMiri, 
miri esas nieblas que abajan por ayí... y por 
ayí, y por toas partes; míri esi cielu encenizau 
y escuru; miri aqueyas motas negras de aya 
arriba, que son butres que pasan cara acá!... 
Pos lo unu y lo otru y too eyu en juntu, y este 
frío que ahora noto que se sienti, too es nieve, 
nieve puraque^se cuez y está pa caer de una 
hora á otra. ¡Si el Señor y mi Padre de los cie- 
los fuera tan misericordiosu que tampocu esta 
vez fallaran los barruntus!... 

Y con esto abandonó el observatorio sin es- 
perar mi respuesta, y salió del gabinete casi ba- 
tiendo las palmas y con una agilidad descono- 
cida en ella mucho tiempo hacía. 

Yo me quedé ¿i qué negarlo? haciendo votos 
por que los barruntos no fallaran; después me- 
dité un rato sobre los sucesos que podrían ocu- 
rrir aquella noche; y con el esbozo de un plan en 
la cabeza, dejé mi cuarto y pasé al de mi tío. 



•o» 




XXVI 




N aquel momento entraba Neluco. Yo 
no había visto al enfermo más que un 
instante después de saltar de la ca- 
ma; nada había respondido á mis pre- 
guntas, porque dormitaba, y á la escasa luz que 
entonces aclaraba un poco las tmíeblas del dor- 
mitorio, nada tampoco me había chocado en su 
aspecto; pero al observarle nuevamente y á 
mejor luz, ya me pareció cosa muy distinta. 
Estaba mucho más anheloso que por la noche, 
más azulado de color, más vidrioso de mirada, 
y, sobre todo, muy atormentado por la tos y 
muy inquieto en la cama. Miré á Neluco, que 
le estaba pulsando, y leí en su cara sombría la 
confirmación de mi diagnóstico. De pronto nos 
dijo él con voz tenue y silabeando casi las pa« 
labras por no alcanzar á más sus alientos: 
— ^Hoy no me gusto pizca, muchachos. 

TOMO XV 31 



482 OBRAS DB D. JOSá M. DE PEREDA 

Nos miramos el médico y yo, y le preguntó 
éste: 

— ¿Por qué lo dice usted? 

— Porque me encuentro peor que el día en 
^que más malo me he visto. 

— Aprensiones de usted,— dije yo, por decir 
algo que le animase. 

— Eso ha de verse pronto, — ^respondió el en- 
fermo. 

Ncluco, entre tanto, continuaba pulsándole, 
ora en una muñeca, ora en la otra; después 
arrimó el oído á su pecho, encima del corazón, 
y le descubrió y palpó las piernas hasta la ro- 
dilla; hízole varias preguntas luego, y, por úl- 
timo, se quedó un buen rato arrimado á la cama 
y mirándole fijamente, con la cabeza algo caída, 
como si no supiera qué decirle ó lo estuviera 
discurriendo en vista de los fenómenos que 
observaba. Yo estaba enfrente de Neluco, arri- 
mado á la cama también; y á la puerta de la 
alcoba, con ios brazos cruzados y de pie, como 
dos estatuas de la melancolía y de la curiosidad, 
Facia y su hija esperando órdenes. Las prime? 
ras fueron de mi tío para pedir totra almoha- 
da,! y eso que pasaban de tres las que le ser- 
vían de apoyo para sus espaldas y cabeza. 

Mientras las dos mujeres cumplían el man- 
dato y mullían y arreglaban el montón resul- 
tante para menor incomodidad del enfermo» 



PEÑAS ARRIBA 483 

salió Neluco del dormitorio y yo tras él, por 
una seña que me hizo. 

—Esto va por la posta,— me dijo afuera, de 
modo que no lo oyera el enfermo. 

— ^¿Tan grave le halla usted? — pregúntele. 

— Gravísimo— me respondió. —Cuestión de 
horas más ó menos. Así es que si apunta el 
menor deseo de confesarse, no se le contraríen 
por ningún miramiento; y si no le apunta. .. pro- 
curen ustedes apuntársele. No le dispongo nada 
nuevo, porque todo sería inútil, incluso la mor- 
tificación de una cantárida. La hinchazón de 
las piernas, como usted habrá visto, ha tomado 
esta noche un gran incremento... el propio y 
natural del avance repentino que ha dado la en- 
fermedad, quizás por el rápido descenso que ha 
habido en la temperatura esta madrugada..» 
porque no sé si habrá notado usted que hace un 
frío desde el amanecer, que corta un pelo. 

Esto del frío produjo en mi imaginación un 
trastrueque súbito de ideas; y olvidando al en- 
fermo, no me acordé más que de la intentona 
dispuesta por los tres foragidos para aquella 
noche; y así es que pregunté á Neluco con la 
misma avidez que pudo hacerlo Facía en sus 
«mejores días» de espantos y congojas: 

— ¿Cree usted que nevará? 

— Y de firme— me respondió Neluco, — 
Todos los síntomas son de una nevada de las 



484 OBRAS DE D. JOSÓ M. DE PBREDA 

más copiosas y duraderas que se descuelgan 
por acá. 

— ¿Y cree usted también— insistí,— que em- 
pezará hoy mismo? 

— Como que ya empezaba cuando yo he ve- 
nido — me contestó. — ¡Vea usted, vea usted! 

Y me condujo á la puerta de la solana, desde 
cuyos cuarterones vimos pasar, llevados por el 
airecillo glacial que soplaba afuera, algunos 
copos, idénticos á los que yo había visto al em- 
pezar la otra nevada. Sin embargo, el cielo no 
estaba tan «encenizadoi ni sombrío como en- 
tonces. Así se lo advertí al médico, y él me 
replicó: 

— Pero todo se andará, y pronto, no lo dude 
usted. Por lo mismo — añadió, — hay que tener 
mucho cuidado con el abrigo de estas habita- 
ciones. Que no falte de aquí el brasero bien 
quemado, de modo que se conserve inalterable 
la temperatura que ahora hay en el cuarto del 
enfermo. No ha de sanarle la precaución, ni de 
mejorarle siquiera, por supuesto; pero hay que 
poner de nuestra parte, en bien de él, todo 
cuanto sea posible... Otra cosa: en vista de lo 
que ocurre, y, particularmente, de lo que pueda 
ocurrir, hace aquí £sdta más gente que ustedes, 
por razones que en otra ocasión análoga le di, 
y pienso avisar á Mari-Pepa para que venga en 
seguida con su hija... Es posible que le diga 



PBÑAS ARRIBA 485 

también algo á don Sabas, para que esté pre- 
venido siquiera. 

Con poco más que esto y unas advertencias 
que me hizo concernientes al enfermo después 
de pasar otro ratito á su lado, se fué Neluco y 
quédeme yo sumido en las más endiabladas ca- 
vilaciones. £1 mismo Satanás, puesto á discu- 
rrir un conflicto para la casona, no le hubiera 
hilado tan bien como lo estaba el que yo temía 
para aquella noche, si las amenazas del barati- 
jero se realizaban, 6 no venía á impedirlo y á 
arreglarlo todo el deus $x machina de la nieve, 
en la dosis en que me la había pronosticado 
Neluco. Porque de otro modo, t ¡Virgen la mi 
Madre celeste! • como habría dicho en igual caso 
la mujer gris. Don Celso, agonizante quizás á 
aquellas horas, ó tal vez cadáver ya; Lita y su 
madre á su lado, asistiéndole 6 rezando por él; 
Facia en los paroxismos de su reproducida tri- 
bulación; tres bandoleros asaltando la casa, y 
yo, con Chisco y Pito Salces, á tiro limpio con 
ellos, acabando de matar con el susto á mi tío, 
si aún vivía, y poniendo á punto de morir de 
congoja á las mujeres, á dos de las cuales, por 
lo menos, estaba yo obligado á defender de todo 
riesgo mientras me quedaran un soplo de vida, 
un cartucho que quemar ó un asador que es- 
grimir. Recién oída por mí la confesión de 
Facia, me había imaginado este cuadro mucho 



486 OBRAS DB D. JOSÓ If • DB PBRBDA 

más sencillo. Chisco, Pito Salces y yo, arma- 
dos hasta los dientes y bien apercibidos, en 
acecho y sin respirar, en las tinieblas del por- 
talón; uno de nosotros abriendo la puerta con 
las precauciones convenidas en cuanto se dejara 
oir afuera el silbido del baratijero, y luego los 
tres, según iban entrando los bandidos... ¡fuego 
á quemarropa sobre ellos! Ni el primer peldaño 
de la escalera habían de profanar con su pie los 
infames. Para que no se sobrecogiera mi tío con 
el estruendo, le habría engañado yo antes con 
un embuste cualquiera: le habría dicho, por 
ejemplo, que se había visto la noche antes el 
lobo rondando la casa por aquel lado, y que 
pensábamos matarle en las altas horas de la 
inmediata, si volvía. Las agallas de Chóreos y 
de Pito Salces me eran bien conocidas, y no 
había para qué avisar más gente ni dar cuarto 
al pregonero. Nos bastábamos los tres para 
aquella empresa, por de pronto: lo demás, es 
decir, el recoger los despojos de la batalla, los 
cadáveres achicharrados y hechos jigote, ya lo 
haría la justicia, oportunamente avisada. Y á 
esto se reduciría todo. Pero con el nuevo aspec- 
to de las cosas, ignorado por los bandidos; con 
la casa llena de mujeres, y la muerte, con su 
cortejo de lágrimas y de ceremonias y acceso- 
rios patéticos, enseñoreada de ella, ¡qué per- 
turbaciones y qué escándalos y qué profanacio- 



PBÑAS AKRIBA 487 

nes y sacrilegios no produciría una batalla en el 
estraga!, á tiro seco, con sus correspondientes 
blasfemias y alaridos, y cadáveres ensangrenta- 
dos y palpitantes? En fin, que si no arreglaba el 
conflicto la nevada, había para volverme tarum- 
ba y tener por cuerda y resignada á la mujer 
gris en sus recientes apuros. Por lo pronto, y 
esto me calmaba algo las inquietudes, había 
muchas horas por delante; se vería qué rumbos 
iba tomando y cómo se portaba el temporal in- 
sinuado, y qué marcha seguía durante la maña- 
na la agravación de mi tío. Yo bien provisto 
estaba de armas y municiones; Chisco también, 
y á mi lado vivía en casa; y á Chóreos, ya cui- 
daría yo de avisarle á tiempo para que se que- 
dara á velar con el pretexto del grave estado de 
don Celso. No dejó de ocurrírseme que, en lu- 
gar de esperar á los salteadores en el portalón 
de la casa, se les podía armar una emboscada 
en los peñascos inmediatos á ella, y fusilarlos 
á mansalva en cuanto se arrimaran á la puerta 
los tres. Pero este plan era menos concluymté 
que el otro, y estaba expuesto á quiebras que 
podían salimos caras á los acometedores, por 
más que nos asistiera la justicia, según todas 
las leyes divinas y humanas. Así y con todo, se 
pesarían y medirían ambos planes si llegaba el 
caso y en su hora, y se optaría por el mejor. 
Esto y mucho más lo meditaba yo voltejean- 



488 OBRAS DB D. JOSÉ M. DB PBRBDA 

do maquinalmente por el interior de la casona 
después de haber despedido al médico. Dando» 
de repente, por bien examinado el punto por 
entonces, resolví volver á ver cómo andaba mi 
tío de sus angustias mortales. Pero no entré en 
su cuarto sin asomarme antes á uno de los vi- 
drios de la puerta que daba á la solana por el 
comedor. El cielo continuaba obscureciéndose 
y el chispear de la nieve espesando. Me gustó 
el síntoma. Mi tío, aunque entre amagos conti- 
nuos de la tos, parecía más sosegado, y dormí- 
taba. Facía, sentada lejos de él y atenta á cuan- 
to pudiera ocurrirle, después que yo hube con- 
templado al enfermo acercándome de puntillas 
á su cama, me dijo con la mirada: 

—Bien va eso, ¿eh? 

i. lo que yo respondí con otra mirada y un 
gesto: 

— De lo mejor. 

Pero bien sabe Dios que ni la pregunta ni la 
respuesta se referían al estado del enfermo, sino 
al aspecto del temporal. 

Pasaron dos horas sin que dentro ni fuera de 
la casona ocurriera novedad digna de ser nota- 
da, y llegaron, pero sin el estrépito de costum- 
bre, Lita y su madre y hasta el propio don Pe- 
dro Nolasco. Esta peripecia, relativamente ale- 
gre, en el sombrío drama que se desenvolvía, y 
á todo andar, en aquellos envejecidos ámbitos. 



PBÑAS ARRIBA 489 

me levantó mucho el espíritu. Venían los tres 
personajes hondamente impresionados por las 
noticias que les había dado Neluco. £1 gigante, 
por todo saludo, me estrechó la mano en silen- 
cio, con dos tremendas sacudidas que á poco me 
desarticulan el brazo por el hombro; su nieta y 
su hija, con los ojos empañados, me pidieron, 
mientras comenzaban á desliarse los abrigos, y 
en voz muy baja y algo temblorosa, las noticias 
de cajón sobre el estado actual de mi tío. Díse- 
las, no tan malas como las que esperaban ellas, 
y esto las animó á acercarse muy quedito hasta 
la puerta de la alcoba. Desde allí estuvieron 
contemplando el batallar, que no cesaba, dentro 
de las ruinas de don Celso, entre el sueño que 
le amodorraba y la tos que se le prohibía, hasta 
que se revolvió en la cama por uno de aquellos 
choques, del que salió medio sofocado, con la 
boca y los ojos muy abiertos y acopiando el aire 
para respirar, hasta con las manos. Entonces se 
ocultaron rápidamente, casi de un salto, en la 
salona, y se volvieron ambas hacia mí, que no 
las perdía de vista, con la pena y la conmisera- 
ción pintadas en la cara. Á todo esto, don Pe- 
dro Nolasco, de pie, rígido, inmóvil y silencio- 
so, en el mismo sitio en que se había plantado 
al entrar. Pasó en breve el acceso, y volvió el 
enfermo á caer en el marasmo de antes... Pero 
¿qué diablos veía yo en Lituca, que me cautiva- 



490 OBR^S DB D. JOSá M. DE PEREDA 

ba más la atención en aquellos momentos que 
el pasmo de su abuelo y la angustiosa situación 
de mi tío? ¿Qué había en ella de nuevo y de 
extraño para mí? Pues» lisa y llanamente, las 
lágrimas de sus ojos y la expresión dolorida de 
su cara infantil; y yo me preguntaba en cuanto 
salí de mis dudas: cPero ¿cuándo está más mo- 
na esta chica? ¿cuando ríe y gorjea como los 
pajaritos del monte, sin penas ni cuidados, ó 
cuando siente, como ahora, á falta de dolores 
propios, la compasión que le inspiran los aje- 
nos?» Y no sabiendo por cuál de estos extremos 
optar, quédeme con los dos, porque es lo cierto 
que, riendo ó llorando, estaba monísima aque- 
lla criatura. 

Temiendo qiie la impresionara con exceso la 
contemplación frecuente de aquel cuadro aflic- 
tivo de la miseria humana, tan nuevo para ella, 
la aconsejé que se abstuviese de entrar en el 
cuarto del enfermo. Á lo que me respondió con 
una fuerza de resolución que se imponía: 

— ¡Pues mire que tendría que ver, señor doa 
Marcelo!.. • ¡Vaya! ¡vaya!... ¿Piensa que soy 
yo de melindres, por si acaso? No diré que al 
principio no meencojaun poco; perodespués.. . 
¡vaya! ¡vaya! Y, por último, para las ocasiones 
son las valentías; y ahora ó nunca. ¡El mi po- 
bre señor don Celso! ••• 

— Déjela, déjela — me decía casi al mismo 



PBÑAS ARRIBA 49 1 

tiempo la rozagante Mari-Pepa, arrojando el 
tiltimo de sus abrigos flotantes sobre una silla, 
encima de los que acababa de arrojar Lituca; 
— déjela que entre y salga cuando quiera, que 
es bueno jacerse á todo, como ella se irá jicien* 
do, porque la conozco bien. Al que hay que 
tener á raya sobre ese punto, es al mi padre. 
Cayóle la noticia como una peña en la nuca, y 
aturdióse como usté le ve. Yo no sabía si de- 
jarle en casa ó traerle; pero víle roncero de 
quedarse solo y muy arrimao avenirse, y jíce- 
le su gusto, que era también el nuestro; porque 
puestas aquí, podemos tardar más ó menos en 
volver á casa, y mejor que en parte alguna es- 
tará el venturao con nosotras donde quiera que 
ello sea. Lo que está él es aterecío de frialdá, 
¿no es cierto, padre? Y mire, en la cocina ha- 
brá buena lumbre, ¿no es verdá, don Marcelo? 
y estará usté más apartao de estas cosas que le 
amurrian y acobardan, sin dejar de estar bien 
acompañao con los que entran y salen... y de 
paso, mire, que añada Tona buen por que al 
ollón grande, que somos tres bocas más... 
¡Hija, qué bobas se le ocurren á una cuando 
no sabe lo que diz, ni tomar los tiempos como 
vienen! Conque ¿entendióme, padre?. .. Y á 
usté, don Marcelo, ¿qué le paez de este dispo- 
ner mío, como si estuviera en la mi casa? 
Todo me pareció bien, hasta el estilo, y las 



49^ OBRAS DB D. JOSÉ M. DB PERBDA 

precauciones que tomaba Mari-Pepa para no 
ser oída del ei^ermo, y la decisión de Lituca, 
y, en particular, la cara que ponía para decla- 
rármela. Yo mismo conduje á la cocina á don 
Pedro Nolasco, que se dejaba traer y llevar 
como un niño atolondrado, y le senté en el si- 
llón de mi tío, dejándole al cuidado de Tona 
y de Chisco, que andaban por allí entonces, con 
encargo de que le entretuvieran y animaran... 
y le dieran de comer cuanto pidiera, si lo pe- 
día. Yo volvería por allí muy á menudo, y las 
señoras lo harían también de vez en cuando. 
£n el ínterin, mucha leña á mano y buena 
lumbre sin cesar. 

Antes de salir de la cocina, miré por los 
cristalejos de la puerta que da al balconazo de 
aquella fachada, y vi que continuaban ennegre- 
ciéndose los celajes y que ya blanqueaban un 
poco los picachos de enfrente y hasta las pra- 
deras del valle por algunos sitios. 

Cuando llegué al cuarto de mi tío, ya se ha- 
bían apoderado de él y de sus aledaños Lituca 
y su madre, y enviado á Facia á sus ordinarios 
quehaceres, por no ser necesaria allí su pre-» 
sencia por entonces. Ordenaban adentro mue- 
bles, ropas y frascos y botellas de potingues; 
enderezaban felpudos y alfombrillas, que abun- 
daban en el suelo; graduaban y dirigían la l\iz 
de los cuarterones de la ventana y la que en- 



PEÑAS ARRIBA 493 

traba por la puerta, de modo que no diera de 
Heno en la cara del enfermo, y hasta le limpia- 
ban el sudor viscoso y frío que relucía en su 
frente, y le arreglaban las coberturas y las al- 
mohadas; pero todo ello, lo mismo que cuando 
trabajaban afuera, sin hacer ruido ni levantar 
polvo ni causar la más leve mortificación al 
paciente. Me daba gusto contemplar aquel tra- 
bajo de hadas bienhechoras. Mi tío, sofocado 
por la tos, despertaba algunas veces de su le- 
targo, abría los ojos, clavaba en nosotros su 
mirada entorpecida y voraz, y volvía á cerrar- 
los en seguida para caer de nuevo en su modo- 
rra. Cuando se aprovechaba una de estas co- 
yunturas para darle unos sorbos de caldo ó la 
cucharada medicinal que «le correspondía,! to- 
mábalo entre quejidos y balbucía protestas ira- 
cundas. 

Cerca del mediodía se despejó un poco y nos 
ponderó mucho lo mal que se encontraba. Lle- 
gó en esto Neluco, y ni por cortesía intentó 
convencerle de lo contrario. Pero le exhortó á 
que llevara con paciencia sus trabajos, pues no 
estaba obligado á menos un hombre de su fe y 
de su correa. Á lo que contestó el enfermo, con 
toda la iracundia que pudo hallar entre el mon- 
tón de sus propias ruinas: 

— ¿Toavía te paez cosa de ná la mi pacien- 
cia, condenao? Con la mita de lo que tengo te 



494 OBKAS DB D. JOSá M. DB PBRBDA 

quisiera yo ver, mediquín, matasanos de los 
demonios, á ver qué cara ponías... {Pues, hom- 
bre!... 

Intervinimos todos, Neluco inclusive, para 
calmarle, y se calmó pronto; pero no apuntó la 
menor idea de prepararse á bien morir. Sobre 
este punto venía muy contrariado el médico. 
Me dijo, al despedirse, que don Sabas estaba 
ausente del lugar, auxiliando á un moribundo 
de otro pueblo, cuyo párroco se hallaba enfer- 
mo. Al saberlo le había mandado un propio; 
pero como hasta el pueblo había muchas varas 
de camino que medir y la nevada iba espesan- 
do por instantes, aunque don Sabas procuraría 
no perder uno solo en cuanto se enterase de lo 
que ocurría en la casona, ¡fuera usted á saber 
á qué hora de la tarde llegaría, y si llegaría á 
tiempo ya! 

Por no acercar demasiado al gigantón de la 
Castañalera al cuadro que tan tristemente le 
impresionaba, comimos todos con él en la pe- 
rezosa de la cocina, servidos por Tona, mien- 
tras su madre cuidaba del enfermo. No fué 
aquella comida tan sabrosa para mí como otra 
que yo no olvidaba, más que por lo reciente de 
su fecha, por lo regocijada que la hicieron 
aquellas dos comensalas, que en la última, algo 
por respeto á la tristeza oficial de la casa, y al- 
go más por la pena que los motivos de esta 



PBÑAS ARRIBA 495 

tristeza les daban, comieron muy poco y ha- 
blaron menos. Menos habló todavía que ellas, 
don Pedro Nolasco, que no habló palabra; pe- 
ro, en cambio, iqué engullir el suyo tan formi- 
dable! 

Antes de que acabáramos de comer, supimos 
por Facia que el enfermo había vuelto á dor- 
mirse y que cel trapeu de la nieve iba tan á 
más, que daba gustu.» Yó me acordé de la au- 
sencia de don Sabas y de la falta que hacía al 
lado de mi tío, y no recibí la noticia con tanto 
placer como el que sentía la madre de Tona al 
dármela. 

Según corrían las horas de la tarde, apretaba 
el temporal y también las ansias del enfermo, 
que seguía luchando con ellas á ojos cerrados 
y sin conciencia, al parecer, de lo que estaba 
pasando. Bien sabe Dios lo que nos inquieta- 
ban estos síntomas y que ardíamos en deseos 
de insinuarle lo que Neluco deseaba, ya que 
no se anticipaba él á insinuarlo; pero ¿de qué 
serviría la insinuación mientras no tuviéramos 
á mano al Cura? Entre estas dudas y las con- 
siguientes inquietudes, llegó la noche cerrada, 
á poco más de las cuatro, con una tercia de 
nieve sobre el valle y un nevar espeso y conti- 
nuo que ya me iba alarmando mucho, porque 
suponía á don Sabas en camino y pensaba en 
los peligros que podía correr. Entre tanto la 



49^ OBRAS DB D. JOS¿ M. DE PBRBDA 

cocina se llenaba poco á poco de gente que 
acudía á saber de don Celso y á ofrecerse para 
toda clase de menesteres en Ja casa en aquellas 
horas de prueba, y á mí no me disgustaba ver- 
me tan bien acompañado en ocasión de tantos 
apuros, k don Pedro Nolasco le sucedía lo 
propio, y hasta rompió á hablar con los con- 
tertulios y se permitió ciertos vaticinios risue- 
ños acerca de la enfermedad del viejo amigo y 
casi pedazo de su alma... precisamente en el 
instante en que mi tío, saliendo de su modorra 
pertinaz y después de recorrer la estancia con 
los ojos azorados, dijo entre angustias de la 
respiración, como si no le cupiera ya en el pe- 
cho una burbuja de aire sin haberle desocupa- 
do de otra igual: 

— Ahora... ahora es la de irse de veras, hijos 
míos, y la de prepararme al viaje en toda re- 
gla. Hacedme la caridad de decirle al Cura que 
le llamo yo para lo que él sabe... si no es algu- 
no de los bultos que yo distingo malamente 
desde aquí, no sé si por culpa de la poca luz 
del cuarto, ó porque ha empezado á apagarse 
ya la de mis ojos... ¡Sabas!... ¡Sabas!... 

Todos los allí presentes oíamos y callába- 
mos, y nos mirábamos unos á otros sin saber 
qué contestar. ¿Cómo decirle que el Cura no 
estaba en la casona ni en el pueblo?... Pero 
¡qué ofuscación tan absurda la nuestra! ¿Qué 



PEÑAS ARRIBA 497 

inccnveniente había en entretenerle las impa- 
ciencias, respondiendo que habían ido á avi- 
sarle y que estaba á punto de llegar? Esto iba 
á responderle yo al mismo tiempo que me acer- 
caba á su cama con Lita y Mari-Pepa, hechas 
un mar de lágrimas, mientras quedaba Facía 
arrimada á la pared del fondo con los brazos 
cruzados, la cabeza inclinada sobre el pecho y 
los ojos, secos, entristecidos é inmóviles, cla- 
vados en la faz cadavérica de su amo, cuando 
éste volvió á exclamar, pero con un brío incon- 
cebible en su estado miserable: 

— ¡Sabas! ¡Sabasl... 

En esto oí un rudo golpeteo, como al desem- 
bocar del carrejo en la salona, y al mismo 
tiempo una voz que respondía á estas llamadas 
enérgicas: 

— ¡Allá va, jinojo!... 

Conocí la voz, retrocedí de un salto hasta la 
puerta, y vi que por la del salón avanzaba un 
bulto que lo mismo podía ser un jaral de la 
montaña, tal y como debían de estar todos en 
aquellos instantes, que un hombrazo del cali- 
bre y los talares de don Sabas, porque venía 
nevado por la cabeza y por los hombros y por 
donde quiera que asomaba un relieve, por mí- 
nimo que fuera, en sus luengas y espidas ves- 
tiduras; y al andar y sacudirse de propio in- 
tento, arrojaba en el suelo la nieve en cascadas 
TOMO XV 32 



49B OBR\S DE D. JOSá M. DB PERBDA 

polvorosas, como cae de los matorros cuando 
los sacude y zarandea el cierzo enfurecido. Salí 
á su encuentro para ayudarle á sacudirse y á 
enjugarse... y á nada, porque de dos bativo- 
leos se desprendió de todo lo flotante que go- 
teaba sobre él. Así quedó, en un periquete, liso 
y mondo de pies á cabeza, es decir, de cha- 
queta corta y en pelo. Mientras se iba despo- 
jando de aquellas envolturas y accesorios, me 
decía: 

— |AhI pues gracias á que el tordillo tiene 
más agallas de lo que paez, y pudo con el es- 
polique que á medio camino le cargué á las an- 
cas, que si no... ¡jinojol dígote que no llegamos 
vivos ninguno de los tres; porque nevadas he 
visto en lo que llevo de vivir; pero como ésta, 
|vaya, vaya!... ¿Y qué le pasa al pobre Celso, 
hombre? Cuando allá me lo fueron á decir, no 
me cogió de susto, porque me lo venía yo te- 
miendo de dia en día. Lo peor del caso fué que 
aquel infeliz agonizante no acababa, y no era 
cosa de abandonarle en trance tal.«. Pues icui- 
dado si le da por no acabar en toda la tarde d« 
Dios!... Á todo estOy la nieve espesando y ce- 
rrándose los caminos. ¡Mira tú qué ocasión 
para ponerse este otro en la agonía!*.. jSi I0 
que hace Satanás para jincar el diente á las al- 
mas, es mucho cuento! Á bien que no ha sido 
«lio por falta de advertencias mías; pero este 



PEÑAS ARRIBA 499 

Celso, con ser tan hombre de fe, es de suyo 
tan... 

Todo eso lo decía ya, y casi lo gritaba, el 
bueno del Cura á la puerta del dormitorio de 
su amigo, donde le interrumpió el descosido 
razonamiento otra llamada como la de antes. 

— iSabas! ¡SabasI 

— I Aquí estoy, hombre! — ^respondió el Cura. 
— ¡Cuidado que es tema!... Pues mira, con 
esas prisas en mejor salú, no las tuvieras 
adiora... 

— |Eso es! — ^refunfuñó mi tío.— Para consue- 
lo de mis ajogos, ríñeme y vociférame, {pis- 
pajo! 

— {Qué te he de reñir, hombre, qué te he de 
reñir?— díjole entonces don Sabas, que enfren- 
te de aquellas ruinas miserables del amigo y 
camarada de toda su vida, no acertaba á con- 
tener los lagrimones que le brotaban en los 
ojos, — ¡ni cómo te he de vociferar?... ¡Pues 
bueno estaría ello, jinojo!... Sino que, como 
he venido, pude no venir, por causa de fuerza 
mayor. ¡Y figúrate tú entonces! ¡figúratelo, Cel- 
so!... Va]^— añadió interrumpiendo de pronto 
su discurso y pasando la mirada por á cuarto 
y acentuándola con un movimiento de sus bra- 
20S, muy significativo: — aquí sobran todos 
menos el enfermo y yo; porque lo que va á pa- 
sar entre nosotros, no admite más testigos 



500 OBRAS DB D. JOSÉ M. DE PERBDA 

que iinOy que es el Señor y Juez de vidas y 
almas. 

Salimos los que sobrábamos y cerró don Sa- 
bas la puerta por dentro. Yo no sé lo que pasó 
por mí entonces; pero declaro que me sentí 
muy conmovido y que hasta lloré, disimulán- 
dolo mucho, como si fuera una debilidad in- 
digna de los hombres fuertes, 

¿Procedían aquellas lágrimas vergonzantes 
del contagio de otras más francas? ¿Eran arran- 
cadas de mi corazón por la pena de ver á aquél 
mi pariente en estado tan mísero y compasi- 
ble? ¿Me las producía aquella rara escena que 
acababa de presenciar entre el Cura y el enfer- 
mo, á través de cuya tosca urdimbre se deja- 
ban ver fondos y lejanías admirables? Quizás 
hubiera en ellas algo de todos y cada uno de 
estos ingredientes; pero el hecho es que yo llo- 
raba, aunque no tanto como las mujeres que se 
agrupaban junto á mí, mientras iban entrando 
de puntillas en el salón en que estábamos, mu- 
chos de los tertulianos de la cocina que se ha- 
bían amontonado en el carrejo después de la 
llegada del Cura, transidos de pesadumbre.. • 
y de curiosidad. 

La luz que Facía había encendido en la lam- 
parilla del dormitorio al salir de él, y que aún 
conservaba en la mano, iluminaba un poco 
aquellas fauces entenebrecidas; y así pude en- 



PEÑAS ARRIBA. 5OI 

treverlas atascadas, materialmente, de figuras 
apiñadas y oscilantes que miraban hacia noso* 
tros con impaciencias voraces; y auq hubiera 
jurado yo que allá en el fondo, detrás de toda 
la masa, pero alzándose un codo sobre la ca- 
beza del más talludo, relucían, como dos lin- 
ternas en un túnel, los ojazos verdes y saltones 
del gigantón de la Castañalera. 





XXVII 



L cabo de un buen rato me pidió 
Mari- Pepa muchas cosas que, á su 
juicio, iban á ser necesarias allí muy 
pronto. Yo, delegando en ella y en 
su hija cuantas atribuciones tenía en la casa, 
les entregué las pocas llaves que guardaba, y 
mandé á Facía que se pusiera á sus órdenes 
con las restantes. Para despachar bien y pron- 
to lo que proyectaban, era indispensable que 
se volvieran á la cocina los tertulianos que, 
dispersos por aquí ó en rebaños por allá, todo 
lo obstruían... y apestaban, y no liabía mane- 
ra de revolverse entre ellos. Hízose así al pun- 
to por mi mandato, y empezaron las dos muje- 
res á saquear alacenas, armarios y cajones. Fa- 
cía las guiaba, y yo seguía como un autómata á 
las tres. 

Mientras desbalijaban el último cajón de la 
cómoda de mi cuarto, se abrió la puerta del de 



504 OBRAS DE D. JOSÉ M. DE PEREDA 

mi tío, y apareció don Sabas en el hueco. Noté 
qne salía lloriqueando, y corrí hacia él temien- 
do que ya hubiera concluido todo allí; pero 
desde medio camino oí toser al enfermo, y es- 
to me tranquilizó. Salióme al encuentro el Cu- 
ra, y me dijo, mientras se secaba los ojos con 
un pañuelo de yerbas: 

— No se puede remediar, |qué jinojo!.;. por 
más avezado que uno esté á contemplar mise- 
rias y acabaciones humanas... Porque hay ca- 
sos y casos, señor don Marcelo, y éste es uno 
de los más duros de pelar para el pobre Cura. 
Sesenta años de vivir, más que como amigos, 
como hermanos, y cada cual en su ministerio... 
¡y cuidado si ha sido de altura el suyo!... algo 
rejunde en la entraña... me parece á mí... De 
pronto diz el otro al uno de ellos: «vaya, pues 
yo me marcho... y para no volver: conque ajús- 
tame tú estas cuentas que tengo que dar á Dios, 
por tu mediación mesma, de lo mucho que le 
debo y de lo poco y mal que le he pagado... y 
ahí te quedas, viejo y solo, hasta que te llegue 
la tuya, que no puede tardar, porque de viejo 
nadie pasa; y ya verás lo que es jallarte un día 
y otro sin el amigo de siempre, que parecía ya 
carne de tus carnes, y llenaba todo el lugar, 
aunque en él no se le viera...» Y vaya usté, por 
otra parte, á saber si al llegar la de uno, le co- 
gerá así ó le cogerá asao, porque la carne es 



PBÑAS ARRIBA 505 

flaca y Satanás no duerme, y si, por tomas ó 
por dacas, tampoco volvemos á encontrarnos 
en el otro mundo. Porque él va bien de equi- 
pajes... ¡eso sí, jinojo! y derecha como un j uso 
ha de subir la su alma. En lo humano no pue- 
de presumirse otra cosa, con la preparación 
que él ha hecho, después de una vida de cari- 
dad, que yo me sé de memoria. •• En ñn, que 
de ésta se va, y que no hay que dormirse para 
disponerle todo lo que le falta en el trance en 
que se ve... Hay que viaticarle en seguida, y 
para ello me voy á la iglesia ahora mismo. Ad- 
viértase aquí para que se espere á Dios con la 
pompa que se le debe. 

Se habían llevado sus talares á la cocina para 
secarlos á la lumbre; y al ir el Cura á recoger- 
los, jiizo á la gente congregada en ella la mis- 
ma advertencia que á mí, y la arrastró luego 
consigo, menos á Chisco y á Pito Salces, á 
quienes ordené yo que se quedaran t vigilando 
la casa, por lo que pudiera ocurrir. • Ocioso 
lujo de precauciones á aquellas horas (cerca de 
las siete), con una noche obscura como boca de 
lobo, cayendo la nieve á puñados, y con unos 
rugidos del vendaval hacia la montaña, que da- 
ban miedo. 

Sin preocuparme gran cosa del pobre Mar- 
mitón, que se quedaba solo otra vez, repanti- 
gado, mudo y atónito en el sillón de madera y 



506 OBRAS DE D. JOSÉ M. DB PEREDA 

muy arrimado al fuego, volvíme al cuarto de 
mi tío para ver lo que pasaba en él después de 
la salida de don Sabas. Ya estaba desconocido 
todo aquel interior, y aún continuaban trans- 
formándole por momentos las dos hadas de la 
casona. En la cama del enfermo, la colcha de 
damasco rojo de los gcandes días, y vuelto so- 
bre ella, el amplio y bordado embozo de una 
sábana de lujo; las almohadas, con fundas de 
grandes guarniciones muy tiesas y escaroladas, 
y el enfermo mismo, con camisola limpia, ca- 
lentada poco antes al brasero y sahumada con 
tomillo, sobre el espeso chaquetón elástico que 
le abrigaba el tronco; junto á la cama, una al- 
fombra en lugar del felpudo de siempre; encima 
de la cómoda, cayendo en airosos pabellones 
por los lados, otra colcha de las buenas de la 
casa, y sobre ella, esperando mejor destino, el 
crucifijo de marfil, seis candeleros de plata, un 
vaso con agua bendita y un ramito de laurel. 
Cuando yo llegué, se ocupaban las dos muje- 
res, que parecían tener diablillos en las ma- 
nos, en sustituir, ayudadas de Facia, el trasto 
viejo que siempre estuvo á la cabecera de la 
cama, con una mesita cuadrangular sacada de 
mi gabinete, donde la usaba yo para leer y des- 
pachar mi correspondencia. Ofrecíles mi ayuda 
para aquella faena; pero la desdeñó Lita con 
un gestecillo muy intencionado y dos frases de 



PEÑAS ARRIBA 507 

cortesía para templarle. Mientras Facía se lle- 
vaba el £^chacoso artefacto, tendieroa ellas so- 
bre la mesa otra colcha de damasco rojo, y so- 
bre la colcha una muy blanca sabanilia con 
randas de muchos calados; luego trasladaron 
de la cómoda á la mesa el crucifijo de marfil, 
cuatro candeleros y el vaso con agua bendita y 
el ramito de laurel; en seguida otra alfombra de- 
lante de la mesita; después todas las tiras y rue- 
dos que se encontraron para formar una senda 
tan larga como se pudo; cuatro vapuleos á las 
sillas antes de ponerlas en orden; unos toqueci- 
tos más á las ropas de la cama; una mirada 
desde lejos al conjunto de tantas y tan diversas 
cosas... y ya estaba aquello despachado. 

Mi tío, entre tanto, jadeando y tosiendo y 
pasando entre los dedos sarmentosos de su 
diestra cuentas y más cuentas del rosario, y 
reza que reza entre dientes, sin darse por en- 
terado de lo que ocurría en su derredor, ni con - 
testar más que con un gesto avinagrado á la 
menor pregunta que se le hiciera. Antes de mo- 
rir con el cuerpo, estaba ^a en el otro mundo 
con el espíritu. De Dios era, á Dios iba y sólo 
de Dios esperaba. 

Terminado lo del cuarto, se emprendió afue- 
ra otra labor más peliaguda, para la que no 
bastaron las mujeres solas. Mari-Pepa esparcía 
en el suelo las colchas y pañolones que había 



508 OBRAS DE D. JOS¿ M. DB PEREDA 

acopiado en el saqueo y andaban en confuso 
montón sobre las sillas; Lita escogía y combi- 
naba colores y tamaños, y Pito Salces y yo, 
encaramados en muebles de la necesaria altu* 
ra, clavábamos en las paredes, y tan arriba co- 
mo nos era posible, con tachuelas, con pun- 
tas... hasta con clavos trabadlos y cuanto ha* 
bíamos podido haber á las manos en un mechi- 
nal de la bodega en que acumulaba Chisco las 
reservas de esta especie, lo que la diligente y 
afanada nieta del gigantón de la Castañalera 
nos iba alargando con sus manitas primorosas, 
de lo desparramado por el suelo. 

Al andar rayando con la media tarea, el ta- 
ñido de una campana, desigua] é intermitente, 
ora remoto, ora cercano; como débil quejido de 
agonía, unas veces; vibrante y clamoroso otras, 
según los caprichos del viento encajonado y 
revuelto en las estrecheces y encrucijadas del 
valle. Era el primer toque á administrar; la se- 
ñal que se hacía en la iglesia al vecindario para 
los fines que sabía él. Un ratito después, calló 
la campana y llegaron dos hombres con sendos 
brazados de velas y de cirios que mandaba el 
Cura por delante. Venían enjutos de tobillos 
arriba, pero muy espelurciados y ardiéndoles las 
narices y las orejas; porque, según declararon, 
aunque había cesado de nevar, continuaba so- 
plando el cierzo, más frío que la misma nieve. 



PBÑAS ARRIBA 509 

Si mal no nos parecía, quedaríanse allí ya, pues 
sobre estar seguros f de jallar al Señori en el 
camino, si volvían á tomar el de la iglesia, no 
estaba el pedregal, con la capa de nieve que 
tenía encima, para muchas subidas y bajadas 
por él sin una urgencia. Asentimos de buena 
gana á tan cuerdo parecer, y quedáronse los 
hombres... hasta pasmados del t visual pompo- 
su» que iban tomando los pasadizos y la esca- 
lera de la casona con la faena que nos hacía su- 
dar. Continuámosla, sin embargo, con nuevos 
bríos, pero á puntada larga, es decir, enrare- 
ciendo los colgajos, porque ya se oía otra vez 
el toque de antes, señal de que se había puesto 
en camino lo que esperábamos, amén de que no 
andábamos sobrados de telas ni de herrajes pa* 
ra cubrir tantas paredes. 

Para vestir los desnudos suelos del tránsito, 
discurrió Lituca sembrarlos, y los sembró ella 
misma, de penquitas olorosas de laurel que 
abundaba en las grietas de los peñascos de en- 
frente. Y aún la quedó tiempo para sahumar 
toda la casa con romero y mejorana, quemado 
por ella en las ascuas del brasero, llevándole 
Chisco y Pito Salces entre manos por salas, 
pasillos y escaleras. Después, velones, cande- 
leros, palmatorias y candiles, iluminando hasta 
lo más obscuro y remoto; el cuarto de mi tío, 
con las seis velas encendidas ya, rechispeando 



5IO OBRAS DB D. JOSÉ M. DB PBRBDA 

la luz, y el brazado de cirios traídos de la igle- 
sia, ardiendo también al cuidado de los dos 
hombres encargados de darles á tiempo el des* 
tino que tenían; Marmitón encuadrado en la 
puerta de la cocina y mirando al crucero ilu- 
minado, sin atreverse á dar un paso hacia él; 
Mari-Pepa yendo y viniendo por todas partes; 
^8u hija dando los últimos toques al cuadro ge- 
neral; Tona sin chistar y pasmadota, cerca de 
don Pedro Nolasco; Pito Salces y Chisco, ea 
el estragal, con sendos cirios ardiendo, en la 
mano; mi tío, con los ojos entreabiertos, recos- 
tado contra las almohadas y rezando sin cesar; 
Facia, con su mejor vestido negro y atenta á lo 
que pudiera necesitar el enfermo, junto á la 
puerta de su cuarto, de pie, inmóvil y melan- 
cólica; la campana de la iglesia tañendo acom- 
pasadamente; el silencio casi absoluto en los 
ámbitos de la casona, y yo, clavado como una 
estatua en el salón, dominando con la vista el 
aposento de mi tío y hasta el crucero del fondo 
del pasadizo, observándolo todo, oyéndolo to- 
do, y presa de una ^noción que, por lo com- 
pleja y extraña, no me podía explicar. 

De pronto, una voz^ la de Tona que se aso- 
maba á menudo á la puerta del balcón de la 
cocina, gritó desde el fondo del último ca- 
rrejo: 

-^|Ya vienin! 



PBÑAS ARRIBA 5II 

Cubriéronse entonces apresuradamente la ca- 
beza las mujeres; tomamos cada cual un cirio 
de los que cuidaban los dos hombres, y dimos- 
le otro á don Pedro Nolasco que se había mo- 
vido hacia el grupo; y siendo yo parte princi- 
palisima de él, con él llegué bien pronto, á to- 
do andar y casi arrollando al aturdido gigante, 
al balcón de la cocina. 

No solamente había cesado de nevar, sino 
que también se hallaba el viento encalmado; y, 
por una venturosa casualidad, por un rasgón 
abierto en la espesura de los negros celajes aso- 
maba la luna llena, derramando su luz pálida 
sobre el blanco tapiz del valle y los más altos 
picos del brocal de montes que le aprisionan. 
En otras circunstancias mejores, acaso me hu- 
biera detenido á considerar lo que más me ad- 
miraba y sorprendía en aquel extraño panora- 
ma, y hasta qué punto se parecía aquella fan- 
tástica realidad á los numerosos efectos de luna 
que yo había visto pintados en lienzos y cartu- 
linas; pero ¡bueno estaba entonces el horno de 
mi cabeza para pastelillos de aquel artel Y aun- 
que lo hubiera estado: necesitaba la atención 
para otro espectáculo que me la sohcitaba con 
fuerza irresistible. Y fué que apenas abocado 6 
la puerta del balcón detrás de las mujeres, vi 
que, surgiendo de las tinieblas, iban aparecien- 
do como fantasmas y coronando la altura ágX 



512 OBRAS DE D. JOSÉ M. DE PEREDA 

pedregal, dos filas de bultos negros, junto á 
muchos de los cuales titilaba oscilando una lu- 
Cecilia triste y acobardada, conao si ardiera de- 
trás de los cristalejos de un faroluco roñoso. 
Cuanto más se alargaban las filas hacia la ca- 
sona, más bultos surgían de la obscuridad del 
agrio declive. 3e les veía moverse; pero no se 
oían sus pasos sobre el áspero suelo nevado, ni 
alteraban el silencio de la Naturaleza, que pa- 
recía haber enmudecido de repente por respeto 
á lo que estaba pasando allí, otros ruidos que 
algún murmurio de tarde en tarde, como de re- 
zo coreado, y el tañido constante de la campa- 
na de la iglesia, repetido ya por el débil tinti- 
neo de una campanilla de monago que aún no 
había surgido de la obscuridad. De pronto apa- 
reció en la altura un bulto menor que los otros, 
con un farol de dos luces: éste era el monago 
de la campanilla, y hasta se le distinguía en la 
mano cuando la sacudía para que sonara. De* 
tras del monago, otros dos bultos con sendos 
faroles también; y en medio de los dos, el pá- 
rroco don Sabas, de capa pluvial y debajo de 
un paraguas muy grande (regalo, por cierto, 
hecho por mi padre, siendo yo mozuelo aún, á 
la iglesia de Tablanca); y, por último, detrás 
del Cura, todavía más bultos con luces surgien- 
do de la vertiente sombría. Entonces cayó de 
rodillas Mari-Pepa que estaba delante de to- 



PEÑAS ARRIBA 513 

dos» y exclamó con voz entera, mientras se He* 
naban de lágrimas sus ojos: 
— £n gracia te reciba el alma que te desea* 
Yo me hinqué también» y» con la cabeza hu- 
millada, repetí en el fondo de mi corazón la 
plegaria de aquella noble mujer. 

Poco después volvíamos todos, conservando 
aún las hachas encendidas, y más corriendo que 
andando, hacia el crucero. Allí estaba ya Ne- 
luco, que se había disgregado de la procesión 
con algunos hombres de los más apegados á la 
casa, proveyéndolos de cirios y señalándoles 
puestos en el pasillo y á lo largo de la escale- 
ra; á Lita y á su madre se los dio á la puerta 
de la salona; «y usted conmigo, allá dentro,» 
me dijo, conduciéndome al mismo cuarto del 
enfermo, del que no se había apartado Facia un 
instante. Preguntárnosle si se encontraba bien; 
respondió que t como nunca jamás,» aunque no 
hallaba en sus pulmones ingurgitados alientos 
para decirlo; arrimámonos á la puerta, y allí 
esperamos, como dos centinelas inmóviles, lo 
que empezaba ya á llegar y se sentía hacia el 
estragal por el ruido de las almadreñas ó algu- 
na palabra que otra á media voz, y en la esca- 
lera y en el pasillo, por el sordo golpeteo de las 
pisadas con escarpines en los inseguros tablo- 
nes del tillado, y el resoplar inconsciente de 
tantas respiraciones contenidas á la fuerza» 

TOMO XV 33 



514 OBRAS DE D. JOSá lí. DB PBRBDA 

Igual que cuando se va llenando de agua una 
vasija puesta debajo del caño de una fuente» 
por el matiz de los sonidos se conocía por ina* 
tantes cómo se colmaban de gente los carrejos 
y el salón y el gabinete y todos los rincones y 
escondrijos franqueables de la casa. Al fin se 
oyó en el estragal la campanilla del monago, y 
casi al mismo tiempo la voz potente de don 
Sabas rezando algo que no se entendía bien; 
después enmudecieron uno y otra, y se perci- 
bieron claramente las recias pisadas del Cura 
y de los que le escoltaban, sobre los peldaños 
de la escalera; al abocar al crucero, los pasos 
más distintos y otro rezo de don Sabas; los que 
aún no estábamos de rodillas, nos hincamos, y 
los pechos, oprimidos ya por el peso de aquel 
cuadro imponente, desahogáronse en suspiros ó 
en sollozos entrecortados, que fueron recorrien- 
do, como nota fúnebre llevada por el aire, todos 
los ámbitos de la casona. Hasta la puerta del 
salón no volvió á oirse la voz del Cura: allí re- 
sonó otra vez, declamando, reposada y patéti- 
ca, este versículo del Miseren: 

tEcu enim in iniquitatibus coneeptus sum: 0t in 
pecatis conupit me maUr mea.w 

Á los rumores de antes sucedió el silencio 
más profundo; y avanzando don Sabas con me* 



PBÑAS ARRIBA 515 

surado andar, la mirada puesta en el bordado 
relicario que contenía las dos Hostias consa- 
gradas, rodeado de luces que resplandecían en 
el oro de sus vestiduras y precedido de Mari- 
Pepa, de Lita y del monago, llegó á la puerta 
donde nosotros esperábamos, y allí, detenién- 
dose unos instantes como para dar mayor so- 
lemnidad á sus palabras, rezó este otro salmo: 

*Ecce enim veriiatem dihxisti: incerta et oculta 
sapUntia tua manifestasti mihi,* 

Entonces el enfermo, tembloroso y lívido, 
cruzó las descarnadas manos, humilló la cabeza 
sobre el agitado pecho, y con una voz que pa- 
recía salir del fondo de una sepultura, respon- 
dió á las palabras del sacerdote: 

€ Averie faciem tuam a peccatis meis: et omnes 
iniquitates meas dele. » 

Aquí dio fia y término otra vez mi ya vaci- 
lante serenidad, y el nudo que me estaba opri- 
miendo la garganta rato hacía, trocóse en humor 
benéfico que me empañaba los ojos y crecía por 
el contagio del llorar de las mujeres que me 
acompañaban en el cuarto, y que, al fin, llega- 
ron á contaminar á Neluco, médico y todo, 
mientras volvía á oirse afuera la nota triste de 



5l6 OBRAS DE D. JOSá M« DB PEREDA 

antes recorriendo los grupos y las masas de 
aquellas compungidas y humilladas gentes... 
Hasta que vibró de nuevo la voz del Cura, y 
todo calló, como si hasta con el respirar se pro- 
fanara la augusta solemnidad de lo que iba á 
suceder allí... como creería yo profanarlo si me 
atreviera á extraer su recuerdo del sagrado de 
la memoria, donde lo guardo indeleble, para 
describirlo con mi pluma torpe y grosera en 
este miserable papel. 

No ha de merecerme igual respeto algo de lo 
humano que allí pasó por complemento del 
cuadro que tanto tenía de divino. Esto puede 
y debe ser, ya que no pintado, que no dan para 
empresa tan alta los colores de mi paleta, men- 
cionado, por lo menos; y vaya como ejemplo 
aquella exhortación tínal de don Sabas á la pa- 
ciencia, al recogimiento, á la gratitud á Dios, 
del enfermo; cómo empezó encarrilado en las 
fórmulas trilladas del ritual, y se fué descarri- 
lando poco á poco y entrándose por las sendas 
de su propio estilo y particulares sentimientos; 
cómo de esta manera se confundían y enreda- 
ban en la exhortación, el lenguaje solemne del 
sacerdote con el familiar de la pasión desbor- 
dada del amigo cariñoso; cómo llegó á respon- 
derle mi tío, ya para protestar nuevamente de 
su fe acendrada, de su resignación sin límites y 
de su conformidad absoluta con los decretos de 



PEÑAS ARRIBA 517 

Dios, ya para quejarse mansatneute de que pu- 
diera ser puesto en tela de duda por nadie el 
cumplimiento de éstos sus deberes de cristia- 
no; cómo le replicó don Sabas para tranquili- 
zarle sobre tan delicado particular, al que en 
modo alguno había intentado referirse él; cómo, 
enredados en este singularísimo diálogo, ya no 
hablaba el Cura en impersonal, y llegaron á 
tutearse los dos; cómo en la llaneza de este es* 
tilo tocaron puntos de sumo alcance piadoso, y 
se declaró don Sabas envidioso de la suerte de 
mi tío, á quien tantos, muy erradamente, com- 
padecían entonces, y se dieron mutuas paces, 
poniendo por testigo de la cordialidad del im- 
pulso á f aquel Dios sacramentado que allí es- 
taba presente en cuerpo y sangre; t cómo, al ñn, 
bajándose mucho el Cura y alzándose un poco 
mi tío, se confundieron los dos en un abrazo, 
llorando don Sabas y ahogándose de fatiga el 
pobre enfermo conmovido; cómo coa estos 
actos y aquellos dichos, el torrente de sollozos, 
mal contenido afuera, se desbordó por toda la 
casa, y trató Neluco de cerrar la puerta del 
cuarto en que nos encontrábamos para que mi 
tío no lo oyera, y cómo éste se lo impidió con 
sorprendente energía, y mandó que se fran- 
queara la puerta á cuantos cupieran adentro 
para darles el último adiós; cómo hubo que 
complacerle, aunque ya no podíamos respirar 



51 8 OBRAS DE D. JOsé If. DB PEREDA 

ni los sanos en aquella estancia, y cómo se 
despidió sin retóricas sentimentales, pero en 
cristiano puro, sin dejar de ser aldeano neto, 
acabando por decirles: f Si lloráis porque per- 
déis lo que he sido, Dios vos lo pague en la 
medida del consuelo que me dais con ello; pero 
si vos duele mi muerte por la falta que he de 
haceros, mal llorado, porque aunque me voy, 
aquí vos dejo quien hará mis veces, y hasta 
con ventaja para vosotros. Ven acá, Marcelo. 
(Acerquéme á la cama, hecho un doctrino, torpe 
y desconcertado. Luego añadió 61, mostrán- 
dome al montón de tablanqueses que habían 
invadido la habitación:) Éste es; de la mi san- 
gre neta, y amo ya y señor de esta casa. De 
vosotros depende desde hoy que sea, no lo que 
yo he sido, que bien poco fué ello, sino todo lo 
que debí ser. Para él todo vuestro respeto y 
vuestra lealtad de hombres honrados y agrade- 
cidos, y para mí... que pidáis á Dios de vez en 
cuando por el buen paradero de esta alma, á 
punto ya de subir á juicio en su divina presen- 
cia. Y con esto, hijos míos, y la bendición de 
un padre viejo y moribundo... ¡hasta la eter- 
nidad!» 

Es también de mencionarse cómo le respon- 
dieron con gemidos y lágrimas aquellas rudas 
y buenas gentes, por no hallar en sus lenguas 
palabras con qué expresar lo que sentían; y 



PBÑAS ARRIBA 



519 



cómo, finalmente, puso término á esta escena 
don Sabas acercándose á adorar y recoger la 
Forma consagrada, y sonó otra vez la campa- 
nilla.«« y salió del cuarto y de la casa el Señor 
de los señores y Rey de los reyes con la misma 
solemnidad y reverencia con que en ella había 
penetrada 




XXVIII 




N ua pie andaba el Cura con lo cui- 
dadoso que le traía lo extremo y des- 
esperado de mi tío, y, sin embargo, 
cuando llegó á la casona resuelto á no 
salir de ella mientras al enfermo le quedara un 
soplo de vida y á él una sola función que llenar 
á su lado como sacerdote ó como amigo, ya 
gruñía el temporal en la montaña y descendía 
la nieve sobre el valle en espesos remolinos. 
£s decir, que sólo habían durado la escampa y 
él sosiego lo estrictamente necesario para que 
fuera Dios á la casona desde la iglesia, y vol- 
viera á la iglesia desde la casona; milagro pa- 
tente en opinión de Facia, y no puesto en du- 
da por los que departían con ella sobre el 
caso. 

Entró, pues, el Cura como la vez primera en 
aquella noche, sacudiéndose la ropa para desne- 
varse; arrojó el capote sobre lo primero que se 



522 OBRAS DB D. JOSÉ M. DB PBRBDA 

le puso por delante, y llevando en la mano un 
saquillo de color, cerrado con una jareta» se 
coló, sin detenerse, en el cuarto de mi tío, que 
sólo parecía vivir para esperarle. Encerráronse 
allá los dos; y mientras andábamos en la salo- 
na los de siempre, de aquí para allí y en de- 
rredor del brasero, sin saber qué decimos ni en 
qué sitio ni para qué detenernos ni sentarnos, 
oía yo cómo iban pasando desde la escalera 
gentes y más gentes hacia la cocina, donde 
continuaba el gigante consternadón y arrimado 
á la lumbre, pero con muchas ganas de cenar. 
Porque las funciones de comer y digerir no se 
regían en aquel hombrazo por las grandes cri- 
sis del espíritu, sino por una ley mecánica. Ne- 
cesitaba comer mucho y á menudo, como la 
mole ruinosa necesita el puntal para no des- 
plomarse. No obstaba aquel insaciable apetito 
dé su estómago para sentir el pobre hombre 
desfallecido de pena su corazón. Deploraba la 
muerte de don Celso como todos y cada uno 
de los tablanqueses que más hubieran estimado 
sus prendas, y la lloraba también como amigo; 
pero le dolía, además y sobre todo, por la edad 
que él contaba y por lo viejo y arraigado de su 
intimidad con el que se iba. En alturas seme- 
jantes, cada amigo de esos que se va, es un si- 
llar que se arranca en los cimientos de la vida 
del que se queda; y don Pedro Nolasco no ha- 



PBÑAS ARRIBA 523 

bía tomado en serio hasta aquel día lo de la 
muerte de su amigo, á quien por su carácter y 
correa consideró siempre incapaz de morirse. 
También le dolía en el alma una separación 
así, sin despedida; pero no tenía valor para in- 
tentarla, y nosotros nos guardábamos muy bien 
de estimularle á vencer sus resistencias: al con- 
trario, le manteníamos en ellas pintándoselas 
como muy justificables, y encomendábamos á 
los que de ordinario le acompañaban en la co- 
cina la caritativa labor de entretenerle y ani- 
marle, como hacíamos á menudo el médico y 
yo con Mari-Pepa y Lituca, que no le perdían 
de vista ni desconocían la importancia de aque- 
lla crisis excepcional, á una edad y en un tem- 
peramento como los suyos. 

De esto precisamente se había llegado á tra- 
tar en la salona, cuando se abrió la puerta ce- 
rrada antes por el Cura y apareció éste con so- 
brepelliz y estola preguntando por el monagui- 
llo que había venido con él y debía de andar 
por la cocina. Corrió Facia á avisarle y entra- 
mos los demás en el cuarto del enfermo, en los 
linderos ya de la agonía y con los ojos clava- 
dos en un crucifijo colocado por el Cura para 
eso á los pies de la caq^. Vino el muchacho, 
y, con su ayuda, administró don Sabas la Ex- 
tremaunción al moribundo. Lloraba Mari-Pepa 
y sollozaba Lituca mientras colocaban sobre 



524 OBRAS DB D. JOS¿ M. DE PERBDA 

él todas las medallas y reliquias que había en 
casa con indulgencia plenaria para la hora de 
la muerte; lagrimeaban callando muchos de los 
que habían acudido de la cocina con el mona- 
go; rezábamos todos respondiendo á las ora* 
ciones del Cura, y en los intervalos de silencio 
se oían á la vez el respirar estertoroso y agita- 
do del agonizante, y el zumbido del temporal 
entre las espesuras y cañadas de los montes. ¿ 
este acto imponente siguió otro que no lo era 
menos: la recomendación del alma, leída en 
voz clamorosa por don Sabas, coa los consí* 
guientes rezos en que todos tomábamos parte. 
Y esto fué largo, muy largo, pues que llegó á 
medirse por horas, con algunos descansos bre- 
ves, durante los cuales se movían ó se renova- 
ban muchos de los congregados, andando de 
puntillas y devorando suspiros y sollozos, y 
volvía á oírse adentro el estertor acompasado 
del moribundo, y afuera el mugir de los ven- 
davales. 

Por el fúnebre colorido del cuadro, por la 
lentitud en su desarrollo, por el exceso mismo 
de la atención con que yo le seguía, la visión 
de la muerte con todo su cortejo de tristezas se 
enseñoreó de mí de t^l arte, que más que sen- 
tirla y estimarla en la región de las ideas, me 
parecía olería y paladearla; confundía ya las 
sensaciones morales con los quebrantos del or- 



PEÑAS ARRIBA 525 

ganistno, y el color y las figuras y los sonidos 
del triste cuadro caían á golpes sobre mi cere- 
bro y me le contundían y fatigaban. £1 instin- 
to de la vida me excitaba de vez en cuando á 
respirar otro ambiente, á contemplar otra luz y 
á renovar el espíritu en otros horizontes más 
saludables que aquéllos; y paseando la vista 
por los mezquinos términos de aquel recinto 
fúnebre, acababa siempre por detenerla en la 
cara de Lituca, en la que cuanto más se graba- 
ban los surcos de sus lágrimas, más de relieve 
ponían la frescura de su juventud. Y era muy 
de notarse que no hacían mis ojos un viaje de 
esos, sin topar con los suyos en el camino. ¿Es- 
taría la pobre subyugada por los propios influ- 
jos y buscaría, por instinto también, los mis- 
mos asideros que yo? Es muy posible, porque 
para entrambos era igualmente aflictivo y des- 
consolador y nuevo (para mí á lo menos) aquel 
espectáculo. Nuevo, sí, porque en los recuer- 
dos que yo guardaba y guardo en la memoria 
del paso de la muerte por mi hogar, nada ha- 
bía que se pareciera en los procedimientos ni 
en los detalles ni en los accesorios á aquella 
lenta, cruel é inexorable labor destructora; á 
aquel acabamiento de un hombre fibra á fibra, 
en lo recóndito de un caserón destartalado y 
embutido en una rendija de la cordillera can- 
tábrica, y á la mortecina luz de dos veiucas de 



526 OBRAS DB D. JOSÉ M. DE PERBDA 

cera, mientras zumbaba y rugía la nevasca en 
las tenebrosas soledades del contorno. 

Pero Lituca, de rodillas y rezando, como su 
madre, volvía rápida á clavar la vista en el 
crucifijo, como el sediento caminante los labios 
en el caño de una fuente, y así refrigeraba y 
fortalecía su espíritu en cada desfallecimiento 
que le causaba aquel incesante batallar de la 
muerte para acabar con una vida que también 
había sido risueña y juvenil como la suya. No 
dejaba yo de acudir á la misma fuente que ella 
en demanda de los mismos alientos; pero ahon- 
daban mucho más las raíces de la vida en mi 
naturaleza curtida en las intemperies del mun- 
do, que en el organisnip tierno y virginal de 
aquella criatura, y por eso no resultaban igua- 
les en los dos 4os frutos de un mismo esfuerzo 
moral. 

De pronto se produjo un fenómeno en la ago- 
nía del enfermo. Abrió los ojos, clavó la vista 
en el crucifijo y movió las manos hacia él. En- 
tendióle don Sabas, pásesele entre ellas, acer- 
cóle él mismo á sus labios, se abrazó á la cruz; 
y con esto y un suspiro muy hondo, entregó á 
Dios el alma. 

¡Extraña coincidencia! Al indescriptible ru- 
mor de los últimos alientos de mi tío, respon- 
dió en el acto desde la iglesia el primer tañido 
de las campanas que doblaban á muerto por él. 



PBÑAS ARRIBA 527 

Otro imilagro» que jamás quiso explicarse Fa- 
cía por la oficiosa intervención de algún mal 
informado tertuliano de la cocina, en la ince- 
sante comunicación que hubo aquella noche 
entre ella y el pueblo, no obstante lo duro y 
hasta peligroso del temporal. 

Con aquel triste desenlace de todo el día, 
los inseguros diques que habían mantenido á 
la pobre sirvienta devorando en silencio las 
hieles de su pesadumbre, se derrumbaron de 
golpe, y salieron en torrentes las lágrimas y los 
gemidos. Parecía no haber, en lo humano, con- 
suelo para ella, ni fuerzas capaces de arrancar- 
la del borde de la cama, donde besaba las ma- 
nos yertas idel su señor,» y ponía á Dios por 
testigo de lo mal que le había pagado en vida 
los beneficios que le debía. Y Sucedió lo que 
era de temerse: el estruendo de esta explosión 
de dolores profundamente sentidos, se fué pro- 
pagando por toda la casa, en la cual acabaron 
por llorar á gritos también hasta los que no 
habían pensado llorar de ninguna manera, y 
los lazos de la disciplina y de los humanos res- 
petos, muy relajados ya durante la agonía del 
patriarca, acabaron de romperse con este des- 
comunal y plañidero vocerío: invadieron la es- 
tancia mortuoria gentes que en tropel brotaban 
de todos los senos del caserón, y todas querían 
ver al muerto, y todas le veían al cabo, y to- 



5^8 OBRAS DE D. JOSÉ M. DB PEREDA 

das lloraban y gemían después más reciamente 
por el espanto de haberle visto. 

Yo no sabía, en tanto, por dónde me anda- 
ba, ni dónde ni cómo tenía la cabeza. Por for- 
tuna, don Sabas y l^íeluco se apoderaron de la 
dirección de tcdo y comenzaron por despejar 
el cuarto y las inmediaciones; pusieron á las se- 
ñoras á mi cuidado, y á Pito Salces y á Chisco 
á sus órdenes en la salona, y se quedaron des-* 
pues solos y á puerta cerrada con el muerto... 
Y aquí es donde comienza la verdadera mara- 
ña de esbozos, de notas sueltas de color, de 
perfiles extraños y manchas sombrías, que guar- 
do en la memoria como impresión del cuadro 
de aquella noche inolvidable. 

Creo que, con ánimo de ver al gigante de la 
Castañalera ante todo, fui á la cocina, en la 
que no cabía la gente; que supliqué á los so- 
hrantes que S3 retiraran á descansar á sus ca- 
sas, ya que, desgraciadamente, no eran nece- 
sarios allí sus buenos servicios, y hasta que 
conseguí en gran parte lo que pretendía; re- 
cuerdo que hallé á Mari Pepa y á su hija con- 
venciendo al hombrón de que las cosas habían 
parado en lo que acababan de parar porque no 
había otro camino para ellas, y de que, como 
ya no tenía remedio lo sucedido y él se hallaba 
bien cenado y en buena compañía, érale muy 
conveniente, para descansar y endulzar los 



PENAS ARRIBA 529 

pensamientos, acostarse en la cama que se le 
tenía preparada y bien lejos de los ruidos de 
lo otro; que no costó gran trabajo convencerle; 
que se dejó conducir á un cercano dormitorio; 
que se acostó; que le hicimos la tertulia hasta 
que le acometió el sueño, y que se durmió co- 
mo un tronco y le dejamos roncando. 

Después... ¿qué se yo!... el cuarto de mi tío; 
la cama, desnuda ya de hijos, en el centro, y 
sobre ella el cadáver afilado y amarillo, amor- 
tajado con hábito franciscano, porque desde el 
tiempo de la exclaustración nunca faltó acopio 
de ellos en la casona para trances como aquél; 
alrededor de la cama, blandones ardiendo; ha- 
cia la cabecera, don Sabas, ó Mari- Pepa, ó 
Facia, ó cualquier tablanqués de los de la co- 
cina... ó yo, de rodillas y rezando; Chisco y 
Pito Salces al cuidado de las luces; Neluco ro- 
ciando suelos, muebles y ropas y felpudos con 
un liquido desinfectante, y por la ventana en- 
treabierta colándose un aire frío y sutil, y tam- 
bién el zumbido lejano del vendaval y más de 
un copo de nieve. .. Lita y su madre en mi ga- 
binete, arrebujadas en chales y toquillas, con 
los pies sobre la caja del brasero... Mari-Pepa 
acercándose de puntillas y asomándose á la 
alcoba de su padre cuando cesaban sus ronqui- 
dos estentóreos; mi tema, ya maquinal, de 
aconsejar á las señoras y al Cura que se acos- 
TOMo XV 34 



530 OBRAS DB D. JOSÉ M. DB PBRBDA 

taran, y durmieran y descansaran; la resisten- 
cia de todos á complacerme, aunque la po- 
bre Lituca se estremeciera de frío en ocasiones 
y no pudiera levantar los párpados enrojad- 
dos... Que cenaran... Ya habían tomado ellas 
un tente en pie; y en cuanto á don Sabas, ¿có- 
mo había de pensar en ello siendo ya más de 
la media noche y teniendo que celebrar á la 
madrugada?.,. En la cocina, la lumbre agoni- 
zante; Tona cabeceando cerca de ella; su ma- 
dre gimiendo por lo bajo en el rincón más obs- 
curo; hombres con la cabeza sobre las manos 
y las manos sobre la perezosa, durmiendo tran- 
quilamente; otros á punto de dormirse, senta- 
dos en los bancos del fogón, fumando la pipa 
y con los ojos mortecinos clavados en los tizo- 
nes: todo este cuadro á menos de media luz y 
sin otros ruidos que el sollozar de Facia... Al- 
gún bulto que otro errando á obscuras por los 
pasadizos, y un olor por toda la casa á pábilo 
de cera, á laurel pisoteado y á romero y á ta- 
baco de lo peor... Un ratito de plática con el 
Cura y con Neluco en mi cuarto delante de 
Mari-Pepa, que acababa de llegar de la alcoba 
de su padre, y de Lita, que dormía con la pri- 
morosa cabeza caída sobre el pecho, después 
de negarse á descansar en mi misma cama, que 
tan á la mano tenía, quién sabe por qué linaje 
de escrúpulos; de plática, digo, sobre el día ó 



PEÑAS ARRIBA 53 1 

los días y el ceremonial de las honras fúnebres 
y cuanto con estos particulares se relaciona- 
ba... Pepazos y otro mozallón, entrando en la 
estancia mortuoria á relevar á Chisco y á Pito 
Salces; el Tarumbo rezando á un lado y el To- 
pero á otro, de la cabecera; el frío arreciando 
allí, y la llama de los cirios bamboleándose 
sin cesar en sus mechas con el aire glacial que 
seguía ñltrándose por la ventana entreabier- 
ta... Largos ratos de silencio y de quietud en 
toda la casa; otros de lánguida conversación 
en mi gabinete sobre temas de familia: el difun- 
to, los ausentes... y vuelta con don Sabas al 
cuarto mortuorio, ó vuelta con Neluco á la co- 
cina, en donde, en una de ellas, encontramos 
á Tona escanciando á Pito Salces un tragúete 
de lo autorizado por la «casa» para tales usos 
en lance tan excepcional, y vuelta á mi gabi- 
nete; y, al fin y al postre, Lita tendida sobre 
mi cama y cubierta, de rodillas abajo, con mi 
propia manta, y durmiendo con el ritmo dulce 
y sosegado con que dormiría im ángel, si los 
ángeles sintieran esa necesidad de los seres de 
carne y hueso. Su madre la había desvanecido 
los escrúpulos de una vez, cargando con ella, 
entre veras y chanzas, por todo razonamiento 
y poniéndola donde y como estaba, i Y aún me 
pedía perdón por el atrevimiento la candorosa 
mujer! 



532 OBRAS DE D. JOSÉ M. DB PEREDA 

Y á todo esto, yo no recuerdo haber sentida 
ni hambre, ni frío, ni sed, ni cansancio en toda 
la noche, ni que me pasara por las mientes la 
más remota idea de lo que la mujer gris me ha- 
bía declarado por la mañana; y, sin embargo, 
me pesaban los ojos como cuando se desea dor- 
mir, y tenía la boca escaldada y el estómago 
desfallecido, el cuerpo quebrantado y la cabeza 
atiborrada de todo linaje de ideas tristes. Era 
mí estado como el de un calenturiento con pe- 
sadilla. 

Al amanecer, á misa del alma. ¿Quiénes? To- 
dos querían ir á oiría; pero no se lo consenti- 
mos á muchos que hacían falta en la casa, y 
particularmente á Mari- Pepa, que se hubiera 
visto muy mal para acompañarnos. No nevaba 
ya; pero había más de una vara de nieve sobre 
el suelo del valle y estaban las cumbres de los 
montes como sumergidas en un mar denegrido 
y borrascoso que no auguraba cosa buena. Re- 
signóse á quedarse la piadosa y excelente mu- 
jer; pero no Facia, más avezada que ella á fran- 
quear obstáculos de tal linaje. 

jQué frío tan intenso. Dios soberano, en 
cuanto me vi fuera de casa! ¡Y qué hundírseme 
los pies en aquel suelo húmedo y esponjoso! 
¡Cuántos resbalones y caídas en el pedregal, y 
cómo me hubiera reído de la triste figura que 
iba haciendo yo entre aquella gente que anda- 



PBÑAS ARRIBA 533 

ba sobre el inseguro tapiz con igual ñrmeza 
que sobre los estrágales de sus casas, si las 
ideas de que estaba impresionado mi cerebro 
no hubieran sido tan tristes y funerarias! Y la 
silueta del Cura que caminaba delante de todos, 
con sus hopalandas negras, con su negro tapa- 
boca arrollado al pescuezo, ¡qué grande me pa- 
recía sobre la blancura deslumbradora de la 
nieve! {Y qué solemnidad tan temerosa y elo* 
cuente la de aquel silencio de la Naturaleza! 
|Y qué sonido tan débil, tan extenuado y me- 
lancólico el de las campanas de la parroquia 
doblando á muerto sin cesar desde que había 
amanecido! 

De bote en bote se llenó la iglesia: todo el 
pueblo había acudido allí. La misa fué rezada 
y breve, y se reprodujeron en ella los llantos 
de la casona al pedir el Cura una oración por 
el alma de un tan amado feligrés. 

Después de la misa quise ver el cementerio, 
que está á dos pasos de la iglesia. Cuatro pa- 
redes no muy altas, una cruz en el centro, una 
tejavana humilde á la derecha de la puerta, y 
en el lado de enfrente media docena de sauces 
llorones demarcando con sus troncos jorobados 
un pedacito de tierra, y rozando con las pun- 
tas de su lacio y desvaído ramaje el espeso ta- 
piz de nieve que enrasaba toda la superficie 
del campo santo. En aquel pedacito de tierra» 



534 OBRAS DE D. JOSá If . DE PEREDA 

limitado por los sauces» se sepultan desde tiem- 
po inmemorial los muertos de la casona de Ta* 
blanca. 

Al emprender yo la subida á ella con las per- 
sonas que me habían acompañado en la bajada 
y algunas más, se despidió de mí el Cura chasta 
la tarde.» 

— Ya es hora — me dijo, — de que yo dé un 
vistazo á la mi jacienda, de la que no sé pizca 
veinticuatro horas haz... y de que me desayune 
y duerma un rato, si esta cellerisca negra del 
meollo me deja apetito y calma para ello, por 
misericordia de Dios. 

Alguien tuvo la feliz ocurrencia en la casona 
de mandar que se expalara la cambera del pe- 
dregal, en mi obsequio, y á eso debí que la su- 
bida por ella no fuera lo que yo me temía, re- 
cordando lo que había sido la bajada. 

Marmitón había dormido toda la noche de 
una tirada, con lo que habían entrado en equi- 
librio y en juego las piezas y los engranajes de 
su armadura de coloso; y de esta suerte fun- 
cionaban en él hasta las pesadumbres, con per- 
fecta regularidad. Yo llegué cuando su hija y su 
nieta le servían el desayuno, y me habló de da 
desgracia del pobre Celso» como si acabara 
entonces de ocurrir. Pregunté á Lita (y juraría 
yo que se lo pregunté sin pizca de segunda in- 
tención) si había dormido y descansado á su 



PBÑAS ARRIBA 535 

gusto; y en lugar de responder á la pregunta, se 
puso muy encarnada y comenzó á descargar 
sobre su madre todas las responsabilidades de 
haberse acostado, t vestida, eso sí,» en la cama 
en que yo la había visto. Reíase á esto su ma- 
dre de todas veras, mientras aseguraba yo á la 
vergonzosa que había sido mía la culpa, cy á 
mucha honra; » y de aquí tomé yo base para ex* 
ponerles los proyectos que tenía: que no pen- 
saran en volver á su casa en unos cuantos días, 
por no estar el tiempo para ello, y, sobre todo, 
por necesitarlas en la mía yo para una gran 
obra de caridad, y se resignaran las dos á aco- 
modarse en mi gabinete, ya estrenado por Li- 
tuca. Yo dormiría en la alcoba del salón con- 
tiguo, que tenía su correspondiente cama; con 
ella y cuatro cachivaches que se le agregaran 
de mi cuarto, estaría como un príncipe... 
¡Válgame Dios los reparos y los miramisntos y 
los asombros con que se negaron de pronto á 
complacerme! no en lo de quedarse en la casa 
algunos días, sino en lo desocupar el gabinete 
que les ofrecía yo... Hasta que al ñn cedió 
Mari-Pepa, resignóse Lita, y aplaudió el gigan- 
te el acuerdo con un i¡esa es la derecha!» que 
retumbó en media casa. Y esto y los quehace- 
res que consigo trajo para ser puesto en ejecu- 
ción antes con antes, fueron los esparcimientos 
únicos para mí en todo aquel triste día. 



536 OBRAS DE D. JOSÉ M. DB PBRBDA 

Llegó la tarde, fría, bnunosa y tétrica; subió 
el vecindario en masa, pedregal arriba, detrás 
del Cura con ornamentos negros, precedido del 
estandarte de las Animas y de un cruciñjo gran- 
de; resonaron en el estragal, entonadas por vo-^ 
ees bien avenidas con la sonora de don Sabas, 
lamentaciones terribles del santo Job, el mayor 
poeta fúnebre de que hay noticia en la tierra; 
bajóse el féretro entre nuevos llantos y gemi- 
dos; y andando, andando con él hacia el pue- 
blo la luctuosa procesión el camino que había 
andado poco antes hacia arriba, llegamos al 
campo santo después de una detención breve á 
la puerta de la iglesia, para que el hijo ñel y 
sumiso recibiera de su Madre cariñosa la ben- 
dición de despedida. 

Y allí, entre los mustios llorones, en una mí- 
sera fosa recién abierta en el suelo, desapare- 
ció del mundo para siempre, bajo una capa de 
tierra que pronto volvería á cubrir la nieve, un 
hombre que había sido hasta aquel día el pa- 
triarca, el señor, el rey indiscutido é indiscu- 
tible de todo el valle. 



X 




XXIX 



UCHOS años hacía que el caserón de 
los Ruiz de Bejos no se había visto 
en otra como aquélla. Limpia era 
Facia y no era Tona desaseada; pero 
de lo que éstas limpiaban y barrían en él de 
ordinario, á lo que se limpió, fregoteó y puli- 
mentó en aquellos días con los puños mismos 
ó bajo la dirección de mis incomparables hués- 
pedas, había una distancia enorme. Todo les 
parecía poco para borrar los estragos de los re- 
cientes barullos y desconciertos y vestir la casa 
al tenor de lo que pedía el extraordinario su- 
ceso que se aguardaba; todo lo desordenado en 
ella volvió á ordenarse, y todo quedó como 
nuevo, particularmente el cuarto de mi tío... 
Recuerdo mucho que al andar en la faena de 
desfigurarle con el trastorno de su mueblaje, 
me dijo Lituca, sin volver la cara hacia mí ni 
hacia su madre que la ayudaba, ni suspender 
un instante su trabajo: 



53^ OBRAS DE D. JOSÉ M. DB PBRBDA 

— Pues, con la venía de usté, don Marcelo, 
dígole que si esto fuera cosa mía, no lo tocara 
yo más que para asealu. 

— ¿For qué? — ^pregúntela con mucha curio- 
sidad. 

— ^Porque — ^respondió al punto, — con esc<m- 
der de la vista de uno ó cambiar de sitio las 
cosas que en vida usaron los muertos, paez que 
se los olvida más pronto... Creólo yo así. 

Pero en esto la llamó su madre cparleteruca 
sin sustancial y se la llevó consigo fuera de allí 
para otras ocupaciones de urgencia, por lo cual 
no pude yo decirla lo que pensaba en apoyo de 
su dictamen, en consideración siquiera á la 
culpa que yo tenía de aquel trastrueque, y, 
sobre todo, á que se le puso á la pobre la cara 
como una amapola con la reprimenda, aunque 
lanzada en son de chanza. 

Si por olvidar entendía Lituca dejar de sen- 
tir hondamente, entendía muy bien, porque el 
corazón humano, tierra miserable al fin, nece- 
sita del concurso de los sentidos para conservar 
el calor de los afectos que le animan, y aun así 
se apaga la hoguera con el tiempo; pero si por 
olvidar entendía borrar de la memoria, se equi- 
vocaba grandemente en aquel caso. Era muy 
considerable el vacío que dejaba mi tío Celso 
en la casona de Tablanca para no ser notado, á 
cada instante, por mucho que fuera el tiempo 



PEÑAS ARRIBA 539 

que pasara. Por de pronto, allí no se hablaba 
de otra cosa, y muy principalmente de noche 
en las teitulias de la cocina, que se colmaba de 
gente á pesar del frío y de la nevasca. Se le 
traía á cuento á cada instante, y nadie, incluso 
el gigantón de la Castañalera, tocaba su sillón, 
que les parecía sagrado ya. Sólo yo podía sen- 
tarme en él sin profanarle, y sólo yo me senta- 
ba, ejercitando en ello un derecho á la vez que 
cumplía con un deber, en opinión de aquellos 
rústicos que me habían jurado, en el fondo de 
sus corazones, obediencia y lealtad, cuando mi 
tío, ya moribundo, me ahó sobre el pavés al 
borde de su lecho y delante de la Hostia con- 
sagrada. c£l rey ha muerto. {Viva el reyli Si 
es lícito usar ejemplos insignificantes en asun- 
tos de gran monta, como alguien dijo en latín, 
no dejó de haber algo de ello en lo que me 
había pasado entonces á mí, y aún me estaba 
pasando en ios días subsiguientes. Y no lo digo 
tanto por el respeto y la adhesión que me mos- 
traban los honrados tablanqueses desde la 
muerte de mi tío, como por lo que yo sentía 
ahondar y extenderse y engrosar en mi con- 
ciencia escrupulosa las raíces de mi compro- 
miso renovado y consagrado de aquel modo 
tan solemne. 

Eran aquellas tertulias de la cocina una con- 
memoración incesante de los méritos del difun- 



540 OBRAS DB D. JOSÉ M. DB PBRBDA 

to, en todas las edades y circunstancias de su 
larga vida: á nadie le faltaba algo que recordar 
6 referir ó comentar. • Aqueya vista de oju que 
leía en la escuridá;» tel decir agudu de la su 
palabra; t cía mucha mano que tenía en todas 
partes para vencer imposibles, en bien de aquel 
vecindario;! este rasgo generoso; aquel dicho 
tan á tiempo; la blandura de su corazón, siem- 
pre abierto á las desdichas ajenas, igual que su 
bolsa inagotable; su saber de todo, su tener de 
todo para todos, y su vivir con nada; lo duro 
de su correa, su apegamiento al terruño natal; 
sus heroicidades de hombre, sus valentías de 
mozo; los donaires de su persona, el rumbo de 
sus bodas y lo rozagante de su mujer; siendo 
muy de notarse que en estas pinturas de las 
cosas de la juventud de mi tío Celso, siempre 
acudían presurosos don Pedro Nolasco ó don 
Sabas el Cura á confirmarlas, cuando no á en- 
riquecerlas con nuevos y muy curiosos datos, 
con la autoridad irrecusable de testigos presen- 
ciales. 

Un día de aquellos pocos, el siguiente al del 
entierro de mi tío, llamé aparte á Facia, á 
Tona y á Chisco, para leerles las cláusulas tes- 
tamentarias que se referían á ellos. Mándeles 
que se sentaran; no quisieron, y en el tono más 
solemne que pude se las leí. Legaba el testa- 
dor á la primera, amén de las ñucas que había 



PEÑAS ARRIBA 54I 

tenido en renta cuando se casó, seis onzas de 
oro; otras seis á Tona, y á Chisco doce. Des- 
pués de la lectura de cada cláusula, miraba yo 
un instante al correspondiente legatario. Facia 
inclinó la cabeza y se tapó la cara con las ma- 
nos, como si se avergonzara, en su humildad» 
de aquella inmerecida munificencia de su se- 
ñor; Tona sufrió ima sacudida de arriba abajo, 
como si la hubieran aplicado una descarga 
eléctrica; Chisco no movió pie ni mano ni una 
sola fibra de todo su cuerpo, pero se puso muy 
descolorido. Estando así los tres, prometí á 
Tona y á Chisco doblarles el legado por mi 
cuenta, y á Facia mejorarle también el suyo# 
Con esto rompieron á llorar la madre y la hi- 
ja, y se aumentó la palidez de Chisco y hasta 
le tembló un poquitín el labio de arriba por un 
lado, síntomas que no había notado yo en él 
ni aun viéndole en la cueva de marras, mano á 
mano con el oso. {Si le calaría bien adentro la 
sorpresa de aquella granizada de onzas de oro, 
que era una riqueza entre los pobres labriegos 
de Tablanca! Y ¿quién sabe ni sabrá jamas si 
aquel temblor ligerísimo del labio fué ams^ 
de sonrisa de gozo, por haber visto de repente 
en su imaginación pasar en respetuoso desfile 
delante de él á toda la familia del ToperOt 
mientras Pepazos se machucaba la cabezona, á 
testerazo limpio, contra el esquinal de su casa? 



54^ OBRiCS DE D. JOSÉ M. DB PEREDA 

Con esto se dieron por enterados los tres, y 
tan impresionados estaban, que al romper á 
andar para apartarse de mí se hicieron una ma- 
raña y no acertaban luego con la puerta. Súpo- 
se todo ello muy pronto, y lo de las deudas 
perdonadas por el testador... y todo lo princi- 
pal del testamento, porque esas cosas siempre 
se saben, por un poco que se cuenta y se de- 
clara, y otro tanto que se colige ó se trasluce; 
elevóse por la candidez aldeana hasta las nubes 
el caudal en fincas y sonante heredado por mí; 
y con eso y la idea que se tenía de mis rique- 
zas particulares, creyéronme un portento de 
gran señor, tan pudiente como un rey; lo que 
no contribuyó poco, en mi concepto, á afirmar 
y engrandecer aquel respeto que ya me habían 
consagrado como á mero sobrino de mi tío y 
continuador de la dinastía y de la obra de los 
Ruiz de Bejos en la casona de Tablanca. 

Bien me parecían todas estas cosas, siquiera 
por el lado pintoresco que tenían y el fondo 
patriarcal y sencillote en que destacaban; pero 
me parecían mucho mejor los ratos que pasaba 
en la intimidad de Mari-Pepa y de Lituca, y 
principalmente en la de Lituca sola, porque de 
todo había y para todo daban aquellas largas 
horas invernizas. Mas fuera la conversación coa 
la hija ó fuera con la madre, ó fuera con las 
dos á la vez, casi siempre comenzaba por esta 



PEÑAS ARRIBA 543 

tesis, ú otra semejante, declamada en altas vo- 
ces por cualquiera de ellas: 

— Pero ¡válgame la mi Madre Santísima! ¿qué 
dirá usté, señor don Marcelo, de esta mala pes- 
te que le ha caído en la casona? ¿No le da en 
cara esta poca vergüenza con que, tras de co- 
merle el costado derecho, le tenemos arrinco- 
nado en lo más oscuru y ruin, por campar nos- 
otras solas en lo más pomposu, como si todo 
eyu fuera nuestro y no de usté? ¿No sería me- 
jor que, ya que empieza la escampa, le dejára- 
mos en paz y sin estorbos y nos volviéramos á 
la nuestra casa antes con antes?. •• ¡Mire que 
tiene que ver esta desvergúencería! 

Era de rigor que yo las atajara en estas altu- 
ras del apostrofe con otro en que salían á dan- 
zar su compromiso de no abandonarme hasta 
pasado el día de los funerales; la obra caritati- 
va que estaban haciendo mientras me acompa- 
ñaban en mi soledad, y aliñaban y vestían el 
viejo y sucio caserón, y disponían el programa 
para aquel acontecimiento, tan extraño para 
mí; lo cómodo y á gusto que yo me encontraba 
en la habitación que había elegido al cederles 
la mía, que era la menos mala de la casa, aun- 
que estaba á cien leguas de ser lo que merecían 
ellas; lo distraído y animado que se encontraba 
don Pedro Nolasco, y el bien que esto le hada 
en horas tan críticas y de tanto peligro para él. 



544 OBRAS DE D. JOSÉ M. DB PEREDA 

Así Ó por el estilo, si se trataba de las dos 
mujeres, ó estaba presente Neluco, ó don Sa- 
bas, 6 ambos á la vez, porque venían por casa 
muy á menudo; pero si se trataba de Lituca 
sola, mano á mano conmigo, 3ra era muy dis- 
tinta la sonata de mi respuesta. Yo no sé en 
qué diablos consiste; pero no parece sino que 
hay una ley estampada en la mente de todos 
los hombres, ó una fibra de cierto temple inex* 
tinguible escondida en su naturaleza carnal, que 
les obliga á decir teosas bonitast á una mujer 
guapa siempre que están á solas con ella, y 
aunque se trate de las ánimas del purgatorio. 
Pues por mandato de esa ley 6 de esa fibra, al 
replicar á la nieta del gigantón en sus obliga- 
das lamentaciones, hechas seguramente, como 
las de su madre, más por broma ó cumplido, 
ó etiqueta á su modo, que como expresión fiel 
de sus deseos, ya la miraba con ojos picarones; 
después me atusaba la barba en silencio, como 
si rae costara gran trabajo contener lo muchí* 
simo y muy hondo que se me ocurría, y acaba- 
ba por soltar una andanada de travesuras del 
acervo común: si la estorbaba mi presencia tan 
continua; si echaba de menos algo (en este ai- 
go me refería yo á Neluco) que no andaba por 
mi casa tan á menudo ó tan á tiempo como por 
la suya; qué haría yo por transformar en fria* 
cuteras aquellas horas que tan pesadas le pa* 



PEÑAS ARRIBA 545 

recían... hasta que la pobre muchacha, ya por 
estas cosas que la decía, ó por el modo de de- 
círselas, terminaba por ponerse colorada y por 
exclamar, revolviéndose con infantil desemba- 
razo en la silla: 

— ¡Vaya que tiene este don Marcelo un de- 
cir de cosas y un entender de las que una le diz 
áél!... ¡La mi Madre Santísima! Pues mire: 
quitaráme con eyu la franqueza pa bromearme 
alguna vez.., ¡Como si fuera poco el regalo y 
el mimo en que nos tiene en su casal ¡Pues 
podía yo pedir más!... 

Y esta casta de réplicas solía dar ocasión á 
nuevos y más intencionados subterfugios míos, 
hasta que me asaltaban los remordimientos 
acordándome de Neluco... ó se amparaba ella 
de alguno de mis libros con santos^ que la en- 
tusiasmaban, y acudía yo entonces á explicar- 
le las estampas para concluir también por don- 
de siempre, aunque en un estilo y de modo más 
soportables. 

Una vez se trataba de un grabado con colo- 
res que representaba el interior de un teatro de 
París durante la representación de un famoso 
drama de gran espectáculo. Se veían el esce- 
nario y una buena parte de las localidades prin- 
cipales, llenos el uno y las otras de actores fas- 
tuosamente vestidos y de damas y caballeros 
muy engalanados. Sabía Lituca ya, por conse- 
TOMO XV 35 



54^ OBRAS DB D. JOSá M. DB PERBDA 

jo mío, hallar la perspectiva de esos cuadros 
mirándolos por el embudo hecho coa una ma* 
no; y mirando así aquel interior, se quedó ma- 
ravillada y prorrumpió en las exclamaciones 
más extremosas. Conocía yo aquel teatro y 
aquel drama, y había visto á mi sabor la reali- 
dad de aquella pintura que tanto la entusias- 
maba. Decláreselo, asombróse de mí tanto co- 
mo del cuadro, y me apresuré á referirla el ar- 
gumento con detalles que recordaba muy bien, 
de sus escenas más culminantes y del decora- 
do más aparatoso; y, por último, le di una idea 
del papel que hacían en la función los especta- 
dores, del lujo de las señoras... y hasta de las 
majaderías de los hombres presumidos, par- 
ticularmente de los € buenos mozos. • Admiró- 
se ella de unas cosas, rióse de otras y me de- 
claró, al ñn, respondiendo á una pregunta mía, 
que verlo todo sin ser vista de nadie, ya le gus- 
taría; pero estar en ello y ser vista de todos, 
aunque la asparan. Recordaba haberme dicho 
algo por el estilo, tiempo hacía (y era verdad). 
Tomando pie de aquí, continué yo explorando 
la calidad y el tamaño de sus ambiciones de 
mujer; y de cuadro en cuadro y de supuesto en 
supuesto, fui á parar á que, en respuesta á otra 
pregunta mía, me dijera: 

— Pues con toda verdá de la mi alma, y así 
Dios me castigue si le miento: como deseos^ 



PBÑAS ARRIBA 547 

por decir propiamente deseos de mujer moza, 
vamos, lo que yo pediría, puesta á pedir, to- 
cante á ese particular, es una vida como la que 
ahora llevo. 

Á lo cual repliqué yo que pedir eso, aunque ' 
poco, era pedir imposibles, y había que poner- 
se, para el punto que tratábamos, en la reali- 
dad de las cosas. 

— El tiempo no se para — añadí, — ^y destruye 
poco á poco cuanto vive en él. En virtud de 
esacogidición ineludible, llegará un día (y Dios 
le aleje mucho) en que hasta su madre de usted 
desaparezca de entre los vivos. Ésta es la ley 
fatal de los sucesos humanos. En previsión de 
ello, 6 porque así lo manda otra ley que gobier- 
na los impulsos del corazón del hombre... y de 
la mujer, á cierta edad de la vida, por ejemplo, 
á la que tiene usted ahora, se desea un apoyo á 
quién arrimarse, una compañía en qué vivir, en 
sustitución de los que han de faltarnos necesa- 
riamente; la chispa que avive mañana el fuego 
que se extinga en el hogar y restablezca su ca- 
lor sagrado. En una palabra, Lita: que hay que 
pensar, pensar siquiera, en casarse. Pues su- 
pongamos, y usted perdone la franqueza, que 
se trata de usted, y que la llueven á usted pre- 
tendientes de muchas condiciones y de muchas 
partes; que viene el labriego humilde con el 
homenaje de su pobreza, disculpada con la en- 



548 OBRilS DB D. JOSÉ If . DB PERBDA 

Toltura de sus honradas intenciones; que la so- 
licita el hidalguete de gotera, de esos que tie- 
nen la manta de sus recursos tan ajustada á sus 
necesidades, que si tiran de ella para cubrirse 
el pescuezo, dejan al descubierto los pies; y el 
hacendado tosco que funda su mayor vanidad 
en haber sudado mucho el pedazo de pan que 
le ofrece á usted con mano callosa y palabra 
torpe... y sudando; y el abogadillo de pocos 
pleitos y con la manta del hidalguete; y así» 
por esta escala arriba, hasta el personaje que la 
brinda, en el mundo de donde él viene, con to- 
das las tentaciones del lujo y del esplendor; 
vamos, con la vida que hacen las más encope- 
tadas señoronas del teatro que usted acaba de 
ver pintado en ese libro. Con franqueza, Lita, 
¿á cuál de esos pretendientes escogería usted? 

Durante la primera parte de éste mi razona- 
miento, no sabía la pobre muchacha dónde po- 
ner la vista, y aun se pellizcaba algo la ropa; 
después ya me miraba con los ojos muy abier- 
tos y la boquíta risueña, y por toda respuesta á 
la pregunta que puse como raya para sumar, 
debajo de la lista de los supuestos pretendien- 
tes, soltó una risotada de las más espontáneas 
y cordiales. 

— ¿De qué se ríe usted? — pr^untéla, fin- 
giéndome un poco resentido. 

— ¡Ni aunque fuera el casodellorar! — me rea* 



P£ÑAS ARRIBA 549 

pondió cambiando de postura en la silla. — ¡Va- 
ya, que es buenal ¡Pues dígole que ni estam- 
pado en un papel! Eso, mi señor don Marcelo» 
6s pasarse ya del jito con más de otro tanto de 
lo justo... y no vale. ¡Vaya, vaya, que es ocu- 
rrencia 1 

—Esto es, Lituca, poner el dedo sobre la 
llaga, ni más ni menos, y llamar las cosas por 
sus nombres, por más que usted aparente creer 
lo contrario para escurrir el bulto... y dispon* 
seme la llaneza. 

— Pero si no ha llegado ese caso, trapacerón 
del diantre, ¿cómo quier que yo le responda? 

— En el supuesto de que haya llegado hice 
á usted la pregunta. 

—Pero usté sabe mejor que yo lo que va del 
dicho al hecho. 

— ^Es verdad que lo sé, no mejor, sino, por 
las trazas, tan bien como usted; y á pesar de 
ello, insisto en la pregunta, dejándonos de 
eventualidades más ó menos posibles ó proba- 
bles y colocándonos en lo real y positivo y ha- 
cedero. Y así, pregunto otra vez: hoy por hoy, 
en este mismo instante, tal como usted es, tal 
como usted piensa y siente, ¿á cuál de los su- 
sodichos pretendientes elegiría? ¿Con cuál de 
ellos cree usted, hoy por hoy, en este instante, 
que sería más feliz teniéndole por marido? 

—¡Pero, la mi Madre celeste!... ¡Mire que es 



550 OBRAS DE D. JOSÉ M. DB PBREDA 

tema el de este hombre de Satanás! ¿Cómo he 
de decirle yo esas cosas? 

— Como se dicen otras cosas, Lituca... 

— Pues ya se lo dije endenantes, y bien á las 
claras. 

— Y bien á las claras respondí á usted que 
aquello era pedir imposibles. 

— Pues eso mismo pido... eso nüsmo deseo 
ahora... 

— Pues no concuerda esa respuesta con mi 
pregunta. Allí se trataba de vivir como ahora 
vive usted, y aquí se trata de vivir de otra ma- 
nera muy distinta. 

— Pues llámelo hache, con todo y con ello. 

— No puedo ni debo llamarlo así. 

— ¡Y dale, Jesús Señor, con la matraca! 
¿Cómo quier, alma de Dios, que se lo diga? 

— En castellano corriente... por derecho. •» 
sin callejuelas de escape. 

—¡Por vida!... — y aquí hizo un mohín de 
impaciencia de los más hechiceros que yo he 
visto en mujer, y hasta se dio dos palmaditas 
sobre el regazo; después, irguiendo la primoro- 
sa cabecita y endureciendo un poco la voz y el 
gesto, añadió: — Y en suma y finiquito, ¿qué 
obligación tengo yo de declararlo, ni qué le 
importa á usté el saberlo? 

Fingí tomar en serio y como dura lección 
estas palabras, y sólo repliqué á ellas para dis- 



PBÑAS ARRIBA 55 1 

<:ulpar mi atrevimiento... Entonces soltó la 
picaruela otra risotada, y me dijo en un tono 
que revelaba el mayor deseo de desenfadarme, 
si por ventura me había enfadado yo de veras: 

— Pues ahora que con el susto le castigué la 
picardía, porque picardía es, y de las grandes, 
el sonsacar á una mujer los pensamientos que 
nunca tuvo... Pero ¡tochona de mil — exclamó 
de pronto cruzando las manos y compungiendo 
la carita, — ¿Pues no me estoy jaraneando, como 
una boba, lo mismo que si no hubiera por qué 
llorar sin descanso en esta casa? ¿Qué dirá us- 
té de mí, señor don Marcelo? ¡Vaya, vaya, que 
otra simple como yo! Ya puede ver si me per- 
dona, siquiera por no ser mía toda la culpa. 

Con esta evasiva de la muy taimada y con 
entrar Mari-Pepa, se acabó la conversación. 
Pero no tenía duda para mí que era Neluco el 
móvil, el tipo y el regulador de todas las am- 
biciones de la nieta de don Pedro Nolasco. 

Entre tanto no se descuidaban un momento 
los preparativos para el funeral. 

Corría de cuenta de don Sabas avisar á todos 
los curas del Arciprestazgo y muchos más, si 
se podía; y con su dirección y con la del mé- 
dico, y hasta con su ayuda material, escribía 6 
firmaba yo cartas y más cartas, dando cuenta 
del fallecimiento de mi tío y de la fecha de sus 
honras fúnebres en la iglesia parroquial de Ta- 



55^ OBRAS DE D. JOSá M. DB PBRBDA 

blanca, á todas las personas de viso de la pro- 
vincia, que, en opinión de aquellos amigos, 
debían saberlo. Las mujeres, mientras lle- 
gaba la oportunidad de proveer la despensa de 
lo que en ella faltase, pasaban revista y recon- 
taban, manoseaban y apercibían los utensilios 
de mesa para la comilona de aquella gran oca- 
sión, y á los primeros amagos de desnieve sa- 
lieron propios en todas direcciones, y á la vez 
que ellos, el peatón del correo que se llevé en 
la balija los avisos que no podían distribuir los 
propios. 

Y como en esto alumbraba el sol ya muy á 
menudo, volvió la mujer gris á hacer de las su- 
yas y á preguntarme á cada paso con sus ojos 
angustiados, por no atreverse á hacerlo de pa- 
labra, en qué pararía la noche menos pensada 
lo que había quedado pendiente en la de la 
muerte de su amo. La verdad es que yo, si no 
lo había echado enteramente en olvido, des- 
pués de pensarlo mejor y de enlazarlo con los 
recientes sucesos que tan radicalmente habían 
transformado el modo de ser de aquella casa, 
vivía muy descuidado de ello, y hasta me cau- 
saba cierto ruborcillo recordar la importancia 
que había llegado á concederlo, sugestionado 
quizás por los espasmos histéricos de la pobre 
Facia. 

Respondí una vez á sus miradas hablándola 






PBÑAS ARRIBA 553 

en este sentido para tranquilizarla mejor; mas 
no pude averiguar si logré lo que me proponía, 
porqué desde el compromiso que había adqui- 
rido conmigo sobre la manera de conducirse en 
aquel asunto, no me dejaba traslucir la verdad 
de sus sentimientos. Pero si alguna confianza 
le inspiraron mis palabras aquel día» bien poco 
le duró á la infeliz; porque á la mañana si- 
guiente, tras una noche de lluvias torrenciales, 
apareció radiante el sol en un cielo sin nubes, 
y el suelo del valle y las laderas de los mon- 
tes desnudándose á toda prisa de sus blancas y 
espesas envolturas, que, convertidas en arroyos 
cristalinos y murmurantes, corrían por prados 
y regateras á sumirse en el álveo del Nansa, 
henchido ya hasta las malezas de sus bordes, 
entre las cuales iba dejando el río la carga de 
sus espumas. 





XXX 



EÑALADO fué también de veras, {bien 
señaladol aquel día para la casona de 
Tablanca y para todo el pueblo. El 
mismo gigantón de la Castañalera me 
aseguró que, con estar los caminos intransita- 
bles y los puertos á medio desnevar, habían 
sido aquéllos los funerales más pomposos que 
se habían celebrado en la parroquia, en cuanto 
podía acordarse él (y eso que la extensión de 
sus recuerdos andaba rayando con un siglo)» 
por lo tocante, en particular, al número y cali- 
dad de los concurrentes forasteros. Entre el 
clero, que fué muy numeroso, acudió lo más 
afamado de la vicaría en el canto fúnebre, y, 
por ende, no faltó el párroco de Zarzaleda, que 
era una especialidad muy admirada, y no sin 
razón de fundamento, para entonar el Düs ira 
con su voz atenorada y vibrante, que ponía los 
pelos de punta á los ñeles más duros de con* 



55^ 03RAS DE D. JOSá M. DR PBRBDA 

mover; y concurrieron también con estos pá- 
rrocos muchos de sus feligreses que, sin pa- 
rentesco ni afinidad personal alguna con el di- 
funto, eran fervientes admiradores de su buena 
fama. Pero no fué este contingente, ni por lo 
numeroso ni por el ruido que movían sus espe- 
lurciadas cabalgaduras en las callejas del lugar, 
lo que más llamó la atención en él, sino el otro 
contingente, el de los señores que fueron lle- 
gando á la casona por todos los senderos de los 
montes circundantes. Chisco y Pito Salces ayu- 
daban á desmontar á los que no traían espoli- 
que, que eran los más, y se apoderaban de sus 
caballos; Neluco y don Pedro Nolasco les sa- 
lían al encuentro en la escalera y me los pre- 
sentaban á mí después á la puerta de la salona, 
desde donde los conducía á mi gabinete, que 
había vuelto á ser, por aquel día, estrado 6 sa- 
la de honor, y en cuya mesa de centro había un 
agasajo de vinos generosos y bizcochos de so- 
letilla, con el cual los brindaba tan pronto co- 
mo concluían las salutaciones y cortesías de rú- 
brica, sin perjuicio de que llegaran lu^o Mari- 
Pepa ó su hija, muy vestidas y aderezadas 3ra 
de día de fiesta, aunque luctuosa, á ofrecerles 
algo de mayor substancia , por si estaban en ayu- 
nas, como leche, caldo ó chocolate... ó magras 
de jamón con huevos estrellados; pero todos 
optaban por la copeja de vino con bizcochos. 



PBÑAS ARRIBA 557 

ireservándose para después... i cDespuési era 
la comida del mediodía, terminados los fune- 
rales. 

Porque todos aquellos señores eran huéspe- 
des míos, avisados con esta condición, y aun 
sin ella... y aun sin aviso ninguno. Bastaba la 
costumbre para autorizarlo; y el ser amigos de 
la casa mortuoria en un lugarejo tan desmante- 
lado como aquél y para justificar la costumbre. 

De recibir y agasajar al clero, hecho á poco 
y mal guisado, estaba encargado por orden y 
cuenta mías, y también según otra costumbre, 
el párroco don Sabas; de los demás forasteros 
del montón, nadie solía cuidarse, y nadie se 
cuidó allí tampoco. 

Así y todo, por la condición de mis comen- 
sales, aunque relativamente escasos, y por lo 
que me obligaba la mía, era de necesidad echar 
el resto en la casona; y nadie creería á no ver- 
lo, como yo lo vi, la suma de desvelos y sudo- 
res que llegó á representar aquel trabajo; lo que 
se revolvió en la casa y en el lugar; las gentes 
que fueron puestas en movimiento; las leguas 
de camino que se trillaron por buenos andado- 
res, y las horas robadas al sueño y al descanso 
más de una noche; y á pesar de ello y de las 
guisanderas Á }Otml que ayudaron á las mujeres 
de casa en lo más duro y comprometido de la 
faena, sabe Dios lo que hubiera resultado á la 



55^ OBRAS DB D. JOSÉ M. DB PBRBDA 

bota crítica y solemne, sin la vigilancia conti- 
nua y la previsión y diligencia admirables de 
mis dos hadas bienhechoras... y la hermana de 
Neluco. 

Porque la ínclita matrona de Robacío estaba 
en Tablanca desde la víspera . Había llegado al 
anochecer con su marido, y á las ancas. Así fue- 
ron á casa de Neluco; halláronla cerrada, y si- 
guieron á la de don Pedro Nolasco; díjoles la 
mozona que servía en ella lo que pasaba, y tot- 
cieron hacia la casona, sin lástima alguna del 
pobre rocín que ya se quebrantaba por el lomo 
y estuvo á pique de gastar el último resuello al 
subir el pedregal. 

Al encontrarse las dos amigas en mitad del 
carrejo, enzarzáronse en un abrazo, tan íntimo 
y apretado, que parecía una engarra; se comían 
á besos, y entre beso y beso se decían las ma- 
yores atrocidades; llegó Lita con su abuelo, y 
se repitió la escena, hasta que acabó la de Ro> 
bacío por fijarse en mí y rompió á llorar por el 
difunto, de tan buena gana, que parecía no ha- 
ber consuelo para ella, mientras su marido, que 
ya me había saludado, hacía sus correspondien- 
tes pucheros, y se enjugaban los ojos con losí 
delantales Lita y su madre, que eran de suyo 
muy tiernas de corazón y pegajosas de las 16^ 
grimas. Acabóse el estrépito, por la virtud de 
un conjuro mío, con la misma rapidez con que 



PEÑTAS ARRIBA 559 

se había desatado, y nos fuimos hacia la salona 
todos juntos y en santa paz, aunque no en si- 
lencio. Al llegar Neluco, otro estampido de su 
hermana, que no cerró boca en toda la noche ni 
quiso salir de la casona desde que supo el tra- 
jín que había en ella. Cabalmente se perecía 
por esas cosas, y la mataba la quietud. Por otra 
parte, los caminos no estaban muy apetecibles 
que dijéramos, para que una mujer de sus car- 
nes se aventurara á pisarlos de noche sin una 
gran necesidad; amén de que ella no había de 
causar apuros ni extorsiones en la casa, porque 
bien sabía Mari- Pepa que, en juntándose las 
dos, siempre hacían ccama redonda.! 

De este modo y por aquellos motivos durmió 
allí, y se fueron solos, después de cenar, su ma- 
rido y Neluco á casa de éste. 

Los primeros que llegaron al otro día bien 
temprano fueron dos parientes de la que fué 
mujer de mi tío Celso, de los Sánchez del Pi- 
nar, de Caórnica, á orillas del Saja. Eran el 
uno muy alto y el otro muy bajo: los dos de es- 
pesas patillas grises; poco risueños ambos y 
nada locuaces. Les daba vergüenza — así me di- 
jeron por entrar— visitarme y ofrecerme sus 
respetos por primera vez en ocasión tan triste; 
pues encerrados en su valle, del que no salían 
jamás sin un motivo de gran monta, un poco 
por ignorancia de los sucesos y otro poco por 



560 OBRAS DB D. JOSÉ If. DE PBRBDA 

la maña de cdejar los negocios para otro día...» 
En ñn, allí estaban para que dispusiera de ellos 
á mi comodidad, como podía disponer de otros 
comparientes de allá, que no les habían acom- 
pañado, quién por £alta de salud, quién por la 
de cabalgadura. Todos tuvieron en mucho á 
don Celso y le fueron muy adictos, aunque le 
molestaron poco. 

Sin acabar de sentarse apenas estos perso- 
najes, apareció en la salona otro cuyo aspecto 
me sorprendió mucho. Era alto, más que el de 
Caórnica; de luenga y puntiaguda barba blan- 
ca, moreno de color, de nariz muy prominente 
y aguileña, ojos pequeñitos y verdes y cejas 
erizadas y blanquísimas; la cabeza cubierta con 
un alto gorro cilindrico de piel de nutria, y to- 
do el cuerpo, hasta los pies, con un capoten 
de paño ceniciento. Parecía un mago. Se quitó 
el gorro y se despojó del capote en cuanto se 
encaró conmigo, y dejó al descubierto un ma» 
torral de pelos blancos, recios y apretados, y 
un vestido de anticuada forma con relación á 
los figurines vigentes, de buen paño, sí, pero 
muy descolorido ya. Aquel hombre venía de los 
precipicios del Deva, y resultó ser el famoso 
don Recaredo, de quien yo tenía muchas noti- 
cias por mi tío; hidalgo de rancio solar, célibe 
impenitente, afamado cazador de ñeras, y de 
grande y merecido influjo en toda su comarca; 



PBÑAS ARRIBA 561 

bien relacionado con los hombres del ajetreo 
político de la capital y sucursales de ella; muy 
solicitado de aspirantes á la representación en 
Cortes del distrito, en épocas de lides electora- 
les,., y primoroso carpintero de afición, única 
bien arraigada que se le conocía, y con la cual 
entretenía las soledades y holganzas de su vida 
en el viejo caserón que habitaba. 

Detrás de don Recaredo llegaron de un gol- 
pe, por haberse juntado unos en el camino y 
todos á la puerta de la casona, hasta cinco pu- 
dientes, más ó menos ligados á ella por paren- 
tesco lejano ó amistad antigua, de las orillas 
del Nansa, aguas arriba y aguas abajo. 

En seguida de éstos, aparecieron en la sa- 
lona otros dos personajes de gran cuenta, que 
me impusieron mucho por su apostura y atala- 
jes, tan diferentes de todo lo que se usaba por 
allí y de lo que á la sazón me rodeaba. Eran 
nada menos que el ilustre caballero don Ro- 
mán Pérez de la Llosía y su yerno don Alvaro 
de la Gerra. Iban desde Santander, donde re- 
sidían, y habían hecho el viaje en dos jorna- 
das. La verdad ante todo: yo, que hasta enton- 
ces dominaba la escena con el desembarazo 
que da la conciencia de «valer mást en la escala 
de la educación y de la cultura intelectuales, 
al verme enfrente de aquellos dos concurrentes 
de tan distinguido y elegante porte, sentí que 
Toifo XV 36 



562 OBRAS DE D. J0$¿ Af. DB PBRBDA 

ae me bajaban mucho los humos de la chi- 
menea, hasta en lo de llevar bien la ropa, par- 
ticularmente en lo que tocaba la comparación 
con el apuesto y correctísimo yerno del seño- 
rón de Coteruco. Me vi bastante torpe para ex- 
presarles la gratitud que les debía por aquel 
acto tan honroso para la memoria de mi tío» 
y la satisfacción de que me sentía poseído al 
estrechar las manos de unas personas de quie- 
nes tantas y tan grandes noticias tenía yo desde 
que había llegado á Tablanca. Recuerdo que 
éste fué el tema de mi respuesta á las salutacio- 
nes corteses de los dos caballeros; pero no lo 
que dije. De lo que estoy seguro es de haberlo 
dicho muy mal. Valga la verdad. 

Sin darme tiempo para preguntar á don Ro- 
man (con lo que me evité, probablemente, la 
comisión de una gran impertinencia) á qué al- 
tura andaban sus propósitos de vuelta á Cote- 
ruco, apareció en escena otro personaje de los 
de primera talla, y al cual abracé con verdade- 
ra efusión de mi alma: el perínclito señor de la 
Torre de Provedaño, que para llegar á lá hora 
que llegaba, como don Recaredo para ir desde 
los riscos del Deva y los de Caórnica desde su 
valle, había necesitado andar de noche la mitad 
del camino, ¡y qué camino! Así llegaba él, con 
la cara echando lumbres y los labios contraí- 
dos entre las barbas erizadas y los bigotes 



FBÑAS ARRIBA 563 

con carámbanos. Lo que había pasado antes 
entre el que llegaba y los presentes, por cono* 
cerse todos de trato, ó de nombre cuando me- 
nos, pasó allí entonces; pero con la notable di- 
ferencia de que al reparar el de Provedaño en 
el de Coteruco, no acabó todo ello en el apre- 
tón de manos afectuoso ó en los familiares y mu- 
tuos palmoteos en la espalda, sino que conmo- 
vidos y anhelantes uno y otro, sin decirse una 
palabra, se abrazaron tan estrechamente, que 
parecían no acertar á separarse. Después le tocó 
el turno á don Alvaro, con quien no tenía tanta 
amistad el de Campóo como con su suegro; y 
arreglada á esta ley fué la expresión de su 
saludo. 

Para muy poco más que estos cumplidos me 
aló el tiempo, porque aún no habían vuelto á 
sentarse la mitad de las personas allí presentes, 
cuando vino recado de don Sabas de que todo 
estaba pronto en la iglesia y que se nos aguar- 
daba. Como ya eran muy cerca de las diez y 
no duraría el funeral menos de dos horas, y los 
forasteros habían de volver á sus hogares, des- 
pués de comer en el mío, y las tardes eran muy 
cortas, nos pusimos en marcha inmediatamen- 
te, acompañándonos Neluco y también su her- 
mana y Mari-Pepa, muy enlutadas. Al viejo 
Marmitón no le permitimos salir de casa. Para 
disponer la mesa y dirigirlo y ordenarlo todo^ 



564 OBRAS DE D« JOSÉ M. DS PBRBDA 

se quedó Lituca que se pintaba sola para ello 
y otro tanto más. También se quedaron Chisco 
y Pito Salces con otros dos mozones de mi con* 
fianza, bien advertidos por mí de muchos cui- 
dados, particularmente el de la vigilancia, no 
sé si porque me salió espontáneamente de aden- 
tro la ocurrencia, ó porque me la inspiró una 
mirada elocuentísima de la mujer gris, al ver 
cómo iba á quedarse la casona, sin nosotros, in- 
defensa y punto menos que vacía. 

Andando ya hacia la iglesia, vimos aparecer 
de pronto, sobre la jiba del pedregal, un hom- 
bre alto y fornido, de hermosa cabeza, envuel- 
ta entre un chambergo de anchas alas y una 
barba gris; venía á cuerpo con un chaquetón 
pardo, y los pantalones, del mismo color, arre- 
mangados sobre unos borceguíes de recia suela 
y muy embarrados. Traía las manos metidas en 
los bolsillos del chaquetón, un garrote pinto y 
nudoso debajo del brazo izquierdo, y en la boca 
una pipa ahumando. 

£1 primero que le conoció fué el señor de 
Provedaño, que iba de los más delanteros entre 
nosotros. Se detuvo un instante para mirarle 
con la mano de canto sobre la frente, y se de- 
tuvo también el otro con los ojos sombríos é 
imperturbables clavados en él. Parecían dos 
leones. No les faltó más que olerse. Después se 
acercaron más, y se estrecharon las diestras con 



PEÑAS ARRIBA 565 

recias sacudidas. Entonces me parecieron dos 
robles gemelos de la montaña estremecidos por 
el soplo de una misma ráfaga. No sé lo que se 
dijeron, ni si se dijeron algo, ¿Para qué? En 
estas dudas vi á don Román Pérez de la Llosía 
salir como una flecha, de entre los más rezaga* 
dos del grupo que bajaba, hacia el hombre que 
subía, y que éste, al notar que se le acercaba 
el de Coteruco, desprendió su diestra de la del 
campurriano, y se quitó pon ella marcialmente 
el chambergo, descubriendo así la frente espa- 
ciosa y blanca, sobie la cual parecía reflejarse 
el rayo de luz que lanzaron entonces sus ojos. 
No he visto jamás actitud de hombre más va- 
ronil, más noble ni más hermosa. Pero don 
Román no se anduvo en chiquitas, y quieras 6 
no, le estrechó entre sus brazos. Su yerno hizo 
lo mismo en seguida. Después se adelantó don 
Recaredoy le tendió la mano. Á todo esto, flo- 
taba en el aire el nombre de cdon Lope» pro* 
nunciado por muchas bocas; y con ello y lo que 
yo sabía por la historia de los descalabros de 
don Román en su pueblo, narrada minuciosa- 
mente por mi tío varias veces, di por conocido 
al personaje; y no me equivoqué, pues á los 
pocos momentos me lo trajo de la mano el se- 
ñor Pérez de la Llosía y me dijo presentándole: 
— ^Mi mejor amigo y el más noble convecina 
mío de Coteruco, don Lope del Robledal. Vie- 



566 OBRAS DE D. JOSÉ M. DE PEREDA 

ne á Tablanca para ofrecerle á usted personal- 
mente toda la amistad y respeto que le mere- 
cieron las virtudes de don Celso, y á rezar por 
su alma en los funerales de hoy. 

Correspondí con la mayor cordialidad y como 
mejor pude á aquellos nobles ofrecimientos; 
supo él adonde íbamos por allí; y sin querer 
aceptar un momento de descanso, que no ne- 
cesitaba, retrocedió y se fué camino de la igle- 
sia con nosotros... digo mal, con don Román 
solamente, pues le tomó éste por su cuenta desde 
luego apartándose un buen trecho de los de- 
más, que nada hicimos por acercarnos á ellos, 
respetando la santa avidez con que el noble ex- 
patriado de Coteruco aprovecharía aquella pro- 
videncial ocasión de saber algo más de lo que 
sabía sobre el estado de cosas de su pueblo na- 
tivo, aunque fueran extraídas con la ganzúa de 
sus ansias de aquel arcón de cuatro llaves. 
Mientras tanto, don Alvaro de la Gerra fué 
trazando nuevos y curiosísimos rasgos del ca- 
rácter, original hasta lo increíble, de aquel hi- 
dalgo montañés. 

Así llegamos á la iglesia, en la que no hu- 
biéramos logrado penetrar sin salir, como sa- 
lieron de ella, parte de los que estaban dentro, 
los cuales apenas cabían después en el sopor- 
tal, que también estaba atascado de gente. 

La duración de los oñcios no bajó un minu- 



\ 



PBÑAS ARRIBA 567 

to de las dos horas calculadas; y cuando vol- 
vimos á la casona los que de ella habíamos ido 
á la iglesia, más el extraño don Lope que que- 
ría volverse á Coteruco desde allí, y se hu- 
biera vuelto sin la intervención de don Román, 
único entre todos nosotros conocedor de los re- 
sortes por que se regía aquel carácter excéntri- 
co, ya estaba la mesa preparada con todas las 
grandezas de abolengo. •• y algo más que se 
había podido adquirir, hasta en las casas de los 
amigos, como don Pedro Nolasco y el médico. 
Porque pasábamos de docena y media los co- 
mensales, entre propios y extraños. 

En otro tiempo me hubiera dado un acci- 
dente en presencia del menú de aquella comi- 
da, cuanto más de la comida misma, porque 
fué verdaderamente espantable aquel llegar á la 
mesa (conducidos por Facia y por su hija, so- 
focadas por el trajín y relucientes de pellejo) 
de pilas de potajes con metralla de embutidos; 
de rimeros de pollos patas arriba entre lagunas 
de grasa; de solomillos enroscados; de magras 
con huevos duros; de carne en toda suerte de 
guisos; de patos rellenos de salchichas y de 
lomo, y tras ello, los ^anes como ruedas de 
molino, y las natillas y el arroz con leche, poco 
menos que á calderadas. No entendían el rum- 
bo de otro modo las mujeres que lo habían 
manipulado; y así me expliqué yo perfecta- 



568 OBRAS DE O. JOSÉ M. DB PEREDA 

mente sus afanes y desvelos, y las gente? y las 
cosas que habían movido y removido en 1a 
casa, en el lugar y fuera de él, de tres días. áL 
aquellas horas. 

El peso de la conversación, durante la co- 
mida, le llevaron el señor de Provedaño y dpa 
Román. Como era propio y natural, se comen- 
zó por el elogio del difunto y de sus cosas ge- 
niales: igual que en la cocina, salvo el lengua* 
je y el estilo. Entre Neluco y yo suministra- 
mos los solicitados pormenores acerca de su 
enfermedad y de su muerte. •• y saltó de golpe 
lo que yo veía venir rato hacía, y me extraña- 
ba que no hubiese saltado antes en la conver- 
sación: el punto de continuar yo allí la obra 
benéfica de mi tío. Aquí se calló don Román 
como un muerto, y me dijo el insigne campu - 
rriano, después de aplaudirme los buenos pro- 
pósitos declarados por mí de poner todos los 
medios para lograr tan grandes fines, que si me 
deqidía, en mis procedimientos, á servir á mis 
protegidos el vino viejo en odres nuevos, cosa 
que él no desaprobaría, lo hiciera con sumo 
tacto, «porque — concluyó,— hermosa es la luz; 
pero no deben abrirse de repente todas k|S 
ventanas á los que han vivido á obscuras por 
achaques de la vista; pues hay que temer, las 
locuras que entran por los ojos deslumhrados. » 
A e^to ya no pudo callarse don Román» y ex- 



PBÑAS ARRIBA 569 

puso el ejemplo de la caída de Coteruco, ea 
demostración de lo afirmado por su amigo. En- 
derezada la conversación por estos carriles» 
nos habló de lo que le costaba aclimatarse á U 
vida de la ciudad: no podía con ella un hom« 
bre como él, nacido para respirar el aire oxi- 
genado, puro, de la Naturaleza, y necesitaba 
también la presencia y hasta la compañía de 
aquellos hombres rústicos, aun con sus ingra- 
titudes. £1 recurso de dejarlos á solas con su 
pecado, había producido muy buenos frutos. 
Poco á poco se habían ido levantando de su 
caída, y ya le echaban de menos. Esto le con- 
solaba y le satisfacía; y si no había vuelto ya 
á Coteruco, era porque quería hacerse desear 
un poco más, para asegurar mejor la curación 
de sus flecos, i Desgraciadamente no partici- 
paban sus hijos de aquéllas sus ilusiones, por- 
que tenían otros gustos muy diferentes; pero 
todo podía arreglarse con algún sacrificio de 
cada cual. Entre tanto, distraía sus impacien- 
cias con los hechizos de una nietecilla que Dios 
le había dado, y era la criatura más hermosa 
qiie había nacido de madre. Andábase á la sa- 
zón en proyectos de llevarla á Sotorriba, para 
que la conociera su otro abuelo, don Lázaro, ' 
cuyos achaques le impedían salir de casa... 

Alguien preguntó allí si era verdad que don 
Cronzalo Gronzález de la Gonzalera se había 



570 OBRAS DB D. JOSÉ M. DE PBREDA 

quedado memo y pobre á consecuencia de dis- 
gustos y despiliarros domésticos; pero no obtu- 
vo respuesta la pregunta, porque apareció de 
golpe y porrazo en la salona un nuevo comen- 
sal que empezó por decir que ni por haber ro- 
dado tres veces por los suelos y casi reventado 
la tordilla en sus ansias de correr, había podi- 
do llegar antes, i Así venía el infeliz de emba- 
rrado y descosido de pies á cabezal Era un 
hombre de buena edad, estampa agradable... y 
juez municipal de su pueblo: de aquél muy 
empingorotado en que había conocido yo á uno 
de mis consanguíneos de Promisiones, yendo 
con Neluco á la Torre de Provedaño. £1 caso 
era que, al ir á montar muy de mañana para 
acudir á los funerales de mi tío, le habían en- 
tregado un oficio del juez de primera instancia, 
obligándole á practicar unas diligencias que le 
entretuvieron cercado dos horas... todo respec- 
to á la «trigedia» del día anterior, que yo debía 
conocer, y para eso, la verdad fuera dicha, para 
que la conociera venía él principalmente. 

Hicímosle sitio en la mesa, previne á Facía 
que le fueran sirviendo desde la sopa de fideos 
inclusive; y mientras salía Tona y se quedaba 
su madre cambiando platos y retirando sobras 
destrozadas de guisotes, y todos le prestábamos 
grandísima atención, refirió él que bajando un 
jpastor de su invernal, recién empezado el dea- 



PBÑAS ARRIBA 57 1 

nieve, á campo travieso, porque apretaba el frío 
y corría mucho una nube negra por mala parte 
y peor camino, se paró un instante, para echar 
una yesca y encender la pipa, á la misma boca 
de un covachón, conocido de muy pocos, por 
estar fuera de senda frecuentada, como á la mi- 
tad de distancia, por el atajo, entre Tabianca 
y el pueblo del relatante, pero en término mu- 
nicipal de éste. Parado allí el pastor y dale 
que te pego con el canto de la navaja, porque 
no chispeaba bien la piedra ó no era la yesca 
de lo mejor, observa que le da en la nariz un 
«jedor» que tumbaba de espaldas. Mira aquí y 
olfatea allá, nota que el jedor sale de la cueva; 
tiéntale la curiosidad, entra, y en un recodo 
muy ancho, hacia la derecha, ve tres hombres 
tendidos á la larga, boca arriba, tiesos y casi 
amontonados unos sobre otros, muertos los tres 
y arrimados á una piluca de ceniza y tizones 
apagados. Espántase, huye de allí; y por ser el 
más cercano, según su cuenta, da en el pueblo 
del narrador y refiere lo que ha visto. Acude 
éste allá por su cargo, acompañado en debida 
forma, y resulta verdad lo denunciado por el 
pastor. Tres eran, en efecto, los cadáveres, y 
de personas bien conocidas en el lugar; y bien 
pertrechados iban de armas de fuego. •• y hasta 
de cuerdas y navajas. Sin duda los sorprendió 
allí el temporal de nieve, desde que comenzó. 



SJ2 OBRAS DB D. JOSÉ M. DB PBRBDA 

y perecieron de hambre y de frío... por decreto 
de Dios que conocía sus malas intenciones. 
Era ei uno un peine que se titulaba ingeniero y 
decía andar en busca de una mina de oro, me- 
ses hacía ya, con su vestido harapiento, susgre- 
ñas y su barba silvestres y su costurón en la 
cara, que le partía un ojo y la mitad de la nariz. 

Aquí se oyó un estrépito infernal de platos 
hechos trizas, y un grito de Facia á quien se le 
habían caído de las manos como una docena de 
ellos. La miré entonces y la encontré mirán- 
dome á mí con ojos espantados y el color de la 
muerte en la cara. Díjele con los míos que no 
cometiera una indiscreción; entendióme, y la 
añadí de palabra y sonriéndome que no era el 
estropicio aquél motivo para que se asustara 
tanto, aludiendo á los platos rotos, mientras 
Tona arrimaba al del juez municipal dos medias 
fuentes bien colmadas de potajes, algo pasma- 
dona por lo que había pescado del relato, pero 
seguramente más por el desastre de la vasija, 
que había arrancado el grito á su madre. 

Vuelto el relatante á su historia después de 
este incidente, y viendo yo que, por respeto á 
mí sin duda, andaba con repulgos y melindres 
para declarar en neto castellano quiénes eran 
los otros dos muertos, apresúreme á decirle: 

— Sé perfectamente de quiénes se trata, y 
quiero evitar á usted la repugnancia de decía- 



PEÑAS ARRIBA 573 

rario delante de mí: se trata de dos parientes 
míos; de los dos hidalgos de Promisiones. Con 
uno vivía el ingeniero ese del chirlo, en su pue- 
blo de usted: los vimos juntos Neluco y yo al 
pasar por 61, yendo á Provedaño. Según noti- 
cias de buen origen, esperaban entonces de un 
día á otro al hermano que faltaba de aquél mi 
pariente (que, por lo visto, llegó á tiempo) para 
dar el último golpe en la explotación de la mina 
de oro puro que había descubierto el lince de 
las barbas silvestres. En buena justicia, tenían 
los tres más que merecido el palo, en el que 
hubieran muerto á no morir de ese otro modo. 
Conque ya ve usted si tengo hasta motivo^ por 
lo que á mis parientes toca, para alegrarme de 
que hayan acabado así, como cualquier hombre 
de bien. 

Declaró el preopinante que era la pura ver- 
dad todo cuanto yo había dicho; añadió, en res- 
puesta á una pregunta que alguien le hizo, que 
el hombre del chirlo en la cara había vivido en 
el lugar con el nombre, indudablemente su- 
puesto, de Pedro González que constaba en su 
cédula personal, y que con ese se le había re- 
gistrado, ya muerto, en el libro correspondien- 
te; alégreme yo de ello, y de seguro se alegra- 
ría Facia, que lo oía, mucho más... y se acabó 
aquella conversación sin meternos en otra nue- 
va, porque se había acabado también la comi- 



574 OBRAS DB D. JOSÉ M. DE PBRBDA 

da, apremiaba el tiempo y tenían mucho que 
andar los comensales forasteros para volver á 
sus hogares los unos, y los otros para terminar 
su jomada* Porque resultó que don Recaredo 
aprovechaba la ida á Tablanca para despachar 
un negocio, pendiente de ese paso año y medio 
hacia, en un pueblecillodel Nansa, aguas abajo, 
y el insigne campurriano tenía también sus 
quehaceres de urgencia en la capital, por lo que 
se le llevaron consigo don Román y su yerno. 
Desapareció sin saber cómo don Lope; fueron- 
se, mientras seguía comiendo todo cuanto le 
ponían delante el juez municipal susodicho, los 
dos desiguales de Caórnica y los cinco pudien- 
tes del Nansa, aguas arriba y aguas abajo de la 
casona; acabó, al ñn, de comer el que quedaba 
comiendo, y marchóse igualmente, y bien re- 
pleto, á su lugar... 

Al otro día, muy temprano, se largaron á 
Robacío la hermana y el cuñado de Neluco; y 
pocas horas después, ¡ay! me abandonó también 
toda la familia del gigantón de la Castañalera* 



""S<5^5t)sP^ 




XXXI 



I AQUÉLLA fué la más negra para mil 
La de verme solo en los ámbitos en- 
mudecidos y yertos de la casona, al- 

, cazar de mi flamante y patriarcal se- 
ñorío, en el pobre terruño de cmis mayores.» 
Todo me resultaba ancho, todo me sobraba allí 
y todo se me venía encima, como si estuviera 
edificado en el aire, desde que se había vuelto 
á sus hogares la familia del viejo Marmitón. 
Porque con la presencia continua de unas mu- 
jeres tan animosas y alegres como aquellas dos, 
más el trajín en que anduvieron empeñadas y 
el entrar y salir de tantas y tan distintas gentes 
en los últimos días, no había podido conocer yo 
en su verdadera magnitud el vacío que dejaba 
en la casona la muerte de su venerable habita- 
dor y dueño, que, vivo, la llenaba toda, y era 
además el lazo que me amarraba á ella con la 
fuerza de mi compromiso, fundado principal- 
mente en la consideración de lo que él esti- 
maba el regalo de mi compañía. 



57^ OBRAS DB D. JOS¿ If. DB PBRBDA 

Venían á menudo á verme el Cura don Sabas 
y Neluco, y pasaban conmigo largos ratos; con-- 
tínuaba la tertulia de la noche muy concurrida 
y animada; presidíala yo con la mayor asidui- 
dad, y hacía de tripas corazón para "creerme 
muy divertido en ella, ó para darlo á entender 
delante de aquellos rústicos y buenos tertulia- 
nos; ocupábame á ratos en despachar mi corres- 
pondencia 6 en arreglar los papeles y cueiítas 
de la testamentaría; hablaba con Faoia y me 
complacía en ver cómo, creyéndose ya, en vir- 
tud de las noticias traídas por el juez munici- 
pal de marras, y de mis subsiguientes reflexio- 
nes, libre para siempre de la cruz que tanto la 
había oprimido, y dando por encerrado en el 
fondo de una sepultura el secreto de lo que po- 
día ser afrenta para su hija, iba la pobre mujer 
tornando á la vida y recobrando poco á poco 
las extenuadas fuerzas de su espíritu, llorando 
y rezando á la vez por el hombre desventurado, 
muerto con el alma manchada de negras inten- 
ciones, tras una vida azarosa y criminal; gozá- 
bame también en descifrar en el impenetrable 
continente de Chisco ciertos confusos caracte- 
res que delataban en los adentros de su pecha- 
zo un regocijó manso y profundo desde la he- 
rencia de la ipilá de onzas,» y en tirarle dé ]á 
lengua para saber cómo andaba desde entofnces 
en sus tratos y amistades con la familia del l'o- 



PINAS ARRIBA 577 

pero, el cual, según mis noticias, se había hu* 
manizado mucho con él y hasta «le echaba me- 
moríales con los ojos» y aun con algunas indi- 
rectas demasiado insinuantes; interesábame de 
veras Pito Salces, que andaba amurríadote y 
receloso temiendo que hubieras cambiado las 
buenas disposiciones de Tona hacia él, desde 
que era rica por su madre, y hasta por sí pro- 
pia, tomando el pobre por desdenes el pasmo, 
muy natural, en que cayó la mozona en aque- 
llos días de lances gordos; salía de casa algu- 
nas veces para ventilar un poco las ideas y es- 
tirar los miembros entumecidos, aunque halla- 
ba siempre el suelo como una esponja enchar- 
cada, y frío el sol que iluminaba el valle, mien- 
tras me segaba las barbas el ambiente que no 
apagaba una cerilla, y tenía que volverme á mi 
agujero sin haberme atrevido á descender el pe- 
dregal por donde querían conducirme los im- 
pulsos de miiiecesidad de departir con alguien 
que me comprendiera; tramábala con Chisco 
después, ó con el primero que se me pusiera 
por delante, y en fin, hasta procuraba, siguien- 
do las enseñanzas bucólicas de Neluco, descen- 
der con mi razón, más luminosa, á las tenebro- 
sidades de aquellos hombres para hallar el ni- 
vel apetecido y con él el prometido deleite; 
pero aun así, me sobraban horas y horas eter- 
nas de soledad y de silencio en aquellos pára- 
TOMO XV 37 



578 OBRAS DB D. JOSÉ M. DB PBREDA 

mes envejecidos y negros en que resonaba el eco 
de mis pasos febriles como si los diera bajo las 
bóvedas sombrías de un calabozo; y por donde 
quiera que la mirara, aquélla mí labor heroica 
para hacer la vida más llevadera no venía á ser 
otra cosa que labor de encarcelado, hasta con á 
tenaz, profundo y tentador deseo de escaparme. 
De escaparme, sí; porque había vuelto á ira* 
ponérseme esta idea, no como la primera vez, 
que la sentí pasando por mi cerebro como una 
ráfaga, sino como un prurito irresistible que 
iba desbaratando por momentos la obra de mi 
aclimatación, casi á punto de terminarse ya. 
Parecíame la fuga una verdadera canallada; pe- 
ro los cuerpos abandonados en el aire, caen por 
su propia gravedad; y así me sentía yo caer, 
roto, con la muerte de mi tío, el vínculo que 
más me ligaba á la casona. Cierto que me que- 
daban las ligaduras de un compromiso solem* 
nizado tantas veces y delante de tantas y tan 
distintas personas; pero también era verdad que 
á ese compromiso le había puesto yo la limita- 
ción de «en cuanto me fuera posible,» y que 
suponiendo que llegara á ser capaz de penetrar 
la obra de mi tío para trabajar en ella, mi tra- 
. bajo no sería continuo ni á cada hora, ni siquie- 
ra de cada día, al paso que la tediosa realidad 
que me asfixiaba era continua, perenne, de toa- 
dos ios momentos. 



PEÑAS AkRIBA 579 

Luchando sin cesar entre estos impulsos em- 
pecatados y las repugnancias de mi conciencia 
de hombre formal, hubo ocasión en que me reí 
dé mí propio, viéndome discurrir con el crite- 
rio de un colegial mal avenido con su encierro. 
¡Qué cosas se me ocurrían para justificar una 
escapada, con promesa de volver y propósito 
de no cumplirla! 

Serenándome después y dando mayor altura 
á mis pensamientos, detúveme á considerar el 
valor de los buenos frutos que había consegui- 
do con el trabajo de mis propias observaciones, 
y el ejemplo y la predicación, más ó menos 
directa, de mi tío, de Neluco, del señor de la 
Torre de Provedaño, soíbre todo, y de otras 
muchas personas de gran monta; y entonces 
meavergoncé de haber pensado como pensé 
para sacudir la carga de mis tristezas. 

Colocado en este terreno, pronto comprendí 
que lo que yo necesitaba desde luego y con ur- 
gencia para salir airosamente del conñicto, era 
adquirir otras ligaduras con que sustituir las 
quebrantadas por la muerte; otro vínculo nue- 
vo que me uniera á Tablanca, ya que no tan 
estrechamente como lo estuvo mi tío, hasta el 
plinto, cuando menos, de que dejara la casona 
de ser cárcel para mí. 

Bueno. Pero ese vínculo ¿dónde hallarle? ¿de 
qué casta era?... ¡Quién sabe los espacios que 



580 OBRAS DB D. J0SÍ M . DS PBRBDA 

recorrí entonces con la imaginación enardecida 
y visionarial En este viaje veloz y disparatado 
no hallé momento de tranquilidad ni de reposo, 
porque todo me parecía mal para hacer un alto 
de respiro... hasta que di en la más peregrina 
de las ocurrencias. Pero ya tenía siquiera una 
hipótesis en qué detener el discurso fatigado. 
Pues á ello, y con toda la minuciosidad escru- 
pulosa de quien, como yo, medita en asunto 
tan grave como aquél por vez primera en su 
vida. Elevé los pensamientos por encima de las 
enriscadas barreras del valle, y le llevé lejos, 
muy lejos de Tablanca; cerré los ojos, acudí á 
los repuestos de la memoria, y fui extrayendo 
de ella una verdadera legión de imágenes, á las 
que hice desfilar después, una á una, por de- 
lante de mí. Cuando hubo pasado la última figu- 
ra de esta bizarra procesión, volví con el pen- 
samiento á las montunas realidades de Tablan- 
ca... y me llevé las manos á la cabeza, como 
quien se percata de que ha estado colmándola 
de disparates para obtener ideas salvadoras. 
Apagué la linterna de mis cavilaciones* y ]oh 
sorpresa! con el último rayo de su luz vi pasar 
rápidamente por los términos ofuscados de la 
imaginación, una nueva é inesperada imagen 
que parecía llevar en sí la virtud de resolver 
todas las dificultades del conflicto. Pifo... Y 
acabé por hacerme cruces y echarme á reir. 



PBJÍAS ARRIBA 58 1 

Riéndome estaba aúa cuando entró Neluco. 

— Así me gusta verle á usted — me dijo, — y 
no con la triste catadura de estos días atrás. 

— ^Pues á ella volveremos, amigo Neluco— 
le respondí, — si Dios no hace el milagro que 
le pido. 

— Sin embargo, usted se reía ahora... 

— La risa del conejo.. • 

— No insisto — ^repuso el médico, — porque 
no quiero que me tenga usted por imprudente; 
pero le aseguro que, sin ese temor, más de dos 
veces le hubiera preguntado, en estos últimos 
días, por los motivos de un desaliento que no 
ha podido usted disimular. 

Despertaba esta declaración de Neluco la 
idea, no dormida enteramente en mí, de confe- 
sarme con él, como Facía se había confesado 
conmigo. Podía esperar mucho de los consejos 
de su experiencia, y, en último caso, el alivio 
que da en las apreturas del ánimo el recurso de 
departir sobre ellas con un amigo de buen en- 
tendimiento. 

— Precisamente — le respondí armándome de 
resolución,— tenía yo grandes deseos de echar 
un párrafo con usted sobre los mismos particu- 
lares. Conque, ahora ó nunca. 

Cerré la puerta de mi gabinete, seotámonos 
los dos con la mesita entre ambos, y comencé 
á hablarle de esta manera: 



582 OBRAS DB D. JOSÉ M. DE PEREDA 

— Ha de saber usted, amigo Neluco, que 
desde que volvieron á reinar el orden y el si - 
lencio en esta casa, después de muerto y se- 
pultado mi tío, yo no sé en qué invertir las ho- 
ras que me sobran dentro de ella... Me pare- 
cen interminables, no veo el modo de mejorar- 
las y me asusta lo porvenir con una perspecti- 
va semejante. Esta es la verdad de lo que me 
sucede; le tengo á usted por buen amigo, y á 
usted se la declaro. 

— ¿Para qué? — me preguntó el médico, muy 
serenamente, después de contemplarme en si- 
lencio unos instantes. 

— Por lo pronto — le respondí, — para que us- 
ted la conozca, y después, para que, si lo tiene 
á bien, me ayude con su autorizado consejo. 

— ¿Á qué? — volvió á preguntarme con la 
misma serenidad de antes. 

— jPues me gusta la ocurrencia, caramba! — 
exclamé yo un tanto picado por aquel modo de 
acorralarme, que se parecía mucho á una bro- 
ma algo pesada. — ¿Qué se entiende aquí por 
ayudar á un hombre que perece en el fondo de 
un precipicio? 

— Perdone usted — replicó el médico; — pero 
ó yo no estoy en mis cabales, ó el caso que me 
cita por ejemplo no es aplicable enteramente 
al caso particular de usted. El que se halla eo 
el fondo de un precipicio, no puede tener otro 



PBMAS ARRIBA 583 

deseo que el de salir y alejarse de él; y á usted, 
en la situación en que hoy se encuentra, se le 
puede servir de dos maneras: ayudándole á sa- 
lir de ella, ó trabajar para hacérsela soportable 
y hasta divertida. Ahora usted dirá de cuál de 
estos dos extremos se trata. 

— Del que mejor le parezca á usted— le dije, 
-^6 de los dos juntos... £n fin, póngase usted 
en mi caso, y hábleme con franqueza. 

— Pues con franqueza le digo — repuso el mé- 
dico, — que no me extraña lo que le sucede á 
usted. Lo esperaba... Entendámonos: espera- 
ba que muerto don Celso y solo usted en su 
casa, había de parecerle ésta más grande, más 
negra y más triste que antes, y el tiempo que 
pasara en ella, muy largo y enojoso. Nada más 
natural en un hombre de los gustos, de la edu- 
cación y de los antecedentes mundanos de us- 
ted. Lo que no esperaba es que llegaran sus 
desalientos al extremo á que, por lo visto, han 
llegado... Pues mire usted, señor don Marcelo: 
ni por cortesía siquiera le aconsejo á usted 
que, para distraer su fastidio, se largue en se- 
guida de Tablanca; consejo que, ó yo no sé leer 
fisonomías, ó es el que más había usted de 
agradecerme. Y no se le doy, porque estoy se- 
gurísimo de que si se largara usted en la situa- 
ción de ánimo en que se encuentra ahora, no 
volvería por acá en todos los días de su vida. 



584 OBRAS DE D. JOSÉ M. DB PBRBDA 

— ^Hombre — ^respondí yo cogido por la mitad 
de lo cierto, — eso es mucho decir. 

— Ni más ni menos que lo justo — replicó el 
médico, — porque es la pura verdad; y usted 
no puede ni debe hacer eso, aunque echemos 
en olvido cierta promesa y hasta lo solemne de 
la ocasión en que fué ratificada; porque usted 
nada tiene que hacer en ese mundo que le tien- 
ta, y aquí sí; porque allá — y dispense la fran- 
queza, — á pesar de sus merecimientos perso- 
nales, no pasaría de ser uno más en el montón 
de los anónimos, y aquí desempeñaría un pa- 
pel mucho más lucido, no por el relumbrón de 
su jerarquía, sino por la condición benéfica del 
cargo. Nada de esto quiere decir que esté usted 
obligado á sepultarse aquí perpetuamente: al 
contrario, yo sería el primero en aconsejarle 
que no lo hiciera; que de vez en cuando tras- 
pusiera esas cumbres para echar una cana al 
aire, bien seguro de que esas correrías, hechas 
por un hombre del entendimiento y de la cul- 
tura y de los caudales de usted, habían de lu- 
cir al fin y al cabo en beneficio de este valle. 
Mas para llegar á ese extremo, es decir, para 
que pueda yo excitarle á que se vaya, es pre- 
ciso asegurarle aquí antes con algo que le sirva 
de cebo para volver, por natural y espontáneo 
movimiento de su corazón.,. En una palabra, 
tiene usted que aclimatarse de nuevo á esta ca- 



PBÑAS ARRIBA 585 

sa y á esta tierra y á estos hombres» tales y 
como habían llegado á parecerle á la muerte 
de su tío don Celso. 

— Pero, hombre de Dios — exclamé yo aquí» 
— ^si precisamente es ese mi dedo malo; si todo 
eso que usted me dice parece pensado con mis 
propios pensamientos y dicho con mi propia 
lengua; si yo no deseo otra cosa que apegarme 
á este terruño y cogerle todo el amor que us- 
ted le tiene; pero ¿cómo? ¿con qué? Éste es el 
caso. Vivo mi tío, la obligación, convertida en 
gusto ya, de acompañarle, me entretenía, y con 
ello, todo cuanto le rodeaba; muerto él, me 
falta aquel recurso poderoso, me pierdo en el 
vacío de esta casa, y me abruman las eternas 
horas que paso en ella buscando la manera de 
abreviarlas. Continuar su obra benéfica. En» 
horabuena. Esto es fácil y hermoso de decir; 
pero es muy vago y no resuelve nada, y lo que 
yo necesito es algo más concreto, más práctico 
y del momento. Si se tratara, verbigracia, de 
cortar camisas para los pobres ó de enseñar la 
doctrina á los muchachos, yo me pasaría los 
días enteros manejando las tijeras ó ingiriendo 
el Padre Astete en las cabezas de estos motilo- 
nes; pero no se trata de eso ni de cosa pareci- 
da: la obra de mi tío no da que hacer á cada 
instante ni á cada hora. 

— ^¿Cómo que no? — interrumpióme Nelu- 



586 OBRAS DB D. JOSÉ M. DB PEREDA 

co. — ¿La conoce usted á fondo por si acaso? 

— No, señor,— le respondí. 

— ¿Y le parece á usted — añadió, — poco en- 
tretenimiento el de estudiarla de ese modo, no 
sólo para conocerla, sino para mejorarla? Por- 
que á usted le hemos de exigir también — pro- 
siguió el mediquito bromeándose, — que la me- 
jore, y la mejorará seguramente. 

— Santo y bueno — dije yo siguiendo el tono 
que me daba Neluco: — la mejoraré si ustedes 
se empeñan. Pero— añadí formalizándome de 
veras, — ese estudio que me recomienda usted, 
hasta para entretenimiento de las horas de es- 
tos días, ¿cómo le hago? ¿por dónde comienzo? 

— ¿Y para cuándo — replicó Neluco, — son los 
buenos amigos y los competentes consejeros? 
¿En qué ocupación más agradable ni más hon- 
rosa podría usted emplearnos?... y perdone la 
inmodestia con que me sumo con ellos... Y ya 
que de esto se trata y estoy autorizado por us- 
ted para hablarle con franqueza, he de decirle 
que además de este estudio, del que no puede 
usted prescindir, hay otra ocupación más del 
momento todavía, en la que debió habernos 
empleado días hace... y no nos ha empleado 
usted, con gran extrañeza nuestra; con lo cual 
ha perdido un excelente recurso para matar 
horas sobrantes... Pensaba yo que aunque á 
usted le sobraba el dinero al venir á Tablanca, 



PEÑAS ARAIBA 587 

había de picarle un poco la curiosidad de co- 
nocer de vista las haciendas de aquí, hereda- 
das de don Celso, y el organismo, vamos al 
decir, de los tratos y contratos con sus lleva- 
dores, y algo más, á este tenor, que no deja de 
ofrecer su lado patriarcal y, por ende, intere- 
sante y pintoresco para un hombre como usted. 
Con el pretexto de verlo con los propios ojos, 
se deja la cárcel que abruma y entristece, se 
respira el aire libre y se renuevan las ideas y 
se esparce el ánimo encogido. Con la contem- 
plación de lo visto así, nacen pensamientos que 
se comunican, por de pronto, con quienes nos 
rodean, y dan materia abundante para discu- 
rrir después si estamos solos, ó para departir 
con interés gustoso si estamos acompañados de 
amigos que nos quieren bien. La propiedad, 
por pequeña que sea, tiene esa virtud, y si es 
recién adquirida, en más alto grado. ¡Figúrese 
usted si durante estos días en que tan sobera- 
namente se ha aburrido y tan hermoso se ha 
mostrado el tiempo, nos hubieran faltado mo- 
tivos de excursiones y temas de conversación 
y andamiajes de proyectos! Vamos, que parece 
mentira que ni por instinto de conservación se 
le haya ocurrido á usted una cosa tan hacedera 
y conveniente, y haya preferido entregarse ata- 
do de pies y manos á las inclemencias de su 
carcelero. Pero todavía no es tarde para sub- 



588 OBRAS DB D, JOSá M. DE PBRBOA 

sanar esta equivocación. Le acompañaremos á 
usted por esos campos mientras el tiempo lo 
consienta; veremos y hablaremos lo que á us- 
ted le importa ver y de lo que le interesa ha- 
blar; continuaremos aquí 'después las conver- 
saciones de afuera, y se apuntarán ó se discu- 
tirán y se reformarán cálculos y proyectos, 
aunque alguna vez resulten castillos en el aire. 
Esto, por de pronto. Mucho de lo demás, ven- 
drá ello solo á meterse por las puertas de esta 
casa... Por ejemplo: dentro de pocos días, por- 
que ya estamos en el mes de hacerlo así, verá 
usted ir llegando la falanje de sus colonos y 
aparceros á pagarle las rentas que le deben, 
unos en maíz, en castañas 6 en dinero; otros 
en las tres especies juntas, y algunos con las 
manos en los bolsillos desocupados, para que 
usted les provea de lo que más necesitan. Así 
irá usted conociendo, poco á poco, hasta el pie 
de que cojean,, y descubriendo el camino por 
donde ha de llegar hasta la entraña misma del 
misterio... Amén de esto, ¿por qué no ha de 
volver usted á sus saludables correrías de an- 
tes? Ahí está Chisco, más animoso y ufano aún 
que entonces, porque ha mejorado de fortuna, 
y doblemente apegado á usted por las largue- 
zas que con él ha tenido; ahí está Chóreos sus- 
pirando todavía, aunque no tanto como por la 
hija de Facia, por aquellas aventuras montara- 



PBÑAS ARRIBA 589 

ees, y aquellos tragos de licor tan confortan- 
tes, y aquellos agasajos tan frecuentes... y aquí 
estoy yo, finalmente, para cuando quiera dis- 
poner de mí; y lo mismo le dirá don Sabas de 
sí propio, y cada uno de los habitantes de este 
pueblo... Otro ejemplo más. Á la hora menos 
pensada verá usted retoñar en el campo los 
preludios de la primavera; hallará la tierra en* 
juta y salpicada de florecillas esmaltadas; aspi- 
rará la fragancia de los montes y de los pra- 
dos, y quizás se fije en que ya es hora de mo- 
ver la tierra... pinto el caso, de este huerto, y 
aun de cultivarle mejor de lo que se ha culti- 
vado hasta hoy; y con esos fines, llama usted á 
los obreros, hasta por el gusto de pagarles el 
jornal; y los manda que caven; y según le van 
obedeciendo, se va usted emborrachando con 
el olor de la tierra removida, que es el olor de 
los olores agradables, y piensa en nuevas y 
variadas plantaciones, y hasta esboza un pro- 
yecto de jardín en el rincón más abrigado.. • Y 
quien dice mejorar el huerto, dice retejar la 
casa ó reparar sus achaques interiores... en fin, 
que nunca faltan quehaceres al hombre que se 
empeña en tenerlos, aunque sea en las soledades 
de Tablanca... Y ¿para qué se quiere el dinero? 
Aquí hizo un alto Neluco, y se quedó mirán- 
dome fijamente como en espera de mi contes* 
tación. No tardé en dársela. 






590 OBRAS DB 0. JOSÉ M. DB PBRBDA 

—Todo ese cuadro que acaba usted de tra- 
zarme — le dije,— me enamora y me seduce... 
como pintado en un papel. Mas quiero dar por 
supuesto que es la pura realidad. Ya tengo en 
mis manos el remedio contra el fastidio de unos 
cuantos días... de una buena temporada, si us- 
ted quiere. Corriente. Pero ¿y después? Cuan- 
do no pueda voltejear por la montaña, ni re- 
mover la tierra de mi huerto, ni tenga negocios 
que tratar con mis colonos, y usted esté ocu- 
pado en sus quehaceres profesionales, y don 
Sabas en los de su ministerio, y vuelvan las 
celliscas desatadas, y las horas sin fin, y las 
noches eternas, ¿qué me hago yo en las sole- 
dades de este palomar, sin la naturaleza y las 
aficiones de mi tío, ó de don Sabas ó de 
usted? 

— Es que yo cuento — me replicó Neluco, — 
con que le basten y le sobren para atarle á Ta- 
blanca, de tal modo que se le pueda dar licen- 
cia para que se ausente del valle sin el temor 
de que no vuelva á él, esos entretenimientos y 
otros tales, si llega usted á tomarles gusto... 
Después, jqué demonio! es hasta pecado mor- 
tal decirle á un hombre del talento y de la ex- 
periencia de usted, cómo se sortean las horas 
sobrantes en la vida, que todos pasamos. Lo 
principal es la base de la ocupación: las lagu- 
nas de ella se colman como se puede. Para eso 



\ 



PEÑAS ARRIBA ¡gt 

es el entendimiento que á usted no le falta... 
Y, por último, si con los recursos de él no con- 
sigue lo que busca, todavía le queda el de li- 
garse al terruño éste con vínculos de tal resis- 
tencia, que sólo la muerte pueda romperlos. 

— Los vínculos... matrimoniales, vamos— le 
interrumpí. — ¿A qué andarnos con metáforas? 

— Cabalmente, — replicó el médico. 

■--Pues lo dicho — añadí yo. — ^Está usted 
pensando con mi propio caletre y hablando con 
mi misma lengua. También se me había ocu- 
rrido esa salida un momento hace. 

— ¿En serio? 

«—Ó en hipótesis. 

—No es lo mismo. ¿Y por qué no ha de ha- 
bérsele ocurrido en serio? Está usted en la me- 
jor edad para casarse, es rico, ha corrido el 
mundo, tiene la experiencia de él, está huérfa- 
no y solo y á centenares de leguas del único 
deudo cercano que le queda, y tan sobrado de 
caudales como usted, ¿Para qué demonios quie- 
re el suyo y la larga vida que tiene por delan- 
te, sino para reconstruir la familia que ha per- 
dido y dejar en la tierra, cuando la abandone 
para siempre, alguien que le cierre los ojos con 
cariño y le llore de todo corazón? 

— Y usted— respondí á Neluco medio en se- 
rio y medio en chanza, — que ve y siente todas 
esas cosas tan bonitas, que yo no veo ni echo 



59^ OBRAS DB D. JOSÓ M . DB PBKBDA 

en falta, como de urgente necesidad, ¿por qué 
no me ha dado ya el ejemplo? 

— Porque son casos muy distintos el de us- 
ted y el mío, señor don Marcelo — díjome á es- 
to Neluco. — Yo empiezo á vivir ahora, necesi- 
to trabajar, y trabajar mucho, para ganar el 
pedazo de pan que como; y además, ni me 
aburro en la soledad en que vegeto, ni me tien- 
tan, como á usted, las seducciones de aUd 
afuera, ni conmigo ha de extinguirse mi ape- 
llido aunque yo muera solterón.. • ¡Pero si me 
viera en el pellejo de usted!... 

— Con verte y sin verte de ese modo — dije 
yo para mí, contemplando al médico con ojos 
de malicia, — no has de tardar mucho en caer 
del lado á que te inclinas, marrullero. — Y aña- 
dí en voz alta: — Pues supongamos, amigo Ne- 
luco, que yo, por pensar como piensa usted, ó 
por vocación verdadera, ó por eso que se lla- 
ma razón de estado, resuelvo casarme... para 
vivir aquí, por supuesto, aunque no sea perpe- 
tuamente. Natural es que yo busque una com- 
pañera adecuada á mis condiciones... Y en es- 
te caso, ¿me quiere usted decir, señor casamen- 
tero, COB qué cara ni con qué conciencia ofrez- 
co yo á ninguna mujer, entre todas las que co- 
nozco, este presidio por recompensa de la di- 
cha que yo voy buscando en el intento de ca- 
sarme con ella? 



PEÑAS ARRIBA 593 

— ¡Pues eso solo le fallaba á usted I-Excla- 
mó aquí Neluco llevándose las manos á la ca- 
beza, como yo me las había llevado poco 
antes y con el propio motivo.-— Con una com- 
pañera de esa estofa no viviría usted aquí en 
santa paz media semana. Mil veces peor que la 
enfermedad sería la medicina. 

— Y siendo eso cierto, como lo es — repuse, 
— ¿de qué traza ha de ser, y de dónde, la mu- 
jer que yo busque para casarme con ella? ¿Quie- 
re usted que apechugue con una mozona de 
Tablanca? 

— ¿Y no hay más mujeres en el mundo — dijo 
con entereza el mediquillo, — que las mozonas 
de Tablanca y las señoras de Madrid? Procure 
usted, señor don Marcelo — ^añadió en tono de 
la mayor sinceridad, — que la mujer elegida para 
compartir con usted el señorío de esta casa, se 
considere muy honrada y gananciosa en ello: 
con esto basta, y no dude que las de esta con- 
dición abundan á nuestro alcance. El asunto no 
es puñalada de píoaro: da tiempo para discu* 
rrir, para andar y para ver... y ¡qué demonio, 
hombre! — exclamó de pronto con inusitada ve- 
hemencia; — puesto que hablamos ya en serio, 
y para que vea que no fantaseo yo en lo que 
afirmo, válgale este ejemplo que ahora se me 
viene á la memoria: ¿quiere usted belleza y ter- 
nura y bondad y delicadezas de sentimiento, y 
TOMO XV 38 



594 OBRAS DB D. JOSÉ U. DE PERBDA 

cuanto se pueda pedir» menos la cultura refina- 
da de los salones, en una sola pieza, en una 
mujer modelo, aun para un hombre como us- 
ted? Pues bien cerca la tenemos: Lita. Conque 
anímese usted á pretenderla. 

Me quedé estupefacto. ¿Era aquello broma? 
¿Era abnegación? ¿Era arranque patriótico? Le 
declaré mí asombro, y me dijo: 

— Desde que vino usted á Tablanca, está 
empeñado en ver visiones á ese propósito. Lo 
sé por algo que usted me ha dicho y otro poco 
que ha dejado traslucir. En una ocasión le pin- 
té la casta y los motivos del cariño que nos te- 
nemos los dos. Lo que entonces le dije era la 
pura verdad, y la mejor prueba de ello, lo que 
acabo de proponerle y tanto asombro le ha 
causado. Crea usted que con todo lo que le 
estimo y le considero, no llevaría mi abnega- 
ción hasta el punto de brindarle con prenda de 
tan alto valer, si fuera mía en el sentido que 
ttsted se había imaginado. Esto sin contar con 
que, aun sin ese soñado compromiso, sabe 
Dios lo que la huéspeda pensaría de estas cuen- 
tas, si nos estuviera escuchando por el ojo de 
esa cerradura. 

Instintivamente volví los ojos hacia la puer- 
ta. Entonces soltó una carcajada Neluco, y 
comprendí que no sabía yo llevar la broma con 
la frescura que el caso requería. 



PENAS ARRIBA 



595 



Cambió discretamente de conversación el mó- 
dico; dimos poco después unas vueltas por la 
salona, hablando... no recuerdo de qué triviali- 
dades; fuese al cabo de un corto rato, y quedó- 
me otra vez solo; pero ¡cosa extraña! sin in- 
quietudes ni tristezas. 




^SL- 4 



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XXXII 



AYA 8i me dio que pensar la ocurrea- 
' cia de Nelucol Está visto que el ma- 
I yor interés de las cosas no depende 
de las cosas mismas, sino de sus cir- 
cunstancias y accidentes. Aquel mismo pensa- 
miento, expresado en voz alta por el médico, 
había pasado en silencio por mi mente poce 
antes sin dejar en ella el menor rastro. •• Cierto, 
de toda verdad. Pero ¿de qué había nacido d 
obstinado empeño que yo tuve desde que. Ue-^ 
gué á Tablanca y conocí á la nieta de don Pe^ 
dro Nolasco, en averiguar lo que había entre elh 
y Neluco, dando por supuesto que haUa olgtK^ 
y que tijeretas han de ser? Al fin y al cabo, ¿qué 
me importaba á mí que lo hubiera 6 no lo ha-* 
biera? Híceme estas preguntas, porque ente-i- 
zando sus motivos con el efecto que me había 
causado la inesperada ocurrencia del empeca- 
tado mediquillo, cabía suponer la existencia^ 



59^ OBRAS DB]d. JOSÉ If • D£ PBRBDA 

en que jamás había creído, de ciertas conien- 
tes misteriosas por lo más hondo é inexplora- 
do del corazón..» De todas maneras, existieran 
ó no esas corrientes, el coincidir Neluco y yo, 
por impulso propio y espontáneo, en un punto 
tan singular y concreto; yo esbozando la idea 
mentalmente, y él, como si me la hubiera leído 
en el cerebro, presentándomela después con vi- 
sos de realidad, era sobrado motivo para consa- 
grar al caso toda la atención que yo estaba con- 
sagrándole. No se dan todos los días, en situa- 
ciones semejantes, coincidencias de ese calibre. 

Ello fué que me pasé las horas muertas des- 
menuzando la insinuación inesperada del mé- 
dico y sometiéndola, por fragmentos impalpa- 
bles, á la fuerza de un análisis escrupuloso. Asi 
llegué hasta la felonía de sospechar del des- 
interés de Neluco, creyéndole capaz de haber- 
me apuntado la idea, de acuerdo con la inte- 
resada, ó con su madre siquiera. Pero me bastó 
un instante de reflexión desapasionada para 
desvanecer el recelo, con vergüenza de haber 
caído en él. 

En todas las edades de la vida tenemos los 
hombres algo de niños, y siempre hay un ju-- 
gíute que nos llega cuándo y por donde menos 
lo pensamos, que nos sorprende y nos encanta 
y nos preocupa, y hasta «nos hace buenos...» 
y además tontos. Dígolo porque no solamente 



PBÑAS ARRIBA 599 

me pasé el resto de aquella tarde y una buena 
parte de la noche dando vueltas al que me ha- 
bía regalado Neluco, para cver lo que tenía 
dentro,» sino que al despertarme al otro día, 
lo primero que se me metió entre los cascos del 
meollo fué la duda de si era 6 no ]a nieta del 
gigante de la Castañalera, tan guapa y tan do- 
nosa en realidad como el médico me la había 
pintado y la había visto yo cuando me intere- 
saba menos que entonces; y con esta duda, el 
propósito .firme de ir á aclararla con mis pro- 
pios ojos en cuanto me levantara... «Porque — 
lo que yo me decía, — no es que me importe dos 
cominos, en definitiva, la aclaración; no es que 
me llegue al alma por ninguna parte la perso- 
na, pero me interesa mucho el caso. Se trata de 
un supuesto que pudiera realizarse el mejor 
día, y es de suma necesidad verlo, pesarlo y 
medirlo todo minuciosamente y á tiempo, para 
evitar ulteriores é irremediables desencantos.» 

Y como lo pensé lo hice. .. y aun hice más de 
lo pensado; porque me esmeré en el ropaje 
como nunca me había esmerado allí... y hasta 
me di brillantiiM en la barba. 

Encontré á Lituca de la misma traza que 
cuando la conocí y como la había visto mu- 
chas veces mientras vivió en mi casa, de trapi- 
llo y trajinando: con un chai de abrigo cruzado 
en el pecho y anudado atrás, despeinada y con 



600 OBRAS DE D. JOSB II. D£ PEREDA 

uoa bayeta en la mano, dale que le das para 
despolvorear los muebles, y soba que soba para 
sacarles brillo. Se sorprendió mucho al verme 
•tan temprano y tan Peripuesto al cabo da días 
y dfas sin dejarme ver de nadie,» y temió que 
aquella inesperada visita fuera para cosa niala^ 
¿Estaba enfadado con ellas? ¿Me habían dado, 
sin querer, motivo para estarlo? Todo esto me 
lo dijo en su lengua pintoresca y armoniosa, 
suspendiendo su trabajo, arreglándose coa la 
mano libre, blanquísima y rechonchpi, los des- 
ordenados cabellos que le coronaban la frente, 7 
sonriendo con la boca, con los ojos parlanchi- 
nes y con los dos hoyuelos de sus carrillitos 
sonrosados. Me vi mal para responderla en el 
tono que pedía la situación; porque la referen- 
cia á lo de ir yo tan compuesto, me ruborizó un 
poquillo como si me hubiera descubierto una 
ñaqueza indigna de un hombre corrido por el 
mundo. Esto delropaje lo expliqué con la razón 
del luto que estaba obligado á llevar y no me 
permitía salir de casa con los holgados y alegres 
vestidos de costumbre. Lo de que mi visita 
fuera «para cosa mala» por las señas de aque^ 
líos hábitos ceremoniosos, necesitaba uoa acla- 
ración, y se la pedí á Lituca. Hízomela dicien- 
do que la cosa mala en que ella había pensado 
de pronto, era una despedida para lejanas tie- 
rras, por no tener ya quehaceres en aquéllas 



FBÑAS ARRIBA 6ot 

tan tristonas para mí. ¡Pensar yo en irme en- 
tonces de Tablanca!... Podía jurar que nunca 
me había visto más apegado al valle. Pero ¿por 
qué mi ausencia de él era calificada por ella de 
cosa mala? 

— ¡Otra, señor!— respondió á esto con la na- 
turalidad más encantadora. — ¿Quiere que tenga 
por cosa buena el perder de vista á una perso- 
na como usté?... ¡Mire que hasta le he comido 
el pan! 

Soltó aquí una risotada de las que solía, y 
me pidió permiso para ir á arreglarse un poco, 
«porque no estaba su ver para cabayero tan 
principal,! llamando en seguida á su madre 
para que me acompañara mientras tanto. Que 
viniera su madre, santo y bueno; pero que 
fuera ella á vestirse y acicalarse, de ningún 
modo... No lo podía consentir. Ó había ó no 
había franqueza entre convecinos y hasta com- 
parientes tan íntimos como nosotros. Cabal- 
mente (esto no se lo dije á ella) estaba yo go- 
zándome en admirar, desde que había entrado, 
el extraordinario relieve que adquirían los en- 
cantos de su hechicera persona sobre el fresco, 
limpio y airoso desaliño que la envolvía. Á 
puño cerrado creía que Neluco y yo nos ha- 
bíamos quedado cortos en la manera de verla y 
admirarla. Quedóse al fin, llegó su madre, y 
entre las dos juntas me pusieron para pelar, por 



602 OBRAS DE D. JOSÉ If . DE PBRBDA 

i lo olvidadas que las tenía. • Alegué por excusa 
de mi apartamiento ocupaciones apremiantes 
dentro de casa, después de un suceso tan grave 
como el ocurrido en ella... Nada me valió el 
recurso ante aquellos dos diablejos que todo lo 
metían á barato. Acudió el viejo Marmitón á la 
algazara. Cesó ésta unos instantes, y los utilicé 
yo para averiguar cómo andaba el gigantón 
desde que no nos veíamos. Andaba ctal cual» 
según el interesado, y mucho mejor que eso se- 
gún Mari'Pepa... «porque i comía el bendito, 
que no había con qué llenarle! » 

— ¡Eso sí, gracias á Dios! — confirmó el alu- 
dido con su vozarrón de siempre. 

Estábamos ya en la sala; sentámonos todos, 
y empezó á enjuiciarse la visita. Evocáronse 
por las mujeres los recuerdos de los trajines 
pasados en aquellos días tan tristes, y apro- 
veché la ocasión para ponderar la soledad en 
que me había quedado y lo que las echaba de 
menos en casa... Y no sé á punto fijo de qué 
modo se fué enredando desde aquí la conver- 
sación, porque yo me mezclaba en ella maqui- 
nalmente con la palabra, mientras tenía los 
pensamientos en Lita que estaba enfrente de mí. 
Pero unos pensamientos muy extraños. Una 
vez me la imaginé vestida con todos los perifo- 
llos de las elegantes de Madrid, y me produjo 
la visión de lo imaginado tan deplorable efecto, 



PBÑAS ARRIBA 603 

que di un respingo en la silla. Me parecieron 
una profanación aquellos arrequives en tal cuer- 
po que no había sido formado para tener por 
fondos los artificios convencionales de la ciu- 
dad, sino los inmutables y grandiosos escena- 
rios de la Naturaleza. 

Por éste y otros derroteros semejantes iban 
mis pensamientos volando á mi placer... hasta 
que me asaltó de repente el recuerdo de aquella 
salvedad que había hecho Neluco por remate 
de la «cuenta» que estuvimos echándonos los 
dos la víspera por la tarde. Podía la «huéspe- 
da» no estar conforme con ella si nos hubiera 
oído ajustaría. £1 diablo me lleve si en aquel 
momento tenía yo resolución hecha de condu- 
cir á término plan alguno relacionado con la 
aprobación de nuestros cálculos; y, sin embar- 
go, la duda surgida de repente en presencia de 
la «huéspeda» misma, me contrarió muchísimo. 
No es el hombre onza de oro que á todos guste 
por igual, aunque tenga muchas á buen re- 
caudo, como yo las tenía entonces; y podía su- 
ceder muy bien que Lituca no gustara de mí 
por especiales razones... y hasta por estar pren- 
dada de Neluco sin que éste lo supiera, pues 
todo cabía en el campo de los supuestos vero- 
símiles. Pero Jcómo aclarar esta duda en el 
acto, sin descubrir el misterio de mis intencio- 
nes? Y, sin embargo, aquello no podía quedar 



604 OBRAS DB D. JOSÉ M. DE PBRBDA 

asi; porque yo necesitaba tener ese hilo prin- 
cipal en la mano para tirar de él cuando me 
diera la gana, ó para no tirar nunca si me con- 
venia más. Egoísmo puro y rebeldías insanas 
del amor propio contrariado; y como siempre 
que un hombre, por corrido que sea, se halla en 
estas situaciones de ánimo, lo primero que 
pierde es el sentido común, barruntando yo que 
iba á cometer allí alguna majadería gorda si me 
dejaba dominar un poquito más del prurito que 
empezaba á consumirme, di un recorte á la con- 
versación que seguía maquinalmente, y por 
terminada la visita, con la promesa formal, 
¡vaya si lo era! de repetirla á menudo. 

Yo no sé lo que pensarían en casa del viejo 
Marmitón del desconcierto que debió de notar- 
se entre las palabras que salían de mi boca y 
las ideas que me retozaban en el cerebro, ni si 
le notaron siquiera; pero es un hecho que á 
medida que andaba hacia la casona, formando 
serios propósitos de ir aclarando la duda poco 
á poco, extrayendo del fondo de la cristalina 
fuente las pedrezuelas misteriosas con las pin-- 
zas de mi experiencia y el tacto de mi nativa 
serenidad para esas cosas, me maravillaba del 
desarrollo que había alcanzado aquel arrechu- 
cho mío, y de lo cercano que me había puesto 
de cometer una ligereza impropia, ne ya de un 
hombre maduro, sino de un colegial inexperto. 



PEÑAS ARRIBA 605 

Pero en lo tocante á Lituca, no enmendaba 
una tilde de lo convenido. Era de lo más mo*- 
no y hechicero que podía buscarse en estampa 
y en carácter de mujer; y además, lista y sen- 
sible y buena, sin contar lo de hacendosa y há* 
bil. Gran barro, indudablemente, para formar 
una compañera á su gusto un Adán como yo, 
en un paraíso de la catadura de Tablanca. 

Quiere decirse, y así es la pura verdad, que 
aunque pasó en breves horas el arrechucho que 
me había sacado de mis ordinarios quicios, no 
se llevó consigo la idea plácida que le había 
engendrado. Al contrario, me la dejó en la men- 
te, cristalizada y luminosa, irradiando sus des- 
tellos peregrinos sobre todo cuanto me rodea- 
ba, como el suave resplandor del crepúsculo 
que aparece sobre el horizonte anunciando el 
espléndido sol que viene detrás. Sería pueril, 
inocente, á los ojos de un mundano muy corri- 
do, aquél mi estado psicológico; pero lo cierto 
era que ya no me creía solo ni desocupado en 
Tablanca, ni á obscuras, triste y en silencio en 
la casona; y esto, algo más valía que la creden- 
cial de «hombre incombustible,» otorgada por 
otro, esclavo infeliz quizás de esa y otras preo- 
cupaciones semejantes. Cabía temer que tam- 
bién pasaran estas ráfagas consoladoras, como 
había pasado el huracán de antes, y yo lo temí 
seriamente; pero iban corriendo los días, y lejos 



6o6 OBRAS DE D. JOSÉ M. DB PBRBDA 

de pasar con ellos, cada vez se dejaban sentir 
más halagüeñas y me traían nuevas fragancias. 

Repetí las visitas á la familia de don Pedro 
Nolasco, porque así se lo había prometido en 
la primera de las de aquella serie; y algo de- 
bieron de publicar de mi secreto mis ojos, ó el 
timbre de mi voz ó los átomos del aire, pues 
sin haberse deslizado mi lengua un punto más 
allá de la raya que la había puesto por límite, 
ya no era yo para Lituca lo que había sido 
hasta entonces. Se le acobardaban los ojos en- 
frente de los míos, era mucho más comedida en 
sus regocijadas expansiones, y le daban que ha- 
cer los frunces de su delantal cuando hablába- 
mos solos, tanto como las ideas y las palabras 
que empleábamos en la conversación. Estos 
síntomas, que se fueron acentuando al andar 
de mis insinuaciones puramente mímicas, lle- 
garon á darme por aclarada la duda que tanto 
me había carcomido, sin haber aventurado yo 
una sola palabra en el empeño; es decir, que 
se me había ido á la mano el hilo que yo de- 
seaba tener en ella, solo, por su propia virtud, 
si no era por la fuerza de la misteriosa corrien- 
te, en la que no podía menos de creer ya. En 
suma: que, ó me engañaba mucho mi bien acre- 
ditada experiencia en esos lances, ó podía tirar 
del hilo á mi antojo cuando me diera la gana. 

Estaba, pues, en las mejores condiciones 



PEÑAS ARRIBA 6oj 

imaginables para hacer un alto en mi empresa 
y examinar el terreno tranquilamente y á mi 
gusto. Sobre si este modo de pensar era más 6 
menos honrado y decente, no me puse á discu- 
rrir, la verdad sea dicha. Convenía la parada á 
mis propósitos, y la hice. 

No por eso dejé de frecuentar la casa del oc- 
togenario de la Castañalera: al contrario, y 
hasta comí con la familia dos veces en aquella 
temporada; sólo que procuraba á menudo lle- 
var á Lita al terreno y al estilo de nuestras pri- 
meras intimidades, economizando mucho las 
insinuaciones de otra casta, y usándolas única- 
mente para conservar arrimados los fuegos, 

i Y con qué docilidad tan hechicera acudía la 
inocente á mis llamadas! Tampoco este proce- 
dimiento se pasaba de noble; pero me era muy 
conveniente y con ello apaciguaba ciertos sín- 
tomas de rebelión que me intranquilizaban la 
conciencia. 

No era menos comunicativo que con la fami- 
lia de Marmitón, con don Sabas, con Neluco, 
con los sirvientes de mi casa, con mis tertu- 
lianos de costumbre y con el pueblo de punta 
á cabo; pero con nadie lo fui tanto como con^ 
Neluco. Me perecía por conversar con él; y co- 
mo en estas intimidades se me deslizaban en la 
lengua algunos destellos de la luz en que se ba- 
ñaban mis ideas en su escondrijo, el muy lagar- 



6o8 OBRAS DE D. JOSÉ M. DB PBRBDA 

to se sonreía á la callada, y con bien escaso < 
fuerzo de ingenio iba descubriéndome todo lo 
que yo no quería declarar. Por fortuna, era infi- 
nitamente más discreto que yo en aquellas cir- 
cunstancias, y todo quedaba reducido á que 
cambiaran de madriguera los secretos que iban 
escapándose de la mía. 

Volví á las andadas por montes y barran- 
cos, y hasta me parecían llanos y placenteros 
caminos y sendas por los cuales no andaba yo 
antes sino echando los pulmones por la boca. 
También me acompañaban entonces Chisco y 
Pito Salces; pero más respetuosos y hasta más 
serviciales, aunque parezca esto mentira, que 
la otra vez, cuando yo no era amo y señor de 
la casona, ni había tenido ocasión de mostrar 
ciertas larguezas que Chisco no olvidaba un 
punto por lo que á él tocaba, ni Pito Salces 
por lo que atañía á la mozona de sus pensa- 
mientos. Prestándome gustoso á todo lo que 
Neluco me había recomendado y continuaba 
recomendándome para entretener las horas so- 
brantes del día y de la noche, visité una por 
una mis haciendas, mis prados, mis hereda- 
des, mis castañeras y robledales, mis casas, 
mis aparcerías de ganados; estudié con verda* 
dero afán de penetrarle hasta el fondo, el oi^- 
nismo, como decía Neluco, tde los tratos y 
contratos entre mi tío^y sus aparceros y coix}^ 



P£ÑAS ARRIBA 609 

nos,» donde estaba la enjundia del gran espí- 
ritu de este hombre benemérito que, sin polí- 
ticas bullangueras y perturbadoras, había lo- 
grado resolver prácticamente, y por la sola vir- 
tud de los impulsos de su corazón generoso y 
profundamente cristiano, un problema social 
que dan por insoluble los c pensadores» de los 
grandes centros civilizados, y tiene en perpe- 
tua hostilidad á los pobres y á los ricos. Ccn 
el estudio de estos hermosos detalles, acabé de 
comprender lo que no comprendí á la simple 
lectura de la Memoria^ en cuyo intencionado 
laconismo, por lo tocante á la obra benéfica 
del patriarca, vi entonces otro rasgo de su ex- 
quisita delicadeza en sus relaciones conmigo. 
Este estudio, aunque somero, me ocupó días y 
días; me dio mucho y muy grato que hacer y 
que pensar, y nuevas y muy hondas raíces de 
adherencia á aquel pobre terruño que por ins- 
tantes iba cambiando de aspecto ante mis ojos. 
También le llegó su vez al huerto de la ca- 
sona, como me había aconsejado Neluco y lo 
hubiera hecho yo sin su consejo por espontá- 
neo impulso de las inclinaciones que iban apo- 
derándose de mí, de día en día, de hora en ho- 
ra. Se cavó, se removió toda su tierra; se pu- 
sieron en buen orden las plantas enfermizas 
que encerraba, y se trazó un regular pedazo de 
jardín, que se plantaría debidamente cuando 

TOMO XV 39 



6lO OBRAS DB D. JOSÉ M. DB PBRBDA 

fuera tiempo de ello, lo mismo que los cuadros 
destinados á frutales y hortalizas. Y era verdad 
que no tenía pareja el olor de la tierra bien en- 
juta, removida á la luz y al calorcillo vivifican- 
te del espléndido sol de febrero. Jamás lo ha- 
bía notado hasta entonces... Cierto que tam* 
poco me había puesto yo en ocasión de notarlo. 

Después de aquellas labores del huerto, co- 
mo el tiempo seguía risueño y primaveral, em- 
prendí otras más rudas, entre ellas la de sua- 
vizar en lo posible la cambera del pedregal, 
única vía de comunicación que tenía la casona 
con el pueblo. No quedó el camino á mi gusto, 
pero sí muy mejorado. Y no acometí en segui- 
da las reformas que había ido proyectando en 
el viejo caserón de los Ruiz de Bejos, porque 
éstas eran palabras mayores, como decía el 
Cura, y me faltaban los elementos necesarios 
para acometerlas. Pero se acometerían tan 
pronto como me fuese posible, y sin miedo de 
que, entre tanto, se me adormecieran los pro- 
pósitos, porque cabalmente eran aquellas obras 
uno de los renglones más importantes del plan 
de vida nueva que yo me había trazado y es- 
taba trazándome continuamente. 

£1 Cura se pasmaba de aquéllos mis afanes, 
y más con la mirada y con el gesto que con pa- 
labras, me daba á entender lo satisfecho que 
estaba de mí; Neluco no me perdía de vista 



PEÑAS ARRIBA 6ll 

un momento, y parecía entusiasmado con los 
nuevos fervores míos, los cuales estimulaba 
con tentaciones de otras golosinas, que al ñn 
me hacía tragar con su diabólica estrategia. £a 
casa de Marmitón ponían en las nubes el mila- 
gro, y sólo en boca de Lituca eran comedidas 
las alabanzas y se refrenaban los plácemes» 
aunque bien los voceaban los ojos, como si la 
fuerza de una ley oculta impusiera aquella li- 
mitación á los impulsos de su alma; por el pue- 
blo «se corrían • ya las noticias más estupen- 
das á propósito de esta resurrección mía, y me 
colgaban, con lo cierto, planes y calendarios 
que jamás me habían cruzado por las mientes; 
teníanme, no ya por el continuador, sino por el 
reformador omnipotente de la obra tradicional 
de los Ruiz de Bejos, por un don Celso refun- 
dido y hasta mejorado, no solamente «en es- 
tampa y en ropajes,! sino también «en posi- 
bles y en majín;i por la noche iban á la caso- 
na los tertulianos con las ideas empapadas en 
estas fantasías, y me veía negro para rebajar 
muchas partidas de la cuenta galana y poner 
las cosas en su punto... En fín, que dentro de 
mí y en derredor mío era plácido y risueño to- 
do lo que poco antes había sido triste y aflic- 
tivo y tenebroso. Hasta la misma Facia era 
muy otra de lo que fué: comenzaba á nutrirse 
y á sonreir, y dormía sin sobresaltos». • Sólo 



6l2 OBRAS DB D. JOSÉ M. DB PBRBDA 

Pito Salces andaba amurriadón y caviloso, y yo 
no podía consentirlo, por lo mismo que me 
crria capaz de remediarlo. 

— ¿Por qué no echas eso á un lado de una 
vez? — le dije un día. 

— Como no está en mí la para...— me res- 
pondió mirándose las uñas de una mano. — 
¡Qué más quisiera yo, puchesl 

Le prometí mi a3mda en ^us congojas, y 
casi bailó de gusto. Después llamé á Tona á 
mi gabinete y la hablé del caso. Se puso colo- 
radona como un tomate maduro, y al fin llegó 
á declararme, en medias palabras y entre osci- 
laciones de sus caderas y manoseos del delan- 
tal,'que «por su parte no diría propiamente que 
no... cuando juere ocasión de eyu... si su ma- 
dre... i Llamé á Facia en seguida, vino, y so- 
metí el negocio á su consideración. Mostróse 
enterada de él por ciertas señales que nunca 
mienten, y me dijo que «por su parte... cuan- 
do juere ocasión de eyu... si á mí no me pae- 
cía mal... i Cabalmente me parecía todo lo con- 
trario; y con esto, y con convenir los tres en 
que la ocasión de «eyu» podía ser, y sería, 
después de pasar el rigor de los lutos que lle- 
vaban por mi tío, se dio el asunto por termiaa- 
do como yo deseaba y Pito Salces también. 
Llamóle á poco rato; le enteré de lo convenido 
con Tona y su madre; hizo dos zapatetas y se 



r 



PBÑAS ARRIBA 613 

dio dos puñadas en los carrillos; le encarecí 
la obligación en que estaba de ser más pruden- 
te que nunca en lo tocante á su noviazgo» si 
quería que no se le cerraran las puertas de la 
casa y le regalara yo en su día el ajuar de la 
suya; y se fué dando zancadas, riéndose solo y 
tapándose la boca con las manos en señal de 
acatamiento á mis recomendaciones, después 
de pedirme permiso, que le di, para recabar de 
Tona y de su madre la confirmación verbal de 
lo acordado conmigo... y para centrar en la ca- 
sal todas las noches, y «si á mano venía, t pa«- 
ra hablar con la mozona alguna que otra vez 
con Jos debidos respetos. Acometido ya de la 
fiebre casamentera, detuve á Chisco al topar 
con él en el carrejo de la cocina. Pero le vi tan 
igual á sí mismo, con tales destellos en la cara 
del bienestar de sus adentros... y estaba yo tan 
hecho á él y me hacia tanta falta en la casona, 
que no me atreví á tentarle la paciencia, y it 
despedí con un pretexto mal urdido. 

Corriendo así los días, esmaltáronse de flo- 
res y reverdecieron los campos; calentó más el 
sol; templóse y se embalsamó el ambiente; des- 
perezóse, al fin, la Naturaleza como si desper* 
tara de un largo y profundo sueño, y se dispu* 
so á aderezarse, con el esmero de una dam^ 
pulcra y muy pagada de su belleza, empezan- 
do por las nimiedades del tocador para con- 



6l4 OBRAS DE D. JOSé If. DE PEREDA 

cluir por lo más espléndido y ostentoso de su 
ropero; y me pareció llegada la ocasión de rea- 
lizar un propósito que había formado y madu- 
rado últimamente con serias y muy detenidas 
reflexiones. Se trataba de mi vuelta á Madrid 
fpor algún tiempo, i Este viaje le conceptua- 
ba yo de suma necesidad, no tanto por lo que 
tocaba á mis asuntos particulares, bastante des- 
cuidados desde que me hallaba en Tablanca, 
cuanto por ver el efecto que me hacía, contem- 
plado desde lejos, el cuadro de mis nuevas ilu- 
siones; estimar con exactitud la resistencia que 
quedaba á los vínculos que aún me unían á la 
vida pasada, y compararla con la de los que 
iban amarrándome ala nueva. Conceptuaba yo 
esta prueba de gran importancia para los fines 
ulteriores y posibles de mis cálculos, sin el menor 
recelo ya de que los vanos fantasmas de otras 
veces me infundieran la tentación de no volver, 
tan pronto como perdiera de vista á la casona. 
Declaré un día el propósito á Neluco. Le 
pareció muy bien, y hasta me aseguró que si 
no se me hubiera ocurrido á mí, me lo habría 
aconsejado él. cHabían cambiado mucho las 
cosas desde que habíamos ajustado los dos, en 
aquel mismo sitio, cierta cuenta. ..• Y el muy 
tuno, sonriéndose, me dio un golpecito muy 
suave con el puño de su cachiporro. Después 
le confirmé mis ya declarados intentos de em- 



j 



PBÑAS ARRIBA 615 

prender en el próximo verano las convenidas 
reformas en el interior de la casa, y le encargué 
del acopio de las primeras materias y de bus- 
carme obreros competentes para ello... Yo en- 
viaria de Madrid, y aun traería conmigo cuan- 
do volviera, lo que no podía hallarse en Ta- 
blanca ni en sus inmediaciones, para dar la úl- 
tima mano á una labor que tanto me interesa- 
ba. Á todo se prestó con alma y vida el exce- 
lente amigo... y hasta se me figura que pensó 
que aquéllas mis calurosas recomendaciones no 
se las hacía yo tanto por apego á la obra, co- 
mo por exhibirle pruebas irrecusables de mis 
intenciones de volver pronto. Y quizás pensara 
bien. Llegó el Cura en esto, díle cuenta de lo 
tratado, y le gustó mucho lo de mejorar la casa; 
pero no tanto lo de mi viaje á Madrid... c Aho- 
ra, si convenía para bien de todos, como yo le 
aseguraba, fuera eyu por el amor de Dios.i 

¿Y Lituca? ¿Qué diría de mi marcha cuando 
tuviera noticia de ella? Y al dársela yo y al 
despedirme, ¿dejaría las cosas como estaban? 
¿Levantaría un poquito más la punta del velo, 
ó no b levantaría? Pensé mucho sobre éstas, 
al parecer, pequeneces, que eran, sin embargo, 
piezas muy considerables del cimiento en que 
se apoyaba la armazón de mis hipótesis; y al 
fin tuve que resolverme por la afirmativa, aun- 
que en su grado mínimo, cuando vi los esfuer- 



6l6 OBRAS DB D. JOSÉ If. DB PBRBDA 

zos que costó á la pobre disimular á inedias el 
deplorable efecto que le causó la noticia. Pero 
así y todo, ó quizás por lo mismo, en aquella 
visita no se rió una sola vez con las veras de 
antes; y al despedirme yo chasta la vuelta» 
con un apretón de manos muy elocuente, tuvo 
que darme con los ojos acobardados la respues- 
ta que le fahó en sus palabras descosidas. En 
cambio, Mari-Pepa, á quien me costó mucho 
trabajo convencer de que mi marcha no era cía 
del humo,» como ella la había calificado de 
pronto, habló y jaraneó y se despidió por todos 
los de su casa, incluso el octc^enario, que no 
había dicho diez palabras, y esas monosílabas 
y como otros tantos estampidos. Los tres ba- 
jaron conmigo hasta la corralada, desde cuya 
puerta les di el último adiós, con los ojos y el 
pensamiento fijos en Lituca, cuya expresión de 
pena bien sentida le agradecí en el alma. 

Dos días después me despedía en Reinosa 
del Cura y de Neluco que me habían acompa- 
ñado hasta allí, y de Chisco que había ido ti- 
rando del rocín que conducía mis equipajes; 
me acomodaba en los blandos almohadones de 
un coche del ferrocarril, y comentaba á rodar 
hacia las llanuras de Castilla, con la vista erra* 
bunda por los horizontes, aún no abiertos á mi 
placer, y la cabeza atiborrada de pensamientos 
insubordinados 6 indefinibles. 




XXXIII 



o puedo negar que me encontré muy 
á gusto en mi casita de la calle del 
Arenal, tan bien vestida, tan elegan- 
' te, con todas las cosas tan á la mano 
y tan á la medida de mis necesidades. No me 
veía harto de pisar el suelo alfombrado, de 
arrellenarme en los blandos sillones, de con- 
templarme en los espejos de los armarios, de 
recrear la vista en los cuadros de las paredes 
y en los bronces y porcelanas que coronaban 
los muebles de fantasía ó guardaban las artísti- 
cas vidrieras, ni de tender mis huesos en la 
mullida y voluptuosa cama á esperar el sueño, 
que no tardaba en llegar, como un aleteo sua- 
vísimo de geniecillos bienhechores. ¡Qué poco 
se parecía todo aquello á la casona de Tablan- 
ca, tan grande, tan vieja, tan desnuda.*, y tan 
fríal 
También me hallé muy complacido entre el 



6l8 OBRAS DE O. JOSá If. DB PEREDA 

grupo, no muy numeroso, de mis íntimas amis- 
tades, lo mismo cuando departíamos soi>re lo 
ocurrido en el escenario de nuestro mundo dea- 
de que yo faltaba de él, que cuando servían de 
motivo á sus bromas la tpátina montaraz» de 
que veían empañada toda mi persona, 6 las 
nuevas aficiones á las cuales me mostraba in- 
clinado, aunque cuidando mucho de no descu- 
brir el oculto resorte del aparente milagro. 

Lo que no me gustaba tanto eran las muche- 
dumbres y el ruido y la línea recta informán- 
dolo todo, en el suelo de la calle, en los muros 
pauralelos y compactos de las casas enfiladas, 
en la piedra y en el hierro de las jaulas del ve- 
cindario, avezada como tenía la vista á las cur- 
vas ondulantes y graciosas déla Naturaleza, al 
ordenado desorden de sus obras colosales y á 
la sobriedad jugosa y dulce de sus tonos seve- 
ros. Echaban de menos mis pulmones el aire 
rico y puro de la montaña, cuando se henchían 
del espeso y mal oliente de los grandes centros 
recreativos atestados de luces y de gentes; y 
andaba con la cabeza muy alta aun por los si- 
tios más espaciosos, por la costumbre de bus- 
car la luz por encima de los montes; antojá- 
banseme las calles hormigueros, y no viendo en 
ellas más que las obras y los fines de la ambi- 
ción humana, cuando elevaba mi vista más allá 
de los aleros que asombraban la rendija de la 



PEÑAS ARRIBA 619 

calle, no descubría siempre la imagea de Dios 
6 la reía menos grande que la que me refleja- 
ban forzosamente los gigantescos picachos de 
Tablanca en cuanto clavaba mis ojos en ellos. 
Yo hubiera querido en tales casos una compo- 
nenda entre los dos extremos, algo por el estilo 
de lo que sentía Gedeón cuando se lamentaba 
de que no estuvieran las ciudades construidas 
en el campo; pero no siendo posible la realiza- 
ción de mis deseos, no muy apremiantes, me 
habría acomodado tan guapamente á éstas y 
aquellas relativas contrariedades, entre las cua- 
les había nacido y vivido y hasta engordado, 
sin la menor sospecha de que pudiera haber cosa 
mejor dispuesta y ordenada para el regalo y 
bienestar de una persona de buen gusto, en par- 
te alguna del mundo conocido. 

Lo de las muchedumbres, que comenzó por 
desagradarme un poco, ya llegó á ser harina de 
otro costal. No hay como las picaduras del amor 
propio ó las insinuaciones del egoísmo para sa- . 
car de su paso álos hombres más parsimoniosos. 
Cada vez que salía de casa ó asistía á un espec- 
táculo, siempre, en ñn, que me veía envuelto en 
los oleajes del mar de transeúntes ó de especta- 
dores, me acordaba del dicho de Neluco y me 
preguntaba á mí propio: ¿qué soy yo, qué re- 
presento, qué papel hago, qué pito toco en me- 
dio de estas masas de gente? ¿Para qué demo- 



620 OBRAS DB D. JOSÉ M. DE PBRBOA 

nios sirven en el mundo los hombres que, como 
yo, se han pasado la vida como las bestias li- 
bres, sin otra ocupación que la de regalarse el 
cuerpo? ¿Quién los conoce, quién los estima, 
quién llorará mañana su muerte ni notará sa 
falta en el montón, ni será capaz de descubrir 
la huella de su paso por la tierra? ¿Y para eso, 
para vivir y acabar como las bestias, soy hombre 
y libre y mozo y rico? ¿No serian una mala ver- 
güenza una vida y una muerte así? Y me iba con 
el pensamiento á las agrestes soledades de Ta- 
blanca, donde no existía un desocupado, ni un 
egoísta, ni un descreído, y había visto yo morir 
á mi tío abrazado á la cruz entre las bendiciones 
y las lágrimas de todo el pueblo. Esto sería tris- 
te y obscuro ante la consideración de un elegante 
despreocupado; pero era luminoso y grande á 
los ojos del buen sentido y de la conciencia 
sana. Quedábame algunas veces, sin embargo, 
la duda de si estas reflexiones eran legítima y 
directamente nacidas de la observación serena 
y desinteresada, ó venían impuestas por la idea 
de mi adquirido compromiso, ineludible ya; 
pero la verdad es que aquellas dudas se desva- 
necían fácilmente , y que cada día que pasaba 
me era menos agradable el desairado papel dé 
comparsa anónimo que había hecho yo en el 
montón decorativo de esa incesante farsa de la 
vida. 



PBÑAS ARRIBA 62 1 

Contribuía mucho á sostener el calor de estos 
sentimientos, mi frecuente y animada corres- 
pondencia con Neluco, el cual no era menos 
expresivo, discreto é intencionado con la pluma 
que con la palabra; y digo lo de intencionado, 
porque nunca le faltaba un pretexto en las car- 
tas para dedicar el mejor párrafo de ellas á Lita^ 
de manera que me enterara yo de lo que me año- 
raba la hija de Mari-Pepa, sin que pareciese no- 
ticia de ello lo que me decía. Yo seguía un pro- 
cedimiento semejante para que se enterara ella 
de que no la echaba en olvido un solo momen- 
to; y así fomentaba y tenía en incesante cultivo 
este delicado fruto de mi transcendental evolu- 
ción, dentro de los límites que yo me había tra- 
zado para eso. 

Me daba minuciosa cuenta del estado de las 
cosas de all^ que podían interesarme; me con- 
sultaba dudas ó me apuntaba ideas sobre los 
encargos que le tenía hechos, ó me esbozaba 
otros planes que siempre me parecían bien- 
Así me defendía de las malas tentaciones con 
que me asediaban los diablejos de mi vida pa- 
sada, en cuyas garras había vuelto á caer. 
Entre tanto, ordenaba y disponía mis caudales 
de modo que los tuviera siempre á la mano por 
alejado que me viera de ellos; y por último, me 
atreví con lo que más me dolía y á lo cual lla- 
maba yo i quemar mis naves:» deshice mi casa. 






S 



622 OBRAS DE D. JOSÉ M. DB PEREDA 

Quería destruir el nido para no tener tanto 
apego al árbol. Empaqueté lo más, vendí muy 
poco y regalé algo de ello á mis amigos. Envié 
lo empaquetado á la Montaña, y me instalé en 
una fonda. 

Entonces fué cuando me puse á mirar, con 
verdadera y reposada atención, el consabido 
cuadro «desde lejos. » Como obra de arte^ me 
parecía bellísimo; como realidad, no tanto; pero 
había que tener en cuenta la luz y los adheutííes 
que me deslumhraban algo en mi observatorio, 
y la incesante y maléfica labor de los diablejos 
empeñados en que yo no saliera de Madrid y 
volviera á las andadas. Ello fué que sin me- 
terme en grandes filosofías, salí triunfante de la 
prueba con poquísimo esfuerzo de mi volun- 
tad. Verdad es también que, por buenas ó por 
malas, yo, decentemente, necesitaba triun£ut 
en aquel empeño. 

A todo esto, me carteaba mucho con mi her- 
mana; y al darle la noticia de la muerte de 
nuestro tío y de sus disposiciones testamenta- 
rias, no la había omitido lo de mis propósitos 
de continuar su obra en el valle. Como la carta 
fué escrita en aquellos días de mis entusiasmos 
bucólicos, la hablé largamente de mis proyec- 
tos de vivir allí y de reformar la casona para 
hacerla más llamativa y pegajosa... en fin, de 
todo menos de lo principal: quiero decir, de la 



PEÑAS ARRIBA 623 

fsantai á quien se debían los milagros de mi 
conversión. El caso es que mi hermana alabó 
mucho mis resoluciones, y hasta me prometió 
hacer un viaje á España con todos sus hijos, 
ya que á su marido no le podía arrancar de sus 
ingenios y cafetales ni con agua hirviendo, sólo 
con el fin de vivir conmigo una buena tempo- 
rada en la casona tan pconto como yo la dijera 
que ya se hallaba habitaole. Así como así, es- 
taba ya harta de moliendas, trapiches y bagazos... 
y hasta del sol ultramarino que la derretía, y 
deseaba cambiar de aires y de panoramas. •• y 
de repostero. Después me atreví á apuntarle la 
idea de sujetarme al terruño con los lazos del 
matrimonio, y la conveniencia, á mi juicio, de 
elegir por compañera una mujer como la que le 
pintaba por ejemplo, copiando las condiciones 
de Lituca. De perlas le pareció también todo 
esto« cÁ ello y cuanto antes,! me decía por 
conclusión de una carta recibida por mí preci- 
samente el día en que entregaba la llave de mi 
casa á su propietario para establecerme en la 
fonda. 

Recuerdo muy bien estos particulares, por- 
que no contribuyeron poco á sostener mi fir- 
meza en aquellos días críticos en que tan de 
temer eran las vacilaciones. 

Con los apuntes que había llevado yo á Ma- 
drid y otros que fué enviando Neluco cuando 



624 OBRAS DE D. JOSé If. DB PBRBDA 

se le pidieron, un arquitecto amigo mío y per- 
sona de buen gusto, hizo un plan de reformas 
interiores de la casona de Tablanca, muy ade- 
cuado al carácter y antigüedad del edificio: cosa 
sería y cómoda en lo posible. Donde se nosco-* 
rrió un poco la mano fué en mi gabinete. cPor 
lo que pueda ocurrir, • le había dicho yo al ar- 
quitecto. Entendióme la intención» y se despa- 
chó á su gusto... y al mío también. 

Con estos planos y pormenores á la vista, 
encargué á Neluco lo que debía adquirirse por 
allá para lo fundamental de las obras; adquirí 
yo en Madrid lo puramente accesorio y deco- 
rativo que me faltaba , y á la Montama con ello 
en seguida. Vamos, que andaba yo con estas 
cosas como niño con zapatos nuevos. 

En Mayo empezó Neluco las obras, y á fin 
de junio, cuando ya estaban terminadas las 
principales y más engorrosas y se desbandaban 
hacia el Norte las gentes adineradas de Ma- 
drid, salí yo para la Montaña con una impedi- 
menta que metía miedo. Esta vez no me quedé 
en Reinosa para tomar el camino del Puerto, 
sino mucho más abajo, para seguir por lo llano 
hasta la desembocadura del Nansa, y conti- 
nuar después aguas arriba. Este camino, aun- 
que más largo, era menos incómodo para mí, y 
casi indispensable para la conducción de la im- 
pedimenta que iba detrás. 



PEÑAS ARRIBA 625 

Cuando llegué á Tablanca, me encontré á 
sus habitantes asombrados de lo que estaban 
viendo en la casona. Aquel traqueteo de he- 
rramientas y bullir de obreros y acopiar de ma- 
teriales, no se había soñado jamás en aquel 
pueblo, donde no se labró una casa ni acome- 
tió una obra que pasara de levantar un «jas- 
tial,» ó reponer unos cabrios, ó enderezar una 
cumbre, en cuanto alcanzaba la memoria de 
los más viejos. Asustábales, principalmente, 
el dineral que costaría todo aquello, y después 
el temor de que «por el visual que iba tomando 
la casona por adentro,» se les cerraran la puer- 
ta y la cocina, teniéndolos en poco para darles 
entrada libre como antes. Me costó Dios y ayu- 
da convencerlos de lo contrario, aun haciéndo- 
les ver por sus propios ojos, como ya se lo ha- 
bía hecho ver Neluco más de dos veces sin 
fruto alguno, que no se tocaba la cocina ni para 
profanarla con un blanqueo, y que sólo alcan- 
zaban las reformas á las piezas principales y á 
la escalera. Pero más que estas demostraciones 
sobre el terreno, les convenció la parrafada que 
les largué, casi un sermón entero, sobre lo que 
había sido, era y sería, mientras yo viviera, 
aquel noble solar para los tablanqueses; la im- 
portancia que daba y daría siempre á sus ter- 
tulias, y lo resuelto que estaba á que las cosas 
siguieran allí como en vida de mi tío... Con- 
TOMO XV 40 



626 OBRAS DE D. JOSé M. DB PBRBDA 

venciéronse al fin, pero no sin quedar yo con- 
vencido también de la razón con que decía, án 
que se lo creyéramos los que le oíamos, cierto 
amigo mío, muy apasionado de la milicia, que 
debe ponerse mucho tiento en lo de reformar 
instituciones viejas, aunque sea con el fin de me- 
jorarlas, porque, á veces, dos botones de más 
6 de menos en el uniforme tradicional, pueden 
inñuir hasta en el desprestigio ó en la indis- 
ciplina del regimiento que le usa. 

Como esto fué lo primero que me impresio- 
nó al llegar á Tablanca, lo primero sale á re- 
lucir en esta cadena de recuerdos de aquellos 
días y sucesos; pues al dar la preferencia á la 
memoria de los más gratos, por otro eslabón 
bien diferente hubiera comenzado. Dígolo por 
la impresión inenarrable que me causó Lituca, 
á quien había dejado algo triste y muy arrebu- 
jada en los pesados ropajes de invierno, y en- 
contraba risueña como una aurora de abril, y 
rebosando de juventud y frescura en sus hábi- 
tos veraniegos, sencillos hasta la pobreza, pero 
limpios y alegres como el plumaje de las tórto- 
las que la arrullaban desde su huerto florido. 
Después, los fondos del escenario en que des- 
collaba tan gentil figura: antes desnudos, fríos, 
yertos, encharcados en agua ó amortajados en 
nieve; ahora la Naturaleza riente y vestida con 
la pompa de sus mejores galas; los prados ver- 



PEÑAS ARRIBA 627 

des y lozanos, los montes frondosos y habla- 
dores con el rumor de las brisas jugueteando 
entre su follaje y esparciendo por todo el valle 
la fragancia más exquisita. Me costó muchísi- 
mo trabajo contener en mi lengua las oleadas 
que subían de mi corazón cuando me vi por 
primera vez enfrente de aquella criatura que 
cada día se me revelaba con nuevos atractivos, 
y noté que leyéndome ella esta lucha en la ex- 
presión de mis ojos ó en el acento de mi voz, 
tampoco acertaba á pintar con el colorido que 
la imponían las circunstancias^ el placer con que 
volvía á verme. Entre tanto, su madre, su abue- 
lo, Neluco, don Sabas, Chisco, toda mi servi- 
dumbre, la hermana y el cuñado de Neluco, á 
quienes había saludado á mi paso por Roba- 
cío; el vecindario entero de Tablanca, todos 
parecían regocijarse hasta el entusiasmo con 
mi vuelta y con mis planes y propósitos. Esto 
me halagaba mucho y hasta llegaba á entusias- 
marme, y á todo ello daba abrigo y refugio, 
con la imagen de Lituca, en el fondo de mi 
corazón, empezando á dudar ya muy seriamen- 
te si procedía de esta sola aquella nueva luz 
que me embellecía todo cuanto me circundaba, 
ó había real y positivamente en ello algo capaz, 
por virtud propia, de hacer el milagro de mi 
rápida conversión á otra vida que poco antes 
me parecía insoportable. Porque lo cierto es 



628 OBRAS DE D. JOS¿ If. DB PBRBDA 

que yo había llegado á Tablanca por primera 
vez en el rigor del invierno y en las peores con- 
diciones que pueden imaginarse para la acli- 
matación en aquel medio, de un hombre de mis 
antecedentes; y vistas á la luz del sol estival, 
tenían aquellas mismas cosas aspecto muy dis- 
tinto. £1 valle» vestido de verano, era hasta 
hermoso; la gente, animada y alegre; la comu- 
nicación con los pueblos de la comarca, más 
fácil y agradable; los panoramas, mucho más 
interesantes por la abundancia de luz y lim- 
pieza de los horizontes; la temperatura, hasta 
calurosa en los sitios bajos; las fiestas y rome- 
rías, abundan tes.. • y la más solemne y original 
de las primeras, una que me había ponderado 
mi tío mucho, aunque no todo lo que verdade- 
ramente merece: la del reparto de la yerba del 
Prao-concejo en agosto, que dura ocho días 
seguidos; la verdadera fiesta del trabajo. 

Todo el pueblo concurre á aquella vasta y 
empingorotada pradera, vestido de gala, para 
la designación de partidores, bajo la presiden- 
cia del regidor competente; y es de ver cómo 
aquellos funcionarios^ después de decirles el 
regidor, descubriéndose la cabeza: «hablen los 
partidores,» cotyixnsL varita en la mano y sin 
saber una jota de geometría ni de problemas 
de triangulación, van demarcando con equidad 
admirable las hazas 6 suertes correspondientes 



PBÑAS ARRIBA 629 

á todo el vecindario; cómo se sortean las hazas 
por grupos de cierto número de vecinos; cómo 
suben, antes dé amanecer, los designados para 
el día, y siegan la yerba y la orean y la bajan 
al pueblo en el día mismo, en basfMs (especie 
de narrias), conteniéndolas en su descenso por 
el declive rápido del monte, una pareja de bue- 
yes enganchada detrás de cada basna, y cómo 
se continúa esta patriarcal faena durante una 
semana, sin una sola protesta, por no haber un 
solo perjudicado en la repartición, y cómo se 
colman los pajares de Tablanca de aquel heno 
finísimo, substancioso y fragante, que es una 
verdadera riqueza para el valle, cuyos hermo*- 
sos ganados tienen bien merecida fama de ser 
los mejores de la provincia. 

Después de esta bulliciosa solemnidad, que 
removió al vecindario entero y le dejó rendido 
por la doble fatiga de* los jolgorios y del traba- 
jo, dispuse yo el casamiento de Tona con Pito 
Salces. No se podía ya con aquel bárbaro, que 
no cesaba de rogarme, con la cabeza gacha, 
los ojos cerrados y sobándose las manos, que 
acabara de dar licencia á la mozona para «echar 
aqueyu á un lau, cuanti más antes, i 

En seguida abordé á Chisco, le conté el caso 
y le dije: 

— Y tú ¿te resuelves ó no te resuelves á lo 
mismo? 



630 OBRAS DE D. JOSÓ If. DB PEREDA 

Á lo que el mozallón me respondió, primero 
con una sonrisilla algo truhanesca, y despué» 
con estas palabras, dichas con el mayorsosi^o: 

— Pos me he risueltu... á que no. 

— ¿Después de pensarlo bien?... — le pre- 
gunté. 

— ¡Vaya! — me contestó echando un poco 
atrás la cabeza y metiendo las puntas de sus 
manos en los bolsillos del pantalón. Y luego 
añadió en su estilo dulce y reposado: — Cuando 
juí piobe, me cerraban las puertas los mesmus 
que me las abren ahora en parracil, porque ya 
soy hombri de caudalis; y esu de que á unu se 
le estimi por lo que tien y no por lo que él valí 
- de por sí mesmu... ¡jorria! á otru con la tostá, 
que yo ya soy zorru vieju; y como mayormen- 
ti á mí no me apuran tampocu esas cosas... con 
tal de que á usté no le estorbi yo en la casona 
con el mi trabaju, pa largu tien sirvienti pla> 
centeru. 

Congratúleme de ello muchísimo, por la 
cuenta que me tenía conservar un criado de las 
raras prendas de aquél... y precisamente al 
otro día de este suceso fué cuando yo la hice 
redonda. 

Hallábame con Neluco en el gabinete, cuyas 
obras principales estaban ya terminadas, y nos 
ocupábamos los dos en desembalar cosas de las 
muchas que había traído yo de Madrid para 



PBÑAS ARRIBA 63 1 

decorarle, mientra$ se oía el machaqueo y los 
- cánticos á la sordina de los obreros en las pie- 
zas inmediatas, hasta la escalera inclusive, 
cuando se me puso delante toda la familia de 
don Pedro Nolasco, que, con el atractivo de 
las obras, subía con frecuencia á la casona, 
aunque no tanto como el médico y el Cura, 
que no faltaban de ella un solo día. Estaba la 
tarde calurosa, y Lituca estrenaba un vestido 
de percal blanco con rayas azules; con el cual, 
unos zapatines escotados, un capullo de rosa 
en el pelo junto á la oreja, y una penquita de 
brezo ñorido en la boca, resultaba verdadera- 
mente hechicera. Encima de las cajas á medio 
abrir; sobre la meseta de máxmol de la chime- 
nea, construida frente á la puerta; en el zócalo 
de la artística embocadura con que se había 
sustituido el tabique divisorio de la alcoba, y 
arrimadas á los ángulos de la habitación, había 
piezas desarrolladas de rico papel imitando ta- 
picería, y relucían adornos de metal y baque- 
tones dorados... ¡María Santísima, las excla- 
maciones que hizo Mari-Pepa al verlo, pensan- 
do que aquello valía una riqueza, sin contar lo 
mucho que le gustaba 1 

— ¡Ay, mi señor don Marcelo, qué á oscuras 
ha vivido una en estos andurriales, sin saber 
pizca de las pompas con que se regalan en el 
mundo las gentes poderosas! |Mire que tienen 



632 OBRAS DB D. JOSÓ U. DE PBRSDA 

demontres estas hermosuras tan relumbrantes 
<iue nunca se soñaron aquil... ¿Qué te paez, 
hija mía? Padre, ¿qué le paez? ¡Mire que cam- 
pa de veras! ,,. ¡Vaya, vaya! Y ello, ¿pá qué es, 
don Marcelo? ¿Onde se ponen esas cosas tan 
majas? Á ver, á ver si nos entera, que es bueno 
saber de todo. 

Sonreía Lituca sin decir una palabra; mirá- 
balo en silencio y pasmadote su abuelo; reíase 
de todas veras Neluco, y yo, haciéndome suma 
gracia aquellas espontaneidades de Mari- Pepa, 
satisfacía muy gustoso sus deseos explicándola 
el destino de cada cosa y el de otras muchas 
que no estaban á la vista, poniendo especial 
empeño en describir el gabinete, para que lo 
entendiera bien Lituca, tal y como había de ser 
después de concluido. Y ya, puesto á describir, 
tras esta descripción hice la de todas las piezas 
reformadas, para que se tuviera una idea de la 
entonación general de la casa, mejora sencilla 
y no costosa, con relación á mi modo de ver y 
de vivir hasta allí, pero motivo de asombro y 
de estupefacción para Mari-Pepa, que acabó 
por decirme encarándose conmigo: 

— Pues no seré yo, señor don Marcelo, quien 
tache á los pudientes porque gasten su dinero 
en buscarse el regalo de la vida sin olvidarse al 
mismo tiempo de los pobres, como lo hace us- 
té; pero tampoco de las que se traguen latostá 



PBÑAS ARRIBA 633 

sin conocerla por el gusto... iVaya, vaya!... 
Aquí hay más mira de lo que paez al primer 
golpe... porque todos estos perendengues y 
Otros tales, antójanseme demasiado para un 
hombre solo... Y quiera Dios que yo acierte y 
que para bien sea y cuanto antes, señor don 
Marcelo... Pues también le digo que por alto 
que ella levante el copete, bien la ha de caber 
aquí... Vaya, vaya, que una reina puede vivir 
en tal palacio... Jesús, Señor!... Conque mejor 
hoy que mañana, don Marcelo, que así como 
así, no está sobrante de gentonas de viso este 
pobre lugarón... ¡Pero qué tochadonas me atre- 
vo á decirle á usté, Virgen la mi Madre!... ¿No 
verdá, don Marcelo, que sabrá perdónamelas? 
La inesperada ocurrencia de aquella mujer, 
delante de Lituca en quien tenía yo puestos los 
ojos y el pensamiento sin cesar, me desconcertó 
en tales términos, que no supe responderla más 
que con una risotada maquinal; y me hizo tan 
extraña impresión en los profundos del alma, 
que tomé la coincidencia como la voz de mi 
destino que me decía «ahora ó nunca.» Obce* 
cado en la idea y sintiéndola crecer y avasa- 
llarme por momentos al ver lo que vi de pronto 
en la actitud violenta y en la cara indefinible 
de Lituca, me aproximé al médico lo más di- 
simuladamente que pude, y le pedí que, por 
onndad de Dios, me sacara de allí á don Pedro 



634 OBRAS DB D. JOS¿ M. Dfi PEREDA 

Nolasco y á su hija, mientras decía yo dos pa- 
labras á la nieta. Acerquéme á ésta en seguida 
con la disculpa de enseñarla no sé qué chuche- 
rías que asomaban entre los papeles colorados 
de una caja á medio abrir; llevóse Neluco á los 
demás hacia el crucero, y la dije en cuanto nos 
vimos solos: 

— Su madre de usted está en lo cierto, por 
lo que toca al destino de estas obras: no se ha- 
cen para mí solo; pero se equivoca en lo prin- 
cipal: en lo que presume de la reina con quien 
deseo compartir este humilde alcázar de mi se- 
ñorío. No la pregunto á usted si desea cono- 
cerla, porque, aunque no lo desee, es de gran 
necesidad para mí que la conozca, y va usted 
á conocerla ahora mismo... Pues sírvale de go- 
bierno que esa mujer á quien yo deseo hacer 
reina de este humilde palacio, y principalmen- 
te de su dueño, es usted, Lita, Dígame si no le 
agrada el trono con que la brindo, para pegarle 
fuego en s^uida. 

Se quedó, la pobre, pálida y temblando, co- 
mo si oscilara sobre ella la mole del peñón de 
Bejos, y me vi y me deseé para arrancarla una 
respuesta tan terminante como yo la quería. 
Metido en este empeño, estuve pegajosón y ba- 
boso como un doncel primerizo... ¡qué demo- 
nio 1 como estarán hasta los tenorios más lagar- 
tos cuando va la cosa de veras y se pone en la 



PBÑAS ARRIBA 635 

jugada tanta cantidad de sí propio como de lo 
mío ponía yo en aquélla. Al fin, sacándolo á 
pulso y gozándome en la turbación que impe- 
día á la infeliz ser más explícita conmigo, supe 
todo lo que necesitaba saber, y otro poco que 
se me otorgó en premio del trabajo que me cos- 
tó adquirirlo. Tenía mucho miedo, la inocen- 
te, de algo que venía notando en mí desde cierto 
día; miedo que no se atrevía á confesar ni aun 
á su propia conciencia; porque ¿qué sabía ella 
de lo cierto y de lo incierto, de lo bueno y de 
lo malo en esas cosas? Ahora se lo ponía yo en 
claro, de pronto, «sin más ni más;t ¡yo! un 
hombre tan sabedor del mundo y del trato de 
las gentes educadas, rico y en la mejor edad 
de la vida para escoger entre lo bueno de lo 
mucho que habría conocido en otra parte, por- 
que todo, por grande que fuera, me lo merecía; 
|á ella! una pobre é ignorante aideanuca, del 
rincón más obscuro y apartado de la tierra. Y 
por esta conciencia que tenía de lo ruin y mi- 
serable de sí propia, ¿cómo no dudar de lo que 
veía y tocaba? Y si creía en ello, ¡cómo no es- 
pantarse con la seguridad de que no me sal- 
drían todas las cuentas que me había echado 
al proponerla lo que la proponía, ni qué pena, 
mañana, más terrible para ella que la de no 
verse capaz de hacer dichoso á un hombre que 
tan alta y regalada la había puesto? 



636 OBRAS DE D. JOS¿ M. DE PEREDA 

{Qué remonísima estaba cuando me decía es- 
tas cosas con alterada voz y palabra torpe, des- 
pojando de sus farolillos encarnados con una 
mano» y no muy ñrme, la penquita de brezo 
que sostenía con la otra, los ojos humedecidos 
y cobardes, sonrosadas las mejillas y un poco 
agitado el seno! Ella así y yo animándola con 
la mirada enternecida y la frase dulzona, repre- 
sentábamos la escena sempiternamente cursi á 
los ojos de un espectador desapasionado y frío; 
pero yo, que había sido de éstos hasta enton- 
ces, la encontraba hasta sublime, y me produ- 
cía sentimientos é impresiones que jamás había 
notado en los profundos de mi corazón. 

Acabó la escena, como tantas otras del tea* 
tro en que se fingen estos pasajes de la vida 
humana, oyéndose pasos afuera, y saliendo nos- 
otros, gesticulando y diciendo sandeces cpara 
disimular,! al encuentro de los que llegaban. 

Y puestas aquí las cosas ya, ¿qué hacer? 
Pues lo que hice al día siguiente: bajar al pueblo 
para pedir solemnemente la mano de Lituca á 
su abuelo y á su madre, después de haber dado 
por la noche cuenta de mi resolución al Cura 
don Sabas y al médico, que me la pusieron en 
las nubes, particularmente el primer o, que hasta 
lloró de entusiasmado, y, por su gusto, hubiera 
mandado repicar las campanas en celebración 
del acontecimiento, que tenía por providencial 



PEÑAS ARRIBA 637 

para la casona, para mí, para Lituca y para el 
valle entero y verdadero. 

Bajaba, pues, hacia el pueblo aquella inolvi- 
dable mañana de un día de los últimos de agos- 
to, recapitulando lo más substancial y práctico 
de lo muchísimo que había cavilado por la no- 
che; contemplaba por última vez, con los ojos 
de la imaginación, el panorama de mi pasada 
vida y mi probable paradero con los rumbos 
adoptados en ella; examinaba después el cuadro 
de sucesos é impresiones que me había traído 
últimamente á aquéllas tan peregrinas andan- 
zas; empeñábame de nuevo en distinguir lo 
principal de lo accesorio, las causas de los efec- 
tos, en el complejo montón de ideas é impre- 
siones que me llenaba la cabeza y el corazón; 
sentíame unas veces enardecido y valeroso, y 
otras un poquito menos, pero nunca arrepenti- 
do ni desalentado. •• 

— ... Y por último — llegué á decirme,— si las 
teorías de ese mediquillo están bien fundadas; 
si la reconstitución del cuerpo degenerado y 
podrido ha de venir por la sangre pura de las 
extremidades, alguien ha de empezar esa obra 
eminentemente humanitaria y patriótica. ¿Y por 
qué no he de ser yo?... Adelante, pues, con la 
dinastía de los Ruiz de Bejos; y á fin de que en 
mí no se acabe, demos cuanto antes una reina 
indígena á los tablanqueses, y bendiga Dios el 



638 OBRAS DB D. JOSÉ M. DE PBRBDA 

intento para que le quepa á éste mi rejuveneci- 
do hogar la gloria de haber puesto la primera 
piedra en ese monumento de regeneración en 
que cree y confiesa, con el entusiasmo de un 
apóstol, Neluco Calis... Y aunque andando los 
días resulte todo esto música celestial, ¿á qué 
más puedo aspirar yo, mundano insípido y 
desencantado, que á vivir al calor de este fuego 
divino que centellea en mi corazón y en mi ce- 
rebro, y me ha transformado, de cortesano 
muelle, insensible y descuidado, en hombre ac- 
tivo, diligente y útil?... Y para unos amores 
así, con una compañera como la que ha hecho 
tan estupendo milagro, ¿qué mejor nido que 
este vallecito abrigado y recóndito en que tan 
cercanos se ven, se sienten y se admiran los 
prodigios de la Naturaleza, y la inmensidad, la 
omnipotencia y la misericordia de su Creador? 




XXXIV 




AN pasado algunos, bastantes años, 
desde que ocurrieron estos sucesos 
hasta la fecha en que los conmemoro 
en los apuntes que preceden, con el 
único fin de distraer la nostalgia de aquel ben- 
dito rincón de la tierra, del que me apartan» 
por muy contados meses, urgencias que me im- 
ponen este costoso sacrificio. Porque tan cabal, 
tan intensa, tan continua ha sido mi felicidad 
en ese tiempo, que á veces me espantan los te- 
mores de que no haya sido mi gratitud tan 
grande como el beneficio recibido, y un día me 
hiera la justicia de Dios en lo que más amo, 
para recordarme lo que le debo. 



Santander, diciembre de 1894. 



De estas Obras completas de D. José M. 
de Pereda^ que se venden á 4 pesetas cada 
tomo en Madrid y en Santander, y á 4^50 en el 
resto de España, van publicados los siguientes: 

1. ... — Los Hombres de pro (tercera (O edición), 

con el retrato del autor. 
II. . .—El Buey suelto (tercera edición). 

III, . — Don Gonzalo González déla Gonzalera 

(tercera edición). 

IV. . — De tal palo, tal astilla (tercera edi- 

ción). 

V. . , — Escenas montañesas (tercera edición). 

VI..— Tipos y paisajes (segunda edición). 

VII..— Esbozos y rasguños (segunda edición). 

VIH. — Bocetos al temple. — Tipos trashumantes 
(segunda edición). 

IX. .— SoTiLEZA (tercera edición). 

X...— El Sabor de la tierruca (segunda edi- 
ción). 

XI.. — La Puchera (segunda edición). 

XII..— La Montálvez (segunda edición). 

XIII. — Pedro Sánchez. 

XIV. — Nubes de estío. 

XV..— Peñas arriba (tercera edición). 

XVI.— Al primer vuelo. 

Para los pedidos, dirigirse, en Madrid, á D. Vic- 
toriano Suárez, Preciados, 48, librería. 



( I ) El número de estas ediciones se refiere solamente i las 
hechas de la obra dentro de la colección. 



t^ II 



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AN OVERDUE FEE IF THiS BOOK iS 
NOT^RETURNED TO THE LIBRAR Y 
ON OR BEFO RE THE LAST DATE 
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OVERDUE NOTICE8 DOES NOT 
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