(navigation image)
Home American Libraries | Canadian Libraries | Universal Library | Community Texts | Project Gutenberg | Children's Library | Biodiversity Heritage Library | Additional Collections
Search: Advanced Search
Anonymous User (login or join us)
Upload
See other formats

Full text of "Pedro de Alvarado; ó la conquista de Guatemala: Novela histórica original"

This is a digital copy of a book that was preserved for generations on library shelves before it was carefully scanned by Google as part of a project 
to make the world's books discoverable online. 

It has survived long enough for the copyright to expire and the book to enter the public domain. A public domain book is one that was never subject 
to copyright or whose legal copyright term has expired. Whether a book is in the public domain may vary country to country. Public domain books 
are our gateways to the past, representing a wealth of history, culture and knowledge that's often difficult to discover. 

Marks, notations and other marginalia present in the original volume will appear in this file - a reminder of this book's long journey from the 
publisher to a library and finally to you. 

Usage guidelines 

Google is proud to partner with librarles to digitize public domain materials and make them widely accessible. Public domain books belong to the 
public and we are merely their custodians. Nevertheless, this work is expensive, so in order to keep providing this resource, we have taken steps to 
prevent abuse by commercial parties, including placing technical restrictions on automated querying. 

We also ask that you: 

+ Make non-commercial use of the files We designed Google Book Search for use by individuáis, and we request that you use these files for 
personal, non-commercial purposes. 

+ Refrainfrom automated querying Do not send automated queries of any sort to Google's system: If you are conducting research on machine 
translation, optical character recognition or other áreas where access to a large amount of text is helpful, please contact us. We encourage the 
use of public domain materials for these purposes and may be able to help. 

+ Maintain attribution The Google "watermark" you see on each file is essential for informing people about this project and helping them find 
additional materials through Google Book Search. Please do not remo ve it. 

+ Keep it legal Whatever your use, remember that you are responsible for ensuring that what you are doing is legal. Do not assume that just 
because we believe a book is in the public domain for users in the United States, that the work is also in the public domain for users in other 
countries. Whether a book is still in copyright varies from country to country, and we can't offer guidance on whether any specific use of 
any specific book is allowed. Please do not assume that a book's appearance in Google Book Search means it can be used in any manner 
any where in the world. Copyright infringement liability can be quite severe. 

About Google Book Search 

Google's mission is to organize the world's Information and to make it universally accessible and useful. Google Book Search helps readers 
discover the world's books while helping authors and publishers reach new audiences. You can search through the full text of this book on the web 



at |http : //books . google . com/ 




Acerca de este libro 

Esta es una copia digital de un libro que, durante generaciones, se ha conservado en las estanterías de una biblioteca, hasta que Google ha decidido 
escanearlo como parte de un proyecto que pretende que sea posible descubrir en línea libros de todo el mundo. 

Ha sobrevivido tantos años como para que los derechos de autor hayan expirado y el libro pase a ser de dominio público. El que un libro sea de 
dominio público significa que nunca ha estado protegido por derechos de autor, o bien que el período legal de estos derechos ya ha expirado. Es 
posible que una misma obra sea de dominio público en unos países y, sin embargo, no lo sea en otros. Los libros de dominio público son nuestras 
puertas hacia el pasado, suponen un patrimonio histórico, cultural y de conocimientos que, a menudo, resulta difícil de descubrir. 

Todas las anotaciones, marcas y otras señales en los márgenes que estén presentes en el volumen original aparecerán también en este archivo como 
testimonio del largo viaje que el libro ha recorrido desde el editor hasta la biblioteca y, finalmente, hasta usted. 

Normas de uso 

Google se enorgullece de poder colaborar con distintas bibliotecas para digitalizar los materiales de dominio público a fin de hacerlos accesibles 
a todo el mundo. Los libros de dominio público son patrimonio de todos, nosotros somos sus humildes guardianes. No obstante, se trata de un 
trabajo caro. Por este motivo, y para poder ofrecer este recurso, hemos tomado medidas para evitar que se produzca un abuso por parte de terceros 
con fines comerciales, y hemos incluido restricciones técnicas sobre las solicitudes automatizadas. 

Asimismo, le pedimos que: 

+ Haga un uso exclusivamente no comercial de estos archivos Hemos diseñado la Búsqueda de libros de Google para el uso de particulares; 
como tal, le pedimos que utilice estos archivos con fines personales, y no comerciales. 

+ No envíe solicitudes automatizadas Por favor, no envíe solicitudes automatizadas de ningún tipo al sistema de Google. Si está llevando a 
cabo una investigación sobre traducción automática, reconocimiento óptico de caracteres u otros campos para los que resulte útil disfrutar 
de acceso a una gran cantidad de texto, por favor, envíenos un mensaje. Fomentamos el uso de materiales de dominio público con estos 
propósitos y seguro que podremos ayudarle. 

+ Conserve la atribución La filigrana de Google que verá en todos los archivos es fundamental para informar a los usuarios sobre este proyecto 
y ayudarles a encontrar materiales adicionales en la Búsqueda de libros de Google. Por favor, no la elimine. 

+ Manténgase siempre dentro de la legalidad Sea cual sea el uso que haga de estos materiales, recuerde que es responsable de asegurarse de 
que todo lo que hace es legal. No dé por sentado que, por el hecho de que una obra se considere de dominio público para los usuarios de 
los Estados Unidos, lo será también para los usuarios de otros países. La legislación sobre derechos de autor varía de un país a otro, y no 
podemos facilitar información sobre si está permitido un uso específico de algún libro. Por favor, no suponga que la aparición de un libro en 
nuestro programa significa que se puede utilizar de igual manera en todo el mundo. La responsabilidad ante la infracción de los derechos de 
autor puede ser muy grave. 

Acerca de la Búsqueda de libros de Google 

El objetivo de Google consiste en organizar información procedente de todo el mundo y hacerla accesible y útil de forma universal. El programa de 
Búsqueda de libros de Google ayuda a los lectores a descubrir los libros de todo el mundo a la vez que ayuda a autores y editores a llegar a nuevas 



audiencias. Podrá realizar búsquedas en el texto completo de este libro en la web, en la página lhttp : / /books . google . com 



-* I 





!2 
X'. " 


GMt. 


73 MTiaP ItM V.2 


.^te 


LAC 




• lu >■ 


1. «*■?■ • 


■. w-- 








THB UBRARY 

OF 

THB UNIVERSITY 

OF TEXAS 

^ ( .- p 



1<- 



V- 



^'. / 




l)> 



//, 



/ 4-' IJ S 



TKs Book ís Due on thí3 Latest Dat£> S 



JüJV 



J? 



a::q} 



DlSCHARGE/BLAC 



JAN O Z 2O03 



¡S';,:;í 



m^ 



FELIPE GONZÁLEZ ROJAS, EDITOR 



PEDRO DE ALYARADO 

Ü LA CONQUISTA DE GUATEMALA 



NOVEI,A HISTÓRICA ORIGINAL 



DB 



O. SEBASTIAN. DE MOBELLAN 

' T 
• A p , , , , 

; 1)D¥ ASTOHID HIDALGO DE HOBEUAN 



TOMO SEGUNDO 



MADRID 

▲I>lffIK18TRAa0If: CALLB DB SAN RAFABL, NÚlílRO 9 

(Barrio de Posaa) 
1886 



JBsta o^m ts pfttpiedad de fu 
edltof» y Badle, am ^u eonaen- 
timiento, podrá reimprímirl» ni 
traducljrta. 

Qaeda hecho el depósito que 
marca la ley. • 



h 



JMrSmmk T <U«iL IDnOBIlL ni TKJPI 90IIZíLLBZ, BáJK EAFASt» 9 



THE LIPRARY 

THE UNlVbRSlTY 

OF TEXAS 



CAPÍTULO PRIMERO 



l>e eóflio se hftoe Inlbliji^ qules t4 en pos d« la oodioia. 



Al 8igiiieiit6 día de la faga del caíame iador da Tis: - 
plan, una comisión de los indígenas más ancianos pre- 
^lentóse á éste. 
- "^ —» Hemos Tisto con disgusto, sefior, — dijole al que 
^Ikyaba la palabra en representación de todos,— que un 
^ miserable hijo del Qaiché, olvidando vuestros faeros j 
. la obediencia que como cacique debemos guardaros, 
.^ hja osado manchar vuestro nombre con el veneno de su 
^ lengua. Delito semejante nos pone á los hombres hour 
^ rados, en ocasión de pretextar enérgicamente de seme- 
' jante desafuero. Ni el rej ni vos creerán nunca, esta- 
X mes seguros, que ]a mayoría de sus subditos participa 
^ de la menguada opinión de Atitlan. El sólo es el res- 
ponsable de sus'afírmaciones, éstas han sido valerosa- 
iaente destruidas por vos, en la presencia misma del 

^'" 520310 



PEDRO DE ALVARADO 



pueblo. En nombre suyo, pues, recibid nuestra satis- 
facción más cumplida, y no dudéis de que el país en- 
tero reconquistará á vuestros ojos su dignidad, eviden* 
ciada por un malvado. 

— Agradezco vivamente vuestras explicaciones,— 
contestó el caciqUe,^y'éitád8é^uroVdé que jamás he 
dudado de vuestra lealtad Jf subordinación. Aquí la 
falta ba sido personalisima, cometida por un hombre 
sin eonciencia; sugerida por envidiosos móviles; en 
todas las colectividades hay siempre un traidor, en • 
cargado4e 4a;iifiU4)»rb4 á 4Í9 ^maqniAaAÍOAM denSata- 
nás. Id, pues, tranquilos, que yo he aprendido á dis- 
tinguir perfectamente el bien del mal, y sé que mi 
pueblo es incapaz de ofenderme. 

-—Señor, — exclamó respdtuosamente uno de los an- 
(ñános,— no podemos complaceros, toda vez quéWéstra 
inltíón'po está terminada. ' •' 

—¿Pues qué es lo que deseáis de mí? 

^— ^Cuando' tan noblemente otorgasteis á Atíttatí la li- 
t^rtad en cambio de su mala acción, el pueblo juró ven- 
Ifar én et villano la mancha que osó inferirle, hacién- 
dole instrumento de una mentira. Cedió por el tiio- 
mentó el pueblo á vuestras indicaciones para que ' se^ 
retirara; pero considerando que el delito de robo 3ó- 
méstico no puede quedar en manera alguna impune, 
pretende del rey y de vuestra autoridad, una sentencia. 
He muerte para el culpable. 

Tixplan creyó vislumbrar en esta psticicn una re- 
ticencia, y palidecí!^ súbitamente. 
' —Acaso, — se dijo,— hay^n averiguado las gentes la: 



ySDRO ,DB AI.VAJlAJ)a 



^^teccion 7 hospitalidad otorgadas i Atiilau. en mi oa- 
^qa. Bn eate caso^ creerán coq razon^ que algún seqreto 
<le hechos Tergonzosos me guardaba el, criminal , cuan* 
do, lejos de castigarle le ajndo de esta suerte; es pre- 
cisOf pues, desorientar al pueblo de todo; mostramos 
sumisos á la voluntad general; veamos cómo se pre- 
sentan los comisionados. 

— Desde luego, amigos mios, — repuso Tixplan, — 
^icepto como, fundado el propósito de la ciudad; toda 
Tez que insiste en separar de ella uno de sus miem- 
bros corrompidos; mas creo infructuosa la judicial de- 
terminación: Atitlan partióse por orden mia, j con- 
cept(io difícil que podáis averiguar su paradero. 

— Sin embargo, el pueblo quedará satisfecho con 
"tal ie que vuestra autoridad asienta á que se consigne 
^1 castigo á que se ha hecho acreedor. 

— Saa como queráis, — exclamó afectando suma tran- 
-quilidad el cacique. 

Y esto diciendo, trazó un geroglíñco sobre una 
plancha, y poniéndola en manos de los comisionados, 
^xjlamó: 

— Tomad, que no resulte ineficaz la acción de las 
lejes; j conste que sentencio á Atitlan contra mi de- 
seo. Por costumbre inveterada, me gusta perdonar á 
los que me ofenden; el pueblo ha hecho suya mi causa, 
flo obstante mi decidida intención de sobreseerla, y yo 
no puedo desestimar su pretensicn. Buscad, pues, á 
Atitlan por todas las casas del pueblo, y dadle muerte 
donde le encontréis; de su sangre responderéis vos- 
otros, que no yo. ^ 



PEDRO DE AUVARADO 



— ^Sea 6ü baeü hora, señor Tixplan; habéis cumpli-^ 
do eotno bueno, aftociándcos á los jcticiós de la opiniott 
pública; abofa qneda de nuestra cuenta lo demás. 

Los comisionados salieron de la casa del caci- 
que, sumamente satisfechos del resultado de su entre- 
vista. 

Este, al verlos partir, no pudo menos de lanzar 
una sonrisa, convencido como estaba de que su fallo 
contra Atitlan no habría de producir resultados posi- 
tivos. 

— ¡ImbécilesI — decia el cacique para sí, — creen que* 
Tixplan es capaz de aprovecharse do la desgracia de su 
eneoiigo; ¡ch! jamás. Atitlan robó á mi hermano; pero 
éste perdonó á la hora de morir á cuantos le ofendie- 
ron; yo debo secundarle en sus mandatos, dejando huir 
al vil que con las lágrimas en los ojos, pidióme mise- 
ricordia para ól y su familia. No darán con su cuerpo, 
no; es imposible; nadie acertará á aplicarle la ley, y si 
con esto nada gano en la tierra, las regiones insondable» 
de otro mando mejor, asignarán en la hora de la in^ 
mortalidad un lugar preferente á mi espíritu. 

Saboreaba el cacique las dulzuras de su buena ac- 
ción, cuando oyó desusado raido de gentes que cruza- 
ban por la calle en distintas direcciones. 

— ¿Qaó será? — preguntóse con voz bastante clara.. 

— Yo os daré la respuesta, — contestóle el llamado 
5omíra efe/ r^y apareciendo de súbito en la estancia. 

— ¿Vos por aquí, señor? — preguntó el cacique un» 
tanto sorprendido. 

— Sí, yo, que si no os conociese á fondo, os jnzga- 



PEDIDO DE AJLYAItADO 



ría imbécil, ó ganoso de probar la cuerda con que la 
justicia paga las hazaftas de los criiniaales* 

TixplaQi lleno 4e pa? ura^ estremecióle, 7 con ypz 
balbusiente, preguntó: 

— ¿Paes qué pasa, señor principe? 

— ¿Qaépasa, deeist {Y tenéis valor de preguntar • 
meló? ¡Oh! Si 70 hubiera conocide á tiempo la ductili- 
dad (te Yuesko carácter, por los dioses que os hubiese 
descartado de todo asunto, relacionado con la corte. 

— Hablad por vuestra vida. 
La sombra del re7 se explicó de este modo: 

— ^Anteanoche debió salir Atitlan de la ciudad con 
su esposa é hijos. 

—¡Cómo! ¿Sabéis?... 

— Hablo sólo por deducciones, hasta que llegue á 
kt realidad de lo sucedido. 

— D^ibió salir, digo, de la capital, 7 cruzar á campo 
traviesa una buena distancia; puesto que le hallaron 
jadeante de fatiga sentado junto á unas matas. 

— ¡Cielos! 

— Unos indios que fingiéndose mercaderes, vigilan 
todas las noóhes los campos comarcanos, pero que son 
ni más ni monos que la policía privada de su majes- 
tad, acercironse á óL 

— ^¿Qai^ sois? le preguntaron. 

—Un viajero que se ha detenido aqaí algunos ins- 
tantes para tomar alientos. 

— íY vá sólo el hidalgo? 

— Camino con mi esposa 7 dos hijos en dirección de 
Choluteca. 






— AproyeüihaÉklo Ist ittTiiátcl»ft de ntios indios para 
qfte montarán «tu^oabaUoSv han partido de aqaí hace 
ana media hora, y me esperarán en el inmediato 
pueblo. 

— ¿De Suerte qne estáis completamente solo?. 
' —Vos lo habéis dicho. 

— Pues, ¡voto á Satanás! que la noche no convida á 
permanecer en el campo. Oorre un TienteclUo sutil que 
se cuela hasta los huesos. ¿Si quisierais aplazar hasta 
el amanecer vuestra partida? 
' -^¿Quó su3edériá? 

— Podríamos pa^ar el resto de la velada aparando 
algunos vasos de chicha. 

— ¿Queréis decirme en dónde? 

— En la casa llamada del sincuate que se divisa en 
aquel monteoillo de la derecha. Es la ñuca propiedad 
de mi compañero Gazco, á quien tengo la satisfacción 
de presentaros. Allí estaremos á cubierto de las incle- 
mencias de la temperatura. 

— Gracias, gracias, amigos mios, — contestó á sus 
interlocutores Atitlan. — Accedería gustoso á vuestro 
cordial ofrecimiento, si no hubiese menester de apre- 
surar la marcha para unirme á mi familia, como os 
he indicado, la cual ha partido sin mí,' porque no ha- 
bía caballo que me trasportase, j en razón también á 
que mi esposa no podría ja soportar el cansancio. 

— Pero todo eso, — añadieron los desconocidos, — no 
debe ser obstáculo para qu) permanezcáis en nuestra 
compañía algunas horas. Vuestra familia po^rá así 



BBPRO SE ALV ARADO 



dMcansaír eotretanto» y toü llegareis al pueblo preci- 
samente aa ocasión opottana. 

— ILepito señoras, que estimo en mn^ho vaestra 
•oferta; pero. »« 

—Vamos,— exclamó nao de los interlocutores, — 
<iomprendD lo que acontece, > No sois afecto á remojar 
«1 paladar, es ana lástima. Sin embargo, pudiera su« 
ceder que os agradase mis otro linaje de exparoi- 
mientos. 

—¿Otro linaje de diversión, de<!¿s? . 
— El juego pot ejemplo. 

Atttbii dejó Tor en su rostro la alegría, lanzó de 
«US ojos sumamente abiertos una mirada de intenso 
plaecTt 7 exclamó: 

—Eso ya es otra cosa. A todo hombre le es dado 
probar su suerte; retar al destino 7 combatir con él. 
El juego 7 el amor soíu dos sentimientos que educan el 
espíritu: el primero preparándole para las más valero- 
sas empresas: el segundo alentándole para la realiza* 
cioa de I03 más grandes sacridcios. Partamos. 

Los supuestos inercaderes> acompañados de Ati- 
tlan, enderezaron el paso por una vereda enjuta 7 pía- 
f^a de maleza. 

Durante el tra7ecto que hubieron de recorrer, con- 
Tersaban los dos polizontes, sosteniendo un animado 
4iálago. 

Atitlan no se curabs^ para nada del peligro á que se 
expone siempre un mortal, que atravesando campiñas 
desiertas en noche oscura, entrégase incondicional- 
mente á las protestas de amistad de gente desconocida» 

TOMO n 2 



10 



PKMtO BB ÁLYAR4M 



La pasión del juego abmnria completamaiite lo» 
sentidos 7 facultades morales deb calumniador. 

Asi que, olvidándolo todo, entregábase absoluta- 
mente á saborear la esperanza de sus triunfos* 

Poco tardaron los expedicionarios en llegar á la 
llamada casa del sincteate; especie de clásica Tenia 
castellana, aislada en fragoso mwte, derruida en parta 
de sus muros, y agrietada en el maderamen de su te- 
chumbre. 

El color de la fachada principal, claramente per- 
ceptible á la luz de la luna, evidenciaba por lo indefi- 
nido, que habia sido la casa victima constante de la 
inclemencia del tiempo. 

Era, en ño, la misteriosa ñuca por sus aparieneias,. 
verdadero cementerio, región sombría de la muerte; 
alcázar ignorado del silencio. 

Nada palpitante, nada animado, nada con alientos, 
de vitalidad revelaba su exterior. 

El lúgubre cant^ de las nocturnas aves, rompia ¿ 
intervalos la calma ; el gemido del viento acompañaba^ 
les eo la trifitisioíia serenata de ultratumba. 

Aquel singular edificio, por su situación de aisla- 
miento y rainoEO estado, recordaba muj en miniatura 
ias turres j castillos de los señores tételes, donde, á 
fiílta de moradores, anida la gaviota y se esconde el 
buho, á quien denuncia traidoramente la luz indertay^ 
fatídica desprendida de sus ojos. 

Allí llegaron Atitlan y los suyos. 
— Baena casa tenéis á lo que veo, señor Oazco,— 
exclamó el primero, ganando una senda trazada ea el 

TiU • 



raDRO DB ALtAJUBO 



11 



monte^k t^oal téi^penteaba entre Icm árboles, y tenia su 
fin en la puerta del edificio misterioso. 
. ^'-^ es Mala, señor Atitlan,— respondió el aludi- 
do. — ^Por Id menos, tiene una Tentaja que 70 no cam- 
biaria por nada en el mundo. 

-^iPddemos saber en qué oonsiste? 
2 -u.Bn que hace imposibles las Tisitas, y priva de su 
oficitt á les bftUaderes 7 desocupados. ¿Os parece poca 
felicidad! 

— Ciertamente que es una ventaja incomparable, 
llagar á Terse libre en el mundo de semejante ralea» 

— Por eso 70 que S07 aficionado & la soledad, me 
solazo con vivir apartado de ella, 7 poder rennir en 
torno de mi mesa á los verdaderos 7 por consecuencia 
pocos amigos que se dignan honrarme, como vos, con 
8U compañía. 

— El honrado es quien merece vuestra hospitalidad. 

— A.qai, paes, de cuando en caando nos permitimos 
nuestras orgias. Bebemos algunos jarros de lo bueno; 
saboreamos viandas apetitosas, 7 después... 

— Después, 7a comprendo, — exclamó Atitlan balbu- 
ceando de gozo, — se prueba la suerte de cada cual. 

— Y se hace uno rico á las veces, sin que le cueste 
el menor trabajo. ¡Qué diantre! El mundo ha7 que to- 
marlo asi, 7 tonto será quien lo entienda de otro 
modo. 

En esto Gazoo adelantóse hasta la puerta de su 
casa. 

Llevóse los dedos á la boca 7 silbó dos seguidas 
Teces, produciendo agudos sonidos. 



!? PKDRO QE AI-V^APO 



-, La puerta del ediñpio ab)r|Aff4r gvando nolir^ffiífi 
goznes con graA dificultad. ,:i . i f .- mí, 

. Una india yi^i^f enjnta d^; oain^íi) <jt68gr«|toda j 
sQc$t.como cuarpa d» biati;ioatt ap^doió. ante loa 7ia-^ 
jeros. _ , . 

Levantó hasta aa rostro lalci^qu^e Uayal^ para 
mejor ver á los recipn venidos, j haciendo rPaanuieca 
en extremo desagrada]^le,.r6piKK> cm cbiUon«:ve3f, 

— Pafien les señores, que ya les esperaba om impa** 
ciencia. ^ ., . : 



THE LIBRARY 
THE UNiVLRSíTY 



< » " vi 'i ; i •> ;:: o K \ "-: ".00 a — ^ o i ^ . 'í í\ — . ^.y^c t b p :)i ^ f "^ '^ ' 

•' ' ■ ^ ■' -'^ : ^ •- ' k] ;o:a:-- i i>Y .Pt'*^-'' i >*'í ot ,r} :ii' 
.' i, ■' ít • .) , '1:1 O . i- ' .í* ; ^i ; '-i ' 'í '. • ' * '"' *• ••! 

> .a ^'^ ''i'f'/ íM i' ' -' ' r •;•..•, ^ 
Trms una mmla capa se oculta un bu«n bel>edor. 

'. t» 11 ' .' < i-^i, ,■ I ' T- • " ' ' :• ■ ' :• 

" 'i " ■ • ' í ' , . . ; • ■ ' ■ í 

> i- 1 * • • 1 'j* . ■- ' . * 

■ I :'•*"• - ■ . . * -• ' . 

PrtcedrdM de la Vieja india que llevaba, como he- 
mostliehó ttM'hiz'eibla iñano, tordierofrunestres pets 
itoüajés * lá derecha; ' ^^ * 

Beitsss sombras telaban ^tfr completo lá eiütradá 
incierta dé 'tína oéckrra galería. -^ , • » 

Lá 'Vieja, dirigiéndose á Atitlan, exclafih^: 
— Caminad con cnidado, mi amo, que esta escalera 
'es por demás péligroSsá. • í 

—Tenéis razón, parece que tamos €n íusoa del in- 
fierno. ¿Queréis explicarme, señor Oa^co, por qué 
pretendéis eiitsrramófí vivos? Pues á lo que veo, lleva- 
mos trazas de no volver á contemplar la luz del sol. 

— No tengáis cuidado, señor Atitlan,— respondiiV 
Oazco, apoyando sus ibanos eb las paredes déla es- 
calera, ydeiíeeAdiendo por ella penosamente. — El néc- 



520219 



14 



PEDRO DE ÁLYA&ÁDO 



tar de los dioses,— afindió^—^nedeaita on cuidado celo* 
so para libertarle de las yariaoiones del tiempo y del 
apetito de los borrachos. La bodega, aunque muy pro* 
fanda, no está lejos. Ya hemos llegado; hela aqni. 
Hecread^ioiestra^Tista en el amplio moseo de una de 
las más ififan^siones homaiiasw 

— En efecto^ — contestó Atítlan, — paseando sus ojos 
por la variedad múltiple á6 barricas que, apoyadas en 
nna de las paredes, hallábanse instaladas en correcta 
alineación, --parece que el alma se ensancha ante la 
contemplación de esos tesoros. El vino es nna de li s 
grandes medicinas inventadas para servir de lenitivo 
á los humanos dolores; en él tiene su comienzo el ol ^ 
vido del mal y se inioia el consuelo de la esperanza. 
Guando bebemos, nos sentíalos animados por una mis- 
tenosa corriste, que nos baca capaces bwtar de tras - 
formar el mundo. Elocuencia, vigor ^ entusiasmo^ tar 
lento, todo se conquista con unas cuimtas gotas xlel 
trasparente liquido, que hierve en la oopa>para eipan- 
ciparse de ella, como si su resguardo ^ólapudiwa im- 
plantarse en los dilatados espactfus de la libertad y del 
placer. 

— Habláis como un ahquie, se£k>r AtitUn^-^conteSr 
tó 08zco.-~Mi amigo y yo nos feUcitamos de que an- 
te la perspectiva del néctar de los dioses^ hayáis varin- 
do por completo de ideas. Ya suponíamos que vuestra 
opinión tomariaae mudable, si os invitaban á la alegría 
las dulces expansiones de la amisti^d. 

— Gastemos^ paes, lo que, en^ esos toneles se encier 
ra, y abramo» ü^ego nuestro corazón á los recuerdos 



F8DE0 OB iXVARAM 



15 



d^Vpflufade, refirirado omkt. ano Im hasaftas 7 heroici- 
dades de w ju'^MtocL 

Ia vic^a iodia . morió U llave de sna da lo« tose • 
les, j llenó tres lucientes yasoa oon el liquido que tái : 
lU ountonia» 

— OraeiaSf seJSora. Chtccneuahutíif^^^^xclaxx^ Gaz- 
<^o, tomando de manos de la anciana las copas^ ca- 
<la una de^ las ousles^ f aé entregada á sus. interlocu- 
tores. 

— T¿QaereÍ8, mi amo, alg^^ más?-^pregunt6 la In « 
dia con voz temblorosa. 

-^Nada, sino que os retiréis á descansar.y-^oontes * 
tole el interpelado, no sin hacerle un signo con la ná- 
radaí que pasó desapercibido para Atitlan. 

— Pues tengan muy bueoas noches mis señores, -*- 
exclamó respetuosamente la india. 

— Que el cielo os acompañe, — replicaron á una los 
tres caballeros. 

Quedó la puerta de la escalera que á la bodega lie • 
Taba, cerrada completamente, j Atitlan 7 sus amigos 
tomaron asiento en torso de un ancha piedra en mesa 
oonvertida. 

Colocadas sobre ella las copas, los tres hidalgos 
apurár<Hklas de un sorbo. 

Cazco entonces, ayansando ha^ta una de las barrí - 
caá, situada esk jan extremo de la sombría estancia t 
hincóse ante ella 7 llenó haat» las heces una vasija de 
barro de grandes proporciones. 

— Este sí que Tá á gustaros,— cep^iso volviendo al 
lado de sos compañeros; 1 



"^^ . rtáAO'í* iLVAftA»» 



da para pasar algo que traigo eníaté' lAíbr,^ 

*T él^ diMetido^ ei^trajiy de las qüe'kaMtt éoloeado 

elíi-tiW*aV^uate ^ñdaí; >-'• ' '^ • i''" l •» 

Al practicar esta operación, un ionidd'^^'ettíieé 

pereibiófiéf prodikci^ pef "el mútw cboque dé t&o&edas 

que Atifiwii Ifeívrilte. -. . . t.f 

'^¡flMa, compáiéKíf— e*<ílak6<)^^ jo* 

vial,— ¿veois bien provisto de oro, ehlf Pues voto atoé 
d!ós6S 4(ié^ nadie ioMiefocréidbi fOaán cieHo eran 
adagio qne aprendieron los tepamOá^ úq lo» tenles, j 
e! ctfat droé! Que ttas' -tma metía ^apa $é otnUía tm iruen 

— No creáis qae^soy rico. Lo qw conmigo viene lé 
llevo á título de préstamo ^ne sé ha servido hacerme 
un compatriota, para ayndar á los gaetoa dto viaje. 

-«Sea lo qne quiwa^ baen provecho o« hm^ her- 
mano; nada os hemos de pedir, sino es qne vues- 
tra mala suerte 03 cdloca en fiituacion de entregar- 
nos todo cuanto lleváis, caso de que perdiéseis^ en el 
juego. 

— Eso ja lo veremos más tarde. Ahora, «abéd, 
compañeros,— prosiguió diciendo el cahiizAtiador , — 
que lo que quiero es vino, mucho vino, aunque os que- 
déis sin nada en la bodega. Yo tengo oaddal bastante 
para comprároslo todo, y hasta para adquirir vuestras 
almas, que están vendidas á Satanás. 

El calumniador quedó en pié, UiOfitrando los pufios 
cerrados á sus interlocutores. 

En los ojos del indio reflejóse esa expresión de 



imbecilidad, que presagia lá perturbacáoii del <^í*ebf(> 
-oau«ada por el alcoholismo, . • . !/. / 

Loe Gopipalieros de AtiÜam aintieion oru^ar por sas 
Ycoa? niia coriiante de gozo inefable.» i 

Habían supuesto que el indio seria ano de esos ori" 
mínales vagaban ios qne cuentan Jos. delitos cooxeti- 
dos por millares, ó iban á descnbiir qcpzis.por él mis- 
moy toda una historia de sangre y doelo^ que en otro 
*caso les hubiese sido imposible pQnO$er, pues para : 
esto habrían necesitado coger ¿ Atátlanenflagrante-j 
•evidente delito. . . 

Para mejor realizar su plan > Oazcot procuirando 
llevar la calma al ánimo de su exaltado huésped, di 
jole: . • 

— No comprendadlos que «menaceis de tal modo á 
quien os brinda con su casa; á quien oa daria con gua-^ 
to todo lo que en ella se encierra; á dos hombres, en 
*fin, qne están dispuestos á facilitaros la salvacioUvBi 
es que algún peligro os espera. 

— |Sal va cien?— exclamó Atitlan con palabra pre- 
miosa* — Ese ya es otro asunto; ese ofrecimiento me 
tranquiliza, porque como yo he sido muy valiente, 
tengo muchos enemigos que me envidian y me persi- 
^en por do quiera que voy. 

— «También nosotros estamos en ese caso. Jamás se 
Qos ha opuestp una dificultad que por medios buenos 6 
malos no hayamos llegado á ;resolver. 

—Pero de seguro, que no habréis rayado tan alte 
eomo yo, — exclamó Atitlan, dejando caer lánguidamen- 
te su brazo sobre el hombro de Cazco. 

TOMon 8 



19 



PSDRO 0B ALVAIUDO 



-^iPfSbeñ qaó es lo qae habéis hecho? 

— ¡Yo! ¿El hijo de mi madre) ¿El hermano de mr 
atoeloi^ ^igOy el nieto de mi sobrina? Paes ahí es nada; 
pnes no tiene importancia la cosa. ¿Os explicáis que 
nn tonto deba lógicamente ser ricoi y que nn hombre 
de capacidad permanezca toda su vida en la pobrezat 

--*Gierto qae es anómalo* 

-^Paes eso ea lo que yo he querido impedir en eli 
mundo, ¡voto á Satanás! 

-^Y obráis como un sabio al evitar tales desafueros. 

— Figuraos, queridos colegas mies,— exclamó Ati- 
ilan, después de apurar hasta tres copas, — que yo ser- 
via á tm imbécil de quien era esclavo. Aquel caballera 
poseia usa inmensa fortuna, en tanto que mi pobre 
individua estaba sujeto at mercenario jornal que su 
señor qneria darle. Iluso ól, experto yo, ¿era justo que 
nos separase á entrambos el abismo de diversa suerte?' 

r^Éa modo alguno. 

— Pues ahi tenéis el motivo que me obligó á despo - 
jarle de algunos cuartos; más no fui todo lo previsor 
que estas cosas requieren, y me cogió mi amo en 
el garlito, lanzándome como á un perro de su casa. 

— No se portó bien el menguado, porque debió con- 
tentarse con reprenderos. 

—¡Obi Pero yo me vengué cumplidamente,— grita 
Atitlan, — un amigo, mi sustituto, por unas cuantas 
monedas, con habilidad y tino. ¡Silencio! Que pueden 
descubrirme; quiero decíroslo muy bajo; sólo vosotros^ 
Tais á ser los poseedores del secreto. 

El calumniador acercóte al oido de Gazco, luego* 



PBDRÓ rfS ALtÁRADO 1^ 



al de fea colega, é hizóles miBíeríosamente stt rere-* 
lacum. 

Terminada ésta, preguntóles!: 

•^jQué tal, supe hacerlo tíien? 

— Procedisteis^ -^respondiéronle, — como cuadra á un 
hombre que tiene sangre en las venas.* 



Tixplan quiso inquirir de la sombra del rey lo que 
Atitlan dijese en V02 baja á sus colegas, y éste con 
gran sererídad otontestóle: 

— Oid lo acontecido hasta el final, y allí se aclara- 
rán vuestras dudas. 

— Hablad, s<eñor príncipe, que ya os escucho. 

La sombra del rey continuó refiriendo la historia 
en estos términos: 

— Atitlan, que empezaba ya á decaer mentalmente, 
quiso, en un instante de lucidez, medir en la expresión 
de sus compafieros, el efecto que habíales causado la 
^ revelación de su secreto. 

Poseído de la locura del chimen, juzgó equivoca- 
damente, que sus fingidos amigos veian. en él á un 
héroe. 

Estos procuraban, por el gesto de sus rostros, ha- 
cérselo creer asi. 

Gazco, afectando interesarse mucho por la suerte 
de Atitlan, preguntóle: 

— ¿Y qué aconteció después de lo que habéis nar - 
rado? 

-^Que el pueblo se enojó conmigo porque hice no 



20 






fié qi2é.coias al caci<}a^ Tixpka; -p^rp 4ste,,(%)i6../tani*i 
bien milita en las filas de los mentecatos, me per.(|pnd 
ante las gentes; j como jp do tenia dinero pera jfiKn- 
prender un viaje que me. pa$|e^.á 'cubierto (jíe Im ^^- 
chanzas de la plebe ensob6i^[>^da aontra nd, antet^de 
huir, acudí al oaciquei . pii)táAdme c<»i negrps cqkHres 
la pobreza de mi familia. 

— jY el señor Tixplan? , . . 

— Compadecido de mi trkte situacioi^j pae fti^Iitó 
dinero; puso en mis manos un salvo condncto de gtsji 
importancia, j me previno que si ya n^o- volvía á ocn « 
parme en lanzar contra él ciertas diatribas á propósi • 
to de su categoría de tutor de cierta jó veo, habría de 
prestarme en lo sucesivp su protección incondiBio- 
sal. 

Oazco y su compañero cruzaron una mirada d^ 
profunda sorpresa. 

La personalidad de Atitlan^ envolvióse para ambos 
en UD gran misterio. 

Todo eran ccujeturas, respecto de cual seria la pd- 
sicion social de aquel hombre. 

Juzgábanle á las veces para 8Í, como á elevado 
funcionario que huje para no exponerse al natural cas * 
tigo ocasionado por su prevaricación. 

Saponian otras, que Atitlan debia ser un asesino, 
sin fó 7 sin conciencia^ que después de andaír errante 
largo tiempo, venia á caer por disposición de los cié • 
los, en las manos de la justicia. 

Por su parte, el calumniador de Tixplan, presen- 
taba en sus actitudes la figura típica 4^1 alienado, que 



"'l*Mfl¿y^¿ AÍíVkiikDO 21 



^á Sstmttakki^'^ái^ik Ibivnéminh W ' pueril á les 
accesos de cólera más terribles. : > :>/ •( 

' ' ^íCmt'PSM W-&bí^4,-^á&imd)ñéó' eiíiT>rt&^- 
do hasta lo sumo, — qae ese dinero -^ué frailo e¿ la 

' l»blMár'^¿stíkÍH>''^étffidnctó;^ke'güj^^ sbbíé el pe- 
titoi i9d'i!fi^%%ti f^lit¿d8^á' 'tbiitkáN áldca^'N'o; esta 
dontfdttá ^'éHiy^é^fiá'á'okQiMfo^le'iib' descubrir an 

: «kjWtoí^«»ft<Ío;''' ,^íí^ JáV3*^3^''^»'rel- antt^ao sir- 
■vimé.^iMÁíSÓ ^Sd>WM^ñtíig9:ú de lá'cóHe, cón- 
fandiéndome con los sagaces pálacISgos, es^cosá Vér- 

• dadénaieífeí wa-X fiÚ^l. '■''■" ■;'■'.- 
' 'Atfdlíii láátePtíiiá^cái^áai e'sfópiiilái 'j quedó 'don 

Pocos momentos después, £tíi¿ de su estupoi^, y 

-m^ó&pi^íiaó^VTasU^ ¿íaitínádVéxpIicdme pérfeota- 
méáttf Vl&eslfá' toáá^Bf^á'c^HósidaH'd's inueVe á ha- 
'oei^ áv^HÍüÍ<koSe^/' l^^tó' de la <áase dé garantías 
que me han sido facilitadas para, hallar por do quiera 
eoadiofhebÉfelte, Vftj: SPtadsfiífái-adltóf pero, "¡voto á las 




qtte 
lo2 del relámpago. .' '^ 
- ''-tó éflníÓQiñkdáí mÜÍÓ eif 'íotíbhuytí, y extrajo de 
éú péchb -éi siílíd'iíneXlff Üatóá dado tixplaJJ.' 
" -^iHófd^a^ür,' hSfo áqüif— éxelamó leraUtándolo en 
alto. — Miradlo un instante, señor Ca.zcí>, y devolvéd- 
melo, porque quiero 'pa^r iens^snída. ^í día está pro • 
bdinó y ÍFeJii^eiños 'ptóí'btifk ocasión- el juego. ' ' 



^^ 'l^ÉÉStO 'I>E ALtj^Á^DO 



- - .f 



-^Y Éi-y0-os líffeS^a ^e 'debiarais'tárrepbntiros dei» 
ello por vuestra energía de hombre honrado? 
í ; i*A-Explifeaoír <))aráiiféiíté. 

— No haré tal, si no me juráis tener valor para 68- 
•ott^t^loq^éos'ái^. ' ^; pr 

n -^PüeÉ' siendo fesí, sabed'^ef^ftquíj! fiel ««íMdbr'de* 
yaestro hermano, es su matador. ' * ^ 

* -^¡Oiékí iíantb! ' ' " '^ . 

* i — ifiíl qnet le strttitdyera én ítí servicio Ib dio un>e- 
«6&0 lento, pr^radó i^irAtítFáil) <^ l!egó á cAb%üMe> 
'ii^itttierte. £éte ñié'el báisteriüsoseci^eto que revela él 
<<M^Qiniadér & la ff<^íoia en la bodega. . 

— ^¡Basta, rayos -y truenos! — gritó el cacique- des- 
pr^iébdc^ de «m ojos Ifigrinías de irai^jUérmana 
mió! Yo te vengaré; lo jtrM fk>r él honor de^nuesiío» 
']^n». jSalgiimos, señor i>#íkieípé!' ' ' ** 

Los ecos múltiples devores ¿nroá^^ecidas pdí^ ia 
indigfláeftfti, üegaron rtódos de TiXplán.' " "' 
' ^-^fiscu^ád lo ^tté fiééki'en la cáDe,-r-repa£ñy -la 
sonllfira del rey* *' . ^ 

.ÜBodelbspregbffetóireiíelMt: ' /' ^"^^ 
-^Bsta es la jolsrticia (!¿ctáda contra los asesinoá^ j 
traidores. 

— Gracias, cielo santo, gracias, — exclamó elevanttO' 
stts manos e) tiamqtre. 

■ -i-¡Yiva Tixplan! ¡Que salga al balcón! — gritaron 
desde la ealle. 

El cadque y la sombra del rey aplaíeciéroá ante la 
multitud, congregada en torno del cadáveif dé un indio.. 



PEDRO DE ALVARADO 



25 



Era*Atitian, qae habia sido arrebatado de la pri- 
ñon y arrastrado por la plebe. 

— iQaedó la ley sin efecto? — gritó una voz desde la 
calle. 

— ¡Habéis hecho bien! — contestó Tixplan: — y si 
▼ÍTe aún el asesin<^\ lo» tíBiXbÚiti f^^ descuartizarle. 

Un nuevo vítor percibióse, y el pueblo partió de^ 
atentado, llevando al calumniador sujeto al cuello por 
ana larga cuerda. 



^ 



'íO-.l- '.. í f J' ' 








- 


: . 


' í 


,1 p /' , 


rir.í.'o.'i' h 


[. V'>. 


C. ' 


:^, 






^ :7 : í 


r 


^, 1 






. » 



1 



tono n 



CIPÍTÜLO III 



SI hombre propone y Mee fUepone 



La meoesidad de pontoalizar bien los sucesos, nos 
obliga á pedir al piadoso lector una ojeada retrospec- 
tiva: 

Sa fiel memoria le hará recordar el estado en que 
«e encontraba el territorio goathemalteco á la llegada 
<ie los españoles. 

Bl ejercicio de los p&blicos poderes indígenas fué 
absorvido por las naeras lejes. * 

Todo quedó sometido al patronato indirecto, des- 
envuelto en el país por los conquistadores. 

Alvarado, como experto politicoy sabia perfecta- 
mente los pélrgrov que acarrea en toda ocasión, preten - 
der arrancar de plano las tradicionales costumbres de 
nn pueblo. 

Y como el propósito de Cortés j sus amagos no era 



FfiMtO D8 AliTMtáJK) 



27 



otro que ol de introducir «n aquellas regiones de la 
Nneya España una ciTilizadon dntable j permanente 
poj ffss i^ropios m^tos^ daro es qne para conseguirlo, 
no Mbrian de proeedeor en iornut antoritaria, entre- 
ftedMe á todo liMle de desafiíeros, que no hubiesen 
producido en úHino caso sino una terrible efusión de 
sangre. 

Por esto liemos visto qne siempre que los espafio- 
lof aoQi&tt ^ nmkt radisima paleat era después de lo- 
potídas ¡voYOOBoionea, ij^eoables insultos, y villanas 
ofensas de hm nátotalss» 

Y otero es qie* obtenido >d trimifo por los caste- 
Basos^ veiaoseiMotl eo. la >pree]sien de aplicar á los 
colpables, castigos de notoria ejemplaridad, para que 
iüm Jinchos no se repáüosen^ 

Be aquí la mnarte dada al rey Sequeehnl por de 
lüo de i&fiei^üo y AnáQtttn naniAoÉa. 

Si don. Pedro iwhiese .obrado generosamente o«n 
sn. sor tan TÜf el ¡prestigio ide lasikqresde lajoerra se 
kniHese menosf^todp, y^ imansiroa indígena habria 
quedado en el derecho de cometer toda suerte de tor- 
pease y tropelías* 

Ia decapitación ido Seqnechnl representaba la ex- 
^cion abaiflBtá del peder indígena en el territorio 
omqnistedt. 

Alvarado, no obstante, >€omo hábil diplomático, 
supo neutralizar los efectos* de una determinación tan 
trasoendentet reooneciendo en el hijo de Sequechul, 
fMra en vji dia, al k^^timo sucesor del trono. 

Lo propio biso con respecto al ex*ministro Ros- 



"28 ( MftKO' D^ AüTASltÁDO 

■■ — j, — 

Tal era i& 9Ítii|Káoa éil' ptid'«9era4oé)k»^ piítüeros 

-díáa^ que «igaléiHm ial-HávdláiMeiito^de^Io» édpáfioteb, 

:cHaiido' varim ÍQeip6iáái»Bl> soíe^E^ i ^inltf^oA á^ 49iftto- 

biar ú^ hoiífóoBté á0rYaiüxi»i^bi«fÍt]íi'p«a< él ^d ^de 

las fuerzas de mar y tierra; la llegada á Utatíttii^dd 

6(|Q<9Ua infeliz B^Im de^ G^tite^cliqqpsiíiioiiw'^^^ sa 

hijo'GkffitaTof; et¿irdfafl^atn)BÓt4» lii^aiije» (|t[»ti«bia 

an^do don Pedro eo&'i(ioiiiÉ^ lirMai^is«0ip^ 

dre, el agraviado doctor Aloim d6^%ilte¿ii«éva«^ 

^ Todas en^s'lcoiit^afiedkaeaitifaabiiDp ^oi^ár ne- 

^césarimniEinte ál oanáoberide^i» Setteo/^jm^suj» In- 

Sobre todo, maerta la vaiAv^daGiista^dv^á 9&to 
hbbia AlTávadp & lanfiar Sa^^edteaoioxi 'dé^ltetéi -y los 
cuidados que reqiáBrifeiflttiiiíAlif a^ño^MM álá''^^ 
tnd y ht)úu?ado QQjraionJdel ca¿t^ sa 

hijft VMeftfetf>!qae^ai4oibroir:iáBto^^ «l^fieleB-^eowo 
su ¿tfcora>dé' sálmcMUDon Íiq!ieL(]faBdá4:pav&. ailosr Mal- 
mente detconoeid^tf-'^r '/f-"' c'- oiL^^v. : • -. i/ ;;-. .»,.;. 

Y en efecto: Gustavo, que ignoraba por ci}m|ílei|i> 
la desdiéhada si^arieldéosQf iáaái»rian'^^iqA'>dlblfóiie dé 
mi amencia dorante; zlaorgootinnj^V ^íalló tan boena 
sustitucioil ea la familia del cacique, que aoóstaóíbváil- 
dote á Éiá gifitoil, inolmaetdnaiy modo de wt> 'lleg6 
á juzgarla oomo coaa prbpáAl > í ^^ 

Emistía adelfas 'otra clnainetaBiáE que habia de 
hacer enextredio agradable i! ^íiátásro • áü pefttaiMai- 
cia en casa, del caéiqate.^via, la mtíh, xfl^^ioi ha* 



PBDRO DE Ál,^ ARADO ^^ 



l>iaB prohijado,, contaba, próximamente: la mi8ma edad 
que el hijo de don Pedro; hallábase, dotada de un ca- 
nter bondadofso j delQd^ de noa educación por demás 
«electa; amaba á Tixplan y á su hija como á aos pro^ 
pioB padres, 7 no echando de menos otra faüeidad que 
la falta de otro nifio que compartiese con ella sus in 
fantiles juegos, no líajr para qué deeiriquejrino á com^ 
pletarse su yentura 9on él advenimiento de Gusta yo. 

El cacique á «u vez^ desde la muerte de Atitlan^ 
de la desaparición cobarde j artdra del .llamado som • 
bra del rej en el eao^po de batalla, 7 de la decapita- 
ción de Saquechul, vióse libre de las calumnias contra 
él lanzadas sobre malvórsacion del caudal de su pupila, 
7 yoItíó á ejercer tranquilamente su cargo de tator, 
allegando cuantos medios 7 elementos tuvo disponibles 
para la más cómoda 7 grata existencia de la niña. 

Sin duda, obedeciendo á soiemoe juramento presta 
do, ccddó Tiz.plaii qq toda ocasión de no revelar á don 
Pedro ni á. nadie, el yerdadero origen 7 abolengo de 
HQ protegids. Era caballero ante todo, poseia el sagra- 
da da un a a creta, 7 si bien no los tenia para los espa- 
ñola?, obligábanle aquellas cualidades á rendir al ho- 
nor, el insigniñcanta tributo del silencio. 

Por 630, cuando los castellanos hacíanle preguntas 
relacionadas can e^^ta particular, limitábase Tixplan 
á responderles, diciendo que S7lyia era hija de unos 
hacendados que hablan venido á menos; que carecien- 
do de familia, habíanle confiado la joven á su muerte^ 
7 que la excasifiima fortuna que estos hablan podido 
sustraer á las grandes pérdidas sufridas en sus negó- 



^^ Praao DS ALVARADO 

ció8, la gaaidaba él pftfa^dotft de SyMa, paei no sien - 
do el oacique pobro, podia con sas propios recanes 
alimentar á la niña, y darie con euplendide^ tod6 lo 
necesario. 

Creyeron don Pedro y sa gente á piás jantiHás, 
todo lo que Tixplan les dijera, y nadie volvió á hacer 
nneras averiguaciones^ respecto del' amnto. 

El amor de Violeta hacia Valenzaela, poso al ca 
ciqae en la obligación de aliarse con los españoles; y 
hé squi por qué, existiendo intima con^ñanza entre el 
Adelantado y Tixplan, suplicó el primero al segando^ 
que á fia de consagrar nn constante recuerdo á la in • 
feliz hija del doctor Villanueva, le permitiera que to - 
dos sus amigos s^^ludasen en lo sucesivo A la niña Syl- 
vía, con el nombre de Elena. 

No opuso obstáculos Tixplan á semejante petición; 
antes por el contrario, como era su propósito que to- 
dos los de su casa se acristianasen en el propio dia en 
que tuviese lugar el enlace de Violeta con el Balleste- 
ro, accedió gustoso á los deseos de don Pedro, y hete 
aqui, totalmente españolizada desdó aquella ocasión á 
la bella pupila del dignatario. 

Ni don Pedro, ni Tixplan, ni Jos demás miembros 
de la familia de éste, volvieron á curarse de aquellas 
cosas que pudieran tener relación con la niña Elena 
y con Gustavo. 

Juzgaban todos que no podia existir entre ambos un 
afseto de otra índole, que el producido por su fraternal 
amistad» 

Los dos hablan visto correr juntos las dulces horas 



FSDRe DB ALVARAlMf ^1 



j los doraéoe raefios de la infancia; la atmósfera de 
abflolata libertad qne hablan respirado, evitaba en sen- 
tir de don Pedro, qne los impulsos del corazón de am- 
bos jóvenes llegaran algan dia á inanifestarfle de oka 
suerte. Alvarado se eqoivocaba como fisiólogo; pne» 
ai- verdad es indi^mtible que la privación causa el ape- 
tito, no es menos cierto que el trato constante, siem- 
bra en el alma la simiente envenenada del amor. 

Educado el hijo de don Pedro al lado de Elena, 
llegó á esa edad ea que el corazón invoca el legitimo 
derecho de amar y ser correspondido. 

Nadie había pensado en esto; Gustavo compartía 
sa vida entre el hogar de su padre y la casa de Tix - 
plan; en ambos lugares y en el campo de batalla, era 
donde únicamente debia buscársele; lo primero pasaba 
como cosa natoral y lógica, lo segundo atraia la aten- 
ción de todos, hacia las hazañas del apuesto oficial, en 
quien veian las gentes un digno heredero de los talen- 
tos de su padre. 

Esta circunstancia enorgallecia á don Pedro de tal 
suerte, que hasta llegó á pensar en qué muy bien pu - 
dieran efectuarse á su regreso á Slspaña dos matrimo- 
nios en un solo dia; el suyo con doña Beatriz de la 
Coeva, primogénita del duqu) de Alburquerque, y el 
de su hijo, con una sobrina de esta, bien acaudalada,. 
j muy joven á la sazón. 

Empero'igttoraba el jefe de las fuerzas de mar y 
tierra, que si el hombre propone, es Dios quien dispo- 
ne, y que á las veces encuéntrase el mortal envuelto 
en la malla de árdaos y complicadísimos negocios,. 



^^ PSOftft PB ALVABAHa . 



preci89indate Qiia(iidQ;p)9.dmft jazgi^^w.iMMi tibrt j 149r 
no 4e ellos. 

Hechas las imteriored iii^ife^tacio^ddiiec^si^ftd 
absoluta» si bemús de col^í^r la atención del lector en., 
su verd^dcFO punto de partid^, sigamos á un bidalgOt 
que abismado al parecer en profundas abstracciones, 
pase«J^ ^ lo lai^o de una tiabitacioa ornada en sus pa- 
redes de toda suerbe de animales disecados, cnaj^ida de 
libros en lo bajo de sus muros, j ocuf^da en su centro 
por larga mesa de pintado pino, sobre I41 cual extea^* 
díase numeroso conjunto de huesos, j un enorme yo - 
lumen abierto por su mitad, cuyo textq Teiase traza- 
do en. gruesas j apergaminadas hojas. 

£1 caballero ocupante de aquelk oficina médica no 
•era otro que el doctor SandovaU 

De Uempo en tiempo suspendía sus paseost para 
caer 9obre un antiguo sillón de vaqueta,, apoyar la 
diestra en su mano, 7 leer con detención en el libro. 

Luego levantábase súbitamente, j cruzándose de 
brazos, exclamaba: 

— Por los cuinos de Lucifer aseguro que el r^snl • 
do será fatal como siempre* El frecuente trato mante- 
nido por la esperanza de la consumación del matrimo- 
nio, es en ocasiones de cata índole, motivo de espiri- 
tual placer, j por consiguiente, de que la salud per- 
manezca inalterable; ¡mas una pasión contrariad^I.«. 
Por la9 calzas de Esculapio, que me temo un resulta- 
do funesto. 

El hidalgo recapacitó un punto j volvió á decir 
para su coleto: 



PBDRO DB ALYAItADO 



33 



— El, vehemeate yapasionado; nna víctima de la 
fiebre nerviosa lenta, qae en casos tales vá apoderán- 
dose poco á poco de la vida del individuo, hasta hun- 
dirle en el sepulcro. Anémica ella, con predisposición 
marcada á la hemotipsis^ nada; que no hay solución 
ventajosa: la muerte, la muerte y la muerte. 

— [Señor, y que haya hombres en el mundo tan ru- 
dos de mollera, á quienes no quepan en el cráneo estos 
razonamientos! ¡Que la ausencia lo curará todo! ¡Va • 
lienta Oaltíua seria ei qae hiciese tal afirmación, tfa- 
t4i!dose da un amor profundo, arraigado, indomable 
como et mar! Esto poJria aplicarse á una simpatía 
naciente, mas ai í^t; o ti miento quo se desborda, á la 
tatnpestad que ruja nnimazando asolarlo todo, á la ola 
encrespada que sa jcrgae sobre la azulada superficie, 
es imposible, absolutamente imposible, propósito de lo- 
cos, querer somet^irlas á la tiranía de una voluntad 
caprichosa. 

Sandoval volvióse hícia la puerta de entrada de su 
despacho, y exclamó: 

— ¡Adelantado da iluatemala! Yo te obedeceré, por- 
que es mi obligación, comunicando á tu hijo tus órde- 
oes; pero sabe que caLiiinas contra la corriente y pue- 
des perecer en la demanda. 

No habia concluido Sandoval de articular sus fra- 
KS, cuando penetró íñii^mez en la estancia y dfjole; 

— ¡Dios 08 guarde, compañero. Parecióme advertir 
desde fuera que hablabais sólo, ¿sentís alguna altera- 
ción frenopátíca? 

—No, amigo mío, no; un pequeño acceso nervioso, 

TOMO II ^ 



^ PSDRO DE ALVARADO 

producido por el exceso de cavilaciones, ha sido la 
cansa de que nn instante conversara en alta voz con 
mi propia conciencia. 

— lY qué os dice esa señora? 

--Que sa excelencia es nn hombre de hierro, con 
quien á las veces toda razón huelga y se deshace todo 
fundamento dogmático. 

— ¿Os referís acaso á la pasión de su hijo? 

— No he podido convencerle, de que hará muy mal 
si trata de impedir sus amores con Elena, que expo- 
ne á ambos á una funesta enfermedad; al suicidio tal 
vez, y que en mi sentir, lo mejor que podría hacer era 
casar á los chicos. 

— ¿Y qué os ha contestado? 

— Háse puesto como un energúmeno, dicióndome, 
que si yo me figuro que el descendiente del capitán 
general de las fuerzas de mar y tierra, ha nacido para 
dar su mano á una india sin nombre, ni abolengo; que 
primero pasaría por lanzarlo de su hogar que consen- 
tir estos amores de Gustavo; que él sabe que su hijo 
es obediente como tal, y lo es mucho más como solda- 
do, y que como entiende que la ausencia es una gran 
medicina para el amor, me encarga á mí manifieste á 
su hijo, que prohibe en absoluto esos amores, á cuyo 
fin no volverá á acercarse á la casa de Tixplan. 

— ¿Pero vos, doctor, veis como yo en esto un des* 
acierto solemne? 

— Extraordinario; doliéndome muy mucho de tomar 
parte en él, como hombre de ciencia. 

— Y por qué recordáis también, señor Sandoval, que 



PEDRO DE ALVARADO 



35 



-entre vuestro caito decidido á Minerva, no habéis en 
^guna ocasión olvidado á, Cupido. 

— Cierto es, señor líiiguez, que algún desengañólo • 
^ó en otros tiempos hacerme victima de sus iras. Yo 
amó á una mujer con locura; más en silencio, con esa 
adoración mental y callada con que elevamos al cie- 
lo nuestros votos. Aún lo recuerdo: su memoria era la 
iLLüica compañera de mi corazón. Al lado de la joven, 
sentíame yeBcido por no eé qué rubor indomable, el 
cual me impedía hacerla dueña de los secretos de mi 
alma; lejos del ídolo de mi frente, esperaba todos los 
días con ansia febril, que llegase el momento de visi- 
tarla; más como mádioo ¡vive Dios! 

— ¿Oi aaainoráBtdis de ella, según varias veces me 
habéis raferido, el primer dia en que os llamaron para 
prestarle víiegtra asistencia? 

— ^Y continué por largo tiempo alentando en mi es- 
píritu menguadas esperanzas, que bien pronto vinieron 
á desvanecerse. 

— ¿En razón á qué? 

— En razón á que creí yo en un principio, que el 
pertinaz padecimiento hepático que aquejaba á la jó 
ven, era ocaBÍonado por un ejercicio inmoderado de la 
facoltad discursiva* 

—¿Y laego? 

—AI cabo da dos ó tres meses, cuando jala mucha- 
cha me miraba como á un hermano, vino á confesar. 

— ^¿Que no podia amaros? 

— Que la causa de tal dolencia se originaba de que 
sos padres se oponían á su casamiento con un hidalgo 




36 



PEDRO DE ALVARADO 



pobre, pero honrado, á quien adoraba con toda la fuer- 
za de su corazón. 

-—¡Voto al bisturí deVessaglio y ciánto sufriríais^ 
señor Sandoval! 

— Lo que no es para dicho, señor Iñiguez. Baste re- 
feriros, que me vi precisado á manifestar á la familia 
de mi enferma, que si queria librarla de la muerte, era 
indispensable su matrimonio con el caballero. 

-íY la familia? 

— Cedió al fin ante el peso de mis indicaciones y aquí 
tenéis al pobre apasionado de Galeno, convertido en 
verdugo de sí propio, porque para mayor tortora, em- 
peñóse ella en que fuera yo el padrino de su boda. 

— ¿Mas vos no accederíais á esto? 

— Sin oponer un ápice, aceptó el honroso encargo 
que se me conñaba; asistí á la ceremonia nupcial; vi 
luego partir á los novios, y para terminar os diré que 
al siguiente dia, caí en el lecho invadido por una ¿e 
bre nerviosa, que me tuvo entre la vida y la muerte 
más de un mes. 

—Sois un héroe, señor doctor, sois un héroe. 

— Mi idiosincrasia flemática en extremo, mi pasión 
indomable por el estudio, fueron elementos valiosos 
para que mi alma se libertase de los estragos de un 
amor profundo y contrariado. Sanó al fin, y os aseguro, 
señor Iñiguez, que con el trato ñrecuente de los bueno» 
autores llegué á convenir en que la pasión por la cien- 
cia, es la que causa menos disgustos. 

— Pero también en ocasiones, señor Sandoval, ea 
motivo cuando se exagera, de grandísimos males. 



PEDRO DE ALVARADO 



37 



— No ccnczco DÍDguno, á fé mia, 

— Paes yo sí, y os cescribiria un caso típico de b- 
cara científica, si no íeroiera molestaros. 

— En modo algunc: son las dos do la tarde y hr^sta 
las cinco on quo debo visitar á don Gustavo, nada ten- 
go qU'-] hacer. 

- Qué nio place; eiiíonc£sproriurarédcmo3ln;rosq':e 
toJa:; iaa pasícncs, ya so desanvuelvan en la esfera 
ani. iv-^a, ya en lo pumnaonto orgáüico, aoude resulta- 
ndo fat^J, cu'^niío ':aioCcn do uu freno qua las contenga. 

— Ikbl'd, pv.33, señor Iñígucz, 

— Oid, señor Snndoval, la siguiente hi asteria. 
E[ ilustro sabio oomrnzó su narración co.no en el 
siguiente capítulo se expresa. 



CAPITULO IV 



A las puertas de nltratumba» 



— Ajidrea Volpini, era un distinguido doctor napoli- 
tano. 

Sus estudios j experiencias sobre las afecciones; 
pulmonares, habíanle conquistado en su patria gran- 
diosa reputación. 

Su palabra brillaba en el seno de todas las corpo- 
raciones científicas como oráculo de fó, encargado de^ 
trasmitir la luz y la verdad por doquiera. 

Contaba el hidalgo con el unánime aprecio 7 res- 
petuosa adhesión de sus compatriotas; todos saludá- 
banle á su paso con veneración; nadie acertaba á herir 
en el sagrado de su crédito, hasta que el diablo de la 
envidia, pretendiendo ahogar los populares afectos,, 
lanzó sobre el doctor una acusación formidable. 

Un infame y menguado compañero suyo, le delató* 



PEDRO DE ÍX.VARADO ^ 



por habar hecho experiencias anatómicas sobre el ca- 
dáver de un tifoideo. 

Como sabéis que tanto en España, cual en Italia, 
existe ona disposición emanada de la santa Iglesia, 
prohibiendo destrozar los caerpos maertos de los hom- 
bres por reputarse sagrados, el napolitano tribunal 
condenó á Yolpini á un mes de prisión, que éste sufrió 
resignado, acompañándole durante su encierro los cui- 
dados j caricias de su bella hija Marianella. 

Trascurrido el periodo de la condena, el dootor ita- 
liano fué puesto en libertad; más como era hombre de 
templado corazón j con quien no se jugaba fácilmen- 
te, lo primero que hizo fué preparar todo lo necesario 
para salir de la ciudad con la mayor rapidez, j lo se- 
gundo, buscar á su acusador, con objeto de imponerle 
una lección severisima. 

Y realizó sus propósitos cumplidamente. 

Cierta noche volvia el envidioso á su casa. 

Yolpini acertó á salirle al encuentro en el final de 
una calle oscura. 

— ^Ya me pertenezco, — exclamó, — ya puedo proba 
ros como lo hacen los caballeros, que sois, Baldasarre, 
un villano. 

Resultado de estas palabras fué que ambos docto- 
res cruzsuran sus aceros; el delator perdió la vida á 
consecuencia de certera estocada. 

Comprendereis fácilmente, señor Sandoval, que 
después de este suceso, Yolpini no podia continuar en 
Ñapóles. 

Las leyes del país castigaban severamente el duelo^ 



*^ PEDRO DE ALVARADO 



y aparte de esta consideración, el hecho consumado por 
el padre do Marianella, representaba un acto de ven- 
giLDza contra la decisión de los tribunales. 

Atendiendo á este motivo podero o, en la misoaa 
noche en que eniíi atraverado el corazón el envidioso 
Baídasarre, salieron caute^oRamonts para España el 
afamado doctot y su hija. 

Lkgado que hubieren á nuf^stro país, establecié- 
ri :: o en un pintoresco pueble^M'liA di la frontera pire- 
n^i:r. á doijde.jacudian diarirtroen^.^* r^nUJtud de eufer- 
m\ , buí^c^ndc on las cx¿^e^VJoirí^ d í clima, el r.sta- 
! o nenien í:o é^ su quebrajíada fulná. 

No tardó mucho ^l meritísimo doctor ita'iino an 
ctiií^eguir en España, fama igua^ ó majar si s? quiofe, 
qii0 U lograda en su pns. 

De todas partes venían infinitos pacientes, do%hu- 
ciados la mayoría por sus médicos. 

Volpini con su excelente ojo xjlínico, hí\oia su diag- 
nóstico; pronosticaba el result^do de la enfermedad; y 
desesperanzado en oca^íi.nes, por.ía en juego todos los 
resortes de su sabiduría, h^iC^ta ol punto de realizar cu- 
raciones que se tenían por imn^i^lblc^. 

Entre las personas que frecue^:tr».ba i la cas^ del 
doctor, habia un jóví'nde porte ítiro^r), decontioento 
distinguido, de cuna ilustre y de o-ipital no excnso. 

Llamábase don Femando de Saavedra, y dolíase de 
un pertinaz catarro al pulmón^ que le acosaba con ter- 
ribles accesos de tos, terminados los cuales, quedaba el 
hidalgo tan asendereado y maltrecho, que á las vec4s 
juzgábanle difanto. 



PEDRO DE ALVARADO 



41 



Condolido Volpini del padecimiento del joven, cuyo 
remedio conceptuaba del todo imposible^ y atraído 
asimismo por su cortesanía y afíibilidad, profesólo bien 
pronto paternal afecto. 

Invitábale á manado á su mrs'^, procuraba dis- 
traerlo, refiriéndole sus aventuras de'; .período estudian- 
til, ?alia ccn ól á emprcnicr largos paseos, y íiábsse 
fin2.1aiente traza tal para mostrarse al Jóv-n -^.ririó í^u 
protoctor que, participando Mz^vi^tsW^ do cí.tíis r.iv^x 
mientes, llegó u amará don FcrnKnd-) ccn todn la 
eu^ gíj*. moral qus prristaa los dÍ3z y siat^ ' hr'lor;. 

Hizo Volpini en el coinionr^o dj cf^'ns r jl-^ior.c'^ Jo 
que se llana la vista gorda; mas coció S^x^ ..*r ^ ín tu- 
viese por caballero, quiso ricrmaüzar su sit:;.:.-^ on res- 
pecto da aquaila faoailia, y expuso al ef^cto al doctor 
los honrados prepósitos que acsrca de su hij i í.bri- 
gaba- 

Andrea Vo'pini oyó con la r>enrl..a en les labios á 
Saavodra. 

Manifestóle gustoso de dar en í?u dia la m?.no de 
su hija al joven; paro anta todo hízolo saber que lo 
inniediato, lo conveuienta, lo urgentísimo, er^ aplicar 
ua Jenitivo á su enfermedad y prc curar á toda costa 
ea restablecimiento. 

. Desgraciavle.mente Sa'^.vodra empeoraba de tiempo 
«n tiempo. 

Los cuidados ó inteligente celo del doctor resulta- 
ban ccmpletamento inútiles, raro era el dia en que el 
hidalgo no so viese en la precisión de permanecer en 
el lecho; y cuando lo abandonaba, era para encaminar- 

TOMO n 6 



42 



PBDRO DE AJLYARADO 



86 penosamente á la casa de Volpini, apoyado en los 
hombros de dos escuderos. 

Marianella sufría horriblemente al pensar que iba 
á perder para siempre al hombre á quien tanto ama • 
ba; Volpini procuraba disipar sus dudas diciendo á la 
joven que se tranquilizase, j que él le respondia de la 
existencia de don Fernando. 

Pero el doctor engañaba á su hija. 

Un hombre de sus vastos conocimientos, sabia per- 
fectamente que la lesión ocasionada en el aparato res- 
piratorío de su enfermo, era absolutamente incurable.. 

Sin embargo, tal confianza abrigaba Volpini en sa 
experiencia j estudios acerca de la materia, que cual 
mendigo hambriento que después ie largos ayunos- 
busca en los arrojadizos restos la anhelada mone- 
da con que poder satisfacer su apetito, asi el doctor 
medio enloquecido, con el cerebro agitado por la me- 
ditación, y la vista anublada por el estudio, ojeaba con 
avidez durante las noches sus viejos volúmenes, para 
ver si ellos suplían á la deficiencia de sus recursos 
terapéuticos. 

Todo faá inútil, Volpini midió en su extensión la 
gravedad del caso, comprendió que el fin de don Fer- 
nando estaba próximo y queriendo ahorrar á su hija el 
tremendo dolor qne habia de causar en su alma sensi- 
ble presenciar la muerte de su adorado, aprovechando 
un periodo de fugaz alivio para Saavedra, dispuso que 
este fialiera en dirección de Suiza, donde permanece- 
ría cuatro meses, hallando de seguro allí, según mani- 
íeittaba, rápida y total curación. 



PEDRO DE ALVARADO *^ 



Saavedra con gran sentimiento suyo, pues que iba 
á flepararse de Marianella, accedió á las indioacionea 
de Volpini, no sin jurar á la joven que volvería á bus- 
carla, que sería su esposo, j que les esperaba un por- 
venir colmado de dichas y de ventara. 

Cada vez que el doctor oia estas frases, procaraba 
esconder en una falsa sonrisa la expresión elocuente de 
dolor intenso. 

Ilusiones, esperanzas, castillos en el aire, sueños 
de color de rosa, propósitos de tras formar el mundo 
en beneficio de una dulce existencia personalieima, hé 
aquí los caracteres psicológicos de ese terrible padeci- 
miento, tan traidor á mi entender, señor Sandoval, 
que cuando nos presenta la vida bordada de todos su» 
atractivos, es cuando está minándola con el fuego de 
una fiebre lenta j agónica. 

La hora de la triste partida de Saavedra son6 
por fin. 

Era una hermosa tarde de Mayo. 

Volpini y Maríanella, hallábanse sentados uno en- 
frente de otro. 

El primeo apoyaba la noble frente sobre la palma 
de la diestra mano, y sostenía en la izquierda un grue- 
so libro que leia con avidez. 

La segunda ocupábase en hacer un bordado prí- 
moroso. 

Profundo silencio reinaba en la estancia, cuando 
vino á interrumpirle el ruido causado por un coche ^ 
que caminando apresuradamente, detúvose á la puerta 
de la casa. 



44 



PEDRO DE ALYARA.DO 



— ¡Cómo! — exclamó el doctor abandonando el códi- 
ce j poniéndose en pié- — ¿Habrá sido capaz de venir 
en persona á despedirse de m)sotro6? 

y ya iban á salir padre» é;hija. á la escalera, cuan- 
do el hid;Jgo enfermo, conducido en una silla por. dos- 
de cus cói videras, apareció en la puerta de la habi 
tatiíon* . ^ 

— ¡Fern-indo roio!— exclamó Marianella comando 
h<iwi:4 el. 

— ¡Qi^erido SaavtjJr/i! — repujo el doctor yendo á 
ubra^P;: i^ ^^u cliente. 

— Or¿;CÍa?, amados de mi corrizo^, ^raciíxs', — contea- 
toAlon FornHüdo.con apagada ,y(r, eotree.hMido ks ma-. 
nos de bUs í¿:'igos. ■ . 

r— Ya veÍ8, — añadió,' — corno me encuentro muy.me-, 
jorado; vcrjgo á despedirme .d'j» yoeotros per^oDalmea-- 
te> la ausencia ha de ser- certa: cuatro mes^a no más; 
dtíspu:G.,. siempre, siempre í. vuestro lado. ¿Verdad^ 
qn^ te aoorc'-avui da mi:, Mari^v^ella mia? ¿Verdad que 
ri.'jr.u.ti Qiviíj.^reis, doíitor? ,, . - 

—¡Oh! N/Tica, nuTc^, — í^xclr itarcn yolpini y swi 
Lija, ca voz cntrecottada par el ^sufrimiento. 

T-'Puac; ¿itjndo así, yo jn^ voy tr¿^nq'iilo; no tengo á: 
iiaíJ:o. í.:i el iiiuatio más que /«..'^''osotroa, por e^o redar' 
mo Vu:.wtiO L.fecto. Volveré, asi; sano alegre, sin 
a:iujga:c.-; á querer con teda mi dma á mi Mariaue- 
lia y á lAi buen padre. La bqrajdQ 1¿, partida ha sona- 
do, la ícparacicn es precisa. ¿Vei.s? Ya habió con me- 
nos dificultad; ya respiro con más aoiplitud; mi cora- 
zón se ensancha y lata más tranquilo. Venid, acer- 



PEDRO DE ALYARADO 



45 



oaos, quiero daros mi abrazo último á las puertas d^ 
ultratutnba, para repetíroslo después en la plenitud da 
la vida. 

Volpini y Marianella, acercáronse poco á poco á 
don Femando. 

Este rodeó sus cuellos con sus trémulos brazos^ 7 
al propio tiempo que una tos seca y convulsiva se es- 
capaba de su pecho, exclamó derramando abundan kes^ 
lágrimas: 

— No bajéis, os lo prohiba. Dios premie con dadi- 
vosa mano, la caridad que habéis tenido conmigo; ya 
8e lo pediré en mis oracione3, yo pondré de intercego- 
ra á mi amada madre que está en el cielo. ¡Adiós, 
queridos mies, adiós! 

— ¡Feroandol ¡Fernando! — gritó con voz desgarra 
dora Marianella, viendo desaparecer al ídolo de su 
corazón. 

— ¡Hija, hija mia, á mis brazos! — exclamó el doc- 
tor, recibiendo en ellos á su hija. 

— ¡Cómo, padre mío, ese Hanto! Vos que no ie der- 
ramais, sino ante la realidad de la muerte. 

— Yo, hija mia... 

— ¡Oh! Sí; no me lo ocultéis, Fernando está muy 
malo, morirá pronto, no volveré á verle más: hablad 
por el cielo, padre de mi corazón. 

— Pues bien, hija de mi alma. Fernando, es cierto, 
está muy grave, mas no hay que desesperanzar; los 
aires de Suiza, sus alimentos nutritivos, el plan que yo 
le he impuesto; en ñn, creo que podremos salvarle. 

— ¡Oh! Gracias, gracias, padre amado. Vuestra» 



^ PEDRO DE ALTARADO 

palabras son una corriente de dolcísimo consaelo qae 
Dios me envia. Si Femando mañera, yo no podría 
«obrevivirle. 

El chasquido de un látigo al herir el Tiento, y el 
raido de un coche que partía, sonaron segaidamente en 
^1 oído de los dos italianos • 

— ¡Salvadle, salvadle, Madre mia? — exclamó Ma- 
Tianella, postrándose de hinojos ante una imágra. 

Volpini, mado como la estátaa del silencio, intro- 
dajo la diestra en sa coleto y qaedóse en actitud re- 
flexiva. 

Al cabo de un instante levantó la cabeza al cielo, 
j lanzando un ^bogado suspiro, exclamó: 

— No le volveré á ver. Le he despedido al borde 
mismo de la tumba. 



CAPÍTULO V 



SI snefto del imposible convertido en realidad. 



Pocos días despaes áe la partida de don Fernando, 
la casa del doctor Andrea Volpini^ semejaba á nn ce- 
menterio, por lo silenciosa j triste. 

Marianella hallábase dominada por profunda me- 
lancolía. El doctor habíase convertido en yerdadero 
misántropo. La separación de Saavedra era la cansa 
que arrebatara el único placer en aquella mansión, 
templo de la virtud j la sabiduría. 

Durante las noches, el doctor sustraíase átoda re- 
lación de amistad para consagrarse á las investigacio - 
nes de la ciencia en la soledad de su gabinete. 

La hija de Volpini, pasaba el tiempo entregada á 
^m labor, lanzando anhelosos suspiros, j departiendo 
.con nna su vetusta dueña, llamada Margarita. 

Quiso el cielo que al cabo de quince dias trascur- 



48 



PEDRO DE ALVARADO 



ridos desde la marcha del hidalgo, recibiese Mañane 
lia la primera carta de éste. 

No era aatógrafo el docnmeato; mas como iba sig 
nado con la ñrma entera del enamorado jó7en, cao86 
esta circunstancia^ incomparable satisfacción en el al • 
ma atribulada de Marianella. 

— ¿Veis? — decia la niña á su padre, mostrándole la 
carta. — Vive aún: la Virgen me ha oido. Es la cari- 
ñosa madre de los qae lloran. 

El doctor limitábase á contestar rugando el ceño^ 
y desprendiendo de su labio una siniestra sonrisa. 

Empero pasó un mes, y otro, y oti*o, y don Fer- 
nando no volvió á escribir. 

Marianella vertia amarguísimo llanto; su dueña 
Margarita procuraba consolarla con cristianas refle- 
xiones; Volpini exclamaba con acento triste: 

— ¡Gomo ha de ser, hija mia! Dios lo ha querida 
así. 

Y cual 8i la muerte de Saavedra fuese un liecho, 
enlutáronse Volpini y Margarita, encubriendo María* 
nella su hermosura bajo las tocas de la viudez. 

Si á través de los negros velo^ en que se sepultaba 
el dolor de la joven, se hubiese tratado de examinar 
BU rostro, nadie habría acertado á conocerla. 

Surcos y huellas tan marcados habia dejado en su 
tersura la aflicción. 

Volpini, al advertir el estado de su hija, suñia 
tanto, que sus espaldas encorváronse extraordinaria - 
te, tornándose sus cabellos como la nieve blancos. 

Don Fernando de Saavedra, habia encendido en el 



4* 



¡Caántu Teees el des<U»iii^4ftPlM»()l»ft MB»di9 rftp,- 

Recordando la envidia de Baldas^nv^iSIlUéAPVi-I^:) 
llMTiü» i^^^fttf dffk :miM!^#lli-})»Wftiki4« Yi^^ <«bli- 

permaneñdo en Ñapóles, su saerte no hs¿iiá% fi4^.-^n 

. 4iwa»[n9ft:<í#fMÍPfRÍ^4M««d«»4^fls^llfk8,-^iqp^g 

trafiablemente, daríais ^M][, i^iQp ,ta. m»^ ^ , l{m{i: ^de 
esKOHi <^ n^q ^.}ofi<>pjriflWil9li 9Íiliya|lop: ewppeop.- 

«^ Il«r í^ b^d^^wlpav ó,B»]!tM(il9n*e^ m dea . 
gracia, si la responsabilidad correspondo en.^soloto á 

— ¡Oh! — ^añadia el doctor ¡t^ia 4íf<-rr3f^ idemaBi^^ 
cmel al no T<9f i^e^taír li^ 9l<«v(iiia 4e SfuiT^dra, qjie tan- 
to me amaba. ¡.Dec^Mba^ ÍA:^@f(t J» gP^urii del saeño 
eteim»! ^<fom^)í«¡\iSik ^^f^ «^ seno. de sa madre la 
tierra. No podia vivir, estaba en el último periodo de 
la ^fis; erft.la aaiáqikma,,eftjoci eleaMntoacompfMsunites 
gastiMlos poTi»} trabaje. 7 \if]íoj^y baciaa imposible la 
reparasion. Yo b^ beeb(( 9i^i^ hi^ estado en mis ia • 
cali|9d^ por :^t^r^ pwp! la; cáfineia '^s ineñqi^z . en 
casos jQOíBO este* Tc^gaial cojañanza, en dla„ qne W • 
ta milagrosa la orea; «ii esjib^rgo, ian coinv^(»4o «s- 

foMon "I 



dolé ooMptteoér eit^tlí >]^|ieM»o^^ * 

evocación, ó ánima en pena que 4ÍéM'«l«b«Édotfffik 

Bn MtoÉ y otM«ipiiiáÍtfgei ápgmM^^^ *«ii^«ta^'^ 
ras, deshadase la mente de Vol^t 4lfK)i»te lail kaiOíii 
de8liai0l«litieftt»v«-^^^'''^i t.'. ¿.L'vic* ^^ ■ '•-' :-■-..:'. 

Y ya ibaá^ íh-ariWiri*iiti^«tAif^e<Mb(]KÉ|6>4^ OiaMM^ 
del hidalgo enfermo, cnandtf 'flÉrf|ié«kitMlini«nto iifito^- 
pendo, 'vino á eaoar á^o^ñni^y t'flti h^^del^l^o 
ed qne estaban. " -' '-^ i-'-' .''C'.,.'/ .-^ o. .. - ^ 

Cierta noche del mes de diciembre, cnando lié al'» 
tascmnbre del Pkineó ápareéé» «MAidHM>^dnáéve, 
Maríanella resaba postradA^dé hkojos ante la itn^dn 
de Nuestra Señora -de hiSeiectadr ^ * ' 

Margarita, la daeffa, hfttibá áisn lado,' f áé tieía- 
po tú üempo életábá^ 4 la altutá sftS^ o^ ti^tes^y^de 
lánguida expresión*. . ; i . .. . . . 

El doctor, como de costambre, dábabá i¿ estndio 
en la habitación contígtüA. ' — ; - : - 

Guando la calma era táaf<»r, y Aás profundo el si« 
lencio, peaetr6 un criado en k estancia. 

— ¿Qué ti^es, Oosme^^-^dgantóle^fi interés Máir- 
garita. . . . . ' 

— Stfiora,-^resp<m(iidle e8te,~ufi .hidalgo/ séfifúido 
de cuatro pajes, acaba dé apearse de su caballo éki el 
zaguán, y dice que quiere ver al señor díótor. 

^Ooaa más extraña á estas horas !«-^tclaii6 Ma - 
rianella abandonando Sa réío.^Te has fijado,-^pre- 
guntó al sirviente, «>Hn por ks irazas^ de ese ' hotiibk*e. 



S^^e ooleginfe que mcLfi Yf^cU^49 .oalHtll^. m 
ocolta im ladrón? . , ;,../... 

*-S6&or% entíendo qae «1 49f(9onf<^ de^ «Ar 4iii 
ipble df^ eleyadísima |f|oantiapsiw mpcM^ Ul expi» ^ 
«on de 8Q ^vm^miñp j^la ríqjDi^fl^, d9 «n tri^f .4o iédi t 

— Quién sabe si deseará hacer {dgnna consqltn 4 
«niestro sefior padret— repasa <^ seriedad M^garita. 

— Paes pronto ff^^T^Wa de^ diidaSir*eoa^6 lldb-*. 
TianeUa.— Oosme^— añadi6)-^decid ^ ejie caballero que 
pendremos alto honor en recibirle. 

El eriadó abandonó aprefnuradaoi^ntf.iMt eatomeja,, 
j á poco presentóse en la pnerta de ella el descamo r 
•cido* ^ 

Con gran ceremonia salado á las damas^, gaaa no 
podiendo contener losimpnlsos de sa cor^on« abrió 
ios brazos j dirigiéndose á la jóyen, repass); . / . 

— ^Marianella, Marianella, ¿no me cónocei? 

— {Virgen santa! ¡Fernando! Si; no cabe dada. Bs 
-ély es él; salid, salid á yerici padre mío. ^ 

La joven cajó en los brazos de aa amante, ala aa« 
.-son qne Volpini aparecia ante ambos. 

— ^Qaé es esto? — exclamó con gran seriedad. 

— Acercaos, padre mió, j rereis á on resncitado* 

— ¡Jesacristo! — gritó el doctor llevándoselas manos 
4 la cabeza al reconocer al joven. 

— Sí, soy yo,— exclamó éste abrazando á Volpini. — 
lEÍ délo me ha devaelto la salud para vivir siempre al 
lado de mi Marianella v de mi cariñoso amigo. Apre* 
^ad, apretad, sefior Volpini. ¡Cómo! Tembláis como 



^ tme^"^ KWüádiiM 




nniB 



me miran con espanto singalar. * • " f; t: " ' '^^'>o 

oM^tfltid^ elí*Miaa«;^-^l&m6 él (ToeW/^k&ir 
Ti¿i»le'illi %tfl^á»<^ )a «i^i>^ibn"de%ldcií^. '" "^^ 
Y laego, examinanda coidadosameate á Sasvédfa, 

6«<iry¿é«^ to krtiMtol Sel i&m¿, láf ^ez f6^ nofá^ apa- 
M06 j^ata 'j^&a&noéi áii^ ptegat^a. Para 'de¿ii!nó8^^^^ 
le lloremos más, porcme está en la glóha y ofdüdemoir 
á ÍHéb 3épl¿rána!iy ét^^^ ñío»lo'%á air^átacíó^^ la. 

tíef¥í: •^- -''-^^ ^^•^'-'. ■'' ^ '^■'" -'V^^qí^j 

— ¿Qué es lo qae habláis, señor Volpini? ;^ 

'-^IX Yéj^Áá'^ lá VeWkdi— contestó el dbctor' iretjro- 
céÉéndóíeipknlado. ' ^ ^ ^ «^ 

— No os (Síriipteiidó. ;, ' ' *^ 

— Qqí¿Í qníera que te envíe,— contestó el #¿3ica 
píresa dé 4;eÁor ihttsitkdo,— sabe, jolil tú^ espirita Ta- 
mortal de don Fettiaridó de Sáavedra, que ya no éíeva- 
réíbóé por ti nuestras oraciones al Señor. Eres dichosa 
á su lado; la eternidad es tú imjierio; huye y apiádate 
de los que quedamos aquí para gustar el dolor iíómo 
úttSco aTfm'bnib' d^ nuestra deleznable efxistencia^ 

El hidalgo juzgar que Volpini debia indudablemép- 
te haber perdido la razón. 

-^¿Habéis enloquecido al mostraros asi? --preguniólp^ 
— No, no; estoy eíí nú sano juicjlo, todQ§ lo saben*. 
Nada altera la regularidad de mis intelectuales fi^i- 
cióikes. 



SmP 1^:^^"^*^ * 



— *^Qf iieiido así^ señor (jlactqr^ ac^rcao^ áinliuie- 
TiüQsenie j os coÁveacereÍB dd que lejos d^ l^J^lar con 
;iui espirita, lo h^^ia^^^ajaa jipmbre qu^jii ^«.^ffi^siA^ 
l^reompleto^ 

Vacilando Volpinij^mir|a^do ya^l^ 

— Aiiscdtad/ai^M^ 

El rostro del sabio tifitee con el carmín d%|§nAw^« 

HMtballero; detpnes sobre el 0(Wr!»)R:jijB^^ 
«uOi^wUa sn^esialda, .grit^,gq5|^9íí4§ííi»i«MftJ*büo: 

ciencia ha triim&do tomándome por mimll^ 9B3^i . 
, -TjVei^ cá^ mi fm^^P P^^^emPPÍ* ^ ilMpdad 
..J^^d^Oa? . ; ^ \ ; . r:,'. V ^,., :^...:í i,, .. ... 

— Si, es CTÍdente, — contestó Volpini ébf|^i^jg9M^ 
^entíndo, — &iladié,-^tu me otorgas en una bota lo 
po me han concedido treinta años de estudio^ JSÍfi. 
fhMB sanado^ acabo de verlo; no ea una iksioQi ^4 rJM^ 
deicubíerto inconsciej^mente el medicamento qnfl fMKft 
ln taiSf porque el clima sólo, el aire sólo de las flIQi::* 
ta£lQi3 da Saiza, no te ha aliviado. ¿Verdad que y^Jí^ 
'ha aiiviado? j (.^j, ,v, .lu ,^fnFi.^ ,ílv >* v » i -'- i 
-r^rT^* lo habéis dichoi seflíOT Volpini* 

— ^ípfai j0f acias, graciae, Dios mió! — exolaml^;if^ 
doctor cruzando sus manos y cayendo de rodlUaftw^rr 
jLa bomanidad salvada en au mayoría y yo Uef ^0^9 
el hieneitar á todas partas!. ^^^.í j¿, , .h.mi> j» ^ ^ 1 



'A i4ÉMfbk^^d^a> 



aotLJlPMép mámsíYi^ "isM^fií/' ifii»^ir^£P^ 

nemos que hablar macho y largo sobre ^Sn^é^s'^ 
rale un signo pfift^'^^kj^fáfMf tf^^^ 






< »' 'toidlb ^««¥'^«011 FMóido, jg^ípéÓ caítiCSsa- 
mente sn hombro/j^con palabra nermsa y ^redpi^í- 

f^m^iiítfésm'p-vi^íi m>^^jykikm-ú ie' Mm' ya. 

'tüa Hifi&'^SÍañkaí&fiftó má'ié ire^e^s^e con in aif- 
>^iáñeBf!t>ri^cli^«ifl»oí al süóerdotiió <fó tari brSfésfc^. 
mu fidfiAiAi'^filivgW:^ á lá inTetriieadoñ' y al sM; 
flÜMfe Wfi^«¿%^éfet^aíi i}«ie<K'iyiiM¿2k e¿ttte, 
^aMotlUii^loér ÁioeÍ¿i ioliás importantes de k vlday 
para penegair ana planta, nn insecto ó nn niiñértd/ 

Treinta aáoÉ:lte^O'<^no inferrñmpi^'dónsagra- 
^oii-él ttaftamiiMto «tó^¡6fifte)ttedli8éÉ'liiié iáitótm al 
«pámfa^ Ns^rati^riV^abHgo k completa iegttrídad 
¿iqie k ilvleftobí 4l«£M 'iB£pe»iiteeataba» coanOo «ü- 
liste para Soiza, es de las repiitachs^incaraMes. Yo, '4 



(fBM^j>Ss^lMiftftV> ^^ 



Aunque Ripóorates en persona hubiese tornad(MÜi/ptiu^ 
4»;iÉral4e«|rnl) ^11^ ^«iwaqM^ ha- 

hm(9MMiW^ iiíkf^imímÉ6s^mtr 

tur, que abrígnó la oonTÍcoion firmísima de no Yolrer á 
Terie* Vuelves ahora j me espanta tu reaparición; 
examino las funciones del órgano lesionado, j me en- 
cuentro, con indecible asombro, que estas se desenvuel- 
Ten con toda regularidad. Atribujo tu regeneración á 
nigrománticas maquinaciones, j me contestas que no 
hay nada de esto. Cierta me^oina desconocida para 
los doctores, es la que por disposición del cielo ha con- 
segaido salvarte. 

— ^Esa es la verdad, señor ^olpini. 

— Bien, Femando mió, bien. Tu declaración es el 
mayor obsequio que pudieras hacerme en el mondo. 
No te extrañe, pues, que jo formule un interrogatorio 
prolijo. 

— Hablad cuanto os plazca, señor Andrea. 

— ¿Dime: el medicamento te seria propinado por la 
gente campesina? 

— No, señor. 

— ^^Entonces algún naturalista intervino en el asunto? 

— ^Tampoco. 

— ^Pues no doy en quién fuese el afortunado ingenio 
que lograra conquista tan difícil. 

— ^El que todo lo puede, — contestó don Femando; — 
d que con un ^ea de su acento inmortal envia el rayo 
á la tierra y mantiene los astros en el espacio; el qae 
agita los mares y calma sus iras; Dios^ en una pala- 



^ QfgiM iMSiLMUtO 



-m 



i: "T 



f .. 



\ V íT sh fimi?ii;nn floÍDOÍvaoa bí "jiigh J£ exjp /n: 

-'.. I --f' c'..-,: ísaicibem .-^JiaiO .oí-a :^;* *íí ^t v. * 
.•*-. .iT -5 :¡- j' TLiítí >;insif jq '^r:. 0*1-: 'í-.Jo 1C7/. . 

.lOÚM ,0>' — 

.oooqm/ r — 

— -:^ u 'i'ij 1 : j-itrlflC'.»— fdbtit''' c'c*^ • íjl . i — 
*5 f.'jj ' *ioü! :: u*:;: 0J8 z;* oh i^^ z.- -*o: jü 



'*. >iJ« ¿üiiíVO T B^l iUI 5 ! . 



o<iA-fí^v"A ai oa<ía4 



.oíiUjd 19UT0 ¿ obrj.:íitne g/;-»".ií /-!,[ v v, ;!; •.. i . v, i- 
"uíTjújXsI íUp XiY übr>o (^ ,?uLíoí c::nl*^í .!•,/.!, . . ...1 '. I, 



.¿^ÍU.íi Ü. í/.i^ 



' { -^i-.-üvi 6 .C'jTíjno foi 'h g^Ij.v.;.- ; . ^ ' 

«1 tnjeoto padiera ofrecer, síne en razón á la grqkT^; 

Bn tal ñtaaoion, do|9Jpm^ ,4^ t^ügS^r «i^iui^f 
«•ibfUWir^ltoWftifJiWr Ift.^T^W mífli logré dar 

nes de la Helvecia. ..j^r.^ noínp ?. á-- ;j i.. :. .. ' .•.:;.^ 
. . aB«,tFBMr«WPÍfn^feCTl^j^Je?r/g^ eson- 

dflttfeiíonnfoieAmiP! áWa/ílft; l!|W<ii.p'^: ,<í¿^^ ««* 
zaganaria ja, no taro inconTenienter i^. j|e{ei^|jrnae ni 

.; uUTf«jbl^h»PW!pac,fl|ftffl| yfiií4fi4f>r<í,^ngel;4e ca: 

TOMO U 8 



^ ^PBDRO BV ALYAIUDO 



darme caenta de qoe existia. Samido en el lecho^ pa- 
saba los días j las horas entregado á cruel delirio. 

Los módicos Tenían á yerme de tarde en tarde. 
Habíanme desahumado todosi j cada Tes que abando- 
naban mi habitación, repetían á la cariñosa vieja: 

— Cuando volTsmoií^'^^ií^^^^o descansará para 
siempre en la tumba. — _ 

Este fatídico anuncio arrancaba abundosas lágri- 
mas á mi hospitalaria amiga. 

La ternura de su corasen no le permitía advertir» 
sin conmoverse, *iÉBqá^|lrÉcínn^«debfSh6jimo. 

Un dia, fuese porque la fiebre llevara cierto ficti- 
cio vigor á los músculos de mi cuerpo, 6 ignoro por 
qné otra circunstancia, sentíme con tan buenos alien- 
tos, que apenas amaneció dijele á mi noble enfermera: 
" ^Seílbíá Ukm.lié pttíytf^^«ftiríítty 'tf 

—No haréis talmienti«üstfb'^98%f«iiíé^^^ 
írfepasa'SefétóSfóátéW'tl*^ ,nn--:í:. I-, n.l 
' '-^Siento mgcfift^i^y'M -m^^^íÉém^.^^^^^^ 
le mtTy enójiíS^J'^^é'fdHam ^aéM^ft^^Miic^^tf» 
salir, y lo haré ]^se á quien pese. í^í^^ví TT S v ,n 

' La pebre mújóriio^Wi^árw 

^ — Hácéd'lo^ue MI fila^,^^ 
con íoüo ht&nflde;'"'^ r--v-o'^ni c vü^ en ,i^x i'imf^^^^rA 

Y en efecto, á eso d^qks nttéVe déí ta -ifiíA^ 
abandonaba yd ini iH^té hMSbtíy luMétká&'^fO^tdo en 
los brazos de mis servidores á respirar el aire libitf. 

La contenáplaófoií" dé' un ^inénntAk «spüldido. 



¥v^ tíi^^títidSo '^ 



eaaj 



„ kjado de i¿MiiAá^7lÍ¿'feí^rá;'llétó &í ei^^ 
ú kiéijíbmi |(ié1M¿i9¿ ^éU^éer'I¿¥ó^a'W<|^e o» 
oenniera, tenor YolpiDÍ, enviarme átandelieios^pa^iíl 
• - Difta^M^ Wlá ^)MWar dn^áfoB^dilIo. aesSé la 

eayw lados crecían en exaberaíñ» '^ejoücLáá, jiltintliiij 
■íl»éBdeí«ÍlifeftA<^6^^Aá.'-^'^''f'* • - '--'•' •' '--''• ' ' 
. Odkb0¿e8¿é'aWfe6'^te'''tÍ¿''ft^¿9aif'se;á^^. 

eortado á ixeé^W^fétiüeViíé Mtííú6i¡,'tltáimíy¿- 
iiié-p<k'lkms9éi^áé dAc^nder'^á' dl/V'ófdeii^ Í.mi» 
te»Vidói<Mq4&^^iiié'^ííd¿J«étó^a^tfáriag¿r::' " ' ' ' 

' teftb jr »ti¿osá^éift«^ éiñl>r&gd!&08'^ piaoVr iéík 
^ Éióféi1lrá9"de>'a3bda%ii^-^^&íh6r dejado 'aÜrá^, 
tttattd» ál'¥bl(«<ef úá^e^ftéfift i^códójUMtúík irtt^- 
blem^nte atraído por los rarÍ8Ímoiil''cáf&ct4réÉ <íe tina 
^to«/¿iiitó «ayo Inc^zóól^aje déttbóllab^ 1^^ 
to, representado por pequeños granos de ígtttd forma 
qne la de loe fríjoles j de roja j encendida cblOT'r ~ 

' Yer 'ftqneOd f éR^kxí^íiá» ÜüMtanéñtcf, hé obra d» 
nn momedtor. Sttf ááber'póldtilí; ^isürdselbiiiaiVa^ii^iáíid 
el miitétiiriíb fí^eitíílffJS: oSeffias ^ne más'lór ób^érra- 
Im; ía'áé |itáízaüÁ& sé dekpei^a éá liiS éld^éo de gas- 

Mior - "■'• '■' '•"''." ■ '•' '"' ** ''' "' '''"'■ •-' ' '• '^- "'■ '•'" ' 

Don g^ fribaj^) ^¿eispí'tadiénddihe dél apoyen d» 
mis escuderos, pade acM^rmé al tásiado «irbdst^L - " ' 
- ; 'BaAéÁé én\iérM, lleVé ziti diésl^ al Mto| arran- 
qué -variol grÉüté^y cótai'tlos ó tres dd ellos;' ' 

— ¡Santo Cristo dé la Agonial ¿Qoé estáis haciendo, 
sd&or? — ^pregnntóMé akd'dt los nmülós. 



^ <ÍS!W>.'J)F5W'W*W 



Ninguno de mis airnmii»ji.ffígf^ñ^4imvt^-tt» 

"08 digo, qpA fil rwfito aa^f^W^:^ 1^ ja§é,)i8Wl«i JÜÍP 

Üc|n<iiiii^ 7 «^#1^ -n. 1 . 1 T : . Bit. 

ÍW; :!',:-. ' .. , .-. -.v-'í ■-"'■' ■■■' • ' '^ 

-B7# .fP^Í?? .c»feh iÍ!HÉía<JP^?WV:.p» «^r *.llf^ 
gnmos, 7 no quise reyelar mi hallazgo al doctoiPof^fii 

ticajqM.v<ui:ptóiórfis,OTblíÍ8y;|ib¡.. . -.:... ..u- 

-wjOhl í>i»oiji^^r§ci%8|;P|Rn^«^9¡Í6i^^ 
«xdamó Yojpipi estr^^a^v^^lftll WJ^P.l*' ^^^ 
de su aiDiígp. ■ . _ ¡ ,:.:o^ /. ■! \.' ..•.•. ........ •'., -• 

Saavedra ct^lf^jvi^ d<^ e8^^§{|ert^ ..,; 



Mn^^iM K'víÉm <n'' 



rertableoido, j annqae me qaedaban alganols' gfót)ial6(í^ 
de la Biutancia sal&tíftíirá,'' qifisé Volver 'á'^i^eóreolar 

Mas bien pronto experimenté tristísima déoej^dioiüi' 
Ete^a'&ei&dát íhiftkttiV' ¿péi^A''Mb¿dó;: eí^sol; 

dirección del poético valle. '' ''" 

Llegaé aM y {íéuití^á 6it la' eápesn^. 'buficáhdó'el 
liigar M bengfleó atbii8l|b; ' ^' ' -^^Z * ^ 

Mi eof aüoii %]!fi^sé ^gadd (lé^^étia al cóhtem- 
^písale. Estaba tettdíd& eii tíenfa/ lieriáo áu troncé, 
^áMdfts j malrcMttó ana fiojaí^ /; 

Gonfiésoos, señor Volpizu, (jae ante el coadro aquel 
acadM á tu)i ojbsiatnií^^' l^n^;^^ tierra j 

déKpues dé tesar varias reces aquellos mudos restos, 
exclamó: '^ "' ' ' 

— fPdbíe amig'O mío? •TJu'aí^hégacion no tiénó lími- 
tes; los hombres cl^biéran iüáitartei has recibido qui- 
zás con gtxsto k mú^rfó pbif (íeVolVéir á un d€fsdÍ(Áiado 
la tida. Acción suprema / ndbíe que no olvidaré ja- 
más. ¡Dios mió, bien haya tu mano ;nisericordiosa que 
hasta en el seno de la naturaleza hace brillar la virtudl 
Volpiní que ya sé impacieitaba, desdofio de cono- 
cer el milagroso vejetal que salvara 4 don Feí^iando^ 
retrtisó: 

•^¿Has terminado, verdad, hijo miol 

—Si, señor. 

— ¿De siierb que podremos analizar, esa sustan* 
eikl 



«a. ^PJWÍ iflt ¥iV4Wft<í 



,, — ^ epU^jfi^ístmioijmm S»»r japoa, i4gwa ttai- 
Saavddra introdajo la mano ^9 m js^oi^ifQeU j Uft 

,. R^tró despiji^pa 'ao]b¿^. J. el ret^iltaclo. pié t^^ift- 
Wen ineficaz. 

— «¡Santo Díoa!'T*dxolaaió UexiJQtdoya lá^ P^IP^noii ( la 
•cabeza. — ¡La he perdido, seftgr dgctoj^^'la he perdido! 

—¡Mientes, nuser^blel^ig^tó Volj^Uy amtOBazptDdo 
<M^ loa piuioa i «n intedocntor,^ en twiq qne sn cab^Uo 
sé erizaba y j sus ojos parecían qaerer escaparse 4^ sus 

órbitas. .. ; ' 

. -TT^^ordon, señor Andrea* no creí qnoTne pcarriera 
semejante contratiempo. Felizmente estoj bueno ja j 
no habré menester de más drogas. 

Vojpini dejándose Uerar por sa exaltación, oprimió 
fuertemente el brazo de don Femando 7 le diy o: 

— 4Y qué me im|iorta á mí que tu hajas pedido sal- 
yarte, si aún quedan muchoi^, muchos, cuya vida de- 
pende de mí? 

— ¡Señor doctor I ' . 

— Lo dicho: tú eres un falsario, un enemigo de la 
humanidad, un cobarde. 

— ¡Menguado! — gritó presa de indomable cólera 
Saavedra, intentando descargar uu golpe sobre Yolpi- 
ni, más conteniéndose de súbito: 

— ¡Oh qué idea! — repuso para sí el doctor tomándose 
tranquilo, — Fernando amigo,-^añadió, — excusa mis 



I«iKW.I»^ JI^AJIAPP. W 



TÚdo; pero tA qae posees un ti}^tQ,i9})|r^i<(i(Qrep)i)9r-- 
p r> B ¿B tt qtwmqLftté J<ift,ini4i¿»qj4^i>l Bl am9ari.A ^ 
<uomá'hÍÉO0»íífilmf/f¡í.»Á''^^ jan» 

de ras conquistas. Dime, Fernando: ¿hace maci)b«» t^ifi..\ 
po );{&• lié4.«wniMÍ«^ %l M4Í9imflpM/ 
— ^ün»:Jli«t» pnÉí^imun^aq^.,- ....;, 
. — jHe TeiloidatV^lQíSwlií^.I^» ven<H4oIrr:<JUopar* 
«i el doctor presa de sa locara. — ^^tira, higo mió,-- ex : 
4]lttni6,r-enti&Bdfft4qft,iM^loí hemos perdido todo. jT& 
ToeiMlrdM iot cftKfK^if«s.4«Jlaiplanta que te deyoWi6 
It esistencja? ,. .; ^ 

•— Ya.ioíre?. ;•.•,. ;.:-• •■ • • 
' — Muy hien. ¿De modo qae si jo te enseCUi .yarias 
Umin«s r^feseqtmido ejeiQplaces; del reino vejetal, 
no encontrarás difíonltades para señalar el qae nos 
ooBpa! . . .■ , : ...... -.: ' . ■' -• 

•~SegiuiMmM.te lo diAÚngoi^ annq^e faese inmen- 
so el námero de los qae me mostraseis. 

, —Paos nendo .«i( pastmos á mi gahinete, y el 
<nélo ^piarráqae nuestras investignoiones no sean in&- 
"tUiM. :;::', 

•-^Estoj completamente A TOiestras árdenes,— con- 
testó don Fernando» ahriendo.nna pnejrta situada á la 
4lert9oha, la coa! perteneoia al coarto de estadio y ga- 
binete anatómico del doctor. 

Bste aignió en pos de ól, enderezando sa paso tan 
inciertamente, y mirando de tan siniestra manera, qae 
cansaba parara el verlo.. 

La sala en qae tavo lagar li^ escena precitada, que- 



^ ^om^VÉ^ j^Mtmnr 



MgMiüiélftíyifa ughrtíií flí» «seaoq eup Li oi&q ;ob«iv 

te; t. É^uréáasf^ dé^pflÜttUéi'iteinaél^ >aji>iífÍBtiwH> 

—No están,— ex&kUií9i|Md¿Mblb> fkataté^ká^tOf^. 
rianella.— Sin dada,— afMlÍ»tí^^«ilaía<r4tMdMti^¿«-- 

Yétanoñ. "^ ,m.!'— .«nool a oí /.JiOTfj t»- jit.'. h .1 

^ Y 08to dkldiatto. lífOtó laíjUfáú/^aokM^ípwtík iék> 
lA cámara del dé^to^V ápU«¿iido^4AiiV«l««Jei*lt«Ni^- 

— Nada se o je, — ^reposo; — nada puedo v^v ptt^|n»W 

llave está colocada por dentro. ¿Qoé os-pHW«é,wíftora 

MKí^tífí' = í'^ r' r-J- 6i¡í. 'hfn 6<'l; .ní-id v'f'— • 

• — atiendo" qU Ittíbbíigáat'.decSnN^ pufti io- «¿i 

br^baos. ' ' ' '"' : '.'.If-- ' .' n':"-'-- -••.oi 

— ¡Qaé feliz YOj á ser, amiga mial — exclamó W jé»<' 
ven corriendo tl}áA& ábiki diielaa f totfiíiiriff^WrtriHas 
sajas sa mano. • ' ' " ■ ■ í • . ^-^ ' • • ; • ; - ■ ■■' 

— Ya lo oreo. Os dim «» BiÉ^átwü(^l£Mfbre j6>ren, 
apaesto, Talieüté^y'rídoíí i^úé siát d«ltok'jlán9»f¡A!h;^ 
señora Marianella! Bien podéis agradecerme lo -^tte 
hago por tos. Oaátrd dká üe^6'48Mj^b|d«Wfté.poril>or- 
dar vaestras ^las, y 8í^>qaeda 'maok<l'4|tt« tratmjttr. ' 

— Yo 08 demostraré pTMio, mi querida MargáritKy 
qae no soj ingrata. 

En esto, ojóse rddo'd» genios ^e gitiflMB hk^^s- 
calera. " • . 

— ¿Quién será! — exclamaron á Ma'ias dM atñigtts: 
sali^doles al enooMíitro. - - ' - 



iTn 




hi áe J Paiacios Arenal ZZ Madrid 

1 F^maEdo, Fernando mió! i muerto á sus manos' i maldición! 



PEDRO X>E iXYAEADO 



d5 



Volpiíu to ifeat* *}li4 dewwftpttístei.y ^ítíí^p de 

1» hftl)ítaoio&,! tíú sin .^hw l»^Hfti?frip0í? fu^t r í ? 

Al ver á k jufetiijia qii^ílíl9e(fCqmo p^rift^^ 

^ -^Acdrcao3,-^rspii8a 90ü ¡kuio et^yafo €(1; i^mjliar, 

I El doctor hacidüdo vliil^le^^ w roí^tfO^U .«jS^ttpi^ 

4e£i llegó temblando hista «ti jiit6rlQe«||oTA^ . .- o ; ^ m 

— ¿Conocéis este cochillo ^jftfaagP«9t|k*Q?rrffwrRgun- 
tole- "I ( : :"'./:. j^'1 •;,'. ]/, 7 

— ¡Yo!— contestó balbu/CQWd^ V.^piai» .-J .r^ . l-. 

— ^¿Qué es tfsto, qi3é es QstOj padre mió? — exclamó 
Ueua de espanto Marianella. 

— ^Efl, — iijo con palabra de atrueno el famili^r,-r-que 
esta hombre acaba de cometer un crimen. 
i Atadle, y abrir luego eaa puerta. 

— Lo primero si; lo aegiuidOy puAca. 
, La puerta da la cámara de Volpini abrióse. 

Marianella llegó á su umbral^ nairó á su interior, 
lanzó UQ grito espantoso, y cayó en tierra, diciendo: 

— ¡Fernando, Fernando miol ¡Muerto á sus ma- 
nos! ¡maldición! 

— ¡Hija, bija, — gritó el doctor^ pretendiendo desa- 
sirse de sus ligaduras, 

— ¡Es un cadáver! — exclamó con desesperacian 
Margarita; pobre joven de mi alma. 

— ¡Marianella! Sábelo todo; yo soy el matador de 
tu amante. Yo quise bailar en las cavidades de sus or- 
gano3 la sustancia que babria de salvar á la humani- 
dad. La asesiné para hacerle la auptosia, no he coa- 

TOMO D ^ 



64 



PEDRO DE MATARA») 



tegmáo Mda. ¡Maldito Ma ti amor á la oíesciii que 
por 8er pasí<m m oMfviérta en orímm; ja ^tto raii^ 
gada, kija ttüa; la rasoa de id padre^ le abandona ante 
tos despojos! ¡TA mnerta, yo looo! Hermosa reoooi*^ 
pensa para nn «abio: el títtüo justo de asesino. 

Volpini lanzó nna terrible caroajada, y doiáinado 
por crueles oonTQLñones epiléptióas, fué trasladado á 
nna casa dé dementes, donde falleció al pooo tíempo; 

MatianeQa foé enterrada ^I lado de su amante. 

Y Margarita extinguió en nn monasterio los pocos 
años que le réAtftran de irid^« 



Terminado que hubo Ifiignez su relato, preguntó á 
su compañero: ^ 

— ¿Qué os ha patecidb !a historia, señor SañdoTal? 

— Una página de sattgreí escrita por un loco. ^ ' 

— ¿Mas convendreiá conmigo en que la pasión cien • 
tífica daña, cuando se Heva á la exageración? 

"-^Tanto convengó, que mochas veces he proctürado 
yo vencerla, apelando á honestas distracciones. . 

— Por eso, — contestó Iñiguez, — debiéramos .amar 
también los naturalistaír, que quien ama j piensa^ rea • 
liza la verdadera misión para que ha sido el hombre 
enviado al mundo. ' " 



CAPÍTULO VII 



Gasa oon dos puertas mala es dé guardar. 



Loe üMm fulgores del oi^epásaolo YetperUiio> 
:abmii ét etpteio él imperio de las sombrts. 

Bl bqI eomaftzaba á poi&drte; «I oiblo aparecía más 
•axfA al roiDpw bl encaje de vaporea anqoe iban ^i- 
imeltaa las branias de 1» tarde; > todo convidaba al re 
oogioúento; tode pedia una oración^ los ojos tendian 
«UUBdúradM al hoñ^nte, j.€d^lma trasportada por el 
entosiasmo, cruzaba la región de la att)íi)6sfera para 
itoottO^árse con Diost mi liosi miiisioi admicarbUs de 
m inmortalidad y de su gloria^ : 

<JBra la hora e$i que el hog«r se santiáea; cuando 
el fatigado labrador ^^ con la espalda encorTada por la 
]^eaosa tarea del diat, vaelTeial lado de los suyos para 
HKmsnmir en el seno, de la (fttmilia eongregadaí Jes 
jojtgppt. QIMj^rea de }a pobreza. 



^8 PEDRO DE ALVARADO 



Era el inatanta en qud el enamorado trovador co- 
mienza á sentirse aguijoneado por la impacienoia, vien* 
do pasar los minutos como horas; hasta qae llegado el 
momento de trasladarse á la reja de su adorada, se vé 
precisado á incurrir en la contradicción de tomar las 
horas por minntcs. ' • * ^ ^ / / 

La hermosa capital -áe-Utatlan mostrábase más' 
tranquila que nunca; cada ciudadano regresaba á BVt 
casa, 6 se dirigia á donde sui negocios le reclamasen; 
toda apariencia de bélica ocupación habia desaparecí - 
do; aquellos turbulentos ^nat^ra^^s ^9^áb»|if e comple- 
tamente trasformados. , 

Indudablemente el suicidio forzoso de Rosta!, mo^ 
ti vado por un conato de traición infame, á tiempo re- 
chazada por don Pedro, y la noble conducta de este al 
asegurar en cambio á los haiarales 'qiH éÍ'iio^i>¿taba 
de conculcar sus dereehds y ti por él üontr»io pérmi- 
tiria que fuese elevada «1 trono eMégitímo deMendien- 
te del linaje cnyo apellido era Sequ^nl, foerdn óath- 
su que contaviwoná lósiofdios en sus turbulenta» 
maquinaciones, enfriando un tanto ras malévolos ins^ 
tintos para volverles k existencia de la pa2 tañí sfnii^ 
lada por todos. 

Esta actitud de los indigenas permitió á los ittvib- 
tos conquistadores de la nueva España, recobrar Algu- 
nos alientos y descansar un poco de la cruenta lucha 
mantenida. 

Mas como el «espíritu de don Pedro hallábase dee^ 
tinado por el dedo de Dios á no gustar un instante do 
reposo, antes por el contrario, parecía sujeto á perpé-- 



P£B]EtO D^ Af^VAJliPOr 



"tao^frir acarrándose en ft^^roaos j difíoiles aooiden- 
Íes, Tino á resultar que cu^aftáo hubiera pf^áiio utilizar 
su yacacloii en el estudio y denri^o de« nuevos pla- 
odt guerreros 7 políticos, plugo al oielD que la enfer < 
B^ddd del amor invadiese el ánima de Gustavo, con. 
tal tiranía, que mientras su padre oponíase afaiertamen •. 
te á ál fundado en la oscuridad de abolengo, diferencia 
de raza, índole dd nacionalidad y demis circunstancias 
que en la niña Blena concurrían, hallaba el jó Ven 
incentivo más poderoso ó inquietud más abrumadora, 
en las seguridades de una leal y arraigada correspon- 
dencia^ 

Preocupaba extraordinariamente al Adelantado la 
pasión de su hijo; mas esperaba cfldjurarla por la sa- 
bia meliacion del doctor Sandoval, y sobre todo, en- 
teiulia que la obediencia de Gustavo, no habría de re • 
aistirad en período de guerra á las terminantes órde- 
nes de su jefe. 

Asi, pues, dejando por el pronto á la iniciativa del 
doctor, el enojoso encargo de aconsejar á Gustavo que 
desistiese de sus amores, quiso don Pedro invertir el 
dia á que nos referimos, en un paseo militar, y al efec- 
to, apenas nacido el sol, salió con todos sus capitanes . 
al frente de las tropas, encaminándose al campo. 

El regreso de las fuerzas no tendría lugar hasta 
bien entrada la coche. 

Gustavo, que hallábase convaleciendo de su última 
herida, quedó dueño absoluto del palacio de su padre. 

El eatsdo de su salud no j>ermitió al joven acom- 
pañar á sus amigos en su ejercicio. 



'^ PEDRa DK ALVaKADO 



Ddjemo» á 4ñiAB entregados en sus maniobras, f 
penetremos en la eetanciá del enamoTado doncel. 

Vestido con rioo jnbon de negro terciopelo; cnbier* 
to ol muslo can rojieo gregüesco acaohillado, j encer- 
rada la pierna en rugosa bota de amarillosa piel, el 
valiente Gastavo salió de su alcoba j avanzando fir- 
memente, llegó hasta an os^aro sillón de madera en eL 
qne tomó asiento* 

Recogió de nna mesa que al lado derecho del si*- 
tial estaba, on grueso volumen forrado en pergamino,, 
cruzó uua pierna sobre otra, y colocando el libro sobr»^ 
ambas^ bajó poco á poco la cabeza, hasta quedar en 
actitud estudiosa* 

— Veamos,— dij<^para sí el joven lanzando un sus- 
piro anheloso,— 4d esta hermosa crónica, debida á la 
brillante pluma de mi amado maestro ^i armas j le- 
tras, el iucomparablo Beroal Diaz del Castillo, logra, 
disipar mi inquietud hasta que pueda quemar los la- 
bios de Elena con mis besos. 
— ¡Ella, ella! ¡Siempre aquí! 

Y colocó sobre su corazón k diestra. 
— ¡Oh! No puedo, no puedo,— exclamó á poco Gus- 
tavo cerrando el libro j colocándolo en su primitivo* 
lugar. — Su imagen me persigue por doquier; la veo* 
entre los triunfos del heroismo y los desengaikos del 
talento; quiero separarla de mi almd, el tiempo pura- 
mente preciso para que la razón ^e consagre á sus in- 
vestigaciones, j una voz secreta me dice: «déjalo 
todo; eUa sufre como tú; j cual tú también llora eoi 
secreto la ausencia de las caricias maternales. Gusta- 



PSDJM /DI Ah\Á»JJ» 



71 



IV, quiérela mucho; esfmf éaget de Tirtad; luna oria- 
tora ejemplar. No la dlykiéÉ,: {tues e& lee amargo» 
dme de Trotara separaeion ligera^ ha padecido tanto, 
tanto, qué eus mejillas^ aiitinr aonrosadas bcano la flor 
prímareraly ee* hallan hoy marchitas 7 piÜádas. Sus 
ojoe, dotados un tiempo dd fuego inexifibgniblé de la 
inteligencia, langnid^en j m apagan comer la mirada, 
del moribundo á las puertas mismait de la Etersidad. 

— ¡Oh! Si; tienes raron^ alma mia,r-rB6puso Gusta- 
vo departiendo con su propia e(>ncíenciaj«<^I>ebo amar-^ 
la; 7 la amaró á pesar de todos lots obstáculos; aunque 
á ella se opusiese el infierno en masa; aunque mi pa- 
dre me lo impidiera; áuu cuando hiéiese traición á la 
fé jurada abandonando las filas, aunque me enriase mi 
madre su maldioion desde el cielo. \ . 

— ¡Jesúsl Satanás inspira mis terribles palabras. Ha 
blasfmoLado, he puesto mi alma al borda del abismo; el 
recuerdo de esa mujer me eidoquece, todas las fibras 
del sentimiento laten impulsadas por la desesperación 
al pensar que puedo perdwla. Mi amor es la llama de- 
vastadora qae todo lo consume con su fuego; mi res- 
piración es anhelosa, mi garganta se niega á recibir 
€i aire que dá la vida. Esto es horiiUe, espantoso. 
¡Piedad, Dios mió, piedad! 

Dijo, 7 su (^beza cayó soibre el respaldo del süJon, 
en tanto que la fatiga parecía querer ahogar al joven. 
Al cabo de unos instantes incorporóse Gastavo, 7 
exclamó: 

— Ya ha pasado el acceso. Estos nervios míos son 
tan impresionables, que subyugan la voluntad comple* 



'^ PS&SÚO UB ÉLVAS^Í» 



tamente. La imtginaciogtasbflHdevay «calentiiñdntfi Be 
exalta flia aiótÍ7o.^O}i!.B¿va hay algo, ¿por^iüíi.desde] 
que Eüeaá 7iiie . aquí estando ya herido, n6^ hjdr ytidLto> 
á verla márf ^Por qaá uá padre que se esfiíerza ea 
premiar múi üesrieioa éJa pitria, no se apresara á 
permitir qa^^filena' Tenga, cuando me oye á oada mo:* 
mentó pronoiidiar su nombre! (Llegará á tanto el 
egoísta orgullo del conqnistador que hasta quiera arre - 
batar á su hijo el único tesoro que posee: el amor 
honrado de una mujer digna? 

T-¡OhI No lo creo; no puedo conformarme con la 
idea de que el que me dio el ser, resultase autor de mi 
desdicha, y si ai 1 aconteciese, todo seria lógico, la 
desobediencia^ la emancipación, hasta el suicidio. 

— El guicidio he dicho, no. Llegaría á £er de otro* 
La fuga; esto resolvería el problema. Mas no hay que 
adelantar las soluciones tristes é ingratas. Hasta hoy 
nada concreto ha salido de labios de mi padre, por lo 
que pudiera yo deducir su oposición, á mi matrimonio 
con Elena. El es muy bueno, muy noble, muy gene- 
roso. En último caso me arrojaré á sus plantas, le pe- 
diré con las lágrímas en los ojos, y á nombre de mi 
madre su consentimiento, y de seguro accederá á mis 
súplicas. 

No habia concluido Gustavo de articular sus últi- 
mas frases, cuando abrieron, sin producir el menor 
raido, la puerta de una secreta escalera. 

Hallábase la primera colocada á espaldas del sillón 
de Gustavo, pero envuelta en tal disimulo, que repre- 
sentaba un armarío cuajado de libros. 



P8DRa im ALVARJkDOt 



IS 



Qoiso don Pedro toier díepombls aquel reenrsa, 
primero, por fii^algan ataque .TÍolesio é ioesj^erado de 
los indigeoast liacia inaocaaiblea Jaa. puertas prí&ei-r 
pales de palacio: eegttndo^ & ^fio de que Gtostayo pu^ 
diera recibir con libertad i aquellos de sus amigos que 
vinieran á visitarle. Tan* abstraído hallábase el jpven, 
puesto ya en piá junto á au balcón, que no advirtió la 
entrada en su cámara de un caballero. 
Era el sapiratísimo doctor SandovaL 
El hidalgo no quiso rohar á su cliente el esparci- 
miento á que estaba entregado, j permaneció como 
una estatua conteniendo la respiración todo lo po- 
sible. ' 

Eln esto volvióse Gustavo para ocupar de nuevo 
su asionto, j al advertir al doctor, repuso sonriendo 
j lleno de sorpresa: 

— ¿Vos aquí, mi muy amado amigo? 

— Yo, mi querido oficial, en cuerpo y alma. 

— ¿Pero por dónde habéis entrado? Ala verdad, se* 
flor doctor, que sino os conociese de antiguo, es juz- 
garía en esta ocasión ánima en pena que se aparece á 
los mortales, atravesando espesos muros sin derri- 
barlos. 

— Pues nada de eso acontece, mi amable compa- 
ñero. Gomo estabais tan distraído no os curasteis de 
mi entrada, la cual he efectuado ganando vuestra se- 
creta escalera. 

— ¡Cosa más particular! B3taba cerrada á piedra y 
lodo. 

— Nunca faltan llaves para los diablos, y sobre todo, 

10 



'^^ PUDRO DB ALVARADO 



ya oonoceoB el refrán qae éice casa' con dos ptíbrtas 
mala es de guardar. Ahora Ueh: si conceptuáis qme el 
haber hollado la inviolabilidad de vaestro domicilio 
merece ana pena, os pido perdeos por mi atrevimiento* 
7 espero resignado el castíge. 

— ¡Vos, mi salvador, mi aimgo de confianza^ el 
médico ilnstre qnq me ha arrancado de las garras de^ 
la muerte! Mengoado serie, qnien debiendo á nn no- 
bilísimo hombre de ciencia el haber salido de las pri- 
siones de la enfermedad, osara negarle la entrada libre 
en su casa. ' 

^—Siempre cortés, é hidalgo liempre, amadísimo* 
Gustavo. 

— Lo que vos merecéis, j nada más, se&or doctor. 
Ahora, para vuestra satisfacción, debo deciros, que da 
dia en dia se aumenta el vigor de mis músculos; duer*^ 
mo mejor, teugo más apetito, y la verdad, deseo eon 
ansia que llegue el momento de salir á respirar el aire 
puro de los campos. 

—Todo se arreglará á medida de vuestras aspira- 
ciones, siempre que sigáis al pié dé la letra el plan 
que pienso ituposeros. Vamos á ver cómo anda esa 
pulso. 

Sandoval oprimió con sus dedos la muñeca de Gus- 
tavo, j al cabo de breve meditación, exclamó: 

— Estáis mejor, aunque algo nervioso. Ese diantra 
de imaginación es vuestro mayor enemigo. 

— Veamos cómo habéis invertido el tiempo desde 
ajer. 

— He leido á intwvalos, según vos me ordenasteis. 



nsOüO BB JkLYlKAJK) 



75 



— ^Pdrfeckament) ¿pero nada qaehaja podido fatigar 
Yoestro cerebro con anáüifo depotrados j mctofísicas 
ioTCatígacionasf 

— Las meritísimafl cróliicaB escritas por el señor 
Beraal Bhz del Castillo. Por cierto, señor doctor, qu^ 
me asombran las hazañas de vuestro hermano don 
Gonzalo de SandovaL 

— Dio pineba de sq ferviente amor á la patria en 
Tostepeqne, Gtiazacdalco, Centla y en la sumisión de^ 
los Zapotecos^ y los Minxes. 

— Éa un valeroso capitán; pero el señor don Her- 
nando de Cortés, no quiere que se separe de su lado. 

— Por esto me veo privado del alto placer de abra- 
zarle. Ha sido un padre para todos nosotros; el anco* 
ra de salvación de la familia. Aún lo recuerdo, cierto 
día, terminadas mis tareas de humanidades en el estu- 
dio público, llevóme á su presencia y dijome: 

— Quiero, hermano, que curses los cánones y la teo- 
logía. Ya sabes que en casa disponemos de una cape- 
llanía, dotada con buena renta, y no es razón* quo 
siendo tú el llamado á ocuparla, agraviemos al difun- 
to fundador, contrariando su voluntad. 

— Yo estuve á punto de caerme de espaldas anta la 
iiuiieaoion de Gonzalo. Era lógico: por irresistible inv* 
pulso inclinábame á las ciencias de la naturaleza, ama^ 
ba con locura la expeiimentacion y el estudio del 
cuerpo humano, y no acertó á contestar otra cosa que 
mcstrarme somántente triste y afligido. 

— ¿Parece qae no te agrada mi proposición? — dijome 
Gonzalo com tono serio. 



— CSoatíísta cat^ri^amwift,rr?enQUm^. > .. 

— Paes bien, Gonzalo, — díjele. — Ya^qtialj^.qai^i^i 
sea. Salle q^^ no gusto de l$g eiejo^as ^€)tM&8tic^ 7 
qu(^ me ocasionará. pena profunda, eji q^e n»e<}bUgQes 
á tomar los hábitos. » 

— ¿Que no te agrada, diceg, la t¿olQgia? — afladiój— r- 
Paes por las sandalias de Cisneros, te jarp^, que den- 
tro de ocho di^s irás á Salamanca; laego á Alcalá. Se- 
rás, mal que te pese, canonista j teólogo. Hoy estáa 
bajo mi tatela; tienes precesión de obedecer mis man* 
datoF. Mañana cuando seas hombre, podrás realizar tus 
gustos, consagrándote á cultivar las materias que más 
te agraden. 

— Bien, hermano,— respondíle yo con suma humil- 
dad. — Haré lo que tú me digas; ja sabes que te respe- 
to como á nuestro padre, y que te profeso acendrada 
cariño. 

— Pues no haya más^ que hablar. 

— En efecto; pasado algún tiempo,— siguió diciendo 
Sandoval, — encontrábame yo cursando los estudios 
religiosos en la Universidad Salmantina. AUi conocí 
^1 señor Iñiguez; era un desdichado que como 70, ha- 
bíase visto en la necesidad de torcer sus inclinaciones. 
También él amaba las humanas ciencias; también él 
deseaba cultivar su espíritu en otra clase de análisis. 

— Gomo era natural, la simpatía de la desgracia y 
la homogeneidad de gustos, nos unieron bien pronto. 

— Desde entonces nos juramos amistad perpetua é 
iaquibrantable, así como hicimos formal promesa de 



'nssik& m iiL^iaiátib 



^7 



«ct(ldtn>tléi9if f^at^'t^d^llM-rátaas 'd^l sabñi ^& que 
iMMtMB! fafiákNi»'h|M'4R>il^i^t<áK«fiv' reidriráiidffiMXi pa>^ 
iv9M^i<Mlpfl(^itoto'tt{»tií:ife ¿destilo albddrlD. 

á OúaqiMfio/ükUí VMHáttiM «raabos lá iávésttdbra 'd& 
docIprM/ ' Mii " sebre-«littttt6 oEÍliácaoio& ' ñém/iríé ' dis ■ 
erepantt. 

lAfgé él luotoMiia dd" abandídUAr • la« estcidids m- 
grado*/ 7 páMúnot Ai 4oaip%a«iro'y'jro á IM $n\&8á<m^ 
és BB JreilÉilaii^lidf átátoé problemas de )ob trias reino». 

Con las lágrimas ^eá los ojos 'd<eepidi<k*o&iié dé tm 
iugnrtw dlso^ndos aquelliMi-btfadadoéoírsacéottfótésTqae 
áúi t«QMí hábiaii «Msbniiádo las «aalidadissr^'qaé ibgvA 
(jks, aos eááltedfl^ á tftigaez 7 á mí. ' ' 

' -«^liutia^ de mnbhtMhoií!— deeisí «1 uno. 
- .4u^é par de aKeediáiios pierde naestra SattUt 
Iglesia! —repetía el otro. 

— ^Les Han trasioniaidtfla oabaza eon lo de Plinio é 
Hip6e«ate0,-'-4fladia Mttséfi tlam<»iv-*-teólogo arago- 
ifés de granpeboy sano, mofletndo j dado á la gola en 
demasía. 

— Bn i¿t ÚtmiíL^út j^afá nó cansaros más, os diré: 
([■e taáto el sefior Ifiigüef eomo este hamilde amigo 
Yaestro, tavieron «n'dia el' inmenso plaódr de Tolver 
á sn hogar, ostentando varias borlas en sn birrete. 
To desde entoncas consagróme á la medicina, ganando 
bonra j provecho. I&igaez, aunque también Galeno, 
tom6 distintos mmbos j dedicóse á los minerales, á la 
astronomía, á las ciencias exactas j á otro linaje de 
análogos conocimientos... 



'^ fWt»0 DE A^VA&ADO 

— Y ké «qoi á loa diQítitg9»$> J timovft^aMltiTadorM 
de la aaooláatiea lalmiuitáiMí y oomfliitoMfiy :lMPflgaii4» 
oon Apolo gwiy.<usa»a^ loe ongUanioa y ,laf dre^^as^ 
7 lo que ea peor* ooieate ttQaj»4e cobñoiQftiqíle iaatoa 
7 tan nepetidoa cUaguatoa nea aoarr«»& <liariftitMntia« 

Ritea Gastado de la humorada da SaAdoyal^ y ea 
puso: 

— Perodoa Gw^alo, al medir Im tríwifot ^aé al- 
«aoz&baia an Toeitra pvafeai<m, reaonlaria eoa Yer- 
gUenafi el di» aquel en que osó «rrebateroa el glcnioae 
pMnrenir qoe proBMtia vneatrá freate* 

-T-Jaa^ me di4 aatiaf¡M0ioii al^twaH Sólo ai me 
«(Oiieirdo, d^ qne babióndose d4|0de deeir el piiopio Bar- 
nal Díaz, qae yp babia nacido ppra módico pojaba* 
berle can^dftdoa peligroaM biMcidM día flM)ia»I^la8 
m^obaa que le han caiuiade loaindioa» mi.b^ñnano 
■contestóle abrazándome: ., 'o . i. ^ : .: 

— Tenei» razftBy gom|^«o»; pm» haj-eiiLÓl e*rft-»ir- 
tud mayor, laida la .bAjÓitd»dyT)a.<obadiea(úavibroitw 
inmortakiB en la; carona del aabio^ qi:^e jwii aabidoí vi€ih> 
oer á un- ignorante como yo. r- •; 

S«nd(kya)i diiji^ i Qüsitairo nn». «dradlt «;t{»ata- 
.4ora,;cem0.qn«r)^o<pe<|if el #^pto q«e en %\ ániíM 
4eli4ven p9drí»,haberci»fsf)jdo/m íiiyoeftdi(»u. 



U I 



. ) 



CiUPÍTlJLO VIII 



Xl^ cono MtnfTñi» 9fi«l# tfotvr 4 Guiüda. 



El hijo del Adelantado da; ja^ j tífiT». MlUbata 
4atado do ^nh infHifflnfM?wn peqejt^^ 7. Yiv)9t« , . 

Por esiQ 6Wy6 viskHBbrorjwit^lBsiooettlamaw 
l^a con %ae el éocUff 4iA término: ^.ra; histom. ^. 

Lo obediencia. 7 la hamUdai son oiertajuiíe&td lo» 
atríbatos del verdadero méritoi ipexo M. hai^ (Hot«40 
<Bi ocasión algqnar:ler]ree p^ra üe^laiitdQtsr laü^ig^n- 
«iaa del ^^zoa? . *. . j. ,(, 

Si el hombre djlñge hioi» otros, tigqupos una mir 
rada retrospectiva., j^o^enti^ á^ negixrp,<^o escapar 
aiones nobiU0ÍQ|8s del alm^^ oomo el a^^r por ejemplo 
han producido los grandes Mroe»., los^ mártic^S: 7 los 
Ug^ladiureSf los i^nerreros 7 lofi poetas., , 

El orgullo humano encerrando las corrientes <^1 



80 



PEDRO DS ALYARADO 



sentimiento en la limitada esi^ra de las prescripoionea 
sociales, es responsable de nn gran crimen. 

Por él han profanado el claustro en nn instante de 
invencible desesperación las victimas del dasengafio j 
de la lacha. Entraron alli creyendo encontrar el bál- 
samo eficaz que cicatriza las heridas del alma, basca* 
ron las sombras ek ^¿e^ser enVu^lSré la celda del monje 
para ocaltar su llanto; pei^ el horizonte de la espe* 
ranza, mostrando á la imaginación enferma lus espa- 
cios infinitos, vino al cabo á sumirla en la major de 
las desgracias, diciéndole: 

— Te ha9>i«DgalbKl(ri jaQOÍMrpima€4ío,<^\iuda8te de 
mi y yo soy el verbo de la humanidad. Sufre y espera 
resignado la única solución que puedes apetecer: el 
beneficio de la muerte. 

Estas y otras semejantes ideas agolpirense en un 
instante á Ift frente de GUÉtave. ' 

Oonocia úiuy á fóndo el carácter del doctor y !a 
intima amistad que llevaba bon su pad^e; por lo que 
deseanáo salii' pronto del paso y lihorrar al médico un 
proemio de ampulosas explicaciones, adelantóse á su 
discurso, diciéndole: 

— Muy querido sefioi" S&ndoval. Si nial no recuerdo, 
me dijisteis há peco, que si yo aspiraba áciurarme por 
oompleto era menester que literalmente me sometiera 
á Mfi plan que pensabais trazarme, y como á pesar de 
mis pocos afios, siempre he creido que es la salud ei 
mayor bien de que puede disfrutar el hombre, por re* 
cuperar esta, soy capaz de imponerme todo género de 
privaciones. 



PEDRO I» AÍ.VARAIK) 



81' 



Dejó ver Sandovál e& mi jojds im feijo de i&com-* 
panible alegría, y eon palitWa tatbada por la emocioBy 
coBteátó á «a'ai&igt)t 

-^k la Terdadi coíápafleroí que me place eictt^áordi- 
nariamente Toestra iUscrectoíi* No esperaba hálUroii 
tan diflpoesto á aímxüiarme'efiijla empresa* Si todos loe 
üicoltaÜToa oytátemoe de labie« de noestros ctieDtee, 
el admirable axioma qne vos adfetbaia de proclamar, la 
estadistioa d^ las defuncipnés «ufríria ima disminncióü 
periódica. ¡La salad es el más grande de los tesoros^ 
razón tenéis qae oá sobral ¡La hatnanidad la culpable 
siempre de que Stt imperio se meáoscabe! 

— ^Hé aquí, sefior S indo val, en 16 que no estamos 
confirmes. 

— ¿Por qué, mi qoerido amigo! 

— Porque sí los módicos se dedicasen á la ciencia 
de corar y^ no aceptasen otra clase de cargos para ha- 
lagar á veces las pasiones de un magnate, tendría el 
enfermo más confianza en ellos, j adoptatia en teda 
ocasión su terapéutica cpmo de positivos resultados. 

— No os oomprendo-^exclamó á media voz Sendo- 
val mordiéodose los labios, al advertir la verdad des- 
nuda qne Gustavo supo presentarle. 

— Pues es muj sracillo, — contestóle el joven con 
sonrisa irónica. — Hablad si os place, j una vez cono- 
cido que Sea vuestro níétodo de curación, veremos si 
le es 6 no aplicable mi teoría. 

— Entiendo, señor oficial^'-^Jr^pasó el doctor un tanto 
amostazado, — que á quien todo lo debe á sus propios 
esfaerzoSv á eternas veladas de incMant? estudio, á sus 

TOMO U 11 



89 PEDRO DE ALVARáDO 



constantes Bacrifioipi en pré de la cienoiav no pueden 
afectarle ciertas y deterokinadas aflrooacionesi para 
desmentir las cuales existen aceros bien templado». . 

— Señor Sandoval, — exclamó Oustavo con tono se- 
vero poniéndose en pié. — Si yo hubiese creido que 
vuestra susceptibilidad profesional llegaba hasta el 
punto de> juzgaros envuelto en opiniones que eatoy 
muy lejos de atribuiros^ lo habria sentido por ves y 
vuestro nombre, á los que respeto y admiro con toda 
el entusiasmo de mi alma. 

— PerdoDadmCi pero mi delicadeza. .. 

— Baeno es que la invoquéis cuando de villanos se 
trate; mas quien Al varado se apellida, es bastante hi 
dalgo y caballero para saber pagar con el tributo de 
la cortesía, el servicio inapreciable de la amistad. 

— Completamente satisfecho quedo con vuestras pa- 
labras, y ahora acoged si gustáis como leales las que 
me veo en la precisión de det^iros. 

— Hablad cuanto os plazca, señor SandovaL 
El doctor miró en toruo suyo, y recordando quizás 
el adagio que aárma que las paredes oyen, preguntó: 

— ¿Estamos completamente solos^ Gustavo^ 

— Vos lo habéis dicho. Uoicamente esa puerta que 
dá á la antesala del consejo, nos pone en el peligro de 
que alguien que llegue, pueda recojer algún concepto 
de nuestra conversación; mas todo se arregla de esta 
suerte. 

Dijo y levantándose presuroso, cerróla puerta de 
la cámara. 

Grastavo ocupó de nnevo su asiento, coloeáiKiose al 



PBDRO DS ALYAltÁDO 



83 



lado del doctor; este, con acento sumamente afable^ 
•comenzó la conferencia, exclamando: 

— Si mis títulos de gran amigo vuestro, si el afecto 
•que á vos me liga, j si la investidora que llevo, na 
me obligasen en grado sumo, yo, Gustavo, no me atre- 
WEia á hablaros con la sinceridad que me inspira el 
deber. 

Una gloriosa herida os ha puesto al borde mis- 
mo del sepulcro; hemos logrado destruir sus maléficos 
-efectos, hemos triunfado del miJ, mas esto nada sig- 
nifica si dejamos tan aislado el cuerpo, que no llame- 
mos en su auxilio al espíritu. 

—Explicaos más claramente. 

— Gustavo, amigo: el médico hace á las veces, siem- 
pre casi, el oficio de cosfesor* Su tarea no se limita 
única 7 exclusivamente á combatir con las debilidades 
de la materia. L% ciencia de Hipócrates vuela más alto, 
penetra también en las insondables regiones del alma, 
y si esta sufre, trata de aplicarle acertada medica- 
don. Pensad, pues, y decidme si invocando estoi^ de- 
rechos, me es permitido penetrar en el santuario de 
vuestro corazón. 

Gustavo exhaló un penoso suspiro, y apretando la 
diestra del médico, repuso: 

— Hacedlo, señor San do val, — pero cuidad de no he- 
rirle. 

— Trataré vuestros sentimientos con la ternura óon 
que pudiera verificarlo vuestro propio padre. 

— ¿Verdad, Ga^tavo amigo, que amáis ccn locura á 
Elana? 



8i. 



PEOKO DS áLYARABO 



— Nunca me habéis hecho duefio ¿b oluto de Vaestra 
aecrcitoJ Jamás os he inspirado la confianza que re- 
quiere una persona intima, para poseer k revelación 
de nuestros dolores más profandoÉr, de nuestras ale* 
grias más ignoradas. Siempre que de Elena os* he ha- 
blado, habéisme respondido con frialdsd. ¿Es acaso que» 
ella y no vos es la victima de una pasión devastadora^ 
ó que en las rataeiones del amor, vos representáis el 
invierno y el estío vuestra adorada? 

— Doctor.,. 

— Repíteos, Grustavo amigo, que es el sacerdote de^ 
la ciencia, quien reclama vuestra respuesta categórica, 
paf a aplicar á tiempo el remedio. 

— Pues siendo asi, tabed que yo amo á Elena coib 
locura. 

— ¿Y habéis meditado bien acerca de las consecuen- 
cias de este amor? 

— Señor Sandoval, no acierto á comprender el al- 
cance de vuestra pregunta. 

< — Quiero deciros si uu hombre fuerte, aguerrido,, 
inclinado por profesión y temperamento á las turbulen^ 
cias del combate, puede resignarse á dar su mano k 
una mujer de organismo tan débil, que sea el matri- 
monio causa indudable de su muerte. 

—¡Oh! Callad, Moctor, — exclamó el oficial hacienda 
visible en su rostro el espanto. — Cien veces os he oida 
decir, — añadió, — que el pulmón de Elena está lesio- 
qado, y ante la sola^dea de perderla, mi cerebro en- 
loquece, mi sangre se agolpa al corazón^ no, no repi- 



Pm)RO DE AL^!(A|Ua>0 



•fife 



^a» más ese fatídico aviso; quiero erew qa^Tirirá 
fiempre^ siempre, oomo yo; áim extinto el fuego qcie 
^enta ]a materia Qorposal, porque entonces nuestras 
almas se confándirin en Una sola idea, cuando puedan 
adorarse libremente en las eternas regiones del in- 
fierno. 

— ¿Vms, GosH^Yo! Oada yes que se os habla de esa 
mujer, un movimiento conyulsiyo agita todo vuestro 
sistema nervioso; tiembla vuestra mano, quieren vues* 
tros ojos escaparse de sus órbitas, toman vuestras me^ 
jillas los tintes sombríos de la muerte. Si poseyendo 
él amor de Elena, sentis fenómenos tales, qué mucho 
que un médico experto y. honrado no oaliñque vuestrp 
afecto de verdadero y peligroso mal? 

— ¿Y cómo puede curarse esta enfermedad que yo 
bendigo? 

— Con la reflexión, ya veis que es imposible. Vos, 
aficionado al estadio; vos, inclinado á saber, arrojáis 
volúmenes é instrutnentos lejos de vuestra persona» 
€on el matrimonio, juzgo expuesta á consecuencias 
terribles esta determinación, por las razones que aoa-* 
bo de alegaros. Un solo medio hallo, uqo, que de se**- 
goro salvará á Elena y á vos. 

—¿Y cuál es él? 

Sandoval acercóse al oido Áe su cliente y con voz 
muy baja, repaso: 

—La ausencia. 

— ¡La ausencia! ¡Oh! Señor Sandoval, veo que vues- 
tros conocimientos no alcanzan á comprender las do- 
lencias del espíritu. ¡La ausencia! ¿Sabéis lo que siguió 



86 



a>Eimo DIfi ALVAIUDO 



^ca esta palabra? Puede adoptar esta medida el qué 
cayendo víctima de xúol pasión, se y6 contrariado por 
la indiferenoia de aquel á qaien ama, pero á dos co- 
razones qae juntos han latido, que en un mismo dia- 
logo han llorado la falta de las caricias de una madre, 
que en usa propia oración han elevado á Dios el jura- 
mento inquebrantable de mutua fidelidad, ¿cómo pre- 
tender separarlos si esto equivaldría á querer apagar 
el incendio devastador arrojándole más combustible, 6 
á detener la onda del mar poniéndole por obstáculo la^ 
mano desvalida del nifio? 

— Gustavo, vuestros argumentos no destruyen mi 
pronóstioo. Sabe la imaginación vestir nuestros jui- 
cios con el ropaje de la verdad; obtiene la fantasía de 
que dispone, el singular previiegio de proclamar como 
buenas, nuestras ideas; pero esto no es más que una 
ñcciou, un engaño: la razón fría y serena nos lo dice 
despueiF; á ella debemos apelar en el momento de las* 
grandes resoluciones; yo la invoco de nuevo, y á pe- 
lar de vuestra protesta, insisto en asegurares que ese 
vuestro amor, aumentando de dia en dia, llegará i 
desbordarse como el caudaloso rio para devastar coma 
la inundación triste, aquel, la propiedad de vuestra al- 
ma; este, la propiedad honrada del trabajo. ' 

—Elena, no lo dudéis, morirá como vos de fiebre 
de ilusiones, que también la alegría mata^ como mata 
el dolor, cuando aciertan á herir en el sagrado repose 
de nuestras funciones vitales. 

— No importa ¡vive Cristo! Moriré en sus brazos; 
exhalaré mi último suspiro confundiendo en el suya 



PKmO n ALVAHADO 



w 



el beto ioestíngniMe dé mi amor. Abandonarla, eso 
mmca; partir para siempre, ¡oh! primero handiria )a 
luciente hoja de mi daga en ei per fao« que resignarme 
á 7ÍTÍr oon mi pensamiento á solas, sin la compañía 
de la esperanza, sin la perpetua erocacion de su 
ímágeo. 

— Está bien, GastaTO; yne^tra tenacidad desesperan^ 
te, hace imposible toda honrada reflexión. ¿Habéis 
apreciado en sa completa magnitud las rabones y fon* 
damentos en qae la ciencia se apoya para patentizaros 
al peligro indudable que ambos corréis? 

-— Si,-*-conte8t6 Gustavo con firmeza. 

— ¿Los cuales no son suficientes á haceros retrocó • 
der en la demanda? 

— En modo alguno. 

— Pues ya que el médico ha terminado su misión, 
cid al amigo, que por sus afios en relación con los 
Tuestros, se cree facultado para pintaros el cuadro 
sombrío de vuestro porvenir. 

— Dispuesto me hallo á contemplarle. 

— ^El hombre, fijaos bien en lo que os digo, no se 
pertenece. La sociedad en que vive, el rango y la po- 
sición que en ella ocupa; el abolengo y la genealogía 
de la familia á que se halla afiliado, exigen de él de- 
beres sagrados, obligaciones ineludibles, destinados á 
mantener incólumes el orden y la diferencia de las 
<dase8. 

— jY bien?... 

— Vos, el hijo de uno de los primeros capitanes de 
nuestro tiempo; yaliente ó invendUe en la lucha, ge- 



ánm^Qwyj discreto en Ja paz; ella^^^la s»^r de« color, 
xlesoendidjitd de una itea omld^dida; . np apeltido, fdn 
<antecedente8,. sin historia. / • ^ 

G-ustftYjo de Alyarado^ el hombre qgoé recojerá tin 
dia, ooilIos triunfoayaplaasaedesa padre^ el (suprómo 
mando de las fuerzas españolas, entregado ante jm^ejér* 
cito poderoso, por la sagrada zpakbrá del étopdrador 
Oárlús V. Silvia ó Eleúa, la indigeáa>ain onltara, qoe 
huirá espantada aate el esplendor incomparable de loa 
nobles y dignatarios de Oastüla. ' 

— Son inuy poces estos títulos para olvidarla. 

— ¿Y si yo os dijera qoe si os alejáis del lado de esa 
mujer^ obtendréis enseguida, una ban^ de^ capitán y 
una ejecutoria de duque? 

— Renunciaría á tanto honor sin vacilacioDes. 

— ¿Y si añadiese^ que está vuestra mano o&ecida á 
una ilustre dama, eonsanguinea de legitimo descendien- 
te de don Beltran de ia CaeVa? 

— Reiriame de quien deeoonoce los* derechos de la 
humana voluntad. 

— ^Y si para terminar os anunciara, que' vuestro 
padre ordena, como tal padre y general vuestro, que 
salgáis dentro de cuatro dias de esta capital, y no val- 
vais entretanto á ver á vuestra amada? 

— Os responderia,— contestó Gustuvo eon voe de 
trueno y cerrando los pufios,*^que cuando se ataca al 
sagrado de los sentimientos en forma tan ruda y de- 
susada, cuadra á todo hombre de honor mantener en 
su integridad la firmeza de sus opiniones. Deoid á mi 
padre, que no pensaba hacerlo; pero que esta mis* 



iM. Bo^e: ijpé 4 Mtlian»e! ¡al pié de la í m^i^ ' 4eí SiUna. 

— Basta, caballero oficial, — exclatnó elf^potof 0on 
^gran esergla,t.po«iiéiido8Q: en ^é.-T^Gtd^avon lii-^on- 
4emp]aQÍ0Q6s; el ^oe.Qfi hab)a e9 up irepr^seiitaxyte del 
Adelantado da^maF y tíeonra, ^f ^iu>mo drápona de sus 
podara, manda, y no^ admite réplioa aigcma^* 

— He estado oy^d» fvive DiosJ maestro diíCtt^M),-^ 
exclamó el joven con voz de trueno, — y !me avergüen- 
^x> de.qae mi ^sígra no oe haya arrojada de s^í á 
sablazos. 

— ¡Gustavo! , . ' ,, 

— Señor doctor Sandoval; vaestra osadía no tiene 
limites; habéis proferido un mandato, y he tenido la 
pacieDoia devtolerarlo, olvidando que carecéis de in- 
vestidura militar para dictar órdenes. 

— Say capitán honorario de las fuerzas. 

— Aquí ¡voto é Criatol no sois otra cosa qufe el me- 
dico á quien se paga :8a salario, y aa le arroja de ana 
casa honrada, si comete una descortesía. 

— ¡Misefablel 

— Eéa palabra sólo puede tener aplicacioa, á quien 
vende su dignidad profesional para satisfacer las pa- 
siones orguUosas de un noble sin entrañas. 

— ¡Mentís, voto á briosl 

— Eso ya lo trataremos más tarde. Ahora, señor 
Sandoval, sólo os diré que habéis desmerecido para mi 
de tal suerte, que cuando os juzgaba el hombre digno 
que ejerce la nobilísima misión de curar, me encuen- 
tro con el zurcidór de livianos gustos y de voluntades 

torcidas. 

TOMO n 12 



^ -FBmO BE ALTARáDO 



*^GaHád| mal caballeiroy ú os destrozaré el oon- 
2011 con mi espada. 

--^Repito, señor SandoTal, que eso lo ventilaremb» 
en 80 dia. Por el pronto, como «ioy eH mi casa, en 
ella mando; y como no hó menester de vuestros serví- 
cioSf y los prestados están ya satisfechos, despido al 
Galeno, por haberse tornado roñan. 

— ¡VilJanoI 

-*-Salid de aqai y ahorremos insultos; pero no por 
mí eficalera privada; esta se destina á mis amigos: por 
la antesala del consejo, donde suelen ser juzgados lo» 
traidores. 

— Sois un cobarde, 

— Salid, os digo, ú os arrojaré á palos como á un 
perro. 

£1 doctor con la mano puesta en el puño de la es- 
pada, abandenó la estancia, diciendo: 

— ¡Nos veremos, don Gustavo! 

— Pero que sea pronto, — contestó el joven, — para 
haceros entender que quien lucha conmigo, no debo 
ser el que sólo sabe manejar el bisturí. 



CAPÍTULO IX 



!>• como la tonipestoid do la ofensa oagondra ol rayo do la 

voBgansa. 



Gomo alma qae Ueya el diablo ^ salió de presaroso 
7 ligero SandoTal. 

Dejó tras si varias habitaciones, y hallóse en la 
principal galería de palacio. 

Asomó sa cabesa á una ventana , y respirando 
fiaertemente, exclamó: 

— Gracias al cielo que encnentro aire libre. Cuida- 
do con el rapaz, si tiene humos. ¡Oh! Pero es un va- 
liente. Si no hubiese sido por respetos á su padre, me 
habría arrojado en sus brazos, diciendole: 

— Si, amigo mió, si, tenéis razón que os sobra. 
Cuando hembres serios, como yo, aceptamos este li- 
naje de antipáticas comisiones, merecemos que se no8 
salude con toda suerte de dicterios. 



^^ PBDRO DK ALYARADO 



— ¡Pobre joven y cuánto safrel Lo peor es que s^ 
ha explicado como un libro. Este muchacho^ tiene un 
talento tan grande como una catedral. Todo lo pre- 
siente^ todo lo adivina, no hay materia en el orden del 
saber de que no discuta cuerdamente , llevado por su 
gónio y por su intuición admirable. {Cuidado si alcan- 
za! Como que me ha dado una valiosísima lección 
caando decia: < Que la ausencia sólo debe aplicarse á 
una pación contrariada; mas no á un amor correspon- 
dido 

No: lo que es el señor Ifiiguez y yo, lo hemos de 
llevaroQji>ncfóstraoompañta^B ctmirtas sxctlrsion^s ex^ 
perimentales emprendamos. Es una crueldad lo que se 
hace con éL ¿No se porta como un valiente^ ¿Na es 
modelo de virtud, de cultura y de discreciot? Pues, 
¡qué diantrel que le dejen hacer su gusto casándole con 
la muchacha, y á quién Dios se la 40, San Pedro se la 
bendiga. Voy á ver al señor Adelantado para decirle 
lo que ooarre y que no insista mis en su oposición. 

Empero siento pasos; el cielo está cubierto de som- 
bras, y el tibio fulgor 4e la luna no me permite adver - 
tir otra cosa que un bulto que se acerca^ Qaizás «ea ól;. 
veamos.. 

— ¡Castilla y Sandoval! — exclamó el doctor. 

— ¡Castilla y Al varado I— respondió don Pedro ar- 
rancándose uii antifaz del rostror 
, —^Diosos guarde, señor general, — exclamó .el mó- 
dico saludando reverentemente á su jefe,**^05 hacia ya 
«aeMecho. 

— Asi debiera acpntdcdr,-— respondió el Adelanta-. 



PEDRO VÉ AlaTÁRADO ^ 



do, — 8i hnbiese cedido á la fatiga. Hemos andado ínu- 
eho 7 empleado el día éfltéro eá las máiiiol>ras; ínas 
eonu) ei asunto de Ta«6tria co'nfórenciá can G^dstavo me 
iirtereBa extraordinariatn^nte/ penlsaba salir á bosca- 
ras, renunciando al reposó hasta saber lo ocurrido. ^ 

-^iPero «se antifar, qué significa? 

— Una imitación de lo que hacen por las noches 
machos enamorados cíe los naestros; que para pelar la 
paya á su sabor j que no pueda vengarse de ellos, co- 
nociéndolos IttdgOy-algQn celoso indígena, se valen de 
ese recurso y se ahorran con él hablillas j calumnias 
contra sos persones y la seriedad que sus empleos en- 
trañan. £n cuanto á mi, sólo os diré, que ocultándome 
A rostro, ni me fastidian con prodigalidad de ceremo- 
nias, ni me asedian con interniiinables peticiones. Ved, 
pues, si hago bien en copiar la conducta de mis subor- 
dinados. Pero sepamos, sepamos lo que importa. Mi 
hijo como un cordero, ¿verdad? 

— Si los corderos tienen la fiereza del tigre, desde 
luego. 

— ¿Cómo? 

— Señor: la pasión de Gustavo es indomable. 

— ¿Mas ante vuestras indicaciones? 

-^He salido completamente derrotado. 

— ¿Vencido decís? 

— Asi es, en efecto; tiene una dialéctica que avasa- 
lla. Un talento que confunde, un valor que aterra. 

— Explícaos, señor Sandoval. 

^—Cuando como médico le hablé, propúsole el re- 
medio de la ausencia, si Elena j él deseaban salvarse. 



u 



PEIAO DB ALTARADO 



— jY 08 contestó?... 

— Qae no acertaba á comprender cómo on hombre 
experimentado en el estndio de Im «nf^rmedades mo^ 
rales, aplicaba tal medicación á dos corazones que ne 
aman con locara; pues á saentender, esta medida sólo 
debe adoptarse cuando al faego de una pasión, respon- 
de el hielo de la indiferencia. 

— jY vos, qué opináis de esto? 

-*QQe tiene muchísima razón. 

— ¡Voto á las calzas de Judas! Siempre sois el mis • 
mo, señor Sdtndoval. En las afirmaciones más egoistas 
j caprichosas de yuestros semejantes, halláis en toda 
ocasión un fondo de verdad j de justicia. Bse exceso 
de filosofismo 7 esa exuberancia de conocimientos, os 
hacen completamente inútil para la vida real. Seguro 
estoy de que ante Iss mentidas quejas de Gustavo, for- 
muladas con la habilidad que sugiere una imagiuacioit 
de poeta, habréis estado á punto de llorar. ]Es mucho 
doctor este!— exclamó don Pedro lanzando moa carca- 
jada burlesca. 

— ¿tleis? ¡voto á Cristo! — contestó Sandoval con 
acento de inusitada cólera pocas veces advertido en 
ól. — Pues cuidad, ¡vive Dios! señor Adelantado de 
Guatemala, de que esas lágrimas de que os burláis; no 
se Lleguen á humedecer vuestros ojos algún dia, cuan- 
do por oj[ eneros al casamiento de vaestro hijo, le veáis 
sucumbir de pena, de angustia y de desesperación* 

— ¡Basta, señor doctor! NI creo en vuestras pala- 
bras, ni necesito saber otra cosa que el resultado final 
de vuestra conferencia. Gomo médico, nada habéis con- 



PBBRO PR ALYÁKAPO ^' 



Cánido, 68 cierto^ ¿pero y oómo i^resenmutei d^ 
Adelantado de Quar 7 tierra? 

— ^Ménoft todaYÍa^~repaso con frase irónica San* 
dovaL 

— ¿Os atrevéis á faltar tan descaradamente á loa 
respetos qae me debéis? 

—No faagOy sefior excelentísimo^ otra cosa qne dejar 
^ 1% verdad en sa pnesto. Oostayo no vende sa am^r, 
ni á la fertana, ni á los asoensos^ ni á los hoDores, 

— é^ero á k obediencia con qae todo hijo debe acó-- 
ger los mandatos de sa padre j jef<^?.r. , 

— Acerca de este panto, añadiré tan sólo, qae Gasta- 
va afirma lo siguiente: Yo he peleado por la patria, 
jro he honrado al autor de mis dias secundándole en 
«as bélicas empresas; la recompensa que recibo en- mi 
comportamiento, no es otra que la de imponerme un 
castigo por amar á ana miyer honrada 7 digna. Si ]o^ 
gro olvidarme de ella, seré rico: si accedo á cambiar 
en afecto por el de una aristócrata, sdré virtaoso. ¡Oh! 
Ni el hombre qae asi procede con su hijo es padre, ni 
otra cosa que un nobe liviano 7 orgulloso. 

— 07éndoos esto7, señor Sandoval, 7 no sé cómo no 
os he pisoteado la lengua. 

— Hablad con cordura, ¡vive Cristo! 7 entended qué 
no todo es calma, discreción 7 prudencia en los hom* 
bres de estudio. ¡Señor don Pedro de Alvarado, por 
daros nna praeba de obediencia, he aceptado ana co • 
misión enojosa, indig^ia de mi investidura! Por bala • 
gar vaestros sentiouentos, he sufrido que vuestro hijo 
me arroje, con justicia^ de sa habitación, liam^adome 



PS&m DB ILYAIUD» 



T^itano, jmntím d» ttg^dcts voluntadas^ Su aearo h» 
estado á punto de caer sobi^ tti cat>02a^ lió he reéba^ 
zadto^'I» ajsp^oii. Baisádine abora, si el lidrmaiio tle 
Gonzalo de Sandoval, que no ha conocido el miedo, ni 
oa' rehusado nunca e( déséflo, páeáe tolerar tralla» 
ofensi)s del hijo, los insaltos menguados 4el padre. 

^^Teneisraeen; perdonadme, señor Sandoval, fae^ 
cometido una falta punible,' la Conducta de eserap^tz: 
sin concieDcia, me hace perder la caimfa* No se burla- 
rá de mil ¡roto á OribasI porque si ahora que voy á 
entrar á verle, osa replicarme, lo he de ahogar entre» 
mis msnos. 

-^-Enti^do que no lo podréis conseguir en este ma 
mentó. 

— «¿Por qué cansa? 

-^JPorque segan promesa de Gustavo, á estas hora» 
se encontrará ya departiendo con Mi adorada al pié de^ 
la reja. • 

-*--Mentís, ¡voto á brios! 

«^Señor general^ tened la lengua. Reflexionad que 
son intolerables vuestras palabras, j si dudáis de mf^ 
encaminaos á la habitación de vuestro hijo: allí os 
convencereis de que no os eugafio. 

^^Voj, vojr al punto. Entretanto, esperad aquí mia 
órdenes; necesito dar ona prueba elocuente, de que del 
Adelantado de Guatemala no se burla nadie. 

Dijo 7 partió como un rajo en dirección . de la cá- 
mara del joven. 

Sandoval, apoyado en la vent!^na, esperó á que don 
Pedro volviese.' - 



PEDRO Dfi AXVABJUDO ^^ 



E^ no se hmo espel^an Gomo fantasma fragádor 
qae surca el espacio para caer sobre su victima^ ayan- 
ló AlTarado hasta llegar al lado del médiccr; 

— fira verdad, {Yire Criitol — «su^lamó cerrando los 
puños 7 lanzando fbego de sus ojos. 

— 4N0 oslo decía yo? - ; 

-~Lo adrmábaif oonio pi^oteotoT, cómplice j padri- 
no deGustaAro. 

— |Señor general! 

'^No admito réplicas; mi hijo 7 vés estáis de acuer- 
do para contrariarme, para dejar mis mandatos sin 
autoridad, para qué triunfen esos amores meoguados; 
pero no ha de ser, poto á fariosIDoá Pedro de AItu» 
rado es el roble que no &e quebranta. Ya podéis, 7^ 
podéis^ s^Lor SandovaJ, renunciar al precio que os 
Taiga voestro tervicio. 

~ ¡Basta, miserable! -^xciamó el doctor echandb 
mano á la espada. Aquí ha de quedar uno de los4os; 
el yillano, ambicioso 7 mal padre que insulta á un ca- 
ballero, ó el honrado sacerdote del saber que se vé es- 
carnecido por mantener incólume la verdad. 

— •Guardad esa espada,— exclamó don Pedro con 
ironía,— pues sin duda olvidáis que un plebe7o, está 
príTado de ei^rimir sus armas con un noble. 

— Hagamos una excepción en este caso. 

— No es posible; lo que sí cabe, es anunciaros, ¡voto 
i loe cuernos de Lucáfar! qae rae&trc^^sentimental pro- 
tegido será encerrado á pan 7 agua en sus propias ha* 
bitadones; .que dentro de ocho días Msláti de la pobla* 
<iqn para no voÜTer á ella,^ 7 que tos quedáis desti- 
«oKon 13 



98 PEDRO DE ALYA&ADO 



ionio dwde eite momento del cargo de. médico de 
cámara. 

— Acato las órdenes de nn excel^tcia^-^repnao el 
doctor con acento enérgico envainando la espada, no 
6in dirigir ana mirada de hiena á don Pedro* 

— No volvereis más á poner los pies en palacioy — 
«gnió ditúendo el generaL-^Los gnardias recibirán 
mis órdenes para impediros la entrada. Asi aprendo^ 
reis á ser fiel en el desempeño de las comisiones qoe 
se os confian, 7 á no torcer los mandatos de vnestros 
4Niperiores. 

«--Haálgome mn<^o de ello. Mientras tenga mis 
manos j mi inteligencia libres, no ha de faltarme el 
pan de cada dia. 

— -Qaedais facultado para corar á caantos reclaman 
vuestros servicios, excepto al general español, qoe no 
ha de solicitarlos, annqae supiera que habia dd morir. 

— Gdlebro que seáis tan franco conmigo. 
Don Pddro, sin despedirse del doctor, púsose el 
antifaz, envolvióse en snligerisima capa roja^ 7 salió en 
dirección de la calle. 

Sandoval comenzó á pas?ar á lo largo de la ga- 
lería. 

Da tiempo en tiempo parábase; dejaba caer la ca- 
beza sobre el pecho, j después de breve meditación, 
decia: 

—Sea vuesa mercad hidalgo, caballero 7 bondadoso. 
Prescinda de la energía que todo hombro debo tener 
para negarse á ser parte en menguadas empresas, 7 le 
sucelerá esto que á mí me acontece. Por servir al pa^ 



P1U>R0 DE ÁLYABADO ^ 

'dre, la eoemistad del hijo. Por meterme en negocies 
^ae no me importan, la destitaoion. 

— ¡La deatitaeionl AdelMitado de Guatemala, ¿ig- 
noras que la fama de Sandoval es ya pública en los dos 
^x>ntinentefi? ¿Olvidas que por do quier se formnlan ins- 
tancias solicitando su ciencia? 

— ¡Oh! Tú has creido, miserable, qile sólo el pan 
4e ta propiedad me alimenta; que sólo el Jbonor de tn 
^)onfianza ma enaltece; te engañas, villano: el doctor 
Sandoval dispone de ana saneada fortuna, alcanzada 
con el sndor de sa rostro; á diferencia de la taja, que 
|>robablemente habrás oonsegoido con el despojo, la ra- 
piña 7 el saqueo. ^ 

— ^Me lanzas de tu casa, Alvarado, ¿no es cierto? 
Me evidencias' anta las g dates, suspm líenlo me en mi 
cargo, ¿no es verdad? ¿Qiedo libre absolutamente para 
ejercer las ciencia médicas donde me plazca? Pues ¡vi- 
ve Dios! que asi ha de ser; mas entiende que el prim^ 
cliente á quien apliqae mi libertad profesional será 
ta hijo; sa amor, dolencia gravísima, concluirá con la 
medicina del matrimonio. Te lo juro por las calzas 
mismas de Esculapio. 

— ¡Hola, Guillen! — exclamó el doctor con voz ex- 
^ntórea. 

— ¿Qué quiere sa ilustrlsima? — contestó un criado 
present4ndose á Sandoval. 

— ¿Haj laces en la antecámara del consejo? 

— Sí, señor. 

—Pues gígueme. 
Hidalgo y esoadero emprendieron la marcha en la 



í^ raOflO BE ALtARAtoO 



BttMüa direoefton que Alvarado lo hiciera, cna&do «e» 
enoaminó á la cámara de nn hijo. 

. Llegaron alli^ y Sandoval repuso: 

— Espera^ Guillen, un instante, qae debo esoribir 
nnós renglones. Si algaien Tiene, procura avisarme con 
an golpe de tos simulada. 

—-Asi haré, señor Sandoval. 
Sentóse el doctor janto á ana mesa en qne faabia 
recado de escribir, j despaes de pequeña pausa, trabó- 
las siguientes frases: 

«GhistaTo: vuestro padre acaba de destituirme eb 
el cargo de médico de su cámara. No contento ccm 
esto, háme lanzado agravios terribles, prohibiéndome 
á la vez que vuelva á penetrar en palacio. La causa 
de todo ello se fanda en que me atribuye complicidad 
en vuestro propósito de no abandonar á Elena. La des- 
obediencia de vuestra parte la cree alentada por mí, 
dada la intimidad que á los dos nos liga. {Gaán lejos 
estaríais de creer que Sandoval ee vio precisado á ce- 
der á las órdenes de isu jefe por pura disciplina! Asi 
ha sido, ¡vive Dios! Sin esperar vergonzosa recom- 
pensa; sin mirar á otro objetivo que al deber. 

>Libre ya hoy para ejercer mi cargo donde me 
plazca; sin trabas, sin oficiales consideraciones, sin 
liga alguna con vuestro padre, que me arroja de su 
lado igi^ominiosamente, debo deciros la verdad, rin- 
diendo como médico y como amigo un tributo á la res- 
ponsabilidad de mi conciencia. 

» Vuestra enfermedad moral puede curarse; yo me 



FBDRO DB ALYARADO 



101 



<XHnprom6io á ello. Si eonoeptuai» neoMaiiofl mis sar- 
TÍCÍO89 8i se trata de castigaros por alguien tan rada- 
mente que os Yeais al borde de la deshonra, no vaci- 
léis; callaos, y venid á mi casa ocnltamente: aUi en- 
contrareis, cariño, desinterés, salud é hidalguía. 

»Nadie osará penetrar en nd hogar para buscaros; 
á qoien pregunte por tos, le responderé con un movi- 
miento de cabeza; jsi obedeciendo á superiores manda- 
ios, tratase alguno de atropellar la mansión de la 
<»encia para hacer un registro minudoso en averigua- 
ción del paradero de vuestra persoAa, antes de que lo 
intente saldrá por la ventana, ¡vive Dios! que si la pa- 
<}ie]icia j el sufrimiento son cualidades inherentes 4 los 
grandes pensadores, cómo éstos son hombres tamMen, 
haj que manejarlos con tino; muy especialmente á este 
vuestro devotísimo hermano en la conquista de la Nue- 
va España. 

>El doctor Sandovál.^> 

Dobló y selló el médico con mano temblorosa su 
pergamino, y llamó luego á Guillen. 

Este permaneció como una estatua esperando sus 
órdenes. 

— Oye, Guillen, lo que te digo, — exclamó el doctor, 
— y respóndeme categóricamente. , 

— Hable su ilustrísima. 

— T& sólo estás á las órdenes de don Gustavo, (no 
es cierto? 

—Asi es, señor. 



102 



PEDRO DB ALYARADO 



— ¿Da modo qae éi tiene depositada en tí toda Mi 
confias ;rat? 

— Abm)latamentd; como qaa sabe qae me dejaría^ 
matar por él, si faere preciso. 

— Es decir, qae si yo te ordeno que esta misma no*- 
che le entregaes esta carta con tal recato y cautela, 
que ni ta camisa se dé por entendida de ello, iqné rw^ 
ponderas? 

— Guardará, señor, tal secreto en la realización do 
Yuestro eaoargo, que os repito que aunque su padre^ 
intentara descubrirlo, seria inútil; antes me dejaría ar- 
rancar las entrañas. 

—Está bien, Guillen amigo; eso es lo que yo desso» 
Entretanto, toma estas doblas [para que te acuerdea 
de mi. 

— S^ñor, no puedo... 

— Tómalas, ¡voto á bríos! Acaso sean las últimas 
con que premie tus servicios. 

— jLas últimas? 

— Si, porque he sido relevado del cargo de médico 
de su excelencia, con expresa prohibición de volver ¿ 
poner los piós en palaaio. 

— ^Su ilustrisima? 

— El mismo que viste y calza. 

— ¡Oh! ¡Conducta más infame. I Vos, el sabio doctor^ 
el amigo caríñoso, el capitán valiente, el hermano del 
insigne don Gonzalo de Sandoval. Perdonadme, señor, 
pero me cuesta trabajo creerlo. 

— Pues no te quepa duda, Guillen. Este es el mun- 
do: obra bien, procede como honrado, obedece como 



PEDRO DE ALYARADO 



103 



aierroy j la costumbre te colocará siempre en condi- 
don de esperar un desengaño. 

— Yo lo recojo, al cabo de seis lustros de constan- 
tes servicios á la patria; no me pesa: ella me lo agra- 
decerá; 7 en cuanto á él, no extrañe que las tempes- 
tades de la ofensa eogendren j arrojen el rayo inex- 
tingoibie de la venganza. 

— Que Dios te guarde, Guillen. 

— Señor ilustrisimo. El vele por vos. 
El escudero siguió al doctor con mirada triste, en 
tanto que éste descendía á la calle por la escalera pri- 
vada de Gustavo. 



t . » 



CAPÍTULO X 



El diablo ár las puertas del cielo. 



La Boche extendía su manto de sombras por los 
espacios lodos de la población. 

El cielo ocaltaba su clarísimo azul entre las pardas 
nabos precursoras de la tempestad. 

El Tiento embravecido azotaba fañosamente la te- 
chumbre ruinosa de los antiguos templos, y el empi- 
znTRáo de las modernas construcciones. 

Soledad verdaderamente austera reinaba por do- 
quier: la hermosa matrona cuyo lecho de flores perfu- 
maba el aroma de los liquidámbares y el azahar de los 
naranjos, psrecia haber abandonado las regiones en- 
cantadoras de su dominio. ^ 

Todo era tristura, calma y silencio en la bella ca-* 
pital de Utatlan. 

Pero silencio y calma transitorios. 



nSDSüO DI ALYARáDO 



iQ5 



Aqtiella exabeMnte naturaleza americana, crece y 
^ desarrolla á pesar de un clima dado á tantas incon • 
seenencias como las pecnliares al indigenato. 

Por esto se vé cada dia nacer el sol entre hermo* 
diimos celajes, para oenltarse súbitamente, cediendo á 
inesperada á impetnosa lluvia . 

Todo es ligero, flexible, dado á la movilidad y á la 
variación en las b^as regiones tropicales. 

El hombre semeja á Bolo desdeñando las malda- 
des del viento^ ciando logra lazar al impetuoso corcel 
que sin freno corre j despavorido. 

El cazador parece alcanzar imperio valeroso sobre 
el espacio, cuando sin curarse de las distancias, dirige 
su ojo al blanco, j lanza su flecha en atinada y segura 
dirección. 

El indígena, dotado de un instinto artístico pode- 
roso, modela y sabe cincelar, llegando hasta producir 
tan el tosco barro, esas correctísimas esculturas que 
parecen animadas por los alientos de la vida, para que 
quede caracterizada en el arte también, esa inquietud 
sublime que permite vislumbrar el progreso» 

Silo la mujer indígena permanece conservando las 
patriarcales costumbres de sus antiguos ascendientes; 
ella continúa ^i el reposo del hogar, desempeñando las 
fonciones de ejemplarísima madre y de esposa tan fiel, 
como que recuerda que el adulterio puede hasta con 
los ojos cometerse, según aserto terminante de la 
magnifica legislación azteca. 

Cualquiera, decíamos, que hubiese visitado la capi - 
tal de UtaÜan durante la noche á que nos referimos, 

TOMO n 14 



106 



PfDEO D8 AliYABÁDO 



86 habría sorprendido divamente al no advertir ese 
cielo brillante, tachonado de incomparables estrellas^ 
espejo de todos los amores é incentÍTO de las más dul- 
ces esperanzas. 

' Las noches tropicales convidan á gojsar del anefio* 
de las ilusiones: La de que hacemos mérito podría ape- 
llidarse con razón la noche de las tambas. 

El ronco rumor de lejano trueno sargia tras los 
fulgores del relámpago, cual maldición impía tras el 
mentido acento de la duda. 

Este estado del cielo j de la tierra, no era obs- 
tácalo para que un bulto, deslizándose entre las som- 
bras, 7 desafiando las iras de la naturaleza, llegara al 
remate de un ancha é inclinada avenida. 

El desconocido, embozado hasta los ojos, detávos^ 
en el ángulo que formaba con la terminación de la ca- 
lle, un edificio de suntuosa apariencia. 

Gomo La oscuridad era grande, el misterioso caba^ 
Uero podía permanecer en aquel logar sin ser visto. 

— Desde aquí lo oiré todo, — exclamó con voz apa- 
gada. — Yo sabré si la villanía de un rapaz y el atre- 
vimiento de una mujer sin nombre, llegan hasta des 
conocer mis derechos. 

El hidalgo adhirióse al muro, aprestándose á es- 
piar á un apuesto doncel. 

Esto le era muj fácil, en razón á que, de hab»^ 
avanzado el desconocido dos pasos más, j encaminándose 
en sentido izquierde, la fachada principal de aquella 
casa hubiérase ofrecido á sus ojos, ne sin mos- 
trarle abierta la primera de sus rejas, á cujo pié, el jó 



mato im júlyarajdo i^*' 



Y6Q recogm de labÍM de ra amada las yivu protextas 
de amor inextingaible* 

El embozado que no era otro que don Pedro, qne^ 
dó mado como ima estátaa. 

£1 caballero enamorado se expresó de esta suerte: 

— Ya ves^ ya tos, Elena mia, cómo no paedé Ha • 
mar»e indiferencia lo qne sólo es obra de la fatalidad. 

— ¿De modo, — preguntóla joven con acanto de sama 
tristeza, — qne ha existido una prohibiciou terminan 
te para que nos viéramos después de tu última heridat 

— No lo sé, Elena de mi alma. Lo que si puedo ase- 
gurarte, es que apenas me lo han permitido mis fuer- 
zas, arrostrando todo géuero de peligros, he dejado mi 
casa para venir á depositar en tus labios el beso su * 
blime de mi amor. 

— Gracias, gracias, Gustavo mió. Tus sacrificios, 
tus protextas, son como el rayo de luz que irradia el 
alma después de las tempestades del dolor. Mas ¡ayf 
que un tri&te presentimiento anubla el cielo clarísimo 
de mi esperanza, no sé por qué me anuncia el corazón, 
Gustavo, que esta entrevista será la última página de 
nuestro amor. Al pensar en ello, mi alma se estreme- 
ce de pavura, mis ojos parecen cerrarse á la luz de la 
existencia; quiero respirar j no puedo, mi pechó se 
siente oprimido por una mano oculta j tiránica. Sin 
duda es la de la muerte, que reconociendo que mi vida 
se llama tu amor, viene á ejercer su misión terrible, 
cuando pierdo para siempre á Gustavo. 

Dijo, j comenzó á derramar abundosas lágrimas. 

— ¡Oh! Seca tu llanto, ángel mió. No temas que jo 



108 



P8DR0 01 ALYARADd 



ie abaadoxie^ no tortures ta es^iii dando entrada en 
^1 á las nieblas dé la duda. Tengo corazón y tengo es* 
pada; ¿qoién osará impedirme qae jo te adore como se 
adora á Dios, cuando sentimos el benéfioO influjo de su 
infinita misericordia? 

— Tu padre, tal yez tu paire, Gustavo mió. 

— Me arrojaré á sus plantas, pidiéndole su bendi • 
cion 7 su consentimiento con las lágrimas en los ojos 
si llegara, que lo dudo, á impedir un amor honrado 
j noble. Gomo es bueno é hidalgo, accederá segura- 
mente. •• 

— ¿Pero y si se negase? 

— ¡A.h! Entonces,— exclamó Gustavo, con voz de 
concentrada cólera, — le recordaré que aquel á quien 
hoy llama hijo, pedia limosna en España con su ma- 
<ire, enmedio del mayor abandono, en tanto que el in- 
diferente autor de sus dias, gozaba de los atractivos 
de la fortuna y de la adulación. Le recordaré que para 
que yo tuviese honra, fué preciso que, arrostrando 
peligros sin cuento, cruzase las olas, á ñn de -pre- 
guntar al Adelantado de Guatemala, si él tenia con- 
ciencia. Y si su obstinación fuese tan cruel, que des- 
oyera mis súplicas, acabarla por decirle: «Don Pedro 
de Alvarado^ cuando reintegres á la memoria de mi 
madre su honor ultrajado, pide obediencia. Cuando 
trates de cubrir con oropel para satisfacer tu vanidad, 
el cuerpo llagado del mendigo, no esperes otra cosa 
que la venganza. 

El Adelantado, al escuchar estas palabras, sintió 
que la sangre se le helaba en las venas. 



PEDRO BB ÁlTAlUBO ^^ 



Comenzó átombUr^^mo im aiogado, y estaco & 
panto de caer solureftn hijo; empero contavo sus ira» 
haciendo un sapremo esfiíerzo. 
Mena: se explicó de esta snerte: 

— ^Tienes razen, Gasiaro mió, tienes razón, Nnes- 
tro pasado nos impele á sustraemos á los caprichos j 
exigencias de la sociedad. Ambos hemos cruzado loa 
días de la juventud de igual suerte; tú, recogiendo un 
apellido prestado, después de saborear la miseria; jQy 
prohijada por unos virtuosos compatriotas, de quienes 
sólo consigo oir, cuando de mis padres hablo, que eran 
muj buenos, que me pusieron por nombre Sjlvia, y que 
la muerte les alcanzó cuando ni siquiera tenia yo £bl- 
cuitadas para agradecer sus caricias. Esto escacho, 
mientras la fidelidad de mi memoria me permite re- 
eordar vagamente, que jamás oi que nadie me llamase 
hija^ ni que me prodigara persona alguna eros cuidan 
dos, eaaa sublimes atenciones propias del cariño ma • 
temal. 

— Por esto, Elena, quiere Dios que vivamos el uno 
para el otro. Por esto, en su admirable sabiduría dis- 
pondrá que no nos separen nunca las persecuciones del 
idfortunio. Yo espero en El, yo confio en su bondad 
inagotable, que alentará mis esperanzas y premiará el 
amor que le profeso, no arrancándote jamás de mi 
kdo. 

— Somos dos mártires de la desgracia, y dos héroes 
del Bufrimiento, ¡qué mucho que á pesar de la oscuri- 
dad de mi origen te exija, Gustavo, el sacrificio de tu 
amor! 



HO PBI^tO DS ALTARADO 



«^Tajo será eternamente, Tida mU* 
— ¿A. perar de todos los obetáonlos? 
— Muere el cuerpo, y el alma craza á ürav4s de los 
más espesos muros, para sondear el infinito; mi amor, 
^ande j elevado como ella, sabrá romper también 
la cstdena de la esclaTitad, para Tolver á loa brazos del 
4ngel de mi felicidad. 

Los dos amantes qnedaron en éxtasis, nnidos por la 
'Corriente magnética de su mirada. 

El cielo, envidioso de sa ventara, comenzó á rom- 
per los espesos velos de las sombras. 

La tempestad parecía disiparse, j el astro de la no- 
ohe recuperar su imperio. 

Un soplo de saavisima brisa acarició, al cruzar, la 
negra j rizada cabellera de Gustavo. 

Don Pedro, oculto en su madriguera, no hacia el 
menor movimiento; sólo sus ojos miraban siniestra- 
mente de tiempo en tiempo, á uno y otro lado, como 
temiendo que alguien le conociese. 

El hidalgo seuiia interior inquietud, sin acertar á 
explicarse el motivo que la produjera. 

— Si como padre, — preguntábase; — vengo á espiar 
á, mi hijo, ¿hago mal obrando de esta suerte? 

Y una sBcreta voz le contestaba: 
— No vienes como tal; es el orgullo quien te con- 
duce aqui: la soberbia humana que osa escuchar el diá- 
logo de amor de dos ángeles, para robárselo, si pue- 
des, envidioso de su sencilla felicidad. 

— ¿Eso soy? — 3eguia inquiriendo el espiritu del hi - 
«dalgo. 



pnfio ta iLTAmiJM 



111 



^-Y algo mác^ ia(i¿TÍa,-«^«dirpo&diaU la oondencia. 
El matador de utt hombre hcmrado, éí doctor don 
Alonso: el iediiotor de so hija, Elena; el ingrato: el 
perpétao amigo del Terdago, el qne no perdona ja- 
iEi«t «I qae Itegit oculta vergonzosamente hasta aquí; 
éláiaMo alas ptíertat del meló. 

Ante estas formidables acasaciones, vaciló don Pe- 
ndro varias veces j qoiso retirarse: 

Empero la palabra de la ambición deteniále di* 
<cien4o: 

— No temas; desempeña tu ofidio^ realiza ta propósito, 
^Qoé eras ajer? Nada; un aventurero, que do lleva 
por compañía otra co^a que su buena estrella. 

—¿Qué eres hoj? El segundo héroe déla Nueva Es- 
paña: el hombre temido, el conquistador invencible; 
4\ amigo del rey^ el señor de los mares. 

— Ese joven es tu hijo, es el reflejo de tu historia 
llena de triunfos, es tu continuador, tu imágan, la co- 
pia exacta de tu personalidad. La patria os coloca á 
limbos ea el pedestal destinado á los principes; ese es 
vuestro puesto. No podéis descender de él sin mancha- 
ros con el fango de la vulgaridad. 

— Pedro de Alvarado; piensa bien lo que haces. 
Ten valor para corjurar el conflicto, ten alientos para 
mantener el prestigio de tu posición. 

— ¿Te conmueve el diálogo de la desgracia? ¿Te 
emociona el sentimiento de tu hijo? Pues niirá, caudi- 
llo ilustre: si logras apagar el fuego de su amor, como 
Oostavo es joven, y su imaginación. es soñadora, bien 
pronto olvidará el pasado, ante la contemplación de un 



14» »Wm) PE ALVAiWW) 

porToair brUlaúte 7 próumo« fi$i»; m d &ltulda^ n^ 
debemos marohar omtra la comente* 

— Espera, detente,, escuda el Testo^ 7 procede des- 
pués, sin quebrantar tus inspiraoiofiofif. 

Y ante estos mentidos consejos de la ambición >elf 
Adelantado de mar 7 tidrra renanoiaba A separarse 
de aqael lugar. 

— Si, arcángel de mis ilusioneif, — exclaoró G-ostaro 
con apasionadísimo aceoto.-^Nada impedirá qne Uegno 
á llamarte mi esposa. El corazón carece de 107^8, el 
afecto paro del alma no paede en ocasión algaaa re- 
glamentarse. 

^rYo bien sé á lo que me expongo, si denegando 
me mi padre su permiso, insisto en contrariarle. Cae* 
rá sobre mi qoizás, todo el rigor de Jas ordenanzas mi * 
litares; será encerrado tal vez en unaprisiofi; pero no- 
importa; Dios, qae vela por los desgraciados, me socor- 
rerá en tan doro trance... 

— jOómo, Gustavo? 

—Facilitándonos la faga; porque tú Elena mia, me 
acompañarías en la proscripción ¿no es ciertq? 

— Te seguiré hasta el fln delmundo. Gustare de 
mi alma. Sino tengo otro ser en la tierra á quien amar 
más que á tí, |cómo renunciar á la mirada de tos ojos 
7 al constante juramento de tus labios! 

— Asi, nadie osará robamos los tranquilos días del 
hogar; las dulces horas de los recuerdos queridos; la 
mutua posesión de nuestras almas. 

— Si, Gustavo, 7 si el destino fiero lanzase contra 
nosotros una persecución injustificada hasta el punta 



^Yn MMpr9Íid#^tct^'^iiÍ6»68^íiddí^fEré¿A m 
bosoariamos la libar tad de otro mando, spelaiidoiai 

SmicidiO^^ 'íi''v;;l ,'='-p.-i^ Rfl'fí feí'^^'!' '.''ir 5- '- ^ 

-»^|MÍBar&ble!^^grit6 t él^-^aniuUGurMo 'oon •' toi de 
traeno. .}>^!;f'- r^l ..:ií*, ^ 

— fJefl6«i-^dKokBfté^lá'í6vqQi(ipe]A«ÍBlor sCübUiiiieBta 

ja Tentana»' -.7 cr^'i^'p i- A !í;'íf''fj en. tn(í; — .rc.'V-.'- 

D>n Pedrd ávaii«ór:hfffitekaqí]tiir(» dB^@aátavbf ^p 

qaddó frente á ál^ oon los braa» i$iraemdbrf :4na !bác«r 

¿ menor jgaotidiUiEtonit ( í-jr .;* ,,^f:o^'■'*' o'- '/ 

~*¡Laipaa; é^déoióiiád,^ f4iit«ttaííápfalRlad!^gTÍtá^ 
&iBtaiK> ¿aa dOTdira lda>tigre^áctr4ir^ 
palabra, y veris como se arraoea (lii^ttbifu;!^ pato ár 
r^aTÍo]4^iós:xmeíT0*i*': ■; oTv.^r í' I . ;jíI . ' .-; -.. / 

««--[Miéecatdel-^reoitró iMnOmás: fa!»Ká ebdistfedno - 

— íOal Yk ádfvikio^^méaTere8Í*^vo4ií6 ;á déc|r^-el 
jáTon i poifieadü so: diestra laq 0I ^o'de^ :1a sapada.-^ 
i^ villano SalidoF^^af^f-ir&ítie^ ail^tiafrmi o^bto. ¡Go^^ 
barde! Te has ocultodo el rostro para qae no t3 delato 
la viT^mni psfiffnindajáos'traíibreé^ 'Habla <eon Isu Uz 
coaita, no importí; ¿dosírátes sa feaadj^vioa sin mi-' 
mios; y iA eres wx pfteDgh&da y on f^lo». ' 

— ¡Miwri»al-«*apüiéiion ♦Pedraiqon igdal energía», 
— ¡Voy á hacerte tragarla palabra, reptil, mal que 
tereaadrd fDdS|ia&9^:iv¿U9n(>*, jlda9aroi^'^y.'a9abaoftOB-eo- 
m^^ pQsi|)lBá'loa;h<mhidqst'^:'.'< r' : rí-^'"I/ ' • 

ajytayo^ddsanffaittd la eipadni, jr comino advirtió* 

TOMOS 15 



^1* f J3nu>/ 1» Atvéjujo* 

t^iirK^-MkiiúRtmm^lm^ if««l«pet«w«KC gritóles 
— ¡Eü gaardia! ¡Eo gaardia! No me pongasv'iurci- 
iot de 4it?im4fi4M, ^99(«di ioa«t 4«l &$lfl»«rt4 oomqr 4Uua 
perro« .'i oi.^j ' '» ' i' '^ : 

Apenas artiealadas estas frases» lanzó el jóTdH so- 
bre su intdrlooaior nn tacrihle tájo^-ftís ésta pát^^ecn 
snma habilidad. 

— |H^y estabas preparadél^repnse^ bota sonrisa 
diabólica.— ¡Qué me place! Asi quiero yo enoontrarme 
con los houibtes; tüspnestos BiéiApre á dalr una mués 
ira del vigor de sa bram» 

Y esto diciendo, Ghustavo tiróse á foodot mas cob 
tal desgi*aoiat quauoa parada habilísima de su contra- 
rio j mi golpe á ella cOasecatiro, htoíeroli saltar la es- 
pada de manos del joven. 

Al caer, la hoja del acero quedó rota en dos partes* 
ínterin el ralsiroso oficial recogía del suelo el ar- 
ma, el desconocido aprovechó el momento para huir. 
-^¿Quién eres, ^ién eresi realidad 6 demonio^ que 
has conseguido derrotar por primera vez al hijo del 
Adelantado de Ooathemala?— gritó Gustavo lleno de 
pavor. 

El eco devolvió aljóren éu propia pregunta sin 
que mortal alguno le respondiese. 

— ¿Hoyes?— eiguió diciendo, -^pues yo te buscaré 
¡vive Gristol aunque sea en las entra&as mismai^del 
infierno. 

— ¡SaadoraU Si eres t& él que ha logratip desarmar 
é Gustavo de Al varado, bied puedes apellidarte ^ prLi^. 
mer tirador de las legiones castellanas; empero aun* 



PBDRO DE ALYARABO 



115 



^Q6 Satanás encarnándose en ta caerpo, haya maneja- 
do ta tizona, yo te aseguro por los caemos de Lncifer 
^ne no he de parar hasta qae qaede larada con ta san-- 
^e la mancha impara de mi deshonra. 



• 1' ^íA/.i^ : •. * .'':i.\q 



CAPÍTULO XI 



Bntre el médico y el cura. 



El hijo del Adelantado de mar y tierra, envaina 
apresuradamente el arma rota, j después de dirigir 
una mirada hacia la reja, á cuyo pié conversara con 
el Ídolo de su corazón , dispúsose á partir en el propio- 
sentido en que don Pedro lo hiciera. 

Empero reflexionó algunos initantes, j detúvose 
súbitamente, diciendo: 

— Gustavo, ten calma, y medita con frialdad. Tu 
corazón hidalgo y viileroso, te impulsa naturalmente 
á emprenderla en seguimiento del menguado que ha 
destruido con un solo golpe, el notorio brillo de tu va- 
lor: tú no le conoces, tú no has acertado á descubrirle 
bajo el antifaz con que se oculta. Su voz tampoco te 
ha revelado nada; no te es familiar, y aunque lo fuera, 
como tu rival no se ha expresado más que con mono - 



A6»t0 Üfi iL'VÁJtABá 



til 



ip&tbfr, y 46 'Begavflí «faia ptooíiurádo «aftábiar stos tonos, 
^estás completamente persuadido de qde no vas eo |ios 
<ie^Ufia dettts ooÉnj^átriotas; ^ ^^ • 

'-^Qnizá sea^l iiíttatáblef üÉ'^íí^terf^íó, (J) venido^e 
Mé|ioo, qtíe teiigaett éstos 'álwidédoteisí copia de hcfmf- 
^lres apostados, los ííüfttefi dé/batííteáér sobre ti, tí co- 
mités la imprudeiiciá de pérségliiiQer^ 

— ¿Pero es admisible que un bandiá6, — continuaba 
preguntándose Gustavo,' — salga á retarnos de frente 7 
con nobleza! [Óbrllndudablettieinte ibe equivoco. Si mi 
agresor s4 hubiese InrOpuesto reaMzár úil fin criminal, 
atentatorio' contta mif persona,- babria, tñ evidente, 
lanzado sobre mi cuerpo sus ataquéis en fotísia de trai^ 
cien, 7 por aleví^sos' y siniestros^ medios. 

— ¡Oh! ¡Qaó idea,'cielof santof— añadió el oficial 
cerraiido les pufios y dirigiendo á la ventana do Elena 
unamiradade tfgré.<^]Si ellaiñe fuese infiel, si su 
amor perteneciera á otro hombre, ní el enmascarado 
hubiese acmdido á «n fnaidor llamamiento de sus la- 
bios, para escuchar un juraménfto de fidelidad f... ¡Ab! 
Entonces, hiena sin entrafias, sabrías lo que era la 
d^ga de un caballero, cuando rasgase tu pecho sin pie* 
dad, para haceprte pedazos el corazón. 

-^Mas no, no cabe falacia tanta; en quien ha pre- 
textado hacer' por mi hasta el sacrificio de su vida. 
íEagafiarme EHena? Imposible; primero arrostrarla el 
martírioy quo pagar con la ingratitud el tormento de- 



^ Secuestrador. 



119 



F|?)£U) -I^S i^y^B^BQb 



«Uft 9o|am«nte. ' . 

— ¿Será un rondador desakadOimi^fUMmigc^: JUlrig^ 
9,oro; peso^ni Id «dad que reTeiai,m sacoatineBíiegra- 
ye 7 seYer/o, ni k rod^: de ana modelas» p^mitan Mi« 
poner otra ooeíat 8Í^Q^nei9(i oan^p^tidor, es per amiv 
gastos, inclinación, j ¿brüsoaa maneraaiy w verdadaro* 
hombre de guerra. 

--^amdoyal, si, liviano? doctor^ oo cabe otra aoaper^ 
cha. Me lo dice mi profóo coraaon» 3e ha ^i«to el nú*- 
serable hamüJado^vencido^ cubierto de oprobio por mi. 

— Quiere afecti^r una hidalguía de qoe cac^o^, j ooa 
la excusa da admitir mi reto^ ha^sado llegar artera* 
mente hasta el santui^rio de mí amery para revelar 
después á mi padre toda cuanto oyera. 

— ¡Ahy cobarde! Yo te probaré que no as GustaTO- 
de Al varado juguete de traiciones^ ni prenda de akvo- 
sfas. Yoj^ voy á tu casa; alli te .exigiré una declara- 
ción terminante de la infamia qoe acabas de tramar^ 
y te arrancará foraosamaote la espada del cintOf para: 
suplir la falta de mi aoerot que en lid honrada, acaba 
de perder. 

Gustava embozóse hasta los ojos, y partió en dÍ£H> 
tinto rumbo que su padre, encammándose é la casa^ de 
Sandoval. 

Cruzó calles tortuosas y amplias avenidas, hasta, 
penetrar en una extensa plaza, cuajada de árboles en: 
su derredor. 

Tomó por el lado derecho de la misma, y presuro- 
so marchaba, cuando sintió el crugir de una puer- 



PEBROUB A^yUUM 



11» 



la, pasa; llagar i. JaxijialoriefMbMite trtg- varasiodavii. 

El eoáoiorádo hidalgo detova aavíajepaiia ocoU 
lame ea eLomóial de mut ^dasa oofiiixgua . 

Allí p6fttaBMÍ6 un ímrté intenralOr faroreeido por 
ka aombna d^ la noche^ 

Fija 1& mirada en el Ivgar de donde partiese el roi* 
do, podo ver GuatafOi pvimerot on hombre cubierto 
ocm el aayal del franciscano^ 

Luego, «& caballent vevfído 4 la eepafiola, de cuyo 
cuello pendía negra oapav 

Y en pos de ambos, una india desgreñada j vieja, 
que traía én la mano una astorciía encendida. 

Gu€ta7o no |índa dominar su fKMrpresa, recogió to- 
da aa atoncioB, j oyó de labios de la anciana estas pa- 
labras: 

— Oraciaa, jnis ames, ^l Señor os lo pague. Vues- 
tra aatodaria y noble (o^azon^ devuelven la tranquil!-' 
dad á una madre desvalida. 

— ^Haced lo que os digo,-^exclam6 el del negro 
mantOt— Kiadle cuatro gotas del liqíúdo al amanecer, 
y espero que mafianii le tendre^oa fuera de cuidado. 

Y no oeaseeis gasto alguno,~añadió el religioso, 
-^i se os aonduyer el dinero, en el hospital de Santa 
Mark estaré; mandad allí á pedir más. 

— ^Dios premie la buena acción de mis amo6,-^ex- 
damó la vieja, derramando abundosas lágrimas, ó in- 
tratando arrodillarse ante los desconocidos. 

— Levantaos, pobre vieja,— repuso el del hábito, 
ayudando cob gritn cariño á incorporarse á la india. 
— Nada nos debeis,<^Afiadió el cogulla.— Lo que ac»- 



m 



eUAQ \DJE IXYA&AQO 



bamo8 de hacera con YoeátoQ-itijov^B^uiia wgfradao[bli« 
gaoion 406 el OrísiimBismoinot impone; Blcbdvalidb es 
también nuestro pr^gimo^ DdbMnoÁ éoeónraib :ai' ms 
desdichas, enrólale extsMidflbsBiaf ^pn«taito coh^^ 
en sas amarguras. Módico este, hííiblga^ 7: sacerdote 
yd, habríamos jnDQrridá en^iiiinübktdelinñaeniCia,. si no 
habiósemos aportado, al aofieitsijO; imaaiigo, los teso^ 
ros de sa sabidaria, este humS^ marro 4elf^fiOF,ia' 
dádiva que rei^ibe ¿.i](ieQbd«/iejiiuiiuot.pQdíe 
distribuirla entre los que la h^juetteeisr^ i; . . 

— Benditos sean mkf ani04i;>l9a'maidre8>qife dieron 
tales hijos, para eteriu alckgria. de^la humanidad*. ^ 

— Bueno, biienp,*^rtpt]MieL hidalgo. coa palabra 
afectuosa, ^f— Ahora lo^<|ue óMiTiend ,7^11 nadió^n^es que 
acudáis junto al lecho de vuestro hijo, por si necesita 
alguna cosa, y qoe jpia. reveléis ;&jiadie, si Jiemos obra- 
do 6 no genierosanifiDte* QftUftdf puédtaqne^áiitai eela^ 
ga 7 á mí nos basta con qu^it^iolemiénis mirada, de juá 
Dios mi$ericordio6o; ao-seí itpirfa^jjaB^sodé mauBstras 
acciones. RetiracfSi, «e&cíiá, i^üM «ewifian^ de^-que yo. 
respondo de la vida de vi^eatií íhijoí ,. ^ . . 

— £1 cielo guie á mis amadas pi!oteQi»rM,-*^6Xcla- 
mó la anciana con Tsz entmoortada por. la» emoción. 

— El os guarde,^reapi9ndi4teQ lo» desconocidos. 
L i india entróse en su icasa». berrando tras ei la 
puerta. ■ :. . - . , . 

Los dos amigos emprendieron k;msjrchjii en direc- 
ción del escondite de Ougtavoiv 

Este pegóse á la puerta como un ^pl^)el, ycontavo 
la respiración cuanto le foó posible., ' v ; . 



VmM M AEVÁlláDtf 1^1 



Cono U noche^erapMarai y éralo también la co- 
lor de m oapa, podo^Tacfoid de^.la-atdnoio!!: de aque- 
llos dos hombres qae^ aparte de esto^ Tenian tan en- 
tretenidos; eii aa o¿QTOMsu»on, qm« no m^ curaban 'de 
cnanto en toma snjwoad^ia^r 

Pasaron por dálanta de Gnstaro Í9in ádTertirJe, j 
detuYÍéronse á pocos psisof de él. 

— jVoto al diaUo^ y qaé mala iioehd h<íúúh tenido, 
Iray Jerónimo! -^exclamó el f eglar^ ' 

— Oinoo horas^ mi>qáerido doctor, habéis peírmane- 
oido junto al lecho, siguiendo el curso de la enfdrme- 
dad, y otras tantásJie estado yo rezando las preces de 

ios adonizantes 

Gastayo so pudo reprimir un movimiento de inu- 
sitada sorpresa^ : . 

— Ea on.oaso tipioo de fiebre gravíuma, que obliga 
al paciente á delirar como un loco, — dijo el doctor. 

— Esto no obstante, mi qnerido Sandoval, habéis 
derrotado al enemigo con vuestra medicación acerta- 
da. £1 enfsrmaha entrado en ^reacción, está muy tran- 
quilo: qni2^ ma&ana -el peligro haya desaparecido por 
<Kmipieto. Sois nna verdadera antorcha del saber. 

— Y sin embargo, no iodos opinan como vos, fray 
Jerónimo* cenando alguno ha tenido á bien destituirme 
de mi empleo. 

— ¡Oh! No repitáis semejante cosa. Paréele increi* 
ble; vú8^ el iiomfare 4}oe con sus medidas acertadas 
mantiene inquebrantable la salud del ejército, el ge- 
neroso,' el oaritatÍTO> el valiente; ¡ahí no; no puedo 
creerlo; paiéceme cavilosidad vuestra, y si fuera cier- 
foKo n 16 



^^ PTOW Di IU.VAÍMM 

t& tamaña felonia^ S6iitiií«j^(p«e don Pedro^juqae na 
babia da recoger «aay bttWkaiama de^ labk» de nnea^^ 
iros compatriota?* 

-rMaa jo.be j^ado. vangaime ide kb o&nsa, ñte7 
Jerónimo, como se vengan. loai oahsllfiraB. v > 

— ¿De quó modo, sefior SancfaiTalí 

— Practicando el bien; i^paraúodoá dos desdichados^ 
jóveoies del borde' del abismo: á Elena j á Gostave. 

El oficial estavo á ponto de dejar el iacágpito psrá 
arrojarse en brazojs del amigo de quien tan inf alidada- 
mente dadara. 

Mas ganoso de oif hasta mu remate el diábgo da 
sos colegas, quedóse en su primitiva actitud. 

Fray Jerónimo, fijando á través de da capucha sn 
mirada en Sandoval, preguntóle con marcada sorpresar 

— ¿Decís, mi buen doctor, que ambo» jóvenes están, 
al borde del abismo? 

— Sí: padre ViscasiUas. 

— ¿Y puede saberse por qué causa? 

— Porque se aman con locura. El Adelantado se 
opone á estos amores, movido por orguUosas miras da 
interés. Elena sé halla dotada da una organización ea*« 
tremadamente débil; Gustavo es un manejo danerms^ 
pensad abora, fray Gerónimo, si es difícil qoe dos natu- 
ralezas semejantes, sucumban de desesperación ó ape* 
leu como remedio al suicidio» 

— {Válgame mi Seráfico Padre I --exclamó con es* 
panto el jeligioso santiguándose apresuradamente. — 
Dios nos libre, — añadió,— 4e semejante infortunio» 
¡Ohi Hiiceis bien.en alentar talea .propóáitoflf,: señor 




fmtÑyJm AI,VA»A©Q W8 



Saadaml.t3Mft«»^nfttgft«oji .eommtir á 

sabiendas qae esas dos almas se yentdfti^ por culpa d^ 
ofcTQ.á Iaici&r«^ 7 . • . 

— Celetapqr^Uípeiisi^pflqpayOí fray Jerównaa^ por- 
que peitsalbA f09Í^pmx ;?i)eft||!)»^9Op«ra0ioxi^ el aconto. 

— iLa^mia?iínipoí\í>Je,] / 

-T-sHola!, Bo os f^teeyeis ¿ qoedasr eoi^i^do con^ 
Satanás? ., .. .. ,. t, - * • ^ 

— ¡Ave María gratia plenal £1 señor me aleje d^ 
toda forma de opnoierto CQivJos malos. 

— Paes para probar qn^ nada qaereil> cpn ellos, j 
qae yaestoo ministerio sablime aspira A qoe no se piar* 
dan las almas, es para \fl que jo demendo maestro au- 
xilio. 

— Veamos cómo. 

Saodaval aoercóse ai oído del firanciacano y pre- 
guntóle: 

— ¿Tendriids inconFeniente en dar la bendición nup- 
cial á loa muchachoe! 

— ¿Pero qué es lo que estáis diciendo? 

«-^Ciontestad oategóriqamente, si ó no. 
Visoasillas reflexionó un instante j raposo: 

— Sapong^moa que no^ le tuviese, ¿queréis depirme 
Qóiao se salvan las preaofípGiones legales que ban da 
preceder al acto, elioonsentiimento paterno, etc. etc.? 

— ^De fOso no^ sqis vos^ el llamado á ocuparos, ^1 la 
intelige^GÍa de^qoe dentro de lo mapdado por las leyes 
j pnagmá^eM.dol r^ñio, se hará la cosside suexte, que 
ni contraeré!]», rosponaabilidad, ni realiMureis mas qua 
el cumplimientp^ d» vuestros del^os. . 



i^ PBBR6 li* ItiVJ^ÍUktiO 



para dBíaíittf'^ f kíca. "^ -^ - ^ -- "^^ * ' > ^ • 

— Magnifico, carísimo padre: ya «abia^é^^^ tilé»- 
trd Qora^dB^ toó habría d0(>i«efet^^á^i#'»(l)^ -^ 
i^A^entorádilb es^la e«a|ñ^tfia^««ffi>»^o«^¿i^ 4 ^ 
— La que cumple llevar á efeíjítííift^ttfiiémbredadig- 
üidad, á quien Be ^Seetitayé dd %\i^énQíiflda^od^ lio saber 
curar hs pasiones á gusto de la ambición. ^^ 

— ^^Y voé váisáifcurark^.va • '' - '-^ *' ^ 
— A. gusto deia justicia^^ párá que é«pab ^^ñóé que 
las <áenciaé médicas^ se visten eo& et trs^é tie la serie- 
dad j no se quebrantun á gusta de los magnates. * 

^^Quiera éúí amadísimo padte^^afi Fra&eiseó, ^que 
el hacha del verdugo no tenga que pedir cuentan á 
nuestras gargantas. - 

— Espero que antes se emboten-sus fik)s,-^xolámó 
Sandoval^ lanzando una sonora carcajada. 

Los dos interlooHftoresMemprenáieroü ^ de nuevo su 
interrumpida marcha, perdiéndose á poco de la mirada 
de Gustavo. 

Este, abandonando su escondrijo, saHésd paseo de 
árboles, exclamando: 

—¡Pobre y amado amigo mte! ¡Yyo^ne te juagaba 
un traidor, un falsario y un nifseralile! Guando in dentó 
dirigirme á tu casa para airopellar su reposo; isuando 
te juzgo el delator infame, que no contento con violar 
el secreto de mi amor, acude oontra él enferctóao Joven 
para desarmarle, cubriéndole de o^obió, me encuen- 
tro con que te hallas ejerciendo la caridad, la denoSa, 
tu saber sublime, enuninfelíis^paóiebte.- ' 



I 



f(Bf»^J^» ^V^kSíiDO ^ 



ensaefios^wti^wM^^B l¥^ l^ mqtf^ft i^fir- mi 

biaaesfar^pifi areeg«;»8;en uiiA<p^lftlH?f^ ^f^m^de'^e- 
na, ioáfi c«aBt9ri^d(^.ddt4ar 6|t4l'iDii9<^ {OÍ»! F4r^ 
dóname, hermano ínio, recibe desde.^lff^ndo^e mi att 
ma toda la gratitud qae es ella capaz de sentir, siendo 
española, en tanto que maldigo la debilidad de los jui- 
cios humanos, que donde creen hallarla sombra estala 
luz que deslumhra, que confuude,* que aniquila todo 
cuanto en la opinión deleznable se encierra. 

— *No era Sandoval, no, el que jo juzgaba autor de 
mi deshonra. ¿Pues entonces, quién puede serlo? 

— ¡Santo Dios qué idea! Si mi propio padre... 
. — ¡Oh! Apartad de mi cerebro creencia tal. Venir á 
espiar á su propio hvajQon.el rostro tapado, aceptar 
un duelo propuesto por éste; no descubrirse para que 
la espada parricida cayese en tierri hecha polvo, por 
disposición de los cielos. ¡Mi padre, Alvarado histrión 
en la comedia de la infamia, mentira. Satanás, mentira! 

— ¿Y si fuera él?... Qué me importa ¡vire Cristo! 
Otros han decidido de mi suerte: el doctor, para salvar 
el cuerpo; fray Jerónimo para libertar el alma de 
eterna condenación. 

— Entre el médico y el cura está, pues, mi destino. 
E*lo8 se han apoderado de la suerte de Elena y de su 
amante. No puede darse mayor triunfo. 

— Si según el uno, arrancando de nuestro pecho el 
amor la tumha será el premio, y si, como el otro dice, 
la desesperación dará nuestros espíritus á Lucifer al 



IM rtSUUf DK 4lLy%AAM 



«£títfgtitfSé>taMtrár«^AÍt)^vééftiíí'' iÚhSé *jlieeeB en 

ta sdBteB¿)«i {aptfsáii de tottu liití atitoriéidés. 

■ Y e<to dideodo, partió Ghittaté ooft lá ligereza 
del tiéftto, eii diree^n de la oaaéi jpialaei&del Adelan- 
tado de Oeatemala. ^ 



' , •"* í' *'" "'*. J'. 



t\ 






CAPITULO XII 



del aeero no es bavUmie par» el Jues* 



Sin accidente 'ni atentará Ueg6 el oficial á su 
«MBa. 

En la puerta, situada al pié de la escalera de GNis- 
^▼o, Telaba e8p3rándole impaciente^ Gnillen. 

— ^Boena la hemos hecho , señor,— «reposo. 

— ¿Pnes qné accmtece? 

— Que á sn excdletacia le ha dado gana hace nna ho- 
Ta de preguntar por tos. 

— |T qné le has respondido? ' 

— Oomo estaba mnj ensimismado en la lectora de 
nn gran TolAmen, no le contesté de seguida. Páseme 
é limpiar sus armad en su presencia para dar tiempo 
é que Tolviéseis. 

— ¿Y mi padre entonces? 

— Abandonando ei libro, irgütóse, leTantÓ los ptños 



128 



PBBRO DE ALYARADO 



T descargándolos sobre la mesa de sa despacho, ex- 
clamó: . 

— ¿Qaó es lo que te he dicho, TÍllano? 

— Señor excelentísimo» — repuse temblando,» cual nn 
azogado, — como el casco, como la hn^a brillaban poco, 
quise... 

— Parte al puntd.ívoto'á%:4&! ' ¡jr di á don Gustavo» 
que se me presente en segmk. 

— Voy, voy, señor general. 
Apoco hallábame yo en la pres ncia de vuestro 
padre, pa?eido do horrible miedo. 

— SetioPe'Xcélentísfiáo',— exclame. '-^M ha- 

lla descansando. Disfruta de un sueño tan tranquilo^ 
que causa verdadera pena el despertarle. 

— Paréceme á mí. Guillen, — exclamó el señor ge 
i^aral con 9sa |B0UTÍsa;de hi^/qu&tle pone á. u«6^nás 
frió que un carámbano, — paréceme á mí, que te está» 
ganando ua golp^ rdei verdcigo^' parfit qu» nor vuelvas á 
caer en mentifia;.. , , ; : i -. . ' ^v .^ ^ 

— Señor ígpiiieraL.-' , , .1— 

— Di la verdad en este instaiite ^ mapdo que te ar- 
raoqaa^ la leq^ua pasa £4101^9^ Alo$ cuervos f vi- 
llano! 

— Pues bien, señor, mi mqo no efsti «n cmsl. ' 

— iQueí n/pf está, en pasqi, dice3?|pue8 dónde ha ido? 

-1-Lo ignoro por completo. S6lo puedo manifestar ¿ 
su exaelenoi^r que,al ddspertfl^ oo^ yo aua^do se dignó 
llamarme, sorprendime de su pregunta. JPui al lecha de 
don Gustavo y le OAcontrá vacio; después. .. 

— ^Después, vil falsafioi has tenido la osadía de -en- 



PfiDItO INE Al^YABADO 



139 



gallar á ta jefe y sefior, ¿qaá significa esto? ¿Qaé ne^ 
gooios trae mi hijo de tan mala índole qoe hace cóm- 
plice de ellos á un sirviente?... 
— Yo, señor, ignoro... 

— Ignoras^ mengaado, loqne debieras saber de 8obra« 
Servir á quien te paga coa lealtad, j no andar metido 
á protector de malas causas. 

— «Perdómeme BU excelencia, pero á fá de G-uillen... 

— No haj nada que hablar, he perdido la confianza 

qne me iospirabas, j mañana al nacer el sol irás á bus • 

carte otro empleo adecuado á tus condiciones, porque 

yo no quiero rufianes á mi servicio. 

— Por lo demás, en cuanto don G-ustavo venga, le 
dirás que se me presente, y cuenta con callar cuando 
te vayas de mi casa todo lo que ha sucedido, bajo pena 
de la vida. 

— S ñor, — dije á vuestro padre, postrándome ante 
él de hinojos, — tened piedad de mi, no me desampa- 
réis en estas tierras desconocidas, mirad que yo no he 
cometido ninguna mala acción, advertid... 

— ¡Basta de mentidos ruegosl Mañana^ repito, sal- 
drás de palacio; ahora vete de aquí, á cumplir lo que 
te resta de tus obligaciones. ' 

— Gdn las lágrimas en los ojos salí, don Gustavo, 
de la habitación de vuestro ilustre padre, pensando on 
que los mayores sacrificios son casi siempre ineficaces, 
cuando es el encargado de apreciarlos un corazón duro. 
— ¡Oh! No temas quedar sin pan. Guillen amigo. £1 
oficial á coyas órdenes te hallas^ no olvidará nunca 
tos hechos heroicos, el valor salvaje conque avasa- 
TOMO n n 



190 



PEimo DE ALTAKílDO 



Hasta 4 hmzQ iiid%9oaf cuando tuvo lugar la reyerta 
junto al adoratorio dé Tohil. AUí| aún lo reoMrdo^ ta 
rostro fué herido de un terrible golpe de flecha, jape* 
aar de la mucha sangre que den'amabasi cootivuaste 
lachando oon un buen grupo de oobrizos hasta desba 
ratarlos á todos. 

— Asi fué, en efecto, señor. 
, — Por eso te digo que no temas nada, yo he apren- 
dido á honnar á les yalientes, y si mi padre, porque me 
has servido bien te arroja de su casa, no te ¿BÜltaráQ 
trabajo ni albergue* 

—Gracias, señor don Gustavo, gracias. 

— ¡Ahí se me olvidada deciros, que el señor doctor 
Sandoval me ha entregado esta carta para tos. 

— Veamos lo que contiene. 
Guillen acerc6 su lintetna al pergamino, y á mer* 
ced de los fulgores de una laz vacilante y tenue, co- 
menzó Gustavo á leer el texto. 

A medida que del documento ib\ enterándose el 
joven, sus ojos se animaban visiblemente; su rostro cu^ 
biriase de un. matiz sonrosado que realzaba su belleza, 
y su labio parecía repetir ei silicio las frases estam- 
padas en el CEcrito. 
e Gustavo llegó al final de la carta, y estrechándola 
contra su corazón, repuso: 

— ]0h! No cabe más parfecta hidalguía, no puede 
darse prueba mayor de sincero afecto. Es un hombre 
excepcional, es el prestigio da la caballerosidad casta- 
llana. 

— Lo primero que me previno el señor doctor, fu^ 



PEDRO DE ALVARABO 



m 



qoa ni mi camisa osara mostraras notiaiosa de la en- 
trega de ese docamento, por lo cnali don OustaTOv yo 
ossaplico... 

— ¿Qae guarde yo igaal reserva? Está tranquilo ^ 
<jnillen, que asi lo haré por la cnenta que me tiene. 
Ahora sólo me falta proponerte ana cosa. 

— ^Hablad, mi amo, cuanto os plazca. 

— ¿Si las circunstancias me pusiesen en situación de 
^ihandonar la casa de mi padre^ me segairias á donde 
yo fuese? 

— ^Hasta el fin del mundo. 

— ¿Aunque tuyieras que arrostrar las iras del ver- 
•dugo? 

— ¡Las iras del yeriugol Tengo sangre y tengo aHen- 
ios y con estos puños que veis, sdrá capaz de demos-* 
trar al ejecutor que yo no necesito cáñamo para ex* 
trangularle. 

— Pues siendo asi, está preparado en mi cámara^ 
por si fuese necesario que partiéramos esta noche. 

— Seréis serñdo, mi amo. 

Un fuerte campanillazo parMbióje á la éntrala del 
euarto de Gustavo. 

— Vuestro padre llama; voy de nuevo... 

— ^Yo iré en tu lagar, Guillen. Sigaramanta sti avi- 
so tendrá por objeto pregautarte si he regresado. 

— Desdichado de tí si to preseatases ahora en la cá- 
mara de don Pedro^ para darle una coutestaciou nega-* 
tiva; te haria pedazos seguramente. 

Un nuevo y mis farioso campanillazo que el ante^ 
ñmri ensorieoió casi á hidalgo y escudero. 



1® PBDRO DB ALYARABO 



— ¡Voto á cien bombardasí— «exclamó Heno de cóle* 
la Gattavo» — que si continúa asi vi á echar abajo el 
edificio. 

—No OB detengáis un momento más, señor. 
Ei oficial quitóse su capa y sin perder un punto la^ 
serenidad, encaminóse á la cámara de su padre. 

Cruzó varias galerías, atravesó dos amplios salo- 
nes, y levantando una gruesa cortina de terciopelo 
carmes!, quedó en el umbral de la puerta, fijo como* 
una estatua. 

— ¿Qué deseabais, señor?— ^preguntó con voz humil- 
de al autor de sus dias, el cual al verle cesó en su» 
largos paseos. 

— ^Gracias al cielo que logro dar con vuestra per- 
sona,— exclamó el Adelantado con marcada ironía. — 
Os he llamado varias veces, y háme causado verdade- 
ro asombro el que no hayáis acudido á mi mandato» 
¿Habíais salido fuera de casa, ó andabais por las gale 
rías de palacio haciendo ejercicio para vencer el in« 
somnio? 

— Yo, señor... 

—Explicaos claramente, y dejemos á un Jado toda 
linaje de vacilaciones. 

— Pues^bien, padre mic, había salido de casa. 

— Magnífica declaración para un oficial de las fuer- 
zas que debe dar ejemplo de subordinación y de disci- 
plina. ¿Ignoráis] acaso las órdenes que tengo dadas^ 
disponiendo^ que á excepción délos jefes superiores^ 
nadie pueda durante la noche salir sin mi permiso? 

— Los conozco perfectamente; empero como ningv- 



PKDRO DI ALVílRáDO 



131 



SO da mis compañeros se halla cual yo en prisiones 
dorante el dia, juzgo que la compensación ... 

— Aquí ¡rayos y truenos! no caben argucias, ni su^ 
tílezas: se hace lo que yo mando y nada más, ¿lo en^ 
tendéis? 

GustaTo no articuló una sola palabra. 

— Vuestro silencio me indica que reconocéis en ab* 
soluto vuestra culpabilidad; y aparte de que para es- 
carmiento de los demás no pienso dejar impunes las 
&Itas que mi hijo cometa, necesito saber en este mo- 
mento, á qué motivo obedecen vuestras excursiones 
nocturnas, hechas con el recato del criminal, porque 
supongo que no iréis á hacer penitencia de vuestras 
culpas al pié de la Santa Cruz. 

— ^Yoy, señor, á donde ni pueda manchar vuestro 
apellido, ni desacreditar el empleo con que me habéis 
honrado. 

— ¡Esto no es bastante, vive Cristo! El general de 
las fuerzas españolas en Goathemala tiene perfectísimo 
derecho, facultad suficiente, para penetrar en k) más 
intimo de los actos de sus subordinados. Para casos 
como el actual, debéis olvidaros de que sois mi hijo, 
pensando tan sólo en que es la ordenanza militar quien 
os increpa y os pide cuenta estrechísima de vuestros 
actos. Hablad y concluyamos, á menos que os inspire 
vergüenza la índole de la confesión. 

— ¿Vergüenza habéis dicho? No cabe semejante de^ 
lito en quien deja su hogar para rendir el culto del 
amor á las plantas de uua mujer digna. 

— ¡Miserable! 



t£4 



PfiDRO DE ÁLVARjlDO 



— *E84 misma palabra la pronanoíó en cierta ooasidoí 
UQ enmascarado, al pirf de la reja donde el desgraciado 
mendiga de un tiempo llera Iw crneldades del infor- 
tonio. 

Don Pedro quedó estapafacto ante la revelación 
del ofíoial; pero dominándose súbitamente, excUm6^ 
cambiando de tono: 

— Concedamos á la joventud este derecho, siempre 
que nos demuestre que la mujer á quien ama, es digna 
por su rengo 7 cuna de poseer su corazonv 

— ¿Queréis, padre mió, saber su nombre? ¡^Os lo ho 
repetido tantas veces! 

' —Volved á enunciarlo, para que vea yo si llega 
vuestra desobediencia hasta el grado escandaloso do 
ratificaros en vuestras opiniones. 

—Deseáis que hable, y ponéis, señor, una barrera á 
la verdad. 

— Esa es la que me hace falta. 

— Pues entonces, rindiéndole culto, os diré que 3^ 
Elena, y sólo á Elena, amo con locura. 

— ¡Ab, menguado! No esperaba yo otra declaración 
de un mal hijo como tú. 

—Pensad, señor^ en que nunca os he negado el dñ-» 
bido respeto. 

— ^Pero lo haces ahora, miserable. Ahora que ya 
veo en ti al nobilísimo descendiente de mi extirpe: 
cuando pensaba en recabar para éí una brillante posi- 
ción, un lagar en la corte, la mano de una dama ilus* 
tre, el v& lioso afecto de nue8Í;ro muy amado señor rey 
don Garlos V. 



PEDRO DE ÁLVARADO *^ 



— ^Entended, padre mío, que el rey f tob m6ú los 
que me increpas; ¿cómo osar esgafi^rloe cuando oo 
paede tenef entrada en mi alma el amor de otr^ mu- 
jer? 

— Paes lo tendrlf pese á todo el infierno jonto. 

— Gastado, obremos como Dios manda. Cede de ta 
parte cnanto puedas. Los hombres de nuestra reputa- 
ción jio se pertenecen; su voluntad corresponde al pú- 
blico. Reflexiona bien lo que te digo: Elena es una jo- 
ven de oscuro linaje, de nebulosa cuna; tal vez la bija 
del esclavo, del aoibulante mercader ó del despreciable 
homicida. 

— Tú, en cambio, recoges en tü camino las miradas 
de respeto de todos. Eres caei un príncipe, un bizarro 
guerrero, un alto dignatario en América y en España. 
Guando volvamos á ella^ el emperador estrechará tu 
mano, sus consejeros soUcitarán como un tesoro tu 
amistad, el pueblo sembrará de flores tu camino. 
¡Qnién puede renunciar á beneficios tales por la mano 
de una india, veleidosa tal vez, como todos los de su 
raza! 

El oficial limitóse á dejar caer la cabeza sobre el 
pecho. 

— ¡Oh! — exclamó el Adelantado. — ^^ Comprendo tu 
tristura, hijo mió. Es el arrepentimiento de haber des- 
oído los sanos consejos de tu padre. Sin embargo, yo 
te perdonoi^y olvido el pasado, teniendo en considera- 
ción, que en nuestras mocedades carecemos del nece- 
sario juicio; mas espero qne no volverás á acordarte de 
Elena, ¿verdad? 



189 



PEPEO DE ALYABJkpO 



— No puedo t señor, no puedo, — exclamó el joven 
derramando abandesas lágrimas. 

— ¡De rodillaBí infame! — gritó con cólera inusitada 
don Pedro, haciendo caer de hinojos á su hijo. — Pues- 
to que nada valen, — añadió, — ni mis súplicas, ni mis 
exhortaciones, ni mi bondad, oye, canalla, lo que T07 
á dediYte. Maldito seas durante tu vida y maldito sea 
también el nombre de tu concubina Elena. 

-—Mentís, ¡vive Cristo!— exclamó Gustavo ponién- 
dose en pié 7 echando instintivamente la mano al puño 
de la espada. 

— ¿Qué haces, reptil inmundo? — gritó don Pedro in • 
tentando arrojarst sobre Gustavo. 

—¡Defender el nombre de mi madre, que está en el 
cielo de las blasfemias de su seductor! — contestó el 
oficial con acento enérgico j vigoroso. 







iirdeJPalaaos. * Arenal 27 Madrid 

Mentís Vive Cristo! exclamó Gustavo pomeR- 
dose en pié 



CAPITULO XIII 



Bl cadárV6r del honor en ol tribunal de la oonoiencla. 



Ante el rasgo de indignación de Gafitavo, qmedó 
don Pedro sin articular una frase. 

El joven permaneció largo r^to mirando á su 
padre. 

Entre ambos caballeros establecióse una corriente 
muda de inteligencia, más expresira que la propia pa- 
labra. 

En aquel momento el invicto Adelantado de Gua- 
temala no era otra cosa que el culpable, sobre cuya 
cabeza cae formidable acusación, arrancada al tribu- 
nal inapelable de la conciencia. 

Gustavo habíase convertido en juez de su propia 
cansa, al denostar á don Pedro llamándole seductor de 
la desdichada Elena de la Cerda. 

Empero al proceder asi, quisieron sin duda los cie^ 

TOMO n IS 



1^ ?EDRO DE ÁLYABADO 



los tortorar el ánimo de Alvarado, recordándole qne^ 
segan la ley Mosaica, los pecados de los padres caeráik 
sobre los hijos hasta la cnarta generación. 

De saerte, qae Gastavo apoyaba en la razón so 
qaeja« El era la victima inocente, el fruto de unos 
menguados amores: si su padre le hubiese legitimado 
por medio del matrimonio, habrlase conjura io esa es- 
pecie de maldición, estampada en la religión antigua.. 

El joven decia para d: 
•*-Caandoyo recojo la herencia de. tus culpas cuan- 
do yo, en vez da imitarte^ solicito la •mano de una mu- 
jer digna y me. la niegas, ¿osas todavía profanar el 
nombre de la que pagó tu amor con su honra? ¡Oat 
Mal puede hacer respetar sus mandatos, aqnel juzga- 
dor que no comienza por dar ejemplo de rectitud. 

Todas estáis reflexiones que Gustavo se hacia sin 
duda en aquel momento supremo, reflejáronse atropa- 
das en la menta de^ Adelantado, por esa comunidad de 
pensamiento que se establee d entre los actores de los 
grandes dramas de la vida. 

Mas no era el lugarteniente de Cortés hombre que 
subordinaba fácilmente su voluntad á los sentimientos 
delicados y de corazón. 

Habia llegado á esa altura de- las posiciones oflcia* 
les, en que la flebre del mando suele apoderarse á me* 
nudo de los que las ocupan. 

Por esto disipáronse bien pronto del espíritu dei 
caballero, la impresión que le causara el rudo ataque 
verbal de su hijo y la comezón angustiosa ó inquieta 
del remordimiento. 



PSOae BB 12.YARáD0 



1$9 



M pftdra había Mdo 'aIk*ajado; quedaba* todayia <Mk 
ra faero la personatidad det general en jefe, q4iien iba 
á imponer su castigo i un oñoial insubordinado. 

La tempestad comenzsó á iniciarse; aquella sublime 
eaccna de majestuosa calma, faé sustituida por la cd« 
lera y el odio. 

Den P^dro, con voz enronquecida, con los puños 
tan fuertemente cerrados, como ú actuasen sobre los 
músculos fluidos opresores, lanzó á su hijo una mira- 
da diabólica, y exclamó: 

— ¡A^cabas, villano, de faltarme al respeto, arro- 
jándome al rostro diatribas é insultos, por los cuales 
debiera haberte hecho pedazos! pero me basta con de • 
volvértelos, recordando que ningún honor podria her- 
rar de tu frente el estigma de hijo espúreo. 

— ¡Padre, padre! ¡Tened la lengua!— gritó Gustavo 
con marcada desesperación. 

T-Si, reptil inmundo, sí; tú no llevas mi sangre, tú 
eres de la casta de los viles. 

— Piedad, don Pedro, piedad. 

— Bien haces en darme, miserable, ese nombre, 
porque yo no soy, no puedo ser tu padre. 

— ¡Santo DiosI 

— El hijo €8 el que nos ama, el que enjuga nuestro 
llanto en las angustiosas horas del dolor, el que acep - 
ta el sacriñcio per proporcionarnos una sonrisa; el 
apoyo de nuestro brazo cuando nuestras fuerzas de- 
caen; pero tú, el rapaz insolente y descreído, no pue- 
de ser caliñcado de otra cosa que de mulato. 

— ¡Padre, padre! — repitió Gustavo cayendo de ro- 



líM 



F9DR0 PJE U^VABJJíO 



dillas 7 elevando hasta don Pedro sai crusadas ma- 
noif.-^Medid, señor, yuestras palabras. Adyertid qao 
estáis proclamando yuestra propia deshonra. Pensad 
qae os aoiOt que no he qaerido ofenderos, qne ha sido 
sólo el respeto á la memoria de mi santa madre, el 
que ha alentado la indignación. ¡Señor, señor, compa- 
deceos de este pobre huérfano! 

— {Nanea, bastardo, nnncal 

— Paes bien, Adelantado de Gnatemala^-^xclamó 
el c Acial poniéndose en pié y tomando las actitudes de 
un valiente; — apellido ganado á tanta costa, avergüen- 
za y humilla más que ensalza. No quiero, no, vivir á 
vuestro lado con el rubor en el rostro y en el corazón 
la pesadumbre. ¿Bastardo me llamáis? ¡Oh! ¡Por Gris* 
to vivo, que no tendréis ocasión de repetir oüra vez tan 
infame nombre! 

— ¡Gustavo! 

— ¡Señor general de las fuerzas españolas. Con el 
caUflcativo asqueroso que acabáis de otorgarme, han 
cesado nuestras mutuas obligaciones; en vos, el dere- 
cho de mandar; en mi, el deber de obedeceros. 

— ¡Atrás, canalla!— exclamó el Adelantado con voz 
de trueno, impidiendo á su hijo la salida de la es - 
tancia. 

— Dejadme, dejadme, ¡voto á briosl 

— Atrás, repito; sino estáis en la presencia de vues- 
tro padre, os halláis en la del jefe que habéis ofendido. 

— ¡Don Pedro! 

— No saldréis de aquí, ¡rayos y truenos! sin oir 
vaestra sentencia. 



"irt 



moto DS álvajumo ^^^ 



— Presto, presto, falminadla lo más duramente po- 
sible j la Teciiñró con la sonrisa en los labids. 
— Oid^ mal caballero, lo que la ley os exije. 
— Hablad, señor Adelantado. 

Don Pedro oprimió rudamente el brazo de Gusta- 
vo, 7 acercando el rostro á su oido, exclamó: 

— No volvereis á ver á vuestra concubina, mal tjue 
es eoadra, porque yo la oealtaró convenientemente. 
— ¡Cielo santo! 

— Quedareis encerrado en vuestras habitaciones du- 
rante* ooh^r dias^á^psn y agua, hasta que salgáis para 
nuestro país; cástodiádo coiño reo da insubordinación 
y ¡guay de vos! si osaseis proferir una queja contra 
mis mandatos. 

— jNada más, señor general? 

— Oid el resto: Imposible seria que un villana de 
iraestras condiciones, continuase investido con el em- 
pleo de oficial de las fuerzas de mi dírecmon; en ellas 
no caben ni los expAreos, ni los traidores. 

— ¡Padre, padre mió! 

— Quedáis desde esté instante exonerado; no podréis 
en ninguna ocasión volver á usar insignias militares; 
y en prueba de que reconocéis la justicia con que pro- 
cedo, necesito una muestra ostensible vuestra. 

— ¿Cuál, señor? 

— La inmediata entrega de vuestra espada. 

-^¡Jesucristo! ^exclamó el joven echándose á tem- 
blar como un azogado. 

— ¡Cómo! ¿vacilaiá? ¿Tenéis aún la osadia de voU 
Teros centra la ordenanza? 



U2 



JWflta DB ALVáMáDO 



— Don Ouatavo, ó me entregáis nn arma que es ha-» 
beis hecho iodigno de llevar, ú te la arránoaró y^^lel 
<)into con mi propia mano. 

— ¡Ob! Nanea, eso nnnca. . 

— Entonces dádmela al ponto. 

— No paedo, se&or, no pnedo. 

— iQue no podéis? Paes yo lo haré por TOBy-^nTOj^u- 
so Al varado cayendo sobre sa hijo y desnodandala 
mitad del acero. 

-r^lJesaeristoI — exclamó .-^íQoó veo? (Es ona ila« 
sien? ¡la espada rota! {Gobardel No os faltaba más que 
esto; presentaros deshonrado ante mí. 

— ¡Gallad, callad, hombre (in entrañas! 

— ¿Os han vencido en duelo? ¿No habéis tenido 
alientos para dejaros matar antes qae sufrir tamaño 
ultraje? Fuera, fuera de aquí, un cobarde como vos^ 
no es digno de pisar mi casa. Tomad vuestro acero, 
para que lo conservéis siempre como esendo de vues 
ira dignidad. 

Y esto diciendo, arrojó don Pedro al suelo con vio- 
lencia la espada rota. 

— ¡Mi honor pisoteado por vos mwmo! Don Pedro, 
s'n duda habéis olvidado que vuestra propia energía 
circula por mis venas. 

El oficial recogió del pavimento el pedazo del arma, 
j tomándolo por sus dos extremos, repuso con voz de 
concentrada ira: 

— La sangre vertida por la patria á consecuencia de 
nna herida gloriosa, debilitó mis fuerzas. Esto no fué 



PflBM me ILVARADO 



143 



«•iNittailo para que im traioboraseiimo^cajese sobre mi 
con el rostro cabierto, y me venciese en lid desigaal. 
Ifo hnba, no, cobardía de mi parte, y para probar al 
villano que no le temo; decidle A le conocéis, qne ha- 
^ con sa honra I lo que con esta espada. 

OiistaTo partió con faersa hercúlea el fragmento 
<le la üzona y arrojó furioso sns pedazos. 

— ¡Miserable! — exclamó enloquecido don Podro. — 
4N0 has escarmentado aún? Pues para que lo consijgas^ 
ahi vá la última conclcsion de tu sentencia. 

Y cruzó el rostro de su hijo con una tremenda bo- 
fetiida. 

-^¡Jesúsl ¡Madre mi)! ¡Estomas! ¡A.se8Ínod^ldoc- 
"tor VUlanueva, yo te maldigo!— gritó el joven Gus- 
tavo. 

— ¡Paera de aquí!*— contestó doQ Pedro señalando á 
4ra fa^o la puerta de salida. 

— No es menester, no,-^repuso con energía el ofí- 
«oialt — el hombre digno ha abandonado tiempo hace 
^ste antro de todas las pasiones. ¡A^delantado de Gua- 
temala, aquí no queda otra cosa que el cadáver del 
honor ante el tribunal iDapelable de la conciencia! 

— ¡Basta, menguado! No aumentes mi exaltación. 
•Sal presto, sino quieres que te haga pedazos. Dratro 
de poco te arrojará para siempre de mi compañii, á 
iflin de que tu vergÜ3nza no manche el decoro deles 
calientes que me ayudan en la conquista. Eatretanto, 
permanecerás encerrado como un criminal en tus ha* 
bitaciones, sin ver á nadie, sin hablar tíbn nadie, te - 
niendo por alimento el madrugo que á los perros se 



^^ PBDRd DK ALYAAADO 



arroja, y el agua con que has dempagfur la sed infama 
de tas enarmea delitos. 

Gostairo avanzó hasta su padre como faintasma Ten*- 
^ador, y con acento fatídico dijo al Adelantado: 

— Salgo de aqni, sin pan, sin, honra^ íin noniforo^ 
Tigre sin entrañas, piensa bien f n lo que acabas de 
hacer. ¡Madre mia, tá sabrás apreciar desde el eielo 
mis safrimientos y mi desgracia! 

Dijo y abandonó la habitación de don Pedro con lar 
rapidez del rayo. 

El general cerró violentamente las puertas de ta 
c&mara. 

Gustavo ernzó corredói'es y galerías coa tal velo * 
üidad, que semejaba á diabólico espirita «arcador dd 
viento, encaminándose al aquelarre que debe presidir. 
Llegó á sus habitaciones, y al advertir á Goillen 
que á la puerta de ellas estaba, cayó en sus brama 
derramando abundantes lágrimas. 

— ¡Ay, amigo mió!— exclamó.— *{Gaán profanda es 
mi desdicha! 

— ¿Desencadenóse la tempestad? 

— Guillen, yo no puedo permanecer en esta casa. 

— i Vuestro padre?... 

— No pronuncies tal nombre, don Pedro me ha ca * 
lineado de bastardo. 

— ¡Santo Dios! 

— Me ha negado su apellido, me ha exonerado; me 
condena á permanecer encerrada durante ocho días á 
pan y agua, y luego,.. 

— Explicaos, por vuestra vida. 



PSDftO DS AL7AKiü)0 ^^ 

— Saldré para España en calidad de galeote. 

—¿Dejarnos vos? loupoeible, don Gustavo, imposi- 
Ue.. Guillen tiene todavía corazón y alientos para pro* 
vocar una snblévacion, encaminada á proclamaros 
como capitán de las fuerzas. 

—Gracias, Guillen amigo; pero no habrá necesidad 
de ello, — repaso el joven recobrando so altivez y ru- 
deza habituales. 

— ¿Que no será preciso, decis? 

—No; yo debo quedarme, ¡vive Diosl por multitud 
de poderosas razones; porque la adoro con locura; 
porque yo no soy hijo de don Pddro, según ól, y por- 
que ha cometido conmigo acción tan villana, que ar- 
ranca de mi conciencia la más sagrada obligación. 

— ¿Pues qué os ha hecho, señor? 

— GhiiUen, que nadie nos oiga, ni las paredes si- 
quiera; se avergonzarían, de ábguro, al tenerme por 
huésped. 

-«Decid presta, qué ds ha pasado. 

— Don Pedro ha puesto su mano en mi rostro, cu- 
briéndolo de deshonra. 

— ¡JesucrÍ8t6l «^exclamó Giillen, llevando instin- 
tivamente la diestra al puño de la espala. 

— Ese, ese es el movimiento legítimo de todo caba-^ 
üero ai encachar revelación de tal índole, — repuso 
Gustavo, lanzando fuego por los ojos. — Ya ves, Gai- 
Ihm, — dífladi6, — si puede el soldado que no ha cono - 
eido el miedo, continuar donde rembiera agravios 
talat/ ''" 

— ¡Oh! Tenéis razón, es imposible. Os he estada 

nnfon 19 



í^ PBDEO DB ALTiJtADQ 



oyendo,. señor, j siii ser el ofendido ha estado á panto 
mi cerebro de eitallar, presa de justa cólera, y de in- 
dignación incomparable. 

— ¡Tratado como perro nn valiente! 

— ¡Abofeteado nn caballero! 

— Señor, huyamos, el decero lo exije^ 

— Verdad, dices, Guillen. 

— Yo os seguiré á todas partes; os serviré como es-* 
olavo, cooperaré en vuestras empresas, y si es precisa 
matar^ caiga el que caiga, la hoja de mi puñal jamás 
me ha sido desobediente. 

— pe modo que según tu opiniont 

— E»ta noche, ¿qué digo? En este mismo instante 
debemos abandonar una casa, cuya atmósfera envenena. 

— ¿Y si la guardia tuviese orden de detenerme? 

— Ceñios una espada nueva, y salgan cuantos gus- 
ten que entre vos y yo ¡ñve Cristo! sabremos dar bue- 
na cuenta de ellos. 

— Guillen, es cierto, debemos partir. Precisamente la 
oferta de mi querido hermano el doctor Sandoval, vie- 
ne á ser nuestra áncora de salvación en el naufragioi 
de la desgracia. El se ha brindado á protegerme y am- 
pararme, allí iré para buscar el afecto que me niega 
tm padre desnaturalizado. 

— Pero pronto, señor, no nos acuda algún contra- 
tiempo. 

— Ahora mismo, Guillen, antes de salir quiero dejar 
escritas unas letras. 

Gustavo cogió la pluma, y con mano temblocostf 
trazó los siguientes renglones: 



FKSaO DK ÁLYAIUIK> 



Igl 



—Don F^edro. ün hombre úñ hoAra, sin |^y y 
«in apellidOi necesita andar errante por el mnndo para 
ganar la sabsistencia. Bastardo, carezoo de paídre á 
^men recarrir. Exonerado, deí jefe & qmen obedecer. 

— Sd me entrega al imperio de mi propia volttntad, 
ella realizará sns inspiraciones, cifradas tan sólo en ei 
amor de I^ena. 

— No intentéis bagoarme porque será inútil; mien- 
tras ella fira^ viviré yo también para adorarla alen* 
tando su amor con el faego de mi pensamiento, para 
arrancarla de las manos de Lucifer si la páseyesé. 

— Entonces, ya mía Btena, huiremos^ naestrt^ pa- 
radero s«iA la c^nidad; nuestro puerto de arribada 
la tumba: el último beso de nuestro amor se Uevavá el 
último suspiro de nuestra malaventurada existencia. 
^Podemos aspirar á otra cosa que á constante y telrri- 
ble persecución? Pues de esta suerte, ceearán nuearttM 
males, nuestras agonías, la maldición que sobre -m^ 

b09p6M. 

-^Blefisr no peAr& ser de otro, procediendo asi, y 
Gustavo quitará la ocasión de serle infiel. 

— La materia bajo la tierra ^quó importa? Latf almas 
Mven en mejoren mundos; allí se utriiin laa de los-dos 
mártires; al lado de la de aquel ángel que Tela siem- 
pre por su desdichado hijo; Gustavo. 

ffi cflmal m ptalo contener nn» explosión de/ dolor 
l^timOf y de|6 Qáer la cc4)efitei sobre la mesa en- que 
eseiíbió au eartir; 

— No lloreñr, friten Biosi-^^^exctauó Gaille&i roda- 
mente,— que el tiempo s» encargará de haeerorjosficia. 



148 PKPRO DB ALVARADO 



PeQsad tan sólo en que vaecriara faz «tá sellada con el 
estigma de la deshonra. 

—Venga mi espada, ]voto á Cristo!— gritó el jóveni 
tornándose iraonndo.— ¡Y á la calle! 

—Tomadla, señor,— exclamó Guillen, entregándole^ 

nn arma. 

El escudero desnudó su tizona ó hizo Gustavo lo^ 

propio. 
—Así me gusta veros ¡voto á bíios!— exclamó el 

guerrero. 
—Sí, Oaillen, salgamos,— repust eljóven. 
— ^Y no oWiieis mi lema, señor. 
—Lo t^ngo bien presente, cúmplase nuestro d^ 

sigcio..* 

—Y caiga el que caiga. 
Los dos interlocutores salieron como dos centalla» 
de la habitación, ganándola escalera privada de Gas- 

tavo. 

Dejaron tras sí el zaguán, y cuando aparecieron 
en la puerta de la calle, un infanzón que estaba allí de 

guardia... 

—¡Atrás!— repuFO con voz de trueno. 

— íQuión lo manda?— exclamó Gustavo. 

— lia consigo a recibida. 

— ¿S n exceptuar á nadie? 

—Alcanza á cuantos intenten atravesar este sitio. 

— jY al cficiftl don Gustavo de Alvattuk? 

—S ñor,— exclamó el centinela, — á €M no pueden 
impedírselo, si quiete salvar este obstáculo. 
Y tendió la laAza^n la arena. 



PEDRO DE ALYARADO 



149 



— ¡Melante, Guillen !— gritó el joven pasando por 
endma de la pica y haciendo lo propio su criado. 

JSL centinela quedó mudo de asombro, en tanto que 
Oostavo emprendió su camino dicióndole á Goillen: 

— Qae me exijan ahora la responsabilidad militar, 
«oando ese imbécil ignora mi destitución. 



CAPÍTULO XV 



De cómo es el nudor clentiflco, aqael que sabe esperar 




Las Últimas sombras de la noche huyeron como 
fantasmas qne se disipan al despertar. 

El dia amaneció claro y esplendente. 

Si llevados de natural curiosidad, hubiésemos pe<- 
natrado en una casa sita á espaldas del hospital de* 
8anta María, habríamos advertido en uno de sus sa- 
ioaes principales dos apuestos hidalgos, 

Ambos hallábanse descansando sobre dos sillones^ 
de vaqueta, y tan profando era su sueño, que ni lo» 
rayos clarísimos del sol, dueños ya de la estancia, ni 
las repetidas visitas de un hidalgo portador del des- 
ayuno que debían consumir los dos amigos, lograiroik 
dúfipertarles. 



PVmX) DI ALVAHADO 



IM 



—[Válgame Naestra Safiora del Amparo! '«-exclamó 
el militar dejando de lae manos la gran batea que 
conJncia. — Las diez de la mañana, y mis buenos daeños 
sin YoWer en si. No, pues la ocasión so está lo más 
ajHTOpósito para entregarse á Morfeor; señor doctor, se* 
ñm doctorl 

— ¿Qoé qaereist ¡voto á Locifer I— contestó ono de 
ambos dormientes, frotándote los ojos. ¡Ahí ¿Sois vos, 
P&ntoja? 

—Yo soy, señor SandovaL 

— Callad: no despertemos al señor Valenzaela. 

— Mejor seria, mi amo, qne tomase algon refrigerio* 
¡Diantre de coroel! La oidda habrá dejado á su exce- 
lencia sin alientos. 

— Por tortnna no foé más qne nn golpe sin conse- 
caeni^ias, que le privó per algunos instantes. 

— ^Menndo susto lléveme, señor. Había yo salido 
saoche á tomar el fresco, cuando reo venir en direc^ 
don de nuestra casa á un ginete, cuya velocidad podía 
oompetir con la de los proyectiles del señor Usagre. 

— De súbito, el corcel se espanta y dando un ter- 
rifak bote, arroja su carga lejos de si, y sale despa^ 
vorido y sin freno» 

— Al ver un cuerpo inmóvil sobre la tierra, me 
aeerco y ¡vive'Diofi( Figdracs cuál no seria mi asom- 
bro al advertir la persona del señor Ballestero. 

—Como era natural, lo primero que hice fué palpar 
sos sienes y auscultar sobre su pecho, y como el hi- 
dalgo vTfia, respira Heno de placer y de satisfiBiccion. 

*^C6ao proceder en aquel 'caso? ¿Hubiera sida 



152 



PEDRO DE áLVAJUDO 



prudente condacir al oaiballero á sa mansión, caaodo 
carecía del aentido j del habla? 

En modo algono: la seflora Violeta es extremada- 
mente impresionable. Al ver entrar á su esposo en 
brazos de Tarios servidores, habríalé ereido cadáver; da-* 
da la viveza de su imaginación, la hubiéramos expoes-* 
to seguramente á un extravio mental, á la locara, Nt, 
me dije, Ueveoiios al señor Valeo^aala á casa, j que el 
señor docter resuelva lo más oportuno. 

Y cargando con el pesado cuerpo de su excelencia, 
logró traerlo aqtd, á la sazón que vos regresabais de 
visitar á un enfermo grave. Después... 

— Después, amigo Pantoja, aplicando unos randajes 
al cuerpo malferido del señor Valenzuela, hemos lo- 
grado su mejoramiento. Miradle cómo duerme; nues- 
tra larga ctnversacion le ha rendido hasta lo sumo. 
(Y don Gustavo? 

•— A.hí está en vuestro gabinete de operaciones, con 
Guillen al lad», quien le sirve como perro AeL Pobre 
joven; ¡si vieseis la lástima que me inspira! 

— Es natural, Pantoja: sin nombre, sin alimento, 
sin fortuna ¿A. quién no causarán tristeza y enojo estos 
males, cayendo sobre un joven valiente j simpático? 

— ¡Qué padres, señor Sandoval, qué padres! 

— ¡Oh! Pero también se asnañsA á las fieras; dea 
Pedro es el tigre orgulloso j sin corazón. La conduc- 
ta que observa con su hijo no puede ser más infame; 
há aquí por qué todo hombre honrado debe aplicar sas 
esfuerzos á castigarla; j como yo me cuento ¡vive 
Dioftl en el üúmero de ellos, he jurado vengar á don 



PlfiRO BS ALYABADO ^^ 



GttBtsYo j Cumpliré mi promesa, pese i qttien' pese. 

— Pero caidftd, señor, de obrar oou uno, porqué el 
Begooio está mny delicado. ^ 

— No me importa» 

— 'Es que os advierto, que al nacer él dia se ha pu- 
blicado on pregón aoutandóá don Grostaro de prólii** 
go, j condenando á muerte á lodo aqc^dl que albergue 
al jóren en su casa, j no, h> traslade de Seguida á la 
de su excelencia. 

^^¿Eiso orlana el Adelantado! Pues me parece que 
de esta vez. se queda sin realizar sus gustos. 

—Precisamente, la puerta está bi«i dtmoMilada ¿eh? 

— Nadie dirá, señor, que tras de las pinturas de 
guerreros aztecas que sef hallan estampadas en ese 
muro, existe un hueco que conduce á la habitación de 
don Gustavo. 

— Ni que oprimiendo la rodela de ano de esos va- 
lientes por la parte exterior, 7 el peto de otro por el 
interior de la estancia, se ofrezea sin hacer el menor 
ruido, franco paso* 

— ^Bieu hidsteis, sefi^r, eai encenmendarme tal obra, 
exigiéndome el silencio, ícuaudo vinimos á esta casa» 

— Como que de otra suerte, amigo Pantója, ne me 
habría sido posible hallar espacio conveniente á la 
tranquilidad que ij^claaian las abstracciones de la 
ciencia. 

— Vardad, decis, señor. Por esto, cuando os halláis 
estudiando 7 algún indiscr^o hablador pretende veros, 
encuentro 70 soma facilidad para despacharle, alegan- 
do q^e no estáis en casa. 

TOMO n 20 



« 



PCDRO BB ÁLTABAfiO 



— Con lo cual, j después de la aeostambrada car" 
tesia de obligarle á descansar algasos insJauítes... 

-—Se vá tan agradecido j satisfecho, como si hubie- 
se departido con vos caatro mortales horas. 

—Lo propio le aconteccocá ¿ la policía de sn exc^ 
lencia, si viene á registrar la oasa. 

-^Qoe vendrá, no lo dudéis, 

— Páes ya sabéis, Pantoja, la obligación. 

— Rindiéndoles tribato de hipócrita respeto, si vos 
no os halláis aquf, rdcibiré á los esbirros con la ma- 
yor veneración. Les mostrará desde el sótano á la 
ásotea; cuantos rtocones, armarios y huecos existen. 
Hecho examen munimoso de todo ^lo, se irán con- 
vencidos completamente, de que no teoemos aquí gata 
ettcsrrado. 

— ¡Magniñco, caro Pantoja! 

— Y si os parece, diróies antes de partir que según 
os habéis explicado, vuestra destitución en el cargo 
de médico de cámara, os tiene hedió un basilisco, por 
la pérdida de ganancia y de honores que esto os acar- 
rea; de tal suerte, — añadiré yo de mi cuenta, ~que si 
don Oastavo se hubiese atrevido á vtfdr á vuestra ca- 
sa, le habríais arrojado de malos modos, porque con 
sólo oír el nombre de Al^urado, se es suben las cóle- 
ras al cerebro. 

Al llegar á este panto, Valenzaela dominado por 
profunda pesadilla, exclamó entre dientes: 

-^¡Sal de aquí, villano ó te anrojaré como á un per- 
ro! Has venido á robarme la honra del hogar; y ella, 
Violeta, mi esposa, dá oidos á tu amor ne£uido: ¡Ohf 



PSOftO DE ALYAlUkBO 



V* 



¡TeoiMtf misertbles, que wmb á morir los dos á mis 
Bianos! 

— Pantoja, — repaso Sandoval, — dejadme solo oQn sm 
exoeleneia hasta qoe os avise. 

-*-Bstá bien, señor, ^^conteatá ei escudero practi-* 
cante, saliendo de la ei^ncia. 

El doctor quedóse mirando profundamente á Va- 
lenzuela: 

Este prosiguió en su sueño, articulando estas 
frases: 

— ^Me separaste, infame seductor, de tu lado, con el 
ruin protesto de realizar un servicio de armas; bo te 
ha tenrido. Desobedeciendo tus órdenes, vuelvo á la 
capital cuando menos lo piensas. Penetro en mi casa^ 
te sorprendo en sus brazos, 7 allí... dos cadáveres en 
tmra j mi mano blandiendo el puñal manchado con la 
sangre de la adúltera. 

*— Valenzuela, don Luis, compañero, «--repuso San- 
doTal moviendo el brazo dú durmiente. 

— ¡Eh! ¿Quién me llama?— contestó el interpelado 
bostezando. 

— Despertad ¡vive Cristo! Soy yo; yo yuestro ami- 
go el Galeno 

Yaleniuela fué abriendo poco i poco los ojos, y 
presa de visible estupor, exclamó incorporándose y 
mirando en derredor suyo: 

— 4QUÓ es esto? ¿Dónde estoy? ¡A.h! si: lo recuerda 
todo; vuestras drogas, mi alivio, vuestra conversación 
durante la noche; la llegada del bastardo. 

— ¡BasUurdo! ¿Qaó digo? Pobre Gustavo de mi al- 



W PBPftO DX ALVARADO 



ma; bagtitrda es el qne pronunció esa nombre. Sa 
padre; el miserable qoe ha osado violar la santidad 
4dl matrimonio. 

— Señor Valenzaela, como os decía antes, repita 
ahora, que ana cosa es qne tratemos de dar nna lee- 
<Aon severisima á don Pedro por la conducta qne ob * 
«erta con sa hijo, j otra qne le hagamos justicia, se 
parándole de amaños viles que sólo los celos os su^ 
gieren. 

— ¡Oh! No; estoy convencido, habla por mi la prue^ 
ba plena de sus disposici(mes. Su determinación de 
que yo saliera inmediatamente de la capital. Pero ¡vo- 
to á brios! que no sabe la que le espera; porque esta 
misma noche caeré de improviso sobre los culpa- 
bles, y... 

—Os enccmtrareís, con que es todo pura suposición. 
Dejemos vuestros celos á un lado; coi^d en el amor 
que vuestra espesa os profdsa; estad seguro, repito, 
de que don Pedro no os ofende; y vamos á lo qne imi- 
porta. 

— Insisto en que esta noche sabrá ó no, si el Ade* 
li^ntado se burla de mí. 

— ¡ Señor Yalenzuela! ¿Tomamos otra vez á las anda* 
das? Pues, ¡votoá LuciLr! que si continuáis asi, me 
veré precisado á declararos deaiei^ y á ordenar qua 
os enjaulen. 

— Perdonad, mi querido aoiigo, pero nt habrá na- 
die capaz de torcer mis propósitos. 

— Sea en buen hora, si3mpra que no saorifiquemoa 
lo principal á lo accesorio. 



nm0 DE ALVABAD0 ^^^ 

—¿Lo priacipal decM 

— La salvación de G:BtaYo. ¿Os halláis disptiteto á 
ayudar me en la empresa? 

— Por vengarmiB ie áoa Pedro ^ amigo Saadoval^ 
no escasearé mqdio paratoaiat pirte en cnantos nego^ 
dos pnelan acarrearle un disgusto. 

— Terrible soid, á fómia. 

— Gt^n las armas de la doda, biri6me en lo más 
intima del honor; lanzóme de^a lado antoritarjamenie^ 
A los ojos de todos mis comp^&^ros, esta medid.a no 
poede sapear otra cosa, que un liviano dqséo oo^ii^as- 
t^do por mi fitta de. com^Jacencia háoia mi jefe j 
protector. Amigo SaDdoval, los hombres del textaple 
de don Luis^de Valenzoala, ni perdonan al ñafian ni 
olvidan el agravio. A tiempo ofrecí á don Pedro nü 
renuncia; aceptóla; nada me liga á éU Por; tanto si 
con él topo, habré d^ retarle, j ú rehuye luchar,: 
obligar ele á ello cruzándole el rostro. 

— Dios nos té^g(^ 4^ su m^no en eitos . malaven^iQ^ 
rados asuntoa,— nTi^puso con sonrisa barlesos^ SaadoTal^ 
Valenzuela cqq,tinuó diciendo: 

— Anoche, cuando llegó Gistavo, y nos retlrié cóil 
sus nebulosos colores todo cuanto le aconteciera' -con 
su padr^e^v ^i^tir amigo mio^ que d^pO49d0r treinta 
a&os me acudían las lá^imtas por vez prijpaera. BAndy^ 
la generosidad de vuestro cipira^on, fbiarto^iii^ifti^ á 
la viriud' j á lacarida4, y al . pr<)pio treotpo que mk 
dag% temblaba en mi cintura., ga|i09$i 40tT^ngftr8Q ^ 
don Pedro, la conciencia gritaba: eres libr^, ;«ai)allera 
j hcmrado; na^e manda en ta OAsa ntás^ quA td; -di 



1S3 FDItO DE áX^YAIUDO 



pruebas de energía tesdiecdo también tn mano proteo * 
tora al hijo infortunado del criminal. 

— ¿Y entonces? 

— Me acordó de la desdichada Syl?ia; de sus amar- 
guras y de su soledad. Tuve presente que era la hija 
adoptiva de mi esposa, y creime obligado á ello por 
lazos de indisoluble afecto. Además, el Ballestero 
mayor de Castilla es rey en su hogar y allí solo él 
puede dar órdenes á su antojo. 

— ¿Las cuales tendrán por fin?... 

—En mi palacio está siempre preparado el oratorio, 
para que los buenos cristianos pidan al cielo les auxilie 
en las difioiles circunstancias porque atravesamos. 
Desde él, la misericordiosa mirada de la Providencia, 
caerá, no lo dudéis, sobre esos dos ángeles; Gustavo y 
£}lena« AlH tendrá lugar en breve su matrimonio; 
jvot» á brios! Yo lo mando, yo lo quiero asi; tengo 
de mi lado á la ciencia, representada por vos, que 
juzga indispensable el lazo conyugal para la salud del 
cuerpo; y á la Iglesia personificada en fray Jerónimo, 
que lo considera no menos necesario para la salvación 
del alma. 

-^Gracias, gracias, señor Valenzuela. 

-*-No las recibo, señor Sindoval, porque á vos exclu- 
eivaménte deberán ambos jóvenes la garantía de su 
porvenir. Para terminar os diré, que como ete mise- 
rable» de don Pedro, ha negado á su hijo la paternidad» 
JO lo' adopto desde ahora. 
— [Don Luis! 

*~¡Y á ver si se atreve nadie á eratrariar á mi 



FCDBO DX ALVAJUJie 



1£9 



prohijado j al que coayiene oen sos inolinaciones j 
mt detdoa! 

— Vengan eaos brazos^ señor Valenzuela, apretad 
bien. Hombrea de yaestros sentimientos, soa loa que 
bi meneatai* la patria para tener digna j acabada 
representación. Pasad, pasad ahora mismo á comnni*- 
car á Gustavo Toestros propósitos. Veréis cómo cesa 
su triatara. ¡Oh! ¡Qaé contento se Yá á poner ante la 
esperanza del éxito! 

— Si haré, seftor SandOTaL 

-^El dolor tiene postrado á nuestro amigc: la pena 
emsnme sa ánimo por inatantes. Habladle al corazón; 
decidle que tenga calma, 7 añadid que la ciencia que 
más enaltece al hombre,, ea la de saber esperar. 

— Os explicáis como un libro, mi buen doctor. 

— To me veo precisado a abandonaros alganas ho- 
ras; la asistencia facnltatiya á los an£ormo8 del hospital, 
j á los presos atacados de diversos padecimientos, que 
so excelencia ha mandado traaladar á las inmundas 
habitacionM dei piso bajo, foelamaa por completo mi 
atención. Estos desdichados maéren ¿ los pooos dias 
de 80 encarcelamiento, YÍctimas de la detestable condi- 
ción éd sus vivieoxias. ¡Y ^é seria de ellos si la 
virtoosa paternidad de fray Jer6»mo, no meaeompa^- 
ñase en la visita noctcgroa para prodigar á los infdlices 
4QS consaelos j sus dádivas! 

— Id, id, señor doctor^ A- Matizar vuestra misión 
aublime, que 70 paso á ver á Gustavo. 

— ínterin 70 regreso, os recomiendo muy parüco- 
larmente que no salgáis de mi sala de estudio. En ella 



160 FBDBO DS ALTAJULDO 



estaréis á oabierto. Gasta ?ü, tos 7 Gaillen, de la'po-* 
licia del Adelantado, que sospecho vendrá mnj pronto 
A registrar la casa. ¿Ya óonoeeis los resortes, eh? 

—Miradlo. 

Yalenzuela ptiso el dedo sobre la rodela de um> de 
los gaerreros pintados ^1 el muró de la derecha, 7 la 
pared abrióae como por arte migica. 

— i Es esto, siñjr doctw? — pregbntó al módico el 
Ballestero. 

— Perfactamente,^-respoiidió el interpelado. ^-Aho • 
ra al interior. 

•»Paes que Dios os guarde 7 hasta Inego^ mi buen 
amigo. 

— El Tele por tos, señor Ballestero, «-exclamó 
Sandoval. 

La puerta giró sin hacer d menAr ruido 7 el muro 
volvió á quedar intaoto á la vista. 

El docter ciñóse la espada, násoae su birrete, del 
cual pendia luciente pluma, 7 embozándose en lijerísinuL 
capa, salió de sus halntaeienesino ein exclamar: 

-^¿Pantoja, recordáis la cansina' 

— ^Ilista el dltimo eSQondit^: mncba charla, .ipiuohóf^ 
trapo, 7 algunos morbos dé la bebida de tos dioses^ 



; I '• - . ' . . "iU" 



CAPITULO XVI 



'Ihi iHiéhillvr •AlmaiitliM» in^Mita el refiraái que díoe: «ef gue 
grítete hiM^ oIf.9 y 



Las habitaciones d^ la casa de Saadovd qoedaron 
lajo el absolsto domiiiio^ del baofaill» Pantoja. - 

Era éate cmo de tairtos mpistaft Ueaotf á^ iBgenio j 
plagadoe de t^eatñoes; devotai dé bodegones y ^ne- 
gnidores de Doldneaft. 

Hí)0 dd'kiiiiiildisiaite lábriegoi, y dotado de una 
irnteUgenoia nadafalgar, al ütg^t á loa quince «fios 
¡^roolatnó so inoompeiteaoia y^ desafeeto^por lai tájréáls 
agrícolas. . . ' 

IMüérMse mucho los : sacerdotes ^de' Céñk de 
semejante incautad hacia sus títuloé, tan descarada- 
mente cometida por su piin^ógenito. 

Y 6 fin de ^e desistiese de sus propósitos, hiciéroB- 

ffovon 31 



1^ PBDRO DE ALYARADO 



le mil promesas, entre las qoe figoraÍMi como principal^ 
la de proporoioDarle esposa robusta 7 sana, hija de 
nnos que apellidaban sos acaudalados yecinos, por oiáa 
que el caudal de estos consistiese tan sólo en una 
exigua tierra de sembradura* que entre el descanso y 
el barbecho pasó largos años hasta topar con la 
muertf • * • . . ■ ^ t ' 

Efecto excasísimo cansaron en el ánimo del rapaz 
los consejos j amonestaciones de sus padres. 

Su amor á las ciencias arrastrábale hacia otros 
Tumbo9, íegun propia (confesión. 
,, — rPadrfis»— exc¿Mnaba;««i voz Horoáa.rrYo je im 
ruego con toda el alm^; bo me quiten los gastos: no 
me arranquen estas dulcísimas ilusiones de la mente. 
Quiero ir á S/^lamanca; deseo frecuentar las aulas de 
filosofía; anhelo alcanzar un nombre en las artes con 
el que pueda enaltecer sus canas, ganando á la par 
jb^ra j prorecho. 

— No me.ceti^digaii, no ma inquieten, jo. se los 
^upUoo. Ya yerán qué bien nos.salaá todos el negocio. 
. , ; £1 progenitor del descontentadizo manecbo^deaba- 
•cíase en cólera ante la terquedad da. su hijo. 

Gritaba eomo an condenado, j pateaba la. tierra 
loomo chicaelo rico haér&no de padret á. quien no dan 
¡fy <)ae j^dci por más que tal petie^on se remonte alalr 
iísimo propósito de querer alcanzar la luna. 

LWgó la paeíenoia del labriego á sus límites^ y co- 
mo i noeyi^ exhortaciones snjas con nueyas negati^ 
Tas respondiese el rapaz, peíaüendo el hombre los es^- 
.boa, dio cierto dia termino á la icueírtion, exclamando: 



^WBDBfi .pK ^ÉLLy^APfjyO W3 



teor oapriohado, á otras aulas qae á las del aradQv i& 
hembra j iaTecpleecioi|» /. ; 

*^--Grqíia j vabíe uaarc4 ^eaftiito |ta«l6> ^fie. rtaoQts 
íreapoft haj ^ la casa para llevar k «lediclnsí á Ma 
<M>stiUas. . ! 

«-*Pii6S 70 os digo, padre, qoe le babrá de petsar. 

— ¡Sildocioy villaool — respondióle el campesioo» 
Y para haeer isTidente la ioflaxibüidad de sas de- 
teniiñaoioD«s, entr^ó en aquel miamo iofetaute una 
paircja 4e robustos bueyes al rapaz, dioiéudole: ' 

— T^ya su seAoria al e^xapo con estos aúimaiest 7 
^baJ9.aUi;hMta la^nocbe según le Uero enseñada. Pe- 
YO que no tengamos aquello de no sé; me faltcmi las 
fuef^auts; yo no hefmcHloparaesto. 

— Su s€^oria es hijo mió; 70 le eogifiíndró como 
^rülano, 7 no es razón qoe me venga lahora pretendien- 
do becas é hidalguías prestadas. 

— <Ifó, señpr, porque tos me lo mandáis, -^repuso 
Pantoja redmfdñando,*— ^mas tened, entendido que habré 
de bacerio 91^7 mal. Ni me gusta* el oficia, ni qoief o 
ctra cosa que los manteos salmantinos. 

— ^Yaya neramala el lenguaraz, 7 ]a7l de él, si me 
l^ace algon desagaiaado^ 

El padre de Pantoja agtt\jone6 cOA larga pica el 
cuerpo de uno de los bueTes, 7 los dos yacunos partie 
ron con desacostumbrada marcha, cediendo al débil 
jugo que representaba la uMño del j6ven Ginés. 

Gomo es indudable que en toda o6asi(m pacta Sa 
tanas con los muchachos, quiso en la prcFente, yenit* á 



*^ n«RO* DK ^AXéTÁíéÉDO 



eobMi^ su Izarte dpoddrálidos» del ikmirUrüCK/mJitB^ 
vete. • ^' ' - ■ •■ ' ' >^ ^ ■ ' ••'< • 1. '¿ 

Al efecto, cuando moj triítie y cáMzbftjó^ ¿r^iií^iiá%%^ 
Mtt4iti{rlm6ye8<Mnéii, UeTó d demonio á an céret^ro la 
liiea de la yesgaiiza, cifrada en laii^af aP chi^cf'tf íí)mÍc^ 
linaje de hazañas, entoertos 7 diabólicas travéi^i!i!rafir¿- 

*@ui eata pensaba el jdven que consegairia'ireaüzar 
808 deseos de ir á estadiar á Salamanca, pufes cáinaidos^ 
sos padres d¿ tanta fecíboria, tendrianse pchr tnuy ;con- 
tantos, ál quitarse de delante criatura taÉ réirélttf^^. 

No íb¿ dereaminado eta su pensamiento el éñdiéVciAo' 
Qinés* RecorAi, sin duda* que si exi^fte un réAran~ que* 
iñce: dqt^é^úcUtaotcr^a^hien puede proclamarse'^ oli^ 
afirmanlo qaeelque grita se se hace otr; y atí iJHécttr- 
riendo en adagios de este jaez 7 otros, como, etde po^ 
bre pwpxda Mrréiné saea^ llegó á la era, pa*eó^Tobrer 
sus extenieáMte^uua mitada de triunfo, 7'abindtfbaBda 
á ks cornúpetos por un instante para que pastasen, t^- 
mó él^ksiento^ibe robuste tronco de afiüsa eficína, 7^ 
entre bocado dé al^dejo 7 sorbos de lo de 'Atonda, 
eomen^ á desenredar en tu magin el liito tfaléftéo de 
sus planes. - . , /o 

Terminada su teomida, en vez de ag&ri^rve á4a re - 
ja, pensó en bacer instrumento de su desragiáaadttv^ 
uno de los' pacíficos tacunos. » * m í '^ 

Al efecto, cuando más tranquiló el animulseti^ift- 
' ba en sus pastos, disparóte niu7 de cerca Otnés pedra- 
da tan tremenda, que dkocando íuriosamMtd' con' tti& 
de súsastaa, oi^igó 06íA& morder el polfo al tlesdi- 
chado. - ' ':•-...» 



flOl^ S>^ AVtkUm í* 



,]^pol^re >n*jr, timitósa á;,^»nD^xtai; ^^Mú^iOti- 
4Í»lanMiido9ftlaKtiia«ro mqjido.. - • 

} , I^. coacta GipéiiOQn^fa iol^^r <>(^ooi)il0 .á. eipftl» 
^■d^l bmtOif j.ooQ oof T^ia tiÍM^4iFdUwla,<M)0Mipzó á f^r 
ev^4e«{á»i)a4AP9n1i»' . . r. < . t . ' 

Este qae se hallaba dispuesto á llevar á 14ra)ittO! 
si|ppl«9(d^j£^^4.pejiar delQA p^i^^^ ii}pii8^ <<]ae 

li(^ii;an^ «^ T^^<>f J^^^^B^Pi'if^ qite irritadp. ya^ 
«üjiikí^tr^él^,^ vanesa, vi^adiíito eaal loa, ^war- 
c^w>s^ Upoos^tff^n.al f^dv^ 44 phic^^qiie.not 1^ <v;^ri%- 
•^jp4&i lífi eraSf toda va^.qae.au yida habí* eQvriáo 
peligro inminente. ^i^y. , 

. .^p^f^ta pomp. comprenderá ^ amable , l«»q^i:Té- 
«Ql^ba,.l%;t^iÍJ;^Ta j-el pro^e^iaúí^^tO'iara ^«Tarla.4 
•calépy.p^et na era 4^'(»8^ ta^ flexible el jincplg» «on 
quien iba-á luchar Ginés que en gracia de ju;^^]BÁ^, ij(k^x^ 
pi ^^^^lñ4^ise. loardgre^bo», origen, j jMmgi:^ de la 

feiiÜHÍ»4,quji,p^rtepppi<wí. - , . • , ■ 

Empero en,:,jiacl%. d^ «^(o, pei^a^ ii\, Bjiifliiftchq, j, 
«]^rte>de to,do»>/^tre ser ^Uqo óiráaoomp^ñ^álos 
difuntos, decidiaae por la segunda parte de la propigai- 
«ion^.cflpd^^ cpkl ^al^ .i {^inep^rat proieba; ^a a^nor tan 
«cendrado, qua seguramente la diosa pagaría ,á <u 
nombre,;^^b9^.c|Qnc^^do á, loa m^r^tirea del saber. 
Deteoso, puepií^d^greRíi^j alí^orotí ^ ,tfWfT«rio 
hijo del sobriagOs^^V^itkJa^.raitjió fua^^oqueqi^ «al. "buQ/ 
PCNP .las,9f ttwB, JLqgf^^Ok (IM^é^ñ «ftliejra de[ aa^, fuoiiUas 
j oomiuzase á mostrar su irritación. v. » . , .,, .j 



EofamoteÍB úe un saKo ootooóse decante ^/ ^ espeól» 
varias veces con aires de bravacon y hxa^dáHdád' á»^ 
titiritero^ 7 coattda más entretenido hadlálmsa én la 
emfresa, dij<i el aaiatal: hasta á(}Qí lle^; Y^stfai^baii- 
do la arena, salió disparado tras de Oiiiés^^én a^e^ 
um d^stt earrera de corzo, ftié alcanzado ptfr eFóot^ú* 
peto 7 arrojado violentamente su cnerpo á bastántéi^* 
distancia. ^ . . - 

Mal lo hubiere paaado el aspirante á ptAer^Mi iá 
en el momento de ser lanzado al aire por él' botoy^ ho 
hubieran acertado varios arrierosr qme jioír aOi croza • 
ban A al^ár al vacnne, kas colmado grítário-, "desaíb^ 
rada pedrea y escandaloso concierto de exclamadone» 
de pavor. 

Empero le que no pudo elndir Gínés, taé saóar 
una centñsicn tan espantosa, qné ptívándólé largó tré - 
cho áe¡L saitido, hfzole pasar por muerto & ios ojos dei 
los traficantes. • ; . t : 

Todos formaron grupo en su derredor, yréstáflán- 
dole el uso de ellos la sangre que brotaba de foiriAida^ 
ble descalabradura, exclamó con asombrot 

<-*lGallaI^Quó estoy viendo? ¿Será posible? (No 1» 
conocéis? 

«—Si et el h^e de Andrés Pantoja y de RomualdaL 
Yóvenes. 

— t'^ate! Pues es ▼erdad,'^contestaron varios. 

— ¡Habrá hombre máa tozudo que él! 

— ^Más tozudo, dices, ¡j por qué razón? 

-^{Bsta es buena! ¿Pues qué^ no adivinas, R<)drig* 
lo que pasa? 



---Par ottfó td fl00g«ro qm nate e<»ía^dl«; - 

-Siempre lo mismo; eras más torpe qae ttd topo. 

«— HiMav 7 entonoM sabromos á q^aó^t^ reá^ar^ - 
El aludido se expresó de este moda: 

«-^Baeovdftreit^ amigos, qtte desde mttoho tiempo 
haeef«itadisdiohadodeOíiiái viene m«iiifeBÍHido & 
sus padres, ferviente deseo de ir á estudiar leyes^y éA* 
noneaála salmantina. ' ; - 

• — ^Asi es en efecto. 

— Que á pesar de los raegos 7 súj^eas del ehieOy 
Ambrás einreque erre y daJe que ledaSj oAi que no ha; 
do ser otra* cosa que labrador, porque lo faé so abaelo, 
sa padife, sn hermana, su tio 7 toda la &miUa. 

— íY bien?... 

— 4|ae Dios ¿astigá sin palo ni piedra. Andrés ha 
querido salirse con la suya, mandando á su hí)o á la* 
hrar las tierras, y cátate que ignora que en estos mo* 
montos es casi un difimto. 

-^|A quién le ocurre entregarle una pareja de bueyes! 

*— Pero el ittimal que le eorriú, 'parecía haber i^ido 
hostigado por Ginés. 

— ^Vaya luareé á averiguarlo. Lo cierto es, stores, 
ispud el cielo por medio de evidentes pruebas, quiere 
hacer ver á Pantoja, que obrará muy mal si se empe- 
fia en que Ginés no sea canonista. 

— ^T que expondrá á su hijo á que cometa todo li 
naje de desafueros y travesuras, si persiste en que 
sea labrador. 

— Todo lo cual debemos nosotros repetirie como 
uuenes cnstiaflos'. 



^^ PWrn^ 0|S.A&¥ARAM 



—No.fli^ meterá 7« 4, haqefiam^ju^coia.^ i- 

— ^Niyo. . ■ ." , f- -•:-— 

— Ni ee^ l^oJM^ilie c«iwmo bi«D^ j eó.qae^MnKM- 
paz de arrojarme 4e aa eaea á poftadas^ 

-r-Poes entQBcea áeoicüne «i Miá >bieiit %n^ abendo • 
iiemcfa «l^ftOhftchQ ea la sfliotiira átoaouMiea ^(m san 
enoaeotea* . . , . ., . n.. 

— {Ohl eso nimca. Desgraeiadimmt^^iM .vneWe eoL! 
8i, para que pueda regresar á su <)asa por sa ptopio 
pié^ mn Ü^^coel abPTT^M^ A AMáxéñ j 4 BMmaída, el 
gravisúiio4iiy(aptQqiie van á experioMutar al. imtIa^ 
¡Qn^ di»QtreI. Si se ha de .votít» qoe toa iofofionadoa: 
padres. tengan iQtjpieira )8l, oonsfielo deveeiger ^ áltí'M 
mosQspiro. .i. ' 7, - 

— Ajrri^ltr PMSj f>^ ^U 7 ¿^ l9 qt^^ Dio^f qqwfiu 
;Giia|f«idA l«(8iainíe)rQf(«CQk>^<m aoJíre iaítaWe Wr 
pairada de pao de loscarros» eí eaerpo inepimado deíi 
Oinés, 7 echaron la carga sobre ao^ .l^pm^ros^ n 

^ot.piidieroa Uey§i? lüt jóve« ohíqao^ de loa yehiou- 
los, porqqe coa el ¡bri^qa^teo de le? .mi«IIM>9^1nifei4raa- 
sele segarameate irritado las heridas, j tal Ye^ bfiAiñri&^. 
86 becbo más abaadosa la efosion d^ sai^a^ , > 7 * 

! Sil) tal ñt090ic0i eoiprendüO h t^st^ comí^yi^ m 
paso^enoiüiuQáodeseal.p^ei^^.. , /: 7 v r kí 

Un coarto de legua diebi^in a^dar pan^ U^gM"» 4 ^h^ 
Gaantof trapseun^ ^peit%baii á topar con Í09 .ex 
pediciQQariosi (ietenían^j» finte ellos, ll^os -de, religipa^ 
▼eneracion, 7 caían de rodillas santiguándose 7:balbi)^n 
ceando 91) respqn^^í*. ^ I . 

— No es un muerto lo que aquí lUi^iunM ^rroxolatr! 



PWaer . 9B t AfiHA-BIOMM 



iw. 



buiMiiJm «9nÍV0tpiM»7éttl-aaerpft de 0méiJ<»^Pi «b 
herido miij gnKTV; . ' .>•<.' 

—PwVf <9ie Diog Í0i4é latfaJbdjsi le oniDáuiev^lrlBs • 
pwdia a}gwa f a« olica «ld«u»iv .. í-.^.' 

T no ñdtó Quintañona llena de ooitaKénéB .^j^de , 
hú<^rM9, qno l0i|neBdo4«li4eiá paieo out oteo vestí - 
glo do/^t^ amiitadit. e^sclaaaae al xeír pasar. la eeiditiva:>^ 

■^\hf^^\S^^X^Wiía%j3ivrtiSiaíiK taiieer Timótaai Min, 
Tad i ese imperfecto que vá en la tabla. ,:•'.."■> 

■•^¿^pviltaii^jwtw» Awmi^^^^ Dflsde 

q^e n9d3/^/?«?iereiidÍMttO' pa<ij«' :£ra7 J^ditra bo- 
acadeá^eesaipcs^r^QA intohae tacetui áÁbovear^l dio/ ' 
eolate de las tres horas, estamos olñdando, fOt cnmr. 
ple^, el >i|ii<Mna de los. ^]Wmi^ .:.....•< 

— ¡A7I si; tenéis razon^'AQimt roOMicft: quera eli 
«úIa .qn^ =9Pi p«tiriiJ4^)f0,t(b)iMc<ifi$, pi^to<I)^4ii^ 4e 
ot|» «|ierte,in^?e»0;T^^ i|nfid*r.'^ «|.m^«)Síp«¿v<t.ni «m^. 
frase de ú^arian^on. j/ur. i > r.:.; >ii.v,' .^"ib 

r-D9:<?fo«?99 4Ú9Í9J M^f Ig^IftnM: de U «itíglü^dad 
fl««inta!94n^Ue«.^lM<»a6t!nll«ao«¡'>i— : ; i tüi o v :;.« 
Quiso el malaventarado destino, qae .fiílijbattdo aúa'^ 
algoMs. YWae ;fat«f,!UegaT , al ■ ipueWo,! . «&a . flppjcjtosa 
torba de mnchachos que en opjf^,AÍ4A<SlB4^lNm!kqnÍM^i 

dÍ^ÍS%r»-^.$CÍ84«lC()|^0'*. -'i oí .,T^..? .'.,"n ^ ,.¡ 

Gomo enjambre de abejas salieron á su paso ^?pir. 
de9«^.i^b%^IP#1^r' di4jcon!i^j&<gÓteir^j ,, , . ¡ - 

—Es Ginés, es G»4«: elrj^je ^<j|if(^j9^««^Wt<Úa>*l 
Ma(9|íot,pcibr!#cito,; Yainíií & ^e^^/^Á wi». padw^. 

T-r|]^l ,i|Ci»iaya8lrT5grij^..wnc?ro<»g:<4}ie«í>f(>rfld9/ii 
oof^de-íoy ^mer/w, ep^tp^j%o#fla|íran 9twa4e( <^rf) 

TOMO n ■ 22 



^'^' i»»A^/BB/Afi1PARiyM 



fonto; que yaestro colega Tá solo mal^tfrüo/" ' ' 

.^MO' coandD «liafvíim) tsrttifod ái aiitií»dkrmi 
anoncio, aquellos mequeln^ estábafi ya oaai á ' líu» 
paertu ^^lamidaa.' ^ i . a . 

«^Avaneeuiiu^ aTaaodiMty'^-^exciaiKií nao ^ ito 
coBdaetetes da Oín^r^veamM ai e« poiiMe eirftar 
qiifi{€S08 demaniMi dea 4^ RxjnuiáMa y PantdjaeígraiL 

Acbleranm iodoa la unfclia coaato lea fité pMibie, 
7 oyeron á jkx»^ meada ooafasa de TOtias, larnaátoH^ 
exelamackiiiea' de áoim^ j otro Uüajfe dé aemiblea- 
manifestacíoiiet. . ^* 

Eran los del paeblo, qoienes eateradoa ée lo ooin^ 
rido, 8alianáradtmráGia«i< ^i 

— {Miradle, fldmdl^l-'-^^^ítaroii la« imijareÉ aA;diVii¿ 
s«r ios arrieros. Ya le trabo; ya está aquf ; Pobres pa-^ 
dres, desdichada criatura. 

-^¡Qae no ehtá oMMnrtiol {Qae os ban eagidladol Ha 
sido sólo una oaida> — repuaa ano de hm Tiajantes^ con 
estentórea roi. . ' 

«-^(Es mi hfjol [Yo quiero vwlef^^xalankaroft' A 
uiia, Andrés y RoasvaMa. 

El cuerpo aporreado de Ginós, faé colocado en 
tierra. ' 

— ¡Hijo de mis entBa&as!-^grit6, en llanto desheeHá,. 
la madre del Aspireáte á eanongias. 

Y ya iba á estampar un beso sobre la quer aiipo* 
nia frente helad»* de Oinái> cuando éste, incoi^orAn- 
dctoe^de sAbHo, mlAnt l^maae á la espalda, y 6i:d[ani6t 



PXSM^IM'AfiYAai^ 1*^ 



'mHktífot^ (fue b» 44o v^titiia ú^ 
las iras de im yaouno. - " ^ '" - ' ^ ; ' ' *^^ ' 

^eármioyasBliála^Uá ivollifla mát gi^aQdésqtt» 
Tíorotí loi «iB^éyfaétfbnt^dd^ttaiiiitaatdw 

-^Miien al'piUetdh-^deoiaQ uno». ' ^ ^ ^ 

^fVier* di ofaktionl'-t^ttoalamabaii otMs^ ^ ^^ 

— jBmbaateroI — ^repetían á coro las machachasí '' 

•^{Mentfof 'Imtotaiadw^fillá liesK) de cólera ttBo 'do 
los arrieros. SiliiMda'of íieblArais protectoras del g^^- 
náo^j^kryvíMewíú^namB maridos- le iAéa&ñ afi* 
cion. ^ 

_Todo hanioniiiaíair8a|--Hrepti80Con Toz cá)n»* 
daiuiaTÍe|ai ' í > < > . - 

—Todo ha sido ierdadv defia lécho^^i^-^ttofitest^ in* 
dignado uno de loa traficantes. 

--^MáUStalseá ^atmrte 3^ lia hora en que este; pi« 
Uastre no me salió /3m^i?foá,'i^^-^xolamó lleno drodte^ 
ra^ padre de €HI[itfa. 

— (T qaé «Ijpa tongo 3^ de lo qoe me pasá9*-*ré- 
paso mí chiaa frotándose laa costillas. 

—Dice bien. 

'-^Hábla como nn'Ubro . 

—Si le hacieran d^Bulo haeér sa gasto. 

— Seria lieenaiada - 

«^Y lleraria manteoe. 

— ¿Manteos? ja se loa daré yo en cnanto cnre , — ex- 
clamó Pantoja lanzando fuego por los ojos. 

— Pilloy rofianí histrión. Si me has de matar & 
disgnatoay ai no te puedo ver, — Irepuso pateando de co- 
raje la madre del leaionado. 



1*9 



pm»a i«/AiiYULR4mr 



^fHt^aa. laiif mal €ft jlintMÍ*'a8iv^'-^«i0iaMa^ -á 
uña varias mozas y los arrieros. .010 ív ai' h^t i* . 

^¿Qse iliaotttos iday naU* Rmte t^nutedos^ 4^e 
annqae le cojaa «eUeientoS'taiwteif tolvérá 41ad[nrflr * 
«1 campo, ó yo dejaré, de ser PMlt0jál.<A3iQra ü^pasa 
con esto brilxw^qiie «n oráoto-sánei jáiireML k> <|[á^^s 
bueno •^\ J:, -i. j, i-f. í::'«--1o\' j *' ' 1 '^,-- 

ohO^i^ésinoorporándosaufocb^jr^^^ éá^^- 

tO;)ps lira3O0, ^XKdamd o^Uimoxá^tiárúyr * -^ ^ '^M 

,. r-P«e^, miio; ya ves c6mom'pmoéda(ix>iiáoa>aaliiw> 
que tratan de honrar tu suelo. «nc zn 

.r-|jViYai^^ft4ii!-*-^ritó»la'plabe;QBtiiÉn - 

— ¡A casa! — rogió elevando los p^'ños Pjoitoja^ -u «í» 

m-lVita ^ teélogol-rToiviá '^á áeoir ei compaeto 

grupo. .«r^^'?; --"'MÍ ''! ■ ^ ' : f-í ' ■:' íl> 

^i\6«1g» ^raneiroa, qiíe;[n0in?¿a¡8iaulM!'i^^^;f£fiÍ6en 
Takcoso acanto el padre- del orafiaavx , r r . 6 - v s ^^rÁ ? 
Una tempestad de gritos, de siHÍÁdicid yljddr*t>rateK-f;i 
ias^ifué hi oontM taaion qi»^ «^eibt^al bdii»g«u 7 ,; - 

— Gracias, pue]))» oíkid,.gra(üai^rHfitoib^ 
mado el mozalvete. c;'^/. 'I — 

Y como guerrero que penetra! iéni su patria deijimea 
de alcanzar el triunfOf GtÍ9^,.iiiajB^ri)afb púrloé^a^^ 
rieres, emprendió la marcha en dixaocííitt^elsnihógM'^ 
recibiendo entretanto unánime y>iMa(Hra ackittádoa» 

:- -. . .. c :* ■. c^ '>^- • y t>. f^/ -'■•• y - 






■v't 1 < ;». , í i. 






* . ^ L 



CSP1T0EO xvn 






No pararos «^eiR. lo» anteriormente descritos, l^s 
estoertos 7 «teocídades llevados á cabo por el inquieto 
espirita de Gitiés. , . 

Repuesto de su última averia, vohió á las eras por 
orden desu padne; peraalli, lejoade traliajar, dábase 
diariamente ¿xeltir descomunales batallas con los le- 
rnas mocbacÍM»i-qtte' en en misma edad frisaban. 

Era de ver la gracia con qae eH for2ado campéeme 
al frente de nnmerosa copia de Viriatos, tan desafec- 
tos á; Cores como 41, dirigia radas empresas militares^ 
encaminadas ¿ destroir ks haestes qne en c<MDftra snja 
enviaban Jos jóvenea del v^eoino pueblo. 

Terribles pedreas, torneos de á pié 7 á palo limpio, 
combates cuerpo á cuerpo; tal era la ocupación diaria 
de i(* pequ€fi0fi^.li^tt*adore8, quienes si eran retenido» 
por supwier autoridad en sus respectivos bogireé, con 



^''^ P^DRO DE ALTARADO 



artes mágicas ó directa interTeneion del demonio, lo- 
graban al puoto eyadirsA, oon cayo procedimiento re- 
cibían al presentarse en el campo de sns empresas tan* 
tos aplausos, como somandos suponía el total de las 
diücnltades que habían tenido que salvar* 

A la verdad qtfe^oo fiod^ ffjerfa^iiuaca, pléyade tan 
terrible de pilludos. 

La inclinación científica de Oinés Pantoja contra- 
riada por sns padres, había envuelto ^i la venganza á 
muchos otros de sus colegas» que queriendo correr la 
vida estudiantü, ^refoM& oomo^ «ifBteh defraudados en 
eus esperanzas. 

Cierto día, á punto ya de verificarse la recolección, 
penetraron los nuevos romanos y cartagineses en un 
{arado, colmadísimo de doradas espigas^ . 
i Sok) aquellos bribones, puiieion cerrar su cora- 
zón, al nobilísimo sentimiento que produce el respeto 
^ trabajo. 

El campo semejaba verdadera arena de oro y U 
bdndicÍQn del CMk> parecía caer sobre él, cuando el la- 
borioso é iafkligable campesino elevábale sa tribuito de 
^acias, al ver tan pródigamente, recompensados sua 
4ifanes. 

Pues como decíamos, sin comrse los malvados 
quimeristas de tan sagradas consideraciones, citaron^ 
los contrarios pava la luoha en aquel Ingar^ y. tan ftido, 
estopando y desusado resala el eombate, que ^ cam- 
po quedo yermo, sin fruto, desolado y trbitei caal si 
hubiera sido victima de cruel y diespiadado pedrisco. 

Y no fué esto lo peor: en la^lmtaUa mantenida 



:t^idiat tamroa «MtMdá hA énpiAányÍAs hósefs, él 
instromento de labranza, j el arma ^^úAti&ráJ ' ' '^ 
* ^ Marte;>5r Cerda |M0t^^ 
fio^ i)ae Miaer ira etf^r» ín&b 4ardié et pésitri^ó y akí- 
halado<tiTO]ifo;' - ^ . ^ i' > ? ■ - -^ ' . / * . : ^ . i 

GoBia^era'^ e8perá?]^,^ bdbd éa lá emMtramoza crá- 
iMai agrietadod, pierna» québrádair; «MtiHas faetá de 
éAoi- y para qae la 'oontíéodá^ fesultase en lúi todo 
^9r<iietashet«apitaiiQ^ii>é8éacé también mx parte j repre* 
«astada p4r'«aiíí cacd^lada^ dn lá mejilla derecha, lá 
«lal^Éstuvo i ytiBU^ "de vadaife él ojo. ^ 

Oomtf 4(M)diprendefá el benévolo ledor, á tan atroz 
deiafeei^ 'sao^dieron esoenafi^ triktiftimaB^ de llanto 
amargarr^y pena en las^ásaa dé los labradores. 

QaMn, entaregábasé á la desofperaéion y al duelo, 
al ttmer A sil fafijo easi 'éü braíé^ da la mtlerte. Qaién, 
ianegaba,de^fa«ber naddo en una aldea, tionde^por las 
Iravésaras de onatro pillos, se perdía en tina hora él 
^bajo de machos dias. Y quién, por último, lanzaba 
iarlMM denaestos y tnddimoñes á Pantoja y á sa mu- 
jer que* por aa terquedad y egoisiaa ideas, hablan con* 
▼ertido aquellos lugares en Verdadero é insoportable 
-ioflemo. 

Quiso el hado, movido á compasión, remediar eh 
^arta la' desgracia ocuHida. ' "^ 

tiM regidores ddi concejo piei'leneciente al pueblo 
da doüde^ran naturales^ los Vébcédores en la contienda 
^e dér^ dest^írdo el campo, cuyb^ frutos entrabad éñ 
la propifedad de Pántoja^y sus' dem¿s coúveiiinos, sa- 
4ásfiiciéi^n A estos como intlsmnizacion por las per* 



.!"« 



^^BHO jai:Ja.'9i»»90 



hanegas (le', tn^». /'. )'. •••' •».■■■:.•: -.b ^' ". •• .i ■ 

. Cpn ^\ jde^armÍAftpMiMiBM^OB «píagadot kií rea- 

^es ^^:«mrgÍ9Tpo^atr«t,la9^e9teftd«l liAd y ttel oteo 

bando; cesaron las peleas diarias, pré.rii». ^. opedoil» 

.]^g(4i, 4e. qne cuaptos <4iei:aa ^ U flov 4e.«Écá]resar 

. las eras poaolro oígeto qoi^ el de ti<alMÓi^)^'!9Uw>«<o- 

,1(00 honrados, ifáu^ ^.Mrvir en rías gf tenm, • d^ sit^ina - 

jestad; reiiUegr^rop» sfi inie^aiq|>id^r«lectál««-'pi|- 

dres d9 los mozalyei38*K^i^,qnft]p(kl«^^ni9jtoni^ex( endft 

rezadas dejaron»? 1^ faMWi-qiMídeBdjaatiael moatenio 

.fosionándpse^ y^Hlci^^^Jnes j -renoidoii. j«9»oo .Iratar 

como de inter^iooi^i^.^ofii^tos negocie» ^aU^ieMB' fetl 

beneficio de.c«al%aie|!a de -ambM ]k»oalidad^s«- - 

£1 descoatanta#sa Paniega oñreci^ noloAMecienta 

á 909 conye9ÍniO|.iqi:^ ^ Tolveri^ A mavdvM-OiitésiAl 

campo, mas na^a bat^o.de n)t^imdftfirl«s¡reiipeO;(o & U» 

opiniones ^9, 94 th^jOf per^si^ntoi^ &4n, en loirdialiffttá 

^.gastos escolar.es, , . /■ ; v .:,■. ... • ,..,, .f , • ■,-, 

Los del pueblo flueiaitQp gosopoa oenr. l(t «íimmt- 
c;on del capitán v pov ser sa persona aliei^á^soeniívlo 
de tqdo linaje de.atr|opeU««< ■.. <• . < '"-i > ' 

Imposibilitado Ginés para la labranza, cesaba^toda 
^c«sion de no^yas pi^^denoias, (iesapurAcia eLfi^igra 
para el trabajo; j claro está iqa^ opQMglúda eiftó, ^t^ 
bia de importar mo^j^qoi á «qipeUos ,ml««i#ÍBaiffi la- 
brfidords, qo^ P^ntpja^ii^oisiera^á'SnhijoT eojniUia pi^a. 
,en Flajid^9, ó qne jp yi^r&.d^utpareeef de«« lado eof^ 
nendo en j^ de i^gi^tM. añqipiies «biatrí^nioaaw. - .< 
,An^i, 1^ T4ii)suü(^4f< -«ondnota de. «a;pad>pí;'peati& 



PSDKO DE ÁI^YABADO ^7^ 

6isá0 qoe habiaM salido con la raya; mnxt no oqntó con 
la huéspeda, puek apenas corado de tan gloriosa herida 
eimo en sos emprevas alcanzase, Paatoja llamóle á sa 
]»re8eDcia j dijdle: 

-^Ta pstá m señoría p^eetameiiie baeno de sas le- 
siones, ^QO es verdad? 
— Padre, me encaentro como cnwpo de rej. 
— Poes vaja vaésamercó á encerrarse en el pajar y 
espere alli hasta nuera orden. 

Gioés estuvo á ponto de caerse de espaldas ante la 
nsolocion de so padre. 

Sin embargo, reprimió so cólera, tragóse las bili^, 
mordióse los paños por todo desahogo, 7 afectando 
mansedombre de ncrvioio, contestó al aotor de si^s 
dias:' 
— Está bím, señor, haré lo qoe vos (|oeraís. 

Y entre lloroso á irritado, bajó á ocupar su noeva 
haUtaoiolu 

Cierta tarde, Romoalda hilaba cerca de la lumbfé 
del hogar. Pantoja entreteníase en descortezar una 
Tara para que 7a pulida 7 pintada luego, sirviese ^1 
alcalcfe como emblema de su c»rgo. 

Ginés ecmtinoaba encerrado en sos prisiones. 

De coando en coando, la mujer del labriego dirigía 
á sste una mirada de^ s&plioa sumamente expresiva, á 
la eoá} Pantoja obntestaba moviendo negativamente 
laeabeza. 

Romualla quedaba entonces silenciosa 7 triste. 
— ¿Dd modo, Andrés,^t**«tr6vióse á preguntar á sa 
marido, 4uef na quieras ctanplacerme? 

TOMon 33 



W8 



PIDRO DS ALTA&ADO 



— He dicho que so j mo. Las madrM pierden á l«s 
hijos con sus excesos de ttmim. jl^ hi^o? Poes qae 
la pagae el bribón. Más rale que permanezca eia el 
pajar algan tiempo, qne no qne me le traigan un día 
á casa despedazado. Además, yo no puedo qwbrantar 
mi aotoridad por mujeriles capriohos. 
— Pero si lleva ja ^natro dias encerrado. 
— Aon coandó lleve ochenta, Romnalda, tengamos 
paz 7 no vuelva á hablarse del asosto, 
— Mas yo debo.>. 

— ¡Voto á los caemos de Lneíferl Qae me harás 
perder la paciencia, y entonces... 

— Entonces, ¿qoé?«— exclamó la madre del preso, in- 
corporándose y poniéndose en j«rras. 

— ¿Te atreves á faltarme, insolente?— gritó Andrés 
lleno de ira. Paes ahora verás b qne es bneno. 

Y ya iba á sacadirie las costillas am, la vaca qne 
tenia en las manos, cnando abrieron la puerta de la ea- 
iancia. 

Un clérigo obeso y rechoncho aparedé en en 
dintel, 

Frisaría el sotana en los dutionenta y tantos Satieoa- 
bres, y tm celerado y mcfljtndo era, qoa tentaba á la 
risa el mirarle. 

Sa cabello, un tanto abnndosoy bastante rizado, moa- 
trábase entre cano y rabio, y sn bigote^ oonchiyeniio 
en graciosa curva, daba al venerable, aspecto de t«b- 
dadero tadesce. 

— Bebajo de la perilla conservaba el.presbi tero, pro- 
fanda é indeleble cicatriz, efsoto de nn quista eittiiya- 



Piano DE JlL^J^MM>0 ^^ 



do por mano« qairúrgioas no may hábiles; c»yo aboe- 
M TÍnOyá castigar á bu roYerenoiai por sn afición do- 
domable á especiosoa comestibles, «talea oomo la goÍQ> 
dilla, el pepinillo 7 los embutidos de oiigen extra- 
meño. 

Goando yieron al padre Roqae, que asi ee llama]» 
<el clérigo del paeblo, los alborotados esposos quedaron 
'Ctmo petrificados. 

Bl presbítero dirigió á ambos una mirada de inqui- 
sidor, j de^^ues de cruzar las manos en el aire, las que 
asi unidas dejó caer sobre su abdómeo, repuso con to 
nos de agria reprensión: 

— No me parecen mal sus reyerias. ¿A.si esoarneoai 
el sacramento? ¡Y tendrán aún la osadía de UasMrse 
católicos! 

— ^Y lo somos, padre Roque, — contestaron á una, 
Pantoja 7 Romualda. 

— ¡Harejes, querrán decirl —exclamó indignado el 
cura. — Cuenten, si puede saberse lo oourrido,'^afiadíó 
con tono doctoral, — ^7 veremos si son dignos de gozar 
de buena fama. 

— Hablábamos sobre Oinés. 

— Reñíamos sobre el chico. 

— ¡Silencio! Y no destrocen la gramática, al jpar 
que acaban con mi paciencia. 

— El mozo, — coQ tinao diciendo con aerato girave el 
padre Roque, — necesita de un h3mbre de mi ed%4, de 
mi saber 7 dd mis respetos, para alcanzar verdadera 
educación. 

— ¡No gusta de la sotana? Pues déjenlo á mi lado 



isa nsoio tos alvahá^o 



unos onaiitos meses, j ja i^rán, ja Verán qaé cambia- 
4o se los vuelvo. - 

—Lo dado mucho,— esolamó Pantcja moviendo ía 
oabesa. 

— Déjenmelo, repito, j iiablen después si les alean - 
zalarason. 

. Precisamente estoj sin sacristán, cu jo cargo lleVá. 
anexo el de majordomo de mi cisa, j he pensado e/a 
que nadie mejor que Giués podría desempeñar amba» 
foneiones* £1 muchacho, á la verdad, es muj listo; sabe 
dé gramática j de latín más de lo necesario; en mi 
como] nía perfeccionará sus estudios. Ahora di/anm^ 
con franquesa, si les conviene ó no lo qae les propongo. 

— Con el alma j k vida, j agradeciéndolo con toda, 
la fuerza de nuestro corazcn,— exclamaron uno des- 
pués de<otro, Pantoja j Romnalda. 

— Poes no hija más que d)cir. Ya jan i sacar al 
preso dtl psjar j trai^^anlo á mi presencia, que debe- 
mos partir al punto. 

— Voj, voj ahora mismo. 

— Pantoja salió como un rajo, volviendo acompa- 
ñado á poco del pillastre de Oíoés. 

Este venia sumamente mustio j cariacontecido^ 
traia el trsje cubierto de polvo j pala; el rostro lleno 
de tizne j despeinado j sin aliñar el cabello. 

—Felices tardes, buena pieza, — exclamó al verle el 
padre Roque, dándole un golpecito eu la mejilla. 

— ^Bienas las tenga mi mu jamado maestro, — repu- 
so con suma humildad Giués, estampando un ósculo eik 
Ja diestra del cura. 



PSffRO PX AJLYAJEUP^. 



181 



, — ^Ya caminamos hioia el arrQpe&tittiwtOt itib es 
iKerdacÜ^Esto es lo que jo deseo. VamoA, Ttoios, Guie 
«to. iSapcDgo que padre te habrá ya oomonieado la- 
buena nneva, eh? 

El bribonzuelo maohacho no contestó nna palabra. 
, — Quiero decirtei— -exclamó el padre Roque»— ^e 
bfi^ Tenido á sacarte de ta prisión^ para que tengasi á 
mi lado como mi mayordomo. ¿Ea oiarto» qtte aceptas 
^eon gnsto ta nnevo cargo? > * f > ' 

— No señor. 
-^¡Comol 

— ^Digo... si, sefior, me habia eqoiyeoadOt-^od^nté»* 
i6 el pülete, fingiendo estraerdinaria cortedad» Desda 
qae me encerraron abajo,-~a^adió;-^todo la veo.; tor* 
bio y estoy muy teniente de los oidos« ¡Fiíg^iraosy mi; 
qaerido maestro, que ni advierto siqaiej?» las^ huellas 
^e aquel lobanillo que os dejaron en U cata ^^uestsi^áa 
<aftcioneÍB á los picantes! ',:!.' 

; — Silencio^ bribón. .Y 

-^Dejadle^ hablar, Andrés. El chleo-dioe lareírdad^ 
Además; es franco; expresa sin ambages loqAe:sietnte, 
j eata cualidad le enaltece en grado sumo atfte ji^s 
ejes. 
^ — lilucbas gracias, mi amado profesor* < 
—Sí, Ginesito, sí. Un hombre listo, hidalgo^ y nada 
bipócrita como tú, es lo que yo necesito. •Tas .á sermi 
sacristán, mi mayordomo, mi discípulo. Sbguramente 
lo pasarás muy bien, si te resigoas á sufrir un: solo 
tormento. , . 7 

— ¿Cuál, padre Roque? 



^^* Pto>RO Ütt ALTA&áBO 



— «lutB mwmiüeriai, vidrioeidad, j mal hnmor d» 
dofiíK Aagiurfeias^ ede véjedtorio de mi ama, para süMf-' 
áf la ctutli teoga qQd ro vestirme coostantemente de pa - 
ciencia. 

^jOhJ S^or, no dndeis de que conmigo no halla - 
rá'medio lú motivo para disgustarse. Me basta cote qn» 
qoiara entraífisiblémenté' á vuestra reyerencia, para qo» 
yo \% r#Bpet8 j la quiera también. 

— Graciaf , Gineaito, gracias. 

— Además; no olvidaré nunoa, que ella estuve soli-^ 
cita para prodig%ros su cuilado j su celo, cuando ado- 
leci««ii(|) de aquel ataque de sama, que nos puso> á to - 
doiiialárniado*. 

Ante la desearada confesión de Glnés, estuvo ás. 
punto su p«dre de pulTerÍ2ario. 

Reprimióse^ no obstante, cediendo á la ac^ud tran- 
qoila del padre Roque, que se mordió los laMos y tra- 
góse ]a pildora, j exclamó: 

— Ya sabe su sefioria sus deberes, j por úlfíma vez: 
le advñftto, que si he desistido de que vuelva á las eras, 
serériueMvable si en sus nuevas funciones me bao» 
a^gvna de las soyas. 

— Está bien, padre mió. 

— Pues trasládese á casa de nuestro muy amadla pá* 
rroeo^ en compaflia de éste, y tenga entendido queá sus 
servicio quedk. 

•«*«No tendrá queja de mi, — exclamó el padre Roque* 
apoyándose en el brazo de Ginés# 

— Y si vos la tenéis de él, — ^repuso Pantojacon tone' 
severo... 



L 



PB0RO BB ALVABADO 



183 



—Dirá, — exclamó el pillastre. — Qtamsque tándem 
Catmna. 

—O le dará á su sefioria cuatro buenos latigasos en 
español. 

Otiüés abrazó á sus padres j ofreciendo verlos dia * 
mmente, partió el^evidtpitiUKdelfpa^ Roque para 
Tertir la sotana de sacristán. 



'j 



•> 



CAPÍTULO xvni 



Sntra ool y eol» leohvK«. 



Gk)a las majores oeremomas, como si se habíase 
tratado de posesionar de sa investidara áan concejero, 
al llegar á sa casa el padre Roqae, hizo solemne entre- 
ga á Ginés de enantes objetos hablan de qaedar bajo 
sa caidadi? y castodia. 

Recibiólos el machacbo con gestos de admiración 
y muestras del interés qae le inspiraban; por lo caal 
quedó tan satisfecho sa rcTerencia, que no hubo desde 
aquel instante quien le apease en sa opinión, de qae el 
aspirante á mitras era por sus méritos un tesoi;o. 

La madre Angustias por su parte, si bien acogió 
al nuevo sacristán con marcada expresión de disgas- 
to y grafio algo en un principio ijrecebró la traaquili- 
dad, cuando el padre Roqne sefialó los linderos á qué 
llegaban las atribuciones de uno y otra. 



PVjPíaO QK AI^YARAjpO ^^^ 



Y como la vetusta duefia conservó sas derechos de 
hacer la compra de los comestibles y de manchará «a 
wboT la despensa, que era todo lo que des6|aba para po- 
der matar el ocio engállenlo de lo frasco j de lo ran- , 
eío, aceptó gustosa la venida de Ginés j holgóse ma- 
cho cuando éste acertó á decirle: 

— «Sabed, sefiora mia,. qu^ no otra posi^ qne vuestro 
criado soy yo aquí. Por fortuna educáronme mis pa- 
dres en el santo ieiinorde, Dios,^ y eif los respetos á 
nuestros mayores; y si bien np os tengo por t^U pues 
si los años os acuden, lográis vencerlos con los s^-, 
cretos de vuestras gracia^i, .aunque en opinan os tu-* 
viera de persona de pesp^ no seña ciertamente para 
consagraros esa veneración que por social convenio 
se dedica á la ancianidad, pino para am^os como á 
UQa segunda madre, que endulza nuestras amarguras 
en este esqujilmado y tristisiimo valle de ligrimas. 

, — ¡Q^é hermosa, quá bucjaayquesenti^idntaJi cria- 
tura! — es^clamó la 4a^ft^f intentando posar sus desear* 
nadas mandíbulas sobre el lucido rostro de Aínés. 

Y cofnp este rehuyera el ataque de habilidoso mo- 
do, ó sea apresurándose á besar las m^os del ,yesti- 
gl^ esta suspirando anhelosamente, exclamó: ., 

r-*¡^y! Qué recuerdos tienen para mi estas mues^ 
tras de cort^umia |En cuántas ocasiones fai parte; á 
proporcionarlas! Eso si; pagábanme muy bien los ca- 
balleros, y holgábanse ellos ^n acrecentar los dádivas, 
á cambio de una mirada protectora de Cupido. 

No se ocuHó al viyisimo ^q Ginés el significado de 
las palabrsa de ^ vieja, y, en una maliciosa ^ sonrisa 

24 



^* PÉmtO D¿ ALTAlUlKy 



d6J6 entrever 7 no se equivooabaf que era en sh sen- 
tir doña Angastias ana de tantas zurcidoras áé ajena» 
Toluntades, que, cansadas descorrer por el jUaüdb eá* 
persecQoion de linanas esperanzas, barrean' a! cabt> lot^ 
atrae' ÍTos de nna vida c6moda, ya regalando su ambi- 
ción con el manejo de los khorros de aigcm célibe, ytt 
dedicándose al cuidado dé las despensas, para ésquíi- 
marlas como btdtfesliambríeátós. 

Los primeros dias que pasó Ginés en la casa del 
pirroca, coriiérim sin ningtm accidenté digúo de men* 
cion. 

Marchaba tOdoTá pectir de boca: el senrfélo de sá* 
criétia tan á punto como el de una catedral; el domés- 
tico, cual la mayordomfa de un titulado. 

Dofia Angustias hallábase más contenta que unai^' 
pascuas; el padre Roque más alegre 7 orguUdso que^ * 
chico con zapatos nuevos, j los padres de Ginés albo- 
rozados 7 satisfechos en demasía, al ver que su hija 
abandonaba^ el propósito de irá corret la vid* aven- 
turera de las ingratas emociones estudiantiles. 

Máá como es siempre la hipocresía, compalléra in- 
separable del mal, la conducta templada det jb^esk 
Pantoja en la mansión del padre Roque, no tenia otro 
objeto que desorientar á este de cualquier soéfiechfit.que 
habiese podido abrigar respecto de sus travesuras, pa- 
ra realizairlas el diablejo con más facilidad de triunfo. 

Y no tardó mucho en dar comienzo al programa de 
sus maldades. 

Cierto dia, después de celebrar el padre Roque el 
Santo Sacrificio de la Misa, volvió á su casat para to- 



FÉDRO DE ALTARA0O 



187 



I mar el ordinario desajtmo en comp ñia de Angusíia» ^ 
j de Giüé^. 

Kl párroco ballábdSd más qae nunca cOnientOi 
L^ da fl% y el sacristán participábanla juzgar por 
1a aüímaeion de ens rostros, de igual satisfacción. 

La qnintañoaa colocó sobre una mesa buena canti- 
dad de torre^Qo^i pan blanco, un enorme tiangiloQ de 
almibar y dos jarros de lo í nejo. 

Los comensales tomaron asiento en tomo dé aque* ' 
''Ha, j el paire Roqae se expresó de ésta suerte: ^ 

—Por fortüDa, queridos míos, ha sido servida el se- 
fior da que jo llegue i contar un año mAs co no á'Hta- 
mentó á la baena carga que sobre mis coiti láS pesa» 
Hoy conmemoro el aniverñario de mi naiilicib; á lán^* 
dcK^e nos acompañarán á saborear la sopa varios de cíiis ] 
baenos amigos y amigas, y oomo el acontecimiento no 
puede ser más soleoane, y «n él ha de tomar gran par* 
te doña Angustias, ma permito preguntar á su beafí- 
tiuQa persona qué es lo que nos tiene preparado. 

— Gallo con tómale, que está ya en disposición de 
aerrirse; magras de Aviles puestas há poco en la ca- 
zuela, arroz á la Talenciana> ensalada de remolacha^ 
f'eampota de melocotones, tcrtes de bonito, natillas, j ' 
arroz con leche. 

— jBaeno, muy bueno, bocísimo! — exclamó el cura 
'moTieudo la cabeza al par que se fVotaba las mano» 
de gozo. Y vamos, vamos á ver,— preguntó el clérigo 
A un tiempo miscno que introducia en su boca un tor 
re^no monstruoso, ¿Supongo que la buena memoria d^ 
mi ama, habrá comprendido también aquellas le- 



1^. P]p[>RO IW ALYARADO 

«hagoi tas 4;an sabrosas qne suele ppnernps á menudo? . 

— No han venido hoy al pueblo, señor. 

— ¡Cáeipita! Y cnanto lo siento. P<^ro decid,a^« do&a 
A^^ostias; ¿no podriamós hallarlas en otra pa^rte? 

—Gomo no sea en el huerto de la señora Cataljfia, 
ignoro dóude las podremos encontrar. , 
. — ¡Magni^co^ doña AngpstiaS) n^ajgpifico! :, 

— Es que advierto á mi amo que^, el, huerto está si¡^. 
tuado Á un cuarto de legua de aquí, j que spefar de 
«er micQr Catalina como 70, arohicofirade del RiSariOv 
hará pagar las lechugí^ á un buen precio. . 

— jY qué importa? Si fuera diario el desepibolso,.. 
tPerb una vez al año, 7 con tan grato motivo como el 
qp^a^ui nos: re^np! Nada, nMa, d^^ña An^Úas: 8,e; 
ooinprarán las lechugoitas, 7 ajt^feíato, como est^ Igofi-, 
la casa de vuestra amiga«, pira que .vos no pp moLs 
teiíf, irá Gines por elijas, 

^-T-No hará tal^-T-contestó súbitamenjke §1 veat^glOv 
azuzada por. la envidia, j sobre todo por el deseo de . 
siear. ájín gusto. Precisamente, — añadió— <^ mí fola- 
me;nte m^. sirve como i nadie la se&ora. G4talina. Si 
Oinó? faiíse, tal vez np quisiera venderle up. góaero 
qo^e casi en su totalidad festina á su co^umo. 

— O me lo daria de la peor clase, porquero maldito 
«i^Qpnozco de la qaateri^ otra. cosa que aqiel dicho que 
d^ce; entre col y col lechuga^ — exclamó Gmós afectando 
íijma convicion. 

— Hó aqií por quó,r-repufip 1a vieja dirigiendo al • 
bí^bon una mirada de gratitud,— es de absoluta^ nece- 
sidad que vaya 70 personalmente. 



PSDRÓ DE ALVAR ABO 



1S9 



— ¡Sea en buen hora, si os creéis con faerzas para 
realizar el viaje, — exclamó el padre Roque. 

— Yo lo hacia,— añadió,— con el fin de que no o» 
molestaseis; a^í como con el objetó de q*ie no vaya & 
faltarnos vuestro importante servicio á la hora seña* 
lada. 

— Son )as na^ve: en dos horas puedo cómodamenfe» 
ir y V nir del liuertó, c n el sabrosísimo bocado. A. 
las doce en punto es la comida; la mesa está dispuesta 
en la sala y las viandas en aptitad de servirse, con 
que me parece que r ien puedo emplear el tiempo que 
me sobra en hacer el viaje. 

— Pues vaya vuesamercé con Dios, doña Angustias, 
y fn tí^nto vuelve, entrctendróme yo en oir de labio» 
(fe Gícesito la interrumpida lectura de losantes histo- 
fíhl s que acerca de R)ma h% escrito mi compañero ¿1 
capellán aragonés Mosen loguauzo. 

El vejéítirio salió á poco de la casa, quedándoiia 
solos ^1 amable p^dre Rjque y el bueno de Gires. 

— ^Vamos^ — exclamó el primero arrellánáDdo^e eb 
su sill n, — á saborear esos primores literarios de túi 
col^g^; pro att^s, Ginós amigo, demos un poco d» 
calor á nuestro estómago, rociándote con algunas go- 
fas de lo sñejo. 

El cura )L nó de vino hasta la boca dos grande» 
vasos de ioci^nte cristal, y apuró el suyo hasta la» 
heces. ^ 

G Des imitóle, de#púes de dejar abierto sobre la 
mesa un manuscrito voluminoso. 

El muchacho hizo sobre el libro la señal de la cruz 



190 PEDRO 0E ALYARADO 



7 con entonación hutiiónica comienzo á leer nmj des- 
pació. 

El padre Roqne parecía dispuesto á oirle con gran 
>at6ncioa; mas era tai el c4naalo de pesadas narracio* 
nesy de ineficaces argamestos^ baaados sobre a^antM 
pueriles y de poca monta, t^n arquitectónico el con 
. cepto 7 poco fl xiblcí tan largos los periodos 7 exen- 
tos de galansuTA, q le el bueno del párroco tu/o á bien 
invocar á Morfao para que le librase de aquella lita 
raria pesadumbre, 7 el dios oyóle 7 le dejó profunda 7 
tranquilamente dormilo. Giaés que de cunnlo en cuan- 
do dirigía la mirada á su protector, quiso probar, al 
verlo de esta suerte, si eri su sueño lijera trasposición 
ó verdadera ó invencible inercia. 

Bien pronto conveníase de lo sagnuio, p*ies Aooao 
acertase á leer con voz campanuda 7 sonora: Y César ^ 
entonces exclamó: ¿Tu quoque Brutas; con tan feroz 
ronquido contestóle el padre R ;que, que Ginés cre7Ó 
ver en ól al rendido segalor quien deja caer su cuerpo 
«n blando p- jar, tras larcas noches di repaso, «gozado 
á la intemperie. 

— Ya S07 dueño del campo, —exclamó el mozo ir- 
guióndose como victorioso gladiador. 

— Ahora verás, clérigo iluso, — continuó didendo en 
au interior, — si hombres de la calaña de Ginés Panto- 
ja, han nacido para chupa* lámparasi 7 para criados 
de necios. 

— <-Por mi fé ta aseguro, — añadió,— que t^to has de 
aburrirte con mis desaguisados, que has de maldecir 
ona 7 cien veces la menguada hjra en que me sacaste 



FXimO DE ALTABADO 



191 



de mi casa» halagando á mis padres en su opinión de 
que no m^ coniagrs al estadio, 

— T tú, vieja inmunda, cómplice de Mercurio, dis * 
^pnla de Caco, tercera de todos los gustos, y primera 
4e todos los robos, disponte á morir de coraje pagan- 
do de esta suerte la deuda inacabable de tus infamias. 
^Creíste que yo renia á esta casa á ser tu encubridort . 
á tapar todos tus pecados? Paes te engañaste á fé, do • 
liabribona; los hombres de mi estirpe persiguen el 
mal donde quiere que so halle, y aplauden al bien allí 
donde esté. Ten <)uidado, lechuza, que en este instante 
«comienzo á realizar mi plan. 

Y esto diciendo, aalif^ Gjnés de la estancia pisando 
de pontiUsB y. sin hacer el ^nenpr raido. 

Eü campo señalado por él para desarrollo de sus 
maldades, fueron la coaioa y el corral de la casa. 

Encaminóse á la primera, cerró la puerta tras ti 
j ya eon su voluntad á solas, frotóse las manos de gozo. 

Lo primero que hizo el tunante fué registrar un 
grande arcon que allí habia y en el que guardaba doña 
Angustias todos sus útiles de coser. 

Sin desordenar la colocación dada por la rieja á 
iodos sus trabajos, con dedo4 tan afilados como los de 
la aTaricia, que imtes que se piense hánse apoderado ya 
de la moneda, ^ endemoniado de Ginés extrajo cui • 
dadosamente del arca una media, propiedad de dofia 
angustias, tan anciana como ella; y la cual tenia allí 
el vestiglo para echarle unos remiendos entre el Do • 
mme labia y el Dóminus tecum. 

Dueño ya el sacristán de la prenda, dirigióse al 



m 



PSDRO DE ALYARADO 



aparador en donde estaban colocados los manjares qiia 
habían de eepirse en lá ccmiia. 

Paseó la mirada sobre todos ellos, y como 'la ca- 
znela de atrcz á lá T^ebciana llamase su atención por 
SQ descomunal tamafio. .. 

— Esta, — se dijo, — esta, se acomoda perf^ctamexrta^ 
á mi deseo. 

Y levantando cuidadosamente con nn cacharon' de 
madera las primeras capas del arroz, dejó c er en el 
fondo del cach\rro la media de dcñ) Aogustías, tppln * 
dola con el sabroso comestible y aüsáodolode tal suer- 
te, que nadie habría podido adivinar fo que se ocnH^ha 
tras de tantos granoi, como el oro lucientes y rubios. 

Nj se satuñzo con esto aquel aborto de Sttani^,'^ 
contemplando el gallo con tímate, acorióse de cierta 
magia qie le había enseñado un titiritero. 

Al efecto, después de g)lpearie la frente, encami- 
nó e á la despensa, que como caso escepcicnal pira te- 
ner más á la mano los ónünariios elementos, habiá de- 
jado abierta de fia Angustias. 

Tomó de alli porción de azafrán, tantico dé ^uiü- 
dula bien molida, j algo de oscura miel álcari^ñi: j 
asiendo por último dos pequeños frascos de cristáU 
llenó el UQO con aguardiente de elevidféino grado, y 
de tan eñ'jo vina^e el otro, que hubiese sido capar 
su contacto de resucitar á nn muerto. 

lutroiujo Gídós los dos frascos y la guindilla lite 
envuelta en papeles en su bolsillo, y mezclando en una 
cazoleta el azafrán con la miel, Íom6 por una escalera 
de mano qie al final de la despensa estaba; j /partió 



PEDEO DK ÁLVARADO ^^^ 



COD todo aquel arsenal del hamano apetito en diree- 
áoü del corral de la casa. 

¿Que iba á hacer allí? 

L^ jofita eorioaidad del amable lector, quedará del 
tolo aatitfecha en el capitulo entrante. 



rouc n 25 



^'^Hf ...' "■'■ >. ■ ' 



;;. 'i' 



CAPÍTULO XIX 



De cómo el diablo signe ayudando k Ginés. 



Lo primero que hizo el sacristán al penet^tr en el 
corral del padre Roque, fuá empapar unas migajas en 
el aguardiente 7 dárselas á un gallo < 

El animal comiólas con avidez. 

Al principio no sintió nada; pero poco á poco fué 
perdiendo las fuerzas, como aquel á quien se adminis- 
tra un narcótico, hasta caer en tierra como muerto. 

— ¡Ya eres mió!— exclamó Ginés Heno de gozo, 
moviendo dos ó tres veces el cuerpo iaerte del gallo, 
sin que éste diera señales da vida. 

— ¡Quién dirá! — repuso el diablejo para sí, — que 
también á vosotros se 03 puede emborracj^ar como á 
los hombres, 7 qu3 sólo el olor del vinagre puede de- 
volveros la existencia. 



DK^tnattM 



m 



'cer contigo,— sigaió ditfkfndo Opilas,* dé«pitfé«^ Miát 
al gall» con tristaxi>«^Péio f^ti4 tlfellitr«! ptiedefl dar- 
i;a p«r muy oastímAo ú ló^vm*ctíñirthñir á^«éníí sá^ 
bio te deba 8a dicha 7 su libertadé 

Y apeoa» promnciádaí Mtn» palabras^, comeoz6 el 
aspirante i mitrai á arranoar al gftUo, la« plumas, éoA 
tal prieta, qoale d^ eeipio al de MorM, aunqne^aia 
cacarear, en on abrir j cercar 4e ojea* . 

Imposible parecería, á no verlo, qne el efeeto del 
alcohol facía tan aetivo en ^1 ga;lk» <fue no aoertara á 
deaaletargarle la terrible operackAi Uevada á cabo por 
Oinóa. 

Gaando el animal qoedó- «oMpletAttente libre de 
laa plomas; cnando ya n<> bnbieíe tenido otra miiion 
-qae la de haber pasado 4 la caaaela, casa de e^r 
mnertot que na lo estaba, el hijo de Pántoja temd 
ana de aqaelkf , j ecmvirtiéndok en pineél, tifióla con 
la miel 7 el azafrán mezclados, 7 empezó á pintar la 
carne grannlosa de la viatima. 

A medida que desusaba la ploma sobre elfe, la epi« 
dermis del gallo quedaba con un color más bien que 
amarillento, dorado, coa lo que parecía asada la car- 
ne 7 excitoba grandemente la gula. 

Tefiidas abs^^utamernte las deiplqmadas carnes del 
ave, que continuaba sin salir de su narcotismo. Tol- 
losa Ginés ocn ella á la codina. ' 

.ConTeneido desque nadie le TÍgilaba, quitó de en- 
iré eliraxate el galla guisado por dofia Angustiad, f 
sa8tita7Ólo con el pintado de •az^^'D,^pero colocan-» 



i99 dsaatfiism Tfo^yuMM^ 



., t£kitbAMsi99iinétliW^ ^atkuML dailá^oafia jríiAetifr 

brirla conalganos p«&O0i» , . i - ^ ' - c . 

f^^Ofio bfk^MiUto^^^ ptdir.dft bQ€av^*^«ptM('^6Vbri - 
^zttelo.p^m (i, tttvdlaada !8inrart8Ína.i)t]aMu 

á quedar maj 8{^^«)K>f ^Ma Itf iaYÍitaaioiidasa'rava'* 
rmm^ miífeM^o,i^ pnan^ fe^aóite d g«il0t aplican • 
dok-Mi poca d« iríiMgro, 4^. qadiiráarfloifiapádoi mi» 
4edofi. jPecyKliiO knalPi/^aa & lU.v^^ 

— Pero DO nos detengamos aquí. Estas cosm re** 
quieren lig^t^/^npmkj itOftien desoompímecee par unr 
guíiamA ^ikí ^á^:paJa»M\Sk despertasa ñu» |Kitomi{i«ir 
fOhl na la ereo: .<nwido ¡A[ sJiefiú W Qoge^ sobro todiy 
danpuos die d^aprl^ giv^tiy ^ gaiígii«a^í mu aonsafftriBiaiif 
de^pertarie [ni (O^Qí bombardas. ¡A.b, qaéidea| Veamo» 
si es pofibie* 

Ginés abándose ]a coeinat y enando- llegó al gabí-^ 
neta 4eLpadie Roqitd^ ésto dormia^ en efdCtOy oanlo na 
caehiQrro.. . : .. -# " 

— jBrava pQatural^^-^xclamá al Ter qne el p&rroco^ 
tenia las manos crasadaai sobre el abdómem* *« ^ 
, -^Not pueilo qaets yot^-^^pttsoi^exlaraigo lacaja. 
Y esto dioíeado, S£c6 del bolsillo derecho dalba*^ 
landran del padre Roqae la de rapé qoa éste asaba^ 
.. Abrióla ciudaA^ameniet y \ohf farocídatljl vacia 
en su interior Ja gaiftdilla.mólida, la onal cooBCoiffiáae 
c^n el polv# del'tabaeo. 



0S ALTiDtflfiO 



W7 



Gen iáétíátta. düigteofeir ««rf44«» «i^jiy toltidá^e- 
ponivia ca'eiymai^iiOBido bblfiHo<)dbMfti doeid. - 

mano, coma niitNlditáaériiblñ^«l^aitfi«B(ÁrJt^ 

«lamatorios aspaívittít^^ ■>••» ••> •' '<^ aJ '''''P í- --n;; t.. ■ 

«bírando el nstiro a&ui$vtílíffil¿, >1IMi|i8«> A' adoktt«rr 
eomo indignado predicador qae amenaza á su aadittfrla( 
otm-af castigo éetfa^o-tttunto.^*'^'^ ■'-■'> '■ - ' — 

- -^i^ir>d|rí«,^afigrftB- #ibiuiofí^«d^«iitó¿'é(m ;Yo«inik 
^oco más de(lq$dat ^Naftíi^ii^ tpmn e^étaí initHá iau- 
dcAitta^féoerüntíjy ."■', ■^:-' o"/, '.i* >, *.U" ,8 .■,; •- , >; -^ ■ 

Y no habia terminado so aforisméí" oaft&do éa^ 
-aii'g(dpiecftb<''4ii-lá^itpiilda.'^ "--(Tiiu. ;..:..■ t oj = 

- •3«.^|; fQi¿¿a^4ihMotoiéiei&^ ifedtíiiido ^an «wi». 
•r-No'todea^rteife^iib l« dei^pfPteiti ^M'iójryb,'*^ 

«xcltwé^ttiíaadMfiü^ioMpovadá; JT^^» iMfto hattUi'oai^ 
lieias á la nariz. ...o» n ;!h • i ' • -> — 

«'■ a»;f|thf-|SdiB^9O0;| ^ñs Cleofá^if \P«vd)oá|dme.~La 
ia4«r¿sátoili0^t)ir{^idd>^ttepobitPttfn'«i&ep»lMK»«M 
dado qne es vigorosa la afirmación! -Sigoieniío alguno» 
áPla'&itaía^ii ^piítto' mwehat'OOsaA'lilodatileiv ¡No 
le hay, no le hay más sabio qne él ni más diaersto '«m 
lodiPÍa«niigita¿Mtti<--- .'•''->' '■•-■"i '?->i i í- i" í^ • :-'' - 
— ¿Peroos.ka)lm^vivilt¿>l«W/^do«GÍ»éé? ' ■ ■■■• 
»I^oVfl6il€íf»V^lt^ ^ <9Í0A«ttv'4«P4ui«^-bo)b|w-de 



]A'jÍiri)^nMl¿|reiaQBUp!Í6a«^ idtlqoflldlíKiifléig«»^ld«l.v;: 



— ¡Oía 'Nd'cligil«(ttl|idiiibÉ QkofibL.^ boftn^^^ 
f|»«ft•vM•tlatQ$Hli^paflartl:j»^flpal3iDikléivé^ ^nnaadofia. 

: iT-P««»lo* rdi>i4^^|«e á mi ■tetldtta.'tk Dii>»;ik<nk« 
portancia qne me merece ese efiteU«i«i& - - > m>*[ • 

éMperludo al {Xydsre Brai^ikef qnun.M «stiíemsbió d^ 

— ¡Eh! ¿Qnó es e8to?-<*^r«fittO el cttrá esti» diientei> 
9I p««^<[im «e tre*4aregaba hit' n^ su^^PerA-qlié ^nbet — 
«Qadió.'^lEBtábais JM9«í, doña Oléofát» jsyd cklnuien^ 
do á pierna saelta?. ¡Oh! No me perdonaré nonoa ta-> 

— Vos no pecáis jamás de'd(60Mrttfi,.ipadt« übriocju 
GiUMMlO'Uegaó aqtti Aatábai/s des^Kaasado, f ibeípare- 
«ió ttik' ivaviqBilo vtieatro ttt&&o»4]oe lo jrrimecó^e 
Idee fii4 |>Iev^I^áMéoB Giiió8.jqt«iu> oaMnofaisiin;, 
—Y este caballerete... ■ í= r 

i— rGiimpti6 MÍ^jD^ffem íi'fencRiA maB(faito^!-4(i<mt«st6- 
Oí«á«,.teBMitdo m «oenla'aqmUo 'ámdiqt^i^ boM» 

iBit^Ma ojtn» roldo dt gentea qíae IkgabüL A J» 
InbitMion. ' - c ' • 

— Ya están abi los inritador,— eüslamó «1 aacrfalMfe 
avanzando ionta^k puerta, de la estancia. — 

'^-rr]Y doR«'Ai)iga9ti»».«A' Tolrérl-H-reprno el i^adra 
Roqne :gi>lp«i«do ow «1 plasta el 9Jí«>«-''-t^3iii4ulOidigOi 



pimío M 4LVi.lUI>d W- 

1 



gil! . - 

r^Na^ ím|>ff<ti€«iiti9i fpoc jwti padre C^ofMn ^o« yo 

mente doña Oleofás. , t. .^ j i v - ^ > , ; . ? A 

--^raeiai; .«edAM.nM; «or dlla hm pr«|ií^eia 9<fia- 
ladb €eryieio€¿ertoi|i6Atej('^fteo.»i «Ú anota t$^^ ye; 
BÍF| petdetáft €a gcacía Iba^homildeS' guista-queiTiBA 
hoBTO CMi efreaeror. - .• -. ' i , f » * ; * . - :.'..<-. 

L%a últtmaa palabiAs del .padca Roqne ÍMtiilLiBr 
lerrampidas porJa llegada ide» ios? aoimdados íú baa^ 
qaete. :.►.*• 

Ningono d» tlkm pilrteilatí|a á lar dafle.dfl .pAaUo; 
ecan iodoa náamblros da téíqaeiliamatM^ al plraopQ.^aa 
colonos de la saogre azal; qaienaapor habar- venido 4 
ménoa 7 quedados^ üniiltadoia' Ai virír dentfo J^ ygran 
cortedad de poaibka^ preññ^ran^catiranib Cim pvebka 
qna andar por la aorta cania pobaea'hidalgaat ú^idinf 
aonqoe con don^ j con yeneras^vaiDuine iíúl blanca. . 

La falange da AqnaUioa réapeítabWamigw pa- 
dre Roque panalr^ en au eáttaratgnardanlaía^ ^teden 
ñgaieala: - • -o • .í •• ?; - /■ ü^-.í:.- .-.. .^^ .. ; 

A. la oabaaa de tadoa^ial deator ¡don, Alabto é$í Vi- 
Uairratia» oidor (fo» faé da la QbanciULeria da.VaJJia^ 
doHd 7 eapoaor q«e ara da^dbiía Olaafáa daViUana^ 

En pos d^ alte, el correctisimo, mnj sabio. j sany 
ilostita fiMirimoQiot d^ofta.Kitealia 4ai MoattaelaMs y 
Monteaoagros y dQa^snan(iatOiii?ahiUa y Pinaniel, 
10 eámkMiio p|!&Uicojratírad& áfla< ««aanrawqii^ 
^p«f;Rl^gt•t#,^^•;pflrfMte£4f^ Oflrrarja.^'v 



última ▼olontad . 'ai'. 

Alvaro Oienfaegos jr Sotomajor. •' = ; • ' 'j- 

Bifó9b9fi^|^éstiabtBft-^o«a(fo«MiitdJtt'->Éti fórtnna 
4 m^<i^Aiáto-^«n<AcN»,osft<)'A86tt'á ttfl li««b» ftfdgifllr'- 
tiñaiOv;B0|9(m4d'^ldieoiiBedb(m^Tp^e»«i<ododmi Aá' 
varo en sns mocedades tan impío y ■bravneite, ^n traite 
^•saAAt» á lep niaertoii, hábitedoiM qotdadd oa üa á 
▼•tat* ttb 0ft8áv«ri(>áBfo sa^ls^antó^me^fiuoólfe, 7^ 
•dijo asiéndole del brazo: .Bt-^ 

' --'Alváfó: tai vané /^^nteUfltof 'inthwt oonmigo; j 
pna ypfiohíftii» qw psede'mái qhe tú, deáügafté de mi 
ftano ñ á^«llo<«oiertw.> ' ' ^ ' -^ <r 

' llemltado da.etto, iftiá^^áeOieÉfaegoa'arfóiQiTtiBr* 
«A'VMWiontaetidodelrayoi^-qáB contrajo o^ telri%bhi»te- 
ferjnddad, f qii« praaietló^ 4ar sa fófinha i loa - ^pébM9 
si sanaba^ oiNno loclñeo. - ' ' ' '■■'■>'■ t<, ' 

Pai&in>, íaligaiitlaáa al -po^atia'ieeibor, afiadir^oa 
^M eÉ ^«lai lo» «lipneiooaétoa pemottSíJMi,' ^«aá^a áttaá 
cuantos, de análoga extirpe 6 idénticos caract^wj: - 

^¥* «Kla'éstnóia 4b«I«b idl«ii;'dél9piiea^4)6«<lr >re»- 
petM/amenie-lás uonao^iáei anfitriOQ, tomanm < «liM^- 
io, odi««Í&dot« á «a 'Udo'<lá8^'iUtnaf;lmppt^idlieif«^ 

f, Ql!(>Í«d#«<£tbqM QSódala'iHlabfttyunetlMMitiltfr' ■• 

^fi« «mj. ftwadofiaái^o» tÉnDSf da H}ii^40É>tufta>l»á«* 
T«li«koía,-tMiao dl«aMt«t)M<eiti(ia^Í9B.4M9>iii'iiKii|i4» 



M0Ei» nE HL^MMéDO 



w 



—La «ük^«ri|a^eoEcIw6eidÍ9ÍolarKÍa Vuebtráa yti8tr«« 
penonu, seria soñoiente á no dmkvtOtpávaj^dlrej 
lOM ■ tecpnúomé .^áes^Oí ttordebo! á.ja0njbrtis/'e&- su 
I. jGalcolad, poes, f i este pobre párroco imikeodxá 
al ilNe0iosi«!ja]m>i^n4fr «mi ab ¿Ngr>fitta w- 
tod qne la que campea aalaL hog^r !deí;hi8<ipabi!ts: esto 
m; -teena^rafaivM 7 innoha Aiapieaat.MO ^8¿, mucha 
limpieza! . 1^ ,^* n-i i." . -^ . . - • . 

OináaaMtdMse loe kibMaifMiBa ao reir^ empefo^re- • 
<)obró alrpmlo saaeirwidadíde ieéhgo* 

Ihiit Alf atOf^le ViUanrrutía en^uooes^ á nportu^ 7 
Tepresentacion de los conyídados, dio respoesia al pa- 
<ire R«ii»;eü esta sentidé.T - * ; ^,. . 

-^Gre69 amífe j^.^seftiHh nuastrprástvsprtiar ci- 
mente .loe • sridtimieDtosi d6 todda« . si^os laaeg^oro que 
aaastra^iita^OB iiwmuqs^aimdir-á vnestraíoaáafiA-Mta 
'dia, para conmemorar el fausto suceso de vuestiraraa* 

— Bl nos hace ver^ padre Roque, que el úáela sa 
Áignt £q[Mi8aénotnii) menpd de^cónta^iMO im ¿ura 
de ^mia.mi^ua^mtadeBt adjb'^oelor vplúadós «1 bese^, 
ficio de sus feligreses, no encuentran en el Yocabulanp 
de GastíUapala^raaaiifleieBtes^euebcrpmitf/^ í / 

— Aqoi, pues, los reconocidos somos nosotns^/ qu^ 
no Yos; los obligadosi aquellos que eii4nfíhttaB OQaeio- 
nea han tísío á su reverencia correr á la nEanaíbp -del 
desvalido, para prodigarle sus dádiivias; llia!dey)mér- 
fano, para consolarle en sus dolores; á lad^eál^rmo, 

VOKO a 26 



^^ «PWitO DE iíLVAIllW 



para eo&(ríbiir&8a'6ateetoiir.BaiioéAta'd6 1« cfioj» 
nia de la sangra azal, 70, «I Más'paqaefte^, al másia^ 
tñgnifloaBte de todáB^ laraütir tti toz pira 4aria ^or 
al ilustre pfiuir.i Roque* . . '^ . ^ * * 

—r¡ Vítor, vit(nr!«^jerD]i peaiénéote^eii p¿árlo«.eOf« 
mansalee^ - ; r. 

-^Ofaciif, J^tfiMnes "miet, gfheiait''^>^<^D>^^^^ 
€a pallan emoeionado pro fofidamea te; 

—Aquí si que Tenia hiennn 'di icario Azatorrót'*^re^ 
paso Ginés, al oido de su principal. 

«^Nada, nada de eeremociiai eficiaUÍT^^^CHi^tó el 
<laefio de la casa. — Dejéinbnaa ile cumplkl(i8^«^añadiÓ9. 
— pues qoisro qae la fíertatMiga un ^arietor eoibple- 
mente familiar. :<:•'- 

— Bso, eso , — e xclamaron. d ana loe "oahalkroa; ' 

— Pass ¥afa un pohrito cka nepA^-^^xnkiXoé nü -pa- 
dre Roqne, extrayendo de nh baiaiidiaMi 3». oñjá. ' . 

•~4qQÍ «tá la niia,-ti-di)Me^para mm adejntrosel sa«* 
eristan« 

El anfitrión fué acercándose á cada uno de loe<oa^ 
YÍdados* ' . • ' "5 . " .^y • "<•;, '■' — 

Cada eaal tomó ta peqwña parte áA wsfé^ foqok 
giendo lo último ,<(U3 quedaba 011 Üa^eijfteei «paiLre Rot- 
qae. / 

Al ponto ojiáronhe exelaaiMmielí ooao iu ú^ 
goientos: 

—«-¡Santo Dios I 

— ¡Jasúsl • \: 

— jVírgen Mariaí . 

•**iOristo del Ampato; -.r- ./. » ..• 



PEDRO DE ALYARADO 



203 



—¡Si me ha quemado las narioésl 

— ¡Si €8 futgol 

Y como natrido disparo de artillería sonó nn es- 
tomado nnánimc : 

— Dofia AogQitias, doña Angastias, — gritó Heno de 
cólera el padre Ro^e, al par qa^ ae apretaba las fo- 
sas nasales, cajo exterior habia quedado conyertido 
en pimiento. 

— ¿Qaá queréis, mi amo^ las lechugas tal vez? — 
pregantó la vieja compareciendo. 

— ¡Qué lechugas ni qué alcachofas! El tabaco, don- 
de habéis comprado el tabaco, éso és lo que deseo 
saber» 

— Donde siempre, en la tienda de maese Antonio. 

— Del demonio, debiérades haber dicho, que por lo 
omcboqu» sioaace^. df^be e«t»r coBfecGMuidfli con íeiego 



) ' > 






> 



* \ 

Sarilla, coQ i^«ta no plot.. , ^ .^ , 



' Ante la terrible y ádsciottipueéift^ lícüiád del pkdrer 
Roque, doña Angastias dióse á temblar 6<iiíA> nmodéU- 
surado por su maestro. ^ ^ 

—Yo, sefior^ — exclamó saliendo á poco da sus casi • 
lias, — no tengo la colpa de que las narices de mis amos 
sean tan delicadas, qne rehuyan el benéfico influjo del 
rapé más selecto que hay en estos contomos. 

— ¡Pero si escuece como si le hubiesen echado guin- 
dilla! 

— ¡Guindilla! ¡Oh! No calumniéis al expendedor, 
que es incapaz de cometer semejante felonía, — ^repuso 
Oinés. 

— Paes entonces no acertamos á comprender lo que 
tuviera esa sustancia, — exclamaron á una varios ca- 
balleros. 



fím9. i>? ^^AMw ^ 



— ¡DesleDgAadpI ^ . ..n* : h:: »- . : 

— Es indadabld que la^ 4)^0^11^ c/pAtagiiá^ fi^é io.'^fulido 
taml>ieiv M QlsUp wnt9oVli«^J^ l^^fqw S^^upor ixun • 
jl^ncia^ Tae8{ra8jüas|jrii^a^iJojiaf.:nafiakp,. W «id» 
▼ictimas de la infecoion. 

— ¡Mirtn el gracioso! 

-r-iiOigají ^^4)acU>UerI f^ . .1 . i ' 

— r^No dejjji. di tofter ph^stel . , . t: 

— jfis n^chacbo ddiBgjépio^ : » r , . 

— P^ro jana^aotoriz^ ni 4 Ginéaj^i é iiadie,--^3s:r 
clamó el padre Roque con lejirttidad extrema t-^p9ir4 
qne f*lte,^paofti?|ndo,(^> coii$^r»ci« qjie W/irecen 
las personas qi^.xne.bfQ9raA Qop sn yii^^. . ;: 1 

— ¿Porqo9 de i^tarafl dolenoia. qae. padecen t«do» 
los mortales ^ablé, os mostrar» enojado coAmigo^, nú 
amadísimo maestro? 

— Es qae debéis tener en cuents^silioi ipantoja^^que 
Tais tomando machas alas, ^ qae me aobran á mL va - 
lor,. entereza 7 Átimo. para ^cortároslas Aqpi» z^pate- 
ts, no sois más qae un lacayo; el sacristán del pueblo, 
ixi sijrñent^y ¿lo enteadtú? 

— lY quién ha Qs^fio» p^ire mio^ afirmar otra cosa? 
— repaso Ginés c^n p^od^^ti^ mongiL7-Ya sé yo, mi 
amo, — añadió, — qae mi deber 4H>nsiste en aprender k 
muestro lado obecÜaiieia; en imitar vuestras virtudes y 
en guardar et^na gratitud á los beneácios que me dis • 
pensáis^ Hei heo^ m^l en expresarme taa libremente^ 



*W Mf>áó Dt ALVÍ*A¿Ó 



)o «oiíiprétidé^; perol de^itíi>r»fstr69^^ üo piMo 1*0- 

inclinados, ^ne ma arrastra á canvarlt^ <te d6tti?¿iw, 
loa asontoa más serios j traaoendentates. 

— Siéüdd» anf, pasa pér^ bojr. » 

-*-A(kHiáfc, yohaWaqtierIdó dé(tíf,*-*mgtó exda- 
mando OínéB^^^qua la aludida sarria' da qtta Md»n 
victima. •• 

-*-iOtra vez, tunante? 

— Perdonad* Fué ocasionada por haberos constitui- 
do dia 7 noche á la cabecera dóf un hereje enfarmo, 
hasta que en fuerza de apIiaaHa las altas dotas de 
Tuastra ÍQ66mparabla sábídarft, obtá visteis sa abso- 
luta y firmísima conversión. ' 

— Ahí teneíir, ahi tenéis, como donde creíais haHar 
un insulto, iba entiielta una declaración que os eiial- 
laca, padre Roque,*-^xolamá pov^ndose en p1¿ j 
alargando la diestra, el oidor dod Alonso de VHlaur- 
rutia. 

•^La cual ha salido de labios inocentes. 

— ^Y de un corazón de oro. 

—Y de una inteligencia nada vulgar, — replicaron 
una tras otra, varias damas. 

— Verdades y lisonjas, ¡ohf amables seftoras mias, 
os habéis digcajo coDcertar en mi beneficio. SerdT por 
ello eterna mi gratitud. Hacéisme ciertamente justicia 
que, como dijo el romano, es. 

— Constan^ et perpetua voitcn (as..: 

— ^Bso, eso, vnesámercé lo íia ¿enriado muy opcr- 
tucamente, ¿Ss^íretíáíma y nunca "bien ponderada' sa^ 



nORO oí UTüRáDO 



ftfra doiUCle<rfltt^^Tep«ff>OÍBáB^aáead<im^ tonos. 
Esk esto la toí osaada de^dofta Angostbs sOnó en 
el espacio dkáendo; 

— «ÉL la mna^ mis amos, enando' gusten. 
— ^Ved, ilustres coDgregadoSf'*-«exdlamó ^ bijo de 
Paatoja eon palabra enfática, ~»8l anunoiQ qaa yiene á 
regoójwmñ á iodos* La liberatidad de mi daeño y 
re?erd]idisi|DO padre^ disipa del cielo del plaoer coan* 
tas sombras eBcábríéronlo. por na BBomento. Vamos en 
pas 7 ea gracia de Dios á oelebrar sa eompleaños. No 
hajr Bada que tanto aceiáúe Los afectos oomo la mesa; 
no haj más conmoTedor éspeoticalo dentro déla amis- 
tad, qae aquel en que se despliegan los generosos gus • 
ios de la hospitalidad j la cortesanía^ para brindar á 
avestros conocidos con nnós cuantos manjares, si mo- 
destos, sabrosos por dasaÁB^ 

-^Dadme^ dadiae Tiestro brazo, incomparable se- 
üora de Villena, y partatnos todos diciendo: que si ú 
rapa del sabio padre Roqu) no fué en esta ocasión tan 
selecto como de costumbre, lo eerá^ seguramente, su 
despensa; de suerte, que si tras la molestia experi • 
mentada Tiene d recreo qae suspende el ánimo, bien 
podemos as^nrar que sarna con gusto no pica. 
— C<^mo dijo Sócrataar 

— No, señora doña Gieofás; como dijo Platón en el 
iratado de las comezones*» 

Siguieron en pos de Ginóa el anfitrión y los comen • 
sales, y á poco ibalUronse todos sentadas en torno de 
una mesa cubierta de ap^riÜTOs, tales como el rábano 
y la alcaparra, el p3pini]la y laoliva^ 



^^ PUKO^DX ELVARAM 



pasar, propios de an clérigo ddstÍDadbráaflÉvivii(;t6ai^ 
ra de almas.cn ihml ptrroqaiaimral no ma|rpat)ob.— 

A9i (]^/ daúHWM^o! lodim bkn^iiiiiiiíaii fAtote* 
les, ptKliMfpQ <>bflervárse'imjátiDÍiMttdMf&ide oníttuf-í 
ria'loxáv pintados de. ázal^ilioB.:exlraftaa^.alfigoTlmuvbl 
atcarraea de ráorieea^ hechura; «I (uristaljiuqvuri'oa'M«&4 
/atonés^ adecMdo pM.an diipe¿6ÍQBe««% la^^tftricaooáar 
de un bÍ8trí(Hi sin ccuitrala: eh 8tnti(|uÍBtmoi tiridenie^ 
arma diabólica^ ariraiioáda^ en td^{)reaBnto e^a da ^an; 
manos de Lu^ifisi^, piara qoeíairviéaerií fat hakíadfMi: da 
los iná# diactrofip en el artq del ; triivqyhado: 9I ca^hiUo 
con hoDor€Nr de hftoh%, auacili^i^ de aq^ely ^. otra» 
análoga» zir^ndajant qua poema. onolefatariac ftteiieiaa 
del lectcr , no relatamos ea ati detalla^ h ^ j ^ ; 

B'iñpwUnd&f pues, de tal£MitiamaDtoa4 dieron^ pna * 
eipió á su comidiivlo» amigos del p^i^^ Eoqúé. 

A pesar del orael ai|BUdo de qu) habim sido ^ip^ 
timas las infortunadas naruies de tanta* dama detabb^ 
lesgo y da tanto hidalgo de goten^, oltridósa bien proptót 
lo ocurrido, y nadie pensó en otra ooU que en engu^ 
Ilir, para sacar al estómago de antiguas or&ndadaa^Ly 
en gracejar, para que el pagaíQú de la fiesta quedaae 
hasta cierto punto reintegrado en sub desembalaos^ 

Gran expansión reinaba en la masa y- á ihgénioso 

discreteo hallábailsa-entregados todos licuando apare- 

cióselea dañar Angustias ootí una enordia j ^^ida- ha*- 

<tea en \m manos. u: . r¿ 

— ¡La ensalada^ la ensalada! -^rító lleno de jubila 



^íí»a^.:»Er4LT4tfUBO ^^ 



dos. Es mi plato favorito, j en el que mí b^en^ k^x- 
manadcñai ÁDgastias se lace 8Íem§f(iw (Aijur^;:i lajtioa- 

Todos losr^^ftYi^ailpa f(|¥TÍ4iff^B8$:M9^^biUVd^M 
de la hortaliza. li » i -,y - í i 

el pjirrQoo lOAfic^od^^ j4<>s cwrmftít 
— Bjipa4e.4^Cftf49ftal^ ; .r ,; . ; : 
— Manjarrdsrpriwftpw- i . . ^ c f > : - 
-^C30WÍ4ft 4§:?'^ÍWií'-T^JíQlaflMur9p:U^ 
.rk»4ek«m4aigloteíBk^ í>^ ^ . ^^ ; . ,.. 

-«Bft ef^ct^i-^üdfmso |»1 oidor ViUaurruitia^^^do 
•on Avídis I4 J^tea.j^ eirfi^dpse n4evaaiATite4e U.en- 
8i4«da;-r^lHj-ref^p#pd9c hii))^ oamido Ao;^. Qo«[a .tan 
exqúaitai fi M &i$ffe ft^an^o mia^ bodas coi)^ doña 

lia ocasión me llevó baen sasto. 

— ¿Por qaó causa, aft^i^ia mia?~prj9gaiit^ e^ padre 
RotqQe» ^, j r * ^,1 ,. ,1 ,r í^.'.. _' ^ ,.„ 

-=^Pojrqcie mi .pt<Wia4i4Q se.^góreoter^ la pata de 
na pollo f estovo á punto de «b^airie. , 

— ¡Válg^úie^ií.Jwttt BvangelisUJ . 

— jOb! P§ra i^i mgj hijen d0l peligro^ toda va^ que 
nn cirujano» ttamado ^maeqe O bregón, iotrod^jo tan 
hábilmente ana dfidos en mi gs^zaaiip, qiie ttra por aqui^ 
<]ffri^tapor üüáyj^ ttn xLoft por tres quédeme libre del 
adminiculo. : — 

—Pues JO irrtjeftdiijr^inlerf umpi^ Glnés con tono 

tone n 27 



^0 PKDhO 0K áLYlKAM 



6ilfátKé,^^«ld 11^ AildiMi aftaf ftiéá-tad»^^ hijo dd tíf- 

póórate^.*" "^ *> -^ - ^ : ."^'t^-v/? . :,. 4 " •: 7 , . 

' -¿-it^of ^ó rtWfi? ' ^''i -'^ ^^ ■• "•' ^ A ¿ S i. :■..!■ 

-^Pofttj^édébiérA hiSéf««l¥^^ ü«g«r litééfti ffttá 
áel ate para ijfar ttíi^jáié á k- j)if AWa: ^ ' ^ * ' 

— ¡Qaó barbarídadl *' . 

-^Nd~d8 1ydHi^irid&d;'8efioi%»v'il^ 
un sistema cientiSd^: ISiniiHái ¡HAt^üé óí^ráhOif^.uJJtí 
claTO saca otro clavo;- abi lo ISdbéii^Tá^Mámíiercedes. 

— ¡A.h! Paes no 86 eqoiya%^ÁbaiQÍBÍJS4 - ' — 

^— Yá' Id-cíéd: íS^déftén tttestífts ékcéléricía* Conve- 
nir conmigo, en que las apanieftcias;:. enghñ^. TodAí 
júzgklimmé Wa seguró édihpletamentr égeno fA itrte de 
curar, y p^afld faablarlidr^^él^étnpleo <iel:lc&i<b ée iá- 
garto, de los émp^stos d!e raáa, ^ la lifla de^ Ift gMA 
bestia; y hasta dé las áyddá» coii yeaMI d« hneTO. 

— Gallad, tunante, que me habdis levantado el esto* 
mago,-^repuBo doifia Oko^ cob tm ttaroatlo gesto de 
repugnancia. ^ * ' 

-i.¡VayÍBttttia donVersaeioat' • ^ ' . 

— Ginós, Ginesito, tengamos la fiesta en paí^,^ no 
me obligaefi -á q^^ Undd fWfa 'de'^aueMti^ lado^^ex* 
clamó el padre Ro|tfe ec^fakfiáe fiegó^ po^ I0& ójo«« 

— Nada, — repuse et^Cf^stan! nfbstráffdose euqjsdo. 
-^No hay qué dárlé vtfelt4s| Qn M«k^ partes sucede lo 
mismo:*lá palabra ^fo-lá 6tei^ia - fiAtífdia más que otra 
cosa. Imposible. parece, I^éfi4>ras y sentía tt^ios, quíe 
cuatdo agafií^aros désélvaofl >ri t666i»)<de mi saber, qiB 
califiquéis de torpe y poco educado! ^^ - 

^-¡Qaó ciencia ai qud tíi&onnu^Of!"@oikipeptos como 



PI^DROy J}K ^LTARAI^O 2U 



-f>i»t,-Texíjlam6s .iAay4rrita4o xi^jjk il^awji Cienfpogps j 

— Paes yto a^mt^ ,ga9 pLif^ij[e^. f^mitirad di^ todí^s 
l^ai^s.. iVaiil 4^d«rin^ u^leo9J|Oii,d!e^ Ij^gjttimiditd lin- 

i—N» pretenda tal cQt^^t^-copt^ftj^.cpo iadiférenoia 
^oñ Ályafo,-?P^o, eM^deiproc^ajcaai; qp^ip dogn^a ^ue 

—Y tiene machísima razón, — exclamó Villanrratía, 
«aliendo á la defensa ,de..(^in6s^-?rSi^vae8<;^os pia^osísi- 
jnos pi^iO^ 90 ae Qfdn¡dierai;i, jo pe Ip.prpbária con nji 
peqaeño chascarrillo. ^t . 

— iQoe lo coente, qa.^ lo pueníej-r^djjerpn á coro íaa 
■dAmasr frotándqs^ láiS .n^stnps de ^ozo^ , , . . 

T-No paedp. sin. la conapetentí venii de mí reveren- 
•disimo párroco. . ' . ,. , 

— íBí yerd^l^-rpiregantÓÉil padre Ro^q^e rugando el 
•peño. ■:,;,.-.,....,... 
. ^^£|a modo, ajgoiio,:' «a oplor n^ puede ser más 
MancOf . , ^ . 

— Pues venga entonces el cae»to. , .^ 
. * — ►AJlá yá, s^Qpaii.y ^eñpres loio^; vivía muy cerca 
áe^xx^ aqp^^UüJA 4^ rpadr^s CapachÍAOs cierta dama 
bien entrada en años, j cuyas virtudes, bondad de c^- 
ra)^oa y ,arr4igii<^ s^tj^iento reü^s^, habíanla con- 
quistado universal aprecio. 

— Compartía ^sej^r^ las reat^n^ (|e sus fincas, en- 
Ve 3u^neAasida{le8 q^i^^^aa excasas,, ^ ías de los po- 
iiF¡^%^ ¿jq^Qienes JpQl^^nia,.^q^ljle eran un sin n&mero. 



2i« 'ptSAó'éK''h.i'M!^ 



cieá dn^es; éí \eg&ééíiáiáikYitíii^»^tú^, ^Mil 
tenia por nombre fray Antolin, j era tan'^óffó^o 
' corno Uegir?,' y-tün 'fér^altíómtf ciíríta'íhrof: = ' ' ™ 
' -^Aanqae éi eógtalla Bé HáítáBá á^e^iUr^eii^fe. 
paerta de lá mátísió'n detlÜ dáíbá la 'Knaosna qtte 'báín 
el convento póilia éü «ris^ñiánoá todbs^lÓB' d&s.'y A 
nombre ' Üe sá ' señora, tiná donéena', ^íése pi^^iiááf '& 
compare^r. ante la primera por fa bzon qiÜDd abora 
explicisiré. / " .^ ^ . * j -. 

—Era cóütambre en el cóiivenCo, llamar á' coro al 
toque dé óaoípaná á Tas diez de la noche, j á la tifra y 
las dos de la madraj^ada. 

— La vírtuofií'íma srff^rá; qae; á consecuencia d* 
cierta orgánica lesión padecía hkcia mochos aftos de 
insomnio /tenia ocasión de oír perfeciaihente todas las 
noches el aviso aludido. 

— Y como <)orHa á la sszon Bneró, con sus fríos yo- 
laris, con su perpetua nieve y con sus habitoaleki in- 
clemencias, dolíase de que los pobres ^conventuales^ 
tu'viesen, á tan desasadas horas, que dejar su sueño 
para cumplir el deber. 

— Compadecida* pues, la dama de la infausta suerte 
de los monjest liam6 un dia á su presencia & itaj An- 
tolin, y díjole: 

— Perdoné, hermano mió, si le molesto para ha- 
cerle lina pregunta. 

— Hablad, señora, cuanto os plazca. 

— Tengo el coraron desgarrado de lástima, al pén * 
«arque durante estas noches crudfsimi»s, desafiando al 



WfJU), ptj^ A^AJf4fiQ., ^13 . 



liielo, ab<«|^|MMIIil8»l)(^^ ]^^k,f^fiQjC!^ á las 

na me lo dice constantemente. ¿Verdad, hermanoj ;fiii». 

<iaa.l¿i*fc»ftdAn,«Wftaqjl^4|pi^^ :.;^,, : ... .^, J 
—Pues no 8» ípipífi^uft lf^.«€||pr35r.^ : ,r, . í : . .::,: 

nadie le veía, exclamó á media voz: 

— ¡Porque tocan... pero no vamos! 
Una explosión unánime de risa respondió al cuen- 
to de Villaurrutia. 

— ^Tiene muchísima gracia, — repuso desternillándo- 
se doña Aldonza de Belinchon« 

— Galkn, callen, y no me sean impíos, — exclamó el 
padre Roque^ dirigiendo oariñosa reconvención á sus 
convidados. 

— khi tienen bien demostrado que las apariencias 
engañan, — repuso el oidor don Alonso. — Tocaban á 
coro; la dama compadecíase de la suerte de los mon- 
jes, y en tanto ella velaba, dormían ellos como prín- 
dpes. 

— Es verdad, es verdad, no puede una fíarae de la 
exterioridad de las cosas, — exclamó doña Cleofás. 

— ¡El arroz á la valenciana! — repuso doña Angus- 
tias, colocando el amplísimo cazolon sobre la mesa. 

— ¡Miradle, miradle, qué hermoso viene! — exclamó 
el padre Roque. 

— ¡Parecen de oro los granos! 

— ¡Tan rubios como el maíz! 



2l4 



PlSmO bS ALVAIUDO 



mando un cacharon ctoóme^^ el éidor -ViUáfurifttk.^--- 
Reclamo mi deredio de liácea' los^j^átos^ 

— Sea en baen hora^^^-^conteeld el padre Reqiie;^— 
áaf oÉ lo protteü 7 cumplo gtistoeo mi ofreeimi^to.. 






CTAPÍTÜLO XXr 



lia resurrección de loe miiertoe. 



ZotroJi^o 1a cnohani^a k ea^o^ti d» ünroz el fa- 
moso Villaqnrati», y í«r?ié de ól á las damas;. 

Batas saborearon coa avidez su eompoiioioii exoe* 
léate; mas eoál no aMilBL.la soppreía del importante 
persoBuje déla eoloosa aaul^ {cuando interaando el en- 
cherott en el Cpado de la oastíela^ extrajo mnj oa.ida- 
dosam^Bte la media arefiada de doña Inés. 

— ¡Jesucristol — exclamó. — Mirad* mirad, setteres^ 
lo qoe se nos preparaba. Y je^ neeio d6 mi^ que lo 
creí ana angoila j 

—Sato no se puede tolerar^ 

— ¡Doña ADgostiaSy doña Angastian! 

—-¡Sif gritad jahoratcnmiin entrafiasl 

— ¿Qaó quiere el sefior? 

«—¡Mirad lo que kabeátifaecbo, lechaza! 



^^^ PBDRO DE aLváRADO 



— ¡Virgen del Amparo, mi calcetin! 

— Yo me pongo mala. 

— No hagáis tal, doña Aldonza. 

— Yo voy á deponer el estómago. 

— ¡Aj! Qoé náuseas me acoden* 

— {A.gua calient^ n^a (eitajrt^ipj^, presto! 

— No puedo, no puedo más. 

Y asi expresándose toHorj con las últimas frasear 
doña Aldonzá, comenzó á empalidecer j volviéndose 
del lado de sn marido, vomitóle encima cuanto tenia 
en el estómago,. .,.,- ., , )..„.,tsj 

— ¡Rayos y truenos!— exclamó lleno de ira don Al- 
varo, no sin descargar dos golpes de sus puños sobre 
lamosa. — ¿Pensabais divertiros á nuestra costa?— aña- 
dió. — Pues ahora veréis, mal sotana, lo que es bueno. 

Y ^a ibHá4aiiu»^«^iobr««>iTto«^ohiÍdO pftdf^^ 
que, cuand^Mb%omiéif«oiMe^ti]Siiftimg^sv'idn^ 
espaatosa gi^Üeíííi ^eí^tet^anfas; o nov, lo ;;-. ->/: ^'n 

' ^^lPí^d/-tiefior^oipi«daáiw^x»clattd3 ei* |iámy«i> ^ 
cay«nÍlovd«t>imiiilá80ibani^ia^ , 

qu6^yt(pnd[<Miigo,4it)«olpsJ^lo auiouteoidü^iTodo oboda^ 
ce á los desa(Áéfios.d^>^d dénÍMt^ diá ^ jai qüií ha 4^^ 

^^l ]Ayi')j0tó§^\o.iiyLi,táhB3i{ot^ ?«)brMal-'fA' 
tni me vá á dar algo! ¡Yo la culpable; yo qoe soy^má» 
limpia que un armiño! ¡Meng%ía>da h^mi ta M que^Mne 
á esta casa! Sí, sív^sí;- -"- • ' - •'/>.!>; nj. . .• 1 — 

La desdichikda^'rao gralkpy^patestba^ooiiio unr oon- 
denado. 'Jioai)-. :^ ^'V-^uu e:.,' — 

— ¡Eso, esol^^--i^*^xdaitf6^ibéii4tioátra9d^^ 



P«Nt» : nW AliTAltáM 



217* 



«lasco á todos lo»a!9ttai«goa.^ '^^^ '^ ■ . . y 

'-'^éefioñh teae«t U ^leáifíia^^ó ¡^ ve DiosL; « • 

dren, — gritó dofta Angnstks, mordiéndose l<»v ^o»• 
<t0^Mt«j#.-^IVíUllBo}Mttñadté•r^lC^^ ai§i^MÉ-*^n 

iidO'faant, «rt»liij<rdttv^ Satanás; sa^^teeotn m^ 

«-^f&ÍBtfil { lm{Mi9ÍUev^&D' piíedooirtadot i '^ . : 

— |f?ohreort&t" ■ í . V- ..'.'-.-:•,> - . .i >^.m..;.. ^ , 

w^t&rtantigas;! ^ .. - o ^ .1.. . •;;».; c •> ;. :k. 

^No toBf^ttepaixiwlay miiáiXMVvlM^sidjOíéL i. - ^ 

— ^Miente la bribona, qae cuando 70 llegoó aqii¿,iaB<* > 
l&ba dado á la» üiitxi«nd4(fasv*M«i:elftBftó! é^ 
toda coloriera. ^ ■ -./ . j •.:-' ' --* ■-*' -- -'' -■* 

^^•««Pifa^iiiis. ${mtHh^ .poriMi clavos de ^«eatoo iSefter 
Jeraoiísto, jno.ire¿^93t!r«iada «mújoftti^óíis inosonr ¡ 
ckBÜ iSft^wban ^Mi^*paooDdd:iiknpia?-iN«t adariacteu que 
la inlaB» aeoioailepoiiBr/nm pinga jos^ entra iki»^ ; 
da, tOio* le : oeurre ^, na ahna í nqiirada por ei ; oúimo 
Sstairta!- '..:,••-.■/..*- .,.-ü/:." .. ..v.w '.■.-.. .. 

-+^01^ lo que ifiáft qbiaj^M^ ptérgoenme: ku merced 
<)ak.JQitiiia ynaiaa inteniulfflioik imgaleate^ • 

Dofta AflgnBMiM anludó» eti^ ataay)& y i 

le echó á llorar amargamente. * 

«^Afaiitienea el polla een. toinai;d,rrM.repa80 latsaado 

TOMO a ^ 



218 



PSDM/Dft AIiTAlU.I>» 



taote; do ^oiero servir máS':«^«írta«MAr^ ' f ^ . 

rutia. — Ihhak iovoctdojajiialioiaf / «unof^ertiáo-sfi^ 
ministro durtrnto largos MAm^MO:px%é»UAtaMB 4|taae 
Xa datf i». . í í , . . 

— «Sañans.y MflorMyr^ooflftiMfr ^cie&fio al tiáor 
<it»k névaríaimo aoaiito^ Wrreftnia :áJloa de notáatefinm - 
pida práottoa e& el «oUimeiejaMiéd 4^ afiioi^ ^la» la- 
yes del j^amo^ hánma propomoaado aaiss^a /da lino» 
para conocer á los verdaderos culpabkst. fin «a tpitao 
cipiOy creí que era doña Angnstias reepepaableTAa4a 
broma de que hemos |)do \ictimai; pero oída aaie^^aal- 
pación t examinado atentamente sa rostió, ocíntam- 
piando ese ilanto acirbo que lólo sabe derramarla vir* 
tud calumniada, declaro^ filio y ai&rmiOt <V^ lA aefiora 
es miente « 

— ¡Inccentoi-^exolaGsaron todoa á Qna« ^ : ^ 

—No lo dudéis, amigos mios, no lo dudeía; 

-^Graomadel coraz^m, mi amOf-^J»puao:lapfteatt&- 
ta rao, tatyendo de rodiUas ante el oidor. 

~-Alady señora,— exclama don Alonso, ayadando^ 
á incorporarse á la yieja.->^Nada ieneis qoa ^agesd')- 
cerasa, poesto que k justicia.os ampara, Aquí, ¡voto 
á la balanza de Temia! no hay más culpable de lo oour* 
rkk) que uno: lo dice la palMes de su rostro; sus ante- 
cedentes de hombre trayieso y endiablado, la opinión: 
firmísima de doña Angostiae. £1 deliBcnante^ ai á no 
dudarlo, el sacristán. 

•— ¡Mentis, vive Grísto! — gritó Oinéa intentan-* 



PWtíL¡9 ra ALTAIUIIO ^^^ 



— iG6mo 86 entienda, TiUano, pretender en mi cwa^ 
atrepellar á un noble?«*^xelMQíó ei pirréci^ pateasdo 
foiioMmente el piso. 

— |A nn oidor de Ghancillerial . í: 

— ¡A an liidalgal 

—¡A anJQMl 

— ¡ A un piadoaf 8Ímo f eñor I 

—Y á enantoa melasdrtitas ae atrevan á acatarme 
de diiitoa qne no ha llevado áaaibo« 

—Bao terái — rugió don AWaro, — si conaideramoa 
i tas doatiilas, pelón, digaat de probar ana tanda 4e 
nnestraa tisanas. 

—¿Qoién^m^ de ladrar?-**pregttntó Oioéa. 

~¡MÍ0erableI-~exclaíDó Cienfaegos«--**£l 40a la 
bará pedazos si osas ofenderle, 

^¿Soia tos} Paes salid á la ealle conmigo; y para 

qoeTeaia que no me intimidan los brameonea, tomad. 

T esto didendo, descargó los coatrp^ cuartillos de 

sgaa que al cacharro a^uel contenia, aobre el atezado 

rostro da Oienfaegos qne quedó hecho una sopa. 

— '¡Ladran^ miseraUa, jucUoI — gritó don Alvaro 
be^ on energ6meno.«^|Soltadme, 8oltadmel-«^afia<^ 
iié.-^Voj á hacer! e trizas • 

—¡Saltadle, ñil — gritó Qinés al par que tomaba otro 
jarro. — ¡Ahí vá más agua para que su excelencia so 
lafiresqna! 

Y lanzó naevailluite otro chabasco sobre el gropo 
^06 soletaba al iMravacon. 

-«¡Mi casa convertida en campo de Agramante! — 



a»> 



ffWffiiO m AX<YA«4D0 



L^mYmfOjbhft9{dm9XíimÜÍQ^ .: ¿id á i«ilí>-^^n:r. 
—Yo mudro. . ^ .) .-íjaij.;f,«f »»-« 

— ¡Esto es horriblel:;? ...; . :...;. .^ .,.. ., ;l . — 
— ¡Qae le mata; qoe le vá á co^tei, ¡Qo^^isn^^-for 
los cielos, á mi marido, señoras! £s uCMi^earD gwíaado 
ie acude el enojo. S . ^ o * :oi»jí| au . .-— - 

aat<»j)ioiB]%akxwLdii(fai^ (klMftliJ«AtoM,ii^ii^Aaf^^ 
«e atreva,— exclamóoGi¿aésidAttdi¿iidi>(ii«il^ ttA:«Bor-» 

^Májá4iistac^4c)v4 «qptM^;.$OMxrQf AflUtUft* ¿ns- 
licial-^grifó la de B^linchon desaforadiimfillií^* .^. . . 

— ¡FranidOi mi .ótt80K^4f8MÍiM!'tr^xfitov6 ol^pad^ 
Hogne.— rKo^iúeroi tenev en ^Ua. al jAéa f»jrtftnyiU1 e 
los mortales. . .. : t-o ^ - s. * ; tí 

-rt^^^seainojroS bdfkosibk pajr«o0^j4ne.4uv u^rdote 

tTAte de ,e«4a>sMikaiat i ua saato» i : - :. ' i^u * 

. ->*^{£iktra:>r«pxtQ4 oanallav ádnandskré jqvAttCOIitro 

«nofi».da los mea forudeM djiL'p«eJM«4iteJlQii6ii^a]Mf^: 

rado codq QoniU)do! :> ji.^, .: > , . .jj^o 

.^Séllrd vadst])^4abú) ipoipio^ c]4cig9 dft«HMjr,aUa, 
4 jtíífw^ú. qw» el .eaatigOud€¡l-oie)A mg^r «ebe» yínMiT. 
tra cabeza, por haber inferida terri^le.ngta?») '44mí>} 
ilakaelogléoi. ^ ^ ^ .:-, - 

:—^ Amarradla^ aocansad^». . ,. . / , ^ ,, í. 

— No lo conseguiréis, soy nn santo y disp^ag^-fia 
npttnioift sobif cmatiiraleí pai» iiope4íi^^ lü / 

— ¿Un santo dice? £1 sacristán. neljia ^ftlj^ipisp. 
* ^'dCiaiial^ iftiMrabLea reptiles, ^btoy en.io4 84904^1- 



^«fiBÓ WE'AiLYA^Kia* '** 



«io, 7 fflMr^mbaritt ^fUftnofe'^tfgafiái» ^ttlíftfimifjit»^ «I 

— ¡Uo milagro^F ./•.-' ^ ' oTt-v^M-, • • ^ 
— El más grattdiiv^l fldiát ^ütperí&fi «Iqtí» mtoiabra 
7 6é|Mn«a^n timti^ttléÁib^ la p#iWr€fC6ion' de lo» 
moeitoa. ''^í ' ' ' ' -- -r — ■' í- • •• - - i 

Todo9 i<^ «ii^oQiftUiitM pétitAab^terMI WSAúb co- 
no oétMliM, A fifi de«lé excitar lá qué wñéépttíáhkñ 
k>cinideOifiéi. ^ . 

Bste arrolló sHs É(iaiig<(i^ ^obf e eí turasto, toétió'aii 
diestra en el bolsillo* y con ligereza de pi*ésiSd{gitaidor 
«porto, eittrájo de él, sin que nftdíé lé^tta^, el pomo 
que eontetrii^fi^rtisittío vinagre. 

Paramas disimular j qne xringnno* achrii^^^^ h. 
operaeion de lmmtd«cérie Ioé de«tosr edn el li^fteido, le - 
^anió las nánoa ttúzkdais oonio paira ótm\ y caytf lué - 
goderodilíap. 

Al baeer esto el pillastre, liabia ya t^onsegdido ^m- 
*o¡ar parte del vióagVa ^o baé mistóos. * 

Tbdos estaban absortos ante tan extfaña y orígi - 
Uriinma Idc&ta» 

Gmás' púsose én fi€y despoes de pronunciar cua- 
in ó cinco paisbraB en léiigaa informe y desbonocida^ 
exclamó! 

'- — S^fior qne manejatr los mundos. A ti áqnien nada 
se oenlta, pcrqae ta inmensa sabidana ánpsra á la de 
lo« más doctos; A ti, para qnien losmás insondables 
Hásterioa de la cienda soH uña prneba de la debilidad 
Me láa fiíettUtdes hanáinas; á tí me dirijo, ¡obf iücom* 



»fiOROr Wi Tá^Y^ftállO 



Um mrcajada indiscreta faá la conteatotfMltt dada 
per él auditorio á las palabras de Gitéti : / - 
- B^B mpaio poii Aomto ^«rof^tiodr , ; -i ' - 
' — fc04 r«i^' igpMivaaiea? Fumi »fa:wa Ywals.ainWr 6» na 
Til mentira mi poder sobrenatural. i 

lí «ipláeíAdo M4 4e4os al píeo del poUb ^qa; ¡facía 
^cfttieel Wmate^ prcRia^dfí a^r^m^dor n^r^HMUt^; «1^ 
servaron, en medio de horrible pavura Im o>uen4slMÍ9 
i%pe el'CiuerpMNt aw«ral se «»»na 7 que ibft lidián- 
dose poc^épP^ftT' .- .'{ 1 ■ . . ;: ' ' ^ ■ 

Of&és pi^9ai6 al ñü^á^ difunto^ ei-la rist^iiaa* 
bilidad de todo el dei^agaisad^ era impuiliUjBhá d^ 
Ao^istiM^ ' • . . -^ v: .a;-- ^ ■ .-t -í 

í y y% fti^se por oa^ft^idad x^ porque 1 mf roed al vt- 
sagre h^bie;*!^ recobradi^^ av^ laintegrídl^ <de an dis- 
curso, es lo cierto que las palabras de Gités , faero|i 
pflir elia oojí^tesi^daa co» jedfgrd JT: ««rvi^sQ oM^r^o. 

Al ver los coQgfegudea la- rid»§Qla figi}ir««deL poilo 
<iue teñida ^ emkfín j.^n pl^ma» «alt^ *d^ la calzuela 
y paseóse por la me^a tranquilamente,. ppro^rQ^iecHDfi 
^ ^oigioroa grüffl dae^pantovj: aisowbi^t eii; exclama- 
ciones de devpta venefA^Q^íOü^ i^ácia >9l quo^.JQj^^an díi- 
vino espícitu, y en ir, finalmente, da aquí para^noUá., 
¿^aa^ al pa!^t(> di^ aae]^todos^de r^illaae^ uwp ^ les 
iragnloah-^,1^ ^*ftiici€^* ,. ; .^i .:— :> 

;..;^'fijf;pa4re,i^^aftp,,que:t^ como run» e^patór 

?c/^ dfldi^ndo <fe si; .I4 obp* f^U¥a4a p(íro(Jw¿| múf^ 
i¿¿»9ra de; §4t^íis, pohrftpú^io^^ patai»14ftm« qji^ 



crnzy presentóla á Ginés, exclamando: ^ ^ 

-*¡A.tróY6t6, si paedws hija del diabloni á^besareste 
ficratfsimo emblema 4é ndeStra i^i^iovt Todos Its co- 
mensales imitaron al párroeo^ y repitieron á" óna sus 

Oínds, aftctandó ^lísú enojo/ reposor 
-—{Oh! 'Vosotros k^s-imptos^ qñé en preiMaiíado on 
ttils^O patente atribuís I malas artes lo qu^ es fini- 
^ 7 f xélost'fameiite poder j ^spmiépúáél' <rifd€r^ e» 
ftná «1 pronto y ootídigoe castigo á^cpio os'ba heoho 
a<^eedores vnostrá espantosa iniredühdidi 

—Soy eh>gído d«l^ S«fior y amnato dedsn doobrma, 
S4 amigo de Uatál^'érunímí maldigo y jdetéstal Sirva 
derpni^ba, Im «l'dtcttlo que me proponíais imprima en 
maestros dedos repngosntes y pscadoi^es, siáo este ^que 
<)ii6dará grabado etei^Ltínente on los-miós a^i maferem 
Dei j^hriám. . 

Y esto diciendo besó respetuosamente la cansa que 
babia f^Aado eon Sttft dos Imüees. 

— ¡Perdón, padre nuestro, perdón! ¡S3ÍsQn santo, 
shbra si que lo (areemos^ eis indudable^ «^exclá^naron 
b^satMto la ti€#ra todos losarDi presentes* 
— Ya es tarde, herejes, ya es tarde. • 
r-l<ett%d piedad de n«*, santos nuestro, • 
— HobiérBttmé^teoonoéido eomo tal oportoiiacMDie; 
mas ahora, l^^uard^^ repito, á; sufrir la penaqneos 
ha conquistado el agravio que me inferisteis; 

•^-^mpadeceos, señor, de estos miserables^ euyos 
cuerpos se ha de tragar la tierra. 



K* rfíTOftej5l«oALVA*»0 



toda de plata. :• I u fj >' ■ ,'- - í- ; '^^..*M -íoig a..'t 

-^rYoiim Oírflaride^eplaSír-; • íp, nc- \- • «¡^-l^'^a'^n 

— Yo el breviario de mi tío el cardenal. í,.- . «rf 

—Y yo,--HeE l4«ó,4^fiiif A«g9«^ - 

voHto la»Mtaifi» o«ii eVgftU» <)Kl€f Qio^fi^ babía^ trasla- 
lUdo^á 9tt^iiqb9;^toío lo fii«iq^ijw«Í9t'iM»Mbi^:4M^ 
■tteptra» vitar per^ve flabec^k) onanto» me^iy Utúbí- 
ca^ lá verdadera,; 1% potitiva dalpablei^ft ei|a|at^/aqai 
ha ocurrido j fAjr yov la vái^a doAa AAgoatíat?' la nás 
. MiBtíróM de cnantat vi vea «i^sttoé otintpmoa^ - . 

-^Afii me guata, hí)a «ia^^-^eicisUnó '(^iii^«« ^aji- 
dando á^ tovantai^sei la djaefia ^aa- aataba^ ¿e i4^f &iX 
ponteado k diestra enea crAneo^. ^ ^ t^ 

«^Tit fó te iia sal vadot oomo i<ly« notoatve SaftoK.. T& 
eres la única que escapará del conflicto j qaa.sará di * 
<ho8»*en la tierra, 

— ¿Y nosotros? ..-^pragaataron, lloMnda^Maitodoa 
lordeméa.. 

**-t*(Vo8otFOs!:.. Abora lo veréis. ¡Gi^loa de la etac- 
na justicia, eaviad sobre estos milvadoa el fuego, da- 
Testador de vuestra cólera! 

— Pero no^ más vale perdularios, no quiero |iropar- 
efooar á Satmás, el gusto '<le qae .se apodere^ ¡da snir 
ánimas. {Viles eiriaturasl 4 Jarais aiírepentirM^4a vaea- 
1ro crimen? 

«--•Si, SMito nuestro, (i, — respondieron los a^bodidos 
oon voz entrecortada* 



ñSM 01 JlLVAJUBO M5 



^^Tam^mtíoñeMOg^fPTáffüiblá^ioéw; oim «óu una 
«m^íiéon^f . v^ • '■' i:' »' ^■; :' . . 

-^En este momento miimo^Mldpekkde jBsthisaia y 

tarme adoraron desde la caUe* 

.«^Moj bien, iunto ilSMtro, 917 bíéH. 

-**Ycrsaldféá'kNi MopneS'pwa'dar al pneUo: tai 
iradiemí^ jiángúmoYoi^Tetáém^t en esta oasa^ ^!x^- 
eepeion heobade máa.padres^ta^ta,qM yo d#sapare«iMt» 

— Perfectamente, nnesbro patrón^ perfectamMte. ' 

«-J!^meg9.me (a^artajé qiiasna^iiémpre de vnestr^^ 
M pegoateíadéa^e^esloji^.Nadie sabrá darás paentl^ 
ée elÍo.;£l impttio darQúsi^rasidcaafli.se enoaesteaieti 
otro mondo mejor, desconocido para la materia deks^ 
iddew Id, paos, haeed Jo ^nia^ es'dijg^ y prasQMid, &er • 
manos, larar con la enmienda lajmntBefaa naborrable 
dal jersa aometádo. ^ 

Doshaciándose en cortMÍini,ibesai^dó repetidas re- 
esaia49trra, f yerrftdando^ en fin, todo linaje áé as* 
paviatttoa, judiéroa da la nasa loaínvitadot^ conal pa-' 
dre Ro^na A la cabesa» <W i . . . 

Cnando estuvieron en la callot lansirosse á todo 
correr «p dtttintaadireMioneév epato (bandada de paio- 
mas. coya compacta masa se ^ rompe para iif ciadJi caal 
tn bomadeaiinidOéi^v /' . 

Ya Ginós dnefio absobxtó de la mansión ded pi« i^e 
Roqna, lo primeío ^e hizo Saé cerrar las pnértas-cie 
la miamat y dejarle oaw en on uilon, lanaaodo estra^^ 
pitosaa ciq^cajada^. 

tone a 29 



^ BEBAA DK «ibViAAQQ 



r(;tr^)Obiw]ülQs¿M*«üfclaiiiá):fi|tift aL.«itrB(iii»^btPMia 
les he dado. Dentro de pooo, la yilla entera r.oeiipiflcá 
estos alrededores^ me proclanNtit^^i:pdardiiiaa)r^ y 
yOtSAíkyfá pat9a.iS»lattaqoaa . u ^^ 1 1— 

\7TT|Qbi l»/<}n«c>^ial)tv»^l««&>sagiurfr.;ef^^ 
mis padres no se opondréüt. > .,. ^i. . ^ . i>- . > ... . 

El h^o de.AAdfr^ji BAnaAUa^ qaeéá. jo^áíta&do 
Wü pJaMSfPaia l0.>iB«N(iie^gr.in taaté lo ^eiifioaba, 
toí^i^ lojoYieQÍiiiiíi dal ptteüblo^jooa/losidi^ Ja^oplonia. Mmk 
é^lf^MÜ^ffa^iaeira» llagaado; ífáa4pfc&da «asa deb pa4M 

w Qjpteiitfv esto j pralmigarip giitaijio^ :alga8«ra*ein 
iffmlié y «d-Mnidi^iib laB.MmfataSw^ÍK)i9aiaii0f i giMi 
«bpedniR^i^adinMictóiealiqiF^ dd 

;r>iY|^.ofii|;ref iflpu^ipteUo^njQíiasaittaiQ^ 

— ¡Qae salga el santo! ¡Qae nos ache an ben&siaQal 
¡QaepftBiM^iMrle j/adonudflüL -. ' . > . ; 

4.> £U:.pU(»ide üuiéa^ faáa)se ansiante . de .soga0;i»iiiM 
cii|i«Íqr«<yuQfro]uti6iqttdJidUa Ikgada da 

exhibirse; abrió ano de los balcoiier:}r^pKeaeatándQse;á 
snn poi»Y«mM^npnaQ^. :->.,:. i . > 

.-riAcqjil.tiMiitíiefu pnehkimo^íYoBiOalttaáif^^iW^ 

Los aldeanos cayeron de hino^osf iprocampiendoi 
Iq^gO] eiiiaoMnM.ñvas li>ináiw .^ 

.---(>i:$^a^.oompainotis^graeias. XdixifSíptAsian^.da 
T0«ptiro9.4m.tiiaientoar'md pDaehala.Ui|Ua(i jr¿>araaágdi 
de Yidstra fé. Ella os hará falioes á.toáas^ >f>jda>hajr 



MBit»vn Aivjoau» 



«uBtM deseos fe>< t>» i nfcQ# awHt^^left' t%da<»kií <iiiawit 
aseguro, en netttw 4ét^»4fef iíObi>éft«^Wr<d^ qtl« ét»- 

abrazarle si es posible,— axclamaron varios gra^MMi 

'-^-Ntf'líártitfiMl^ h«muin»'f<Hgfiid( el ^k(t# desda 
si b«ic(ifl.-^3i «étfMiiillégtir 1V|att-^;»*epaio;— no 
podría evitar qua el esplendor de mi gloria os' (^Md> 
aniquilados á todos. A mis padres, es 'sriamento- á 
quienes el cidvHitgrégB tit^ l^ctitAd^ dlf q««:iis<»ií7ersén 
«enmigo. . . - - 

-»|QQ«él8 (^tf^MrtftiiiéHos Mi^Mstro^iittiftbre jrre • 
fHresentaáon? • ■ * 

—¡Si, ti! ¡Viva Andrés Pantojal 'i Vir» lUiiñwlda 
YAwaeíl' •■ ■•;••■' '"■ ..■..: V , -■ 

hn pi4rés de Oiaéi;ittatt24t'<^- bMta ileg^a» i <lA' 
easa del padre Roqae, enmedio de calorosa ova^d»; 

El sacristán des)ádlMe di '8iis> pújanos '■ ea esta 
íonúiit • •• 

•^^ánüiNrv bijMiaibf, ho>i»e <rivíd4isv qoe-To^relaré 
p«r loda»vosotiot'dt8de las r«^oii«S'imp6netrables> 
de l»<t«n&Wkt Dijo-^jr desaparwñiMiel baleon,' oorMa-^ 
de kM9«<ftnipnértwd6Í inis!»0r 



BvnBo.u mvtíujm 



la conferencia dlAí.€lr<R4«c«pa iMomífif^Mt^í^mi *> 

atordi»ieafo>t) J4^ni4af!if^«im|it4^i9 4<ií» Vw WilÓft»- 
DegtvoA'á klMbitaekMi.dskiKli» »^jm(inMm (3tm49f j 

— ¡Ohl Si 70 no faaee tan topo, — repaso con.#ffi^ 

•^Ya fia 1» decía ^«t-PffdfA» M \r^hM-xÑ í l »m xii m , 
. — -iPexo «a cierta i]«»ibia re w ai áid (»^.i. .io,jp<Hfe 

. -r-Si^ aeJtor* .• • • • ;.m' a ,'.•;•«.; >■. >:ol híu •. •' 
^iDa modft q«^ saJ^iMtcer iwkigQoe! i. .: 
— No tengo tal suerte. .í-íi. ac 

,--|P«M entow^ asiül 4iftblt4lú«xi^if(ay.ikn»ii^pro» 

sas te ayuda? • o "/ i:.c ot- 



-rAI^ de eso h^j. . 



í 



i 



— ¿A. ver, ¿ ver!->repo80 Pantoja rogand0>j|ftto»? 
madamente el ee&o, éi^eorponto^i^.á lai|»iiR f44 su 
conaertOi. . ,. . : .•.'■-' i-'. .-. :;í 

Giné84(e expUc6 de Mto medir; . .1. . i'A 

— PadreSf amadisimos padres mió ; ha lleg^éft- ^ 
memento de qa^ jo ki digacolaiMMnte U ywvltdvr To- 
do lo que. lea han Koferilo, jtotáa más <|ao^usa<tÉHie«»' 
xa nía, para ^que oaosada la geste de iak d»fa&«íoa;. 
me envíen vaesasmeroedes á estudiar i Salaihataa. 



PKDRO DS ALTARáDO 22» 

— ¡Bribón, pillo, mal hidalgUelo! 

—No se cansen en proferir insultos, porque nada 
conseguirán. El pueblo está }a convencido de que soj 
Bü espíritu santo 7 superior, y si yo le dijese que me 
contrariabais en mis planes, seria capaz de hacer una 
fechoría. ' 1 / ' - ; . 

— ¡A.h, tunante!— exckin6 sonriendo el villano An« 
•drás. — Has desenvuelto ta plan con tal acierto, que 
le sales al fin con la tuya. 

—Gracias, padre mió, gracias. Yo les honraré siem- 
pre: será jorísciHUMiUo, teóloge, arzobispo, cuanto hay 
^ae ser, y cuando vuelva de mis estudios, tendréis vos 
y madre la honra de contar por hijo á un sabio de los 
más expertos. 

— Todo eso está muy bien; pero lo que yo necesito 
luibsr, pet d6 pronto, es cómo; de qué maneta, con 
^aá avtHlo, á no wr diabólico, puede «n mortal de* 
^ver la vida á los difuntos. 

—De la siguiente manera, padre mió,— exclamó 
Oinés, refíriendoi su padre toda la magia que le en- 
tinara un titiritera, y de l«i cual ^valióse para que los 
comensales y el anfitrión le tovidran per santo. 



•; ■' '■ " '■■! ■ ! '■ 

4 •, V - •-•• .-,1 • . . , 



r^w í •-/.*'. » ' oc ' T'- 



\ 



CAPÍTULO XXII 



De cómo et émtfMtn «e QiBáá se élévK'A !«• ialel4r. 



A tnedida que #1 ingenioso sacmtaa r^kim.á tu9 
progMitores el 'proeedioni^to qne empleara p«n^ d^iar 
al pollo, muerto en la aparienoiai la bonadheM de Ro^ 
QMiaUU hacíase repetidas creces. 

Andrés, por<el contrario, mordieM los k1)iosde> 
oólera, apre¿siba los poltos y hacía ifií^bifi en jia postro 
el fuego <ie la indi^aoifin. r 

Guando Ginés hubp concluido su relato, su padre 
repuso: 

— Bien, muy bien. Eres muchacho de chispa; (pero 
crees, tuno, qué va s á sali r triunfa nte en tu empresa? 
— ¿Gomo, padre mió? 

— Que no estoy dispuesto á satisfacer tus antojos. 
Oye, mal nacido, lo que te espera, y échate á tem • 
blar. Ahora mismo voy á salir al balcón para referir 



PBBMDS ILVAKikllÓ 



VÁl 



a^ pnán iUqua^ f A naeiiro» cmvi^okfot la bar)» tlsí 
qaiB^haoraite'objeta^ yiqoá oiiitifmE tiroaadiá dáffidó*" 
te ana^baeiia ionchu ' ^ •-.,.. 

— Padre^ ceded alguna vez, siqaiera por el trabdjo 
^00 tae^cteataveadizar iodas aataa^CMaí. 

— Andrés, tiene razón el chico, seamos jaitoft tfSft 
Y)n tensolo/iie^Anoriféii^ á «sMdíarrfQiró'diantre, no 
hay qoiMf id saqoe de^-Mn trecaf^Hixolámb 'Roaoahla 
cin tono de sama coiLYÍcoion^ * 

— Baeno, — repago Pasto jh pateando la^ ti«rm. Qae 
Taya, que me deje en paz. Estory balrto de travestnras. 
cansado de oirTuestru reelamaciducs. Gon^, que si 
c«do es pcrqaeya ob í]}ued[a aguantar vuestras pela- 
deces. Irá TMnmeroéBhoramisaio si gusta; pero en • 
tienda que yk) ao fmda darle rmim que cinco dacados, 
que oMstítogrén ea esta .momeato todo mi cápitaK 

— ¡Oh! Gracias, gracias, padre mió. No necesito 
mayor sqma. Vei^gsir loa cincos ducados; que yo ha* 
liará modo ^de gananne la inda honradamente, mien - 
traa permaneasa en Saiamanoa/ 

-^Í4 y abandonaa á estos pobtes que tanto te 
aman, — exclamaron Romcalda y 'Andrés derramando 
abundosas lágrimas, y trodeando Hson tos brazos el cue • 
lio de su hijo. ' . í 

«-^•Qüién habló de ^aflieokniei?^-^exblam6 6irás de* 
Tol viendo á.éos padrea susuaridas. Na yoy á la guer- 
ra qiie todo lo destruye, «^afiadió,*^parto á ganar un 
nombre enrías faonradioa lides del saber. Eki ellas, téo« 
gasilo porsBguroí obtendiié coia0^nreBiio el laurel del 
trabajo. Padres, no do'dnden,'BU satisfiscdon -no podrí 



912 



raoma DS alvijudo 



Mr mit prjofaii4«i; ^Mmdtiüta^'VBaii dentro ^dd^nirifl^ 
TolYiSV.al hogsr^vUkM de^ >^IBOT^ •torgidtos 

por el afecto de mis profesores j pai{ icé nesfaérso» dA 
mi laboriosidad» ^ - ^ ^ ,, ,^ . , ^ , i .. 

— Bien, hijo^ bienv sea aon* iá^ lét qiiÍ0pe«;w*exdm^ 
mor Andrés.' ,.,,-••* .• '..- - - '-r -\"'-/ .- 

«r-^atsriio haya oiáa^*háUtr.iAlHÍra mismo', par'- 
üféf gaurfndo^ la: puerta í^ «arral desasta eaaav y aa* 
liando al campo en basca de íbo^ de taatos arrieros 
que . ma i)oadAtsoaírtá la capi(»tL 1 

-~iY á qiiá tanto misteiüo? ^ > 

-^En iaidispeasablet padns míos, qva los aldeanos 
contínAen^nreyéndome atrrlmidp da isaalidades sobra* 
natorales. Bs de todo pimío férioam qoesaHesdo asar* 
oedei al bftloon, In manifiesten^ qne iiaUándoBa oon- 
fereneianda conmi^« asa he elavaio áh»^ eiaim en* 
Tuelto en espesas nahea. ] . - , -^ • . ^ ^ 

— gPero á qaá Tiaaa teda es& mentirá?, v 

<^A1 msyor eagraBdeoiBÜaoto y prosperidad da 
usar cedes. ¿Qqó mayor soarte. páadmi asoavtrar para 
lo saoesivo qne eansegaír de todorqne leñ señalen co- 
mo padres de an santo. 

—¡Calla, poaa dicevUenél^ohícQ!. . 

— Con esf o no habrá negocio en el pueblo en que no 
se lea coteoltan Jamás faltará el trigo en sos grweros 
ánn í^uando se agoste la ooseoha^porqi^ los más ricos 
tendrán como gran <iióha la-de sgatsjarlo»! icambto 
da qué uoedes Lea áaegoren la salracion de sasteimas^ 
y los más pobres hariii la p»kpia, par-rst -aacogiéndoaa 
á Yaastea:pioteocioft lográis MuriqtieQarse. 



<PWSMi ííiB MsttíSLáUÚ 



ua 



<! mozo una mirada éx^nitadoraY repwar> . '^ ^ 

-^BabetyiGMdaíStot^ fÉéÍBWMt poda *ntafr ai¿ qco 
^ oMojita depatam «i fai|éid6 tasttral^afrnr 

— Nada, galán, que tú do has nacido para U "ml*^ 

gat 3r^1íalÉdif qas-edmi^aoj tan iarea ñoítacerlé á^ra* 

lOMr^ntim printeipieinff'ciifdidadaEi^ qvaroiahaní foM 

lo qne es ahora, ¡voto á Gribas! confieso qína di: teieo 

^fl^ qoa debéis Yestír^eá^Kler loáimánáeia «rtudian- 

**^VÍTa Oinás al .santo!': [Vivan sn» padrea] {Qae 
salgan, qne sa%»Dí]*««gfitáia plebe desde lA eaUec. 

<^2Veíaf«*4«í(dam6nebtaa]Batargo¿~lti pneblA re- 
clama naestra comparecencia. No podemos perder el 
tiempo;, posa á las ^roéea liriqne se gana en el tiíásenr- 
zade nn dis, anele perderse ^eimn minaio. Salid, pa- 
xires de mi alma, j adiós, que yo me parto* 

— Adiós, hijo de mis entrafta«,«-*^3&elám6 Romnal- 
4a deshace en Iknto y s» aceiter á ^ desasirse dél^^Mt- 

•^Adiot, amado de mi coraaoir^^-^TépmQ Andrés 
haciendo lo propio que sn esposa. 
•*^fQta salga ó snbimosl— ^lif€4P0n varios desde la 

— Padres, ya sabrán de mí. Háffta la vnelta^— re^ 
puso'Gkintfa dssligtodose idnaiia progenitores^ avan- 
zando 6n dirección del corral, sito A espaldas) déla 
«asa/dalípárroco.: i ,^ , 
'i *<-|Hijo, hgo, ' que'Dios ■ te bendigal No nea- oWi* 
TOMO n . SO > 



^^ 



FOma m> ultaraH) 



éMt*^giliU^ RjMMsUafal'pMfM Amap<M|fie^&ér per* 

diaBd á sas oJMv ;'í .'- ■ - .-• -- i>:'i' * r-;-: ^ 

Un nüÉnr soni|o pMoibiósa eaikoidtte^tltMit^sa 
á reprimir m fciitio'«l téoUr qm rexpwiiheolitrMé'C^» 
la separación de sa hijo, los bnenos de los* ^{tedi^ea de 

Gñéa. •'..'": - , / - '\. 

¿^¡^.tpá^wtá paialr mlgoygevrioI'^eEolatná '^PwWja 
»I ^tiinso^ tiempo que ia ^presentaba -ir bqb rfionmjftoi^ 
en ei balcón. * ' 

RdflKialdav lÍTÍ4a^ j^temUancIst s^^ también á 
presencia del paeblo. 

Vérioii'ia gente j' prDrliimpir'en*«sDandaio0o des- 
concierto' dé fwmj fué obra de un instante. • • 

Aladres ioipaso sUenoio conantorüa«08'8Ígnoad& 
Mis manos^ j exchtmá: . ^ 

*^H0rmam>& mios: Minaban deediefaa^ BMsclftdar oon. 
onagran felicidad, acaba de sucedemos é mi esfosa, 
y á mi. ' • , . . '. f^ •■ . 

-^Hablad, hablad, presto. 

— ^K)aando subimos & <est& casa «para confeten4ÍAr en 
vaestro nombre con naestro hijo, hallárnosle rodeado 
de nn 'esplendor ^adiantCt maj pareeido á im oíi^ülo 
de fuego. ... 

— ^Qitisimoe acercamos 4 41; pero nos fué imposible. 
Un ángel ponia, sin dada, desconocido obstácale^ á 
nuestro ibtreviAiiénio. ' 

««^^inés al vecnoa dammados por dingukür aturdid 
miento, e:x:^flmd: ' ' 

— Padres, no os acerqaeis á mi; os expondrfaia á 
^darMnverÜdps en polvev iLoe cielos qniei^dn ^ae 



íVfiQRO DE -rALVAllirtK) ^^ 



ya d4 i|Bl€ul»(l)D« : ím mortakt; leltKntéAtet : pridwi . 4te 

asiento. Adiosf paes, padres mios, parto á otrt re^oii 
más pef&o|A. X^fcid'iá pueblo la queveí»^ y- decidle 
que yo velaré por sa felicidad basto la euMMitmoidn 
' de los siglo9« ' * ' 

T-t-Dijo^ j <K¥iieUa sa r eiietpo en espesa udM, dés^* 
apaseeió d* aue^tra^^ yistit eiHEaiKio los mnros^tMiai ú 
Aiesen díAfaiía y sQtü atmósfera* 

— ^¡MUsgro^ mikgrol^exolamó^el padre Ro^ae^ le* 
TAUtaiido iaa maoos al cielo. 

— Si lo es» compañeros m|os. No cabe dudarlo. 
Bendita la hora en qoe plago al Señor honrar á esto» 
humildes siervos hk^qs, eoniia altíMpameroed de lia- 
n^ariepa^r^s de vaien tan exclareeidó, 

— ^¡ Vivan noestros protectores, Andrésry^Ronmal- 
da!«-T-grit6 de no^vo la gente* 

— Ellos serán las estrellas qae nos goien en noes-> 
tras ecnpresás más <üfi>>les,^^<-exoiam6 el padre Ro- 
que. 
^ , -^No aspirumosá tuito hono^,«<-ee&ta8t6 Andrés eoa 
reiCKda hipoeresia. — ^Sólo qaeremoa que' nos sigáis 
consagrando cariño fraternal. 
. . . No h«ltta eoncluido Paatoja de formular sa deseo> 
«oattdoestalUmdool sentimiento popular lanzó ales al- 
deanos hasta asaltar la casa del padre Roqací quien 
penetró en eUa capitaneando loa g rapos. 

En su compañía iban también los caballeros que 
formaban li^ colonia de la sangre aznk 

Apenas vieron éstos á Andrés y RonHialda, sala* 



7m 



PBDRO Dfi ALYiOUDO 



4án»lof con tMiotdas gmaflexioms, y típoAét&ñáOM 
cti i^^tttdjá, to^áfft^^Olo dQ aflchts, itíépózñándése £ 
partir 0011 él. 

ÍJi tt^adfé del sacristán faá coldfiááá ^ crn ttltoñ; 
d cmttiilfroA c«átro hidalgos^ 

Aéi organizado el cortejo, volvieron tédbn á la 
eaile ttueTaOMnté, yeomedio de dsirepH(íso raido 7 
^gáimrar, fawoü los padréi del Ungido iánto oóitídUcl** 
dos á los lagares más recónditos det paieblo y á' los 
Imertof y la« dehesas^ á ñn de qa^, coAe S seres sope- 
riores, les reconociese todo el mando, y qoedase coan^ 
to verdeaba en Ibs campos, bijo ei ibñ )jo de sa efica- 
císima protecoJon. 

Icémoslos empd&ados en si tare^, f sigamos al 
pillo de Ginés em, sa nueva vida de aventaras. 

Ooandó acertó á ganar la puerta de salida del t!or- 
ral del padre Roque, respiró con gran fuerza y exda^ 
mó para sit 

^^¡kyl Oraoias á I>}üs que salgo tñunüraté ^n mis 
des' os. Ya no volveré más al campo; ya no tendré 
que departir diaHamente con ése coojttAtd de irracio- 
nales llamados hombres por antonomasia. 

— jPero y mis padres? ¿Qaién los sustítairá en su 
oarifio, en su ternura, en el amor incomparable que 
me profesan? ¡Desdichado de mí, que apenas abandono 
Bfti casa, siento ya las decepcionas del proscrito, el vá^ 
CÍO inmenso qit6 trae al corazón la ausencia del hogar 
amador 

Dijo, y cediendo al dolor sentóse en una piedra que 
al kdo do unas matas habia. 



?K09fl DI tV^AMJim *^ 



rar amargamente. 
. Rl Pí«j^ fí$(i»e«i;«)w 7» 4 «oaUarM. 
;. Te^ft^X.abv^a^O.^ sw refl^xioQM lútUábtae el 
j^tríbaiado maDcebo, cuando da tUtfíB yíqo á tatar * 
l^noa ;^^ a^iiardeatova^ fct^ida mwj cásea. 4e>éU 4}iie 
dyo: , 

— Uoa limosna por Dios, baen hidalgo. , . 

i Qvflé8vla?.axU6: la cabeza 7 no pado m¿itoe detaor* 
prenderse ante la aparicioii del desconocido. 
. |¡ra ifoti na boisdiKe como de treinta aflosi ile^m- 
rar avieso, de ojos pequeños j chispeantes, de cetieaa 
Qol^t se f^betlo enmielaba á las paas del eatizo, 7 su 
barba, como su pdlo, cenicienta, dábale todo el aspecto 
de on ^inioül «9 entrtf ts. 

A^wL aparente inisiidigi Imbieca sido capte p^or 
su» tfAEMidi» QAQSfir horror al miono q^iedo^ 

Al verle Pintoja estremecióse ligeramente; empe^ 
ro TOQohiando aa valor 7 serenidad habitnalest re-* 
poso: . . 

— li con Dics, hermano; pnes no me es posibie ao^ 
correjáis» S07 nn pobre estadiante qua vá á corear en 
la Salmantina, 7 7a comprendereis qae me hallo en 
iiitaaeíon4e haceros la competencia. 

£i deioanocido mordióee los labios de cóáera, y 
lanzando una* sonrisa de hidlo^ exclamó: 
. --r|Q(^ ioipolrtí qoe no llev4)is diaerj, si vestís nn 
rico traje! 

-»iC6mot.«. 

— Qii,a*o deciros qae con qus os desnuieis aqoi, 7 



s» 



PiHW» OA JkLTARÁDa 



completamente satiafdclio* ' >* ^ ^ 

— Paréceme á míf*-^xúsLm&.QAñ6§ ptítAéoAoMé en 
pié i^bUami^iito|~quei7ai(i' siendo odM mitj huitín ta^ 
detla^eyo im ftj^arabft. r. 

«r-L'ulNii 6 indigente, eomo ea^ délu. gamr, es I» 
cierto qae no os iréis de aquí sin acaeder á mi vo-' 
lontad. 

^¿Y ara qué tttqlos haréis taler?^^fit6 Pántoja 
con yoz de tratno. 

«^Vel fi estos stnwi, --^ oontestdlé el descono* 
cíd#4 

Y tirsttdo de mt cacado, exti^o de 61 aff luciente' 
pnñah i 

—¡Magoiñco!— -exclamó Ok^.^^^Mshoaibre pre- 
cafafdof nadie creería qwe ea ese boitfUde^ baatMi' que 
os sirve de apegrof «o |»idieM oonltar^nn aytdH t«]i te^ 

..TOílíte,' • ... ,■'•;•'' , 

. ^-^la ooai se h!indicá>en vuestro pecho si oseátripli'-^ 
c$me. Conque lo dicho; venga cuanto lleváis encin»^ 
y aÜoriramqs^ e(Hiversaei<MB. : 

^Voy, voy al panto; no seate tan precipitado; de- 
jaáiherespirar un instante. • 

Gicó) hizo como qnese desnodaba; «empera bajin^ 
dosaoen la ligereza del mona, cogió del snelo nn enor- 
me guijarro. 

-•—{Toma tu merecí io, ladren I'^-iexclaoió balizándolo 
con furia sobre el fingido mendicante. ' ^ - . ' 

Un grito de agudísimo dplor sonó entonces en- el 
espacioi. .. t , 





■ 


r 


■^1 












■ 


Ek BE 


1 v^H -v^^^^^ 


[ 






■ 




lit.de J.PálacÍD£. 


B -Tom 



s- '^ 






¿3^^^ 



ArdnalJZ Madrid 



-Toma tu merecido, ladrón 



PEDRO DE ALTARiOH) 



239 



El criminal cayó en tíerra como herido de una 
exhalación. 

La piedra^ hibilmente disparada por Ginés, habia 
chocado en ta mofieca, dejándole completamente des- 
armada. 



-.■ j -i • • I 



) ...■ . ,. 



» í, ; 'í 1 T . * f 



i : ti" 






\i. 






.' u:. ::. A . .í.rí Ct.\ ^; 'W í^ ,.- 



e < -^^vt:. 



CAPÍTULO XXIII 



¡ICaldita ••a mí «uegrat 



A«i qae Gises vio en el suelo á sa desconocido sal* 
ió hasta él, y hollando con la planta el pecho del trai- 
dor , repaso: 

— ¡Miserable! Te salió mal la cuenta. Creíste en- 
contrar un gallina, y te ha resultado tigre. Ahora 
mismo vas á morir como utf perro. 

— Piedad, buen hidalgo, piedad. 

— No hay, no puede haber compasión para bandido» 
como tú. 

— Dajadoie, dejadme partir. N j me maltratéis, y o» 
entregaré en cambio los cien escudos de oro qoe guar* . 
do en mi bolsa. 

— ¡Ahí ¡Tunante! ¿Conque eres más rico que Creso 
y tienes todavía valor para ejercer la vil industria del 



MEDRO DK ÁLYAIUDO 



2í\ 



robrf^ESipwia) judio^ ^ae ahora vas á saber lo qoe es 
baeno* 

OriaéBj desplegAndo sas hereúleas fiierzas, rajetó 
el eaerpo del iMndido, cayendo sobre él de rodillas. 

Séllele las manos á la garganta, j oprimiéndola 
poco á poco, repaso: 

— ^Con esta operación qnedarin para lo sncesiro li 
bres de gente de ta ralea, los caminos del reino. 

-^¡Cofltipasion, misericordia de mi! ¡En nombre de 
Taestra madre os lo pido!— «exclamó con toz apagada 
el delincoente. 

— fisa invocación te ▼ale,— ^repuso Ginés dejando al 
traidor libre da sn yogo. 

B te, tembloroso y casi mn alientos, levanióse se- 
goidamente. 

Bl hijo de R^mnalda continuó diciendo: 

— Gracias al sagrado nombre qae acabas de pronan-- 
ciar« YÜlano, qaedas libre desde ahora. Si no amase á 
mi madre como á Dios mismo, te hubiese ahogado cual 
á nn pollo. 

—Per ion, caballero, perdón. 

—Ya lo tienes, infame; mas antes de partir cooflesa 
que eres el hombre más cobdtrde y follón que conocie- 
ren los siglos. 

— Es verdad, es verdad. 

— Que no t) dejo en cueros y atado á una eoeina, 
porque no se me antoja. 

—Cierto, cierto. 

— Y que si apoderándome del oro que llevas contigo 
haria baeoe aquel refrán que dice: <Bl que roba á un 

TOMO n 31 



242 PKDEO DK 4LY4B,499 



ladrón há QUn. afios d9 perdpn^, po qui^^ro BMtikl. gasa- 
do tan deshocrosamente j me contento ccn pedjrto tu 

-^Habláis «oipo un libro» mi aoLO-.T^aad el araiay 
j que 08 sirva de )HMsa defenta en eufjqqier laaea que 
08. depare la suerte. 

. — Me ayudará ;por lo máuon á ooncluir eon lo8 rep- 
tiles de tu linaje. 

-^AiiOra huje d^ aqui; pero prejitp, que te *^^ea jo 
tisafponer aqudilas montañas de la derecha; en la inte- 
ligencia de que si osas fraguar alguna nueva fechoría, 
eqntra mi, ni^el pQlvp 1^ de quedar de tus huesos. 

— ¡Sos! salteador de caminos. 
M bandido volvió la cara atrás, j ccínvencádo de 
qne Ginés no le haoia daño, dióse á corr^^r can tal 
priesa, que po hubiese logrado alcanzarle el galgo de 
major repiitacion. 

— ^Diaptre y qué broma tan pesada me ha dado el 
hijo de Mercurio! — exclamó suspirando Ginés aai que 
húbose qaedado solo. 

— No; pues lo que es ahora ei que debo escapar de 
aqui como alma que lleva el diablo. ¡Quién sabe si ese 
tuqante dará aviso á sus compañeros, y vendrán te dos 
á dejarme sin plumas, como yo dejé al desdichado pollo 
que me otorgó el titulo de santo! 

Disponíase ya á partir, un ratito á pié y otro an- 
dando el aspirante á mitras, cuando vio venir muy 
cerci deél á un hombre muy flico, desgreñado y ne- 
gruzco. 

Montaba viejo rocín apergaminado, y venia dando 



PEDRO DS JOsYÉ&áBO 



^loquef, coBEio qakn trae ¿n el ett6magtf>!ififod« l6 
«qae hizo olñdar la deoeAcia i Noé. > 

— -{ Bb, bn€n amiga! —gritó Bantqja al éxtrafto per* 
«)D8Je, que no era otra cosa que un gitano. ««s¥á ime^ 
^mtmené á Salamanca? 

— Vamos, querrá decir su excelencia al pmebio ^ne 
«e divisa desde aqui> mi hijo y jo. 

— ¿Vuestro hijo? Paes no acierto á verie. 

— Caballero, es la perla que me conduce^ j á'^ien 
iUamo así, porque cuando ffruñe siempre me caUftoaMle 
padr3. 

Ginés estuTO á punto de reyentar de risa ante la 
revelación del gitano. 

— No se ria vuestra reverencia, potqae lo que le 
•digo es la verdad, — exclamó éste. 

— Pero ¡ay! — añadió,— que. asi como hubo, según 
me ha contado el tío Malasangre, un santo que sacri^ 
ficó á su chico por ganar la gloria, asi yo también ten-» 
;go que sacriftcar á Garro por cuestiones de familia. 

— ¿Por cuestiones de familia? 

— Si, señor, ee han hecho incompatibles encasa mi 
iiuegra y ól. 

—BU a le tiene unos celos que no puede reaistirlos: 
«1 animalillo lo conoc3, y para darle en la cabeza, cada^ 
vez que la vé te acerca á mi, me haee caricias, y me 
<íice al oido machas cosas, las cuales no puede pro- 
non ciar bien claro por haber padecido largo tiempa 
de.r. 

— ¿De pülmoDÍa tal vez? 

— ¡Gál No, señor; de lasmuelas. Elpcbretícoseha- 



241 



PBDRO DI ALVARADO 



bria tornado en loco si no- habíase sido por el cirajan» 
del pueblo, que le sao6 qtainoe en ana tarde. 

—¡Ayo María parisima, y qré habilidad tan grande 
la del profesor I 

— ¡Oh! ¡Si yaestra ilastrisima le conoeieral Jamás 
habo en casa médico más acertado. 

— ^Pero entendámonos, amigo: ¿el qae oaró á Carro, 
era efectivamente doctor en aqaella ciencia? 

---Dios me librase de ello. El mariscal, el mariscal^ 
eae es el único qae nos visita á todos. 

— Comprendo, comprendo, — exclamó Ginés mor*- 
dióndose los labios, á fin de contener ana explosión d» 
risa* 

El baeno del sacristtn procaró reprimirse cnanto 
pado. 

Miró al gitano detenidamente, y como éste hiciera; 
ademan de partir, repaso snj atando al asno por el 
ron2al. 

—Perdonadme, amigo mió, pero qaisiera hacero» 
ana propcsicion. 

— Hable sa señoría cnanto gaste. 

— ¿Tendríais incoaveaiente ea dejarme sabir en laa^ 
ancas de vuestro prímogénito, por la cantidad <fo axa 
dacadc? 

El gitano dejó ver en sos ojos an rayo de maroada 
alegría; empero adoptiindo súbitamente reflexiva aoti^ 
tod, conttsló á Ginés: 

— Para poler complaceros, necesito saberdos cofaar 

— Veamos cuál es la primera. 

— ¿\ qné paeble ,oa dirigís? 



raDRO os ÁLVAR4D0 



ai5 



—•Al iamediato^ lo mumo que vdf • ¿Y k i^gun • 
<la? 

— ]0h! Esa 68 máfl importaste. Debo oonraltar á 
mi hijo Carro 8i es gastoso de qae aos aoompafieie^ y 
A el pobreeito tendrá faerzas para poder resistir tam- 
bién el peso de vuestra persoom. 

— Paes ponedlo en su conodmiento^ y eomonicadme 
la reepaesta. 

El pillo del gitano aproximó sa beca á una oreja 
4el rudo, 7 saondióndole á la vez ana palmada en el 
lomoy oyóse un sonoro rebuzno. 

s— Dice qae si, dice qae si. Puede subir vuesamercé 
-cuando quiera. 

Güines montó de un salto, quedando á espaldas del 
desccmocido. 

Extraftará naturalmente el piadoso lector que fuoe 
ian ciega la obediencia del asno á los mandatos de su 
dueño, que hasta usase de su propio idioma para con-- 
iestairle cortesmente; pero esto se explica con suma 
facilidad, si se atiende á que el gitano llevaba en uno 
de sus dedos un anillo, cuja parte snterior nada de cu- 
rioso ofrecia; pero cuja posterior superficie, la que 
«oincidia con la palma de la mano, tenia en su centro 
un pequeño hierro terminado en punta, al caer el cual 
cobre el asendereado cuerpo de Curro, hádale pror- 
rumpir en lastimeros quejidos, que calificaba de pala- 
bras su adoptivo padre. 

ya. puestos en marcha todos ireSf apenas habian 
andado veinte varas, cuando el gitano detúvose 7 
menzó á llorar amargamente. 



fil6 



mSMLñ »X ALVáRk^O 



* *^%üm6 f6aeiirl&^pnguiitób «1 Baorñtaa BomáiiMfitd» 
florprdndido. 

* «^[Putodoitci de flti dorazonl'^^^^oiiteaAó el interpe- 
kde. flolkucE^ndo tmno nvt liifio« 

*^¡Q«éQ faabift4d ddoipéelol ~ftfiadió.«--Tá qae taa- 
to sabes de letras, tú qfom has sido mi consejero en loü- 
Begodc» más ]^el(í«gttdo0, tú qve ponías oon tu alegra 
.carácter fin y término á mis disputas con mi nrajer, 
14 ii^As A parar tal Terá monos de nn mercachifle, de» 
ónjadád^mn entrañas;, j todo por colpa de elk, de esa 
bribona de úii madre politiaa« pMalditen sean todas ]aa 
soagDta^jdel m«»dol ¡OU Pera jo M juro, tía Nicasia,. 
que no os habréis de burlar de mi. 
i «^[Ab! {Qaé'ideal-^exdamó para si Ginés, despoe» 
de la lamentación del gitano. Y afectando gran ÍBdife- 
renolft preguntóte: 

> -^¿Por loque acafco de citaos, compañero, paremia 
qne a bfig&ÍB el propósito de vemtor á Gorro! 

«-«Asi es la verdad, mi amo. Taigo precisión de^ 
Ueirailo al mehsade^ para poder entregar á mi suegra 
la suma que me den por él. La endemoniada me anti 
ápó einouenta ducacfais que me costó la oompra del 
hmío, j ahora me exij6 ^ue le devuelva el dinero, ooik 
Éíisi ks intereses venciéost 

-«Gara ¡09 salió la adquieidoa del ammalqo. 

«^{Jesucristo! ¿Sabéis lo que acabáis de decir? Puep 
qué, ¿tan iúiperito sois en el conocimiento de la casia,^ 
qne oa hanraít convenñdo de que á Garro no le falta 
más quB^ aprender nuestra lengua para valer tañí o 
mo nosotros? 



«tóRÓ ¿í ¿LVÁÍkADO **^ 



* — íOftJ Blo>>tíriabt¿o- Itf «bjr. Mk* comí» corren 
tiempos tan malos, eottodii 70, señbr - Málai^IgáS, 
que o« h«Ma (f*é» difícil teftó¿tet5bii' ganancial 
Vo pollino. 

—Esta ya « 'ccwStíoDf tíiüy diferente, don Ghió?. 
I>ei&a8iftd& comprencfó qne ^no eslán' las épocas para 
baeerfMrttiúa; pero de esto, á sostener qne Oan^ó no 
vale más de cien doblas dsi oro, h^iy una distancia enór 
me. Dígalo sino el deán de la Metropolitana de mi 
tierra, que me lo qaiso arrebatar de las manoal, des 
paes de ofrecerme en valde el oro y el moro. ' 

— Pues más hatiriMS consegni io cedüáodoseló al pfe- 
beikiadb, que, sujetándole á la triste saerte qué sin du - 
da le espera, si cae en maños de gente sin entrañas. 

— ^jAy! No me lo digáis, compadrito, que cada vez 

qne lo pi^so saltan hechas pedazos las eM^etelás de 

mi cferrtzon, — exclamó el cobrizo afectando gran pena. 

Y luego, haciendo ademan de secarse las lágrimas, 

repuso: 

— {Grielos usarcó, para que luego se los lleve un 
pulo! 

Creyó Ginés que era legitimo el sentimiento de su 
compañero de viaje, y procuró consolarle, diciéndole: 

— Señor Malaspulgas, perdonadme si os digo que 
me parece un tanto exagerada vuestra pena. Por for- 
tuna, lo que vos y yo pensamos acerca de la suerte d^ 
Curro, es sólo mera suposición. Quizás le espere una vi- 
da regalona, y quién sabe si le adquirirá para recreo 
de sus hijos, algún acaudalado labrador. 

— ^4*0h! Si tal sucediera, — exclamó Malaspulgas, de- 



948 



PSD&O DS ALViJUkDO 



jando yer en su rostro la alegría, — seria 70 capaz de 
darlo por la mitad de su prado « 

Ginéi sonrió maU<msamoatd adivinando las inten* 
oiones de sn colega. 

Y como á la claridad de la lana advirtiera qae di 
larga distancia del camino leyantábanse unos como 
blancos copos de nieve, en cajos remates fosforescían 
peqnefias laces, pregnntó al gitano: 

— ¿Son por casnalidad, aquellas las casitas del pue- 
blo á donde nos dirigimos? 

—Si, mi amo. 

— ¿Y tardaremos mucho en llegar? 

— Una hora próximamente; pero con la buena vo- 
luntad de Curro, el vi«^je será más corto. 

Y esto diciendo, oprimió con sus pies el cuerpo del 
(desdichado pollino, el cual salió al trote, no sin enco- 
mendarse á Júpiter, para que le diera al efeoto, toda 
la energía de ila juventud. 



CAPÍTULO XXIV 



1¡ O r a mol» al próirimo. 



Caminando á todo correr, ▼ departiendo entretan- 
to amígablemeate, llegaron Malaspolgas y Pintoja 
may cerca del pueblo donde iba á celebrarse el mer- 
cado. 

Gran empefio debería tener el pillete del gitano en 
deshacerse de sn barroi pnesto qne al divisar la entra- 
da del pueblo^ iavitó á Ginés á qne se apeara, y dijole: 

^—Hermano, mego á su señoría encarecidamepte 
me indiqne quién es ese nobilísimo ó ilustrado hidalgo 
de quien me aseguráis que compraría mi tesoro. 

— No paedo hacerlo, ínterin no fijéis concretamente 
sn valor. 

—Paro compadrito^ si acacabo de deciros qne por 
tratarse ée pemona honrada, 1» daré esta^ joya en siete 
<lacado9. 

TOMO n 32 



2v0 



PEDRO DB ALVAIUDa 



— Es mucho todavía. 

— ¿Macho decís, cuando me costó cincuenta? 

— Debo advertiros que el caballero es pobre. 

— Pues ni la de vos ni la mia, quédese en cinco du- 
cados. 

— No puede sér, nd^ puede ser. * ' 

— ¡Válgame Santa María Magdalena! ¿Señor don 
Ginés, todavía anda vuesamercé con regateos? Sepa- 
mos 8Í habla ucé seriamente, ó quiere chancearse con- 
migo. 

— ¡Líbreme Dios de cosa «emejantel 

— Pues entonces no comprendo, qoe tratándose da 
un^ ganga se hagan tantos escrúpulos. ¿Es acaso uü 
mendigo quien os ha dado la comisión de que le com- 
préis el asuü? 

•~So7 70 mismo quien desea adquirirte. 

-^¡Acabáramos, piílipollo! Si hubl^ieis ei&pe^ad^ 
por ahí, ya estafcia terminado el asunto% 

— ¿Da qué manera? 

— Realizando la venta en cuatro ducados, por ira- 
tuse d^ tan buen amigo. ' 

— Dos 08 doy por Garro, ¿os conviene? 

— Primero me dejaría arrancar los cabellos, y ha- 
cer pedazos el corazón, que consentir ofensa semejante» 

— Pues quedad con Dios, que yo debo apresurar el 
paso, á fin de estar en Salamanca al auanedet. 

— Vaya su ilustrísima enhorabuena. 
Ginés torció á la derecha, j ya habia andado bueii 
trecho, cuando llegó hasta él la voz 4el gitano que 
decía: 



PBOKQ DI ALVAKADO 



2a 



lia por aqai| q«i» na qaUro qae me tenga por taoaflo. 

. Paniega Mfreiá al eitiú en que nir coñlpafléro de 
tii^ vastaba. * 

—Ve»gan,— exclamó al verle,— loe de» dacado«t 
compairito, qae no-es ra2foQ qae mientras 70 roj 4 
4armir en. blando^ t^i ja sa señoría á pié eir^oto por 
Moft^ andurriales, exponi^ndoire á un ttepiew. 

— Gracias, mil gracias, señor Malaspulgas. 
' —Amar al pr6jimo nos aconseja la doctrina; buena 
prueba de ello es el saórrñcio qae hago en vuestro fa- 
vor, 

— Tomad, tomad este regalo de reyes. Llevaos á mi 
Ourro, á nui pobrecito- hijo; mas permitid que antes de 
Separamos, me despida de él como cumple á un padre 
cariñoso. 

« Y Mto dicieaobdo, comenzó á besar al desvencijado 
paUino, f^'tdígánáele al mismo tiempo las- ^-sigaientea. 
tdmezas: 

— Adiós, lucero, rosicler, encanto mio^ palomo, 7a 

«o te veré más; {aj! 7. qué trnte soledad me aguarda. 

El gitano echóse á llorar como moza á quien coc- 

tüffisa en amores, 7 Ginés, en tanto^ subió sobre Gur- 

r*^ 7 partió de aquel logar. 

A medida que caminaba, hacianse más espesas las 
sombras de la noche, 7 más ruda la fatiga del infeliz 
asno, poco diipueslo por su vejez á tanto linaje de dis* 
gustos.. 

Y como velis nolis, á obra de mucho andar, le die 
aa la gana da decir en su lengu<i^ de aquí no paso^ el 



^*^ PBOltO DI ALTARAOO 



a^^Btiurero Pantoja, yi6se obligado á amartaHe i una 
enoina, j á orazarse de brazos, diciendo: 

— Puea Señor, no hayr máa remedio qae pasar aqni 
el resto de la noche. Afortunadamente no bace frío, y 
bajo este árbol podremos dormir algunas horas. ¡Uff 
y cnanto me cuesta tu culto, Minerva sacratisima. 

Y enrol viéndose en gruesa manta palentina, únióa 
^juar de que dispusiera para su viaje, tendióse en la: 
tierra, quedando dormido á poco. 

£1 desdichado Curro, después de rerolcarse dos 6 
tres veces, quedó también entregado al sueño, muy 
cerca de su amo. 

Trascurrieron algunos minutos, y cuando no se oia 
otro rumor que el que produjeran los ronquidos soto-^ 
ros de Ginós, una sombra que avanzaba lentamente 
llegó á colocarse al lado del mancebo. 

Si á la claridad de la luna hubiéramos examinada 
las facciones del recien venido, nuestra sorpresa hu-' 
biese crecido de punto, al advertir en aquellas al gi-* 
taño vendedor del pollino. 

Con habilidad nunca vista, desató del árbol al 
animaL 

Dióle dos golpes en el cuerp<f con su planta; y oo- 
mo se oyese á lo lejos un rebuzno perfectamente imi- 
tado, Curñto irguióse, echó las orejas atrás, y al mis- 
mo tiempo que su primitivo amo montaba sobre él, 
partió de allí como una exhalación. 

El tio Malaspulgas recuperaba su joya por vigé- 
sima vez. 

Era uño de tantos ladrones que pululan por loa 



PBDltO BE ÁLVAlUfiO ^^ 

meroadcMi y lus ftrias, sin qiie la^nütícia pueda cer 
«obre ellos por carencia absoluta de medioi pr9ba((>lioa 
del delito. / 

El robo DO oareóia de gracia. 

Dormido como ana piedra hallábase el aspitanie á 
mitras, caando acdrtó á b^ñar sn frente el tibio rayo 
de la anrjra* 

Ginés bostezó con libertad desasada, j restregán-* 
dpse r<)petidamente los ojos, fué lerantándose por 
tiempos* basta qnedar sentado en tierra. 

Profundo d^bia ser el sopor que abrumara su ce- 
rebro, por cuanto á pesar de su actitud incómoda, no 
acertó á reconocer el lugsr en que se hallaba. 

Sólo después de abrir j volver á cerrar muchas 
veces la boca, entre los cumplimientos del Dómine la-- 
bia mea^ estiró los brazos, j fijando sus ojos desmesu- 
radamente abierl^s en el árbol en que amarrara á 
Gorro^ exclamó: 

— ¡Santo Dios! Se ha es3apado ese tunante; pero 
calla, esta montera; sí, no me cabe duda, es la del gi- 
tano. ¡Jesucristo! Lo comprendo todo: ese infame de 
Malaspuigas ha venido siguiéndome, y en tanto yo 
dormia, él me ha robado el pollino. ¡Bruto^ bestia, 
salvaje de mi, ^ue no acerté á comprender con quiea 
me las habia! 

—Por fortuna la pérdida no es muy importaste; sin 
embargo, veamos si el hijo del bribón anda pactando 
por esos verdes. 

Ginés dejó su manta en tierra, y tomando p)r na 
re:oio, salió en basca del rucio. 



^^ PODRO DI áfiVAlUDO 



No.faahpiA andado seis pasosi tmanda on agud(> bíI>* 
l)id(i sonó'á SQS espaldas. 

El estadiante volvióse súbita mei te. 

Su caballo erizóse, sos dedos crispáronse de un 
moda horrible.. 

CoQ agilidad extremada salta Ginás^ en tanto qae 
una culebra de gran tamaño, que fué la que lanzara el 
silbidOt imitóle, yendo á colocarse muy cerca de é\. 

— ¡Es un bastardo, un terrible bastardo! (1)— ex- 
<^lamó. — Ahora si que ha lUgado el último instante de 
mi vida, 

Y esto diciendo, comenzó á correr haciendo eses, 
con lo que pudo evitar por el pronto la agresión del 
reptil. 

Incansable debía s r el repugnante aninal, puesto 
qae á pesar de la carrera de g^mo emprendida por el 
hidalguillo, estuvo á panto de alcaoz^.rle. 

Ginés, ahogándose de fatiga, filto ya de alientos, 
oon el pttlmon casi destrozado, no pudiando resistir 
tan ruda persecución, aprovechó alguna ventaja alcan- 
zada sobre su contrario, y gateando como un mono 
subió á lo alto de una encina. 

Allí comenzó A temblar como un epiléptico, j su 
pavura elevóse al grado del terror másei^p ntoso, cuan- 
do vio al bastardo, que coa mucha calna, fué poco á 
poco enroscándose al tronco del árbol, basta el extre- 
mo de elevar su cabeza muj cerca de las ramas. 



(I) Culebra que se encuentra en los campos de la provincia de 
^Salamanca. - -. \ • -, 



Gídób apeló á bu valor ÍAdonubUei jrcui. gUcia) 
«4fl6BÍdad éumsáátl caobillo qaa el mendigo 1^ en- 
ireg«ni,3r >iefia8Gi.piira.8i: . - . 

n-PiHftO ^ajMk.iu). bay remedio^ ó ella 6 70 que- 
daremos aquí. 

. M ¿biitorio abrió ouanto podo la boca, dejó Ter 
«itf. £»iMw IraíEiblaSy j al propio jbienipo q^e ajaba «Q8 
ojos centellantes en el rostro de Qinés^ éste asestóle 
oiUi tfismeiiu^ puñalada en la cabeza que le d€jó cadá- 
ver, sin f xhalar edemas peqoeUo gemido. 

^-^lVictoria^irictori^I*'^xclainó arrojándose del ár« 
ho\ el bajo de Romnaldaí j podiendo sn pió sobre el 
repagDante icpeipo del bastardo, que halbia caído en 
^vra. - . '. 

— ¡Ohl No le abandonaré; Uevarólo conmigo,— re- 
ptso^'^*^ el prioiÉr emblema de mis hazañas en la so- 
fiada región salmantina. 

Y cogiendo por la mitad el helado cuerpo del cu- 
lebrón^ ecbólica ¿ hombros, y partió camino de la ca- 
pital. 

O la suerte se entretenía en querer probar el tem- 
ple de espirita 7 demás saperiores.caalidades que á 
Otnéfli. adornaban, ó una aspecie de castigo del cielo, 
laXLsado sobre él por sa deseo de abandonar el hogar, 
parecía perseguirle dnrsnte su viaje. 

Guando sólo tres escasas leguas restarianle para 
entrar ejs.SalMDaiiQa, topó con un amplia pradera 
oírcnndada/por pai|ut ios. montes. . 

. £a el tefitra de ésta, pudo ver diez ó dsoe jóvenes 



256 



FURO 0B ÁLTA&ADO 



T68tido8 con negros hábitos, j<¡¡apiB cftiMOasrMibriftns» 
con gorras de laeiente terciopelo. ^ ' 

-r-{Son ^089 mis colegae, nis ketmures los éittt-^ 
diantesl — gritó Ginós ebrio do gcsaal aperoibirioÉ. 

•^Pero calle, se baten como hároet A pedradatf, con^ 
aquellos villanos del monte. 

*— ¡Eh, amigos, no cejéis, duro con ellos! Yo sojr 
ano como vosotros, que vá también á Saluíánca á es- 
tudiar. 

— Pues acércate pronto, compañero, porque todo^ 
refuerzo es poco para aniquilar ¿esos bárbaros. 

— Voy, voy,— exclaoíó Pantoja, llegando 4en la ve- 
locidad de la saeta hasta sus futuros eondiscipnios. 
, — ¿Quién ^os insulta, hermanes?— {nraguntó Ginás,. 
ayudando á sus colegas á lanzar piedras sobre los del 
monte, 

— Los pastores dueños de esta deheaa^^-re^)Ondié*^ 
ron le. 

— jPor qoó causa? 

— Porque hemos venido á solazamos aquí y á con- 
sumir unas viandas, y dicen que les ahuyentamos ek 
ganado* 

— Ahora veréis, ^repuso Pantojs; y saoando t^da 
la fuerz i de sua pulmones, gritó á los de la montáfiac 

— Bajad, cobardes, si tenéis en las venas una gota, 
de sangre española. 

L'i respuesta dada á Ginés consistió en ana lluvia 
de piedras lanzadas con furia por los pastores. 

— ¡Santo Dios! — exclamaron los estudiantes viendo 
caer en tierra á uno de los suyos.*— Be Sándoval, el 



PBDBO .D& ALVARADO ^'^ 



tacbiUdf Sandovai, qae ha aido herido por ^esos la* 
drcnea. 

— No 08 impoifte; yo la aiÍ8tíró,«--6Xotamó uno á 
quien llamaban Iñigoez. 

— ¡A^delante, oompañoroal^-rgritó con raergia ha- 
róica el improvisado general Oinós. 

— ¡Ya es tarde! — contestó retrocediendo espantada 
la torba estudiantil. 

, — Han soltado los mastines, j nos van á hacer pe- 
dazos, — añadieron. 

— ¡Antes morir qae entregarse! — volvió á decir 
Pan toja alentando á los guerreros. 

— Qae vieneo, qae vieoen las fieras, — dijo uno de 
éstos.— Cojamos una vara; lo que encaentre cada uno. 
En esto una turba de perros de formidable tamaño, 
llegó muy cerca del sitio en que Sandoval yacia mal- 
trecho. 

— ¡Qae matan, que matan al bachiller!— exclama- 
ron todos con desesperación. 

— ¡No tengáis cuidado! ¡Venga uno aquí! Otro, que 
me traiga<el bastardo muerto; los demás seguid defen- 
diendo el campo. 

Al ver los perros que Gicés se dirigía á ellos en 
actitud amenazadora, rodearon, para destrozarle des- 
pués, el cuerpo de Sandoval, y comenzaron á ladrar 
horriblemente. 

Gmé$ blandió su cuchillo al aire, y haciendo luego 
ademan de huir, logró que los mastines abandonasen 
al bachiller, y que formando todos compacto grapo, 
ie siguiesen. 

TOMO U 39 



2» 



PEDRO DB ÁLYiüBUaX) 



Ib esto uno de los canes más-ñenMs dióuntemUe 
salto sobre Pantoja; mas al elevarse el animal, nna 
tremenda oaobillada lanzada al aire por Ginés, alean- 
2Óle con tan mala saerte, que arrancando á sa gar-^ 
ganta lastimero qoejido, hkole eaer en tierra para no 
Tolver á leTantarse nanea; 



T' ' 



CAPÍTULO XXV 



Victoria y reoonocimlenti), 



La toeha entre los perros j Ginés acrecía TÍsible- 
mente. 

Las Tesüduraa del hidalgo fueron dergarradae por 
aquellas ñeras. 

Sin corarse del dolor ocaskMiado por algunas mor- 
deduras que le causaran derramamiento abundoso de 
sangre 9 Pantoja lograba evadir la agresión de sus ene- 
migos repartiendo tajos á diestro j siniestro. 

Dos perros iban ya despachados en la lid en media 
úe los gritos desaforados de los pastores, que veiaft 
perdida sn mejor defensa, j á las imprecaciones de 
aquellos monítaraces, respondían los certeros diqmros 
de la plebe estudiantil. 

Cumpliendo las órdenes de Ginós, el cuerpo muer- 
to del bütardo fué arrojado muy cerca de los perros* 



260 



PEDRO DE ALVARáDO 



Los que quedaron sanos en la refriega llenáronse 
de pavura eon la aparición del reptil , j salieron á es- 
cape como corzo perseguido. 

— ¡Victoria! ¡Victoria! — gritaron los estudiante» 
llenos de júbilo. 

—¡Bajad, bsjad beduinifs! — exclamó Ginós dirigién- 
dose á los pastores. 

Mas estos iban retrocediendo poco á poco, conven- 
cidos de que era ya inevitable sn derrota. 

—¿No queréis! — gritó el sacristán con voz de true- 
no. — Pues ahora tendréis que hacerb ala fuerza, co- 
bardes. 

Y esto diciendo, enceodió una mecha que llevaba 
valiéndose de dos piedras de chispa, y aplicó la llama 
á las yerbas del prado. 

Bl campo empezó á arder, produciendo espesa co- 
lumna de humo. 

' Los pastores llenos ^ de pavura, descendieron del 
monte inmediatamente. 

Sin atender á otra cosa^ apagaron de segida el in* 
cendio, valiéndose de una ramas secas. 

Terminada esta operación, Ginés alentando á loa 
suyos, exclamó: 

— \k ellos, que ya sonnaestro»! Difendeos, rufianes,, 
si podéis. 

Trabóse á palos y cuerpo á cuerpo cruenta lucha 
entre los pastores y los estudiantes, quedando el triun- 
fo confirmado á favor de estof . 

Molidos á garrotazos, plagados de golpes y cardena- 
les, los villanos no tuvieron mis remedio qu0 huir. 



raoao DE ALVARAOO ^1 



—(Lo ye», compañeros!— exclamó Ginés con gran 
«IboroflO/— don constancia y fó, se vence dempre en 
Jas kichas de la ejcistencia. 

—¡Tenéis ra^n, ílostre defensor de nnestr^s foeroat 
— repnsiearon todos los esindiantos rodeando i Ginés;*^ 
pero sepamos & qnián tenemos el honor de hablar 7 de 
4igradecer cnanto por nosotros ha hecho. 

A an infeliz llamado Ginós Pantoja, nombrado sa* 
<$ri«tan á la faerzai para coartarle sa vocax^icn áe es* 
tndiar en las anlas salmantinas. 

— Otro como vos y yo, — exolamó el bachiller San- 
4ovaU dirigiéndose al qae llamaba loiguez. 

— Ahora me sois doblemente simpático, don Ginés: 
Os debo la merced de haberme librado de las iras de 
los perros, y luego yo, como vos, soy también victima 
<le les caprichos de una familia, qae quiere que me ha* 
ga cura. • 

T— Pnes ¡vive Dios! que desde hoy, he de sw por 
todas estos razones vuestro mejor amigo, señor San- 
doval, — repuso Ginés -estrechando A su interlocutor 
«ntre sus Inrszos. 

La plebe estudiantil ^tusiasmada comrazó á gritar: 

«—¡Viva el ilustre Pantoja, defensor da los fueros 
universitarios! 

— ¡Viva! — contestó la gento en masa. 

— ¡Llevémoslo á liombrosi— exclamaron varios. 

— No haréis tol; ni yo lo consentiría, — repuso cpn 
acento de anma nobleza Ginás« 

-~Aquí, señores, — añadió, — ^no hay superierídad^ 
no debe haberla entre nosotros» 



S6« 



MDRO DE A*LTAltADd 



'—Todos ocüBtitaimos varios tmerpos; es verdAd^ 
pero somos; ¡voto á Lucifer! on solo eupfritfi; una so» 
ia alma obligada á realizar los mayores esfuerzos, laa 
más difíciles empresas en faVor de laeotnunidad. 

— ¡Justo, justo! Asi queremos ver á los hombres,— 
repusieron dos estudiantes alargaoido su diestra *. 
Oinós. 

Y luego fueron añadiendo suoesivamente: 

— ¿Os sentareis á mi lado en el aula? 

—^¿Viviréis conmigo? 

— Cursad la Jurisprudencia. 

—Mejor la Teología. 

—La Medicina más bien. 

-Eso me agrada,— exclamó Pantoja, — lo que vo» 
habéis dicho, señor SandovaL 

Después continuaron los estudiantes diciendo: 
' — Bspero de vuestra hidalguía que me ayudareis & 
vengarme del sastre. 

— Y del zapatero de la plasa. 

— Y del fabricante de embutidos de perro. 

—Todo lo que queráis, señores. Repito que venga 
á ser vaestro hermano, j no haja más que haMar. 

— Sólo hemos de favorecer á nuestro amigo Peiron- 
cellj. ¡Oh! Ya le conoceréis, señor Pantoja. Es el 
hombre más bueno, más honrado j más digno que 
existe en toda la provincia. 

— El defensor de la colouia universitaria 
. .^Bl padre de los escolares. 

— El consuelo de los desvalidos. 



punta DS ALYABABO 



a» 



-^Todo Be hará á medida de Toeatro. desea j^ pan 
que Tes» <{oe deseo semros^ poadremoe en joe^e 
enantes artos nos sugiera nuestro magm^ hasta lo- 
grar que ese hidalgo sea regidor de la TÜlaí 

•~¡Maj buenOf mnj buenol 

— Pues amigos míos, aquí ja no hacemos nada. 
Avansa el dia j es preoiso que já pase á oonocer la 
ciudad; pero antes os iuTÍto á tonuur nn bocado en el 
primer figón que encontremos. 

—¡Viva Sakmancal [Víto Pantojael liberal! 

-^GraciaSf amigos; tres doeados tan aób ymi m mi 
4{ompafiia: vuestros son desde este momento. 

— Sso es un hombre. 

-^Formaos, pues; puntead vuestras vihuelas f par^ 
tamos. 

Obedecieron con sin guiar presteaa los estudiantes la 
voz de su amigo, j colocados en correcta formación, 
emprendieron el paso, animados por los ** acordes de 
alegre marcha. 

Llegaron á poce al ventorro llamado de lod Dolo * 
res, cuyo nombre se le otorgó, porque asi se llamaban 
también la mujer del' ventero, la hija de éste j una 
cuñada suja. 

Guando la gente que en él estaba ey^ la música 
estudiantil, salid á recibir á los huéspedes con maese 
Felaes á la cabeza. 

Momentos después, hallábanse todos en un* empar- 
rado, establecido en la puerta del bodegón para evitar 
los ardores de Febo. 

— Maese, — exclamó Sandoval,-^pre8entando al ven- 



1194 



^ED&O DE éJjYáMÉLDQ 



ieM á^Páüt^a, aqui tends un buen amigo nuestra que 
«oab^ de batirte bisarramoBte por imestra eama. 

-—Sea maj bien Tenido el defenor de la ahisima 
nobleza dé la frente^-^repiuo defloabriéndoee el hotte - 
lero. — ¿Y yenis, añadió,^— á ourtar en la Salmantina? 

— Vo» lo habéis diofao. ' 

— ¡Qaé me -placel Hacéis mnj bien, hacéis muy 
1)ien/No hay mejores amigos qoe los libros, -^siguió 
diciendo maese. y 

— ¡Oh! Si á mi me habiesen dejado mis padres, se- 
ria ya canónigo, araobiipo, módico, ¿qoé se yo) Pero 
qoó queréis, las cosas no se realizan siempre á gasta 
de uno, y aquí me tiene yaesamercé, derramando jar- 
ros de lo añejo para calmar el apetito de los parro- 
quianos que ma honran con su visita. 

--*No d€^ais de reaÜMr ana gran misión. 

— jOaál? 

— La denlar de beber al sediento, ^os parece pe- 
qaeñ% esta obra de misericordia? 

—«Habliús como un libro; pero decidme, señor Pan- 
toja, mnqne sea cnriosidad, ¿sabéis pontear la tí- 
huela? 

— Ahora lo veréis, maese. Cinco años de mi vida 
me los he pasado ejercitando el arte^ mientras apa • 
contaba las reses confiadas á mi costodia. 

— Pues no os perdono el que nos deis nn buen rato. 
Ahora voy á qne Doloroitas os traiga anas magras y 
algo con qué iremojar las faaoes, y.os oiremos después; 
¿no es verdad? 

—Tendré en ello samo gasto^ maese Pelaez. 



>P1IIB0 DE ALYARADO *^^ 



QMdann entregados los esoolares á ]se expaasio- 
nes de animadísimo diálogo, cuando tíoo á mteinun* 
pirle la aogelieal figura de la hija del ventero. 

Era esta una joven de diez y siete años, de tez 
morena, de grandes ojos negros, de boca tan breve 
«orno una almendra j de cabello tan sedoso 7 cuidado 
oomo el de la hija de un principCé 
, Al verla, produjese una explosión de entusiasmo 
«entre los estudiantes. 

— ¡Viva el sol del Mediodía! — gritóle uno, arrojan • 
<lo su montera á las plantas de Ja muchacha. 

— ¡Ole por mi cielo! «—exclamó otro tendiáadole la 
<»ips. 

— ¡Bendita cea tu madre, pimpollo! — exclamó el de 
acullá. 

— ¿Qué decíi, qué decís de eso, señor Pantoja? 

— ¡Qué quién fuera pulga! — contestó con suma hi- 
pocresía el interpelado. 

Con un aplauso unánime, acompañado de grandes 
<»rcajadas, fué recibida la ocurrencia de Ginés. 

En esto volvió maese Pelaez junto á sus amigos, 7 
dejando ver la alegría en su rostro, díjoles: 

— ¿Pero qué gente tengo 70 aquí que se está tan 
quieta, cuando todos debemos festejar al recienvenidof 

— ¡Venga, venga una vihuela!— exclamó Panto - 
ja, — que V07 á cantaros unas coplillas. 

—Sí, sí, — contestaron todos. 

— No quiero que me acuséis de triste 7 de descono • 
cedor de vuestras prácticas. 

Todos sentáronse en torno de Ginés, 7 éste, des- 

TOKO n 34 



9fl0 



BEBBüo DB MLrjmimo 



pues da: templar el instniBieniov ianxó al aire kMioan- 
taressigairatet: ;; . 

La bolsa dfil estudiante 
Es como el agua en la cesta, 
Que más y más se vacía 
Cuanto más y más la llennin. 

A la jota, jota 

Que baila mi niña. 

Que me roba el alma 

Cuanto más me mira* 

A la jota, jota 

De la libertad, 

Que Yiirat que viva 

La Universidad. 

Una salva de atronadoras vítores á Ginós^ faó la 
respuesta de los circunstantes. 

— ¡Otra, otra! — exclamaron éstos en masa. . 

— Pero, señores... 

— ¡Otra, salero! — repuso un andahz muy jacaran- 
doso. 

— Pues vaya ésta, amigofii mios, — exclamó Ginés, — 
á la salud de Dolorcitas, la perla de esta casa y de to- 
das las casas del mundo. 

— ¡Muy bien, muy bien! 
El ex -sacristán entonó de nuevo su canto en las 
siguientes coplas: 

Cou el rayo de tus ojos 
Quemaste mi corazón, 
Ven á apagar el incendio 
O ten de mi compasión. 
A la jota, jota 
Que canta Dolores; 



PEDRO DE ALTA&ADO 



2o7 



Que imitan las auras 
Y envidian las ñores. 
A la jota, jota 
Que canto, ¡ay! de mí, 
Muriendo de penas, 
De amores por tí. 

Al termÍDar Pantoja so caocion, obtuvo major 
aplauso que la vez primera, si se quiere. 
— Vaya ahora una Tuestra, señor Palaez. 
— No me resisto, — contestó el hostelero. 
Y tomando de manos de Ginés la guitarra, con 
cascada toz^ aunque de buen cuerpo, formuló el can - 
tar siguiente:. 

Una vieja se comió. 
Señores, y esto no es cuento. 
Un cabrito sin asar, 
Y seis chuletas con hueso. 

T allá por la noche 

Dicen que decía, 

Si tuviera dientes 

Más «ngülliría. 

Vaya un di«parate^ 

Qué barbaridad, 

Esto no lo enseña 

La Univeroidad. 



CAPÍTULO PCXVI 



Por dinero baila el perro, y por pan, si oé io datt. 



Era, sin dada, inextiogaible el numen de maese 
Pelaez; paes á la cantidad extraordinaria de soplas, 
de memoria aprendidas, hnbo que añadir las qne en 
aquel instante inventara para satisfacer las exigencias 
de los escolares. 

El hostelero cantaba como nn misefior; punteaba 
f n vihuela como el andaluz más experto, j disponía de 
la rarísima facultad de improvisar versos de maleante 
j picaresca hechura. 

Asi que hubo maese, regalado hasta la saciedad los 
oídos del público, abandonó la guitarra j suspirando 
anhelesamentCi exclamó: 

— Caballeros, no puedo hacer más en obsequio de 
vuesasmercedes. He cantado como un grillo j aunque 



nmx> Mí AxyíCkkM' ^^ 



en otnm'^empM/ i\pol<» ireilia couétaiilémeDtd £ dar- 
me alieiitm palia el alté, lo qae eB ahora, ¡voto á Gri- 
bas í no ea sertido t9ítt Biajest»^ de dilatar «a benefiefo 
mió BQ protección. La verdad es, señor^Sf que sólo 
Yoestra banevoleiieia puede éxoasar aúa oradlas. 

— jO^dia llamáis á dejamos oiruna rm armoniosa 
y dulce? — exclamó con galante tono Pantoja. 

— Graoiasv amigo mió, g»cia8,<i^^»)ntntó el boste • 
lero. — Insisto en lo dicho, 4 pesar dé vuestra refinada 
cortesania. H07 no es et pobre maese Pelaea otra cosa 
que un vejete, cuya vida sostienen, por mitad los cari- 
ños de una hija 'virtuosa; y Ihs visitas cuotidiaíias do 
mif amados huéspedes, los exctarecidos cursantes de la 
inmortal escuela salmantina. 

— Por eso no faltamos nunca á rendiros nuestro sa- 
ludo,**-^repuio mío de los estudiant€S.«-*-Pero ya que 
tan bueno sois,--^ñadi6,*-^para*que nuestro nuevo co- 
lega os conozca en todos los géceros, narradnos una 
do esas htirtorias sentimentales y dramáticas, que sur- 
gen en vuestro cerebro con la fosforescencia del relám ^ 
pago, ó^que habéis conservado ináelebles en la memo - 
ria; recogidas durante vuestros muchos viajes por el 
mundo. 

^— Harélo gustoso, siempre que al señor Pantoja na 
le entristezcan relatos de este jaez. 

—Antea al contrario, maese, soy inuy afecto i ellos^ 
como buen ei pañol y hombre ex cesitaoMnte impresio- 
nable* 

«---Pues ñendo asi, cdmenzaré enseguida* 

— *Y ya que tan amable os mostráis, maesoY^^repu* 



3^ vmDMt Dft MJ^VABáS» 

ra el bachiller Sandoral^^^-orea intorprater los ^eenti^ 
mieiitos de mis amigM^ ti ce anuncio qm paro dar la^ 
eepaneioii necesaria á Tuestro dLicorsOí pasaremos coa 
TOa el rcBto del dk. 

— Qoó me place, sefior bachiUer; pero creo queem-t 
pleais mny mal^ oyéndome á mi, yoestras yacacio- 
nes. 

-—.Eso no es cuenta irnestra; nosotros cambiaríamos 
todos los recreos del orbe, por la amenidad de yoestra 
palabra. Con que no os res<». otKa cosa que hjaow, sino 
dar comienzo á la historia. 

—Pues allá Tá, con todos sos pelos y señales. 

—No sé si recordarán Yuesasmercedes, porqne re- 
petidas veces se lo he dicho^ que eran mis padree de 
humilde Cuna. 

Guando ambos contrajeron matrimonioi no conta-^ 
ban con más tesoro que su amor, ni con otro amiUo 
que el de sn trabajo. 

Mi padre j mi msdre, hallábanse al conoceree, 
consagrados á las faenas del campo; desimes de sn 
onion, en fuerza de infinitas privaciones, de continuos 
ahorros, de constante lucha, lograran reunir nnas^ 
cuantas monedas, con las que pudieron aliviar su si- 
tuación, tomando en arrendamiento on antiguo para- 
dor, sito en Medina de Rioseco. 

Allí nació mi humilüsima persona, y en aquellos 
campos me eduqué, si educación puede llamarse á la 
del mortal que, siendo niño se cria entre los ganados^ 
que siendo mo^o no tiene mis misión que la de mani- 
pular con la raja, y que al llegar á hombra se encuen- 



Fia>&0 TO ALVAEADO 



271 



tr» oon ona fiidrsa material irresistible; pero con una 
pobreza de ^«pirítii incomparable. 

Qaiflo la suerte^ el infortunio, diré mejor, que 
<)uando ya contaba 70 quince años, llegara & la casa de 
mis padres, de paso para M«idrid, un caballero de no* 
ble alcurnia, de apuesto continente 7 de ñsonomia se* 
irera, 7 para algunos simpática á un tiempo mismo. 

El hidalgo era bretón de nacionalidad, frisaba en 
los veintiocho abriles, hablaba mu7 poco, dormia cua^ 
tro horas escasas durante la noche, 7 á juzgar por su 
habitual actitud, reflexiva siempre, ó su áni^o sentia 
^1 peso de aoiar^a 7 dolorosa desdicha, 6 saboreaba 
algún desengaño, de esos cu7a terrible iofluencia, conr 
<^lu7e por hacer del humano corazón el eterno cadáver 
<ie todas las esperanzas. 

Aunque á juzgar por su aspecto elegante 7 lujoso, 
aquel hombre hubiera podido, sin duda, disponer de 
un n&mero considerable de servidoras, cuando llegó por 
primera vez á mi casa, venia solo completamente; cir 
cuufttancia, que si bien llamó nuestra atención en un 
principio, fuá luego admitida como natural, al saber 
por propia confesión del huésped, que su idiosinorática 
misantropía le obligaba á prescindir de todo género de 
acompañantas, para no verse en la necesidid de ha* 
blar con ellos. 

Guillermo Scott, tenia por nombre el hijo de Bre • 
taña; traíanle á la Peoinsula dos cosas: el deseo de ver 
á un su hermano comerciante, que vivía en Madrid» 
para recojer de sus manos cierta herencia que le cor- 
respondía de derecho, 7 la necesidad de adquirir las 



^^ MBRO DB ALVARADO 

galas 7 dotias precisas para verificar sa matrimonio^' 
con una ilustre dama residente en Poitiers* 

En yerdad confieso á vnesasmercedes, que á pesar 
de las altas dotes de prudencia j cortesanía, que en lo» 
momentos de buen humor revelábanse en el caballero, 
jamás pude yo sentir por él afecto alguno, antes al 
contrario, cuando mis padres j la gente que venia & 
mi casa de diario, deshacíanse en elogios por su per* 
sena, exclamaba el que esto os refiere: 

— Vuésasmercedes podrán decir lo que quieran; pe- 
ro ese extranjero me es á mi muy antipático. 

— Valiente cosa importará á su ilustrísima tu des- 
afecto, — contestábanme. 

— Es que hasta me parece hombre de mal corazón^ 
— uñadla yo.— ¿No se han fijado usarcedes en su modo 
de mirar siniestro y terrible? 

— Vamos, calla, calla, mequetrefe, — exclamaban 
cuantos me oisn. — Los chicos no deben meterse nunca 
á juzgar á los mayores, su obligación consiste en oir^ 
ver y callar. 

Y ante tan severa indicación, limitábame á cerrar 
los labios y á dar la vuelta más corrido que un mono. 
Bien pronto quisieron ks cielos hacerme variar 
de opinión respecto de nuestro huésped.- 

Cierto dia, mucho antes de romper el alba, levan* 
tose mi padre, y dispúsose á salir del parador. 

Tomó un ligero desayuno, y asiendo un taleguito 
colmado de monedas de oro, sostuvo, antes de partir^ 
con mi madre el siguiente diálogo: 

— Irene, á las doce, sin falta, estaró de ?uelti. Ten 



PEDRO DS ALVARA.DO ^'^^ 



prepam^A k oomida, para que nos sentemos á la me • 
sa al instante^ porque traerá apetito. 

— Pdix) te vas solo, Pelaez? — pregante sobresaltada 
mi madre al antor de mis dias. 

•^Sí, I|rene» bí,— oojatestdle^ — ¿para qué necasito 
compañeros? 

—Felaes, por Dips» ooiisidera que esa dinero no es 
tujo; que pueden robártelo, j entoncesi ¡qué seria de 
nofiotrosl 

— ¡Bab, bahi Cosas tuyas, mujer; siempre tan me • 
drosa y llena de cavilaciones. 

— Pelaez, recuerda que la casa del se&or don Diego, 
cuyas Ancas administras boy, está do3 leguas largas de 
aqoi, que el camino es piuy solitario, y sobre todo, 
que en el bosque de los pinos, qtie tienes por precisión 
que atravesar, puede ocultarse una gavilla de malbe- 
chores. 

— Se guardarán may bien de sorprenderme, porque 
ni los alientos de mi caballo se lo consentirían, ni está 
tan descuidada la vigilancia de esos lugares, que que- 
de el viajero completamente abindonado. 

— Esposo mió, yo te ruego que lleves alguno de los 
mozos en tu compañía. 

— Está tranquila, cordera, qu3 nada malo me suce- 
derá. Hasta las do3e, pues, y que me tengas prepara- 
das algunas de esas viandas excelentes con que suelo 
chuparme los dedos. 

Mi padrd dio á mi madre un cariñoso golpe en la 
mejilla derecha^ y salió en dirección del campo, alegre 
j contento como unas pascuas. 

roMon 35 



2^4 PEDRO DE ALVARADO 



A pooo montaba en su corcel^ partiendo e<m la y&^ 
locidad del rayo. • 

Por esos ignorados secretos del cora¿on^ mi buena 
j virtuosa madre qaedó sumida en profanda tristeza. 

Esto no foé, sin embargo, scrflciente motivo, para 
qae abandonase sus habituales tareas. 

En vano pretendí yo inquirir la causa de su abati- 
miento; mi madre me dijo que estaba cerno siempre 
tranquila. Gonocia la santa mujer la impetuosidad de 
mi carácter, y no quiso colocarme en situación de que 
saliera yo en seguimiento del autor de mis dias. 

El temor hubiese sido eu este caso doble para ella. 

En su virtud, desjpues de halagar mi apetito con 
•colmada ofrenda de torreznos, peinó mis cabellos en 
cuya tersara se miraba, y envióme á la escuela de 
Humanidades, diciéndome, no sin suspirar amarga- 
mente: 

— ^Hijo, ven pronto, no te entretengas por ahí, pues 
padre, que ha ido á la obligación, me ha encargado 
muy especialmente que para las doce en punto está la 
comida. 

— Estad tranquila, madre, que cumpliré al pié de 
la letra vuestras órdenes. 

En efecto, antes de la hora prefijada, y apenas nos 
di6 suelta el señor maestro, sepáreme de mis condiS' 
eipulos, y ecnprandila en dirección de mi casa, toman- 
do la carrera del gamo. 

La causa que me impulsaba á obrar asi, era el pro - 
ducto de un egoismo refinado; pues como en las pocas 
Tisita? que mi padre consagraba á don Diego, recibía 



\ 



FEORO DE ALVAEáDO 



«75 



«iempre de este alguna moneda p«M mi, clara as que 
la esperanza de sa posesioiii ponia mfe en ejercioio má 
actividad, j á traeqne de tener cuanto antes en mi bol- 
«a la que jo juzgaba una fortuna, hubiese sido capas 
de correr dos leguas á piós descal^^os. 

Y esto me recuerda, señores, que aquel adagio que i 
•dice: Por dinero baila elperro^ y por pan si se h dan, 
4ebe tenerse muy en cuenta, cuando en ocasiones de la 
^da yernos decaer prontamente ciertas yoluntadesi 
•que por lo duras ó indómitas „pareeianuos conengafto^ 
4q hierro, piedra y bronce formadas. 

Llegué en un dos por tres á mi casa, como á usar • 
•cedes refería, y con el afán de recojer la dádira de 
manos de mi padre, creo que vola, más que subí la es* 
<5alera que couduoia á nuestras habitaciones. 

Inusitada sorpresa caus6me el espectáculo abierto 
ante mis ojos. 

Mi madre temblando, con los ojos preñados de lá- 
«grimas, y llena de miedo, contestaba inciertamente á 
las duras frases que GaiUermo Scott le dirigia. 

Este se expresaba del sigueinte modo: 
— Guando uno necesita para vivir del dinero ajeno, 
procura complacer á quien paga. 
— Yo, señor... 

— Oi he dicho, que 8e me sirviese al punto la co- 
mida, porque debo ^par^rpara Madrid dentr«^ de me- 
dia hora, y lejos de atender á mi raego, venís anun- 
ciándome que no está dispuesta. 

— Perdonad,- señor hidalgo, pero ha dado la casuar 
lidad de que todos los sirvientes se hallan ocupados hoy 



27C 



PKMtO DB ALTAHADO 



en las faenat de^ campo; Me encuentro sola para aten- 
der al servicio de la casa^ y no paedo... 

-^Excusas YAnas ó inadmtsiblea; j aparte de todo^ 
4^0 tenéis un marido que os ayude? 

— Señor Soott, mi esposo ha ido á cumplir con sus 
obligaciones. 

~-¡Al emborracharse! direia,— exclamó el bretón 
lanzando á mi madre una mirada amenazadora que me 
sacó enteramente de quicio. 

—Ved cómo haUaiSi-^oontestó la santa mujer al 
extranjero. — ^Mi esposo no se embriaga nunca; odia el 
vicio por naturalezai y no tolero que nadie le calumnie. 

— ¡Vuestro esposo y voí, y todos los que aquí habi- 
tan,*— gritó el hidalgo Heno de cólera, — no son más 
que un conjunto de rufianes, indignos de habérselas con 
un caballero! 

Al escachar el desusado tono del bretpn, sentí que 
la saugre se me agolpaba en el cerebro, y sin curarme 
de otra cosa que de vengar el agravio inferido, póseme 
ante él enjarras, y contestóle: 

— Aquí no hay más ruñan que el que se atreve con 
una pobre señora, y no conmigo. 

— Qaítate de mi presencia, rapaz lelo, y no intentes 
quemarme la sangre. 

— Habéis insultado á les que me dieron el sor, — 
grité yo hecho un gueirrero, — j eso no lo hace más 
que un hijo de ladrones. 

D<¿cir yo esto, cojer el bretón una silla para arro- 
jármela, y lanzar mi i^adre ún grito de espanto, fué 
obra de un momento. 



PEDRO DS ALVARADO 



2T7 



Mas sin dada no contaba el extranjero con q ne la 
agilidad de ardilla, propia de naestra raza, nos permi- 
te á las yeces, rehuir los m&s rados ataques. 

Asi, pues, al ver su agresión, incliné mi cuerpo 
todo lo que pude. La silla pasó rozando mi cabera, sin 
hacerme el menor daño, y fué á estrellarse en una de 
las paredes de la estancia. 

— ¡Miserable, cobarde! — gritó mi madre desespera- 
da.~*A eso os atreveréis, á provocar á un niño. 

— Callad, ú os haré pedazos á los dos. 

— ¡Eso no lo dicemásqueunbandidol — exclamé jo» 
tomando una pesa que habia en un ángulo del cuarta. 

— ¡Venid ahora, follón! — repuse. 
Y ja iba el extranjero á arrojarse sobre mi, cuan- 
do le disparé la pesa, con tan mala suerte para su per- 
sona, que recibiendo un golpe terrible en el brazo de- 
recho, le hizo caer en tierra lanzando faertes alatídos» 



CAPITULO XXVII 



De cómo recibe el premio qaJen sabe honrar & sus padre». 



El ensoberbecido bretón permaneció algunos mi- 
natos privado del habla. 

Mi madre entretanto, aplicó á bus sienes unas go- 
tas de vinagre, y vendando á la par el miembro mal- 
ferido, logró que el extranjero se repusiese al cabo. 

Guando sir Scott volvió en si, suspiró anhelosa- 
mente, y clavó en mi brevísima persona sus ojos, como 
admirándome. 

Mi madre cayó de rodillas ante nuestro huésped^ 
y cruzando las manos, exclamó: 

— Perdonad, amo mió, á ese bribón, y no nos per- 
dais acusándole á la justicia. Es un criminal, bien li> 
conozco, pero yo os aseguro que cuando regrese su pa- 
dre, le ha de moler los huesos á palos. 



PBI»10 DB ALVARADO ^^^ 



— No hará tal, — exclamó Scott, tornándose suma- 
mente amable. Y laego Tolvióadose á mi| refmso: 

— Acéreate, joven sofaliine, acércate. 
Corrido cual nn mono, y sin acertar á explicarme 
lo que sucedía, llegué al lado del extranjero, j bajé la 
cabeza ante él como quien aguarda su sentencia. 

El caballero introdujo la diestra en su bolsa, y sa- 
cando de esta un escudo de oro. 

— Toma,— repuso, haciendo ademan de entregar-, 
meló,— en premio de tu buena acción. > 

Gonñeso que ante el inesperado rasgo de mi yicti- 
ma, estuve á punto de caerme de espaldas. Mi madre 
quedóse con la boca abierta, y ambos convertímonos 
en verdaderas estatuas del silencio. 

Viendo el bretón nuestra sorpresa é incertidumbre^ 
depositó á la fuerza la mone áa en mis manos, y coma 
yo permaneciese sin saber que hacer de ella, exclamó 
de nuevo: 

—Guárdala; yo te lo suplico, comió premio insigni- 
ficante á las cualidades que te adornan. 

^-¿Al las cualidades que le adornan?— atrevióse- á 
preguntar mi madre con marcada curiosidad. 

— Sí, señora Irene, si, — ^repuso con firme convicción 
el huésped. Para otro hombre que no íuase cokno - el 
que o» habla, admirador! decidido de los grandes senti-* 
mientes, la conducta de este mucfaadio parecería ins- 
pirada en la soberbia más punible y en la altivez más 
impropis; pero en el concepto de Guillermo Scott, lo 
que vuestro hijo acaba de hacer con él, merece su 
aplauso y su premio. 



2S<> PEDRO DB AXVAKADO 



— ¿Su aplduso y su premio! 

— Síy sefiora Irene. Honrar padre y madre es el 
preodpto más esplendente del Dacálogo. Vuestro hija 
lo ha comprendido asi al defenderos de los insultos que 
yo hube de dirigiros. 

— ¡Don Guillermo!... 

— Si me hubiera dado muerte, habría estado eu su 
derecho. Yo también amaba á mi madre con locura, y 
ante la sola idea de que alguien pudiese agraviarla, 
acude )a más terrible indignación á mi espíritu. 

— Sigue porosa senda, hijo mió, — 3ontiuuó dicién- 
dome el bretón, —y el cielo premiará tu amor filial con 
más prodigalidad que este pobre. 

— ¡Gracias, amo mió, gracias! — exclamó mi madre 
cayendo de rodillas y estampando un ósculo ea las 
manos del extranjero. 

Eu esto entró en la estancia un zagal, y adelantan* 
dose hasta sir Scott, entrególe una carta. 

El hidalgo leyó con suma alegría los caracteres 
estampados en la cubierta. 

— ¡Bs de mi hermano, de mi buen hermano, — re 
puso, — sin duda me comunica que ya es el poseedor 
de la herencia de nuestro pariente. Veamos. 

— ¡Jesucristo! ¿Es cierto lo que leo? ¡No es una vil 
mentira? ¡Arruinado el infeliz! ¿Quién habia de creer- 
lo? ¡Qué desgracia, Dios mió, que desgracia! 

Y esto diciendo, cubrióse el rostro y comenzó á 
sollozar como un niño. 

Mi madre en extremo impresionada, procuró con* 
solar al extranjero, dicióndole: 



PBDIU^ 1>S ALVARADO ^^ 



— Vamos, don Gaillermo^ vamos, cualquiera que 
tsiea Tueitro isfortamo, es preciso recibirle con cristía 
na resignación. 

Es may grande Irene, es mny ^rrnld. Vos no al- 
canzáis á comprenderlo; si lo supierais ¡oh! pero ¡voto 
á las mismas entrañas d) Siteuás! que será mia, aun 
<mando el orgullo j la miseria da los juicios humanos 
traten de impedírmelo. 

Con excitación tan febril, con desesperación tan 
marcada pronunció Sir Guillermo estas frases inco- 
herentes, que mi madre no osó hacerle más refle 
xiones. 

Hallábase dotada de gran viveza de imaginación, j 
comprendió en un instante, que el hidalgo luchaba en 
sus adentros con algún asunto de corazón, grave por 
si mismo y trascendental. 

Gomo queriendo convencerse de que era un suefio 
Jo que haUa leido, Sir Soott pasó nuevamente los ojos 
por la carta de su hsrmauo, 7 empezó á recitar á me* 
dia ▼oz su contenido. 

El texto del documento era el siguiente: 

— May amado hermano Guillermo; cuando me de- 
paraba el destino la dicha de abrazarte, encuóntrome 
con que los acontecimientos te alejaran de mí, obli* 
gándote á regresar á Poitiers. 

— Siento tener que manifestártelo. Una gran des- 
gracia pesa sobre nosotros; pero á mi, me alcanza 
más particularmente. 

La herencia de nuestro tio era una ilusión, un 
TOMO n 26 



HBDiU) DS AhYARÁDO 



raeñOi ana oantidad nagativa. Al ir á oobraria te han 
presentado infíaidad de acreedores reoiamando el paga- 
de créditos, que todo el mundo desconocta. 

Las deudas ascienden á más del doble de lo que 
pudiera importar el capital del finado. 

Y no es esto lo peor^ querido Guillermo de mi al- 
ma. Eres mi hermano y debo eontarte todo lo que 
ocurre sin omitir un detalle; pero por lo mismo que nO' 
obró bien, debo pedirte perdoa por mi conducta en 
nombre de la vida de mia hijos y de la memoria de^ 
nuestros padres. 

Hace algunos dias quise reintegrarme de las cora-^ 
tantas pérdidas experimratadas en mi comercio j em- 
prendí un temerario negocia, apoyado en la parte de 
herencia qoe había de cobrar. 

Tomé un dinero á préstamo, empléelo todo en el 
cambio de arlícalos; no puedo venderlos, porque se 
averiaron al ser conducidos á Eispaua, j lús presta** 
mistas me exigen que les devuelva su anticipo con el 
interés correspondiente, sopeña si no lo verifico, de en - 
tregarme á la justicia: ¿qué hacer en tan duro trance? 

Perdona, hermano del alma, mi osadía. Yo me acor • 
dé de tu baen corazón y de que cuentas con una bueca 
riqueza consistente en. fincas enclavadas eaPoitiers. 
En su virtud, hoetigado por mis acreedwes,^ requerí lo. 
constantemente al pago de la deuda, ofreciies solven- 
tarla 4de qué modo? asegurándoles que no tendrías 
inconveniente en que fueran percibiendo laa rentas de 
tus citadas propiedades de Poitiers, haata la total ex« 
tinción del débito* 



PEDRO DS ALVARADO 



289 



, ¿Verdad, hermano mío, qie mi oondieta 68 la de un 
criminal? ¡Oh! Peiotút en loe nobilidioioe sentimien-c 
tos que te adornan, ni la desaprobarás, m dejará» de 
comprender oaánto habré safrido yióndome oUigado á 
proceder ai L 

-~Debia habermid arrancado la vida id caer en la 
desgracia, jno es ciarte? 

Esta idea se les ooorriría á todos manos á ti; qao 
conoces mi fé inquebrantable en Dios; mi amor por 
estos iníortonalos^ pedazos del alma. ¡Mi esposa y mis 
infelices hijos! ¿Qué seria de ellos, abandonados en la 
tierra? 

Onillermo; no Tengas á vermey mí proceder para 
contigo me llenaría de yergüenza y. miedo. ^ 

Vuelve á Poitiers, en la seguridad de que la primer 
visita que te haga, será, no lo dudes, para satisfacer 
tas desembolsos j darte las gracias postrado á tus pies. 

Soy un hombre honrado que se despide de ti coa 
las lágrimas en los ojos, j que te bendice en unioA de 

los SUJOS. 

Adiós, hermano mio^. Tuyo dd<^razon. 

Albsrio 

Al termioar la carta, entregóse nu^vaimente á su 
pena Sir ScoU. 

Quatdó el doioumento en su bolsillo, y cruzando laa 
manos, exelaoGUi después de mirar á mi madre: 
— ¿Qué os parece, señora Irrae, qué os parece? 
— ^Señor hidalga, sino pecase de indiscreta, me atre- 



384 



PBDiUV DB ALVÁllADO 



Tdria á deoirot ana oosa^ pues que habéis tenido la 
bondad de confiarme yaestro seoreto. 

—¿Cuál es ella? 

— Qae si vuestra desgrama consiste en la quiebra 
<le vaestro hermano solamente, sieodo como sois rico, 
7 podiendo remediarla, paréceme un tanto exagerada 
vuestra afliccioo. 

—¡Exagerada deefsl ---exclamó el extranjero con 
tonos de singular amargura. — Si supierais, señora Iré-* 
ne lo que mi pasa, á buen Mguro,-^ñadió, — no me 
hablaríais asi. 

— Tal vez... 

— Puesto que ya conocéis mi secreto, quiero reve- 
lároslo en su totalidad. 

Mi madre me hizo una indicación para que saliese 
del cuarto, j yo obedeciendo en la apariencia, quedó- 
me oculto á la parte de afuera, temiendo aún que 
nuestro huésped intentara maltratarla otra vez. 

Apesar de que Sir Scott hablaba muy bajo, pude 
lecojer en mi oido las siguientes frases: 

— Gomo sabéis, señora Irene, el objeto de mi viaje 
á España no se limitaba solamente á recabar la heren- 
cia de nuestro tío. 

— Pensabais, además, según os he oido,— repuso mi 
madre,— comprar las galas para vuestro matrimo- 
nio con..... 

— Aurora de Broglie, la mujer más orgullosa de 
Francia; pero por cuya posesión/ hubiese sido en otros 
tiempos capaz de ofrecer mi alma al diablo. 

— ¡Válgame Nuestra Señora del Socorro!— ex<dam6 



PBDRO DE ALVAllÁDO 



295 



mi madre raatigaiAdoM tres T6ees,-^i«ab6Í9 lo -qu» 
estáis diciendo, Sir Scott? 

— 140 que acabáis de oir, Irene. Esa mujer es el 
ver ladero infierno de mi vüa; cada ves qne «o imagen 
Sublime se levanta en mi espíritu con la grandeza de 
nn Dios, mi corazón parece querer estallar dentro del 
pecho: la alaria convierte mi cerebro en nn volcan, 
la fiebre del ratu^iasmo me eobquece, 7 el cielo, en 
fin, abre ante mis ojos sus ignoradas regionea; pero 
laego las nieblas del imposible llevan á mi espirita 
el desengaño, la esperauza se desvanece, las humana» 
miserias triunfan. ¡Tolo es mentira, vil mentira, hasta 
el culto nefdindo que sustituye el amor dinno, por el 
de una mujer sin conciencia I 

. — Sir Scott, perdonadme; pero no me explico, qu^ 
cuando vá á ser vuestra la que tanto amáis, os exalte 
su recuerdo de ese modo. 

— Se&ora Irene, Aurora me ha repetido en infioi- 
tas ocasiones, que no pueda llamarse mi esposa, ioterin 
mi fortuna no se halle á la altura de la qie ella posee. 
■ — ¡Ah! Mi amo, esa ya es otra cuestión. 

-**Por eso veaia á Es paila á recoger esta herencia 
con el propósito de volver á Poitiers, disponiendo de un 
caudal superior al de mi amada, y unirme enseguida á 
ella en lazo eterno. 

— Excusad, Sir Scott, mis dudas. ^Si no. erais duefo 
aun de vuestro nuevo capital, cómo os aventurabais á 
hablar de compra de galas matrimoniales, exponien«- 
doos á que dofia Aurora se negara á casarle con vos,. 
después de adquiridas estas? 



5^ MDRO DS ÁLYJLltADÓ 



— Porqae jo que oontaba segarMktratd con esas sa« 
mas, escribí á mi dama, preguntándole si caso de as* 
ceoder mi parto de herencia á cien mil dacados, itn- 
dria incoftveniente en darme sn mano. 

-*-jY os contestó?... 

—Siendo lo que tú me dices, Guillermo, ya puedes 
con verdaderos títulos, llamarte un dia esposo de Au- 
rora de Broglie. Cobra el dinero y nos casaremos cuan- 
do gustes. 

—Ya yeis, señora Irene, si amando con locura á esa 
joven, tengo motivos para des isp ararme. Arrainado 
en parte, con los débitos contraído) por mi pobre her- 
mano; taniendo que regresar á P^itiers coa menos 
fortuna que cuando de él salí, p6mo me presento en 
etta situación á los ojos de Aurora, á la cual he enga- 
ñado con ofertas mentidas, y privado tal ves de uu 
buen partido? 

— Si ella os quiere, tened la seguridad, Sir Soott, de 
que pondrá en práctica aquel adagio que dice: eotUigo 
pan y cebolla. 

— Imposible, señora Irene, imposible. Si la cono- 
cieseis, veríais que ante su amor propio y su orgallo, 
se estrellan todas las consideraciones, todos los argu- 
mentos, la lógica más severa, y el razonar más frió. 

— Entonces, esa mujer no os ama: me autorisau 
para decíroslo mi sexo y mi edad, Aurora no es digna 
de vos; es un carácter n^ moldéalo en la ternura pro- 
pia de nuestros sratimientes« 

— Olvidadla, Sir Scott, olvidadla. 
El bretón cogió la diestra de mi madre entre las 



PEDRO DK ÁLYARÁDO ^"^ 



«ajas^ 7 dirigiéndole una mirada tristísima, exclamó: 
— Lo que me proponeisi hermana mía, es tan difícil, 
como qaerer dar yida á un cnerpo qae acaba de sepa- 
rarse del alma. 



CAPITULO XXVIII 



-Qe cómo la verdadera amistad acompaña siempre al que sufk^* 



Sír Gaillermo permaneció un instante BÜencioso 7 
triste. 

Mi maire no tuvo yalor para sacarle de sus abs- 
tracciones. 

El hidalgo pareoia Cier en mortal abatimiento; 
sos ojos abiertos antes y ñjos en un ángalo de la estan- 
cia, fueron cerrándose pocj á poco, como si cedieran 
al peso de profundo dolor. 

Por ña el caballero dio muestras de qae le animi^ 
ba ua soplo de vida, echando su cabeza atrás; ponien- 
do la diestra sobrd el corazón, 7 exclamando di&spues 
de exhalar un angustioso suspiro: 

— ¡L% deshonra de A.lbertoI ¡El odio de Aurora! 
¿Dios mió, puede darse major desgracia? 

Eq esto penetró un campesino en la habiticion en 
que se encontraban mi madre 7 Sir Guillermo , j yo 
me introduje con él. 



PEDRO PK ALVjMUÜK) '^'^ 



El extranjero cambió s&l^itamente did aspecto, para 
no dar á entender al criado «a Bitaaciotff 

Dominio tan grande ejeroia en oc^iqíids jojbre j si 
propio. ^ 

Coando mi madre vio al labrieigo, púsose de con* 
tenta, como loca, j exclamó: 

— Vamos, Arias, tu llegada me anancia que en pos 
de tí, viene, como siempre, el bueno de mi Pelaez«,EL 
cielo parece haberte destinado á ser el precursor de to- 
das las alegrías. 

El campesino xío osó desplegar los labios. 
— Ya, ya sé lo que ocurre, como eres tan corto, na 
te atreves á hablar delante de don Guillermo. 
—¡Yol... 

— Hopibre, civilízate alguna vez, j haz lo que todos 
los mortales. Este caballero no se come á las gentes. 
Veamos cómo te se quita la vergüenza. ¿Verdad qud 
mi pariente trae algo bueno para su muchacho? 

El labriego volvió á guardar silencio, ó inclinó so- 
bre el pecho la cabeza. 

A.1 ver mi madre su tristura, saltó hasta él; j pro-* 
curando leer en sus ojos lo que le acontecía, exclam6 
con trémula voz: 

— ¿(7ómo^ Arias? ¿Te pones D¡ialo? ¿Te, ha sucedida 
alguna desgracia? 
--No señora. 

— Entonces, ¿por qué te maestras á mis ojos poseí- 
do de tan extraño e3tupor,.de inseguridad tan grande 
en tus palabras? 
— El caso es... 

Toko n hi 



290 



PKDRO DE ALVABADO 



--¿Habla, explicate Arias, por los cielos; no alientes 

con tu vacilación este tormento horrible de mi alma. 

^Le ha sucedido algo á mi esposo? ¿Traes alguna noti- 

ciafanesia? Dime lo que sepas, por la vida de tu madr«. 

El aldeano suspiró anhelosamente, y repuso: 

— Lo cierto es, que sin dada^ ¿pero qué afirmo? Es- 
Í9 no pasa de ser una sospecha; porque ellos, yo, 
vuestro esposo, ¡quién sabe! Todo depende de la mise- 
ricordia de Dios. 

— Arias, no desgarres mi corazón oou' tan cruel in- 
certidumbre; concluyamos de una vez, ó me lanzaré 
yo misma al campo en busca de Pelaez, ya que sus 
amigos se empeñan en matarme. 

— ¡Oh! Eso no, eso no. Oí diré cuanto sé, cuanto 
he visto; lo que supongo, lo que me ocurre; en una 
•palabra... 



«—Que el infeliz de nuestro amigo, debe... debe... 
haber sido asesinado. 

— ¡Santo Dios! — ^gritó con desesperación febril mi 
madre, llevándose las manos á la cabeza. 

— ¡Hijo! ¡Hijo! — exclamó abrazándome y uniendo á 
mis lamentos sus quejas desgarradoras. 

— ¡Oh! No te creo, — afiadió con acento enrojiqueci- 
do por el llanto, desasiéndose de mi y dirigiéndose á 
Arias. — ¡Mientes! — repuso. — Mi esposo no ha muer- 
to, no ha podido morir. El cielo no es tan cruel para 
sumimos es desgracia semejante. 

Mi madre cubrió de besos mi frente, dando á la par 
rienda suelta á su aflicción. 



PEDRO DK ALYÁRADO a^I 



Aqael cuadro hubiera 8Ído capas da connioyer á 
una piedra» 

Sir Scott, asooiábaBe á nuestra pana llorando como 
un niño. 

El pobre Arias no se atrevía á moverse. 

Tenia la cabeza baja y sobre su moreno rostfo, 
dejaba ver el cristal de abundoso llanto. 

Mi madre deshacíase en el dolor, j parecía á 
intervalos hallarse próxima á perder el juicio. 

Una tras otra sallan de su labio extridentes j 
nerviosas carcajadas. 

Sir Guillermo atrevióse á contener aqueUa explo- 
sión de legítimo sentimiento, j golpeando carifiosa- 
mente el hombro derecho de su amiga, exclamó con 
voz entrecortada: 

— Vamos, señora Irene, vamos; es preciso tener 

/Conformidad; el Señor lo ha dispuesto así. R^K)rdad 

lo que me decíais al saber el infortunio de mi hermano. 

— ¡Oh! ¡Paro la muerte; la muerte, — gritó mi madre 

llena de angustia, — esa si que es una desdicha ineom- 

parable! 

— ^Y qué vais á hacerle si ja no tiene remedio? 

' — T^SiXíto como eso no, — repuso Arias súbitamente. 

— ¿Cómo? —dijimos á una, llenos de sorpresa mi 
madre el bretón y yo. 

— Quiero manifestar á usarcedes, — añadió el labriego 
procurando serenarse, — que si bien existen graves 
indicios de que á mi compañero le haya sucedido una 
gran defgracia... 

— S'gue... 



^•2 ''PSDItO DE ALYARADO 

''—No tenga pihieba plenísima en qne fundarme para 
asegnrarlo. 

— ¡Vfrgón Santa!— grilamos á una llenos de jubila 
mi madre j yo* 

— ¿No tétteis pmeba plena, — preguntó al* aldeano 
ti bretón lanzándole nna mirada de tigre, — 7 osáis sin 
embargo, yenir á sembrar la amargura en una familia? 
"i— Yo, mi amo, 

— Por los óoeínos de Lucifer, que no te arranco el 
corazón por misericordia, bestia sin entrañas. 

— Yo no hago mas que contar lo que he visto. 

— Pues Yacíalo todo de una vez, ó sales de aquí para 
ir al cementerio. 

— ¡Vaya un modo de insinuarse! 

— El que tú mereces, bandido: refiere cuanto sepa» 
ó cumpliré lo qué acabo de ofrecerte. ^ 

-^Espoca cosa,— exclamó el labriego rcfanfuñando. 
—Que muy cerca del camino llamado de las Cruces, 
por el óual tiene que atravesar el señor Pelaez para 
ir á la casa de don Diego, he encontrado su caballo 
tendido en tierra y cosido á puñaladas. 

— ¡Pero mi esposo, mi esposo! ¡Dónde está; cuál 
ha sido su suerte! 

— Lo ignoro, señora Irene, lo ignoro; lo único que 
puedo añadir, es que su corcel llevaba enredados en la 
montura, algunos girones de su capa. 

— ¡Oh! No cabe duda; hijo, hijo, te has quedado sia 
padre. ¡Qoá triste porvenir nos espera á los dos! 

— ¡ A.ún no es tarde! —repuso Sir Soott con gran en- 
tereza. — El corazón me dice que Pelaez no ha muerto» 



PBDRO DB ALTABADOl 



S99 



-T-iAhl Dio» mío, Virgen del Socorro, si eso fuera, 
verdad, — gritó mi madre, sobreponiéndose á siji pma; 
— ^sería capaz de in al templo.de Nuestra SeUorn.á-pié 
<lesoalzo dos veces al dia por espacio de un mes^ 

— Pronto lo sabremos, señora Irene. 

— ¿Qaó vais á hacer, don Guillermo? 

— Partir ahora mismo para ir en busca de Pelaez. 

— Dios os lo pague; pero tened entendido que podéis. 
<^er en manos de los viles que han atentado contra la 
Mda de mi esposo. 

— Poseo una buena daga. 

— Vuestro brazo derecho está herido^ 

— Ya no siento nada en él; fuá un golpe sin conse- 
«coencias. 

— ¿Y vais á ir solo? 

— Le acompañaré yo, — exclamé con singular bi- 
^arris^. 

— En modo alguno, — contestóme el bretón, — tú 
permanecerás aliado de tu madre hasta que 70 vuelva. 
Arias, únicamente vendrá conmigo. 

Al oir esto el labriego, cayó de rodillas ante sir 
Scott, y presentándole las manos crazadas repuso: 

— No me hagáis ir, os . lo pido pQr lo que más 
queráis en la tierra. 

— ¡Cómo, villanol ¿Te resistes? 

— Es una súplica que os hago. 

— ¿Fundada en qué, canalla? 

— Señor; en que si la justicia acierta k vemos en 
el bosque, creerá que somos los asesinos del señor 
Pelaez, y ya nos hemos arreglado. Prefiero caer^ en 



^* PEDKO DE ALVARADO 



láS manos de Satanás á qae me coja un corchete de la 
Santa. ¡Vos no dábeis lo que es eso! 

— ¡Mientes, bedníno! Lo que *tú tienes es miedo de 
medir tas armas. Ya voj comprendiendo que hay 
también castellanos cobardes. 

— (Miserable! — gritó Arias con acento de fiereza, 
soma, poniéndose en pié, — ¿sabéis lo qpe habéis di- 
cho? 

— Vamos, vamM al pnnto, — añadió, — que por las 
calzas de Judas, voy á probaros que no hé menester 
de extrangeros ruines, para aniquilar al mismo Lucifer 
si se me presenta. 
— ¡Partamos, pues! 
Dicho esto salieron Sir Scott j Arias en dirección^ 
del bosque. 

Mi madre y yo despedímoslos con frases de pro- 
funda gratitud. 

Sigamos á los dos valientes en su viaje del ctial 
tuve noticia por sus revelaciones posteriores. 

Montados ambos en el caballo de Arias^ empren- 
dieron su camino á todo correr. 

Salvaron una buena distancia, y divisaron á lo- 
lejos un bosque. 

— Allí encontraremos huellas de su paradero, — dijo 
á Arias Sir Scott. 

El hidalgo picó espuelas á si corcel, y á poca 
penetraban los dos giuetes en la espesura. 

Apeárodtoe á la entrada de ella, y después de des- 
nudar sus dag^s, decidiéronse á reconocer el bosque» 
Fueron infructuosas sus pesquisas. 



PEDRO DE ALYARADO 



285 



Por ninguna parte encontraron indicios del crimen 
qne suponían realizado eala persona de Pelaez. 

Sir Scott detÚ7Qíse un momento, y señalando ¿ 
un pequeño recodo, preguntó á Arias: 

— ¿Veis aquellos hombres, uno de los cuales mira 
recelosamente á un árbol, ó impuhaásus amigos á que 
desaparezcan. 

— Sí, señor. 

--^¿Serán ladrones ésos meoguados? 

— Parecen por las trazas mercaderes que van á su 
negocio. 

V— Ahora lo sabremos, — repuso Scíott; y llevándose 
las manos á la boca, gritó con. toda la fuerza de sus 
pulmones. 

— ¡Bh, hidalgos! ¡favor á la justicia! 

— Bien la requiere esta tierra, — exclamó uno de los 
aludidos; —aquí hay uua praeba de ello; pero acór- 
qaense sus señorías si gustan, que nosotros vamos á 
ganarnos el pan, y no necesitamos meternos en lios. 

Cual ú la tierra se hubiese trágalo á aquellos 
hombres, que no eran otra cosa que mercaderes, des- 
aparecieron á Duestros ojos. 

— ¡Adelante! — gritó Scott, avanzando coa paso 
firme. ^ 

— ¡Santo Cristo! — exclamó mirando el árbol por 
frente al cual atravesaron los mercaderes. 

— ¡Virgen María! — contestó Arias llevándose las 
manps á la cabeza. 

— ¿Veis á ese hombre, Arias? 

— Sí, £eñor. 



296 



PEDRO DB ALVARÁDO 



— Está amarrado de pi^s j manos como un cantívo, 
y con la espalda reclinada sobre ada encina. ¡Es óU 
^s él! » 

— Ahora lo comprendo todo. 

— Al verle atados los mercaderes, internáronse en 
la espesara llenos de pavor. 

— Eso ha acontecido de seguro. ¡Pelaez, Pelaoz! — 
«xclamó sír Sccott, saltando al lado del preso. 

— I Ay de mí! — repuso éste con voz ramamente de^ 
bilitada, y dingiendo á su interlocutor una mirada tris- 
tifiima. 

— Presto, presto; ayudadme, Arias, á quitar á nues- 
tro amigo las ligaduras. 

Hiciéronlo ambos asi, á tiempo que Pelaez repetía 
con palabras entrecortadas: 

— ¡Infames! Me han molido á golpes, robándome á 
la par cuanto llevaba: el dinero, la ropa. ¡Pobre Ire- 
ne, pobre hijo mió! ¡quó vá á ser de vosotros sumidos 
en el deshonor! 

— ¡No os curéis de eso! — replicóle sir Guillermo 
con voz cariñosa; — pues la verdadera amistad es aque- 
Jla que está siempre al lado del que sufre. 




IltdeJPalaQí-r ' Arenal ;-Z Madná 

Al verle atado los mercaderes internáronse en la 
espesura. 



CAPÍTULO XXIX 



No hay vida como la honra. 



El ventero oontínuó diciendo á los estudiantes: 
— Faé tan grande la debilidad que mi padre sintiera 
cuando le desataron las manos j los piós, que quedó 
sumido en profundo desmayo. 

Sir Guillermo y Arias cubriéronle con sus capas, 
y el primero colocó sobre su corcel el cuerpo malfe- 
rido del autor de mis dias. 

Arias dispúsose á partir á pié, llevando sujeto por 
la rienda el caballo de Scott. 

En esta forma tomaron el camino del pueblo. 

Ningún accidente ocurrióles durante la travesía, si 
no fuera las continuas paradas del potro, que fatigado 
y maltrecho, á causa de la carrera que»vióse obligado 
Á dar hasta llegar al bosque, no podia ya con sus pe- 
dazos. 

«oMo n £8 



2^ PEDRO DE ALVARADO 



Apenas divisaron algunos campesinos á Sir Scott^ 
comenzaron á correr en distintas direcoionesi para no- 
tificar á 8Q3 colegas lo qae habian visto. 

^ A la entrada del pueblo e3perábale un numeroso 
gentío. 

— ¿Viene muerto? — preguntábanlos unos, aludiendo 
á mi padre. 

— ¿Le habéis hallado en la agonía? — repetian los 
otros. 

— Vivo le traigo, — contestó Sir Guillermo;— pero 
le ha acometido un síncope. No hagáis ruido, — añadió, 
— que pudiera cualquier excitación nerviosa concluir 
con él, pues estí muy débil. 

— Lo mismo le acontece á su esposa, — dijo uno det 
los labriegos; —no hace más qie llorar, reir j abrazar 
al chico% Queria venir con nosotros, y como esti tan 
exaltada no la hemos dejado. Ahora sí, ahora sí, que 
podemos decirle: 

— Basta ya de llantos, señora Irane; arriba esa ca- 
beza; el cielo ha querido salvar á nuestro honradísimo 
paisano. 

— Eso, eso es lo que debéis hacer en este instante^, 
—repuso Sir Guillermo. 

— Y vos, — iñadió dirigiéndose al alcalde de la lo- 
calidad, — servios mandar por una camilla, y da no ha- 
berla, por algo semejante, en que podamos trasladarle. 
El interpelado colocó su mano izqiierdi sobre la 
cadera, quedando el brazo como asa del cuerpo, y sa- 
cando cuanto pudo el abdomen, exclamó encarándose 
con el extranjero: 



PEDRO DE ALVAKADO ^^ 



—¿Cree usarcé que^aqoí sucede lo mismo qne en 
Jngahterra? ' 

—¿Cómo? 

-^Que los jueces no se ocapan más que de empol<- 
Tarse el pelo. 

— (Menguado! 

— Cuidadito con lo que se habla. Aquí, sépalo usi- 
lia, iodo está previsto; los alcaldes no eon de pega^ 
¿estamos? 

— ¡A ver, chícosl acercad la caja para depositar en 
ella el cuerpo de nuestro amigo. 

Dos jayanes de recia complexión colocaron en el 
suelo la camilla, que no era otra cosa que ur arcon 
enorme, de paja relleno hasta la boca. 

— ¡Magnifico! — exclamó con ironía al contemplarla 
el bretón. — Veo que seis una autoridad celosa de los 
públicos intereses. 

— ¿Pues qué se figuraba el hidalgo? ¿Creia tal vez -^ 
que Bwpaña anda á la cola de las demás nacioiea? 

— Tan distinta es mi opinión, señor alcalde, que 
siempre que vengo á vuestra patria, es con el objeto 
de aprender algo bueno; y aunque asi no fuera, con 
vuestra previsión y talento habríais desvanecido cual • 
quier duda que 70 pudiese abrigar acerca de los ade -^ 
lautos de este país. 

— Esa ya es otra cosa. Venga esa mano y reoono- 
oedme como leal amigo vuestro y muy humilde servi- 
dor. 

El extranjero tendió la diestra al alcalde, y pagó 
wol ofrecimiento con una sonrisa cariñosa. 



^^ PEDRO DB ALVARADO 



Doraste este diálogo^ el caerpo de Pelaez faé 
colocado en el arcon y cubierto con unas mantas. 

Eq esto llegó el médico del pueblo, j despuea de 
pulsar al desmayado, aplicóle á la nariz unas esencias, 
exclamando á la par: 

— Esto no es más que una paliza; pueden usarcedes 
Hoyarlo á su casa para ahuyentar el susto de su gen- 
te, y díganle de mi parte, que tenemos hombre para 
rato. 

Metan al señor Pelaez enla cama, y si se enfria, al 
pajar con ól. 

— ¡A.1 pajarl — exclamó Sir Scott abriendo extrema- 
damente los ojos. 

— Hó aquí el mejor remedio. 
— Ese es el que tú necesitas, cuadrúpedo, — añadió 
el bretón para i?, lamentando las bondades de Hipó- 
crates. 

Guando el acompañamiento de mi padre marcha- 
ba en pos de ól procesionalmente, salimos mi madre y 
yo á recibirle. 

— Gracias, nostramo, gracias, — exclamamos á una 
cayendo de rodillas ante Sir Scott. 

— ¡Silencio y adelante! — repuso el extranjero. — 
Vive, — añadió, — pero si cometiéramos la impruden- 
cia de emocionarle, pondríamos en grave peligro su 
existencia. 

Callamos todos, y ya en las puertas de mi casa, 
nuestros vecinos comenzaron á desalar, no sin decir á 
mi madre én muy baja voz: 

— Señora Irene, que sea para muchos años. Nada 



'rai>RO Í)E ALVARADO 801 

haj por ahora que temer; pero si algo ocarriera, no 
'han de^ faltarle al señor Pelaez anas buenas tortas d» 
harina. 

— O Qlias magras. 

— O unas pechugas con tomate; pues lo que es en 
estos^dias, como no regale muoho al estómago, na 
sana. 

— Ya só que sois mnj buenos amigos; j agradezco 
en el alma yuestras atenciones. 
. El desdichado de mi padre fuá instalado en su le- 
cho, quedando en tomo de él, mi madre, Arias, Sir 
Guillermo J jo. 

Tardó bastante en reponerse j recuperar el habla» 
Al cabo de una hora de mortal silencio exhaló el 
paciente un penoso suspiro, y como quien no acierta á 
coordinar sus ideas, exclamó: 

— ¿Quá es esto? ¿Dando estoj? Acerredme, Virgen 
Santa. 

— Esposo, esposo mió, ¿no nos conoces? Somos Ire- 
ne y tu hijo. 

— ¡Disdichados, infelices! ¡Si supieseis lo que os es * 
pera! ¡Oh! No quiero pensarla; mi cerebro parece 
abrasarse, mi frente... 

-^Galma, mucha calma, señor Pelaez. Ahora más 
que nunca habéis necesidad de reposo. 

— Don (jl^aillermo, no tengáis cuidado; yoj sintión • 
dome más fuerte, respiro mejor; pero, ¿para qué? ¡Hi« 
jo! Irene mía; la deshonraos espara; á los ojos de to- 
dos no seréis otra cosa que los añaes de un ladrón. 

— ¡Galla, no pronuncies ese nombre! 



302 



PEDRO DE ALVARADO 



— Sabedlo; una gavilla de bandidoa salióme al en- 
cuentro al concluir el caminq de las Cruces. Hirieron 
á mi pobre caballo; el cual arrojóme en tierra j partió 
<lel lugar del crimen con la velocidad del rayo. . 

— Después, jno sé! Muchos hombres en torno mió; 
luché con ellos j venóiéronme; ¡vato á brios! Luego 
apalearon cruelmente mi cuerpo; atáronme á un árbol, 
j- á tiempo ^que huian llevándose el dinero de don 
Diego: 

— ¡A.ndd^ — dijo uno de ellos, — ^y cuenta á tu señor 
. lo ocurrido para que se &e de sus administradores! 

— ¡ Padre de mi corazón ! 

— ¡Esposo de mi alma! 

— Bien hacéis en compadecerme, amados mios; ¿por- 
que sabéis cuál será mi fio? 

— Una cárcel, oidlo, una corcel. Mi principal es 
hombre muy recto; creerá fingida mi desgracia; su- 
pondrá que estoba yo en combinación con los ba^ndidos 
para robarle, y me entregará á la justicia. 

— ¡Oh! Nunca, nunca, venderemos cuanto hay en 
casa para reintegrar á nuestro amo en su pérdida. 

— ¡Infelices! ¡Vender lo que hay en casa! ¿Vale todo 
ello cien escudos de oro? 

— Es verdad, es verdad, — contestó mi madre llo- 
rando amargamente. 

— Estamos perdidos. 

— No hay salvación posible. 

— O) engdñdis, amigos, os engañáis, — exclamó sii- 
hitamente sir Scott. 

—¿Cómo? 



PEDRO DE ALVARADO 



303 



— Qae cada malo os acontecer^. 

— Hablad» don Guillermo, por vuestra vida* 

-r-Digo, que yo conozoo una persona que or facili - 
tara ese dinero, sin exigiros la devolución. 

— ¿Y quién es ese ángel que el cíqIo nos envia? 

— ün hombre como los demás, jo mismO. 

— ¡Santo cielo! ¿vos mismo decís? ¿Pueden rayar tan 
,alto vuestros caritativos sentimientos, que no contento 
<;on haber librado á Pelaez de las garras de la muerte, 
le apartéis ahora del abismo de la infamia? 

— lucompleto seria el servicio prestado si no lo ve-^ 
Tincase an'; porque, amigos mios, ¿par^ qué queremos 
la existencia, sino tiene por fandamento la honra? 

— Bien decís, incomparable caballero; pero, ¿qué se- 
Tia de este desdichado á no haber venido en su auxilio 
un áogel de bondad como vos? 

— No creáis, .Pelaez, hermano, que os hago dona- 
ción de esa suma gratuitamente, por jue pienso exigi- 
ros en recompensa un sacrificio de vuestra parte. 

. — Pedid cuanto se os antoje j os complaceré gus- 
toso. 

— ¿Habéislo pensado bien? 

— Absolutamente. 

— Paes siendo así, escuchadme: dentro de tres dias 
debo regresar á Poitiers para liquidar mis rentas y 
«dar comienzo á la cancelación de los débitos de mi 
hermano. 

— ¡Cuan bueno sois! 

— Aun cuando se ha menoscabado considerablemente 
mi fortuna, no me hallo aún tan pobre que do pueda 



'04 PXDRO DE ALVAIULDO 



llevar en mi compaftia á cierto muchax^ho inteligente,, 
modelo en el respeto ñlial, honrado hasta lo sumo, 7 
digno de mejor suerte que la deparada á on mozo de^ 
campo. 

— No os comprendemos, Sir S^tt. 

— Querido Pelaez, amiga Irene, os lo dirá con fran • 
queza: vuestro hijo, puede hacer fortuna á mi lado; 
¿aceptáis gustosos el que venga conmigo á Francia,, 
para que vuelva á su hogar dentro de dos años, coa 
un buen nombre de comerciante, y un capital no pe- 
queño? 

— ¡Señoril. . 

— ¡ Salvador nuestro ! 

— Nada, no andemos con ambajes; decidme franca* 
mente, si os conviene 6 no la oferta/ 

— Por mi parte, lejos de tener inconveniente, juzgo 
que nos dispensáis un señalado &vor. 

— Pelaez, esposo, repara... 

— Nada, Irene; los hombres no han nacido para es- 
tar siempre pegados á las faldas. El chico es listo, el 
porvenir que le abre Sir Seott, no puede ser más li- 
soDJero, ¿qué, querías que estuviese aquí pegado á lo» 
terrones toda su vida? 

— Tiene razón padre, — contestó yo; — paesto qu^ 
don Guillermo me brinda con la suerte, no debo des- 
preciarle. Ya verán, ya verán usarcedes qué bien lo 
pasamos cuando vuelva á España; tendremos bateas, 
de ámbar; leguas enteras de tierra de sembradura; to • 
dos me llamarán hidalgo, ¡qué contento, qué contento 
estoy I 



FBDEO nX ÁLTAltAIMr ^^ 



— Celebro que asi sea y procurará que no hallei»' 
moÜTO de arrepanümimto ú tenir en mi compafiiai — 
repaso el bretón» 

«—¿Pero nunca te olvidarás de nosotros, yerdad, 
hijo mío? 

-^ Jamás, madre de mi corazón; precisamente para 
que usarcedes gocen de vejez tranquila, para que ea» 
los diaa de su ancianidad vean recompensados clamor 
y el celo con que distinguen á su bijo, es por lo que' 
éste parte á lejanas tierras, pues si es cierto que no* 
existe vida como la honra, tamicen ^ es evidente qae< 
nada eleva tanto al ser en la tierra como el respeto y 
el carifio & los padres. 

— Dios te bendiga, — exclamó el paciente desde él'^ 
lacho hacienoQ.la señal de la craz. 



. Al llegar á este punto eWmigo fraternal de la fa-* 
lange estudiantil, sacó su pañuelo y sécese los ojos, 
guardando luego silencio algunos instantes. 

£1 auditorio asocióse con respeto á su dolor, pei\« 
nianeciendo todos mudos como estatua? • 

Apenas h&bose disipado aquella ligera niebla do 
tristura, maese Pdlaez continúo su relato de esta 
suierte: 

— Omito narraros, amigos mió^V todas las escenas de^ 
acerbo dolor que ocasionó en la casa de mis padres la 
idea de mi partida, durante los áias que precedieron & 
éita. ^ 

Aquellos pobres lloraban como niños, y no per-f 

TOMO D 39 



906. 



PEDRO DB ALVARADO. 



mititn qw me cNipanuie de rallado un tñataate. 

Mi padre, casi totalmente restaUecido, no desoan- 
saba un momento; iba de aquí para acalla^ bnadando en 
la opinión de las gentes el necesario asentímieiito para 
jnstifícar ra medida respecto de mí. 
,» La mayoría de naestroa convecinos aprobaUn sa 
ocmdn^. diciéndole: 

* — Histbeis obrado como sabio dejando marchar al 
ohico, señor Pelaez. Oonociendo el mundo aprenderá 
á 9tít faoQ)ibre. BnensL suerte ha sido la ynestñ con el 
Mbsge del bretón. ¡Qjalá encontráeemos ntsoteos mu 
protector análogo! í 

— Desgraciadamente para mi famiUai sonó la hora* 
i|»t«paramos. 

Mi casa hallábase á la sason llena de amigos, todos 
procpraban. consolar á m» afligidos padres. . . 

De pronto apareeid. Sir Guillermo ante los con-, 
correntes, y p oporando disimular su emoción^ re* 
fiwo: 
— La sillín de postas nos espera: ¡partamos! 

Una explosión de legítimo sentimiento fuá la res- 
puesta dada á las palabras del bretcm. 

Mis padres arrojáronse sobre mí» cubriéndome de 
besos y de caricias. 

Nuestros conyecinos Uenaion mis manos de dádi- 
vas y mi cuerpo de abrases^ 

Seguido de todos, triste y sm alientos^ bi^^ ^^^ ^^ 
Scott á la puerta de mi casa; 

Ya alii, desbordase la pena de mis padres, y 70 1 
qnedé un punto sin acertar á sepvvrme de ellos. . 



PBDRO DB ALVÁRABO 



307 



El bretón obligóme á entrar á la faerza en el car- 
iwge/ 

— *¡H]jOt hijol {siempre nosotros! — gritaron los aa<- 
totes de mis días. 

— ^Henrar padre y madre es mi lema, — contesté 
70*«^-^n él á la vista elmtró siempre; ya le sabéis. 

El chasquido de nn látigo wugió en el vienta; y la 
«illa de postas, arrastrada por cnatrp briosas molas, 
partió con la velocidad de la centella, perdiéndose des- 
pués á los ojos de mi gente entre densas nubes de es-^ 
peaisuRo p#ly0t : ; ... 



CAPITULO XXX 



Los espirtins nobles son los grandes hnérllMios en la ttsrra» 



— Describir, señores, los viajes que se emprendian 
en la época de mis mocedades, sería tarea qae nada 
grato 08 podría revelar. 

— ¿Tan dificultosos se ofrecían aqaellos, maese Pe* 
laez? — preguntó Pantoja al hostelero. 

— Tanto, mi buen amigo, que aparte de las emocio- 
nes inesperadas de encontrarse el mortal á las prime* 
ras de cambio con una partida de bandoleros, corría el 
peligro frecuente de despeñarse, ó de que el vehícula 
que le conduela se hiciese añicos en los altos y bajoa 
de lo que impropiamente llamábanse carreteras. 

— Entonces, — repujo uno de los estudiantes, — omi- 
tid esos detalles prolijos y pongámonos desde luego en 
Pcitiers. 

— Sea como deseáis, compañeros, — contestó maese» 



PEDRO DE ALVARABO 



^ Y ragftikdo el oefia^ eaal li «a memoría no le «^ 
Tiese con la fidelidad acostnmbrada, dettVTOse on ilw- 
aomio á prenaart 7 exclamó al fin, golpeándose la 
.fi'ente: 

— ¡PoitiersI Tierra un tiempo- de mfls esperanzas; 
.{por f«tf no te handiste antea de ser testigo del más 
acerbo de mis dolores? 

Y por sos ajos, que giraron con espanto, cmzó una 
jmbe que retrató marcadamente el remordimiento. 
■*•••• •••••• •• • ••• 

«— Poitiers,-H5Ígaió diciendo maese Pelaez, — en- 
^eerraba ú mayor :tesora que pudiera poseer Sir Otii- 
Uermo. 

Alli yivia el ángel de sns esperanzas, el aliento de 
wa vida, la incomparable Aurora de Broglie, modelo 
4l6 pwfeociones físicas y virtuosa liasta el heroísmo. 

Aurora, sin embargo da disponer de tan encomiás- 
ticas cualidades, tenia el vituperable defecto del or- 
gullo. 

Todo lo sacrificaba, según hemos dicho, á wta pa • 
«on; j habría ftdo capaz é^ dcgar á su alma ccmdena- 
da áperpétua tortura, con tal de no descender ni una 
iineadesurango. 

Más de un afio hada que tm habim Tisto á Sir Gkd-- 
ilermo, y tres meses á la Mson, que no le enriaba sos 
«cartas. 

El hijo de Bretafia eilaba, úti embargo^ tranquilo, 
porque confiaba en que Aurora le guarduria fidelidad 
j espOTariale para daris su mano^ nribcime euando ea 
«entir del caballero, la jfi^ren delbáa ignorjar qm todo 



^ 



PBDRO DB áLTAIUDO 



aquello de la naeya fortona de Sjar Soott^ era ünaíon y 
iiQ otra eosa. 

A las yeces mfetrábase^ por el oontoüño, recelosoí; 
poníase de mal homory y tomaba luego á su alegría,, 
exclamando para sí: 

— Oayilaciones propias de mi carácter j nada máii» 
¡Qué diantre! Todavía soy rico con lo que me resta en 
Poitíers, á peaar del gravamen que trae sobre las tier- 
ras la d^da de mi hermano. Verá á Aurora, me arra- 
jaré á sue. plantas pidiéndola compasión para este amor 
q^e consume mi espiritual eaergía« y consentirá en ca- 
sarse conmigo. ¡Oh! Es evidente: su alma aunque* 
dura, es al cabo alma de mujer. 

— ¡Infeliz prtftector mió j salvador de mi padito! La. 
bcmdad de sus jij^ntimientos obligóle á moldear en eUk» 
los de los demáa. ¡Cuan engaftosas eiran sus creencias! 
— El jusgaba que en cada corazón debe encerrarse> 
un mundo de misericordia; j no acertaba á compmt;- 
der que los espíritus nobles, son los grandes huérftmo» 
de la tierra* ' . 

Bitrames en Poitiers al despuntar el alba, montan 
des ;<wla cual «obre su fornido cabaUt ntmkando. 

Los habitantes de la ciudad, dormían aún; s61# iá 
tréchts veíase /marobar con lyerezaá algún aldeano^ 
que entonaba antigua balada, herencia del Pamaso;ca:-- 
rolingio. ) 

Asi marchando sin que nadie nts :eoilockra, pues 
ibamoft entbosados hasta los ojos, crvamoe un «xplén- 
dido paisage, aiatiz^e de límpidas arroyos, de blaa- 
: cas casitas y de sonrientes pradirMi» 



PEMü^ 0B ALYAJMWO. ^^ 



Axm extremar d€^ la pobla^diáv^'ií^^ <í^Vk^ 
abierta á las traosacóiones 4el oouerddr fntfa eiuai^ 
tosen ella Tivian erah mer^adereií> frucMet 7 lie-* 
.breos, en aqael logar editaba la cata de Sk (lofll^^ma 

Scott. : '<* '■; .. /i\ 

Y deaeendiendo basta el fioal del baiti%^<»ti2and€r 
una plazoleta pri^neip), uii pequeflo piiwté dÍMpaeSt y^ 
tomando al cabe la dirección isqmerdaitb 1m ^lanehk 
avenida que ponía limite á este^ áMontiátosé^-ir lot 
poces pasos^ on edíñm de blánoo mAmql, formado 
de dos caerpoB^' j cQjrasY<iitiínas estaban cerradas 
siempre á la curiosidad de lo8:tras«ncles, ' 
. Aqoel palacio <io era otráJcosa qne» la mansión ' de 
Aorora de Broglie. 

Llegamos recatadamente á la casa de Sir Gaüler* 
mo, j poniendo este dos manedá8.4e oro en las manos 
del daefio de los caballos que hasta ella nos hlbian 
eondacidoy redamó: 
— ^Temady 7 que nadie se aperciba dcmi regreso. ' 
— Estad tranqnilot señor, que no diré á enantes me 
pregonten, esta boca es mia. 

SI aludido montó HK)bfe ano de los corceles; J to- 
mando al otft) por la rittida partió de aquél lugar. 

Sir Scott golpeó la puerta de su casa con un fuerte 
aldabo&aztf« 

A poQO oyóse el crugir de aquella sobre sus go»^ 
nes. 

Un hombre excesivamente alto j desgarbado en 
demasía^ aparecía en el dintel. 

El desconocido llevaba una linterna en la dieskar^ 



312 



PEDRO ÍM ids^iMMlM 



jal yerá Sir Scott Mnpalidedó stUMIftqidiite, ^Lola- 
aasda: 

— No os espdraba, señor, á fé mia* 

r-BK^ando, ya es hora de que regresen á mi. casa. 
¡Tanto tiempo faera de ella! 

-^En efecto, señor, cuando abandonamos nuestra 
hacienda, no tenemos derecho á quejamos de las even- 
tíMÜdades que pueda correr. 

— No te comprendo. 

^-Quiero, señor, deciros, que nadie despliega tanto 
mterés per una cosa como su propio dueño; 

— Rolando, ese lengiuge, esa Tadlacion en tus pa» 
iabraSf ¿qué signi^oan? Habla per Dios, jr dime « algo 
male me ocurre. 

-^Tanio como eso. « . 

^--Ekplioate bien, ó me ocasionarás un grare dis- 
gusto. 

— To bien quisiera, don Guillermo^ haberos pre- 
sentado á Tuestro arribo cuentas galanas y satisiácto- 
tíss; pero es el caso... 

—¿Qué?... 

—Que no puedo hacerlo como qoiiiera. 

—¡Ahí Vamos, ya te comprendo* Aludes á los 
acreedores de mi hermano, suponiendo que yo ignoro 
su deuda; pues te equivocas plenamente. A buen se* 
guro que ya se habían yenidd ostos mals i nes con un 
auto judicial, disponiendo el embargo de las rentas del 
monte; ¿no es cierto Rolando? * 

— ^Algo de ello hay, señor, pero ño es eso lo más 
.triste. 



<MnM>^ M 'ái.Tftfty)o 



¿13 



' ^Qw no- es H mal tiitté^ diées? — jirégittitó al de 
Bretaña con agitaron febril. 

r— Lo que oyeado eátauí. 
: -«-Piiea perdps eneniM de lAdma, a«aba de una Tez 
j no me abrases la sangre. 

— Amo miot ¿á qué engafÍAffee? La desgracia nos 
INsrsigiie hace tiempo; y d^onos persigne, porque 
«iendo yo ynestro administrador he de condelerme, 
*e6mo TOS mismo, de cnanto amengUe y ínenoscabe 
nniestra profáedad. 

— Sigae, Rolando. 

«^Gran prieéa deben habw tenido los acreednres de 
T»astn> hermano, pcnrqae hace ya aiguios diás, qud 
«ns corresponsales vinieron á reclamarme el abono 
<lel {yrifiaer plazo de la obligación. 

— ¿Y tA lé aatísfwias, eegnramentet 

-^Era imposible, sefior Soott. 

<^{Qne era imposible, me maxMestas! -' 

«-^Bie todo pmÉko. 

— Pero Rotando, ¿negáronse qnizá, los colonos del 
monte á pagar las rentas vencidas! 

— ^Mal podian haberlo. 

— ¿Por qné cansa! 
. ^-^-Sefior, porque hace qnhieé dias... el monte.. • 
Tuestra finca... fué... 

-^¿Feét 

----Stné totaUnents arralada por un incendio hor- 
Tibie. 

. **^^Jituai i^! ]Sflito^másI ¡Hn la -miiierk casi! Mi 

hermano respQMiible:»n ca3pa-de una quiebra frandu* 

fOMo n 40 



31.4 PBmO JMB ALtARáDO 



4e]itit. ¡CNb^I Ifisefabla; t& me engaüM, m pnedoi no 
paedo creerte. 

—Es U verdad, Sir Scott. * 
K '—¡Villano! ¿Y tíenfti. la osadía de presentarte anta 
mi después de lo ocnrridot 

— Ye no sey ^1 calpable de ello. 

•-^{Tú, únieamente, (ladrón. : 
• — «¡Medid ynestraa palabras! 
( —-fLe dicho,; brigantel fiia ta celo j laboriosidad 
pose toda mi confianza. ¿Qaé has hecho de ella, hijo 
de Satanás? 

^ —¡Soltedme! ¡Me ahogáis!— gritó Rolando al sen- 
4ir,la fetrea mano de Sir Soott, que oprimía despiada- 
damente 8U cuello. > f ' 

— ¡Perdonadle! No os perdis, amigo mió,— excla- 
mé je, procurando calmar las iras del hidalge. 

—Sí, tenéis razón, Pelaez,— contestó el bretón 
otorgando la libertad á su victima. — ^No es digno de 
mi cólera siquiera. Dará su misera persona á kis jue- 
ces pasa que lo mand^ ahorcar por inoeltdiario. 

— A^piadaos de mi; pensad, señor, en quejo sojun 
hombro honrado, inocente,— ^ex<damó el mayordomo 
cayendo de rodillas y cruzando laa manos* > 
. . — Tá me has arruinado, infame. Ta ^diferencia 
hacia lo mío, ha sido causa del siniestro. '' 

-*Ne lo creáis, wtíkatf no lo creáis. 0naiB4<^ me 
inundaron la catáatvefe^ era tarde ya para remediar- 
la. Todos trabajamos como negros, á fin de aplacar la 
YOr&cidad dé las Uamai. Bl resultado .filé infructuoso* 
Vueslra finoa estaba destaada á perMsr^ 



PEDRO ' DB^ ÁLTAIIU>0 



315 



. — Baste, YiUáiio; lio qaiertf pragnoterto nkás acerca 
del asonto. > 

;— Xgnoré cerno fuá ocationado el incendio. ^ 

• —-Repito que no qaiero aaber más. Ahora lo qne 
me interesa es que abandones mi casa enseguida; no 
puedo albergar ^i ella por más tmnpO á un &cine- 
roso. 

.— Me iré| señor, este misma tarde á Burdeos, para 
unirme á mi fietmilia. 

- ;*— Y si no k haces, cuente c<m pasar á ctncluir tus 
días en (Un calabozo. 

— Está bien don Guillermo. CPomad las llaves de 
▼aestra hacienda; j estos doscientos luises importe de 
la última recaudación. 
- — y^gaa 7 dejadnos sin perderun instante. 

: lioiando s«bió presuroso á sus habiteciones; reco- 
gi6 los oli^tos de su pertenencia, y ^dlvió á poco al 
lado de Sir Guillermo. .' 

. T—AdioiE', amo mió,-:- repuso,— j que. el joielo pMiga 
.en.Yuestra menjte mayor acierto para juzgar á los 

Jiogibres 

• -r-il^adronl Qqiitete de mi yiste. . . « . , 

r ^ mayordomo camMó de actitud^ jtemándos^ or- 
gulloso y altivo.. 

r* —¡Ladrón me llamáis, — repuso,— 'después (|e las 
leales explicaciones que acabo de dapros, otando no 
tengo más patrimonio que mi honra! Permite el cielo 
4110» úqíco que poseáis, se extinga en las nebitlosida- 
:4M^¿1 delito. ... 

J^í^ y partió de alli con la ligereza del rayo. > 



*^ PfiDRO DK ALTARABO 



Sir OniUermo quedó mudo de payiira ante ia mal- 
dición de su mayordomo. 

— Hermano,-^ dijome apenas hnbe deaapareoido 
^^8^9 ^08 ¿ábek fijado bien en la imi»reeaoion que me 
Jut lanzado ese hombre? 

—Sí, don G^nillMino, si. 

—Y no ignoráis que lo único que juzgo un teeoM 
en la aatualidad, es mi esperanza puesta en Aurora. 

—Ciertamente. 

^*Si ésta se disipase, si mi atnada me fuese ^ infiel, 
seria capaz... seria capaz... dd matarla. ¡Oh! ¿Qué 
<iigo? Perdonadme, Dios Santo. Rolando, tenia razón; 
mi última propiedad, mi amor por: ella, pasa de las 
puertas del cielo á los abismos del criiaen. 

— No tengaia cuidado, Sir Scett,-^ contéstele. — 
Pues mientras contéis con un buen amigo como yo lo 
soj, ae salvarán las dificultades sin caer en la vulgar 
ridad de la venganza. 



Permaneció Scott un momento en actitud r^ezi-^ 
va, con la frente apoyada en la diestra. 

Terrible lucha debia mantener el hididgo entre su 
Toluntad y su razón. 
* «—Voy á ver eb este instante á Avrora, — repuso. 

— No apruebo vuestra idea,— contéstele*— Debéis 
evitar eAibipos; la gente toda tiene sin duda netida 
de vuestrar^foiebraY y ya sabéis lo que en. el mundo 



PJCDIIO BS ALYABJUK) ^'^ 



aconteoe: cuando ana sa eleva todaa oon felicitaoiaiiet 
j oortesias, pero caando decae» . . 

—La borla,, el ^camioi j algtmM yeces la eompa- 
sien mentida... 

Son lo único que receje de sus semejanteB. 

— ^Tal vez, Pelaez amigOi participe la mujer á quien 
adoro de esas mismas creencias. 

— Confiad en Dios j en su amor. Pronto sabréis si 
es digna de ocupar vuestro pensamiento. Esta misma 
tarde, al ponerse el sol, entiendo que debéis ir á visi* 
tarla. 

De este modo, podréis sustraeros á las miradas 
de les curiosos y realizar vuestra voluntad sin inter- 
vención de expías. ^ 

— Si haré, compañero si haré, por más que la im- 
paciencia me consume, y desearla volar á su lado sin 
perder un minuto. 

-^Todo se arreglará, tened de ello la evidencia, si 
procedéis con calma y tino. 

— Seguramente; entonces si os parece, me retiraré 
algunas horas á descansar de las fatigas del viaje, ha- 
ciendo vos lo propio si gustáis. 

— No he menester de reposo; estoy acostumbrado á 
estos trotes, y preferiría consagrar áie á ex9 minar los 
primores que vuestro palacio encierra. 

— Sea como queréis, Pelaez. 

— Hasta luego, pues^ den Guillermo. 

— Dios os guarde, mi buen amigo. 
Los dos colegas partieron en distintas direociones; 
y al poco rato, mientras el uno recalaba su vista coa 



318 



PSUiO DI ALVARADO 



la ocrntemplacion de yaliosos objetó» de artes, dorada 
el otro, exclamando entre aneños: 

«~lAaroral { Aurora! No me abandones; ten piedad; 
{ten compaaion de mil 



AA 




ÓAPÍTULO XXXI 



tlA 



: lia los del dm pogntiido por romper el mondo im- 
penetn^le de Im eombrms, enriaba ras Altimoe rayoa 
Á la tierra.. < 

Los árbdes de los bosques, las dorecillas de los 
<;ianpts^ la argentada soperfleie de las mentaflas, ot- 
menzaban á ocultar sns poéticos atracfiyes, bajo el velo 
densiomio de la nodie. 

El viento enamorado despedía al crepúscalo con 
los ramwes de sos besos. 

. La;campana de la ermita aeraba al cie^o coa sns 
qnejas el 4ribato de la oracien, f>rmalaia por los mor- 
tales en las.armonias del AñffeUas . 



'^^ P8DR0 DS ALTARADO 



Todo conyidaba á la oiperaDza y al reeojimiento. 

Un día más de existencia, y una página menos en 
el libro de la amargara. 

La linche pareoe ser el tribunal eterno déla huma- 
nidad: la virtud espérala siempre tranquila. 

El criminal apártase por el contrario de ella, te- 
miendo hallarse en la soledad del remordimiento, con 
el espectro horrible de sus vietimas. 

Si animados pof la' curiosidad nos hubiásemos si- 
tuado á la entrada del puente que era preciso cruzar 
para encaminarse á la casa de Aurora de Broglie, ba- 
tiríamos visto pasar primero diversos traficantes. 

Y poco después, como recatándose de las mirada» 
del público, un hombre envuelto en larga capa roja. 

Era el enamorado Sir Guillermo S^ott. Bien pron- 
to atravesó el puente, y con lijereza inconcebible tom6 
en sentido izquierdo por la larga avenida que lo li- 
mitaba. 

Al cabOide una buena carrera llegó al umbraldel 
palacio deráLárora, y golpeó suavemente la puerta. : 
— ¿Quién vá? — preguntaron desde dentro. ^ 

Un segundo ¿olpe fué la respuesta de Sir Scott. 
— ¿iEiS para alguu paciente? —inquirió de nuervo el* 
del zaguán. ' 

— Abra, ¡voto al diablo!— 3xclamó lleno de cólera 
el caballero, — y. puesto saldrás de dudas. 

— ¡Pesia á tall —refunfuñó elcancarberodesdeelin- 
terior^^-^ue no gana uno aquí para zapatos. No; pues 
como sea uno de tantea hambrientos como vienen á 
e^a casa, le he de moler los huesos á palos. 



PBimo PB ÁLYARADO 



381 



— ¡Sib! gritó lleno d% rabia el desconocido á tiem - 
po que abría la puerta. 

— ¿Qoién eres, canalla? — preguntó al embozado. 

— Mírame Guzman^ — repuse Soott dejaa^^ ver sa 
rostro. 

— ¡Jesucristo! — exclamó lleno de espanto el can- 
cerbero. 

r— ¡Silencio, ó te haré pedazos el corazón! 

— Ved que vais á comprometerme, don Guillermo. 

— Toma esta moneda j calla. ¿Tu señora?... 

*»Amo mió... 

— Contesta sin embages. ¿Está sela Aurora? 

— ^Bn este momento si señor. 

— -»Pues sólo esto deseo saber, — contestó Soott sm - 
biendo precipitadamente la escalera. 

— ¡Eb! caballero, mi amo; por Cristo vivo, que me 
vais á perder. 

El bretón no hizo el menor caso de la advertencia. 
Con el alma llena de incertidumbre llegó presto 
á un antecámara. 

Levantó una pasada cortina de terciopelo, y qvteió^ 
fijo en el umbral de la puerta de un salón. 

Rodeaba de antiguos muebles primorosamente ta - 
liados, la estancia aquella revelaba el gusto y riqueza 
de sus dueños. 

Veíanse por doquier, explóndidos divanes, tapices 
de gran mérito, en cuyos remates superior é inferior 
leíanse entrelazadas las iniciales a. y l. 

Si don Guillermo no se hubiera hallado en aquellos 
instantes poseído de la ñebre del amor, su sorpresa 

TOMO n 41 



^2 PEDRO DB ALVARADO 



habríftld arrastrado á conjeturar coal faeseelsigniñoa- 
do de aquellas letras. 

Empero como su ptnsamiento, su ser, su yida toda 
cifrábanse en obtener el anhelado si de la ilustré due- 
ña de aquel palacio, el hidalgo de nada se curaba que 
no tuviese relación con esto. 

Guando Sir Scott penetró en la sala, dormia junto 
á una gran chimenea de mármol la incomparable Au- 
rora de Breglie. . 

Vestía la joven, elegante túaica blanca, ceñida á la 
cintura. Enorcdlabí su alabastriao cuello su rizada 
gola del citado color, y sujetaba su cabaUó, como el 
ébano oscuro, en gracioso prendido muy semejante al 
que en tiempos posteriores usara doña Mariana de Aus- 
tria regente durante la infancia de Garlos II. 

Al ver Scott á su adorad^,, sintió que el cerazon 
qneria saltarle de gozo. 

Suspiró anhelosamente é intentó turbar su sueño. 
^^.?p--¡Nol — exclamó para sí; — seria el mayor delito: 
quizás en este instante acaricie las esperanzas de nues- 
tra dicha. Esperemos. 

El hidalgo avanzó algunos pasos marchando de': 
puntillas, y fué á tomar asiento en un sillón que frente 
al de la joven estaba. 

En el permaneció el caballero, ponieodo sus ojos 
apasionaclos en la dama, y sin moverse para no alte - 
rar su reposo. 

Sepulcral era el silencio que reinaba en la habita- 
ción, cuando vino á interrumpirie la voz de Autfora 
que exclamó entre sueños: 



PBDRO DS ALTARADO 



— ¡Lopef ¡Iitpe niio! Siempre tu memoria en el 

—f.¡ Santo Cristo! ¿Qué oigo? ¡Ha eitado ttn> nombre 
j no es el mió!... Aurora, Aurora. 

— ¡Eh! ¿Quién me llama? 

— Soy yo; tu amante, tu Guillermo. 
. — ¡Menguado! — contestó la joven, despertándose. 

—¡Aurora! ¡Aurora! ¿No me conoces? ?No vienes á 
arrejarte en mis brazos? 
« — ¿Qué es le que decia caballero? 

— ¡Ese lenguaje! 

— Cumple á vuestra esadia. Penetrar á estas horas 
€n la habitación de una mujer honrada; sin aviso pre- 
via como un ladrto; eso selo lo hace un numerable 
falsaiio. 

—¡Aurora! T& crueldad me enloquece; sin duda no 
^stas en tú cabal juicib, ¿no me reconoces? Soy Scott, 
tu prc^metido, el hombre que te adora como á un Dios 
j que viene á cumplir su palabra. 

, «..¡Su palabra!— exclamó la joven lanzando una so - 
nora carcajada. — Sin duda, — añadió,— debo dejaros 
por loco ú arrojaros de aquí per osado. 
. — ¿Aurora mia; qué es lo que dices? . 

—Caballero, dejad á un lado la confíwza y huid en 
seguida de aquí. 

^Cómo! 

— Que no puedo corresponderos. 

— ¡Infame! 

— ^Templad vuestra cólera, tratadme con más res- 
peto, ó mandaré que os arrojen á palM de mi casa. 



324 



PEDRO DE ALYAIIADO 



— Piedad, ángel mió, piedad. Yo no soy responsa- 
ble de mis desgracias: la fatalidad, el destino me arro- 
jaren de súbito en la desesperación. ¡ Aorora niM lilti- 
ma súplica! 

— No puedo oiría . 

— Por la mamoria de tus padres, par tu honor mis- 
mo; júrame que tu amor me pertenece, que no será de^ 
otro hombre; j haré en cambio cuantos sacríñcios me 
exijas, basta el crimen si lo crees necesario. 

— ¡Bista seductor vil! ¿Juzgabas que procediendo 
yillanamente como ahora, lograrlas engañarme de 
nuevt? 

— ¡\urorade mi yidal 

— ¡Oh! ya es tarde; disipóse la última esperani^f 
una mujer de honor y de abolengo no podría nunca 
llegar á ser la esposa de un estafador. 

— ¡Mientes, hiena sin entrañas! 

— -Qaien mintió fué aquel que quiso comprar elafee-^ 
to de una dama ilustre con una fortuna que no le per- 
tenecía; con un capital consagrado á satisfacer deuda» 
vergonzosas. 

— ¡Aurora! 

— Guillermo; tú te me presentaste con una posicien» 
que no tenias, yo di crédito á tus palabras y á tus oíer- 
tas, después... 

— ¡Mi hermano; mi pobre hermano; su salvaci^iy. 
su htnra! 

— Eso debe preverse en todo caso, ó resignarse ea- 
da cual á elegir una mujer de su clase. 

— No puedo olvidarte annqoíe quiera. 



PEDRO DE ALVARADO ^^ 



^—Tendrás que baoerlo forzosamente. Hoy no debes 
«tender á otra oosa qne á librar del abisma á tu familia. 

— Aurora; yo sabré con el trabajo honrado, recupe- 
rar muy pronto mi capital. 

-—Insistes en vano, Quillermo. 

— En nombre de Dios, líbrame Aurora de la conde- 
nación eterna. 

— No está en mis facultades. 

— ¿Por qué, mujer infeme, por qué? 

— Porque al conocer tu falsedad, al pensar en tu 
•conducta yillana, tomé hace un mes una determinaciea 
enérgica. 

— ¿JJna determinación enérgica? 

— Sábelo Qtiillermo; hace un mes que me uní en 
matrimonio al doctor don L«pe de Santillana. 

—¡Jesucristo! — exclamó el bretón haciendo visible 
'On sus ojos el espanto. 

Presa de horrible estupor quedó un instante con- 
templando á Aurora. 

La joven fijó en el hidalgo su mirada orgulltsa j 
altiva. 

Asi permanecieron ambts, un buen espacie de 
"tiempo. 

Al cabo de aquellos mtmentos Mlemnes, Scott 
avanzó hasta su amada, y sujetándola por un brazo, 
exclamó con voz enronquecida por la cólera: 

— Bien, miserable; no podia esperar otra cosa de ii. 
^Pensaste despacio en las consecuencias de la me- 
cida? 

— Y me complazco en ella. 



^^ PEDRO DE ALVaRADO 



— Perfectamente; pero como no contabas con que 
habia de jungarte la dignidad herida, ella te impone 
• este castigo. 

— ¡Guzman! — gritó Aurora con toda la fderza de 

sos pulmones, á tiempo que Scott desnudaba su daga. 

El aludid#, apareció en la puwta de la habitación» 

Sir Guillermo envainó el arma precipitadamente, 

separándose al propio tiempo de Aurora. 

— Te llamaba, — dijo la joven al criado, porgue este 
caballero padece de urna enfermedad mental y le ha. 
dado un acceso de locura. 

— ¡Miintes miserablel 

— Venia á que le reconociese mi espeso el doptor, y 
ha dado la casualidad de que epte salierk á girar la vi- 
sita que todas las noches hace á «us enfermos. 

— Es £ds«iad propia de una mujer sin pudor. 

— ¡6a«ta! Guzman^ haced lo que os digo, atad á 
este hombre; ó arrojadle á palos de mi casa: es com- 
pletamente igual. 

Aurtra sin atender á más respuestas, abandonó pre- 
cipitadamente la cámara. 

—¡Perjura! ¡vil, infame! — gritó el bretón levan- 
tando los puños. 

— ¡Salid, don Guillermo, salid! — exclamó Guzman. 

— Lt haré para mo9trar á . esa miserable que pu- 
diera perderla, esperando aquí á que volviera el doc^ 
tcr, pero no quiero hacerlo para no confundir n^i con- 
ducta con sus viles accieaes. 

Scott ganó la escalera del palacio de Aurora con 
gran premura. 



PBDRO DE ALVARADO 



ssn 



Guzman abrió al hidalgo la puerta del zaguán , no 
8Ía extremecerse de pavura al verle salir de estt. 

Cuando Sir Guillermo estuvo en la calle miró á 
uno 7 otro lado lleno de aturmimiento, y con paso va- 
cilante eicaminose á un bosque próximo. 

Allí sentóse junto á un árbol, j comenzó á llorar 
amargamente. 

— ¡La última esperanza! — exclamó deshaciéndose en 
aginia. 

— ¡Oh! ¡La muerte! ¡Es mi único recurso; sí, voy 
á dármela! ¡A.dio8, existencia deltznable! ¡A4Í0S, men- 
guada fé del hombre que apenas naces en el corazón, 
louanto te ahoga la sombra fatídica del desengaño. 

Sir Guillermo asió fuertemente su daga y ya iba á 
hundírsela en el pecho, cuando sujetó su brazo una 
mano desconocida. 

— ¿Son estos los htmbres de valor! — preguntó el 
que tal hiciera. 

— Pelaez, hermano mit ¿como aquí? 
Oi he seguido los pasos señor Scolt^ desde qué sa« 
listéis de casa. 

— Hicisteis mal, porque si no hubiáreis acertado á^' 
venir seria ya cadáver. Aurora... 

— Lo sé todo don Guillermo, lo sé todo. vi^r 

— Guzman me ha referido la escena habida entreii^ 
y vuestra amada. 

— ¿Y halláis desdicha como la mia? 
Miré recelosamente en torno mió, exclamando: 

— Todo se ha perdido por el camino del bien ¿ver- 
dad señor Scott? 



a?p 



PEDRO DE AL VAEAilO 



—Todo. 

— Debemos, pues, apelar al mal. 

— ¿Qué deci»? 

— Qqó entre la muerte y poseer á Aurora de cual- 
quier modo, esto última. 

— Sí, Pelaez, si. 

— Pues yo me encargo — exclamó — de que suceda lo 
segundo. 

— ¿De qué manera? 

— Figuraos un criado ambicitso á quien se le dice: 
si mañana por la noche cuando salga tu amo de casa» 
franqueas las puertas á Sir Guillermo Scott, le faci- 
litas acceso hasta la cámara de tu señora, y callas 
luege aunque «igas quejas é imprecaciones... 

—¿Qué? 

— Tendrás cincuenta luises ¿que tal mi amo? 

— ¡Magnificpl Pelaez. Per vengt^ á mi amor pro- 
pío ultrajado seria capaz de vender el alma á Lucifer. 

— No hay necesidad de elle — contéstele — pues por 
cincuenta luises, habréis adquirido el amor de mi ar- 
cángel. 



CAPÍTULO XXXII 



Berir en la sombra. 



— Mis coMoladaras frases, — prosiguió Pelaez,^^ 
lograron tranquilizar an tanta áSir Guillermo. 

El c#razon de aquel hombre abandonaba las grai* 
-des Tirtudes, para caer de lleno en los abismes del 
mal. 

Es indudable que cuando el sufrimiento nos agoTÍa 
á menudo en la vida, el veneno del odio y de la ven- 
ganza se encarga de empenzoñar todos nuestros 
actes. 

Sir Guillermo Scott» ne conservaba ya alientos 
para el bien. Era el mártir de cruel destina; el des- 
dichado sobre quien pesa funesta maldición. 

Cuantas esperanzas I cuantos ensueños sembraban de 
flores la existencia del hidalgo, desparecían envueltos 

TOMO n 42 



^^ PEDRO DB ALVARADO 



en los huracanes del infortanio. Hasta el amor de Au- 
rora negábale sus dulzuras; aquel amor entrañable 
per el cual hubiese obtenide su redención el infeliz^ 
huía de ól también para irradiar la ventura de la joven 
7 de su esposo el doctor don Lope de Santillana. 
¿Pudo darse nunca mayor suma d3 fatalidades? 
Por esto desesperado ya el hidalgo, poseído del 
vértigo, lo primero que hizo al ver desvanecerse su 
última ilusión, fué llamar en su auxilio á la muerte. 

Y ecta, hallábase á punto de acudirle, cuando apa- 
recíme yo á Sir Guillermo. 

Medié entre nosotres eí diálogo que os he relatado, 
y á pesar de la firmeza con que mi compañero acepté 
en un principio mis planes, comenzó luego á decaer 
diciéndome: 

— A^migo Pelaez, pensándolo bien, o debe un hom- 
bre de honor apelar á medios ruines para poseet á una 
dama. • 

— ¡Voto á cien legiones de diablos! ¿Andáis todavía 
con escrñpúloi y consideraciones?... 

— Es que Aurora.... 

— Aurera se ha burladt de vos; ha rebajado vues- 
tra dignidad haciéndoos ver que si os amaba era úni- 
ca y exclusivaswite per vuestro dinero; y para rema- 
te de felonías se casa con otro y os deja á la luna de 
Valencia. 

— ¡Es una serpiente, una infame! 

— Y vos, — perdonadme que os lo diga, — un estóli- 
do en toda la extensión de la palabra. ¿A quien le ocu- 
rre vivir adorando la impalpable sombra de una mu- 



PEDRO DE ALVARADO 



881 



jer, mientras otro está poseyéndola materialmente? 

^—^Por vuestro decoro, señor Scott, por vuestro de- 
coro... 

— Decís bien, amigo Pelaez. 

— No debéis dejar impune tanto agravio. 

— Sí,iíi. ' 

— ¿No se mofó ella de vos en secreto? 

— Ciertamente. ' 

— Pues en secreto haced vos lo propio. Que apren- 
da esa menguada á no volver á jugar con los hombres 
de alientos; que valen de seguro, mucho más que el 
matasants de su marido. 

— Habláis como um oráculo, - compañero. No deba 
decorosamente retroceder un punto; Aurora será mía, 
aunque para ello tenga que atrepellarlo todo. Yo te ha- 
ré ver, don Lope, quien es el que vale más de los dos» 

— Así me gusta encontraros, amigo mió. 

— Y así me encontrareis hasta finalizar la empresa » 

— Mañana, pues... 

—Tomareis dinero en abundancia. 

— El necesario para que se inclinen un poco de nues- 
tra parte, las voluntades de ese pillo dé Guzmab, que 
mientras vos conferenciabais con vuestra amada, con- 
sumía él conmigo en su portal, una botella de Borgoña. 

— ¡Ahí ¿le habéis hablado? - 

— Sí, señor. 

— *¿Y cómo 08 dejó entrar en la casa? 

— líjele gotera vuestro escudero -y que le brinda- 
ba con mi ariííttad j unos buenos tragos del vino de 
loa príncipeo» 



^^ PEDRO DK ALVARADO 



-¿Y ól? 

— Estuvo conmigo saniamente cortés y afable; con- 
tóme muchas cosas, entre ellas los detalles de la cere- 
monia nupcial llevada á cabo en el casamiento de do- 
fia Aurora c«n don Lope, 7 supe finalmente por el 
cancerbero que el doctor es hombre bastante ñco, 7 
extremadamente celoso. 

— Cuanto me alegro, asi me será más sabresa la ven- 
ganza. 



En este dialogo fuimes discurriendo mi amigo j 7# 
hasta llegar á su casa. 

Com# era la noche bastante oscura, nadie acertó ¿ 
descubrirnos durante la excursión. 

Guando estuvimos en las habitaciones de Sir Q^oi- 
llermo, arrojóse este en un sillón 7 cubriéndose el ros- 
tro con las manos, comenzó á Uerar de nuevo. 

— ¡Vive Dios! — exclamé al verle, ¿volvéis alas an- 
dadas amo mío? 

— No puedo, Pelaez, no puedo, 

— Os vais á morir de tristura 7 por mi fé que no 
me explico vuestro llanto cuando tenemos en pre7ecto 
un triunfo. 

— El poder del mal; la violencia de las pasienes; 
cobrarse con el deshonor; herir en la sombra, he aquí 
todo. 

— Pero sus caricias serán vuestras, 

— Su nialdicion las acompañará. 

— Ün villano os robó su amor 7 tiene celos; ¡qu4 



FBDRO DB ALYABADO 



333 



in&yor gloria que arrancar de ra labio la sonrisa de 
despreoioi qao mailana padiera dedicar á vaestro 
nombre! 

—Cierto muy cierto hermano mió. 

— Loe hombres teneoEíos ^i más estima una distin- 
ción de la mujer amada, que todas las veneras de la 
tierra: 

— Sin duda. 

— Sino hicieseis lo que os digo, acaso un dia, cuando 
en Poitiers se pronunciase el apellido Scott no falta- 
ría un doctor Santillana que exclamase. 

— ¡Pobre diablo! Le arrebató la novia; quedóse sin 
fortuna, sin esperanzas j sin mujer. 

—Pero hoy... 

— Podréis añadir vos; ¡desdichado! mas no lograste 
hacer con mi decoro lo que yo con tu honra; piso*- 
tearla. 

— Eso, eso es lo que anhelo. 

— Ojo por ojo, y diente por diente, ceme señala 
cierta doctrina sublime. 



Al llegar á este punto, el infeliz bretón cediendo 
sin duda á la cruenta lucha mantenida, fué cerrando 
poca á poco los párpados. 

—¡Se ha dormido! — exclamé en mi interior, — de- 
jémosle. El pobre ha sufrido tormentos horribles; ne-^ 
cesita reposo para sobrellevar lo que aún le espera 
jehl pero yo le salvaré, es ineludible obligación mia; 
p<m mi liberalidad, vive mi padre; por su desprendí- 



334; 



PEDRO Dfl ALVARADO 



CQÍ^nto, DO se verá en una mazmorra. Pelaez, pióosalo 
táen; la dicha de Sir Scott te interesa tanto como la 
de los autores de tus dias. Escrito en tu conciencia es- 
tará perpetuamente tan sagrado deberr/ó eres un ser 
innoble, ó pi gas con la moneda del sacrificio, los ser- 
yícíqs impagables prestados á tu progenitor. 

En estas y etras abstracciones anáUgas, desenyol- 
vía mi« juicios, cuando sorprendiéronme l#s primeros 
rayos de la luz matinal. 

Scott goza1i|g( aún de un sueño reparador y tran-^ 
quilo. 

: — No le molestemos, — exclamó cdntemplando á mi 
compañert. — Por la« trazas que lleva, — añadí, — no 
despertarla en mucho rato. Bien puedo aprovecharlas 
horas saliende en busca de ese borracho de' Gazman, 
para volver aquí con una buena noticia. ¡PartamosI 

Sin hacer el menor ruido, abandonó la casa de mi 
principal, enoaminándome á la de Auroira. 

Muy poco tardó en llegar á ella, y cuando ya la 
tuve á la vista, situóme en la esquina de una calle tor- 
tuosa y mal enderezada, abierta frente por frente «de 
la de la jó ven. 

Allí permanecí algtmos instantes: incierta y dóbil 
mostrábase aún la luz crepuscular. 

Impaciente hallábase mi persona, cuando un ligero 
rumor proiucidt en la paerta del palacio de Santilla- 
na, obligóme á fijar en ella los ojos. 

Abrieron la puerta cuidadosamente, y apareció cu 
el exterior un hombre. t 

Garro óste sigilo^ameatd la misma, y encaioÑnó 



I 



PEDRO DE ALVARAJDO ^^S 



«Qs pasos en direocion del sitio &a qae yo me encon- 
traba. 

A poco, hallábase janto á mí. 
t!*— Gaárdeos el cielo, querido G^azman,^— exclamé 
tendióndele la diestra. ? 

* — ¡Oh! señor Pelaez. — respondióme, — ¿ros por aquí 
á estas horas? 

— Sí, amigo mió; como las ocupaciones de mi oar- 
go me roban toda la libertad durante el dia,^ he apro- 
Techado mis únicos momentos de vacación, para yisi - 
taraste pueblo. : 

— Hacéis perfectamente, señor Pelaez; j ya que he 
tenido la suerte de encontraros, os invito á tomar el 
desayuno « '. 

— Aceptólo con suma satisfacción. » 

— Veréis, veréis qué G^inebra tan sabrosa. . 
— Sois aficionado ¿eh? v 

>— Mucho; pero mis amos lo ignoran completamen- 
te. Si supieran que en su casa servia un vicioso, ya me 
habrian puesto.de patitas en la calle. 

— ¿Y quien les ha contado á esos sefioi-es que el be-"* 
ber Ginebra ea un vicie? 

— Eso es lo que digo yo, señor Pelaez; los hemliires 
qae trabajamos mucho, necesitamos reponer nuestras 
fuerzas. E} vino ¡qué diantre! es nuestro úínico alimen- 
ta. Ellos, les nobles^ lo critican, lo desprecian cuando 
lo consumimos nosotros; pero en tratándose de sus pa- - 
ladares^ eso ya es asunto muy diverst^; 

— Tienen estos ariiítócratas cesas muy raras, — ox« 
clamé. . 



2S6 



PSDitO DE ALY ARADO 



Entregados á este j otro linage de anál«gaR digre- 
siones, llegamos Guzman j yo á la hostería de las Tres 
Estrellas. 

— Venid, yenidn^e dijo tomándome del brazo^ apenas 
estuvimos en el umbral del establecimiento. 

Lo que á primera vista advertí en el mismo, no 
dejaba de ser curioso. 

Frente al mostrador de la hostería situado á la de- 
recha, un chico cemo de unos caterce Abriles, zambo,, 
con las piernas medio desnudar, cubierto de girones el 
resto de su cuerpo j con el rostro tiznado, mantenía 
animadísimo debate con varios individuos que en tomo- 
de una mesa estaban. 

El pilluelo aquel ostentaba en la diestra un tale- 
guit», el cual se mavia cediendo á la acción de alga 
viviente, en su interior oculto. 

Y á guisa de gladiador que obtenida la victoña pe- 
sa su planta sobre el vencido, tenía puesto :el pié iz- 
quierdo sobre un arca de madera. 

Páreme allí movido de la curiosidad, j mi compa- 
ñero me dijo lanzando una sonrisa: 

— Ahora veréis, señor Pelaez lo que es bueno. 
Uno de lo^ ocupantes de la mesa, fijó sus ojos en el 
píllete, 7 preguntóle: 

— ¿Lisardo; aceptas mi proposición? 
— Si me abonáis un escudo, no tengo inconve- 
niente. 

— Te he dicho que si haces trabajar á los animales^ 
serás obsequiada con un vas# de Burdeos. 
— Dinero j no vino es lo que yo he menester. 



PEIOtO DE ÁLVABADO 



897 



— Repara en qa^ ha venido conmigo un extranjero 
y debemos ser ainables con lo extraños. 

— Pero yo no me alimento del aire. 

— ¡Eh! Faera el rapaz. 

— Es nn engaña bobos. 

—Un embustero. 

— Un granuja, — exclamaron sucesivamente los de 
la mesa. 

Compadecido yo dé\ infeliz mozalvete y lleno de 
curiosidad por conocer el espectáculo á que aquellos 
aludieron, pregúnteles con suma cortesía 

— ¿Ofendería ávuesasmercedes, ¡oh! ilustres señores 
mies, si entregase á este joven la cantidad que desea, 
á cambio de conocer sus habilidades? 

— 'En modo alguno señor hidalgo. En esta casa rei-^ 
na una libertad incondicional; podéis hacer cuanto os 
plazca, aparte de que cada uno es dueño de emplear 
su dinero en lo que guste. 

— Pues toma: sepamos tus gracias, — exclamé en- 
tregando una moneda al chico. 

— Dios os lo premie, — repuso este, — y haciendo 
con la mano á los de la mesa una inclinación para que 
se separaran; 

— Apartaos^ un poco, — exclamó, — no se me vayan á 
espantar los animalitos. 

— Obedecieron los hidalgos colocándose en dos fi- 
las. 

El pilluelo introdujo la diestra en el sace extra- 
yendo luego de él varios cuerpos de color gris, que 
se movian nerviosamente. 

TOMO n 43 



*^ PEDRO DK ALYARADO 



A medida qae los excarcelaba, iba colocándolos so- 
bre la mesa. 

Seis enormes ratas, quedaron expnestas al público. 

Profunda repugnancia me causó la vista de los 
roedores; pero, sin embargo de ella, tuve valor sofí- 
ciente para no apartar mis ojos del grupo, atraido por 
las habilidades que hacía. 

Como falange de soldados expertos, formábanse 
unas vez en correcta alineación: 

— Otras saltaban por un pequeño puente. Guando, 
iban de a^uí para acullá, marchando de dos en dos, 
como ñeles reclutas; cuando, ascendían por unos hilos, 
y bajaban luego sin la menor diñcultad. 

Nutrido aplauso valió al pilludo su destreza en la 
enseñanza de tales gimnásticos; animado con cujo tri- 
buto, volvióse á nosotros y exclamó: 

— Falta lo principal: ahora verán usar cedes lo más 
curiosa. 

Guardamos silencio los espectadores, y Lisardo 
abrió cuidadosamente el arca que bajo su pie yacia. 

Practicada esta operación, el bribonzuelo repuso: 
— Sal, Petronilo, para que te admiren estos caba** 
lleros. 

Un gato parduzco y de libras, saltó súbitamente 
sobre la mesa. 

— ¡Va á devorar á las ratas! — exclamé yo sio poder 
contenerme. 

— ¿Que vá á devorarlas?— decis, — preguntó el pi- 
Uaelo. — En este momento demostrará Petronilo que 
08 equivocáis. 



PB0RO DK iLLYARAJyO ^^ 



Eq efecto el cachazudo folinoy tendióse cuan largo 
«ra sobre la mesa, y las ratas comenzaron á pasearse 
«obre su cuerpo. 

Imposible seria explicar el familiarísimo trato que 
«xistia entre aquellos animales. 

Los roedores mordian las «rejas de su compañero , 
j este resistía el ataque con n^uestras de resignación 
verdaderamente encomiástica. 

Lueg« saltaban por encima de aquel y parábanse 
más tarde sebre sus lomos. 

Llegó el instante de que Lisardo probara al públi- 
co la esmerada educación que babia sabido dar á su 
pupilo. 

A este fin, obligó al gato á que se sentara sobre la 
mesa, y colocó entre sus dientes un pedazo de queso 
duro, quedando fuera de la boca del animal una par- 
te de él. 

Las ratas aproximáronse al quest y comenzaron á 
devorarle, hasta dejar libres las mandíbulas de Petro* 
qUo. 

Una explosien de carcajadas estrepitosas sucedió á 
este espectáculo. 

Quiso Júpiter que cuando faltaba por realizar el 
último número del programa, viniese á interrumpirlo 
un funesto accidente. 

Hallábase Petronilo muy atareado en cojer con la 
boca las ratas para ir entregándolas á su dueño, cuan- 
do á una de las criadas de la hostería, ocurrióle pasar 
por allí. La m«za traia buena porción de cacharros 
colocados sobre amplia batea. 



340 



PEDRO DE ALVARADO 



Al ver las ratas , lanzó un agudísimo chillido y de- 
jó caer en tierra los trebejos. 

Estrépito tal se produjo, que llenos de pavura Pe- 
tronilo y sus colegas, salieron como alma que lleva ei 
diablo. * 

— ¡Cojedlos! ¡Cogedlos! — exclamó desesperadamen- 
te Lisardo, arrancándose á puñados la cabellera. 

Mas fueron infructuosas sus órdenes, porque lejos 
su auditorio de obedecerle, diéronse á reir con tal 
fuerza los que le formaban, que alguno lo hubiera pa- 
sado mal, á no haberse oprimido el estómago con las 
manos. 



CAPÍTULO xxxm 



En la pendiente del crimen. 



Gonyencido lisardo de lo inevitable de su desgracia, 
<somenzó á llorar á gritos. 

— ¡He perdido mi única fortunal— exclamó. — Mi 
padre me vá á matar á palos. 

— ¡Ayl ¡desdichado jóvenl — repetia en medio de 
desgarradores lamentos. 

— ¡Pobre Petronilo! ¡Pobres hijas miasl Huir des- 
pués de haberme costado tantos sudores vuestra crianza. 

— Todo se ha concluido paráoste mortal sin ventura. 
«Dónde, dónde, podre hallar modo de ganarme el 
sustento? 

Tan intima y verdadera parecióme la aflicion del 
muchacho, que para enjugarla, propuse á los concur- 



^^ PEDRO DK ALVARADO 



rentes á la hostería^ hiciéramos ana cuestación en favor 
del infortunado joven. 

Todos prestáronse á ello con sumo gusto, y poco 
después, caía en las manos de Lisardo abundante 
cantidad de monedas. 

— ¿E^tás contento? — pregúntele, una vez efectuada 
la recaudación. - 

— Sí, amo mió; sí^ respondióme, — ¿Pero cuando- 
volveré á encontrar otro Petronilo? 

— ¡Vete noramala! — exclamó un# del auditorio, — 
que bien recompensado te queda el perjuicio. 

— Es verdad; Dios pague á vuesasmer cedes tan 
meritoria obra.' 

El rapaz abandonó la hostería con gran premura,, 
y cuando todos creímos que se hallaría á un cuarto de 
legua lo menos de allí, fué apareciéndose en la puerta 
del eitablecimiento. 

— ¡Rabien! ¡Rabien! que aun me quedan otro» 
animales sabios en casa, — repuso, y acompañ6 su avi 
80 innlente, con una desvergonzada morisqueta. 

— ¡Tunante! — gritamos todos intentando caer sobre 
el bribón; pero este' ganándonos la delantera, sali6 
corriendo con tal velocidad, que sospecho no íe habr& 
parado aún; 

Gomo era natural, comentóse el suceso entre los^ 
concurrintes á la hostería de las tres estrellas. 

Cada cual juzgaba á su modo la conducta de Lisar^ 
do; no faltó quien la recriminase duramente; pero 1& 
gran mayoría convino en que el rapazuelo disponía de 
privilegiada imaginación. 



PEDRO DE ALVARADO ^^ 



CoMumido el desayuno, comenzaron á desfilar los 
abonados al establecimiento. « 

Sólo Gazman y yo quedamos en ál. 

— Haeed que nos sirvan unas magras y algo de lo 
fuerte, — exclamó mi colega dirigiéndose al hostelero. 

— Voy enseguida contestó este. Ptr cierto que vais 
á chuparos los dedos. Ayer recibí una buena cantidad 
de jamón de "Wesfalia. 

—¡De Wesfalia! 

— Sí; pero mucho silencio porque es para los parro- 
quianos solamente. 

— Estad tranquilo Micer Guyot, nada diré sobre el 
asunto por mi propia conveniencia, — Pasemos al cuarto 
próximo si os place, señor Pelaez, — repuso Guzman. 

— Vamos donde gustéis, — respondile. 
A los pocos instantes nos hallábamos ambos en una 
habitación pequeña, alumbrada ptr los tenues ñügores 
de nn farolillo que pendía del techo. 

Modesto en demasía era el ajuar del cuarto aquel, 

pues componíase de dos mesas y unts cuántos taburetes. 

Pero lo que no podia menos de llamar la atención 

de cuántos le visitaban, eran las pinturas morales 

debidas al propio pincel de Micer Guyot. 

¡Qué asuntos tan raros; que alegirías tan extrañas, 
que detalles tan inútiles! 

Frente á la puerta de la habitación, estaba lo 
que, el hostelero llamaba la defensa del vino. 

Fresco p«r demás curioso, si á trechos no le 
hubiese manchado de lamparones, la escasa pulcritud 
de los concurrentes. 



344 



PEDRO DE ALVARADO 



La composición del cuadro daba á conooer en 
absoiato las dotes pictóricas de su autor. 

Una dilatada campiña limitada por oscuros montes, 
en cuyas crestas el vermellon subido permitíase imitar 
á FcbOy. aparecía cuajada de soldados tudescos, quienes 
en son de ataque emprendíanla á cintarazos contra 
anos cuántos infelices bebedores de la Galia. 

Apesar de ser aquellos muchos, defendíanse estos 
pocos arrojando botellas, pipas y pequeños toneles, 
sobre sus agresores. 

La lucha no podia ser más reñida; el triunfo, como 
era natural, inclinábase áel lado de los tudescos. 

Entonces Baoo compadecido de sus hijos; admirado 
de su valor y ganoso de corresponder á sus esfuerzos^ 
aparecioseles enruelto en nubes, cruzando la región 
de la atmósfera. 

Fijó su mirada imponente sobre los tudescos, y 
como estos no le hicieran el menor caso, exclamó con 
Toz atronadora. 

— ¡Gaayl de vosotros si intentáis tocar el cuerpo de 
mis defensores. 

— ¡Muera el vino de Iberia!— gritaron los desal- 
mados. 

— ¿Sí? — preguntó el dios lleno de cólera;— pues 
ahora veréis quien es Baco. 

Y lanzando de la diestra un rayo vengador, hirió 
con él la dura masa de les montes. 

Al punto saltó de las rocas una manga formidable 
de mosto, la cual, cayendo sobre los tadescos, causó á 
todos la muerte. 



PEDRO DR AXVAIUDO ^^ 

— ¡Bravo pensamiento! -^axolamé enmedio de ana 
carcajada homérica. . 

—El coal no hubieseis traducido,^— -interrumpió me 
Ouman, — si 70, seftot Pelaez^ no os hnbiera explica- 
do la rerdadera signidcacion de la pintura* 

— ¿Y todas las obras de Micer Guyot, son lo mismo? 

— Todas exijen requisito igual. 

— Bien hace el hidalgo, si no ha de sucederle lo que 

á cierto pintor, que para hacer más cognoscible uno de 

«US cuadros, puso debajo de él: esto bs ffaUina\ con 1# 

que el autor quedó satisfecho, convencido el público 7 

el ave en posesión de su legitima carta de naturaleza r. 

Siguió Guzman relatándome el significado de otraa 

4Íos pinturas que se yeian en los reitaates muros. 

La primera de ellas, quería demostrar la influencM 
de las bebidas eapirítuosas en ciertos padecimientos te- 
nidos por incurables. 

La escena desenvolvíase en los prímeros tiempos 
de la Grecia. 

£n una calle mxaj concurrída de Atenas, habíase 
colocado sobre ruda camilla á un agónico. 

Era costumbre en los pueblos de la antigüedad, 
ponerá los desahuciados en el lugar donde concurria 
más gente para que cada cual le propinase su medica- 
mento, por si de este modo conseguían los legos en la 
eiencia lo que los facultativos no habían podido obtener. 
Recordando, pues, este valioso precedente históri- 
eo, Micer GQ7ot, reprodujo una de las escenas de aquel 
tiempo. 

En tomo de la camilla de aquel moribundo, veíase 
TOMO n ,*¿ 44 



d46 



PEDRO DB ALVARADO 



á varios individuos de la plebe que trataban en vano de 
devolver la vida al paciente, aplicándole á este fin 
las drogas más eficaces. 

Otros increpaban duramente, por su impericia, á 
los doctores, quienes avergonzados, tristes y cariacon- 
tecidos agrupábanse en compacta masa para evitar las 
iras de la indignación popular. 

En esta situación encontrábanse todos, cuand* vie- 
ron venir á lo lejos, á un griega de pequeña estatura^ 
abultado de vientre^ colorado de rostro, 7 con unas 
piernas tan cortas j delgadas, que más parecían alam- 
bres, que humanos remos, destinados á mantener en 
pié aquel redondeado volumen. 

El ateniense dirigíase á todo ctrrer hacia el sitio 
en que el espirante se encontraba. 

Venia jadeante j sudoso, y llevaba en la diestra una 
vasija de cristal, portadora de un liquido claro y tras- 
parente. 

'Hasta aqai la primera parte del cuadro. 

La segunda, desenvuelta á su continuación en la 
otra mitad del muro, mestraba al agónico en el mo- 
mento de recibir el benéfico influjo de la bebida minis* 
trada por el ateniense mencionado* 

Por arte taumatúrgico, apenas saboreado el liodt, 
el moribundo saltó del le^ho; el pueblo comenzó á gri- 
tar Heno de asombre, los doctores convirtiéronse en es- 
tatuas poseidos de espanto inexplicable, y cuando á la 
esposa del paciente, cayendo de rodillas ^á los pies del 
curandero, ecurriósele preguntar ¿qué sustancia habéis 
dado á mi consorte? 



PEDRO DE ALVAitADO ^^ 



— ¡Vino!— cbntestó el ínterpelaío, — íignorábais, 

imbéciles, qua con ól se caran las dolencias más grayes! 

Al llegar Gazman á esta parte de su deseripcion, 

(sntró un sirviente en el cuarto, trayendo el desayuno. 

— ¡Magnifico, soberbio! — exclamó aquél frotándise 
las manos de gozo al ver que aún humeaban las magras ^ 

— ^Señor Pelaez, — añadió, — ahora, ahora ii que os 
vais á chupar los dedos. ¡Qué platt. tan excelente, y 
qué Ginebra tan incomparable! ¿Verdad, amigo mi», 
que son pálidos todos los placeras del mundo al lado de 
nna buena comida? 

— Es cierto, señor Guzman. 

— Sobre todo, comer y beber bien y barato, hé aquí 
el ideal de todo pobre. 

El propio fámulo que nos sirviera el desayuno, en* 
tro nuevamente en la habitación. 

— Sólo dos escudos import^ — exclamó dirigióndoie 
á mi; — hó aqui la vuelta. 

Y entregóme ocho ó diez monedas de plata. 

— *¿Cómo? ¿08 habéis anticipado á pagar? Eso si que 
no lo consiento, señor Pelaez; oye, OlHvier, devuelve á 
este hidalgo su dinero y que no vuelva á suceder cosa 
semejante ¿lo entiendes? 

— ¿Me despreciáis, señor Guzman? 

—En modo alguno, amigo mió; pero debéis tener 
presente que sois extranjero en mí tierra, y no puedo 
consentir... 

— Aqni no somos áiás que buenos hermanos; y cuan- 
do de afectos tan íntimos se trata, no debe haber dis - 
eudomes sobre asantes que no merecen la pena. 



^*® PEDRO DE ALVARADO 



— Gracias, seáor Peiaez, gracias. Para qae yaais 
qae opino de igual suerte que vos, acepto el obsequio; 
pero otra vez... 

— Estad tranquilo; seréis vos el que pague, y y^ 
xsontaró como merced señalada vuestra distinción. 

Hicimos al fámulo un signo para que nos dejara 
«dos y conseguido esto, corrí yo el cerrojo de la puer- 
ta del cuarto. 

. — Así estaremos conmás lií)ertad,— exdi^mé.— ¡Vi^r 
ya una copita, amigo mió I 

Guzman apuró su vaso de Ginebra, y yo le imité, 
no sin hacer un supremo esfuerzo. 

Tan poco acostumbrado á la orgia me hallaba. 
Llenamos nuestros platos de magras, y empezamos 
á comer\de ellas con bastante apetito. 

Guzman rociaba de tiempo en tiempo su garganta 
oon el helvético licor. 

Durante el festin, medió entre nosotros el siguiente 
diálogo: 

-*-Y vamos á ver, compailero; ¿qué tal marcháis con 
vuestros amos? — le pregunté. 

— Mal, muy mal, rematadamente, — contestóme mal 
humorado. 

— ¿Es que no le tenéis afición al servicio? 
— Es que tengo una suerte detestable. Mi señora es 
el ergnllo personificado; su marido ¡oh! no quiero ni 
citar su nombre. 

— 7-¿Pues qué os acontece con él? 
*— Soñor Pelaez, buscado por toda la redondez de la 
tierra, no encontraríais un hombre de corazón tan ne- 



PEDRO DE ALVARADO 



34» 



gro para los criados, como el doctor don Lope de San- 
tillana. 

— ¿Tacaño y miserable quizás? 

—Menguado y cruel en demasía. Es un tiranuelo 
en toda la extencion de la palabra. 

— ¿Un tirano decía? 

— Figuraos que todas sus órdenes las comunica á 
gritos, y lanzando imprecaciones ó insultos terribles» 

— Aún Iq, recuerdo con ira satánica. No hace muchos 
dias estaba yo limpiando los caballos, don Lope hubo 
de llamarme dos ó tres veces, sin que yo acertara á 
oirle. 

— ¿Y qué hizo? 

— Repitió su llamada, nadie le contestó, y entonce» 
indignado, descompuesto, lleno de cólera, bajó á la 
eoadra y cruzó mi rostro con sus dedos, exclamando: 

— ¡Toma, para que tengas ^ adelante mejor oido! 

Oonflósoos, señor PelaezJ'que ignoro »i ni daga 

conceptuó deshonra abrir el pecho de aquel miserable; 

sólo puedo deciros que gritó con toda la fuerza de miS' 

pulmones: 

— Señor Santillana, os perdono la acción; no quiera 
subir por la pendiente del crimen para probaros que 
soy más que vos caballero. 

Mi amo no desplegó su boca, y se retiró de aquel 
lugar con la vergüenza estampada en la frente. 



CAPÍTULO XXXIV 



Por amor ó por TongaiuBa. 



Gazman dejó escapar de sas ojos un rayo de eom* 
primida indignación. ^ 

Aparó una nueva copí de Ginebra, j ai maiófloo 
influjo de s*is vapores, cambió de tono para dar á su 
locuacidad rienda suelta en otro sentido . 

Golpeóse la frente como para encauzar ú. pensa- 
miento en el torbellino de extraviadas ideas, y siguió 
exclamando: 

— ¿Sin duda juzgareis, señor Pelaez, que lá elocuen- 
te lección que^'dí á mi amo obligóle á variar por com- 
pleto? Os equivocáis plenamente. El amor propio del 
doctor no cede nunca, tratándose de sus infirieres. 

El miseríible es á más de soberbio, vengativo, y me 
hubiese despedido de su casa, después del suceso rela- 
tado, á no encontrar en mi un servidor sin segundo. 



PEDRO DE ALYARADO ^^ 



Esto^ DO obstaDte, ODderezó sus gestioDes por otro 
lado, á ño de mortificarme CDanto le fué pMÍble. 

No teogo para vos secretos, señor Pelaez, os lo re- 
feriré todo 8ÍD escrúpulos. 

TjDa de las tres doDcellas, qae há poco tiempo ha- 
llábaDse al servicio de mi señora, maDtieae coDDiigo 
amorosas relacioDes. 

EsperaDza es el Dombre de mi novia, y aunque pa- 
rezca, señor Pelaez, que la pasioD me lleve á realzar 
sos cualidades, puedo deciros que goza de aprecio udí^ 
versal, por su virtud, Dobilísimo corazón j belleza ex- 
traordiDaria. 

Pues bieu: esta pobre criatura que no tiene otro 
ideal que su trabajo, ni otra fortuna que mi afecto, fué 
la victima propiciateria elegida por el doctor para 
realizar sus instintos malvados. 

Cierto dia, llamóla doña Aurora á su presen- 
cia. 

Santillana comunicóme por su parte análogo aviso. 

Subimos Esperanza 7 yo á las habitaciones de nues- 
tros principales, y encontramos á éstos arrellanados en 
im diván, como juez que aguarda la comparecencia del 
reo. 

Guando el infame Santillana acertó á ver nuestros 
rosaos demudados y lívidos, sonrió siniütramente, y 
dirigiéndose á su esposa, repuso: 

— ¡He aquí al rondador de princesas, Aurora mia! 
— Y á su barragana, Lope, — exclamó mi señora 
aludiendo á Esperanza. 

Mi novia y yo, sentimos en nuestros corazones el 



382 PEDRO DI ALVARáDÓ 

faego de la cólera; pero cediendo á la prudencia^ na 
osamos desplegar los labios. 

—¡Vamos!— ^"repuso el módico con palabra insultan - 
te. Ya pueden decirnos por Tez última si piensan con- 
vertir mi casa en un lupanar. 

— ¡Caballero! 

—¡Señor doctor! 

— Trátenme usarcedes con más respeto y midan la 
diferencia que hay de unos nobles á anos miserables 
villanos. 

— Se ha atacado á la honra de una mujer sin man- 
cilla y nadie tiene derecho á esto, sin exponerse ala 
pena con que se castiga á los calumniadores, — repuse. 

— ¡Menguado!— gritó furioso el doctor Santillana 
haciendo ademan de golpearme con sus puños. 

— He dicho, — añadió, -^qne eatán usarcedes aman- 
cebados y lo repito. 

— Nunca, amo mió, nunca^ — exclamó Esperanza 
deshaciéndose en llanto. 

— ¡Lágrimas de hipocresía! ¿Te has figurado que ya 
no sé traducir la verdad? — repuso mi ama. 

—Señora, por la memoria de mi madre os asegura 
que mi afecto hacia Guzman es noble, puro, desinte* 
rasado. 

— No, no (piero malos ejemplos. No puedo consen- 
tir que las jóvenes que están á mi servicio, se conta- 
minen en las funestas enseñanzas que t& les das. 

— Tened vuestra Iragua, señora, — grité yo con de- 
sesperación febril, — ó me olvidaré de los deberes que 
mi humilde puesto me impone. 



PEEkRO DE AL VARADO ^^ 



Bl doctBr Santillana avanzó hasta' mi y opiimién ^ 
dome un .brazo éon inusitada faer^, exclamó: ' *• 

— Oye, reptil inmundo; á nadie J^ consiento que me 
falte, y mecos á tf, siervo asqueroso. 

Y esto diciendo, echóme al cuellci»las manos, y ya 
iba á extrangularme, cuando logró ^desasirme de ól, 
sin hacer gran esfuerzo. 

Olvidándome de mi posición, lánceme sobre el 
hidalgo, hicele vacilar y cayó al panto en tierra. 

— ^Cobarde! — exclamé con vez de trueno, — ¡Estás 
hollado por mi, para esto servís los nobles! 

— ¡No le mates Gu/mr-n! — gritó su ejípoí'a^CA yendo 
de rodillas. 

— ¡P^^i^-OD, perdoc! — ropu^o Santillana al sent'r la 
asfixia bííjo la fu-.rzíi te mi cuerpo. 

— r¡Oh! No 50ia digno d ^ recibir la muerte de manos 
honradaf*, — exclamé con aire d3spreciativü dr^jando en 
libertad á mi duciío. 

Don Lope púsose en pié, y yo quédeme frente á 
frente de su persona en actitud provocativa. 

Aurora y E^p^ranza temblaban como epiléptica?. 
Una escena de profunda calma sucedió á estos 
acontecimientos. 

Nadie tuvo valor para articular palabras, temiendo 
que el fatal cuadro se reprodujese. 

Así permanecimos algunos instantes, hasta que el 
doctor, procurando recobrar la serenidad, exclamó con 
palabra seca. 

— Has hecho bien, Guzman, en defenderte. Si yo 
Bo habiese caido en el rebajamiento de medir mis 
TOMO n 45 



t&i 



mOLO DE ALTAIUM 



fiíerzas con un criado, no habría tenido lagar el espec- 
táculo trístisimo qne^ hemos presenciado aqm\ 

— Sin apelar á /ieterminaciones yiolentas , voy á 
obrar como dueik) de mi casa. 

— Estáis, señor, en vaestro derecho. 

— Esperanza queda despedida desde este instante» 

— Perfectamente; jo la acompañaré. 

— ¿TüH Sin duda olridas que me debes el salario de 
un año, cuja cantidad te anticipé para que sacaras á 
tus padres de sus apuros. 

— Es verdad, — contesté bajando tristemente la 
cabeza. 

— Cuando me hajas reintregrado en mis desem- 
bolsos con tus servicios, puedes marchar donde gustes 
que JO no te necesito para nada. 



Gnzman exhaló un profundo suspiro j para no 
dejarse vencer por el dolor, apuró una nueva copa de 
Ginebra. 

At^oco tiempo el cerebro de aquel hombre comenzó 
á perder la serenidad del juicio. 

— ¡Voto á cien rajos!— exclamó golpeando la mesa. 
¿Después de lo que os llevo dicho, creeréis sin duda, 
señor Pelaez, que mis amos se apiadarían al fin de mi 
triste suerte j de la de mi amada? 

— ¡Miserables! La pobre niña fué arrojada de la 
casa del doctor aqtiella misma tarde. Sus quejas, sus 
lamentos, sus súplicas conmovedoras, perdiéronse en 



PSORO DB ALTAlUOa 



«1 yació, como la voz del caminante en la soledad del 
desierto. 

—Yo, no podia seguir á Esperanza porque ana 
•obligación ineladiblcí opresora de la conciencia, ligá- 
bame al doctor con craeles lazos. 

—Además, Esperanza, no era mi esposa 7 jo no 
|)odia compartir on hogar con ella, sin haber puesto 
-en tela de juicio su virtud. 

Con el corazón desgarrado, tuve precisión de 
«epararme temporalmente de aquella, que constituyó 
ia única felicidad de mi vida. 

— Hoy Esperanza vive en uno de Ifs arrabalea de 
•este pueble; trabaja mucho en bordados para ganarse 
el pan; j jo la veo á menudo, hasta que llegue un dia 
en que pueda darle mi apellido. 

— (Y por qué no os casáis desle luege con ella? — 
jireguntele. 

— Porque soy pdbre, señor Pelaez, perqué sojr 
j>obre. 

Satanás debió sin duda inspirarme una idea lu- 
minosa aunque menguada. 

Obligue á mi compaüero, á que aparase ayunos 
nuevos tragos de licor, y aprovechándome de su aturdi- 
miento pregúntele en vez muy baja: 

— Vamos á ver sefior Gozman, (Con otante dinero 
os conceptuariais dichoso? 

— ¿Por qué me lo preguntáis? 

— Eso ya os lo comunicaré luego. 

— Pues como no concretéis la pregunta, me es muy 
diñdl contestaros. 



3$6 



PEDHO'DE ALVARADO 



— Seré más explícito. ¿Vos cifráis en Esperanza? 
toda vuestra ventura, no es verdad? 

— Así es en efecto. 

— Pero como para pod-er llamarla vuestra esposa^ 
seria necesario que contaseis con el indispensable 
dinero que exíje la compra de galas, de muebles para 
el hogar etc., etc.. 

— Resulta, que careciendo de aquel, mr felicidad se 
dilata cada vez más. 

— Quién sabe si os queda aún algún verdadertf^ 
amigo... 

—¿Cómo? 

— Algún apasionado vuestro que os regalase una 
buena cantidad. 

— ¿A título de limosna? 

— A cambio de un pequeño servicio. 

— Conozcamos las bases del negocio. 

— Las expondré en breves frases. ¿Tendríais suñ- 
ciontt, amigo Gruzman, con cien escudos de oro, para 
los primeros gastoí^? 

— ¡Santo Dios! Ya lo creo; con esa suma viviriames 
Esperanza y yo como principes. 

— Pues yo 08 la ofrezco. 

-¿Vos? 

En nombre de mi amo Sir Gaillermoy si le facilitáis 
una entrevista con dona Aurora, de modo que no 
corra peligro de ser sorprendido en sus brazos. 

— ¡En brazos de su antiguo amor! 

— O en aras del odio, como queráis. Es preciso que 
<8a infame de doña Aurora, pague á mi amo las 



l^EDRO DB ALVARADO 



36«r 



TÜlanias que le hizo^ con una caricia arrancadade bus 
labios por la violencia 6 por la seducción. 
' — Cumplió la vil muy mal con don Ouillermo. 
- — Es una miserable en toda la extensión de la 
palabra. 

— Negocio grave es el que me proponéis. 

—Ninguna consecuencia ha de acarrearos. Lo único 

que mi amo pretende, es tener el derecho de desirse á 

si prcpio, cuando p^se Santillana junto á él: 

' — ¡Goza de su amor miserable, que otros ?e encar-^ 

garoD de ayudarte en la empresa! ^ 

— Y yo podré aft^idir: Guzman ya estas vengado de 
los insultos que te infiriera el doctor. Paedes lanzar 
sobre él, á pesar de su nobleza, una mirada de desprecio 
y de compasión. 

— Eso, amigo Guzman, eso, ¿con que' os resolvéis? 

—Me decido á Serdr á vuestro amo; esta misna 
noche á las di¿z, podrá penetrar sin que nadie le vea en' 
la cámara de doña Aurora. 

— ¿Pero ?u e?poso?. . . 

— Su esposo s>ile irremisiblemente de nueve á once, á 
visitir sus erfermos, que son infinitos. 

— ¿Y si se aperciben de algo las doncellas de doña 
Aurora? ' 

— Pobres chica?; yo las Devará á las habitaciones 
del jardín que están muy distacto? de las de su ama. 

—¿Y allí? 

— Con unas cuantas notas de vihuela primero, y 
unos tragos de Si-itarne despu\<i, lograremos que las 
pobrecillas, cüg'n reniidjs do cansancio. 



*^ PEDRO DE ALViJUDO 



— ^¿Vais á emborracharlas? 

— Es el mejer procedimiento, amigo miO| para que 
no hagan la menor impresión en sas oidos castos, los 
gritos 7 exclamaciones qne doña Aarora pndiera 
lanzar. 

— ¡Magnifico, caro Gazman, magnifico! Veo qne 
sois nn hombre en toda la extensión de la palabra. Hé 
aqní, pnes, los cien escudos de oro. 

— Hó aqni la llave de la casa de don Lope, quefaci* 
litará á den Guillermo la entrada cuando todos estemo» 
sordos. 

• — jUna llave? ¿Y cómo podréis vos abrir? 

— Vee, señor Pelaez, que no conocéis á los ricos.. 

— En casa de mi amo, todo sobra; dos llaves de la 
puerta principal tenemos. 

— 4D0S, decís? 

— Una, la que os ofrezco ahora. Otra, laque el doc- 
tor mandó hacer para su propio servicio. 
' — ¿Para llevársela él por las noches, á fin de no- 
molestar á su servidumbre si se viera precisado á re- 
tirarse tarde? 

— Habóislo adivinado. 

— ^¿Pues entonces, resulta que vos, señor Guzman, 
os quedáis sin vuestros útiles de portero? 

— Así acontecería, señor Pelaez, si desde mis últi- 
mos disgustos con el doctor, no me hubiese éste im- 
puesto el castigo de velar todas las moches hasta qn^ 
él vuelva á su casa; por lo que, como ye le abre la. 
puerta, no se ocupa en llevar consigo su llave, la cuaL 
queda siempre en mi poder. 



PEDRO ME ALy41Ua>0 *9 



— Soberbio, cariaimo Gozman, soberbio. 

— Todo sale á pedir de beca, señor Pelaez. 

— Para ves, y para mi principal. 

— El será de grado ó por fuerza daeíLo de Aurora. 

—Y TOS lo seréis legalmente de Esperanza. 

— El corará su amor propio herido. 

— l^YOs, Gazman, castigareis de este modo los 
agravios que os infiriera el doctor. 

— Amor y venganza son las armas de que dispt* 
nemos. 

— Pero nos Mta el baluarte de nuestra empresa. 

— ¿Que se apellida? 
, — Prudencia, seftor Guzman, j mucho tacto. 



CAPITULO XXXV 



¡Deudas sagradas del honor herido! 



Pelnez continuó diciendo á los estudiantes: 

— Salimos Gazman y yo do la hostería y después 
de prestar solomne juramento de cumplir Cdda cual el 
cctTipromise contraido, partimos para nuestras respec- 
tivas casas. 

— P^co tiempo tardé yo en llegar á la mia; entró 
en. tila, ganó la escalera con suma. rapidez, y cuando 
pcELíié en las habitaciones da Sir Scott, encontróme á 
este paseando á lo largo de una s&la. 

— Gracias á Dios, Pelaez, ^ue habéis vuelto, — ex- 
<jlamó al verme. 

— Señ«r Scott, los negocios graves exigen mucho 
tiempo y bastante calma. 

— ¿Sali'iteis de aquí muy temprano?. 

— Al amanecer. 



PSDRO DK ALYARADO 



«í 



^— No' me aperdibí de ello. 

— Gomo que doriaiais con la tranquilidad de un 
canónigo. • • 

• — ¿Y vamos á ver, qaé habéis lograde en Tuestros 
planes? 

— Más de lo que pencáis. 

— ¿ftlás aún? 

— Como que e<ta noche podráis sintest'gos reque- 
rir de aroores á dona Aurora. 

— ¡Sinto Dios! 

— Hé aquí la llave de su casa. Ella dará acceso al 
iemnlo devuefitraá ilusiones. 

— ¡Una llave! ¡Su hatara en mis manos! ¡La ven - 
garza cumplida! Pelae?, hablad por el cielo, y desci- 
fradme ífcte embolismo. \ 

Con acento repodado y sin omitir un detalle, n^rró 
á SirScott caanti mi ocurriera con Guzman en la 
hostería de las Tres E<ítrellas. 

A medida que yo rae explicaba, dibujábanse en el 
rostro d^ Slr Gillermo diversas impresiona??. 

Unas ve3es, encendía las mejilla» del hid .Igj el 
fuego del placer; otras, empalidecí ^ilas el v.^nerví déla 
ífafculándo, levantaba la cabeza como sabor»uuío-< I 
triunfo, cuándo, movíala tristemente como quien a-l- 
vierte el desengaño con todas sus cruel Jí^des. 
Terminado que hube mi narración: 

— ¿Y bien, qué os parece de todo esto, — pregunté é. 
mi principal. 

— Stjñor Pelaez, que sois un amigo iccomp r^-l . 
Nadie en el mundo haría lo que vos hacéis, por devoí- 

TOMO U 46 



868 



PSDRO DE AtYAIUDO 



yerme la tranquilidad j la calma perdidas. |Pero, ayl 
qae es el corazón humano muy exigente. 

— ¿Y si est& satisfecho? 

— Entonces, todo le sobra. ^Más es acaso satisfac- 
ción para el alma, arrancar un beso á los labios adora- 
dos, si este brota envuelto en lágrimas? 

— ¡Deudas sagradas del honor heridol Mañana cuan- 
do el esposo de Aurora de Broglie,oiga que esta encela- 
ma en sus brazos: ¡Pobre Guillermo, cuánto daría por 
alcanzar tu suerte! repetiréis vos en el silencio de^ 
vuestra mansión: 

— ¡Santillanal Tu tálamo está profanado por el 
crimen de la infidelidad conjugal. 

— ¡Oh! Y debo proceder así ¡vive Cristo! 

— ¡Como ella, no más, como ella! 

— ¿Esta noche?... 

• —A las diez; en el reposo de su cámara con vos j 
el remordimiento por testigo, volverá Aurora su vista 
al pasado; oirá vuestras frases de amor, j recordará 
aquellas dulcísimas horas de las protestas inextingui- 
bles, y de los juramentos apasionados. 

— Y como es mujer... 

' — Acaso exclame conmovida: Guillermo, fueron las 
nieblas de la vanidad, las que me privaron de la luz 
por un momento; pero sábelo, mi única esperanza, mi 
ventura, mi dicha, residen en tí solamente. ¡Guiller^ 
mo, yo te amo con toda la fuerza de mi corazón! 

— No repitáis esa frase. 

— ¿Os enoja? 

— Me enloquece pensar tan solo en que Aurora pue- 



PEDRO D8 ALYAIUDO 



a63 



da corresponder por un momento yolontariamrate á 
mi afecto. 

—Dentro de algunas horas os convencereis de qne 
así sQcederá. 

—Dios lo permita. 

— La verdad es, señor Scott, qoe todo se confiigne 
en el mando cen dinero. ¡Por cien escudos de oro vai& 
á ser feliz; completamente feliz I 

—O desgraciado para siempre. 

— ^Don Guillermo, conolujames da abrigar dudas j 
vacilaciones, ¿desautorizáis mi modo de proceder? 

— Jamás, amigo mió, jamás. 

— ^Pues entonces, esperemos á que el tiempo se en- 
cargue de hacer por nosotros lo que juzgue más con- 
veniente. 



Es vndad indiscutible que el amor se viste nem- 
pre con el ropaje de la vanidad. 

El infortunado sir Soott, ocupóse durante el resta 
del dia en acicalarse para mejor r^idir á su dama. 

Imposible hubiese parecido á no verlo, qUe un 
hembre dotade de carócter tan severo como el del 
bretón, descendiese á aquellas puerilidades. 

Más de tres riquísimos vestidos mostró á mis ojos, 
preguntándome repetidas veces: 

— ¿Gnál de ellos os parece más elegante? 
— Todos los juzgo espléndidos, dada la distinción de 
vuestra persona. 

— ^¿Y este collar, regalo del duque de Nemours? 



aei: 



rantta i^ altazbjlooí 



— Más espléndido todavía. 

— Ei un i condecoración ganada en on certamen ar^* 
tiatico. 

— Debéis ostentarla sobre vuestro pecho^ oomo prue* 
ba de vuestras alt^s dotes intelectuales, 

— Sí hará, Pelaez, sí haré, — '¿Qio os parece el -ani- 
llo qm\ encierra esta caja? 

— La verdad; digno de un pxíncip?, 

— Es un recuerdo de mi baen padre qne pienso re- 
galar á Acrora. 

— ¡Lí^stima ¿e dinero! 

— ¿Cómo? 

— Quise deciros, qao valdría más q«}e lo conserva- 
seia para un gran apuro. 

— ¡Oa! ¡Oain bello aparecerá en sus manos da nie- 
ve; en aqu^ílloí dedoa d'^ color de rcsa, p^ótiaua como 
los de un arcángel! 

Y estampó un apasiona i > beso en la sortija, 

— ¡Voto á Lucifer! E toy daseítr.do, f ir Scott que 
llcgu3 la hora de la cita, — exclamé sonrit ndo, — á ver 
si recobráis el juicio. 

— Píírdonad, caro P^laez, estos natur leí trasportes 
do alegría. Aún la adoro con locura. 

— Sí, sí, ya lo veo; y me parece imposible. 
. —¿Pues qué hubieseis hecho en mi caso? 

— Reirme de ella, de don Lop3 y de su amor á 
mandíbula batiente. 

— Bien fie conoce que sois un muchacho aún* 

— Más hombre que vos, puesto qu3 poseo lo que á 
Yos os falta. 



Pm>Rd'I)E ALYARABO 



de£> 



— Frialdad de sentímientos güo «es verdad? 
• — Exceso de filosofía, para tomar las oosas beguo 
YÍeneD; eso es.' 

*— Dios no peirmita que os^ enamoréis nunca. 

— Tendré de ello muy buen cuidado, y sobre todo 
si la que amo me hace una trastada tan grande como 
la qoe o^ ha hecho doña Aurora... 

—¡Qué! 

— Procuraré divertirme á-su costa cuanto pueda^ 
como vos en último caso pensáis que acontezca esta 
nochó. 

— iPlderue al cielo que hable el amor y no el delito! 

— Sir Scott, dejemos por un instante este asunto que 
toma ya el carácter de monomanía. 

— Es cierto, hermano mió. 

— Cuando Iwgie la hora os pondréis? como dicen en 
mi tierra loa trapitos de cristianar, y saldremos... 

— Iré yo solo á casa de mi amada. 

— Pudierais tener al^un contratieaipo y entonces... 

— ¿No llevo en el cinto una buona tizona? Además,. 
si alguien me viese en vuestra compañía, creeríame 
medroso y esto... 

— Haced lo que os plazca, comprendo que teneis' 
ra2on, y por eso no insisto más en mi oferta. 
* — Amigo P .-,ez; el dia está muy apacible y convi- 
da á recibir el ba.-iéftco influjo dalos rayos del sol; 
¿queréis que i. aos un paseo por el parque? 

— No podri is haberme propuesto mejor cosa. 
Apoyóse ea mi brazo sir Guillermo y bajamos al 
jardin de su casa. 



866 



PSDRO DX ALYARABO 



En ól pasamos la tarde conversando sobre asuntos 
diversos, hasta qne llegada la hora de la comida, vol- 
Timos á las habítaühmes de mi amo. 

Tan preocupado hallábase este con la idea de ver 
á Aurora, que no hacia el menor caso de cuantas pa- 
labras dirigiórale jo durante la comida. 
— Terminada esta, sir Guillermo exclamó: 
— Son las ocho, y á las diez deb) verla, no puedo 
perder el tiempo. Voy á aliñarme un poco. 

Más de una hora tardó el hidalgo en componerse, 
al cabo de la cual aparació ante mi. 

— ¡Magnifico, Sir S^ott, magoífico! — repuse admi- 
rando su elegancia. — Estáis hecho uu brazo de mar. 

En efecto; el preoioso jubón j los gregüescos de 
raso blanco j azul que el caballero ostentaba, daban 
á su figura airosa, singalar distinción. 

La rizada 7 blanquísima gola aprisionando su cue 
lio, realzaba más j más el rostro del bretón, cuya 
barba sedosa y rubia, era el encanto de cuantas muje- 
res le veían. 

El gracioso birrete que circundaba su cráneo, man- 
tenía la elegante y finísima pluma con que el viento 
complacíase en jugar. 

Gaalquiera dama que no hubiese sido da hie}o co- 
mo Aurora de Broglie, habria exclamado al ctütem- 
piar á sir Scott, recordando la antigua copla: 

Huyo, brisa enamorada 
No demandes sus caricias. 
Que son mios sus acentos. 
Y hasta el aire que respira. 



PBDUO DB ALYAItADO 



»r7 



Acerquóme á Sir Scott j mirando m oostado iz- 
qaierlo, exolamó: 

— Respiro; reo que yá oon tos lo que os hace más 
^Alta. 

— ¡El acero! 

— Si, amo mió, si. Para empresas de la índole de la 
^ne vais á acometeri nada tan importante como una 
hoja obediente. 

— Dios haga que no tenga precisión de servirme de 
•ella. Sabedlo, amigo Pelaez, los snfrimientos morales 
han debilitado de tal suerte mi organismo, que lo que 
antes era vigor j energía, resalta flaqueza en la actua- 
lidad. Si algún individuo de medianas fuerzas me re- 
tase, dudaría peder vencerle. 

—Pues entonces, ¡voto á briosl ¿por qué me prohi- 
l)is que vaya á guardaros las espaldas? 

— Porque el corazón me anuncia que n# debo temer 
ningún contratiempo, 

-^El cielo 9^& servidlb de que así acentezoa. 

— Induda|)l0Qiento me presta sus auxilios, desconoci- 
do poder. Me fi^o muy animóse, 

— Sir Scott, sacrificáis enante sois en aras de la jus- 
ticia, y cofiQ ella os asiste, hé aquí el motivo de vues- 
tros alientos es{yirituale8. 

— ^Son las nueve y media. 

— Llegó el momento de partir. 

— Santillana habrá salido ya de su casa para ir á 
cumplir con sus deberes. 

— ¡Mucho corazón y nada de sentimentalismo! 

— Así lo haré, amigo Pelaez; entretanto quedad aqui^ 



?^ PEDRO DE ALVARADO 



y pedid á Dios que de los labios de Aurora brote el ra- 
yo de la ú; tima esperanza. 

— Estad íjanquilo, que ya pediré al Sopregae .Hace- 
dor en mis oraciones la calma que tant^ habéis monester» 

— Hasta luego, hermano mió. 

— El oif'lo os'ampare, Sir Scott. 



El enamorado abandonó su casa con gran premura. 

Yo Síq perder un instante echó mano á mi capa^ 

coloqué en h1 cinto mi puñal y exclamé parí mi interior: 

—¡Oh! Sí; debo seguirle apesar de sus tórdenes en 

contrario; es ti einfermo y puede sUcedérle alguiaa dee-- 

gracia. Partamos. 

Y esto diciendo, sali apresuraia^nente á la calle, 
logrando divisar á Sir Scott, que marchaba á alguDA 
difitancja. 

Recatándome todo lo posible, fui en seguimientof 
de mi amigo. • 

Cuando éste impulsado por natural temor, volvia 
do cuando en cuando la espalda para ver si alguien 
trataba de sorprenderle, ocultábame yo en los hueco» 
de los edifiqios, á íin de que mi principal no me advir- 
tiera. 

Así caminando, llegó Sir Guillermo al puente que 
era preciso atravesar para dar con la casa de Aurora. - 

A poco crúcelo yo, sin encontrar en mi marcha^ 
mortal alguno. 

Ya Scott hallábase próximo á la casa de su adorada. 

Para no porierle de vista me instalé en el remata 




PSDRO DI ALTARADO 



309 



de la calle doode habe de enoontrarme á Gazman, la 
«aal estaba frente á frente de la de la joven. 

Desde el final de agaella, veíanse perfeotaoiente la 
puerta principal de la casa de don Lope, i la qne en 
viaba los tibios rayos de su loz mortecina un farolillo, 
colocado en el muro, al pié d^ ana imagen. 

Marchando con pasó snmamente grave adverti á 
Seott, qne poco á poco iba acercándose á aquel lugar. 

No sé por que secreto impulso, latió mi corazón con 
violencia inusitada. 

— No tiembles,— exclamé colocando la diestra sobre 
el pecho. — ¡Goncieacia; levanta la voz para recordar 
ii quién de honrado se pracia, que S^ott salvó á mi 
padre j que hasta debo morir por él, si la fatalidad 1# 
Uciese preciso! 



nmt^n 47 



CAPÍTULO XXXVI 



, La crueldad del deetino» 



Silencio sepulcral remaba en los alrededores del 
palacio de Santillana. 

1 1 Sir Guillermo caminaba de puntillas. Sin hacer el 
mener ruid» llegó á la puerta de aqueL 

Subió tres escalones, j ya iba á introducir la llave, 
facilitada porGuzman, en la cerradura, cuando una voz 
potente como salida del averno: 

— ¡Ladrón! — exclamó con acento furioso. 

— ¡Jesucristo! — repuso Soott pegándose ala puerta. 

— ¡Nos ha vendido el villano! — grité yo mesándome 
las barbas y desnudando mi puñal. 

— ¡Cobarde! — exclamó aquel hombre que no era 
otro queSantillana. — ¿Has comprado á mis servidores, 
te han sido fieles? Mañana la horca para ellos, hoy mi 
espada para ti. 



PXORO DB ALVABADO 



371 



— {Desnuda tu YÍ I acero, si te qoeda ana gota de 
«aogre en las venas! 

— jDon Lopel 

— Te conozco; tú eres el yillano, el miseralylef el 
iraidor. 

— ¡Menguado! 

— Una casualidad me hace volver á mi cau á ñn de 
xeoojer un objeto de mi profesicm, y te encuenüro' vio- 
lentando las puertas para hacer el robo. ¡Defléfidete ó 
ie matOi hijo de mala madre! 

—¡Basta, judío!— gritó Scott sacando furiosamente 
au acero j poniéndose en guardia. 

— No venia, — exclamó enmedio del ruido de las es- 
padas, — á robarte el dinero que posees. Venía á qui- 
tarte algo más; tu honra, cobarde, puesta en la infiamo; 
á quien tanto he querido. 

El bretón luchaba desaforadamente; pero cediendo * 
Á BU debilidad iba perdiendo poco á poco el terreno. 

Yo que tal veia arrastrándome como un reptil^ Iq^ 
gré acercarme á la espalda del dector. 

En esto Santillana lanzó sobre Scott un brioso man - 
dable que 8Í bien lo paró mi amigo, causóle una herida 
^n la mano. 

Apesar de la efusión de sangre, siguió en su vil 
empresa centra Sir Guillermo. 

Este descubrióse uu poco; el dector aprovechó 
aquel recurso. 

—¡Toma, ladren! — dijo;— y y^ iba á tirarse á fon- 
do, caabdo dejó caer la espada, llevóse la mano al pe- 
cho y exclamó con apagada voz: 



3^ PEDÍto DB ALYARADO 

— ¡Jesucristo! ¡Socorro! Me han muerto á traición» 
¡Infames; yo... os maldigo! 

Y cayó en tierra envuelto en su propia sangre. 
-—Mi pufial le habia partido el corazón. 

— ¡Hayamos! — gritó con vos desesperada. 

— ¡Pelaez! ¡Pelaez! ¿qué habéis hecho?— exclamó 
lleno de espanto ISir Scott. 

<^ Libertaros dé la muerte, como vos hicisteis con 
mi padre. Se acerca gente. ¡Huyamos! 

Emprendiendo vertiginosa carrera abandonamos 
mi amigo y yo aquel lugar. 

Más de tres cuartos de hora corrimos sin déte-» 
nernos. 

Sin Guillermo volvíase á cada momento y excla- 
maba : 

— Su sombra nos persigue; es él, es ól. 

— No temáis nada, hermano mió. 

— ¡Jesús! ¡Bl crimen, el crimen como consecuencia f 
¡Dios Santo, tened misericordia de mi! 

Y oaia de rodillas sobre la arena de los campos^ 
derramando abundantes lágrimas, 

— Sefior Scott, — gritó yo á mi compañero, divisan- 
do un cercano bosque. — Ocultémonos allí per el pronto. 

— Sí, que alguien que pueda habernos visto, venga 
quizi en nuestro seguimiento. 

— Es indispensable apelar al primer asilo que se nos 
ofrezca. 

— ¡Perseguidos por la justicia; sin casa, sin bogar, y 
sin BU amor para siempre! ¿adonde iré yo, Pelaez, 
adonde iré? 




PEDRO DB ALVARADO 



373 



— ^Adelante avanoemos; hó aqni el bosque. 

— ¡Qaó calles de cipresds tan lombriasl 
¡Los árboles parecen evocaciones fantásticas qae pi- 
den reparación por la muerte de d9n Lope! 

— ¡Ohl No digáis tal. ¡Don Guillermo, vuestras pa- 
labras van extinguiendo poco á poco, mi valorl 

— Tengo miedo, amo mió , tengo miedo. 

— ¿Por qué le asesinasteis yillanamente? 

— Por evitar que ól os matara. 

— Mejor hubiera sido: de esta suerte habrían acaba- 
do mis amarguras. 

— ¡Yo criminal; yo asesino; el hijo del castellano 
más rectol 

— Acordaos, Pelaez, de vuestra promesa: honrar 
padre j madre. ¿Qué diréis ahora con el baldón que 
por mi culpa echáis sobre sus canas? 

— Diré que entre ver morir á quien devolvió honor 
7 vida al que me dio el ser, ó arrancarle del peligro, 
lo segundo, señor Scott, lo segundo. ^ 

— ^Vengan esos brazos, hermano de mi alma, ven • 
^n esos brazos. 

— ^Tomadlos protector de mi padre. 
Sir Guillermo j 70 quedamos unidos por les lazos 
de^l pesar 7 del infortunio. 

Bien pronto nos separamos, influidos por indoma- 
ble exaltación. 

— 4N0 oís? — pregúntele. 

«—Alguien se acerca. 

— Acaso sea ilusión. 

— O realidad amarguísima. 



3r74 



PBimo DE ALVARADO 



— Por 4^nU Sir S^ott, por estos zarzales. ¡Prestof 
¡No nos acada la jastícial 

Rompiendo plantas, desgajando troncos, oortanda 
yo con mi puñal', manchado aún con la sangre de San- 
tilkna, cuantos obstáculos á mi paso se oponian, lle- 
gamos á un sitio donde se iniciaba una senda estrechí- 
sima. 

El pequeña camincr aquel, perdíase serpenteando 
entre los árboles, per lo que era imposible adivinar 
dónde tendría término. 

— Marchemes por aquí j sea lo que Dios quiera,— 
repuse. 

— El ruido de los que vienen se acentúa cada vel^ 
más. 

— ¡Adelante! 
Y rompí la marcha, seguido de Sir Scott. 

-—¡Santo Cristo! — exclamó deteniéndome á los po- 
cos instantes. 

' — ¿Qué sucede? — preguntóme el bretón. 

— Que estamos al borde del lago. 

— ¡Maldición! 

— Caeremos en las garras de la justicia; no podemos^ 
pasar adelante. 

— Un remedio hay: el último que nos queda. 

— Yeamof cuál es. 

— Al agua, y crucemos á nado la gran extensioa 
hasta llegar á la orilla opuesta. 

— Moriremos de seguro. 

— Entre la inflexibilidad de la ley y la inclemencia 
de los elementos, lo segundo. 



PEDRO Df AL74JiU^B0 ' ^^ 



— DdcÍB bid9- 9X lago, j «#a lo que DIíDb quiera. 
— ¡Al lago pues! 

Con temeridad moonoebible lanoóme sobre las tran- 
quilas ondasi y Seott hÍ20 lo propio. 

Como si mágica fuerza nos impulsase, comenzamoa 
á nadar desesperadamente. 

A poco, estábamos á muy buena distancia del bfMH 
qne. 

Nuestros cuerpos sumergíanse, j volvían á apare- 
cer sobre la superfloie de las aguas. 

En uno de estos momentos pudimos, ver gran can- 
tidad de pequeñas luoes que brillaban precisamente en 
el. lugar de donde partiéramos. 

— La justicia ha sido burlada,*— dijo penosaqienie 
Sir Guiilermo. — Comienzo á perder las fuerzas, — 
aftadió. 

— Un poco más de energía, amo mió; la orilla está 
próxima. 

—Si, ya se advierte, pero el vigor se niega á ser- 
virme. 

— ¡Pardiezl Cuanto se quiere se hace. Más, uno, 
dos, tres; hó aquí nuestra salvación. 

£1 cielo habiase apiadado de nosotros. 
Saltó al borde del lago, y seguidamente llegó á ól 
Sir Scott. 

Venia trémulo, descompuesto y casi sin vida. 
— ¡Dadme los brazos! — gritéle al ver que vacilaba. 
Con gran ti^^o pude traerlo á tierra^ 
, El desdichado habia sido victima de un sincope. 
— ¡Cielo Santo! -rsxclamé procurando reaccionar el 



37e 



PBDRO Dt ALVAKÁIk) 



cnerpo de mi amigo. No me faltaba otra cesa bí&o qae 
faera á merirse aquí. 

— ¡Don Guillermo, don Gaillermol— repose á la rez 
qne conseguia devolrer el calor á sos miembros entu- 
midos. 

El hidalgo respondióme con voz apagada j casi 
imperceptible. 

— ¡ Vive I ¡Vive I — exclamó. — Estamos salvados. 
Cubrámosle ahora j luego Dios dirá. 

Y envolví su cuerpo con mi capa. 
— A ver si se repone y podemos continuar nuestro 
viaje^ — repuse para mi. 

El desmayo de que habia sido victima Sir Guiller- 
mo Scott, dejóle absolutamente como muerto. 

No daba el hidalgo señal alguna de vida. 

Su pulso latia anormalmente; su boca^entraabierta 
como la del agónico, cerrábase de cuando en cuando, 
para volverá aspirar después el aire exterior. 

Yo comencé á alarmarme ante la situación de mi 
amigo. 

El cielo encubrios e con negras y espesa ssom- 
bras. 

De tiempo en tiempo la claridad del relámpago, 
fosforecía más brillante en la plateada superficie de las 
ondas azules. 

Uu mundo de tinieblas envolvía totalmente nues- 
tros cuerpos. 

£1 viento silbaba entre la espesura. 

El lagar en que nos hallábamos Sir Scott y yo^ 
^rame completamente desconocido. 



L 



MBftO OS ALYARADO ^^ 



f 



Por otra parte^ Bada pode advertir en mi alrede- 
4oTp que tte orientase respecta de mis dadas, 
• -^iDóncto lialiar nn asilo, — exclamó para mí, — en 
^ae pueda albergar á este desdichado? 

Y mi Toz, perdióse en la misteriosa j elevada mon- 
-tafta qne se €«tendia á la izquierda del valle. 

— ¡Don Gaillermo, don Gaillermo! — ^repuse acer- 
cando el labio al rostro de mi amigo. 
Scott, no respondió. 

— ¡Ohl ¡Oíelo santo! — añadí cayendo de rodillas. — 
El üfiO'Se apodera de todos sas miembros; se muere, 
ise muere. 

En efecto, mi colega dejaba ver en su cuerpo la 
Tigidez del cadáver. 

— [Dios miol — continuó. ««Tened piedad de estos in- 
f<MrtQnado9 pesadores. ¿No habrA un alma caritativa 
que nos socorra? 

—Sí^— repuso una voz grave y desconocida. 

— ¡Jesucristol— gritó dando un salto y asiendo sú- 
i>itamente mi daga. 

-— ¿Quión eres, — repuse, — sombra maldita del re* 
mordimiento? 

—-{Mirame!— contestó llegando basta mi el inter- 
pelado. 

Un hombre como de sesenta años, de luenga y ne- 
gada barba, de mirada expresiva y severa, flaco y 
amarillento de rostro, queió inmóvil, contemplando á 
Sir Scott. 

El desconocido, vestia hábitos negros, ceñidos á 
Ja cintura y á ella sujetos por larga oorrea. 

TOMO n 48 



3^ PEDRO DK ÉLUVAfiáDO 

Era bastante delgadot, j d^ elevAdísima talla; cir- 
cunstancia esta, qae, anida al modo de andar paaaada 
y majestuoso del oQgolla, acarreábale el respeto j la 
veneración más íntimos. 

Al ver á aquel hombre^ qod sin desplegar los la- 
bios^ con el cráneo encerrado en amplia capacha, ora^ 
ba de rodillas junto á Slr Scott, atrevime á pregan- 
tarle de nuevo, juzgándolo creación <ie mi acalerada 
fantasia. 

— ¿Quién sois, estatua animada del silencio? 

— Quien después de haber dirigido á Dios sus pre- 
ces por el moribuado, — respondióme, — espeja devol- 
verle la salud del oaerpo, ¡GojedU en braeos y se - 
guidme! 

Sin articular una frase, tomé al panto el inanima- 
dQ cuerpo de Sir Scott, y seguí en pos del descono- 
cido. 

Bien pronto estuvimos en la falda de la montiAa^ 
de que queda hecha referencia. 

CrODfieso que la fatiga y el cansancio iban ya do- 
minándome. 

— Un instante, señor, — repuse, dirigiéndome al de 
los hábitos,— necesite tomar alientos. 

— Ahora os relevarán; — con tes tome. 

— ¿Veis aquel balto que «e aproxioia! 

—Sí señor. 

— Es el requisador noctarno de estos lagares; .el 
moDJe Miguel de los Angeles. 

— ¿Un religioso? 

— Mi hermano en Nuestro Padre San Agustín; ¿ 



PS0E4> DB AL7ABAD0 



sm 



qaiaa se confia la difíoil. empresa de inspeocionar da- 
ranto las noches estos sitios, en unios de otros com-^ 
pañeros. 

— (Da inspeocionar montañas deeis? 

— Afii acontece, hermano; sabed que machos ex- 
tranjeros, atraidos por el encantador paisage qae des- 
de las crestas de esta montañas se divisa, visitan estoa 
contornos á menado. 

—íY bien? 

—Permanecen extasiados en estos lagares machas 
horas; les sorprende en ellos U noche, j lejos de en- 
contrar el camino que deben atravesar para volver á 
sas hogares, se pierden en estas veredas, y algunos 
han muerto de frió. 

—¿Por lo cuál? 

— Mis hermanos en religión examinan conmigo es- 
tos lugares á media noche,, por si algún desgraciado 
iMcesitase de nuestro auxilio. 

-— A^ccion admirable* 

— La qne cumple realizar al último de los siervos 
del Señor. 

En esto, llegaron hasta nosotros los compañeros 
del desconocido: venian tres de ellos: uno traia un fa- 
rolillo en la mano, los dos restantes conducían una ca- 
milla. 

— ¡Ave Marial — exclamó el de la linterna, hacién- 
donos un reverente saludo. 

— ¡Sin pecado concebida! — contestamos el descono- 
cido y yo. 

— ¿Ocurre algo, reverendo padre?— repuso. 



980 



PEDRO DE ALTAIUDO 



—Este desgraciado viajero, á quien m^ he enoon- 
trado exánime en los brazos del señor, sn amigo. 

— Ponedle al ponto en la camilUt hermanos Rt- 
mualdo j Jalio, j llevadle al coavento, que ya os se- 
goimos, 

liOS religiosos obedecieron la orden; colccaron en 
la camilla á Sir Scot, j partieron de allí. 
Yo quédeme con el desconocido. 

— ¡Destino cruel el suyo! — exclamó aludiendo á mi 
principal. 

— No lo sabéis bien, padre, no lo sabéis bien. 

—-Perdonad mi curiosidad, ¿es soltero este liidalgo? 

— Vos lo habéis dicho. 

— ¿Vuestros nombres? 

— Guillermo Scott el suyo, Manuel Pelaez el de es* 
ie vuestro humilde criado. 

— Gracias hermano mió,— contestó el monje. 

— Ahora me permitiréis, — exclamó, — que os pre- 
gunte con quien tengo el honor de hablar. 

— Con el prior del inmediato convento de Agustinos. 

— Huólgome mucho de hallarme en presencia de tan 
ilustre autoridad. 

—-No soy más que un pobre, apartado de las pom- 
pas del mundo, las cuales destrozaron hi muchos afioa 
mi corazón. 

— ¿De suerte que los desengaños os trajeron aquí! 

— Si, hermano del alma. 

— ¿Sois noble? 

— Lo fui en el siglo. 

— ¿Hacendado? 



PEDRO DK ALVARÁDO ^^ 



— ^Daeño entonces de inmenBa fortona* 

— ¿Militar? 
. — ^Y Adelantado de Sevilla. 

— ¿Vacstro nombre? 

— Os lo diré sin reservas. Lnis María de SantiUana» 

— {Santillanal ¿Pariente acaso' del doctor? 

— ¿D>n Lope? ¡Es mi hermano! 

— ¡Jesús! — exclamé llevándome las man#s á la ca • 
l)eni y cayendo sin sentido á las plantas del religioso. 



CAPITULO XXXVII 



iBiMiaventiirado8 los qae lloran! 



El Monasterio de San Agastin de Hippooa, 8Íto á 
tres leguas largas de Poitiers, era un edifíaio de estilo 
greco- romano. 

Ocupaba un extenso perímetro, 7 desde sus cuatro 
torres, leyantadas en ios cuatro ángulos de la inmensa 
mole de piedra, podia advertirse un lindísimo pano- 
rama. 

Observado el convento desde la falda de los mon- 
tes, sobre la cual aparecía constroido, semejaba pe- 
queña ermita de escasas proporcioues, cuyos amari- 
llentos muros,, era imposible divisar cuando un cielo 
brumoso azulaba la atmósfera, con esos matices purí- 
simos negados al más hábil pincel. 

A medida que se elevaba el viajero, buscando la 
enhiesta cumbre, hacíase más evidente y real la per- 
cepción. 



PB5R0 ¿B AJUVAHADÚ 



fil convento de )os AgiuitínoB, iomaba pcA^o á pooa 
formas más activf s. 

Sas torres orecian ante las miradas de los cnridsos^ 
SQ ventanaje hasta entonces ignorado, iba aparecien- 
do en alineación, correcta como él de ün plano tra- 
zado s'obi^e nn pérgámiüo qnéváde^enyolvióndose len- 
tamente. 

Vencido el obstáonlo de la'snbida/la sorpresa no 
podia ser más grate, ni más elocuente el eDgafio.ezpe* 
Timen tedo. 

El convento moí!ítrábase erguido con toda su impo* 
nente majested. El predominio de la recta, la falte abso* 
hite de afiligránadti oriQamentacion; el color opaco de sn» 
muros, 7 la pesantez de tante piedra, allí acumulada, 
«consegnian lo que sin duda se habia propuesto el ala- 
rife que le proyectara: colocar al Ser Misericordioso 
Todeado de la gran tristura de los mortales: que no en 
las exploaibnés del placer y de la alegría, sino entre 
los amargos giros del dolor, es donde su poder infinito 
se levanta con todos sus esplendores, para repetir al 
que sufre. 

— ¡Bienayenturados los que lloran, porque elloá se- 
Táií consolados! 

La principal fachada del convento, ostenteba la 
férrea puerte, llena de dibujos alusivos á la conver- 
sión del santo patrono: j aunque aparecía cerrada, no 
lo estaba nunca para los necesitados* 

La gruesa cuerda de cSluaduo, pendiente del arco 
de aquella, esperaba á que la mano del indigente anun- 
ciase por medio de la campana á los religiosos, que 



3bí PEDRO DB AJ^YAlUDe 



un pobre solicitaba con ugeiloía^ ia cavidad y buen 
corasen. 

Eaciina de la paerta de entrada^ rekia iwEade el 
siguiente lemaí . 

Deo favente in seciUum^jSeeulié 

Ego meamque cauaam kabeHies istud de/endamu^^ 
ardinem. r 

Invocación suprema y admirable, qae vivirá graba- 
da en el alma de los baenos, niratvas el espirita cat6 - 
lico, enante con un solo defensor sobra la tierra. 

RecoKtda la meseta central extendida frente á la 
paerta gnmde del convMito,' y toaiando la dirección 
izquierda del mismo,: comenzaba á diTisarse la fronde* 
sa arboleda plantada en la montafta, y el valle encan - 
tador^qae á sa pió tenia origen. 

Paisaje de incomparables atractivos era aqael: lo 
hacia más grato la soledad constante de aquellas pra* 
deras, por donde casi nanea veíase crazar, sino al la* 
brador, qae con sa yanta retirábase á sa casa al ter- 
minar el dia, ó al austero monje, que paseaba por allí 
gravemente y sin apartar sus ojos ddl breyiario. 

A la derecha del valle, sobre un pequeño promon- 
torio, podian advertirje las ruinas de una casa, que 
en remotos tiempos, debió destinaras á ermitai á juz- 
gar pf r su aspecto exterior y por su campanarioi bien 
conEcrvado aún. 

A espaldas de este breve ediAoio, se iniciaba una 
carretera, perfectamente tirada á cordel, la cual era 
bastante larga en extensiones* 

Los ojos podian abarcar gran parte de ella, pero 



vmmo jm áltí^rmio 



B8B 



ras Ihfiitds Iméfaxne ittapncriAblM^ óttatidó^ Mmejante 
el oamiao «I léptil q«e se oculta en la malera, per- 
diaseáe la vista m im frondeso bosqae espeso y apre - 
tado. 

Tras tsrte, yeiase cma como especia de cárcd á juz- 
gar por sus oscuras paredes exteriores; empero bien 
jHTOiito desTanseiasa la creencia de que pudiera desti* 
narie Á tú objeto, al fijar la atención en la media na • 
ranja que se levantaba en la parte superior del edi • 
ficio. 

Remataba esta en paqueña torre cilindrica, sobre 
la cual erguíase una cruz gótica, en cuyas aras deti 
niase el ave nocturna para iluminarlas con el siniestro 
fulgor de sus ojos. 

¿Gpál era el verdadero empleo á que se consagraba 
acuella caea misteriosa? 

Sigamos á dos personajes, que, aprovechando le 
bonancible de la temperatura, abandonaron el oonven • 
to en una hermosa tarde de primavera. 

Descendieron por la mosiaña al valle, y A poco 
encontráronse en este. 

Al llegar á esta parlé de la narración, maese Pe- 
laez, que ya iba sintiéndose fatigado, apuró unos sor- 
bos de vino, y continuó diciendo á los estudiantes: 

— «P^ra mayor claridad os esplicaré quienes eren 
s^[«6fios dos hembtes y k Conversación que mediara 
entre ellos. 

£1 uno, vosotros ilustres escolares, le conocéis 
l>ien; era el que tiene d honor de hablaros. 

49 



^^ PBWO DB JshY AMADO 



El otro, el caritatiTO Colector del Monaitom de 
San Agustín, fray Miguel María de lok Angele». 

] Ahí Si me habiéseis yisto ^ntoi^es, amigo» mios^ 
babríais dadado de que pudiese volver á la vida. 

Pálido, demacrado, tembloroso^ cún la cabeza en- 
corvada, sin poder expresarme más que con palabra 
difícil 7 premiosa, era 70 la imagen viva del delin- 
cuente, á quien se deja el castigo de la vida como in^ 
comparable tormento. 

Caminaba con paso vacilante, apo7ado en un grue- 
so bastón, 7 veíame obligado á pararme á cada mo • 
mentó para tomar fuerzas. 

Mi cariñoso padre, fra7 Miguel, tributábame dul- 
ces frases de consuelo. 

— Hermano, — decíame. — La Misericordia del Se- 
ñor ha tenido á bien libertaros de la muerte, después 
de seis meses de horribles sufrimientos. 

— {Más valiera que mi miserable cuerpo hubiese 
descandide á la tumba! 
1 — ¡Oh! No ofendáis al cido con impías palabras. 
— ¿De qué me sirve, hermano mió, la existencia^ 
S07 el hijo del crimen, 7 sino hubiese encontrado á 
los incomparables monjes de San Agustín, mi cabeza 
habría 7a redado en el patíbulo. 

— ¡Gallad, callad, hernaano Pelaez, el eco pudiera 
delatarnos á los hombres, 7 7a que después de una 
sincera confesión , ob ha perdonado el padre Luis de San • . 
tillana la muerte que dierais á su hermano... 

— ¡Santillana! ¡Oh! verdadero mártir ;• descubrir á 
los asesinos del doctor 7 perdonarlos, dáncblea á la vez 



PURi» DS ASiYABAD» 



2m 



«Iborgod en el MoBaeterío: nt podo «contrtf m mm^ 
«oa maestra más grandiosa de santidad. 
• -^Perdonadme, hermano mió; pero 70 no puedo to- 
lerar ciertas calificaciones. 

-^Sir GaiUwmo Soott ha tomado el hábito hace un 
mes^ j e9 ya on monje eome noeotres. 
. -^Siqtdera él paede lavar su culpa oon la macera- 
«ion 7 la penitenda; pero jo... 

— Si vuestra quebrantada salud no os ha permitido^ 
humano Pelaez^ imitarle, aeaso algún dia tengamos 
la suerte de llamaros nuestro compoftaro» ' 

— ¡Quién sabe, fray Miguel, quién sabe! 

— Empero dejemos á un lado, hermano Pdlaez, ideas 
^ue agravan vuestro padecimiento, 7 decidme si os 
vais sintiendo más fmrte. 

— Más cada dia, gracias á vuestros esmeradísimos 
^cuidados. 

: — Nada habéis de agradecerme; el aifiscto que á vos 
me inclina es grande, 7 mis deberes de cristiano me 
imponen la sag^ntda obligación de atenderos en todo lo 
posible. 

— Nunca olvidaré los esfuerzos de vuestro ooraxon 
nobilísimo. 

— ¿Habéis visto ho7, frA7 Miguel, al padre Ghii- 
ilormo? : 

7 -"«Muy de mañana. Poco después, salió ctn el prior^ 
4 llevar los auxilios espirituales á uno de los más po^ 
bres labradores de estas comarcas. 
-.—¿A. un moribundo? 

— Exaotamonte: el paire Santillana le acompaña á 



3» 



DB jsmMUím 



to¿ftB partas, 7 ht másmfe en las práctifoas inhereiri»» 
á la vida monacal. 

«^No té OD0M> yíími^ prior so d[)orraod á ibí pm- 
cipaK* 

^^Aqni, iiM^maBO PtlaeSf nacabdn ódíos ni ywtgan- 
zas; si por culpa ¿e Scott morió d«i Lope, nuestro 
jefe no puede iMcer otra c<»a que perdonar y absolver. 

— ¡Obi Pero se necesita maelia virtud para tender 
una uaná proftoetera al enemigo. 

— £n el mundo, Peiaez^ en ol munc^ Fuera dm -él^ 
la misericordia pan ú desgfaoíade es ineludible oUi * 
gacion en el ofl»uliilo. 

-^»n éeéu terdad. 

— «En absoluto, bermano ManueL 

— ¡Pobre amo miol ¡Cómo ha eanribiadol 

-^Está muy triste siempre, es tsierto. 

— Unas veces á través de su capucha percibense ka 
Imellás del llstirto abrasador que caáoina sus meJiUas; 
otras gma sus ojos con espanto, com:o bascando un 
punto donde enooi^Mir el reposo de la espwanza* 

— Casi tan enfermo como habéis estado vos, se halla 
el padre Guillermo. 

— Más aún fray Miguel. 

*-;-iPór q«é caasa9 

— Si conocieseis su temperamento no md haríais 4oa 
pregunta. Sabed que mÁ aAtigoOamo, sedefa arrastrar 
fikúlmeiÉhe por la ittsbincoMa. 

— Eso se curará con el tiempo. 

— Es que pasa con suma faciUdad de la más depU'» 
rada t^jmova, oA 6 lio y i 3a oókrajnás intiauís^ 



BE ALHiOULBO 



— Circimstailoía grair«i. 
- ^*«*0omo ff» pueda ter MntomálMft éi na ttMital 
'fMftovteeioD. 

— El Señor nos libre de ello. 

— £1 08 oiga en su caridad infinita, fray Mignel. 



En esto llegamos á la ermita miñosa de que hemoe 
iiecho mérito. 

AUi tnye que pararme para recobrar las faerzas 
perdidas. 

-—Dispensadme un momento, — repuse, — hermano 
fray Miguel. 

— Deteneos tede el tiempo que queráis, — contes- 
tóme. 

— Graciat^— le dije, — amigo mió. — Pero, ¿no veis 
aquellos ^is Imltos que se divisan en la carretera? 
— ^Sí^ amigo Pelaez, si. 

— Creo adivinar en ellos al reverendo prior 7 a^pa- 
•dre Guillermo. 
— Efectivamente. 
Poco á peco fueron avanzando los desconocides. 
Bien pronto pudimos convencemos de que nuestra 
fMNipeclia era fundada. 

El prior Santillana j fray Scott llegaron hasta » 
dcmde nosotros estábamos. 

Miré á mi prmdpal 7 advertí en su rostro marca- 
dos tintes de alegría. 

Habia cambiado de aspecto. 



^^ tlMBJO DE áLJMUfíO 



— iQuó será? — dije para mi; 

•— Bieíayentnradot los. qae lloran, no lo olvideÍB,— » 
exclamé á la sazón dirigiéndose á mi amo, el prior Lnia 
María de SantíUana. . 



CA.PÍTÜLO XXXVIII 



Sntre la muerte y la vida. 



Pelaez prosiguió de esta suerte: . 

— La variación experimentada por mi amo, obede- 
cía al benéfico inflajo de las exhortacienes del padre 
Luis María. 

— Segtin sape después, ambos monjes hablan estado 
en la ca$a de nn mísero albañil que acababa de expirar, 
yíctima de la caida de un andamio. 

— La familia del desdichado carecia absolutamente 
de recursos. 

— Ni siquiera contaba con una pequeña suma para 
su entierro. 

— El cuadro que se ofreciera á la vista de los dos 
religiosos no podia ser más aterrador. 

— Seis andrajosas criaturas, los hijos del operario, 
pedian pan á gritos, deshaciéndose en quejas desgarra- 
doras. 



392 



nCDEO BE ALYABADO 



— La esposa del muerto^ bastante jóTen aún, daba 
Tienda suelta al dolor. 

— Tomaba á sus más peqaefios niños en los brazos^ 
j ooando oonsegoia apagar sns gemidos, regresaba á 
la escora mansión en* qae el difanto estaba^ para en* 
brir de besos y de I^rimas sn helada frente. 

— La pobre jóyen entregábase ya á la desesperación, 
cnando acertaron á llegar á la casa mortnoria fraj 
Oaillermo 7 el padre Santillana. 

La Yinda del obrero recibió á los monjes postrada 
de hinojos, 7 presentándoles á sus niños, pidióles cari- 
dad 7 misericordia para ellos. 

— ¿Qaéos acontece? — pregontáronle á una los agus- 
tinos. 

— Padres de mi rakna, — lespondió la Yioda, que mis 
hijos se mueren de hambre; que el cuerpo de mi infor 
tunado esposo se halla ;a en completa descomposi- 
ción. 

t— jCareoeia de medica para darle sepultura? 

— ^Absolutamente; aunque nada significaría si hubie- 
sen querido enterrarle de caridad. 

— ¿Y 08 han negado este favor? 

— Me han abandonado todos, todos: hasta aquellos 
á quienes mi pobre esposo prodigara en vida más aten- 
ciones. 

— Pecado antiguo de la humanidad. Tomad, her- 
mana mia, estas monedas^ 7 aplacad el hambre de estas 
desventuradas criaturas. 

— [SoB escudos de orol ¡Oh! Gracias, gracias, pa- 
dres mios. Dios os lo premie. Me sobra con tan creetda 



mim» DK JÜSTtítíOíO ^^ 



«ma.pua tedoB 1m gan^asi hasta pam al aatienro da 
mi infortunado <son9orte» 

-^Baeao^ heroiraa, no aa ocupéis. 

— Bs que adiMrto ^mia setMaa, que no as posiUa 
damorar un dia más la tñsta práoHea dal sapalio. 

— T€«idr¿ lugsr dwtro de nm inatanta. 

— ¿De un instante deeisf ¿Y quite se enaargstá^áa 
alia? 

— Yo mismo, — repuso en^rgioamantls el padre Ghit- 
llarmo. 

— ¡Vos! [Imposiblel ¡Un sacecdoia de alta gtfar- 
quíal No lo permitiría jamás. 

— Y yo le ayudaré en la empresa»— exclamó á su 
Tez el prior de los agustinos, 

— (Padres: sefioresl Dejadme que bese vuestras piéa; 
Permitid á esta desdichada que riegue con llanto mues- 
tro camino. 

— Ocupaos» hermana, de vuestros hijos» que es lo 
qua ahora os incumbe. Estáis entre la. muerte y la vi- 
da; dejad á nuestro cuidado los intereses de la prime- 
ra» que harto trabajo tenéis en haber de luchar con la 
segunda. 

— El cielo llena da bendiciones á las almas gran-* 
4es. 

jPobre Antonio I (Qué seria de los seres queridos da 
tu corazón, si la mano da la caridad no^ se hubiese 
abierto para ellas? 

La infeliz viuda sefMHnóse con sus hijos da aquel lu* 
^ar» lanaaAda lastimerott saUazos. 

Los padres agustinos Scott y Santillana cubñeron 

TOMO U 50 



«M 



PBDRO DE ALTARADO 



«08 eráneos oon las capaehas, y encamináronse á lá 
habitación en qae yacía el difonto. 

Penetraron en ella, y na obstante el hedor insnfrí- 
(ble qne el cadáver- desptrendia, fi el más peqnefio gesto 
de repugnan oia retratóse en sas rostros. 

Los monjes agustinos convertíanse en verdadera» 
«statoas, tratándose del sufrimiento* 

Scott colocóse de rodillas á nn lado del cadáver y 
Saútillana al otro. 

Poco despaes recitaban las estancias del responso: 
Ne reccerdetis pecata mea dómine. 

Causaba ciertamente tristura y compasión el lúgn- 
bre cuadro aqueL 

El cuerpo del obrero Antonio, hallábase tendido so- 
bre duro lecbo de teblas. 

Una especie de blanco midario cubría por comple* 
to el cadáver. 

Y una lu2, triste, vacilante, producida p<fr unas 
cuantas lamparillas, que sobrenadaban en el escasa 
aceite contenido en averiada taza, enviaba de cuándo 
en cuando al muerto su mísero falgor. 

Muy cerca del lecho mortuorie veíase una puerta^ 
sita frente de la que daba acceso á la habitación. 

Era la que conduela al que fué un tiempo corral^ 
propio de más acaudalados inquilinos. 

A la sazón servia de lavadero á la infortunada viu-» 
da del operario. 

Terminado que hubieron fray Scott y Santillana sa 
responso, el primero exclamó contemplando triste-^ 
mente al difunto: 



ipiomo n ALTiouix) *^^ 



— ¡Ni ataúd, ni luces, ni un crucifljt siquieraí ¡Dio» 
mió 68 el oolmo del infortuni^l • 

— ^Hermano Guillenao, ai á nadie peiTU^ieó an Tida^ 
8i llenó cumplidamen^ sus dabeores de orísiiano, si loa 
intereses del prógimo oausáranle^reneracion j Tespe- 
io; ¡dichoso de ól, que disfrutará del único bien posi- 
ble: la salud eterna! 

— ¡Hermanal ¡Hermano! Decidme; ¿sólo se salvan 
los que practicaron la virtud? — preguntó Scott con voz 
temblorosa. 

— Y los arrepentidor, fray Guillermo. ^ 

— ¡Don Lope otra vez! ¡Su nombra me persigue! 
¡Su memoria abrasa mi cerebro! ¡Santrllana! Siempre 
tras de mí vuestro hermano. 

—¡Oh! Abandonad esas ideas. 

— ¡Este cadáver me parece el suyo! '• 

* — ^Bl doctor os perdona desde el cielo. 
— ¡Imposible, padre Luis, imposible! 

— ^on vuestra profesien religiosa habéis libertado 
de la culpa á la conciencia. 

—¡Seguid, seguid! 

— Yo os lo aseguro, como lo hice en el confesona- 
rio ai daros mi absolución. 

— ¿De modo que me perdonáis de nuevo la muerte 
dada á vuestro hermano? 

— Sí^ fray Guülerma, sí. Vuestras lágrimas os han 
redimido; nada debéis á este pobre siervo de Dios. 

• '•—Gracias, ciele santo, gracias. 

— Ahora si os parece, ocupémonos de este infeliz á 
quien yo conocía. muchOé 



^^ PflDBO IMC ALVA&áDO 



Era uno de los Tariés tnbajiadoreí qua en la aotiift>* 
}idaé se hallan encardados de dar tórntíno al inafg*¿íft- 
4X» oonyento de las carmelitas. . 
-— Hermoeo edifidlo es en verdad. 
-~Ccmo qoe el Ck>inmdador Rodrigo de Kenller^ 
dejó en sa te$tamento una buena soma para su fon^ 
dación. 
— ^¿Pero aún e&tá inhabitado el Monasierio?^ 
— Falta realizar en éi algana obra da decorado^ j 
construir algunes altares del tamplo. 

—Operación que durará.,. • 

— Tres; ó cuatro mesas todavía, al cabo de los cua- 
les, serán trasladadas al convento diversas eomunida* 
des de religiosas carmelitas, que existen bo/y en distin- 
tos puntos de Francia. 

— Quiera el cielo que sea para majór gloria^ de 
Dios 7 engrandecimiento de su cnlto« 

En esto los caritativos monjes^ colocaron sobre 
una vieja tabla que en la habitación habia^ el cadáver 
del infeliz obrero. 

Abrieron la puerta que daba al campo j después 
de hacer sobre el difunto la seftal de la Cruz, dispu-^ 
siéronse á conducirle al cementerio. 

Antes Áe abandonar la fánebre estancia firaj G-ui- 
Hermo^ dejó caer sobre el lecho del opetam una bol- 
sa llena de oro« 

£1 prior de los Afostinos^ no admitió aqnet rasgo 
elocuente de oculta 7 modesta caridad. 

Asiendo, pues, la carcomida taUa que* maatonk^ el 



PBQRO DB JOéVhSbMB» ^ 



cadáver da Aittoiiiot atlieroa los laOTyas, «l dirmnin»^^ 
ddl OamjM.fisoito* 

¥a en la ^eatrada del oaimiio mal aériitíeroa un 
grnpo de hombres qae marchaba en sentido opiesto^ 
al sayo. « 

Al yer á los religiosos detaviéronse estos enmedio 
de la carretera. 

Bien pronto jurribó el fúnebre cortejo al lugar en 
qoe los desoonodulos estaban. 

Fraj Guillermo pregonió á uno de estos. 
— (Será hora^ hermanos, de cumplir una de las obra», 
de misericwdia más gratas al Señor? 

—-¿La de enterrar á los muertos?— costestó eí intor - 
pekdo.— Preguntádselo á éste, á Micer Bsrt; que está 
iMcho un basilisco porgue no le proporaí<ma su oficio 
una dobla. 

— Oonqirende :1o -que fueren los hermanos, — excla- 
mó descaradamente el sepulturero. 
. -^^oé deds?— ^repusieron con severidad los mon- 
jes, depositando en tierra el ataúd improvisado. 

-*^eró más explícito, —ex 3lamó el enterkwdor.— 
Vmsasmercddes, traten ahí uu mendigo. 

-^¡Un hombre honrado j laborioso, que ha conquis- 
tado la muerte enmedio da la virtud del trabajol 

—Si no tenia dinero, permítanme, padres, que les 
diga, que ni honra podria conservar, ni ser otra cosa 
que un eiie despMoiable. 

— ¡Profanapion, Dios Santo, profanacíesl 

— Oigan le qua les repito j no iQe vengan 4Mm ja- 
culatorias. Si lo que buscaban sus reverencias ^ra 



^ - nOBíÚ D9 ALYAIUDO' 



<fu^ enterran yo de balde á ése hombre^ lleyárooM 
chasco. Ni pienso hacerlo » ni es persona Mioer Beri 
que se ccmmtieye oon facilidad anta las hipocresías 
frailunas. ^Quó tal compañeros? 

— Tenéis razón. 
< -^Habláis como im libro. ^ 

—Que os paguen vuestro jornal, ¡voto á Lucifer! 
* —Hermanos, hermanos, oidme:— ^exclamó fray Gui- 
llermo, con suma man^íedambre,— ni nosotros pretra- 
diamos perjudicar vuestros darechos, m abrigaba 
nuestra pregunta la intención que suponéis. 

—En prueba de ello, tomad Micer Bert, las únicas 
mt»edas que laesr^eetan. 

— ¡Sant» Cristo! ¡Tres escudos de oro!— exclamó 
ol sepulturero recogiendo con mano temblorosa el 
metal. 

. -^Perdikienme sus excdencías, — añadió deshacién- 
dose en cortesías, — ;o pensaba, 70 creí.... 

- —Tratándose de hacer el bien, no busquéis nunca 
la humana recompensa. 

- —¡Oh! Sí; ciertamente. Estuve con vuestras Pater- 
nidades asaz ligero, descortés en demasía; menguado, 
avariento ¿qué se jo? Vamos, señores, relevemos á 
estos sacerdotes en su triste tarea. Sjj el sepulturerot 
es mi deber: vosotros me ayudareis en el enterf amien- 
is de mi malogrado amigo Antonio. 

— No hareistal, Miser Bdrt,— ^axelamó con energía 
fray Ouillehno. 

—<iOómo?— preguntaron á una el sepukuraro y sus 
colegas. 



WUXM DK ALVAfiADO' 



3^^ 



-i~«Digo qae os quedaren aquí, ó partiréis adonder 
mejor ós plazca, excepto al cementerio. • 
r -^íQae no iré á cumplir con mis obligaciones? 
— Estáis relevado de ellas. 

--Padres nlios, tengan presente que si yo reclamé 
el importe anticipado de mi trabajo, fué porque hace 
seis meses no col»*o un marayedi por el oficio; pero 
ahcra.... 

-^Os curareis de no impedir á dos sacerdotes del 
Altísimo que realicen lo que el eielo les ordena. 
— ¿De suerte?... 

— Que mi compañwaj jo^ cavaromM la sepultura da 
Antenio, — repose firaj Guill^ino, tomando el ataúd en 
^nion de su colega. 

— Dios os guarde, stores— oxdamaron á una ks 
agustinos. 

Y sin articular más frases partieron de aquél lugar. 
Micer Bert j sus cofrades no se atrevieron á abrir 
la boca, ni á dar un paso. 

La conducta de los monjes dejóles Sumidos en el 
mayor asombro. 

Aquellos ruines no estaban acostumbrados á pre- 
4SM(»ar rasgos de desprendimiento como el que se aca- 
ba de referir. 

Sigamos á los doS Agustinos en su triste misión. 
Marchando con ligereza, llegaron frente al Monas - 
-torio de las Carmelitas. 

— Desde el andamio más alto cayó este pobre,— •dijo:, 
^1 padre Santiilana á fray Q-oillermo. 

— ¡Desdicha eterna la de los hijos del trabajO|.que 



mo 



PBDiBO i)B ALVáíBüM) 



para conqiüstaT la vida tíenea qa^lnchar^con la maer- 
tel— contestó Soott. 

En 68to acertaron Its religiosOB á penetrar en uno 
de los peorjfl barrios del paeblo. 

Laa calles veíanse totalmente enfangadas. 

Los muros exteriores délas yiyiendas, moftrAbanse 
ennegrecidos por la humedad y k falta de aseo. 

Aqael conjunto de miserables casuchas, de derruidos 
pajares, y de peqoei&os graneros, huérfanos de todo tru- 
to, convertían el barrio en verdadera acrópolis de la 
pobreza. 

Caando por mediD de su calle principal cruzaron loa 
portadores del muerto, varias mujeres de macilento 
rostro y desgreñada cabellera, que reunidas junto á una 
puerta estaban^ pusiéronse de rodillas, y cesaron en su 
tarea. 

Consistía esta en examinar cuidadosamente los 
cráneos de sus hrjos, para libertarlos de importunos mo- 
radores. 

—Rezad un Padre Nueistro por el difunto Antonio^ 
— exclamaron los monjes dirigiéndose á las del grupo. 

Obedecieron éstas enseguida: mas como la curiosi- 
dad las aguijoneara despiadadamente, comenzaron á 
ddcir: 

— ¿Dónde irán sus Paternidades? 
— Poes á buscar á Micer Bert. 
— ¡Quiá madama! Van á Itevaral convento el cadá^ 
vre de ese difunto para remcitarlo con un poco de man- 
teca del santo, — exclamó un patán que próximo á las 
mujeres estaba. 



PEDRO DE ALYARÁDO 



401 



— Ahora lo veremos, — gritó una de ellas, — Sigames 
á los del háMto, 7 tú, Enrique, corre la voz para que 
vengan tras de nosotras ios vecinos que gusten. 

Gomo acreedores hambrientos, salieron en pos de 
los Agustinos las aldeanas. 

A poco agregóse á ellas la mayor parte délos habi* 
tantes del pueblo. ' ' 



TOMO n 51 



CAPÍTULO XXXIX 



Gomo vasallo dol rey y oomo siervo de Dibe. 



Bien pronto encontráronse los expedicionarios en 
nn campo tristísimo, rtdeado de piedras saperpuestas 
que le servían de v^Ua. 

Aquel lugar sombrío era la mansión de la mnerte. 

Por doquiera veíanse pequeñas cruces de tosct pino, 
único emblema de las tumbas. 

El silencio que allí reinaba era aterrador. 

Los mtnjes depositaron el ataúd en tierra. 

Los aldeanos iban entrando en el patio aqnel de 
des en dos, y colocándose en fila no sin descubrirse con 
l^spetü ante el difunto. 

Las mujeres situáronse frente al cadáver en linca 
opaesta á la de los hombres. 

k una palabra de fray Guillermo cayeron todos de 
lodillaH. 




PEDRO OS ALYARADO 



403 



— ^No tardará en llegar Micer Bert, mi esposo^^re- 
puso una da las mujeres. 

— No hace*falta aqui,— contestó el padre Luis Ma- 
aria presentándose á los espectadores j poni^do en 
manos de sa colega un azadón. 

--*¡yá á carar él mismo la fosal — exclamaron hom* 
*1)r^ 7 mujeres- con sin igual asombro. 

Éñ efecto, fray Guillermo hirió la tierra repetidas 
^eces, hasta abrir uua amplia tumba. 

Rezó un Pater Noster, que fué contestado pAr to- 
dos, 7 auxiliado por su compañero intrtdujo después 
-en ella el cadáyer del operarle. 

Al yer aquel rasgo de caridad sublime, lloraron los 
^tldeanos como niftes. 

Todos dirigían miradas de veneración singular á 
los monjes. 

Fué cubierta la fosa con yarias capas de arena, 7 
4i9bre la última coltcóse gran cantidad de guijarros en 
forma de moniicule. 

En la cima de éste implantaron los monjes una 
•cruz de madera. 

Guando fra7 Scott 7 el prior SantiUana dieron tér- 
mino á su triste cometido, oraren brevemente sobre la 
tumba de Antonio, 7 dispusiéronse á partir para el 
Monasterio. 

Les fué imposible obtener franco paso, en rizón á 
^ue todos 7 cada uno de los de la aldea, pugnaban por 
oscular sus pies 7 por rendirles todo género de entu- 
«astas demostraciones. 

Ya en los umbrales del Monasterio de las Carme -^ 



^^ PEDRO DE ALVARADO 

-I •• - 

litáf, despidiéronse Sintillana y Scott de los delpueblo» 
Estos prorrumpieron en burras y vítores á los re- 
ligiosos, los cuales desaparecieron de su^ miradas, in- 
ternándose en un bosque inmediato, que era el mismo 
que se advertia, desda el valle sito al pié del convento 
de San Agustín. 

Cuando estuvieron Scott y Santilíana completa- 
mente solos, el primero repuso: 

— ¿Qué 08 ha parecido, hermano, la conducta de loi^ 
colegas de Antonio? 

— Una explosión de legitimo entusiasmo, que el sen^ 
timiento popular rinde á vuestro noble corazón, fray 
Guillermo. 

— Hipocresía y vanidad, querréis decir. 

—No acierto á traducir vuestras palabras. 
Scott se expresó de este molo: 

— Recordareis, hermano, que según verbal manifes- 
tación de la viuda del obrero, todos sus convecinos ha^ 
bíanla abandonado al saber su desgracia. 

—¿Y bien? 

— Los misaios que negaron á la familia de Antonio 
un destello de su caridad, son los que han aplaudido la 
nuestra. ¿Sabéis por qué? 

— ^^¿Por qué, fray Guillermo? 

— Porque nos creen ricos. 

— No digáis tal. 

— No lo dudéis, Santilíana, üo lo dudéis. En el men- 
guado mundo sucede siempre lo mismo: los esfuerzos 
del pobre son deberes; las obligaciones del acaudalado 
son sacrificios á los ojos del vulgo. 



PEDRO DB ALVARADO ^^ 



— Acordaos, hermano, de que no tenemos derecho 
á pensar mal sobre los actos del prójimo. 



La noche sorprendió al hostelero maese Pelaez, 
cuando S3 hallaba más engolfado en su discurso. 

Los estudiantes de la salmantina, oíanle con aten- 
ción singular. 

La imaginación meridional gusta siempre de todo 
lo dramático y novelesco. 

A trueque de saborear hasta su fin les datalles de la 
Tida de Pelaez, renunciaron todos á voher á la capital. 

Pelaez invitó á la falange estudiantil á que pasara 
en su compañía el resto de la noche. 

Aceptaron todos la oferta con gran contentamiento 
suyo, y el hesteloro por su parte, trasladó á los jóvenes 
á uno de los cuartos interiores del establecimiento. 

Dispuso se les sirviese allí una abundante y sabro- 
sa cena, y entre bocado de lo de Aviles y sorbo de lo 
de Arganda, reanudó Pelaez su interrumpido relato di- 
ciendo: 

— Gomo os he manifestado, amigos mios, cuando 
fray Seott y Santillana, llegaron de regreso de su tris- 
te misión al valle próximo al Monasterio de Stn Agus- 
tín, se enóontraron conmigo y con el padre Miguel de los 
Angeles. 

— Sentámonos los cuatro frente al bosque que con- 
finaba con el Monasterio de las carmelitas, y oímos de 
labios del prior toda la historia referente al obrero 
Antonio que acabo de relataros. 



^^ PEDRO DK ÍJ.VARADO 



Gomo fra j Gaillermo cayese de Duevo en su habí* 
toal tristara^ exclamó atendiendo á distraerle el pa« 
dre Santillana. 

— Hermano Miguel; relatadnos aquella interesante 
historia del cey Castellano. 

— Harelo gustoso con vuestra autorización. — con- 
testó humildemente el agustino. 

— Podéis comenzar, que ya os escuchamos. 
El padre Miguel de los Angeles, se explicó de esta 
suerte: 

— Figuraos, señores, un rey español, cuyo carácter 
histórico no está claramente deñnido. Cruel le lla- 
man unos. Justiciero le apellidan otros. Cpn. estos 
datos habréis sin duda comprendido que me refiero á 
don Pedro I de Castilla. 

—Hombre terrible en verdad. 

— Y valiente. 

— Y político, como el más experto. 

— Prescindo de juzgarle bajo eetos aspectos y me 
limito á referir á vuesasmerdes un suceso de su vida 
desconocido para la mayor parte de las gentes. 

— Venga la interesante revelación: 

— Noticioso el monarca de que en una de las parro-- 
quias rurales pertenecientes á Sevilla, y donde másin--* 
ñuencia conservábanlas hechuras del bastardó don En- 
rique, existia un pobre clérigo, á quien se adeudabant 
dos anualidades por salarios, qaiso probar la entereza 
y virtud del sacerdote. 

— Al efecto, envióle un caballero francés, quien Sd 
fingió secretario y fiavorito del de Trastamara. 



PBBRO DB ALVARADO 



407 



— El hidalgo llevaba oerca del presbítero la sinietra 
misión de ofrecerle grandes sumas, con qae remediase 
m pobreza, en cambia de qne predicase nn sermón ex- 
hortando á sus feligreses á ser inobedieates y desleales 
á don Pedro. 

Et francés avistóse con el párroco, se encerró con 
él en una de sus habitaciones j habló de este modo: 

— No Qñ extrañará, monseñor, mi visita, cuando co<- 
nozcais los motivos que á hacérosla me impulsan. 

— Hablad, señor hidalgo» y decidme en qué puedo 
serviros. 

— Seré breve en mis indicaciones. * 

— Yo, monseñor, disfruto de la absoluta confianza 
de un elevado caballero. 

— ¿Su nombre? 

— Enrique de Trastamara. 

— ¿Enrique de Trastamara? — exclamó el clérigo in- 
corporándose y lanzando al francés una mirada de 
fuego. 

— El mismo que acabo de nombrar. 

— ¿Y qaé pretende de mi persona el infante? 

— Nada que pueda importaros un sacrificio. 

— Sed más claro. 

— Mi rey y señor, duélese mucho de las desgracias 
de sus subditos. 

— ¡De sus subditos I ¿Y cuales son ellos? — preguntó 
con ironía el sacerdote. 

^-¡Los españoles tedos? — contestó afectando suma 
energía el francés. 

— Prescindamos de particulares apreciaciones,— ex- 



408 



PEDRO DE ALYARADO 



clamó el clérigo y entremos en el fondo del asunto. 

— A él voy, monseñor. Pues como os decía, mi amo 
don EDriqne, conoce perfectamente vuestras singóla*- 
res prendas. 

— Se equivoca su alteza en su juicio. 

— Conoce, digo, vuestras incomparables cualidades, 
y no ignora que sois victima de incomprensible pre- 
terición. 

— ¿Os referís á las sumas que rg me adeudan? 

— A eso precisamente. 

— Pues no le mortifiquen á vuestro príncipe estas 
cosas, porque nunca falta entre los cristianos quien 
socorra al desvalido. 

— Es que mi amo no se conforma con esto, 

— ¿Pues qué despea su alteza? — preguntó el clérigo, 
dirigiendo al francés una mirada escudriñadora. 

— Aspira á que un hembre tan sabio y eminente co- 
mo v»s, acepte doi! mercedes que indiscutiblemente le 
corresponden. 

— ¿Dos mercedes íecis? 

— En efecto monseñor. 

— ¿Es la primera? 

— Esta bolsa repleta de oro, con cuyo contenido po- 
dren remediar vuestra cortedad de posibles* 

— ¿Y la segunda? 

— Una mitra en el territorio de España que gustéis. 

— ¿Y todo esto por pura justicia á mis servicios? 

— Te do esto, — exclamó el francés, bajando bastante 
la voz, — á cambio,.. 

— ¿A cambio?... 



PEDRO DK ALVARADO ^^ 



. —De una cosa Men sancilla; que exhortéis desde la' 
<34tedra sagrada á vuestros feligreses para que no re- 
<5onozcan á otro rey que á don Enrique, y se levanten 
-en armas contra el usurpador don Pedro. 

— ¡Brava obligación me impone su alteza! 

— Sencilla y fácil en demasía. Ofrecéisme realizar • 
Ja, monseñor, ¿no es verdad? 

— Con una sola condición. 
. — Sepámosla. 

— Dadme vuestro acero como prenda probatoria de 
vuestro cargo. 

—¿De cuál cargo? 

— Del de fiel servidor de don Enrique. 

— No puedo complaceros. 

— ;Dádmelo »in temor para jur^r sobre él que cum- 
pliré mi palabra. 

El francés vaciló un instante; empero acce- 
diendo á las indicaciones del sacerdote entrególe su ti* 
jzona. 

El párroco, asióla fuertemente y colocándose en la 
puerta de la estancia, exclamó: 

— ¡Por aquí salen los caballeros! ¡Por esa ventana 
los traidores! 

— ¡Miserable!— gritó el francés fingiéndose indig- 
nado. 

— ¡Ese es tu nombre! — replicóle* el cura con valero- 
so atiento. 
. — ¡Mi espada, clérigo ruin, mí espada! 

—Esa queda conmigo, — repuso enérgicamente el 
párroco. — ¿Sabes para qué? Para defender á mi rey, 

TOMO n ^2 



410 



PEDRO DS ALTÁRADO 



al Único monarca legitimoy á dan Pedro I de Oastilla» 
imagen de Dios en la tierra. 

— ¡Basta, menguado! 

— Si osas volver á injuriarme te haré pedazos el co- 
razón con tas propias armas. ¡A. la calle^ extranjera 
vil, á la calle! 

£1 parro JO, en actitud amenazadora, indicó al firan-- 
cés la ventana que daba á la calle para que saliese. 

El hidalgo, afectando hallarse poseído de pavura,, 
cedió á los mandatos del clérigo. 

Abrió la puerta de la ventana, j al mismo tiempo 
que se descolgaba al lado opuesto de ella, gritó fingién- 
dose colérico: 

— ¡Oiérigc) sin honra! Prepirate á recibir el castigo 
que merece tu infame conducta. 

— ¡Que sea duro! — exclamó con sin igual bravura: 
el sacerdote. — Pero entretanto, puedes decir á don En- 
rique, que viniste á comprar mi dignidad 7 te has sa- 
lido sin la suya. 



Tres horas después de los acontecimientos enarra- 
dos, comparecia el fingido amigo de don Enrique da 
Trastamara, ante don Pedro I de Castilla. 

— Señor, — repuso, — sepa vuestra alteza, que he ca- 
tado á punto de morir. 

— ¿Al manos de quién? 

— De ese hombre indomable, de ese clérigo cerca 
del cual se dignó vuestra alteza acreditarme como juez 
de sus intentos. 



PEDRO Dfi ALY ABABO 



411 



— ¿Monseñor es partidario del Bastardo? 

— Es vuestro subdito más leal j entienda qae se de- 
jarla hacer pedazos, antes qae incurrir en traición á 
Tuestra real persona. 

-r-¿Habéisle ofrecido dineros? 

— Y un obispado además. 

— Pero ól... 

— Afectando aceptar mi oferta, pidióme la espada 
para jurar sobre la cruz ser ñel á don Eprique. 

—¿Y vos? 

— Resistime por de pronto á entregársela; pero cedí 
luego, no sin adivinar su intención. 

— ¿Su intención decís? ¿Y cuál era asta? 

— Apenas obtuvo, monseñor mi acero, con acento 
de suma entereza, exclamó: 

—¡Salid por esa ventana que es la puerta destinada 
á los traidores! Id y contad lo ocurrido á don Enrique, 
para que sepa cómo las gastan los leales admirad o]^es 
de don Pedro. 

Saltó á la calle, y aquí me tiene vuestra alteza 
milagrosamente escapado de las garras de la muerte. 

— ¡Bravo! ¡Vive Dios! ¡Ciudadanos como éste son 
los que necesita el rey de Castilla! 

— ¿Está vuestra alteza satisfecho? 

—Tanto lo estoy, Beclard, que pienso hacer en ese 
clérigo la más honrosa de las justicias. 

— ¿La más honrosa, señor? 

— Sí, Beclard; necesario es que yo demuestre en 
forma ostensible á los auteres de tantoai anónimos con- 
tra él formulados, que un monarca de mi sangre no 



4i2 



PBBRO BE ALYAKADO 



acostumbra á dejar en el abandono á las yictimas de 
la envidia. 

— Hará vuestra alteza perfectamente. 

— Para que mi determinación resalte apoyada en 
sólidos fundamentos, necesito someter á ese sacerdote 
á uua segunda prueba. 

— ¿A. una segunda prueba? 
• — Según vuestro testimonio, es un vasallo leal, 
abora me falt^ saber si raja á tanta altura como sier- 
vo de Dios. ¡Retiraos! 

El francés hizo un reverente saludo y abandonó la 
cámara regia. 

Don Pedro quedóse allí examinando algunos docu- 
mentos. 



LJ 



w 



CAPÍTULO XL 



La sel^nnda prueba. 



El padre Miguel continuó su discurso, dieiendo: ' 
— Tranquilo se hallaba el virtuoso subdito de don 
Pedro de Castilla, pocos dias después de su entrevista 
con el hidalgo. 

Ni remotamente sospechaba que el temido princi- 
pe, tuviese en su humildísima persona colocado su 
pensamiento. 

Era el anochecer de un crudísimo dia de Enero; el 
párroco encerrado en su pobre vivienda abandonaba el 
Breviario para retirarse á descansar. 

Empero como el hambre le hostígase despiadada- 
mente, vióse obligado el infdliz cura á registrar su 
despensa, exhausta y vacia de ordinario. 

Sólo un pedazo de remota cecina j un poco de Je • 



^^^ PKDEO DB ALVAJtADO 



rez, eonservado para solemnes ocasiones, faé lo qae el 
párroco hallara. 

Gaalqaier mortal que no háblese sido el virtaoso sa- 
cerdote, habriase lamentado de tanta pobreza 7 esca* 
sez tanta. 

Empero el beatísimo anciano, juzgó sobrados, vino 
j manjar; 7 trasladándose á sa habitación se dispaso á 
comenzar la orgia, no sin exclamar con placentero 
rostro: 

— k la verdad, no 807 tan infortunado como parece. 
El Señor es servido de enviarme un ra70 de sa divina 
misericordia, siempre qae lo he-menester. 

Y 7a se disponía á consumir la vianda, cuando un 
fuerte aldabonazo, sacudió la puerta de la calle. 

— Han llamado, — exclamó. — Veamos, si como creo, 
es alguien que reclama los espirituales auxilios para 
algún moribundo. 

Y esto diciendo, acercóse á la ventana, 7 tiró de 
una cuerda que se comunicaba con el zaguán, atrave • 
sandt una perforación del suelo. 

La puerta de la calle giró sobre sus goznes. 
Volvieron á cerrarla 7 sintióse después en la esca- 
lera el rumor de tardios pasos. 

— ¡Vve Maríal -*-dijo una voz débil 7 entrecortada. 

— Sin pecado concebida, — contestó el presbítero. — 
Pasad, hermano, — añadió. 

— Bienas noches, padre, — 3X llamó el desconocido 
presentan lose en la puerta de la estancia. 

— Baenas las tenga el caminante, — respondió el 
párroco, fijando su mirada bondadosa en el hombre 



PBDRO OS ALYJaUDO 



415 



«quel. — Sentaos, hermano,— -afiadió, — qae por lo vis- 
-to traéis hambre j cansanoio. 

— Lo segando, si; mas la primero... 
Y esto diciendo, bostezó con gran desahogo, no sin 
liacer al propio tie mpo sobre los labios la señal de la cruz . 

— Tomad, tomad hermano, esa cena, — exclamó el 
presbítero golpeando con sumo afecto el hombro de su 
huésped. 

— Con nna sola condición,— ¿repaso el interpelado. 

— ¿Oaal es ella? 

— La de que me acompafteis, poes seria en mi 
sentir menguada descortesía, el hacer yo penitencia^ 
^n tanto vos os quedabais Tiéndeme comer. 

— No os mortifiquéis, hermano, por ello, pues en 
Terdad os digo, qae antes de que vos llegarais, habia 
JO cenado opíparamente, 

Empero haciendo al clérigo traición sus mandi* 
bulas, patentizaron su apetito con un bostezo, casi tan 
-enorme como el del huésped. 

— Padre, — repuso el desconocido sonriendo. — La 
l)olsa de los ,pecadillos no debe ser frecuentemente 
instigada con las culpas que en ella guardas, porque 
al que no es embustero de oficio, le acontece que 
<iaalquier cosa le denuncia por falta de práctica^ 

— ¿No os comprendo? 

--Quiero deciros, que me engañasteis cuando air- 
mabais, qae habíais comido, antes de que acertara yo 
A dar con mi cuerpo en vuestro hogar. 

— Saponed, puesto que no sé mentir, que en ^efecto 
iba á hacer colación. 



4^^ PEDRO DE ALVARAD9 



— Entonces, — contestó el harapiento, — ño paedo 
aceptar decorosamente vuestra oferta. 

— No 09 croo capaz de desairar á quién se precia de 
hospitalario. 

— Sea fn bueti hora; os quitaré vuestra comida y 
porque para ello me faculta el hambre devoradora que 
siento; ¿pero no podríais darme el .gusto de sacar d& 
vuestra despensa algo para acompañarme? 
. — ¿Mi despensa? — exclamó el sacerdote sonriendo. 
— Esa está huérfana como mi bolsa. 
. "—¿De suerte, que soA tan pobre como jo; que no 
tenéis nada que llevar á los; labios? 

— Hermano mió: debo hablaroei con franqueza; 4 
único manjar que en mi casa existe es ese que viendo 
estáis. , ' 

— Pues ¡voto á Lucifer! que primero me dejarla 
hacer trizas que quitároslo, 

— tMe acarrearíais un gran perjuicio obrando asi. 

— Sepamos por qué. 

— ¿Oa habéis fijado hermano, en el traje que visto 
y. en la elevadti misión que mi cargo impone? 

— Soif ún dignísimo ministro del Señor. 

— Un humilde siervo suyo diréis^ á. quien más quQ 
á ningún otro obligan tos sagrados preceptos. 

—¿Y bien? 

-^Os decía que me perjudicaría notoriamente el que 
despreciaseis mi mesa porgue caanlo el Padre de lo^ 
buenos se digne llamarme á su juicio, quizás m€f 
recuerde aquella máxima sublima que nos obliga á 
dar de comer sA hambriento. 



PEDRO DE AXVARADO 



417 



—Siendo asi. 

— Consumid, hermano, esas viandas, yo os lo su- 
plico con toda la fuerza de mi corazón, j entended 
^ue con ello me proporcionáis la mayor de las ri- 
quezas. 

Sonrióse el huésped, y después de dirigir al cura 
una mirada de profunda veneración, sentóse á la mesá 
y comenzó á devorar lo añejo con voraz apetito. 

En tanto comia, y remojaba su garganta con el 
Jerez, dirigía á su hospitalario amigo las siguientes 
frases: 

— Padre, los tiempos están perdidos; desde que 
nuestro muy amado monarca el señor rey don Pedro, 
se ooapa tan solo en perseguir á los traidores, ni 
comercio hay en éstas tierras, ni nadie puede ganarse 
honradamente un ducado. 

— No sucedería esto, si los extranjeros parciales de 
don Enrique fuesen arrojados de España á latigazos. 

— Razón tenéis que os sobrad Figuraos paire, que 
yo poseia hace años un molino hannero, con el cual 
trabajaba, ganándome lo necesario para mantener á 
mi mujer y á mis hijos. 

— ¿Tenéis mucha familia? 

— Seis vastagos señor cura, cuyas edades se extien- 
den de los seis á los trece años. 

— ¿Os servirán los mayores de gran auxilio? 

— kú acontecería si conservase yo mi profesión 
antigua; pero ¿qué queréis? como esos bretones, nos 
lo traen todo hecho y guisado de su tierra, los indus- 
tríales españoles estamos de mis. 

TOMO n o3 



418 PSBRO DK ALYARADO 



— Cuándo será el dia en qne el reino pertenezea tan 
solo á los que en él nacimos. 

— Eso mismo digo jo y padre; 

— ¿Con que deciais qne los seres queridos de imMtro 
corazón? 

rr-Se hallan sumidos en la mayor pobreza. Los ma* 
jores trabajan á las órdenes de un cardador de lanas, 
j reciben por este servicio, la comida j algún que otro 
torniscón sino aciertan á vencer la torpeza. Mi espo- 
sa se ocupa en las rudas faenas del campo, j 70 ando 
errante de pueblo en pueblo, ejerciendo, unas veces el 
oficio de leñador, ó pidiendo limosna cuando no me 
preporcionan trabajo. 

— Triste destino es el vuestro. 

— Padre, no lo sabéis bien. Vagar por esos mun-^ 
dos, sin rumbo cierto; oir de la plebe todo linaje de 
agravios; luchar valerosamente con el infortunio^ j 
luego... 

— Regresar á vuestra casa sin poder acallar las jus* 
tas veces de vuestros pequeñaelos, que os piden pan á 
gritos. 

—Precisamente, padre, precisamente. Mis desgra- 
cias me llevan al abismo de la desesperación; rara vez 
encuentro un alma caritativa que me socorra. Solo 
vos; hajr pocos como vos en el mundo. 

— No lo creáis, hermano mió, no lo creáis. La hu* 
manidad está compuesta de corazones prinlegíades; lo 
difícil es saberles hablar en su idioma. 

— Dios premie, padre, la elevación de vuestros sen- 
timientos. 



PWUM DI áJCVAMüM 



419 



{ifi»ym\»bBC¡lm*mrfaB9^^ W ha- 

^nRÍi£rpmclÍQ«do TOS, al dBoantrarioe' es Twvtro omo. 

; *^Qiiiáiri8ab6f piadre, quién labe! A fó de Anguirto, ^ 

«qs^asta esfiiir.nottbFeY <u prometo si algona^yes salgo 

de>iiii pdnrezst pagar oon: usan YiiestrÉí hospitalidad. 

—Tina oraeion diaria de Toeitro labiOf será k» jxm- 

Jor recompensa. 

•^Timdréisla nmy ferviente, en tanto mo qnede-nn 
latido del corazón. Ahora, dadme, padre, á hesar mes • 
4rasi manos, j quedad con el cielo. 

— ¡Gómot ¿Vais á salir eon nna noche tan cradat 
-^Debo estar en casa al amanecer* 
—'¿Con qué objeto? 

— Para que me curen con unas drogas la pierna d€h* 
Techa, la cual tengo completamente llagadaé 

—¿Tendríais inconveniente, hermano, en mostrar- 
ana vuestra herida? 

— ¿A qué ñn, padre mió? 

—Felizmente, he andado mucho tiempo metido en 
hosq[>itales, j aunque los clérigos no debemos alimen- 
tar quirúrgicas aficiones^ entiendo un poco del arte de 
«Oaleno. 

— *Sea en buen hora, — contestó el mendigo, dispo* 
niéndoie á separar las vendas que cubrían el miembro 
lesionado. 

El sacerdote abrió una pequeña alhacena que habia 
en un ángulo de la estiucia, y extrajo de allí uña va- 
sija llena hasta. el b3rde de un bálsamo rojizo. 

Tomó del propio armario unos paños de hilo, j 
«ñas tijeras mohosas j mal constridas. 



^0 FBDBO DE UíYAlAM' 



—Heme a^oi yá^^-^^eks!^ d sacaffdoto mariasáo^ 
-^ea diftpoñoion da probaros^ qae iambittidxiatexifir*' 
oalapio9 da Jtotaoa. Vaaonos asa herida» j prooüramoa 
evitaran viaja.qaa podria seituiaiMc^taiiiaxiia noQÍyo«;> 

-^¡Oómo! ¿Saríait tan bondadoso, tan caritatiror 
tiffiüdmit^bla, qae descmdiafais á aliviar «1 mal <la 
un pordiosero? 

*— En mi casa, Áogasto, no hay linajaB, ni diferan* 
ciaaociaL Todos aqaí somas cristianos. 

— Paes ¡votD á mi nombra! qae no os rebajaré has*^ 
ta el extremo da oonrartiros an mi enfei^mero. 

— Bien, hermano Angosta, haced lo qae os plasea; 
si es por desconfianza á mi inexperiencia, ó á la bon- 
dad de estas medicinast eitais en vaestro dei-echo* 
obrando asi. 

— {Oi! Eso nunca, padre mió. Desde mucho tiem* 
po hace, os conocía yo como modelo de virtud y d& 
caridad incomparables. 

-—¿Y por quién, siendo yo un triste cura ignorado? 

— Por la infinidad de pobres, á quiénes en otros tism^ 
pos socorrierais con mano pródiga. Todos ellos, se ha- 
cen lengaas en vuestro elogio. Figuraos si cuando dé 
tal suerte se muestra la páblica opinioo, he de osar yo 
separarme de sus juicios con mdugaadas supoúciones» 

— Qaé me place; y os invito da nuevo á que me de- 
jéis hacer la cura. 

— Saa como queréis, por más que ya me pesa y me 
sonroja el haber venido á incomodaros. 

— No hablemos mis de este asunto. 
El desconocido desvendó sa pierna con mano tem-*» 



PKDKO 08 ALTARADO '^^^ 



Uorom, y el párroco arrodillóse antd él, aproximando 
la luz para examinarle mejor. 

— {Santo Dios! — i'epnso lleno de espanto, al con • 
iemplar el mati2 rojizo qne, efecto de lainñattaeita^ 
<»rcdiidaba los bordes de la tierida; ' 

Empero no debia el pobre cara 'ser muy práetíco 
eVL quirúrgicas tareas, porqae aqaella lesión <Í9 alar - 
mantés caracteres, era el prodaato de un cáustico apli- 
cado á la piel. 

Apenado el sacerdote hasta más no poder, aplicó 
el bálsamo sobre unos trapos extendidos encima de la 
iierida. Vendó nuevamente la pierna del pobre, j éste, 
lloroso 7 conmovido, exclamó crusandk» las manos: 

-«Gracias, padre. Ya puedo quedarme aquí hasta 
^ae amanezca, si en el pajar hay un sitio para este 
desgraciado... 

—En mi propio lecho dormiréis, — contestó el sa- 
«oerdote, — que no seria el peregrino bien aposentado, 
4Áno le diéramos lo mejor que en nuestra casa existe. 
Entrad en esa habitación, y ent^ided que no me reti- 
naré á descansar, en tanto no pe prestéis obediencia. 
Resistióse por el pronto él desconocido; pero fué 
iaX la insistencia del clérigo, que velis nolis hubo de 
aceptar su lecho. 

— Hambres como^ vos son los que necesita la patria, 
—exclamó el harapiento , acostado ya en la cama del 
párroco. 

— Dejaos de elogios, y hasta mañana. 

— Que el Señor vele vuestro sueño, padre mió. • 

— El os acompañe, hermano Augusto. 



4* vmm> m M-yíkfttaM 

MI mMidigo fíagió ¿.pooo-qua dormiat 7 torntnd» 
el clérigo sa candil dirigiósa al pajar. 

AUi haHé m lecho, y como habia realÍBaéo 4ma 
ofet» m «K^reoio menitovia,, esperó á que el ángel ido 
los baenoB le diese m paralMien á na tiempo que sos- 
f^brfftdos jNd cenaron. 

Apenas amaneciói el ejemplar sacerdote trasladase 
á sa estancia. 

Penetró en. su alcoba 7 halló sa cama yacía. 
Angwio babia Reaparecido. 

-Ff-|Santo GrktoI-*exclam6 el cara, UcTándoae las- 
HMDOs á la cabesa, presa de terrible eapanto. 

i*T^lHa haidol {Ha haidol— g^tó con íaensa.^^Qoi- 
lás sea ano de esos traidores, amigos como el íranoés 
del infante. 

— ^Pero ¿qné importa? Sea qaien qaiera, 70 no deba 
arrepfmtiirme de haberle dado hospitalidad. Hacer el 
bien por el bien mismo, es mi lema; aanqae faese el 
mismo don Enrique en persona, venia á mi casa coma 
pobre; debí, pnes^ fayprecerle como honrado, coma 
minislaro de ]]^os 7 como caballwo» 



CAPÍTULO XLI 



Justicias del roy don Pedro. 



El AgQstiniaiio M^gael de los Angeles, sigaió re-^ 
latándonos ]a curiosa bistoria dei rey de Gastilla, au- 
mentada con las noticias qae yan á continuación. 

— Un mes largo transcurrió desde lo que ocurriera 
en easa del párroco con el mendigo Augusto. 

(Tomo el virtuoso sacerdote estaba acostumbrado á 
hacer ^1 bien, sin esperar ia recompensa, no volvió á 
acordarse de lo emcedido. 

Sólo, si, preocupábale muy mucho la circunstancia 
de que á los dos dias siguientes, al en que tuvo lugar 
ia escena ocurrida con el haraposo, que hemos descri- 
to, enviáronle al clérigo un pliego anónimo, atado á 
uttlA bolsa que contenía gran cantidad de dinero. 

Bl presente aquel, fué puesto en manos del sacer- 
dote por un embozado, quien salióndoíe al encuentro, 



^^ PEDRO DK ALYARADO 



cierta noche oscura en que el presbítero Tolvia á sa 
cesa, dijole, siü darse á conocer: 

— Nó intentéis, padre, saber mi nombre. Tornad^ 
esto; leed ese pergamino cuando os halléis en vuestra 
jCasa y ¡guajl de Vos, m acertáis á decir á nadie una 
palabra sobre este asunto. 

^^Oj y desapareció el embozado como fantasma 
cuya sombría figura se disipa en el ether. 

Atónitt j mudo de sorpresa, quedóse el cura ante 
aquella aparición. ♦ 

Aunque era hombre de alientos j de corazón bien 
templado, estremecióse pensando en la amenaza que 
el desconocido le dirigiera. 

^¿Qaó será esto?— exclamaba para su sotana; y ca- 
minando asi, y deshaciéndose en conjeturas, llegó á su 
casa, subió presuroso la escalera, y rasgando el sobre 
que envolvia el pergamino, leyó á la mortecina luz de 
nn candil, las palabras siguientes: 

— Quien no está obligado á dar explicaciones, os 
ordena que recojáis lo que la adjunta bolda guarda. 
Son los salarios que se os adeudan; si van duplicados 
no os importe, que por grande que la suma aparezca 
no será nunca suficiente á premiar los serTicios -de un 
hombre honrado. i 

— ¡Santo Dios I— -exclamó el clérigo^ extendiendo e 
oro sobre una mesa. — Rico yo, y tal vez ignorando 
que esta cantidad es un lazo que se me tienue para que 
haga traición á mi rey. ¡Oh! Miserable don Enrique; 
no conseguirás realizar tus menguados propósitos. 
Ouardaré, sin tocarle, este dinero y á la primera ooa- 



PBDEO DE ALVARABO '^^ 



ttOD qae tenga, m lo entregaré al monarca; para que 
haga de él, el aso que coaoept6d más cony emente. 

latrodc^e el ^roco el diaero en el fondo de on 
Arca antigua, y esperó á tener ocasión de ir á la capi^ 
tal para ponerio en manos del rey* . 

Un mes trdnscmrrió, aegon hemos dicho, desde es- 
4os últimos sucesos. « 

El honrado párroco, yiose obligado á abandonar 
las conjeturas en que se deshacía su mente para entre* 
gar^e de lleno á la tarea de su ministerio, en el períe- 
<lo cuaresmal. 

Cierta tarda hallándose en la sacristía del templo, 
tmo de los acolitas entregó al sacerdote un pergamino 
-enrollado^ ^ 

Para abrir el misterioso documentp, fué preciso 
que el párroco rotnpiese un sello de armas que lo su- 
jetaba. 

Solo este renglón, contenia: 
— Sin que os quepa excusa, mañana á las dos os 
presentareis en palacio. Yo el rey. 

— {Virgen Santa del Milagrol {Estoy perdidol jEl 
rey me llama! los parciales de don Enrique se han 
vcDgado, fraguandt centra mi alguna infame calum- 
nia, — gritó el cura presa de febril desesperación. 

Y Yolviéndose como un loco, á cuantos compañe- 
ros suyos presenciaban su pavura, dijoles temblando 
<¡Qmo un epiléptice. 

— ¡Hermanos hoy es el áltimo dia de mi vida! La 
cuchilla de Juan Diente me espera. Rezad un Pater 
Noster ]^t mi ánima y perdonad á un ajusticiado el 
tomo n 54 



4?6 PSHtO DE ALTAKADO 

mal qae por ignorá&dii os liabiere podido caatttr. 

Y fué abrasando aio por ano á aaa colegasi qoie^ 
ik€8 no 86 atrevieron i'deypldgar los labios, pata tri- 
butar nn coneneb al apegada cnlnrado presbítero. 

Todos sabían oómo las gastiba el r^ don Pedro ^ 
j no dudaban de que hide^e oon el párroco algana da 
las soyas, impulsado por falsa j oalnmoiosa delación. 

Excasado es decir qae dorante la noahe qae pre- 
cedió á la entrevista del clérigo con el monarca de 
Gastilla, ni aqael intentó dormir, ni fie ocupó de otra 
cosa qae de preparar sa alma para el viaje de la Eter- 
nidad. 

--Puesto de hinejos ante la Oraz, balbuceaba preci- 
pitadamente millares de Ave Mfyrías, j algún fúnebre 
responso de cuando en cuando^ 

— Seftor, d^cia de tiempo en tiempo, elevando al 
cielo sus manos. — Acerredme en el duro trance á que 
me sujeta mi desgracia. Dadme alientos para no mo- 
rir de miedo, cuando me encuentre frente á frente del 
rey; y si mi cabeza ha de rodar en el tablado, contád- 
melo, Dios mió, como sacriflAio de mártir, que arros- 
tro con valor, por no serfir á los nenguados y trai- 
dores. 

Apmas amaneció, púsose el cura á limpiar la úni- 
ca sotaua y capa que poseía, para presentarse digna • 
mente ante su principe. 

Tomó en esta operación empeño taai decidido, que 
á obra de dos horas de limpieza, dejó aquellos pafioa 
ton libres de pelo como cabeza de redata. 

Era de ver el arte, las vqeltas, %A refinamiento». 



mi»RD m 4kLTAiUnM> ^^ 



qae «1 dMdidbdlo únn ditpioia mivijie paft^pM 
MMda le pawoiese al moiMffcá. 

lieirautas á cabo astaf opefwkmait iutí6ia Jd cmni^ 
7 dispúsose á salir de sa casa. 

Beseendiá hasta el sagaan de la misma peaesa* 
mevke; 7 ya «a la ealle, cerró la pierta eoa mía lla«% 
mohosa, 7 como quien abandraael hogar qaeríéo para 
ao volver á verla nimca, repaso suspirando: 

— [ A.dios templo amado de mis tristarasj Ta no pre- 
sraciarás mis inquietades, 7 mis esperansas, mi dolor 
7 mis excasas alegrías: V07 camino de la muerte: qae 
a^pml qoe albérgaos isnire tos morooi sea más afortona^ 
do qne 70. 

El amedrentado dárigo montó sobre nna mala qae 
le fiMilitara uno de eos vecinos, á qaien entregó para 
que la conservara la llave de su casa, 7 encaminóse á 
la capital de Andalocia» 

Dos horas largas tardó en llegar á ella« 

Ckiando 7a estavo ma7 cerca de la Torre del Oro, 
dejó en im parador inmediato la caballwía, 7 descon- 
certado, temblón^ 7 sin alientos casi, enderezó el rumbo 
hada el regio alcásar. # 

Gaando arribó á la puerta principal del mismo, el 
desdichado sacerdote no se daba cuenta de su exis- 
ttticia. 

Latíale el corazón con vertiginoso impulso; su fren* 
te estaba convertida en un pedazo de hielo; su labio 
axtremeciase como la flor por el viento agitada. 

De esta manera presentóse m el vestibolo de la 
mansión de don Pedro de Castilla, 7 cuando juzgaba 



'^^ PKDRO DK ALYARAMfO 



^6 los ceátmelas que daban alli la guardia de honor 
habrían de impedirle el pase, oyó eon gran aaomtee 
<]«e aquellos golpearon el snelo con la enja del sus 
lanzas. / 

Esta ceremenia era an tributo de rú^rioaf ttispen- 
eado tan solo á loa grandes y «altos dignatsErioa (to la 
oórte qoe en palacio penetraban. 

El clérigo, Terdaderainente atortelado, oomernáá 
ir de aqni piara aenllá sin saber qué hacer. 

Y ya iba á dirigirse á los jardines del aleázar, 
onando saliéndole al encuentro nn cortesano jóren, 
apuesto, de simpático rastro y elegante vestir, pre- 
guntóle: 

— ¿Sois vos el padre Femando? 
— Yo mismo, — respondió el cura. 
— Pues seguidme. 

El clérigo, sin atreverse á. abrir la boca, biso lo 
que el palaciego le ordenara. 

Subió por un amplia escalera de blanco mármol, y 
«u introductor abrió una puerta llena de incrustaciones 
de jdata. 

Sobre la misma veíanse primorosamente talladas 
las armas reales. 

El intreductor y el clérigo atravesaron una exten- 
sa galería, ocupada de trecho en trecho por los guar- 
dias reales. 

Guando el cura pasaba por delante de ellos, veia 
con asombro que todos le tributaban^ golpeando el pñe 
con las picas, el propio honor que recibiera al entrar 
en palacio. 



VEsmo im iocvjcBauxr ^^' 



'-44»(Qaó iérá aato^ Padre miol^dija él párrúo^ para 
ña sotana, sin advertir ea mqtiú msUvio unrayó <le lui. 
t. Al caber de macho andar penetí^aron el corteBaBo y 
el fáeerdote en an aaloA elegantinoia. 

Estuto 'el cora á panto de caerse de espaldea al 
co&t^nplar tanAo maeble yelioeo, tanta eacaltara, j 
lujo tanto como se atesorara allí* 

— Ycconojsco poco al rey,— se dijo; —tal rez si vie- 
ra ahora sa retrato, me seria menos dará la emoción 
qoe voj ¿ experimentar al ccmtemfplarle. 

— Esperad aqai un momento, — repaso el gentil- 
ho!3abre,-«-qae voy á anonoiaros á Sa Alteza. 

— Está bien, — contestó el cara temblando como un 
azogado. 

El palaciego retiróse, tardando alganos minatoa 
en volVet* 

— Pasad, — repaso, — padre Fernando; Sa Alteza oa 
espera. 

Y esto didendo levantó la pesada cortina de tercio * 
* peio carmesí qae caía sobre la pa^rta por donde mo* 
mentc|^ antes él mismo partiese. 

El cara atravesó aui pd:}aeñi antdoámara, y de- 
jando ésta atrás hallóse de súbito en el salen del trono. 
Sentado baj^ dosel,aoardcia ricanente vestido don 
Pedro I de Castilla. 

A ano y otro lado del salón veíase á la corte toda 
fraccionada en dos grandes grapos. 

Por medio de ella crazó el virtaoso presbítero, y 
llegando á doade don Pedro estaba, cayó de rodillas 
á sas pies exclamando: 



PSSHO im MSJTMMJ» 



nJttoia de 68t» M handU» fÍ6rT0? 

— fáikail, padre Fanumial-^repnso 6l monarca ooa 

tono cariñoso, ajadando^ai aaoMrdota. á inoorporafaei 

Un rumor nacido do loa cortesanm, dawifltró la 

sorpresa qae les cansara esta dístínci^n^ otorgada {air 

pocas veces por el rey» 

En esto varios ngieres colooaron en el centro de la 
habitación una pift^néfia mesa cabierta de manjare». 

Pueieron á sn lado un sillón de rica madera, tallada^ 
con maestría. 

— jSdntaoi ahí!— azalamó el raj dirigiéndose al pa^ 
dre Feraandj y mostrándole el sitial. 

— ¡Sdftor, delante de mi soberano! —atrevióse i bal* 
bucear el cura. 

— Seotaof, ¡voto á Licifarl- -repitió don Peiro; — 
que V07 á serviros la comida. - 

— ¡Siuto Dios! esto se agrava. Preliminares del pa- 
tíbulo, — lijo para sus adentros el párroco. 

Los ugieres pusieron en manos del rey una batea 
de ámbar ñoísimo, que .contenia una copa de oro llena 
hasta el borde de un delioios néctar, y rodeada de sa- 
brosa repostería.. 

Tomó don Pedro el presente y descendió del trono 
hasta acercarse al padre Femando. 

Con frase de marcada benevolencia dyo al^ sacer- 
dote el rey, ofreciéndole el agasajo: 

— Bebed con libertad este vino, y consumid esos 
marjíires. 

— ¡S.flor, señor! No puedo... 



FKDAO MI AlsrhMálSlk 



^L 



-nQsoed lo vqa0;aft.maiiéo sm veplieaf^ 
Sik«ii!a ll6T6sd á Iimi' labioi mía de 1m (KmflCiiMs, y 
bebió ^01» mrbimd^' Tino . 

Oamplida sn órdon, el lej tomó la palabra, exela- 
mando con tono solemne: 

— {Unstres caballeros j dignatario» de Oastillal an- 
tee, de arribar i mi caea eate'yaeallo, os expliqaó aue 
antee sdentes, inolinacíonee j goaioe. 

Loa cortesanoa aaintieron con nn movimiento de 
•cabeaa. 

— Os dije,— continoó el rey,— ^ne aólo la mengua, 
la traición y la calumnia faeron capaces de presentar* 
meló como ano de mis máa deddidoa adveraarioa* 
Sü clérigo extremecióae Tisiblemeate* 
-^Empero yo, — prosiguió don Pedro,-— be practi- 
<cado mis ayerigaacioBea, y de ellas resulta que el sa- 
<cerdote que veis, ea uno de loa yaaalloa de más yir- 
iud, de major lealtad y de aabidoría máa firme de 
•cuantos existen en mi reino. 

El padra Femando respiró cion fuerza y dejó yer 
^^ su rostro los i^aticea de la satisfacción^ 

— ¿Decidme, pues, señores,— continuó preguntando 
^ monarca, — si obré con ligereza descendiendo á ren- 
dir á mi sftbdito pleito homenaje? 

— Obró au alteza cnerdamente, — repasieron yarioa 
palaciegoa que próximos al rey cataban. 

—Ya lo sabéis, padre Fernando,— «exclamó el prin- 
cipe dirigiéndose al cura.— La alta repreawtacion del 
país, aplaude como yo yuestros seryicios.. 

— ¡Señor! —contestó el aludido reapetnosameDte.— 



432 



PIDitO DB AX.VAIUDO 



Si 00 faera punible onlpaíf jo meaireveria'á tiir^ir & 
vttestM áltiHa k palabra para regarle se me expÜMra 
á qué debo tanta distinoion, que más me pareos saefi^^ 
que otra ooéa* «* 

— Yo 08 lo diré claramenieu 

^GraKÓas, scffior^ gracbs» 
Bl rey fijó ras ojos en el olérigo, y oomo é«te oo' 
comprendiese que aqneUa mirada llevaba envuelta tma 
pregunta, dijole el rey: > 

— ¿Os acordáis. Padre, del mendigo Augusto, & 
quien hace algún tiempo disteis hospitalidad? ^ 

— Sís^üor. 

— ¿Os fij estéis bien en sus facciones? 

— No se me escaparia aunque le viese entre inánito 
número de persona s« 

— Paes eso es muy difioil, yo os lo aseguro. 

— ¿Por qué causa, elevadisimo señor? 

—Porque bajo el dis&az de aquel hombre, se ocul- 
taba uu alto personaje. 

— jQuién, Dios mió! 

— No puedo negároslo: el propio rey de España don 
Pedro I de Castilla* 

— ¡Jesucristo! — jritó el cura Uevindose las manos 
á la cabeza y cayendo de hinojos ante don Pedro. 

—Perdón, señor, — exclamó disponiáudose á besar 
la tierra. 

— I Perdonl— ^contestó el rey, — loy yo quien debe 
pedíroslo. En aquella noche os robé vuestra cena^ 
vuestro lecho,, cuanto constituía vuestra fortuna. 

— Si yo hubiese sabido ... 



PBPRO JPX JJUYAXAM 



4m 



;-^Slia «qidaro» da U p^breaa^i» 70 «ípftYafttabá, d«> 
mi traje andrajovo/daLxlMaséo é^wá pcnoatf, oaüáir 
im uia h0máM j^.sMCMrrkteia im hami^M. Smi bn hó* 
roe: estos soq los rasallos qae el monarca de. QMtilki 
há meseater. 

. -«-^fHola, hidalgos 7 i<oblesi disponoot^ á prese&eiay 
la eweaumia coa qae debo dar á todos ejemplo de gra^? 
titod en la cabeza de e«to SiMKvdote* 

Ua repique geaerai'de^tMiipaiMs^ elbctaado e« to- 
das las iglesias de k pobfatcíboy arraiic^ á les labios de 
la corte OQ proloogiadO ¥iva al rej r 

Bu esto abriéronte toe paertat del talos y apare- 
m&fi'^^ido cOn.cap^s plavialeSf iodo el cabildo caí 
tedral. ! ' ^ . \ . 

Delante da éU venían caatro reyes de armas con 
hachas encendidas, y enmedio de ellos, con un graeso 
códice entre eus manos, el misooto francés qae se fin • 
gidra ante el cura amigOi de don Enrique * de Trasta • 
mará. 

El hidalgo acercóse al rey, y presentándole aquel 
libro, que no era otra cosa que los Santos Evangelios» 
éste lo tomó entre sus manos. 

Un nuevo repique de campanas percibióse. 

El cabildo entonó las primeras estancias del Te^ 
Deum laiídamus. 

—^¡arrodillaos, padre! — exclamó el ray con ener- 
gía dirigiéndose al cara. 

E^t) obddeció, no sin preguntar: 
— ¿Qué es esto, señor? 
— Es, — contestó, el monarca, — que previa la venia 

TOMO n 55 



MMO sm i&YlAáüM 



del kfdUMIñWi 09 MmfSí^^ «ik aMxtdaa á ttMBÜrA ser- 
tidtoi^ Ofttdeiial Af20%i«p^deStrvilla^ 

-^{j0tfÉ9l— «»itolAm6 el úútk dentfttttáoidó á^nttdoeai 
ttgi^imás. 

Y en tanto el rej tomábale juramento áé otiilipH# 
ielmeat^ fett naett) etMrgo, tos cfafátnlaret elétaban 
al cielo su* pnoces, y las campanas de la catedral atro^ 
naban el espacio con stts tafiidos. 

Snmedio dé aqud cnadro cómnoredor, j en tanto 
ima nube de inoiensa embaláamaba la atmósfera del 
regio hogar, ojése la voz del prindpe qae deeiat 

-^{Estas sen las jnstidas qrn sabe hacer el t%j don 
Podro con los siertos de Dios j ocm los veladeros 
leales al trono de Oastillal 



CAPÍTULO XLII 



lie odmo ao pueda meataree la eesa ea eaea Ael*alie#oaá». 



AI terminar Maesa Pelaez la anterior relaeion qnt 
«narrara fray Migaal de los Angelea, dijo i los de 
la salmantina: 

«^Voy á ooBolair muy pronto oaanto dieibo contaros, 
porque sobrada paciencia tuvisteis, amigos, en escu* 
eharme cen tanta atmcion. 

—Sefior Pektez,— exclamó el aspirante Gínós Pan- 
iaja, — todo lo que nos venis relatai^do es tan iotere- 
Míate, que el más sabio dariase por contento, con par 
sar largos meses en vuestra compañía; obligándose i 
Jio hacer otra cosa qae oiros» 

-*-Todo nos en^ant^, — añidió el bachiller Sando- 
Tal, — lahiitiría de Giillermo Scot% U da su i Jola 
Aurora de J3^'*o¿«ie; Ijj antacedentas del dootor S^nti- 
Lañe* 



435 



PEDRO DE ALTáRADO 



— ¿Y do la muerte de éste, qaó me decís?— pregante 
con curiosidad el hostelero. 

— Guando terminéis por completo vuestro discur* 
80, — excl^amó Pan toja, — os daremos nuestra opinión. 
¿Verdad, compañeros? 

— Si 9 sí, — repi^ai^rpn loseuto^i^tes. 

— Pues esperando el juicio yálieso de vuestra críti - 
ca, — dijo Pelaez, — procuraré ñnalizar esta relación da 
aventuras lo antes posible. 

^No os apresuréis, porque vá haciéndose mujr sa- 
brow.lft/»«lada.. n 

El hostelero sonrió amargamente, j reanudando sa 
peroración^ repuse: 

— Terminó fray Miguel de los Angeles la curiosa 
anécdota del rej don Pedro de Castilla, y nos pregun- 
tó á todos. 

— '^Qdé os parece de la conducta del monarca q»^ 
pañol? 

' — Que si cuenta entre las sangrientas páginas de su 
vida muchos actos de justicia como el realizado con et 
párroco, fué un rey digno de eterno recuerdo. y 

— Decís bien, fray S>3ott, y me parece, abundando 
en vuestras opiniones, — exclamó el padre Miguel, -^ 
que los cronistas de su alteza se dejan icAair por la 
pasión cuando precuran dar á todas sus acciones m 
tmtd de marcada crueldad. 

— No os qoepa du ia, hermanos,— -exclamó el prior 
Santillana, — que el jiicio asaz severo con que á doft 
Pedro 96 trata, nace de que el bastardo vencedor en 
Montial, llevó á España, muerto el monarca, ioñüidad 



k 



■SP»a D£ idsYAMéBO *^ 



4e<«itelkros br«to]|Mt que eseñbiereB. khis^oiria á 
gasto de su principe. 

^ T^Fw lo oaal^-^r«plM6 el pacbre JMEigi*ei,— awmpre 
^ae leemos ésta, sentimos . iayettoiUe repAlaion 4iAom 
•el rey castellano. 

Al ll^ajr á Mte puQtay «onO. el t^qua^tfe araaiones 
^ne dieran las campanas del monasterio. 

Todos caímos de rodílks* 

Bl pri4^9 Saatilliaia, pr^umoié el An^ellm ooííí yoz 
olara j perceptible. 

RetpondimMle coa los poéticas aoentos del Ave r 
María. 

Las sombras de la noche tendiasse por do qnier. 
f —-^La hora da volver al convento ha lleigado,*— ex- 
c\ñm6 el padre Santillana. — Partamos, — afiadió,-^qao 
^esta noche os corresponde, fray Gaillarmo, dirigimos 
Ja palabra duridiíto la cena. 
, — Poseo excasisimas cualidades de orador. 

— *Sin embargo, es preciso que os vayáis acostóme 
brando al pulpito. 

— rYa ñé que el hábito que he adoptado, me impone 
la sagrada obligación de predicar. 

— Y sobre todo, recordad qoe dentro de dos dias 
vais á recibir las órdenes mayores. Vuestros antígnoo 
estadios de sagrados cánones, hechos en las eseaelas 
de París, excusan que hayáis tenido que aprobar paso 
á paso las materias propias de la carrera eclesiástica. 
^Verdad que dada vuestra vocación hacia la vida reli- 
giosa, 08 consideráis may faliz con que se os faoilitem 
ios medios de abrazarla? ^ 



4^ 



VmSLO M ALTA&áW 



mente. 

to ^^ OMi *fM piímiK^^t^Qr. 

— Sepámoslo. 

"MSouio JA ti9f siendo irie}o, no teidwá la mverto 
en acadirme. 

— Preooapacion infandada es b Toestra. 

«^Nt> tet^aiñá, — digo,— en lleudar á mis ojos sus he • 
lados dedos. Estoy may trabajado, mi organismo ^ 
tlet^itándoee poeo -á poco, j la falta de salud me^obli • 
ga á pensar... 

—¿En qué, padre mío? 

«¿-iBn qMsi yo muriera, me parece qne nadie ireime^ 
tMrtas ettalidadee eomo iros^ará eastitairme en el ear* 
go que indignamente desempeño. 

— Me honráis demasiado, padre Santilktna. 

— Os hago justicia y nada m&s. Sabed^ fray Scolt,. 
qne en mi testamento he consignado mi voluntad en el 
sentido en que os hablo. 

-^HerBsanos nuestros hay en la orden con nracfaoa 
más méritos y yirtudes que yo. 

— Ninguno lo cree asi. Todos os llaman la perla-del 
monasterio por vuestras ejemplares virtudes. 

«'-Por nuestros mutuos remordimientos, — atrevim^ 
A decir yo, con vos enronquecida y temblorosa. 

— ¡Señor Pelaez! — dijo Santillana volviéndose ámi 
y lanzándome una mirada amenazadora, — creo habcT 
ros dicho repetidas veces, que íek>1o cuando os pregim*' 
tan os toca hablar. Vuestra pedición len nuestra iOasa> 



I 



fBPM vi hVíáMh^O 



68 ]ft de w «uqFordeal» iiMirgitdA 4» 0l|i4vi9l wol^i - 
limo del w&yentOé fibitendedl» Mw f ^e «e ^nKehi»|i 
A repetírad yaestMuíi imporianas obseryaciones. 

'^Baje IftsojM ayergoQMde, y aagei en p«i de míe 
priiidpelee* 

— ^Bien pronto estayimos á la puerta del meiiMteriet^ 
de Saii Ag«ttm. 

Loe herouuioe leian el Breyiario, á la yes qae «e 
paseaban en la extensa galería del eonyento. 

Gaando acertaron á yer al padre S antillana, obe* 
dedendo ana indicación de éste, faeron reoníóndose de 
dos en dos pera encaminarse al refeotorio. 

Singular espectáculo era el que presentaban aqne* 
lias dos largas filas de eneapuebados yestídos de negro* 

Iti tibia los arTanc%da de wo faroU podiente del 
techo de la galería, caia sobre aquellos hombres, on- 
ytí$ silueitas confondianse en la sombra, oomo la de un 
fantasma que se disipa en ú espacio. 

Marchando asi^ llegamos tcKÍos al refectorio. 

Bste hallábase instalado m un gran salón, cerrado 
por Uanoas paredes, sobre las coales, leíanse yarias 
inscripciones latinas, que reoerdaban nuestro fin, con 
tremendo ayiso. 

Sobre cada uno de aquellos epígrafes, habia una 
Cruz de gran tamaño, hecha de tosco pino. 

Y enmedio de la estanda una larga mesa, del pro • 
pió material, mantenía tosca yajilla de abigarrada lo • 
jea, destinada á contraer el frugel alimento de los 
monjes. 

A espaldas del sitial desjinado fll prior, abábase 



^^ PtÚñÚ M kLYlOíáM 



una tribífiía 6 pulpito/ dtihiéMo é91ftegr*, paM el rrií- 
giOBO á qtti^n 06rt6Nip(Midia leer 6 peMlrar d(iráiit9 la 
oomida.- ' ' 

^ Ya en el destartalado comeddr, SintiMaiia okmpátia 
puesto, 7 cada ano de los monjes hizolo en cm raspeo - 
tivo lagar. 

Pasiéronse loego en pié y oraron breVem^te; sdn* 
tose de nuevo eada cual en su banco, j fray G-aillermo 
Scott, subió á la tribuna, á tiempo que la cena comen- 
zaba. 

Abrid por la mitad un códice voluminoso, y sus 
ojos fijáronte con espanto en el epígrafe de un ca- 
pitulo. 

El bretón leyó con voz temblorosa: 
-^Miserere mei DeíiSj secundummaffnam^miseneor^ 
dkrní timm. 

•" Bl padre ^antillana no pudo méuM de hacer visible 
su disgusto; la oración que debia pronunciar Sir Gni* 
Uermo^ habia de mortificar seguramente «n espíritu. 

Sabido es que el admirable monumento elegiaco de 
¿uestra literatura sagrada, A Miserere^ fué una excla- 
ihaeion de sublime arrepentimiento con que al cielo 
demandase su piedad el rey David, avergonzado de ha- 
ber caido en el adulterio. 

Aquellas estancias de la inmortal composición, de- 
bían despertad enel animóle fray Guillermo, tristes 
y adormecidas momerías. 

El religioso hiz», sin embargo, un supremo es- 
fuerzo, y comenzó á disertar sobre el significado da 
los versículos del Miserere, 



pÉttfe^ me ALVARABa * 



' Bütregado á íU'impirtíckm, tkwñvdltifr con elo- 
<A«iimft incomparable lá síntcsiir del ptema nagradb. 

Loa monjes WsttibfánTerdaderamehtei sorprendidos 
^éscdobar á sn colega. * 

Jamás le vieron rayar á tanta altura. 

Con rasgos sttbHmes, con titos carácter as, con ex- 
presión ciceroniana, pintó el cogalla el cuadro aquel 
inolvidable, bu qfte presentándose el jprofata al rey 
DaTÍd, le notificó un hecho por demás punible. 

Uno de los hombres más poderosos del reino ^ 
4tbundanie en todo género de ri^iue^ai, dueño de mu- 
chas fincas 7 de numerosos rebafios, arrebató á un po*^ 
bre la única OTeja que poseía. 

ludigoóse el monarca ante esta revelación, j noti- 
flcó al profeta su propósito de castigar duramente la 
4iTaricia j maldad del rico, que tan despiadadamente 
robaba al pobre su única fortuna. 

— Teneos, señor,— exclamó el euTiado del cielo,— 
•<jae muj Men pudiera ser el raptor un monarca del 
jkiundo, 7 Urias el pobre á quien arrebataren su espo- 
sa, única felicidad para él. 

DaTÍd cayó de rodillas ante la fórmi dable acusa- 
ción contra su delito formulada, y elevande sus manos, 
demandó piedad al Señor, repitiendo enmedio dé abun* 
dosas lágrimas. 

- -^ ¡ Miserere mei DeuSjSecundummoffnam misericor- 
'diam tuamf 

Con tanta habilidad acertó el monje á tocar el co- 
razón de sus oompañaros, que todos ellos dejaban ver 
4ias mejillas mojadas por el llanto* 

TOKon 56 



^ WEim DB AfLV^ftfMVX 



Scoit era w Tdrdadwo tv^wi^; :#f|fi /9ÍE9iUMta«oia 
fu4 igaoradüt por el bFOtpni. haf¿ qa# Ia ,iiinw(ütojro}k 
como taly 8M pvipa^rps «qmjos «» f i liCaiiMt#riaf 

CSontiaaó el mismo sa plátion^ ^p^o 440fNHrt^UidaBe 
en BU alma de a6fc|Ho ^ Usim r^m^fú» 4e w jpanion 
indomable, cemwinft á ^t^^ftr «Offio «a epiléptico ^ la 
vez 4oe su ojee 89 fijaban eoa (»^pánto en el códioa. 

Loque Soottkyera, e^tó en imaginación tuurta 
lo samo. 

— No id salvaránt-^dei^ia aquel^-^^los qae, frustra- 
da 9|ii tentativa de .aiult^ix^, no olviden á la mujer ea 
quien ¡Huieron aus ojos. 

— ¡Misericordia, cielo Swto! { Misericordia! t^grit6 
Scott, presa 4^ Tiártígo, moviendo la cabeza entre sua 
manos. 

*~j Padre, padrel ^Qaá teséis! — ^gritarou los monje» 
acorriéndole. 

— ¡Airas, atrasl separaos, -«exolamó Scett can acan- 
to de loca! — Vosotras los buenos^ los creyentes, wy 
debéis acwci^os á un alma que ae ha condenado por 
delito frustrado de adulterio. 

— ¡Hermano, bdrmano! Calma, copñanza en Daos.. 

— jOhl ¡No es posible, porque ella, ella, Aurora es- 
tá... siempre siempre aqui? 

Y llevándose la diestra al corazón, cayó fray Gui- 
llermo en tierra^ 4 la iwz qua laucaba una carpajada 
sardónica. 



M A 1^ ' ' . -^ ' '"í<i.'v;' 



•'» : i/i» 



OAPITUtO XMÍI 



)39ft«la «li lá HmnelA el terdo&t 



»««-£dÍ8 túOÉm laiigos Jiabiaü transooriñdo desda los 
anteriores aeontecimientos. 

El convento de San .Agastin albergaba ya una fa- 
milia de Terdaderos hijos de la oración. 

Mi amo el tempestuoso j apasionado fray Guiller- 
BI09 parecía totalmente libre de su paeion arasalla- 
dora. 

El tiampoy la aasenda engendran el olvido^ tbiico 
madioamento poderoso para el amor contrariado. 

Todos yiviamos tranquilos en el antiguo y para 
nosotros amado Monasterio. 

Scotty habíase transformado completamente, mer** 
oedálafe idiarias exhortaciones del hcmdadoso padre 
Santillana. 

Este sabio jsacaDdofea, .moatgáhaia mm^tt ton 4al* 



^^ PIDRO DK ALVARADO 



C69 oarifioso 7 persoasiro, qae era imposible dvidar 
808 consejos. 6 desoir sas pradentes indioacioiies. 

— Poeo á poco fué sembrando el prier en el ánimo 
de fraj Guillermo, decidida afición á la vida monacal. 
Constantemente, repetíale el agnstiniano: 

— Hermano niin; . nada tan daloe.á los ojos del Se- 
fior, cemo contemplar á sas verdaderos hijos separa- 
dos de las miserias del mondo. ¿Qué es la vida? Oon«- 
jnnto de inquietudes, de afán incesante 7 de lucha per- 
petúa. Apartémonos de este abismo nebuloso 7 consá- 
gramenos por completo 4 Dios, para alcanzar la anhe- 
lada corona de la inmortalidad espiritual. 

— Cierto, padre mió; vuestras frases van arraigando 
de dia en dia en mi alma, la conveniencia de pensar 
tan sólo en el cielo. 

— Asi lo esperamos de TOéRtra fó pretenda é inqne - 
brantable. 



Cierto dia, las campanas dol Monasterio ooiqenxa- 
ron desde mu7 temprano, á anunciar con sus sonidos 
de júbilo, que una gran fiesta iba á tener lugar. 

£i hermano fra7 Scott, debia recibir las ériénm 
ma7or6s. 

Esperábase la llegada del c^ipo de Orleans, qne 
habia de imponer al neófito el sagrado carácter. 

Este prelado procedía de la orden de San Agustín. 

Las siete de la mafiana de nn dia claro 7 sereno 
serian, cuando los monjes, con4Mi pñor á la eabesa^ sa- 



MDDEé^ltt %.V4&AM ^tf 



nsjor «iémfaidcd'ál pr«laifai«r . .: ^ r> : - - 

Bíte no tfnrtttir en apean» te la áila áe^ xna&M ^aa 
soMamén <1m^ jóTOBM pa^a4 ! <^ 

El obispo bendijo á la opuHiiidadf la caal ihintiada 
dé biÉojos reoibid mieroed tsE Taliosa del prelado. 

Después todos encamináronse al convento. 
^ BtiBiDpIt perteneciente !al míámo, hallábase profa- 
muttMt^' ikimíiatda. 

El obispo penetró . en ¿1, bajo palio, entre dos filan 
de monjes, que entonal?6a el Te Deum^ acoakpaftátido- 
ka laa ▼oeeiit tionoras de magnifioo órgano. 

llegado ((ua iiobo el Pastor al presbiterio^ tom6 
asiento en él, haciéndolo igualmente á su lado el prior 
7 los mát^ és máa categoría. 

Fray Sjott^ revestido de láe insigniaa saoerdatltles, 
•att6 da la saerittia preoeÜdo del diácoao j subdiáoono. 
— Yo,— siguió diciendo Pelaaz á los estudiantes,—- 
(nresenciabd la «etamoaia ooalto ea un riacta del tem- 
plo, 7 déitramando acerbo llanto. 

La misa concluyó y practicadas todas las cereaMr 
niae del ritual^ mi antiguo amo fió abrazando uaa por 
ano á ios monjes. 

Aquella escena resultó por demás interasante y 
<scncDovedora. 

Guando á fr/)y Gaillerma tocóle estrechar al priora 
dijole el primero temblando y en r<iz muy baja: 

-^Por á'tima vess, padre mió, os pido perdón por la 
muerte dada á vuestra her nano y de la cual sólo yo 
fui el culpable. 



Bi prior iimh^sa áieetreolur noik ínm^á/ fkmjGín^ 
Uermo; quito hablar, pari» Mam#tiilO:do intspeiMb 
tocídester oaj^ea tiem m podardofplogiar loe'kbios. 

— ¡Santo Dios! — 6xolam6 el praUdoi haeÍBiiio klái!' 
MffiRm á loi monjes para que te aeerearaii. 

BUtoi rodearon emegdiia el oaerpo inerée <M 
prior. 

-^{Al momento^ naradle al koho! ¡ae mnera, se 
muere!— exclamó ano de los monjes despnes de piídsar 
áSftntillana. 

Bste fM traaladido A sti oelda« 

Todos sns bermanosí le rodearon, j el mismo qué 
le pulsara^ qne faó en el si^lo on gran dootor, almi- 
mstróle los santos óleos. 

El prior dejó de exiitir á los pooos instantes. 

Usa fnlminanteapoplegia faé hteansa de m muerte 

Seotb llegó al lado del oadáver ds sa generoso aiaá^ 
go, j onbrid de besos sm manos. 

Singalar oontrasie formalmi los lamentos del reli^ 
gioso, 7 las oraciones que por el ániíhadel difonto ar- 
tienlaban sns colegas. 

El ooerpo de SantiUana faé rerestido con las insig- 
nias sacerdotales, y al siguiente dia de su mnerte, tras^^ 
ladado al t<^mplo donde se le hizo un santaoso funeral. 

El desdichado fray Scott parecía estar sujeto á ter-r 
ribles pruebas. 

Ei obispo qne le impusiera las órdenes mayoree^ 
cr cargó al bretón la oración fúnebre que, terminada la 
mUñ de Réquiem^ debia pronunciarse en honor de^San-*^ 
tUlhUa. . . 




PtÚAO M ÁJLYáRáié ^ 



Si JAtííL <f Aitájé pÉtéiA& r&eittítn m tat piind* 
pió fandadé éfi M «afMíoik áa dotes ctfatoiitt, k pré¿ 
Wcy hfzole práidniff k ileMsidad de ^e rdiditase «a * 
mandato. 

— fistá t&eir^ifdlitéatóld Soottj-^tíré lo (;[tti» «a 
iloatrisíma deéea; paro no respondo de qne ptteda eoio- 
^ionarme, anie la oontéoíplarion deloapirecioaos feitos 
^ aqnel á qoieH ttO olvidará jamás. 

—Espero, hermano,— repaso el otnspo^^^flé llena^ 
Teis cumplidamente el encargo. A Éadie como á ros 
qneria el difonto, y esta circonstancia, ébtfe obKgaroé 
'4i rendirle la última pñiéfia dó YOetrtr» gtatitnd. 

Stfntaoíos y esplóndidoit por demás, Páeron Ids fa- 
Jiensles del padre Santillana. 

El pueble entero acudió á presenciatios. 

Afecto tan intimo profeéaban al finado tos morado* 
Tes de las' aldeas comarcanas, que ninguno se estcusó 
de asistir. 

El prior difunto recogía en el seno de la muerte el 
ñtito de Su inagotable caridad ,ejercida sin interrupción 
dnrante su existencia. 

Un modesto tfimulo lerantóse en la nave central 
del templo de los agustinos. 

Sobre él fué colocado el cuerpo inerte de Smti- 
llana. 

Infinito número de blandones circundaban la tumba 
del piior. 

Y detrás de estos, veíise á [la respetable conuoi* 
dad, que, con el obispo á la cabeza tenia &u aibiento 
en enlutados bancos. 



..T^fll^ijia^ g^^jl^iw.djí BeqMtem^ y, entoDado luegch 
el pñe^o f^; dkofkto fr^gf l^cot^^.prepe^idode cuatro- 
acóUtQ«^> a^íjó.dd la sacriati^ |iari^ c^ncaadn^se lal p41-' 
pito. 

.^ .IJi) piimoí^enepal ^oa^^oe de todos los^latiips al 
veralmou^^ . • ,, . ^ . . 

Sa<|adió á esto un ailenob profondp 7 jsepulcral. ^ 

El orador encargado 4^ hacer el elogio de Sanii; 
llana^ hastia (^Dj|uistado envidiable renombre. 

JBl pueblo^ á ^i^n el bretón dirigiera ju hábil pa^ 
labra 'iii.ldp ponierencias dominicales, oonocia al monjes 
con el apellido d». Labios de Oro. 

De suerte, que en les infantes á, que nos referi- 
mos, esperaba con razón que la eloouQpcia del cogull,^ 
rajase en lo ¿abuleso ó úptde^criptible. 

No,£aé erróneo el juipio d^ la p&^ioa opinión* 

Fray Guillermo comenzósu discnri^o con frase emo- 
cioDada 7 balbuciente. 

Paro á medida quer entraba en xpateria» crecíasemás 
y más, como la ola del tempestuoso Océano agitada 
por las internas convulsiones de su fondo. 

Con frase inoompirable, con sublime poesía,, con 
esos acentos que sólo al Profeta es dadq articular cuan- 
do ser dirija al mundo como enviado de Dios, fué des- 
envolviendo el padre Guillermo su plática. 

Desoribió la vida de Santillana en sus detalles mis 
minuciosos, 7 la comparó con la del viajero, qu3 pe- 
netrando en ignotas tierras, es perseguido por sus mo- 
radores, en tanto que ál devuelve una oaricia por cada 
insulto 7 cien beneficios por cada agravio. 



PEDRO DB khYAKkDO 



449 



— Tal era, — deoia Sooti, — el infortanado Santillana. 
Rogad al Señar por éU-^afiadia. — Y mieatras la in- 
marcesiUd corona de la iüoiortalidal orla eas sienes, 
que nes perdone á todoe,^ maj especialmente al que 
lleno de lágrimas, lo pide al cielo postrado de rodillas^ 



r. ' ' ' i* í / t 



.. *'- } ■ > A •* ■ ! *h i'-f 



I 



57 



CAPÍTULO XLIV 



8a po8 de mi deber «aiprmdo. 



Seis meses habían trascurrido desde los aconteci-- 
mientos que os acabo de relatar,— exclamó Pelaez. 

A presencia de todos los monjes fué abierto j leído 
ol testamento de SantiUana. 

En él manifestaba el prior su deseo de que á ser 
posible, y no existiendo impedimento canónico, le suce- 
diera en sn cargo el presbítero frsj Guillermo SdotL 

El prelado qie impuso á éste el carácter sacerdo- 
tal, prestó desde Inego sn afentímiento. 

Los conventaales convinieron casi por inspiración 
en que les pre^^idiese el llamado por S antillana. 

Y hé aquí cómo, aprobada por las autoridades su- 
periores la propuesta, quedó nombrado frnj Q-iiller* 
mo Scott prior del anvento de los i»gustinos, pertene * 
ciento á la circunscripción de Poitiers. 



PSI»U> DB AJCiVARAPO 



451 



. . Ningim accidente' digno de sefifdaa^ 
«1 fallecí miento de Santillana. 
. . SI mojiasterio habia adqairido gran praponderan* 
«ia bajo el Dnevo prioratp. 

Scptt eatableci6 ea él la enaeftaB;» da Homaiiida' 
des, Filofiofia y sabias lenguas, á cnyas cátedras ppdian 
a«isti|- caaiiipi^ jóvenes eventos de recnrsos lo ^ desea* 
•en. 

No contento con esto el monje, mandó vejader al- 
gunos terrenps propios. del monasterio, y con sa pro- 
4acto erigió una casa de salud para los pobres, la cual 
fué instalada en el lugar más sano del Talle. 

AUi recibian solícitos cuidados cuantos enfarmos 
reclamaban el auxilio poderoso de la caridad. 

Los monjes de San Agustín multiplicábanse prodi- 
giosamente para, el trabajo. 

A pesar de haberse aumentado considerablemente 
la encomiástica tarea de los religiosos, ninguno de ellos 
4eMT;6 ^^ instante en su energía. 

Fray Francisco de la Gansolacion, nneyo nombre 
de hábito (\ne adoptara el padre Gaillerme, ejercia po- 
deroso influjo sobre sus colegas.* ^ 

Todos ellos respetábanle y le amabaá entraftable- 
mente. 

S ¿ott, rín ser directamente responsable de la muer - 
te que yo d era, obligado por la fiuiida 1, hí espo8> de 
Aurorad) Bro ^Ue, quiso pirgar sa^ oilpü ou uua 
*TÍda de n^ rnterrumpido trabijo y ie c^udunt^ peni- 
tencia« . 

Aparre de tal op nÍ3n, pro^aiia al obrar así, de 



^^ VttÁÚ DB ALVAR ADO 



áoáeMo 6ón lo qae eS prior 'SántiUaiia coüsighó en «a 
última Tolnntad. ' ' 

-^fisperdfy^-H^eola el anciano en su testamenfo, — 
que mi sncesor me superará con réntaja en cnanto a! 
ejercicio ¿ápiiitaal j mayor lustre de nuestra órd^ s^ 
refiera. * * 

Y no se eógsñó e^ otorgante, como lo prueba cuan - 
to se acaba de exponer, respecto de las aptitudes del 
nuevo prior. 

Era el )inochecer de una tarde primaveral. 

La brisa perftimába la atmósfera, enviAndole el 
grato azahar de los naranjos en flor. ' 

' Limpio y trasparente el cielo, comenzaba ávÁitir* 
se de eitrellás. ^ 

Nada alteraba el majestuoso concierto de la natu* 
raleza, que adoptaba su traje de sombras, para nacei^ 
con más eccafltofc al siguiente dia. 

— ^Entre^adte á la contemplación de espectáculo taá 
solemne, nos hallábamos conversando frente á la puerta^ 
grande del Bfonasterio, el prior fray Francisco, el pa- 
dre Miguel de los A&geles y yo. 

Nuestro diálogo giraba sobre la excelencia de laá 
obras de Sm Agustín, obispo de Hippona. 

El pñor habíalas estudiado todas profundamente,, 
é interpretaba su sentido, con recta y clara inteligen • 
cia filosófica. 

La conversión de aquella lumbrera del catolicismo,, 
el modo como la primera se llevó á cabo, consdtuia 
en sentir de Soott, uno de los poemas más bellos qué 
se registran en la literatura sagrada. 



PIPRO DK A(.VAEADO 1^^^ 

Fraj Migael, qae disponía de talento 7. ed^icacion 
iifidaiTii)^^;! i^apia á mi amo, de tiempo¡<in tiempo, 
«tinadas ODservaoiones* 

Yo.m9 limitaba á oir, porque np otra cosa me per* 
xq^n mili exo|t9oe co9oeimientos« 

BttMte «lerdcio aparecíamos cadi^ jQqal,^ pnfmdo 
Tino á •orprea4erno9 el lúgabre tañido de l^ana es- 
quila. 

— Alguna religiosa debe estar agonizando, — excla- 
mó al oir el toque fraj Miguel de los Andeles. 

— Recemos por su ánima una plegaria, — contestó 
ScQtt, cayendo de rodillas. 

Fraj Miguel 7 70 imitárnosle seguidamente. 
Apenas iniciamos nuestra oración, cuando nos acu- 
dió el ruido quo produjera el galopar de un caballo 
que se acercaba. 

El ruido fué haciáudose más perceptible cada vez. 
Por fin^ corcel 7 ginete, aparecieron en la expía- 
3iada central del Monasterio. 

Todos ayanzamos hasta donde el segundo estaba. 
-T¿Qaó deseáis, hermano? — preguntó el prior al 
^erle. 

— ¡CSonfesion para una pobre carmelita que está á 
punto de morir, — respondió el aludido. 

— Yo mismo iré á auxiliarla, — exclamó el prior. Y 
tú, Pdlaez, me acompañaras. 

— Pues subid á caballo, — repuso el desconocido, — 
que 70 puedo volverme á pió. Vuestra presencia en el 
«on vento del Carmen, es de todo punto urgente. 
— ¿Sois el criado de la comunidad? 



454 



TODRO DK ALVlRADO 



—Soy el ddmandadero. 

Sooit Tolrióse á frajr Miguel de los Angelwii jr M^ 
jola: * 

-*Notífioad á los hermanos mi partida^ y la oedesi* 
dad imperiosa de verificarla. Bn tanto yo raelro, pre^ 
sidid la mesa; regresaré al Monasterio muy pft>ii(o>» 

Bl desconocido snjetó su corcel por la rienda; mon- 
tó fray Guillermo» y yo me coloqaé á la grapa del ca- 
ballo. ' 

Poco después, partíatúos como el Tiento, veloces,, 
en dirección del Monasterio de las Carmelitas. 

Un buen rato transcurrió hasta que llegamos á éL 

La noche tendia ya su manto por doquiera. 

Apéamenos del caballo; atamos éste á una encina, 
y cubriendo Scott su cráneo con la capucha, articuló 
las primeras estancias del Miserere^ á un tiempo que 
golpeaba lá puerta del convento. 

— Ave María gratia plena j — exclamó. 
— ¿Sois el sacerdote? — preguntaron desde el inte-^ 
rior. 

— Bl mismo y su acólito, — contestó fray Gui- 
llermo. 

— Pues pasen los hermanos. 

Abrieron la puerta, y apareció á nuestros ojos una 
religiosa qae frisaría en los ciocneata años. 

Su mirar profondamente severo, contrastaba con 
lo apacible y templado da sn palabra. 

Su continente majestuoso, permitía adivinar que 
aquella mujer era de noble origen y distinguido abo^ 
lengo. 



nuMf im AüTA&ái» 



4K^ 



r h^Fnpf Séótii gQudtt^as mana» en lasmolia»' oiiáii'* 
gaf de sa hábito^ 7 qaedó parada «ato la; meosia ta et^ 

. J!fiaiajet|>reaóidél «goieiitá ouxlQd ^' 

— Perdojuid, padrb^ mío, lair oddiwido^ ál ^tenMtr, os 
heoxHi'lMoho Teiiir prmipüadaiiiaste« 

— £i mi .deberv^-^eeatestó fleeamanie fraj Qttú^ 
Uermo. ^ ^ . 

— Tiem|»o:h(aM,-»QoaiÍBoó dioieado la manja,<^'qae 
nna da noestraa hanaaaaaa, .viena padeciendo taniblea 
aiaqaea al corazón. 

— Dolencia grave es eca. ^ 

— Y macho máa tratándosj de aa alma torturada 
por el sufrimiento. 

El prior laD26 cin anheloso suspiro. 

-^Oontinuad, herm^süQay-^repuso. ; ' 

— Nuestora compañera, está, desahuciada por todos 
loa módicos. La ciencia se ha.deelarado impotente ]para 
curarla. El recuerdo de sus antiguas penas, acude á la 
}(mik á cada momento; j como no puede olvidar^ es 
también imposible que alcance el aliyio necesario. 

««-^Dios será servido de darle lo que máa le con- 
venga. . 

— Guando os enviamos recado, padre mió, nuestra 
hermana era victima de un violento ataque, j como 
el doctor nos ha dicho que en uno de estos puede que- 
darse muerta, hé aquí explicade el motivo de nuestra 
premura. 

— Hicisteis muy bien en avisarme, hermana, j gra- 
ve responsabilidad habríais contraído, si por indoleur 



4fi6 



pmaBmí.vxt isujAmiJ» 



dftV imbiasÉ mamña Mm ia&: takttlm.oBpitoiitalm Mft 

— Por fortana el ataque ha cesadey j ísbí» 6afa>»>)ÍBfl<«' 
tastest Sor María ktoLflumdpdiéteak^ 
> «— Qawraél Sa&orBaDaHa,c6m{dd»ip9Íilft. < :~ 

En esto, oyóse :ihádo en la eacaleisa del ocnveatOt 
como pÍ' precipitadamente bajneo-fOT éUa. > - 

Algo grasísimo debia ocurrir. 
í Nuestras dadaá se desranectaroB^ Iiími pronio.r 

una religiosa carmelita, rUegó á noaitro lado* > 

Gran distancia debia haber reooméo^ con gran 
priesa á juzgar por lo anheloso de sa respiración. 
' -~iQuá pasa?— |)/regnnt6 la pertem. 
— ¿Bl sacerdote? ■ ^ 

— Yo soy,— contato fray Guillermo. 
— ¡Pues seguidme al punto; Sor Marí% ha sido vic- 
tima de un nuero acceso; se muere, se muere! 

Scott partió ligero como el aire en pos de la reti^ 
giosa« 

Yo hice lo propio, sin respetar las kyes de dan- 
sura que regian en el Monasterio. 

Las iníelices monjas hallábanse tan aturdidas con 
la enfermedad de su hermana, que no usaron del dere-» 
oho que les asistía para expulsarme* 

Gran afecto debian profesar á la enferma, cuando, 
olvidándolo todo, se ocupaban solamente de salrarla. 

Después de recorrer rarios claustros guiados por la 
tibia luz de un farolillo que la desconocida llevaba, 
atravesamos el coro perteoiente al templo de las car- 
melitas. 



PEDRO DB ALTAIUDO 



457 



En ano de los ángulos del mismo, yeiase ana pe- 
^nefia puerta; 

Tras ella se encontraba la empinada escalera, que 
<)ondQcia á ana de las elevadisimas torres del Mo- 
nastario. 

Dejamos el coro j torcimos en sentido izquierdo. 

Ua rayo de clariiiina lana, inundó nuestros caer- 
pos eñ aquel instante. ^ . . 

Estábamos en un largo j «ncho corredor, descu- 
bierto por la derecha, para que desde allí pudiera ad- 
vertirse el peqae&o huerto da la comunidad. 

A el bajaban Ui r#lÍ^Qiia«^ por unes desvencijados 
«escalones que á un la lo del corredor estaban. 

Después de andar algunos pasos, dimos con un 
amplio salón, cayos muros aparecían cubiertos da an- 
tiguas pinturas. 

La mo9Ja abrió cuidadosammte una puerta; des- 
^rrió una pesada cortina y yo quédeme en el umbral 
de aquella, en tanto que Fray Soott, fué avanzando 
poco á poco. 



TOMO n 58 



CAPITULO XLV 



Bl Anal de ím iMMieU. 



Pelaez, prosiguió dicienio á sos amigos: 
— No sé por qoé secreto impulso, latió en aquellos 
momentos mi corazón con inusitada faerM. 

— Cláveme como una estatua en el umbral de la 
puerta aludida, 7 mis djos se lanzaron á examinar to- 
do lo que se desenvolvió ante ellos. 

Un salón rodeado de sombras, fué lo único que por 
el pronto advertí. 

Después que mi vista se hubo familiarizado con 
aquella niebla espesísima, faáronme más perceptibles 
los objetos. 

A juzgar por la infinidad de sillones de oscurísima 
madera que circundaban la estancia toda, debia ser es- 
ta la sala capitular del convento. 



MDRO 0E ALTAftAiDO 



459 



* Big<^ ettoaniftdo dOMÍ p6n4ia de n^ra oru^ la 
imagen subliine áú Redentof del Mattdo, 

Antigua debía ser k escnltara, atendido el <xAot de 
808 carnes; y prodnoto de inspirado artista p<»r la oor^ 
reeeioiL con qao estaba hecha^ 

La cabesa admiraUe de Jesús, aparecía inclinada 
al lado izquierdo del pecho« 

Dos farolillos pendientes de largas cuerdas ilnmi^ 
naban el cuerpo sacrosanto del Sefior. 

Al pié mismo del Cruciñcado, desenrolviase una 
escena de duelo y muerte. 

La hermana Sor María del Garmdo, permanecía 
aHi, esperando el iremendo aviso. 
- Sentada en unsiUon; apoyada la cabeza sobre unas 
almohadas, la religiosa estaba á punto de morir. 
' JBki el instante de llegar nosotros, habían eUTuelto 
las hermanas el cuerpo de su compañera eñ una grue- 
sa manta palentina, por si lograban reaccionarlo. 

De suerte que á la exoasa luz de las linternas del 
Crucifijo, solo podía adyertirse un bulto inmóvíU 

' Al ver á Scott, las numerosas monjas que rodeaban 
á Sor María, dejaron al Prior el paso franco. 

Este sin levantar los ojos del suelo, paróse do sú- 
bito, al oír. la voz de una religiosa que le dijo muy 
quedo: 

— En estoe instantes la domina el sincope, sí sale 
de él, se ha salvado; ¿queréis verla, padre mío? 

Scott movió la cabeza afi rmando. 

Precedido de la monja, llegó hasta donde Sor Ma- 
ría estaba. 



460 



FB9lt9.BX áXVAIWiM 



6l paño que oabria^ el ouerpo d9 Ia ^nf^rma, ' 

t ^ jSeMt ley«ntO U vitta del «lelot j fljándpKe fin el 

TWtro d^ la patíente; 

¡Jesús I— exclamó lleyán^felatmaQPs á la oikb^a* 
«— ¡Gs elUt ella; perdón, Aurora miai perdonl 

La moribunda faé irgoiíndQs^ leatamente; dejd 
ver el espanto en los ojoa, y oon voe examine repiiso: 

— ¡Sabedlo; este miserable es el aseqina de mi es- 
poso el Doctor Santillapal 

— ¡Aaroral 

— Con su muerte; vine á la miseria , todo me lo 
arrebató la justicia. ¡.Gazman declaró en la mazm9iTa 
el secreto del crimen; luego, luego... espiró en la pri- 
sión. 

— ¡Hermana, hermana mia; por el hábito que vis- 
to, vierte una firase de misericordia para eate desdi- 
chado! 

— ]Jamás, infame, jamás! 

—¡Asesino del doctor Santillana! — gritó ccm singu- 
lar energía una de las religiosa», ^-habdis caido en 
manos de los jueces. Presto,: avisad c(Knpafieras á la 
juaticia, para que prendan á este miserable. 

— ¡Sji, atadle; segad su cuello; le odiec^n toda 1a 
fuerza de mi corazón! 

— ¡\nrora, vida mia, aún te amo, vive, y rasgaré 
mis vestiduras para seguirte al infierno si me lo 
mandas! 

— ¡Impio! ¡Sacrilego!— exclamaron á una voz las 
religiosas, separándose con espanto del cogulla* 



FBlíltO 0« ILVAKAÓtf . ^ 



— ¡Vójr á morir, no pttedo ináií; mi oerebrd «b ctora- 
8a; paro antes, oje, malTadó/lo que te SigaV ' ' 

— {GolttpaflídD; Anrorá/eémpaeiott! 

-^¡Nrfnca, vitmiol Periftitá el ciele; que andét ér^ 
ranté toda ta ^ñdi-; éntretaíita... éábe... qne üo... ^ 
perdoáo;.. 7 qué té... maldfgol > 

XJq gemido espantoso salió de los labios dé Aorórfet; 

L!eYÓ la joven Ja diestra ai corazón, j qnedó 

muerta en esta aetitud. * 

Fray GrúiiilermÓ éogid él oád&ver entre sos brazos 

j cubriendo de besos la frente de su amada, grit6 déA . 

acento d'elocb: 

-^¡Maerta, mueital ¡Maldición! 

— *No saldréis de aquí,— grito la priora del conven- 
to, — sino custodiado por los ágantes de la lej. 

— Mentís ¡vive Cristo! 

— ¡Sois el asesino del del doctor Santillana! 

— ¡Sellad vuestros labios/ muje^ sin honra! Yo, yo, 
no fui el matador de aquel cobarde. La fatalidad, sola-^ 
mente la fatalidad. 

— ¿Veis á ese villano? se llama Pelaos; pero calla; 
él cobarde haye, me abandona. Bt, el fué quien mató al 
•doctor. 

-iBl? 

— Por la espalda, de una manera alevosa. ¡Dete^ 
nedle! 

— ¡Canalla! -^gritá yo désie lejos, -«¿Asi pagas mis 
«acri^cios? 

— I La culpa, la culpa es suya! — repitió Soott,— pe* 
TO yo ine convertiré en reo. 



^^ HBIAO DI ALVABAAO 



-^D6^4^ vais? -^]»r»gaDtii^^Q las fljK^fts 09^^ Mpan- 
to, intentado datniaráSoat^ . ^ 

— ¡A^trás, mengjaadMl iPdfde I» U¡tt% Af^ Tnestr^ 
templPf podáis pre«6iiciaflf3u«tiei»l S^UiuM.M empe- 
llía en pei^derme; al ioflei^iaY pan:, manciio d«ulé I1167 
go á la salvación. Adiós, por dempro, a4ip0^Aiurora 
de nú vida. 

-HSoc^t^udió dé la e^tMcia mortooria, y atravesó 
como ua espectro la galería adjunta á la haerta* 

Bn aquel momeáis apelaba 70 á la faga aaUando 
jj otro lado de sns mnrot. 

Gaando iba corriendo, no pode menos de volver la 
vista atrás. » , . 

Scott af ornado á vna de. las ventukasde la* torre, 
gritó elevando aun tiempo. sat manos: 

— ¡Tierra maldita, regala con lágrimas! ¡Astros de 
muerte, cielo sin ventura, ¡mirad! 

Un cuerpo cruzó el espacio, j á poco cayó sobre 
el pavimento, produciendo un tironeo rnido« 

Sx)lt se habia suicidado, arrojándoseidesde la torre. 

Al morir Aurora, perdió el monga la razón.- 

Eq aquel supremo instante, sentí caer sobre mi 
frente tolo el peso del infortunio. 

El úaico crímini^l, el único ree^ponsable de 1% muer- 
te del doctor S<^ntiUai)a era ye, el infeliz^ Pela|H^. 

Iuposiblese hacia que volviese al Monasterio de 
los Agustioos* . ' ' 

Cono ^e loras las carmelitas de los ver laderos autores 
del orí n)U c lui^iiü en la persona dal esposo de Auro- 
ra de Uroglie, me habíesan delatad^ áUjuaticii. 



nOAO Ú ALTUtADO 



m 



' ^ Lt liMroK BM espoMMr, ihá»/^ para lanar di deli- 
to, p^ira háoene o6mi¿iqs íbhá desiíxío^ cntei. 

— ^Qaé haoer en aqadHoa inktaniea? ^ 

— SinreearaM, 8m.«ni|^t fin ima peMona^ qne 
mteiMfiese á mí lalvaciüi^ el porTMÍr qtie ae^ iniciaba 
na podia ser mék fúieito. -^ , - ^ 

SSamedió de 'la id^dád db la nedie, despne» de ibo-- 
eho caminar por tierras j bosqnes desconocidM, lle- 
gué á la cima de nn elerade'^mmte^ . 

Me asomé desde álU « 7 contemplé el abismo qne me 
llamaba desde su seno. 

Pensé en imitar á Seotit snioidándome, pero nna 
TOS omita,. paredó decirme: 1 . 

— ¡Detente! ¡Todairía te queda nn recmno; tos an- 
éanos padTiA tienen derecho á tu Última caricial 

Y cediendo al recuerdo que me inspiraran los au- 
tores de mis días, caí de hinojoe, 7. derramé abundoso 
llanto. 

— ¡Pobres pedazos de mi alma! — exdamé,— ¡cuan 
•ágenos estarte de mi desyentnra! 

Pero 70, nunca, nunca manché su apellido con 
nefandas acciones; el cielo lo sabe. Hoi de su lado pa* 
JTE alcanzar una fortuna, maté á un miserable, para sal- 
var á Soott. ¡Conciencia mia! levanta tu yoz acusado 
ra, 7* 8i ha7 en mi existencia algo que pueda merecer 
castigo, pide al Señor Todopoderoso que envíe sobre 
mi frente un ra7o de su eterna maldición. 

Al terminar mis palabra, volví la frente 7 encoa- 
-treme. con qne tres hidalgos contemplaban mis mo* 
vimentos, y oían mis palabras con InteréA síOj^ular. 



m 



mmÁf' DB 4LTA&ADe 



flúbitameAt6.«-*-La prímerd ^pié aiMr oennoió foé iqja» 
aquellos hombrd» ena^Uitiau 
Qoisái Tenmn á preiMfonM. 

— Perdonadme ,*^r0pq8*' OM,' Hmj * defroiado d* 
traje; aunque noble, por lo itniás de soRimaneraai 
-^Estábamos oyendo vneitta perorata «oh iiBgular 
agrado. 

— 4O8 burláis, inoras? ■ -y^ 

— «Gaárdenot el cielo de lemijante ooia. 

— ¿Entonces? 

— Entonoest podéis suponer que loa que os esrachan 
pertenecen por su lengua á Tuattra patria, j por sa 
traje á Tueetro oftsio, 

— ¿Españoles? Venga un abraso* queridos compa-^ 
ñeros. 

— ¡Españoles, 7 dedicados al histanonismo oom^ 

TOSÍ 

— ¿Gomo yo? 

— Seor hidalgo; en vano es que ocultéis vuestro 
empleo. 

— Repito. .. 

— No 08 haremos la competencia; cuando llegamos 
aqui, estabais declamando sólo, completamente sólo* 
¡Eso si! ¡voto al diablo! sois un exoelente actor. * 

— *¡Ah! Que idea, -^repuse para mis adentros, apra>- 
vechándome del error de los comediantes. 

— ¿Qué decís?— preguntáronme. 

— Hermanos mios; mengoada conducta eeria la dd 
este mortal, si os negase su verdadero oficio. Soy 



nono IM ÁLVARA0Ó ^^ 



cómico en efecto; pero fti& contrata , sin bl&nca, j 6ia 
conocer á nadie en eaía paÍ9. 

— ¡Td, tp, tal'Paes poco más ó menos noi acontece 
lo prapio^lóstres. 

-^]L^ desgracia nos ha iinidOt ilustres hijos de Ta- 
]^! 

— ¡Lx desgracia! ja lo cráo: figuraos que nn antor 
noB sacó de Bepañn hace seia meses. 

—¿Y os trajo á Francia? 

— Para que diéramos anas cna&tas comedias de 
rvido; de aqaellas de anuchas jornadas, con largos 
entremetes j la zarabanda por remate, 

— ]L^ zarabanda! Prpfaíbida esti ha tiempo en 
naesb-a tierra. 

-^Pero no aqoí, p^mjae estos franchutes son lo más 
aficionado del muiádo á todo lo Terde, picaresco y 
maleante. 

— ¿Habréis ganado mucho oro? 

— ¿Quien dijo ganancias? Eso sucedería señor hi- 
dalgo ^ si «1 bribón del autor nos hubiese pagado núes-* 
tros eneldos. 

-^¿Os ha engañado tal tez? 

— Figuraos que después de representar rarjas come- 
dias sin percibir una dobla, reclamamos al autor nues- 
tros derechos. 

-íY ól? 

— Nos dijo que deseaba pagar de una vez sus atrasos 
para evitar trabacuenta?. 

—Mas nsarcedes... 

— Confiamos en las ofertas del bandido, y una noche; 
roM o n r)í» 



.ilr 



466 



PIDIIO TXE ALYARAIK) 



era la viepeía del dia en qua debía hacerse la liquida* 
cion; huyóse con lo sujo y con lo nuestro» 

-~¡yálgame San JuanEvangelists! 

— Desde entonces, andamos errantes, sin <»sa ni 
hogar. Be dia, recorremos los puebles pidiendo de 
comer. 

— ¿Y os lo dan? 
Generalmente: eso íd,se<^bran haciéndonos re^e^ 
sentar algunos entremeses». 

— ¡Brava manera de realizar el bienl 

-^De noche caminamos j dormimos donde nos 
ceje; há aquí porque hemos tenido la suerte de encoA* 
traros; descansábamos muy cerca de este lugar^ 

— Pues yo, amigos mios, vine á Francia obedeciendo 
á cierta misión de un poeta que me, mandó llamar^ 

—¡Y os irá muy bien con él! 

— ¡Triste suerte la mia! Cuando llegué á Poitiers^ 
acababa de expirar el hidalgo. 

— ¿De roodo que os pdrjudicó por completo esta 
circunstancia? 

— Tfcnto, que no tuve á quien volver la cabeza; 
pero yo que no me arredro de nada me las ecbé de 
caballero; comeguí engañar al patrón^ y al sastre... 

—¿Y ellos? 

— Viendo que pasaba el tiempo y no les pagaba, me 
arrimaron una paliza de tomo y lomo, ofreciéndome 
otra mayor si continuaba en Poitiers. 

— Cómo á nosotros, cómo á nosotros. 

— Hé aquí por qué ando huido por estos andurriales. 

— ¿Cono os llamáis? — dijéronme. 



%m 



PEDRO DE AJLYARADO 



467 



— Clotaldo de Riquelme^ — respondiles. 

— Paes hermano Clotaldo, — repusieron, — ni á vos, 
ni á nosotros, nos conviene segair en Francia. 

— Razón tenéis. 

— Ni atravesar por Poitiers de dia. 

— ^iPodrian apalearnos los acreedores. 

•^Muchos son los míos. 

— Más son los nuestros: señor Riquelme aproveche- 
mos las horas de la noche que aun restan, para cruzar 
por Poitiers, sin ser vistos. 

— Me parece muy bien. 

— Luego, nos encaminaremos á nuestra tierra, j ya 
jtlli daremos algunas representaciones. 

—Me parece mejor. 

— Ganáremos mucho dinero. 

— ¡Soberbio, soberbio! señores... 

—Alcocer. 

— Tendillas. 

— Y Ortiz servidores de vucf^tra persona ilostre, — 
exclamaron respectivamente los cómicos. 

— Pues adelante y caiga el que c^iga. 
Los cuatro histriones cojímonos del brazo, y ento- 
nanda á media voz una copla del país, partimos de 
aquel lugar, marchando con paso marcial y uniforme. 



CAPÍTULO XLVI 



Prestando culto á Talla. 



lüsistierott los estudiantes en rogar á Pelaez qn& 
no omitiese detalle algaao de sa intaresante relato. 

El hostelero accedió, j díjoles: 
— Salvando obstáculos; dejando á nuestras espaldasr 
pueblos 7 aldeas, villas 7 lugares; pidiendo limosna 
unas veces para atender á nuestro sustento, y reco- 
giendo otras el excaso óbolo que en algunas partes nos^ 
daban por vernos representar, dirijimoiios á la cordi- 
llera pirenaica después de mu:^hos di as de viaje. 

Dimos con Bagnéres de Lucbon, 7 7a en dicho 
punto nos detuvimos, para tratar de nuestros planes 
ulteriores. 

Corrían los últimos dias de Junio 7 la temperatu- 
aa no podí^ ser mas bonancible. 



FEOEO DE ALYARADO ^^ 



Be todas partes de Europa^ acadian á Bagnóres de 
Luchon los hacendados, para disfrutar de las exoeleu - 
^ias del clima. 

En aquel punto, la colonia de los extranjeros for- 
^naba una sola familia • 

No se vio nunca mayor culto prestado al cosmopo- 
ütiroio. 

No habla allí diferencia de religión ni de naciona- 
lidad; los heréticos eran iavitados á las fiestas litúrgi- 
cas ée ]o8 cristianos. 

Los católisos acudían por previo convite á la sina- 
goga de loa judios; nadie andaba allí con escrúpulos; j 
á tal extremo llegaba la fraternidad de todos, que en 
un auto sacramental, compuesto por un caballero ara- 
gonés, hiBo de Santiago un priacipe turco y de Isabel 
la Católica, la mujer de un hebreo comerciante en pie- 
les. 

En otra ocasión convidaron varios tudescos á co- 
mer á un mahomt:tano. TrajeroA á la mesa sus man- 
cebas, emborracharon ha^ta más no poder al pobre 
•cobrizo; y cuando este no podia ya más con sus peda- 
zos, sirvieren un lechen frito, del cual comió el moro 
>con tanta avidez, que indignado el Profeta con su falta, 
envióle un asiento que estuvo á punte de mandar al 
marroquí al Paraisp. 

Solo nosotros, los pobres comediantes Alcocer 
Tendillas, Ortiz y yo, eramos los excluidos de aquel 
concierto de la dicha. 

Degpues de representar varias farsas en Bagnóres 
para que los de la colonia se solazasen, vimos con 



470 



PEDRO DB ALYÁRADO 



harto sentimiei^io de nuestro corazón, que no compen- 
saban los í>rodactos el trabajo realizado. 

Diez dacados tan solo constituían toda nuestra ga-* 
nancia. 

¿Donde ir con aquella fruslería? 
El histrión Alcocer que por su talento y dotes 
merecía toda nuestra confianza, llegó una tarde i la 
cueya ^n que estábamos alojados. 

Encontrábase esta en el campo á media hora de^ 
Bagnáres, y habíamosla adoptado por vivienda, áirue-' 
que de no contratar con caseros estólidos, ni vernos^ 
ea la precisión de discurrir sobre materia de inquili- 
nato. 

Llegó como he dicho á la cueva Micer Alcocer, y 
abandonando los tres histriones la orgía, consistente en 
un pepino huérfano que nuestras afiladas uñas se dis- 
putaban en un estanque de caldo, dijimosle á un^ 
tiempo. 

— ¿Victoria y triunfo? 
* — ¡Vergüenza y muerte! — contestó. 

— ¿Muerte decis? — exclamaron les tres con campa- 
nuda voz. 

— ¡Muerte del arte! ¡Oprobio del espíritu! ¡Ver- 
güenza de Talia! 

— ¿No quieren que se verifique la farsa esta noche? 

— Los coloniales se niegan á hacerme el anticipo: 
diden que somos unos charlatanes saca- dineros, y aña- 
den que si les gasta la comedia, nos pagarán luego la 
qué í^ea de razón. 

— ¡Sid una crueldad! 



PEDRO DE ALVAIUDO *'^ 



— {Una infamia! 

-^¡Una felonía I 

— Yo, — repaso Alcocer,— le» he manifestado con 
rostro compongido, nnoatra precaria situación dición- 
doles: , > 

^~Pero Tean vaesasmercedes ¡oh! ilustres señores 
mios, que no podremos representar, si el estómago per- 
siste en sus quejas. 

— ¿Y ellos qué han objetado? 

— Por los labios de cierta duquesa remilgada hánme 
dicho: Bieno, comerán sus señorías después que hayan 
cenado loi^ criados; estos escuderos son gente sobria j 
aaelen dejar bastantes restos en los platos. 

— ¡Comer las sobras de los rufianes! 

— ¡De los felones! 

— ¡De los lacajes! 

— No os indignéis, amigos, no os indignéis. Feliz- 
mente sojr hombre de ingenio, y no acostumbro á re^ 
nunciar á la venganza. ¡Mirad! 

Alcocer sentóse en tierra 7 desató un gran pañue- 
lo rojo, que venia ligado por sus puntas. 

— ¿Veis?— exclamó levantando en alto dos gruesas 
marañas de cabello? 

— ¡Jesucristo, si son dos pelucas! 

— fista, es la de la duquesa que osó injuriar á Talia; 
estotra la de su consorte. 

— ¡Qaó lindos van á presentarse á sus compañeros, 
cuando muestren sus calvas tan limpias como la ro- 
dilla! 

— ¡Es chistoso el hurto! 



^^ PBDEO DB AX.VA&ADO 



— Pues fijaos, contemplad esta sábana qne drcuoda 
este gorro. 

— ¡Válgame Dios! ¿Qaó traéis aqoí? — El turbante del 
principe torco; bonito vá á estar mostrando su cráneo, 
semejante á camuesa mal mondada. 

— ¿Y estos huesos engarzadod en oro, qué son? Los 
dientes ágenos, propiedad del regidor Zorrilla. 

— ^Amigo Alcocer, me parece que de esta hecha, no 
os escapáis de visitar las corceles del Reino. 

—-Suceda lo que quiera; allí me darán de comer. 

— Tomad, tomad á peso estas bolsas forradas de ra- 
f9«. ¿Habrá chirriona? Son los pechos postizos de Miss 
Marj^ el aya del conde de la Oliva. ¡Qué vieja tan sin 
pudor! 

— Continúe el inventario. 

— Ojo del licenciado Rubillos, oidor de la oha&ci- 
Ueria de Valladolid. Hidalgo de gotera, que dice, j no 
se engaña, que tiene siempre fija la vista en Temis. 

— ¿Un chapin? 

— E( del ama de la host^ía; pertenece al pió dere- 
cho de la Q jintañona, porque el izquierdo lo suple con 
UDa pierna de palo. 

— B^eta, no saquéis más, señor Alcocer; sobrada 
venganza lanzáis á los veraniegos. 

— Y la que es más gorda aún, ú aceptáis jni plan. 

— Disponed cuanto os plazca y os serviremos gustosos. 

— ¿Os acordáis de Maricuela? 

— ¿Vuestra concubina? 

— ¡Mi esposa, á título de subsiguiente matrimonio! 

— ¡ Vaya en gracia! Vuestra consorte» 



PEDRO DB ALVA.RADO ^^^ 



— La lavandera del palaoio. donde 8e hospeda la co- 
lonia: es chica que me' quiere mocho, y que revela gran 
d^ñ aptitudes para el histrionismo« 

— Pues que se venga con nosotros. 

— ^Ta lo oreo que se vendrá; como que le he dicho 
<}ue nos espere al anochecer, junto al molino dé las cru- 
ces en las afueras del pueblo. 

— ¿Qué? ¿Vamos á emprender alguna excursión? 

— Vos lo habéis dicho, señor Tendillas. Opino (|ue 
iioy mismo parta -nos para B^nasque, pueblo del alto 
ArAgron, distanta tres h#ras de aquí. 

— ¿Hoy mismo decís? 

— Estamos á los veintinueve dias de Junio y maña- 
na treinta, celebra aquel pueblo la fiesta en hon^ r de 
6n patrón el beato San Marcial. 
- — ¡Y allí podremos dar tma farsa! 

— ¡Y lucir nuestras dotes! 

— ¡Y ganar mucho dinero! 

— Eso, eso es lo más importante. Por el pronto, no 
«oharemos de ménoB la falta de damas. 

— Aquellas viles que venian con nosotros, se huyeron 
€n Frsncia con varios caballeros de industria. 

— Pero alguna de Jas mozas de Ben&sque se prestará 
'Oon gn^to á ayniarnos en el desempeño de la comedia. 

— ¡Ta, ta, ta! ¡Pues no habéis dicho nada! — excla- 
mó Ortiz. — Lo que más le agrada á la gente de las al > 
deas, es representar entremeses. 

—Y aparte de todo, — replicó Alcocrr, — ¿no va, se • 
ñores, Maricuela, en nuestra compañía? 

—Es (áerto. 

TOVO II 60 



"^^^ PEDRO DB ALYAltÁDO 



— ¡La gran histrionisa.de España! 

— Y la más amante de todas* A ella le debo, á ella 
solamente, la consecacion de caantos trebejos, propie- 
dad de los ooloniales, han venido conmigo. 

— Ella es, pues, el brazo de yaestra justicia. 

— ¡Mujer admirable! Aprovechando la bora de sies- 
ta de los veraniegos; ha entrado á sus ca^rtos, cuando 
éstos dormían, cen el pretexto de recojer la ropa 
sucia. 

— ¿Y entonces? 

— Entonces, ha despojado de sus prendas más indis 
pensables á los bribones, represen tad^is aquellas por la» 
dos pelucas de los duques, el turbante del turco, lo» 
dientes del oidor, et sitet ccsteris. 

— ¡Bravo! ¡Soberbio! ¡Incomparable! Solo me temo- 
una cosa, — exclamó golpeándose el tórax coa sus afi- 
lados dedos, Ortiz, 

— ¿Cuál es ella, hermano? 

— Que en vista de la desaparición de Maricuela, le 
achaquen, como es lógico, el hurto, y la emprenda la 
justicia en su persecución. 

— Nada hay que temer, ¡vive Cristo! Mi adorada se 
decide á abrazar el arte dramático, 7 á seguimos do- 
qniara que la llevemos, 7 como ha de adoptar el nom- 
bre de lucha... 

—Calla, pues es cierto. Opino porque la llámeme» 
Rosicler. 

— Amancia, es mejor. 

—¿Y Dorotea? 

— No se molesten usarcedes, porque ja está elasim-*^ 



PEDRO DE ALYARADO 



475 



to resoelto. Marícuela, se apellidará desde hoy Ama- 

— jQaó me gasta el apodo! 

—¡Y á mil 

— ¡Y á este cura! 

— Paes siendo este el asunto más importante qne 
pensaba someter á vaestra deliberación, arreglado ya^ 
08 propongo que emprendamos la marcha. 

— Sí, sí, noíóa que nos atrapen. 

— Sobre todo amigos, hay que tener presente que 
los veraniegos esperan que haja comedia esta tarde, 
para obsequiar á un recien llegado. 

— ¿A. un nuevo huásped? 

— Sobrino del duqoe de Nemours: buen chasco van 
á llevarse los pelones. 

— Todo dispuesto y huyeron los pájaros. 

— Llevándose las pelucas. 

— Y el chapín. 

— Y el ojo. 

— Y los dientes. 

— ¡No vi jamás cosa más chistosa! — exclamó Ten- 
dulas desternillándose de gozo. 

— ¡Que jueguen, que jueguen cdn los histriones! 

— Y que los prostituyan invitándoles á comer lo que 
dejan los criados. 

— Con nuestra faga quedan burlados ¡voto á bríos! 

-^Contentóse pondrá el de Nemours cuandü vea el 
engaño de que ha sido víctima. 

-^No perdamos^ co nerdamoA un fitomento, ¿seftcr 
Órtiz, tenéis hecho el equipaje! 



^^^ PKDRO DE ÁLVáRADO 

— Soy hombre preyenido; he aquí el hato. CoMiene 
dos dagas: ana sin fanda j otra con ella; el bote de 1^ 
pólvora, para la magia... 

— Y una camisa limpia para el primero que necesite 
mudarse, y unas medias de lana para curar las frieras 
dol señor Alcocer. 

— ¿Vos señor Olotaldo, lleváis también en el equi- 
paje vuestras prendas? 

— Si| amigo, el moquero sucio, esta es toda mi pro- 
piedad. 

— Pues á conquistar la gloria, compañeros, en el se- 
no mismo de la Patria. 

— Nada tan hermoso como este nombre. 
Ortiz cogió el bato que constituia el equipaje de 
los histriones, y volviéndose á Alcocer^ repuso: 

— Podemos marchar cuando gustéis. 

— Esperad, colega, — repulso el interpelado abriendo 
mucho las piernas, y quedándose en dramática ac- 
titud. — Yoy á dirigir mi último saludo á nuestra 
casa. 

— ¡Adiós, templo de la sabiduría y el ingenio; no al- 
bergues en ocasión alguna á gitanos y á rufianes; que 
si tal viese Apolo, te reduciría á cenizas mandándote 
su rayo vengador! 

— Nuestra permanencia aquí ha santifloado tus mu- 
ros; ha purificado tu ambiente. 

— ¿Qüó te dimos? Grandeza, desinterés, virtud. ¿Qué 
te dejamos? Lvs dioses nos darán la respuesta. 

En esto, cruzó la cueva de un lado á otro una enor- 
me rata. 



PEDRO DE ALY ARADO 



477 



— Dejadme ¡vive Dios! — exclamó Ortiz tomando un 
guijarro. — Voy á castigar su osadía. 

— No ¡pardiezl hoy es dia de indulto; que viva ese 
animal lamentando nuestra ausencia. ¡A^diosI 

Y esto diciendo, salió Alcocer seguido de todos los 
histriones para ir en* busca de Amarilis qae ya los es- 
peraba impaciente. 



CAPÍTULO XLVII 



Bl h&bito no hace al mo^Je. 



— Las diez déla mañana serian próximament?, — 
cortinnó diciendo Pelaez. 

— Alcocer, Tendílla?, Ortiz, Maricuela y yo, ha • 
biamos hecho un viaje veriade raméate penoso. 

— Para dirigirse á Benasqae desde Bagneres, era 
preciso ganar las altas montañas del Pirineo. 

Y ya en la cima de estas, descender en opaesto 
sentido, hasta encontrar la localidad enunciada. 

Benasqae ha sido en tolas las épocas de nuestra 
historia, un pueblo noble y aristocrático, valeroso y 
leal. 

Sus hijos se han distinguido marcadamente, por su 
amor á las tradiciones que enaltecon las altas conquis- 
tes de la patria. 

Las familias que de dicho pueblo se originar, son 



PBDRO DK JkJLVÉMMBO ^^ 



fiMiMé de seldota oaütaM 7 de hidalg<Ki 7 levantados 
eenfimientos. 

Si algo qaeda en naesira España qae representar 
pueda el prototipo de nuestro carácter caballeroso, 
existe en el honrado pueblo del Alto Aragón. 

TjOs histriones aoudiatnos á ól por vez primera. 

Alcocer, que se pasaba el tiempo formulando esta- 
diatícar de los lugares 7 aldeas más aficionados á ren^ 
dir culto á Melpómene, colocó á Banas^ve en el pri- 
mer lugar. iPoT qnáS 

Habia corrido el histrión toda España, 7 sabia por 
oenfidencia de un su amigo, que cuantos comediantes 
llegaban á aquella localidad, eran regiamente recibidos 
7 agasftjados con toda suerte de tributos. 

Alcocer pensó, pues^ en aprovechar el periedo de 
fiesta á que Benasque se consagraba, para dar allí unas 
cuantas funciones, con CU70 producto nos reintegrára- 
mos de las pérdidas experimentada en el extranjero. 

Su propósito cifrábase tan solamente en colocar á 
la puerta del corral ó teatro, una gran batea sobre una 
mesa situada» para quo depositase en ella cada uno de^ 
los espectadores, la suma que faese de su agrado. 

Esta muestra de liberalidad 7 desinterés, podria 
sernos en su opinión mu7 útiL 

Siempre se han distinguido los aragoneses par su 
generosidad. Jamás han permitido al forastdro que 
castigue sa bolsa, de tal modo qae no h^Ue li coupen- 
sacion del obsequio. 

Si á la mesa del aragonés ajude un ex^ra^o, ha do 
participar de ella sin excusa. 



480 



PEDRO DK ALVAKADO 



Hó aquí por qué, dándonos Instre los bfetñoiiMi 
<\e pródigos y liberales, habríamos de saoar, en sentir 
de Alcooer, macho más partido qae cediendo á las su* 
¡gestiones de menguada j pecaminosa codicia. 

Las diez j algo más de la mañana^ según lleva - 
mes dicho serianí cuando penetramos en B^nasque. 

El tañido incesante 7 bultidoeo de ks campanas 
de la parroquia del pueblo, anunciaba consu'idegre 
socar la fiesta. 

Por todas partes, veíanse cruzar llenos de júbilo á 
les benasqueses. 

Ellas, las mozas, mostrábanse vestidas de sus má% 
ricas galas. 

Ellos, los jóvenes, encaminábanse á la Iglesia en* 
tonando sentidas coplas, en jos acentos eran interrum • 
pidos por los gangosos ecos de la dulzaina. 

Detuvímonos muy cerca del templo los histriones^ 

para admirar aquel ir y venir de las gentes, y no pa^ 

dimos evitar que todos cuantos desfilaban ante nuestraa 

personas, se Nevaran la mano al rostro á fia de ocal- 

,iar una sonrisa. 

Tan remendados, rcidos y sucios hallábanse nues- 
tros trajes, que los benasqueses no podian reprimir su 
hilaridad ai contemplarlos. 

Los histriones fingiamos no parar la atención en 
semejante cosa, alentados par la esperanza de sacar el 
jugo á los del pueblo. 

lomenso número de vennrs habia ya penetrado 
en la iglesia, cuando uo potrj aragonés, que frisAria 
en lo^i sesenta años, detávose ante nosotros. 



MD&O DE ALTAftADO ^^^ 



Veiiia tátt derrxitado, maltrecho y 8Ín aliño , que 
cansaba láfitima verle, 

Negro jaboDy bordado de remiendas de todos colo- 
rts, cubría fiu euerpo* 

Los muslos del itaendigOi Ae albergaban en unos 
gregttescoB grises, tan hinohadcs y redondos, que más 
parecían globos de oarton, que otra cqsa. 

El resto de las piernas de aquel infeliz, semejaba 
z%nca de avestruz por lo delgado; y acentuaba más es- 
te pareeido, el color dé sus calzones de punto, si dora- 
do un tiempo, amarillo y pálido á la sazón. 

Bronceada capa pendía de los hombres del indigen- 
te, y era esta de paño tan lustroso, que parecía untada 
de sebo. Manteo de larga historia debió ser aquel. 

Sin duda fué testigo de luminosas disertaciones en 
las aulas de la escolástica ; 6 tal vez cfompañer o inse- 
parable de clérigo avaricioso, que no quiso deshacer- 
se de la prenda por afecto, hasta obtener la mitra, des- 
pués de cuarenta años de ejercicio. 

Resguardaba el mendigo su cráneo en elevado bir- 
rete de negro terciopelo, y el rostro de aquel nada de 
particular ofrecía, sino fuese una tremenda cicatriz 
que surcaba su Trente. 

Luenga y enmarañada barba, blanquinosa cH)mo el 
puntiagudo bigote, pretendía en vano disimular la de- 
macración, estampada en el rostro del desconocido. 

Gomo se dijo anteriormente, cuando el menestero- 
so tics vid tan | maltrechos, quedóse parado, lanzónos 
una mirada compasiva, y dfejando á un lado esciúpu- 
les, avaozó hasta^rosotrcs, exclamando: 

TOMO J 61 



^^ VXDBJO QB AiLVABiAJ» 



— ¡A.yl H9r manos, qv^éM^mpQ tm precioso pierden 
vinienlo aquí. 

— ¿Cómo?— respandímode á ana. 

— Compañeros, el oficio está perdido. 

— ¿Qué es lo que dioe^ este hombre? 

— Digo, qae no hay quien dó un real á tákilo de li- 
mosna, 7 como todois^ somos del arte.«. 

— ¡Villano! Ved como habláis, — gritó Tendülas en 
actitud amenazadora. 

—Hablo como debo, ¿no son^usarcedes, pobfes de 
solemLidad? 

— ¡Somos histriones! 

— ¿Histriones? 

— ^^Ya veis si hay diferencia. 

—Ciertamente que si; pero como el hábito... 

— El hábito no hace al monje; ¿habéis olvidado el 
refrán? 

— Nunca, á. fó mia, lo olvidaré; porque yo estoy 
comprendido de lleno en el mismo. Figúrense usarce- 
des, que mi padre era uo rico polvorista de Málaga, 
tan acreditado, que jamás hubo boda de princesa, en 
que no se quemasen sus torres góticas, sqs feudales 
castillos, y sus fuentes arábigas. 

— ¿Era cohetero? 

— El más hábil de España; paro ¡ay! un dia, esta- 
ba cerca de la lumbre, haciendo árboles de combusti - 
ble, no tuvo precaución, saltó una chispa, incendió la 
pólvora y dejó á mi padre completamente ciego. 

— ¡Válgame S.nta Lucí.! 

—Yo que amaba al pobre viejo con locara, Uevélo 




PtDItO DB ALVARADO ^^ 

á l68 más acreditados quir&rgicos. Opinaban nno^ qne 
p(Hlria recobrar la 7ist^; mantenían otros la contra 
ría, y en esta di tersidad de opiniones, yendo aqni, 
marchando acullá, gastamos todo cnanto teníamos. Al 
cabo de algnn tiempo murió mi padre, 7. yo quédeme 
á la limosna como veis. 

'**-jPero usarcé no sabia también el cñcio de su pro- 
genitor? 

—Ya lo creo; sí hubiege trabajo, otra seria mi 
aaerte. 

Alcocer avanzó hasta el pobre, y con aire de su- 
ma vanidad, repuso: 

— Habéis dicho que carecéis de trabajor pues bien, 
yo sé quien puede proporcionárosle, si no soi^. exi- 
géiíte en las condiciones. 

— ¡Exigentel A cambio de que me dieran de comer, 
ofréceriales yo primores. 

— Pues no hay más que hablar; tendréis comida 
ahondante, y la parte que os corresponda en las ga- 
nancias que obtengamos. 

— ¿Vais á trabajar en este pueblo? 

—Sí, como el regidor nos dé su permiso. Desempe 
ñareaaos la farsa intitulada el Dmrfcm de las siete uñasj 
ó los amores de la princesa diabólica. 

— ¡Hermoso título I 

— Gracias, hermaop... 

— R fael; tal es mi nombre. 

— Faesbien, amigo Rafae!, en esa farsa compuesta 
por m^í, eutr^i la pólvora á desemp ^A^r ua gran papjl. 
Ya í>8 explicaré el argumento de la cjmedu. 



^* RSDRO I}£ ALVAEABO 



. — Desde ahora me asocio á yaesasmercades; acepta 
el papel qae en la compañía me asigoan, j les invito 
á()isf rutar en el campo próximo, de lo único que trai- 
go/ en el zarrón, 

— *¿Qaá es ello?— preguntó Tendillas, abriendo mu- 
cho los CJOfif. 

— Un pedazo de queso, una calabaza con vino, j jut 
pan que he recogido de limosna. 

— ¿Y os vais á privar de estas cosas? No lo coipen* 
tiró jamás. 

—Ni ye. 

—Ni mi persona. 

— Ni esta mujer. 

—Ni Ciotaldo. 

— Vaya, amigos, déjense de cumplimientos, que yo 
lea hago la oferta con toda einceridad» 

— Siendo asi... Mas os advierto, que yo no tengo^ 
apetito, — exclamó Alcocer. 

— Ni nosotros tampoco, — añadimos los demás, apa • 
rentando indiferencia. 

— La mañana convida al esparcimiento, — reputa 
Rafael. — Vamonos bajo uno de aquellos árboles qua 
desde aquí se divisan; y mientras la procesión recor-* 
re el pueblo, almorcemos nosotros, que tiempo ha- 
brá de verla cuando regrese. 

— VamoF, pues, 
fimpreaaimos la marcha, y poco después, nos ha - 
liábamos los seis, almorzando sobre robusto tronco^ 
No pudo monos dq admirarme la delisiosa perspec- 
tiva qae ofraciau las montañas desde a^uei lugar. 



PBimO DB AI-V^RADO ^^ 



Todas ellas aparecían cuajadas de preciosas flores 
«Ivestres, 

La fresa y el chordon, (1) veíanse allí en la majór 
abandancia. 

Ante aquel cuadro lleno de atractivos, no pude me- 
nos de pregnütar al hermano Rafael: 

— Decidme, compañero, gestan siempre como ahora 
-esas encantadoras montañas? 

— ¡Ojalá fae«e así, señor Olotaldo! Pero desdicha- 
damente su vestidura actual, es no más que traje de 
primavera. 

— jDe suerte que en el invierno? 

^— Cada una de esas flores que veis, es un copo de 
meve; las montañas semejan blanca sábana, que al 
sentir el pié del viajero, suelen lanzarlo al abismo. 

— ¡Oáspita! 

— Si, señor Clotaldo, sí. No podéis suponer hasta 
^ué puntb es peligroso el atravesar la cordillera en la 
•época de los hielos. 

-¡-¿Tanto, amigo mió? 

— Como que los que vienen de Francia en dirección 
A B^n3fiqu6, no tienen otro remedio, si han de atrave- 
sar la cordillera, que tenderse á lo largo sobre la nie- 
ve j deslizar su cuerpo por ella, hasta tecar la falda 
del monta. 

— jPor Dios vivo! me parece que yo seria capaz de 
descender por el monte á pié firme. 



(1) Fruta del país análoga á la frambuesa, con la cual se fabrica 
tin líquido dulce y delicioso al paladar. 



^^ Plpmo DE ALYAIUQO 



. -^¡Desgraciada de vuestra persona, si tal intenta- 
seis! Debo advertiros que machos extranjergs^ impul- 
sados por inexplicable temeridad, han querido hacer 
lo propio. 

-sYbien? . 

— Han sido victimas de caidas terribles qne ]es han 
causado la muerte. 

— ¡Líbreme el cielo de persistir en mi opiniohl, ., 

— Señor Olotaldo, vos no sabéis lo que son los Pi- 
rineos. El puerto estrecbidimo de Benasqne, suele cas • 
tigar con inesperadas lecciones, hasta á aquellos que 
están con ól familiarizados. 

—Gracias al Señor Misericordioso, hemos cruzada 
las montañas sin contratiempo. 

— ¿Y es habrán prevenido los de B agüeres, que al 
pasar la cordillera no levantaseis la vez? 

— Sí, amigo mio^ para evitar que las lüarradas qua 
llaman aqni, ó témpanos de hielo, que decimos nos- 
otros, so se desprendiesen con la ic fluencia del soni- 
do, y arrastrasen nuestros cuerpos violentamente. 

—Por eso mismo, es por lo que se prescribe á loa 
caminantes, que guarden silencio absoluto al atravesar 
ese sitio. 

. — Al la verdal, señores, — 3xclamó Alcocer, — que 
no ñaj gente que arriesgue tanto la vida, cooio loa 
cómicos para ganarse uq mal pedazo de pan. 

— ¡Ejemplo vivo de ello, somos nosotros! Y ahora 
que todos formamos una misma familia, os diré sin es • 
crúpulos, amigo Rafael, que cuando me invitasteis á. 
almorzar, tenia jo un hambre canina. 



PEDRO DK AJLYAIULDO ^'^ 



—Y yo lo mismo, — exclamó Ortíz. 

— Pues no dejábamos de copiaros, — repusimos su- 
cesivamente Tendillas, Maricnela y yo. 

— jVeis? — replicó Rafael con rostro alegre. — Paes 
si no habieseis aceptado mi leal invitación, ni fuerzas 
tendríais para preBentaros á los regidores. 

— Es cierto, hermano ,-eg- cierto. 

— Ahora que hemos llenado el estómago, podemos 
obrar con más cordura. 

— ¡Tripas llevan piernas! Es indudable, — repuso 
Alcocer, — ipero> qué jioíi e^a^ luQ^^ qije diviso á lo 
lejos? 

— La procesión que regresa á la parroquia. 

— ¿Y es digna de verse? 

— Nada de particular presenta, sino son los zapatos 
de ofo con que los bdoa^qneses calzan el pié del beato 
JMLaroial. Dejemos, pues, si os parece, que la procesión 
se disuelva, y luego nos encaminaremos á la plaza don- 
de ha detener lugar la fiesta de los sacos. 

Todos los comensales aprobamos por unanimidad 
la pr<>pu6eíta del anfitrión, y esperamos el momento 
oportono de que el pueblo se hallase reunido en la 
plaza. 



CAPÍTULO XLVIII 



Los proparatlTOC de 1% farsa. 



Goando terminada la ceremonia religiosa pudimos 
advertir qne la gente, atropada , encaminábase á la plaza 
del pueblo, seguimos á aquella los histriones* 

Ya en el lugar aludido, confandimonos en la gran 
masa de los asistentes. 

Espectáculo singular 7 verdaderamente alegre ofre- 
cía aquel sitio. 

Carros llenos de aragoneses por una parte; tabla- 
dos ó improvisadas j toscas tribunas por otra; aquí, el 
gaitero rodeado de chicos; acullá, el grupo de mozos de 
ambos sexos que baila hasta más no poder. Sobre un 
tablón, los regidores, con el alcalde á la cabeza, j en- 
medio del circo, la voz aguardentosa del pregonero, 
que exclama: 

— ¡Ténganse allá; que vana salir los d elos sacos! 



PKDSLO DE ALYUUDO ^^ 



Decir esto el animoiante oficial j qaedar la plaza 
completamente libre de gente, fué obra de on mo* 
mecto. 

Cada coal dirijióse á sa localidad respectiva. 

El eco agudo del clarín dio la señal de aviso. 

Seis aragoneses de buena estatura, aparecieron en 
la p'aza. 

Traian los ojos con vendas, j de medio cuerpo aba- 
jo, venian metidos en sendos talegos. 

¿Qué ejercicio iban á desempeñar? 

Ooloo^ronloaen ñla á loa seis, j quedaron como 
•estatuas. 

El clarin volvió á sonar con más fuerza. 

Entonces salieron aquellos hombres dando saltos 
«nmedio de espantoso vocerío. 

Una buena distancia debian caminar asi, hasta dar 
•con el punto de arribo. 

Y como los seis se disputaban el premio con ahin- 
<^0f era de ver el número incalculable de caidas, golpes 
j porrazos, que hubieron de sufrir en su carrera. 

Naturalmente, los sacos en que los aragonés tenian 
encerradas íus piernas, eran obstáculo más que insu- 
perable, á tal efecto. 

Quién, de aquellos gimnásticos, caia sobre uno de 
nus compañeros; quién, ja en tierra, arrastrábase co • 
mo reptil, á ñu de recobrar su primitiva posición, co- 
locándose en pié derecho. En una de estBfi evolucio - 
nes, el iñás bajo de todos, di6 tres ó cuatro saltos enor- 
mes, y tocó la cuerda pueita horizontalmante para se- 
üal^r el punto de arribo- 

TOMO I *'2 



490 



PEDUO DE JkLTARADO 



— ¡Pascualet, ha ganado! — afrelamó el alcalde oqd 
acento medio francés j medio catalán. — ¡Snyo es el 
premio!— añadió. 

— ¿Quies apostate? — exclamó lleno de énridía nno de 
sus competidores qae era de la Almunia, — ¿á qué na 
•traes el chico en bra;:os desde una legua de aquí? 

— 4Quión es el chico? — preguntó el regidor. 

— ¡Otra, qué diantre, seor alcalde! ¿pus quién ha de 
Fer? ¡El burro! 

En esto vi con asombro, que Alcocer y Tendilias^ 
encamináronse al centro de la plaza, entonando estoa 
versos con toda la fuerza de sus pulmones: 



ALCOCER 


¿Quién eres? 


Tendillas. 


El soberano 




De más poder y más brío. 


Alcocer. 


Aparta Luzbel impío 




Que te responde un cristiano. 


Tenüillas. 


¡Ese nombre! 


Alcocer. 


¡Voto á briofil 




No te agrada, ya lo sé; 




Más te juro por mi fé 




Que mientras me ayude Dios, 




He de pedirle de hinojos 




Para su honor y tu mengua. 




Que se te seque la lengua 




Y se te cierren los ojos. 


Tendillas. 


] Cobarde! 


Alcooer 


¡Sella tu labio! 




Viene en mi auxilio la luz; 


^ 


¡Besa si puedes la cruz 




Y asi obrarás como sabio! 



--Tendillas cajó en tierra súbitamente. 



^raD&e líE AhyéSbMO 



4Ȓ 



Akoc6r hisicóse da rodillas^ 'dioiende: - / - 

- jMurió! ¡Bendito el poder ~ 

Que alcanza en su eterna gloria. 

Aniquilar Ja memoria 
' -Del infanie Lucifer! 

--jVítorl ¡Vítor!— gritó el pueblo %n naaaa. 

— ¡Son bistrionesl 

— ¡Son comediantes! 

-^¡Deteneo^ ahí, que ahora bajamos!— *ex3lainó el 
«V^de dirigiéndose & Tendillas j á Aleooer* 

Los dos amigos eruzáronse de brazos, el pueblo 
formó circalo en tomo-sayo. 

, Pooo después^ comparecieron los regidores ante loa 
artvBtas. 

— Huólgome mucho, — repuso el alcalde,— de que 
¿as oportunamente bajan venido vuestras señorías. 

— ¡Nostramo!... 

-r^IiO tínico que nos faltaba para que fuese completa 
la fiesta de San Marcial, era un poquito de comedia. 

— Tendránla vueaasmercedes muj interesante, si para 
representar nos autoriza vuestra ilustrísima. 

— Desde luego tenéis mi permiso; ¿coma se llama la 
comedia que vais á hacer? 

— Intitúlase El Bragon de las siete uñas^ ó los ama 
res de la Princesa diabólica. 

— ¡Diantrel Me gusta el mote de la farsa. ¿Hay 
pólvora? 

—Ya lo creo; el hermano Rafael, á quien tengo el 
honor de presentaros, es el pirotécnico. 



"^^ PEDRO DE AXTARADO 



—¡Vaya en gracial^-^oontestó el alcalde. — ¿Oaánto 
tiempo Decesitan asirías para los eD9a)ros? 

— Señor regidor, nosotros noteDémos precisión de 
ensayar. 

— ¿Traen vaesasmercedes ios papeles aprendidos? 

— Perfectamente; la señora amarilis y mis cofrades 
Ortiz, Tendilias, Olotaldo de Riquelme y el polvorista 
Rafael, saben al pié de la letra sa obligación. 

— Qüó me place. 

— En cuanto á mi persona, — repaso Alcocer, — nada 
debo decir, porqae como aator de la farsa, parecería 
elogio cualqoier frase qae emitiera. 

— ¡Mcdecto sois en demasía! 

^Gracias mil, señor alcalde; vaestra califloacion, es 
el tituló más valioso que pudiera yo alcanzar en mi 
carrera artística. 

— ¡Qué muchacho más sabio! — contestó el regidor 
sonriendo. 

— jDe snerte,— preguntó Alcocer, — ^que no hay obs- 
táculos para que la comedia se efectúe? 

— {Ninguno, caramba! La comedia se yeríflcará 
cuando usarcedes lo dispongan. 

— Pues esta tarde si gustáis. 

— ¡Magnífico! Esta misma tarde saldremos todos á 
la palestra. Ahora, señor regidor, he de merecer de 
vuestra corteíanía, me señaléis el local que hemos de 
convertir provisionalmente en teatro. 

— ¿El lócala Caballeros, ¿cuál os parece el más apro^ 
pósito? 

Uqo de los regidores exclamó con gran seriedad: 



PSPRO DK ALVA&ADO 



403 



— Pues el corralón de la tía Maütoaa. 
— ¡Soberbio! No hay en el pneblo otro más grande 
ni mÁM ventilado que este. ¡Hola! Señor pregonero; 
recorred las callea y anonciad á todos que dentro de 
tres horasi habrá espectácalo en el corral de la tía Me- 
litona. 

— Una palabra, señor alcalde. 
— ¿Qaé deseáis? 

—Pediros dos pequeños favores, 
— Vengan. 

—Primero, que como somos pobres, nos permitáis 
poner á la puerta del l^eatro una bátea^ para que cada 
cual deposite allí la cantidad que guste. 
— Goncedicio. 

— Segundo, que invitéis á dos mozas del pueblo para 
que hagan el papel de damas. 
. -^¿Tienen mopbo que hablar? 
— Itres palabras tan solo. 

— Pues entonces mi hija Luda y mi sobrina Doro- 
tea, saldrán al corral vestidas de comediantas. 

Todas las mozas del pueblo mostraron su disgusto 
ante aquella disposioion, exclamando: 
— ¡Claro, como es sa familia! 
— I Y tienen parameños! 
— ¡Y son tan remilgadas! 
—¡Y tan pizpiretas! 
— ¡Y tan marisabidas! 

— Silencio, ¡vive Cristo! 6 mando á la cárcel á to- 
das las pelonas de la cristiandad, — gritó el alcalde 
golpeando el suelo con su vara. 



&4 



PSttflO DE ALVARADO 



Alcocer, ganoto dé llevar la calma á las desoon- 
tentav, dijóles; 

-^Setén maestras p^rscinas tranquilas; pues como' 
pensamos permanecer algún tiempo en Benasque, para' 
tedas habrá pap^l en las farsas que desempeñemos. 

-^¡Yo haré de reina! 

-—¡Yo de diabla! 

— ¡Esta de mora! 

— ¡Y JO de peste! — exclamé el regidor, —Í ver si 
concluyo con todas las del pueblo. Id, maese Alcocer, 
á preparar el teatro, y no paréis la atención en los ca- 
prichos de estas deslengoadas. , 

— Si haré, señor ilustrisimo. 

— Vos, Ramonet, acompjíñad á e.*tos caballeros his- 
triones al corralón de la tia Melitona, j que les faci- 
lite Jo necesario para su empresa. 

— Está bi n, señor alcalde, — repuso Alcocer, — Va- 
monos; pero antes permitidme que bese con la mayor 
reverencia vuestras manos. 

El eiil accedió á la sáplica del comediante, no sin 
exclamar henchido de orgatlo: 

— Repito que efete mozo es una verdadera joya. 
Los histriones, precedidos de Rimoftet, y acom- 
pañados de las mezas Lucí 4 y Dorotea, eu3amináronBe 
al corral de la tia M^litona para ccnvertirlo en tea- 
tro. 

No tardaron mucho en llegar, y ya en la puerta 
de la mansión de la viej**, ésta stliólai ai encuentrOi 
y óijol s: 

— Queridos, lo só toij: el sefijr a'.ojtUe hadispuas- 



PBDRO DE ALVABADO ^^ 



to de mi casa p ira que en dlla se efectúe la comedia, 
j ha hecho maj Meo. 

— ¿Gtüstais áe\ arte, do|ia Melitona?-;-pregiintó Ten- 
dillas á la viejia. 

— ¡OL! amigo mió; tanto me agrada, que cambiaría 
por él las* mayores diversiones qne se me ofreciesen « 

— Pues entonces os ángaro que habréis de gozar 
extraordinariamente, con la farsa que pensamos ofre- 
ceros. 

T-iCómo se apellida? 

— El Dragón de las siete ttñas^ ó i&s amores de la 
jpríncesa diabólica. 
. —Título interesante en yerda-l. 

— Ya lo creo; si conocieseis el argumento, os pare- 
cería la obra mucho más importante. 

— ¡A.y! Decidme algo sobre la fábula. 

— No quiero; porque después encontraríais lánguida 
la comedia. 

-r¡Vaya por Dicsl Pero no creo que tergais inccn- 
Tf^niente ^n notificarme en qué época se desarrolla 
vuestra producción dramática. Yo he leido mucho, y 
me es fibsolut mente familiar la historia. 

. — Q le nos place, — exclamó Alcocer. — Pues, señora 
Melitoaa, satisfaciendo vuestra discreta curiosidad, os 
diré que la escena de la farsa tiene lugar en tiempD de 
Ncrtn. 

— ¡Xeron! ¿Uno qne fué tesorero en las Inlias? 

— ¡Bj^cándao inau i o de Us aulas espaaolas! Se- 
ñora nuestrat sabed qa3 Nerón no fué nuaca tesorero 
de n^di^. 



^^ peduo de altakado 

— Entonces seria clérigo* 

— ¡Válame Nuestra Señora del- Socorro! Estáis cá- 
metieodo la ma^or de las impiedades. Señora Melito- 
na, Nerón Lé un personaje de la antigüedad que cor^ 
metió los más horrendos ci imenes* 

— ¡Lástima que no hubiese sido presbítero! 

—¿Por qué razón? 

— ^Porque hubiera yo facilitado á yuesa^mercedes uü 
gran traje para representar la comedia. 

— ¿Un gran traje decís, señora Melitona? 

— ^Si, amigos mios: la sotana que poseo dé mi mata- 
grado sobrino el sacristán de Benasque. 

— ¡Venga! A pesar de todas las históricas aberracio- 
nes, nos servirá para imitar la túnica de los romanos» 

— Gran idea: también puedo facilitar á usarcedea 
una gran peluca. 

— Esta para el diablo. 

— Y unos zuecos. 

— Para el bobo que ha de explicar el argumento. 

— Armas no faltarán: ahí están la pala y el azadoik 
de mi nieto Pepico. 

— ¡Soberbio! 

— Y decidnos. ¿Disponéis de alguna escalera para 
el descenso del arcángel San Gabriel, que ha de venir 
á coronar á los virtuosos? 

— Lá del granero es hermosa: no hace quince días 
que la estrenamos. 

— Pues no habernos necesidad de más. 

— Nada, amigos mies, que no se escassen los medio» 
indispensables al mejor éxito de la obra. 



PEDRO DK ALYABADO ^**^ 



— Con les elementos enunciados^ saldrá completa j 
exacta. 

— Si algo más requiriese vuestro anhelo, ahí están 
mis enaguas nuevas, mi jubón de acristianar y mi 
manto de Tarifa. 

— Quedará el auto á pedir de boca. 

— A eso aspiro; por lo demás sólo resta que sus se- 
ñorías pasen á conocer el terreno que habrán de con- 
vertir en cerral. 

—^ Vamos allá, ilustre protectora de Talla. 
La señora Melitona emprendió la marcha, y los 
histriones siguiéronla, no sin mostrar en sus rostros 
el profundo placer de que se hallaban poseídos. 



rcwf^ I) ^ 



CAPÍTULO XLIX 



Bl dragón de las siete aHac 



Las cuatro de la tarde serian próximamente* 

Los vecinos de Benasque, hallibanse congregados 
en la plaza. 

Unánime alegria j animación, reinaba en aquel 
sitio. 

L'^s mozas, vestidas con sus trajes de fiesta, danza 
bdn con los mozos hasta saciarse. 

Algunos aragoneses, repetían la peligrosa carrera 
de los s&cos. 

Otros, jugaban á la barra haciendo verdaderos 
prodigios de fuerza. 

Di pronto, y cuan lo los benis^ueses estaban mfs 
entregados al piacdr, apireoió el pregonero en la 
plixza. 

Venia seguí io de multitud de chicielcs. 



PSDBO DE ALVARADO ^^ 



Al ver aquel hombre^ todos los aldeanos quedaroa 
mudos como estatuas. 

El pregonero, lanzó al espacio dos golpes de ola- 
Tin, y después de redoblar sobre el parcbe de su atam- 
bor, repuío: 

— ¡Ave Maria! Sepan todos cuantos están aquí, que 
los cómicos de las comedias f les aguardan en el corral 
<ie la tía Melitona. Muy pronto empezará la farsa. 

— ¡A.I corral, al corral! — gritó el pueblo entusias- 
mado, abandonando la plaza con premura. 
, — {Yo traigo en mi bolsa, — decian unos, — lo que be 
4e regatar á los hi&triones! 

— ¡Tres pollos he mandado que me lleven á 1« 
puerta del corral para donárselos, — anadian otros. 

— ¡Vamos á priesa, que nos quitarán el mejor 
sitio! 

— ¡Adelante! Pues si no corremos, no tendremos 
x^miedia. 

Discurriendo en estos dimes y diretes, arribaron 
los del pueblo á la puerta de la casa de la tia Meli - 
tona. 

Esta estaba cerrada a(ín^ esperando á que el Regi- 
dor y Jos síndicos, se hallasen parfectamente instalados 
en la presidencia. 

El pueblo, que fjrmaba ya larga cola en los umbra- 
les del corral, co'ueDzó á impa^ientirée pi^r^ue no le 
abrUn. 

. — jli)mba! ¡Bjmba!— jrit3 con todo li polar de 
flUB p'jiiiQünep. 

Y cjuio áai.na veogidora que viene á li tierra en 



^^ PEDRO DB ALYAiUDO 

noefae de difantos, comenzó el paeblo á golpear coa 
faria la puerta del corral* 

Abrieron ésta súbitamente. 

Bl público lanzóse al interior con imprudente tío- 
lencia; empero Alcocer que allí estaba, gritó c#mo nik 
energúmeno conteniéndolo: 

— ¡Bh! ¡Ténganse alíalos hermanos! ¿No yenla bas- 
tea y el arca? 

£1 recuerdo del histrión, paralizó un tanto los Ím- 
petus de los espectadores. 

Ted^s fueron depositando en aquellos objetos sql 
óbolo. 

Quién, dejaba caer un gallo ético y un par de em- 
butidos en el arca; quién, media docena de huevos, he- 
chos tortilla prematura por la priesa con que los arro 
jaba su propietario; algunos descolgábanse con media, 
docena de malacatones^ como les llaman allí; y no faltó^ 
quien tuvieie la osadía de pagar su billete, en moneda, 
vil de durísimo tasajo. 

D ose por muj satisfocho Alcocer con los produc- 
tos obtenidos, y retiróse al escenario para vestirse. 

Sus colegas estaban ya preparados. 

Inútil seria, conocida como es de tolos la forma, 
en que se verifican en los pueblos las represen taciones^ 
dramáticas, detallar el aspecto de la casa de la tia Me- 
litona, trasformada á la sizou en teatro. 

£1 inmenso corralón de la viejí, htbiase encerrado 
en una (spec e de herradura rodeada de grandes ta- 
blones. 

Cuantos bancos, sillas y laburetes encontráronse 



PSDftO DE AJ.VAIUDO ^^ 



^Q las casas oontigaas á la de la daefia, fueron desti* 
nadoet al público. 

El tablado 6 esceDario, era de no muy grandes 
KÜmensiones; pero facilitaba el espacio safíciente, á los 
iiistriones qae debian actuar en la representación. 

Valiéndose Alcocer de caantas maatas, cortinas j 
paños encontró en la casa de doña Melitona^ logró 
yestír la esoeDa, eonvirtiéndola en alcázar de reyes. 

Todas aquellas telas hallábanse sujetas á un com- 
iplicado maderamen, cuya clavazón no era tan segura, 
•que evitase en instante dado, la conversión de los ma- 
teriales del templo de Talia, en un montón de escom - 
hron. 

La decoración de fondo, caia sobre la puerta de en* 
irada de un granero; en el cual habia puercos de dis- 
tintas edades, y gallinas de diferentes procedencias. 

Este local quedaba oculto á los ojos dd los espeo* 
iadores. 

En el ángulo derecho que formaba con el tablado 
•el telón de foodo, parmanecia oculto el hermano Ra- 
fael, con todos sus útiles de pirotecnia, para cuando 
fuese llegado el monento de lucir la pólvora. 

Ya en su sitio cada uuo de los espectadores, el 
pregonero impuso silencio á la multitud, pró/ia la ve- 
nia del alcalde. 

Descorrieron los histriones la cortioa, y apareció en 
la escena Ortiz. 

Venia disfrazado de bobo; llevaba deseo nun al cor- 
cova; «normes pantifl^s, largo ropón, y un gorro, con 
piel de liebre confeccionado. 



50Í 



PEDRO DE ALVABADO 



Apenas apareció en el tablado, el comediante, n^ 
expresó del sigaienta modo: 

— Público ilustre, la diosa del arte me envia á de- 
cirte que vamos á representar dos farsas, de tres jor- 
nadas cada usa. 

Intitúlase la primera: El dragón de las siete uñas^ 
ó los amores de la princesa diabólica. 

Tiene la segunda por nombre: Nerón ó el principe- 
de la sangre. 

— ¡Vítor, Vítor! — gritó el pueblo entusiasmado. 
— Gracif s, señores, gracias, por vuestra cortesa- 
nía, — contestó el histrión haciendo una reverencia. 

— Pues como os decia, ilustres oyentes, el dragón.- 
mencionado, formará el primer número de la fiesta*. 
¿Queréis conocer el argumento da esta prodocsion me- 
ritísima? 

— Si, sí, — exclamarán variáis voces. 
— Paes vedlo explicado en breves frases: 
' Una joven princesa de la Italia, era obsequiada, 
por los caballeros de mejor porte y mayor fortuna de. 
aqoel país. 

A todos ellos despreció la dama, cujo corazón era 
de piedra. 

Llamábase Rospioa esta señara, y su doncella, jo- 
ven también de extraordicaiia hermosura, mostrábase 
como su ama indiferente á cu^^ /tos la pretendieran. 

El propósito de aquellas Vc^nidosas, no era otro* 
que el de fascinar á cuantos hidalgos se les presenta- 
ran, para gozar¿e luego en la desgracia desa am«r 
contrariado. 



PEDRO DE ^LTARADO 



503 



Gierto dia conversaban acerca de sus conquistas 
las jóvenes. 

La princesa reíase de dos caballeros que habíanse 
batido por ella: ano de ambos faé atravesado por ter- 
rible estocada. 

El vencedor, encaminóse á casa de Rossina para 
solicitar su mano á cambio del triunfo obtenido. 

Esta lanzó al verle una sonora carcajada. 
— ¿Creíais, — preguntóle cjn sumo descaro,— que yo 
iba á pagar con mi afecto la destreza de vuestras ar- 
mas? Pues 08 engañabais villanamente. 
— ¡Señora! 

—Id con Dios, y no os mostréis irritado en mi pre^ 
sencia, pues ni habré de tolerar vuestra descortesía, ni 
os amo, ni os amaré jamás. 

El hidalgo mordióse los labios de cólera, y aban- 
donó la casa de Rossina, diciendo para sí: 

— Permita el cielo, mujer infame, que tá y la don- 
cella os enamoréis perdidamente de Lucifer y de algún 
amigo suyo: q*^e ninguno de ambos os corresponda, que 
los sigáis por todas partes, hasta que os lleven al in** 
Üerno montadas en el dragón de las siete uñas, y que 
os caséis allí con los dos demonios para vuestra eterna 
condenación. 

— Así sucederá, — como veréis, — exclamó el bobo, — 
y ahora me retiro si me lo permitís, para que dé co- 
mienzo la primera jornada. 

El público aplaudió el introito hasta rabiar. 

Echaron de nuevo los histriones la cortina y des- 
corriéronla poco después. 



^* PEDRO DE ALYAMADO 



RcBAÍna, COJO papel era desempeñado por la hija 
del alcalde, apareció postrada de hinojos. 

En vano preiendia sujetar por la diestra á un caba- 
llero que intentaba hnir. 

Erji el diablo disfrázalo de noble. 

La altiva princesa se habia enamorado perdidamen- 
te del mozo; éste desoia sus quejas. 

La maldición lanzada sobre Rossina, comenzaba á 
producir funestos resaltados. 

Muchos y muy altisonantes versos, surgieron del 
labio de los histriones. 

Mas como eu uno de ellos acertase á decir la hija 
del alcalde, cayendo en los brazos de sa interlocutor: 
-^¡Yo te amo Diego, j me huiré contigo!... 
— ¡Eso no, diantre!^ — gritó levantándose de su aaien- 
to el verdadero novio de la muchacha. 

— ¡Bdttia, salvaje! —exclamó el público indignado, 
-^¿3!o ves que es broma? 

— Pues repito que no se la llevará. 
— Hará lo que mande el papel, — contestó el alcalde 
golpeando el suelo con su vara. 

— iSí? — preguntó hecho un basilisco el enamorado. 
— Pues á ver si quiere más al demonio que á mí. {Toma! 

Y esto diciendo, disparó un tomate con tal tino, 
que vino á reventarse en el tiznado rostro de Lucifer. 

El pobre histrión quedó hecho una lástima. 

La gente prorrumpió en estrepitosas carcajadas bX 
verle. 

Satán Is limpióse como pudo, no sin que Rossina le 
ayudara. 



PEDRO DE ilLVARADO 



505 



Logró el alcalde restablecer el orden, y salió al ta- 
blado la doncella de Róssina, acompañada de ana braja. 

Este papel iba á ser desempeñado por Amarilis ó 
Maricaela. 

Ya ^si constituidos los actores, mantuvieron e^ si- 
guiente diálogo, Rossina y Lucifer de una parte, y la 
^ doncella y la bruja de otra: 

LüciPRR. Mientes, ¡vil! no sufres nada: 

Tu corazón está seco. 
BossivA. Ahora escucharás el eco 

De mi voz enamorada. 

Un gallo comenzó á cantar desaforadamente. 

Gritos unánimes, carcajadas estrepitosas^ cuchufle- 
i;aéy demás, sucedieron áesta escena. 
— ¡Silencio! — volvió á decir el alcalde. 

£1 público prestó obediencia al mandato « 

Entonces la bruja dirigiéndose á la doncella ex* 
^lamó: 

¿Dudas de mi? 
Doncella ¡Yo, señora!... 

Baüm. Una prueba has menenter, 

de mi influjo y mi poder, 

Toy á prestártela ahora. 

Ricardo, deja las graves 

tareas de tü razón, 

y entona alguna canción 

de las muchas que tu sabes. 

Dacir esto Amarilis, y gruñir c^mo si fueran á ma- 
i«rlo uno de los puercos del granero, fué obra de un 
instan te* 

«oMo n ei 



^^ PEDRO DE ALVAiUDO 



El público no pudo ya resistir aquel fracaso, j 1^ 
yantóse pre^ade terrible indignación. 
— ¡Esto es una burla! 
— ¡Esto es un engaño! 
—¡No se puede tolerar! 
— Han venido á reirse de nosotros. 
Tales eran las voces en que los dtrl patio se desha- 
cían. 

Qai^o Amarilis restabletjer la calma y repitió coik 
entonación vigorosa aquellos versos que deoian: 



y entona alguna canción 
de las muchas que tü sabes. 



Pero sin duda la fatalidad pergeguia á los hiétrio- 
nes, porque al decir la moza su ú tima fr^se^ volvieran 
á gruñir los puercos del granero y á despepitarse en sa 
cantar los gallos. 

Ya la silba no pudo acentuarse más. 
— ¡Fuera, trapaceros! — gritó el alcalde, encarándo- 
se con los histriones . 

• — ¡Muy bien, muy bien! — exclamó el público en 
masa. 

— Una palabra, señores, — repuso Alcocer interrum- 
piendo la representación. 

— ¡No hay palabra; que se vayan, que los maten! 
— La pólvora, hermano Rafael, la pólvora. A ver 
si esta nos salva, — exclamó Ortiz á media voz. 

Y cuando más acrecía el tumulto, salió silbando 
una culebrina que fué á perderse no se sabe dónde. 



PEDRO DB ALYARADO ^^ 



El público cambió de actitad; tranquilizóse un tan<- 
to, 7 ocapó nuevamente las localidades. 

Un cohete j otro, fueron lanzados al espacio des- 
de la escena, por un pequeño hueco que daba al 
campo. 
— Esto ya es otra cosa. 
— Es muy bonito. 

— Mira, mira, Pepica, cuántas luces forma la pólvo- 
ra al reventar. 

— ¡Hamo! ¡Humo! jY sale del granero!— gritó el 
alcalde desesperado. 

— ¡Bribones, incendiarios! ¡Han querido vengarse! 
— ¡Sálvese el que pueda! — dijeron varias veces, ala 
par que salia la gente del teatro en confuso tropel. 

— ¡Hija mia! — gritó el alcalde tomando en brazos á 
k suya. — El cielo te ha permitido escapar de las lla- 
mas. ¡Hoyamos, huyamos! 

El granero de la tia Melitoñ^a fué bien pronto pas-- 
to del voraz el^^ment?. 

Los histrioned pudimos, gracias á Dios, ponernos k 
salvo, no sin correr como liebres. 

¿Cuál había sido la causa del percance? 
Ni más ni menos que la culebrina lanzada por el 
hermano Rafael, que fué á ocultarse en el granero. 



CAPÍTULO L 



Bl AbAl de la partida. 



— Casi milagrosameote, — siguió diciendo PeUeSi**— 
dadimos salvarnos del siniestro los histriones. 

El pueblo entero de Benasque debió , sin duda» lan- 
zarse tras de nosotros. 

Pero la carrera que tomamos debió ser de liebre 
acosada f porque nadie á nuestras espaldas vimos. 

Ya en el campo todos los comediantes , Alcocer ex- 
clamó con toda la fuerza de sus pulmones: 

—Nos hemos librado de las iras del público;, ¡her- 
manos, adiós, y sálvese el que pueda! Cada uno de nos- 
otros, echó á correr en distinto rumbo. 

Sólo la pobre histrionisa Mericuela ó Amarilis, 
quedóse rezagada; no he vuelto á saber más de ella ni 
de mis compañeros. 

Ouvndo por la extensión de la distancia recorrida 



PEDRO DE AX.VARADa ^^ 



<^alcQlé qae me habift puesto á salvo de ^s aseoharza» 
de los benasqáeses, detúveme para tomar alientos. 

Sentéme á la sombra de un corpulento álamo, y 
cubriéndome con las manos el rostro, exclamé cediendo 
á una corriente de amarga tristura: 

— Pobres padres mios; ja no me queda en el mundo 
mas consuelo que Tosotro»; correré á abrazaros: ¡men- 
guada hora aquella en que abandoné el hogar, ganoso 
de honores y de fortuna! 

El hombre que me tendió su mano protectora* el 
desdichado Scotti no existe: el huracán de las pasiones 
arrastró al abismo su alma. Vosotros, padres mips, 
ignoráis á estas horas, que al autorizar mi partida con 
el bretón, me causabais un gran perjaicio: deseando 
que vuestro primogénito obtuviese una posición en el 
mundo^ le abandonasteis á su suerte. Salí de mi ca^a 
con opiuion de honrado, y volveré á ella con el estig- 
ma del asesino. Si, yo maté á Santillana á traición, 
por satisfacer la deuda contraida con el salvador de mi 
padre. ¡Infltrro, pues que en ello te empeñas, yo te 
juro que no volveré á mi hogar, para que no tiemblen 
de vergüenza los labios, al imprimir un ósculo tierni- 
simo sobre la nevada frente de los autores de mis diasf 

— En estas y otras tristes consideraciones, — conti • 
úuó diciendo P^laez, — permanecí largo tiempo abis- 
mado. 

Terrible lucha dj encontradas ideas, mantenía á la 
«izon mi cerebro. 

Al cabo de onucho p3nsar, exclamé, venciendo mi 
preocupación abrumadora: 



^^ PEDRO DE ALVARADO 



—¡Oh! No tepgo otro recurso; volveré desde luega 
á mi tierra* Allí no han de fa tarme, flegorameDt^, las 
caricias de los pobres ancianop^ que me vieron partir 
con las lágrimas en los ojos j el pesar más profundo en 
el corazoo. £1 final del viaje emprendido por mi alma, 
no tiene más que dos recompensas; el suicilio, 6 la mi • 
sericordia de Dios, formulada en el perdón de mis pa- 
dres. Busquemos éste, ei, busqué nosle: aúa es tiempo; 
quizás mañana sea tarie. [Vida amarga da aventuras y 
de desdichas; yo me despido de ti para siempre! 

G ;mo impulsado por satánica fuerza, abandoné el 
lugar que ocupaba y comencé á cacninar siu rumbo y 
sin fortuna. 

Quiso la suerte, quecuanio marchaba api, divisa- 
ran mis ojos una pequeña cana, cujo-^ muros blaocos 
oomo la nieve, pretendían vencer coa su color el im- 
perio de las sombras de la ñocha, próxima ya á lle- 
gar. 

Á la puerta de aquella humildísima mansión, apa- 
recían sentados, bajo una parra, tres jóvenes, que á 
juzgar por sus trajes, debiau ser aragoneses; dos de 
elks, punteaban la vihuela con gran soitura, en tanto 
que el tercero, entonaba una jota ctn clara y argenti- 
na voz. 

Da cuándo en cuándo, tomaban un jar^o qne des* 
cansaba en una esquina d^l ban .o de pidiira qie ocu- 
paban, J llevaban nquel á sus labics. 

L r^o tieinpj permanacíaa &at)oio .nio el contenido 
de la vasija. 

Asi que hubieron dado gusto al coio, el cantiLtj y 






PSIXRO Xm ALVAIUDO ^^1 

1o8 músicos, retornaron á su primitiva tarea de gorjear 
j taflert 

Yo contemplaba , retirado á alguna distancia, aqnel 
cuadro de dulcísima alegría, no sin verter lágrimas 
abundosas. 

—Siempre lo mismo, — me . dije,-~ellos rien y go - 
zan, en tanto que á mi me consume la pena; maldito 
mundo, siempre k )ej del contraste presidiéndote: al 
lado de la planta ufana y vigorosa, el tronco desgajado 
y muerto; junto ^1 alcázar del noble, la humilde chozi 
úél menesteroso, que ni aun derecho tiene para recoger 
sus migajas. 

Ed tales pensamientos discurría yo^ cuando vi sa- 
lir por la puerta de la venta un vehículo enorme, oar * 
gado de pellejos. 

Los músices y el cantante cesaron en- su tarea. 
Entregaron las guitarras á una robusta moza que 
«alió en pos del carro, y después de abrazarla todos 
tres, exclamó el cantante: 

^-^Chiquia^ Raperta; expresiones á madre y basta 
que volvamos. 

— Adiós, hermanicos, — exclamó la joven, — y que 
vendáis mucho. 

Los dos Uiú i;os subieron al carro: el cantante que» 
dd«e á pió pfra hacer de zag 1 por un momento, y ya 
ib^n á partir, cuando acercandjme á ello9, exclamó: 

— Ptírdooenm**, hermtLOS, si loi detengo; ¿pero 
pee Jen oír tnt p^Uijia! 

— ¡Dik;8 b tocjrfú! — oa testaron los tree viajeros á 
una v^z. 



•'>12 PSDJIO DE ALVA&áDO 



— Es que debo decirles. ., 

— Qae Dios le ampare; jcanario con estos grandu- 
llonea! 

—¡Vaya á trabajar! 

— ¡O á servir en galerasi 

•~¡0á tirar de una carreta! \cuif(iao con estos le* 
ohoguinos! 

—Es que debo advertirles, — exclamé 70^ poniendo - 
me delante de las muías» — que si no me ojen, soy ca - 
paz de contener á mordiscos las bestias, ó echarlas al 
suelo á poñetazos. ¡Voto á cien mil cuenios de demo*- 
niosl 

— {Hola, hola, hola! — exclamaron en tono de burla 
]o) tres aragoneses. 

^¿Se mofan vuesasmercedes? 

— ¡Eh! ¡Quítese allá! — exclamó intentando descar- 
gar un golpe sobre mi, el que de zsgal hacia. 

Pero apenas levantó el brazo, cuando cogile por la 
muñeca ó bícele caer en tierra con suma facilidad. 

— ¡Oküquio! — exclamó uno de los del carro. — Esa ya 
es otra cosa; ese hombre es un sabio; cuidiao si tiene 
juerza. 

— ¿Dadsis todavía de mí?— preguntóles. 

— ¡Otra que diantrel —contestáronme. — ¿Cómo he- 
mos de dudar, cuando tenéis más talento que Toribio^ 
que no hay quien le aventaje en tirar la b^irra en todo 
Aragón? 

— Pues entonces decidme si puedo hablaros. 

— Vecga, veogí. 

— El asunto es este; inquirir adóode os encamináis» 



V 



PKMtO DS ALVARADO ^^^ 



—Primero á Zaragoza, j á Pamplona laego^ para 
Tender on poco de tíbo. 

—Me agrada yae&tro viaje, y puesto que yo voy 
oon rumbo á Salamanca; me atrevo á proponeros ana^ 
cosa* 

— ¿Gnál es ella? 

— Qoe me permitáis ir hmU Navarra en vuestra 
compañía^ á cambio de dos ducados y otrM desque 
llevo para la comida. 

— {De valde vendréis, canastos! — exelamó ea un 
rasgo de honrada nobleza, Teribio.— El hombre que me 
vence á mí, no paga en ninguna parte, ¿lo entendéis? 
Sois un valiente; al carro, al carro, nosotros no que- 
remos nada con tontos. 

Con efusión estreché la mano de Toribio; subí al 
Vehículo y á poco partió éste, no sin producir ruido 
infernal, mezclado con estas voces: 

— {Arre, Cordera! ¡Ak, Primorosa! ¡Corre, Capif 
tena! 

— Muy pesada se habrá heqho, seftores^ mi historia^ 
y voy á concluir,— exclamó Pelaez. 
Luego, se expresó de esta suerte: 

— Omito relataros los infinitos acoidentes que ocur- 
rieran durante mi viaje de regreso al bogar. 

-*-Bi8te deciros, que empleé muchos días en la jor- 
nada; que gracias á los hospitalarios aragonesas no su«* 
eumbí de hambre, y que por fio, quiso el cielo poner- 
me frente á frente -d^ mis antiguos lares. 
El (ol mostrábase claro^y espléndido. - 
LiS cumbres de la montaña coronábanse con el ma-* 

TOMO I «T» 



^^^- rtEDRO DE AliVARADO 



tiz pnridmo de la atmósfera asal, 7 1^ arena del yalle, 
convertida en granos de oro« recreaba la mirada del' 
pasa] ero , que se extendía sobre la llanura, hasta en 
centrar como limite del horizonte. 

Al trasponer la mont&ñ^, mis ojos se inundaron en 
olas de alegría. 

Mi corazón latió' con fuerza, mi labio balbuceó una 
plegaria: quise andar j no pude: mi cuerpo fué indi- 
nándose poco á poco, hasta que caí de rodillas. 

Había divisado desde aquel lugar, la oscura torre 
de la iglesia de mi pueblo, con su empizarrado lustro- 
so, con sus campanas mudas á la sazón. 

Cerca del templo humildísimo, veia yo la antigua 
era, cuajada de doradas mieses hacinadas ya; el grupo 
de anciaifós labradores, que departían en fraternal cen- 
sor ;io, el potro desenfrenado que libre del yugo, cru 
zaba á todo correr la pradera, sudoso, jadeante y con 
la crin al viento; la pMyade de alegras ó inquietos mu- 
chachos, que ora acodian á robar nidos, ora acosaban 
á pedradas al pobre buey, rendido de fatiga y de can* 
sancio. 

Todo esto, en forma confusa y desordenada, acudía 
á mi mente, dtupertBndo á la par el recuerdo imbor- 
rable de los alegres días de la niñez. 

Mi madre, af arecia ante mi imaginación, como 
domioacdo este cuadro de mis eternas alegu'as. 

El boeno de olí padre, con su faz severat crn tn 
rof tro tostado por los rayos del sol; con su mirada pe- 
netrante y expresiva, adUúijime también ^ a|utUos 
mementos. 



PÉ6íí6'út ALVXKÁDO . 515 



La imagen del ancitiiio, hacíase más pet'e6})til^le j 
Téal á cada instante; todo era fbrjada iltísion de mis 
sentidos. 

" Después de razar mucho, y de llorar como un ni- 
üo, dácidíme á bajar al pueblo; emprendí la marcha; 
mas me detuve á los pocos pasos. Un presentimiento 
4o)oroso parecra anunciarme un gran conti^atiémpo* 

Para la» almas acostumbradas á sufrir, la idlá del 
^cer, es uií nuevo motivo de decepción. * * 

Da tal suerte se fondd el espiritudel hombre en los 
moldes de la amargura cuando esta le persigue cons^ 
1;antemente^ que no acierta á considerarse dichoso, si 
ai lado del tríuofo de la esperanza, no encuentra la 
oompensacion del imposible. 

Esto me acontecía á mí, señores escolares. 

Gonñaso á vuesasmercedes, que nunca me concep-» 
fué más venturoso, que en las horas á que aludo; ' 

Reproducción viva del hijo prójimo, mi única as- 
piración cifrábase en volver á ]a casa paterna, para 
reanimar allí mi frente, al calor délos grandes &f:3Ctos. 

¿Seri^ el cielo tan cruel que me negase esta dicha? 

Pronto habréis de sabeilo. 

loFpiraio por secreta voz, qae llevaba la tranqui- 
lidad más halagiliña a) áoimo, púsetne en pié, j co- 
mencé á descender por la mon^.¿iñi. 

A mis espallas, hube de dejar gran distancia de 
terreno recorrí \o. 

Al ña encono é ue frente á frente de una larga car- 
retera, á Cüjos ladüs levi&ntAbinAe gigantescos ci- 
preces • 



^9 PEDRO DE ALYAIUDO 



M remate de este paminOt foi^maba asa especia d^ 
berradara; la parto derecha de esta, perdíase en in- 
trínoado laberinto de enmarañado conjunto de árbolesy. 
sobra los cuales aleábase una eras colosal, de tosoa pie*- 
dra constroida. « 

El lado derecho de la, para mí- desconocida carre- 
terai c(KiflȒa con las primeras casas levantadas extra-r 
maros del paeblo. 

Dolor inmenso hirióme en el corazón, al pene^ 
que por las trazas, debia haber experimentado an cam- 
bio radical la modestísima alde% en qae plugo al ciekt^ 
▼iese JO la luz por vez primera. 

Pensando asi, llegué al final de la extensa calle de 
irbeles, j en lugar de encaminarme al pueblo, toman- 
do la dirección izquierda, fuime hacia donde la cruz de 
piedra se levantaba. 

Bien pronto pude convencerme de la significación 
que el santo emblema tenia en aqael lugar. 

Llegué ul pié de unos cuantos escalones, cenitruido» 
de deleznable tierrt; subí por ellos, j enjontréme en 
ana extensa plazoleta, da fl *res j verdura rodeada. 

En el centro de la misma, erguíase la cruz que jo 
habia vidto desde lejos. 

Sdencio sepulcral reinaba en aquel sitio; ni uoa 
muestra breve, ni un soplo de vida le daba alientos. ^ 

Can mielo idvenoible, con horrible pavura, miré 
á nao y otro lado; y cual si mi corazón me anunciase 
algún crama espantoso, q^ise retroceder. Era tar- 
de ja. 

Como el náufrago que busca la tabla á que agirse 



k 



PSmtO D8 ALVARADO 



ísn 



|)ara rdsíátif el imperio de las olas, bmqné jo algo con 
apariencias de TÍñente realidad, qae me libertase de 
mis mortales temores. 

No tardé macho en hallarlo. 

Ai pié de la croz, cobierta con negro velo, llegó 
una mujer, cajó de rodillas, y qaedóse orando, comple- 
-tamente inmóvil. 

Recatándome cnanto pnde, avancé hasta ella sin 
liacer el menor raido. 

— Perdonadme, señora, — díjele á media voz. 
' — ¿Qné queréis? — preguntóme volviendo la cabeza 
j dejando ver sa rostro de arcángel, embellecido por 
las perlas del llanto. 

—Señora, — aftadi, — indiscreción ponihle es la mia 
al intermmpir vuestras plegarías. Excusadme. Si no 
fuese un forastero que sa ha extraviado en su ruta, no 
me atrevería á preguntaros donde estoy. 

— Fácil es saberlo, — contestó la joven, — si queréis 
seguirme. 

— Estoy, señora, á vuestras órdenes. 

Sin articular más palabras, púsose la dama en pié 
7 emprendió su camino á efpaldas de la cruz. 

Segníla yo, y á poco nos encontramos en un pe- 
queño campo rodeado de tascas piedras. 

Por un ángulo accesible al mismo penetramos. 

S.bre el terreno aqael veíanse dos grandes losas; 
ambas bftllábanse rodeadas de musgo, y amapolas y 
flores silvestres. 

Acércamenos á una de ellas, y cayendo la joven 
de hincjos, exclamó deshecha en llanto: 



^13 pBpitp fjB j^y4ff^fp 



entajrrado». mÍB pairas. 

— ¡Smto Dios! ¡El cementeriol— ^exclamé.con 9xaU 
tacion creciente. 

*^En él eataisy— contes^ oon severidad la jótqd. 

-*^¡LiO primero^ Xo primiero qoja se ofrece á mi vi«ka 
al volver al hogar: ]a muerte como final de la parti^at 

— rSeñora, aeñora^r- preguntó á }a j6ven temU^iido^ 
— ¿y aquella otra losa?... 

— Vtnid, y leed. 
Con paso vacilante acerguéme al borde de la oku 
tumba. 

Bájeme poco á poco, y lanzando un gemido terri* 
ble, leí estas palabras: 

¡Pelaez. Manual ó Irene! R. I. P: ¡Hijo no noa 
olvides! 

— ¡Madre! ¡Padre mió! ¡Muertos! ¡Mentira!— grité 
cayendo sobre la tumba y cubriéndola de besos y de 
lágrimas. 

— ¡Vuestros padres! —exclamó la joven llena de es- 
panto. 

— ¡Sí! Yo soy su hijo; el desdichado hijo, que no 
puede lavar sus culpas con h última palabra de per- 
don de los que le dieron el ser 

— ^jOa! No digáis tal; no ofendáis áDios, negando 
la merced de su misericordia. 

— ¡Señora 9 eran mi úoico consuelo mi sola esperanza! 

— L^ misma desgracia nos une, caballero. 

— Verdad, hermana mia, verdad, — contesté á mi 
cariñosa desconocida, tendiéndola los brazos. 






-.^"■^ 



is^sa 



PEWW m AIMMAPO ^^^ 



^•~P^c^e0, ~iBa dijo; «^viMtotrt madre o» éi6 al hiO'*' 
arir^M betadioioxiy j os enTÍó sub besoa. Varntro p»lra 
artioQ)ó al espirar estas paUbras: cPartió aáendo )sMt^ 
rado; volverá como se faé«> 

—¿Eso dijo?... {&anto BiosI ¡Mi pedio m abrasa; 
mis^ OJOS se cubren de espesas nabes! \L\ vojsL^. ¡Pa*- 
dre, QQpdre mia!... ¡No puedo... no puedo másl . 
Y oai en tierra, ootao herido por una éxhalacicn. 



— ü:) terminado mi Ldstoris. ¿Qué os ha pareéido» 
señores escolares? 

— ¡Que seis un ingenio privilegiado! ^—contestó el 
bachiller Sandoval. 

—Un gran inventor, — repodo el estudiante Iñi- 
gaez, 

— ¡Las forja al vuelo!— exclamó otro de los sopistas* 

-«-añores; amigos mios,«^ex3lamó con tono triste 
Pelaez: — la historia referida^ no es uno de esos.cuen** 
t;os<Mm q«e á menudo os distraigo. 

— ¡Jesucristo! — exclamaron á una los escolares^ 

— [Qué! ¿Os deshonra, ¡vive Dios!— exclamó Pe- 
laez, — el haber comido á la mesa con el asesino de 
Santillana? 

— ¡Oh! Nunca, nunca: no merecéis ese nombre. 

— Verdad decís, — exclamó Pelaez: — yo fui el hijo 
de la fatalidad, el mártir del destino. ¡Hja! ¡Esposa 
mia! 

Lss dos majeres acudieron al llamamiento. 

— Aquí tenéis, — exclamó Pelaez abrazándolas, — las 



^^ PBimO DB ALVARADO 



qad me han oonvencido de qae jo no 807 nn erimmal: 
esta, mi esposa, faé aquella que cubierta de tupido 
Telo, me ensefló la tumba de mis padres; esta, mi hija, 
la que puede patentizaros, que quien educa á los hijoa 
en el santo temor de Dios, en el respeto á la familia 7 
en el amor al trabajo, merece título más yaliose: el 
que presta la virtud. 

Pelaez quedó en pié, 7 su esposa 7 su hija de ro- 
dillas, con las cabezas "reclinadas sobre las manos del 
ventero. 

Los estudiantes desfilaron ante aquel interesante 
grupo, sin osar desplegar los labios para no quitarle 
su solemnidad. 

A poce, hallábanse fuera de la hostería. 

Y sumamente impresionados, encamináronse á la 
capital de SiUamanca, no sin decir cada cual para sos 
manteos: 

— Dios nos libre de que el destino se empeñe en 
que para realizar el bien, tenga el alma que llamar en 
su auxilio á la menguada culpa, que todo lo ennegrece 
7 afea. 



CAPITULO Ul 



Bl regidor Vlsoarrondo. 



Vivia 60 Salamanca^ allá por el año de 151 0^ un 
bida'go de andaluza oana> j cuyos antecedentes é his- 
toría^ eran por demás curiosos. 

Descendiente el caballero, por remotas líne as ^ de al- 
^no de los que acompañaran á Pelayo á su gloriosa 
empresa del Auseba, conservaba en sus gastos é incli- 
naciones el sello característico de la familia asturiana. 

Era pleitista por temperamento; orgulloso per idio* 
sincrasia; dado á los motes j apellidos por tradición; 
nunca alternó con los humildes; jamás estrechó mano 
de plebeyo; en teda su vida reconoció afíaidad con pa- 
tientes pobres, y nunca (i p tar de tenerse como pcs - 
tara aristocráti s), anluvo con la cabeza uq poco in- 
clinada, sin duda, porqie según él decia, el rostro de 
los de su raza habíase creado para ha^er la comp3ten 
cia al sol. 

TOMO f m 



Ó22 



PEDRO DE ALVARADO 



Marcial de Vizcarrondo, llevaba por nombre y ape- 
llido el hidalgo; rajaba á la saz^n en los cineaenta j 
caatro Abriles, y mostrábase bajo de estatura 7 abul- 
tado de abdomen, efecto de su violenta gimnástica cos- 
tal, para conservarse recto 7 erguido. 

Lo que de ejercicio de eispaidaj pecho sobraba al 
andaluz, faltábanle á sus ^aernas; pues eran tan escue- 
tas j magras^ que más parecían patas d^ jilguero que 
remos de hombre. 

Descomunales y juanetudos pies, encerrados en es- 
pe úe de negras fáláas, 6 zapatos por mil nombre,, 
mantenian en posición vertical el rarísimo cuerpo de 
Vizcariondo. 

Y como éste se destacira redondo y esférico sobre 
aquellf)^ ^extremidades apen&s pereeptibléb^ dio la gente 
en la flor de llamar á Vizcarroado; la bela negra pri- 
mero, el morcillon después, y el regidor VejiguiUa. 
más tarde, apellido que le persiguió durante to^ el 
resto de su vida. 

En cuanto al rostro del caballero algo puede de« 
cirse: hallábase éste matizado á trechos de manchas 
herpéticas; pero de tan subido celor, que á las veces 
permitía sospechar en Vizcarrondo, un decidido afectí^ 
por el zumo de las uvas. 

Suposición menguada y desprovista de razón eia> 
ésta. El andaluz no bebió nunca sino agua, y alguna 
drcga en que predominaba el azufre, que le propinaron 
los galenos para ver de purificar su sangre. 

Ostentaba el hidalgo sobre una boca nada breve^ 
cerdoso y retorcido bigote, y daba albergue bajo el la-. 



\ 



PED»ÍK DE /LLVáJUW . ^^ 



lío i]kf»iorf á osa perilla de diabólica hedhara» qae iba 
á perderse estre los pliegues almidonados de aa gola. 

O^oa pequeños y de penetrante mirar poseia Viz- 
cairoQdo; mas como éstos acostumbraran á vestirse do 
colorado^ no quiso su dueño en ocasión alguna mos- 
trarlos á la gente con tan llamativa tintura. 

Al efecto, castigó tamaña desvergüenza, tapándola 
con sendas gafas verdes^ las cuales bailaban cómodo 
espacio j amplio sosten en las narices de su señoría^ 
que por lo gruesas parecían trompo, y remolacba por 
8Q matiz aviiíatado. 

Espe5a cabellera gastaba el regidor, y sobre el 
cráneo del mismo velase siempre su gorra de tercie- 
pelo negro; de ésta, partia blanca pluma sujeta con rico 
broche de preciosas piedras. 

Marcial de Yizcarrondo fué des veces casado: la 
primera, con doña Aldonza de Ossorio, dama de aris* 
tacrático linaje y no escaso caudal; la segunda con 
doña Juana de Herrera, señora de tan ilustre prosapia 
j saneada dote como la anterior. 

Apenas tuvo lugar el matrimonio del andaluz con- 
m prúnera consorte, inicióse el más descomunal de 
los pleitos entre Yizcarrondo y el tutear de su esposa,* 
qne habia quedado huérfana siendo muy niña. 

La causa de la contienda jurídica no fué otra que 
la terquedad, o];gullo y excesivo amor propio, del re- 
gidor. , 

Al entregar á doña Aldonza su tutor la fortuna 
qae los padres de la joven dejaran á ésta, empeñóse 
VoTcarrondo en liaper una liquidación da cuentas taa 



^^ PIDRO DS áLYáKAÜO 



BiÍDuciosa j detallada, que nada faltó para qoe el ta« 
tor eDloqneciese» 

— ¡Yo no me he cotnido nada; sojr un hombre hon- 
rado; entiéodalo yaesamercéf-— exclamaba el tutor he* 
<$ho on basilisco! 

— ¿Se han en^peñado ncedes en matarme á disgus- 
to&? ¿eh? pues no lo consegnirán, ¡vive Cristo! -^ex- 
clamaba furioso el regidor. — Aqai, ¡voto á briot! se 
ha de poner en mis manos hasta el último real. Las 
rentas de las fincas, deben ascender al doble de lo que 
se me entrega, j por qaien soy, qae habrá pleito, pleito 
j más qae pleito. 

Y así aconteció: el pleito vino, el tator probó cla- 
ramente sn rectitud en el manejo de los interei^es de 
fu pupila, j Vizcarrondo fué sentenciado á pagar las 
costas del litigio; y una indemnización á su contrario, 
por los graves perjuicios que le causara. 

Enferma de aburrimiento 7 tristura, por ver tan 
descompuesto á su marido^ hallábase doña Aldonxa, 
cuando le fué leida la precitada sentencia. 

El regidor escuchó tal lectura, interrumpiéndola 
con voces desaforadas, extridentes gritos, juramentos 
é imprecaciones: quiso matar al escribano qae la re«* 
lato, le dio de puñadas despiadadamente, lanzólo de su 
casa, no sin calificarle de ladrón y de judi,; maldijo 
delante de su mujer la hora en que se había casado con 
ella, y hasta llegó á decir al actuario en un acceso dé 
cólera: 

•~Id, villano, y decid de mt parte á esos follones de 
jaeces, q>ueüo pienso darles gusto; q:¿e no cumplirá su 




PEDRO Di ALVAJUDO ^^ 



«eotenciai j que primerp me harán pedaxo», que pa^^r 
un maraTedi. 

El e8cril)ano oamplió tjm al pió de la letra el en* 
cargo del regidor, que á los coatro dias faé este con- 
denado á nn mes de deatierro por irreverencia á la 
justicia de Sa Majestad. 

Toda esta señe de diarias contrariedades acreceni6 
el mal de doña Aldonza; la caal, á obra de dos me^es 
bigó al sepalcre, dejando en la viudez al basilisco de 
Vizcarrondo, que no tardó macho en ctns<^ar8e de la 
pérdida experimentada. 

Pobre, y aburrido de no ñgnrar, encontrábase en 
Madrid el hidalgo, cuando en fuerza de poner enjuego 
sus múltiples relaciones, logré ser designado para re- 
gidor. 

Entonces fué ella: Vizcarrondo púsose más inflado 
que pompa de jibon; abandonó por pobres á la ma- 
joria de sns amigos; hizose dar tratamiento de ilustri- 
sima por los criados, pretendió el hábito de Santiago, 
aunque sin fruto, por no tener completas las proban- 
zas exigidas; conspiró, bascando una ejecutoria de 
dtque, y tantas otras cosas de este jaez llevó á efecto, 
que se tomó verdaderamente insoportable para cuantos 
tuvieron el (eutimimiento de conocerle. 

£q estas empresas andaba metido el bueno de don 
liare i 1, quando hubo da iaterpooerse en el camino de 
sa vi^a, la iluf-tra señora doña Jaanade II rrera. 

Eo uu s^rao ccoociéronse el regidor y la dama; y 
al puL^, ^iatierQü sus corazones mutuo i^f jcto é iaeli- 
nación. 



fm 



PBDRO DB A.LVARA.DO 



Los padfM de la jd^OD ^pdrcib'éronse lütgo de tal 
simpatía; j halagados por la posición ofí^oiál dd Viz • 
carrondo, franqtieáronle las paertas de ra palacio, tnnj 
dispuestos á otorgarle la mano de doña Jaaná, á la pri * 
mera iDdicacioa que el regidor hiciese. 

Resultado de tanta cortesatiii fuá, que á l03 des 
años de esto, se verificase el matrimonio de la hija de 
Herrera con don Marcial. 

Y hete aquí ya, casado en segundas nupcias, arfin- 
ehado monicipe. 

L% inmensa fortona y vanidad extrema de dona 
Juana, so permitieron á Vizcarrondo continuaren sus 
preocupaciones primitivas. 

El regidor tenia verdadera fiebre de pleito^; mas 
la buena señora se armó de energía, y aplacó lo^ des- 
atentados propósitos de su maridó. Cuando este inten- 
taba proponer alguna contienda litigiosa, al punto sa- 
líale al encuentro doña Juana, diciéndoie: 
. — Ya te he dicho, pariente, que no quiero meterme 
en negocios de justicia. 

— Esposa, — contestábale don Marcial, — muy mal 
haces en no dejarme proceder con entera indepen- 
dencia. Tu casa goza desde macho tiempo faá de gran* 
des privilegios y no es razón que por tu terquedad 
prescindamos de reclamallos en j licio. 

— Digo que no, y no, ~30o testaba la de Herrera. 

Pero el &nftrran de su mariio to ho^ia el menor 
easo de entaritltficaüienes. 

Result^ido de taks dim^'s y diretes fué í^iae Vizear ' 
rondo se saliese con la saya. 



PBBft^ Ai ALVABADO ^^7 



Liqmd6 gran pnto de lá fortana de ra eoosorte 7 
la f plíeá á un negocio de minase 

Má# estas ss dgaaron^ qnebrándo bien pronto la 
emprasa^ y deJHjndo^en la ealleá los accisnistas, entre 
los coales figuraba Vizcarrondo como uno de los pri- 
meros. 

Y aqiri fué Troya. 

Al Terse la da Herrera arruinada, lleoó cdn raeon 
de denuestos á eu desatinado marido. 
> Maldijole una y cien veces, rraegó hasta* de la 
hora^n que se había oasado con él, y decidióse á no 
vivir más con aquel basilisco. 

Asi acontecid. Los padres de doña Juana llenos de 
tristura al ver la desgracia que Te'habia cabido á su 
hija al topar con un hombre 4e tan poca sal en la 
mollera, decidiéronse á separarla.de él. 

Jur6, pateó y grufió Vizcarrondo al ser noticioso 
<le esta medida, mas tuvo que • resignarse de grade, 
porque doña Juana ofreció darse la muerte antes que 
continuar viviendo al lado del regidor. 

Y háte aquí ya al mismo, en pleno periodo de des- 
gracia. • V . 

Mas e>ta no se limitó á la separación exclusiva da 
los cónyuges. 

Al poco tiempo de ocurrir esta desiioh^, murió 
doña Jaana en el extranjero & donde se habia trath» 
dado. 

Los pocos rcrrsos que le babia dejado li^re« su 
marido, gaitároise en viHtar mélicos Lotabies y en 
arporar todjs los recursos de la cieno a, para qje 



528 



PBDlta DX ALYÁ&JJM) 



do&a Jaana m restableioiQse en m quebrantada salud* 

Los padres de la señora habían mnerto hacia bas- 
tante tiempo, y la fortana que efetos legasen á su hija^ 
faé tan escasat que le consamió bien pronto coq todo 
lo demás de sn dote. 

Serie tan dilatada de contrariedades, babia de con- 
sumir necesariamente las faerzas ñsicas y morales de 
la de Herrera, dando finalmente eon sa cuerpo en la 
tumba, según acabamos de decir. 

Lloró 7 iretorcióse de pena Vizcarrondo al saber 
el fallecimiento de su consorte, y faá más intimo su 
duelo, cuando abierto el testamento de doña Juana^ 
sólo se halló que dejaba en él, el suplicatorio para que 
rezase muchos Pater Noster j Ave Manías por sa 
ánima. 

¿Q Jé hacer en aquella situación? 

Descender del pináculo de la abundancia á loa 
abismos de la pobreza por caprichosas maquinaciones 
del destino, es siempre doloroso; pero cuando el indivi- 
duo se ocasioaa est) mal p3r sus propios desaciertos,, 
entonces debe con vertirse, en martirio el doler. 

Tal le aconteció á Vizcarrondo. 

Pobre, viudo segunda vez j sin esperanza de vol- 
ver á sos antiguos esplende res, el hidalgo contrajo en 
Madrid^ donde se hallaba, una pasión daánimo tan in* 
tdBsa, que vStuvo á punto de lanzar su cuerpo á la se-^ 
pultora. 

Mds apiadado, sin duda, el cie!os de su aflicción^ 
acudió á remediar la natural tristura del oib illero, en 
la forma j manera que se dirá en el capitulo entrante*; 



CAPÍTULO Lili 



Los ama x^es úel tutor. 



Precisamente; con la caMa y tristara del regidor, 
coincidió el enfermar gravemente un hermano del hi^ 
dalgo, que, inuy acaudalado, vivia en Salamanca. 

Una sola bija tenia éste, la cual rayaba á la sazón 
en loB diez j siete abriles, 7 tan bella j encantadora 
se mostraba la joven, que hubiera sido capaz de inspi- 
rar éhridia al mismo sol. 

Dorotea llevaba por nonxbre la muchacha j ^t/<^ru- 
¿fi^pbt sébíenombre, y á la verdad que no se equivo- 
caorott los que así la reconocieron, pues rayaba la niña 
tam alto en dotes personales, ^mo en belleza. 

Jámáis^tM'f ló rostro tan perfecto, ni alma tan pura 
como la de la sobrina del regidor. 

Era ésta dé levada eátatura> de talle gentil y ai- 
TtíMfy n^jeíMaosa en el andar y llena de elegancia en to- 
dos sus movimientos. 

TOMO n 07 



^^ PEDRO DE ALVARADO 



Rostro ovalado, grandes ojo8 azules velados por 
largas pestañas, boca brevísima, y conjunto, en fio» 
lleno de atractivos, tales aparecíanlas principales cua- 
lidades físicas de Dorotea. 

Como era lógico, tratándose de una joven que i^eu- 
nia tantos méritos, no habían de faltarla pretendientes* 

Empero don Bernardo, que así se llamaba su pa- 
dre, no encontró ninguno dign» de ella. 

Todos los solicitantes parecíanle pobres y exentos 
de títulos para poseer la mano de su bija. 

Dorotea, cuja modestia rayaba á gran altura, veíase 
obligada á acallar los impulsos de su corazón por no 
disgustar al bueno de don Bernardo. 

Muchos jóvenes declaráronle su afecto; entre estos 
alguno le pareció á la muchacha muy bien; empero 
consultada la cuestiona su padre, persistió en su tenae 
negativa, so pretexto de la falta de posición de los pre* 
tendientes^ 

Como era natural, la joven cayó bien pronto en el 
abatimiento, y entregóse á funesta tristura. 

Don Bernardo desesperábase ante la situación de 
n\L h^a» y quería lograr por medio de amargas repren- 
sienes, lo que no habia consegaido por la persuaeioii. 

Y tanto y tanto llegó Vizcarrondo á irritar á la j6 
ven, que olvidando ésta los respetos naturales debid9S 
al autor de sus dias, llegó á exclamar perdiendo la pa-^ 
ciencia: 

— £s inútil cuanto hagan por impedírmelo: ó me 
caso con el primero que se preseinte, ó me arrojo deede 
el terrado á la calle. 



PEDilO DB aLVARADO ^^ 



— ¿Eso harás, bellaca? — rogi6 al oírlo don Bdrüar- 
<io. — Pues por qaien soy te asegaro^qne antei de qTO 
■tal acontezca, te Iiabr¿ de . arrancar el pellejo* Ya ve- 
rás, ya verás la que te espera. 

Mas fio pudo realizar Vizcarrondo sus propósitos, 
porqne á los pocos dias, cayó enfermo may grave* 
mente. 

Entonces se acordó de sn hermano don Marcial, 
<}ae víalo se hallaba á^la sazón ^n Madrid. 

Escribióle y dijole, que estando próximo á la maer- 
i;e, le llamaba para despedirse de él, y enoargatle de 
la tntela de sq hija. 

Vió don Marcial el cielo abierto al recibir esta car- 
ta; pues si bien le apenaba la situación de su hermano, 
«e acordó del sanaadisimo candal de su sobrina. 

Y como los duelos con pan son menos, si don Ber • 
nardo moría, presto podría consolarse don Marcial. 

Qaizás Djrotda S3 enamorase de su tío, y entonces 
•el regidor habría hecho su completo negocio. , 

Casado de terceras nupcias, y con mnjer rica tamr 
4)ien, sns males qaedaban concluidos para siempre. 

Ante estas consideraciones pensó don Marcial en 
trasladarse inmediatamente á Salanoanca. 

Renunció su cargj en la corte y partió para dicha 
4dudad como alma que lleva el diablo. 

Guando llegó á ella^ don Bernardo vivía aúo; em- 
pero la gravedad de su mal acrecía por instantes. 

El paciente, con voz entrecortada y sin alientos 
•casi, exclamó al ver á su hermano: 

—Marcial, voy á mcrir; pero me queda el o<»saela 



^^ PEDRO 0E ALVARADO 



de que oaando yo falte, atenderás á Dorotea con pater- 
nal solicitad. 

— Si, hermano nüo, si. 

— Quiero que seas su tator; que no me la dejes de 
la mano, j muy especialmente te recomiendo que na 
me ]a cases con pobre. 

— ¿A^ucque sea virtuoso? 

— A^unque sea no santo: en este mondo hay muchos^ 
pincha-peces que andan buscando gangas, y ci nuestro- 
limpio linaje, ni nuestra extirpe, nos permiten qne Do- 
rotea veoga á caer en macos de uno de ellos. 

— Bien está, hermano; haré lo que tá me ordenas^ 
— contestó con voz emocionada don Marcial. 

A las pocas horas de verificarse esta conferencia, 
entregaba don Bernardo su alma áDios, en medio de 
las lágrimas de sus allegados. 

¿Qué aconteció después de la muerte del caballero?^ 

Traacurrido el periodo del luto natural, comenzó 
el bueno de don Marcial de Vizcarrondo á hacer de 
las suyas. 

Con Ipjo inusitado montó su casa y fuese á vivir en 
ella con su sobrina. 

La infeliz Dorotea ignoraba que todo aquel boato^ 
era adquirido ccn su propio dinero. 

Cteía que don Marcial era rico, y ante esta idea no- 
se curaba de otra cosa. 

Mds no faltó quien á la joven dijese, que tQ señor 
tío y tutor estaba robándola de una manera descarada. 

Entonces la muchacha, con singular habilidad, con 



PEDRO DE ÁLVARADO 



483 



:aoefito dolce, y ron frMe por demás expresiva, dijo 
ea cierta ocaeion ai hidalgo: 

— No extrañará vaesamereé, señor tutor, que le 
bsgs, una pregunta» 

— Dispuesto estoy á contestarla, Dorotea. 

— Quiero que me diga vuesaseñoria, si me otorgaría 
^a autorización para casarme* 

—Guando llegue el caso de que esto acontezca, ha- 
l)Iaremos. 

— JSs, seflor tio, que ha llegado ya. 

— ¿Q jé significan esas palabras? ¿Ignora vuesamercé 
los derechos que hubo de concederme mi difunto her- 
mano cobre su persona? 

— Señor lio, los conozco perfectamente ^ 

—Entonces me extraña. • . 

— De nada tiene que extrañarse vuesaseñoria; he 
pensado en no quedarme pata vestir imágenes^ y rea- 
lizaré mi idea, pese á quien pese. 

— Pues yo digo que encerraré á vuestra soberbia 
persona en un monasterio, para ejemplo de pupilas des- 
lenguarlas. 

— Pu£8 yo ofrezco que no iré. 

—¿Cómo se entiende? 

— Llevaremos la cuestión á los tribanales^ y alli, 
•señor tio, dará vuesamercé cuenta del estado de mi 
<[ote, de les intereses que debe haber producido, y de 
lar diferencias que en ella puedan advertirse desde que 
«e la entregaron. 

Dio la joven la vuelta, y el ex-regidor estuvo á 
punto de caerse de espaldas. 



534 



PEDRO DE ALYARADO 



Al ver Vizcarrondo la entereza de su sobiina, tem- 
bló como nn azogado. 

Recordó sus antiguos litigios, y las deFgraciss qu& 
por ellos le vinieran, y exclamó para su coleto: 

— Si Dorotea me obliga á entendérmelas con la jus« 
ticia, estoy perdido. 

La muchacha ignora yie con su dinero he empren- 
dido machos negocios temerarios, que han dado en 
tierra con buena parte del caudal. 

Iré á prisicnes de seguro por mi conducta, y en 
esta ocasión voy á pagarlas todas reunidas. 

¿Cómo hacer, Dios Santo, cómo haoer para que no^ 
se descubran estos gatuperios? 

¡Ah! qué idea: ha llegado el momento de que yo* 
declare á mi sobrina, la pasión que por ella me con- 
sume. 

Si logro obtener su mano, todo sale á pedir de boca*. 
Marcial, ponte guapo, y procura interesar el coraroa. 
de ese querubin. 

Desde aquel dia mostróse Vizcarrondo con Dorotea. 
afable y galatteador en sumo grado. 

El hidalgo no paraba mientes en requebrarla á la 
menor ocasión. 

Colmaba de cbsequios á la joven á cada ins- 
tante. 

Pero lo hacia con su propio dinero. 

Gomo las mujeres son de la piel del diablo, Doro- 
tea propúsose engañar á &u tic. 

Rizóle creer que le amaba, y al efe-^to le dijo cier- 
to dia: 



PEDKO DE ALV ARADO ^^ 



f^Señor: la verdad es que cualquier dama se hoii* 
raría con poseer Tuestro corazón. 

-*-iQaó dices Dorotea? 

—Digo, qa©*,* la verdad; tiene vaesamersó encantos 
irresistibles. 

—¡Oh I no me hables de ese modo,— repuso don 
Marcial derritiéndose de placer. 

—Sí, señor tio, sí, vuestra apostura, vuestro en- 
tendimiento inspiran las más nobles pasiones. 

—¿Es cierto, sobrinita, que sientes lo que dices? 

— Ciertisimo, tío de mi alma. 

— ¡Oh! no me trates con tanto respeto, pimpollo. 
Expliquémonos claramente: si tú me amas como jo á 
tí, debe cesar entre nosotros todo cumplido. 

—Pero... 

— Nada: dime con toda franqueza, si estás dispuesta 
á quererme. 

— Sí, señor. 

— Magnífico. ¿De suerte que no tendrías ineonva- 
niente en casarte conmigo? 

— Don Marcial... 

— Responde categóricamente. 

— Pues bien, seré franca: me casará con vuesa* 
mercó. «. 

-^¡Oh! ¡qué dicbal 

— Cuando me haya demostrado hasta la evideneia 
que me ama de verdad. 

-^Dispuesto estoy á probarlo, dentro de pocos dias 
se verificará nuestra boda* 

— No haremos tal: soy mujer muy exigente y no 



53(5 



PEDRO DE AXVAJEIADO 



me basta oon que un hombre me diga q«e me aiiM> á 
tontas 7 á loca?. 

— Sobrina, ¿dadas de mis palabras? - 

-<— No, don Marcial; pero neoeeito que nuestras re- 
laciones duren dos afios, por lo menos. 

-p- ¡Dos años! 

— Tiempo no muy largo psara que una dama de jni* 
ció vaya al altar, convencida de que ee profosde el 
afecto de su consorte • 

Vizcarrondo frunció el entrecejo» y te mándese de 
amable en arisco, repqso.: 

^— ¿Scbeis lo que os digo^ señora Dorotea? 

^— ¿Qué, seflor? 

— Que es roach% vuestra exigencia y corta, mi dig- 
nidad, cuando permito que me vengáis con impoei* 
cienes. 

— ¡Caballero, — exclamó Dorotea pouiáidose en 
piá, — si tan alto raya vuestro orgullo .que oreeia-^ue 
una d«Qia honrada ba de volveriie loca por que le o&^z- 
cais vuestra mano, rompamos nuestro compromiso, 
pues yo no pertenezco á esa clase. . 

Y ya iba la joven á abandonar á don Marcial, 
onanda éste, cayendo de rodillas, repuse; 

— ¡Oh! no te alejes, ídolo de mis ensueños; yo te 
amo con toda la fuerza de mi corazón. Si tú me falta- 
ras, la yiida me seria inútil; haré cuantei quieras; es- 
peraré á recibir tu mano, todo el tiempo qu^e gwtea« 
¿Estás contentai tórtola mia? 

— Sí, Marcial de mi alma, sí.., , 

-R¡Oh! Tus frases devuelv€A á mi pecho la tranqni* 



^ 



PCMtO JX ALVAIUDO 



4sn 



lidad; júraoíd, ofréoeme, Dorotea, qae no serás de 
otro. 

— Jurarlo no paedo á faer de buena cristiana. 

—Bien, bien; pero si me lo prometes; ¿no es cierto? 

—Asi lo hago« querido Marcial. 

«-^¡Dójame, déjame besar tus manos de arcángel! — 
«xclami^ con tono apasionado Vizqarrondo* 

— Líbreme Dios de incurrir en pecado: Ínterin no 
sea Yueaira esposa, he de guardarme de toda tmta* 
cion« 

— ¡Aj, aj, aj, sobrina! ¡cuándo llegará aquel día 
feliz! , . 

— Vendrá al cabo, na lo dudes, tuto de mi alma» 

— ínterin esto sucede, Dorotea de mis ensueños, ya 
verás, ya verás, adonde llega la constancia de un hom- 
bre enamorado. 

— Así lo tMpero, — repuso la joven. — Hecha esta 
oonfesion, á sus habituales tareas cada cual. 

— Razón tienes, esposa mía; no deb9 apurarse nun- 
<Mi de un sorbo, la copa de la felicidad. 

— Adiós, pues, pichoncito de mis ilasiones. 

— Adiós, estrella de mis esperanzas. 
Vizcarrondo hizo ademan de lanzar un beso al es- 
pacio y salió de la estancia. 

Ya hallándose fuera de ésta, exclamó: 

— ¡Dorotea, has caido en mis redes; casado contigo, 
me libraré de dar cuentas de tu fortuna y de los desa- 
^^ados que en ella fice! {Qaé pillo, qué pillo soy! 

La joven, arí que hubo salido su tio, exclamó lan- 
zando una sonora carcajada: 

TOMon 6S 



888 



PBimo DE alvaKado 



---llmbócill Lo has creído todo y saponeft que óo al- 
canzo tai marrullerías. 

Por robarme lo mió, por dísñmtar de mi dote, has 
pretendido enamorar á la niña inocente; jahl bellaca 
villano, no sabes con quién te las has. 

Si JO no hubiera dado oidos á tu Binor engañoso,, 
me habrias encerrado en un monasterio á la fnersa. 

Pero el tonto has sido tú: espera dos años, dos 
aj&os, sif el tiempo suficiente para que se há^ bachi- 
ller, el único hombre á quien amo, y con el cual he de 
casarme pese á quien pese. 

— ¡Oh, mi amadiaitno Ginés Pantoja! ¡bendita la 
hora en que te vieron mis ojos! 



L 



OÁPÍTÜLO LIV 



La casade Peyr oncelll*. 



Dos años iban trascarridos desde los sucesos ante- 
liormeote relatados. 

LaB aulas de la UniTersidad calman tina, recogían 
los acentos laminosos de les labios de un joven escolar. 

Ni más ni monos era éste, qne aquel Ginés Panto- 
ja que puso en conmoción á su pueblo con sus trave- 
soras. 

Ginés había logrado los primeros lugares en laa 
cátedras. 

SüB maestros encantábanse al oirle. 

Sos condiecipulos apellidábaole la perla de la Uni- 
Tersidad, por su clarísimo talento y extraordinaria 
instrucción. 

Guando Pantoja disertaba en las cátedras, era im- 



540 



PEDRO DE ALVARADO 



posible contener los aplausos qae le rendían sus com- 
pañeros. 

Tan alto rayaba en la explicación de sas lecciones. 

Gomo acontece siempre en los cuerpos docentes^ 
los escolares más distinguidos formaban una verdadera 
&milia. 

Pantoja no se separaba un instante de otros dos j6 - 
Tenes tan notables como é'; eran éatos los bachilleres 
Iñiguez y Sandoval, á quienes ja conocemos. * 

Su amistad ^i^ría con los ipismofi, obligó al bueno 
•de Ginés á abandonar sus antiguas inclloa clones. 

En vez de consagrarse á la carrera eclesiástica, 
•dedicóse al estudio de las ciencias de la naturaleza. 

Y con tal aprovech» miento atendió á su cultívo, 
que en pocos años logró recibir el titulo de bachiller, 
<^on notas de sobresaliente nemtne discrepante. 

Como Pantoja era pobre, limitóse á recibir aquel 
grado, y no pasó de él. 

£1 bachiller Sandoval, que disponia de algunas su- 
mas, ofreció á Gioés costearle el resto de su carrera» 

Smpero éste se negó á aceptar la oferta, fondado 
-en que quería debérselo tolo i si propio. 

— Los hombres de mi naturaleza y cuna, — ieeia 
Pantoja^— ^fo están contentos, sino reoogen el froto de 
sus afanes después de largo trabajo persocal. 

— Razón tienes,— Sando val d6eiale,~*respeto tu no- 
ble orgullo, amigo Ginés; pero ya que no aceptas mi 
proposición amistosa, no racilo en hacerte una pre*^ 
¿unta. 

— ¿Cuálv amigo mió? 



PEDRO Dfi ALVA&ABO 



541 



— La sigaiente: jsi yo llegase á ser módico jr ma 
diera la ocurrencia de ir á las ladias, me acompaña 
lias en mi viaje como ayudante? 

-^Pregunta más extraña* 

— No lo es, á fé mia: lüigaez y yo, pensamos ir & 
Alcalá para graduarnos de doctores, y una vez esta 
conseguido, nos lanzaremos á los mares. 

—^Oon rombo adonde! 

—Con rumbo á Méjico y después adonde Dio» 
quiera. 

— «¿Pero con qué medios contais para elle? 

— ^Con la.amittad de un valiente español á quien 
Uaman don Pedro de Alvarado, anrigo intimo del ex- 
tremeño Hernán Cortés, que tanto está figurando eb 
las Indias. 

— ]HoU, hokl 

-^Varias veces me dijo el hidalgo: el dia que sea» 
médico, si te parece bien, te vienes conmigo á Améri- 
ca, y si alguno de tus compañeros gusta igualmente d» 
hacerlo, para todos habrá destino; ¿conque te decides^ 
OinéA? 

— Oon dor condiciones. 

-r-Sepámoslas. 

— Primefa: he de ir á ver á mis padres. 

-^*£ktnoedide. ^ 

— Segunda: no abandonaré la patria española, siii 
antes haberme unido en legitimo enlace con mi nny 
amada señora doñi Dorotea de Vizcarrondo. 

*^|La sobrina del regidor Vejigailla? 

— lia mtnkia que viste y calza. 



5i2 



PEDRO DE ALVaRaDO 



-~¿Sab6S lo que estás dieiendo, Pantoja? 

— Lo qae aoabais de oir, SandotraL Dorotea me ama 
y ha de ser mi consortd, pese á quien pese* 

— Amigo miOy me parece que esa mujer te engaña, 
pues según dice don Marcial á cuantos quieren esou- 
oharle, muy en breve se veriñcará su boda con su so- 
brina. 

— No conooei», señor Sandoval, de lo que son capa- 
ces las hijas de Era. 

— A. ver, á ver. 

— Gomo Dorotea sabe que su tio es un enérgúm^io 
7 un malversidor de su fortuna, ha dicho para si: 

-^Hagamos creer á este bribón que dentro de des 
afios seremos su esposa. Al cabo dd este tiempo, Pan- 
toja, á quien amo, será ya bachiller j estarA en dis- 
posición de casarse conmigo; se realizará nuestro en- 
lace y tendrá el tutor que soltar mi dote, acrecentada 
con dobles intereses que ha debido devengar el capital^ 
por el mucho tiempo transcurrido desde que Vizcar- 
rondo pomenzó á manejarle. 

— Liftta es la niña. 

— Ya lo creo, señor Sandoval: aquí obramos de pi- 
llo á pillo. Vizcarrondo fiuje amar á su sobrina para 
no darle cuentas de lo que dé su dinero ha gastado. L% 
niña logra engañar á su tutor, para cogevle al cabo en 
ú garlito* 

— (Pero ella te quiere de veras! 

— Con toda su alma, señor SandovaL 

— Pues siendo asi, bien harás, Pantofja en ocupar- 
te de tu matrimonio y en aormalizar tu situación* 



PSD&O DS ALVAIULDO 



543 



— Consegoido lo caal, jaro j prometo á vaesaaidr- 
có, que después de saladar i mis padres, he de ir á 
buscarle, así como al señor Iñigaez á Alcalá, para 
que cuaudo lo jazguen coaveniente nos lancemos á los 
mares. 

— Dentro de un afto se habrán terminado nuestros 
estadios j podremos emprender el viaje. 

— Magnifico^ señor Sindoval, magniñco. 

— Nada te faltará en América viviendo yo, Pan * 
ioja. 

— No lo ignoro, amigo^del alma. 

~»Si yo llego á ser médico do las fuerzas españolaa 
que íirven al rey en Indias, lA serás mi ayudante^^ 
tendrás un buen sueldo., vivirás conmigo, atenderé á 
tu manutención, y asi podrás enviar á tu familia gran 
parte del dinero que gauM. 

— Mil gracias por vuestra cortesanía; pero Pica- 
do que no tendré necesidad de ocasionaros ningtm 
gMto. 

— ¿En razón á qué, Ginés? 

— En razón á que como Dorotea es rica, me sobra- 
rá con 0U dote para subvenir á todas mis exigencias. 

«— {Hombre desdichado entre todos -los de la razal 
^Crees tú, que si te casas con Dorotea vas á cojer un 
real? Conozco bien á Vízcarrondo y sé que á .la hora 
desta ha dado ya al traste con toda la hacienda de su. 
sobrina.; 

~-Paede ser, eft cuyo caso me coatenUré con su 
amor y con el patrocinio que n» ofrecéis. 

— Más té vale, queridísimo Pantoja. 



5U 



PEimO DB ÁLYAKADO 



Tal era el diálogo que mny de mañana, mantenían 
desde sa respectivo lecho los dos amigos. 

— Ha llegado la hora )— exclamó el bachiller San- 
do val, — de qae sos encaminemos á casa de Peyronce- 
Uiy para tomar el desayuno. 

— Si/compafiero, deois bien. 

— A.migo Pantoja, repetidas veces te he dicho que 
si DO me tuteas f me obligarás á que te trate con el mis- 
mo cumplido. 

— No puedo daros gusto, wtíot Sandoval: vuestro 
Mnaje es ilustre, y todos los plebeyos hemos convenido 
en acatsr á vuestra peñona como cumple á su extirpe. 

— Pues es una gran tonteria. 

-^Además, en las aulas os apellidan con razón él 
maestro, por vuestra inteligencia y saber, y cuando 
tal hacen los catedráticos, no hemos de ser menos los 
discípulos. 

— También á ti, querido Pantoja, te saludan con el 
nombre de perla de la Universidad. 

-«Porque vuesamercó y el «efior IHigueis, dieron en 
la flor de otorgarme dictado tan injuito. 

— Menos modestia, y póngase cada cual en el lugar 
que le corresponde. 

Levantárense los dos amigos, y se dispusieron & 
partir en dirección de la oasa de Peyroncelli. 
Era este, italiano de cuna, y escultor de oficio. 
Yi^ia desde mucho tiempo etráto eu Salamanca, 
fabrican lo esculturas pan los templo» y los palacios 
de los grandes. 



PEDRO DE ALVAjElADO ^*^ 

Pero no se limitaba á esta exclasÍTamente» la pro* 
ftsion del escultorí / 

Ganoso de hacer dinero j de llenar con él producto 
de otro género de trábalo, las deficiencias del sajo^ 
apenas PeyronceÜi llegó á Salamanca, abrid nn mo-^ 
destó comedor destinadosolamente á los estudiante de 
la universidad. 

Eq él, por poco dinero, facililiaba el patrón á los 
escolares, almuerzo, comida y cena. 

Y como los italianos se han distinguido siemjnre «ot 
esto del arte culinario, Peyroncelli lograba atraer k 
su comedor á cuantos cursantes encerraba la salman- 
tina. 

Por vulgar que uu plato fuese, sabia, el esbultor 6 
su serndumbre aderezarlo con tal ma&a, que cuántos 
le gustaban, chupábanse los dedoá de gozo. 

' Asi que su casa adquiría bien pronto jtisto y mere- 
cido crédito. 

Bl italiano, tenia además la rirtud de no dar es- 
trada en su comelor á ninguno que no fuese estu- 
diante. 

Y rayaba tan alto su amor por las virtudes y fue- 
ros de lá clase estudiantil, qw cuando los escolares 
tenian alguna pendencia, el primero que empufiaba la 
tirona para salir á defendellos, era Peyroncelli. 

Y tan hlbil y diestro era en el man ajo 4e la es - 
grima, que; triutif^bá sobre los mi» eq>ertot tíradofes. 

Asi, con tal patrocinio, resultaba siempre vietiH 
rioia la fatanje de les sacerdotes de Minerva. 

Ssfta nobilísima conlncta tenia entusiasmidosálos 

e9 



^^ PEDRO DE ALVARADO 



escolares de la salmantina^ qae se deshacían en enco- 
miásticas lenguas para su defensor, por el cual se ha- 
brian dejado todos hacer pedazoSé 

Gomo aditamento de tales procederes^ seüalaremoa 
Hno mny fiindamental. 

El poco dinero de que el italiano dispojiú^y estaba 
siempre á disposición de sus abonados. 

Todas las trampas hechas por los escolares, y coan* 
tas pérdidas y menoscabos experimentaban estos ea 
sus peculios, eran remediados accidentalmente por el 
eecnltor. 

Y si el bueno de Peyroncelli no disponía de recnr • 
sos para hacello, pedíale prestado á un amigo, con lo 
que sacaba del apuro á los necesitados. 

Natural era que quien obraba'a&i| alcanzase los más 
espléndidos tributos de admiración y de afecto. 

Guando Peyroncelli llevaba á cabo una de estas 
exigencias de su corazón nobilísimo, exclamaba ante 
los ecos de gratitud de los j6yenes: 

— ¿Que cuándo me lo pagarán digaamenta^ dices? 
Pues el dia en que tomen la borla, viniendo á dar un 
abrazo, á este viejo amigo de vuesasm^^cedes« 

— El alma y la vida os dacamos, — contestaba ¿una^ 
toda la ialanje escolar. 

Y protextanio mil y mil vecas al escuUpr su cari- 
ño, prodigábanle nae?o) elogios. 

Los anos llamábanle. /lo/ar minorum ffenf¿u/n^ á 
usanza remana. 

Los otros Utilizaban considerándolo: lua^ jupem * 



PEDKO OS ÁLVAKADd 



447 



Bl de aquí, permitiasd apelU(£arl& speculum misen • 
cor dice. 

T la mayoría largábanla á ca<ia paso, 'aquello de 
hxmto sapiens^ mr prudens^ máffúte^ dignitatis nostra^ 
<ion otros salados de este jaó¿. 

Mas no se orea que era iodo virtud j diafanidad en 
*el italiano. 

¿G6aio se reintegraba é\ mismo de los perjuicios 
que le ooaiiotaba su e8|)lendidez? 

Ahora vamo» á verlo. 

Agradecidos ÍQtiooiatneQtd los escolards^ ya fuesen 
]^bres ó rióos, de las mercedes que les prodigara el 
escultor, e^eribian frecuentemente á sus padres ó en- 
cargados diciándoles : 

Que tenian en el artista un segundo padre, el cual 
les atendia con la mayor fiolici#od, dn'-aute su perma- 
nencia ^Salamanca. 

Que si algún estudiante tenia la ddsgricia de caer 
-eiCermo^ ai punto trasla jábase Peyroflóelli á su lado, 
hasta que el paciente sanaba. 

Que con celo erlitiaao y cariQ(x inimitable, cuiíaba 
^ artífice al doliente,, propiuáoíóle per si propio to-* 

Y en fia, que jamis hirároíi libíirde cansejos, ca- 
iálogo de lecciones y formulario ét iconsultas, como los 
labios del escultor. 

Oomo era tónico, est^noticiai llenaban de singu- 
lar 99tí»Dáok losf pariente* de los estudiantei. 
. Y alfiler de. hidalgos agradecidos^, y dé ca')aÍldro8 
OCKieaanos, aprest&bansaá correspondef, segan su ex* 



*»8 PEDRO DK ALVARADO 



tensión de pofiiblesi á tanta y tanta fineza de Payron - 
celli. * • ' V 

¿En quó forma «factuábanb? 

Apenas llegaban Natiiridad y Pá«caa da ResurBee^ 
cion, llovían los regalos en casa del italiaiu). 

El ricQ camo rioOf y el pobre según sos reculrs<)^^ 
enviaban al escaltor su homenaje correspondiente* 

De modo qne al poco tiempo, el habilidose extran- 
jero lograba reunir en su corra], más gallinas qae ea 
todos los de Esp^fiajanto^: en su despensa, -más jamo- 
nes, cecinas y embatidos, que ea producir pensó la ri- 
cft Extremadura: en sus sotóos, más pdliejos de moe<- 
to, que pudiera consumir Aragón en tres décadas; y ei^ 
sus almarios más quesos, mieles, repostes y ctmfitoras, 
que fabricaran en veinte años, todas las monjas de cuan- 
tos monasterios existían á la sazón. . ^ 

¿Y qué hacia con tan buenas provisión es el ita«- 
liano? < 

Ni más ni manos que dar de comar delüís á los es- 
colares, y seguir cobrándoles sus meaadas. 

Con todo lo cual resultaba, qoee! din ira qoe: por 
este concepto recibía Payroucelii, pasabi á ras ateas 
de polvo y paja limpio, hasta que la voz de mayores 
necesidades era servida da sgcaihi 

Bn cuanto á las demis virtudes del artiñi^e, apnn- 
taremos algo. 

Jamás quiso PdyronddHi tener en su casa oñáda» 
jóvenes, para evitar oontingendas damalcarAoter. 

Pero en cambio, desplegando toda su sagacidad^ 
logró enooi^ar para el sarvioie de lú$ «wolaras Vñm 



PBDftiO tm 4MfMUII0 ^^ 



^aUi^flona, tan hibll m e^«aiiiiJo4§lM plaiosi cono 
lastra en el zurcido de todas las ittterai. 

Saina erta Yíeja eoha? lai Mrtu A la l^erfecoiou j 
dar oons^s tan hábiles, eomo !#s ifoe padiera prroda«' 
<6ir ht boca éek más esparto U^do. 

"^ 4sÍ9 |Hieá9 cuando loa cstiidla«l«i te "Téian eoreda- 
<dos e« la diftcQltoaa madeja de Otptdtt acndian de se- 
.giiída á If Qttkit%fioDa pam pedirlo i^n proteocion. 

Estacomenaaba por apelar Uk earlossaneia, para 
deducir de. sus combinaciones lo que al enamorado ha- 
4)riale de suceder. 

' En conseeuencia de lo qué de^aqui i(^ultaba/la se-^ 
flora Mariverde, que asi le llamaban sna admiradores^ 
por la color de sus gatas, producía sus consejos acerca 
*del partido que convenía adoptar. 

Luego, si el astro del amor mostrábase benévolo 
para los que reclamaban au aoxUio, dábales la vieja 
«nos polvos, efe la urnTSela grdnl>estia. 
* El que los tomaba, tenia por fuerza que enamorarse 
<ie aquel de cuyas manos venian; de suerte que si algún 
^encantado doncel dolíase de los desvies de «t dama, no 
^nia que hacer otra cosa que propinar disimuladamen- 
te el medicamento, y esperar á que el hielo de la indife- 
rencia, se tornara en vivo fuego de la más arrebatado- . 
TA pasión. ; 

Muchas victorias alcanzaron, á la verdad, los esco- 
lares con las drogas de la tía Mariverde. 

La cual completaba sus hechizos, facilitando á cuan- 
tos se los pagaban bien, ciertos modelos de cartas de 
^mor, de tau empalagosa literatura, que hubiesen cau- 



Ú50 



PK»0 DE ALVáRADO 



8ado hastío 4 la miel misotó^ cmo tle q^ie la miel iiu- 
biese tenido paJi)dár# • ' / 

Tales eran^ en retúoieiiy ios eleínentos dignes de> 
estudio, que eficerpabataeása del escultor PcjjronoellL 
' Empero segamos ¿los (bachilleres SaiidoTal y Pan^ 
t ja, q»6 cojiyersaiido ra;akigablabieakta flatíeMa. ék bcl 
oasa, crusaroft varias ^oalles, f dieron al teba con kt 
del artista, en puya oodftedor^perábales^fPobtebláaiKi' 
mantel, su sabroM 7 abudante <k sayioio. 



* CAPITULO LV 



Desafueros y travesuras. 



No habían hecho los do» baofaillwes más.qoe pisar 
el umbral de la casa del escultor, cuando oyeren los 
más desaforados gritos en la calle. : 

Iban á salir; pero ddtayióronse hasta ver. loi ^ue 
aquello significaba. 

PejroDcelliy sin desplegar sus labior, cerró ante 
ellos la puerta del zaguán. 

•^iHof si que me va á costar cara la hazafta Ú4 esos 
picares!-— repuso. 

— ¡Mueran los estudiantes! ---gritaron desde la calle. 

—¡Si, que mueran! — contestaron. 

—¡Por Dios tíyo! que voy á salir á hacerlos peda- 
zce^'— exdamóPantqja echando mano á un garrote. 

— ¡Teneos! — gritó Pejroncelli,— pues podas per- 
demos á todos. 



5*52 



PKDRO DS ALVARADO 



— ¡Maeran los estadi^^ntes! —repitieron desde faera. 
— ¡A.baja los hambrones! — contestaron varias TOce» 
aguardentosas. 

Pejroncelli abandonó á Pantoja y á Sandoval por 

un instante, j llegó hasta el corral de sa casa que daba 

al campo. 

—¡Por aquí, vive DiosI — gritó abriendo una puerta. 

Varios sotanas, viéronse cubrienlo los cuerpos de 

algunos estudiantes. 

Atravesaron éstos, como alma que lleva el diablo la 
puerta aquella, y el escultor IÑ cerró súbitamente. 

Volvió luego al zaguán y dijo á Sandoval y á Pan- 
toja: 
—{Por vuestra vida, escondeos ¡también! 
^— (Pues qué ha sucedido? 

•-^Nada: una de tantas travesuras octmo esos lúen- 
gnadDi hacen á menudo* 

— (Mueran los mantoM sin honra! ~repitieron des- 
da fuena. i : 

Pantoja sin podei* contenerse, abrió Urao de cólera 
la pAsrta del zaguán, y apareció en la calle. 

— ¡Voto á — exclamó. 

P«ro ao pudo concluir La frase porque le vido tal 
risa á los labio?, que estuvo á punto de reventar. 
íQaé le sucedía al bachiller? 
£1 cuadro que se desplegó ante sus ojos, no podia 
ser más original. ; . ^ 

Los dueños de los comeraios inmediatos á :1a c^asa 
da Peyronoelli, estaban asomadés á los bédconeis; - 
En la calle ocurría una esc^a cómica por demis. 



PIDUO 1^ ALYikRjUM) ^^ 



* Rodeados de nameroso gdntfo , y eiaue dos^rariiimos 
^rsosajes. 

Eran estos una mojer, alta cono caila de la doG«* 
trisa 7 delgada. como espirrago triguero; y qq enano 
de deavergonzado roatro y descarado contineaió. 

Aquellas dos persona*, acababan de contraer matri* 
monio y Volvían á aa hogar teglüdos de todos los con- 
vidados á la boda. 

' Pero quito La;cifer que al pasar por dektite de la 
oasa de Peyroncellit ocurriera á los cóoyi;|jes un ex*^ 
irafio eontratiempo. . ^ 

7arios de los estudiantes más traviesos que freauen- 
taban la hospedería del escultor, supieron que loa casa- 
dos habian de atravesar por frente á ella. 

Subiéronse á las bohardillas de la casa, provistos 
de largas jeringas, de tinta llenas, asi como de no pe- 
qnefia cantidad de tomates. 

Ciando los novios acertaron á pasar por allí, uno 
de los escolards descargó desde su escondite la horta- 
liza sobre el vestido blanco de la novia, dejándolo, mai 
parado. 

: Otro, disparó nn golpe dé lavativa sobra el rostro 
del enano, dejándolo más negro que el carbón^ 

Gomo era natural, los novios y los convidados, pu- 
siéronse ante estos ataques hechos unos basiliscos. 

Y en fuerza de los grites qUe daban todos, los ^con- 
vecinos de Peyroncelli salieron á los balcones para 
asociar sus protestas á las de los agredidos. 

Por esto se explicaba la algarakia y ruido de la ca- 
lle, cuando aparecñó Pantoja ante la multitud: ; 



5M 



PEDRO DE ÁLVARADO 



Al ver el bachiller lo mal parados qae se eiiíoon- 
traban los novios, no pudo inénos de reir á Hiandibala; 
batiente. 

Li cual adrecentó las iras de los espectadores, que 
mirando á Pantoja, comenzaron á gritar llenos de ra^ 
bia: 

— ¡Ese es el calpablé de todo, ese ha sido! ¡Maera 
la canalla estudiantil! 

— {Mentís, menguados!— >rogió Ginés, levanttodo 
en alto los pufios. 
— jMafiítdle, matadlé! — repitieron varias vooes* 
Sandoval que ojrd estas frases, acudió en auxilió da 
8U amigo. 

—¡Otro, otro canalla! — volvieron á dedr desde lá 
calle y desde los bakones. 

— ¡Canallas serán los que tal dicen! — gritó indigna- 
do Pantoja. 

— ¡Abajo lap^ebe, nmeran los hambrientos!— ¿repi«» 
tío á coro el público. 

Y ya iba éste á lanzarse sobre los baohUleres, caaa-- 
do apareció en aquel lugar uua ronda de alguaciles. * 
Al lado de su jefe venia el famoso regidor Viz* 
carrondo. 

— (Ténganse todos á la justicial— exclamó el ikidi- 
liar levantando su vara. 

La gente quedó en absoluto silencio. 
£1 jefe de la ronda entonces, colocóse delante de los 
grupos y exclamó: 

— Salgan al frente los ofendidos. 
£1 enano y su mbjer obedecieron al justicia* 



\ 



PEDRO DE ALVAEAIK) ^^ 



— iQ^é ha pasado? Habl^df peio preito,— dljolc» el 
de 1»' Saaia COA tono aore. . 

—Ni más ni jnénos^ contestó el enano, — que nna de 
tantfié infamias eonao saelen Jiacer á menudo, eatoa bri- 
bjnes que viendo estáis. 

•-F-jLjas catiailadaa de siidmfMre,<^^rQpn60 metieindo sa 
coarto á espadan Vizcarrondo. 

-*f jLa» canalladas, tutor sin honra^ son las vaestrast 
— rugió lleno de ira Oinés%. 

— ¡Miserable! — exclamó el regidor lanzando fuego 
por los ojoí^ 

— ¡Silencio!— ^gritó el corcbete elerando los pu&os^ 
' tod o el mundo caileí basta que se expliquen con li- 
bertad los ofendidos. 

£1 enano, entonces, tomó la palabra diciendo: 

— ^fiipr familiar; lo ocurrido, y asi me condene si 
no digo verdad, ha sido lo siguiente: 

yolviamos del. templo, de celebrar nuestro enlace 
Lucia 7 yo, acompañados de estos cabalaros, cuando 
al pasar por delante de la casa de ese italiano, que 
Dios confunda, nos disparan desde la azotea, yo no sé 
qué ¡uroyectiles. ., 

El familiar volvióse á Pantoja j severamente le 
preguntó: 

— ¿Qué decís desto? 

— Señor justicia, que lo acontecido es natural, — 
comeató el mterpelado. - 

—¿Cómo? 

— Me explicaré: mi buena señora doña Lucía se ba 
puesto roja, no por tomatazoa ni nada de esto. 



^50 



fCDRO D8 JLLYAIUDO 



— ¿PúéB por qQ¿ entofeeet! 

— Porque á fuer de virtuf^ay le Mfe ^ rwhrpar to^ 
das partes. 

Una explosión de carcajadas y It silbidi)^, fa^ tá 
Tespaesta otorgada á Gicés. * 

El &miliar logró imponer silencia á la geste, y 
Pantoja siguió diciendo: ' ' ' 

: —En cnanto á la negra color qne embadarna el 
rostro de este hidalgo, nada de particular tiene: 
• —¿Qoó queréis de<iir1 " 

— ¿No acaba de casaiee! 
, — Afi es. . / 

-^Pues siendo sai, nada de extrafto ütvae qm-^de 
tinta. ^ , . i 

— iGómc? 

-««Pensando en la gravedad de lo^ qne acaba *^ de 
liacer* ^ 

— ¡Basta de burlaal fvive DfOsf-o^grHó el fbmitiar 
hecho un enetgámeno. . . • .4 

^^--jPrendedlos, prendedlos! — exclamó k gente su- 
blevada, - > 

— ¡Sí, si, que acabe una vez el imperio de los bri-- 
%ones!— repuso ingiriéndose, Viíjcarroádó. 

— ¡Mejor haríais én no robaros la dote de vuestra 
eobrina! — exclamó Sandoval. 
- — ¿A. mí tal insulto^ villana? 

— A vos 7 á cuantos pilletes circulan por las ca-* 
Ues debiendo estar en presidio. 

— ¡Fuera, fuera! 

— En. esto varios alguaciles que habíais penetrado 



L.. 



PKDRO ra AJLTAIUPO 



557 



en la cata de Peyroaoelli patm registrarla, ^olVieros 
á dond i eiiaba el fa&iliar y exclamaron. 

— Por desdicha han huido los pájaros. 

— 'iQaá pájaros ni qnó ni&o ma«rto9 — ^reposo con 
safia Vizcarrondo,^— iqoi, entenielio, no hay más cal* 
pablas del desagoisadot qae estos dos bachilleí^s quo 
viendo estáis.. 

'^¡Mmitis, Toto á brios! — contestaron los aludidos» 

-^Eko ya se averiguará más tarie,-Hrepa80 el fa*' 
miliar, — ahora, daos presos por el pronto. 

Como abortado por la tieiraa, apareció en aquel si- 
tio tábitamenta nn aneiano sacerdote. 

•r{Sa Iloatríiitttal— excUmó á una el pública» que« 
dando como petrificado* 

Bl sotana avanzó con paso grava hasta Vizcarron- 
4o y d fismüiar. 

— {Pareee mantirat---exalamó, — que hombres sé*' 
ríos como nsanedes, estén perdiendo el tiempo en es- 
tas oDsaa! 

— ¿Iban á prender á estos dos jóvenes, no es ciertol 

— *L%liy oblifaá detener 4 los ctilpables de cual- 
quier delito, y estos bachilleres son los únicos respon^ 
sables de lo ocurrido aquí. 

—^{Identísl— exclamó el sacerdote, que no era ni 
mÚÉ ni meaos ^e el Obispo de Salamanca bajo cuyo*, 
patronato estaba la unirersidad. 

-—Yo aftrmot-^repuso descara demente Vizcarron- 
do^^-^qne la justicia no se equivoca en este caso.— L« 
respeto aoflcientemente para no desautoriiarla. 



^^ PEDRO DE ALV ARADO 



— Mejor hariais, — caatestó el prelado oon tono 
enérgico,— en. rendirle culto, dásdole oventss claras 
de ciertos negocios. 

El regidor sintióle invadida p(»r el hielo de la 
maerte y no osó deip^e^ar sns labios. 

El prelado levantó la cabezi y pregante al páMico 
con acento claro y expresivo. 

— ¿Hay alguno^ que á pisotear se atreva los faeros 
de la universidad? 

El auditorio gtiarJó completo silencio. 
El obispo preguntó nuevamente: 
— ¿Existe algún menguado que^desconosn las vir-* 
tudes y sabiduría, de los señores bachilleret Pantsja y 
Sandoval? 

Nadie se atrevió á desplegar los labioü. 
— Me place, —exclamó el sacerdote^*— ver ahora 4 
asarcedes tan callados, que ni una palabra dfgan. 
El enano al escuchar esto, atrevioará exclamar. 
— Sefior ilnstrisimo: como me asiste la ¿asen, ma 
permito afirmar que lo que han hecho Ids Mcokres 
oon nosotros, es una verdadera fdlonia» 

— Mayores son las que vas hacéis frecuentemente 
con ellos. 
—¿Cómo? 

~-jSi no tavieseii en vuestro hoga^F iuia cá^ar da 
juego, se perierian tantos jóvends pqr vsieatra cid- 
pa? » 

El enano echóse 4 temblar aoma un apHtfptiie-, j 
vencienda poco después su estupoc, axaiivaA dÍQgt^a- 
dose á su esposa. 



PEDRO DE ALVAftAiK) 



559 



— Lacia: oon permiso de estos señorast vamonos de 
aqoi. 

— Es lo mejor qne podéis hacert^^repi^so el prela- 
do, — asi ocultareis la yergUdoza de ynestrag viliapas 
aociones. 

Eomedio de prolongado ramor, abandonaron aquel 
lugar los novios y los convidados á la boda« 

La gente que ocupaba los balcones fuá retirán* 
dose. 

Cuando el obispo estuvo sólo con el regidor la 
justicia 7 los bachilleras, exclamó dirigiéndose al 
primero: 

7-Retirao?; que vos nada tenéis aqui que hacer, 
Vizcarrondo partió de aquel sitio muy á pesar su- 
yo^ no sin lanzar á los escolares una mirada de tigre. 
Cuando ya lo hubo efactuadOt dijo el sotana al fa- 
miliar. 

~-Si en adelante procedéis como a^ora autoritaria- 
^Mote, sin curraros de quienes sean los verdaderos cau- 
santes de las faltas que ocurran teneos por destituido 
j p^ algo más que no quiero decir. 

— Yo, sefior. \ 

— Vos^ que empezáis por sejr prestamista délos más 
avaros que douoció España. . 

El familiar mordióse los labios de cólera^ y se li- 
mitó 4 partir^ haciendo previamente. al sotana una 
|nclinaóio&< de x^eza. 

— Albora, —repuso este dirigiándose & Pantoja y 
Sandoval, — retiraos vosotros, mis queríaos discí - 
pu'os. 



660 



PEDRO DB AlLY ARABO 



— Vuestra ilastrísima estará perf jctamenta coaven- 
cido, — exclamaroQ ambos jÓ7enes,r-de qaé nosotros 
nada tenemos qae ver con lo que aoabft de ooarrir. 

— Seguro estoj de ello; oono2co á fohdo vaestro ca- 
rácter y seriedad j no se me ocnlta qae esos britionet^ 
de vuestros colegas, tienen la culpa de todo. 

— Nosotros les diremos en nombrada si Ilustrísi-^ 
ma, que se abstengan' de incurrir en loiu'iesivo ental- 
les desafueros. . ' 

— Sí; porque como estas cosas se repitan, — excla- 
mó el obispo,— voy á sentenciar á media universidad 
á que pierda el curso. 

Sandoval y Pantoja besaron ras pat desámente las 
manos d^i prelado, el cual encaminóse á su casa. 

Los dos bachilleres penetraron en la del escultor;!" 
Dentro de ella, esperábanles los autores dé la aco- 
metida dada á los recien casados. 

Hablan vuelto á la hospedería movidos de curiosi- 
dad, y para declararse autores del hecho si hubiertt^ 
sido precise. « ' 

-i-En buen aprieto hemos estado,— «exclamfi Panto* 
ja al ver á sus compañeros. 

— ¿Qaó ha ocurridol— preguntáronle ósios. 

— Nada; que por poco vamos á prisiones Sandovat 
y yo, por vuestra culpa. 

— I ojusticia grande habría sido esa, -^exclamó ñna 
délos escolares, — 3uando aquí nadie es responsable ddl 
suceso más qué yo. 

— ¿Tfl, Melendez? 

— |U w^mo que viste y calza. 




Í^BDRO DB ALTAIUÜK) ^^ 



— (Y qaé te ha morido á tratar tan cradimentd al 
«nano y á sa mnjer? 

' — iQqó me ha moyido? — Preguntádselo á los únicos 
^nco dncados que el piojo me robó anoche en el juego. 

— |Gaándo dejarás la afición^ Melendezl 

— May pronto Pantoja: he jurado no volver á jugar 
más: por eso me jiéifleBpecRAe'üel vicio llorando tintan 
^njM lágrimas han mojado el rostro estúpido de 
mi^mpetidor. 



I ' 



TOMO II 71 







CAPÍTULO LVI 



lAfl ttdMlMMiOlIMte lftoÍT«vd«. 



PenetremoB en el comedor del famoso Peyroncelli» 

Sentados en torno de nna larga mesa de pino j 
alumbrados por la luz tenue de nna linterna que pendía 
del techo, yeianse varios estudiantes. 

Todos ellos acababan de cenar, j disponíanse á 
pasar la velada,^ relatando sns glorias. 

Los unos, con demasiada flexibilidad de lengua, 
recitaban el catálogo interminable de sus conquistas 
mujeriles. 

Los otros, criticaban con punzantes sátiras á sus 
profesores. 

Varios, debatían acerca de determinados concep- 
tos científicos. 

Y los más, entreteníanse en recojer de la mesa los 



miáO'tít AiTAitáBÓ *« 



MbaéóB Téñtb» del festiá para (yo&ier dé^me? o, dtttfpMü 
de haber cenado eoihd óan6n%ó8. 

De todos los escolares qae "Veíatisé alH) tálo^tma 
attreeia tri^ie, melanedlico j silittOloío. '« 
^'^ Era el &moso bac^biller Ginés Pkatofa;^ 

Ed vano procuraban distraerle SM mmigoH, relatan « 
éóle Süentos f conííejaf; - 

Pan toja disponíase á esoilcharlas^j^rd quedaba lA 
|l^o tiempo cotilo ab^mado en pr¿fQndt»i refle- 
xiones. * '^ 
^'^ Al Verle asi, el estudiante ^né se encontraba 'á su 
l¿do, raposo lleno de cólera: - ^ 

—¡Por mi vida, que parece, Ginós, que te has vael¿ 
ÍKf tonto! • - 

^ -iYo? 

•—¿Dudas del amor de Dorotea 6 qué dem^dnioB te 
acontece? 

— ¿Dadar? Eso nunca: la creo asa£ noble y virtuosa, 
para suponer que estuviera engañándome. 

— ¿Entcnces?... 
' —Amigo mió; ciertos presentiínientOs inexplicables, 
llenan de amargara mi corazón. ' / 

— ¿Presentimientos! ¡Oh! Puea bien pronto íiuades 
éaber «i se convertirán al cabo en reaüd^det. ' - 

—¿Cómo? ^^' 

— Ahí se halla nuestra amiga la sefiora Mariterde, 
ifite ya e&tará deseando que la Uamémos'para consultar 
la rueda de la fortuna. ^^ 

' — Dejaos dd esas tonterías; ¡ 

—¿Tonterías las llamas? Pues apuesto doble contra 



W* n»^Q PTt ALVAKAI^ 



ha de quedar cosa qne.^oo aTerigUe* w - , 

i -TT-MÁJiditfií ai.<u^. €tfi samegaatea Iff ajerias. 

— Eso podr4# asftgnrarlOf oaando naestra mnjrjit^ 
nerable señi^ t^'idiga on^ savia de yerdadet má» 
gfifdas que PQ&4II, 

— Dispuesto estoj á haoerlot-Mxwiiastá ana voz asnz; 
ftispada 7 cbillopa* 

La Iniga MaxiYerde presantóse de súbito en la. m^ 
tancia. 

, -^H6[ aqnlt ^la^ilaske priuoefla del donaire 7 de 1& 
felicidad, — exolamó uno de los jóvenes aludiendo ái la 
TÍejiu ^ . ,- 

— Cierto, ciertisimo,— respondieron otros. * , 

— Gracias, hijos mios; vuestra amabilidad na tiene 
limites p^ra esta pobre m^f r. 

— ¡Gomo que sois la perla da la casa! 

-*-*lEl astro de nuestras dichasl 

— ¡Nuestr.a maxüjrel 

— ¡Nuestra protectoral 

•vBástat basta d0 elegios ó harioi Yuesaijaieroedes 
que me salgan al rostro lq# colores. 

«-Todo lo merecéis, señora Mariverde. 

— Lo que 70 qniero es ver si se alegra el bueno de 
Ginesito. 

-^J^Q 8{tf^ iiñoilf mi ama. 

^— Vamos á verlo; colocaré los elementos de coi^baite 
en su respectivo lugar. 

Y esto diciendo, sentóse la vieja 7 formó sobre la 
saesa los naipes que en sus manos traia. 



L 



KMlO Mt JLLrARAfie ^'^ 



!^>Té4os 'los éiMlaMs «pM'Mftrofise á «irk con ^rait 
«tención. ■ ' ' ' 

'■'^ PMMÓ4É cliedó f etilftdo mnr 0^*08 dé lá an- 
cians. " • ' 

•vui^Afaia ñftfl 4» cstM carta», if -ki^o otra', basta 
^Miaclailrlas, dcg'ando uña láéáipré «limédio,«-'^«Ia3tté 
li^^iñta&oiía. - 

-" -^Hfeéio arf'CKná». • . .i»,. - ^ . . 

Caando hubo oonclaido de réalisar esta operación, 
ifiati-v«rde tomó la imlafara, etclatbawio: 

— fin verdad te digo, pimpollo, que todo lo ^ae iá 

— ¡OelosI 

— De 686 miserable de ViMárrMüáo. 
-*^Al fé mk... 

— A. fá taja que aquí no caben fingimieütos, teagoei 
astro de la verdad en mi presencia , y ño es posibleqne 
trMüfo nada qne á ella sea contrario. 

^^Oomo gnsteia, sefiorá Maritordey-^la respondib 
Pantoja. 

^ Lá vié^a pMiBÍgfai6 eA está fof áia: 

— Qinesito, estás más celoso qoe un turco, j iiüei^tat- 
láente qtte no te l&lte razón. 

-"^esaerifftol 

— Don Marcial no para mienten en agtisd^ar 
á' Msdbñna y. en colmarlh de obseqsiéB y de re - 
^los. 

— ¡Voy á matar á ese miserable! 
— t'en cmdadé, né te mate ^ á tí. 
^ --N5gQtté dedef bíaja? 



^ PEDRO. J>t liLYAEJUM) 



, fT-Si coautpzaa á üifiríxme «gcafi^i, dñrépuiim- 
minada mi tarea. ' : )a 

^ í T-Ten^razMx^of «^ Q^j^ngnadOf p^idou&iM^f ae- 
fioraMai^ÍYerde. . r » 

^ ^ -^lUggJo eagr^icia de qoe ioa enamoradoa no^eatab 
jQ^cayeiuni^atr^ jaidio: pa^ oamo iba dicieiidA; 4Qa 
Marcial lio cesa de enamorar á Dorotea; pdn)t^4rJHp»^ 
íairás al oabo, Ginóa, ai te ayadan la^ conatasu^f : j, el 
Talojr. . : 

— De ambas oom» disppngo-^dijo con rep(4awHi 
Pantoja, ^ 

— ¡Magnifico, eso es 1q que haoe fal^l— oonteatál^ 
rieja. 

Laego siguió duendo: \ 

— De la combinación de estas cartc^, mias apaxeoe 
^oe prento tendrás ima pen^eo^if^* 

— No me es dado deoirlo; lo que puedo asegn^ar^ 
,«8, que QstéapreTenido^po^qua de esa reyerta sacaráa 
una herida, aunque leve. . . i 

— I Vsnga todo lo que el qiela sda seryidQi dis- 

PW«I : . 

— Después, — ^prosiguió exclamando la Tieja9^--deftr 
pues, por accidentes inesperados, Dorotea^ tu novia,, 
aera r^ucída casi 4 prisiones. , . ,k • - 

i-^L% verá, aqnque SatuUui se empefii en io ooat 
trario. 

— No la verás ea seis meses lo meaos. \- 

—¡Válgame Nuestra Se&ora del Socorrol ¿Sabds,. 
señora Mariverde, que el bachiUei; Gjuoióa Panloja ea 



mSÍÜLP/X» ▲l.VáEMM ^^ 



oftpai de ahriné|Mn áotti^UadáBdriutodilin^ 
mÍ8mo? < - 

lánte si quieres rer á ta adorada, tendráa tp» apelar á 
un extraño procédimieñlOé 

—i A. caál, vive Dios? — 

'''H4-Aibidis&a^. ■ , . i • ■ M -í *:- 

' 1 ^A^n^disfiras? Maldko ai anuido nak palabra dé 
este Begocio. 

— Ni á mi nke es dada ser xbáa expUeita* - 

Los mdpea recan coantoí acaba de decirte, yyono 
patdo* ir m^ alli dolo 4px^ akauaaa sigmAncieii^ 

— -Y Tamos á rer, (llegaré á casarme coa JDoroteat 
La ;T^ja feídetftTo á reflaxioB^ an laataAie- j 
repuso liM|go: 

— No está eso maj claro, Oinesito; lo qae ai paedo 
afirmar es que si llega á efectaarse ta matrimcmlo con 
la majar á- qoien amas, será^ apelandaá medios 
Tiakntos j borlando ea absofaito al tntor^ 

«^¡Bbl basta, yieja artificiosa; ai creo ea yaestrai 
palabras, ai me he de curar lo oiás míaimodeellaifT^ 
ezdanió Paataja «poaiéadoee eo pié; 

— ¿Qae ao crees ea coaoto te llero yaticiaado?*^ 
reposo ifariverde aa taata.eaojada,-r-paes,.hijo odo^ 
coaia paa.te lo cooias, ^ae ao he de empeñarme yo ea 
>qae.des crédito 1 axis adiyiaacioaes, como slfaerao 
artículo de fé. ; 

La rieja púsose á echar las cartas á otros escdarea 
másxi^ukNi que Paatc^ai J éstese^diapaioásalir^ála 
caiu. 



SM 



MUMtO Dfi AOLTÁft&M 



^rrdrle {^fitgniMie mío do 11» fl^ 
— ¿Dónde vais 9 qaerídisimo compañero? * aí-;rr. 
Ui^A nú^^kiloo^rda de l4vln Jaa'iiifl]d^aj«'!^Aitfito6tó 

— ¿A. departir con vaestra ]Éderadal . ; / » 

— Precisamente. >- 

— Paes por Dios tívo, qne deapnea de ¡Btf pro- 

&cia8 de Mañverde, me^ mnáa: temor «i qoe áalgais 

solo. 

— ¿Vos sois támbieO' de los agoreros) 

^^\gOj algo^ amigo Gkinés^ j oame eimoaco las 

habüidadeii deesa TÍeja ea esto de la ini^lia, por eao 

-«^Paea no os pi eoenpeis da la auerte tjpB pueda 
aguardarme, porque á mi, maldito si me im^rta este 
negOGpio M' ardite. 

-^Ved qaé..* 

•^Saldré ahora mismo j venga lo qae yiniere. 

— Haced lo qoe oí plasca; pero eoiiste que bo^oí ha 
ÍSfthado nn consejero que opina que debíanos quedaros 

— Annqae me hicieran trisas^ no manbíaiia á la 
C^knria do ver á mi amadísima Dorotea* 



Con planta valerosa j sin temor alguno, salió Pan*^ 
teja & la calioi. 

Bien pronto estifvo al pie dé una da las rejaa 
de la casa del Regidor. 



PEDRO DK ALVABADO 



569 



Dio dos snaves palmadas, j abrieron esta sin pro- 
<lacir el menor raido. 

La gentil figara de la hermosa Dorotea, hizose bien 
«lara j perceptible, í los tibios falgores del astro pro- 
tector de los enamorados. 



Vi 



• .'>*'' 



T . . . • >', 



,3* ■ .' . \- f C * ^ '' I- 



*'*»' 



TOMO rx 7? 



..t; .: 



>.»/ ;. \» i ; . 1 



I 






CAPITULO LVn 



^ ; ConUénsaa 4 cumpUrM loa TatlolnioA de llarlverde/ 



— Por fin vaelvo á yerte, amada mía,— 3xclam6 
P antoja departiendo oon Dorotea:. 

— Ginós; ta presencia reanima mi abatido eepfritii» 
Estoy siempre tan triste. . . 

— Paes ángel de mis sueños; creo que debes disipar 
tu tristara, cuando no está lejana el horizonte de nues- 
tra felicidad. 

— Sm embargo... 

— ¿Sin embargOf qué? Habla, Dorotea, 7 no desga-- 
rres mi corazón oon cruel inoertidumbre. 

— Mi tío... 
(Persiste quizás en sus ridiculas pretensiones rea- 
pecto de tu corazón? 

— No es esto. 



FEWUX í)E ^1«»*W) 



>jm 



ta cariño? ; • jy 

— JaDiá8^9 amor miot jioiái* - !• i ^ ; 

- -^QAoMm»«« ' ' íi ' . . - > .^' 
— Oje 7 no me intermmpat. SI boabo de tai toto^ 

periiste ciertamente en sas galanterías pata conmigo; 
PATO aanqu^ me amcnazlise. con la mtierte^ ferian inúti- 
lea M» propoaiiidnea* Yo no amo en el mando á nadie 
más que á tifGinéademialma* . n 

*-^Y yoy Doirotea» te eorrespondo odn iomila. Sigae 
reyelindometQtM&timiantoeé ' 

— Esta mañana yoIyíó á casa mi tator; mostrando en 
aa rostro la pálidas de an oadátw. 

— iA.8ÍYÍno? . . ; le 

t «-^Don Maroialy ^^enas entró.en ana habitaóioaes, 
cajó atoioiado en an sillón. 

: ¡Lástima grande qae no Imja muerto! . 

— Pidió agaa Vizci^rrondo, en medio de la itaíáyor 
fatiga, y tardó baatarnte^en reponerse* * 

- «^Mat laegOi*. t ' ^ 
—«Gaandosac agitación foé oedieado^ pateó el piso 

lleno de farüt,* adrrojó espuma por la boca, j exelamó 
coa tonos descompasados:' i > t 

— |Por Dios viro y kt memoria^ da mi madbrevofrez- 
00 qoa loa islolies se kan de acordar dcimil 

* Hioéle ana mneca á mi tic para qtie ae contoitasa, 
jr caando ^.habe calmado an'poco, atrcTÍmé á pregan- 
larle: 

— -(Qaó ha acoatecido á yaésameroe, mi lamo j 
aafiort 



Bife 



i'iafM» mb altíA^K) 



ve el juicio! • 

—¡Tan grave ha sida %íte*i ¡ ^ * . - 

^ — {Ponw en evidencia delante de la.gmite 1 iiti-4ii-* 

4idgo como'yol'^^eipoiidiáiiie* ' , ^' ~* 

* •^pM!iQit6a9*--^iídaiiiódon-M 
taurtft ^06 concluya coD la e&nafla <ta los 'dttiidiantet. 

->-*¿Le han hecho algoimalo á iiUieiaiaeroót i 

>-*^Abl «t liadat^M^ajitmo mi tator^^^dos- de eses bri- 
bones, los jbachilleres Sandovaly £aatoja.«<i. .. - i 

•^{Pa&tqjal . . . i . 

— ¡Eh! ¿Qaá es eao? Pareoe qoe^to ha, sorpmndido 
el nombre. > ' 

w^En modo algnno: la cansa de íh araljUreBa^ itaoe 
del recuerdo de cierta aaaigi mia qoe Uevaba tMe mía^ 
mo apellido. jPdbncita, mavi6 en la flor:da8ai«d*(i! 
Mi toítor siguió didendo: ' ' - 

— Pues como te be niaiiitetadn^uaeompafialiaTaéa^* 
ia mañana al familiar Jiménez, que en.QBon de su roña- 
da iba á désbcer xm entuerto H)CMdido pondicholi-es- 
odareí, cuando se nos apsreoíé el aeter Obispo^ - 

— 4Y qué hizo su Ilustrisioial . . .> 

-^t^AI ver que mi amigo j ya Íbamos á ptondielr -¿-di- 
chos malandrineapor haber osador mertíftoará ittaajgei^* 
tea pacificas^ el Prelado, poniándosehethOiima£Kriii, sa- 
lió á la defmsa de los eatudiaotea diciendo, qaa no pd-* 
dia consentir se hollasen los fueros de la Universidad^ 

«'^jfEsaiidijean.aimnBncia? . . 

— Aüadiendo que ¡guaj! de nosotros, si acertáfaamaa 



BBDMVD» mWJA»»^ ^^ 



4tK>pM 1»» lusm vüáof il¡méá]^típ^9^h9^%^jtprB9Léít 
las aalas salmantínas. : ; w , ; t e. 

— (Y vaetamercá qaá respondió al^MMiutéttftV 
•:í':>9rNiÜ«Bf05teye^ pw» «»iiibe9terlei tK)rqoamd:laa- 
«ór á C9¡múenk9m^m del Ugxr (>d»l\iftoi^«Q^ ; akoIat 
mando: -. ' *. , . • 

! ti-^Um áA aqQ^> Mfior Yiicttnrand»;: jno^ tm» oUi* 
gneis á qne os maniñeste, ya qne tan . adráonsda á ki 
justicia 8ois, qne el tribato qne ahora queréis tundir* 
le, debiárais neiifláizarkk, UMtatedftte fo lMtt|4eza 
da Yieatr^ prooedir: «i uel maoqfadae «oierto» , inte • 
reses! -, ^ • • ^ : > r. . 

f .«-^Y á. cuelas iündi« sn emkíenoiat 

— Sobrina,— :di|jome mi tío^^^oi nombfarloaximQr», 
poique se: otthríxís mi rostro de nbor. > 

t*4.Rwpeto elis^ienoio de Tnaaneñoria» 

—Sien haces^ Borotsa: hay ssovetos en la. YÍdft*do 
los hombres, qne no m pueden confiar á mdi^. 

— ^Tiener.Tnéaamerti meba raron; y la aoonsejoque 
no se^ftoottperdd eiertas fk'Qelerias* 

— Si haré, Dorotea,:8Í hairé; pero jaro á BkM, qtto 
no ine he de qnedcr sin vengann* 

•^ ¡y ángaros! lydeqniéa? 

— No será .del ebispot porqne ive lo impide el oa* 
rácter de sn innrestidnra; pero eiiaaantotenga;aeaaian9 
han de' «oordasse del regkior Viscarcondo,: loa hachi* 
UeMs Fantoja y SandoTaL 

' ílX [Uegar.Docotea á este panto de su relato, el bue- 
na do;Gkmóa]afliaó una sonora.oaroi^adB. 

— rDoMtaM^^-^fMreguntó lu^o á la j4veBir-"iM ^ ^* 



^ PBDRO tm ÁS^áMküO 



que te preocupa? í 

¿^Pdar por el diabto te^ftiegnto,^ qtfa pmdes ^«ttr 
tnt^mla: ni ctrMCo de briotf i¿ me ftUt* bMM paf« 
lachar con don Marcial. 

-^N« loigiK>ro, díBái de^im alma; pero C0iii(rini 
itééa twmatcr..^ ^,¡1. ..< 

'^**^«e.*.' . "íí . 

«~Pieti padiwa Teogane 4e Üá tmiimun. 

^¿*nN« ha nacido quien saatR^a^i proo^ler ttt yí^ 
llanamente con Ginéa Pantoja. 

— Siempre debeoioa eUxt en § Ufrdia^ tra4&ndo»e-tle 
hMttbf^ tan' mia^mblea oooío mi tntor.- 

— Don Marcial es un cobardoi ^ primera; y €a to^ 
do caso, 8i á tal se atreviese^ ékreali^iria iw gnetos; 
pera yo le prometo qoe hetbria da tener que sentid 

-— ¿Qoé barias oon ól, 0ináf imoi : . 
i'-^-BxtrangdarlavSÍn.conteBpUKñonalgiina^ /i' 

— ¡Oh! librenos el cielo de semejante deagrMia; t^ 
piftilerias'iú, y nos perd«rfas á todos. M i . - > 

— Tienes razón, Dorotea, trenes nucon; > 

— Ginés, es preciso que nos rfristambs de paci'esncia, 
hasta el dia feliz en que rayamos al altar. 
< — No tardará macho, ja te lo prometo^ 
— Bntretanto es indispensable eviter eeetedaiosy 
lances desagradables: mi nombre andaritt en leBgciaiiw.. 

•~Y como yo soy nn misero 0staidiaate,iBftldida per- 
diendo. Qoizáa la jnstioia, iodiiiAda iiáaia tn >tiilotr 
m^ lansa«e^ «na iuazmonMi para:(|ies 4 doooafios. 






* «j^T <lKl90i06§' Éi'iitié j>oáfaái0s dar por mtt^eHos 
lUkéitHM atti«roi. 

«>;«4>orot6a, como im libro hablas; ^9ea caalquidra la 

iM6^il2a de ta ^, lá rafrfrá reai^áádo, coa tal dé'qae 

no 86 malogro naestra anión. : : / !': 

— Asi qoioro ^rorto^ Omés áé éA alma. ' \ 

^— Ya sabes qoe tas deáoos, qao tas éspiraoionos, 

ébn'lo^ para toL '¡ '^ ^ A 

• -^To qaioro domasiáitoi paira no aOonsejarto -nadat 
qae pooda acamarto un ^>or)aii»a« 

'^ -^Nanoa olvidíaré, ingéi éé mlá ontmefioo, lo ¿iaeho 

^ao te debo mi corazoa. 

'• ••-''. n'í, , . •*•';" •.•' ; '> • '^' • '•' * » /".-»* • 

Ba^ttite diálogo ^sonrían los dos amantes, coando 
oyeroa algonos pasos. ' 'i 

üna^aombra déblndso por la abti^i sítaada enfrente 
<ie la casa del regidor. 
^ Un Imito dotú moo, y marchó laego oon gran priesa. 

T<»?ció en sentido ivqai ordo, ganando lá calle qno 
tavo qae atravesar Pantoja f^ra llegar á la casa do 
Dorotea, y perdióse de la vista do los andantes. . 
''—^|BahI--4^as0 Gioéo sonriendo, ^¡-Hino de tantos 
éúibosados como ciicalan por Salamanca darante la 
noche. 

^ ^TéA tezi algtin oabailero que corra em basca do-sn 
amor.'' *»' :' 

— Algaien menos feliz qno nosotros, Gtnás mió. 

•liütiia^4dos Dorotea j- Pantoja á esto -diálof^, no 
padieron observar lo qao él embozado, qno pasó ante 
ans ojos, hacia. 



5W Hi99Q/inB Í^y494m 



en cuando )a cabeza, dirigiendo miradaf^«í|M!9ij^^i^^ 
grik|)pdeloffaio«i^ee.r . í o « . r c ,;.(!_ 

Marcial de Vizoarrondo. .r f i . ^ : » , - 

jQuó 8Ígnij&Mt^t w wtiAo4ian,ftfi»al iwgar? ; r ,. 

, Mkox^ t«5idr«m93 ¡Qc^^iíaE de Mearlo. ^ / . . 
Aei que Dorotea j Pantoja cansároQ^^fl^ ^UBoyuJ^r- 

prolfxtas 3f jqtraateok>c^4»,a9)ir9 FeíMMo ^\ «e^niindo: 
—Es muy tarde jj^ jr^tbo dbando&Mrtej^ Tidamia^ 

cuando estoy á tu lado. •• - ' r 

-^MaftaDa Yolyerd á yerte eomo de costunbre. . 
^ t^Así.beapeeoiilibnfetda f|Mitáo«kN(y9i)¿iM(i9ftt ha- 
blar de nuestra futura felicidad. r*. 

>»^Dioi6, Dorotea; iMpddtta ta tío Mrpvéiider 
nuestros diálogos de amor? , 

. — -Aaataa horaa, don Jitormal ^ffsss; dbV MiSQtf mis 
profondo, j no aicertarijín é d^^apertark loa rnidoaima- 
yorea que á ^su lado se hicieado; 

—¿Estás segurada elld? ,:: 

—Tanto, qus-4oda8 Jíbis Qocbe»» deapnea-dtei Mzar e) 
Rosario, se retira á au ^bitaoÍMi yy4ina.7iiely4ii:4 
salir de ella hasta el sigaiente dia. ^^ .^ 

~Paea entancinrpodemaf eaftar iniíqml^^ AOiahri - 
gar temor alguno de que ocurra un contratiempo^ 

— rfllaa es la^ v^nlad, Ginéa. : 

—'Animo, piMs, y eoafitusza «ntetoiela^ Dcmitea. 

-^Bl inspira .todos mía aetM» 

— Hasta mañana, bien miov 



PBDEO DE ALVARADO 



577 



-«Pantoja, qae el ángel protector de los bue- 
nos, vele por ti para eterna ventara da ésta pobre 
mojer. 

Dorotea se retiró del nido de sus amores, j cerró 
la reja sin hacer el menor raido. 

El bachiller embozóse en sa oapa y se dispuso á 
partir. 

Gmi planta firme avanzó algunos pasos y llegó 
hasta la calle en que se bailaba ocultó Vizcarrondo. 

Tan abstraido marchaba el bueno de Ginés, qae no 
acertó á ver al regidor. 

Grazó ante éste, y cuando se encontraba ya á es* 
paldas del miflmo, don Marcial levantó el brazo y dio 
al bachiller un palo terrible^ en la cabeza. 

Pantoja, lanzó un agudo grito, y cayó en tierra ba- 
ñado en sangre. 

El regidor echó á correr, y llegó á su casa con la 
velocidad del viento. 

Llamó, abriéronle, é internóse en sus habitaciones. 

Sigamos al pobre bachiller. 

A pesar del miedo que las gentes tenían en aquel 
entonces, á verse envueltas en procesos criminales 
cuando ocurrían lances nocturnos, no faltó quien so- 
corriera al infeliz Pantoja. 

Al oir sn ígrito, fueron abriendt poco á poco la 
puerta de una hostería inmediata. 

Varios hombres lanzáronse á la calle. 

Todos ellos mantenían Mntemas en las manos. 

Bien pronto dieron con el cuerpo de Ginés, rodeán- 
dole enseguida. 

TOMO n 73 



&78 



P£DRO DE ALYAltADO 



-—¡Gran Dioal — exclamó el nnO| — ¡el oadárer del 
bachiller más ilastre que frecuentó las aolaa! 

— ¡Mentís, vive Cristo! Este hombre no ha muer- 
to^ --contestó el otro. 

— Paes poco le falta;— dijo un tercero, — ¡coidado si 
ha sido terrible la cuchillada! 

-^¡Qaé cachillada, ni qué nifio muerto! — ^respondió 
su interlocutor.-- Lo que ha sucedido aquí, es cosa bien 
distinta. 

— ¿Podríais explicarla? 

— Ya lo creo que la explicar^: si el señor Pantdja 
bebiese el vino de nuestra casa, no le acontecería esto; 
pero, ¿qué queréis? estos chicos andan siempre de aquí 
para acullá, j, como les dan el mosto lleno de porque- 
rías, á las primeras de cambio, tropiezaii, caen, se 
abren la cabeza, j hé aquí todo. 

— ¡A.h, vamos! ¿De modo que vos suponéis que el 
accidente ocasionado al señor Pantoja tiene por orígen^ 
la embriaguez? 

— No es que lo supongo, ' sino que lo añrmo sin te- 
mor de equivocarme. 

— Bl Señor sea loado y tenga á Men curar á tan 
ilustre caballero. 

Dorante este diálogo, los de la host^ria aplicaron á 
la cabeza del estudiante varios paños mojiados en 
agua. A obra de este procedimiento, lograron oontraer 
la sangre que brotaba de la herida. 

Pantoja suspiró con más desahogo^ 
— ¡Victoria, Victoria!*— exclamó uno de aquellosán * 
divíduos. 



PEDRO DE ALVARADO ^^'^ 



— Sí, 8Í,— respondieron otros, — se ha salvado; aho • 
ra jra podemos moverle sin temor á on derrame; lle- 
iremos al señor bachiller á casa. 

Con gran celo y cuidadosamente, tomaron aqaellos 
hombres el cuerpo de Pantoja 7 trasladáronlo á la hos- 
tería. 

Cerraron después la puerta de ésta, 7 á poco, que- 
<iaba )ft calle entregada á silencio sepulcral. 

El cielo habíase servido disponer que la justicia no 
tomara cartas en este malhadado negocio. 

Y 9I genio de la magia, por su parte, veia con sa- 
tis&ccion, que comenzaban á cumplirse los vaticinios 
de la nunca bien ponderada Mariverde. 



CAPÍTULO LVIII 



GAntinúan las maquinaciones de los nigromAntioos. 



Los bachilleres Iñiguez y Sandoval, habían ja 
partido para la famosa escaela complutense. 

Los compañeros de estos hidalgos, despidieron 1 
sns dos colegas con las lágrimas en los ojos. 

Los maestros de los mismos colmáronles de bendi- 
ciones antes de marchar. 

Aquellos respetables cateiráticos, que otorgaron 
la inmortalidad con su saber á las aulas salmantinas^ 
lloraron como niños al despedirse de los bachilleres. 

El obispo de la diócesis, hizo más que ninguno vi* 
sible su dolor, porque se le iban dos distinguidos teó- 
logos. 

Sandoval ó Iñtguez cursaron las ciencias eclesiás- 
ticas al par que las profanas, no ciertamente por afir 
eion, sino cediendo á imperiosas exigencias de familia» 



I 



PEDRO DE ALYARADO 



581 



Un ojo de la cara hubiese dado el prelado, por ha- 
her impaesto las sagradas órdenes á aquellas dos emi- 
nencias, 

Pero Iftiguez y Sandovai habian nacido para reali - 
:zar difitíntos ñnes. 

Dejemos á estos caballeros en su viaje, y sigamos 
al bueno de Ginés. 

Trasladado por los de la hostería á casa de Pey- 
roncelli, recibió allí los cuidados solicitos del escultor. 

Más de quince dias tardó el bachiller en curarse. 

Dorante este tiempo , hiciáronle sus amigos mil 
preguntas para averiguar la causa que motivó su he- 
rida. 

Pantoja respondió que habia sido ocasionada por 
na súbito desmayo, que le obligó á caer en tierra sin 
<Hmocimient0. 

A sabiendas mentia el bachiller, pues no se ocul- 
iiaba á su sagacidad, que el autor de sus males era Viz* 
carrondo en persona. 

Mas como el escolar habia jurado á Dorotea que se 
Tevestiria de calma á trueque de no perder su amer, 
^peló á la paciencia para cumplir su ofrecimiento. 

Los médicos que asistieron á Pantoja, repitieron 
ana y cien veces, que la lesión causada en el cráneo 
<lel joven, rebelaba origen bien distinto. 

Pero, poniéndose el bachiller hecho un energúme- 
no, contestaba á los doctores: 

— Perdónenme, usarcedes, si les digo que en esta 
ocasión se equivocan de medio á medio. 

Y como ellos volviesen á la suya y Ginós á contra- 



^'^ PEDRO DE ALVARADO 



decillosj concluyeron por creer que era verdad lo que 
Pantoja decía, j que en el caso aquel, habían TÍsta 
tarbío. 

Faere de esto lo que quisiera, es lo cierto que a) 
cabo del tiempo precitado, Pantoja recobró su salud. 

Ya estaba otra vez en disposición de acudir á las 
plantas de Dorotea. 

Cierta noche, salió muy anímalo á la calle el bue- 
no de Pantoja. 

Sin acordarse de lo que le ocurriera, y sin temor 
á que le descargasen otro golpe, se dirigió á la casa de 
su amada. 

Llamó una y dos veces á la reja. 

Fueron inútiles sus gestiones. 

Con el corazón lleno de pena, sintiendo acudir \u» 
lágrimas á sus ojos, supuso que había perdido á Doro- 
tea para siempre. 

Volvió Ginós seis ú ocho noches más al nido de su» 
amores, y con dolor inmenso de su alma no logró ver 
al ídolo de su corazón. 

Entonces acudieron á su espíritu en confuso tropel: 
diversas y encontradas ideas. 

— Quizás— decíase Pantoja, — la infame habrá. por 
fin cedido á las caricias de su tutor. 

— ¡Ohl Si esto aconteciera, — añadía, — los misera- 
bles caerían á mis píos con el alma hecha pedazos. 

Entregado á tales pensamientos, Pantoja perdía Ift^ 
tranquilidad y tornábase en verdadero loco. 

El sueüo le faltaba durante las noches, su estóma- 
go negábase á recibir alimento. 



PEDRO DE ALVARADO ^^ 



lY existia fondada razoü para que así se mostrase 
el bachiller? 

£a manera alguna. 

Derotea, sufría tanto come su adorado al no verle. 

La bellísima joven parecía un cadáver. 

El basilicrco de Vizcarrendo al descubrir los amo- 
res de la muchacha, la increpó duramente por su ooA- 
ducta. 

Llenóla de agravios y hasta quiso maltratarla de 
otea. 

-~¡A encierro perpetuo, queda vuesamercé condena- 
da,^ mujer sin honra! — gritóle al velver á su casa Viz- 
earrondo. 

Dorotea cayó de rodillas anta su tío y deshecha en 
llanto pidióle perdón. 

--¡Jamás, miserable, jamás! —rugió el hidalgo con- 
vertido en energúmeno^ — no te perdonará nunca la 
burla que de mi has hecho. 

—¡Señor, señor, — ^repetía la joven, — mire voesa- 
merca que no pueden darse leyes al corazón, y el mío 
pertenece en absoluto al bachiller Pantoja! 

— *Ya te daré yo, bellaca, tu merecido, — exclamaba 
lleno de cólera don Marcial. — ¡No darás un paso« sin 
qne yo te siga: todas estas zurcidoras de tus criadas, 
irán mañana mismo á la calle, para que no te ayuden 
en tu menguada empresa, y luego... luego yo sé bien 
lo que tengo que hacer! 

Al pié de la letra cumplió su palabra don MárciaL 

Todas las doncellas que servían á su sobrina, fue 
ron despedidas de la casa. 



584 



PEDRO DB ALVARAPO 



Eq su lugar, colocó el hidalgo al servicio de la jo- 
ven á una vieja de feroz semblante y fea catadura. 

Aquella quintañona, era más mala que el mismo 
Lucifer. 

Apenas entró en casa de Vizcarrondo, previno á 
la vieja el hidalgo, que si protegia los amoros de Do- 
rotea 7 no la trataba con severidad, seria despellejada 
viva. 

Ante semejante anuncio, la setentona juró y per- 
juró que cumpliría al pié de la letra las órdenes d^ su 
amo. 

Y asi lo hiz# efectivamente. 

Un mes iba ya trascurrido desde estos acontecí • 
mientes, y el bachiller Pan toja hallábase dominado 
por terrible desesperación. 

No habia logrado saber nada de Dorotea, ni esta 
habia salide de su hogar durante este tiempo, cediendo 
á los mandatos de su tio. 

£1 desdichado Ginás pensó en ablandar con dádi- 
vas el durf corazón de la vieja criada de sú ntvia. 

Al efecto, salió el escolar una mañana muy teínpra- 
no de su casa, y esperó á que la quintañona abando- 
nara la suya para ir á misa. 

— jVos sois el aya de la señora Vizcarrendo? — ^pre- 
guntó el bachiller á la anciana^ saliéndole al encuentro. 

£1 vestiglo quedóse mirando á Pauíoja con ojos de 
mochuelo; pero no le respondió una palabra. 
— ¿Será sorda? — dijo para sí Ginés. — Veamos. 

Y levantando la voz cuanto pudo, interrogó de 
nuevo á la vieja, diciéndole: 



-.üSfl 



PEDRO D8 ALYAIUOO ^^ 



— lOñ he pregantado, si estáis al servido de la ilos- 
tre dama doña Dorotea. * 

La dueña sonrióse, 6 hizo ademan de pedir antici- 
pado el precio de su contestación. 

— Con mil amores pagaré vuestro servicio, — repu* 
<so el bachiller, sacando unas cuantas monedas de su 
bolsa, y depositándolas en las manos de la vieja. 

Esta, después de besarlas, gnardósslas, j lanzando 
un suspiro repuso: 

— Paos os diré, señor estudiante... que primero es 
la obligación que la devoción. 

Y esto diciendo, echó á correr con tal velocidad, 
que no la hubiese avratajado el rapazuelo más hábiL 

— ¡Ah, ladrona, yo te cojeró!— excjlamó Pantoja sa- 
liendo en pos de la abuela.. 

Mas apenas hubo dado tres pasos, cnando salióle al 
encuentro un hombre excesivamente alte^ j dijele: 

— ¡Teneos, flor y nata de las Humanidades! 

— ¡Dejadme, dejadme, amigo Olmedo! — ^respondió 
Oinés. — Voy muy de prisa. 

— Teneos, repito, os he visto correr en persecución 
de la ancianidad, y esto es rednar demasiado las pa- 
siones. 

-«¡yoto á cien mil legiones de demonios! — exclamó 
Pantoja pateando la tierra, — me habéis causado, se- 
ñor Olmedo, un grave mal. 

— jOs habéis enamorado de doña Robustiana? jVais 
á dedicaros á cidtivar la historia antigua? ¿Oj gusta el 
jamón añejo! 

— ¿Quá Robustiana, qué historia, ni qué embutido? 

TOMO n 74 



^^ PEDRO DB ALVARADO 



Aqoi, señor Olmedo, no hay nada de lo que oreéis. 

— Eatonoes... 

— Esa vieja infame es la orlada de mi novia Doro- 
tea^ á quien he tratado de sobornar para que me diera 
noticias de la joven. 

— ¡Desdichado de vuesamercé! 

— ¿Cómo desdichado? 

— Sóñor Pantoja, por lo visto ignoráis lo que pasa; 
pero no, no debo decíroslo. 

— ¿Está enferma Dorotea? ¿Le amenaza algún peli* 
gro? Hablad, hablad por vuestra vida. 

—Yo... 

— Decidme, señor Olmedo cuanto sepáis, 6 creeré 
que 03 gozáis en atormentarme. 

— ¡Oh! Eso nunca: lo dirá, lo diré todo. 

— Sí, por vuestra honra. 

— Señor bachiller^ hoy he Sjabido que el regidor Viz-» 
oarrondo, parte para Madrid. 

—¡Santo Dios! 

— Pasado mañana sábado se traslada don Mardal 
oo¡a su sobrina á la corte. 

— ¡Esto más, Virgen de las AngustiasI 

— Al efecto, el regidor ha vendido cuantos mueUes 
j enseres hay en su casa, para hacer el viaje libra de 
engorros. 

— ¿De suerte que ya no volverá Dorotea á Salaman- 
ca? ¿De modo que no he de verla más? ¡Oh! ¡Dios mio^ 
Dios mió, tened piedad de mí! 

Pantoja cubrióse el rostro con las manos, y comen* 
z6 á derramar lágrimas abundosas. 



PEDRO DK ALYABADO 



587 



— VamoR, vamos, amigo mió, — repuso Olmedo con- 
solando al bachiller, "^es preciso qae los hombres de- 
muestren su entereza en los momentos críticos de la 
▼ida. 

— Bs verdad, señor Olmedo, es verdad, jpero coma 
podrá yo resignarme á sufrir los desdenes de Dorotea? 

— Estáis equivocadoi señor Pantoja, si creéis que la 
muchacha no os ama. 

-^Entonces no me explico por qué soporta la tira* 
nía del infame de su tutor. 

— ¡Pobre Dorotea! ¿Sabéis lo que hubo de contestar 
i Vizoarrondo cuando éste le notificó el viaje? 

— A ver, á ver. 

^-*Pues ni más ni menos que lo siguiente: 

— Vuesamercé podrá disponer lo que guste, señor 
tio: iremos á Madrid; pero ya que se me niega el de- 
recho de casarme con Pantoja, á quien amo, me encer* 
laré en un monasterio para toda mi vida. 

— ¡Oh, bendita mil y mil veces su boca de arcángel! 

—Ya veis, señor bachiller, cómo no tenéis motivt 
para desesperaros. ¿Qué es lo que á vuesamercé le im- 
porta? ¿el amor de Dorotea? Pues contando con éste,, 
la argucia, el ingenio y la sagacidad que os distinguen, 
pueden contrariar los planes de Vizcarrondo. 

— No os comprendo, señor Olmedo. 

— Quiero deciros, señor Pantoja, que inventéis al- 
guna travesura para poder hablar con vuestra adórala» 
Ginés quedóse en actitud reflexiva^ y al cabo de un 
instante: 

— ¡Oh, qué idea, santo cielo!—- exclamó. 



^^ PEDRO DE ALTÁRADO 



— ¿Habéis dado ya en el quid? — preguntóle sonríen- 
<lo su amigo* 

— Si; por mi vida; pero necesito indispensablemente 
<ie vuestra cooperación. 

— Para todo lo que queráis, sefior Pantoja, ya como 
<x>mediante, ya como simple ciudadano. 

— Gomo lo primero, hermano mió, como lo primero. 

— Pues echad por esa boca cuanto os plazca. 

— ¿Entre los trajes de los histriones de vuestra com- 
pañia, habrá alguno de fraile dominico? 

— No uno, sino varios. 

— Magnífico, ¡vive Dios! Señor Olmedo, necesito 
adoptar ese disfraz para llegar hasta mi novia. 

—Pues lo tendréis, y yo me comprometo á pintaros 
«1 rtstro, á colocaros una barba, y á vestiros, en fin, 
de tal manera, que no os conozca ni la madre que os 
parió. 

— Pues no haya más que hablar: esta noche á las 
<liez, estaré en vuestra casa, sefior Olmedo. 

— En ella tendrá el gusto de esperaros con todos los 
adminículos. 

— Con vos pasaré la noche, y al amanecer saldré á 
la calle convertido en cogulla. 

— Mucho me complacerá, sefior Pantoja, poder ser- 
viros en la presente ocasión. 

— ^Por lo cual os guardaré, amigo mió, gratitud 
«tema: vais á dispensarme la mayor merced que pu- 
diera yo recibir 'en el mundo. 

— No haya más que hablar de este negocio. A las 
diez en mi casa, sefior Pantoja. 




PEDRO DB ALVARADO ^^ 



— Asi lo hará, cfefior Olmedo. 
— Que el cielo os g'^arde. 

— £1 vele por vos para consuelo de los afligidos jy 
socorro de los desdichados. 

El comediante y el bachiller partieron en distintas 
direcciones. 

Asi que se separaron*, exclamó el primero: 
— Pobre chico, ¡caán hermoso es su corazón! 
A SE vez, Pantoja repuso: 

— ¡Tendrás que apelar á un disfraz para verla!— df- 
jomé la bruja. — Pues señor, hay que creer, qile Mari- 
▼erde está en combinación con algunos nigrománticos» 



CAPÍTULO LIX 



De cómo se cmiiple la prolboia. 



El día amaneólo claro j espléndido* 

Las calles de Salamanca aparecían solitarias com- 
pletamente. 

Sólo á intervalos veíanse circnlar por ellas algonos 
vendedores, y no pocas baatas qne se dirigían á los 
templos para oír la primera mis9. 

Si movidos por la curiosidad nos hubiéramos dete- 
nido nn instante en la paerta de un convento de domi- 
nicanos, que á la sazón en dicha capital existiat habría- 
mos visto llegar primero á muchas personas. 

Y en pos de ellas, á un hidalgo de vanidoso aspeóte 
que acompañaba á ana dama cabierta con negro manto. 

Tales personajes eran ni más ni menos qae el fa- 
moso regidor Vizcarrondo y sa sobpiia Dorotea. 

La joven acostumbraba á confesarse todos los vier- 



i 



PEDRO D8 ALYABJLDO ^^^ 



2168 muy de mañana en el monasterio aqael, é iba á 
<)ampliry por la vez postrera en Salamanca, su pia* 
doso ejercicio. 

Penetraron en la iglesia la dama j el caballero ala* 
dido, y arrodillárox)se cerca de un confesonario. 

Allí aguardaron á qne el monje une le ocupaba fae- 
ra confesando á varios penitentes, hasta que á Doro- 
tea le tocase sn tamo. 

Hizo la casaalidad que en la noche anterior, llega- 
sen al conv^ito aquel cuarenta padres dominicanos, 
procedentes de otros monasterios. 

Traían para el Emperador ciertas cartas del ponti-- 
flc8« 7 fueron hospedados como embajadores por sus 
hermanos de Salamanca. 

Frente por frente del aludido confesonario rezaba 
con gran fervor é hincado 'de rodillas, uno al pareoev 
de aquellos religiosos. 

Y decimos al parecer, porque el individuo en cues- 
tión no era otro que el bachiller Pantoja. 

Tan perfectamente le habia disfrazado su amigo 
Olmedo, que no le Hubiera, en efecto, conocido ni la 
madre qm le parió. . 

^Qaó se proponía el escolar con aquella actitudt 

Acercarse á Dorotea, bendeeírla al pasar á su lado, 
7 darla al propm üempa una carta. 

No tuvo necesidad Ginés de violentarse. 

Ia auerte casquirana parecía decidirse á otorgarle 
stt protección. 

Hizo la casualidad que un acólito se acercMe aL* 
monje que estaba confesando, j le dijera: 



5U2 



PEDRO DE ALVABADO 



— Padre/ ha llegado la hora de qae yaestra pater- 
nidad diga su misa. 

El monje sacó la cabeza faera del confesonario^ 7 
exclamó: 

— El caso es que falta aún mucl^ gente pw confe < 
sar; pero en fin, veremes si a^uel hermano qniera 
reemplazarme por algonoB momentos. 

Y señalando el religioso á Pantoja, dijo al inona- 
gnillo: 

-^AuCércate á aquel padre j dile si puede venir un 
momento. 

El acólito comunicó al bachiller las órdenes de su 
principal, 7 Ginós con paso grave avanzó hasta el con- 
fesonario. 

— Hermano, — ^preguntóle el confesor, ¿swiais por 
ventura uno de los compañefros que llegaron anoche á 
esta santa casa? 

~-Vos lo habéis dicho. 

— ¿Querríais hacerme un favor? 

— Con mucho gusto. 

— Pues es tan sólo que me otof gneis la merced de 
confesar á estas damas, ínterin 70 celebro el santo sa- 
crificio de la mida. 

— Tendré en ello verdadera satisfacción. 
El dominico abandonó el confesonario, suttitu7^-. 
dolé en él el temerario de Pantoja« 

Gomo el bachiller saMa mucho de latines, teología 
7 ciencias eclesiásticas, desempeñó su papel á las mil 
mara'vállas. 

Confesó á una 7 des viejas; ^absolviólas, 7 salie** 



Y9BM BI áliTiblUIM MS 



ron éstas encantadaí éáí ialduio f oOrclara del iboiije. 

Ttcóléia vox á la sobriiia de VisoarrondOt )^ ^6- 
nm m aprootiaié & k nejilla: 

— '¡Dorotea, ángel de mis saefiosl — Pantoja es^ 
olamó. 

—¡Santo Dio8l^(}QÍén sois? ^preguntó ea yoV baja 
la jáiren sin reoooooer á sn adorna 

— ¿Quién ha cb aer? tii aoNinte; Giné^i que te adera 
oen meé entusiasmo q«e nnnoa. 

-^^-Oraiks, madre núa, graeíail ¡Al fin has oido mis 
oraciones desde el cielo! 

— Dorotea, — exclamó Pantoja,— * me he Talido de 
este trajjd para lUgar baata hasta ti. 

•—Bien has hecho, Giaés de mi aloia^ 

-rrSé fae mi ñaña núsmo ese canalla de Viaoarrondo 
te llevará á la fuerza á Madrid. 

— La mnerte me daña, si gozase de libertad para 
ello antes qae abandonarte, Ginés mió; pero no en- 
cuentro medio hábil de contraoriar ks órdenes de mi 
tator. 

— Uno exÍ8te, Dorotea. 

— Veamos cuál es este. 

— ^Te hallas dispuesta á realizar mis inlioasiones? 

~A cumplir cuanto tú me mandee. 

— Entonces apelaremos á la fuga. 

— ¿A. la faga? 

— ^iDósconfias de mi caballerosidad? pudas de que 
ai te vienes conmigo, iremos á casa de mis padres j 
nos casaremos enseguida? 

-*No, pero... 

TOMO n T> 



591 



PBDKO DI ALYARiLÚO 



— jParo qué? ExpMoate por I)io«. 

•^Mí tío no me abandona un instante, sólo por la 
noche váuna hora de tertulia á casa del familiar Ji« 
menejí. 

— Paes hé aquí el momento oportuno. 

— Mi criada no se separa de mi. 
El bachiller sacó un pequeño papel, j entregando - 
selo con gran cuidado á Dorotea, dijole: 

— Bale estos polvos mezclados con tabaco á la fuin- 
taficna, y apenas los aspire, quedará doraiidacomoun 
lirón. 

—Si haré; ij luego? 

— Colocas en el balcón principal de tu casa, una de 
las escalas que tienen tos jardineros para arreglar las 
enredaderas, de modo que llegue hasta la calle. 

— ¡Qaé embolismo! 

—¿Pero entiendes bien mis instrucciones? 

—A las mil maravillas, Ginés. 
El fingido fraile contínuó diciendo á su notia: 

— Hecho todo esto, cierras á piedra j lodo lo« 
balcones j ventanas del edificio. 

— ¿Con qué fio? 

— Dorotea, no seas curiosa; ya lo sabrás. 

— Perfectamente. 

— Realizadas estas prácticas, bajas al zagoan, y 
aunque llame quien llame y aunque tu tío pretenda 
echar la puerta abajo, no le abras en manera alguna. 

— ¿Y caándo abrirá para acudir á tu lado y huir 
contigo? 

— En oyendo dos palmadas: la libertad apoyada en 



Vmmú VBÍ AI^VAIUDa, 



996 



la hidalguía, ofrecerá entooMa anoho campo á Boestraa 
•aapiraeionea hoarac&a. 

— Gín^: quiera ú ciak> Moamofl ooa fdieilad do 
-oate negocio. 

— Gonñanza en él, Dorotea mia, que asi habrá de 
acontecer. 
— Hasta la noche, paes, amado de micorajzon. 
— Adiós, ángel de mi alma, j co me olvide*. 

Dorotea levantó» y filé á besar la mano del fraile 
^con fiogida humildad. 

Pantbja impuso la absolución á su penitente, 
haciendo visible en su cara el enojo. 

Lo cual hubo de gustarle mucho al regidor, supo • 
Hiendo que el dominico habia reprendido severamente 
Á Dorotea. 

Concluida la misa, el monje que pri añeramente 
Timos, volvió á su confesonario y dijo al bachiller: 

—Gracias, hermano, por vuestra atención: podéis 
Tetiraros, que voy á ocupar mi puesto. 

Con gran ceremonia saludóle Ginés^ y abandonó §1 
iribnnal de la penitencia. 

El dominico siguió confesando á las demás personas 
«que allí estaban. 

Gioés detúvose á orar un instante, para pedir al 
'Cielo perdón por el paso que habia dado. 

Y seguramente el Todopoderoso le perdonar ia, 
pues de no haber hablado Pantoja con Dorotea, la 
desesperación le hubiese conducido al suicidio. 

De suerte que con aquel rasgo de travesura, se 
salvaba quizás el alma de un infeliz enfermo de amor. 



^^ PBDBO m ÁíLYáMím 



iQ«é kiM losgo Butojm! 

Concluida Ba plegaria lanzóse á la calle y m m 
(ito por ií^Sf llegó á oasa dal tialiano PeyranoaUk 

En el interior de la miama, esperaban á Ginéa todo» 
Mi oonapÉfiefos. 

Al verle en aqnel traje, sargió de loa labios de Uw 
jóvenei, unánime cai^jada. 

Olmedo estaba también en aquel Itigar. 

— ¿Qqó tal, qué talf^j^eguntaron á una, todos loa 
escolarer, 

-^iVsotoria, señorea, Yietorial-^gritó Ginéb, ¿bria 
de gozo. 

-«««^Vuestra «doradat.v. 

•«-Ssta noche liairá conmigo. 

— ¡Soberbio, incomparable, trascendental] 

-^Iremos á casa de mis padres; luego nos eaaare- 
moa, 7 el tutor quedará buribdo*. 

— ¿Y cómo habrái podido arreglar eate ni^^oeio? 

— Oid, amigoa miosteid. 

El bachiller, con aplauso de todos sus ojeotes^ 
refirió) les cuanto le aconteciera en el monasterio de loe 
dominicos. 

— ¡Brava empresa, y estrella admirable! -—contesta- 
ron los eseolares, mí que hubo terminado su narración 
Pantoja. 

— Verdad, decís,— exclamó el bachiller; —pero nada 
habré censegaido si el señor Pejroncelli 7 todoa 
vosotros, no me ayudaia en la empresa. 

— Con alma 7 vida,**— contestaron los interpelados^ 
—explicaos, Ginés. 






— P# Y0«, fitifix Fi^vonoellii neUmp el U^rw de 
«qoe me prestéis ud oah(^ f«m huir q9Q QH ^f £ada» 

-*-44e tendjpeia, amige mía» )e teidMÍi; yo niiiiio le 
-oondaciró hasta la calle qae está á la di»H»clw á» Ift 
<¡a89L de Vizoarrondo. 

—Gracias mh eompaflere,**-i9ewleit6 Peatoja;— á 
ia primera venta qae llegae, djné órdea pana qi^ os 
«devoelyan el animal* 

<^Ko os coréis de ewh 
Bl bachiller dirigiéndose á sqs aoidgost repaso: 

— El favor qae como tribato de despedida «ecesito 
•de vosotros, es el sígaieote: 

Qae acadais esta noche con el mayor reoato» á las 
inmediaciones de la casa del regidor. 

—Asi se hará. 

— AHÍ os ocaltareis, hasta el iosta&te en que 70 
emprenda la toga con Dorotea. 

—¿Y loego? 

— Gaando veáis al reidor en la sitoacion más 
«critica en qoe puede encontrarse qa hembre, salis de 
voestro escondite 7 le dais la silba más estopenda do 
ios siglos. 

— Llevaremos tomates. 

— ^Y pitos. 

— y cebollas. 

— Las linternas bajo la capa, 

— Todo cnanto qaerais: el aeonto estriba en qoe el 
infame de don Marcial, pagae sos canalladas con el 
ridiculo. 

— ^Asi acontecerá ¡voto á cribas! 



508 



PBintO DE ALTARABO 



— ^Pero no haréis e\ menor daflo en su cuerpo. 

— Gomo mandéis, amigo Gtnés. 

— Realizada esta empresa, á tos os toca coronarla^ 
señor Peyroncelli. 

— ¿De qaó modo? 

— Oaando yo haya partido con Dorotea, citad á una. 
conferencia á su tutor. 

-^¿Y de qué trataremos en ella? 

— Le diréis á don Marcial, que sus desaciertos y con- 
ducta menguada, han sido la causa de éste demguisado.. 

— Muy bien. 

— Que ya no hay remedió, y que se resigue con si^ 
desgracia. 

— Perfectamente. 

— Que si por escrito formula el consentimiento del 
matrimonio de su sobrina conmigo, le perdonamos 
todas las fechorías, robos y trasferencias que ha hecho 
en la dote de la joven. 

— lY de no acceder Vizoarrondo? 

—-Nos casaremos de todas maneras, y no pararé ya 
hatta que Heve á don Marcial á prisiones para toda sa 
vida. 

— Al pié de la letra haré, señor Pantoja, cnanto me 
ordenáis. 

— La solución de todo, la espero en mi casa al lado- 
de mis ancianos padres. 

AHÍ hay siempre una mesa pobre, pero honrada, y 
un lecho para los buenos amigos. 

— Yo mismo iré á vuestro pueblo á daros cuenta de 
todo, — exclamó Peyronoelli. 



PEDRO DE ALVáRADO 



5W 



Pantoja desligósa de %n traje monacal, j dirigiéc- 
doM á aoa compafierot, reposo, oon toz entrecortada: 
—Amigos mies: pocas horas nos restan de estar 
jantes; llegó el instante de nuestra separación. 

Los escolares, visiblemente afectados, fueron abra- 
zando uno por ono á Pantoja. 

En los rostros de los jóvenes, reflejábase bien clara 
la distara. 

De todo corazón sentían separarse de aqnel com- 
pañero, con quien habian compartido sas trionfos y sm 
penas« 

Y acentaábase más esta amargara, por cnanto que 
aquellos escolares, habian visto abandonará Salamanca 
hacia poco, á los bachillere?, Sandoval é Iñiguez. 

A tales empeños hallábanse entregados unos 7 
otros, cuando presentóseles de s&bito la vieja Mari- 
verde. 

Venia muy triste 7 apesadumbrada, 
í^antoja avwzó hasta ella 7 le dijo: 
—No 08 equivocasteis, señora mia, en vuestras pre- 
dicciones; todos vuestros anuncios se han realizado. 
— iTodos? 
— Absolutamente. 

— Ya lo sabia 70, señor Pantoja, no suelo equivo- 
carme con facilidad; 7 por cierto qu^ hace poco vati- 
ciné una desgracia... 
—¡Una desgracia! 

— Que me obliga á daros una mala noticia. 
—¡Diablo! 
— ¿Os acordáis 4e maese Pelaez? 



«M 



MDitO DE ÁLTAlUkDO 



«-«SagQfd^ seguid. 

•~No báoa dM meset 1« vaticiBé qo# aMfQttbtría 

ffOBtO. 

— íY bienl 

•~Haoé eínco dÍM falkiÉi* j usa da 9iM onailM me 
ha dado hoy tan triste noticia. 

— ¡(Salo Santof 

— Bien hacéis en sentirle. Pelaez os quería micho 
é todos vosotros, y ha mnwto enviándoos sns bendi- 
ciones. 

— ¡Pobre amigo nuestro, no le olvidaremos nunca! 

^— Bien haréis, hijos mió», bien haréis: la gratitud 
hacia los que nos aman, es una virtud digna del mayor 
aplauso. 

Pantoja llevóse su pañuelo á loto ojos y secó unas 
lágrimas. 

Luego lleno de tristura repuso: 

— Hermanos, amigos mios, os propongo que eleve- 
mos al cielo una plegaria por el etetno descanso del 
infeliz P^ez. 

Todos los que alli estaban cayeron de rodillas, y 
balbucearon entre dientes una oración, por el ahna del 
difunto. 



CAPÍTULO IX 



La hora de la partida. 



Llegó la D0<4i¡et j la foblaeioo airtera qaedó entre- 
gada al 8Íleiiei<K 

Los alrededores de la Gasa de Viscarroiido enca- 
ioiémmse con loe densos mantos de las sombras. 

Apenas anecfaeeió^ el regidor don Marcial trasla- 
dase á oasa de sa aoúgo el famiUar Jiménez. 

Era la última velada que Yizcarrondo pensaba pa* 
ear con sa colega, poes al dia siguiente debia trasla- 
<larae á Madrid^ como sabemos. 

Contento, satÉsfecho y alegre, salió el regidor de 
en domicilio, snponiendo qae habia llegado la hora de 
poner término á sos inqnietades. 

Alegada Dorotea de sa amado Ginós, j decidida 
como estaba la joven á entrar en un convento, cuando 
á Madrid llegase, habia Vizoarrondo colmado sos dé- 
teos. 

TOMO a 16 



w¿ 



PEDRO DE ALYARADO 



Ya DO debía dar cuentas del bapital de sq sobrina; 
ya no le armaría esta un pleito; ya no tenía que do- 
tarla. 

Tales eran las ílasioaas del bribón, el caal ignora* 
ba lo qae habría de ocorrirle. 

Sas projeotos estaban destinados & fracasar, me- 
diante la habilidad de Paotoja^ á qnien auxiliaba el 
amor. 

Empero dejemos entregado á sa tertalia á aquel 
tutor sin entrañas, y trasladémonos á las puertas da 
su hogar. 

Marchando sigilosamente y sin hacer el menor 
rui4o, fueron llegando cerca de la casa de Vizcarron - 
do varios bultos. 

ApostároQse en los huecos de algunos portales y 
allí permanecieron como adheridos á la pared. 

El lector habrá adivinado que aquellas sombras^ 
eran ni más ni monos que las proyectad%8 por loa 
cuerpos de los escolares amigos de Ginós. 

El escultor Peyroncelli, montado en un corcel 
brioso, arribó también á a}uellos lugares. 

Detúvose en una calle que á la derecha de la casa 
de Vízcarrondo existia, y ató su caballo auna reja. 

Verifloada esta operación, el italiaiM) avanzó hasta 
la esquina de dicha calle. 

Apoyado en la cual, podía advertir todo cuanta 
en la puerta de la mansión de Vízcarrondo aconte- 
ciese. 

Perfectamente preparado quedaba el plan dispues- 
to por Pantoja, y en la actitud que hemos visto, ha^ 



nDfto rm alvahado 



608 



liábanse sos colegas, caando miiy saavemrate abri6 
Dorotea el balcón principal de nn casa. 

Gomo le f iié pofiible, ató á los bierros del mismo el 
extremo de una escala, de modo que el lado contraria 
tocase con la calle. 

Hecho esto, desapareció súbitamente del balcón. 

Más de ana hora trascarrió desde esta práctica. 

Ninguno^de los apostados abandonó su puesto á pe- 
sar de qae su sitaacion no era nada cómoda ni ven* 
tajoM. 

Paotoja á sn vez, encontrábase también ocolto* en 
uno de aquellos lugares. 

ReviAtióse de paciencia, ó imitáronle sois generosos 
amigos. 

Empero como esperasen mucho, la calma fué aban-^ 
donando á todos. 

Uno de los estudiante^, á quien la sangre le hei^- 
Tia en las venas, atrevióse á abandonar eu escondite» 

Salió frente por frente de la casa de Vizcarrondo, 
y desembozándose, dejó ver una linterna en sus manqs. 

Los amigos de este joven, que eran también de la 
piel del diablo, imitárenle y llegaron á donde él estaba» 

Entonces uno de ellos exclamó: \ 
«^No me cabe duda de que don Marcial no ha sali- 
do de su casa esta noche; son más de las diez y no 
vuelve. 

— Pues medrados estamos, si acontece tal cosa, — 
respondió otro escolar. 

-—No, pues lo que es nosotros, no quedamos bur- 
lados. 



\ 



^^ PEDRO DB Al.yjklUPO 



^ ¿ VftiBos á apedrear la^ caaa? 

— ¿O á darle Qoa serenata de^ pitof? 

— Mejor es que le oblígaemoe á bajera )& oallQ pa* 
na mantearle luego. 

— ¡Voto á todos los demonios juDtoel — gritó Paato^ 
ja aproximándose á aquellos oalaveras.-^Sabeia, se- 
ñores, que es mejor entendérselas ooa oomediantes sin 
oontrata, que con hombres como usarcedes? 

— ¿Pues?... 

—Pues que me van á ecbar á perder mis planes á 
lo mejor de la fiesta. 

— No tengáis cuidado, Ginés. 

— Vizcarrondo no ha salido esta noche. 

— Apuesto doble contra sencillo, á que se encuentra 
durmiendo abora como un cachorro. 

— Primero faltaría la misa msyor en Roma, que el 
regidor dejara de asistir á su tertalia» 

— Amigo PantoJQ, eso podrá habar sucedido antea; 
pero hoy... 

Al decir esto, oyóse lejano ruido de pasca. 

— iEh)-^repueo uno de los estudiantes, 

—Nada, que el regidor se aceros ,-^co]itest6 otro. 

— ¡Pneñ füffitel 

Y esto diciendo, salieron como bandada de mur- 
ciólagos los escolares, acorrucándose en sus reipecti- 
TOS escondites. 

Por la calle situada frente á frente de la mansión 
de Dorotea, venia su tutor don Marcial. 

Algún tíkao rajo de lus, desprendido de las linter- 
nas que los escolares llevaban ocultas, debió herir sus 



FSDBD m J^YJUháOD 



615 



<^M^ piir MwkialMpíHiar elvtgiéor frenid afrete 
deimtaas, rapotOi h|Uaiido consigo tmaoMi: 

— ¡Por Dios rivoy qtu jiHMria kaber divisado gaBte 
oongregadn sf «iJ 

Y adoptando jna actitad ¡Hroroaátiva, demadó la 
daga que llevaba sojeta al ciato» y aalionda al medio 
d^ ia «atte, exolawA: 

^Por la bonra d« mi extirpe, jaro al cielo, queco* 
barde y follón será, aqn^ qae oyendo estM p^abras 
oiiaa« no ^era haibánelas en Im^a oob qaien las pro- 

Nadie m tomó la molestia de contestar á la fanfar * 
i«)nada de Visearrondov 

Sólo Qinés, perdiendo la pacienciat. estuvo á ponto 
dis lansarse sobre don Marcial. 

Empero contúvose, á tmeqna de vei^arse de él de 
otra manera. 

VieaAo elregiilor que nadie eontestaba á sn des- 
afío, envainó con gran caremonia sa daga, excla- 
mando: 

— Sobradamente sabia, que pocos caball»os gnstan 
de madir m» avmas otn esto bidalgo. Esto tenesios los 
vaMentes: nía aolapidabra de nuestra boca, es suficien- 
te para poner en faga á los m&s valerosos, campeones. 

Y abandonando su actitad bostil, encaminóse á su 
casa. Mas apenas llegó i la puerta, echándose & la ca- 
beza las manes: 

— {0ian Diosl ¿Qd4 es lo que veo? — exclamó—» 
¡Um escala pendieate de mis balcon&I ¡kh^ vive Cris- 
to, la... infame, se ha salido con la suya! 



.606 



PBD&O ÚB ALTAmUM» 



— {Llamará á la paerta; la eoliaffá abajo ñ oa pMf^ 
cÍ8o; pero no entraña en mi oat a, haata qaa lot doain*- 
íames caigan muertos á mis piésl " 

Y acompañando á la palabra la actíon^ aaoodió so* 
bre la pnerta dos briosoa aldaboMsoa. 

Esperó un instante, y: 

— Nada, no me responden, — se dÍ9o;*--«los wimiaa-^ 
les se han propaesto hacerme nna borla sangrienta: 
ayisaré á lajasticia, si, á la jostioía. 

¿Pero y si entretanto huye ese bellaco dm PantiJA 
j me acasa de calumniador? (Oh!, no haré tal; será 
imjor coierios infraganti, sorprender á ambos en sa 
diálogo de nefando amor. ¡Si, Vizoarrondo^, ácimo y* 
arriba! 

Y esto diciendo, comenz6á subir muy despacio por 
la escala que pendia del balcop. 

Al cabo de un instante llegó á este. 
Penetró en su interior y al Tdr las vidrierM cerra- 
bas: 

— ¡Maldita sea mi suerte! — repuso. — Llamará, á 
Ter si consigo algo. 

Con furia loca, y mayor ahinoo que la primera 
Tes, golpdó Vizcarrondo sobre les cristales, quebi'an-* 
do dos de ellos. 

-^¡Abrid, miserables, y daos á la ley! — gritó con 
toda la fuerza de sus pulmones. 

La Toz de Vizcarrondo perdióse en el espacio. 
— ¡Estoy perdidol — repuso,— -no me queda más so- 
lución que ir á avisar en este instante á la jusioiaL 
¡Bajemos! 






FttIRa DC iJLYARADO 



ten 



«»{ AtráBÍ-^grHó nm tos ddsde la éalle, al propio 
üempo qae Pantoja y Pejronoalli tiraban de la esca- 
la, arranoándola del balcob. 

^^fOanallaSf bribonee, malandrines!— ragió Visear- 
fondo, viendo qae M fodia desoender. 

— ¡Faera el tatorl^^-exolamaron los escolares lan- 
zando Inego grandes silbidos y mostrando sas linter- 
nas. 

-^f Daos presos^ villanos! —mgió don Marcial arran- 
cándose el cabello. 

Pantcga di6 dos palmadas y Dorotea abrió la pner- 
ia del zagaan. 

Salió al pnttto á la calle y los estadiantes comen- 
zaron á decir: 

— -¡Viva la reina de la hermosara! ¡Viva Ginés 
Pantoja I 

— ¡Viva! — contestaron otros. 

— {Mirerable: papila sin honra, meretriz villana, r a- 
^ó Vizcarrondo, — ¿qué vas á hacer? 

->-*{ Aliora lo veréis, tntor mengaadol — contestó Pan- 
tojd, al par qne colocaba á Dorotea á la grapa de sa 
oaballo, montando él tsmbien. 

— ¡Piedad, socorro; traición: qne se llevan á mi so- 
l)rina! 

— ¡Maeran los pelones! — exclamaren los estadian- 
tes. 

— ¡Adiós, tator sin honra!— ¡adiós, amigos mios!— 
exclamó el baeno de Ginés. 

Y picando espacias al brato, salió de aqael sitio 
con la velocidad de ana flecha. 



Me 



nOEO i)B ALYABiiM 



— ¡A. «UosI }A #Uowl~*eMkQi4 <^oii iwam úm&Kf^ 
radoft don MaroiaL 

Pero la Y02 se ahogó «n w giu|gaaU, 9«n|pie «» 
aquel vottMto li^r#v«iitavoii pai^^ 

Los estadian^s iHmiiiii]^0M» #• |^ito4 di j.6bik|i 
lascando al par son«r«# oaroqJAda^ 

Una ttoeva UaYÍ« de iomaitM j einte liortalMay e»-^ 
yó sobre el desvalido Vizcarrondo. 

y tftl era su orgaUoi qoe apeaar de ^to^ ' legnia 
desde el balcón ÍQsaltando á los estn.dianiWK 

-^Ia greaoa tomaba ya séiioe oavaotárest jOAMMk) k 
ano de los jóvenes ocnrriósele decir : 

— {La ronda vendrA pronto; hayamos! 

— ¡Sálvese el qae paedaI--dijeron varias voqes^ 
Y como bandada de pajarea^ salieron del Ingadr del 
suceso los escolaresi tomando rnmbo distiqto c£la 
cual. 

-^¡Pillos, ladrones, sin vergüeosas!— ^itó 4e nue- 
vo Vizcarrondo. 

Peyroncellit que era el único qoe había qoedado en 
la calle, dijo á don Marcial con acanta severo: 

— ^Tened vuestra lengua^ señor Vizcarrondo; y pér-^ 
mitidme la entrada eia vneatva oasa, porque habemea da 
tratar asuntos muy graves. 

—Yo... 

—Vos debéis preocuparos ahora de negocios máa 
serios que la fuga de vaestraaobrÍAa. 

— Me gusta el descaro. 

— Os repito qae os decidáis á que maferencíemeF, y 
sino, por vos lo sentiré. 



P^MiO m ALYA|^M)p 



eoí> 



— Baeno, baeno, pasad; y saoadine por el ^tAelQ á^ 

del mismo. . . » : . ^ 

Sabio precipitadamente la escalera, y Úeg<&.id sglon 
^principal de la casa. ,,, . 

Acercóse, auxiliado por su linterna, ai balcoi^ en qae 
e^fabfi nr^sQ yizoarrp^^Oi yabriéadalo con gtaxí pre- 
mura , dejó en Uberjia^ bX hidalgo; 

Éste con los pnños cerradí^ y lleno de cólqrai j>é^ 
natr<if e^n,^ saU^f^od|d9, y cayó abismado ^vjk sillón. 

Basifilite tiempo tardó en reponerle después ^e 1^ 
ementa lucha mantenía, y caando ya lo hubo logra- 
do, ¿o primero que dijo fu4?) ; 

— ^Voy á Almiar 4. esa vieja infam^t 9.^^ P^i* desgra- 
da ftVM'ftl cridado de Dorotea.. EUa tiene la culpa de 

tpdt?.: , . ;. '. .., 

— Jlquivfícado eatais, — reposo Peyropcelli,— opa ai^- 
ciana es irresponsable de lo ocurrido. 
. — jPr^ten^V*; exíusarU iaqpibien? . i . . 

Pretendo deciros que mis amigos los estudiantea 
no son tontos^ y que cuando hacen alguna travesara, 
procara9 a^ todo9 loa c^bQS. ^ 

— ¿Aludís á una nueva infamia, verdad? 
— Quiero 4epircs que la dueña que está á vuestro 
servipiot es una ladrona. _ . ' , 

rr-¡M^ntÍ8^ voto á bríos! 

— B» una gran picara, repito; so pretexto de hacer 
á Pantoja óiert^s reyelajcionea, le sacó el dinero y hu- 
yóse iurgo con éi sin decir nada. 

TOMO a 77 



^i^ tHtoRO DK ALVARADO 



' ^fBs linporiM^Í • ; • «^ »^'-" •' 

—Lo afirma un hombre de hoihf^f ^aita^ 8itt<nr 
^¿cAírrbndó; En bdttsecaeneia dé^laíTaiá aéoSbü (^ esa 
yieja impía, OinÓ8,.. 

— Mandóle dar ciertos polvos .. ¿ • '* 
' ^— [AMédnoí ' 

'-4-Ká(k de 'éto; ihandóledár í^iéfiios p»lf os '^ara qoe 
gozase de saeño profundo, iúHerk Dot&ték se escapaba. 

í-«- ¡M! '|lrfi8ierable, bellacof 
• -í— ttfeíft "libiiad bien, señcfr Vizcanrobdo; en que n%^ 
die tiene la catpi de estos la'meatatAes imt^étldé, ii no 
tfs vclesfro caWctór: - 

—¿Osáis injuriarme te daría! « 

^Í^Qiero traeros á !k razón y nada más. 

-^¡ Aqní, truenos f rayos, nó éxrtte mfüi^^iíithí que 
ana sentencia dará contra el raptor y la raptada! Voy, 
voy en este instante á dar píúcte de todo á Ik justicia. 

-^No haréis semejante cosa. ^ ' 

— ¿Llegaría vuestra avilantez hasta ititaütar déte-* 
nerme? 

— Quizás, quizás. 

£1 regidor dio un salto y mostrando en ¿us ojos 
la ira: 

— ¡Atrás, italiano sin honra!— exclamó. 

— ¡Miserable!— gritó no menos furioso Peytoncelli, 
— si das un paso, te atravieso el corazón de una esto- 
cada, 

Y sujetando al regidor por el cueAlo, repusó^el es- 
cultor con voz enérgica: 



r 



PKDRO DB ALVARADO 



611 



— I Júrame por ta honor, ed le tienes, qae retiras tas 
menguadas palabras I 

— ¡Saelta, saóltame, yiUa&oI 

— Paes haz al pié de la letra lo que te ordeno. 

— ¡Yol*.. ' 

— ¿A^firmas qne has mentido como nn bellaco? 

— Sí, sí. ■ < ; {j^ ' ■ -■ í 

— Paes ya qae te retractas de tas cobardes afir- 
maciones, ponte en pió y escacha lo qae Toy á de- 
cirte. 

El regidor lleno de payara, camplimenté la orden 
del italiano. . . - , 

Bate tomó la palatara, en la forma que á continoa* 
cion se dirá« 



■> II '^ I I " 



.:; 



t 



i 



...' .Y 



CAPÍTULO LXI 



Los resultados del valor. 






TrémulOf descompuesto j oasi sin vidaí sentóse 
Vizcarrondo en un sillón 7 Pejroncelli hizo lo propio^ 
^nedando enfrente de su enemigo. 

Un corto espacio de silencio sacedlo á este acto» 
Al cabo del cual, el regidor repuso: 
— Hablad, señor mió, y concluya pronto esta situa- 
ción enojosa. 

— Si haré; pero antes debo manifestaros, que si me 
permito tocar cierto negocio, es sólo á titulo de apo- 
derado del bachiller Pantoja. 
— Bien está. 

— El hidalgo háme encargado con gran interés, que 
Tenga 70 una entrevista con vuestra persona. 
—¿Y bien? 



nCDRO DB JUL¥A1U0O< ^^^ 



— Gamplo mi cometidoi realisando ras detreo»^ 
— Audelante , señor Peyron oelü • - ' ■ 

¿í^tta ^Wí^^ Mflor Vi^ai^oado. DMde luego, na se 
le oculta á ningan mortal qae el -ateto reafeísaée por 

— ¡Es de los más'«ttef<os, víUatMS y miserables qM 
irieron los siglos! 

«-^Ne^ opino yo aá^ setter don «Marcial. Si vuesa 
mtf oé^rescindiwa por imiiistafite de sa amor pro« 
pió... ' 

— ¡Qaél 

— Vería iaéé loe chieos les sobra Taion para eman- 
^^iparse de vu^ra tatela. 

-^{La nieta de^ cieú dnqiies/cdiieiibina deán pel- 
ear! 

<^La j6yen discreta que en breve se onirá en ma- 
irímonio con nn hombre sabio, honrado j caballero. 

'«^^¡Bn matrimonio! {Sabéis, ¡tiye Dios! lo que de- 

<5ÍS? 

— Lo que oyendo estáis. . . - ^ 

^-^efior PeyfOftcelIi; primero me dsjaria hacer trí - 

zas, que dejar impune el horrendo delito qde esos in*^ 

fames acaban de cometer. 
-^Sefior Vizoarrondo, prescindid de vuestra cólera, 

y vayamos ai terreno de lo^ juíto y de lo equitativo. 
— Hablad presto, porque la sangre me ahoga: 
— Desde luego, tanto Pantoja come Dorotea, isupo- 

nen que vuesamercé, no habrá de d€{}ar de hacer al-' 

^una de las suyas. 

— Y estoy en mi derecho. 



^^ »IttiOr DB jHUTABodm 



— -E49O M lo ¿MiMtfttoi . ' - , t. 

— iOómo lo disootíbk! ^^^ . ^ ^ — 

«-^i «^ oís «ooi calma» es <kAios¿iwé ^^pie «js/fiu- 
dada ali lAmaeiaft. . < . - 

Vaestro modo de oondaoiros con I09 dos. jóveiM^ 
ha prodaoMo la erapoion del /^oleeiu 

— (Vengai venga ana praebal 

*-*Por DixM vive, qm es^ladaró plenisima (Oa acor- 
dais de* tfes hermosaa tierra» ds sembraáara extatenta» 
en el término de Valladolid? 

— ¡Cómo! 

«--^Q^ ^ hacéis memorJía de esas fiacaa! / » 

— Yo.-. 

«^Nada de rodeos: 6 respondéis categórioamentey & 
08 dejo entregado al peligro qne os amenaza. 

— *Paes hiñüf es cierto: tengo noAicia de esas 'peo- 
piedades. 

— PerfaetameatOf así qaiero vierofl» y de este mo- 
do podremos llegar á una solución satisfactoria.. 
^ — Seguid, seguid. 

-^Na cabe dada, de qae dichas ia^eñ tierraa aaos 
pertenecen: 

-iBh? 

— Qaisa deciros, que todas formaban parte áA cau- 
dal que á Dorotea dejó sa padre al morir. 

—¡Obi 

— '¿Me squiTOCo, tal yez, s^or Vizcarrondo? 
£1 regidor bajó la cabeza, lanzó un penoso suspirav 
y repuso con voz entrecortada: 

— Es cierto cuanto afirmáis. 



PBD|U>. VÍH A|«VAJUJM^ 



rir> 



bremanera. Cantiaa%ré hablándoos con la franqueza 4a 

— ¿Qoióa 08 ha oa|^^4o t^leq.qosfi^? ^ >:i t ; 

error. 

.nrr^af^rií (IfiTror^ad- 

— Pues ni má8 ni ménosi que comprar acoioQ6p 
de f;ierta)^coQ»»9i^i(^ minena, «^^»^ atk, ]Sx;tiqG|ina- 
dar*,r -.•'.. 

— Por mi fóf que si lo hice fa4 pfV ^preeantar, 
el capital de mi sobrina. 

i^¡yi4}qi4t( ^r^adi^ qve fi^easaran.taa buegas iq|i;an- 
cionf|«! > ? , . ; 

— Ved cómo habláis, porque yo aoy un hombre 
henrado. . » . 

«Tr»N4[ IMftdo; petaá lae Tepea, nci bmta ia bfmradez 
para prei^^^w ctertaa oootingenciaa^ 

— {la^litqqie la fortima de esa papila «in deooro» 
subirá á muchas talegas. 

-^Pues yo repito también que os engañáis. 

-~iQfiWQÍft fiaber. mf^ que mi persona, señor Pay- 
roncelU? 

— Bb el caso actual, de seguro; suele ^pontecer en 
la yida que... 

—Concluid pronto. 

— Que cuando más tranquilos reposamos sobre 



6W 



PtKtO Dff M^lTAlUBd 



ráraw.'/'* ' ' * ^' * -/.>^> -SI- j ai " 

— Señor Pdjroncellí, voestras palabras mtf iíénáli 
da recelo y de inquietad. Hablad ftoto A Id* ettémoa 
de Lacifer! y acabe de ana vez está tohtadfttó/ 
¿Pende sobre ini aigtma desgracia? ^ ' - ^ v 
—Sobre ToesaMereéS ío ; pero «i sflbrt su »o- 
brioa. 

— ¡Ahí entonces^ lejos de lameniarla, rúé^eclégn y 
me retealeffro: asi me ahorita el Téngame de sos ^ tí 
Uanias. ^ ;>.;..>. . 

^^{Kérmoso doraron el -de ToesámeBeét' ¿Goñ' qne 
desearía que esa pobre joven, experimentara las oroel^ 
dades del infortunio^ i / ^ v 

— Lo dicho» dicho. . i í ;. 

^^Phes no se saldrá acé con !a saya, patéela dea* 
dicha ocurrida no pesa sobre el cuerpo, sino sobre el 
capital de Dorotea. • . • ^ ^ 

— ¡Gran Dios! ^^ 

-^Séfior don Marcial |á qué ocultarlo, si^yá' no' tie- 
ne remedio? Sabed que la compsSia minera ddnde te- 
nisisgran^ parte del capital de vuestra' sdíbrina, iia 
quebrado. ' '^ 

— ¡Mentís, vive Dios! . i ^ V^^^j ^ 

—«Éste papel que os entrego lo prmb^, (isj*eoino 
acredita también, que los fandadores de la sociedad 
aludida, se han fugado lleváiidosetodoe^diiieM'qne 
existia en sus arcas. • "^^ . 

Yizcarrondo, lleno de esp^rntOt leyó ét co&temdo 
del documento y e&olamó deifpaesr: 



#fc)RO DU ÁLVARADO ^1^ 

'— fJwtifcri^tdf jíTd &0 eñgkftan níis ójcwl! |EÍi, ver- 
dad; w YeraaSf- - '- ' ^ ^ •'•• ' • 

— ¿Lo veis? 

— lA.y! ¡Santo Cristo & Ik A'^dülál jAyrfMáíre 
del Gannelo! ¡Yo pierdo ia razón; yo me Yuelro todo! 

Y eíttf dieiM Aó; ébiMatezó 4 lírrattt^arse la perilla j 
á'tfáVíéde^pfaSHaas^iÁfercTte . ^ 

— ¡Bruto de mA-^éxeíamó Idego el regidor llentf 
de coraje.7-¿A qué me he metido en tales negecios 
«ino ei^ niia el dMeoro? 

— Eso debió yaesamercé haberlo pensado an£es; 

— ¡Maldita la hora en qne yine á Salaih^noai én que 
me hicieron tutor de -papilas íAn decoro; y en qao^me 
metí á desfacedor de entuertos! ¡Ay! bestia; ¡áyí sal; 
Taje que eres, Marcial. 

Y diciendo el regidor estas palabras, comenzó á 
Uoírflí' de ftkMa y'défe€ñ!^mdon.' 

Peyroncelli no pudo contener la risa al rarle; em- 
pero reponidnd<!Me de súbito, exclamó con suma se- 
riedad: ' . . . • 

—Ahí tenéis las consecuencias de Tuestras locuras; 
dejar en la calle á una jotren, que no tenia más ampa- 
ro que vofí eb el mundo. 

— ¡Óailad^ callad, señor escultoi! 

-¿-Wo haré tafl ííosa, ínterin no prescindáis de yues- 
ira orf^ullosa actitud. 

— ¡A mí no me importa nada de nadie! Aborrico á 
toda la humanidad; pero si yo estoy perdido, también 
lo ^siá esa bribona de mi sobrina! ^ ^ 

—No lo creáis, señor Vízcarrondo. 

TOMO II 7S 



^is PEDQ^ m A^YAi^Jía 



qae huyan, qae hayan los amantes; ahora^jQonaráik 
alpiste. . .,r ^ 

— Besdichadq d^ vpesanierctf • .> , ^ ' 

-*Oid y tewhW:, Pan^ji^ y. tQorgiUa pp^oeodcjoa- 
mentos escritos, en quA coAstaD 4QS>49S«gW98dQSMq«a, 
habéis ^echo en el caudal de^ la jáx6n# . < . 

-^¡MentiraL _, 

— ¿Mentira? ¿A. ver donde fbé i psprarf la dfh/^ íaI 
Gner^l 

-^¡Jesucristo! 

— jY las viñas sitw en Málagf^! ; 

*~¡Saato Dios! * - 

— i Y el molino de Valdepeñas? 

— jSanPaMoI <»' - 

— lY las yuntas de Medina, las piaras ai^keiiielMuEi, 
y li9s bienes dótales.. « , 

—[Basta, basta! no me atormentéis ^láa, aeñ^r 
Peyroncelli, --exclamó el regidor cayendo de rodi-* 
lias. 

^r<-¿Gonfesais?.... 

— «Gonñeso que todo, todo ello lo vendí indebida- 
mcDte. 

— Pero podréis entregar ei producto de la venta á 
su dueña legitima. 

— Mañana... quiñis. 

— Ya lo creo, miserable, porque boy es imposible» 
No ignoro nada; sé perfectamente que habéis derro-- 
chado la fortuna de la huérfana, entre laa tertulias del 



PSQI^ V» üfMVAff^MM 



ai9. 



¿umIímtí ^t4ofit.i«6a^hnM4 íjaímak n^í^nm con 
gran lujo. ... - 

— ¡Perdón, perdón pwp ivnettr^ kOAf»! , 

-^^ ea el qne^gw tüigD é^NjBcw. 

— iQoé deseáis^ señor Peyroi^MlU? 

—Lo que Ginés Pantoja desea; oqwl^^touUu |M>r 
oMirito mmrtitf ooB8e«t)xmeaAot' «aAoirÍ9aiyl0 jn matri- 
monio con vuestra pupila. . ,\ ^ , 

—¿Pero?.-. ' . / 

—Yo.., 

— Veo que no es hftiJais o(Hi forme cen eftU súplica^ 

-r^ü» dettoaro inandUo lo^q^ mepidea^ 

— Mas descaro aipcAd,. maker^NMr klortoaa agena^ 
d^imdo 4 9na pobre maj^r en la Qalle4 

— ¡Pesia tal! 

-r-Ni YCitoí mifM vidas han de semros, señor Viz- 
carrondot El dilei«% formulado por Ginés^ es el si- 
guiente: 6 cede don Marcial en su terquedad, 9U cuyo 
caso Dorotea le perdosa. tedas, sus fec^^oriasv 6 vamoa. 
los iifes áf prímonefl: el tutor por ladrón j fdllero; los 
dte amautes por haber tomado la reiioluoion de huir. 

— ^De medo que al bachiller le importa pooo ir & 
una mazmorra para muchos añQs? > 

-^Nada le significa, con tal. de que le acompañe 
vuesamereó, 

— ¡Ají qué embrollo, Madre de las Angustias. 

— En vuestra mano está, aclararlo. 
Vizoanrofido púsose en pió, j como si la razón le 
sobrase, exclamó con gran orgullo: 



,t»j 



nsao ins aLyj^uldo 



-^Paes bies: daré mi doM^ntikioáeAta ^i^ qM é«Mi 

meDgados se casen. 

—Gracias, gn^AíMi kiüi^ó teio/ 

—Pero editad >|^v« J)iiMt <^X>e'w> Id h»gó por 
miedo á ciertas aitieoasasi ' -^ . ^ 

^' *— Yá lo ra|)ODgo; ^ > • v — 

«-Sino en razón á qae no qniéto qM Itt Ikaitfiéia d% 
mi apellido, safra menoscabo^ ^ < ..> 

— jMay bien pensado está! - 

— Dorotea. •• Ginés... en fln, compreiiderais; wftor 
Pejroncelli, que ya la cosa no tiene remedio. ' - 

—Uno solo existe: el martrimonio. * - 

— Justamente, ermatnmobio:^péro conste^ -qoe si 
después pretenden ardüstmd un pleito... 

— Yo respondo de que n* hafián ios novias ¿eme - 
jante cosa. ' ^ , , . . 

— ^Pues bien: tñáfiana inlsmo extMíderé ndt 'coa sen- 
timiento ante uü escribano: á las ún&té os éspertf^aqui 
pata entregárosle. : r 

— Sin falta acudiré á lá cita. . • 1 . 

— ¡Luego, luego, después de entregaros laü fkiMbás 
dos talegas que han quedado sana^r en el Capital de ttii 
sobrina, huiré de este pueblo para ir á'eonclttir mis 
dias en el último rincón de "Bspafiá!^ . 

— Perfectaniente haréis. 

— No quiero volver á saber nada de mi faníilia; es^ 
foy harto de sufrir sus menguadas acciones y de reci- 
bir disgustos porlsiu culpa. ' ' 

— Bn perfxscto detecho os Halláis, de ^omai" el par* 
tido qae más convenga á vuestros intereses. 



,ffmm «Ki,^vjMMiW) 



«H 



íj.TTrSitcw. , -)0i . ■; .-. í'i .'• uí'-p uí ■ i ] ■ ■ ■ . ' -- 

— En esto oyóse raido en la escalera, 7 á pagpitrfr- 
sen^fd f^p,4l:li4o».fHl<ial4.09A itM» 49•aif<Ulcit¿pre• 
siI)i4o«{MWv^!£MKiUar Jíq^iMz; ,. 

—¡Daos prej9«!--Tepa)M)/«l jnstioU dirigiéndose á 
Peyronc^, , , ,, .-.: ; í, ,r ' ¡í 

—r|Por qfié oapaal-<-<eq(mJbe^6^^i escultor. 

— Aparte d^ >.qfie. no -debo dal!$>9<explioasioees, os 
<gró ^e<de,bo 4|i94«^r{u(!Qiede.yiies^ra perdona, pdr ba- 
bear P9tro<»nado4 e89á»dalOkt)«t(idi»ntil qoe ha sorgido 
esta noohe en estos contornos. 

-r.P«r4onadioe|, .seAor familiar, si abrigo algnna 
dad*. ■,.,•-.. 

---iOa^ es ellal , . 

. —¿Oía b«b«b| eoüerddp pArsonalmente de lo oook* 
rido? . : v 

-7- Yo sienpn» 09(07 frente Á frente del deber. ■■ - 
I *— ^pesar> de mantener tpdas ka noohes el jaego 
ndl^ en/vnestra iertaliftl^ . : 
. — fOwn Diotl 
■ r-RasptfiHled a1 punto. 

— Bajad la voz, por el cielo, señor FeTironoelli. 

--i'Si.baré^rorepQaodl-LtAlianq. . 
Y laego acercándose al familiar, dijole.en teño 
muy bajo: 

«^¡SitosiUto armar noa: eansa oriminosa; si dais la 
menor noticia de lo ooarrído, os dennneio ante las gen-» 
tes.eomo jagéidor, prastemiste ain entrañas, 7 jefe 
de ana partida de estefadoresl 

—¡Oh! callad, callad por vaestra honra. 



622 



VÉBM 'M JkLTAStAllO 



—Pensad, poesi lo qoe hacdis, y ahora ]^etiÍBiiin6 

Y saliendo Inego á"k eiékléfa ^délkleHsIn «ttbcrdi^ 
nados Je «floraban) tlaisólá», ditfiencto^ ' 

—¡Hola! Entrad, entrad presto, algaaoiI¿s. 
Todos lo» de la ronda obedecieron el mañdátor 
Pmetraron en d éalon, y íimeiiez les «IQo: 
^Señores: lo que orieimos d^tfienandn, htt sido ni 
más ni iii4nos qQo^QDa brottA éááB, por \w estuditiftes 
al siñor Vizoarrondo. 

Cosanatnral es que los jóvenes qtie freoft^nlan las 
aulas, incurran en esta clase de desahogos, y comb la 
parte ofendida, es decir, el señor don Mansial, los^ier* 
dona á todos, creo que na4a tenemos q^e haoer^aquí. 
— Cjertamente, sefior familiar. 
— En tu consecuesda, partaoiosf^aipero antér, or- 
deno á vaesaimeroedes que ni iHi^aaniisas tefg^n oo- 
nocimiento de lo ocurrido, pam qt^t no icatga en^ me^ 
noscabo la autoridad: de este modo eütaremes H^-ha- 
blillas de los que dicen que siempre ri la ronda, á don • 
de no debe ir. 

— ¡Muy bien, muy bieB!*-««reíqpandierdD Tarioe al- 
guaciles. 

— En marcha, pues, señores. 
Señor Peyroncdlli, que Dios oe guarde: don Mar- 
cial hasta más Ter. 

Jiménez al frente de Ion snyaa, salió á la calle. 
El escultor quedó con Vizearrondo y antes de 
abandonarle, exclamó: 



PEDRO DS ALYAEADO ^^^ 



— Señor regidor: no olTÍdaró nunca la gratitud que 
debo á Yuestra benerelencia. 

—Podéis gaardarme agradeeimiento, porque sois el 
primer hombre que ha logrado dominar á este hidalgo» 

— ¡Baen pillo estás! —repaso el escultor para si. 
Y en tanto sellesitedíaidjsiyizaavrondo, repetía es- 
te para sus adentros: .^ .. 

— ¡He logrado escaparme de sus garras: qbá fuerza^ 
Señor, qué fuerza la de este italiano! 



iii. i> 1 1 1 fci 






OAPtTDIiO LXII 



i - 



I>e lo que las sucedió 4 loe amantes despves de su ñin^ . 



Salvando obstáonlosi cruzando montes j llanuras » 
j marchando á todo galopar, ganaron Ginás j su ado* 
rada gran extensión de terreno^ 

Las sombras de la noche farorecian su empresa. 

Y decimos esto, porqae de hab3r emprendido su 
marcha ios amantes á la laz del sol, claro j ¿vidente 
es que hubieran salido mal parados. 

Las gentes que hubiesen acertado á encoAtrarles, 
habrianles detenido de seguro. 

Empero quisieron los genios protectores del amor 
sacar sanos j salvos á los dos novios. 

Sin dificultad salvaron como hemos dicho, gran 
distancia, j ja al amanecer halláronse muy cerca de 
una venta. 

Antes de arribar á aquel mesón, apeáronse Ginés 



j Domtea, 7 temando de la rienda el primero al 
bailo, encamináranie á la venta ahididá. 

TodA eita operación, no taro -otro objeto que des- 
orientar á los moradores de la hospederiar mencio- 
nada. 

Puesto que si hubiesen vitfiao á Dcnroteá f Ginós 
montando el mismo oaballo, habria^a pensado, con ra^- 
flon, qae el caballero había raptado* á la joven, dado lo 
violento de sa viaje. 

Pantoja, ain aer trapacero^ ni mocho menos, tenia 
gran facilidad para urdir embostes caandor lo juzgaba 
conveniente. 

Y asi, como al ile(;ar á la venta le preguntase el 
ventero cuál era la causa de que trajeran un solo cor- 
cel, contestó Pantoja sin inmutarse:* 

--^Ddsdichada de mi señora, que ha estado á punto 
de morir; su caballo se espantó algo lejos de este sitio, 
j dando coa su cuerpo en tierra, salió despavorido j 
sin freno. 

— ¡Válame Dios y qué cosas suceden en el mundo! 
¿De modo que esta ilustre dama vendrá malferidaf 

— No á la verdad; al huir el bruto caí iK>bre unas 
yerbas, j éstas me evitaron una terrible fractura. 

— Máa vale así, — respondió el ventero. — ¿Y no po- 
dría saber á dónde se dirigen vuesasmercedeá^? 

£1 bachiller reveló al del mesón que iba en com* 
pañia de la dama á su pueblo natal, 7 que esperaba le 
facilitase un medio cómodo para trasladarse á dicho 
ponto. 

— Le tendrá vuesasefioría 5— respondió el ventero; 

TOMO B 79 



^^ raimo DE AX.TiJtAIM> 



' — precisaméntd dentro de ana hora sale un eamlaje 
oondneiendo Ttajeros para dicho punto. 
- — Paes preparadnos nn buen almnenso á mi señora 
j'á mi^ y dentro de ana hora partiremos. 
— Seréis servido, sefior hidalgo. 
-^¡ Ahl-^-ezclamó Pantaja^— -se me olvidaba deeiros^ 
qae tennis en yqestra caadra este caballo hasta qne 
▼engdn á reepjerlo de parte de su daefio legitimo, que 
es nn italiano llamado Peyroncelli» 

Dispuesto el almuerzo, Pantoja j Dorotea consu- 
nuéronle con gran apetito. 

Llegó la hora de partir en dirección del pueblo de 
Oinés, j después de abonar éste todos los gastos he- 
chos en la venta, dispúsose & reanudar su viaje. 

Penetraron Dorotea y su adorador en un vehículo 
que ocapaban también otros viajeros, y á poeo, tallan 
de aquel logar sin contratiempo ni novedad alguna. 

Gomo acontecia en la época á que nos referimos, 
su jornada foé lenta y tardia por demás. 

Cinco 6 seis dias de marcha tuvieron los dos jó- 
yenes. 

Después de atravesar largos caminos de andadura, 
y de pernoctar en distintos mesones, llegó el instante 
feliz de que Pantoja divisara la torre de la iglesia de 
supneblo. 

El corazón del bachiller llenóse de jubiló. 

Gruesas lágrimas de alegría escapáronse de los 
ojos del joven. 

Dorotea participó de este sentimiento de su amante, 
y exclamó en un rapto de alegría: 



npiLO DE ALV^RAOO ^^ 



. «-i'No tfiAgo padr^ que me itQf^rj^ieii: lo» tqyjMi que- 
rido Ginés, reemplazarán á los mios .deqde, hpjt 

I4O8 iviígeros llegaron á ]^ entrada 4e la ald^, j 
«ojr^roa rampres como si macha gent^ ;ie acercara. 

iQaé habrá acontecido! 
: Los padres de GinóSt qae t^an ya noticias de que 
4W lujo debía Uegar de un momento á otro, supieron 
ipor cierta aldeana que yíó á Ginós 7 á Dorotee apearse 
«del ooche, que era ja evidente el arribo de éstos. 

. Con la ligereza del gamo comunicaron tan grata 
noticia á sus coaveciuosi y el puebla en masa salió á 
jTiSQibir á los recien llegados» 

Imposible seria describir la tiemisima esceba que 
-ocurrió entre el bachiller y sus ancianos padres. Los 
pobres viejos llenaron de caricias á Ginés y á Dorotea. 

Lloraron como c^icuelosi y colmaren de bendicio- 
nes á aquel hija, que volvia al hoga^coü la corona del 
sabio y la reputación del hombre virtuosa. 

Dispensaron los padres de Ginés ignal cariñosa 
acogida á Dorotea, porque Pantoja les habia comuni- 
cado por escrito las desdichas de aquella mcger, á quiein 
aunaba, y la tiranía de que era objeto por parte de su 
Autor Vizcarrondo. 

En su consecuencia, los pobres ancianos escribieron 
A su hijo, diciéndole que si él podia arreglar tadas las 
dificultades que se oponiau á su unión con la joven, 
•allos accedian gustosos á su casaaiiento. 

D3 suertd que, con tales pre:^ente9, no podia ex- 
trañar á los padres del bachiller, que éste volviese á su 
pueblo natal acompañado de su futura . 



^^3 P^MtO DiB ALTARaIM 



Razón por lá que, á^ogíerott ft la jóV€ta, dóbside- 
ráBdola como hrja. 

Taü satiáfactoila como^ lá rdoepcion que al báchi* 
ller j á Dorotea hUierdñ los padres del primefo, fb( 
la que les dispensaraa todos los Yeciños 'ñéi lngtir* 

Ck)mo si se tratara dereoojer qü teeoro, dkpatá- 
bañse todos ellos el honor de abrazar A Qinés }r á «ft 
f atura consorte. 

Eq aqaella ocasión el honrado vecindarie de la lo< 
calidad, aparó en beneAct3 de sas haáspedam, toio el 
catálogo -de los elogios. 

Despaes de todas cayas alabanzas, Dorotea y Qi^ 
nos, segnidos de tbdo el paebloi trasladáronse á ^casa 
de los padres 4^ Pantoja. 

Allí les esperaba aqael virtaoso párroco, aquel pa^ 
dre Roqae, qne en otro tiempo fué objeto de las trave- 
sarás de Ginés. • ^ 

Al yer el bondadoso sacerdote á sa antigao didcf^ 
pulo, lanzóse á sus brazos y le colmó de caricias. 

El llanto acudió á sus ojos y bendijo una y cien te« 
ees la honra de haber sido el primer maestre de Ginés.. 

Este pidió perdón al anciano por las fechorias qae 
en tiempos pasados con ól hiciera, y profundamente 
conmovido el cura hubo de contestarle: 

— Hijo muy amado de mi alma, los hombres como 
tú, no deben pedir perdón nunca. Has honrado á toa 
padres, vuelves al hogar con un nombre ilastre, con 
una brillante carrera, ¿qué más puede exigirse á un 
joven? 

— ¡Caáu bondadoso sois, padre mió! 



KII>RO P1B ALVAKADO 



699 



. .^Nad^^ á» bondad^» Úmé$; jafitioia j qo favor es 
io qne yo te hago. Ahora, si, deho pedirte |ina merced 
<l\j» es te, i^AjoT, (ffxe podi^TM otor^rme en ta vi(U. 

^-^Ilabladt vc^ a/vado padr« Ro^jae^ 

— ^^Paea » ioá4 ai méjoyoi, qqe permitain que jo os dé 
la bendición nupcial. 

—X^Ujáré en ello ft^mo ga«to; .pei;o otjadYiBTto, que 
para que mi matrimonio cotu Dorotea taifg^ lugar^ nos 
lalta aún uil detalle. 

—¿Y cuál es este? 

— El consentimiento de su tutor; á p^sar de ser don 
^iircial d<) Vizcarrondo un basilisco j un malvado, no 
HXÚWQ q^ne pueda decir el dia de mañana que desconoqí 
eu autoridad. 

Tal fué la forma en que recibieron á Giués en su 
pueblo, 7 tal su conversación con el paire Roque. 

Iios dias iban trascurriendo sin que los fugitivos re- 
<sibiesen noticias de la capital. 

Bate silencio sembré la inquietud «n el espíritu de 
todos. 

' — Quizás, — se decían, — al regidor persista en su te- 
nacidad. ]OhI Pero si esto acontece, habrá de pesarle 
<le seguro: su funesta gestión en el manejo de los inte- 
reses de Dorotea, dará con su cuerpo en una mazmorra. 
Esperemos. 

No tuvieron que hacerlo mucho los enamora- 
doa. 

Un dia apareció el italiano PeyrouQ^i en casa de 
Pantoja. 

Lleno de j&bilo y de placer, notiftoó el escultor i 



^^ PEDRO DE ALVARADO 



la familia aqaellai el rMoltAdo favorable dó §a% entre * 
TÍstas con Vizcarrondo. • 

En sa consecaendaí entregó á Pantojá el doea-^ 
mentó en qae don Marcial otorgaba su antorizaciont. 
para qaeiin sobrina Dorotea contrajera matirimonio con 
Ginós. 

Inátil es pintar la alegría qne semejante nneva. 
sembró en el hogar del bachiller. 

Ya no se ocupó éste de otra cosa, qué de ooncertar 
los preliminares de su casamiento. 

Y al cabo de odio dias^ cuando ya estuvo prepara- 
do todo, se unian en lazo indisoluble la bellísima Do* 
retea y el ilustrado escolar de las hónralas aulas sal- 
mantinas. 



Dos años iban escurridos desde los anteriores su- 
cesos. 

La casa de Ginós Pantoja hallábase convertida en 
un tetnplo de felicidad. 

La caal vino á colmarse, con la presencia de un 
hermoso niño, que el cielo quise conceder' á los do» 
jóvenes. 

Los padres de Pantoja recreábanse en aquel ángel, 
verdadero prodigio de belleza. 

Dorotea á su vez, hacia más gratos con la bondad 
de su carácter, los postreros dias de aquellos ancianotr. 

Mil y mil veces bendijeron éstos la hora en' que 
plugo á Ginés elegir esposa de tan relevantes condi- 
ciones. 



PEDRO DS kUVARÁDO 



631 



Los pobres viejos amaban á Dorotea tanto como á 
su propio hijo. 

Y no habieran cambiado todas las dichas del mon- 
do, por la qne gozaban á la sazón. 

Bmpero domo ni el placer ni el dolor son- eternos 
luAia de tocarle su fin á la al agria que experimentaban 
los padres de Qinés. 

Cierto da, reoibió éste nna carta. 

Era de pallo j letra del bac^hiller Sandorsl. 

En aqaella epístola participaba á^Pantoja sa ami* 
gOy qne tanto Ifiignéz como él, acababan de recibir en 
Alcalá la inyastídora de doctores. 

Qne en su consecaencia, j después de despedirse 
de sos familias, partían ambos á prestar sns ser vicios 
científicos en América, haciendo sn viaje con el espa- 
ñol Pedro de Al varado. 

El doctor Sandoval proponía de nnevo á Ginés que 
si se ddcidta á pasar con olios á las Indias, baria, su 
felicidad por completo. 

Quedaría nombrado su ayudante j Sandoval le ins-» 
Iruiria en las ciencias médicas, lo cual, dados los co- 
nocimientos de PaQtoja,habiade costarlopfco trabajo. 

Terminaba Sandoval su epístola participando al ba* 
chiller que disponía de tres meses para tomar nna re- 
solución. 

Al leer Ginés esta carta, sintióse aguijoneado por 
nna sed invencible de gloria. 

Comunicó á Dorotea j á sus padres la propuesta de 
su amigo, j éstos prorumpieron en lágrimas de pro - 
fundo dolor. 



63*2 



PEDfU) DE AtVASADO 



— ¡Esposo, hijo miQÍ Oto td Mparea de noAotros^ — 
exclamaban derramando abundoso llanto^ 

— Volreré coa honore» y con fcrtniia,-^jréí9poBdia 
á estas súplicas Ginés. 
^Oh! no nos dejes, por ia vida» 
-— Ved^ amados mio8,-*-contefitaba Pantoja,— ^ue 
arrojo mi carrera por ]a ventana; qne jo he ettodifda 
para aplicar mis conocimientos en favor de la humani- 
dad, y qne hoj por hoy, ao soy otra cosa qae an ba- 
chiller desconocido. 

. Resultado de todo esto fué, qae ^ny á pesar euyot 
cedió al fin á sus deseos la familia apesadumbrada de 
Oinás. 

£1 cual, lleno de bendiciones y de caricias^ de abra* 
208 y de consejos, partió nna tarde de su hogar, dejasn- 
do á los suyos entregados á acerba amargura. 

¿Qué le aconteció al bachiller más tarde! 

Ya en Alcalá, con sus amigos Sandoval ó Iñiguez^ 
designó el primero el dia en que habrían de trasladar* 
ae á Cádiz. 

Lleno el corazón de entusiasmo, la mente de pro- 
yectos y el alma de energía, luciéronse ya en Cádiz á 
la vela aquellos bravos, en cierta tarde del hermoso 
Abril. 

Muchos españoles acompañábanles, al frente de to- 
dos los que, aparecía éi caudillo Pedro de Alvarado 
que habla de ser más tard^ Generalísimo de las fuerzas 
de Castilla, en Guateinala. 

Un viaje largo, una travesía peligrosa, puso á to- 
dos aquellos valientes al borde del abismo. 



PSDRO DE ALYARAJDO 



633 



Pero quiso el ci^lo que al cabo de machos dias de 
navegación, acertasen á dar con la Veracruz. 

Más tarde, Pantoja j sus compañeros realizaban he- 
TÓicas empresas en México á las órdenes del invicto 
Hernán Cortos. 

Llegó la hora de que el marqués del Valle encar- 
j^ase á Al varado la co&qhistit de Guatemala, y entre 
ios iudividuos que alas órdenes de éste faeron, marcha- 
ban, como sabemos, Sandoval, Iñiguez, j el famoso 
bachiller salmantino. 

Del cual debemos añadir, que durante todo el perio - 
<io de la conquista de la Naeva España, no se separó 
del doctor. 

£a Guatemala, pues, veremos á todos estos hidal- 
^s, dando aquí por terminada la interesante vida que 
«n España Uevai^e, el esclarecido bachiller Ginés Pan- 
toja y Yévenes. 



TOMO a &) 



CAPÍTULO LXIII 



En los espacios ds MaHe. 



La necesidad de referir la rara historia de uno de 
los subalternos d) Alvarado, ha separado por algan 
tiempo nuestra atención, de lo que en Guatemala 
acontecía. 

Bi carácter, las condiciones, la vida llena de acci- 
dentes que Ginés Pantoja llorara en Espafta antes de 
partir para América, no podian dejarse ecultos á la 
atención ilustradísima del benórolo lector. 

Detalles hay j páginas se cuentan en la historia 
de algunos hombres, que formarían el libro más curio- 
so y de mayor entretenimiento. 

¿Quién podrá negar que las reyelaciones hechas por 
el hostelero Andrés Pelaez á los escolares de Salaman- 
ca ,coD8titúirian el poema de dolor más digno de estudio^ 

¿Y quién no se holgaría de tener en casos de apuro 



TKDKO DS ALVARiLÜO 



635 



un oompafi^ro qae coaio el baohiller Pantoja, Ydnoiese 
la mismo en los espacios de Gapido, que en los alcáza- 
res de Minerya? 

A baea segnro que con hombres como Gioós, toda 
empresa resaltaba fádl j accesible. 

Espiritas de esta naturaleza^ necesitaba el genio 
eonqnistador en el suelo americano. 

Por fortuna, lo mismo Oolon, que Hernán- Cortés^ 
qu) A^yarado, rodeáronse de este liaaje de individuos, 
para mejor cumplir su misión en las Indias. 

Y á la verdad que no vieron defraudadas sus espe • 
ranzas. 

Poir el carso de los acontacimientos, hemos tenido 
ocasión de observarlo. 

Todos cuantos españoles militaban en Guatemala & 
las órdenes de den Pedro de Al varado, mereserian ser 
biografiados aparte. 

Empero como esta tarea seria más difícil para nos- 
otros j" fatigosa para el lector, nos abstenemos de in^ 
tentarla en absoluto, limitándonos á hacerlo respecto 
de aquellos hombres que como Pautoja; contaban su- 
cesos tan originales en su vida. 

¿Y dio el bachiller en América pruebas tan cum- 
plidas de valor, de energía, y de arrojo, como las que 
mostease en España? 

Para coronación de su historia, señalaremos una 
muy importante. 

Todavía no habia pensado Hernán Cortés en pro- 
poner á Alvarado que realizase la conquista de Gua- 
temala. 



036 



PEDRO DS ALYAEABO 



Ea 8U copM(H]^ii|CÍa, don P^dro ser^i^ ^mo todos 
8U8 colegas en México, á las órdeaecde aquel hijo in*^ 
mortal de B&tremadara. 

Uno de los que fígarabiui en las falaqges de los 
guerreros existentes en el soielo oiexioano, era. el ba- 
chiller Ginés Pantoja. 

Eq aqael país deseooipeñaba la plaM de ayndaBte 
K^ientifico del doctor Sandoval , 

Lo caal no era obstáculo para. que, cuando llegaba 
la necesidad de batir el cobre, se distinguiese Pantoja 
como ano de los pritaieros en la liza. 

Cierta tarde, el ilustre Hernán Cortas, dirigíase al 
frente de sus soldados á casa de un importante cacique 
de México, que en el campo vina. 

Aquella excursión militar, no tenia otro objetq que 
el de tomar posesión solemne de unas tierras, ofreoi* 
das volaatariamentd por el cacique i loa españolea* 

El acto de eutrega de aquellas flnoas, debia hacer- 
te por convenio de las partes, frente á las fuerzas del 
uno j el otro bando. 

Cortés habia penaado en hacer al cacique los hono- 
res de principe, para dar una prueba de ^u diplemacia. 

Al efecto, trasladóse como hemos dicho, al lugar 
de la entrega, en unión de lo» sujos. 

Todos caminaban pacíficamente por el campo, sin 
intención ni esperanza de luchar. 

Pero no contaban con los propósitos de los natu- 
rales. 

La casa del caci|ue aludido tenia una posicjion to- 
pográfica, bella 7 pintoresca por dem&s. 



VKtíRO 0E ALVAKAbO ^^ 



Alzábase eü un montécillo, caajacio de frondoso» 
áfbóleSf 6tij08 aromas jn^rfamaban él ambiente. 

La parte de monte correspondiente á la fachada 
principal del edificio, ofrecía kcceso á la casa aludida, 
por medió de unas ¡sendas matizadas de flores, qne iban 
á perderse en el fando de amenísimo Talle. 

Al llegar á este, debian lo^ espafiolés hacer sonar 
SQS cornetas para qoe los indios salieran á recibirlos. 

Y asi lo Veriflcaron los castellanos. 

Pero no con todo el éxito que faera de desear. 

D atenidas las tropas de Oortés al pié del monteci * 
lo mencionado, sonaron nna, dos j hasta tres veces 
sus clarines. 

Nadie les respondió. 

Avanzaron nn poco para más hacer perceptible sn 
llegada^ pero apenas lo efectaaron, salieron como abor- 
tados del infierno millares de indios. 

Desde el monte, comenzaron á disparar flechas j 
piedras sobre los españoles. 

— ¡Ah! Canallas, — gritó Al varado con toda la fuer- 
za de sns palmónos. 

— ¡Ah! Bdllacaelos, — exclamó sin alterarse Cortés. 

— ¡Daro y arriba! — repaso más tarde. 

Formando c >mpácta masa, empezaron los castella- 
nos á asaltar el monte. 

Viendo lo cual los indígenas, huyeron despavoridos 
en distintas direcciones. 

— ¡Nuestro es el terreno!— rugió, avanzando Cortés. 

Mas al decir esto, de la casa del cacique comenzó 
á salir una columna de negro humo. 



«38 



PSBRO DK ALTAIULDO 



^[Faegol. [Han prendido fo^o á la flaoa esrs misa- 
rabies para so eiitre|p&mo8laI-<-exolam6 Ueao de o6to- 
raAlTarado. 

{Esto es osa yergaenzal— *afiadi6¿ 

Oir estas palabras y salir aa jóren da entre las fi- 
las, foó obra de an momento. 

Al ver que sabia á lo alto del monte con temeridad 
incomprensible: 

— [Pan toja! ¿Qaó yaisá hacer? — don PedrOy lleno de 
espanto, le gritó. 

— j Voy á tomar posesión de la casa! — contestó el 
joven ddsde lejos« 

— ¡Desdichado! ¡Hoy es el último dia de ta vidal 
¡Vas á morir entre las llamas! 

Tales faeron las frases qae á sa yes Heraan Cortés 
pronunciara. 

Pero perdiéronse las mismas en el espacio. 

Con asombro de todos los soldados qae le reian 
desde la falda del montea Gioés Pantoja llegó á la 
paerta de la casa del caciqae. 

Abrióla de ana terrible patada j penetró en sa in • 
tenor. 

Sabio con gran brío ana escalera, 7 diñsó nn pe- 
queño cuarto. 

Pero al ir á entrar en él lanzó nn terrible grítOt 
llevóse la mano al pecho y vaciló an instsmto. 

El pufial de tina india le habia herido gravemente. 

Ei incendio acrecía, haciéndose visible por la par^ 
te superior de la casa. 

Los españoles decidiéronse á salvar á Oinés. 




Ut deJ filia :jü;. ■ Arenal i'I' Mddnd 

El puñal de una india le naka heriáo gravemente. 



PfiOlU) I» ALYáIUDO 



Y (mando iban á asaltar el edificio, Pantoja pre* 
aentóaelea marchando penosamente* 

Una nnova onda de sangre brotó de su herida, y 

entonces el bachiller cajó al saelo A presencia de todos. 

— ¡Traición! ¡Naestro amigo ha sido asesinado! 

{Venganza! — gritó lleno de cólera Hernán Cortés. 

— ¡Si, venganza! --contestaron los hijos de Iberia. 

El cuerpo inerte de Pantoja fué recogido de aquel 
sitio y entregado á los cuiládos del doctor Saudoyal. 

Eutonces Cortés apoderándose de un pedazo de vi- 
ga que, enmelta en llamis se habia desprendido del 
oficio aquel: 

— ¡Prendamos fuego al monte! — gritó con singular 
energía. — Ya que ellos nos niegan la propiedad de los 
terrenos conquistados, hagamos lo mismo con los 
a ujos. 

L% pléyade de los guerreros aplicó á los árboles 
del monte maderas encendidas. 

Este comenzó á arder, ofreciéndose ui espectáculo 
imponente. 

Los españoles, á fin de no perecer entre las llamas, 
salieron precipitadamente y en confuso tropel por las 
Tercias que hablan quedado libres del fuego. 

Mas apenas llegaron al Talle, una masa descomu- 
nal de indios ccrtóles el paso. 

Los que creyeron fugitivop, se hablan reconccLtrc* 
Áo allí para desbaratar á los españcles. 

Terrible y descomunal batalla trabóse entre espa- 
fioles y mejicanos. 

Los indígenas, que eran muchos, batíanse desafora- 



im 



raDaO MC ALVAIULDO 



damente; pero eran rechazados por él vigor de loa 
hijos de Iberia, quienes se maltípfíeaban enia lid» 

Pedradas, flechas, golpes de cuchillo y de hacha ¿ 
diestro j siniestro, tal era el especrt&calo qae «n aqua* 
líos instantes rá ofrecia. 

Iba la victoria ihiciándose para los espsñoles, cnan^ 
do en medio del fragor del combate^ oyóse una esten- 
tórea voz quo dijo: 

—¡Doro oon los gachupines; acahád cen esos perroa 
hambrientosl 

Los indios, con lijereza inconcebible, formaron nn 
gran cuadro de defensa, dejando en el centro á un hem^ 
bre y una mujer. 

Eran el cacique y su esposa. 

A esta última debia el bachiller su herida. 

Asi que la infame clavó su puñal en el pecho de 
Pantoja, huyó por una puerta excusada de su oasa, j 
fué á agregarse á sus compatriotas. 

— ¡A ellos! -^exclamó Cortas ganoso de, apoderarse 
del cacique y de su consorte. 

Pero tuvo que detenerse de súbito, porque un gru- 
po de indios que traia á un hombre oasi exánime, pe- 
netró en el centro del cuadro. 

Con el infeliz, venían seis ó siete españoles atados 
codo con codo. 

-^¡Gran Dios!— gritó Al tarado, que tal viera, — 
¡Pantoja, Sandoval, nuestros amigos, han sido hechos 
prisioneros por estos miserables! 

— ¡Es cierto, vive Dios! —rugió lleno de ira Hernán 
Cortés. 



la ^YkííJú» ^^ 



Bl doctor Saüdoval, olvidándose del ]^d^gro 400 

rar á sa ayadante. '^ 

Bitando en ésta <iparaoÍMi, ca^á sobra al' grepo 

vn poftadouiadabriMav haaieiido príaioiieroa á aqoatíM 

eastalkonau 

Bfi ^énnáa^ aettcgiaáte falonfa^ ii)iii6 Hamaii 

Gortós qae la isangl^é aé le faiaUba ¿m las Tanas. f 

Y creció de poste tm indigaiicioo, coaiido o jó de- 
cir siimícMptrn " •' 

— Bate gachupín que a^i tcBeoios, ha sido caatig»^ 
do p«r mano 4e aii^eípósa, con nn buen golpe de pa- 
ftak £Uiatped, aiiotá al cuadro si os atreyeis. A.I primer 
movimíMito que hagai»^ caerán en tierra estos prisio^ 
nenit oeaidot i po&atadda. 

Y diciendo estas frase8,rodear<:a loa indias á loa 
caatettaaioayraaqav^ preaaftlttido sns pafiales en adeacum 
de herirles. 

iQoé haesr en aquella: sitnaeian? 

i Jamás ae tío Hernán Gortáa en lance tan aparado. 

Si habieae caído enttqnel momento sobre sns ene* 
migoai» anjbaa de qae lo hubiera intentado habrían cac- 
tos hecho pedazos á las prisioneros. 
• Si por ^contraiio^ se hubiese decidido á proponer 
parlamento, enTalentonados k>s indigenas, habrían 
raaiísodo al^na de 1m soyas^ 

Cortas, ante aqaellas consideraciones, permaneció 
siknfflQao, ordenando á sns saldados qne se detn^ieran 
en &US ataqaes. 



^ 1)8O«9^0S MYAIUM 



—-¿Os rendís? ¿No es cie^tAfey^fdMffuiéá.^dd «ik^qae 

^r^ipem4. w ]mi«»ie^7<híibliíMiMft^wce8fMtt4í& 

-ffi^Oi reivUat-^iVH^hrieiN» Aigi(Har)40s ^iodigeiúls, ¿ 
^MnpOiqti^lenwitobMi ifti; 4«1 cmAdo 4»1 coacto tsi» 
puñales, en ademan de asesinar á los prisionaoM^ ' 
* ^^{Mtól {|ior líMt)fflk)s#M n^ ▼ixdstm 7vidii-i4i|^tó 
uno de iMfneiMítiibaB al kdü 4# fíaahoga^ 

— *Qae este gachupín herido, festá x^trntAm laoft é» 
lMiA«g»rias(Íe<nie9toft»T^b8^ « ím ^ 

ün nunor prolongado sslió^^e losíhibMs de k tmp»^' 
. --lEttor hoinbra se ba coar^rtíd». £iafr;9Mí}l«q[ii0irdi^i 
nenuM; y qne prestaará oR^to A «itiiirfini» d^idtdaii 

— ¡Mentira I— gritó Cortés UasM (la 46lera*.ÚaadMM 
do al airo su esfMda^ / 

, £1 oaadijyk) no baMa oaMtpviOKHda^fMitcb/BOAdiMti 
estratagema de Pantoja. * 

A pesar de la maob^ sangre nqp^ al i)aofaUlorii|bia 
danramado, logró ir rap(mi^oaa^pfliQKvi4>aaQ; gsÉsias 
á las üMlioinaa qna le aplicara SiadotraL ^ 

MasBigaióflDgíándjOSdagóniao, para msqor indi-. 
zar SQS planes. 

•j -«Soltad á ase hombro ¡TOta i Grisiai'-^'apaso- da 
QPOYO .Oortéi, ó rompo las h0stilidftdaa¿ 

— Un momento... an rsuontAij^^^hiuAmmé Psoitojai 
i|l(iorp<ff^iosa. 

^ --r-Abríd el coadro, — eacaUmó el oaaifu ooft .inaa-- 
perada generosidad. 



<l6 sa jefe, para demostrar qae ná ísdíaé ^edo á l«i 
^ipafioles. •' = ' / 

- "^ ^'^stM :qoddaronpoom0 wtátaaft, nbadeoiando mui in- 
^eadon de 8Q8 saperioreté / i ' . . . ^ 

En eata posición las faerzas beligerantes, el caci- 
^ne avaozó hasta donde Cortés estaba, j dijole con 
4^able aceoto: 

— Señor capitán: os propongo una tregna;. ya veis 
que JÓ cedo en la lacha, ceded ves también. 

— Hablad presto. 

— Nadie puede ingerirse en el sagrado de la con • 
-ciencia. U * 

—Verdad decís. 

— *Bse espáfiol qae está herido, ha manifestado de - 
seos de abrazar naestra-peligion. 

—Me pareoe increíble. 

-^Padiera ser que los dioses le habiesen inspirado 
la necesidad de profesar otra dectrina. 

— jY bien? 

— Os propoDgo ana cosa; qae si ese compatriota 
muestro manifiesta delante de nosotros su amor á 
nuestro rito, demos por terminada esta lucha, juzgan- 
do que los dioses nos consideran hermanos. 

— (Y qué gana el pabellón español con esto? — ínter • 
rogó Oorté3. 

-«-Que mis subditos os conceptúen vencedores, j que 
Tosotros nos otorguéis el derecho de haber conquista* 
do para el cielo un alma. 

—-Sea como queréis. 



644 



nSDRO la ^áSLYiOiMíO 



— *Pii68 qué tnigan : aliorcL misifto al herido»; ij lo 
eeloqneii aqoi enmedio. 

— G&mplaB86 Taestras órdenes. 
Onatro indioe de k eervktimbra del eae^veí {par- 
tieron en basca del bachiller. ^ 



.>- • 



t •. r]/ •'.; 






CAPÍTULO LXIV 



ttl Boal dé té, irei^tift* 



El oaerpo de Pantoja íaé depositado en tíerra. 

Loa soldados de una j otra parte gaardaron reli- 
gioso silencie. 

El bachiller, incorporándose poce á poco y peno- 
«amenté, quedó sentado. 

Sn respiraciom era anhelosa, sn rostoo mostrábase 
blanco como la cera. 

' Cansaba lástima el verle, de tan demudado 7 des- 
compuesto como se hallaba. 

Empero sus compañeros^ lejos de condolerse de su 
situación, lanzábanle miradas de cólera. 

Ya «a para ellos el bachiUw,un maldito renegado 
que iba 4 manchar con la deshonra el sacrosanto nom - 
bre de la patria. 



646 



PBmtO DK ályárado 



Cortos, sin apiadarte de la aitaacion de aa antígao* 
amigo, preguntóle: 

— ¡Es cierto, miserable, que Tasa renanoiar á la tu • 
blime religión del Gruoiñcado, por la de estos nataralet?* 

— ¡Sil— contestó enérgicamente Pantoja, 
Un grito de júbilo de los indios y nna explosión de 
rabia de los españolea, ocfnftmdiértAsben el espacio. 

Entonces Cortés, tomando un arma de manos de 
un soldado, exclamó: 

— ¡Villano! ¡Traidor sin honral Si tuviéramos en. 
nuestro poder tu^espada, haríamos esto con ella. 

Y arrojó el Bxm^áA Q^pdo, ^u^ fi^ á caer al lado 
mismo de Pantoja. 

— ¡Cegedla! ¡Gogedla!— exclamó éste dirigiéndose 
al cacique. 

— ¡Muera el traidor! — repusieron los soldados espa- 
fióles. * 

'<-«¿A.sicufliplis TuesÉrae palabras, TaleMso»-oaiite • 
Uanos? — preguntó indignado el cacique. . 

•^¡Sileieio, Toto á Gfibaal^-Hragiá Cortés <tiri^én- 
dose á los suyos. — Porque baya un villano, bo esf vaasft 
para que yo fidte é mi .palübDa. D^ad á ese mai 'Com - 
patriota en libertad. 

r~¡Coged, coged esa espada) — velnó á dooir el ba- 
chiller al indio. Pero presta, rof á jurar sobra elfat 
fidelidad á vuestros dioses, como en Espafia se usa con. 
el Dios falso. ' 

Enmedio de una tempestad de protestas, de impre- 
eaolones j de gritos, hÍA> el indio lo que el baolüUer 
le mandara. 



f JOt )^V1UU4M 



é^ff 



CM-^Uijos.ádiloé Bok|ÍL9|it$ Bboaafffeo ^d los <ti08^ 
TerdadoiM^ibfKuxaftigiakiMottái^ 00^ y paM 

pfol^óiimk aiiMBpte£«fó* 4 éag04itt - i 

baehiller gobre el ca<>M9Jdal^cab^iie^ clejAnil«loMduai 
é^vá.poávaivffllnüía^atiaooK^ alipxr qu« loBMiido 1« es - 
pada^f M Rindió» n^aataaia^ Jiaüxáset sMo 7 aislado, «ac^ 
bró la imponente £slai^4^ loancebríaca^ 

'f^iUo eira6btaédt)B/jniíK) /raüestp^ ¡yvm. Bapañf^ -¡A 
eUofl! —gritó Hbma&Oprtéa Ubbi^ áa ^09mi . 

iiM;>'aa|^GtñolÍ6s-' atanfffon rodatMiUe al ^nami^, á 
tieiii(^«^a;Canta9aigiéiaÍA>:iin dieuM» 

troyfaimwtra.if- - = '^* ^' - '. ^ ■ .- 

-^Haioomnlada b cd>há; ,x^ ^ado, no poedo máat 

Y téjé de Intet0i6^4arn éíHFel.Giieiipo 4taribüla- 
da á cmbftUadaii.. ^ 7 . 

Eo^'taato qnt abionsiMadia j á tíampo qae kiB pocos 
HKlioa:qttQc.foeéaliui IMicea^dn la raMagm emprendieron 
Tatgonaosa faga^/detafo á* los españolas ana vos da 
majer qoe dijo: 

— {AaatioM:^ aturad lo qfta hago por no vermo-soffio- 
tida a vaestro yugo! 

Todos loa soldadas mpl^iaron la cabeza, Jiácia anaa 
jarbas. dal monte 4110 aráian aún. 

,. Gon espanto "riéinm qna la imayer alnduk se airo* 
jaba á las llamas. 



— ¡Ha hoe}»> bkoi la i&fiMBef^wgrttanmilús 

— ¡yictorial {Yiotoiiatr^r^vtntt dei4n ptp- 

to^ orazaado las tropm éñ a^i^pan áoaUá, liaai^po- 
•asionaraa por oompleto dal immmosoomfáÚBá»^ t^t 

hu cornetas (tteiHm el tofue de alte laia^i^^j ae 
Ti6 á Cortos^ qoe aTaocaba liaste luw^paiíaa&a ;«ie8ete 
en dosde yaoia el baokilLur Paato^. 

Con asombf o viemp al oarntillo y ana a^^iteMs, ^aa 
Sandoval, con todo el rosk-a «asangrentedot ppasteba 
de nuevo sns auxilios áaa agra4tait0« 

— r^iSanto DioslT-rgriteron A ana Cartea y- Airara- 
do, — j JO qaa os arete mtmrto^ safiordaoter. 
. -^PoeomalMlsltedo^--rxeí^pvradi6'Süuid^^^ 
mi ajadanto j. jio^v tenamos triste. YJdasí oaaioiys^gptoav 

— Panteja nos ha facilitedo con su avfsifoiiiiio de 
ímestros mayores ,triBn^a^.{okJ ai asto.héFoa»malri«ra... 

— Namoriráv ¡vim Gñstel-^ooirteste el ifltédioo, — 
sn barne es de bronce y sa organismo. d» piedam^ ^> ^ 
Ciortés, avanzando^ basteaos scddaésa, dljaleu 

—¡Hermanos mios;<is bidbeia batida bravaimente; 
pero la bizarría de Oinás. Pantoja, excade i -todo an^ 
comiol 

-—¡Vivajei bschülerl-^cootestó aitesiasmado eHtú • 
oleo del ejército. 

-p-Desde este instente^-^HEogaiá dioi«i^ al caudi- 
llo, — consideraréis á nneírtcD odaga^ como oficial da tes 
faieíEías da Castilla, cuya inveatidara le otosga en nom • 
bre de Su Majested. 



mt AcrMUifo 



m 



- ^}¥ná^myi |¥iM'^l8p8aii!^JHP«é^0iid^ mi masa 

la tropa. ' 

^f ifib.fMto'éa ai^Mltdiftv io^atafparmkrB Uj«i úe Ibe- 

ña 6Q inspeooiooar aqaellos oi^mpos, para ver ú se 

^db^rgaban* irm^m indioi qse prnüerai htoertes 



Na «Boratraroa á bíq^wi enmágt^. 

ÜMM^tMToa áéí omp» aquel databa la oapátal da 
Tenoohtítlant'Uagá biM protfto ámdw da la aatoricted 
indígena) qoe sebre eHa' mandaba, la noticia délo 
ooorrido. 

Al panto envió omisatioa á Cortés, dioiéadole qne 
lamentaba oon toda en alma el eoceso. 

Asinünio el indio, partíeipabft al capitán eapafioi, 
qne el otdfneydaefié de lea campos dexxlé ta?o. lagar 
lia eedaramoaa, hahia obrado arteramente j sin su con - 
eentimiento al eogañar á loa espafiolea. 

En an virtud, aftadíafn «qaelloa emisarios, su jefe 
TeoofBoeia desde laego á lee lii}oe de Oastiüa como 
propietarios de aquellas tierraa, cuyo dominio nadie 
ae atrevería á disfiataries» 

Bato tranquilizó "üoi tint^ á Odrtós, el cual podia 
Tohrer á la capital, sin temor á uUerieres consecuBn- 
cías. Para quitar al acto todo aspecto de amenaza, dis - 
puso el capitán español, que sus soldados regresasen á 
M^jijo pc^ firaccionea f sin apariencia de haber man- 
tenido un combate. 
' iliniéroiiioasi loa castellaiios. 

Al anochecer de> aquel éia, todas las tropas habían *• 
ae retirado á sus cuarteles. 

TOMO n 82 



«» 



IWaid DB MjLYMMMm 



ilesde el campo á la capital. . non^ j. 

El ^stadd éñ sw^tefédaH iMllhlil^i^ a^imiwlo» íms- 
tanta. 1" • •- v. . r ^ í- t^' v-^v ípai o,,..;t 

' Oühb itfitantavieiBqfie SaüdÓTalrteoñó povda eoniH^ 
tencia de so auxiliar, á qaiea qaeria entraftablenestoU 

Empero, graekírá aa úésni ^ k sainataBtrda^Paii- 
to}a' jt é: las draga» Jaéilitada» for loanniUai-vioiieaAos» 
qaé flitt «stadií^ dgnna * iMiiaÚo siempre ^xoBlaflteü 
medióos j kgró «ü btékittertir/'VefltaUdeióBdose^pooa ¿ 

poco. .«:■ '^ '.<• 

Un dia^ bailóse^ 7á camplaianmto bmwK 

Sandoval habíate dirigido al hogar do Goirtót pam 
dMpackarreoii Su Bxoele]ko»<ñejrtoaDégomoa* 

£1 bachiUte Bo hafaia abaadonado aúa «i leeho^* 

Estando ^B' dly llamaron á- la pÉsvta ^tonarto do^ 
Pantoja. : i . 

— ¿Quién váf-^pregnntá éato.^ 
^~A.bridmei mi amov p«É el cialot 'qio ^seo Tor 'al 
seftor doctor, -^^contestaron. * >. - 

En paños menores levantóse Putoja^ abTÍ6 ]mr 
pnerta de su gabinotdf y vidífii á< on ooarto oneonAn- 
dose en él. 

ínterin se vestía^ dijo al reoieB llegado^ (peno osa 
sino un indio: 

— Esperad nn momento que salgo en iogaida. 

El iüdigena miró recelosamente á todos lados, j 
al advertir unas botas altas ée onero, qoo on utrin- 
cen de la estancia halña,,aoe]f6óso á mna do rilas y de- 
jó caer algo en su interior. 



nMM^rñ «▼■■MU ^* 



tSTO ocasión da Yerlo. *?/ -i -*t' «^ ^ 

f ^MS^gvfíéttnenttf 0Q!h6i»é^^«hináÍ9i^ 
«Tika^Mieieée'iilfoMciaar'^ "»y - noñ^^- -fi ■: •'^^-' 

Y asi se mostraba, cuando acertó Pantoja Amút 
é»i» jiwiMrt»y?tfi»itotegrde iitttetiweftT^' r i^i 

— El cielo os goard^^^éigtí el faiídiiHeriil^dlgena^ 
— {Poedo saber ^ diMeisS' -^ h ^ - ^ í'/- 
fií^kJál tai émo^-m^oMáMté^ biMMÍldeeMnto ei^méio^ 
-~tfe :es H ]^íi9tsmtwcá úqmeut y# baacoi ' 
— ¿Pues á qoé persona entonces? ^ 

— Acf«Q»«qte ttamüMeirellli de Ips sabios: ^)dbetor 

r-t^'^^^Mei^MnMltarie tuMirto padecumeite^ilil^ 
parece os aqueja? 

/^«-inNefpQiyésie ^eitaoMiie; pnes'^ mfldqne baeen 
tísiUe tnie movinieBieeet eb: mi muy antiguo. 

— Entonces. •• 
r <"file p a tal i»ÍQrs! que*3W>éeB96 una n^y^teestá. 
enferma; pero muy enferma. 

— Pobteeaie. c 

•^^adeee ^ «M'tos que la «faoga^ y en estoe ins*^ 
tantos sb ludk casi estilando. 

— ¡Dios aÜTÍe á la in£^»l ^ 
y --<43iiáiiáaB medicinae as le han dado, cuántas eocpe- 
mentar ae han hecho para curarla, han sido com-* 
pletamentel iaiMilea. "^ 

• ^^¥ Taus «U' fauaoa del doctor Sandoval? 
f- ^-^}0fal4¿: el^ eco <ée surgían fama ha llegado hasta 
nosotros. Por todas partes se dice que ese^ocAt^m ea 



6» 



MHtO n A&YAmABe 



ma «fbio; que ííbm «i * «d6rtci:'(]pM(U9i(M»>|MTtt:<M^ 
todos los males. . ^ 

' Seftor; por i«Mtrá nMd4rt9''dwi(hM nd«s<to poedo 
ir á bascar al sefior doctor para) qüd ÉtlTis á nnf'potiri 

El indio, derraiBfa&diF abondMitis Mgrinaiv ^yé 
da rodillas á los piét da Panieja. 

-—Alzad, no os detengaik,UÉ«etolaiBi¿ esta. 

-~|6abm,-*-*preg«nt6 al iadif^ana, -«adonde se hdla 
la casa de su exeelaicia d seáor uarqoés del Valls? 

—Sí, sí. 
' -«-Paestcorrad, que aMí anconinrais al doctor. 

—Voy, voy al panto. Nanea olvidaré esta merced, 
^aoiaa, mi amo, y qae loa diosts* os pagwM taestro 
beneficio. 

' Bl indio besó con :pMidii fÜr vienta la« mMoa de 
Pantoja, y salió 4a aqael higar como alma que lleva al 
diablo» . 

' Asi ^ueel bacAiiUar ekitiivo solo, acclamó para su 
ooleto: 

— Pobre hombre y cómo le acosa la desgrada: ^1, 
oon grava epilepsia sq bija, al borde de la tamba. 
Oaando ano reflexiona sobré la dasigoaldadde los dea- 
tinos humanes, se vaelve load. ^' 

^aáitca bribones habs^'por abi, á qmaiws no lea 
abandona un instante sn boñaestralla, y antretaato 
ase desdichado, vive en la mayor amargataK - 

Y á propósito Ginés: ¿no te has portado como vil 
oanalla^ al no socorrer á ase hombre con uttas oaantaa 
jstionedas? 






U» 



No e« la primera Tez qae or«fMla^ amblar 4MMiut 
mmdígftf iMii^^fipwtrapto» e«»«^ mis. rio» 

.{ B»^ 4«a.^iii4iii^)o«Mn iaa eodiA y diapoittaJl 
salir por esos andarrialee. . . » 

El bachiller púsose un jabón de negro terciopelo^ 
7 quitóse onas pantuflas que lleyaba. 

Sentóse después j tomó sus blancas botas de cuero. 

Pero asi que se hubo calzado una de ellas, lanz6 
un grito terrible seguido de una imprecación. 

Con gran priesa intentó descalzarse; pero estando 
en esta operaeiout lanzó un segando grito más fuerte 
que el primero. 

Por fin quitóse la beta^ j sacudienlola fuertemente 
▼ió caer en tierra un pequeño animal j exclamó con 
espanto: 

— ¡Santo Cristo! {Ua alacrán rojol ¡Y es de tierra 
caliente! ¡Eitoy perüdOt Virgen María, estej per- 
dido! 

El ponzofioBo reptil, movíase con rabia i^rtigi- 
nosa. Pantoja quiso andar; pero no pudo. 

Su pierna derecha comenzó á hincharse extraer- 
dinai^iamentOi j i apoderarse de los miembros del hi- 
dalgo, un frió sudor. 

Seguidamente el bachiller fué presa de una con- 
Yulsion terrible. 

— jSooorro! ¡Socorro! — ^gritó entonces, á tiempo qne 
abrían la puerta da la estancia. 



«6« tttM'M kLTVibát» 



<Y- ñn panh»r «I iiHtttt«ev iflttÉl»M«l%lMNi^ fiMf» 

á nn sirriente, j extrajendo de sa estaohe <«a(iM«tiÉ^ 
aoMoóseiá Paak^, 4 biwit «B^foi ^amn htiñéti^ ^- 
xias iDciúones. ; . * v • i. -í 



;. 1 1 



' í 


t 




r k ». 






• '■• 


• , 


'• 


( 




. / 




' 




«^ • . ' • ' 




£i J 






«1...I * 


- if ^ 


■-. #■ i .fC'íi' j. i íJ < "1 




, 




. .- 1 ■ 


• J i 


i . .. ' % J . , • ^ti'O 


-ÍV 




í , 






'.Kjfíí - 


■ÍVj 


' f 


.' '1 




« * 








* ^ . 


^- ' . 


!^. 


■ -i 




i 




ill 




t 

1 « 



." .■ r 



V^tA- 












» 


.'ij 


1 




,. ' / 




.Ibii;; 


/.r«l i;i .'1 .il / O ' .• Oí , 


•j ' 1 






/ HkbnUUdés mazloanas 


> ^ 



,dMíí ■ * *.' ■•' ^-^ íi^ 'K ^^ -■ *"*^ <*^' '-^ 

a0az6á cesar. . • '- 

Sandoval alarmaé^fiM*^ kr bitétiM S?ehf« qaa se 

«fKtáiMFa án^Pant^jat crefáio «tfdo perdida aa va mo- 

i; J|flp¿ttD¿ adtvé oiit ittdk) aii^ al cuarta . 

Traia el alaoran en una como especie de aartett.- 
— Señor, — dijo el inéigei» á Saado«ral/-^ja; evtá 
frito este demonio; aplicándolo á la-bertda de taaestro 
amot sanará de segiKn% 

— ¡Qaé fritosi ni que diibbloi- asadosf H^a lo que te 
dije; An» en esAe iAstaftIe el hierro qae te mandó -pu* 
aioAf & la lam|ff8Y ji nada aaás/ 

El indio salió 7 toItíó de seguida. 



tí!)6 



PSDIU) DB ÁVfAKJLDQ 



Traia ana larga barra metáltoa, enrojecida por el 
fuego. ' 

Saodoval aplicó. aquel /^mo cauterio improYÍsado^ 
á la herida de Ginés j este comenzó á mord^ nn pa<* 
ftoebí al par que su carne conTertiaae en toaton. 

Con alientos iocopipai:a¡l^l^ j^^tí^ la cara el hi- 
dalgo. 

Vendóle después el doctor j mandó que lo tras- 
ladaran al lecho. 

Por el pronto, no dejó la fiebre al bachiller. 
Tres ó cuatro dias vióse pr^i^^iadi) á guardar cama. 
Pero merced á la acertada medioacion empleada 
por Sandoval, logró curarse en breye« 

Un día, cuando ya estuco bueno completamente^ 
Panteja departía con su amigo 7 jefe el doctor: 

~*Por quieDf iojr-^d^Qia el-^baihitt». sonisendA^ — 
que Yoj á convertirme en iferdAdeso rigonr da las ^tmm 
dichas. ^ -: . \:4ím 

— No os ei^a&iUsí caro Pai|tfl|^« i : 
— Después de aporrearme á su guato los naiural»; 
en la última escaramuza habida. Tino el aniotalifih 
j ¡zas! dejó en mi hnmilie cuerpo tu ^raiUe |<on- 
zofia* 
— ¿Qué vino el alacrán» dee&s? . 
r— Asi me parece. . 
— Paes 08 eogañais como bellaosv 
— ¿Por qué, señor Saudoval? 
— Porque el reptil no vino, sino que le tra§er«ii. . 
— ¡Qaé le tnyeronl No acierto á oamprender. \khl . 
que idea. Seria... 



PW^M I>S áLVáIUBO 



657 



— ¿No énlrfr #li eéte oaftrtO'iiíBgQii« p€niofi8 dntairte 
mi ausencia? 

-^Si, á Ift verdad: un udjo que deseaba amüeseie á 
sa bi}% itt<Mribiiiidá«: OMt^él hombre estaba mnj ape-- 
sadambrado 9 dijele qae acudiese á veros en casa del 
señor ffiar(|Hée del Valle^ doiside á:Ia ea2ron os enocmtrá- 
biis, ' 

— Paes amige inlo^ iftt be- viyto á tcrl hombre , ni ha 
estado aHi« 

— ¿De suerte?... 

^-Que et fíugido pAdre, e» tii más ni manos qu9 una 
de tantos eanaUaa como aníaa por el mundo: él hm 
traído aquí el alaoraUt y en un momento de descuido, 
lo ha echado en vueserá bota para que os picase cuan- 
do os la pusiéraie. 

—[Vote á eien ?ayo«! Por quien soy que no puede 
darsie mayor fele^ia, máxime cuando ni yo yi| jamás i 
semejante hombrcí ni le hice nunca el menor daño. 

—Tal ve« le hayáis perjudicado más de lo que pa- 
rece. 

—¿Cómo? 

-^¿Podríais asegurar que el indio que hm estada 
aqui, no es uno de los guerreros á quienes derrotamoa 
en la áltima es(mramu2Af 

— iSabeis que no me ha ocurrido semejante cosa? 

-^¿P¿ro qué os parece mi opinión? 

— Acertadísima en extremo: ese indígena, es ni más 
ni menos que un enemigo de los que contendierQn con 
nosotroF. 

— \si se explica, Pantoj a, que haya realizado en 

TOMO n 83 



658 



PEDRO DE ALVAIUDO 



TQestra persoaa 8a yesgaosa: ooflM fitlitei* «1 qiie se 
batió con más heroísmo y encono.. « 

— No hice miñ qne camplir oon mideber^ [Diactre! 
y la verdad es que estos oMJicano» se íním como 
leones. 

—Son may yalientesi é ingeniosos coal ningono: 
hay que hacerles jostioia. • 
•--¡Con qué ardimiento se lanzan á lalaohal 
— Sin qae les arredre el peligro por grande qne es- 
te sea. 

— ¡Como pudiéramos agregar á las fuerzas de JEs- 
paña las de los naturales de Méjico, entiendo que 
nuestro país seria el más temido del globo! 

— *IiO único que hay es que en cuanto tienen ooasían, 
nos la juegan de puño estos naturales. 

-^ Ahora, amigo Ginés, que estamos soloa» os4iró 
que eso es muy lógico y racional: ellos se hallan en su 
casa, y nosotros hemos venido á molestarles, y á pre- 
tender imponerles religión, costumbres y usos distin- 
tos de los que profesan. 

— Habláis como un libro, señor doctor. 
— P«ro guárdenos el cielo de expresarnos asi delan- 
te de nadie. 

— Nos acusarían de falta de patriotismo. Lm hom- 
bres que como vos y yo, someten el conocimiento de 
las cosas al juicio de la razón desapasionada, no de- 
jan de comprender que una invasión extraojera, presta 
bgítitqia ocasión para que un pueblo busque su defen- 
sa en cuantos medios estén á su alcance. 
— Verdad decís, señor Sandoval. 



PBDEO DB ALTáEADO 



650 



' ^p—H^ tq^ipor qué^ tos qos A la <»i#noia nos Musa* 
^9MD08, áebemM proourar el tríimfo de Boestra caraa^ 
mfotpor la penoaeieii y la dttlzQBa, qae por la faena» 
•**^C&erte es esto^ pues al &i 7 al cabo, hermanos 
eomos todos les hombres, en esta patria comojí que 
ae llama la tierra^ 



Sheste diálogo dísoiirriaii Pantoja 7 Sasdoral, 
<uiaiido el criado qoe primeramente vimos, penetró e^ 
la estancia. 

Venia samamente alegre; pero no se atrevió á des- 
plegar los labios. 

•^¿Qcté traes, bnena piaran? ^-preguntóle senrienda 
el doctor. 

— Mia amos, — eontestó el indio,-"acaba de llegar 
im compatriota, hijo de ese territorio que sus mercedes 
salndan can el nombre de Paebla... 

-^¿Y qué teñónos que ver nosotros con la llegada 
de ese hombre? 

•~Diee qae quiere ver á sus mercedes. 

-^(Alguna nneva felonía? Paes por Dios vivo, que 
Tiene á tiempo para morir como nn sapo. 

-^Mi compatriota es mcapaz de hacer daño á nadie; 
vive del producto de cierto comercio, el cual quiere 
dar á conocer á los señoras. 

— Pues siendo asi, que pase; pero por las barbas de 
Caifas ]e juro, que si pretende hacernos alguna bar- 
rabasada, lo vá á pasar moj mal. 
: Bi iiMÜiO salió y vol^ó á poco con .au compañero. 



eeoí 



pfflMta Bi/ xmAMiM^ 



siv^á^iocr roitfo, dé «trbdm wg&n j e^pr^sitit^^de lr0« 
cia t^aidpldrioa j 4e HMtimitóx^métufáM^ dégSfltM^^ 
Al Tw'á SandoTal-y J.Pratojo^ mli^ióloír wa ma 
raverettte oo^rtasia. ? « - ^ ^ ' 

Luego, dejó en tierra dos cajas qvnr Uwtaba. 
. El pioblano. tomó la palabra diciendo: . • • • 
. —Altos j mxij i^oderofios.señores; conocedor de Jai» 
boiuiadeft (pie diitiú^en á TiiestDrQs pechos hidalgos^ 
no h& ^rai^lado en Teinr é ptoUs^os voestra valiosa pro>^ ^ 
teccion. 

*— ¿y papaíqiié?**-4p(regan4dv rugando el wflo,eld[oc- 
tor Sandoval. / 

~*SspaB mis amov-,**-coiite8tóf6Í^iadiat**^(|(ie (ú tra- 
bajo está perdido há tiempo en naestra tierra. 
-^íY preteiidj^fi^qtt6 noséto^ót etmsüidMOif 
— Sí, señores. » f 

— Paes por mi fé, que háréo&oalo (Mk gwAo en la 
medida de nueatras fuerzas^^ siempre que conozcamos 
el oficio á que os dedicáis. ' 

El indio abrió nna de las cajas qne Ueyaba-oonsigo 
y extrajrendo die elk do» pequeños bastos, uodétedo» 
en barro; 

-"-¿Conocéis á 8ste?>— preguntó á Sandoral, ponien- 
do en sus manos la escultura. 

— ¡Cielos! Si es Hernán Cortos en persona: no tí 
nunca con más admirable^ 
El indio siguió diciendo: 
— ¿Y este otro busto, sabdis de quien es? 
*— ¡Voto á cien mil truenos! ^exclamó Paatoja lleno 



nOBÚ JAS ildLTáAAOO 



'jWI 



á qaiéQ no le falta sino hablar*. ^Baro^ cpáém. éeatiQsñiio 
iwiiefii^ ast« retintos «nbliai^flÁ 

— yéinimo^ ^ • ' . ■ ' • 
^ i--*^¿Vos.mÍMao? . • 

— Ei8 Datunftl'MBÍr.aaM8'4iw te soirpceBdaii, 7 ^ que no 
fdtni0fédii9 A jxBM palabras^ pero ahora verán, ahora 
ímráa cQia#jio «liento. 

£!1 müo. saoó unan éablti^ y haotendoi ^ne engra- 
rnAnm unaa. eon atoas, -^ejó á la TÍsta nAa, oomo mesa 
improiriipade* 

. Jinago iaa6 una ttea cía bi^*ro, 7 mnoa peq«ieños 
ii»lr«mentos cortsnteia. 

Gen habilidad extrema, comeniá á modelar . ^ntre 
4MI0 dedoi aqnalla masa« 

t Atoada movimienio que baoia^ dirigia freonentes 
miradas al doctor SandovaL 

Ciaando ya lo considwó conTeoientet tomó: on cn- 
<)hillo de aquellos^ 7 lo pasó varias veoes por ^1 bav- 

-* Ya está, — exclamó el indio al cabo de diez ó d4icd 
minutos de operación. -^|Qaé iaU sefioreí? 

— ¡Voto á Cristo! Señar doctor, ai es vu^tra efigie, 
si estáis admirablemente retratado; no vi jamás cosa 
más paieoida, — exclamó l^antoja. 

— Esperad mi amo, — repuso el iodigena dirigiéndo- 
le á Pantqja, — que ahora ontro eon vea* 

El artista reanudó sos operaciones, 7 con más li - 
jejesa si se quiere que la primera yez, dejó hecho en 
hreí Í9kno plazo el bustos de Pintoja* 



PVNtO INS ílLYaEADD 



LoB éspañules llenann dt pláeemM al^seator, una 
T6Z tenaÍMda sa tarea. 

Sandoval adqairi6^ los butioB aquellos^ psgindote- 
los al autor, en maj baena 7 abandante BMoeda, 

De gozo saltaba el artista , qaien prometié 4t ios 
castellanos Tsnir i Tisitar]0s otaehas veosi. 

Estos rogáronle qo0 lo hioiera asi^ asegurándole 
qne tendrían snmo honor en presentable á Hernán 
Oortés, á AWarado 7 á sas demás jefes 7 amigdk« 

Agradecido el indio á tantas distinciones coma se 
le prodigaran, exclamó en an acceso de alegria: 

^^Esk esa aira caja qne están viendo mis amos, traiga 
unos gachupines para Tenderlos, pero prefiero regaláp- 
selos.á sus cenorias. 

— ¡Miserable!— exclamó Pantoja montando en la-^ 
bia.— ¿Creéis que los espaft^s se dejan vender con fa- 
cilidad? 

£1 indio no pudo contenerse 7 lanzó una somera 
carcajada. 

— ¿Oé burláis? ¡Vire Dios! — gritó encolerizado 
Sandoval. 
— Líbrenme los cielos de eso. 
-—¿Entonces por qué os reis? 
-—Ahora lo verán sus mercedes. 
Y diciendo estas frases^ sacó de la caja el mejicano 
una como especie de jaula. 

Abrió ésta 7 extrajo una tablilla sobre la que habia 
colocados unos pequefios palos. 

Atados á* éstos por la mitad del cuerpo, veíanse unoa 
como muñecos de negro rostro, 7 de tamaño diminuto» 



PEDRO DS ALYA&ADO 



663 



Todos ellos iban TMtidoB de gaerraros castellanos. 

— jVen Taesasmercedes»— ^preguntó el indigenai-^ 
como eran gachupines estos caballeros? 

Ni Pantorjá ni el doetor pndieroa contestar: taa 
grande faé su riaa al ver á aquellos soldados, cuyos piós 
7 manos se movían del modo más gracioso y original» 

— *¡Por Dios TÍYoI ¿Queréis decirnos, hermano, qué 
clase de autómatas son estos? — preguntaron los caste- 
llanos al indio. 

— Aicérquense mis amos y lo yerán. 
Obedecieron al mejicano los españoles, pero apenas 
se aproximaron á la tablilla aquella, el doctor echóse 
las manos al rientre para no reventar de risa. Lo pro- 
pio acontecióle á Pantoja. 

— Son pinacates (1) pinacates — exclamaron á una 
If s dos amigos. 

— Que yo mismo he tenido la paciencia de vestir: en 
mi tierra se dedican muchos á este oficio, y luego ven- 
den los escarabajos convertidos en reyes, en principes 
y en gobernadores. 

-— ¡Ayl qué cosa tan graciosa. 

<— No vi nunca diversión más original. 

— ¡Y cómo movian las patas! 

— Es claro: como estos animalejos no están acos-* 
tuibbrados á usar prendas de sastrería, les estorba el 
tfsje. 

— ¡Válgame Dios, si mi Dorotea viese esto como ha- 
bia de reir! 

0^ EtoarabsjoB. • 



*^* ,fI^W> f?K Aty^JUDO 



geoÍ93Í8Ímo tr^bflje Yii^gÍ£o,.qRe.ji<^QJ^ adqiwiriiDos 
desde ahora. . rr 

^ — }^« haré tal; hiS ¡(jíjieho f{09 quiero jegflafl«p los 
pinacates y desde ahora soqi ^ujoia. 
. —Bft macera algupa,: 

— £ia y«90.6a que in^staia voiesasi^^rc^tci^ > 
Y esto díoiendO) i^alió el iodw a^esoradamdQt» da 
la habitación, dejando á los españoles, dopd&qs de to^s 
aquellas prendas, ,.. 

Poco despnes regalaban la9 múiaias 4 Qqkíá^í ij á 
Aly*rado, 

E^tOQ recibieron pon sn^ip regocijo i^ aellas dona- 
ciones, encomiando la habilidadi de6|treza4 ingenio de 
wsutor, ^ ^ 

—No cabe duda, — decia Hernán- Gort^r-i^i^'^Ji^ 
gente de este país es vivi^ojia. 

.-rr¡Guidado si Y^lel En materia de ingenioy exoede su 
oultura á toda paAdefacion^ 

— ¡Oh! Si yo encontrase en el país qw voy á con- 
quistar, — exclamaba Alvarado, — gente como la de 
aquí, se habían satisfecho^ t^^s mis af^nea» . 

— ¡Quién sabe lo quesería los gohatemaltecos!*— de- 
cia el marqués del Valle, 

— Poco tiempo nos resta de dudas,*— contestaba Al « 
Tarado. — Dentro de quince dias partiremos ¿verdad^ 
señor ^andoval? ¿No es piertOi amigo Pantoja? 

— Así es, señor don Pedro. 

— Allí necesito de vuestra cooperación importante: 
la cienpia me ha de ser muy necesaria. 



PBDRO DK ÁLVARADO ^^ 



— Paes 8Í algana existe en nosotros, la consagrare- 
mos como honra altísima al servicio de la patria j del 
Tey. 

— kéi lo espero, — respondió el valeroso Alvarado. 

A los pocos ditisde estos acontecimientos disponían- 
se las tropas que habian tie ir á Gaatemaía con Alva* 
rado, á hacer todo» loa preparativos de viaje. 

Emprendieron ésta al ño, 7 después de largas jor- 
nadas, de machos safrimientos 7 de constintes priva* 
<$iones, quiso el oialq qae 9AP0Atraran las tierras de la 
América Central. 

Allí desplegaron los españoles, como sabemos, sus 
valiosas aptitudes.* 

SjI carao de lea escenas que hemos tenido ocasión 
de pres^noiar, nos lo han hecho ver asL 

Todos los anteaedentes relacionados, acreditan las 
iMJkMtk 7 loa mi>tivas que obligarcm i Ginés Pantoja á 
ir á América. 

ISl primer país en que comenzó su carrera de gue- 
rrero, foó Méjico. 

Ya heqios v^sto lo que en dicho pueblo le sucediera. 

En él, estuvo á puntade morir por su arrojo 7 va- 
lor indomables. 

Hechas estas aplaraoiones, reanudemos el hilo de 
ACieatra historia, que helaos in^terrumpido para ditr á 
conocer al lector la del bachiller. 

Realizado lo cual, debemos volver á Guatemala. 

Y 4Q ella penetraremoa de nuevo, como lo acredita 
el capitulo entrantd. 

TOMO X Si 



CAPÍTULO LXVI 



Xn pos del fncitlTO. 



El Idotor recordará cómo sd enccmtrabán las cosas 
en Goatemala, caando dimos cOQÜenso á la historia del 
bachiller salmantino. 

Gastavo de Alvarado habia abandonado la casa do 
sn padre^ á cansa de los insultos que ésto le infirierat 
y de la oposición del Adelantado al matrimonio del 
joven. 

El módico de cámara de sn excelencia doctor San- 
doval, habia sido destitnidp por don Pedro» 

El lector conoce ya las cansas que motivaron tal 
medida; las cuales no eran otras, que las opiniones que 
el Adelantado abrigabaí de que Sandoval protegía los 
amores de su hijo. 

Al ver tal ingratitadi y la ponible conducta obser- 
vada por don Pedro, el ilustre doctor pensó en vengar- 
se de so jefe, protegiendo abiertamente á Gustavo. 



Vmmo tOL AXTARAIK) 



667 



* Bl BátleiÉtéita rüBjct úoA Loii de Valénzaela, de- 
cidióse áconeeder al hijo de don Pedro ^igoal pMAy- 
eion. ^^ 

El coruzon magaánimo de don Luis, no podia per- 
manecer indiferente ante las desgracias de Gustavo. 

Y como el ballestero ardia en celos^ suponiendo^ 
aun^to equivocadamente, que AWarado requeria de 
amores á su esposa Violeta, hallábase ganoso de dar á 
dos Pedro una severa lección. 

Por esto le veremos intervenir en los destinos de 
Gustavo y de Elena. 

En cuanto á firay Gerónimo de Viscasillas, no ig- 
noramos que habia dado su palabra al dootor Sacdoval 
de casará los jóvenes, coando llegase el momento opor- 
tuno. 

De suerte, que Gustavo no se hallaba tan despro- 
visto de buenos auxiliares, como el Adelantado creia. 

Ocultos estaban en cssa del famoso médico, Valen- 
zuela, Gustavo j su criado Guillen, cuando acertaron 
á llamar á la puerta. 

El bachiller Pantoja que hacia- de guardián, púsose 
en pié y exclamó para si: 

— Ahí está la policía de don Pedro. Veamos. 

Y bajó apresuradamente la escalera de la ca^a. 
-^iQuién'Vá?~pregunt6, una vez húbose encontra- 

éo en el zaguán. 

— Abrid, ¡yotOval diablo!— contestaron desde fuera. 
— La busca de ese mozalvete nos va á volver á todos 
locos. 

Pantoja franqueó la entrada á los recien llegados^ 



PEDRO DE ALTAIUBO 



VaríoB ÍDdividttQ3 de h polieia fdiPíMA^ da: {iM Pe- 
dro, aparecieron en. el porral. 

£1 bachiller, sin inmutarse, preguntó al que hf^óii 
<iejefe: 

~íPodré saber, amigo Sanebo, ^ue «4 )ó qae qb 
trae por aquí? 

— Pregunta Tana es esa, contestó el interpelado» 

— No sé por qué cansa. . * 

— ¡Voto á mil bombae! iConqn^ teneif «^acerradp 
.^n esta casa al bijo de su excelencia, y todavía .pre- 
guntáis qué buscamos? 

— Lléveme Lucifer, si entiendo una peJabra de lo 
que babbia« 

— Esta es buena; ¿pero, se&or.Panteja de mis peoat- 
dos, ignoráis lo que ocurre? 

— Repito que no comprendo lo; que deeit* 

•^¡Rayos y truenosl O tratajis de darme nnabrova» 
é pienso que os habéis vaelto iluso» 

— Por vida de Dios, qne como no os expliquéis con 
más amplitud, maldito lo que podré re&ponderos. 

— Oid y temblad: el hijo del Adelantado de mar y 
tierra, el oñcial don Gustavo de Alvarado ha hoido de 
«u casa. 

— «¡Jesucristo! 

— M desdichado mofialyete ha tomado tan viUana- 
resolución, porque no le dejan casarse con eea candor 
nada de india á quien llaman S;lvia, Elena ó qué sé 
JO cómo, 

— Válgame mi padre San Francisco. 

— Gomo comprendereis f aeftw Paat^jay al saber 



PVDRO tíSí áiLVARADfr 



don £edra^i«^ fofaPde «fi hljoy^e ha pueató Kecho ana 
fiera* 
: Lograra «8, <|ue ii& baya mandado ahorcar á medio 

— No 68 tarde aún. Sa excalencia ha reunido á lo» 

jdé8 de aa^eseolta^ y les'^a ámenai^ado con mandarlo^ 

degollar, 8i protegen en lo má8 minimo á don Gustavo • 

—Pero BOeitrtÉ capitanes.., 

—Han jurado una- y; eién veces, que ignoran donde 

baya podido ir á parar el j6ven . 

-~^Y qué dispoBkioáes ha adoptado en su conse- 
caencia don Pedro? 

— Ha mandado publicar nn ptégon, en el cual dice,. 
que eastigará oon pena de la vida, á aquel que ose dar 
aitmrgue en su casa á don Gustavo. 
-—¡Válgame nri padre Jerús! 
— ^Figuraos, señor Pantoja, si el horno está para 
cooer panes: ocho hora8 llevamos registrando todas la» 
casas de este pueblo, y nada, pero absolutamente nada 
de topar con el fugitivo. 

—Sin embargo; tal vez hayáis dejado sin examinar 
m esconditia importante. 
— ¿Cual, voto á Oribaí? 
— La casa dtl padre de Violeta. 
—¿La del cacique Tixplan? Pluguiera á Dios que 
fiímca lo hubiéramos intentado. 
—¿Pues qué ós ha sucedido? 
— Que apenas penetramos en el umbral, la esposa 
de don Luis de Valenzuela, nos cortó el paso diciendo: 
—Id, señores, y manifestad de mi parte al genera- 



(TO 



naSM DK ALYA&400 



lisimo de las faenas eipafiplati qae entti oaea no aaiH 
da otro qae mi marido. Oaándo éste regrese á ella, j 
lo haga también mi padre, que esti ausente^ podrán 
autorizar el registro qae deseáis, si lo consideran 
oportano. 

Y diciendo tales frases Violeta, nos di6 con la 
pnerta en el rostro. 

— No le arriendo la ganancia á esa señora. 

— Ni JO, señor bachiller amigo, porque habéis de 
saber, qae, temblando como cbicoelo medroso, le he 
manifestado á sa excelencia el fatal resultado de noes- 
tras pesquisas • 

— ¿Y os ha contestado? 

— Cerrando los poños lleno de cólera, y desprtt* 
diendo de sos labios esa «ioiastra sonrisa que hace ex* 
tremecerse al más fuerte, háme dicho su excelencia: 

— ^Cron que no dais con el villano de mi hijo? ¿Con- 
que la esposa de don Luis de Valec suela se niega á 
franquear su casa? 

— Señor... 

— Nada; vuestra comisión está cumplida, sólo falta 
un procedimiento para terminarla. En cuanto á la 
esposa del Ballestero, yo me encargaré ¡vive Dios! 
de que sea un poco más obediente. 

Y golpeando su excelencia su mesa de despacho: 
— Id,— díjome,— y registrad hasta sus últimos rin- 
cones la casa del doctor Sando^al: en ella estoy segu- 
ro que se oculta Gustavo. 

SI policía dirigió al bachiller una mirada excruta- 
dora. 



KDaO nS Ü^VABADO 



671 



Erte no biso 9I meaor oaso.de feoM^anie forma de 
inyestigacioB. 

LimitÓM Pantcija á adoptar una aotiiad descarada^ 
j pregante Inégo á tu amigo Sancho: 

-^^Con ^ne eso e» lo que 08 ha prevenido su exce- 
lencia, eh? 

— Gomo acabáis de oirlo. 

— |Y no sabe el mxkj ilostre seftor don Pedro de Al- 
Tarado, que mi jefa amadísimo el doctor Sandoral 
es hombre de vergüenza, y de decoro? 

«^(Y qué queréis decir ccm eso? 

— Qae si ese rapazuelo de don Gustavo se hubiera 
atrevido á venir á esta casa, le hahriamos arrojado 
de ella con malos modos. 

•— jPor qué rasen? 

— ¡Otra te pego! (Os parece don Sancho, que po- 
dría prestar apoyo el doctor, al hijo de aquel que le 
ha quitado el pan destituyéndole de su empleo? 

—Verdad decís. 

-^Don Pedro se ha portado villanamente con mi 
principal. 

— Ha sido algo ingrato con óL 

— ¡Relevarle sin motivo en el cargo de médico de su 
cámara! ¡Echarle de su lado como se despide á un sir- 
viente! ¡oh! mil veces me lo ha repatido: Pantoja en 
hreve abandonaremos esta tierra: no quiero permane- 
cer aquí más tiempo. 

— El seftor Sandoval tiene mucha razón* 

— Ya lo creo que la tiene: asi es que con sólo pro- 
nunciar el nombre de AI varado, se le suben las cóleras 



^^ PlZmO BS M.TAR<AB5 



ála cabeía: flgbraos, ptiéa, si podría s» itfñor admitir 
en su casa al fugitivo. 

— Stñor Panioja: ^atirado que aeabajift ite aotiener 
una verdad de á folio; p€ro la jasiák^ia. .« 

-¿Comprado lo qne qaereii dacir: la jttvtioia tiene 
que realizar su misión. 

*— Eso^ eso precisamente. 

— Registrareis hasU lo» AHimoiíTiticone^y examina- 
reis cuanto este edificio encierra; eát&is en meetro de-^ 
recho j camplis con vuestro deto?. Partaatotí* 

Precedidos por Pantoja emprendieren la marefaa 
los polizontes. > 

Jamás pudo verse excratinie más detallado y mi- 
nucioso. 

Cuantas habitaciones contenía la casa ^ Sando* 
val, faeron registradas por los 'domisionadoa de doa 
Pedro. 

Llegó á tan alto grado la escrupulosidad de laope-' 
ración, que cuando topaban los de la ronda con una me- 
sa ó una silla, golpeaban sobre ellay coinosi se tratara 
de buscar un insecto y no un hombre. 

Esta cavilosidad de aquellos castellanos, atranc6 
muchas carcajadas á los labios del bachiller. ' 

Asi que la justicia reconoció cuantos espétenos en ^' 
cerraba la cana de Sáudoval, el boeno de don Sancho 
repuso con tristura: 

— Desgraciadamente, el fugitivo no se alberga en 
estos rincones: estoy perfectamente seguro de ello. 

-^Es que debo advertiros,— exclamó Pantoja, <^uo 
aun 08 falta por registrar algo. 



TWiuO DE ALVAkAlJb ^ 



— Bl pequeño patío de esta eaea: á ktet de leal, n& 
pnedo menM dé auxíliat % lá jastída en ea empitosa. 

— ^{Ohl 8i, i{, y yo 08 lé agradezco vivamente. Ya* 
mo8, vamos allá de segoida. ' 

Ooii gran premara oAizaron lee pereónagea ea 
«neftllk», aaí oorrdáolr muy e^iMiiio. 

Arribaron á ana deevenoijada escalera y deacdn*^ 
dieMfi por éUa con gran diftduUád. " 

- Fboo despotts encontrábanse todos en el patío alá^ 
dido. 

No |mdo menos de llaniar la atención de don San - 
eho^ la cantidadde tin^jats ^ue, en correcta alineación; 
viftianse en el patío aqneL 

En el centro del mismo, existía una mesa, cabiei^ 
con ofi lienso blanco. 

Sin atreverse el de la policía á poner ras máno# 
sobre ningmio de aqaellos objetos, pregnntó á Pantojar 

-f-iQaereis explicarme, Ginós amigo, qaó aplicación 
tienen todas esas vasijas? 

—Ahora lo sabréis. 

— ^Es que si ellas contatiesen vino, aceite ó algana 
cosa análoga, estaba de m^s el registro. 

—Nada de lo qne pensáis contienen: pero ya qoa la 
justicia qaiere desplegar todas sas aptitudes para reali- 
zar camplidamente SQ deber, os exijo que examinéis con 
detenimiento lo qae en su interior encierran esas ti- 
najas. 

— Sí, haré, para qoe laego no nos vengan acosando 
de confiados y de negligentes. 

TOMO S «5 



^^ PEDRO 0E ALYAJELADO 



OoD paro firme, avanzó don Sancho hasta d<mde las 
]ra8ÍJ88 eatal^ian. 

Introdoj» su. diestra en una de ellasy j: 
, T-iSanto Díob! — gfit6 Heno de payara, extna^rando 
un brazo humano. 

« -^Seguid, «egnid, -reposa sonriendo el bachiller. 
Temblando como on qííIo, oontíauó el poMztftts ea 
sf|s pesquisas. 

Acercóse á la segoada ikinaja^ praatioó igual opara- 
c^ji que Qn la primeryti y tirando da an objeta dejó á 
la vista el pié descarnado de un hombre. 

— (Ganastosl-^^xolamó dejándolo caer de nuevo en 
d interior de la tinaja* ^0 yo veo visiones, ó todas 
estas cosas son producto da horrendos crímenes rea* 
usados aqui. 

— Continuad, don Sancho, que después achararé est^ 
misterio: quizás en alguna de las tinajas restantes, pu- 
diera estar oculto don Gustavo. 

— ¡Voy, vpy aunque el demonio se me aparezcal . 
El polizonte introdujo sus dedos en el último de los 
receptáculos. 

. Algo como enmarañado cabello debió palpar, por 
lo que gritó lleno de alegría: 

—-¡Ya di con él, ya di con él! (A.c&*está el infame! 
— ¡Jtsús! ¡San Pedro! ¡Virgen María! —exclamó el 
hidalgo, presentando & sus compañ aros una horrible 
cabeza humana. 

Un grito de espanto surgió de los labios de todos, 
excepto de los de Pantoja que miraba aquellas prácticas 
con gran impasibilidad. 



<iimi^ ns .^Yiiupp 9^ 



—Presto, presto,— repuso dqg; <3afto|if^--^Q|q|iendo 
iám^f áil^p^oilA^..— P^lf]^ de 

haoeis, creerá qae todos los que Q]|;.49rkf|) sMi^Jiet^aJ^ 
bergan, son anos asesinos. 

—¡Ved, como habíais, porque todo cuanto aquí ha- 
lléis tísíoI... 

— ¡Quól 

— Son nimisni méncís, que preparaciones anatomi- 
céis empleadas pirel sabio doctor Sandoval, para su es- 
tudio y experiencias. _ 

— ¡Y de dónde las saca su merced! 

—De los cadáveres procedentes del hospital de Sand- 
ia María. El señor don Pedro de Alvarado tiene ya 
noticia de ello, y ha encargado que pongan á disposi*- 
cion del doctor, cuantos elementos reclame para sus 
ánvestigaciones. 

— ^Juraisme que cuanto afirmáis es la verdad? 

— Lo juro por mi honra, don Sancho. ¿Si queréis 
'Continuar viendo este museo anatómico?... 
i «— ¡A^brenunciol Tengo el estómago levantado y me 
parece que voy á soñar toda la noche con muertos. 
]Ea! señores: que aquí no se encuentra el fugitivo es 
un hecho evidente, ya veis que la busca no ha podido 
«er más detallada. 

— Es cierto, es cierto,— contestaron los servidores 
de don Sancho; el cual repuso: 

— Descargada nuestra conciencia de todo temor, va- 
mos á revelar á su excelencia el resultado de nuestra 
visita. Señor Pan toja que Dios os guarde. 



<^ ^niM) Ok ALYákJÚtO 



— El^to-g1iiéá<edd8. 

La jtMieiá áb«ad<m«6 la Viosa de Stttdoval, y úhk^ 
«hill«tt> páHí» á yelaftár á Ghutavo y sói aniigoife onaait» 
Mababn é6 «éaítnit. 



i 



ü: 



CA^ITÜW LXVII 



La jQ^tioiat p«r si propio. 



Presa d6i i)iTC»MÍbl» iraior, llegaron dtm Saneha j 
lot Bajos al palacio del Adelantado. 

Don Pedro paseaba i la saKm á lo largo de sn cá* 
mi^ra. 

Su impaciencia hacíale montar en cólera ioftdains- 

-rt^^CipAdo Tolrerá esa eanaUal^axc^mó en on 
momento de inquietud. 

y ;a íH 4 ^9!^ W basca 4s^ los de la ronda^ cnan- 
4% aseH6 dffs Sancho á cooi^pitreper anie ^l. 

— ¡Voto al diablo!— ragió Alterado ce» a^^nto aeret 
^-H]ae j4,i«e parecía yoestra tardanza m tanto sospe- 
^osa. (Habéis dado con el prófago? 

— Señor... 

-r-HabJiedt {vi^e CrísWI j no a^demqs con redicen- 
oías. 



^^ PEDRO DB ALYARADO 



— El caso 68. •• 

— íQaó: rayo» y traenoil * 

— Qoe hemos registrado hasta los últimos rmcones 
de la casa del doctor SandoraU 

— sYbien? 

— Qae allí no se haíiit d(m Gíasitfvti. 

— ¡Voto á todos los demmiios juntos! ^Y tenéis la 
osadía de mentir tan descaradamente? 

—Señor excelentísimo, ped^azos me hubiera dejada 
hacer, ánte^ qoe engañar á vuestra egreg^ia persona. 

— ^Pero bellaco, ¿es posible que mi hijo no esté ocul- 
to en cssa de ese galeno? 

—Por la madre que me parió, por la religión qu» 
profeso, por la fó jurada sobre las banderas, que Dio» 
Ae müté, si su señoría M encuentra encrnaa de San- 
doval. 

— ^Bién, está Mén, no necesito saber más; reütraos.. 
Bstá visto que la policía n# sirve para nada. 

-^elíor.., 

—Repito que os retiréis con toda vuestra gente, 
-^i su excelencia ordeña que emprendamos la bus- 
ca por etra parte... 

— ¿No Os 'be dieho que M niaroheis, voto á Gribas? 
Salid de aquí en este momento, ó juro á Dios que si B0 
lo hadéis, os mando díegoUar. 

Gomo alma que lleva el diablo abandonó el pdida 
^a cámara. 

Don Pedro llamó á un paje, y d^ole: • 

— Venga quien venga, para nadie estoy, ¿lo en- 
tiendes? 



PSDfRO DE ALVARADO ^^^ 

' — ^May bien, éeftor excdlentisimo. 
* El Adelantada ceiró la paerta de sti habitatnon, ^ 
^ ^Laego, reanadando 808 paseos, entabló él diálogo 
«Igniente consigo mismo: 

-—No ha de ser, ¡vive Dios! ese hijo desnafaralizado^ 
el único hombre qne tenga el atrevimiento de borlarse' 
de mi. 

Por fortuna, me sobra enei^ia para confundirle, jr 
aniquilar también á sus protectores. 

EíétúB no pueden ser otros qne el cacique Tlxplan 
j su hija Yioleta. Los viles se han empeñado en ha- 
cerme la oposición; pero yo les juro por el nombre qn^' 
llevo, qne han de acordarse del Adelantado de Gua- 
temala. 

De noche, si, entre las sombras, entre el silencio y 
el reposo, penetrará en la casa del cacique y sorpren*- 
deré á mi hijo en bracios de su concubina. 

Despoes, apoderándome de Gustavo, logrará qne 
no vuelva á ver á esa india sin nombre; pues en tanto . 
mi hijo vá á una mazmorra, Elena saldrá desterrada 
otn todos sus protectores. Es soberbio, es indestructible 
mi plan. 

El caudillo frotóse las manos de gozo, y dejó ver 
en su labio su halada sonrisa. 

—Presto vá á anochecer,— se dijo;— esperaremos 
algunas horas para dar el golpe. 

Al llegar á este punto, detúvode don Pedro, y ex- 
clamó para sí: 

—Y ese Valensuela sin volver aún; ¡oh! pero cuan- 
do regrese, de seguro que vamos á tener escenas tan 



^ PJtDKO Dff AjLVA^Da 



<loloro8a8, como las que en x^alavf^tariMJkis tiempot 
ocarríeran cop ^1 bisarro Usagre. 
. , {Caidado ai faé infamia la coaiatida por Qaoi mi- 
aerabloBl ¡Hacer creer al Ballestero qae y# lo alajal»- 
de eata capital» ptra rendir mii amor nefando á las plan- 
tas de sn esposa! ¡ohl no pnede darse major rillania* 

Sin embargo, Valenznela es bastante respetaoso 
para no formular una queja deecarada ante mi ; 7 si 
lo hiciese, tendría razón: la calumnia es óomo la bola 
de nie^, que comienza á formarse con el átomo im- 
perceptible, 7 conclu7e sn curso tqiKiaiido gigantescas 
proporciones. 

£1 tiempo se ex^rgará de demostrar á d<m Luía 
que 70 S07 incapaz de ofenderle, 7 la verdad de ni la 
Ibio habrá de confirmarle esta aseveración. 

Don Pedro dirigióse á la mesa de despacho^ 7 to* 
mando un pliego que sobre ella había, repuso: 

— ^Vea urarcá lo qu^ son las equivocaoioues^ Su ma- 
jes^d mc; escribe desde Espa&a, dicióndeme que se 
halla altamente satisfecho de la conducta de todos mia 
subordinados. ¡Cita el re7 textualmente sus nMftbre»» 
entre los cuales figura el de mi hijo, el de mi hijo! {obl 
Si su majestad supiera las condiciones del villanO), le 
i)abria dado vergüenza hablar de ól. 

«Enviad á España,— dice nuestro seftor^— r^ vuea* 
trq bizarro hijo, 7 á los más exdarecidos capitanes; 
quiero conocellss 7 abrazallos. Justo es dar una tregua 
de descanso á esos valientes^ que tanto bien, ban i^echo 
á la patria^ Á ninguno de ellos le faltará ánuestrp lado 



suelto DV 4A>VA»4Be *i 



^^rUm^ qoe m^r^oen aw leirt^detc! Qwtefo úe^Alm^ 
Tado será nombrado capitán, y quedará en palaojto oomo. 
mi ayudante: losotMP^MbattWQiii eMeadrta esrgtoai- 
Ilikaies ad6oii«dM<á w oateg9iia«» 



— {Oh! Voy A -^scribur i #a majeslad en este instan- 
te, ilMrránclote punto p«r imnto todat lai tillaniai de 
mi h jo: pero no; seria prqe^der muy de ligero: ningún 
padre ae i^tre?e á evidenciar los (lefeetos de aquel á 
^juáeii engendró. Ciu^plaaios con esta ley sublime, y 
sobre todo, si ese rufián persistierer en sus eulpast tiem- 
po tjmdriamos de haeel}o. 

Ba^egado é estas y á otras análogas coutideraeio- 
Das, pa86 Alvamdo coas doa ^oras. 

— Bien de nocbe es ya,^f*-exQlam6 luego;— *h8^ llega- 
<io el ipitante de que yo me convierta en juest de^ mi 
propia caosa. 

El Adelautaio, eu^^rióae el cuerpo con. una capa 
Toja, púsose su birrete, y tomando de una panoplia una 
d^ga,, eiftósQla á la ornturn. 

— ^Todo el mundo, — exclamó, realizadas estas opa- 
TAfiones^ — se l^alli^fá entregado al descanso. El mo- 
mento no puede ser más oportuno para que concluya 
la ifi^rtidumbre. 

y Uamendo el oa^odUlo al pa|e que vimos primera- 
mev^; 

— ^Voy á salir, — ^le dyc,— cuida de que nadie vraga 
en mi seguiíniento. Sólo á don Sancho, al jefe de- mi 
policía privada, dkade qn^ no se al^*e de la casa del 

TOMon 86 



fmmó M ALTIMAOO 



oMi^ae Topba; Dtntvé de 'vuilmrA, que ae 

—4t§tá bf«f , fitor 6x o e l 6 aU gliBa> 

Bajó al jóren sii xMibea» j qoeáó gaardmdo esta 
reepetoora aetitod, iateria d<m Pedro pesaba por de- 
lante de él. 

Pooa tardad Adelantada ea llegar á 1% calle. 

La soledad que en ialla reíni^t pnmitídle aTansar 
sin qoe nadie le sorprendíase. 

' La majestaesa figara del eonqnistader de Guate- 
mala, deslizibtse entre las «ombrasi temando aspeólo 
hermosa é imponente. 

Don Pedro caminaba mnj deprisa; la idea de k Ten- 
gan» dábale alieatos para marchar con más rapidea. 

Maj cerca hallábase ja de la (sasa d^ padfe de 
VioletSf cnando detArose como herido por el rajo. 

Sin dada habo de asaltar si Adelantedo algnn poi- 
Sarniento grave, ó qaixás el grito acnsador de la con- 
ciencia^ le pedia cnmita estrechitima del paso qne don 
Pedro iba á dar. 

Violeta se encontraba á la sason en sn casa^ ma 
el anxitio de sn padre. 

Tanto Tixplan come Valénsnela, bailábanse faera 
de sn domicilio. 

De suerte, que la honra de la joven qnedabai mer- 
cei de las hablillas de sos convecínes, si estos hubie- 
sen acertado á ver entrar i don Pedro encasa de Vio* 
leta á hora tan avanzada de la noche. 

No se ocultaron á la clara inteligencia del caudi- 
llo, todas estas importantes consideraciones. 



' .Raim porJsc«al, mtínB d» llegar ^la cataédi 
oaoíiiQe;, paróte ixolfonaoda: 

— Por Dios títo; que dmdo el «pecio qoe tui to^ 
meadcr k» eam^ no he oieditaiie fmmente lo qae vojr 
á beeer* ' v ■ . . 

'' La eápesa del B%lle8tefo ha segado á mis repre«- 
eettantes la ttitrada «i ea oasa, focándose en qoe tSb 
hallan fioera de ella aa padre y su marido» 

Esta oposición de la jd^eft^ demaestra bien clara** 
mente la pnresa de eas rir tades y sa acrisolada hon* 
radez. 

Y yo, mengoadot ain reapetar tan^hoa méritos^ 
sin guardar al hogar del amigo la yeneracíeil que se 
1» debe, voy ahora á atropeUarle, ^y para qaáf 
' ^ enalqoiera me viese, se alreveria á afirmar qne 
era yo el amante de Violeta; el cual aprovechándose 
de la ausencia de un esposo^ acudía á una cita de 
amor, cuando nadie podiá aorprenderle. 

{Oh! Proceder tan villano seria indigno de un ea- 
ballero, á quien ha designado so patria para realizar 
las empresas más nobles. 

¡Una joven inocente, modelo de virtudes, ^vuelta 
en las redes de la oalnm&ia por los deeaftieros de un 
osado! ¡Oh! no haré, no haré tal: volveré á mi casa y 
el menguado negocio que tanto me preocupa, se arre- 
glará como Dios quiera. 

pon Pedro hizo ademan de desandar lo andado. 

Empero su deseo de apoderarse de Gustavo detú-- 
volé, obligándole á decir: 
—¿Y por qué ]voto á bríos! he de guardar á estaa 



«84 



rano VE MiVABABO 



l^tes tantat ocmmddraoimiCBi Á abrigo h aegaridad 
de que en sa casa oooltan A mi kyb^paM Ter de mq^ 
inriirme en laie piopóeitoa! 
^ -^1^ Tixpluí^ si yalwzo^, ii sseApoi*, kan erei^ 
do realizar un buen negocio arrancando á la feerea 
mi consentimianto para el matrimoftio de Gusta yo con 
la india^se engaüao como bsllaoos |tív^ DlesI ¡^mb*. 
es el Adelantado de Gnathenuda, el español d(m Pedr» 
<ie Alyarado, hombre qóe tan fámlmente consienta en 
pcostitnir sa linaje, dando entrada en él á ralea de oor? 
brizos ni á extirpe de despreciables bastardos! 
. *-{ Adelante, paesl— exdamó para si con energia 
don Pedro. 

Si lá honra de Violeta poede ponerse en tela da 
jnicio, también él honor de. nn padre exige qoe no se 
abandonmi enantes medios exiAtan, para el cmaj^ 
B»eoto de nn sagrado deber. 

El Adelantado, con ¡^anta firme, avan«6 hasta la 
casa del oaciqoe Tíxplan. 

Llegó á 4lft, j golpeó briosamente la pnerta de la 
misma. 

Poco fkspnes, abriéronle^ apafeeÍMido en el nm- 
bral on indio, que no era ojbro qve el bendadose criada 
Tlaloc, 



CAPÍTULO LXVIII, 



Xa 



Tlaloc, quedóse eouo una estatua al. Yer á don 
Pedro. 

Ecte sin diri^ al indio el más pequeño lalnde^ 
intentó penetrar en el zaguán. 

Empero avanzando Tlaloc nn peoo, detúvole di* 
ciendo: 

-^Perdóneme- su exeelencia, mas... 

— (Te atreves villano á prohibirme que entre en 
esta ca8a?--pregantó Alvarado con tonos amenaza- 
dores. 

— Señor, jro.,. 

— ¿T6, qné; reptil! Habla presto. 

— Mi ama está sola, j cumpliendo las órdenes que 
le comunicara su señor padre al abandonarla por unos 
días... 



686 



PBDRO DI ÁLTARADO 



u ^ 



— Dijole... 

— Qae no permitiese entrara nadie aqni, ínterin él 
no volvía. 

— ¿Y esa orden ee extiende también^ bellaco mise- 
rable, al Generalísimo de las faerzae de Iberia! 

— A. todo el mund9,, señor. _ . 

—iVillanoI AÍib^amfsaíd'siitkffío^lar más frases, 
sin desplegar tas inmundos labios, vas á dejar¿ie el 
paso libre; pero recibiéndome cono á an rey, de rodi- 
Uas... »i, de vedillas. 

Con faerzas tan brutales oprimió don Pedro los 
brazos de Tialoc, qne le MW^jáer en tierra postrado 
de hinojos, no sin qne el pobre indígena lanzase un 
grito de dolor profando. 

Luego, sin cuidarse de más, subió la escalera de la 
casa delcaciqíie^ verificándolo, en dos ó tres saltos. 

Bien pronto, hallóse don Pedro con una pp^rta 
qge daba á la habitación, en que Violeta se encon- 
traba. 

—¡Jesús! — exclamó la joven» abandonando el rezo 
á que se hallaba entregada. 

Alvarado con los brazos cruzados, permaneció en 
el dintel, sin hacer el menor movimiento. 

Presa Violeta de legitima indignación» exclamó 
al ver la actitud que guardaba el Adelantado: 

— Hacéis bien, señor exoeleotísimo, en permanecer 
ahí. Guando se violan las órdenes del dueño de una 
casa, cuando se compromete á una mujer dignar asal- 
tando su hogar á horas avanzadas de la noche, para 
poner su honra á merced de todas las calumnias, es 



I 



r 



iqB)EO,i?f 4J^yAigu»9 ^ 



ogi^yeniente 7 oportonq, quedar en la j>o^ioi<»i .qjie yof 
goajrdaU^ lleno de ye^^gaensa 7 de n^i^do^ . ^ ^ . 

-^f|áiedo!~gritó Alraritdo con voz «4r<m|tdoiira«-r- 
]S€ñora mia: ved lo qne habláis^ 7 recordad la claj|e«d^ 
hombres á que pertenezco! ; , ; . 

— ¡Lo ^ne acabala de J^u^e^, aeaor; general yckJas 
fqerzas de Gaf tilla^ meanV^rizap^ra apelüdaroa J/i^ 
dren de honras! . t , 

— jAl la ynestra os refaría? ; y . _ 

-^Precisamente, í^ , 

— ¿Y qué me imf^^a; f TfA> voeatro honor, el 4a 
Tuestro marido 7 el de vuestro padre? , ^ ^ 

r-¡ViUano! ; ^ . ♦ . 

— ¡Basta, india renegada^; tahogari pada mesi'^nifi- 
oa,Ja aatQridad de tus allegados, me caosa el ^ipayor 
desprecio; 70 no deseo nada tayo, lo que 70 qaiei*^ es 

mi hijo^ qn^me devaelvas á mi hijp! • ; 

, —¿A Gustavo? , . ., t . 

— ¡A. ese nifto sin expariencia, á esa mal aconsejac^ 
rapaz, á quien todos vosotros habéis trastornado coni 
vuestras lecciones! 

—¡Jesús! • \ , t 

— No flojas espanto, ni asombro, india sin ezitrañas, 
Gustavo esta aquí, encerrado en esta casa para sabo- 
rear con libertad el afecto de so asquerosa concubina. 

-¡Ob! 

— ¡^trérete á negarlo, zurcidora de las ma7prQaJi^ 
viandadesL 

—¡Virgen Santa del Oarmelpl 

— No inveques ese nombre: en tus labios, perdería 



MbRO Ok ALVAIUÚO 



todo sa siüto mérito: tfi erM la í&diá renegada qoe Éé 
ha conyertido al OríeUaiiismo, por tatisfiícer Iúé pasio*^ 
nes de la fibra carnal, casándose tK>n el^oatólico Valen- 
znela« 

— ¡Madre de mi alma! 

"A tiempo lo he destmbierib todo: los amores d^ 
Otuilavo y Ebña, crecen j m desaitollan con meetrá 
protección. 

— ¡Nanea, nanea! 

— Vosotros, miserables, os habéis dicho: oniendo k 
naestra papila con el hijo del Adelantado, hemos rea- 
lizado el gran negocio. 

—¡ Mentira! -^agió Violeta, cambiando de actíta- 
des, j desplegando todo el valor de sa rasa. 

— ¡Ohl ¡Pero no será, no será! ¡yeto á Orísto! An- 
tes me dejaría hacer pedazos el corazón. 

—¡Miserable! ¡Te he estado oyendo con calma, y 
me cansa yergUanza el no haberte arrojado de aqaí á 
latigazos! ¡T&; el conqaistador de an pneblo yaleroso; 
t6, el caballero ejemplar; mienten los qae tal dicen; 
Pedro de Alyarado, no es otra cosa qae an cobarde! 

—¡Violetal 

-^Un cobarde, sí, qae encontrándose en cierta oca- 
sión frente á frente dsl jefe de la artillería española... 

— ¡Silencio! 

— Hizo qae le condenaran ámaerte, por no tener 
talor para medir sas armas con él. 

— ¡Basta, hija de Satanás! — ragió don Pedro lleno 
de exaltación j cayendo sobre Violeta á qaien 8ajet6 
por an brazo. 



PBDRO DE ALV^^UDO 



•«^{Wtaiio, rniíi cualla! ¿Tratas da irei^árte en 
una pobre j débil migert 

-^¡Bntrégame á mi hijo, ó te tkshago «1 peoho aon 
mi áítg^l 

—¡Piedad, sooonro, oompasion! — réspoi^dié Violeta 
cayendo éé rodiUat • 

^— ¡Na hay misericordia, no hay piedad para los in- 
£sméil iintrógame i Gustavo, que está aqiii eon EHe- 
sa, 6 te hundo en el pecho mi pa&ah 

-^Dcm Pedro, por la memoria de mi madre os juro, 
qne igooro donde se halla vnestro hijo. 

—¡Mientes, india ezpáreal 

— No está aqoi, no está aquí: en cnanto á Eflena... 
salió... á rezar por él ante la Santa (kuz. 

*-*¡OhI Hija malitecida de todos los demonios; iper • 
sistes en engafiarme, en ocultar al villano? 

—No, !»• 

— ¿Vas á entregarme al culpable ensegaida? 

— Me es imposible, porqne no se halla en esta 
casa. 

'—Piensa qne la paoiencia se me conclnye. 

— Repetiré una y cien veces mi jnrammto. 

— ¡Violeta, Violeta por última vez te prírimigo que 
•eas obediente á mis órdenes! 

-^No está ra mis manos hacerlo. 

— ¿No!..« ¡pues toma! 
Y esto diciendo^ hizo ademan don Pedro de herir á 
Violeta con sft pañal. 

Un grito terrible se escapó del pecho de la joven, 
que cayó al snelo desmayada. 

rouon 87 



ÚSfó 



PEDRO UE 'ALVaHADO 



— ¡Jestis! ¿Qqó efílo qae hehéobo?-~exolám6 el 
caudillo, retrocediendo espantadOé 

— {lotontarv cobarde, herir á ana mujer indefuMa! 
{Oh! El primer dia es hoy en qae te acude la vergUMH* 
2a al rostro, Adelantado de Gaateuiidaé 

Violeta sin salir de su paroxismo, lanzó un sbs]»ft)¿ 

— fVive, virel — exclama dan Pedro, mn atircTerse 

á dar un paso,— «[ofal si la hubiese herido.*^, ÍBÍsme 

que soy... no pue^ permanecer aquí us solo instanto^ 

Y ifoíeiido estas frases, sin adttar de su mano la 

daga, salió apresuradamente de la hafátatñan. 

Descendió con gran lijereza poria esealerá de la 

casa^ y el criado Tlaloc al ^erle, abrió la puerta del 

zaguán y cerróla en seguida. < 

Don Pedro encontróse al fin es la calle; pe^ ttpe* 

ñas hubo dada dos pasos: 

— ¡ A.trás, miserable! —exclamó con voz de trueno un 
hombre. 

*— ¡Valenzuela! — repuso el Adelantado dejando caer 
en tierra su daga. 

— Si, Valengnala, que vuelve al ña á su ho^r; man- 
chado coa vuestras infames acciones. 
— ¡Sefior Ballestero! 

— Señor don Pedro de Alvarade> (OTeiais que de un 
hombre cual yo, se burla cualquiera impunemente? 
— Respetad la superioridad de mi investidura. 
— No la reconosoo jvoto á briós!; # 

—¡Cobarde! 

— Eise M ú nombre que ouadra i quien valiéndose 
de su omnímodo poder... . n í r; 



FSD&O DE ALYA&iDO ^^ 



-— ]Mméís» bella)»! 

. — Ano^u^ ii^oe cli^ si á un soboráiiiadosirjra^ para se- 
'dwcir irÜkfiantaitB á Éu esposa^: 

—¡Te estoy oyendo, ruñan sin decoro,. y no sé^ ne 
iié cómo no te 9ftlMto él cráneo eon mi planta. 

'— Eso sólo lo hacen, los que mandan, sentenciar á 
jB09/ate ¿ on artillero valeroso, por miedo al vigor de 
su brazo. 

— ¡Miedo! — exclamó don Pedro con voz atronadora, 
señor don Luis de Válenzaela, dejadme partir eoK^lma 
que bastante prueba de amistad os doy con la pruden- 
cia que guardo. 

— partir? Oe parece que nn hombre de honor á cuyo 
rostro habéis arrojado el mayor de los inanltod, pueáe 
ac^der á tales súplMs», sin vengar el agravio? 

— ¡Por Dios vivo! dejadme marchar, señor Ballestea 
dto, ^Q iengo po«) aguante. 

— ¡Nunca, nunca! . . 

-iNo? 

— Y cien veces no ¡voto á la coraza de Pelaypl 

— ^Paes luen, entonas, quitaremos los obstáculos de 
^ata suerte. 

Y avanzando hasta el Ballestero, cruzó don Pedro 
su faz con una tremenda bofetada. 

-^¡Ladrool fdobarde! ¡hijo de nxadre adúltera! ¡De- 
fiéndete ó te mataré aquí mismo como un perro!— -gri* 
•tó Valenzuela dmnudando su espada. 

— Sí haré, — contestó el Adelantado, seouBdando á 
don Luía ^en irritante impasibilidad. 

— ¡En^ gtaidia, en^ guaardial á ver si es verdad que 



^^ FDHU) IM ALTAJUB» 



•6 necesita valor j arrojo para caitígii^ ¿ «a molato. 
liBs eipadae de loe dee harnee ee oronroa, eiaqiio 
al principio acertará ningümo de ellitt iá Wir t mt 
oompetídor. 

Estando «I lo más dase dek techa, grité Heno de 
eorafe Áhrarado: 

—¡Bien te defiendes; perraein Be^mSim; más mve 4 
Dios! 

— iQné? 

— ¡í^ TÍ8 á morder el polTél 

— ¡Gomo cumple á tu osadía, bellaco! 
~¡Enotraoca8Í(ni, quizás; peroah<m.., Adelaociado- 
de GaatemaUy toma tú memdde. 

—¡Jesáel— exclamó 8egudaiiiettte don Becfrode A.U 
yarae^. 

Y llevándose al pecho la diettm, vaciló un ponto 
j cayó en medio de la calle. 

Una certera estocada del Ballestero, castigó com- 
plidapraite la osadía de su Gene¡rtüL 

— ¡Ahora! — repuso Vaknznela envaÍMttdo m espal- 
da con aire detrianfo,— si vives, revuélvete, bellaeo, en 
tu mngre, eólo, aislado, sin qoe nactíé te tienda una 
mano protectora. 

Vaienzo^ avanzó baeta su casa, llamó, Bbríáronle 
j penetró en ella. 

Poco después, don Pedro quedaba eompletamenta 
solo eá la oaUe. 

— ¡Socorro, piedad! ¿no haj un alma o»ttativa que* 
me ayndel^-Hleeia poeo después el Addantado« 



ra^RO DB AliVAHADO ^^ 



Sa «pftgida ▼«. pegAjéte-en el Btpacáo, m qU# fia- 
<lie acertará á responderle. 

--¡Sooorrot 8o^««oe rrel~valviér &deeilr AJjraiai4tf, 
fisoiearaBde ea ^aoo cMteoí» la «aagre* qpe brotaba dé 
8U herida. 

— ¿No hay corazón qae se apiadei de iaü«--repiti6w 

«r^Uiio eu«k^^*^>clftm4 nn bulto aeercámlose^ al 
Adelantado. 

-««-•jGraa Dio», Siena! — gritó don Pedrov veeobo- 
ciendo á la adorada de sa hijo. 

---Yo sofi seftor, (p» ▼neliío despuas^dé re^^rmi 
plegaria de todas la» M^bes; pero estaár hecidio. 

•^SUenciGí,.. 

— ¿Qoién ha sido el infame?... 

-^¡Ohil calla,. «i¿la^ Blena: que nadie sepa, que- na- 
die conozca mi deshonra; al Ter mis soldadoa qtto mt: 
inToncible jefe habia sida derrotado en licha^ me des- 
preciarían, j no* Tolyerian i obedecerme. 
. — Venid, venid á casa. 

—{Oh, Nutteat nwtea; no es. posible! 

— {Dios mió, esas frases, esa ^hmícíob! 

•^No te exiaraftes de eUo; Violeta está sola, el^ s^k>r 
Tk]plaat el sejtor Valesznela se WLCcmitraii fiíera de 
•casa, j seria comprometerlos ir allí en la aflictiva 
sitiftcion en que yo estoy. 

— ¡Vuestro hijo!... 

—¡Oh! Bsa palabra; mi hijo, mÍj deseo verle lo sma- 
<lo. ¡Blenat, dfmepor el cieb donde seeocnentra Gas- 
tmák 

—Yo... 



"" PBDRO DE ALVAfcADO 



--Dim«b; él te ama, no md oabe dtt^fm«itbe» 
donde está: . 

— Seflíw; lo ignoro completamtnte» - 

—¡Miente*, miserablel Por tn colpa, por ttts infti^ 

mes pasiones, acontece todo esto. 
— [Virgen Maríal 

— Si no 68 asi; dame tu mano y júrsiAe 'tfae ignora»' 
dónde se halla ta amante el vil desertor. 

lia joven fué á aceroane á don Pedro; y «1 parqne* 
esto hacia; 

— |AltoI —exclamó im hombre, aparseiendó en aqnek 
Ingar, en nmon de otros casteUtnosi 

— ¡Sancho, Sancho!— exclamó don Pedro.— Soeor- 
redme. 

— ¡Señor: saeocoeleneia herido, 7 eirta^mi^erT... Me- 
na, filena ¿qué hacéis aqni? 

- —Yo... ánxiliar<al sefior Adelastádo. ' • 

— ¡Mentira!- exclamó uno de los de la Tonda. 
— jCómo? 

—¡Que esta joven, qoe esta ixsük infiíiBe, hii inten- 
tado asesinar á nnes^o jefel 

— ¡JlssÚ8!~gritó Elena, lansando va grito y oÉgpen- 
do Inego dennayada en brazos de va» de los eipfe» 
fióles. > 

— ¡La prueba, la pruebal-^exclam^ Sancho <Kfi- 
giéndose á su amigo. 

—Hela aquí, hela aquí. 

Y esto dioioQdo, cogió del suelo la <bg« ^tie Al- 
varado habia dejado caer, cuando tropezó con Vi" 
znela. 



PE0RO DI ALVAIUUK) ^^ 



, ^Basta^iAo v^ /eabe dada; 9«ta india ea la causa 
de toda! — ^rogió lleno de cólera don Sancho. — ^Verdad 
aeSar 'ei:x^lentisiia«f 

. -^¡No «ék.. }«> sangre me ahogat... sai jiijo... yo 
muero, Santo Dios, jo muero! 

-F*(Presto, llavjad ásu Excelencia á pu palaciol-— ex- 
<dÍMró el je£» de )a nmda.^Sn cuanto á esta mujer, á 
lacéjrcelcon eUa. 

. Varwe d» 1«9 a^aeUes llyeréiroBse é £l«lia, quien 
no baMa vuelto, aAo 40'aa letairgo» 

Mientras esto hacian, don Pedro, cuyos brazos se 
apoyaban en loi^ hombpoa de dMi oorchetes> repuso con 
apegiida toz; 

— ¡Esperad... deteneos..^ 90, no es ella; pero si, ha*, 
cieiff bien ei» toet^lft en «prisieiw»; dfi ^te modo«.. está 
asegurada... mieptma ella enata separada de mi..«, 
hijo Qastavo^f. vIyíií^ para. Siena. Ya unidos... la 
muerte lle?ará..^ iiueatras almas, al cielo. 

El Adelantad, lana^ una carciyada terrible y al 
punto lleYáronsele d»; Aquel lugar. 

Asi que los alrededores de la casa del cacique es- 
tuiriMon entrámente solitarios,, apareció muy cwca de 
ella un hombre. 

Marchaba de puntillas y sigilosamente. 
Al advertir que estaba completamente s61o.: . 
— ¡Venid, venid presto! ¡voto á Gribas! —excdapdó á 
media voz. 

Dos hombres envueltos en largos ropones, acudie* 
ron de fteguijda. 

— ¡Gustavo! — exclamó el que les diese el aviso, que 



^^ PBDRO DB.ALYAAADO 



Bo era otro qoe Saookryal.-^¡ AuiaQ f oonfiana en el 
oielof 

— ¡Mi padre, mi padre herido; qmniM por mi oü3^ 
Soy el Mjo mé» deanataraiixada j más iiifttme de la 
tierra. 

^^[Ohf no penaei» eo eso GcMta^Toe tos no tenetr la 
culpa de nada, yo lo he TÍsto tpdo, iodo lo qne lo» 
ocurriera á vuestro padre, oculto muy cíérca de aqai. 

«-^{Y fflena, y mi amadiftima Blma, conducida la 
infeliz á una mazmorra; no volteré á Terla nmteart 
nunca! 

— Os he dicho qne la salvaré 7 la salvafé {vive 
Cristo! pese á quien pese. Dejaos, Gustavo, de Itm- 
queo9, y ahora á vuestara obligación. 

El joven separóse do Sandoval y do su otro amigov 
que no era ni más ni menos que Quillen. 

A la puerta de la casa del cacique lanzé Gustafvo^ 
un silbido, y Tl«doc abridle la puerta de seguida. 
Penetró en el interior y cerraron luego. 
Asi que el doctor y Guillen atuvieron solos, el pri- 
mero repuso: 

— ¿De suerte que estáis díspueeto á hacer un sacri- 
ñcio por don Gustavo? 

— Aunque fuese el de la propia existencia, — con- 
testó GuiBen. 

—Pues no haya más qoa baUar,, — repuso el doctor: 
iPartatnos! 



«APÍTOLO LXVr 



Sagacidad y «loapraadimieii^. 



Recatándose cuanto les fné posible^ abandonaroír 
Sandoval 7 Goillen los alrededores- de^ la casa de Tix- 
plan. 

ik donde iban los dos personiyes? 

Oigamos SQ coiiTersaeton y ée esta lo dedaoi*- 
remos. 

— {Voto á Oribasf*— repuso el eseodero de <¥fi8taY0, 
-^qne no vi onnoa escena tan terrible como la qne 
acabamos de presenciar. Mañana será nn dia de luto 
para Bspafia: don Pedro*. • 

— Don Pedro^ lierado de su amor propio, procurará 
ocultar á todo el mondo el Terdadero nombre del autor 
de su herida. 

TOMO Jl 88 



PBDRO DB ALYARADO 



— ¿De suerte qae si el Adelantado saoumbe, la ino • 
cente Elena?.. • 

— Morirá entre las llamas, como la única respon- 
sable de la agresión. 

— ¡Oh! por Dios yíto; no digáis tal cosa sefior San* 
dOTal: el cabello se um crispa al oirlo. 

— ^Por eso, por e9opr«8CÍ8am(Bn^j,esindispensabley 
amigo Goillen, qae hagamos on sacrificio pv& salvar á 
la adorada de G-ostavo. 

— Repito t sefior doctor, qne para lograrla, cualquier 
empresa realizará por dificil que resulte. 

— Mucho prometer es, amigo mió. 

— ^Me sobran alientos para todo. 

— Sin embargo, es preciso meditar en calma estas 
cosas. Ya sé jo querido Guillen, que tratándose de la 
guerra, por ejemplo, nada hay que os arredre. 

— Dispongo tambira de sangre fría, para servir á mia 
amigos en la pas« 

— VaoMMi á verlo. 

— Hablad cuanto os plazca. 

— Elena se b^lla encerrada á estas hoi^as, m uno de 
los calabozos destinados á los eafcroios de la cároeL 

—Seguid. 
. —Gomo médico .que soj del estableoimÍ0ntQt visito 
el mismo dos veces durante el 4ia j una duróte la 
noche* 

— jY bien? 

— El inccmiparable religioso fray Jer6ni<no de Vis- 
casillas, me acompafia siempre. á visitar A les presos,. 

— No lo ignoro. 



PEDRO DB ÁhYAKktSO 



em 



-*^¥iefteM revfrénota comoqp), ^ra {Prodigar «as 
oonsteloaálos eticarMlidbi, y para mtOTrer pMU*- 
nialñaaiente á kispobMi. 

— Todo 680 esti mvLj bioi^ sefior doctor; ¿ptro qoiéra^ 
Taesamercó explicarme, qoé relación guarda con él 
aswita qae nos ocopat ' 

^Afttcha á M lAia. 

•^No eonii^eVido... 

-^Biperadi Oaillisd^ ttn iiifiítafit6> qué todo ¿ean^ 
dará. 

--*Oairtin«kdt qn«'ya 08 escoeSio. 

— Si haré; Pae8 como 08 ^ecta, firay Oerónimo me 
awttipailia en ia tardado tisitar á lo8 enfermo89 j he 
aqoila circonatancia qoe podría favorecer nuestro» 
propósitoe, encaminado8 á salvar á Siena. 

•^¿Bn qné forma? 

^-finstítúyendo, vos, Guillen, ál franciscano. 

— ¿A. Ter, A ver que es eso? 

— Me explicaré más claramente. |Si os pusierais, 
Gnillra, ana barba, y el hábito de naesto seráfico pa- 
dre, podríais semejaros algo á firajr Jerónimo? 

— Ya lo creo. 

—¿De modo ^ae vittiMda en mi compafiiai nadie «e 
atrevería á dndw 4» que anas aa paternidad en pisr*^ 
sonat 

— Como la visita la hiciéramos de noche, jaro ák 
cíela, qoe no acertaría á descabrirme ni la madre qne 
me parió. 

— {Magnífico, soberbio y admirable! 

— Contiimad, eontinaad, seftor doctor ilnstre. 



'300 



PflDEO DB AiLVABADO 



<*--¥a dhifrandb to» ds fcii(f J^rdmoM^ tobaos 
joniM'iiMftm entrada en ln (sároal, ▼isii^am» á ba 
enfermos pobres, y dejaremos pana b áltima el^ oala- 
boaa esí qae jiiee ki dMéyiebada J^naw 

— iYUw¿» 

— Ya en ál, la cosa es bien seneUla; lanoviatde€kia- 
tayo se yestírá can el hábito qne .voaltoreia; se plan - 
"tara vuestra postiza barba, j saldráooM^gjaila^eaUe* 

— |Y j^ ma quedaré ea soi lugar eo la> BUMm^nX 

—Precisamente. 

-—Por Dios yiyo, %«e jm me pamee eA nagmú más 
p^iagibit de b qnet p«Miaba«. 

— *¿0s afMpantk de yaestra ofraeimieott^ ^hñlknf 

--^ modo al^mio, sefior doetar. 

— •..^Entoneest... 

— Ningon inconyeniente tengo eo: Utoiar A oabo 
•cnanto aoabaia.de^indioar, átraeqiurde serfiri mi 
amo; pero encnentro qne <ii(»^.hada' salir d iM^oiiío tan 
bien como creemos. 

— ¿Por enlpa ynes^^ qiiÍBáa?^ 

— ^PoTroalpa de Los oaroekffoa eaeai^oa de k cm- 
todia de los raclasos: en cnanto descabraa el enredo 
^it qne les hamos metídoi en oaaai» se apercibwi de la 
fuga de Elena, darán parla al Aiekuita^^ y... 

—No la darán ¡yoto á Cristo! jOreeis, señor GalUen 
qne los esbirroi de k eánel aett tan tontos^ qoe va- 
jFan á eyideneiar naa falta eomedidapor elk» náa- 
mos? 

—¿Por ellos, dMÍi? 

— Paes ea claro; ¿en <ptó cwwiate' sn drfwr! 



PEDRO DB ALYAiUDO 



*70l 



— En el ejerdoio de una gran TÍgHancia sobre lo» 
inditidcbos ^)OttBado8 á M cnstodia. 

— Exactamente: de saerte que quien no miMr eviti^ 
la faga de «no de dios, te hace reo de nn driita ^myo^ 
^ cual dcm Pedro castigará con mano dora, 

—Ya veo más claro, señor docftor; pero desearía, 
qoe piáotivattMBte desenvolvierais vuestras indica* 
cionea. 

-— Harélo con sumo gusto; fijaos Gillen en lo quo o» 
digo, 7 no olvidáis la más insignificante de mis pa- 
labras. 

— Muy l»M, sefior Sandoval. 

«^Blena, disfrazada con el hábito que vos llevéis, 
fanirá de la prmion en mi oompaília. 

—Magnifico; y yo me quedaré en su lugar envuelta 
en el capisayo tpt^ usa la joven, ¡k té mia que voy á 
estar precioso! 

-^Dejaos aliora de rendir culto á la vanidad, y va- 
OK» á lo que importa. 

*~Seguid, seguid. 

— Ya vuestra perscma en el calabozo, tiene necesa- 
ñámente que quedar expuesta á*las consecuencias do 
la temeridad reaUeada. 

— Me devoubrhráa los carceleros^ y wtonoes... 

— Llenos de espanto, de miedo singular y de satá- 
nioa coiera, pretenderán ir á oíotificar á don Pedro lo 
omniéo. 

olaiD. 

turbio digo yo, porque vuestra sangre fria^ 
evitará qM 4en los esbirros este paso. 



— ¿Pe qué maneFa? 

— Ck>n el mayor aplomo, áivein á Yoeitroi goardia- 
1168 lo sigoiente: 

Ya comprendereis^ señareí, qoe al tmít jo en la* 
^ar de esa joven desdichadaf al faToreoer su faga, me 
he jogado la eabe^a. 

-^Lo cual, repito, que hago con gusto por servir á 
mi amo. 

— «El os lo agradecerá* mucho. Guillen. 
Diréis á vuestros carceleros aquellas palabras, j 
añadiréis las que signen: 

Poco me importa perder la vida, después de ha<- 
ber salvado á una niña inocente; de modo qne usarce- 
des pueden comunicar al señor Adelantado cuanto sea* 
bo de hacer; mas antes procuren mirar por sos pes- 
cuezos, pues ellos sufrii^n come el mió, el ngor del 
hacha del verdugo. 

Don Pedro de Al varado^ es hombre que no per- 
•dona nunca la deslealtad; al huir Elena de la cárcel, 
creerá que usar cedes le han facilitado la fuga; y aun- 
que no lo crea, habrá por lo menos de cac^gar con 
4nreza á aquellos guardimes^ que no saben velar con 
celo á los individuos confiados á su cnstodiat 

— ¿Eso habré de decir á los enoargadM de la cár- 
cel , señor doctor? 

— Eio precieamente;^ j como todos ellos son gcoite 
asaz medrosa, y ante la sola enunciación del asMnbra 
de don Pedro tiemblan como azogados, ya compren- 
dereis, que no han de exponerse á perder k peÜ^'a, 
por revelar al Adelantado lo que hicíéMiáes^ vos» 



P10»a DE ALVABíiiDO '^^ 



— ¿De fonna qae no daráa parte de la evasioa de 
Meiot, ni de háberine encontrado á mí ea an logar? 

-^Si obrafiSi OoUien^ como oa diga^ ^tad segoro, de 
<]ae loa dolacánel tallarán como mawtos; nadie ten- 
drá noticia de la ooorrencia, y vos por raestra parte, 
pediffei»¡á,diahoa fanoionanoi^^qiie oa 4ejea per&piane- 
>cer eik b fttazmorra^ hapta que al tiempo se eneargna 
da arreglarlo todo j da premiar dignamente á loa^de- 
fenaorea.delabmna^aaasa* J 

-rEatá rnny.UaAv señor Sandoral: cnmpliré al pié 
de la letra vankaa iastracdicNiaSé 

— ¿Os^xxmfirúiaja, GaiUen, en no arrep^tiroa? 
* *-^na y cien irecea^ ae&or doctor: cuando empeño 
mi palabra en cualquier negocio, ni me vuelroatisáa 
nunca, ni me imparia un;ardite perder el pescuezo./ 

-^-rSaia Tácente «orno nadie,, amigo GuiUoii/ y por 
aato iñe Talgo de vnestfo importante auxilio en etto 
asunto intrincado. ^ o t 

— Repita que no tendréis queja de'mf, sefiar Sando* 
Val;:patonia.a8alta un temor mven:oible. 
, ^¿Gttáltaireitel r ^ 

— Que 08 acarre» im-diagasto agrave la directa in* 
tervencion que vos tomáis e^n la cauta de Mena. 

— No os curéis de eso; porque yo, Guii^, juego 
como Yoa el tpd9»: píbr el Wo* 

— {Sí oe sorjMreíndieBen UeTando ala jáveii en ynea- 
t«a^)ompaftiar 

-^Me batirla con cincuenta paurasalvarla; 7 ai fuere 
yenoidoi, íufriria reaignado el rigor de k ley, á cambio 
d» haber cumplido: cpn mis deberes. 



IM P8DR0 DS ALVMUM 



'-^'i^be hombre oañtethro? 

— ^Y de m^dioe qae sey de Bleaa y do GuíArvo: la 
ckiKaa aoOBM|aq]ie ambos jótmee^se^floai €ai4azo 
isdiioliiUo, sino han de peider li vtíb^ y se cnerÉo 
peee á qoien pese, 

*-*fV^me Nuestra Señora del Amparo, j quiera 
saoamos con feliddad en este difioMiBhtto immtol 

•*-Todo saldrá á pedir de boca, no lo dudéis OniUea* 
En este diálogo discorriaa ambos personajes, mian- 
do aoertoron á llegar á la 4muí de fny Jdrteimo. 
Uamaron, y apareeiá en la puerta on lego. 

— i^fAk m revereneia?^pr^nntó Ssadoivid. 

— No, sefior doeton mi amadísimo padre ha salida 
haoe rato. 

«—¿Y á donde ha ido fny Jerónimo á estas iiOras! 

—¡Dcmosa pregunta me haceisl Safior Sando^al, por 
los cilioios de todos los pautantes, me ate^wá supo- 
ner que no sabéis lo que pasa. 

«-¡Qaé es ello! 

— ¡Válame Dios! Pues qué; ¿siendo yuesasefioria el 
módico de su exeelenoia don Pedro de Altinado, igno* 
ra que ba sido herido mortalmente? 

— Ni lo uno, ni lo otro. 

~iG6me9 

— Que ni yo soy en la aotualidaá médico de seme* 
jante sehor, ni oreo que su herida sea de peligro, 

— ¡Válgame mi seráfico padre! ¿pero será verdad 
todo lo que estoy oyendo? 

— «Ahorremos preguntas inefleaees, padre Rsanmi, y 
entremos en la habitaron de £ray Jwénimo, que 



PSDaO DE iXTÁ&ABO 



705 



no eB cosa de eétar aquí . depártkndo al aire libra. 

—Pasen, pasen yaesasseñorias: estoy ta& atnrdüo, 
que me babia olvidado de rendirlas la oorteiia ^ite se 
mweeen. 

Sandoval y Gaillen peaetravon m. el mtedor, hk- 
liándose pooo despaes «n la oeldade fray Jérónitoo. 

Bl padre B»mon qiied4*e en la puerta de la 
misma. 

Ocultó sus manes eü las amfdias mangas de su iiá- 
Uto^ cubrió su foráneo con el aneha capacha del mis- 
nPf y permanemó breyes instantes mirando áJSaadoTal 
con cierto teiMnr« 

Bl médico, que sentado corea de GuiUen, hallábase 
silencioso y meditabandOt salió de mx abstracción di* 
ciendo al monje: 

— ^iParoee, hermano, que aenetís por mi cierta com- 
pasión? 

— fcYo?..- 

— Las miradas que m^ diñgis « este ÍMtante.*. 

— Sañor doctor, ¿á quá ocultarlo? como ós quiero 
tan profandameata) como cDnoace ri earáoter de don 
Pedro«,« 

-iQuó? 

— Lamento con toda mi lalma el que no os halléis á 
sñ lado e& estos instantes. 

^^PadraKacnon: una y cien veces creo haberos ma-- 
nifestado, que he sido destituido de mi empleo. 

-~Sin embargo». • 

— ^Bl que'haoeel primer desprecio lal doQtor Sando* 
Talf no enonentm nunca ocasión de hacerle el segun^ 

TOMO n 89 



''^^ PBI»a WSi hLfJOiMOO 



ik: el General de kur faenase' eflrpscfttílñ me im lanzad* 
I1908 deély... ' 

' —Esto no obstante y la velij^tm nos aoonseja que per^ 
donemos á nQe9tro8 prójimos, j 70 me permito rectr- 
daros esto sáblima precepto. . 

— '¡Voto á hs oalssas de Avi^ena! ¿os habéis empeffa- 
do, írailttce raiii, en einlere^ar tai sermón qne nb os 
he pedido? 

— Peihlonadme, más 70 oretfei... ' ' ' ' 

«^Sabed que en las cuestiones de ' htinor, tío tett^ 
oiro joeiE, ni otro saeerdotev qwl mi pro^a cóneianóia. 

— Los deberes qae me impone el báft^qae visto*.. 

— Os oUigan ciertamíiuite á darisakidables eonáejos 
á aquellos qne se. leparan del buen eáittino.;.^ ' 

— Per eso ahora, con vos.,. 

— Pretendéis que oh» haga solidario de una de las 
más viles pasiones; la adulación. ¿Qaá signifícía', pa* 
dre, esto de aconsejar á un caballero que va7a á ren- 
dir homenaje al oi^Uosd doú Pedro de Alvarado? 

—¡Yol 

— ¿Vos me estáis diciendo, que vaya ápbáfararme á 
sus plantas, cuando no ignoráis las ^bellaquerías' que 
acaba de cometer conmigo. 

— Señor doctor... ■ : ^ 

—Padre Ramón: ¿tanta influencia tienen Itó paéió- 
nes mundanas en el coraron del hombre,* qáe hasta He* 
gan á un religioso? 

— No os comprendo. • ' 

—Quiero dech-cít, sino os causa rabtfr el proponer- 
me que vaTa t curar á don Pedro, * á:lftfon3*arlé me-^ 



PEDRO DE ALVARADO '*^ 



jor dicho, en Tirtad de la diferencia de categoría que 
nos repara. 

— ¡Oh! Lejos de mi, señor Sandoyal, el ahrigar ta- 
les intenciones, 

— Poes no se dedacen otras de las frases que acabáis 
de emitir. 

— El respeto qoe «1 señor Adelantado me inspira, 
el cariño qae por vos siento... 

— No pueden en ningún caso exigiros que aconsejéis 
al más débil, lo que no quisierais para el más fuerte. 
Bajó el monje la cabeza j no supo qué contestar. > 
Sandoval habíale cogido entre sus redes. 
Iba el doctor á continuar su discurso, cuaudo sacu- 
dieron la puerta de la casa con ún fuerte aldabonazo. 
El padre Ramón descendió hasta aquella, y abrióla 
de seguida. 

Poco después aparecióse ante Sandoval y (ruillóh el 
reverendo fraj Jerónimo de Viscasillas, á quien los doá 
personajes* esperaban con singular impaciencia. ' 



CAPITULO LXX 



Por la Mtlvacion del alm». 



Sadoio^ jadeantOi y sin alientos» venia el prior de 
loa franciscanos. 

Lo primero qae hizo al entrar en sa celda, foé dejar- 
se caer en nn sillón. 

Con vez apagada, como si hubiese mantenido ana 
gran lacha, pidió fray Jerónimo á sa hermano le die- 
se nn poco de agua. 

Sirviósela de segaida el padre Ramón, y Viaoasi- 
Uas bebió con sama avidez gran cantidad de ella. 

Darante esta práctica, ni Sandoval ni sa amigo^ 
atreviéronse á desplegar los labios. 

Lo primero qae Gaillén pensó al ver la exaltación 
de fray Jerónimo, faó si don Pedro habría maerto. 

No asi Sandoval, qaien con frialdad estoica, esper6 



PBDBO DK ALYARADO "^^ 



á qfMi el prior se Mraaase para conocer panto por pim- 
to lo que le ocarrieva. 

ViaoaaiUaít logró ir tranquilizándose poco á peeOy 
y cuando ya k> eaiavo totaimente, exolamá^ echándose 
las manos á la cabraac 

— ¡Dios nos socorra, porqne yo no» sé lo (pm ¥á á 
pasar aqni! 

—Sa excelencia... 

*-^ llalla herido grayemente; ahora mismo ambo 
<le mr sn confesión. ¡Un héroe, nn brayo: qmén había 
de creerlo! 

Y dioiende» esiasr frasesi Visoasillas eehóse á Uerar 
lo mismo qae nn niño. 

Poco despncs, veíase el monje acometido de un vio- 
lento accefo nervioso. 

El doctor Sandoval sacó de su bolsa nn peqnefto es- 
cache, é faáso aspirar al franeiseano cierto liqnido en- 
•cerrado en nn bote. 

A los pocos momentos recobró el cognlla^ toék la 
integridad de su ánimo. 

Asi que Visoasilks se hubo repuesto completa- 
mente^ Sandoval con aceiíto en extremo afable^ ex- 
clamó: 

— Vamssv vamos padre mio^ es preciso tener vsdor 
para los grandes trances, 7 el de ahora... 

— Seflor Sandoval, don Pedro se halla en gravísimo 
astado. 

— Quizás o» equivoquéis. 

-^Ifa mvy difícil: he asistido á muchos enfisrmos, y 
no saelo engafiwme en mis pronósticos. 



'"^ PBWW> DE ALTARADO 



~*Sin embargo, en esto de obterraoiones quirúrgi- 
cas, es preciso andar con pies de plomo. 

-»[0h! Si hablaseis Tisto, sefior doctor á ta exce- 
lencia... ipero qué digo? habríais heoho muy mal. 

— ¿Per qué razón, fray Jerónimo! 
/ -?-*P<»rqae al indicarle la conveniencia de qne se os 
avieara... 

— jQuó ha dicho? 

— Qae no hicieran tal: pues que aborrece i iodos los 
galenos del mundo y mny especialmente... á vuestra 
persona. 

' -—No traga cuidado ese monstruo de que Taya á re- 
clamarle su afecto. 

—¡Oh! No le tratéis así, señ<nr SandoTal; dejad la 
pasión á un lado y ved... 

— (Qué es lo que de Ter tengo? 

—Que 8U excdencia ha sido vilmemfee atacado por 
un asesino... 

— ^Mentira, ¡vive Diosl 

— ¿Os atrevéis á negar, que Elraa, la in&me india 
á quien Gustavo adora, esla^jueha reaUndo el crimen? 

— ¡Bajos y truenos! ¿Sabéis lo que estáis hablando , 
fray Jerónimo? 

—Lo que la justi<»a afirma, señor doctor; cerca de 
la casa del cacique se ha encontrado á don Pedro mal- 
fiurido y.á Elena á su lado, que aca^baba de arrcijar al 
seuelo el arma homicida. 

— ¡Oh! ¡Villana y miserable calumnia! 

— Elena ha sido sorprendida en flagrante deüta 7 
conducida á la cárcel. ¿Y sabéis, sefior doctor, cuál ha 



PSDBO DB ALViUtAH» 



711 



ñdi^la nipofiBia^de donPedvat al ftegmtávle los jae- 
ces qaé deseaba se hiciera á esa joven? ^ 

— Yeamoslo. • 

' *-^Pra» tutaltft ha n^do.smhidalgoia, que les ha 
respondido:. <1\aii0Oft: Bo^hagaiainadaeon esa criminal^ 
hasta que 70 me cure: hasta que pueda indagar por 
mi propio, las causas que le im^dsairon á cometw el 
Qi!imen^>; .. '■ ;-;/'".. 

r^fAh^ mkeraUe/béUiLOol ^ 

— jSeñor Sandovall ^ . 

— Esas palabras y otras nottémos ^uras, mereee el 
Adelantado de mar y tierra; /- * 

. --'Fin^/Jecrtemao^ don Padtoa ^de AWarado, miente 
como un falos* ^ , vO 

— ¿Qué es lo qno'décb? *-'•-. ^ 

— Qae nada de lo que se e n sa to es TOrdadi « 

— ^¿Será posible? 

— Bigo lá'fó dB ui palabra^ ostalsiii^ la que acur- 
riera, si juráis no descubrirme. 

— Ixx juro pov^ttiteniM de saMirdotai^--*e9cclámó fray 
Jerónimo. ^ 

Sandoral avanza ^sta k puerta del cuarto, cerró- 
la, y Tipivi^do luegfo al lado ée ViaeaíBtlUis, pregun- 
tóle: 

— ¿No os extraña, fray Jeróniáio, que dada la iras^ 
oibilidad de calcetar de don Ped»tf,no haya ordehado 
ésta, que se imponga un 4nm0dláte y duro castigo á 
Elena? • .. ^ - - 

— Cierto que si. . . 



'^^ FKDBa DB AliVA&ADO 



— :¿No ad^rtm em sa ^tacüácíoot, alga; (te nalnüoflii'jr' 
OBoaro? 

— Ba efecto. 

-^íY bo 89 00 ooartev qoe b^jr eiteatooBiidwtoalgo 
grare^ qoe msxBifn á dan ¥%áiioá áab&mtt *e\ biwnP de 
la ley? 

-^Gámo: qué deeísl 

— Señor Yísoañllas^ Elena, la desdichada Eienav ea 
incapaz de hacer daño á nadie; ék antor de la Herida 
de don Pedro,.. 

— iQoién es^ quién esl 

— Don Luis de Valenzuela«. 

--^¡Jesucristo! *. . 

—No os eapaBtiis^^parqM el BaUeatoo Maymr de 
Castilla, es incapaz de cometer un criinen:. 

— ¿Entonces, cómo ha herida 4 sa.jdfef 

— ¡En dtt€¿o y con laMernl 

—¡En duelo! 

— JSo de ftra MMfte puede veqgar un caballeiio sus 
agravios. 

— ^Pero , icómo ha ¡MdidQ ooomir esta desdicha? 

— Oid y juzgad: 

— nA.1 Yolfw YaltfisiK^ á su Q8iia> después de lar- 
goB dial de. aoseiMia, trsi^eeó aoii 4m P^dro qoe de 
ella salia. 

*~iQuá me oimtaiaf . 

— paloio.de su mi^r el BaUeft^:^^ pidi6A Alvara- 
do cuentas de aquella yitftt», heffha.ái^tt hegiar duran- 
te la noche j hallándose fuera de la casa el espotM^ de 
Violeta y su padre. 



ramio DS ÁLYidUtDO 



713 



Dqn Padra estonaes^ n^6te 4 dar raspaifta á tioa 
Lnia; . 

— Hizo muy mal su exoelmcia, sieado aii qm loa 
motánm que la imptüaonm á Thkar U^caaa daTcileiiT 
ZMkiif ñmtaa wynramaata^.^ 

— No ma intarrampaii^ fray Jar6QÍiiia, si daaaaia 
aabar lo oe«i*rido«^ 

«^GoiitmtiaKlr aaiar dootor. 

*~Nagésaai Adalantado^ á ratpondar al Ballñia- 
ro» sagott líaTa diohor J éata perr4x6 la oatldfa, como aa 
imtapal. 

— ¿Y Timaron loa dos oaadilloa á las manos? 

^-^■s don Luis de Valanioala damasiado pradanta, 
para tomar una madida asi, sin oaoaa JMtlftcadh. 

— -¿Doo Pa^^ ()iMaíM«. . » 

«-*-6on al SBtásioo arfttlh> qoa^U disiingaa, raapon- 
di6 al Ballastaro: 

—'Dajaos da üealamaoiaiíaa qoa nada me imfiortan, 
j abrid franco paso. 

-^No haré taiif'^repiisa don; Lnis, — sin qoa antes 
me dais oamplidaaiaoq^ofteíonas. 

^^^asiitía^aaftorValanstQk, an vnaatra tarqnadad? 

— Una y okiL voMs. 

j-^Poaa ¡yfñki ás brtaal-r^gcítá dan Padrott-^qoe b 
que no se ma otorga da grado, lo conquistaré por la 
faana^ . . 

Y diciendo astas frases^ manchó el rostro á^ don 
I^iia con una terrible bo&tadak 

— ¡Jesús me asista! — exclamó el prior^ llerándose 
las manos i la oabesa. 

TOMO n so 



-—Ya Teisy fray Jeróniqko^ eii la mwbl w girara;' ¿os 
parece ahora, que don Pedro de Alvarado es digna de 
oompasion? 

.«*-lOhI Por mi vida qne obró como tü, al (deaaá%s^ 
á nn hidalgo del temple de ValcABsela. Ocmtinvady 
contiiMiad, sefior doctor. 

— ^Después, lo de siempre: des hombres qne se ba^ 
ten con brío: el chocar fañosa de loa aceros: laá Hkm- 
precaciones de ana y otra parte; j on cmi^ qna cae 
en tierra:, el del invencible Adelantada de Onatemalat 
rendido en esta ocasión á los pies de un subordinada 
suyot 

— {GUorioee vencimianto faé el oonqnistado por-el 
Ballestera Mayor de Gai^al 

— El más grande á que pudiera jmpírar;' por este, 
fray JeróQimOf el ilustre heriidi se dcgaria haoet pe- 
dazos antes que confesar su derrota. 

— Sin embargo: decdarar oidpable ¿ la inocente Ele- 
na de un crimen... 

—A eeo voy precisameote; pera antes dfijadme^ se- 
ñor Viscasillas, concluir mi narraeian. 

Gayó don Pedro en tiena, herida de una oetiera 
estocada, y le abandonó su rival éom Luis* 

Pero antes, el Ballestera, tara sangro fría pi^a 
ceñir á don Pedro su propia espada, diciendo: 

— Te la devaelro, para que veas que soy más caba-» 
llero qne t6. 

— s^ero Elena, cómo ha venida á ser parte en esta 
suceso trágico? , - ^- 

— Muy sencillo: cuando Valen^uela húbose retí* 



PBDBO DB ALYAütADO ''^^ 



rado á m cua,v qaaéó doB Pedro bóIo ea la calle* 

Eütanoes la jóvefiy qae^olvia ¿ so Hogar, desqpntea 
de rendir an acostambrado.rezo ante la Santa" fSrnz, 
acertó á encontrarse con el Adelantado. 

Llena de aorpresa, aporoximósa á él para oaíar^í las 
feridas^ y en eaia eperaeion. se eooontraba Ift júven, 
cuando Üegó al lagar del siniestro la ronda de don 
SaiMdio« 

Ver á Elena al lado de don Pedro j prenderla loa 
de la ronda ensegoidat hA obra dm nn inatante^ 

En Tsno intentó la joven demostrar an inculpabili- 
dad: pues en tanto sollozaba 7 gemia, acertó ono de loa 
algnaieiles á enoonctrar. on piifial en el suelo. 

-^Hé aqvi el asma komicida^-^gritó el corchete con 
gran brio. 

— Ahora sfy no cabe dnda^^^repaao con aire de 
trinnfo don Sancho^ — de que esta mujer , esta infaote, 
es la autora del crimen realizado ^1 su eacoelenoiá. 

Y al miinno tiempo que esto decia^ llegábanse á la 
desdichada Elena á una prieieir. 

La joven no pudo añadir una sola palabra más, 
perqué había sido acometida de un sincope. 

^ En cnantoá don Pedro, k^s de dolerse de lades'- 
graeia de k india, graló oonda fuerza que le permitía 
su estado: ,. . 

~>lEnoerrad á esa jóre&t ci; es meaacedora de un 
eastigo laertel 

Luego lleváronse á su excelencia á su casa, y hé 
aqjdla verdad de todo lo ocnnrido. -. 



'^^ PEDRO DB ALVARADO 



Mi qm Sandoval haba tenMoado 0»«nlato, ei 
hm/D(p (^ fray Jbrúnimo comentó, á haeane isnws;^ 

L» sorprwa^ y el eatapOF, rotratábaose^ damiueata 
en el rostro del ntooje. 

J^amáfiTM Yió asombro araMJEBtotaJr del cegvlla. 

Sin esperar á fue se^exf^tícára» Sandovml pregnitó 
á Cray JeiM^nimo: 

—¿Qaó tal, qué tal os ha aparecido el lance,- pnb» 
mío? 

—Que si sucedió asi, no pnde daraa mayor in&waia 
quería cometida con Elena; pero ma^asi^ miar dada. 

■— Expiioaos. 

— Si ellano foé autora del snpaevttt erfaien,^ ¿áí quto 
pertenecía el puñal que loa do la vonda énoonft4ron 
cei;ca de don Pedro? 

—A don Pedro mismo. t 

—^Será posible? 

—Tanto, qao al salir au exeeleooMia do casftdttf Tix- 
plan, lloTaba el arma aludida en Bvm manor, y al tver 
á Valenzuela dejóla caer oon; grsaotdiñmnlo. 
• ~iY qué objeto lle7aría*ol asipr Adelantado^^al pre- 
eentarse así! 

— Señor ViscasiUas, entapes loqn ignoro comple- 
tamente: á fuer de narrador ftdaliBimo^ me «onorato á 
contar lo que só. .^ 

— ^iDd mod(^ pesia tal, que todo h» sido uoa f^rsa, 
en la que se halla envuelta la novia de GEusta^? 

— Así ee. 

— ¿Dd suerte que la más infame de las* calumniáis 
viene á caer sobra el alma pura. de. un. angelí . - - 



VEiOM DE 4LYAIU0O '^^'^ 



—Cierto, ciertísimo. 

— ^¿Y no sabe el Adelantado de Gaatoñala qite Dios^ 
-^fneY^S^Ua t^do» I09 ^otoa ^ los hombres, pnede en- 
viarle na imijble castigo por su mengaada aoekuií 

— Asi me gosta oíros liablar, fray Járóiiimo. 

— ^Mi deber se cifra en estar al lado de la virtnd. 

— Recojo vaestras palabras^ padre mió, 7 espero 
que las llevéis á nú terreno práctico. 

, — ¿De qué modo? 

— Ayudándonos á G-oillen j á mi, en la empresa de 
sacar á Elena de sos prisiones. 

— Ved que esto es muy grave. 

—¿Os arrepentís de lo dicho, fray Jerónimo! 

— No, pero... 

— Ya sabia yo, — exclamó con tono sentencioso 8*1- 
doval, — que una cosa es ayudar al fuerte, y otra po* 
nerse al lado de los que sufren. 

— Señor doctor, uno de mis deberes eu la tierra es- 
triba en consolar al triste; pero la subordinación... 

— ¿La subordinación al diablo? 

— ¿Cómo? {Jesús me valga! 

— ¡La obediencia á Satanás, que aqui representa 
don Pedro, os causa más interés que las desdichas de 
un ángel como Bienal 

^¡Ob! Gallad, callad. 

— Sí haré; pero antes, fray Jerónilbo, oid. Si el 
cielo fuese servido de enviaros la muerte en este ins- 
tante, ¿podríais obtener la salvación, cuando vuestra 
ánima pecadora se niega á amparar á la inocencia por 
no disgustar al criminal? 



^^ PBDRO DE ALYaKAOO 



—¡Obi 
. — iQuódecí»? 

ÉL religioso incorporóse, j repaso con gran brío: 

•*^']La inocencia, la ñnoeracia: amparémosla, qne 
todo lo demás importa bien poco! 



CikPITÜLO LXXI 



La prneba monacal, 



Al éir Sandoval la declaración de fray Jeróninka, 
tendióle los brazos^ diciénde: ' > 

— Ya «abía ya, que no podía esperar otra cosa de un 
cóMzon tan herflíióiio cottio el vuestro. 

— Decidme en qaó puedo serviros, seftor doctor. 

— Mfty poco tenéis 'que hacer, padre Yiscasillás. 

— ¿Muy poco? ' 

~*Ni' nías ni m^noi^r qde facififarnos un hábifo de 
vuestra órdeta, y péfdiitir que mi amigo Guillen se 
ponga en vuestro lugar por átgúnos^DiBtantes. 

'--*No entiendo éste embMitoio. 

— Pues yo os lo explicaré punto pof punto. 
- Sandoval revelad (hmciiíoano todos los provectos 
q[tie tenia para saeaf^ fiílénÉc de su prísioii, valiéndose 
del disfraz de Guillen. 



'720 



PKDRO DK ALYAIUDO 



No pudo monos fray Jerónimo de celebrar el inge- 
nio de sn amigo. 

Y mí qne éste húbole heoho sn confidencia, Visca- 
sillas exclamó: 

— (De suerte que el señor Guillen vá á convertirse 
en mi propia persona? 

— Voj á tener ese bonor^^^sonítéitó el aludido. 

— ¿Y sabéis llevar bien el hábito? 

— Dadme uno de los vuestros en este instante, y ve- 
reisy padre del alma si lo hago bien ó mal. 

Viscasillas puso cara áe vinagre, y dijo á Guillen 
y al doctor: 

— Muy duro me es, señores mies, que las santas 
vestiduras de mi Seráfico Padre anden metidas en mun* 
dañas empresas; pero en fin, á trueque de salvar á 
un inodente, todo sea por Dios. Hermano Ramón. 

— ¿Qué manda su paternidad? 

— Que traigáis al punto uno de mis hábitos: en la 
inteligencia de que ni á vuestra ctH^isa habéis de con-* 
fiar cuanta hacemos aqni. 

— Descuide vuestra reverencia, que soy un área cer- 
rada. 

Salió de la estancia el padre Ramón, y volvió á 
poco, trayendo los hábitos de fray Jwónimo. 

— Vamos á vw, — exclamó el cogulia,-HÜ oomo de* 
cis, son tan acabadas, señor GniUen, vuostras faculta- 
des de imitaciofié 

—Oreo que no tendréis qncja, — respondió el aiudi- 
do^ al par qne se pcnia los bábitoe an un abDir y oa^ 
rar de ojos. 



MDRO Df A2.YAIUD0 "^ 



----Sní «íiotQftr-^xelaaiid^VisoaiülM, asi qse Guillen 
86 hubo T68tíd#9 — todo faToreoe k fiecioii; vaestra ea- 
tatnra, el modo de andan., ¿verdad, sefior. dpotor, qna 
parezoo yo mismo en persona? 

— ^Ya lo cr^: no le faltan á Guillen sino las barbas; 
pero mi compafiero el bachiller Pantoja se encargará 
de hacer nnsi. 

— ¿Gen n^é miaterialesl 

— Gon lo qne tedas se ¿abrican: con cabello de ca- 
dáveres. Por fortona tengo algunas cabezas en mi ga 
bínete anatóq»ioo. 

— ¡Afi qnó asoo! 

— Para vuesamercé, señor prior; mas no para los 
que están acostumbrados á manejar tales utensilios. 

Bn esto. Guillen comei^só á imitar á fray Jeróni* 
mo, haciendo como que predicaba. 

Al oirle, estavo éí ¡Mrior á punto de reventar de 
ri8a« Igual suerte cC^pal^ al padre RamoUi quien se 
apretaba el estómago para evitar un siniestro. 

Sandoval, poi; su parte, hallábase henchido de gozo 
ante las habilidades de su confidente 

Lo que habia empeisado en duelo y tristeza, tomá- 
base ^ alagria j placer. 

«—¡Minifico, señor Guiljien dfl alma! — exclamó 
ebrio de satisfacción fray Jerónimo^ 

— Ya ve vuestra paternidad, — respondió el escudero, 
que no me duelen prendas cuando se trata de realizar 
cualquier oft^ 

. — U9 temor me asaHsi: — repuso el moDJe,-*-8Í Ele- 
na no supiese deseinpeñar su papel... 

TOMO JI 91 



^*^' ifítím ti* SLYJá&üsa^ 



lo 4ae son capaces la« lf?|aft dé Eí?** -- •* ' 

' -¿-^Td pfWrefedOi * ^ • • : • -.-•'•..•. r ^ 

— Guando ellas qaiereb... ' ^ : * i. . ' - ^' 

* — ¡Fúgrte! ' " " ■ -^ V- ^- ^oí :':- 

-^on nn mimo, iiná mrátttóñk yxúi'^&gmlú.V.* 
— Abrenuncio. «» .*. ic 

•-Son capaces de ablandad A la iákttia*^Í6dra ber* 

roqueña. ' . , í j . 

— Laus Dco. ' 
Además, en la oscuridad de la noGbe< pueden bk- 

cerse grandes fingimientos, sin temiot* é qu< sclbreTen- 

gan consecuencias ñttales. ^ ' 

—El cielo lo quiera asi, sefiórdddtei»; det0(ltij«uev^ 

tes cuantos interrenimos eñ este negoeid, Hóé hemos 

jugado la cabeza. 

-^^nó es verdad; pero poco délie ÍMpcrrtartios,. 
— ^Sirvaoíos al cielo, qué lo demás náíAá si^aiéca. 
— ¿De modo, séfior Viscaíslllas, ^m vos wtiás dfo*- 

puesto á 'óorenar ésta obra admiraMe, 4im¿«'I«i^4Mdi- 

ciob nupcial á Eletta y á Gtrsiayb? « 

*^En cuanto usarcedes lo dispongan. i - 

— Ya señalará dia para ello él «ékot YalMibtittla. - 
—Si; porque ló primero qué hay que ócWégiiir -m 

que el joven parezca. ' 
— Ha parecido ya. j. - 

— ¿Qué me decís! '^ 

— Señor Viscasillas; Gustavo de Alvartbib' W'lNAit 

hace algtmas horas en casa del oaeiqué ThcfAan, al la - 

do de su amada. . ; mi 



MPM 9X hLyMAJ^ 



7» 



— Gomo qoi^jo.Aiamo ieMaá4»aifM&ad0 ^ ^^^Agar 
de sa novia. .>7 /j 

. — ^il^beis» jwfior Suid^Tal, ($04 lestoj ^idbttiMdo 

^^PuM «^postari» GínalquiAT co^ i.qufijal il«st» Jm- 
rido, daría un ojo de la gara, porqae le.aaíotiéBeis; pero 
su orgullo.,. ^ :: — 

— No puedíO aoercarme al lado de d»AiPe<b»t; eatoy 
despojado de mi inve^ti^pra. . y., .; 
^ -i-iY fi¿ yo o» hiciese im ruego^ «©fior floetor?; -. 

— Veamos q^^ 9?. . 

— Qae yie4^8 im instante á fu exceJÍMi!Hía.^. 

— ¡Nunca, nunca! 

-—Guapdo JO aaU de palam» c«ifn^zaba A gastar 
^n soefto tranquilo y reparador. :. , 

-iYbien? ... 

«—Que bailándose dormido el AdetlaitadOt podríais 
'6:f;aminar sn herida sin que 41 la adrirüera.. 

—¿Y si está despierto? -. ,., 

— BntMioes no hay «ada d^ lo dichQ. Ya veis, cümo 
procuro conciliar las justas exigencias de ^rodstro amor 
propio, .con el e|ecicio de l$t cai^ídad. 

— Fray Jerónimo, lo que me pedís es imposible: i|# 
leyes de h delicadeza, oo perm^en áunhowbrede 
honor hacer ciertas «osas. 

— Ved que Dios «oft aoQUSftja ^ue. perdoUb^ues á 
fiMikos enemigos. 

—Sin embargo..» ,^, 



'M 



PEDRO m ALTiJULM 



— Bn nombre del Señor, yo os suplico, ilustre doctor 
Sudoral, qae accedáis á mis indicaciones. 

— Pero..* 

— Recordad lo qae me dijisteis ha poco: ayudadme, 
padre, á salvar á Elena, hfíciéúáoloporlasalvaeioHdel 
alma; paes bien, por vuestra eterna gloria, prestad un 
momento á don Pedro de Alvarado los anxUios valio- 
sos de vuestro profundo saber. 

— Basta; haré lo que me ordenáis, fray Jerónimo^ 
— contestó con tonos t€mplados Sañdoval. 

— Gracias, gracias, amigo mió. 

— Iré á ver A don Pedro en este instante; pero por 
los cuernos de Lucifer que si me agravia... 

— Sufriréis con resignación el insulto: eso es lo que 
debe hacer un cristiano... 

^^Todo sea por el Seftor. Padre Viscatillas, no hay 
en al mundo una palabra que arrastre y sedusca tanto 
como la vuestra. 

— Os engaflais, amigo mió; aquí lo que vale es vuea- 
tro corazón, la noblesa admirable de vuestros senti- 
mientos. 

Terminado éste diálogo, Sañdoval dirigióse á Gui- 
llen, y dijole: 

— Coged, compañero, esos hábitos: ida casa, y espe- 
radme allí* 

Obedeció Guillen la orden, y después de saludar á 
todos, salió de la estancia aquella. 
Sindoval, entonces, exclamó: 

— Voy en este instante á ver al herido, padre Jeré * 
nimo. 



FEBEO DK ALVARADO "^ 



—Sil y qae el cielo premie yaestra acción meritoria. 

SI Cnmcifloano hizo sobre el médico la iefial de la 
cru. 

SandoTal salió de nxfsuá sitio y encaminase al pa- 
lacio del Adelantado de Guatemala. 

No tardó mucho en llegar. 

Oon aire de seguridad suma, penetró 'eft di vestí* 
buloi ganó la escalera del alcizar, y encontróse 4m- 
pues en un amplia habitación. 

En ella estaban reunidos todos 1<M indiriduos ^ue 
componían el estado mayor del Adelantado.^ 

Al ver al exonerado doctor, no pudieron menos de 
experimentar grata sorpresa. 

— Sois un caballero, — exclamó Usagre, tendiéndole 
ia diestra. 
— Don Pedro... 

~*En este instante descansa; pero todos aquí Miá- 
bamos desconcertados, porque nos hacian falta Tuesir 
tros conocimientos yaliosos. 
— Vamos á ver al herido. 

Dos pajes con luces en la mano pusiéronse delante 
del doctor, y todos los capitanes siguieron en pos de 
éste. 

Bien pronto arribaron á la estancia en que yada 
don Pedro. , . '^ 

Al lado del mismo estaba el doptor Iftigaes, que 
asistía á su excelencia en unión de dos religiosos. 

Al yer á Sandoval,^ abrieron los ojos desmesurada- 
mente. 

Mandó el doctor que descubriesen el pecho del he- 



PEDRO. DK ALVAJCAOO 



la debilidad le tenia aletargado. \ur. 

'Al w:fiaiid<w«Ha1íeriila d« su jefe, «Éidíkai^ 
—No hs7 peligro.- earoürásgáño, y uia' íiiértewfti- 

tUSlOO. - ., fi . ; . . • ■ . 

^íio^tjto fl^sendo eitais: oid, Mfiór feigüaí, lo. qb» 
quiero deciros. ..•, ,f 

i a»na<wíÜrhaW6TO -roz baja cfloa «a coúipáiEteíó. 
IfiígaezrAtó^deaá efeiíaneia, y voMó despuéíéelli.^ 
ttajendo un wñ^^star da atnárilfoiitor <ieter, y vendas é 
hila». . . , . 

^loíeoií labilidad fextmdrdinariá' aplicó SfeadoYal ai 
herido aqaella medicina, y le vendó loego iatói«tkl- 
mente. , , . 

TodittMHertJtt de la alcoba áqnélla, quedándose- 
c«B el Adtlairtado,'8Wi primtfíto* acompasantes. - 

SandoTal, permaneció al^nb» instáfttes al lado d* 
«US compañeros del estado mayor. ' 

' lto«ot- í6 desMcierob en preguntas, respectó á las. 
oátt««rpor las cuales babia sido desíitmdo. 

Gaardó la mayor prudencia Sandoval en sus ex- 
plioiKieiieB,t iinr diíigir la menor censura á la oondoct* 
de su jefe. 

Ea ««¿diálogo discurrían, cuando oyerxm qn sus- 
piro que se escapó de Im labios del Adelantado. 

Laego surgió la yo2 de este, que con gran enterez» 
decía: 

-^Hr Dios Tiroj que me encuentro mucho mejor» 



PKDRO DK ALVARjLDO '^^'* 



Uq vítor de los generales, dedicado al médico, faé 
la respuesta dada á Alvarado. 

La Yoz de don Pedr» faé haciéndose más clara y 
perceptible. 

Luego preguntó á Iñiguez: 
— Amigo mió: ¿esta curación repentina t es ebra de 
encatamien to ó qoól " * * ^i ^' í J * 1 / 7 
— No señor, es obra d^ i» sabio: 
— Al punto queda nombrado médico de cámara: su 
nombrcr quiero saber su nombre.- 
— Se llama... el doctor Sandoval. 
— ¡Sandovall «pueti'.súaada'.a^it dfffiogo el nombra- 
miento. 
— Señor... 

— Pdguen su cuenta ese á Esculapio y vayase á cu- 
rar á otros. * 

El doctor presa de indigMCM$n legíjtiína, piaiicne en 
fué 7 repulo: ^ . .-. 

^^Yaloois^ sefiorids gwiQra)e9;,a(|4ii la gratitudes 
letra muerta; pero dejo á vuestrj^.^tnftiderftpion el juz * 
gar l«s aetos d» i^ad» onaL . 
. Y salió del palftoío ái su ^odenpiai con las lágri- 
mas en los ojos, y la cólera áü odio en. el altn». 



CAPÍTULO LXXU 



X.A lAooenofit «A libertad. 



Había llegado la noche. 

La hermosa óapiial iadigenat ocupada por loa 
cenquistadores etpafioleSt recogía á sus hijoa en el 
silencio y el descanso. 

También los ilostres gnerreros de Iberia, «aire- 
gabsnse al reposo, despnes de las cruentas tareas del día. 

Solo Tarios castellanos velaban. 

Eran estos, el doctor Sandoral, el ínclito Pantoja, 
7 el no menos famoso Guillen. 

Yalenzuela por su parte, paseábase en su casa á lo 
largo de sus habitaciones, como meditando algún 
^ave suceso. 

En esta tarea acompañábale su buen amigo Gusta- 
vo de AWarado. 



PSDUO tlS ÁVfáMÁOO 



v$ 



Ambos depattiaot ea roz mxxj bajtt 7 <e deieniaa 
de eea&do 611 enaiido. 

Dejárnoslos entregados d sa cenyersaciMt^ pan se- 
guir á dos importantes pertonajes. 

Caminaban estos pansadainente^ j por las trazas 
pareoian dirigirse al hospital de^Suta M»ia. 

Siy impulsados por la CQriosidad,|hQbiósemoa salido 
al eneiiMtro de ambos hidalgos^ habiiamos reconoci- 
do «1 famoso médico Sandoral. 

Religioso nos habióse parecido el segando, por los 
hábitos qoe Yestia^j decimos por los hábitos, porque 
solo esto tenia de monge aquel individuo, que no era 
0^0 que él escudero Gaillen« 

Comparado el aspeóte exterior de f ray Jwonimo 
de Viscasillas con el del lacayo aquel, veíase extraordÍT 
nario paredde entre mío j otro. 

Pantoja 7 Sandoval habíanse dado tan buenasma* 
fias para desfigurar á Guillen, que no le hubiere cono- 
cido ni la madre quo le parió. 

A su vez el ingenioso escudero, puso en juego ta* 
das sus habilidades para imitapr perfectamente á su ho - 
mónimo. 

De suerte, que todo parecía inclinarse del lado de 
la infeliz Elena, para obtener su salvación. 

Caminaban, como hemos diche, Sandoval 7 Guillen, 
apoyado el uso en el brazo del otro, coando sin con- 
tratiempo 4e ninguna clase, acertaron á llegar á es* 
paldas del hospital de Santa María. 

En aquella parte del edificio, estaba el lugar des- 
tinado á los presos, á quienes aquejaba alguna dolencia. 

TOMO n ¿2 



■ ■' ■ ' I I ■ n ^ll ■ I M. lili I IIIIIMI III III ■! | l| l ^ ■ ! ! 

Apañas «rril^troBiis^atfOi pQnMWM«»#rá #9it»K la • 
gar, llamó Sandoval á la puerta,. Uimti A^i^iniSM mr 



— ¡Ave María! -^jM6ck»A^ttiU«tt. . ^ .. , .j 

' "-'Buenas nochús,,-~idijo «IdfcfaMr, 
— Dio&Iéa gtiatde»>-fykepaM(^iMl POfftn^. c^ftt^ianí^ 

No era extraño. qMt^elpQlt0iK)raqa^ a^. ttl^ps^iaM 
asi, porque venia figurando al Inda de l<Miil^&eles 
desde el €MiieBE0.4e l&<)(mqú^<de Aoato 

Eif j otro colega sajo« qim eftaba^ojnAMtoargátl^ 
de la coBtodia: 7 aaisteoeia d# ba prMos*: jwKbiaiv rapi^ 
bido muchas mercedes de 1m hijot.>^ Ibdríi^, j heer 
ta reniii;ciaron su QÍiidadMÍa.por^adftptaria.s^Q«9BAli* 
dad españoku / . 

Más tarde fueroa orittiajMdoSi. ^pMiéndá^ea>.p^^ 
iMuabre (Gabriel y JuaBu 

Pues como deeiamos, ouaiido Sand^vai j GoiUen 
arribaron á aquel sitio, salió i abrirles, el|)rím^o de 
ka dea citadoa indios^ 

Traía ana linterna en la manot j mMtcabi en su 
rostro marcado disgusto. i . 

' Bien pronto comprendió ^aadaval lo qM aquello 
significaba. 

Gkabriel era may aficionado al jnego, y pasab» jua- 
gando gran parte de la noche oen en colega Joan^ 

Bste, no le iba en xaga en tales aficiones. 

De modo, que conocidos los goatoa de ambos gmo** 
dianas, no era diñcil hacerles una jogari^eta, oMtndo 
ae hallaban entregados á su. pasión. 



<psiúeA os 'AX.VJ4UP0 



^sa 



tro de Gabriel, no pudo meaos de comjikeQ?fiio^-T|i .tjk^ 
— ¿Estas enfermo? *i 



-^^Enipüni?' 



4 ;i: 



-^[Aciii Vam^n^ ^nisapceDiiof k>jdd<«ampiit^ elmaldi- 
to Yiciaiiite -ostra» looos.irtodat* < > 

^^Bn' pijisi das Jasn tjnega áotauda. fó, 7«.« i ; 

*^T oAanAoilídifdáa da ti; díce)o> mismo. 

— ^aro á'itiie8aBi6rbé«'qa6r|ro«4« -• — . 

-»*{Eh! basta; dasM esa ina^ gne vojr á yisitar á 'Ivs 
presos en compañia de mi mnj amado padre tray J^ 
rénimo. 

—Pero..* ' 

— Ahora no te neoesito; andsjá jagary qae^Da lee-ra- 
zon que yo os robe las horas que destihais al recreo 6 
al descanso. 

.*--Si mi aáfto no se ofendieseé.. 

*— No me ofendo; yo* mismo te he conoedido la auto-* 
rizadon; sé lo que os domina ese vicio menguado y 
las.dificftltades que eneontrus para yencerle. 

-—Pues con el permiso de sn señoría, voy un mo- 
mento á ver si le doy nn <lisgast# á ese pillo de Joan» 

— Anla con Dios, Gabriel* 
Ei indio salió disparado como ana flecha y metióse 
en nn cuarto muy próximo á la puerta de entrada. 

Sandoval tomó la linterna de manos del portero, 
y avanzó por una pieria, acompañado de su amigo 



•732 



PIORO DX ALVAIUDO 



Guillen. El doctor j el fingido firatlet Tintaron tres 6 
castro celdas. 

Todos los qae las ocapaban hallábanse profimda- 
mante dormidos. 

No qniso Sandoval despertar á ninguno de los oca- 
pantos de aqaellas habitaciones, paes dedojo por el 
aaeño de todos, qae hablan mejorado notablemente. 

Asi, paes, hito la risita en bravísimo término, y 
<lirigió8e á la celda qae hada el n&mero cinco. 

Aplicó á la cerradora de la misma ana llaye qae 
llevaba, j penetró en el cnarto, sagaido de Gmillen. 

— ¡Elena! — exdamó Sandoval,— viendo á ana jo- 
ven, qae en actitnd saplicante lloraba p«strada de hi- 
nojos. 

— ¡Ah! ¡Doctor! ¡Oaán grande es mi desdicha!— ro- 
paso deshaciéndose en llanto la interpelada. 

— fiaena^ no lo creáis. 

— ¡Qaé decís! 

— Qae vengo á salvaros. 
Y al mismo tiempo qae esto afirmaba, desligóse 
de sas hábitos el escadero, j qaitóse las barbas qae 
traía paestas. 

— ¡GoiUenl — ^gritó Elena en nn rspto de alegría. 

«—El mismo qae viste y calza, -^qae viene á daros 
la lib6rtad,-~cont68tó el escadero. 

— ¿Pero cómo, Dios mió? 

— Qaedándome jo en vuestro lagar, y saliendo vos 
disfrazada con estos trobejos. 

— ¿Será posible? 

—Penáoslos en este instante, y salid con eX se- 



FKDRO DB AXTARAQO 



7» 



ñor éodtori itnilaiid»' como jo á fraf Jerómmo* 

— No me eoitará gran trabajo; sp^ro cómo reoom - 
pensar este benefido? 

— ^Da 080 nó oa oeopeis: annqae ano pierda la ca- 
besa ya está pagada*. 

— ¡Oh! dadme Yuestraa manotí amigos mios; quie- 
ro imprimir eli ellas aii ósculo de eterna gratítnd. 

— Dejaos de ósculos, qae no podemos perder el 
tiempo. 

Elraa comenzó á ponerse los hábitos qae había de- 
jado, Goillént j Stndoval le colocó las postizas barbas. 
Estando en esta operacioa, preguntó la joven al 
doctor con acento por demás candoroso: 

-^¿Y á dóids ir, sefior SandoTal? 

— Al lado de vuestro amadísimo Gastavo, qae ya os 
esperará coa ios brazos abiertosi — spntestó el médico. 

— ¡Dios mió, la alegría vá á matarme! --repuso Ele* 
na, en tanto que acababa de vestirse el sayaL ^ 

Asi qae lo hubo verificado, preguntó á Guillen el 
doctor: 

-~^aé os parece este fraile, amigo miof ^ 

— Qué... me lo comería sin escrúpulos de conciencia. 

— iBelkeo! 

— Tenéis razoni sefior doctor; pero está mi señora 
tan bella, que bien puede perdonar mi amo don Gus- 
tavo estos chicoleos* ¡Uf! ¡y lo que me gustan las hi- 
jas de Adán! 

Elena rióse de la ocurrencia de Guillen, y ya dis- 
frazada, disptísose á aalir de la mazmorra en compañia 
del doctor. 



"^ PVOMí' Xm ALVAB^UX)» 



que habla dejado Blena e& k oele^ 4 introdújiMie^n 
im lecho que veíase allí. í • ; 

Luego de^pidtdee de los fagittrof^ dteÍQDikDt ' ~ 

— Adiós, mis amos, j na dejen da^/rwwjQBoa tman^, 
tos ^Pafer Ttoster por im ánima% 

— No tengáis 4)iiidadOt — repoe^- el <teotorí«-^qD6 
Dios nos fav^oreoerá átedM, 

Y esto diciendo, carro por faera la prisión, dejtttdo 
dentro de ella á Oaillen, 

— Serenidad y disimulo, — dijo el doctor á Blena^ mi 
trato avanzaban por un largo paaillot buMafldo la 
puerta de salida. 

La joven desempeñó sa pa]Míl dafk*aüé> con tanta 6 
ihás perfecaion qué io hici€ttsi Guillen* 
• Marchando asi, llegaron á la pnertailei coarto en 
que G-abriel j sn amigo jugaban, 

Al ver al doetor, salió el primero, j dijole: 

—¿Voy á las mil maravillas. 

— ¿Has ganado mucho? 

— Bu esté instante estoy dando la gran fiJñm á 
Juan. 

— Pues ábrenos la puerta y vuelve á tu tarea ide^ae- 
gclida: la suerte suele esdaparM de nnestras ttftooa en 
on abrir y cerrar de ojos. 

Tomé Gabriel la linterna de manos del ddetor, y 
avansó hasta la puerta, sin acertar á taoMo^w á 
Blena. ' 

Así que h&boles el indio dejado fnñio» píMt 
— Hasta mañana, — exclamó Sandoval. > ' 



n>3«a> "ÍM ¿¿LVÁSEtÜff» '^^ 



El fingido fraile bendijo al portero oeroflciOifiiofa-' 
aenke^ y pdoo daspties, hallábase oon sn 8al?ad9r en 
la calle* - ' 

— Apoyaos en mi brazo, y caminerttoa de pri4a; no 
podemos perder el tiempo, — repuso eldop^r. 

Hizo Elena lo qne ra aalvador le ordj^naraf.y £&- 
▼wecídos por las seoabtat de H nooba, tuzaron mn- 
olms oalles y no pooM ayeiiidast mencoatrar á phá». 

Al fin divisó el*«Bté(üoo:li^M9a^<d eaciqíe Ti]C{dao^ 
y lanzando nn paoosp «aspiro^ fepas•^ 

— Ya está nhi; graeias al oielo qne dimes con ^ella. 

En efecto, á los posos instantes, llegaban loa fogi^ 
UTOS á la {mesrtar del hegar del caciqoet. 

Sandoval silbó muy saavemente, y el criado T4/^ . 
lee apareció en el umbral. / ; 

BntnroQ en la casa eí dooioí y Elena, y al .pr^po. 
tiempo qae Tlaloc cerraba presuroso la puei:tfi, d^a 
{lara d: : i 

— ¡Sand^ral coa nn manjey á estas horas] ^qqéserá 
ello, Dios mió? 

lit médico pr.egnntó al bondadoso indígena. 
— ¿Daerme don Luis de Yalanaaelat ( i 
~-{io, se&or;:cmferettctai^0-t9 halla coa don faus- 
ta yo: se conoce que mis amos tratan algqp .giflgaaio 
gnve. 

Sin esperar más explicaciones subió el doctor la 
esmiera -de lai casa, seguido de Siena; 

Biei pronta! hyióse^en la ^esencia del BalIe^t^M 
y de Gustavo, , 



'^ PBDRO DE ▲LTARÁINI 



El fingido fraile qaddó ea la paerta de la habita- 
ción sin mOvene. 

-^Doctor carísimo, — exclamó Valenzoela oorríenda 
á abrazar á su amigo, — i^qto este moi\|e?— añadió* 

—¿Es nn curioso. 

— ¿Un carioso decís? 

— Qae quiere conocer á Gostaro. 

— ¡Cosa más rara! Satisfkremoe sn cariosídad,*^ro ^ 
paso el joven, — pero antes decidme: ^qaé habéis he- 
cho de vuestra palabra, señor doctor? 

— Ese religioso os dará la respuesta. 

Lik joven desligóse de sa capucha y arraneóse las 
barbas: 

— ¡Elena!— gritó el mancebo arrojándose en 1#e 
brazos de su amor» 

— ¡Gustavo, Gustavo mió! Ai fin vuelvo á verte, — 
contestó la joven, colmando de besos la frente de su 
adorado. 

— ¡Oh! ¿Cómo pagaros, señor doctor este beneficio? 

— HaUad de vuestra futura disha, y d^^aos de cum« 
pHmientos. 

Gojidos del brazo los <ks jóvenes, comenzaroo á 
pasear á lo largo de la estancia. 

Mientras ellos conversaban de amores^ Valenosoela 
preguntó al médico: - 

— ¿Pero cómo demonios habéis salvado á mi pro- 
tegida? 

Sandoval refirió al Ballestero punto por punto^ 
cuanto hiciera hasta dijar á Guillen mí éí ligar de 
la joven. 



FJIWM). íf i|^V^4B,U)p ^ 



. -^SoÍ8 un kép)^^ axmg0 iqú), soii aa bérp«. 

— Gamplo eon mi djsbw^ y nadii mi^i p^ero liablef 
xoos d«. la ifoe importa; 47 4oa l^edro^ 

-<r*Mejoi:iodo iic^blemeiitef haiia Ul pipto, qa# 
hoy mismo he recibido ana ca^a df sa j^oño j letra^ 

-^E¡Q I4 oiiaji 9a iagr^viaj jd^wwvo?, 
^^^a la piKál aa sirve ordenarme con lenguaje afiazi 
dnroi qfie ma pgresente ansagvid^ efi sa alcázar, para 
tratar de aa negocio qi»a á él le interesa. 

— (Y qnó le habéis contestadoí 

^— Qae poieato qae él as el inierevido en el asontoi 
es más lógico qae venga á mi casa. 

-~Daro 7 4 la cabeza» ¡voto árbrjüos! asi me gustan 
1m bombies» enérsicos templados 7 vali^pat^ 

— No estoy dispaesto á tolerar en lo socesivo las 
groserías del Adelaatadoy aanqae me va7a en ello la 
garganta. 

-rDdadiehado de él si acertara á tocaros: sois, señor 
Valeozuela, el guardador de sos secretos» y...» 

— Ai varado no ignora que con hombres como el 
Ballestero de Castilla, no se jaega imp unementeé 

En esto entró el criada Tlaloo, 7 puso an pliego 
en manos de Valenzaela diciendo: 

-T-Para vnesamercé ha traído esta carta un soldado. 

— La respuesta de den Pedro^^-^exclamó don Luis 
enterándose del contenidoT 

— íQué dice?— preguntó con ansiedad el doctor: 

— Oid un instante. 
Valenzaela leyó las siguientes palabras: 

TOMon 93 



"^ raiHUK me altakam 



«Eii «Oánfo nte lo permita él estado <fo mi Miad, 
iré, señor BallesterOi á yisitaros como deseaiÉ. ]^e« 
iriámente os axranctaré toi visita. 

»Sapongo que cnando exigís al adelantado de maf 
jr iieri« qoe raya á raestra easa^ swá para tratar de 
algún ¿egocio de Editado. 

»En sa consecnenoia, ité á Teros ücompañaio de 
toda mi corte ^ qué no otra eosa merecen imestra alta 
ffcrarquíaj y la trttscendencia que^ sin duda^ entraña 
vuestro propósito dú que os rinda pleito homenaje^ 

«DoÑ Pedro i^e AlvaHxdo 

— Sé Imrlá del mi {viVe Dios!--*^exclamó el Balles- 
tero montando en colera.— fOb! si ye püdlera|devolTer- 
le la partida. 
■ —Fácil es hacerlo,«-*-repaso Sandoval. 

— ¿De qué manera, señor doctor? 

— ^¿No dice su excelenoia que Tendrá á rertfs en 
compañia'dé ens sabordinados, porque así debe exigirlo 
la solemnidad de ^gnn acto preparado por vos? 

— Ciertamente. 

— Paes hagámosle ver que no se eqoívoca. 

— ¿De qaé modo? 

— Casando á GnstaTo con Blena en el momento en 
que el Adelantado j los sayos se hallen aqtd. 

— Paso grave es el que me proponéis. 

-^¿No están arregladas todas las formalidades que 
han de preceder á ese matrimonio? 

— En efecto. 



PBDRO DB ÁLYABADO 



739 



— Pues ¡qué áíuAnl ya no es oota de qne esoe 
dücos e«teii sufriendo, onmido tanto han padeddo en el 
mondo. 

— Tenéis rason doctor Sandoval. 

— iDe modo que aceptáis mis indicaciones! 

— -Admito cnanto creáis conTcnienté ord^iarme. 

— Poeeno tonev^qoe hacer otr^ ostsa, que lo sí guien-* 
to: el día en que don Pedro os anuncie su venidat nos 
llamáis seguidamente á firaj Jerónimo j á mi, que 
nosotros lo arreglaremos todo. 

— (Cómo pagaros tanta merced, mi buen doctort— 
exclamó el Ballestero . 

-* Queriéndome -oomo basta aqaií ahora, cada mo- 
chuelo á su oliro. 

— *l0hl Gracias, gracias, nuestro amado sefter 
Sandoval, — exclamaron á una, Blena j GusteTO. 

— No tenéis nada que agi:adec«rme;— contestó el 
doctor,— mi lema es prot^er al qne sufre* 

Y diciendo estes palabras, abandonó U casa die 
Tlxplan, f encaminóse luego á la suja. 



'•'M / • . . , >f* 



CAPÍTULO LXXm 



Xa ^telt¿4ttl oünomo. 



Quince 6 máa días ibaa ya traioamdM de^de los 
•uoesM aateñormente enamdos. 

Don Pedro habk reoobrado por Qoaiplete la salud 
merced á su naturaleza vigorosa, 7 á la medicación 
que le aplicaba Iñignez, inspirado en las indicaciones 
de Sandoval. 

Sólo una cosa preocupaba al Adelantado: la suerte 
que correría su hijo, cuyo paradero aun ignoraba. 

Tampoco era conocedor don Pedro de la fuga d» 
Elena, y de su sustitución en la cárcel por Guillen. 

El bríbon del escudero, habia It^uA^ que los 
empleados de la cárcel no revelasen nada á su ex- 
celencia. 



MMd M JLLYJdUUM 



te 



\ Pera eéttr, <MHEpll6^^«l pié de k Utn OoíIIbb Im 
tbiirttecidki08 ^e la habift áaio Sandovvd. 

Al 6Qoofltt«rlelMMbirr«o«paaido w iaMunnaira 
^ kigar^d Bl^nft^ d^otes ms la any» frMooiái 

— En vano será que ue delaien; paw hm primarM 
«astígado» ieti&t ias eetoriai por sadasaiufaallkaber 
iléjaéo dif6apar á la pre«a. ' 

Déjenme aqai; bo digan na^; nadie •« «nieonárdfl 
lo oettrridoy 7 ^1 dia del trionfo todos «loaaiasifaMB el 
prenkio. 

Los infelices guardianes, temerosos de fUi ki 
sentenciaran al patíbulo, acoedkron á las indicaóiones 
deOaiUen. 

En SQ yirtadt qnedose el bribón es sa eompsAfa^ 

Dejemos á uno j «tros en sis empeños, p«ra ir en 
pos (krt Adelffidtado de Gnatemala. 

Habia llegado el momento, de que don Podro 
hiciese sa annnciada Tisíta al Ballestero majte don 
liois de Yalenzaela. 

Al efecto, acompaftado de sn betmano Jorgo, del 
historiador Bemal Díaz del GastiUo, j de toaos los 
miemtoos de sa esooha, partid en <ñerta noche don 
Pedro, á casa del oadqae Tixplan. 

' Un piquete de soldadoa marchaba al frente de 
todos ellos. 

Caalqniera qna hubiese visto aquella oomitiva, 
habriala juzgado embajada de algún rej. 

Aquella manifestación aparatosa, habia sido dis^ 
imesta por don Pedro para escarnio de Valenxtiela. 

Por su parte don Luis, apenas sapo que AWarado 



''** PUM DI ÁLTAJM9* 

Iv iba « titítar» Uani6 4 sb eaMi á 8NMU)Tttl y 4 fraj 
Jerónimo, j 1m ooumuúoó miiniectOQei» nlUmmAa» 
«m «wte atonto de que h^blavMMM luego* 

Valenraeta aéonió si otea It mejor q«e pade, par», 
reeüiir lügaameato al Ádebatado. 

Iíiubíbó profiuemMite ^ éoii^ aaloii «a que U 
vimot oonferenciar oon Sandoval, y haata wÁwt6 «n Ü^ 
«]i»«qwei» de trmio deütínailo á don Pedro* 

Aiadeveehade dicha sala, instaló el Imsto «n 
piedra de don Pedro de Alvarado, rodeándote da 
tenraiBs. 

No pO(fe darse majm prneba de mrasednmbrey 
Teneraoien j respeto, háoia el Hombre .qoe faabiii 
agratiodo á dos Lnis. 

En k pasta isqoierda del salen aludido, existía. 
una gran poerta, que daba á ana habitaeieB, consagrada 
en otro tiempo al adoratorio de los dioses faltos. 

Vaienaiela bnbia mandado qne se cabñes» «m os 
amplia j espesa cortina. 

^Qn< áignifimdia afnól mistenof 

FroAo tendremos ecasbn de desoifratlo. 

AmI dispaastas las cosas, Uegaroft d Adelantado j 
los sayos, á la casa del caciqne Tixplan.. 

Oon gran ceremonia, fa«ron penetrando en la sála- 
los soldados de la guardia de don Pedro. 

Bn. pés de estos, entraron tambim todos y cada uno 
de los indivídnps que f<Hinaban el estado mayor do sa 
«ccelaneia. 

Detrás de ellos penetró en la estaneia el Gene» 
taliaimo de mar y tierra. 



i^ fámw V» i>i¥>ná B«M«rt«r« «1 y«t jt^a jefe, 
filé hincar ante él la rodilla. 

— j\lzad!^i»4Q0r t^ MtímM<^M9Ñ»nlí» ougnUpso, 
—esa postor» Aoeft püofia'iiw db^on vüm> 7 'Vos... 

— ^Tengo demostrado, que hago Ihm^ «I i^lxo á 
|«Mftfit^'9lsn<k«TTTMtt^st4^«M 9m9i» iw4^yalen- 
zoela. 

Dffft P«4vo «#ffdi«s* ímüh^íoii.^ «6Ati«<i 7 n» anpo 
qae contestar. 

léis^» jpaw^4odei««««MM»9R 4 ^ ^soff^ai dii^oal 
Ballestero: 

— SeñoiTf dwi. lii^s d» Vi4aii«!I«1«« floj»il4swo en 
extremo la disposición en qae se halla vte^i^ oasa: 
tanto lojo, tantos a4oraos..* 

-^onoqfl» li>aá honisnif» sn^exci^eacia oonsa 
mta» 

HSí, pwdiw, y ciwi^.oB «egwMiís A ▼oniiá?«mo, 
he querido 70 trasladarme á ▼ueBtro;hi(i(gw« fifiompañado 
de estos caballeros; es decir, con to^a^oismmdad. 

— Ha hecho ))Mik,Sft^Q^)dB«is; ¡pef «ntoda wasión 
debe ir anido con los qae le a7adan á- imanar teníales 
l»^l^s««iiios* 

r^iSít una retÍ«Ml«)a« ^VoíDíds? 

— Es la lealtad, qae hf^llu 

<— Stf or don Loi* de Vaientnela, reportaos, ^ haré 
con TOS an castigo ejemplar. 

— Sedor don i^edro de Alyarado, recordad qoa os 
hfdlait en «i osm 7 qao en ella no ha7 más jefe 
qae 70. 

Un Komor lord* tnoaipof/^áe todof V)0 iabios. 



T*t 



PVBtúo T» ñírtíaLí3i& 



curó sereDane. -'■'■'■: >^í - •»' ^» - -^i^ •-..; 

^OfiékijMIflMsláf. .^ . 

"•Patudo «» táifigi^ Mfior yalttftmtlá^ «fii^^lMMi 
carta... 

«^A4itiBtf 1» ^ me ^«ei4ai« pregtBtarrftl pi^ 
de GhistaTO. ^ . : . 

mente! 

-^ciea fios hallamos lo miimo ^é á&tes. 

— ¿Cómo? 

— Qae no sé donde ne encaentnu 

— ¡Por IKm ñvo, ittéditftd, ieSof BaHéütsmt^^a^ 
haoeisl ¡Mirad que tengo alientos Boñcientes para ^obl^ 
denaros á la hog«iera^ y Tol^ed de Taestm engaño^ 
YOto á defn bombas! 

—Lo dieho, dicho. 

— ¿Peraistís en vnestra tíI cendtfila! 

— iMíserable! 

— ¡Basta, bellaco rain; ahora sabrás fflAstí es don 
Pedro de Alvarado. ¡Hola! idgnaciles; regktrad en el 
momento la casa de este villano. 

— ¡Atrás, canalla!--*nigió Válemela al par qne 
sacaba sa tizona. 

— ¡Adelante, adelante!— exdarnó don Pedro. 

— Venid, si, j os daré una leocien coao k qué t^ 
cibió de mi espada vuestro jefe. 

— ¡Dios santot— reposietta á noi^ varios capitanes. 



^BB UYHUBH 



^ 



•—¿Negáis la Y6rda<kMílH«h<l^^^^{ilrié^ á-'Mra- 
rado Valenzoela. - : - '^* 

— Es exaott^^pva^ahoñritd ttfatemotKUltícfaart 
«ao.idb^rivBriaiderr -*^ í'.- ' mf' / - " 

— Si algano osa aranzar, pasará ^í iMfcitná íi« M 

— Bien está, — contestó don Pedro eon «n liáMtiíal 
Mttgirefifta^«*Hn>-M. liará ^elTegistmi; pero oy^. Va- 
leim^a^ 7 ábmbla. 

— Hablad, — exclamó el Ballestero, enTainando aa 

.Uitñtenaid'BaphkraU saoedió á MtasfrasMu 
▲Intradós con-^bz «de trueno, exolaiod: 
— Yo sé que aquí se oculta mrhijo: 6 me Id devael» 
Tes en este instqünte, 6 la caben de Elena rodará en 
m prisión, á impulsos drihaaha del Verdugo. 
— Hacedlo si os atrevdk; 
•--^AJwra lo itoráa ¡yire Grñtol 
Dos Paéro ayamsó; pan ae detuTO ante la apait* 
cion imeapMada de^anliombm. 
Era el alguacil don Sancho. 
Veak tembkraao y pálido como un difunto. 
— (Se ha cumplido mi juiti6ia?--»praguntó al poli* 
zonto don Pedro. 

— ^No 8efior,-«*<Hintest6 balbuceanc^ éste. 
. «-^iQftó es lo ^fié haUas, bellaco? 
— Lo que su exoalettoia oye. 
— Explicate, ó te deshagio el corazcm con mi daga. 
***-«Sleina»«. 
•~iQoét 

fOMO O 94 



w 



Mn»o 91 tíüvimim 



— ¿Por qué miierable? / . 

-«Poviiae^é. 8é litt fágate d* ra fñiini^ 

—¡JdBaorístoI— exclamó don Pddr# Iktqtedon Imt 
laaoop á la caben^ ^ 

— Ea lagar de la jó«eftr^r«piio4M SaiioliOi^p**^» 
ha ^owtr^do á un vil..# . — 

*t-(Okl Yo maero; yo mo allogá,<^e3DBkmft\BfeAili^ 
lantado de mar y tierra^ dejando ver en at fas la jm** 
lidejs de on eadáver. 

—¿Señor, señor, os habéis puesto enfdrmo?~^pf^ 
gontarcm á su jefe, rodeándola^ Tauosdent ésedta. 

— ¡Gastava^ higo miol'^gritó don Pedüatkaabscha 
enUanto^ i . 

— ^'(Teméis por él, seáorf 

— ¡Si, si: aquella cavia anjwi 

— ¿Cual, por vuestra yidaS 

— Gustavo me dijo: mientras viva Blena, pá^ ella 
vivirá: el dfe. mu que éstemna juniot, el bato da núes - 
tra libertad será el último de nuaatra exiattfda. 

— ¡Dios Santo! 

— ¡Bl anioidiol ¡oh! [ño quiero ewérlo: Gmtavo j 
Siena se habrán dado la muerta jál 

— ¡Serenaos don Pedro! — exclamó üsagte.— »Ha- 
blad^ señor. Valeq^uela, por vuestra h<mra« 

-^¡Yo os lo ruego, de rodiUasl'-!»a|clai]^ Altidrado 
cayendo de hinojos ante el Ballestero. 

-r^Alzad, repuso secamente este» 

—No hará,— gritó don Pedro, — antes mandaba 
como jefe: ahora suplico... como padre desoona^ado. 



JWM> ns j^^ntíMiQ 



TO 



SI BftlIittMrOi 6x,al«Mft M» ims oMm^nñd»* 

—-Señor general: isegnis aborreciendo -ato al baa^ 
tardot 

— {Le amo con toda mi almal 

— ¿De modo que le perdonaríais yiéndolet 

— Todo cnanto creáis oportono; pero mi hijot sal- 
dad á mi hijo. 

— *Qaizác( pueda hacerlo. 

— ^Pedidme en cambio de sa rida que bese Tuestras 
plantas^ j realizaré gastoso este acto de sumisión. 

— <*No exijo tanto; quiero solamente que confeséis 
aquí una cosa. 

— Hablad pronto, por el, cielo. 

— GustaYO se encuentra sin protección, sin ape- 
llido. 

—¡Oh! 

' — ^Yo puedo, en su consecuencia, adoptarle. 

—Sí, si. ' 

— Nadie tendría derecho á oponerse á que jo le 
diera en matrímonio una joven honrada j digna. 

— ¿Qué queréis decirme señor Valenzuela! 

—Don Pedro, ha llegado el instante de las grandes 
resoluciones. < 

— ¿Persistís en vuestra tenacidad? 

— A trueque de salvar á Gustavo, consentiré en to- 
do, absolutamente en todo. 

Decir esto don Pedro, j descorrer la cortina que 
velaba el adoratorio, ñié obra de un minuto. 



'718 



'm^úó tíK "iLVOiiítíb 



—¡Oh! ¡Oi^áéikíil pt» nfidt-^rítd «1 AtMiwttado 
lleno de j!H>Ílo.^(GttftaY») Mena, y^oomktíi^i'jo os 
doj mi beñdicnónr fFeMed^büef hijos éé láá alma, 
¡MiHioiiadmel •■'-.- 



A^Á:'/'r'A Sa Ch S*t ^'•' 



í:í '; ;: .'■.ti sf -' c '.'.>• ■■::b— Ifí:).'.. Ic!. fci! ^^ .¡ — 

<:|4PÍTTÍL0 to V . ' 






iQaó filé lo que viera don Pedro? 

Al dMMrver la eortma dd adoratoñoi apareció 
éste conyertido en capilla cristiana. 

Un a^tar onajado de luces ofrecióse ala vista de 
tedos. 

A m pié, fray Geróxamo de Viscasillas daba la 
bendición nupcial á. Elena j á Gnstavo de^ Alvarado. 

Servían i 1m jóvenes d» padrinos, el caoiqne Tix- 
plan j SQ hija Violeta. 
— Terminada que faé la ceremonia: 
'— jHijoSt biyos míos, á mis brazpe! — gritó don Pe- 
dro lleno de júbilo. 



75« 



FlDItO BS ALYA&áM 



— (Padre del almat— «BBoIameron los reden oaiadoe 
abrañnda «I «odíllot que loe llenó de oarídas. 

•— fMe perdonáis^ 8efior?~pregant6 Gattoro al an- 
ier de ras diae. 

— (Qné es perdonar? ¡Bendita una 7 cien yeoest la hora 
en que nn hombre Taleroso oastigó mi altiTes! 
Sefior Valenraelay ime ne^^ais yaestros bracóst 

-*Gon toda mi aUnn os los entregOt— oontestó don 
Luis estrechando oarÜlMa^mente á sa jefe. 

— ¡Estos son hombresf ¡Viva España! — gritó lleno 
de gozo el capitán Alonso Gastrillo. 

— ¡VítsI — ^repusieron sos compañeros. 

— Bien hacéis, señores, en invocar el nombre de la 
patriat— reposo con aceirto yiríl AltáMido; — poes si 
nuestros aceros se crazaront cediendo á pasiones mal 
entendidas... 

— Ya no YolyerAn á desnudarse, sino para defender 
la honra del valiente pueblo español, — exclamó á su 
vez Valenzuela. 

La recxmeiUaeáen de loados caldillos ftié flMi74sele- 
brada por todos. 

Bk cuadro de lucha j de sangrienta cólera que an- 
tes se desplegara, tomóse en fiesta 7 en placer. 

Valenzuda entonces, exclamó dirigi^ndiose á su 
jefe: 

—Señor, para coroaar estas horas de «pensión su-* 
blime, debo rendir un tributo á la justicia. 

— ¿Cuál, amigo mió? 

«^Bl de manifestar á su exdelencia, que je no 807 
autor directo de la felicidad de estos jóveootes. 



MM0 im MLráMtí» ^ 



-^ae existen tres oaballerosy que han hedto éH^erte 

«MPMit»; qoiete tefter ¡el gMto de abMzMrlol. 
ValenzaeU entonoes exclamó acercándose al aaí»^ 
Mtoüoe 

^ -^pPad» ViiBttiU«h iafler SaAMkmdv r^AA *q«l en 
€8te instante] i 

Los personajes aladidos^ apareéiepe» eo^id#v tlel 

UttTltor |A*úlOtt^a«ui^»de los fobios de todos 
alToriM. 

Don Pedr^ Mercóse A ambos, y oto flageo tatijo 
ire^MiiMeft: 

--^^QwdMis A»oirmei ieffór Yiseañllas, per qtté ha<^ 
beis üAido M eteno leso á Gustavo y á IBleBal 

-^jPot 'mlrtí el almal^^^^^exciamó con tono seínten- 
oioso el monje. — Da no haberlo hecho, se hubieran mii- 
eidiaáo los dos amantes, j el Infierno... 
• '-'^iimpHstñs ton etn deb^t sagrado, padre Jwóni^ 
mo,— contestó el caudillo. 

Luego, erigiéndose á SanioTal, dfjole: 

— Y vos, señor doctor, (por qué os interesasteis en 
esta boda! 

— ^Por salvar el cuerpo. Dolencias haj que no se cu* 
van sino con la medicina del matrimooio, seftor Ade- 
lantado: además, como yo estaba en libertad de ejer* 
cer mi cargo libremente, apliqué á mis enfermos la 
medicación más acertad;^. 

— Yx)brástei«oomo baeüM, ¡viva Dios! Desde este 



instante, m devaelvo mi oonñanzai jt TMÉrob.6itt|pkM 
En esto apareció nn encapRp|&«ia>eiláit pÜMÉrte. 

— Señor,— -conteitó el aludido desligándoseoik la 
capi>e]vi 7 ^ VQw b«rbft4>9Mi ])MrAJl» pt^fctajjií'iiQy «1 
pobre Guillen, el escudero de vuestro hijti, . - 

-^Aiif tuiftQtel . :;..-» 

—Con estos hábitos, fui i^hfmt.éi^i/^Jihn^tam 
•Un», i<^ eeoeiN) d» bu «áíef»iiiik;i«ft«M( ^ «Mqiwdé en 
su lugar; de modo, que aquí no ha habido máSi0ie en^ 

— (No te he de perdonar, bribón, si tu eonediel» ee 
la de u^ ai^v^ente ¿el que iifaa 4^ Y0fM á m «90? '* 

— De suerte, que me conpedeii& uaa prebend*^. 

~Oid lo que pienso e<vme4wQp, «ef^nif tOtistasro! 

-r-Padie mio.^ v . 

— Sa majestad él rej mi.siñor, dese/i «bramar i^a* 
rios délos ydUentes conquifitfidgíres de.est^i láxanos. 

— 4 Y bien? 

— Hijo mió, he pencado enviar á su majestad una 
embajada: al frente de eUa ir&s tú y tu esposa. ; . 

— Padre, ¿cómo separarme de vos? 

— Es indispensable, Gii^stava: neeesitas d^eqansar 
algún tiempo, y sobre todo, el casado casa:qG4are« ¿Te 
disgusta mi resoluoion? 

— La venero con toda mi alma, 
Don Pedro siguió diciendo: 

— Su majestad desda oolcnar de honores á algunos 



PBHOLO DE ALVARáDO 



TSS 



de 80S v&fiallo8 de Indias. ¿A^ceptaif t stores, como 
▼aestroB repreeentaates á los capitanoft Válexmda y 
Alonso Gaatrillo? 

— Sít si. 

— rPues ellos irán á España también: en la segonda 
embajada que enñe^ los relevareis los qoe aqni que- 
dáis. 

— ^Un favor tengo que pediros,— exclamó Gostavo. 

— Habla, hijo mio^^-^repnso don Pedro. 

— Sentim en el alma separarme del seftor Tixplan, 
de su hija Violeta y dé mi ñel amigo OaiUen: ellos 
han sido mis segmutos padres. 

— Pnes por Dios títo, qne no tendrán ocasión de ar- 
repentirse: también ellos te acompañarán en tu viaje. 

— Y si no pecase de mojesto, quisiera yo pediros una 
merced,— exclamó SandovaL 

— Hablad, señor doctor. 

— Hé aquí á mi amigo el ínclito bachiller Pantoja. 

— ¿Deseáis también ir á España, señor bachiller? 

— ^No me vendría mal, señor excelentÍBimo, desean- 
sar algún tiempo al lado de mi familia. 

— Pues ya podéis prepararos; y como sois (te los 
más calientes guerreros que aquí he tenido, bien justo 
es que os recompense. 

—Señor... 

— ¡¡Ob gusta la cátedra? 

-—Sobremanera. 

— Qaé me place; piesto que tenéis hechos los estu- 
dios de doctor en ciencias, yo haré que se os conceda 
una cátedra. .. 

95 



"^^ PIDRO DE A^LVARAJOO 

-^{IMos StBto^ qaé placer! 
— Ba la Universidad de Salamanca; ¿os agrada esto? 
— Más, señor, qae si me diesen cíen mil ducados: 
mi única aspiración, mi único anhelo , es enseñar en 
aquella casa qae tanto ama. 
— Pues contaos como catedrático de ella. 
— Gracias del corazón, señor excelentísimo. 
B3n esto el ex--caciqae Tíxplan, yestído como los 
guerreros españoles, apareció ante aquellas gentea. 

Ya sabemos que desde su aoristianamiento^ fuá co- 
nocido: con el nombre de don Ramiro. 

El nuevo cristiano presentóse en la sala entre coa* 
tro indígenas lujosamente vestidos. 

Cada cual traia un arca en las manos. 
Tix]^ impaso silencio, 7 tomó la palabra, exda- 
mando: 

— Ha llegado el momento de las grandes, revela- 
'ejiones. 
^iQué? 

^^Sefiores, en nombre de Dles os digo, que Elena 
no es lo que parece. 

I^a joven quedóse sorprendida, y lo mismo todos 
los cirounstantes. 

Tixplan abrió un arca de oro que llevaba, extraja 
de ella un pergamino 7 entrególo á Iñiguez. 

— ¡Gran Dios!— exdamó arte enterándose de su 
contenido. 
-*Deoíd, decid lo que habéis leido^ señor oflciaL 
— ^No debo... 
— Pues bien, lo haré 70. 



HaUtO DR ALVARADO '^^ 



El cacique entonces repaso: 

— Sabed, señores, todos los qae me ds, que Elena 
no M lo que parece: Elena. «. es... laja natural del rey 
Seqaeehúl. 

— ¡Jesucristo! 

— ¡Nadie lo dude; este sello real lo prueba: ese per 
gamino también! 

—Señora, perdxmadme,-^exclamó ^n Pedro in- 
tentando arrodillarse ante la j^en. 

— ¡Padre, padre mió, — repuso esta,-^mi mayor glo- 
ria consiste en llamarme vuestra baja, en ser esposa 
de GustaYO, y en cobijarme bajo el nabihsimo pabellón 
ospaftol! 

— ¡Viva España! ¡Viva la hija del rey!— dijeron los 
castellanos á una. 

Elena corrió á abrazar al oacique y á Violeta, der- 
ramando los tres abundosas lágrimas. 

Gostaro estaba sin darse jcnenta de lo que le su- 
cedia. 

Tiitplan reanudó su discurso; exclamando: 

«-^Siendo niña, fuá entregada Elena á mis cuidados^ 
con la siguiente advertencia: <S61o el dia en que se 
case, revelarás su verdadero origen^» He cumplido, 
{mes, mi palabra. 

Tjxplan fué tomando da manos de los indios cada 
una da las arcas que lleYaban» y pouéndolais en las 
manos de Gustavo, repuso: 

— Gon toda religiosidad, os entrego estos caudales 
<pm constituyen la dote de Elena. 

— ¿Y vos?— preguntó el joven á Tixplan. 



756 



PBDltO DI ALYAEABO 



— No OS comprendo. 

— Lar6eompeiiM.«¿ 

-— ¡Ohl no bñbleís dé semejante cosa: la roeompen-- 
sa mía está en vaestro cariño, en vaestro inqnebranta^ 
ble afecto. 

Tixplan avanzó hasta la mitad de la sala^ j eon 
acento de satisfacción extraordinariai repaeo: 

— ¿He cumplido con mi-deber, señores? 
Una estrepitosa saira de aplaasos faé k respoesta 
dada ^ Tixplam 

En cnanto al bistoríador Bemal Diaz del GastíUo^ 
dijo con voz entwa: 

— He comenzado á escribir la crónica de estos su- 
cesos. 

— ¿Cómo la llamáis?— preguntáronle. 

— Le pongo este epígrafe: «Una lección da faiáal - 
guia dada por un indio, al muy ihistre señor don Pen- 
dro de AlTarado, Generalésimo da ks faerzas espa- 
ñolas.» 

— ¡Muy bien didio!~*exdam6 el Adelantado ^ sin 
enojarse. — ^Porque la jívgoé pobre j sm abolengo^ me 
resistí á entregar á Mena á mi h^. 

— «En cambio el oaciqae guardó su secreto roligi^ 
sámente, cuando podia baber dado un mentís al señor 
AlTarado,*^exclam6 Bavnal Díaz. 

Don Pedro atMzó hasta Bténa^ tomóla de la mot* 
no 7 la condujo hasta el improtisado trono que fasdiía 
ra la habitadon. 

—(Viva España! ¡Viva k' hija del reyl-^-ToWere^ 
á decir los capitanes. . > t i -^ 



PEDRO DE ALVáKASH) 



757 



--^Rindamos pleito homenaje, á la ikstre penegai- 
da,— repaso Usagre^ jefe de la artillería española. 

Cada QDO de los que allí estaban, f nerón desfilando 
por ante el trono ocupado por Elena, 

De súbito, penetraron en la estancia oficiales j 
guerreros enarbolando las banderas. 

En la calle oyóse grannrído. 

Los cometas tocaban la marcha espaftola, consa- 
grada á los infantes. 

— ¡Viva Gustavo de Al varado! — repitieron en la 
dalle Tarias voces. 

El oficial vióse precisado á salir á un balcón. 

Arengó á la tropa, y faé saludado con unánime 
aplauso. 

Mientras esto pasaba, las cornetas seguían atro- 
nando el espacia con; sus toquu. 

Y. en tomo de Elena, -agüibaosa 1m .banderas y 
estandartes de OastiUa, á loa wte^os gferitot de: 

— ^i'VÍTa Españal ¡Viva Goátemalal ¡Viva k nieta 
de cien MyesI 



CAPITULO LXXV 



Wa qae se dá, cuenta de los regalos que llevaban al rey de Sepafla^ 
GustaYO y los suyos, con otros datos curiosos. 



La determinación (tol Adelantado al enviar á su hi» 
jo á España, aa unioa dé bu demás compañeros, obe-- 
deció á la idea de separarle de todo peligro, 

Alyarado h^kM snfirido grandes contrariedades^ 
producidas en la mayoría dé los casos por sa carác- 
ter orgulloso y altivo, y no qaeria qae el bneno de 
Gastave yolviese algon dia á ser víctíma de caalqaier 
contratiempo. 

El joven oficial de las faerzas de Castilla, habia 
dado pruebas sobrada» de patriotismo y de valor. 

Casado ya con Elena, era lógico que desease cam« 
biar la vida azarosa de la guerra, por las dulzuras j 
atractivos del hogar. 

Alvarado comprendió esto, y ganoso también da 
que su hijo obtuviera algún descanso, determinó en- 



PEDRO DE ALVARADO 



759 



viarie oon su naera familia y algattM de sus etf m^pa- 
tríotai, cerca del monarca español. 

£1 lector comprenderá, caán blanda sería la pena 
del Adelantado al tener que separarse de sn hijo. 

Pero á trueque de hacerle felia, renunció á la satis- 
facción que experimenta todo padre, cuando tiene á en 
lado á aquellos á quienes dió el ser. 

La partida del cacique Tixplan y de su Iñja Viole* 
ta, tenia por origen motiyos bien dittintos. 

Desde que aquellos indios redbiéron el agua bau- 
tismal, j desde que Violeta contrajo matrimonio con el 
ballestero mayor don Luis de ValeuEuela, el odio de 
BUS compatriotas creció de punto coiitra ellos.* 

Alvarado sabia que los naturaleA del territorio gua* 
temalteco anhelaban Tengarse de los refiega^km. 

Mil veces llegaron á oidos de sU exéele&cialM ecos 
de la plebe cobriza, ganosa de castigar rtidam^te á loe 
convertidos. 

Loé espías de que disponía don Pedro, hicieron sa- 
ber al mismo que se tramaba una consphraoion para 
asesinar á Tixplan y á su hija por traedores. 

Y como el Adelantado de Guatemala estaba suma* 
mente reconocido á los servicios y fkvoí^s que presta* 
ran á su causa aquellos nuevos compatriotas suyos, 
quiso librarles del peligro que les amenazara, enviando- 
los á lejanas tierras. 

Ya en España, no habia de faltar á TJxjdan y á su 
hija la necesaria protección para vivhr con holgura y 
desahogo. 

Su majestad el rey habria de dispensarles su afecto, 



766 



PBDItO DE KLVABAM 



ea razan & lo» laao» foe oon los caatellanoi les onia. 

Además, Alvarada quería estar en libertad comple- 
ta para e:npffend^ Alienas guerras y nueras conqnis- 
tas. 

De haberse quedado su hijo en su compañía, le hu- 
biei^ f xpnayto á la muerte quizás^, 

Y Gustavo habia dado demiMiiadas pruebM de yalor 
y anojOt para qae «e sacriflcajra su juventud á loa aza- 
res de la vida militar. 

También quiso don Pedro que acompañaran á Gus- 
tavo en su excursión á España, Iqs capitanes Yalen- 
zueia jAImso QastrillOf para que recibieran de su ma- 
jestad las insignias de sus nuevos cargos. 

Otra mi8i<m llevaban estos militares cerca del rey^, 
la cual ooBsístiat ica entregarle copia no escasa de valio- 
sos regalos 7ri0os presente^! cw quA querían agasajar- 
le los.prixicipetde los terrenos conquistados* 

Costumbre era esta, que nació con el advenimiento 
á Méjico d^l ilusfoe caudillo Hernan-Gortes. 

Bufante su ^permanencia en tel antiguo Tenot^títían^ 
fué enviada al. monarca español multitud de obsequios 
primorosa»* 

Cuenta la histeria, que enUre ellos hubo uno verda- 
deramente original 7 raro. 

Los aztecas hicieron, vali^dose de pluDMS sola- 
mente, la efigie de San Francisco. . . 

Ari que recilná el rej de Bispaña esta prenda, en- 
vióla como regalo al Sobers^no Pootifice. 

Quedóse verdaderamente sorprendido el Papa al 
contemplar aqualla joja, j después de colmar de elo- 



PEDRO DE JLLVABiDO '^^ 



gío8 á 808 aatords, y al país que 1m TÍera na'^i*, excla^ 
mó con ineomparable antasiaamo: 
— Oreo que no haj arte que dito ipmifn imitar. 

Paes de ésta clase de donaciones, mandaba machas 
pOT medio de saombsjada don Pedros de Al varado, al 
invicto rey de Castilla. 

En\re ellas existía una, de la oaal debemos hacer 
particular mención. 

Consistía ésta en una espléndida corona, coBfl^rui** 
da con esmeraldas de gran tamaño, traidas de la pro- 
vincia de la Verapaz. 

Muchos indios tirabajaron en la*oons1vaccion de 
este objeto valioso, el raatcaus^laadnaáradon y asom- 
bro de los españoles. 

Don Pedro quiso pagar #n la medida de stis fher- 
zaa el importe de esta alhaja; pero negáronse los indios, 
pretextando, que ya que no ^diam hacerlo de otra 
suerte, deseaban dar de este moda al Tej de Castilla, 
una prueba de su afecto y sumisión. 

Otro de los regalos que llevaban para el prineipe, 
Gustavo y los sujos, era. por demás curioso. 

Cifrábase éste,, en unoe cuantos ejemplares de la 
m<meda primitiva, quo no era otra cosa que granos de 
cacao. Aquellos iban encerrados en una riquísima caja 
de maderas finas, chapeada de oro. parte de ella. 

Lo más particular de aqudUa caja, estribaba em los 
retratos hechos en su parte anterior por hábil tallista. 

Tres eran éstos: el de don Hernando de Cortés, 
marqués del .Valle de Oaxaca; á, de don Pedro de Al- 
varado, generalísimo de mar y tierra, y el de su hijo 

fOM o a 96 



7«2 



PIMIO DK ALYAIUDO 



don Oastavoi ayudante electo del monarca español. 

Rodeando la cerradura, (hecha de piedras precio « 
sas) de aquella caja. Telase im caadro singularísimo^ 
tallado eu ella también. 

Quería representar el mismo, el hedho histórico del 
establecimiento de la monarquía guatemalteca, á partir 
desde el reinado de AcwopiL 

Cuentan de este príncipe, que tuTo dos hijos varo* 
nes de su mujer, llamada Es$liwoc. 

Estos dos indios debían heredar el gran imperio del 
su padre, á la muerte de éste. 

Sin embargo, no esperó Acxopü á que un acontecí* 
miento tan triste TÍniese á hacer efectÍTOs los derecdios 
de sus sucesores. 

Cansado de ejercitarse en la guerra y fatigado del 
peso de los años, pties no ^nás que dentó contaha á la 
sazon^ penró en que sus hijos le sustituyera» en las 
funciones gubernamentales^ 

AI efecto, determinó inyestirlos come señores de 
algunos de los países sometíaos á su dominadon. 

El mayor de los hijos de Acwopil, fué, como sabe- 
mos, Jintemal< A éste, le entregó tu padre todo el rei- 
no de loe Kachiqueles^ que no es <^a cosa qae Gruate*^ 
mala, uno de los estados que hoy constituyen el terri- 
torio de la Amérka central. 

A AcwiqxMt^ hijo menor, dióle el autor de sus días 
todo el Sotogil. 

Hecha esta división, quedóse Accropü con lo más 
rico de Utatlan, disponiendo en estos estados la for^ 
ma señorial de suceder, en el orden siguiente: 



PEDRO BE AcLTAlUDO "^^ 



Por maerte del ñmdadorv había de entrar en el go - 
biemo de Utatlan^ como r^ supremot el hijo mayor 
Jintemal; el segando, optaría al estado de su hermano 
major que era el quiche (I)- 

El hijo del segnndoi AeanqtMtj entraría en el se- 
ñorío de los sotoffües. 

Si á éste llegase á faltarle saoesion, entrarían á la 
posesión de ]a corona y á la de los dos estados, los pa- 
rientes más coreanos en sangre al tronco de la familia 
real talteoa. 

Esta forma de suceder no se limitó única 7 exolu- 
siTamente á la corona. 

El fundador dispuso que se aplicase igualmente á 
los ajat4s 6 cabezas de calpules (2); concediendo & és- 
tos amplia soberanía, como señores que eran de ya- 
salios. 

Así dispuestas las cosas, Jmtemalñjá su corte en 
Guatemala, 7 su hermano en Aiitlan^ á CU70 punto 
llamaban los indios Atziqutnihai^ CU70 significado no 
es otro, qae el de casa del Águila. 

Después de establecido asi él gobierno, en la for- 
ma señalada por la yineulacion, los sotogiles^ que ocu- 
paban la parte Sor, enriqueeiéronse con el comercio 
del cacao; 7 llenes de ambición, no satisfechos oon es- 
tos progreses, declararon la guerra á sus hermanos, 
promoviéndose entre unos 7 otros, terribles 7 descomu- 
nales contiendas. 



(1) Lo curioso de esta Tinculacion nos obliga á darla á conocer 
al lector en sus detalles. 

(2) Linajes. 



"^^ PEI^tO BE ALVABADO 



EfitOi que ocmserra como verídioo la hiatoña del 
tenátorio goatemalteeo, cosmütoia el apunto brazado; 
coBio hemos dioho, eu la caja que hMi imÜM eaYkbaa 
al rey de Castilla. 

Éasí aquel objeto fígurakt rekatado €ll rey Acxopil 
6Q el momento de distribair entre sus hijos el territo- 
rio de so dominación^ 

Multitud de indios^ cuyas i^ccicmes distingaiaaad 
perfectamente^ presenciaban tan aolMane ceremonia* 

Y no podía menos de llamar la atenoionf el que 
siendo todas e^tas figuras ten diminutas, se hallasen tan 
correctamente construidas en un espacio taii pequeño 
como el que ofrecía la eaja. 

Muchos otros regalos enviaba el Adelaoitado á «a 
majestad 9 por condaeta de su hijo. 

En la imposibilidad de mencionarlos todos, cHara-^ 
mos los más importantes; 

Tres doseles, ^primorosame&ti> ejecutados eoa plu- 
mas de aves de distintos colores^ 

El obsequio al rey de España, no podia aloattzar 
mayor úgniflcacion» si' se atiende á que entfe los prin- 
cipes indios, el uso da .tres doseles era el signo de la 
mayor autoridad y sobenmía. 

Los indÍTÍdnos pertMiecientAs al cdi^e^/ del dildnto 
rey Smacam^ entregaron á los enmdos, con destino á 
su monarca, un enorme ouchillo coe el que habían sido 
muertos ni más ni menos que doscientQs esclavos, 

Pero lo que á los españoles causó gozo indecible, 
fué la donación que los indios les hicieran de cincuenta 
papagayos ó loros. 



PEDRO DI ALTAR4D0 



765 



f odo6 estos animales faercm cogidos por MbHes 
cazadores 7 encerrados en jaulas, canyenientemento 
dispuestas^ p^ra q«e aquellos pudieran hacer biffii el 
viaje. . 

En tanto esto tenia lugar, mandó d(m Pedro t^ue 
las jaulas so instalaran en una baUtacion que habia 
disponible en el caartel ocupado por sus tropas. 

AHÍ tuvo logar una tragedia horrible. 

P<>cos dias antes de partir Gustavo 7 los SU70S para 
España, efectuóse una gran revista en el campo. 

Bu el cuartel hafaíim quedado de guardia ios oficia- 
les Velez de Guevara, Vargas, Ponce 7 Beltran. 

Recovdará el lector, que éste último peiseia un 
famoso wcmffutan^ llamado Pipi, el cual fué regalado 
al español por la enamorada v^eja Raxa caculha. 

Mu7 entretenidos en animado diálogo hallábanse 
en un patio del cuartel los tres ofteiales, cuan^ vieron 
crusar rápidamenfte al orwgntan. 

Pipi venia todo ensan^entado; pero en la ligereza' 
de su marcha hacia ver que no estaba herido. 

Al topar con su amo, gimió el mono de uña mane- 
ra múj singular, j ganando con gran presteza una do 
las cc^mnas sobre que descansaban loa pisos superior 
res, llegó á uno de eUos. 

AUirepitió sus gritos 7 soa quejas de un modo des • 
garrador. 

— ¡Voto á cíen ra7osI — exclamó Beltran al verle.~- 
^Queréis apostaros ,-Hlija 4 rae oompafiejos, — á que 
ese canalla ha hecho alguna barbaridad mu7 gorda? 

— Preocupaciones tu7as no más. 



'^^ PEDRO DE ALYAR4D0 

— Ahora lo yereis, -^repaso «1 interpehoite. — Pipi, 
Pipi, biQ*a acá ensegaida* 

Bl onngatan comenxó á dar sattoa j á tamblar 
como QQ epiléptico. 

— 4N0 bajas?— voItíó á decir Beltran. 
El mono continaó haciendo gestos 7 contorsiones; 
pero sin obedecer á sa amo. 

— ¡Voto á los caemoa de Lticiferl — gritó con voz de 
trueno el oñoial,— qne si no bajas, te yoj á deshacer 
el cráneo, beduino. 

Y esto diciendo, hizío don Aionso ademan de tomar 
nna piedra. 

Y ja iba á descargarla sobre el infeliz cuiadrama- 
no, coando le cortó la aecion Vargas P<mce, dieiéi- 
dolé: 

—¡Por Dios tívo, que sois demasiado ínjosto con 
maestro ayudante! Ibais á matarle quizás de una pa- 
drada 7 no sabéis si el infeliz está herido* Id i regis- 
trar tcdos los rincones de nuestra casa, 7 ai Pipi ha 
cometido algún desafuero, caatigadle entonoee. 

— Si haré, — respondió d ofloial;— pero por las ofias 
de Satanás aseguro, que si me ha jugado alguna mala 
pasada, le he de despellejar para ejemplo de orangu- 
tanes bellacos. 

Y esto diciendo, abaadonó BeHran á sus amigos, 
sin dar tiempo á que le siguieran. 



CAPÍTULO LXXVI 



¡Terrible contratiempo! 



— ¡PaTorl ¡Socorro! ¡Maldita §ea mi suerte! i—gritó 
poco después Beltran. 

Al punto partieron IRIS amigos en su busca. 
Recorrieron varias habitaciones sin hallarle. 
— ¿Dónde estáis? ¡roto á Gribas! — preguntó gritando 
Velez de Guevara. 

—¡Aquí; en el c¿»MntenoI— respondió con voz dolo- 
rida Beltran. 

Sus colegas encamináronse á la habitación en que 
se guardaban los loros. 

Llegaren bien pronto á ^la, 7 el espectáculo que 
vieron no pudo ser más desgarrador. 

Bl cuarto estaba todo sembrado de plumas de á\^ 
ferentes colores. 



768 



PEDRO DS ALVARADO 



Mqj cerca de éstas, había gran cantidad de despo- 
jos de aves, ' 

El asesino Pipi, era el autor de toda aquella Tieca- 
tombe. 

Ignórase quien dejaría abierta la puerta de la ha- 
bitación en que se encontraban Ion papagayos; pero es 
lo cierto, que el orangután encontró acceso fácil al 
cuarto aqueL 

Ya allí, hizo pedazos las jaulas, y se apoderó de 
sus infelices moradores. 

Divirtióse con todos hasta que no pudo más, 7 luego 
los sentenció á la pena de muerte* 

Ni un solo loro quedó vivo en la contienda. 

Al ver Beltran aquel cuadro de horrenda desdicha, 
comenzó á arrancarse las barbas lleno de cólera. 

— ¡Maldita sea mi suertel — repitió á la sazón que 
sus amigos llegaban, — ¿Lo veis?— -añadió. — Ahí tenéis 
la obra de ese condenado de Pipi. 

Vargas 7 Velez tuvieren que apretarse el estómago 
para no reventar de risa» 

— ¡Eso, eso, reíros ahora, villanos! — gritó Beltran 
hecho un energúmeno. 

Sus colegas no hic̀Nron el menor caso de su inco- 
modidad; antes al contrario, redoblaron su risa 7 wx 
broma. 

— ¡Ay! ¡Válgame el apóstol Santiago; 70 V07 á re- 
ventar de iral — gritó Beltran pateando, furiosamente 
el piso. 
— ^De ira, ^ por qué? 
— ¿Y todavía me lo preguntáis, mieerablesl P«et 



Planto PK étL¥JJtABO 'w 



qué: ^ignorak <;pi««éio» difmUús^ eran up .if^galcr que 
enviaban los indios á su majestad el emperador? 

— Y bien: se ot^an atro4« 

'-^{Oítob! ¡Ponad tiento ávaistra booa, protectores 
de wangutanee mal naeidosy 6 t^o oon vosotros ana 
qne sea «onada! 

— Ha heobo bien Pipi ea aniquilarlos. 

— Amigo Yargasi no ne qiiem^ la sangre: tenga- 
mos la ñjosta en paz, porque si no... 

En esto oj68e roidOi procedente de los patios* 
Ek*a producido por la marcha de los soldados que 
regresaban al caarteh 

No se cuidaron de ello los tres oficiales; entregados 
oittio se jballal^an á «u disjtuta* 

Don Alonso Beltran, temeroso de que le trajese 
nalat oonsaouenciaa el decHtguisado hecho por Pipi^ 
exckond Ueno^de tristura: 

— Amigos mios; ha llegado el último instante de mi 
vida. 

—¿Cómo? 

— Que su excelencia don Pedro de Abrarado habrá 
de sentenciarme á muerte. 

— {Qué bestialidad! 

— La bestialidad es la vuestra; ¡gente descomunal y 
sin entrañas! 4N0 se 08 alcanza, fallones, que en cuanto 
pertenece al rey no se puede poner la mano? ¡oh! 
¡quién meló habia de decir! ¡quién lo había de creer! 
Beltran comenzó á darse terribles puñadas en la 
cabeza, mientras todos sus amigos se desternillaban de 
risa. 

TOMO n 07 



7T0 



PEDRO BE ALTAIUBO 



De súbito ceiaron en ras desahogM al eicacharuna 
voz: 

Era la de don Pedro de AWarado. 

— ¿Qaé es esto? — ^preguntó el general; preientánde- 
se á los oficiales en eompafiia de su hijo« 

— ¡Pei'don, misericordia!— oxclamó Beltran, ca- 
yendo de rodillas ante el Adelantado. 

— ¿Pero qué acontece?— preguntó don Pedro, lleno 
de sorpresa. 

-^{Todos difantost s^tori todos difontos! 

— ¿Pero quiénes? ¡voto á OribasI 

— Una porción de charlatanes. 

— ¿Castellanos? 

— ¡Del país de les loros! — ^repuso casi llorando BeU 
tran. 

Al oir esto don Pedro, comenzó á reir con tal ga- 
na, qne tuvo que apoyarse en los brazos de Veloz pa- 
ra no caer. 

— No he sido yo, señor excelentisimo, no he sido yo, 
— exclamó el oficial con tono lacricnoso. 

Don Pedro, contiiinó dando carcajadas extrídentes. 

— Pipi, Pipi: ese, ese asesino, es el antor de todo: el 
canalla ha osado poner sas inmundos 'deios en estas 
criaturas destinadas á su majestad. 

— Gallad ¡por Dios santo! — ^repuso don Pedro sin po- 
der vencer su risa. 

— Señor, — siguió diciendo Beltran, — ^yo atiendo 
que su excelencia, no se ha -fijado en lo que acaba de 
suceder aquí; es horrible, trascendental, espantoso. 

— ¿Queréis hacerme la merced de serenaros? 



wr 



PEMIO la ALVJLRADO 



771 



— ¡Ohl Guando ta majestad mi ama y Mftor sepa 
lo acontecido^ ¿qné idea formará de tas yasallos? 

— ¡Basta, Toto á cien bombasí— exclamó don Pedro 
ungiéndose enojado; — señor oficial, yaestra pesadez 
no tiene limites. 

—Es qae««« 

— Basta, repito. ¿Qaé ha acontecido aqni; qne yaes- 
tro mono ha dado muerte á cincuenta papagayos? 

— Efectivamente. 

— ¿Que todos ellos debian ser envegados á su ma- 
jestad por mano de mi hijo? 

— Cierto. 

— ¿Que esto no es posible, en razón á que los loros 
han fallecido, TÍctimas de las travesuras de Pipi? 

— Sí, señor. 

—Pues bien, ni el asunto merece que de él nos ocu- 
pemos, ni creo que cumpla á hombres de nuestra ca- 
rácter, darle tal importancia. 

— Sin embargo, su excelencia me permitirá le diga, 
que bien pudiera haberse recreado su majestad con la 
oharla de estos difuntos. 

— Señor Beltran, el monarca de Castilla acostum- 
bra á usar el águila en su escudo: solo la reina de las 
aves es digna de llegar hasta él. 

—¿De suerte que á vuestra excelencia no le impor- 
ta nada lo ocurrido? 

— Ni un ardite. 

—¿De modo que yo quedp libre de toda responsabi- 
lidad en este caso? 

— Abauelto estáis completamente. 



"^ naatjo de alvarado 

— Pq68 bien, séñor Adelantado, á foer de leal, diré 
á aa excelencia nna cosa. 

— Veamoa cuál es. 

—Ya sabe vaestra ilustre persona, qne me doy mnj 
buena mafia para domesticar animales.. 

— Es cierto. 

—En cuanto yinieron estos loros á casa, me encerré 
con ellos.. • 

— Adelante. 

•^Les había ensefiado á decir muchas cosas. 

— ¿Bellaquerías tal vez? 

— No, señor; la oración de las cinco Uagas. 

•~Eso es bueno. 

—El Pater Noster en árabe. 

— ¡Qué barbaridad! 

~-Digo, en latín: siempre confundo á los moros con 
los romanos. 

—Pues se parecen tanto, como un huevo á una cas- 
tafia. 

Seguid, seguid, sefior oficial. 

— Además, sefior; ¿para qué negarlo? Yo... ¡qué 
diantrel ¡tengo miedo de decirlo! 

— Hablad claro, ¡voto á Lucifer! 

— Me explicaré con franqueza: uno de los difunto» 
era tan obediente, tan sabio, que aprendió á decñr es- 
tas palabras, al pié de la letra. 

— Sefior rey: de parte de Beltran, que cuándo le 
pagan los tres meses de sueldo que se le deben. 

— ¡Ah! bribón, — exclamó don Pedro, riéndose á 
más no poder, — ahora comprendo por qué os lamenta- 



FEBEO W ALYAIUDO 



•na 



\mn de qae no llégaflen loa loros i manos de sn ma- 
jestad. 

—No os desalentéis por eso; deiitro de breves días 
recibiré dinero de México, j se os abonarán todos 
maestros atrasos. 

—Gradas mil, señor exoeUntisimo. 

— Ahora,— exclamó don Pedra,— cuidad se&ores 
ofleiides de qae se dé un buen rancho á la tropa. Esta 
tarde han teba^^^ muoho, 7 necesitan reponer soe 
fuerzas. 

—Asi se hará seftqr AdeluAidó,— exclamó el ofi • 
<áb1 Veloz de Guevara. 

Don Pedro saludó á sus amigos, y ssHó del <»iartel 
para encaminarse á su casa. 

Cuando ja Beltran j sus dos colegas estuvieron 
solos, el primero repuso: 

— Ahora es la mia, ¡vive Biosl 

— ¿Qué vais á hacer, señor Beltran! 

— ¡Quiero despellejar á Pipil 

— ¡Desdichado! 

-Luego, romperme la cabeza con ^ que dejó abier- 
ta la puerta de este cuarto* 

— ^Terrible sois ea verdad. 
Velez 7 Ponce abandonaron á su compañero 7 se 
encaminaron al patio del cuartel. 

Beltran quédese en el cuarto destinado á los loros, 
7 fué recogiendo cuidadosamente las plumas qne en el 
suelo habia. 

Lo propio hizo con los cuerpos de los papaga7os 
que hablan quedado útiles. 



•774 



PKDRO Dft ALYARADO 



Aquella operación, practicábala fia dada Beltran 
para disecar más tarde á las TÍctimas. 

Así qae habo recogido ano per ano todos aquellos 
restos, encerrólos el oficial en ana caja. 

Laego repaso para si: 

— Honrada, aanqae temporal sepultara, acabáis de 
recibir queridos mios. Ahora parto á yengaros. 

Y esto diciendo, mostrando en sus ojos la cólera, 
fbese enseguida al patio en que primeramente le vi- 
mos. 

Al llegar allí, enoontróse con. varios de sus oom- 
pañeros de graduación. 

Todos formaban circulo en tomo de una grande j 
humeante olla. 

Puestos en pió, mantenia en la diestra, cada uno 
de aquellos oficiales, una gran cuchara. 

De tiempo en tiempo, avanzaban hasta donde se 
encontraba la olla, introducian en ésta la cu<diara, j 
retirábanse después. 

No era de extrañar que en actitud taa incómoda 
saboreasen su comida aquellos oficiales, dado su tempe* 
ramento de hombres rudes j de guerra. 

Llegó como hemos dicho Beltran hasta donde el 
grupo estaba, y al verle sus compañeros, comensaron 
á reir á mandíbula batiente. 

Don Alonso revistióse de calma j de padenda 
hasta ver lo que le decian sus amigos. 

Entonces uno de ellos exclamó: 
<— ¡Qué desdicha la vuestral 

Otro, añadió á su vez: 



i 



*-*|Pohn Bdliraal (OfiiéB oi nuiada tener á YueBtro 
cargo papiloB taiLdesoortesdid 

«—{Voto á OiifaBaI~-repaM un. teróero^t^^o malo 
aqoiy 68 qae no Yolvereis á ver á Yaemtro mono; le ha- 
mos visto escaparse por el tejado, y..^ 

~-|Y aabeis lo que os digo?*— gritó heeho nn ener- 
gúmeno Beltran. 

— iQuóI 

-~{Qae es el más beUacOi el más foUon, j el más 
Tagabmido de todos los mortalest quien íadlitó á Pipi 
la entrada en el coarto de los pájaros! 

— No fui yo á la verdad. 

— Ni yo tampoco. 

—Ni este cura. 
. --*Sás quien quiera el oulpabte> lo dicbo^ dicho está, 
y además añado que es un salteador de caminos. 

— ¡Miserahlel — gritó delatándose á si propio Casti* 
Uo el de los pensamientos. 

— ¡Hola! ¿Fuisteis vos; acémila^ imbécil, mentecato? 

— ¡Ved cómo habláis! — respondió el aludido.— Yo 
fui qui» dejó abierta la puerta; |y qué t^omnos con 
eso? 

— Que solo le ocurre semejante cosa, á un bestia co- 
mo vos. 

Decir esto Beltran, y descargarle Castillo la cu- 
chara llena de comida que tenia en sus manos, fuá obra 
de un momento. 

— ¡Canalla, chupa lámparas, gallina! ahora verás 
lo que es bueno, — gritó Beltran lanzándose sobre su 
ofensor. 



776 



fmM n ALYAiuay 



Una terrtbk iMba^ i fufttchs j Á hnm partido 
luego, inicióse entre los dcto oñoialM. 

Sus compafieros, lejoa do separaríais comonaárwi á 
azozarleft diciendo: 
— ¡Daro, valientes! 
— ¡Al Ver qnién puedo máal 
— ¡Firme y á la cabeza! 
— ¡A^pretad ahí! 

— ¡Qao no so diga que 00 veaoen, «ñor GaatUtol 
-^¡Qae no se prodiame voottra dorrotat seilor Bai^ 
tran! 
— ¡Arriba con ól! 
— ¡Vivan los manchegosl 
— ¡Y los hijos de Extremadura! 
Tales eran las voees qne saliaa do ano j otro lado, 
en tanto que Beltran y Castillo so aporreaban dmfiUL^ 
dádamente. 

Este último, que habia logrado ponone oiKáma dal 
primero, perdió el vigor an un instante y fdé sastitai- 
do por Bdltran. 

Entonces el daefio do Pipi vengóse i todo su gas* 
to, descargando sus furias sobre las narices de su con- 
tft^ente. 

La lucha tomaba formidables proporciones, y los 
dos soldados arrojaban sangre en abundancia^ 

Viendo esto los espeotadcnres, docidiérorae á sopa-» 
rarlos no sin grandes esfuerzos. 

Castillo y Beltran quedaron on pió, mirándose 
frente á frente. 
—¡Sois un felón! — exclamó el primero* 



MDBO DI ALYABADl» '^ 



— ¡Baena la hab» Uevado, ladroAÍ 

-^fN# tcm gnnde ooimo la .mra que os aftabo 
de dar! 

^Mentía oomo an cobarda! 

-^{Callad, battardo! 

— ¡Todavia tengo alientos para pisotearos la lengua! 

— ¡Y yo para arrancaros el corazón! 

— ^Veamos si es yerdad. 

— A las armas. 

— Eso; á las armas. 
Iban los dos rivales á desnadar sus aceros, caando 
sin saber cómo ni caándo, apareció Pipi entre el 
grupo. 

Al yer qne o&ndian á sn amo, lanzó on agudo chi- 
llido 7 esperó on instante á ver lo que pasaba. Casti- 
llo hizo ademan de lanzar un tajo sobre Beltran; pero 
no tuyo tiempo, pues apenas lo yió Pipi, cojió la olla 
del rancho, y mandó sa contenido á la cabeza del ya- 
liento. 

— ¡Maldición! — gritó Castillo, enyuelto en grasa y 
sin poder abrir los ojos. 

Los espectadores estnyieron á ponto de morirse 
de risa. 

— ¡Pipi, Pipi! ¿Qué has hecho?— gritó Beltran le- 
yantando los paños. * 

El orangután gimió como si pidiese misericordia. 

— *íQaé has hecho, hijo de mala madre? — yolyió á 
decir el aficial. 

Pero apenas pronunció estas palabras, el mono 

Toxon 98 



7)8 



PKDRO SS ALVABAM 



saltó sobre él j apUcándde tos manos carifiosas al 
rtfstroi dejóle más negro que on ^sml. 

Las risas repitiéronse ei^onces ccm más ahinco. 

¿Qoé habia pasado? 

Que el orangataní temeroso de reeibir nna £^ipat 
Kabia estado escondido en una de las carboneras del 
cuartel. 



CAPÍTULO LXXVII 



n adiós 4 América* 



¿Qaé sucedió ddtpnts da tener lagar la bo(tít de 
OoBtávo con Blenaf 

Durante algunos días los españoles entregáronse, 
al divertimiento. 

-—Los indios obsequiaron con bailes 7 danzas á los 
nuevos cónyuges. 

Alvarado por sv parte, socorrió C9n dadivosa mano 
á los pobres 7 dispuse que les entregasen dinero 7 vi- 
veres en abundancia. 

El pueblo indio, fraternizó con los castellanos hasta 
tal punto, que se yeia marchar á unos 7 otros por las 
calles, cogidos del brazo 7 dando vítores i España 7 á 
América. 

Los rencores que parecían existir contra Tixplan 
7 su hija, se habían apagado, gracias á las atenciones 
que los iberos dispensaron á los naturales. 



*^^ PEDRO DK áLYARáDO 



Gastavo y Elena faeron aolamados con entofliasmo 
por indios j españoles. 

La noche siguiente, á la en que tavo lagar so ma- 
trimonio, aparecieron ilaminadas las casas de los na- 
turales. 

Al pié del palacio de don Pedro, Moiéron los indí- 
genas nna especie de farsa singolar. 

Consistió ésta, en una danza en que interyenian 
como actores ángeles y demonios. 

Lo singular del espectáculo, eran los rarísimos j 
abigarrados trajes con que los guatemaltecos iban dis- 
frazados. 

Más de descientos danzantes tomaron parte en la 
fiesta. 

Los que de demonios hacitB, iban vestidos da color 
rojo y negro, llevaban los rostros tiznados, y ostenta* 
ban en sus cráneos enormes as tas « 

Aquellos que querían imitar á espíritus celestes, 
vestían de blanco, y en lugar de sus habituales diade- 
mas de plumas, ornaban sus cabezas con coronas da 
flores. 

Dificiho^nte podria encontrarse en los anales da 
las representaciones coreográficas, un baile tan singu- 
lar y raro como el que nos ocupa. 

Al empezar la fiesta, aparecieron cogidos de las 
manos los que simulaban espíritus puros. 

Detrás de ellos venían los cincuenta demonios 
perseguidores de la virtud. 

Unos y otros, marcharan á compás, y tomando una 
especie de trote muy pausado. 



PtMJO DE ALYÁEADO 



n&í 



Sin saber oómo, eam por intervención de artes 
mágicas 9 hnbo nn instante en qne las personalida- 
des angélicas aparecieron circundadas por las diabó- 
licas. 

Los ftngidoB demonios formaron nn corro, quedan- 
dando dentro de él los espíritus puros. 

Al punto entonaron los vencedores, ea su lengua, 
la más rara, chillona y original de las canciones. 

Al final de cada estancia, salia á relucir la corres- 
pendiente másica de pitos y caracoles. 

Los nombres de Xpiyacoc j Xmucane^ repitié- 
ronse con insistencia. 

Entonces los espíritus que aparecian aprisionados ^ 
descubriéndose de ciertos mantos que llevaban, deja- 
ron ver una porción de luces tenues y opacas. 

Levantaron muy altas las linternas en qne iban 
encerradas y comenzaron á correr haciendo círculo. 

Los diablos imitáronles marchando en sentido con- 
trario y lanzando fuertes alaridos. 

Así la fiesta, llegó el momento en que una de las 
entidades angélicas, dijo con voz extentorea cierta 
palabra sacramental!. 

Los demonios fingieron llenarse de pavura y co- 
menzaron á hacer más lenta su marcha. 

El espíritu celeste repitió por segunda vez la fra- 
se aquella. 

Los diablos detaviéropse, é hicieron como que se 
hincaban. 

La frase fué repetida, y entonces secundáronla con 
sus gritos las €úti(lades sublimes. 



782 



PKMtO OS ALYiAADO 



Al oir estoy eayercm todos los demonios en tierra, 
oomo heridos del rayo. 

Viendo lo oaal los ángeles, ayansaron hasta ellos j 
ñogieron sujetarlos con sn planta. 

Los diablos confesaron á coro su derrota y poco 
despnesi formando todos nn gropo, diéronse de pnfia- 
daa en las narices hasta sacarse sangre. 

Tal faé nno de los espectácolos más salientes^ con 
qne obsequiaron los indios á los jóvenes reden ca- 
sados. 

Por su parte los españoles, procuraron correspon- 
der al agasajo rendido, como les fué posible, Beltran, 
que ya habia hecho las paces con Castillo el de los 
pensamientos, fué el encargado de realizar tal empresa. 

Al efecto construyó buena cantidad de zancos de 
madera, y apelando á aquellos de sus amigos que más 
habilidades tenian para la gimnástica, preparó ana 
especie de certamen. 

Bl premio habia de alcanzarlo aquel, que con los 
zancos corriese más. 

La fiesta se lleyó á cabo en efecto; pero no sin que 
hubiese en ella el correspondiente número de talegazos, 
caidas y resbalones, que arrancando gran risa á los 
indios, fueron ocasión de gratísimo solaz para todos. 

Realizado esto, salieron á la palestra dos soldados 
de la compañía de Velez. 

Desligáronse de sus armaduras y demás elementos 
de guerra y quedaron vestidos con trajes negros de 
punto, muy adheridos estos á las carnes. 

Verificada esta operación, tendiéronse en tierra, y 



PKDRO I» ALTARADO 



•W3 



dando á au» miembroB una flexUnlidad moompreinible 
comenzaron á imitar á todo linaje de reptiles. 

Loa indios hallábanse espantadosi al ver la £etcilidad 
y soltara con que aqaelles españoles copiaban en los 
wjWy los movimientos de la colebra 7 otros animales 
de este jaez. 

Oran aplanso mereció el ejerci<áo Ueyado á efecto 
por estos dislocados. 

Pero lo qae cansó más admiración entre los nata- 
rales, faé la última parte del programa. . 

Los honores de ella correspondieron al insigne 
Vargas Ponce. 

El oficial dio á conocer sns altas habilidades de pi- 
rotécnico. 

Valiéndose de algana cantidad de pólvora, qae le 
dio el jefe Usagre, constrajó dos árboles de artificio. 

Estos fíieron qnemades, enmedio de los gritos de 
sorpresa y júbib qae los natarales lanzaban. 

Jamás pasaron yer cosa tan bella, como la qae 
acababan de admirar sas ojos. 

Aqaellos preciosos cambiantes de laz y de colores, 
parecían á los indios, obra de nigrománticos. 

Ellos habrían deseado qae la fiesta no habióse con* 
daido nanea. 

Aai se encontraban los ániVnos de todos, caando 
Vargas Ponce paso fin á la fiesta pegando faego á anos 
mañéeos de pólvora, qae corrieron desalentados á tra- 
Tés de largos alambres. 

Los mañeóos íneron y' vinieron de ana parte á otra 
hasta acabarse ú último grano de combastible. 



784 PBDSO DB ALVJkSJlDO 



VargM faó aclamado cahnroaameiite por el público 
que había preacDciado k fiesta. 

El oficial prometió á los indios qae k repetiría en 
la priínera ocasión que pudiese. 

Poco despnes, retirábanse naturales y cartellanoeá 
sQs respectivos hogares. 

Empero no todo ha de ser alegría j algazam en el 
mondo. 

Tras el placer^ se sácele siempre el dolor, j en es<* 
te encadenamiento de cambios, se encaeiifara la posibi- 
lidad de la existencia. 

Si el hombre no safriese, resoltaría en la tierra on 
ser lángoido, indolente y sin acción. 

En las grandes crísis de la vida, se prodncen los 
esfuerzos del heroísmo y de k intdigenoia. 

Nopoede haber ona personalidad ilostre, allí donde 
no se encuentre el ddor. 

Qae como dijo on ilostre poeta del Ñoevo Mundo: 



«Siempre vinieron 
Sobre los grandes hombres, grandes males.» 



Habia llegado, decíamos, un instante de acerba 
pena para el ilustre caudillo don Pedro de Alvarado. 

Era un hermoso dia de primayera. 

El sol mostrábase ya, claro y esplendente. 

Desde hora muy temprana, las fuerzas de GastiUa 
comenzaron á tenderse desde el palacio del Adelan- 
tado. 

Un largo camino ocupaban las trepas espafiolas. 



PBBRO DS ALYáRAOO 



785 



Detrás de éstas, yeianse enormes masas de indios^ 
que deseaban presenciar el espeotácnlo. 

&astaTo, m esposa y sns amigos, iban á partir. 

Al pié del palacio da don Pedro, Teianse varios 
caballos, qne sujetaban los indios por la rienda. 

A pesar de ser inmenso el gentío que rodeaba 
aquellos eontoraos, toda la gente guardaba silencio 
sepalcral. 

Este faé interrumpido al rer á don Pedro, que en 
unión de su gente descendía la escalera de su casa. 

Al verlct los castellanos comenzaron á agitar las 
banderas y ¿ prorampir en ?i?as y aclamaciones, para 
España y para don Pedfo. 

Los indios asociáronse también á esta manifesta- 
ción. 

Ya en la puerta de su palacio, el caudillo, con las 
ligrimas en los ojos, abrazó uno por uno á todos los 
viajeros. 

Al llegar á su hijo, produjese una escena conmo- 
vedora por demás. 

El héroe cubrió de besos la frente de Gustavo, 
y no acertó por algunos minutos á separarse de él. 

Mientras esto aoonteoia, los espedicionarios despe- 
dianse de sus compañeros. 

Hubo un instante de terrible lucha para don Pedro. 

Por ñn, desprendióse Gustavo de su padre, y ca- 
yendo de rodillas, besó sus manos y pidióle pwdon. 

Alvarado, después de prodigar á Elena igaales ca - 
ricias que á Gustavo, tendió la diestra sobre la cabeza 
de los jóvenes, y exclamó: 

TOMO II 99 



786 



PSDaO DX ALV ARADO 



— ¡Adiós, hijos de mi alma! ¡Sed felieee! To os ben- 
digo como cumple á un buen padre. 

Aivarado no podo contener la pena qne le embar- 
gaba, y cayó en los brazos del jefd de la artillería. 

Derramando abundantes lágrimas, don Pedro se • 
paróse de aquel lugar. 

GustaTO, yenciendo su honda pena, dio la toz de 
marcha. 

Los vítores y aclamaciones acreciercm. 

Las cometas comenzaron á sonar, entcmando ana 
marcha dedicada á los embajadores^ 

Los viajeros subieron á sus caballos, marchando en 
este orden: ^ 

A la cabeza de todos iba Gustavo de Ai varado, lie- 
vaúdo á su derecha á Elena,* su esposa, y á su izqui»- 
da á Violeta, mujer del ballestero. 

Detrás de ellos, iban los generales Alonso Gastrillo 
y don Luis de Valenzuela. 

En pos de los mismos, el cacique Tixplan y el ba- 
chiller Pantoja. 

T en último término, el criado Tlaloc y el escudero 
Guillen. 

En esta forma cruzaron por ante las tropas los ex 
pedicionarios, enmedio de unánimes aclamaciones. 

Al cabo de un rato, perdiéronse á las miradas de 
sus compañeros. 



PocGs dias después, todas las personas que acaba- 
mes de citar, embarcábanse con rumbo á Bspafia. 



PIDBO DE ALVARADO 



W7 



Sa viaje faó lento y sembrado de peligros. 

Bastante tiempo tardaron los expedicionarios en 
llegar á la Peniosala. 

Pero al fin arribaron á ella sanos j salvos. 

Al presentarse los viajeros ante el monarca espa • 
TÍ0I9 éste los recibió con marcadas maestras de afecto. 

Sa majestad les colmó á todos de consideraciones, 
7 de regalos. 

Yalenzaela 7 GastríllOy despnes de recibir ^1 so- 
lemne ceremonia las insignias de sas empleos, faeron 
nombrados consejeros del re7. 

Gustavo recibió la banda de capitán, 7 faé investi- 
do caballero del bábito de Santiago. 

El cacique obtavo un cargo importante, como ad - 
ministrador de una de las propiedades regias. 

Violeta 7 Elena quedaron al lado de la emperatriz 
oomo damas de su servidumbre. 

T en cuanto á Guillen 7 Tialoc, después de demos- 
trar en cien batallas su valor 7 arrojo, obtuvieron el 
grado de oficiales, como premio á su bizarría. 

Uno solo de nuestros personajes, el famoso bachi- 
ller Ginés Panto] a, debia ganarse sus empleos de otra 
suerte. 

En las lides de la inteligencia, tenia por precisión 
que combatir. 

El re7 expidió una real éódula para que pudiera 
aspirar en público examen, á los grados de doctor en 
Medicina 7 Ciencias. 

Pantoja salió tan airoso, que obtuvo estos grados 
con calificación de sobresaliente némine discrepante. 



788 



PEDRO DE ALYARADO 



Pocos años después, merced á una oposición que 
causó asombro, Pantoja era nombrado catedrático de 
la Universidad de Salamanca. 

En dicha capital vivió feliz 7 alegre Ginés en com - 
pañia de su esposa Dorotea j de su hijo, puesto que 
sus ancianos padres habian muerto ya. 

Conocida la suerte que corrieron estos personajes, 
los dejaremos en España, para volver á ocuparnos del 
cuadro espléndido de la conquista de Guatemala. 



CAPITULO LXXVIIl 



Cl casado casa quiere. 



Don Pedro de Alvarado hallábase somido en la 
mayor tristiira. 

La partida de su hijo j de sns demás colegas, ha<* 
bíale producido honda sensación. 

Inútiles faeron los consejos qm dieran á sn jefe los 
españoles para disipar sn amargura. 

El caudillo se afirmaba en ella más j mis. 

Sólo cuando se dedicaba á proyectar futuras empre- 
sas militares^ apareeia el Adelantado un tanto alegre. 

Pero así que cesaba en este entretenimiento, volTÍa 
á oaer en sus primitivas reflexiones. 

Entonces le aguijoneaba el recuerdo con más 
fuerza. 

Alvarado habia llegado al punto de no poder der- 
mir más que muy pocas horas. 



^'^ PEDRO DE ALYáRADO 



Durante la noche, abandonaba el lech^ á lo mejor 
j poníase á pasear á lo largo de sa cámara. 

De pronto se detenia, j moviendo tristemente la 
cabeza, decia para si: 

— ¡Oh, quizás no vuelva á verle nunca! jpor qué^ 
Dios santo, le he enviado tan lejos? 

Y pronunciando estas frases, caia don Pedro en un 
sillón 7 cubríase con las manos el rostro. 

Luego reponíase, 7 quedando en pié, exclamaba: 
— Si, me lo aconsejaba mi conciencia como padre 7 
como caballero. 

Gustavo al lado del re7 puede hacer mucho: de ha- 
berse quedado conmigo, ¿qué porvenir le esperaba? La 
lucha, las privaciones, 7... acaso la muerte. 

¡Oh! ¡Dios mió, no quiero, no quiero pensarlo! 

Ante esta última consideración, Al varado ftié re- 
cobrando la calma, aunque mu7 poco á poco. 

Su hermano Jorga 7 el ingenioso capitán historia- 
dor Bemal Diaz del Castillo, contribu7eron mucho coi^ 
sus talentos á distraerle. 

El médico Sandoval 7 el sabio Ifiiguez, no se da- 
ban punto de reposo para demostrar á don Pedro, que 
el viaje de Gustavo 7 de su familia, era la mejor de- 
terminación que se habia podido adoptar. 

— Los dos jóvenes, — decían ambos caballeros á su 
jefe, — se aman con toda el alma. Buen negocio hubie- 
ran hecho quedándose aquí. 

— Tenéis razón, señores, — contestaba don Pedro. 
— Además, — exclamaban los doctores, — ¿quién no 
le diee á su excelencia, que la permanencia de doní 



PEDRO DE AXVA&ADO "^^ 



Gustavo entre üMotros no habióse sida ocasión de 
grandes disturbios! 

— ¿De grandes distorbiost 

— Indadablementd, señor, {oree sn eacoelsneia qne 
los indios nobles, podian rer ecm tranqailidad qne la 
hija de nno de sus más ilustres principes, renegaba de 
sos doctrinas para unirse á un espaftol? 

--«Verdad deois, amigos mioe. . 

— Ha hecho muj bien su excelencia en mandar á su 
b\|e i España. Don Gustavo al lado de su majestad, 
tiene un brillante porvenir. 

«-"Asilo oreo. 

— ¿Qué hubiese sacada en estas malditas tierras, se- 
ñor Adelantado? 

— {Seirnr á su patria cen lealtad! 

— O volverse á ella con un brazo ó usa pierna mé^ 
nos. Nada, señor, el casado oasa quiere^ y bien está 
San Pedro en Roma aunque no coma. 

Don Pedro encontraba un dulce consuelo en esta j 
otras análogas frases de sus amigos. 

Además, contribuía mucho á rajugar la pena del 
Adelantado, la seguridad en el cariño que á su hijo dis- 
pensaban el Ballestero, Violeta y Tixplan. 

Al lado de éstos, nada podia faltar á Gustavo, caso 
de que se enfermase ó sufriera alguna desgracia. 

Tales consideraciones fueron poco á poce, como he- 
mos dicho, devolviendo á don Pedro su energía. 

La cual brill6 con su explendor, primero en el áni- 
mo de su excelencia, cuando recibió la primera carta de 
su hijo. 



"^^ PEDRO U JiLVARADO 



Bb elia le partieipaba Gastado ra ll^[ada fdiz 7 la 
de sus amigos á Eapafia; la oarifiofla aoo|kiadeqne ha- 
bian sido objeto por parte del r^, 7 los honores qne 
¿•te toYo á bien dispmisarles. 

Uno de los que mis trabajaron por devolrer al 
alma de don Pedro su natural yigor, íoé el capitán dooi 
Luis Diego Usagre^ ^fe de la ArtiUeria española» 

Aqaei hidalgo, habíase oambiada en el mejor ami- 
go del candiilo. 

Desde qae oonrrió la terrible escena de la mnerte 
de Hinojosa, hallándose el artillero en «pilla, reeer* 
dará el lector qne no yoIyíó á interrampirse la frater- 
nal amistad qne entre Usagre 7 don Pedro existiera. 

Ni Alvarado^ ni don Luis, podían permanecer en la 
inacción en qne hacia tiampo se encontraban los espa- 
ñoles. 

Ambos sentían grandes deseos de emprender nnevaa 
lachas 7 nueyas conqnistas en el vasto territorio de la 
América Central. 

Usagre había sido nmnbrado segando jefe de las 
faerzas castellanas, en reemplazo de Valenzaela. 

Don Pedro le había manifestado la necesidad de qae 
formulara an plan de guerra, para emprender la mar- 
cha en dirección de los terrenos que aan faltaban por 
conquistar. 

No pudo confiarse al jefe de la Artillería, misión 
más satisfactoria. 

Usagre era por su temperamento uno de esos hom- 
bres á quienes cansan hastio las dulzuras de la paz. 

Rudo, aunque de corazón sensible, reñidor, aunque 



P8DRO DS ALYAEADO 



799 



b^éTolo o(m los r^múdm^ un «Ajor cüstraeoioíi, era la 
luoha; sii mejor prtmia, los laMelés ée Marte y va miñ 
legitima propiedad^ la etmquñiftda eon el yigor 4e so 
brazo* 

Asi que, caando don Pedro le dio la misioü de for- 
mar los ¡dajMs 7 proyeotos de las attevas oaoipailasy 
Usagre Mbx^ á ptmio do enloqaeoer de iJe^a. 

Ocho dias ooniaeatívos estero el aitillero oeasa- 
grado á eéta tarea. 

T oomo no earecia de instraooion militar, sino qne 
por el contrario^ «ra buen eonoeedor de ía; estrategia 7 
déla balistioa de sq tiempo, aoertfrá salir muy airoso 
de su cometido. 

Oierta tarde^ haliábanse Usagre 7 Alvarado depar- 
tiendo en tm pe^iefio jardín próximo al hospital de 
Santa María. 

El Adelantado había adquirido ábnen precio aquella 
finca, para instalar en ella nn peqnefio museo de anti- 
güedades americanas. 

Sentados en dos piedras gruesas 7 apo7ando sus 
brazos en una mesa rústica, eonyeraabanamigablemen 
te los dos guerreros. 

El primero fijaba sus ejes en un plano. 

El jefe de la Artilleria, iba marcando con unas es- 
pecies de tachuelas, los puntos en que habría de dete- 
nerse el ejército. 

Clavaba aquéllas en el plano, 7 recorria después 
con un puntero las lineas que quedaban libres. 

— ¡A/Lftgnífíco dibujol — exclamó don Pedro interrum- 
piendo á Usagre en su narración. 

TOMO n loo 



'^ PEDRO Di ALVARADa 



— ^jrracias, mi general, -contestó el dadido^ — h^ 
que yo deseo es qae vaaitrá exoeleiiek me reetífique, 
8i encastra algan error ea este trabajo. 

*— Ningano^ á fé mia: antes al contrario^ yeo^ ntíim 
Usagre, que fiabei» meditar. ' 

— ¿AdTÍerte yaestra excelencia bien ileánidos les 
pantos qae hmi de ser objeto del ataque de las tropas, 
caso de qne los naturales se vesistuf 

— May bien lo veo todo, es on plano exselente. ¿De 
modo?..* 

— Qae aquí están trandos con tinta roJE^ los pnntM 
qne entiendo jo deben ser el primer objeto de nnestraa 
miras. 

— iEs esta la famosa cortillera de I^tfrasqnin? — 
preguntó don Pedro sefialando á un puto del plano. 

— Esa es, sefior, — contestó Usagre. — A ella nos di- 
rigiremos en su dia; pero antes, Quezaltenango y iodo 
el territorio de los Kacbiqn^es, ó Guatemala, se ofre- 
cen como el campo de preferencia para nuestras inyes*- 
tigaciones militares. 

— Macho nos resta por hacer. 

— Nos sobran fé j entusiasmo para salir aireaos da 
nuestro cometido. Según he dicho á su excelencia va- 
rias veces, toda la dificultad en la empresa de oonqnia- 
tar estos territorios, estribaba. •• 

— Eq el desconocimiento que teniauíos de las len- 
guas del pai3, pero hoy... 

— Hoy podemos decirlo con orgullo: no hay uno de 
los nuestros, que no las posea como un papagayo. 

— El mismo fray Jerónimo, gran conocedor de las 



PEDRO BE ALTAltAlX^ 



796 



^Mfstombre» tdteoasi creo qae ba eserito algo acerca dd 
este ponto y de loe dialectoe del paie. 

— Vale mocho su Paternidad. 
K esta conyereacioii hallábanse entregados los dos 
caballeros, cnando apuedéronseles los doctores Sán- 
doral é Ifiignez. 

— ^iQné traen por aquí los ilustres hijos de Minerya?" 
— preguntó á los recien llegados don Pedro. 

— ^Poca cosa, seftor, — contestó Sandoval,— sk^ es la 
noticia qae para vuestra excelencia me han dado unos 
ahaffUaes^ 

—¿Alguna nucTa inoportunidad? 

— Nada de eso. 

— Los jefes de las tribut me hau encargado os diga 
que mañana se celebra el caybcU (1) de los arroyas. 

— jY bien? 

— Que desearían tuvieseis la bondad de asistir. 

— jCon qué objeto? 

— Para que vuestra excelencia conozca el modo de 
comerciar que" tienen estos naturales. 

— No gusto de ver la enagenacion de esclavos ni co- 
sas de esta índole. 

— Los ahagüaes dicen que procurarán evitar la pre- 
sentación de escenas desagradables, para que los caste- 
llanos no se disgusten. 

— Pues aiendo asi, iremos: ¿dónde se celebra esa al- 
moneda? 

— En un pueblo distante dos leguas de aquí. Llaman 



(1) Especie de almoneda publica. 



996 



FORO D8 ALYílRADO 



á ese marcado el cayhal de los arroyas^ porque el ligar 
donde se verifica está rodeado de mananüales de agua 
muy pora 7 sabrosa. 

— ^Paes nadaí señores^— «exclaoió don Pedro, — si á 
osareedes les parece, mafiana al despontur el sol moa* 
taremos nuestros caballos, j nos encaminaremos al 
caybal» 
— ¿Ha de venir alguno más en nnMtea oompafiia? 
—Nosotros cuatro solamente iremos, seftor Sando- 
val; pero haoed saber á esos ahag&aes, que procuren 
no maltratar á ningún esclavo en mi presencia, íá no 
quieren tener un disgusto, 

— Así lo haré, señor excelentísimo. 
Pasó el resto de aquel dia sin accidente digno de 
mención. 

Así que amaneció el siguiente, partieran en direc- 
ción del mercado de los arrojos, Alvarado, Usagre, 
Ifiiguez y Sandoval. 

Caminaron bu^ trecho hasta que divisarcm en for- 
m^ incierta, una arboleda frondosa* 

— ^Aquel debe ser el sitio de la fiesta,— exclamó el 
Adelantado. 

—^Indudablemente, — contestó Iñiguez. 
— ^Pues avancemos si os place, — aña dio don Pedro. 
Los castellanos picaron espuelas á sus corceles, 7 
salieron á todo galope. 

Muy pronto arribaron al caybal de los arroyos. 
Ataron sus caballos á unos árboles y se internaron 
en lo que pudiera llamarse real de la feria. 

Un amenísimo terreno cuajado de árboles fronde- 



PEDRO DE AJLYARáDO '^^'^ 



808, que impedían la entrada á lo8 r8708 del 8ol, ofre- 
cióse á la Y^sta de lo8 oastellanos. 

Hacia la parte Norte del mismo, existia una gran 
pendiente ó montaña, que iba á -perderse en un valle 
rodeado de blancas casitas. 

Gomo la inclinación de aquella era tal, que casi 
formaba un ángulo recto con el yalle existente á su pió, 
los indios, para descender hasta el mismo, tenían que 
yalerse de un procedimiento muy raro. 

Desde la cúspide de la montaña dejábanse caer ro- 
dando muj despacio, hasta llegar á su limite. 

De esta manera bajaban sin peligro alguno. 

Al lado opuesto del yalle extendíase un arroyo cla- 
rísimo, que iba á perderse en lontananza. 

Tal era, descrito á grandes rasgos, el campo des- 
tinado á la celebración del caybal. 



CAPÍTULO LXXIX 



Encuentro triste. 



Cuando don Pedro y sns tres colegas penetraron 
en el mercado aqael, quedaron sorprendidos. 

La l^elleza del panorama desenvuelto ante sus ojos, 
llamó extraordinariamente su atención. 

Por todas partes veíanse preciosas tiendas, destina* 
das á la venta de objetos raros. 

Los mercaderes iban j venian da aquí para acullá, 
deshaciéndose en elogios para mejor vender su género. 

El cajbal cataba animadísimo, y lleno como nunca 
de gente. 

Numerosos grupos de indios iban acudiendo á los 
lugares en que se expendía el piUque j la chicha. 

Allí saboreaban por pocd precio, el néctar de los 
dioses. 

En otros puntos del campo aquel, verificábase la 



PftD&a DS ALVáRADO '^ 



enagexMu^ion de objetos qae pertenecian á machos dea- 
dores iasolyentes. 

La Teaia de esclavos na había tenido lagar aúa. 

Machos indios de mala oatadara esperaban á qae 
ésta se efectoasd para hacer sa negocio. 

Don Pedro y sos amigos hallábanse maj absortos 
examinando todo lo qae contenia el caybal^ caando oye- 
ron estas voces. 

— ¡La loca! {abi viene la locní {Sa daefio no qaiere 
tenerla mis en sa peder! {Corramos! 

El p&blico en masa abandonó el caybal, y faese 
hacia el limite del bosqoe qae conftaaba con la mon- 
taña próxima al valle. 

Alvarado y los sayos ^piedáronse á espaldas de 
todos. 

May pronto oyeron voces extrid^ites^ carcajadas 
sardónicas y gritos desgarradores. 

Todas estas qaejas saHan del centro de an compacto 
grapo de indígenas. 

Don PedrOf sin ver lo que pasaba, gritó con toda 
la faerza de sas palmenes, 
«— iTeneos, canallas! ú os haré pelases á todos. 

Los indios volvieron la cabeza h Icia el lagar oca* 
pado por Alvarado, y fraccionándose en dos filas, de- 
jaron ver an caerpo qae yacía en tierra. 

— ¡Una majer, Santo Dios! — gritó Usagre lleno de 
espanto, — Voy, voy á ver qaé han hecho con esa in- 
feliz. 

Y desnadando an acero, con sin igaal arrojo, avan- 
zó hasta donde los indios estaban. 



®^ PEDRO DE ALVARáDO 



, Abrióse camina entre dios, j llegando hasta donde 
el cuerpo aquel yacía: 

-*-]MagnoliaI-*gritó el artillero^ cayendo de rodi- 
llas. — ¡Muerta, muertal ¡oíaldiciaii! 

Y poseído de deaespeiaeion febril, miró cooi espan- 
to el cadáver y le cubrió kego de besoft. 

— ¿Qué habéis hecho, asesinos? — ^gritó don Pedro 
horrorizado^ dirigiéndose á los indígenas* 

Varios de esto» contestaron llenos de pavura: 

— No hemos muerto nosotros á esa mujer, sino su 
amo. 

— ¡Su amo! 

— Estaba loca esa india, y cansado de ^la su dueño, 
la ha traido aquí para Tenderla en él caybaL 

— ^¡ Miserables! 

— ¡Magnolia miaI—-Yol?ió á decir el artillere sin 
acertar á separarse de la muerta. 

La desdichada joven había ¿Gdlecido, viotimade los 
crueles tratamientos de su poseedor. 

— ¿Sabéis lo que habéis hecho, villanos? — exclamó 
don Pedro lleno de cólera, — pues habéis autorizada la 
muerte de la sobrina de vuestro ministro el difunto 
Rostal. 

— ¡Venganza! — gritaron varios .de aqudlos merca- 
deres. 

---¡Muera Zc^Uote! — exclamaron otros echando á 
correr. 

Aquellos naturales, iban en busca del asesino. 
Oculto entre unas matas hallábase éste, cuándo 
acertaron á descubrirle sus perseguidores. 



nSSXBLO 0S ÁLYABJLDO 



801 



— ¡Aqoi está, aquí eist4l**^jtároii Tack» indios ap^ 

Cqp Tih» J4iéai0a cogif^roii ^ ^Sopilo^ aqMlloii&- 
diYÍ49os y fflapiattodffle IjMiteai^iike^ixmdijénpilo & la 
proseoeia de^jcMi <H)wpa;krÍQÍM. . . : 

'TTiMuera e86;traido(r!r^gritó dlft&blico en mara^ al 
verle. 

— ¡D^t6xi9<)aI*-«X^aaió XJsa^e domioaiido oa dolor^ 
— qiúero castigar sus m{ai](iiaa.l«ebtanda oon éL 

— ¡Ya es tarde! —dijeron á ana Iw oandnctores de 
Zopilote. 

Y acompañados de numeroso gentío, subieron á la 
cúspide de la montaña. . 

Empujaron al indígena, j ésie.cajró al otro lado, 
no sin lanzar un doloroso gemido. 

Don Pedro no quiso presenciar el despeñamiento de 
ZojMlote. 

Usagre lleno de cólera: . . 

— ¡Ya estoy vengado! — exclamó abandonando el ca« 
dáver de su adorada j subiendo hasta donde estaban 
los naturales. 

— ¡Santo Dios! — gritó cubriéndose con las manos el 
rostro* 

Los indios pronunciaron con voz extentórea varias 
palabras sacramentales. 

Luego oyéronse terribles aullidos qae del fondo 
del valle salieron. 

Al llegar á éste el cuerpo ensangrentado de Zopilo - 
te, fué presa de seis perros hambrientos. 

En un instante devoraron los canes al infeliz. 

TOMO II 101 



^^ PEDRO DK ÁLVáRADO 

Usagre qae esto yiera, oabrióse el rostro para no 
presendar tan r^Qgnaiita oftstigo. 

Era oostambre en aquel eaf bal tener iiempre pre- 
parados varioa perros^ para qne hidesefi presa ^en lo^ 
esolaTos qne se Tendías , siestas intentabü evadirse. 

Para que aquellos animales realisasen mejor su co- 
metido» se les privaba de todo alimento por algunos 
dias. 

Da suerte» que cuando llegaba el caso de que . los 
perros diesen buena eumita de los esdatos» deshadan 
sus carnes con singular acides. 

Al ver don Pedro el espanto retratado en el rostro 
de Usagre: 
— ¿Qué habéis contemplado? — le preguntó. 
— Subid aquí» seftor» y lo veréis, — eontestó el arti- 
llero. 

Accedió don Pedro al punto, j... 
— ¡Jesucristo!— «exclamó llevándose las manos á la 
cabeza» al ver á los perros que acababan de devorar á 
Zopilote. 

— ¡Bárbaros! — gritó Al varado cerrando los {«ños» j 
volviéndose hacia donde estaba la plebe indígena. 

— Se ha cumplido nuestea ley, — contestaron varios 
mercaderes con frialdad estoica: —el que la hace -que 
la pague. 

Y como si nada hubiese acontecido, volvieron á su 
cay bal para proseguir su comercio. 

— ¡Estoy vengado! — exclamó Usagre, dirigiéndose á 
su jefe. 
— Si, amigo mió»— contestó don Pedro tendiéndole 



PZOEO DB ALVARADO 



803 



1m brazos:— Zopilote fué el iafitme que os robó á Mag« 
nolia. Bien ha pagado su fdlonia. 

— EI9 delatándome ante yaestra e^^elencUi fué cau- 
sa de que se me aplioaae la ordenaua. 

— Hasta el panto de poneros 70 en capilla por aa 
calpa^ ¡Oh! no qoiero acordarme. de aquella escena ter- 
rible. (Verdad que nunca me guardareis rencori ^n 
Luis? 

—Este abrazo fraternal lo prueba^ sefior excelentí- 
simo. 

Los dos guerreros quedaron estrechamente un^os 
por algunos instantes. 

Al cabo de ellos Usagre, derramando abundosas 
lágrimas, rompió el silencio diciendo; 

— |Pero ella. •• pobre Magnolia mía... quién podría 
creer qucí habría de encontrármela aqoil 

— Señor Usagre, ya no hay remedio, 

— ¡Muerta, muerta! ¿por qué plugo á los cielos que 
la volviese á ver? 

—Don Luis, pensad en que ese dolor no es legiti*^ 
mo. 

— Stñor... 

— Tenéis hijos, tenéis esposa, si á elles les hubiese 
acontecido tal desgracia, entonces. «,. 

— Verdad dice su excelencia,— «repuso el artillero, 
haciendo un supremo esfuerzo para serenarse. 

— Si, amigo mió, es necesario mucho aliento para 
estos trances; yo apelo á vaestra inquebrantable ener- 
gía, para que pangáis uu 1eaiti\ro á vuestro dolor. 

— ^Sí haré. 



804 



PBDRO DB'ALVARABO 



— La pftim noft reelamft, f de ensanchar sus domi- 
nios debemos ocuparnos solaimente. 

«-^Estd innqaii^nrueatra excelencia qae no me des- 
cnidaró en sn ser vicia nii sólo punto, aunque la pensó- 
me hag4 pedazos el corazón* 

• ••«%•••••*••• •«• 
¿Cómo habian venido á parar al caybal Magnolia y 
Zopilote? 

RedOi^rá el benévolo lector que Magnolia fué rap- 
tada por Zopilote, 7 que ambos atravesaron en una 
barca el Lago de los Suspiros. 

El infame indio, después de cra^r dicho lago, sal- 
tó á tierra. 

Aprovechfndose del desmayo en que yacía la joven, 
llévesela á una cueva que estaba en uu monte oculta. 

Magnolia al volver en si, al verse en brazos del 
hombre á quien absrrecia, al contemplar el lazo que 
Zopilote le habia tendido, fué víctima de terribles acce- 
sos de locura. 

Eamedio de ellos, no hacia más que pronunciar el 
nombre de su adorado Usagre, á quien no volverla 
á ver. 

Zopilote, lleno de desesperación, convencido de que 
Magnolia no le amaba, apeló á los mis crueles trata- 
mientos para castigar su odio. 

B)to exacerbó la locura de Migaolia de un moia 
horrible. 

Zopilote, lejos de compadecerse de la suerte de aque^* 
lia infeliz, teníala constantemente encerrada en la cueva¿ * 

Allí permanecía Magnolia dia y noche^ deshacían- 



PSDEO DÉ.ALVA&ílDO ®^ 



do06 en nerñosas convaltknes, y negándM» á lomar 
iodo alimento. 

Por sa parte, el indio, lejos de< oompadaeelfM de 
la joven, goaábase en ana iormeAtos con incomparable 
crueldad. 

Asi permaneoieron mncho tiempo la yitütima j el 
verdugo. ^ 

Tin dia, tab demacrada 7 débil hallábaae Magnolia, 
qne Zopilote juzgó qne se aproximaba sü maerte. 

Entóneos el infame, para tko perder del todo aqnel 
tesQro, penaó en venderla. 

Llevó á Magnolia al caybal de los Arroyos; pero 
apenas entró en negociaoienes para enagenar la encla- 
va, ésta sncambió de peaadnmbre 7 de ñttiga* 

Despaes hemos visto lo qne aconteció: el encuentro 
de Usagre con el cadáver de su adorada; el despeña- 
naiento de Zopilote, tachado aunque sin razón de siwvo 
fugitivo, 7 el final de aquel drama que tuvimos necesi- 
dad de interrumpir, por exigirlo la relación de otros 
acontecimientos. 

La justicia se habia cumplido, 7 Usagre, que fué 
victima de las infamias de Zopilote, estaba sobradamen- 
te vengado. 



¿Qqó hizo el caudillo español don Pedro despoes 
de estas desagradables escenas ocurridas en el Oajbal 
de los Arro70s? 

Sin detenerse un instante, dijo á Uiiagre Alvarado: 
— Amigo mió, no permanezcamos más a^ui; venía- 



^^ PEDRO DE ALTARADe 

mos bateando el placar, j nos hemos encontrado fren- 
te á frente del dolor. 

— ^Time razón mi excelencia; partamos, pero antes 
me permitiréis qne dé mi despedida á la muerta. 

—Ya es tarde, — exclamó aproximándose on india 
qne estas frase 076^ 

—¿Cómo? 

-^Naestra compatriota ha sido retirada de aquí para 
darle mafiana honrosa sepnltara. 

*^¡Dk)S quiera haberla recogido en sa senol 



Trisie, meditabundo, y sin desplegar sus labios^ 
cruzó Usagre todo el campo del cay bal en compafiía de 
su jefe. 

Gomo los indígenas estaban muy entregados á su 
comercio, no hicieron el menor caso á los españoles. 

AlTarads y su amigo llegaron al lugar en donde 
estaban sus caballos, el cual distaba unas cien varas 
del campo de la almoneda. 

Completa soledad reinaba en aquel sitio. 

Los mercaderes habían renunciado á encaminarse 
por allí al caybal, en razón á lo desigual del terreno. 

Don Pedro desató de un árbol su cabaüp, Usagre 
hizo lo propio, y golpeándose el primero la frente, re-^ 
poso: 

— Pero ¡por los cuernos de Lucifer! ¿dónde habrán 
ido á parar Sandoval é Iñiguez? 

— Ciertamente que no hemos vuelto á verlos desde 
nuestra entrada en el caybal. 



■>v 



PBDRO DS ALYA&ADO 



807 



— Llamémoslos á Ter si contestan. 
Hizolo asi Usagre. 

Sas avisos faeron completamente infractaosos. 
— Qaizás se bajan dirigido en basca de naevos des- 
cubrimientos cientifieos. 
— [Obi No podemos abandonar á nuestros colegas. 
— Tal vez bajan sido rictimas de alguna infame 
traición. 
— Dios nos UbVe de semejiute desgracia. 
— Pronto sabremos si ál^un nuevo infortunio nos 
amenaza. Partamos, señor Usagre. 

— Estoja las órdenes de vuestra excelencia. 
Y picando espuelas á sus corceles, Alvarado j su 
amigo retornaron Mi pasos ta dirección del éajbdl. 



CAPÍTULO LXXX 



Suceso faesperado. 



Poco habian andado loa dos capitaneB, cuando eor- 
toles el paso un indio. 

— Deténganse mis amos, — exclamó, 

— ¿Qué es lo qae ocarre? 

— ¿Pero qué pasa> voto á cien bombas? 

— ¿Ven sus mercedes aquel camino de la derecha 
que han dejado atrás para venir aquí? 

— En efecto, 

— ¿Advierten una gran llanura en cuyo centro se le- 
vanta una montaña de color parduzco? 

— Bien; ¿y qué? 

— A ella se han dirigido los teules Ifiiguez y San- 
doval. 

— ¡Pero, hijos del demonio que son ellos, si ese 
monte debe encontrarse á ocho leguas de distancia lo 
menos de este lugar! 



PEDRO DE AXYARADO 



809 



— No importa: nnñ mercedes hénme dicho: Vá y di 
áb siiestra parte al muy ñüstre sefior don Pedro de 
AlVárado...' 

— íQuó? 

— Que hemos echado e! anteojo hacia aquel moste 
y á él nos dirigimos. Aunque empleemos tres diás en 
k migircha, no pararemos de andar hasta que demos 
con éh 

— ^Pero esos malditos, ¿qué objeto tienen en hacer 
tal viaje? 

— Mh^ amos me han dicho, que el color de la monta- 
fia aludida indica que deben existir en ella muchos me- 
iftles preciosos. 

— ¡Voto á cien mil de á caballo! que no gano para 
sustos con las locuras de esos doctores: el mejor dia 
me los Toy á encontrar hechos pedazos. 

— Señor Usagre, vamos en su busca, y aunque tar- 
demos una semana, no paremos hasta dar con sus per* 
sonas. 

— Gomo vuestra excelencia ^uste. 

Los capitanes despidiéronse del indio portador de 

la noticia, y emprendieron su marcha en dirección del 

lugar á donde suponian que se hallarían los fugitivos. 

Anduvieron mucho y no acertaron á encontrar á 

nadie. 

— ¡Voto á Luzbel! — exclamó Al varado lleno de co- 
ragel — ¿Sabéis, sefior artillero, que la marcha vá ha- 
ciéndose por demás pesada? 

— Cinco horas de camino llevamos, mi general, y 
sin encontrar á esos malditos. 

TOMO n 102 



810 



PU&o ]>E ÁLTABJLDO 



— Pa68 aun oat^ndo nos sorprendft la nocba ea noes- 
tro viaje, no hemos de parar de correr hasta dar oon 
ellos. 

Asi aconteció efectivamente. 

AWarado y Usagre andavieron legoas 7 leguas» 

£1 sol habíase pnesto, y las soiiibras de la noche 
comenzaban á invadir el espacio. 

Profunda soleiad reinaba en los campos que Usa- 
gre y su jefe iban recorriendo. 

Aquel viaje por r